The Project Gutenberg EBook of Un antiguo rencor, by George (Jorge) Ohnet

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Title: Un antiguo rencor

Author: George (Jorge) Ohnet

Release Date: October 31, 2004 [EBook #13904]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UN ANTIGUO RENCOR ***




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JORGE OHNET

UN ANTIGUO RENCOR

TRADUCCIN

DE

F. SARMIENTO



[JORGE OHNET]



LIBRERA DE LA Vda DE CH. BOURET

PARS 23, Rue Visconti, 23

MXICO 14, Cinco de Mayo, 14


1895

Propiedad del editor.




NDICE


CAPTULO


   --I.--De cmo se puede odiar por haber querido demasiado

  --II.--De cmo una casualidad vuelve  encender la guerra

 --III.--Donde hacen traicin los aliados con quienes se crea poder
contar

  --IV.--El ataque y la defensa

   --V.--Donde la victoria se inclina del lado de la bondad

  --VI.--Dominada por la maldad

 --VII.--El rapto

--VIII.--El secuestro

  --IX.--El bloqueo

   --X.--En el que se rompen las cadenas

  --XI.--Que trata de un antiguo fuego oculto bajo la ceniza




UN ANTIGUO RENCOR




CAPTULO I

DE CMO SE PUEDE ODIAR POR HABER QUERIDO DEMASIADO.


Las campanas sonaban alegres en una atmsfera tibia y ligera; las
golondrinas pasaban rpidas, en bandadas, arrojando sus agudos
chillidos; el sol de junio derramaba sus rayos dorados  travs de las
ramas, y  lo largo del paseo de tilos que conduce desde la plaza de la
iglesia hasta la quinta de la seorita Guichard, la boda caminaba
lentamente sobre el csped.

En el momento en que la comitiva, con los novios  la cabeza,
desembocaba ante la verja completamente abierta, todos los curiosos de
la aldea, agrupados cerca del pabelln del jardinero, prorrumpieron en
tan descompasados gritos, y los petardos, prendidos por el cochero,
estallaron con tal estrpito, que todos los pjaros que anidaban en el
ramaje volaron espantados. El novio sac del bolsillo todo el dinero que
haba preparado para las circunstancias y arroj en crculo una lluvia
de monedas de cincuenta cntimos sobre aquella horda de desgreados, que
se arroj por el polvo con tal furor, que en un momento no se vi ms
que una mezcla confusa de calzones, brazos y piernas enredados.

Despus se deshizo el montn y con algunos pedazos de vestido de menos y
algunos bultos en los ojos de ms, todos los alborotadores se marcharon
corriendo hacia la tienda de comestibles. La boda penetr en el jardn,
sigui solemnemente la orilla de la pradera, subi la escalinata y entr
en el saln completamente adornado con ramos blancos. Las seoras
rodearon  la novia, oculta bajo un largo velo y la felicitaron con
ardor. La seorita Guichard, apoyada en la chimenea, con el empaque de
una reina, reciba los cumplimientos de la parte masculina de la
reunin.

Era la tal una mujer alta y delgada, de cara amarillenta  la que
formaban cuadro unos cabellos de un negro azabache. Los ojos orgullosos,
coronados de espesas cejas, estaban como incrustados en una frente
estrecha y altanera. La boca era fina, sinuosa y como contrada con
desagrado. La barbilla puntiaguda indicaba  su pesar tendencias
autoritarias llevadas hasta la tirana. En aquel momento hablaba con la
seora Tournemine, mujer del alcalde de la Celle-Saint-Cloud, sin dejar
de observar con el rabillo del ojo  los jvenes desposados, que, poco 
poco, se haban quedado solos en el hueco de una ventana.

--Seorita, he aqu un da lleno de emociones para usted, dijo la
alcaldesa. Verdaderamente el seor Mauricio Aubry es un joven encantador
y que parece animado de las mejores disposiciones. Amar  usted tanto
ms cuanto mayor sea la dicha que va  proporcionarle su deliciosa mujer
... y en vez de una sola afeccin, va usted  estar rodeada de una doble
ternura por esa amable pareja que nunca la abandonar....

--Jams! exclam con energa la seorita Guichard; el seor Aubry se ha
comprometido  ello formalmente.

--Sin duda, replic con afectada dulzura la seora Tournemine; tiene
unos sentimientos bastante buenos para pensar nunca por s mismo en
faltar  ese compromiso ... pero el tiempo trae frecuentemente
modificaciones en los planes mejor formados.... Los caracteres se
manifiestan libremente, las simpatas se debilitan, las ideas de
independencia se abren paso.... Ciertamente, usted es una persona
avisada y resuelta.... Usted sabe ver claro  imponer sus deseos....
Pero, sin embargo, bueno es prever que el marido pueda ser mal
aconsejado....

Hacia un instante que la seorita Guichard estaba agitada y moviendo los
pies como si quemase el suelo. Al oir las ltimas palabras no pudo
contenerse y exclam en voz alta:

--Mal aconsejado! mal aconsejado! Por quin?

--Clmese usted, querida seorita, dijo con aire asustado la alcaldesa.
No tome usted en mal sentido mis palabras, inspiradas slo en el inters
que por usted tenemos mi marido y yo....

--Su marido de usted ... interrumpi la fogosa solterona, qu ha
sabido? Dgame usted la verdad!

--Pero si no sabe nada; supone solamente, como yo, que don Mauricio
podr, en un momento dado, ser impulsado por una influencia ...
exterior....

--Cul! Diga usted todo su pensamiento....

--Pero si eso sera tan natural, querida seorita!... El seor Roussel
de Pontournant....

--Oh! Ya se ha pronunciado ese nombre execrable, exclam con amarga
sonrisa la seorita Guichard; si, el seor Roussel, el tutor de
Mauricio.

--Y primo hermano de usted, insinu la seora Tournemine.

--Y mi ms mortal enemigo, s, seora. He aqu el peligro para m....
Pero lo he prevenido de antemano. El seor Mauricio Aubry est
indispuesto con su tutor y la ausencia del seor Roussel en un da como
este es buena prueba de lo que la digo. S; para entrar en mi casa, el
marido de mi sobrina deba romper todos los lazos con el que me odia....
Era preciso que escogiera entre l y nosotras y as lo ha hecho. Podra
haber dudado un solo instante?

Al decir esto, la seorita Guichard sealaba  los recin casados que
estaban de pie cerca de la ventana del jardn, muy cerca el uno del
otro, sonrientes y radiantes, formando un precioso grupo. La joven se
haba quitado el velo y la corona y con el traje blanco cubierto de
flores de azahar, rubia y sonrosada y los ojos animados por la alegra,
era la imagen viva de la felicidad. Muy moreno, la barba en punta, el
cabello cortado coronando una hermosa frente, viva la mirada, Mauricio
haba cogido la mano de Herminia y la hablaba con animacin. Qu deca?
La seorita Guichard no poda orlo. Pero la joven mova la cabeza con
aire de duda y una cierta inquietud. Di algunos pasos por la escalinata
y lentamente, seguida por Mauricio, descendi al jardn. Una vez all,
seguros de estar  salvo de los indiscretos, reanudaron la conversacin
empezada en medio de sus invitados.

--Era el nico partido que podamos tomar, dijo Mauricio.

--Pero qu peligroso! suspir Herminia.

--Si hubiramos descubierto nuestros proyectos todo estaba perdido;
podamos entonces obrar de otro modo que como lo hemos hecho?

--Es verdad. Pero, sin embargo, me oprime el corazn la idea de que
engao  la que me ha servido de madre.

--Es por su misma tranquilidad.

--Ests bien seguro?

--Mi padrino est pronto  reconciliarse con ella.... Ayer mismo me lo
repiti y lo har por cario hacia m. Puedes admitir que la seorita
Guichard sea ms intransigente y menos tierna?... Hay que contar con la
primera impresin que producir  tu ta la presencia del seor Roussel.
l est decidido  ofrecerle la mano y hasta  darle explicaciones, y
bien sabe Dios que no se las debe!... Si ante tanta condescendencia la
seorita Guichard no se desarma, ser preciso desesperar de todo. Yo
estoy lleno de esperanza porque te adoro, y sin esa reconciliacin no
hay dicha posible para nosotros.

--Ah! Mauricio, hemos sido muy atrevidos ocultando la verdad  mi ta
...Acaso hubiera sido mejor decrselo todo!

--Para que un cuarto de hora despus me hubiera puesto en la puerta y
me hubiera impedido volverte  ver?

--Es posible que yo la hubiera enternecido con mis splicas y mis
lgrimas. Me quiere verdaderamente y hubiera dudado antes de causarme
tanta pena....

--Eso era dudoso, querida Herminia, mientras que ahora soy tu marido, me
perteneces, tengo derechos sobre ti. Y si fueran puestos en duda....

--Bien, qu haras? pregunt la joven con encantadora sonrisa.

--Tomara una resolucin violenta. Te llevara, de aqu, y lejos de las
luchas de familia, al abrigo de antiguos rencores, vivira para ti sola
y tratara de hacerte olvidar con mi ternura las afecciones
transitoriamente abandonadas....

--Eso sera una ingratitud.

--Eso sera habilidad. Ya veras como se estableca prontamente la
inteligencia. El vaco que haramos traera la reflexin y la reflexin
producira la reconciliacin.... Creme, querida Herminia, unidos somos
muy fuertes.... Y si me dejas conducirte, si obras como yo te lo
aconseje, tenemos segura la victoria.

--Me hace mucha falta creerlo as....

Estaban en este momento en una preciosa calle de frondosos rboles,
lejos de todas las miradas. Mauricio rode con el brazo el talle de su
joven esposa y la atrajo hacia s. Herminia, ruborizada, baj sus
hermosos prpados y con un movimiento de gracioso abandono, apoy la
cabeza en el hombro de Mauricio.... ste se inclin hacia ella y
dulcemente acarici con un beso la blanca frente y los cabellos de oro
de la mujer amada.... Y con lentitud tomaron de nuevo el camino de la
casa, donde, en el saln, abierto de par en par, la seorita Guichard
segua haciendo los honores, ignorando el peligro que le amenazaba.

"Antiguo rencor" haba dicho Mauricio hablando de los disentimientos que
dividan haca veinte aos al seor Roussel y  la seorita Guichard.
Hubiera podido aadir "rencor de amor", porque si la ta de Herminia
odiaba tan ardientemente al tutor de Mauricio, era por haberle amado
demasiado. Una pasin convertida en aborrecimiento y cuya levadura
fermentaba siempre con violencia en el corazn de la solterona. Hacia
el ao 1867, el seor Guichard, soltero muy rico y cuyos herederos eran
su sobrino, Fortunato Roussel y su sobrina Clementina Guichard, haba
acariciado el sueo de no dividir su fortuna y de casar  sus sobrinos.
Esta alianza haba sido fijada en una de las clusulas de su testamento,
y queriendo servirse del inters como agente de su voluntad, haba
desheredado al que se negase  casarse con su coheredero.

Despus de haber llorado al difunto lo que pedan las conveniencias,
Fortunato y Clementina tuvieron una entrevista con el notario, el cual,
al ilustrarles sobre las intenciones de su to, les procur una sorpresa
que no era precisamente en los dos de la misma naturaleza. Mientras
Clementina salt de gozo, pues haba sentido siempre resuelta
inclinacin por su primo,  quien se llamaba en su casa el bello
Roussel, Fortunato torci el gesto, pues se senta menos que
medianamente predispuesto al matrimonio, por sus ideas generales acerca
del santo lazo y mucho menos an por su gusto particular hacia la
seorita Guichard. Tan poco entusiasmo demostr, que su prima concibi
un violento despecho, que se manifest, no ciertamente con frialdades,
sino con un aumento de amabilidad.

Lo peor del caso fu que este modo de estar amable tena en Clementina
algo de molesto y de autoritario que crispaba los nervios de Fortunato.
Pareca decirle: "Estoy condescendiente con usted, porque usted me
pertenece. Mis bondades son una de las consecuencias de mi poder sobre
usted. Le tengo  usted en mi gracia, como  mis perros,  mis loros  
mis criados, si me acarician, me divierten y me sirven bien. Pero, ay
de usted, como de ellos, si no procura por todos los medios
satisfacerme!" Y el diablo quiso, precisamente, que ese despotismo
afectuoso fuese, entre todas las formas de ternura, la que ms
disgustase  Roussel, muy vivo, muy independiente, y absolutamente nada
inclinado  dejarse dirigir, siquiera fuese por una mujer bonita. Porque
Clementina, de edad de 23 aos, era agradable,  pesar de un cierto aire
masculino que se indicaba por la abundancia de sus cejas, la firmeza de
su perfil, la dureza de su voz y ciertos movimientos bruscos que
hubieran gustado en una cantinera. Con todo, tena estatura elevada,
buen aire, ojos magnficos, tez mate y admirable cabello negro.

Cmo, con tales prendas, Clementina no tena pretendientes y se
dispona  la ingrata tarea de vestir imgenes? Fortunato daba la
explicacin en pocas palabras: "Produce cierta inquietud y malestar,
deca; le parece  uno que est haciendo la corte  un hombre!" Sin
embargo, no por ambicin de dinero, porque Roussel estaba al frente de
un negocio muy lucrativo, sino por obedecer la ltima voluntad de su
to, Roussel no haba rechazado la idea de casarse con Clementina y
haba resuelto intentarlo; lo que denotaba en l que era un buen
muchacho, porque su prima no le gustaba y l tenda poderosamente  la
libertad.

Convinieron en verse para tratar de ponerse de acuerdo y todas las
tardes iba Fortunato  tomar una taza de t en casa de Clementina. sta
se haca de almbar para recibirle y ordinariamente, cuando ella le
haba instalado  un lado de la chimenea, Roussel se deca, mirndola 
buena luz: Verdaderamente, no es fea. Y procuraba por su parte romper el
hielo que se amontonaba entre ellos. Todo iba bien durante una hora,
pero despus la provisin de amabilidad de Clementina y las reservas de
paciencia de Fortunato se agotaban poco  poco, y llegaban las
contradicciones, las discusiones, las frases agrias, y el primo sala de
la casa con precipitacin, pensando: Dios mo; qu desagradable es!
Ella le vea huir con pena, suspiraba y se echaba en cara su humor
batallador, porque se daba cuenta perfectamente de su defecto, y se
prometa poner de su parte el da siguiente cuanto fuera preciso para no
alterar la buena armona, pero jams lograba dominarse.

Un asunto de conversacin la preocupaba sobre todo y le abordaba con
frecuencia, aunque fuese motivo para que su desacuerdo con Fortunato se
acentuase con violencia. El abuelo de Roussel, general del primer
imperio, haba recibido de Napolen primero el ttulo de Barn despus
de la campaa de 1813, en la cual se haba portado como un hroe. El
barn Roussel haba constitudo un mayorazgo de diez mil francos de
renta y aadido  su ttulo el nombre de la tierra de Pontournant. Su
hijo, que en tiempo de Luis Felipe se haba dedicado  la industria,
crey oportuno llamarse sencillamente Roussel, y Fortunato, continuador
de los negocios y partcipe de los escrpulos de su padre, dejaba en el
olvido su ttulo nobiliario. Ni la ms insignificante ensea de nobleza;
ni el ms pequeo _de_; nada de Pontournant; Roussel  secas; el bello
Roussel! y aun, para los ntimos, Roussel el menor! Y l se rea de
eso; horror!

 Clementina ese olvido no le haca gracia ninguna. El ttulo de Barn,
y ese nombre con rastrillo, con barbacana y con torres almenadas,
Pontournant, le fascinaba por su aire de la edad media y hubiera
querido llevarle. Ser baronesa de Pontournant con los ochenta mil
francos de renta del to Guichard, con ms la fortuna de su primo y la
suya; qu sueo! Y este Fortunato, poco complaciente, no quera que se
le hablase de tal asunto! se burlaba de las veleidades aristocrticas de
Clementina y no quera absolutamente proporcionarse el ridculo de
convertirse en barn de Pontournant  los cuarenta aos y siendo un
notable comerciante, condecorado bajo el sencillo nombre de Roussel.

Cuanto mayor era su repugnancia  satisfacer ese deseo de su futura, ms
grande se haca el ardor con que sta se empeaba en imponrsele.
Discutiendo el pro y el contra del escudo nobilario haban roto ya
algunas lanzas y de esto vino todo el mal. Clementina, rechazada con
irona, se haba batido prudentemente en retirada; pero una retirada no
es una derrota para quien posee una voluntad decidida y nuestra herona
acechaba una ocasin de volver victoriosamente  la carga. Fortunato
Roussel acababa de ser nombrado capitn de la Guardia Nacional de
caballera, cuerpo aristocrtico en el que procuraban servir entonces
todos los elegantes de Pars. Al felicitarle por su nombramiento,
Clementina dijo  su primo:

--Ya ests enteramente metido en honores....

Sers recibido por el Emperador en las Tulleras.... Te estoy viendo
entrar en gran uniforme.... Estars magnfico. Pero cunto mejor sera
el efecto si al entrar te anunciasen: "El seor capitn barn de
Pontournant!..."

--Bah! dijo el novio. El capitn Roussel suena muy bien.

--Sera de muy buen gusto volver  llevar el nombre de una ilustracin
del primer imperio....

--Mi abuelo no pondra buena cara  un miembro de la caballera ligera
de la burguesa parisiense....

--Que podra entrar en la aristocracia tan fcilmente.

--Bonita ventaja!

--Un bonito nombre cuadra muy bien  un hombre arrogante.

--Prima, t te propasas!

--Pero, en fin,  qu viene ese empeo de no llevar tu nombre?

--Porque yo soy un hombre de negocios.

--Djalos.

--Dios mo, y en qu pasar mi tiempo?

--En ocuparte de m.

 estas palabras sigui un largo silencio, como si Roussel hubiera
estado midiendo todo el fastidio de semejante proposicin y la seorita
Guichard calculando toda su inverosimilitud. Por fin, Clementina
reanud la primera la conversacin y dijo:

--Por tan ftil motivo vas  causarme una pena seria?

--Mi motivo no es ms ftil que tu deseo.

--Tan testarudo eres?

--Y t tan vanidosa?

--Tan desgraciado seras por haberme hecho baronesa!

--Y no es, acaso por serlo por lo que tanto deseas que nos casemos?

Aqu se detuvieron, espantados del cambio de sus fisonomas: Fortunato,
rojo como un gallo, estaba  dos dedos de la apopleja y Clementina,
devorada por la bilis, pareca amenazada de ictericia. Se encontraron
mal y despus de algunas palabras insignificantes, necesarias para
atenuar la amargura de sus rplicas, se separaron muy descontentos y 
mil leguas de una inteligencia. Roussel se fu  pie para calmar la
efervescencia de su sangre y dando al diablo  su to Guichard y  sus
fantasas testamentarias.

--Bonita idea la de quererme casar con esta soltera rabiosa! Creera
que por ochenta mil francos de renta iba  arriesgar la dicha de toda mi
vida? Pardiez, no necesito su dinero ...Que lo guarde ella, puesto que
el matrimonio es la condicin _sine qua non_ de la herencia! Yo ser
siempre bastante rico, con tal de estar libre y tranquilo ... Si fuese
marido de Clementina, gastara todo el dinero del to Guichard en
consolarme de vivir  su lado ...Mal negocio!

Una vez en su casa, durmi mal; tuvo pesadillas espantosas y se despert
decidido  permanecer soltero. Clementina, despus de haber pasado una
parte de la noche rabiando y llorando, acab por calmarse y se levant
con el propsito decidido de ceder en todos los puntos para no alejar 
Fortunato, sin perjuicio de reconquistar, una vez realizado el
matrimonio, todas las posiciones abandonadas. Se sent  su mesa y
escribi  su primo la ms amable de las esquelas invitndole  venir 
pasar la tarde con ella. Apenas haba salido la doncella para llevarla,
lleg una carta de Roussel anunciando  Clementina que un negocio
imprevisto le obligaba  ausentarse por algunos das. La seorita
Guichard exhal un suspiro, se propuso hacer pagar despus  Fortunato
las humillaciones que la dedicaba, y no pudiendo hacer cosa mejor que
esperar, esper.

Al cabo de quince das, como no recibiese noticias de su prometido ni
oyese hablar de l, perdi la paciencia y se decidi  informarse.
Interrogada la portera de la casa, respondi que el seor Roussel
estaba en Pars, del que no se haba movido, y que acababa de entrar en
su casa.  Clementina se le subi la sangre  la cabeza; se vi burlada,
desdeada; el temor y la clera la sublevaban al mismo tiempo.
Prorrumpi en una exclamacin que asust  la portera y enseguida,
tomando su partido en un segundo, se lanz  la escalera, subi los dos
pisos, llam con violencia, y sin preguntar nada al criado, que la
conoci y estaba estupefacto, entr como una avalancha en el gabinete de
su primo.

Fortunato, sentado en una gran butaca y con una excelente pipa en la
boca, lea tranquilamente su correo de la tarde, cuando la puerta, al
abrirse bruscamente, le hizo levantar la vista. Se levant rpidamente
al reconocer  Clementina, coloc la pipa sobre la chimenea, meti las
cartas en el bolsillo y con voz un poco temblorosa, porque tena la
sospecha de haberse conducido sin galantera, dijo:

--Calla! querida prima, eres t?

Despus de esta vulgaridad, permaneci cortado, mirando con embarazo 
Clementina, que estaba plida, verdosa, sofocada, con los ojos dorados
por la hiel. Por fin pudo recobrar la respiracin y temblando de clera,
dijo:

--Con que me ha engaado usted, dicindome que se ausentaba? Yo le
crea de viaje y est usted en Pars....

--He vuelto antes de lo que pensaba, balbuce Fortunato.

--No mienta usted; porque no ha salido de Pars.

--Pero....

--Oh! Ahora comprendo porqu no quiere usted llevar su ttulo ... No
vendra bien con su carcter....

--Prima ma!...

--Se ha portado usted conmigo como un patn.

--Ah!

--Si, lo que ha hecho usted es una cobarda!

Y excitndose con el ruido de sus propias palabras, animndose con sus
mismas violencias y viendo  Roussel consternado, Clementina lleg al
paroxismo del furor. Traspasando todo lmite, perdi la cabeza y si su
primo hubiera respondido en el mismo tono, hubiera sido capaz de
pegarle. Pero l estaba tan pacfico como ella excitada. En vez de
replicar, de defenderse, observaba  su adversario y se afirmaba en la
resolucin de no unirse con semejante furia. Y, sin embargo, si en ese
instante Fortunato hubiese proferido una sola palabra afectuosa; si
hubiera procurado hacer vibrar el corazn apasionado de la seorita
Guichard, la hubiese hecho prorrumpir en sollozos, la hubiera obligado 
pedir gracia y la hubiera permitido demostrar la verdadera ternura que
senta por l. Y acaso el uno y el otro hubieran sido felices, hasta tal
punto arregla las cosas el amor. Pero Roussel no pronunci la palabra de
afecto y Clementina, ahogada por la rabia y no encontrando ya ms
injurias que lanzar  la faz de su primo, arroj un grito desgarrador y
cay en el sof, vctima de un ataque nervioso.

Fortunato, que era la bondad misma, se precipit  su socorro y recibi
algunos puntapis y alguna que otra tarascada, pero no retrocedi y
empez  desabrochar  Clementina, que lanzaba dbiles quejidos. Le moj
concienzudamente las sienes con agua de Colonia y le hizo aspirar un
frasco de sales. Estando inclinado hacia su prima, abri sta los ojos,
le reconoci, se levant de un salto, le dirigi una mirada de
indignacin, se volvi  abrochar y de pie en el umbral de la puerta,
dijo:

--Conste que soy yo la que ha dado un paso de conciliacin. Espero 
usted  su vez esta tarde. Reflexione usted en las intenciones de
nuestro to Guichard y vea si le conviene sufrir las consecuencias de
desobedecerle.

Clementina haba vuelto  ponerse dura y arisca y acab de desagradar
definitivamente  Fortunato, el cual, creyendo necesario quemar sus
naves y cortarse por completo la retirada, dijo en tono muy dulce:

--La consecuencia que tocar, querida prima, ser verte tomar mi parte
en la herencia; tmala, pues: creo que no es un precio muy elevado para
la libertad.

Acababa de hacer oir  Clementina las palabras ms crueles que pudiera
esperar de l. Su cara se descompuso y levantando una mano trmula  la
altura de la cabeza de Fortunato, respondi:

--Est bien; usted se arrepentir toda su vida de lo que acaba de
contestarme. Desde hoy le considero  usted como mi ms mortal enemigo.

Esperaba, acaso, en un arrepentimiento causado por la inquietud; pero
haba escogido el peor de los medios para atraer  Roussel, que no
replic; hizo una inclinacin de cabeza; abri la puerta  su prima y
cuando la vi en la escalera, volvi  entrar en su casa, encendi de
nuevo la pipa y continu la lectura del correo de la tarde.

Sin embargo, no deba quedar tranquilo despus de esta salida
amenazadora y muy pronto pudo darse cuenta de que Clementina, fuera de
su casa, era todava ms formidable. La seorita Guichard empez una
guerra sorda contra aquel  quien odiaba con todas las fuerzas de su
amor engaado. Desde luego, como haba que explicar el rompimiento  las
personas de su intimidad y esta explicacin, dada por Clementina, tena
que serle favorable y perjudicial, por tanto, para Roussel, la dulce
prima di  entender que haba descubierto en su primo cierto vicio que
le infunda temores por su tranquilidad en el porvenir. Y como se
hubiesen manifestado dudas, no exentas de curiosidad, haba declarado
que la temperancia de Fortunato dejaba que desear. No haca falta ms
para que se esparciese el rumor de que aquel perfecto caballero, que
pareca tan sobrio y arreglado, beba y volva  su casa en situacin de
necesitar, para subir la escalera, la intervencin de su criado y de su
portero.

Estos rumores llegaron  odos de Roussel, que empez por encolerizarse,
pero despus tom el partido de reirse de ellos, contando con que la
gente que le conociese no dara crdito  tan ridcula especie. Pero si
la credulidad pblica rechaza con fastidio lo que redunda en ventaja del
prjimo, acepta con apresuramiento lo que viene en su perjuicio. Decid 
cualquiera: "Parece que Fulano ha hecho una buena obra  realizado una
hermosa accin," y ese cualquiera os responder con aire contrito:
Puede!... Decidle, en cambio, que Fulano ha robado en el juego 
cometido estafas y exclamar en tono de triunfo "Ah; eso era de
esperar!"

En seis semanas, Roussel pas por un borracho. Tena haca diez aos una
cocinera que le daba de comer  su gusto y Clementina se la llev, 
fuerza de dinero, y cuando sus amigos la felicitaban por su delicada
cocina, ella responda: "Qu quiere usted? No ha podido permanecer en
casa de Roussel, porque no pagaba jams sus gastos. Haba veces que le
tena adelantados cuatro  cinco mil francos, y cuando era absolutamente
indispensable entregar dinero, gritaba hasta el punto de hacer necesaria
la presencia del juez de paz. Entre nosotros, creo que los negocios de
Fortunato van bastante mal."

El primo de la seorita Guichard perda clientes que haban odo decir
que Roussel poda muy bien "faltar" cualquiera maana. Para desmentir
esos funestos rumores, no hizo, durante dos aos, ms que negociaciones
al contado.

Tena en Montretout, enfrente del bosque de Bolonia, una casa de campo
encantadora, en la que sostena un maravilloso lujo de flores. Sus
estufas estaban colocadas en condiciones tales que reciban el sol y la
luz desde por la maana, gracias  un gran solar, no edificado, que las
separaba de las propiedades prximas. Ya Roussel haba querido comprar
ese terreno para plantar legumbres, pero el propietario no haba
accedido nunca  vendrsele. Por qu maniobras obtuvo xito la seorita
Guichard donde su primo haba fracasado, nadie pudo saberlo; pero una
maana vi Fortunato unos contratistas y despus una cuadrilla de
albailes que se instalaban en el solar y elevaban una tapia que le
quitaba la luz. Fu preciso cambiar de sitio las estufas, que ya no
produjeron frutos ni flores tan buenos como antes. En una palabra, en
todo y por todo Clementina se ingeni para atormentar, molestar y vejar
al que se haba empeado en permanecer soltero.

As como ella se mantuvo sin casarse, para consagrarse por completo  la
guerra continua que haca  Fortunato. Acaso conservaba en el fondo de
su corazn un resto de sentimiento por ese monstruo, como ella le
llamaba. Clementina hubiese podido casarse fcilmente; era muy rica, no
muy madura y muy agradable para los que no temen  las mujeres del
gnero granadero. Pero ninguna proposicin la encontr bien dispuesta.
Quin sabe si crea que  fuerza de malas partidas habra de traer 
buenas  Roussel y tener la dicha triunfal de verle  sus plantas
humillado, arrepentido y barn?

Sin embargo, al cabo de algunos aos debi renunciar  toda esperanza,
porque su odio se hizo ms concentrado y ms mortal. Las calumnias
esparcidas por ella contra su primo haban acabado por disiparse; porque
la buena vida y las acciones claras son la mejor prueba de honradez que
puede dar un hombre. Roussel consigui dominar la dura corriente de
malas voluntades desencadenada contra l. Hubo que reconocer, al
principio, que haba alguna exageracin en los rumores esparcidos  su
costa y lleg  resultar despus evidente que eran falsos. No falt
quien quiso averiguar el origen de aquel envenenamiento social, pero la
misma vctima se interpuso entre su verdugo y los curiosos. Por otra
parte, acababa de ocurrir un hecho importante que llevaba  su
existencia un elemento de inters que Fortunato no haba jams
sospechado.

Sin haberse casado, se convirti en padre. Uno de sus amigos ms
queridos muri, dejando solo en el mundo  un nio de ocho aos. Llamado
 la cabecera del moribundo y como ste le rogara con el ardor de una
profunda angustia paternal que uo abandonase  su hijo, Roussel, sin
grandes frases ni actitudes dramticas adquiri el compromiso de velar
sobre el hurfano, al que apenas conoca.  fin de darle la triste
noticia, fu  verle al colegio y qued conmovido ante aquel rubillo que
lloraba  lgrima viva, solo, enteramente solo ya, y sin otro apoyo que
el de un extrao.

Las palabras afectuosas que Fortunato no haba encontrado para
Clementina, acudieron  sus labios para Mauricio. Al cabo de cinco
minutos, el muchacho estaba sobre las rodillas del soltern y ste
observaba que aquellos bracitos temblorosos que le estrechaban como 
una postrera esperanza, eran la ms slida de las cadenas. Y como
Mauricio no se calmaba, el buen Fortunato le llev  su casa, le instal
en una habitacin prxima  la suya, y por la noche, al oirle suspirar,
se levant para ver si estaba enfermo.

El nio, dormido, lloraba en la cama, soando sin duda con su padre.

Gruesas lgrimas se deslizaban por sus mejillas y mojaban la almohada.
Roussel, en camisa y con el candelero en la mano, se sinti presa de un
sbito enternecimiento, y aun  riesgo de coger un resfriado, permaneci
contemplando al hurfano.

La luz, hiriendo los ojos de Mauricio, le despert. Abri ste un
instante los prpados hinchados por el llanto y viendo inclinada sobre
l una cara que expresaba bondad y ternura, murmur en medio de su
sueo: "Ests ah, pap?..." Roussel se sinti conmovido hasta en los
ms ntimos repliegues del corazn  imprimiendo en la frente hmeda del
nio un tierno beso, dijo en alta voz, como para tomar por testigo al
muerto:

--S, duerme, hijo mo: tu padre est aqu!

Mauricio no volvi al colegio. Fortunato haba llegado  la edad en que
el hombre siente placer en vivir dentro de su casa  condicin de no
estar en ella enteramente solo, y gracias  su hijo adoptivo, encontr
el atractivo que poda conducirle al hogar y retenerle en l. Al nio
debi, pues, la rectitud de su vida, la seriedad de sus pensamientos, la
dignidad sonriente de su madurez. Demasiado inteligente para no darse
cuenta de lo que as ganaba, agradeci  su pupilo haberle proporcionado
la ocasin de emprender una vida arreglada y se prometi pagarle en
felicidad la tranquilidad que por su causa gozaba.

Y tom en serio su papel de padre. Terminados sus negocios, se ocupaba
de Mauricio. Qu tal haba trabajado? Estaban contentos de l en el
instituto? Haba estudiado sus lecciones?  qu haba jugado en el
recreo? Coma con el muchacho, que le daba conversacin. Le vea
acostarse y dejndole al cuidado de su antigua ama de gobierno, sala
con el espritu tranquilo,  iba al teatro   las sociedades, pero
jams se retiraba tarde, atrado por el recuerdo de aquel muchacho tan
dbil y que tan preferente lugar haba tomado en la vida de su tutor.




CAPTULO II

DE CMO UNA CASUALIDAD VUELVE  ENCENDER LA GUERRA.


Cuando la seorita Guichard supo que Fortunato tena un nio  su lado,
su primer impulso fu esparcir el rumor de que sera algn pilluelo
escapado de Mettray  de la prisin de jvenes que ste haba recogido
en la calle para jugarla una mala partida; pero, contra lo que ella
esperaba, la historia no hizo fortuna. Todo el mundo haba conocido al
seor Aubry, el padre del hurfano, y la generosa intervencin de
Roussel fu bien juzgada. Su primo Bobard, astuto abogado, lleg 
insinuar que el acto era hbil, porque, decidido  permanecer soltero,
Roussel se proporcionaba un heredero como medio de desheredar  la
seorita Guichard si mora antes que ella.

Clementina no haba prestado nunca atencin al desagradable pensamiento
de que si ella era heredera de su primo Fortunato, tambin ste deba
heredarla, en su caso. En un momento, esa perspectiva abierta por Bobard
la sublev. Cmo! Algo de lo suyo podra ir  su enemigo! Podra ste
jactarse de haberse desembarazado de su odio al mismo tiempo que se
apoderaba de su herencia! Tendra la alegra salvaje de verla descender
 la tumba de familia y de gozar despus no slo de la fortuna del to
Guichard, sino de la suya propia! Nunca! Sus cabellos se erizaron de
horror, y exclam:

--Ah! l tiene un hijo adoptivo? Pues bien, yo tambin tendr otro!

Bobard, que tena un hijo en el colegio, insinu en seguida  Clementina
que poda encontrar en ese muchacho un hijo slido, obediente y
respetuoso, pero un varn no convena  la seorita Guichard. El
instinto de su sexo le haca desear una nia. Hizo saber su deseo  un
mdico y le declar resueltamente las condiciones que deba llenar la
candidata; tener dos aos al menos y tres cuando ms; no tener madre ni
padre,  fin de evitar toda reclamacin; ser bonita, rubia, con ojos
azules. En cuanto al carcter, ella se encargara de formrsele y sera
bueno.

Ocho das despus la seorita Guichard reciba aviso de que una nodriza
de Courbevoie tena una nia que realizaba absolutamente el programa
formulado. El padre y la madre haban muerto y como haca un ao que
nadie pagaba las mensualidades, aquella mujer, muy pobre, se iba  ver
precisada con gran sentimiento y despus de haber tardado todo lo
posible,  llevar la criatura  la Inclusa. La seorita Guichard subi
inmediatamente al coche, se fu  Courbevoie, vi  la nia, que se
llamaba Herminia, la encontr  su gusto, di quinientos francos  la
nodriza y se fu colmada de bendiciones y llevando triunfalmente  su
heredera.

En su condicin de mujer soltera, le pareci inconveniente el ser
llamada mam y ense  Herminia  llamarla "mi ta." Pudo desde
entonces desafiar  Roussel no slo en el presente, sino tambin en el
porvenir. La hija de la una vala por el hijo del otro. Pero, cosa
singular, el corazn de Clementina no se fundi, como el de Fortunato,
al calor de esta nueva afeccin. Am  Herminia, no por la dicha de
amar, sino porque le serva de aliada contra su enemigo. El encanto, la
gracia, la inocencia de la nia no lograron apoderarse por completo de
la seorita Guichard, que no fu verdaderamente sensible ms que al til
apoyo que le proporcionaba aquella criatura, en su lucha contra
Fortunato.

No pudo desconocer, ciertamente, la dicha que entraba en su casa, que
era, antes de la adopcin de Herminia, como una jaula sin pjaro y que
ahora llenaba la nia con sus risas, con sus cantos, con su alegra.
Pero Clementina era menos accesible  estos goces deliciosos que  la
spera satisfaccin de pensar veinte veces al da: "He perjudicado 
Roussel."

Educ  Herminia con perfeccin pero severamente. La cuid con el celo
de un artillero por su can. Cuando la nia estuvo enferma, la seorita
Guichard experiment vivas inquietudes, llam al mejor mdico y hasta
pas en vela algunas noches; pero jams experiment ese ardor espiritual
que templa la atmsfera en torno de un nio y le hace vivir en medio de
la mayor seguridad, en la evolucin de un tranquilo desarrollo. Jams su
corazn de mujer tuvo los pequeos refinamientos de afecto, las
delicadas atenciones que Roussel prodigaba  Mauricio.

Se hizo amar por su hija adoptiva, pero se hizo ms respetar. El nombre
de "ta" convena por su frialdad  las relaciones afectuosas que
Herminia tena con la seorita Guichard: llamarla mam hubiera sido
imposible, porque en realidad era tratada como una sobrina.

Durante quince aos la vida no ofreci graves incidentes. El rencor de
Clementina no estaba extinguido, sino en ese estado de incubacin
semejante al de los volcanes que no revelan su actividad interior ms
que por los tenues hilos de humo que se escapan por sus costados. Ni
Roussel ni la seorita Guichard haban hablado de sus disentimientos 
Mauricio y  Herminia, obedeciendo al miedo de sembrar el odio en
aquellos sencillos espritus.

Los dos muchachos crecieron y entraron en la edad juvenil. Mauricio,
despus de terminar sus estudios, haba manifestado una aficin muy
marcada por la pintura. Como estaba llamado  ser rico, pues el capital
de su padre, cuidadosamente administrado, produca treinta mil francos
de renta y Mauricio le haba asegurado una considerable fortuna por una
donacin _inter vivos_, posea todos los medios necesarios para realizar
sus aspiraciones artsticas. Roussel, siempre prctico, no se content
con que su hijo fuese un simple aficionado.

--Todo lo que se hace, le deca, es preciso hacerlo con perfeccin.
Deseas pintar, no me opongo; pero te exijo que trabajes como si tuvieras
necesidad de tu paleta para vivir. Vas  entrar en la escuela de Bellas
Artes; te recomendar  Baudry, que es amigo mo, y  Meissonier, 
quien conoc en la Guardia nacional. Si quieres hacer grandes cuadros 
la manera de los grandes maestros italianos del Renacimiento, el primero
te ser til; si prefieres dedicarte al arte minucioso de los Flamencos,
el segundo te dar consejos; pero, cualquiera que sea tu eleccin,
conviene que te apliques  ella con todas tus fuerzas.

Mauricio adquiri ese compromiso y le cumpli.  los veintitrs aos
obtuvo el segundo premio y por una rara delicadeza, no quiso concurrir
al ao siguiente, aunque estaba casi seguro de la victoria. Para
explicarlo, di  su tutor razones que le conmovieron vivamente:

--Tengo tres concurrentes enteramente pobres y pueden desesperarse por
un fracaso. Cualquiera de ellos que obtenga el primer premio tiene su
carrera asegurada. Voy yo, que soy rico, gracias  mi padre y  usted,
 servir de obstculo  ese porvenir que puede ser tan fecundo y tan
dichoso? Puedo hacerlo, materialmente, pero moralmente no tengo ese
derecho. Mi segundo premio me da bastante distincin; soy conocido y
apreciado. He llegado al fin que usted me haba mandado alcanzar?
Exige usted que haga ms?

--No, dijo Roussel abrazando  su hijo; eres un buen muchacho.

El ao siguiente, Mauricio expuso su gran cuadro "La orga en Caprera",
que hizo profunda sensacin, y el retrato de su tutor; y obtuvo una
tercera medalla.

La seorita Guichard supo por los peridicos el xito del pupilo de
Fortunato y quiso ir  la exposicin de pinturas. Fu sola temiendo
venderse y que Herminia conociese su ira. Busc la sala A., donde, en
medio de los cien lienzos colgados en la pared, se destacaba una figura,
como una aparicin fantstica, apoderndose de sus miradas y ejerciendo
sobre ella como una especie de atraccin hipntica: Roussel, de un
parecido inverosmil, fresco, sonrosado, con sus cabellos blancos,
satisfecho, pacfico. Se sala, literalmente, del cuadro y Clementina
crey que se diriga hacia ella desafindola con su mirada dichosa, y
con su boca sonriente; injurindola con su insolente alegra. La
seorita Guichard avanz hacia l atrevida, amenazadora y llegada ante
el lienzo, con la cabeza trastornada por la clera, los labios apretados
para no estallar en injurias, levant su sombrilla con actitud furiosa 
iba  golpear  su enemigo cuando una mano la detuvo, al mismo tiempo
que una voz deca:

--Pero, seora, qu hace usted?

Volvi en s y se encontr al lado de un guarda de la exposicin que la
miraba con asombro y refunfuaba. Clementina balbuce:

--Hace mucho calor aqu.... He tenido un momento de turbacin....

Y fuera de s, no pudiendo permanecer ante aquel retrato sin ceder al
deseo de rasgar la tela, huy, mientras el empleado deca severamente:

--No se deba dejar entrar aqu  las locas!

La seorita Guichard volvi  su casa confesndose que Roussel posea
sobre ella una marcada superioridad y que jams Herminia tendra ni un
gran talento para pintar, ni gran voz para hacer sensacin como
cantante, ni buen arte como pianista para rivalizar con los Poloneses.
Dijo cosas desagradables  su sobrina, que no comprenda nada de todo
aquello, y se acost preguntndose qu mala partida podra jugar 
Fortunato.

La casualidad, ese cmplice de los que nada pueden, se encarg de
proporcionarle un terrible desquite. Se haba instalado en la
Celle-Saint-Cloud, como todos los aos, para pasar el verano, y en sus
paseos por el bosque de Saint-Cucufa, vea en la eminencia de Montretout
la casa de su primo. Con mucha frecuencia pensaba: "Si tuviera  mi
disposicin durante un da uno de los grandes caones del Mont-Valerien,
cmo aniquilara la casucha de ese miserable! Sera asunto de algunos
caonazos bien dirigidos."

Pero el Estado francs no presta sus caones  los particulares, aunque
sea para bombardearse en familia, y Clementina tuvo que resignarse  ver
la casa maldita que se levantaba  lo lejos, punto blanco en el
horizonte verdoso de los bosques. Fuera de esto, viva tranquila en
aquel pas encantador gozando de un bonito jardn y de sus hermosas
flores. Herminia especialmente, era dichosa en la Celle-Saint-Cloud.
Amaba la tranquila libertad del campo y pasaba los das bajo un
emparrado adornado con guirnaldas de madreselvas, cultivando la amistad
de los jilgueros que venan  cantar para ella, revoloteaban al alcance
de su mano y coman miguitas de su merienda. De vez en cuando, vibraba
una voz fuerte que deca: Herminia!, y los pajarillos volaban
espantados hacia el espeso follaje, la arena rechinaba bajo el peso de
un pie varonil y apareca la seorita Guichard con su labor, se sentaba
cerca de su sobrina, bajo la sombra embalsamada, y se pona  trabajar,
manejando las agujas de su malla como si fueran espadas y atravesando la
lana  grandes pinchazos, como si se hubiera tratado del pecho del
aborrecido Roussel. La joven se ingeniaba entonces para agradar  la
terrible solterona, la hablaba con amabilidad y trataba de arrancar una
sonrisa  sus labios severos y una caricia  sus manos nerviosas.

Una tarde de julio, estaban juntas en aquel sitio, cuando oyeron sonar
en la plaza risas estrepitosas, acompaadas de piafar de caballos. Eran
unos empleados de comercio y algunas jvenes, que montados en caballos
de alquiler, se dirigan  Ville-d'Avray para ir despus  Pars. El
jardinero de la seorita Guichard, ocupado en rastrillar un terrapln
que caa sobre el bosque  lo largo de una calleja, miraba por encima de
la tapia la partida de la bulliciosa cabalgata, que haba salido al
galope y no poda contener los caballos, estimulados por un pienso
extraordinario. De repente, el buen hombre lanz un grito, levant los
brazos al aire y dejando caer de golpe el rastrillo, dijo con voz
alterada:

--Ah Dios mo! Acaban de atropellar  un hombre!...

La seorita Guichard y el jardinero llegaron al mismo tiempo  la puerta
del jardn. La cabalgata se alejaba ms de prisa de lo que hubiera
deseado, entre una nube de polvo, y sobre las piedras del camino se
encontraba cado un joven, sin conocimiento y con la frente
ensangrentada y el bastn, roto en dos pedazos, cerca de l. Clementina
tena un genio resuelto, probado en muchas circunstancias. Con voz
vibrante llam  su cochero, que estaba  alguna distancia, y dijo
dirigindose al jardinero:

--Hay que llevar este desgraciado al pueblo....

--Oh! ta ma, exclam con angustia Herminia, estar muerto?

--Muerto! Bah ... no se muere as como as. Est desvanecido.... Un
poco de agua en la cara ... vinagre en la nariz y esto no ser nada....

El jardinero y el cochero cogieron al joven el uno por los pies y el
otro por los hombros, se le llevaron y le extendieron sobre unos
almohadones, en la cochera, sin que recobrase el conocimiento. El
cochero le lav la cara para quitar la sangre que le desfiguraba y le
puso bajo la nariz el vinagre que le serva para los caballos, pero nada
de esto sirvi. Plido, los labios contrados, los ojos cerrados, el
desconocido permaneca inerte y la seorita Guichard tuvo miedo.

--Oh! Oh! Acaso ser esto ms serio de lo que haba pensado? Ser
preciso llevarle  la alcalda.

--Oh, ta ma!, suplic Herminia; dnde puede estar mejor cuidado que
en nuestra casa?

--Es verdad!, contest con conviccin la seorita Guichard. En todo
caso, habr que llamar un mdico....

--Seorita, el doctor Fortier ha vuelto  su casa hace una media
hora.... Le he visto pasar en su coche por el camino....

--Vaya usted  buscarle.

--Algunos minutos despus, el mdico de la Celle-Saint-Cloud, el
excelente doctor Fortier, llegaba  toda prisa.

--Qu pasa, seoras? pregunt; se mata  las gentes en la puerta de
esta casa! Oh! Oh!... Vamos  ver qu razones puede tener este mozo
para no responder  tan excelentes cuidados ...He! diablo! Ha recibido
un revolcn tremendo ... y tiene ... s, tiene el hombro izquierdo
dislocado....

--Dislocado! exclam la seorita Guichard; pero eso es espantoso! Eso
es....

--Casi nada; una bagatela, interrumpi el doctor.... Vamos  ponerle
esto en su sitio inmediatamente.... Tiene una contusin en la cabeza....
Parece que le han atropellado unos caballos, segn me ha dicho el
jardinero.... Sin duda la herida de la frente ha sido causada por una
herradura.... El pulso es bueno ... la respiracin, regular.... Si
ustedes quieren darme media docena de toallas le arreglar este hombro,
con la ayuda de estos dos buenos muchachos....

--Herminia, corre al ropero....

Herminia, como una slfide, estaba ya en la escalinata.

--Es un hombre distinguido, dijo el doctor; su porte es cuidado y tiene
una buena fisonoma.... Algn excursionista  quien han atropellado esos
locos.... El alquilador de caballos de Ville-d'Avray me vale
ciertamente, un ao con otro, diez brazos rotos y costillas
fracturadas.... Ah! Aqu estn las toallas.... Seoras, la operacin
que voy  practicar no es nada peligrosa, pero s penosa hasta ms no
poder.... Agradecera  ustedes mucho que por algunos minutos me dejasen
solo con el herido y mis ayudantes.

--Pero qu va usted  hacer?

--Amarrar el herido  la pared, engancharnos en su brazo y tirar hasta
que el hombro vuelva  su sitio.... Es doloroso y, sin embargo, muy
sencillo....

El doctor las empuj hacia el patio. Cuando se encontraron solas, oyeron
ruido de pisadas detrs de la puerta de la cochera, despus rdenes
dadas en voz breve y por ltimo ese grito casi inarticulado que lanzan
los marineros cuando tiran del cabrestante. De repente se oy un quejido
desgarrador; un clamor de tortura que aterr  las dos mujeres, y casi
en seguida se abri la puerta y apareci el doctor, enjugndose la
frente y diciendo:

--Esto se acab!

El herido yaca sobre los almohadones, ms plido que antes y todava
inanimado.

--Es l quien ha gritado? pregunt la seorita Guichard.

--S, el dolor le ha despertado, pero se ha desmayado otra vez....

--Y qu vamos  hacer?

--Yo no creo prudente trasladarle por el momento. No podra usted darle
hospitalidad por veinticuatro horas?

--Y bien, elijan ustedes una habitacin adecuada ... y que sea 
propsito.

--La que habita el primo Bobart cuando viene, podamos darle....

--Sea por el cuarto del primo Bobart.... As la humanidad ser respetada
y las conveniencias satisfechas.

--Herminia, sbanas....

--La joven volvi  desaparecer, como si hubiera tenido alas. La
seorita Guichard, un poco inquieta, deca al mdico:

--Y diga usted doctor, no tendremos enfermedad para tres meses?

--Maana estar en pie , ponindonos en lo peor, en estado de ser
conducido  su casa....

--Entonces, todo va bien.

Se subi al herido durante este tiempo y la joven volvi cargada de
fundas de almohada, sbanas, mantas....

--Sera preciso tratar de averiguar con quin nos las habemos, sin
embargo, dijo la seorita Guichard, con un resto de desconfianza;
porque, al fin, le hemos recogido en medio del camino y acaso es un
vagabundo.

--No tiene absolutamente trazas de eso, dijo Herminia.

--Vea usted esto!, dijo Clementina riendo; presumes,  lo que parece,
de tener buen golpe de vista!... Hele aqu garantido por Herminia; no
hay ms que hablar!

--Oh! ta ma, usted se burla y eso no es caritativo.

--Bueno; tampoco yo quiero mal  tu protegido. Vamos  cuidarle.

Subieron, precedidas por el doctor, una escalerilla y en un bonito
cuarto, tapizado de tela persa, encontraron al herido confortablemente
acostado en un mullido lecho, en el fondo de una alcoba. El mdico le
reconoci de nuevo, puso una receta y anunci que volvera  primera
hora de la noche. Las dos mujeres quedaron solas cerca de su husped,
un poco inquietas,  pesar de los buenos presagios del mdico, por
aquella prolongada inmovilidad. Le miraban en silencio y el inters que
les inspiraba su estado resultaba aumentado por una singular simpata
causada por la dulzura de su cara. Tena verdaderamente una fisonoma
atrayente y aun estando plido, con los ojos cerrados y la frente
cubierta con una compresa, resultaba sumamente agradable. Herminia, que
iba y vena por la habitacin, encontr sobre una silla, en desorden, la
ropa del desconocido. Crey que deba arreglarla y estaba hacindolo
cuando cay una carta de uno de los bolsillos.

--Dame ese papel, dijo la seorita Guichard; en l encontraremos acaso
alguna indicacin acerca del nombre y la condicin social de este
joven....

Herminia entreg dcilmente la carta y no bien su ta hubo echado sobre
ella una mirada, palideci, y con una emocin inexplicable exclam:

--Es su letra!

Busc febrilmente la firma y llena de horror descubri estos dos nombres
execrados: _Fortunato Roussel_.

Herminia, asombrada, permaneca en pie delante de su ta sin comprender
sus acciones ni sus palabras. Por fin se arriesg  preguntar:

--Usted sabe, pues, ta ma, quin es este joven?

--Es l, es l! exclam Clementina con mpetu.

Despus, mirando  su sobrina y vindola llena de curiosidad dijo
severamente:

--Por qu te ocupas en lo que no te concierne? Vulvete  nuestras
habitaciones, tu sitio no es este.

Herminia, extraada por este repentino cambio, dirigi una ltima mirada
al enfermo y abriendo la puerta, sali de la habitacin.

En cuanto se vi sola, la seorita Guichard se apoder de la _jaquette_
de su husped, la registr con mano febril, descubri una cartera, la
abri y tomando una tarjeta, ley: _Mauricio Aubry_. Dej la cartera
sobre la chimenea y sombra, con la carta en la mano, se sent,
reflexionando profundamente en el concurso singular de circunstancias
que conduca bajo su techo al hijo del que ella odiaba implacablemente.
Poco  poco su vista cay sobre la hoja de papel cubierta con la letra
aborrecida y ley maquinalmente:

"Querido hijo mo; mi viaje empieza bien. Los crditos que he venido 
realizar...." Aqu Clementina salt algunos renglones pues los negocios
de Roussel le parecieron insignificantes.... "No estar de vuelta antes
de tres semanas y Dios sabe si voy  echarte de menos durante ese
tiempo, ingrato, por no haber querido acompaarme.... Afirmas que
Inglaterra no es un pas artstico.... Si vieras qu interesantes son
estos centros manufactureros de Manchester y Birmingham ... en ellos se
toma el pulso de la actividad de un pas...." Espritu prosaico y
mercantil! murmur Clementina.... "La Escocia es una maravilla.... He de
traerte aqu y vers hasta qu punto eran errneas tus ideas. Cudate
bien, porque sabes que no tengo ms que  ti en el mundo y que si t me
faltases, todo habra acabado para tu viejo amigo...."

La carta se desliz de los dedos de Clementina y cay sobre la alfombra.
Aquella mujer reflexionaba. Los veinte aos que acababan de transcurrir
acudan  su memoria llenos de malos procederes, de acciones prfidas,
imaginadas por ella para atormentar  Roussel, y ante la afeccin, tan
sencillamente expresada, que ste experimentaba por aquel joven, la
solterona comprenda porqu sus venganzas haban resultado infructuosas
y que si sus artimaas no haban producido efecto, era porque el corazn
de su enemigo no ofreca ms que un punto vulnerable. No habiendo
asestado sus tiros contra ese punto, no le haba herido jams
seriamente.

Y este nio, que lo era todo para su enemigo, segn l mismo declaraba,
estaba all,  su disposicin.... Adopt una actitud terrible ante el
lecho, como si quisiera aniquilar aquellos rehenes que la casualidad le
haba entregado, pero se contuvo. Mauricio acababa de arrojar un
profundo suspiro y haba abierto los ojos. Pase enderredor una mirada
turbada, se incorpor sobre el codo derecho y dijo con voz dbil:

--Ah! es usted, seora, la que me ha recogido, cuidado, salvado....

--Usted no ha estado en peligro..., interrumpi secamente Clementina,
como si no quisiera haber contrado tales mritos respecto del hijo de
su enemigo.

--No importa! Estoy sumamente agradecido....

La solterona hizo un gesto que significaba: "Como usted guste",  "No
hay de qu," y dijo:

--Voy  hacer venir una persona para que le cuide.

Se despidi con una brusca inclinacin de cabeza y sali.

Por la noche, el doctor Fortier encontr  su enfermo mucho mejor y le
orden una sopa y un ala de pollo. La seorita Guichard envi  su
husped todo lo necesario, pero no pareci por su habitacin. Al da
siguiente,  las diez de la maana, el mdico di de alta  Mauricio y
ste, ya vestido y ofreciendo el aspecto de un bello mozo, solicit en
vano el favor de dar las gracias  la duea de la casa. Dej una carta,
en la que prometa volver, subi en un coche y se dirigi  Montretout.

Si Clementina se haba negado  recibir  Mauricio, Herminia haba
presenciado su partida,  travs de las transparentes cortinillas de su
ventana, y su aturdimiento haba crecido al ver que su ta no quera
despedirse del que tan caritativamente haba cuidado. Haba en esto un
enigma para ella y en vano se esforzaba en buscar la solucin.

Despus que el enfermo hubo partido pareci que Clementina respiraba ms
libremente. Sali de su habitacin, en la que se haba encerrado, y baj
al jardn, pero permaneci turbada. Un pensamiento importuno atormentaba
 su espritu y  veces, Herminia, que no la perda de vista, con la
industriosa paciencia de las gatas y de las mujeres, la sorprenda
hablando sola. Pero si no comprenda las palabras incoherentes que la
preocupacin arrancaba  su ta, vea, sin embargo, que eran de
violencia y de odio.

Odio, rencor! Cmo su bienhechora, que era para ella el ideal de la
generosidad y de la bondad, poda abrigar semejantes sentimientos! Y
por qu prodigio aquel joven desconocido los despertaba en su corazn?
Porque, no habla duda, era la lectura de aquella carta, cuyo autor era
conocido por su ta, puesto que haba exclamado: "Es su letra," lo que
haba producido semejante desencadenamiento de pasiones.

En esto pensaba la pobre Herminia mientras la seorita Guichard, incapaz
de dominar su agitacin, se paseaba por el saln, con las manos en la
espalda y el cuerpo inclinado, en una postura meditabunda, digna de
Napolen. Una tempestad formidable se formaba desde la vspera en su
cerebro. Haba pasado toda la noche sin dormir, rumiando proyectos
espantosos de venganza. Por qu? Qu nueva afrenta haba sufrido?
Cmo explicar tanta exasperacin? Qu razn haba para tanta
animosidad contra aquel muchacho  quien nunca haba visto y  quien
execraba tanto como al otro, al horrible, al infame Roussel?

Una sola frase de la carta leda haba hecho este monstruoso milagro:
"t lo eres todo para m." Esas seis palabras haban valido  Mauricio
el odio de la seorita Guichard. Puesto que era tan querido de
Fortunato, deba ser, en proporcin, odioso  Clementina. Pens un
instante en recibirle cuando l peda despedirse, para darse el gusto
de ponerle en la puerta dicindole lo que pensaba de su padre adoptivo,
pero despus pens que era ms digno sustraerse  su agradecimiento y
responder  su urbanidad con un silencio desdeoso. Ella tambin le vi
partir oculta detrs de una cortina y no pudo evitar el encontrarle
elegante, sencillo y agraciado. Tan pronto como hubo salido, tir
violentamente de la campanilla para llamar al cochero y al jardinero.
Interrogados, los dos servidores no escasearon los elogios.

--Ah! Es un bello joven!

--Nos ha dado las gracias como si le hubisemos salvado la vida.

--Y estaba muy contrariado por no ver  la seorita.

--Nos ha encargado mucho que dijsemos  la seorita que estaba muy
agradecido....

--Y despus, no habr partido sin gratificaros, dijo Clementina, deseosa
de coger  Mauricio en flagrante delito de tacaera. Supongo que os
habr dado una moneda  cada uno....

--Una moneda! dijo el cochero; nos ha puesto buenamente un billete de
cien francos en la mano y nos la ha apretado al mismo tiempo!

La seorita Guichard se mordi los labios y dijo  sus gentes con voz
ruda:

--Est bien! Salid.

Despus aadi con acento de desprecio.

--Estrechar la mano  mis criados! tiene los gustos bajos de su padre.

Esta conclusin la satisfizo, aunque no fuera justa, y Clementina volvi
 entregarse  sus ocupaciones habituales.  los tres das y  eso de
las tres de la tarde, estaba Herminia trabajando bajo el emparrado,
cuando la hizo estremecerse una campanada que son en la verja. El
jardinero abri y la puerta di paso  Mauricio Aubry. Llevaba el brazo
izquierdo en cabestrillo y su cara estaba todava plida. Esperando que
vinieran  decirle si iba  ser recibido, se acerc maquinalmente al
pabelln del portero. Tena verdaderamente un aire distinguido y
Herminia, que le miraba con sencillez, encontraba en verle un vivo
placer. El tiempo que el jardinero emple en ir  prevenir al criado,
pareci  la joven sumamente corto. Y cuando oy crujir la arena bajo
los zuecos del jardinero, pens: "Qu tiene hoy Giraud, que corre
tanto?" Aprest el odo para oir la respuesta, que fu seca y
terminante.

--La seorita est delicada y no recibe.

--Qu mentira! murmur Herminia, que sinti de pronto un involuntario
descontento.

--Ah! Esto me contrara verdaderamente. Pero, qu da podr ver  la
seorita?

--No lo ha dicho.

--Bueno; volver. Por el bosque, es un paseo.

Y sali. Cmo sucedi que Herminia se levantase y dejando el emparrado
se dirigiese hacia el terrapln que daba sobre el camino en que haba
sido atropellado Mauricio? No es posible explicrselo ms que por uno de
esos impulsos instintivos que son una especie de autosugestin.
Mauricio, deseando ver el sitio donde haba rodado  los pies de los
jinetes de Ville-d'Avray, entr en la calle y se encontr en presencia
de Herminia que le miraba desde lo alto del terrapln. La salud con
poltica sonriendo amablemente. Herminia se puso tan turbada al verse
cogida en flagrante delito de curiosidad, que hizo un brusco movimiento
y el bordado se escap de sus manos y vino  caer  los pies de
Mauricio. La joven palideci de contrariedad y las lgrimas acudieron 
sus ojos, mientras Mauricio recoga la labor y se la ofreca
sencillamente  Herminia, que hubiera querido que la tierra la tragase.
Pens un momento en huir por el jardn, pero sus piernas se negaron 
prestarle ese servicio y se vi obligada  poner buena cara, coger su
bordado y dar las gracias con voz tan dbil como un suspiro, pero que
pareci deliciosa al joven. ste salud de nuevo y un poco animado,
dijo:

--Tenga usted la bondad de dispensarme, seorita, si me permito
dirigirle la palabra sin tener el honor de conocerla....

Herminia tembl, pensando: "Qu va  preguntarme?"

El joven dijo sencillamente:

--Ser tan dichoso que est hablando con alguna amiga  pariente de la
seorita Guichard?

Era preciso responder, so pena de pasar por una grosera.

--Soy su sobrina, balbuce Herminia.

--Oh! Me alegro infinito! dijo l con calor. Usted podr ser intrprete
cerca de ella de mi reconocimiento, en tanto que puedo expresrselo yo
mismo....

Herminia, aterrorizada por la necesidad de sostener la conversacin
desde lo alto del terrapln, contest con las primeras palabras que
vinieron  su mente y que, naturalmente, fueron las que respondan mejor
 sus ntimos sentimientos:

--Ah! seor, buen susto nos ha dado usted.... y fuimos muy dichosas
cuando tuvimos certeza de que no estaba usted gravemente herido.

Se interrumpi, se puso muy encarnada y permaneci delante de Mauricio,
asombrada  inquieta por haber hablado tanto. El joven la miraba con un
placer manifiesto. Herminia estaba vestida con un traje de batista muy
clara y en el terrapln, sobre un fondo de follaje, coronado de racimos,
su silueta se dibujaba de un modo encantador para un artista. Mauricio
vi en un momento la composicin de un cuadro y prolongando su sensacin
artstica, examin  su gracioso modelo, detallando su fino cuerpo, sus
hombros redondos, su cabeza orlada de cabellos rubios que un rayo de sol
haca brillar como un nimbo de virgen. El pintor pens: "Es bonita como
un ngel y tmida y adorable en su cortedad. Siento no poder pedirle que
me deje sacar un croquis, pero esto sera poco correcto." Se quit el
sombrero y dijo muy respetuosamente:

--Veo, seorita, que usted tambin ha tenido la bondad de interesarse
por m; reciba, por ello, mi ms vivo agradecimiento....

Y con pena, pero comprendiendo que las conveniencias lo exigan, se
alej. Herminia le sigui con la vista mientras pudo y volvi  su
cuarto soando por vez primera en su vida. Mauricio tom un camino de
travesa por el bosque y se volvi  Montretout, donde comi y pas la
noche pensando en la joven del terrapln.




CAPTULO III

DONDE HACEN TRAICIN LOS ALIADOS CON QUIENES SE CREA PODER CONTAR.


Al siguiente da de su accidente, Mauricio escribi  su tutor para
contarle la ocurrencia. Tena entonces el corazn lleno de gratitud
hacia la mujer hospitalaria que tan bien le haba cuidado, pero ahora la
encontraba mucho mejor y sus sentimientos se complicaban con un inters
muy vivo por la encantadora persona que viva con ella, y cuyo nombre no
saba siquiera. Desde que haba conocido  la sobrina, amaba cien veces
ms  la seorita Guichard.

Pas una noche muy agitada y por la maana se encerr en su estudio y,
de memoria, hizo un boceto de Herminia sobre el terrapln. Trabaj
durante cuatro horas con ardor y cuando el criado vino  anunciarle que
el almuerzo estaba servido, el cuadro se destacaba de un modo
encantador. La cabeza solamente permaneca borrosa. Sus rasgos estaban
grabados en la memoria del pintor, pero ste tena miedo de
desfigurarlos al fijarlos en el lienzo. Prefiri guardar confusa la
dulce imagen y pens:

--Volver  la Celle-Saint-Cloud y ver de nuevo  mi modelo. Entonces,
seguro de m, le dar un parecido perfecto. Hasta entonces, que
permanezca en la vaguedad de un ensueo.

Pas tarareando al comedor y al lado del plato encontr un telegrama que
acababa de llegar. Le abri y vi con alegra la firma de su tutor; pero
al leerle qued asombrado; ley de nuevo y vi que deca:

"Bajo ningn pretexto vuelvas casa seorita Guichard. Explicar todo....
Vuelvo apresuradamente. Roussel."

Dej el papel azul sobre la mesa y sigui almorzando, presa de un
asombro indecible. Su tutor volva repentinamente, interrumpiendo un
viaje importante, diferido haca dos aos y volva al saber que l haba
sido cuidado en casa de la seorita Guichard  quien no conoca y de la
que nunca haba odo hablar. Qu significaba esto? De qu se trataba?
Acaso la seorita Guichard era una persona poco recomendable?
Entonces, su sobrina ... no, eso era imposible: con aqullos ojos tan
cndidos no poda ser ms que un ngel. Entonces, qu pensar?

No se razona siempre bien el primer impulso y las facilidades de
comunicacin que el telgrafo y el telfono han creado en la sociedad,
ofrecen  las personas vivas de genio numerosas ocasiones para dejarse
llevar del calor de una impresin. Apenas pag Roussel su telegrama y le
vi pasar  manos del telegrafista, sinti una contrariedad. "He hecho
una tontera, se dijo. No hubiera debido advertir  Mauricio. Hubiera
ido  casa de la seorita Guichard, que le hubiera hablado mal de m; l
no la hubiera credo, hubiera salido de all con indignacin y asunto
terminado; mientras que ahora le voy  meter en pleno drama y  excitar
su imaginacin: quin sabe si har alguna tontera!"

Iba  abrir la boca para pedir el telegrama, cuando vi al empleado
desaparecer con l en el cuarto donde estaban los aparatos de
transmisin. Desisti ante las explicaciones que tendra que dar;
suspir y sali pensando: "Sea lo que Dios quiera! Despus de todo,
puede que Mauricio sea ms razonable  los veintiocho aos que su tutor
 los sesenta."

Roussel no se engaaba contando con el buen juicio de su hijo adoptivo,
pero la prudencia de los hombres es engaada frecuentemente por el
capricho de los acontecimientos. El joven pintor, despus de haber
meditado sobre el telegrama de Roussel, sin conseguir imaginar, ni poco
ni mucho, la verdadera situacin, haba resuelto observar
escrupulosamente la consigna: "Bajo ningn pretexto vuelvas casa
seorita Guichard."

Sin embargo, encerrado en el estudio y vuelto del lado de la pared el
boceto trazado por la maana, Mauricio se puso  trabajar en un cuadro
de gnero que tena empezado, y que representaba una joven recin casada
despojndose del velo ayudada por la madrina, mientras otra joven miraba
con curiosidad las alhajas de la canastilla. La composicin de esta
escena era agradable. El estudio del vestido blanco, destacndose de un
fondo muy claro, haba interesado  Mauricio, que miraba su lienzo con
cierta satisfaccin pensando que no estaba mal. De repente, la cabeza
morena de la desposada le desagrad; era una mancha brutal de tinta en
la tierna escala de tonos delicados que haba agrupado tan
armoniosamente. Cogi un raspador y de un solo golpe decapit  la
novia. Entonces, con pincel acariciador rehizo la cabeza cambiando
enteramente su carcter. En lugar de la cara acentuada de su modelo
ordinario, una hermosa muchacha de Batignolles, de ojos negros, pmulos
salientes y labios rojos, surga poco  poco en el lienzo una dulce y
delicada faz que no era sino el retrato de Herminia, con sus guedejas
rubias, sus ojos azules y su boca sonrosada. Era ella rasgo por rasgo y,
sin embargo, no lo era bastante todava, segn el gusto de Mauricio,
porque dej la paleta sobre el taburete, arroj los pinceles con
desaliento y mirando su obra con profunda atencin, murmur:

--Ah! qu lejos estoy de la realidad!... tendra que verla otra vez
para estar completamente seguro de lo que hago!...

Encendi un cigarrillo, se tendi en un sof y permaneci arrojando
crculos de humo que suban, formando espirales, hacia el techo del
estudio. Meditaba, sin dejar de seguir en sus evoluciones caprichosas
las bocanadas de humo, mientras que en el fondo de su nimo se preparaba
sordamente una capitulacin de conciencia:

--Despus de todo, mi padrino me ha prohibido que vaya  casa de la
seorita Guichard, pero no  los alrededores de esa casa. No entrar
ciertamente en ella, pero por qu no he de rondarla para tratar de ver
 la gentil sobrina? Se trata sencillamente de un capricho de
artista.... Tengo ya dos cuadros arrinconados por falta de ese parecido
exacto, porque yo no podra nunca ver  mi desposada de otro modo que
con la cara de la encantadora virgen del bordado ... Y sera lstima no
terminar el bonito esbozo que la representa inclinada sobre el
terrapln. Qu mal habra en que tratase de verla?... Bah! All voy!

Y ponindose en pie empez  quitarse el batn que usaba en el taller.
Entr en su cuarto; se visti con mucho esmero para un pintor que va
sencillamente  buscar un apunte, y tom el camino del bosque.

Si Roussel estaba alarmado por la carta de Mauricio y si ste
experimentaba haca dos das una extraa agitacin, la seorita Guichard
y Herminia tampoco estaban tranquilas. Despus de haberse negado 
recibir al joven, Clementina haba reflexionado y el resultado de sus
reflexiones fu la certeza humillante de que haba cometido una torpeza.
De este modo Roussel y su enemiga estaban en la misma situacin moral
por haber cedido uno y otro  sus primeros impulsos. En cuanto 
Mauricio y Herminia, sus sensaciones y sus aspiraciones eran en un todo
semejantes, pues cada uno de ellos se ocupaba nicamente del otro y
ambos soaban con la dicha de volverse  ver.

La seorita Guichard, encerrada en su cuarto, haba analizado friamente
la situacin creada por la aparicin del hijo adoptivo de Roussel en su
vida, y no haba podido menos de pensar que esa situacin poda ser
fecunda en ventajas, siempre que ella supiese aprovecharla en todo lo
posible. Lo menos que poda obtener era sembrar la discordia y alterar
las relaciones del pupilo y del tutor. Bastaba para esto aparecer como
una buena seora, halagar al joven, atraerle, hablarle de Roussel con
respeto y de este modo, lo malo que Fortunato dira seguramente de ella
sera considerado como prueba de la ms injusta malquerencia. Y
precisamente haba adoptado, desde el primer momento, la lnea de
conducta ms opuesta. Haba tratado duramente  Mauricio, le haba hecho
despedir por su criado y, en fin, se haba conducido al contrario de lo
que exiga el sentido comn. Si el joven tena ms orgullo que
agradecimiento, no volvera y todo habra terminado. Qu hermosa
ocasin perdida de asestar un golpe certero  aquel monstruo de
Fortunato!

Herminia, muy inocentemente, pensaba en Mauricio, porque le haba visto
al principio muy enfermo y, al marcharse, muy interesante, y despus muy
sano y mucho ms interesante an. Tena en el odo el sonido de su voz,
y la mirada lmpida, franca y tan dulce! que le haba dirigido, haba
penetrado hasta su alma. Habindose negado su ta  recibirle, era lo
ms probable que no le viese ms y esto le produca una tristeza
inexplicable. Por primera vez sinti una especie de pesadez, que la
oprima el corazn y no poda definir con precisin si era alegra 
pena lo que experimentaba. Pero era, eso s, una sensacin muy fuerte
que le pareca que haba de durar toda su vida.

Como por casualidad haba descubierto un banco en el terrapln, no en el
sitio en que ella se encontraba cuando Mauricio pas por el
camino,--all estaba demasiado en evidencia,--sino al extremo de la
tapia y detrs de un vallado. Desde aquel sitio, se vea sin ser visto,
 todo el que pasara,  menos de poner un poco de su parte, con buena
voluntad,  inclinarse como para coger las clemtides que tapizaban el
muro y pendan hacia fuera. Pero Herminia no pensaba inclinarse, sino
ver, y esto era ya en ella muy extraordinario.

Pas las primeras horas del da con la seorita Guichard y  eso de las
tres se dirigi al terrapln. All, sentada en el banco de piedra, con
la labor sobre la falda, se asemejaba  la Virgen del bordado, como
deca Mauricio. No trabajaba gran cosa y pensaba ... pensaba ms que
haba pensado desde su nacimiento. Esperaba que vendra la persona por
la cual se haba apostado en observacin; puesto que ella haba tenido
la idea de acechar su paso, le pareca muy natural que  l le hubiese
ocurrido la de pasar.

Al cabo de una hora, Herminia no haba hecho progresar gran cosa su
bordado, pero haba dirigido muchas miradas por encima del muro.
Empezaba  impacientarse y  dirigir mentalmente acusaciones  Mauricio,
cuando, al sonar la hora en la iglesia del pueblo, se oy un paso ligero
que rompa el pesado silencio de la calleja. El que se aproximaba no
vena por la plaza, sino por detrs de Herminia, del lado del bosque. La
joven pens: "Ser tonta? Cmo poda haber atravesado todo el pas? Es
mucho ms prudente en l llegar  la quinta por caminos solitarios."

Los pasos se aproximaban. La joven, en su banco, estaba enteramente
oculta y no tena que hacer sino permanecer sentada para que Mauricio
pasase sin verla; fu una emocin repentina? fu el deseo de ver mejor
al que pasaba,  fu cualquiera otra la razn de que se levantase? Ello
fu que estando el joven pintor examinando con cuidado el muro, un
ligero ruido de ramaje lleg  sus odos. Retrocedi prontamente algunos
pasos y, alargndose su perspectiva, descubri  la sobrina de la
seorita Guichard en su nido de verdes hojas.

Como la vspera, la salud sonriendo y dirigindose  ella como si
fuese una antigua conocida, dijo:

--Ser hoy ms dichoso que ayer y podr llegar hasta la seorita
Guichard?

Herminia junt las manos y dirigi  Mauricio una mirada suplicante.

--Hable usted ms bajo, se lo suplico ... Si nos oyeran, sera
terrible!

--Por qu?

--Porque desde que usted entr en esta casa, el carcter de mi ta ha
cambiado por completo. Est inquieta, atormentada....

--Ella tambin!, exclam impensadamente Mauricio.

--Cmo ella tambin? Acaso por parte de usted....

--Oh! no: me he equivocado al decir esto. Contine usted; se lo
suplico....

--Existe, por fuerza, entre mi ta y usted,  alguno que le toque de
cerca, una diferencia grave y que yo ignoro.

--Y yo tambin!

--Ah! Ve usted como hay algo?

--Es verdad; hay algo, pero qu?

--Entonces, no se trata de usted?

--Hace tres das, no conoca  la seorita Guichard.

--Luego no es usted el culpable? Tanto mejor!

-- El culpable!, exclam Mauricio; pero, seorita, est usted segura de
que la persona que yo supongo que est en desacuerdo con su ta de usted
no tiene ciertamente nada de qu acusarse....

--Mi ta tampoco!

--Hace usted muy bien en defenderla.... Pero lo nico claro en todo esto
es que soy vctima de una hostilidad  la que en modo alguno he
contribudo; que encuentro cerrada la puerta de esta casa y que si no
tuviera la fortuna de hablar con usted....

--Por encima de la tapia, lo que est muy mal hecho!

--No hubiera sabido siquiera porqu he sido despedido tan
deliberadamente por la seorita Guichard ... con harto sentimiento mo,
porque tengo un placer infinito en ver  usted y en oirla.

Herminia comprendi que la conversacin tomaba un giro que poda llegar
prontamente  ser peligroso, y dijo, adoptando un aire grave:

--Dispense usted, seor mo; he respondido  usted acerca de los puntos
que le interesaban.... Creo que no tenemos nada ms que decirnos.

--Cmo! Nada que decirnos!, exclam con vehemencia Mauricio. Apenas
hemos cambiado diez palabras y tenemos que esclarecerlo todo.... Porque
es imposible que nuestras familias permanezcan enojadas ...  nosotros
corresponde reconciliarlas.... No quiere usted?

--De todo corazn!

--Al menos, debemos conocer las causas de sus diferencias ... Usted
parece mejor informada que yo....

--No, seor.

--Entonces, quin nos dir la verdad?

--Yo!, dijo detrs de los jvenes una robusta voz. Y al mismo tiempo la
seorita Guichard, surgiendo de la espesura desde donde escuchaba haca
un momento  Mauricio y  Herminia, apareci majestuosa y terrible.

--Mi ta!, exclam Herminia aterrada. Y levantando los brazos con
ademn desesperado, tom la fuga y desapareci, ligera como una corza,
por el extremo de la alameda.

Mauricio, esforzndose en aparecer tranquilo, qued solo en presencia de
la seorita Guichard. Sin embargo, se crea algo en ridculo, al pie del
muro y con el sombrero en la mano, y pensaba: "Debo parecer un mendigo
pidiendo limosna" ... Pero tuvo una agradable sorpresa.

--Puesto que usted, caballero, tiene curiosidad de saber lo que nos
tiene divididos al seor Roussel y  m, va usted  orlo. Ms para tal
confidencia el sitio me parece incmodo, aunque sea usted quien le ha
elegido. Tenga, pues, la bondad de seguir la tapia hasta la verja y all
me encontrar usted para abrrsela.

Y con la mano le indic la direccin que deba tomar, aunque l la
conoca muy bien, y descendi del terrapln. Al dirigirse hacia la
verja, Clementina se preguntaba: "Qu har? He visto en su mirada la
idea de huir y no volver. Si se marcha, se acab el episodio; no le
volver  ver jams. Si viene ... entonces, nos veremos, seor Roussel!
Es tu bien ms querido, y voy  tratar de quitrtelo."

Mauricio, andando por el camino, pensaba: "Mi tutor me ha prohibido
entrar en su casa y verla y me veo obligado  desobedecerle. Si emprendo
la carrera y huyo sin tambores ni trompetas, no obrar con poltica,
aunque s, acaso, con prudencia. Pero de este modo quedara en ridculo
... Qu pensara de m la Virgen del bordado? Me tomara por un lacayo,
por un don Juan de villorrio, que intenta emprender intrigas con las
jvenes por encima de las tapias, y no la volvera  ver! Vamos, pues!
 mal tiempo, buena cara. Salgamos de este mal paso lo ms correctamente
que sea posible."

Al llegar Mauricio  la verja, se abri el postigo y la seorita
Guichard, muy amable, dijo:

--Entre usted. Le encuentro con mejor salud que la primera vez, por lo
que me felicito.

--Y yo se lo agradezco  usted, porque  sus buenos cuidados lo debo,
seora....

--Llmeme usted "seorita" dijo Clementina con aire majestuoso.

--Pues bien, seorita, acentu Mauricio, usted ha sido tan buena, para
m....

--Y no lo siento, dijo Clementina, admitiendo el elogio, aunque usted
sea singularmente emprendedor y merezca severas reprensiones ... Es el
seor Roussel quien le ha enseado  hablar con las jvenes sin el
consentimiento de sus padres?...

--El seor Roussel no me ha dado ms que buenos ejemplos, dijo
dulcemente Mauricio, y confieso que si l me hubiera encontrado donde
estaba hace un momento, hubiera sido, sin duda, menos indulgente que
usted....

--Porque se trataba de mi sobrina?

--Porque se trataba de una seorita,  las cuales l me ha enseado que
se debe respetar infinitamente.

--Vamos, pues ... Puesto que usted mismo se acusa ... yo estoy
desarmada.

--Contra m, dijo Mauricio sonriendo; pero contra mi tutor....

--l! Eso es otra cosa ... Yo tengo el deber de defenderme.

--Pero, es usted atacada?

Hablando as, haban entrado bajo el emparrado, y se sentaron.

--Atacada! replic la seorita Guichard. Hace veinte aos no he dejado
de serlo ... Puedo decir que las nicas penas de mi vida han venido del
seor Roussel.

--Seorita, dijo Mauricio con estupor, no puedo suponer que usted me
engae, ... y sin embargo, lo que me est contando es tan extrao, tan
inverosmil ... Hace veinte aos que estoy al lado del seor Roussel y
es esta la primera vez que oigo hablar de tales disensiones. Mi tutor no
me ha dicho jams una sola palabra y nada indicaba en su actitud un
hombre turbado por las combinaciones de una guerra intestina ... S, su
espritu estaba libre....

-- Cree usted que Herminia....

--Ah! su sobrina de usted se llama Herminia?... interrumpi Mauricio.

--S, seor ... Cree usted que esta nia ha podido sospechar algo? La
he ocultado cuidadosamente mis tristezas y mis temores, como el seor
Roussel disimulaba delante de usted sus agitaciones....

--Pero, Dios mo, seorita, por qu esa hostilidad? Qu son ustedes
el uno para el otro?

--Somos primos hermanos y hemos estado para casarnos.

Mauricio no encontr una sola palabra que responder. En su pensamiento,
asociaba la sonriente bondad de Roussel con la sequedad angulosa de la
seorita Guichard y no se daba cuenta de la posibilidad de una unin
entre estos dos seres tan poco  propsito para entenderse. En verdad,
comprenda que se hubiesen repelido, como los elementos afines de la
electricidad, y adivinaba qu sacudidas haban debido producir esas
corrientes encontradas.

Clementina, vindole absorto, continu sus explicaciones, en las que
siempre se adjudicaba la mejor parte. Pint su corazn herido por el
abandono de un hombre  quien amaba y  quien su to la haba destinado
desde la infancia. No habl de sus pretensiones, de sus calumnias, de
sus maldades ni de toda aquella guerra de alfilerazos que haba hecho al
pobre Roussel. No; la vctima era ella; inocente y dulce criatura
abandonada por un prometido infiel  ingrato. Se mostr llorosa como
Dido despus de la partida del hijo de Anquises; pero ella no haba
subido ay!  la pira fatal, sino que haba consumido su vida en las
penas. Una reclusin completa haba sido la consecuencia de la cruel
decepcin experimentada. Haba renunciado al mundo y llorando su perdido
porvenir se haba consagrado  la educacin de Herminia, su hija
adoptiva, que era la sola alegra de su soledad.

Escuchando  la seorita Guichard, Mauricio pensaba: "Ser posible que
mi tutor se haya mostrado tan duro con esta pobre mujer? Cmo!
tiernamente amado, la abandon? Quin pensara, al verle ahora con su
cara rubicunda y sus cabellos blancos, que en otro tiempo haba hecho
desgraciadas! No era muy seductora su prima Clementina ... pero, despus
de todo, la palabra es palabra. Si esta mujer me contase la verdad ...
Y cmo no? el telegrama enviado desde Liverpool, prohibindome volver 
casa de la seorita Guichard, prueba la aversin que mi tutor dedica 
su exprometida ... Qu habr pasado entre ellos? Y por qu, sobre
todo, no me ha hecho jams la menor alusin  todas estas historias?
Ser eso una prueba de que es suya la falta? Sera entonces la nica
de su vida!"

Esta disculpa en favor de su tutor alivi  Mauricio, que haca un
momento se estaba haciendo aliado de Clementina y no bastante defensor
de su padre adoptivo. Clementina deca:

--Usted juzgar de mi emocin cuando esta carta cada de su bolsillo y
que est firmada por el seor Roussel, me revel quin era usted....

--Luego usted me conoca? pregunt ligeramente Mauricio.

--La naciente celebridad de usted no me permita ignorar su nombre.

--El pintor se inclin ruborizndose.

--Lo poco que yo valgo se lo debo al seor Roussel.

--Tiene tanto gusto y tan admirable inteligencia! exclam Clementina
con una admirable hipocresa. Ah, seor! Era muy seductor, cuando
joven; cmo no haba de agradar? Yo no quiero que mi sobrina sea tan
desgraciada como yo ... Ahora que nos hemos explicado, no vuelva usted
ms, caballero ... Todo nos separa....

--Pero, seorita ... dijo Mauricio en tono de protesta y muy molestado.

--Oh! no se defienda usted ... Es encantadora y s lo que usted piensa
de ella. Les escuchaba hace un momento cuando usted la hablaba al pie
del terrapln. Todas las dulzuras que usted la dedicaba me recordaban
los artificios en que yo misma me dej coger!... Si usted ama 
Herminia, pierde el cario de su tutor ... Vea, pues, si no es mejor que
no vuelva usted jams....

--Djeme usted al menos hablarle ... explicarle.... dijo Mauricio con
calor, sin observar que, muy diestramente, le acababan de entregar
Herminia.

--No, nada, no vuelva usted! Es usted un amable joven y si ella le
volviese  ver, sabe Dios lo que podra suceder  esta nia, de corazn
tan sencillo y tan puro!...

--Pero, seorita, mi tutor tiene por m una intensa afeccin y estoy
seguro de que conseguira vencer sus prevenciones....

--Usted lo cree? Es usted un hombre honrado?

--Y puede usted dudarlo?

--No lo dudo y la prueba es que le autorizo para quedarse ... Qu
dicha, el poder acogerle sin desconfianza! Usted me agrad desde el
primer momento ... No diga usted ni una palabra  Herminia ... No le
permito hacerle la corte sin que el seor Roussel haya dado su
consentimiento.... Pero comer usted con nosotras y observar que no
somos tan malas personas.... Herminia!

La Virgen del bordado, viendo que la conversacin se prolongaba y
devorada por la curiosidad, haba tomado el partido de dejar ver el
extremo de su traje blanco por el otro lado del vallado.  la llamada de
su ta, se acerc llena de emocin y por eso mismo ms encantadora ...
Y Mauricio, perdiendo en su presencia la poca resolucin que le quedaba,
olvid las rdenes de su tutor y entr en aquella casa de la que hubiera
debido huir.

Al da siguiente, Mauricio tuvo ocasin de acabar el cuadro y el boceto,
porque tena en el pensamiento, clara y precisa, la deliciosa cara de
Herminia. Trabaj todo el da con ardor, pero sin alegra, porque, en el
fondo, estaba descontento de s mismo. "Cmo explicar  mi tutor lo que
ha pasado? se deca; y cmo va  tomar mi desobediencia? Ah! si
conociese  Herminia, me comprendera y me disculpara! Pero no conoce
ms que  la seorita Guichard y es fuerza confesar que no es lo mismo
... Y, sin embargo, no es mala esa mujer. Lo peor que tiene es aquel
aire tan hombruno; ... eso ser lo que habr alejado  mi tutor. Y,
diablo! l era un buen mozo cuando joven,  juzgar por sus retratos, y
el rompimiento debi ser penoso para la tierna Clementina, que le
quera!... Oh!, de veras. Mi tutor crea que en esa casa me hablaran
mal de l y esto le contrariaba. Como si todo cuanto pudieran decirme
fuese  hacerme olvidar sus bondades! Aunque fuera un monstruo, no por
eso habra dejado de ser mi segundo padre.

Por la noche, la soledad de la casa y el silencio del campo le
fastidiaron y se fu  Pars. Entr en un teatro; encontr inspida la
obra que se representaba,  pesar de que llevaba doscientas
representaciones, y volvi  Montretout en el ltimo tren. Dorma
profundamente por la maana, cuando la puerta de su cuarto se abri
bruscamente y entr el seor Roussel diciendo:

--Soy yo! Cmo, perezoso! ests todava en la cama? Ven  abrazarme.

Mauricio no se lo hizo repetir. Salt al suelo y estrech  su tutor
entre sus brazos.

--Vamos; vstete, dijo Fortunato; vas  coger fro.

--Pero, cmo es que llega usted tan de maana?

--Tom el vapor ayer por la tarde; he corrido toda la noche en
ferrocarril y aqu estoy.

--Pero debe usted estar muy cansado....

--Nada, absolutamente. Hablemos de ti.

Durante este tiempo, Mauricio se haba vestido.

--Pasemos  tu estudio y estaremos mejor que aqu, dijo Roussel.

Cogi al joven por el brazo, apretndoselo tiernamente, dichoso por
tenerle all, como si hubiera abrigado el temor secreto de no
encontrarle en su casa al volver. Llegados al estudio, se sent, sin
haber examinado los lienzos puestos en el caballete, como tena por
costumbre, y dijo, mirando  su hijo adoptivo:

--Cuntame con detalles tu accidente y tus aventuras con la seorita
Guichard.

--El accidente es de los ms sencillos y de los ms estpidos ...
Imagine usted que fu cogido en una calleja por una cabalgata de
horteras y atropellado antes de haber podido guarecerme.... Tena la
frente contusionada y dislocado un hombro, cuando el jardinero de la
seorita Guichard me vi sin conocimiento en medio del camino.... La
seorita Guichard me hizo transportar  su casa y me cuid perfectamente
... No hay ms.

--No hay ms!, murmur Roussel en tono de sospecha.

--Nada!

--Entonces has visto al monstruo mismo?

--Un monstruo nada feroz, dijo Mauricio riendo.

--Diablo! Cmo te las has compuesto?... Pero, sin duda, ella no te
conoca cuando te acogi  ignoraba el vnculo que nos une.

--Es verdad que, en cuanto lo supo, su actitud cambi completamente.

--Ah! Lo ves? exclam Roussel triunfante.

--S; pero si ces de venir  mi cuarto, sigui tenindome en su casa y
sus atenciones, dignas de todo agradecimiento, no se interrumpieron....
Acaso permaneci alejada por delicadeza.

--Por delicadeza? Ah! Decididamente, no la conoces. Sera menos
peligroso tratar de aprisionar leones  tigres, que vivir en buena
inteligencia con ella ... Oh! ya veo que se ha hecho de miel contigo;
cuando quiere, sabe ser amable.... pero eso es imposible que dure ... yo
lo s bien.... He tratado de domarla durante seis semanas y tuve que
apelar  la fuga ... Te habr dicho que soy un bandido, eh?

--Todo lo contrario. Me ha contado que le haba amado  usted mucho ...
Y por su actitud, por el tono con que me hablaba, jurara que an....

--Calla, desgraciado! interrumpi Fortunato con un ademn de horror.
Gracias  Dios esto libre de ella y el diablo mismo no me hara ponerme
voluntariamente en su presencia ... Calla! has cambiado la cabeza de
tu desposada?

Roussel, pasendose de arriba abajo, en la agitacin que le producan
aquellos recuerdos, se haba detenido delante del cuadro empezado por
Mauricio antes de su partida y miraba con atencin la figura que
representaba  Herminia.

--S, dijo Mauricio; me ha parecido que el rubio estaba mejor en la
escala de los colores: el moreno resultaba brutal.

--La fisonoma es encantadora. De qu modelo te has servido?

--De ninguno: est hecho de imaginacin....

--Ah! Pues no es esa tu costumbre....

Se call. Acababa de ver el estudio de la virgen del bordado y le
examinaba con aire cuidadoso. De una ojeada haba reconocido el
terrapln de la quinta del to Guichard, en el que haba jugado durante
toda su infancia. Y en aquella joven inclinada hacia la callejuela y
rodeada de follaje, volva  encontrar  la desposada cuya cara haba
cambiado Mauricio por un repentino capricho. Una extraa coincidencia,
verdaderamente, y muy  propsito para alarmar  Roussel! ste
permaneca delante del lienzo, no atrevindose  volverse por no mostrar
 su hijo adoptivo su cara sombra, pero viendo, sin embargo, que era
necesaria una explicacin. Por fin, se arm de valor, y dijo:

--Es nuevo este boceto?

--S, padrino; he emprendido este cuadrito despus que usted se march.

--Es la misma cabeza de la desposada ... Tambin de imaginacin?...

Levant la frente y clav su mirada en los ojos de Mauricio. El joven se
sonroj un poco y dijo sencillamente:

--No he mentido  usted nunca y no he de empezar  mi edad ... Esta
cara es la de la sobrina de la seorita Guichard.

--Ha venido aqu? pregunt Roussel con violenta angustia; la has hecho
entrar en mi casa?

--No; no ha venido; he hecho este retrato de memoria....

--De memoria! repiti Fortunato moviendo la cabeza. Cuntas veces la
has visto entonces?

--Dos veces.

--Dnde?

--La primera en el terrapln, tal como usted la ve en este boceto ... Su
graciosa silueta me pareci que encuadraba bonitamente en el follaje....
Haba en esto un precioso asunto ... La pint de memoria y despus, como
la cabeza no me satisfaca....

--Has vuelto!

--S, padrino; y esta vez, estando hablndola, fu sorprendido por la
seorita Guichard....

--Que te ech una reprimenda ... Yo en su lugar....

--Nada de eso; que me rog que entrase, se explic muy cordialmente
conmigo, me acogi con gran benevolencia ... y despus....

--Y despus? repiti Fortunato estremecindose.

--Y despus, me hizo quedarme  comer.

--Has comido en su casa?

--Antes de ayer.

--No te ha hablado mal de m; te ha acogido con benevolencia y te ha
convidado  comer, resumi Roussel ... Ah! Hijo mo, todo esto es ms
grave de lo que haba previsto. Veamos; vamos  poner los puntos sobre
las es, porque va en ello mi tranquilidad presente y tu seguridad en el
porvenir. Dmelo todo, como  un padre.... Esa joven ... encantadora si
es como t la has pintado ... Ay! s muy bien cmo logras los parecidos
... esa joven ... te ha gustado?

--Oh! s, mi querido padrino, exclam Mauricio con fuego. Si usted
supiera hasta qu punto es bonita, dulce, sencilla....

--Eh! todo lo que t quieras ... un ngel.

--Un ngel, s, padrino....

--Pero tiene el diablo  su lado! Y no tendrs el ngel sin verte
obligado  cargar tambin con el diablo!... Ah! querido hijo mo, t
sabes cunto te quiero y cmo te lo he probado desde hace veinte aos.
Debes estar convencido de que si slo se tratase de sacrificar mi reposo
 tu dicha, no dudara ... Pero tener  Clementina por suegra ...
porque sera tu suegra! no habra en el infierno suplicio semejante.
Hay que haberla conocido joven para sospechar lo que debe ser ahora que
es vieja. Y su plan lo adivino ahora como si lo estuviera viendo ...
Quiere robarme tu cario ... Ha puesto  su sobrina como un cebo para
cogerte en sus redes ... S, ya s lo que me vas  decir; la sobrina es
encantadora ... Al casarse con una joven, no se casa uno con su madre y
mucho menos con su ta! Pero estoy seguro de que Clementina tomara sus
precauciones, que se impondra  la joven pareja ... qu digo? que la
secuestrara y exigira al marido que jurase vivir con ella ... Este es
el secreto de su buena acogida.... Ha visto en ti el yerno ideal ... Un
muchacho guapo, bien educado, rico y ya clebre y como remate mi hijo
adoptivo ... Su sueo es apoderarse de ti para que yo quede solo,  mi
edad, y me muera de pena en mi rincn, como un pobre perro abandonado.

Y hablando as el buen Fortunato se haba enternecido. Su voz se perdi
en un sollozo y las lgrimas rodaron por sus mejillas. Ante esta pena
tan sincera del hombre que le haba educado, Mauricio se abandon  su
emocin: se abalanz  Roussel, le estrech entre sus brazos, le oblig
 sentarse en una butaca, se coloc en un taburete cerca de l, le cogi
la mano y, llorando tambin, dijo:

--Basta, mi querido padrino; ni una palabra ms ... Usted no me conoce
... yo, abandonarle! Dejarle acabar su vida, que espero ser todava
muy larga, sin aprovechar la dicha de su continua presencia! Cmo ha
podido usted pensarlo? Preferira renunciar  todas las mujeres de la
tierra, mejor que causar  usted una pena ... Usted llora, mi bueno y
nico amigo, por mi causa.... Es la primera vez y ser la ltima ...
Tranquilcese usted; jams har nada que le atormente ni que siquiera le
disguste; sera un ente desnaturalizado si pensase en otra cosa que en
complacerle. Los hijos deben obediencia  sus padres y usted es an ms
que un padre para m, porque no es la naturaleza la que le ha hecho
serlo, sino su voluntad.... Yo soy su hechura moral ... No creo que haya
en el mundo lazos ms fuertes que los de mi cario y mi
reconocimiento....

Roussel lloraba todava, pero al mismo tiempo se senta dichoso, porque
vea la sinceridad con que hablaba Mauricio. Le abraz con efusin y ya
ruborizado, el buen seor, por el egosmo con que aceptaba la renuncia
de su querido hijo:

--Casi no la conoces, exclam, y olvidars fcilmente  esa joven ...
Bah! Ya buscaremos otra, aun ms bonita y que no dependa de la atroz
Clementina ... Si t supieras....

--No quiero saber nada; creo  usted bajo su palabra.

--Ah! eres un buen muchacho, dijo Fortunato con efusin, y en este
momento me pagas veinte aos de ternura....

--Entonces, no se hable ms del asunto, contest Mauricio con afectada
calma y que se borre hasta el recuerdo de esta aventura.

Roussel y Mauricio volvieron  emprender su plan de vida ordinario, en
apariencia al menos, porque, en realidad se haba producido entre ellos
una causa de molestia. El pintor no buscaba, como en otro tiempo, la
presencia de su padrino, , instintivamente, Fortunato estaba retrado.
No podan hablarse sin reticencias y se vean obligados  reflexionar,
antes de emprender una conversacin,  fin de asegurarse de que no haba
de descarrilar del asunto principal, en desenvolvimientos peligrosos.
Ocupados incesantemente en dominarse, afectaban una tranquilidad que
estaba muy lejos de sus espritus. No se atrevan  dirigirse mutuas
preguntas y se espiaban, temiendo sorprender en sus fisonomas la huella
de una inquietud, la prueba de una pena. Hubieran querido convencerse de
que haban renunciado, Roussel  sus prevenciones y Mauricio  su
amor.... Pero saban que esto era imposible y ambos sufran. Estos dos
seres que haban vivido tanto tiempo en una deliciosa intimidad, no se
vean ahora ms que  las horas en que les era imposible evitarse; por
la maana en el almuerzo y por la tarde durante la comida y de
sobremesa, y aun entonces estaban juntos con alguna inquietud. De este
modo, Clementina haba conseguido introducir la turbacin en casa de su
enemigo y envenenar su tranquila felicidad.




CAPTULO IV


EL ATAQUE Y LA DEFENSA.

Durante quince das Roussel sufri valerosamente esta situacin tan
nueva y tan penosa. Pensaba: "Es el primer momento; esto pasar. Un
nuevo capricho seguir al actual y ya no habr cuestin. Podremos
entonces respirar, lejos de la horrible Clementina, y vivir en paz."
Pero sus esperanzas optimistas no se realizaron. Era que Mauricio
estaba ms seriamente enamorado que lo que haba dicho? Era que la
violencia hecha  sus sentimientos haba aumentado su fuerza en vez de
disminuirla? Mauricio cambiaba mucho, fsica y moralmente. l, que era
la actividad misma, pasaba das enteros tendido en el divn de su
estudio, fumando cigarrillos. No coga un pincel. El boceto de la
_Virgen del bordado_ y el cuadro de los _Desposados_ estaban vueltos
hacia la pared. Tena en completo abandono los estudios empezados para
la decoracin de la sala de actos de la alcalda de Saint-Denis;
importante trabajo obtenido en buena lid, en un concurso en el que tuvo
por antagonistas  los ms clebres pintores. Nada le interesaba. Estaba
sufriendo una crisis de desaliento y de disgusto.

Por la primera vez en su vida, Roussel le vea de este modo, lo que le
alarmaba seriamente. Disimulaba, sin embargo y no lo interrogaba,
temiendo una respuesta que abriese de nuevo el debate. Esperaba todava
que "aquello pasara", pero vea que no "pasaba" jams.

Por las tardes Mauricio sala solo con frecuencia. Las primeras veces,
Roussel le haba preguntado: "Adnde vas?" y el joven le haba enseado
un lbum, y respondido: "Voy  buscar apuntes ..." Y no haba invitado 
su tutor  que le acompaase y hasta, pareciendo temer que ste se lo
propusiera, casi se haba escapado. Roussel no haba repetido la
pregunta; pero un da en que el lbum de los croquis estaba sobre una
mesa, en ausencia del pintor, haba levantado la cubierta, recorrido las
hojas y adquirido la certeza de que todas estaban inmaculadas. Entonces,
en qu pasaba Mauricio los das? Habra faltado  su promesa y vuelto
 casa de la seorita Guichard? Roussel no lo sospech siquiera; saba
que era incapaz de faltar  un compromiso. Y sin embargo, qu haca?

Resolvi seguirle, y una tarde en que Mauricio haba salido por el
camino de Saint-Cloud con el famoso lbum de las hojas en blanco,
Fortunato se dispuso  ir de lejos en su seguimiento. Pudo sin
dificultad no perderle de vista, porque el joven marchaba sin
desconfianza. Ni una sola vez se volvi y en el camino polvoriento, su
silueta se destacaba visible  quinientos pasos de distancia. Volvi
hacia la derecha; tom un sendero de travesa que conduca al bosque y
una vez llegado  la espesura, se sent, con el lbum sobre las rodillas
y permaneci ms de una hora sin moverse, como si esperase  alguien,
pero nadie lleg. Sali de su abstraccin y  paso lento, siguiendo su
paseo, se dirigi hacia la Celle-Saint-Cloud.

Fortunato se estremeci. Se habra engaado? Sera capaz Mauricio de
tanto disimulo? Qu! ira  casa de la seorita Guichard? No!
imposible. Y, sin embargo, tomaba una direccin nada dudosa hacia una
plazoleta en la que desembocaba la callejuela donde el joven haba sido
atropellado. Pero Mauricio, en vez de apretar el paso, como aquel 
quien se espera, le acortaba. Dobl la esquina de la calleja y all se
detuvo su tutor. Mauricio avanz hasta que pudo descubrir el terrapln
de la quinta y all, oculto detrs de una espesura de madreselvas que
brotaban en la cerca de un jardn, esper.

Desde su puesto de observacin, Roussel le vea mirar con insistencia
hacia la finca de la seorita Guichard. Y hasta le vea la cara lo
bastante para notar su profunda tristeza. Esto era, pues, el objeto de
sus paseos misteriosos? Vena  contemplar el sitio donde haba visto
por primera vez  Herminia. Esperaba verla de lejos si pasaba por la
alameda de las ramas colgantes. Acaso ella se mostrase tan triste como
l y entonces, esa identidad de sentimientos sera un alivio para su
pena. Y el curtido corazn de Fortunato se apret al recibir esta prueba
de la pena efectiva y devoradora del hijo  quien amaba tan tiernamente.

Una gran melancola se apoder de l. Presinti que estaba destinado al
ms cruel de los sacrificios; el de la tranquilidad de sus ltimos das.
Vi que no podra dudar entre su dolor y el de Mauricio. Estim que no
era justo aceptar el sufrimiento de aquella juventud como precio de la
quietud de su vejez. No haba igualdad entre la vida del uno, en su
aurora, y la del otro, en su ocaso. Por ltimo, temi que Mauricio le
juzgase egosta y tuviese de Clementina mejor opinin que de l y quiso
demostrar la diferencia que haba entre ellos y hacer apreciar su
abnegacin comparada con la inflexibilidad de la seorita Guichard.

Mauricio dej su sitio lentamente y como  disgusto. Aquel da Herminia
no haba aparecido en el jardn. Tom de nuevo el camino del bosque, con
la cabeza baja y al llegar  la plazoleta, arroj un grito ahogado y
palideci: su tutor estaba delante de l. El anciano estaba grave y un
poco plido, pero su fisonoma y su actitud no acusaban enfado alguno.
Viendo  Mauricio perplejo, se adelant sin hablar, le cogi
afectuosamente el brazo y march  su lado en direccin  Montretout.

Despus de algunos minutos de silencio, levant la cabeza, mir  su
hijo adoptivo con dulzura y dijo con voz enternecida:

--As pues, hijo mo; _eso_ es ms fuerte que t? Es absolutamente
preciso que la vuelvas  ver?

 estas palabras tan afectuosas, tan verdaderamente paternales,
Mauricio, conmovido, balbuce con voz alterada:

--Oh! mi querido padrino, perdneme usted, pero es tanta mi pena!...

--Vamos, hijo mo; has hecho lo que has podido, bien lo veo;  m me
toca hacer el resto.

--Padrino mo!...

--Acaso has credo que te he criado como lo he hecho, durante veinte
aos, para cambiar de repente, el mejor da, y hacerte desgraciado? No,
no! Te quiero para ti mismo y no para m y no puedo soportar la idea de
que alimentas una pena que una palabra ma puede disipar.

--Oh! pero yo no aceptar que usted tenga el menor disgusto por mi
causa, interrumpi Mauricio con energa. Soy un cobarde por no haber
sabido soportar mejor esta decepcin. Pero yo dar buena cuenta de mi
debilidad ... Hace mucho tiempo que estoy proyectando un viaje  Espaa
... Partir ... partiremos juntos.

--No!, dijo tristemente Roussel; porque llevaras contigo el recuerdo
de Herminia y seras an ms desgraciado estando lejos de ella ... Y yo
tendra la doble tristeza de verte sufrir y de pensar que sufras por
ser yo un egosta ... Lo que me impeda dejarte en libertad de amar 
esa muchacha, que es sin duda adorable y buena....

--Ah! mi querido padrino; si usted hablase con ella solamente un cuarto
de hora, estara usted seguro de ello. La dulzura de su voz, la gracia
de su mirada, todo atestigua un corazn exquisito.

--Yo creo que si t te has puesto  amarla tan deprisa y tan fuerte,
dijo Fortunato sonriendo, es que tiene un encanto irresistible.

--Y con todo eso, es tan modesta, tan bien educada....

--Oh! no se parece  Clementina ... Pero te deca que me haba
contenido el temor de que fueses vctima de la seorita Guichard, como
lo he sido yo ... He pensado mucho en todas estas cosas desde que volv
de mi viaje y he adquirido la certidumbre de que podrs escapar al
peligro. Qu es lo que t quieres, en suma? Una mujer y no una fortuna.
Y bien; csate con Herminia, y si la seorita Guichard te atormenta,
coges  tu mujer del brazo y te la llevas. T sers siempre
independiente. As pues si Herminia te ama....

--Me amar.

--Debe amarte ya! Pero la seorita Guichard estar, de seguro, furiosa
por no haberte visto desde hace dos semanas. Va  ser preciso jugar mano
 mano con esa buena pieza. Ests dispuesto  seguir el plan que te voy
 trazar?

--Ciegamente.

--Pues bien, escucha. Si cometieras la imprudencia de presentarte maana
en la Celle-Saint-Cloud, con el aire radiante y diciendo  Clementina:
"Heme aqu! Mi tutor consiente en que me case con su sobrina de usted;
quiere usted concederme su mano?" puedes estar seguro de que te
pondran en la puerta con todos los honores debidos  tu posicin de
hijo adoptivo de un hombre execrado. Ser, pues, necesario que te
presentes con cara de contriccin y de inquietud, que pidas hablar en
secreto con la seorita Guichard y que cuentes que te he sorprendido
yendo  su casa y que ha habido entre los dos una escena violenta, cuya
conclusin ha sido este _ultimtum_ formulado por m: romper toda
relacin con mi enemiga  abandonar mi casa.

--Cmo! Ser preciso abandonar  usted?

--Durante el tiempo necesario para las capitulaciones y hasta el
matrimonio. Si Clementina te viese continuar viviendo conmigo, como es
lista, sospechara alguna astucia y te dara que sentir. La nica
probabilidad de xito que tienes con ella es aparecer enfadado conmigo y
que sea yo el condenado  sufrir. De este modo te acoger como  un
aliado, porque, es triste decirlo, pero ella no entrega su sobrina  un
buen muchacho capaz de hacerla feliz, sino  un hijo ingrato que pone en
peligro la dicha de mi vida. No protestes; yo sabr, naturalmente,  qu
atenerme y la apariencia de la falta bastar. T, continuars amndome
tanto ms cuanto ms grande te parezca mi sacrificio. Pero no dejes
sospechar nuestro convenio ni demuestres cario hacia m: el da en que
Clementina no vea en ti un instrumento de rencor, te odiar y todo se
habr perdido.

--Pero despus?

--Oh! Despus ... despus ser cuando empiecen las verdaderas
dificultades. Tendrs que mostrarte lleno de deferencia por la seorita
Guichard. Si no haces causa comn con ella contra m, si confiesas una
reconciliacin con tu tutor, el diablo se desencadenar y entonces
sabrs  ciencia cierta lo que es esa seora ... Porque, amigo mo,
ahora no puedes juzgarla ... no la conoces.

--Es usted tan bueno, dijo Mauricio con alguna indecisin, que me voy 
atrever  dirigirle una pregunta verdaderamente arriesgada ... Llegado
el caso, consentira usted en reconciliarse con la seorita Guichard?

--Consentir en todo para hacerte dichoso! Pero no te hagas ilusiones;
es  Clementina  la que habr que decidir. Yo jams le he hecho nada
malo, si se excepta el no querer llamarme barn de Pontournant y
dejarla para vestir imgenes.... No puedo hacer ms que ofrecerme 
estrechar su mano ... Y te doy mi palabra de que tendr ese herosmo....

--Entonces todo saldr  pedir de boca. Usted exagera su rencor. La
edad ha amortiguado los fuegos de su clera ... Se ha calmado mucho.

--Eso me asombra ... El vino gana en sabor al hacerse viejo, pero el
vinagre, por el contrario, aumenta en acidez ... Y la acidez de
Clementina.... Cuando la conozcas, vers lo que es bueno.

--Padrino mo!

--No; no lo digo para retirar mi promesa. Estoy decidido, pero s  lo
que me comprometo. Hace veinte aos, retroced ante el abismo; ahora me
arrojar  l. No hubo en Roma un ser sublime llamado Curtius que se
ech armado en una sima para apaciguar  los dioses?

--S, padrino mo; ese fu el asunto de mi primer concurso para el
premio de Roma.

--Pues bien yo imitar  ese mrtir! Pero, cuando est en el fondo, no
me dejars solo?

--Seremos dos para acompaar  usted, para amarle.

--Entonces, corriente. Dame hoy doble racin de ternura, porque desde
maana viviremos separados ... As lo exige la poltica!

Haban llegado  la verja de la quinta de Montretout; entraron y pasaron
la velada haciendo proyectos para el porvenir.

Al da siguiente, como haba dispuesto Roussel, Mauricio se present en
la Celle-Saint-Cloud y fu recibido sin dificultades. Introducido en el
saln, tuvo que esperar algn tiempo. Sin duda la seorita Guichard
quera tomarse tiempo para pensar lo que iba  decir y acaso tambin
ensear  Herminia adornada con elegante sencillez. Sin embargo, la
duea de la casa apareci sola y avanz con la frente oscurecida por una
nube.

--Celebro infinito ver  usted, seor Aubry, dijo con voz bastante
firme. Sin duda ha estado usted enfermo, porque hace quince das que no
sabemos de usted.

--Dispnseme usted, seorita, pero no he estado enfermo.

--Ah! exclam Clementina con severidad amenazadora. Entonces habr
usted estado ausente.

--No, seorita; he estado en Montretout....

--Tan cerca?, dijo expresando una spera irona. Entonces, qu le ha
impedido  usted venir?

--He tenido vivos disgustos ... disgustos de familia ... Mi tutor ha
vuelto y....

--Y qu?... interrog Clementina, devorada por una ardiente curiosidad.

--Y se han producido entre nosotros algunas dificultades....

--Las palabras salan penosamente de la boca de Mauricio. Era preciso
que amase mucho  Herminia y que su padrino, en el momento de salir, le
hubiese recomendado de nuevo el disimulo, para que se decidiese  mentir
de aquel modo. Pero no le fu necesaria mucha habilidad. En un instante,
la actitud de la seorita Guichard haba cambiado. Su violencia
desapareci, las nubes de su frente se disiparon y con la faz radiante,
sonri  Mauricio como  un amigo. Le tom la mano, le atrajo hacia ella
en un canap y exclam, con los ojos brillantes de alegra:

--Pobre joven! cunteme usted eso.

Mauricio cont lo que haba convenido con Roussel y pudo comprender en
la triunfante exaltacin de Clementina hasta qu punto su padrino le
haba dicho la verdad. S; el mvil nico de la seorita Guichard era su
rencor implacable; todo estaba subordinado en su existencia al deseo de
hacer mal  Fortunato. Era esto tan evidente, tan claro, que  Mauricio
se le pasaron ganas de levantarse y exclamar: "Todo lo que estoy
contando es falso de la cruz  la fecha. Mi padrino es el mejor de los
hombres y antes que causarme la ms pequea pena est dispuesto 
olvidar lo que usted le ha hecho y  reconciliarse con usted."

Pero no tuvo tiempo. La seorita Guichard se levant, llam y dijo al
criado: "Ruegue usted  la seorita Herminia que venga." Esta sencilla
frase borr los escrpulos de Mauricio. Pens que iba  ver  la Virgen
del bordado y que podra acabar su boceto del natural. El amor al arte,
su ternura por Herminia; todo iba  ser satisfecho al mismo tiempo.
Bendijo mentalmente al hombre que le proporcionaba todas estas
satisfacciones y jur indemnizarle del esfuerzo que le habra costado el
resignarse. Precisamente la seorita Guichard se volva hacia l con
complacencia y le deca con nfasis:

--Olvide usted el mal proceder de un hombre egosta. Yo le devolver la
afeccin que l le retira.... y usted encontrar en mi casa, cerca de
m, la compensacin de sus cuidados....

Una ltima sacudida de su honradez indignada estuvo  punto de
apoderarse de Mauricio ... Ya abra la boca para responder: "No necesito
compensaciones y usted sera incapaz de amar  nadie, ni  su sobrina,
como yo soy amado por mi tutor."

Pero entr Herminia, rubia, sonrosada, fresca, sonriente; y todo qued
olvidado.

El plan formado por Roussel resultaba, por otra parte, en todas sus
partes, y Mauricio, con el egosmo natural del hombre, gozaba tan
plenamente de su dicha como su padrino tena el corazn  la vez
satisfecho y desgarrado. Sin embargo, el joven no olvidaba al que se
haba sacrificado por l y le escriba largo y tendido todas las tardes
al volver  Pars, despus de haber comido en la Celle-Saint-Cloud,
porque coma todas las tardes con su futura, hasta tal punto tema
Clementina que se le escapase su prisionero. Sus cartas estaban llenas
de noticias sbrela actitud de Clementina, sobre sus palabras, sobre la
gracia y la bondad de Herminia. Roussel responda dando instrucciones 
su hijo y recomendndole prudencia y, sobre todo, discrecin. Jams se
permita una palabra desagradable respecto de su enemiga; nunca una
crtica amarga. Desde el da en que Mauricio fu admitido en casa de la
seorita Guichard, Fortunato pens, con mucha delicadeza, que convena
poner en buen lugar ante su pupilo  una mujer con la que iba  estar
unido por estrechos lazos.

De vez en cuando, cuando se aburra mucho en Montretout, haca una
escapada  Pars  iba  sorprender  Mauricio, por la maana, en su
estudio. Llegaba con la cara radiante y las manos llenas de flores de
sus estufas; abrazaba  su querido hijo, le contemplaba, le acosaba 
preguntas y daba vueltas  su alrededor con inquieta ternura. Pero
prontamente vea que Mauricio no haba dejado de quererlo y se iba
dichoso.

Tomaba precauciones, parque saba que era espiado. En varias ocasiones
haba sorprendido rondando su casa al primo Bobart, el confidente de
Clementina, y hasta le haba visto seguirle  Pars. El darle esquinazo
no haba sido ms que un juego. Las robustas piernas de Fortunato haban
burlado fcilmente el espionaje del antiguo abogado. Preguntado Mauricio
acerca de este personaje haba contado que Bobart iba con mucha
frecuencia  casa de la seorita Guichard. Una vez haba llevado consigo
 su hijo, oficial de hsares y aspirante desahuciado  la mano de
Herminia. Pero ni el padre ni el hijo parecan peligrosos. Roussel, sin
embargo, pona  su pupilo en guardia contra ellos.

--Mientras no hayas salido de la iglesia con tu mujer del brazo, le
deca, no habrn acabado las dificultades. Y realmente, entonces
empezarn de nuevo. Navegas entre escollos; no lo olvides. No sabes de
lo que es capaz Clementina. Es mujer que por una sospecha puede echarlo
todo  rodar el ltimo da, en la alcalda misma. Por mucho que
desconfes, nunca ser bastante.

Mauricio encontraba un poco pueriles tantas precauciones. Haba dado un
largo paseo por el jardn con Herminia y saba que poda contar con
ella por completo, porque tambin le amaba. Aquellos corazones se
haban entregado al mismo tiempo y no deban separarse jams.

Una maana, al llegar al estudio, Roussel encontr  su hijo ms
contento que de costumbre y cuando le pregunt la causa, ste sac del
bolsillo una carta y se la entreg. Era de Herminia, que llamaba 
Roussel "querido padre," le daba las gracias por su abnegacin, le
prometa pagrsela con su cario, y le abrazaba, entretanto, de todo
corazn. El buen seor se enterneci al principio y asegur que aquella
chiquilla era verdaderamente deliciosa, pero despus reflexion y acab
por no aprobar que Mauricio la hubiese revelado su tctica. Las mujeres
son tan charlatanas! Podran estar seguros de que, con la mejor
intencin, no cometera Herminia alguna indiscrecin, aunque fuese
ligera? Porque si Clementina vislumbraba solamente la verdad....

Esta vez Mauricio trat  su tutor de visionario y dijo que exageraba
verdaderamente el carcter de las personas. La misma seorita Guichard
estaba tan contenta con este matrimonio, que si ahora se le descubriese
la buena inteligencia de Mauricio y de su tutor, no cambiara en nada
sus proyectos. Herminia y l estaban convencidos de que aquella
atmsfera de pura alegra haba dulcificado su corazn y de que se
prestara de buen grado  reconciliarse con Roussel.

ste, ante una afirmacin que no poda combatir ms que por suposiciones
fundadas en su experiencia, mova la cabeza y responda deseando que no
se equivocasen. De este modo lleg la vspera del gran da.

Por la tarde, despus de una comida muy alegre, y en el momento en que
Herminia y Mauricio se disponan  bajar al jardn, la seorita Guichard
se adelant hacia el pintor y le dijo:

--Querido hijo mo, deseara hablar cinco minutos con usted ... Herminia
me perdonar que le separe  usted de ella ... ser la ltima vez ...
Anda, hermosa ma, ve  coger un ramo de rosas para Mauricio ... Cuando
hayas acabado, te le devolver....

Herminia cambi una mirada inquieta con Mauricio y sali. Puestos en
presencia el uno del otro, el prometido y la ta se observaron un
momento. Ambos estaban sonrientes pero sus fisonomas aparecan un tanto
contradas. La seorita Guichard tom la palabra y dijo con voz firme:

--Mi querido Mauricio, henos ya en el da decisivo. Usted me har la
justicia de reconocer que ni una sola vez le he hablado de m y que no
he tenido otra preocupacin que la dicha de ustedes dos. Conviene, sin
embargo, que tratemos  fondo un asunto importante; el de nuestras
relaciones en el porvenir. Usted sabe cmo he educado  Herminia y ve la
afeccin que tiene por m. Su ausencia de mi casa producira aqu un
vaco muy cruel y me atrevo  lisonjearme de que yo tambin hara alguna
falta  esa nia.... No quiero, sin embargo, ser obstculo  la libertad
necesaria  dos jvenes, ni interponerme entre vosotros ... He
reflexionado mucho en estos detalles, que no dejarn de tener influencia
en nuestra tranquilidad futura, y he aqu lo que voy  proponer  usted.
Acabaremos aqu el verano y el ao que viene har preparar vuestras
habitaciones y un hermoso estudio en el edificio donde estn situados
los cuartos de los amigos ... Usted le conoce, porque all fu donde
pas la enfermedad producida por su accidente ... Estaris, por tanto,
independientes, y yo gozar de vuestra presencia.... Comeris conmigo,
si as lo queris, y recibiris  vuestros amigos como si fueseis los
dueos de la casa ... Yo ser la que represente el papel de una invitada
... En Pars os ofrezco el entresuelo de mi casa de la calle de
Courcelles ... Yo vivo en el primero. Estaris, pues, en vuestra casa,
en completa separacin, si eso os conviene ... El estudio lo tendr
usted donde guste, porque no le hay en la casa y, por otra parte, las
idas y venidas de los modelos podran molestaros. Es mejor que ni su
mujer de usted ni yo nos encontremos con esas personas, ordinariamente
un poco ... libres ... Ya ve usted que soy un poco exigente, aunque no
lo parezca; mi pretensin se reduce  no separarme por completo de mi
sobrina y gozar tambin un poco de vuestra dicha.

Hubo un momento de silencio.

--Y bien!, continu Clementina, no responde usted? Qu le sucede?
Parece usted estupefacto!

Mauricio lo estaba, en efecto. El exordio lleno de precauciones de
Clementina le haba hecho inundarse en sudor fro, porque haba previsto
complicaciones horribles. Pero la exposicin de aquellas pretensiones,
despus de un miedo tal, le pareca de una moderacin absoluta. Imbudo
en las prevenciones de su padrino, esperaba que la seorita Guichard
intentara acapararle enteramente, tenerle en tutela, convertirle en una
especie de cartujo privado. Y en lugar de tales medidas de rigor,
reclamaba modesta y casi humildemente que no se prescindiese de ella. El
tirano se metamorfoseaba casi en vctima. Negarla lo que peda hubiera
sido conducirse como un hombre sin educacin y sin delicadeza. No
pensaba que consentir en habitar la Celle-Saint-Cloud en verano, aunque
fuese en edificio separado, y en invierno en la calle de Courcelles, aun
en otro piso que Clementina, era consentir en la proscripcin de
Roussel. Porque, sin una completa reconciliacin, cmo iba  poder
Fortunato ir  casa de la seorita Guichard para ver  sus hijos?

Mauricio, en la expansin de su alegra, no miraba tan lejos. Adems
para l la reconciliacin era segura; y como quiera que fuese, en casa
de la seorita Guichard  en otra parte, la vida se le apareca de color
de rosa.

--Estoy estupefacto, respondi, por la ingeniosa y prctica sencillez de
las combinaciones de usted.

--Le parecen  usted, pues, satisfactorias?

--Absolutamente.

--Entonces, las acepta usted?

--Con muchsimo gusto.

--Ah! querido hijo mo; ven, quiero abrazarte.

--Y le estrech en un abrazo vigoroso, y le plant en cada mejilla un
beso sonoro. Si Mauricio hubiera estado en aquel momento capaz de
reflexionar, la ardiente alegra que la seorita Guichard demostraba, le
hubiera puesto en guardia contra la facilidad con que acababa de acceder
 las pretensiones de la desptica solterona; hubiera pensado que, para
empezar, el paso  que se lo obligaba era muy largo y que si el segundo
iba  ser del mismo tamao, le conducira infaliblemente  la
esclavitud.

Pero en aquel momento y gracias  la ptica especial del amor, la
seorita Guichard le pareca muy moderada. Al volver Herminia, con un
haz de flores entre los brazos, encontr  su ta y  su prometido
encantados el uno del otro y se regocij cndidamente por su buen
acuerdo.

Clementina triunfaba y apenas poda contener los transportes de su
alegra. Una vez franqueado aquel desfiladero, cuyo ataque vena
preparando, haca una semana, con habilidad consumada, no vea ante ella
obstculo alguno. Mauricio, cado en su poder, gracias  la maga que lo
haba encantado, estaba separado de Roussel y la empresa de odio
emprendida haca veinte aos reciba su complemento.

Roussel, con el cual pas Mauricio la maana, antes de ir  la
Celle-Saint-Cloud para firmar el contrato, no se enga acerca del valor
de las concesiones que Clementina haba arrancado tan diestramente al
joven. Se juzg amenazado del modo ms grave y comprendi que la mujer
que haba dirigido contra l tan formidables bateras, no habra de
desarmarse como esperaban los jvenes esposos. Pero tuvo el supremo
valor de callar sus inquietudes, por no aminorar la alegra de su hijo,
no queriendo ver ni una sola arruga en aquella frente radiante. Y para
estar ms seguro de no ser causa de una complicacin  ltima hora,
anunci  Mauricio que parta para el Havre.

--Pero volver usted maana por la maana? pregunt Mauricio con algn
cuidado.

--Maana por la tarde. Cuando estis casados, me presentar en casa de
la seorita Guichard segn vuestro deseo, y har cuanto sea posible para
asegurar la concordia general.

--Gracias, querido padrino, en nombre de Herminia y en el mo.

--Abrzame y que seis dichosos!

--El padre y el hijo se estrecharon en un tierno abrazo con una efusin
extraordinaria. Y Mauricio parti para la Celle-Saint-Cloud, donde
Herminia y la seorita Guichard le esperaban para almorzar antes de ir 
la alcalda.




CAPTULO V

DONDE LA VICTORIA SE INCLINA DEL LADO DE LA BONDAD.


En el hermoso jardn, cerca del terrapln que haba sido testigo de sus
primeras palabras, Herminia y Mauricio se paseaban, bajo la bveda de
rboles, mientras la seorita Guichard reciba  los invitados. El seor
Tournemine, muy felicitado por el precioso discurso que haba
pronunciado el da anterior en la alcalda, acababa de llevar  su
mujer, y faltaban los Chevalier, primos de Clementina por parte de
madre, los Bobart y los Truchelet, cuyo jefe, Eduardo Truchelet, miembro
del Instituto, es el gran profeta de las variaciones atmosfricas.

Cuando Truchelet publica en los peridicos y revistas cientficas que el
mes de junio ser lluvioso y el de diciembre glacial, no hay cuidado;
habr una sequa excepcional y el invierno ser benigno. Nunca se ha
hecho justicia  la memoria de sabio de Truchelet, y sin embargo, en
teora, sus pronsticos son indiscutibles.

Bobart padre, antiguo abogado, acababa de hacer entrar al miembro del
Instituto en su terreno favorito, preguntndole qu influencia ejerca
el viento norte sobre el cultivo de los albaricoques en el centro de
Francia, y Truchelet, apoyado en la chimenea, se dispona  probar que
el descenso ms  monos rpido de la temperatura polar, produciendo
mayor  menor calor en las corrientes submarinas, era causa de las
buenas  malas cosechas en el pas ms templado de Europa, cuando la
seorita Guichard llam  Bobart con un ademn y lo hizo acercarse 
ella.

Encontrndose libre, por primera vez desde por la maana, quera
interrogar  su facttum.

--Cmo va la construccin de la tienda para el baile de esta noche?

--El patio est ya cubierto ... Los obreros del seor Belloir no tienen
que hacer ms que clavar una tela en el suelo y arreglar las sillas ...
Se entrar por el jardn y por las ventanas del piso bajo ... Est muy
hbilmente dispuesto.

--Cuntas personas podrn estar sentadas?

--Por lo menos, doscientas.

--Perfectamente. La msica del pueblo, ser exacta?

-- los postres, es decir,  eso de las nueve, empezar  tocar.

--Seremos treinta y dos  la mesa. Habr espacio para todos?

El jefe de cocina asegura que cabran cincuenta.

--Entonces, todo est bien.

--T triunfas; pero has jugado una partida muy arriesgada. Si ese joven
no hubiera sido tan fcil de conducir, hubieras podido sufrir alguna
avera ... Mientras que otro ...

--Tu hijo, no es verdad?

--S, mi hijo; respondi Bobart con aire contristado.

--No agradaba  Herminia ...

--Si le hubieras dejado hacerle la corte ...

--l se la ha hecho, sin pedirme permiso!

--Mi hijo? exclam estupefacto el antiguo abogado.

--S, tu hijo, el oficial de hsares en persona. Y de tal modo, que se
ha permitido escribir  mi sobrina una esquelita, que Herminia me
entreg, naturalmente, sin abrir ... Est escrita con un buen estilo la
tal esquela ... Podrs leerla, si quieres ...

--Cmo! Se ha atrevido?...

--Se ha atrevido. Y yo, sin decirte nada, para no disgustarte, mi pobre
primo, me atrev por mi parte  decirle que si no cambiaba de proceder,
le pondra en la puerta con todos los honores debidos  sus galones ...

--Puedes creer, respetable prima ma, que yo ignoraba ...

--Hubo un momento en que pens que eras t el que habas impulsado  ese
badulaque, pero la torpeza de su conducta me prob claramente que obraba
por su propia iniciativa. Yo no os quiero mal, Bobart. Bien sabes que os
profeso una antigua afeccin ... En resumen, la adopcin de Herminia ha
destrudo las esperanzas que tu hijo poda abrigar respecto de mi
herencia, y hace mucho tiempo que he resuelto reparar este perjuicio que
os causaba. En mi testamento he asegurado doscientos mil francos  tu
oficial de hsares ... Esto le consolar ...

Bobart, abrumado por esta liberalidad inesperada, se deshizo en
protestas; pero Clementina, con la autoridad de una soberana sobre su
vasallo, cort aquellas expansiones entrando en un orden de ideas que le
pareca ms interesante:

--Y hay noticias de Roussel esta maana?

--Parti ayer, como te dije, por el ferrocarril del Havre ... Se ha ido
 digerir su fastidio en la orilla del mar ... Se ha dado el golpe
mortal ...

--Le permito vivir, declar magnnimamente la seorita Guichard, 
condicin de que, en adelante, permanezca en su puesto ...

--Y qu remedio tiene? Has cortado las garras  ese len y ya est
domado ...

--Han sido necesarios veinte aos de lucha para llegar  ese resultado
... Pero no me arrepiento de mis esfuerzos.

Veinte aos de lucha! Clementina llamaba lucha  la persecucin que
haba hecho sufrir al buen Fortunato y contra la cual ni una sola vez se
haba ste rebelado. Una lucha  aquella serie no interrumpida de
vejaciones y de infamias, sufridas por su enemigo con la paciencia
inalterable de un hombre que se da cuenta del peligro de que ha escapado
y que se dice: "Habiendo evitado tal desdicha, puedo soportarlo todo con
resignacin." Al fin, la seorita Guichard le permita vivir!

Y l estaba decidido  usar de ese permiso, porque apenas las ltimas
palabras de la ta de Herminia se haban confundido con el hueco rumor
de las disertaciones de Truchelet, cuando entr un criado, se aproxim 
la duea de la casa,  inclinndose respetuosamente, murmur esta frase:

--El seor Fortunato Roussel pregunta si la seorita tendr  bien
recibirle.

Un rayo cayendo sobre la casa; las palabras profticas del festn de
Baltasar apareciendo en la pared en letras de fuego; el nivel del Sena
cambiando de repente y haciendo que el ro se precipitase sobre el
jardn; el Presidente de la Repblica apareciendo de pronto escoltado
por su cuarto militar para bailar en la boda de Herminia; ningn
cataclismo, ninguna manifestacin divina, ninguna inverosimilitud
social, hubieran causado  Clementina un estupor semejante al que
sinti.

Sus ojos se abrieron inmensos; una llama subi  su frente; despus se
puso plida como una muerta y sus manos se abrieron y se cerraron en el
vaco. Quiso hablar y no pudo ms que producir un ruido que lo mismo
expresaba alegra que terror.

Ya Bobart extenda el brazo para sostener  su respetable amiga, cuando
por un supremo esfuerzo de la voluntad, Clementina recobr su aplomo,
domin  su cerebro y tomando una decisin, dijo:

--Hgale usted entrar en el saloncillo.

Y como Bobart, con la boca abierta, pareca pedir una explicacin, le
dirigi una mirada fulminante y le dijo:

--Conque estaba en el Havre!

--Pero, mi bella prima ...

En los momentos crticos, Bobart tena la costumbre de desarmar 
Clementina llamndola "bella prima." La lisonja hizo su efecto. Una
sonrisa altanera crisp los labios de la seorita Guichard; lanz un
vigoroso suspiro que la libr de su opresin y dijo, mirando con
altanera  su primo aterrado:

--Crees que le temo? Ahora vamos  vernos los dos.

--Viene, sin duda,  pedir gracia, insinu Bobart.

Este pensamiento conmovi  Clementina. Hasta entonces no haba
imaginado ms que un Roussel amenazador y terrible, avanzando armado de
derechos iguales  los suyos y reclamando su parte de afecciones, de
dicha y de esperanza, y en un momento se figur un Roussel aniquilado,
vencido, aproximndose tmido, suplicante y dispuesto  consentir que se
pusiera sobre su cabeza un pie victorioso. Se estremeci de alegra y
haciendo un ademn de soberbia, contest:

--Es probable! Viene  capitular ... Bueno, vamos  ver!.. Sustityeme
con mis convidados y que nadie sospeche lo que aqu sucede.

--Vete tranquila.

Abri la puerta y alta la frente, firme la mirada, entr en la
habitacin donde esperaba Fortunato.

ste estaba de pie cerca de la ventana y miraba  Herminia y  Mauricio,
que paseaban por el jardn. Ignoraban su llegada y, entregados por
completo  la dicha de verse juntos, marchaban con ese andar perezoso 
igual, propio de las parejas enamoradas. En verdad que el paso que
Fortunato daba en este momento era para l muy penoso, pero todo lo daba
por bien empleado al ver  los jvenes tan plenamente dichosos.

La puerta, al abrirse, le hizo volver la cabeza. Clementina, majestuosa
y soberbia estaba delante de l.

Ambos se examinaron en silencio durante unos instantes. Ella le encontr
bien con su cabello blanco y rizado que serva de apropiado marco  una
cara llena y sonrosada. Tena, como siempre, hermosa presencia y su
elegancia era propia de su edad. Con una amargura que no pudo vencer,
Clementina pens: "No tiene trazas de haber sufrido mucho."

Roussel la salud con sonriente cortesa y ella hizo una ligera y seca
inclinacin de cabeza.

--He aqu, dijo, una visita que yo no esperaba y que ms que
sorprenderme ...

--La vida no es ms que una serie de sorpresas, mi querida prima,
respondi. Fortunato en tono amable; y ser feliz si sta que te
proporciono te parece agradable.

--Te burlas?

--La ocasin no me parece bien escogida para eso.

--Oh! tu tacto y tu delicadeza me inspiran muy poca confianza.

--Enhorabuena, dijo Roussel riendo; veo que no has cambiado ... en lo
que se refiere al carcter, al menos.

--Te atrevers  dirigirme impertinencias en mi propia casa?

--No lo quiera Dios! mi querida prima. Eres siempre la misma en lo
moral, pero no en lo fsico ... Has ganado mucho.

--Hazme gracia de tus piropos, dijo Clementina en tono ms dulce, y ten
la bondad de decirme el objeto de tu visita.

Pues qu, no es bastante visible? Hacen falta explicaciones? Nuestros
hijos se han casado esta maana, no es este mi sitio en da semejante?
S las consideraciones que se te deben. Eres la madre de la desposada;
yo he servido de padre al novio; la boda se hace en tu casa ... y he
venido.

--Jams ha existido lazo alguno de parentesco entre ese joven y t ... y
despus de la indignidad de tu conducta respecto de l, no tiene ningn
motivo de reconocimiento. Por consiguiente tu presencia no est
justificada y nos veremos en la precisin de evitarla.

Roussel no se movi.

--Es verdad, dijo, que en el primer momento, cuando supe por Mauricio
que so quera casar con tu sobrina, experiment un vivo descontento
contra l y le obligu  abandonar mi casa. Pero, despus he
reflexionado: la soledad es buena consejera. He pensado que, despus de
todo, ese muchacho tena el derecho de amar  quien quisiera y me he
resignado con tu sobrina. Mis informes han sido muy favorables 
Herminia, debo confesarlo; he cambiado de modo de pensar y me he
arrepentido de mi conducta con Mauricio. Apruebo su matrimonio, lo
reintegro en su situacin de heredero, le devuelvo mi cario y me
preparo  rivalizar contigo en ternura para la joven pareja.

--Dios mo! exclam Clementina levantando los brazos con estupor; qu
es lo que oigo?

--Lo que oyes, querida prima, es el lenguaje de la sana razn. Acaso
habas perdido la costumbre de oirle en los veinte aos que hace que no
nos vemos, pero nunca es tarde para ceder  los buenos consejos. Ya ves
con qu confianza he venido  buscarte ...; os que, en realidad, no se
trata ya de ti ni de m, sino de esos muchachos, que merecen ser
dichosos ...

--Nos pasaremos sin ti para su dicha como nos hemos pasado para su
matrimonio; llegas tarde. Cuando se quiere imponer condiciones es
preciso formularlas antes de firmar las capitulaciones. Hemos arreglado
nuestros asuntos sin ti y sin ti continuaremos, quieras  no. Est
bien! He aqu un divertido personaje que viene  adjudicarse l mismo
su parte en una dicha  cuya preparacin ha sido extrao! T has
prescindido de nosotros; no te conocemos.

--Pero yo os conozco todava. Me he juzgado ms firme de lo que soy en
realidad. He credo que podra vivir sin estar rodeado de las atenciones
 que estaba dulcemente acostumbrado y he visto despus que me engaaba
y que morira de pena en la soledad.

--Muere; no vemos en ello ningn inconveniente.

--Habla por ti, querida prima; pero no en nombre de Mauricio. Estoy
seguro de que bastar una sola palabra para hacerle venir  m y con l
 su mujer.

 esta afirmacin la seorita Guichard se estremeci, porque vea su
verosimilitud. Toda su combinacin estaba fundada en un resentimiento
que, gracias al rencor de que supona animado  Roussel deba ser
definitivo. Y de repente, el que ella crea separado de Mauricio por
sentimientos que necesariamente deban irse agravando, se presentaba
calmado, sereno, con palabras de conciliacin en los labios y prendas de
paz en las manos. Ni Mauricio ni Herminia podan ser rigorosos con l:
uno y otro iban  saltar de alegra  las primeras insinuaciones de
Fortunato; l obedeciendo  su antiguo cario y ella seducida por la
novedad del personaje, seran conquistados sin remedio. Y ella,
Clementina, quedaba en descubierto, en el momento en que se crea
invulnerable, y era desposeda de sus ms seguras posiciones por este
hbil movimiento envolvente del enemigo.

"No tengo, pens, ms que una probabilidad de salirme con la ma; buscar
querella  Fortunato, hacerle salir de sus casillas, obligarle 
pronunciar una palabra violenta y llamar en mi socorro  Mauricio y
Herminia, procurando que consideren mi causa como suya Entonces le pongo
en la puerta y todo se ha salvado." No bien formado por ella este plan,
empez  ponerle por obra. Realmente, si la poltica es, como muchos
creen, el arte de embrollar las situaciones para hacer dao al
adversario y sacar provecho para s mismo, la seorita Guichard posea
estas cualidades en su esfera privada. Se volvi hacia Roussel y dijo
con spera irona.

--En resumen; vienes guiado nicamente por el egosmo? Me decas ahora
que no he cambiado ... pues t tampoco!

--Soy modesto y no me gustan los privilegios.

--Posees uno, sin embargo, y bastante raro; el de olvidar las injurias
... cuando te lo exige tu inters.

--Humildad cristiana!

--Pues yo te he conocido menos paciente.

--Se calma uno cuando envejece.

--Y, sin embargo, te he jugado muy malas partidas.

--Eres la nica que las recuerda; yo las he olvidado.

--Y la tapia que he construdo delante de tu jardn?

--Me ha proporcionado excelentes espaldares.

--Y el criado que tanto te convena y que te quit  peso de oro?

--Empezaba  servirme mal.

--Y el descrdito que he arrojado sobre tus costumbres?

--Bah! No me ha disgustado pasar por un vividor.

--En fin; todo lo que he hecho en veinte aos que hace que te aborrezco,
y que te lo pruebo, ha sido perder el tiempo?

--No; porque ha servido para demostrar que no podas olvidarme.

--Eres un insolente!

--Y t eres adorable.

Clementina se haba avalanzado hacia l con la cara descompuesta, los
ojos inflamados y la mano amenazadora. Fortunato permaneca impasible y
sonriente. La solterona le mir un instante con extravo, preguntndose
si no era juguete de una pesadilla. Todo cuanto vea y escuchaba haca
un cuarto de hora, le pareca fantstico. Pero Roussel no se desvaneci
como una aparicin; permaneci en su sitio y con mucha sangre fra dijo:

--Mi querida prima; creo que debes haber agotado las malas palabras; no
busques ms en tu fondo de reserva, porque sera intil. Comprende que
cuando me he decidido  afrontar tu presencia, es que me senta seguro
de m mismo. No conseguirs hacerme montar en clera, porque me importan
poco todas las injurias. Renuncia, pues,  provocar un escndalo y
resgnate. Estoy aqu y, como dijo un ilustre hombre de guerra, aqu me
quedo.

Clementina se vi vencida; arroj un grito sordo, se le subi la sangre
 la cabeza y le pareci que la habitacin daba vueltas con
extraordinaria rapidez. Extendi los brazos buscando un punto de apoyo y
oy  su enemigo que exclamaba:

--Bueno!; ahora una congestin: no faltaba ms que esto.

Clementina se desmay. Cuando recobr el conocimiento, estaba medio
tendida en el sof; el cuerpo de su vestido estaba desabrochado y
Roussel tena cogida su mano y se inclinaba sobre ella con inquietud.
Despus de veinte aos, se encontraban en la misma situacin que el da
de su rompimiento. Se levant azorada y dijo con amargura:

--Confiesa que has deseado mi muerte!

--Dios mo! Yo?, respondi Roussel con un horror sincero; he hecho
cuanto he podido para reanimarte; por quin me tomas? Vamos, pues;
ahora debes estar calmada. Escchame y vers las ventajas que estoy
dispuesto  concederte. Nuestra enemistad es demasiado pblica para que
pueda cesar sin que demos una explicacin del cambio. Esa explicacin
quiero que sea enteramente favorable para ti. Diremos que t has
olvidado tus agravios y que yo he pedido el perdn de mis faltas. Yo
habr dado todos los pasos y t habrs tenido la grandeza de alma de
perdonar. Considera que semejante concesin  tu amor propio merece
alguna indulgencia y que yo la reclamo, no ficticiamente, sino con
verdad. Todo lo que pido, es el derecho de amar  esos muchachos tanto
como t. Te invito  una nueva lucha, pero pacfica, en la cual el
vencedor ser el ms tierno, el ms carioso para esa joven pareja, que
es preciso encuentre fcil y expedito el camino del porvenir.

Clementina exhal un gemido. Aquella grandeza de alma de su enemigo la
aniquilaba. Enseguida pens: "Por qu no ha sido tan generoso cuando se
trataba de m? Cun pequeas eran las concesiones que yo le peda
comparadas con las que se impone l mismo! Tanto me odiaba que no quiso
concederme nada? Si l hubiera querido, sin embargo, hace veinte aos
seramos dichosos y esta hija que se casa podra ser nuestra ... Oh!
qu duro, qu ingrato, qu culpable ha sido ... y cunto le detesto!"

No obstante, no le miraba ya del mismo modo que al principio de la
conversacin. La ternura que haba abrigado por Fortunato deba estar
bien arraigada en su corazn, porque, despus de tantos aos, se
encontraban an vestigios de ella. As las antiguas ciudades de Oriente,
enterradas bajo el polvo de los siglos, y cuyos restos aparecen inmensos
 los viajeros y les dan ideado una civilizacin colosal.

Miraba  Roussel; le encontraba todava seductor y se exasperaba ms y
ms.

--En fin, dijo, es preciso que arreglemos nuestra respectiva situacin.
T pides la paz?

--La imploro.

--Reconoces, pues, que no tienes medio de resistir?

--Lo reconozco, y todo lo que t quieras por aadidura.

--As pues, soy yo la que dicta las condiciones del tratado.

--T.

--Ser preciso que respetes las estipulaciones hechas por m con
Mauricio.

--Si no tienen por objeto impedirme ver  esos muchachos, las suscribo.

--No contienen semejante clusula.

--Entonces est convenido. Venga esa mano.

Clementina se la di con profunda satisfaccin al ver que sala
victoriosa de su guerra de veinte aos. Porque resultaba victoriosa, en
el fondo, puesto que Roussel haba tenido que hacer acto de contricin,
y en la forma, porque obtena pblicamente el laurel de la victoria.
Tuvo un instante de orgulloso delirio y cuando Roussel la bes con
galantera el extremo de los dedos murmur:

--Ah! Roussel, si hubieras querido!

Fortunato tuvo miedo de este enternecimiento y respondi con
volubilidad:

--No pensemos en eso, querida prima. Preparmonos  ser compadres. Y 
propsito, hazme el favor de presentarme  tu encantadora sobrina.

La frente de Clementina se contrajo. Esta primera ejecucin del convenio
le padeca humillante. Tuvo, sin embargo, que resignarse y abriendo la
puerta del saln, llam "Bobart!" El antiguo abogado apareci, con aire
de inquietud, no sabiendo si manifestar cordialidad  reserva. La
actitud de Roussel aument su indecisin: el mortal enemigo de la
seorita Guichard estaba all como en su casa y Clementina no pareca
dispuesta  hacerle arrojar  la calle.

--Quieres tener la bondad, amigo mo, de enviarme  Herminia y al seor
Aubry?...

--No les prevenga usted que estoy aqu, Bobart, aadi tranquilamente
Fortunato; quiero gozar de su sorpresa.

Estupefacto por la desenvoltura de Roussel, Bobart consult 
Clementina con una mirada. Ella asinti con la cabeza. Entonces el
complaciente primo, adivinando que acababan de ocurrir acontecimientos
de extraordinaria gravedad, se lanz al jardn en busca de los jvenes
esposos. Apenas Fortunato y Clementina tuvieron tiempo de advertir la
molestia de encontrarse juntos, porque enseguida entraron Herminia y
Mauricio. No fu necesaria presentacin alguna. Al ver  Roussel, el
novio grit:

--Mi padrino!

Y enseguida Herminia aadi en una exclamacin de alegra:

--Qu dicha!

Sin pedir explicacin alguna, una sbita sospecha hiri  la seorita
Guichard como un rayo de luz; pero no tuvo tiempo de reflexionar.

Mauricio, empujando  su mujer hacia los brazos de Roussel se arroj en
los de Clementina.

--Ah! mi querida y respetada ta! Cmo agradecer  usted su bondad!...
Porque  usted debemos la dicha de ver aqu  mi padrino en este da!

Y la abrazaba con una efusin que no dejaba de tener sus encantos para
la solterona. sta pensaba volviendo con obstinacin  su impresin
primera: "Pero, cmo sabe tan bien lo que acaba de pasar entre
Fortunato y yo? Y Herminia, cmo no manifiesta sorpresa y exclama de
buenas  primeras: Qu dicha!"

Roussel hablaba con Herminia y la seorita Guichard se vi obligada 
interrumpir sus reflexiones para escuchar lo que decan:

--Cuando usted sepa, seora, cunto quiero  este muchacho, comprender
el deseo que tena de conocerla ...

--Oh! s lo bueno que usted ha sido para Mauricio ... Me ha contado su
infancia ...

He conocido  usted tarde, interrumpi Roussel, que encontraba que la
joven no finga bastante sorpresa, pero espero recuperar el tiempo
perdido ... Usted ver que no soy tan spero como mi acceso de rigor
puede haberla hecho creer ... Me arrepiento de l y para hacer que usted
olvide la contrariedad que he podido causarle ...

Sac del bolsillo un paquetito, desenvolvi el papel que le rodeaba y
entreg  Herminia un estuche de tafilete blanco con las iniciales H.A.

--He aqu mi regalo de boda ...

La joven abri la caja y arroj un grito de admiracin, de confusin, de
alegra. El estuche no contena ms que dos perlas negras, pero gruesas
como avellanas y de un oriente, de una redondez, de un brillo
incomparables. Era aquel el regalo elegante, refinado, de un hombre que
no procura deslumbrar pero que sobresale sobre todos los dems por la
rareza y el gusto de lo que regala.

--Oh! seor, dijo Herminia, cmo me atrever  adornarme con una
alhaja de tan gran precio?

--Hija ma, dijo Roussel sonriendo, esa joya no tendr verdadero valor
ms que cuando usted se la ponga.

--Habra que recorrer todas las joyeras de Pars y no se encontraran
otras semejantes, dijo Mauricio examinando los pendientes como artista
enamorado de todo lo bello.

La seorita Guichard no pronunci ms que una palabra:

--Soberbios!

Permaneci pensativa, extraada del singular acuerdo que revelaban las
palabras y las acciones de aquellas tres personas que deban estar
violentas al encontrarse juntas y que, sin embargo, parecan unidas por
la mayor confianza como si se hubieran visto el da anterior.

La situacin pareci tan peligrosa  Roussel, que juzg conveniente
abreviarla, por muy dulce que le resultase este momento, esperado por l
durante un mes.

--Pero hace mucho tiempo, querida prima, que te estoy sustrayendo  tus
convidados, dijo, y aadi con graciosa galantera, inclinndose ante
ella:

--Qu ordenas ahora  tu servidor?

--Qu deseas que yo te ordene? replic ella con una acritud mal
disimulada por su sonrisa.

--Comer con vosotros esta tarde, si me lo permits.

--Pues bien, ve  ponerte un frac y vuelve  las siete.

--Muchas gracias. Voy  Montretout. Durante mi ausencia tendris el
tiempo necesario de preparar  nuestros parientes y amigos para mi
aparicin.

Y salud, no atrevindose  ofrecer la mano  Clementina, tanto era su
miedo de embrollar las cosas. Mauricio y Herminia hicieron un movimiento
para acompaarle, pero la seorita Guichard detuvo  su sobrina por
medio de una imperiosa mirada.

--Hasta luego, dijo Roussel; y sali con Mauricio.

Apenas estuvo sola con Herminia, la cara de la seorita Guichard cambi
de expresin y ponindose sonriente, dijo:

--He aqu una feliz sorpresa, no es verdad, hija ma? T no esperabas
ver aqu al tutor de Mauricio el da de tu matrimonio?

--Oh! Estbamos seguros, Mauricio y yo, de que os reconciliarais,
respondi Herminia con convencimiento. Toda vez que el seor Roussel se
prestaba  ello, era evidente que usted, tan buena, no haba de
negarse....

--Ah! dijo alegremente Clementina; se trataba pues de un efecto
preparado? Haba un complot? Y desde cundo data la intriga?

--Mi querida ta, mucho me haban encargado no dejar  usted sospechar
nada.... Pero ahora que todo est arreglado, no es verdad? el secreto
no tiene objeto.... Mauricio no ha estado nunca enfadado con su tutor.
Tema que usted no le acogiera bien si apareca en buen acuerdo con un
hombre  quien usted tiene tantas razones para no amar, y, entonces,
para destruir sus prevenciones....

--Me ha representado una comedia.

--La voz de Clementina son con tal dureza, que Herminia se estremeci,
mir  su ta con inquietud y pregunt:

--Pero usted no le quiere mal, ta ma, no es verdad?

--Yo? El pobre muchacho! No est todo arreglado  pedir de boca,
gracias  su pequea aagaza? Entonces, l vea  su tutor....

--Casi todos los das....

--Y se ponan de acuerdo sobre lo que convena decir y hacer?

--No han maniobrado bien?

--Maravillosamente. Debo, en realidad, mucho al uno y al otro por lo que
han hecho y dicho, pero toda vez que estaba en el programa que yo no
supiera nada, supongamos que nada s todava. No digas una palabra, ni 
Mauricio, de tu amable y afectuosa confidencia. Yo continuar
aparentando que no estoy al corriente de la verdad.

--Si, ta ma. Pero djeme usted que la abrace para demostrarle mi
agradecimiento por haber sido tan buena. Gracias  usted, vamos todos 
ser muy dichosos.

--Ah vuelve Mauricio, dijo la seorita Guichard, mirando por la
ventana; ve  su encuentro. Yo vuelvo al saln.

Herminia baj al jardn y Clementina qued sola.




CAPTULO VI

DOMINADA POR LA MALDAD


La seorita Guichard se sent en una butaca y con la faz alterada, la
boca contrada por la amargura y los ojos sombros, se abism en sus
pensamientos. De modo, que haba sido burlada, ella, que se crea tan
fuerte. Dos nios la haban llevado por la punta de la nariz hasta
concluir un arreglo que alteraba toda su vida, turbaba todas sus ideas,
cambiaba sus combinaciones y la impona la presencia del ser  quien ms
detestaba en el mundo. Pero ahora que estaba advertida, iba  dejar
correr las cosas? Soportara tal humillacin? Aceptara semejante
servidumbre? Ella que siempre haba sometido  los dems  su voluntad;
ella,  quien nadie, fuera de aquel Roussel aborrecido, haba sabido
jams resistir, se confesara vencida? Dejara  sus adversarios
reirse de ella? Porque, ciertamente, se reiran de su credulidad, de su
tontera....

Todas las palabras pronunciadas durante su conversacin con Roussel
venan  su memoria y la hacan encogerse de hombros, de lstima de si
misma, Cmo! Y era ella la que haba hablado as? Donde tena la
cabeza cuando haba dado aquellas lastimosas respuestas? Hubiera sido
preciso decir tal  cual cosa y Roussel se hubiera visto confundido ...
Realmente no haba estado  su habitual altura: la sorpresa, la emocin,
la haban privado de sus facultades. Pues no haba cerrado la discusin
desmayndose? Desmayarse, cuando hubiera debido arrojarse  la cara de
aquel malvado y sacarle los ojos! Recordaba que haba tenido esa
intencin, pero la haban hecho traicin sus fuerzas.

Despus pens: "Ha debido encontrarme degenerada. Y estaba irnico, el
muy ... Bien se ha burlado de m! Oh! yo tendr mi desquite y le
ensear que todava sirvo para darle una leccin. Pero, ahora, qu
hacer?... Ante todo, no quedar bajo el peso de esta derrota!..."

Reflexion profundamente y cuanto ms examinaba los diversos aspectos de
la situacin ms peligrosa la encontraba. Era evidente que Mauricio
haba sido cmplice de su tutor en todo este negocio, y que saba  qu
atenerse sobre las relaciones que haban existido entre Roussel y ella.
Cmo haba adquirido el compromiso que ella le haba exigido antes del
matrimonio? Eso era que estaba decidido  no cumplirlo. La seorita
Guichard se puso en el caso del joven y se confes que ella hubiera
tambin obrado del modo de que le supona capaz. Y con furor lleno de
espanto comprendi que estaba  merced de sus adversarios y que stos
podan hacerla sufrir el mismo tratamiento que les tena preparado.
Roussel, & quien creta tener en su poder, la tena  su discrecin. l
seria quien se llevarla  Herminia, gracias al ascendiente de Mauricio.
Y esta muchacha, no estaba decidida de antemano? No lo probaba la
acogida que haba hecho  aquel hombre maldito? S; todo se vena abajo;
el desastre era inevitable, si un golpe de fuerza no restableca sus
ventajas y cambiaba repentinamente su derrota en victoria.

Para esto, no haba ms que un medio: deshacer su propia obra; romper
los lazos que ella haba atado; indisponer aquel matrimonio antes de que
tuviese tiempo de consolidarse; aplastar en germen la sublevacin
tramada contra ella. Y esto enseguida, sin perder un segundo; provocar
la discusin, procurar una querella y  favor del desacuerdo llevarse 
Herminia,  fin de que no pudieran volverse  ver, ni, por consecuencia,
reconciliarse. Acaso Mauricio muriera de pena y su sobrina tambin;
pero, en su exasperacin contra ellos, no vea en esto inconveniente
alguno. Hubiera prendido fuego  la casa y se hubiera quemado viva, si
hubiera estado segura de que Roussel y la joven pareja ardan tambin.
Ningn escrpulo, ninguna debilidad, ninguna conmiseracin deba
detenerla en su plan. Y su plan era, sencillamente, destruir la
felicidad de dos hijos.

No pens ni un solo momento en dirigirse al corazn de Herminia y  la
razn de Mauricio. Y, sin embargo, aquel era el punto dbil en el que
hubiera sido preciso herir para asegurar la victoria. Como ella era toda
odio, no hizo entrar en sus cuentas el cario que Herminia la profesaba.
Mujer prfida, no fund esperanza alguna en la lealtad de Mauricio. 
las primeras explicaciones, sin embargo, Herminia se hubiera arrojado 
su cuello y  los primeros cargos el pupilo de Roussel se hubiera
sonrojado por haber engaado  una mujer que le acoga sin desconfianza.
Ciertamente, todo se hubiera allanado y por una conversacin de un
cuarto de hora la tranquilidad de todos hubiera quedado asegurada. Pero
Clementina no quiso explicaciones: se juzg vendida y slo pens en
preparar secretamente su desquite.

Por de pronto, quiso ser informada jurdicamente y abriendo la puerta,
llam  Bobart, que, desde la aparicin de Roussel en la casa, estaba en
acecho. Fuera de que siempre haba profesado al hermoso y rico Fortunato
la animosidad propia del hombre feo y pobre, senta ahora cierta
inquietud  causa de la actividad desplegada por l en servicio de la
seorita Guichard. "Si se reconcilian, pensaba, ser  costa ma y yo
ser quien pague los gastos de la guerra." Se apresur, pues,  acudir
en cuanto vi  Clementina hacerle una sea y respir al observar que
Roussel se haba marchado. "Le ha puesto  la puerta, se dijo, y su
fisonoma se esclareci."

--Y bien, amiga ma, pregunt, el monstruo ha partido?.

--Por el momento, replic con rudeza Clementina; pero va  volver
enseguida.

--Para qu?

--Para comer.

--Para comer ... en tu casa?

--En mi casa.

Los dos se miraron, l con estupor, ella con clera.

--Me has dado, por cierto, muy exactas noticias ... Te felicito ...
Parece que Mauricio y l no han cesado de verse en su vida. Quin era
el que les espiaba por encargo tuyo?

--El portero del seor Aubry.

--Pues te ha robado el dinero y se ha burlado de ti.

--De quin fiarse entonces?

--De s mismo, y esto  condicin de no ser un mentecato.

--Pero, amable prima....

--Basta! El mal est hecho: tratemos de repararle. Qu recursos ofrece
la ley para romper un matrimonio?

--Romper un matrimonio.... Acaso?...

--Nada de comentarios!... Responde categricamente.

--En la legislacin actual, tenemos la separacin y el divorcio.... La
primera deja subsistir el lazo legal, poniendo la persona y los bienes,
 los bienes tan slo, de la esposa, por ejemplo, al abrigo de las
disipaciones  de las sevicias del marido; y el segundo, que disuelve
completamente el matrimonio y hace  los esposos extraos el uno al
otro.

--El divorcio me gustara ms.... Pero es una palabra muy dura, que
asustara  mi sobrina....

--Luego es ella?...

--Y quin quieres que sea? exclam Clementina; te pones enteramente
obtuso....

Pero, amiga ma; semejante resolucin no es para sorprender? Si me
fuera permitido darte un consejo, acaso, en efecto, la separacin
bastara, por el momento ... Despus sera ms cmodo convertirla en
divorcio.

--Bueno! No nos ocupemos entonces ms que en la separacin. Cules son
los motivos  los pretextos que la ley juzga suficientes?

--Por de pronto, la mala conducta del marido  de la mujer....

--Adelante, interrumpi pdicamente Clementina.

--Los excesos, las sevicias  las injurias graves.

--Y qu entendis por excesos?

--La embriaguez por ejemplo, y otras malas acciones que es difcil
detallar ante ti.

--Adelante. Y no hay ms?

--Secuestro de la mujer, privacin de alimentos, negativa de dinero....

--Todo eso es estpido! Otra cosa....

--Negativa del marido  habitar con la mujer....

--Ah! Ah! Esto pudiera ser ... con un poco de habilidad ... pero seria
muy difcil ... Se aman!

Esta atroz circunstancia, que era la condenacin de la tentativa de la
seorita Guichard, no turb  Bobart, que no vi en la confidencia de
Clementina sino una dificultad ms. No pens ni un segundo en la dicha
de aquellos jvenes, en su porvenir, en todo lo que podan perder de
esperanza, de paz y de alegra en aquel enredijo judicial. El abogado
respondi con una risa espantosa.

--Bah! En mi larga carrera he contribudo  separar ms de doscientas
parejas que se adoraban y  los cuales sus padres han probado que no
podan vivir juntos!

--Entonces, me secundars?

--Puedes dudarlo?

--Ah! T eres un verdadero amigo....

--Y sin embargo, no has parecido creerlo. Si hubieras entregado Herminia
 mi hijo....

--No volvamos  eso, interrumpi Clementina con fastidio; ya no es
tiempo.

--Si, lo es, si rompes el matrimonio.

--En efecto, es verdad.

La seorita Guichard crey necesario dejar esta esperanza  su cmplice.
"Me servir mejor, pens, si trabaja para s mismo al mismo tiempo que
para mi."

--Y qu instrucciones me das? pregunt Bobart.

--Vigila atentamente  Roussel cuando venga y trata de saber lo que
prepara. Pero s prudente. Yo velar por mi parte ... Y todo lo que haya
de hacerse lo decidir yo sola ... No llamemos la atencin de Mauricio
y de Herminia con una conversacin demasiado larga ... Volvamos al
saln.

El nmero de los convidados haba crecido durante aquellos tempestuosos
debates. Los parientes alojados en la casa y en los pabellones se haban
puesto de veinticinco alfileres. Los notables del pas, invitados 
comer, iban llegando. Clementina tuvo que pensar en su atavo. En las
angustias de su situacin, haba olvidado que el tiempo pasaba y que era
preciso sacrificarse por el decoro. Pas rpidamente entre los
convidados,  quienes Mauricio y Herminia hacan los honores de la casa,
y encontr que ya se haba propagado el rumor de la reconciliacin. En
el ardor de su alegra, los recin casados no haban podido contenerse y
haban difundido la buena noticia. Todos los amigos que conocan las
antiguas diferencias y los recientes malos tratos, estaban llenos de
curiosidad. Una vaga esperanza de alguna sorpresa de efecto germinaba en
los espritus. Aquel cordial acuerdo, tan repentino, era sincero? No
se poda presagiar que la armona, difcilmente restablecida, no durara
mucho tiempo? Las caras sonrean; las palabras aprobaban; pero cada
cual, all, en su interior, haca las necesarias reservas....

Encontrando el terreno preparado, la seorita Guichard, con la firmeza
habitual de su carcter, no evit las explicaciones. Se multiplic para
dar testimonios de alegra. S, una enemistad antigua, haba terminado.
La boda de aquellos queridos hijos haba sido la ocasin de perdonar las
injurias. El seor Roussel haba llegado con los brazos abiertos
pidiendo que todo se olvidase y ella no haba credo que deba negarse 
la indulgencia. Tal conducta no hubiera sido propia de una mujer ni de
una cristiana. Perdonaba, pues, y todos iban  vivir en adelante en la
ms perfecta concordia. El seor Roussel haba ido  su casa para
vestirse y volvera para comer con la familia y los amigos de la
seorita Guichard.

Algunos de los presentes no conocan  Fortunato; otros le conocan slo
de vista. Muchos le consideraban como un hombre muy importante por su
fortuna y por su posicin social. Todos tenan gran deseo de verle de
cerca y de presenciar aquella comedia de la cesacin de una hostilidad
inveterada.

El doctor Truchelet aventur una alusin sabia  las bodas de Pirito,
ensangrentadas por el combate de los Centauros y de Lapites, y felicit
 la seorita Guichard por no haber renovado las luchas de las Amazonas
contra Hrcules y Teseo. Acaso la comparacin con Hrcules hubiese
agradado  Roussel, pero el ser asimilada con las Amazonas extra
singularmente  Clementina, quien por vez primera empez  sospechar que
un acadmico poda muy bien ser un imbcil, y deplor que esta
desagradable excepcin recayese precisamente en su familia.

Desapareci para ir  ponerse un traje muy historiado. Pero jams era
pesada en su atavo y al dar las seis, volva  entrar en el saln. Era
tiempo, porque  la sazn llegaba Roussel. ste no se haba puesto de
negro; se present con un pantaln gris, chaleco blanco y frac azul, con
botones de oro. Estaba en realidad muy elegante de este modo y produjo
una favorable impresin en la parte femenina de la concurrencia. Los
hombres intentaron criticarle, pero fracasaron ante la admiracin de sus
compaeras. La seorita Guichard se puso amarilla de despecho. Puso, sin
embargo,  mal tiempo buena cara, y adelantndose hacia su primo, le
present  los convidados.

Roussel se someti con gracia  sufrir este mal paso y se mostr
sencillo y cordial, con un cierto matiz de altanera que  Clementina le
pareci que contrapesaba desagradablemente la ventaja que ella haba
obtenido pblicamente de la sumisin de aquel rebelde. Crey que se
levantaba un poco deprisa y vi en esta actitud un indicio del doblez
con que,  su juicio, se haba conducido.

Si hubiera podido penetrar en la mente del buen seor, hubiera quedado
asombrada, pues no hubiese hallado ninguno de los pensamientos
amenazadores que le atribua. Roussel no pensaba sino en regocijarse, en
gozar de la hora presente y en tratar de que se arreglase el porvenir de
un modo soportable. La astucia que Clementina le imputaba como un
crimen, era supuesta, ilusoria y quimrica. La mala fe de Fortunato no
exista ms que en la imaginacin de Clementina. Herminia y Mauricio
eran todo expansin y todo sonrisas. Se encontraban dichosos entre
aquellos dos enemigos reconciliados por ellos y  quienes amaban tan
sinceramente.

El jefe de comedor se present y pronunci las importantes palabras:

--La seorita est servida!

Entonces Clementina, con aire de reina, se adelant hacia Mauricio y
despus, adoptando el ceremonial en uso, dijo en tono imperioso:

--Herminia, toma el brazo del seor Roussel.

Y pasaron en comitiva al comedor, que deba servir por la noche de saln
de baile, y que ostentaba en su centro una gran mesa. Un toldo de tela
rayada, adornada con plantas verdes, adornaba todo el patio y tres
araas difundan una viva claridad. El mantel estaba resplandeciente de
cristalera y de plata; unas guirnaldas de flores serpenteaban alrededor
de la mesa y servan de marco  un esplndido servicio de postres de
antigua porcelana de la China, que proceda del to Guichard. Roussel le
dirigi una mirada de antiguo amigo; era la nica cosa que hubiera
deseado de la herencia tan esplndidamente abandonada  su prima.

La seorita Guichard se sent entre Mauricio y el sabio Truchelet;
Roussel  la derecha de Herminia, porque Clementina haba adjudicado
doblemente la presidencia  las seoras en su persona y en la de su
sobrina. Roussel estaba transportado de jbilo: le hubieran colocado en
una esquina de la mesa y no hubiera chistado. Se encontraba al lado de
Herminia y radiante, rejuvenecido, empez desde luego  hacer la corte
en toda regla  su nuera de adopcin.

Siempre haba sido amable, con cierto aire florido, un tanto pasado de
moda; pero en esta ocasin se exceda  s mismo y todo en l tenda
hacia este fin: agradar  aquella nia, de la que quera hacerse amar.
No tena, por otra parte, grandes esfuerzos que hacer; la puerta que
pretenda forzar estaba abierta de par en par para l. Aquel joven
corazn se ofreca con ternura filial y no habla que hacer ms que
apoderarse de l.

Herminia escuchaba  Roussel con placer no disimulado. Le encontraba
galante, gracioso, encantador. Fortunato tuvo la habilidad de hablarle
de Mauricio y de referirle episodios de su infancia y con tan agradable
historia la tuvo atenta toda la velada. Clementina, separada de ellos
solamente por la mesa, no les quitaba ojo. Vea  Roussel desplegar
todas sus gracias y pensaba: "No pierde el tiempo para apoderarse de la
muchacha; cmo la engatusa! La pobre se dejar coger por sus hermosas
palabras, porque no le conoce, pero yo la ilustrar acerca de ese zorro
viejo y ella volver al justo conocimiento de las cosas."

La seorita Guichard escuchaba distraidamente las protestas afectuosas
de Mauricio; cuanto el joven le deca era para ella letra muerta.
Consideraba su amabilidad como un ardid de guerra y la consideraba nula.
Todo lo que Mauricio le hablaba de cario y de reconocimiento no tena
ms efecto que distrerla desagradablemente de la conversacin de Roussel
con Herminia.

En cuanto  Truchelet, disert en vano acerca de los epitalamios, porque
Clementina no le oa siquiera.

El fin de la comida, amenizado por variados brindis, pareci
mortalmente largo  la duea de la casa; y como el joven Hctor Bobart,
que estaba un poco achispado con el Champagne, anunci que en su
condicin de testigo reclamaba la liga de la desposada, Clementina, con
una mirada fulminante, levant la sesin y condujo  sus convidados al
saln mientras se quitaba la mesa para transformar el sitio del banquete
en saln de baile.

Sin embargo, el joven oficial de hsares, no dndose por vencido despus
del primer fracaso, se haba aproximado al grupo que formaban Herminia,
Roussel y Mauricio y, alegremente, peda indemnizaciones; por lo menos
la primera contradanza, puesto que Mauricio deba abrir el baile con la
seorita Guichard. Pero Fortunato hizo valer oportunamente sus derechos
y el hijo del abogado tuvo que contentarse con un vals ... Mauricio
senta una instintiva hostilidad hacia aquel mozo tan insignificante, ya
porque le hiciese responsable de la cautelosa oposicin de su padre, 
ya porque le desagradasen sus maneras familiares con Herminia, y no
pudiendo contenerse, hizo observar  la seorita Guichard la actitud un
poco descomedida del heredero Bobart. Clementina respondi melosamente:

--Oh! Eso no tiene importancia; Herminia y l se han criado juntos.

Esta respuesta tan sencilla y tan natural, tuvo, sin embargo, el
privilegio de irritar  Mauricio, que estaba sin duda un poco nervioso
aquella noche. Pero razon friamente y se dijo "Soy un tonto! Voy 
preocuparme por este majadero, cuya existencia mi mujer no tiene trazas
de sospechar siquiera?" Pero sus nervios no se calmaron y su cara
expres un descontento que llam la atencin de Clementina hasta el
punto de pensar si el mal humor de Mauricio no sera ventajosamente
explotable.

Por qu no fomentar aquel pequeo acceso de celos, en vez de disiparlo?
Quin sabe si podra obtener de ese modo algn provecho! Despus de
todo, Hctor Bobart era un pretendiente desdeado y ... de repente vino
 la memoria de Clementina el recuerdo de las cartas que aqul haba
dirigido  Herminia y vi en aquellas delgadas hojas de papel el medio
de prender un incendio. Hacerlas caer diestramente en manos de Mauricio,
provocar una explicacin entre Herminia y l, una escena acaso, no era
medio de excitar la discordia? Es tan fcil irritar las pasiones y tan
difcil calmarlas! El orgullo, la clera, obran tan pronto sus efectos y
hacen tales estragos en un cerebro humano, que es imposible saber hasta
donde puede ir un incidente as comenzado. De todos modos, si el
resultado no era como ella esperaba, ella se encargara de imprimirle el
impulso decisivo.

Reflexionando as, subi  su cuarto y di instrucciones  la doncella
para que los ltimos regalos ofrecidos  Herminia fuesen llevados  las
nuevas habitaciones, y ella misma se propuso entregar  su sobrina un
cofrecillo que contena sus joyas de soltera y algunos pequeos
recuerdos cuidadosamente conservados.

Al cogerle, le ocurri una idea que la hizo sonreir. Abri su
escritorio, busc en un cajn y sac cinco  seis pliegos de papel,
doblados. Eran las cartas dirigidas por Hctor  Herminia y que sta
haba entregado  la seorita Guichard sin leerlas: cartas
insignificantes de un buen muchacho  una prima  quien quiere inflamar
y que no salan del nivel de la mediana en achaque de amplificaciones
sentimentales.

Sin dudar ante la atrocidad de la accin que cometa y disculpndose,
acaso, en el fondo, por la necedad misma de aquellas epstolas,
Clementina cogi las cartas y las coloc muy  la vista en el
cofrecillo, encima de todos los objetos cuidadosamente arreglados por
Herminia. Despus cerr la caja y quitando la llave, descendi al saln.

Los invitados llegaban en montn y el saln de baile rebosaba. Todos
los alrededores haban enviado lo ms escogido de sus habitantes. La
msica de la Celle, reforzada por la seorita Guichard, no esperaba ms
que la seal del alcalde, seor Tournemine, para hacer sonar sus
trompetones. El tendero haba preparado petardos y los bomberos,
igualmente aptos para apagar que para encender, se haban encargado de
las bengalas que deban iluminarlas arboledas del jardn.

El saln pequeo haba sido prudentemente reservado por la seorita
Guichard para el caso de que alguien se sintiera fatigado  indispuesto
en medio de aquellos regocijos, y all fu  donde ella se dirigi. Puso
el cofrecillo sobre la chimenea y despus de dirigir una ltima mirada 
su mquina infernal, se fu con admirable tranquilidad  reunirse con
aquellos  quienes soaba con hacer sus vctimas.




CAPTULO VII

EL RAPTO.


El aspecto del saln de baile era encantador. En un tablado, al fondo,
estaban colocados los msicos. Todo alrededor, sillones para la gente
seria y sillas para los bailarines. El jardn, iluminado con faroles 
la veneciana, apareca invadido por los invitados. La seorita Guichard
se vi en seguida rodeada por sus parientes y por sus amigos.  una
seal de Bobart se desencaden la tempestad instrumental y exalt  la
concurrencia. Si Clementina hubiera tenido libre el espritu, qu
satisfaccin hubiera experimentado en este instante en que dominaba 
toda aquella reunin por en medio de la cual se paseaba majestuosamente
siendo el blanco de todas las miradas y el objeto de todas las sonrisas!
Pero su alegra estaba envenenada por preocupaciones malvadas, y sin
dejar de recibir saludos, Clementina pensaba:

--Conseguir destruir esta dicha que todos proclaman, elogian y
envidian?

Vi  Mauricio que hablaba alegremente con Herminia, mientras Roussel,
en un crculo de seoras, prodigaba sus gracias y sus amabilidades. Una
nube oscureci la frente de la solterona. Con una seal llam al joven y
cogindole del brazo le dijo con tono indiferente.

--Acabo de hacer llevar  vuestras habitaciones los ltimos regalos
recibidos por Herminia, porque ahora no debo guardar nada suyo....

--Excepto ella misma, interrumpi galantemente Mauricio.

--Oh! Pertenece  usted por completo, replic la seorita Guichard
observando al joven.

--Nos la repartiremos, respondi ste.

Clementina pens: "Hipcrita! intenta engaarme, pero no sabe que estoy
apercibida: sus astucias no tendrn efecto." Y en voz alta aadi:

--En el saloncillo, sobre la chimenea, encontrar usted un cofrecillo
que contiene los recuerdos de soltera de Herminia. brale usted mismo;
he aqu la llave.

Mauricio la cogi, la guard en el bolsillo del chaleco y respondi:

--Voy enseguida. Pero hubiera usted podido, mi querida ta, esperar 
maana para entregarnos esas cosas. En parte alguna ese tesoro hubiera
estado ms seguro que en el sitio donde usted le ha puesto ...

--No! no! es preciso hacer las cosas con regularidad!

--Como usted guste.

Mauricio le dirigi su ms amable sonrisa y se encamin hacia el
saloncillo, sin sospechar el lazo que se le tenda. Entr en la
habitacin,  la sazn desierta, y vi el cofrecillo sobre la chimenea.
Era una caja de forma cuadrada con incrustaciones de marfil, como se
hacen tantas en Florencia. Debajo, vi Mauricio al volverla, grabadas en
la madera, estas palabras: "Pellegrini, via Maggio." Conoca muy bien
aquella via Maggio y en el momento acudieron  su memoria el
Ponte-Vecchio, con sus tiendas y el Arno cenagoso, corriendo entre sus
muelles de piedra.

Tena en la mano el cofrecillo y un ruido metlico se produjo en el
interior, como el sonido de anillos de oro. Mauricio pens: "Son las
joyas de Herminia; sus adornos de soltera." Y un gran deseo de verlos se
apoder de l. No pens que fuese grande la indiscrecin que cometa; lo
que haba visto la ta, poda muy bien verlo el marido. La llave pareci
ponerse espontneamente entre sus dedos como si una adversa y
misteriosa influencia mandase  su voluntad. Abri la caja y al levantar
la tapa vi desde luego las cartas acusadoras.

Las tom, sin sospechar nada malo. "Alguna correspondencia de colegiala,
pens; dulces y sencillos secretos de la infancia." Desdobl uno de los
pliegos y le ech una mirada, sin intencin de leerlo. Pero aquella
letra de hombre cambi enseguida sus disposiciones. Sinti primero
asombro, despus sorda irritacin y por ltimo un ardiente deseo de
saber lo que aquello significaba. Ley y,  medida que avanzaba en la
lectura, su frente se contraa con sombro descontento. Nada ms vulgar
que aquella carta, clsica declaracin de un oficial de curia  una
obrera florista, y firmada "Hctor," sin apellido. Pero no haba duda
posible; era del hijo de Bobart, del oficial de hsares, del comensal,
un poco atrevido, del banquete de boda.

El primer movimiento de Mauricio, como Clementina haba previsto con
toda exactitud, fu cerrar el cofrecillo, volver al saln de baile,
llevarse  Hctor  un rincn solitario y all aplicar sobre su nutrida
cara un buen par de bofetadas. Pero resisti esta tentacin y juzg ms
razonable hacer  su tutor rbitro de la situacin. Se meti las cartas
en el bolsillo, cerr la caja y sali de la habitacin.  veinte pasos
de l, Roussel hecho como siempre un hroe de madrigal, completaba la
conquista de las mujeres, jvenes y viejas, cuya seduccin se haba
propuesto hacer. En su alegra, hubiera seguido la misma conducta hasta
con Clementina. Su sorpresa fu, pues, desagradable, cuando sinti que
le tocaban en el hombro y vi  su lado la fisonoma alterada de
Mauricio. Ms por muy amortiguadas por la alegra que estuviesen sus
desconfianzas, tuvo enseguida el presentimiento de que alguna cosa
anormal haba ocurrido y apartndose con su hijo algunos pasos,
pregunt:

--Qu hay?

--Venga usted conmigo y lo sabr.

Atravesaron la multitud, entraron en el saloncillo y, una vez solos,
dijo Mauricio, entregndole una carta:

--Lea usted!

--Roussel recorri vivamente la carta, frunci las cejas y volviendo 
tomar toda su gravedad, dijo:

--Dnde has encontrado esto?

--En ese cofrecillo.

--Y quin te le ha entregado?

--La seorita Guichard; hace un instante.

--Con la llave?

--S.

--De qu modo estaban colocadas las cartas, encima, muy  la vista?

--Cmo lo sabe usted?

--Desdichado! Es difcil de adivinar? Es esa malvada Clementina la que
ha dado el golpe.

--Padrino!

--Es capaz hasta de haber falsificado las cartas.

--Pero, con qu objeto?

--Con el de producir un disturbio entre tu mujer y t. Por medio de una
querella, de una ria, de una explicacin, cuenta con arrojar la cizaa
entre vosotros, apoderarse de Herminia y ... quin sabe? acaso
separaros para siempre!

--Es serio lo que usted habla? Sospecha usted de la seorita Guichard?

--Y t, sospechas de tu mujer? replic con energa Roussel. Tienes que
escoger:  Herminia es una farsante que tiene por cmplice al ejrcito
francs representado por el hijo de Bobart,  Clementina es una bribona
que ha aprovechado una casualidad, si es que ella misma no la ha
provocado, para ponerte ante los ojos una correspondencia que deba
impulsarte  algn acto violento. Por mi parte, mi eleccin est hecha;
acuso  Clementina.

--Pero Herminia ... padrino mo?...

--Herminia! Es posible que ni siquiera conozca esas cartas ... En todo
caso es preciso tener el valor de preguntrselo.

 esta declaracin Mauricio palideci.

--Qu! Ponerla al corriente de esta infamia? Interrogarla sobre tal
asunto?

--S, ponerla al corriente; no interrogarla: consultarla lealmente como
persona leal que es. Y vers como, si est inocente de todo compromiso,
y esto me atrevo  jurarlo, aprecia tu franqueza y tu confianza.

--Sea, pues. As como as, no puedo soportar por ms tiempo una sospecha
semejante. Hgame usted el favor de envirmela.

--De envirtela? No, por cierto: yo te la traer. Quiero asistir, si me
lo permites,  vuestra conversacin, aunque no sea ms que para impedir
que digas tonteras....

--Padrino!

--Pues qu, no habas empezado  decirlas hace un momento?

--S, tiene usted razn. Permanezca usted y sea mi consejero y mi apoyo,
como siempre.

--Puedes estar tranquilo. Ser an ms moderado por tu cuenta que lo he
sido por la ma. Espranos aqu.

Y sali. Mauricio qued solo, sumergido en dolorosas reflexiones. Vea
sombro el porvenir; pens por primera vez que acaso su tutor no haba
exagerado las malas acciones de que le haba hecho vctima Clementina, y
no estuvo lejos de creer que la ta de Herminia fuese un monstruo.
Estim, en todo caso, que la perfidia con que acababa de obrar le
dispensaba de toda gratitud y le devolva su libertad de accin, y se
propuso, no devolverla mal por mal, pero al menos impedirla que siguiese
hacindole dao.

Sin embargo, por muy culpable que apareciese la seorita Guichard, haba
un hecho que no se la poda atribuir y era la correspondencia misma,
punto de partida del incidente. Pensara Roussel lo que quisiera, las
cartas procedan efectivamente del hijo de Bobart; haba, pues, existido
un amorcillo entre Herminia y l, y este solo pensamiento le exasperaba.
Y, no obstante, no poda imaginar siquiera a la Virgen del Bordado
cambiando amores tiernos con aquel hsar. Esto no estaba dentro del
orden de las cosas admisibles, ni en armona con su naturaleza delicada
ni con el tono de sus cndidos ojos. Haba evidentemente una prfida
maniobra en todo aquello ... Pero ella haba recibido las cartas!

No tuvo tiempo de llevar ms lejos sus inducciones, porque Herminia
entraba con Roussel. El joven no tuvo tiempo de abrir la boca para
formular una pregunta; su tutor exclam, apenas hubo cerrado la puerta:

--Todo est aclarado! Ni siquiera ha ledo las cartas, la pobre nia;
se las entreg cerradas  su ta.

Cerradas! Mauricio tuvo tal acceso de alegra, que salt al cuello de
Fortunato, pero ste dijo sonriendo y defendindose mal del apretn:

--No es  mi  quien debes abrazar, majadero!

Y les impuls el uno hacia el otro.

Por primera vez Mauricio, cogiendo  Herminia en los brazos, la estrech
contra su corazn y desflor con sus labios aquella rubia cabellera.

--Haba que ser verdaderamente maligno para adivinar que Clementina os
preparaba esta emboscada! Hijos mos, la situacin es grave. Juzgad por
lo que acaba de hacer como principio de juego, de lo que es capaz si no
consigue enseguida separaros....

--Separarnos!

Y al decir esto formaron tan hermoso conjunto, que Roussel no pudo menos
de sonreir.

--Vamos! He aqu una unanimidad tranquilizadora! Pero desconfiad,
queridos hijos; estis en peligro ... En el estado de mis relaciones
con la seorita Guichard, no me es posible daros un consejo; parecera
que abogaba contra ella y en favor mo. Es evidente que mi repentina
intrusin es lo que ha modificado las intenciones y cambiado los
proyectos de Clementina. Ha realizado un formidable cambio de frente y
trata  Mauricio como enemigo en vez de considerarle como aliado. Ya
estis advertidos. Tomad una resolucin, pero que sea adoptada por
vuestras propias inspiraciones. No veis sino vuestro inters y no me
tengis en cuenta para nada, pero contad conmigo. Cuando hayis
resuelto, pondr tanta energa en apoyaros como reserva he empleado en
daros consejos. Ahora, os dejo. Os amis; defended vuestra dicha.

Herminia y Mauricio quedaron solos y se miraron un instante sin hablar.
Despus, el marido cogi la mano de su mujer y atrayndola hacia s,
dijo:

--Mira como estamos; y no hace veinticuatro horas que me perteneces;
qu nos prepara, pues, el porvenir? Una serie incesante de
dificultades, de luchas que no habremos hecho nada para suscitar y  las
que no podremos sustraernos. Qu tristeza, Herminia, despus de la
esperanza de tantas alegras!

--Pero Mauricio, es posible que mi ta lo haya hecho ver esas cartas
que yo ni conoca?

--Ay! Herminia; es muy cierto; pero no la acuses; ha obrado bajo la
influencia de la clera y no de su corazn.

-- T la disculpas? Y sin embargo, contra ti estaba tramada esta
horrible maniobra ... Pero qu locura inspira el odio para que en un
momento haya cambiado completamente una mujer tan buena, que ha sido
para mi una verdadera madre....

--Me aborrece ahora, bien lo ves, tanto como  mi padrino. No tiene ms
que una idea; separarnos. No lo ha conseguido esta vez, poro volver 
empezar hasta que en una ocasin ms favorable....

--Podr encontrarla?

--La har nacer, como hoy.

--Entonces qu va  pasar?

--Tienes confianza en m, Herminia?

--Absoluta.

--Crees que mi nico deseo, fuera de toda consideracin extraa 
nosotros, es nuestra propia dicha?

--Lo creo.

--Y piensas que aqu, entre mi tutor y tu ta, podremos escapar  los
disturbios y  las malas influencias?

--Creo que no.

--Entonces, deduce t misma la consecuencia. La joven permaneci un
instante pensativa y con la rubia cabeza inclinada y algunas lgrimas
rodaron por sus ojos. Despus murmur:

--Es preciso huir!

--S, marcharnos, nia querida; salvarnos, para ser el uno del otro,
lejos de todo lo que no sea confianza y ternura.

--Pero eso, no ser mostrarme ingrata hacia la mujer que me ha educado
y que ha sido excelente para m?

--Eso ser mostrarte fiel al que te ama y al que t habrs de amar.

--Y al que amo ya, Mauricio, dijo Herminia, sonriendo  travs de sus
lgrimas. Pero yo no soy ms que una mujer y no tengo valor para decidir
entre lo que me parece mi deber y lo que es mi deseo ... T, que tienes
la firmeza necesaria, manda; yo obedecer.

Mauricio movi la cabeza.

--No, Herminia; yo no puedo hacer lo que pides. Por graves que hayan
sido las faltas de la seorita Guichard hacia m, no me considero como
absolutamente desligado de los compromisos que con ella contraje. He
prometido no obligarte jams  separarte de ella; te dejo, pues, en
libertad. Si quieres quedarte, nos quedamos. Si partimos, es preciso
que sea por que hayas dicho: "Quiero partir!"

--Oh! Mauricio, qu exiges de mi?

--Que salves t misma, y sola, nuestra dicha. Es mucho? Reflexiona
acerca de lo que sucede enderredor. Aqu est el desorden donde perecer
nuestro reposo; fuera de aqu, la calma, la libertad de amarnos.
Herminia, tenemos tanto tiempo delante, y tan hermoso! Algunos das
bastarn para que la que nos ha hecho tanto dao recobre la razn y nos
llame, y entonces podremos volver y gozar en paz de la tranquilidad que
tan bien habremos ganado. Es esto tan espantoso? Prefieres correr los
riesgos de una guerra en la que todos los tiros vendrn  herirnos en el
corazn?

--Mauricio....

Herminia dudaba. Mauricio se puso  sus plantas y mirndola hasta el
fondo del alma, aadi:

--Herminia, un minuto de resolucin; una palabra decisiva, y todo se ha
salvado. Tienes miedo de confiar en mi? Bien sabes que te adoro. En el
mundo no hay ms que nosotros dos; lo dems poco importa. Quieres
sacrificarnos  rencores pueriles y  odios vergonzosos? Qu hemos
hecho nosotros para merecer tales sufrimientos? Cul es nuestro
crimen, amarnos? Crimen muy dulce, por cierto!

La joven se haba inclinado hacia l. Mauricio tom su mano y la apoy
contra el corazn. Herminia lanz un gran suspiro y despus dijo con voz
firme:

--Partamos!

--Ah! Qu dichoso soy!

Herminia le dirigi una mirada que probaba que aquella exclamacin de
alegra recompensaba su esfuerzo. En este momento entr Roussel.

--Hijos mos, es preciso volver al saln. Os buscan por todas partes y
ya he tenido que impedir  Bobart que viniera  interrumpiros ...
Estis de acuerdo?

--S, padrino mo; nos vamos. Herminia es la que lo quiere.

--Y tiene razn. Yo no quiero aconsejaros, pero en esta poca, una
temporada en la orilla de los lagos de Italia, en Bellaggio, por
ejemplo....

Los ojos de Herminia se iluminaron. Nunca haba viajado y no conoca
nada. Roussel se arrepinti de haber introducido aquel elemento tentador
en la resolucin de Herminia, y pens: "Esto no es juego limpio; pero
cmo se manifiesta siempre y en todo la mujer! Qu mirada la de esta
muchacha!

--Querido Mauricio, decdelo todo ahora, dijo Herminia; yo vuelvo al
lado de nuestros amigos.

Y desapareci ligera y casi alegre. Roussel se volvi hacia su hijo y
dndole golpecillos en el hombro, le dijo:

--Ah, bribn, no tienes de qu quejarte! Vas, naturalmente,  llevarte
 tu mujer?

--Usted lo ha dicho. Son las nueve y media:  las doce prescindo de la
compaa de la gente de la boda.

--Tengo una excelente carretela que me espera en la plaza: la quieres?

--Me llevar  Pars?

--Desde luego. Es cuestin de propina.

--Entonces, est dicho. Prevenga usted al cochero.

--Enseguida. Tu mujer, ha puesto mucha resistencia?

--La necesaria para que su decisin tenga una significacin cariosa ...
Es un ngel!

--Bueno! Se lo pagaremos despus.

Fueron interrumpidos por una tempestad de armonas: era la banda que, en
el patio, empezaba, al unsono con la orquesta, el rigodn de honor. En
este momento se mostr en la puerta la fisonoma inquieta de Bobart.

--Seor Aubry, le buscan  usted por todas partes.... La seorita
Guichard le reclama....

--Anda! Ve  cumplir tus deberes, dijo Roussel cambiando una mirada con
Mauricio. Mientras, tomar el aire en el jardn. Hace aqu un calor
terrible.

Se separaron y Mauricio se dirigi,  travs de las filas de curiosos,
hacia la seorita Guichard que le esperaba en pie, altanera y masculina,
en medio del saln de baile, teniendo enfrente  su sobrina, del brazo
del seor Tournemine.

--Ah! Por fin! dijo dirigindole una mirada imperiosa. Vamos;
colquese usted ah y empecemos.

Rugieron los instrumentos, y las parejas, ponindose en movimiento al
mismo tiempo, emprendieron la primera figura del rigodn.

Bobart, preocupado con el doble concilibulo que acababa de verificarse
en el saloncillo, primero entre Herminia y Mauricio y despus entre
Mauricio y Roussel, en lugar de entrar en el saln de baile, se aventur
por el jardn en seguimiento de Fortunato. Por instinto adivinaba una
maniobra ofensiva por parte de los enemigos de su prima. Amargamente
vituperado por Clementina, que le acusaba de no haber vigilado
suficientemente  Roussel, tena empeo en tomar un desquite. Y su amor
propio, su odio y su inters reunidos le impulsaban  seguir las
huellas del soltern.

La noche estaba oscura y serena. Los faroles venecianos alumbraban las
calles de rboles en torno de la casa. Las arboledas del jardn y el
terrapln estaban en la sombra. Roussel empez por pasearse por el
parque con aire indiferente y despus, poco  poco, se aproxim  la
puertecilla que daba al rincn de la callejuela en que estaba la tapia
en la cual Mauricio haba visto por primera vez  Herminia. Roussel se
volvi para observar si era espiado, y Bobart apenas tuvo tiempo por
esconderse detrs de un rbol. Desde all vi al tutor abrir la puerta y
salir vivamente.

Ech  correr y lleg al terrapln  tiempo para ver  Roussel acercarse
 un coche que estaba parado en la plaza y hacer seas al cochero para
que acercase el vehculo  la esquina de la callejuela,  dos pasos de
la puertecilla.

Mientras la carretela atravesaba la plaza para colocarse al pie del
terrapln, Roussel la segua con aire plcido. Se aproxim al cochero y
antes de entrar de nuevo en el jardn, le dijo  media voz:

--Ha entendido usted bien, no es verdad? Un caballero y una seora,
dentro de hora y media. Tendr usted veinte francos de propina al llegar
Pars.... Y sobre todo, permanezca usted ahora en el coche hasta el
momento de partir.

--Vaya usted tranquilo, seor Roussel, dijo el cochero.

Inclinado sobre el muro del terrapln, en la sombra, Bobart no haba
perdido ni una palabra de estas recomendaciones. Pens: "Un caballero y
una seora que el cochero debe conducir  Pars en el coche de Roussel!
Esto es claro como la luz; se trata de Mauricio y Herminia. La
intervencin de mi excelente prima produce su efecto: los recin casados
meditan una fuga. No es esto ciertamente lo que la seorita Guichard
esperaba; luego es preciso prevenirla."

Fortunato atraves el jardn con paso tranquilo y entr en el saln de
baile; Bobart le sigui y al llegar  la puerta vi que llamaba 
Mauricio y Herminia y les daba explicaciones que los jvenes escuchaban
con extraordinaria atencin. Despus se separaron y Herminia y Mauricio
recorrieron del brazo el saln mientras Roussel se paseaba con aire
distrado. En estas circunstancias cuya gravedad adivinaba, Bobart no
dud; se fu derecho  la seorita Guichard, que pareca una reina en
medio de sus convidados, y llevndosela al pie del tablado de la
orquesta, dijo:

--Procura no dejar que se altere tu cara, mi excelente amiga, porque
nos observan y tengo que darte serias noticias. Dentro de hora y media
parten Mauricio y Herminia para Pars.

--Qu dices ah? exclam la seorita Guichard con voz temblorosa por la
clera.

--Clmate y escucha. Lo he descubierto todo hace un instante. Roussel es
quien ha aconsejado y preparado el plan.

--El miserable!

--Su coche espera al lado de la puertecilla del jardn y va  servir 
los recin casados para alejarse de aqu.

--Y qu hacer para impedrselo?

--No perder de vista  tu sobrina.

--Pero maana volvern  las andadas. Y la ocasin sera tan buena para
romper.... Ellos me provocan.... Yo no hago ms que defenderme....
Quieren quitarme  Herminia ... Si fuese yo quien se la quitase!...

--Admirable idea! Cambias la situacin. Crean vencerte y sers t la
que triunfe....

--Pero cmo?

--Adelanta la hora de la partida. Enva  buscar  tu sobrina una
persona con cuya fidelidad puedas contar.

--Su doncella.

--Bueno! Esa muchacha previene  Herminia que su marido la espera en
el coche.... La joven baja sin desconfianza.... En lugar del marido
encuentra  la ta y.... Arrea, cochero!...

--Me voy  Pars y desde all  Rouxmesnil, en Normanda.... Una
propiedad aislada, en la que soy inexpugnable....

--Magnfico! No cambias de traje para partir?

--Tengo en Pars todo lo necesario.

--Es probable que tu sobrina vaya  quitarse su vestido blanco.

--Dejmosla libre en sus movimientos. Pero t, dedcate  Mauricio y no
le pierdas de vista.

--Convenido.

Mientras se urda este doble complot la fiesta llegaba  su apogeo y era
fcil prever que el baile durara hasta por la maana. En la plaza del
pueblo se haba instalado una msica al aire libre y las gentes del pas
saltaban sobre el csped  la luz de unos faroles  la veneciana
colocados por el tendero. La seorita Guichard haba enviado algunos
toneles de vino para que refrescasen los bailarines, y estos diversos
atractivos hacan que se agrupase delante de la verja una gran multitud.

En la callejuela sombra esperaba la carretela. El cochero, fiel  su
promesa, no la haba abandonado, pero se haba hecho llevar una botella
de vino y beba  la salud de los novios. Las once acababan de dar en
el campanario del pueblo. El momento de la partida se aproximaba. El
cochero quit la manta  los caballos, les puso las riendas y enseguida
mont en el pescante, un poco aturdido por la oscuridad y por el vino.
Empezaba  quedarse dormido, cuando se abri la puertecilla y una seora
muy tapada y que hablaba con alguien que se quedaba en el jardn, abri
vivamente la portezuela del coche y mont.

En el mismo momento, otra mujer de alta estatura y maneras desenvueltas,
se adelant hacia el coche y dijo dirigindose al cochero:

--Volando!  Pars.

El cochero, asombrado, dijo:

--Pero mis viajeros deban ser un caballero y una seora....

--El caballero no parte ya ... Vivo!

Y abri la portezuela. Un grito: "Dios mo! mi ta!" se oy en el
interior del coche; pero la portezuela golpe, vigorosamente atrada, y
el ruido de las ruedas ahog el resto de las quejas de Herminia.

En el saln de baile los invitados se removan con ardor. Mauricio sac
su reloj y vi que eran las once y media. Haca algunos momentos ya que
Herminia haba desaparecido. La seorita Guichard acababa de
encaminarse al saloncillo  fin de dar rdenes, sin duda, para la cena.
Juzg que la ocasin era favorable. Baj al patio, atraves los
pabellones, subi ligeramente la escalera que conduca  sus nuevas
habitaciones; llam, y como nadie le responda, entr.

En el cuarto, alumbrado por una lmpara, estaba extendido sobre la cama
el vestido de novia de Herminia. Los cajones estaban abiertos y todo
indicaba los preparativos de un viaje.

Mauricio pens "Est ya en el coche." Cogi su abrigo y un sombrero y
baj vivamente. Sali por la puertecilla, volvi la esquina de la
calleja y no vi coche alguno. Supuso que el cochero, habra entendido
mal y esperara, acaso en el otro extremo de la calle, y corri 
cerciorarse. La callejuela estaba desierta.

Volvi  la plaza, latindole el corazn y con el espritu turbado por
un principio de inquietud. All una fila de coches esperaban  los
invitados y todos los cocheros estaban en el caf. Muy alarmado,
Mauricio volvi al jardn, se quit el abrigo y entr en el saln en
busca de su tutor. Roussel no tuvo ms que mirar  su hijo para
comprender que ocurra un incidente inesperado. Se le llev  un rincn
y le pregunt con acento inquieto:

--Qu hay?

--Hay, que no he encontrado el coche y que no s dnde est Herminia.

--Qu es lo que dices?

--Herminia se ha vestido y, evidentemente, ha ido  la carretela. Pero
la carretela no est.

Se miraron, con un principio de sospecha.

--Dnde est Clementina? pregunt Roussel.

--Ha salido del saln hace ms de un cuarto de hora.

--Busqumosla, preguntemos por ella ... en la casa ...Ah! Bobart!...
Apodermonos de Bobart!

Cayeron sobre el abogado, que con aire inocente saboreaba un helado,
sentado en un mullido silln, y all, sin levantarla voz, pero con
miradas muy expresivas, preguntaron:

--Bobart, qu es de la seorita Guichard?

--Pues lo ignoro, balbuce el abogado, levantndose para escapar  las
preguntas.

--No se mueva usted! y responda, dijo Roussel. Dnde est la seorita
Guichard?

--No s! seores, contest Bobart gritando para llamar la atencin
sobre l. No comprendo vuestra insistencia....

--Hable usted ms bajo, dijo Mauricio,  le llevo al saln inmediato y
all ... va usted  ver.

Estaba tan amenazador, que Bobart, espantado, permaneci en su butaca
sin hacer un movimiento, sin pronunciar una palabra.

--Le doy  usted un minuto para decidirse  responder. Dentro de un
minuto le har  usted responsable de la emboscada que aqu se ha
ejecutado.

--La emboscada! exclam Bobart, fuera de s por el terror. Quin la ha
preparado?

--Ah! Usted sabe, pues, lo que ha sucedido? Usted conviene en ello....

Yo no convengo en nada.... Ustedes me violentan ... me amenazan....

--S; todo lo que convenga para saber dnde est la seorita
Guichard....

--Pues bien.... Ha partido!

--Ha partido! Con la seora de Aubry?

--Con la seora de Aubry y en la propia carretela de usted. Vaya; est
usted satisfecho? dijo Bobart con expresin de radiante alegra.

--Adnde la conduce?

--Vaya usted  preguntrselo!

--La ha obligado  acompaarla?

--Obligado! exclam Bobart. Cmo es eso posible? Por qu no robado 
la fuerza? En medio de quinientas personas! No, no! La seora de Aubry
ha seguido  su ta de buen grado.... La seorita Guichard la ha
ilustrado acerca del aspecto moral del acto que iba  cometer. La joven
ha reconocido que haba sido inducida  error y ha partido libremente y
por su propia voluntad!...

--Viejo tunante! exclam Mauricio exasperado, y cogiendo  Bobart por
un hombro, le sacudi tan rudamente que Roussel vino al socorro del
abogado y s interpuso entre su ahijado y l.

--Vamos, hijo mo, un poco ms de calma. En todo lo que el seor dice no
hay sin duda ni una palabra de verdad. Hemos jugado una partida y
acabamos de perderla: tratemos de tomar el desquite. Para esto no nos
las entendamos con los lacayos, sino con los dueos.

--Lacayos! repiti Bobart. Sepa usted seor mo....

--Nada! interrumpi Roussel; conozco  usted hace mucho tiempo, seor
hipcrita, seor pedante.... He dicho lacayo y hubiera podido decir
espa....

--Y si no est usted contento, aadi Mauricio, puede usted enviarme su
hijo!

--No, seor, declar enfticamente Bobart. Soy muy suficiente para
vengar yo mismo mis injurias. Usted sabr lo que cuesta tener que
habrselas con un hombre como yo....

--Los clientes de usted lo han sabido muy bien, maestro en vilezas!
dijo Roussel. Pero tngase por advertido y que no le encuentre yo en mi
camino,  le hago pagar las costas con ms gracia que usted mismo lo
haca....

Y tomando  su hijo por el brazo, dijo:

--Ven, Mauricio, ven. No tenemos nada que hacer aqu.




CAPTULO VIII

EL SECUESTRO.


Por la maana del siguiente da, estaba Roussel todava dormido cuando
entr Mauricio en su cuarto, descorri las cortinas y se sent en una
butaca al pie de la cama.

--Qu hora es pues? pregunt Fortunato incorporndose.

--Las cinco. Perdneme usted que interrumpa tan pronto su sueo, pero
estando solo, me volva loco....

--Oh! hijo mo; has hecho muy bien en despertarme. Espera, voy 
levantarme.

--No, permanezca usted acostado; lo mismo podemos conversar y con tal de
que me hable usted de Clementina, quedar aliviado....

--T no has dormido? mi pobre hijo....

--No! Pero eso importa poco. Sufrira todas las penas sin quejarme con
tal de saber dnde est mi pobre mujer.

--Tranquilzate; lo sabremos. Y entonces.... Pero, ahora pienso ...
Federico, est levantado?... S. Llama.

--Para qu?

--Vas  verlo.

Mauricio llam. Al cabo de un instante apareci el ayuda de cmara de
Roussel. Era un excelente servidor que haba sustitudo al criado modelo
que la seorita Guichard haba quitado  Fortunato veinte aos antes.
Ningn ofrecimiento haba hecho mella en Federico; por eso, en sus das
de buen humor, Roussel le llamaba Hipcrates. Un da en que el ayuda de
cmara se atrevi  preguntar  su seor porqu le llamaba as, ste le
respondi: "Por causa de los presentes de Artajerjes." Federico no
comprendi mucho ms y permaneci estupefacto. Y Roussel aadi "
Bueno! No se caliente usted la cabeza: Hipcrates era un hombre
incorruptible." Federico se di por satisfecho y adquiri mucho mayor
importancia  sus propios ojos. Con el tiempo se haba hecho enteramente
adepto y, sobre todo, adoraba  Mauricio.

--Federico, dijo Roussel, est usted todava en buena inteligencia con
el portero del seor Bobart?

--S, seor. Por recomendacin del seor, yo he sido quien le ha
proporcionado su plaza.

--Bueno. Federico, va usted  salir inmediatamente para Pars. Ir usted
 ver  su protegido y le pedir, como un servicio de capital
importancia, que, en el caso de que el seor Bobart salga de Pars,
indique  usted la estacin por donde ha partido. Y si puede usted
obtener que le informe acerca del departamento  el pas extranjero de
donde lleguen cartas para el seor Bobart, nos prestar  Mauricio y 
m una ayuda inapreciable.... Usted nos conoce muy bien para creer que
se trata de algo vituperable....

--Oh, seor! Con los ojos cerrados le obedecer.... Con los ojos
cerrados....

--Y bien, no los cierre usted.... bralos, por el contrario, todo lo que
pueda.... Qudese usted en Pars y  las horas de la distribucin del
correo est siempre en casa del portero ...El seor Bobart le conoce 
usted?

--No, seor.

--Tan pronto como tenga usted noticias que darnos, vuelve sin perder ni
un segundo.

--El seor puede contar conmigo.

Y sali. Mauricio permanci sentado, interrogando  su tutor con la
mirada.

--He aqu mi idea, dijo ste. Est fuera de toda duda para m que el
tunante de Bobart es cmplice de la seorita Guichard. l nos espi la
noche ltima y l fu quien la previno. Es, pues, cierto, que tan pronto
como se crea en seguridad, Clementina va  escribirle y acaso  llamarle
cerca de ella. Por el sello de la carta sabremos dnde est y si Bobart
se marcha, la estacin de que parta ser una nueva indicacin.

--Y entonces qu haremos?

--No lo s todava; es preciso reflexionarlo. Por otra parte, acaso no
sea por Federico por quien sepamos donde est la seorita Guichard ...
Tu mujer es muy capaz de burlar la vigilancia de Clementina y escribirte
...

El joven movi tristemente la cabeza.

--Cmo ha consentido en acompaarla?

--Buena es esa! Sabes cmo habrn pasado las cosas? La seorita
Guichard es robusta como un coracero ... Quin te dice que no se ha
llevado  Herminia por la fuerza?

--No es posible. En medio de quinientas personas! Cuando el cochero no
estaba prevenido y hubiera bastado un grito de llamada, un acto de
resistencia, por dbil que fuese, para que el coche se detuviese!

--Y si Clementina ha mentido? Si la ha dicho que era solamente de m de
quien huan, pero que t iras  buscarlas por la maana ... Con la
seorita Guichard, entiendes? es posible todo. Es una vieja Eva sin
Adn, que por distraerse en su paraso vaco, se ha comido todas las
manzanas y ha domesticado  la serpiente!

--Esperemos, pues.

--Paciente y cuerdamente. Piensa que tienes el porvenir delante de ti,
y qu porvenir! Herminia sin la seorita Guichard! Porque, despus de
semejante barrabasada, estars en tu derecho tomando precauciones, y la
primera....

--Consistir en separar  Herminia de ese monstruo de maldad.

--Ah! Ah! dijo Roussel. Te ha llegado la vez. Te hacas ilusiones
sobre Clementina y no estabas lejos de acusarme de exageracin! Cmo la
encuentras ahora tan deliciosa ta? Pues bien, amigo mo, ah tienes la
esposa que el difunto Guichard, paz  sus cenizas! haba soado
imponerme de por vida. Comprendes que me haya defendido como un tigre?
El dichoso esposo de Clementina! Cuando pienso en esto me estremezco
todava.

Hablando y pasendose por el estudio y por el jardn, los dos hombres
llegaron al medio da y se sentaron melanclicamente en el hermoso
comedor. No era as como Mauricio haba pensado almorzar aquella maana.
Roussel lea este pensamiento en su cara y estaba triste por su
tristeza. El da se pas ms pronto de lo que hubieran credo; pero la
velada, largamente prolongada, tanto teman uno y otro no dormir, les
pareci interminable. Por la maana, estaban de pie al despuntar la
aurora. La impaciencia de Mauricio rayaba en el frenes. Se paseaba  lo
largo del estudio como una fiera en la jaula. Roussel, sentado en un
sof miraba sin hablar al joven: no hubiera sabido qu decirle, fuera de
las vulgaridades agotadas haca mucho tiempo. El correo lleg sin carta
de Herminia. Y sin embargo, hubiera tenido tiempo de escribir si hubiera
querido  podido hacerlo. Era evidente que no haba podido. En esto
encontraba Roussel un gran campo de discusin y le aprovechaba, ocupando
 Mauricio con sus razonamientos y forzndole  distraer su dolor en
controversias. En resumen, sospechaban que la seorita Guichard haba
secuestrado  la seora de Aubry de un modo tanto ms criminal cuanto
que no tena sobre la joven ni derechos naturales ni derechos
adquiridos. Adems la impeda que llenase sus deberes respecto de su
marido habitando con l y donde  l le conviniera. Y Roussel citaba el
cdigo. En suma, si Mauricio quera, haba all materia para un gran
proceso, y tomando un ilustre abogado, se poda poner  Clementina en
una posicin muy desagradable.

Llegaron as al almuerzo, que les reuni otra vez en el comedor, tristes
y sin apetito. Hacia las dos, la sobrexcitacin de Mauricio era tan
aguda, que hablaba de marcharse  Pars, subir  casa de Bobart y
cogerle por la garganta para obligarle  revelar los secretos de la
seorita Guichard y decir dnde ocultaba  Herminia.  las tres, mirando
por la ventana hacia el camino, como si esperase ver  su mujer aparecer
sbitamente y correr  l con los brazos abiertos, lanz un grito:

--Ah est Federico!

--Seguramente tiene noticias, puesto que vuelve.

Mauricio haba bajado ya la escalera. Cogi al criado por el brazo,
preguntndole, aturdindole y, sobre todo, impidindole hablar.
Solamente en presencia de Roussel, encontr Federico su equilibrio. Se
enjug la frente y dijo:

--Ya s lo que el seor deseaba averiguar.

--Buen Federico!

--Mauricio le estrech en sus brazos.

--Si el seorito Mauricio quisiera no ahogarme, podra contarle lo que
he sabido.

--Veamos; djale hablar. Este muchacho....

Mauricio se sent en el sof; y Federico volvi  tomar la palabra.

--Desde ayer no he dejado la portera de la casa del seor Bobart.
Francisco, que es mi amigo, me instal en un rincn de su cuarto y all
he esperado los acontecimientos. Nada ocurra; ningn suceso, ninguna
agitacin. El seor Bobart se retir ayer  las diez. Esta maana no
sali. La distribucin del correo nada haba indicado. Yo estaba
consternado, cuando  medio da, en un montn de cartas, se encontr una
para el seor Bobart. Examinado el timbre de salida, nos di esta
indicacin: Clres (Sena Inferior).

--Ah! exclam Roussel; ya la tenemos.

--Espere el seor, que la cosa se va  hacer ms precisa dentro de un
segundo ... Hacia las doce y media, la cocinera del seor Bobart entr
en la portera. Iba  buscar un coche para su seor y entraba para rogar
 Francisco que subiese,  fin de ayudar al criado  bajar un bal.
"Segn eso se va de viaje su amo de usted? dijo Francisco.

--S, respondi ella ... Va  ver  unos parientes  Rouen...."

--Bravo! interrumpi Roussel. Rouen y despus Clres. La seorita
Guichard est en Rouxmesnil, una tierra que posee en Normanda, cerca
de Dieppe ... Gracias, amigo Federico; ha maniobrado usted como un
verdadero agente de polica.

--Y el seor Bobart parti?

--Parti, s, seor; un cuarto de hora despus.

--Bueno! Federico. Ahora puede usted bajar; su misin ha terminado.
Coma usted, beba, descanse.

--Doy mil gracias al seor.

Roussel y Mauricio, al quedar solos, se miraron, y enseguida, como si
les animara un pensamiento nico, dijeron  un tiempo:

--Partamos!

--Hay un tren esta tarde; tenemos tiempo de hacer nuestros preparativos,
aadi Roussel. Y no nos ilusionemos; va  ser preciso, acaso, emplear
la fuerza para dar buena cuenta de la seorita Guichard.

--La emplearemos.

En todo caso, empecemos con precaucin, para no poner en guardia al
enemigo. Si fusemos reconocidos, Clementina sera capaz de cambiar de
residencia y nuestras pesquisas tendran que empezar de nuevo.

--Pues bien, si es preciso, nos disfrazaremos. Yo le desfigurar 
usted.

--Ah! Por fin te veo animado. Vives ahora?

--S, empiezo  esperar.

--Ve  preparar tu maleta. No llevaremos ms que lo estrictamente
necesario. Nada de caja de colores ni de caballete de campo sobre todo!
Un pintor llamara la atencin en diez leguas  la redonda.

--Tiene usted razn.

El joven entr en su cuarto y un instante despus, Roussel, con una
satisfaccin profunda, le oy tararear.

El castillo de Rouxmesnil es una edificacin blanca, perdida entre el
verdor de un parque de diez hectreas y rodeada de muros y de
precipicios. Un espeso bosque de hayas centenarias la defiende del
viento del mar, que barre furiosamente toda la llanura. Una importante
hacienda dependa del castillo, que no estaba habitado haca mucho
tiempo. Al to Guichard le gustaba esta propiedad, que haba heredado de
su padre. Pasaba en ella dos meses del ao, en la poca de la caza. Las
llanuras y los bosques que rodean  Rouxmesnil son muy sinuosos. El
mobiliario de las habitaciones, conservado tal cual, aunque pareca
incmodo y pasado de moda, haba vuelto  ser del gusto del da. Estaba
formado por aquellas encantadoras maderas estilo Luis XVI, cubiertas de
terciopelo de Utrecht, camas, armarios y cmodas de caoba, adornadas con
cobre dorado. Los tapices eran antiguas telas de Jouy, de colores
amortiguados por el tiempo. El polvo del abandono cubra los muebles. El
piso bajo, ventilado solamente dos veces al mes por el jardinero, que al
mismo tiempo era conserje, ola  humedad. Pero las ventanas daban  una
gran pradera  la que servan de marco hermosas arboledas, y  lo lejos,
ms all de la llanura, los bosques comunales de Saint-Victor extendan
sus ramas sombras en las que cantaban los melanclicos cucos.

Al llegar  Rouxmesnil, Herminia, que no haba estado all ms que dos
veces con la seorita Guichard y llevaba los ojos hinchados de llorar,
la cabeza aturdida por el insomnio y el corazn oprimido por el
pensamiento de la pena que deba experimentar Mauricio, crey que
entraba en una prisin. Las maderas cerradas hacan reinar una oscuridad
hmeda en todas las habitaciones. Un silencio profundo reinaba en la
finca y, para colmo de tristeza, una lluvia torrencial, que haba
empezado en Clres, al salir del tren, borraba el horizonte en una bruma
gris.

La seorita Guichard, afectando con Herminia una dulzura llena de
compasin, como si acabase de arrancarla al ms espantoso peligro, daba
rdenes  la doncella que las haba acompaado, y deca en su habitual
tono de mando:

--El departamento de Herminia, ante todo! Que esta querida nia tenga
enseguida un sitio para descansar! Tiene de ello tal necesidad despus
de semejantes emociones!... Enve usted  buscar gentes  la quinta ...
Quiero que dentro de dos horas est todo en orden en el castillo ...
Cmo te sientes, querida hija ma? Esperars el almuerzo!...

--Oh! No tengo apetito ninguno, ta ...

--Es preciso comer, nia querida, para ponerte en estado de soportar la
prueba ...

--Pero, ta ma, qu prueba? pregunt Herminia con irritacin.

--Paciencia, hija ma; ya lo sabrs todo! Entonces comprenders la
infamia de que ibas  ser vctima y yo contigo ...

--Una infamia!... De Mauricio, es imposible!

--No era l el culpable ... Pero el abominable mentor que le dirige!
Dejemos estas explicaciones para despus; sabes que puedes contar con mi
afeccin ... No te abandonar jams!

Herminia ahog un suspiro. La perspectiva de no dejar nunca  la
seorita Guichard no era  propsito para tranquilizarla. La seorita
Guichard sin Mauricio,  Mauricio sin la seorita Guichard; tal era la
disyuntiva que se ofreca  su pensamiento, y en aquella hora no era
posible dudar: hubiera querido estar con Mauricio.

Haba sido preciso todo el ascendiente moral que ejerca sobre ella su
bienhechora, y un poco, tambin, la violencia material, para impedirla
saltar del coche cuando haba visto aparecer  Clementina en lugar de su
marido. Clementina tuvo necesidad de cogerla por la cintura, sin dejar
de dirigirle los ms violentos reproches. Hasta Pars, Herminia no haba
hecho ms que sollozar. Toda la noche haba estado inquieta en el lecho,
regando las almohadas con sus lgrimas. Por la maana haba sido an
necesario violentarla para llevarla al ferrocarril.

Y ahora, en aquel antiguo castillo, fro, hmedo y desolado, continuaba
rebelndose. No lo haca en voz alta, porque tena miedo  su ta, pero
en el fondo juzgaba severamente su manera de obrar. La sublevacin moral
de la joven era tan visible, que Clementina se crey obligada  algunas
explicaciones. No esperaba encontrar tal energa en aquella delicada
rubia que haba obedecido tan perfectamente desde que dependa de ella.
Pero qu importaba la resistencia  la fogosa Clementina?  los que la
resistan, los aniquilaba. Roussel y Mauricio saban algo de esto.

Condujo  Herminia  una habitacin del primer piso y abriendo vivamente
las persianas, dijo:

--Esta es la habitacin que yo habitaba en otro tiempo, cuando viva el
to Guichard ... Te la doy, hija ma ... Comunica con otro cuarto que
ser, para tu marido cuando haya cesado de enfurruarse y venga 
reunirse contigo.

--Podr, entonces, venir?

--Sin duda alguna.

--Pero, sabe que estamos aqu?

--Voy  escribrselo yo misma, inmediatamente.

--Oh! Djeme usted ese cuidado, ta ma, exclam la joven.

--Eso no sera ni correcto ni conveniente, contest Clementina.
Parecera que te sustraas  mi jurisdiccin y que hacas concesiones,
cuando es l quien debe hacerlas ...

--Oh! ta ma, nada ms que una palabra al final de la carta ...

--Una palabra, sea, dijo la seorita Guichard, pensando que, despus de
todo, un ruego de Herminia activara la sumisin de Mauricio. El pobre
muchacho est tan mal aconsejado que sera capaz de no venir.

--Lo cree usted?

--Lo creo todo mientras Roussel est cerca de l. Ese hombre es su
genio malo!

Salt, dejando  su sobrina entregada  sus reflexiones. El plan que
haba formado era muy sencillo. Por segunda vez quera obligar 
Mauricio  adquirir compromisos y el primero sera renunciar  Roussel.
No acceda? pues no tendra  su mujer. Haba que elegir:  vena 
buenas y cumpla siquiera la mitad de sus promesas, caso en el cual la
dicha de Roussel estara muy comprometida,  no ceda, y entonces era
fcil hacer pasar su resistencia por egosmo, por indiferencia, y
procurar una disensin entre los esposos. En el primer caso, Clementina
triunfaba y continuaba siendo omnipotente; en el segundo, se vengaba
terriblemente de los que hablan intentado burlarla, y esto era tambin
una victoria.

En sus nuevas posiciones se crea muy fuerte; casi invencible. Por de
pronto, su Rouxmesnil le pareca inexpugnable. Para llegar hasta
Herminia sin permiso y sin entrar por la puerta grande, haba que
escalar el muro, franquear el foso y atravesar el parque, y el guarda,
prevenido, rondara constantemente. El arrendador de la hacienda le
haba prestado un perro que vigilaba de da y era feroz de noche. Por
ltimo, Clementina llamara  Bobart en su ayuda. En semejantes
circunstancias tena necesidad de los consejos jurdicos y de las
artimaas de aquel prctico astuto.

Le escribi enseguida.  Mauricio le escribira al da siguiente:
convena que el tiempo calmase su clera y produjese el desaliento. Por
la maana, en efecto, entr en el cuarto donde Herminia haba acabado
por dormirse con un sueo febril y puso una carta sobre la mesa,
diciendo:

--Lee y aade lo que quieras.

--La carta era amistosa, deca  Mauricio que se esperaba su llegada y
terminaba as: "He olvidado el dao que ha querido usted hacerme, porque
s muy bien que no obedeca usted  sus propias inspiraciones, y estoy
pronta  acogerle como  un hijo respetuoso y sumiso." Herminia no ech
de ver con qu prfida habilidad haban sido escogidos los trminos de
esta carta para herir  Mauricio,  quien se trataba como un nio por la
que tan duramente acababa de hacerle sentir su autoridad. La joven no
vi ms que la llamada  su marido y esto bast. Cogi una pluma y al
pie de la carta escribi. "Ven, mi querido Mauricio, te espero con mucha
impaciencia. Cree que soy toda tuya." Arda en deseos de aadir: "Te
abrazo y te amo," pero no se atrevi. Firm con letra un poco alterada,
porque el corazn le lata y le pareca que arriesgaba su vida en este
momento. La seorita Guichard cerr el sobre y dijo:

--T misma dars la carta para que la pongan en el correo al ir 
esperar  Bobart.

--El seor Bobart llega?

--Claro est. Crees que vamos  vivir como dos prisioneras? No nos
ocultamos, porque no hemos hecho nada malo.

Sin embargo, Herminia vi muy bien que se adoptaban todas las
precauciones para que ella no pudiese tener comunicacin alguna con el
exterior. Por la tarde lleg el desagradable Bobart. Comi y enseguida
se encerr con la seorita Guichard. Herminia se refugi en su
habitacin y con la ventana abierta so, contemplando la luna que
apareca por encima de las hayas y las plateaba con su luz. Una paz
profunda reinaba en la campia. Solamente los buhos hacan oir en los
abetos su grito montono y triste.

La joven pens que acaso estaba destinada  vivir siempre en aquella
soledad y aquel silencio. Si Mauricio no acuda; cmo conseguir
reunirse con l? Quin los aproximara? Quin disipara todos aquellos
errores interesados? Cmo caeran los obstculos acumulados por
voluntades hostiles? Una gran tristeza se apoder de ella y rodaron
sobre su cara gruesas lgrimas, lentas y amargas.

Era cerca de media noche cuando subieron Clementina y Bobart. Herminia
cerr la ventana, se desnud, hizo su oracin, rogando al cielo que la
devolviese su marido, y se durmi ms calmada. Por la maana se
present para el almuerzo y tuvo que sufrir los cumplimientos insidiosos
del ex-abogado. Durante el da Clementina propuso un paseo por el
parque, pero  Herminia le pareci un suplicio pasear entre Bobart y la
seorita Guichard. Pretext una jaqueca y se qued.

Pas este da y el siguiente en una profunda ansiedad y prest el odo 
todos los ruidos del camino creyendo  cada instante ver llegar 
Mauricio. Todas las noches se acostaba con el corazn oprimido,
dicindose: "Maana ser!" Y el da siguiente no traa tampoco noticias
del marido esperado, que no vena.




CAPTULO IX

EL BLOQUEO.


Al cabo de cuatro das Herminia empez  sentir cierto despecho.
Verdaderamente, Mauricio era muy indiferente  muy orgulloso. Qu! No
poda decidirse  venir al lado de su mujer? Estaba tan ofendido por su
partida en la noche de la boda? No deba creer que no lo haba hecho
por su voluntad? Sin embargo, no perda la esperanza.

Observaba siempre al guarda en acecho y oa ladrar al perro feroz todas
las noches. Su ta le lanzaba maliciosas miradas como queriendo decirla:
"Eh? Ah tienes tu amor, mira lo que es ... Su intensidad no es
bastante para hacer olvidar  un hombre su amor propio ofendido!" ...
Cuando la hablaba la llamaba con afectacin: "Mi pobre hija" con un tono
de lstima que molestaba extraordinariamente  Herminia.

La seorita Guichard empacaba  pensar seriamente que Mauricio estaba
resuelto y no volvera y esto la agradaba en extremo, porque era la
separacin y el divorcio asegurados. Le pareci que seria buena poltica
redoblar su cario por la joven y mostrarle alguna confianza. Sin
aflojar la vigilancia exterior, dej  la joven algo ms libre en el
parque. La invit  que se paseara, diciendo:

--Toma el aire, anda. De otro modo caers enferma, y qu dir tu marido
cuando se decida  venir?

Herminia no respondi y sonri tristemente.

Hacia cerca de una semana que estaban en Rouxmesnil, cuando una tarde,
en que se paseaba  lo largo de un foso que daba sobre la llanura, la
joven vi al pasar, echado en un campo de trigo, un hombre de blusa, con
el sombrero apabullado, que dorma  pierna suelta,  consecuencia, sin
duda, de algunas copas de aguardiente. Iba  pasar con alguna
repugnancia, cuando el borracho se volvi lentamente de lado, levant el
brazo que le ocultaba la cara y debajo de aquellos srdidos harapos y en
aquel hombre echado en el polvo, Herminia reconoci con estupor al seor
Roussel, que la dijo en voz baja:

--Est usted sola?

Ella respondi:

--Si; pero, cuidado! me vigilan siempre.

--Lo s. Hace seis das que rondamos la propiedad.

--Dios mo! Mauricio est aqu pues?

--Dnde quiere usted que est? En este momento acecha en la entrada del
castillo ... Est vestido como yo, pero  l no le reconocer usted ...
tiene una barba gris....

--Cmo verle? Por qu no viene  mi encuentro?

--Y su ta de usted?...

--Le ha escrito para que viniera  reunirse conmigo.

--No ha recibido la carta. Puede usted venir maana  misma hora?

--Lo procurar ... Tenga usted cuidado ... alguien viene.

Roussel volvi la cara hacia el csped y se volvi  dormir. El que
llegaba era Bobart, con una escopeta al hombro.

--Cmo! seor Bobart; caza usted? dijo Herminia con volubilidad para
distraer al abogado, que miraba con desconfianza al hombre echado al
lado del foso.

--S, seorita; me distraigo matando maricas. Hay muchas en este
pas.... Vea usted, un borracho ... Oh! La embriaguez es la plaga de
los campos!...

--Un ronquido sonoro respondi  las lamentaciones humanitarias de
Bobart. Herminia dej al ex-abogado y volvi al castillo.

Si no hubiera estado vigilada, hubiera cantado, tan alegre tena el
corazn. En un segundo todo haba cambiado para ella. El porvenir, antes
tan negro se haba vuelto de color de rosa. Mauricio,  quien crea
indiferente y orgulloso, era tierno y amante. No haba pensado ms que
en reunirse con ella y ciertamente, en cuanto hablase con l cinco
minutos, se presentara en el castillo. Se puso  rer sola pensando en
la figura tan graciosa que hacia Roussel echado en el csped y vestido
como un harapiento, l,  quien haba conocido de punta en blanco el da
de la boda ... Despus se pregunt porqu todas aquellas precauciones y
tan raras estratagemas. La situacin era, pues, ms complicada de lo
que haba pensado?

Reflexionando sobre esto, relacion el disimulo de Mauricio y de Roussel
con la vigilancia ejercida por la seorita Guichard; y los disfraces de
los unos le pareci que correspondan exactamente  las medidas de la
otra. Rondas y perros feroces por la noche, y paseo de Bobart con una
escopeta al hombro ... Herminia pens: "No s exactamente lo que pasa;
no comprendo la razn precisa de los actos de mi ta. Hay algo muy grave
y yo corro un peligro."

Su imaginacin se exalt y llega  una situacin verdaderamente
novelesca. Se figur que era una joven princesa guardada estrechamente
en una torre por crueles tiranos; una Pa de Tolomei,  quien amigos
devotos se esforzaban en libertar. Y no tuvo ms que una idea, la de
facilitar la misin de los libertadores. Ante todo, quera ver 
Mauricio, hasta con una barba gris. Di vuelta alrededor del castillo,
entr en el patio de honor y lleg hasta la mohosa verja, que daba  una
gran calle de castaos. Mir con inters y no vi  nadie que pudiera
dar la ms remota idea de Mauricio disfrazado.  cien metros de la
entrada estaba un viejecito sentado sobre la cerca de madera de un prado
y un enorme perro gris se revolcaba en el polvo. El hombre no se movi
ni hizo seal alguna de haberla reconocido. Al cabo de algunos segundos
Herminia se decidi  alejarse y al volverse, vi, en una ventana del
primer piso  la seorita Guichard, que la miraba. Juzg necesario
hacerla un saludo gracioso con la sombrilla y continu lentamente su
paseo, pensando: "Acaso ese viejecito era mi marido. Habr visto  mi
ta y no se habr atrevido  moverse. Tengamos paciencia y esperemos 
maana."

El resto del da no le pareci largo; ya no se aburra. Su vida estaba
llena por un inters inmenso. Lleg hasta  no disimular bastante y
estando Bobart y su ta hablando cerca de la chimenea, Herminia rompi 
rer sola de un modo tan repentino y tan poco justificado, que la
seorita Guichard levant los ojos con severidad y dijo agriamente:

--Qu te pasa, hija ma? Somos, acaso, Bobart y yo, ms cmicos de lo
que habamos credo?

Herminia se qued helada y permaneci muda durante toda la velada, pero
las sospechas de Clementina se haban despertado y, cuando la joven se
fu  sus habitaciones, pregunt:

--Dime, Bobart, no has observado nada anormal alrededor del castillo?
Esa alegra repentina de Herminia es muy singular ... Tena esta tarde
una cara tan regocijada ... No habr recibido alguna advertencia ...
alguna noticia?...

--Nada he observado, querida prima, que pueda justificar tus temores ...
Quieres que haga venir al guarda?

--Te lo agradecer. Tengo inquietudes ... Me parece presentir la
presencia de Roussel en estos alrededores.

Romn Rouet, introducido en el saln, declar que no haba visto nada
sospechoso en sus rondas. Era el tal un viejo, medio labrador, medio
guarda y, ms que nada, cazador furtivo, con la cara curtida por la
lluvia y el sol, enmaraadas cejas, que se haca cortar como el cabello,
y dientes destrozados por la acidez de la sidra.

--Mi ama, nadie ha llegado al pas y nada he visto que se parezca 
gentes malintencionadas ... Siempre se arrastran algunos harapientos por
el camino ... ste, que viene de Maromme ... Aqul, que va 
Fontaine-le-Bourg ... Pero gentes que quieran entrar ... Yo estoy aqu
para impedirlo ...

--Bueno! dijo Clementina. Vaya usted y vigile.

--Con los dos ojos, mi ama.

--Por qu estaba tan alegre esa muchacha?... repiti la seorita
Guichard pensativa.

Pas la velada jugando al _bezigue_ con Bobart y so por la noche que
Roussel haba entrado  viva fuerza en el castillo, con la cara
embadurnada de negro, como los antiguos bandidos, y la haba puesto un
pual en la garganta para obligarla  decir dnde haba ocultado  su
sobrina. Un vivo dolor la despert; debatindose en su cama, acababa de
pincharse la barbilla con una horquilla desprendida de ana cabellos.

Haba muy buenas razones para que el guarda de la seorita Guichard
ignorase la presencia de Mauricio y de Roussel en el pas. stos no
habitaban en l. Romn Rouet haba podido recorrer todas las tabernas
del pas sin encontrar indicio alguno. Roussel y Mauricio se hablan
quedado  cuatro leguas de Rouxmesnil, en Auffai, en casa del dueo de
una gran fbrica de hilados, amigo de Fortunato desde la infancia.
Alojados en el castillo de Perceville, los dos parisienses estaban all
 sus anchas y hacia seis das recorran  su gusto los alrededores, sin
que fuese notada su presencia.

Tomaban el ferrocarril; se bajaban en Clres y desde all se iban  la
propiedad de la seorita Guichard. Mauricio haba hecho amistad, desde
el primer da, con un perro de ganado, de talla colosal, que el dueo de
Perceville haba traido de Irlanda, y escoltado por aquel formidable
compaero, de un olfato admirable, bloqueaba las cercanas de la prisin
de Herminia. El viejo que la joven haba visto de lejos, sentado en la
cerca, era Mauricio.

ste se haba estremecido viendo en la verja, al principio una sombrilla
de color, despus una vaga silueta y por ltimo  su mujer, que se
aproximaba mirndole. Estuvo  punto de levantarse y correr hacia ella;
pero la aparicin repentina de la seorita Guichard en la ventana, haba
helado su entusiasmo y, renegando y dando al diablo  la solterona,
haba permanecido inmvil, mirando  su compaero, que se revolcaba al
sol. Por la noche, su envidia fu extremada cuando supo que Roussel
haba tenido la buena fortuna de hablar con la joven, y no se seren ms
que por la seguridad de que l tendra la misma dicha al da siguiente.
Pero Roussel no se daba por satisfecho con la ventaja, demasiado
platnica, de haber conversado y conversar otra vez con Herminia, y
necesitaba resultados prcticos, materiales y decisivos.

--Me vas  hacer el favor, eh?, de no perder maana el tiempo en
arrullos, como Romeo en el balcn de Julieta. Los campos estn llenos de
alondras que te cantarn la cancin de la partida. Ahora bien, esa
partida no debes efectuarla solo. Toma tus disposiciones con Herminia
para llevrtela el mismo da, si es posible. Tendremos todo el da y
toda la noche una excelente silla de posta en la aldea de Rongemare, 
un kilmetro del sitio en que debes encontrar  tu mujer....

--Est usted tranquilo, padrino; no perder la ocasin. El tiempo
apremia ... y acabaremos por ser despistados. Es premiso, pues,
violentar las cosas y si hay resistencia....

--Yo estar all para prestarte ayuda ...  nosotros dos sera preciso
el diablo para ponernos en derrota.

Mientras se formaban estos proyectos agresivos, la seorita Guichard,
ms y ms inquieta, preparaba una maniobra sumamente peligrosa para
nuestros conspiradores. Por la maana se haba presentado en el cuarto
de su sobrina,  la que haba encontrado en peinador, ocupada en peinar
sus admirables cabellos rubios. La joven sin ms que mirar el aire de su
ta, presinti complicaciones graves y se dispuso  hacerlas frente.

--Hija ma, dijo Clementina sentndose cerca de la ventana; ayer hizo
una semana que estamos aqu ... Sabes que el da siguiente mismo de
nuestra llegada escrib  tu marido para rogarle que viniese  reunirse
con nosotras ... Cmo es que no ha venido, ni ha dado siquiera noticias
suyas?

--Pero, ta ma, dijo claramente Herminia, si nosotras no hubiramos
partido, no hubiera sucedido todo esto....

La seorita Guichard, asombrada por esta respuesta, levant los ojos
sobre Herminia y vindola muy tranquila, tuvo un movimiento de
irritacin.

--Hija ma, si no hubiramos partido lo hubierais hecho Mauricio y t,
con desprecio de todos los compromisos adquiridos ... He parado,
sencillamente, un golpe que me asestaban....

--Ta ma, replic Herminia con firmeza, el primer golpe no fu asestado
por mi marido; usted lo sabe muy bien.

--Qu quieres decir?

--Dispnseme usted de explicarme acerca de ese punto; pero sepa que no
ignoro nada de lo que ha pasado y que yo no puedo culpar  mi marido.

 estas palabras, que eran una verdadera declaracin de guerra, la
seorita Guichard se levant. Su cara se puso lvida, sus ojos
despidieron llamas y extendiendo hacia Herminia una mano agitada por un
temblor nervioso, exclam:

--Qu! Despus de veinte aos de cuidados, de afeccin, de proteccin;
cuando te he tratado como  una hija, me hablas con semejante
ingratitud, por un advenedizo  quin no conocas hace seis semanas?
Contra todo respeto, juzgas mis actos y contra todo agradecimiento te
unes con mis enemigos? Es esto lo que yo deba esperar de ti? Eres un
monstruo!

--No, ta; no soy un monstruo, dijo la joven respirando con esfuerzo,
tan violenta era la emocin que la embargaba; no, yo no soy
irrespetuosa, ni ingrata; pero tampoco ciega ni estpida. S lo que veo
y entiendo lo que oigo. Soy justa, cralo usted, y me hago cargo de la
irritacin que debi usted experimentar viendo todos sus planes
desbaratados; pero no puedo admitir que por una cuestin tan mezquina,
por una diferencia tan antigua, por agravios que hace mucho tiempo
debieran estar olvidados, ponga usted en peligro mi dicha y la de mi
marido. Usted le acusa de ser orgulloso  indiferente ... Qu hubiese
usted hecho en su lugar, usted, que ha perseguido por tan largo tiempo y
persigue todava con su odio al seor Roussel, por una afrenta mucho
menor que la que usted ha infligido  Mauricio?...

--He aqu lo que t piensas! grit la seorita Guichard exasperada.
Oh, mal corazn y espritu perverso! Eso es lo que t murmurabas
durante tus largos silencios ... Me hacas traicin en pensamiento,
antes de hacrmela en accin! Pero yo te arreglar! Tengo sobre ti
autoridad!

--Que usted se atribuye, pero que no existe. No tengo ms dueo que mi
marido....

--Yo te separar de l! grit la solterona en el colmo del furor.

--Desafo  usted  que lo haga.

--Ah! T me provocas? Pues bien, t sabrs de lo que soy capaz cuando
se me fuerza.

--Me lo haban dicho y ya lo he visto. Pero jams me hubiera atrevido 
creer que usted, tan buena, se convirtiese hasta tal punto en perversa.

--Yo te har arrepentir de lo que has hecho.

--Usted me har arrepentir de haberla amado: nada ms.

--Herminia!

Clementina estaba con el brazo levantado y amenazador, la cara
descompuesta por la rabia, los ojos verdes de bilis, los dientes
apretados y crujientes. Herminia tuvo miedo de que la atacase una
congestin y muriese all, herida por ella,  la que, en suma, haba
servido hasta entonces de madre. Se levant y con una inspiracin
persuasiva propia para conmover hasta un alma tan dura, dijo,
arrojndose  sus pies:

--Por Dios, mi buena ta, olvide usted todo lo que la turba, lo que la
irrita, lo que la pone fuera de s, porque usted no es duea de s misma
ahora, y vuelva  ser tal como yo la he conocido; justa, benvola y
generosa. No me obligue  luchar contra usted, lo que me causara una
horrible pena. No me ponga en el trance de decidirme entre mi afeccin
antigua y mi nueva ternura. Tenga usted piedad de esta hija  quien ha
amado,  quien ama todava. Devulvame usted la libertad y la dicha.
Hgame usted feliz de buen grado, con sus propias manos, y yo la
bendecir en todas las horas de mi vida por el favor que me habr hecho
y con el cual habr sobrepujado, en un momento, las liberalidades de que
me ha colmado durante toda mi existencia. Usted debe comprender que
quiero, que debo ir  buscar  mi marido. Oh, ta ma querida! Un
relmpago de bondad! Ponga usted todo en paz, usted que puede hacerlo,
seremos tan plenamente felices! Y ser tan grande nuestro
agradecimiento!...

Cogi las manos de la seorita Guichard y con sollozos y ruegos se las
bes apasionadamente. sta, torturada por aquella ardiente suplica,
helada por aquellos reproches tan dulces y tan humildes, humillada por
el sentimiento de su inferioridad ante aquella nia que la hablaba tan
leal y animosamente, permaneca inmvil y muda. Por fin, dej caer de
sus labios trmulos estas palabras:

--No, no ceder! tengo, para obrar como lo hago, razones superiores que
no puedes juzgar. T me dars despus las gracias por el servicio que te
hago ... Todos los hombres son infames!

--Ta ma! Cuidado! grit Herminia desesperada.

--Me amenazas?, dijo la seorita Guichard, no disimulando ya. T debes
tener cuidado! Desde este momento no tengo confianza en ti. S que
tengo una enemiga en mi casa; no encontrars, pues, extraordinario que
tome mis precauciones. Permanecers hoy en tu cuarto y maana nos
marcharemos al extranjero.

Y sin aadir ni una palabra, la seorita Guichard sali. Herminia qued
sola y consternada, pero sin arrepentirse de su franqueza, por muy cara
que debiera costarle. Porque, ahora, la seorita Guichard haba arrojado
la mscara y despus de esta explicacin no se poda esperar de ella el
menor acomodo.

La joven se prepar  hacer una resistencia desesperada. Una sorda
inquietud la molestaba haca un momento; cmo sera interpretada su
ausencia  la cita dada por Roussel. Porque era seguro que no podra ya
pasearse por el parque. Y qu pensara Mauricio? Supondra que le
abandonaba? No! eso era imposible. Pensara que haba sido vigilada,
detenida. Y entonces sera capaz de entrar en el parque y llegar hasta
el castillo y, vestido de ese modo, el guarda  Bobart podan tomarle
por un merodeador y pegarle un tiro.

Un miedo espantoso se apoder de ella. En el desarreglo de su
pensamiento estuvo  punto de llamar  su ta y prevenirla para que, al
menos, no se hiciese dao  Mauricio, pero la detuvo una reflexin:
"Quin sabe si, en el estado de exasperacin en que se encuentra, dar
mi ta las rdenes ms rigurosas y atraer el peligro sobre mi marido,
queriendo protegerle! Es preciso dejar que marchen los sucesos sin
intervenir; Mauricio es diestro y el seor Roussel prudente; ellos
conseguirn arrancarme de manos de mis perseguidores. Porque ya, para
ella, su ta, Bobart y el guarda eran sus perseguidores, y se senta
dispuesta  todo para escapar. Hasta hubiera hecho de buena gana algn
dao  Bobart, que verdaderamente la atormentaba sin motivo, por gusto,
por amor al arte.

Examin con cuidado la disposicin de su cuarto, previendo que acaso
sera preciso evadirse. Una de las ventanas, la de la fachada, daba 
una estufa cuyos vidrios estaban colocados casi  plomo  dos metros por
debajo. Por aqu la evasin pareca imposible. La otra ventana, en
distinta direccin, daba sobre un bonito jardinillo  la francesa. Un
salto de seis metros y la perspectiva de enredarse en los sostenes de
los rosales; tampoco por all poda hacerse nada. El cuarto de tocador
estaba cuatro escalones ms bajo y ocupaba una torrecilla redonda en un
ngulo del castillo. Reciba la luz por una estrecha ventana, pero
tena reja. Las precauciones estaban bien tomadas y la seorita Guichard
saba lo que haba hecho alojando  Herminia en aquellas habitaciones. 
falta de las ventanas quedaba la puerta que daba  un largo corredor
embaldosado en cuyo extremo estaba la escalera de servicio que conduca
 las dependencias. Atravesadas stas, se estaba en el patio, pero, para
llegar  la escalera era preciso pasar por delante de las habitaciones
de la seorita Guichard y de Bobart. Cuntas probabilidades de ser
cogida antes de llegar al piso bajo! Y aquel era, sin embargo, el nico
paso practicable.

El almuerzo lleg cuando Herminia se entregaba  estas combinaciones y
proyectos. La doncella de la seorita Guichard le traa en una bandeja.
Decididamente, Herminia estaba prisionera. No la encerraban con llave,
pero estaba, sin duda, estrechamente guardada. Resolvi cerciorarse y 
eso de las dos cogi el sombrero y la sombrilla y baj. Al penetrar en
el vestbulo encontr  la doncella cosiendo al lado de una mesa. La
muchacha levant la cabeza y con cierta compasin dijo:

--La seorita ruega  la seora que entre en el saln.

Herminia no respondi y abriendo la puerta del saln encontr leyendo 
la seorita Guichard.

--Sales, hija ma?, pregunt la solterona con una perfecta
tranquilidad, como si nada hubiera pasado entre las dos aquella misma
maana.

--S, ta ma; si usted no tiene inconveniente.

--Te acompao, dijo la seorita Guichard, y se levant.

--Es usted muy amable; respondi Herminia con serenidad.

Salieron por el parque y echaron  andar delante del castillo. Pero este
paseo tan lejos del foso en que se impacientaba Mauricio no entraba en
los clculos de Herminia, que dijo al cabo de un instante:

--Hace mucho sol por aqu; quiere usted que vayamos  la sombra?

--Como t quieras, contest la seorita Guichard.

Y tomaron un paseo circular.

No bien haban andado cien pasos, apareci Bobart armado con su
inseparable escopeta y escoltado, adems, por el perro que tena por
misin devorar  los merodeadores en general y  Roussel y  Mauricio en
particular. El abogado, como obedeciendo  una consigna, se coloc al
lado de Herminia. El perro abra la marcha. La joven tena gran deseo de
volverse, pero al extremo de aquel camino estaba el foso donde haba
visto el da anterior  Roussel y sin duda en este momento la esperaba
all su marido. Al verla pasar con semejante escolta, comprendera lo
que haba sucedido y tomara resoluciones en consecuencia.

Apenas llegaban  la llanura que, baada de sol, se presentaba en
perspectiva, el perro, que iba de vanguardia, empez  gruir
furiosamente y eriz los pelos del lomo. Herminia pens "Ah est;
contra l grue este dichoso animal. Con tal que no le muerda! Avanz
enseguida y en el mismo sitio en que el da anterior estaba Roussel vi
un hombre echado. Un gran perro gris estaba extendido cerca de l y amo
y perro parecan dormir. Sin embargo, la mano del hombre tena cogido el
collar del perro como para contenerle. El mastn de la granja,
envalentonado por aquella inmovilidad, ladr con furia y ense los
dientes.

--Es increible! dijo Bobart en voz alta. Un borracho en el mismo sitio
que ayer. Parece que le han tomado aficin!

El perro tom sin duda estas palabras por una orden, porque, de un
salto, franque el foso y se lanz con la boca abierta y los ojos
feroces sobre el pacfico grupo. Pero en un segundo, la escena cambi.
El hombre levant la cabeza y con voz enronquecida, que Herminia no
reconoci, dijo:

--Qu es esto? Se hace devorar  los viajeros en este pas?  l,
Dear!...

Solt el collar y el gran perro gris, saltando con una ligereza y una
fuerza increibles, cay sobre el mastn, que se mostr resistente  hizo
honor  Rouxmesnil sosteniendo el choque. Pero el perro gris era de una
agilidad increible y antes de que los espectadores de este combate
pudieran hacer un movimiento, los dos animales, enlazados, haban rodado
al fondo del foso.

--Llame usted  su perro! Llame usted  su perro! grit la seorita
Guichard, oyendo  su mastn aullar lastimeramente.

--Llame usted al suyo! respondi tranquilamente el hombre de la voz
ronca. Acaso le hemos ido  buscar?

--Cuidado! crey Bobart que deba exclamar; voy a pegarle un tiro!...

--El que toque al perro, toca  su dueo! respondi el hombre con una
expresin tan amenazadora, que Bobart se estuvo quieto.

Al hablar as se haba levantado y Herminia no encontr ni un solo rasgo
de su marido bajo los cabellos grises y enmaraados y la ruda barba de
aqul hombre. Y, sin embargo, era l.

--Esto es una infamia! exclam la seorita Guichard; mi perro muerto!

Era verdad. El mastn, despus de una resistencia honrosa, atestiguada
por las huellas sangrientas de la piel de su adversario, acababa de
morir.

--Usted me le pagar, buen hombre. Bobart, corre  buscar al guarda.

--Para qu! dijo el hombre con su voz aguardentosa; para qu! Que pase
solamente el foso y hago con l lo que mi perro ha hecho con este otro.
Oye usted? So vieja.

--Vieja! grit la seorita Guichard. Insolente! Usted ver quin soy
yo ...

--Perfectamente! apoy Bobart; una demanda de indemnizacin ...

--S! Ya te dar yo la indemnizacin! vocifer el hombre con ademanes
violentos. Ven aqu, que te voy  hacer que escondas la cabeza debajo
del ala, gallo viejo! No te da vergenza,  tu edad?

--Vmonos! Est ebrio! exclam la seorita Guichard.

--Ebrio! Pero no de amor por ti, carcamal ... Por la buena persona que
te acompaa, es posible.

Y volvindose hacia Herminia, el harapiento apoy una mano negra en los
labios y le envi un beso. Al mismo tiempo, de sus ojos, ocultos bajo
unas espesas cejas, brot una mirada luminosa. Y esta vez Herminia,
roja de placer y latindole el corazn, adquiri la seguridad de que
tena delante  su marido.

Hubiera querido permanecer all, por singular que pareciese su
curiosidad; alguna palabra de doble sentido la hubiera trazado, acaso,
una lnea de conducta. Hubiera sido una satisfaccin refinada para
Herminia hablar con su libertador bajo la mirada misma de sus
carceleros; pero no pudo disfrutar ese placer. Su ta la tiraba del
brazo y Bobart se haba ya pronunciado en retirada. Perseguidos por las
injurias que les diriga el dueo del perro gris, volvieron  entrar en
el castillo.

--No has estado heroico, Bobart, dijo la seorita Guichard con acritud.
Nos has dejado insultar,  mi sobrina y  mi, por ese miserable, sin
contestar siquiera.

--Querida y respetable prima, respondi el abogado: el hombre no me
intimidaba; pero el maldito perro me infunda cierta aprensin ... Bien
has visto lo que ha hecho, de una dentellada, con el pobre Stop ...

--Haberle metido un tiro en el vientre ...

--Hubiera podido no acertarle y entonces ...

--Pero, no sabes tirar?

--Te confieso que conozco mejor el cdigo que el tiro.

La seorita Guichard arroj  su auxiliar una mirada de desprecio y, sin
aadir una palabra, entr en el castillo con Herminia.




CAPTULO X

EN EL QUE SE ROMPEN LAS CADENAS.


La joven subi  su habitacin. Era dichosa, aunque estuviese
secuestrada, y el beso de Mauricio la haba dilatado el corazn. Un
sentimiento de orgullo la asaltaba, al verse tan ardientemente
disputada. Cun atrevido y diestro se haba mostrado su marido! Y su
disfraz era verdaderamente una maravilla! Si no hubiese estado
prevenida, jams hubiera reconocido al elegante Mauricio, en aquel
pisaterrones.

Se ri sola de los horrores que Mauricio haba dicho  Bobart y  su
ta. Pensaba que el joven se habra desatado en injurias de aquel modo
para disimular; y, sin embargo, debi tener un secreto placer en
maltratar as  sus enemigos. Pero, de quin sera aquel terrible perro
gris que combata tan valientemente por ella? Nunca haba odo 
Mauricio hablar de un perro. Puede que fuese de Roussel; en todo caso,
le amaba.

Son la hora de comer y tambin se sirvi  Herminia en su cuarto, lo
que le caus sumo placer. La comida entre su ta y Bobart hubiera sido
insoportable. Comi con apetito, como si un secreto instinto le dijese
que muy pronto tendra necesidad de todas sus fuerzas. Vi al sol
descender por detrs de las negras hayas, y extenderse poco  poco la
sombra sobre el cielo rojizo, hasta quedarse todo obscuro. Cerr
entonces la ventana y cogi un libro.

En el saln, la seorita Guichard y Bobart no jugaban esta noche su
partida acostumbrada. La solterona estaba pensativa; el episodio del
perro le pareca muy extrao. Hizo venir  Romn Rouet y le interrog
detenidamente acerca de todos los perros grises que existan en el pas.

--Un gran animal capaz de estrangular  Stop, deca el guarda, no, mi
ama; no le conozco ni gris, ni negro, ni rojo. Ah! Diantre! qu
desgracia no haber estado yo all! No correra por los caminos  estas
horas!

--Pero, en fin; usted no supone  quin podra pertenecer? El perro era
demasiado hermoso para su amo....

--Bien puede ser que le hubiera robado!...

--No! El animal no le hubiera defendido  una simple indicacin, como
lo ha hecho ...

-- menos que no sea el gran perdiguero del seor Julleville d'Auffray
...

--Quin es ese seor Julleville?...

--Un almacenista del valle ...

--Y se pasea por los caminos en blusa y  pie?

--No, por cierto; prefiere ir de levita y en su carricoche de dos
caballos ...

--Prestara su perro?

--Puede que s ... y puede que no.

--Vaya usted, Rouet, dijo la seorita Guichard, y haga buena guardia
...

Se volvi hacia Bobart y dijo:

--Este es un ser absolutamente estpido y no le creo leal. Qu
confianza puedo tener en l? Por veinte francos me hara traicin!

--Pero, qu es lo que temes, mi amable amiga?

--Todo! exclam Clementina, como una explosin. Me ha parecido
reconocer  Mauricio bajo la blusa de ese miserable de hace un momento!

-- Mauricio!

--S,  Mauricio. No era su cara; no era su voz; y sin embargo, un
instinto me dice que era l. Si yo lo supiese! Yo ...

Y Clementina se puso lvida.

--Vas  ponerte mala, dijo melosamente Bobart. Vete  tu cuarto ... Yo
voy  dar una vuelta para vigilar y ver si todo est tranquilo. Yo mismo
cerrar las puertas y las ventanas para que puedas dormir en paz....

--Tienes razn. Subo  mi cuarto, cierro con llave la puerta del de
Herminia y me acuesto. Buenas noches; hasta maana.

Eran las diez. Herminia estaba todava leyendo en su cuarto. Reinaba un
profundo silencio. De repente crey la joven haber odo un ligero ruido
en los cristales de la ventana, y escuch, creyendo que, acaso, algn
murcilago haba rozado el vidrio con las alas. Un instante despus, se
renov el mismo ruido, que pareci como de fino granizo que hirise los
cristales. Herminia mir al exterior; la noche estaba hermosa y el cielo
cuajado de estrellas. Abri suavemente la ventana y un puado de fina
arena cay en el cuarto. Se inclin vivamente con una palpitacin de
esperanza, y  menos de un metro por debajo de la cornisa de piedra vi
una forma negra que estaba de pie en el herraje de la estufa. La joven
dej escapar una exclamacin. La sombra se separ un poco del muro y
Herminia reconoci  su marido.

--Mauricio, dijo, en nombre del cielo, bjate de ah; te vas  matar!

--Silencio! dijo el pintor en voz baja; no hay ningn peligro. Si no
temiera hacer ruido, ya estara  tu lado. Dnde habita tu ta?

--Al lado mo, respondi Herminia.

--Entonces, vamos despacio. Tienes cortinas slidas?

--Tengo algo mejor ... La cuerda con que estuvo atado mi bal ... Es muy
gruesa....

--Bueno! tala  esta barra de apoyo ...

--Pero, y si se rompe?...

--No se romper.

--Pero, qu intentas?

--Lo sabrs dentro de un instante ... Cuidado! ... Se abre una
ventana....

Mauricio se peg al muro y Herminia no se movi.

En el silencio de la noche se oy la voz de Clementina, que deca:

--Eres t, Bobart, el que est abajo?

--S, excelente amiga; respondi sordamente otra voz.

--ntrate y echa bien los cerrojos.

La seorita Guichard cerr la ventana y Herminia respir libremente.

--Herminia, dijo Mauricio con una alegra que, en tal momento, pareci
caballeresca  la joven; no es Bobart el que ha respondido, es mi tutor,
que est esperndome al pie de la estufa ...

La esposa acab de atar la cuerda y la dej caer hacia afuera; Mauricio
la cogi y de un solo esfuerzo llega hasta la cornisa. Su mujer tena
tal miedo de verle caer, que le cogi del brazo y le atrajo hacia ella
con una fuerza inesperada. Tena de este modo la boca tan cerca de la
cara de la mujer amada, que no pens ms que en aprovechar tan feliz
circunstancia y el grito de jbilo de Herminia se apag con un beso.
Despus la curiosidad recobr su imperio, y la joven pregunt:

--Pero, cmo has llegado hasta aqu?

--Saltando el foso. El perro no estaba all ya, para morderme las
pantorrillas ...

--Lo haba intentado?

--Si, el primer da; entonces traje conmigo el perro gris ... y ya has
visto cmo le ha tratado.

--Pero, y si hubieras encontrado al guarda?

--Le he encontrado varias veces ...

--Oh! Dios mo ...

--Lo que me ha costado veinte francos por vez ... Esta noche, ciento ...
pero hoy la cosa era ms grave ... haba escalada!

--Qu dicha, que ese hombre sea un bribn!

--Si: ya lo ves, nada es intil. Hasta los malvados sirven para algo.

--En fin, has llegado hasta aqu. Y ahora, qu vamos  hacer para
marcharnos?

--Ah! Has dicho "marcharnos", dijo Mauricio alegremente.

--No creers que quiero quedarme con mi ta ...

--No! querida Herminia; pero me llena de gozo que me hayas evitado
pedirte que me sigas.

--Oh! mi nico amigo, exclam llorando la joven, qu me queda fuera de
ti? Con qu puedo contar ms que con tu ternura? Ya ves qu
desgraciada soy y cuan injustamente ... mame mucho, para consolarme de
tantas tristezas!

--Te amo! Te amo! querida ma, con toda mi alma. No tengo ms que  ti
y  mi buen padrino ...  Oh, s! Te amo y yo har que todo lo olvides.

Un puado de arena que vena del parque les volvi al sentido de la
realidad.

--Es mi padrino, que se impacienta ... Y tiene razn ... Vmonos.

--Por dnde?

--Por la puerta.

--Pero, est cerrada por fuera....

--No es ms que eso?

Sac del bolsillo un estuche complicado, abri una hoja en forma de
destornillador y con la tranquila habilidad de un ladrn de oficio, se
puso  desmontar la cerradura, que  los cinco minutos estaba sobre la
mesa. Entonces, cogiendo la cuerda y metindola en el bolsillo, dijo:

--Ponte un abrigo y un sombrero y huyamos.

--Pero, si encontramos alguien....

--Le compro  le mato; como l quiera.

--Vamos!

Herminia, en la exaltacin propia del caso, llegaba  creer muy
naturales esos medios extraordinarios. Salieron al corredor y  paso de
lobo, se encaminaron hacia la escalera que bajaba  las dependencias.
Los criados deban estar durmiendo, porque todo estaba apagado en el
castillo. Un rayo de luna, muy molesto, iluminaba la galera y la
escalera; y el patio estaba enteramente blanco. Llegaron al piso bajo y
estaban orientndose para llegar  la cocina, que tena una puerta al
patio, cuando del lado del vestbulo, hacia la derecha, se oyeron unos
pasos. Los fugitivos se detuvieron en un rincn y Mauricio mir en
aquella direccin y murmur:

--Es Bobart!

Herminia sinti un horrible temblor. El abogado avanzaba con una
linterna en la mano y su inevitable escopeta en bandolera. Haba
declarado que no se serva de su arma habitualmente; pero quin sabe
de lo que es capaz un torpe dominado por el miedo? Lo menos que poda
hacer, era despertar  todo el castillo. Y entonces, escndalo, lucha,
prisin acaso! En un momento, el cerebro sobrexcitado de Herminia
imagin muchos dramas.

Bobart vena, sin embargo, muy pacficamente. Haba cerrado todas las
puertas y se dispona  acostarse. Se aproxim al sitio en que los dos
jvenes estaban como embutidos, y en el mismo instante, una mano tan
rpida como vigorosa le cogi la escopeta y se la arranc. Con gran
espanto, Bobart se encontr frente  frente con Mauricio, que tena 
Herminia  su lado.

--Seor!... exclam....

Y no pudo acabar. Cinco dedos se haban enroscado  su cuello y le
apretaban tan enrgicamente, que su cara se puso morada.

--Ni una palabra! dijo Mauricio,  te estrangulo como  un pollo....

Bobart no hubiera podido pronunciar esa palabra aunque le hubieran
ofrecido por ello el trono de Francia. No hubiera exhalado ni un
suspiro. Mauricio solt su presa y dijo en un tono que no admita
rplica:

--Nos vamos mi mujer y yo. Usted va  conducirnos hasta el extremo del
parque; all quedar libre y no tendremos nada que temer de usted ni de
los suyos. Vaya usted delante y al menor intento de despertar la alarma,
no le dejo hueso sano. Bobart, cogido por el brazo, abri l mismo la
puerta y como quisiera alumbrar el camino, con su linterna, dijo
Mauricio:

--Demasiadas atenciones! La luna basta ... y sobra. Hay que ir  buscar
 mi padrino  la estufa.

Ante la idea de encontrarse enfrente de Roussel, Bobart se estremeci,
pero ech  andar, sin embargo. No tena deseo alguno de resistirse.
Pasaron por debajo de la ventana de Herminia, que an estaba abierta, y
Roussel se les reuni sin hacer una pregunta y sin que pareciese que
haba reconocido  Bobart. Atravesaron el parque, pero en vez de
dirigirse hacia el foso, llegaron  una puerta practicada en el muro.
Bobart la abri y  cincuenta pasos vi un coche que estaba parado en la
esquina de un camino de travesa. Al llegar  la cabeza del caballo, un
hombre que guardaba el coche, se adelant y dijo:

--Est aqu la seora?

--Aqu est, respondi Roussel, que habl entonces por primera vez.

--Suba usted, seora.

Herminia se dispona  poner el pie en el estribo; pero el tutor de
Mauricio, cogindola por el talle, la atrajo hacia s y con emocin que
se comunic  la joven, dijo:

--Ahora que est usted libre, nia querida, abracmonos.

Se volvi despus hacia Bobart, y, con voz muy tranquila, aadi:

--Adis, Bobart; estoy tan contento, que olvido todas sus canalladas.
Pero no abuse usted de mi benignidad para volver  las andadas, porque
en ese caso, no ser ya tan indulgente, Mis recuerdos  Clementina!
Subi, y el coche parti al trote de un caballo que poda correr diez y
ocho kilmetros por hora.

Bobart, muy corrido, emprendi el camino del castillo, murmurando: "Y
ahora, qu voy  hacer? Conviene despertar  la seorita Guichard?
Conviene esperar  maana para darle la fatal noticia? Si la despierto,
noche toledana ... pero si no la despierto, me acusar de falta de celo
... Ahora no hay que esperar que separe  Herminia de su marido; nada
une  dos jvenes como una aventura corrida as, en comn. Mauricio
resulta embellecido por un prestigio novelesco; ha conquistado  su
mujer!... Vaya usted  quitrsela ahora! Herminia se dejara morir de
hambre, se ahorcara con sus cabellos, se arrojara por la ventana,
alborotara todo el barrio, mejor que seguir por segunda vez  la
seorita Guichard. El negocio est perdido, absolutamente perdido.
Clementina est derrotada en toda la lnea ... Falta saber cmo tomar
la cosa! Si se enfada, puede desheredar  su sobrina, y entonces yo
recobro la herencia ... que vale la pena!... As pues, debo mostrar un
gran celo en estas circunstancias; todo hace creer que recibir la
recompensa con el tiempo."

Durante este monlogo, se acerc al castillo. Sin vacilar, fu  la
campana que serva para llamar  comer y, tirando vigorosamente, rompi
el silencio de la noche con un repique rabioso. Al cabo de un instante
aparecieron luces en los corredores y se mostraron en las ventanas
formas inquietas.

--Qu hay? pregunt el criado.

--Llame usted  la seorita, despirtela! grit Bobart, con voz
entrecortada de intento.

--Hay fuego en el castillo? pregunt imperiosamente Clementina, que
apareci en chambra y gorro de dormir. Qu significa ese ruido, Bobart?

--Ah! buena y querida amiga, balbuce el abogado, qu suceso!

--Pero qu, qu ha sucedido? Habla, pues, en vez de gimotear!

--Pues bien ... Tu sobrina ha partido!

--Ha partido! exclam la seorita Guichard. Pero cmo? Por dnde?

--Con su marido; por la puerta.

--Ven aqu! orden la solterona; y levantando la cabeza hacia los
criados, que estaban asomados  las ventanas del piso superior, aadi:
"Vosotros, volved  acostaros!"

Todas las ventanas se cerraron y rein de nuevo el silencio. Bobart
trep por la escalera, y  penas llegado al descansillo, la mano
convulsa de Clementina le atrajo hacia el salonillo.

--Ahora ... veamos, Bobart; qu es eso que dices ah?... Herminia?

--Se ha marchado con Mauricio, hace un cuarto de hora.

--Corramos! Los alcanzaremos....

--Tienen un caballo demasiado bueno para eso....

--Pero, quin les ha abierto la puerta? grit Clementina con
desesperacin.

--Ellos mismos se la han abierto.

--Y Mauricio estaba en el castillo?

--Y por poco me estrangula.

--Dnde le has encontrado?

--En el piso bajo. Su mujer estaba con l.

--La infame!

--Se arroj sobre m de improviso y no pude defenderme.

--Haber tirado, al menos; no tenas la escopeta?

--La tena.

--Pero, segn veo, no te sirve jams....

--Me la arranc al principio de la lucha....

--Luego ha habido lucha! Y nadie ha odo nada! No podas gritar?

--No te digo que me estrangulaba? Y su endiablado tutor vino en su
socorro.

--Roussel! Estaba all?

--Era el hombre de blusa del da anterior.

--Qu hombre de blusa?

--El que dorma al lado del foso.

--El que nos insult?

--- No! ste deba ser Mauricio....

--Y me llam "vieja." Ira de Dios!

-- hizo devorar tu perro por aquella bestia rabiosa ... como me hubiera
asesinado hace un momento, si yo hubiera resistido....

--Es decir que no has resistido!

--Todo lo que he podido, buena y dulce amiga....

La buena y dulce amiga, no sabiendo sobre quin desahogar la bilis que
le carcoma el corazn y el cerebro, arroj sobre su aliado una mirada
feroz y con la boca contrada por una amarga risa, dijo:

--Bobart! si no fueras tan estpido, creera que me has hecho
traicin....

--Mi buena amiga!...

--Bobart! tienes una cobarda que me repugna.

--Querida amiga!...

--Bobart! t tienes la culpa de todo lo que ha sucedido. Me has
aconsejado estpidamente!...

--Yo no he....

--Y cuando era necesario mostrar energa, has sido blando como papel
mascado....

--Sin embargo!...

--El nico partido que yo poda tomar era unirme sinceramente  la joven
pareja y reconciliarme con Roussel. T eres el que me ha extraviado con
tus maniobras interesadas y tus prfidos consejos....

--Es posible? Pero si jams....

--Despus de lo que acaba de suceder, comprenders que debemos
separarnos para siempre.

--Oh!

--Yo me voy  Pars maana temprano. T, partirs cuando gustes. Buenas
noches! Vete  descansar, rayo de la guerra; bien lo has ganado!

Le asi por el brazo, le empuj hacia el corredor y cerr violentamente
la puerta detrs de l. Una vez sola, se sent y medit durante una
hora. Despus se levant y se encamin  su cuarto pensando:

--Si; no me queda ms que ese medio de arreglar mis asuntos de un modo
honroso, Una reconciliacin! Acaso de esto modo vuelva  adquirir
influencia con Roussel.

Tomada su resolucin, entr en el cuarto, se acost y se durmi.




CAPTULO XI

QUE TRATA DE UN ANTIGUO FUEGO OCULTO BAJO LA CENIZA.


En el hermoso comedor de la quinta de Montretout, Roussel, Herminia y
Mauricio acababan de comer. Los jvenes y su padrino estaban locos de
alegra. Por la ventana, que daba al jardn, entraban perfumes de
clemtida y el sol, al ocultarse en el horizonte por detrs de los
bosques, se apagaba en un cielo matizado de rosa, verdoso y anaranjado.

--Qu diferencia! deca Herminia, entre esta deliciosa comida y las que
hacia en Rouxmesnil, entre mi ta y Bobart!

--S; se acab la tristeza! Maana nos vamos  Florencia y Venecia.

--Tambin deba partir para el extranjero con mi ta ... Estoy
predestinada  los viajes.

--Con la seorita Guichard ese viaje hubiera sido un destierro.

--Mientras que, contigo, querido Mauricio, voy  ver pases ... Qu
contenta estoy!

--Enhorabuena! dijo Roussel. Desde que empezamos  comer, esta es la
segunda vez que lo dices.

--Tengo tal placer en explayarme, en desbordar, en hablar como pienso y
en pensar como me agrada ... Oh! aqu respiro ... renazco.

--Querida Herminia!

--Y es que usted no me turba absolutamente nada. Delante de mi ta no me
atreva  decir una palabra ... Con usted, las ideas me acuden
naturalmente ... Y me parece que no soy tan imbcil como supona el
seor Bobart....

--Cmo?

--S; un da, al pasar por delante de las ventanas del saln, o 
Bobart que deca: "Esta pequea es bastante bonita, pero imbcil como un
ganso ..."

--Viejo idiota! exclam Roussel.

--Despreciable bribn! dijo Mauricio.

--Debe hacer una buena figura, aadi el joven, frente  frente de la
seorita Guichard, en el gran comedor de Rouxmesnil!

--Suponiendo que estn all! dijo Roussel moviendo la cabeza.

--Dnde cree usted que podrn estar?

--Bobart, en el demonio; yo me refiero  Clementina. Desde el momento
en que no le ha necesitado, le habr puesto en la calle sin tardanza.
Pero ... Ella! Tiemblo  la idea de que pudiese aparecer!

--Aqu! dijo Mauricio con un ademn de duda.

--Si, hijos mos; aqu.

Herminia se aproxim instintivamente  su marido, como si esperase
necesitar su proteccin.

--Desde esta maana os veo regocijaros; os oigo cantar victoria ... y os
dejo hacer. Hay que gozar de los buenos instantes, cuando se presentan;
siempre es esto una ventaja sobre los fastidios de la existencia. Pero
yo, que soy viejo y experimentado y, sobre todo, que s,  mi costa,
quin es Clementina, preveo el porvenir y espero algn nuevo asalto.

--Le rechazaremos!

--Sin duda. Pero siempre que hay batalla, hay golpes y heridas. Los
golpes, los daris vosotros, sea; pero acaso echis de menos el tiempo
en que los recibais.

--Por qu?

--Porque contra Clementina tirano tenis vuestra conciencia primero y la
opinin del mundo despus. Mientras que contra Clementina vctima....

--Vctima? exclam Mauricio; vctima de sus propias maquinaciones.

--Todo lo que t quieras, pero vctima triste, abandonada, despus de
haber educado  Herminia y de haberla educado bien. Si la hubiera casado
con X  Z, hubiera sido excelente para el marido de su sobrina ... Las
personas que la conocen la encontrarn muy desgraciada y tendrn razn,
porque lo ser ... Y nos acusarn de esa desgracia ... Olvidarn las
faltas, para no ver ms que la expiacin.

--Pero, entonces! dijo Mauricio turbado.

--Entonces, la situacin es delicada. Pienso en ello desde esta maana.
Si tenemos la suerte de que la seorita Guichard arroje rayos y llamas y
nos cubra de maldiciones y de injurias, nuestro asunto ser bueno ...
Pero si se enternece y viene  buenas ... No s cmo saldremos del
lance!

--Se sale siempre!

--Sin duda. Pero es preciso salir correctamente ... Dios sabe si he
sido paciente, y tranquilo y silencioso, cuando me colmaba de malos
tratamientos! Pues bien, no han faltado personas que me quitaran la
razn,  pesar de todo, porque yo era hombre y Clementina, mujer.
Juzgad lo que se dira de vosotros, hijos rebelados contra una madre!

--Pero eso sera estpido!

--Y crees que el mundo no lo es? Con una actitud sentimental bien
adoptada se le enternece, y est dado el golpe.

--Entonces, padrino mo, usted supone que la seorita Guichard ha
dejado Rouxmesnil?

--Esta maana,  primera hora.

--Y que est en Pars!

--Y acaso en camino para Montretout.

Como si las palabras de Roussel hubiesen tenido el poder de evocar  la
que todos teman ver aparecer, una campanada reson en la puerta, la
verja del jardn se abri y en la vaga obscuridad del crepsculo, avanz
una sombra negra, silenciosa, amenazadora. Sigui la calle de rboles,
lleg  la escalinata, la subi lentamente y desapareci en el
vestbulo.

Roussel, Herminia y Mauricio, de pie delante de la mesa, se miraban
estupefactos, aterrorizados, mudos. Por ltimo Mauricio, como si no
creyese  sus ojos, se inclin hacia el jardn y busc al espectro.

Pero no vi ms que un coche de alquiler que se colocaba delante de la
verja, esperando  la terrible visitante.

--Es ella! dijo por fin Roussel en voz baja. Vais  ver!

--Oh! Dios mo, suspir Herminia, y se ech en los brazos de Mauricio,
como si temiese que los separasen de nuevo.

En este momento, se abri la puerta del comedor y Federico, plido,
avanz diciendo en tono consternado:

--Seor! Es la seorita Guichard ...

--Oh! Bien la hemos visto, contest Roussel con calma. Hgala usted
entrar en el saln.

Y volvindose hacia los jvenes, dijo:

--Hijos mos, no hay que titubear, es preciso recibirla ... as, con
sangre fra. Hablad poco ... y escuchad mucho ... Si se dicen
atrocidades, es mejor que las diga Clementina ... Aqu estoy yo ... S?
Entonces, seguidme.

Abri la puerta del saln y con la misma tranquila seguridad de ocho
das antes en el saln de la seorita Guichard, dijo:

--Buenas tardes, mi querida prima ... S bien venida  mi casa.

Clementina, de pie y contrada, esperaba el choque, y aquella acogida
corts, despus de tantas villanas hechas por ella, la desconcert.
Cambi de fisonoma, sus manos temblaron, y viendo  Herminia que,
aterrada, se haba detenido  tres pasos, se puso  gritar:

--Mi hija! Oh, Dios mo! Me aborreces ya? Entonces qu va  ser de
m?

Grandes sollozos sacudieron nerviosamente  la solterona, que,
avergonzada de su debilidad, se cubri el rostro con las manos y cay
aniquilada en una butaca.

No se rompen fcilmente los lazos de una afeccin de veinte aos, cuando
se tiene un corazn tierno y generoso; Herminia fu la prueba. No pudo
ver llorar tan amargamente  la mujer que la haba educado y dejando el
brazo de Mauricio, corri  la seorita Guichard, con los ojos llenos de
lgrimas y exclamando:

--Ta ma! No llore usted ms ... Me desgarra usted el corazn!

--Ah! Por fin te encuentro! balbuce Clementina, estrechando 
Herminia hasta ahogarla. Ah! querida nia, con la que he sido tan dura
y que me absuelve sin una vacilacin!... Oh! pequea ma!... Cmo
obtener jams que olvides todo ese dao?... Pero estaba loca!
sabes?No saba lo que haca!...

Las dos mujeres se abrazaron como si se vieran despus de haber escapado
las dos de un gran peligro. Roussel las miraba con aire inquieto y
murmur al odo de Mauricio:

--Esto es lo que yo tema! Y es mayor el peligro porque esta mujer
parece sincera.

--Si es sincera, todo puede arreglarse ...

--S pardiez! por ocho das!... Pero, despus?...

La seorita Guichard, teniendo  Herminia como escudo contra el
resentimiento de los dos hombres, se volvi hacia Mauricio y dijo:

--Y usted, pobre amigo, podr perdonarme todo lo que le he hecho
sufrir? Estaba mal aconsejada ... Me han empujado en el sentido  que me
inclinaba, en lugar de contenerme ... Pero me doy cuenta de mi error y
quisiera  toda costa repararle!...

--No debo acordarme ms de lo que usted me ha hecho, querida ta; es,
por tanto, intil hablar de ello. Pero hay alguien respecto del cual
usted ha cometido faltas serias ...  ste no le ha dicho usted nada
todava ...

La seorita Guichard lanz un doloroso suspiro y baj la cabeza con
desesperacin. Senta remordimientos por lo que haba intentado contra
Roussel,  solamente disgusto por no haber vencido? El diablo slo
hubiera podido saberlo, porque slo el diablo poda leer en el alma de
la solterona. Mauricio continu:

--Si usted quiere que la semana que acaba de pasar se borre de nuestra
vida, es preciso que emprendamos de nuevo la existencia tal como la
habamos arreglado el da de mi boda. La base de nuestra convenio era
el perdn franco y sin reservas de los daos recprocos y la concordia
en la familia. Est usted resuelta  firmar la paz en esas condiciones?

--Estoy  vuestra discrecin, gimi la seorita Guichard.

--No; no es as como hay que responder, interrumpi Mauricio con
firmeza. Usted es libre; nada la imponemos; haga usted lo que desee.
Quiere usted vivir en adelante en buena inteligencia con todos
nosotros?

--De todo corazn.

--Comprende usted bien lo que quiere decir "todos?"

--Lo comprendo y lo acept.

--Entonces abracmonos, ta ma, y que no se hable ms del asunto.

 estas palabras, Herminia salt de alegra, pero fu la nica que
manifest satisfaccin cordial. Haba ya pasado la efusin del primer
momento, y la seorita Guichard y Roussel tenan la frente cargada de
nubes. Mauricio los miraba con inquietud. Clementina pensaba: "Yo sufro
el yugo; no hay que decirlo: estoy vencida y l triunfa!" Roussel deca
para sus adentros: "Hemos obtenido una victoria como la de Pirro: otra
como esta y estamos perdidos! Quin se encargar de atar corto  esta
loca cuando haya vuelto  sus veleidades belicosas? Habr perpetuamente
en nuestra vida causas de disgusto, y la tranquilidad de estos muchachos
no estar segura. Por otra parte. Es sincera cuando promete mostrarse
razonable? No representa una comedia? No prepara nuevas bateras para
aplastarnos? Es preciso saberlo y yo soy el nico que puede penetrar sus
intenciones."

Levant la frente y adelantndose hacia Clementina:

--Has tratado con Mauricio y con Herminia: est muy bien, dijo
graciosamente; pero no ests arreglada conmigo. No te parece, mi
querida prima, que tenemos algo que hablar? Es preciso no ocultar nada
en el corazn en una situacin como la que vamos  afrontar. Vaciemos,
pues, nuestro saco, para no volver ms sobre el asunto.

La seorita Guichard asinti con una inclinacin de cabeza, pero su cara
estaba tan sombra que Mauricio y Herminia se miraron con ansiedad. De
esta conversacin suprema, saldra una nueva guerra  la paz
definitiva? Todo era de temer. La plvora y el fuego puestos en contacto
no podan producir ms formidable explosin que Roussel quedndose en
presencia de Clementina. Sin embargo,  una seal de Fortunato, los
jvenes se cogieron del brazo y salieron. Por lo menos ahora estaban
seguros de que nadie conseguira separarlos.

En el saln, Roussel y Clementina se examinaban en silencio. Quien los
hubiera visto en este momento, difcilmente hubiera pensado que estaban
bien dispuestos el uno para el otro. Roussel tom el primero la palabra
y dijo tranquilamente:

--Dime, querida prima, es seria tu resolucin?

--Si no lo fuera, replic la seorita Guichard, qu hacia yo aqu?

--Eh! Buena es esa! Ests aqu porque no has tenido otro remedio. Si
Herminia estuviera todava en Rouxmesnil, nos ofreceras la paz?

 estas palabras que le recordaban la afrenta recientemente sufrida,
Clementina cambi de color, y con voz agria dijo:

--Primo, te felicito: llevas bien la blusa.

--Qu sabes t, si no me has visto?

--Me lo han dicho.

--Quin? Ese canalla de Bobart?

--Ese ... tranquilzate; no le vers ms!

--Despus de su mala suerte, no lo dudo. T eres como Napolen; en punto
 lugartenientes no te gustan los que no tienen suerte ...

--Ah! Bien me la habis jugado!

--Regular!

--Pero dnde habitabais?

--Cerca de Auffay, en el castillo de Peroeville ... El perro gris
tambin era de all ...

--Habis hecho bien en no volverle  llevar. Le haba hecho preparar
veneno.

--Lo sospechaba.

--Eres hbil!

--La escuela de la desgracia. T eres la que me has formado.

Se miraron, l desconfiado, ella, ya exasperada.

--Si no hubiera sido abandonada por Herminia, no me tendras  tu
discrecin.

--Bien lo s. Debas haberte conducido con Herminia de modo tal que la
hiciese incorruptible. Mira como Mauricio no me ha abandonado ...

--Y por qu el uno ha sido fiel, mientras la otra me ha hecho traicin?

--Voy  explicrtelo. Eso proviene, sencillamente, de la diferencia de
nuestros caracteres. Yo he pasado mi vida amando  Mauricio por l
mismo. T, has amado  Herminia por ti. Esa nia no ha sido en tus manos
ms que un instrumento de rencor y con ese tacto fino de las mujeres,
Herminia ha acabado por darse cuenta de ello. De aqu la prdida
inmediata de toda confianza. Jams ha dudado Mauricio de que yo
estuviese pronto  sacrificarlo todo por verle dichoso; por eso ha
seguido ciegamente mis consejos. Herminia no estaba completamente segura
de que t obrases en su inters y, en un momento dado, ha visto que la
tratabas como enemiga. Entonces ha desertado. Esto es sencillo y lgico
y no podas evitarlo.

La seorita Guichard baj la cabeza sin responder. Roussel continu:

-- estas horas, despus de tus lgrimas y tus promesas, apostara  que
esa nia no est muy segura de ti, se pasea por el jardn con su marido
y hablan sabes de qu? de la situacin que les produces, y dicen:
"Cmo acabar esto?" Y si acaba esta noche, volver  empezar maana?
En la vida, llena de promesas de esos muchachos, has conseguido ser un
estorbo ...

Cogi  la seorita Guichard por la mano y, con autoridad, la acerc 
la ventana. La luna alumbraba los macizos del jardn y, cogidos del
brazo, los dos jvenes paseaban  lo largo de las filas de plantas,
refrescadas por el aire de la noche. Iban lentamente, con paso
cadencioso, graciosos y encantadores.

--He ah, sin embargo, lo que queras impedir, continu Roussel con
severidad. Has opuesto tu veto  esa felicidad. Bien se conoce que nunca
has sabido lo que era amar.

Clementina levant la frente, sus ojos brillaron, un ligero rubor
acudi  su cara, y dijo con voz entrecortada:

--T sabes muy bien que lo que dices es falso! S; he amado, y
demasiado exclusivamente,  un hombre que me ha despreciado ... S! He
amado! Bien puedo confesrtelo ahora que soy vieja. Por haber amado
demasiado, he sufrido tanto ... Yo tambin haba soado con andar en la
vida del brazo de un hombre que fuese todo para m ... y mi sueo se ha
disipado. Yo hubiera sido, como otra cualquiera, tierna y buena con el
que amaba, si hubiera sabido disimular la vivacidad de mi carcter, un
poco absoluto acaso. Yo hubiera sido una esposa llena de abnegacin y
una madre apasionada ... Oh! Si hubiera tenido un hijo ... mo! le
hubiera adorado! Cuntas veces he llorado de pena y de clera al pasar
por los jardines donde jugaban los nios  la vista de sus madres!... La
envidia, el pesar me opriman el corazn y achacaba la responsabilidad
de mis torturas al que haba desbaratado mis proyectos y destrudo mi
porvenir. Y eres t el que me acusa de no haber amado! T! Despus de
lo que acabo de decirte, confiesa que es una irona muy cruel y muy
inmerecida.

--Pero, Dios mo, mi querida prima, dijo Roussel con algn embarazo; me
haces ms culpable de lo que lo he sido. Si hasta ese punto te
horrorizaba el celibato, con tu fortuna, hubieras podido sustiturme con
ventaja. Por falta de hombre el matrimonio no fracasa.

--Ninguno me agradaba sino t.

--Por espritu de contradiccin!

-- mi costa, en todo caso! Porque por ti he quebrado mi vida. Amaba el
mundo, y he tenido que vivir retirada. Sin familia, mi solo consuelo ha
sido la adopcin de una nia que no era nada mo. He tenido que
comprimir todos mis sentimientos y he envejecido estril  irritada ...
Todo por tu causa. Cuando te oa hace un momento enumerar mis faltas,
encontraba que eran muy pequeas comparadas con las tuyas. S, he sido
mala; he querido vengarme de ti; pero no has hecho t todo lo posible
por incitarme  ello? S, t, causa primera de nuestras disensiones,
debieras ser responsable de lo que ha sucedido, y yo sola soy castigada.
Porque, t lo decas hace un instante y has tenido buen cuidado de
explicrmelo; se me tolera, se me sufre, pero no se me ama. Si tengo un
poco de orgullo, despus de lo que me has declarado, debo desaparecer y
marcharme  terminar mi vida en un rincn, sola, arrastrando mis ltimos
das con el pensamiento devorador de que todo el mundo es dichoso,
menos yo!

Esta vez, era sincera. Roussel lo vea claramente y se conmovi. Su
conciencia se haba sublevado al oir  Clementina y le advirti de que
la mitad de las acusaciones que sta le diriga, eran ciertamente
merecidas. Le haba faltado paciencia: haba desconocido la voluntad
suprema del to Guichard  infligido una cruel afrenta  la mujer que le
estaba destinada. Despus de todo, el matrimonio acaso la hubiera
transformado. Otros milagros mayores se haban visto. Quin sabe si
hubiera podido ser, como ella deca, buena esposa y excelente madre! Y
por l, por un amor exclusivo, que en el fondo le halagaba, y le haca
sonreir con cierto deje de contento, haba permanecido soltera. Aquello
era un agravio muy duro, por el cual no resultaba castigado ... La mir
con algo mayor benevolencia y experiment un sentimiento tan parecido 
la simpata, que se qued asombrado. Era posible que Clementina le
pareciese soportable? Fortunato dijo:

--Por qu exageras las cosas? Quin te dice que te vayas? Si tu
orgullo te impulsa  marcharte, resstelo y permanece en medio de
nosotros.

--Sufrira demasiado. Mi situacin ser siempre inferior ... No
olvidaris nuestros antiguos disentimientos, mi resistencia y mi derrota
...  ti, te amarn;  m, me tolerarn ... Yo no podr soportarlo y
volver  ser mala ... y os har dao  todos ...

Esta confesin turb  Roussel ms que todo lo que acababa de oir.
Puesto que la seorita Guichard se daba cuenta de su estado, todava era
posible curarla. Si se la dejaba entregada  s misma, los irresistibles
impulsos de su carcter batallador la arrojaran  cometer excesos que
seran causa de cuidados y penas para Mauricio y Herminia. Era preciso 
toda costa apoderarse de ella. Fortunato permaneci un momento
pensativo, y despus, aproximndose  su enemiga, dijo:

--Veamos, Clementina; esos muchachos y nosotros empezamos una existencia
nueva. Quieres que el porvenir sea en todo diferente del pasado? Estoy
decidido  ayudarte sinceramente. Retrocedamos veinte aos. T no tienes
ms que veintitrs y yo treinta y cinco. El to Guichard acaba de morir
y nosotros somos prometidos ... Pretendes que hubieras podido ser una
buena esposa; prubalo.

La seorita Guichard se puso plida como si fuera  morir. Sus ojos
interrogaron confusamente la cara de Roussel, que estaba grave y
solemne. Despus balbuce:

--Fortunato ... qu quieres decir? No me des una falsa alegra ... Me
mataras!

--Lejos de m tal pensamiento! Quiero que vivas para que te muestres
perfecta. En consecuencia, Seorita Guichard, quiere usted hacerme el
honor de concederme su mano?

Clementina permaneci un momento inmvil, vacilante, bajo aquel golpe
tan inesperado. Un temblor nervioso agit sus labios y no pudo
responder. Su fisonoma, alterada, expresaba al mismo tiempo la pena del
pasado lamentablemente perdido, y la loca alegra de un porvenir por
tanto tiempo deseado y reconquistado por milagro.

Roussel crey que perda la cabeza. Pero todo dur el espacio de un
segundo. Se recobr y en un delirio de dicha que indemniz  Roussel del
esfuerzo que acababa de realizar, exclam:

--Que si quiero? Ah! Dios mo! hace veinte aos que sueo con esas
palabras ...

Y con tanto vigor en la afeccin como haba mostrado en el odio, salt
al cuello de Fortunato.

En el mismo momento, Mauricio y Herminia, un poco inquietos al ver lo
que duraba la conferencia, abrieron la puerta del saln. El espectculo
que se ofreci  sus ojos era de tal modo sorprendente, que
permanecieron inmviles: la seorita Guichard y Roussel se abrazaban, y
no para ahogarse, porque ambos rean con algo de enternecimiento.

--Venid, hijos mos, dijo Roussel. Deseabais la concordia y vamos 
daros la unin. En adelante, formaremos una sola familia: me caso con la
seorita Guichard.

Mientras Herminia, dando un grito de jbilo corra hacia su ta,
Mauricio se inclin hacia su padrino:

--Eso es ms que adhesin, dijo; es herosmo!

--Bah! contest Fortunato; hay que saberse sacrificar por los suyos. Y
luego, despus de todo ... Acaso tengamos una sorpresa.

La tuvieron. Sin duda alguna, la merecan; pero, como haca observar
Roussel  la joven pareja con sonriente filosofa, nadie es tratado en
la vida segn sus mritos.

Una nueva Clementina, aquella  quien slo Herminia haba conocido hasta
su boda con Mauricio, se revel  Fortunato. Buena, alegre, un poco
imperiosa, pero perfecta duea de su casa, la baronesa--porque ha
conseguido ser baronesa y no desespera de serlo de Pontournant--asombra
 los suyos por las cualidades de su corazn. Calmado su rencor, ha
vuelto  lo que estaba destinada  ser; una mujer muy viva, pero
excelente, que se esfuerza en pagar con amabilidades los movimientos un
poco bruscos de su carcter. Roussel se acostumbr  ella prontamente. Y
un da en que se hablaba delante de l de una mujer muy dulce y un poco
pasiva:

--Desengense ustedes! exclam; una mujer sin carcter es como una
ensalada sin vinagre!

--S, amigo mo, insinu Clementina con deferencia; pero tambin es
preciso que la ensalada tenga un poco de aceite!



FIN.



Pars.--Imprenta de la Vda de Ch. Bovary.










End of Project Gutenberg's Un antiguo rencor, by George (Jorge) Ohnet

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UN ANTIGUO RENCOR ***

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status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

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Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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