The Project Gutenberg EBook of Los muertos mandan, by Vicente Blasco Ibez

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Title: Los muertos mandan

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: May 31, 2007 [EBook #21651]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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Los muertos mandan

Vicente Blasco Ibez




Al lector


En mis tiempos de agitador poltico, all por el ao 1902, los
republicanos de Mallorca me invitaron a un mitin de propaganda de
nuestras doctrinas que se celebr en la plaza de Toros de Palma.

Despus de esta reunin popular, los otros diputados republicanos que
haban hablado en ella se volvieron a la Pennsula. Yo, una vez
pronunciado mi discurso, di por terminada mi actuacin poltica, para
correr como simple viajero la hermosa isla que vio en la Edad Media los
paseos meditativos del gran Raimundo Lulio--filsofo, hombre de accin,
novelista--y en el primer tercio del siglo XIX sirvi de escenario a los
amores romnticos y algo maduros de Jorge Sand y Chopin.

Ms que las cavernas clebres, los olivos seculares y las costas
eternamente azules de Mallorca, atrajeron mi atencin las honradas
gentes que la pueblan y sus divisiones en castas que an perduran, a
causa sin duda del aislamiento isleo, refractario a las tendencias
igualitarias de los espaoles de tierra firme. Vi en la existencia de
los judos convertidos de Mallorca, de los llamados _chuetas_, una
novela futura.

Luego, al volver a la Pennsula, me detuve en Ibiza, sintindome
igualmente interesado por las costumbres tradicionales de este pueblo de
marinos y agricultores, en lucha incesante durante mil quinientos aos
con todos los piratas del Mediterrneo. Y pens unir las vidas de las
dos islas, tan distintas y al mismo tiempo tan profundamente originales,
en una sola novela.

Transcurrieron seis aos sin que pudiese realizar mi deseo.

Necesitaba volver a Mallorca e Ibiza para estudiar con ms detenimiento
los tipos y paisajes de mi obra, y nunca encontraba ocasin propicia
para tal viaje. Al fin, en 1908, cuando preparaba mi primera excursin a
Amrica, pude escapar unas semanas de Madrid, llevando una vida errante
por ambas islas. Visit la mayor parte de Mallorca, durmiendo muchas
noches en pequeos pueblos donde me dieron alojamiento las familias
payesas con una hospitalidad generosa, de bblico desinters. Corr
las montaas de Ibiza y navegu ante sus costas rojas y verdes en barcos
viejos, valientes para el mar, que unos meses del ao van a la pesca y
otros son dedicados al contrabando.

Cuando regres a Madrid, con el rostro ennegrecido por el sol y las
manos endurecidas por el remo, me puse a escribir _Los muertos mandan,_
y eran tan frescas y al mismo tiempo tan recias mis observaciones, que
produje la novela de un solo tirn, sin el ms leve desfallecimiento
de mi memoria de novelista, en el transcurso de dos o tres meses.

Esta fue la ltima obra del primer perodo de mi vida literaria. Apenas
publicada me march a dar conferencias en la Repblica Argentina y
Chile. El conferencista se convirti sin saber cmo en colonizador del
desierto, en jinete de la llanura patagnica. Olvid la pluma como algo
frvolo e intil para la recia batalla con las asperezas de una tierra
inculta desde el principio del planeta y con las malicias e ignorancias
de los hombres.

Pas seis aos sin escribir novelas. Quise crearlas en la realidad. Fui
un novelista de hechos y no de palabras.

Pero las vidas vuelven siempre a sus cauces antiguos, y despus de estos
seis aos de catalepsia literaria, en 1914, pocos meses antes de la gran
guerra, reanud en Pars mi trabajo de novelista de pluma y papel,
escribiendo _Los argonautas._

V. B. I. 1923




Primera parte




I


Jaime Febrer se levant a las nueve de la maana. _Mad_ Antonia, que le
haba visto nacer--servidora respetuosa de las glorias de la familia--,
movase desde las ocho en la habitacin, para despertarle. Parecindole
escasa la luz que penetraba por el montante de un amplio ventanal, abri
las hojas de madera carcomida, desprovistas de vidrios. Luego levant
las colgaduras de damasco rojo galoneadas de oro que cubran como una
tienda de campaa el amplio lecho majestuoso, en el que haban nacido,
procreado y muerto varias generaciones de Febrer.

La noche anterior, al retirarse del Casino, la haba encargado Jaime con
gran insistencia que le despertase temprano. Estaba invitado a almorzar
en Valldemosa. Arriba! La maana era de las mejores de primavera; en
el jardn de la casa chillaban a coro los pjaros sobre las ramas
florecientes, mecidas por la brisa que enviaba el vecino mar por encima
de la muralla.

La criada se fue, camino de la cocina, al ver que el seor se decida al
fin a echarse fuera de la cama. Anduvo Jaime Febrer casi desnudo por la
habitacin, ante la ventana abierta, partida por una columna
delgadsima. No haba miedo de que le viesen. La casa de enfrente era un
palacio viejo como el suyo; un casern de pocos huecos. Frente a su
ventana se extenda un muro de color indefinido, con profundos
desconchados y restos de antiguas pinturas, pero tan prximo por la
estrechez de la calle, que pareca poder tocarse con la mano.

Habase dormido tarde, desasosegado y nervioso por la importancia del
acto que iba a realizar en la maana siguiente, y el aturdimiento de un
sueo corto e ineficaz le hizo buscar con avidez la caricia
reconfortante del agua fra. Al lavarse en una palangana estudiantil,
angosta y pobre, Febrer tuvo un gesto de tristeza. Ah, miseria!... Le
faltaban las ms rudimentarias comodidades en aquella casa de un lujo
seorial y vetusto que los ricos modernos no podan improvisar. La
pobreza surga ante su paso, con todas sus molestias, en estos salones
que le hacan recordar los esplndidos decorados de ciertos teatros
vistos en sus viajes por Europa.

Como si fuera un extrao que entrase por primera vez en su dormitorio,
admiraba Febrer esta pieza, grandiosa y de elevado techo. Sus poderosos
abuelos haban edificado para gigantes. Cada habitacin del palacio era
tan vasta como una casa moderna. El ventanal careca de vidrios, como
los dems huecos del edificio, y en invierno haba que mantenerlos todos
con las hojas cerradas, sin ms luz que la que entraba por los
montantes, cubiertos de cristales resquebrajados y opacos por el tiempo.
La carencia de alfombras dejaba al descubierto los pavimentos de piedra
arenisca y blanda de Mallorca, cortada en finos rectngulos, como si
fuese madera. Los techos lucan an el viejo esplendor de los
artesonados, unos obscuros, de artificiosas trabazones, otros con un
dorado mate y venerable que haca resaltar los cuarteles coloreados de
las armas de la casa. Las paredes altsimas, simplemente enjalbegadas de
cal, desaparecan en unas piezas bajo filas de cuadros antiguos, y en
otras detrs de ricas colgaduras de colores vivos que el tiempo no
lograba apagar. El dormitorio estaba adornado con ocho grandes tapices
de un tono verde de hoja seca, representando jardines, amplias avenidas
de rboles otoales, con una plazoleta terminal en la que triscaban
venados o goteaban solitarias fuentes en triples tazones. Encima de las
puertas colgaban viejos cuadros italianos de una suavidad acaramelada:
nios de carnes ambarinas jugueteaban con rizados corderos. El arco que
divida el verdadero dormitorio del resto de la habitacin tena algo de
triunfal, con columnas acanaladas sosteniendo un medio punto de follaje
tallado, todo de un oro plido y discreto, como si fuese un altar. Sobre
una mesa del siglo XVIII vease una imagen policroma de San Jorge
pisoteando moros bajo su corcel; y ms all la cama, la imponente cama,
monumento venerable de la familia. Algunos sillones antiguos, de
encorvados brazos, con el rojo terciopelo calvo y rado hasta mostrar la
blancura de la trama, mezclbanse con sillas de paja y el pobre lavabo.
Ah, miseria!, volvi a pensar el mayorazgo. El viejo casern de los
Febrer, con sus hermosos ventanales faltos de vidrios, sus salones
llenos de tapices y sin alfombras, sus muebles venerables confundidos
con los ms ruines enseres, le pareca igual a un prncipe arruinado
ostentando an manto brillante y corona gloriosa, pero descalzo y sin
ropa blanca.

l era igual a este palacio, imponente y vaco caparazn que en otros
tiempos haba guardado la gloria y la riqueza de sus abuelos. Unos
haban sido mercaderes, otros soldados, y todos navegantes.

Las armas de los Febrer haban ondeado en flmulas y banderas sobre ms
de cincuenta navos de gavia--lo mejor de la marina de Mallorca--, que,
luego de tomar rdenes en Puerto Pi, iban a vender aceite de la isla en
Alejandra, embarcaban especieras, sedas y perfumes de Oriente en las
escalas del Asia Menor, traficaban con Venecia, Pisa y Genova, o,
pasando las Columnas de Hrcules, sumanse en las brumas de los mares
del Norte para llevar a Flandes y a las repblicas anseticas la loza de
los moriscos valencianos, llamada por los extranjeros _maylica_, a
causa de su procedencia mallorquna.

Esta navegacin continua a travs de mares infestados de piratas haba
hecho de la familia de ricos mercaderes una tribu de valerosos soldados.
Los Febrer haban peleado o ajustado alianzas con corsarios turcos,
griegos y argelinos, haban escoltado sus flotas por los mares del Norte
para hacer frente a los piratas ingleses, y hasta una vez, a la entrada
del Bosforo, sus galeras haban abordado a las de Genova, que
monopolizaban el comercio de Bizancio. Luego, esta dinasta de soldados
del mar, al retirarse de la navegacin comercial, haba rendido tributo
de sangre a la seguridad de los reinos cristianos y a la fe catlica
haciendo ingresar una parte de sus hijos en la santa milicia de los
caballeros de Malta.

Los segundones de la casa de Febrer, al mismo tiempo que reciban el
agua del bautismo, llevaban cosida a sus paales la cruz blanca de ocho
puntas, smbolo de las ocho bienaventuranzas, y al ser hombres
capitaneaban galeras de la Orden belicosa y acababan sus das como ricos
comendadores de Malta, contando sus proezas a los hijos de sus sobrinas
y hacindose cuidar achaques y heridas por esclavas infieles que vivan
con ellos, a pesar del voto de castidad. Monarcas famosos, al pasar por
Mallorca, haban salido del alczar de la Almudaina para visitar a los
Febrer en su palacio. Unos haban sido almirantes de las flotas del rey;
otros, gobernantes de lejanos territorios; algunos dorman el sueo
eterno en la catedral de La Valette con otros ilustres mallorquines, y
Jaime haba contemplado sus tumbas en una visita a Malta.

La Lonja de Palma, gallardo edificio gtico vecino al mar, haba sido
durante siglos un feudo de sus ascendientes. Para los Febrer era todo
cuanto arrojaban en el inmediato muelle las galeras de alto castillo,
las cocas de pesado casco, las ligeras fustas, las saetas, panfiles,
rampines, tafureas y dems embarcaciones de la poca, y en el inmenso
saln columnario de la Lonja, junto a los fustes salomnicos que se
perdan en la penumbra de las bvedas, sus abuelos reciban como reyes a
los navegantes de Oriente, que llegaban con anchos zaragelles y birrete
carmes, a los patronos genoveses y provenzales, con su capotillo
rematado por frailuna capucha, a los valerosos capitanes de la isla,
cubiertos con la roja barretina catalana. Los mercaderes de Venecia
enviaban a sus amigos de Mallorca muebles de bano con menudas
incrustaciones de marfil y lapislzuli o grandes espejos de luna azulada
y marco cristalino. Los navegantes de vuelta de frica traan manojos de
plumas de avestruz, colmillos de marfil, y estos tesoros y otros iban a
adornar los salones de la casa, perfumados por misteriosas esencias,
regalo de los corresponsales asiticos.

Los Febrer haban sido durante siglos los intermediarios entre Oriente y
Occidente, haciendo de Mallorca un depsito de productos exticos, que
luego desparramaban sus naves por Espaa, Francia y Holanda. Las
riquezas afluan fabulosamente a la casa. En algunas ocasiones, los
Febrer hasta hicieron prstamos a los reyes... Pero todo esto no poda
evitar que Jaime, el ltimo de la familia, luego de perder en el Casino,
la noche anterior, todo cuanto posea--unos centenares de pesetas--,
hubiese aceptado dinero, para poder ir a la maana siguiente a
Valldemosa, de Toni Claps, el contrabandista, hombre rudo, de
entendimiento despierto, y el ms fiel y desinteresado de sus amigos.

Mientras se peinaba, Jaime se contempl en un espejo antiguo, rajado y
de luna nebulosa. Treinta y seis aos: no poda quejarse de su aspecto.
Era feo, con una fealdad grandiosa, segn expresin de una mujer que
haba ejercido cierta influencia sobre su vida.

Esta fealdad le haba proporcionado algunas satisfacciones amorosas.
Miss Mary Gordon, rubia idealista, hija del gobernador de un
archipilago ingls de Oceana, que viajaba por Europa sin otro
acompaamiento que el de una domstica, le haba conocido un verano en
un hotel de Munich, y ella fue la que, impresionada, dio los primeros
pasos. El espaol era, segn la miss, un vivo retrato de Wagner joven. Y
Febrer, sonriendo a impulsos del grato recuerdo, contemplaba su frente
abombada, que pareca oprimir con su pesadumbre los ojos imperiosos,
pequeos e irnicos, sombreados por gruesas cejas. La nariz era aguda y
aguilea, la nariz de todos los Febrer, valientes pjaros de presa de
las soledades del mar; la boca desdeosa y sumida; el mentn saliente y
recubierto por la suave vegetacin, rala y fina, de la barba y el
bigote. Ah, deliciosa miss Mary! Cerca de un ao haba durado la
alegre peregrinacin por Europa. Ella, enamorada de l rabiosamente por
su parecido con el Maestro, quera casarse, y le hablaba de los millones
del gobernador, mezclando sus entusiasmos romnticos con las aficiones
prcticas de su raza. Pero Febrer acab por huir, antes de que la
inglesa le dejase a su vez por algn director de orquesta que se
asemejase ms a su dolo.

Ay, las mujeres!... Y Jaime ergua su cuerpo de varn forzudo, algo
encorvado de espaldas por el exceso de estatura. Haca tiempo que haba
renunciado a interesarse por ellas. Unas leves canas en la barba y un
ligero fruncimiento de la piel en las comisuras de los ojos revelaban la
fatiga de una existencia que haba marchado, segn deca l, a toda
mquina. Pero aun as, le buscaban, y era el amor el que iba a sacarle
de su angustiosa situacin.

Al acabar el arreglo de su persona, sali del dormitorio. Cruz un saln
vastsimo iluminado por los rayos del sol, que pasaban a travs de los
montantes de tres ventanales cerrados. El suelo estaba en la penumbra,
mientras las paredes brillaban como un jardn de vivos colores,
cubiertas de interminables tapices con figuras de doble tamao natural.
Eran escenas mitolgicas y bblicas; damas arrogantes, de abultadas
carnes color de rosa, que comparecan ante guerreros rojos o verdes;
enormes columnatas; palacios con guirnaldas de flores; cimitarras en
alto, cabezas por el suelo, tropeles de caballos panzudos con una pata
en alto: todo un mundo de viejas leyendas, pero con tintas frescas a
pesar de los siglos, y entre franjas de manzanas y hojarasca.

Febrer mir al pasar con ojos irnicos estas riquezas heredadas de sus
ascendientes. Nada era suyo. Haca ms de un ao que estos tapices y los
del dormitorio y todos los de la casa pertenecan a ciertos usureros de
Palma, que los haban dejado colgados en el mismo sitio. Esperaban la
llegada de un aficionado rico, que los pagara con ms esplendidez al
imaginrselos adquiridos directamente de su dueo. Jaime no era ms que
un depositario, amenazado con la crcel en caso de infidelidad en su
custodia.

Al llegar al centro del saln dio un pequeo rodeo, a impulsos de la
costumbre, pero empez a rer viendo que no haba nada que interrumpiese
su paso. Un mes antes an estaba all una mesa italiana de mrmoles
preciosos que haba trado el famoso comendador don Pramo Febrer de una
de sus expediciones en corso. Ms all tampoco haba nada que le hiciese
tropezar. Un brasero enorme de plata repujada, montado sobre una tarima
del mismo metal, con una fila circular de geniecillos que sostenan este
monumento, lo haba convertido Febrer en dinero, vendindolo al peso. Y
el brasero le hizo recordar una urea cadena, regalo del emperador
Carlos V a uno de sus ascendientes, que aos antes haba vendido en
Madrid, tambin al peso, con el aditamento de dos onzas de oro recibidas
por el trabajo artstico y la antigedad. Despus haba llegado
vagamente hasta l la noticia de que la cadena la vendieron en Pars por
cien mil francos. Ah, miseria! Los caballeros ya no podan vivir en
estos tiempos.

Su vista tropez con el brillo de unos enormes vargueos de labor
veneciana montados sobre mesas antiguas sostenidas por leones. Parecan
fabricados para gigantes, con innumerables y profundos cajones, cuyas
caras exteriores tenan esmaltes policromos representando escenas
mitolgicas. Eran cuatro piezas magnficas de museo: un recuerdo de la
antigua magnificencia de la casa. Tampoco eran suyos. Haban corrido la
misma suerte que los tapices, y all estaban esperando un comprador.
Febrer no era ya ms que el conserje de su propia casa. Y tambin
pertenecan a los acreedores los cuadros italianos y espaoles que
adornaban las paredes de dos gabinetes inmediatos; los muebles antiguos
con sedas rapadas o rotas, pero de hermosas tallas; todo, en fin, lo que
conservaba algn valor entre los restos de la secular herencia.

Sali a la sala de recibimiento, vasta pieza en el centro del edificio,
fra y de altsimo techo, que comunicaba con la escalera. Las paredes
blancas haban tomado con los aos un tono amarillento de marfil. Era
preciso echar la cabeza atrs para alcanzar con la vista el negro
artesonado del techo. Ventanas abiertas junto a la cornisa ayudaban a
los ventanales de abajo a iluminar este saln inmenso y austero.
Muebles, pocos y conventuales: amplios sillones de brazos, con asientos
y respaldares de vaqueta adornados de clavos; mesas de roble de
retorcidas patas; cofres obscuros, con oxidados herrajes sobre fondos de
pao verde apolillado. La blancura amarillenta de los muros slo era
visible, como las lneas de un enrejado, entre las filas de lienzos,
muchos de ellos sin marco.

Eran centenares de cuadros, todos malos e interesantes a la vez;
pinturas encargadas para perpetuar las glorias de la familia, hechas por
antiguos artistas italianos y espaoles de paso en Mallorca. Un encanto
tradicional pareca emanar de estos lienzos. Era la historia del
Mediterrneo escrita por torpes e ingenuos pinceles: encuentros de
galeras, asaltos de fortalezas, grandes batallas navales envueltas en
humo, sobre cuyas vedijas flotaban los gallardetes de los navos y las
altas torres de popa, en cuya cima rizbanse las banderas con la cruz de
Malta o la media luna. Los hombres peleaban en las cubiertas de los
buques o en los esquifes que flotaban junto a ellos; el mar, enrojecido
por la sangre o las llamas de los barcos, estaba matizado de centenares
de cabecitas de nufragos, que a su vez luchaban sobre las olas. Una
masa de cascos y chambergos chocaba, sobre dos navos aferrados, con
otra de turbantes blancos y rojos, y sobre ellas alzbanse mandobles y
picas, cimitarras y hachas de abordaje. El disparo de caones y trabucos
cortaba con lenguas rojas el humo del combate. En otros lienzos no menos
obscuros veanse castillos arrojando llamas por sus troneras, y al pie
de ellos guerreros con la cruz blanca de ocho puntas sobre la coraza,
tan grandes casi como las torres, y aplicando a stas sus escalas para
subir al asalto.

Los cuadros tenan a un lado cartelas blancas con los mismos remates
plegados de un escudo de armas, y en ellas, escrito en defectuosas
maysculas, el relato del suceso: encuentros victoriosos con galeras del
Gran Turco o con piratas pisanos, genoveses y vizcanos; guerras en
Cerdea; asaltos de Buja y de Tedeliz; y en todas estas empresas era un
Febrer el que diriga a los combatientes o se haca notar por su
herosmo, descollando sobre todos el comendador don Pramo, hroe
endiablado, burln y poco religioso, que haba sido la gloria y la
vergenza de la casa.

Alternando con estas escenas belicosas estaban los retratos de la
familia. En la parte ms alta, tocando a una fila de viejos lienzos de
evangelistas y mrtires, que formaban un friso, mostrbanse los Febrer
ms antiguos, venerables mercaderes de Mallorca pintados algunos siglos
despus de su muerte, graves varones de nariz judaica y ojos agudos, con
joyas sobre el pecho y altos gorros de aspecto oriental. A continuacin
venan los hombres de armas, los navegantes de espada, con la cabellera
al rape y el perfil de pjaro de presa, todos vistiendo armadura de
negro acero y algunos con la blanca cruz de Malta. De retrato en
retrato, los rostros se iban afinando, sin perder la frente abombada y
la nariz imperiosa de la familia. El cuello de la camisa, ancho, flcido
y de burdo tejido, iba elevndose con el serpenteo almidonado de la
rizada gola; la coraza se converta en justillo de terciopelo o seda;
las barbas duras y anchas, a la moda del Emperador, trocbanse en agudas
perillas y empinados bigotes, a los que servan de marco suaves
guedejas.

Entre los rudos hombres de guerra y los elegantes caballeros resaltaban
los hbitos negros de ciertos eclesisticos con bigotes y barbillas,
ostentando altos bonetes de borla. Unos eran dignatarios eclesisticos
de Malta, a juzgar por la insignia blanca que adornaba su pecho; otros,
venerables inquisidores de Mallorca, segn la leyenda que ensalzaba su
celo en pro de la fe. Despus de todos estos seores negros, de gesto
imponente y ojos duros, vena el desfile de pelucas blancas, de rostros
aniados por la rasura, de vistosas casacas de seda y oro adornadas con
bandas y condecoraciones. Eran regidores perpetuos de la ciudad de
Palma; marqueses cuyo marquesado haba perdido la familia con los
entronques matrimoniales, yendo sus ttulos a fundirse con otros de la
nobleza de la Pennsula; gobernadores, capitanes generales y virreyes de
pases americanos y ocenicos, cuyos nombres despertaban una visin de
fantsticas riquezas; entusiastas _botiflers_ partidarios de Felipe V,
que haban tenido que huir de Mallorca, apoyo postrero de los Austrias,
y ostentaban como supremo ttulo nobiliario el apodo de _butifarras_
dado por el populacho hostil.

Cerrando el glorioso desfile, casi a ras de los muebles, estaban los
ltimos Febrer de principios del siglo XIX, oficiales de la Armada, de
cortas patillas, rizos sobre la frente, alto cuello con anclas de oro y
negro corbatn, que haban peleado en el cabo de San Vicente y en
Trafalgar; y tras ellos el bisabuelo de Jaime, un viejo de ojos duros y
boca desdeosa, que al volver Fernando VII de su cautiverio en Francia
se haba embarcado para prosternarse a sus pies en Valencia, pidiendo
con otros grandes seores que restableciese los usos antiguos y
exterminase la naciente plaga del liberalismo. Era un patriarca
prolfico, que haba prodigado su sangre en varios distritos de la isla
persiguiendo a las payesas, sin perder nada de su gravedad, y al dar a
besar la mano a algunos de los hijos legtimos que vivan en su casa y
llevaban su apellido, deca con voz solemne: Dios te haga un buen
inquisidor!

Entre estos retratos de los Febrer ilustres veanse algunos de mujeres.
Eran seoras con hinchados guardainfantes que llenaban todo el lienzo,
iguales a las damas pintadas por Velzquez. Una que emerga su busto
frgil de la campana de terciopelo floreado de sus faldas, con cara
puntiaguda y plida y un lazo descolorido en las rizadas y cortas
melenillas, era la hembra notable de la familia, la que haban apodado
la Greca por su sabidura en letras helnicas. Su to, fray Espiridin
Febrer, prior de Santo Domingo, gran lumbrera de la poca, haba sido su
maestro, y la Greca poda escribir en su idioma a los corresponsales
de Oriente que an mantenan con Mallorca un mortecino comercio.

Jaime encontraba con su vista algunos lienzos ms all--distancia que
representaba el paso de un siglo--, otro retrato de hembra famosa de la
familia. Era una nia de blanca peluquta, vestida de mujer, con la
falda plegada y los grandes ahuecadores de las damas del siglo XVIII.
Estaba junto a una mesa, al lado de un bcaro de flores, y sostena con
la exange diestra una rosa igual a un tomate, mirando ante ella con
ojillos porcelanescos de mueca. A sta la haban llamado la Latina.
La cartela del retrato hablaba, en el estilo ampuloso de la poca, de su
discrecin y su ciencia, acabando por llorar su muerte a los once aos.
Las hembras eran como retoos secos en el tronco vigoroso de los Febrer,
peleadores y exuberantes. La sabidura se agostaba pronto en esta
familia de marinos y guerreros, como planta que surge por equivocacin
en un clima adverso.

Preocupado por sus pensamientos de la noche anterior y por el prximo
viaje a Valldemosa, Jaime se detuvo en el recibimiento contemplando los
retratos de sus ascendientes. Cunta gloria... y cunto polvo! Haca
veinte aos tal vez que un trapo misericordioso no se haba remontado a
lo largo de la ilustre familia para adecentarla un poco. Los abuelos ms
remotos y las batallas famosas estaban cubiertos de telaraas. Y pensar
que los prestamistas no haban querido adquirir este museo de glorias,
con el pretexto de que eran pinturas malas! No poder traspasar estos
recuerdos a ciertos ricos ansiosos de crearse un origen ilustre!...

Jaime atraves el recibimiento, entrando en las habitaciones del ala
opuesta. Eran piezas de techo ms bajo; tenan encima un segundo piso,
ocupado en otros tiempos por el abuelo de Febrer; habitaciones
relativamente modernas, con muebles viejos de estilo Imperio y en las
paredes estampas iluminadas del perodo romntico representando las
desventuras de tala, los amores de Matilde y las hazaas de Hernn
Corts. Sobre las cmodas ventrudas veanse santos policromos y
crucifijos de marfil, entre polvorientas flores de trapo, bajo campanas
de cristal. Una panoplia de ballestas, flechas y cuchillos recordaba a
un Febrer, capitn de corbeta del rey, que hizo un viaje alrededor del
mundo a fines del siglo XVIII. Conchas purpreas, caracolas de mar
enormes, con entraas de ncar, adornaban las mesas.

Siguiendo un corredor, camino de la cocina, dej a un lado la capilla,
que estaba cerrada muchos aos, y al otro la puerta del archivo, vasta
pieza cuyas ventanas daban sobre el jardn, y en la que haba pasado
Jaime, de vuelta de sus viajes, muchas tardes, revolviendo legajos
guardados tras el enrejado de alambre de vetustas estanteras. Se asom
a la cocina, inmensa dependencia donde se preparaban en otros tiempos
los famosos banquetes de los Febrer, rodeados de parsitos y generosos
con todos los amigos que llegaban a la isla. _Mad_ Antonia pareca ms
pequea en esta habitacin de dilatados trminos, junto a la gran
chimenea del hogar, que poda admitir un montn enorme de troncos,
asando a la vez varias piezas. Los bancos de hornillos podan servir
para toda una comunidad. El fro aseo de esta dependencia demostraba su
falta de uso. En las paredes, grandes escarpias delataban la ausencia de
las vasijas de cobre que haban sido en otros tiempos gloria
esplendorosa de esta cocina conventual. La vieja criada haca sus guisos
en un pequeo hornillo al lado de la artesa en la que amasaba el pan.

Jaime dio un grito a _mad_ Antonia para avisarle su presencia, y se
introdujo en una habitacin inmediata, el pequeo comedor que haban
utilizado los ltimos Febrer, venidos a menos en su fortuna, huyendo del
gran saln donde se celebraban los antiguos banquetes.

Tambin aqu era visible el paso de la miseria. La mesa larga hallbase
cubierta con un hule resquebrajado, de dudosa blancura. Los aparadores
estaban casi vacos. La antigua loza, al romperse, haba sido
reemplazada por unos cuantos platos y jarros de grosera fabricacin. Dos
ventanas abiertas en el fondo encuadraban pedazos de mar de inquieto
azul, palpitante bajo el fuego del sol. En sus rectngulos balancebanse
pausadamente las ramas de unas palmeras. Ms all marcbanse en el
horizonte las alas blancas de una goleta que vena hacia Palma
lentamente, como una gaviota fatigada.

Entr _mad_ Antonia, dejando sobre la mesa un tazn humeante de caf
con leche y una gran rebanada de pan cubierta de manteca. Jaime atac el
desayuno con avidez, y al mascar el pan hizo un gesto de desagrado.
_Mad_ asinti con un movimiento de cabeza, rompiendo a hablar en su
lenguaje mallorqun.

--Muy duro, verdad?... Aquel pan no poda compararse con los panecillos
que coma el seor en el Casino; mas la culpa no era de ella. Pensaba
haber amasado el da anterior, pero no tena harina y estaba esperando
que el pays de _Son Febrer_ trajese su tributo. Las gentes ingratas y
olvidadizas!...

La vieja servidora insisti en su desprecio al labriego cultivador de
_Son Febrer_, predio que constitua la ltima fortuna de la casa. Todo
lo deba el rstico a la benevolencia de la familia, y ahora, en los
momentos difciles, olvidaba a sus buenos seores.

Jaime sigui mascando, con el pensamiento puesto en _Son Febrer._
Tampoco aquello era suyo, no obstante figurar l como dueo. El predio,
situado en el centro de la isla--la mejor finca heredada de sus padres,
la que llevaba el nombre de la familia--, lo tena hipotecado e iba a
perderlo de un momento a otro. La renta, escasa y corta, conforme a los
usos tradicionales, servale para pagar nicamente una exigua parte del
inters de los prstamos, engrosando el resto la cuanta de la deuda.
Quedaban las aldehalas, los pagos en especie que el pays deba hacerle,
siguiendo costumbres antiguas, y con ellos se mantenan l y _mad_
Antonia, perdidos en el inmenso casern que haba sido hecho para
albergar una tribu. En Navidad y en Pascua de Resurreccin reciba una
pareja de corderos acompaados de una docena de aves de corral; en el
otoo dos cerdos bien cebados para la matanza, y todos los meses huevos
y una cantidad de harina, a ms de los frutos de la estacin. Con estas
aldehalas, unas consumidas en la casa y otras vendidas por la sirviente,
iban sostenindose Jaime y _mad_ Antonia en la soledad del palacio,
aislados de la curiosidad pblica, como dos nufragos perdidos en un
islote. Las ofrendas en especie se retrasaban cada vez ms. El pays,
con ese egosmo rstico propenso a huir de la desgracia, hacase el
remoln, evitando el cumplimiento de sus obligaciones. Saba que el
mayorazgo ya no era el verdadero amo de _Son Febrer_, y muchas veces, al
llegar a la ciudad con sus presentes, torca el camino, yendo a
depositarlos en las casas de los acreedores, temibles personajes a los
que deseaba tener propicios.

Jaime mir con tristeza a la servidora, que permaneca erguida ante l.
Era una antigua payesa que an conservaba el traje de su pueblo: jubn
obscuro, con doble fila de botones en las mangas; falda clara y rameada,
y cubriendo su cabeza el rebocillo, blanco velo sujeto al cuello y al
pecho, por debajo del cual se escapaba la gruesa trenza--que llevaba
postiza y muy negra--rematada por largas cintas de terciopelo.

--Miserias, _mad_ Antonia!--dijo el seor en el mismo lenguaje--.
Todos huyen de los pobres, y el mejor da, si ese tuno no trae lo que
nos debe, tendremos que comernos uno a otro, lo mismo que si fusemos
nufragos.

La vieja sonri: El seor siempre alegre. En esto era un vivo retrato
de su abuelo don Horacio, eternamente serio, con una cara que meta
miedo, pero diciendo unas cosas!...

--Esto debe acabar--prosigui Jaime, sin hacer caso de la alegra de la
sirviente--. Esto acabar hoy mismo; estoy decidido... Sbelo, _mad_,
antes de que la noticia corra: me caso.

La criada junt las manos devotamente para expresar su asombro y elev
la mirada al techo. Santsimo Cristo de la Sangre! Ya era hora... Antes
deba haberlo hecho, y otro sera el estado de la casa. Despertse en
ella la curiosidad, y pregunt con una avidez de campesina:

--Es rica?...

El gesto afirmativo del seor no la sorprendi. Forzosamente haba de
ser rica. Slo una mujer que llevase con ella una gran fortuna poda
aspirar a unirse con el ltimo de los Febrer, que haban sido los
hombres ms notables de la isla y tal vez del mundo entero.

La pobre _mad_ pens en su cocina, poblndola instantneamente con la
imaginacin de vasijas de cobre brillantes como oro, vindola con todos
los fogones encendidos, llena de muchachas de brazos arremangados, el
rebocillo atrs, la trenza flotante, y ella en medio, sentada en un
silln, dando rdenes y aspirando el deleitoso tufillo de las cacerolas.

--Ser joven!--afirm la vieja, para sacar ms noticias a su seor.

--S, joven; mucho ms joven que yo; demasiado joven: unos veintids
aos. Poco me falta para poder ser su padre.

_Mad_ hizo un gesto de protesta. Don Jaime era el hombre ms guapo de
la isla. Lo deca ella, que le haba admirado desde los tiempos en que
iba con pantaln corto y lo llevaba de la mano a pasear entre los pinos
inmediatos al castillo de Bellver. Era un Febrer, de aquella familia de
seorones arrogantes, y con esto quedaba dicho todo.

--Y es de buena casa?--sigui preguntando para forzar el laconismo de
su seor--. Familia de caballeros indudablemente; de lo mejorcito de la
isla... Pero no: ya adivino. Tal vez es de Madrid. Algn noviazgo de
cuando usted viva all.

Jaime qued indeciso unos instantes, palideci, y luego dijo con ruda
energa, para ocultar su turbacin:

--No, _mad_... Es una _chueta_.

Antonia fue a juntar las manos, como momentos antes, invocando otra vez
la Sangre de Cristo, tan venerada en Palma; pero de pronto se dilataron
las arrugas de su rostro moreno, y rompi a rer... Qu seor tan
alegre! Lo mismo que su abuelo. Deca las cosas ms estupendas e
increbles con una seriedad que engaaba a las gentes. Y ella, pobre
boba, que haba credo tales bromas! Tal vez hasta lo del casamiento era
mentira...

--No, _mad_. Me caso con una _chueta_... Me caso con la hija de don
Benito Valls. Para eso ir hoy a Valldemosa.

La voz apagada de Jaime, sus ojos bajos, el acento tmido con que
susurr tales palabras, quitaron toda duda a la sirviente. Qued sta
con la boca abierta, los brazos cados, sin fuerzas para levantar las
manos ni los ojos.

--Seor... Seor... Seor!...

Le era imposible decir ms. Crey que haba sonado un trueno, haciendo
estremecerse la vieja casa; que un nubarrn acababa de pasar ante el
sol, obscurecindolo; que el mar se volva plomizo, avanzando en
encrespadas olas contra la muralla. Luego vio que todo estaba lo mismo,
que slo ella se haba conmovido con esta noticia estupenda, digna de
trastornar el orden de lo existente.

--Seor... Seor... Seor!...

Y agarrando el vaco tazn y los restos del pan, ech a correr, deseosa
de refugiarse cuanto antes en la cocina. Despus de or tales horrores,
la casa le inspiraba miedo. Deba andar alguien por los venerables
salones de la otra parte del edificio: alguien que ella no poda saber
quin fuese, pero que seguramente acababa de despertar de un sueo de
siglos. Aquel palacio tena un alma. Cuando la vieja quedaba sola en l,
crujan los muebles como si hablasen entre ellos, palpitaban los tapices
movidos por su cara oculta, vibraba en un rincn un arpa dorada de la
abuela de don Jaime, y ella no senta miedo nunca, porque los Febrer
haban sido gente buena, simple y bondadosa con sus servidores. Pero
ahora, despus de or tales cosas!... Pensaba con cierta inquietud en
los retratos que adornaban la pieza de recibimiento. Qu cara la de
aquellos seores, si haban llegado hasta ellos las palabras de su
descendiente!

_Mad_ Antonia acab por serenarse, bebiendo los restos del caf
preparado para el seor. Ya no tena miedo, pero senta honda tristeza
por la suerte de don Jaime, como si le viese en peligro de muerte.
Acabar de este modo la casa de los Febrer! Y Dios poda tolerar tales
cosas?... Cierto desprecio por el seor vino a sobreponerse
momentneamente al antiguo cario. Al fin, un calavera olvidado de la
religin y las buenas costumbres, que haba derrochado lo que restaba de
la fortuna de su casa. Qu iban a decir sus ilustres parientes? Qu
vergenza la de su ta doa Juana, _aquella noble seora--la ms santa y
linajuda de la isla_--a la que, unos por burla y otros por exceso de
veneracin, llamaban la Papisa!

--Adis, _mad_... Al anochecer estar de vuelta.

La vieja salud con un gruido a Jaime, que asomaba la cabeza para
despedirse. Luego, vindose sola, levant los brazos, invocando la ayuda
de la Sangre de Cristo, de la Virgen del Lluch, patrona de la isla, y
del portentoso San Vicente Ferrer, que tantos milagros haba realizado
durante sus predicaciones en Mallorca. Uno ms, santo prodigioso, para
evitar la monstruosidad que proyectaba su seor!... Que cayese un
pedrusco de las montaas, interceptando para siempre el camino de
Valldemosa; que volcase el carruaje y trajeran a don Jaime entre cuatro
hombres... todo antes que aquella vergenza!

Febrer atraves el recibimiento, abri la puerta de la escalera y empez
a descender los suaves peldaos. Sus abuelos, como todos los nobles de
la isla, construan en grande. La escalera y el zagun ocupaban una
tercera parte de los bajos de la casa. Una especie de _loggia_ a la
italiana, con cinco arcos sostenidos por delgadas columnas, extendase a
la terminacin de la escalera, abrindose en sus extremos las dos
puertas que daban acceso a las dos alas superiores del edificio. En el
centro de su baranda, situada sobre el arranque de la escalera, frente a
la puerta de la calle, estaba el escudo en piedra de los Febrer, con un
faroln de hierro forjado.

Jaime, al descender, chocaba su bastn en la piedra arenisca de los
escalones o tocaba las grandes nforas barnizadas que adornaban los
rellanos, y stas devolvan el golpe con una sonoridad de campana. La
baranda de hierro, oxidada por los aos y deshacindose en herrumbrosas
escamas, temblaba, casi suelta de sus alvolos, con el ruido de los
pasos.

Al llegar al zagun, Febrer se detuvo. La extrema resolucin que haba
adoptado, y que iba a influir para siempre en los destinos de su nombre,
le hizo mirar con curiosidad los mismos lugares que antes cruzaba
indiferente.

En ninguna parte del edificio se notaba como aqu la antigua
prosperidad. El zagun, enorme cual una plaza, poda admitir ms de una
docena de carrozas y todo un escuadrn de jinetes.

Doce columnas algo panzudas, de mrmol avellanado de la isla, sostenan
los arcos de piedra cortada en piezas, sin revestimiento alguno, encima
de los cuales extendase el techo de vigas negras. El pavimento era de
guijarros, y entre ellos creca el musgo de la humedad. Una frescura de
ruina extendase por esta entrada gigantesca y solitaria. Un gato
atraves el zagun, saliendo por el orificio de una puerta carcomida de
las antiguas cuadras, para desaparecer en los abandonados subterrneos
que haban guardado las cosechas en otros tiempos. A un lado, haba un
pozo de la misma poca en que se construy el palacio, un orificio
abierto en la roca, con brocal de piedra roda por el tiempo y una
espadaa de hierro trabajada a martillo. La hiedra creca en frescos
ramilletes entre los salientes de la pulida piedra. Muchas veces, Jaime,
siendo nio, se haba asomado para contemplarse all abajo, en la pupila
circular y luminosa de sus aguas dormidas.

La calle estaba solitaria. Al final de ella, junto, a las tapias del
jardn de los Febrer, vease la muralla de la ciudad, y abierto en esta
muralla un portaln con barrotes de madera en su arco, iguales a los
dientes de una boca enorme de pescado. En el fondo de esta boca
temblaban, verdes y luminosas, las aguas de la baha.

Anduvo Jaime algunos pasos por las azuladas piedras de la calle, falta
de aceras, y se detuvo luego para contemplar su casa. No era ms que un
pequeo resto del pasado. El antiguo palacio de los Febrer ocupaba toda
una manzana, pero haba ido empequeecindose con el paso de los siglos
y los apuros de la familia. Ahora una parte de l era residencia de
monjas, y otras fracciones haban sido adquiridas por ciertos ricos, que
desfiguraban con balconajes modernos la primitiva unidad del edificio,
atestiguada por la lnea uniforme de aleros y tejados. Los mismos
Febrer, refugiados en la parte del casern que miraba al jardn y al
mar, haban tenido que ceder los pisos bajos, para aumento de sus
rentas, a almacenistas y pequeos industriales. Junto a la portada
seorial, tras unas vidrieras, trabajaban planchando ropa blanca algunas
muchachas, que saludaron a don Jaime con respetuosa sonrisa. ste sigui
inmvil en su contemplacin de la antigua casa.

Qu hermosa todava, a pesar de sus amputaciones y su vejez!...

La piedra del zcalo, agujereada y combada hacia dentro por el roce de
personas y carruajes, estaba partida por varios tragaluces con rejas a
ras del suelo. La parte baja del palacio mostrbase roda, lacerada y
polvorienta, como unos pies que hubiesen caminado durante siglos.

A partir del entresuelo, piso con entrada independiente, que haba sido
alquilado a un almacenista de drogas, comenzaba a desarrollarse el
esplendor seorial de la fachada. Tres ventanales al nivel del arco del
portaln, divididos por dobles columnas, mostraban sus marcos de mrmol
negro finamente trabajado. Los ptreos cardos trepaban por las columnas
que sostenan las cornisas, y sobre estas ltimas campeaban tres grandes
medallones: el del centro con el busto del Emperador y la inscripcin
_Dominus Carolus Imperator 1541_, recuerdo de su paso por Mallorca para
la infortunada expedicin de Argel; los de los lados ostentando las
armas de los Febrer, sostenidos por peces con barbudas cabezas de
hombre. En las grandes ventanas del primer piso trepaban por jambas y
cornisas unas guirnaldas formadas con anclas y delfines, testimonio de
las glorias de esta familia de navegantes. Sobre sus remates abranse
enormes conchas. En la parte ms alta de la fachada extendase una fila
compacta de ventanillas con adornos gticos, unas tapiadas, otras
abiertas para dar luz y aire a los desvanes, y sobre ellas el alero
monumental, el alero grandioso, como slo se encuentra en los palacios
de Mallorca, extendiendo hasta el promedio de la calle su ensamblaje de
maderos tallados, ennegrecidos por el tiempo y sostenidos por vigorosas
grgolas.

Por toda la fachada extendanse, formando cuadrilteros, listones de
madera carcomida con clavos y abrazaderas de hierro oxidado. Eran restos
de las grandes iluminaciones con que la casa conmemoraba ciertas fiestas
en sus tiempos de esplendor.

Jaime pareci satisfecho de este examen. An era hermoso el palacio de
sus abuelos, a pesar de las ventanas faltas de cristales, del polvo y
las telaraas amontonados en los huecos, de los desgarrones que los
siglos haban abierto en su revoque. Cuando l se casase y la fortuna
del viejo Valls pasara a sus manos, iban todos a asombrarse de la
magnfica resurreccin de los Febrer. Y an se escandalizaban algunos
de su resolucin y senta l ciertos escrpulos?... Adelante!

Se dirigi hacia el Borne, ancha avenida que es el centro de Palma,
antiguo torrente que en otros tiempos separaba la ciudad en dos villas y
dos bandos enemigos: _Can Amunt y Can Avall_. All encontrara un coche
que le llevase a Valldemosa.

Al entrar en el Borne atrajo su atencin la inmovilidad de varios
paseantes que bajo la sombra de los copudos rboles contemplaban a unos
campesinos detenidos ante el escaparate de una tienda. Febrer reconoci
sus trajes, distintos de los usados por los payeses de la isla. Eran
ibicencos... Ah, Ibiza! El nombre de esta isla evocaba el recuerdo de
un ao remoto de su adolescencia pasado all. Al ver a aquellas gentes
que hacan sonrer a los mallorquines como si fuesen extranjeros, Jaime
sonri tambin, mirando con inters sus trajes y figuras.

Eran, indudablemente, un padre con su hija y su hijo. El campesino
calzaba alpargatas blancas, sobre las que caa la ancha campana de un
pantaln de pana azul. Su chaqueta-blusa iba sujeta sobre el pecho con
un broche, dejando ver la camisa y la faja. Un mantn obscuro de mujer
descansaba sobre sus hombros como un chal, y para completar este atavo
semifemenil, que contrastaba con sus facciones duras y morenas de moro,
llevaba bajo el sombrero un pauelo anudado en el mentn, con las puntas
colgando sobre la espalda. El hijo, que pareca tener catorce aos, iba
vestido como l, con el mismo pantaln estrecho de pierna y amplio de
campana, pero sin el mantn ni el pauelo. Un lazo de color de rosa
penda sobre su pecho a guisa de corbata, un ramito de hierbas asomaba a
una de sus orejas, y el sombrero de cinta bordada a flores echado sobre
el cogote dejaba en libertad una onda de rizos cayendo sobre el rostro
moreno, enjuto, malicioso, animado por la luz de unos ojos africanos, de
intensa negrura.

La muchacha era la que llamaba ms la atencin, con su falda verde de
menudos pliegues, bajo la cual se adivinaba la presencia de otras
faldas, hinchado globo de varias envolturas que pareca empequeecer an
ms los pies finos y graciosos encerrados en blancas alpargatas. El
pecho ocultaba sus contornos salientes bajo un mantoncillo amarillento
con flores rojas. De ste surgan unas mangas de terciopelo de distinto
color que el jubn, adornadas con doble fila de botones de filigrana,
obra de los plateros _chuetas_. Una triple cadena de oro deslumbrante,
rematada por una cruz, parta su pecho, pero con eslabones tan enormes,
que a no ser huecos la hubiesen agobiado bajo su pesadumbre. El pelo
negro separbase en dos crenchas sobre la frente y se perda bajo un
pauelo blanco anudado en el mentn, volviendo a surgir atrs en forma
de trenza larga y enorme, con adorno de cintas multicolores que tocaban
el borde de la falda.

La muchacha, con una cestilla al brazo, permaneca inmvil en el borde
de la acera, admirando las altas casas y las terrazas de los cafs. Era
blanca y sonrosada, sin la rudeza cobriza y dura de las hembras del
campo. Tena en sus facciones una delicadeza de monja aristocrtica y
bien cuidada, una plida suavidad, animada por el reflejo luminoso de la
dentadura y el tmido brillo de sus ojos bajo el pauelo semejante a una
toca monstica.

Jaime, por una curiosidad instintiva, se aproxim al padre y al hijo,
vueltos de espaldas a la muchacha y enfrascados en la contemplacin del
escaparate. Era una tienda de armas. Los dos ibicencos examinaban una
por una todas las expuestas, con ojos ardientes y gestos de devocin,
cual si adorasen dolos milagrosos. El muchacho avanzaba su cabeza de
pequeo moro, como si pretendiese introducirla por el cristal.

--_Fluxas... Pare, fluxas!_--exclamaba con la sorpresa del que
encuentra un amigo inesperado, sealando a su padre unos pistolones
Lefaucheux.

Pero la admiracin de los dos era para las armas desconocidas, que les
parecan maravillosas obras de arte: para las escopetas sin llaves
visibles, las carabinas de repeticin y las pistolas con depsito, que
podan hacer seguidamente muchos disparos. Lo que inventan los hombres!
Lo que gozan los ricos!... Aquellas armas inmviles les parecan seres
vivientes, con un alma maligna y un poder sin lmites. Deban matar
solas, sin que su dueo se tomase el trabajo de apuntar.

La imagen de Febrer reflejndose en el cristal hizo volver al padre la
cabeza rpidamente.

--_Don Chaume!... Ay, don Chaume!_

Tal fue el aturdimiento de su sorpresa y tan grande su alegra, que,
agarrando las manos de Febrer, falt poco para que se arrodillase al
mismo tiempo que hablaba tembloroso. Estaban entretenindose en el Borne
para ir a casa de don Jaime cuando ste se hubiese levantado. Ya saba
l que los seores se acuestan tarde. Qu felicidad verle!... Aqu los
_atlots_, y que mirasen bien al seor! Era don Jaime: era el amo. Diez
aos que no le haba visto, pero lo mismo le hubiese reconocido entre
mil personas.

Febrer, desconcertado por las vehemencias cariosas del pays y la
curiosidad respetuosa de sus dos hijos, plantados ante l, no acertaba a
coordinar sus recuerdos. El buen hombre adivin este olvido en su mirada
indecisa. De veras que no le reconoca? Pep Arabi, de Ibiza... Pero
esto mismo no deca gran cosa, pues en la isla slo existen seis o siete
apellidos, y Arabi eran una cuarta parte de sus habitantes. Se
explicara mejor. Pep de _Can Mallorqu._

Febrer sonri. Ah, _Can Mallorqu!_ Un pobre predio de Ibiza donde l
haba pasado un ao siendo muchacho: la nica herencia de su madre.
Haca doce aos que _Can Mallorqu_ no era suyo. Se lo haba vendido a
Pep, cuyos padres y abuelos venan cultivando la finca.

Fue esto en la poca que an tena dinero. Pero de qu poda servirle
aquella tierra en una isla apartada a la que no volvera nunca?... Y en
una genialidad de gran seor bondadoso, la cedi a Pep a bajo precio,
capitalizndola con arreglo al arrendamiento tradicional y concediendo
amplios plazos para el pago; cantidades que, al sobrevenir despus
pocas de apuro, haban representado muchas veces para l una alegra
inesperada. Haca varios aos que Pep haba satisfecho su deuda, y sin
embargo, aquellas buenas gentes seguan llamndole amo, y al verle ahora
sentan la impresin del que se halla en presencia de un ser superior.

Pep Arabi fue presentando a su familia. La _atlota_ era la mayor, y se
llamaba Margalida: una verdadera mujer, aunque slo tena diez y siete
aos. El _atlot_, que era casi un hombre, contaba trece.

Quera trabajar la tierra, como su padre y sus abuelos, pero l lo
destinaba al Seminario de Ibiza, ya que era listo en asuntos de letra.
Sus tierras las guardaba para un muchacho bueno y trabajador que se
casase con Margalida. Ya andaban muchos en la isla tras de ella, y
apenas volviesen iba a empezar la temporada de los _festeigs_, el
cortejo tradicional, para que escogiese marido.

Pepet, su hijo, estaba llamado a ms altos destinos: iba a ser cura, y
despus que cantase misa entrara en un regimiento o se embarcara con
rumbo a Amrica, como lo haban hecho otros ibicencos que recogan all
mucho dinero y lo enviaban a sus padres para comprar tierras en la isla.

Ay, don Jaime, y cmo pasa el tiempo!... l haba visto al seor casi
un nio, cuando pas un verano con su madre en _Can Mallorqu._ Pep le
haba enseado a manejar la escopeta, a cazar los primeros pjaros. Se
acuerda _vostra merc?..._ l estaba entonces para casarse; an vivan
sus padres. Luego slo se haban visto una vez, en Palma, para la venta
del predio--un gran favor que no olvidaba nunca--; y ahora, cuando
volva a presentarse, ya era casi un viejo, con hijos tan altos como l.

Al explicar su viaje, enseaba su fuerte dentadura de campesino con
sonrisas de inocente malicia. Una verdadera calaverada, de la que
hablaran mucho tiempo las gentes all en Ibiza! l haba sido siempre
andariego y atrevido: resabios del tiempo en que fue soldado. El patrn
de un lad, gran amigo suyo, tena carga para Mallorca, y le haba
invitado como por broma. Pero con l no valan bromas: lo pensado,
hecho al instante! Los chicos no haban estado en Mallorca; en toda la
parroquia de San Jos, que era la suya, no llegaban a una docena las
personas que conocan la capital. Muchos haban ido a Amrica; uno haba
estado en Australia. Algunas vecinas hablaban de sus viajes a Argelia en
faluchos contrabandistas; pero a Mallorca nadie iba, y con razn. No
nos quieren, don Jaime: nos miran como animales raros, nos creen
salvajes, como si no fusemos todos hijos de Dios... Y all estaba l
con sus _atlots_, aguantando desde por la maana la curiosidad de las
gentes, lo mismo que si fuesen moros. Diez horas de navegacin con un
mar magnfico; la _atlota_ llevaba en la cesta la comida para los tres.
Se marcharan al amanecer del da siguiente, pero l deseaba antes
hablar con el amo. Tenan que tratar negocios.

Jaime hizo un gesto de extraeza, prestando mayor atencin a las
palabras de Pep. Este se expres con cierta timidez, embarullndose en
sus palabras. Los almendros eran la mejor riqueza de _Can Mallorqu_. El
ao anterior la cosecha haba sido buena, y ste no se presentaba mal.
Se venda a buen precio a los patrones, que la embarcaban para Palma y
Barcelona. l haba plantado de almendros casi todos sus campos, y ahora
pensaba desmontar y limpiar de piedras ciertas tierras del seor,
cultivando trigo en ellas, el preciso nada ms para el consumo de la
familia.

Febrer no ocult su asombro. Qu tierras eran aqullas?... Pero le
quedaba algo en Ibiza?... Pep sonri. No eran tierras precisamente: era
un pen, un promontorio de rocas avanzado sobre el mar, pero que poda
aprovecharse por la parte de tierra formando algunos bancales en su
pendiente. Arriba estaba la torre del Pirata, no se acordaba el
seor?... Una fortificacin del tiempo de los corsarios, a la que haba
subido don Jaime muchas veces cuando nio, lanzando gritos de pelea, con
un garrote de sabina en la mano, dando rdenes para el asalto a un
ejrcito imaginario.

El seor, que haba credo por un instante en el descubrimiento de una
finca olvidada, la nica de la que poda ser verdadero dueo, sonri
tristemente. Ah, la torre del Pirata! Se acordaba de ella. Una roca
caliza, un avance de la costa, en cuyos intersticios nacan plantas
salvajes, refugio y alimento de conejos. El viejo fortn de piedra era
una ruina que lentamente iba deshacindose bajo los embates del tiempo y
los soplos del mar. Los sillares caan de sus alvolos; las almenas
tenan las puntas rodas. Al vender _Can Mallorqu,_ la torre haba
quedado fuera del contrato, tal vez por olvido, a causa de su
inutilidad. Poda hacer Pep lo que gustase: l no haba de volver jams
a aquel lugar olvidado de su juventud.

Y como el pays pretendiese hablar de futuras remuneraciones, don Jaime
le ataj con un gesto de gran seor. Luego mir a la muchacha. Muy
guapa; pareca una seorita disfrazada; en la isla deban ir los
_atlots_ locos tras de ella.

El padre sonri, orgulloso y turbado por estos elogios. Saluda,
_atlota_! Cmo se dice?...

La hablaba como si fuese una nia, y ella, con los ojos bajos, el rostro
coloreado por una llamarada de sangre, cogiendo con la diestra una punta
de su delantal, murmur trmula algunas palabras en ibicenco: No; no
soy guapa. Servidora de vuestra merc...

Febrer dio por terminada la entrevista, ordenando a Pep y a los suyos
que fuesen a su casa. El pays conoca de antiguo a _mad_ Antonia, y la
vieja tendra mucho gusto en verle. Comeran con ella lo que tuviese. Ya
les vera al anochecer, cuando volviese de Valldemosa. Adis, Pep!
Adis, _atlots_!

E hizo seas a un cochero sentado en el pescante de un carruaje
mallorqun, vehculo ligersimo, montado sobre cuatro ruedas finas, con
alegre toldo de lona blanca.




II


Febrer, al verse fuera de Palma, en plena campia primaveral, se
arrepinti de su vida presente. Llevaba un ao sin salir de la ciudad,
pasando las tardes en los cafs del Borne y las noches en la sala de
juego del Casino.

No ocurrrsele nunca asomar la cabeza fuera de Palma para ver el campo,
de un verde tierno, con sus acequias susurrantes; el cielo, de suave
azul, en el que flotaban islotes de blancos vellones; las colinas, de un
verde obscuro, con sus molinillos de viento braceando en la cumbre; las
sierras abruptas, de color de rosa, cerrando el fondo; todo el paisaje
risueo y rumoroso que haba asombrado a los navegantes antiguos,
hacindoles llamar a Mallorca la isla Afortunada!... Cuando, gracias a
su casamiento, adquiriese una fortuna y pudiera rescatar el hermoso
predio de _Son Febrer,_ pasara en l la mayor parte del ao, lo mismo
que sus ascendientes, haciendo la vida rstica y benfica de un gran
seor, dadivoso y respetado. El carruaje, a todo correr de sus dos
caballos, rozaba y dejaba atrs una fila de payeses que volvan de la
ciudad por el borde del camino. Eran esbeltas mujeres morenas, llevando
sobre la trenza y el blanco rebocillo un ancho sombrero de paja con
cintas colgantes y ramos de flores silvestres; hombres vestidos de dril
rayado--la llamada tela mallorquna--, con fieltros echados atrs que
parecan una aureola negra o gris en torno de sus rostros afeitados.

Recordaba Febrer las sinuosidades de este camino, por el que no haba
pasado en algunos aos, lo mismo que un extranjero que volviese a la
isla despus de una visita remota. Ms adelante se bifurcaba la ruta:
una rama se diriga a Valldemosa y otra a Sller... Ay, Sller!... La
niez olvidada que acuda de golpe a su memoria! Todos los aos, en un
carruaje como aqul, emprenda la familia de Febrer su viaje a Sller,
donde posea una antigua casa, de amplio zagun, la casa de la Luna,
llamada as por un hemisferio de piedra con ojos y nariz que adornaba lo
alto del portaln, representando al astro de la noche.

Era siempre a principios de Mayo. El pequeo Febrer, cuando el carruaje
transpona una garganta, en lo ms alto de la sierra, lanzaba gritos de
alegra contemplando a sus pies el valle de Sller, el jardn de las
Hesprides de la isla. Las montaas, obscuras de pinares y moteadas de
blancas casitas, tenan las cumbres envueltas en turbantes de vapores.
Abajo, en torno a la villa y prolongndose por todo el valle hasta el
mar invisible, estaban los huertos de naranjos. La primavera estallaba
sobre este suelo feliz con una explosin de colores y perfumes. Las
plantas salvajes crecan entre los peascos coronados de flores; los
rboles tenan los troncos vestidos de serpenteante verdura; las pobres
casas de los payeses ocultaban su miseria ruinosa bajo sbanas de
rosales trepadores. Acudan de todos los pueblos del contorno a la
fiesta de Sller las rsticas familias: las mujeres con blancos
rebocillos, pesadas mantillas y botones de oro en las mangas; los
hombres con vistosos chalecos, capotes de pao y fieltros con cintas de
color. Gangueaba la dulzaina llamando al baile; pasaban de mano en mano
los vasos de dulce aguardiente de la isla y de vino de Baalbufar. Era
la alegra de la paz despus de mil aos de guerra y de piratera con
los pueblos infieles del Mediterrneo: la regocijada conmemoracin de la
victoria conseguida por los payeses de Sller sobre una flota de
corsarios turcos en el siglo xvi.

En el puerto, los pescadores, disfrazados de musulmanes y de guerreros
cristianos, fingan a trabucazos y estocadas sobre sus pobres barcas una
batalla naval, o se perseguan por los caminos inmediatos a la costa. En
la iglesia se celebraba una fiesta para conmemorar la milagrosa
victoria, y Jaime, sentado junto a su madre en un sitio honorfico,
estremecase de emocin escuchando al predicador, lo mismo que cuando
lea una novela interesante en la biblioteca que su abuelo tena en
Palma, en el segundo piso de la casa.

El vecindario se pona en armas con los habitantes de Alar y Buola, al
saber por una barca de Ibiza que veintids galeotas turcas con algunas
galeras marchaban sobre Sller, la ms rica poblacin de la isla. Mil
setecientos turcos y africanos, lo peor de la piratera, tomaban tierra
atrados por la riqueza del pueblo, y ms an por el deseo de asaltar
cierto convento de monjas, donde vivan retiradas del mundo jvenes
hermosas y de ilustre familia. Divididos en dos columnas, marchaba una
contra la tropa de cristianos que haba salido a su encuentro, mientras
la otra, dando un rodeo, penetraba en la poblacin, cautivando doncellas
y mancebos, robando las iglesias, matando a los sacerdotes. Los
cristianos sentan la incertidumbre de su situacin. Enfrente, mil
turcos que avanzaban; a sus espaldas, la villa entregada al saqueo, sus
familias sometidas al ultraje y a la violencia, que les llamaban con
desesperacin. Pero la duda fue corta. Un sargento de Sller, heroico
veterano de los ejrcitos de Carlos V en las guerras de Alemania y el
Gran Turco, los decide a todos por el ataque contra el enemigo
inmediato. Se arrodillan, invocan al apstol Santiago, y esperando un
milagro, atacan con sus escopetas, arcabuces, lanzas y hachas. Los
turcos cejan y vuelven las espaldas. En vano les anima su temible
caudillo Suffarais, capitn general del mar, turco viejo y de gran
obesidad, famoso por su coraje y atrevimiento. Al frente de una escuadra
de negros, que eran su guardia, ataca cimitarra en mano, formando en
torno de l un crculo de cadveres; pero al fin un sollerense le
atraviesa el pecho con su lanza, y al caer huyen los invasores,
perdiendo su estandarte. Un nuevo enemigo les cierra el paso cuando
escapan hacia la costa para salvarse en sus navos. Una cuadrilla de
bandoleros ha presenciado el combate desde los riscos, y al ver huir a
los turcos sale a su encuentro, disparando los pedreales y esgrimiendo
sus dagas. Llevan con ellos una tropa de mastines, feroces compaeros de
su vida infame, y esas bestias, arrojndose sobre los fugitivos y
destrozndoles, prueban, segn los cronistas de la poca, la bondad de
la casta mallorquina. La tropa vencedora vuelve atrs, penetrando en la
villa desolada, y los saqueadores huyen como pueden camino del mar, o
caen degollados en las calles.

El predicador exaltbase al relatar esta accin victoriosa, atribuyendo
la mejor parte del xito a la Reina de los Cielos y al guerrero apstol.
Luego ensalzaba al capitn Angelats, el hroe de la expedicin, el Cid
de Sller, y a las _valentas dnas de Can Tamany,_ dos mujeres de un
predio inmediato a la villa que haban sido sorprendidas por tres turcos
ansiosos de saciar en ellas su carnvoro apetito tras largas
abstinencias en las soledades del mar. Las _valentas donas,_ arrogantes
y duras como buenas payesas, no gritaban ni huan a la vista de estos
tres piratas enemigos de Dios y de los santos. Con la tranca de la
puerta mataban a uno, y luego se encerraban en la casa. Arrojando el
cadver por una ventana sobre los asaltantes, descalabraban a otro y
perseguan a pedradas al tercero, como esforzadas nietas de los honderos
mallorquines. Ah, las _valentas dnas_, las esforzadas hembras de _Can
Tamany!_ El buen pueblo las adoraba como santas heronas de la guerra
milenaria contra los infieles, y rea cariosamente de las hazaas de
estas Juanas de Arco, pensando con orgullo en lo peligroso que era el
trabajo de los musulmanes para abastecer de carne nueva sus harenes.

Luego, el predicador, siguiendo la costumbre tradicional, daba fin a su
arenga citando las familias que haban tomado parte en el combate: un
centenar de apellidos, que escuchaba atentamente el rstico auditorio,
moviendo la cabeza cada cual con signos de asentimiento cuando sonaba el
nombre de uno de sus ascendientes. Esta enumeracin interminable pareca
corta a muchos, que hacan un gesto de protesta al callarse el
predicador. Otros estuvieron, y no los nombran, murmuraban los payeses
cuyos apellidos no haban sonado. Todos queran ser descendientes de los
guerreros del capitn Angelats.

Cuando terminaban las fiestas y Sller recobraba su plcida calma, el
pequeo Jaime pasaba los das correteando por los naranjales con
Antonia, la vieja _mad_ Antonia de ahora, que era entonces una mujerona
fresca, de blancos dientes, curvo pecho y pisada fuerte, viuda a los
pocos meses de matrimonio y perseguida por las miradas ardorosas de toda
la payesa. Juntos iban al puerto, tranquilo y solitario lago, cuya
entrada era casi invisible por las revueltas entre las peas del brazo
acutico que lo comunicaba con el mar. Slo de tarde en tarde aparecan
en esta plaza cerrada de agua azul los mstiles de algn velero que
vena a cargar naranjas para Marsella. Las bandas de gaviotas viejas,
enormes como gallinas, aleteaban con evoluciones de contradanza sobre la
tersa superficie. A la cada de la tarde entraban las barcas de los
pescadores, y bajo los tinglados de la playa quedaban colgando de
escarpias peces enormes, con la cola arrastrando por el suelo, que
sangraban lo mismo que bueyes; rayas y pulpos que despedan como pedazos
de tembloroso cristal sus blancas viscosidades.

Jaime amaba este puerto tranquilo, de misteriosa soledad, con un respeto
religioso. Recordaba en l las milagrosas historias con que su madre le
adormeca por la noche; el gran prodigio de un siervo de Dios para
burlar sobre aquellas aguas los empedernidos pecadores. San Raimundo de
Peafort, virtuoso y austero monje, indignbase contra el rey don Jaime
de Mallorca, torpemente amancebado con una dama, doa Berenguela, y
sordo a sus santos consejos. El fraile quiso huir de la isla de
perdicin, y el rey se lo impidi poniendo embargo a todas las barcas y
navos. Entonces el santo baj al solitario puerto de Sller, tendi su
manto sobre las olas, mont en l y emprendi el rumbo hacia las costas
de Catalua.

_Mad_ Antonia le haba contado tambin este milagro, pero en versos
mallorquines, en un sencillo romance que respiraba la cndida credulidad
de los siglos aficionados a lo maravilloso. El santo, embarcado en su
manto, pona el bordn por mstil y el capuchn por vela. Un viento de
Dios soplaba sobre la extraa nave, y en pocas horas, el siervo del
Seor iba de Mallorca a Barcelona. El viga de Montjuich anunciaba con
bandera la aparicin del prodigioso barco, repicaban las campanas de la
Seo, y los mercaderes acudan a la muralla del mar para recibir al santo
viajero.

El pequeo Febrer, con la curiosidad excitada por estas maravillas,
quera saber ms, y su acompaante llamaba a los viejos pescadores, que
le enseaban la roca en que haba puesto los pies el santo mientras
invocaba el auxilio de Dios antes de embarcarse. Una montaa de tierra
adentro, vista desde el puerto, tena la forma de un fraile encapuchado.
A lo largo de la costa, en un lugar inaccesible, una pea, que slo
vean los pescadores, era semejante a un monje arrodillado y en oracin.
Tales prodigios los haba hecho Dios, segn estas almas sencillas, para
perpetuar el famoso milagro.

Jaime an recordaba los estremecimientos de emocin con que acoga estos
relatos. Ah, Sller! La poca de santa inocencia, en que abri sus
ojos a la vida entre relatos de milagros y conmemoraciones de luchas
heroicas!... La casa de la Luna habala perdido para siempre, lo mismo
que la credulidad y la inocencia de aquella poca para l casi remota.
Haban transcurrido ms de veinte aos sin que volviese a la olvidada
Sller, que ahora resucitaba en su memoria con todos los risueos
espejismos de la infancia.

Lleg el carruaje a la bifurcacin del camino, emprendiendo la ruta de
Valldemosa, y todos los recuerdos parecieron quedar atrs, inmviles al
borde de la carretera, esfumndose con la distancia.

El camino de Valldemosa no ofreca para l memoria alguna del pasado.
Slo lo haba seguido dos veces, siendo ya hombre, para visitar con unos
amigos las celdas de la Cartuja. Se acordaba de los olivos del camino,
los famosos olivos seculares, de formas extraas y fantsticas, que
haban servido de modelo a muchos artistas, y avanz la cabeza por una
ventanilla deseando verlos. El terreno suba; comenzaban los campos
pedregosos de secano, las primeras estribaciones de la sierra. El camino
iba serpenteando entre arboledas. Pasaban ya ante las ventanillas del
carruaje los primeros olivos.

Febrer los conoca, haba hablado de ellos muchas veces, y sin embargo,
sinti la sensacin de lo extraordinario, como si los viese por primera
vez. Eran rboles negros, de enorme tronco nudoso y abierto, abombados
por grandes excrecencias y con escaso follaje; olivos que tenan siglos
de existencia, que no haban sido podados nunca y en los que la vejez
robaba savia al ramaje, hinchando el tronco con las expansiones de una
lenta y penosa circulacin. El campo pareca un abandonado taller de
escultura, con miles de bocetos informes, de monstruos esparcidos en el
suelo, sobre una alfombra verde matizada de margaritas y campanillas
silvestres.

Un olivo pareca un sapo enorme, encogido y en actitud de saltar, con un
ramillete de hojas en la boca; otro, una boa informe de amontonados
anillos, con un penacho de olivo en la cabeza; veanse troncos abiertos
como ojivas, al travs de cuyos orificios luca el cielo azul;
serpientes monstruosas enrolladas en grupo como las espirales de una
columna salomnica; gigantes negros, cabeza abajo, con las manos en el
suelo, hundiendo los dedos de sus races y los pies en alto, de los que
surgan varas llenas de hojas. Algunos, vencidos por los siglos, se
acostaban en el suelo, sostenidas sus leosidades por horquillas, como
viejos que intentasen incorporarse sobre sus muletas.

Pareca haber pasado sobre estos campos una tempestad, abatindolo todo,
retorcindolo todo, petrificndose despus para mantener esta desolacin
bajo su peso y que no recobrara las primitivas formas. Muchos olivos
erguidos, de perfiles ms suaves, parecan tener rostro y formas
femeniles. Eran vrgenes bizantinas, con tiara de leves hojas y luengas
vestiduras de lea. Otros eran dolos feroces, de ojos saltones y barbas
ondeadas y rastreantes; fetiches de religiones obscuras y brbaras,
capaces de detener a la humanidad primitiva en sus emigraciones,
hacindola caer de rodillas con la emocin de un encuentro divino. En la
calma de este retorcimiento tempestuoso e inmvil, en la soledad de
estos campos poblados de espantables y perennes visiones, cantaban los
pjaros, extendan su invasin hasta el pie de los troncos carcomidos
las flores silvestres, y las hormigas iban y venan en infinito rosario,
socavando como mineras infatigables las aosas races.

Gustavo Dor haba dibujado--segn decan muchos isleos--en estos
olivares sus ms fantsticas concepciones, y el recuerdo de dicho
artista trajo a la memoria de Jaime el de otros ms clebres que pasaron
tambin por el mismo camino y vivieron y sufrieron en Valldemosa.

Dos veces haba visitado la Cartuja slo por ver de cerca los lugares
inmortalizados por el amor triste y enfermizo de una pareja de seres
famosos. Su abuelo le haba hablado muchas veces de la francesa de
Valldemosa y su compaero el msico.

Un da, los habitantes de Mallorca y los peninsulares que se haban
refugiado en la isla huyendo de los horrores de la guerra civil, vieron
desembarcar un matrimonio extranjero acompaado de un nio y una nia.
Era en 1838. Al bajar el equipaje a tierra, los isleos admiraron con
asombro un piano enorme, un piano Erard, como entonces se vean pocos.
El piano qued cautivo en la Aduana, mientras se resolva el enredo de
ciertos escrpulos administrativos, y los viajeros fueron a alojarse en
una posada, alquilando despus la finca de _Son Vent_, inmediata a
Palma.

El hombre pareca enfermo; era ms joven que ella, pero enflaquecido por
las dolencias, plido, con una palidez transparente de hostia, los
claros ojos brillantes de fiebre, el angosto pecho agitado por ruda y
continua tos. Unas patillas finsimas sombreaban sus mejillas; una
cabellera tumultuosa de len coronaba su frente, cayendo atrs en
cascada de rizos. Ella era varonil y corra con todos los trabajos de la
casa, como una buena burguesa ms prdiga en voluntad que en
habilidades. Jugaba con sus hijos lo mismo que una nia, y su rostro
bondadoso y risueo ensombrecase nicamente al or la tos del amado
enfermo. Un ambiente de exotismo, de existencia irregular, de protesta
contra las leyes que rigen a los humanos, pareca envolver a esta
familia vagabunda. Ella vesta trajes de cierta fantasa, con un pual
de plata clavado en la cabellera, adorno romntico que escandalizaba a
las devotas seoras mallorquinas. Adems, no iba a misa a la ciudad, no
haca visitas, no sala de su casa ms que para juguetear con sus hijos
o sacar al sol al pobre tsico, dndole el brazo. Los nios eran tan
extraordinarios como la madre: la hija iba vestida de muchacho, para
correr por los campos con mayor soltura.

Pronto la islea curiosidad se enter de los nombres de estos forasteros
de aspecto alarmante. Ella era una francesa, autora de libros: Aurora
Dupn, antigua baronesa separada de su marido, que se haba hecho una
reputacin universal por sus novelas, firmndolas con un nombre
masculino y el apellido de un asesino poltico: Jorge Sand. l era un
msico polaco, organismo delicado que pareca dejar un pedazo de
existencia en cada una de sus obras, y se senta moribundo a los
veintinueve aos. Le llamaban Federico Chopin. Los hijos eran de la
novelista, que estaba ya en los treinta y cinco aos.

La sociedad mallorquina, encerrada en sus preocupaciones tradicionales,
como un molusco en sus valvas, y enemiga por instinto de las novedades
de Pars, indignse ante este escndalo. No eran casados!... Y ella
escriba novelas que espantaban por su audacia a las gentes de bien!...
La curiosidad femenil quiso conocerlas, pero en Mallorca slo reciba
libros don Horacio Febrer, el abuelo de Jaime, y los pequeos volmenes
de _Indiana y Lelia_ propiedad de aqul corrieron de mano en mano sin
que los lectores los entendiesen. Una mujer casada que escriba libros
y viva con un hombre que no era su marido!...

Doa Elvira, la abuela de Jaime, una seora venida de Mjico, cuyo
retrato haba l contemplado tantas veces, y a la que se imaginaba
siempre vestida de blanco, con los ojos en alto y el arpa dorada entre
las rodillas, visit a la solitaria de _Son Vent_. Gozbase en abrumar
con su superioridad de forastera a las seoras de la isla que no saban
francs; escuchaba a la escritora sus lricos elogios de la originalidad
de este paisaje africano, con sus blancas casitas, espinosos cactos,
esbeltas palmeras y seculares olivos, que tan rudamente contrastaba con
el armnico orden de las campias de Francia. Luego, doa Elvira, en las
tertulias de Palma, defenda con vehemencia a la escritora, una pobre
mujer apasionada, cuya vida actual era ms abundante en tristezas y
cuidados de hermana de la Caridad que en satisfacciones de amor. El
abuelo tuvo que intervenir, prohibiendo a la esposa estas visitas para
acallar murmuraciones.

Se hizo el vaco en torno a la escandalosa pareja. Mientras los nios
jugaban con su madre en el campo, como pequeos salvajes, el enfermo
tosa recluido en su dormitorio, detrs de los cristales, o se asomaba a
la puerta buscando un rayo de sol. Por las noches, a altas horas, era la
visita de la musa, enfermiza y melanclica, y sentado al piano
improvisaba entre toses y gemidos su msica, de una voluptuosidad
amarga.

El dueo de _Son Vent_, un burgus de la ciudad, dio orden a los
forasteros de levantar el campo, como si fuesen una banda de bohemios.
El pianista estaba tsico, y l no quera contagiar su finca. Adonde
ir?... El regreso a la patria era difcil: estaban en pleno invierno, y
Chopin temblaba como un pjaro abandonado pensando en los fros de
Pars. La isla inhospitalaria era amada, sin embargo, por la dulzura de
su clima. Como nico refugio se ofreci a ellos la cartuja de
Valldemosa: edificio sin bellezas arquitectnicas, sin otro encanto que
el de su antigedad medioeval, pero enclavado entre montaas por cuyas
laderas se derrumban bosques de pinos, teniendo como suaves cortinas que
amortiguan el ardor del sol plantaciones de almendros y palmeras, entre
cuyo ramaje alcanzan los ojos la verde llanura y el lejano mar. Era un
monumento casi en ruinas, un convento de melodrama, lgubre y
misterioso, en cuyos claustros acampaban vagabundos y mendigos. Para
entrar en l era preciso atravesar el cementerio de los frailes, con sus
fosas removidas por las races de las plantas silvestres, que sacaban
los huesos a flor de tierra. En las noches de luna vagaba por el
claustro un espectro blanco, el alma de un fraile maldito que aguardaba
la hora de la redencin pasendose por el lugar de sus pecados.

All marcharon los fugitivos un da lluvioso de invierno, azotados por
el aguacero y el huracn, siguiendo el mismo camino que ahora segua
Febrer, pero un camino antiguo que slo tena de tal el nombre. Los
carros de la caravana iban, como deca Jorge Sand, con una rueda por la
montaa y otra por el fondo de una torrentera. El msico, arrebujado en
un capote, temblaba y tosa bajo la lona del toldo, estremecindose con
los dolorosos vaivenes. La novelista segua a pie en los malos pasos,
llevando a sus hijos de la mano en este viaje de vagabundos.

Pasaron todo el invierno en la soledad de la Cartuja. Ella, calzando
babuchas y con el pualito en la cabellera mal peinada, haca la cocina
animosamente, con la ayuda de una mozuela del pas, que aprovechaba el
menor descuido para engullirse los bocados destinados al querido
enfermo. Los chicuelos de Valldemosa apedreaban a los pequeos
franceses, creyndolos moros, enemigos de Dios. Las mujeres robaban a la
madre al venderla los comestibles, y adems la apodaban la Bruja.
Todos hacan la cruz a estos gitanos que se atrevan a vivir en una
celda del monasterio, cerca de los muertos, en continuo trato con el
fraile fantasma que se paseaba por el claustro.

De da, mientras descansaba el enfermo, preparaba ella el puchero y
ayudaba a la sirvienta, con sus manos finas y plidas de artista, a
mondar las legumbres. Luego corra con sus hijos a la abrupta costa de
Miramar, cubierta de arboleda, donde Raimundo Lulio estableci su
escuela de estudios orientales. Slo al llegar la noche comenzaba su
verdadera existencia.

El claustro, obscuro, enorme, conmovase con una msica misteriosa que
pareca venir de muy lejos, al travs de los recios paredones. Era
Chopin, que, inclinado ante el piano, compona sus _Nocturnos_. La
novelista, a la luz de una vela, escriba _Spiridn_, la historia del
monje que acaba por demoler todas sus creencias, y muchas veces cortaba
su trabajo para correr al lado del msico y preparar sus tisanas,
alarmada por la frecuencia de su tos. En las noches de luna tentbala el
escalofro de lo misterioso, la voluptuosidad del miedo, y sala al
claustro, cuya lobreguez cortaban las manchas lcteas de los ventanales.
Nadie!... Despus sentbase en el cementerio de los monjes, esperando
en vano la aparicin del fantasma para animar su montona existencia con
algo novelesco.

Una noche de Carnaval, la Cartuja fue invadida por los moros. Eran
jvenes de Palma que despus de recorrer la ciudad disfrazados de
berberiscos pensaron en la francesa, avergonzados sin duda del
aislamiento en que la tenan las gentes. Llegaron a media noche,
turbando con sus canciones y guitarreos la calma misteriosa del
convento, haciendo aletear medrosos a los pajarracos albergados en las
ruinas. En una pieza de la celda bailaron danzas espaolas, que el
msico segua atentamente con sus ojos de fiebre, mientras la novelista
iba de un grupo a otro, sintiendo la simple alegra de la burguesa que
no se ve olvidada.

Esta fue su nica noche feliz en Mallorca. Luego, al volver la
primavera, el amado enfermo se sinti mejor y emprendieron el lento
retorno a Pars. Eran aves de paso que detrs de su invernaje no dejaban
otra huella que la del recuerdo. Ni siquiera pudo saber Jaime con
certeza qu habitacin haba sido la suya. Las reformas realizadas en el
convento haban borrado todo vestigio. Muchas familias de Palma
veraneaban ahora en la Cartuja, convirtiendo las celdas en hermosas
habitaciones, y cada cual quera que la suya fuese la de Jorge Sand,
infamada y despreciada por sus abuelas. Febrer haba visitado el
convento con un nonagenario de los que fueron vestidos de moros a dar
serenata a la francesa. No se acordaba de nada; no poda reconocer la
habitacin.

El nieto de don Horacio senta una especie de amor retrospectivo hacia
aquella mujer extraordinaria. La vea como en los retratos de su
juventud, con el rostro inexpresivo y los ojos profundos y enigmticos
bajo una cabellera suelta sin ms adorno que una rosa en una sien.
Pobre Jorge Sand! El amor haba sido para ella lo que la antigua
esfinge: cada vez que intentaba interrogarlo senta en el corazn su
zarpazo sin misericordia. Todas las abnegaciones y rebeldas del amor
las haba conocido aquella mujer. La hembra caprichosa de las noches
venecianas, la infiel compaera de Musset, era la misma enfermera que
guisaba la cena y preparaba las tisanas al moribundo Chopin en la
soledad de Valldemosa... Si l hubiese conocido una mujer as, una
mujer que llevase dentro mil mujeres, toda la infinita variedad femenil
de dulzuras y crueldades!... Ser amado por una hembra superior, a la
que pudiera imponer el ascendiente varonil y que al mismo tiempo le
inspirase respeto por su grandeza intelectual!...

Qued Febrer largo rato como adormecido por este deseo, mirando el
paisaje sin verlo. Luego sonri irnicamente, como si compadeciese su
insignificancia. Recordaba el objeto de su viaje y se tena lstima. l,
que soaba con grandes amores desinteresados y extraordinarios, iba a
venderse, ofreciendo su mano y su nombre a una mujer que apenas haba
visto; a contraer una alianza que escandalizara a toda la isla...
Digno trmino de una vida intil y atolondrada!

El vaco de su existencia se le apareca ahora claramente, sin los
engaos de la presuncin personal. La proximidad del sacrificio lo haca
replegarse en sus recuerdos, cual si buscase en ellos una justificacin
de los actos presentes. Para qu haba servido su paso por el mundo?...

Volvi otra vez a las memorias de su infancia que haba evocado en el
camino de Sller. Vease en el venerable casern de los Febrer con sus
padres y su abuelo. Era hijo nico. Su madre, una seora plida, de
belleza melanclica, haba quedado enferma a consecuencia de su
nacimiento. Don Horacio viva en el segundo piso, en compaa de un
viejo criado, como si fuese un husped en la casa, mezclndose con la
familia o aislndose de ella a su capricho.

Jaime, en medio de la vaguedad de sus recuerdos infantiles, contemplaba
con saliente relieve la figura de su abuelo. Jams haba encontrado una
sonrisa en aquel rostro de patillas blancas, que contrastaban con sus
ojos negros e imperiosos. Los de la casa tenan prohibido subir a sus
habitaciones. Nadie le haba visto ms que en traje de calle, con una
pulcritud minuciosa. El nieto, que era el nico que poda subir a su
dormitorio a todas horas, encontrbale de buena maana con su levita
azul, alto cuello de puntas y la negra corbata arrollada en varias
vueltas, sujeta por una perla enorme. Hasta en das de enfermedad
conservaba su aspecto correcto, de una elegancia antigua. Si la dolencia
le obligaba a guardar cama, daba rdenes al criado para que no recibiese
ni a su hijo.

Febrer pasaba las horas sentado a los pies de su abuelo, escuchando sus
relatos e intimidado por la enorme cantidad de libros que desbordaba de
los armarios, extendindose por sillas y mesas. Le vea igual en todo
tiempo, con su levita forrada de seda roja, que pareca siempre la misma
y era renovada, sin embargo, cada seis meses. Las estaciones no traan
otra mudanza que el convertir el invernal chaleco de terciopelo en otro
de seda bordada. Cifraba su principal orgullo en la ropa blanca y en los
libros. Le traan del extranjero docenas de docenas de camisas, que
muchas veces amarilleaban olvidadas, sin estrenar, en el fondo de los
armarios. Los libreros de Pars envibanle enormes paquetes de volmenes
recin publicados, y en vista de sus continuas demandas, escriban en la
direccin una lnea que don Horacio mostraba con burlona complacencia:
Mercader de libros.

Hablaba al ltimo de los Febrer con una bondad de abuelo, esforzndose
por que entendiese sus relatos, a pesar de que era parco en palabras y
poco sufrido en sus relaciones con la familia. Le contaba sus viajes a
Pars y Londres: los primeros en buque de vela hasta Marsella y luego en
silla de posta; los otros en vapores de ruedas y en camino de hierro,
grandes inventos cuya infancia haba presenciado. Hablaba de la sociedad
en la poca de Luis Felipe; de los grandes estrenos del romanticismo, a
los que haba asistido; de las barricadas que haba visto levantar desde
su cuarto, callndose que al mismo tiempo abarcaba el talle de una
griseta asomada junto a l.

Su nieto haba nacido en buen tiempo: el mejor de todos. Don Horacio se
acordaba de sus desavenencias con su terrible padre, que le haban
obligado a viajar por Europa; aquel caballero que sala al encuentro del
rey Fernando para pedirle la vuelta a los usos antiguos, y bendeca a
los hijos dicindoles: Dios te haga un buen inquisidor.

Luego enseaba a Jaime grandes estampas con vistas de las ciudades en
las que haba vivido, y que al nio le parecan poblaciones de ensueo.
Algunas veces se quedaba contemplando el retrato de la abuela del
arpa, de su esposa, la interesante doa Elvira, el mismo lienzo que
estaba ahora en el recibimiento con las dems seoras de la familia. No
pareca conmoverse. Conservaba la misma gravedad con que acompaaba las
bromas a que era aficionado y las palabras gruesas que matizaban su
conversacin, pero deca con voz algo trmula:

--Tu abuela era una gran seora, un alma de ngel, una artista. Yo
pareca un brbaro a su lado... Era de nuestra familia, pero vino de
Mjico para casarse conmigo. Su padre fue marino y se qued all con los
insurgentes. No hay en toda nuestra raza quien se parezca a aquella
mujer.

A las once y media de la maana abandonaba al nieto, y calndose un
sombrero de copa, de seda negra en invierno y de castor en verano, sala
a dar un paseo por las calles de Palma, siempre por igual sitio e
idnticas aceras, lo mismo cuando llova que cuando abrasaba el sol,
insensible al fro y al calor, puesto de levita en todo tiempo,
siguiendo su marcha con la regularidad de los autmatas de reloj, que
aparecen, caminan y se ocultan al sonar ciertas horas.

Slo una vez en treinta aos haba modificado su camino por las calles
solitarias y blancas de sol, en las que resonaban sus pasos. Una maana
haba odo la voz de una mujer en el interior de una casa:

--_Atlota_... las doce. Pon el arroz, que pasa don Horacio.

l se haba vuelto hacia la puerta con su gravedad de gran seor:

--No soy reloj de p...

Y solt la palabra gorda, sin despojarse de su seriedad, como lanzaba
siempre las expresiones ms atroces. Desde aquel da modific su camino,
para huir de los que tenan fe en la exactitud de sus paseos.

Algunas veces hablaba a su nieto de las antiguas grandezas de la casa.
Los descubrimientos geogrficos haban arruinado a los Febrer. El
Mediterrneo no era ya el camino de Oriente. Los portugueses y los
espaoles del otro mar haban encontrado nuevos derroteros, y las naves
mallorquinas pudranse en la inaccin. Ya no haba guerras con los
piratas. La santa Orden de Malta slo era una distincin honorfica. Un
hermano de su padre, comendador en La Valette cuando Bonaparte conquist
la isla, haba venido a morir a Palma con su pobre pensin de retirado.
Los Febrer hacia dos siglos que, olvidados del mar--donde no quedaba
comercio y slo hacan la guerra pobres patrones e hijos de
pescadores--, se haban dedicado a imponer su nombre con un lujo
esplendoroso, arruinndose lentamente.

El abuelo an haba alcanzado los tiempos de verdadero seoro, cuando
ser _butifarra_ era en Mallorca algo que colocaban las gentes entre Dios
y los caballeros. La venida al mundo de un Febrer era un acontecimiento
del que se hablaba en toda la ciudad. La gran dama parturienta
permaneca recluida en su palacio cuarenta das, y en todo este tiempo
las puertas estaban abiertas, el zagun lleno de carrozas, la
servidumbre formada en la antecmara, los salones llenos de visitas, las
mesas cubiertas de dulces, bizcochos y refrescos. Haba das de la
semana destinados a la recepcin de cada clase social. Unos eran
nicamente para los _butifarras_, aristocracia de la aristocracia, casas
privilegiadas, contadsimas familias, unidas todas por el parentesco de
continuos cruces; otros das para los caballeros, nobleza tradicional
que viva, sin saber por qu, supeditada a los anteriores; luego se
reciba a los _mossons_, clase inferior pero en trato familiar con los
grandes, intelectuales de la poca, mdicos, abogados y escribanos que
prestaban sus servicios a las familias ilustres.

Don Horacio recordaba el esplendor de estas recepciones. Los antiguos
saban hacer las cosas en grande.

--Cuando naci tu padre--deca a su nieto--, fue la ltima fiesta en
esta casa. Ochocientas libras mallorquinas pagu a un confitero del
Borne por azucarillos, bizcochos y refrescos.

De su padre se acordaba Jaime menos que de su abuelo. Era en su memoria
una figura simptica y dulce, pero algo borrosa. Al pensar en l slo
vea una barba suave y algo clara como la suya, una frente calva, una
sonrisa dulce y unos lentes que brillaban al inclinarse. Contaban que de
muchacho haba tenido amores con su prima Juana, aquella seora austera
llamada por todos la Papisa, que viva como una monja y gozaba de
enormes riquezas, regalndolas prdigamente en otros tiempos al
pretendiente don Carlos, y ahora a las gentes eclesisticas que la
rodeaban.

El rompimiento de su padre con ella era, sin duda, la causa de que la
Papisa Juana se mantuviese alejada de esta rama de su familia, tratando
a Jaime con hostil despego.

Su padre haba sido oficial de la Armada, siguiendo una tradicin de la
familia. Estuvo en la guerra del Pacfico, fue teniente en una fragata
de las que bombardearon el puerto del Callao, y como si slo esperase
haber dado una prueba de valor, se retir inmediatamente del servicio.
Luego se cas con una seorita de Palma, de fortuna escasa, cuyo padre
era gobernador militar de la isla de Ibiza. La Papisa Juana, hablando
un da con Jaime, haba pretendido herirle, con su voz fra y su gesto
altivo.

--Tu madre era noble, de familia de caballeros... pero no era
_butifarra_ como nosotros.

Jaime pas los primeros aos de su vida, cuando empez a darse cuenta de
lo que le rodeaba, sin ver a su padre ms que en los rpidos viajes que
haca a Mallorca. Era del partido progresista, y la Revolucin de 1868
le haba hecho diputado. Luego, al ser rey Amadeo de Saboya, este
monarca revolucionario, execrado y abandonado por la nobleza
tradicional, haba tenido que acudir a nuevos hombres histricos para
formar su corte. El _butifarra_, por una exigencia del partido, fue alto
funcionario de Palacio. Su mujer, instada por l para que se trasladase
a Madrid, no quiso abandonar la isla. Ir ella a la corte! Y su hijo,
que casi acababa de nacer?... Don Horacio, cada vez ms enjuto y ms
dbil, pero siempre erguido en su eterna levita nueva, segua dando el
paseo diario, ajustando su vida a la marcha del reloj del Ayuntamiento.
Liberal antiguo, gran admirador de Martnez de la Rosa por sus versos y
por la elegancia diplomtica de sus corbatas, torca el gesto al leer
los peridicos y las cartas de su hijo. En qu parara todo aquello?...

En el corto perodo de la Repblica volvi el padre a la isla, dando por
terminada su carrera. La Papisa Juana, a pesar del parentesco, finga
no conocerle. Estaba ocupadsima en aquella poca. Haca viajes a la
Pennsula; giraba, segn se deca, enormes cantidades para los
partidarios de don Carlos que sostenan la guerra en Catalua y las
provincias del Norte. Que no la hablasen de Jaime Febrer, el antiguo
marino! Ella era una verdadera _butifarra_, una defensora de la
tradicin, y haca sacrificios para que Espaa fuese gobernada por
caballeros. Su primo era menos que un _chueta_: era un descamisado. Y
segn afirmaba la gente, a este odio de ideas iba unida la amargura por
ciertas decepciones del pasado que no haba podido olvidar.

Al restaurarse los Borbones, el progresista, el palatino de don
Amadeo, se convirti en republicano y conspirador. Haca frecuentes
viajes; reciba cartas cifradas de Pars; iba a Menorca para visitar la
escuadra surta en Mahn, y valindose de sus amistades de antiguo
oficial, catequizaba a los compaeros, preparando una sublevacin de la
marina. Puso en estas empresas revolucionarias el mismo ardor aventurero
de los antiguos Febrer, su audacia tranquila, hasta que repentinamente
muri en Barcelona, lejos de los suyos.

El abuelo acogi la noticia con impasible gravedad, pero ya no le vieron
a medioda en las calles de Palma las vecinas que aguardaban su paso
para poner el arroz al fuego. Ochenta y seis aos: ya haba paseado
bastante: para lo que le quedaba que ver!... Se recluy en el piso
segundo, donde slo admita a su nieto. Cuando venan a visitarle los
parientes, prefera bajar al saln, a pesar de su debilidad,
correctamente vestido, con levita nueva, los dos tringulos blancos del
cuello asomando sobre las roscas de la corbata, siempre recin afeitado,
con las patillas bien peinadas y el tup brillante de goma. Lleg un da
en que no pudo abandonar la cama, y el nieto le vio entre sbanas, con
el mismo aspecto de siempre, conservando la fina camisa de batista, la
corbata, que el criado le cambiaba todos los das, y el chaleco de seda
a flores. Cuando le anunciaban la visita de su nuera, don Horacio haca
un gesto de contrariedad.

--Jaimito: la levita... Es una seora, y hay que recibirla con decencia.

Igual operacin se repeta al llegar el mdico o las contadas visitas
que se dignaba recibir. Haba que mantenerse hasta el ltimo momento
sobre las armas, o sea como le haban visto toda la vida.

Una tarde, llam con voz dbil a su nieto, que lea junto a una ventana
un libro de viajes. Poda retirarse: necesitaba estar solo. Jaime se fue
y el abuelo pudo morir dignamente, en la soledad, sin el tormento de
tener que velar por la pulcritud de sus gestos, pudiendo entregarse sin
testigos a las muecas y estremecimientos de la agona.

Al quedar solos Febrer y su madre, el muchacho sinti ansias de
libertad. Tena llena su imaginacin de aventuras y viajes ledos en la
biblioteca del abuelo, e igualmente de las hazaas de sus ascendientes
celebradas en los relatos de familia. Quera ser marino de guerra, como
su padre y como la mayora de sus abuelos. La madre se opuso, con
grandes extremos de susto que hacan palidecer sus mejillas y azulear
sus labios. El nico Febrer, sometido a una existencia peligrosa y
viviendo lejos de ella!... No; bastantes hroes haba tenido la casa.
Deba ser seor en la isla; un caballero de vida tranquila, que crease
una familia para perpetuar el apellido que llevaba.

Jaime cedi a los ruegos de su madre, eterna enferma a la que la menor
contrariedad pareca poner en peligro de muerte. Ya que no le quera
marino, estudiara otra carrera. Necesitaba hacer lo mismo que los otros
muchachos de su edad a los que haba tratado en las aulas del Instituto.
A los diez y seis aos se embarc para la Pennsula. Su madre deseaba
que fuese abogado, para que pudiera desenmaraar la fortuna de la
familia, gravada y revuelta con hipotecas y prstamos.

Su equipaje fue enorme, un verdadero ajuar de casa, y el bolsillo lo
llevaba bien provisto. Un Febrer no poda vivir como un simple
estudiante. Fue primero a Valencia, por creer la madre esta poblacin
menos peligrosa para la juventud. En otro curso pas a Barcelona, y
sucesivamente fue viajando de Universidad en Universidad, segn el humor
de los catedrticos y su benevolencia con los alumnos. Su carrera no
adelant gran cosa. Aprobaba ciertos cursos por un azar feliz en el
momento del examen o por la tranquila audacia con que hablaba de lo que
no saba. En otros se atascaba, no pudiendo seguir adelante. La madre
aceptaba como buenas todas sus explicaciones al volver a Mallorca. Ella
misma le consolaba, aconsejndole que no extremase sus estudios, y se
revolva contra la injusticia de los tiempos presentes. Su implacable
enemiga la Papisa Juana estaba en lo cierto. Estos tiempos no eran
para los caballeros; les haban declarado la guerra, se cometan toda
clase de injusticias para mantenerlos relegados.

Jaime gozaba de cierta popularidad en las sociedades y cafs de
Barcelona y Valencia donde haba juegos de azar. Le llamaban el
mallorqun de las onzas, porque su madre le remita el dinero en onzas
de oro, que rodaban con reflejo escandaloso sobre las mesas verdes. Al
prestigio de esta magnificencia monetaria iba unido su extrao ttulo de
_butifarra_, que haca sonrer en la Pennsula, evocando en la
imaginacin de muchos una especie de autoridad feudal, con derechos de
soberano, sobre lejanas islas.

Transcurrieron cinco aos. Jaime era ya hombre, pero an no haba
llegado a la mitad de sus estudios. Sus condiscpulos de la isla, al
volver durante el verano, regocijaban a los contertulios de los cafs
del Borne con el relato de las aventuras de Febrer en Barcelona. Le
vean del brazo por las calles con mujeres de llamativo lujo; la gente
bravia que frecuenta las timbas guardaba grandes respetos al mallorqun
de las onzas por su fuerza y su coraje. Contaban que una noche haba
agarrado a cierto matn, levantndolo en vilo con sus brazos de atleta
para arrojarlo por una ventana. Y los mallorquines pacficos, al or
esto, sonrean con un orgullo de localidad. Era un Febrer, un verdadero
Febrer. La isla produca mozos bravos como siempre.

La buena doa Purificacin, madre de Jaime, tuvo un grave disgusto y una
alegra maternal al saber que cierta hembra escandalosa haba llegado a
la isla en seguimiento de su hijo. La comprenda y la excusaba. Un mozo
tan guapo como su Jaime!... Pero la mozuela alborot con sus trajes y
ademanes las tranquilas costumbres de la ciudad; las buenas familias se
indignaron, y doa Purificacin trat con ella, valindose de
intermediarios, para darle dinero y que abandonase la isla.

En otras vacaciones el escndalo fue mayor. Jaime, que cazaba en _Son
Febrer_, tuvo relaciones con una payesa joven y hermosa, y casi anduvo a
escopetazos con un mozo rstico que la pretenda. Sus amores campestres
le ayudaban a pasar el destierro del verano. Era un legtimo Febrer, lo
mismo que su abuelo. La pobre seora saba a qu atenerse respecto a
aquel suegro siempre serio y correcto, que acariciaba la barbilla de las
payesas jvenes con una frialdad de seor grave. En los alrededores del
predio de _Son Febrer_ eran muchos los mozos que tenan la cara de don
Horacio; pero su esposa la mejicana, alma potica, viva muy por encima
de estas vulgaridades, mientras con el arpa en las rodillas y los ojos
entornados recitaba las poesas de Ossin. Las rsticas beldades de
ntido rebocillo, trenza suelta y blancas alpargatas atraan a los
pulcros y seoriales Febrer con una fuerza irresistible.

Cuando doa Purificacin se quejaba de las largas excursiones de caza
que emprenda su hijo por la isla, ste se quedaba en la ciudad, pasando
el da en el jardn para ejercitarse en el tiro de pistola. Enseaba a
su asustadiza madre un saco guardado a la sombra de un naranjo.

--Ve usted esto?... Es un quintal de plvora. Hasta que no lo queme no
descanso.

Y _mad_ Antonia tema asomarse a las ventanas de su cocina, y las
monjas que ocupaban una parte del antiguo palacio mostraban un instante
sus tocas blancas, ocultndose inmediatamente como palomas amedrentadas
por el continuo tiroteo.

El jardn, encerrado entre tapias almenadas lindantes con la muralla de
mar, estremecase de la maana a la noche bajo el estrpito de las
detonaciones. Huan los pjaros con medroso aleteo; trepaban por los
agrietados muros verdosos lagartos, ocultndose entre las capas de
hiedra; trotaban los gatos por las avenidas con un galope de terror. Los
rboles eran viejsimos, respetables, como el palacio: naranjos
centenarios, de tronco retorcido, que necesitaban el apoyo de un cerco
de horquillas para sostener sus miembros venerables; magnolieros
gigantes, con ms lea que hojas; palmeras infecundas, que se remontaban
en el espacio azul buscando el mar por encima de las almenas para
saludarlo con vaivenes de su cabeza empenachada.

El sol haca crujir las cortezas de los rboles y estallar las simientes
olvidadas a flor de tierra; danzaban como chispas de oro los insectos
zumbadores en las barras de luz que perforaban el follaje; caan con
blando chapoteo, de tarde en tarde, los higos maduros despegndose de
las ramas; sonaba a lo lejos el arrullo del mar, batiendo las rocas al
pie de la muralla; y en esta calma poblada de murmullos segua Febrer
disparando pistoletazos. Era ya un maestro. Cuando apuntaba al monigote
dibujado en el muro, lamentbase de que no fuese un hombre, un enemigo
odiado al que necesitase exterminar. Esta bala iba al corazn. Pum! Y
sonrea satisfecho al ver marcarse el agujero del proyectil en el mismo
lugar a que haba apuntado.

El estrpito de los tiros, el humo de la plvora, despertaban en su
imaginacin belicosas fantasas, historias de lucha y de muerte en las
que siempre era un hroe triunfador. Veinte aos, y an no se haba
batido!... Necesitaba un lance para dar prueba de su coraje. Era una
desgracia que no tuviese enemigos, pero ya procurara crearse alguno
cuando volviera a la Pennsula. Y persistiendo en estos desvaros de su
imaginacin, excitada por el estampido de las detonaciones, finga un
lance de honor. Su adversario le tocaba al primer tiro y l caa al
suelo. An tena la pistola en la mano; deba defenderse, deba
contestar tendido en el suelo. Y con gran escndalo de su madre y de
_mad_ Antonia, que al asomarse le crean loco, permaneca echado de
bruces y disparaba en esta posicin, amaestrndose para cuando le
hiriesen.

Al volver a la Pennsula con el propsito de seguir sus interminables
estudios, iba fortalecido por la vida de campo, arrogante por sus
ensayos del jardn y deseoso de tener el ansiado duelo con el primero
que le diese el ms leve pretexto. Pero como era hombre corts, incapaz
de injustas provocaciones, y su aspecto impona respeto a los
insolentes, transcurra el tiempo y el lance no llegaba. Su vitalidad
exuberante, su fuerza impulsiva, consumanse en obscuras aventuras y
estpidos derroches, de los que hablaban luego en la isla con admiracin
los compaeros de estudios.

Viviendo en Barcelona, recibi un telegrama anunciador de que su madre
estaba enferma de gravedad. Tard dos das en embarcarse: no haba un
buque pronto a zarpar. Cuando lleg a la isla, su madre haba muerto. De
la antigua familia que haba visto en su niez no quedaba nadie. Slo
_mad_ Antonia le poda recordar los tiempos pasados.

Cuando se vio dueo de la fortuna de los Febrer y en plena libertad,
tena veintitrs aos. La tal fortuna estaba roda por las esplendideces
de sus ascendientes y abrumada con toda clase de gravmenes. La casa de
Febrer era grande, como esos buques que al encallar y perderse para
siempre hacen la riqueza de la costa adonde van a morir. Sus restos y
despojos, que hubieran mirado con desprecio los antiguos, representaban
an una fortuna.

Jaime no quiso pensar, no quiso saber. Necesitaba vivir, ver mundo, y
renunci a sus estudios. Qu le importaban las leyes y costumbres
romanas y los cnones eclesisticos para pasar una buena existencia? Ya
saba bastante. En realidad, lo mejor y ms ameno de sus conocimientos
se lo deba a su madre, cuando l viva, siendo nio, en el palacio, sin
haber visto maestros. Ella le haba enseado algo de francs y un poco
de piano en un antiguo instrumento de teclas amarillentas y gran
frontispicio de seda roja que casi llegaba al techo. Otros saban menos
que l y eran tan caballeros y mucho ms dichosos. A vivir!....

Permaneci dos aos en Madrid. Tuvo amantes que le dieron cierta
popularidad, caballos famosos, alborot en los entresuelos de Fornos,
fue ntimo amigo de un torero clebre y jug fuerte. Tuvo un duelo, pero
fue a espada--no como l se lo haba imaginado, tendido en el suelo, la
pistola en la diestra--, y sali del lance con un pinchazo en un brazo;
algo como una puntada de alfiler en una epidermis de elefante.

Ya no era el mallorqun de las onzas. El depsito de redondeles de oro
guardado por su madre se haba extinguido; pero arrojaba los billetes
prdigamente en las mesas de juego, y cuando vena la mala escriba a
su administrador, un abogado hijo de una familia de antiguos _mossons_,
dependientes de los Febrer desde haca siglos.

Se cans de Madrid, donde se consideraba casi un extranjero. Perduraba
en l el alma de los antiguos Febrer, grandes viajeros de todos los
pases menos de Espaa, pues siempre haban vivido vueltos de espaldas a
sus reyes. Muchos de sus abuelos eran familiares de todas las ciudades
importantes del Mediterrneo; haban visitado a los prncipes de los
pequeos Estados italianos, haban sido recibidos en audiencia por el
Papa y por el Gran Turco, pero jams se les ocurri ir a Madrid.

Adems, Febrer se irritaba muchas veces con sus parientes de la corte,
jvenes orgullosos de sus ttulos nobiliarios, que sonrean al mencionar
su rara cualidad de _butifarra_. Y pensar que la familia haba dejado
que pasasen a los parientes de la Pennsula varios marquesados,
prefiriendo este ttulo supremo de nobleza islea y el goce de las altas
dignidades caballerescas de Malta!...

Comenz a viajar por Europa, fijando su residencia el otoo y parte del
invierno en Pars, los meses de fro en la Costa Azul, la primavera en
Londres y el verano en Ostende, con varias expediciones a Italia, a
Egipto y a Noruega para ver el sol de media noche.

En esta nueva existencia apenas era conocido. Viva como un viajero ms,
insignificante glbulo circulante de la gran red arterial que el ansia
del viaje extiende sobre el continente. Pero esta vida de continuo
movimiento, con monotonas abrumadoras e inesperadas aventuras,
satisfaca sus instintos atvicos, las aficiones heredadas de sus
remotos ascendientes, grandes visitadores de pueblos nuevos.

Adems, esta existencia errante halagaba su ansia por todo lo
extraordinario. En los hoteles de Niza, falansterios de la corrupcin
mundial correcta e hipcrita, se haba visto agraciado en la obscuridad
de su cuarto por las ms inesperadas visitas. En Egipto haba tenido que
huir de las caricias decadentes de una condesa hngara, marchita flor de
elegancia, de ojos hundidos y violento perfume, que revelaba bajo tersos
y juveniles esmaltes la podredumbre de su carne.

Estando en Munich cumpli veintiocho aos. Haba ido poco antes a
Bayreuth para una representacin de las peras de Wagner, y ahora, en la
capital de Baviera, asista al teatro de la Residencia, donde se
verificaba el festival de Mozart. Jaime no era melmano, pero su vida
errante le obligaba a ir donde iba la gente, y su condicin de pianista
aficionado le haba hecho asistir dos aos seguidos a esta romera
musical.

En el hotel que habitaba en Munich encontr a miss Mary Gordon, a la que
haba visto antes en el teatro de Wagner. Era una inglesa alta, esbelta,
de pocas y finas carnes; un cuerpo de gimnasta, en el que los deportes
haban contenido las amenas redondeces femeniles, dndola un aspecto
juvenil, sano y asexual de bello muchacho. La cabeza era lo ms hermoso:
una cabeza de paje, con transparencias de porcelana, sonrosadas
naricillas de perro juguetn, hmedos ojos azules y una cabellera rubia,
de oro blanquecino en la superficie y oro obscuro en sus profundidades.
Su belleza era adorable y frgil; la belleza britnica que se pierde a
los treinta aos bajo violceas rubicundeces y granulaciones de la piel.

En el restorn haba sorprendido Jaime repetidas veces la mirada de sus
ojos azules, cndidos y tranquilamente atrevidos, fijos en l. Iba con
una dama gorda, fofa y de rostro arrebolado, una seora de compaa
vestida de negro, con un sombrero de paja roja y un cinturn de igual
color que parta en dos abultados hemisferios su pecho y su vientre.
Ella, juvenil y ligera, pareca una flor de oro y ncar dentro de sus
vestidos de franela blanca, de corte masculino, con corbata de hombre y
un panam de alas cadas, al que se arrollaba un velo azul.

Febrer se encontraba con ellas frecuentemente: en la Pinacoteca, frente
a los _Evangelistas_ de Durero; en la Glicoteca, contemplando los
mrmoles de Egina; en el teatro rococ de la Residencia, donde cantaban
las obras de Mozart, sala de otro siglo, con una decoracin de porcelana
y guirnaldas que pareca imponer a los espectadores el uso del tacn de
prpura y la peluca blanca. Habituados a verse, Jaime la saludaba con
una sonrisa, y ella pareca contestarle tmidamente con el brillo de sus
ojos.

Una maana, al salir de su cuarto, encontr a la inglesita en un rellano
de la escalera. Inclinaba su busto de muchacho sobre la barandilla.

--_Lift!lift!_--gritaba con su vocecita de pjaro, avisando al
encargado del ascensor para que lo subiese.

La salud Febrer al entrar con ella en la caja movible y dijo algunas
palabras en francs para entablar conversacin. La inglesa callaba,
mirndolo fijamente con sus pupilas azules claras, en las que pareca
flotar una estrella de oro. Permaneci inmvil como si no le entendiese,
pero Jaime la haba visto en el saln de lectura hojeando diarios de
Pars.

Al salir del ascensor, la inglesa se dirigi con paso rpido a la
oficina donde estaba pluma en mano el cajero del hotel. ste la escuch
con gesto obsequioso, como un polglota pronto a entender a todos los
huspedes, y saliendo de su encierro fuese hacia Jaime, que finga leer
los anuncios del vestbulo, turbado an por su fracaso. Febrer crey que
no le hablaban a l. Seor, esta seorita me pide que le presente.

Y volvindose hacia la inglesa, el hotelero aadi con germana
tranquilidad, como quien cumple un deber de su cargo:

--_Monsieur_ el hidalgo Febrer, marqus de Espaa.

Saba su obligacin. Todo espaol que viaja con buenas maletas es
hidalgo y marqus mientras no prueba lo contrario.

Luego indic con sus ojos a la inglesa, que permaneca tiesa y grave
durante esta ceremonia, sin la cual ninguna joven bien nacida puede
cruzar su palabra con un hombre: Miss Gordon, doctora de la Universidad
de Melbourne.

La miss alarg su manecita enguantada de blanco y sacudi con una rudeza
gimnstica la diestra de Febrer. Slo entonces se decidi a hablar.

--Oh, Espaa!... Oh, _don Quichotte_!

Sin saber cmo, salieron los dos del hotel hablando de las
representaciones a que asistan por las tardes. Aquel da no era de
teatro, y ella pensaba ir a la pradera llamada _Teresienwiese_, al pie
de la estatua de la Bavaria, para ver la feria de los tiroleses y
escuchar sus canciones. Despus de almorzar en el hotel visitaron el
campo de la feria; subieron a la cabeza de la enorme estatua,
contemplando la planicie bvara, sus lagos y sus lejanas montaas;
recorrieron la Galera de la Gloria, llena de bustos de bvaros
clebres, cuyos nombres lean por primera vez, y acabaron yendo de
barraca en barraca, admirando los trajes de los tiroleses, sus bailes
gimnsticos, sus gorjeos y trinos iguales a los del ruiseor.

Marchaban los dos como si se hubiesen conocido toda la vida, admirando
Jaime en los ademanes de miss Gordon esa libertad varonil de las
muchachas sajonas, que no temen el contacto con el hombre y se sienten
fuertes al ser guardadas por ellas mismas. Desde aquel da salieron
juntos a correr los museos, las academias, las viejas iglesias, unas
veces solos, otras con la seora de compaa, que se esforzaba por
seguir sus pasos. Eran dos camaradas que se comunicaban sus impresiones
sin pensar nunca en la diversidad de sus sexos. Jaime senta deseos de
aprovecharse de esta intimidad diciendo galanteras, osando pequeos
atrevimientos; pero se detena en el momento oportuno. Con estas mujeres
era peligrosa la accin, se mantienen impasibles, a prueba de toda clase
de impresiones. Deba esperar que fuese ella la que tomase la
iniciativa. Eran hembras que podan ir solas por el mundo, sintindose
capaces de interrumpir los arrebatos de pasin con golpes de boxeo.
Algunas haba visto l en sus viajes que llevaban en el manguito, o en
el bolso de mano, entre la caja de polvos y el pauelo, un diminuto y
niquelado revlver.

Miss Mary le hablaba del lejano archipilago ocenico en el que su padre
era algo as como un virrey. No tena madre, y haba venido a Europa
para completar los estudios hechos en Australia. Ella era doctora de la
Universidad de Melbourne; doctora en msica... Jaime, disimulando el
asombro que le causaban estas noticias de un mundo lejano, hablaba de
l, de su familia, de su pas, de las curiosidades de la isla, de la
caverna de Art, trgicamente grandiosa, catica como una antesala del
infierno; de las cuevas del Dragn, con sus bosques de estalactitas
luminosas, cual un palacio de hielo, y sus lagos milenarios y dormidos,
de cuyo profundo cristal pareca que iban a surgir mgicas desnudeces
semejantes a las de las hijas del Rhin que guardaban el tesoro de los
Nibelungos. Miss Gordon le escuchaba embelesada. Jaime pareca
engrandecerse ante sus ojos al ser hijo de aquella isla de ensueo,
donde es siempre azul el mar, luce el sol en todo tiempo y florece el
naranjo.

Poco a poco Febrer fue pasando las tardes en la habitacin de la
inglesa. Haban terminado las representaciones del festival de Mozart.
Miss Gordon necesitaba diariamente el alimento espiritual de la msica.
Tena un piano en su saln y un rimero de partituras que la acompaaban
en sus viajes. Jaime sentbase junto a ella, frente al teclado, y
procuraba seguirla como acompaante en las piezas que interpretaba,
siempre del mismo autor, del dios, del nico. El hotel estaba prximo a
la estacin, y el ruido de camiones, coches y tranvas enervaba a la
inglesa, hacindola cerrar las ventanas. La dama de compaa quedbase
en su cuarto, satisfecha de verse libre de aquel chaparrn musical,
cuyas delicias no podan compararse con las de hacer una buena labor de
punto de Irlanda. Miss Gordon, sola con el espaol, le trataba como una
maestra.

--A ver, otra vez: repitamos el tema de la espada. Ponga usted
atencin.

Pero Jaime se distraa contemplando de reojo el cuello largo y
blanqusimo de la inglesa, erizado de pelillos de oro, la red de venas
azules que se marcaba levemente en la transparencia de su epidermis
nacarada.

Llova una tarde; el cielo plomizo pareca rozar los tejados de las
casas; en el saln haba una luz difusa de bodega. Tocaban casi a
tientas, avanzando las cabezas para leer en la mancha blanca de la
partitura. Zumbaba la selva de los encantos, moviendo sus verdes y
rumorosas cabelleras ante el rudo Sigfrido, inocente hijo de la
Naturaleza, ansioso de conocer el lenguaje y el alma de las cosas
inanimadas. Cantaba el pjaro maestro, haciendo resaltar su dulce voz
entrecortada sobre los murmullos del follaje. Mary se estremeci.

--Ah, poeta!... poeta!

Y sigui tocando. Luego, en la creciente obscuridad del saln sonaron
los rudos acordes que acompaan al hroe a la tumba; la fnebre marcha
de los guerreros llevando sobre el pavs el cuerpo membrudo, blanco y
rubio de Sigfrido, interrumpida por la frase melanclica del dios de los
dioses. Mary segua temblando, hasta que de pronto sus manos abandonaron
el teclado y su cabeza fue a posarse en un hombro de Jaime, como un
pjaro que abate sus alas.

--_Oh, Richard!... Richard, mon bien aime!_

El espaol vio sus ojos extraviados y su boca llorosa que se ofrecan;
sinti en sus manos las manos fras de ella, le envolvi su aliento.
Sobre su pecho se aplastaron ocultas redondeces de elstica y firme
dureza cuya existencia no haba podido sospechar.

Y aquella tarde no hubo ms msica.

A media noche, cuando se acost Febrer, an no haba salido de su
asombro. l era el precursor, el primero que llega; no tena dudas.
Despus de tantos miramientos, as haban ocurrido las cosas, con la
mayor simpleza, como quien ofrece la mano, sin que l pusiera nada de su
parte.

Otro de sus asombros haba sido orse llamar con un nombre que no era el
suyo. Quin poda ser aquel Ricardo?... Pero en la hora de dulces y
soolientas explicaciones que siguen a las de locura y olvido, ella le
haba hablado de la impresin que sinti en Bayreuth al verle por
primera vez entre las mil cabezas que llenaban el teatro. Era l... l,
como le representaban sus retratos de joven! Y al encontrarle de nuevo
en Munich bajo el mismo techo, haba sentido que la suerte estaba echada
y era intil luchar por desprenderse de esta atraccin.

Febrer se examin con irnica curiosidad en el espejo de su cuarto. Lo
que una mujer es capaz de descubrir! S; algo tena del otro... la
frente pesada, los cabellos lacios, la nariz picuda y la barba saliente,
que, andando los aos, se inclinaran buscndose, para darle cierto
perfil de bruja... Excelente y glorioso Ricardo! Por dnde haba
venido a proporcionarle una de las mayores felicidades de su vida!...
Qu hembra tan original aqulla!

Y su asombro an se aument en los otros das, mezclado con cierta
amargura. Era una mujer que pareca renovarse diariamente, olvidando lo
pasado. Le reciba con grave tiesura, como si nada hubiese ocurrido,
como si en ella no dejasen rastro los hechos, como si el da anterior no
existiese, y nicamente cuando la msica evocaba la memoria del otro
venan el enternecimiento y la sumisin.

Jaime, irritado, se propona dominarla: por algo era hombre. Al fin fue
consiguiendo que el piano sonase menos y que ella viese en su persona
algo ms que un retrato viviente del dolo.

En su feliz embriaguez les pareci feo Munich y enojoso aquel hotel
donde les haban conocido extraos el uno al otro. Sentan la necesidad
de arrullarse libremente, de volar lejos, y un da se vieron en un
puerto que tena a su entrada un len de piedra y ms all la lquida
planicie de un lago inmenso que se confunda con el cielo en la lnea
del horizonte. Estaban en Lindau. Un vapor poda llevarlos a Suiza, otro
a Constanza, y prefirieron la tranquila ciudad alemana del famoso
Concilio, yendo a instalarse en el Hotel de la Isla, antiguo monasterio
de dominicos.

Cmo se conmova Febrer al recordar este perodo, el mejor de su
existencia! Mary segua siendo para l una mujer de carcter original,
en la que siempre quedaba algo por conquistar, abordable a ciertas horas
y repelente y austera el resto del da. Era su amante, y sin embargo no
poda permitirse un descuido, una libertad que revelase la confianza de
la vida comn. La ms leve alusin a sus intimidades la haca enrojecer
de protesta: _Shocking!..._

Y no obstante, todas las madrugadas, al romper el alba, Febrer,
siguiendo los corredores del antiguo convento, regresaba a su cuarto,
deshaca la cama para que no sospechasen los sirvientes y se asomaba al
balcn. Cantaban los pjaros en un jardn de altos rosales situado a sus
pies. Ms all, el lago de Constanza se coloreaba de prpura con la
salida del sol. Los primeros esquifes de pesca partan las aguas con
ondulaciones de color anaranjado; sonaban a lo lejos, veladas por la
hmeda brisa maanera, las campanas de la catedral; comenzaban a
rechinar las gras en la orilla donde el lago deja de serlo,
encauzndose para convertirse en el Rhin; los pasos de los criados y los
frotes de la limpieza despertaban en el hotel los ecos del claustro
monacal.

Junto al balcn, adosada al muro, y tan inmediata que Febrer poda
tocarla con la mano, haba un torrecilla con montera de pizarra y
antiguos escudos en su pared circular. Era la torre donde haba vivido
preso Juan Huss antes de marchar a la hoguera.

El espaol pensaba en Mary. A aquellas horas estara en la penumbra
perfumada de su habitacin, con la rubia cabecita entre los brazos,
durmiendo el primer sueo serio de la noche, cansado el cuerpo y
vibrante an por la ms noble de las fatigas... Pobre Juan Huss! Jaime
le compadeca como si hubiese sido amigo suyo. Quemarle ante un paisaje
tan hermoso, tal vez una maana como aqulla!... Meterse en la boca del
lobo y dar la vida por si el Papa era bueno o malo, o los laicos deban
comulgar con vino lo mismo que los sacerdotes! Morir por tales
simplezas cuando la vida es tan hermosa y el hereje hubiera podido
amenizarla ricamente con cualquiera de las rubias pechugonas y
caderudas, amigas de cardenales, que presenciaron su suplicio!...
Infeliz apstol! Febrer compadeca irnicamente la simpleza del mrtir.
l vea la existencia con otros ojos... Viva el amor!... Era lo nico
serio de la existencia.

Cerca de un mes permanecieron en la antigua ciudad episcopal, paseando a
la cada de la tarde por las calles solitarias cubiertas de hierba, con
sus palacios ruinosos del tiempo del Concilio; bajando en esquife la
corriente del Rhin a lo largo de riberas orladas de bosques;
detenindose a contemplar las casitas de techo rojo y amplias parras
bajo las cuales cantaban los burgueses jarro en mano, con una alegra
germnica de sochantre, grave y reposada.

De Constanza pasaron a Suiza, y despus a Italia. Un ao anduvieron
juntos, contemplando paisajes, viendo museos, visitando ruinas, cuyas
sinuosidades y escondrijos aprovechaba Jaime para besar la nacarada piel
de Mary, gozndose en sus auroras de rubor y en el gesto de enfado con
que protestaba: _Shocking!..._ La acompaanta, insensible como una
maleta a las novedades del viaje, segua la confeccin de un gabn de
punto de Irlanda empezado en Alemania, seguido a travs de los Alpes, a
lo largo de los Apeninos y a la vista del Vesubio y del Etna. Privada de
poder hablar con Febrer, que ignoraba el ingls, lo saludaba con el
brillo amarillento de sus dientes y volva a su trabajo, siendo una
figura decorativa de los _halls_ de los hoteles.

Los dos amantes hablaban de casarse. Mary resolva la situacin con
enrgica rapidez. A su padre slo necesitaba escribirle dos lneas.
Estaba muy lejos, y adems nunca le haba consultado en ningn asunto.
Aprobara cuanto ella hiciese, seguro de su seso y prudencia.

Estaban en Sicilia, tierra que recordaba a Febrer su isla. Tambin los
antiguos de la familia haban andado por all, pero con la coraza sobre
el pecho y en peor compaa. Mary hablaba del porvenir, arreglando la
parte financiera de la futura sociedad con el sentido prctico de su
raza. No le importaba que Febrer tuviese poca fortuna: ella era rica
para los dos. Y enumeraba todos sus bienes, tierras, casas y acciones,
como un administrador seguro de su memoria. Al regresar a Roma se
casaran en la capilla evanglica y en una iglesia catlica. Ella
conoca a un cardenal que le haba proporcionado una visita al Papa. Su
Eminencia lo arreglara todo.

Jaime pas una noche en claro en un hotel de Siracusa... Casarse? Mary
era agradable: embelleca la vida y llevaba con ella una fortuna. Pero
realmente se casaba con l?... Comenzaba a molestarle el otro, el
fantasma ilustre que haba surgido en Zurich, en Venecia, en todos los
lugares visitados por ellos que guardaban recuerdos del paso del
maestro... l se hara viejo, y la msica, su temible rival, se
conservara siempre fresca. Dentro de pocos aos, cuando el matrimonio
hubiese quitado a sus relaciones el encanto de lo ilegal, el deleite de
lo prohibido, Mary encontrara algn director de orquesta ms semejante
an al otro, o un violonchelista feo, melenudo y de pocos aos que le
recordase a Beethoven muchacho. Adems, l era de otra raza, de otras
costumbres y pasiones. Estaba cansado de aquella reserva pudibunda en el
amor, de aquella resistencia a la entrega definitiva que le gustaba al
principio, como una renovacin de la mujer, pero haba acabado por
fatigarle. No; an era tiempo de salvarse.

--Lo siento por lo que pensar de Espaa... Lo siento por don
Quijote--dijo haciendo su maleta en la madrugada.

Y huy, yendo a perderse en Pars, adonde la inglesa no ira a buscarle.
Odiaba a esta ciudad ingrata por la silba del _Tannhauser_, suceso
ocurrido muchos aos antes de nacer ella.

De estas relaciones, que haban durado un ao, slo guard Jaime el
recuerdo de una felicidad agrandada y embellecida por el paso del tiempo
y un mechn de cabellos rubios. Tambin deba tener entre varias guas
de viaje y numerosas postales con vistas, guardadas en un mueble antiguo
de su casern, un retrato de la doctora en msica, vistiendo una toga de
luengas mangas y un birrete cuadrado del que penda una borla.

De la vida que llev despus apenas se acordaba. Era un vaco de tedio
cortado por congojas monetarias. El administrador mostrbase tardo y
doliente en sus remesas. Jaime le peda dinero, y contestaba con cartas
quejumbrosas, hablando de intereses que haba que satisfacer, de
segundas hipotecas para las cuales apenas encontraba prestamistas, de
irregularidad de una fortuna en la que no quedaba nada libre de
gravamen.

Creyendo que con su presencia poda solucionar esta mala situacin,
Febrer haca cortos viajes a Mallorca, terminados siempre por la venta
de alguna finca; y apenas vea dinero en sus manos, levantaba otra vez
el vuelo, sin prestar odo a los consejos del administrador. El dinero
le comunicaba un optimismo sonriente. Todo se arreglara. A ltima hora
contaba con el recurso del matrimonio. Mientras tanto... a vivir!

Y vivi todava algunos aos, unas veces en Madrid, otras en las grandes
ciudades del extranjero, hasta que al fin el administrador cerr este
perodo de alegres prodigalidades enviando su dimisin, sus cuentas, y
con ellas la negativa a seguir remitiendo dinero.

Un ao llevaba en la isla enterrado, como l deca, sin otra diversin
que las noches de juego en el Casino y las tardes pasadas en el Borne en
una mesa de antiguos camaradas, isleos sedentarios que gozaban con el
relato de sus viajes. Apuros y miserias: sta era la realidad de su vida
presente. Los acreedores le amenazaban con inmediatas ejecuciones.

An conservaba aparentemente _Son Febrer_ y otros bienes de sus
antepasados, pero la propiedad produca poco en la isla; las rentas, por
una costumbre tradicional, eran iguales que en tiempo de sus abuelos,
pues las familias de arrendatarios se perpetuaban en el disfrute de las
fincas. Estos pagaban directamente a sus acreedores, pero aun as, no
llegaban a satisfacer la mitad de los intereses. Los ricos adornos del
palacio slo los conservaba como un depsito. La noble casa de los
Febrer estaba sumergida y l era incapaz de sacarla a flote. Pensaba
framente algunas veces en la conveniencia de salir del mal paso sin
humillaciones ni deshonras, haciendo que le encontrasen una tarde en el
jardn, dormido para siempre bajo un naranjo, con un revlver en la
diestra.

En tal situacin, alguien le sugiri una idea al salir del Casino,
despus de las dos de la madrugada, a la hora en que el insomnio
nervioso hace ver las cosas con una luz extraordinaria que parece darles
distinto relieve. Don Benito Valls, el rico _chueta_, le apreciaba
mucho. Varias veces haba intervenido espontneamente en sus asuntos,
librndole de peligros inminentes. Era simpata a su persona y respeto a
su nombre. Valls no tena ms que una heredera, y adems estaba enfermo:
la exuberancia prolfica de su raza se haba desmentido en l. Su hija
Catalina haba querido ser monja en la adolescencia; pero ahora, pasados
los veinte aos, senta gran amor por las vanidades del mundo, y
compadeca tiernamente a Febrer cuando hablaban ante ella de sus
desgracias.

Jaime se resisti a la proposicin casi con tanto asombro como _mad_
Antonia. Una _chueta_!... Pero la idea fue abrindose camino,
lubrificada en su incesante taladro por los apuros y las miserias
crecientes que acompaaban la llegada de cada da. Por qu no?... La
hija de Valls era la heredera ms rica de la isla, y el dinero no tiene
sangre ni raza.

Al fin haba cedido a las instancias de algunos amigos, oficiosos
mediadores entre l y la familia, y aquella maana iba a almorzar en la
casa de Valldemosa, donde viva Valls gran parte del ao para alivio del
asma que le ahogaba.

Jaime hizo un esfuerzo de memoria queriendo recordar a Catalina. La
haba visto varias veces, en las calles de Palma. Buena figura, rostro
agradable. Cuando viviera lejos de los suyos y vistiese mejor, sera una
seora presentable... Pero poda amarla?...

Febrer sonri escpticamente. Acaso resultaba necesario el amor para
casarse? El matrimonio era un viaje a dos por el resto de la vida, y
nicamente haba que buscar en la mujer las condiciones que se exigen en
un compaero de excursin: buen carcter, identidad de gustos, las
mismas aficiones en el comer y en el dormir... El amor! Todos se crean
con derecho a l, y el amor era como el talento, como la belleza, como
la fortuna, una dicha especial que slo disfrutaban contadsimos
privilegiados. Por suerte, el engao vena a ocultar esta cruel
desigualdad, y todos los humanos acababan sus das pensando
nostlgicamente en la juventud, creyendo haber conocido realmente el
amor, cuando no haban sentido otra cosa que el delirio de un contacto
de epidermis.

El amor era una cosa hermosa, pero no indispensable en el matrimonio ni
en la existencia. Lo importante era escoger una buena compaera para el
resto del viaje; acomodarse bien en los asientos de la vida; arreglar el
paso de los dos a un mismo ritmo, para que no hubiesen saltos ni
encontronazos; dominar los nervios y que la piel no se repeliese en el
contacto de la existencia comn; poder dormir como buenos camaradas, con
mutuo respeto, sin herirse con las rodillas ni meterse los codos en los
costillares... l esperaba encontrar todo esto, dndose por contento.

Valldemosa se present de pronto a su vista sobre la cumbre de una
colina rodeada de montaas. La torre de la Cartuja, con adornos de
azulejos verdes, elevbase sobre la frondosidad de los jardines de las
celdas.

Febrer vio un carruaje inmvil en una revuelta del camino. Un hombre
descendi de l, moviendo los brazos para que el cochero de Jaime
detuviese sus bestias. Luego abri la portezuela y subi riendo, para
sentarse al lado de Febrer.

--Hola, capitn!--dijo ste con extraeza.

--No me esperabas, eh?... Tambin soy del almuerzo; me convido yo
mismo. Qu sorpresa va a tener mi hermano!...

Jaime estrech su diestra. Era uno de sus ms leales amigos: el capitn
Pablo Valls.




III


Pablo Valls era conocido en toda Palma. Cuando tomaba asiento en la
terraza de un caf del Borne formbase en torno de l un apretado
crculo de oyentes, que sonrean ante sus ademanes enrgicos y su voz
ruidosa, incapaz de sonar en tono discreto.

--Yo soy _chueta_, y qu?... Judo de lo ms judo! Todos los de mi
familia procedemos de la calle. Cuando yo mandaba el _Roger de Launa_,
una vez que estuve en Argel me detuve a la puerta de la sinagoga, y un
viejo, luego de mirarme, dijo: T puedes pasar: t eres de los
nuestros. Y yo le di la mano y contest: Gracias, correligionario.

Los oyentes rean, y el capitn Valls, declarando a gritos su calidad de
_chueta_, miraba a todas partes como si desafase a las casas, a las
personas, al alma de la isla, hostil a su raza por un odio absurdo de
siglos.

Su rostro delataba su origen. Las patillas rubias y canosas, unidas por
un bigote corto, revelaban al marino retirado de la navegacin; pero
sobre estos adornos capilares resaltaba su perfil semita, su curva y
pesada nariz, su mentn saliente y unos ojos de prpados prolongados,
con pupilas de mbar o de oro, segn era la luz, en las que parecan
flotar algunos puntos de color de tabaco.

Haba navegado mucho; haba vivido largas temporadas en Inglaterra y los
Estados Unidos, y de la permanencia en estas tierras de libertad,
insensibles a los odios religiosos, traa una franqueza belicosa que le
impulsaba a desafiar las preocupaciones de la isla, tranquila e inmvil
en su estancamiento. Los otros _chuetas_, atemorizados por varios siglos
de persecucin y menosprecio, ocultaban su origen o procuraban hacerlo
olvidar con su mansedumbre. El capitn Valls aprovechaba todas las
ocasiones para hablar de l, ostentndolo como un ttulo de nobleza,
como un reto que lanzaba a la general preocupacin.

--Soy judo, y qu?...--segua gritando--. Correligionario de Jess, de
San Pablo y otros santos a los que se venera en los altares. Los
_butifarras_ hablan con orgullo de sus abuelos, que datan casi de ayer.
Yo soy ms noble, ms antiguo. Mis ascendientes fueron los patriarcas de
la Biblia.

Luego, indignndose contra las preocupaciones que se haban ensaado en
su raza, volvase agresivo.

--En Espaa--deca gravemente--no hay cristiano que pueda levantar el
dedo. Todos somos nietos de judos o de moros. Y el que no... el que
no...

Aqu se detena, y tras una breve pausa afirmaba con resolucin:

--Y el que no, es nieto de fraile.

En la Pennsula no se conoce el odio tradicional al judo que an separa
la poblacin de Mallorca en dos castas. Pablo Valls se enfureca
hablando de su patria. No existan en ella judos de religin. Haca
siglos que haba quedado disuelta la ltima sinagoga. Todos se haban
convertido en masa, y los rebeldes fueron quemados por la Inquisicin.
Los _chuetas_ de ahora eran los catlicos ms fervorosos de Mallorca,
llevando a sus creencias un fanatismo semita. Rezaban en alta voz,
hacan sacerdotes a sus hijos, buscaban influencias para meter a sus
hijas en los conventos, figuraban como gente de dinero entre los
partidarios de las ideas ms conservadoras, y sin embargo pesaba sobre
sus personas la misma antipata que en otros siglos, y vivan aislados,
sin que ninguna clase social quisiera aliarse con ellos.

--Cuatrocientos cincuenta aos llevamos en el cogote el agua del
bautismo--segua vociferando el capitn Valls--, y somos an los
malditos, los rprobos, como antes de la conversin. No tiene gracia
esto?... Los _chuetas_! Cuidado con ellos! Mala gente!... En
Mallorca hay dos catolicismos: uno para los nuestros y otro para los
dems.

Luego, con un odio en el que parecan concentradas todas la
persecuciones, deca el marino, refirindose a sus hermanos de raza:

--Bien empleado les est, por cobardes, por tener demasiado amor a la
isla, a esta _Roqueta_ en la que hemos nacido. Por no abandonarla se
hicieron cristianos, y hoy que lo son de veras les pagan a coces. De
seguir judos, esparcindose por el mundo como lo hicieron otros, tal
vez seran a estas horas personajes y banqueros de reyes, en vez de
estar en las tiendecitas de la calle fabricando bolsillos de plata.

Escptico en materias religiosas, despreciaba o atacaba a todos: a los
judos fieles a sus antiguas creencias, a los conversos, a los
catlicos, a los musulmanes, con los que haba vivido en sus viajes a
las costas de frica y en las escalas de Asia Menor. Otras veces
sentase dominado por una ternura atvica, mostrando cierto respeto
religioso hacia su raza.

l era semita: lo declaraba con orgullo golpendose el pecho. El primer
pueblo del mundo.

--ramos unos piojosos muertos de hambre cuando vivamos en Asia, porque
all no haba con quin hacer comercio ni a quin prestar dinero. Pero
nadie ms que nosotros ha dado al rebao humano sus pastores actuales,
que an sern por muchos siglos los amos de los hombres. Moiss, Jess y
Mahoma son de mi tierra... Qu tres socios de fuerza, eh, caballeros? Y
ahora hemos dado al mundo un cuarto profeta, tambin de nuestra raza y
nuestra sangre, slo que ste tiene dos caras y dos nombres. Por un lado
se llama Rothschild, y es el capitn de todos los que guardan el dinero;
por otro lado se llama Carlos Marx, y es el apstol de los que quieren
quitrselo a los ricos.

La historia de su raza en la isla la condensaba Valls a su modo en
breves palabras. Los judos eran muchos, muchsimos, en otros tiempos.
Casi todo el comercio estaba en sus manos; gran parte de las naves eran
suyas. Los Febrer y otros potentados cristianos no tenan reparo en
asociarse con ellos. Los tiempos antiguos podan llamarse de libertad;
la persecucin y la barbarie eran relativamente modernas. Judos eran
los tesoreros de los reyes, los mdicos y otros cortesanos en las
monarquas medioevales de la Pennsula.--Al iniciarse los odios
religiosos, los hebreos ms ricos y astutos de la isla haban sabido
convertirse a tiempo, voluntariamente, fundindose con las familias del
pas y haciendo olvidar su origen. Estos catlicos nuevos eran los que
despus, con el fervor del nefito, haban azuzado la persecucin contra
sus antiguos hermanos. Los _chuetas_ de ahora, los nicos mallorquines
de origen judo conocido, eran los descendientes de los ltimos
convertidos, los nietos de las familias en las que se haba ensaado la
Inquisicin.

Ser _chueta_, proceder de la calle de la Platera, a la que se llamaba
por antonomasia la calle, era la peor desgracia que le poda ocurrir a
un mallorqun. En vano se haban hecho revoluciones en Espaa y aclamado
leyes liberales que reconocan la igualdad de todos los espaoles; el
_chueta_, al pasar a la Pennsula, era un ciudadano como los otros, pero
en Mallorca era un rprobo, una especie de apestado, que slo poda
emparentar con los suyos.

Valls comentaba irnicamente el orden social en que haban vivido,
escalonadas durante siglos, las diversas clases de la isla, y del que
quedaban an muchos peldaos intactos. Arriba, en la cspide, los
orgullosos _butifarras_; luego los nobles, los caballeros; despus los
_mossons_; tras stos los mercaderes y los menestrales, y a continuacin
los payeses, cultivadores del suelo. Abrase aqu un enorme parntesis
en el orden seguido por Dios al crear a unos y a otros: un vasto espacio
libre que cada cual poda poblar a su capricho. Indudablemente, detrs
de los mallorquines nobles y plebeyos venan en orden de consideracin
los cerdos, los perros, los asnos, los gatos, las ratas... y a la cola
de todas estas bestias del Seor, el odiado vecino de la calle, el
_chueta_, paria de la isla. Nada importaba que fuese rico, como el
hermano del capitn Valls, o inteligente, como otros. Muchos _chuetas_,
funcionarios del Estado en la Pennsula, militares, magistrados,
hacendistas, al volver a Mallorca encontraban que el ltimo mendigo se
consideraba superior a ellos, y al creerse molestado prorrumpa en
insultos contra sus personas y sus familias. El aislamiento de este
pedazo de Espaa rodeado de mar serva para mantener intacta el alma de
otras pocas.

En vano los _chuetas_, huyendo de este odio que perduraba a travs del
progreso, extremaban su catolicismo con una fe vehemente y ciega, en la
que influa mucho el terror infiltrado en su alma y en su carne por una
persecucin de siglos. En vano seguan rezando a gritos en sus casas,
para que se enterasen los vecinos de la calle, imitando en esto a sus
abuelos, que hacan lo mismo y adems guisaban la comida en las ventanas
con el propsito de que viesen todos que coman cerdo. Los odios
tradicionales de separacin no caan vencidos. La Iglesia catlica, que
se titula universal, era cruel e inabordable para ellos en la isla,
pagando su adhesin con huraas repulsiones. Los hijos de los _chuetas_
que deseaban ser curas no encontraban sitio en el Seminario. Los
conventos cerraban las puertas a toda novicia procedente de la calle.
Las hijas de los _chuetas_ se casaban en la Pennsula con hombres
notables o de gran fortuna, pero en la isla apenas encontraban quien
aceptase su mano y sus riquezas.

--Gente mala!--continuaba diciendo irnicamente Valls--. Son
trabajadores, ahorran, viven en paz en el seno de sus familias, hasta
son ms catlicos que los otros; pero son _chuetas_, y algo tendrn
cuando les odian. Tienen... algo, se enteran ustedes? algo. l que
quiera saber ms que averige.

Y el marino rea hablando de los pobres payeses del campo, que hasta
pocos aos antes afirmaban de buena fe que los _chuetas_ estaban
cubiertos de grasa y tenan rabo, aprovechando la ocasin de encontrar
solo a un nio de la calle para desnudarlo y convencerse de si era
cierto lo del apndice caudal.

--Y lo de mi hermano?--prosegua Valls--. Y lo de mi santo hermano
Benito, que reza a voces y parece que se vaya a comer las imgenes?...

Todos recordaban el caso de don Benito Valls, y rean francamente, ya
que el hermano era el primero en burlarse del suceso. El rico _chueta_
se haba visto dueo, al cobrar unos crditos, de una casa y valiosas
tierras en un pueblo del interior de la isla. Al ir a tomar posesin de
la nueva propiedad, los vecinos ms prudentes le haban dado buenos
consejos. Era muy dueo de visitar su hacienda durante el da, pero
pernoctar en su casa?... nunca! No haba memoria de que un _chueta_
hubiese dormido en el pueblo. Don Benito no prest atencin a estos
consejos y se qued una noche en su propiedad; pero apenas se meti en
la cama huyeron los caseros. Cuando el amo se cans de dormir salt del
lecho. Ni el ms tenue resplandor entraba por las rendijas. Crea haber
dormido doce horas lo menos, pero an era de noche. Abri una ventana, y
su cabeza tropez cruelmente en la obscuridad; intent franquear la
puerta, y no pudo. Durante su sueo el vecindario haba tapiado todos
los huecos y salidas, y el _chueta_ tuvo que salvarse por el tejado,
entre las risotadas de la gente, que celebraba su obra. Esta broma slo
era a guisa de advertencia; si persista en ir contra las costumbres del
pueblo, alguna noche despertara entre llamas.

--Muy brbaro, pero gracioso!--aadi el capitn--. Mi hermano!...
Una buena persona!... un santo!...

Todos rean al or estas palabras. Segua tratndose con su hermano,
aunque con cierta frialdad, y no haca secreto de los agravios que tena
con l. El capitn Valls era el bohemio de la familia, siempre en el mar
o en lejanas tierras, llevando una vida de soltern alegre. Bastante
tena para vivir. Y a la muerte del padre, su hermano se haba quedado
con los negocios de la casa, quitndole muchos miles de duros.

--Lo mismo que entre cristianos viejos!--se apresuraba a aadir
Pablo--. En esto de las herencias no hay razas ni credos. El dinero no
conoce religin.

Las interminables persecuciones sufridas por sus ascendientes irritaban
a Valls. Todas las circunstancias eran buenas para atropellar a las
gentes de la calle. Cuando los payeses tenan agravios con los nobles
y bajaban los forneos en bandas armadas contra los ciudadanos de Palma,
el conflicto se resolva asaltando unos y otros el barrio de los
_chuetas_, matando a los que no huan y robando sus tiendas. Si un
batalln mallorqun reciba orden de marchar a Espaa en caso de guerra,
los soldados se amotinaban, salan del cuartel y saqueaban la calle.
Cuando las reacciones sucedan en Espaa a las revoluciones, los
realistas, para celebrar su triunfo, asaltaban las plateras de los
_chuetas_, se apoderaban de sus riquezas y hacan hogueras con los
muebles, arrojando a las llamas hasta los crucifijos... Crucifijos de
antiguo judo, que forzosamente haban de ser falsos!

--Y quines son los de la calle?--gritaba el capitn--. Ya se sabe:
los que tienen la nariz y los ojos como yo. Pero hay muchos _chuetas_
que son romos y no presentan nada del tipo comn. En cambio, cuntos
que se tienen por caballeros rancios, de nobleza orgullosa, presentan
una cara que ni la de Abraham y Jacob?...

Exista una lista de apellidos sospechosos para conocer a los verdaderos
_chuetas_. Pero estos mismos apellidos los llevaban cristianos viejos, y
era el capricho tradicional el que separaba a unos de otros. Slo haban
quedado marcadas por el odio popular las familias descendientes de los
que fueron azotados o quemados por la Inquisicin. El famoso catlogo de
los apellidos estaba sacado indudablemente de los autos del Santo
Oficio.

--Una felicidad el hacerse cristiano! Los abuelos achicharrados en la
hoguera y los nietos marcados y malditos por los siglos de los siglos...

El capitn perda su tono irnico al recordar la historia horripilante
de los _chuetas_ de Mallorca. Se coloreaban sus mejillas y brillaban sus
ojos con fulgores de odio. Para vivir tranquilos, se haban convertido
todos en masa en el siglo XV. No quedaba un judo en la isla, pero a la
Inquisicin le era preciso hacer algo para justificar su existencia, y
hubo quemas de sospechosos de judasmo en el Borne, espectculos
organizados, como decan los cronistas de la poca, con arreglo a las
funciones ms lucidas celebradas para el triunfo de la Fe en Madrid,
Palermo y Lima.

Unos _chuetas_ fueron quemados, otros sufrieron azotes, otros salieron
nicamente a la vergenza con caperuza pintada de diablos y vela verde
en la mano; pero todos vieron por igual confiscados sus bienes, y el
Santo Tribunal se enriqueci. Desde entonces, los sospechosos de
judasmo, los que no contaban con un protector clrigo, tuvieron que ir
todos los domingos a misa a la catedral con sus familias, bajo el mando
y custodia de un alguacil, que los formaba en rebao, les pona un manto
para que nadie los confundiese, y as los llevaba al templo, entre las
rechiflas, insultos y pedradas del devoto populacho. Esto era un domingo
y otro domingo, y en este suplicio semanal y sin trmino moran los
padres y se convertan en hombres los hijos, engendrando nuevos
_chuetas_ destinados al insulto pblico.

Unas cuantas familias se concertaron para huir de esta vergonzosa
esclavitud. Se reunan en un huerto inmediato a la muralla y las
aconsejaba y diriga un tal Rafael Valls, hombre animoso y de gran
cultura.

--No s ciertamente si fue pariente mo--deca el capitn--. Han pasado
ms de dos siglos desde entonces! Pero si no lo fue, quiero que lo
sea... Me honra mucho tenerlo como abuelo mo. Adelante!

Pablo Valls haba coleccionado en su casa papeles y libros de la poca
de las persecuciones, y hablaba de stas como de un suceso acaecido das
antes.

--Se embarcaron hombres, mujeres y nios en un buque ingls; pero un
temporal lo volvi de nuevo a las costas de Mallorca, y los fugitivos
fueron presos. Esto era gobernando a Espaa Carlos II el Hechizado.
Querer huir de Mallorca, donde tan bien les trataban, y a ms de esto,
en un buque tripulado por luteranos!... Tres aos estuvieron presos, y
la confiscacin de sus bienes produjo un milln de duros. Adems, el
Santo Tribunal contaba con otros millones arrancados a las vctimas
anteriores, y construy un palacio en Palma, el mejor y ms lujoso que
tuvo en parte alguna la Inquisicin. A los prisioneros les dieron
tormento hasta confesar lo que deseaban sus jueces, y en 7 de Marzo de
1691 comenzaron las ejecuciones. Aquel suceso tuvo un historiador como
no se conoce otro en el mundo, el padre Garau, santo jesuita, pozo de
ciencia teolgica, rector del Seminario de Monte-Sin, donde ahora est
el Instituto, autor del libro _La fe triunfante_, un monumento literario
que no vendo por todo el dinero del mundo. Aqu est: me acompaa a
todas partes.

Y sacaba de un bolsillo _La fe triunfante_, librito encuadernado en
pergamino, de antigua y rojiza impresin, que acariciaba con un cario
feroz.

Bendito padre Garau! Encargado de exhortar y fortalecer a los reos, lo
haba visto todo de cerca, y se haca lenguas de los miles y miles de
espectadores que acudieron de los diversos pueblos de la isla para
presenciar la fiesta, de las misas solemnes con asistencia de treinta y
ocho reos destinados a la quema, del lujoso atavo de caballeros y
alguaciles, jinetes en briosos corceles al frente de la procesin, y de
la piedad del gento, que prorrumpa otras veces en gritos de lstima
cuando llevaban a la horca a un facineroso, y permaneca mudo ante estos
rprobos olvidados del Seor... En aquel da se mostr, segn el docto
jesuita, el temple de alma de los que creen en Dios y de los que le
desconocen. Los sacerdotes marchaban animosos, dando gritos de
exhortacin sin cansarse; los miserables reos iban plidos, decados y
sin fuerzas. Bien se vio de qu parte estaba la ayuda celeste.

Los sentenciados fueron conducidos al pie del castillo de Bellver, para
la quema final. El marqus de Legans, gobernador del Milanesado, de
paso en Mallorca con su flota, se apiad de la juventud y belleza de una
muchacha condenada a las llamas y pidi su perdn. El Tribunal alab los
sentimientos cristianos del marqus, pero no quiso admitir su splica.

El padre Garau era el encargado de convencer a Rafael Valls, hombre de
ciertas letras, pero al que inspiraba el demonio un desmedido orgullo,
impulsndolo a maldecir a los que le condenaban a muerte, y sin querer
reconciliarse con la Iglesia. Pero, como deca el jesuita, estas
valentas, obra del Malo, acaban ante el peligro y no pueden compararse
con la serenidad del sacerdote que exhorta al reo.

--El padre jesuita era un hroe lejos de las llamas. Ahora vern ustedes
con qu piedad evanglica relata la muerte de mi abuelo.

Y abriendo Valls el libro por una pgina sealada, lea con lentitud:
Mientras lleg slo el humo a l, era una estatua; en llegando la
llama, se defendi, se cubri y forceje como pudo, y hasta que no pudo
ms. Estaba gordo como un lechonazo de cra y encendise en lo interior;
de manera que aun cuando no llegaban las llamas, ardan sus carnes como
un tizn; y reventando por medio, se le cayeron las entraas como a
Judas. _Crepuit medius difusa sunt omnia viscera ejus._

Esta lectura brbara produca siempre efecto. Cesaban las risas, se
entenebrecan los rostros, y el capitn Valls paseaba en torno sus ojos
de mbar, respirando satisfecho, como si acabase de alcanzar un triunfo,
mientras el pequeo volumen volva a ocultarse en su bolsillo.

Una vez que Febrer figuraba entre los oyentes, el marino le dijo con voz
rencorosa:

--T tambin estabas all. Es decir, t no. Uno de tus abuelos, un
Febrer, llevaba la bandera verde, como alfrez mayor del Tribunal; y las
damas de tu familia fueron en carroza al pie del castillo para
presenciar la quema.

Jaime, molestado por el recuerdo, levant los hombros.

--Cosas viejas! Quin se acuerda de lo que ya pas? Slo algn loco
como t... Anda, Pablo, cuntanos algo de tus viajes... de tus
conquistas de mujeres.

El capitn rezongaba... Cosas viejas! El alma de la _Roqueta_ era an
la misma que en aquellos tiempos. Persista el odio de religin y de
raza. Por algo vivan aparte, en un pedazo de tierra aislado por el mar.

Pero Valls recobraba pronto su buen humor, y como todos los que han
rodado por el mundo, no poda resistirse a la invitacin de relatar su
pasado.

Febrer, otro vagabundo como l, gozaba escuchndole. Los dos haban
vivido una existencia agitada y cosmopolita, distinta de la montona
vida de los isleos; los dos haban gastado el dinero con prodigalidad.
La nica diferencia estribaba en que Valls haba sabido ganarlo
igualmente con el genio activo de su raza, y ahora, diez aos mayor que
Jaime, tena con qu atender desahogadamente a sus modestas necesidades
de soltern. Todava comerciaba de vez en cuando y haca comisiones para
amigos que le escriban desde puertos lejanos.

De su accidentada historia de marino, Febrer desechaba el relato de
hambres y borrascas, y slo senta curiosidad por los amoros en los
grandes puertos internacionales, donde se amontonan los vicios exticos
y las hembras de todas las razas. Valls, en sus tiempos juveniles,
cuando mandaba buques de su padre, haba conocido mujeres de todas
clases y colores, vindose mezclado en orgas marinerescas que acababan
entre olas de _whisky_ y golpes de cuchillo.

--Pablo, cuntanos aquellos amoros en Jaffa, cuando los moros te
queran matar.

Y Febrer lanzaba carcajadas escuchndole, mientras el marino se deca
que este Jaime era un buen muchacho, digno de mejor suerte, sin otro
defecto que ser un _butifarra_ algo pegado a las preocupaciones de
familia.

Cuando subi al carruaje de Febrer en el camino de Valldemosa, dando
orden al cochero que lo haba trado hasta all para que regresase a
Palma, se ech atrs el sombrero de fieltro flexible, que llevaba en
todo tiempo, aplastado de copa, con el ala delantera subida y la
posterior desplomada sobre la nuca.

--Aqu estamos todos! de veras que no me esperabas? A m; me lo
cuentan todo, y ya que hay fiesta de familia, que sea completa.

Febrer finga no entenderle. El carruaje entr en Valldemosa,
detenindose en las inmediaciones de la Cartuja ante una casa de
construccin moderna. Cuando los dos amigos transpusieron la verja del
jardn, vieron venir hacia ellos un seor de blancas patillas apoyado en
un bastn. Era don Benito Valls. Salud a Febrer con voz lenta y opaca,
cortando varias veces sus palabras para sorber el aire. Hablaba
humildemente, celebrando con grandes extremos el honor que le haca
Febrer al aceptar su invitacin.

--Y yo?--pregunt el capitn con sonrisa maligna--; yo no soy
nadie?... No te alegras de verme?

Don Benito se alegraba de verle. As lo dijo varias veces, pero sus ojos
revelaban inquietud. Su hermano le inspiraba cierto miedo. Qu
lengua!.... Mejor vivan sin verse.

--Hemos venido juntos--continu el marino--. Al saber que Jaime
almorzaba aqu, me he convidado yo mismo, seguro de darte un alegrn.
Estas reuniones de familia son encantadoras.

Haban entrado en la casa, adornada con sencillez. Los muebles eran
modernos y vulgares. Algunos cromos y unas pinturas horribles
representando paisajes de Valldemosa y Miramar adornaban las paredes.

Catalina, la hija de don Benito, baj apresuradamente del piso superior.
Llevaba an polvos de arroz esparcidos en el pecho, revelando el
apresuramiento con que haba dado un ltimo toque de adorno a su persona
al ver llegar el carruaje.

Jaime pudo contemplarla detenidamente por primera vez. No se haba
equivocado en sus apreciaciones. Era alta, de un moreno mate, con negras
cejas, ojos iguales a gotas de tinta y un ligero vello en el labio y las
sienes. Su esbeltez juvenil ofrecase llena y firme, anunciando una
mayor expansin para el porvenir, como en todas las hembras de su raza.
Pareca de carcter dulce y sumiso: una buena compaera, incapaz de
estorbos en el viaje de la vida comn. Tena los ojos bajos y se colore
su rostro al encontrarse frente a Jaime. En su actitud, en sus miradas
furtivas, notbase el respeto, la adoracin del que se siente intimidado
en presencia de un ser que considera superior.

El capitn acarici a su sobrina con cierta libertad, adoptando el mismo
gesto de viejo alegre con que hablaba a las muchachuelas de Palma, a
altas horas de la noche, en algn restorn del Borne. Ah, buena moza!
Y qu guapa estaba! Pareca imposible que fuese de una familia de feos.

Don Benito los encamin a todos al comedor. El almuerzo esperaba haca
mucho rato; en aquella casa se coma al uso antiguo: las doce en punto.
Sentronse a la mesa, y Febrer, que estaba al lado del dueo, sintise
molestado por su respiracin jadeante, por las grandes aspiraciones con
que interrumpa sus palabras.

En el silencio que envuelve siempre el principio de toda comida, son
penosamente el silbido de sus pulmones enfermos. El rico _chueta_
avanzaba los labios, ponindolos en forma circular como la boca de una
trompetilla, y aspiraba el aire con ruido fatigoso. Como todos los
enfermos, senta la necesidad de hablar, y sus palabras eran
interminables, entre balbuceos y largos descansos que le dejaban con el
pecho jadeante y los ojos en alto, cual si fuese a morir asfixiado. Un
ambiente de inquietud se extenda por el comedor. Febrer le miraba con
cierta alarma, como si aguardase verle caer moribundo de su silla. La
hija y el capitn habituados al espectculo, parecan indiferentes.

--Es el asma, don Jaime--dijo trabajosamente el enfermo--En
Valldemosa... estoy mejor... En Palma me mora.

Y la hija aprovech la ocasin para dejar or una voz de monjita tmida,
que contrastaba con sus ardientes ojos orientales:

--S; pap vive mejor aqu.

--Aqu ests ms tranquilo--aadi el capitn--y haces menos pecados.

Febrer pensaba en el tormento de pasar su existencia al lado de aquel
fuelle roto. Por fortuna, morira pronto. Una molestia de algunos meses,
que no modificaba su resolucin de entrar en la familia. Adelante!

El asmtico, en su mana verbosa, hablaba a Jaime de sus descendientes,
de los ilustres Febrer, los caballeros ms buenos y nobles de la isla.

--Yo tuve el honor de ser muy amigo de su seor abuelo don Horacio.

Febrer le mir asombrado... Mentira! A su seor abuelo le conocan
todos en la isla y con todos hablaba, pero guardando una gravedad que
impona respeto a las gentes sin alejarlas. Pero de esto a ser amigo
suyo!... Tal vez le habra tratado con motivo de alguno de los prstamos
que necesitaba don Horacio para sostener su fortuna en plena decadencia.

--Tambin conoc mucho a su seor padre--prosigui don Benito, animado
por el silencio de Febrer--. Trabaj por l cuando sali diputado.
Aqullos eran otros tiempos! Yo era joven, y no tena la fortuna que
tengo ahora... Entonces figuraba entre los rojos.

El capitn Valls le interrumpi riendo. Ahora su hermano era conservador
y miembro de todas las cofradas de Palma.

--S, lo soy--grit el enfermo, ahogndose--. Me gusta el orden... me
gusta lo antiguo... que manden los que tienen que perder. Y la
religin? Ah, la religin!... Por ella dara la vida.

Y se llev una mano al pecho, respirando angustiosamente, como si le
ahogase el entusiasmo. Clavaba en lo alto sus ojos mortecinos, adorando
con el respeto del miedo la santa institucin que haba quemado a sus
ascendientes.

--No haga usted caso de Pablo--continu al recobrar el diento,
dirigindose a Febrer--; usted lo conoce bien: una mala cabeza, un
republicano, un hombre que poda ser rico y va a llegar a viejo sin
tener dos pesetas.

--Para qu? Para que t me las quites?...

Con esta brusca interrupcin del marino se hizo el silencio. Catalina
puso un gesto triste, como si temiese que se reprodujeran ante Febrer
las ruidosas escenas que haba presenciado muchas veces al discutir los
dos hermanos.

Don Benito levant los hombros y habl slo para Jaime. Su hermano
estaba loco: un corazn de oro, pero loco, rematadamente loco. Con sus
ideas exaltadas y sus vociferaciones en los cafs, era el principal
culpable de que las personas decentes guardasen cierta prevencin
contra... de que hablasen mal de...

Y el viejo acompaaba sus truncadas expresiones con gestos humildes,
evitando pronunciar la palabra _chueta_ y nombrar la famosa calle.

El capitn, con las mejillas coloreadas por el arrepentimiento de su
acometividad, quera hacer olvidar las palabras anteriores, y coma
vorazmente teniendo la cabeza baja.

La sobrina rio de su buen apetito. Siempre que coma con ellos les
admiraba por la capacidad de su estmago.

--Es que yo s lo que es hambre--dijo el marino con cierto orgullo--. Yo
he sufrido hambre de verdad, hambre de la que hace pensar en la carne de
los compaeros.

Y lanzado por este recuerdo en pleno relato de sus aventuras martimas,
hablaba de los tiempos juveniles, cuando haba sido agregado a bordo
de una fragata de las que iban a las costas del Pacfico.

Al empearse en ser marino, su padre, el viejo Valls, autor de la
fortuna de la casa, le haba embarcado en una goleta de su propiedad que
traa azcar de la Habana. Aquello no era navegar. El cocinero le
guardaba los mejores platos, el capitn no se atreva a darle una orden,
viendo en l al hijo del armador. Nunca sera un buen marino, duro y
experto. Con la tenaz energa de su raza, se haba embarcado sin saberlo
su padre en una fragata que se haca a la vela para cargar guano en las
islas Chinchas, tripulada por gentes de pueblos diversos: ingleses
desertores de la flota, lancheros de Valparaso, indios peruanos, lo
peor de cada casa, bajo el mando de un cataln cicatero, ms prdigo en
los rebencazos que en el, rancho. El viaje de ida fue regular; pero a la
vuelta, luego de haber pasado el estrecho de Magallanes, sobrevinieron
las calmas, y la fragata qued inmvil en el Atlntico cerca de un mes,
agotndose rpidamente el paol de los vveres. El armador, un avaro,
haba aprovisionado el buque con escandalosa parsimonia, y el capitn a
su vez haba rodo los vveres, apropindose una parte de la cantidad
destinada a la compra.

--Nos daban dos galletas al da, llenas de gusanos. Cuando recib las
primeras me entretuve cuidadosamente, como un seorito de buena casa, en
quitarles uno por uno aquellos animalejos. Pero despus de la limpia
slo quedaban unas cortezas delgadas como hostias, y me mora de hambre.
Luego...

--Oh, to!--protest Catalina, adivinando lo que iba a decir y
repeliendo el tenedor y el plato con un gesto de repugnancia.

--Luego--continu el marino, impasible--suprim la limpieza y me las
tragu enteras. Bien es verdad que coma de noche... Muchas que hubiese
tenido, muchacha! Al final slo nos daban una por da, y cuando llegu a
Cdiz hube de estar sometido muchos a caldo, para que mi estmago se
arreglase.

Al terminar el almuerzo, Catalina y Jaime salieron al jardn. El mismo
don Benito, con aires de patriarca, bondadoso, orden a su hija que
acompaase al seor de Febrer para mostrarle unos rosales de extica
variedad que l haba plantado. Los dos hermanos quedaron en la
habitacin que serva de despacho, viendo a la pareja que paseaba por el
jardn y acab sentndose en dos sillones de junco a la sombra de un
rbol.

Catalina contestaba a las preguntas de su acompaante con una timidez de
doncella cristiana santamente educada, adivinando el propsito oculto
bajo sus palabras de vulgar galantera.

Aquel hombre vena por ella, y su padre era el primero en aceptar este
deseo. Cosa hecha!... Era un Febrer, y ella iba a decirle s. Record
sus aos infantiles en el colegio, rodeada de nias ms pobres que
aprovechaban todas las ocasiones para molestarla, por envidia a su
riqueza y por un odio aprendido de sus padres. Era la _chueta_. Slo
poda juntarse con las de su raza, y aun stas, ansiosas de congraciarse
con el enemigo, se traicionaban mutuamente, sin energa ni cohesin para
la defensa comn. A la hora de salida, las _chuetas_ se marchaban antes,
por indicacin de las monjas, para evitar los insultos y ataques de las
otras alumnas al verse juntas en la calle. Hasta las criadas que
acompaaban a las nias emprendan peleas, asumiendo los odios y
preocupaciones de sus amos. Tambin en las escuelas de nios los
_chuetas_ salan antes, huyendo de las pedradas y correazos de los
cristianos viejos.

La hija de Valls haba sufrido los tormentos del alfilerazo traidor, del
araazo oculto, del golpe de tijera en la trenza, y luego, al ser mujer,
el odio y el desprecio de sus antiguas compaeras le haba seguido en la
vida, amargando sus placeres de mujer joven y rica. Para qu ser
elegante?... En los paseos slo la saludaban los amigos de su padre; en
el teatro no vea visitado su palco ms que por gentes procedentes de
la calle. Con uno de ellos tendra que casarse, como se haban casado
su madre y sus abuelas. La desesperacin y el misticismo de la
adolescencia la haban arrastrado hacia la vida monjil. Su padre estuvo
prximo a ahogarse de pena. Pero la religin, aquella religin por la
que deseaba dar la vida!... Acept don Benito lo del monjo en un
convento de Mallorca, donde l pudiera ver a su hija todos los das.
Pero ningn convento quiso abrir sus puertas para ella. Las superioras,
tentadas por la fortuna del padre, que acabara por pasar a la
comunidad, mostrbanse transigentes y buenas; pero los rebaos
monsticos alborotbanse ante la idea de recibir en su seno a una de la
calle, y no humilde ni resignada para soportar la superioridad de las
otras, sino rica y soberbia.

Cuando, empujada de nuevo hacia el mundo por esta resistencia, no saba
qu pensar de su porvenir y viva como una enfermera junto al padre,
ignorando cul podra ser su suerte, volviendo la espalda a los jvenes
_chuetas_ que mariposeaban en torno de ella atrados por los millones de
don Benito, presentbase el noble Febrer, como un prncipe de cuento de
hadas, para hacerla su esposa. Qu bueno es Dios!... Se vea en aquel
palacio inmediato a la catedral, en el barrio de los nobles por cuyas
estrechas calles de pavimento azul y silencioso pasan los cannigos
durante las horas dormidas de la tarde, atrados por la campana de coro.
Se vea en un carruaje lujoso por entre los pinos de la montaa de
Bellver o a lo largo del muelle, con Jaime al lado de ella, y gozaba
pensando en las miradas de odio de sus antiguas compaeras, que no slo
le envidiaran su riqueza y su nuevo rango, sino la posesin de aquel
hombre al que lejanas aventuras y una vida agitada haban proporcionado
cierta aureola de terrible seduccin, deslumbradora y fatal para las
tranquilas seoritas de la isla.

Jaime Febrer!... Catalina le haba visto siempre de lejos; pero cuando
entretena su aburrida soledad con una lectura incesante de novelas,
ciertos personajes, los ms interesantes por sus aventuras y sus
audacias, le hacan pensar siempre en aquel noble del barrio de la
Catedral que andaba por el mundo con mujeres elegantes disipando su
fortuna. Y de pronto su padre le hablaba de este personaje
extraordinario, dando por seguro que iba a ofrecerle su nombre, y con l
la gloria de sus ascendientes, que haban sido amigos de reyes!... No
saba ella si era amor o gratitud, pero un sentimiento de ternura que
empaaba sus ojos la impela hacia aquel hombre. Ay, cmo iba a
quererlo! Y escuchaba como un zumbido dulce sus palabras, sin saber
ciertamente qu deca, embriagndose con su msica, pensando al mismo
tiempo en el porvenir que rpidamente se haba abierto ante ella, como
una salida de sol que rasga las nubes.

Luego, haciendo un esfuerzo, concentraba su atencin, y oa a Febrer que
le hablaba de grandes y lejanas ciudades, de desfiles de coches lujosos,
con mujeres que ostentaban las ltimas modas, de escalinatas de teatros
por donde descendan cascadas de brillantes, plumas y hombros desnudos,
esforzndose l por colocarse al nivel del pensamiento de la muchacha,
por halagarla con estas descripciones de gloria femenil.

Jaime no deca ms, pero Catalina adivinaba el propsito que haba
precedido a estas palabras. Ella, la infeliz muchacha de la calle, la
_chueta_, habituada a ver a los suyos plegados y temerosos bajo el peso
de un odio tradicional, visitara estas ciudades, se mezclara en los
desfiles de riqueza, tendra francas las puertas que haba contemplado
siempre cerradas, y entrara por ellas apoyndose en el brazo de un
hombre que le haba parecido siempre la representacin de todas las
grandezas terrenales.

--Cundo ver yo eso!--murmuraba Catalina con hipcrita humildad--. Yo
estoy condenada a vivir en la isla; yo soy una pobre muchacha que no he
hecho mal a nadie, y sin embargo he sufrido grandes disgustos... Debo
ser antiptica.

Febrer se lanz por el camino que le franqueaba esta habilidad femenil.
Antiptica!... No, Catalina. l haba venido a Valldemosa slo por
verla, por hablarla. Le ofreca una vida nueva. Todo aquello que le
causaba asombro poda conocerlo y paladearlo con sola una palabra.
Quera casarse con l?...

Catalina, que esperaba esta propuesta desde una hora antes, palideci
trmula de emocin. Orla de sus labios!... Pas mucho tiempo sin
contestar, y al fin balbuce algunas palabras. Era una felicidad, la
mayor de su existencia, pero una doncella bien educada no debe contestar
inmediatamente.

--Yo?... Veremos... Es tan grande esta sorpresa!

Jaime quiso insistir, pero en el mismo instante sali al jardn el
capitn Valls, llamndole con grandes voces. Deban irse a Palma: ya
haba dado orden al cochero para que enganchase. Febrer protest
sordamente. Con qu derecho se mezclaba aquel entrometido en sus
asuntos?...

La presencia de don Benito cort su protesta. Bufaba angustiosamente,
con el rostro congestionado. El capitn se mova con hostil nerviosidad,
protestando de la tardanza del cochero. Adivinbase que los hermanos
acababan de sostener una discusin violenta. El mayor mir a su hija,
mir a Jaime, y pareci serenarse al adivinar que los dos se haban
entendido.

Don Benito y Catalina les acompaaron hasta el carruaje. El asmtico
cogi una mano de Febrer entre las suyas con vehemente apretn. Aqulla
era su casa, y l un verdadero amigo deseoso de servirle. Si necesitaba
su auxilio, poda mandar como quisiera. Lo mismo que si fuese de la
familia!... Todava nombr una vez ms a don Horacio, recordando su
antigua amistad. Luego le invit a que almorzase con ellos dos das
despus, sin acordarse para nada de su hermano.

--S, volver--dijo Jaime lanzando una mirada a Catalina que la hizo
enrojecer.

Cuando perdieron de vista la verja de la casa, detrs de la cual
agitaban sus manos el padre y la hija, el capitn Valls lanz una
ruidosa carcajada.

--Segn parece, quieres que sea to tuyo?--pregunt irnicamente.

Febrer, que iba furioso por la intervencin de su amigo y la rudeza con
que le haba hecho abandonar la casa, dio expansin a su clera. Y a l
qu le importaba? Con qu derecho se atreva a mezclarse en sus
asuntos?... Era ya bastante grande para no necesitar consejeros.

--Alto!--dijo el marino retrepndose en el asiento y llevando sus manos
al chambergo de mosquetero cado sobre su cogote--. Alto, galn!... Me
mezclo porque soy de la familia. Creo que se trata de mi sobrina; a lo
menos as me parece.

--Y si quiero casarme con ella, qu?... Tal vez a Catalina le parezca
bien; tal vez su padre se muestre conforme.

--No digo que no; pero soy su to, y el to protesta y dice que esa boda
es un disparate.

Jaime le mir con asombro. Disparate casarse con un Febrer! Acaso
deseaba algo mejor para su sobrina?...

--Disparate por parte de ellos y disparate por tu parte--afirm Valls--.
Te has olvidado de dnde vives? T puedes ser mi amigo, el amigo del
_chueta_ Pablo Valls, al que ves en el caf, en el Casino, y que adems
tienen las gentes por medio loco. Pero casarte con una mujer de mi
familia!...

Y el marino rea al pensar en esta unin. Los parientes de Jaime iban a
indignarse contra l, negndole para siempre el saludo. Ms tolerantes
se mostraran si cometa un asesinato. Su ta la Papisa Juana iba a
chillar como si presenciase un sacrilegio. l lo perdera todo, y su
sobrina, olvidada y tranquila hasta entonces, iba a trocar el
aburrimiento de su casa, montono y triste, pero que al fin era una paz,
por una vida infernal de disgustos, humillaciones y desprecios.

--No; te lo repito: el to se opone.

Hasta las gentes del populacho que se decan enemigas de los ricos se
indignaran al ver a un _butifarra_ casndose con una _chueta_. Haba
que respetar el ambiente tradicional de la isla, so pena de morir como
morira su hermano Benito, por falta de aire. Era peligroso querer
modificar de un golpe la obra de siglos. Hasta los que llegaban de
fuera, limpios de prejuicios, sufran al poco tiempo la influencia de
esta repulsin de razas que pareca diluida en la atmsfera.

--Una vez--continu Valls--vino un matrimonio belga a establecerse en la
isla, recomendado a m por un amigo de Amberes. Les atend, les hice
toda clase de favores. Tengan ustedes cuidado--dije muchas veces--;
piensen que soy _chueta_, y los _chuetas_ son gente muy mala. La mujer
rea. Qu barbaridad! Qu atraso el de la isla! Judos los haba en
todas partes y eran gentes iguales a las otras. Nos vimos menos,
trataron a otras personas. Un ao despus, al encontrarme en la calle,
miraron a todos lados antes de saludarme. Ahora me ven y vuelven la cara
siempre que pueden... Lo mismo que si fuesen mallorquines!

Casarse!... Esto era para toda la vida. En los primeros meses, Jaime
hara frente a las murmuraciones y los desprecios; pero el tiempo pasa,
un odio de siglos no se fatiga en el transcurso de unos cuantos aos, y
Febrer acabara por arrepentirse de su aislamiento, reconocera su error
al ir contra las preocupaciones de la gran masa, y sera Catalina la que
sufriese las consecuencias, vindose mirada en su hogar como un signo de
ignominia. No; con el matrimonio pocos juegos. En Espaa es indisoluble,
no hay divorcio, y el hacer experiencias con l resulta caro. Por eso
Valls se haba mantenido clibe.

Febrer, irritado por estas palabras, apel al recuerdo de las ruidosas
propagandas que haca Pablo contra los enemigos de los _chuetas_.

--Pero t no deseas la dignificacin de los tuyos? No te irritas de
que miren a los de la calle como personas diferentes a las otras?...
Qu mejor que este matrimonio para combatir las preocupaciones!...

El capitn agit las manos para expresar su duda: Ta, ta!... El
matrimonio no probaba nada. En varias pocas de tolerancia y olvido
momentneo se haban casado cristianos viejos con gentes de la calle.
En la isla haban muchos que revelaban por sus apellidos estas mezclas.
Y qu? El odio y la separacin continuaban lo mismo... Lo mismo no: un
poco ms amortiguados que en otros tiempos, pero latentes an. Los que
haban de acabar con esta situacin eran la cultura de la gente, las
costumbres nuevas, y esto resultaba obra de aos y no se consegua con
un matrimonio. Adems, los ensayos eran peligrosos y causaban vctimas.
Si l tena empeo en hacer la experiencia, poda escoger a otra que no
fuese su sobrina.

Y Valls sonri irnicamente al ver los gestos negativos de Febrer.

--Ests acaso enamorado de Catalina?--pregunt.

Los ojos de mbar del capitn, maliciosos y fijos en Jaime, no le
permitieron mentir. Enamorado?... Enamorado no. Pero no era
indispensable el amor para casarse. Catalina era simptica, poda ser
una excelente esposa, una agradable compaera.

Pablo extrem ms an su sonrisa.

--Hablemos como buenos amigos, conocedores de la vida. Mi hermano te es
ms simptico que su hija. l se encargar indudablemente de arreglar
tus asuntos. Llorar al ver el dinero que le cuestas; pero tiene la
mana del nombre, respeta y adora lo antiguo, y pasar por todo... Mas
no te fes, Jaime! Es el tipo de esos judos que salen en las comedias
con un bolsn de oro, ayudando a las gentes en una mala hora, para
exprimirlas despus. sos son los que desacreditan a mi raza. Yo soy
otra cosa. Cuando te tenga en su poder te arrepentirs del negocio que
has hecho.

Febrer mir a su amigo con ojos hostiles. Lo mejor que podan hacer era
no hablar ms del asunto. Pablo era un loco, acostumbrado a decir cuanto
pensaba, y l no iba a sufrirle siempre. Para continuar siendo amigos,
lo mejor era callarse.

--Bueno, callemos--dijo Valls--. Pero conste una vez ms que el to se
opone y que lo hago por ti y por ella.

Pasaron silenciosos el resto del camino. En el Borne se separaron con
fro saludo, sin darse la mano.

Cuando Jaime entr en su casa era casi de noche. _Mad_ Antonia tena
sobre una mesa del recibimiento una candileja de aceite, cuya llama
pareca hacer ms densas las tinieblas de la vasta pieza.

Los ibicencos acababan de marcharse. Luego de almorzar con ella y vagar
por la ciudad, haban esperado al seor hasta el anochecer. Tenan que
pasar la noche en el falucho: el patrn quera darse a la vela antes del
alba. Y _mad_ hablaba con bondadoso inters de aquellas gentes, que le
parecan del otro extremo del mundo. Cmo lo admiraban todo! Iban por
la calle como asustados... Y Margalida? Qu muchacha tan hermosa!

La buena _mad_ Antonia tena una idea en su boca y otra en el
pensamiento, y mientras segua al seor hasta su dormitorio, le
examinaba disimuladamente, queriendo adivinar algo en su rostro. Qu
habra pasado en Valldemosa, Virgen del Lluch? Qu sera de aquel plan
disparatado que haba expuesto Febrer durante el desayuno?...

Pero el amo estaba de mal talante, y responda con palabras breves a sus
preguntas. No se quedaba en casa: cenara en el Casino. A la luz de un
quinqu que alumbraba dbilmente su vasto dormitorio, cambi de traje y
se acical un poco, tomando una llave enorme de manos de _mad_ para
abrir cuando volviese a altas horas de la noche.

A las nueve, al dirigirse al Casino, vio a la puerta de la calle, en un
caf del Borne, a su amigo Toni Claps, el contrabandista. Era un
hombretn de rostro afeitado y carilleno, con traje de pays. Pareca un
cura del campo vestido de labriego para pasar la noche en Palma. Con sus
alpargatas blancas, la camisa sin corbata y el sombrero echado atrs,
entraba en cafs y sociedades, siendo recibido con grandes extremos de
amistad. En el Casino le admiraban los seores al ver cmo sacaba
tranquilamente de sus bolsillos los billetes de Banco a puados.
Procedente de un pueblo del interior de la isla, haba llegado, en
fuerza de coraje y de arrostrar peligros, a ser el jefe de un Estado
misterioso que todos conocan de lejos, pero cuyo secreto funcionamiento
permaneca en la sombra. Tena centenares de sbditos, capaces de morir
por l y una flota invisible que navegaba de noche, sin miedo a los
temporales, abordando a costas casi inaccesibles. Las preocupaciones y
peligros de estas empresas no se traslucan nunca en su rostro jovial y
sus ademanes generosos. Slo se mostraba triste cuando pasaban varias
semanas sin que l recibiese noticias de alguna barca salida de Argel en
pleno mal tiempo.

--Perdida!--deca a sus amigos--. La barca y el cargamento importan
poco... Iban siete hombres en ella, y yo tambin he navegado as...
Procuraremos que a las familias no les falte el pan.

Otras veces, su tristeza era fingida, y al expresarla frunca
irnicamente sus labios: Una escampava del gobierno acaba de apresarme
una barca. Y todos rean, sabiendo que Toni dejaba algunos meses que le
cogiesen una embarcacin vieja con algunos bultos de tabaco, para que
sus perseguidores pudieran ostentar de este modo un triunfo. Cuando
haba epidemia en los puertos de frica, las autoridades de la isla,
impotentes para guardar un litoral extenso, llamaban a Toni, apelando a
su patriotismo de mallorqun, y el contrabandista prometa cesar
momentneamente en sus navegaciones o cargaba en otro punto para evitar
el contagio.

Febrer tena con este hombre rudo, alegre y generoso, una confianza
fraternal. Muchas veces le haba contado sus apuros para buscar el
consejo de su astucia campesina. l, que era incapaz de solicitar un
prstamo de sus amigos del Casino, aceptaba el dinero de Toni en
momentos difciles, dinero del que no pareca acordarse ms el
contrabandista.

Al encontrarse se estrecharon la mano. Has estado en Valldemosa?...
Toni saba ya su viaje, gracias a la facilidad con que circulan las ms
insignificantes noticias en el ambiente montono y calmoso de una ciudad
provinciana vida de curiosidades.

--Algo ms cuentan--dijo Toni en su mallorqun de campesino--, algo que
me parece mentira. Dicen que te casas con la _atlota_ de don Benito
Valls?

Febrer, admirado de que se supiesen tan pronto sus propsitos, no se
atrevi a negar. S, era cierto. Slo a Toni quera confesarlo.

El contrabandista hizo un gesto de repulsin, al mismo tiempo que sus
ojos, acostumbrados a las mayores sorpresas, revelaban asombro.

--Haces mal, Jaime; haces mal.

Lo deca gravemente, como si estuviera tratando un asunto solemne.

El _butifarra_ tuvo con aquel amigo una confianza que no hubiera osado
con ningn otro...

--Pero si estoy arruinado, querido Toni! Si nada de lo que tengo en mi
casa es ya mo! Si los acreedores slo me respetan por la esperanza de
este matrimonio!...

Toni sigui moviendo la cabeza negativamente. El rudo pays, el
contrabandista burlador de las leyes, pareca estupefacto por la
noticia.

--De todos modos, haces mal. Debes salir de tus apuros como puedas, pero
de otra manera... Los amigos te ayudaremos. Casarte t con una
_chueta_?...

Se despidi de l con un vigoroso apretn de manos, como si le viese
marchar hacia un peligro de muerte.

--Haces mal... pinsalo--dijo con tono de reproche--. Haces mal, Jaime!




IV


Cuando Jaime se meti en su cama, tres horas despus de la media noche,
crey ver en la obscuridad del dormitorio los rostros del capitn Valls
y de Toni Claps.

Parecan hablarle, lo mismo que en la tarde anterior. Me opongo,
repeta el marino con risa irnica. No hagas eso, aconsejaba el
contrabandista con gesto grave...

Haba pasado la noche en el Casino, silencioso y malhumorado bajo la
obsesin de estas protestas. Qu tena su proyecto de extrao y absurdo
para que lo repeliese aquel _chueta_, a pesar de constituir un honor
para su familia, y aquel pays rudo y falto de escrpulos, que viva
casi fuera de la ley?...

Era cierto que en la isla este matrimonio iba a producir escndalos y
protestas; pero y l?... No tena derecho a buscar su salvacin por
cualquier medio? Era acaso una novedad que gentes de su clase
intentasen rehacer su fortuna por medio de un casamiento? Y los duques
y prncipes que buscaban el oro en Amrica dando su mano a hijas de
millonarios de origen ms censurable que don Benito?...

Ay! Aquel loco de Pablo Valls tena en parte razn. Esas alianzas
podan ser en el resto del mundo, pero Mallorca, la amada _Roqueta_,
tena un alma todava viva, el alma de otros siglos, cargada de odios y
preocupaciones. Las gentes eran tales como haban nacido, tales como
fueron sus padres, y as haban de seguir en el ambiente inmvil de la
isla, que no lograban conmover lejanas y tardas ondulaciones venidas de
fuera.

Jaime se agitaba inquieto en su lecho. No tena sueo... Los Febrer!
Qu pasado tan glorioso! Y cmo gravitaba sobre l este pasado, como
una cadena de esclavitud que an haca ms triste su miseria!...

Haba pasado muchas tardes en el archivo de la casa, la pieza inmediata
al comedor, registrando legajos apilados en armarios con puertas de
alambre, a la luz suave que se filtraba por las persianas de los huecos.
Polvo y papel viejo que haba que sacudir para que no lo devorasen las
polillas! Brbaras cartas de navegacin, con errneos y caprichosos
perfiles, que haban servido a los Febrer en sus primeras travesas
comerciales!... Por todo esto apenas s le daran con que comer unos
das; y sin embargo, la familia haba peleado durante siglos para
hacerse digna de tal depsito y aumentarlo. Cunta gloria muerta!...

La verdadera fama de los suyos, rompiendo los lmites de la historia de
la isla, comenzaba en 1541 con la llegada del gran Emperador. Una armada
de trescientas velas, con diez y ocho mil hombres de desembarco, se
juntaba en la baha de Palma para ir a la conquista de Argel. Estaban
all los tercios espaoles mandados por Gonzaga, los alemanes regidos
por el duque de Alba, los italianos acaudillados por Colonna, doscientos
caballeros de Malta, a cuyo frente marchaba el comendador don Pramo
Febrer, el hroe de la familia, y toda la flota navegaba bajo la
direccin del gran marino Andrs Doria.

Mallorca acoga con fiestas mitolgicas al seor de las Espaas y las
Indias, de Alemania e Italia, gotoso ya, y rodo por otras dolencias. La
mejor nobleza de Castilla segua al Emperador en esta santa empresa,
alojndose en las casas de los caballeros mallorquines. La de Febrer
reciba como husped a un noble improvisado, recin salido de la nada,
cuyas lejanas hazaas y visibles riquezas inspiraban entusiasmos y
murmuraciones. Era el marqus del Valle de Oaxaca, don Hernn Corts,
que haba conquistado Mjico y vena en la expedicin ansioso de medirse
con los antiguos nobles de la Reconquista, ahora sus iguales, en una
galera equipada a su costa, acompaado de sus hijos don Martn y don
Luis. Una magnificencia real envolva al lejano conquistador, dueo de
fantsticas riquezas. Adornando el puente de su galera llevaba tres
esmeraldas enormes, valuadas en ms de cien mil ducados: una tallada en
forma de flor, otra en forma de pjaro y otra de campanilla, a la que
serva de badajo una perla gruesa. Con l iban servidores que haban
estado en tan lejanas tierras, adoptando sus extraos usos. Enjutos
hidalgos de color enfermizo pasaban silenciosos las horas muertas
encendiendo unos manojos de hierbajos, a modo de trozos de cuerda,
llamados tobaco, y arrojando humo por su boca como demonios que
ardiesen interiormente.

Las abuelas de Jaime haban conservado de generacin en generacin un
grueso diamante sin tallar, recuerdo del heroico capitn por el generoso
hospedaje de los Febrer. La piedra preciosa figuraba en los documentos
de la familia, pero el abuelo don Horacio no haba alcanzado a
conocerla. Desapareci en el curso de los siglos, como tantas riquezas
barridas por los apuros de una casa ostentosa.

Los Febrer preparaban un refresco para la armada, a nombre de Mallorca,
pero costeado en gran parte por ellos. Este refresca, para que el
Emperador apreciase la abundancia de frutos de la isla, componase de
cien vacas, doscientos carneros, centenares de parejas de gallinas y
pavos, de cuarteras de aceite y harina, de cuarterones de vino, de
cuarterolas de queso, alcaparras y aceitunas, veinte barriles de agua de
arrayn y cuatro quintales de cera blanca. Adems, los Febrer
avecindados en la isla y que no eran de la Orden de Malta se embarcaron
en la escuadra con doscientos caballeros mallorquines, ansiosos de
conquistar Argel, nido de piratas. Las trescientas galeras salieron de
la baha, ondeando sus flmulas entre el estruendo de caones y
bombardas, saludadas por el gento aglomerado en las murallas. Nunca
haba reunido el Emperador una flota tan imponente.

Era en Octubre. El experto Doria pona mal gesto. Para l no existan en
el Mediterrneo otros puertos seguros que Junio, Julio, Agosto... y
Mahn. El Emperador se haba retrasado demasiado en el Tirol e Italia.
El papa Paulo III, al salir a su encuentro en Luca, le haba profetizado
desgracias por lo avanzado de la estacin. Los expedicionarios
desembarcaron en la playa de Hamma. El comendador Febrer, con sus
caballeros de Malta, marchaba a vanguardia, sosteniendo incesantes
choques con los turcos. El ejrcito se apoder de las alturas que rodean
a Argel y comenz el sitio. Entonces se cumplieron las predicciones de
Doria. Sobrevino una horrible tempestad, con toda la violencia del
invierno africano. Las tropas, sin abrigo, caladas hasta los huesos
durante la noche por la lluvia torrencial, sentanse ateridas. Un viento
furioso obligaba a los hombres a mantenerse tendidos en el suelo. Al
amanecer, los turcos, aprovechando esta situacin, cayeron por sorpresa
sobre el ejrcito, que casi se desband.

Pero estaba all el comendador Pramo, demonio de la guerra, insensible
al agua y al fuego, duro, malicioso y despreciador de la fatiga, que
contuvo el empuje enemigo con un puado de sus caballeros. Espaoles y
alemanes se rehicieron, y los turcos se replegaron, perseguidos por los
sitiadores, hasta las mismas murallas de Argel. Don Pramo Febrer,
herido en la cara y en una pierna, se arrastr hasta una puerta de la
ciudad, clavando en ella su pual como testimonio de su avance.

En otra salida de la morisma, el choque era tan furioso, que cejaban los
italianos, seguan su ejemplo los alemanes, y el Emperador, rojo de
clera al ver en fuga a sus soldados favoritos, desenvainaba la tizona,
peda su estandarte, meta espuelas al trotn y gritaba al brillante
squito de caballeros que le segua: Arriba, seores! Si me veis caer
con el estandarte, levantad a ste antes que a m.

Los turcos huan ante el mpetu de este escuadrn de hierro. Un Febrer,
el rico, el de la isla, abuelo remoto de Jaime, se haba interpuesto
por dos veces entre el Emperador y los enemigos, salvando su existencia.
A la salida de un desfiladero, el fuego de las culebrinas turcas diezm
a los jinetes. El duque de Alba cogi la brida del caballo de su
monarca. Seor: que vuestra vida vale ms que el triunfo. Y el
Emperador, serenndose, volva al fin sobre sus pasos, y con un gesto de
agradecimiento majestuoso se quitaba la cadena de oro pendiente de su
cuello, para colocarla sobre los hombros de Febrer.

Mientras tanto, la tempestad destrua ciento sesenta buques, y el resto
de la flota tena que refugiarse detrs del cabo Matifux.

Los ms de los nobles opinaban por una retirada inmediata. Hernn
Corts, el conde de Alcaudete, gobernador de Oran, y los caballeros
mallorquines, con los Febrer a la cabeza, pedan que se pusiera en salvo
el Emperador y dejase al ejrcito continuar solo la empresa. Al fin se
decidi la retirada, y por cumbres y barrancas hinchadas de lluvia se
fue realizando la triste operacin acosados por el enemigo, dejando una
estela de muertos y prisioneros. En plena tempestad se embarcaron los
que pudieron. El mar embravecido devor nuevos buques, y las galeras
mallorquinas llegaron tristemente a la baha de Palma escoltando al
Emperador, que sin querer bajar a tierra se dirigi a la Pennsula. Los
Febrer volvieron a su casa cubiertos de gloria en plena derrota: uno con
el testimonio de amistad del Csar; otro, el comendador, tendido en una
camilla y blasfemando como un pagano por haberse interrumpido el cerco
de Argel.

Pramo Febrer!... Jaime no poda pensar en este personaje sin un
sentimiento de simpata y curiosidad que le haban infundido los relatos
escuchados en su infancia. Era el alma heroica y maldita de la familia.
Las antiguas damas de la casa no mencionaban jams su nombre, y al
escucharlo bajaban los ojos y enrojecan. Guerrero de la Iglesia, santo
caballero que haba pronunciado voto de castidad al entrar en la Orden,
llevaba siempre mujeres en su galera. Eran cristianas rescatadas al
musulmn, que no tena gran prisa en devolver a sus hogares, o infieles
hechas esclavas en sus audaces desembarcos.

Cuando se proceda al reparto del botn, miraba indiferente las riquezas
en montn, dejndolas para el Gran Maestre. l slo tena inters en
apropiarse las hembras. Si le amenazaban con la excomunin, rea
diablicamente en la cara de los eclesisticos de la Orden. Cuando el
Gran Maestre le llamaba para reprenderle por sus impurezas, erguase
fieramente, hablando de las grandes victorias en el mar que le deba la
cruz de Malta.

Conservbanse en el archivo de la casa algunas de sus cartas: pliegos de
papel amarillento con caracteres rojizos, desiguales y confusos, y un
estilo que delataba las pocas letras del comendador. Expresbase con
soldadesca tranquilidad, mezclando frases religiosas con las ms
impdicas expresiones. En una de dichas cartas, que Jaime haba ledo,
escriba alarmado a su hermano de Mallorca en vista de cierta enfermedad
misteriosa que sufra ste; y por si era mal de mujeres, le daba
expertos consejos y mgicos remedios. l haba conocido mucho esta
dolencia en sus visitas a los puertos de Levante.

Su nombre era terriblemente popular en toda la costa mediterrnea
ocupada por los infieles. Los mahometanos le teman como al demonio; las
moras hacan callar a sus pequeuelos con la amenaza del comendador
Febrer. Dragut, gran corsario turco, le apreciaba como nico rival digno
de su valor. Los dos se teman y se respetaban, procurando no verse ni
encontrarse en el mar, despus de varios combates de los que ambos
haban salido malparados.

Un da, Dragut, al visitar una de sus galeras en Argel, encontr a
Pramo Febrer casi desnudo, encadenado a un banco y con un remo en las
manos.

--Cosas de la guerra!--dijo Dragut.

--Cosas de la fortuna!--contest el comendador.

Se estrecharon la mano y no dijeron ms. Ni el uno ofreci favor ni el
otro pidi misericordia. Las gentes de Argel acudan ansiosas para
conocer al Demonio de Malta amarrado a su banco de esclavo; pero al
verle fiero y ceudo como un aguilucho cautivo, no se atrevan a
insultarle. La Orden dio por el rescate de su heroico guerrero
centenares de esclavos, naves y cargamentos, como si fuese un prncipe.
Aos despus fue don Pramo el que, entrando en una galera de Malta,
encontr encadenado en un banco de remero al intrpido Dragut. Se
repiti la escena sin sorpresa para ambos, como si el encuentro fuese
natural. Se estrecharon las manos.

--Cosas de la guerra!--dijo uno.

--Cosas de la fortuna!--contest el otro.

Jaime amaba al comendador porque haba representado en el seno de la
noble familia el desorden, la libertad, el desprecio de las
preocupaciones... Lo que a l le importaban las diferencias de raza y
religin cuando senta el deseo de una mujer!... Haba vivido en la
madurez de su existencia retirado en Tnez, con sus buenos amigos los
ricos corsarios, que en fuerza de odiarle y perseguirle acabaron por ser
sus camaradas. Fue ste el perodo ms obscuro de su existencia. Las
leyendas llegaban a suponer que haba renegado, y para distraer su tedio
daba caza en el mar a las galeras de Malta. Algunos caballeros de la
Orden, enemigos suyos, juraban haberle visto durante un combate vestido
a la turca en el castillo de una embarcacin enemiga.

Lo nico cierto era que haba vivido en Tnez en un palacio a orillas
del mar, con una mora de esplndida belleza, parienta de su amigo el
Bey. Dos cartas atestiguaban en el archivo esta dulce e incomprensible
esclavitud. Al morir la musulmana, don Pramo volva a Malta, dando por
terminada su carrera. Los ms importantes dignatarios de la Orden
quisieron favorecerle si cambiaba de conducta, hablando de nombrarle
Bailo de Negroponto o Gran Castelln de Amposta. Pero el empecatado don
Pramo no se correga, y continu siendo un libertino temible, de humor
fantstico y desigual para los otros caballeros. En cambio, el heroico
comendador era adorado por los hermanos sirvientes, hombres de armas
de la Orden, simples soldados que slo podan llevar sobre la coraza el
adorno de media cruz.

El desprecio a las intrigas y el odio de sus enemigos le hicieron
abandonar para siempre el archipilago de la Orden, las islas de Malta y
Gozzo, cedidas por el Emperador a los frailes guerreros sin otro precio
que el tributo anual de un azor de los que se criaban en aquellas islas.

Viejo ya y cansado, retirbase a Mallorca, viviendo de los bienes de su
encomienda situados en Catalua. La impiedad y los vicios del hroe
aterraban a la familia y escandalizaban a la isla. Tres moras jvenes y
una juda de gran belleza le acompaaban como sirvientes en las
habitaciones de toda un ala del casern de los Febrer, que era mucho ms
grande en aquella poca. Adems conservaba varios esclavos, turcos unos,
trtaros otros, que temblaban al verle. Andaba en tratos con viejas
tenidas por brujas, consultaba a curanderos hebreos, se encerraba en su
dormitorio con toda esta gente sospechosa, y los vecinos temblaban
viendo a altas horas de la noche sus ventanas inflamadas por un fuego de
infierno. Algunos de sus esclavos languidecan, plidos, como si les
chupasen la vida. La gente murmuraba que el comendador haba empleado su
sangre para mgicos bebedizos. Don Pramo quera volver a la juventud:
ansiaba reanimar con fuego vital sus fuerzas pasionales. El Gran
Inquisidor de Mallorca hablaba de una visita con familiares y alguaciles
a las habitaciones del comendador; pero ste, que era primo suyo, le
anunci por carta su propsito de abrirle la cabeza con un mandoble de
abordaje apenas avanzase un pie sobre el primer peldao de su escalera.

Mora don Pramo, o ms bien, reventaba con los diablicos brebajes,
dejando como resumen de sus despreocupaciones un testamento cuya copia
haba ledo Jaime. El guerrero de la Iglesia legaba el cuerpo de sus
bienes, as como sus armas y trofeos, a los hijos de su hermano mayor,
lo mismo que haban hecho siempre todos los segundones de la casa. Pero
a continuacin figuraba una extensa lista de mandas, todas para hijos
suyos que declaraba habidos con esclavas musulmanas o amigas judas,
armenias y griegas que deban vegetar a aquellas horas, decrpitas y
arrugadas, en algn puerto de Levante. Era una descendencia de patriarca
bblico, pero toda irregular y mestiza, producto del cruzamiento de
sangres enemigas, de razas antagnicas. Famoso comendador! Pareca que
al quebrantar sus votos hubiese buscado aminorar esta falta escogiendo
siempre mujeres infieles. A su pecado de impureza una lo vergonzoso del
comercio con hembras enemigas del verdadero Dios.

Admirbalo Jaime como a un precursor que le salvaba de sus dudas. Qu
tena de extrao que l se uniese a una _chueta_, igual a las otras
mujeres en costumbres, creencias y educacin, si el ms famoso de los
Febrer, en una poca de intolerancia, haba vivido, fuera de toda ley,
con hembras infieles?... Pero los prejuicios de familia despertaban en
Jaime como un remordimiento, hacindole recordar una clusula del
testamento del comendador. Dejaba bienes a los hijos de sus esclavas,
mestizos de otras razas, porque eran de su sangre y deseaba evitarles
los sufrimientos de la miseria, pero les prohiba que usasen el apellido
de su padre, el nombre de los Febrer, que se haban mantenido siempre
puros de cruzamientos vergonzosos en su casa de Mallorca.

Al recordar esto, sonrea Jaime en la obscuridad. Quin poda responder
del pasado? Qu misterios no se ocultaban en las races del tronco de
su estirpe, all en los tiempos medioevales, cuando los Febrer y los
ricos de la sinagoga balear comerciaban juntos y cargaban sus naves en
Puerto Pi? Muchos de su familia, y hasta l mismo, as como otros de la
antigua nobleza mallorquna, tenan algo de judaico en el rostro. La
pureza de las razas era una ilusin. La vida de los pueblos resida en
el movimiento, gran engendrador de mezclas y confusiones... Pero ay,
los orgullosos escrpulos de familia! La separacin creada por las
costumbres!...

l mismo, que pretenda burlarse de los prejuicios del pasado,
experimentaba un sentimiento irresistible de altivez al lado de don
Benito, que haba de ser su suegro. Se consideraba superior a l; le
toleraba con una bondad lastimera; se haba sublevado interiormente
cuando el rico _chueta_ habl de su pretendida amistad con don Horacio.
No era cierto; los Febrer no haban tratado nunca a aquellas gentes.
Cuando sus abuelos iban a Argel con el Emperador, los abuelos de
Catalina estaban tal vez recluidos en el barrio de la Calatrava,
fabricando objetos de plata, temblando ante la idea de que los payeses
pudieran bajar en son de guerra a Palma, encorvndose plidos de miedo
ante el Gran Inquisidor--algn Febrer indudablemente--para granjearse su
proteccin.

Fuera, en el recibimiento, estaba el retrato de uno de sus ascendientes
menos remotos, un seor de rostro afeitado, labios finos y descoloridos,
peluca blanca y casaca de seda roja, que, segn rezaba la cartela del
lienzo, haba sido regidor perpetuo de la ciudad de Palma. El rey Carlos
III enviaba una pragmtica a la isla prohibiendo que se insultase a los
antiguos judos, gente laboriosa y honrada, amenazando con pena de
presidio al que los llamase _chuetas_. El Concejo se alborotaba con esta
disposicin absurda del monarca, sobradamente bondadoso, y el regidor
Febrer solucionaba el asunto con la autoridad de su nombre. Archvese
la pragmtica; se acata, pero no se cumple. Para qu necesitan los
_chuetas_ tener dignidad como cualquiera de nosotros? Con tal que no les
toquen la bolsa o la mujer, se dan por contentos.

Y todos rean, dicindose que Febrer hablaba por experiencia propia,
pues era gran aficionado a visitar la calle, encargando trabajo a los
plateros para poder hablar con las plateras.

Tambin estaba en el recibimiento el retrato de otro de sus
ascendientes, el inquisidor don Jaime Febrer, que llevaba su mismo
nombre. En los desvanes de la casa haba encontrado l, amarillas por el
tiempo, varias cartulinas de visita con el nombre del rico sacerdote:
tarjetas grabadas con emblemas, como empezaron a usarse en el siglo
XVIII.

En el centro de la tarjeta apareca una cruz leosa con una espada y una
rama de olivo; a ambos lados dos corazas, una con la cruz del Santo
Oficio, otra con dragones y cabezas de Medusa. Esposas, ltigos,
calaveras, rosarios y cirios completaban el adorno; abajo arda una
hoguera en torno a un poste con argolla y figuraba una caperuza como un
embudo adornada de serpientes, sapos y cabezas cornudas. Una especie de
sarcfago elevbase entre estos adornos, y en l se lea en antigua
letra espaola: El Inquisidor Decano don Jaime Febrer. El pacfico
mallorqun que al volver a su casa encontraba esta cartulina de visita
deba sentir un espeluznamiento de terror.

Adems, pasaba por su memoria otro de sus ascendientes, aquel a quien
mencionaba iracundo Pablo Valls al recordar las quemas de _chuetas_ y el
librito del padre Garau. Era un Febrer elegante y galanteador, que haba
entusiasmado a las damas de Palma en el famoso auto de fe, con un
vestido nuevo de pao de Florencia recamado de oro, jinete sobre un
corcel tan vistoso como su dueo y llevando el estandarte del Santo
Tribunal. El jesuita hablaba con lricos arrebatos de su gentil
apostura. A la cada de la tarde haba presenciado el caballero en la
falda del castillo de Bellver cmo arda la abultada corpulencia de
Rafael Valls y cmo reventaban sus entraas cayendo en el brasero,
espectculo del que le distrajo la presencia de algunas damas, haciendo
caracolear su caballo junto a las portezuelas de las carrozas. El
capitn Valls tena razn: todo esto resultaba brbaro. Pero los Febrer
eran los suyos; el nombre y los bienes ya perdidos a ellos los deba. Y
l, ltimo vstago de una familia orgullosa de su historia, iba a
casarse con Catalina Valls, descendiente del ajusticiado!...

Las consejas odas en la niez, los simples relatos con que le
entretena _mad_ Antonia, surgan ahora en su recuerdo como ideas
olvidadas, pero que haban abierto hondo surco. Pensaba en los
_chuetas_, que, segn la opinin popular, no eran lo mismo que las otras
personas; seres de miseria srdida y contacto viscoso, que deban
ocultar terribles deformidades. Quin poda afirmarle que Catalina era
igual a las otras mujeres?...

Al momento pensaba en Pablo Valls, tan alegre y generoso, superior por
sus cualidades a casi todos los amigos que l tena en la isla. Pero
Pablo apenas haba vivido en Mallorca: haba viajado mucho; no era como
los de su raza, inmviles en la misma postura durante siglos,
reproducindose sobre el montn de su vileza y su cobarda, sin fuerzas
ni solidaridad para levantarse e imponer respeto.

Jaime conoca en Pars y en Berln ricas familias de judos. Hasta haba
solicitado que le presentasen a los altos varones de Israel; pero al
ponerse en contacto con estos hebreos verdaderos, que conservaban su
religin y su independencia de raza, no sinti la instintiva repugnancia
que le inspiraban el devoto don Benito y otros _chuetas_ de Mallorca.
Era el ambiente, que influa en l? Era que una sumisin de siglos, el
miedo y el hbito de doblarse, haban hecho de los de Mallorca una raza
distinta?...

Febrer acab por sumirse en la lobreguez del sueo, rodando a travs de
las sinuosidades de su pensamiento, cada vez ms confuso.

En la maana siguiente, mientras se vesta, decidise a realizar cierta
visita, con gran esfuerzo de su voluntad. Aquel casamiento era algo
audaz y peligroso que exiga larga reflexin, como le haba dicho su
amigo el contrabandista.

Antes debo jugar mi ltima carta...--pens Jaime--. Voy a ver a la
Papisa Juana Hace muchos aos que no la he visto; pero es mi ta, mi
pariente ms prxima. En justicia, deba ser yo su heredero. Si ella
quisiera!... Le bastara hacer un gesto, y todos mis apuros habran
terminado.

Pens en la hora mejor para visitar a la gran seora. Por la tarde tena
su famosa tertulia de cannigos y graves seores, a los que reciba con
un aire de soberana. Estos eran los que iban a heredarla, como
mandatarios y representantes de varias corporaciones de carcter
religioso. La deba visitar inmediatamente, sorprenderla en su soledad
despus de la misa y los ejercicios matinales.

Doa Juana viva en un palacio inmediato a la catedral. Se haba
mantenido soltera, abominando del mundo despus de ciertos desengaos de
su juventud, de los que era responsable el padre de Jaime. Toda la
acometividad de su carcter bilioso y el entusiasmo de su fe seca y
altiva los haba dedicado a la poltica y la religin. Por Dios y por
el Rey, le haba odo decir Febrer al visitarla siendo muchacho.

En su juventud haba soado doa Juana con las heronas de la Vende; se
haba entusiasmado con las hazaas y penalidades de la duquesa de Berry,
queriendo, como estas hembras fuertes de la religin y el legitimismo,
montar a caballo, llevando sobre el pecho un crucifijo y junto a la
falda de amazona un sable pendiente. Pero estos deseos no pasaron de ser
vagas fantasas. En realidad, no haba hecho otra expedicin que un
viaje a Catalua durante la ltima guerra carlista, para ver ms de
cerca la santa empresa que consumi una parte de sus bienes.

Los enemigos de la Papisa Juana afirmaban que de joven haba tenido
oculto en su palacio al conde de Montemoln, pretendiente a la corona, y
que all lo haba puesto en relacin con el general Ortega, capitn
general de las islas. A estas murmuraciones unan la de un amor
romntico de doa Juana por el pretendiente.

Jaime sonrea al or estas noticias. Todo mentira. El abuelo don
Horacio, que estaba bien enterado, habl muchas veces a su nieto de
tales sucesos. La Papisa slo haba querido al padre de Jaime. El
general Ortega era un iluso, al que reciba doa Juana con novelesco
misterio, vestida de blanco en un saln casi a obscuras, hablndole con
voz dulce de ultratumba, como si fuese el ngel del pasado, de la
necesidad de volver Espaa a sus antiguas costumbres, barriendo a los
liberales y restableciendo el gobierno de los caballeros. Por Dios y
por el Rey!... Ortega fue fusilado en la costa de Catalua al fracasar
su desembarco carlista, y la Papisa se qued en Mallorca, pronta a dar
su dinero para nuevas empresas santas.

Muchos la consideraban arruinada despus de sus prodigalidades en la
ltima guerra civil, pero, Jaime conoca la verdadera fortuna de la
devota seora. Su vida era simple como la de una payesa; le quedaban en
la isla extensos predios, y todas sus economas las inverta en regalos
a iglesias y conventos o en donativos al tesoro de San Pedro. Su antiguo
lema Por Dios y por el Rey haba sufrido una mutilacin. Ya no pensaba
en el rey. De sus antiguos entusiasmos por el pretendiente don Carlos
slo le quedaba una gran fotografa con dedicatoria adornando la parte
ms obscura de su saln.

--Buen mozo--deca de l--, buen caballero, pero igual casi a los
liberales. Ay, la vida en tierra extranjera! Cmo cambia a los
hombres!... Qu pecados!...

Ahora su entusiasmo era slo por Dios, y su dinero emprenda el camino
de Roma. Una suprema ilusin animaba su existencia. No le enviara
antes de morir la Rosa de Oro el Santo Padre? Era regalo destinado en
otros tiempos slo a las reinas, pero algunas devotas ricas de la
Amrica del Sur conseguan ahora esta distincin. Y menudeaba las
liberalidades, viviendo en santa pobreza para poder enviar ms dinero al
Vaticano. La Rosa de Oro, y luego morir!...

Febrer lleg a casa de la Papisa: un zagun semejante al suyo, aunque
ms cuidado, ms limpio, sin hierbas en el pavimento, sin grietas ni
desconchaduras en las paredes, con una pulcritud monacal. Arriba le
abri la puerta una criadita plida, vestida con el hbito azul de una
cofrada y cordn blanco. Esta muchacha no pudo reprimir un gesto de
sorpresa al reconocer a Jaime.

Le dej en el recibimiento, lleno de retratos como el de casa de los
Febrer, y corri con un ligero trote de ratn a las habitaciones
interiores, para avisar esta visita extraordinaria que turbaba la paz
monstica del palacio.

Transcurrieron largos minutos de silencio. Jaime oy pasos furtivos en
las habitaciones inmediatas; vio cortinajes que se agitaban levemente,
como movidos por suave cfiro; adivin tras de ellos cuerpos en acecho,
ojos que le contemplaban ocultos. La criada volvi a aparecer, saludando
a don Jaime con grave cortesa. Era el sobrino de la seora!... Le
acompa hasta un gran saln, y desapareci.

Febrer entretuvo la espera contemplando esta vasta pieza, de un lujo
arcaico. As era su casa en tiempos del abuelo. Las paredes estaban
cubiertas de rico damasco carmes, y sobre ellas destacbanse antiguos
cuadros religiosos de suaves pinceles italianos. Los muebles eran de
madera blanca y oro, con voluptuosas curvas, tapizados de gruesa seda
bordada. Sobre las consolas, reflejndose en los espejos azulados y
profundos, mezclbanse figuras policromas de santos y pndolas del siglo
XVII con figuras mitolgicas. La bveda del techo estaba pintada al
fresco, con una asamblea de dioses y diosas sentados en nubes. Sus
rosadas desnudeces y atrevidos gestos contrastaban con la faz dolorosa
de un gran Cristo que pareca presidir el saln, ocupando la mayor parte
del muro sobre el estrado, entre dos puertas. La Papisa reconoca lo
pecaminoso de estos adornos mitolgicos; pero eran recuerdos de la buena
poca, de cuando mandaban los caballeros, y los respetaba, procurando no
verlos.

Se levant un cortinaje de damasco y entr una criada vieja vestida de
negro, con falda lisa y pobre jubn, lo mismo que una campesina. Los
cabellos grises estaban cubiertos en parte por una paoleta obscura, a
la que el tiempo y la grasa haban dado un tinte rojizo. Por debajo de
la falda asomaban los pies calzados de pao, con unas medias blancas de
grueso tejido. Jaime se apresur a levantarse de su asiento. Aquella
criada vieja era la Papisa.

La sillera estaba en un desorden permanente que pareca denunciar la
tertulia reunida all todas las tardes. Cada asiento perteneca por
derecho consuetudinario a una grave persona, y quedaba inmvil en el
mismo sitio. Doa Juana, al entrar, ocup un silln semejante a un
trono, asiento desde el cual presida toda las tardes su fiel tertulia
de cannigos, amigas viejas y seores de sanas ideas, como una reina que
recibe su corte.

--Sintate--dijo brevemente a su sobrino.

Tendi las manos, por el automatismo de la costumbre, sobre un brasero
monumental de plata que estaba vaco, y contempl fijamente a Jaime con
sus ojillos grises de mirada aguda, habituados a infundir miedo. Esta
mirada autoritaria fue humanizndose, hasta temblar con una lacrimosidad
de emocin. Cerca de diez aos que no vea a su sobrino.

--Eres un Febrer de lo ms puro. Te pareces a tu abuelo... Igual a
todos los de tu familia!

Y ocultaba su verdadero pensamiento; callbase el nico parecido que le
conmova: la semejanza de Jaime con su padre, cuando ste era oficial de
marina y vena a verla en tiempos ya remotos. Slo le faltaban para ser
idntico a su progenitor el uniforme y los lentes... Ah, monstruo de
liberalismo y de ingratitud!...

Sus ojos recobraron la acostumbrada dureza; sus facciones parecieron ms
secas, plidas y angulosas.

--Qu deseas?--dijo con rudeza--. Porque seguramente no vienes por el
placer de verme!...

Jaime baj los ojos con una hipocresa infantil, y temeroso de llegar a
su verdadera demanda, acometi el relato desde muy lejos. l era bueno,
crea en todo lo antiguo, deseaba mantener el prestigio de su familia y
aumentarlo... No haba sido un santo, lo confesaba; una existencia loca
haba consumido sus bienes... pero el honor de la casa siempre intacto!
De esta vida de pecado y ruina haba sacado dos cosas excelentes: la
experiencia y el firme propsito de enmendarse.

--Ta: yo quiero cambiar de modo de vivir; yo quiero ser otro.

La ta asinti con un gesto enigmtico. Muy bien; as haban hecho San
Agustn y otros santos varones que pasaron su juventud en la licencia,
para ser luego lumbreras de la Iglesia.

Se anim el sobrino con estas palabras. l, ciertamente, no llegara a
figurar como lumbrera de nada, pero deseaba ser un buen caballero
cristiano; se casara, educara a sus hijos para que continuasen las
tradiciones de la casa; un hermoso porvenir. Pero ay! vidas tan
desarregladas como la suya son de difcil apao cuando llega el momento
de enderezarlas hacia la virtud. Necesitaba una ayuda. Estaba arruinado,
ta. Los predios se hallaban en manos de los acreedores; su casa era un
desierto: se haba defendido vendiendo los recuerdos del pasado. l, un
Febrer, iba a verse en medio de la calle si una mano misericordiosa no
le daba apoyo. Y haba pensado en su ta--que al fin era su pariente ms
prxima, algo as como su madre--para que le salvase.

Esta supuesta maternidad hizo enrojecer dbilmente a doa Juana y
aument la dura brillantez de sus ojos. Ay, la memoria con sus penosas
evocaciones!...

--Y es de m de quien esperas tu salvacin?--dijo lentamente la
Papisa, con una voz que silbaba entre los dientes, separados y
amarillentos, pero todava fuertes--. Pierdes el tiempo, Jaime. Yo soy
pobre... no tengo casi nada. Apenas lo necesario para vivir y hacer
algunas limosnas.

Lo dijo con tal firmeza, que Febrer perdi la esperanza y juzg intil
insistir. La Papisa no quera ayudarle.

--Est bien--dijo con visible despecho--. Pero a falta de su apoyo, he
de procurarme otra salida en mis apuros, y cuento con una. Usted es
ahora la mayor de mi familia, y debo pedir su consejo. Tengo en proyecto
un casamiento que puede salvarme: un matrimonio con persona rica, pero
que no es de nuestra clase, sino de un origen bajo. Qu debo hacer?...

Esperaba en su ta un movimiento de sorpresa, de curiosidad. Tal vez el
anuncio de su casamiento la ablandase. Casi era seguro que, aterrndose
ante un peligro tan enorme para el honor de su casa y de su sangre, se
allanara a todo, concedindole su proteccin. Pero el sorprendido, el
aterrado, fue Jaime al ver fruncirse con una sonrisa fra los labios
plidos de la vieja.

--Lo s--dijo--. Me lo han contado todo esta maana en Santa Eulalia, al
salir de misa. Ayer estuviste en Valldemosa. Te casas... te casas con...
una _chueta_.

Le cost un esfuerzo soltar la palabra, se estremeci al decirla. Luego
de esto rein en el saln un largo silencio, uno de esos silencios
trgicos y absolutos que siguen a las grandes catstrofes, lo mismo que
si la casa acabara de venirse abajo, extinguindose el eco del ltimo
muro derrumbado.

--Y a usted qu le parece?--se atrevi a preguntar tmidamente Jaime.

--Haz lo que quieras--dijo la Papisa con frialdad--. Sabes que hemos
estado muchos aos sin vernos, y lo mismo podernos seguir el resto de
nuestra vida. T y yo somos ahora como de otra sangre; pensamos de
distinto modo; no podemos entendernos.

--De modo que debo casarme?--insisti l.

--Eso pregntalo a ti mismo. Los Febrer marchan desde hace aos por
tales caminos, que nada de ellos puede sorprenderme.

Jaime adivinaba en los ojos y la voz de su ta un goce reprimido, la
voluptuosidad de la venganza, la alegra de ver cados a sus enemigos en
lo que consideraba una deshonra, y esto le irrit.

--Y si me caso--dijo imitando la frialdad de doa Juana--, puedo contar
con usted? Vendr usted a mi boda?

Esto puso fin a la tranquilidad de la Papisa, y la hizo erguirse con
altivez. Las lecturas romnticas de la juventud acudieron a su memoria.
Habl como una reina ultrajada al final de un captulo de novela
histrica.

--Caballero, soy Genovart por mi padre. Mi madre era Febrer, pero tanto
valen los unos como los otros. Yo reniego de la sangre que va a
mezclarse con la de la gente vil, matadora de Cristo, y me quedo con la
ma, con la de mi padre, que acabar conmigo pura y honrada.

Sealaba la puerta con ademn arrogante, dando por terminada la
entrevista. Pero luego pareci darse cuenta de lo extemporneo y teatral
de su protesta, y baj los ojos, se humaniz, tomando un aspecto de
mansedumbre cristiana.

--Adis, Jaime; que el Seor te ilumine!

--Adis, ta.

La tendi l una mano, a impulsos de la costumbre, pero ella retir
vivamente su diestra, ocultndola detrs de su espalda. Febrer sonri al
recordar ciertas noticias de los murmuradores. Esta retraccin no
significaba desprecio ni odio. Era que la Papisa haba hecho voto de
no tocar en su vida las manos de otros hombres que los sacerdotes.

Cuando se vio en la calle prorrumpi sordamente en denuestos, mirando
los panzudos balcones del casern. Vbora! Cmo se alegraba de su
casamiento!... Cuando ste fuese un hecho, fingira indignacin y
escndalo ante su tertulia. Tal vez enfermase, para que todos en la isla
la compadeciesen, y sin embargo, su alegra era inmensa, la alegra de
una venganza incubada durante muchos aos, viendo a un Febrer, al hijo
del hombre odiado, sumido en lo que consideraba la ms afrentosa de las
deshonras... Y l, empujado por las angustias de la ruina, tendra que
proporcionarle este placer casndose con la hija de Valls!... Ah,
miseria!

Vag hasta pasado medioda por las calles poco frecuentadas inmediatas a
la Almudaina y la catedral. El desfallecimiento del estmago gui sus
pasos instintivamente hacia su casa. Comi silencioso, sin saber lo que
coma, no viendo a _mad_, que, inquieta desde el da anterior, rondaba
en torno de l, ansiosa de entablar conversacin.

Luego de comer sali a una pequea galera que daba sobre el jardn, con
su ruinosa baranda de balaustres coronada por tres bustos romanos. A sus
pies extendase el follaje de las higueras, las barnizadas hojas de los
magnolieros, las bolas verdes de los naranjos. Frente a l cortaban el
espacio azul los troncos de las palmeras, y ms all de las almenas
puntiagudas de la tapia extendase el mar, luminoso, con
estremecimientos de vida, como si cosquilleasen su blanda epidermis las
barcas, sueltas sus velas al viento. A la derecha estaba el puerto,
repleto de mstiles y amarillas chimeneas; ms, all, avanzaba en las
aguas de la baha la masa obscura de los pinos de Bellver, y sobre su
cumbre erguase el antiguo castillo, redondo como una plaza de toros,
con su torre del homenaje suelta, aislada, sin otro lazo de unin que un
gallardo puente. Abajo extendase el rojo casero moderno del Terreno, y
ms all, al extremo del cabo, el antiguo Puerto Pi, con su torre de
seales y las bateras de San Carlos.

Al otro lado de la baha perdase mar adentro, en las brumas flotantes
del horizonte, un cabo de obscuro verde y peas rojizas, sombro y
deshabitado.

La catedral destacaba sobre el azul del cielo sus botareles y arcadas,
como un navo de piedra con la arboladura desmochada que hubiesen
arrojado las olas entre la ciudad y la costa. Ms all del templo, el
antiguo alczar de la Almudaina mostraba sus rojas torres morunas. En el
palacio del obispo brillaban como lminas de acero enrojecido los
cristales de los miradores, cual si reflejasen un incendio. Entre este
palacio y la muralla de mar, en un profundo foso lleno de hierba, por
cuyos muros trepaban guirnaldas de rosales, amontonbanse numerosos
caones: unos antiqusimos, montados sobre ruedas; otros modernos,
esparcidos por el suelo, esperando, durante aos, el momento de ser
emplazados. Las torres blindadas estaban oxidadas, lo mismo que las
cureas; los caones de largo alcance, pintados de rojo y hundidos en la
hierba, parecan tubos de desecho. El olvido y el xido del abandono
envejecan estas piezas modernas. El ambiente tradicional y envejecedor
que segn Febrer envolva a la isla, pareca pesar sobre estos
instrumentos de guerra, decrpitos poco despus de nacer y antes de
haber hablado.

Insensible a la alegra del sol, a las palpitaciones luminosas de la
extensin azul, al piar de los pjaros que revoloteaban a sus pies,
Jaime se senta dominado por intensa tristeza, por un desaliento
anonadador.

A qu luchar con el pasado?... Cmo libertarse de su cadena?... Cada
uno, al nacer, encuentra marcado el sitio y gesto para todo el curso de
su existencia, y es intil querer cambiar de situacin y de postura.

Muchas veces, en su primera juventud, al ver desde una cumbre la ciudad
y sus risueos alrededores, se haba sentido obsesionado por fnebres
pensamientos. En las calles baadas de sol o bajo los caparazones de los
techos agitbase el humano hormiguero, impulsado por necesidades e ideas
del momento que consideraba importantsimas. Todos crean con el ms
cndido y vanidoso de los egosmos que una voluntad superior y
omnipotente vigilaba y diriga sus idas y venidas, iguales a las de los
infusorios en una gota de agua. Ms all de la ciudad vea Jaime con la
imaginacin montonas tapias, cipreses que asomaban sus puntas sobre
ellas, una poblacin apretada de blancas construcciones, de ventanillas
como bocas de horno, de losas que parecan cubrir entradas de cuevas.
Cuntos eran los habitantes de la ciudad de los vivos en sus plazas y
sus amplias calles? Sesenta mil... ochenta mil. Ay! En la otra
poblacin situada a corta distancia, apretada, silenciosa, comprimida en
sus casitas blancas entre sombros cipreses, los habitantes invisibles
eran cuatrocientos mil, seiscientos mil, tal vez un milln.

Luego, en Madrid, haba pensado lo mismo una tarde que paseaba con dos
mujeres por los alrededores de la villa. Las cumbres de las colinas
inmediatas al ro estaban ocupadas por mudas poblaciones entre cuyos
edificios blancos surgan agudos grupos de cipreses. Y en el lado
opuesto de la gran urbe existan igualmente otros campamentos de
silencio y olvido. La ciudad viva entre un apretado cordn de fuertes
de la Nada. Medio milln de seres vivos agitbanse en las calles,
creyendo ser solos en el dominio y la direccin de la existencia, sin
acordarse ni conocer a cuatro, seis u ocho millones de semejantes que
permanecan invisibles en los inmediatos cementerios.

Igual haba pensado en Pars, donde cuatro millones de vecinos
despiertos vivan rodeados de veinte o treinta millones de antiguos
habitantes dormidos para siempre; y la misma fnebre idea habale
perseguido en todas las grandes ciudades.

Los vivos no estn solos en ninguna parte. Les rodean los muertos en
todos los sitios, y como stos son ms, infinitamente ms, gravitan
sobre su existencia con la pesadez del tiempo y del nmero.

No; los muertos no se van aprisa, como cree el refrn popular. Los
muertos se quedan inmviles al borde de la vida, espiando a las nuevas
generaciones, hacindolas sentir la autoridad del pasado con un rudo
tirn en su alma cada vez que intentan apartarse del sendero marcado por
la rutina.

Qu tirana la suya! Qu poder sin lmites! Es intil apartar los ojos
y paralizar la memoria; se les encuentra en todas partes, tienen
ocupadas todas las avenidas de nuestra existencia, y nos salen al paso
para recordar sus beneficios, obligndonos a una gratitud envilecedora.
Qu servidumbre!... La casa en que vivimos la construyeron los muertos;
las religiones ellos las crearon; las leyes que obedecemos las dictaron
los muertos, y obra suya son tambin nuestras pasiones y nuestros
gustos, los alimentos que nos sostienen, todo lo que produce la tierra
roturada por sus manos, que ahora son polvo. La moral, las costumbres,
los prejuicios, el honor, todo obra suya. De pensar ellos de distinto
modo, otra sera la actual organizacin de los hombres. Las cosas
agradables a nuestros sentidos lo son porque as lo quieren los muertos;
las desagradables e intiles se ven sumidas en su vileza por la voluntad
de los que ya no existen; lo moral y lo inmoral son sentencias dadas
hace siglos por ellos.

Los hombres que se esfuerzan por decir cosas nuevas no hacen ms que
repetir con diversas palabras lo mismo que los muertos dijeron hace
siglos y siglos. Lo que consideramos ms espontneo y personal en
nosotros nos lo dictan ocultos maestros tendidos en su lecho de tierra,
los cuales, a su vez, aprendieron la leccin de otros muertos
anteriores. En el punto de luz de nuestros ojos arde el alma de nuestros
abuelos, as como en las lneas de nuestras facciones se reproducen y
reflejan los rasgos de generaciones desaparecidas.

Febrer sonrea con inmensa tristeza. Creemos pensar por cuenta propia, y
en las circunvoluciones de nuestro cerebro se agita una fuerza que ha
vivido en otros organismos, semejante a la savia del injerto que lleva
la energa desde los rboles seculares y moribundos a las plantaciones
nuevas. Lo que decimos a veces espontneamente, como ltima novedad de
nuestro pensamiento, es una idea de los otros enquistada en nuestro
cerebro desde el nacimiento, y que de pronto rompe su envoltura. Los
gustos, los caprichos, las virtudes, los defectos, las afinidades y las
repulsiones, todo heredado, todo obra de los desaparecidos, que se
sobreviven en nosotros.

Con qu terror pensaba Jaime en el poder de los muertos!... Ocultbanse
para hacer menos cruel su despotismo, pero no haban muerto realmente.
Sus almas estaban agazapadas y vigilantes en los lmites del campo de
nuestra existencia, as como sus cuerpos formaban un campo atrincherado
en torno a las aglomeraciones humanas. Nos espiaban con ojos severos,
nos seguan, apartndonos con invisible zarpazo al menor intento de
desviacin en la ruta. Se juntaban todos para tirar con fuerza diablica
de los rebaos de hombres que se lanzan a la conquista de un ideal nuevo
y extraordinario, restableciendo con violenta reaccin la calma de la
vida, que aman silenciosa y plcida, con susurros de hierbas mustias y
aleteos de mariposas blancas: una dulce calma de cementerio dormido bajo
el sol.

El alma de los muertos llenaba el mundo. Los muertos no se van, porque
son los amos. Los muertos mandan, y es intil resistirse a sus rdenes.

Ay! El hombre de las grandes ciudades, que vive vertiginosamente, no
sabe quin hizo su casa, quin elabor su pan, y no ve de la libre
Naturaleza otras obras que los pobres rboles que adornan las calles,
ignora la tirana de los muertos. Ni siquiera llega a enterarse de que
su vida transcurre entre millones y millones de ascendientes que estn
amontonados a pocos pasos de l y le espan y dirigen. Obedece
ciegamente sus tirones, sin saber dnde termina el cabo de la cuerda
amarrado a su alma; cree todos sus actos--pobre autmata!--producto de
su voluntad, cuando no son ms que imposiciones de los omnipotentes
invisibles.

Jaime, sumido en la existencia montona de una isla tranquila,
conociendo sus ascendientes uno a uno, sabiendo el origen y la historia
de todo cuanto le rodeaba--objetos, ropas, muebles--y de aquella casa
que pareca tener un alma, poda darse cuenta de esta tirana mejor que
los dems.

S; los muertos mandan. La autoridad de los vivos, sus asombrosas
novedades, todo ilusin! engaos que sirven para hacernos sobrellevar
la existencia!...

Febrer, mirando el mar, en cuyo horizonte se marcaba la dbil columna de
humo de un vapor, pens en los grandes trasatlnticos, pueblos
flotantes, monstruos de velocidad, orgullo de la industria humana, que
pueden dar en poco tiempo la vuelta al mundo... Sus remotos abuelos de
la Edad Media, que iban a Inglaterra en una nave del tamao de una barca
de pesca, representaban algo ms extraordinario. Y los grandes capitanes
del presente, con sus interminables rebaos de hombres, no haban
realizado mayores hazaas que el comendador Pramo con un puado de
marineros.

Ah, la vida! Qu engaos, qu ilusiones bordamos sobre ella para
ocultarnos la monotona de su trama! Lo limitado de sus sensaciones y de
sus sorpresas resulta desesperante. Igual es vivir treinta aos que
trescientos. Los hombres perfeccionan los juguetes tiles para su
egosmo y su bienestar, las mquinas, los medios de locomocin; pero
aparte de esto, lo mismo se viva antes que ahora. Las pasiones, las
alegras y las preocupaciones son las mismas: el animal humano no
cambia.

l se haba credo un hombre libre, poseedor de un alma que llamaba
moderna, suya, toda suya, y ahora descubra en ella un confuso amasijo
de las almas de sus ascendientes. Poda reconocerlas porque las haba
estudiado, porque estaban guardadas en una habitacin inmediata, en el
archivo, como esas flores secas que se conservan aplastadas entre las
hojas de un libro viejo. La mayora de los humanos que slo guardan
memoria, cuando ms, de sus bisabuelos; las familias que no conocen
detalladamente la historia de su pasado al travs de los siglos, no se
pueden dar cuenta de la vida ancestral que perdura en su alma, tomando
como inspiraciones propias los gritos que los ascendientes lanzan dentro
de ellos. Nuestra carne es carne de los que ya no existen; nuestras
almas son fragmentos de las almas de otros muertos.

Jaime senta vivir en su interior al grave abuelo don Horacio, y con l
los escrpulos del Inquisidor Decano, el de la tarjeta horripilante, y
las almas del famoso comendador y otros ascendientes. Su mentalidad de
hombre moderno guardaba algo de la de aquel regidor perpetuo que
consideraba como una raza aparte y envilecida a los judos conversos de
la isla.

Los muertos mandan. Ahora se explicaba la repugnancia que haba sentido
al ponerse en contacto con aquel don Benito tan obsequioso y atento...
Y estos sentimientos eran irresistibles! Se los imponan otros que eran
ms fuertes que l. Los muertos le mandaban, y deba obedecer.

Este pesimismo le hizo recordar su situacin presente. Todo perdido!...
l no serva para los pequeos negocios, para las transacciones y
arreglos que sacan adelante una vida de apuros. Renunciaba a aquella
boda que era su nica salvacin, y los acreedores, as que se enterasen
de esta renuncia que desvaneca sus esperanzas, caeran sobre l. Iba a
verse expulsado de la casa de sus abuelos, y la gente le compadecera
con una lstima ms aflictiva para l que el insulto. Sentase sin
fuerzas para presenciar el naufragio definitivo de su raza y su nombre.
Qu hacer?... Adonde ir?...

Permaneci gran parte de la tarde contemplando el mar, siguiendo el
curso de las blancas velas que se ocultaban tras el cabo o se perdan en
el dilatado horizonte de la baha.

Al retirarse de la terraza, Febrer, sin saber cmo, se vio abriendo la
puerta del oratorio, una puerta antigua y olvidada, que al chirriar
sobre sus pernos oxidados esparci polvo y telaraas. Cunto tiempo que
no haba entrado all!... En este ambiente denso de pieza cerrada crey
percibir un vago olor de esencias, de bote de perfumes abierto y
abandonado; un olor que le hizo recordar a las solemnes damas de la
familia cuyos retratos estaban en el recibimiento.

A travs de un rayo de luz que se filtraba por los ventanillos de la
cpula danzaban en espiral ascendente millones de corpsculos de polvo
inflamados por el sol. El altar, de talla antigua, brillaba
discretamente en la penumbra con reflejos de oro viejo. Sobre la mesa
sagrada haba unos zorros y un cubo, olvidados all haca aos, desde la
ltima limpieza.

Dos reclinatorios de viejo terciopelo azul parecan guardar an la
huella de seoriales y delicados cuerpos que ya no existan. Quedaban
sobre sus pupitres, como olvidados, dos libros de oraciones con las
puntas rodas por el uso. Jaime reconoci uno de estos libros. Era de su
madre, la pobre seora plida y enferma que comparta su vida entre el
rezo y la adoracin a un hijo para el que haba soado las mayores
grandezas. El otro tal vez haba pertenecido a su abuela, aquella
americana de los tiempos del romanticismo, que an pareca estremecer el
casern con el roce de sus blancos vestidos y los susurros de su arpa.

Esta aparicin del pasado, todava latente en la capilla abandonada, el
recuerdo de aquellas dos damas, la una toda piedad, la otra idealista,
elegante y soadora, acab de trastornar a Febrer. Y pensar que dentro
de poco las manazas de la usura vendran a profanar tanta cosa
venerable!... l no podra presenciarlo. Adis! adis!...

Al anochecer busc en el Borne a Toni Claps. Con la confianza amistosa
que le inspiraba el contrabandista, le pidi dinero.

--No s cundo podr devolvrtelo. Me voy de Mallorca. Que se hunda
todo, pero que yo no lo vea.

Claps dio a Jaime ms dinero que el que ste le peda. Toni quedaba en
la isla, y con ayuda del capitn Valls intentara arreglar sus asuntos,
si an era posible. El capitn entenda de negocios y saba desenmaraar
los ms confusos. Febrer y l estaban reidos desde el da anterior;
pero no importaba: Valls era un verdadero amigo.

--No digas a nadie que me voy--aadi Jaime--. Slo debes saberlo t...
y Pablo. Tienes razn al decir que es un amigo fiel.

--Y cundo te vas?...

Esperaba el primer vapor que saliese para Ibiza. An posea all algo:
un montn de rocas con hierbajos y conejos; una torre ruinosa del tiempo
de los piratas. Lo saba por casualidad desde el da anterior: se lo
haban dicho unos payeses de Ibiza que haba encontrado en el Borne.

--Lo mismo es estar all que en otra parte... Tal vez mucho mejor.
Cazar, pescar; voy a vivir sin ver gente.

Claps, recordando sus consejos de la noche anterior, apret satisfecho
la mano de Jaime. Se acab lo de la _chueta_!... Su alma de pays se
alegraba de esta solucin.

--Haces bien en irte. Lo otro... lo otro era una locura.




Segunda parte




I


Febrer contemplaba su imagen, sombra transparente, de flotantes
contornos por el estremecimiento de las aguas, a travs de la cual
vease el fondo del mar con lcteas manchas de arena y bloques obscuros
desprendidos de la montaa que se haban cubierto de costras vegetales.

Las hierbas marinas ondeaban temblorosas sus verdes cabelleras; frutos
redondos semejantes a los higos chumbos agrupbanse blancuzcos en las
aristas de las rocas; flores que parecan de ncar brillaban en la
profundidad de las aguas verdes; y entre esta vegetacin de misterio
destacaban las estrellas de mar sus puntas de colores, apelotonbase el
erizo como un borrn negro lleno de pas, nadaban inquietos los
caballitos del diablo, y un chisporroteo de plata y prpura, de colas y
nadaderas, pasaba veloz entre torbellinos de burbujas, surgiendo de una
cueva para perderse en otra boca de insondable misterio.

Estaba Jaime inclinado sobre la borda de una pequea embarcacin que
tena su vela cada. En una mano sustentaba el _volant_, largo hilo con
varios anzuelos que casi tocaba el fondo del mar.

Era cerca de medioda. El barquichuelo estaba en la sombra. A espaldas
de Jaime extendase con grandes sinuosidades de puntas salientes y
profundas escotaduras la costa bravia de Ibiza. Ante l erguase el
Vedr, peasco aislado, mojn soberbio de trescientos metros de altura,
que en su aislamiento an pareca ms enorme. A sus pies la sombra del
coloso daba a las aguas un color denso y transparente a la vez. Ms all
de su sombra azulada herva el Mediterrneo con burbujeo de oro bajo la
luz del sol, y las costas de Ibiza, rojas y escuetas, parecan irradiar
fuego.

Jaime vena a pescar todos los das de calma en un estrecho canal, entre
la isla y el Vedr. Era en los das buenos un ro de agua azul, con
peascos submarinos que asomaban sobre la superficie sus cabezas negras.
El gigante se dejaba abordar, sin perder por eso su aspecto imponente,
duro y hostil. As que refrescaba el viento, las cabezas medio
sumergidas se coronaban de espuma, lanzando rugidos; montaas de agua
penetraban sordas y lvidas en la martima garganta, y haba que izar la
vela y huir cuanto antes de este callejn, caos ruidoso de remolinos y
corrientes.

En la proa de la barca estaba el to Ventolera, viejo marinero que haba
navegado en buques de diversas naciones, y era el acompaante de Jaime
desde que ste lleg a Ibiza. Cerca de ochenta aos, seor, y no
dejaba un solo da de embarcarse para pescar. Ni enfermedades ni miedo
al mal tiempo. Tena el rostro curtido por el sol y el aire salitroso,
pero con pocas arrugas. Las piernas, enjutas y al descubierto bajo unos
pantalones arremangados, tenan la piel fresca y tirante de los miembros
vigorosos. La blusa, abierta sobre el pecho, dejaba ver una pelambrera
gris, del mismo color que su cabeza, cubierta con una gorra
negra--recuerdo de su ltimo viaje a Liverpool--, con una borla
encarnada en el vrtice y ancha cinta a cuadritos blancos y rojos.
Llevaba adornado el rostro con estrechas patillas y de sus orejas
pendan unos aretes de cobre.

Jaime, al conocerle, haba sentido curiosidad por estos adornos.

--De chico fui grumete en una goleta inglesa--dijo Ventolera en su
dialecto ibicenco, cantando las palabras con vocecita dulce--. El patrn
era un malts muy arrogante, con patillas y pendientes. Y yo me deca:
Cuando sea hombre, he de ser igual al patrn... Aunque usted me vea
ahora as, yo he sido muy pinturero y me ha gustado imitar a las
personas que valen.

Los primeros das que Jaime pesc en el Vedr olvidbase de mirar al
agua y al aparejo que tena en la mano, para fijarse en el coloso que se
alza sobre el mar, despegado de la costa.

Amontonbanse las rocas, soldadas unas a otras, y al remontarse en el
espacio, obligaban al espectador a echar la cabeza atrs para alcanzar
con sus ojos la aguda cumbre. Los peascos de la orilla del agua eran
abordables. Penetraba el mar entre ellos, sumindose en las bajas
arcadas de cuevas submarinas, refugio en otros tiempos de corsarios y
depsitos ahora de los contrabandistas algunas veces. Poda caminarse
saltando de peasco en peasco, entre cabinas y otras vegetaciones
silvestres, por una parte de la orilla del Vedr; pero ms adentro la
roca se elevaba recta, lisa, inabordable, en pulidas paredes grises
cortadas a pico. A enorme altura existan algunas mesetas cubiertas de
verde, y tras de ellas volva a elevarse el pen en su cortadura
vertical, hasta llegar a la cumbre, aguda como un dedo. Algunos
cazadores haban escalado una parte de esta ciudadela, aprovechando como
senderos las aristas entrantes de la piedra para llegar de este modo a
las primeras mesetas. Ms all slo haba ido, segn el to Ventolera,
cierto fraile desterrado por el gobierno como agitador carlista, que
haba construido en la costa de Ibiza la ermita de los _Cubells_.

--Era un hombre duro y atrevido--continu el viejo--. Dicen que puso una
cruz en lo ms alto, pero hace tiempo que se la llevaron los malos
vientos.

Febrer vea saltar sobre las oquedades del gran pen gris, sombreadas
por el verde de las sabinas y los pinos martimos, unos puntos de color,
semejantes a pulgas rojas o blanquecinas, de incesante movilidad. Eran
las cabras del Vedr; cabras salvajes por el aislamiento, abandonadas
haca muchos aos, y que se reproducan lejos del hombre, habiendo
perdido todo hbito de domesticidad, huyendo monte arriba con
prodigiosos saltos apenas una barca abordaba el pen. En las maanas
tranquilas, sus balidos, agrandados por el silencio agreste, extendanse
sobre la superficie del mar.

Un amanecer, Jaime, que haba trado su escopeta, dispar dos tiros
contra un grupo de cabras que estaban a gran distancia, seguro de no
tocarlas, por el placer de verlas saltar en su huida. Los estampidos,
agrandados por el eco del canal, poblaron el espacio de chillidos y
aleteos. Eran centenares de gaviotas viejas y enormes que abandonaban
sus guaridas espantadas por el estruendo. El islote, estremecido,
arrojaba fuera a sus alados habitantes. En lo ms alto, como puntos
negros, volaban hacia la isla grande otros pjaros fugitivos: los
halcones que se refugiaban en el Vedr y daban caza a las palomas de
Ibiza y Tormentera.

El viejo marinero seal a Febrer ciertas cuevas abiertas como ventanas
en las paredes ms rectas e inaccesibles del islote. Ni las cabras ni
los hombres podan llegar a ellas. El to Ventolera saba lo que se
ocultaba ms adentro de sus negras gargantas. Eran colmenas; colmenas
que tenan siglos y siglos, refugios naturales de las abejas que,
pasando el estrecho entre Ibiza y el Vedr, venan a refugiarse en estas
cuevas inaccesibles luego de haber revoloteado sobre los campos de la
isla. l haba visto en cierta poca del ao brillar junto a estas bocas
hilos de luz que serpenteaban peas abajo. Era miel que derreta el sol
en la entrada de la caverna y chorreaba intil fuera del depsito.

El to Ventolera tir de su aparejo de pesca con un ronquido de
satisfaccin.

--Y van ocho!...

Pendiente de un anzuelo, coleaba y mova sus patas una especie de
langosta de obscuro gris. Otras semejantes descansaban inertes en una
espuerta al lado del viejo.

--To Ventolera, no canta usted la misa?

--Si usted lo permite...

Jaime conoca las costumbres del viejo, su aficin a entonar los
cnticos de la misa mayor cada vez que se senta alegre. Retirado de las
largas navegaciones, su placer era cantar los domingos en la iglesia del
pueblo de San Jos o en la de San Antonio, extendiendo luego esta
aficin a todos los momentos felices de su vida.

--All voy... all voy--dijo con tono de superioridad, como si fuese a
dispensar a su acompaante el mayor de los placeres.

Llevndose una mano a la boca, se extrajo de golpe la dentadura,
guardndola en la faja. Su rostro se llen de arrugas en torno a la boca
sumida, y comenz a cantar las frases del sacerdote y las respuestas del
ayudante. Su voz temblona e infantil adquira una grave sonoridad al
resbalar sobre la acutica extensin y ser reproducida por los ecos de
las rocas. Las cabras del Vedr respondan de vez en cuando con tiernos
balidos de sorpresa. Jaime rea de la vehemencia del viejo, el cual,
poniendo los ojos en blanco, se llevaba una mano al corazn sin soltar
de la otra la cuerda del _volant_. As estuvieron largo rato, atento
Febrer a su aparejo, en el que no perciba el ms leve movimiento. Toda
la pesca era para el anciano. Esto le puso de mal humor, y de pronto se
sinti molestado por sus cnticos.

--Basta, to Ventolera... Ya hay bastante!

--Le ha gustado, verdad?--dijo el viejo con candidez--. Tambin s
otras cosas; s lo del capitn Riquer: un sucedido, nada de cuentos. Mi
padre lo vio.

Jaime hizo un ademn de protesta. No; nada del capitn Riquer. Se saba
de memoria la hazaa. En tres meses que salan juntos al mar, raro era
el da que terminaba sin el relato del suceso. Pero el to Ventolera,
con su inconsciencia senil, convencido de la importancia de todo lo
suyo, haba ya empezado su historia, y Jaime, vuelto de espaldas, echaba
el cuerpo fuera de la borda, mirando las profundidades del mar, para no
or una vez ms lo que saba de memoria.

El capitn Antonio Riquer!... Un hroe de la isla de Ibiza, un marino
tan grande como Barcel... Pero como Barcel era mallorqun y el otro
ibicenco, todos los honores y los grados haban sido para aqul. Si
hubiese justicia, deba tragarse el mar a la isla orgullosa, madrastra
de Ibiza. De pronto, el viejo recordaba que Febrer era mallorqun, y
permaneca en confuso silencio por unos instantes.

--Esto es un decir--aada excusndose--. Buenas personas las hay en
todas partes. _Vostra merc_ es una de ellas. Pero volviendo al capitn
Riquer...

Era patrn de un jabeque armado en corso, el _San Antonio_, tripulado
por ibicencos, en continua guerra con las galeotas de los moros
argelinos y los navos de Inglaterra, enemiga de Espaa. El nombre de
Riquer lo conocan en todo el Mediterrneo. El suceso ocurri en 1806.
El da de la Trinidad, por la maana, se present a la vista de la
ciudad de Ibiza una fragata con bandera inglesa, dando bordadas, fuera
del alcance de los caones del castillo. Era la _Felicidad_, el navo
del italiano Miguel Novelli, apodado el Papa, vecino de Gibraltar y
corsario al servicio de Inglaterra. Vena en busca de Riquer, a burlarse
en sus propias barbas, navegando arrogante a la vista de su ciudad.
Tocaron a rebato las campanas, sonaron los tambores, el vecindario se
agolp en las murallas de Ibiza y en el barrio de la Marina. El _San
Antonio_ estaba carenndose en tierra; pero Riquer, con los suyos, lo
ech al agua. Los caoncitos del jabeque haban sido desmontados, y los
sujetaron a toda prisa con cuerdas. Todos los de la Marina queran
embarcarse, pero el capitn slo escogi cincuenta hombres, y oy misa
con ellos en la iglesia de San Telmo. Al ir a izar las velas se present
el padre de Riquer, un marino viejo, y atropellando la resistencia de su
hijo se meti en el buque.

Necesit el _San Antonio_ largas horas y expertas maniobras para
aproximarse a la fragata del Papa. El pobre jabeque pareca un insecto
al lado del gran navo, tripulado por la gente ms brava y aventurera
recogida en los muelles de Gibraltar: malteses, ingleses, romanos,
venecianos, liorneses, sardos y raguseos. La primera andanada de los
caones del navo mata cinco hombres sobre la cubierta del jabeque,
entre ellos el padre de Riquer. ste coge el cadver destrozado,
manchndose con su sangre, y corre a ocultarlo en la cala. Han muerto
a nuestro padre!, gimen los hermanos de Riquer. A lo que
estamos!--grita ste con rudeza--. A los frascos! Al abordaje!

Los frascos, arma terrible de los corsarios ibicencos, botellas gneas
que al romperse sobre la cubierta enemiga la incendiaban con su fuego,
caen sobre el navo del Papa. Arden los cordajes, flamea la obra
muerta, y como demonios saltan entre las llamas Riquer y los suyos, la
pistola en una mano, el hacha de abordaje en la otra. La cubierta
chorrea sangre, los cadveres ruedan al mar con la cabeza destrozada. Al
Papa lo encontraron escondido y medio muerto de miedo en un armario de
su cmara.

Y el to Ventolera rea con su risa de nio al recordar este detalle
grotesco de la gran victoria de Riquer. Luego, al ser conducido el
Papa a la isla, las gentes de la ciudad y los payeses acudidos en
tropel lo miraban como un animal raro. ste era el pirata, terror del
Mediterrneo! Y lo haban encontrado metido entre tablas por miedo a
los ibicencos! Le formaron proceso para colgarlo en la isla de los
Ahorcados, un islote donde ahora estaba el faro, en el estrecho de los
Freus; pero Godoy dio orden para que lo canjeasen por varios prisioneros
espaoles.

Su padre haba visto estos grandes sucesos: iba de paje en el jabeque de
Riquer. Luego haba cado cautivo de los argelinos, siendo de los
ltimos esclavos, antes de que llegasen los franceses a Argel. All se
vio en peligro de muerte un da que los diezmaron a todos por el
asesinato de un moro perverso, cuyo cadver apareci embutido en una
letrina. El to Ventolera se acordaba tambin de los relatos que haca
su padre de la poca en que Ibiza tena corsarios y llegaban a su puerto
embarcaciones apresadas, con moras y moros cautivos. Los prisioneros
comparecan ante el escribano de presas como testigos del suceso, y se
les exiga juramento de verdad por Alaquivir, el Profeta y su Alcorn,
alto el brazo y el dedo ndice, mirando su rostro al nacimiento del
sol. Mientras tanto, los duros corsarios ibicencos, al repartirse el
botn, apartaban un fondo para la compra de sbanas destinadas a
convertirse en vendajes de sus futuras heridas, y dejaban otra parte de
las ganancias para que un sacerdote celebrase misa todos los das
mientras ellos estuviesen fuera de la isla.

El to Ventolera pasaba de Riquer a otros valerosos patrones de corsos
anteriores a l; pero Jaime, molestado por su charla, en la que lata un
deseo de asombrar a la isla de Mallorca, vecina y enemiga, acab por
impacientarse.

--Que son las doce, abuelo!... Vmonos; ya no pican.

El viejo mir el sol, que sobrepasaba la cumbre del Vedr. An no era
medioda, pero faltaba poco. Luego mir el mar; el seor tena razn: ya
no picaran los peces, pero l estaba satisfecho de la jornada.

Con sus brazos enjutos tir de la cuerda, izando la pequea vela
triangular de la embarcacin. sta se inclin sobre un costado, cabece
un poco sin moverse del sitio, y de repente empez a cortar el agua con
suave murmullo. Salieron del canal, dejando atrs el Vedr y siguiendo
la costa de Ibiza. Jaime empuaba el timn, mientras el viejo,
manteniendo el cesto de la pesca entre su rodillas, iba contando y
manoseando las piezas con avaro deleite.

Doblaron un cabo y apareci una nueva seccin de la costa. Sobre un
montculo de peas rojas, cortado a trechos por manchas obscuras de
matorrales, destacbase una torre ancha y amarilla, un cilindro
achatado, sin ms huecos por la parte del mar que una ventana, negro
agujero de contornos irregulares. En el coronamiento de la torre, una
tronera que haba servido en otros tiempos para un pequeo can
recortaba su tajadura sobre el azul del cielo. A un lado del
promontorio, cortado a pico sobre el mar, descenda el terreno,
cubrindose de verde con arboledas bajas y frondosas, entre las cuales
asomaba la mancha blanca de un exiguo casero.

La embarcacin hizo rumbo a la torre, y al llegar cerca de ella desvise
hacia una playa inmediata, chocando su proa en el fondo de grava. El
viejo amain la vela y aproxim la embarcacin a una roca aislada en
medio de la playa, de la cual penda una cadena. Amarr a ella la barca,
y luego saltaron a tierra l y Jaime. No quera poner en seco la
embarcacin; pensaba volver al mar aquella tarde, luego de comer: asunto
de calar _unos palangres_, que recogera a la maana siguiente. Le
acompaaba el seor?... Febrer hizo un gesto negativo, y el viejo se
despidi de l hasta la madrugada siguiente. Le despertara desde la
playa cantando el _Introito_ cuando an hubiera estrellas en el cielo.
El amanecer deba sorprenderles en el Vedr. A ver si el seor sala
pronto de su torre!

Se alej el viejo tierra adentro, llevando pendiente de un brazo el
cesto de pescado.

--Dle usted mi parte a Margalida, to Ventolera, y que me traigan
pronto la comida.

El marinero contest con un movimiento de hombros, sin volver el rostro,
y Jaime fue avanzando por el borde de la playa hacia la torre. Sus pies,
calzados de alpargatas, hollaban la grava, en la que se perdan los
ltimos estremecimientos del mar. Entre las azuladas piedrecitas veanse
fragmentos de barro cocido: pedazos de asas; superficies cncavas de
alfarera, con vestigios de remotos adornos que tal vez haban
pertenecido a panzudas vasijas; pequeas esferas irregulares de tierra
gris, en las que pareca adivinarse, a travs de las roeduras del agua
salitrosa, rostros informes, fisonomas crispadas por el paso de los
siglos. Eran misteriosos despojos de los das de tormenta; fragmentos
del gran secreto del mar que volvan a la luz tras una ocultacin de
miles de aos; la historia confusa y legendaria devuelta por las olas
incoherentes a las riberas de estas islas, abrigo en tiempos remotos de
fenicios y cartagineses, rabes y normandos. El to Ventolera hablaba de
monedas de plata, delgadas como hostias, encontradas por muchachos al
jugar en la costa. Su abuelo le haba contado, siendo nio, la tradicin
de cavernas submarinas que contenan tesoros, cuevas de los sarracenos y
normandos que haban sido muradas con pedruscos, perdindose despus el
secreto del escondrijo.

Jaime comenz a ascender por la peascosa ladera, camino de la torre.
Los tamariscos erguan su spera y rumorosa vegetacin de pinos enanos,
que pareca nutrirse de la sal disuelta en el ambiente, hundiendo sus
races en la roca. El viento de los das tempestuosos, al remover la
arena, dejaba descubiertas sus mltiples y enmaraadas races, negras y
delgadas serpientes en las que se enredaban muchas veces los pies de
Febrer. Al eco de los pasos de ste responda en los matorrales un rumor
de medrosas carreras y chasquido de hojas, vindose pasar entre mata y
mata, con ciega velocidad, un bulto de pelos grises con la cola en forma
de botn. La fuga de los conejos haca correr a los lagartos de color de
esmeralda tendidos perezosamente al sol.

Junto con estos rumores lleg a odos de Jaime un dbil tamborileo y una
voz de hombre que entonaba un romance ibicenco. Detenase de vez en
cuando como indecisa, repitiendo los mismos versos tenazmente, hasta que
lograba pasar a otros nuevos, lanzando al final de cada estrofa, segn
costumbre del pas, un cloqueo extrao semejante al graznido del pavo
real, un gorgorito rudo y estridente como el que acompaa a los cantos
de los rabes.

Cuando Febrer estuvo en la cumbre vio al msico sentado en una piedra
detrs de la torre y contemplando el mar.

Era un _atlot_ al que haba encontrado algunas veces en _Can Mallorqu_,
la casa de su antiguo arrendatario Pep. Tena apoyado en un muslo el
tamboril ibicenco, pequeo tambor pintado de azul con flores y ramajes
dorados. El brazo izquierdo se apoyaba en el instrumento y la cara
descansaba en una mano, oculta casi por la palma y los dedos. Con la
diestra armada de un palillo golpeaba lentamente uno de los parches, y
as permaneca inmvil, en actitud reflexiva, con el pensamiento
concentrado en su improvisacin, contemplando el inmenso horizonte del
mar a travs de sus dedos.

Le llamaban el _Cant_, como a todos los que en la isla cantan versos
nuevos en bailes y serenatas. Era un mozuelo alto, paliducho y estrecho
de hombros, un _atlot_ que an no haba llegado a los diez y ocho aos.
Al cantar, tosa y se hinchaba su frgil cuello, arrebolndosele el
rostro, de una blancura transparente. Sus ojos eran grandes, ojos de
mujer, con el lagrimal de color rosa muy saliente. Vesta traje de
fiesta en todo tiempo: sus pantalones eran de terciopelo azul, la faja y
el lazo que le serva de corbata de encendido rojo, y por encima de esta
ltima prenda ostentaba un paolito femenil arrollado al cuello, con la
bordada punta por delante. Dos rosas asomaban sobre sus orejas, y bajo
el ala de su fieltro, echado atrs y adornado con una cinta a flores,
escapbanse en rizado flequillo las ondulaciones de su cabello, lustroso
de pomada. Febrer, viendo estos adornos casi femeniles, sus grandes ojos
y su plida tez, lo compar a una doncella exange de las que idealiza
el arte moderno. Pero esta virgen mostraba cierto bulto inquietante en
el ruedo de su faja roja. Indudablemente era un cuchillo o un pistolete
de los que fabrican los herreros de la isla; el compaero inseparable de
todo _atlot_ ibicenco.

Al ver a Jaime se levant el cantor, dejando el tamborcillo pendiente de
una correa sujeta al brazo izquierdo, mientras con la mano derecha, que
an empuaba el palillo, tocaba el ala de su sombrero.

--_Bon da tengui!_

Febrer, que como buen mallorqun crea en la ferocidad de los ibicencos,
admiraba sin embargo su aspecto corts al encontrarlos en los caminos.
Se mataban entre ellos, siempre por asuntos de amor, pero el forastero
era respetado, con el mismo escrpulo tradicional que muestra el rabe
por el hombre que pide hospitalidad bajo su tienda.

El _Cant_ pareca avergonzado de que el seor mallorqun le hubiese
sorprendido junto a su casa, en un terreno que era suyo. Balbuceaba
excusas. Vena a sentarse all porque le gustaba contemplar el mar desde
la altura. Sentase mejor a la sombra de la torre; ningn amigo le
turbaba con su presencia y poda componer libremente los versos de un
romance para el prximo baile en el pueblo de San Antonio.

Jaime sonri al or las tmidas excusas del cantor. Seguramente que sus
versos eran dedicados a alguna _atlota_. El muchacho inclin la cabeza.
S, seor... Y quin era ella?

--_Flo d'enmetll_--dijo el poeta.

Flor de almendro!... Bonito nombre. Y animado por la aprobacin del
seor, el _atlot_ sigui hablando. Flor de almendro era Margalida, la
hija del _si_ Pep de _Can Mallorqu_. l era quien haba dado este
nombre, al verla blanca y hermosa como las flores que echa el almendro
cuando terminan las heladas y vienen del mar los soplos tibios
anunciadores de la primavera. Todos los muchachos del contorno repetan
este nombre, y Margalida no era conocida por otro. El cantor confesaba
poseer cierta habilidad para la invencin de apodos bonitos. Lo que l
deca quedaba para siempre.

Febrer acogi sonriendo estas palabras del muchacho. Adonde haba ido a
refugiarse la poesa?... Luego le pregunt si trabajaba, y el _atlot_
contest negativamente. No queran sus padres: un mdico de la ciudad le
haba visto un da de mercado, aconsejando a su familia que le evitase
toda fatiga. Y l, satisfecho del consejo, pasaba los das de labor en
pleno campo, a la sombra de un rbol, oyendo cantar a los pjaros,
espiando a las _atlotas_ que transitaban por las sendas; y cuando le
bulla en la cabeza un trovo nuevo, sentbase a la orilla del mar para
devanarlo lentamente, fijndolo en su memoria.

Jaime se despidi de l: poda continuar su trabajo potico.

Pero a los pocos pasos se detuvo, volviendo la cabeza al no or de nuevo
el tamboril. El cantor se alejaba cuesta abajo, temeroso de molestar al
seor con su msica, e iba en busca de otro lugar solitario.

Lleg Febrer a la torre. Todo lo que pareca de lejos piso bajo era una
construccin maciza. La puerta estaba al nivel de las ventanas
superiores; as los antiguos guardianes podan evitar una sorpresa de
los piratas, valindose para sus entradas y salidas de una escala, que
retiraban al interior en cuanto llegaba la noche. Jaime haba hecho
fabricar una ruda escalera de madera para llegar a su habitacin, pero
no la retiraba nunca. La torre, construida con piedra arenisca, estaba
algo roda en su exterior por el viento del mar. Muchos sillares haban
rodado fuera de sus alvolos, y estas oquedades eran como peldaos
disimulados para escalar la torre.

Ascendi el solitario a su habitacin. Era una pieza circular, sin ms
huecos que la puerta y la ventana trasera, aberturas que casi parecan
tneles en el desmesurado espesor de los muros. stos, por su parte
interna, hallbanse cuidadosamente enjalbegados con la deslumbrante cal
de Ibiza, que da una transparencia y una suavidad lcteas a todos los
edificios, comunicando aspecto de risueas mansiones a las casuchas
srdidas de la campia. Slo en la bveda, cortada por un tragaluz
revelador de la antigua escalera que conduca a la plataforma, quedaba
el holln de las fogatas que se haban encendido en otros tiempos.

Unas tablas mal unidas por cruces de maderos que les servan de refuerzo
cerraban la puerta, la ventana y el tragaluz. No haba ni un cristal en
la torre. An era verano, y Febrer, indeciso sobre su destino, o ms
bien indiferente, dejaba los trabajos de una instalacin definitiva para
ms adelante.

Le pareca hermoso y seductor este retiro, a pesar de su rudeza. Notaba
en l la mano adicta de Pep y la gracia de Margalida. Jaime se fijaba en
lo ntido de las paredes, en la limpieza de las tres sillas y la mesa de
tablas, muebles fregoteados por la hija de su antiguo arrendatario. Unos
aparejos de pesca extendan sus mallas por los muros con ondulaciones de
tapiz. Ms all colgaban la escopeta y un bolso de municiones. A trechos
agrupbanse, formando abanicos, largas y estrechas valvas de mariscos
que tenan la transparencia acaramelada del carey. Eran regalo del to
Ventolera, as como dos caracolas enormes que adornaban la mesa,
blancas, erizadas de pas y con el interior de un rosa hmedo, como el
de la carne femenil. Cerca de la ventana permaneca arrollado el jergn
con su almohada y sus sbanas, cama rstica que Margalida o su madre
hacan todas las tardes.

Jaime dorma all con ms tranquilidad que en su palacio de Palma. Los
das que no le despertaba al romper el alba el to Ventolera cantando la
misa desde la playa o subiendo la colina para lanzar unas cuantas
piedras contra la puerta de la torre, el solitario permaneca en su
jergn hasta bien entrada la maana. Llegaba a sus odos la voz montona
del mar, la gran madre arrulladora. Una luz misteriosa, mezcla de oro de
sol y azul acutico, filtrbase por las rendijas, temblando en la
blancura de las paredes. Las gaviotas chillaban afuera, y pasando ante
las ventanas con aleteo juguetn trazaban rpidas sombras en el muro.

Las noches en que se acostaba temprano, reflexionaba el solitario con
los ojos abiertos, viendo deslizarse la luz difusa estelar o el
resplandor de la luna por los maderos entreabiertos. Era esa media hora
en la que se ve todo el pasado con una percepcin sobrenatural; antesala
del sueo, por la que pasan los recuerdos ms remotos. El mar grua;
sonaban estridentes silbidos de los pajarracos de la noche; las gaviotas
se quejaban con un lamento de nios martirizados. Qu haran a aquellas
horas sus amigos?... Qu diran en los cafs del Borne?... Quin de
ellos estara en el Casino?...

Por la maana estos recuerdos le hacan sonrer con gesto lastimero. La
nueva luz pareca embellecer su vida, hacindola ms amable. Y l haba
podido ser como los otros, adorando la existencia en la ciudad!... La
verdadera vida era sta.

Paseaba su mirada por la interna redondez de la torre. Un verdadero
saln, ms apacible para l que los de la casa de sus antepasados. Todo
suyo, sin miedo a la copropiedad con prestamistas y usureros. Hasta
tena bellas antigedades que nadie le poda disputar. Cerca de la
puerta se apoyaban en el muro dos nforas extradas por las redes de
unos pescadores, dos piezas de barro blancuzco, adornadas
caprichosamente por el mar con guirnaldas de conchas petrificadas. En el
centro de la mesa, entre las caracolas, estaba otro regalo del to
Ventolera: una cabeza de mujer rematada por una especie de tiara redonda
sobre los cabellos en trenzas. El barro gris estaba moteado de blancas y
duras esferillas, granulaciones de los siglos y del agua salitrosa. Pero
Jaime, al contemplar a esta compaera de soledad, atravesaba con la
imaginacin su spera mascarilla, adivinando sus serenas facciones y el
misterio de sus ojos orientales, rasgados en forma de almendra. La vea
como nadie poda verla. Sus largas horas de contemplacin silenciosa
haban acabado por borrar el rugoso antifaz, obra de los siglos.

--Mrala, es mi novia--haba dicho una maana a Margalida, mientras sta
limpiaba la habitacin--. Verdad que es hermosa?... Debi ser princesa
de Tiro o Ascaln, no lo s cierto; pero lo que s indiscutiblemente es
que estaba reservada para m. Me amaba cuatro mil aos antes de nacer
yo, y ha venido a buscarme a travs de los siglos. Tena barcos, tena
esclavos, tena trajes de prpura y palacios con terrazas que eran
jardines; pero lo abandon todo por ocultarse en el mar, esperando
durante siglos y siglos que una ola la arrastrase a la playa para ser
recogida por el to Ventolera y que ste la trajese a mi casa... Por
qu me miras as? T, pobrecita, no entiendes estas cosas.

Margalida le miraba con asombro. Heredera del respeto que su padre
senta por el seor, slo se imaginaba a don Jaime hablando gravemente.
Las cosas que haba visto en el mundo!... Y ahora sus palabras sobre la
novia milenaria conmovan su credulidad, hacindola sonrer levemente,
al mismo tiempo que miraba con temor supersticioso a la gran seora de
otros tiempos que slo era una cabeza. Cuando el seor deca aquello!
Era tan extraordinario todo lo suyo!...

Al subir Febrer a la torre se sent cerca de la puerta, contemplando
todo el paisaje de tierra adentro que se dominaba desde este agujero. Al
pie de la colina extendanse algunos campos roturados recientemente.
Eran los pedazos de montaa propiedad de Febrer, que Pep iba
convirtiendo en tierra cultivable. Ms all comenzaban las plantaciones
de almendros, con su follaje de un verde fresco, y los aosos y
retorcidos olivares, que extendan su lea negra con ramilletes de hojas
de plateado gris. La casa, el _Can Mallorqu_, era una vivienda casi
rabe, un grupo de construcciones cuadradas como dados, de techo plano y
deslumbrante blancura. Conforme aumentaban las necesidades y la
expansin de la familia, se iban levantando nuevas construcciones
blancas. Cada dado era una habitacin, y todos juntos formaban una casa,
que ms bien pareca un aduar, no adivinndose exteriormente cules
servan para la vida de los habitantes y cules para las bestias de
labor.

Ms all del _Can_ extendanse la arboleda, dividida por paredones de
piedra seca, y los bancales de altos ribazos. Los vientos de la isla no
permitan la ascensin de los rboles, y stos esparcan su ramaje en
torno de ellos con una prolijidad exuberante, ganando en extensin lo
que perdan en altura. Todos conservaban las ramas sostenidas por
numerosas horquillas. Algunas higueras llegaban a tener centenares de
sostenes, y se extendan como una inmensa tienda verde destinada a
cobijar un sueo de gigantes. Eran cenadores naturales, en los que poda
ocultarse casi un pueblo. El fondo del horizonte estaba cerrado por
montaas cubiertas de pinos con grandes calvas de tierra roja. Entre el
obscuro follaje se elevaban columnas de humo. Eran las fogatas de los
leadores que fabricaban carbn vegetal.

Tres meses que Febrer estaba en la isla. Su llegada haba asombrado a
Pep Arabi, todava ocupado en relatar a parientes y amigos su estupenda
aventura, su inaudito atrevimiento, el reciente viaje a Mallorca con los
_atlots_, la estancia en Palma de unas horas, y su visita al palacio de
los Febrer, lugar encantado que guardaba cuanto en el mundo puede
existir de seorial y lujoso.

Las rudas declaraciones de Jaime asombraron menos al pays.

--Pep, estoy arruinado; t eres rico si te comparas conmigo. Vengo a
vivir en la torre... no s hasta cundo. Tal vez para siempre.

Y entr en los detalles de instalacin, mientras Pep sonrea con aire
incrdulo. Arruinado!... Todos los grandes seores decan lo mismo, y
lo que a ellos les sobraba en su desgracia poda hacer ricos a muchos
pobres. Eran como los barcos que encallaban en Formentera antes que el
gobierno pusiera faros. Los formenterinos, gente sin ley y dejada de
Dios--por ser de una isla ms pequea--, encendan hogueras para engaar
a los navegantes; y cuando se perda el barco para stos, no se perda
para los isleos, pues sus despojos hacan ricos a muchos.

Pobre un Febrer!... No quiso aceptar el dinero que le ofreci don
Jaime. l iba a cultivar unas tierras que eran del seor; ya arreglaran
cuentas. Y viendo su empeo en ocupar la torre, trabaj Pep por hacerla
habitable, ordenando adems a sus hijos que llevasen la comida al seor
los das que no quisiera bajar para sentarse a su mesa.

Estos tres meses haban sido para Jaime de rstico aislamiento; ni
escribir una carta, ni abrir un peridico, ni conocer ms libros que
media docena de volmenes que haba trado de Palma. La ciudad de Ibiza,
tranquila y soolienta como un pueblo del interior de la Pennsula,
parecale una capital remota. Mallorca no deba existir ya, ni tampoco
las grandes ciudades que l haba visitado. En el primer mes de esta
nueva vida, un suceso extraordinario turb su plcida tranquilidad.
Lleg una carta, un pliego con membrete de un caf del Borne y unos
cuantos renglones de letra gruesa y defectuosa. Era Toni Claps quien le
escriba. Le deseaba muchas felicidades en su nueva existencia. En Palma
todo continuaba lo mismo. Pablo Valls no le escriba porque estaba
enfadado con l. Marcharse sin avisarle!... Pero era un buen amigo y se
ocupaba en desenmaraar sus asuntos. Tena para esto una habilidad
diablica. Al fin, _chueta_!... Ya le dara ms noticias.

Despus haban transcurrido dos meses sin que por suerte llegase otra
carta. Qu le importaban a l estas noticias de un mundo al que no
pensaba volver?... No saba ciertamente qu le reservaba el porvenir:
all haba llegado y all se quedaba, sin otros placeres que la caza y
la pesca, gozando una voluptuosidad animal al no tener ms ideas y
deseos que los del hombre primitivo.

Permaneca aparte de la vida ibicenca, sin mezclarse en sus costumbres.
Era un seor entre los payeses, un forastero. Aqullos le trataban
respetuosamente, pero con un respeto fro.

La existencia tradicional de estas gentes, ruda y un tanto feroz, le
atraa con la fuerza de todo lo que es extraordinario y de contornos
vigorosos. La isla, abandonada a sus propias fuerzas, haba tenido que
hacer frente durante siglos y siglos a los piratas normandos, a los
navegantes rabes, a las galeras de Castilla, enemiga de los estados
aragoneses, a los barcos de las repblicas italianas, a los bajeles
turcos, tunecinos y argelinos, y a los corsarios ingleses en tiempos ms
recientes. Formentera, deshabitada durante siglos, luego de haber sido
granero de los romanos, serva de refugio traicionero a las flotas
hostiles. Las iglesias de los pueblos eran an verdaderas fortalezas con
torres robustas, donde se refugiaban los labriegos al enterarse por las
fogatas de que desembarcaban enemigos. Esta vida azarosa, de continuo
peligro e interminable lucha, haba creado una poblacin habituada al
derramamiento de sangre, a defender sus derechos con las armas en la
mano. Los labradores y pescadores del presente, encerrados en su isla,
tenan an la misma mentalidad y costumbres de sus abuelos. Los pueblos
no existan. Eran caseros desparramados en muchos kilmetros, sin ms
ncleo que la iglesia y las casas del cura y el alcalde. La nica
poblacin era la capital, la llamada en los antiguos documentos Real
Fuerza de Ibiza, con su barrio anexo de la Marina.

Cuando un _atlot_ llegaba a la pubertad, su padre lo llamaba a la cocina
de la alquera en presencia de toda la familia.

--Ya eres hombre--declaraba solemnemente.

Y le haca entrega de un cuchillo de recia hoja. El _atlot_ armado
caballero perda su encogimiento filial. En adelante se defendera l
mismo, sin buscar la proteccin de su familia. Luego, al juntar algn
dinero, completaba sus arreos paladinescos comprando un pistolete con
adornos de plata a los herreros del pas, que tenan su forja en el
bosque.

Fortalecido por el contacto de estos dos testimonios de viril
ciudadana, que no le abandonaran mientras viviese, se juntaba con los
otros _atlots_ igualmente pertrechados, y empezaba para l la vida
juvenil y amorosa: las serenatas con acompaamiento di relinchos, los
bailes, las excursiones a las parroquias que celebraban la fiesta de su
santo patrn, donde se diverta tirando al galle con certeras pedradas,
y sobre todo los _festeigs_, los tradicionales cortejos, la busca de
novia, costumbre la ms respetable de todas, que daba origen a rias y
muertes.

En la isla no haba ladrones. Las casas aisladas en pleno campo
conservaban muchas veces la llave en la puerta mientras los dueos
estaban ausentes. Los hombres no se mataban por cuestiones de inters.
El disfrute del suelo estaba muy repartido, y la dulzura del clima as
como la frugalidad de las gentes hacan que stas fuesen generosas y
poco apegadas a los bienes materiales. El amor, slo el amor empujaba a
los hombres a matarse. Los rsticos caballeros eran apasionados en sus
predilecciones y fatales en sus celos, como hroes de novela. Por una
_atlota_ de ojos negros y manos morenas se buscaban y se provocaban en
la obscuridad de la noche con relinchos de desafo; se _aucaban_ de
lejos antes de venir a las manos. El arma moderna que slo emite un
proyectil en cada disparo les pareca insuficiente, y sobre el cartucho
aadan un puado de plvora y otro de balas, atacndolo todo
fuertemente. Si el arma no reventaba en sus manos, el agresor estaba
seguro de hacer polvo a su contrario.

Los cortejos duraban meses y aos. El pays que tena una _atlota_ en
edad de noviazgo vea presentarse a los muchachos del distrito y de
otros distritos de la isla, pues todos los ibicencos contaban con igual
derecho para solicitarla. El padre apreciaba el nmero de los
pretendientes. Diez, quince, veinte: a veces hasta treinta. Luego
calculaba el tiempo de que poda disponer en la velada antes de que le
rindiese el sueo, y teniendo en cuenta el nmero de solicitantes, lo
divida a tantos minutos cada uno.

Al cerrar la noche iban acudiendo por distintos caminos los del cortejo,
unos en grupos, canturreando con acompaamiento de relinchos y cloqueos,
otros solitarios, haciendo vibrar en su boca el zumbido del _bimbau_, un
instrumento compuesto de dos laminillas de hierro que grua como un
moscardn y les haca olvidar la fatiga de la marcha. Venan de muy
lejos. Los haba que caminaban tres horas a la ida y otras tantas a la
vuelta, yendo de un extremo a otro de la isla, los jueves y sbados,
das de cortejo, para hablar tres minutos con una _atlota_.

Sentbanse en el verano en el _porchu_, especie de zagun de la
alquera, o entraban en la cocina si era invierno. Inmvil en un poyo de
piedra les esperaba la muchacha. Habase despojado del sombrero de palma
con largas cintas, que le daba a las horas de sol un aire de pastora de
opereta; vesta el traje de fiesta, la falda verde o azul de menudos
pliegues, que guardaba el resto de la semana apretada entre cuerdas y
pendiente del techo para que conservase intacto su plegado. Debajo de
sta llevaba otras faldas y otras, ocho, diez o doce zagalejos, toda la
ropa femenil de la casa, un embudo slido de paos y bayetas que borraba
los vestigios del sexo y haca imposible imaginarse la existencia de una
realidad carnal bajo la balumba de tejidos. Las hileras de botones de
filigrana brillaban en las mangas postizas del jubn. Sobre el pecho,
aplastado por un cors monjil que pareca de hierro, brillaba la triple
cadena de oro de enormes eslabones. Por debajo del pauelo que cubra su
cabeza colgaba una gruesa trenza con remate de cintas. Sobre el poyo,
sirviendo de tapiz a unas rotundidades que parecan voluminosas como
globos por el enorme bulto de las faldas, estaba el _abrigais_, la
prenda femenil de invierno.

Deliberaban los solicitantes para el buen orden del cortejo, y uno tras
otro iban a sentarse al lado de la _atlota_ hablando con ella los
minutos marcados. Si alguno, enardecido por la conversacin, se olvidaba
de los compaeros, dejando pasar el tiempo, stos se lo advertan con
toses, miradas furiosas y palabras de amenaza. Si insista, el ms
fuerte de la banda lo agarraba de un brazo, apartndolo para que otro
ocupase su lugar. Algunas veces, cuando los pretendientes eran muchos y
apremiaba el tiempo, la _atlota_ hablaba con dos a la vez, haciendo
esfuerzos de habilidad para no dar la preferencia a uno sobre otro...
As continuaban los cortejos hasta que ella manifestaba su preferencia
por un _atlot_, sin tener en cuenta la voluntad de sus padres. En esta
corta primavera de su vida, la mujer era reina. Luego, al casarse,
cultivaba la tierra como su marido y era poco ms que una bestia.

Los _atlots_ despreciados se retiraban, cuando no sentan gran inters
por la muchacha, trasladando sus amores algunas leguas ms all; pero si
estaban realmente enamorados, seguan acechando la casa, y el preferido
tena que pelearse con sus antiguos rivales, llegando milagrosamente al
casamiento a travs de cuchillos y pistolas.

La pistola era como una segunda lengua del ibicenco. En los bailes
domingueros soltaba tiros para demostrar su entusiasmo amoroso. Saliendo
de la alquera de la novia, para dar a sta y a su familia una muestra
de aprecio, disparaba un tiro al transponer la puerta, y gritaba luego:
_Bona nit!_ Si, por el contrario, se retiraba ofendido y deseaba
inferir a la familia una grave injuria, inverta los trminos, dando
primero las buenas noches y disparando la pistola despus; pero en tal
caso haba de salir inmediatamente a todo correr, pues los de la casa
contestaban acto seguido a la declaracin de guerra con otros disparos o
con palos y pedradas.

Jaime viva al borde de esta existencia ruda y tradicional, contemplando
de lejos las costumbres de aduar que an se mantenan en el apartamiento
de la isla. Espaa, cuya bandera ondeaba todos los domingos sobre el
menguado casero de cada parroquia, apenas haca memoria de este pedazo
de su suelo perdido en el mar. Muchas tierras de la lejana Oceana se
hallaban en comunicacin ms frecuente con los grandes ncleos humanos
que esta isla, arrasada en otros tiempos por la guerra y la rapia, y
msera ahora al hallarse lejos del camino de los grandes buques,
encerrada en un cinturn de islotes, rocas y bajos, entre freos y
canales cuyas aguas transparentaban el fondo submarino.

Senta Febrer en esta nueva existencia el deleite del que ocupa sitio
cmodo para presenciar un espectculo interesante. Aquellos campesinos y
pescadores, belicosos nietos de corsarios, eran para l agradables
compaeros de existencia. Pretenda contemplarlos de lejos, como un
testigo curioso, pero lentamente sus costumbres haban hecho presa en
l, arrastrndolo a los mismos hbitos de existencia. No tena enemigos,
y sin embargo, en sus paseos por la isla, cuando no llevaba la escopeta
al hombro, ocultaba un revlver en su faja... por si acaso.

En los primeros das de su estancia en la torre, como las necesidades de
la instalacin le obligaban a ir a la ciudad, conserv su traje; pero
poco a poco prescindi de la corbata, del cuello de camisa, de las
botas. La caza le hizo preferir la blusa y el pantaln de pana de los
payeses. La pesca le aficion a marchar con los pies desnudos dentro de
unas alpargatas por playas y peascos. Un sombrero igual al que usaban
todos los _atlots_ en la parroquia de San Jos cubri su cabeza.

La hija de Pep, conocedora de las costumbres de la isla, admiraba con
cierto agradecimiento el sombrero del seor. Los hombres de los diversos
_cuartones_ que de antiguo dividan a Ibiza distinguanse unos de otros
por la manera de llevar el sombrero y la forma de sus alas, diferencia
imperceptible para el que no fuese de la tierra. El de don Jaime era
idntico al de todos los _atlots_ de San Jos y se diferenciaba de los
usados por los vecinos de los otros pueblos, todos con nombres de
santos. Un honor para la parroquia de que ella era hija.

Ingenua y graciosa Margalida! Febrer gustaba de hablar con ella,
gozndose en el asombro que sus relatos de otras tierras y sus bromas,
dichas con gesto grave, despertaban en su alma simple...

No tardara en traerle la comida. Haca media hora que una columna tenue
de humo flotaba sobre la chimenea de _Can Mallorqu_. Se imaginaba a la
hija de Pep guisando, yendo y viniendo junto al hogar, seguida por la
mirada de la madre, payesa infeliz y de silenciosa torpeza, que no osaba
poner mano en las cosas del seor.

De un momento a otro la vera aparecer bajo el sombrajo del _porchu_ que
daba entrada a su casa, llevando al brazo la cesta de la comida y sobre
su rostro de milagrosa blancura, que el sol apenas doraba con ligera
ptina de marfil antiguo, un sombrero de paja con largas cintas.

Alguien se movi bajo el sombrajo, emprendiendo la marcha hacia la
torre. Era Margalida!... No; no era ella. Llevaba pantalones. Era su
hermano Pepet... Pepet, que viva en Ibiza desde un mes antes,
preparndose para seminarista, y al que la gente haba dado por esto el
apodo de el _Capellanet_.




II


--_Bon da tengui!..._

Pepet extendi una servilleta en un lado de la mesa y puso sobre ella
dos platos tapados y una botella de vino de parra que tena el color y
la transparencia del rub. Luego se sent en el suelo, abarcando las
rodillas con los brazos, y qued inmvil. El luminoso marfil de su
dentadura brillaba sonriente sobre el rostro moreno. Sus ojos maliciosos
fijbanse en el seor con una expresin de can alegre y fiel.

--Pero no estabas en Ibiza para ser cura?--pregunt Jaime mientras
atacaba la comida.

El muchacho movi la cabeza. S, seor; estaba. Su padre lo haba
confiado a un profesor del Seminario. Saba don Jaime dnde era el
Seminario?...

Hablaba el pequeo pays de l como de un remoto lugar de tortura. Ni
rboles, ni libertad, ni aire apenas: la vida no era posible en aquel
encierro.

Febrer, oyndole, recordaba su visita a la ciudad alta, la Real Fuerza
de Ibiza, poblacin muerta, separada del barrio de la Marina por una
gran muralla del tiempo de Felipe II, con los intersticios de la piedra
arenisca cubiertos de verdes y ondeantes alcaparros. Estatuas romanas
sin cabeza decoraban en tres hornacinas la puerta que comunicaba la
ciudad con el arrabal. Ms all, las calles tortuosas empezaban a
empinarse hacia la cumbre, ocupada por la catedral y el castillo:
pavimentos de piedra azul, por cuyo centro corran en pendiente las
inmundicias; fachadas de ntida blancura, marcando borrosamente bajo su
enjalbegado escudos nobiliarios y la labor de antiguos ventanales; un
silencio de cementerio a orillas del mar, interrumpido solamente por el
lejano rumor de la resaca y el zumbido de las moscas amontonndose en el
arroyo. De tarde en tarde, pasos en el pavimento de estas calles morunas
y ventanas que se entreabren con la vida curiosidad de un suceso
extraordinario; unos soldados que suben lentamente hacia el castillo por
las empinadas cuestas; los seores cannigos que bajan del coro, con el
pecho de la sotana brillante de grasa y el sombrero de teja y el manteo
de color de ala de mosca, mseros prebendados de una catedral olvidada,
pobre y sin obispo.

En una de estas calles haba visto Febrer el Seminario, casa larga, de
blancas paredes, con las ventanas cubiertas de rejas lo mismo que una
crcel. El _Capellanet_, al recordarla, ponase grave, borrndose de su
rostro achocolatado el blanco marfil de la sonrisa. Qu mes haba
pasado all! El maestro entretena el aburrimiento de las vacaciones con
este pequeo campesino, queriendo iniciarlo en las bellezas de las
letras latinas con ayuda de su elocuencia y de una correa. Deseaba hacer
de l un prodigio, para sorprender a los otros profesores cuando se
abriesen las clases, y los golpes menudeaban. Adems de esto, las rejas,
que slo dejaban ver la pared de enfrente; la aridez de la ciudad, donde
no se encontraba una hoja verde; los aburridos paseos al lado del cura
por aquel puerto de aguas muertas que ola a almeja corrompida y sin
otros barcos que algunos veleros que llegaban a cargar sal... El da
anterior, unos cuantos correazos ms fuertes haban acabado con su
paciencia. Pegarle a l! Si no fuese un cura!... Se haba fugado,
emprendiendo a pie el regreso a _Can Mallorqu_; pero antes, como
venganza, desgarr varios libros que el maestro tena en gran estima,
volc el tintero sobre la mesa y escribi en las paredes vergonzosas
inscripciones, con otras travesuras de mono en libertad.

La noche haba sido de emociones en _Can Mallorqu_. Pep haba dado de
palos a su hijo: lo quiso matar, ciego de ira, teniendo que interponerse
entre los dos Margalida y su madre.

La sonrisa del _atlot_ haba vuelto a reaparecer. Hablaba con orgullo
de los palos que llevaba recibidos sin que le arrancasen un grito. Era
su padre quien le pegaba, y un padre puede pegar, porque as demuestra
que se interesa por sus hijos. Pero que probase otro a golpearle: era
como sentenciarse a muerte. Y al decir esto, se ergua con la belicosa
petulancia de una raza habituada a ver correr la sangre y a hacerse
justicia por su mano. Pep hablaba de llevar a su hijo otra vez al
Seminario, pero el muchacho dudaba de esta amenaza. No ira aunque su
padre cumpliera la promesa de llevarlo atado como un costal a lomos de
un asno: huira antes a la montaa o al islote del Vedr, para vivir con
las cabras salvajes.

El dueo de _Can Mallorqu_ haba dispuesto del porvenir de sus hijos
rudamente, con esa energa del campesino que no repara en obstculos
cuando cree hacer el bien. Margalida se casara con un pays, y para l
seran las tierras y la casa. Pepet sera cura, lo que representaba una
ascensin social de la familia, honor y fortuna para todos.

Jaime sonrea al escuchar las protestas del _atlot_ contra su destino.
En toda la isla no exista otro centro de enseanza que el Seminario, y
los payeses y patrones de barca que deseaban para sus hijos una suerte
mejor los llevaban a l. Los curas de Ibiza!... Muchos de ellos,
mientras seguan sus estudios, tomaban parte en los cortejos, usando
cuchillo y pistolete. Nietos de corsarios y de soldados, al vestir la
sotana guardaban la arrogancia y la ruda virilidad de sus ascendientes.
No eran impos, pues su simpleza de pensamiento no les permita este
lujo, pero tampoco eran devotos ni austeros: amaban la vida con todas
sus dulzuras y sentan la atraccin de los peligros con atvico
entusiasmo. La isla era una fbrica de sacerdotes animosos y
aventureros. Los que permanecan en Espaa acababan por ser capellanes
de regimiento. Otros, ms atrevidos, apenas cantaban misa se embarcaban
para Amrica, donde ciertas repblicas de aristocrtico catolicismo son
el Eldorado de los sacerdotes espaoles que no temen al mar. Desde all
giraban mucho dinero a sus familias y compraban casas y tierras,
alabando a Dios, que mantiene a sus sacerdotes con ms holgura en el
Nuevo Mundo que en el viejo. Haba buenas seoras en Chile y el Per que
daban cien pesos de limosna por una misa. Estas noticias hacan abrir la
boca de asombro a los parientes, reunidos durante las noches de invierno
en la cocina. A pesar de tales grandezas, su deseo era regresar a la
isla amada, y volvan a los pocos aos con el propsito de vegetar en
sus tierras. Pero el demonio de la vida moderna les haba mordido en el
corazn, y se aburran en la montona existencia islea, tradicional y
cerrada. Pensaban en las ciudades jvenes del otro continente, y al fin
vendan sus bienes o los regalaban a la familia, embarcndose para no
volver ms.

Indignbase Pep contra la tenacidad de su hijo, que se empeaba en
continuar siendo pays. Hablaba de matarlo, como si lo viese en un
camino de perdicin. Llevaba la cuenta de todos los hijos de amigos
suyos que haban partido para el otro mundo con la sotana puesta. El
hijo de _Treufoch_ llevaba enviados de Amrica cerca de seis mil duros.
Otro, que viva tierra adentro, entre indios, en unas montaas muy altas
a las que llamaban los Andes, haba comprado un predio en Ibiza, que
cultivaba su padre. Y el pillo de Pepet, ms listo para las letras que
los dems, negbase a seguir tan hermosos ejemplos!... Haba para
matarlo.

La noche anterior, en un momento de calma, cuando Pep descansaba en su
cocina con el brazo fatigado y el gesto triste del padre que acaba de
pegar fuerte, el _atlot_, rascndose los golpes, haba propuesto un
arreglo. Sera cura; obedecera al _si_ Pep pero antes deseaba ser
hombre, ir con los muchachos de la parroquia a hacer msica, bailar los
domingos, mezclarse en los cortejos, tener novia, llevar un cuchillo en
la faja. Esto ltimo era lo que deseaba con mayores ansias. Si su padre
le regalaba el cuchillo del abuelo, l pasara por todo.

--_El gabinet del gelo, pare!_--imploraba el muchacho--. _El gabinet
del gelo!_

Por obtener el cuchillo del abuelo sera cura, y hasta si era preciso
vivira solitario, de la limosna de las gentes, como los ermitaos que
estaban a orillas del mar en el santuario de los _Cubells_. Al recordar
el arma venerable, brillaban sus ojos con fulgores de admiracin y se la
describa a Febrer. Una joya! Era una antigua lima de acero aguzada y
bruida. Poda atravesarse con ella una moneda, y en manos de su
abuelo!... Su abuelo era un hombre famoso. El nieto no le haba
conocido, pero hablaba de l con admiracin, colocando su memoria por
encima del mediano respeto que le inspiraba el buenazo de su padre.

Luego, a impulsos de su deseo, se atreva a implorar la proteccin de
don Jaime. Si quisiera darle ayuda!... Bastara que pidiese una vez el
famoso cuchillo, para que su padre se lo entregara al instante.

Febrer acogi esta demanda con risa bondadosa.

--Tendrs el cuchillo, muchacho. Y si tu padre no quiere entregarlo, yo
te comprar otro cuando vaya a la ciudad.

Esta certeza entusiasm al _Capellanet_. Necesitaba ir armado para poder
mezclarse con los hombres. Su casa iba a verse frecuentada por los
_atlots_ ms valerosos de la isla. Margalida era ya moza e iba a
comenzar el _festeig_. El _si_ Pep haba sido rogado por los _atlots_
con objeto de que fijase da y hora para la visita de los cortejantes.

--Ah! Margalida!--dijo Febrer con asombro--. Margalida con novios!...

Lo que l haba visto en tantas casas de la isla parecale un
espectculo absurdo en _Can Mallorqu_. Se haba olvidado de que la hija
de Pep era una mujer. Pero realmente aquella nia, aquella mueca
blanca e ingenua, poda gustar a los hombres?... Senta la extraeza del
padre que ha enamorado en otro tiempo a muchas mujeres, y juzgando luego
por su propia sensibilidad, no puede comprender que su hija inspire
pasiones.

Pasados algunos instantes ya no la vio as. Margalida era otra a sus
ojos: era una mujer. La transformacin le dola. Crey que acababa de
perder algo, pero se resign ante la realidad.

--Y cuntos son?--dijo con voz algo apagada.

Pepet agit una mano al mismo tiempo que elevaba los ojos a la bveda de
la torre. Cuntos?... An no se saba con certeza. Lo menos treinta.
Iba a ser un _festeig_ del que se hablara en toda la isla; y eso que
muchos, aunque se coman a Margalida con los ojos, no osaban entrar en
el cortejo, dndose de antemano por vencidos. Como su hermana haba
pocas en la isla: guapa, alegre y con un buen pedazo de pan, pues el
_si_ Pep hablaba en todas partes de dar _Can Mallorqu_ al yerno
cuando l muriese. Y el hijo que se reventase con la sotana a cuestas
al otro lado del mar, sin ver ms _atlotas_ que las indias! _Futro!..._

Pero su indignacin dur poco. Entusiasmbase al pensar en los mozos que
iban a acudir a su casa dos veces por semana para hacer la corte a
Margalida. Iban a venir hasta de San Juan, al otro extremo de la isla,
el pueblo de los hombres valientes, donde muchos evitaban salir de su
casa apenas cerraba la noche, sabiendo que cada ribazo serva de sostn
a una pistola y cada rbol de guarida a una escopeta, y todos esperaban
pacientemente la satisfaccin de un agravio recibido muchos aos antes;
la patria de las temibles fieras de San Juan. Juntos con estos
personajes vendran otros de los dems _cuartones_, y muchos tendran
que caminar leguas para llegar a _Can Mallorqu_.

El _Capellanet_ regocijbase pensando en los mozos arrogantes que iba a
conocer. Todos le trataran como un compaero, por ser hermano de la
novia; pero de estas futuras amistades la que ms le halagaba era la de
Pere, apodado el _Ferrer_ por su oficio de herrero, un hombre cercano a
los treinta aos, del que se hablaba mucho en la parroquia de San Jos.

El muchacho lo admiraba como gran artista.

Cuando se decida a trabajar, fabricaba las ms hermosas pistolas que se
conocan en los campos de Ibiza. Pepet enumeraba su trabajo. Le enviaban
de la Pennsula caones viejos de escopeta--lo viejo inspiraba respeto
al _atlot_--y los montaba a su modo en culatas de pistola esculpidas con
brbara fantasa, aadiendo a la obra prolijos adornos de plata. Arma
salida de sus manos poda cargarse hasta la boca, sin miedo a que
reventase.

Pero otra circunstancia ms importante aumentaba su admiracin por el
_Ferrer_. Lo declar en voz baja, con un tono de misterio y respeto:

--_El Ferrer s un verro._

Un _verro_!... Jaime qued pensativo unos instantes, coordinando sus
recuerdos sobre las costumbres de la isla. Un gesto expresivo del
_Capellanet_ ayud a su memoria. Un _verro_ es un hombre cuyo valor no
necesita probarse, pues tiene pudriendo tierra uno o varios ejemplos de
la dureza de su mano o de lo certero de su puntera.

Pepet, para que los suyos no quedasen por debajo del _Ferrer_, volvi a
recordar a su abuelo. Tambin haba sido _verro_, pero los antiguos
saban hacer mejor las cosas. An se acordaban en San Jos de la
habilidad con que el _gelo_ despachaba sus asuntos: un golpe nada ms
con el famoso cuchillo, y despus las precauciones tan bien tomadas que
siempre se presentaban testigos para declarar que lo haban visto al
otro extremo de la isla a la misma hora en que agonizaba el enemigo.

El _Ferrer_ era un _verro_ con menos fortuna. Haca medio ao que haba
desembarcado, despus de pasar ocho en un presidio de la Pennsula. Le
haban condenado a catorce, pero le alcanzaron varios indultos. El
recibimiento fue triunfal. Un hijo de San Jos que regresaba de tan
heroico destierro!... No deban mostrarse menos entusiastas que los
vecinos de otras parroquias, que acogan a sus _verros_ con grandes
agasajos. Y bajaron al puerto de Ibiza, el da de la llegada del vapor,
los parientes lejanos del _Ferrer_, que eran medio pueblo, y todo el
resto del vecindario por puro patriotismo. Hasta el alcalde hizo el
viaje, seguido de su secretario, para conservar las simpatas de sus
administrados. Los seores de la ciudad protestaban con indignacin de
estas costumbres brbaras e inmorales de la payesa, mientras hombres,
mujeres y chiquillos asaltaban el vapor, ansioso cada uno de ser el
primero en estrechar la mano del hroe.

Pepet se acordaba de la vuelta del _verro_ a San Jos. l tambin haba
figurado en la comitiva, larga hilera de carros, caballos, asnos y
peatones, como si el pueblo entero emigrase. En todas las tabernas y
ventorros del camino detenase la romera, y el grande hombre era
obsequiado con jarros de vino, pedazos de sobreasada y copas de
_figola_, licor de hierbas de la isla. Admiraban su traje nuevo--un
traje de seor que haba comprado al salir del presidio--, se asombraban
en silencio de la desenvoltura de sus maneras, del aire de buen prncipe
con que acoga a sus antiguos amigos, protegindolos con el gesto y la
mirada. Muchos le envidiaban. Lo que aprende un hombre saliendo de la
isla! No hay como correr el mundo!... El antiguo herrero los abrum a
todos con la superioridad de sus recuerdos durante el viaje a San Jos.
Luego, en el espacio de varias semanas, la tertulia en la taberna del
pueblo, a la cada de la tarde, result interesantsima. Las palabras
del _verro_ se repetan de hogar en hogar por todos los esparcidos
caseros del _cuartn_, viendo cada pays algo honroso para su parroquia
en estas aventuras del convecino.

El _Ferrer_ no se cansaba de alabar las bellezas del establecimiento en
el que haba permanecido ocho aos. Olvidaba las cleras y tristezas
sufridas all. Todo lo vea al travs de ese amor a lo pasado que
desfigura los recuerdos.

l no haba vivido, como ciertos infelices, en un establecimiento penal
de las llanuras manchegas, donde hay que subir el agua a lomos de
hombre, sufriendo los tormentos de un fro rtico. Tampoco haba estado
en los presidios de la vieja Castilla, donde la nieve blanquea los
patios y los huecos de las rejas. Vena de Valencia, del penal de San
Miguel de los Reyes, llamado _Niza_, a causa de la dulzura de su clima,
por los habituales pensionistas de dichos establecimientos. Hablaba con
orgullo de esta casa, lo mismo que un rico estudiante recuerda los aos
pasados en una universidad inglesa o alemana. Altas palmeras sombreaban
los patios, ondeando su capitel de plumas por encima de los tejados.
Desde las rejas llegaba a verse toda la extensin de la huerta
valenciana, con los frontones triangulares y blancos de sus barracas, y
ms all el Mediterrneo, una faja azul inmensa, tras cuyo lomo se
ocultaba el pen natal, la isla amada. Tal vez haba pasado por ella el
viento cargado de emanaciones salinas y ardores vegetales que se colaba
como una bendicin en las hediondas cuadras del presidio. Qu ms poda
desear un preso!... La vida era dulce: se coma a sus horas, siempre de
caliente; haba orden, y el hombre no tena ms que obedecer, dejarse
llevar. Se hacan buenas amistades; se trataba uno con gentes notables,
que jams hubiese conocido de permanecer en la isla. Y el _Ferrer_
hablaba con orgullo de sus amigos. Unos haban tenido millones y paseado
en lujosos carruajes all en Madrid, ciudad casi fantstica, cuyo nombre
sonaba en los odos de los isleos como el de Bagdad para el pobre rabe
del desierto que escucha un relato de _Las mil noches y una noche_.
Otros haban corrido medio mundo antes de que la desgracia les confinase
en el encierro, y recordaban ante un corro absorto sus aventuras en
tierras de negros o en pases donde los hombres eran amarillos o verdes
y llevaban trenzas mujeriles. En aquel antiguo convento, grande como un
pueblo, viva lo mejor de la tierra. Algunos haban ceido espada y
mandado hombres; otros haban manejado papeles sellados e interpretado
la ley. Hasta un cura haba sido compaero de cuadra del _Ferrer_!...

Los admiradores de ste le oan con los ojos muy abiertos y las narices
palpitantes de emocin. Qu dicha! Ser _verro_, haber ganado la
celebridad y el respeto matando a un enemigo en las sombras de la noche,
y a cambio de esto, ocho aos en _Niza_, lugar de delicias y honores.
No tendran ellos tanta suerte!...

El _Capellanet_, que haba escuchado estos relatos, senta por el
_verro_ un respeto admirativo. Describa las particularidades de su
persona con la prolijidad del que se siente enamorado de un hroe.

No era alto ni fuerte como el seor; pero era gil, nadie le ganaba en
el baile, y poda danzar horas enteras, hasta rendir a todas las
muchachas de la parroquia. Haba trado de su larga temporada en _Niza_
una tez plida y lustrosa, una tez de monja en clausura; pero ya estaba
obscuro como los dems, con la cara bronceada y curtida por el aire del
mar y el sol africano de la isla. Viva en la montaa, en una casucha
inmediata a los bosques de pinos, cerca de los carboneros que
proporcionaban combustible a su fragua. Esta no se encenda todos los
das. El _Ferrer_, con sus pretensiones de artista, slo trabajaba
cuando tena que reparar una escopeta, transformar un viejo trabuco de
chispa en arma de pistn, o fabricar aquellas pistolas con adornos de
plata que admiraban al _Capellanet_.

Deseaba ste verle preferido por su hermana; que el _verro_ entrase en
su familia con sus asombrosas habilidades. Tal vez a impulsos del
prximo parentesco se decidiese a regalarle una de aquellas joyas.

--Puede ser que Margalida le quiera, y entonces el _Ferrer_ me d una de
sus pistolas. Usted qu cree, don Jaime?...

Abogaba por el _verro_ como si fuese ya pariente suyo. El pobre viva
tan mal!... Solo en la fragua, sin otra compaa que una parienta vieja,
siempre vestida de negro por remotos lutos, lagrimeante un ojo, cerrado
otro, y tirando del fuelle mientras su sobrino bata el hierro rojo. La
vecindad del fogn secaba cada vez ms su huesosa flacura. En su cara
arrugada de manzana vieja parecan liquidarse las cuencas de los ojos.

Aquel antro ahumado y lbrego en medio de los pinares poda embellecerse
con la presencia de Margalida. Su nico adorno actual eran unos cuantos
cestillos de juncos de colores tejidos en forma de tablero de ajedrez,
con pompones de seda, amistoso recuerdo de los ignorados artistas que
entretenan sus ocios en el retiro de _Niza_. Cuando su hermana viviese
en la fragua, Pepet ira a verla, y contaba adquirir de la munificencia
de su cuado, en estas visitas, un cuchillo tan famoso como el del
abuelo, si es que el seor Pep perseveraba injustamente en negarle esta
herencia gloriosa.

El recuerdo de su padre pareci obscurecer las esperanzas del muchacho.
Vea difcil que el dueo de _Can Mallorqu_ aceptase como yerno a Pere
el _Ferrer_. Nada malo poda decir el viejo de l; aceptaba su fama como
una honra para el pueblo. La isla no slo tena hombres bravos en las
fieras de San Juan; tambin San Jos poda enorgullecerse de mozos
valientes que haban sufrido duras pruebas. Pero el _Ferrer_ era hombre
de oficio, poco entendido en materias agrcolas, y aunque todos los
ibicencos mostrbanse igualmente dispuestos a cultivar la tierra, echar
una red en el mar o hacer un alijo de contrabando, pasando fcilmente de
un trabajo a otro, l quera para su hija un verdadero labrador,
habituado toda su vida a araar el suelo. Su resolucin era
inquebrantable. En aquel cerebro yermo y duro, cuando llegaba a retoar
una idea, echaba races tan hondas, que no haba huracn ni cataclismo
que la arrancase. Pepet sera cura y correra mundo. Margalida la
guardaba para un labrador que agrandase las tierras de _Can Mallorqu_
al heredarlas.

El _Capellanet_ inquietbase al pensar en quin podra ser el favorecido
por Margalida. Trabajo le daba a todos teniendo enfrente a un hombre
como el _Ferrer_. Aunque su hermana se inclinase hacia otro, el
agraciado tendra que vrselas luego con Pere, el bravo glorioso,
quitndolo de en medio. Iban a verse cosas grandes. Del cortejo de
Margalida se hablaba ya en todas las casas del _cuartn_; su fama
acabara por extenderse a toda la isla. Y Pepet sonrea con feroz
deleite, como un pequeo salvaje que ve prxima una matanza.

Admiraba a Margalida, reconociendo en ella una autoridad mayor que la
del padre, por lo mismo que no estaba basada en el miedo a los golpes.
Ella lo diriga todo en la casa. La madre marchaba tras sus pasos como
una domstica, no osando hacer nada sin consultarla. El _si_ Pep, tan
absoluto en sus ideas, detenase antes de tomar una resolucin,
rascndose la frente con gesto de duda mientras deca en voz baja: Esto
habr que consultarlo con la _atlota_. El mismo _Capellanet_, que haba
heredado la terquedad paternal, desista fcilmente de sus intentos de
protesta con slo una palabra de la hermana, una insinuacin de su boca
sonriente, de su voz dulce.

--Lo que ella sabe, don Jaime!--deca el muchacho con admiracin--. Yo
ignoro si es guapa. Por ah dicen que s; pero a m no me gusta. A m me
gustan otras de mi edad. Lstima que no estn an para admitir el
_festeig_!....

Y volviendo a hablar de su hermana, enumeraba sus talentos, insistiendo
con cierto respeto en su habilidad para el canto.

Conoca don Jaime al _Cant_, un _atlot_ malucho del pecho, que no
trabajaba y pasaba los das tendido a la sombra de los rboles,
golpeando el tamboril y mascullando versos?... Era un blanco cordero,
una gallina, con ojos y piel de mujer, incapaz de hacer frente a nadie.
Tambin ste pretenda a Margalida; pero el _Capellanet_ juraba meterle
el tamboril por el cogote antes que aceptarlo como cuado... l slo
poda emparentar con un hroe... Pero en lo de sacarse canciones de la
cabeza y cantarlas intercaladas con alaridos de pavo real no haba quien
se midiese con el _Cant_. Haba que ser justos, y Pepet reconoca su
mrito. Era para el _cuartn_ una gloria que casi poda compararse con
la del valeroso _Ferrer_. Pues bien; a este cantor le haca frente
Margalida cuando, en las tertulias de verano en el _porchu_ de la
alquera o en los bailes del domingo, ruborosa, empujada por las
compaeras, se decida a sentarse en el centro del corro, y con el
tamboril en una rodilla, ocultos los ojos tras un pauelo, contestaba
con un largo romance, todo de su invencin, a lo que haba dicho antes
el poeta.

Si el _Cant_ soltaba un domingo un interminable relato sobre la
falsedad de las mujeres y lo caras que cuestan al hombre por su aficin
a los trapos, Margalida le responda al otro domingo con un romance
doblemente largo criticando la vanidad y el egosmo de los hombres, y la
turba de _atlotas_ coreaba sus versos con cloqueos de entusiasmo,
reconociendo la gloria de una vengadora en la muchacha de _Can
Mallorqu._

--_Pepet!... Atlot_!

Una voz femenina son a lo lejos, como un cristal, cortando el denso
silencio de las primeras horas de la tarde, cargado de vibraciones de
calor y de luz. Sonaba cada vez ms fuerte, al repetirse, como si se
aproximase a la torre.

Pepet abandon su posicin de bestezuela en descanso, libertando las
piernas encogidas del anillo de los brazos para erguirse de un salto...
Era Margalida la que llamaba... Su padre deba reclamarle para algn
trabajo, en vista de su tardanza.

El seor le retuvo por un brazo.

--Djala que venga--dijo sonriendo--. Hazte el sordo, para que grite.

El _Capellanet_ ense los ntidos dientes en la obscuridad de su cara
bronceada. Sonri el pillete, satisfecho de esta inocente complicidad, y
quiso aprovecharse de ella, hablando al seor con atrevida confianza.

De veras que pedira para l, al _si_ Pep, el cuchillo del abuelo?
_Ay, el gabinet del gelo!_ Estaba siempre presente en su memoria.

--S, lo tendrs--dijo Jaime--. Y si tu padre no te lo da, yo te
comprar el mejor que encuentre en Ibiza.

El muchacho se frot las manos, brillndole los ojos con fulgores
salvajes.

--Es slo para que seas hombre como los otros--continu Febrer--; pero
nada de usarlo! Un simple adorno nada ms.

Pepet, ansioso de realizar cuanto antes su deseo, contest con enrgicos
movimientos de cabeza. S; un adorno nada ms... Pero sus ojos se
obscurecieron con una duda cruel... Un adorno; pero si alguien le
ofenda llevando tal compaero, qu debe hacer un hombre?...

--_Pepet!... Atlot!_

La voz de cristal son ahora al pie de la torre. Febrer esperaba orla
ms cerca, ver aparecer la cabeza de Margalida y luego todo su cuerpo en
el hueco de entrada. En vano aguard largo rato: la voz fue hacindose
apremiante, con graciosos temblores de impaciencia, pero sin aproximarse
ms.

Febrer se asom a la puerta y vio a la muchacha al pie de la escalera,
algo empequeecida por la distancia, con hinchada falda azul y un
sombrero de paja del que pendan cintas a flores. Sobre el fondo de las
amplias alas del sombrero, iguales a una aureola, destacbase su rostro,
de una palidez de rosa, en el que parecan temblar las gotas negras de
los ojos.

--_Salut, Flo d'enmetll!_--dijo Febrer con cierta inseguridad en la
voz, pero sonriendo.

Flor de almendro!... Al or la muchacha este nombre en boca del
seor, el carmn de una expansin sangunea ocult momentneamente la
suave blancura de su tez...

Ya saba don Jaime este nombre?... Un seor como l se enteraba de
tales tonteras?...

Febrer slo vio ya la copa y las alas del sombrero de Margalida. Haba
bajado la cabeza, y en su turbacin jugueteaba con las puntas del
delantal, avergonzada como una nia que se da cuenta de pronto de la
significacin de su sexo y escucha el primer requiebro.




III


El domingo siguiente, Febrer fue por la maana al pueblo. El to
Ventolera no poda acompaarle al mar, pues consideraba indispensable su
presencia en la misa, para responder con voz chillona a las palabras del
sacerdote.

Falto de ocupacin, Jaime emprendi la marcha hacia el pueblo por
senderos de tierra roja que ensuciaba la blancura de sus alpargatas. Era
uno de los ltimos das estivales. Las alqueras de ntida blancura
parecan reflejar como espejos el fuego de un sol africano. Zumbaban en
el ambiente los enjambres de insectos. En la sombra verdosa de las
higueras, amplias, bajas y redondas, apoyadas en un crculo de estacas
como un techo de verdura, caan los higos abiertos por el calor,
reventando en el suelo como enormes gotas de azcar purpreo. Las
chumberas alzaban sus muros de pinchosas palas a ambos lados del camino,
y entre sus races polvorientas correteaban, medrosas y ebrias de sol,
pequeas bestias ondeantes, de larga cola y verde esmeralda.

Por entre la columnata negra y retorcida de los olivos y los almendros
veanse a lo lejos, siguiendo otros senderos, grupos de payeses que
tambin marchaban hacia el pueblo. Delante iban las _atlotas_ de traje
dominguero, con pauelos rojos o blancos y faldas verdes, brillando al
sol sus grandes cadenas de oro. Junto a ellas caminaban los
pretendientes, escolta tenaz y hostil que se disputaba una mirada o una
palabra de preferencia, asediando varios a la vez a la misma moza.
Cerraban la marcha los padres de las muchachas, envejecidos antes de
tiempo por las fatigas y sobriedades de la vida del campo, pobres
bestias de la tierra, sumisas, resignadas, negras de piel, con los
miembros secos como sarmientos, y que en la modorra de su mente
recordaban cual una vaga y remota primavera los aos del _festeig_.

Cuando Febrer lleg al pueblo se dirigi rectamente a la iglesia. Lo
formaban seis u ocho casas con la alcalda, la escuela y la taberna en
torno del templo. ste erguase soberbio y poderoso, como nexo de unin
de todo el casero esparcido por valles y montes en algunos kilmetros a
la redonda.

Jaime, despojndose del sombrero para limpiarse el sudor de la frente,
se refugi bajo las arcadas de un pequeo claustro que preceda a la
iglesia. All experiment la misma sensacin de bienestar del rabe que
se acoge a un solitario morabito tras la marcha por el arenal inflamado
como un horno.

La blancura de la iglesia, enjalbegada de cal, con sus arcadas frescas y
sus ribazos de piedra seca coronados de nopales, haca pensar en una
mezquita africana. Tena ms de fortaleza que de templo. Sus tejados
estaban ocultos por el borde superior de los muros, especie de reducto
sobre el cual haban asomado muchas veces escopetas y trabucos. La torre
era un torren de guerra coronado todava de almenas: su vieja campana
haba volteado en otro tiempo con la fiebre del rebato.

Esta iglesia, en la que los payeses del _cuartn_ entraban a la vida con
el bautismo y salan de ella con la misa de difuntos, haba sido durante
siglos el refugio de sus pavores, la fortaleza de sus resistencias.
Cuando las atalayas de la costa anunciaban con fogatas o humaredas un
barco de moros, de todas las alqueras de la parroquia corran las
familias hacia el templo, los hombres cargando su escopeta, las mujeres
y nios arreando las cabras y los asnos o llevando a cuestas con las
patas atadas en manojo todas las aves de corral. La casa de Dios se
converta en establo guardador de la fortuna de sus adeptos. El cura, en
un rincn, rezaba con las mujeres, siendo cortadas sus oraciones por
chillidos de angustia y llantos de nios, mientras en los tejados y la
torre los escopeteros exploraban el horizonte, hasta que llegaba noticia
de que las aves de rapia del mar se haban alejado. Entonces
reanudbase la existencia normal, volviendo cada familia a su
aislamiento, con la certeza de repetir el viaje angustioso pocas
semanas despus.

Febrer permaneci bajo las arcadas viendo cmo iban llegando los grupos
de payeses a toda prisa, espoleados por el ltimo toque del esquiln que
volteaba en lo alto de la torre. El interior de la iglesia estaba casi
lleno. Por la puerta entreabierta llegaba hasta Jaime una densa bocanada
de respiraciones ardorosas, de sudor y ropas burdas. Experimentaba
Febrer cierta simpata por estas buenas gentes cuando las tropezaba por
separado, pero la muchedumbre inspirbale aversin, y permaneca lejos
de su contacto.

Muchos domingos bajaba al pueblo para quedarse en la puerta de la
iglesia, sin entrar en ella. La soledad habitual en su torre de la costa
le haca necesario ver gentes. Adems, el domingo resultaba para l,
hombre sin ocupaciones, un da montono, fastidioso, interminable. Este
descanso de los dems era su tormento. No poda ir al mar por falta de
barquero, y los campos solitarios, con sus casas cerradas, por hallarse
las familias en la misa o en el baile de la tarde, le comunicaban la
impresin penosa de un paseo por un cementerio. La maana pasbala en
San Jos, y uno de sus placeres era permanecer en el claustro de la
iglesia viendo entrar y salir al gento, gozando de la fresca sombra de
los arcos, mientras unos pasos ms all arda la tierra con la
reverberacin solar, mecan sus ramas los rboles lentamente, como
angustiadas por el calor y el polvo que cubra sus hojas, y el ambiente
denso pareca ser mascado antes de descender a los pulmones.

Llegaban las familias retrasadas, pasando ante Febrer con una mirada de
curiosidad y un leve saludo. Todos le conocan en el _cuartn_. Estas
buenas gentes, al verle en el campo podan abrirle la puerta de su casa;
pero su afabilidad no iba ms all, siendo incapaces de aproximarse a l
por impulso propio. Era un forastero. Adems, era un mallorqun. Su
condicin de seor creaba una misteriosa desconfianza en la gente
rstica, que no poda explicarse su permanencia en el aislamiento de una
torre.

Febrer qued solo. Lleg hasta sus odos el repiqueteo de una
campanilla, el rumor de la gente al arrodillarse o al ponerse de pie, y
una voz conocida, la voz del to Ventolera, lanzando en tono cantable
las respuestas de la misa con el estridor de su boca sin dientes. La
gente aceptaba sin rerse estas ingerencias de su locura senil. Estaba
habituada, aos y aos, a or los latinajos del antiguo marinero, que
desde su banco apoyaba a gritos las respuestas del ayudante. Todos daban
cierto carcter sagrado a estos desvaros, como los orientales, que ven
en la demencia un signo de santidad.

Fum Jaime en la entrada de la iglesia para entretenerse. Unos palomos
se arrullaban sobre los arcos, cortando con el rumor de sus caricias las
largas pausas de silencio. Tres colillas de cigarro estaban a los pies
de Febrer, cuando son en el interior del templo un largo murmullo como
de cien respiraciones contenidas que se exhalan al fin con un suspiro de
satisfaccin. Luego ruido de pasos, voces ahogadas de saludo, chocar de
sillas, chirrido de bancos, arrastre de pies, y la puerta qued
obstruida por las gentes que intentaban salir todas a un tiempo.

Comenzaron a desfilar los fieles, saludndose como si se vieran por
primera vez al encontrarse en pleno sol, fuera de la luz crepuscular del
templo.

--_Bon dia!... Bon dia!..._

Salan en grupos las mujeres: las viejas vestidas de negro, esparciendo
el interno olor de sus innumerables zagalejos y faldas; las jvenes
erguidas en su estrecho cors, que les aplastaba los pechos y borraba
las curvas salientes de las caderas, ostentando con nobiliario orgullo,
sobre el pauelo multicolor, las cadenas de oro y los enormes
crucifijos. Eran cabezas morenas o verdosas con grandes ojos de
dramtica expresin; vrgenes cobrizas con el pelo brillante y aceitoso
partido por una raya que iba ensanchando cada vez ms la rudeza del
peine.

Los hombres detenanse un momento en la puerta para colocarse sobre la
rapada cabeza, con luengos rizos en su parte delantera, el pauelo que
llevaban bajo el sombrero, a uso mujeril. Era una prenda con la que
suplan el capuchn del antiguo jaique del pas, usado ya nicamente en
circunstancias extraordinarias.

Luego, los viejos sacaban de la faja una pipa rstica fabricada por
ellos mismos, llenndola de tabaco de _pota_ cultivado en la isla,
hierba de acre olor. Los mozos se alejaban de ellos. Salan del atrio
para adoptar fieras posturas, con las manos en la faja y la cabeza
erguida, ante los grupos de mujeres. En ellos estaban las amadas
_atlotas_ fingiendo indiferencia y contemplndolos al mismo tiempo con
el rabillo de un ojo.

Poco a poco iba disolvindose esta masa de gento.

--_Bon dia!... Bon dia!..._

Muchos no volveran a verse hasta el domingo siguiente. Por todos los
senderos se alejaban grupos multicolores: unos obscuros, sin escolta
alguna, marchando lentamente, como si se arrastrasen, con la miseria de
la ancianidad; otros bulliciosos, de faldas inquietas y pauelos
ondeantes, seguidos a distancia por una tropa de _atlots_, que gritaban,
relinchaban y corran para advertir su presencia a las muchachas.

An quedaba gente dentro de la iglesia. Febrer vio salir a unas mujeres
vestidas de negro, ttrico grupo de tapadas, que apenas s enseaban a
travs de la abertura del manto su nariz enrojecida por el sol y un ojo
de brasa velado por las lgrimas. Iban cubiertas con el _abrigais_, chal
de invierno, envoltura tradicional de gruesa lana, cuya vista produca
una sensacin de tormento y asfixia en aquella maana bochornosa de
verano. Detrs salieron unos encapuchados, antiguos payeses que se
haban cubierto con el capote de ceremonia, un jaique pardo de lana
burda con amplias mangas y apretado capuchn. Las mangas las llevaban
sueltas, pero el capuchn iba bien abrochado bajo la barba, mostrando
por la abertura sus rostros tostados de piratas.

Eran los parientes de un pays que haba muerto una semana antes. La
numerosa familia, que habitaba en distintos puntos del _cuartn_,
habase reunido, segn costumbre, en la misa del domingo para recordar
al muerto, y al verse estallaba su dolor con africana vehemencia, como
si an tuviesen ante sus ojos el cadver. La costumbre exiga que se
cubrieran con sus prendas de ceremonia, con sus vestidos de invierno,
encerrndose en ellos cual si fuesen cscaras de dolor. Lloraban y
sudaban bajo las envolturas, y al reconocer cada uno a los parientes que
no haba visto en algunos das, estallaba su pena con nuevo
recrudecimiento. Salan suspiros de agona de entre los espesos mantos;
las rudas caras, encuadradas por el capuchn, contraanse con
crispaciones de dolor infantil, exhalando lamentos de pequeuelo
enfermo. El dolor se licuaba con una incesante secrecin, mezcla de
sudor y lgrimas. De todas las narices--la parte ms visible de estos
fantasmas doloridos--pendan gotas que iban a caer sobre los pliegues
del pao burdo.

Un hombre hablaba con bondadosa autoridad, exigiendo calma, en medio del
estrpito de las voces femeniles que rugan broncas de pena y de los
suspiros masculinos atiplados por el dolor. Era Pep el de _Can
Mallorqu_, lejano pariente del muerto, en esta isla donde todos se
hallaban ms o menos unidos por los cruces de la sangre. El vago
parentesco, aunque le impulsaba a participar del dolor, no le haba
obligado a ponerse el jaique de las grandes solemnidades. Iba vestido de
negro y se cubra con un manteo de ligera lana y un fieltro redondo, que
le daban cierto aire eclesistico. Su mujer y Margalida, que no se
crean unidas por el parentesco a esta familia, mantenanse aparte, como
si las alejase la diferencia entre sus alegres ropas domingueras y aquel
aparato de dolor.

El bondadoso Pep finga enfadarse por los extremos de desesperacin,
cada vez ms vehementes, de los enlutados... Ya haba bastante! Cada
uno a su casa, a vivir muchos aos, para encomendar el muerto al Seor.

Estallaron ms fuertes los sollozos bajo los mantos y los capuchones.
Adis! adis! Se estrechaban las manos, se besaban las bocas, se
retorcan los brazos, como si todos se despidieran para no verse ms.
Adis! adis! Se alejaron por grupos, cada uno en distinta
direccin, hacia las montaas cubiertas de pinos, hacia las alqueras de
lejana blancura medio ocultas entre higueras y almendrales, hacia los
rojos peascos de la costa; y era un espectculo absurdo e incoherente
ver bajo el ardor del sol, al travs de los campos verdes y esplndidos,
cmo marchaban con paso tardo estos fantasmas espesos y sudorosos,
incansables lloradores de la muerte.

La vuelta a _Can Mallorqu_ fue triste y silenciosa. Pepet abra la
marcha con el _bimbau_ en los labios, que le acompaaba en su caminata
con un zumbido de moscardn. De vez en cuando detenase para echar
piedras a los pjaros o a los lagartos hinchados y negruzcos que
asomaban entre las chumberas. Lo que a l le importaba la muerte!...
Margalida caminaba junto a su madre, silenciosa, abstrada, con los ojos
muy abiertos: unos ojos de vaca hermosa que miraban a todas partes sin
ver, sin reflejar pensamiento alguno. Pareca no darse cuenta de que
tras ella caminaba don Jaime, el seor, el reverenciado husped de la
torre.

Pep, abstrado tambin, delataba el curso de sus pensamientos con
palabras sueltas dirigidas a Febrer, como si necesitase hacer partcipe
a alguien de sus ideas.

La muerte! Qu cosa tan fea, don Jaime!... Y all estaban ellos, en
un pedazo de tierra rodeado por las olas, sin poder escapar, sin poder
defenderse, aguardando el momento en que les echase la zarpa. El pays
senta sublevarse su egosmo ante esta gran injusticia. Bueno que all
en tierra firme, donde las gentes son felices y gozan mucho, se ensaase
la muerte... Pero aqu? Tambin aqu, en el ltimo rincn del mundo?
No haba lmite ni excepcin para la gran entrometida?...

Era intil imaginarse obstculos. Ya poda el mar embravecerse entre las
cadenas de islotes y escollos que van de Ibiza a Formentera. Los freos
eran hervideros de olas, los peones se cubran de espuma, los rudos
hombres de mar retrocedan vencidos, los barcos se refugiaban en los
puertos, el paso se cerraba para todos, las islas quedaban apartadas del
resto del mundo... Pero esto nada significaba para la marinera
invencible de crneo pelado, para la caminante de piernas de hueso, que
poda correr con gigantescos saltos por encima de montaas y mares.

No haba tempestad que la detuviese; no exista alegra que la hiciera
olvidar; estaba en todas partes; se acordaba de todos. Ya poda lucir el
sol, y mostrarse hermosos los campos, y ser buena la cosecha...
Engaifas para entretener al hombre en sus fatigas y que le fuesen ms
tolerables! Mentirosas promesas, como las que se hacen a los nios para
que se sometan de buen grado al tormento de la escuela!... Y haba que
dejarse engaar; la mentira era buena. No deban acordarse de este mal
inevitable, de este ltimo peligro sin remedio alguno, que entristece la
vida, quitando su sabor al pan, su alegre topacio al lquido de la
parra, su jugo al blanco queso, su sabor de azcar a los higos
purpreos, y su energa picante a la sobreasada, entenebreciendo y
amargando todas las cosas buenas que Dios puso en la isla para consuelo
de las gentes de bien. Ay, don Jaime, qu miseria!...

Febrer comi en _Can Mallorqu_, para evitar a los hijos de Pep la
subida a la torre. La comida empez con cierta tristeza, como si an
vibrasen en sus odos los lamentos de los encapuchados en el atrio de la
iglesia. Poco a poco, en torno de la mesita baja y su gran cazuela de
arroz fue difundindose cierta alegra. El _Capellanet_ hablaba del
baile de la tarde, olvidado totalmente de su vida de seminarista y
osando arrostrar los ojos de Pep. Margalida recordaba las miradas del
_Cant_ y la arrogante postura del _Ferrer_ cuando ella haba pasado
ante los _atlots_ al entrar en misa. La madre suspiraba:

--_Ay, Sior!... Ay, Sior!..._

Nunca haba dicho ms, acompaando con la misma exclamacin de su
confuso pensamiento hacia Dios las alegras y los dolores.

Pep haba dado varios tientos al jarro de vino, lleno del zumo sonrosado
de las mismas parras que extendan un toldo de pmpanos ante el porche.
Su rostro cetrino se colore con una aurora alegre. Al diablo la
muerte y sus miedos! Iba un hombre honrado a pasar la existencia entera
temblando por su llegada?... Poda presentarse cuando lo tuviese a bien.
Mientras tanto, a vivir!... Y manifest esta voluntad de vida
durmindose en un poyo, con sonoros ronquidos que no lograban asustar a
las moscas y avispas revoloteantes en torno de su boca.

Febrer se march a la torre. Margalida y su hermano apenas se fijaron en
el seor. Haban abandonado la mesa para hablar ms libremente del baile
de la tarde, con una alegra de muchachos a los que estorba la presencia
de una persona grave.

En la torre se tendi en su jergn y quiso dormir. Solo!... Se daba
cuenta de su aislamiento, rodeado de personas que le respetaban, que tal
vez le amaban, pero al mismo tiempo sentan la irresistible atraccin de
unas alegras sencillas, inspidas para l. Qu tormento el de los
domingos! Adonde ir? Qu hacer?...

En su firme deseo de suprimir el martirio del tiempo, de alejarse de una
vida sin objeto inmediato, acab por dormirse y despert a media tarde,
cuando el sol empezaba a descender lentamente, ms all de la lnea de
islotes, entre una lluvia de oro plido que pareca dar a las aguas un
azul ms intenso y profundo.

Al bajar a _Can Mallorqu_ vio cerrada la alquera. Nadie! Ni siquiera
excitaron sus pasos el ladrido del perro que estaba siempre bajo el
porche. El vigilante animal haba ido tambin a la fiesta con la
familia.

Estn todos en el baile--pens Febrer--. Si yo fuese al pueblo?...

Dud largo rato. Qu poda hacer all?... Repugnbanle estas
diversiones, en las que su presencia de forastero pareca despertar
cierta molestia entre los payeses. Aquellas gentes preferan verse
solas. Iba l a bailar con una _atlota_ a sus aos y con su aspecto
malhumorado que infunda respeto y frialdad?... Tendra que permanecer
con Pep y otros, aspirando el olor del tabaco _de pota_, hablando de la
almendra y del miedo a que se helase, esforzndose por abatir su
pensamiento al nivel del de estas gentes.

Al fin se decidi a ir al pueblo. Tena miedo a la soledad. Antes que
pasar solo el resto de la tarde, prefera la conversacin lenta y
montona de las gentes simples, una conversacin refrescante, como l
deca, que no le obligaba a reflexionar y dejaba su pensamiento en dulce
calma animal.

Cerca de San Jos vio la bandera espaola flotando sobre el tejado de la
alcalda, y llegaron a sus odos los golpes secos del parche del
tamboril, el buclico gorjeo de la flauta y el repiqueteo de las
castaolas.

El baile era frente a la iglesia. La gente joven formaba grupos, de pie,
cerca de los msicos, que ocupaban silletas bajas. El tamborilero, con
su redondo instrumento acostado en una rodilla, golpeaba el parche
cadenciosamente, mientras su compaero soplaba en la larga flauta de
madera, adornada con tallas de primitiva rudeza hechas a cuchillo. El
_Capellanet_ repicaba las _castaolas_, enormes como las conchas que
coga en la playa el to Ventolera.

Las _atlotas_, agarradas del talle o apoyadas unas en los hombros de
otras, miraban con virtuosa hostilidad a los mozos, que se pavoneaban en
el centro de la plaza, las manos metidas en el cinto, el ancho castoreo
echado atrs para dejar al descubierto las rizos de su frente, el cuello
envuelto en bordado pauelo o corbata de cintas, y las alpargatas de
inmaculada blancura casi ocultas por la boca del pantaln de pana en
forma de pata de elefante.

A un lado de la plaza estaban sentadas sobre un ribazo, o en sillas de
la inmediata taberna, las casadas y las viejas; mujeres anmicas y
tristes en su relativa juventud por una procreacin excesiva y por las
fatigas de su existencia campestre, con los ojos hundidos en un cerco
azul que pareca revelar desarreglos interiores, guardando sobre su
pecho las cadenas de oro de sus tiempos de _atlotas_ y adornadas las
mangas con botones de oro. Las ancianas, cobrizas y arrugadas, vistiendo
trajes obscuros, suspiraban lastimeramente al ver la alegra de la gente
moza.

Febrer, luego de contemplar un buen rato a toda esta concurrencia, que
apenas fij en l una mirada distrada, fue a colocarse junto a Pep en
un corro de payeses viejos. Hicieron sitio al _sior de la torre_ con
respetuoso silencio, y despus de lanzar algunas bocanadas de humo de
sus pipas cargadas _de pota_, reanudaron la lenta conversacin sobre los
rigores probables del invierno prximo y la suerte de la futura cosecha
de almendra.

Segua repicando el tamboril, sonaba la flauta, tableteaban las enormes
castauelas, pero ninguna pareja se lanzaba al centro de la plaza. Los
_atlots_ parecan consultarse con indecisin, como si todos temiesen ser
los primeros. Adems, la inesperada presencia del seor mallorqun
intimidaba a las vergonzosas muchachas.

Jaime sinti que le tocaban en un codo. Era el _Capellanet_, que le
hablaba misteriosamente al odo al mismo tiempo que sealaba con un
dedo... Aqul era Pere el _Ferrer_, el famoso _verro_. Y designaba a un
mozo de estatura menos que mediana, pero arrogante y jactancioso en su
actitud. Los _atlots_ se agrupaban en torno del hroe. El _Cant_ le
hablaba sonriente, y l oa con protectora gravedad, escupiendo de vez
en cuando por las comisuras de la boca, y admirndose a s mismo por la
distancia a que enviaba el chorro de secrecin.

De pronto, el _Capellanet_ salt al medio de la plaza tremolando su
sombrero... Pero es que iban a pasar la tarde oyendo la flauta sin
bailar? Corri al grupo de _atlotas_ y agarr por las manos a la ms
grande, tirando de ella. T!... Esto bastaba para la invitacin.
Cuanto ms rudo era el manotazo, ms carioso pareca y digno de
agradecimiento.

El travieso _atlot_ qued frente a su pareja, moza arrogante y fea, de
rudas manos, pelo aceitoso y cara negra, que le llevaba de estatura casi
toda la cabeza. El muchacho protest, encarndose con los msicos. Nada
de _llarga_; quera bailar la _curta_. La larga y la corta eran los
dos nicos bailes de la isla. Febrer no haba llegado nunca a
distinguirlos: una simple variacin de ritmo, pues la msica y la danza
siempre parecan iguales.

La moza, con un brazo doblado sobre la cintura en forma de asa y
pendiente el otro a lo largo de la hueca faldamenta, comenz a girar. No
deba hacer ms: sta era toda su danza. Bajaba los ojos, frunca la
boca, como era de rigor, con un gesto de virtuoso desprecio, cual si
bailase contra su voluntad, y as giraba y giraba, trazando en sus
evoluciones sobre el suelo grandes nmeros ochos. El bailarn era el
hombre. Reproducase en esta danza tradicional, inventada sin duda por
los primeros pobladores de la isla, rudos piratas de la edad heroica, la
eterna historia de los humanos, la persecucin y la caza de la hembra.
Ella giraba fra e insensible, con la altivez asexual de una virtud
ruda, huyendo de los saltos y contorsiones varoniles, presentando la
espalda con gesto de desprecio, y el fatigoso trabajo de l consista en
colocarse siempre ante sus ojos, en ponerse ante su paso, en salirle al
encuentro para que le viera y le admirase. El bailarn saltaba y saltaba
sin regla alguna, sin otra disciplina que la del ritmo de la msica,
rebotando sobre el suelo con incansable elasticidad. Unas veces abra
los brazos con gesto agresivo de dominador, otras los replegaba sobre la
espalda, echando los pies en alto.

Era ms que baile un ejercicio gimnstico, un delirio de acrbata, un
movimiento frentico como el de las danzas guerreras de las tribus
africanas. La hembra no sudaba ni enrojeca: continuaba sus vueltas
framente, sin apresurar el paso, mientras el compaero, posedo del
vrtigo de la velocidad, jadeaba con el rostro congestionado,
retirndose trmulo de fatiga a los pocos minutos. Cada _atlota_ poda
bailar con varios hombres sin esfuerzo alguno, rindindolos. Era el
triunfo de la pasividad femenil, que sonre ante la jactancia arrogante
del sexo contrario, sabiendo que acabar por verlo humillado...

La salida de la primera pareja pareci arrastrar a los dems. En un
momento, todo el espacio libre que haba ante los msicos se cubri de
faldas pesadas, bajo cuyo rgido y mltiple ruedo movanse los pequeos
pies, metidos en blancas alpargatas o amarillos zapatos. Las anchas
bocas de los pantalones cimbrebanse a un lado y a otro con el rpido
movimiento de los saltos o el enrgico pateo que hera la tierra
levantando nubecillas de polvo. Los brazos varoniles escogan con
galante zarpazo entre las _atlotas_ agrupadas. T!... Y a este
monoslabo seguan el tirn de conquista, los empellones, que equivalan
a un ttulo momentneo de propiedad, todos los extremos de una
predileccin rudamente ancestral, de una galantera heredada de remotos
abuelos en la poca obscura en que el palo, la pedrada y la lucha a
brazo partido eran la primera declaracin de amor.

Algunos _atlots_ que se haban visto precedidos de otros ms audaces en
el escogimiento de las parejas permanecan inmviles cerca del corro,
vigilando a sus compaeros para sucederles. Cuando vean al danzarn
congestionado y sudoroso por los saltos, extremando sus esfuerzos para
seguir adelante, llegbanse a l, tirndole de un brazo para apartarlo.
_Dixamela!_ Y ocupaban su puesto sin ms explicacin, saltando y
acosando a la hembra con el empuje de su frescura, sin que ella
pareciese percatarse del cambio de pareja, pues continuaba sus vueltas
con la vista baja y el gesto desdeoso.

Jaime vio por primera vez en las evoluciones del baile a Margalida, que
hasta entonces haba permanecido oculta entre sus compaeras.

Hermosa Flor de almendro! Febrer la encontraba ms bella al
compararla con sus amigas, morenas y curtidas por el sol y el trabajo.
Su piel blanca, de una suavidad de flor, sus ojos hmedos y brillantes
de animalillo dulce, su cuerpo esbelto y hasta la suavidad de sus manos,
la separaban, como si fuese de una raza distinta, de aquellas compaeras
negruzcas, seductoras por su juventud, enrgicas y guapotas, pero que
parecan talladas a hachazos.

Contemplndola, pensaba Jaime que aquella muchacha, en otro ambiente,
poda haber sido una criatura adorable. l crea entender algo de esto.
Adivinaba en Flor de almendro un sinnmero de delicadezas, de las que
ella misma no se daba cuenta. Lstima que hubiese nacido en esta isla
para no salir de ella jams!... Y su belleza sera para alguno de
aquellos brbaros que la admiraban con perruna mirada de ansiedad! Tal
vez para el _Ferrer_, el odioso _verro_ que pareca protegerlos a todos
con sus ojos sombros!...

Cuando fuese casada cultivara la tierra, como las otras: su blancura de
flor se marchitara, amarilleando; sus manos se tornaran negras y
escamosas; acabara siendo igual a su madre y a todas las payesas
viejas, una hembra esqueleto, retorcida y nudosa, lo mismo que un tronco
de olivo... Febrer entristecase con estos pensamientos como ante una
gran injusticia. De dnde habra sacado este retoo el simple Pep, que
estaba a su lado? Por qu obscura combinacin de raza haba podido
nacer Margalida en _Can Mallorqu_?... Y habra de agostarse esta
florescencia misteriosa y perfumada del tronco pays lo mismo que los
otros brotes rudos que crecan junto a ella?...

Algo extraordinario distrajo a Febrer de estos pensamientos. Seguan
sonando la flauta, el tamboril y las _castaolas_, saltaban los
danzarines, giraban las _atlotas_, pero en los ojos de todos brillaba
una mirada de alarma inteligente, una expresin de solidaridad
defensiva. Los viejos cesaban en su conversacin, mirando hacia la parte
que ocupaban las mujeres. Qu es? qu es? El _Capellanet_ corra por
entre las parejas, hablando al odo de los bailarines. stos salanse
del corro con las manos en la faja, y desapareciendo unos segundos
volvan inmediatamente a ocupar su sitio, mientras las _atlotas_ seguan
girando.

Pep sonri levemente al adivinar lo que ocurra, y habl al odo del
seor. Nada: lo de todos los bailes. Haba peligro, y los _atlots_
ponan en seguridad sus arreglos.

Estos arreglos eran las pistolas y los cuchillos que llevaban los
muchachos como testimonio de ciudadana. Durante unos instantes, Febrer
vio salir a luz las armas ms estupendas y enormes, disimuladas
prodigiosamente en aquellos cuerpos enjutos y esbeltos. Las viejas las
reclamaban con sus manos huesosas, deseando compartir el riesgo,
brillando en sus ojos la vehemencia de un herosmo agresivo. Tiempos
malditos de impiedad los de ahora, en que se molesta a las gentes y se
atenta a las antiguas costumbres! Aqu! aqu! Y agarrando los
mortales chismes, los escondan bajo el ruedo de innumerables hojas de
sus faldas y zagalejos. Las madres jvenes se arrellanaban en sus
asientos y abran el ngulo de las abultadas piernas, como para ofrecer
mayor espacio al guerrero escondrijo. Unas a otras se miraban las
mujeres con belicosa resolucin. Que viniesen aquellas malas almas!...
Se dejaran hacer pedazos antes que moverse de su sitio.

Febrer vio brillar algo en un camino que conduca a la iglesia. Eran
correajes y fusiles, y sobre stos las blancas cogoteras de los
tricornios de una pareja de la Guardia civil.

Los dos soldados del orden se aproximaron lentamente, con cierto
desmayo, convencidos sin duda de haber sido adivinados de lejos y llegar
demasiado tarde. Jaime era el nico que los miraba; los dems fingan no
verles, con la cabeza baja o puestos los ojos en distinta direccin. Los
msicos tocaban con ms fuerza, pero las parejas se iban retirando. Las
_atlotas_ abandonaban a los mozos para ir a confundirse en el grupo de
mujeres.

--Buenas tardes, seores!...

A este saludo del guardia ms antiguo contest el tamboril callando en
seco y dejando sola a la flauta. sta todava gangue unas cuantas
notas, que parecieron contestar irnicamente a la salutacin.

Hubo un largo silencio. Algunos contestaron con un leve _Tengui!_ al
saludo de la pareja, pero todos fingan no verla, y miraban a otra
parte, como si los guardias careciesen de presencia real.

El silencio penoso pareci molestar a los dos soldados.

--Vaya, sigan ustedes--continu el ms viejo--. Por nosotros que no pare
la diversin.

Hizo un gesto a los msicos, y stos, incapaces de desobedecer en nada a
la autoridad, acometieron una msica ms viva y endiabladamente alegre
que la de antes. Pero como si tocasen a muerto!... Todos permanecan
inmviles y enfurruados, pensando cmo podra acabar esta inesperada
presentacin.

La pareja, acompaada por el repiqueteo del tamboril, las cabriolas
musicales de la flauta y la risa seca y estridente de las castauelas,
comenz a moverse entre los grupos de _atlots_ examinndolos.

--T, galn--deca con paternal autoridad el ms antiguo de la pareja--,
brazos en alto!

Y el designado obedeca mansamente, sin el menor intento de resistencia,
casi orgulloso de esta distincin. Conoca sus deberes. El ibicenco ha
nacido para trabajar, vivir... y ser registrado. Nobles inconvenientes
de ser valeroso y que le tengan a uno cierto miedo!... Y cada _atlot_,
viendo en el registro un testimonio de su mrito, levantaba los brazos y
avanzaba el vientre, prestndose satisfecho al manoseo de los guardias,
mientras miraba orgulloso hacia el grupo de las muchachas.

Febrer se dio cuenta de que los dos soldados fingan no reparar en la
presencia del _Ferrer_. Parecan no reconocerlo; le volvan la espalda.
Pasaron varias veces junto a l, registrando minuciosamente a los que
estaban a su lado y haciendo visible alarde de no fijarse en el _verro_.

Pep habl al odo del seor en voz queda, con acento de admiracin.
Aquellas gentes del tricornio saban ms que el diablo. No registrando
al _verro_ le inferan un insulto. Demostraban no tenerle miedo; le
ponan aparte de los dems, eximindole de una operacin por la que iban
pasando todas las personas. Siempre que encontraban al _verro_ con
otros mozos, registraban a stos, sin tocar nunca a aqul. De este modo,
los _atlots_, por miedo a perder sus armas, acababan por evitar el trato
con el hroe y huan de l como de una atraccin del peligro.

Continuaba el registro al son de la msica. El _Capellanet_ segua a la
pareja en sus evoluciones, plantndose siempre ante el guardia viejo con
las manos en la faja, mirndole tenazmente con una expresin entre
amenazadora y suplicante. El guardia pareca no verle, buscaba a los
otros, pero a poco volva a tropezarse con el muchacho, que le cerraba
el paso. El hombre del tricornio acab por sonrer bajo el duro bigote y
llam a su camarada.

--T--dijo, designndole al muchacho--registra a este _verro_. Debe ser
de cuidado.

El _Capellanet_, perdonando el tono zumbn del enemigo, estir los
brazos todo cuanto pudo para que nadie dejase de enterarse de su
importancia. Ya se haba alejado el guardia, luego de hacerle unas
cosquillas en el ombligo, cuando todava guardaba su actitud de hombre
temible. Despus corri hacia el grupo de mozas, para ufanarse del
peligro que acababa de arrostrar. Afortunadamente, el cuchillo del
abuelo estaba en casa, bien guardado por su padre en un lugar que l
desconoca. Si llego a traerlo, me lo quitan.

Los guardias cansronse pronto de este registro infructuoso. El guardia
ms antiguo miraba maliciosamente, como un perro que husmea, hacia el
grupo de mujeres. Por all cerca deba estar el escondrijo. Pero
cualquiera haca mover a las secas y negruzcas matronas de sus asientos!
Bien claro hablaban los ojos hostiles de estas damas. Habra que
arrastrarlas a viva fuerza, y eran seoras.

--Caballeros, buenas tardes!

Y se echaron los fusiles al hombro, rechazando la amable solicitud de
algunos mozos que haban corrido a la taberna para traer unas copas. Se
las ofrecan sin rencor y sin miedo; al fin todos eran unos y vivan en
la estrechez de la isla. Pero los guardias insistieron en su negativa.
Se agradece; lo prohbe el reglamento. Y se marcharon, tal vez para
emboscarse a corta distancia y repetir el registro al anochecer, cuando
la gente volviese dispersa a sus alqueras.

Al alejarse este peligro cesaron de sonar los instrumentos. Febrer vio
al _Cant_ que se apoderaba del tamborcillo, sentndose en el espacio
libre que antes ocupaban los bailarines. Las gentes se agruparon en
semicrculo frente a l. Las respetables matronas avanzaban sus silletas
de esparto para or mejor. Iba a cantar uno de aquellos romances que
sacaba de su cabeza; una relacin cortada a uso del pas por un
alarido tembloroso, gorjeo de dolor que se iba prolongando mientras el
cantante tena aire en los pulmones.

Golpe con el palillo el parche lentamente para dar una ttrica gravedad
a su canto montono, sooliento y triste. Cmo queris, amigos, que
cante, si tengo el corazn destrozado!... Y a continuacin un gorjeo
estridente, un quejido interminable de ave moribunda, en medio del
general silencio. Todos miraban al cantor, no viendo en l al _atlot_,
perezoso y enfermo, despreciable por su inutilidad para el trabajo. En
el rudimentario magn de todos ellos lata algo confuso que les
impulsaba a respetar las palabras y quejidos del mozo dbil. Era algo
extraordinario que pareca pasar con rudo batir de alas sobre sus almas
primitivas.

La voz del _Cant_ lloriqueaba hablando de una mujer insensible a sus
quejas; y al comparar su blancura con la flor del almendro, todos
volvieron la vista a Margalida, que permaneca impasible, sin rubores
virginales, habituada a estos homenajes de burda poesa, que eran el
preludio de todo galanteo.

Continuaba el _Cant_ sus lamentos, enrojecindose con el esfuerzo del
cacareo doloroso que daba remate a las estrofas. Su pecho angosto
jadeaba con el esfuerzo; dos rosetas de enfermiza prpura coloreaban sus
pmulos; dilatbase su dbil cuello, marcndose en l las venas con azul
relieve. Siguiendo la costumbre, ocultaba parte del rostro en un pauelo
que sostena con el brazo apoyado en el tamboril. Febrer senta congoja
al escuchar esta voz doliente. Crea que iba a desgarrarse su pecho, a
estallar su garganta; pero los oyentes, habituados al canto brbaro, tan
anonadador como la danza, no paraban atencin en la fatiga del cantor ni
se cansaban de su interminable relato.

Un grupo de _atlots_ separndose del corro que rodeaba al poeta, pareci
deliberar y se aproxim luego adonde estaban los hombres graves. Venan
en busca del _si_ Pep el de _Can Mallorqu_, para hablar con l de
asuntos importantes. Volvan la espalda con desprecio a su amigo el
_Cant_, un infeliz que no serva para otra cosa que para dedicar trovos
a las _atlotas_.

El ms atrevido del grupo se encar con Pep. Queran hablar del
_festeig_ con Margalida; recordaban al padre su promesa de autorizar el
cortejo de la muchacha.

El pays mir el grupo detenidamente, como si contase su nmero.

--Cuntos sois?...

Sonri el que llevaba la voz. Eran muchos ms. Representaban a otros
_atlots_ que se haban quedado en el corro escuchando la cancin. Los
haba de diferentes _cuartones_. Hasta de San Juan, en el extremo
opuesto de la isla, vendran mozos para cortejar a Margalida.

Pep, a pesar de su falso gesto de padre intratable, enrojeca y apretaba
los labios con mal disimulada satisfaccin, mirando de reojo a los
amigos sentados junto a l. Qu honor para _Can Mallorqu_! Nunca se
haba conocido un galanteo como ste. Jams sus compaeros haban visto
a sus hijas tan cortejadas.

--_Sereu vint?_--pregunt.

Los _atlots_ tardaron en contestar, ocupados en clculos mentales,
murmurando nombres de amigos. Veinte?... Ms, muchos ms. Poda contar
con unos treinta.

El pays extrem su falsa indignacin. Treinta! Crean acaso que l no
necesitaba descanso y que iba a pasar la noche en vela presenciando sus
galanteos?...

Luego se calm, entregndose a complicados clculos mentales, mientras
repeta pensativo, con expresin de asombro: _Trenta!... trenta!_

Su decisin fue autoritaria. l no poda dedicar al noviazgo ms que
hora y media de la noche. Siendo treinta, salan a tres minutos por
cabeza. Tres minutos, contados reloj en mano, para hablar cada uno con
Margalida: ni un minuto ms. Noches de noviazgo, la del jueves y la del
sbado. Cuando l haba cortejado a su mujer eran muchos menos los
pretendientes, y sin embargo, su suegro, un hombre al que jams vio
nadie rer, no le concedi mayor tiempo... Mucha formalidad, eh? Nada
de rivalidades y rias. Al primero que faltase a lo convenido, l era
muy nombre para hacerle pasar la puerta a palos; y si resultaba preciso
coger la escopeta, la cogera.

El buen Pep, satisfecho de poder fingir una bravura sin lmites a costa
del respeto de los pretendientes de su hija, amontonaba bravata sobre
bravata, hablando de matar al que faltase a lo convenido, mientras los
_atlots_ le escuchaban con la vista humilde y una mueca de irona debajo
de la nariz.

El trato qued cerrado. El jueves prximo sera la primera velada en
_Can Mallorqu_. Febrer, que haba escuchado la conversacin, mir al
_verro_ que se mantena aparte, como si su grandeza no le permitiera
descender a los mseros regateos de este arreglo.

Cuando se alejaron los muchachos para incorporarse al corro, discutiendo
en voz baja el modo de repartirse los turnos, ces el _Cant_ en su
lastimera poesa, lanzando el ltimo cacareo con voz dolorosa, que
pareca desgarrar definitivamente su pobre garganta. Se limpi el sudor
y luego se llev las manos al pecho; su cara era de un rojo amoratado;
pero la gente le volva la espalda, olvidada ya de l.

Las _atlotas_, con una solidaridad de sexo, envolvan a Margalida en
vehementes manoteos, la empujaban, pidindola que cantase para contestar
a lo que haba dicho el cantor sobre la falsedad de las mujeres.

--_No vullc!no vullc!_--contestaba Flor de almendro, agitndose
entre los brazos de sus compaeras.

Y tan sincera era su resistencia, que al fin intervinieron las mujeres
viejas, defendindola. Dejad a la _atlota_! Margalida haba venido
para divertirse y no para entretener a los dems. Crean empresa fcil
sacarse de la cabeza repentinamente una contestacin en verso?...

El tamborilero haba recobrado el instrumento de manos del _Cant_, y
golpeaba con su baqueta el redondo parche. La flauta pareca gargarizar
rpidas escalas, antes de emprender la adormecedora meloda de africano
ritmo. Siga el baile!...

Comenzaba a ocultarse el sol. La brisa venida del mar refrescaba los
campos. Las gentes, que parecan dormidas en la pesadez ardorosa del
ambiente, agitbanse ahora con vivo movimiento, como si la frescura las
espolease.

Los _atlots_ gritaban a un tiempo contradictoriamente, con agresiva
vehemencia, dirigindose a los msicos. Unos pedan la _llarga_, otros
la _curta_: todos se sentan fuertes e imperiosos en su voluntad. La
ferretera mortal oculta bajo los zagalejos de las mujeres haba vuelto
a sus fajas, y con el contacto de estos acompaantes cada uno senta
nueva vida, un recrudecimiento de sus arrogancias.

Los msicos rompieron a tocar lo que les pareci mejor, echse atrs el
gento curioso, y otra vez en el centro de la plaza volvieron a dar
saltos las blancas alpargatas, a agitarse, rgidos, los ruedos de las
faldas azules y verdes, mientras arriba ondeaban los picos de los
pauelos sobre las gruesas trenzas, o se movan como borlas rojas las
flores que llevaban los _atlots_ en las orejas.

Jaime segua mirando al _Ferrer_ con la irresistible atraccin de la
antipata. Mantenase el _verro_ silencioso y como distrado entre sus
admiradores, que formaban corro en torno de l. Pareca no ver a los
dems, fijos sus ojos en Margalida con una expresin dura, cual si
pretendiese vencerla bajo esta mirada que infunda miedo a los hombres.
Cuando el _Capellanet_, con sus entusiasmos de aprendiz, se aproximaba
al _verro_ ste dignbase sonrer, viendo en l a un pariente prximo.

Los mismos _atlots_ que haban hablado del noviazgo con el _si_ Pep
parecan intimidados por la presencia del _Ferrer_. Salan las muchachas
a bailar, sacadas por los mozos, y Margalida permaneca al lado de su
madre, contemplada codiciosamente por todos, pero sin que nadie osase
avanzar para invitarla.

El mallorqun sinti renacer en l las aficiones camorristas de su
primera juventud. Odiaba al _verro_; senta como una vaga ofensa
inferida a su persona al ver el terror que inspiraba a todos. Y no
habra quien le diese una bofetada a este fantasmn venido del
presidio?...

Un _atlot_ avanz hasta Margalida, tomndola la mano. Era el _Cant_,
sudoroso y trmulo an por su reciente fatiga. Erguase, como si su
debilidad fuese una nueva fuerza. La blanca Flor de almendro comenz a
girar sobre sus pequeos pies, y l salt y salt, persiguindola en sus
evoluciones.

Pobre muchacho! Jaime senta una impresin de angustia, adivinando los
esfuerzos de aquella pobre voluntad para dominar la fatiga de su cuerpo.
Respiraba jadeante, a los pocos minutos le temblaban las piernas, pero a
pesar de esto sonrea, satisfecho de su triunfo. Contemplaba
amorosamente a Margalida, y si volva la vista era para mirar
altivamente a los amigos, que le contestaban con gestos de lstima.

Al dar una vuelta, estuvo prximo a caer; al dar un gran salto, sus
rodillas se doblaron. Todos esperaban de un momento a otro verle tendido
en el suelo; pero l segua bailando, adivinndose el esfuerzo de su
voluntad, su resolucin de perecer antes que confesar su flaqueza.

Se cerraban ya sus ojos con el vrtigo, cuando sinti que le tocaban en
un hombro, segn costumbre, para que cediese la pareja.

Era el _Ferrer_, que se lanzaba a bailar por primera vez en la tarde.
Sus saltos fueron acogidos con un murmullo de aplauso. Todos le
admiraban, con esa cobarda colectiva de la multitud temerosa.

El _verro_, vindose aplaudido, extremaba los movimientos y
contorsiones, persiguiendo a su pareja, salindola al paso,
envolvindola en la complicada red de sus movimientos, mientras
Margalida giraba y giraba con la vista baja, evitando el encuentro de
sus ojos con los del temible galn.

En ciertos momentos, el _Ferrer_, para demostrar su vigor, con el busto
echado atrs y las manos en la espalda, saltaba a considerable altura,
como si el suelo fuese elstico y sus piernas acerados resortes. Estos
saltos hacan pensar a Jaime, con una sensacin de repugnancia, en
carcelarias evasiones o en canallescos duelos a cuchillo.

Pasaba el tiempo y aquel hombre pareca no fatigarse. Se haban retirado
unas parejas, haba sido sustituido en otras el bailarn varias veces, y
el _Ferrer_ continuaba su danza violenta, siempre sombro y desdeoso,
como si fuese insensible al cansancio.

El mismo Jaime reconoca con cierta envidia el vigor del temible
herrero. Qu animal!...

De pronto vio cmo buscaba algo en su faja y avanzaba una mano hacia el
suelo, sin detenerse en sus evoluciones y saltos. Una nube de humo se
esparci sobre la tierra, y entre sus blancas vedijas marcronse,
plidos y sonrosados por la luz del sol, dos rpidos fogonazos. A
continuacin sonaron dos truenos.

Las mujeres agrupronse chillando con instantneo susto; los hombres
quedaron indecisos; pero al momento, reponindose todos, prorrumpieron
en gritos de aprobacin y aplausos.

Muy bien! El _Ferrer_ haba disparado la pistola a los pies de su
pareja: la suprema galantera de los hombres valientes; el mayor
homenaje que poda recibir una _atlota_ de la isla.

Y Margalida, mujer al fin, sigui bailando, sin haberla impresionado
gran cosa, como buena ibicenca, el estampido de la plvora. Fijaba en el
_Ferrer_ una mirada de agradecimiento por su bravura, que le haca
desafiar la persecucin de la Guardia civil, tal vez prxima;
contemplaba despus a sus amigas, temblorosas de envidia por este
homenaje.

Hasta el mismo Pep, con gran indignacin de Jaime, mostrbase orgulloso
de los dos tiros disparados a los pies de su hija.

Febrer era el nico que no pareca entusiasmado por esta hazaa galante
del verro.

Maldito presidiario!... No saba ciertamente el motivo de su furia,
pero era algo inevitable... A este to le pegara l.




IV


Lleg el invierno. El mar bati furioso, en ciertos das, la cadena de
islas y peascos que forma entre Ibiza y Formentera una muralla de
rocas, aportillada por estrechos y freos. En estos pasadizos martimos,
las aguas, antes tranquilas, de un azul profundo que refleja los fondos
de arena, arremolinbanse lvidas, chocando contra las costas y las
rocas sueltas, que desaparecan y emergan en la espuma.

Entre la isla del Espalmador y la de los Ahorcados, donde se abre el
paso para los grandes buques, deslizbanse stos teniendo que luchar con
el mpetu sordo de las corrientes y los dramticos y ruidosos golpes de
agua. Las embarcaciones de Ibiza y Formentera tendan la lona de su
velamen para navegar al abrigo de los islotes. Las sinuosidades de este
laberinto de tierras martimas permitan a los navegantes del
archipilago de las Pitiusas ir de una isla a otra por distintos
derroteros, con arreglo a la direccin de los vientos. Mientras en un
lado del archipilago muga el mar, en el otro mantenase inmvil y
profundo, con una pesadez de aceite. En los freos amontonbanse las olas
con remolinos furiosos, pero bastaba un golpe de barra, una desviacin
de la proa, para quedar al abrigo de una isla, balancendose la barca en
aguas tranquilas, paradisacas, lmpidas, con un fondo visible de
extraas vegetaciones, en el que bullan los peces entre chisporroteos
de plata y relmpagos de carmn.

El cielo amaneca nublado los ms de los das, y el mar ceniciento. El
Vedr pareca ms enorme, ms imponente, alzando su cnica aguja en esta
atmsfera tempestuosa. El mar se despeaba en cataratas dentro de las
cavidades de sus cuevas, con gigantescos caonazos. Las cabras
silvestres, en sus alturas inaccesibles, saltaban de meseta en meseta, y
nicamente cuando rodaba el trueno en el azul sombro y los rayos como
serpientes gneas bajaban con veloz angulosidad a beber en el inmenso
abrevadero del mar huan las tmidas bestias con balidos de terror a
refugiarse en las oquedades cubiertas por el ramaje de las sabinas.

Febrer iba de pesca con el to Ventolera muchos das de mal tiempo. El
viejo conoca bien su mar. Algunas maanas que Jaime se quedaba en el
lecho viendo filtrarse por las rendijas la luz lvida y difusa de un da
tempestuoso, tena que levantarse apresuradamente al or la voz de su
compaero, que cantaba la misa acompaando los latinajos con pedradas
a la torre. Arriba! El da era bueno para la pesca. Iban a coger
mucho. Y cuando Febrer pareca inquieto contemplando el mar amenazador,
le explicaba el viejo que al abrigo de la parte opuesta del Vedr
encontraran aguas tranquilas.

Otras veces, en maanas esplendorosas, aguardaba Febrer intilmente la
llamada del viejo. Pasaban las horas. Tras la luz rosada del amanecer
marcbanse en las rendijas las barras de oro de la luz solar. Pero en
vano transcurra el tiempo: ni misa cantada ni pedradas. El to
Ventolera permaneca invisible. Luego, al abrir su ventana, contemplaba
un cielo lmpido, luminoso, con el esplendor suave del sol invernal,
pero el mar estaba agitado, ondeando sin espuma y sin estrpito a
impulsos de un viento peligroso.

Las lluvias cubran la isla de un manto gris, en el que apenas s se
marcaban con indecisos contornos las montaas prximas. En las cumbres
lloraban los pinos por todos los filamentos de su follaje y la gruesa
capa de humus se empapaba como una esponja, expeliendo lquido bajo la
huella de los pies. En las calvas alturas de la costa, de roca viva,
amontonbase la lluvia, formando tumultuosos arroyos que saltaban de
pea en pea.

Las anchas higueras temblaban como enormes paraguas rotos, dejando
entrar el agua en el amplio recinto cobijado por su cpula. Los
almendros, desnudos de hojarasca, temblaban como negros esqueletos. Los
profundos barrancos llenbanse de aguas mugientes que rodaban infecundas
hacia el mar. Los caminos, empedrados de guijarros azules, entre altos
ribazos de piedra seca, convertanse en cataratas. La isla, sedienta y
empolvada durante gran parte del ao, pareca repeler por todos sus
poros esta exuberancia de lluvia invernal, como un enfermo repele el
medicamento enrgico y tardo de difcil asimilacin.

En estos das de aguacero, Febrer permaneca encerrado en su torre. Era
imposible ir al mar e imposible tambin salir con la escopeta por los
campos de la isla. Las alqueras estaban cerradas, con sus blancos cubos
manchados por los raudales de lluvia, sin ms vida que el hilo de humo
azul que se escapaba de los agujeros de las chimeneas.

Obligado a la inercia, el seor de la torre del Pirata volva a releer
alguno de los pocos libros adquiridos en sus viajes a la ciudad o fumaba
pensativo, recordando aquel pasado del que haba querido huir... Qu
ocurrira en Mallorca? Qu diran sus amigos?...

Sumido en esta inmovilidad forzosa, cuando le faltaba la distraccin de
los ejercicios fsicos acordbase de la vida anterior, cada vez ms
lejana e indecisa en su memoria. Crea que era la vida de otro; algo que
haba presenciado y conoca con exactitud, pero perteneciente a la
historia de una existencia ajena. En realidad aquel Jaime Febrer que
haba rodado por Europa y haba tenido sus horas de orgullo y de triunfo
era el mismo que habitaba ahora una torre junto al mar, rstico, barbudo
y casi salvaje, con alpargatas y sombrero de pays, ms habituado al
ruido de las olas y el chillido de las gaviotas que al trato de los
hombres?...

Semanas antes haba recibido una segunda carta de su amigo Toni Claps,
el contrabandista. Estaba escrita tambin en un caf del Borne: cuatro
lneas garrapateadas de prisa para hacer presente su buen recuerdo.
Aquel amigo rudo y bondadoso no le olvidaba; ni siquiera pareca
ofendido por haber quedado sin respuesta su carta anterior. Le hablaba
del capitn Pablo. Siempre enfadado con Febrer, pero movindose
hbilmente para desenmaraar sus asuntos. El contrabandista tena fe en
Valls. Era el ms listo de los _chuetas_ y generoso como ninguno de
ellos. Indudablemente sacara a flote los restos de la fortuna de Jaime,
y ste podra pasar su existencia en Mallorca tranquilo y feliz. Ms
adelante recibira noticias del capitn. Valls no quera hablar hasta
que todo estuviese resuelto.

Febrer movi los hombros al enterarse de estas esperanzas. Bah! Todo
terminado... Pero en los das tristes de invierno su resignacin se
revolva contra esta existencia de molusco recluido en su caparazn de
piedra. Iba a vivir siempre as?... No era torpeza haberse encerrado
en este rincn, teniendo an juventud y bros para luchar en el
mundo?...

S; era una torpeza. Muy hermosa la isla y su romntico albergue durante
los primeros meses, cuando luca el sol, estaban verdes los rboles y
las costumbres isleas ejercan sobre su nimo el encanto de una novedad
bizarra. Pero haba venido el mal tiempo, la soledad era intolerable, y
la vida de los campesinos se le apareca con toda la rudeza de sus
brbaras pasiones. Aquellos payeses vestidos de pana azul, con sus fajas
y corbatas de color y sus flores detrs de las orejas, le haban
parecido en los primeros momentos figulinas originales creadas
nicamente para servir de adorno a los campos, coristas de una opereta
pastoril lnguida y dulzona; pero ahora los conoca mejor, eran hombres
como los dems, y hombres brbaros, en los que el roce de la
civilizacin apenas haba logrado un leve pulimento, conservando todas
las angulosidades cortantes de su rudeza ancestral. Vistos de lejos, por
corto tiempo, seducan con el encanto de la novedad; pero l haba
penetrado en sus costumbres, casi era uno de ellos, y le pesaba como una
cada en la esclavitud esta existencia inferior, en la que chocaba a
cada instante con ideas y prejuicios de su pasado.

Deba alejarse de este ambiente; pero adonde ir? cmo escapar?... Era
pobre. Todo su capital consista en unas cuantas docenas de duros que
haba trado de su fuga de Mallorca, cantidad que conservaba an gracias
a Pep, tenaz en su negativa a aceptar remuneracin alguna. All deba
permanecer, clavado a su torre como si fuese una cruz, sin esperar nada,
sin desear nada, buscando en la anulacin de su pensamiento una
felicidad vegetativa semejante a la de las sabinas y tamariscos que
crecan entre las peas del promontorio, o a la de las almejas agarradas
para siempre a las rocas sumergidas.

Tras larga reflexin conformbase con su suerte. No pensara, no
deseara. Adems, la esperanza, que jams nos abandona, hacale
columbrar la posibilidad confusa de algo extraordinario que iba a
presentarse a su hora para arrancarlo de tal situacin. Pero mientras
esto llegaba, cun abrumadora la soledad!...

Pep y los suyos constituan su nica familia; pero sin darse cuenta de
ello, obedeciendo tal vez a un confuso instinto, se alejaban cada vez
ms de l. Jaime se reclua en su aislamiento, y ellos se acordaban
menos del seor.

Haca tiempo que Margalida no se presentaba en la torre. Pareca evitar
todo pretexto para este viaje, y hasta sorteaba los encuentros con
Febrer. Era otra: dirase que haba despertado a una nueva existencia.
La sonrisa inocente y confiada de su pubertad habase trocado en un
gesto de reserva, como mujer que conoce los peligros del camino y marcha
con paso tardo y prudente.

Desde que era objeto de cortejo y los mozos acudan a solicitarla dos
veces por semana con arreglo al tradicional _festeig_, pareca haberse
dado cuenta de grandes e inesperados peligros que antes no sospechaba, y
permaneca al lado de su madre, evitando toda ocasin de verse a solas
con un hombre, ruborizndose apenas unos ojos varoniles se cruzaban con
los suyos.

Este galanteo nada tena de extraordinario dentro de las costumbres de
la isla, pero no obstante, produca en Febrer sorda clera, como si
viese en l un atentado y un despojo. La invasin de _Can Mallorqu_ por
la _atloteria_ bravucona y enamorada mirbala como un insulto. Haba
considerado la alquera lo mismo que si fuese su casa; pero ya que
llegaban estos intrusos y eran bien recibidos, l se marchaba.

Adems, sufra en silencio el despecho de no ser, como en los primeros
das, la nica preocupacin de la familia. Pep y su mujer seguan
creyndolo el seor; Margalida y su hermano le veneraban como un ser
poderoso venido de lejanas tierras, por ser Ibiza el mejor lugar del
mundo; pero a pesar de esto, otras preocupaciones parecan reflejarse en
sus ojos. La visita de tantos _atlots_ y la modificacin que esto haba
trado a sus costumbres les haca ser menos solcitos con don Jaime. A
todos ellos les inquietaba el porvenir. Quin merecera al fin ser el
marido de Margalida?...

Durante las noches de invierno, Febrer, recluido en su torre, miraba una
lucecita que brillaba a sus pies: la de _Can Mallorqu_. No eran noches
de _festeig_, la familia deba estar sola, cerca del hogar; pero l
mantenase firme en su aislamiento. No, no bajara. Quejbase en su
despecho hasta del mal tiempo, como si quisiera hacer responsable de la
frialdad invernal a este cambio que lentamente se haba efectuado en sus
relaciones con la familia payesa.

Ay, las hermosas noches del verano con sus veladas que se prolongaban
hasta altas horas, viendo temblar las estrellas en el cielo obscuro, ms
all del borde negro del porche!... Sentbase Febrer bajo su techumbre
con toda la familia y el to Ventolera, que acuda atrado por la
esperanza de algn obsequio. Nunca le dejaban ir sin una tajada de
sanda, que llenaba la boca del viejo con la dulce sangre de su carne
roja, o una copa de _figola_ perfumada de hierbas olorosas del monte.
Margalida, los ojos puestos en el misterio de las estrellas, cantaba
romances ibicencos con voz infantil, ms fresca y suave al odo de
Febrer que la brisa que poblaba de leves estremecimientos la azul
confusin de la noche. Pep contaba con aire de prodigioso explorador sus
estupendas aventuras en tierra firme durante los aos que haba servido
al rey como soldado en los remotos y casi fantsticos pases de Catalua
y Valencia.

El perro, encogido a sus pies, pareca escucharle, fijos en el amo sus
ojos de suave mansedumbre, en cuyo fondo se reflejaba una estrella. De
pronto incorporbase con nervioso impulso, y dando un salto desapareca
en la obscuridad, entre sonoro rumor de vegetaciones rotas. Pep
explicaba este arranque silencioso. No era nada; algn animal que andaba
errante y perdido en la sombra: una liebre, un conejo que haba husmeado
con su sensible olfato de perro cazador. Otras veces se incorporaba
lentamente, con gruidos de vigilante hostilidad. Alguien pasaba por
cerca de la alquera; una sombra, un hombre caminando de prisa, con la
celeridad de los ibicencos, habituados a ir rpidamente de un lado a
otro de la isla. Si la sombra hablaba, contestaban todos a su saludo.
Cuando pasaba silenciosa, fingan no verla, lo mismo que el obscuro
viandante pareca no enterarse de la existencia de la alquera y de las
personas sentadas bajo el porche.

Era costumbre antiqusima en Ibiza no saludarse en campo raso apenas
cerraba la noche. En los caminos se cruzaban las sombras sin una
palabra, evitando el encuentro para no rozarse ni conocerse. Cada cual
iba a su negocio, a ver a la novia, a buscar el mdico, a matar a un
contrario en el otro extremo de la isla, para regresar corriendo y poder
decir que a la misma hora estaba con los amigos. Todo el que caminaba
durante la noche tena sus razones para pasar inadvertido. Las sombras
teman a las sombras. Un _bona, nit!_ o una peticin de lumbre para el
cigarro podan recibir como contestacin un pistoletazo.

Algunas veces no pasaba nadie ante la alquera, y sin embargo, el perro,
avanzando el pescuezo, aullaba frente al vaco negro. A lo lejos
parecan contestarle aullidos humanos. Eran alaridos prolongados y
salvajes que cortaban como un grito de guerra el silencio misterioso:
_Auu!..._ Y mucho ms lejos, debilitada por la distancia, contestaba
otra fiera exclamacin: _Auu!..._

El pays haca callar a su perro. Nada tenan de extrao estos gritos.
Eran _atlots_ que se _aucaban_ en la obscuridad, guindose por el sonido
de sus gritos tal vez para reconocerse y reunirse, tal vez para pelear,
siendo el grito un llamamiento de desafo. Era probable que tras el
_aucamiento_ sonase una detonacin. Cosas de jvenes y de la noche!...
Adelante! Con los de casa no iba nada.

Y Pep segua el relato de sus viajes extraordinarios, bajo la mirada de
asombro de su mujer, que escuchaba por milsima vez estas maravillas,
siempre nuevas.

El to Ventolera, por no ser menos, narraba historias de piratas y de
valerosos marineros de Ibiza, apoyndolas con el testimonio de su padre,
que haba sido paje en el jabeque del capitn Riquer, asaltando detrs
de este hroe la fragata _Felicidad_, del temible corsario el Papa.
Entusiasmado por los recuerdos heroicos, canturreaba con su voz trmula
las coplas con que la marinera ibicenca haba celebrado el triunfo;
coplas en castellano, para mayor solemnidad, y cuyas palabras
desfiguraba el to Ventolera.

/*[4]
    Dnde ests, Papa valiente,
    hombre de tanto valor,
    que por temor a la muerte
    te escondiste en un cajn?...
*/

Y la boca desdentada del marino segua cantando las proezas de otros
tiempos, como si datasen de ayer, como si las hubiese presenciado, como
si de pronto fuesen a flamear sobre aquella tierra envuelta en la
obscuridad las llamaradas de las torres atalayas anunciando un
desembarco de enemigos.

Otras veces, con los ojos brillantes de codicia, hablaba de enormes
caudales que los moros, los romanos y otros marineros rojos, a los que
llamaba los _mormandos_, haban enterrado en cuevas de la costa,
tapindolas despus. Sus abuelos saban mucho de esto. Lstima que
muriesen sin decir palabra!... Relataba la historia verdica de la
caverna de Formentera, donde los normandos haban guardado los productos
de sus pirateras en Espaa e Italia: santos de oro, clices, cadenas,
joyas, piedras preciosas y monedas medidas a celemines. Un espantoso
dragn, amaestrado sin duda por los hombres rojos, velaba en el fondo de
la sima con el tesoro debajo de su panza. El imprudente que se
descolgaba le serva de pasto. Los marineros rojos haban muerto haca
muchos siglos; el dragn haba muerto tambin; el tesoro deba estar an
en Formentera. Ay, quin pudiese encontrarlo!... Y el rstico auditorio
temblaba de emocin, sin dudar de la existencia de tales riquezas, por
el respeto que le inspiraba la vejez del narrador.

Plcidas veladas aqullas, que ya no se repetiran para Febrer! Evitaba
bajar por la noche a _Can Mallorqu_, temeroso de estorbar con su
presencia las conversaciones de la familia acerca de los pretendientes
de Margalida.

En las noches de _festeig_ experimentaba mayor desazn; y sin
explicarse el motivo, asombase a la puerta de la torre, mirando
vidamente hacia la alquera. La misma luz, el aspecto de siempre, pero
l se imaginaba or en el silencio nocturno nuevos ruidos, ecos de
cantos, la voz de Margalida. All estara el _Ferrer_ odioso, y aquel
pobre diablo del _Cant_, y todos los _atlots_ brbaros y rudos, con sus
trajes ridculos. Gran Dios! Cmo haban podido gustarle estos
campesinos?... Con lo que l haba visto en el mundo!...

Al da siguiente, al subir el _Capellanet_ a la torre para llevar la
comida a don Jaime, ste le haca preguntas sobre lo ocurrido en la
noche anterior.

Escuchando al muchacho, se imaginaba Febrer todos los accidentes del
galanteo. La familia cenaba de prisa, al anochecer, para estar pronta a
la ceremonia. Margalida descolgaba del techo de su cuarto la falda de
fiesta, y luego de ponrsela, con el pauelo rojo y verde cruzado sobre
el pecho, otro ms pequeo en la cabeza y un largo lazo de cintas al
extremo de la trenza, colocbase las cadenas de oro que le haba cedido
su madre, e iba a sentarse sobre el _abrigais_, doblado en una silla de
la cocina. El padre fumaba su pipa de tabaco de _pota_; la madre, en un
rincn, teja cestos de junco; el _Capellanet_ asombase fuera de la
casa, bajo el amplio porche, en el cual iban reunindose silenciosos los
_atlots_ cortejadores. Los haba que estaban all desde una hora antes,
por ser vecinos; los haba que llegaban polvorientos o manchados de
barro, despus de caminar dos leguas. En las noches de lluvia sacudan
bajo el techado sus jaiques de burda capucha, herencia de los abuelos, o
el mantn femenil en que se envolvan como prenda de moderna elegancia.

Luego de acordar brevemente el orden que iban a seguir en su
conversacin con la muchacha, la tropa de rivales entraba en la cocina,
por ser en invierno el porche un lugar fro. Un golpe en la puerta.

--_Avant qui siga!_--gritaba Pep como si ignorase la presencia de los
cortejantes y estuviera esperando una visita extraordinaria.

Entraban mansamente, saludando a la familia. _Bona nit!Bona nit!_
Tomaban asiento en un banco, como nios de la escuela, o quedaban de
pie, mirando todos a la _atlota_. Junto a ella haba una silla vaca, y
cuando faltaba sta, el solicitante ponase en cuclillas, a uso moruno,
hablando a la muchacha en voz baja durante tres minutos, bajo la mirada
hostil de sus adversarios. La menor prolongacin de este breve plazo
provocaba toses, furiosas miradas y reclamaciones amenazadoras a media
voz. Se retiraba el _atlot_, y otro al puesto. El _Capellanet_ rea de
estas escenas, viendo en la tenacidad hostil de los cortejantes un
motivo de orgullo para Margalida y la familia.

El noviazgo de su hermana no iba a ser como el de otras _atlotas_. Los
pretendientes parecanle a Pepet perros rabiosos que no soltaran
fcilmente su presa. A l le ola a plvora el tal galanteo, y esto lo
afirmaba con una sonrisa de orgullo, que haca brillar la blancura de
sus dientes de lobezno en el valo obscuro de la cara. Ninguno de los
pretendientes adelantaba sobre los dems. En dos meses que llevaban de
noviazgo, Margalida no haba hecho ms que escuchar, sonrer y responder
a todos con palabras que turbaban a los _atlots_. Era mucho el talento
de su hermana. Los domingos, al ir a misa, marchaba delante de sus
padres acompaada por todos los pretendientes. Un ejrcito: don Jaime
los haba encontrado varias veces. Las amigas, al verla llegar con este
acompaamiento de reina, palidecan de envidia. Todos la asediaban,
pugnando por arrancarla una palabra, un signo de preferencia, y ella
contestaba a todos con asombrosa discrecin, mantenindolos en perfecta
igualdad, evitando los choques mortales que podan sobrevenir
repentinamente entre esta juventud belicosa, armada y poco sufrida.

--Y el _Ferrer_?--preguntaba don Jaime.

Maldito _verro_! Su nombre sala con dificultad de los labios del
seor, pero su recuerdo se estaba moviendo desde mucho antes en su
memoria.

El muchacho agitaba la cabeza negativamente. El _Ferrer_ tampoco
adelantaba gran cosa sobre sus rivales, y el _Capellanet_ no pareca
sentirlo mucho.

Se haba enfriado algo su admiracin por el _verro_. El amor embravece a
los hombres, y todos los _atlots_ pretendientes de Margalida, al verle
enfrente como rival, ya no le tenan miedo y hasta osaban atropellar su
temible persona. Una noche se haba presentado con una guitarra,
proponindose invertir en msicas gran parte del tiempo que corresponda
a otros. Al llegarle el turno se coloc junto a Margalida, templ su
instrumento y comenz a entonar canciones de tierra firme aprendidas en
el retiro de Niza. Pero antes haba sacado de la faja una pistola de dos
caones, dejndola con las llaves montadas sobre uno de sus muslos,
pronto a cogerla y descerrajar un tiro al primero que le interrumpiese.
Silencio absoluto y miradas impasibles. Cant cuanto quiso, se guard la
pistola con aire de vencedor; pero luego, a la salida, en la negrura de
los campos, cuando los _atlots_ se dispersaban con _auquidos_ de irnica
despedida, dos certeras pedradas salidas de la sombra dieron con el
bravucn en el suelo, y durante varios das dej de acudir al cortejo
por no mostrarse con la cabeza entrapajada. No haba intentado saber
quin fuese el agresor. Eran muchos los rivales, y adems haba que
tener en cuenta a sus padres, tos y hermanos, casi la cuarta parte de
la isla, prontos a mezclarse por la honra de la familia en una guerra de
venganzas.

--Pienso--deca Pepet--que el _Ferrer_ no es tan valiente como dicen. Y
usted qu cree, don Jaime?...

Cuando avanzaba la noche y Margalida haba hablado ya con todos sus
cortejantes, el padre, que dorma en un rincn, prorrumpa en sonoro
bostezo. Aquel hombre de campo pareca adivinar durante su sueo el
curso del tiempo. Las nueve y media!... A dormir. _Bona nit!_ Y toda
la _atloteria_, tras esta invitacin, abandonaba la casa, perdindose en
la obscuridad sus pasos y relinchos.

Pepet, al hablar de estas reuniones, en las que se rozaba con gente
brava, portadora de armas, volva a acordarse del cuchillo del abuelo.
Cundo hablara don Jaime a su padre para que le entregase esta joya de
familia?... Ya que retardaba la peticin, deba acordarse de su promesa
y regalarle otro cuchillo. Qu poda hacer un hombre como l falto de
tal compaa? Dnde presentarse?...

--Descansa--dijo Febrer--. Un da de estos ir a la ciudad. Cuenta con
el regalo.

Y Jaime emprendi una maana el camino de Ibiza, ansioso de nueva
existencia, de renovar y variar sus impresiones fuera de la rusticidad
campestre.

Ibiza le pareci una gran ciudad, a l que haba corrido toda Europa.
Las casas en fila, las aceras de ladrillos rojos, los balcones con
persianas, todo lo admir con la simpleza de un salvaje del interior que
llega a una factora de la costa. Detvose ante algunas ventanas
convertidas en escaparates, examinando los gneros expuestos con la
misma delectacin que haba contemplado en otra poca las lujosas
vitrinas de los bulevares o del _Regent Street_.

Una platera de un _chueta_ le retuvo largo tiempo. Admiraba las cadenas
de oro hueco fabricadas para las payesas, los botones de filigrana con
una piedra en el centro, reputando en su interior todos estos objetos
como las obras ms perfectas y maravillosas creadas por el arte de los
hombres. Si entrase en la tienda para comprar una docena de aquellos
botones!... Qu sorpresa la de la _atlota_ de _Can Mallorqu_ cuando l
se los ofreciese para adornar sus mangas!... Seguramente que los
aceptara de l, un seor grave al que miraba con respeto filial.
Enojoso respeto! Maldita gravedad la cuya, que le estorbaba como un
fardo abrumador!... Pero el heredero de los Febrer, el descendiente de
opulentos mercaderes y heroicos navegantes, tuvo que desistir pensando
en el dinero que guardaba en su faja. Indudablemente no tena bastante
para tal compra.

Luego, en otra tienda adquiri un cuchillo para Pepet, el ms grande y
pesado que encontr, un arma absurda, capaz de hacerle olvidar la de su
glorioso abuelo.

A medioda, Febrer, aburrido de sus paseos sin objeto por la Marina y
las empinadas callejuelas de la antigua Real Fuerza, entr en una
pequea fonda, la nica de la ciudad, situada junto al puerto. All
encontr los huspedes de siempre. En el vestbulo, unos cuantos mozos
vestidos de payeses, con gorra de cuartel: soldados de la guarnicin que
servan de asistentes. En el comedor, oficiales subalternos de un
batalln de cazadores, jvenes tenientes que fumaban con aire aburrido y
contemplaban a travs de las ventanas, como prisioneros del mar, la
inmensa extensin azul. Mientras coman lamentbanse de la mala suerte
de su juventud, intil y perdida en este pen. Hablaban de Mallorca
como de un lugar de delicias; recordaban las provincias de tierra firme,
de las que eran hijos muchos de ellos, como parasos a los que ansiaban
volver. Las mujeres!... Era un anhelo, un ansia que haca temblar sus
voces y pona en sus ojos fulgores de locura. Pesaba sobre ellos, como
cadena de insufrible presidio, la casta virtud ibicenca, el exclusivismo
isleo, receloso para los forasteros. All no se bromeaba con el amor,
no se perda el tiempo en galanteos; o la indiferencia hostil, o el
noviazgo honesto para casarse cuanto antes. Palabras y sonrisas
conducan rectamente al matrimonio; slo era posible el trato con las
jvenes para hablar de la formacin de una nueva familia. Y esta
juventud ruidosa, alegre, exuberante en jugos, sufra un suplicio
tantalesco al hablar de las muchachas ms hermosas de la ciudad. Las
admiraban y vivan aparte de ellas, a pesar de moverse en un estrecho
espacio que les obligaba a continuos encuentros. Toda su ilusin era
conseguir una licencia para vivir varios das en Mallorca o en la
Pennsula, lejos de la isla virtuosa y huraa, que slo admita al
forastero como marido; embarcarse en busca de otras tierras, donde era
fcil dar expansin a sus deseos exacerbados, iguales a los del colegial
y el presidiario.

Las mujeres!... Aquellos jvenes no hablaban de otra cosa; y Febrer,
sentado a la gran mesa de la fonda, aprobaba en silencio sus palabras y
sus lamentaciones. Las mujeres!... La irresistible tendencia que nos
liga a ellas es lo nico que se mantiene firme despus de los trastornos
morales que cambian una vida; lo que permanece de pie en medio de los
cadveres de otras ilusiones destrozadas por el cataclismo. Febrer
senta el mismo tedio de aquellos militares, la impresin de hallarse
encerrado en una crcel de privaciones que tena por fosos el mar. Ahora
le pareci la capital islea una poblacin de irresistible monotona,
con sus seoritas encerradas en un aislamiento hurao y monjil. Pensaba
en el campo como en un lugar de libertad, con sus mujeres de alma simple
y afectos naturales, limitados solamente por un instinto defensivo igual
al de las hembras primitivas.

Aquella misma tarde sali de la ciudad. Nada quedaba en l del optimismo
de pocas horas antes. Las calles de la Marina eran nauseabundas; un
olor infecto se escapaba de las casas; en el arroyo zumbaban enjambres
de insectos, saltando de los charcos al sonar los pasos de un
transente. El recuerdo de las colinas inmediatas a su torre, perfumadas
de plantas silvestres y olor salitroso de mar, pareca sonrer en su
memoria con una dulzura idlica.

El carro de un pays le llev hasta cerca de San Jos, y al separarse de
l emprendi la marcha por el monte, pasando entre pinares encorvados
por las grandes tormentas. El cielo estaba nebuloso; la atmsfera era
clida y pesada. De vez en cuando caan gruesas gotas, pero antes de que
las nubes pudieran fijar su lluvia, una rfaga pareca barrerlas hacia
los confines del horizonte.

Cerca de la cabana de un carbonero vio Jaime a dos mujeres que marchaban
apresuradas por entre los pinos. Eran Margalida y su madre. Venan de
los _Cubells_, ermita situada en una altura de la costa, junto a una
fuente que fecunda los abruptos peones, haciendo crecer el naranjo y la
palmera al abrigo de las rocas.

Jaime se uni a las dos mujeres, y entonces vio salir de entre los
matorrales a Pepet, que caminaba fuera del sendero persiguiendo piedra
en mano a un pajarraco cuyos graznidos haban llamado su atencin.
Continuaron juntos la marcha hacia _Can Mallorqu_, y sin saber cmo,
Febrer se vio delante, caminando al lado de Margalida, mientras la
esposa de Pep marchaba tras ellos con el lento paso de su debilidad,
buscando apoyo en su hijo.

La madre estaba enferma: una enfermedad incierta que haca levantar los
hombros al mdico en sus raras visitas y excitaba la imaginacin de las
curanderas de la isla. Venan de hacer una promesa a la Virgen de los
_Cubells_ y haban dejado en su altar dos velas rizadas tradas de la
ciudad.

Mientras Margalida iba hablando con voz triste de las dolencias de la
vieja, el egosmo de una juventud robusta coloreaba sus mejillas y sus
ojos delataban cierta impaciencia. Aquel da era de _festeig_. Haba que
llegar pronto a _Can Mallorqu_, para preparar la cena de la familia
antes de que se presentasen los cortejantes.

Febrer la admiraba con sus ojos graves. Extrabase ahora de su anterior
torpeza, que le haba hecho contemplar a Margalida, meses y meses, como
una nia, como un ser asexual, sin percatarse de sus gracias. Qu
mujer!... Recordaba con desprecio aquellas seoritas de la ciudad por
las que suspiraban los militares recluidos en la fonda. Otra vez pensaba
en el noviazgo de Margalida con una molestia semejante a la de los
celos. Y esta muchacha iba a ser para uno de aquellos brbaros de tez
obscura, que la sometera como una bestia a la servidumbre de la
tierra?...

--Margalida!--murmur como si fuese a revelarle algo importante--.
Margalida!...

Pero no dijo ms. El antiguo calavera sinti despertarse sus instintos
de libertinaje con el perfume que exhalaba aquella mujer, perfume
indefinible de carne fresca y virginal que l crea aspirar, como buen
conocedor, ms con la imaginacin que con el olfato. Al mismo
tiempo--cosa extraa en l!--experiment cierta timidez que le impeda
hablar; una timidez semejante a la que haba sentido en los tiempos de
su primera juventud, cuando, lejos de las fciles conquistas en su
predio de Mallorca, se atrevi a dirigirse a las seoras conocidas en la
pennsula espaola... No era un acto indigno de l hablar de amor a
aquella muchacha a la que haba visto como nia hasta poco antes y que
le respetaba cual si fuese su padre?

--Margalida! Margalida!

Y tras estos llamamientos, que excitaban la curiosidad de la _atlota_
haciendo que elevase los ojos para fijarlos interrogantes en los de
Febrer, ste se lanz por fin a hablar, preguntndola por los progresos
de su noviazgo. Se haba decidido por alguien? Quin iba a ser el
afortunado? El _Ferrer_... el _Cant_?...

Ella volvi a humillar los ojos, cogiendo en su turbacin una punta del
delantal y subindola hasta su pecho... No saba. Su voz ceceaba
infantilmente a impulsos de un avergonzado aturdimiento. No tena ganas
de casarse. Ni el _Cant_, ni el _Ferrer_, ni nadie. Haba aceptado el
cortejo porque todas las muchachas hacan lo mismo al llegar a cierta
edad. Adems--y aqu enrojeca vivamente--, la proporcionaba cierta
satisfaccin humillar a sus amigas, que rabiaban viendo el gran nmero
de sus pretendientes. Ella estaba agradecida a los _atlots_ que venan a
verla de grandes distancias a _Can Mallorqu_. Pero quererlos? casarse
con ellos?...

Haba acortado su paso al hablar. La mujer de Pep y su hijo pasaron
insensiblemente delante de ellos, y al quedar solos los dos en la senda,
acabaron por detenerse sin saber lo que hacan.

--Margalida!... Flor de almendro!...

Al diablo la timidez! Febrer se sinti arrogante y triunfador, como en
sus buenos tiempos. Por qu aquel miedo?... Una payesa! una
chiquilla!...

Habl con acento firme, poniendo un intento de fascinacin en la fijeza
apasionada de sus ojos, aproximando su boca a ella, como para
acariciarla con el susurro de sus palabras... Y l? qu pensaba
Margalida de l?... Y si se presentase un da a Pep diciendo que quera
casarse con su hija?...

--Usted!--exclam la muchacha--. Usted, don Jaime!

Levant los ojos sin miedo alguno, riendo de estas palabras. El seor
acostumbraba a engaarla con bromas inverosmiles. Bien deca su padre
que los Febrer eran unos caballeros serios como jueces, pero de eterno
buen humor. Iba a burlarse otra vez de ella, lo mismo que cuando le
hablaba de la novia de barro guardada en su torre, que haba estado
esperndole miles de aos...

Pero al fijar su mirada en la de Febrer y encontrarse con su rostro
plido, crispado por la emocin, ella palideci tambin. Era otro
hombre: vea un don Jaime que nunca haba conocido. Instintivamente, a
impulsos del miedo, dio un paso atrs. Qued como a la defensiva,
apoyada en el delgado tronco de un arbolillo que se elevaba junto a la
senda, con sus menudas hojas casi sueltas por el otoo.

An tuvo serenidad para sonrer con una sonrisa forzada, fingiendo creer
en una broma del seor.

--No--repuso Febrer con energa--. Hablo seriamente. Di, Margalida...
Flor de almendro... Y si yo fuese uno de tus novios? Y si yo me
presentase en el cortejo? Qu contestaras?...

Ella se apelotonaba contra el dbil tronco, hacindose ms pequea, como
si quisiera escapar a aquellos ojos ardientes. Su instintivo movimiento
de retroceso hizo cimbrearse el flexible rbol, y una lluvia de hojas
amarillas como copos de mbar cay en torno de ella, enredndose en su
trenza, pegndose a su tez, esparcindose sobre su traje. Plida, con la
boca apretada y los labios azulados, iba murmurando palabras que sonaban
apenas como dbiles suspiros. Sus ojos, agrandados y hmedos, tenan la
expresin angustiosa de los humildes de espritu que piensan muchas
cosas y no encuentran el modo de decirlas. l!... el mayorazgo de los
Febrer! Un gran seor casarse con una payesa!... Estaba loco?...

--No; yo no soy un gran seor, yo soy un desgraciado. T eres ms rica
que yo, pues vivo de vuestra limosna... Tu padre desea para ti un marido
que cultive sus tierras. Aceptas que sea yo, Margalida? Me quieres,
Flor de almendro?...

Con la cabeza baja, huyendo de una mirada que pareca quemarla, ella
sigui hablando sin saber lo que deca. Locura! Aquello no poda ser
cierto. Decir el mayorazgo tales cosas!... Estaba soando.

Pero de pronto sinti en una de sus manos un contacto leve y
acariciador. Era la diestra de Febrer que agarraba la suya. Volvi a
verle otra vez, pero le pareci un hombre distinto. Encontr ante sus
ojos un rostro nuevo que la hizo estremecerse. Experiment la sensacin
de un grave peligro, el sobresalto nervioso que avisa. Temblaron sus
rodillas, se contrajeron como si fuese a desplomarse de miedo.

--Es que me encuentras viejo para ti?--murmur en sus odos una voz
suplicante--. Es que nunca podrs quererme?...

La voz era dulce y acariciadora; pero aquellos ojos que parecan
comerla! aquella cara plida, semejante a la de los hombres que
matan!... Quiso decir algo para protestar de sus ltimas palabras. Don
Jaime no haba tenido nunca edad para Margalida: era algo superior, como
los santos, que crecen en hermosura con los aos... Pero el miedo no la
dej hablar. Se desasi de la mano acariciadora, sintise movida por el
prodigioso resorte de los nervios, lo mismo que si viese su vida en
peligro, y huy de Febrer como si fuese un asesino.

--Jess! Jess!...

Salt, murmurando esta splica, a alguna distancia de l, e
inmediatamente empez a correr con sus giles piernas de campesina,
desapareciendo en una revuelta del sendero.

Jaime no fue tras ella. Permaneci inmvil en la soledad del pinar,
insensible a cuanto le rodeaba, como un hroe de leyenda sometido a un
encantamiento. Luego se pas una mano por el rostro, cual si despertase,
coordinando sus ideas.

Dolanle como un remordimiento sus audaces palabras, el susto de
Margalida, la carrera de terror con que haba terminado la entrevista.
Qu disparate el suyo!... Era el resultado de su viaje a la ciudad, la
vuelta a la vida civilizada que haba trastornado su calma de solitario,
despertando pasiones de antao; la conversacin de los jvenes
militares, que vivan con el pensamiento puesto en la mujer... Pero no,
no estaba arrepentido de su accin. Lo importante era que Margalida
conociese lo que tantas veces haba pensado l vagamente en el
aislamiento de la torre, sin poder dar forma precisa a sus deseos.

Continu lentamente su camino, para no alcanzar a la familia de _Can
Mallorqu_. Margalida se haba reunido con su madre y su hermano. Los
vio desde una altura, cuando el grupo caminaba ya por el valle con
direccin a la alquera.

Febrer torci su marcha, evitando aproximarse a _Can Mallorqu_. Fue
hacia la torre del Pirata, pero al llegar cerca de ella continu su
camino, no detenindose hasta el mar.

La costa de roca, que pareca cortada a pico sobre las aguas, estaba
quebrantada por el embate de stas durante siglos y siglos. Las olas,
como furiosos toros azules, topaban entre espumarajos de rabia contra la
pea, abriendo cncavas oquedades, cuevas profundas que se prolongaban
hacia lo alto en forma de grietas verticales. Esta labor secular iba
royendo la costa, arrebatndola su coraza de piedra, lmina por lmina.
Despegbanse de ella fragmentos enormes como murallas. Separbanse
primeramente formando una rendija imperceptible, que se agrandaba con el
curso de los siglos. La muralla natural se inclinaba aos y aos sobre
las olas que batan incesantemente su base, hasta que, perdido el centro
de gravedad, una noche de tormenta derrumbbase como la cortina de una
ciudadela sitiada, deshacindose en bloques, poblando el mar de nuevos
escollos, prontamente cubiertos de viscosas vegetaciones, en cuyos
enmaraamientos hervan las espumas y chisporroteaban las escamas de los
peces.

Febrer fue a sentarse en el borde de un gran peasco avanzado, de un
fragmento de roca desprendida de la costa que se inclinaba
peligrosamente sobre los escollos. Su fatalismo le impulsaba a sentarse
all. Ojal la catstrofe esperada fuese en aquel momento, y su cuerpo,
arrastrado por el grandioso accidente, desapareciera en el fondo del
mar, teniendo como sarcfago esta mole igual a la pirmide de un
Faran!... Para lo que le esperaba en la vida!...

El sol poniente, antes de ocultarse, se asom a un agujero del cielo
tempestuoso, entre nubes desgarradas. Era una esfera sangrienta, una
hostia de prpura que anim con tonos de incendio la inmensidad del mar.
Las negras masas de vapor que cerraban el horizonte se ribetearon de
escarlata. Sobre el obscuro verde acutico se extendi un inquieto
tringulo de llamas. Enrojecise la espuma de las olas y la costa
pareci por unos instantes de lava en ebullicin.

Al resplandor de esta luz de tempestad, Jaime contempl a sus pies el
vaivn de las aguas lanzando sus chorros rugientes en las oquedades de
la roca, bramando y retorcindose con espumarajos de clera en las
tortuosas callejuelas de los escollos. En el fondo de esta masa verdosa,
iluminada con transparencias de palo por el sol poniente, vea
agarradas a las peas extraas vegetaciones, bosques minsculos, en
cuyas frondas pegajosas movanse bestias de formas fantsticas,
rampantes y veloces o torpes y sedentarias, con duras corazas grises y
rojizas, erizadas de defensas, armadas de tenazas, de lanzas y de
cuernos, dndose caza entre ellas y persiguiendo a seres menos fuertes
que pasaban como exhalaciones, haciendo brillar en la rapidez de la fuga
su transparencia de cristal.

Febrer se sinti empequeecido por la soledad. Perdida la fe en su
importancia humana, considerbase igual a uno de estos monstruos
pequeos que se agitaban en las vegetaciones del abismo submarino. Menos
an tal vez. Aquellos animales estaban armados para la vida, podan
mantenerse por su propia fuerza, sin conocer los desalientos, las
humillaciones y las tristezas que le afligan a l. El mar!... Su
grandeza, insensible para los hombres, cruel e implacable en sus
cleras, abrumaba a Febrer, despertando en su memoria un sinnmero de
ideas que tal vez eran nuevas, pero l las aceptaba como vagas
reminiscencias de una vida anterior, como algo que ya haba pensado, no
saba dnde ni cundo.

Un estremecimiento de respeto, de devocin instintiva pasaba por l,
hacindole olvidar el suceso de poco antes, sumindolo en religiosa
admiracin. El mar!... Pensaba, sin saber por qu, en los ms remotos
ascendientes de la humanidad, en los primeros hombres, miserables,
apenas salidos del animalismo original, martirizados y repelidos de
todas partes por una Naturaleza hostil en su exuberancia, como el cuerpo
joven y vigoroso anula o aleja los parsitos que se empean en vivir a
costa de su organismo.

A la orilla del mar, ante la divinidad misteriosa, verde e inmensa,
debi tener el hombre sus mejores momentos de descanso. Del seno de las
aguas salieron los primeros dioses. Contemplando el vaivn de las aguas
y arrullado por su murmullo, debi sentir el hombre que naca en l algo
nuevo y poderoso: un alma. El mar!... Los organismos misteriosos que lo
pueblan tambin vivan, como los de tierra, sometidos a la tirana del
medio, inmviles en su primitiva existencia, repitindose a travs de
los siglos, como si fuesen siempre el mismo ser. Tambin los muertos
mandaban all. Los fuertes perseguan a los dbiles, y eran a su vez
devorados por otros ms poderosos; la misma historia de sus remotos
antecesores en las aguas todava clidas del globo en formacin. Todo
igual, repitindose a travs de centenares de millones de aos. Un
monstruo de los tiempos prehistricos que volviese a colear en las aguas
presentes encontrara por todas partes, en los abismos obscuros y en las
orillas costeras, la misma vida e idnticas luchas que en su juventud.
La bestia de combate acorazada de rojo, armada de uas corvas y tenazas
de tortura, guerrero implacable de las verdes cavernas submarinas, jams
se haba unido con el pez gracioso, ligero y dbil que mova la cola de
su tnica rosada y plateada en las aguas transparentes. Su destino era
devorar, ser fuerte, y si se vea desarmada, con las defensas rotas,
entregarse al infortunio sin protesta y perecer. La muerte antes que
abdicar de su origen, de la noble fatalidad del nacimiento! Para los
fuertes no haba en la tierra y en el mar satisfacciones ni vida fuera
de su ambiente. Eran esclavos de su propia grandeza: la casta traa para
ellos, con los honores, la desgracia. Y siempre sera lo mismo!... Los
muertos eran los nicos que gobernaban lo existente. Los primeros seres
que iniciaron una accin para vivir formaron con sus actos la jaula en
que haban de moverse prisioneras las sucesivas generaciones.

Los tranquilos moluscos que vea ahora en el fondo de las aguas,
agarrados a las peas como botones obscuros, le parecan seres divinos
guardadores en su estpida quietud del misterio de la creacin.
Admirbalos augustos y grandes, como los monstruos que adoran los
pueblos salvajes por su inmovilidad, y en cuyo quietismo creen adivinar
la majestad de los dioses. Febrer recordaba sus bromas de otros tiempos,
en noches de francachela, ante los platos de ostras frescas en los
grandes restoranes de Pars. Sus elegantes compaeras le crean loco al
escuchar los disparatados pensamientos que le sugeran el vino, la vista
de los mariscos y el recuerdo de ciertas lecturas fragmentarias y
rpidas de su juventud. Vamos a comernos a nuestros abuelos, como
alegres antropfagos que somos.

La ostra era una de las primeras manifestaciones de vida en el planeta,
una de las primitivas formas de la materia orgnica, flotante an,
incierta y desorientada en su evolucin, sobre la inmensidad de las
aguas. El simptico y calumniado mono slo tena la importancia de un
primo hermano que no ha hecho carrera, de un pariente desgraciado y
ridculo al que se deja en la puerta fingiendo ignorar su apellido de
familia, negndole el saludo. El molusco era nuestro abuelo venerable,
el jefe de la casa, el creador de la dinasta, el antecesor, cargado con
una nobleza de millones de siglos... Estas ideas resucitaban ahora en
Febrer, con la frescura de verdades indiscutibles, al contemplar los
seres inmviles y rudimentarios encerrados en su caparazn, agarrados a
las rocas, debajo de sus pies, en las profundidades del verde cristal
tembloroso entre los escollos.

La humanidad era fiel a su origen. Nadie renegaba las tradiciones de
estos venerables ascendientes que parecan dormidos en la inmensa
catacumba del mar. Los hombres se creen libres porque pueden moverse de
un lado al otro del planeta, porque su organismo va montado sobre dos
columnas giles y articuladas que le permiten saltar sobre el suelo con
el mecanismo del paso... Error! Una ilusin ms de las muchas que
alegran mentirosamente nuestra vida, hacindonos llevaderas su miseria y
su pequeez! Febrer estaba convencido de que todos nacen metidos entre
dos valvas de prejuicios, escrpulos y orgullos, herencia de los que nos
precedieron en la vida, y por ms que los hombres se agitan, jams
llegan a arrancarse de la misma pea en que vegetaron agarrados sus
predecesores. La actividad, los incidentes de la vida, la independencia
del carcter, todo ilusin! vanidad de molusco que suea adherido a la
roca, y cree estar nadando por los mares del globo, mientras sus valvas
siguen unidas a la caliza!...

Todos los seres eran como haban sido los que marcharon delante de
ellos, como seran los que llegasen detrs. Cambiaban las formas, pero
el alma permaneca inmvil e inmutable, como la de aquellos seres
rudimentarios, testigos eternos de los primeros latidos de la vida en el
planeta, y que parecan envueltos en el ms espeso de los sueos. Y as
sera siempre. Eran vanos los grandes esfuerzos para librarse de este
ambiente fatal, de la herencia del medio, del crculo en que
forzosamente nos movemos; hasta que llegaba la muerte y otros animales
semejantes venan a dar vueltas en el mismo redondel, creyndose libres
porque siempre tenan ante sus pasos nuevo espacio que correr.

Los muertos mandan, afirmaba una vez ms Jaime en su pensamiento.
Pareca imposible que los hombres no se diesen cuenta de esta gran
verdad y se agitaran en eterna noche, creyendo hacer cosas nuevas al
resplandor de ilusiones que surgen diariamente, como surge el gran
engao del sol para acompaarnos por el infinito, que es lbrego y a
nosotros nos parece azul y radiante de luz...

Cuando Febrer pensaba esto, el sol se haba ocultado ya. El mar era casi
negro, el cielo de un gris plomizo, y en las brumas del horizonte
serpenteaban los rayos bajando a beber en las olas. Sinti Jaime en su
rostro y en sus manos el hmedo contacto de algunas gotas de lluvia. Iba
a estallar una tormenta que tal vez durase toda la noche. Los relmpagos
brillaban cada vez ms cerca. Resonaba un lejano estrpito, como si dos
flotas enemigas se estuviesen caoneando detrs de la cortina de bruma
del horizonte, aproximndose con sta. Las lminas de agua mansa, tersas
como cristales entre los escollos y la costa, empezaron a temblar con
las ondulaciones excntricas de las gotas de lluvia.

A pesar de esto, el solitario no se movi. Permaneca en la roca,
sintiendo una sorda irritacin contra la fatalidad, sublevndose con
toda la rudeza de su carcter ante la tirana del pasado. Y por qu
haban de mandar los muertos?... Por qu obscurecan el ambiente con
las partculas de su alma, semejantes a un polvo de huesos, que se
posaban en el cerebro de los vivos imponindoles viejas ideas?...

De pronto Febrer sufri una impresin de deslumbramiento, como si
contemplase una luz extraordinaria nunca vista. Su cerebro pareci
dilatarse, esparcirse, como una masa de agua que rompe el vaso opresor
de piedra. Fue en el mismo instante que un relmpago coloreaba de luz
lvida el mar y estallaba un trueno sobre su cabeza, conmoviendo con
horrsono tableteo los ecos de la inmensidad martima y las oquedades y
cimas de la costa.

No; los muertos no mandan, los muertos no gobiernan. Jaime, como si
fuese un hombre nuevo, se burl de sus pensamientos de poco antes.
Aquellas bestias rudimentarias que l vea entre los peascos, y lo
mismo que ellas todos los animales del mar y de la tierra, sufran la
esclavitud del medio. Mandaban los muertos sobre ellas porque hacan lo
que haran sus descendientes. Pero el hombre no es esclavo del medio: es
su colaborador y a veces su dueo. El hombre es un ente de razn y de
progreso, y puede modificar el ambiente segn sus conveniencias. Fue su
siervo en otros tiempos, en remotas edades; pero al dominar en parte a
la Naturaleza y poder explotarla, rasg la especie de envoltura fatal en
que siguen prisioneros los otros seres de la creacin. Qu poda
importarle el medio en que haba nacido? Se creera otro si lo
deseaba...

No pudo seguir en sus reflexiones. La tempestad haba, estallado sobre
l. La lluvia chorreaba por los bordes de su sombrero y corra a lo
largo de su espalda. La noche haba llegado de pronto. A la luz de los
relmpagos vease el mar con la superficie mate estremecida por el
choque de la lluvia.

Febrer march hacia la torre con toda la ligereza de sus piernas. Iba,
sin embargo, alegre, con el gozo desbordante del que sale de un largo
encierro y no ve ante los ojos bastante espacio para su contenida
actividad. Rea, sin detenerse en su carrera, y la luz de los relmpagos
le sorprendi varias veces avanzando el brazo derecho con un dedo en
alto, mientras chocaba la mano izquierda en la parte inferior del codo,
realizando un ademn de protesta tan popular como poco decente.

--Har lo que quiera!--gritaba, complacindose en escuchar su propia
voz entre el fragor de la tempestad--. Ni muertos ni vivos mandan en
m!... Toma!... para mis nobles ascendientes!... Toma!... para mis
antiguas ideas, para todos los Febrer!...

Repiti varias veces el indecoroso ademn con una alegra de pilluelo.
De pronto se vio envuelto en una luz roja y estall sobre su cabeza un
caonazo, como si la costa acabase de partirse a impulsos de inmenso
cataclismo.

--Ha cado cerca--dijo Febrer refirindose a la exhalacin.

Su pensamiento, ocupado por el recuerdo de los Febrer, fue hacia su
ascendiente el comendador don Pramo. Aquella explosin de trueno le
hizo recordar los combates del diablico hroe, del religioso caballero
de la Cruz, burln con Dios y con el diablo, que hizo siempre su
soberana voluntad y tan pronto pele al lado de los suyos como vivi
entre los enemigos de la Fe, segn sus caprichos y aficiones.

No; de ste no renegaba Febrer. Adoraba al valeroso comendador: era su
verdadero ascendiente, el mejor de todos, el rebelde, el demonio de la
familia.

Al entrar en la torre encendi luz, se envolvi en el jaique de burda
lana que le serva para sus excursiones nocturnas, y tomando un libro
quiso distraerse de sus pensamientos hasta que Pepet le subiera la
cena.

La tempestad pareci fijarse sobre la isla. Caa la lluvia en los
campos, convirtindolos en barrizales; saltaba por las pendientes de los
caminos, desbordados como barrancos; empapaba los montes, como grandes
esponjas, por la verde porosidad de sus pinares y matorrales. La rpida
luz de los relmpagos mostraba instantneamente, como una visin de
ensueo, el mar negruzco con hirvientes espumas, los campos encharcados,
que parecan llenos de peces de fuego, los rboles brillantes bajo su
capa acuosa.

En la cocina de _Can Mallorqu_, los pretendientes de Margalida formaban
una masa de alpargatas enlodadas y cuerpos humeantes por la evaporacin
de sus ropas hmedas. Esta noche el cortejo sera ms largo. Pep, con
aire paternal, haba permitido a los _atlots_ que esperasen despus de
pasada la hora del galanteo. Senta lstima por aquellos muchachos,
obligados a caminar bajo la lluvia. l tambin haba sido novio. Deban
esperar; tal vez pasase la tormenta. Y si no pasaba, se quedaran a
dormir donde pudiesen: en la cocina, en el porche... Una noche es una
noche!

La _atloteria_, contenta del accidente, que aada algn tiempo ms a su
cortejo, contemplaba a Margalida vestida con su traje de gala, sentada
en el centro de la pieza, junto a una silla vaca. Todos haban pasado
por sta en el curso de la noche; algunos miraban con cierta ansiedad al
asiento, pero sin atreverse a ocuparlo de nuevo.

El _Ferrer_, ganoso de sobrepujar a sus rivales, taa una guitarra,
cantando a media voz, acompaado por el rodar de los truenos. El
_Cant_, metido en un rincn, meditaba nuevos versos. Algunos muchachos
saludaban con expresiones burlonas la luz de los relmpagos que se
filtraba por las rendijas de la puerta, y el _Capellanet_ sonrea
sentado en el suelo con la mandbula apoyada en ambas manos.

Pep dormitaba en su silla baja, vencido por el cansancio, y su mujer
lanzaba sordos alaridos de terror cada vez que un trueno fuerte conmova
la casa, intercalando en sus gemidos fragmentos de oraciones, murmuradas
en castellano para mayor eficacia. _Santa Brbera bendita, que en el
sielo ests escrita..._ Margalida, insensible a las miradas de sus
pretendientes, pareca prxima a dormirse en su asiento.

Reson de pronto la puerta con dos golpes dados por una mano. El perro,
que se haba erguido momentos antes como adivinando la presencia de
alguien en el porche, estir el cuello, pero no ladr, moviendo la cola
con tranquilidad.

Margalida y su madre miraron a la puerta con cierto miedo. Quin
podra ser? A aquellas horas, en aquella noche, en la soledad de _Can
Mallorqu!..._Le habra ocurrido algo al seor?...

Pep, despertado por estos golpes, se incorpor en su asiento. _Avant
qui siga!_ Invitaba a entrar con una majestad de padre de familia al
uso latino, seor absoluto de su casa. La puerta slo estaba entornada.

Se abri, dando paso a una rfaga de viento cargada de lluvia, que hizo
estremecerse las luces del candil y refresc el denso ambiente de la
cocina. Iluminse con el resplandor de una exhalacin el negro
rectngulo de la puerta, y todos vieron en ella, sobre el cielo lvido,
una figura encapuchada, una especie de penitente, chorreando lluvia y
con el rostro casi oculto.

Entr con paso decidido, sin saludar a nadie, seguido del perro, que
olisqueaba sus piernas con gruido carioso, y fue rectamente a ocupar
la silla vaca junto a Margalida: el lugar reservado a los
pretendientes.

Al sentarse se ech atrs la capucha y fij sus ojos en la muchacha.

--Ah!--gimi sta, plida, con los ojos agrandados por la sorpresa.

Y fue tal su emocin, tan violento su impulso por retirarse de l, que
la falt poco para caer.




Tercera parte




I


Dos das despus, cuando Jaime, de vuelta de la pesca, esperaba la
comida en su torre, vio presentarse a Pep, que deposit el cestillo
sobre la mesa con cierta solemnidad.

El rstico intent excusarse por esta visita extraordinaria. Su mujer y
Margalida haban ido otra vez a la ermita de los _Cubells_: el muchacho
las acompaaba.

Comi Febrer con buen apetito, por haber pasado la maana en el mar
desde que rompi el da; pero el aire grave del pays acab por
preocuparle.

--Pep: t quieres decirme algo y no te atreves--dijo Jaime en dialecto
ibicenco.

--As es, seor.

Y Pep, igual a todos los tmidos, que dudan y vacilan antes de hablar,
pero una vez perdido el miedo se lanzan adelante ciegamente, empujados
por el propio temor, expuso con rudeza su pensamiento.

S; algo tena que decirle, algo muy importante. Dos das haba estado
pensndolo, pero ya no poda callar ms tiempo. Si se haba encargado de
traer la comida del seor, era slo por hablarle... Qu deseaba don
Jaime? Por qu se burlaba de ellos, que le queran tanto?...

--Burlarme!--exclam Febrer.

S; burlarse de ellos. Pep lo afirmaba con tristeza. Qu haba sido
lo de la noche de la tormenta? Qu capricho haba impulsado al seor a
presentarse en pleno cortejo, sentndose al lado de Margalida como si
fuese un pretendiente?... Ah, don Jaime! Los _festeigs_ son cosa
seria: por ellos se matan los hombres. Bien saba l que los seores se
burlaban de esto, considerando casi como salvajes a los payeses de la
isla; pero a los pobres hay que dejarles sus costumbres, olvidarlos, no
turbar sus escasas alegras.

Ahora fue Febrer quien puso el gesto triste.

--Pero si yo no me burlo de vosotros, querido Pep! Si todo es
verdad!... Entrate de una vez: soy pretendiente de Margalida, como el
_Cant_, como ese _verro_ antiptico, como todos los muchachos que
acuden a tu cocina para cortejarla... La otra noche me present porque
ya no poda sufrir ms, porque comprend de pronto la causa de las
tristezas que me vienen afligiendo, porque quiero a Margalida, y me
casar con ella, si ella me acepta.

Su acento sincero y apasionado no dej dudas al pays.

--Luego es verdad!--exclam--. Algo de eso me haba dicho la _atlota_
llorando cuando yo le pregunt el motivo de la visita del seor... Yo no
la cre al principio. Las muchachas son tan pretenciosas! Se imaginan
que todos los hombres andan locos tras ellas... Conque es verdad?...

Y esta certidumbre le haca sonrer, como algo inesperado y gracioso.

Qu don Jaime! Muy honrados l y su familia por esta muestra de aprecio
a los de _Can Mallorqu_. Lo malo era para la muchacha, que se
engreira, imaginndose ya digna de un prncipe, no queriendo aceptar a
ningn pays.

--No puede ser, seor. No comprende usted que no puede ser?... Yo
tambin he sido joven y s lo que es esto. Un primer movimiento que nos
hace ir detrs de toda _atlota_ que no es fea; pero luego reflexiona
uno, piensa lo que est bien y lo que est mal, lo que ms le conviene,
y acaba por no hacer tonteras. Usted habr reflexionado, verdad,
seor?... Lo de la otra noche fue una broma, un capricho...

Febrer movi la cabeza enrgicamente. No; ni broma ni capricho. Amaba a
Margalida, a la gentil Flor de almendro; estaba convencido de su
pasin, e ira donde ella le arrastrase. Su propsito era hacer en
adelante lo que le ordenara su voluntad, sin escrpulos ni prejuicios.
Bastante tiempo haba sido esclavo de ellos. No; ni reflexin ni
arrepentimiento. Amaba a Margalida, y era uno de sus pretendientes, con
el mismo derecho que cualquier _atlot_ de la isla. Ya estaba dicho.

Pep, escandalizado por tales palabras, herido en sus ideas ms antiguas
y arraigadas, levant las manos, al mismo tiempo que su alma simple se
asomaba a los ojos con temblores de sorpresa.

--_Sior!... Sior!..._

Necesitaba poner por testigo al Seor del cielo para expresar su
turbacin y su asombro. Un Febrer queriendo casarse con la payesa de
_Can Mallorqu_!... El mundo ya no era el mismo: parecan trastornadas
todas sus leyes, como si el mar estuviera prximo a cubrir la isla y los
almendros floreciesen en adelante sobre las olas. Pero se haba dado
cuenta don Jaime de lo que significaba su deseo?...

Todo el respeto depositado en el alma del pays durante largos aos de
servidumbre a la noble familia, la veneracin religiosa que le haban
infundido sus padres cuando de nio vea llegar a los seores de
Mallorca, renacieron ahora, protestando de este absurdo como de algo
contrario a las costumbres humanas y la divina voluntad. El padre de don
Jaime haba sido un personaje poderoso, de los que dictan las leyes all
en Madrid; hasta haba vivido en el palacio real. Le vea en su memoria,
lo mismo que se lo haba imaginado en las ilusiones crdulas de su
niez, mandando a los hombres a su voluntad; pudiendo enviar unos a la
horca y perdonando a otros, segn su capricho; sentado a la mesa de los
monarcas y jugando con ellos a la baraja, igual que poda hacerlo l con
un amigo en la taberna de San Jos, tratndose t por t; y cuando no
estaba en la corte, era seor absoluto en barcos de hierro de los que
escupen humo y caonazos... Y su clebre abuelo don Horacio? Pep le
haba visto pocas veces, y sin embargo, temblaba an de respeto al
recordar su aspecto seorial, su cara grave, limpia de sonrisas, y el
gesto imponente con que acompaaba sus bondades. Era un rey a la
antigua, uno de aquellos reyes buenos y justicieros, padres de los
pobres, con el pan en una mano y el palo en la otra.

--Y quiere usted que yo, el pobre Pep de _Can Mallorqu_, sea pariente
de su padre y su abuelo, y de todos los seorones que fueron amos de
Mallorca y mandones del mundo?... Vamos, don Jaime. Vuelvo a creer que
todo es una broma: su seriedad no me engaa. Tambin don Horacio
discurra a veces las cosas ms chistosas, sin perder su cara de juez.

Jaime pase los ojos por el interior de la torre, sonriendo de su
miseria.

--Pero si soy un pobre, Pep Si t eres rico comparado conmigo! A qu
recordar mi familia, si vivo de tu apoyo?... Si me despidieras, no s
adonde podra ir.

El gesto de incredulidad con que Pep acoga siempre estas afirmaciones
humildes volvi a aparecer.

Pobre! Y aquella torre no era suya?... Febrer le contest riendo.
Bah! Cuatro piedras viejas, que se caan cansadas de existir; un monte
inculto, que slo tendra algn valor trabajado por el pays... Pero
ste insisti. Le quedaba lo de Mallorca, que aunque algo enredado, era
mucho... mucho!

Y al extender sus brazos con un gesto de inmensidad, como si nadie
pudiese abarcar la fortuna de Jaime, aada convencido:

--Un Febrer nunca es pobre. Usted no podr serlo nunca. Despus de estos
tiempos otros vendrn.

Jaime desisti de hacerle reconocer su pobreza. Mejor era que le creyese
rico. As no podran decir aquellos _atlots_ sin ms horizonte que el de
la isla, que era un desesperado ansioso de unirse con la familia de Pep
para recuperar las tierras de _Can Mallorqu_.

Por qu se asombraba tanto el pays de que l pretendiese a Margalida?
No era esto ms que la repeticin de una eterna historia: la del rey
disfrazado y vagabundo enamorndose de la pastora y dndola su mano... Y
l no era un rey ni estaba disfrazado, sino en una situacin de miseria
verdadera.

--Tambin s yo esa historia--dijo Pep--. Me la contaron de chico muchas
veces y se la he contado yo a los mos... No digo que no sucediese as;
pero sera en otros tiempos... otros tiempos muy lejanos: cuando
hablaban los animales.

Para Pep, la ms remota antigedad y el estado dichoso de los hombres
era siempre en el tiempo feliz cuando hablaban los animales.

Pero ahora!... Ahora l, aunque no saba leer, se enteraba de las cosas
del mundo cuando iba a San Jos los domingos y hablaba con el secretario
del Ayuntamiento y otras personas letradas que lean peridicos. Los
reyes se casaban con reinas y las pastoras con pastores. Se acabaron los
buenos tiempos.

--Pero t sabes si Margalida me quiere o no me quiere?... T ests
seguro de que le parece todo esto un disparate, lo mismo que a ti?...

Pep qued silencioso largo rato, metiendo una mano bajo el fieltro y el
pauelo de seda puesto mujerilmente, para rascarse los bucles crespos y
canos de su cabeza. Sonrea maliciosamente y al mismo tiempo con
desprecio, como regocijado por la inferioridad en que vive la hembra de
los campos.

--Las mujeres! Vaya usted a saber lo que piensan, don Jaime!...
Margalida es como todas: amiga de vanidades y cosas extraordinarias. A
su edad, todas suean que va a venir por ellas un conde o un marqus
para llevrselas en un carro de oro y que mueran de envidia sus amigas.
Yo tambin, cuando era _atlot_, pensaba muchas veces que vendra a
pedirme en matrimonio la ms rica de Ibiza, una muchacha que no saba
quin pudiera ser, pero hermosa como la Virgen y con campos tan grandes
como la mitad de la isla... Son cosas de los pocos aos.

Luego, cesando de sonrer, aadi:

--S; tal vez le quiera a usted y no se d cuenta de lo que desea. Esto
del querer y de la juventud es tan raro!... Llora cuando le hablan de lo
de la otra noche; dice que fue una locura, pero ni una palabra contra
usted... Ay! el corazn quisiera yo verle!

Febrer acogi estas palabras con una sonrisa de gozo; pero el pays
desvaneci instantneamente su alegra, aadiendo enrgicamente:

--No puede ser, y no ser... Piense ella lo que piense, yo me opongo,
porque soy su padre y quiero su bien... Ay, don Jaime! Cada cual con
los suyos. Me recuerda todo esto a cierto fraile que viva solitario en
los _Cubells_, hombre sabio, y por ser sabio, medio loco, que se empe
en sacar cras de un gallo y una gaviota: una gaviota del tamao de un
ganso.

Y describa, con la gravedad que tiene para el campesino la vida y el
cruce de los animales, la ansiedad de los payeses cuando iban a los
_Cubells_, agrupndose curiosos en torno del jauln donde estaban bajo
la vigilancia del fraile el gallo y la gaviota.

--Aos dur el trabajo de aquel buen seor, y ni una cra!... Contra lo
imposible nada pueden los hombres. Tenan sangre distinta; vivan juntos
y tranquilos, pero no eran iguales ni podan serlo. Cada uno con los
suyos.

Y al decir esto, Pep recogi de la mesa los platos de la comida y los
fue guardando en la cesta, preparndose para marcharse.

--Quedamos, don Jaime--dijo con su tenacidad campesina--, en que todo es
broma, y usted no inquietar a la _atlota_ con sus fantasas.

--No, Pep. Quedamos en que quiero a Margalida, y voy a su cortejo con el
mismo derecho que cualquier muchacho de la isla. Hay que respetar los
usos antiguos.

Y sonri ante el gesto malhumorado del pays. Pep mova la cabeza en
seal de protesta, repitiendo que aquello era imposible. Las muchachas
del _cuartn_ iban a burlarse de Margalida, regocijadas por este
pretendiente extrao que rompa el orden de las costumbres. Los
maliciosos tal vez iban a calumniar a _Can Mallorqu_, que tena un
pasado de honradez como la mejor familia de la isla. Hasta sus amigos,
cuando fuese l a misa a San Jos reunindose con ellos en el claustro
de la iglesia, iban a suponer que era un ambicioso y deseaba convertir a
su hija en una seorita... Y no era esto slo. Haba que temer adems la
clera de los rivales, los celos de aquellos _atlots_ que haban quedado
absortos por la sorpresa al verle entrar en plena tempestad y sentarse
junto a Margalida. De seguro que a aquellas horas ya haban salido de su
asombro, y hablaban de l concertndose todos para oponerse al
forastero. Los de la isla eran como eran. Se mataban entre ellos, sin
molestar al de fuera, porque le crean extrao a su vida, indiferente a
sus pasiones. Pero si el extranjero se mezclaba en sus asuntos, y
adems de extranjero... era mallorqun!... Cundo se haba visto a
gentes de otras tierras disputarles la novia a los ibicencos?... Don
Jaime, por su padre! por su noble abuelo! Se lo rogaba Pep, que le
conoca desde nio. La alquera era suya, todos sus habitantes deseaban
servirle... pero no deba persistir en aquel capricho! Iba a traerle
desgracia.

Febrer, que haba escuchado hasta entonces con deferencia, se irgui
ante estas palabras de Pep. Sublevse su carcter rudo, como si acabara
de recibir una grave ofensa con los temores del pays. Miedos a l!...
Sentase capaz de pelear con todos los _atlots_ de la isla. No haba en
Ibiza quien le hiciese retroceder. A su apasionamiento belicoso de
amante unase una soberbia de raza, el odio ancestral que separaba a los
habitantes de las dos islas. Ira al cortejo; tena buenos compaeros
que le defendiesen en caso de apuro. Y miraba la escopeta colgada de la
pared, luego de pasar sus ojos por la faja, donde ocultaba el revlver.

Pep baj la cabeza con desaliento. Lo mismo haba sido l cuando joven.
Las mujeres hacen cometer las mayores locuras. Era intil insistir para
convencer al seor, testarudo y soberbio como todos los suyos.

--Haga su santa voluntad, don Jaime; pero acurdese de lo que le digo.
Nos espera una desgracia, una gran desgracia.

Sali el pays de la torre, y Jaime lo vio alejarse cuesta abajo, hacia
su alquera, movindose al impulso de la brisa martima las puntas de su
pauelo y el mantn mujeril que llevaba sobre los hombros.

Desapareci Pep tras las bardas de _Can Mallorqu_. Febrer iba a
separarse de la puerta, cuando vio surgir entre los grupos de tamariscos
de la pendiente un muchacho que, luego de mirar a un lado y a otro para
convencerse de que no era observado, corri hacia l. Era el
_Capellanet_. Subi a saltos la escalera de la torre, y al verse ante
Febrer rompi a rer, mostrando el marfil de su dentadura rodeada de
rosa obscuro.

Desde la noche que el seor se present en la alquera, el _Capellanet_
lo trataba con la mayor confianza, cual si le considerase ya de la
familia. l no protestaba de lo extraordinario del suceso. Le pareca
natural que Margalida gustase al seor y que ste desease casarse con
ella.

--Pero no estabas en los _Cubells_?--pregunt Febrer.

El muchacho volvi a rer. Haba dejado a su madre y su hermana en mitad
del camino, y oculto entre los tamariscos esper a que su padre
regresase de la torre. Sin duda el viejo quera hablar de cosas
importantes con don Jaime; por esto los haba alejado a todos,
encargndose de llevar l mismo la comida. Haca dos das que slo
hablaba en su casa de esta entrevista. Su timidez y el respeto al amo
le hacan vacilar, pero al fin se haba decidido. El noviazgo de
Margalida le tena de mal humor. Haba estado muy regan el viejo?...

Queriendo esquivar Febrer estas preguntas, le hizo otras con cierta
ansiedad. Y Flor de almendro? Qu deca cuando el _Capellanet_ le
hablaba de l?

Se irgui el muchacho con petulancia, satisfecho de proteger al seor.
Su hermana no deca nada; unas veces sonrea al or el nombre de don
Jaime, otras se le humedecan los ojos, y casi siempre daba fin a la
conversacin aconsejando al _Capellanet_ que no se mezclase en este
asunto y diese gusto al padre yendo a estudiar en el Seminario.

--Esto se arreglar, seor--continu el muchacho, posedo de la nueva
importancia de su persona--. Se arreglar; se lo digo yo. Estoy seguro
de que mi hermana le quiere mucho... pero le tiene cierto miedo, cierto
respeto. Quin poda esperar que usted se fijase en ella!... En casa
todos parecen locos. El padre pone mala cara y habla solo; la madre gime
y se aclama a la Virgen; Margalida llora; y mientras tanto, la gente
cree que estamos de lo ms alegres. Pero esto se arreglar, don Jaime;
yo se lo prometo.

Preocupbale otra cosa, aparte de la voluntad de Margalida. Mientras
hablaba, su pensamiento iba hacia sus antiguos amigos, los _atlots_ que
cortejaban a Flor de almendro. Atencin, seor! Mucho ojo!... l
no saba nada de cierto. Hasta sospechaba que aquellos muchachos haban
perdido la confianza en su persona, recatndose de hablar en su
presencia. Pero seguramente tramaban algo. Una semana antes parecan
odiarse y vivan apartados unos de otros; ahora se haban juntado todos
para abominar del forastero. Callaban, pero su silencio era taciturno,
poco tranquilizador. El nico que gritaba y se mova con una clera de
cordero rabioso era el _Cant_, irguiendo su cuerpo desmedrado de
tsico, afirmando entre crueles toses su propsito de matar al
mallorqun.

--Le han perdido a usted el respeto, don Jaime--continu el muchacho--.
Cuando le vieron entrar y sentarse al lado de mi hermana, quedaron como
atontados. Yo tambin me qued sin saber lo que vea, y eso que hace
tiempo me daba el corazn que a usted no le era indiferente Margalida.
Preguntaba usted demasiado por ella... Pero ahora ya se les ha pasado el
susto, y van a hacer algo: vaya si lo harn!... Y no les falta razn.
Cundo se ha visto en San Jos venir los forasteros a quitarles la
novia a unos _atlots_ que son los ms valientes de la isla?...

El orgullo de vecindario arrastr al _Capellanet_ a participar
momentneamente de las opiniones de los otros, pero pronto renacieron su
gratitud y su afecto a Febrer.

--No importa. Usted la quiere, y basta. Por qu ha de ir mi hermana a
trabajar la tierra y pasar fatigas, cuando un seor como usted se fija
en ella?... Adems--y aqu sonrea maliciosamente el pilluelo--, a m me
conviene este casamiento. Usted no va a cultivar los campos, usted se
llevar a Margalida, y el viejo, no teniendo a quin dejar _Can
Mallorqu_, me permitir que sea labrador, que me case, y adis
capellana!... Le digo a usted, don Jaime, que usted se la lleva. Aqu
estoy yo, el _Capellanet_, para pelearme con media isla en su defensa.

Miraba a un lado y a otro, como si temiera encontrarse con los bigotes y
los ojos severos de la Guardia civil, y luego, tras una vacilacin de
hombre modesto que teme revelar su importancia, llevbase una mano a los
riones y tiraba del interior de la faja, sacando un cuchillo cuyo
brillo y limpieza parecan hipnotizarle.

--Eh?--deca, admirando la tersura del acero virgen y mirando a Febrer.

Era el cuchillo que le haba regalado Jaime el da antes. Como estaba de
buen humor, haba hecho arrodillarse al _Capellanet_. Luego, con burlona
gravedad, le haba golpeado con el arma, proclamndolo caballero
invencible del _cuartn_ de San Jos, de toda la isla y de los freos y
peones adyacentes. El pilluelo, trmulo de emocin por el regalo,
haba acogido la ceremonia con gravedad, creyndola algo indispensable
que se usaba entre los seores.

--Eh?--volvi a preguntar, mirando a don Jaime como si lo protegiese
con toda la inmensidad de su valenta.

Pasaba un dedo ligeramente por el filo y luego apoyaba la yema en la
punta, gozando voluptuosamente al sentir su agudo pinchazo. Qu joya!

Febrer movi la cabeza. S; conoca el arma: l mismo se la haba trado
de Ibiza.

--Pues con esto--continu el chicuelo--no hay guapo que se nos ponga
delante. El _Ferrer_?... mentira! El _Cant_ y todos los otros?...
mentira tambin! Y pocas ganas que tengo yo de usarlo!... l que
intente algo contra usted est sentenciado a muerte.

Y a continuacin, con una tristeza de grande hombre que pierde el tiempo
sin dar la medida de su valor, dijo bajando los ojos:

--Cuando mi abuelo tena mi edad, cuentan que ya era _verro_ y meta
miedo a toda la isla.

Pas el _Capellanet_ en la torre una parte de la tarde, hablando de los
enemigos supuestos de don Jaime, que ya consideraba como suyos,
ocultando su cuchillo para volver a sacarlo, como si necesitase
contemplar su imagen desfigurada en la bruida hoja, soando en
tremendos combates que terminaban siempre con la fuga o muerte de los
adversarios, salvando l caballerescamente al acorralado don Jaime. ste
rea de la petulancia del muchacho, tomando a broma sus ansias de pelea
y destruccin.

Al anochecer baj a la alquera para traerle la cena. Ya haba
encontrado en el porche varios cortejantes venidos de muy lejos, que
esperaban sentados en los poyos el principio del _festeig_. Hasta
luego, don Jaime!...

Febrer, as que cerr la noche, se dispuso a bajar a la alquera, con el
gesto hosco, la mirada dura, las manos nerviosas por un imperceptible
temblor homicida, lo mismo que un guerrero primitivo al emprender una
expedicin desde la cumbre al valle. Antes de echarse el jaique sobre
los hombros sac su revlver de la faja, examinando escrupulosamente el
estado de las cpsulas y el juego de la llave. Todo corriente! Al
primero que intentase algo contra l, le meta los seis tiros en la
cabeza. Sentase brbaro, implacable, como uno de aquellos Febrer leones
del mar, que saltaban a las playas enemigas, matando para no morir.

Anduvo cuesta abajo, por entre los grupos de tamariscos, que movan en
la obscuridad sus masas ondeantes, con una mano metida en la faja y
acariciando la culata del revlver. Nadie! Al llegar al porche de _Can
Mallorqu_ lo encontr lleno de _atlots_ que aguardaban de pie o
sentados en los poyos a que la familia acabase su cena en la cocina.
Febrer los adivin en la obscuridad por el olor de camo de las
alpargatas nuevas y el de lana burda de sus mantones y jaiques. Las
chispas rojas de los cigarros indicaban en el fondo del porche otros
grupos en espera.

--_Bono, nit!_--dijo Febrer al llegar.

Slo le respondieron con un leve gruido. Cesaron las conversaciones
mantenidas a media voz, y un silencio hostil y penoso empez a gravitar
sobre todos aquellos hombres.

Jaime se apoy en una pilastra del porche, alta la frente, arrogante el
ademn, destacando su figura sobre el fondo del horizonte, como si
adivinase los ojos que en la obscuridad estaban fijos en l.

Senta cierta emocin, pero no era de miedo. Casi lleg a olvidar a los
enemigos que le rodeaban. Pensaba con inquietud en Margalida. Sinti el
escalofro del enamorado cuando adivina la proximidad de la mujer
adorada y duda de su suerte, temiendo y deseando al mismo tiempo su
aparicin. Ciertos recuerdos del pasado volvieron a l, hacindole
sonrer. Qu dira miss Mary si le viese rodeado de esta gente rstica,
tembloroso y vacilante al pensar en la proximidad de una muchacha
campesina?... Cmo reiran sus antiguas amigas de Madrid y de Pars al
encontrarle en esta traza de campesino, dispuesto a matar por la
conquista de una mujer casi igual a sus criadas!...

Se abri la puerta de la alquera, que estaba entornada, marcndose en
su rectngulo de luz rojiza la silueta de Pep.

--_Avant els hmens!_--dijo como un patriarca que comprende los anhelos
de la juventud y re bondadosamente de ellos.

Y los hombres entraron uno tras otro, saludando al _si_ Pep y los
suyos, ocupando los bancos y sillas de la cocina como nios que llegan a
la escuela.

El pays de _Can Mallorqu_, al reconocer al seor, hizo un gesto de
asombro. All l esperando con los otros, como un simple pretendiente,
sin atreverse a entrar en una casa que era suya!... Febrer contest con
un encogimiento de hombros. Quera hacer lo mismo que los dems. Se
imaginaba que de este modo le sera ms fcil conseguir sus deseos. Nada
que recordase su antigua condicin de amigo respetable y de seor:
cortejante nada ms.

Pep le hizo sentar a su lado. Pretendi distraerlo con su conversacin,
pero l no apartaba los ojos de Flor de almendro, que, fiel al ritual
de los _festeigs_, estaba en una silla, en el centro de la pieza,
acogiendo con gestos de reina tmida la admiracin de sus cortejantes.

Fueron uno tras otro sentndose todos al lado de Margalida, que
responda en voz queda a sus palabras. Finga no ver a don Jaime; casi
le volva la espalda. Los pretendientes que aguardaban su vez estaban
taciturnos, sin la alegre charla con que entretenan su espera en otras
noches. Pareca que algo fnebre pesaba sobre ellos, obligndolos a
permanecer en silencio, con la vista baja y los labios apretados, como
si en la habitacin inmediata hubiese un muerto. Era la presencia del
extrao, del intruso, ajeno a su clase y sus costumbres. Maldito
mallorqun!...

Cuando hubieron pasado todos los mozos por la silla inmediata a
Margalida, el seor se levant. Era el ltimo que se haba presentado
como cortejante, y en buena ley le llegaba su turno. Pep, que le hablaba
sin cesar para distraerlo, quedse de pronto con la boca abierta al ver
cmo se alejaba sin orle ms.

Sentse al lado de Margalida, que pareca no verle, humillada la cabeza
y fijos los ojos en sus rodillas. Todos los _atlots_ quedaron en
silencio, para que en el ambiente tranquilo resonasen las ms leves
palabras del forastero; pero Pep, adivinando esta intencin, comenz a
hablar fuerte con su mujer y su hijo sobre trabajos que deban de
realizar al da siguiente.

--Margalida! Flor de almendro!...

La voz de Febrer, como un susurro, acarici las orejas de la muchacha.
All le tena, para convencerla de que era amor, verdadero amor, lo que
ella consideraba un capricho. Febrer no saba an ciertamente cmo haba
sido esto. Senta un malestar en su soledad, un anhelo vago de cosas
mejores, que tal vez estaban a su alcance, pero que l, en su ceguera,
no poda reconocer, hasta que de pronto haba visto claro dnde estaba
la dicha... Y la dicha era ella. Margalida! Flor de almendro! l no
tena juventud, l era pobre; pero la amaba tanto!... Una palabra nada
ms, algo que disipase la incertidumbre en que viva.

Y ella, al sentir ms prxima la boca de Febrer, al percibir su aliento
ardoroso, movi levemente la cabeza. No, no. Vyase!... Tengo miedo.
Sus ojos se elevaron para mirar rpidamente a todos aquellos jvenes
morenos, de gesto trgico, que parecan quemarlos a los dos con sus
pupilas de brasa.

Miedo!... Esta palabra bast para que Febrer saliese de su encogimiento
suplicante y mirase con soberbia a los rivales sentados ante l. Miedo
a quin?... Sentase capaz de pelear con todos estos rsticos y sus
innumerables parientes. Miedo no, Margalida! Ni por l ni por ella
deba temer. Lo que Jaime la suplicaba era que respondiese a su
pregunta. Poda esperar? Qu pensaba contestarle?...

Pero Margalida permaneca silenciosa, descoloridos sus labios, plidas
las mejillas con una blancura lvida, moviendo los prpados para
esconder tras el enrejado de las pestaas la humedad lacrimosa de sus
ojos. Iba a llorar. Se adivinaban sus esfuerzos para contener el llanto:
respiraba con angustia. Sus lgrimas, surgiendo de pronto en este
ambiente hostil, podan ser una seal de combate; iban a producir la
explosin de todas las cleras contenidas que adivinaba en torno de
ella. No... no! Y el esfuerzo de su voluntad slo serva para hacer
mayor su angustia, obligndola a humillar el rostro como las bestias
dulces y tmidas, que creen salvarse del peligro ocultando su cabeza. La
madre, que trenzaba cestos en un rincn, sintise alarmada en sus
instintos de mujer. Su alma simple se dio cuenta del estado de
Margalida. El padre, viendo la inquietud de aquellos ojos de animal
triste y resignado, intervino oportunamente.

Las nueve y media... Hubo un movimiento de sorpresa y protesta en el
grupo de los _atlots_. An era pronto, faltaban muchos minutos para la
hora: lo tratado era ley. Pero Pep, con su testarudez de campesino, se
haca el sordo, repitiendo las mismas palabras mientras se pona de pie
e iba hacia la puerta, abrindola completamente. Las nueve y media.
Cada uno era amo en su casa, y l hacia en la suya lo que crea mejor.
Deba levantarse temprano al da siguiente: _Bona nit!..._

Y fue saludando a los cortejantes segn salan de la casa. Al pasar
Jaime ante l, sombro y despechado, intent retenerlo por un brazo.
Deba esperar; l le acompaara hasta la torre. Miraba con inquietud al
_Ferrer_, que se haba quedado detrs de l, retardando voluntariamente
su salida de la casa.

Pero el seor no le contest, librndose de su brazo con rudo
movimiento. Sentase furioso por el mutismo de Margalida, que
consideraba un fracaso; por la actitud hostil de los mozos; por el modo
inslito con que se haba dado fin a la velada.

Los _atlots_ dispersronse en la sombra, sin gritos, relinchos ni
canciones, como si volvieran de un entierro. Algo trgico flotaba en las
tinieblas de la noche.

Febrer sigui su camino sin volver la vista, deseoso de or que alguien
vena tras de sus pasos, tomando por misterioso arrastre de
perseguidores los leves crujidos del ramaje de los tamariscos bajo la
brisa nocturna.

Al llegar al pie de la colina, donde los matorrales eran ms espesos, se
volvi, quedando inmvil. Su silueta destacbase sobre la blancura del
sendero a la luz vagorosa de las estrellas. Tena el revlver en la
diestra, apretando nerviosamente la culata, acariciando el gatillo con
un dedo febril, ansioso de disparar. Ay! no le seguira alguien? no
aparecera el _verro_ o cualquiera de los otros enemigos?...

Transcurri el tiempo sin que nadie se presentase. En torno de l, la
vegetacin silvestre, agrandada por la sombra y el misterio, pareca
rer irnicamente de su clera con grandes murmullos. Al fin, la fresca
serenidad de la tierra soolienta pareci penetrar en l. Acab
encogindose de hombros con gesto de desprecio, y llevando el revlver
por delante, continu su camino hasta encerrarse en la torre.

El da siguiente lo pas por entero en el mar con el to Ventolera. De
vuelta a su vivienda encontr fra sobre la mesa la cena que le haba
trado el _Capellanet_. Unas cruces y el propio nombre de Febrer
grabados en el muro a punta de acero le revelaron la visita del _atlot_.
El seminarista no poda permanecer quieto teniendo un cuchillo al
alcance de su mano.

Al otro da apareci en la torre el muchacho de _Can Mallorqu_ con aire
misterioso. Tena que contar a don Jaime cosas importantes. La tarde
anterior, correteando en persecucin de cierto pjaro por el pinar
inmediato a la forja del _Ferrer_, haba visto de lejos, bajo el
cobertizo de la herrera, al _verro_ hablando con el _Cant_.

--Y qu ms?--pregunt Febrer, extrandose de que el muchacho callase.

Nada ms. Le pareca poco?... El _Cant_ no era aficionado a las
alturas, porque sus cuestas le hacan toser. Siempre andaba por los
valles, sentndose bajo los almendros y las higueras para inventar sus
trovos. Si haba subido hasta la herrera, era indudablemente porque el
_Ferrer_ le habra llamado. Hablaban los dos con gran animacin. El
_verro_ pareca darle consejos, y el pobrecillo le contestaba con gestos
afirmativos.

--Y qu?--volvi a preguntar Febrer.

El _Capellanet_ pareci compadecerse de la simpleza del seor. Mucho
ojo, don Jaime! l no conoca a los de la isla. Esta conversacin en la
fragua le inspiraba cuidado. Estaban en sbado: aquella noche era de
_festeig_. De seguro que preparaban algo contra el seor, si se
presentaba en _Can Mallorqu_.

Febrer acogi tales palabras con un gesto de desprecio. Bajara, a pesar
de todo... Si crean que le inspiraban miedo! Lo que lamentaba era que
tardasen tanto en atacarle.

Pas en belicosa nerviosidad todo el resto del da, deseando que llegara
pronto el anochecer. Evitaba en sus paseos acercarse a _Can Mallorqu_,
contemplndolo de lejos, con la esperanza de ver unos instantes la
gentil figura de Margalida bajo el porche. No por esto osaba
aproximarse, como si una irresistible timidez le cerrase el camino de la
finca mientras brillaba el sol. Desde que era pretendiente no poda
presentarse como amigo. Su llegada poda resultar embarazosa para la
familia de Pep. Tema que la muchacha se ocultase al verle.

Apenas se extingui la luz del sol y comenzaron a brillar las estrellas
en un cielo claro de invierno, Febrer descendi de la torre.

Durante el breve camino hasta la alquera volvieron a renacer en su
memoria los recuerdos del pasado, con una precisin irnica, lo mismo
que en la anterior noche de cortejo.

Si me viese miss Mary!--pens--. Tal vez me comparase a un Sigfrido
rstico yendo a matar el dragn que guarda el tesoro de Ibiza... Si me
viesen otras mujeres que he conocido, y todo lo encontraban
ridculo!...

Pero su amor se sobrepuso inmediatamente a tales recuerdos. Si le
viesen! y qu?... Margalida vala ms que las hembras que l haba
conocido antes: era la primera, la nica. Todo en su historia pasada le
pareca falso y artificial, como la vida que se muestra en los
escenarios, pintada y cubierta de oropeles bajo una luz engaosa. Nunca
haba de volver a ese mundo de ficcin. La realidad era lo presente.

Al llegar al porche encontr reunidos a los cortejantes, que parecan
discutir con voz ahogada. Al verle callaron instantneamente.

--_Bona nit!_

Nadie contest. Ni siquiera le acogieron con el gruido de la otra
noche.

Cuando Pep, abriendo la puerta, les dio entrada en la cocina, Febrer vio
que el _Cant_ llevaba el tamborcillo pendiente de un brazo y en la
diestra la baqueta con que golpeaba el parche.

Era noche de msica. Unos _atlots_ sonrean al ocupar sus puestos con
expresin maligna, como regocijndose por adelantado de algo
extraordinario. Otros, ms serios, mostraban en su gesto el noble
disgusto de los que temen presenciar una mala accin inevitable. El
_Ferrer_ permaneca impasible en uno de los rincones ms apartados,
buscando empequeecerse, pasar inadvertido entre los camaradas.

Hablaron con Margalida unos cuantos _atlots_, pero de pronto, viendo la
silla libre, el _Cant_ avanz para sentarse en ella, sujetando el
tambor entre la rodilla y un codo y apoyando la frente en su mano
izquierda. La baqueta golpe lentamente el parche, mientras sonaba un
largo siseo reclamando silencio. Era un trovo nuevo: todos los sbados
traa versos el _Cant_, en honor de la _atlota_ de la alquera. El
encanto de la msica brbara y montona, admirada desde la niez, oblig
a callar a todos. La santa emocin de la poesa haca estremecerse por
adelantado a estas almas simples.

El pobre tsico rompi a cantar, acompaando cada verso con un cloqueo
final que estremeca su pecho y arrebolaba sus mejillas. Pero el _Cant_
se mostraba esta noche con ms fuerzas que nunca: sus ojos tenan un
brillo extraordinario.

A los primeros versos, una carcajada general reson en la cocina,
celebrando la gracia irnica del rstico poeta.

Febrer no haba entendido gran cosa. Cuando escuchaba esta msica
montona y relinchante, que pareca recordar los primeros cantos de los
marineros semitas esparcidos por el Mediterrneo, sumase en otros
pensamientos para hacer corta la espera y sufrir menos con la
extraordinaria longitud del romance.

La carcajada de los _atlots_ atrajo su atencin, adivinando confusamente
algo hostil para su persona. Qu deca aquel cordero rabioso?... La voz
del cantor, su pronunciacin campesina y los continuos cloqueos con que
cortaba los versos eran poco inteligibles para Jaime; pero lentamente
fue dndose cuenta de que el romance iba dirigido a las _atlotas_ que
desean abandonar el campo, casndose con caballeros, para lucir los
mismos adornos que las seoras de la ciudad. Las modas femeninas
describalas el cantor en trminos extravagantes, que hacan rer a los
payeses.

El simple Pep rea tambin de estas burlas, que halagaban a la vez su
orgullo de campesino y su soberbia de varn inclinado a no ver en la
hembra ms que una compaera de fatigas. Verdad! verdad! Y una su
carcajada a la de los muchachos. Qu _Cant_ tan gracioso!...

Pero a los pocos versos ya no habl el improvisador de las _atlotas_ en
general, sino de una sola, ambiciosa y sin corazn. Febrer mir
instintivamente a Margalida, que permaneca inmvil, con los ojos bajos,
plidas las mejillas, como asustada, no de lo que escuchaba, sino de lo
que indudablemente vendra despus.

Jaime comenz a revolverse en su asiento. Molestarla as, en su
presencia, aquel rstico!... Una carcajada ms fuerte e insolente de
aquellos jvenes atrajo de nuevo su atencin hacia los versos. El cantor
se burlaba de la _atlota_ que para ser seora quera casarse con un
pobre arruinado, sin casa y sin familia; un forastero que no tena
tierras que cultivar...

El efecto de estos versos fue instantneo. Pep, en la densidad de su
pensamiento espeso, vio flotar algo como una chispa de fuego, una
luminosa adivinacin, y extendi las manos imperativamente, al mismo
tiempo que se incorporaba:

--_Prou!... prou!_

Pero era ya intil que gritase bastante! Un bulto se interpuso entre
l y la luz del candil: el cuerpo de Febrer, que se haba erguido de un
salto.

Con slo un tirn arranc el tamborcillo de las rodillas del cantor,
arrojndolo inmediatamente contra su cabeza, y tal fue el mpetu, que se
rompieron los parches; quedando la caja como un gorro torcido sobre la
frente ensangrentada del muchacho.

Saltaron los _atlots_ de sus asientos, sin saber ciertamente lo que
hacan, pero llevndose todos las manos a la faja. Margalida se refugi
al lado de su madre, y el _Capellanet_ crey llegado el momento de sacar
su cuchillo. El padre, con la autoridad de los aos, se impuso a todos:
--_Fora!... fora!_

Todos obedecieron, saliendo fuera de la alquera, para detenerse en
pleno campo. Febrer sali tambin, a pesar de la resistencia de Pep.

Los _atlots_ parecan divididos, discutiendo acaloradamente. Unos
protestaban. Pegarle al pobre _Cant_, un infeliz enfermo que no poda
defenderse!... Otros movan la cabeza. Esperaban aquello: no se puede
insultar impunemente a un hombre sin que ocurra algo. Ellos se haban
opuesto a la cancin; eran partidarios de que los hombres, cuando
tienen que decirse algo, se lo digan cara a cara.

Casi iban a reir, con la furia de sus opiniones encontradas y su
rivalidad amorosa, cuando el _Cant_ distrajo su atencin. Se haba
librado del tamboril incrustado en su cabeza y se limpiaba la sangre de
la frente. Lloraba con la rabia del dbil enfurecido, capaz de las
mayores venganzas, pero que se siente al mismo tiempo esclavo de su
impotencia.

--A m! a m!--gema asombrado de este ataque. De pronto se agach,
buscando piedras en la obscuridad para arrojarlas contra Febrer, y a
cada pedrada retroceda algunos pasos, como para defenderse de una nueva
agresin. Los guijarros, despedidos por sus brazos dbiles, fueron a
perderse en la sombra o rebotaron contra el porche.

Luego ya no silbaron ms piedras. Algunos amigos del _Cant_ se lo
llevaban casi a rastras en la obscuridad. Oyronse sus gritos a lo
lejos: profera amenazas, juraba vengarse... Matara al forastero! l
solo acabara con el mallorqun!...

Este permaneci inmvil, con una mano en la faja, entre tantos enemigos.
Sentase avergonzado de su arrebato. Pegarle al pobre tsico!... Para
sofocar sus remordimientos, profiri en voz baja soberbios retos. Otro
deseaba l que hubiese cantado!... Y sus ojos buscaron al _Ferrer_,
pero el temible _verro_ haba desaparecido.

Cuando Febrer, media hora despus, apaciguado ya el tumulto, volva a su
torre, detvose varias veces en el camino, con el revlver en la
diestra, como si esperase a alguien.

Nadie!




II


A la maana siguiente, apenas salido el sol, corri el _Capellanet_ en
busca de don Jaime, revelando en su gesto al entrar en la torre la
importancia de las noticias de que era portador.

En _Can Mallorqu_ haban pasado todos mala noche. Margalida lloraba; la
madre se haba lamentado incesantemente de lo ocurrido. Seor! qu
pensaran de ellos las gentes del _cuartn_ al saber que en su casa se
pegaban los hombres como en una taberna! Qu diran las _atlotas_ de su
hija!... Pero a Margalida la preocupaba poco la opinin de sus amigas.
Otra cosa pareca interesarla: algo que no acertaba a decir, pero la
haca verter lgrima tras lgrima. El _si_ Pep luego de cerrar la
puerta de la casa, se haba paseado ms de una hora por la cocina
mascullando palabras y cerrando los puos. Aquel don Jaime!...
Empearse en conseguir lo que era imposible!... Testarudo como todos
los suyos!...

El _Capellanet_ tampoco haba dormido, sintiendo nacer en su pensamiento
de pequeo salvaje, astuto y receloso, una sospecha que poco a poco tom
la realidad de una certidumbre.

Al entrar en la torre comunic inmediatamente sus pensamientos a don
Jaime. Quin crea l que era el autor de la cancin injuriosa? El
_Cant_?... Pues no seor: era el _Ferrer_. Los versos los haba
inventado el otro, pero la intencin era del malicioso _verro_. Este le
haba sugerido la idea de que insultase a don Jaime en pleno cortejo,
contando con la seguridad de que no dejara impune el agravio. Ya vea
claro el muchacho el verdadero motivo de la entrevista de los dos
cortejantes que l haba sorprendido en el monte.

Febrer acogi con un gesto de indiferencia esta noticia, a la que el
_Capellanet_ daba gran importancia. Y qu?... El cantor insolente ya
estaba castigado; y en cuanto al _verro_, haba huido de sus retos a la
puerta de la alquera. Era un cobarde.

Pepet movi la cabeza con incredulidad. Ojo, don Jaime! l ignoraba las
costumbres de los valientes de la tierra, las astucias de que se valan
para asegurarse la impunidad en sus venganzas. Deba permanecer en
guardia, ahora ms que nunca. El _Ferrer_ saba lo que era el presidio,
y no deseaba volver a l. Lo que acababa de hacer lo haban hecho otros
_verros_ antes.

Se impacient Jaime ante el aire misterioso y las palabras confusas del
muchacho.

--Para qu tapujos!... Habla!

El _Capellanet_ expuso al fin sus sospechas. Ya poda el herrero hacer
lo que quisiera contra don Jaime: poda esperarle emboscado en los
tamariscos al pie de la torre y matarlo de un tiro. Las sospechas se
dirigiran inmediatamente contra el _Cant_, recordando la cuestin
ocurrida en la alquera y sus palabras de venganza. Con esto y con
prepararse el _verro_ una coartada, trasladndose a todo correr por los
atajos a algn punto lejano donde todos le viesen, le sera fcil
cumplir su venganza, sin peligro.

--Ah!--exclam Febrer ponindose hosco, como si comprendiera de pronto
toda la importancia de tales palabras.

El muchacho, satisfecho de su superioridad, continu dando consejos. Don
Jaime deba vivir en adelante menos descuidado, cerrar la puerta de su
torre, no hacer caso, apenas llegada la noche, de los gritos de fuera.
Seguramente el _verro_ pretendera inducirle a salir a la obscuridad con
gritos de reto, con _auquidos_ de desafo.

--Aunque le _aquen_ durante la noche, usted quieto, don Jaime. Yo
conozco eso--continu el _Capellanet_ con la importancia de un _verro_
endurecido--. Le gritar desde fuera, oculto en la maleza, con el arma
preparada, y si sale, antes de que pueda verle le matar de un
pistoletazo. Usted quieto en la torre.

Estos consejos eran para la noche. De da, el seor poda salir sin
miedo. All estaba l para acompaarlo a todas partes. Se ergua con
blica vanidad, llevndose una mano a la faja para cerciorarse de que el
cuchillo no haba desaparecido, pero su decepcin era inmediata al ver
el gesto de burlona gratitud de Febrer.

--Ra usted, don Jaime, brlese de m, pero de algo puedo yo servir...
Vea usted cmo le aviso ahora el peligro. Hay que vivir en guardia. Con
alguna mala idea ha preparado el _Ferrer_ lo de la cancin.

Y miraba en torno, como un caudillo que se prepara para repeler un largo
sitio. Sus ojos encontraron la escopeta colgando del muro entre los
adornos de conchas. Muy bien! Deba cargar con bala los dos caones, y
encima un buen puado de postas o perdign grueso. Esto nunca est de
ms. As lo haca su glorioso abuelo. Despus frunca el entrecejo al
ver el revlver abandonado sobre la mesa. Muy mal! Las armas cortas son
para llevarlas encima a todas horas. l dorma con el cuchillo sobre la
panza. Y si entraba de pronto el enemigo sin dejarle tiempo para buscar
el arma?...

La torre, que haba presenciado en otros siglos ejecuciones y combates
de piratas, cascarn de piedra de trgico vaco disimulado por la ntida
enjalbegadura de los muros, atrajo luego la atencin del muchacho.

Iba hasta la puerta con lenta precaucin, como si un enemigo le
aguardase al pie de la escalera, y ocultando el cuerpo en el borde del
muro, avanzaba slo un ojo y parte de la frente. Luego mova la cabeza
con desaliento. Al asomarse de noche, aunque fuera con estas astucias,
el enemigo, emboscado abajo, poda verlo, apuntndole con toda comodidad
apoyados los codos en una rama o en una piedra, sin miedo a perder el
tiro. Peor era an echar el cuerpo fuera de la puerta y pretender bajar.
Por obscura que fuese la noche, el enemigo poda escoger un punto de
mira, una mancha del follaje, una estrella del horizonte, algo saliente
en la obscuridad que se destacase junto a la escalera. Y al pasar el
bulto negro del que bajaba, ocultando por un momento el objeto
apuntado... fuego y pieza segura! Eran enseanzas odas a graves
varones que haban pasado meses enteros tras un ribazo o al abrigo de un
tronco, con la culata junto a la mejilla y el ojo en el extremo del
can, desde la puesta del sol hasta la aurora, aguardando a un antiguo
amigo.

No; al _Capellanet_ no le gustaba esta puerta con su escalera al aire
libre. Haba que buscar otra salida, y sus ojos fueron a la ventana,
abrindola luego para asomarse a ella.

Con una agilidad simiesca, riendo de su descubrimiento, salt sobre el
alfizar y empez a descender por el muro, buscando con pies y manos las
desigualdades de la mampostera, los alvolos profundos como peldaos
que haban dejado los pedruscos al rodar desprendidos de la argamasa.
Febrer se asom a la ventana, y le vio al pie de la torre recogiendo su
sombrero que se haba cado y agitndolo en alto con expresin
triunfante. Corri luego el muchacho en torno de la base de la torre, y
sus pasos resonaron poco despus con bullicioso trote en los peldaos de
madera, cerca de la puerta.

--Si es lo ms fcil!--grit al entrar en la pieza, rojo de emocin por
su descubrimiento--. Si es una escalera de seores!...

Y comprendiendo la importancia de su descubrimiento, puso un gesto grave
de misterio. Esto quedaba entre los dos: ni una palabra a nadie. Era una
salida preciosa, cuyo secreto haba que guardar.

El _Capellanet_ envidiaba a don Jaime. No tener l un enemigo que
viniera a _aucarlo_ all durante la noche!... Mientras el _Ferrer_
aullase emboscado, con la vista fija en la escalera, l descendera por
la ventana, a espaldas de la torre, y dando la vuelta silenciosamente,
cazara al cazador. Qu golpe!... Rea con salvaje complacencia, y en
sus labios de rojo obscuro pareca despertar temblona la ferocidad de
los gloriosos abuelos, que haban considerado la caza del hombre como el
ms noble de los ejercicios.

Febrer se sinti contagiado por la brbara alegra del muchacho. Si l
probase a bajar por la ventana!... Ech las piernas fuera del alfizar,
y lentamente, entorpecido por su madura corpulencia, fue tanteando las
desigualdades de la muralla con las puntas de los pies hasta encontrar
los agujeros que servan de peldaos. Descendi poco a poco, rodando
bajo sus plantas algunas piedras sueltas, hasta que al fin puso los pies
en tierra con un suspiro de satisfaccin. Muy bien! El descenso era
fcil; despus de unos cuantos ensayos bajara con tanta facilidad como
el _Capellanet_. ste, que le haba seguido gilmente, descolgndose
casi sobre su cabeza, sonrea como un maestro satisfecho de la leccin,
y tornaba a repetir sus consejos. Que no los olvidase don Jaime! Apenas
le _anearan_ desde fuera, deba echarse ventana abajo, pillando por la
espalda al contrario.

Cuando a medioda qued solo Febrer, sintise posedo de un deseo
belicoso, de una agresividad que le hizo mirar durante largo rato el
trozo de muro del que penda la escopeta.

Al pie del promontorio, en la playa donde estaba varada la barca del to
Ventolera, son la voz de ste cantando la misa. Febrer se asom a la
puerta, llevndose las dos manos a la boca en forma de bocina para
gritarle.

El marinero, con la ayuda de un muchacho, echaba su barca al agua. La
vela, recogida, temblaba en lo alto del mstil. Jaime no acept la
invitacin. Muchas gracias, to Ventolera! Este insisti con su
vocecita, que llegaba a travs del aire como el vagido lejano de una
criatura. La tarde era buena: haba cambiado el viento; en las cercanas
del Vedr iban a coger el pescado en abundancia. Febrer encogi los
hombros. No, muchas gracias; tena que hacer.

Apenas acab de hablar, cuando el _Capellanet_ se present por segunda
vez en la torre, llevndole la comida. El muchacho pareca enfurruado y
triste. Su padre, colrico por la escena de la noche anterior, le haba
escogido como vctima, para desahogar su enfado. Una injusticia, don
Jaime! Gritaba pasendose por la cocina, mientras las mujeres, con los
ojos llorosos y el aire encogido, parecan huir de su mirada. Todo lo
ocurrido lo atribua a su blandura de carcter, a su bondad; pero iba a
poner remedio a esto inmediatamente. El noviazgo quedaba suspendido: ya
no admita cortejos ni visitas. Y en cuanto al _Capellanet_!... Este
mal hijo, desobediente y revoltoso, tena la culpa de todo.

Pep no saba con certeza cmo poda haber influido la presencia de su
hijo en el escndalo de la noche anterior, pero recordaba su resistencia
a ser clrigo, su fuga del Seminario, y la memoria de estos disgustos
despertaba su clera, haciendo que la concentrase en el muchacho. Se
acabaron los miramientos y bondades! El prximo lunes lo llevara al
Seminario. Si pensaba resistirse y huir por segunda vez, mejor sera
para l embarcarse de grumete y olvidar que tena padre, pues al verle
regresar a la alquera, Pep era capaz de romperle las dos piernas con la
tranca de la puerta. Y por puro desahogo, por ir habituando la mano y
dar una muestra de su futura clera, le larg unas cuantas bofetadas y
puntapis, cobrndose de esta forma el disgusto sufrido tiempo antes al
verle llegar fugitivo de Ibiza.

El _Capellanet_, encogido y paciente por la costumbre, se refugi en un
rincn detrs del muro de zagalejos y faldas que opona la llorosa madre
a la furia de Pep. Pero al verse ahora en la torre y recordar la ofensa,
rechinaba los dientes, con los ojos en blanco, las mejillas lvidas y
los puos cerrados.

Qu injusticia! As se pega a los hombres, sin motivo alguno, slo
por desahogar el mal humor?... A l, que llevaba un cuchillo en la faja
y no le tena miedo a nadie de la isla! Todo porque era padre!... Ay!
Esto de la paternidad y del respeto filial eran para el _Capellanet_ en
aquellos momentos invenciones de cobardes, creadas nicamente para
fastidiar y envilecer a los hombres de corazn. Y encima de los golpes,
humillantes para su dignidad de bravo, la certeza del encierro en el
Seminario; la negra sotana, semejante a las faldas de las mujeres, y el
pelo cortado al rape, perdiendo para siempre aquellos bucles que
asomaban arrogantes bajo las alas de su sombrero; la tonsura, que hara
rer o infundira un fro respeto a las _atlotas_, y adis bailes y
noviazgos! adis cuchillo!...

Pronto dejara de verle don Jaime. Antes de una semana iban a llevarle a
Ibiza. Otros le subiran la comida a la torre... Febrer hizo un gesto
revelador de su esperanza. Tal vez Margalida, como en otros tiempos!
Pero el _Capellanet_, a pesar de su tristeza, sonri maliciosamente. No,
Margalida no; todos menos ella. Bueno estaba el _si_ Pep para
consentirlo! Cuando la pobre madre, para defender a su _atlot_, haba
hablado tmidamente de lo necesario que era el muchacho en la casa para
servir al seor, Pep estall en nuevas vociferaciones. l mismo se
encargara de llevar todos los das a la torre la comida de don Jaime, y
si no su mujer, y si no buscaran una _atlota_ que sirviese de criada a
aquel seor, ya que se empeaba en vivir cerca de ellos.

No dijo ms el _Capellanet_, pero Febrer adivin las palabras que el
buen pays deba haber lanzado contra l. Olvidaba, a impulsos de la
clera, su antiguo respeto; sentase enfurecido por la perturbacin que
acarreaba a la familia con su presencia.

El muchacho volvi a la alquera mascullando propsitos vengativos,
jurndose no ir al Seminario, aunque ignoraba el modo de conseguirlo. Su
resistencia tom de pronto un tono de proteccin caballeresca.
Abandonar a su amigo don Jaime cuando le vea rodeado de peligros!...
Ir a encerrarse en aquel casern de tristezas, entre seores con faldas
negras que hablaban una lengua rara, ahora que en pleno campo, a la luz
del sol o en el misterio de las noches, iban a matarse los hombres!...
Ocurrir tan extraordinarios sucesos y no verlos l!...

Cuando Febrer qued slo, descolg la escopeta y estuvo largo rato junto
a la puerta examinndola distradamente. Su pensamiento iba lejos, mucho
ms lejos de los extremos de los caones, que parecan apuntar a la
montaa... Aquel herrero! Aquel valentn insufrible!... Desde el
primer da que lo vio algo se haba removido en su interior, ponindose
de pie con el irresistible impulso de la antipata. A aquel fantasmn
lgubre nadie en la isla le iba a pegar ms que l.

La sensacin fra del acero de la escopeta en la palma de sus manos le
volvi a la realidad. Estaba resuelto a salir de caza por la montaa...
Pero qu caza!... Extrajo los dos cartuchos que ocupaban los caones,
cartuchos cargados con perdign menudo para las bandas de pjaros que
cruzan la isla viniendo de frica. Busc en una bolsa otros cartuchos e
introdujo dos en el doble can, guardndose los dems en los bolsillos.
Eran con bala. Caza mayor!...

Colgse la escopeta de un hombro y baj la escalera de la torre silbando
y con paso arrogante, como si su resolucin le llenase de alegra.

Al pasar cerca de _Can Mallorqu_, el perro sali a su encuentro con
ladridos de regocijo. Nadie se asom a la puerta como otras veces.
Seguramente le haban visto, sin moverse, desde el fondo de la cocina.
El perro salt tras l largo trecho, retrocediendo luego al verle tomar
el camino de la montaa.

Anduvo Febrer entre paredes de piedra seca que contenan pendientes
bancales, y otras veces por senderos pavimentados de guijarros azules,
que las lluvias de invierno convertan en encajonados barrancos. Luego
dej de ver tierras removidas y surcadas por el arado: el suelo compacto
cubrase de bravia y espinosa vegetacin. A los rboles frutales, el
alto almendro y la chaparra higuera de amplia copa, sucedan las sabinas
y los pinos retorcidos por los vientos de la costa. Al detenerse Febrer
un instante y mirar atrs, vio a sus pies _Can Mallorqu_ como unos
dados blancos escapados del cubilete de una roca vecina al mar. En la
cspide de esta roca erguase como un agarrador la torre del Pirata. Su
ascensin haba sido veloz, casi a todo correr, como si temiera llegar
tarde a un lugar de cita que no conoca con certeza. Inmediatamente
reanud la marcha. Dos palomas silvestres salieron de la maleza con el
sonoro plumeo de un abanico que se abre, pero el cazador pareci no
verlas. Unos bultos humanos, negros y agachados en los matorrales, le
hicieron llevar la diestra a la culata de la escopeta para descolgarla
del hombro. Eran carboneros que apilaban lea. Al pasar Febrer junto a
ellos le miraron con ojos fijos, en los que crey notar algo
extraordinario, mezcla de asombro y curiosidad.

--_Bonas tardes tenguin!_

Los hombres negros apenas contestaron, pero le fueron siguiendo largo
rato con sus ojos, que tenan el brillo y la transparencia del agua
sobre sus rostros tiznados. Seguramente los solitarios del monte saban
ya lo ocurrido la noche anterior en _Can Mallorqu_, y se asombraban
viendo al seor de la torre marchar solo, como si desafiase a sus
enemigos, creyndose invulnerable.

Ya no encontr ms gente en su camino. De pronto, sobre los rumores de
la seca arboleda acariciada por el viento, oy un tintineo lejano de
hierro batido. Por entre el ramaje elevbase una ligera columna de humo:
la fragua del _Ferrer_.

Jaime, llevando la escopeta algo cada de su hombro, como si el arma
fuera a descolgarse sola, desemboc en un claro del bosque que formaba
ancha plazoleta ante la fragua. Era sta una casucha construida con
adobes, negra de humo y cubierta por un techo giboso, que en algunos de
sus puntos se abombaba como si fuera a desplomarse. Bajo un cobertizo
brillaba el ojo inflamado de una fogata, y junto a ella el _Ferrer_, de
pie ante el yunque, golpeaba con el martillo una barra de hierro gneo.

Febrer no qued descontento de su entrada teatral en la plazoleta. El
_verro_ levant la vista al or ruido de pisadas en el intervalo de dos
de sus golpes, y qued inmvil, con el martillo en alto, al reconocer al
seor de la torre. Pero sus ojos fros eran incapaces de transparentar
ninguna impresin.

Avanz Jaime ante la fragua con la mirada fija en el herrero, una mirada
de reto que el otro pareci no comprender. Ni una palabra, ni un saludo.
El seor pas adelante; pero al salir de la plazoleta se detuvo junto a
uno de los primeros rboles y acab por sentarse en sus races
salientes, guardando la escopeta entre las piernas.

Un orgullo de viril soberbia invada el alma de Febrer. Estaba
satisfecho de su arrogancia. Bien poda ver aquel matn que vena a
buscarlo en la soledad del monte, en su propia vivienda; bien poda
convencerse de que no le tena miedo.

Y para demostrar mejor su serenidad, sac la petaca de la faja y se puso
a liar un cigarro.

El martillo haba vuelto a reanudar su tintineo sobre el metal. Jaime,
desde su asiento, vea al _Ferrer_ vuelto de espaldas a l con
descuidada confianza, como si ignorara su presencia y slo le preocupase
el examen de su trabajo. Esta calma desconcert un poco a Febrer. Vive
Dios! No haba adivinado sus intenciones?... Le exasperaba la frialdad
del herrero, y al mismo tiempo infundale un vago agradecimiento el
hecho de permanecer de espaldas a l, tranquilamente, con la confianza
de que el seor de la torre era incapaz de aprovecharse de esta
situacin para dispararle un escopetazo traidor. Ces de sonar el
martillo. Cuando Febrer mir otra vez hacia el cobertizo, ya no vio al
herrero. Esta ausencia le hizo requerir la escopeta, acariciando sus
llaves. Indudablemente iba a salir con un arma, cansado de aguantar esta
provocacin muda que vena a buscarle en su propia casa. Tal vez iba a
disparar por alguno de los ventanucos que daban luz a la negra vivienda.
Deba precaverse contra una asechanza del antiguo presidiario, y se puso
de pie, procurando disimular su cuerpo detrs del tronco de un rbol, no
dejando visible ms que un ojo.

Alguien se movi en el interior de la casucha; algo negro asom indeciso
en su puerta. Iba a salir el enemigo: atencin!... Empu la escopeta
para hacer fuego apenas se mostrase el extremo del arma enemiga; pero
qued inmvil y confuso al ver que era una falda negra rematada por unos
pies desnudos dentro de viejas alpargatas, y sobre esto un busto msero,
encorvado y huesudo, una cabeza cobriza y arrugada, con slo un ojo, y
ralos cabellos grises que dejaban brillar entre sus mechas el barniz de
la calvicie.

Febrer reconoci a la mujer. Era la ta del herrero, la tuerta de que le
haba hablado el _Capellanet_, la nica compaera del _Ferrer_ en su
bravia soledad. La vieja se plant en el cobertizo con los brazos en
jarras, echando adelante el flcido vientre abultado por los zagalejos,
fijando su pupila nica, inflamada por la clera, en aquel intruso que
vena a provocar a un hombre de bien en medio de su trabajo. Miraba a
Jaime con la fiera acometividad de la mujer que, segura del respeto que
infunde su sexo, es ms audaz e impetuosa que el hombre. Mascullaba
amenazas e insultos que el seor no poda or, furiosa de que alguien se
atreviera contra su sobrino, amado cachorro en el que haba puesto su
esterilidad todos los ardores de una madre fracasada.

Jaime se dio cuenta repentinamente de lo odioso de su accin. Un hombre
como l venir a provocar en pleno da a otro, en su propia casa! La
vieja tena razn para insultarle. El matn no era el _Ferrer_: era l,
seor de la torre, descendiente de tantos varones ilustres y orgulloso
de su origen.

La vergenza le hizo tmido, sumindolo en torpe confusin. No saba
cmo irse ni por dnde escapar. Al fin se ech la escopeta al hombro, y
con la vista en alto, como si persiguiese a un pjaro que saltaba de
rama en rama, emprendi la marcha por entre los rboles y la maleza,
evitando pasar otra vez ante la fragua.

Anduvo ahora cuesta abajo, hacia el valle, huyendo de aquella montaa a
la que le haba arrastrado un impulso homicida, avergonzado de sus
anteriores deseos. Volvi a encontrar a los hombres negros que hacan
carbn.

--_Bonas tardes tenguin!_

Contestaron a su saludo, pero en sus ojos de extraordinaria blancura
sobre el rostro tiznado crey notar Febrer algo de burla hostil, de
repulsiva extraeza, como si fuese l de otra casta, como si hubiera
cometido un acto inaudito que le colocaba fuera para siempre de la
comunidad humana de la isla.

Los pinos y sabinas quedaron atrs en la falda del monte. Caminaba ahora
entre bancales de tierra arada. En unos campos vio payeses que
trabajaban; en un ribazo encontr varias _atlotas_ que recogan hierbas,
encorvndose sobre el suelo; en un camino se cruz con tres viejos
marchando lentamente al lado de sus borricos.

Febrer, con la humildad del que se siente arrepentido de una mala
accin, saludaba a todos dulcemente.

--_Bonas tardes tenguin!_

Los labriegos le respondieron con un gruido sordo; las muchachas
torcieron la cara con un gesto de contrariedad para no verle; los tres
viejos contestaron al saludo tristemente, mirndole con ojillos
escrutadores, como si encontraran en su persona algo extraordinario.

Bajo una higuera, negro parasol de ramajes enroscados, vio a unos
payeses ocupados en escuchar a alguien que estaba en el centro del
corro. Al aproximarse Febrer hubo cierto movimiento en el grupo. Un
hombre surgi de l con rabioso impulso, y los otros le detuvieron,
cogindolo de los brazos, pugnando por contenerle. Jaime lo reconoci
por el lienzo blanco anudado bajo su sombrero. Era el cantor. Los
fuertes payeses sujetaron fcilmente con slo una mano al enfermizo
muchacho, pero ste, incapaz de moverse, desahog su rabia tendiendo un
puo hacia el camino, mientras las amenazas e insultos salan a
borbotones de su boca.

Estaba, sin duda, contando a los amigos lo ocurrido en la noche
anterior, cuando apareci Febrer. Adivinaba ste en las voces chillonas
las amenazas del _Cant_. Eran las mismas que haba proferido en _Can
Mallorqu_. Juraba matarle: prometa ir de noche a la torre del Pirata
para incendiarla y hacer pedazos a su dueo.

Bah! Jaime levant los hombros y sigui adelante, pero triste,
desesperado por el ambiente de repulsin y hostilidad cada vez ms
sensible en torno de l. Qu haba hecho? En dnde se haba metido?
Pegar a uno de la isla! l, un forastero..., y adems mallorqun!...

En su tristeza, crey que la isla entera, con todas sus cosas
inanimadas, asocibase a esta protesta de las gentes. Ante su paso se
despoblaban las alqueras; sus habitantes ocultbanse para no saludarlo;
los perros salan al camino ladrando saudamente, como si no le hubiesen
visto nunca.

Las montaas le parecan ms austeras y ceudas en sus cumbres de pelada
roca; los bosques, ms obscuros, ms negros; los rboles de los valles,
ms tristes y escuetos; las piedras del camino rodaban bajo sus pies,
como si huyesen de su contacto; el cielo tena algo de repelente; hasta
el aire de la isla acabara por huir de su boca. Febrer, en su
desesperacin, se vea solo. Todos contra l; nicamente le quedaba Pep
con su familia, pero stos acabaran alejndose igualmente, a impulsos
de la necesidad de vivir bien con sus vecinos.

El forastero no intentaba rebelarse contra su suerte. Sentase
arrepentido, avergonzado de la acometividad de la noche anterior y de su
reciente excursin a la montaa. Para l no haba sitio en la isla. Era
un forastero, un extrao que perturbaba con su presencia la vida
tradicional de aquellas gentes. Le haba recibido Pep con un respeto de
antiguo siervo, y pagaba tal hospitalidad perturbando su casa y la paz
de su familia. Le haban acogido las gentes con una cortesa algo
glacial, pero tranquila e inmutable, como a un gran seor forastero, y
l corresponda a este respeto golpeando al ms infeliz de todos ellos,
al que por su debilidad era considerado con una benevolencia paternal
por todos los payeses del distrito. Muy bien, mayorazgo de Febrer!
Desde haca algn tiempo que andaba como loco, sin discurrir otra cosa
que disparates. Y todo por qu?... Por amar absurdamente a una muchacha
que poda ser su hija; por un capricho casi senil, pues l, a pesar de
su relativa juventud, vease viejo, triste y miserable ante Margalida y
los rsticos _atlots_ que se agitaban en torno a su belleza. Ay, el
ambiente! El maldito ambiente!

En los tiempos de prosperidad, cuando habitaba l su palacio de Palma,
de ser Margalida una criada de su madre, slo habra sentido por ella el
apetito que inspira la frescura de la juventud, sin nada que se
pareciese al amor. Otras mujeres le dominaban entonces con la seduccin
de sus artificios y refinamientos. Pero aqu, en plena soledad, con el
ms imperioso de los instintos irritado por la privacin, viendo a
Margalida entre la morena y ruda hermosura de sus compaeras, bella como
una diosa blanca de las que inspiran veneracin religiosa a los pueblos
cobrizos, senta la demencia del deseo, y todos sus actos eran absurdos,
cual si hubiera perdido para siempre la razn.

Haba que huir: en la isla no quedaba sitio para l. Bien podra ser que
le engaase su pesimismo al apreciar la importancia del afecto que le
haba empujado hacia Margalida. Tal vez no era deseo, sino amor, el
primer amor verdadero de su vida: casi estaba seguro de ello. Pero
aunque as fuese, haba que olvidar y huir; huir cuanto antes.

Para qu seguir en esta tierra? Qu esperanza le retena?...
Margalida, como si resultase superior a sus fuerzas la sorpresa
experimentada al conocer su amor, hua de l, se ocultaba silenciosa,
slo saba llorar, y las lgrimas no eran una respuesta. Pep, por un
resto de veneracin tradicional, toleraba silencioso este capricho de
gran seor, pero iba a estallar de un momento a otro contra el hombre
que perturbaba su vida. La isla, que le haba aceptado cortsmente,
pareca alzarse ahora contra el forastero venido de lejos para
trastornar su patriarcal quietismo, su existencia concentrada, su
orgullo de pueblo aparte, con la misma fiereza que se haba alzado en
otros siglos contra el normando, el rabe o el berberisco desembarcados
en sus costas.

Imposible hacer frente a todos: huira. Sus ojos acariciaron una enorme
faja de mar tendida entre dos colinas, como un teln azul que ocultase
un desgarrn de la tierra. Aquel pedazo de mar era el camino salvador,
la esperanza, lo desconocido que nos abre sus brazos de misterio en los
momentos ms difciles de la existencia. Tal vez volviese a Mallorca,
para llevar una vida de mendigo respetable al lado de los amigos que an
se acordaban de l; tal vez pasase a la Pennsula y fuese a Madrid en
busca de un empleo; tal vez acabara embarcndose para Amrica. Todo era
preferible a seguir all. No senta miedo; no le intimidaba la
hostilidad de la isla y sus habitantes; lo que senta era remordimiento,
vergenza, por las perturbaciones que haba causado.

Instintivamente sus pies le llevaron hacia el mar, que era ahora su amor
y su esperanza. Evit el paso por _Can Mallorqu_, y al llegar a la
playa march por la orilla, donde la ltima palpitacin de las olas
llegaba a perderse, como delgada hoja de cristal, entre las menudas
guijas mezcladas con fragmentos de barro cocido.

Cuando estuvo al pie del promontorio de su torre, trep por las rocas
sueltas, yendo a sentarse en el pen rodo por las olas y casi
despegado de la costa. All haba estado reflexionando una noche de
tormenta, la misma en que se present como cortejante en casa de
Margalida.

La tarde era serena, el mar tena un intenso color de extraordinaria y
profunda transparencia. Los fondos de arena reflejbanse como manchas
lcteas; los peones submarinos y sus obscuras vegetaciones parecan
temblar con un rebullicio de vida misteriosa. Las nubes blancas que
flotaban en el horizonte, al pasar ante el sol trazaban sobre el mar
grandes espacios de sombra. Un pedazo de la extensin azul quedaba
obscuro y mate, mientras ms all de este manto movible las aguas
luminosas parecan hervir con burbujas de oro. A veces, el astro, oculto
tras las cortinas de nubes, lanzaba por debajo de su orla una manga
visible de luz, un chorro de linterna, un largo tringulo de blanquecino
resplandor, como el de un paisaje holands.

Nada en este aspecto del mar recordaba a Febrer aquella noche
tempestuosa; y sin embargo, por la asociacin que forman en nuestra
memoria las ideas olvidadas con los lugares antiguamente visitados
cuando volvemos a ellos, Febrer comenz a sentir los mismos
pensamientos, slo que ahora, en vez de seguir adelante, desfilaban en
sentido inverso, con una confusin de derrota.

Rea amargamente de su optimismo en aquella ocasin, de la confianza que
le haba hecho despreciar todas sus ideas sobre el pasado. Los muertos
mandan: su autoridad y su poder son indiscutibles. Cmo haba podido
l, a impulsos del entusiasmo amoroso, desconocer esta enorme y
desconsoladora verdad?... Bien le hacan sentir los lbregos tiranos de
nuestra vida todo el peso abrumador de su poder. Qu haba hecho l
para que en este rincn de la tierra, su ltimo refugio, le mirasen como
un extrao?... Las innumerables generaciones de hombres cuyo polvo y
cuya alma estaban confundidos con la tierra de la isla haban dejado
como herencia a los presentes el odio al extranjero, el miedo y la
repulsin al extrao, con el que vivieron siempre en guerra. l que
llegaba de otros pases era recibido con un aislamiento repelente,
ordenado por los que ya no existan.

Cuando, despreciando sus antiguos prejuicios, intentaba aproximarse a
una mujer, esta mujer replegbase misteriosa y asustada de tal
aproximacin. Era una obra de loco la suya: la conjuncin del gallo y la
gaviota soada por un fraile extravagante y que tanto haca rer a los
payeses. As lo haban querido los hombres en otros tiempos al fundar la
sociedad y dividirla en clases, y as deba continuar. Intil rebelarse
contra las cosas establecidas. La vida de un hombre era corta, y no
bastaba para batirse con centenares de miles de vidas que haban
existido antes de ella y parecan espiarla invisibles, oprimindola
entre creaciones materiales que eran recuerdo de su paso por la tierra,
abrumndola con sus pensamientos, que llenaban el ambiente y eran
aprovechados por todos los que nacan sin fuerza para discurrir algo
nuevo.

Los muertos mandan, y es intil que los vivos se resistan a obedecer.
Todas las rebeliones por salir de esta servidumbre, por romper la cadena
de los siglos, todas mentira. Febrer recordaba la rueda sagrada de los
indios, smbolo budista que haba visto en Pars al presenciar una
ceremonia religiosa oriental en un museo.

La rueda es el smbolo de nuestra vida. Creemos avanzar porque nos
movemos; creemos progresar porque vamos hacia adelante, y cuando la
rueda da la vuelta completa, nos encontramos en el mismo sitio. La vida
de la humanidad, la historia, todo era un interminable recomenzamiento
de las cosas. Nacen los pueblos, crecen, progresan; la cabana se
convierte en castillo y despus en fbrica; se forman las enormes
ciudades de millones de hombres, sobrevienen despus las catstrofes,
las guerras por el pan que escasea para tantas gentes, las protestas de
los desposedos, las grandes matanzas, y las ciudades se despueblan y
caen en ruinas. La hierba invade los orgullosos monumentos; las
metrpolis se hunden poco a poco en la tierra y duermen siglos y siglos
bajo colinas. El bosque bravo cubre la capital de remotas pocas; pasa
el cazador salvaje por donde en otro tiempo eran recibidos los caudillos
vencedores con aparato de semidioses; pacen las ovejas y sopla el pastor
en su caramillo sobre las ruinas que fueron tribuna de leyes muertas;
vuelven a agruparse los hombres y surge la cabana, la aldea, el
castillo, la fbrica, la ciudad enorme, y se repite lo mismo, siempre lo
mismo, con una diferencia de centenares de siglos, como se repiten de
unos hombres en otros iguales gestos, ideas y preocupaciones en el
transcurso de unos cuantos aos. La rueda! El eterno recomenzar de las
cosas! Y todas las criaturas del rebao humano cambiando de aprisco,
pero jams de pastores! y los pastores siempre eran los mismos, los
muertos, los primeros que pensaron, y cuyo pensamiento primordial fue
como el puado de nieve que rueda y rueda por las pendientes,
agrandndose, llevando adherido en su pegajosidad todo cuanto encuentra
al paso!... Los hombres, orgullosos de su progreso material, de los
juguetes mecnicos inventados para su bienestar, se crean libres,
superiores al pasado, emancipados de la servidumbre original, y todo
cuanto decan se haba dicho centenares de siglos antes, con diversas
palabras! Sus pasiones eran las mismas; sus pensamientos, que
consideraban propios, eran destellos y reflejos de otros pensamientos
remotos; y todos los actos que tenan por buenos o malos merecan esta
clasificacin inmutable, porque as lo haban decidido los muertos, los
tirnicos muertos, a los que el hombre tendra que matar de nuevo si
deseaba ser libre realmente... Quin llegara a realizar esta gran
hazaa libertadora? Qu paladn tendra fuerzas suficientes para matar
al monstruo que pesaba sobre la humanidad, enorme y abrumador, como los
dragones de las leyendas que guardaban bajo su corpachn intiles
tesoros?...

Febrer permaneci mucho tiempo inmvil en la roca, con los codos en las
rodillas y la mandbula en las manos, sumido en sus pensamientos,
hipnotizados los ojos por el manso subir y bajar de las aguas
palpitantes.

Cuando se arranc a esta meditacin comenzaba a caer la tarde...
Seguira su destino! l slo poda vivir en las alturas, aunque fuese
con la humildad del mendicante. Todos los caminos de descenso vealos
cerrados, Adis, felicidad buscada en un retroceso a la vida natural y
primitiva! Ya que los muertos no queran que fuese hombre, sera
parsito.

Sus ojos, vagando por el horizonte, fijronse en los blancos vapores que
se amontonaban sobre el lmite del mar. Cuando era pequeo y _mad_
Antonia le acompaaba en sus paseos por la costa de Sller, se haban
entretenido muchas veces dando cuerpo y nombre, con un esfuerzo de
imaginacin, a las nubes que se juntaban o se esparcan en una incesante
variedad de formas, viendo en ellas tan pronto un monstruo negruzco de
inflamadas fauces como una virgen entre celestes resplandores.

Un amontonamiento de nubes densas y ntidas cual blancos vellones atrajo
su mirada. Esta blancura luminosa era la del hueso pulido de los
crneos. Sueltas vedijas de vapor obscuro flotaban sobre esta nube. La
imaginacin de Febrer fue viendo en ellas dos agujeros negros y
espantables, un tringulo lbrego semejante al que deja la nariz
desaparecida en la faz de los muertos, y ms abajo un desgarrn inmenso,
trgico, igual a la risa muda de una boca sin labios y sin dientes.

Era la Muerte, la gran seora, la emperatriz del mundo, que se mostraba
a l con su blanca y mate majestad, en pleno da, desafiando los
esplendores del sol, el azul del cielo, el verde luminoso del mar. El
reflejo del astro moribundo pona una chispa de maligna vida en el seo
rostro de palidez de hostia, en la lobreguez de sus negras cuencas, en
su sonrisa que daba espanto... S; era ella! Las nubes esparcidas a ras
del mar parecan bullones y pliegues de una vestidura que ocultaba su
inmenso esqueleto; y otras nubes flotantes en lo alto, una amplia manga,
de la que se escapaban vapores ms sutiles e indecisos formando un brazo
de hueso rematado por un ndice seco y corvo como una ua de presa,
sealando lejos, muy lejos, el destino misterioso.

La visin se desvaneci rpidamente con el movimiento de las nubes.
Borrronse sus espantables contornos, adoptando otras formas
caprichosas; pero Febrer, al perderla de vista, no sali por esto de su
alucinacin.

Aceptaba la orden sin rebelarse: partira. Los muertos mandan, y l era
su siervo inerme. La luz de la cada de la tarde daba a los objetos un
relieve extrao. En los recovecos de la costa marcbanse vigorosas
sombras que parecan dar vida y formas animales a las piedras. A lo
lejos, un promontorio semejaba un len acurrucado junto a las olas,
mirando a Jaime con hostilidad silenciosa. Los peascos a flor de agua
sacaban y ocultaban sus negras cabezas coronadas de melenas verdes, como
gigantes anfibios de una humanidad monstruosa. El solitario vio por la
parte de Formentera un dragn inmenso que poco a poco avanzaba en la
lnea del horizonte, con larga cola de nubes, para devorar traidoramente
al sol moribundo.

Cuando la roja esfera, huyendo de este peligro, se sumergi en las
aguas, agrandada por un espasmo de terror, la tristeza gris del
crepsculo despert a Febrer de su alucinacin.

Psose de pie, recogi la escopeta abandonada junto a l, y emprendi el
camino de la torre. Iba preparando mentalmente el programa de su marcha.
No pensaba decir una palabra a nadie. Aguardara a que tocase en el
puerto de Ibiza el vapor correo de Mallorca, y slo en el ltimo momento
dara cuenta a Pep de su resolucin.

La certeza de abandonar muy pronto este retiro le hizo ver con inters
el interior de la torre al resplandor de una vela que acababa de
encender. Su sombra, gigantescamente agrandada y vacilante por las
oscilaciones de la luz, iba de un lado a otro en las blancas paredes,
eclipsando los objetos que las adornaban o haciendo que brillasen el
ncar de las conchas y el metal de la colgada escopeta.

Cierto carraspeo conocido atrajo a Febrer, y le hizo asomarse a lo alto
de la escalera. Un hombre envuelto en un mantn estaba en los primeros
peldaos. Era Pep.

--_El sopar_--dijo brevemente, tendindole una cesta.

Jaime la tom. Notbase en el pays un deseo de no hablar, y l, por su
parte, sinti cierto miedo de que rompiese su laconismo.

--_Bona nit!_

Pep emprendi el camino de regreso a su alquera luego de este breve
saludo, como un servidor respetuoso y enojado que slo se permite con su
amo las palabras indispensables.

Vuelto Jaime al interior de la torre, cerr la puerta, dejando la cesta
sobre la mesa. No senta apetito: cenara ms tarde. Cogi una pipa
rstica, labrada por un pays en una rama de cerezo, la llen de tabaco
y comenz a fumar, siguiendo con ojos distrados el revoloteo de las
espirales de humo, cuya azul sutilidad tomaba ante la vela una
transparencia irisada.

Luego busc un libro y quiso leer, pero fueron intiles todos los
esfuerzos por concentrar su atencin en la lectura.

Fuera de aquella cscara de piedra reinaba la noche, una noche lbrega,
de profundo misterio. Al travs de los muros pareca filtrarse ese
solemne silencio que cae de lo alto, y en el cual los ruidos ms leves
adquieren proporciones pavorosas, como si el rumor se escuchase a s
mismo.

Crea percibir Febrer los latidos de la circulacin de su sangre en esta
calma profunda. De vez en cuando escuchaba el chillido de una gaviota o
la agitacin momentnea de los tamariscos bajo una rfaga, murmullo
semejante al de las fingidas muchedumbres teatrales ocultas tras los
bastidores. En el techo de la habitacin sonaba a intervalos el
cric-cric montono de una carcoma royendo las vigas con un trabajo
incesante, inadvertido durante el da. El mar rasgaba la obscuridad con
un ronquido plcido, cuya ondulacin iba rompindose en todos los
salientes y recovecos de la costa.

Por primera vez se dio cuenta exacta de la soledad en que viva. Era
posible continuar esta existencia de eremita? Y cuando le sorprendiese
la enfermedad? Y cuando llegase la vejez?... A aquellas horas
comenzaban las ciudades una nueva vida bajo los blancos resplandores de
su alumbrado elctrico; cortbase la circulacin en las calles con la
aglomeracin de los coches; brillaban los escaparates, abranse los
teatros, sonaban las aceras bajo el gracioso taconeo de mujeres
hermosas. Y l estaba como un hombre primitivo en el interior de una
torre brbara, sin otro signo de civilizacin que aquella luz macilenta
que slo serva para hacer ms visibles las tinieblas, rodeado de un
silencio trgico, como si el mundo se hubiese dormido para siempre.
Adivinbase al otro lado del muro de piedra la sombra preada de
misterios y peligros. Ya no albergaba a la fiera, como en los tiempos
prehistricos, pero bien poda servir de guarida al hombre.

De pronto, Febrer, que permaneca inmvil, escuchndose a s mismo, con
una quietud semejante a la de los nios medrosos que temen removerse en
la cama por no aumentar el misterio que les rodea, se estremeci en su
asiento. Algo extraordinario cort el aire, dominando con su estridencia
los confusos ruidos de la noche. Era un grito, un aullido, un relincho,
una de aquellas voces hostiles y burlonas con que los _atlots_
vengativos se llamaban en la sombra.

Jaime sinti un impulso de levantarse, de correr a la puerta, pero luego
permaneci inmvil. El tradicional _auquido_ haba sonado a alguna
distancia. Deban ser mozos del _cuartn_ que escogan las inmediaciones
de la torre del Pirata para encontrarse arma en mano. Aquello no iba con
l; a la maana siguiente se enterara de lo ocurrido.

Abri otra vez el libro, intentando distraerse con la lectura; pero a
las pocas lneas se levant de un salto, arrojando sobre la mesa el
volumen y la pipa.

_Auuu!_ El relincho de reto, el aullido hostil y burln, haba
resonado casi al pie de la escalera de la torre, prolongndose con el
fuerte soplo de unos pulmones como fuelles. Casi al mismo tiempo son en
la obscuridad un rumor estridente de abanicos abiertos: las aves
marinas, sorprendidas en su sueo, salan disparadas de entre las rocas
para cambiar de guarida.

Era para l! Venan a retarlo a la puerta de su vivienda!... Mir
fijamente su escopeta; se llev la diestra a la faja, palpando el metal
del revlver, tibio por el contacto del cuerpo; dio dos pasos hacia la
puerta, pero se detuvo y alz los hombros con una sonrisa de
resignacin. l no era de la isla; l no entenda este lenguaje de
chillidos, y se crea a cubierto de tales provocaciones.

Volvi a su silla y cogi el libro, sonriendo con una alegra forzada.

--Grita, buen hombre! chilla, _aca_! Lo siento por ti, que puedes
constiparte al fresco, mientras yo estoy tranquilo en mi casa.

Pero esta conformidad burlona slo era aparente. Volvi a sonar el
aullido, ya no al pie de la escalera, sino algo ms lejos, tal vez entre
los tamariscos que cercaban la torre. El retador pareca haber tomado
posicin esperando que saliese Febrer.

Quin sera?... Tal vez el miserable _verro_, al que haba buscado por
la tarde; tal vez el _Cant_, que juraba pblicamente matarlo. La noche
y la astucia, que igualan las fuerzas de los enemigos, habran dado
nimos a este enfermo para marchar contra l. Tambin era posible que
fuesen dos o ms los que le aguardasen.

Son otro aullido, pero Jaime volvi a encogerse de hombros. Poda
gritar lo que quisiera su desconocido retador... Pero ay! imposible
leer! intil esforzarse por fingir tranquilidad!...

Los aullidos repetanse ahora rabiosamente, como los cacareos de un
gallo furioso. Jaime crey ver el cuello de aquel hombre, hinchado,
enrojecido, con los tendones vibrantes por la clera. El grito gutural
pareca adquirir poco a poco, al repetirse, los contornos y la
significacin de un lenguaje. Era irnico, burln, insultante; echaba en
cara su prudencia al forastero; pareca llamarle cobarde.

En vano intent no escuchar. Nublbase su vista, le pareci que la vela
ya no daba luz; en los intervalos de silencio, la sangre zumbaba en sus
odos. Pens que _Can Mallorqu_ estaba muy cerca, y tal vez Margalida,
trmula y pegada a un ventanuco, escuchaba estos aullidos frente a la
torre, donde estaba un hombre medroso oyndolos tambin, pero encerrado
como si fuese sordo.

No; no ms. Arroj esta vez definitivamente el libro sobre la mesa, y
luego, por instinto, sin saber ciertamente lo que haca, sopl la llama
de la vela. Al quedar en la obscuridad anduvo algunos pasos con las
manos avanzadas, olvidado completamente de los planes de ataque que
haba concebido momentos antes en su acelerado pensamiento. La clera
trastornaba sus ideas. La ceguedad repentina de su espritu slo tuvo
una idea, igual al ltimo destello de una luz que se aleja. Tocaba ya la
escopeta con sus manos palpantes, cuando desisti de cogerla. Necesitaba
un arma menos embarazosa; tal vez tendra que descender y arrastrarse
entre los matorrales.

Tir del interior de la faja, y el revlver se desliz fuera de su
madriguera con la suavidad de una bestia sedosa y tibia. Anduvo a
tientas hasta la puerta y la abri con lentitud, slo un pequeo
espacio, el necesario para asomar la cabeza, chirriando levemente sus
groseros goznes.

Pasando Febrer de la obscuridad de su habitacin a la difusa claridad de
la luz sideral, vio la mancha de las malezas en torno de la torre, ms
all la confusa blancura de la alquera, y enfrente la giba negra de los
montes cortando un cielo cargado de palpitaciones de estrellas. Esta
visin slo dur un instante: no pudo ver ms. Dos pequeos relmpagos,
dos culebreos de fuego marcronse uno tras otro en las tinieblas de los
matorrales, seguidos de dos estampidos que casi se confundieron.

Jaime experiment en su olfato una sensacin acre de plvora quemada,
que tal vez no fue ms que un fenmeno imaginativo. Al mismo tiempo
percibi sobre la cspide de su crneo un silencioso y violento choque,
algo anormal que pareci tocarle sin llegar a tocarle, la sensacin del
roce de una piedra. Algo cay sobre su rostro como una lluvia
impalpable. Sangre?... tierra?...

Su sorpresa slo dur un instante. Le haban hecho fuego desde el
matorral, en las inmediaciones de la escalera. El enemigo estaba all...
all! Vea en la obscuridad el punto de donde haban surgido los
fogonazos, y avanzando la diestra fuera de la puerta, dispar su
revlver una... dos... cinco veces: todas las cpsulas que contena el
cilindro.

Tir casi a ciegas, desorientado por la obscuridad y el desconcierto de
la clera. Un leve ruido de ramas tronchadas, una ondulacin casi
imperceptible del matorral, le llenaron de salvaje alegra. Haba
alcanzado al enemigo indudablemente, y en su satisfaccin, se llev una
mano a la cabeza para convencerse de que no estaba herido.

Al pasarla despus por su cara cay de sus mejillas y sus cejas algo
menudo y granujiento. No era sangre: era tierra, polvo de argamasa. Sus
dedos, deslizndose sobre el cuero cabelludo, estremecido an por el
roce mortal, tropezaron con dos agujeros de la pared, semejantes a
pequeos embudos, que guardaban una sensacin de calor. Las dos balas le
haban rozado, yendo a clavarse en el muro a una distancia casi
imperceptible de su cabeza.

Febrer sintise alegre por su buena suerte. l sano, inclume, y su
enemigo!... Dnde estara en aquel momento? Deba bajar para buscarle
entre los tamariscos y reconocerlo en su agona?... De pronto se repiti
el grito, el aullido salvaje, lejos, muy lejos, casi en las
inmediaciones de la alquera: un _auquido_ triunfante, burln, que Jaime
interpret como anuncio de prxima vuelta.

El perro de _Can Mallorqu_, excitado por los disparos, ladraba
lgubremente. A lo lejos, otros perros le contestaban. El aullido del
hombre se alej, con incesantes repeticiones, cada vez ms remoto, ms
dbil, hundindose en el misterio azul de la noche.




III


Apenas rompi el da, el _Capellanet_ se present en la torre.

Lo haba odo todo. Su padre, que tena el sueo fuerte, no estaba tal
vez enterado a aquellas horas del suceso. Ya poda ladrar el perro y
sonar junto a la alquera tantos disparos como en una guerra; el buen
Pep, cuando se acostaba cansado de sus faenas diurnas, era insensible
como un muerto. Los dems de la casa haban pasado una noche de
angustias. La madre, luego de varios intentos para despertar a su
esposo, sin conseguir otro xito que palabras incoherentes seguidas de
nuevos ronquidos, haba rezado hasta el amanecer por el alma del seor
de la torre, creyndolo muerto. Margalida, que dorma cerca de su
hermano, le haba llamado con voz queda y angustiosa al or los primeros
tiros. Oyes, Pepet?...

La pobre muchacha se haba incorporado en la cama, encendiendo el
candil; a su luz la haba visto el _atlot_, con el rostro plido y unos
ojos de loca. Ella, tan pudorosa y tmida, mostraba en su agitacin los
mayores secretos de su desnudez, olvidada de todo, retorcindose los
brazos, llevndose las manos a la cabeza. Haban matado a don Jaime: se
lo anunciaba el corazn. Y temblaba con el eco lejano de nuevos
disparos. Un verdadero rosario de tiros, segn deca el _Capellanet_,
haba contestado a las dos primeras detonaciones.

--sos fueron de usted, verdad, don Jaime?--continu el muchacho--. Los
conoc al momento y se lo dije a Margalida. Recuerdo la tarde que
dispar usted el revlver en la playa. Yo tengo mucho odo para estas
cosas.

Luego cont la desesperacin de su hermana, buscando las ropas en
silencio, queriendo vestirse para correr a la torre. Pepet la
acompaara. Pero despus, sbitamente acobardada, ya no quiso ir. Slo
saba llorar, y se opuso a que el muchacho cumpliera su propsito de
escaparse por las bardas del corral.

Haban odo el _auquido_ junto a la alquera, mucho despus de los
disparos; y al hablar de este grito, sonrea el muchacho con aire
malicioso. Luego, Margalida, sbitamente tranquilizada por las palabras
de su hermano, haba callado, quedando inmvil en el lecho; pero durante
toda la noche oy el _Capellanet_ suspiros de angustia y un ligero
murmullo, como si debajo del embozo una voz queda murmurase palabras y
palabras con incansable monotona. Tambin la joven haba estado
rezando.

Despus, al esparcirse la luz del alba, se levantaron todos, menos el
padre, que segua en su plcido sueo. Al asomarse las mujeres al
porche, dominadas por los ms lgubres pensamientos, esperaban
presenciar un cuadro horroroso: la torre destruida y colgando sobre sus
ruinas el cadver del seor. Pero el _Capellanet_ haba redo al ver la
puerta abierta, y junto a ella, como en otras maanas, a don Jaime, con
el busto desnudo, chapuzndose en un balde que l mismo traa de la
costa lleno de agua del mar.

No se haba equivocado al rerse de los terrores de las mujeres. A su
don Jaime no haba quien lo matase. Y esto lo deca l, que entenda de
hombres.

Luego, tras el breve relato que le hizo el seor de todo lo ocurrido en
la noche, examin, entornando los ojos con una expresin de inteligente,
los dos agujeros abiertos por las balas en la pared.

--Y usted tena la cabeza aqu, donde la tengo yo?... Futro!...

Su mirada reflej admiracin, devota idolatra, ante aquel hombre
portentoso que acababa de salvarse por un verdadero milagro.

Febrer interrog al muchacho sobre el supuesto agresor, fiando en su
conocimiento de las gentes del pas, y el _Capellanet_ sonri con aire
de persona importante. Haba escuchado el aullido. Era el mismo modo de
_aucar_ que tena el _Cant_: muchos se hubiesen imaginado que era l.
Lo mismo aullaba en las serenatas, en las tardes de baile y a la salida
de los cortejos.

--Pero no es l, don Jaime: estoy seguro. Si al _Cant_ le preguntan,
dir que s por darse importancia. Pero era el otro, el _Ferrer_, le
conoc la voz, y Margalida cree lo mismo.

A continuacin, con gesto grave, habl del necio miedo de las mujeres,
que sostenan la necesidad de avisar a la Guardia civil de San Jos.

--Usted no har eso. Verdad, don Jaime, que es un disparate? Los
civiles slo sirven para los cobardes.

La sonrisa despectiva y el encogimiento de hombros con que le contest
Febrer devolvieron al muchacho su aspecto alegre.

--Ya me lo figuraba yo: eso no se usa en la isla. Pero como usted es
forastero!... Hace usted bien: cada hombre debe defenderse l mismo;
para eso es hombre; y en caso apurado, buscar a los amigos.

Y al decir esto pavonebase, resumiendo en su persona toda la ayuda
poderosa con que poda contar don Jaime en momentos de peligro.

El _Capellanet_ quiso sacar provecho de este suceso, aconsejando al
seor la conveniencia de llevarle a vivir en la torre. Si l se lo peda
al _si_ Pep, ste no era capaz de negarle tal favor. Le convena a don
Jaime tenerle a su lado: siempre seran dos para defenderse. Y para
apoyar la urgencia de la peticin, recordaba el enfado del _si_ Pep, y
la certeza de que ste iba a llevarlo a Ibiza a principios de la semana
prxima, para encerrarle en el Seminario. Qu hara el seor cuando se
viese privado del ms fiel de sus amigos?...

Queriendo demostrar la utilidad de su presencia, censuraba los olvidos
de Febrer en la noche anterior. A quin poda ocurrrsele asomar la
cabeza a la puerta cuando de fuera le estaban _aucando_ con el arma
preparada? Por milagro no lo haban matado. Y la leccin que l le dio?
No recordaba su consejo de bajar por la ventana, a espaldas de la
torre, para sorprender al enemigo?...

--Es verdad--dijo Jaime, realmente avergonzado de su olvido.

El _Capellanet_, que saboreaba orgulloso el xito de estos consejos,
tuvo un sobresalto al mirar por el hueco de la puerta.

--_El pare!..._

Pep suba la cuesta lentamente, con los brazos atrs y el aspecto
meditabundo. El muchacho se alarm al verle. Indudablemente, vena
malhumorado por las recientes noticias: no le convena encontrarse con
l. Y repitiendo a Febrer una vez ms la conveniencia de que le guardase
como compaero, ech las piernas fuera de la ventana, apoy su vientre
en el alfizar, y se desliz por el muro.

El pays, al entrar en la torre, habl sin ninguna emocin del suceso de
la noche anterior, como si fuese un hecho normal que slo alteraba
levemente la monotona de la vida del campo. Las mujeres le haban
contado... l tena un sueo pesadsimo... De modo que no haba sido
nada?...

Escuch con los ojos bajos y los pulgares juntos el breve relato del
seor. Luego fue a la puerta, para contemplar las huellas de los
proyectiles.

--Un milagro, don Jaime, un verdadero milagro.

Volvi a su silla, permaneciendo inmvil largo rato, como si le costase
un gran esfuerzo interior hacer funcionar su tardo pensamiento.

--El demonio anda en libertad, seor... Era de esperar; ya lo dije yo...
Cuando se quieren cosas imposibles, todo se enreda y se acaba la paz.

Luego, levantando la cabeza, fij sus ojos fros y escrutadores en don
Jaime. Habra que avisar al alcalde; habra que decir todo esto a la
Guardia civil.

Febrer hizo un gesto negativo. No; era un asunto de hombres, que deba
ventilar l mismo.

Pep qued con la vista fija en el seor, de un modo enigmtico, como si
en su pensamiento luchasen encontradas ideas.

--Hace usted bien--dijo al poco rato el cachazudo pays.

Los forasteros pensaban de distinto modo, pero l se alegraba de que el
seor dijese lo mismo que deca su pobre padre (que en santa gloria
est). En la isla todos pensaban igual: lo antiguo era lo cierto.

Luego, Pep, sin consultar al seor, expuso su propsito de ayudarle en
su defensa. Era un deber de amistad. l tena su escopeta en la casa.
Haca tiempo que no la usaba, pero en sus mocedades, cuando viva su
famoso padre (que en santa gloria est), haba sido un regular tirador.
Vendra a pasar las noches en la torre, al lado de don Jaime, para que
ste no viviese solo, expuesto a una sorpresa durante el sueo.

Tampoco se extra el pays de la rotunda negativa del seor, algo
ofendido por la proposicin. l era un hombre, no un chiquillo
necesitado de compaa. Cada uno en su casa, y poda venir lo que la
suerte quisiera.

Pep asinti igualmente con movimientos de cabeza a estas palabras. Lo
mismo deca su padre, y como l todas las personas de bien que seguan
los antiguos usos. Pareca Febrer un hijo verdadero de la isla... Luego,
ablandado por la admiracin que le inspiraba la energa de don Jaime, le
propuso otro arreglo. Ya que el seor no quera compaa en su torre,
poda bajar a dormir en _Can Mallorqu_. Una cama se la improvisaran en
cualquier parte.

Febrer sintise tentado por la proposicin. Ver a Margalida!... Pero el
tono de flojedad con que el padre le invitaba y el gesto inquieto con
que aguard su respuesta le hicieron desistir. No; muchas gracias, Pep
se quedaba en la torre. Podan creer que cambiaba de vivienda a impulsos
del miedo.

El pays volvi a mover la cabeza con signos de asentimiento. Comprenda
esta actitud; lo mismo hara l en su situacin. Pero esto no era
obstculo para que Pep durmiese menos por la noche, y si oa gritos o
tiros cerca de la torre saliese al campo con su vieja escopeta.

Y como si esta obligacin que se impona de dormir con zozobra, pronto a
exponer la piel en defensa de su antiguo amo, rompiese la calma en que
se haba mantenido hasta entonces, el pays elev los ojos y junt sus
manos:

--_Ay, Sior!Sior!..._

El diablo andaba suelto; volva a repetirlo: ya no haba tranquilidad.
Todo por no creerle a l; por ir contra la corriente de los usos
antiguos, que establecieron personas ms sabias que las de ahora... En
qu parara todo esto?

Febrer intent tranquilizar al pays, y se le escap un pensamiento que
deseaba mantener oculto. Poda tranquilizarse Pep. l se marchaba para
siempre, no queriendo turbar su paz y la de su familia.

Ah! Era de veras que se iba el seor?... La alegra del campesino fue
tan grande y tan viva su sorpresa, que Jaime qued indeciso. Le pareci
ver en los ojillos del rstico, animados por el gozo de la noticia
inesperada, cierta malicia. Si creera aquel isleo que su repentino
viaje era por huir de los enemigos?...

--Me voy--dijo mirando a Pep con hostilidad--, pero no s cundo. Ms
adelante... cuando me parezca. Antes tengo que vivir aqu, para que me
encuentre el que me busque.

Pep tuvo un gesto de resignacin: se desvaneci su alegra; pero estuvo
prximo a asentir tambin a estas palabras, aadiendo que lo mismo
hubiese hecho su padre y lo mismo crea l.

Cuando el pays se levant para marcharse, Febrer, que estaba junto a la
puerta, distingui cerca de la alquera al _Capellanet_, y esto trajo a
su memoria el deseo del muchacho. Si a Pep no le molestaba su peticin,
poda dejar al _atlot_ para que le acompaase en la torre.

Pero el padre acogi su ruego speramente. No, don Jaime. Si necesitaba
compaa, all estaba l, que era un hombre. El muchacho a estudiar. El
diablo iba suelto, y hora era ya de imponer su autoridad y que la
familia no siguiese desarreglada. En la prxima semana pensaba llevarlo
al Seminario. Era su ltima palabra.

Febrer, al quedar solo, baj a la orilla del mar. El to Ventolera
reparaba con estopa y alquitrn las junturas de su barca, puesta en
seco. Tendido en ella como si fuese un enorme atad, buscaba con sus
dbiles ojos los intersticios, y al encontrar uno falto de carena, su
alegra le haca prorrumpir a toda voz en latinajos cantados.

Al notar que la barca se mova y ver apoyado en la borda al seor, el
viejo tuvo una sonrisa maliciosa, e interrumpi sus cnticos.

--_Hola, don Chaume!..._

Lo saba todo. Las mujeres de _Can Mallorqu_ le haban contado la
noticia, y a aquellas horas circulaba por el _cuartn_, pero de odo en
odo, como se debe hablar de estas cosas, sin que se enteren las gentes
de la justicia, que slo sirven para enredarlo todo. Conque le haban
buscado la noche anterior, _aucndolo_ para que saliese de la torre?...
Ji, ji! A l tambin... a l tambin, en otros tiempos, cuando haca el
amor a su difunta entre dos viajes, lo haba _aucado_ cierto camarada
que era rival suyo. Pero l se llev a la muchacha por tener la mano ms
lista; total, una cuchillada al amigo en pleno pecho, que le tuvo mucho
tiempo entre la vida y la muerte. Luego haba vivido en guardia siempre
que bajaba a tierra, para librarse de la venganza de su enemigo; pero
los aos pasan, todo se olvida, y los dos compadres acabaron por
contrabandear juntos, navegando desde Argel a Ibiza o las costas de
Espaa.

El to Ventolera rea, con risa infantil, complacido por estos recuerdos
juveniles que resurgan en su memoria siempre que oa hablar de tiros,
cuchilladas y provocaciones en la noche. Ay! A l ya no lo _aucaran_!
Esto quedaba para los jvenes. Y su acento era melanclico al no verse
mezclado en los lances de amor y de guerra, que juzgaba indispensables
para una existencia feliz.

Febrer le dej cantando la misa mientras terminaba su carenaje. En la
torre encontr la cesta de su comida sobre la mesa. El _Capellanet_ la
haba dejado sin esperar, obedeciendo sin duda a algn llamamiento
urgente de su padre malhumorado. Despus de comer volvi Jaime a
contemplar los dos agujeros que los proyectiles haban abierto en el
muro. Pasada la excitacin del peligro, y al apreciar framente la
gravedad de ste, sinti una clera vengativa, ms intensa que la que le
haba impulsado hacia la puerta en la noche anterior. Unos milmetros
ms abajo al apuntar, y habra rodado en la obscuridad, al pie de la
puerta, como una bestia cazada. Cristo! Y as poda morir un hombre de
su clase, vctima de la traicin y el acecho de uno de aquellos
rsticos!...

Su clera tom un impulso vengativo. Sinti la necesidad de provocar, de
ser arrogante, de aparecer sereno y amenazador ante aquellos hombres,
entre los cuales se ocultaban sus adversarios.

Descolg la escopeta, examin sus cargas, se la ech al hombro y
descendi de la torre, tomando el mismo camino de la tarde anterior. Al
pasar junto a _Can Mallorqu_, los ladridos del perro hicieron salir a
la puerta a Margalida y su madre. Los hombres estaban en un campo lejano
que cultivaba Pep. La madre, lloriqueante y con la palabra cortada por
la emocin, slo saba coger las manos del seor.

--_Don Chaume! Don Chaume!..._

Deba tener mucho cuidado, salir poco de la torre, estar en guardia
contra los enemigos. Y Margalida, silenciosa, con los ojos
desmesuradamente abiertos, contemplaba a Febrer, revelando admiracin y
zozobra. No saba qu decir; su alma simple pareca recogerse
humildemente, no encontrando palabras para expresar sus pensamientos.

Jaime continu su camino. Al volverse repetidas veces vio a Margalida,
de pie bajo el porche, siguindolo con visible ansiedad. El seor iba de
caza como otras veces, pero ay! tomaba el sendero de la montaa, iba
hacia el bosque de pinos, en una de cuyas calvas estaba la herrera.

Durante el camino rumiaba Febrer proyectos de ataque. Estaba resuelto a
una accin inmediata. Apenas saliese el _verro_ a la puerta de su casa,
le disparara los dos tiros de la escopeta. l ventilaba sus negocios a
la luz del sol, y sera ms afortunado: sus dos balas no iran a
clavarse en el muro.

Pero al llegar a la fragua la encontr cerrada. Nadie! El herrero haba
desaparecido; la vieja vestida de negro no estaba all para recibirle
colrica con el fulgor hostil de su nico ojo.

Se sent al pie de un rbol como la otra vez, con la escopeta preparada,
resguardndose detrs del tronco, por si esta soledad ocultaba una
asechanza. Transcurri mucho tiempo; las palomas silvestres, enardecidas
por la calma y la soledad de la fragua, revoloteaban en la plazoleta sin
fijarse en el cazador, inmvil y olvidado de ellas. Un gato avanzaba
lentamente por el ruinoso tejado, con estiramientos de tigre,
pretendiendo atrapar a los inquietos gorriones.

Pas ms tiempo. La espera y la inmovilidad serenaron a Febrer. Qu
haca all, lejos de su casa, en medio del monte, prximo ya el
crepsculo, esperando a un enemigo de cuya culpabilidad slo tena vagos
indicios? El herrero tal vez estaba en su casa. Se habra encerrado al
verle llegar, y era intil esperarle. Tambin poda ser que se hubiera
marchado lejos, con la vieja, y no volviese hasta bien entrada la noche.
Deba partir.

Y con la escopeta en la mano, para ser el primero en disparar si
encontraba al enemigo, emprendi el regreso al valle.

Otra vez volvi a encontrar en el camino payeses y muchachas que le
miraron con tenaz curiosidad, contestando apenas a su saludo. Otra vez
vio al _Cant_ con su cabeza entrapajada, en el mismo sitio, rodeado de
amigos, a los que hablaba con violentas gesticulaciones. Al reconocer al
seor de la torre, antes de que sus camaradas pudieran sujetarle, se
agach, y agarrando dos piedras en los endurecidos surcos, arrojlas
contra aqul. Los rsticos proyectiles, a impulsos de un brazo dbil, no
llegaron a hacer la mitad de su camino. Luego, irritado por la
despectiva serenidad de Febrer, que segua adelante, el _atlot_,
prorrumpi en amenazas. Matara al mallorqun! lo declaraba a gritos.
Que todos supiesen que l juraba el exterminio de este hombre!

Jaime sonri tristemente ante estas amenazas. No; el cordero rabioso no
era el que haba venido a la torre del Pirata a matarle. Sus
escandalosas vociferaciones bastaban para demostrarlo.

El seor pas tranquilamente la primera parte de la noche. Luego de
cenar, cuando se fue el hermano de Margalida con la triste certeza de
que su padre no desista de llevarlo al Seminario, Jaime cerr la
puerta, colocando tras ella la mesa y las sillas. Tema ser sorprendido
durante el sueo. Apag la luz y fum en la obscuridad, complacindose
en el latido del pequeo tizn del cigarro, que se ensanchaba con sus
chupetones. Tena la escopeta cerca y el revlver en la faja, pronto a
hacer uso de ellos al menor movimiento de la puerta. Habituado su odo a
los rumores de la noche y a la respiracin del mar, buscaba al travs de
stos un roce, un indicio de que en aquella soledad haba otros seres
humanos aparte de l.

Pas mucho tiempo. A la luz del cigarro mir la esfera de su reloj. Las
diez. Lejos sonaron ladridos, y Jaime crey reconocer al perro de _Can
Mallorqu_. Tal vez delataba el paso de alguien aproximndose a la
torre. Ya estaba cerca el enemigo: era posible que se arrastrase
cautelosamente, fuera de la senda, entre las ramas de los tamariscos.

Se incorpor, requiriendo la escopeta, buscando en su faja el revlver.
Tan pronto como oyese un grito de reto o un temblor en la puerta, se
echaba ventana abajo, y dando vuelta a la torre, coga al enemigo por la
espalda.

Pas ms tiempo... Nada! Febrer quiso mirar el reloj, pero sus manos no
obedecan a su voluntad. Ya no brillaba en la sombra la punta rojiza del
cigarro. Su cabeza haba acabado por caer sobre la almohada; sus ojos se
cerraron: oy gritos de reto, tiros, maldiciones, pero esto fue en un
estado anormal, como si viviese en otro mundo, donde los insultos y los
ataques no despertaban su sensibilidad. Luego... nada: una sombra densa,
una noche profunda e interminable, sin el ms leve destello de visin...
Le despert un rayo de sol que, pasando por una rendija de la ventana,
vena a dar en sus ojos. Renaci con la luz diurna la blancura de
aquellos muros, que parecan sudar durante la noche la sombra y el
brbaro misterio de otros siglos.

Jaime se levant contento, y al deshacer la barricada de muebles que
obstrua la puerta, rio algo avergonzado de su precaucin,
considerndola casi una cobarda. Las mujeres de _Can Mallorqu_ le
haban trastornado con su miedo. Quin poda venir a buscarle en la
torre, sabiendo que estaba alerta y lo recibira a tiros! La ausencia
del _Ferrer_ cuando l se haba presentado en la fragua y la calma de la
noche anterior daban que pensar a Jaime. Estara herido el _verro_? Le
habra alcanzado alguna de sus balas?...

Pas la maana en el mar. El to Ventolera le llev hasta el Vedr,
alabando la ligereza y otros mritos de su barca. La reparaba ao tras
ao, no quedando en ella ni una astilla de su primitiva construccin.
Pescaron al abrigo de las rocas hasta media tarde. Al volver a la torre,
Febrer vio al _Capellanet_ que corra por la playa agitando en lo alto
una cosa blanca.

Antes de saltar a tierra, cuando la barca hunda su proa en la grava, el
muchacho le grit con la impaciencia del que trae una gran noticia:

--_Una carta, don Chaume!_

Una carta!... En aquel rincn del mundo, el ms extraordinario suceso
que poda turbar la vida ordinaria era la llegada de una carta. Febrer
la revolvi en sus manos, examinndola como algo extrao y lejano. Mir
el sello; luego mir la letra del sobre... La conoca; despertaba en su
memoria la misma impresin de un rostro amigo al que no podemos asociar
un nombre. De quin era?...

El _Capellanet_, mientras tanto, daba explicaciones sobre este gran
suceso. La carta la haba trado el peatn a media maana. Era del
vapor-correo de Palma, llegado a Ibiza en la noche anterior. Si deseaba
contestarla, deba hacerlo sin prdida de tiempo. El buque volvera a
Mallorca al da siguiente.

Mientras iba Jaime hacia la torre, rompi el sobre y busc la firma,
casi al mismo tiempo que en su memoria se precisaba el recuerdo y surga
un nombre: Pablo Valls!... El capitn Pablo le escriba luego de medio
ao de silencio, y su carta era larga: varias hojas de papel comercial
cubiertas de apretada escritura.

A las primeras lneas, el mallorqun sonri. El capitn estaba all, en
aquellos renglones, con su ruda y desbordante personalidad, escandaloso,
simptico y agresivo. Febrer crey contemplar sobre el papel su nariz
enorme y pesada, sus patillas canosas, sus ojos de color de aceite con
pintas de tabaco, su chambergo abollado puesto de travs.

La carta comenzaba de un modo terrible: Querido sinvergenza. Y en el
mismo estilo seguan los primeros prrafos.

--Esto vale la pena--murmur sonriendo--. Esto hay que leerlo despacio.

Y guardando la carta, con el regodeo del que se reserva un gran placer,
Jaime subi a la torre despus de despedir al muchacho.

Sentado junto a la ventana, con el busto echado atrs y la espalda
apoyada en la mesa, comenz a leer. Una explosin de furia cmica, de
insultos cariosos, de indignaciones por cosas olvidadas, llenaba las
primeras pginas. Pablo Valls desbordaba su graciosa incoherencia, como
un charlatn condenado largo tiempo al silencio y que sufre el suplicio
de una verbosidad comprimida. Echaba en cara a Febrer su origen y su
orgullo, que le haban impulsado a huir sin despedirse de los amigos.
Al fin, de raza de inquisidores. Sus abuelos haban quemado a los de
Valls: que no lo olvidase! Pero en algo haban de distinguirse los
buenos de los malos; y l, el rprobo, el _chueta_, el hereje aborrecido
de unos y otros, haba correspondido a esta falta de amistad ocupndose
de los asuntos de Jaime. Seguramente le habra escrito varias veces de
esto su amigo Toni Claps, cuyos negocios marchaban bien, como siempre,
aunque acababa de sufrir algunas contrariedades. Le haban cogido dos
barcas cargadas de tabaco.

Pero no divaguemos: al grano. Ya sabes que soy un hombre prctico, un
verdadero ingls, enemigo de perder el tiempo.

Y el hombre prctico, el ingls, para no divagar ms, cubra otras dos
hojas con las explosiones de su indignacin contra todo lo que le
rodeaba: contra sus hermanos de raza, tmidos y humildes, que
besuqueaban la mano enemiga; contra los nietos de los antiguos
perseguidores; contra el feroz padre Garau, del que no quedaba ya ni
polvo; contra la isla entera, la famosa _Roqueta_, a la que vivan
sujetos los suyos por un amor al terruo, pagado siempre con
aislamientos e insultos.

Pero no divaguemos: orden, mtodo y claridad. Sobre todo, escribamos
prcticamente. La falta de carcter prctico es lo que nos pierde.

Y hablaba a continuacin de la Papisa Juana, tremenda seora que Pablo
Valls haba visto siempre de lejos, por ser para ella la personificacin
de todas las impiedades revolucionarias y todos los pecados de su raza.
Por este lado no tengas esperanza. La ta de Febrer slo se acordaba
de l para lamentarse de su mal fin y alabar la justicia del Seor, que
castiga a los que caminan por malos senderos y se apartan de las santas
tradiciones de la familia. Unas veces le crea en Ibiza la buena seora;
otras afirmaba saber con certeza que haban visto a su sobrino en
Amrica, dedicado a los ms bajos oficios. De todos modos, cachorro de
inquisidor, tu santa ta no se acuerda de ti y no debes esperar de ella
el menor auxilio. Ahora se murmuraba en la ciudad que renunciando
definitivamente a las pompas del mundo y tal vez a la Rosa de Oro
pontifical, que nunca acababa de llegar, entregara sus bienes a los
sacerdotes de su corte, yendo a encerrarse en un convento con todas las
comodidades de una dama de privilegio. La Papisa se alejaba para
siempre; imposible esperar nada de ella. Y aqu entro yo, pequeo
Garau; yo el rprobo, el _chueta_, el rabudo, que deseo ser adorado y
reverenciado por ti como si fuese la Providencia.

Al fin, el hombre prctico, el enemigo de las divagaciones, cumpla su
promesa, y el estilo de la carta tornbase conciso, con una sequedad
comercial. Primeramente un largo relato de los bienes que an posea
Jaime antes de partir de Mallorca, esclavos de toda clase de gravmenes
e hipotecas; luego una lista de sus acreedores, que era mayor que la de
los bienes, seguida de una relacin de intereses y obligaciones,
enmaraada red en la que se perda la memoria de Febrer, pero por en
medio de la cual caminaba Valls rectamente, con la seguridad de los de
su raza para desentraar los ms confusos negocios.

El capitn Pablo haba pasado medio ao sin escribir a su amigo, pero
ocupndose todos los das de sus asuntos. Haba peleado con los ms
feroces usureros de la isla, insultando a unos, venciendo a otros en
astucia, valindose de la persuasin o de la bravata, avanzando dineros
para satisfacer los crditos ms urgentes, cuyos tenedores amenazaban
con el embargo y la venta. Total: haba dejado limpia y sana la fortuna
de su amigo, pero sta resurga del terrible combate achicada y casi
insignificante. Slo le restaban a Febrer unos miles de duros: tal vez
no llegaran a quince; pero mejor era esto que vivir en su antiguo
ambiente de gran seor sin tener que comer y sometido a las exigencias
de los acreedores. Ya es hora de que vuelvas. Qu haces ah? Vas a
estar toda tu vida como un Robinsn en esa torre de piratas? Deba
volver inmediatamente, para vivir en alegre modestia. La vida en
Mallorca es barata. Adems, poda solicitar un empleo del Estado. Con su
nombre y sus relaciones no era difcil conseguirlo.

Tambin poda dedicarse al comercio, bajo la direccin y consejo de un
hombre como l. Si deseaba viajar, no le sera difcil a Valls buscarle
una colocacin en Argelia, en Inglaterra o en Amrica. El capitn tena
amigos en todas partes. Vuelve pronto, pequeo Garau, inquisidor
simptico; no te digo ms.

Pas Febrer el resto de la tarde leyendo la carta o paseando por los
alrededores de la torre, conmovido por tales noticias. Los recuerdos de
su pasada existencia, amortiguados por la vida solitaria, surgan ahora
con el mismo relieve que si fuesen sucesos del da anterior. Los cafs
del Borne! Sus amigos del Casino!... Volver all, pasando de un salto
a la vida ciudadana, luego de su reclusin casi salvaje en la torre!...
Se marchara cuanto antes: estaba resuelto a ello. Partira a la maana
siguiente, aprovechando el viaje de vuelta del mismo vapor que haba
trado la carta.

El recuerdo de Margalida surgi en su memoria, pretendiendo retenerle en
la isla. La vea blanca, con sus adorables redondeces y sus ojos tmidos
y bajos, que parecan ocultar como un pecado el negro ardor de sus
pupilas. Dejarla! no verla ms!... Y ella iba a ser de uno de
aquellos brbaros, que profanaran su belleza usndola en las faenas del
campo, convirtindola poco a poco en una bestia agrcola, negra, callosa
y arrugada!...

Pero una afirmacin pesimista le arranc al poco tiempo de esta duda
cruel. Margalida no le amaba, no poda amarle. Un mutismo desconcertante
y lgrimas misteriosas era todo lo que l haba podido conseguir con sus
declaraciones de amor. A qu empearse en conquistar lo que a todos
pareca imposible? Por qu seguir la lucha sorda con toda la isla, por
una mujer que an no saba l ciertamente si le amaba?

La alegra de las recientes noticias volvi escptico a Febrer. Nadie
se muere de amor. Le costara un gran esfuerzo abandonar aquella tierra
al da siguiente; experimentara honda tristeza al perder de vista la
blancura africana de _Can Mallorqu_. Pero al sentirse libre del
ambiente de la isla y volver a su antigua existencia, tal vez no fuese
Margalida ms que un plido recuerdo, y l reira el primero de esta
pasin de una _atlota_ hija de un antiguo arrendatario de su familia.

No vacil ms. Esta noche la pasara en la soledad de la torre, como un
hombre primitivo de los que viven acechados por el peligro, dispuestos a
matar; a la noche siguiente estara sentado ante la mesa de un caf,
bajo el resplandor de los focos elctricos, viendo carruajes junto a las
aceras y pasando por el centro del Borne mujeres ms hermosas que
Margalida. A Mallorca! No vivira en un palacio: el casern de los
Febrer lo perda para siempre en el arreglo revolucionario y salvador
ideado por el amigo Valls; pero no le faltara una casita pequea y
limpia en el Terreno u otro barrio vecino al mar, y en ella la compaa
y los cuidados maternales de _mad_ Antonia. Ninguna tristeza, ninguna
vergenza le esperaba all. Hasta se vera libre de don Benito Valls y
de su hija, a los que haba abandonado de un modo incorrecto, sin
palabras de excusa. El rico _chueta_, segn anunciaba su hermano en la
carta, viva ahora en Barcelona para cuidar mejor de su salud.
Indudablemente, como crea el capitn Pablo, este viaje era para
encontrar un yerno lejos de las preocupaciones que perseguan en la isla
a los de su raza.

Al cerrar la noche lleg el _Capellanet_ llevando la cesta de la cena.
Mientras Febrer coma vidamente, con el buen apetito de la alegra, el
muchacho anduvo por la habitacin, atisbando con ojos ansiosos, por si
poda encontrar aquella carta que haba excitado su curiosidad. Nada.
La alegra del seor acab por contagiarle, y rio tambin, sin saber de
qu, creyndose obligado a mostrar buen humor, ya que don Jaime estaba
contento.

Febrer brome sobre su prxima ida al Seminario. Pensaba hacerle un
regalo, pero un regalo extraordinario, como l no poda imaginrselo, y
al lado del cual nada valdra el cuchillo. Sus ojos, al decir esto,
miraban la escopeta colgada del muro.

Cuando se fue el muchacho, cerr la puerta y se entretuvo a la luz de la
vela en hacer el inventario y distribucin de los objetos que llenaban
su vivienda. En un antiguo arcn de madera, tallado a cuchillo
groseramente, estaban dobladas con cuidado por Margalida, entre hierbas
olorosas, las ropas con que haba llegado l de Mallorca. Las vestira a
la maana siguiente. Pens con cierto terror en el suplicio de las botas
y el tormento del cuello de la camisa, despus de su larga temporada de
campestre libertad; pero quera salir de la isla lo mismo que haba
venido a ella. Lo dems lo regalaba a Pep y la escopeta a su hijo,
riendo del gesto del pequeo seminarista ante este presente, que llegaba
algo tarde... Ya cazara, con ella cuando fuese cura de uno de los
_cuartones_ de la isla.

Volvi a sacar del bolsillo la carta de Valls, complacindose en leerla
lentamente, como si cada vez encontrase en su texto nuevas noticias.
Mientras lea estos prrafos, que ya le eran familiares, su pensamiento
trabajaba aparte a impulsos de la alegra. El buen amigo Pablo! Y qu
a tiempo llegaban sus consejos!... Le sacaba de Ibiza en el instante ms
oportuno, cuando se vea en guerra abierta con todas aquellas gentes
rudas, que deseaban la muerte del forastero. No se equivocaba el
capitn. Qu haca all, como un Robinsn, que ni siquiera poda
disfrutar la placidez de la soledad?... Valls, oportuno como siempre, le
libraba del peligro.

Su vida de horas antes, cuando an no haba recibido la carta, parecale
absurda y ridcula.. Ahora era otro hombre. Sonrea con lstima y
vergenza de aquel loco que el da anterior, llevando la escopeta al
hombro, haba emprendido el camino de la montaa para buscar a un
antiguo presidiario, retndolo a brbaro combate en la soledad del
bosque. Como si toda la vida del planeta estuviese concentrada en la
pequea isla y hubiera que matar para poder existir en ella!... Como si
no hubiese vida ni civilizacin ms all de la sbana azul que rodeaba a
este pedazo de tierra, con su grupo humano de almas primitivas,
petrificadas en las costumbres de otros siglos! sta era la ltima noche
de su existencia salvaje. Al da siguiente, todo lo ocurrido no sera
ms que una aglomeracin de recuerdos interesantes, con cuyo relato
podra entretener a sus amigos del Borne.

Cort Febrer repentinamente sus pensamientos, separando los ojos del
papel. Al encontrar su mirada una mitad de la habitacin en la sombra y
otra mitad en una luz rojiza que haca temblar los objetos, pareci
volver del lejano viaje al que le arrastraba su imaginacin. An viva
en la torre del Pirata; an estaba en medio de lobregueces, de una
soledad poblada por los rumores de la Naturaleza, en el interior de un
cubo de piedra cuyas paredes parecan sudar lbrego misterio.

Algo haba sonado fuera de la torre: un grito, un aullido, distinto del
de la otra noche, ms sofocado, ms lejano. Jaime tuvo la sensacin de
que este grito vena de muy cerca, de que tal vez lo lanzaba alguien
oculto en los grupos de tamariscos.

Concentr su atencin, y al poco rato el aullido volvi a sonar. Era el
mismo _aucamiento_ de la otra noche, pero sordo, quedo, ronco, como si
el que lo lanzaba tuviese miedo de que el grito se esparciese demasiado,
colocando sus manos en torno a la boca para enviarlo con esta bocina
natural nicamente hacia la torre.

Pasada la primera sorpresa, rio silenciosamente, encogiendo los hombros.
No pensaba moverse. Qu le importaban ya estas costumbres primitivas,
estos retos de payeses? Alla, buen hombre; grita hasta que te canses:
estoy sordo.

Y para distraer su atencin volvi a leer la carta, complacindose en el
saboreo de la larga lista de acreedores, muchos de cuyos nombres
evocaban visiones colricas o grotescos recuerdos.

El aullido continu sonando a largos intervalos, y cada vez que su ronca
estridencia cortaba el silencio, Febrer se estremeca de impaciencia y
de clera. Cristo! Iba a pasar as la noche, desvelado por esta
serenata amenazadora?...

Pens que tal vez el enemigo, oculto en la maleza, vea las rendijas de
la puerta iluminadas y esto le haca persistir en sus provocaciones.
Apag la vela y se tendi en la cama, experimentando una sensacin de
bienestar al verse en la obscuridad, con la espalda hundida en las
crujientes blanduras del jergn. Poda aullar horas y horas hasta perder
la voz aquel brbaro. l no quera moverse. Qu le importaban sus
insultos?... Y rio con una alegra de bienestar animal, en la blandura
de su lecho, mientras el otro enronqueca oculto tras los matorrales,
con el arma preparada y el ojo atento. Qu chasco para el enemigo!...

Febrer casi se durmi arrullado por estos gritos de amenaza. Haba
colocado tras la puerta la misma barricada de la noche anterior.
Mientras sonasen los gritos tena la certeza de que ningn peligro le
amenazaba. De pronto, se incorpor, repeliendo ese sopor que precede al
sueo. Ya no sonaban aullidos. Lo que le haba desvelado era el misterio
del silencio, ms amenazador e inquietante que las vociferaciones de la
hostilidad.

Avanzando la cabeza, crey percibir entre los rumores confusos y
fundidos de la respiracin nocturna un roce, un leve crujir de madera,
algo semejante al ligero peso de un gato trepando de peldao en peldao
por la escala de la torre, con largas pausas de inmovilidad.

Jaime busc el revlver y aguard con l en la diestra. El arma pareca
temblar entre sus dedos. Comenzaba a sentir la clera del hombre fuerte
que adivina junto a su puerta el rondar de un enemigo.

La lenta ascensin se detuvo, tal vez en mitad de la escala, y tras
largo silencio, oy el solitario una voz queda, una voz que sonaba slo
para l. Era la voz del _Ferrer_: la reconoca. Le invitaba a salir; le
llamaba cobarde, uniendo a este insulto otras injurias para la odiada
isla donde haba nacido.

Con irreflexivo impulso, se levant Jaime de la cama, sonando
ruidosamente el jergn bajo el hundimiento de sus rodillas. Al estar de
pie, en la obscuridad, con el revlver en la mano, volvi a tenerse
lstima por este movimiento y a despreciar a su retador. Por qu
hacerle caso? Deba volver a acostarse... Hubo una larga pausa, como si
el enemigo, al escuchar los crujimientos del jergn, esperase que el
habitante de la torre fuera a salir de un momento a otro. Pero
transcurri algn tiempo, y la voz ronca e injuriosa volvi a sonar en
la calma de la noche. Le llamaba cobarde otra vez; invitaba a salir al
mallorqun. Sal, hijo de...

Febrer, ante este insulto, tembl, guardndose el revlver en la faja.
Su madre, su pobre madre, plida, enferma, dulce como una santa,
resucitando con el ms infamante de los insultos en la boca de aquel
presidiario!...

Anduvo instintivamente hacia la puerta, tropezando a los pocos pasos con
la mesa y las sillas amontonadas. No; la puerta no... Un rectngulo de
luz brumosa y azul se marc en el muro lbrego. Jaime acababa de abrir
la ventana. El fulgor sideral ilumin dbilmente la contraccin de su
rostro, un rictus fro, desesperado, cruel, que le daba gran semejanza
con el comendador don Pramo y otros navegantes de guerra y destruccin,
cuyos retratos se empolvaban en el palacio de Mallorca.

Sentse en el alfizar, echando las piernas fuera, y lentamente empez a
descender, tanteando con los pies las oquedades del muro para evitar que
rodasen piedras sueltas, denuncindole con su estrpito.

Al tocar tierra sac el revlver de la faja, y agachndose, casi de
rodillas, con una mano en el suelo, comenz a seguir el contorno de la
base de la torre. Sus pies se enredaron en las races de los tamariscos
que el viento haba dejado al descubierto, y se hundan en la arena como
maraas de serpientes negras. Cada vez que un tropezn de stos le haca
vacilar, obligndole a rudos tirones para seguir adelante, cada vez que
una piedra rodaba o cruja, detenase, conteniendo su respiracin.
Temblaba, no de miedo, sino de ansiedad y zozobra, con la inquietud del
cazador que teme llegar tarde. Ah, si caa sobre el enemigo, si le
pillaba cerca de la puerta, lanzando a media voz sus mortales
injurias!...

Arrastrndose como una bestia, casi a flor del suelo, lleg a ver el
extremo inferior de su escala, luego los peldaos superiores, y al fin
la puerta negra en mitad del cubo de la torre, que apareca blanco bajo
el fulgor de las estrellas. Nadie! El enemigo haba huido.

La sorpresa le hizo incorporarse, avizorando con inquietud la negra y
ondulante mancha de matorrales que se extenda ladera abajo. Este examen
dur poco. Un culebreo rojo, una ondulacin llameante y breve, seguida
de una nubecilla y de un trueno, sali de entre los tamariscos, a corta
distancia de l. Jaime crey recibir en el pecho una piedra, un guijarro
caliente que tal vez haba hecho saltar el estrpito de la detonacin.

No es nada!, pens.

Pero al mismo tiempo viose en el suelo, sin saber cmo, tendido de
espaldas.

No es nada!, pens otra vez.

Y revolvindose instintivamente, dio la vuelta, quedando con el pecho en
tierra, apoyado en una mano y tendiendo la otra, que empuaba el
revlver. Sentase fuerte, repeta en su interior que aquello no era
nada, pero el cuerpo se neg con sbita torpeza a obedecer su voluntad.
Pareca pegado al suelo por una dolorosa simpata.

Vio agitarse los matorrales como movidos por una bestia obscura,
cautelosa y maligna. All estaba el enemigo. Primero avanz la cabeza,
luego el busto, al fin sac las piernas de entre el ramaje crujidor.

Febrer, con la rpida visin que acompaa al ahogado y al moribundo en
sus ltimos instantes, visin en la que se concentran los fugitivos
recuerdos de toda la vida anterior, pens en su juventud, cuando tiraba
a la pistola en el jardn de Palma tendido en el suelo y fingindose
herido, como un ensayo de ilusorios encuentros. Por primera vez iba a
servirle esta caprichosa precaucin.

Vio claramente el bulto negro del enemigo inmvil ante el punto de mira
de su revlver. Le vio cada vez ms turbio, ms indeciso, como si la
noche se obscureciese por momentos. Avanzaba cautelosamente, tambin con
un arma en la mano, sin duda para rematarlo. Entonces tir del gatillo
una, y otra, y otra vez, creyendo que el arma no funcionaba, sin llegar
a or sus detonaciones, dicindose en su desesperacin que el enemigo
iba a caer sobre l, privado de defensa. Ya no le vea. Una niebla
blanca se extendi ante sus ojos; le zumbaron los odos... Pero cuando
crea sentir cerca de l a su contrario, la niebla se deshizo, volvi a
ver la luz tranquila y azul de la noche, y a pocos pasos, tendido
igualmente en el suelo, un cuerpo que se revolva, que se arqueaba,
araando la tierra, lanzando un ronquido angustioso, un hipo de muerte.

Jaime no pudo comprender este prodigio. Realmente era l quien haba
tirado?...

Quiso levantarse, y sus manos, al palpar el suelo, chapotearon en un
barro denso y caliente. Se toc el pecho, y tambin lo encontr mojado
por algo tibio y espeso que chorreaba en hilillos sutiles e incesantes.
Intent contraer las piernas para arrodillarse, y las piernas no le
obedecieron. Slo entonces se convenci de que estaba herido.

Sus ojos perdieron la limpieza de su visin. Contempl doble la torre,
luego triple, despus toda una cortina de cubos de piedra que se
extenda por la costa hundindose mar adentro. Esparcise un gusto acre
por su paladar y sus labios. Le pareci que beba algo caliente y
viscoso, pero que lo beba al revs, por un capricho del mecanismo de su
vida, viniendo el extrao licor a su paladar desde lo ms recndito de
sus entraas. El bulto negro que se revolva entre ronquidos a pocos
pasos de l agrandbase cada vez que en sus contorsiones tocaba el
suelo. Era ya una bestia apocalptica, un monstruo de la noche que al
arquearse llegaba a las estrellas.

El ladrido de un perro y voces de personas disolvieron estas
fantasmagoras de la soledad. De la sombra surgieron luces.

--_Don Chaume!Don Chaume!..._

De quin era esta voz femenil? Dnde la haba odo?...

Vio bultos negros que se movan, que se inclinaban, llevando en las
manos estrellas rojas. Vio un hombre que retena a otro ms pequeo, y
en la mano de este ltimo un relmpago blanco, tal vez un cuchillo, con
el que pretenda rematar al monstruo pataleante.

No vio ms. Sinti que unos brazos suaves, de fina epidermis y dulce
calor, le cogan la cabeza. Una voz, la misma de antes, trmula y
llorosa, son en sus odos:

--_Don Chaume!Ay, don Chaume!..._

Percibi en su boca un roce dulce, algo suave que le acariciaba
sedosamente, y poco a poco fue extremando su contacto hasta convertirse
en un beso frentico, desesperado, rabioso de dolor.

El herido, antes de perder la vista, sonri dbilmente al reconocer
junto a sus ojos unos ojos lacrimosos de amor y de pena: los ojos de
Margalida.




IV


Al verse Febrer en una pieza de _Can Mallorqu_, tendido en una cama
alta--tal vez la cama de Margalida--, fue dndose cuenta de lo ocurrido
poco antes.

Haba llegado por su pie a la alquera, apoyado en Pep y su hijo,
sintiendo a sus espaldas unas manos de simptico tacto que parecan
temblar. Eran remembranzas vagas, imprecisas, rodeadas de un nimbo de
blanca niebla; algo semejante a la confusa memoria de hechos y palabras
luego de un da de embriaguez.

Recordaba que su frente haba buscado con mortal pereza un apoyo en el
hombro de Pep; que las fuerzas le iban abandonando, como si la vida se
escapase con el chorreo caliente y viscoso que cosquilleaba a lo largo
de su pecho y su espalda. Recordaba tambin que tras sus pasos sonaban
gemidos sordos, palabras entrecortadas implorando el auxilio de todos
los poderes celestiales. Y l, en medio de su debilidad, latentes las
sienes por el zumbido cerebral que acompaa al desvanecimiento, haca
esfuerzos para concentrar sus energas en las piernas, avanzando paso
tras paso, con el temor de quedarse para siempre en el camino. Qu
interminable la bajada a _Can Mallorqu_! Haba durado horas, haba
durado das: en su memoria obscura apareca esta marcha casi tan larga
como toda su vida anterior.

Cuando brazos amigos le ayudaron a subir al lecho y a la luz de un
candil fueron despojndolo de sus ropas, experiment Febrer una
sensacin de bienestar y descanso. No levantarse ms de estas
blanduras! Permanecer en ellas para siempre!...

Sangre!... El rojo escandaloso de la sangre por todas partes: en la
chaqueta y la camisa, que cayeron como guiapos al pie de la cama; en la
blancura rgida de las gruesas sbanas; en el cubo de agua que se iba
coloreando al mojar Pep un trapo para lavar el busto del herido. Cada
prenda arrancada de su cuerpo esparca en torno una menuda lluvia. Las
ropas interiores despegbanse de la carne con un tirn doloroso. La luz
del candil, en su llamear vacilante, sacaba de las sombras una eterna
nota roja.

Las mujeres prorrumpan en lamentos. La madre de Margalida, olvidando
toda prudencia, juntaba las manos y elevaba los ojos con una expresin
de terror. Reina Santsima!... Febrer, a quien el descanso en la cama
haba devuelto la serenidad, extrabase de estas exclamaciones. l se
senta bien: por qu se alarmaban de tal modo las mujeres? Margalida,
silenciosa, con los ojos agrandados por el terror, iba de un lado a
otro, revolviendo ropas, abriendo arcas, con la precipitacin del miedo,
pero sin aturdirse al or los gritos furiosos de su padre.

El buen Pep, ceudo, con una palidez verdosa en su tez obscura, manejaba
al herido al mismo tiempo que daba rdenes. Hilas! muchas hilas!...
Silencio las hembras! A qu tantos gritos y lamentos?... Lo que deba
hacer su mujer era ir en busca de cierto pucherete que contena un
ungento maravilloso guardado a prevencin desde los tiempos de su
valeroso padre, un _verro_ temible habituado a las heridas.

Y cuando la madre, afligida por las rdenes furiosas, quera unirse a
Margalida para buscar el remedio, la reclamaba otra vez su marido junto
al lecho. Deba sostener al seor: lo haba puesto de lado para examinar
y lavar al mismo tiempo el pecho y la espalda. El pacfico Pep haba
visto de mozo sucesos ms estupendos que aqul, y entenda algo de
heridas. Al borrar las manchas de sangre con el trapo mojado, dej al
descubierto dos orificios en el busto de don Jaime, uno en el pecho y
otro en la espalda... Bueno: la bala le haba atravesado el cuerpo; no
habra que extraerla, y esto llevaban adelantado.

Con sus manos rsticas, a las que pretenda infundir cierta delicadeza
femenil, pugnaba por formar unos tapones de hilas, intraducindolos en
aquellos orificios de carne rota y sanguinolenta, que seguan vomitando
mansamente el rojo lquido. Margalida, frunciendo las cejas y desviando
la vista para no encontrarse con los ojos del herido, intervino,
apartando a Pep. Deje, padre!; tal vez ella sabra hacerlo mejor... Y
Jaime crey percibir en su carne viva, sensible, vibrante por el cruel
rasguo, una impresin de frescura, de dulce calma al hundirse en ella
los tapones manejados por los dedos de la muchacha.

Qued Jaime inmvil, sintiendo en la espalda y en el pecho los trapos
amontonados por las dos mujeres en su horror a la sangre.

El optimismo que le haba animado al doblarse sus piernas y caer junto a
la torre volvi a reaparecer. Seguramente, aquello no era nada: una
herida insignificante; sentase mejor. Le molestaba, como si fuese algo
inoportuno, el gesto triste y silencioso de los que le rodeaban, y
sonri para animarlos. Intent hablar, pero el primer intento de palabra
le produjo una gran fatiga.

El pays le ataj con un gesto. Quieto, don Jaime: deba permanecer
inmvil! El mdico iba a llegar. Su hijo haba montado en la mejor
caballera de la casa, para traerlo de San Jos.

Y al ver a don Jaime con los ojos muy abiertos, persistiendo en su
sonrisa animosa, Pep sigui hablando para entretener al herido.

Estaba l durmiendo con la pesadez de un sueo inconmovible, cuando le
despertaron las voces y tirones de su mujer, los gritos de los _atlots_
que corran hacia la puerta queriendo salir. Fuera de la alquera, por
la parte de la torre, sonaban tiros. Otro ataque al seor, lo mismo que
dos noches antes!... Pepet, al escuchar los ltimos disparos, pareci
alegrarse. Eran de don Jaime: conoca el estampido de su revlver.

Pep haba encendido el farol que le serva para salir al campo, su mujer
cogi el candil, y todos corrieron cuesta arriba hacia la torre, sin
pensar en el peligro. El primero que encontraron fue el _Ferrer_,
moribundo, con la cabeza chorreando sangre, lanzando aullidos y
retorcindose lo mismo que un demonio... Ya haba acabado de penar. Que
Dios le acogiese en su misericordia! Pep haba tenido que ir a las manos
con su hijo, rabioso y maligno como un mono, el cual, al ver al
moribundo, extrajo de su faja un gran cuchillo, pretendiendo rematarlo.
De dnde habra sacado Pepet aquella arma? El demonio son los
muchachos! Famoso juguete para un seminarista!...

Y el padre sealaba con los ojos el cuchillo regalado por Febrer al
_Capellanet_, que estaba ahora abandonado sobre una silla.

Luego haban descubierto al seor, cado de bruces cerca de la escalera
de la torre. Ay, don Jaime, qu susto el de Pep y su familia! Le haban
credo muerto. En estos trances es cuando se conoce el cario que se
tiene a las personas. Y el buen pays, con su mirada lacrimosa, pareca
besar al herido, acompandole en esta caricia muda las dos mujeres,
que, encogidas junto a la cama, pretendan devolverle la salud con sus
ojos.

Esta mirada de cario y de zozobra dolorosa fue lo ltimo que vio
Febrer. Sus ojos se cerraron, y dulcemente fue cayendo en un sopor, sin
ensueos, sin delirio, en la blandura gris de la nada, como si su
pensamiento se durmiese antes que su cuerpo.

Cuando volvi a abrir los ojos ya no era roja la luz que alumbraba la
habitacin. Vio el candil colgado en el mismo sitio, con la mecha negra
y apagada. Una luz glacial y lvida penetraba por el ventanillo del
dormitorio: la luz del amanecer. Jaime experiment una sensacin de
fro. Arrancaban de su cuerpo las cubiertas del lecho; unas manos giles
iban tentando los envoltorios de sus heridas. La carne, insensible pocas
horas antes, estremecase ahora al ms leve contacto, con la
espeluznante vibracin del dolor, despertando un deseo irresistible de
quejarse.

El herido, siguiendo con su mirada nebulosa las manos que le
martirizaban, vio unas mangas negras, luego una corbata, un cuello de
camisa distinto al que usaban los isleos, y encima de todo esto una
cara con bigote cano, una cara que haba visto otras veces en los
caminos, pero no poda asimilar ahora al recuerdo de un hombre. Poco a
poco fue reconocindolo. Deba ser el mdico de San Jos, al que haba
encontrado en muchas ocasiones a caballo o guiando un carrito; un
practicn viejo, calzando alpargatas como los payeses, y que slo se
diferenciaba de stos por la corbata y el cuello planchado, signos de
superioridad social mantenidos por l cuidadosamente.

Cmo le atormentaba este hombre al palpar su carne, que pareca haberse
endurecido, hacindose ms sensible, con una sensibilidad enfermiza y
tmida, cual si se contrajera al simple contacto del aire!... Cuando
perdi de vista esta cara, y no sinti ya el martirio de sus manos,
sumise otra vez en el sopor del descanso. Cerr los ojos, pero su odo
pareci aguzarse en esta obscuridad. Hablaban en voz baja fuera de la
pieza, en la cocina inmediata, y el herido slo lleg a percibir algunas
frases de esta conversacin sorda. Una voz desconocida, la del mdico,
sonaba en medio del angustioso silencio. Felicitbase de que la bala no
se hubiese quedado en el cuerpo; indudablemente slo haba atravesado en
su trayectoria el pulmn. Aqu un coro de exclamaciones de asombro, de
ayes contenidos, y la protesta de la misma voz. S, el pulmn; no haba
que asustarse. El pulmn se cicatriza con facilidad. Es el rgano ms
bondadoso del cuerpo. Slo haba que temer a la pulmona traumtica.

El herido, escuchando esto, persista en su optimismo. No es nada; no
es nada. Y otra vez volva a sumergirse dulcemente en el brumoso mar
del sopor, un mar inmenso, terso, pesado, en el que se hundan visiones
y sensaciones sin ondulacin ni huellas.

Desde este instante Febrer perdi la nocin del tiempo y de la realidad.
Viva an, estaba cierto de ello, pero su vida era anormal, extraa, una
larga vida de sombra e inconsciencia, con ligeros intervalos de luz.
Abra los ojos y era de noche. El ventanillo estaba negro y la llama del
candil lo coloreaba todo de inquietas manchas rojas que danzaban
agarradas a las sombras. Volva a abrirlos cuando slo consideraba
transcurridos unos instantes, y era ya de da. Un rayo de sol entraba en
la habitacin trazando un redondel de oro a los pies de la cama. Y de
este modo se sucedan con una rapidez fantstica el da y la noche, como
si se hubiese trastornado para siempre el curso del tiempo. Cuando no
era as, la general revolucin, en vez de marchar aceleradamente, se
inmovilizaba en una monotona desesperante. Al abrir el herido los ojos
era de noche, eternamente de noche, como si el globo viviese condenado a
interminables tinieblas. Otras veces brillaba el sol siempre seguido, lo
mismo que en los pases rticos, sometidos al deslumbramiento irritante
de un da de meses.

En un despertar de estos encontr los ojos del _Capellanet_. El
muchacho, creyndole sbitamente mejorado, habl con voz queda para no
incurrir en las iras de su padre, que recomendaba el silencio.

Ya haban enterrado al _Ferrer_. El valentn estaba pudriendo tierra.
Qu tiros tan certeros los de don Jaime! Qu mano la suya!... Le haba
deshecho la cabeza.

Recordaba el _atlot_ todo lo ocurrido despus, con el orgullo del que ha
gozado el honor de presenciar un suceso histrico. Haban llegado de la
ciudad el juez con su bastn de borlas, el oficial de la Guardia civil y
dos seores que llevaban papeles y tinteros, todos con escolta de
tricornios y fusiles. Estos personajes omnipotentes, tras un descanso en
_Can Mallorqu_, haban subido a la torre, mirndolo todo,
escudrindolo todo, corriendo el terreno como si quisieran tomar
medidas, obligndole a l, al _Capellanet_!, a que se tendiese en el
sitio en que haban encontrado a don Jaime, adoptando su misma postura.
Luego, unos vecinos piadosos, con la venia del juez, se haban llevado
el cadver del _Ferrer_ al cementerio de San Jos, y la imponente
comitiva de la justicia baj a la alquera para hacer preguntas al
herido. Imposible hablarle. Dorma, y cuando le despertaban miraba a
todos con ojos vagos, volviendo a cerrarlos inmediatamente. De veras
que no se acordaba el seor?... Ya le preguntaran otra vez, cuando
estuviese restablecido. No haba cuidado: todas las gentes honradas, lo
mismo que la justicia, estaban a favor de ellos. Como el _Ferrer_
careca de parientes prximos que le vengasen y se haba hecho
antiptico, los vecinos no tenan inters en callar y todos decan la
verdad. El _verro_ haba ido dos noches a buscar al seor en su torre, y
el seor se haba defendido. Era indudable que no le haran nada. Lo
afirmaba el _Capellanet_, que por sus aficiones belicosas tena algo de
jurisconsulto. Defensa propia, don Jaime... En la isla slo se hablaba
de este suceso. En los cafs y casinos de la ciudad todos le daban la
razn. Hasta haban escrito a Palma relatando el hecho para que lo
publicasen los diarios. A estas horas sus amigos de Mallorca estaran
enterados de todo.

Las actuaciones del proceso iban a ser cortas. Al nico que se haban
llevado a Ibiza para meterlo en la crcel era al _Cant_, por sus
amenazas y mentiras. Intentaba hacer creer que era l quien haba ido en
busca del odiado mallorqun; ensalzaba al _verro_ como una vctima
inocente; pero de un momento a otro le pondra en libertad la justicia,
cansada de sus trapaceras y embustes. El _atlot_ hablaba de l con
desprecio. Aquel gallina no poda darse el lujo de matar a un hombre.
Todo farsa!

Otras veces, al abrir el herido sus ojos, vea la figura inmvil y
acurrucada de la mujer de Pep mirndolo fijamente con sus pupilas sin
expresin, moviendo los labios como si rezase, interrumpiendo este
silabeo mudo con suspiros profundos. Apenas se encontraba con la mirada
vidriosa de Febrer, corra a una mesita cubierta de botellas y vasos. Su
cario manifestbase con un incesante deseo de hacerle beber todos los
lquidos ordenados por el mdico.

Cuando Jaime, en su turbio despertar, encontraba el rostro de Margalida,
senta una impresin placentera que le ayudaba a mantenerse con los ojos
abiertos. Las pupilas de la muchacha tenan una expresin adorante y
temerosa. Pareca implorar misericordia con sus ojos lagrimeantes,
aureolados de azul sobre la blancura monstica y delicada del rostro.
Por m! todo por m!, deca mudamente, con un gesto de
remordimiento.

Se aproximaba a l tmida, vacilante, pero sin rubores que alterasen su
palidez, como si lo extraordinario de las circunstancias hubiese vencido
a su antiguo encogimiento. Arreglaba el embozo del lecho, desordenado
por los movimientos del herido, daba a beber a ste y levantaba con
manos maternales su cabeza, para ahuecar la almohada. Llevbase un dedo
a los labios para imponerle silencio cuando Febrer intentaba hablar.

Una vez, el herido agarr al paso una de sus manos y se la llev a la
boca, acaricindola con un beso prolongado. Margalida no os retirarla.
nicamente volvi la cabeza para que no viese sus ojos llenos de
lgrimas. Gema con honda angustia, y el enfermo crey or las mismas
expresiones de remordimiento que otras veces haba adivinado en su
mirada. Por mi culpa!... Ha sido por mi culpa! Jaime experiment una
sensacin de alegra ante estas lgrimas. Oh dulce Flor de
almendro!...

Ya no vio ms su cara de fina palidez; slo distingui el brillo de sus
ojos envueltos en blancas neblinas, como se ve el resplandor del sol en
un amanecer tempestuoso. Le zumbaron cruelmente las sienes; su mirada se
enturbi. Al dulce sopor de antes, blando y vaco como la nada, fue
sucediendo un sueo poblado de visiones incoherentes, de imgenes de
fuego vibrantes sobre un fondo de intensa negrura, de tormentos que
arrancaban a su pecho gemidos de miedo y alaridos de angustia. Algunas
veces, en medio de sus espantosas pesadillas, despertbase por un
instante, un instante nada ms, lo preciso para reconocerse incorporado
en la cama, con los brazos sujetos por otros brazos que intentaban
mantenerlo inmvil. Y de nuevo volva a sumirse en aquel mundo de
sombras, poblado de espantos. En este fugaz despertar, que era semejante
a la rpida visin luminosa de un respiradero en la lobreguez de un
tnel, reconoca junto a su cara las caras afligidas de la familia de
_Can Mallorqu_. Otras veces, sus ojos se encontraron con los del
mdico, y en una ocasin hasta crey ver las patillas canosas y los ojos
color de aceite de su amigo Pablo Valls. Ilusin! Locura!, pensaba
al sumirse de nuevo en su inconsciencia.

Mientras sus ojos permanecan sumidos en este mundo lbrego surcado por
los rojos cometas de la pesadilla, su odo vibraba dbilmente en ciertos
momentos con palabras que parecan sonar lejos, muy lejos, y sin embargo
eran pronunciadas junto a su cama. Pulmona traumtica... Delirio.
Estas palabras eran repetidas por diversas voces, pero l dudaba que se
refiriesen a su persona. Sentase bien; aquello no era nada: un fuerte
deseo de seguir acostado; una renuncia de la vida; la voluptuosidad de
estar inmvil, de permanecer all hasta que llegase la muerte, que no le
infunda ahora miedo alguno.

Su cerebro, desordenado por la fiebre, pareca girar y girar en loca
rotacin, y este movimiento circulatorio evocaba en su memoria confusa
una imagen que la haba ocupado muchas veces. Vea una rueda, una enorme
rueda, inmensa como el globo terrqueo, perdindose su parte ms alta en
las nubes, hundindose el arco inferior entre el polvo sideral que
brillaba en la negrura celeste.

La llanta de esta rueda era de carne animada: millones y millones de
criaturas soldadas, amasadas, gesticulantes, con las extremidades
libres, movindolas para convencerse de su soltura y su libertad,
mientras sus cuerpos estaban pegados unos a otros. Los rayos de la rueda
atraan la atencin de Febrer por sus diversas formas. Unos eran espadas
con las sangrientas hojas cubiertas de guirnaldas de laurel, smbolo de
herosmo; otros parecan ureos cetros rematados por coronas de rey o de
emperador; varas de justicia; barras de oro formadas de monedas
superpuestas; bculos con piedras preciosas, smbolos de divino pastoreo
desde que los hombres se agruparon en rebaos para balar temerosos con
la vista puesta en lo alto. Y el cubo de esta rueda era un crneo,
blanco, limpio, brillante, como si fuese de marfil pulido; un crneo
enorme lo mismo que un planeta, que permaneca inmvil, mientras todo
giraba en torno de l; un crneo luminoso como la luna, que con sus
negras oquedades pareca gesticular malignamente, burlndose silencioso
de todo este movimiento.

La rueda giraba y giraba. Los millones de seres sujetos a su continua
revolucin gritaban y manoteaban entusiasmados y enardecidos por la
velocidad. Jaime, tan pronto los vea subiendo a lo ms alto, como
descendiendo cabeza abajo; pero ellos, en su ilusin, crean marchar
rectamente, admirando a cada vuelta nuevos espacios, nuevas cosas.
Juzgaban como un lugar desconocido y asombroso el mismo punto por el que
haban pasado momentos antes. Ignorando la inmovilidad del centro en
torno del cual rodaban, crean con la mejor buena fe que el movimiento
era de avance. Cmo corremos! Adonde iremos a parar? Y Febrer
sonrea, apiadado de su simpleza, vindolos ufanarse de la rapidez de su
progreso, cuando estaban en el mismo sitio, de la velocidad de una
ascensin que emprendan por milsima vez y haba de ser seguida
fatalmente por el descenso cabeza abajo.

De pronto, Jaime sintise empujado por una fuerza irresistible. El gran
crneo le sonrea burlonamente, T tambin: por qu resistirte a tu
destino? Y se encontraba adosado a la rueda, confundido con aquella
humanidad crdula e infantil, pero sin el consuelo de su dulce engao. Y
sus compaeros de viaje le insultaban, le escupan, le golpeaban
indignados al enterarse de que negaba su movimiento, y le tenan por
loco al poner en duda lo que era visible para todos.

La rueda estallaba, poblando el negro espacio de llamas de explosin, de
millares de millones de gritos y estremecimientos, que eran otros tantos
seres arrojados a travs del misterio de la eternidad. Y l caa y caa,
durante aos, durante siglos, hasta sentir en su espalda la blandura de
la cama... Abra entonces los ojos. Margalida estaba all,
contemplndolo con expresin de terror a la luz del candil. Deban ser
las altas horas de la noche. La pobre muchacha suspiraba de miedo
mientras le coga los brazos con sus manecitas temblorosas.

--_Don Chaume!Ay, don Chaume!..._

Haba gritado como un loco; se inclinaba fuera de la cama con marcada
intencin de caer al suelo; hablaba de una rueda y una calavera. Qu
era aquello, don Jaime?...

El enfermo senta el roce amoroso de unas manos dulces que arreglaban
las ropas desordenadas, suban el embozo y lo apretaban en torno de sus
hombros maternalmente, con el mismo cuidado acariciador que si fuese un
nio.

Febrer, antes de sumirse de nuevo en la inconsciencia, antes de
atravesar otra vez las puertas gneas del delirio, vea prximos a sus
ojos los ojos hmedos de Margalida, cada vez ms tristes y lagrimeantes
en sus crculos azulados; senta el soplo tibio de su aliento en sus
propios labios, y luego estremecerse stos con un contacto sedoso y
hmedo, una caricia leve y tmida semejante al roce de un ala. _Dorga,
don Chaume._ El seor deba dormir. Ya pesar del respeto con que
hablaba al herido, sus palabras tenan un susurro de cariosa intimidad,
como si don Jaime fuese otro para ella luego que la desgracia los haba
aproximado.

El delirio de la fiebre empujaba al enfermo por extraos mundos, donde
no persista la ms leve forma de realidad. Se vea otra vez en su torre
solitaria. El sombro cubo ya no era de piedra: estaba formado de
crneos, unidos como bloques, por una argamasa hecha de polvo de huesos.
De huesos eran tambin la colina y los peascos de la costa, y blancos
esqueletos las lneas de espuma que coronaban las rompientes del mar.
Todo cuanto abarcaba la vista, rboles y montes, buques e islas lejanas,
estaba osificado, con una blancura deslumbradora de paisaje glacial.
Crneos con alas, parecidos a los querubines de los cuadros religiosos,
revoloteaban en el espacio, lanzando por su mandbula cada roncos
himnos a la gran divinidad que lo llenaba todo con los bullones de su
sudario y cuya cabeza de hueso se perda en las nubes. l mismo senta
que uas invisibles le despojaban de su carne, sanguinolentos andrajos
que, por haber estado adheridos a l toda una vida, le arrancaban
alaridos de dolor al despegarse. Luego se vea mondo y pulido en su
blancura de esqueleto, y una voz remota murmuraba una horrible
consagracin en sus orejas ausentes. Haba llegado el momento de su
verdadera grandeza: dejaba de ser hombre para convertirse en muerto. El
esclavo haba pasado por la gran iniciacin, trocndose en semidis.
Los muertos mandan! No haba ms que ver con qu supersticioso respeto,
con qu miedo servil saludan los vivos en las ciudades a los que se
marchan para siempre. El poderoso se descubre ante el mendigo.

Con la potente visin de sus cuencas negras y sin ojos, para los cuales
no haba distancia ni obstculos, abarcaba el conjunto de la tierra.
Muertos, muertos por todas partes! Lo llenaban todo. Vio tribunales con
hombres vestidos de negro, los ojos entornados y el gesto imponente,
oyendo las miserias y locuras de sus semejantes, y tras ellos otros
tantos esqueletos enormes, con una grandeza de siglos, envueltos en
togas, eran los que movan las manos de los jueces cuando stos
escriban y los que soplando sobre sus cabezas les dictaban sus
sentencias. Los muertos juzgan! Vio grandes salones de luz cenital con
hemiciclos de bancos, y en ellos centenares de hombres que hablaban,
vociferaban y gesticulaban en la ruidosa labor de confeccionar leyes.
Tras ellos se ocultaban los verdaderos legisladores, los muertos, los
diputados con sudario, cuya presencia no adivinaban estos hombres de
grandilocuente vanidad, creyendo hablar siempre por inspiracin propia.
Los muertos legislan! En un momento de duda, bastaba que alguien
recordase lo que haban pensado los muertos en otros tiempos para que se
restableciese la calma, aceptando todos su opinin. Los muertos eran la
nica realidad eterna e inmutable. Los hombres de carne un accidente
pasajero, una burbuja insignificante que no tardaba en estallar por la
hinchazn de su hueca soberbia.

Y vio blancos esqueletos velando como ttricos ngeles a las puertas de
las ciudades que eran su obra, vigilando el rebao apriscado en su
interior, repeliendo como reses malditas a los locos irrespetuosos que
se negaban a reconocer su autoridad. Vio al pie de los grandes
monumentos, de los cuadros de los museos, de los estantes de las
bibliotecas, la muda sonrisa de los crneos, que pareca decir a los
hombres: Admiradnos: sta es nuestra obra, y cuanto hagis vosotros
debe ser a nuestra semejanza. El mundo entero perteneca a los muertos.
Ellos reinaban. El viviente, al abrir su boca para el alimento, mascaba
partculas de los que le antecedieron en el camino de la vida; al
recrear ojos y odos en la belleza, daba el arte obras y patrones de los
muertos. Hasta el amor sufra esta servidumbre. La hembra, en sus
pudores o sus arrebatos, plagiaba sin saberlo a sus abuelas, que haban
sido, segn las pocas, tentadoras con una virtud hipcrita o
francamente mesalinescas.

El enfermo, en su delirio, empez a sentirse agobiado por la densidad y
el nmero de estos seres blancos y huesosos, de negros alvolos y
maligna risa, armazones de una vida desaparecida que se empeaban
tenazmente en subsistir, llenndolo todo. Eran tantos, tantos!...
Imposible moverse. Febrer tropezaba con sus abombados y limpios
costillares, con las agudas aristas de sus caderas, estremecindose sus
odos con el chasqueteo de sus rtulas. Le opriman, le asfixiaban, eran
millones de millones: todo el pasado de la humanidad. No encontrando
espacio donde poner sus pies, se alineaban en filas unos sobre otros.
Eran a modo de una marea montante de huesos que suba y suba hasta
alcanzar la cumbre de las ms altas montaas y tocar las nubes. Jaime
empezaba a ahogarse en esta inundacin blanca, dura y crujiente.
Gravitaban sobre su pecho con la pesadez de las cosas muertas... Iba a
perecer. En su desesperacin se asi a una mano que pareca venir de muy
lejos, saliendo de la sombra: una mano de vivo, una mano de carne. Tir
de ella, y poco a poco, en la bruma, fue tomando forma la mancha plida
de un rostro. Despus de su existencia en aquel mundo de crneos
escuetos y huesos pelados, este rostro humano le caus la misma
impresin de grata sorpresa que siente el explorador al encontrarse con
la cara de uno de su raza tras larga permanencia entre salvajes.

Sigui tirando de aquella mano, y fue condensndose la vaguedad del
rostro, hasta reconocer a Pablo Valls inclinado sobre l, moviendo los
labios como si murmurase palabras cariosas que no poda or. Otra
vez!... Siempre el capitn apareciendo en sus delirios!

Sumise de nuevo el enfermo en su inconsciencia despus de esta rpida
visin. Ahora su sopor era ms tranquilo. La sed, una sed horrible que
le haca avanzar las manos fuera del lecho y apartar sus labios del vaso
vaco con un gesto de ansiedad no saciada, empez a decrecer. Haba
visto en su delirio claros arroyos, ros silenciosos e inmensos, a los
que no poda llegar nunca, sumidas sus piernas en dolorosa inmovilidad.
Ahora contemplaba una catarata luminosa y espumeante rodando en el fondo
de su ensueo, y poda al fin caminar, aproximarse a ella, vindola a
cada paso ms grande, sintiendo en su rostro la fresca caricia de la
humedad.

En medio del estrpito de esta cada lquida llegaban a su odo apagadas
voces humanas. Alguien volva a hablar de la pulmona traumtica.
Estaba vencida. Y una voz agregaba alegremente:

En hora buena. Ya tenemos hombre. El enfermo reconoci esta voz.
Siempre Pablo Valls resurgiendo en su pesadilla!

Continu su marcha hacia adelante, atrado por la frescura del agua,
hasta colocarse bajo el sonoro raudal, estremecindose con escalofros
voluptuosos al recibir en su espalda todo el empuje del derrumbamiento
acutico. Una sensacin de frescura se esparca por su cuerpo,
hacindole suspirar de placer. Sus miembros parecan dilatarse bajo la
helada caricia. Se ensanchaba su pecho, desvanecindose la opresin que
le haba martirizado hasta poco antes, como si la tierra entera
gravitase sobre su tronco. Senta que en el interior de su crneo se
iban disolviendo las nebulosidades de su pensamiento. Deliraba an, pero
su delirio no se desarrollaba cortado por escenas de terror y gritos de
angustia. Era ms bien un ensueo plcido, en el que su cuerpo se
dilataba con estiramientos de voluptuosidad y su imaginacin corra por
los risueos horizontes del optimismo. Las espumas de la cascada eran
blancas, vibrando en las facetas de sus diamantes lquidos los colores
del iris. El cielo era de tinta rosa, con lejanas msicas y suaves
perfumes. Alguien temblaba misterioso, invisible y al mismo tiempo
sonriente, en esta atmsfera fantstica: una fuerza sobrenatural que
pareca embellecerlo todo con su contacto. La salud que llegaba.

La sbana de agua que se encorvaba al desprenderse de las altas rocas
despert en su memoria ensueos anteriores. Vio otra vez la rueda, la
inmensa rueda, imagen de la humanidad, que giraba y giraba sin cambiar
de sitio, emprendiendo una ascensin tras otra, para pasar siempre por
los mismos puntos.

El enfermo, enardecido por aquella sensacin de frescura, crey poseer
nuevos sentidos para darse cuenta de lo que le rodeaba.

Vio otra vez la rueda girando y girando en el infinito; pero realmente
estaba inmvil?...

La duda, principio de nuevas verdades, le hizo mirar con mayor atencin.
No era un engao de sus ojos? Sera l quien viva en el error, y
aquellos millones de seres que lanzaban gritos de jbilo en su prisin
rodante estaran en lo cierto al creer que realizaban un nuevo avance
con cada vuelta?...

Era cruel que la vida se desarrollase centenares y centenares de siglos
en esta agitacin mentirosa que ocultaba una inmovilidad real. Para
qu, entonces, la existencia de lo creado? No tena la humanidad otro
fin que engaarse a s misma, dando vueltas por su propio esfuerzo a la
caja circular que la aprisionaba, como esos pjaros que con sus saltos
mueven una jaula que es su crcel?...

De pronto ya no vio la rueda. Vio pasar ante l un globo inmenso, de
color azulado, en el que se marcaban mares y continentes con perfiles
iguales a los que haba contemplado en los mapas. Era la Tierra. Y l,
imperceptible molcula en la inmensidad del espacio, nfimo espectador
de la estupenda representacin de la Naturaleza, poda abarcar con sus
ojos el globo azul ceido de nubes.

Tambin daba vueltas, como la rueda fatal. Giraba y giraba sobre s
mismo con una monotona desesperante; pero este movimiento, que era el
ms inmediato, el ms visible, el que todos podan apreciar, resultaba
insignificante. Otro movimiento era el superior. Sobre la montona
rotacin siempre en torno del mismo eje, estaba el movimiento de
traslacin, que arrastraba al globo por los espacios infinitos en eterno
viaje, sin pasar nunca por los mismos lugares.

Maldicin a la rueda! La vida no era una eterna vuelta por idnticos
puntos. Slo los cortos de vista, al contemplar este movimiento, podan
imaginarse que era el nico. La imagen de la vida era la Tierra. Giraba
sobre s misma en determinados espacios de tiempo: repetanse los das y
las estaciones, como en la historia de los humanos se repiten las
grandezas y las ruinas; pero haba algo ms sobre todo esto: el
movimiento de traslacin, que arrastra hacia lo infinito, siempre
adelante... siempre adelante!

La teora del eterno recomenzar de las cosas era falsa. Repetanse los
hombres y los sucesos, como en la Tierra se repiten los das y las
estaciones; pero aunque todo pareciese igual, no lo era realmente. La
forma exterior de las cosas poda semejarse; el alma era distinta.

No; rmpase la rueda! perezca la inmovilidad! Los muertos no podan
mandar. El mundo, en su movimiento de traslacin, corra demasiado
aprisa para que ellos lograsen mantenerse eternamente en su superficie.
Se agarraban a la corteza con sus garras de hueso, pugnando por
mantenerse firmes durante muchos aos, tal vez durante siglos, pero la
velocidad de la carrera acababa por expelerlos a todos, dejando atrs
una estela de huesos rotos, luego de polvo, y al fin nada.

El mundo, cargado de vivientes, corra siempre adelante, sin pasar dos
veces por el mismo sitio. Jaime lo haba visto aparecer en el horizonte
como una lgrima de luminoso azul; luego agrandarse y agrandarse, hasta
llenar todo el espacio, pasando junto a l con rotacin de rueda y
velocidad de proyectil a un mismo tiempo; y ahora se empequeeca otra
vez, huyendo por el extremo opuesto. Ya era una gota, un punto, nada...
perdindose en la obscuridad, quin sabe hacia dnde y para qu!...

Era intil que sus ideas de poco antes, al quedar vencidas, se
revolviesen con el intento de una ltima protesta, gritando que aquel
movimiento de traslacin resultaba igualmente falso, ya que la Tierra
giraba como una rueda alrededor del Sol... No; el Sol tampoco estaba
inmvil, y con todo su coro familiar de planetas caa y caa, si es que
en el infinito se puede caer ni subir; marchaba y marchaba, quin sabe
hacia que punto, ni con qu fin!...

Definitivamente, abomin de la rueda, la haca trizas mentalmente,
sintiendo el goce del preso que pasa la puerta del encierro y aspira el
aire libre. Se imagin que de sus ojos caan escamas, como de los del
apstol hebreo en el camino de Damasco. Contemplaba una luz nueva. El
hombre era libre y poda escaparse del tirn de los muertos, organizando
su vida con arreglo a sus deseos, cortando el lazo de esclavitud que le
soldaba a estos dspotas invisibles.

Ces de soar; se sumi en la nada con el placer ntimo y silencioso del
trabajador que descansa despus de una jornada provechosa.

Pasado mucho tiempo, mucho! abri los ojos y se encontr con los de
Pablo Valls fijos en l. Le tena cogido de las manos, le miraba
cariosamente con sus pupilas amarillentas.

No poda dudar: era una realidad. Su olfato percibi el olor de tabaco
ingls ligeramente perfumado de opio que pareca flotar siempre en torno
de su boca y sus patillas. No era, pues, una ilusin haberle visto en
el curso de su delirio? Era realmente su voz la que haba escuchado en
medio de sus pesadillas?...

El capitn rompi a rer, mostrando sus dientes largos amarilleados por
la pipa.

--Ah, buen mozo!--dijo--. Esto marcha, verdad? Ya no hay fiebre, ya no
hay nada de peligro. Las heridas marchan bien. Debes sentir en ellas una
picazn de mil demonios; algo as como si te hubiesen metido avispas
bajo los vendajes. Es la formacin de los tejidos, la carne nueva que
escuece al crecer.

Jaime se dio cuenta de la verdad de estas palabras. Senta en el lagar
de sus heridas una fuerte picazn, una rigidez que pona tirante su
carne.

Valls adivin una curiosidad suplicante en los ojos de su amigo.

--No hables, no te fatigues... Que cunto tiempo estoy en Ibiza? Cerca
de dos semanas. Le en los papeles de Palma lo tuyo, y al momento me
plant aqu. Tu amigo el _chueta_ siempre ser el mismo... Los malos
ratos que nos has hecho pasar! Una pulmona, hijo mo, y de las de
peligro. Abras los ojos y no me reconocas: delirabas como un loco.
Pero eso se acab. Te hemos cuidado mucho... Mira quin est aqu.

Y se apart de la cama para que viese a Margalida, oculta tras el
capitn, encogida y vergonzosa ahora que el seor poda mirarla con ojos
limpios de fiebre. Ah, Flor de almendro!... La mirada de Jaime,
tierna y dulce, la hizo enrojecer. Tuvo miedo de que el enfermo pudiera
acordarse de lo que ella haba hecho en los momentos ms crticos,
cuando estaba casi segura de que iba a morir.

--Ahora a estarse quieto--continu Valls--. Permanecer aqu hasta que
nos vayamos juntos a Palma. Ya me conoces... Yo lo s todo; yo lo
arreglo todo... Eh? me explico?...

El _chueta_ guiaba un ojo y rea maliciosamente, seguro de su habilidad
para adivinar los deseos de los amigos.

Famoso capitn! Desde que estaba en _Can Mallorqu_, todos parecan
pendientes de sus mandatos, admirndolo como un personaje poderoso y
jovial. Margalida ruborizbase con sus palabras y guios, pero le quera
al verle tan abnegado. Recordaba sus ojos llenos de lgrimas una noche
en que todos creyeron que iba a morir don Jaime. Valls haba llorado al
mismo tiempo que mascullaba maldiciones. El _Capellanet_ tambin adoraba
a aquel seorn de Mallorca desde que le vio rer al enterarse de que
pensaban hacerlo cura. Pep y su mujer le seguan como perros obedientes
y sumisos.

Varias tardes hablaron Pablo y el enfermo de los sucesos pasados.

El capitn era hombre rpido en sus decisiones.

--Ya sabes que no me canso cuando se trata de un amigo. Al desembarcar
en Ibiza vi al juez. Eso se arreglar; t llevas razn y todos lo
reconocen: defensa propia. Unas pocas molestias cuando ests bueno, pero
nada al final... El asunto de tu salud tambin est resuelto. Qu ms
queda?... Ah, s! Algo ms queda, pero tambin lo tengo en punto de
arreglo.

Rio maliciosamente al hablar as, apretando las manos de Febrer, y ste,
por su parte, no quiso preguntar ms, temeroso de sufrir una decepcin.

Una vez, al entrar Margalida en el dormitorio, Valls la cogi de un
brazo, llevndola junto al lecho.

--Mrala!--exclam con burlesca gravedad dirigindose al enfermo--. Es
sta la misma que t quieres? No te la cambiaron?... Dale, pues, la
mano, tonto. Qu haces ah, contemplndola con ojos espantados?...

Las dos manos de Febrer estrecharon la diestra de Margalida. Ay! era
verdad lo que deca el capitn?... Sus ojos buscaron los de la _atlota_,
que permanecan bajos, mientras la emocin blanqueaba sus mejillas y
haca palpitar las alas de su nariz.

--Ahora, besaos--dijo Valls, empujando suavemente a la muchacha, hacia
el enfermo.

Pero Margalida, como si se viera amenazada de un peligro, se desasi de
sus manos, huyendo de la habitacin.

--Bueno--dijo el capitn--. Ya os besaris dentro de un rato: cuando yo
no est.

Valls aprobaba este casamiento. La quera Febrer? Pues adelante... Esto
era ms lgico que la boda con su sobrina por los millones del padre.
Margalida era una gran mujer. l entenda de estas cosas. Cuando Jaime
la sacara de la isla, habitundola a otros usos y otros trajes, con la
facilidad de asimilacin que tienen las hembras para todo lo bueno,
nadie reconocera a la antigua payesa.

--Yo he arreglado tu porvenir, pequeo inquisidor. Ya sabes que tu amigo
el judo consigue siempre lo que se propone. Te queda en Mallorca con
qu vivir modestamente. No muevas la cabeza: ya s que deseas trabajar,
y ms ahora que ests enamorado y quieres constituir una familia.
Trabajars; entre los dos montaremos un negocio: hay donde escoger. Yo
siempre llevo la cabeza atiborrada de proyectos: es cosa de la raza...
Si prefieres irte de Mallorca, te buscar una ocupacin en el
extranjero... Es asunto que debe pensarse.

En todo lo referente a la familia de _Can Mallorqu_, el capitn hablaba
con una autoridad de amo. Pep y su mujer no osaban desobedecerle. Cmo
discutir con un seor que lo saba todo!... El pays opuso escasa
resistencia. Ya que don Pablo deseaba el matrimonio de Margalida con el
seor y daba palabra de que esto no traera ninguna desgracia a la
_atlota_, podan casarse. Era un gran infortunio para los dos viejos
verla marcharse de la isla, pero preferan esta tristeza a conservar a
su lado como yerno a Febrer, que les inspiraba un respeto irresistible.

Al _Capellanet_ le falt poco para arrodillarse ante Valls. Y an dicen
en Palma si los _chuetas_ son malos!... Bien se conoca que eran
mallorquines los que hablaban: gente injusta y orgullosa!... El capitn
era un santo. Gracias a l, ya no ira al Seminario. Sera pays; _Can
Mallorqu_ quedaba para l. Hasta haba recobrado de su padre, por
intercesin de don Pablo, el cuchillo regalado por Febrer, y contaba con
la promesa de una pistola moderna presente del capitn: una de aquellas
armas milagrosas que haba admirado en Palma en los escaparates del
Borne. Apenas se efectuase el casamiento de Margalida, saldra en busca
de novia por el _cuartn_, llevando en la faja estos dos nobles
acompaantes. Los _verros_ no deban acabarse en la isla. Rebulla en
sus venas la heroica sangre de su abuelo.

Una maana de sol, Febrer, apoyado en Valls y en Margalida, fue
avanzando con pasos de convaleciente hasta el porche de la alquera.
Sentado en un silln de brazos, contempl con avidez el tranquilo
paisaje extendido ante l. Sobre la cumbre del promontorio alzbase la
torre del Pirata. Cunto haba soado y sufrido en ella!... Cmo la
amaba al recordar que en su interior, solo y olvidado del mundo, haba
incubado esta pasin que iba a llenar el resto de una vida sin objeto
hasta entonces!...

Debilitado por su larga permanencia en el lecho y por la sangre perdida,
aspiraba el tibio ambiente de la maana luminosa, cortado por las
rfagas que venan de la costa.

Margalida, luego de contemplar a Jaime con sus ojos amorosos que an
guardaban cierta timidez, volvi al interior de la alquera para
preparar el desayuno.

Quedaron los dos hombres en largo silencio. Valls haba sacado su pipa,
llenndola de tabaco ingls, y expela olorosas bocanadas.

Febrer, con la vista fija en el paisaje, abarcando en su retina
deslumbrada el cielo, los montes, el campo y el mar, habl en voz baja,
como si dialogase consigo mismo.

La vida era hermosa. Lo afirmaba con la conviccin del resucitado que
vuelve inesperadamente al mundo. El hombre poda moverse libremente, lo
mismo que el pjaro y el insecto en el seno de la Naturaleza. Para todos
haba sitio. Por qu inmovilizarse bajo las ataduras que otros crearon,
disponiendo del porvenir de los hombres que deban venir detrs de
ellos?... Los muertos, siempre los malditos muertos, queriendo
mezclarse en todo, complicando nuestra existencia!...

Sonri Valls, mirndole con ojos maliciosos. Varias veces le haba
escuchado en su delirio hablar de los muertos, agitando los brazos como
si pelease con ellos y los repeliese de sus angustias terrorficas. Al
escuchar las explicaciones que le dio Jaime, al enterarse de su antiguo
respeto al pasado y de aquella sumisin a la influencia de los muertos
que haba entorpecido su vida, confinndolo en una isla apartada, Valls
qued silencioso y abstrado.

--T crees que los muertos mandan, Pablo?...

El capitn se encogi de hombros. Para l no haba en el mundo nada
absoluto. Tal vez el imperio de los muertos fuese parcial y estuviera ya
en decadencia. En otros tiempos mandaban como dspotas: esto era
indudable. Ahora slo dominaban en determinados lugares, perdiendo en
otros para siempre toda esperanza de poder. En Mallorca an gobernaban
con mano fuerte: lo deca l, el _chueta_. En otros pases, tal vez no.

Sinti Febrer honda irritacin al recordar sus errores y angustias.
Malditos muertos! La humanidad no sera feliz y libre mientras no
acabase con ellos.

--Pablo, matemos a los muertos!

Mir un instante con cierta zozobra el capitn a su amigo; pero al ver
la serenidad de sus ojos, se tranquiliz, y dijo sonriendo:

--Por m, que los maten!

Luego, recobrando su gravedad y reclinndose en su asiento, mientras
lanzaba una bocanada de humo, aadi el _chueta_:

--Tienes razn. Matemos a los muertos: pisoteemos los obstculos
intiles, las cosas viejas que obstruyen y complican nuestro camino.
Todos vivimos con arreglo a lo que dijo Moiss, a lo que dijo Buda,
Jess, Mahoma u otros pastores de hombres, cuando lo natural y lo lgico
sera vivir con arreglo a lo que pensamos y sentimos nosotros mismos.

Jaime mir detrs de l, como si sus ojos quisieran buscar en el
interior de la casa la dulce figura de Margalida. Luego resumi todas
las congojas y las nuevas verdades de su pensamiento repitiendo la misma
afirmacin enrgica: Matemos a los muertos!.

La voz de Pablo le sac de sus reflexiones.

--Te hubieras casado ahora con mi sobrina, sin miedo y sin
remordimiento?...

Febrer dud antes de contestar. S; se habra casado, sin parar atencin
en los escrpulos heredados y las diferencias de raza que tanto le
haban hecho sufrir. Pero faltaba algo para esto; algo que estaba por
encima de la voluntad de los hombres y era superior a su poder; algo que
no poda comprarse y gobernaba al mundo; algo que traa con ella la
humilde Margalida sin saberlo.

Sus angustias haban terminado. Vida nueva!

No; los muertos no mandan: quien manda es la vida, y sobre la vida, el
amor.

FIN

Madrid

Mayo y Diciembre 1908.





End of Project Gutenberg's Los muertos mandan, by Vicente Blasco Ibez

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assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.net

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
