The Project Gutenberg eBook, La Tribuna, by Emilia Pardo Barzn


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Title: La Tribuna


Author: Emilia Pardo Barzn



Release Date: January 11, 2006  [eBook #17491]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA TRIBUNA***


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_La Tribuna_

Emilia Pardo Bazn

Alfredo de Carlos, Madrid 1883







Prlogo


Lector indulgente: No quiero perder la buena costumbre de empezar mis
novelas hablando contigo breves palabras. Ms que nunca debo mantenerla
hoy, porque acerca de _La Tribuna_ tengo varias advertencias que
hacerte, y as caminarn juntos en este prlogo el gusto y la necesidad.

Si bien _La Tribuna_ es en el fondo un estudio de costumbres locales, el
andar injeridos en su trama sucesos polticos tan recientes como la
Revolucin de Setiembre de 1868, me impuls a situarla en lugares que
pertenecen a aquella geografa moral de que habla el autor de las
_Escenas montaesas_, y que todo novelista, chico o grande, tiene el
indiscutible derecho de forjarse para su uso particular. Quien desee
conocer el plano de _Marineda_, bsquelo en el atlas de mapas y planos
privados, donde se colecciona, no slo el de Orbajosa, Villabermeja y
Coteruco, sino el de las ciudades de R***, de L*** y de X***, que
abundan en las novelas romnticas. Este privilegio concedido al
novelista de crearse un mundo suyo propio, permite ms libre inventiva y
no se opone a que los elementos todos del _microcosmos_ estn tomados,
como es debido, de la realidad. Tal fue el procedimiento que emple en
_La Tribuna_, y lo considero suficiente--si el ingenio me ayudase--para
alcanzar la verosimilitud artstica, el vigor analtico que infunde vida
a una obra.

Al escribir _La Tribuna_ no quise hacer stira poltica; la stira es
gnero que admito sin poderlo cultivar; sirvo poco o nada para el caso.
Pero as como niego la intencin satrica, no s encubrir que en este
libro, casi a pesar mo, entra un propsito que puede llamarse
_docente_. Baste a disculparlo el declarar que naci del espectculo
mismo de las cosas, y vino a m, sin ser llamado, por su propio impulso.
Al artista que slo aspiraba retratar el aspecto pintoresco y
caracterstico de una _capa social_, se le present por aadidura la
moraleja, y sera tan sistemtico rechazarla como haberla buscado.
Porque no necesit agrupar sucesos, ni violentar sus consecuencias, ni
desviarme de la realidad concreta y positiva, para tropezar con pruebas
de que es absurdo el que un pueblo cifre sus esperanzas de redencin y
ventura en formas de gobierno que desconoce, y a las cuales por lo mismo
atribuye prodigiosas virtudes y maravillosos efectos. Como la raza
latina practica mucho este gnero de culto fetichista e idoltrico,
opino que si escritores de ms talento que yo lo combatiesen, prestaran
sealado servicio a la patria.

Y vamos a otra cosa. Tal vez no falte quien me acuse de haber pintado al
pueblo con crudeza naturalista. Responder que si nuestro pueblo fuese
igual al que describiesen Goncourt y Zola, yo podra meditar
profundamente en la conveniencia o inconveniencia de retratarlo; pero
resuelta a ello, nunca seguira la escuela idealista de Trueba y de la
insigne Fernn, que rie con mis principios artsticos. Lcito es
callar, pero no fingir. Afortunadamente, el pueblo que copiamos los que
vivimos del lado ac del Pirene no se parece todava, en buen hora lo
digamos, al del lado all. Sin adolecer de optimista, puedo afirmar que
la parte del pueblo que vi de cerca cuando trac estos estudios, me
sorprendi gratamente con las cualidades y virtudes que, a manera de
agrestes renuevos de inculta planta, brotaban de l ante mis ojos. El
mtodo de anlisis implacable que nos impone el arte moderno me ayud a
comprobar el calor de corazn, la generosidad viva, la caridad
inagotable y fcil, la religiosidad sincera, el recto sentir que abunda
en nuestro pueblo, mezclado con mil flaquezas, miserias y preocupaciones
que a primera vista lo oscurecen. Ojal pudiese yo, sin caer en falso
idealismo, patentizar esta belleza recndita.

No, los tipos del pueblo espaol en general, y de la costa cantbrica en
particular, no son an--salvas fenomenales excepciones--los que se
describen con terrible verdad en _LAssommoir, Germinie Lacerteux_ y
otras obras, donde parece que el novelista nos descubre las
abominaciones monstruosas de la Roma pagana, que unidas a la barbarie
ms grosera, retoan en el corazn de la Europa cristiana y civilizada.
Y ya que por dicha nuestra las faltas del pueblo que conocemos no
rebasan de aquel lmite a que raras veces deja de llegar la flaca
decada condicin del hombre, pintmosle, si podemos, tal cual es,
huyendo del _patriarcalismo_ de Trueba como del socialismo humanitario
de Sue, y del mtodo de cuantos, trocando los frenos, atribuyen a
Calibn las seductoras gracias de Ariel.

En abono de _La Tribuna_ quiero aadir que los maestros Galds y Pereda
abrieron camino a la licencia que me tomo de hacer hablar a mis
personajes como realmente se habla en la regin de donde los saqu.
Prez Galds, admitiendo en su _Desheredada_ el lenguaje de los barrios
bajos; Pereda, sentenciando a muerte a las zagalejas de porcelana y a
los pastorcillos de gloga, sealaron rumbos de los cuales no es
permitido apartarse ya. Y si yo debiese a Dios las facultades de alguno
de los ilustres narradores cuyo ejemplo invoco, cunto gozaras, oh
lector discreto, al dejar los trillados caminos de la retrica novelesca
diaria para beber en el vivo manantial de las expresiones populares,
incorrectas y desaliadas, pero frescas, enrgicas y donosas!

Queda adis, lector, y ojal te merezca este libro la misma acogida que
_Un viaje de novios_. Tu aplauso me sostendr en la difcil va de la
observacin, donde no todo son flores para un alma compasiva.

EMILIA PARDO BAZN

Granja de Meirs, octubre de 1882.




-I-

Barquillos


Comenzaba a amanecer, pero las primeras y vagas luces del alba a duras
penas lograban colarse por las tortuosas curvas de la calle de los
Gastros, cuando el seor Rosendo, el barquillero que disfrutaba de ms
parroquia y popularidad en Marineda, se asom, abriendo a bostezos, a la
puerta de su mezquino cuarto bajo. Vesta el madrugador un desteido
pantaln granc, reliquia blica, y estaba en mangas de camisa. Mir al
poco cielo que blanqueaba por entre los tejados, y se volvi a su
cocinilla, encendiendo un candil y colgndolo del estribadero de la
chimenea. Trajo del portal un brazado de astillas de pino, y sobre la
piedra del fogn las dispuso artsticamente en pirmide, cebada por su
base con virutas, a fin de conseguir una hoguera intensa y flameante.
Tom del vasar un tartern, en el cual vaci cucuruchos de harina y
azcar, derram agua, casc huevos y espolvore canela. Terminadas estas
operaciones preliminares, estremeciose de fro--porque la puerta haba
quedado de par en par, sin que en cerrarla pensase y descarg en el
tabique dos formidables puadas.

Al punto sali rpidamente del dormitorio o cuchitril contiguo una
mozuela de hasta trece aos, desgreada, con el cierto andar de quien
acaba de despertarse bruscamente, sin ms atavos que una enagua de
lienzo y un justillo de dril, que adhera a su busto, anguloso an, la
camisa de estopa. Ni mir la muchacha al seor Rosendo, ni le dio los
buenos das; atontada con el sueo y herida por el fresco matinal que le
morda la epidermis, fue a dejarse caer en una silleta, y mientras el
barquillero encenda estrepitosamente fsforos y los aplicaba a las
virutas, la chiquilla se puso a frotar con una piel de gamuza el enorme
cauto de hojalata donde se almacenaban los barquillos.

Instalose el seor Rosendo en su alto trpode de madera ante la llama
chisporroteadora y crepitante ya, y metiendo en el fuego las magnas
tenazas, dio principio a la operacin. Tena a su derecha el barreo del
amohado, en el cual mojaba el cargador, especie de palillo grueso; y
extendiendo una leve capa de lquido sobre la cara interior de los
candentes hierros, apresurbase a envolverla en el molde con su dedo
pulgar, que a fuerza de repetir este acto se haba convertido en una
callosidad tostada, sin ua, sin yema y sin forma casi. Los barquillos,
dorados y tibios, caan en el regazo de la muchacha, que los iba
introduciendo unos en otros a guisa de tubos de catalejo, y colocndolos
simtricamente en el fondo del cauto; labor que se ejecutaba en
silencio, sin que se oyese ms rumor que el crujir de la lea, el
rtmico chirrido de las tenazas al abrir y cerrar sus fauces de hierro,
el seco choque de los crocantes barquillos al tropezarse, y el silbo del
amohado al evaporar su humedad sobre la ardiente placa. La luz del
candil y los reflejos de la lumbre arrancaban destellos a la hojalata
limpia, al barro vidriado de las cazuelas del vasar, y la temperatura se
suavizaba, se elevaba, hasta el extremo de que el seor Rosendo se
quitase la gorra con visera de hule, descubriendo la calva sudorosa, y
la nia echase atrs con el dorso de la mano sus indmitas guedejas que
la sofocaban.

Entre tanto, el sol, campante ya en los cielos, se empeaba en cernir
alguna claridad al travs de los vidrios verdosos y puercos del
ventanillo que tena obligacin de alumbrar la cocina. Sacuda el sueo
la calle de los Castros, y mujeres en trenza y en cabello, cuando no en
refajo y chancletas, pasaban apresuradas, cul en busca de agua, cul a
comprar provisiones a los vecinos mercados; oanse llantos de
chiquillos, ladridos de perros; una gallina cloque; el canario de la
barbera de enfrente redobl trinando como un loco. De tiempo en tiempo
la nia del barquillero lanzaba codiciosas ojeadas a la calle. Cundo
sera Dios servido de disponer que ella abandonase la dura silla, y
pudiese asomarse a la puerta, que no es mucho pedir! Pronto daran las
nueve, y de los seis mil barquillos que admita la caja slo estaban
hechos cuatro mil y pico. Y la muchacha se desperez maquinalmente. Es
que desde algunos meses ac bien poco le luca el trabajo a su padre.
Antes despachaba ms.

El que viese aquellos cautos dorados, ligeros y deleznables como las
ilusiones de la niez, no poda figurarse el trabajo mprobo que
representaba su elaboracin. Mejor fuera manejar la azada o el pico que
abrir y cerrar sin tregua las tenazas abrasadoras, que adems de quemar
los dedos, la mano y el brazo, cansaban dolorosamente los msculos del
hombro y del cuello. La mirada, siempre fija en la llama, se fatigaba;
la vista disminua; el espinazo, encorvado de continuo, llevaba, a puros
esguinces, la cuenta de los barquillos que salan del molde. Y ningn
da de descanso! No pueden los barquillos hacerse de vspera; si han de
gustar a la gente menuda y golosa, conviene que sean fresquitos. Un nada
de humedad los reblandece. Es preciso pasarse la maana, y a veces la
noche, en fabricarlos, la tarde en vocearlos y venderlos. En verano, si
la estacin es buena y se despacha mucho y se saca pinge jornal,
tambin hay que estarse las horas caniculares, las horas perezosas,
derritiendo el alma sobre aquel fuego, sudando el quilo, preparando
provisin doble de barquillos para la venta pblica y para los cafs. Y
no era que el seor Rosendo estuviese mal con su oficio; nada de eso;
artistas habra orgullosos de su destreza, pero tanto como l, ninguno.
Por ms que los aos le iban venciendo, an se jactaba de llenar en
menos tiempo que nadie el tubo de hojalata. No ignoraba primor alguno de
los concernientes a su profesin; barquillos anchos y finos como seda
para rellenar de huevos hilados, barquillos recios y estrechos para el
agua de limn y el sorbete, hostias para las confiteras--y no las haca
para las iglesias por falta de molde que tuviese una cruz--, flores,
hojuelas y _orejas de fraile_ en Carnaval, buuelos en todo tiempo....
Pero nunca lo tena de lucir estas habilidades accesorias, porque los
barquillos de diario eran absorbentes. Bah!, en consiguiendo vivir y
mantener la familia....

A las nueve muy largas, cuando cerca de cinco mil barquillos reposaban
en el tubo, todava el padre y la hija no haban cruzado palabra.
Montones de brasa y ceniza rodeaban la hoguera, renovada dos o tres
veces. La nia suspiraba de calor, el viejo sacuda frecuentemente la
mano derecha, medio asada ya. Por fin, la muchacha profiri:

--Tengo hambre.

Volvi el padre la cabeza, y con expresivo arqueamiento de cejas indic
un anaquel del vasar. Encaramose la chiquilla trepando sobre la artesa,
y baj un mediano trozo de pan de mixtura, en el cual hinc el diente
con buen nimo. An rebuscaba en su falda las migajas sobrantes para
aprovecharlas, cuando se oyeron crujidos de catre, carraspeos, los
ruidos caractersticos del despertar de una persona, y una voz entre
quejumbrosa y desptica llam desde la alcoba cercana al portal:

--Amparo!

Se levant la nia y acudi al llamamiento, resonando de all a poco
rato su hablar.

--Afincese, seora... as... crguese ms... aguarde que le voy a batir
este jergn... (Y aqu se escuch una gran sinfona de hojas de maz, un
_sirrisssch_... prolongado y armonioso.)

La voz mandona dijo opacamente algo, y la infantil contest:

--Ya la voy a poner a la lumbre, ahora mismito.... Tendr por ah el
azcar?

Y respondiendo a una interpelacin altamente ofensiva para su dignidad,
grit la chiquilla:

--Y piensa que.... Aunque fuera oro puro! Lo escondera usted misma....
Ah est, detrs de la funda... lo ve?

Sali con una escudilla desportillada en la mano, llena de morena
melaza, y arrimando al fuego un pucherito donde estaba ya la cascarilla,
le aadi en debidas proporciones azcar y leche, y volviose al cuarto
del portal con una taza humeante y colmada a reverter. En el fondo del
cacharro quedaba como cosa de otra taza. El barquillero se enderez
llevndose las manos a la regin lumbar, y sobriamente, sin
concupiscencia, se desayun bebiendo las sobras por el puchero mismo.
Enjug despus su frente regada de sudor con la manga de la camisa,
entr a su vez en el cuarto prximo; y al volver a presentarse, vestido
con pantaln y chaqueta de pao pardo, se terci a las espaldas la caja
de hoja de lata y se ech a la calle. Amparo, cubriendo la brasa con
ceniza, juntaba en una cazuela berzas, patatas, una corteza de tocino,
un hueso rancio de cerdo, cumpliendo el deber de condimentar el caldo
del humilde menaje. As que todo estuvo arreglado, metiose en el
cuchitril, donde consagr a su alio personal seis minutos y medio,
repartidos como sigue: un minuto para calzarse los zapatos de becerro,
pues todava estaba descalza; dos para echarse un refajo de bayeta y un
vestido de tartn; un minuto para pasarse la punta de un pao hmedo por
ojos y boca (ms all no alcanz el aseo); dos minutos para escardar con
un peine desdentado la revuelta y rizosa crencha, y medio para tocarse
al cuello un paolito de indiana. Hecho lo cual, se present ms oronda
que una princesa a la persona encamada a quien haba llevado el
desayuno. Era esta una mujer de edad madura, agujereada como una
espumadera por las viruelas, chata de frente, de ojos chicos. Viendo a
la chiquilla vestida se escandaliz: a dnde ira ahora semejante
vagabunda?

--A misa, seora, que es domingo.... Qu volver con noche ni con noche?
Siempre vine con da, siempre.... Una vez de cada mil! Queda el caldo
preparadito al fuego.... Vaya, abur.

Y se lanz a la calle con la impetuosidad y bro de un cohete bien
disparado.




-II-

Padre y madre


Tres aos antes, la imposibilitada estaba sana y robusta y ganaba su
vida en la Fbrica de Tabacos. Una noche de invierno fue a jabonar ropa
blanca al lavadero pblico, sud, volvi desabrigada y despert tullida
de las caderas.--Un aire, seor--deca ella al mdico.

Quedose reducida la familia a lo que trabajase el seor Rosendo: el real
diario que del _fondo de Hermandad_ de la Fbrica reciba la enferma no
llegaba a medio diente. Y la chiquilla creca, y coma pan y rompa
zapatos, y no haba quien la sujetase a coser ni a otro gnero de
tareas. Mientras su padre no se marchaba, el miedo a un pasagonzalo
sacudido con el cargador la tena quieta ensartando y colocando
barquillos; pero apenas el viejo se terciaba la correa del tubo, senta
Amparo en las piernas un hormigueo, un bullir de la sangre, una
impaciencia como si le naciesen alas a miles en los talones. La calle
era su paraso. El gento la enamoraba, los codazos y enviones la
halagaban cual si fuesen caricias, la msica militar penetraba en todo
su ser producindole escalofros de entusiasmo. Pasbase horas y horas
correteando sin objeto al travs de la ciudad, y volva a casa con los
pies descalzos y manchados de lodo, la saya en jirones, hecha una sopa,
mocosa, despeinada, perdida, y rebosando dicha y salud por los poros de
su cuerpo. A fuerza de filpicas maternales corra una escoba por el
piso, sazonaba el caldo, traa una herrada de agua; en seguida, con
rapidez de ave, se evada de la jaula y tornaba a su libre vagancia por
calles y callejones.

De tales instintos errticos tendra no poca culpa la vida que
forzosamente hizo la chiquilla mientras su madre asisti a la Fbrica.
Sola en casa con su padre, apenas este sala, ella le imitaba por no
quedarse metida entre cuatro paredes: vaya, y que no eran tan alegres
para que nadie se embelesase mirndolas. La cocina, oscura y angosta,
pareca una espelunca, y encima del fogn relucan siniestramente las
ltimas brasas de la moribunda hoguera. En el patn, si es verdad que se
vea claro, no consolaba mucho los ojos el aspecto de un montn de cal y
residuos de albailera, mezclados con cascos de loza, tarteras rotas,
un molinillo inservible, dos o tres guiapos viejos y un innoble zapato
que se rea a carcajadas. Casi ms lastimoso era el espectculo de la
alcoba matrimonial: la cama en desorden, porque la salida precipitada a
la Fbrica no permita hacerla; los cobertores color de hospital, que no
bastaba a encubrir una colcha rabicorta; la vela de sebo, goteando
tristemente a lo largo de la palmatoria de latn veteada de cardenillo;
la palangana puesta en una silla y henchida de agua jabonosa y
grasienta; en resumen, la historia de la pobreza y de la incuria narrada
en prosa por una multitud de objetos feos, y que la chiquilla comprenda
intuitivamente; pues hay quien sin haber nacido entre sedas y holandas,
presume y adivina todas aquellas comodidades y deleites que jamas goz.
As es que Amparo hua, hua de sus lares camino de la Fbrica, llevando
a su madre, en una fiambrera, el bazuqueante caldo; pero, soltando a lo
mejor la carga, ponase a jugar al corro, a _San Severn_, a la viudita,
a cualquier cosa, con las damiselas de su edad y pelaje.

Cuando la madre se vio encamada quiso imponer a la hija el trabajo
sedentario: era tarde. La planta rstica no se sujetaba ya al espaller.
Amparo haba ido a la escuela en sus primeros aos, aos de relativa
prosperidad para la familia, sucedindole lo que a la mayor parte de las
nias pobres, que al poco tiempo se cansan sus padres de enviarlas y
ellas de asistir, y se quedan sin ms habilidad que la lectura, cuando
son listas, y unos rudimentos de escritura. De aguja apenas saba Amparo
nada. La madre se resign con la esperanza de colocarla en la Fbrica.
--Que trabaje--deca--como yo trabaj. Y al murmurar esta sentencia
suspiraba, recordando treinta aos de incesante afn. Ahora su carne y
sus molidos huesos se tendan gustosamente en la cama, donde reposaba
tumbada panza arriba nterin sudaban otros para mantenerla. Que
sudasen! Dominada por el terrible egosmo que suele atacar a los viejos
cuya mocedad fue laboriosa, la impedida hizo del potro de dolor quinta
de recreo. Lo que es all ya podan venir penas; lo que es all a buen
seguro que la molestase el calor ni el fro. Que era preciso lavar la
ropa? Bueno, ella no tena que levantarse a jabonarla, le haba costado
bien caro una vez. Que estaba sucio el piso? Ya lo barreran, y si no,
por ella, aunque en todo el ao no se barriese.... De qu le haba
servido tanto romper el cuerpo cuando era joven? De verse ahora tullida
--Ay, no se sabe lo que es la salud hasta despus de que se pierde!
--exclamaba sentenciosamente, sobre todo los das en que el dolor
artrtico le atarazaba las junturas. Otras veces, jactanciosa como todo
invlido, deca a su hija:--Scateme de delante, que irrita el verte;
de tu edad era yo una loba que daba en un cuarto de hora vuelta a una
casa.

Slo echaba de menos la animacin de su Fbrica, las compaeras. A bien
que las vecinas de la calle solan acercarse a ofrecerle un rato de
palique: una sobre todo, Pepa la comadrona, por mal nombre seora
Porreta. Era esta mujer colosal, a lo ancho ms an que a lo alto;
parecase a tosca estatua labrada para ser vista de lejos. Su cara
enorme, circuida por colgante papada, tena palidez serosa. Calzaba
zapatillas de hombre y usaba una sortija, de tamao masculino tambin,
en el dedo meique. Acercbase a la cama de la impedida, le someta las
ropas, le abofeteaba la almohada apoyando fuertemente ambas manos en los
muslos, a fin de sostener la mole de su vientre, y con voz sorda y
apagada empezaba a referir chismes del barrio, escabrosos pormenores de
su profesin, o las maravillosas curas que pueden obtenerse con un
cocimiento de ruda, huevo y aceite, con la hoja de la malva bien
machacadita, con romero hervido en vino, con unturas de enjundia de
gallina. Susurraban los maldicientes que entre parleta y parleta sola
la matrona entreabrir el pauelo que le cubra los hombros y sacar una
botellica que fcilmente se ocultaba en cualquier rincn de su corpio
gigantesco; y ya corroboraba con un trago de ans el exhausto gaznate,
ya ofreca la botella a su interlocutora para ir pasando las penas de
este mundo. A odos del seor Rosendo lleg un da esta especie, y se
alarm; porque mientras estuvo en la Fbrica no beba nunca su mujer ms
que agua pura; pero por mucho que entr impensadamente algunas tardes,
no cogi _infraganti_ a las delincuentes. Slo vio que estaban muy
amigotas y compinches. Para la ex-cigarrera vala un Per la comadrona;
al menos esa hablaba, porque lo que es su marido.... Cuando este
regresaba de la diaria correra por paseos y sitios pblicos, y bajando
el hombro soltaba con estrpito el tubo en la esquina de la habitacin,
el dilogo del matrimonio era siempre el mismo:

--Qu tal?--preguntaba la tullida.

Y el seor Rosendo pronunciaba una de estas tres frases:

--Menos mal.--Un regular.--Condenadamente.

Aluda a la venta, y jams se dio caso de que agregase gnero alguno de
amplificacin o escolio a sus oraciones clsicas. Posea el
inquebrantable laconismo popular, que vence al dolor, al hambre, a la
muerte y hasta a la dicha. Soldado reenganchado, uncido en sus mejores
aos al frreo yugo de la disciplina militar, se convenci de la
ociosidad de la palabra y necesidad del silencio. Call primero por
obediencia, luego por fatalismo, despus por costumbre. En silencio
elaboraba los barquillos, en silencio los venda, y casi puede decirse
que los voceaba en silencio, pues nada tena de anlogo a la afectuosa
comunicacin que establece el lenguaje entre seres racionales y humanos,
aquel grito gutural en que, tal vez para ahorrar un fragmento de
palabra, el viejo suprima la ltima slaba, reemplazdola por doliente
prolongacin de la vocal penltima:

--Barquilleeee....




-III-

Pueblo de su nacimiento


Al sentar el pie en la calle, Amparo respir anchamente. El sol, llegado
al zenit, lo alegraba todo. En los umbrales de las puertas los gatos,
acurrucados, presentaban el lomo al benfico calorcillo, guiando sus
pupilas de tigre y roncando de gusto. Las gallinas iban y venan
escarbando. La baca del barbero, colgada sobre la muestra y rodeada de
una sarta de muelas rancias ya, brillaba como plata. Reinaba la soledad,
los vecinos se haban ido a misa o de bureo, y media docena de prvulos,
confiados al ngel de la Guarda, se solazaban entre el polvo y las
inmundicias del arroyo, con la chola descubierta y expuestos a un
tabardillo. Amparo se arrim a una de las ventanas bajas, y toc en los
cristales con el puo cerrado. Abrironse las vidrieras, y se vio la
cara de una muchacha pelinegra y descolorida, que tena en la mano una
almohadilla de labrar donde haba clavados infinidad de menudos
alfileres.

--Hola!

--Hola, Carmela, andas con la labor a vueltas?--pues es da de misa.

--Por eso me da rabia... contest la muchacha plida, que hablaba con
cierto ceceo, propio de los puertecitos de mar en la provincia de
Marineda.

--Sal un poco, mujer... vente conmigo.

--Hoy... quin puede! Hay un encargo... diez y seis varas de puntilla
para una seora del barrio de Arriba.... El martes se han de entregar
sin falta.

Carmela se sent otra vez con su almohadilla en el regazo, mientras los
hombros de Amparo se alzaban entre compasivos e indiferentes, como si
murmurasen--Lo de costumbre--. Apartose de all, y sus pies
descendieron con suma agilidad la escalinata de la plaza de Abastos,
llena a la sazn de cocineras y vendedoras, y enhebrndose por entre
cestas de gallinas, de huevos, de quesos, sali a la calle de San Efrn,
y luego al atrio de la iglesia, donde se detuvo deslumbrada.

Cuanto lujo ostenta un domingo en una capital de provincia se vea
reunido ante el prtico, que las gentes cruzaban con el paso majestuoso
de personas bien trajeadas y compuestas, gustosas en ser vistas y
mutuamente resueltas a respetarse y a no promover empujones. Hacan cola
las seoras aguardando su turno, empavesadas y solemnes, con mucha
mantilla de blonda, mucho devocionario de canto dorado, mucho rosario de
oro y ncar, las madres vestidas de seda negra, las nias casaderas, de
colorines vistosos. Al llegar a los postigos que ms all del prtico
daban entrada a la nave, haba crujidos de enaguas almidonadas, blandos
empellones, codazos suaves, respiracin agitada de damas obesas, cruces
de rosarios que se enganchaban en un encaje o en un fleco, frases de
miel con su poco de vinagre, como--ay, usted dispense.... A m me
empujan, seora, por eso yo.... No tire usted as, que se romper el
adorno.... Perdone usted.

Deslizose Amparo entre el grupo de la buena sociedad marinedina, y se
introdujo en el templo. Hacia el presbiterio se colocaban las seoritas,
arrodilladas con estudio, a fin de no arrugarse los trapos de
cristianar, y como tenan la cabeza baja, veanse blanquear sus nucas, y
alguna estrecha suela de elegante botita remangaba los pliegues de las
faldas de seda. El centro de la nave lo ocupaba el piquete y la banda de
msica militar, en correcta formacin. A ambos lados, filas de hombres,
que miraban al techo o a las capillas laterales, como si no supiesen qu
hacer de los ojos. De pronto luci en el altar mayor la vislumbre de oro
y colores de una casulla de tis; qued el concurso en mayor silencio;
las damas abrieron sus libros con las enguantadas manos, y a un tiempo
murmur el sacerdote _Introito_ y rompi en sonoro acorde la charanga,
haciendo or las profanas notas de _Traviatta_, cabalmente los compases
ardientes y febriles del do ertico del primer acto. El son vibrante de
los metales aada intensidad al canto, que, elevndose amplio y nutrido
hasta la bveda, bajaba despus a extenderse, contenido, pero brioso,
por la nave y el crucero, para cesar, de repente, al alzarse la hostia;
cuando esto sucedi, la marcha real, poderosa y magnfica, brot de los
marciales instrumentos, sin que a intervalos dejase de escucharse en el
altar el misterioso repiqueteo de la campanilla del aclito.

A la salida, repeticin del desfile: junto a la pila se situaron tres o
cuatro de los que ya no se llamaban _dandys_ ni todava _gomosos_, sino
_pollos y gallos_, haciendo ademn de humedecer los dedos en agua
bendita, y tendindolos bien enjutos a las damiselas para conseguir un
fugaz contacto de guantes vigilado por el ojo avizor de las mams. Una
vez en el prtico, era lcito levantar la cabeza, mirar a todos lados,
sonrer, componerse furtivamente la mantilla, buscar un rostro conocido
y devolver un saludo. Tras el deber, el placer; ahora la selecta
multitud se diriga al paseo, convidada de la msica y de la alegra de
un benigno domingo de marzo, en que el sol sembraba la regocijada
atmsfera de tomos de oro y tibios efluvios primaverales. Amparo se
dej llevar por la corriente y presto vino a encontrarse en el paseo.

No tena entonces Marineda el parque ingls que, andando el tiempo,
hermose su recinto: y _las Filas_, donde se daban vueltas durante las
maanas de invierno y las tardes de verano, eran una estrecha avenida,
pavimentada de piedra, de una parte guarnecida por alta hilera de casas,
de otra por una serie de bancos que coronaban toscas estatuas alegricas
de las Estaciones, de las Virtudes, mutiladas y privadas de manos y
narices por la travesura de los muchachos. Sombreaban los asientos
acacias de tronco enteco, de clortico follaje (cuando Dios se lo daba);
sepultadas entre piedras por todos lados, como prisionero en torre
feudal. A la sazn carecan de hojas, pero la caricia abrasadora del sol
impela a la savia a subir, a las yemas a hincharse. Las desnudas ramas
se recortaban sobre el limpio matiz del firmamento, y a lo lejos el mar,
de un azul metlico, como pavonado, reposaba, vindose inmviles las
jarcias y arboladura de los buques surtos en la baha, y quietos hasta
los impacientes gallardetes de los mstiles. Ni un soplo de brisa, ni
nada que desdijese de la apacibilidad profunda y soolienta del
ambiente.

Cado el pauelo y recibiendo a plomo el sol en la mollera, miraba
Amparo con gran inters el espectculo que el paseo presentaba. Seoras
y caballeros giraban en el corto trecho de _las Filas_, a paso lento y
acompasado, guardando escrupulosamente la derecha. La implacable
claridad solar azuleaba el pao negro de las relucientes levitas,
suavizaba los fuertes colores de las sedas, descubra las menores
imperfecciones de los cutis, el salseo de los guantes, el sitio de las
antiguas puntadas en la ropa reformada ya. No era difcil conocer al
primer golpe de vista a las notabilidades de la ciudad: una fila de
altos sombreros de felpa, de bastones de roten o concha con puo de oro,
de gabanes de castor, todo puesto en caballeros provectos y seriotes,
revelaba claramente a las autoridades, regente, magistrados, segundo
cabo, gobernador civil; seis o siete pantalones gris perla, pares de
guantes claros y flamantes corbatas denunciaban a la dorada juventud;
unas cuantas sombrillas de raso, un ramillete de vestidos que
trascendan de mil leguas a importacin madrilea, indicaban a las
dueas del cetro de la moda. Las gentes pasaban, y volvan a pasar, y
estaban pasando continuamente, y a cada vuelta se renovaba la misma
profesin por el mismo orden.

Un grupo de oficiales de Infantera y Caballera ocupaba un banco
entero, y el sol pareca concentrarse all, atrado por el resplandor de
los galones y estrellas de oro, por los pantalones rojo vivo, por el
relampagueo de las vainas de sable y el hule reluciente del casco de los
roses. Los oficiales, gente de buen humor y jvenes casi todos, rean,
charlaban y hasta jugaban con un enjambre de elegantes nias, que ni la
mayor sumara doce aos, ni la menor bajaba de tres. Tenan a las ms
pequeas sentadas en las rodillas, mientras las otras, de pie y con unos
atisbos de timidez y pudor femenil, no osaban acercarse mucho al banco,
haciendo como que platicaban entre s, cuando realmente slo atendan a
la conversacin de los militares. Al otro extremo del paseo se oy
entonces un grito conocidsimo de la chiquillera.

--Barquilleeee....

--Batilos... a m batilos, chill al orlo una rubilla carrilluda, que
cabalgaba en la pierna izquierda de un capitn de infantera portador de
formidables mostachos.

--Nisita, no seas fastidiosa: te llevo a mam--amonest una de las
mayores, con gravedad imponente.

--Pu teo batilos, batiiilos--berre descompasadamente la rubia,
colorada como un pavo y apretando sus puitos.

--Tiene usted razn, seorita, djole risueo un alfrez de linda y
adamada figura, al ver que el angelito pateaba y haca pucheros para
romper a llorar. Esprese usted, que habr barquillos. Llamaremos a ese
digno funcionario.... Ya viene hacia ac. Usted, Borrn--aadi
dirigindose al capitn...--, quiere usted darle una voz?

--Eh... chss! Barquilleeeer!--grit el capitn mostachudo, sin notar
que el crculo de las grandecitas se rea de su ronquera crnica. No
obstante la cual, el seor Rosendo le oy, y se acercaba, derrengado con
el peso de la caja, que deposit en el suelo delante del grupo. Se
oyeron como pos y aleteos, el ruido de una canariera cuando le ponen
alpiste, y las chiquillas corrieron a rodear el tubo, mientras las
grandes se hacan las desdeosas, cual si las humillase la idea de que a
su edad las convidaran a barquillos. Inclinada la rubia pedigea sobre
la especie de ruleta que coronaba la caja de hojalata, impulsaba con su
dedito la aguja, chillando de regocijo cuando se detena en un nmero,
ya ganase, ya perdiese. Su jbilo ray en paroxismo al momento que,
tendiendo la mano abierta, encima de cada dedo fue el seor Rosendo
calzndole una torre de barquillos: quedose extasiada mirndolos, sin
atreverse a abrir la boca para comrselos.

Estando en esto, el alfrez volvi casualmente la cabeza y divis del
otro lado de los bancos un rostro de nia pobre que devoraba con los
ojos la reunin. Figurose que sera por apetito de barquillos, y le hizo
una sea, con nimo de regalarle algunos. La muchacha se acerc,
fascinada por el brillo de la sociedad alegre y juvenil; pero al
entender que la brindaban con tomar parte en el banquete, encogiose de
hombros y movi negativamente la cabeza.

--Bien harta estoy de ellos--pronunci con desdn.

--Es la hija--explic sin manifestar sorpresa el barquillero, que
embolsaba la calderilla y bajaba el hombro para ceirse otra vez la
correa.

--Por lo visto, eres la seorita de Rosendez--murmur el alfrez en son
de broma--. Vamos, Borrn, usted que es animado, dgale algo a esta
pollita.

El de los mostachos consideraba a la recin venida atentamente, como un
arquelogo mirara un nfora acabada de encontrar en una excavacin. A
las palabras del alfrez contest con ronco acento:

--Pues vaya si le dir, hombre. Si estoy reparando esta chica, y es de
lo mejorcito que pasea por Marineda. Es decir, por ahora est sin
formar, eh?--y el capitn abra y cerraba las dos manos como dibujando
en el aire unos contornos mujeriles--. Pero yo no necesito verlas cuando
se completan, hombre; yo las huelo antes, amigo Baltasar. Soy perro
viejo, eh? Dentro de un par de aos...--y Borrn hizo otro gesto
expresivo cual si se relamiese.

Miraba el alfrez a la muchacha, y admirbase de las predicciones de
Borrn: es verdad que haba ojos grandes, pobladas pestaas, dientes
como gotas de leche; pero la tez era cetrina, el pelo embrollado
semejaba un felpudo, y el cuerpo y traje competan en desalio y poca
gracia. Con todo, por seguir la broma, hizo el alfrez que asenta a la
opinin del capitn, y pronunci:

--Digo lo que el amigo Borrn: esta pollita nos va a dar muchos
disgustos.... Los oficiales se echaron a rer, y Amparo a su vez se fij
en el que hablaba, sin comprender al pronto sus frases.

--Cosas de Borrn.... Ese Borrn es clebre--exclamaron con algazara los
militares, a quienes no pareca ningn prodigio la chiquilla.

--Reparen ustedes, seores--sigui el alfrez--; la chica es una perla;
dentro de dos aos nos marear a todos. Qu dices t a eso, seorita de
Rosendez? Por de pronto, a m me ha desairado no aceptando mis
barquillos.... Mira, te convido a lo que quieras, a dulces, a jerez...
pero con una condicin.

Amparo enrollaba las puntas del pauelo sin dejar de mirar de reojo a su
interlocutor. No era lerda, y recelaba que se estuviesen burlando; sin
embargo, le agradaba or aquella voz y mirar aquel uniforme refulgente.

--Aceptas la condicin? Lo dicho, te convido... pero tienes que darme
algo t tambin: me dars un beso.

Soltaron la carcajada los oficiales, ni ms ni menos que si el alfrez
hubiese proferido alguna notable agudeza; las nias grandecitas se
volvieron haciendo que no oan, y Amparo, que tena sus pupilas oscuras
clavadas en el rostro del mancebo, las baj de pronto, quiso disparar
una callejera fresca, sinti que la voz se le atascaba en la laringe, se
encendi en rubor desde la frente hasta la barba, y ech a correr como
alma que lleva el diablo.




-IV-

Que los tenga muy felices


Se ha mudado la decoracin; ha pasado casi un ao; corre el mes de
enero. No llueve; el cielo est aborregado de nubes lvidas que
presagian tormenta, y el viento costeo, redondo, giratorio como los
ciclones, arremolina el polvo, los fragmentos de papel, los residuos de
toda especie que deja la vida diaria en las calles de una ciudad. Parece
como si se hubiesen asociado vendaval y cierzo: aquel para aullar,
soplar, mugir; este para herir los semblantes con finsimos picotazos de
aguja, colgar gotitas de fluxin en las fosas nasales, azulear las
mejillas y enrojecer los prpados. En verdad que con semejante tiempo
los Santos Reyes, que caballeros en sus dromedarios venan desde el
misterioso pas de la luz, atravesando la Palestina, a saludar al Nio,
debieron notar que se les helaban las manos, llenas de incienso y mirra,
y subir ms que a paso la esclavina de aquellas dulletas de armio y
prpura con que los representan los pintores. A falta de esclavina, los
marinedinos alzaban cuanto podan el cuello del gabn o el embozo de la
capa. Es que el viento era fro de veras, y sobre todo, incmodo;
costaba un triunfo pelear con l. Entrbase por las bocacalles,
impetuoso y arrollador, bufando y barriendo a las gentes, a manera de
fuelle gigantesco. En el pramo de Solares, que separa el barrio de
Arriba del de Abajo, pasaban lances cmicos: capas que se enrollaban en
las piernas y no dejaban andar a sus dueos; enaguas almidonadas que se
volvan hacia arriba con fieros estallidos; aguadores que no podan con
la cuba, curiales a quienes una rfaga arrebataba y dispersaba el
protocolo, seoritos que corran diez minutos tras de una chistera
fugitiva, que, al fin, franqueando de un brinco el parapeto del muelle,
desapareca entre las agitadas olas.... Hasta los edificios tomaban
parte en la batalla: aullaban los canalones, las fallebas de las
ventanas temblequeaban, retemblaban los cristales de las galeras,
coreando el do de bajos, profundo, amenazador y temeroso, entonado por
los dos mares, el de la baha y el del Varadero. Tampoco estaban ellos
para bromas.

En cambio, celebrbase gran fiesta en una casa de ricos comerciantes del
barrio de Abajo, la de _Sobrado Hermanos_. Era el santo de Baltasar,
nico vstago masculino del tronco de los Sobrados, y cuando ms
diabluras haca fuera el viento, circulaban en el comedor los postres de
una pesada comida de provincia, en que el gusto no haba enmendado la
abundancia. Sucediranse, plato tras plato, los cebados capones, manidos
y con amarilla grasa; el pavo relleno; el jamn en dulce con costra de
azcar tostado; las natillas, con arabescos de canela, y la tarta, el
indispensable ramillete de los das de das, con sus cimientos de
almendra, sus torres de pionate, sus cresteras de caramelo y su
angelote de almidn ejecutando una pirueta con las alas tendidas. Ya se
aburran los grandes de estar en la mesa; no as los nios. Ni a tres
tirones se levantaran ellos, cabalmente en el feliz instante en que era
lcito tirarse confites, comer con los dedos, hacer, de puro ahtos, mil
porqueras y comistrajos con su racin. Todo el mundo les dejaba
alborotar; era el momento de la desbandada; se haban pronunciado
brindis y contado ancdotas con mayor o menor donaire; pero ya nadie
tena nimos para sostener la conversacin, y el Sobrado to, que era
grueso y abotargado, se abanicaba con la servilleta. Levant la sesin
el ama de casa, doa Dolores, diciendo que el caf estaba prevenido en
la sala de recibir.

En esta se haban prodigado las luces: dos bujas a los lados del piano
vertical; sobre la consola, en los candelabros de zinc, otras cuatro de
estearina rosa, acanaladas; en el velador central, entre los _albums_ y
esterescopos, un gran quinqu con pantalla de papel picado. Iluminacin
completa. Es que por Baltasar echaban gustosos los Sobrados la casa por
la ventana, y ms ahora que lo vean de uniforme, tan lindo y galn
mozo! A la fiesta haban sido convidados todos los ntimos: Borrn, otro
alfrez llamado Palacios, la viuda de Garca y sus nias, de las cuales
la menor era Nisita, la rubia de los barquillos, y por ltimo, la
maestra de piano de las hermanas de Baltasar. La velada se organiz,
mejor dicho, se desorden gratamente en la sala: cada cual tom el caf
donde mejor le plugo: doa Dolores y su cuado, que resoplaba como una
foca, se apoderaron del sof para entablar una conferencia sobre
negocios. Sobrado el padre fumaba un puro del estanco, obsequio de
Borrn, y saboreaba su caf, aprovechando hasta el del platillo. La nia
mayor de Garca, Josefina, se sent al piano, despus de muy rogada, y
tras mil repulgos dio principio a una fantasa sobre motivos de Bellini;
Baltasar se coloc a su lado para volver las hojas, mientras sus
hermanas gozaban con las gracias de Nisita, que roa un trozo de
pionate: manos, hocico y narices, todo lo tena empeguntado de almbar
moreno.

--Ests bonita!--exclamaba Lola, la mayor de Sobrado--. Puerca,
babada, te quedars sin dientes!

--No me impies--chillaba el angelito--; no me impies... voy a chucharme
ota ves.--Y sacaba de la faltriquera un adarve del castillo de la tarta.

--Ha visto usted qu da?--preguntaba Borrn a la viuda de Garca, que
bien quisiera dejar de serlo--. Una garita ha derribado el viento; por
ms seas que cay sobre el centinela, eh?, y a poco le mata. Y usted,
cmo se vino desde su casa?

--Jess... puede usted figurarse! Con mil apuros.... Yo no s cmo me
arregl para sujetar la ropa... y as todo....

--Quin estuviera all! Ya conozco yo alguno....

--Jess... no s para qu!

--Para admirar un pie tan lindo... y para darle el brazo, hombre!, a
fin de que el viento no se la llevase.

Juzg la viuda que aqu convena fingirse distrada, y cogi el
esterescopo, mirando por l la fachada de las Tulleras. Del piano
salt entonces un _allegro vivace_, con muchas octavas, y el tecleo
cubri las voces... slo se oyeron fragmentos del dilogo que sostenan
la agria voz de doa Dolores y la voz becerril de su cuado.

--La fbrica, bien... de capa cada... las hipotecas... al ocho....
Liquidaron con el socio... la competencia....

--Josefina--grit la viuda a la pianista--qu haces, nia? No te
encarg doa Hermitas que pusieses el pedal en ese pasaje?

--Y lo pone--intervino la maestra de piano--; pero deba ser desde el
comps anterior.... A ver, quiere usted repetir desde ah... sol-la-do,
la-do....

--Lo hace hoy.... Jess, qu mal! Por lo mismo que hay gente!--murmur
la madre--. Cuando est sola, aunque embrolle....

--Pues yo bien vuelvo las hojas; en m no consiste--dijo risueo
Baltasar--. Y debe usted esmerarse, pollita, que estoy de das, y
Palacios la oye a usted boquiabierto y entusiasmado.

--Bueno!--grit la mujercita de trece aos, suspendiendo de golpe su
fantasa--. Me estn ustedes cortando... ea, ya no s poner los dedos.
Como no aprend la pieza de memoria, y este papel no es el mo.... Voy a
tocar otra cosa.

Y echando atrs la cabeza y a Baltasar una mirada fugaz, arranc del
teclado los primeros compases de mimosa habanera. La meloda comenzaba
soolienta, perezosa, ymbica; despus, de pronto, tena un impulso de
pasin, un nervioso salto; luego tornaba a desmayarse, a caer en la
languidez criolla de su ritmo desigual. Y volva montona, repitiendo el
tema, y la mujercita, que no saba interpretar la pgina clsica del
maestro italiano, traduca en cambio a maravilla la enervante molicie
amorosa, los poemas incendiarios que en la habanera se encerraban.
Josefina, al tocar, se cimbreaba levemente, cual si bailase, y Baltasar
estudiaba con curiosidad aquellos tempranos coqueteos, inconscientes
casi, todava candorosos, mientras tarareaba a media voz la letra:

          _Cuando en la noche la blanca luna..._


Dirase que fuera haba aplacado la ventolina, pues los goznes de las
ventanas ya no geman, ni temblaban los vidrios. Mas de improviso se
escuch un derrumbamiento, un fragor como si el cielo se desfondase y
sus cataratas se abriesen de golpe. Lluvia torrencial, que azot las
paredes, que inund las tejas, que se precipit por los canalones abajo,
estrellndose en las losas de la calle. En la sala hubo un instante de
sorpresa; Josefina interrumpi su habanera; Baltasar se aproxim a la
ventana; la viuda solt el esterescopo, y a Nisita se le cay de las
manos el pionate. Casi al mismo tiempo otro ruido, que suba del
portal, vino a dominar el ya formidable del aguacero; una algaraba, un
_chascarrs_ desapacible, unas voces cantando destempladamente con
acompaamiento de panderos y castauelas. Saltaron alborotadas las
chiquillas, con Nisita a la cabeza.

--Ya estn ah esas holgazanas--dijo speramente doa Dolores--. Anda,
Lola--aadi dirigindose a su hija mayor--: dile a Juana que las eche
del portal, que lo ensuciarn.

--Mam... lloviendo tanto!--suplic Lola--. Parece no s qu decirles
que se vayan! Se pondrn como sopas! No oye usted que el cielo se
hunde?

--Es que eres tonta!--pronunci con rabia la madre--. Si las dejas
tocar ah, despus no hay remedio sino darles algo a esas perdidas....

--Qu importa, mam?--intervino Baltasar--. Hoy es mi santo.

--Que suban, que suban a cantar los Reyes--grit unnime la concurrencia
menor de tres lustros.

--Te uban.... Batasal, te uban, te uban--berre Nisita cruzando sus
manos pringosas.

--Que suban, hombre, veremos si son guapas--confirm Borrn.

Lola de esta vez no necesit que le reiterasen la orden. Ya estaba
bajando las escaleras dos a dos.




-V-

Villancico de Reyes


No tardaron en resonar pisadas en el corredor; pisadas tmidas y
brutales a la vez, de pies descalzos o calzados con zapatos rudos. Al
mismo tiempo las panderetas repicaban dbilmente y las castauelas se
entrechocaban bajito como los dientes del que tiene miedo.... Doa
Dolores se incorpor con el entrecejo desapaciblemente fruncido.

--Esa Lola.... Pues no las trae aqu mismo! Por qu no las habr
dejado en la antesala? Bonita me van a poner la alfombra! A ver si os
limpiis las suelas antes de entrar!

Hizo irrupcin en la sala la orquesta callejera; pero al ver las nias
pobres la claridad del alumbrado, se detuvieron azoradas sin osar
adelantarse. Lola, cogiendo de la mano a la que pareca capitanear el
grupo, la trajo casi a la fuerza al centro de la estancia.

--Entra, mujer... que pasen las otras.... A ver si nos cantis los
mejores villancicos que sepis.

Lo cierto es que la viva luz de las bujas, tan propicia a la hermosura,
patentizaba y descubra cruelmente las fealdades de aquella tropa,
mostrando los cutis crdenos, fustigados por el cierzo; las ropas ajadas
y humildes, de colores desteidos; la descalcez y flacura de pies y
piernas, todo el msero pergenio de las cantoras. Entre estas las haba
de muy diversas edades, desde la directora, una gil morenilla de
catorce, hasta un rapaz de dos aos y medio, todo muerto de vergenza y
temor, y un mamn de cinco meses, que por supuesto vena en brazos.

--Hombre!--exclam Borrn al ver a la morena.

--Pues si es la chiquilla del barquillero! Somos conocidos antiguos,
eh?

--S, seor...--contest ella intrpidamente--. La misma. Y yo le conoc
a usted tambin. Es usted el que estaba en _las Filas_ el ao pasado un
da de fiesta.

Como para los pobres suele no haber estaciones, Amparo tena el mismo
traje de tartn, pero muy deteriorado, y una toquilla de estambre rojo
era la nica prenda que indicaba el trnsito de la primavera al
invierno. A despecho de tan mezquino atavo, no s qu flor de
adolescencia empezaba a lucir en su persona; el moreno de su piel era
ms claro y fino, sus ojos negros resplandecan.

--Qu tal, eh?--murmur Borrn volvindose haca Baltasar y Palacios--.
Esto empieza a picar como las guindillas.... Miren ustedes para aqu.

Y tomado un candelero lo acerc al rostro de la muchacha. Como Baltasar
se haba aproximado, sus pupilas se encontraron con las de Amparo, y
esta vio una fisonoma delicada, casi femenil, de efebo; un bigotillo
blondo incipiente, unos ojos entre verdosos y garzos que la registraban
con indiferencia. Acordose, y sinti que se le arrebataba la sangre a
las mejillas.

--El seorito del paseo--balbuci--. Tambin me acuerdo de usted.

--Y yo de ti, nia bonita--respondi l, por decir algo.

--Quiere usted poner el candelero en su sitio, Borrn?--interpel
Josefina con voz aguda--. Me ha manchado usted todo el traje.

--Mire usted qu graciosilla es esta, hombre!--advirti Borrn
sealando a Carmela la encajera, que tena los ojos bajos--. Algo
descolorida... pero graciosa.

--Calle!--dijo la viuda de Garca...--. T por aqu? Me llevars
maana un pauelo imitando Cluny....

--La de las puntillas!--exclam doa Dolores--. Buena pieza! Ahora las
hacis muy mal, t y tu ta.... Ponis hilo muy gordo.

--Se ve tan poco... los das son tan cortos! Y tiene una las manos
fras; en hacer una cuarta de puntilla se va una maana. Casi,
descontando lo que nos cuesta el hilo, no sacamos para arrimar el
puchero a la lumbre....

Entre tanto Nisita se iba abriendo camino al travs de piernas y sillas,
hasta acercarse a la nia de ocho aos que llevaba en brazos al rorro.

--Un tiquito... un tiquito--gritaba la rubilla mirndole compadecida y
embelesada--. melo.

--No podrs con l--responda desdeosamente la niera.

--Le oy teta--arga Nisita haciendo el ademn correspondiente al
ofrecimiento.

--Quin os ense a cantar?--pregunt a la encajera la viuda de Garca.

--Ensear, nadie.... Nos reunimos nosotras. Tenemos un libro de versos.

--Y andis por ah divirtindoos?

--Divertir, no nos divertimos... hace fro--contest Carmela con su voz
cansada y dulce--. Es por llevar unos cuantos reales a la casa.

--Mam, Osepina, Lol!--vociferaba la rubilla--. Un tiquito, un nino
Quets. Ma, ma.

Todos se volvieron y divisaron a la infeliz oruga humana, envuelta en un
mantn viejsimo, con una gorra de lana morada, que aumentaba el tono de
cera de su menuda faz, arrugada y marchita como la de un anciano por
culpa de la mala alimentacin y del desaseo. Sus ojuelos negros, muy
abiertos, miraban en derredor con vago asombro, y de sus labios flua un
hilo de baba. La viuda de Garca, que era bonachona, lanz una
exclamacin que corearon las nias de Sobrado.

--Jess... angelito de Dios... tan pequeo, por esas calles y con este
da! Pero qu hace su madre?

--Mi madre tiene tienda en la calle del Castillo.... Somos siete con
este, y yo soy la mayor...--aleg a guisa de disculpa la que llevaba la
criatura.

--Jess!... Pero cmo hacis para que no llore? Y si tiene hambre?

--Le meto la punta del pauelo en la boca para que chupe.... Es muy
listito, ya se entretiene mucho.

Rironse las nias, y Lola tom al nene en brazos.

--Qu ligero!--pronunci--. Si pesa ms la mueca grande de Nisita!

Pas de mano en mano el leve fardo, hasta llegar a Josefina, que lo
devolvi a la portadora muy deprisa, declarando que ola mal.

--No ven el agua ni una vez en el ao--deca confidencialmente a su
cuado doa Dolores--y salen ms fuertes que los nuestros. Yo,
matndome, y sin poder conseguir que esa Lola se robustezca. Amparo
observaba la sala, el piano de reluciente barniz, el menguado espejo,
las conchas de Filipinas y aves disecadas que adornaban la consola, el
juego de caf con filete dorado, los trajes de las de Garca, el grupo
imponente del sof, y todo le pareca bello, ostentoso y distinguido, y
sentase como en su elemento, sin pizca ya de cortedad ni extraeza.

--Y t, qu haces, seorita de Rosendez?--interrog Baltasar--. Andar
de calle en calle canturreando? Bonito oficio, chica; me parece a m que
t....

--Y qu quiere que haga?--replic ella.

--Encajes, como tu amiguita.

--Ay!, no me aprendieron.

--Pues qu te _aprendieron_, hija? Coser?

--Bah! Tampoco. As, unas puntaditas....

--Pues qu sabes t? Robar los corazones?

--S leer muy bien y escribir regular. Fui a la escuela, y deca el
maestro que no haba otra como yo. Le leo todos los das _La Soberana
Nacional_ al barbero de enfrente.

--Pusiste una pica en Flandes. No sabes ms?

--Liar puros.

--Hola! Eres cigarrera?

--Fue mi madre.

--Y t, por qu no?

--No tengo quien me meta en la Fbrica.... Hacen falta empeos.

--Pues mira este seor puede recomendarte casualmente.... Oiga usted.
Borrn, no es usted primo del contador de la Fbrica? Diga usted.

--Hombre! es cierto. Del contador no, pero de su seora.... Es
murciana, somos hijos de primos hermanos.

--Magnfico! Dile tu nombre y tus seas, chica.

--S, hija... se har lo posible, eh? Por servir a una morena tan
sandunguera.... Vas a valer ms pesetas con el tiempo.... Hombre, no
repara usted Baltasar, lo que gan desde el ao pasado?

--Mucho ms guapa est--declar Baltasar.

--Pero estas chiquillas no cantan?--interrumpi con dureza Josefina
Garca--. Han venido aqu a hacernos tertulia? Para eso, que se
larguen. No se ganan los cuartos charlando.

--A cantar!--contestaron resignadamente todas; y al punto redoblaron
las castauelas, repiquetearon los panderos, rechinaron las conchas,
exhal su estridente nota el tringulo de hierro, y diez voces mal
concertadas entonaron un villancico:

          _Los pastores en Beln_
          _Todos a juntar en lea_
          _Para calentar al Nio_
          _Que naci en la Noche-Buena..._

Y al llegar al estribillo:

          _Toquen, toquen rabeles y gaitas,_
          _Panderetas, tambores y flautas..._

se arm un estrpito de dos mil diablos: chillaban y tocaban a la vez,
con ambas manos, y aun hiriendo con los pies el suelo. Hasta el rorro,
asustado por la bulla o desentumecido por el calor y vuelto a la
conciencia de su hambre, se resolvi a tomar parte en el concierto. Las
nias de Sobrado y Garca, locas de regocijo, se asieron de las manos, y
empezaron a bailar en rueda, con las trenzas flotantes y volanderas las
enaguas. Nisita, igualitaria como nadie, cogi el parvulillo de dos aos
y lo meti en el corro, donde la pobre criatura hubo de danzar mal de su
grado, soltando a cada paso sus holgadas babuchas. Borrn, por hacer
algo, jale a las bailadoras. Aprovechando un momento de confusin, Lola
se escurri y volvi trayendo en la falda del vestido una mescolanza de
naranjas, trozos de pionate, almendras, bizcochos, pasas, galletas,
relieves de la mesa amontonados a escape, que comenz a distribuir con
largueza y garbo. Doa Dolores salt hecha una furia.

--Esta chiquilla est loca..., me desperdicia todo... cosas finas... y
para quin, vean ustedes!... Con una taza de caldo que les diesen!...
Y el vestido... el vestido azul estropeado!

Diciendo lo cual, se aproxim disimuladamente a Lola y le apret con ira
el brazo. Baltasar intercedi una vez ms: era su santo, un da en el
ao. Sobrado padre tartamude tambin disculpas de su hija, a quien
quera entraablemente; y Borrn, siempre obsequioso, acab de repartir
las golosinas. Carmela la encajera y Amparo rehusaron con dignidad su
parte; pero la chiquillera despach su racin atragantndose, en las
mismas barbas de doa Dolores, que consum la venganza dando por
terminados los villancicos y poniendo en la escalera a msicos y
danzantes.




-VI-

Cigarros puros


Hizo Borrn, la recomendacin a su prima, que se la hizo al contador,
que se la hizo al jefe, y Amparo fue admitida en la Fbrica de cigarros.
El da en que recogi el nombramiento hubo en casa del barquillero la
fiesta acostumbrada en casos semejantes, fiesta no inferior a la que
celebraran si se casase la muchacha. Hizo la madre decir una misa a
Nuestra Seora del Amparo, patrona de las cigarreras; y por la tarde
fueron convidados a un asitico festn el barbero de enfrente, Carmela,
su ta, y la seora Porreta la comadrona: hubo empanada de sardina,
bacalao, vino de Castilla, ans y caa a discrecin, rosoli, una enorme
fuente de papas de arroz con leche.

Privado de la ayuda de Amparo, el barquillero haba tomado un aprendiz,
hijo de una lavandera de las cercanas. Jacinto, o _Chinto_, tena
facciones abultadas e irregulares, piel de un moreno terroso, ojos
pequeos y a flor de cara: en resumen, la fealdad tosca de un villano
feudal. Sirvi a la mesa, escanci, y fue la diversin de los
comensales, por sus largas melenas, semejantes a un ruedo, que le coman
la frente; por su faja de lana, que le embasteca la ya no muy quebrada
cintura; por su andar torpe y desmaado, anlogo al de un moscardn
cuando tiene las patas untadas de almbar; por su puro dialecto de las
Ras Saladas, que provocaba la hilaridad de aquella urbana reunin. El
barbero, que era _ledo, escribido_ y muy redicho; la encajera, que la
daba de fina, y la comadrona, que gastaba unos chistes del tamao de su
panza, compitieron en donaire burlndose de la rusticidad del mozo.
Amparo ni lo mir, tan ridculo le haba parecido la vspera cuando
entr llorando, trayndolo medio arrastro su madre: Carmela fue la nica
que le habl humanamente, y le dijo el nombre de dos o tres cosas, que
l preguntaba sin lograr ms respuesta que bromas y embustes. As que
todos manducaron a su sabor, echaron las sobras revueltas en un plato,
como para un perro, y se las dieron al paisanillo, que se acost ahto,
roncando formidablemente hasta el otro da.

Amparo madrug para asistir a la Fbrica. Caminaba a buen paso, ligera y
contenta como el que va a tomar posesin del solar paterno. Al subir la
cuesta de San Hilario, sus ojos se fijaban en el mar, sereno y franjeado
de tintas de palo, mientras pensaba en que iba a ganar bastante desde
el primer da, en que casi no tendra aprendizaje, porque al fin los
puros la conocan, su madre le haba enseado a envolverlos, posea los
heredados chismes del oficio, y no le arredraba la tarea. Discurriendo
as, cruz la calzada y se hall en el patio de la Fbrica, la vieja
_Granera_. Embarg a la muchacha un sentimiento de respeto. La magnitud
del edificio compensaba su vetustez y lo poco airoso de su traza; y para
Amparo, acostumbrada a venerar la Fbrica desde sus tiernos aos,
posean aquellas murallas una aureola de majestad, y habitaba en su
recinto un poder misterioso, el Estado, con el cual sin duda era ocioso
luchar, un poder que exiga obediencia ciega, que a todas partes
alcanzaba y dominaba a todos. El adolescente que por vez primera huella
las aulas experimenta algo parecido a lo que senta Amparo.

Pudo tanto en ella este temor religioso, que apenas vio quin la
reciba, ni quin la llevaba a su puesto en el taller. Casi temblaba al
sentarse en la silla que le adjudicaron. En derredor suyo, las operarias
alzaban la cabeza, ojos curiosos y benvolos se fijaban en la novicia.
La maestra del partido estaba ya a su lado, entregndole con solicitud
el tabaco, acomodando los chismes, explicndole detenidamente cmo haba
de arreglarse para empezar. Y Amparo, en un arranque de orgullo, atajaba
a las explicaciones con un ya s cmo que la hizo blanco de miradas.
Sonriose la maestra y le dej liar un puro, lo cual ejecut con bastante
soltura; pero al presentarlo acabado, la maestra lo tom y oprimi entre
el pulgar y el ndice, desfigurndose el cigarro al punto.

--Lo que es saber, como lo material de saber, sabrs...--dijo alzando
las cejas--. Pero si no despabilas ms los dedos... y si no le das ms
hechurita.... Que as, parece un espanta-pjaros.

--Bueno--murmur la novicia confusa--: nadie nace aprendido.

--Con la prctica...--declar la maestra sentenciosamente, mientras se
preparaba a unir el ejemplo a la enseanza--. Mira, as... a modito....

No vala apresurarse. Primero era preciso extender con sumo cuidado,
encima de la tabla de liar, la envoltura exterior, la epidermis del
cigarro, y cortarla con el cuchillo trazando una curva de quince
milmetros de inclinacin sobre el centro de la hoja para que ciese
exactamente el cigarro; y esta capa requera una hoja seca, ancha y
fina, de lo ms selecto: as como la dermis del cigarro, el _capillo_,
ya la admita de inferior calidad, lo propio que la tripa o caizo. Pero
lo ms esencial y difcil era rematar el puro, hacerle la punta con un
hbil giro de la yema del pulgar y una esptula mojada en lquida goma,
cercenndole despus el rabo de un tijeretazo veloz. La punta aguda, el
cuerpo algo oblongo, la capa liada en elegante espiral, la tripa no tan
apretada que no deje respirar el humo ni tan floja que el cigarro se
arrugue al secarse, tales son las condiciones de una buena tagarnina.
Amparo se obstin todo el da en fabricarla, tardando muchsimo en
elaborar algunas, cada vez ms contrahechas, y estropeando malamente la
hoja. Sus vecinas de mesa le daban consejos oficiosos: haba discordia
de pareceres: las viejas le encomendaban que cortase la capa ms ancha,
porque sale el cigarro mejor formado y porque as lo haban hecho ellas
toda la vida; y las jvenes, que ms estrecha, que se enrolla ms
pronto. Al salir de la Fbrica, le dola a Amparo la nuca, el espinazo,
el pulpejo de los dedos.

Poco a poco fue habitundose y adquiriendo destreza. Lo peor era que la
afliga la nostalgia de la calle, no acertando a hacerse a la prolija
jornada de trabajo sedentario. Para Amparo la calle era la patria, el
paraso terrenal. La calle le brindaba mil distracciones, de balde
todas. Nadie le vedaba creer que eran suyos los lujosos escaparates de
las tiendas, los tentadores de las confiteras, las redomas de color de
las boticas, los pintorescos tinglados de la plaza; que para ella
tocaban las murgas, los organillos, la msica militar en los paseos,
misas y serenatas; que por ella se revistaba la tropa y sala precedido
de sus maceros con blancas pelucas el Excelentsimo Ayuntamiento. Quin
mejor que ella gozaba del aparato de las procesiones, del suelo sembrado
de espadaa, del palio majestuoso, de los santos que se tambalean en las
andas, de la Custodia cubierta de flores, de la hermosa Virgen con manto
azul sembrado de lentejuelas? Quin lograba ver ms de cerca al capitn
general portador del estandarte, a los seores que alumbraban, a los
oficiales que marcaban el paso en cadencia? Pues, y en Carnaval? Las
mascaradas caprichosas, los confites arrojados de la calle a los
balcones, y viceversa, el entierro de la sardina, los cucuruchos de
dulce de la piata, todo lo disfrutaba la hija de la calle. Si un
personaje ilustre pasaba por Marineda, a Amparo perteneca durante el
tiempo de su residencia: a fuerza de empellones la chiquilla se colocaba
al lado del infante, del ministro, del hombre clebre; se arrimaba al
estribo de su coche, respiraba su aliento, inventariaba sus dichos y
hechos.

La calle! Espectculo siempre variado y nuevo, siempre concurrido,
siempre abierto y franco! No haba cosa ms adecuada al temperamento de
Amparo, tan amiga del ruido, de la concurrencia, tan bullanguera,
meridional y extremosa, tan amante de lo que relumbraba. Adems, como
sus pulmones estaban educados en la gimnasia del aire libre, se deja
entender la opresin que experimentaran en los primeros tiempos de
cautiverio en los talleres, donde la atmsfera estaba saturada del olor
ingrato y herbceo del Virginia humedecido y de la hoja medio verde,
mezclado con las emanaciones de tanto cuerpo humano y con el ftido vaho
de las letrinas prximas. Por otra parte, el aspecto de aquellas grandes
salas de cigarros comunes era para entristecer el nimo. Vastas
estanteras de madera ennegrecida por el uso, colocadas en el centro de
la estancia, parecan hileras de nichos. Entre las operarias, alineadas
a un lado y a otro, haba sin duda algunos rostros jvenes y lindos;
pero as como en una menestra se destaca la legumbre que ms abunda, en
tan enorme ensalada femenina no se distinguan al pronto sino greas
incultas, rostros arados por la vejez o curtidos por el trabajo, manos
nudosas como ramas de rbol seco.

El colorido de los semblantes, el de las ropas y el de la decoracin se
armonizaba y funda en un tono general de madera y tierra, tono a la vez
crudo y apagado, combinacin del castao mate de la hoja, del amarillo
sucio de la vena, del dudoso matiz de los serones de esparto, de la
problemtica blancura de las enyesadas paredes, y de los tintes sordos,
mortecinos al par que discordantes, de los pauelos de cotona, las
sayas de percal, los casacos de pao, los mantones de lana y los
paraguas de algodn. Amparo se pereca por los colores vivos y fuertes,
hasta el extremo de pasarse a veces una hora delante de algn escaparate
contemplando una pieza de seda roja: as es que los primeros das, el
taller con su colorido bajo le infunda ganas de morirse. Pero no tard
en encariarse con la Fbrica, en sentir ese orgullo y apego
inexplicables que infunde la colectividad y la asociacin, la
fraternidad del trabajo. Fue conociendo los semblantes que la rodeaban,
tomndose inters por algunas operarias, sealadamente por una madre y
una hija que se sentaban a su lado. Medio ciega ya y muy temblona de
manos, la madre no poda hacer ms que _nios_, o sea la envoltura del
cigarro; la hija se encargaba de las puntas y del corte, y entre las dos
mujeres despachaban bastante, siendo muy de notar la solicitud de la
hija y el afecto que se manifestaban las dos, sin hablarse, en mil
pormenores, en el modo de pasarse la goma, de ensearse el mazo
terminado y sujeto ya con su faja de papel, de partir la moza la comida
con su navaja, y de acercarla a los labios de la vieja.

Otra causa para que Amparo se reconciliase del todo con la Fbrica, fue
el hallarse en cierto modo emancipada y fuera de la patria potestad
desde su ingreso. Es verdad que daba a sus padres algo de las ganancias,
pero reservndose buena parte; y como la labor era a destajo, en las
yemas de los dedos tena el medio de acrecentar sus rentas, sin que
nadie pudiese averiguar si cobraba ocho o cobraba diez. Desde el da de
su entrada vesta el traje clsico de las cigarreras: el mantn, el
pauelo de seda para solemnidades, la falda de percal planchada y con
cola.




-VII-

Preludios


Tard Chinto en aclimatarse: mucho tiempo pas echando de menos la
aldea. Dos cosas ayudaron a distraer su morria: un amolador, que se
situaba bajo los soportales de la calle de Embarcaderos, y el mar.
Cuantos momentos tena libres el paisanillo, dedicbalos a la
contemplacin de alguno de sus dos amores. No se cansaba jams de ver
los altibajos de la pierna del amolador, el girar sin fin de la rueda,
el rpido saltar de las chispas y arenitas al contacto del metal, ni de
or el _rsss!_ del hierro cuando el aspern lo morda. Tampoco se
hartaba de mirar al mar, encontrndolo siempre distinto: unas veces
ataviado con traje azul claro, otras, al amanecer, semejante a estao en
fusin; por la tarde, al ocaso, parecido a oro lquido, y de noche,
envuelto en tnica verde oscura listada de plata. Y cuando entraban y
salan las embarcaciones! Ya era un gallardo bergantn, alzando sus dos
palos y su cuadrado velamen; ya una graciosa goleta, con su cangreja
desplegada, rozando las olas como una gaviota; ya un paquete, con sus
alas de espuma en los talones y su corona de humo en la frente; ya un
fino lad; ya un elegante esquife; sin nombrar las lanchas pescadoras,
los pesados lanchones, los galeones panzudos, los botes que volaban al
golpe acompasado de los remos.... Si Chinto no fuese un animal, podra
alegar en su abono que el Ocano y el voltear de una rueda son imgenes
apropiadas de lo infinito; pero Chinto no entenda de metafsicas.

Ms adelante, al reparar en Amparo, se hall mejor en el pueblo. Si algo
se burlaba de l la despabilada chiquilla, al fin era una muchacha, un
rostro juvenil, una voz fresca y sonora. Entre el seor Rosendo y su
triste laconismo; la tullida y su tirana domstica; Pepa la comadrona,
que lo asustaba de puro gorda, y lo crucificaba a chistes, o Amparo,
desde luego se declararon por esta sus simpatas. Todas las tardes, con
el cilindro de hojalata terciado al hombro, iba a buscarla a la salida
de la Fbrica. Esperaba rodeado de madres que aguardaban a sus hijas, de
nios que llevaban la comida a sus madres, de gente pobre, que rara vez
haca gasto de barquillos, como no fuese por la exorbitante cantidad de
un octavo o un cuarto. No obstante, Chinto no faltaba un solo da a su
puesto.

Algo variado en su exterior estaba el aprendiz. Patizambo como siempre,
era en sus movimientos menos brutal. La vida ciudadana le haba enseado
que un cuerpo humano no puede tomarse todo el espacio por suyo, antes
necesita ceirse a que otros cuerpos transiten por los mismos lugares
que l. Chinto dejaba, pues, ms hueco, se recoga, no se balanceaba
tanto. La blusa de cut azul dibujaba sus recias espaldas, descubriendo
cuello y manos morenas; ancho sombrern de detestable fieltro gris
honraba su cabeza, monda y lironda ya por obra y gracia del barbero.

Una hermosa tarde estival aguardaba a Amparo muy ufano, porque en los
bolsillos de la blusa le traa melocotones, adquiridos en la plaza con
sus ahorros. Como un cuarto de hora llevaban de ir saliendo las
operarias ya, y la hija del barquillero sin aparecer. Gran animacin a
la puerta, donde se estableciera un mercadillo; no faltaba el puesto de
cintas, dedales, hilos, alfileres y agujas; pero lo dominante era el
marisco, cestas llenas de mejillones cocidos ya, esmaltados de negro y
naranja; de erizos verdosos y cubiertos de pas, de percebes arracimados
y correosos, de argentadas sardinas, y de mil menudos frutos de mar,
bocinas, lapas, almejas, calamares que dejaban pender sus esparcidos
tentculos como patas de araas muertas. Semejante cuadro, cuyo fondo
era un trozo de mar sereno, un muelle de piedras desiguales, una ribera
peascosa, tena mucho de paisaje napolitano, completando la analoga
los trajes y actitudes de los pescadores que no muy lejos tendan al sol
redes para secarlas. De pie, en el umbral del patio, un ciego se
mantena inmvil, muerta la cara, mal afeitadas las barbas que le
azuleaban las mejillas, lacio y en trova el grasiento pelo, tendiendo un
sombrero abollado, donde llovan cuartos y mendrugos en abundancia.

Miraba Chinto a la baha con la boca abierta, y cuando al fin sali
Amparo, no pudo verla: ella en cambio le divis desde lejos, y veloz
como una saeta, vari de rumbo, tomando por la insigne calle del Sol,
que componen media docena de casas gibosas y dos tapias coronadas de
hierba y aleles silvestres. Corri hasta alcanzar el camino del
Crucero, y dejndolo a un lado, atraves a la carretera y a la cuesta de
San Hilario, donde refren el paso creyndose en salvo ya. Tambin era
mana la del zopenco aquel, de no dejarla a sol ni a sombra, y darle
escolta todas las tardes! Y como su compaa era tan divertida, y como
l hablaba tan graciosamente, que no parece sino que tena la boca llena
de engrudo, segn se le pegaban las palabras a la lengua! As discurra
Amparo, mientras bajaba hacia la Puerta del Castillo, defendida todava,
como _in illo tempore_, por su puente levadizo y sus cadenas
rechinantes.

Al propio tiempo suban unas seoras, con las cuales se cruz la
cigarrera. Iban casi en orden hiertico; delante las nias de corto,
entre quienes descollaba Nisita, ya espigada, provista de una gran
pelota; luego el grupo de las casaderas, Josefina Garca, Lola Sobrado,
luciendo sus mantillas y sus colas recientes; los flancos de este
pelotn los reforzaban Baltasar y Borrn, y como Baltasar no se haba de
poner al ladito de su hermana, tocbale ir cerca de Josefina. Cerraban
la marcha la viuda de Garca y doa Dolores, sta carilarga y
erisipelatosa de cutis, la viuda sin tocas ni lutos, antes muy
empavesada de colores alegres.

Los destellos del sol poniente, muriendo en las aguas de la baha,
alumbraron a un tiempo a Baltasar y a Amparo, haciendo que mutuamente se
viesen y se mirasen. El mancebo, con su bigote blondo, su pelo rubio, su
tez delicada y sangunea, el brillo de sus galones que detenan los
ltimos fulgores del astro, pareca de oro; y la muchacha, morena, de
rojos labios, con su pauelo de seda carmes, y las olas encendidas que
servan de marco a su figura, semejaba hecha de fuego. Ambos se miraron
en un instante, instante muy largo, durante el cual se creyeron
envueltos en la irradiacin de una atmsfera de luz, calor y vida. Al
dejar de contemplarse, fuese que el esplendor del ocaso es breve y se
extingue luego, fuese por otras causas ntimas y psicolgicas,
imaginaron que sentan un hlito fro y que empezaba a anochecer. Oyose
la palabra ronca de Borrn el inaguantable.

--La has visto?

--A quin?--balbuci el teniente Baltasar, que finga considerar con
suma atencin la punta de sus botas, por no encontrarse con la ojeada
investigadora de Josefina.

--A la chiquilla del barquillero... a la cigarrera?

--Cul? Era esa que pasaba?--contest al fin aceptando la situacin.

--S, hombre, sa.... Qu tal? Tengo buen ojo?

--Yo tambin la conoc--pronunci Josefina, cuya voz de tiple ascenda
al tono sobreagudo.

--A m no me ha saludado...--aadi Borrn--. No me conoci tal vez... y
eso que yo la met en la Granera... yo la recomend. Bien dije siempre
que haba de ser una chica preciosa! Lo que es de otra cosa no
entender, hombre; pero de ese gnero.... Qu les pareci a ustedes?

--A m?--murmur Josefina entre dientes y con agresivo silbido de
vocales--. No me pregunte usted, Borrn.... Esas mujeres ordinarias me
parecen todas iguales, cortadas por el mismo patrn. Morena... muy
basta.

--Ave Mara, Josefina!--dijo escandalizada Lola Sobrado--. No tuviste
tiempo de verla: es hermosa y rene mucha gracia. Fjate otra vez en
ella... si vuelve a pasar, te dar al codo.

--No te molestes... no merece la pena; es el tipo de una cocinera como
todas las de su especie.

Baltasar hallaba incmoda la conversacin y buscaba un pretexto para
cambiarla. Atravesaban por delante de un campo cubierto de hierba
marchita, especie de landa estril cercada por lienzos de muralla de las
fortificaciones. Haba all una parada de borricos de alquiler, que
aguardaban pacficamente, con las orejas gachas, a sus acostumbrados
parroquianos, mientras los burreros y espoliques, sentados en el
malecn, jugaban con sus varas, departan amigablemente, y picando con
la ua un cigarro de a cuarto, abrumaban a ofrecimientos a los
transentes.

--Un burro, seorito? Un burro precioso? Un burro mejor que los
caballos? Vamos a Aldeaparda? Vamos a la Erbeda?

Acercose Baltasar a las nias de corto, y dijo a Nisita:

--Una vuelta por el campo?

A la chiquilla se la encandilaron los ojos, y soltando la pelota, ech
los brazos al teniente con sonrisa zalamera. Baltasar la aup,
colocndola sobre los lomos de un asnillo, que an tena puestas jamugas
de dorados clavos. Y tomando la vara de manos del alquilador, comenz a
arrear... Arre, burro!, arre!, arre!, arre!, arre!.

Amparo, al llegar a la entrada de _las Filas_, sinti detrs de s una
respiracin anhelosa y como el trotar de una acosada alimaa monts, y
casi al mismo tiempo emparej con ella Chinto, sudoroso y jadeante. La
perseguida se volvi desdeosamente, fulminando al perseguidor una
mirada de despide-huspedes.

--Para qu corres as, majadero?--djole en desabrido tono--. Si
creers que me escapo? Cuidado que....

--All...--contest l echando los bofes, tal era su
sobrealiento...--all... porque no te vinieses sin compaa... all...
yo me entretuve con el vapor de la Habana, que sala... ms bonito,
conchas!, humo que echaba! Por dnde viniste que no te vi?

--Por donde me dio la gana, repelo! Y ya te aviso que no me vuelvas a
pudrir la sangre con tus compaas.... Soy yo aqu alguna nia pequea?
Anda a vender barquillos, que ah en el paseo hay quien compre, y en la
Fbrica maldito si sacas un real en toda la tarde....




-VIII-

La chica vale un Per


Mal que le pese a Josefina y a todas las seoritas de Marineda, las
profecas de Borrn se han cumplido. No se equivoca un inteligente como
l al calificar una obra maestra. Sucede con la mujer lo que con las
plantas. Mientras dura el invierno, todas nos parecen iguales; son
troncos inertes; viene la savia de la primavera, las cubre de botones,
de hojas, de flores, y entonces las admiramos. Pocos meses bastan para
trasformar al arbusto y a la mujer. Hay un instante crtico en que la
belleza femenina toma consistencia, adquiere su carcter, cristaliza por
decirlo as. La metamorfosis es ms impensada y pronta en el pueblo que
en las dems clases sociales. Cuando llega la edad en que
invenciblemente desea agradar la mujer, rompe su feo capullo, arroja la
librea de la miseria y del trabajo, y se adorna y alia por instinto.

El da en que unos seores dijeron a Amparo que era bonita, tuvo la
andariega chiquilla conciencia de su sexo: hasta entonces haba sido un
muchacho con sayas. Ni nadie la consideraba de otro modo: si algn
granuja de la calle le record que formaba parte de la mitad ms bella
del gnero humano, hzolo medio a cachetes, y ella rechaz a puadas,
cuando no a coces y mordiscos, el brbaro requiebro. Cosas todas que no
le quitaban el sueo ni el apetito. Haca su tocado en la forma sumaria
que conocemos ya; correteaba por plazas, caminos y callejuelas; se meta
con las seoritas que llevaban alguna moda desusada, remiraba
escaparates, curioseaba ventaneros amoros, y se acostaba rendida y sin
un pensamiento malo.

Ahora... quin le dijo a ella que el aseo y compostura que gastaba no
eran suficientes? Vaya usted a saber! El espejo no, porque ninguno
tenan en su casa. Sera un espejo interior, clarsimo, en que ven las
mujeres su imagen propia y que jams las engaa. Lo cierto es que
Amparo, que segua leyndole al barbero peridicos progresistas, pidi
el sueldo de la lectura en objetos de tocador. Y reuni un ajuar digno
de la reina, a saber: un escarpidor de cuerno y una lendrera de boj; dos
paquetes de horquillas, tomadas de orn; un bote de pomada de rosa;
medio jabn _aux amandes amres_, con pelitos de la barba de los
parroquianos, cortados y adheridos todava; un frasco, casi vaco, de
esencia de heno, y otras baratijas del mismo jaez. Amalgamando tales
elementos logr Amparo desbastar su figura y sacarla a luz, descubriendo
su verdadero color y forma, como se descubre la de la legumbre enterrada
al arrancarla y lavarla. Su piel trab amistosas relaciones con el agua,
y libre de la capa del polvo que atascaba sus poros finos, fue el cutis
moreno ms suave, sano y terso que imaginarse pueda. No era tostado, ni
descolorido, ni encendido tampoco; de todo tena, pero con su cuenta y
razn, y all donde convena que lo tuviese. La mocedad, la sangre rica,
el aire libre, las amorosas caricias del sol, habanse dado la mano para
crear la coloracin magnfica de aquella tez plebeya. La lisura de gata
de la frente; el bermelln de los carnosos labios; el mbar de la nuca,
el rosa trasparente del tabique de la nariz; el terciopelo castao del
lunar que travesea en la comisura de la boca; el vello ureo que
desciende entre la mejilla y la oreja y vuelve a aparecer, ms apretado
y oscuro, en el labio superior, como leve sombra al difumino cosas eran
para tentar a un colorista a que cogiese el pincel e intentase
copiarlas. Gracias sin duda a la pomada, el pelo no se qued atrs y
tambin se mostr cual Dios lo hizo, negro, crespo, brillante. Slo dos
accesorios del rostro no mejoraron, tal vez porque eran inmejorables:
ojos y dientes, el complemento indispensable de lo que se llama un _tipo
moreno_. Tena Amparo por ojos dos globos, en que el azulado de la
crnea, baado siempre en un lquido puro, haca resaltar el negror de
la ancha pupila, mal velada por cortas y espesas pestaas. En cuanto a
los dientes, servidos por un estmago que no conoca la gastralgia,
parecan treinta y dos grumos de cuajada leche, graciossimamente
desiguales y algo puntiagudos, como los de un perro cachorro.

Observndose, no obstante, en tan gallardo ejemplar femenino rasgos
reveladores de su extraccin: la frente era corta, un tanto arremangada
la nariz, largos los colmillos, el cabello recio al tacto, la mirada
directa, los tobillos y muecas no muy delicados. Su mismo hermoso cutis
estaba predestinado a inyectarse, como el del seor Rosendo, que all en
la fuerza de la edad haba sido, al decir de las vecinas y de su mujer,
guapo mozo. Pero, quin piensa en el invierno al ver el arbusto
florido? Si Baltasar no rond desde luego las inmediaciones de la
Fbrica, fue que destinaron a Borrn por algn tiempo a Ciudad Real, y
temi aburrirse yendo solo.




-IX-

La Gloriosa


Ocurri poco despus en Espaa un suceso que entretuvo a la nacin siete
aos cabales, y an la est entreteniendo de rechazo y en sus
consecuencias, a saber: que en vez de los pronunciamientos chicos
acostumbrados, se realiz otro muy grande, llamado Revolucin de
Setiembre de 1868.

Quedose Espaa al pronto sin saber lo que le pasaba y como quien ve
visiones. No era para menos. Un pronunciamiento de veras, que derrocaba
la dinasta! Por fin el pas haba hecho una hombrada, o se la daban
hecha: mejor que mejor para un pueblo meridional. De todo se encargaban
marina, ejrcito, progresistas y unionistas. Gonzlez Bravo y la Reina
estaban ya en Francia cuando an ignoraba la inmensa mayora de los
espaoles si era el Ministerio o los Borbones quienes caan para
siempre, segn rezaban los famosos letreros de Madrid. No obstante, en
breve se persuadi la nacin de que el caso era serio, de que no slo la
raza Real, sino la monarqua misma, iban a andar en tela de juicio, y
entonces cada quisque se dio a alborotar por su lado. Slo guardaron
reserva y silencio relativo aquellos que al cabo de los siete aos
haban de llevarse el gato al agua.

Durante la deshecha borrasca de ideas polticas que se alz de pronto,
observose que el campo y las ciudades situadas tierra adentro se
inclinaron a la tradicin monrquica, mientras las poblaciones fabriles
y comerciales, y los puertos de mar, aclamaron la repblica. En la costa
cantbrica, el Malecn y Marineda se distinguieron por la abundancia de
comits, juntas, _clubs_, proclamas, peridicos y manifestaciones. Y es
de notar que desde el primer instante la forma republicana invocada fue
la federal. Nada, la unitaria no serva: tan slo la federal brindaba al
pueblo la beatitud perfecta. Y por qu as? Vaya a saber! Un escritor
ingenioso dijo ms adelante que la repblica federal no se le hubiera
ocurrido a nadie para Espaa si Proudhon no escribe un libro sobre el
principio federativo y si Pi no le traduce y le comenta. Sea como sea, y
valga la explicacin lo que valiere, es evidente que el federalismo se
improvis all y doquiera en menos que canta un gallo.

La Fbrica de Tabacos de Marineda fue centro simpatizador (como ahora se
dice) para _la federal_. De la colectividad fabril naci la
confraternidad poltica; a las cigarreras se les abri el horizonte
republicano de varias maneras: por medio de la propaganda oral, a la
sazn tan activa, y tambin, muy principalmente, de los peridicos que
pululaban. Hubo en cada taller una o dos lectoras; les abonaban sus
compaeras el tiempo perdido, y adelante. Amparo fue de las ms
apreciadas, por el sentido que daba a la lectura; tena ya adquirido
hbito de leer, habindolo practicado en la barbera tantas veces. Su
lengua era suelta, incansable su laringe, robusto su acento. Declamaba,
ms bien que lea, con fuego y expresin, subrayando los pasajes que
merecan subrayarse, realzando las palabras de letra bastardilla,
aadiendo la mmica necesaria cuando lo requera el caso, y comenzando
con lentitud y misterio, y en voz contenida, los prrafos importantes,
para subir la ansiedad al grado eminente y arrancar involuntarios
estremecimientos de entusiasmo al auditorio, cuando adoptaba entonacin
ms rpida y vibrante a cada paso. Su alma impresionable, combustible,
mvil y superficial, se tea fcilmente del color del peridico que
andaba en sus manos, y lo reflejaba con viveza y fidelidad
extraordinarias. Nadie ms a propsito para un oficio que requiere gran
fogosidad, pero externa; caudal de energa incesantemente renovado y
disponible para gastarlo en exclamaciones, en escenas de indignacin y
de fantica esperanza. La figura de la muchacha, el brillo de sus ojos,
las inflexiones clidas y pastosas de su timbrada voz de contralto,
contribuan al sorprendente efecto de la lectura.

Al comunicar la chispa elctrica, Amparo se electrizaba tambin. Era a
la vez sujeto agente y paciente. A fuerza de leer todos los das unos
mismos peridicos, de seguir el flujo y reflujo de la controversia
poltica, iba penetrando en la lectora la conviccin hasta los tutanos.
La fe virgen con que crea en la prensa era inquebrantable, porque le
suceda con el peridico lo que a los aldeanos con los aparatos
telegrficos: jams intent saber cmo sera por de dentro; sufra sus
efectos, sin analizar sus causas. Y cunto se sorprendera la fogosa
lectora si pudiese entrar en una redaccin de diario poltico, ver de
qu modo un artculo trascendental y furibundo se escribe cabeceando de
sueo, en la esquina de la mugrienta mesa, despachando una chuleta o una
racin de merluza frita! La lectora, que tomaba al pie de la letra
aquello de Cogemos la pluma trmulos de indignacin, y lo otro de La
emocin ahoga nuestra voz, la vergenza enrojece nuestra faz, y hasta
lo de Y si no bastan las palabras, corramos a las armas y derramemos
la ltima gota de nuestra sangre!.

Lo que en el peridico faltaba de sinceridad sobraba en Amparo de
crdulo asentimiento. Acostumbrbase a pensar en estilo de artculo de
fondo y a hablar lo mismo: acudan a sus labios los giros trillados, los
lugares comunes de la prensa diaria, y con ellos aderezaba y compona su
lenguaje. Iba adquiriendo gran soltura en el hablar; es verdad que
empleaba a veces palabras y hasta frases enteras cuyo sentido exacto no
le era patente, y otras las trabucaba; pero hasta en eso se pareca a la
desaliada y antiliteraria prensa de entonces. Daba tanto que hacer la
revuelta y absorbente poltica, que no haba tiempo para escribir en
castellano! Ello es que Amparo iba teniendo un pico de oro; se la
estara uno escuchando sin sentir cuando trataba de ciertas cuestiones.
El taller entero se embelesaba oyndola, y comparta sus afectos y sus
odios. De comn acuerdo, las operarias detestaban a Olzaga, llamndole
el viejo del borrego porque andaba el muy indino buscando un rey que
no nos haca maldita la falta... slo por cogerse l para s embajadas y
otras prebendas; hablar de Gonzlez Bravo era promover un motn; con
Prim estaban a mal, porque se inclinaba a la forma monrquica; a Serrano
haba que darle de codo; era un ambicioso hipcrita, muy capaz, si
pudiese, de hacerse rey o emperador, cuando menos.

Creci la efervescencia republicana mientras que trascurra el primer
invierno revolucionario; al acercarse el verano subi ms grados an el
termmetro poltico en la Fbrica. En el curso de horas de sol, sin
embargo, decaa la conversacin, y entre tanto la atmsfera se cargaba
de asfixiantes vapores y espesaba hasta parecer que poda cortarse con
cuchillo. Penetrantes efluvios de nicotina suban de los serones llenos
de seca y prensada hoja. Las manos se movan a impulsos de la necesidad,
liando tagarninas; pero los cerebros rehuan el trabajo, abrumador del
pensamiento; a veces una cabeza caa inerte sobre la tabla de liar, y
una mujer, rendida de calor, se quedaba sepultada en sueo profundo. Ms
felices que las dems, las que espurriaban la hoja, sentadas a la turca
en el suelo, con un montn de tabaco delante, tenan el puchero de agua
en la diestra, y al rociar, muy hinchadas de carrillos, el Virginia, las
consolaba un aura de frescura. Tendidas las barrenderas al lado del
montn de polvo que acababan de reunir, roncaban con la boca abierta y
se estremecan de gusto cuando la suave llovizna les salpicaba el
rostro. Revoloteaban las moscas con porfiado zumbido, y ya se unan en
el aire y caan rpidamente sobre la labor o las manos de las operarias,
ya se prendan las patas en la goma del tarrillo, pugnando en balde por
alzar el vuelo. Andaban esparcidos por las mesas, y mezclados con el
tabaco, pedazos de borona, tajadas de bacalao crudo, cebollas, sardinas
arenques. Con semejante temperatura, quin haba de tener ganas de
comerse la pitanza?

Por fin, a eso de las cuatro de la tarde, la refrigerante brisa marina
comenzaba a correr, dilatbanse los oprimidos pechos, los dientes
funcionaban despachando los humildes manjares, y le tocaba su turno a la
lectura poltica.

Leanse publicaciones de Madrid y peridicos locales. En la prensa de la
Corte se llevaban la palma los discursos de Castelar, por entonces muy
distante de haberse gastado. Cunta palabra linda, y qu bien que
enganchaban unas en otras! Parecan versos. Es verdad que la mayor parte
no se entendan, y que danzaban por all nombres tan raros, que slo el
demonio de Amparo poda leerlos de corrido; mas no le hace: lo que es
bonito, era muy bonito aquello. Y bien se colega que la sustancia del
discurso era a favor del pueblo y contra los tiranos, de suerte que lo
dems se tomaba por adorno y delicado floreo.

Cuando en vez de discursos cuadraba leer artculos de fondo, de estos
kilomtricos y soporferos, que hablan de justicia social, redencin de
las clases obreras, instruccin difundida, generalizada y gratis,
fraternidad universal, todo en estilo de homila y con oraciones largas
y enmaraadas como fideos cocidos, alterbase la voz de Amparo y se
humedecan los ojos de sus oyentes. Leve escalofro recorra las filas
de mujeres, las cuales se miraban como dicindose: Eh?, qu tal?
Este s que lo parla!. Y ledo el ltimo prrafo, que terminaba
anunciando el prximo advenimiento de una era de perfecta libertad y
bienestar absoluto, solan cruzar las manos, sonriendo y sintindose tan
relajadas en sus fibras, tan blandas y dulces como un plato de huevos
moles. Trabajo les costaba reprimir los impulsos de abrazarse que se les
iban y venan.

En cambio, si el escrito perteneca al gnero blico y tocaba a somatn,
pareca que les daban a beber una mistura de plvora y alcohol. Montaban
en clera tan ana como se encrespan las olas del mar. Sordas
exclamaciones acompaaban y cubran a veces la voz de la lectora. Era
contagiosa la ira, y mujer haba all de corazn ms suave que la seda,
incapaz de matar una mosca, y capaz a la sazn de pedir cien mil cabezas
de los pcaros que viven chupando la sangre del pueblo.




-X-

Estudios histricos y polticos


Ms partido tenan en la Fbrica los peridicos locales que los de la
Corte. Naturalmente, los locales exageraban la nota, recargaban el
cuadro; sus ttulos acostumbraban ser por este estilo: _El Vigilante
Federal, rgano de la democracia republicana federal-unionista; El
Representante de la Juventud Democrtica; El Faro Salvador del Pueblo
Libre_. Y como, aparte de algunas huecas generalidades del artculo de
fondo, discurran acerca de asuntos conocidos, era mucho mayor el
inters que despertaban.

No es fcil imaginar cun honda sensacin produca en el concurso alguna
gacetilla rotulada, por ejemplo: Acontecimiento incalificable.

--A ver, a ver. Or. Callar. Silencio, charlatanas.

Y reinaba un mutismo palpitante, escuchndose tan slo el retintn de
los tijeretazos que cercenaban el rabo de las tagarninas.

--Acontecimiento incalificable--repeta Amparo--. Se nos asegura que
har dos das entraron tres guardias civiles francos de servicio en el
caf de la Aurora, y un oficial que all haba los arrest...

--Arrestara, arrestara....

--Callar, bocas....

--... los arrest por tan enorme delito...

--Por entrar en un caf?

--Y dicen que hay libert!

--Qu ha de haberla, mujer!

--Y preguntndoles la causa de su entrada en el local, le respondieron
que su objeto era tomar caf. No obstante tan naturales explicaciones,
fueron arrestados por tres das, y hasta no faltan personas bien
informadas que aseguren se ha dado orden para que los individuos del
benemrito cuerpo no puedan entrar en los cafs de la Aurora ni del
Norte. De ser esto cierto, sobre constituir un ataque infundado a los
sagrados derechos individuales, lo es tambin a la industria libre y
honrosa de los cafeteros, y...

--Y le resobra la razn, as Dios me salve! Y de qu come el pobre del
cafetero si le espantan la parroquia?

--El pillo del oficial, como tiene su paga....

--... y no encontramos frases suficientes para anatematizar estos
atropellos, hoy que la bandera de la libertad nos da sombra con sus
pliegues...

--Eso, eso!

--De ah, de ah!

--Habiendo libert no hay injusticias. Ol por ella!

--Qu piensan los que as resucitan arranques del agonizante
despotismo militar, propios de pocas terrorficas que pasaron a la
historia? Se les ha figurado que estamos en aquellos siglos, cuando un
seor tena poder para abrir el vientre a sus vasallos?...

Aqu se sali de madre el ro. Exclamaciones, interjecciones, gritos y
risas se cruzaron de un lado a otro; pero las risueas estaban en
minora: dominaban las espantadas. Una vieja medio sorda se hizo una
trompetilla con ambas manos, creyendo que sus odos la engaaban.

--Ave Mara de gracia!

--En mi vida tal o!

--Abrir la barriga!

--No sera en tierra de cristianos, mujer.

--Y eso fue a los pobrecitos civiles?--interrog la sorda.

--Chss!--grit Amparo--. Aqu viene lo bueno, seores: ... abrir el
vientre a sus vasallos para calentarse los pies con su sangre...

--Seor y Dios de los cielos!

--Parece que todo el estmago se me revolvi.

--Pobre del pobre!

--Cundo vendr la federal para que se acaben esas infamias!

Otra cuerda que siempre resonaba en aquel centro poltico femenino era
la del misterio. Cualquier periodiquillo, el ms atrasado de noticias,
contena un suelto que, hbilmente ledo, despertaba temores y
esperanzas en el taller. Amparo empezaba por hacer seas al concurso
para que estuviese prevenido a importantes revelaciones. Despus
comenzaba, con reposada voz:

--Atravesamos momentos solemnes. De un da a otro deben cambiar de
rumbo los acontecimientos...

--Lo que yo digo. Esta situacin, de por fuerza se la tienen que llevar
los demonios.

--Hasta que llegue la nuestra....

--No, pues cuando este lo huele.... Por Madrid andar buena la cosa.

--As los parta a todos un rayo, comilones, tirnigos, chupadores.

--A ver si callis.

--La situacin est prxima a entrar en el camino que desde el primer
da de la revolucin debi emprender. Hay que vencer grandes
obstculos... (Movimiento general.) Los enemigos encubiertos de la
revolucin...

--Quin ser? Lo dir por el alcalde?

--No, mujer.... Por ese maldito de cuado de la Reina....

--Y por el Napolen de all de Francia, boba, que no nos puede ver.

--Chsss! ... de la revolucin, estn acechando el instante en que
poder descargar sobre la situacin un golpe decisivo y liberticida. No
desmayemos, sin embargo. La revolucin pasar triunfante por cima de
tanto reaccionario como aparenta servirla con fines siniestros. En donde
menos se piensa se esconde la reaccin fijando su ojo de tigre...

--Tiene razn, tiene razn. Est muy bien comparado.

--... ojo de tigre... en la libertad, para estrangularla. Los ms
temibles son los que, llegados a la cima del poder, hacen traicin a sus
antiguos ideales que les sirvieron de pedestal para escalar las
grandezas...

--Si es lo que yo os predico siempre--exclamaba al llegar aqu la
lectora, tomando la ampolleta--. Los peorcitos estn arriba, arriba.
Quien no lo ve, ciego es. nterin no agarre el pueblo soberano una
escoba de silbarda, como esa que tenemos ah... (y seal a la que
manejaba la barrendera del taller) y barra sin misericordia las altas
esferas... ya me entendis! El mismo da en que se proclam la libertad
y se le dio el puntapi a los Borbones, haba yo de publicar un
decreto... sabis cmo? (la oradora abri la mano izquierda, haciendo
ademn de escribir en ella con una tagarnina:) Decreto yo, el Pueblo
soberano, en uso de mis derechos individuales, que todos los generales,
gobernadores, ministros y gente gorda salga del sitio que ocupan, y se
lo dejen a otros que nombrar yo del modo que me d la realsima gana.
He dicho.

--Bien, bien!

--Venga de ah!

--Esa es la fija! Y a m que no me digan....

--Pues no estamos viendo, mujer, que hay empleados de los tiempos del
espotismo? Se mud, por si acaso, la oficialid de los regimientos? Si
a hablar fusemos....

Y la arenga baj de tono y se hizo cuchicheo.

--Si a hablar va uno... aqu mismo... repelo! Mudaron el jefe, por
plataforma... slo faltaba! Pero los subalternos....

Aqu, la maestra del partido, mujer alta y morena, de pocas y
dificultosas palabras, que sola or a las operarias con seria
indiferencia, intervino.

--A tratar cada uno de lo que importa... y a liar cigarritos....

--No decimos cosa mala...--aleg Amparo.

--Decir no dirs, pero hablar hablas sin saber lo que hablas.... Pensis
que no hay ms que mudar y mudar y meter pillos.... Aqu se requiere
honradez.

--Eso ya se sabe.

--Por de contado que s... Demasiado.

--Pues el que os oiga.... Y vamos ac. Si vierais, como yo vi, el ltimo
del mes que se hace el arqueo, la caja abierta, con sacos de lienzo a
barullo, a barullo, as de oro y plata...--Y la maestra adelant los
brazos en arco, indicando un vientre hidrpico--. Pues se os figura que
si el contador y el depositario-pagador, y los oficiales, y los
ayudantes, fuesen, digo yo, fuesen, quiero decir...?

--Fuesen... de la ua?

--Pues! Ya veis que aqu no puede venir cualesquiera. Hay
responsabilid.




-XI-

Pitillos


Quiso Amparo mudarse de taller, y solicit pasar al de cigarrillos,
donde le agradaba ms el trabajo y la compaa.

Entre el taller de cigarros comunes y el de cigarrillos, que estaba un
piso ms arriba, mediaba gran diferencia: poda decirse que este era a
aquel lo que el Paraso de Dante al Purgatorio. Desde las ventanas del
taller de cigarrillos se registraba hermosa vista de mar y pas
montaoso, y entraba sin tasa por ellas luz y aire. A pesar de su
abuhardillado techo, las estancias eran desahogadas y capaces, y la
infinidad de pontones y vigas de oscura madera que soportan la armazn
del tejado le daban cierto misterioso recogimiento de iglesia, formando
como columnatas y rincones sombros en que puede descansar la fatigada
vista. Si bien en los desvanes se siente mucho el calor, la cantidad
relativamente escasa de operarias reunidas all evitaba que la atmsfera
se viciase, como en las salas de abajo. Asimismo la labor es ms
delicada y limpia, los colores ms gratos, y hasta parece que la
claridad del sol entra ms alegre a baar los muros. La limpia blancura
de los librillos, el amarillo bajo de las fajas, el gris de estraza de
las cajetillas, componan una escala de tonos simpticos a la pupila. Y
los personajes armonizaban con la decoracin.

Preponderaban en el taller de pitillos las muchachas de Marineda: apenas
se vean aldeanas; as es que abundaban los lindos palmitos, los rostros
juveniles. Abajo, la mayor parte de las operarias eran madres de
familia, que acuden a ganar el pan de sus hijos, agobiadas de trabajo,
rebujadas en un mantn, indiferentes a la compostura, pensando en las
criaturitas, que quedaron confiadas al cuidado de una vecina; en el
recin, que llorar por mamar, mientras a la madre la revientan los
pechos de leche.... Arriba florecen todava las ilusiones de los
primeros aos y las inocentes coqueteras que cuestan poco dinero y
revelan la sangre moza y la natural pretensin de hermosearse. La que
tiene buen pelo lo peina con esmero y gracia, que para eso se lo dio
Dios; la que presume de talle airoso se pone chaqueta ajustada; la que
sabe que es blanca se adorna con una toquilla celeste.

Por derecho propio, Amparo perteneca a aquel taller privilegiado.

Encontr en l muy buena acogida y dos amigas: a la una se aficion de
suyo, movida de un instinto protector; llambanle Guardiana, era nacida
al pie del santuario de Nuestra Seora de Guardia, tan caro a Marineda;
y segn ella misma deca, la Virgen le haba de dar la gloria en el otro
mundo, porque en este no le mandaba ms que penitas y trabajos.
Guardiana era hurfana; su padre y madre murieron del pecho, con
diferencia de das, quedando a cargo de una muchacha de dos lustros de
edad, cuatro hermanitos, todos marcados con la mano de hierro de la
enfermedad hereditaria: epilptico el uno, escrofulosos y raquticos
dos, y la ltima, nia de tres aos, sordo-muda. Guardiana mendig,
esper a los devotos que iban al santuario, rond a los que llevaban
merienda, pidindoles las sobras, y tanto hizo, que nunca les falt a
sus chiquillos de comer, aunque ella ayunase a pan y agua. Al raqutico
dio en abultrsele la cabeza, ponindosele como un odre: fue preciso
traerle mdico y medicinas, todo para salir al cabo con que era una
bolsa de agua, y que la bolsa se lo llevaba al otro mundo. A bien que el
mdico no slo se neg a cobrar nada, sino que, compadecido de
Guardiana, tuvo la caridad de meterla en la Fbrica, que fue como
abrirle el cielo, deca ella. Despus de la Virgen de la Guardia, la
Fbrica era su madre. Nunca le haba faltado nada a sus pequeos desde
que era cigarrera, y an le sobraban siempre golosinas que llevarles;
fruta en verano, castaas y dulces en invierno. Amparo saqueaba la caja
de los barquillos de Chinto con objeto de enviar finezas a la
sordo-mudita. El taller entero tena entraas maternales para aquellos
nios y su valerosa hermana, afirmando que slo la Virgen era capaz de
infundirle los nimos con que trabajaba, sostena las criaturas, y viva
alegre y contenta como un cuco.

Del casco mismo de Marineda proceda la otra amiga de Amparo: aunque
frisaba en los treinta, su menudo cuerpo la haca parecer mucho ms
joven. Pelirroja y pecosa, descarnada y puntiaguda de hocico, llambanle
en el taller la Comadreja, mote felicsimo que da exacta idea de su
figura y ademanes. Bien saba ella lo del apodo; pero ya se guardaran
de repetrselo en su cara, o si no.... Ana tena por verdadero nombre, y
a pesar de su delgadez y pequeez, era una fierecilla a quien nadie
osaba irritar. Sus manos, tan flacas que se vea en ellas patente el
juego de los huesos del metacarpo, llenaban el tablero de pitillos en un
decir Jess; as es que el da le sala por mucho, y alcanzbale su
jornal para vivir y vestirse, y, aada ella, para lo que le daba la
gana. Conversaba con causticidad y cinismo; estaba muy desasnada,
coganla de susto pocas cosas, y tena no s qu singular y picante
atractivo en medio de su fealdad indudable. Presuma de bien emparentada
y relacionada; un primo suyo desempeaba la secretara del Casino de
Industriales; una ta ricachona venda percales, franelas y paolera en
la calle estrecha de San Efrn; la mayor parte de sus amigas _cosan por
las casas_, o eran oficialas de la mejor modista. Adems, conoca mucho
_seoro_, del cual hablaba con desenfado. Buenas cosas saba ella de
personas principales!

Sentbanse las tres amigas juntas, no lejos de la ventana que daba al
puerto. Al travs de los sucios vidrios, barnizados de polvo de rap,
que se haba ido depositando lentamente, y en cuyos ngulos trabajaban
muy a su sabor las araas, se divisaba la concha de la baha, el cielo y
la lejana costa. La zona luminosa de un rayo de sol, bullendo en tomos
dorados, cortaba el ambiente, y el molino de la picadura acompaaba las
conversaciones del taller con su acompasado y continuo _tacat, tacat_.
Agitbanse las manos de las muchachas con vertiginosa rapidez: se vea
un segundo revolotear el papel como blanca mariposa, luego apareca
enrollado y cilndrico, brillaba la ua de hojalata rematando el bonete,
y caa el pitillo en el tablero, sobre la pirmide de los hechos ya,
como otro copo de nieve encima de una nevera. No se saba ciertamente
cul de las amigas despachaba ms: en cambio, a su lado, encaramada
sobre un almohadn, haba una aprendiza, nia de ocho aos, que con sus
deditos amorcillados y torpes apenas lograba en una hora liar media
docena de papeles. Guardiana le enseaba y daba consejos, porque la
chiquilla, silenciosa y triste, le recordaba su sordo-mudita,
inspirndole lstima; mientras Ana contaba noticias de la ciudad, que
saban al dedillo. Un da que hablaron de lo que suelen hablar las
muchachas cuando se renen, la Comadreja confes que ella tena un
capitn mercante, que le traa de sus viajes mil monadas y regalos, y
proyectaba casarse con ella, andando el tiempo, cuando pudiese. En
cuanto a Guardiana, declar que no soaba con tener novio, pues era
imposible: qu marido haba de cargar con sus pequeos? Y ella no los
dejaba ni por el mismo general Serrano que la pretendiese. Muchos le
decan cosas; pero si se tratase de boda, quin los vera echando a sus
nios al Hospicio! ngeles de Dios! Y pensar que ella se metiese en
malos tratos, era excusado: as es que nada, nada; la Virgen es mejor
compaera que los hombrones. Animada por las confidencias, Amparo
insinu que a ella un seorito, un militar, la segua alguna vez por las
calles.

--Ya s quin es--chill la Comadreja--. Es el de Sobrado.

--Quin te lo dijo, mujer?--exclam Amparo maravillada.

--Todo se sabe--afirm magistralmente Ana--. Pero ests fresca, hija.
Ese lo que quiere es pasar el tiempo, y a vivir. Buena gente son los
Sobrados! Los conozco lo mismo que si viviese con ellos, porque
justamente la que les cose es hermana de una amiga ma ntima. Avaros,
miserables como la sarna. La madre y el to son capaces de llorarle a
uno el agua que bebe; el padre no es tan cutre, pero es un infeliz; lo
tienen dominado, y pide permiso a su mujer cuando corta pan del mollete.
Para hacerles a las hijas un vestido echan cuentas seis mes s, y a la
chica que llaman a coserlo la hacen ir tempransimo para sacarle bien el
jugo. Un da de convite parece que echan la casa por la ventana; pero
todo se recoge, y no va a la cocina ni tanto as. Y estn achinados de
dinero.

Amparo oa atnita. Nada ms ajeno a su carcter rumboso, imprevisor,
que la estrechez voluntaria.

--La madre... ves aquella risita falsa?, pues es terrible. No puede
entrar en su casa una muchacha regular; en seguida abrasa al marido a
celos. Esta chica que les cosa no pudo aguantar.... All no hay nadie
bueno sino la chiquilla mayor.

--Nos dio dulces una vez... es bien natural--respondi Amparo, que
sinti cruzar por su espritu la visin de la noche de Reyes.

--Esa? Una santa... y no le hacen caso ninguno. La segunda, idntica a
su madre: le preguntaron un da con quin se haba de casar, y dijo:
Con el to Isidoro, que es rico. El hermano de su padre, aquel viejo
gordo, que parece una tinaja!

Guardiana solt el trapo a rer con la mejor voluntad del mundo: Amparo,
acordndose de una frase leda en un peridico, exclam:

--Pero ha de poder tanto el vil inters!--Y meneando la cabeza,
aadi--: Lo dira de broma, mujer.

--S, s... buena broma te d Dios! En esa familia todos son iguales,
mujer; cortados por una tijera. Pues no digo nada del seorito, de tu
adorador. Hace la rosca a la chiquilla de Garca, una empalagosa que no
piensa ms que en componerse y no sabe dar una puntada; pero el asunto
es que se la hace por lunas, porque esas de Garca.... No te gusta el
cuento?

--S, mujer--grit la oradora amostazada--. Piensas t que estoy muerta
por semejante mueco? Vaya, que me das gana de rer. Cuenta, mujer, que
tambin se pasa el tiempo.

--Digo que le hace la rosca por lunas, porque esas de Garca tienen all
un pleito en Madrid, de no s qu intereses del marido, que era corredor
y se meti en una sociedad por acciones... en fin, no ser as, pero es
lo mismo. Si ganan, quedarn millonarias o poco menos, y cuando hay
esperanzas de eso, la madre del de Sobrado le manda que se arrime a la
doa Melindritos, y cuando viene de Madrid una mala noticia, que se
desaparte.... Uy, qu tipos!

Amparo, con la cabeza baja, enrollaba a ms y mejor, febrilmente.
Guardiana se haca cruces.

--Es una una pobre...--murmuraba--. Es una una pobre, y no lo hara
aunque le diesen....

--Y el otro?--sigui la implacable Comadreja que estaba ya resuelta a
vaciar el saco--. Y el amigote, el de los bigotazos, que parece que
habla dentro de una olla?

--El que le llaman Borrn?

--Ese, ese.... Un baboso con todas; a todas nos dice algo, y el caso es
que con ninguna, chicas. Podis creerme: ni esto. Tan aficionado a
jarabe de pico, y tiene ms miedo a una mujer que a los truenos.

Detvose la Comadreja, y mirando fijamente a Amparo, aadi:

--T an tienes otro obsequiante, pero te callas.

--Quin, mujer?

--El barquillero. S, que no est derretido por ti!

--Aquel animal!--exclam Amparo--. Parece una patata cruda... mujer,
hazme ms favor.




-XII-

Aquel animal


Aquel animal trabajaba entre tanto a ms y mejor. Si faltase l, quin
haba de encargarse de toda la labor casera? Muy cascado iba estando el
seor Rosendo, y la tullida a cada paso se hallaba mejor en su cama, y
se extenda entre sbanas ms voluptuosamente al ver el ademn de fatiga
con que soltaba su marido el cilindro por las noches. Y cuenta que de
algn tiempo ac, el seor Rosendo no fabricaba barquillos sino en casos
de gran necesidad, porque el fuego le inyectaba la tez, le arrebataba y
sofocaba todo. Pero all estaba Chinto para dar vueltas a la noria, y
ser panacea universal de los males domsticos y comodn servible y
aplicable a cuanto se ofreciese. No slo se levantaba con estrellas, a
fin de emprender la labor de Ssifo de llenar el tubo-labor que
desempeaba con mecnica destreza y rapidez--, sino que antes de salir a
la venta, quedbale tiempo de barrer el portal y la cocina, de limpiar
los chismes del oficio, de ir por agua a la fuente, por sardinas al
muelle o al mercado, y frerlas luego; de arrimar el caldo a la lumbre,
de partir lea; de cumplir, en suma, todas las tareas de la casa,
incluso las propiamente femeniles, porque traa en la faltriquera un
dedal perforado y un ovillo de hilo, y en la solapa, clavada, una aguja
gorda; y as pegaba un botn en los calzones de su principal, como
echaba un gentil remiendo de estopa en su propia morena camisa. Y si no
se ofreca a coser las sayas de Amparo y no le haca la cama, era por
unos asomos de natural y rstico pudor que no faltan al ms zafio
aldeano. A la tullida le daba vueltas, le sacuda los jergones, y la
sacaba en vilo del lecho, tendindola en un mal sof comprado de lance,
mientras se arreglaba su cuarto.

Lo gracioso del caso est en que, siendo el paisanillo tan til, por
mejor decir, tan indispensable, no hubo criatura ms maltratada,
insultada y reida que l. Sus ms leves faltas se volvan horribles
crmenes, y por ellos se le formaba una especie de consejo de guerra.
Llovan sobre l a todas horas improperios, burlas y vejaciones. La
explotacin del hombre por el hombre tomaba carcter despiadado y feroz,
segn suele acontecer cuando se ejerce de pobre a pobre, y Chinto se
vea estrujado, prensado, zarandeado y pisoteado al mismo tiempo. Le
haban calificado y definido ya: era un mulo.

Acert un da Chinto a volver unas miajas ms tarde de lo acostumbrado,
y acercose a la cama de la tullida para vaciar sus faltriqueras, donde
danzaban los cuartos de la colecta diaria. Encontrbase all Amparo, y
le dio al punto en la nariz un desusado tufillo. Por sorprendente que
parezca la noticia, la acuidad del sentido del olfato es notable en las
cigarreras: dirase que la nicotina, lejos de embotarles la pituitaria,
les aguza los nervios olfativos, hasta el extremo de que si entra
alguien en la fbrica fumando, se digan unas a otras con repugnancia:
Puf, huele a hombre!. As es que Amparo sola apartarse de Chinto
--aunque sea inverosmil--repelida por el olor de las malas colillas que
chupaba en secreto; pero lo que a la sazn perciba era peor que el
tabaco; as es que peg un salto.

--Vete de ah--le grit--; vete, maldito, que nos apestas! Anda,
pellejo, despablate.

Chinto la consideraba atnito, con los brazos colgantes, abriendo cuanto
poda los ojos, cual si por ellos oyese.

--Que te largues; repelo contigo!, que no se aguanta ese olor:
confundes a la gente.

--A qu apestas, demontre?--pregunt la tullida--. Sern esos puros del
estanquillo.

--No, seora, que es a vino!--exclam Amparo.

--A vino!--clam la impedida alzando los brazos tan escandalizada como
si ella slo catase el agua, porque en el pueblo los viejos, con
sinceridad completa, se otorgan a s propios el derecho de echar un
trago que niegan a los mozos--. A vino! T quireste perder,
condenado!

--Yo... pero yo... quirese decir que yo...--balbuci Chinto abrumado
por el peso de su culpa.

--An tendrs valor para contar mentira!--chill la enferma--. Llgate
ac, bruto! (Chinto se lleg compungido.) Echa el aliento. (Chinto lo
ech.) Ms fuerte, ms fuerte... (Y la tullida asi de los indmitos
pelos al paisano y le oblig, mal de su grado, a carearse con ella.)
Puf!, pues es verd y muy verd! Dnde te metiste? Andas ya
arrastrado por las tabernas, bribn?

--Yo... no, no fue cosa mala ninguna... no fue perrita, ni licor....
Fue....

--Cuenta la verd, borrachn de los infiernos, como si estuvieses
difunto en el tribunal del devino Seor....

--No fue nada ms sino que encontr un amigo de all... de la Erbeda,
que cay soldado... y all... me convid, me dijo as:--Quieres una
chiquita?--. Y yo... all, le dije:--Bueno--. Y l me llev all... a
casa de....

--Calla, calla y recalla ya, que siquiera sabes lo que dices, con la
mona que traes a cuestas!... Como otra vez te vea yo as perdido de
vino, he de decirle a Rosendo que te arree una tunda con la correa de la
caja, que te has de chupar los dedos; chiquilicuatro, mocoso, viciosn!
Convidarte, eh? Me convides. Quien te da vino, no te da pan; mulo!
Anda afuera, que me mareas la cabeza toda!

Amparo ejecut el decreto materno empujando a Chinto por los hombros a
las tinieblas exteriores del portal, y Chinto resignado opt por
acostarse. Lo nico que senta confusamente era no poder ver a la
muchacha un rato. Ahora le entretena casi tanto mirar a Amparo, como
antes contemplar la rueda del amolador y la baha. Admirbale a l, rudo
y tardo de eloquio como suele serlo el aldeano, la facilidad y rapidez
con que la pitillera se expresaba, la copia de palabras que sin esfuerzo
salan de su boca. Si lo que experimentaba Chinto era enamoramiento,
poda llamarse el enamoramiento por pasmo. Ello es que se le venan con
frecuencia suma impulsos de tratar a Amparo como a las chiquillas de su
aldea, las tardes de gaita; de pellizcarla, de soltarle un pescozn
carioso, de echarle la zancadilla, de darle un varazo suave con la
recin cortada vara de mimbre. Pero tan osados pensamientos no llegaban
a realizarse nunca. Amparo s que sola empujar a Chinto, y no por va
de halago, bien lo sabe Dios, sino de pura rabia que le tuvo siempre. Si
pudiese leer en el alma del paisano, adivinar cmo le herva la sangre
al acercarse a ella, le hubiera cobrado asco amn del odio inveterado
ya.

Para Amparo, hija de las calles de Marineda, ciudadana hasta la mdula
de los huesos, Chinto era un ilota. Alguna duquesa confinada en oscuro
pueblo, despus de adornar los saraos de la corte, debe sentir por los
seoritos del poblachn lo que la pitillera por Chinto. Enfadbale todo
en l: la necia abertura de su boca, la pequeez de sus ojos, lo sinuoso
y desgarbado de su andar, su glotona manera de comer el caldo. Le
entraban irritaciones sordas a la vista de objetos dejados por l, un
par de zapatos viejos y torcidos, una faja de lana roja pendiente de una
percha, una colilla negra y pegajosa, cada en el suelo. Y fortificaba
su antipata el que Chinto, con la desconfianza socarrona propia del
paisano, lejos de resolverse a aceptar los ideales polticos de Amparo,
a su modo, daba a entender que le pareca huero y vano todo el bullicio
federal. Con risa entre idiota y maliciosa, sola decir a veces a la
muchacha:

--Andas metindote en cuentos.... An han de venir a buscarte los
civiles, para te llevar a la crcel....




-XIII-

Tirias y troyanas


Tambin en la Fbrica observaba Amparo que las paisanas eran las menos
federales, las menos calientes, llenas de escepticismo y de picarda,
decan, meneando la cabeza, que a ellas la repblica no las haba de
sacar de pobres. Alguna tena sus puntas y ribetes de reaccionaria; y
en conjunto, todas profesaban el pesimismo fatalista del labrador,
agobiado siempre por la suerte, persuadido de que si las cosas se mudan,
ser para empeorarse. No se arrancaba de ellas la ms leve chispa de
fuego patritico; empebanse en no exaltarse sino cuando viesen que
iban a menos las contribuciones y a ms los frutos de la tierra. As es
que en la Fbrica gozaban de detestable reputacin, y eran tachadas de
vidas, tacaas y apegadas al dinero, y acusadas de cebarse en la
ganancia abandonando su casa por un ochavo, al par que las de Marineda
se jactaban de rumbosas, y se preciaban de mejores madres. No obstante,
pronunci la revolucin tres palabras ureas que a todas sacaron de
quicio: No ms quintas!. Hasta las mismas aldeanas abrieron
ansiosamente el corazn y el alma para beberse la dulce promesa.

Si la repblica fuese, como decan diariamente los peridicos favoritos
del taller, la supresin del impuesto de sangre, vamos, mereca bien que
una mujer se dejase hacer pedazos por ella! En el taller de cigarrillos,
aunque dominaban las mocitas solteras, bastaba hablar de quintas para
que se moviese una tempestad de federalismo.

--Miren ustedes--deca Amparo--que eso de que arranquen a una de sus
brazos al hijo de sus entraas y lo lleven a que los caones lo
despedacen por un rey, clama al cielo, seores! Por lo mismo queremos
la repblica republicana, la santa repblica democrtica federativa. Con
ella Marineda ser capital, y Vilamorta tambin, y hasta Aldeaparda ser
capital hecha y derecha. Slo Madr, que a ese se le acaba la ganga, ya
no nos chupar la sustancia; se va a hacer una cosa magnfica, que se
llama descentralizar; y veremos cmo despus se le baja el orgullo a la
Corte. Si es inicuo y absolutista lo que est pasando! Aqu no nos
mandan, voy a poner por caso, sino tabaco de segunda, filipino para eso,
esprelo usted un mes o dos. Las regalas y las conchas se hacen en
Madrid... como si nuestros dedos no fuesen de carne humana! Somos aqu
esclavas, o algunas torponas que no sabemos perficionar la labor? Y
luego all, paguita siempre corriente, consignas a barullo....
Ciudadanas, es preciso sacudir el yugo tirnico con nobleza y energa
cuando venga lo que se aguarda!, eh chicas?

A las dos formas de gobierno que por entonces contendan en Espaa, se
las representaba el auditorio de Amparo tal como las vea en las
caricaturas de los peridicos satricos: la Monarqua era una vieja
carrancuda, arrugada como una pasa, con nariz de pico de loro, manto de
prpura muy estropeado, cetro teido en sangre, y rodeada de bayonetas,
cadenas, mordazas e instrumentos de suplicio; la Repblica, una moza
sana y fornida, con tnica blanca, flamante gorro frigio, y al brazo
izquierdo el clsico cuerno de la abundancia, del cual se escapaba una
cascada de ferro-carriles, vapores, atributos de las artes y las
ciencias, todo gratamente revuelto con monedas y flores. Cuando la
fogosa oradora soltaba la sin hueso, pronunciando una de sus
improvisaciones, tercindose el mantn y echando atrs su pauelo de
seda roja, parecase a la Repblica misma, la bella Repblica de las
grandes lminas cromolitogrficas; cualquier dibujante, al verla as, la
tomara por modelo.

Y la muchacha iba ascendiendo a personaje poltico. En la ciudad
comenzaban a conocerla, y hasta oy una vez, al pasar por la calle
Mayor, que murmuraban en un corrillo de hombres: Esa es la cigarrera
guapa que amotina a las otras. En su barrio todos la embromaban: el
mancebo de la barbera pronunciaba un festivo Viva la Repblica!
siempre que Amparo cruzaba ante su puerta; y la seora Porreta murmuraba
con voz cascajosa y opaca: Sal y liquidacin sosial. Si alguien cree
que fue rpida la metamorfosis de la nia callejera en agitadora y
oradora demaggica, tenga en cuenta que ms prontamente an que la
Fbrica de tabacos de Marineda, se gase la nacin hispana. Ni visto ni
odo. Contaba la Gloriosa menos de un ao, y ya nadie saba a qu santo
encomendarse, ni a dnde bamos a parar, ni dnde dar de cabeza.
Abundaban las manifestaciones pacficas, acabando siempre como el
rosario de la aurora. En la frontera, agitacin carlista; el Gobierno
interna que te internars, y los internados ac, volviendo a meterse en
Espaa media legua ms all, mientras en Madrid se fabricaban
activamente, y sin gran reserva, fornituras, arneses y mantillas, que en
los ngulos lucan una corona y las iniciales C. VII, y en Vitoria
recorran las calles grupos de jvenes con boina blanca y garrote en
mano, victoreando a las mismas iniciales. A bien que en Puerto Rico la
guarnicin aclamaba otras cosas, y en cija mil republicanos protestaban
contra la presencia en Espaa del intruso Antonio de Borbn, y en las
cercanas de Barcelona los payeses, armados de azadas y bieldos,
perseguan a un alcalde y le obligaban a encastillarse en las Casas
Consistoriales. A todo esto, el poder, representado por el regente
Serrano, al cual se tributaban honores casi regios, estaba realmente en
las vigorosas manos de Prim, que olfateando la ruina de la Gloriosa,
como el marino vislumbra en el remoto horizonte el huracn, sin
entretenerse en frusleras demaggicas, slo pensaba en traer un
monarca, llamado a sosegar el pas. Espaa estaba prxima a la gran
lucha de la tradicin contra el liberalismo, del campo contra las
ciudades; magna lid que tena en la Fbrica de Marineda su
representacin microscpica.

Todas las maanas, en efecto, al entrar las operarias en los talleres,
al encontrarse en el camino, solan, urbanas y rurales, invectivarse
speramente y dirigirse homricos insultos, ni ms ni menos que si
fuesen las avanzadillas de los dos partidos enemigos que presto iban a
encender la guerra civil. El pretexto de las rias era que las de
Marineda mostraban asombrarse de que las campesinas, viniendo quiz de
tres leguas de distancia, estuviesen ya all cuando apenas asomaba el
da, y hacan rechifla de tal diligencia.

--Vaya, que es buen madrugar de Dios, hijas!

--Venides a caballo del Sol?

--Andar, lamponas! Dejis la cama por hacer y el chiquillo por mamar!
Madrastras!

--Ni os peinades tan siquiera!... Andis araando en el pelo con los
dedos por llegar seis minutos antes, ansiosas de judas!

--T dormiste en el camino, avariciosa! Imposible que a tu casa
llegases. Tanto madrugar, y tanto madrugar, y luego no hacedes ni medio
cigarro, en t el da, que mismo no sabedes menear los dedos, que mismo
los tenedes que parecen chorizos, que mismo Dios os hizo torponas, que
mismo....

Aqu ya la sorna y flema de las interpeladas tocaba a su fin, y
respondan colricas, pero entre dientes:

--Y luego? Cada uno se vale como puede, y vust tendr otras rentas, y
ms otros seoros... y ganaralo de otra manera diferente, y Dios sabe
cmo ser... que yo no lo s ganar sino trabajando, _hija_.

--Yo lo gano con tanta honra como ust... y no injuriar a nadie.

--Calle ust, que empez. Yo no le dijen cosa mala.

--Avarientas, raas, ahorcdevos por un ochavo!

--Sinvergenzas!--replicaban furiosas las campesinas.

--Servilonas, carlistas!--contestaban las ciudadanas, ya en actitud
agresiva.

--Malvadas, que echades contra Dios!--rugan las insultadas. Y en medio
del tumulto se oa el agudsimo ayyy!, de una mujer, a la cual manos
furibundas intentaban arrancar de un solo tirn la trenza entera de sus
cabellos. Por espacio de diez segundos imperaban la confusin y el
desorden, y haba empujones, pellizcos convulsivos, araazos, violentos
repelones; pero apenas iban aproximndose a las cercanas de la Fbrica,
donde el severo reglamento prohiba los escndalos, cesaba el gritero,
comenzaba el torrente femenil a precipitarse dentro del patio, y
restablecase la paz, ya que no la serenidad interior, en la fiel imagen
abreviada de la nacin espaola.




-XIV-

Sorbete


Josefina Garca estaba aquella noche muy compuesta y emperejilada en el
paseo de _las Filas_, y la acompaaban las de Sobrado. Cuanto se pona
Josefina ajustbase siempre a los ltimos decretos de la moda, no sin
cierta exageracin y nimiedad, que ola a figurn casero. Era esa la
condicin del cuerpo de Josefina semejante a la de la cola que los
escultores usan para vaciar sus estatuas, que recibe toda forma que se
le quiera imprimir. Josefina entraba dcil en los moldes impuestos por
la moda, sin rebelarse ni protestar jams. Tena su fsico algo de
impersonal, una neutralidad que le permita variar de peinado y de
adorno sin mudar de tipo. Mediana de estatura, su rostro prolongado y
sus agradables facciones no ofrecan rasgos caractersticos. Sus ojos,
ni chicos ni grandes, ni eran feos, pero s dominantes y escudriadores
ms de lo que a su edad y doncellez convena; su sonrisa, entre
reservada y cndida, demasiado permanente en los labios, para que no
tuviese visos de fingida y afectada; su talle, modelado por el cors,
sera pobre de formas si hbiles artificios del traje, como un volante
sobre los hombros, o en la cadera, no reforzasen sus dimetros. Sin
alio y despeinada, Josefina deba parecer poca cosa; ayudada por el
tocado, adquira cierta postiza morbidez. En realidad, era un fruto
prematuramente cado del rbol, una doncella nbil antes de tiempo; a
los trece, cuando tocaba habaneras, tena ya las coqueteras, los celos,
los caprichos de la mujer, y ahora aquella flor rpida y precoz se haba
deshojado, y en vez de la lozana seductora de la juventud, notbase en
Josefina la tiesura y empaque de una seora formal y los remilgos de una
lugarea. Figurbase que la distincin, el buen tono, consistan en
contrahacer los menores movimientos, ajustndolos a una pauta
preestablecida; que haba un modo elegante y otro cursi de rer, de
estornudar, de abanicarse; que hasta existan opiniones distinguidas y
bien vistas, y opiniones que ya no se llevaban; y que en todo, lo ms
selecto y fino eran las medias tintas, la insustancialidad, lo inspido,
inodoro e incoloro. Hablando de cosas superficiales, no le faltaba
cierta charla vivaz, semejante al trinar del jilguero; pero apenas se
tocaban asuntos serios, crease obligada, por su papel de nia elegante
y casadera, a encogerse de hombros, hacer cuatro dengues y mudar de
conversacin. Tal cual era Josefina, muchas seoritas la imitaban,
porque, segn se deca, sacaba las novedades; y aunque tachndola de
exagerada y rara, a veces, con el rabillo del ojo observaban las
innovaciones de indumentaria que luca, para reproducirlas al punto.

Aquel ao comenzaba a imperar el traje corto, revolucin tan importante
para el atavo femenino, como la de Setiembre para Espaa; las avanzadas
en ideas se haban apresurado a cercenar sus faldas, mientras las
conservadoras no se resolvan a suprimir la cuarta de tela con que
barran las inmundicias del piso. Josefina, que en materia de vestir era
radical, llevaba la moda nueva en todo su rigor, con tnica de seda
negra adornada de bellotas de pasamanera, cayendo sobre redonda falda
de glas azul. Un velo de rejilla formaba a su rostro la misteriosa
aureola de un confesionario, y los _cuernos_ de su peinado bajaban con
gracia y simetra hacia la nariz. Por la espalda y en la cintura, un
lazo negro muy pronunciado serva para abultar lo que entonces quera la
_voluble diosa_ que abultase. Echaba la seorita los codos atrs con
objeto de destacar el busto, actitud que escrupulosamente copiaba la
segunda de Sobrado, Clara. Lola, que iba en medio, era la nica a poner
el cuerpo como Dios se lo dio. La luz de la luna, que se alzaba
iluminando el paseo de _las Filas_ y el mar, la hora y la temperatura
envidiable de una noche de verano, incitaban a amantes efusiones, o
siquiera a galanteos, y hasta el ruido de la concurrencia se brindaba a
ser cmplice de tiernas palabras pronunciadas a media voz; as lo
comprenda Baltasar, que acompaaba a las muchachas, inamovible al lado
de Josefina, y haciendo, sin escrpulo, que sus hermanas llevasen la
cesta. A lo lejos, el blando murmullo de las olas, que parecan un lago
de plata, deca cosas embriagadoras y poticas; cantaba un idilio
intraducible al humano lenguaje. La conversacin del grupo era, no
obstante, por todo extremo, vulgar.

--Est desanimado el paseo. Verdad, Sobrado?

--Animadsimo lo encuentro yo. Por qu dice usted eso?...--Y los ojos
de Baltasar buscaron los de Josefina, y una mirada se cruz entre ambos.

--Qu cosas tiene usted! Vaya, falta gente: usted no lo notar, pero s
falta.

--Yo, intervino Lola, me aburro con tanto dar y dar vueltas.... En
cualquier sitio me divertira ms. No hubiera salido hoy, si no fuese
por la Octava de San Hilario.... Pero ni aun la Octava estuvo a mi
gusto; falt muchsima gente de la que acostumbra alumbrar.... Sabis
porqu?

--No--dijo maquinalmente Josefina.

--S--declar Baltasar--, porque fueron a esperar al muelle a los
delegados de Cantabria.

--Los delegados... de qu?--pregunt Josefina jugando con el abanico.

--De Cantabria.... Vienen a firmar la unin del Norte...--explic
Lola--. A m me gustara ver el desembarque! Si hubiese tenido con
quien ir.

--Yo fui.... Qu lstima!--dijo Baltasar.

--Chica.... Vaya una idea!--exclam Josefina soltando menudas
carcajaditas--. Yo huyo de esas confusiones.... Me aterra pensar que
pueden gentes sin educacin apachucarme, pisarme.... Qu fastidio! Y al
fin poco tendr que ver.... Diga usted, Sobrado, se ha divertido usted
mucho?

--No por cierto.... Diversin! Qu diversin ha de ser? Pero es
curioso.... Hubo vivas, y mueras, y un silbido vergonzante, y abrazos,
y apretones de manos!

--Bien por el que silb!--dijo Lola batiendo palmas--. A eso quera yo
ir, a silbar con la llave de la puerta!

--Dice el to Isidoro--intervino Clara--que si esto sigue as van a
tener que cerrarse los comercios y se concluir la industria.

--Y tambin se cerrarn las iglesias!--recalc Lola con ms calor
an--. Malditos revoltosos! A silbar, a silbar debi ir todo el mundo!

--Psss! Por Dios!--suplic Josefina--. Estamos llamando la
atencin.... Luego dirn que nos metemos en poltica.

--Pues yo me meto... y qu? Ahora todo el mundo se mete--afirm Lola.

--Ay... yo no! Qu ridiculez, eh, Sobrado? Yo no entiendo de eso.

--No tiene usted opiniones, polla?

--No... es decir, no me gustan los alborotos; cuando hay trifulca el
teatro est tan soso!... Ni queda humor para vestirse y salir.

--Vamos, usted debe tener sus preferencias.... Ser usted carlista?

--Ay, no!... La Inquisicin me da un miedo!...--dijo riendo.

--Republicana?

--Qu horror! Cosa ms cursi...!

--Moderada, ea. Es usted moderada, de fijo.

--Tal vez, tal vez, algo moderada.... La pobre Reina me da mucha
lstima.

--Bueno, ahora ya s que es usted moderada y lo voy a divulgar por ah
para que la prendan a usted por conspiradora.

--No, por Dios, que no sueen que hablamos de estas cosas.... Se reiran
de m y diran que parecemos un club. No sabe usted alguna noticia?
Qu me cuenta usted del prestidigitador que trabaja en el teatro?

--El hngaro? Bah! Como todas esas funciones.... Muy pesado, mucho
cubilete y los pistoletazos de cajn....

--Pistoletazos! Los odio: me asustan atrozmente. En viendo que preparan
la pistola, ya estoy tapndome los odos: las chicas se ren y mam me
dice siempre: Nia, que te miran.... Pero yo no puedo....

--Mejor! Si la miran a usted, qu ms quieren los espectadores?
--declar Baltasar cediendo a la destreza con que Josefina traa el
dilogo al terreno personal.

Mientras pasaba este coloquio, las madres, que venan detrs, se
sentaron en un banco, sin que su pltica, por versar sobre asuntos de
muy otra especie cediese en animacin a la de la gente joven. Un
momento, al pasar por delante de ellas, Lola se volvi a preguntarles no
s qu; al mismo tiempo Josefina toc levemente en el codo a Baltasar,
el cual se inclin, y por movimiento simultneo cayeron los brazos de
ambos y sus manos se unieron el espacio de un segundo, depositando la
mano varonil en la femenina un papelito blanco, tamao como una
mariposa. Susurraban las acacias, llenaba el aire el misterioso silabeo
de las conversaciones de ltima hora, y el amoroso gemido del mar,
besando el parapeto, completaba la sinfona.

Ni se escap el detalle del papel al ojo avizor de la viuda ni a la
vigilante atencin de doa Dolores, quien puso torcido y avinagrado
gesto, levantndose al punto y anunciando que era hora de retirarse. Al
tiempo que regresaban las dos familias, desde _las Filas_ a la calle
Mayor, la seora de Sobrado meditaba una pica pequeez, una tontera
trascendental y feroz que le sirviese para dar despachaderas a las de
Garca y quedarse sola con sus hijas. Y como llegasen cerca de las
puertas del caf de la Aurora, que dejaban pasar la luz amarilla y cruda
del gas, ocurrisele, por fin, la liliputiense estratagema, y con felina
amabilidad dijo la viuda:

--Y ahora, qu se hacen? Nosotros pensbamos entrar a tomar un
refresco.... Nos acompaarn ustedes? Un sorbetito, cualquier cosa....

--Jess... pues no faltaba ms!--contest la viuda, abochornada como
persona a quien ofrecen de mala gana y por frmula un obsequio que
cuesta dinero--. Nosotras tenemos que hacer, y nos retiramos.

--Baltasar!--grit doa Dolores a su hijo, que iba delante con las
muchachas--. Baltasarito, entra aqu, que vamos a tomar sorbete!...

--Vengan ustedes, seoritas--murmur el teniente, creyendo que se
trataba de convidar a la familia Garca.

--No, estas seoras no quieren nada--se apresur a advertir la madre,
clavando a su hijo a la puerta del caf con una mirada elocuentsima.

A pesar del aplomo de buen gnero que crea Josefinita poseer, se vieron
a la claridad del gas sus ojos preados de lgrimas de orgullo y su tez
encendida, como si la abofeteasen. Dijo un seco adis a Clara y Lola;
a Baltasar y a doa Dolores ni palabra. Cogiose del brazo de la viuda y
pronto se confundieron en la oscuridad del fin de la calle sus espaldas,
erguidas con dignidad propia de espaldas de destronadas reinas. Baltasar
se volvi hacia su madre.

--Pero, mam...--pronunci.

--Chsss!--murmur ella en voz baja, casi al odo del mancebo...--. Eres
un bolo, que te comprometes en pblico con ellas, y tienen medio perdido
su asunto. Van a quedar en la calle, chiquillo.... He confesado a la
infeliz de la madre y no pudo negrmelo.... Yo ya lo saba por un
abogado. Va muy mal todo eso.... Nias, sentaos--aadi dirigindose a
Lola y Clara--. Mozo, cuatro medios de leche y barquillos....

--Yo no tomo...--dijo Baltasar.

--Mozo, tres medios no ms.... Pues mira como andas, porque esa mocosa
con su gesto de todo me fastidia, te va a envolver.... La tendrs que
mantener, y a las cuaditas, y a la viuda....

--Pero si no pienso... usted todo lo abulta. Slo que las cosas hechas
as de este modo se comentan y dan que hablar.... No se empe usted
misma en que las acompaase?

--Con permiso de ustedes--dijo el mozo colocando en la mesa tres vasos
de leche amerengada coronados de canela, y un cestito de paja lleno de
barquillos. Clara y Lola se pusieron a chupar su refresco, comprendiendo
que no deban or el dilogo de su madre y hermano.

--Que las acompaases, s... porque no me figuraba yo que iba a resultar
tal compromiso.... Si pierden el pleito, ni s cmo pagarn las
costas.... Han de acudir al bolsillo del prjimo; acurdate de lo que te
digo; como si todo el mundo tuviese ah el dinero a disposicin....

--Pues yo--declar Baltasar--no vuelvo a meterme en otra.... Mire usted
bien las cosas antes, porque esto de andar as, hoy tomo y maana dejo,
es ridculo y le pone a uno en evidencia. Dir la gente que cazamos...
que cazo un dote.... Ya ve usted!

--Dios quiera que los cazados no seamos nosotros!--tartamude doa
Dolores con las mejillas horriblemente sumidas por los esfuerzos de
absorcin que practicaba, a fin de convertir su barquillo en bomba
ascendente de la leche garrapiada.




-XV-

Himno de Riego, de Garibaldi. Marsellesa


Era Baltasar un hijo, no de este siglo, sino de su ltimo tercio, lo
cual es ms caracterstico y peculiar. Calificbanle las seoras de
atento; sus compaeros, de muchacho corriente y agradable; su to, de
chico listo y con el cual se poda departir acerca de asuntos de
comercio. Su temperatura moral no suba ni bajaba a dos por tres; no se
le conoca ardor ni entusiasmo por ninguna cosa; la fiebre de la mocedad
no le haba causado una hora de franca y declarada calentura. Ni juego,
ni bebida, ni mujeres le sacaban de quicio. En poltica era naturalmente
doctrinario. Su madre le juzgaba mozo de gran porvenir y altos destinos,
porque dejndole la paga para gastos menudos y diversiones, Baltasar
ahorraba y nunca se hall sin blanca en el bolsillo del chaleco.
Destinado a la carrera militar, ms por vanidad de su familia que por
vocacin, no era, sin embargo, cobarde, pero s yerto; prefera los
ascensos a la gloria, y a la gloria y a los ascensos reunidos antepona
una buena renta que disfrutar sin moverse de su casa ni estar a merced
del ministro de la Guerra. Secretamente, con cautela suma (porque
Baltasar respetaba la opinin pblica y todo lo que hay que respetar
para vivir con sosiego), la ley y norte de su vida era el placer,
siempre que no riese con el bienestar. Tena vanidad, pero vanidad
encubierta y en cierto modo solitaria. A sus creencias, vacilantes y
endebles, no quera tocar, como si fuesen un diente prximo a caerse y
con el cual evitase morder cortezas duras. Viva a su gusto y talante,
sin meterse en ms libros de caballeras. Fsicamente tena Baltasar
mediana estatura, la tez fina y blanca, y de un rubio apagado el ralo
cabello; pero la parte inferior de su fisonoma era corta y poco noble;
la barbilla chica y sin energa, la boca delgada de labios, como la de
doa Dolores. En conjunto, su rostro pareciera afeminado a no acentuarlo
la aguda nariz, diseada correctamente, y la frente espaciosa,
predestinada a la calvicie.

Al huir del caf, como si huyese de s mismo, dejando a su madre y a sus
hermanas ocupadas en agotar los sorbetes, sinti que le daban una
palmadica en la espalda, y volvindose conoci a Borrn, que ya haca
das estaba de retorno de Ciudad Real, contando que all haba unas
chicas... hombre, cosa notable! Se cogieron del brazo y se dieron a
vagar por las calles, que no aconsejaba otra cosa la serenidad y
hermosura de la noche de esto. Baltasar desahog sus cuitas en aquel
amigo pecho. l no estaba ciego por Josefina, ni cosa que lo valga; pero
ahora recelaba que sera mal visto plantarla de golpe y porrazo.

--Entretngala usted--aconsej maquiavlicamente Borrn--y distrigase
por otro lado. Va usted a vivir as a su edad? Pues no faltaba ms,
hombre!

--Es una diablura: en este pueblo todo se sabe, y despus, los,
historias, lances que molestan.... Se me figura que voy a pedir que me
destinen a Andaluca o a Catalua.... Si me quedo aqu, hay una muchacha
que me da, a veces, en que pensar... y para qu se ha de meter uno en
un atolladero?

--Una muchacha.... No es la de Garca, eh?

--No, hombre.... Esos son solaces a la alta escuela y por todo lo fino,
que no le quitan a uno el sueo.... Es... una cigarrera.

--Hola... picarn! Esas tenemos, y tan calladito?

--Usted mismo me la ense y me habl de ella.... La chica del
barquillero.

Borrn chasque la lengua contra el paladar.

--Yaaa lo creo! Toma, toma! Pues si es una joyita, hombre! Caramba
con usted y cmo lo gasta! No se lo deca yo a usted, eh?

--Debo advertir que por ahora no hay nada. No se eche usted a maliciar
ya.

--Principio quieren las cosas, hombre.

Hablaban as al atravesar una calle principal, cuando de pronto les
llam la atencin el corro de gente parada a la puerta de una sociedad
de recreo. Dentro del marco de las iluminadas ventanas se vean agitarse
figuras negras que gesticulaban animadamente, y detrs de ellas medio se
columbraba una mesa servida con copas, botellas y dulces. A veces se
dibujaba sobre el fondo de luz la silueta de una mano que alzaba una
copa, y el clamor que segua al brindis era delatado por el retemblido
de los cristales.

--El Crculo Rojo--dijo Borrn--. Estn obsequiando a los delegados de
Cantabria.

--Llegar por mar ahora mismo y tener humor para correrla!--exclam el
teniente--. Lstima de naufragio!

--A usted qu le parece de estas algaradas, Sobrado?

--Qu me ha de parecer? Que antes de dos meses nos embromarn all por
Navarra los del Terso....

--Quia! Eso nunca, hombre. Eso muri, y los muertos no resucitan.

--Usted entiende ms de chicas guapas que de poltica, amigo Borrn. Nos
van a divertir, crame usted. Ya anda en danza Elo, un militar si los
hay.... Eso se va a organizar; ver usted cmo salen de la tierra igual
que los hongos cuando llueve, pero equipaditos y con armamento. Y estos
otros tambin van a sacar las uas por Barcelona y donde haya blusas y
fbricas. Lo peor de todo es que harn de Espaa mangas y capirotes....

Un golpe de gente que desembocaba en la calle cort la rplica de
Borrn. A la luz del astro nocturno se vea blanquear los instrumentos
de metal y los papeles de msica. Al llegar ante el Crculo Rojo instal
la banda sus atriles, en el centro del corro que aumentaba; y previas
algunas palabras en voz baja y un golpe de batuta, rasg los aires el
bullanguero himno que todo espaol conoce y ama o detesta. Del concurso
partieron gritos.

--Himno de Garibaldi!

--Marsellesa, Marsellesa!--contest un grupo ms compacto.

Y enmudecieron los metales, y presto volvi a alzarse su formidable
acento, entonando la trgica Marsellesa. Impensadamente se abrieron las
ventanas del Crculo, y fue como si la sala llena de claridad, de gente
y de tumulto, se viniese a meter entre los espectadores.

En primer trmino asomaron las cabezas los recin venidos, y al punto
call la msica y se oyeron vivas a los delegados, a Cantabria,
dominando el clamoreo una voz aguardentosa que desde la esquina repeta
incansable Viva la honradez!. Una mujer se adelant, y entrando en el
crculo de luces, grit con voz fresca y potente:

--Que brinden a la salud del pueblo!... Que brinden!...

Volviose uno de los delegados, y al punto le trajeron una copa rebosando
Champaa, que elev a los cielos al pronunciar el brindis. Las luces de
los atriles alumbraron su barba de nieve, sus mejillas sonrosadas como
las de los viejos de la pintura arcdica. Baltasar sacudi el brazo de
su confidente.

--La ve usted?

--La veo. Ol y qu guapa se pone todos los das, hombre!

--Pero se me hace muy cargante con estas cosas polticas. Las mujeres no
tienen ms oficio que uno.

--S, hombre... quin la mete a ella... tiene chiste.

--Es una epidemia. Almorzamos poltica y comemos dem. Se va volviendo
Espaa un manicomio. Bah! Si no estuviese aqu, donde todo el mundo me
conoce, las extravagancias de esa muchacha no dejaran de divertirme....
La ve usted aplaudiendo a rabiar al del brindis? Cmo se llamar ese
ciudadano? Parece el Oroveso de _Norma_.

--Psh... maana lo sabremos.




-XVI-

Revolucin y reaccin mano a mano


En la calle de los Castros estaba Carmela, la encajerita, descolorida
como siempre y ocupada en or de boca de Amparo el relato de los sucesos
de la vspera. Asomada Carmela al tablero, disimulaba su talle encorvado
ya por la habitual labor; pero no sus ojos ribeteados y cansados de
fijarse en la blancura del hilo. No obstante su atareado vivir, la
encajera gastaba humor apacible e inalterable y posea la dulzura de las
personas melanclicas, una benevolencia claustral. Amparo narraba
animadamente; los delegados de Cantabria haban desembarcado entre
inmenso gento que llenaba el muelle y la ribera: ella pens por la
maana alumbrar en la octava de San Hilario; pero qu octava ni
octava!, en cuanto supo la venida del buque, all se plant, en el
desembarcadero, abrindose calle a codazos.... Los delegados son unos
seores..., vaya!, de mucho trato y de mucho mundo: saludan a todos y
se ren para todos!, republicanos de corazn, ea! (y aqu Amparo se
descarg una pualada en el pecho). A la seora Mara, la _Rinchona_,
mira t, porque dijo que les quera dar la mano, la abrazaron a vista de
todo Dios... luego los haba acompaado al Crculo Rojo, y odo la
serenata, y el discurso que ech uno de ellos... un viejo que parece un
santo!, y otro... un seor serio, de mal color....

--Y qu tal, predican bien?

--Dicen cosas... que se le hace a uno agua la boca de orlas! Quisiera
yo que estuviesen all los que creen que la federal trae desgracias y
belenes. El viejo no habl sino de que ya no haba tirana... de que
todo se iba a arreglar con moralidad y atencin... de que nos
quisisemos mucho los republicanos, porque ya todo ha de ser concordia
entre los hombres.

--T tienes un memorin.... A m se me ira el santo al cielo. Mi
memoria es de gallo. Y el otro, qu dijo?

--El otro, el otro... el otro habla despacio, pero echa unos trminos,
que a veces cuesta caro entenderlo.... Predic mucho de nuestros
derechos y del trabajo, y de lo que representa esta Unin del Norte... y
de que las clases trabajadoras, si se unen, pueden con las dems....
Haban de venir all arrastrados de las orejas los que piensan que los
republicanos dicen cosas malas. No seor, all se cantaba clarito lo que
somos, paz, libertad, trabajo, honradez y la cara y las manos muy
limpias.

--Dime una cosa, mujer.

--Ms que sean dos.

--Y qu significa eso de repblica federal?

--Significa... qu ha de significar, repelo? Lo que predicaron esos.

--Pero no me hice bien de cargo.... Qu ms tiene eso que el gobierno
que hay ahora?

--Tiene, tiene, tiene... tiene que Madr no se nos monte encima, y que
haya honradez, paz, libert, trabajo....

--Pero... vamos, una pregunta, por preguntar, mujer. No decan cuando
vino el barullo de la revolucin el ao pasado, que nos iban a dar todo
eso? Conforme aquellos no lo dieron tambin podr cuadrar que no lo den
estotros.

--No puede ser, y no, y no, porque estos son otros hombres de otra
manera, que miran por el bien del pueblo.... No digas tontadas.

La encajerita se ri con su risa tenue.

--No, si lo que vienen a dar es trabajo, por ac no falta.... Y digo yo
y preguntando otra vez, si es verd que quitan la estancacin del
tabaco, vamos a ver, cmo os valis las cigarreras? Pidiendo limosna.

--Esa es una burrada de las gordas!--exclam Amparo, fuerte ya en la
controversia del punto concreto--. Oye y atiende, mujer, te lo voy a
poner claro como el sol. Ahora el Gobierno nos tiene all sujetas, no
es eso? Ganamos lo que a l se le antoja; si vienen, un suponer, buenas
consignas, porque vienen, y si no, fastidiarse. l chupa y engorda y se
hace de oro, y nosotras, infelices, lo sudamos. Que se desestanca, que
se desestanc: ala con ella!, las reinas somos nosotras, las que
tenemos nuestra habilidad en los dedos; con nosotras han de venir a
batir el consumidor y el estanquero, y si a mano viene, el ministro del
ramo.... An no entendiste, tercona?

Meneaba suavemente la cabeza la encajerita, mientras los hilos de la
labor se deslizaban, se cruzaban, se entretejan a travs de sus dedos,
y los palillos de boj, chocando unos contra otros, hacan una musiquilla
flauteada.

--Es que... t pintas las cosas.... Pero dime.

--Qu porfiosa del dianche!

--Dime con verdad.... Falta ahora gente que pretenda entrar en la
Fbrica?

--Faltar! Ms empeos andan danzando!

--Pues, cat... El da que quiten la estancacin se echa medio mundo a
trabajar en cigarros, y habiendo mucho quien trabaje, el trabajo anda
por los suelos de barato. Qu me est pasando a m? Empez la ta a
hacer encajes, y le salieron dos o tres de Portomar a poner la
competencia... porque ahora son mucha moda estas puntillas, hasta para
pauelos; lo que estoy rematando es un pauelo.

Descubri ufana su almohadilla alzando un paizuelo que velaba parte de
labor terminada ya, y viose una afiligranada crestera, un alicatado de
hilo, donde el menudo dibujo se desplegaba en estrellitas microscpicas,
en finos rombos, en exquisitos rectngulos, todo ello unido con arte y
gracia formando primorosa orla. Amparo aprob.

--Est muy bonito--dijo.

--Pues con todo y que se lleva tanto, como ya somos muchas a menear los
palitroques, hay que arreglar los precios.... Yo--murmur suspirando
levemente--no puedo hacer ms; a veces trabajo con luz, pero no me lo
resisten los ojos, y as me arrimo cuando ms puedo al tablero hasta que
no se ve el da.... La ta tambin se qued medio ciega; ya ni puntillas
gordas hace: slo sirve para ir por las casas a vender lo que yo
trabajo....

Batida en el terreno crematstico, Amparo toc otra cuerda para seguir
hablando de lo que la gustaba; que no se le coca el pan en el cuerpo
hasta desembuchar cuanto haba visto y esperaba ver.

--El da que lleguen por tierra los delegados de Cantabrialta... se
prepara una buena! No sabes?

--Mucha fiesta?

--Los han de esperar con coches.... Y...--Amparo se detuvo, bajando la
voz para acrecentar el efecto de la estupenda noticia--les iremos a
alumbrar con hachas.

--Ave Mara de gracia! Qu me dices, mujer? Alumbrarles como a los
santos?

--Andando.

--Y quin? Las de la Fbrica?

--Aj. Una ristra de ellas. Ya estamos habladas.

--Van tus amigas?... Aquellas dos?...

--Espera por ellas! No, mujer, no. Ana, como trata con un capitn
mercante, no se quiere rebajar a que la vean alumbrando; dice que cuando
llegue la _Bella Luisa_ la avergonzara su marino.... Y aquella tonta
de Guardiana tuvo valor a decirme que ella slo cogera un hacha para ir
en la procesin de Nuestra Seora de la Guardia!

--Pues yo digo otro tanto... ms que te enfades, mujer. Vaya unos
dioses y unas imgenes que vais a llevar en procesin! Eso parece cosa
de idlatras. Alumbrar solamente a las cosas de la iglesia, el vetico,
las octavas....

--Calla, que eres ms nea que los neos.

--Y para el favor que me estn haciendo a m esos seores que predican
la libert! Dicen que van a echar a todas las monjas a la calle y a no
dejar convento con convento!

Amparo retrocedi tres pasos, se puso en jarras, enarc las cejas, y
despus se persign media docena de veces, con extraa prontitud.

--Me valga San.... Pero t hablas formal, mujer? Te quieres meter en
aquella prisin por toda, toda, toda la vida? Arrenigote.

--Querer, quiero.... Ay! Quise desde que fui as pequeita.... Pero
bah!, no puedo! Dnde me van a recibir ahora sin el dote? Buenas
estn las monjas para meterse en despilfarros! Y yo, cmo he de juntar
el dote, dime t? Si pido, nadie me dar... A no ser que Dios me mande
una sorpresa....

--Mujer, rica no soy; pero un par de duros an no me hacen falta para
comer maana--dijo espontneamente Amparo.

La plida sonrisa de la encajerita alumbr su rostro.

--Se estima la volunt... Necesito una atrocid de dinero para el caso,
y ya s que juntar, no lo he de juntar nunca.... En fin, paciencia nos
d Dios.

--Y t estaras a gusto presa entre cuatro paredes?

--Bien presa vivo yo desde que acuerdo.... Siquiera los conventos tienen
huerta, y vera uno rboles y verduras que le alegrasen el corazn.




-XVII-

Altos impulsos de la herona


Eran las horas meridianas, las horas de calor, cuando salieron
desempedrando las calles de Marineda carruajes en que iban las
comisiones del partido a esperar a los delegados de Cantabrialta. Las
dos leguas de camino real que van de la ciudad al ex-portazo (como se
deca entonces) hallbanse cuajadas de gente en expectativa, asaz
empolvada y sudorosa. Poca levita, mucha tuina y chaqueta, de higos a
brevas un uniforme; buen nmero de mujeres, roncas ya, con los labios
secos, los ojos inyectados, arrebatadas las mejillas, ms o menos
descompuesto el peinado y el traje. Engalanadas con colgaduras ostentaba
sus casas el pobre suburbio de la Riberilla: quin haba destinado a
manifestar su civismo la colcha de la cama, quin las cortinas de la
humilde alcoba, quin una sbana o mantel. Al ingreso de la barriada se
alzaban arcos de triunfo, entretejidos con ramaje.

Cuando regresaron los coches trayendo ya a los esperados viajeros, el
contraste que ofreca el espectculo convidaba a parar la consideracin
en l. Acercbase el sol a su ocaso y las colinas que limitaban el
horizonte pasaban del suave azul ceniciento al lila ms delicado. Las
playas de la Barquera y el mar alternaban en zonas de ntida blancura y
de limpio color de zafiro; a los ltimos destellos del Poniente, el
arenal brillaba como si estuviese salpicado de plata, y vaporosas
franjas de espuma, tan pronto formadas como deshechas, corran un
instante por el borde de las olas. Soberana y majestuosa paz, unida al
recogimiento de la hora vespertina, se elevaba de aquellas difanas
lejanas al cielo puro, donde apenas de trecho en trecho leves
nubecillas, semejantes a copos de algodn, se esparcan tindose de
oro. As se preparaba al sueo la Naturaleza, mientras en la carretera
una multitud abigarrada y polvorosa se desojaba mirando al punto por
donde asomara muy luego la comitiva, y recreaba la vista en contemplar
los guiapos y telas de colorines pendientes de los balcones, y el
marchito verdor de los arcos de triunfo; y se reciban y daban pisotones
recios, y _metidos_ feroces, y algn furtivo pellizco, y se tragaba y se
mascaba el rido polvo del camino, oyendo a poca distancia, como irnica
burla, el blando gemir de las ondas de la ra.

De tiempo en tiempo, las bombas de palenque trataban de armar un
escndalo en la atmsfera, pero en balde: dirase que era la detonacin
de algn vergonzante petardo, que as alteraba la amplia serenidad del
ambiente, como el zumbido de un mosquito turbara el reposo de un
gigante. Las tocatas de la banda de msica, hecha pedazos de puro soplar
himnos y ms himnos patriticos, se empequeecan en el libre y
anchuroso espacio, hasta asemejarse al estallido de una docena de
buuelos al caer en el aceite hirviendo donde se fren. Y visto desde la
playa, el mismo numeroso gento poda compararse a un avispero, y la
bandera roja a un trapo de los que los chicos cuelgan de una caa a fin
de pescar ranas en las cinagas.

Para que la comitiva adquiriese unos asomos de solemnidad, fue preciso
que entrase en los mezquinos arrabales del pueblo. Con la frescura de la
noche que caa todo el mundo se hall ms a gusto, los de los coches
respiraron, sin dejar de saludar a diestro y siniestro, y comenzaron a
abrir en las tinieblas sus pupilas de fuego los reverberos de la ciudad,
la Farola, y las hachas de cera que encendan algunas mujeres para
alumbrar a los carruajes. As que brill el cordn de luces, las
portadoras de las hachas se alinearon en buen orden, bajando los ojos
modestamente porque aquello ola a procesin. Entonces algunos curiosos
de Marineda, que no haban querido molestarse en ir ms lejos para ver
la funcin, se abrieron paso y situaron convenientemente con propsito
de estudiar los semblantes de las que en otra ocasin se llamaran
devotas. Si las encontraban mozas y lindas, decanles cosas almibaradas;
si viejas y feas, barbaridades capaces de enojar y abochornar a un santo
de leo. Cuando pasaba Amparo, que iba una de las primeras, al lado del
rojo estandarte, era un fuego graneado de piropos, una descarga cerrada
de ternezas, a quemarropa. Es que la muchacha se lo mereca todo: la luz
del blandn descubra su rostro animado, encenda sus ojos
rechispeantes, y mostraba la crespa melena, desanudada por la agitacin
de la caminata, y flotando en caprichosas roscas por su frente, hombros
y cuello. Baltasar y Borrn, de americana y hongo, se colocaron entre la
apiada muchedumbre y quiz le murmuraron al odo cien mil dislates;
pero no estaba el alcacer para gaitas, es decir, no estaba Amparo de
humor de requiebros, hallndose exclusivamente poseda del fervor
poltico.

Sentase sobreexcitada, febril, en das tan memorables. Por todas partes
finga su calenturienta imaginacin peligros, luchas, negras tramas
urdidas para ahogar la libertad. De fijo de fijo el Gobierno de Madrid
saba ya a tal hora que una heroica pitillera marinedina realizaba
inauditos esfuerzos para apresurar el triunfo de la federal: y con tales
pensamientos latale a Amparo su corazoncillo y se le hinchaba el seno
agitado. En medio de la vulgaridad e insulsez de su vida diaria y de la
monotona del trabajo siempre idntico a s mismo, tales azares
revolucionarios eran poesa, novela, aventura, espacio azul por donde
volar con alas de oro. Su fantasa inculta y briosa se apacentaba en
ellos. Las enfticas frases de los artculos de fondo, los redundantes
perodos de los discursos resonaban en sus odos como el _ritornelo_ del
vals en los de la nia bailadora. Aquella llegada de los individuos de
la Asamblea de la Unin fue para Amparo lo que sera la de los Apstoles
para un pueblo que oyese hablar del Evangelio y de pronto viese arribar
a sus costas a los encargados de anunciarlo.

Tena Amparo por cosa cierta que se acercaba la hora de sealarse con
algn hecho digno de memoria: ansiaba, sin declarrselo a s misma,
emplear las fuerzas de abnegacin y sacrificio que existen latentes en
el alma de la mujer del pueblo. Sacrificarse por cualquiera de aquellos
hombres, venidos de Cantabria a vaticinar la redencin; inmolarse por el
ms viejo, por el ms feo, prestndole algn extraordinario y capital
servicio! Llamar a su puerta a las altas horas de la noche; decirle con
voz entrecortada que ah viene la polica y que se oculte; acompaarle
por recnditas callejuelas a un escondrijo seguro; meterle en la mano
unos cuantos pesos ahorrados a fuerza de liar pitillos; recibir, en
cambio, un haz de proclamas para repartir al da siguiente, con la
advertencia de que si se las cogen, puede contarse nima del
Purgatorio; distribuirlas con sigilo y celo; y por recompensa de tantas
fatigas, de riesgos semejantes, ganar un expresivo apretn de manos, una
mirada de gratitud del proscrito.... Si el herosmo es cuestin de
temperatura moral, Amparo, que se hallaba a cien grados, tal vez se
dejara fusilar por _la causa_ sin decir esta boca es ma; y quin sabe
si andando los tiempos no figurara su retrato al lado del de Mariana
Pineda en los cuadros que representan a los mrtires de la libertad....
Feliz o desgraciadamente, lo que ustedes quieran, que por eso no
reiremos, los tiempos eran ms cmicos que trgicos, y los loables
esfuerzos de Amparo no le obtuvieron otra corona de martirio sino el que
en la Fbrica se prohibiese la lectura de diarios, manifiestos,
proclamas y hojas sueltas, y que a ella y a otras cuantas que
pronunciaron vivas subversivos y cantaron canciones alusivas a la Unin
del Norte las suspendieran, como suele decirse, de empleo y sueldo.




-XVIII-

Tribuna del pueblo


El Crculo Rojo echa el resto; no se habla en Marineda sino del banquete
que ofrece a los delegados de Cantrabria y Cantabrialta. No tiene el
Crculo Rojo socios tan opulentos como el Casino de Industriales y la
Sociedad de Amigos; pero sbrale alma y desprendimiento, cuando la
ocasin lo requiere, para sangrarse los bolsillos, empearse, si es
preciso, hasta los ojos y salir con color y presentar una mesa que no le
avergence.

Llamada a conferenciar con el presidente del Crculo la persona de buen
gusto, que nunca falta en los pueblos para dirigir las solemnidades,
entr al punto en el desempeo de sus funciones, y se dio tal maa, que
en breve pudo negociar un emprstito de candeleros de plata, centros de
mesa, vajilla fina, mantelera adamascada y nueva, palilleros
caprichosos y pureras sorprendentes. Obtenido lo cual, el correveidile
se frot las manos asegurando al presidente que la mesa estara
regiamente exornada.

--Regiamente, no seor--contest el presidente algo fosco--.
Republicanamente, dir usted.

No quiso el organizador de la fiesta discutir el adverbio, y satisfecho
de haber encontrado los accesorios, se dio a buscar lo principal, o sea
la comida. Bregando con fondistas y cafeteros, consigui combinar
platos, vinos y helados del modo que le pareca ms ortodoxo y elegante;
pero quiso su desdicha que a ltima hora el entusiasmo poltico lo
echase todo a perder, instigando a este bodegonero federal a enviar la
prueba de sus vinos y a aquel hornero a remitir media docena de
robustas empanadas, que cayeron en el banquete como barbarismos en
selecto trozo de latinidad clsica. Menudencias que la Historia no
registrar seguramente.

De propsito se empez tarde la comida, y circulaban an las dos sopas
de hierbas y de pur, cuando los camareros cerraron las maderas de las
ventanas y encendieron las bujas de los candelabros y los aparatos de
gas. Viose entonces salir de las vaguedades del crepsculo la mesa, la
larga mesa de sesenta cubiertos, con sus brillantes objetos de plata,
sus ramos de flores simtricamente colocados, sus altos ramilletes de
dulce, sus temblorosas gelatinas, donde la luz rielaba como en un lago.
El presidente del Crculo tendi en derredor una mirada de orgullo. En
verdad que el aspecto del banquete era majestuoso. Imperaba en l
todava la reserva de los primeros momentos: la gente coma con
moderacin y delicadeza, los camareros y mozos de servicio andaban
discretamente sin taconear, las cucharas producan leve msica al
tropezar con los platos, la virginidad del mantel alegraba los ojos, y
el vaho aperitivo de la sopa no desterraba del todo las fragantes
emanaciones de las rosas y claveles de los floreros. No obstante, al
servirse la primer entrada comenzaron a dialogar los vecinos de mesa, y
el rumor creciente de las conversaciones envalenton a los mozos, que
pisaron ya ms recio.

Presida la mesa el viejo de blanca barba, y la teatral nobleza de su
figura completaba la decoracin. A su derecha tena al presidente del
Crculo y a su izquierda al orador de tenebrosa faz, el que, segn
Amparo, echaba trminos difciles de entender. Seguan los dems
delegados por orden de respetabilidad, alternando con individuos de la
Junta, de la Prensa, del partido.

Fue poco a poco acrecentndose el ruido de la charla y desatndose las
lenguas, por donde rebosaba ya la abundancia del corazn. El que, merced
a su ancianidad venerable, poda ser llamado patriarca, sonrea,
aprobaba, estaba de acuerdo con todo el mundo, mientras el delegado
ttrico y ceudo se las compona lo mejor posible para disputar. Al
tercer plato dispar con bala rasa contra la propiedad, el capital y la
clase media, y el presidente del Crculo, patrn y dueo del
establecimiento, hubo de amoscarse; poco despus fue el patriarca mismo
el enojado, a causa de no s qu frases sobre el derecho de insurreccin
y el empleo de medios violentos y coercitivos. Ninguno le pareca al
patriarca lcito; en su concepto, el amor, la paz, la fraternidad, eran
las mejores bases para fundar la unin federativa, no slo de Cantabria
y de Espaa, sino del mundo. Cada cual alegaba sus razones, tratando de
quimera el ajeno parecer; la discusin se haca general; intervenan en
ella periodistas y delegados desde los ms remotos extremos de la mesa;
alguien brindaba sin ser odo; personas de voz escasa exclamaban en tono
suplicante: Pero oigan ustedes, seores... si ustedes oyesen una
palabra.... Era en balde. El grupo central se lo hablaba todo; de su
confuso vocero slo se destacaban frases sueltas, airadas, empeadas en
descollar. Eso son utopas, utopas fatales.... No, es que le convenzo
a usted con la historia en la mano.... S, s, hagmonos de miel.... La
Revolucin Francesa.... Era otro rgimen, seores.... No confundamos los
tiempos.... Est usted en un error.... Un hecho no es ley general....
Eso lo ha dicho Pi.... Cant es un reaccionario.... El bautismo de la
sangre.... Horrores infecundos.... Mientras duraba la polmica, los
mozos no se entendan para pasar las fuentes del asado y para escanciar
el Champaa.... Uno de ellos se inclin hacia el presidente y le dijo al
odo no s qu... El presidente se levant al punto y sali de la sala,
volviendo a entrar presto seguido de un grupo de mujeres.

Amparo lo capitaneaba. Penetr airosa, vestida con bata de percal claro
y paoln de Manila de un rojo vivo que atraa la luz del gas, el rojo
del _trapo_ de los toreros. Su pauelito de seda era del mismo color, y
en la diestra sostena un enorme ramo de flores artificiales, rosas de
Bengala de sangriento matiz, sujetas con largas cintas lacre, donde se
lea en letras de oro la dedicatoria. Dirase que era el genio protector
de aquel lugar, el duende del Crculo Rojo; las notas del mantn, del
pauelo, de las flores y cintas se reunan en un vibrante acorde
escarlata, a manera de sinfona de fuego.

Adelantose intrpida la muchacha levantando en alto el ramo y
recogiendo, con el brazo libre, el paoln, cuyos flecos le llovan
sobre las caderas. Y como el conspicuo disputador, dejando su asiento,
mostrase querer tomar el ex-voto que la muchacha ofreca en aras de la
diosa Libertad, Amparo se desvi y fuese derecha al patriarca. El corro
se abri para dejarla paso.

La muchacha, sin soltar el ramo, miraba al viejo. Este, de pie, con su
barba plateada y levemente ondulosa como la de los ermitaos de
tragedia, con su calva central guarnecida de abundantes mechones canos,
con su alta estatura, un tanto encorvada ya, se le figuraba la
ancianidad clsica, adornada de sus atributos, coronando la cima de los
tiempos. Y el patriarca, a su vez, crea ver en aquella buena moza el
viviente smbolo del pueblo joven. Ambos formularon en sus adentros el
pensamiento de simpata que les asaltaba.

--Este seor mete respeto lo mismo que un obispo--se dijo Amparo.

--Esta chica parece la Libertad--murmur el patriarca.

Entre tanto la muchacha comenzaba su peroracin. Temblbale la voz al
principio; dos o tres veces tuvo que pasarse la mano, yerta, por la
frente hmeda, y sin saber lo que haca accion con el ramo, cuyas
cintas culebrearon como serpientes de llama, y carraspe para deshacer
un nudo que le apretaba el galillo. Poco a poco, el rumor de la mesa, el
cuchicheo de los convidados ms distantes, la luz de los mecheros de gas
que le calentaba los sesos, el aroma de los vinos y la espuma del
Champaa, que an pareca bullir en la iluminada atmsfera, la
embriagaron, y sinti fluir de sus labios las palabras y habl con
afluencia, con desparpajo, sin cortarse ni tropezar. Los convidados se
daban al codo sonriendo, pronunciando entre dientes algn bravo!, muy
bien!, al or que las operarias republicanas de la Fbrica ofrecan
aquel ramo a la Asamblea de la Unin del Norte y al Crculo Rojo en
prueba de que... y para manifestar cuanto... y como testimonio de que
los corazones que latan..., etc. El patriarca se colocaba la mano sobre
el pecho, se la llevaba a la boca con sincersima complacencia, mientras
el disputador, tieso y serio, inclinaba de vez en cuando lentamente la
cabeza en seal de aprobacin. Por fin, la oradora acab su discurso
entregando el ramo al patriarca y gritando: Ciudadanos delegados,
salud y fraternidad!.

Tom el viejo la ofrenda y la pas al presidente, que se qued con ella
muy empuada y sin saber qu hacer. Confusas las compaeras de Amparo
por el silencio repentino, miraban de reojo hacia todas partes,
maravillndose del esplendor de la mesa y algo sorprendidas de que el
banquete republicano fuese cosa de tanto orden y de que los delegados
comiesen en vez de salvar la patria. El patriarca se acerc a Amparo;
sus mejillas arrugadas y marchitas tenan a la sazn sonrosados los
pmulos.

--Gracias, hijas...--tartamude cabeceando senilmente--. Gracias,
ciudadanas.... Acrcate, tribuna del pueblo... que nos una un santo
abrazo de fraternidad.... Viva la tribuna del pueblo! Viva la Unin
del Norte!

--Viva!--balbuci Amparo toda enternecida, ahogndose--. Viva usted...
muchos aos!--Y el viejo y la nia estaban a dos dedos de romper a
llorar, y algunos de los convidados se rean a socapa viendo aquel brazo
paternal que rodeaba aquel cuello juvenil.




-XIX-

La Unin del Norte


Cuidado si hace calor!

Sobre el duro azul de un celaje no empaado por la ms leve bruma,
ondean las flmulas, colocadas en mstiles a la veneciana alrededor del
baluarte de la Puerta del Castillo, y sus gayos colores no desdicen del
jbilo radiante del cielo y de la estrepitosa y alegre multitud. Arcos y
ondas de follaje verde corren de mstil a mstil, disonando y
contrastando con el tono cerleo del firmamento. En mitad del anfiteatro
se alzaba el palco destinado a la Asamblea de la Unin, con su tribuna
al centro, y flanqueado de otros dos ms bajos, pero mayores, destinados
a las comisiones del partido. Bien poda la Asamblea constitutiva de la
Unin del Norte de la costa ibrica--que as se nombraba en sus
documentos oficiales--ocupar oronda y satisfecha el palco presidencial:
pocas sesiones y breves horas le haban bastado para sentar las bases
del gran contrato unionista federativo; actividad gloriosa, sobre todo
comparndola con la flema y machaconera de aquellas holgazanas de
Cortes Constituyentes, que tardaban meses en redactar un cdigo
fundamental y definitivo para la nacin.

Caminaba impetuosa hacia el anfiteatro la comitiva, compuesta del
partido y _juventud_ republicana, de mucha chiquillera, de los comits
rurales, de los delegados y de todo fiel cristiano que movido de
curiosidad quiso injerirse en la procesin. Apresuradamente, como si
fuese un ser nico animado por un solo soplo vital, y tuviese por voz la
banda de msica que aturda el ambiente con himnos y ms himnos,
adelantbase la palpitante masa humana; y empujadas por la compacta
muchedumbre, las banderas, coronadas de flores, vacilaban cual si
estuviesen ebrias, y tan pronto daban traspis y se inclinaban ac o
acull, como tornaban a erguirse rectas y altivas. Y las casas del
trnsito parecan contemplar el cuadro y entender su asunto, y de unas
llovan flores, ramos, coronas, y otras, en menor nmero, cerradas a
piedra y lodo, dijrase que fruncan el ceo y se ponan huraas y
serias al sentir el roce de las olas revolucionarias.

Cuando estas llegaron a estrellarse en el baluarte, se esparcieron y
derramaron por doquiera. El gento trep a las escaleras, cabalg en el
caballete de los bastiones, invadi los palcos de los comisionados, y se
extendi coronando las alturas vecinas; por los troncos de los mstiles
se encaram ms de un granuja, resuelto a dominar la situacin. Penetr
majestuosamente en su palco la Asamblea, y as que los delegados
ocuparon sus asientos, el tumulto se apacigu como por magia, y cerca de
veinte mil personas guardaron silencio religioso. Slo se oy salir de
algn rincn del anchuroso escenario, el melanclico grito que
pregonaba: Agua de limn fra, barquillos, agua, azucarillos, agua!.
Dos fotgrafos, situados en el lugar oportuno para tomar la vista,
enfocaban cubrindose la cabeza con el pao de bayeta verde, y sus
mquinas parecan los ojos de la Historia contemplando la escena. Casi
se oira el volar de una mosca, sobre todo en las cercanas del palco
presidencial.

Procediose a la firma y lectura del contrato de Unin. Desde lejos se
vea en el palco una agrupacin de cabezas, entre las cuales se
destacaba la negra cabellera melodramtica del disputador y sus quevedos
de oro, y la barba nvea del Patriarca, resplandeciente al sol como la
de Jehov en los cuadros bblicos. Estaban Baltasar y Borrn apoyados en
un lienzo de parapeto, de pie sobre un sillar de piedra, lo cual les
permita ver cuanto ocurriese. Ambos prestaban atencin suma,
comprendiendo que presenciaban un episodio interesante del drama
poltico espaol.

--Aqu se incuba algo, hombre--exclam Borrn inclinndose hacia su
amigo.

--Claro que se incuba! El desbarajuste universal... y el picadillo que
van a hacer de Espaa esos seores!

--Hombre, dice que no.... Dice que lo que desean es confederarnos, para
que estemos ms uniditos que antes... no ve usted que esto se llama la
Unin?

--S, s, corte usted un dedo y pguelo despus con saliva!

--A bien que una nacin no es ninguna naranja para hacerse cuarterones
tan fcilmente.... Sabe usted lo que me contaron de ese viejecito...
del Patriarca? Mire usted, yo me explico que sea republicano... haba
cosas en aquellos tiempos antiguos! Era el segundo de una casa rica...
poderosa, hombre! El mayorazgo arrampl con todo, eh?, mimos y
hacienda, y a l le qued un palomar viejo y la memoria de las
azotainas.... Otro se hubiera hecho misntropo... l se hizo filntropo
y luego progresista, y luego federal... y es un bienaventurado que
abraza a todo el mundo, y oye misa, y es incapaz de hacer dao a
nadie... ac _inter nos_ le tengo por algo chocho....

--Y aquel moreno... el de los quevedos?

--Ah! ese... ese dicen que es de los que quieren perder las colonias y
salvar los principios: hombre de lnea recta, de geometra.... Segn
Palacios, que lo conoce, la ecuacin entre la lgica y el absurdo: no en
balde es ingeniero. Si para lograr sus ideales tuviese que
desollarnos... pobre pellejo!

--Y si tuviese que desollarse a s mismo?

--Cspita!, de la epidermis ajena a la propia.... Con todo, no seamos
escpticos, hombre. All tiene usted a aquel otro... al del bigote
negro... el que est a la izquierda del Patriarca. Pues mire usted,
hombre, que le ha costado ya dinero y disgustos esta mojiganga
poltica... emigrado, encausado, maltratado... y se libr de ir a las
Marianas... no s cmo.... Hay humor para todo en este mundo
sublunar.... Y decir que cuando Dios produce chicas como esa se ocupen
en politiquear los muchachos!

Al pronunciar estas palabras sealaba Borrn a Amparo, cuyos rojos
atavos la distinguan del crculo femenino que la rodeaba.

--Pues esa chica an politiquea ms que los barbudos... no sabe
usted...?

Y el incidente del banquete fue comentado, desmenuzado, acribillado por
las dos bocas masculinas, que lo adornaron con festones satricos. Entre
tanto se lea el contrato de la Unin, y a pesar de que el sol no estaba
en el zenit ni mucho menos, la gente arracimada y prensada produca una
temperatura insufrible, y se oan exclamaciones de este jaez: Nos
morimos.--Nos asfixiamos.--Cundo vendr un poco de fresco!--Pero,
hombre, no nos estruje ust.--Ave Mara, qu brbaro.--Estese ust
quieto.--Pues si no ve, fastidiarse: sa figurao que vemos los dems?
--Tan siquiera puede uno meter la mano en el bolsillo para sacar un
triste pauelo!--Cuidado con el reloj, palpa si lo tienes. Y la voz del
lector del Contrato volaba por cima del mar de cabezas, y las palabras
garantas sacrosantas... dogmas de libertad... derechos
invulnerables... ideales benditos... pueblo honrado y libre... se
dilataban en el clido y sereno ambiente. Una lluvia de flores vino, de
improviso, a oscurecerlo, y multitud de blancas palomas fueron lanzadas
a l, abatiendo al punto el vuelo con aletear trabajoso, y cayendo sobre
la muchedumbre, entorpecidas de tener tanto tiempo ligadas las patas. Un
estruendoso cubo de cohetes de lucera sali bufando en todas
direcciones; retumb la msica; hubo un minuto de gritos, vivas,
estruendo y confusin, y nadie repar en que un pobre viejo, un
barquillero, sala del recinto mitad arrastrado y mitad en brazos de dos
hombres. Le dio un accidente, decan al verlo pasar, sin aadir otro
comentario.




-XX-

Zagal y zagala


Y del accidente se muri aquella noche misma, sin confesin, sin
recobrar los sentidos. Fue el sol abrasador? Mil veces le cay
verticalmente sobre el crneo al seor Rosendo en sus pocas de vida
militar, y vamos, que el de la isla de Cuba pica en regla.... Fue el
haber vuelto a manejar las tenazas y a elaborar barquillos para el
extraordinario consumo de aquellos das solemnes? Fue, como dijeron
algunas comadres, el orgullo de ver a su hija tan elocuente y bizarra, y
tan agasajada por los seores de la Asamblea? Qudese para la posteridad
el arduo fallo, si bien parece infundada la ltima suposicin, por
cuanto el seor Rosendo, lejos de manifestar complacencia cuando la
chica se meta en semejantes trifulcas, rompiera pocos das antes su
mutismo para decirle cosas muy al alma sobre eso de buscar tres pies al
gato y perder su colocacin por locuras. El servicio militar haba
formado de tal suerte el carcter del viejo, que la insubordinacin era
para l el ms feo delito, y su divisa, obediencia pasiva, automtica;
as es que amenaz a Amparo, poniendo los ojos fieros y la voz
tartajosa, con romperle una costilla si volva a leer peridicos en la
Fbrica. Algunos aos antes no hubiera amenazado sino ejecutado; pero la
cigarrera, desde que lo es, sale en cierto modo de la patria potestad, y
por eso se crey el seor Rosendo en el caso de guardar consideraciones
a su progenitura. Sabiendo cunto influyen en los sacudimientos
cerebrales y en las hemorragias internas los accesos de furor, puede
creerse que, tal vez, la rabia y no el orgullo de ver a su hija elevada
al rango de _Tribuna del pueblo_ determinaron en la pletrica
constitucin del viejo la apopleja fulminante.

En fin, a l lo enterraron y quedronse las dos mujeres cual es de
suponer en los primeros momentos: aturdidas, maravilladas de ver cmo
se va uno al otro mundo. Desequilibrio econmico no lo hubo, porque
Amparo, indultada, haba vuelto a la Fbrica, y Chinto, trabajando como
un mulo porfiado que era, ganaba lo mismo que antes y traa fielmente la
colecta todas las noches segn costumbre, con la diferencia de que ni
recoga ni reclamaba su mezquino sueldo. Pareci el nuevo sistema muy
ventajoso y cmodo a la tullida, que vena a estar como si tuviese dos
hijos y ambos ganasen para sustentarla. Pero Amparo viva inquieta
habiendo advertido cierto peregrino cambio en la actitud y modales de
Chinto. Mostrbase este mandn y muy interesado por las cosas de la
humilde casa, que indicaba considerar como suya; se tomaba otra vez la
libertad de esperar a la muchacha a la salida de la Fbrica, y aun de
acompaarla a la ida, si lo consenta la labor de los barquillos;
gastaba con ella chanzas finas como tafetn de albarda, y en suma, desde
la muerte del viejo, le daba de protector y cabeza de casa, sin que en
modo alguno procediese como criado, nico papel que Amparo le sealaba
siempre, mortificada de ver que el tosco paisano le prestaba servicios.
Indignada y ofendida, tratole con ms despego que nunca, y para colmo de
disgusto, vio que Chinto corresponda a sus desaires con rsticas
ternezas y a sus muestras de desvo con pruebas de confianza y aficin.
Una vez le trajo un pliego de aleluyas, y otra, como le oyese alabar
ciertos pendientes de cristal negro, fue y se los present a la noche
muy orondo.

Ella se neg a estrenarlos.

Hallbase una maana Amparo en su cuarto vistindose para salir a la
Fbrica, cuando sinti que una mano indiscreta alzaba el pestillo, y con
gran sorpresa encontr delante de s a Chinto, de un talante como nunca
lo haba visto la muchacha, pues traa el sombrern ladeado sobre la
oreja, los carrillos sofocados, el aire resuelto y un cigarro de a
cuarto en la boca: preparativos todos que haba juzgado indispensables
el paisanillo para realizar la proeza de cantar claro. La muchacha
cruz prestamente su bata que an tena sin abrochar, y arroj al osado
una mirada olmpica; pero Chinto vena tal, que ni las ojeadas de un
basilisco le hicieran mella.

--A qu entras aqu, a ver?--grit la cigarrera--. Qu se te ofrece?

--Se me ofreca... dos palabritas.

--Palabritas? Tengo que hacer ms que or tus tontadas.

--No, pues yo te quera decir de que... all... como ya tengo aprendido
el oficio... es decir, vamos, que quedndome las herramientas por lo que
me deba tu padre de soldada... all, yo, como ya en la quinta del mes
pasado libr... y como vamos....

--Acabars hoy o maana? Habla expedito, que parece que ests comiendo
sopas.

--Mujer, quirese decir... que si t admites el arriendo del trato,
puedes, es decir, podemos... casarnos los dos.

La risa homrica que solt la insigne Tribuna al verse requerida de
amores por aquella monts alimaa, se cambi presto en clera al
advertir que Chinto continuaba brindndole su mano y corazn con las
discretas razones ya referidas.

--Porque yo, lo que es tenerte volunt... te tengo muchsima, ya desde
mismo que te vi... y me gustas que no s, que parece que mismo no pienso
sino en tus quereres... as me veo yo tan destruido, que cuasimente no
como y propiamente no me quiere dormir el cuerpo.... Por trabajar, ya
sabes que trabajar hasta que me reviente el alma... y por
mantenerte....

--Mira... si no te sacas de delante, repelo, hago contigo una
desgracia!--grit furiosa ya Amparo dando al mozo, que estaba prximo a
la puerta, un soberano empelln para arrojarle del cuarto. Pero el
movimiento brusco y familiar despert la sangre aldeana de Chinto, y con
los brazos abiertos se fue hacia Amparo. Esta a su vez sinti que
renaca la chiquilla callejera de antao, y bajndose prontamente, alz
del suelo una botita y estamp el tacn de plano en la inflamada mejilla
que vio prxima a las suyas: y con tanto bro menude los golpes, que a
uno que le alcanz entre los ojos, el brbaro galn hubo de exhalar
imprecaciones sofocadas, retrocediendo y dejando el campo libre. Mal
segura an la muchacha, agarr una silla; mas sobraban ya los aprestos
blicos, porque el mozo, restituido a la razn por el vapuleo, se haba
arrojado de bruces sobre la cama, y escondiendo y revolcando el rostro
en la ropa tibia an del cuerpo de Amparo, lloraba como un becerro,
alzando en su dialecto el grito primitivo, el grito de los grandes
dolores de la infancia que reaparece en las siguientes crisis de la
existencia.

--Madre ma, madre ma!

Encogiose Amparo de hombros y fuese a su Fbrica, que urga el tiempo y
era preciso ganar el pan, porque el entierro del viejo haba consumido
sus menguados ahorros. Al regresar cont a su madre lo ocurrido, y con
no pequea admiracin oy que la impedida la reprenda por no haber
aceptado la propuesta matrimonial; y es el caso que la lgica de la
tullida pareca contundente.

--T qu eres, mujer?--le deca--. Cigarrera como yo. Y l qu es,
mujer? Barquillero como tu padre que en paz descanse. Que te dicen por
ah si eres graciosa, si eres tal y cual.... Conversacin y ms
conversacin. l trabaja, eh? Pues a eso vamos, que lo otro...
patarata.

Sin querer or ms, la muchacha declar que no slo repugnaba casarse
con semejante bestia, sino que iba a echarlo de casa volando: no era
cosa de tener que atrancar la puerta cada vez que se vistiese. No y no:
antes prefera que la aspasen viva que sufrirlo all a todas horas.
Lamentose la tullida, record que el jornal de Chinto las ayudaba a
vivir; todo se estrell contra la firmeza de la Tribuna. Y cuando volvi
de fuera Chinto a soltar el tubo vaco y a entregar, cabizbajo y humilde
como un borrego, sus ganancias del da, Amparo le intim la orden de no
dormir ya aquella noche en casa. El mozo la oy con rostro entre abatido
y atnito; y as que se convenci de que se le condenaba al ostracismo,
sali de la estancia a paso redoblado. La tullida se inclin hacia su
hija cuanto pudo para decirle:

--Mira que le debemos cuartos.

--Se los restregar por la cara--respondi Amparo con magnfico desdn.

A los dos minutos se present otra vez Chinto, cargado con los chismes
de la barquillera, tenazas, cargador, lebrillo, y hasta un haz de lea;
Amparo se puso en actitud defensiva cuando le vio blandir en el aire los
hierros; mas no fue sino para desunirlos con fuerza bovina y tirarlos a
un rincn desdeosamente; y en seguida, juntando las tarteras, la lea y
el cauto de hojalata, lo pate todo hasta reducir a aicos los
cacharros y a un bollo informe el reluciente tubo. Ejecutada la hazaa,
a puntapis mand los tristes restos a las esquinas de la habitacin, de
la cual se retir sin volver atrs el rostro.




-XXI-

Tabaco picado


A los pocos das supo Amparo en la Granera, convento laico donde nada se
ignora, que Chinto andaba pretendiendo ingresar en el taller de la
picadura. Empez a correr y comentarse en la Fbrica la leyenda del mozo
transido de amor que por estar cerca de su adorado tormento se meta en
los infiernos del picado, en el lugar doliente a cuya puerta hay que
dejar toda esperanza. De qu manera se las compuso Chinto para lograr su
deseo, no hace al caso: lo cierto es que obtuvo la plaza, y que Amparo
se lo encontr frecuentemente a la entrada y a la salida, triste como
can apaleado por su amo, y sin que le dijese nunca ms palabras que
Adis, mujer... vayas muy dichosa. No caba que Amparo, generosa de
suyo, dejase de ser la primera en trabar otra vez conversacin con l:
hablaron de cosas indiferentes, de sus respectivas labores, y Amparo
prometi visitar el taller de Chinto: que con venir diariamente a la
Granera, no lo conoca an. La Comadreja la acompa en la visita.
Descendieron juntas al piso inferior, con propsito de aprovechar la
ocasin y verlo todo. Si los pitillos eran el Paraso y los cigarros
comunes el Purgatorio, la analoga continuaba en los talleres bajos, que
merecan el nombre de Infierno. Es verdad que abajo estaban las largas
salas del oreo, y sus simtricos y pulcros estantes; el despacho del
jefe, y el cuadro de las armas de Espaa trabajadas con cigarros,
orgullo de la Fbrica; los almacenes; las oficinas; pero tambin el
lbrego taller del desvenado y el espantoso taller de la picadura.

En el taller del desvenado daba fro ver, agazapadas sobre las negras
baldosas y bajo sombra bveda sostenida por arcos de mampostera y algo
semejante a una cripta sepulcral, muchas mujeres, viejas la mayor parte,
hundidas hasta la cintura en montones de hoja de tabaco, que revolvan
con sus manos trmulas, separando la vena de la hoja. Otras empujaban
enormes panes de prensado, del tamao y forma de una rueda de molino,
arrimndolos a la pared para que esperasen el turno de ser escogidos y
desvenados. La atmsfera era a la vez espesa y glacial. La Comadreja
andaba a saltos por no pisar el tabaco, y a veces llamaba por su nombre
a una de las desvenadoras.

--Hola... seora Porcona!--exclam dirigindose a una que pareca tener
los prpados en carne viva y los labios blancos y colgantes, con lo cual
haca la ms extraa y espantable figura del mundo--. Hola... cmo le
va? Cmo estn esos parientes? T no sabes--aadi volvindose a
Amparo--que la seora Porcona es parienta, muy parienta, del seor de
las Guinderas, aquel tan rico que tiene dos hijas y vive en el Malecn y
viene aqu a veces: y l se empea en negarlo y en no darle un ochavo;
pero ella se lo ha de ir a cantar a las hijas el da que vayan ms majas
por el paseo. Verd, seora Porcona?

--Yyyy... y es como el Evangelio, hiiigas...--contest una voz temblona
como el balido de la cabra, y aguardentosa adems.

--Explquenos el parentesco, ande--sugiri Amparo prestndose a la broma
de su amiga.

La vieja alz sus manos sarmentosas, se las pas por los sangrientos
ojos, y con muchas oscilaciones del labio inferior:

--Aunque.... Diiios en persona estuviese all--pronunci sealando a uno
de los gigantescos panes de tabaco--, yo no he de contar mentira. Od,
espectadores del caso. Es de saber que el padre del padre de mi madre, o
quirese decir mi bisabuelo, digo, el abuelo de mis padres, era cuado
carnal, o quirese decir, medio hermano de la abuela de la madre
poltica del seor de las Guinderas.... De modo y manera es, que yo
vengo a ser parienta de muy cerquita, por la infinid de la sangre....

--Y es mucha picarda que no le den siquiera un realito diario para
aguardiente--sugiri malignamente la Comadreja.

--Aaaa... guardiente!--clam la vieja acentuando el trmolo--. Diera
Diiiios pan!

--Vamos, que un sorbito ya entr.

--Ni maldiito olor dl me lleg tan siquiera: y eso que a mis aitos,
hiiigas... ya os gustar calentar el estmago que se pone como la pura
nieve.

--Qu aos tendr, seora Porcona? Sin mentir.

--Busssss!--pronunci la desvenadora. As Dios me salve, ni s de
verdad el ao que nac. Pero...--y baj la temblona voz--sepades que
cuando se puso aqu la fbrica, de las diez y seis primeritas fui yo que
aqu trabajaron....

--Dnde ir la fecha!--murmur la Comadreja. Amparo le tir del brazo
horrorizada de aquella imagen de la decrepitud que se le apareca como
vaga visin del porvenir. Recorrieron la sala de oreos, donde miles de
mazos de cigarros se hallaban colocados en fila, y los almacenes,
henchidos de bocoyes, que, amontonados en la sombra, parecen sillares de
algn ciclpeo edificio, y de altas maniguetas de tabaco filipino
envueltas en sus finos miriaques de tela vegetal; atravesaron los
corredores atestados de cajones de blanco pino, dispuestos para el
envase, y el patio interior lleno de duelas y aros sueltos de
destrozadas pipas; y por ltimo, pararon en los talleres de la picadura.

Dentro de una habitacin caleada, pero negruzca ya por todas partes, y
donde apenas se filtraba luz al travs de los vidrios sucios de alta
ventana, vieron las dos muchachas hasta veinte hombres vestidos con
zaragelles de lienzo muy remangados y camisa de estopa muy abierta, y
saltando sin cesar. El tabaco los rodeaba: habalos metidos en l hasta
media pierna: a todos les volaba por hombros, cuello y manos, y en la
atmsfera flotaban remolinos de l. Los trabajadores estribaban en la
punta de los pies y lo que se mova para brincar era el resto del
cuerpo, merced a repetido y automtico esfuerzo de los msculos; el
punto de apoyo permaneca fijo. Cada dos hombres tenan ante s una mesa
o tablero, y mientras el uno, saltando con rapidez, suba y bajaba la
cuchilla picando la hoja, el otro, con los brazos enterrados en el
tabaco, lo revolva para que el ya picado fuese deslizndose y quedase
slo en la mesa el entero, operacin que requera gran agilidad y tino,
porque era fcil que al caer la cuchilla segase los dedos o la mano que
encontrara a su alcance. Como se trabajaba a destajo, los picadores no
se daban punto de reposo: corra el sudor de todos los poros de su
miserable cuerpo, y la ligereza del traje y violencia de las actitudes
patentizaba la delgadez de sus miembros, el hundimiento del jadeante
esternn, la pobreza de las Barrosas canillas, el trreo color de las
consumidas carnes. Desde la puerta, el primer golpe de vista era
singular: aquellos hombres, medio desnudos, color de tabaco, y rebotando
como pelotas, semejaban indios cumpliendo alguna ceremonia o rito de sus
extraos cultos. A Amparo no se le ocurri este smil, pero grit:

--Jess.... Parecen monos.

Chinto, al ver a las muchachas, se par de pronto, y soltando el mango
de la cuchilla, y sacudindose el tabaco, como un perro cuando sale de
baarse sacude el agua, se les acerc todo sudoroso, y con un
sobrealiento terrible:

--Aqu se trabaja firme... dijo con ronca voz y aire de taco. Se
trabaja... prosigui jactanciosamente, y se gana el pan con los
puos.... Se trabaja de Dios, conchas!

--Ests bonito; parece que te chuparon--exclam la Comadreja, mientras
Amparo lo miraba entre compadecida y asquillosa, admirndose de los
estragos que en tan poco tiempo haba hecho en l su perruno oficio. Le
sobresala la nuez, y bajo la grosera camisa se pronunciaban los
omplatos y el cbito. Su tez tena matices de cera, y a trechos manchas
hepticas; sus ojos parecan plidos y grandes respecto de su cara
enflaquecida.

--Pero, bruto--exclam la Tribuna con bondadoso acento--, ests sudando
como un toro y te plantas aqu entre puertas, en este pasillo tan
ventilado... para coger la muerte.

--Boh...--y el mozo se encogi de hombros--. Si reparsemos a eso....
Todo el da de Dios estamos aqu saliendo y entrando y las puertas
abiertas, y fro de aqu y fro de all... Mira onde afilamos la
cuchilla.

Y seal una rueda de amolar colocada en el mismo patio.

--La calor y el abrigo, por dentro.... Ya se sabe que no teniendo aqu
una gota... (y se dio una palmada en el diafragma).

--As apestas, maldito--observ Ana--. Anda, que no s qu sustancia le
sacis al condenado vinazo.

--Antes--pronunci sentenciosamente Amparo--slo probabas vino algn da
de fiesta que otro.... Pues aqu no tienes por qu tomar vicios, que
gracias a Dios la borrachera poco dao nos hace....

--Las de arriba bien hablis, bien hablis.... Si os metieran en estos
trabajitos.... Para lo que hacis, que es labor de seoritas, con agua
basta.... Quirese decir, vamos... que un hombre no ha de ponerse
chispo; pero un rifigelio... un tentac... Queris ver cmo bailo?

Volvi a manejar la cuchilla, mostrando su agilidad y fuerza en el duro
ejercicio. De esta entrevista quedaron reconciliados la pitillera y el
picador, que la acompa algunas veces por la cuesta de San Hilario
abajo, sin renovar sus pretensiones amorosas.




-XXII-

El Carnaval de las cigarreras


Unos das antes de Carnavales se anuncia en la Fbrica la llegada del
_tiempo loco_ por bromas de buen gnero que se dan entre s las
operarias. Infeliz de la que, fiada en un engaoso recado, se aparta de
su taller un minuto; a la vuelta le falta su silla, y vaya usted a
encontrarla en aquel vasto ocano de sillas y de mujeres que gritan a
coro: Atrs te queda. Delante te queda. A las vctimas de estos
alegres deportes les resta el recurso de llevar bien escondido debajo
del mantn un puntiagudo cuerno, y ensearlo por va de desquite a quien
se divierte con ellas. Tambin se puede, por medio de una tira estrecha
de papel y un alfiler doblado a manera de gancho, aplicar una _lrgala_
en la cintura, o estampar con cartn recortado y untado de tiza, la
figura de un borrico en la espalda. Otro chasco favorito de la Fbrica
es, averiguado el nmero del billete de lotera que tom alguna
bobalicona, hacerle creer que est premiado. Todos los aos se repiten
las mismas gracias, con igual xito y causando idntica algazara y
regocijo.

Pero el jueves de Comadres es el da sealado entre todos para
divertirse y echar abajo los talleres. Desde por la maana llegan las
cestas con los disfraces; y obtenido el permiso para bailar y formar
comparsas, las oscuras y tristes salas se trasforman. El Carnaval que
sigui al verano en que ocurrieron los sucesos de la Unin del Norte se
distingui por su animacin y bullicio; hubo nada menos que cinco
comparsas, todas extremadas y lucidas. Dos eran de mozas y mozos del
pas, vestidos con ricos trajes que traan prestados de las aldeas
cercanas; otra, de grumetes; otra, de _seoritos_ y _seoras_, y la
ltima comparsa era una estudiantina. Las dos de labradores se
diferenciaban harto. En la primera se haba buscado, ante todo, el lujo
del atavo y la gallarda del cuerpo; las cigarreras ms altas y bien
formadas vestan con suma gracia el calzn de rizo, la chaqueta de pao,
las polainas pespunteadas y la montera ornada con su refulgente pluma de
pavo real; y para las mozas se haban elegido las muchachas ms frescas
y lindas, que lo parecan doblemente con el dengue de escarlata y la
cofia ceida con cinta de seda. La segunda comparsa aspiraba, ms que a
la bizarra del traje, a representar fielmente ciertos tipos de la
comarca. Enrollada la saya en torno de la cintura, tocada la cabeza con
un pauelo de lana, cuyos flecos le formaban caprichosa aureola; asido
el ramo de tejo, de cuyas ramas pendan rosquillas, estaba la peregrina
que va a la romera famosa a que no se eximen de concurrir, segn el
dicho popular, ni los muertos; a su lado, con largo redingote negro,
gruesa cadena de similor, barba corrida y hongo de anchas alas, el
_indiano_, acompabanle dos mozos de las Ras Saladas, luciendo su
traje hbrido, pantaln azul con cuchillos castaos, chaleco de pao con
enorme _sacramento_ de bayeta en la espalda, faja morada, sombrero de
paja con cinta de lana roja. Los estudiantes haban improvisado manteos
con sayas negras, y tricornios de cartn con cuchara y tenedor de palo
cruzados, completaban el avo; los grumetes tenan sencillos trajes de
lienzo blanco y cuellos azules; en cuanto a la comparsa de _seores_,
haba en ella un poco de todo; guantes sucios, sombreros ajados,
vestidos de baile ya marchitos, mucho abanico, y antifaces de
terciopelo.

En mitad del taller de cigarros comunes se form un corro y se alz gran
vocero alrededor de la _Mincha_, barrendera vieja, pequea, redonda
como una tinaja, que bailaba vestida de moharracho, con dos enormes
jorobas postizas, un sern por corona, una escoba por cetro, un ruedo
por manto real, la cara tiznada de holln, y un letrero en la espalda
que deca en letras gordas: Viva la broma. Incansable, pegaba brincos
y ms brincos, llevando el comps con el cuento de la escoba, sobre las
carcomidas tablas del piso. Pero bien pronto le rob la atencin de sus
admiradoras la estudiantina, que estaba toda encaramada en una mesa de
metro y medio de largo por un metro escaso de ancho. Cmo danzaban all
unas doce chicas, es difcil decirlo; ellas danzaban, acompandose con
panderetas y castauelas y coreando al mismo tiempo habaneras y polcas.
En aquella comparsa, la ms alborotadora y risuea, figuraba Guardiana.
Nunca el jbilo y la feliz imprevisin de los pocos aos brillaron como
en el rostro de la pobre chica, que a tan poca costa y con tan poca cosa
diverta sus penas. Era la valerosa pitillera chiquita y delgada; tena
a la sazn el rostro encendido, ladeado el tricornio, y con picaresco
ademn repicaba un pandero roto ya, y muy engalanado de cintas.

Ana y Amparo figuraban entre los grumetes. La Comadreja haca un grumete
chusco, travieso y cnico; Amparo, el ms hermoso muchacho que
imaginarse pueda. Todo lo que su figura tena de plebeyo lo disimulaba
el traje masculino; ni las gruesas muecas, ni el recio pelo daaban a
su gentileza, que era de cierto notable y extraordinaria. La comparsa
recorri los talleres, bailando y cantando, recibiendo bromas de las
_seoras_, y alegrando la oscuridad de las salas con la nota blanca y
azul de sus trajes. Sin embargo, no se poda dudar que la victoria
quedaba por los labradores. A la cabeza de estos estaba una mujer,
casada ya, celebrada por buena moza, Rosa, la que llenaba con mayor
presteza los _faroles_ de picadura. Con el traje propio de su sexo, Rosa
era un tanto corpulenta en demasa; con el de labrador no haba que
pedirle. La camisa de lienzo labrado dibujaba su ancho pecho; el calzn
se ajustaba a maravilla a sus bien proporcionadas caderas; pendiente del
cuello llevaba un ancho escapulario de raso bordado de lentejuelas y
sedas de colores. Debajo de la montera, un pauelo de fular azul, atado
como lo hacen los paisanos, le encubra el pelo. Apoybase en la _moca_
o porra claveteada de clavos de plata, y con acento melanclico y
prolongado, cantaba una copla del pas, y contestbale desde enfrente
una morenita vestida de ribereo, con su chaleco muy guarnecido de
botones de filigrana y su faja recamada de pjaros y flores
extravagantes, _echando la firma_, consistente en tres versos
irregulares, improvisados siempre, con sujecin al asunto de la copla;
al concluir la _firma_, salan del corro de espectadores varios ju...
juruj! agudsimos. Lo que haca maravilloso efecto era or, en los
intervalos en que callaban las cantoras, unas malagueas resonando en el
otro extremo de la sala, mientras por su parte la estudiantina se
consagraba a las habaneras, cual si la anarqua de los trajes se
comunicase a las canciones. En la comparsa de las _seoras_ haba una
chica poseedora de bien timbrada voz y de muchsimo donaire para las
coplas propias de la ciudad, tan distintas de las rurales, que al paso
que en stas las vocales se alargan como un gemido, en las otras se
pronuncian brevemente, produciendo al final de algunos versos una
inflexin burlesca:

          _En el medio de la mar_
          _Suspiraba una ballena_
          _Y entre suspiros decia_
          _Muchachas de Cartagena._


Y quin tena valor para trabajar en medio de la bulliciosa
carnavalada? Algunas operarias hubo que al principio se encarnizaron en
la labor, bajando la cabeza por no ver las mscaras; pero a eso de las
tres de la tarde, cuando la inocente saturnal llegaba a su apogeo, las
manos cruzadas descansaban sobre la tabla de liar, y los ojos no saban
apartarse de los corros de baile y canto. Ocurri un incidente cmico:
el taller del desvenado quiso echar su cuarto a espadas, y organiz una
comparsa numerosa; emperonse en formar parte de ella las ms ancianas,
las ms infelices, y la mascarada se improvis de la manera siguiente:
envolvindose todas por la cabeza los mantones, sin dejar asomar ms que
la nariz o una horrible careta de cartn, y colocndose en doble fila,
haciendo de batidores cuatro que llevaban cogida por las esquinas una
estera, en la cual reposaba, con los ojos cerrados, muy propia en su
papel de difunta, la decana del taller, la respetable seora Porcona.
As colocadas y con extrao silencio recorrieron los talleres, dando no
s qu aspecto de aquelarre a la bulliciosa fiesta. Al punto recibi
ttulo aquella nueva y lgubre comparsa; llamronle la _Estadea_, nombre
que da la supersticin popular a una procesin de espectros.

Dirase que el mago Carnaval, con poderoso conjuro, haba desencantado
la Fbrica, y vuelto a sus habitantes la verdadera figura en aquel da.
Muchachas en las cuales a diario nadie hubiera reparado quiz,
confundidas como estaban entre las restantes, resplandecan, alumbradas
por una rfaga de hermosura, y un traje caprichoso, una flor en el pelo,
revelaban gracias hasta entonces recnditas. Y no porque la coquetera
desplegada en los disfraces llegase al grado que alcanza entre la gente
de alto coturno que asiste a bailes de trajes y suele reflexionar y
discurrir das y das antes de adoptar un disfraz--habiendo seorita que
se viste de _Africana_ por lucir una buena mata de pelo, o de
_Pierrette_ por mostrar un piececito menudo--; no por cierto. Semejantes
refinamientos se ignoraban en la Fbrica. Ni a las viejas se les daba un
comino de ensear en la fuga del baile la seca anatoma de sus huesos,
ni a las mozas un rbano de desfigurarse, verbigracia, pintndose
bigotes con carbn. El caso era representar bien y fielmente tipos
dados; un mozo, un quinto, un estudiante, un grumete. Habalas con tan
rara propiedad vestidas, que cualquiera las tomara por varones; las
feas y hombrunas se brindaban sin repulgos a encajarse el traje
masculino, y lo llevaban con singular desenfado. Y de un extremo a otro
de los talleres, entre el calor creciente y la broma y bullicio que
aumentaban, corra una oleada de regocijo, de franca risa, de diversin
natural, de juego libre y sano; una afirmacin enrgica de la femenidad
de la Fbrica. No cohibidas por la presencia del hombre, gozaban cuatro
mil mujeres aquel breve rayo de luz, aquel minuto de jbilo expansivo
colocado entre dos eternidades de montona labor.

Hacia las cuatro de la tarde no caba ya la algazara y bulla en las
salas; todo el mundo pereca de calor; a las disfrazadas de paisanos las
ahogaba su traje de pao, y se apoyaban, descoyuntadas de tanto rer,
molidas de tanto bailar, roncas de tanto canticio, en los estantes,
abanicndose con la montera. La Comadreja, que ya no saba cmo
procurarse un poco de fresco, tuvo una idea.

--Si nos dejasen armar un corro en el patio, chicas, eh?

Pareci de perlas la ocurrencia, y salieron al patio de entrada, y de
all al magro campillo colindante, y perteneciente tambin a la Fbrica.
Estaba el da sereno y apacible; el sol doraba las hierbas quemadas por
la escarcha, y se colaba en tibios rayos oblicuos al travs de los
desnudos rboles. El ambiente era ms templado que otra cosa, como suele
suceder en el clima de Marineda durante los meses de febrero y marzo. Al
desembocar en el campo la alegre multitud, huyeron espantadas unas
cuantas gallinas y algunos borregos sucios y torpes patos, que
correteaban por all, y eran los nicos pobladores del mezquino oasis,
limitado de una parte por la vetusta tapia, de otra por cobertizos
atestados de fardos de vena, y de otra por el taller de cigarros
peninsulares, aislado del edificio de la Granera. Al punto se formaron
dos corros con ms espacio que arriba, y la frescura de la tardecita
restituy las ganas de bailar a las exhaustas mscaras.

Oh, si ellas hubiesen sabido que desde las prximas alturas de Colinar
las miraban dos pares de ojos curiosos, indiscretos y osados! De la cima
de un cerrillo que permita otear todo el patio de la Fbrica, dos
hombres apacentaban la vista en aquel curioso cuanto inesperado
espectculo. Uno de ellos rondaba muchas veces las cercanas de la
Granera, pero nunca en aquel predio haba visto ms seres vivientes que
canteros picando sillares de granito, y aves de corral escarbando la
tierra. Baltasar ignoraba los detalles del Carnaval de las cigarreras, y
apenas entendera lo que estaba viendo, si Borrn, mejor informado, no
se tomase el trabajo de explicrselo.

--Generalmente estas mascaradas son de puertas adentro; pero hoy, como
hace calor y el da est bueno, salen al fresco a bailar.... Qu
casualidad, hombre!

--Casualidad es, tiene usted razn. En todas partes he de encontrrmela.

Y al decir as, sealaba el teniente al corro de los grumetes. Mientras
los paisanos punteaban y repicaban un paso de baile regional, los
grumetillos haban elegido el _zapateado_, donde la viveza del
meridional bolero se une al vigor muscular que requieren las danzas del
Norte. Bien ajena que la viese ningn profano, puesta la mano en la
cadera, echada atrs la cabeza, alzando de tiempo en tiempo el brazo
para retirar la gorrilla que se le vena a la frente, Amparo bailaba.
Bailaba con la ingenuidad, con el desinters, con la casta desenvoltura
que distingue a las mujeres cuando saben que no las ve varn alguno, ni
hay quien pueda interpretar malignamente sus pasos y movimientos.
Ninguna valla de pudor verdadero o falso se opona a que se balancease
su cuerpo siguiendo el ritmo de la danza, dibujando una lnea serpentina
desde el taln hasta el cuello. Su boca, abierta para respirar
ansiosamente, dejaba ver la limpia y firme dentadura, la rosada sombra
del paladar y de la lengua; su impaciente y rebelde cabello se sala a
mechones de la gorra, como revelacin traidora del sexo a que perteneca
el lindo grumete, si ya la suave comba del alto seno y las fugitivas
curvas del elegante torso no lo denunciasen asaz. Tan pronto,
describiendo un crculo, hera con el pie la tierra, como, sin moverse
de un sitio, _zapateaba_ de plano, mientras sus brazos, armados de
castauelas, se agitaban en el aire, bajaban y suban a modo de alas de
ave cautiva que prueba a levantar el vuelo.




-XXIII-

El tentador


Al descender de su observatorio, echados por las sombras de la noche,
que envolvan el patio de la Fbrica y cubran la estruendosa retirada
de las cigarreras vestidas ya con sus trajes usuales, Baltasar iba
silencioso y concentrado. Borrn muy locuaz. El bueno del capitn no
caba en s de gozo, ni ms ni menos que si la aventura de ver bailar a
la Tribuna le aconteciese a l directamente. Hay en el mundo aficiones y
gustos muy diversos; este chochea por monedas roosas, aquel por
libracos viejos, el de ms ac por caballos y el de ms all por sellos
y cajas de fsforos.... Borrn haba chocheado, chocheaba y chocheara
toda su arrastrada vida por la hermosura, encantos y perfecciones de la
mujer. Haba adquirido para conocer la belleza, y sobre todo el
atractivo, ese golpe de vista, ese tino especial que permite a los
expertos, sin ejercer ni dominar las artes, apreciar con exactitud el
mrito de un cuadro, el estilo de un mueble, la poca de un monumento.
Nadie como Borrn para descubrir beldades inditas, para predecir si una
muchacha valdra o no muchas pesetas andando el tiempo, y fallar si
posea la quisicosa llamada _gracia, salero, gancho, ngel, chic, buena
sombra_, y de otros mil modos--lo cual prueba que es indefinible.

La originalidad del caso est en que con toda su aficin a las faldas, y
sus profundos conocimientos de esttica aplicada, no se refera de
Borrn la ms insignificante historieta. Viviendo siempre en una
atmsfera fuertemente cargada de electricidad amorosa, nunca le hiri la
chispa. Practicaba, en materia de amoros, el ms puro y desinteresado
_otrosmo_. Si no poda andar entre las muchachas asegurndoles que
Fulanito se alampaba por ellas, o que Zutanito se mora por sus pedazos,
se arrimaba a los jvenes, calentndoles los cascos, encendindoles la
sangre, hablndoles del pie de tal chica:--hombre, un pie que me cabe en
la palma de la mano--o del color de cul otra--hombre, si parece que se
da agua de Barcelona, y no, me consta que aquello es natural--. Borrn
saba de las criadas que llevan y traen cartitas, de los paseos
retirados donde es fcil tropezarse cuando hay buena voluntad, de los
peladeros de pava, de las butacas que en el teatro ofrecen ms comodidad
para _hacer el oso_; era el primero a olfatear los trapicheos, las
bodas, los escandalillos y los _truenos_ incipientes. No era Borrn un
casamentero, porque, generalmente hablando, el casamentero se propone un
fin moral, y a Borrn la moral-hombre, con franqueza--le tena sin
cuidado. Si el cuento acababa en nupcias, bien, y si no, lo propio;
Borrn haca _arte por el arte_; el amor le pareca objeto suficiente de
s mismo.

Para todo enamorado de Marineda, especialmente si perteneca a la
guarnicin, el complemento de la dicha era esta idea:--Voy a contrselo
a Borrn--. Y Borrn, como un espejo complaciente, de los que _hacen
favor_, le devolva la imagen de su felicidad, no exacta, sino
aumentada, embellecida, multiplicada, radiante.--Vamos a pasearle la
calle a la novia--le decan sus amigos cogindole del brazo--. Y Borrn
giraba tardes enteras delante de una manzana de casas, parafraseando las
observaciones de algn amador novel que exclamaba:--Ya alz el
visillo... se asoma... no, es la hermana... ahora s... cmo me mira...
hola!, tiene la mantilla puesta...--. Jams mostr Borrn cansarse de
su papel de reflector y perro faldero; y cuenta que las chicas, guiadas
por infalible instinto, le trataban como se trata a los inofensivos y a
los mandrias; aunque l se derreta, acaramelaba y amerengaba todo,
jams le tomaron en parte alguna por lo serio.

Baltasar no le haba buscado para confidente; Borrn se ofreci, y es
ms, atiz el incendio, ech lea a la hoguera con sus frases de plvora
y dinamita. Aquella tarde, cuando juntos bajaban hacia la ciudad, el ms
animado, el ms exaltado era Mefistfeles: Fausto callaba, meditando en
lo comprometidos y engorrosos que son ciertos enredos en poblaciones de
provincia, donde uno tiene madre y hermanas. Mefistfeles, pobre
diablo!, no se cansaba, entre tanto, de ponderar los primores del
grumete. Cada vez que el confidente y el enamorado pasaban cerca de un
farol, la luz se proyectaba en la fisonoma de Borrn, siempre movida,
agitada y descompuesta, cmica a pesar del exagerado carcter viril que
a primera vista le impriman los cerdosos mostachos, las pobladas cejas
y la prominente nuez. En su aspecto Borrn era semejante a los guardias
civiles de madera que suelen colocarse en el frontispicio de los hrreos
y molinos del pas: a despecho de sus bigotazos formidables, bien se les
conoce que son muecos.

--Dgole a usted, Borrn--exclam Baltasar resolvindose por fin a
formular en alta voz su pensamiento--, que no comprende usted lo que es
Marineda... ni lo que es mi madre. Me resultaran mil disgustos, mil
complicaciones.... Aborrezco los escndalos.

--Hombre, qu juventud tan sosa son ustedes! Parece mentira que
habiendo visto lo que vimos....

--No me conviene, lo dicho; me alegrar de que me destinen a cualquiera
parte. Si me quedo aqu, es fcil.... Y despus, sabe usted lo que es
esa Fbrica? Una masonera de mujeres, que aunque hoy se arranquen el
moo, maana se ayudan todas las unas a las otras. Me desacreditaran,
me crearan un conflicto.

--No le haca a usted tan medroso.

--La verdad, Borrn; tengo ms miedo a las hablillas, si cuadra, que a
un balazo. Ser una tontera, pero me fastidia infinito ser el hroe de
la temporada.

--Vamos, hombre, franqueza. Usted tambin recela verse envuelto en las
redes de esa chica, y tener que casarse.... Baltasar sonri sin
afectacin, pero con tal seoro de s mismo, que Borrn se encogi de
hombros.

--Pues entonces....

--Por un lado, s, lo acierta usted; soy un majadero en abrigar tales
escrpulos. Pasa uno as los mejores aos de su vida, y qu?, llega uno
a viejo sin haber vivido....

Aqu el teniente se detuvo; una idea burlesca le impulsaba a sonrerse
otra vez, pensando que el capitn se hallaba justamente en el caso de
declinar hacia la edad madura sin tener que ofrecer a Dios ni qu contar
al diablo. Borrn, entre tanto, aprobaba calurosamente las ltimas
palabras de Baltasar, las desenvolva, las consideraba desde nuevos
aspectos; en suma, soplaba para que la llama prendiese mejor. Tan bien
desempe su oficio mefistoflico, que Baltasar convino en reunirse al
da siguiente con l para meditar un plan de ataque que debelase la
republicana virtud de la oradora. Pero al acudir a la entrevista, que
era, por ms seas, en el terreno neutral del caf, Borrn conoci que
Baltasar traa alguna extraordinaria nueva.

--Ya no hay necesidad de concertar planes--declar el teniente con
forzada risa--. No se lo deca yo a usted? Me destinan all... a
Navarra. La cosa anda mal.

--Bah!... cuatro bandidos que salen de aqu y de acull; hombre,
partidillas sueltas.

--Partidillas sueltas... ya, ya me lo contar usted dentro de unos
meses. El cariz del asunto se pone cada vez ms feo. Entre esos brbaros
que quieren entrar en burro en las iglesias y fusilan por chiste las
imgenes, y los otros salvajes que cortan el telgrafo y queman las
estaciones... ver usted, ver usted qu tortilla se nos prepara. Aqu
nadie se entiende. Mire usted que hasta Montpensier, que pareca formal,
meterse en ese desafo estpido. l quera ser rey; pero el haber matado
al perdis de su primo le cuesta la corona y a nosotros un ojo de la
cara, porque como no venga Satans en persona a arreglarnos, no s lo
que suceder... Deme usted un cigarro... si lo tiene usted ah.

Borrn le alarg la petaca, y Baltasar encendi nerviosamente un
pitillo.

--Vamos, cuntos candidatos dir usted que hay al trono?--prosigui
echando leve bocanada de humo al techo--. Vaya usted contando por los
dedos, si la paciencia le alcanza. Espartero... uno. Dir usted que es
un estafermo, bien; pero los restos del partido progresista, todo cuanto
gast morrin, y algunos chiflados de buena fe, le aclaman. No ha visto
usted en las tiendas el retrato de Baldomero I con manto real? El hijo
de Isabel II, dos; su madre abdic o abdicar. Ese, al menos, representa
algo; pero es un rapaz; para jugar a la pelota servira. El
Pretendiente, tres... y mire usted, lo que es ese dar mucho juego; ya
empieza todo el mundo a llamarle Carlos VII. Rene l solo ms
partidarios que todos los dems juntos, y gente cruda, de trabuco y pelo
en pecho. El duque de Aosta, un italiano... cuatro. Un alemn que se
llama Ho... ho... en fin, un nombre difcil; los peridicos satricos lo
convirtieron en _Ole, ole, si me eligen_... cinco. La regencia trina...
seis, o por mejor decir, ocho. Y ngel I... nueve. Ah!, se me olvidaba
el de Portugal que anda remiso... y Montpensier. Once. Qu tal?

--Pero... as, candidatos formales.... Mozo, caf y _cognac_!

--No, gracias, lo tom en casa.... Claro: candidatos serios, por hoy,
don Carlos y la repblica. El caso es que entre todos no nos dejarn
hueso sano.... Por de pronto, yo me las guillo. Quiere usted algo para
aquellos vericuetos?

--Hombre... qu lstima! Ahora que bamos a emprenderla con la
pitillera, que es de otro!

--Pch!... Si algn trabucazo no lo impide... a la vuelta.




-XXIV-

El conflicto religioso


Desde que las Cortes Constituyentes votaron la monarqua, Amparo y sus
correligionarias andaban furiosas. Corra el tiempo, y las esperanzas de
la Unin del Norte no se realizaban, ni se cumplan los pronsticos de
los diarios. Que hoy!... que maana!... que nunca, por lo visto! En
vez de la suspirada federal, un rey, un tirano de fijo, y tal vez un
extranjero! Por estas razones en la Fbrica se haca poltica pesimista
y se anunciaba y deseaba que al Gobierno se lo llevase Judas. Dos
cosas sobre todo alteraban la bilis de las cigarreras: el incremento del
partido carlista y los ataques a la Virgen y a los Santos. A despecho de
la acusacin de echar contra Dios lanzada por las campesinas a las
ciudadanas, la verdad es que, con contadsimas excepciones, todas las
cigarreras se manifestaban acordes y unnimes en achaques de devocin.
Ella sera ms o menos ilustrada; pero all haba mucha y fervorosa
piedad. Es cierto que sobre el altar de psimo gusto drico existente en
cada taller depositaban las operarias sus mantones, sus paraguas, el
atillo de la comida; mas este gnero de familiaridad no revelaba falta
de respeto, sino la misma costumbre de ver all el ara santa, ante la
cual nadie pasaba sin persignarse y hacer una genuflexin. Y es lo
curioso que a medida que la revolucin se desencadenaba y el
republicanismo de la Fbrica creca, aumentronse tambin las prcticas
religiosas. El cepillo colocado al lado del altar, donde los das de
cobranza cada operaria echaba alguna limosna, nunca se vio tan lleno de
monedas de cobre; el cajn que contena la cera de alumbrar, estaba
atestado de blandones y velas; ms de sesenta cirios iluminaban los das
de novena el retablo; primero les faltara a las cigarreras agua para
beber, que aceite a la lmpara encendida diariamente ante sus imgenes
predilectas, una Nuestra Seora de la Merced de doble tamao que los
cautivos arrodillados a sus plantas, un San Antn con el sayal muy
adornado de esterilla de oro, un Nio-Dios con faldellines huecos y un
mundito azul en las manos. Nunca se realiz con ms lucimiento la novena
de San Jos, que todas rezaron mientras trabajaban, volvindose de cara
al altar para decir los actos de fe y la letana, y berreando el ltimo
da los gozos con mucha uncin, aunque sin afinacin bastante. Jams
produjo tanto la colecta para la procesin del Santo Entierro y novena
de los Dolores; y por ltimo, en ocasin alguna tuvo el numen protector
de la Fbrica, la Virgen del Amparo, tantas ofertas, culto y limosnas,
sin que por eso quedase olvidada su rival Nuestra Seora de la Guardia,
estrella de los mares, patrona de los navegantes por la brava costa.

Bien habra en la _Granera_ media docena de espritus fuertes, capaces
de blasfemar y de hablar sin recato de cosas religiosas; pero dominados
por la mayora, no osaban soltar la lengua. A lo sumo se permitan
maldecir de los curas, acusarles de inmorales y codiciosos, o renegar de
que se metiesen en poltica y tomasen las armas para traer el
escurantismo y la Inquisicin: cuestiones ms trascendentales y
profundas no se agitaban, y si a tanto se atreviese alguien, es seguro
que le caera encima un diluvio de cuchufletas y de injurias.

--Est el mundo perdido!--deca la maestra del partido de Amparo, mujer
de edad madura, de tristes ojos, vestida de luto siempre desde que haba
visto morir de viruelas a dos gallardos hijos que eran su orgullo--.
Est el mundo revuelto, muchachas! No sabis lo que pasa all por las
Cortes?

--Qu pasar?

--Que un diputado por Catalua dice que dijo que ya no haba Dios, y que
la Virgen era esto y lo otro.... Dios me perdone, Jess mil veces.

--Y no lo mataron all mismo? Pcaro, infame!

--Mal hablado, lengua de escorpin! No habr Dios para l, no; que l
no lo tendr!

--No, pues otro an dijo otros horrores de barbarid, que ya no me
acuerdan.

--Empecatao! Pimiento picante le deban echar en la boca!

--Ay!, y una cosa que mete miedo! Dice que por esas capitales toda la
gente anda asustadsima, porque se ha descubierto que hay una compaa
que roba nios.

--ngeles de mi alma! Y para qu?, para degollarlos?

--No, mujer, que son los protestantes para llevarlos a educar all a su
modo en tierra de ingleses.

--Seor de la justicia! Mucha maldad hay por el mundo adelante!

Conocido este estado de la opinin pblica, puede comprenderse el efecto
que produjo en la Fbrica un rumor que comenz a esparcirse quedito, muy
quedo, y como en el aria famosa de la _Calumnia_, fue convirtindose de
cefirillo en huracn. Para comprender lo grave de la noticia, basta or
la conversacin de Guardiana con una vecina de mesa.

--T no sabes, Guardia? La _Pntiga_ se meti protestanta.

--Y eso qu es?

--Una religin de all de los _inglis manglis_.

--No s por qu se consienten por ac esas religiones. Maldito sea quien
trae por ac semejantes demoniuras. Y la bribona de la _Pntiga_, mire
usted! Nunca me gust su cara de intiricia!...

--Le dieron cuartos, mujer, le dieron cuartos: s que t piensas....

--A m... ms y que me diesen mil pesos duros en oro! Y soy una pobre,
repobre, que slo para tener bien vestiditos a mis pequeos me venan...
juy!

--Condenar el alma por mil pesos! Yo tampoco, chicas--intervena la
maestra.

--Saque all, maestra, saque all... Comer uno brona toda la vida,
gracias a Dios que la da, pero no andar en trapisondas.

--Y diga... qu le hacen hacer los protestantes a la _Pntiga_? Mil
indecencias?

--Le mandan que vaya todas las tardes a una cuadra, que dice que
pusieron all la capilla de ellos... y le hacen que cante unas cosas en
una lengua, que... no las entiende.

--Sern palabrotas y pecados. Y ellos, quines son?

--Unos clrigos que se casan....

--En el nombre del Padre! Pero se casan... como nosotros?

--Como yo me cas... vamos al caso, delante de la gente... y llevan los
chiquillos de la mano, con la desvergenza del mundo.

--Anda, salero! Y el arcebispo no los mete en la crcel?

--Si ellos son contra el arcebispo, y contra los cannigos, y contra el
Papa de Roma de ac! Y contra Dios, y los Santos, y la Virgen de la
Guardia!

--Pero esa lavada de esa _Pntiga_... malos perros la coman! No, si se
arrima de esta banda, yo le dir cuntas son cinco.

--Y yo.

--Y yo.

As creca la hostilidad y se amontonaban densas nubes sobre la cabeza
de la apstata, a quien por el color de su tez biliosa y de su lacio
pelo, por lo sombro y zano del mirar, llamaban _Pntiga_, nombre que
dan en el pas a cierta salamandra manchada de amarillo y negro. Era
esta mujer capaz de comer suela de zapato a trueque de ahorrar un
maraved, y no ajena a su conversin una libra esterlina, o dobln de a
cinco, que para el caso es igual. Si lo cobr y pudo coserlo en una
media con otras economas anteriores, amargolo aquellos das en forma.
Acercbase a una compaera, y esta le volva la espalda; su mesa qued
desierta, porque nadie quiso trabajar a su lado; pona su mantn en el
estante, y al punto se lo empujaban disimuladamente desde la otra parte
de la sala, para que cayese y se manchase; dejaba su lo de comida en el
altar, y lo vea retirado de all con horror por diez manos a un tiempo;
la maestra examinaba sus mazos de puros, antes de darlos por buenos y
cabales, con ofensiva minuciosidad y ademn desconfiado. Un da de gran
calor pidi a la operaria que hall ms prxima que le prestase un poco
de agua, y esta, que acababa de destapar un colmado frasco de cristal
para beber por l, le contest secamente: No tengo meaja. Seal la
_protestanta_ al frasco, con ira silenciosa, y la operaria,
levantndose, lo tom y derram por el suelo su contenido sin pronunciar
una palabra. Psose verde la _Pntiga_, y llev la mano, sin saber lo
que haca, al cuchillo semicircular: pero de todos los rincones del
taller se alzaron risas provocativas, y hubo de devorar el ultraje, so
pena de ser despedazada por un millar de furiosas uas. En mucho tiempo
no se atrevi a volver a la Fbrica, donde la corran.




-XXV-

Primera hazaa de la Tribuna


Extramuros, al pie de las fortificaciones de Marineda, celbrase todos
los aos una fiesta conocida por _las Comiditas_, fiesta peculiar y
caracterstica de las cigarreras, que aquel da sacan el fondo del cofre
a relucir y disponen una colacin ms o menos suculenta para despacharla
en el campo; campo mezquino, rido, donde slo vegetan cardos
borriqueros y ortigas. Desde el lavadero pblico hasta el alto de Agua
santa, ameno y risueo, se haba esparcido la gente, sentndose, si
poda, a la sombra de un vallado o en la pendiente de un ribazo, y si
no, donde Dios quera, al raso, sin paraguas ni quitasol. Y cuenta que
ambos chismes podran ser igualmente necesarios, porque el astro diurno,
encapotado por nubarrones que amenazaban chubasquina, despeda claridad
lvida y sorda, y a veces por la ahogada calma de la atmsfera
atravesaban soplos de aire encendido, bocanadas de solano que amagaban
tempestad.

No por eso haba menos corros de baile y canto, menos puestos de
rosquillas y jinetes, menos meriendas y comilonas. Aqu se escuchaba el
rasgueo de guitarras y bandurrias, ms adelante retumbaba el bombo, y la
gaita exhalaba su aguda y penetrante queja. Un ciego daba vueltas a una
_zanfona_ que sonaba como el obstinado zumbido del moscardn, y al mismo
tiempo venda romances de guapezas y crmenes. A pocos pasos de la gente
que coma, mendigos asquerosos imploraban la caridad; un elefancaco
enseaba su rostro bulboso, un herptico descubra el crneo pelado y
lleno de pstulas, este tenda una mano seca, aquel sealaba a un muslo
ulcerado, invocando a Santa Margarita para que nos libre de males
extraos. En un carretoncillo, un fenmeno sin piernas, sin brazos, con
enorme cabezn envuelto en trapos viejos, y gafas verdes, exhalaba un
grito ronco y suplicante, mientras una mocetona, de pie al lado del
vehculo, recoga las limosnas. En el aire flotaban los efluvios de dos
toneles de vino que ya iban quedando exanges, y el vaho del estofado, y
el olor de las viandas fras. Oanse canciones entonadas con voz vinosa,
y llantos de nios, de los cuales nadie se cuidaba.

Componase el crculo en que figuraba Amparo de muchachas alegres, que
haban esgrimido briosamente los dientes contra una razonable merienda.
All estaba la Comadreja, a quien no era posible aguantar de puro
satisfecha y vana, porque tena en Marineda al capitn de la _Bella
Luisa_, y si l no haba querido convidarse a merendar por el aquel del
bien parecer, contaba con que la acompaara al final de la funcin.
All tambin Guardiana, penetrada de alegra por otra causa diversa:
porque haba trado consigo a dos de sus pequeos, el escrofuloso y la
sordo-mudita; en cuanto al mayor, ni se poda soar en llevarlo a sitio
alguno donde hubiese gente, porque le entraba enseguida la aflicin.
La nia sordo-muda miraba alrededor, con ojos reflexivos, aquel mundo
del cual slo le llegaban las imgenes visibles; por su parte el nio,
que ya tendra sus trece aos, y que hubiera sido gracioso a no
desfigurarlo los lamparones y la hipertrofia de los labios, gozaba mucho
de la fiesta, y se sonrea con la sonrisa inocente, semi-bestial, de los
_bobos_ de Velzquez. Guardiana no se mostr muy comedora: los mejores
bocados los reserv para sus hermanos, y ella manifest poco apetito.

--Qu tienes, Guardia?--le pregunt la radiante Ana.

--Mujer, algunos das parece que estoy as... cansada. He de ir a que me
levanten la paletilla, porque imposible que no se me cayese.

--Aprensiones, aprensiones. Canta el _Joven Telmaco_, Amparo.

Amparo, y otras dos o tres del taller de cigarrillos, rendidas de calor
y ahtas de comida, se haban tendido en una pequea explanada, que
formaba el glacis de la fortificacin, adoptando diversas posturas, ms
o menos cmodas. Unas, desabrochndose el corpio, se hacan aire con el
pauelo de seda doblado; otras, tumbadas boca abajo, sostenan el cuerpo
en los codos y la barba en las palmas de las manos; otras, sentadas a la
turca, alzaban cundo la pierna izquierda, cundo la derecha, para
evitar los calambres. Por la seca hierba andaban esparcidos tapones de
botellas, papeles engrasados, espinas de merluza, cascos de vaso roto,
un pauelo de seda, una servilleta gorda.

Fuese efecto de la comida y del vinillo del pas, ligero y alegre como
unas pascuas, o del aire solano, que tiene especial virtud excitante de
los nervios, hallbanse las muchachas alborotadas, deseosas de meterse
con alguien, de gritar, de hacer ruido. Estaban ebrias, no del escaso
mosto, sino del vaivn y mareo de la romera, de los colores chillones,
de los sonidos discordantes: slo la sordo-muda permaneca indiferente,
con su lmpida mirada infantil. La casualidad proporcion a las briosas
mozas un desahogo que tuvo mucho de cmico y pudo tener algo de
dramtico.

Es el caso que vieron adelantarse y dirigirse hacia ellas un individuo
de extraa catadura, alto y delgado, vestido con larga hopalanda negra,
y acompaado de otro que formaba con l perfecto contraste, pues era
rechoncho, pequeo y sanguneo, y llevaba americana gris rabicorta. Al
aspecto de la donosa pareja llovieron los comentarios.

--El del gabann parece un cura--dijo Guardiana.

--No es cura--afirm la Comadreja--. No le ves unas patillitas como las
de un padrons?

--Pero, mujer, si lleva alzacuello.

--Qu alzacuello! Corbata negra.

--El gordo es un _inguilis_.

--Ay Jess; parece que le pintaron la barba con azafrn!

--Y aquello qu es? Madre ma de la Guardia!; un anteojo en un ojo
solo, y colgado en el aire; mira, mira!

--Callar, que vienen para ac.

--Vienen aqu en derechura.

--No, mujer.

--Dale! Vienen y vienen. Te convences, porfiosa?

--Es que les gustaste t.

--No, t. El del azafrn viene a casarse contigo.

--Pues a ti te mira mucho el clrigo mal comparado.

--Chssss! Callar, que estn cerca, alborotadoras de Judas.

--Callaban! Que callen ellos si les da la gana.

Y Amparo y Ana cantaron a do:

          _Me gusta el gallo,_
          _Me gusta el gallo,_
          _Me gusta el gallo_
          _Con azafrn..._


No obstante estos primeros indicios de hostilidad, los dos graves
personajes se aproximaban al corro, con mucha prosopopeya. El de la
hopalanda, no bien se acerc lo suficiente, pronunci un a los pies de
ustedes, zeoras, que hubiera provocado una explosin de carcajadas, si
al pronto no pudiese ms la curiosidad que la risa. Tena el bueno del
hombre una voz tan rara, ceceosa a la andaluza, y una pronunciacin tan
recalcada!

--Tengo el honor--prosigui, metiendo las manos en los bolsillos de su
inmenso tabardo--de ofrecer a ustedes un librito de lectura muy
provechoza para el espritu, y espero me dispenzarn el obsequio de
repazarlo con atencin. Yo le ruego reflezionen sobre el conteno de
estos imprezo, zeoras mas.

Diciendo y haciendo, les presentaba tres o cuatro volmenes empastados,
y un haz de hojas volantes. Nadie estir la mano para recoger los
_imprezo_, y l fue depositando suavemente en los regazos de las
muchachas el alijo. El ingls tripudo observaba el reparto con su
fulgurante monculo.

--As Dios me salve (Ana fue la primera en hablar), yo conozco a estos
pajarracos! Oyes t, Brbara, este no es el que puso la capilla en la
cuadra?

--El mismo... es el que berrea all por las tardes.

--El que le dio los cuartos a la Pntiga?

--S, mujer.

--Y este, no dice que fue cura?

--Dice que s, all en su pas, y que ahora es cura de ellos, y est
casado....

--Casado!!!

--Bueno, est... con una viuda. Ya tienen...--y la muchacha remed
burlescamente el llanto de un recin nacido.

--Y el otro bazuncho?

--Es el que...--y frot el ndice con el pulgar, ademn expresivo que
significa en todas partes soltar dinero.

Mientras duraban estas explicaciones en voz baja, Amparo haba ledo el
ttulo de algunos folletos: _La verdadera Iglesia de Jess.... La
redencin del alma.... Cristo y Babilonia.... La fe del cristiano
purificada de errores.... Roma a la luz de la razn..._. Entre los
retazos del dilogo que llegaban a sus odos y los fragmentos de hoja
impresa en que fijaba la vista, penetr el misterio. Levantose grave,
determinada, como el da que peror en el banquete del Crculo Rojo.

--Oiga ust--pronunci con tono despreciativo--, esto que nos ha dado
ust no nos hace falta, ni para nada lo queremos. Vaya ust a engaar
con ello a donde haya bobos.

--Zeora, no ha zo mi nimo....

--Pensar ust que somos como otras, infelices, que las compran usts
por una triste peseta; pues sepa ust, repelo, que ac ni por las minas
del Potos renegamos como San Judas.

--Zeora... hermanas ma... tmense uzt la molestia de reflezionar, y
vern la puresa de mi intencionez, que zon darle a conos la doctrina de
Jez nuetro Zalvaor....

Pronta como un rayo, y con fuerzas que duplicaba la clera, Amparo
desbarat la encuadernada Biblia, hizo aicos las hojas volantes, y lo
dispar todo a la cara afilada del catequista y a la rubicunda del
silencioso ingls, los cuales, habituados, sin duda, a tal gnero de
escenas, volvieron grupas y trataron de escurrirse lo ms pronto posible
entre el concurso. Por su mal, era ste tan apretado y numeroso en aquel
sitio, que o tenan que retroceder, dar un rodeo y volver a cruzar ante
el grupo de muchachas, o aguardar una ocasin de enhebrarse por medio de
la gente. Optaron por lo primero, y avnoles mal, porque Amparo, como el
corcel de batalla que ha olido la sangre, dilatadas las fosas nasales,
brillantes los ojos, se preparaba a renovar la lid, animando a sus
compaeras.

--Son los protestantes. A correrlos.

--A correrlos: viva!

--Van a pasar otra vez por aqu... nimo... a ver quin les acierta
mejor.

--Que vengan, que vengan! Ahora entra lo bueno! Recelosos, arrimados
el uno al otro, probaron a deslizarse los dos apstoles sin ser
observados de las mozas, que ya los aguardaban haldas en cinta. As que
los vieron a tiro, enarbolaron cul medio pan, cul un trozo de
empanada, cul una pera, y Ana, rabiosa, no encontrando proyectil a
mano, cogi a puados la tierra para arrojrsela. Cay la granizada
sobre los protestantes cuando menos se percataban de ello; un queso se
aplan sobre la faz del ingls, rompindole el monculo; un gajo de
cerezas despedido por el hermano de Guardiana se estrell en la nuca del
ministro, embadurnndosela lastimosamente. Al par que bombardeaban,
denostaban las intrpidas muchachas al enemigo.--Tomar, a ver si
reventis--chillaba la Comadreja.--De parte de Nuestra Seora--gritaba
Guardiana.--Para que volvis a dar dinero por hacer maldades--vociferaba
Amparo lanzando con notable acierto un tenedor de palo al cura. Cerrados
los puos como para boxear, inyectado el rostro, fieros los azules ojos,
vnose sobre el grupo el hijo de la Gran Bretaa, resuelto, sin duda, a
hacer destrozos en las heronas; amenazadora actitud que redobl el
coraje de estas.

--Venga ust, venga ust, que aqu estamos, le deca Amparo con voz
vibrante, bella en su indignacin como irritada leona, asiendo con la
diestra una botella; mientras Ana, plida de ira, se apoderaba de la
cazuela en que haba venido el guisado, y las restantes amazonas
buscaban armamento anlogo. Pero ya, al ruido de la escaramuza, se
arremolinaba gente, y gente adversa a los catequistas, a quienes
conocan bastantes de los espectadores; y el ministro, verde de miedo,
con turbada lengua aconsejaba a su acompaante una prudente retirada.

--jelas, mter Ezmite... (Smith). jelas, que no zaben lo que jazen...
jelas, que aqu nadie noz efender, de eguro.... Yo debo ar ejemplo de
manzedumbre....

No hizo caso _mter Ezmite_, por dems mohno y amostazado con el
bombardeo de comestibles; pero antes de que llegase al grupo cumpliose
la profeca del ministro, interponindose ms de treinta personas, que
rodearon a los malaventurados apstoles apretndolos en trminos que no
les dejaban respirar. A poca distancia un agente de polica presenciaba
una rifa, y aunque harto vea con el rabo del ojo el motn, no dio el
ms leve indicio de querer intervenir en l, y basta que vio a los dos
catequistas abrirse paso trabajosamente y huir como perro con maza,
perseguidos por la rechifla general, no volvi la cabeza ni se acerc,
preguntando al descuido: Qu pasa aqu, seores?.




-XXVI-

Lados flacos


Para la Comadreja el desenlace de la romera fue delicioso: comenzaron a
llover gotas anchas cuando ya se aproximaba la noche, y vino el capitn
mercante a ofrecerle el brazo y un paraguas. A la luz de los faroles de
la calle, que rielaba en el mojado pavimento, Amparo vio alejarse a la
pareja y quedose poseda de una especie de tristeza interior que rara
vez domina a los temperamentos sanguneos, alegres de suyo. Aquella
melancola atacaba a la Tribuna desde que no alimentaba su viva
imaginacin con espectculos polticos y desde que al bullicio de la
Unin del Norte sucedi la habitual y uniforme vida obrera de antes, sin
asomo de conspiracin ni de otros romancescos incidentes. Por
distraerse, habl ms con Ana de amoros y menos de poltica. Ana se
prestaba gustosa a semejantes coloquios. Lleg la Tribuna a saber de
memoria al capitn de la _Bella Luisa_, sus hbitos, sus viajes, sus
caprichos, y el eterno proyecto de matrimonio, diferido siempre por
altas razones de conveniencia, que explicaba Ana con sumo juicio y
cordura. Si ella se quisiese casar con algn _artista_ de esos
ordinarios, un zapatero, verbigracia, cansada estara de tener marido;
pero para qu? Para cargarse de familia, para vivir esclava, para
sufrir a un hombre sin educacin. No en sus das.

--Y si te deja plantada Raimundo?--preguntaba Amparo nombrando al galn
de su amiga, como lo haca esta, por el nombre de pila.

--Qu ha de dejar, mujer... qu ha de dejar! Diez aos de relaciones!
Y luego, aquel seoro de estar tanto tiempo con un chico fino, eso no
me lo quita nadie.

Amparo protest: ella no entraba por cosas de ese jaez; quera poder
ensear la cara en cualquier parte; quera, como dijeron los seores de
la Unin, moral y honradez ante todo.

--Si pensars t--replic Ana viperinamente--que el de Sobrado vena a
casarse contigo?

--El de Sobrado? Y qu tengo yo que ver con el de Sobrado?

--Anduvo tras de ti, y si no estuviese fuera, sabe Dios.... No digas,
mujer, no digas, que bastantes veces lo encontr yo por los alrededores
de la Fbrica.

--Bueno, bueno, y qu? Por qu, un suponer, no se haba de casar
conmigo? Yo ser de igual madera que otras que pertenecan a mi clase, y
ahora.... T bien conoces a la de Negrero... aquella tan guapa que lleva
abrigo de terciopelo y capota de tul blanco.... Pues, hija ma,
sardinera del muelle primero, cigarrera despus, y luego la vino Dios a
ver con ese marido tan rico.... Y la de lvarez? A esa la acuerdan aqu
liando puros, y en el da tiene una casa de tres pisos y un buen
comercio en la calle de San Efrn.... Y la que cas con aquel coronel
del regimiento de Zaragoza?... Una chiquilla, que tambin haca
pitillos.... En la actualidad, para ms, hay el aquel de que las clases
son iguales; ese rey que trajeron dice que da la mano a todo el mundo, y
la mujer abraz en Madr a una lavandera; y si viene la federal,
entonces....

--S, s, vele con eso a doa Dolores, la de Sobrado.

--Pues.... Jess, Ave Mara! No se allegue usted, que mancho! Me
parece a m que los de Sobrado no son de all de la aristocracia, ni del
barrio de Arriba. An hay quien los vio cargando fardos en el almacn de
Freix, el cataln; que por ah empezaron, repelo! Hijos del trabajo,
como t y como yo.

--Pero, mujer, si ya se sabe que son as; nada y nada, y vanid que les
parte el alma. Como el hijo es de tropa piensan que slo la Princesa de
Asturias sirve para l.... Mira t como ahora que las de Garca pierden
el pleito estn medio reidas con ellas.... Y eso que la mayor de
Sobrado, la Lolita, no quiso apartarse de la amiga y sigue yendo
all....

--Bien; pues ellos no nos querrn a los dems, pero los dems bien nos
valemos sin ellos.... Para comer yo no les he de pedir. Y el hijo, si me
quiere decir algo, ha de ser con el cura de la mano, que si no....

Echose a rer la Comadreja y le cit ejemplos dentro de la misma
Fbrica: qu les haba sucedido a Antonia, a Pepita, a Leocadia?, y
eran las que ms hablaban y ms cosas decan. La que se conformaba con
los de su clase, an menos mal; pero la que andaba con seores.... Esas
cosas--aada la Comadreja--no tienen remedio; nos hacen ver lo negro
blanco....

--Si me quisiera perder--exclam ofendida Amparo--no me faltara por
dnde, como a todas.

--Bueno! No cuadr, mujer, que lo dems.... Tambin no te gustaran los
que se te pusieron delante, porque hay hombres que se tirara uno a la
baha por ellos, y otros que ni forrados de onzas.... Y a veces los que
le chistan a uno no se dan por entendidos.... Y al fin y al cabo, hija,
qu se gana con vivir mrtir? Nadie cree en la dinid de una pobre.

--Y por qu ha de ser as? Esa no es ley de Dios!

--No, pero... qu quieres t?

Quedbase Amparo pensativa. Cuantas sugestiones de inmoralidad trae
consigo la vida fabril, el contacto forzoso de las miserias humanas;
cuantas reflexiones de enervante fatalismo dicta el convencimiento de
hallarse indefenso ante el mal, de verse empujado por circunstancias
invencibles al precipicio, pesaban entonces sobre la cabeza gallarda de
la Tribuna. Acaso, acaso tena sobrada razn la Comadreja. De qu sirve
ser un santo si al fin la gente no lo cree ni lo estima; si por ms que
uno se empee, no saldr en toda la vida de ganar un jornal miserable;
si no le ha de reportar el sacrificio honra ni provecho? Qu han de
hacer las pobres, despreciadas de todo el mundo, sin tener quien mire
por ellas, ms que perderse? Cuntas chicas bonitas, y buenas al
principio, haba visto ella sucumbir en la batalla, desde que entr en
su taller! Pero... vamos a cuentas--aada para su sayo la oradora--:
diga lo que quiera Ana, no conozco yo muchachas de bien aqu? Est esa
Guardiana, que es ms pobre que las araas y ms limpia que el sol! Y de
fea no tiene nada; es as delgadita.... Ella se confiesa a menudo...
dice que el confesor le aconseja bien....

Amparo se qued cada vez ms pensativa despus de esta observacin.

--Yo, confesar, me confesara.... Pero luego... si el cura sabe que me
meto en poltica.... Bah! Bien basta en Semana Santa.... Tampoco yo,
gracias a Dios, no soy ninguna perdida... me parece!




-XXVII-

Bodas de los pajaritos


Regres Baltasar de Navarra y las Provincias firmemente resuelto a
estrujar la vida, como si fuese un limn, para exprimirle bien el zumo.
Habiendo visto de cerca la guerra civil, comprendi que no haca sino
empezar y que prometa ser encarnizada y duradera, a pesar de que la
_Gaceta_ anunciaba diariamente la dispersin de las ltimas partidas y
la presentacin del postrer cabecilla. Desde luego Baltasar traa un
grado ms, y ganas de precipitarse en algn abismo cubierto de flores,
ya que las balas carlistas se lo toleraban. Vista de lejos, la opinin
pblica de su ciudad natal le pareci mucho menos temible, y resolviose
a arrostrarla, en caso de necesidad, si bien con maa y no provocndola
de frente.

Ms de una vez, en la ligera tienda de campaa o en algn casero
vascongado, se acord de la Tribuna y crey verla con el rojo mantn de
Manila o con el traje blanco y azul de grumete. Las mujeres que
encontraba por aquellos pases no le distrajeron, porque eran la mayor
parte toscas aldeanas curtidas del sol, y si tropez con alguna beldad
_uskara_, esta, en vez de sonrer al oficial amadesta, le ech mil
maldiciones. Adems, Baltasar, fro y concentrado, no era de los que
toman por asalto un corazn en un par de horas. De suerte que al volver
a Marineda, en vez de rondar la Fbrica, como antes, se resolvi, desde
el primer da, a acompaar a Amparo cuando la viese salir; y ejecut el
propsito con su serenidad habitual. Mucho le favoreci para estos
acompaamientos el cambio de domicilio de la muchacha, que viva cerca
del alto de la cuesta de San Hilario, en una casita que daba a la
Olmeda, desde que faltando el seor Rosendo y Chinto, el bajo de la
calle de los Castros se hizo muy caro y muy lujoso para dos mujeres
solas. Como la Olmeda puede decirse que es un rincn campestre, prestose
al naciente idilio con el gnero de complacencia que hace de la
naturaleza amiga perenne de todos los enamorados, hasta de los menos
poticos y soadores.

Febrero vio la aurora de aquel amor en un da clsico, el de la
Candelaria, en que, segn el dicho popular, celebran los pajaritos sus
bodas sobre las ramas todava desnudas de los rboles, para que con la
llegada de la primavera coincida la fabricacin del nido. Las vsperas
de la fiesta eran muy sealadas en la Fbrica: andaban esparcidos por
las estanteras, sobre los altares, ocultos en los justillos de las
mujeres, mezclados con la hoja, haces de rama de romero, y su perfume
tnico y penetrante venca al del tabaco mojado. En el centro de los
haces se hincaban candelicas de blanca cera, y haba de otras candelas
largas y amarillas, compradas por varas y que se cortaban en trozos para
hacer cuantas luces se quisiese; siendo el origen de traer estas
candelas la creencia de que los nios muertos antes del bautismo y
sepultados en las tinieblas del limbo slo el da de la Candelaria ven
un rayo de claridad, la de la luz que encienden, pensando en ellos, sus
madres. Al da siguiente, en la iglesia, envueltas en el romero bendito,
haban de arder todas las velitas microscpicas.

Ya se comprende que entre las cigarreras marinedinas--cuatro mil mujeres
al fin y al cabo--haba muchas que queran enviar a sus hijos difuntos
aquella caricia de ultratumba, fundir el hielo de la muerte al calor de
la pobre candelilla; por otra parte, aun las que no tenan nios vivos
ni difuntos haban comprado romero gustndoles su olor, y propuestas a
llevarlo a la misa de la Candelaria, que al fin, como deca la seora
Porcona con tono sentencioso, era un da de los ms grandes,
hiiiigas... porque fue cuando la Virgen sinti el primer dolorito, por
razn de que un cura que le llamaban Simen le anunci lo que tena que
pasar Cristo en el mundo. La tarde de la Candelaria, Amparo, llevando
el romero bendito oculto en el pecho, despeda un aroma balsmico, que
pudiera tomarse por suyo propio; tal era la lozana y vigor de su
organismo, cuya robustez, vencedora en la lucha con el medio ambiente,
haba crecido en razn directa de los mismos peligros y combates. Si la
labor sedentaria, la viciada atmsfera, el alimento fro, pobre y
escaso, eran parte a que en la Fbrica hiciesen estragos anemia y
clorosis, el individuo que lograba triunfar de estas malas condiciones
ostentaba doble fuerza y salud. As le aconteca a la Tribuna.

Como era da festivo, Baltasar no la esper a la salida de la Fbrica,
sino en la Olmeda, a corta distancia de su casita. Haba llegado
Baltasar al mayor nmero de pulsaciones que determinaba en l la
calentura amorosa. Su pasin, ni tierna, ni delicada, ni comedida, pero
imperiosa y dominante, poda definirse grfica y simblicamente
llamndola apetito de fumador que a toda costa aspira a fumar el ms
codiciadero cigarro que jams se produjo, no ya en la Fbrica de
Marineda, sino en todas las de la Pennsula. Amparo, con su garganta
torntil gallardamente puesta sobre los redondos hombros, con los tonos
de mbar de su satinada, morena y suave tez, parecale a Baltasar un
puro aromtico y exquisito, elaborado con singular esmero, que estaba
diciendo: Fumadme. Era imposible que desechase esta idea al contemplar
de cerca el rostro lozano, los brillantes ojos, los mil pormenores que
acrecentaban el mrito de tan preciosa _regala_. Y para que la
similitud fuese ms completa, el olor del cigarro haba impregnado toda
la ropa de la Tribuna, y exhalbase de ella un perfume fuerte, poderoso
y embriagador, semejante al que se percibe al levantar el papel de seda
que cubre a los habanos en el cajn donde se guardan. Cuando por las
tardes Baltasar lograba acercarse algn tanto a Amparo e inclinaba la
cabeza para hablarle, sentase envuelto en la penetrante rfaga que se
desprenda de ella, causndole en el paladar la grata titilacin del
humo de un rico veguero y el delicioso mareo de las primeras chupadas.
Eran dos tentaciones que suelen andar aisladas y que se haban unido,
dos vicios que formaban alianza ofensiva, la mujer y el cigarro
ntimamente enlazados y comunicndose encanto y prestigio para
trastornar una cabeza masculina.

El da espiraba tranquilamente en aquella alameda, que en hora y
estacin semejante era casi un desierto. Sentronse un rato Baltasar y
la Tribuna en el parapeto del camino, protegidos por el silencio que
reinaba en torno, y animados por la complicidad tcita del ocaso, del
paisaje, de la serenidad universal de las cosas, que los sepultaba en
profundo caimiento de nimo, que relajaba sus fibras infundindoles
blanda pereza muy semejante a la indiferencia moral. El sol languideca
como ellos; la naturaleza meditaba. Hasta la baha se hallaba
aletargada; un gallardo queche blanco se mantena inmvil; dos paquetes
de vapor, con la negra y roja chimenea desprovista de su penacho de
humo, dormitaban, y solamente un frgil bote, una cascarita de nuez,
vena como una saeta desde la fronteriza playa de San Cosme, impulsado
por dos remeros, y el brillo del agua, a cada palada, le formaba movible
melena de chispas. Por donde no alcanzaban el ltimo resplandor solar,
las olas estaban verdinegras y sombras; al Poniente, dorada red de
movibles mallas pareca envolverlas.

A medida que avanzaba la sombra, levantbase del mar una brisa fresca,
que agitaba por instantes los picos del pauelo de Amparo y los cabellos
rubios de Baltasar, en los cuales se detenan las postreras luces del
sol, haciendo de su cabeza una testa de oro. Presto la abandonaron sin
embargo, y asimismo las montaas del horizonte empezaron a confundirse
con el agua, mientras la concha blanca del casero marinedino se
destacaba an, pero perdindose ms cada vez, como si al ausentarse la
claridad se llevase consigo el rosario de edificios y el encendido
fulgor de los cristales en las galeras. Marineda, la _Nautilia_ de los
romanos, se envolva en una clmide de tinieblas. En breve comenzaron a
distinguirse algunas luces que oscilaban sobre la masa oscura de la
poblacin, y presto se cubri toda ella de puntos lucientes como
estrellas de oro en un celaje sombro. La noche, que ya mostraba el
cuerpo entero, era de esas lcteas, pero fras, en que el equinoccio de
primavera se anuncia por no s qu vaga trasparencia del cielo y del
aire, y en modo alguno por la temperatura, que ms bien parece
recrudecerse. Baltasar y la muchacha, obligados quiz por el helado
ambiente, se aproximaban el uno al otro, hablando no obstante de cosas
indiferentes y poco importantes.

--No, Bilbao no es ms bonito... ni tampoco Santander, digan lo que
quieran los santanderinos, que son muy patriotas. Sabe usted lo que ha
mejorado Marineda? Y lo que est llamada a mejorar todava? Esto crece
a cada paso; vamos a tener barrios nuevos, magnficos, a la americana,
ah donde usted ve aquella lucecita... todo por ah, a lo largo del
baluarte.

--Y Madr? Es mucho mejor que Marineda?--interrog Amparo por decir
algo, enrollando un cabo de su pauelo.

--Ah! Madrid, ya ve usted... al fin y al cabo, es la corte.... Slo la
calle de Alcal....

Este apacible dilogo encubra en Baltasar tempestuosos pensamientos;
pero como no careca de penetracin y saba que la muchacha era honrada,
y orgullosa, y viva de su trabajo, comprendi que no deba tratarla
como a cualquier criatura abyecta, sino empezar mostrndole cierta
deferencia y aun respeto, gnero de adulacin a que es ms sensible
todava la mujer del pueblo que la dama de alto copete, habituada ya a
que todos le manifiesten cortesa y miramientos. Lisonje mucho a la
Tribuna el ver que se haban con ella lo mismo que con las seoritas, y
augur bien del rendido galn. Mas tan luego como la noche cauta seore
absolutamente el escenario, Baltasar crey poder apoderarse a hurto de
una mano morena, hoyosa y suave al tacto como la seda. Amparo peg un
respingo.

--Estese usted quieto.... Y va de dos veces que se lo digo, caramba.

--Por qu me trata usted as?--pregunt con pena fingida Baltasar, que
en sus adentros renegaba de la virtud plebeya Qu mal hay en...?

--Por qu?--repiti Amparo con sumo bro--. Porque no me conviene a m
perderme por usted ni por nadie. S que es uno tan bobo que no conozca
cuando quieren hacer burla de uno! Esas libertades se las toman ustedes
con las chicas de la Fbrica, que son tan buenas como cualquiera para
conservar la conducta. A que no hace usted esto con la de Garca, ni
con las seoritas de la clase de usted?

--Diantre!--pens Baltasar--: no es boba.

Y al punto, mudando de tctica, habl con gran rapidez, diciendo que
estaba enamorado, pero de veras; que para l no haba categoras,
distinciones ni vallas sociales, encontrndose el amor de por medio; que
Amparo era tanto como la ms encopetada seorita, y que su desliz no
provena de falta de respeto, sino de sobra de cario: todo lo cual
acompa con mil dulces e insinuantes inflexiones de voz. Amparo
respondi estableciendo su credo y sus principios: ella no quera ser
como otras chicas conocidas suyas, que por fiarse de un pcaro all
estaban perdidas: ella bien saba lo que pasaba por el mundo, y cmo los
hombres pensaban que las hijas del pueblo las daba Dios para servirles
de juguete: lo que es ella, bien se haba de librar de eso; bueno que se
hablase un rato, en lo cual no hay malicia; pero ciertas libertades, no;
ya poda saberlo el que se arrimase a ella. Baltasar jur y perjur que
su amor era de la ms probada y acendrada pureza, y que slo limpios e
hidalgos propsitos caban en l; y en el calor de la discusin, los dos
interlocutores se volvieron a hallar sentados en el parapeto, y la mano
antes esquiva se mostr ms tratable, consintiendo que la prendiesen dos
manos ajenas.

--Hoy se casan los pajaritos--murmur Baltasar despus de un breve
instante de silencio.

--Da de la Candelaria.... Hoy se casan--repiti ella con turbada voz,
sintiendo en la palma de la mano el calor de la diestra de Baltasar, que
amorosamente la oprima. Pero l fue discreto y no quiso abusar de la
victoria, por temor de perder las ventajas adquiridas, y tambin porque
empezaba a correr agudo fro en la solitaria alameda, y Amparo se
levant quejndose del relente y del aire, que cortaba como un cuchillo.
Cruzronse dos protestas de ternura, en voz baja, envueltas en el ltimo
apretn de manos, delante de la casa de la pitillera.




-XXVIII-

Consejera y amiga


Alguna que otra vez volva Amparo a visitar su antigua calle, por ver a
los amigos que all haba dejado. Pocos das despus del de la
Candelaria sinti deseos de realizar una expedicin hacia aquella parte.
Hall todo en el mismo estado; el barbero, muy ocupado en descaonar a
un sargento, la salud jovialmente; a la puerta de su casa divis a la
seora Porreta tomando el fresco, o el sol, que ambas cosas faltaban
dentro del tugurio de la comadrona, la cual haca extraa y risible
figura sentada en una silleta baja, y muy esparrancada; sus pies,
calzados con zapatillas de orillo, miraban uno a Poniente y otro a
Levante; tena cadas las medias, por deficiencia de ligas sin duda; en
el formidable hueco del regazo descansaban sus manos, y mientras una
chiquilla encanijada, nieta suya, le peinaba las canas greas y le haca
dos _chichos_ tamaos como bellotas, la insigne matrona no perda el
tiempo, y calcetaba con diligencia manejando las metlicas agujas, que
despedan vivos fulgores. Al ver a la Tribuna, se ech a rer con opaca
risa.

--Hola, chica... sal y fraternid. Cmo est tu madre? Y la
revolusin, cundo la hasemos? Cundo me preclamas a m reina de
Espaa?

Y como Amparo procurase escabullirse, la vieja subi el tono de sus
carcajadas, semejantes al chirrido de una polea, y que hacan retemblar
su vientre de dolo chino.

--S, escpate, escpate...--murmur--. Ahora bien te escapas.... Ya
bajars la soberbia cuando yo te haga falta... oyes, Amparo? Cuando
necesitis a la seora Pepa, vens como corderitos.... Quin te ver
aquel da!, eh?

--Dios delante, seora Pepa--contest altiva y picada Amparo--, otras la
llamarn ms pronto, seora.

--S, s... echar por la boca! El tiempo todo lo vense--afirm con
proftico acento la comadre, cogiendo una hilera de puntos que se le
haba soltado al rer.

Sigui Amparo calle adelante, y llam al tablero de Carmela la encajera;
pero con gran sorpresa suya, en vez de abrirse este, se entreabri la
puerta interior que comunicaba con el portal, y se asom Carmela
animada, encendida la tez y con un jbilo nunca visto en ella.

--Entra, entra--dijo a la pitillera.

Esta entr. El cuartito estaba en desorden; recogida la almohadilla de
los encajes; haba un bal abierto y ya casi colmado, y los cuadros de
lentejuela y estampas devotas, que solan adornar las paredes, faltaban
de ellas.

--Hola... parece que vamos de viaje?--pregunt Amparo.

La respuesta de la encajera fue echarle al cuello los brazos, y
pronunciar, con voz entrecortada de alegra:

--Luego t no sabes, no sabes que Dios me dio la sorpresa? Ya tengo el
dote, chica... me voy a Portomar a ver si me reciben all en el
convento....

--Ahora que dicen que se acaban las monjas!

--Las de Portomar no, mujer... esas no... hay un seorn liberal, all
en Madr, que pidi por ellas....

--Pero... y cmo, quin te dio el dote?

--Vers.... Yo echaba todos los meses un dcimo a la lotera... todos
los meses. T ya sabes que la ta me haca trabajar los domingos por la
maana; pero por las tardes, deca: Anda, distrete... vete un poco a
rezar a la iglesia. Bien. Pues, seor, yo en vez de rezar, iba, y qu
haca? Trabajaba unas puntillitas estrechas, sin que la ta lo supiese,
y se las venda a una mujer del mercado, dicindole a Nuestra Seora:
No es pecado esto que hago, porque es para sacar a la lotera, y si
saco es para entrar monja.... Pues etaqu que cada mes me tomaba mi
dcimo, y para que saliese bien, siempre echaba con algn santo. Unas
veces llevaba de compaero a San Juan Bautista; otras, a San Antonio;
otras, a Santa Brbara... y nada: ni tristes cinco duros. Entonces dije
yo para m: hay que ir a la fuente limpia; estos compaeros no valen. Y
qu se me ocurri? Tom un decimito con un nmero muy lindo, mil ciento
veintids, y se lo fui a llevar al Nio Dios de las Madres Descalzas...
y le dije: mira, Jesusito, si sale premiado, la met para ti.... Tena
una carita tan alegre cuando se lo dije, lo mismo que si me entendiese.
Pues quin te dice, mujer...?

Pausa de gran efecto.

--Quin te dice a ti... que al sorteo voy y miro la lista, y me veo un
mil ciento veintids como un sol? Me qued aturdida; y mucho ms, porque
el premio era de los grandes: cerca de mil pesos. Slo que, como la met
es del Nio, a m me queda el dote limpio y pelado....

--Y tu ta?--pregunt Amparo, como si censurase el regocijo de Carmela.

--Y sabes, mujer, que yo quise depositar el dote para cuando ella
muriese y quedarme en su compaa, y no quiso? Dice que no, que bien
claro est que Dios me llama para s... Ella tiene buscada colocacin en
casa de un cura... como est as, medio ciega, slo en un sitio de poco
trabajo puede servir. Ay, Nio Jess de mi alma! Cuntas lagrimitas
tengo llorado aqu sin que nadie me viese! Qu das! Es mejor hacer
pitillos que encajes, chica. Fumar, siempre fuma la gente; pero los
encajes en invierno... es como vivir de coser telaraas!

Y levantndose, cogi un tiesto que estaba en la ventana y lo entreg a
Amparo.

--Toma, me alegro de que vinieses... cudame mucho la malva de olor, que
por el camino tengo miedo de que se rompa el tarro.

Amparo cogi el tiesto y respir el perfume de la planta, hundiendo la
faz entre las aterciopeladas hojas. La encajera la miraba con sus
pupilas siempre melanclicas y serenas.

--Amparo--dijo de pronto....

--Eh?...--respondi la Tribuna, sorprendida como si la despertasen de
golpe.

--Te enfadas si te digo una cosa?

--No, mujer... y por qu me he de enfadar?--contest fijando sus ojos
gruesos y brillantes en la futura concepcionista.

--Pues quera decirte... que por ah te pusieron un mote.

--Un mote?, y es cosa mala?

--Mala... qu s yo! Te llaman la Tribuna.

--Y quin me lo llama?

--Los seoritos... los hombres. Dicen que fue porque el da del
convite... no te parezca mal, que a m me lo contaron as,
inocentemente... te dio un abrazo uno de aquellos seores de la
_Samblea_... y que te dijo....

--Me llam Tribuna del pueblo!--exclam orgullosamente la muchacha--.
Ya se ve que me lo llam!

--Yeso qu es, mujer?

--Lo qu?

--Eso de Tribuna del pueblo?

--Es... ya se sabe, mujer, lo que es. Como t no lees nunca un
peridico....

--Ni falta que me hace... pero dmelo t, anda.

--Pues es... as a modo de una... de una que habla con todos,
supongamos....

--Que habla con todos?... y te lo dijo en tu cara?... El Dulce nombre
de Mara!

--Pero no hablar por mal, tonta; si no es eso.... Es hablar de los
deberes del pueblo, de lo que ha de hacerse; es istruir a las masas
pblicas....

--Vamos, como una maestra de escuela.... Jess, si pens que... ya deca
yo: haba de ser tan descarado que se lo encajase all, sin ms ni ms?
Pero como por ah se ren cuando mentan eso....

--Bah!... no tienen que hacer, y velay.

--Y... mira, te digo otro cuento?

--T dirs....

--Me contaron... no tomes pesadumbre, que son dichos... que andaba tras
de ti un seorito... de la oficialid.

--Y si anda?

--Y si anda, haces muy mal en hacer caso de un oficial, mujer.... A las
chicas pobres no las buscan ellos para cosa buena, no y no.... Ya las
que son pobres y formales no se arriman porque ven que no sacan raja....

--Eh!, a modo... no la armemos, Carmela. A m nadie se arrima por la
raja que saque, sino por el aquel de que le gustar, y vamos andando,
que cada uno tiene sus gustos.... Hoy en da, ms que digan los
reacionarios, la istrucin iguala las clases, y no es como algn
tiempo.... No hay oficial ni seorito que valga....

--Mujer, yo no habl por mal.... Te quise avisar porque siempre te tuve
ley, que eres as... una infeliz, un pedazo de pan en tus
interioridades.... Djate de polticas, no seas tonta, y de
seoritos.... Fuera de eso, a m qu se me importa? Es por tu bien....

Se dispuso Amparo a marcharse, cogiendo debajo del brazo su tarro; pero
la afectuosa encajera la quiso abrazar antes.

--No quiero que quedemos reidas.... Vas enfadada? Bien sabe Dios mi
intencin.... Escrbeme a Portomar.... Ya te contar todo, todo.

Y se asom a la puerta para ver alejarse a la garbosa muchacha, cuyo
vestido de percal proyect, por espacio de algunos segundos, una mancha
clara sobre las oscuras paredes de las casas de enfrente.




-XXIX-

Un delito


Desde la venida de Amadeo I tenan las cigarreras de Marineda a quien
echar la culpa de todos los males que afligan a la Fbrica. Cuando
caminaba hacia Espaa el nuevo Rey, leanse en los talleres, con pasin
vehementsima, todos los peridicos que decan: No vendr. Y el caso
es que vino, con gran asombro de las operarias, a quienes la prensa roja
haba vaticinado que la monarqua era un yerto cadver, sentenciado por
la civilizacin a no abandonar su tumba. Alguna cigarrera abog por el
hijo de Vctor Manuel, rey liberal al cabo, que daba la mano a todos y
no tena maldita la soberbia; pero la inmensa mayora convino en que, al
fin, un rey siempre era un rey, y en que la monarqua no era la
repblica federal, verdades tan palmarias que, por ltimo, los
disidentes hubieron de reconocerlas.

Otros motivos de irritacin ayudaban a soliviantar los nimos.
Escaseaban las consignas y la hoja tan pronto era quebradiza y seca,
como podrida y hmeda. No, trabajo haban de pasar los que fumasen
semejante veneno; pero las que lo manejaban tambin estaban servidas. Al
ir a estirar la hoja para hacer las capas, en vez de extenderse, se
rompa, y en fabricar un cigarro se tardaba el tiempo que antes en
concluir dos; y para mayor ignominia, haba que echarle remiendos a la
capa por el revs lo mismo que a una camisa vieja, lo cual era gran
vergenza para una cigarrera honrada y que sabe su obligacin al
dedillo. Las operarias alzaban los brazos ejecutando la desesperada
pantomima popular, llevndose ambas manos a la cabeza, a la frente, al
pecho, sealando con enrgicos ademanes el tabaco averiado e intil, de
imposible elaboracin. Tan alteradas estaban, que al pasar las maestras
les metan puados de hoja en las narices, gritando que ola a berzas;
y, envalentonndose, lo hicieron tambin con los inspectores, y si el
jefe se hubiera presentado en los talleres, apostaban que con el jefe
repetiran la escena. En vano algunas maestras intentaron calmar el
oleaje prometiendo, para el entrante mes, nuevas consignas: seguan las
turbulencias porque aquel Gobierno maldito, no contento con enviarles
hoja de desperdicio, para ms, daba en la flor de no pagarles. Pasaban
das y das sin que la cobranza se abriese, y las pobres mujeres,
tmidamente al principio, despus en voz alta y angustiosa, preguntaban
a las maestras: Y luego, cundo nos darn los cuartos?. Fue en
_crescendo_ el run run y se convirti en formidable marejada. El
instinto que impele a los amotinados a ponerse a las rdenes de alguien,
aconsej a las operarias del taller de cigarrillos arrimarse a Amparo
buscando el calor de su tribunicia frase. Hallronse chasqueadas: Amparo
no dio fuego. Oy a todas y convino con ellas en que, efectivamente, era
una picarda no pagarles lo suyo; y, ventilado este punto, sigui liando
pitillos, sin aadir arenga, excitacin, sermn poltico ni cosa que lo
valiese. Admiradas se quedaron las turbas de semejante frialdad. Si
pudiesen penetrar en lo ntimo del alma de Amparo, en aquellos
inexplorados rincones donde quiz ella misma no saba con total
exactitud lo que guardaba! Si hubiesen visto brotar una figurita chica,
chica y remotsima, como las que se ven con los anteojos de teatro
cogidos a la inversa, pero que iba creciendo con rapidez asombrosa, y
que en la nomenclatura interior de las ilusiones se llamaba _seora de
Sobrado_! Si advirtiesen cmo esa _seora_, microscpica, aun vestida
del color del deseo, iba avanzando, avanzando, hasta colocarse en el
eminente puesto que antes ocupaba la Tribuna, que se retiraba al fondo
envuelta en su manto de un rojo ms plido cada vez!

Atribuyose a otras causas la indiferencia de la oradora. Amparo tena
los dedos listos y una boca no ms que mantener; la crisis econmica no
poda importarle tanto como a las que reunan seis hijos, tres o cuatro
hermanos, familia dilatada, sin ms recursos que el trabajo de una
mujer. El tiempo corra, y en la tienda se cansaban de fiarles; se vean
perdidas, cmo salir del apuro? A los angelitos no era cosa de darles
a comer las piedras de la calle! Guardiana, hablando de su sordo-muda,
parta el corazn; ella primero consenta morir, que privar a la nia de
su cascarillita con azcar y de su pan fresco de trigo; si era preciso,
pedira una limosna: no sera la primera vez; y al or esto todas sus
amigas la atajaron: pedir limosna!, qu humillacin para la Fbrica!
No; se ayudaran mutuamente, como siempre; las que estaban mejor se
rascaran el bolsillo para atender a las ms necesitadas; y en efecto,
as se hizo, verificndose numerosas cuestaciones, siempre con fruto
abundante.

Cierto da se difundi por la Fbrica siniestro rumor: Rita de la
Riberilla, una operaria, haba sido cogida con tabaco. Con tabaco!
Jess, si pareca una santa aquella mujer chiquita, flaca, con los ojos
ribeteados de llorar, que sola atarse a la cara un pauelo negro a
causa, quiz, del dolor de muelas! Pero algunas cigarreras, mejor
informadas, se echaron a rer: dolor de muelas?, ya baja! Era que su
marido la solfeaba todas las noches, y ella, por tapar los tolondrones y
cardenales, se empaicaba as; tambin una vez se present arrastrando
la pierna derecha y diciendo que tena rema, y la rema era un lapo
atroz sacudido por l. Cuando llevaron a la culpable al despacho del
jefe, lo primero que hizo fue llorar sin responder; y al cabo, hostigada
ya, asaeteada a preguntas, se resolva a confesar que el marido la
abra a golpes si no le llevaba todos los das tres cigarros de a
cuarto.... La Comadreja, con su carilla acutangular, cmicamente
fruncida, remedaba a la perfeccin los entrecortados sollozos, el hipo y
las splicas de la delincuente.

--Tres cig...aaaarros, seor menistrad...ooooor, tres cig...aaaarros
slo, que aun yo de aqu viva no saaaal...ga si otra triste hilacha de
taaaaab...aco apa... que yo no lo hiiiice por cudicia, tan cierto como
que Dios bendito est en los diiiivinos sielos, sino que el marido me da
con el formn, que, perdonando la cara de ust, en una pierna me cort
la carne, que puedo ensear la llaga, que an no cur... Y l slo
quera el tabaco para fuuumar, que no era para vender ni hacer
negocio.... Y ahora yo pierdo el pan, y mis hijos tambin.... Porque
escuche, y perdone: l me deca: Ya que no traes cuartos hace un mes a
la casa, tan siquiera trae cigarros....

El taller entero, a vueltas de la risa que le causaba la graciosa mmica
de Ana, rompi en exclamaciones de lstima: robar no estaba bien hecho,
claro que no; pero tambin hay que ponerse en la situacin de cada uno;
cmo se haba de gobernar la infeliz, si su marido la parta y haca
picadillo con ella? Ay! Dios nos libre de un mal hombre, de un
vicioso! En fin, no era razn dejar morir de hambre a los chiquillos de
la Rita; la Fbrica daba limosna a bastantes pobres de fuera: con ms
motivo a los de dentro; y la maestra recorri el taller con el delantal
hecho bolsa, y llovieron en l cuartos, _perros_ y monedas de diferentes
calibres en gran abundancia. Al llegar frente a Amparo esta tuvo un
rasgo que fue aplaudidsimo y le conquist otra vez gran popularidad.
Haca ya una semana que la pitillera viva del crdito, porque sus
gastos de vestir la traan siempre atrasada; y cuando la cuestora se
acerc a pedirle, no tena la futura seora de Sobrado ni un ochavo
rooso en el bolsillo. Pero, cosa de un mes antes, haba realizado uno
de sus caprichos, comprando con las economas, en otro tiempo destinadas
a salvar a la Asamblea, un par de pendientes largos de oro bajo, que
eran su orgullo: quitselos sin vacilar, y los ech en el delantal de la
maestra. Alzose un clamoreo, una aprobacin ruidosa y vehemente, gritos
agudos, voces humedecidas por el llanto, bendiciones casi inarticuladas;
y al punto, dos o tres objetos ms de escaso valor, una sortija de
plata, un dedal de lo mismo, vinieron despedidos desde las mesas
prximas, cayeron en el delantal y se mezclaron con la calderilla.

Aquella tarde, al salir de los talleres, vieron las operarias, colgado
cerca del quicio de la puerta, el cartel de rigor: Habiendo sido cogida
con tabaco en el acto del registro la operaria del taller de cigarros
comunes, Rita Mndez, del partido nm. 3, rancho 11, queda expulsada
para siempre de la Fbrica.--_El Administrador Jefe_, FULANO DE TAL.

Colocadas a ambos lados de la escalera, las cuadrilleras vigilaban para
que el despejo se hiciese con orden; y sentadas ya en sus sillas,
esperaban las maestras, ms serias que de costumbre, a fin de proceder
al registro. Acercbanse las operarias como abochornadas, y alzaban de
prisa sus ropas, empendose en que se viese que no haba gatuperio ni
contrabando.... Y las manos de las maestras palpaban y recorran con
inusitada severidad la cintura, el sobaco, el seno, y sus dedos rgidos,
endurecidos por la sospecha, penetraban en las faltriqueras, separaban
los pliegues de las sayas.... Mientras los bandos de mujeres iban
saliendo con la cabeza cada--humilladas todas por el ajeno delito--, el
reloj antiguo de pesas, de tosca madera, pintado de color de ocre con
churriguerescos adornos dorados, que dominaba el zagun grave y austero
como un juez, dio las seis.




-XXX-

Dnde viva la protagonista


El barrio de Amparo era de gente pobre; abundaban en l cigarreras,
pescadores y _pescantinas_. Las diligencias y los carruajes, al cruzarlo
por la parte de la Olmeda, lo llenaban de polvo y ruido un instante;
pero presto volva a su mortecina paz de aldea. Sobre el parapeto del
camino real que cae al mar estaban siempre de codos algunos marineros,
con gruesos zuecos de palo, faja de lana roja, gorro cataln; sus
rostros curtidos, su sotabarba poblada y recia, su mirar franco, decan
a las claras la libertad y rudeza de la existencia martima; a pocos
pasos de este grupo, que rara vez faltaba de all, se instalaba, en la
confluencia de la alameda y la cuesta, el mercadillo: cestas de
marchitas verduras, pescados, mariscos; pero nunca aves ni frutas de
mrito.

Lo ms caracterstico del barrio eran los chiquillos. De cada casucha
baja y roma, al lucir el sol en el horizonte, sala una tribu, una
pollada, un hormiguero de ngeles, entre uno y doce aos, que daba
gloria. De ellos los haba patizambos, que corran como asustados
palmpedos; de ellos, derechitos de piernas y giles como micos o
ardillas; de ellos, bonitos como querubines, y de ellos, horribles y
encogidos como los fetos que se conservan en aguardiente. Unos daban
indicios de no sonarse los mocos en toda su vida, y otros se oreaban sin
reparo, teniendo frescas an las pstulas de la viruela o las ronchas
del sarampin; a algunos, al travs de la capa de suciedad y polvo que
les afeaba el semblante, se les trasluca el carmn de la manzana y el
brillo de la salud; otros ostentaban desgreadas cabelleras, que si
ahora eran zaleas o ruedos, hubieran sido suaves bucles cuando los
peinaran las cariosas manos de una madre. No era menos curiosa la
indumentaria de esta pillera que sus figuras. Veanse all gabanes
aprovechados de un hermano mayor, y tan desmesuradamente largos, que el
talle besaba las corvas y los faldones barran el piso, si ya un
tijeretazo oportuno no los haba suprimido; en cambio, no faltaba
pantaln tan corto, que, no logrando encubrir la rodilla, arregazaba
impdicamente descubriendo medio muslo. Zapatos, pocos, y esos muy
estropeados y risueos, abiertos de boca y endeblillos de suela; ropa
blanca, reducida a un jirn, porque, quin les pone cosa sana para que
luego se revuelquen en la carretera, y se den de mojicones todo el santo
da, y se cojan a la zaga de todos los carruajes, gritando: Tralla,
tralla!?

De lo que ninguno careca era de cobertera para el crneo: cul luca
hirsuta gorra de pelo, que le daba semejanza con un oso; cul un
agujereado fieltro sin forma ni color; cul un canasto de paja tejido en
el presidio, y cul un enorme pauelo de algodn, atado con tal arte,
que las puntas simulaban orejas de liebre. Oh, y qu cario profesaban
los benditos pilluelos a aquella parte de su vestido! Antes se dejaran
cortar el dedo meique, que arrancar la gorra o el sombrero; nada les
importaba volver a casa de noche sin una pierna del calzn o sin un
brazo de la chaqueta; pero tornar con la cabeza descubierta sera para
ellos el ms grave disgusto.

Viva el barrio entero en la calle, por poco que el tiempo estuviese
apacible y la temperatura benigna. Ventanas y puertas se abran de par
en par, como diciendo que donde no hay, no importa que entren ladrones;
y en el marco de los agujeros por donde respiraban trabajosamente los
ahogados edificios, se asomaba ya una mujer peinndose las guedejas, y
de la cual slo distingua el transente la rpida aparicin del brazo
blanco y la oscura aureola del cabello suelto; ya otra, remendando una
saya vieja; ya lactando a un nio, cuyas carnes rollizas doraba el sol;
ya mondando patatas y echndolas, una a una, en grosera cazuela.... Esta
vecina atravesaba con la _sella_ de relucientes aros camino de la
fuente; aquella se acomodaba a sacudir un refajo o a desocupar, mirando
hacia todos lados con recelo, una jofaina; la de ms ac sala con
mpetu a administrar una mano de azotes al chico que se tenda en el
polvo; la de ms all volva con una pescada, cogida por las agallas,
que se balanceaba y le flagelaba el vestido. Todas las excrecencias de
la vida, los prosaicos menesteres que en los barrios opulentos se
cumplen a sombra de tejado, salan all a luz y a vista del pblico.
Paales pobres se secaban en las cancillas de las puertas; la cuna del
recin nacido, colocada en el umbral, se exhiba tan sin reparo como las
enaguas de la madre.... Y no obstante, el barrio no era triste; lejos de
eso, los rboles vecinos, el campo y mar colindantes, lo hacan por todo
extremo saludable; el paso de los coches lo alborotaba; los chiquillos,
piando como gorriones, le prestaban por momentos singular animacin;
apenas haba casa sin jaula de codorniz o jilguero, sin aleles o
albahaca en el antepecho de las ventanas; y no bien luca el sol, las
barricas de sardinas arenques, arrimadas a la pared y descubiertas,
brillaban como gigantesca rueda de plata.

Tampoco faltaban all comercios que, acatando la ley que obliga a los
organismos a adaptarse al medio ambiente, se acomodaban a la pobreza de
la barriada. Tiendecillas angostas, donde se vendan zarazas catalanas y
pauelos; abaceras de sucio escaparate, tras de cuyos vidrios un galn
y una dama de pastaflora se miraban tristemente vindose tan mosqueados
y tan aejos, y las cajas _tremendas_ de fsforos se mezclaban con
garbanzos, fideos amarillos, aleluyas y naipes; figones que brindaban al
apetito sardinas fritas y callos; almacenes en que se feriaban cucharas
de palo, cestera, cribas y zuecos: tal era la industria de la cuesta de
San Hilario. All se tuvo por notable caso el que un objeto adquirido se
pagase de presente, y el crdito, palanca del moderno comercio,
funcionaba con extraordinaria actividad. Todo se compraba al fiado:
cigarrera haba que tardaba un ao en poder abonar los chismes del
oficio. Reinaba en el barrio cierta confianza, una especie de comadrazgo
perpetuo, un comunismo amigable: de casa a casa se pedan prestados, no
solamente enseres y utensilios, sino una sed de agua, una nuez de
manteca, un chisquito de aceite, una lgrima de leche, un nadita
de petrleo. Avisbanse mutuamente las madres cuando un nio se
escapaba, se descalabraba o haca cualquier diablura anloga; y como el
derecho de azotar era recproco, las infelices criaturas venan a estar
en potencia propincua de ser vapuleadas por el barrio entero.

Pronto se acostumbr la madre de Amparo a su nueva vecindad: tena la
cama prxima a la ventana, y nadie pasaba por all sin detenerse a
conversar un rato.... Las pescaderas le referan sus lances, y la
tullida compraba desde su lecho sardinas, peda agua, oa chismes sin
nmero, forjndose en cierto modo la ilusin de que tomaba el aire
libre.... Por lo que hace a Amparo, fue presto la reina del barrio:
reanse los marineros, abierta la boca de oreja a oreja, dilatando sus
anchos semblantes de tritones, cuando la vean pasar; los carabineros
del Resguardo le echaban flores.... Casi todos manifestaron sentimiento
al saber que andaba con un oficial, un seorito de all del barrio de
Abajo.




-XXXI-

Palabra de casamiento


Desde que tuvo secretos que confiar, por natural instinto Amparo se
arrim a la Comadreja ms que a Guardiana. Esta andaba no s cmo, medio
enferma, con la paletilla cada, segn deca; y por ms que se la
levant una saludadora con los rezos y ensalmos de costumbre, la
paletilla segua en sus trece, y la muchacha tristona, pensando en cmo
quedaran sus pequeos si se muriese ella. Hallaba Amparo en el
semblante de Guardiana no s qu limpidez, qu tranquilidad honesta, que
le helaban en los labios el cuento de amores cuando iba a empezarlo; al
paso que Ana, con su nervioso buen humor, su cara puntiaguda rebosando
curiosidad, convidaba a hablar. Amparo la tom por confidente, y hasta
por compaera. Ana, viuda a la sazn de su capitn mercante, que andaba
all por Ribadeo, se prest gustosa a ser, en cierto modo, la duea
guardadora de la Tribuna. Por su parte Baltasar se apoder de Borrn.
Estaban an los dos enamorados en el perodo comunicativo.

--Te dio palabra de casarse contigo?--preguntaba Ana a su amiga.

--No cuadr que yo se la pidiese.... Una vez, con disimulo, le indiqu
algo.... Si no fuese por la familia! La madre, sobre todo, que es as!

Y Amparo cerraba el puo.

--Bah! Ve tomando paciencia once aitos, como yo.... Y si despus lo
consigues!...

--No, pues si no quiere casarse... me parece que le doy despachaderas.

Ana not en estas bravatas que se tambaleaba el alczar de la firmeza
tribunicia. Desde entonces su curiosidad perversa la espole, y en
cierto modo le halag la idea de que todas, por muy soberbias que
fuesen, paraban en caer como ella haba cado. Organizose una especie de
sociedad compuesta de cuatro personas, Amparo, Ana, Borrn y Baltasar;
cada vez que celebraba sesin este crculo, ya se saba que la Comadreja
cargaba con el ronco y galanteador Borrn. Entretenale con pesadas
bromas, con todo gnero de indirectas y burletas, subrayadas por la risa
de sus labios flacos, por el fruncimiento de su hocico de roedor. Ana
saba, como acostumbraba saberlo todo, la historia de Borrn, o por
mejor decir, su carencia de historia; y este carcter inofensivo del
incansable faldero daba asunto a la Comadreja para crucificarlo a puras
chanzas, para clavarle mil alfileres, para abrasarlo. La travesura de
pilluelo vicioso que distingua a Ana le sirvi para olfatear la
horrible timidez, el pnico extrao que afliga a aquel hombre tan
prdigo de requiebros, tan aficionado al aroma del amor, y tan incapaz,
por carcter, de gustarlo, como los soadores que contemplan la luna de
descolgarla del firmamento. Pobre Borrn! Desde el sarcasmo hasta la
mal rebozada injuria, todo lo devor con resignacin que podra llamarse
angelical, si virtudes de este linaje negativo no fuesen ms dignas del
limbo que del cielo.

Vesta la primavera de verdor y hermosura cuanto tocaba, y convidados
por la amable estacin, los cuatro socios acostumbraban aprovechar las
tardes de los das festivos, solazndose en los huertos que abundan en
la vega marinedina, dominada por el camino real. Pese a su temperamento
calculador y enemigo del escndalo, Baltasar ceda a la vehemente
codicia del aromtico veguero, hasta el punto de acompaar en pblico a
la muchacha, si bien concretndose a aquel rincn apartado de la ciudad.
Hacalo, sin embargo, con tales restricciones, que Amparo se figuraba
que lo comprometa dejndose ver a su lado.

En la vega se cultivaban legumbres y algn maz; pero la prosa de este
gnero de plantos la encubra la estacin primaveral, adornndolos con
una apretada red de floracin: la col luca un velo de oro plido; la
patata estaba salpicada de blancas estrellas; el cebollino pareca
llovido de granizo copioso; las flores de coral del haba relucan como
bocas incitantes, y en los linderos temblaban las sangrientas amapolas,
y abra sus delicadas flores color lila el erizado cardo. Los sembrados
de maz, cuyos cotiledones comenzaban a salir de la tierra, hacan de
trecho en trecho cuadrados de raso verdegay. Sobre todo, un rincn haba
en la vega, donde la naturaleza, empeada en vencer con su espontaneidad
los artificios de la horticultura, logr reunir alrededor de un rstico
pozo que suministraba muy fresca agua, dos o tres olmos ms anchos que
copudos, un grupo gracioso de mimbres, helechos y escolopendras, un
rosal silvestre, algo, en fin, que rompa la uniformidad de la
hortaliza. Aquel paraje era el favorito de Amparo y Baltasar; sobre todo
desde que al lado, en los fresales, cuajados de flor blanca, empezaba a
madurar la roja fruta. El da de San Jos, Baltasar consigui ya recoger
para la muchacha media docena de fresas en una hoja de col. Hasta
mediados de abril aument la cosecha de fresilla; a principios de mayo
comenzaba a disminuir, y escasearon los fresones de pulpa azucarosa, que
tan suavemente humedecan la lengua. Un domingo del hermoso mes,
hallndose reunida la _partie carre_ en la huerta a pretexto de fresas,
ya a duras penas se rastreaba alguna escondida entre las hojas y
gulusmeada de babosas y caracoles.

--Don Enrique--exclamaba Ana dirigindose a Borrn--, cuntas ha cogido
usted ya? Una y media? A ese paso, dentro de quince das las
probaremos. No sirve usted... ni para coger fresas.

--Cmo que no? Mire usted una preciosa que pill ahora mismo.... Le
digo a usted, Anita, que sirvo para el caso.

--A ver? Eso es lo que usted encuentra! Comida de bicharracos....
Uuuuy!

--Qu pasa?--exclam solcito Borrn.

--Un babosn!--chill ratonilmente Ana, sacudiendo los dedos y
disparando el glutinoso animalucho al rostro de Borrn, que se pas
apaciblemente el pauelo por las mejillas, amenazando a la Comadreja con
la mano.

Amparo y Baltasar se hallaban un poco ms apartados, y cerca del pozo
que sombreaban los rboles. Picaban por turno las pocas fresas que tena
Amparo en el regazo sobre una hoja de berza. Las haban recogido juntos,
y al hacerlo sus manos trmulas y vidas se encontraron entre el
follaje.

--Eh... dejar algunas!--les gritaba intilmente Ana.

Amparo coma sin saber qu, por refrescarse la boca, donde notaba
sequedad y amargor. Borrn miraba el grupo paternalmente, con ojos
lnguidos de carnero a medio morir. La Tribuna peda cuentas; Baltasar
estaba por todo extremo obediente y corts.

--Conque no fue usted a las _Flores de Mara_?

--No, mujer... por quien soy que no fui. No ves?, hoy es domingo;
estarn llenas de gentes las Flores, y el paseo brillante, con msica y
todo; y yo no pienso poner los pies en l.

--Los das de fiesta... vaya que! Slo faltaba... es el nico da que
uno tiene libre; y se haba usted de ir al paseo! Pero ayer? No entr
usted ayer en San Efrn? No cantaba la de Garca?

--Para lo bien que canta, hija! Parece un grillo.

--Pues ella dice que se alaba de que va all toda la oficialidad por
orla.

--Alabar... qu s yo? Si no la veo hace mil aos.... Esa fresa es ma
--exclam arrebatando una que Amparo llevaba a sus labios. Ella se la
dej robar, confusa, ruborizada y satisfecha.

--Y a su casa... tampoco va usted?

--Tampoco... no seas celosa, chica. Por qu hemos de hablar siempre de
la de Garca, y no de ti? De nosotros!--aadi con expresin de
contenida vehemencia. Sinti la muchacha como una ola de fuego que la
envolva desde la planta de los pies hasta la raz del cabello, y
despus un leve fro que le agolp la sangre al corazn. Borrn se
aproxim a la amante pareja, abriendo las manos llenas de tierra y de
fresas despachurradas.

--Ya me duelen los riones de andar a gatas--dijo--. Podamos
merendar... si a ustedes no les molesta, pollos.

--Por m...--murmur Amparo. Ana se acercaba tambin, trayendo una
servilleta anudada, que desat y tendi sobre el brocal del pozo.
Reducase la merienda a unos pastelillos de dulce y una botella de
moscatel, regalo de Baltasar. Fueles preciso beber por un mismo vaso,
nico que haba, y Ana, que era asquillosa y aprensiva, prefiri echar
tragos por la botella, sin recelo de cortarse con los agudos cristales
del roto gollete. Sus carrillos chupados se colorearon, su lengua se
desat ms que de costumbre; y por va de diversin empez a coger
tierra a puados y a esparcirla por la cabeza de Borrn. Despus,
levantndose, le propuso que hiciesen el remolino. Borrn no quera,
ni a tres tirones; pero la Comadreja le asi de las manos, estrib en
las puntas de los pies, muy juntas y arrimadas a las de su pareja, y
echando el cuerpo atrs y dejando caer la cabeza hacia la espalda,
empez a girar, con gran lentitud al principio; poco a poco fue
acelerando el volteo, hasta imprimirle vertiginosa rapidez. Cuando
pasaba se vean un punto sus pmulos encendidos, sus ojos vagos y
extraviados, su boca plida, abierta para respirar mejor, su garganta
espasmodizada, rgida; mas no tardaba ni medio segundo en presentarse la
asustada faz de Borrn, que se dejaba arrastrar sin que acertase a decir
ms palabra que por Dios... por Dios... con no fingida congoja. De
repente se detuvo la peonza humana, con brusco movimiento, y se oy un
grito gutural. Ana se aplan en el suelo.

Al ir a socorrerla, not Amparo que ya no estaba sonrosada, sino del
color de la cera, y que se le vea el blanco de los ojos. Baltasar subi
precipitadamente el cubo del pozo, y casi colmado se lo volc encima a
la mareada Comadreja. Frotronle mucho los pulsos, las sienes, con el
fresco lquido, y al fin la pupila fue bajando al globo de la crnea,
mientras el pelo se dilataba con ruidoso suspiro. Dos minutos despus
estaba Ana en pie; pero quejndose de la cabeza, del corazn, declarando
que tena los huesos rotos, que se mora de fro; todo en voz tan baja y
quejumbrosa, que nadie la tendra por la petulante moza de antes del
desmayo.

--Mujer, vente a mi casa, te dar ropa seca--dijo Amparo.--No, a la ma,
a la ma.... El cuerpo me pide cama.

--Duermes conmigo.

--No, a mi casita--insisti la abatida Comadreja--. Si va conmigo una
fiebre, quiero estar en mi cuarto. Ea, adis.

--Toma mi mantn siquiera--porfi la Tribuna.

--Bueno, venga.... Brr!, estoy hecha una sopa.

Y Ana, saludando con su esqueletada mano, ademn que indicaba un resto
de intencin festiva que an retoaba en ella, tom el sendero que
conduca al camino real. Entonces Baltasar mir a Borrn fijamente con
ojos expresivos, ms claros y categricos que palabra alguna. Hay que
decir en abono del confidente universal, que titube. Sin alardear de
moralista, bien puede un hombre blanco que viste uniforme y peina
barbas, encontrar que ciertos papeles son desairados y tontos. Una cosa
es hablar, acompaar, animar, y otra.... Por lo menos as pensaba
Borrn, que ms tena de sandio rematado que de perverso. Y no obstante
su flaqueza, no supo resistir a la segunda ojeada, coercitiva al par que
suplicante, de su amigo. Bebi la hiel hasta las heces, y ech tras la
Comadreja pisando aturdidamente coles y maz tierno.

--Espere usted, Anita, que la acompao--murmuraba--. Espere usted...
puede ocurrrsele a usted algo.

Encogiose de hombros Ana, y acort el paso para dejar que se uniese
Borrn. Emparejaron y caminaron en silencio por la carretera; Ana con
los labios apretados y algo escalofriada y temblorosa, a pesar de ir muy
arropada en el mantn. Al llegar a la entrada de la ciudad, la cigarrera
se volvi y midi a Borrn con despreciativa ojeada de pies a cabeza.

--Se le ocurre a usted alguna cosa?--pregunt l medio desvanecido an,
con ronquera que rayaba en afona.

--Nada--respondi ella bruscamente. Y despus, fijando en los de Borrn
sus ojuelos verdes--: Don Enrique--aadi--, sabe usted lo que vena
pensando?

--Diga usted....

--Que es usted una alhaja.

--Por qu me dice usted eso, bella Anita?--pronunci ya afablemente
Borrn, que al verse entre gentes y en calles transitadas haba
recobrado su aplomo.

--Porque... que uno se marche cuando enferma.... Pero usted! Pero qu
hombres!--articul con ira--. Si aunque se acabase la casta... no se
perda tanto as! Vaya, abur... que estoy medio trastornada y me da poco
gusto ver gente.

--Ir con usted por si....

--Usted?--murmur ella entre irnica y desdeosa--. Para qu? Abur,
abur; que si lo ven con una muchacha de mi clase! Abur.

Y la Comadreja se escurri por una callejuela, dejando a Borrn sin
saber lo que le pasaba.

Cuando Baltasar y la oradora se quedaron solos, la tarde caa, no
apacible y glacial como aquella de febrero, sino clida, perezosa en
despedirse del sol; nubes grises, pesados cirros se amontonaban en el
cielo; el mar, picado y verdoso, muga a lo lejos, y una franja de
topacio orlaba el horizonte por la parte del Poniente. Amparo tuvo un
instante de temor.

--Me voy a mi casa--dijo levantndose.

--Amparo... ahora no!--pronunci con suplicantes inflexiones en la voz
Baltasar--. No te marches, que estamos en el paraso.

La Tribuna, paralizada, mir en derredor. Mezquino era el paraso en
verdad. Un cuadro de coles, otro de cebollas, el fresal polvoroso,
hollado por los pies de todo el mundo; los olmos bajos y achaparrados,
los acirates llenos de blanquecinas ortigas, el pozo triste con su
rechinante polea; mas estaban all la juventud y el amor para hermosear
tan pobre edn. Sonri la muchacha posando blandamente en Baltasar sus
abultados ojos negros.

--Por qu quieres escaparte, vamos?--interrog l con dulce
autoridad--. Si te escapas siempre de m; si parece que te doy miedo, no
tiene nada de particular que yo me vaya tambin al paseo, o a donde se
me ocurra. Ya lo sabes.--Y acercndose ms a ella, abrasndole el rostro
con su anhelosa respiracin--: Me voy al paseo?--pregunt.

Amparo hizo un movimiento de cabeza que bien poda traducirse as:--No
se vaya usted de ningn modo.

--Me tratas tan mal....

--Usted qu quiere que haga?

--Que te portes mejor....

--Pues hablemos claros--exclam ella sacudiendo su marasmo y apoyndose
en el brocal del pozo.

La roja luz del ocaso la envolvi entonces; su rostro se encendi como
un ascua, y por segunda vez le pareci a Baltasar hecha de fuego.

--Di, hermosa....

--Usted... quiere comprometerme... quiere conducirse como se conducen
los dems con las muchachas de mi esfera.

--No por cierto, hija; de dnde lo infieres? No pienses tan mal de m.

--Mire usted que yo bien s lo que pasa por el mundo... mucho de hablar,
y de hablar, pero despus....

Baltasar cogi una mano que trascenda a fresas.

--Mi honor, don Baltasar, es como el de cualquiera, sabe usted? Soy una
hija del pueblo; pero tengo mi altivez... por lo mismo.... Conque... ya
puede usted comprenderme. La socied se opone a que usted me d la mano
de esposo.

--Y por qu?--pregunt con soberano desparpajo el oficial.

--Y por qu?--repiti la vanidad en el fondo del alma de la Tribuna.

--No sera yo el primero, ni el segundo, que se casase con.... Hoy no
hay clases....

--Y su familia... su familia... piensa usted que no se desdearan de
una hija del pueblo?

--Bah!... qu nos importa eso? Mi familia es una cosa, yo soy otra
--repuso Baltasar impaciente.

--Me promete usted casarse conmigo?--murmur la inocentona de la
oradora poltica.

--S, vida ma!--exclam l sin fijarse casi en lo que le preguntaban,
pues estaba resuelto a decir amn a todo.

Pero Amparo retrocedi.

--No, no!--balbuci trmula y espantada--. No basta hablar as... me
lo jura usted?

Baltasar era joven an y no tena temple de seductor de oficio. Vacil;
pero fue obra de un instante: carraspe para afianzar la voz y exhal
un:

--Lo juro.

Hubo un momento de silencio en que slo se escuch el delgado silbo del
aire cruzando las copas de los olmos del camino y el lejano quejido del
mar.

--Por el alma de su madre?, por su condenacin eterna? Baltasar, con
ahogada voz, articul el perjurio.

--Delante de la cara de Dios?--prosigui Amparo ansiosa.

De nuevo vacil Baltasar un minuto. No era creyente macizo y fervoroso
como Amparo, pero tampoco ateo persuadido; y sacudi sus labios ligero
temblor al proferir la horrible blasfemia. Una cabeza pesada, cubierta
de pelo copioso y rizo, descansaba ya sobre su pecho, y el balsmico
olor de tabaco que impregnaba a la Tribuna le envolva. Disipronse sus
escrpulos y reiter los juramentos y las promesas ms solemnes.

Iba acabando de cerrar la noche, y un cuarto de amorosa luna henda como
un alfanje de plata los acumulados nubarrones. Por el camino real, mudo
y sombro, no pasaba nadie.




-XXXII-

La Tribuna se forja ilusiones


En los primeros tiempos, Baltasar, embriagado por el aroma del cigarro,
se mostr asiduo, olvid su habitual reserva y obr como si no temiese
la opinin del mundo ni de su familia. Es cierto que en el barrio
apartado donde Amparo moraba no era fcil que le viesen las gentes de su
trato; no obstante, alguna vez tropez con conocidos, en ocasin de ir
acompaando a la muchacha. Fuese por esta razn o por otras, no tard en
buscar lugares ms recnditos para las entrevistas, a donde cada cual
iba por su lado, no reunindose hasta estar al abrigo de ojos
indiscretos. Uno de estos sitios era una especie de merendero unido a
una fbrica de gaseosa, bebida muy favorita de las cigarreras. Ante la
mesa de tosca piedra, roda por la intemperie, se sentaban Baltasar y
Amparo, y all les traan las botellas de cerveza, de gaseosa, cuyo
alegre taponazo animaba de tiempo en tiempo el dilogo. Una parra tupida
les prestaba sombra; algunas gallinas picoteaban los cuadros de un
mezquino jardn; el lugar era silencioso, parecido a un gabinete muy
soleado, pero oculto. Por entre las hojas de vid se filtraban los rayos
del sol, y caan a veces, en movibles gotas de luz, sobre el rostro de
Amparo, mientras Baltasar la contemplaba, admirando involuntariamente
ciertas gracias y perfecciones de su rostro hechas para ser vistas de
cerca, como la delicada red de venas que oscureca sus prpados, las
sinuosidades de su diminuta oreja, la nitidez del moreno cutis, donde la
luz se perda en medias tintas de miel; la caliente riqueza del color
juvenil, la blancura de los dientes, la abundancia del cabello. Dur
este inventario minucioso algn tiempo, al cabo del cual, Baltasar,
habiendo aprendido de memoria estas y otras particularidades, y hablado
con la Tribuna de todo lo que se poda hablar con ella, empez a
encontrar ms largas las horas. Restringi las visitas al merendero,
limitndolas a los das festivos; y mientras Amparo le elaboraba _a
mano_ los cigarrillos que acostumbraba a consumir, l lea, arrancando
al pitillo recin acabado nubes de humo. No sabiendo qu hacer, quiso
ensear a Amparo cmo se fumaba, a lo cual ella se prest con
repugnancia, alegando que las cigarreras no fuman, que casualmente estn
hartas de ver tabaco, y que este slo era bueno para ponerse parches
en las sienes cuando duele la cabeza. Discurriendo medios de
entretenerse, Baltasar trajo a Amparo alguna novela para que se la
leyese en voz alta; pero era tan fcil en llorar la pitillera as que
los hroes se moran de amor o de otra enfermedad por el estilo, que
convencido el mancebo de que se pona tonta, suprimi los libros. En
suma, Baltasar y Amparo se hallaron como dos cuerpos unidos un instante
por la afinidad amorosa, separados despus por repulsiones invencibles,
y que tendan incesantemente a irse cada cual por su lado.

Para colmo de aburrimiento, repar Baltasar que, al paso que l aspiraba
a ocultar diestramente su aventura, Amparo, que ya tena puesta toda su
esperanza en las falaces palabras y en el compromiso creado por el
mancebo, se desviva porque los viesen juntos, porque la publicidad
remachase el clavo con que imaginaba haberle fijado para siempre. Quera
ostentarlo, como Ana ostentaba su capitn mercante; quera que la
familia de Sobrado supiese lo que suceda y rabiase, y que la de Garca,
la orgullosa damisela, se enterase tambin de que Baltasar la dejaba por
la Tribuna; as como suena. Quemadas ya las naves, a Amparo le convena
hacer ruido, tanto como a Baltasar guardar silencio. De esta diversa
disposicin de nimo nacieron las primeras disputas, leves y cortas an,
de los dos amantes, reyertas que al principio sirvieron de diversin a
Baltasar, porque, a veces, hasta la contrariedad distrae. Al menos,
mientras duraban, no vena el importuno bostezo a descoyuntar las
mandbulas. Peor sera hablar de poltica, conversacin que Baltasar
haba prohibido y a la cual la Tribuna se manifestaba ms aficionada de
algn tiempo a esta parte.

No era del todo sistemtica la conducta de Amparo al buscar publicidad
en sus amoros; su carcter la impulsaba a ello. Superficial y
vehemente, gustbanle las apariencias y exterioridades; la lisonjeaba
andar en lenguas y ser envidiada, nunca compadecida. El da que dio sus
pendientes de oro para la Rita, no le quedaba en casa un ochavo, y por
pueril orgullo dijo a todas que tena dinero, amenguando as el valor de
su noble rasgo. Ahora, durante sus relaciones con Baltasar, trabajaba
ms que nunca y se vesta lo mejor posible, para hacer creer que el
seorito de Sobrado era con ella dadivoso. Se regocijaba interiormente
de que la sostuviesen sus giles dedos, mientras el barrio le envidiaba
larguezas que no reciba: es ms, que rechazara con desdn si se las
ofrecieran. Su vanidad era doble: quera que el pblico tuviese a
Baltasar por liberal, y que Baltasar no la tuviese a ella por
mercenaria. Y Baltasar, si pagaba la gaseosa, los pastelillos, alguna
vez las entradas del teatro, en lo dems se mostraba digno heredero y
sucesor de doa Dolores Andeza de Sobrado. Nunca pens o nunca quiso
pensar (que hasta a esto del pensar sobre una cosa suele determinarse la
voluntad libremente) en lo que comera aquella buena moza, si sera
caldo o borona, si bebera agua clara, y cmo se las compondra para
presentrsele siempre con enagua almidonada y crujiente, bata de percal
saltando de limpia, botitas finas de rusel, pauelo nuevo de seda. El
cigarro era aromtico y selecto: qu le importaba al fumador el modo de
elaborarlo?

Entre tanto, Amparo disfrutaba viendo la rabia de sus rivales en la
Fbrica, la sonrisilla de Ana, las indirectas, los codazos, la atmsfera
de curiosidad que se condensaba en torno de su persona, llegando a tanto
su desvanecimiento, que se haca a s propia regalos misteriosos para
que creyese la gente que procedan de Sobrado; se prenda en el pecho
ramilletes de flores, y hasta lleg a adquirir una sortija de plata con
un corazn de esmalte azul, por el retegustazo de que pensasen ser
fineza de Baltasar. Cuando le preguntaban si era cierto que se casaba
con un seorito, sonrea, se haca la enojada como de chanza, y finga
mirar disimuladamente la sortija.... Casarse! Y por qu no? No ramos
todos iguales desde la revolucin ac? No era soberano el pueblo? Y las
ideas igualitarias volvan en tropel a dominarla y a lisonjear sus
deseos. Pues si se haba hecho la revolucin y la Unin del Norte, y
todo, sera para que tuvisemos igualdad, que si no, bien pudieron las
cosas quedarse como estaban.... Lo malo era que nos mandase ese rey
italiano, ese Macarronini, que daba al traste con la libertad.... Pero
iba a caer, y ya no caba duda, llegaba la repblica.

Con estos pensamientos entretena las horas de trabajo en la Fbrica. A
cada pitillo que enrollaba, al suave crujido del papel, una cndida
esperanza surga en su corazn. Cuando ella fuese seora, no haba de
portarse como otras altaneras, que estuvieron all liando cigarros lo
mismo que ella, y ahora, porque arrastraban seda, miraban por cima del
hombro a sus amigas de ayer. Quia! Ella las saludara en la calle,
cuando las viese, con afabilidad suma. Por lo que hace a recibirlas de
visita... eso, segn y conforme dispusiese su marido; pero, qu trabajo
cuesta un saludo? A Ana le haba de ensear su casa. Su casa! Una casa
como la de Sobrado, con sillera de damasco carmes, consola de caoba,
espejo de marco dorado, piano, reloj de sobremesa y tantas bujas
encendidas! Y Amparo, cerrando los ojos, crea sentir en el rostro el
fro cierzo de la noche de Reyes.... Cuando entraba descalza en el
portal de Sobrado a cantar villancicos, pens que se enamorase nunca de
ella Baltasar? Pues as como haba sucedido esto, _lo otro_....

No obstante, dentro de la Fbrica misma hubo escpticas que auguraron
mal de los enredos en que se meta Amparo. Casarse, casarse! Pronto se
dice; pero del dicho al hecho.... Regalos? Vaya unos regalos para un
hijo de Sobrado! Sortijas de plata, ramos de a dos cuartos! Bah, bah!
Ya se saba en lo que paraban ciertas cosas. Aunque sordos, estos
rumores no fueron tan disimulados que no llegasen a la interesada, y
unidos a otras pequeeces que ella observaba tambin, empezaron a
clavarle en el alma el dardo de los ms crueles recelos. Baltasar
enfriaba a ojos vistas: a cada paso mostraba ms cautela, adoptaba
mayores precauciones, descubra ms su carcter previsor y el inters de
esconder su trato con la muchacha como se oculta una enfermedad
humillante. Mostrbase an tierno y apasionado en las entrevistas; pero
se negaba obstinadamente a acompaar a Amparo dos pasos ms all de la
puerta.

Todo lo referido, not desde su cama la paraltica, y hallbase
sumamente inquieta y quejosa, por varias razones, entre otras, porque
desde que Amparo gastaba cuanto ganaba en botas nuevas y enaguas
bordadas, ella se vea privada de algunas comodidades y golosinas que no
le escatimaban antes. Malo era que su hija se perdiese y malo tambin
que, tratando con seores, en vez de traer dinero a casa, se empease, y
tuviese que pasarse las noches haciendo pitillos de encargo para poder
comer. Y mucho de flores! Y mucho de chambras con puntillas! Qu
necesidad!

Confidente de estas lamentaciones era Chinto, que sola venir a pasarse
con la tullida largas horas al salir del trabajo, desde que supo cun
propicia se mostrara un tiempo a su pretensin matrimonial. An volva
la vieja a la carga de tiempo en tiempo, y hablaba de Chinto a su hija;
l no sera fino ni buen mozo, pero era un burro de carga, un lobo para
el trabajo y un infeliz. Autorizada, sin duda, por tan buenas
intenciones, la paraltica dispona de Chinto cual de un yerno. Una vez,
cuando empez a escasear el dinero, rogole que fuese por seis cuartos
de azcar para la cascarilla a la tienda de la esquina, que ya le
pagara. El mozo sali y volvi con un cucurucho de papel de estraza
henchido de azcar moreno; del pago no se habl ms. Otro da se encarg
de tomar un dcimo para el prximo sorteo; la vieja, por tranquilizar su
conciencia de empedernida jugadora, le dijo que si le caa partiran
como buenos amigos. Poco a poco, y ayudando a ello lo muy distrada que
Amparo andaba, volvi Chinto a amarrarse al antiguo yugo, a obedecer
ciegamente a la desptica voz de la tullida; hzole los recados, le
arregl el cuarto, le trajo remedios, le dio unturas. Y no quiere decir
esto que la pobre mujer se propusiese deliberadamente explotar al mozo,
sino que, a su edad y en su estado, ciertos cuidados y mimos son tan
necesarios como el aire respirable.

Curioso espectculo en verdad el que ofreca Chinto, descolorido, flaco,
casi harapiento, cuidando de aquella mujer que no era su madre, que
siempre le haba tratado con dureza; y mientras l mondaba las patatas
para el caldo del da siguiente, o mulla el jergn de la impedida,
Amparo regresaba, a la plateada luz de la luna de verano, que prolongaba
sobre la carretera de la Olmeda la sombra de los majestuosos rboles, de
alguna cita en lugares escondidos, en los solitarios huertos, o en el
desierto camino del cerro de Aguasanta.




-XXXIII-

Las hojas caen


Aconteci que, cuando ya se aproximaba el otoo, la paraltica llam a
Amparo a la cabecera de su lecho, con tono y ademanes desusados,
murmurando sordamente:

--Acrcate aqu, anda.

Amparo se acerc con la cabeza baja. La madre extendi la mano, le cogi
violentamente la barbilla para que alzase el rostro, y con voz aguda y
terrible grit:

--Y ahora?

Call la hija. Constbale que la persona que la interrogaba as haba
vivido largos aos orgullosa de su matrimonio legtimo, de su honestidad
plebeya, de su marido trabajador, de que en la Fbrica los citasen a
entrambos por modelo de familia unida, de que en cierta ocasin el jefe
hubiese proferido palabras honrosas para ella, llamndole mujer formal
y de bien. S, Amparo lo saba, y por eso callaba. Repetidas veces la
paraltica le diera consejos, haciendo funestos vaticinios, que se
cumplan al fin. Incorporada a medias sobre la cama, concentrando en los
ojos la vida furiosa de su cuerpo, repiti la madre, con desprecio y con
ira:

--Y ahora?

Amparo permaneci plida e inmvil. La tullida sinti un hormigueo en la
palma de la mano, y la estamp ruidosamente en la mejilla de su hija,
que se tambale, retrocedi escondiendo el rostro, y se fue a sentar en
la silla ms prxima.

--Sinvergenza, rada, eso de m no lo aprendistes!--vocifer la
enferma, algo desahogada ya despus del bofetn. No respondi nada la
oradora, que diera entonces de buen grado su popularidad, y hasta el
advenimiento de la ideal repblica, por hallarse siete estados debajo de
tierra. No obstante, se sorbi estoicamente las lgrimas abrasadoras que
asomaban a sus ojos, y, abatida, reconociendo y acatando la autoridad
maternal, balbuci:

--Me ha dado palabra de casamiento.

--Y te lo creste!

--No s por qu no...--exclam la muchacha con acento ms firme ya--. Yo
soy como otras, tan buena como la que ms... hoy en da no estamos en
tiempos de ser los hombres desiguales... hoy todos somos unos, seora...
se acabaron esas tiranas.

Mene la cabeza la paraltica, con la tenaz desconfianza de los viejos
indigentes que nunca vieron llover del cielo torreznos asados.

--El pobre, pobre es--pronunci melanclicamente...--. T te quedars
pobre, y el seorito se ir riendo...--Y a esta idea, sintiendo renacer
su furor chill--: Scateme de delante, indina, que te mato: si te
dieron palabras, que te las cumplan.

Amparo se agach, y sali temblando. A solas, recobr energa, y calcul
que tal vez haca mal en desesperarse; acaso su mala ventura sera un
lazo ms que acabase de unir a Baltasar con ella para siempre. S, no
poda suceder de otro modo, a menos que tuviese entraas de tigre.

Esper con afn el domingo, da de cita en el merendero de la gaseosa.
Madrug, lleg mucho antes que Baltasar. El otoo iba despojando a la
parra de su pomposo follaje recortado, y los nudosos sarmientos parecan
brazos de esqueleto mal envueltos en los jirones de prpura de las pocas
hojas restantes. Algn racimo negreaba en lo alto. En unas tinas viejas
arrimadas al banco de piedra, haba botellas vacas que semejaban
embarcaciones nufragas varadas en un arenal. Amparo senta mucho fro
cuando Baltasar lleg.

Sentose este al lado de la muchacha, que le present un paquete de sus
cigarrillos predilectos, emboquillados, bastante largos, liados con gran
esmero. Baltasar tom uno y lo encendi, chupndolo nerviosamente con
rpidas aspiraciones. Toda mujer prendada de un hombre llega a conocer
por sus movimientos ms leves, por los actos que distrada y casi
mecnicamente ejecuta, el talante de que est. Amparo saba que cuando
Baltasar fumaba as, no se distingua por lo jocoso y afable. Como la
luz del sol no hallaba obstculos para filtrarse al travs de la
deshojada parra, el rostro del mancebo, baado de claridad, pareca duro
y anguloso; su bigote, blondo a la sombra, tena ahora un dorado
metlico; sus ojos zarcos miraban con glacial limpidez. La pobre
Tribuna, tan intrpida cuando peroraba, se hall del todo cortada y
recelosa, y crey sentir que le anudaban la garganta con un dogal.
Esper en vano una expansin, una caricia dulce y apasionada, que no
vino. Baltasar se callaba cosas muy buenas, y segua taciturno. De
cuando en cuando el soplo de las rfagas otoales desprenda una de las
postreras hojas de vid, que caa arrugada y amarillenta sobre la mesa de
granito, entre los dos amantes, produciendo un ruidito seco. Pin! En
los odos de Baltasar resonaba la voz de doa Dolores, exclamando:
Chico, no sabes que las de Garca... psmate!, ganan el pleito en el
Supremo? Lo s de fijo por el mismo abogado de aqu. Pin, pin! Y
Amparo, a su vez, escuchaba frases colricas: Si te dieron palabras,
que te las cumplan. Pinnn!... Una hoja purprea descenda con
lentitud.... Baltasarito, hijo, van a cogerse ciento y no s cuntos
miles de duros, si ganan.

Al fin, Baltasar fue el primero que rompi el silencio.... Habl del
trabajo que le costaba venir, de lo necesario que era el recato, de que
tendran que verse menos.... Deca todo esto con acento duro, como si
Amparo fuese culpable respecto de l en algo. La cigarrera le escuchaba
muda, con los labios blancos, mirando fijamente al rostro de Baltasar,
que tena la expresin distrada del mal pagador que no quiere recordar
su deuda. Y era lo peor del caso que, por ms que la Tribuna quera
echar mano de su oratoria, que le hubiera venido de perlas a la sazn,
no encontraba frases con que empezar a tratar del asunto ms importante.
Al fin, como viese con asombro levantarse a Baltasar diciendo que le
esperaba el coronel para asuntos del servicio, ella tambin se alz
resuelta, y le dio la noticia clara y brutalmente, sin ambages ni
rodeos, sintiendo hervir dentro del pecho una clera que centuplicaba su
natural valor.

Un relmpago de sorpresa cruz por las pupilas trasparentes y yertas de
Sobrado; mas al punto se pleg su delgada boca, y dirase que le haban
cerrado el semblante con llave doble y selldolo con siete sellos. Era
otro Baltasar distinto del mancebo gracioso, halageo y felino de las
horas veraniegas. Amparo not que representaba diez aos ms.

--Ahora--dijo, plantndose delante de l--es justo que me cumplas la
palabra.

--Ahora...--repiti l con voz lenta--. La palabra....

--De casarte conmigo! Me parece que me sobra derecho para pedir....

--Mujer...--contest Baltasar reposadamente, sacudiendo la ceniza del
pitillo--, no todas las cosas salen a medida del deseo. Las
circunstancias le obligan a uno a mil transacciones, que.... Yo
quisiera, lo mismo que t, que fuese maana, pero ponte en mi caso....
Mi madre... mi padre... mi familia....

--Tu familia, tu familia! Pues no dijiste que ella era una cosa y t
otra? Le echo yo alguna mancha a tu familia, por si acaso? Soy hija de
algn ajusticiado, o de algn capitn de gavilla? No estamos en tiempos
de iguald? No es mi madre tan honrada como la tuya, repelo?

--No es eso... yo no te digo que....

--Pues qu dices entonces, que te quedas ah callado? Tienes algo que
echarme en cara? No me gano yo la vida trabajando honradamente, sin
pedrtelo a ti ni a nadie? Te he pedido algo, te he pedido algo? Ando
yo con otros?

--Quin te dice semejante cosa? Pero sucede que hoy por hoy lo que t
deseas, es decir, lo que deseamos, es imposible.

--Imposible!

--Por algn tiempo no ms.... No me hallo todava en situacin de
prescindir de mi familia... cuando alcance una graduacin superior y
pueda vivir con el sueldo....

--No eres ya capitn?

--Graduado, pero la efectividad.... En fin, te lo repito, hazte cargo;
en las circunstancias por que atravieso no cabe una determinacin
semejante. Sera menester estar loco. Y digo ms, creme, hija; tenemos
que ser muy prudentes para no comprometernos.

--No comprometernos!--gimi con amargura la muchacha--. No
comprometernos! Pero t te has figurado--pronunci, reponindose y
recobrando su impetuoso carcter--que yo soy tonta? Piensas que me
puedes meter el dedo en la boca? Qu compromiso ni qu... repelo, te
viene a ti de todo esto? La comprometida, la engaada y la perdida soy
yo!

Y dejose caer en el banco de piedras, y apoyando la frente en la fra
mesa de granito, rompi en convulsivos sollozos.

--No grites, hija--murmur Baltasar, aproximndose--. No llores... que
pueden orte y es un escndalo. Amparo, mujer, vamos, no hay motivo para
esos gritos.

La crisis fue corta. Levantose la oradora con los ojos encendidos, pero
sin que una lgrima escaldase su mejilla morena. Indignada, mir a
Baltasar y lo encontr sereno, inconmovible, con su fina y sonrosada tez
y sus ojos garzos y trasparentes, en los cuales se reflejaba la luz del
cielo sin comunicarles calor. l quiso hacer dos o tres zalameras a la
muchacha para conjurar la tormenta; pero su ademn era violento, sus
movimientos automticos. Amparo lo rechaz, y se coloc por segunda vez
delante de l en actitud agresiva.

--Habla claro... nos casamos o no?

--Ahora no puede ser, ya te lo he dicho--contest l sin perder su
continente flemtico.

--Y cundo?

--Qu s yo! El tiempo, el tiempo dir. Pero has de tener calma,
hija... un poco de calma.

--Pues abur, hasta que me pagues lo que me debes--exclam ella en voz
vibrante, sin cuidarse de que la oyesen desde la casa o desde el camino
los transentes--. Yo no soy ms tu juguete, para que lo sepas: no me da
la gana de andarme escondiendo, de ir con estas noches de fro a
Aguasanta y a mil sitios as por darte gusto.

Avanz tres pasos ms, y poniendo la mano en el hombro del oficial:

--El da menos pensado...--pronunci--, cuando te vea en _las Filas_ o
en la calle Mayor... me cojo de tu brazo delante de las seoritas,
oyes?, y canto all mismo, all... todo lo que pasa. Y cuando venga la
nuestra... o te hacemos pedazos, o cumples con Dios y conmigo.
Entiendes, falsario?

Y en voz queda, con acento de religioso terror:

--T no tienes miedo a condenarte? Pues si mueres as... ms fijo que
la luz, te condenas. Y si viene la federal... que Dios la traiga y la
Virgen Santsima... te mato, oyes?, para que vayas ms pronto al
infierno.

Diciendo as, diole un empujn, y le volvi la espalda, saliendo con
paso rpido, la frente alta, la mirada llameante, a pesar del peregrino
desfallecimiento, de la desusada conmocin interior que le avisaba de
que ahorrase tales escenas. Al salir la Tribuna, una rfaga ms fuerte
desparram por la mesa muchas hojas de vid, que danzaron un instante
sobre la superficie de granito, y cayeron al hmedo suelo.

--Lo har?--medit Baltasar a sus solas--. Me vendr a marear en
pblico? Tengo para m que no.... Estos genios vivos y prontos son del
primer momento: pasado ese, se quedan como malvas. Quia... no lo hace.
Sin embargo, me convendra salir de Marineda una temporada....

Al pensar esto, miraba maquinalmente a las hojas secas, que valsaban con
lnguido y desmayado ritmo.

--Pero y Josefina? Si las noticias de mam son ciertas, no va a ser
posible abandonar una proporcin que tal vez no vuelva a encontrar en mi
vida. Qu mil diablos! Y esa chica era guapa.... Lo que es guapa! Qu
tonteras! Por qu se buscar uno estos conflictos? Yo que tengo
juicio para diez!

Impaciente, tir el cigarro que estaba concluyendo. Un tomo de fuego
brill entre las hojas, que crujieron encogindose, y a poco la colilla
se apag.




-XXXIV-

Segunda hazaa de la Tribuna


Fro es el invierno que llega; pero las noticias de Madrid vienen
calentitas, abrasando. La cosa est abocada, el italiano va a abdicar
porque ya no es posible que resista ms la atmsfera de hostilidad, de
inquina, que le rodea. l mismo se declara aburrido y harto de tanto
contratiempo, de la grosera de sus ulicos, de la guerra carlista, del
vocero cantonal, del universal desbarajuste. No hay remedio, las
distancias se estrechan, el horizonte se tie de rojo, la federal
avanza.

La Fbrica ha recobrado su Tribuna. Es verdad que esta vuelve herida y
maltrecha de su primer salida en busca de aventuras; mas no por eso se
ha desprestigiado. Sin embargo, los momentos en que empez a conocerse
su desdicha fueron para Amparo de una vergenza quemante. Sus pocos
aos, su falta de experiencia, su vanidad fogosa, contribuyeron a hacer
la prueba ms terrible. Pero en tan crtica ocasin no se desminti la
solidaridad de la Fbrica. Si alguna envidia excitaba antao la
hermosura, garbo y labia irrestaable de la chica, ahora se volvi
lstima, y las imprecaciones fueron contra el eterno enemigo, el hombre.
Estos malditos de Dios, recondenados, que slo estn para echar a
perder a las muchachas buenas! Estos seores, que se divierten en hacer
dao! Ay, si alguien se portase as con sus hermanas, con sus hijitas,
quin los oira y quin los vera echrsele como perros! Por qu no se
estableca una ley para eso, caramba? Si al que debe una peseta se la
hacen pagar ms que de prisa, me parece a m que estas deudas an son
ms importantes, demontre! Slo que ya se ve: la justicia la hay de dos
maneras: una a rajatabla para los pobres, y otra de manga ancha, muy
complaciente, para los ricos!

Algunas cigarreras optimistas se atrevieron a indicar que acaso Sobrado
se casara, o por lo menos reconocera lo que viniese.

--S, s... esperar por eso, papalanatas! Ahora se estar sacudiendo
la levita y burlndose bien!

--No sabes... yo no quiero que ella lo oiga, ni lo entienda--deca la
Comadreja a Guardiana--, pero ese descarado ya vuelve a andar tras de la
de Garca.

--Bribn!--exclamaba Guardiana--. Y quin lo ve, tan juicioso como
parece!

--Pues conforme te lo digo.

--Amparo tampoco debi hacerle caso.

--Mujer, uno es de carne, que no es de piedra.

--Se te figura a ti que a cada uno le faltan ocasiones?--replic la
muchacha--. Pues si no hubiese ms que.... Madre querida de la Guardia!
No, Ana; la mujer se ha de defender ella. Civiles y carabineros no se
los pone nadie. Y las chicas pobres, que no heredamos ms mayorazgo que
la honradez.... Hasta te digo que la culpa mayor la tiene quien se deja
embobar.

--Pues a m me da lstima ella, que es la que pierde.

--A m tambin. Lstima, s.

Ya todo el mundo se la daba. Quin hubiera reconocido a la brillante
oradora del banquete del Crculo Rojo en aquella mujer que pasaba con el
mantn cruzado, vestida de oscuro, ojerosa, deshecha! Sin embargo, sus
facultades oratorias no haban disminuido; slo s cambiado algn tanto
de estilo y carcter. Tenan ahora sus palabras, en vez del impetuoso
bro de antes, un dejo amargo, una sombra y pattica elocuencia. No era
su tono el enftico de la prensa, sino otro ms sincero, que brotaba del
corazn ulcerado y del alma dolorida. En sus labios, la Repblica
federal no fue tan slo la mejor forma de gobierno, poca ideal de
libertad, paz y fraternidad humana, sino perodo de vindicta, plazo
sealado por la justicia del cielo, reivindicacin largo tiempo esperada
por el pueblo oprimido, vejado, trasquilado como mansa oveja. Un aura
socialista palpit en sus palabras, que estremecieron la Fbrica toda,
mxime cuando el desconcierto de la Hacienda dio lugar a que se
retrasase nuevamente la paga en aquella dependencia del Estado. Entonces
pudo hablar a su sabor la Tribuna, despacharse a su gusto. Ay de Dios!
Qu les importaba a los seorones de Madrid... a los pcaros de los
ministros, de los empleados, que ellas falleciesen de hambre? Los
sueldos de ellos estaran bien pagados, de fijo! No, no se descuidaran
en cobrar, y en comer, y en llenar la bolsa. Y si fuesen los ministros
los nicos a rerse del que est debajo! Pero a todos los ricos del
mundo se les daba una higa de que cuatro mil mujeres careciesen de pan
que llevar a la boca!

Y al decir esto, Amparo se incorporaba, casi se pona de pie en la
silla, a pesar de los enrgicos y apremiantes sttt!, de la maestra, a
pesar del inspector de labores, que no haca un momento estaba asomado a
la entrada del taller, silencioso y grave.

--Qu cuenta tan larga...--prosegua la oradora, animndose al ver el
mgico y terrible efecto de sus palabras...--, qu cuenta tan larga
darn a Dios algn da esas sanguijuelas, que nos chupan la sangre toda!
Digo yo, y quiero que me digan, por qu nadie me contesta a esto, ni
puede contestarme: hizo Dios dos castas de hombres, por si acaso, una
de pobres y otra de ricos?, hizo a unos para que se paseasen,
durmiesen, anduviesen majos, y hartos, y contentos, y a otros para sudar
siempre y arrimar el hombro a todas las labores, y morir como perros sin
que nadie se acuerde de que vinieron al mundo? Qu justicia es esta,
retepelo? Unos trabajan la tierra, otros comen el trigo; unos siembran y
otros recogen; t, un suponer, plantaste la via, pues yo vengo con mis
manos lavadas y me bebo el vino....

--Pero el que lo tiene, lo tiene--interrumpa la conservadora Comadreja.

--Ya se sabe que el que lo tiene, lo tiene; pero ahora vamos al caso de
que es preciso que a todos les llegue su da, y que cuantos nacemos
iguales gocemos de lo mismo, tan siquiera un par de horas! Siempre
unos holgando y otros reventando! Pues no ha de durar hasta la fin de
los siglos, que alguna vez se ha de volver la tortilla.

--El que est debajo, mujer, debajito se queda.

--Conversacin! Mira t, en Pars de Francia, el cuento ese de la
_Comun_... Anda si pusieron lo de arriba para abajo! Anda si se
sacudieron! No qued cosa con cosa... as, as debemos de hacer aqu, si
no nos pagan.

--Y all, qu hicieron?

Amparo baj la voz.

--Prender fuego... a todos los edificios pblicos....

Un murmullo de indignacin y horror sali de la mayor parte de las
bocas.

--Y a las casas de los ricos... y....

--Ass!, fuego, mujer!

--Y afusil... y afusil... ar....

--Afusilar... a quin, mujer, a quin?

--A... a los prisioneros, y al arzobispo, y a los cur....

--Infames!

--Tigres!

--Calla, calla, que parece que la sangre se me cuaj toda!... Y quin
hizo eso? Pues vaya unas barbarids que cuentas!

--Si yo no las cuento para decir que... que est bien hecho eso de... de
prender fuego y afusilar.... No, caramba!, no me entendis, no os da
la gana de entenderme! Lo que digo es que... hay que tener hgados, y no
dejarse sobar ni que le echen a uno el yugo al cuello sin defenderse....
Lo que digo es, que cuando no le dan a uno por bien lo suyo, lo muy
suyo, lo que tiene ganado y reganado.... Cuando no se lo dan, si uno no
es tonto... lo pide... y si se lo niegan... lo coge.

--Eso, clarito.

--Tienes razn. Nosotras hacemos cigarros, eh?, pues bien regular es
que nos abonen lo nuestro.

--No, y apuradamente no es ley de Dios esa desiguald y esa diferiencia
de unos zampar y ayunar otros.

--Lo que es yo, maana, o me pagan, o no entro al trabajo.

--Ni yo.

--Ni yo.

--Si todas hicisemos otro tanto... y si adems nos viesen bien
determinadas a armar el gran cristo....

--Maana... lo que es maana! Habis de hacer lo que yo os diga?

--Bueno.

--Pues venir temprano... tempranito.

A la madrugada siguiente los alrededores de la Fbrica, la calle del
Sol, la calzada que conduce al mar, se fueron llenando de mujeres que,
ms silenciosas de lo que suelen mostrarse las hembras reunidas, tenan
vuelto el rostro hacia la puerta de entrada del patio principal. Cuando
esta se abri, por unnime impulso se precipitaron dentro, e invadieron
el zagun en tropel, sin hacer caso de los esfuerzos del portero para
conservar el orden; pero en vez de subir a los talleres, se estacionaron
all, apretadas, amenazadoras, cerrando el paso a las que, llegando
tarde, o ajenas a la conjuracin, intentaban atravesar ms all de la
portera. Sordos rumores, voces ahogadas, imprecaciones que presto
hallaban eco, corran por el concurso, que se iba animando, y
comunicndose ardimiento y firmeza. En primera fila, al extremo del
zagun, estaba Amparo, plida y con los ojos encendidos, la voz ya algo
tomada de perorar, y, sin embargo, llena de energa, incitando y
conteniendo a la vez la humana marea.

--Calma--decales con hondo acento--, calma y serenid... Tiempo habr
para todo: aguardar.

Pero algunos gritos, los empellones, y dos o tres disputas que se
promovieron entre el gento, iban empujando, mal de su grado, a la
Tribuna hacia la vetusta escalera del taller, cuando en este se
sintieron pasos que conmovan el piso, y un inspector de labores, con la
fisonoma inquieta del que olfatea graves trastornos, apareci en el
descanso. Empezaba a preguntar, ms bien con el ademn que con la boca:
Qu es esto?, a tiempo que Amparo, sacando del bolsillo un pito de
barro, arrimolo a los labios y arranc de l agudo silbido. Diez o doce
silbidos ms, partiendo de diferentes puntos, corearon aquella romanza
de pito, y el inspector se detuvo, sin atreverse a bajar los escalones
que faltaban. Dos o tres viejas desvenadoras se adelantaron hacia l,
profiriendo chillidos temerosos, y tocndole casi, y se oy un sordo
muera!. Sin embargo, el funcionario se rehzo, y cruzndose de
brazos, se adelant, algo mudada la color, pero resuelto.

--Qu sucede?, qu significa este escndalo?--pregunt a Amparo, a
quien hall ms prxima--. Qu modo es este de entrar en los talleres?

--Es que no entramos hoy--respondi la Tribuna. Y cien voces confirmaron
la frase--: No se entra, no se entra.

--No entran... pues qu pasa?

--Que se hacen con nosotras iniquids, y no aguantamos.

--No, no aguantamos. Mueran las iniquids! Viva la libert! Justicia
seca!--clamaron desde todas partes. Y dos o tres maestras, cogidas en el
remolino, alzaban las manos desesperadamente, haciendo seas al
inspector.

--Pero qu piden ustedes?

--No oyes, hijo? Jos-ti-cia-berre una desvenadora al odo mismo del
empleado.

--Que nos paguen, que nos paguen, y que nos paguen--exclam
enrgicamente Amparo, mientras el rumor de la muchedumbre se haca
tempestuoso.

--Vuelvan ustedes, por de pronto, al orden y a la compostura que....

--No nos da la gana.

--Que baile el can-can!

--Muera!

Y otra vez la sinfona de pitos rasg el aire.

--No pedimos nada que no sea nuestro--explic Amparo con gran sosiego--.
Es imposible que por ms tiempo la Fbrica se est as, sin cobrar un
cuarto.... Nuestro dinero, y abur.

--Voy a consultar con mis superiores--respondi el inspector,
retirndose entre vociferaciones y risotadas.

Apenas le vieron desaparecer, se calm la efervescencia un tanto. Va a
consultar se decan las unas a las otras... nos pagarn?.

--Si nos pagan--declar la Tribuna, belicosa y resuelta como nunca--, es
que nos tienen miedo. Alante! Lo que es hoy, la hacemos, y buena.

--Debimos cogerlo y rustrirlo en aceite--gru la voz oscura de la
vieja--. Fretirlo como si fuera un pancho... que vea lo que es la
necesid y los trabajitos que uno pasa!

--Orden y unin, ciudadanas...--repeta Amparo con los brazos
extendidos.

Trascurridos diez minutos volvi el inspector acompaado de un
viejecillo enjuto y seco como un pedazo de yesca, que era el mismo
contador en persona. El jefe no juzgaba oportuno por entonces
comprometer su dignidad presentndose ante las amotinadas, y por medida
de precaucin haba reunido en la oficina a los empleados y consultaba
con ellos, conviniendo en que la sublevacin no era tan temible en la
Granera como lo sera en otras Fbricas de Espaa, atendido el pacfico
carcter del pas. No quisiera l estar ahora en Sevilla.

--Qu recado nos trae?--gritaron al inspector las sublevadas.

--Oganme ustedes.

--Cuartos, cuartos, y no tanta parolera.

--Tengo chiquillos que aguardan que les compre mollete... oyust?, y no
puedo perder el tiempo.

--Se pagar... hoy mismo... un mes de los que se adeudan.

Hondo murmullo atraves por la multitud llegando a las ltimas filas.
l pagan, s o no? pagan.... Un mes...! Un mes, para poca sal... no
consentir... todo, todo junto!. Amparo tom la palabra.

--Como usted conoce, ciudadano inspector... un mes no es lo que se nos
debe, y lo que nos corresponde, y a lo que tenemos derechos inalienables
e individuales.... Estamos resueltas, pero resueltas de verd, a
conseguir que nos abonen nuestro jornal, ganado honrosamente con el
sudor de nuestras frentes, y del que slo la injusticia y la opresin
ms impa se nos pueden incautar....

--Todo eso es muy cierto, pero qu quieren ustedes que hagamos? Si la
Direccin nos hubiese remitido fondos, ya estaran satisfechos los dos
meses.... Por de pronto se les ofrece a ustedes uno, y se les advierte
que despejen el local en buen orden y sin ocasionar disturbios.... De lo
contrario, la guardia va a proceder al despejo....

--La guardia!, que nos la echen!, que venga! Ac la guardia!

Cuatro soldados al mando de un cabo, total cinco hombres, bregaban ya en
la puerta de entrada con las ms reacias y temibles. No tenan, dijeron
ellos despus, corazn para hacer uso de sus armas; aparte de que no se
les haba mandado tampoco semejante cosa. Limitbanse a coger del brazo
a las mujeres y a irlas sacando al patio: era una lucha parcial, en que
haba de todo: chillidos, pellizcos, risas, palabras indecorosas,
amenazas sordas y feroces.

Pero sucedi que un soldado, al cual una cigarrera clav las uas en la
nuca, ech a correr, trajo de la garita el fusil y apunt al grupo: al
instante mismo un pnico indecible se apoder de las ms cercanas, y se
oyeron gritos convulsivos, imprecaciones, splicas desgarradoras, ayes
de dolor que partan el alma, y las mujeres, en revuelto tropel, se
precipitaron fuera del zagun, y corrieron buscando la salida del patio,
empujndose, cayendo, pisotendose en su ciego terror, arracimadas como
locas en la puerta, impidindose mutuamente salir, y chillando lo mismo
que si todas las ametralladoras del mundo es tuviesen apuntadas y
prontas a disparar contra ellas.

Quedose en medio del zagun la insigne Tribuna, sola, rezagada, vencida,
llena de clera ante tan vergonzosa dispersin de sus ejrcitos. Para
mostrar que ella no tema ni se fugaba, fue saliendo a pasos lentos y
lleg al patio en ocasin que la guardia, aprovechndose de la ventaja
fcilmente adquirida, expulsaba a las ltimas revolucionarias, sin
mostrar gran enojo. Por galantera, el soldado del fusil administr a
Amparo un blando culatazo, dicindole Ea... afuera.... La Tribuna se
volvi, mirole con regia dignidad ofendida, y sacando el pito, silb al
soldado. Despus cruz la puerta que se le cerr en las mismas espaldas
con gran estrpito de gonces y cerrojos.

Al verse fuera ya, mir asombrada en torno suyo y hall que una gran
multitud rodeaba el edificio por todos lados. No slo las que estaban
dentro, sino otras muchas que haban ido llegando, formaban un cordn
amenazador en torno de los viejos muros de la Granera. La Tribuna,
viendo y oyendo que sus dispersas huestes se rehacan, comenz a
animarlas y a exhortarlas, a fin de que no sufriesen otra vez tan
humillante derrota. Ya las que haban sido arrojadas por los soldados,
al contacto de la resuelta muchedumbre, recobraron los nimos decados,
y enseaban el puo a la muralla profiriendo invectivas.

Hicieron ruidosa ovacin a su capitana que empez a recorrer las filas
calentando a las que an tenan recelo o no estaban dispuestas a gritar.
Y eligiendo dos o tres de las ms animosas, mandoles que arrancasen una
de las desiguales y vacilantes piedras de la calzada, que se movan como
dientes de viejo en sus alveolos, y, alzndola lo mejor posible, la
condujesen ante la puerta que les acababan de cerrar en sus mismas
narices. Brot de entre los espectadores un clamoreo al ver ejecutar
esta operacin con tino y rapidez y or retemblar las hojas de la puerta
cuando la lpida cay contra el quicio.

--Hacen barricadas--exclam una cigarrera que recordaba los tiempos de
la Milicia Nacional.

--Borricadas, borricadas--exclamaba una maestra--, nos van a dar por
cara todo este barullo.

El propsito de las desempedradoras no era ciertamente hacer barricadas,
sino otra cosa ms sencilla: o bien echar abajo la puerta a puros
cantazos, o bien elevar delante un montn de piedras por el cual se
pudiese practicar el escalamiento. En su imprevisin estratgica
olvidaban que del otro lado, al extremo del callejn del Sol, exista un
portillo, un lado dbil, sobre el cual debera cargar el empuje del
ataque. No estaba la generala en jefe para tales clculos: cegada por la
rabia, Amparo no pensaba sino en atravesar otra vez la misma puerta por
donde la haban expulsado--oh rubor!--cuatro soldados y un cabo. As es
que arrancada ya, casi con las uas, la primer baldosa, se procedi a
desencajar la segunda.

Apoyadas en el muro de una casita de pescadores, donde haba redes
colgadas a secar, Guardiana y la Comadreja miraban el motn sin tomar
parte en l. Ana era remilgada, endeble como un junco, y jams podran
sus descarnadas manos, forzudas slo en los momentos de excitacin
nerviosa, levantar ni una peladilla de arroyo algo grande; en cuanto a
Guardiana, se crea obligada a permanecer all, puesto que al fin el
tumulto era cosa de la Fbrica; pero desaprobndolo, porque
indudablemente, de todo aquello iban a resultar desgracias.

--Mira Amparo, tan adelantada en meses, y cmo ella trajina!

--Es el demonche. Ella sola levanta la piedra--contest Ana, con la
reverencia de los dbiles hacia la fuerza fsica.

Mas la primera piedra era enorme: una losa de un metro de longitud y
gruesa y ancha a proporcin, y constitua un problema de dinmica al
trasportarla sin auxilio de mquina alguna. Para echada a hombros de una
sola persona era enorme y la aplastara; para llevada en vilo entre
varias, no se saba cmo subirla. Amparo discurri irla enderezando y
rodando hasta la puerta, y en efecto, el sistema dio buen resultado y la
piedra lleg a su sitio. Al punto que la vio colocada, torn con
infatigable ardor a intentar descuajar un nuevo proyectil. En esta faena
y brega estaban entretenidas las pronunciadas, sin reparar que el sol
calentaba ms de lo justo y que ya eran casi las once de la maana,
cuando un rumor contenido, temeroso, leve al principio, se propag entre
el concurso cayendo como lluvia helada sobre el entusiasmo general, y
causando notable descenso en los gritos y vociferaciones que coreaban el
arranque de las piedras.

Quin dio la noticia? Un pilluelo, que, con los calzones remangados,
vena al trote largo desde la plaza de la Fruta, all en el barrio de
Arriba. Odos sus informes, las miradas se volvieron ansiosamente hacia
los cuatro puntos cardinales, y cada boca murmur pegndose a cada odo
ajeno dos palabras preadas de espanto: Viene tropa.

Al notar la oleada del creciente rumor, abandon la Tribuna la piedra
que traa entre manos, y volviose iracunda, con la mirada rechispeante,
a la inerme multitud. Su rostro, su ademn, decan claramente: Ahora
vuelven estas cobardonas a dejarme aqu plantada. En efecto, el nombrar
tropa bast para que tomasen el portante algunas de las ms animosas
barricaderas. Pero qu fue cuando, en el punto ms lejano del
horizonte, se vio aparecer una nube de polvo, y cuando se oy como el
trote de muchos caballos reunidos!

Amparo anima a sus huestes. Con la nariz dilatada, los brazos
extendidos, dirase que la aparicin de las brigadas de caballera y
fuerzas de la Guardia Civil que desembocan, unas por el camino real,
otras por San Hilario, redobla su guerrero ardor, acrecienta su clera.
No nos comern, grita.... Vamos a tirarles piedras, a lo menos tengamos
ese gusto.... Nadie quiere tenerlo. La losa enorme es abandonada; las
que ms gritaban se escurren por donde pueden; cuando las brigadas
llegan a las puertas de la Granera, el motn se ha disuelto, sin dejar
ms seales de su existencia que dos medianas baldosas, arrimadas al
portn, y algunas mujeres dispersas, inofensivas, en medrosa actitud.




-XXXV-

La Tribuna se porta como quien es


Cada vez ms fra la estacin invernal y ms calientes las noticias que
de all fuera vienen a conmover la Fbrica. Por de pronto, no quedaron
estriles las disposiciones marciales demostradas el da del motn, y al
siguiente cobraron las operarias sus haberes a tocateja. No era cosa de
provocar el enojo del pueblo en el estado actual de Espaa, que pareca
ya la casa de Tcame Roque. Nadie se entenda; al ejrcito se le conoca
por la tropa amadesta; la artillera presentaba dimisin en masa; el
Maestrazgo arda, Saballs llamaba cabecilla a Gaminde y Gaminde le
devolva el calificativo; los Hierros ordenaban a una compaa entera de
ferro-carriles suspender la circulacin de trenes; corra en Catalua
moneda con el busto de Carlos VII, y la reina de ms tristes destinos,
la mujer de Amadeo I, a la cual tirios y troyanos nombraban
desdeosamente la Cisterna, daba al mundo con terror y lgrimas un
msero infante, y ningn obispo se prestaba a bautizar el vstago regio.
As andaba la patria. Ms adelante se ha visto que poda encontrarse
mucho peor.

Amparo qued algo abatida desde el memorable da del pronunciamiento.
Haba hecho tal gasto de energa y de fuerza muscular removiendo los
pedruscos de la calzada, y tal dispendio de laringe, espoleando a las
remisas y vacilantes, que por algn tiempo no qued de provecho para
cosa alguna. Entre el fro, la lluvia que, al ir a la Fbrica la
acribillaba a alfilerazos en la piel o la baaba con gruesos y anchos
goterones que se deshacan aplastndose en su mantn, y la fatiga
inherente a su estado, viose sumida en marasmo constante, que a veces
iluminaba, a manera de relmpago que divide un cielo oscuro, aquella
ltima y robusta esperanza en el advenimiento de la federal. Cun
triste vea el cielo, y el aire, y todo en derredor! Parecale a Amparo
que los lugares testigos de sus dichas y sus yerros haban sido
devastados, arrasados por mano aleve. La tierra del huerto que Baltasar
haba llamado _paraso_, desnuda, en barbecho, aguardaba la vegetacin.
De los verdes y gayos maizales slo quedaban rastrojos. Los rboles de
la carretera alzaban sus ramas peladas y escuetas al brumoso cielo. El
piso, lleno de charcos formados por la lluvia, se hallaba intransitable,
y delante de la misma casa de la Tribuna una gran poza obstrua el paso;
para entrar, Amparo tena que saltarla, y como no calculase bien el
brinco, sucedale meter el pie en el agua helada y cenagosa, y haber de
mudarse despus las medias y el calzado. Algunas veces encontraba a
Chinto, que se ofreca a darle la mano para pasar el mal paso, y su
ademn compasivo la encenda en ira. Ser compadecida por semejante
bestia! A esto llegbamos despus de tanto sueo, de tanta aspiracin
hacia la vida fcil y brillante, hacia la dicha!

As iba desgranndose el racimo de los das de invierno, lentos aunque
breves, sin que Amparo viese brillar un rayo de claridad en el
firmamento ni en su destino. Aplanose su espritu, y cometi un acto de
flaqueza. No vea a Baltasar desde la disputa en el merendero, y
entrole, de pronto, deseo invencible de hablar con l, para suplicar o
para increpar, ella misma no saba para qu; pero, en suma, para
desfogar, para romper aquella horrible monotona del tiempo que pasaba
inalterable. Enviole el mensaje por Ana. Baltasar respondi: Ya ir.

--Piensa usted ir?--le preguntaba Borrn aquella tarde.--A qu? A or
lstimas que no puedo remediar? Algo bueno dara por estar ahora en
Guipzcoa!

--Hombre... pobre chica!

Baltasar tom su caf a sorbos, muy pensativo. Calculaba que la avaricia
de su madre le expona, tal vez, a un grave compromiso. Era falta de
habilidad no remitir a Amparo siquiera mil reales para tenerla contenta
mientras l no aseguraba a Josefina, que engreda ahora con la
perspectiva del caudal, le haba acogido con hartos remilgos y
escrpulos, dificultando reanudar sus antiguos amorcillos. Bah! El caso
era ganar tiempo, porque apenas pusiese tierra en medio el peligro
cesaba.... No obstante, el prudente Baltasar tema, tema una campanada
inoportuna, que diese al traste con sus nuevos planes.

--Qu te dijo?--interrog ansiosamente Amparo.

--Que vendra--repuso la Comadreja.

--Pero... cundo?

--No quiso explicar cundo.

--Piensa l que estoy yo para esas calmas?

--Lo que l no tiene es gana de verte el pelo.

Amparo dej caer la cabeza sobre el pecho, y su rostro se anubl con
expresin tal de desconsuelo y enojo, que Ana la mir compadecida.

--Si algn da... si pronto... viene la repblica... la santa federal...
as Dios me salve, Ana... lo arrastro!

Ana se ech a rer con su delgada risa estridente.

--No seas tonta, mujer... no seas tonta... para divertirlo y darle un
mal rato no tienes que aguardar por repblica ni repblico!

--Que no?

--Sabes lo que yo haba de hacer? Pues esto mismo. Coger papel y
pluma.... Conoce tu letra?

--Nunca le escrib.

--Mejor. Pues escribirle a la de Garca una carta bien explicada, para
que no se deje engaar por l.

--Un annimo? Quita all!

--Un avisito... contndole lo que hizo contigo. No seas boba, anda, ms
merece.

Pasaba esta conversacin a la salida de la Fbrica; Ana llev a Amparo a
su casa, en la calle de la Sastrera. Subieron a un cuartuco; la
Comadreja dio a su amiga recado de escribir, y entre las dos compusieron
la siguiente epstola, que fielmente se traslada a la estampa: Estimada
Srta.: halguien que la estima le abisa que quien se guiere casar con
Ust tiene compormetida huna Chica onrada, y lea dado palbra de casarse
con ella. Es el de Sobrado, parque Ust no dude, y Ust se iformar y
veraque es verd. Q. b. s. m. Un afetsimo amigo. La Comadreja cerr,
dict sobre y seas, puso lacre fino del que ella usaba para escribir a
su capitn, peg un sello, y dijo a la Tribuna:

--Ahora, de paso que vuelves a tu casa, la echas en el correo con
disimulo.

Al bajar la escalera, estrecha y oscura como boca de lobo, zumbbanle a
Amparo los odos y apretaba convulsivamente la carta, llevndola oculta
bajo el mantn. La oprima como oprimira un pual, con vengativo empeo
y no sin cierto interior escalofro. Se representaba a la orgullosa
seorita de Garca rompiendo el sobre, leyendo, palideciendo,
llorando...--Que pene!--decase a s propia la oradora--. Que sufra
como yo!... Y qu tiene que ver? Si ella pierde un pretendiente, yo he
perdido la conducta y cuanto perder cabe...--Despus pensaba en
Baltasar... y en los Sobrados todos...--. Ah!, buen chasco esperaba a
la avarienta de la madre, que contaba con establecer brillantemente a su
hijo! No la haban querido a ella... pues ahora iban a verse desairados
a su turno.... Ya probaran lo bien que sabe!

Se le presentaban estas ideas a medida que adelantaba por la calle de la
Sastrera, calle torcida, mal empedrada, en cuyos adoquines tropezaba de
vez en cuando, mientras la luz vaga de los faroles del alumbrado
pblico, proyectndose un momento, arrojaba a las paredes blanqueadas de
las casas su silueta furtiva, de lneas desfiguradas, fantasmagricas,
prolongadas por la funda del pauelo. En la oscura noche invernal,
caminando con paso atentado para salvar los charcos que dej la lluvia
de la tarde, parecale a Amparo ir a cometer un delito, y, herida,
sintiendo el dolor de su agravio, este pensamiento la embriagaba.
Maquinalmente, al llegar a la entrada de la calle estrecha de San Efrn
baj una mano para recoger el vestido que se iba manchando de barro, y
al hacerlo aflojronse sus dedos y dej de apretar la carta, cuyo
satinado papel le acariciaba las falanges.... Al cruzar la travesa del
Puerto, su cabeza pareci despejarse, y vio el escaparate de la tercena
y el buzn, con las fauces abiertas, como voceando aqu estoy yo.
Amparo solt el vestido y sac de debajo del mantn la mano derecha y la
misiva.... Detvose antes de alzar el brazo.

--Un annimo!--pensaba.

Su indmita generosidad popular se despert. La pequeez de la villana
accin se le haca muy patente al ir a perpetrarla.

--Deb decirle a Ana que la echase ella.... Yo no tengo cara a esto
--murmur entre s--. Y si no la echo me llamar boba.... Pues mejor.
Esto es indecente!--balbuci adelantando la carta hasta tocar con el
buzn--. No, repelo--exclam casi en voz alta bajando la mano--. Esto es
una cochinada.... Ms vale ahogarlos donde los encuentre!

Dio precipitadamente la vuelta y se meti por un callejn que lindaba
con la travesa del Puerto, desembocando en el muelle. Ofreciose de
pronto a sus ojos el agua negra de la baha, que no alumbraban la luna
ni las estrellas, y donde los barcos inmviles parecan ms negros an.
Arrimose al parapeto. Una brisa salitrosa, picante, le envolvi la faz.
Despejsele completamente el cerebro, y con viveza suma hizo pedazos la
epstola annima. Los blancos fragmentos revolotearon un instante, como
voladoras falenas, y cayeron sordamente en el agua, que chapoteaba
contra el muro del embarcadero.




-XXXVI-

Ensayo sobre la literatura dramtica revolucionaria


No hay remedio, esto se va y lo otro avanza a galope. Cundo se retira
Amadeo? Hoy? Maana? Y si el italiano no perdi de vista todava la
tierra espaola, ya es como si vivisemos en plena repblica; no estar
proclamada, pero qu ms da? Todo el mundo cuenta con ella de un
instante a otro. Slo bajo la monarqua de merengue que se va
derritiendo y consumiendo al calor de la revolucin poda ser
representable el drama que anunciaban los carteles del coliseo
marinedino, Valencianos con honra. Aunque Amparo no iba a parte alguna,
tanto oy hablar de lo intencionado y subversivo que era el drama
famoso, y de cmo pintaba a los republicanos tal cual son y no segn los
ennegrece el pincel reaccionario, que resolvi asistir. Instalose con
Ana en el paraso, donde se amontonaba inmensa concurrencia, que les
meta los pies por la cintura, los codos por las ingles; a duras penas
lograron las dos muchachas apoderarse de su sitio; al fin consiguieron
embutirse de medio lado en delanteras, y all se mantuvieron prensadas,
comprimidas, sin ser dueas ni de enjugarse el sudor de la frente. El
calor era espeso, asfixiante. Al alzarse el teln vino una bocanada de
aire ms respirable a aquel horno; poco dur, pero al menos dio nimos
para atender a las primeras escenas del drama.

El cual mereca bien que se sufriese la asfixia y otros gneros de
tortura, a trueque de verlo representar. Desde la exposicin tuvo
conmovidos y suspensos a los espectadores. No poda ser de ms
actualidad el argumento, basado en los sucesos polticos de Valencia de
1869. Jugaba en el enredo un espa, un vil espa, perseguidor y delator
de una familia republicana a machamartillo. Perdonado este pcaro en el
primer acto por los magnnimos conspiradores a quienes vendi, claro
est que no haba de enmendarse, y que en los actos siguientes volvera
a hacer de las suyas; no lo creyeron as los protagonistas del drama,
pero en cambio la concurrencia de la cazuela lo presinti, y en medio
del calor sofocante se oan voces ahogadas de emocin exclamando: Ay!
Para qu perdonarn a ese tunante?... Ya vers cmo los ha de vender
otra vez!... Como yo le atrapase no le soltaba, no!. Verdad es que si
el bellaco del espa era tan malo que no tena el diablo por donde
cogerlo, en cambio los personajes republicanos ofrecan modelos de
lealtad y dechados de virtudes. Cuando en el mismo acto primero una
esposa se abraza a su marido, que parte al combate, declarando con noble
resolucin que quiere seguirle y compartir los riesgos de la lid, Amparo
sinti como un nudo, como una bola que se le formaba en la garganta, y
haciendo un supremo esfuerzo, se agarr a la barandilla de la cazuela y
grit bien!... muy bien! dos o tres veces, luciendo su voz de
contralto. Era aquel drama el mismo que ella haba soado en otro
tiempo, cuando llegaron a Marineda los delegados de Cantabria, de cuyos
riesgos y aventuras tanto deseara ser partcipe. La escena final del
acto, donde todos los voluntarios republicanos, entre el fragor de la
lid empeada, doblan la rodilla al aparecer el Seor acompaado de las
monjas de San Gregorio, afloj suavemente los tirantes nervios de la
concurrencia. Una especie de roco refrigerante de honradez, dulzura y
religiosidad se derram sobre el pblico; las gentes experimentaban
impulsos de abrazarse, de rezar y de charlar. Despus dirn que los
oscurantistas se levantan por la religin! S, s! Por cobrar las
contribuciones y destruir _ferroscarriles_! Que vengan a or esto!
Quin duda que los mejores cristianos son los federales?

Pasose el entreacto en vivos comentarios acerca del drama, que causaba
favorabilsima impresin. Personas grandes se limpiaban los ojos con el
dorso de la mano haciendo tiernos momos de llanto. Cuidado que se
necesitaba talento y sabidura para escribir piezas as! Slo era
irritante lo de dejar al espa con vida, porque de fijo, en el acto
prximo, iba a salir con alguna barrabasada gorda. De tal suerte
imperaba el entusiasmo, que nadie se ocupaba en mirar a la gente de
abajo, a pesar de hallarse de bote en bote el coliseo; y como tardase en
subir el teln, hubo pateos y aplausos impacientes y furiosos. Al fin
dio principio el ansiado acto segundo.

Graduaba el autor hbilmente los efectos dramticos, manejando con
destreza los resortes del terror y la piedad. Ahora presentaba un
mancebito que volva de la lucha callejera a su casa, herido
mortalmente, y consternando a su familia del modo que cualquiera puede
figurarse. La actriz encargada de este interesante papel se haba puesto
sobre su cabello natural una peluca de ricitos cortos que la haca
semejante a un perro de aguas; circundaban sus ojos romnticas ojeras
marcadas al difumino; espesa capa de polvos de arroz imitaba la palidez
de la agona; llevaba americana muy floja para disimular la amplitud de
las caderas, y entr tambalendose y dando traspis, con la mano apoyada
en la regin del pecho donde se supona estar la herida. Por el paraso
circul un rumor misterioso y profundo, el rugido opaco de la emocin
que se comprime y refrena para mejor estallar despus. Comenz la escena
de la despedida del moribundo y su familia. Cuando el padre, comandante
de los voluntarios republicanos, dijo adis al hijo confindole la
bandera, en unos versos que terminan as:

          _Lleva la palma en la mano_
          _Mientras la patria en ofrenda_
          _Te da este sudario en prenda..._

y corriendo hacia la concha del apuntador y mudando la voz llorona en un
vocejn estentreo, grit cerrando de puos:

          _Viva el pueblo soberano!_


Los llantos histricos de las mujeres fueron cubiertos, devorados por el
clamor que se alz compacto y fortsimo, repitiendo frenticamente el
viva!, a la vez que un huracn de palmadas asord el coliseo.
Contagiados, electrizados por la exaltacin del pblico, los actores se
esmeraban, bordaban su papel, y, poseyndose, se abrazaban en realidad y
se daban verdaderas puadas en el trax. Amparo, con medio cuerpo fuera
de la barandilla, palmoteaba a ms y mejor.

Durante el segundo entreacto, las gentes prensadas en la cazuela se
hallaron unas miajas ms anchas y cmodas, ya sea porque su volumen se
haba ido sentando y acomodndose al espacio, ya porque algunas,
indispuestas con tan alta temperatura, mal de su grado hubieron de
retirarse. Ana logr, pues, revolverse y escudriar con sus perspicaces
ojos de gato los mbitos del teatro todo. Dio un expresivo codazo a la
Tribuna, que mir hacia donde le sealaba su amiga, y divis a las de
Garca en un palco platea.

Fijose especialmente en Josefina, que estaba elegante y sencilla, con
traje de alpaca blanca adornado de terciopelo negro. A toda su familia,
desde la madre hasta Nisita, les rebosaba el contento visiblemente; pero
Josefina, en particular, no parece sino que se haba esponjado con las
buenas nuevas del pleito. La proximidad de la fortuna animaba, como un
reflejo dorado, su tez, y haca fulgecer en sus ojos chispas ureas.
Recostada en la silla, gozaba beatficamente del triunfo, exponiendo a
la admiracin de los inquilinos de las _lunetas_ el cuerpecillo
ajustado, pdico, la lnea fugitiva que se elevaba desde la cintura al
hombro, el gracioso manejo de abanico, el movimiento delicado con que
suba los gemelos a la altura de las cejas. No acertaba Amparo a apartar
los ojos de su vencedora rival, y a duras penas la distrajo de aquella
contemplacin acerba el principio del tercer acto.

Apareca en ste un oficial del ejrcito, que, agradecido a la
hospitalidad que le haban otorgado en la casa republicana, salvaba a su
vez a los dueos de ella: pattico rasgo, corona de todos los excelentes
sentimientos que abundaban en el drama. Cuando ms moqueaba la gente y
se oan ms jipos y sollozos, Amparo sinti que su mirada, atrada por
irresistible imn, se clavaba otra vez en el palco de Garca. Abriose la
puerta de este, y entr Baltasar, ceido el fino talle por un uniforme
intachable; y despus de saludar cortsmente a la madre y a las nias,
se sent al lado de la mayor, arreglndose el pelo con la enguantada
mano, y estirando levemente, con notable desembarazo, la tirilla.
Dirigi a Josefina en voz baja dos o tres palabras que, segn el
movimiento con que las acompa, deban ser: Qu tal esto?. Y la de
Garca alz los hombros de un modo imperceptible, que claramente
significaba: Psh.... Un dramn muy cursi y muy populachero. Definida
as la situacin, Baltasar tom familiarmente el abanico de la joven, y
mientras lo cerraba y abra y le daba vueltas como para informarse bien
del paisaje, se entabl una de esas conversaciones ntimas, salpicadas
de coqueteras, de reticencias, de miradas intensas y cortas, de
ahogadas risas, dilogos en que reina dulce abandono, que no seran
posibles mano a mano y en la soledad, y nunca se producen mejor que
entre el tumulto de un sitio pblico, ante miles de testigos, en el
desierto de las multitudes.

--Pero no ves, mujer... qu poca vergenza!--exclamaba Ana sealando al
grupo, del cual no se separaban las pupilas de Amparo--. Despus del...
del aviso, no sabes?--aadi hablndole al odo.

La Tribuna no contest. Ana ignoraba la destruccin del annimo: Amparo,
avergonzndose de su noble impulso, no quera confesarlo, temerosa de
que la Comadreja la tratase de _babiona_ y de _ppara_, y aun de que
repitiese la carta por cuenta propia. Ahora... ahora, clavando las uas
en la franela roja del barandal, senta que el corazn se le inundaba de
hiel y veneno: nada, estaba visto que era tonta; por qu no ech la
carta en el correo? Pero no; esa miserable y artera venganza no la
satisfaca; cara a cara, sin miedo ni engao, con la misma generosidad
de los personajes del drama, deba ella pedir cuenta de sus agravios. Y
mientras se le hinchaba el pecho, hirviendo en colrica indignacin, el
grupo de abajo era cada vez ms ntimo, y Baltasar y Josefina
conversaban con mayor confianza, aprovechndose de que el pblico,
impresionado por la muerte del espa infame que, al fin, hallaba
condigno castigo a sus fechoras, no curaba de lo que pudiese suceder
por los palcos. De Josefina, que tena la cabeza vuelta, slo se
alcanzaban a ver los bucles del artstico peinado, la mancha roja de una
camelia prendida entre la oreja y el arranque del blanco cuello, y la
bola de coral del pendiente, que oscilaba a cada movimiento de su duea.

Bien quisiera la Tribuna salir, librarse de la sensacin lancinante que
le produca tal vista; pero la gente que la rodeaba por todas partes,
como las sardinas a las sardinas en la banasta, no le consenta moverse
mientras el teln no se bajase. Un poco antes de terminarse el drama
hubo de ver a las de Garca que se levantaban, y a Baltasar que les
pona los abrigos a todas con suma deferencia, empezando por la madre;
despus se cerr la puerta del palco, y quedose Amparo con las pupilas
fijas maquinalmente en aquel espacio vaco. An tard algunos minutos en
comenzar el desage de la cazuela, y el estrepitoso descenso por las
escaleras abajo. Cogironse Amparo y Ana de bracero, y empujadas por
todos lados arribaron al vestbulo y de all salieron a la calle, donde
el fro cortante de la noche liquid al punto el sudor en que estaban
ensopadas sus frentes. Sinti la Comadreja que el brazo de Amparo
temblaba, y la mir, y le hall desencajada la faz.

--T no ests bien, chica... qu tienes? Te da algo por la cabeza?

--Sultame--contest con voz opaca la Tribuna--. A donde voy no me hace
falta compaa.

--Mara Santsima!, a dnde vas, mujer?, qu es esto?

--Que a dnde voy! Pues a apedrearles la casa, para que lo sepas.

Y recogi el mantn, como para quedarse con los brazos libres.

--T loqueas.... Anda a dormir.

--O me dejas o me tiro al mar--respondi con tal acento de desesperacin
la muchacha, que Ana la solt, y ech a andar a su lado, midiendo el
paso por el de la terrible y colrica Tribuna.

--Te digo que se la apedreo, mujer; tan cierto como que ahora es de
noche y Dios nos ve. Repelo!,no hay sino hacer irrisin de las
gentes... de las infelices mujeres... de los pobres! Pero t has visto
qu descaro, qu descaro tan atroz? En mi cara... en mi cara misma...
me valga san Dios!, que esto no pasa entre los negros de all de
Guinea!

--Bueno... y ahora qu se hace con perderse... con ir a la crcel,
mujer?

--Desahogarme, Ana... porque me ahogo, que toda la noche pens que con
un cordel me estaban apretando la nuez.... Romperles los vidrios,
retepelo!, armar un beln, avergonzarlos, canario!, y que no me piquen
las manos y que duerma yo a gusto hoy!, que tengo las asaduras aqu
(seal a la garganta) y el corazn apretao, apretao!

--Pero mujer... mira, considera....

--No considero, no miro nada....

Este dilogo duraba mientras cruzaron las dos amigas el pramo de
Solares en direccin al barrio de Arriba, por donde supona Amparo que
iba Baltasar acompaando a las de Garca hasta su casa. El aire fro y
el silencio de las calles del barrio templaron, no obstante, la sangre
enardecida de la Tribuna. Pareciole entrar en algn claustro donde todo
fuese quietud y melancola. No hollaba un transente el pavimento, que
resonaba con solemnidad, y cuando menos lo pensaban las dos
expedicionarias, les cerr el paso una iglesia, la de Santa Mara
Magdalena, alta, muda, con prtico de ojiva, donde la luz de los faroles
dibujaba los vagos contornos de los santos de piedra que se miraban
inmviles. Involuntariamente la Tribuna baj la voz, y al cruzar por
delante del prtico se santigu, sin darse cuenta de lo que haca, y
report y contuvo el paso. Ana iba a aprovechar la coyuntura para hacer
a la determinada Tribuna mil reflexiones, a tiempo que un oficial, que
volva de la plaza de la Fruta, cruz casi rozndose con ellas y sin
verlas, cantando entre dientes no s qu polca o pasodoble. Reconoci
Amparo a Baltasar y ech tras l como el lebrel tras la res que
persigue. Oy Baltasar las pisadas de la Tribuna y pudo reconocerlas?
O era solamente que iba deprisa? Lo cierto es que se perdi de vista al
revolver de la esquina, y que, por muy diligentes que anduvieron las que
lo seguan, no lograron darle alcance.

--Voy a llamarle a la puerta--exclam Amparo.

--Mujer, ests loca?... una casa de la calle Mayor!--murmur Ana con
respetuoso miedo--. T sabes la que se armara?

En horas semejantes la calle Mayor ofreca imponente aspecto. Las altas
casas, defendidas por la brillante coraza de sus galeras refulgentes,
en cuyos vidrios centelleaba la luz de los faroles, estaban cerradas,
silenciosas y serias. Algn lejano aldabonazo retumbaba all... en lo
ms remoto, y sobre las losas el golpe del chuzo del sereno repercuta
majestuoso. Amparo se detuvo ante la casa de los Sobrados. Era sta de
tres pisos, con dos galeras blancas muy encristaladas, y puerta
barnizada, en la cual se destacaba la mano de bronce del aldabn. Y
entre el silencio y la calma nocturna, se alzaba tan severa, tan
penetrada de su importante papel comercial, tan cerrada a los extraos,
tan protectora del sueo de sus respetables inquilinos, que la Tribuna
sinti repentino hervor en la sangre, y tembl nuevamente de estril
rabia, viendo que por ms que se deshiciese all, al pie del impasible
edificio, no sera escuchada ni atendida. Accesos de furor sacudieron un
instante sus miembros al hallarse impotente contra los muros blancos,
que parecan mirarla con apacible indiferencia; y de pronto, bajndose,
recogi un trozo de ladrillo que la casualidad le mostr, a la luz de un
farol, cado en el suelo, y con airada mano traz una cruz roja sobre la
oscura puerta reluciente de barniz, cruz roja que dio mucho que pensar
los das siguientes a doa Dolores y al to Isidoro, que recelaban un
saqueo a mano armada.




-XXXVII-

Lucina plebeya


Vestase Amparo, antes de salir a la Fbrica, reflexionando que
diluviaba, que de noche se haban odo varios truenos, que se quedara
gustosa en casa, y an entre cobertores, si no necesitase saber
noticias, excitarse, or voces anhelosas que decan: Ahora s que lleg
la nuestra.... Macarroni se va de esta vez... hay un parte de Madr, que
viene la repblica... maana se proclama.

Al salir de su fementido lecho, la transicin del calor al fro le hizo
sentir en las entraas dolorcillos como si se las royese poquito a poco
un ratn. Psose plida, y le ocurri la terrible idea de que llegaba la
hora. Volviose al lecho, creyendo que all se calentara: cerr los ojos
y no quiso pensar. Un deseo profundo de anonadamiento y de quietud se
una en ella a tal vergenza y afliccin, que se tap la cara con la
sbana, prometindose no pedir socorro, no llamar a nadie. Mas como
quiera que el tiempo pasaba y los dolorcillos no volvan, se resolvi a
levantarse, y al atar la enagua, de nuevo le pareci que le mordan los
intestinos agudos dientes. Vistiose no obstante, y se dio a pasear por
la estancia, a tiempo que una mano llam a la puerta del cuartuco, y
antes que Amparo se resolviese a decir adelante, Ana entr.

--Vienes?

--No puedo.

--Pasa algo, hay noved?

--Creo... que s.

--Qu sientes, mujer?

--Fro, mucho fro... y sueo, un sueo que me dormira de pie... pero
al mismo tiempo rabio por andar... qu rareza!

--Aviso a la seora Pepa?

--No... qu vergenza.... Jess, mi Dios.... Ana querida, no la avises.

--Qu remedio, mujer! Sigue eso?

--Sigue... infeliz de m, que nunca yo naciese!

--Acustate sobre la cama....

Con su viveza ratonil, Ana arrop a la paciente, y ya se diriga a la
puerta, cuando una quebrantada voz la llam.

--Llvale la cascarilla a mi madre... dile que me duele la cabeza... no
le digas la verd, por el alma de quien ms quieras....

--S que no se har ella de cargo....

Amparo se qued algo tranquila: slo a veces un dolor lento y sordo la
obligaba a incorporarse apoyndose sobre el codo, exhalando reprimidos
ayes. Ana corra, corra, sin cuidarse de la lluvia, hacia la ciudad.
Cerca de dos horas tard, a pesar de su ligereza, en volver acompaada
de un bulto enorme, del cual slo se vean desde lejos dos magnos
chanclos que embarcaban el agua llovediza, y un paraguazo de algodn
azul con cuento y varillas de latn dorado. Bufaba la insigne comadrona
y resoplaba, ahogndose a pesar del ningn calor y de la mucha y glacial
humedad de la atmsfera; cuando penetr en la casucha, revolviose en
ella como un monstruo marino en la angosta tinaja en que el domador lo
ensea. Fuese derecha a la cama de la paraltica, y le dijo dos o tres
frases entre lstima y chunga, que a esta le supieron a acbar;
cabalmente estaba deshacindose de ver que ni poda ayudar a su hija en
el trance, ni acompaarla siquiera; aquella habitacin era tan prxima a
la calle, que ni soaba en traer all a la paciente.

Consumase la pobre mujer presa en su jergn, penetrada sbitamente de
la ternura que sienten las madres por sus hijas mientras estas sufren la
terrible crisis que ellas ya vencieron.... Chinto se encontraba all,
semejante a un palomino atontado.... Entr la comadrona donde la llamaba
su deber, y el mozo y la vieja se quedaron tabique por medio, ayudndose
a sobrellevar la angustia de la tragedia que para ellos se representaba
a teln corrido.... La tullida maldeca de su hija que en tal ocasin se
haba puesto, y al mismo tiempo lloriqueaba por no poder asistirla. Y a
cada cinco minutos la seora Pepa entraba en el cuartuco llenndolo con
su corpulencia descomunal, y ordenando militarmente a Chinto que
corriese a desempear algn recado indispensable.

--Aceite, rapaz... un poco de aceite!

--Qu tal?--interrogaba la madre.

--Bien, mujer, bien.... Aceite, porreta!

Lo que no se encontraba en la casa, Chinto sala disparado a pedirlo
fuera, prestado en la de un vecino, o fiado en las tiendas.
Generalmente, al recoger una cosa, la comadrona exiga ya otra.

--Un gotito de ans....

--Ans? Para qu?--preguntaba la tullida.

--Para m, porreta, que soy de Dios y tengo cuerpo y tambin se me abre
como si me lo cortasen con un cuchillo....

Y Chinto se echaba dcilmente a la calle en busca de ans.... Volva a
presentarse la terrible comadre, toda fatigosa y sofocada.

--Vino... hay vino?

--Para ti?--murmuraba sin poder contenerse la impedida.

--Para ti, para ti.... Para ella, demonche, que bien necesita nimos la
pobre!... Piensas t que yo le doy desas jaropas de los mdicos, desos
calmantes y durmientes? Calmantes! Fuersa, fuersa es lo que hace falta,
y vino, que alegra al hombre las pajarillas, porreta!

Quince minutos despus:

--Tres onsas de chocolate, del mejor.... Y mira, de camino a ver si
encuentras una gallinita bien gorda, y le vas retorciendo el
pescuezo.... Pide tambin un cabito de cera... las planchadoras que haya
por aqu han de tener....

--De cera?

--De cera, porreta! Si sabr yo lo que me pido? Y pon agua a la
lumbre.

Y Chinto entraba, sala, dando zancajadas a travs del lodo, trayendo a
la exigente facultativa cera, espliego, romero, vino blanco y tinto,
ans, aceite, ruda, todas las drogas y comestibles que reclamaba.... En
los breves intervalos que tena de descanso el solcito mozo, se sentaba
en una silla baja, al lado del lecho de la tullida, quejndose de que le
faltaban las piernas de algn tiempo ac, l mismo no saba cmo, y
parece que la respiracin se le acababa enteramente: el mdico le
afirmaba que se le haba metido polvillo de tabaco en los _broncos_ y en
los _plumones_... Boh, boh... qu saben los mdicos lo que uno tiene
dentro del cuerpo? Hablaba as en voz baja, para no dejar de prestar
odo a los lamentos de la paciente, que recorran variada escala de
tonos: primero haban sido gemidos sofocados; luego quejidos hondos y
rpidos, como los que arranca el reiterado golpe de un instrumento
cortante; en pos vinieron ayes articulados, violentos, anhelosos, cual
si la laringe quisiese beberse todo el aire ambiente para enviarlo a las
conturbadas entraas; y trascurrido algn tiempo, la voz se alter, se
hizo ronca, oscura, como si naciese ms abajo del pulmn, en las
profundidades, en lo ntimo del organismo. A todo esto llova, llova, y
la tarde de invierno caa prontamente, y el celaje gris ceniza pareca
muy bajo, muy prximo a la tierra. Chinto encendi el candil de
petrleo, y trajo caldo a la paraltica, y permaneci sentado, sin
chistar, con las rodillas altas, los pies apoyados en el travesao de la
silla, la barba entre las palmas de las manos. Haca un rato que el
tabique no comunicaba queja alguna. Dos o tres amigas de la Fbrica,
entre ellas Guardiana, que ya no se quejaba de la paletilla, entraban un
momento, se ofrecan, se retiraban con ademanes compasivos, con
resignados movimientos de hombros, con reflexiones pesimistas acerca de
la fatalidad y de la ingratitud de los hombres. De improviso se
renovaron los gritos, que en el nocturno abandono parecan ms lgubres:
durante aquella hora de angustia suprema, la mujer moribunda retroceda
al lenguaje inarticulado de la infancia, a la emisin prolongada,
plaidera, terrible, de una sola vocal. Y cada vez era ms frecuente,
ms desesperada, la queja.

Seran las once cuando la seora Pepa se present en el cuarto de la
tullida, enjugndose el rostro con el reverso de la mano. Sobre su
frente baja y achatada, y en su grosera faz de Cibeles de granito, se
adverta una preocupacin, una sombra.

--Cmo va?

--Tarda, porreta.... Estas primerizas, como no saben bien el
camino...--Y la comadre hizo que se rea para manifestar tranquilidad;
pero un segundo despus aadi--: Puede ser que... porque uno no quiere
embrollos ni dolores de cabesa, oyes? Yo soy clara como el agua,
vamos... y no se me murieron en las manos, porreta!, sino dos, en la
ed que tengo.... Despus los mdicos hablan.... Y yo cuanto puedo hago,
y unturas y friegas de Dios llevo dado en ella....

Al afirmar esto, la comadre se limpiaba a las caderas sus gigantescas
manos pringosas.

--Habr que avisar al mdico?--gimote la tullida.

--Porreta, a mi ed no gusta verse envuelta en cuentos... luego despus,
que si hizo as, que si pudo haser as... que si la seora Pepa sabe o
no sabe el oficio.... Menate ya, dormiln--aadi despticamente
volvindose a Chinto...--. Ya ests corriendo por el mdico, ganso!

Chinto sali sin cuidarse del agua que continuaba cayendo tercamente del
negro cielo, y corri, perseguido por aquella voz cada vez ms dolorida,
ms agonizante, que atravesaba el tabique, mientras la impedida se
lamentaba de que adems de morrsele la hija, iba a tener que abonar--y
con qu, Jess del alma?--los honorarios de un facultativo. El silencio
era ttrico, el tiempo pasaba con lentitud, medido por el chisporroteo
del candil y por un clamor ya exhausto, que ms se pareca al aullido
del animal espirante que a la queja humana. Media noche era por filo
cuando Chinto entr acompaado del mdico. Acostumbrado deba estar este
a tan crticas situaciones, porque lo primero que hizo fue dejar el
chorreante impermeable en una silla, remangarse tranquilamente las
mangas del gabn y los puos de la camisa, y tomar de manos de Chinto
una caja cuadrilonga que arrim a un rincn. Despus entr en el cuarto
de la paciente, y se oy la voz gruona de la comadre, empeada en darle
explicaciones....

A eso de un cuarto de hora ms tarde volvi el soldado de la ciencia a
presentarse y pidi agua para lavarse las manos.... Mientras Chinto
buscaba torpemente una jofaina, la madre, llorosa, temblando, preguntaba
nuevas.

--Bah... no tenga usted cuidado... ese chico me dijo que se trataba de
un lance muy peligroso, y me traje los chismes... no s para qu: una
muchacha como un castillo, con formacin admirable, una versin que se
hizo en un decir Jess.... Estamos concluyendo. Ahora la comadre basta,
pero yo ser testigo.

Lavose las manos mientras esto deca, y torn a su puesto. La mecha de
petrleo, consumida, carbonizada, atufaba la habitacin, dejndola casi
en tinieblas, cuando dos o tres gritos, no ya desfallecidos, sino, al
contrario, grandes, potentes, victoriosos, conmovieron la habitacin, y
tras de ellos se oy, perceptible y claro, un vagido.




-XXXVIII-

Por fin lleg!


Amparo descansa abismada en el reposo inefable de las primeras horas.
Sin embargo, a medida que la luz de la plida maana entra por el
ventanillo, vulvele la memoria y la conciencia de s misma. Llama a
Chinto cecendolo.

--Qu quieres, mujer?

--Vas a ir corriendo al cuartel de infantera.... Parece que ahora no
sale la tropa de los cuarteles.

--Bueno.

--Si no est all don Baltasar, a su casa.... La sabes?

--La s. Qu le digo?

--Le dirs... veremos cmo sabes dar el recado! Le dirs que tengo un
nio... oyes? No vayas a equivocarte....

--Bueno, un nio....

--Un nio... no sea que digas una nia, tonto; un nio, un nio.

--No le digo ms?

--Y que ya sabe lo que me ofreci... y que si quiere ponerse por padre
de la criatura... y que maana se bautiza.

--Nada ms?

--Nada ms.... Esto... bien clarito.

Chinto sala cuando entraba Ana, que se haba ido a su casa a dormir.
Vena muy misteriosa, como el que trae nuevas estupendas.

--Y ese valor, y el pequeo?--pregunt alzando la sbana y la manta y
sacando del tibio rincn donde yaca, un bulto, un paquete, un pauelo
de lana, entre cuyos dobleces se columbraba una carita microscpica
amoratada, unos ojuelos cerrados, unas faccioncillas peregrinamente
serias, con la seriedad cmica de los recin nacidos. Ana empez a
hablarle, a decirle mil zalameras a aquel bollo que del mundo exterior
slo conoca las sensaciones de calor y fro; busc una cucharilla y le
palade con agua azucarada; arregl la gorra protectora del crneo,
blando y colorado como una berenjena, y despus se sent a la cabecera
del lecho, depositando en el regazo el fajado mueco.

--No sabes?--exclam abriendo por fin la esclusa de sus noticias--.
Encontr a la que les cose a las de Garca.... No te alteres, mujer,
algrate; se largan esta tarde para Madr, porque tuvieron parte de que
ganaron el pleito y van a arreglarlo all todo.

Volvi Amparo el rostro con lnguido movimiento, murmurando:

--Dios vaya con ellas.

--No s que no les pase algo en el camino, porque anda todo revuelto....
Me dijo esa misma chica que hoy sin falta vena la Repblica....

--Hace... ocho das que la estn anunciando....

--Calla, no hables, que te puede venir el delirio....

Y la Comadreja se dedic a arrullar al infante mientras Amparo se
sepultaba otra vez en un sopor que le dejaba el cerebro hueco, la cabeza
vaca, anonadando su pensamiento y hacindola insensible a lo que pasaba
en torno suyo. Los pasos de Chinto la llamaron a la vida otra vez. Abri
los ojos, que, en la palidez amarillosa de su morena cara, parecan
mayores y azulados. Chinto se acerc andando de puntillas, torpn y
zambo como siempre. Adems pareca hallarse muy turbado.

--Caro me cost que me dejasen pasar al cuartel--murmur con su
estropajosa habla de paisano, que sala a relucir de nuevo en los lances
difciles--. No se puede andar.... Todo est revuelto.... La gente corre
como loca por las calles.... All... dice que se march el Rey.... Que
en Madr hay Repblica....

Medio se incorpor Amparo, apartando de la frente los negros cabellos
lacios con el sudor que los empapaba....

--Qu me dices?--balbuci.

--Lo que te digo, mujer.... El alcalde y el gobernador ya echaron muchos
bandos, que los vi en las esquinas.... Y estn poniendo trapos de color
en los balcones....

--Ser la cierta!--clam alzando las manos--. Sigue, sigue.

--Pues fui al cuartel... y all no estaba....

--Iras a su casa volando?--interrog Amparo temblona.

--Fui... y dice que....

--Acaba, maldito.

--Y dice que...--Chinto se devan los sesos buscando una frmula
diplomtica--. Dice que no est en el pueblo, porque... porque ayer se
march a Madr.

Quiso abrir la boca Amparo y articular algo, pero su dolorida laringe no
alcanz a emitir un sonido. Echose ambos puos a los cabellos y se los
mes con tan repentina furia, que algunos, arrancados, cayeron
retorcindose como negros viboreznos sobre el emboce de la cama.... Las
uas, desatentadas, recorrieron el contrado semblante y lo araaron y
ofendieron....

--Lrgate, que me voy a levantar--dijo por fin a Chinto--, a ver si
reno gente y quemo aquella maldita madriguera de los de Sobrado.

--S, lrgate--aadi Ana--. Para las buenas noticias que traes!

En vez de obedecer, acercose Chinto a la cama, donde jadeaba Amparo
partida, hecha rajas por el horrible esfuerzo de su clera.

--Mujer, oyes, mujer...--pronunci con voz que quera suavizar y que
slo lograba ensordecer--no te aflijas, no te mates.... All... yo... yo
me pondr por padre y nos casaremos si quieres... y si no, no... lo que
digas.

Como generosa yegua de pura sangre a la cual pretendiesen enganchar
haciendo tronco con un individuo de la raza asinina, la Tribuna se
irgui, y saltndosele los ojos de las rbitas, los carrillos inflamados
por la fiebre, grit:

--Sal, sal de ah, bruto.... Quieres condenarme!

Fuese el emisario de malas nuevas con la msica a otra parte, cabizbajo,
convencido de que era un criminal, y la oradora permaneci sentada en la
cama, arrugando las ropas en la contorsin desesperada de sus miembros y
cuerpo.

--Justicia--clamaba--, justicia! Justicia al pueblo... favor, madre
ma del Amparo! Virgen de la Guardia!, pero cmo consientes esto? La
palabra, la palabra, la palaaaabra... los derechos que... matar a los
oficiales, a los oficia!...

Un principio de fiebre y delirio se trasluca en la incoherencia de sus
palabras. Su cabeza se trastornaba y aguda jaqueca le atarazaba las
sienes. Dejose caer aletargada sobre las fundas, respirando
trabajosamente, casi convulsa. Ana se sinti iluminada por una idea
feliz. Tom el mueco vivo, y sin decir palabra, lo acost con su madre,
arrimndolo al seno, que el angelito busc a tientas, a hocicadas, con
su boca de seda, desdentada, hmeda y suave. Dos lgrimas refrigerantes
asomaron a los prpados de la Tribuna, rezumaron al travs de las
pestaas espesas, humedecieron la escaldada mejilla, y en pos vinieron
otras, que se apresuraban desahogando el corazn y aliviando la
calentura incipiente....

Al exterior, las rfagas de la triste brisa de febrero silbaban en los
deshojados rboles del camino y se estrellaban en las paredes de la
casita. Oase el paso de las cigarreras que regresaban de la Fbrica; no
pisadas iguales, elsticas y cadenciosas como las que solan dar al
retirarse a sus hogares diariamente, sino un andar caprichoso,
apresurado, turbulento. Del grupo ms compacto, del pelotn ms resuelto
y numeroso, que tal vez se compona de veinte o treinta mujeres juntas,
salieron algunas voces gritando:

--Viva la Repblica federal!

EMILIA PARDO BAZN

Granja de Meirs, octubre de 1882.



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