The Project Gutenberg eBook, Fiebre de amor (Dominique), by Eugne
Fromentin, Translated by Juan J. De la Cerda


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Title: Fiebre de amor (Dominique)


Author: Eugne Fromentin



Release Date: September 2, 2008  [eBook #26508]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK FIEBRE DE AMOR (DOMINIQUE)***


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BIBLIOTECA de LA NACIN

EUGENIO FROMENTIN

FIEBRE DE AMOR

TRADUCCIN DE "DOMINIQUE"

POR

JUAN J. DE LA CERDA







BUENOS AIRES
1913

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires




I


--Ciertamente, no tengo por qu quejarme--me deca aquel cuyas
confidencias referir en el relato muy sencillo y muy poco novelesco que
voy a hacer,--porque, a Dios gracias, no soy ya _nada_, en el supuesto
de que alguna vez fui algo, y a muchos ambiciosos les deseo que acaben
de la misma manera. He encontrado la certidumbre y el reposo, que valen
mucho ms que todas las hiptesis. Me he puesto de acuerdo conmigo
mismo, que cifro la mayor victoria que podemos lograr sobre lo
imposible. En fin, de intil para todos llego a ser til para algunos, y
he realizado en mi vida, que no poda dar nada de lo que de ella se
esperaba, el nico acto que, probablemente, no era esperado, un acto de
modestia, de prudencia y de razn. No tengo, pues, por qu quejarme. Mi
vida est hecha, y bien hecha, segn mis deseos y mis mritos. Es
rstica, lo cual no deja de cuadrarle bien: como los rboles de corto
crecimiento la he cortado por la copa; tiene menos alcance y menos
gracia, menos relieve; se la ve slo de cerca, mas no por eso tendr
races someras ni dejar de proyectar ms sombra en torno de ella.
Existen ahora tres seres a quienes me debo y que me obligan por deberes
bien definidos, por responsabilidades muy graves, pero que no me pesan,
por vnculos libres de errores y de aoranzas. La misin es sencilla y
me bastar para cumplirla. Y si es verdad que el objeto de toda
existencia humana se cifra ms bien en la transmisin que en la
evolucin personal, si la dicha consiste en la igualdad de los dems y
de las fuerzas, marcho lo ms derechamente posible por la senda de la
prudencia y podr usted afirmar que ha visto un hombre feliz.

Aunque no era positivamente tan vulgar como pretenda y antes de
relegarse a la oscuridad de su provincia hubiera alcanzado un comienzo
de celebridad, gustaba confundirse entre la multitud de desconocidos que
llamaba _cantidades negativas_. A los que le hablaban de su juventud y
le recordaban los resplandores bastante vivos que durante ella haba
lanzado, les replicaba que era sin duda una ilusin de los dems y suya
propia, que en realidad l no era _nadie_, y lo demostraba el que en lo
presente se pareca a todo el mundo, resultado de absoluta equidad, que
aplauda considerndolo como una restitucin legtima a la opinin
pblica. Con este motivo repeta que son muy pocos los que merecen ser
considerados como excepcin, que el papel de privilegiado es muy
ridculo, el menos excusable y el ms vano cuando no est justificado
por dones superiores: que el deseo audaz de distinguirse entre el comn
de las gentes no es, por lo general, ms que una falsa cometida en
contra de la sociedad y una imperdonable injuria a todas las personas
modestas que no son nada: que atribuirse lustre al cual no se tiene
derecho es usurpar ttulos de otro y correr el riesgo de hacerse tomar,
ms tarde o ms temprano, en flagrante delito de pillaje en el tesoro
pblico de la fama.

Quizs se deprima l as para explicar su retirada y para alejar el ms
leve pretexto de reincidencia en las propias aoranzas y en las de los
amigos. Era sincero? Muchas veces me lo he preguntado, y algunas he
llegado a dudar que un espritu como el suyo, tendiente al
perfeccionamiento, estuviera tan completamente resignado con la derrota.
Pero son tan variados los matices de la sinceridad ms leal! Hay
tantas maneras de decir la verdad sin expresarla por entero! El absoluto
desprendimiento de ciertas cosas, no permitira alguna mirada sobre las
lejanas de lo que no se confiesa? Y cul ser el corazn bastante
seguro de s mismo para responder de que nunca se deslizar un recuerdo
penoso entre la resignacin, que depende de uno mismo, y el olvido, que
slo llega al cabo del tiempo?

Como quiera que fuese este juicio sobre lo pasado--que no se concordaba
muy bien con la vida presente,--en la poca a que me refiero por lo
menos haba llegado a un punto tal de negacin de s mismo y de
oscuridad, que parecan darle la razn ms completa. As, pues, no hago
ms que tomarle por su palabra, al tratarle casi como a un desconocido.
Si algo le distingua de un gran nmero de hombres que en l deberan
ver la propia imagen, era que por rara excepcin haba tenido el
valor--bastante raro--de examinarse en lo ntimo con frecuencia y la
severidad--ms rara an--de estimarse mediocre.

Era el otoo la primera vez que le encontr. La casualidad me le hizo
conocer en esa poca del ao que le es gratsima, de la cual habl
frecuentemente, acaso porque ella resume bastante bien toda existencia
moderada que se desenvuelve o se acaba en un cuadro natural de
serenidad, de silencio y de recuerdos. Soy un ejemplo--me dijo muchas
veces--de ciertas afinidades desgraciadas que nunca se logra ver
conjuradas por completo. He hecho lo imposible por no ser un
melanclico, porque nada hay ms ridculo que eso, en cualquier edad,
pero sobre todo en la ma; pero hay en el alma de ciertos hombres no s
yo qu especie de bruma elegaca siempre dispuesta a condensarse en
lluvia sobre las ideas. Tanto peor para quienes nacieron entre las
nieblas de octubre!--aadi sonriendo a la vez por lo pretencioso de la
metfora y por lo que en el fondo le humillaba aquella enfermedad
congnita.

Aquel da cazaba yo en los alrededores del pueblo en donde l habita.
Haba llegado el da anterior y no tena en la localidad ms
conocimientos que el doctor ***, avecindado all tan slo desde pocos
aos antes. En el punto de salir nosotros del poblado otro cazador
apareci sobre una pendiente plantada de via que limita el horizonte de
Villanueva por levante. Caminaba con lentitud ms bien como quien pasea,
acompaado de dos hermosos perros de muestra, el uno _pagneul_ de lana
color leonado y el otro _braque_ de pelo negro que recorran el viedo
en torno de su amo. Ordinariamente--segn supe luego,--eran los nicos
compaeros que admita cuando realizaba sus expediciones, casi diarias,
en las cuales la caza no era ms que pretexto para gozar otros placeres:
el de vivir al aire libre y sobre todo el de satisfacer la necesidad de
estar solo.

--He ah al seor Domingo que caza--exclam el doctor, reconociendo a lo
lejos a su vecino.

A poco reson un disparo de escopeta y el doctor me dijo:

--El seor Domingo ha tirado.

El cazador aquel describa en torno de Villanueva anloga evolucin que
nosotros, determinada por la direccin del viento que soplaba del este y
por las querencias, bastante seguras y conocidas de la caza.

Durante todo el resto del da le tuvimos a la vista, y aunque separados
por algunos centenares de metros, podamos seguir la misma ruta que l
como l poda seguir la nuestra. El terreno era llano, el ambiente en
calma, y los ruidos alcanzaban tan lejos en aquella estacin del ao
que, aun despus de haberle perdido de vista, continubamos oyendo cada
detonacin de su escopeta y hasta el eco de su voz cuando azuzaba a sus
perros o los llamaba. Pero fuera por discrecin o porque, segn se
desprenda de una frase del doctor, era poco aficionado a ceder su
compaa, aquel a quien su compaero llamaba el seor Domingo no se nos
acerc hasta muy entrada la tarde; y la cordial amistad que despus nos
uni deba tener fundamento aquel da en un hecho de los ms vulgares.

Nos separaba apenas medio tiro de escopeta cuando mi perro movi una
perdiz. Estaba l a mi izquierda y la pieza vol hacia l.

--Ah le va, seor!--le grit.

En el breve tiempo que emple en echarse la escopeta a la cara pude
advertir que nos mir y apreci si el doctor y yo estbamos bastante
cerca para tirar, y slo luego de convencerse que era pieza perdida si
l no tiraba apunt y dispar. El pjaro cay como fulminado y rebot
con sordo ruido sobre la seca tierra de la via.

Era un magnfico macho de perdiz, de color vivo, rojos y duros como el
coral el pico y las patas, armado de espolones como un gallo, casi tan
ancha la pechuga como la de un pollo cebado.

--Caballero--me dijo el seor Domingo adelantando en direccin a
nosotros,--excuse el haber tirado sobre la muestra de su perro. Pero me
cre obligado a sustituirle a usted para no perder una hermosa pieza,
rara en este terreno. Le pertenece por derecho. No me permito, pues,
ofrecrsela: se la devuelvo.

Aadi algunas frases ms para obligarme y acept el obsequio del seor
Domingo como deuda de galantera dispuesto a pagarla.

Era hombre en apariencia joven todava, aunque haba ya cumplido los
cuarenta aos; bastante alto; la tez morena, la fisonoma agradable,
palabra grave y andar lento, con cierta dejadez, y en todo su aspecto
cierta severidad elegante. Vesta blusa y llevaba polainas al estilo de
los campesinos cazadores. Su rica escopeta, tan slo, revelaba al hombre
acomodado. Los dos perros llevaban anchos collares y en ellos cada uno
una chapa de plata con un monograma. Estrech cortsmente la mano del
doctor y se separ de nosotros casi en seguida para ir, nos dijo, a
reunirse con sus vendimiadores que aquella tarde misma terminaban la
faena de recoleccin.

Eran los primeros das de octubre. La vendimia tocaba a su trmino; nada
quedaba ya en el campo--vuelto en parte a su silencio--ms que dos o
tres grupos de vendimiadores--que en el pas llaman _brigadas_,--y un
mstil con una bandera de fiesta, plantado en la via misma en que se
recogan los ltimos racimos, anunciaba, en efecto, que la brigada del
seor Domingo se aprestaba alegremente a _comer el ganso_, es decir, a
llevar a cabo la comida de clausura y de adis, en la cual, para
celebrar el fin de las faenas, es costumbre tradicional que entre otros
manjares figure en primer trmino el _ganso asado_.

Caa la tarde. Slo algunos minutos faltaban para que el sol alcanzase
la lnea del horizonte; lanzaba sus resplandores, trazando lneas
dilatadas de luz y sombra, sobre la llanura tristemente salpicada por
las vias y las marismas, sin rboles, apenas ondulada, abrindose de
distancia en distancia por una lejana sobre el mar. Uno o dos pueblos
blanquecinos, con sus iglesias de azotea y sus campanarios sajones se
destacaban sobre leves prominencias del terreno y algunas granjas,
pequeas, aisladas, rodeadas de raquticos bosquecillos y enormes
almiares de heno animaban apenas aquel montono paisaje cuya indigencia
pintoresca habra parecido completa sin la singular belleza que le
prestaban el clima, la hora y la estacin. Solamente a la parte opuesta
de Villanueva y en un repliegue del llano haba algunos rboles ms
numerosos formando a la manera de pequeo parque en derredor de una
vivienda de cierta apariencia. Era una construccin de estilo flamenco,
alta, estrecha, salpicada de raras ventanas irregulares y flanqueada de
torrecillas con aguda techumbre de pizarras. En torno de aquella casa
estaban agrupadas otras construcciones ms modernas, casa de labor y
locales diversos de explotacin agrcola, todo muy modesto. Una tenue
nube de azulada neblina que se remontaba entre las copas de los rboles
indicaba que haba excepcionalmente en aquel bajo fondo del llano algo
semejante a una corriente de agua; una larga avenida, especie de prado
pantanoso rodeado de sauces se extenda desde la casa hasta la orilla
del mar.

--Esa vivienda--me dijo el doctor sealando aquel islote de verdura en
medio de la rida desnudez de los viedos--es el castillo de Trembles,
domicilio del seor Domingo.

Entretanto el seor Domingo iba a reunirse con sus vendimiadores y se
alejaba lentamente, la escopeta descargada, seguido de los perros
cansados; mas apenas hubo dado algunos pasos en el sendero que conduca
a sus vias fuimos testigos de un encuentro que me encant.

Dos nios cuyas voces llegaban hasta nosotros y una mujer joven de la
cual slo veamos el vestido de tela ligera y una manteleta roja se
adelantaban hacia el cazador. Los nios le hacan graciosas seas
reveladoras de su alegra, corriendo lo ms veloces que sus piernecitas
permitan: la madre avanzaba ms despacio y con una mano agitaba una
punta de su manteleta color de prpura. Vimos al seor Domingo tomar en
sus brazos sucesivamente a los dos nios. Aquel grupo animado de
brillantes colores permaneci parado un momento en el verde sendero,
destacndose en medio de la tranquila campia iluminado por el fuego de
la tarde, como envuelto de toda la placidez del da que acababa.
Despus, toda la familia emprendi el camino de Trembles y los pstumos
rayos del sol poniente acompaaron hasta su hogar al feliz matrimonio.

Me explic el doctor que el seor Domingo de Bray--a quien todos
llamaban el seor Domingo a secas en virtud de una costumbre amistosa
adoptada por las familiaridades del pas--era un caballero, alcalde de
la comuna, ms bien que por su influencia personal--pues no la ejerca
ya desde algunos aos,--por la antigua estima que estaba vinculada a su
nombre: que era decidido protector de los desgraciados, muy querido y
muy bien mirado de todo el mundo, aunque no tena ms semejanzas con sus
administrados que la blusa, cuando la vesta.

--Es un hombre amable--aadi el doctor;--un poco hurao, excelente,
sencillo y discreto, prdigo en servicios y muy parco en palabras. Todo
lo que puedo decirle a usted es que conozco tantas personas obligadas a
l como habitantes hay en la comuna.

La noche que sigui a aquel da de campo fue tan hermosa y tan
esplndidamente lmpida que no pareca si no que an estbamos en pleno
verano. La recuerdo especialmente porque conservo de ella ciertas
impresiones de esas que se fijan en todos los puntos sensibles de la
memoria no obstante carecer de gravedad los hechos que las motivan.
Haba luna, una luna deslumbrante y el gredoso camino de Villanueva y
las casas blancas estaban alumbrados como si fuera pleno medioda, con
reflejos ms dulces pero con igual precisin. La gran calle recta que
cruza el pueblo estaba desierta. Al pasar por delante de las puertas
apenas se oa el rumor de las conversaciones de los vecinos que cenaban
en familia detrs de las ventanas ya cerradas. De distancia en
distancia, en donde los habitantes no dorman, ya un estrecho rayo de
luz se filtraba por las cerraduras o sala por las _gateras_ y titilaba
como una raya roja a travs de la fra blancura de la noche. Slo
estaban abiertos los lagares para ventilarlos, y de un extremo al otro
del pueblo el olor a uva pisada, la clida exhalacin del vino que
fermenta se mezclaban al tufo de los establos y de los gallineros. En el
campo ya no se perciba ruido alguno, aparte el grito de los gallos que
despertaban del primer sueo y cantaban anunciando que la noche sera
hmeda. Los zorzales--aves de paso que emigraban del norte al
sur,--atravesaban el aire por encima del pueblo y se llamaban
constantemente como viajeros nocturnos. Entre ocho y nueve una especie
de rumor alegre vibr en el fondo de la llanura haciendo ladrar a un
tiempo a todos los perros de las granjas vecinas: era el son agrio y
cadencioso de la cornamusa tocando una contradanza.

--Se baila en casa del seor Domingo--me dijo el doctor.--Buena ocasin
para hacerle una visita, si a usted le parece, puesto que le debe usted
agradecimiento. Cuando se baila al son del _biniou_[A] en casa de un
propietario que hace la vendimia, ha de saber usted que la fiesta tiene
casi carcter pblico.

[A: Especie de cornamusa]

Tomamos el camino de Trembles a travs de los viedos, dulcemente
emocionados por la influencia de aquella noche magnfica. El doctor, que
senta a su manera aquella emocin, se puso a mirar las raras estrellas
que el vivo resplandor de la luna no alcanzaba a eclipsar y se perdi en
disquisiciones astronmicas, los nicos ensueos que un tal espritu
poda permitirse.

El baile se haba organizado delante de la verja de la granja sobre una
explanada en forma de era rodeada de grandes rboles y de abundante
hierba mojada como si hubiese llovido. La luna iluminaba tan bien el
improvisado baile que no eran menester otras luces. No haba ms
bailadores que los peones empleados en la vendimia y uno o dos jvenes
de los alrededores a quienes haba atrado el son de la cornamusa. No
sabra yo decir si el msico que tocaba el _biniou_ hacalo con arte,
pero a lo menos tocaba con tales bros, arrancaba al instrumento
sonidos tan ampliamente prolongados, tan penetrantes y que desgarraban
con tal acritud el aire sonoro y encalmado de la noche, que no me
causaba asombro ya el que semejante ruido nos hubiese llegado desde tan
lejos: en media legua a la redonda poda ser odo, y las muchachas del
llano deban, sin duda, soar contradanzas en sus respectivos lechos.
Los jvenes se haban quitado las blusas; las mozas haban cambiado sus
cofias y remangdose los delantales; todos conservaban puestos los
zuecos--los _bots_ que dicen ellos--sin duda para procurarse ms aplomo
y marcar mejor el comps de los saltos de la burda pantomima llamada la
_bourre_. Entretanto, en el patio de la granja pasaban y repasaban las
criadas, con una luz en la mano, de la cocina al comedor, y cuando el
msico cesaba de tocar para tomar aliento, escuchbase el crujir de la
prensa que estrujaba los racimos.

Hallamos al seor Domingo junto al lagar; en aquel singular laboratorio
lleno de ruedas en movimiento. Dos o tres lmparas dispersas en el
extenso local alumbraban tanto como era necesario nada ms el amplio
espacio ocupado por las voluminosas mquinas. En aquel momento comenzaba
el corte de la _treuille_: es decir, se amontonaba la uva ya exprimida
y se extenda en forma de poder extraer de ella por nueva presin de
mquina el jugo que an contena. El mosto que chorreaba dbilmente caa
con ruido de fuente escasa en los recipientes de piedra, y un largo tubo
de cuero, semejante a una manga de incendio, lo tomaba de las pilas y lo
conduca al fondo del lagar en donde el sabor azucarado de las uvas
aplastadas se converta en olor a vino y en cuya proximidad era la
temperatura muy alta. Todo chorreaba vino nuevo: los muros transpiraban
humedad de vendimia; pesados vapores formaban niebla en derredor de las
luces. El seor Domingo estaba entre los peones ocupados en la faena de
prensar y alumbraba sosteniendo una lmpara de mano a cuya luz le
descubrimos en aquella semioscuridad. Conservaba su vestido de caza y
nadie le hubiera distinguido de los trabajadores si stos no le llamasen
seor nostramo.

--No se disculpe usted--le dijo al doctor que peda excusa por la hora y
el momento elegidos para nuestra visita,--porque de otro modo tendra yo
sobrados motivos para pedir disculpa a mi vez.

Y creo bien--tan desembarazadamente y con tanta finura nos hizo los
honores de su lagar,--que no tuvo ms fastidio que el de la dificultad
de procurarnos cmodo asiento en aquel sitio.

Nada dir de nuestra conversacin--la primera que sostuve con un hombre
con quien he hablado mucho despus.--Slo recuerdo que despus de haber
discutido sobre vendimia, cosechas, caza y otros asuntos de campo, el
nombre de Pars surgi de pronto como inevitable anttesis de todas las
simplicidades y todas las rusticidades de la vida.

--Ah, eran aqullos los buenos tiempos!--dijo el doctor, en quien el
nombre de Pars despertaba siempre cierto sobresalto.

--Todava aoranzas!--replic el seor Domingo.

Y dijo esta frase con un acento particular,--ms expresivo que las
mismas palabras, cuyo verdadero sentido hubiese querido penetrar.

Salimos cuando los vendimiadores iban a cenar. Era ya tarde y slo nos
restaba regresar a Villanueva. l seor Domingo nos gui por una avenida
que rodeaba el jardn, cuyos lmites se confundan vagamente con los
rboles del parque, y despus por una ancha terraza que abarcaba toda la
fachada de la casa. Al pasar por delante de una habitacin alumbrada,
cuya ventana estaba abierta al tibio ambiente de la noche, vi a la joven
esposa bordando sentada cerca de dos lechos gemelos. Nos separamos en la
verja de entrada. La luna alumbraba de lleno el patio de honor a donde
no llegaba el movimiento de la granja. Los perros, cansados despus de
un da de caza, con la cadena al cuello, dorman delante de sus
respectivos nichos, tendidos cuan largos eran sobre la arena. En los
grupos de lilas removanse los pajarillos como si la esplndida claridad
de la noche les hiciera creer que amaneca. Ya nada se oa del baile
interrumpido por la cena en la casa de Trembles y los alrededores, todo
reposaba ya en el ms grande silencio, y esta absoluta ausencia de
ruidos aliviaba la impresin del que acompaaba, al _biniou_.

Pocos das despus, al regresar a casa encontramos dos tarjetas del
seor de Bray, que haba ido a visitarnos, y al siguiente nos lleg una
invitacin a nombre de la seora de Bray, pero escrita por su marido: se
trataba de una comida en familia ofrecida a los vecinos, la cual se
rogaba amablemente fuera aceptada.

Esta nueva entrevista--la primera, puede decirse, que me dio entrada en
el castillo de Trembles--tampoco ofreci nada memorable, y de ella no
hablara, a no ser porque me cumple decir dos palabras con respecto a la
familia del seor Domingo. Se compona de tres personas cuyas siluetas
fugitivas haba ya visto desde lejos en medio de las vias: una nia
morena, llamada Clemencia, un nio rubio, delgadito, que creca
demasiado de prisa y que ya prometa llevar el nombre mitad feudal y
campesino de Juan de Bray, con ms distincin que vigor. En cuanto a la
madre era una esposa y una madre en la ms elevada acepcin de las dos
palabras: ni matrona, ni jovenzuela; de pocos aos, pero con una madurez
y una dignidad perfectas apoyadas en el sentimiento bien comprendido de
su doble papel; hermosos ojos en un rostro indeciso; mucha dulzura en su
gesto mezclada con cierta expresin sombra, debida acaso al constante
aislamiento; porte gentil y maneras elegantes.

Aquel ao nuestras relaciones no fueron muy lejos: una o dos partidas de
caza a las cuales me invit el seor de Bray; algunas visitas recibidas
y devueltas que me hicieron conocer mejor los caminos del castillo, pero
no me abrieron las avenidas discretas de su amistad. Llegado noviembre,
abandon, pues, Villanueva sin haber penetrado en la intimidad del
feliz matrimonio, que as resolvimos designar el doctor y yo a los
dichosos castellanos de Trembles.




II


La ausencia causa efectos singulares. Lo comprob durante aquel primer
ao de alejamiento que me separ del seor Bray sin que el ms leve
motivo directo pareciese evocar en uno el recuerdo del otro.

La ausencia une y desune: tanto acerca como aleja: hace recordar y
olvidar; relaja ciertos vnculos muy slidos, los distiende a veces
hasta romperlos: hay alianzas reconocidas indestructibles en las cuales
ocasiona irremediables averas: acumula mundos de indiferencia sobre
promesas de eterna recordacin. Y al mismo tiempo, de un germen
imperceptible, de un vnculo inadvertido, de un adis, seor, que no
deba tener ningn alcance compone, con una insignificancia, tejindolos
yo no s cmo, una de esas tramas tan vigorosas sobre las cuales dos
amistades masculinas pueden muy bien subsistir por todo el resto de la
vida, porque tales lazos son de imperecedera duracin. Las cadenas
formadas de ese modo, sin saberlo nosotros, con la sustancia ms pura y
ms vivaz de nuestros sentimientos, por aquella misteriosa obrera son a
la manera de un intangible rayo de luz que va del uno al otro sin que lo
interrumpan ni desven la distancia ni el tiempo: el tiempo las
fortifica y la distancia puede prolongarlas indefinidamente sin
romperlas. La aoranza no es en tales casos ms que el movimiento un
poco ms rudo de esos hilos invisibles anudados en las profundidades del
corazn y del alma, cuya extrema tensin hace sufrir. Pasa un ao: la
separacin fue sin decirse hasta la vista: se produce un reencuentro
inesperado: y durante ese tiempo la amistad ha hecho en nosotros tales
progresos que todas las barreras han cado, todas las precauciones han
desaparecido. Aquel largo intervalo de doce meses, gran espacio de vida
y de olvido, no ha contado un solo da intil: y esos doce meses de
silencio han determinado la necesidad mutua de confidencias con el
derecho ms sorprendente aun de confiar.

Un ao justo haca que haba ido por vez primera a Villanueva cuando
volv a l atrado por una carta del doctor, en la cual me deca: En la
vecindad se habla de usted y el otoo es soberbio; venga usted. Llegu
sin hacerme esperar, y cuando una noche de vendimia, despus de un da
tibio, de esplndido sol, en medio de iguales ruidos que antao,
traspuse, sin anunciarme, los umbrales de Trembles, vi que la unin de
que he hablado estaba formada y que la ingeniosa ausencia la haba
operado sin nosotros y para nosotros.

Era yo un husped esperado que volva, que deba volver, y que una vieja
costumbre haba hecho familiar de la casa. No me encontraba a mi vez
completamente a mi satisfaccin? Aquella intimidad, que comenzaba
apenas, era antigua o nueva? No podra afirmarlo: de tal modo la
intuicin de las cosas me haba hecho vivir largamente en medio de
ellos: tanto la sospecha que de ellos tena asemejaba la costumbre.

Muy pronto la servidumbre me conoci: los dos perros no ladraban cuando
llegaba al patio: la pequea Clemencia, y Juan se habituaron a verme y
no fueron por cierto los ltimos en experimentar el grato efecto del
regreso y la inevitable relacin de los hechos que se repiten.

Ms adelante se me llam ya por mi nombre sin suprimir en absoluto la
frmula de precederlo por la palabra _seor_, pero olvidndola con mucha
frecuencia. Sucedi despus que el seor de Bray--yo deca
ordinariamente seor de Bray--no estuvo de acuerdo con el tono de
nuestras conversaciones: y cada uno de nosotros lo advirti como nota
desafinada que hiere el odo. En realidad nada pareca haber cambiado en
Trembles: ni los lugares ni nosotros mismos: y tenamos el aspecto--de
tal modo era todo tan idntico a lo de antes, las cosas, la poca, la
estacin y hasta los pequeos incidentes de la vida--de festejar da
tras da el aniversario de una amistad que no tena data.

La vendimia se hizo y se termin igual que los aos precedentes, con las
mismas fiestas, iguales danzas, al son de la misma cornamusa manejada
por el mismo msico. Despus, arrumbada la cornamusa, desiertas las
vias, cerrados los lagares, la casa torn a su calma ordinaria. Durante
un mes los brazos descansaron y los campos se cubrieron de verdura: fue
ese mes de reposo especie de vacacin rural que dura de octubre a
noviembre--despus de la ltima recoleccin hasta la siembra,--que
resume los das buenos, que trae, como un desfallecimiento de la
estacin, calores tardos precursores de los primeros fros. Por fin,
una maana salieron los arados; pero nada menos parecido al ruido de la
vendimia que el triste y silencioso monlogo del labriego conduciendo
los bueyes de labor y el gesto sempiterno del sembrador distribuyendo el
grano en la tierra roturada.

Trembles era una hermosa propiedad, de la cual Domingo sacaba una buena
parte de su fortuna y que le haca rico. La explotaba por s mismo con
ayuda de su esposa, quien--segn de Bray afirmaba--posea todo el
espritu de los nmeros y de administracin que a l le faltaba. Como
auxiliar secundario--con menor importancia y tanta accin casi como ella
en el complicado mecanismo de una explotacin agrcola,--tena un viejo
servidor, por encima del rango de los criados, que desempeaba funciones
de mayordomo e intendente. Este hombre--cuyo nombre figurar ms
adelante en este relato--se llamaba Andrs, y en su calidad de hijo del
pas y casi de hijo de la casa, tena con respecto a su amo tanta
privanza como ternura. Cuando de l o con l hablaba deca seor
nostramo, y de Bray le tuteaba por costumbre adquirida durante la niez
que perpetuaba una tradicin domstica de suyo emotiva en las relaciones
del joven patrono y el viejo Andrs, el personaje principal en Trembles
despus de los dueos de la casa.

El resto del personal--bastante numeroso--se distribua en las mltiples
dependencias del castillo y de la granja.

Muchas veces todo pareca vaco, menos el corral, en donde se agitaba
constantemente una multitud de gallinas; el gran jardn, en el cual las
muchachas de la granja recogan la hierba, y la terraza expuesta al
medioda en la que la seora de Bray y sus hijos estaban a la sombra de
las parras, cada da menos compactas por la cada rpida de los pmpanos
secos. A veces pasaban das enteros sin que se percibiese un ruido
revelador de la vida en aquella casa habitada por tanta gente que
exista entregada a la actividad del trabajo domstico y agrcola.

La alcalda no estaba en Trembles, aunque por tres o cuatro generaciones
los de Bray hubieron desempeado aquel cargo como por derecho propio. El
archivo se quedaba en Villanueva; una vivienda de labriegos serva de
escuela y de casa consistorial. El alcalde, dos veces por mes, acuda
para presidir el concejo municipal, y de cuando en cuando para celebrar
algn matrimonio. Esos das parta de Trembles con la banda en el
bolsillo y se la cea al entrar en la sala de sesiones y acompaaba de
buena voluntad las formalidades legales de una pequea arenga que
produca excelentes efectos. Dos veces en una misma semana, tuve ocasin
de presenciar esa escena en la poca de que hablo. Las vendimias atraen
infaliblemente los matrimonios: es la estacin del ao que hace
emprendedores a los mozos, enternece el corazn de las muchachas y forma
los noviazgos.

La distribucin de la beneficencia estaba a cargo de la seora de Bray.
Tena las llaves de la farmacia, de los depsitos de ropas, de lea
gruesa, de sarmientos; los bonos de pan firmados por el alcalde iban
escritos de mano de ella; si aada de lo suyo a la liberalidad comunal,
nadie se enteraba, y los pobres reciban el beneficio sin saber nunca la
mano que se lo daba. Gracias a esto, verdaderos pobres indigentes haba
muy pocos en la comuna: los recursos que procuraba el mar en ayuda de la
caridad pblica, los de las marismas y algunos prados inferiores en los
que los ms apurados apacentaban sus vacas, un clima dulcsimo que haca
muy soportables los inviernos, contribuan a que los aos se sucedieran
sin penurias excesivas y eran factores que daban margen a que nadie
pudiera lamentar la suerte de haber nacido en Villanueva.

Tal era, sobre poco ms o menos, la parte que a Domingo le corresponda
en la vida pblica de su pas natal: administrar una pequea comuna
perdida en las lejanas de todo gran centro, encerrada entre marismas,
apretada contra el mar que roa sus costas y le devoraba cada ao
algunas pulgadas del territorio; velar por la conservacin de los
caminos y procurar la desecacin de los terrenos inundados
peridicamente; preocuparse de los intereses de muchas personas para las
cuales eran necesarios a las veces el arbitrio benfico, el consejo o el
juez; impedir las disputas y poner bice a los pleitos, causa y efecto
de discordias; prevenir los delitos; cuidar con sus propias manos y
ayudar con recursos de la propia gaveta; dar buenos ejemplos en materia
agrcola; hacer ensayos ruinosos para animar a los tmidos en la senda
de los progresos tiles; experimentar a todo riesgo en tierra propia y
con dinero propio como un mdico ensaya en su cuerpo un medicamento a
riesgo de la salud; y todo eso hacerlo con la mayor naturalidad, no como
una servidumbre, sino como un deber de posicin social, de fortuna y de
nacimiento.

Alejbase lo menos posible del estrecho crculo de aquella existencia
activa e ignorada cuyo radio no exceda de una legua.

En Trembles se reciban pocas visitas; algunos amigos que llegaban para
cazar, desde lejanos lmites del Departamento, y el doctor y el prroco
de Villanueva invitados regularmente a comer todos los domingos.

Cuando--despus de levantarse--tena despachados todos los asuntos de la
comuna, si le quedaban un par de horas para ocuparse de los propios,
pasaba revista a sus mquinas agrcolas, distribua el trigo de semilla,
haca acopiar los forrajes o bien montaba a caballo cuando una necesidad
de vigilancia le reclamaba ms lejos. A las once la campana de Trembles
anunciaba el almuerzo; era el primer momento del da en que se reuna la
familia y pona a los dos nios bajo la mirada del padre. Uno y otra
aprendan a leer, modesto comienzo, sobre todo para el muchacho, en
quien Domingo cifraba, creo yo, la ambicin de ver realizado un xito en
oposicin diametral del fracaso de su propia vida.

El ao era abundante de caza y en ella ocupbamos la mayor parte de las
tardes cuando no emprendamos una rpida jira por la rida campia sin
otro fin que costear el mar. Observaba yo que esas cabalgatas, durante
las cuales pasaban largos espacios del ms absoluto silencio, a travs
de un territorio cuya aridez nada tena de risueo, le ponan ms serio
que de ordinario sola estar. Caminbamos al paso de nuestras
cabalgaduras; muchas veces pareca que se olvidaba l que yo le
acompaaba, para seguir como adormecido el montono andar de su caballo
escuchando el golpeteo de las herraduras sobre los cantos rodados de la
costa. Gentes de Villanueva u otros pueblos que solan cruzar nuestro
camino le saludaban llamndole unas veces seor alcalde y otras seor
Domingo; la frmula cambiaba segn el domicilio de los transentes, de
conformidad con la clase de relacin o el grado de dependencia.

--Buenos das, seor Domingo--le decan a travs del campo. Eran
labriegos, gente de trabajo, agachados sobre los surcos. Con ms o menos
esfuerzos desplegaban la cintura, fatigados los riones, y descubran
grandes frentes cubiertas de cortos cabellos, cuya blancura se
destacaba sobre el rostro atezado por el sol. Alguna vez una frase cuyo
sentido no estaba definido para m, un recuerdo de otros tiempos,
evocado por alguno de aquellos que le haban visto nacer y le
decan:--Se acuerda, seor?--algunas veces, una frase bastaba para
hacerle cambiar el gesto y sumirle en embarazoso silencio.

Haba un viejo pastor de carneros, un buen hombre, que todos los das a
la misma hora llevaba su rebao a apacentarse con la hierba salobre de
la vertiente sobre el mar. Hiciera buen o mal tiempo, veasele a dos
pasos de la quebrada, derecho como un centinela, el sombrero de fieltro
encasquetado hasta las orejas, los pies en los gruesos zuecos rellenos
de paja, abrigada la espalda con un capotn de pao pardo.

--Cuando pienso--me haba dicho Domingo--que hace treinta y cinco aos
que le conozco y le veo siempre ah...

Era gran hablador, como hombre que slo en raras ocasiones puede
aliviarse del prolongado silencio y sabe aprovecharlas. Casi siempre se
pona delante de nuestros caballos cerrndoles el paso, y con gran
ingenuidad nos obligaba a escucharle. Ms que ningn otro tena la mana
del se acuerda, seor?, como si los recuerdos de su dilatada vida de
guardin de carneros no constituyeran ms que una serie no interrumpida
de bienandanzas. No era, por cierto--ya lo haba yo advertido,--el
encuentro que ms agradaba a Domingo. La repeticin de aquella imagen
siempre en el mismo lugar; la renovacin de cosas muertas, intiles,
olvidadas, todos los das a la misma hora puestas indiscretamente ante
sus ojos le molestaba realmente. As, a despecho de su indulgencia para
todos los que le amaban--y mucho le quera el anciano pastor,--Domingo
le trataba un poco como a un viejo cuervo charlatn: Est bien, est
bien, to Jacobo, le deca, hasta maana, y trataba de continuar el
paseo. Pero la estpida obstinacin del to Jacobo era tal, que no
quedaba ms recurso que resignarse y dejar que tomasen aliento los
caballos en tanto que el viejo pastor hablaba.

Un da Jacobo, como de costumbre, luego que nos vio a lo lejos, baj la
pendiente de la quebrada, y plantado como un mojn en medio del estrecho
sendero que debamos seguir nos detuvo. Estaba ms ganoso que nunca de
hablar de los tiempos que fueron, de recordar fechas; los recuerdos de
lo pasado se le suban al cerebro como una borrachera.

--Salud, seor Domingo, salud, seores--nos dijo mostrndonos todas las
arrugas de su rostro devastado, dilatadas por la satisfaccin de
vivir.--He aqu un tiempo como se ve pocas veces, como no se ha visto
desde hace veinte aos. Se acuerda usted, seor Domingo, de hace veinte
aos? Ah, qu vendimias aqullas, qu calor para recoger... y qu modo
de gotear los racimos como esponjas, y cmo eran dulces como azcar las
uvas!... No haba gente bastante para cortar todo lo que los sarmientos
tenan...

Domingo escuchaba impaciente y su caballo piafaba como si las moscas le
atormentaran.

--Era el ao que haba tanta gente en el castillo, se acuerda? Ah,
como...!

Pero una huida del caballo cort la frase y dej al to Jacobo con la
boca abierta. Aquella vez a todo trance haba pasado adelante Domingo y
su cabalgadura galopaba fustigada con el ltigo como si el jinete le
castigara por algn resabio sbito o por haber tenido miedo.

Durante el rato del paseo Domingo estuvo distrado y el mayor tiempo
posible mantuvo su caballo al galope largo.

Era Domingo poco aficionado al mar; haba crecido--deca--escuchando sus
gemidos y recordaba aquel tiempo con desagrado; slo a falta de ms
risueos caminos para pasear habamos adoptado aquel rumbo. No obstante,
visto desde lo alto de la quebrada que seguamos el horizonte plano de
la tierra y el del mar, resultaban de una grandeza sorprendente a fuerza
de estar vacos. Por otra parte el continuo movimiento de las olas y la
inmovilidad de la llanura; el contraste de los barcos que pasaban, con
las casas que estaban inmviles, de la vida aventurera y de la vida
determinada por analoga, deba impresionarle muy vivamente y lo
saboreaba secretamente, sin duda, con el placer acre propio de las
voluptuosidades del espritu que hacen sufrir. Al caer la tarde
volvamos a paso corto por los caminos pedregosos enclavados entre los
campos recientemente labrados cuya tierra era negruzca. Las alondras
volaban al nivel del suelo huyendo con un postrer estremecimiento de da
sobre las alas. As llegbamos a las vias y nos abandonaba el aire
salado de la costa. Del fondo de la llanura se elevaba un hlito ms
tibio. Poco despus entrbamos bajo la sombra azulada de los grandes
rboles y muchas veces estaba ya cerrada la noche cuando echbamos pie a
tierra en el patio de Trembles.

Por la noche nos reunamos nuevamente en un gran saln provisto de
antiguos muebles; un ancho reloj sealaba la hora, y tan vibrante era su
sonera que alcanzaba a ser oda hasta de las habitaciones altas. Era
imposible substraerse a aquel montono ruido que nos despertaba con slo
el ritmo de su pndulo, y muchas veces Domingo y yo nos sorprendamos
recprocamente escuchando en silencio el severo murmullo que segundo a
segundo nos conduca de un da al otro. Asistamos a la faena de acostar
a los nios cuyo tocado de noche se haca por indulgencia en el saln, y
a quienes la madre llevaba a la cama, todos envueltos en tela blanca,
los brazos colgantes y los ojos cerrados ya por el sueo.

A eso de las diez nos separbamos. Yo retornaba a Villanueva, o bien,
ms adelante, cuando las noches eran lluviosas y ms oscuras y los
caminos menos transitables, me retenan en Trembles. Tena mi
alojamiento en el segundo piso en un ngulo del edificio tocando a una
de las torrecillas. Otro tiempo, durante su juventud, haba ocupado
Domingo aquella misma habitacin. Desde la ventana se descubra toda la
llanura, toda Villanueva y hasta la alta mar, y me dorma escuchando el
rumor del viento en los rboles y el ronquido de las olas que haba
arrullado a Domingo en la niez. Al da siguiente todo recomenzaba como
el anterior, con la misma plenitud de vida, la misma exactitud en las
distracciones y en el trabajo. Los nicos accidentes domsticos que tuve
ocasin de presenciar fueron propios de la estacin, que turbaban la
simetra de las costumbres; como, por ejemplo, un da de lluvia que
modificaba las disposiciones adoptadas contando con el buen tiempo.

En das tales, Domingo suba a su despacho. Pido perdn al lector por
estos pequeos detalles y de otros que les seguirn; pero ellos le
permitirn penetrarse poco a poco y por las mismas vas indirectas que a
m mismo me condujeron, de la vida del caballero labriego en la
conciencia misma del hombre, y quizs en ella encontrarn
particularidades menos vulgares. Esos das, deca, Domingo suba a su
despacho; es decir, retrogradaba veinticinco o treinta aos y reviva su
pasado durante algunas horas. Haba en aquella habitacin algunas
miniaturas de familia, un retrato suyo, de cuando era muy joven y tena
el rostro sonrosado y rodeado de bucles castaos; un retrato en el cual
no haba un rasgo fisonmico semejante a los del hombre de lo presente;
algunos legajos rotulados en un montn de papeles y dos bibliotecas: una
antigua, la otra enteramente moderna que manifestaba por la seleccin
especial de libros, las predilecciones que de hecho aplicaba en su vida.
Un pequeo mueble cubierto de polvo contena los libros de colegio
nicamente; volmenes de estudio y de premio. Adase a todo esto un
viejo escritorio acribillado de manchas de tinta y de golpes de
cortaplumas y un hermoso mapa-mundi datando de medio siglo en el cual
estaban trazados a mano los ms quimricos itinerarios a travs de todos
los pases de la tierra. Adems de aquellos testimonios de su vida de
estudiante, respetados y conservados con verdadero cario por un hombre
que se senta envejecer, haba otras diversas cosas que correspondan a
su vida ntima reveladoras de lo que haba sido, lo que haba pensado,
que me cumple dar a conocer, aunque en ellas haya mucha puerilidad.
Refirome a lo que se vea sobre las paredes, en las estanteras, en los
vidrios, innumerables confidencias fciles de descifrar.

Leanse sobre todo fechas completas--da, mes y ao.--Era frecuente la
indicacin reproducida en serie, con sucesin de datos de diverso ao,
como si muchos seguidos se hubiera dedicado a constatar algo idntico,
ya sea su presencia material en algn sitio o la del pensamiento sobre
el mismo objeto. Era rara su firma al pie de las inscripciones; mas no
por annimas eran menos reveladoras de la personalidad que las haba
concebido y grabado. Haba adems una sola figura geomtrica elemental.
Encima, la misma figura estaba reproducida con una o dos lneas ms que
modificaban el sentido sin cambiar el principio y repetida con nuevas
modificaciones llegaba a corresponder a significados particulares que
implicaban el tringulo o el crculo originario, pero con resultados
diferentes. En medio de stas alegoras, cuyo significado no era difcil
adivinar, estaban escritas algunas mximas muy concisas y muchos versos,
todos contemporneos de aquel trabajo de reflexin sobre la identidad
humana en el progreso. La mayor parte estaban escritos con lpiz, porque
el poeta los estamp tmidamente o porque desde prestarles demasiada
permanencia trazndolos en forma que los perpetuase sobre el muro.
Monogramas, en los cuales la misma mayscula se enlazaba con una D, se
destacaban sobre el primer verso de muchas de aquellas poesas de
acepcin ms definida, recuerdos de poca ms reciente sin duda. De
pronto, como revelacin de una recada hacia un misticismo ms doloroso
o ms elevado, haba escrito--seguramente por una coincidencia fortuita
con el poeta Longfelow--_Excelsior, Excelsior, Excelsior_, repetido
entre una porcin de signos de admiracin. Despus, a contar de una
poca que se poda calcular en torno de la fecha de su matrimonio,
advertase evidentemente que sea por indiferencia o tal vez resultado de
una enrgica determinacin, haba adoptado el partido de no escribir
ms. Juzgaba que se haba completado ya la pstuma evolucin de su
existencia? O pensaba, con razn, que nada poda temer en adelante
respecto de aquella identidad de s mismo que tanto haba cuidado
establecer hasta entonces? Una sola y ltima fecha muy visible segua a
todas las dems y coincida exactamente con la edad de Juan, el primer
hijo que le haba nacido.

Una gran concentracin de espritu; una activa e intensa observacin de
s mismo, el instinto de elevarse muy alto cada vez ms, y de dominarse
no perdindose de vista nunca; las transformaciones arrastradoras de la
vida con la voluntad de reconocerse en cada nueva faz; la naturaleza que
se hace comprender; sentimientos que nacen y enternecen un joven corazn
nutrido de su propia sustancia; aquel nombre que se enlaza con otro y
versos que se escapan de l como el aroma de una flor en primavera; los
esfuerzos fracasados hacia las altas cumbres del ideal; la paz, en fin,
que se hace en un espritu borrascoso, tal vez ambicioso, y de seguro
martirizado por quimeras; he ah, si no me engao, lo que se poda leer
en aquel registro mudo, ms significativo en su confusa nemotecnia que
muchas memorias escritas. El alma de treinta aos de existencia an
conmovida, palpitaba en aquel estrecho gabinete; y cuando Domingo estaba
en l, delante de m, asomado a la ventana, un poco distrado y tal vez
perseguido an por el eco de antiguos rumores, era cosa de saber si
haba venido para evocar lo que l llamaba la sombra de l mismo o para
olvidarla.

Un da tom un paquete de libros colocado en un oscuro rincn de la
biblioteca; me hizo sentar, abri uno de los volmenes y sin ms
prembulo se puso a leer a media voz. Eran poesas sobre asuntos
demasiado gastados despus de muchos aos de vida campestre, de
sentimientos heridos o de pasiones tristes. Los versos eran buenos, de
un mecanismo ingenioso, libre, imprevisto, pero poco lricos en
resumen, aunque las intenciones del autor lo fueran mucho. Los
sentimientos eran delicados, pero vulgares, y las ideas dbiles. Aparte
la forma que, lo repito, por sus raras cualidades discordaba
notablemente con la indiscutible debilidad del fondo, pareca aquello
ensayo de un hombre joven que se expansiona en versos y se cree poeta
porque cierta msica interior le pone en el camino de las cadencias y le
impulsa a hablar con palabras rimadas. Tal era, a lo menos, mi opinin,
y no teniendo por qu guardar consideraciones al autor, cuyo nombre
ignoraba, se la di a conocer a Domingo con la misma crudeza que ahora la
escribo.

--He ah juzgado al poeta, y bien juzgado, ni ms ni menos que por l
mismo. Hubiera usted usado igual bravura si hubiese sabido que los
versos eran mos?

--Absolutamente--repliqu un poco desconcertado.

--Tanto mejor. Eso me demuestra--continu Domingo,--que lo mismo en bien
que en mal me estima usted en lo que valgo. Hay otros dos volmenes de
fuerza semejante a la de este otro. Tambin son mos. Tendra el derecho
de negarlo puesto que en ellos no figura mi nombre; pero no sera usted,
por cierto, la persona a quien ocultara yo debilidades que tarde o
temprano conocer usted en totalidad. Yo, como tantos otros, les debo
acaso a esos ensayos fracasados alivio y enseanzas tiles.
Demostrndome que no soy nada, lo que he hecho me ha dado la medida de
los que son algo. Esto que digo es modestia a medias; pero no le
extraar a usted que no distinga la modestia del orgullo cuando sepa
hasta qu punto me es permitido confundirlos.

Haba dos hombres en Domingo: eso no era difcil adivinarlo. Todo
hombre lleva en s mismo uno o muchos muertos, me haba dicho
sentenciosamente el doctor, que tambin sospechaba un gran
renunciamiento en la vida del campesino de Trembles. Pero el que no
exista ya, haba, siquiera, dado seales de vida? Y en qu medida?
En qu poca? Haba traicionado alguna vez su incgnito con algo ms
que dos libros annimos e ignorados?...

Tom los dos libros que Domingo no haba abierto; el ttulo me era
conocido. El autor, cuyo nombre no haba tenido tiempo de penetrar muy
hondo en la memoria de la gente que lee, ocupaba con honor un puesto de
mediano rango en la literatura poltica de quince aos atrs. Ninguna
publicacin ms reciente me haba hecho saber que viva y escriba an.
Formaba parte del pequeo nmero de escritores discretos que nunca son
conocidos ms qu por el ttulo de sus obras, cuyo nombre alcanza fama
sin que ellas salgan de la sombra, y que pueden desaparecer o retirarse
del mundo sin que el pblico, que no se comunica con ellos ms que por
sus escritos, llegue a saber lo que de ellos ha sido.

Repeta yo los ttulos de los libros y el nombre del autor; miraba a
Domingo, y comprendiendo que le adivinaba, sonri y me dijo:

--Sobre todo no linsonjee usted al publicista para consolar al poeta. La
ms real diferencia que entre los dos hay consiste en que la prensa se
ha ocupado del primero y no ha hecho igual honor al segundo. Si razn
ha tenido para callar respecto del uno, no se ha equivocado al acoger
bien al otro? Tena muchos motivos--continu--para cambiar de nombre
como antes tuve graves razones para mantener el annimo; razones que no
emanaban tan slo de consideraciones de prudencia literaria y de
modestia bien entendida. Ya ve usted que hice bien, puesto que nadie
sabe hoy da que aquel que firmaba mis libros ha concluido prosaicamente
por hacerse alcalde de su pueblo y cultivador de vias.

--Y ya no escribe usted?--le pregunt.

--Ah, no!... Eso se acab. Por otra parte, desde que no tengo nada que
hacer, puedo decir que no me queda tiempo para nada. En cuanto a mi
hijo, he aqu lo que pienso acerca de l. Si yo hubiera llegado a ser lo
que no soy, considerara que la familia de los de Bray haba producido
bastante, que su misin estaba cumplida, que mi hijo slo tena que
procurarse descanso. Pero la Providencia ha dispuesto otra cosa: los
papeles se han trocado. Es esto mejor o peor para l? Le dejo el esbozo
de una vida incompleta que l completar, si no me equivoco. Nada acaba;
todo se transmite, hasta las ambiciones.

Luego que abandonaba aquella habitacin peligrosa poblada de fantasmas
en la cual se comprenda que una multitud de tentaciones deban
acosarle, Domingo tornaba a ser el campesino de Trembles. Diriga una
frase cariosa a su esposa y a sus hijos, tomaba la escopeta, llamaba a
los perros, y si el cielo sonrea bamos a terminar el da en el campo
empapado de agua.

Hasta noviembre dur aquella vida fcil, familiar, sin grandes
expansiones, pero con el abandono sobrio y confiado que Domingo saba
poner en todo lo que no estaba mezclado con asuntos de su vida ntima.
Gustaba del campo como un nio y no lo ocultaba; pero hablaba de l como
hombre que en el campo habita, no como literato que lo canta. Haba
palabras que nunca pronunciaban sus labios, porque jams conoc hombre
que fuese ms pudoroso que l en cierto orden de ideas, y la confesin
de sentimientos llamados poticos era un suplicio que estaba muy por
encima de sus fuerzas.

Tena por el campo una pasin tan sincera, aunque contenida en la forma,
que le llenaba de voluntarias ilusiones y le impulsaba a perdonar muchas
cosas a los aldeanos aunque les reconociera ignorantes y cargados de
defectos y aun de vicios. Viva en perenne contacto con ellos, pero no
comparta ni sus costumbres, ni sus gustos ni uno solo de sus
prejuicios. La extrema sencillez de su traje, de sus maneras y de su
vida todo era excusa de superioridades que ninguno de los que le
trataban hubiera sospechado. Todos en Villanueva le haban visto nacer,
crecer, y despus de algunos aos de ausencia tornar al pas natal y
arraigarse en l. Haba viejos para quienes con sus cuarenta y cinco
aos ya era siempre Dominguito; pero de todos los que a diario pasaban
cerca del castillo de Trembles y reconocan en el segundo piso, a mano
derecha, aquel cuarto que fue su habitacin de nio adolescente, ni uno
solo sospechaba, por cierto, el mundo de ideas y de sentimientos que le
separaba de ellos.

He hablado de las visitas que Domingo reciba y me cumple volver sobre
ese asunto por razn de un suceso del cual fui, hasta cierto punto,
testigo, y que le impresion hondamente.

Entre los amigos que segn costumbre se reunieron en Trembles para
festejar a San Huberto, estaba uno de los ms viejos camaradas de
Domingo, llamado D'Orsel, muy rico, que viva retirado, segn se deca,
sin familia, en un castillo situado a una docena de leguas de
Villanueva.

Era D'Orsel de la misma edad que su antiguo camarada, aunque su cabello
rubio y su rostro afeitado eran parte a que representara algunos aos
menos. Tena buen tipo, vesta muy bien, distinguanle maneras
seductoras por lo cultas, y un _dandismo_ inveterado en los gestos y en
las palabras, que constituan un atractivo real. Haba en todo su ser
moral mucho abandono o mucha indiferencia o mucho fingimiento. Era
entusiasta de la caza y de los caballos, y despus de haber adorado los
viajes no viajaba ya. Parisiense por adopcin, casi por nacimiento, un
buen da se supo que haba abandonado Pars sin que nadie fuera capaz de
determinar la causa de aquella retirada, y que haba ido a encerrarse en
su castillo de Orsel absolutamente solo.

Su vida era verdaderamente extraa. Como en un lugar de refugio y de
olvido dejndose ver muy poco, no recibiendo a nadie, no se explicaba su
conducta ms que por causa de desesperacin, puesto que se trataba de un
hombre todava joven, rico, en quien era razonable suponer, si no
grandes pasiones, a lo menos vivos ardores de carcter muy diverso. Poco
instruido, aunque haba adquirido _de odas_ cierto grado de cultura
intelectual, manifestaba altivo menosprecio por los libros y profunda
conmiseracin por aquellos que a escribirlos se consagraban. Para qu
eso! Despus de todo la existencia es sobradamente corta y no merece la
pena de tomarse tantas preocupaciones... Y sostena con ms ingenio que
lgica la tesis vulgar de los descorazonados, por ms que nada
justificara el que se considerase uno de ellos. Lo que haba de ms
sensible en aquel carcter--un poco difuso, como si estuviera cubierto
de una capa de polvo de soledad, y cuyos rasgos originales comenzaban a
desgastarse,--era una especie de pasin indecisa y no extinguida al
mismo tiempo, por el gran lujo, los grandes placeres y las vanidades
artificiales de la vida. Y la hipocondra fra y elegante que dominaba
todo su ser demostraba que si algo subsista despus del desaliento ante
tales ambiciones tan vulgares, era el disgusto de s mismo y al propio
tiempo el excesivo apego al bienestar.

En Trembles siempre era recibido con mucho cario, y Domingo le
perdonaba la mayor parte de sus rarezas en gracia a la vieja amistad que
les una, y en la cual D'Orsel pona, por cierto, todo lo que le quedaba
de corazn.

Durante los pocos das que pas en Trembles, tal como saba ser en
sociedad, es decir, un compaero amable de agradabilsima conversacin y
aparte, alguna que otra salida de la ordinaria reserva, nada revel
hasta qu punto el fastidio dominaba en su espritu.

La seora de Bray se haba impuesto la tarea de casarlo: quimrica
empresa, pues nada era ms difcil que llevarle a discutir
razonablemente sobre tales ideas. Su respuesta ordinaria era que ya
haba pasado la edad en que uno se casa por inclinacin, y que el
matrimonio, como todos los actos capitales y peligrosos de la vida,
reclama un gran impulso de entusiasmo.

--Es el ms aleatorio de los juegos--deca,--que slo tiene excusa por
el valor, el nmero, el ardor y la sinceridad de las ilusiones que en l
se ponen y que no resulta divertido ms que cuando de una y otra parte
se juega fuerte.

Y como causaba asombro verle encerrarse en Orsel abandonado a una
inaccin de la cual se lamentaban sus amigos, a esta observacin, que no
era nueva, replicaba:

--Cada uno procede segn sus fuerzas.

Alguien dijo:

--Eso es prudencia.

--Puede ser--repuso D'Orsel.--En todo caso, nadie podra decir que sea
una locura vivir tranquilamente en una finca propia y encontrarse a
gusto.

--Eso depende...--dijo la seora de Bray.

--De qu, seora?

--De la opinin que se tiene sobre los mritos de la soledad y sobre
todo de la mayor o menor importancia que uno da a la familia--aada
ella mirando involuntariamente a sus hijos y a su marido.

--Ha de tenerse en cuenta--interrumpi Domingo,--que mi mujer considera
cierta costumbre social, con frecuencia discutida por hombres de talento
superior, como un caso de conciencia y un acto obligatorio. Pretende que
el hombre no es libre e incurre en culpa cuando no procura labrar la
dicha de alguien pudiendo hacerlo.

--Entonces, nunca se casar usted?--insisti la seora de Bray.

--Es lo ms probable--dijo D'Orsel en tono mucho ms serio.--Son tantas
las cosas que he debido hacer y no he hecho, con menos riesgos para
otros y menos temores de mi parte... Arriesgar la propia existencia no
vale nada; comprometer la libertad es algo ms grave; pero casarse y ser
rbitro de la libertad y de la dicha de una mujer!... Hace ya muchos
aos reflexion sobre ese asunto y la conclusin fue que me abstendra.

La tarde misma en que mantuvo esta conversacin, D'Orsel parti de
Trembles a caballo y acompaado de un sirviente. La noche fue clara y
fra.

--Pobre Oliverio!--murmur Domingo luego que le vio alejarse al galope
corto de su caballo con direccin a Orsel.

Pocos das despus lleg del castillo un correo que vena a escape y
traa para Domingo una carta enlutada, cuya lectura le anonad a pesar
del gran dominio que tena sobre s mismo en materia de emociones.

Oliverio haba sido vctima de un grave accidente. De qu clase? No lo
expresaba la carta, o Domingo tena sus razones para no explicarlo ms
que a medias.

Sin perder momento mand enganchar su carruaje, hizo venir al doctor
rogndole que le acompaara, y an no haba pasado una hora desde la
llegada del mensajero de la triste nueva, cuando de Bray y el mdico
partieron a toda prisa camino del castillo de Orsel.

Tardaron varios das en volver; ya a mediados de noviembre y de noche
regresaron. El doctor, que fue el primero que me dio noticias del
enfermo, se encerr en la ms absoluta reserva como cumple a los hombres
de su profesin. Slo pude saber que la vida de Oliverio ya no corra
peligro, que se haba ausentado, que su convalecencia sera larga y
exigira su permanencia en pas de clima clido. Aadi el mdico que el
accidente sufrido por D'Orsel acarreaba el resultado de arrancar al
incorregible solitario del espantoso aislamiento que se haba impuesto
en su castillo hacindole cambiar de residencia, de aires y acaso de
costumbres.

Encontr a Domingo muy abatido y la ms viva expresin de pena se pint
en su rostro cuando me permit dirigirle algunas preguntas acerca de la
salud de su amigo.

--Creo intil engaarle a usted--me dijo.--Tarde o temprano ser
conocida la verdad de una catstrofe muy fcil de prever y,
desgraciadamente, inevitable.

Y me entreg la carta misma de Oliverio.

Orsel noviembre de 18...

Mi querido Domingo: Es verdaderamente un muerto quien te escribe. Mi
vida no serva para nadie--demasiado me lo han repetido,--y no poda
menos de humillar a todos los que me aman. Es tiempo de acabar por m
mismo. Esta idea, que no data de ayer, volvi a mi mente el otro da al
separarme de ti. La madur por el camino, la encontr razonable, sin
inconvenientes para ninguno, y el regreso a mi vivienda, de noche y en
una tierra que t conoces, no era, por cierto, distraccin capaz de
hacerme cambiar de propsito. Me falt habilidad y slo he logrado
desfigurarme. No importa: he matado a _Oliverio_ y ya le llegar su hora
a lo poco que queda de l. Me marcho de Orsel y no volver ms. Nunca
olvidar que has sido, no mi mejor amigo, el nico amigo. Eres la excusa
de mi vida. Atestiguaros por ella. Adis, s feliz, y si alguna vez
hablas a tu hijo de m, sea para que a m no se parezca.

OLIVERIO.

Hacia medioda comenz a llover. Domingo se retir a su gabinete y yo le
segu. Aquella semimuerte de un compaero de la juventud, del nico
antiguo amigo que le conoc, haba reanimado amargamente ciertos
recuerdos que slo esperaban una circunstancia propicia para esparcirse.
Yo no le ped confidencias; fue l quien me las ofreci. Y como si no
hiciera ms que traducir en palabras las memorias cifradas que tena a
la vista, me refiri sin disfraces, pero no sin emocin, la historia
siguiente:




III


Lo que de m tengo que decirle es poca cosa, y podra reducirse a
algunas palabras nada ms: un campesino que se aleja un momento de su
aldea, un escritor descontento de s mismo que renuncia a la mana de
escribir; y el techo de la casa nativa destacndose sobre el comienzo y
el final de su historia. El prosaico desenlace que usted conoce, es lo
mejor que resultar de mi historia en cuanto a moralidad y quizs lo ms
novelesco como aventura. Lo dems no es instructivo para nadie, y slo
sabra conmover mis recuerdos. No he tratado de hacer misterio, crame,
pero hablo de ello lo menos posible por razones particulares que en nada
se parecen al deseo de hacerme ms interesante que lo que soy en
realidad.

Varias personas estn mezcladas en los hechos que voy a referirle: una
es un amigo muy antiguo--difcil de definir y todava ms difcil de
juzgar sin amargura,--del cual acaba usted de leer la carta de despedida
y de luto. Jams se explic acerca de una existencia que no pudo
agradarle. Mezclarle en estas confidencias es casi rehabilitarle. Otra,
no tengo porque referirme a ella poniendo discrecin en mis palabras;
figura en situaciones que hacen de l un hombre pblico; o le conoce
usted o probablemente llegar a conocerle, y no creo disminuir en lo ms
mnimo sus mritos revelndole a usted la modestia de su linaje. En
cuanto a la tercera persona, cuyo contacto ejerci vivsima influencia
en mi juventud, est colocada ahora en condiciones de seguridad, de
dicha y de olvido capaces de imposibilitar toda comparacin entre los
recuerdos del que de ella le hablar y los suyos.

Puede decirse que no tuve familia; menester ha sido que mis hijos me
dieran medios para apreciar la dulzura, la firmeza que caracterizan a
los vnculos que me faltaron cuando yo era nio como ellos. Mi madre
apenas tuvo fuerzas para amamantarme y muri. Mi padre vivi algunos
aos ms que ella; pero en tan msero estado de salud, que dej de
sentir el influjo de su presencia muchos aos antes de perderle. Su
muerte es un hecho que para m se produjo en puridad mucho antes de su
fallecimiento. Realmente, pues, no conoc a la una ni al otro, y el da
que me qued solo llevando luto por mi padre, no apreci ningn cambio
que me hiciera sufrir. La palabra _hurfano_, que oa repetir en torno
mo, como expresin de desventura, tena para m un sentido muy vago:
viendo que las personas dedicadas a mi servicio me compadecan,
llorando, me daba cuenta de que era digno de compasin, pero nada ms.

En medio de aquellas buenas gentes crec vigilado de lejos por una
hermana de mi padre, la seora Ceyssac, que no vino a establecerse en
Trembles, hasta que el cuidado de mi fortuna y de mi educacin
reclamaron decididamente su presencia. Encontr en mi un nio salvaje,
inculto, en plena ignorancia, fcil de someter, difcil de convencer,
vagabundo en toda la extensin de la palabra, sin la menor idea de
disciplina y de trabajo y que se qued con la boca abierta la primera
vez que le hablaron de estudio y empleo del tiempo, asombrado ante la
idea de que la vida no estuviera reducida al hecho de corretear de ac
para all por el campo. Hasta entonces no haba hecho yo nada ms que
eso. Los nicos recuerdos que me quedaban de la existencia de mi padre
eran stos: en los escasos momentos en que le daba un poco de reposo la
enfermedad que le consuma, sala, ganaba a pie el muro exterior del
parque y se paseaba horas y horas tomando el sol, marchando penosamente
apoyado en un grueso bastn, dndome la impresin de la ancianidad
decrpita. Entretanto corra yo por el campo entretenido en tender lazos
a los pjaros. No habiendo recibido otras lecciones, crea yo imitar,
poco ms o menos exactamente, lo que haba visto hacer a mi padre. Mis
camaradas eran todos hijos de campesinos de la vecindad o muy perezosos
para ir a la escuela o demasiado pequeos para trabajar la tierra, y
todos ellos me animaban con su ejemplo a vivir sin preocuparme lo ms
mnimo del porvenir. La educacin que me resultaba agradable, la sola
enseanza que no me impulsaba a rebelarme, y fjese usted bien, lo nico
que deba dar frutos durables y positivos me vena de ellos. Llegaba a
m confusamente, por rutina, el conocimiento de esa porcin de hechos y
pequeeces que constituyen la ciencia y el encanto de la vida campesina;
y para aprovechar tales enseanzas posea yo todas las aptitudes
deseables: salud robusta, ojos de aldeano, es decir, una vista
admirable, el odo acostumbrado desde muy temprano a percibir los
ruidos ms leves, piernas infatigables, y con todo esto gran aficin a
las cosas que suceden al aire libre, que se observan, que se escuchan,
poco gusto por lo que se lee y una curiosidad insaciable por lo que se
refiere: las historias maravillosas contenidas en libros me interesaban
mucho menos que las consejas y pona las supersticiones locales muy por
encima de los cuentos de hadas.

A los diez aos me pareca a todos los chicos de Villanueva: saba tanto
como cualquiera de ellos, y algo menos que sus padres; pero entre ellos
y yo haba una diferencia imperceptible entonces, que se determin de
pronto ms adelante: la existencia y los hechos que nos eran comunes me
causaban sensaciones que ellos no sentan. As, es evidente para m,
cuando me acuerdo, que el placer de poner trampas tendidas a lo largo de
las enramadas, de espiar a los pjaros, no era lo que ms me cautivaba
en la caza; y lo prueba que el nico testimonio un poco vivo que me
queda de aquellas emboscadas continuas es la visin neta de ciertos
lugares, la nocin exacta de la hora y de la estacin y hasta la
percepcin de ciertos ruidos. Acaso juzgue usted demasiado pueril el que
me acuerde de que, hace treinta y cinco aos, un da que levantaba mis
trampas en un terreno recientemente labrado, haca este o el otro
tiempo, que las trtolas de septiembre cruzaban con un batir de alas muy
sonoro, y que en torno del llano los molinos de viento esperaban con las
aspas desnudas el viento que no llegaba. No sabra decir yo, cmo es que
una particularidad de tan nimio valor pudo fijarse en mi memoria con la
data precisa del ao y hasta del da, hasta el punto de hallar su lugar
en este instante en la conversacin de un hombre ms que maduro ya; y al
citar este hecho--como podra hacerlo con otros muchos,--slo me
propongo hacerle notar a usted que algo se desprenda ya de mi vida
externa y se formaba en m cierta memoria especial muy poco sensible a
la impresin de los hechos, pero de singular aptitud para fijar el
recuerdo de las sensaciones.

Lo que haba de ms positivo--sobre todo para quienes mi porvenir
hubiera podido ser objeto de atencin,--es que aquella manera de vivir
mal llamada sana y vigorizadora, constitua una psima forma de
educacin.

Por muy despreocupado que yo fuese, tutendome y codendome con
camaradas de aldea, en el fondo estaba solo: porque era solo de mi raza,
solo de mi rango, y en desacuerdo, por mltiples conceptos, con el
porvenir que me esperaba.

Me ligaba a gentes que podan ser mis servidores, no mis amigos; me
arraigaba sin advertirlo, sabe Dios con qu resistentes fibras, en
lugares que habra de abandonar lo ms pronto posible; adquira, en fin,
costumbres que no conduciran ms que a hacer de m la persona ambigua
que usted conocer ms adelante, mitad campesino y mitad _dilettante_,
tan pronto lo uno como lo otro, y muchas veces uno y otro sin que jams
ninguno de los dos prevaleciera. Mi ignorancia, como queda dicho, era
extrema: mi ta se dio cuenta de ello y se apresur a traer a Trembles
un preceptor, joven maestro del colegio de Ormessn. Era un espritu
bien conformado: sencillo, discreto, preciso, nutrido de lecturas,
teniendo una opinin sobre todas las cosas, dispuesto a proceder, pero
nunca antes de haber discutido los motivos de sus actos, muy prctico y
por fuerza muy ambicioso. A nadie como a l he visto entrar en la vida
con menos ideal y ms sangre fra, ni apreciar su destino con visual
ms firme contando con menos recursos. Tena la mirada franca, el gesto
libre, la palabra neta; y exactamente el atractivo, el tipo y el talento
que son necesarios para deslizarse insensiblemente en las masas e
imponerse. Un carcter semejante, en oposicin absoluta con el mo, era
el ms apropiado para hacerme sufrir; pero debo aadir que, adems de
ser realmente bueno, posea una rectitud de espritu a toda prueba.
Aparentaba ms de treinta aos, aunque slo contaba veinticuatro, y se
llamaba Agustn, nombre que usar para designarlo, hasta nueva orden.

Tan pronto como se instal entre nosotros cambi mi vida, en el sentido
a lo menos de que de ella hicieron dos partes. No renunci a las
costumbres adquiridas, pero me fueron impuestas otras. Tuve libros,
cuadernos de estudio, horas de trabajo; con eso se acrecent mi aficin
a las distracciones permitidas en los intervalos dedicados al recreo, y
lo que bien puedo llamar mi pasin por el campo aument con la necesidad
de diversiones.

La casa de Trembles era entonces igual que usted la ve. Ms alegre o
ms triste?... Los nios tienen la predisposicin a alegrar y
engrandecer lo que les rodea en trminos que ms tarde todo se
empequeece y se torna triste sin causa aparente y tan slo porque el
punto de mira no es el mismo. Andrs--a quien usted conoce y que no ha
salido de la casa desde hace sesenta aos, me ha repetido muchas veces
que entonces todo suceda poco ms o menos como ahora. La mana que
contraje muy temprano de escribir mis iniciales y de estampar sellos
conmemorativos por cualquier cosa, podra servirme para rectificar mis
recuerdos si ellos no fueran completos e infalibles. En algunos
momentos, como usted comprender, los largos aos que me separan de la
poca de que estoy hablando desaparecen, olvido que he vivido despus,
que el tiempo y las circunstancias me han impuesto cuidados ms graves,
han creado causas diferentes de alegra y de tristeza y establecido
razones de enternecimiento mucho ms serias: es como una antigua trampa
en que se cae de nuevo, y permtame usted esta imagen en gracia a que
est un poco ms conforme con lo que siento; como una vieja llaga ya
completamente curada, pero sensible, que de pronto se reanima, y al
tocarla duele y hace gritar. Imagine usted que antes de ingresar en el
colegio, al que fui ms tarde, ni un solo da dej de ver aquel
campanario que se distingue all lejos, viviendo en los mismos lugares y
observando las mismas costumbres, y comprender que al encontrar hoy las
cosas de entonces en igual ser y estado que las conoc y las am, siga
amndolas. Sepa usted que ni uno solo de los recuerdos de aquella poca
se ha borrado--dir ms an,--ninguno de ellos se ha debilitado y no le
causar asombro el que divague hablndole de reminiscencias que tienen
el poder de rejuvenecerme al punto de volverme nio. Hay nombres de
lugares especialmente, que nunca he podido pronunciar a sangre fra, y
el de Trembles es uno de ellos.

Aun conociendo usted estos lugares tan bien como yo, es dificilsimo que
llegue a comprender hasta qu punto yo los hallaba deliciosos: todos lo
eran para m, hasta el jardn que, ya lo ve usted, es bien modesto.
Haba en l rboles, cosa rara en todo el contorno, y muchos pjaros en
ellos, porque el arbolado los atrae y no los podran hallar en otra
parte; haba tambin en l, orden y desorden, paseos enarenados que
conducan a las verjas de entrada y que halagaban cierto afn que
siempre tuve por los sitios en que puede uno discurrir con cierto
aparato; paseos en los cuales las damas de otra poca habran podido
desplegar sus vestidos de ceremonia; oscuros rincones, bosquecillos
hmedos, apenas penetrados por el sol, en los cuales todo el ao creca
el verdoso csped sobre la tierra esponjosa, lugares solitarios
visitados slo por m, que ofrecan cierto aspecto de vejez y de
abandono y estaban llenos de recuerdos. Gustbame sentarme en los
macizos que limitan las sendas e informarme de la edad de los arbustos
que los poblaban, todos muy viejos; tanto, que aseguraba Andrs que ni
mi padre, ni mi abuelo, ni mi bisabuelo los haban visto plantar. Por
las tardes, desde lo alto de la casa contemplaba el jardn; en el ngulo
del parque los almendros, los primeros rboles cuyas hojas arrancaba el
viento de septiembre, formando raro transparente sobre el fondo
llameante del cielo teido por los rojos destellos del sol poniente. En
el parque haba muchos rboles blancos, los fresnos y los laureles en
los cuales habitaba una multitud de zorzales y de mirlos durante todo el
otoo; y ms lejos se destacaba un grupo de aosas encinas--el rbol que
se despoja el ltimo y reverdece el primero; que hasta en diciembre
conservaba su rojiza hojarasca, cuando todo el bosque pareca muerto;
que asilaba en sus nidos a las urracas y ofreca elevado lugar de reposo
a las aves de alto vuelo; en cuyas ramas se posaban los primeros cuervos
que el invierno atraa al pas.

Cada estacin nos traa sus huspedes y cada uno de ellos elega el ms
adecuado alojamiento: los pjaros de primavera en los rboles en flor;
los de otoo un poco ms alto; los del invierno en la espesura, en los
grupos de rboles de hoja perenne, en las encinas y en los laureles.
Algunas veces, en pleno invierno, por la maana, un ave ms rara volaba
en algn rincn muy solitario del bosque; su vuelo era ruidoso, torpe,
pero rpido; era una chocha-perdiz llegada por la noche; suba chocando
las alas con las ramas desnudas de los rboles y se deslizaba entre
ellos; apenas se le vea un momento, el tiempo preciso para mostrar su
pico largo y recto. Despus ya no se volva a encontrarla hasta el ao
siguiente por la misma poca y en el sitio mismo, al punto que pareca
ser el mismo emigrante que retornaba.

Las trtolas llegaban en mayo, al mismo tiempo que las abubillas o
cucos. En las noches serenas y tibias oase su arrullo, suave y lento,
cuando en el aire haba un hlito de juventud que pareca exhalarse de
la activa expansin de la savia nueva. En las profundidades de la
espesura, sobre el lmite del jardn, en los cerezos blancos, en las
alheas en flor, en los tilos cargados de aromosos ramos, toda la
noche--durante aquellas largas noches en que yo dorma poco, cuando
brillaba la luna o a veces caa la lluvia, lenta, caliente, silenciosa,
como lgrimas de gozo,--para mi delicia y mi tormento gorjeaban o no los
ruiseores. Callaban si el tiempo era triste; y si brillaba el sol
recomenzaban sus trinos prometiendo el prximo verano. Despus de la
cra ya no se les oa. Y muchas veces, a fines de junio, cuando el sol
abrasaba, en la espesura del bosque sola encontrar un pajarito mudo, de
color oscuro, azorado, que erraba slo revoloteando de rama en rama: era
la avecilla de primavera que nos abandonaba.

En la campia, los prados, prximos a madurar, amarilleaban; los
sarmientos ms viejos crepitaban; las vias mostraban sus primeros
botones. Las mieses, aun verdes, se extendan a lo lejos por todo el
llano, ondulantes, teidas de amaranto y de rojo. Un mundo sin fin de
insectos, de mariposas, de pjaros se agitaba, se multiplicaba bajo
aquel sol de junio en indescriptible expansin de vida. Las golondrinas
surcaban el aire, y por las noches, cuando los vencejos cesaban de
perseguirse lanzando agudos chillidos, salan los murcilagos, y aquel
raro enjambre que pareca resucitado en las clidas noches, comenzaba su
incierto revoloteo en derredor de las viviendas. Desde que comenzaba la
recoleccin del heno la vida del campo era de constante fiesta. Era el
primer trabajo colectivo que obligaba a reunirse en el mismo sitio
numerosos grupos de trabajadores.

Estaba yo presente cuando se guadaaban los prados, cuando se hacinaba
el heno, y gozaba dejndome llevar sobre alguna carreta que regresaba al
poblado. Tendido en lo ms alto de la enorme carga como nio en un gran
lecho, mecido por el dulce movimiento del vehculo rodando sobre la
hierba cortada, miraba desde ms alto que de ordinario un horizonte que
me pareca infinito. Vea el mar extendindose hasta perderse de vista,
por encima de la lnea verdosa de los campos cultivados; los pjaros
pasaban volando ms cerca de m; experimentaba la sensacin de un
ambiente ms amplio, de una extensin ms vasta que me haca perder por
un momento la nocin de la vida real.

Apenas recolectados los forrajes comenzaban a amarillear los trigos. Y
se reproducan el mismo trabajo, igual movimiento en estacin ms
clida, bajo sol ms vivo, con alternativas de fuertes vientos o calma
atmosfrica que produca jornadas de espantoso calor y noches como
auroras, precursoras de das de tormenta en que el ambiente, cargado de
irritante electricidad, reaccionaba aparatosamente. Menos embriaguez y
ms abundancia: haces de mies cayendo sobre la tierra cansada de
producir y consumida por el sol: he ah el verano. El otoo de nuestro
pas ya lo conoce usted; es la estacin bendita. Despus el invierno; el
crculo del ao cerrndose sobre l. Entonces habitaba ms en mi cuarto;
mis ojos, siempre despiertos, se ejercitaban en penetrar las nieblas de
diciembre y las tupidas cortinas de lluvia que cubran la campia de un
lato ms sombro que la escarcha.

Cuando los rboles quedaban del todo despojados de sus hojas abarcaba yo
mejor la extensin del parque. Nada lo engrandeca tanto como la bruma
invernal cubriendo de un velo azulado la lejana y falseando la nocin
exacta de la distancia. Ninguno o muy escaso ruido, pero cada nota ms
perceptible; por la noche, sobre todo, extrema sonoridad en el aire. El
canto de un pinzn se prolongaba infinitamente en las alamedas desiertas
y mudas, sin obstculos a la vibracin, embebidas de aire hmedo y
penetradas de silencio. El recogimiento que caa entonces sobre Trembles
era inexplicable; durante cuatro meses de invierno condensaba,
concentraba, grababa con caracteres indelebles en mi espritu aquel
mundo alado, sutil, de visiones y de dones, de ruido y de imgenes que
haba vivido durante los otros ocho meses del ao con una actividad que
tanto asemejaba a un ensueo.

Entonces se apoderaba Agustn de m. La estacin le ayudaba: en ella le
perteneca casi del todo y expiaba lo mejor posible el largo olvido de
tantos das sin empleo. Pero, tambin sin provecho?...

Muy poco sensible a las cosas que nos rodeaban, mientras su discpulo
estaba a tal punto absorbido en ellas; bastante indiferente al curso de
las estaciones para equivocarse de mes como poda tergiversar la hora;
invulnerable a tantas sensaciones de las cuales estaba yo acribillado,
deliciosamente herido en todo mi ser; fro, metdico y tan correcto y
regular de humor como era desigual el mo, Agustn viva a mi lado sin
preocuparse de lo que pasaba en m ni sospecharlo siquiera. Sala poco,
raras veces abandonaba su habitacin en la cual trabajaba desde la
maana a la noche y slo se permita reposo en las noches de esto que
no se velaba y porque le faltaba la luz del da. Lea, tomaba notas; por
espacio de meses y meses le vea yo escribir en prosa y las ms veces
muchas cosillas en dilogo. Un calendario le serva para elegir series
de nombres propios. Los estampaba en forma de lista con anotaciones; les
asignaba una edad, sealaba los rasgos fisonmicos de cada uno, su
carcter, alguna originalidad, una rareza, algo ridculo. Era el
personal imaginado para los dramas o las comedias. Escriba muy de
prisa, con una caligrafa simtrica, muy clara, y pareca dictarse los
escritos a media voz. Algunas veces, cuando una observacin ms aguda
surga de la pluma, sonrea; y despus de un prrafo largo y compacto en
el cual alguno de sus personajes haba hablado largo y tendido,
reflexionaba un instante, como si tomara aliento, y oale yo murmurar:
Vamos a ver, qu replicamos? Y cuando le vena el deseo de hacer
confidencias, me llamaba y me deca: Oiga esto, seorito Domingo.
Raras veces llegaba a comprenderle. Cmo era posible que me interesara
por asuntos de personas a quienes no conoca, a las cuales jams haba
visto?

Todas aquellas complicaciones de diversas existencias tan perfectamente
extraas a la ma, me pareca que pertenecan a una sociedad imaginaria
en la cual maldito si deseaba penetrar.

--Ya lo comprender usted ms tarde--deca Agustn.

Bien se me alcanzaba que lo que tanto deleite encerraba para mi joven
preceptor, era el espectculo del juego de la vida, el mecanismo de los
sentimientos, el conflicto de intereses, de ambiciones, de vicios; pero,
lo repito, para m era indiferente que el mundo fuese como un gran
tablero de ajedrez--segn deca Agustn,--que la vida fuese una partida
mejor o peor jugada y que hubiese reglas para ese juego.

Con frecuencia Agustn escriba cartas y las reciba, muchas timbradas
en Pars. Estas eran las que abra con ms prisa y lea con mayor
inters, animado el rostro por la emocin--l que de ordinario se
mostraba tan discreto,--y la llegada de aquellas cartas estaba siempre
seguida por cierto abatimiento que slo duraba algunas horas o por una
animacin y una verbosidad extraordinaria que persista por muchas
semanas.

Una o dos veces le vi hacer un paquete de ciertos papeles, encerrarlo en
un sobre con direccin a Pars y entregarlo con especial recomendacin
al encargado del correo en Villanueva. Luego notbase que esperaba con
febril ansiedad una respuesta que no llegaba siempre, por lo visto.
Despus, otra vez comenzaba a llenar cuartillas, como un roturador que
pasa de uno a otro surco. Se levantaba muy temprano, y se apresuraba a
emprender el trabajo como si alguien le obligara o hubiese tomado un
destajo, se acostaba muy tarde y jams se acercaba a la ventana para
averiguar si llova o haca sol; seguro estoy de que se march de
Trembles ignorando que en las torrecillas haba veletas, sin cesar
agitadas, que sealaban los cambios de direccin del viento y la
alternada vuelta de ciertas influencias atmosfricas.

--Qu le importa a usted eso?--sola decirme cuando vea que me
preocupaba del viento.

Gracias a una prodigiosa actividad por la cual no se afectaba su salud y
que pareca ser su natural elemento, a todo provea: a su trabajo y al
mo. Me sumerga en el estudio, me obligaba a leer y releer los libros,
me exiga interpretar, analizar, copiar, y no me dejaba salir al aire
libre ms que cuando adverta que estaba aturdido por causa de aquella
violenta inmersin en un mar de palabras.

Bajo su direccin y su cuidado aprend rpidamente--y en verdad sin
grandes fatigas--todo lo que debe saber un nio cuyo porvenir todava no
est definido, pero de quien se pretende hacer, por lo pronto, un
colegial. Su propsito era abreviar los aos de colegio preparndome lo
ms de prisa posible para los estudios superiores.

As pasaron cuatro aos, al cabo de los cuales consider que estaba ya
en condiciones de abordar la segunda enseanza, y con inconcebible
espanto vea yo acercarse el instante de abandonar mi casa de Trembles.

Jams olvidar los das que precedieron a mi prxima partida: fue como
un acceso de sentimentalismo enfermizo, sin la ms leve apariencia de
razonamiento, tanto, que una verdadera desventura no lo hubiese
ocasionado ms vivamente. Haba llegado el otoo y todo lo que me
rodeaba concurra a determinar aquel estado de mi alma. Un solo detalle
le dar a usted idea de esto.

Agustn me haba impuesto como prueba definitiva de mi preparacin, una
composicin latina sobre el tema de la partida de Anbal cuando
abandon Italia. Baj a la terraza sombreada por las parras, y al aire
libre, sobre el parapeto mismo que bordea el jardn, me puse a escribir.

Aquel tema formaba parte del escaso nmero de hechos histricos que me
interesaban y, por excepcin, era de todos ellos el que tena la virtud
de conmoverme profundamente. La batalla de Zama me haba siempre causado
la ms personal emocin como catstrofe en la cual vea yo tan slo el
herosmo sin preocuparme del derecho. Me acordaba de todo lo que haba
ledo, trataba de representarme al hombre detenido por la fortuna
adversa, a su pas cediendo ms bien a fatalidades de raza que no a
contrastes militares, descendiendo a la costa, no abandonndole sin
pena, lanzndole un postrer adis de desesperacin y de reto, y bien que
mal trataba de expresar lo que me pareca ser la verdad, sino histrica,
lrica al menos.

La piedra que me serva de pupitre estaba tibia; los lagartos se
paseaban casi al alcance de mi mano tomando el sol. Los rboles, que ya
no eran del todo verdes, el da menos caluroso, las sombras ms
dilatadas, el ambiente tranquilo, todo hablaba con el encanto del otoo,
poca de declinacin, de desfallecimiento y de odios. Los pmpanos
amarillentos caan uno a uno sin que el ms leve soplo de viento agitara
los sarmientos. El parque estaba silencioso. Los pajarillos cantaban con
un acento que me llegaba hasta lo ms hondo del corazn. Una conmocin
profundsima, indescribible, indominable me dominaba como ola prxima a
romper, extraa mezcla de amargura y de satisfaccin ntima. Cuando
Agustn baj a la terraza hallome llorando.

--Qu tiene usted?--me dijo.--Es Anbal quien le hace llorar?

Por toda respuesta le present las pginas que haba escrito.

Me mir con cierta sorpresa, se asegur de que nada haba en torno de
nosotros que pudiera explicar el efecto de tan gran emocin, lanz una
mirada rpida y distrada sobre el parque, el jardn, el cielo, y
aadi:

--Pero, qu le pasa a usted?...

Despus se puso a leer mi trabajo.

--Est bien--me dijo luego que hubo ledo la composicin;--pero es un
poco inspido. Puede usted hacer algo mucho mejor, aunque este escrito
le colocara a usted en un buen rango de cualquier clase de cierta
importancia. Anbal experiment demasiada pesadumbre; no tuvo bastante
confianza en el pueblo que le esperaba en armas al otro lado del mar.
Adivinaba el contraste de Zama--me dir usted.--Pero su derrota no se
debi a su impericia. Habra ganado la batalla si hubiese tenido el sol
a la espalda. Por otra parte le quedaba Antiocus; y despus de Prusias
traidor, el veneno. Nada est perdido para un hombre en tanto que no ha
dicho su ltima palabra.

Llevaba en la mano, abierta ya, una carta de Pars que haca pocos
minutos haba recibido. Estaba ms animado que de ordinario; cierta
excitacin fuerte, alegre, resuelta, brillaba en sus ojos, cuyo mirar
era siempre muy directo, pero que por lo comn se iluminaba poco.

--Mi querido Domingo--continu, paseando a mi lado por la
terraza,--tengo que participarle a usted una buena noticia, una noticia
que le ser grata, creo, porque s la amistad que me profesa. El da que
usted entre en el colegio partir yo a Pars. Hace largo tiempo he
venido preparndome. Todo est ya dispuesto para asegurar la vida que
all he de llevar. Soy esperado. He aqu la prueba.

Y as diciendo me mostr la carta.

--El xito slo depende de un pequeo esfuerzo y los he hecho ms
grandes por cierto. Usted que me ha visto trabajar lo puede decir bien.
Esccheme, mi querido Domingo; dentro de tres das ser usted un alumno
de segunda enseanza, es decir, algo menos que un hombre y mucho ms que
un nio. La edad es lo de menos. Usted tiene diez y seis aos; pero, si
usted quiere, dentro de seis meses puede contar diez y ocho. Abandone
usted Trembles y olvdelo. No lo recuerde hasta ms tarde, cuando se
trate de arreglar las cuentas de su fortuna. El campo no es para usted;
su aislamiento le matara. Mira usted siempre o demasiado alto o
demasiado bajo: en lo demasiado alto est lo imposible y en lo demasiado
bajo las hojas secas. La vida no es as; mire siempre adelante y a la
altura de sus ojos y la ver tal cual es. Es usted muy inteligente,
tiene un buen patrimonio y un nombre que le abona; con semejante lote en
su ajuar del colegio se llega a todo. Un ltimo consejo: espere no ser
muy feliz durante los aos de estudio. Cuente usted que la sumisin a
nada compromete en lo porvenir y que la disciplina impuesta no es nada
cuando se tiene el buen sentido de imponerla por s mismo. No cuente
usted demasiado con las amistades de colegio, a menos que tenga usted
libertad para elegirlas; y en cuanto a las envidias de que ser usted
objeto, si tiene xito, como espero, esprelas y srvanle a manera de
aprendizaje. Por ltimo, no deje pasar un solo da sin repetirse que
slo trabajando se logra el objeto que se persigue, y que ninguna noche
le tome el sueo sin pensar en Pars que le espera y en donde nos
volveremos a ver.

Me estrech la mano con una autoridad de gesto completamente varonil, y
de un salto gan la escalera que conduca a su cuarto.

Yo baj al jardn, en el cual el viejo Andrs cavaba los arriates.

--Qu hay, seor Domingo?--me pregunt advirtiendo mi turbacin.

--Hay que de aqu a tres das partir a encerrarme en el colegio, mi
buen Andrs.

Corr a ocultarme en el fondo del parque y all estuve hasta que se hizo
de noche.




IV


Tres das despus abandon Trembles en compaa de la seora Ceyssac y
de Agustn. Era por la maana, muy temprano. Todos estaban levantados y
nos rodeaban: Andrs, junto al carruaje, ms triste que nunca le haba
visto desde el ltimo suceso que enlut la casa; luego subi al
pescante, aunque no era costumbre que hiciera oficio de cochero, y los
caballos partieron al trote largo. Al atravesar el poblado de
Villanueva--en el cual todos los rostros me eran tan conocidos--vi a dos
o tres de mis antiguos camaradas, crecidos ya, casi hombres, que se
encaminaban al campo con los tiles del trabajo al hombro. Volvieron la
cabeza al percibir el ruido del carruaje, y comprendiendo que se trataba
de algo ms que un paseo me hicieron expresivas seas para desearme un
feliz viaje. El sol se elevaba. Entramos en plena campia; dej de
reconocer los lugares que cruzbamos; vi rostros nuevos; mi ta me
contemplaba con bondadosa mirada. La fisonoma de Agustn estaba
radiante; yo senta, tanto encogimiento como pena.

Todo un largo da invertimos en recorrer las doce leguas que nos
separaban de Ormessn, y ya llegaba el sol al ocaso cuando Agustn, que
no cesaba de mirar por la ventanilla, le dijo a mi ta:

--Seora, ya se distinguen las torres de San Pedro.

El paisaje era llano, plido, montono y hmedo: una ciudad baja,
erizada de campanarios comenzaba a destacarse detrs de una cortina de
rboles.

Los mimbrerales alternaban con los prados, los lamos blancos con los
sauces amarillentos. A la derecha corra lentamente un ro deslizando
sus aguas turbias entre las riberas manchadas de limo. A la orilla haba
barcos cargados de maderas y viejas chalanas rajados en el fondo como si
jams hubiesen flotado. Algunos gansos que bajaban de los prados al ro
corran delante del carruaje lanzando salvajes graznidos.

Llegamos a un puente que cruz el carruaje al paso; despus entramos en
un largo bulevar en que la oscuridad era completa, y luego el ruido de
las herraduras de los caballos, chocando sobre un pavimento ms duro, me
advirti que entrbamos en la ciudad. Calculaba yo que doce horas
habran transcurrido desde el momento de la partida, que doce leguas me
separaban de Trembles; pensaba que todo haba concluido, que todo estaba
irremisiblemente acabado, y entr en casa de mi ta como quien franquea
el umbral de una crcel.

Era una casa muy grande, situada, si no en el barrio ms desierto, en el
ms serio de la ciudad, rodeada de conventos y dotada de un jardincito
que languideca en la sombra de las altas paredes que lo circundaban.
Haba amplias habitaciones sin aire y con escasa luz, severos
vestbulos, una escalera de piedra que giraba en oscuro hueco y muy poca
gente para animar todo aquello. Sentase la frialdad de las viejas
costumbres y la rigidez de los habitantes de provincia, la ley de la
etiqueta, el desahogo, un gran bienestar material y el aburrimiento. El
piso alto tena vistas sobre cierta porcin de la ciudad, es decir,
humeantes techumbres, los dormitorios del convento vecino y los
campanarios; y en aquella parte de la casa estaba la habitacin en que
fui alojado.

Dorm mal; mejor dicho, no dorm. Los relojes de las torres hacan
vibrar sus campanas cada cuarto o cada media hora, todos con distinto
timbre; ni uno solo recordaba el de la rstica iglesia de Villanueva tan
reconocible por su ronco sonido. De pronto percibase rumor de pasos en
la calle. Una especie de ruido semejante a una carraca agitada
violentamente, resonaba en medio de aquel silencio particular de las
ciudades que pudiera llamarse el sueo del ruido, y llegaba a mis odos
una singular voz de hombre, lenta, temblona, que canturreaba
detenindose en cada slaba: La una, las dos, las tres!...

Agustn entr en mi cuarto muy de maana.

--Deseo presentarle a usted en el colegio y decirle al provisor el buen
concepto que de usted tengo formado. Esa recomendacin sera
nula--aadi con modestia,--si no fuera dirigida a un hombre que en otro
tiempo me demostr tener en m mucha confianza y pareca apreciar mi
celo.

La visita se efectu tal como l haba dicho. Pero yo estaba fuera de m
mismo: me dej llevar y traer, atraves patios y vi las aulas con
absoluta indiferencia por aquellas nuevas sensaciones.

Aquel mismo da, a las cuatro, Agustn, en traje de camino se traslad a
la plaza, en donde esperaba ya el coche de Pars, llevando por s mismo
todo su equipaje contenido en una pequea valija de cuero.

--Seora--le dijo a mi ta, que conmigo le acompaaba.--Una vez ms le
agradezco el inters que no se ha desmentido por espacio de cuatro aos.
He procurado lo mejor que he podido despertar en Domingo el amor al
estudio y las aficiones que corresponden a un hombre. Puede estar seguro
de encontrarme en Pars cuando venga, siempre fiel a la amistad, en
cualquier momento, igual que hoy. Escrbame usted--aadi estrechndome
entre los brazos con verdadera emocin.--De mi parte prometo hacer otro
tanto. Animo y buena suerte. Todo le favorece para alcanzarla.

Apenas haba ocupado su asiento en la alta banqueta, cuando el mayoral
tom las riendas.

--Adis!--repiti con una expresin en el rostro que revelaba a la vez
ternura y satisfaccin.

El mayoral hizo chasquear la fusta sobre los cuatro caballos del tiro y
el carruaje parti camino de Pars.

El da siguiente a las ocho de la maana estaba ya instalado en el
colegio. Entr el ltimo para evitar la oleada de alumnos y no hacerme
examinar en el patio con esa mirada no siempre benevolente que son
observados los recin llegados. Caminaba resueltamente fijos los ojos en
una puerta pintada de amarillo, sobre cuyo marco haba un letrero que
deca: Segunda. Junto a ella estaba un hombre de cabello entrecano,
plido y serio, cuyo semblante no expresaba ni dureza ni bondad.

--Vamos, vamos, un poco ms de prisa.

Aquella excitacin a la puntualidad, la primera, palabra de disciplina
que me diriga un desconocido, me impresion: alc la vista y le
examin. Tena aspecto de fastidio, reflejaba indiferencia, y ni se
acordaba ya de lo que me haba dicho. Record la recomendacin de
Agustn. Un relmpago de estoicismo y de decisin ilumin mi espritu.

--Tiene razn--pens;--me he retrasado medio minuto.--Y entr.

El profesor subi a la ctedra y empez a dictar. Era una composicin
preliminar. Por primera vez mi amor propio tena que luchar con
ambiciones rivales. Observ a mis nuevos camaradas y me sent
perfectamente solo. A travs de la ventana de pequeos cristales vea
los rboles agitados por el viento, cuyas ramas rozaban contra las
oscuras paredes del edificio. Aquel rumor familiar del viento hmedo
cruzando entre las hojas creca y disminua a intervalos en medio del
silencio de los patios. Yo lo escuchaba sin demasiada amargura, con una
especie de triste arrobamiento cuya dulzura era extremada algunos
momentos.

--No trabaja usted?--me dijo de pronto el profesor.--Est bien... All
usted...

Callose luego y ya no lleg a mis odos nada ms que el ruido de las
plumas corriendo sobre el papel.

Un poco ms tarde el alumno a cuyo lado estaba mi puesto, me desliz
hbilmente un papelito; contena una frase del dictado con estas
palabras:

Aydeme, si puede; trate de evitarme decir un disparate.

En seguida le pas la traduccin, buena o mala, pero copiada de mi
propia versin con un signo de interrogacin que quera expresar: No
respondo de nada; examnela usted.

Me dirigi una sonrisa de agradecimiento, y sin ms continu
escribiendo. Algunos instantes despus me dirigi un segundo mensaje que
deca: Es usted nuevo?

La pregunta me demostraba que tambin lo era l. Tuve un momento de
alegra contestando s a mi compaero de soledad.

Era un muchacho de mi edad poco ms o menos, pero de complexin dbil,
rubio, delgado, con hermosos ojos azules de dulce mirar, la tez plida y
delicada, como suelen tenerla los nios criados en las ciudades. Vesta
con elegancia y su traje tena una forma particular en la cual no
reconoca yo la mano de nuestros sastres provincianos.

Salimos juntos.

--Le estoy muy agradecido--me dijo mi nuevo amigo.--Tengo horror al
colegio y me tiene sin cuidado. Hay en l un montn de hijos de tenderos
que llevan las manos sucias, a quienes nunca mirar como amigos. Nos
tomarn entre ojos, pero me es igual. Estando unidos llegaremos al
objeto. Cuanto ms se les deprime ms le respetan a uno. Disponga de m
para todo lo que quiera, menos para encontrar el sentido de las frases.
El latn me aburre, y si no fuera porque es necesario para ser uno
recibido bachiller, en la vida me ocupara de l.

Luego me explic que se llamaba Oliverio D'Orsel, que haba venido de
Pars porque razones de familia le trajeron a Ormessn en donde acabara
los estudios, que viva en la calle de los Carmelitas con su to y dos
primas y que a pocas leguas de la ciudad posea una propiedad de la cual
le vena el apellido D'Orsel.

--Vaya--aadi,--tenemos ya una clase en tiempo pasado. No pensemos en
ella hasta la noche.

Y nos separamos.

Caminaba con soltura haciendo crujir su calzado finsimo, buscando con
cuidado los sitios ms secos del suelo para no ensuciarse de barro y
balanceando su paquete de libros al extremo de una estrecha correa con
hebillas como una brida inglesa.

Apunt aquellas primeras horas, que ya usted ve la relacin que tienen
con los recuerdos pstumos de una amistad nacida aquel da y triste y
definitivamente muerta hoy, el resto de mi vida de estudiante no nos
entretendr. Si los tres aos que siguieron me inspiran en este momento
algn inters, l es de otra ndole y no influyen para nada en ese
inters mis sentimientos de colegial. Sin pretenderlo ni molestar a
nadie llegu a ser un buen alumno y me auguraban grandes xitos futuros:
una continua desconfianza en m mismo, muy sincera y muy ostensible,
produjo efectos anlogos a los de la modestia y dio margen a que me
fueran perdonados muchos puntos de superioridad de la cual yo mismo no
haca caso; finalmente aquella falta completa de estima personal
presagiaba ya las indiferencias y las severidades de un espritu que
deba observarse desde muy temprano, apreciarse en su justo valor y
condensarse.

La casa de mi ta no era alegre, ya se lo he dicho, y lo era menos an
la existencia que llevaba yo en Ormessn. Imagine usted una ciudad
pequea, devota, vetusta, olvidada en el rincn de una provincia que no
era paso para ninguna parte, no sirviendo para nada, de la cual iba
retirndose la vida a medida que invada la campia; sin industria,
muerto el comercio, habitada por burgueses reducidos a escasos recursos
y de aristcratas empobrecidos; durante el da, las calles sin
movimiento; de noche, las avenidas en tinieblas, reinando un silencio
solamente interrumpido por las soneras de los relojes de las iglesias,
y a las diez por el lgubre taido de la gran campana de San Pedro
recordando la necesidad del descanso al vecindario, del cual tres
cuartas partes estaban ya entregados al sueo ms bien de puro fastidio
que por cansancio. Muchos bulevares flanqueados de olmos hermossimos,
muy frondosos, rodeaban aquella ciudad de severa sombra. Cuatro veces al
da para ir y volver al colegio los cruzaba yo. No era el camino ms
directo, pero s el ms apropiado a mis aficiones, porque me acercaba
algo a la campia.

Algunas veces llegaba hasta el ro, pero no ofreca variantes el
espectculo: el agua amarillenta siempre estaba removida en sentido
contrario a la corriente, por la marea que hasta aquella regin
alcanzaba; el aire cargado de humedad, saturado de las emanaciones de la
brea, del camo y de las tablas de pino. Todo aquello era montono y
feo y, en el fondo, nada me consolaba del alejamiento de Trembles.

Mi ta tena el genio de su provincia, el amor por las cosas cargadas de
aos, el miedo a los cambios, el horror a las innovaciones ruidosas.
Piadosa y mundana, muy sencilla, pero muy preocupada, perfecta en
todo--hasta en sus leves rarezas--haba arreglado su vida en
concordancia con dos principios que, segn deca, eran virtudes de
familia: la devocin a las leyes de la Iglesia y el respeto a las del
mundo; y tal era la fcil naturalidad que pona en el cumplimiento de
esos deberes, que su piedad, muy sincera, pareca no ser otra cosa que
un nuevo ejemplo de la correccin de su trato.

Su saln--como todas sus costumbres,--era una especie de asilo abierto a
sus reminiscencias o sus afecciones hereditarias, cada da ms
amenazadas. Reuna en l, particularmente los domingos por la noche, los
escasos sobrevivientes de su antigua sociedad. Todos eran adictos a la
monarqua derrocada y se haban retirado del mundo como ella. La
revolucin, que haban visto muy de cerca y que les procuraba un fondo
comn de recuerdos y de agravios, les haba impuesto un matiz idntico,
una manera de ser comn, empapndolos en una misma prueba. Recordaban
los crudos inviernos que pasaron reunidos en la ciudadela de ***, faltos
de combustible, durmiendo en cuadras de cuartel sin un mal lecho,
abrigando a los nios con restos de cortinajes, comiendo pan negro que
era comprado a escondidas. Se refera, sonriendo, lo que en otro tiempo
fue terrible. La mansedumbre de la edad haba calmado las iras ms
acerbas. La vida haba recobrado su curso regular, cicatrizando las
heridas, reparando los desastres, amortiguando la amargura de las
aoranzas. Ya no se conspiraba, se censuraba apenas; se esperaba.
Finalmente, en un ngulo del saln haba una mesa de juego para los
hijos, y all cuchicheaba, mientras se barajaban los naipes, el grupo
joven, los representantes de lo porvenir, es decir, de lo desconocido.

El mismo da de mi encuentro con Oliverio, al regresar del colegio, me
apresur a decirle a mi ta que ya tena un amigo.

--Un amigo?--exclam.--Te apresuras un poco tal vez, mi querido
Domingo. Sabes su nombre, su edad?

Le refer cuanto saba de Oliverio, pintndole con los colores amables
que a primera vista me haban seducido; pero slo el nombre bast para
tranquilizar a mi ta.

--Es uno de los nombres ms antiguos y mejores de nuestro pas--me
dijo;--y es llevado por una persona a la cual estimo mucho y profeso
amistad.

Pocas semanas despus de este nuevo vnculo la unin de las dos
familias era completa, y el primer da del invierno se inauguraron las
reuniones que se celebraban unas veces en casa de mi ta y otras en el
_hotel D'Orsel_ que era el nombre con que Oliverio designaba la casa de
la calle de los Carmelitas, que habitaban, sin gran aparato, su to y
sus primas.

De estas dos primas, la una, Julia, era todava nia; la otra contaba
apenas un ao ms que nosotros, se llamaba Magdalena y acababa de salir
del convento en que se haba educado. Conservaba cierto encogimiento,
cierta cortedad en el gesto y en las maneras; an vesta el modesto
uniforme, vestidos tristes, estrechos, rados en el cuerpo por el roce
de los pupitres y deformados a la altura de las rodillas por las
genuflexiones sobre el pavimento de la capilla del convento. Su tez
blanca tena una palidez, una frialdad de colorido que delataba la vida
en la sombra, la ausencia de toda emocin; sus ojos se abran mal, como
si despertaran de un largo sueo; no era ni alta ni pequea, ni delgada
ni gruesa; con un talle indeciso que necesitaba definirse y formarse; se
le deca ya que era muy bonita y yo lo repeta de buena voluntad sin
fijarme y sin creerlo.

En cuanto a Oliverio--a quien slo le he presentado en los escaos del
aula,--imagine usted un mozo amable, un poco raro, muy ignorante en
materia de lecturas, muy precoz en todas las cosas de la vida, de aire
desenvuelto en sus actitudes y en sus palabras, no sabiendo nada del
mundo y adivinndolo todo, copiando sus formas y adoptando ya sus
prejuicios; figrese usted algo inusitado, un afn singular, jams
risible, de anticiparse a su edad y ser todo un hombre improvisado a los
diez y seis aos escasos; algo naciente y maduro, artificial y seductor,
y comprender cmo mi ta pudo encantarse de mi amigo, hasta el punto
de disimularle ciertos defectos de escolar, atendiendo que eran el nico
resto de niez que an conservaba.

Adems, Oliverio proceda de Pars, y en ese hecho se apoyaba la gran
superioridad con que a los otros venca, y que, si no para mi ta, para
nosotros las resuma todas.

Por mucho que retroceda a travs de esos recuerdos tan insignificantes
en su origen, tan tumultuosos ms adelante, cuyo curso remonto no sin
cierta dificultad, encuentro siempre en sus acostumbrados sitios,
alrededor de la mesa de tapete verde, a la luz de las lmparas, aquellos
tres rostros juveniles sonrientes entonces, sin la ms leve sombra de
una preocupacin real, y que tanto y de tan diversas maneras deban
entristecer algn da, pasiones y pesadumbres; la pequea Julia con
salvajismos de nio mimado; Magdalena todava colegiala a medias;
Oliverio conversador, distrado, elegante sin pretenderlo, atildado,
vestido con gusto en una poca y en un medio en donde los muchachos eran
ataviados lo peor posible, manejando las cartas con viveza, rpidamente,
con el aplomo de un hombre que ha de jugar mucho, sabiendo lo que hace,
y de pronto--diez veces en dos horas--tirando los naipes bostezando,
diciendo: me aburro y yendo a ocultarse en un rincn cualquiera. Se le
llamaba y no se mova. En qu piensas, Oliverio?, le preguntbamos;
no contestaba a nadie y continuaba mirando sin decir palabra con aquella
movilidad que constitua uno de sus atractivos, y aquella mirada extraa
que flotaba en la semioscuridad del saln como una chispa imposible de
fijar. De costumbres muy irregulares, ya discreto como si tuviese que
ocultar grandes misterios, inexacto en nuestras reuniones, activo,
callejero, era imposible hallarle seguramente en su casa a ninguna
hora; aquel pjaro enjaulado a su pesar estaba en todas partes y en
ninguna, haba encontrado el medio de crear lo imprevisto en la vida de
provincia y revoloteaba como si estuviera al aire libre dentro de su
prisin. Considerbase desterrado; y como si hubiese abandonado la Roma
de Augusto para dar en Tracia, se haba aprendido de memoria algunos
trozos en latn decadente y con eso se consolaba--segn deca--de
habitar entre los pastores.

Con semejante compaero estaba yo muy solo. Me faltaba aire, me ahogaba
en mi habitacin estrecha, sin horizonte, sin alegra, sin ms vistas
que la alta barrera de muros grises, almenados, bajo los cuales apenas
se vea volar, por rara casualidad, alguna gaviota. Era invierno, llova
o nevaba por espacio de semanas enteras, y cuando un rpido deshielo
liquidaba la nieve, pareca an ms negra la ciudad despus del breve
deslumbramiento que la haba envuelto un instante. Pasada la dura
estacin, una maana abranse las ventanas, renacan los ruidos, oanse
voces de llamada de una a otra casa; pjaros enjaulados que eran
expuestos al aire libre hacan or sus trinos; brillaba el sol, miraba
desde arriba por el estrecho embudo que formaba nuestro jardincillo; los
brotes de las hojas nuevas salpicaban las ramas de las plantas color de
holln. Un pavo real, que no se haba dejado ver en todo el invierno,
escalaba lentamente el caballete de un tejado, sobre todo a la tarde,
como si prefiriese para sus paseos la tibieza moderada de un sol bajo;
abra sobre el fondo azul del cielo la enorme cola y lanzaba penetrante
grito, enronquecido como todos los ruidos que se oyen en las ciudades.
As adverta que cambiaba la estacin. El deseo de escapar no alcanzaba
muy lejos. Tambin yo haba ledo en los _Tristes_ dsticos que
recitaba en voz baja, pensando en Villanueva, la nica tierra que yo
conoca y que me haba dejado aoranzas que escocan.

Estaba atormentado, agitado, ms an, desmoralizado hasta en las horas
de pleno trabajo, porque ya no lo contaba para nada en mi vida. Haba
adquirido varias manas, entre otras, la de las categoras y la de las
fechas. Consista la primera en hacer cierta especie de seleccin de mis
das--todos semejantes al parecer y sin ningn incidente notable que
pudiera hacerlos mejores ni peores,--y clasificarlos, segn su mrito.
Ahora bien, el nico mrito de aquellos das de puro fastidio era el
grado de ms o de menos en los movimientos de vida que senta en m.
Toda circunstancia en que me reconoca con ms amplitud de fuerzas, ms
sensibilidad, mayor memoria en que mi conciencia, por decir as, tena
mejor timbre y resonaba ms, todo momento de concentracin ms intensa o
de expansin ms tierna era un da para no ser olvidado nunca. De ah la
otra mana de las fechas, los nmeros, los smbolos, los jeroglficos,
de la cual tiene usted la prueba aqu igual que en cualquiera otra parte
en que he considerado necesario imprimir la huella de un momento de
plenitud o de exaltacin. El resto de mi vida, el que se disipaba en
tibiezas, en sequedades, lo comparaba a esos bajos fondos que se
descubren en el mar a cada baja marea y que son como la muerte del
movimiento.

Tal alternativa asemejaba mucho a la luz y al eclipse de los faros
giratorios; esperaba yo siempre un despertamiento de mi ser, como
navegante extraviado que aguardara la aparicin de la seal sobre la
costa.

Lo referido en pocas palabras es claro que corresponde slo a un breve
resumen de muy largos, muy oscuros y muy diversos sufrimientos. El da
que hall en los libros--que en aquel entonces no conoca--el poema o la
explicacin dramtica de esos fenmenos tan espontneos, no tuve ms que
un sentimiento: el de parodiar, quizs repitindolo, lo mismo que
hombres de gran talento haban experimentado antes que yo. Su ejemplo
nada me ense: sus conclusiones, cuando a ellas llegu, no me
corrigieren. Si puede calificarse de mal la facultad cruel de presenciar
la propia existencia como si ella constituyera un espectculo parecido
por otro, aquel mal estaba hecho y entr en la vida sin odiarla, aunque
mucho me ha hecho padecer, con un enemigo inseparable, muy ntimo y
positivamente mortal, que era yo mismo.




V


Todo un ao transcurri de aquella manera. Desde el fondo de la ciudad
vi el otoo que amarilleaba los rboles y reverdeca los prados, y el
da de la reapertura del colegio, llev a l un ser agitado, infeliz,
una especie de alma plegada en dos, como un faquir entristecido que se
reconoce.

Aquella perpetua crtica ejercida sobre m mismo, aquel mirar
implacable, tan pronto amigo como enemigo, siempre molesto como un
testigo y desconfiado como un juez, aquel estado de permanente
indiscrecin respecto a los actos ms inocentes de una edad en la que se
reflexiona poco, todo aquello me sumi en una serie de angustias, de
dudas, de estupores o excitaciones que me conduca directamente a una
crisis.

Esa crisis se oper hacia la primavera, en el momento mismo de cumplir
los diez y siete aos.

Un da--a fines de abril, y deba ser jueves, porque tuvimos asueto los
colegiales--sal muy temprano de la ciudad, a pasear al azar por los
grandes caminos. Aun no tenan hojas los olmos, pero ya estaban
cubiertos de brotes; los prados asemejaban un vasto jardn cubierto de
margaritas; las setas de espino estaban en flor; el sol vivo y clido
haca cantar a las alondras y pareca atraerlas hacia el cielo, de tal
modo suban en lnea recta y volaban alto. Haba por doquier insectos
recin nacidos que el viento balanceaba como tomos de luz a la punta de
las altas hierbas, y muchas parejas de pajarillos cruzaban rpidamente
en direccin a los prados, a los campos de trigo, a las espesuras, en
demanda de sus nidos. De cuando en cuando vease pasar algn anciano o
algn enfermo que paseaban, a quienes la primavera rejuveneca o
devolva la salud, respectivamente; y en los puntos ms abiertos al
viento, grupos de nios soltaban cometas con largas colas temblorosas y
las contemplaban casi perdidos de vista, fijos sobre el azul del cielo
semejantes a blancos blasones salpicados de puntos de colores vivos.

Caminaba yo rpidamente penetrado y como estimulado por aquel bao de
luz, por aquellos aromas de vegetacin naciente, por aquella vivaz
corriente de pubertad primaveral que impregnaba la atmsfera. Lo que yo
experimentaba era a la vez muy dulce y muy ardiente. Me senta
emocionado hasta las lgrimas, pero sin languidez ni empalagosa ternura.
Me dominaba tan activa necesidad de andar, de ir lejos, de quebrantarme
de puro cansancio, que no me permita tomarme un minuto de reposo. En
cuanto vea a cualquiera que pudiese conocerme cambiaba de rumbo, y me
lanzaba a travs de los campos de trigo por cualquiera de las estrechas
sendas que los cruzan, marchando a paso de carga hasta que llegaba a
donde no vea a nadie. Yo no s qu sentimiento salvaje, ms imperioso
que nunca, me incitaba a perderme en el seno mismo de aquella extensa
campia en plena explosin de savia. Recuerdo que all lejos divis a
los seminaristas desfilando dos a dos a lo largo de las setas floridas,
conducidos por viejos sacerdotes que al tiempo que caminaban lean sus
breviarios. Haba entre ellos altos adolescentes a quienes la estrecha
sotana que les cea el cuerpo les prestaba cierto aspecto raro, pareca
adelgazarlos; al pasar arrancaban flores de los espinos y se marchaban
con aquellas flores rotas en la mano. No es que busco contrastes
imaginarios, recuerdo la sensacin que hizo nacer en mi nimo, en
semejante circunstancia, en semejante hora, en semejante lugar, la vista
de aquellos jvenes, vestidos de luto y ya en todo semejantes a viudos.
De tiempo en tiempo, volva el rostro a la ciudad, ya slo se distingua
sobre el lejano lmite de las praderas, la lnea un poco oscura de sus
bulevares y las extremidades de sus campanarios. Me pregunt entonces
cmo haba hecho yo para permanecer en ella tan largo tiempo y cmo
haba sido posible que all me consumiera sin morir; luego o el toque
de vsperas, y el taido de las campanas, acompaado de mil recuerdos,
me entristeci como llamado que era a compromisos severos. Pens que era
necesario volver antes de la noche, encerrarme de nuevo, y emprend con
ms ahinco todava el camino del ro.

Regres; no estaba rendido, sino muy al contrario, ms excitado por
aquel vagabundear durante varias horas, al aire libre, a travs de los
caminos, respirando un ambiente tibio bajo la accin spera y mordiente
del sol de abril. Experimentaba una especie de embriaguez, iba saturado
de emociones extraordinarias, que francamente se manifestaban en mi
rostro, en el aspecto de toda mi persona.

--Qu tienes, mi hijo querido?--dijo mi ta al verme.

--He caminado muy de prisa--le contest con cierto desvo.

Me examin de nuevo, y con un ademn de madre inquieta me atrajo bajo el
fuego de sus ojos claros y profundos. Me turb horriblemente; no pude
soportar ni la dulzura de aquella mirada ni la penetracin de su
ternura; no s qu confusin se apoder de m ante la vaga interrogacin
insoportable que ella expresaba.

--Djeme, se lo ruego, querida ta--le dije.

Y sub precipitadamente a mi habitacin. La encontr iluminada por los
oblicuos rayos del sol poniente y qued como deslumbrado por el
resplandor de aquella luz caliente y rojiza que la invada como una
oleada de vida. Sin embargo, me sent ms tranquilo vindome solo y me
asom a la ventana esperando la hora saludable en que aquel torrente de
claridad iba a extinguirse. Poco a poco fueron enrojecindose las
paredes de los altos campanarios, los ruidos se hicieron ms
perceptibles a travs del aire algo ms hmedo, anchas franjas de fuego
se formaron sobre el ocaso hacia el lado en donde se alzaban por encima
de las casas los mstiles de los barcos amarrados a la orilla del ro.

As permanec hasta la noche, preguntndome lo que experimentaba; y no
sabiendo qu contestar, oyendo, viendo, sintiendo, ahogado por las
pulsaciones de una vitalidad extraordinaria, ms emocionante, ms
fuerte, ms activa, ms incomprensible que nunca. Deseaba que alguien
estuviese all; mas por qu? No hubiera sabido explicarlo. Y quin? Lo
saba menos an. Si hubiera tenido que escoger un confidente entre todos
los seres que entonces me eran ms queridos, me habra sido imposible
nombrar a ninguno.

Slo cuando faltaban algunos minutos para que se extinguiera el ltimo
resplandor del da volv a salir. Me deslic por las calles que saba
eran menos frecuentadas hasta los lugares del bulevar en que la hierba
brotaba en plena soledad. Cruc la plaza en donde resonaban los primeros
sones de la retreta militar. Luego el ruido de las cornetas se alej y
yo segu la marcha desde lejos, por las calles ms sinuosas, guindome
por el eco de ellas ms claro o ms confuso segn la anchura del espacio
en que se desplegaba el sonido a travs del aire, en completa quietud
aquella noche. Solo, completamente solo, en el crepsculo azul que
descenda del cielo sobre los olmos cuajados de ligero follaje, a la luz
de las primeras estrellas que se filtraba a travs de las ramas de los
rboles como chispas sembradas sobre el encaje de las hojas, caminaba
por la ancha avenida escuchando aquella msica tan bien acompasada y
dejndome guiar por sus cadencias. Iba marcando el comps, mentalmente
la tarareaba cuando dej de orla; me qued en el alma como un
movimiento que se contina, y vino a ser una especie de ritmo y una
meloda sobre la cual involuntariamente adapt una letra. No conservo el
recuerdo de las palabras, ni del asunto, ni del sentido de las frases;
tan slo s que aquella singular exhalacin sali de m primero como
simple ritmo, despus con palabras rimadas, y que aquella medida
interior se tradujo de repente no solamente por la simetra de las
slabas sino por la repeticin doble o mltiple de algunas de ellas,
sordas o sonoras, correspondindose y haciendo las unas eco a las otras.
No me atrevera a decirle a usted que aquello fuese una composicin
potica, pero lo cierto es que la combinacin sonora de los vocablos se
pareca mucho a los versos.

En el mismo momento en que llegaba yo a ese punto de mis reflexiones,
apareci delante de m, en la misma avenida que yo recorra, nuestro
amigo de siempre, el seor D'Orsel, acompaado de sus dos hijas. Tan
cerca estaban que no poda evitar el encuentro, y la misma preocupacin
que me dominaba me lo hubiera impedido. Me encontraba, pues, cara a cara
con la tranquila mirada y el plido rostro de Magdalena.

--Cmo por aqu?--me dijo.

Aun me parece or su voz neta, area, con cierto acento del Medioda que
me hizo estremecer. Tom maquinalmente la mano que me tenda, una mano
pequea, fina y fresca, cuya frialdad me dio la nocin de que la ma
abrasaba. Estbamos tan cerca que distingu con toda exactitud sus
facciones y me espant la idea de que a su vez deba verme como yo a
ella.

--Le hemos causado miedo?--aadi.

En el cambio de tono de su voz conoc que mi horrible turbacin era
apreciable, y como por nada del mundo habra aceptado permanecer un solo
segundo ms en aquella situacin sin salida, balbuc algo tan fuera de
razn, que me acobard, perd la cabeza y, atolondrado, neciamente me di
a la fuga.

Aquella noche desert del saln de mi ta y me encerr en mi cuarto de
miedo de ser sorprendido. All, sin reflexionar nada, sin pretenderlo
tampoco, absolutamente como hombre fascinado por alguna empresa que
tanto le asusta como le seduce, de una tirada, sin releer, casi sin
vacilar, escrib una porcin de cosas inesperadas que parecan caer del
cielo.

Fue a la manera de un exceso de carga que sali de mi corazn, de cuyo
peso se senta aliviado a medida que de ella se iba desembarazando.

Aquel trabajo febril me ocup hasta hora muy avanzada de la noche. Por
fin pareciome que haba terminado una tarea ineludible; todas las fibras
irritadas se relajaron, y ya al amanecer, cuando despertaban los
pajarillos, me dorm presa de la ms deliciosa languidez.

Al otro da Oliverio me habl de mi encuentro con sus primas, de mi
turbacin, de mi huida.

--Haces misterio--me dijo,--y te equivocas. Si yo tuviese algn secreto
lo compartira contigo.

Dud un momento si le dira o no la verdad. Era lo ms sencillo y
positivamente habra valido ms que ocultarla; pero a mi declaracin se
oponan mil obstculos reales o imaginarios que me la presentaban como
cosa imposible. En qu trminos iba yo a darle a entender lo que senta
desde tiempo atrs sin que nadie lo hubiera sospechado? Cmo hablarle,
a sangre fra, de aquellos extraos pudores que ofuscaban la luz del
da, que no soportaban examen mo ni ajeno, y que semejantes a una
herida fresca y demasiado sensible exigan no ser tocados ni siquiera
con la mirada? Cmo referirle aquella crisis de sensibilidad
inexplicable y aquella especie de encantamiento por la noche cuyo
testimonio escrito hall por la maana?

Repliqu con una mentira: desde varios das antes me senta enfermo, el
calor de la vspera me haba causado una especie de vrtigo y rogaba a
Magdalena que me excusara la triste figura que hice al encontrarla.

--Magdalena?...--continu Oliverio.--Pero nosotros no tenemos cuentas
que arreglar con Magdalena... Hay cosas que no le incumben...

Al decir eso sonrea de un modo singular y me dirigi una mirada de las
ms penetrantes y ms vivas. Por mucho que se esforzara para leer lo
que haba en mi alma, estaba bien seguro de que nada descubrira; pero
comprendiendo que algo buscaba, y aunque no acababa de adivinar cules
podan ser los sentimientos, muy presumibles, que Oliverio me supona,
vindome objeto de tal investigacin reflexion y surgi en m una
sospecha que me llen de turbacin.

Era tan perfectamente cndido e ignorante, que el primer despertar de
ciertos impulsos en medio de mis ingenuidades me fue sealado por una
inquieta mirada de mi ta y una equvoca y curiosa sonrisa de Oliverio.
Pens que era vigilado y me vino el deseo de averiguar la causa de
aquella vigilancia. Fue una falsa sospecha que por primera vez en la
vida me hizo ruborizar. No s qu indefinible instinto hinch mi corazn
con una emocin absolutamente nueva. De pronto, un extrao resplandor
ilumin ese verbo infantil, el primero que todos hemos conjugado en
francs o en latn estudiando la gramtica. Y dos das despus de
aquella advertencia hecha por una madre prudente y por un camarada
emancipado, no estaba lejos de admitir--tanto estaba llena mi mente de
escrpulos, de curiosidades y de inquietudes,--que mi ta y Oliverio
tenan razn sospechando que estaba yo enamorado; pero, de quin?...

El domingo prximo por la noche nos reunimos todos como de ordinario en
el saln de mi ta. Cuando lleg Magdalena experiment cierta turbacin;
no la haba vuelto a ver desde el jueves ltimo por la tarde. Era
indudable que esperaba ella una explicacin; pero me senta incapaz de
drsela y call. Estaba espantosamente confuso y distrado.
Oliverio--que no crea que existiera ninguna razn para ser caritativo
conmigo--me acribillaba con sus epigramas. Era inofensivo lo que deca;
pero, desde muchos das antes, era tan extraordinaria la irritabilidad
de mis nervios que cualquier cosa me hera y me causaba inmotivado
sufrimiento. Estaba sentado junto a Magdalena por razn de una costumbre
adquirida sin que la voluntad de ninguno de los dos hubiese dado margen
a ella por ningn concepto. De pronto experiment el deseo de cambiar de
sitio. Por qu? No hubiera sido capaz de decirlo. Me pareca, tan slo,
que la luz de las lmparas me incomodaba y que en otro lugar me
encontrara mejor. Cuando Magdalena levant los ojos que tena bajos
mirando el juego y me vio sentado al otro lado de la mesa, precisamente
en frente de ella, dijo con cierto aire de sorpresa: Y bien...? Pero
nuestras miradas se encontraron y algo extraordinario debi advertir en
la ma que la turb levemente y le impidi terminar la frase.

Cerca de ao y medio haca ya que viva cerca de ella y por primera vez
aquella noche la mir como se mira cuando se desea ver. Magdalena era
encantadora, mucho ms encantadora que no se deca, muy diferente de
como yo la haba considerado hasta aquel momento. Adems tena diez y
ocho aos. Aquella apreciacin repentina, lejos de iluminar mi espritu
poco a poco, en medio segundo me ense todo lo que yo ignoraba de ella
y de m mismo. Fue como una revelacin definitiva que complet las de
los das precedentes, reunindolas en un montn de evidencias y creo que
explicndolas todas.




VI


Algunas semanas despus, el seor D'Orsel se traslad a un
establecimiento de baos termales pretextando motivo de salud y de
recreo, pero en realidad por razones particulares de las cuales me
enter ms tarde. Magdalena y Julia le acompaaron.

Aquella separacin--de la que cualquier otro se hubiera lamentado como
de un desgarramiento--me libert de un gran apuro. Ya no me era posible
vivir cerca de Magdalena siempre cohibido por la invencible timidez que
su presencia me causaba. Hua de ella. El hecho de mirarla cara a cara
constitua para m un verdadero desplante de audacia. Vindola tan
tranquila, cuando yo estaba tan turbado, encontrndola tan perfectamente
bella, cuando tantos motivos tena yo para reconocerme desagradable con
mi traje de colegial y mi aspecto de campesino desgalichado, invada
todo mi ser un sentimiento de inferioridad humillante que me llenaba de
desconfianzas, transformando la ms sencilla familiaridad en sumisin
sin dulzura, en ruin servidumbre con asomos de esclavitud. En una
palabra, Magdalena me daba miedo, me dominaba antes de seducirme: el
corazn tiene las mismas ingenuidades que la fe: todos los cultos
apasionados empiezan as.

El da que sigui al de la partida de Magdalena me apresur a ir a la
calle de los Carmelitas. Oliverio ocupaba un cuarto, pequeo, perdido en
un alto pabelln del hotel. Ordinariamente iba yo a buscarle a la hora
de entrar al colegio, le llamaba desde el jardn para que bajase. Me
acord que a aquella hora, casi todas las maanas me responda otra voz,
que Magdalena se asomaba a la ventana y me saludaba; pens en la emocin
que me causaba aquella entrevista cuotidiana, antes sin encanto ni
peligros y que luego se haba convertido en verdadero suplicio, y entr,
atrevidamente, casi contento como si algo que en m haba de temeroso y
vigilado, tomara sus vacaciones.

La casa estaba vaca. Los sirvientes iban y venan, como asombrados,
tambin ellos, de no tener ya que reportarse. Haban abierto todas las
ventanas y el sol de mayo jugueteaba libremente en las habitaciones, en
las cuales cada cosa estaba en su sitio. No era el abandono, era la
ausencia. Suspir. Calcul lo que aquella ausencia deba durar. Dos
meses. El plazo tan pronto me pareca muy corto como se me antojaba muy
largo. Creo que hubiera deseado--tanto experimentaba la necesidad de
pertenecerme--que aquel exiguo respiro nunca tuviera fin.

Volv el otro da y los siguientes y hall el mismo reposo y la misma
seguridad. Recorr toda la casa, visit el jardn, senda por senda;
Magdalena estaba por doquier. Me atrev hasta entretenerme libremente
con su recuerdo. Mir la ventana de su cuarto y en ella vi su encantador
semblante. O su voz en los paseos del parque y me puse a tararear para
encontrar en aquel murmullo el eco de las canciones que le gustaba
entonar al aire libre, que el viento haca tan fluidas y que eran
acompaadas por el susurro de las hojas. Volv a ver en el recuerdo mil
cosas de ella que me eran ignoradas o que no me haban impresionado,
ciertos gestos que sin ser nada resultaban encantadores, reconoc llena
de gracia la costumbre que tena de retorcerse la cabellera sobre la
nuca y atarla por medio formando negro haz. Las ms insignificantes
particularidades de su traje o de sus ademanes, el aroma extico de que
se perfumaba y que me habra hecho reconocerla a ojos cerrados, hasta
los colores que haba adoptado ltimamente, el azul que le estaba tan
bien y que tanto haca resaltar la ntida blancura de su tez. Todo
aquello reviva en mi memoria con sorprendente lucidez; pero causndome
una emocin muy diversa de la que me produca cuando ella estaba
presente, algo as como una aoranza que me era grato acariciar, dulce
recuerdo de cosas amables que ya no estaban all. Poco a poco, sin gran
calor, pero con perenne ternura, me satur de aquellas reminiscencias,
el solo atractivo casi vivo que de ella me quedaba, y aun no haban
pasado quince das desde la partida de Magdalena cuando aquel recuerdo
invasor no se apartaba de mi mente ni un instante.

Una tarde sub al cuarto de Oliverio y, como siempre, pas por delante
del de Magdalena. Muchas veces haba hallado abierta de par en par la
puerta sin que me viniese el deseo de entrar. Aquella tarde me detuve en
seco, y despus de muchas vacilaciones concordantes con escrpulos tan
nuevos como todos los otros sentimientos que me embargaban, ced a una
verdadera tentacin y entr.

La habitacin estaba casi a oscuras. Apenas se distinguan los muebles,
antiguos, de maderas de color atezado y los dorados de las marqueteras
brillaban dbilmente. Telas de colores sobrios, blancas muselinas
flotantes completaban un conjunto de tonos plidos y dulces, impregnando
de tranquilidad y recogimiento en la semioscuridad de un suave
crepsculo. El aire tibio llegaba del jardn saturado del aroma de las
flores; pero predominaba un sutil perfume, ms vivo que los otros, que
ms que ninguno me impresionaba al percibirlo, recuerdo inequvoco de
Magdalena. Llegu hasta la ventana: a ella tena costumbre de asomarse
Magdalena. Me dej caer sobre un silloncito en que ella sola sentarse y
permanec all algunos minutos presa de la ms viva ansiedad, retenido a
mi pesar por el deseo de saborear impresiones cuya novedad me pareca
exquisita. No miraba nada; por nada del mundo habra osado poner la mano
sobre ninguno de los objetos que me rodeaban; inmvil, atento slo a
penetrarme de aquella indiscreta emocin, senta agitarse
convulsivamente mi corazn, y tan precipitados eran sus movimientos, que
instintivamente me apretaba el pecho con ambas manos para ahogar en lo
posible los incmodos latidos.

De sbito reson en el corredor el ruido seco de los pasos de Oliverio y
apenas me qued tiempo para deslizarme hasta la puerta antes de que
llegase.

--Te esperaba--me dijo sencillamente para persuadirme de que no me haba
visto salir del cuarto de Magdalena o que nada que objetar tena por el
hecho.

Iba ataviado con mucha elegancia, la corbata anudada con abandono y el
traje, de tela ligera, tan holgado como era su gusto usar la ropa, sobre
todo en verano. Tena un modo de andar tan desenvuelto, una manera tan
libre de moverse, vestido de ropa flotante que en ciertos momentos, de
todo en todo asemejaba un joven extranjero, ingls o americano.
Constitua esto uno de los atractivos de su persona, y yo, que he tenido
ocasin de apreciar lo mismo sus altas cualidades que sus debilidades,
no podra decir que pusiera demasiadas pretensiones en el modo de
vestir, aunque de l hiciera verdadero estudio. Crea l que la
composicin del indumento, la eleccin de los colores, las proporciones
de un traje eran cosa muy digna de ser tenida en cuenta por un hombre de
buen tono; pero, una vez adquirida aquella combinacin, ya no pensaba
ms en ella, y habra sido hacerle gran injusticia, el suponer que de su
atavo se preocupara ms tiempo que el necesario para los ingeniosos
cuidados que en l pona.

--Vamos hasta los bulevares--me dijo tomndome por un brazo.--Deseo que
me acompaes y ya es casi de noche.

Caminaba de prisa y me arrastraba como si estuviese apremiado por la
hora. Tom por el camino ms corto, atraves las alamedas desiertas y me
llev derecho al lugar en que se acostumbraba pasear durante el verano
al caer la tarde. Haba bastante gente, todo cuanto una pequea ciudad
como Ormessn poda reunir de mundano, rico y elegante. Oliverio sigui
andando siempre de prisa, distrada la mirada, tan absorbido y excitado
por secreta impaciencia que se olvidaba de que me tena a su lado. De
pronto retard el paso, se apoy ms en mi brazo como si tratara de
buscar un apoyo para dominarse y moderar cierta efervescencia que tenda
a desbordarse. Me di cuenta de que haba llegado al trmino de una
pesquisa.

Dos mujeres se dirigan hacia nosotros siguiendo el borde de la
avenida, misteriosamente abrigadas por la sombra de los olmos. Una de
ellas era joven y notablemente bella; mi reciente experiencia me haba
formado el gusto respecto de aquellas definiciones delicadas y ya no me
equivocaba. Me fij en la manera de hollar con paso leve y corto el
csped que creca al pie de los rboles, como si caminara sobre la
flexible pelusa de una alfombra. Nos miraba fijamente, con menos gracia
que Magdalena, pero con una desenvoltura que jams ella hubiera osado
permitirse y todava lejos, preparbase ya a contestar con una sonrisa
especialsima al saludo de Oliverio. Este saludo fue cambiado lo ms
cerca posible, con mucha gracia y un poco de abandono; y luego que el
rostro de la joven rubia, todava sonriente, qued oculto por las
puntillas del sombrero, mi amigo volvi el suyo hacia m, y con un
acento de interrogacin lleno de audacia me dijo:

--Conoces t a la seora de X...?

Tratbase de una persona de quien se hablaba un poco en el mundo al cual
acompaaba yo a mi ta algunas veces. Nada tena de particular que
Oliverio le hubiera sido presentado; y con toda ingenuidad se lo dije.

--Precisamente--aadi,--bail una noche con ella el invierno pasado y
desde...

Interrumpiose, y tras breve silencio continu:

--Mi querido Domingo, ya sabes t que no tengo padre ni madre; no soy
ms que el sobrino de mi to, y de esa parte no espero ms afecto que el
que me es debido como tal pariente, es decir, muy poca porcin del
patrimonio de ternura que por derecho corresponde a mis dos primas.
Tengo, pues, la necesidad de ser amado, en distinta forma que la de una
amistad de colegio... No protestes; te estoy muy agradecido por la
adhesin que me demuestras y que no dudo me conservars, suceda lo que
quiera. Tambin me cumple decirte que te quiero mucho. Pero has de
permitirme que considere un poco tibias las afecciones que me han tocado
en suerte. Dos meses hace, una noche, en un baile, habl poco ms o
menos del mismo modo sobre este mismo asunto con la persona a quien
acabamos de encontrar. Al principio la divert no dando a mis palabras
ms valor que el de lamentaciones de un estudiante a quien el colegio
aburre; pero como tena la firme voluntad de ser escuchado seriamente,
puesto que en serio hablaba yo y como tambin estaba seguro de que sera
credo si me empeaba, le dije: Seora, si le place dar a mis palabras
el valor de una splica, sea; si no ellas sern expresin de una pena de
la cual no volver a or hablar. Me dio dos golpecitos con el abanico
con objeto de interrumpirme, sin duda; pero nada ms tena que decirle,
y para no desmentirme abandon el baile en seguida. Desde entonces
mantengo mi palabra y no he aadido ni una frase que pudiera hacerle
suponer que abrigo la ms leve esperanza ni la duda ms pequea. No me
oir nunca ni lamentarme ni suplicar. Siento que en semejante caso
tendr mucha paciencia y esperar.

Mientras as me hablaba pareca Oliverio muy tranquilo. Un poco ms de
brusquedad en su gesto y un acento ms vibrante en la voz eran los
nicos sntomas perceptibles que delataban un estremecimiento interno,
si realmente se agitaba su corazn, que mucho lo dudo. Cuanto a m, le
escuchaba con real y profunda angustia. Aquel lenguaje me resultaba tan
nuevo, era tal la naturaleza de sus confidencias, que desde luego
experiment una gran confusin, como al contacto de una idea
completamente incomprensible.

--Y bien!--le dije, porque no hall en mi mente ms que esa exclamacin
de ingenuo.

--Pues nada ms. Es todo lo que tena que comunicarte, Domingo. Cuando a
tu vez me pidas que te escuche, sabr hacerlo.

Le contest ms lacnicamente an, le estrech tiernamente la mano y nos
separarnos.

Me sucedi con estas confidencias de Oliverio igual que con todas las
lecciones demasiado bruscas o fuertes por exceso; aquella iniciacin
embriagadora me llen de confusiones y hube menester de largas y penosas
meditaciones para seleccionar las verdades tiles o intiles que
contenan declaraciones tan graves. En el estado de nimo en que me
encontraba, es decir, atrevindome apenas a aquilatar sin emocin la ms
inocente y la ms usual de las palabras del lenguaje del corazn, mis
previsiones ms atrevidas jams habran llegado por s solas a
sobrepasar la idea de un sentimiento mudo y desinteresado. Partir de tan
poco para llegar a las ardientes hiptesis en que me lanzaban las
temeridades de Oliverio; pasar del silencio absoluto a la manera
aquella, tan libre, de expresarse respecto de la mujer; seguirle, en
fin, hasta el objeto marcado para su espera eran evoluciones capaces de
hacerme envejecer en pocas horas. Llev a cabo aquella gigantesca
zancada, pero a trueque de temores y de deslumbramientos que no son para
descritos; y lo que me asombr ms, luego que hube alcanzado el punto de
lucidez necesario para comprender a fondo las lecciones de Oliverio fue
el resultado de la comparacin del valoramiento que ponan en mi mente,
con la frialdad del calculismo de aquel que se deca enamorado.

Pocos das despus me mostr una carta sin firma.

--Os escribs?--le pregunt.

--Esta carta--me dijo--es la nica que de ella he recibido y no he
contestado.

La carta estaba concebida, poco ms o menos, en los siguientes trminos:

* * *

Es usted un nio que pretende obrar como un hombre y yerra usted
doblemente al envejecerse. Haga lo que quiera, los hombres sern siempre
mejores o peores que usted. Creo que es digno de lstima porque est
solo, y le estimo bastante para admitir que debe usted sufrir privado de
una amistad vigilante y tierna; pero procedera usted mejor hablando con
el corazn en la mano, que no confindose un da, de sbito, a alguien
que le aprecia, y callar despus. No alcanzo el bien que le pude hacer
escuchando sus confidencias ni el fin que persigue no renovndolas.
Razona usted demasiado para una edad en que la ingenuidad es a la vez
principal atractivo y nica excusa, y si tuviera usted tanto abandono
como sangre fra sera ms interesante y sobre todo ms feliz.

* * *

No obstante algunos raros arranques de franqueza a los cuales ceda por
capricho, no entenda yo ms que a medias las confidencias de Oliverio.
Aunque tena la misma edad que yo, sobre poco ms o menos, y era sin
duda inferior a m en muchas cosas, me consideraba demasiado joven,
segn deca, para apreciar las cuestiones de conducta que se agitaban en
su alma. A duras penas poda yo aceptar la primera palabra del
propsito que pretenda mantener hasta alcanzar la plena satisfaccin
del amor propio o de su placer. Le vea siempre tan tranquilo, tan
sereno, tan dispuesto a todo, con su fisonoma amable, de rasgos un poco
fros, la mirada impertinente para todos los que no eran sus amigos, y
aquella sonrisa rpida y seductora de la cual saba hacer oportunamente
tan pronto una caricia como un arma ofensiva. No estaba triste ni
siquiera preocupado ni aun en los momentos en que, segn confesin
propia, su imperturbable confianza haba sufrido un poco. El despecho no
se manifestaba en l ms que por una especie de irritabilidad ms aguda,
y no haca ms, por decir as, que aadir un resorte de temple ms seco
a su audacia.

--Si te parece que voy a sufrir, te equivocas--me deca algn tiempo
despus en uno de esos momentos de breve vacilacin en los cuales
pareca complacerse en dar a sus palabras una expresin de hostilidad
malvada.--Si un da llega a amarme, ms tarde o ms temprano, esto de
ahora no es nada. Si no...

--Si no?...--repet yo.

No contest; como si hubiera querido cortar algo hendiendo el aire hizo
girar silbando alrededor de su cabeza un fino junco que llevaba en la
mano. Luego, continu fustigando en el vaco con vehemencia extrema y
aadi:

--Si pudiera leer en sus ojos un s o un no!... Jams he visto otros ni
ms atormentadores ni ms bellos, excepto los de mis dos primas que no
me dicen nada.

Otros das, cualquier incidente halageo le volva a su ser. Se tornaba
sensible, notbase que estaba agitado y se mostraba ligeramente
entusiasta, con mucha ms naturalidad. Pona cierta dulzura en sus
gestos y en sus palabras y, aunque reservado como siempre, mucho me daba
a entender respecto de sus esperanzas.

--Ests bien seguro de que la amas?--le pregunt por fin, tanto me
pareca esa condicin primordial aunque dudosa para que se mostrara
exigente.

Oliverio me mir fijamente y como si mi pregunta le pareciese el colmo
de la imbecilidad o de la locura, solt una carcajada tan insolente que
me quit las ganas de continuar.

La ausencia de Magdalena dur el tiempo convenido. Algunos das antes de
su regreso, pensando en ella--y eso me suceda cada minuto,--recapitul
los cambios que se haban operado en mi nimo y me qued estupefacto. El
corazn lleno de secretos, el espritu conmovido por atrevidos impulsos,
el nimo cargado de experiencia antes de haber conocido nada, me
reconoc absolutamente diverso de como era cuando de m se haba
separado ella. Me persuad de que aquello me servira para aminorar otro
tanto la curiosa sumisin a que haba estado sujeto, y aquel leve tinte
de corrupcin difundido en todos mis sentimientos perfectamente cndidos
antes, me prest un algo semejante a la desvergenza, mejor dicho, la
suficiente bravura para correr al encuentro de Magdalena sin temblar
demasiado.

Lleg ella a fines de julio. Desde muy lejos percib el ruido de los
cascabeles de los caballos, y vi acercarse encuadrada en la verde
cortina que formaban los setos vivos, la silla de posta, blanca de
polvo, que cruz el jardn y se detuvo delante del portal. Lo primero
que impresion mis ojos fue el velo azul de Magdalena que flotaba detrs
de la portezuela del carruaje. Baj ligera y se abraz a Oliverio. Al
contacto de sus pequeas manos que estrechaban las mas con fraternal
cordialidad la realidad de mis ensueos renaci; luego, apoyndose en el
brazo de Oliverio y en el mo con la familiaridad propia de una hermana,
con igual presin sobre el uno que sobre el otro y derramando sobre
ambos, como un verdadero rayo de sol la lmpida luz de su mirada directa
y franca, como quien siente un poco de cansancio subi las escaleras del
saln.

La velada estuvo saturada de efusin. Tena Magdalena tantas cosas que
referirnos! Haba contemplado hermosos paisajes, haba admirado toda
clase de novedades, de costumbres, de ideas, de trajes. Hablaba
revelando el desorden en la memoria abarrotada de recuerdos tumultuosos
con la volubilidad de un alma impaciente por referir en algunos minutos
una multitud de adquisiciones hechas en dos meses. De cuando en cuando
se interrumpa, para tomar aliento, como si todava hubiese de subir y
bajar muchos escalones de la montaa por donde su relacin nos conduca.
Se pasaba la mano por la frente, por los ojos, mesaba hacia atrs de las
sienes los rizos de la espesa cabellera un poco erizada por el polvo del
viaje. Hubirase dicho que aquellas actitudes semejantes a las de una
persona que marcha y tiene calor, refrescaban su memoria. Buscaba un
nombre, una fecha, perda y recobraba sin cesar el hilo enredado de un
itinerario y se rea a carcajadas cuando la confusin de su relato era
tan grande que se vea obligada a pedir ayuda a la clara y firme memoria
de Julia. Exhalaba vida, el goce de ensear, las curiosidades
satisfechas. A pesar de estar rendida por el largo viaje en coche,
conservaba todava la costumbre del repetido cambio rpido de lugar que
la haca levantarse a cada momento, accionar, mudar de asiento, lanzar
una ojeada de bienvenida tan pronto al jardn como a los muebles,
reconocindolo todo y acaricindolo. Luego fijaba atentamente los ojos
en Oliverio y en m como para estar bien segura de reconocernos y
constatar mejor su regreso y su presencia entre nosotros; pero sea que
nos encontrara un poco cambiados al uno y al otro, sea que dos meses de
separacin y la vista de tantas cosas nuevas la hubiesen deshabituado de
las nuestras notaba yo en su fisonoma cierta expresin de vaga
sorpresa.

--Y bien--le dijo Oliverio,--nos reconoces?

--No del todo--replic ella ingenuamente.--Cuando estaba lejos de
vosotros os vea de otra manera.

Yo estaba como clavado en mi asiento. La miraba, la escuchaba y por
mucho que ella notara en nosotros un cambio, el que yo adverta en ella
era an ms efectivo y sin duda ms completo, ya que no ms profundo.

Estaba ms morena. Su tez, reanimada por suave tono rosado, traa de las
caminatas al aire libre como un reflejo de luz y de calor que lo doraba.
Tena la mirada ms rpida y la cara un poco ms delgada, las pupilas
como manchadas por el esfuerzo de una vida muy activa y la costumbre de
abarcar dilatados horizontes. Su decir siempre acariciador y notado por
el uso de expresiones tiernas haba adquirido yo no s qu nueva
plenitud que le prestaba acentos ms enrgicos. Andaba con ms soltura,
su pie mismo se haba achicado ejercitndose en largas excursiones por
difciles senderos. Toda su persona pareca haber disminuido el volumen
tomando aspecto ms firme y ms preciso; y el vestido de viaje, que
saba llevarlo maravillosamente, completaba la fina y robusta
metamorfosis.

Era la misma Magdalena, embellecida, transformada por la independencia,
por el placer, por los mil accidentes de una existencia imprevista, por
el ejercicio de todas las fuerzas, por el contacto con elementos ms
activos, por el espectculo de una naturaleza grandiosa. Era la misma
juventud de una criatura selecta, con algo ms nervioso, ms elegante,
ms definido, que sealaba un progreso en la belleza y un paso decidido
en la vida.

No recuerdo bien si entonces me di exacta cuenta de todo lo que ahora
digo; pero lo que s de cierto es que adivin la superioridad ms y ms
determinada de ella sobre m porque en aquel momento med con absoluta
certeza y con una emocin que nunca haba experimentado, la enorme
distancia que separa a una joven que frisa en los diez y ocho aos, de
un estudiante que apenas cuenta diez y siete.

Adems un indicio ms positivo todava debiera haberme abierto los ojos
aquella misma noche.

Entre los bultos del equipaje haba un admirable rododendro, arrancado
de raz en torno de las cuales una mano previsora haba rodeado puados
de helecho y de plantas alpinas, todava chorreando el agua de las
montaas. Aquella planta, trada de tan lejos y por la cual demostraba
especial inters el padre de Magdalena, deca ella que le haba sido
enviada en recuerdo de una expedicin al pico de *** por un compaero de
viaje a quien se atribua vagamente mucha amabilidad, mucha cultura y
previsin y muchas consideraciones respecto al seor D'Orsel.

Cuando Julia deshaca las envolturas se desliz una tarjeta que Oliverio
vio caer y de la cual se apoder rpidamente; despus de darle dos o
tres vueltas como si tratara de apreciar los detalles fisonmicos, por
decir as, de aquella blanca cartulina, ley en voz alta: _El conde
Alfredo de Nivres_.

Nadie se dio por entendido de aquel nombre que reson secamente en medio
de un silencio absoluto y resuelto. Magdalena aparent no haber odo;
Julia ni siquiera pestae; Oliverio call; el seor D'Orsel tom la
tarjeta y la desgarr sin decir palabra. En cuanto a m, el ms
interesado en precisar los ms insignificantes detalles de aquel viaje,
qu le dir a usted? Tena necesidad de sentirme dichoso, y en eso se
cifra el enigma de muchas cegueras menos explicables an que la ma.

Entre Magdalena casi mujer y el adolescente apenas emancipado que voy
retratando, entre sus brillantes aos y los mos, haba mil obstculos
conocidos o desconocidos, patentes u ocultos, nacidos o por nacer. Sin
embargo, yo me obstinaba en no ver ninguno. Haba echado mucho de menos
a Magdalena, la haba deseado, esperado, y ya usted habr adivinado que
despus de su partida haba cien veces maldecido el censurable espritu
de rebelin que me revolva contra la ms envidiable, la ms dulce, la
menos calculada de las servidumbres. Volva al fin tan afectuosa que me
encantaba, seductora hasta el punto de maravillarme; la poesa; y como
les sucede a quienes un exceso de luz les perturba la vista, nada
adverta yo ms all del confuso deslumbramiento que me encegueca.

Gracias a la ausencia de razonamiento, mejor dicho, a mi ceguera, me
sumerg en los meses siguientes como si hubiera entrado en lo infinito.
Figrese usted una primavera, rpida y muy calurosa, llena de rientes
amores, de impulsos generosos, de imprevisiones, de alegras perfectas.
Tan enrgica fue mi expansin como cobarde haba sido el replegamiento
sobre m mismo antes de aquella sbita floracin que me sorprenda en el
embotamiento propio de la verdadera infancia. No preguntaba si me era
permitido ofrecerme, me daba sin reservas con efusiones en las cuales
pona cuanto en m haba de sinceridad inteligente, lo mejor de mi ser
moral, sobre todo lo ms inflamable. No me considero capaz de pintar con
exactitud aquel breve momento de desinters total, que bien puede servir
de excusa a muchos accesos de egosmo, en que luego ca, y durante el
cual mi existencia pursima, saturada de buenas intenciones, ardi por
entero a modo de ofrenda y llame a los pies de Magdalena como fuego
sagrado ante un altar.

Recobramos las antiguas costumbres. Era el mismo cuadro de antes
embellecido por el prodigioso brillo de una nueva vida. Causbame
asombro encontrarlo todo tan incomparable y que una sola influencia
hubiera tenido el poder de cambiar el aspecto de las cosas hasta el
extremo de rejuvenecer tantas decrepitudes y reemplazar aspectos tan
morosos por semejantes alegras. Las noches eran cortas, las tardes
calurosas. Ya no nos reunamos en el saln; se velaba bajo los rboles
del jardn del seor D'Orsel o en pleno campo sobre los linderos de los
prados hmedos. Muchas veces daba yo el brazo a Magdalena durante las
lentas caminatas realizadas en grupo. Las personas mayores nos seguan.
Llegaba la noche y haca descender sobre nosotros el silencio, en
aquellas horas en que se habla menos y en voz muy baja. La ciudad
cerraba el horizonte con sus graves siluetas, el taido de las campanas
y el de las soneras de los gticos relojes de torre acompaaban
aquellos paseos alemanes en los que yo no era Werther, aunque creo que
Magdalena vala una Carlota, porque jams le habl de Klopstock y si
alguna vez mi mano se pos en la suya fue siempre obedeciendo a un
impulso fraternal.

Por las noches continuaba escribiendo con furor, porque nada haca yo a
medias. Me pareca a veces--tal era el cmulo de ilusiones que se
reunan en mi cabeza,--que estaba a punto de dar a luz alguna obra
maestra. Obedeca a una fuerza ajena a mi voluntad como todas las que me
posean. Si con los recuerdos de aquella poca hubiese conservado la ms
leve de las ignorancias que la hicieron tan bella y tan estril, dira
que aquella facultad singular, siempre dominadora y jams sumisa,
desigual, indisciplinable, llegando en cierto momento y alejndose como
haba venido, asemejaba a lo que los poetas llaman inspiracin y
personifican en su Musa. Era imperiosa e infiel, dos rasgos salientes
que me hicieron tomarla por la inspiradora ordinariamente de los
espritus dotados. Pero un da, ms adelante, comprend que la visitante
que me caus tantas alegras primero y luego tanta decepcin, no tena
nada de lo caracterstico de la Musa sino mucha inconstancia y mucha
crueldad.

Esta doble vida de fiebre del corazn, de fiebre del espritu, hacan de
m un ser muy equvoco. Notbalo yo. Haba en ella ms de un peligro que
trat de conjurar y cre llegado el momento de desembarazarme de un
secreto sin valor para poner a salvo otro ms precioso.

--Es singular...--me dijo Oliverio.--A dnde te conducir eso? Despus
de todo, tienes razn si ese trabajo te divierte.

Breve respuesta que encerraba no poco desdn y quizs mucho asombro.

En medio de estas distracciones mis estudios iban bastante bien.
Continuaba obteniendo xitos que despreciaba comparndolos con la
grandeza de los sentimientos que hacan que fuese un hombre pequeo y,
segn mi juicio, un corazn tan grande. De tarde en tarde reciba de
lejos un impulso que me obligaba a considerar aquellos xitos menos
desdeables. Desde el da que nos separamos, Agustn no me haba
olvidado. En cuanto lo permita la distancia que nos separaba continuaba
procurndome las enseanzas que haban comenzado en Trembles. Con la
superioridad que le prestaba la experiencia de la vida abordada por los
lados ms dificultosos, en el ms grande de los escenarios, y segn el
progreso moral que supona en su discpulo, haba elevado poco a poco el
tono de sus consejos. Sus lecciones se convertan ya casi en
conversaciones de hombre a hombre. Me hablaba poco de l mismo y slo en
trminos vagos para decirme que trabajaba, que hallaba grandes
obstculos, pero que esperaba llegar a buen trmino. Algunas veces una
rpida descripcin, bosquejo del mundo en que viva, de los hechos, de
las ambiciones que le rodeaban, segua a la expresin de los buenos
nimos que tena para luchar, como para experimentarme con tiempo y
prepararme a las enseanzas que ms tarde deba sacar de las ms
brutales realidades. Se preocupaba de lo que yo pensaba, de lo que haca
y sin cesar me preguntaba qu era lo que en fin haba resuelto emprender
despus que saliera de mi provincia.

* * *

He sabido--me deca,--que es usted el primero de la clase. Est muy
bien. Pero no se envanezca por semejantes ventajas. La emulacin en el
colegio es la forma ingenua de una ambicin que usted conocer ms
tarde. Acostmbrese a permanecer en primera lnea para que nunca se
sienta satisfecho de usted mismo si llegase a ocupar tan slo la
segunda en lo sucesivo. Sobre todo no equivoque el mvil de su esfuerzo,
no confunda el orgullo con la modesta apreciacin de lo que puede hacer.
No le preocupe nunca, sobre todo en el orden moral, ms que la extrema
altura del objeto y la necesidad de acercarse a l lo ms posible; eso
le prestar a usted mucha humildad y mucha fortaleza. La imposibilidad
casi general, de alcanzar lo extremo de ciertos ensueos har que
considere estimable y digno de piedad, el esfuerzo que cualquier hombre
de buena fe intente hacia la perfeccin. Si se siente ms cerca que l,
calcule de nuevo lo que le queda por hacer y los acobardamientos valdrn
ms, desde el punto de vista moral, que no las vanidades.

* * *

Permtame que le muestre algunos extractos de cartas de Agustn y
suponiendo mis contestaciones le ser fcil comprender el espritu
general de nuestra correspondencia y ver usted ms exactamente cules
eran entonces su vida y la ma.

Pars 18...

Diez y ocho meses hace ya que estoy aqu! S, mi querido Domingo, diez
y ocho meses han transcurrido desde que nos separamos en aquella pequea
plaza diciendo _hasta la vista_. Veinticuatro horas despus, cada uno de
nosotros pusimos manos a la obra. Deseole, mi querido amigo, que est
ms satisfecho de s mismo que yo lo estoy de m. La vida slo es fcil
para quienes la espigan sin penetrarla. Para sos Pars es el lugar del
mundo en donde ms cmodamente se puede tener la creencia de que se
existe. Basta dejarse arrastrar por la corriente como un nadador en una
masa de agua pesada y rpida; se flota en ella, y no se ahoga uno. Ver
usted eso algn da y ser testigo de muchos xitos debidos tan slo a
la ligereza de los caracteres y de muchas catstrofes que no se habran
padecido con diferente peso en las convicciones. Es bueno familiarizarse
desde temprano con el espectculo verdadero de las causas y de los
efectos. No s qu ideas tiene usted de todo esto, si es que las tiene.
En todo caso es poco probable que sean precisas y lo ms triste del caso
es que tiene usted razn. El mundo deba ser en todo semejante a lo que
usted imagina. Si usted supiera cun diferente es! Mientras no pueda
juzgarlo por s mismo, habitese a estas dos ideas: que hay verdades y
existen hombres. Jams cambie usted respecto del sentimiento nativo que
tiene usted tocante a las unas; y cuanto a los otros espere que llegue
el da en que los conozca.

Escrbame con ms frecuencia. No me diga que ya conozco su vida y que
no tiene nada que referirme. A los aos que usted tiene y en un alma
como la suya cada da hay algo nuevo. Recuerda la poca en que meda
usted las hojas que nacan y me comunicaba el nmero de lneas que
haban crecido bajo la accin de una noche de escarcha o un da de sol
fuerte? Pues lo mismo sucede con los instantes de un mozo de su edad. No
se asombre de ese desenvolvimiento rpido que, conocindole a usted,
imagino que ha de sorprenderle y acaso asustarle. Deje actuar fuerzas
que tratndose de usted no tienen nada de peligrosas; hbleme para que
le conozca, permtame verle tal cual es y a m vez le dir a usted
cunto ha crecido. Sobre todo sea ingenuo en sus sensaciones. Acaso
tiene necesidad de estudiarlas? No es bastante sentirse emocionado? La
sensibilidad es un don admirable; en el orden de las creaciones que
usted debe producir puede llegar a ser una fuerza extraordinaria, pero
con una condicin: que no la revuelva usted contra s mismo. Si de una
facultad creadora eminentemente espontnea y sutil, hace usted un
elemento de observacin, si refina, si examina, si no le basta el sentir
y experimenta la necesidad de estudiar el mecanismo, si el espectculo
de un alma emocionada es lo que ms le satisface de la emocin, si se
rodea de espejos convergentes para multiplicar la imagen hasta lo
infinito, si mezcla usted el anlisis humano a los dones divinos, si de
sensible se convierte usted en sensual, no hay lmites para semejantes
perversidades y, se lo advierto, eso es muy grave. Hay una fbula muy
antigua que es encantadora, se presta a muchas interpretaciones y se la
recomiendo. Narciso se enamor de su propia imagen; no pudo apartarla de
sus ojos; no era posible que llegase a apoderarse de ella y muri
vctima de la misma ilusin que le haba seducido. Piense usted en esto
y si llega a sucederle sufriendo, amando, viviendo, por mucho que le
parezca seductor el fantasma de usted mismo, aprtese de l.

* * *

Me dice usted que se fastidia. Eso vale tanto como declarar que sufre;
el aburrimiento no cabe ms que en los cerebros vacos o en los
corazones incapaces de ser heridos por nada. Pero, por qu sufre? Es
cosa que pueda usted decrmelo? Si estuviese yo cerca de usted lo
sabra. Cuando me otorgue el derecho de interrogarle ms positivamente
le dir lo que imagino. Si no me engao y si es verdad que usted mismo
no sabe lo que empieza a causarle sufrimiento, tanto mejor, porque es
prueba de que su corazn ha conservado toda la inocencia que en su
cerebro no existe ya.

No me pida que le hable de m; mi _yo_ no es nada hasta lo presente.
Quin lo conoce, aparte de usted? No es verdaderamente interesante para
nadie. Trabaja, se esfuerza, no se cuida nada, nada se divierte, espera
alguna vez y a pesar de todo contina queriendo. Basta con eso? Ya
veremos.

Vivo en un barrio que no ser probablemente el que usted habite, porque
tiene usted el derecho de elegir. Todos aquellos que al igual que yo
salen de la nada para llegar a ser algo, vienen a donde yo estoy, a la
ciudad de los libros, en un rincn desierto, consagrado por cuatro o
cinco siglos de herosmos, de trabajos, de penurias, de sacrificios, de
esperanzas abortadas, de suicidio y de gloria. Es una residencia muy
triste, pero muy bella. Si hubiera tenido libertad para elegir, no
habra preferido otra. No me compadezca usted porque en ella vivo: estoy
en mi sitio.

* * *

Escribe usted y eso lo hace porque deba ser. Que guarde usted secreto
para quienes le rodean es una timidez que comprendo; y seguro estoy de
que ha de sentir el deseo de confiarse a m. El da en que la necesidad
de confidencias le lleve a ese punto, enveme los fragmentos que pueda
comunicarme, sin alarmar demasiado sus pudores de escritor...

Otra cosa que me gustara saber: qu es de aquel amigo de quien apenas
me habla usted ya? El retrato que de l me hizo era seductor. Si
comprend bien debe ser un mozo encantador, psimo estudiante. Tomar la
vida por el lado fcil y brillante. En tal caso aconsjele que viva sin
ambiciones, porque las que tendra seran de la peor especie. Y dgale
adems, que no tiene otra cosa que hacer en el mundo sino ser feliz.
Sera imperdonable introducir quimeras en satisfacciones tan positivas
y mezclar lo que usted llama ideal con apetitos de pura vanidad.

Su Oliverio no me desagrada, me inquieta. Es evidente que ese mozo
precoz, positivo, elegante, resuelto, puede equivocar el camino y pasar
junto a la dicha sin sospecharlo. Tambin l ha de tener sus
fantasmagoras y se crear imposibilidades. Qu locura! Quiero creer
que tiene corazn; pero, qu uso hace de l? No me ha dicho usted que
tiene dos primas ese Querubn que aspira a convertirse en un don Juan?
Pero olvido, citndole esos dos nombres, que quizs no conoce usted ni
el uno ni el otro. Le ha permitido ya su profesor de retrica leer a
Beaumarchais y _El Convidado de piedra_? En cuanto a Byron, lo dudo y
puede usted esperar sin inconveniente.

* * *

Haban pasado muchos meses sin ninguna alteracin; el invierno se
acercaba cuando cre notar en la fisonoma de Magdalena una sombra, una
preocupacin que jams haba manifestado. Su cordialidad, siempre igual,
revelaba los mismos afectos, pero haba ms gravedad en ella. Una
aprensin, quizs una aoranza, algo slo apreciable en los efectos,
comenzaba a interponerse entre nosotros como sntoma primero de
desilusin. Nada en concreto, slo un conjunto de discordancias, de
desigualdades, de diferencias, que la transfiguraban de cierta manera, y
le prestaban el singular encanto de las cosas que el tiempo o la razn
nos disputan y que se van. Por cierta reserva, por sbitas reacciones,
por mltiples reticencias, que lentamente relajaban vnculos sin
romperlos, se comprenda que con extrema delicadeza, pona empeo en
desatar lazos que la familiaridad de nuestras costumbres haba apretado
demasiado. De pronto surgi un recuerdo, se repiti un nombre olvidado,
que yo haba odo pronunciar slo una vez, y en mi mente brot una
suposicin fundada y amenazadora que me laceraba el corazn; sensacin
aguda que se disipaba por s misma al menor indicio de seguridad para
renacer en seguida con la vivacidad de una evidencia.

Un domingo esperamos vanamente a Magdalena y Julia. Al otro da Oliverio
no vino al colegio. Pasaron tres das sin noticias. La inquietud me
apenaba horriblemente. Por la noche corr a la calle de los Carmelitas y
pregunt por Oliverio.

--Est en el saln--me dijo el sirviente.

--Solo?

--No, hay otras personas.

--Entonces le esperar.

Apenas haba empezado a subir la escalera que conduca al cuarto de
Oliverio me detuvo no s qu extrao presentimiento confuso. El corazn
me lata violentamente. Baj, atraves sin hacer ruido la antesala que
estaba desierta, y me deslic por uno de los caminos que conducan del
patio al jardn. El saln, situado en el piso bajo, tena tres ventanas
sobre el parterre a la altura de la escalinata y delante de cada una
haba un banco de piedra. Me encaram en uno de ellos. La noche estaba
oscursima y nadie poda sospechar que yo estuviera all; dirig ansioso
la mirada hacia aquella habitacin y vi a toda la familia reunida:
Oliverio, vestido de negro, de pie delante de la chimenea. Junto al
hogar estaban el seor D'Orsel y un hombre joven an, alto, bien
parecido, ataviado irreprochablemente. Advert las actitudes un poco
lentas con que acompaaba sus palabras y la manera seria y graciosa con
que de cuando en cuando volva el rostro hacia Magdalena. Estaba ella
sentada junto a una mesita de labor y todava me parece verla inclinada
la cabeza sobre un bordado, el rostro cubierto de la sombra de los rizos
que adornaban su frente, envuelta en el reflejo rojizo de la luz de las
lmparas. Julia, puestas las manos sobre las rodillas, inmvil, con
expresin de intensa curiosidad en el semblante, tena sus grandes ojos
taciturnos fijos en el desconocido.

En pocos segundos me di cuenta de todo lo que he dicho. Luego pareciome
que las luces se apagaban, mis piernas se doblaron y me desplom sobre
el banco. Un espantoso temblor agitaba mi cuerpo de la cabeza a los
pies. Presa de acerbo dolor sollozaba y me retorca las manos
murmurando: Magdalena est perdida para m y yo la amo...




VII


Magdalena era cosa perdida para m y yo la amaba. Una sacudida algo
menos violenta quizs no me hubiese revelado ms que a medias la
extensin de aquella doble desventura, pero la presencia del seor De
Nivres hasta tal punto me impresion, que de todo me di cuenta. Me
qued anonadado; sin ms consuelo que aceptar la fatalidad de un hecho
que haba de producirse, comprendiendo demasiado que no tena el derecho
de modificarlo en lo ms mnimo ni el poder de retrasarlo una hora
siquiera.

Ya le he dicho a usted de qu modo amaba a Magdalena: con aturdimiento,
con absoluta inconsciencia, sin fundamento de ninguna esperanza
concreta. La idea del matrimonio, aparte ser cien veces absurda, ni
siquiera haba prestado alientos al inocente impulso de un afecto que se
bastaba a s mismo para ser, se daba para difundirse y constitua un
culto sin otro mvil que adorar. Cules eran los sentimientos de
Magdalena? Nunca me haba preocupado de ellos. Con razn o sin ella, le
atribua indiferencias e imposibilidades de dolo; la supona extraa a
cualquiera de las adhesiones que inspiraba; la colocaba en un
aislamiento quimrico; y esto bastaba para satisfacer al secreto
instinto que, a pesar de todo, existe en el fondo de los corazones
menos ocupados de ellos mismos, a la necesidad de imaginar que Magdalena
era invencible y no amaba a nadie.

Estaba yo seguro de que Magdalena no poda sentir ningn inters por un
extrao que el acaso haba arrojado en su camino como mero accidente.
Era posible que aorando la vida de soltera no viese sin temores que se
acercaba el instante de adoptar un partido tan serio. Pero
indudablemente--an admitiendo que estuviera libre de todo afecto
serio,--la voluntad de su padre, consideraciones de rango, de posicin
social y de fortuna, la decidiran a aceptar una alianza a la cual el
seor De Nivres aportaba, adems de mucha conveniencia, altas calidades
de otra ndole.

No senta resentimiento, ni clera ni celos por el hombre que me haca
tan desventurado. Antes de personificar el imperio del derecho
representaba ya el de la razn. Por eso el da que el padre de Magdalena
nos present recprocamente en casa de mi ta dicindole que era yo el
mejor amigo de su hija, recuerdo que al estrechar la mano del seor De
Nivres pens lealmente: Pues bien, si ella le ama, que le ame l
tambin! Y en seguida fui a sentarme al fondo del saln y los contempl
bien convencido de mi impotencia, ms que nunca obligado a callar, sin
irritacin contra el hombre que nada me quitaba puesto que nada me
haban dado, reivindicando el derecho de amar como inherente al derecho
de vivir y dicindome con desesperacin: Y yo?

En lo sucesivo me aisl mucho. Menos que a nadie me corresponda a m
interrumpir coloquios de los cuales deba resultar la inteligencia de
dos corazones muy lejos sin duda de conocerse. Iba lo menos posible al
hotel D'Orsel; era tan insignificante ya el papel que yo representaba
en medio de los altos intereses que all se cruzaban que no ofreca
ningn inconveniente el hacerme olvidadizo.

Ninguno de aquellos cambios de conducta se ocult seguramente a la
perspicacia de Oliverio; pero fingi hallarlos muy naturales y nada me
dijo, de nada se mostr extraado y ninguna explicacin me dio de las
cosas que pasaban en su familia. Una sola vez, por todas, con una
habilidad que me dispensaba casi de una declaracin, me dio a entender
que estbamos de acuerdo respecto al seor De Nivres.

--No te preguntar qu te parece mi futuro primo. Todo hombre que de un
grupo tan pequeo y tan unido como el que nosotros formamos, viene a
tomar una mujer, es decir, a quitarnos una hermana, una prima, una
amiga, acarrea una perturbacin, hace una brecha en nuestras amistades y
nunca puede ser bien venido. Por mi parte, te declaro que no es se
precisamente el marido que habra querido para Magdalena. Ella es de su
provincia. El seor De Nivres se me figura que no es de ninguna parte,
como les sucede a muchos parisienses: la transportar, pero no la
fijar. Aparte eso, me parece bien.

--Muy bien--le dije.--Estoy convencido de que har feliz a Magdalena...
y despus de todo...

--Sin duda--interrumpi Oliverio en tono de afectada indiferencia.--Sin
duda y con desinters. Es todo lo que podemos desear.

La boda se haba concertado para fines del prximo invierno y esa poca
estaba ya muy cerca. Magdalena estaba seria; pero aquella actitud por
mera conveniencia social, no era para dar margen a dudas en punto a su
resolucin; la mantena tan slo para limitar con la delicadeza que le
era peculiar la expresin de los sentimientos ms ntimos. Esperaba con
plena independencia, en medio de leales deliberaciones, el
acontecimiento que deba ligarla para siempre y por su propia
declaracin. Por su parte el seor De Nivres, durante aquel perodo de
prueba tan difcil de dirigir como de soportar, haba ayudado mucho
desplegando recursos que le acreditaron de ser hombre de trato tan
correcto como corresponde a la calidad de los que son cumplidos
caballeros.

Una noche, mientras sostena con Magdalena animada conversacin a media
voz, visele ofrecerle ambas manos en actitud de cordial amistad. Ella
mir en torno suyo como si quisiera tomarnos a todos por testigos de lo
que iba a hacer, se puso de pie y sin pronunciar palabra, pero
acompaando su ademn de la ms cndida y graciosa de las sonrisas, pos
a su vez ambas manos desnudas en las del Conde.

Aquella noche me llam junto a ella y como si estando ya definida tan
concretamente su situacin, le fuera dado en adelante manifestar con
toda franqueza los afectos secundarios, me dijo:

--Tenemos que hablar, sintese usted a mi lado. Hace ya mucho tiempo que
apenas le veo. Ha credo usted, sin duda, que deba apartarse un poco de
nosotros y lo siento, porque resulta ahora que no conoce usted al seor
De Nivres. Dentro de ocho das me caso y es ste el momento oportuno de
que nos entendamos. El seor De Nivres le estima a usted, sabe muy bien
el valor de todas sus afecciones, es su amigo de usted y usted lo ser
suyo; se trata de un compromiso que he adquirido en nombre de usted y
que estoy segura mantendr...

Sencillamente, con toda libertad, sin ambigedades, habl del pasado,
concretando los intereses de nuestra futura amistad, no para imponer
condiciones, sino para convencerse de que los vnculos de ella seran
ms estrechos--y mezclando el nombre de su prometido, que, aseguraba, no
slo no desuna nada sino que consolidaba relaciones que otro enlace
acaso hubiese podido romper.--Evidentemente se propona obtener de m
algo parecido a una protesta de conformidad con la eleccin que haba
hecho y convencerse de que su determinacin, adoptada fuera del alcance
de todo consejo de amigo, no me desagradaba.

De mi parte hice lo mejor que pude todo lo que me pareci que poda
conducir a satisfacer su deseo; le promet que nada sera cambiado entre
nosotros y le jur conservarme fiel a sentimientos mal expresados, era
posible, pero demasiado evidentes para que acerca de ellos pudiera
abrigar la menor duda. Por primera vez tuve serenidad, audacia, y logr
mentir y ser credo. Verdad es que mis palabras se prestaban a tantas
interpretaciones y las ideas a tales equvocos, que en otras
circunstancias aquellas mismas protestas habran podido significar mucho
ms. Ella las tom en el sentido ms sencillo y tan calurosamente me
expres su agradecimiento que en poco estuvo no diera en tierra con todo
mi valor.

--En buen hora!--dijo.--Me gusta orle hablar as. Reptamelo usted
para que yo escuche todava las buenas palabras que me consuelan de los
ingratos silencios y reparan no pocos olvidos que heran sin que usted
lo supiera.

Hablaba de prisa, con efusin en los gestos y en las frases, con un
ardor en el semblante que haca nuestra conversacin muy peligrosa.

--De modo--continu,--que es cosa convenida el que nuestra antigua
amistad nada tiene que temer. Usted responde de ello en lo que le
corresponde. Es menester que ella nos siga y no se pierda en ese gran
Pars que, segn dicen, dispersa los ms tiernos afectos y pone olvido
en los corazones ms firmes. Ya sabe usted que el seor De Nivres tiene
el propsito de que pasemos a lo menos los meses del invierno. Oliverio
y usted vendrn a fin de ao. Mi padre y Julia vienen conmigo. All
casar a mi hermana. Oh! tengo para ella toda suerte de ambiciones, las
mismas poco ms o menos, que para usted--y al expresar esa idea se
ruboriz ligeramente.--Nadie conoce a Julia: es todava un carcter
cerrado; yo s que la conozco. Ahora que ya sabe todo lo que tena que
decirle, slo me resta recomendarle una cosa: vigile a Oliverio; tiene
el mejor corazn del mundo; que lo economice y lo reserve para las
grandes ocasiones. He ah mi testamento de soltera--concluy en voz ms
alta, para que el seor De Nivres la oyera, y le invit a acercarse.

Pocos das despus se celebr la boda. El invierno se despeda con una
rigurosa helada. El recuerdo de un dolor fsico se mezcla an hoy como
sufrimiento ridculo, al sentimiento de mi pena. Apoyada Julia en mi
brazo, la conduje todo lo largo de la iglesia, atestada de gente, segn
costumbre provinciana. Estaba plida como un cadver, temblorosa de fro
y de emocin. En el momento de ser pronunciado el s irrevocable que
decida la suerte de Magdalena y la ma, el rumor de un suspiro ahogado
me arranc del estupor en que estaba sumido. Era que Julia sollozaba,
oculto el rostro con el pauelo. Por la noche estaba ms triste an, si
cabe, pero haca esfuerzos sobrehumanos para disimular delante de su
hermana.

Qu nia tan extraa era entonces! Morena, menuda, nerviosa, con su
aire impenetrable de joven esfinge, su mirada que alguna vez interrogaba
pero no responda nunca, sus ojos absorbentes. Eran los ojos ms
admirables y menos seductores que jams vi, el rasgo ms impresionante
de la fisonoma de aquel joven ser sombro, doliente y altivo. Grandes,
anchos, con largas cejas que no dejaban nunca aparecer un punto
brillante, velados de un azul sombro que les prestaba el indefinible
color de las noches del esto, aquellos ojos enigmticos se delataban
sin luz y todos los resplandores de la vida se concentraban en ellos
para no brillar ms.

--Mucho cuidado con Magdalena--me deca en medio de una angustia en la
cual se destacaban perspicacias que me atormentaban.

Despus, enjugaba sus mejillas con rabia, y me culpaba de aquel exceso
de invencible debilidad contra la cual se rebelaban los vigorosos
instintos de su naturaleza.

--Tambin tiene usted la culpa de que yo llore. Vea qu sereno est
Oliverio.

Comparaba aquel inocente dolor con el mo, le envidiaba amargamente el
derecho que tena de manifestarlo y no hallaba ni una palabra para
consolarla.

El dolor de Julia, el mo, lo largo de la ceremonia, la vieja iglesia en
la cual tanta gente cuchicheaba alegremente en torno de mi pena, la
transformacin de la casa D'Orsel adornada de flores para aquella fiesta
extraordinaria, los trajes femeniles de inusitado lujo, un exceso de luz
y de olores que me causaban vrtigo, ciertas sensaciones dolorosas cuyo
sentimiento perdur por mucho tiempo como huella de incurables
pinchazos, en una palabra, los recuerdos incoherentes de un mal sueo,
es lo nico que me queda hoy de aquella jornada, una de las ms ciertas
desventuras de mi vida. En el fondo de este cuadro casi imaginario ya,
se destaca una figura: es la imagen de Magdalena, con su traje y su velo
blanco y su corona de desposada. Algunas veces--tanto contrasta la
tenuidad de esta visin con las realidades ms crudas que la preceden y
la siguen--la confundo, por decir as, con el fantasma de mi propia
juventud, virgen, velada desaparecida.

Fui el nico que no se atrevi a besar a la seora De Nivres al volver
de la iglesia. Lo not ella? Hubo en su nimo un movimiento de
despecho o cedi simplemente al impulso de una amistad acerca de la
cual, pocos das antes, quiso establecer por s misma compromisos muy
sinceros? Lo ignoro; pero ello fue, que durante la velada el seor
D'Orsel vino, me tom por el brazo, y, ms muerto que vivo, me arrastr
hasta ponerme cara a cara con Magdalena. Estaba en medio del saln, en
pie cerca de su marido, con aquel traje deslumbrador que la
transfiguraba.

--Seora...--le dije.

Sonri al orse llamar de aquel modo tan nuevo y--perdneme la memoria
de un corazn irreprochable, incapaz de doblez ni de traicin--su
sonrisa, sin que ella lo advirtiera, tena significado tan cruel que
acab de desconcertarme. Se inclin hacia m... y no s ni lo que le
dije ni lo que dijo ella: vi sus ojos rebosantes de dulzura cerca de los
mos... Luego todo dej de ser inteligible para m.

Cuando volv en m y me repuse hallme en medio de un grupo de hombres y
de mujeres que me contemplaban con indulgente inters capaz de matarme;
sent que alguien me agarraba rudamente, volv la cabeza y vi que era
Oliverio.

--No ves que ests dando un espectculo? Ests loco?--murmur en voz
bastante baja para que slo de m fuera oda, pero con una vivacidad en
la expresin que me llen de espanto.

Aun estuve algunos momentos retenido por sus brazos; luego gan la
puerta con l y al llegar a ella me desprend de su violento abrazo.

--No me retengas--exclam,--y en nombre del Cielo, por lo ms sagrado,
no me hables nunca de lo que has visto.

Siguiome hasta el patio empeado en hablarme.

--Calla!--le dije, y escap.

Luego que estuve en mi habitacin y pude reflexionar tuve un acceso de
vergenza, de desesperacin y de locura amorosa que no fue parte a
consolarme pero me alivi. Difcil me sera contarle a usted lo que pas
por m durante aquellas pocas horas de horrible tumulto en mi alma, las
primeras que me hicieron conocer, con un mundo de presunciones, de
delicias, una inmensidad de horribles sufrimientos: desde los ms
confesables hasta los ms vulgares. Sensacin de lo ms dulce que poda
soar, espantoso temor de haberme inutilizado para siempre, angustiosos
presagios para lo futuro, sentimiento de humillacin por mi vida
presente; todo, absolutamente todo, lo conoc, inclusive un inesperado
dolor, muy irritante, que se pareca mucho al rudo escalofro del amor
propio herido.

Era muy avanzada la noche. Ya le he hablado a usted de mi habitacin
situada en el ltimo piso, especie de observatorio en el que me haba
creado, como en Trembles, continuas inteligencias con todo lo que me
rodeaba, por medio de la vista o por la costumbre constante de escuchar.
Largo tiempo estuve paseando de arriba abajo--en este punto mi recuerdo
es preciso--presa de un abatimiento que no sabra pintarle a usted.
Amo a una mujer casada!, me deca, aferrado a esta idea, vagamente
aguijoneado por lo que ella tena de irritante, lleno de terror, sobre
todo, como fascinado por lo que ella implicaba lo imposible; me
asombraba el ver que, sin quererlo, repeta la frase que tanta sorpresa
me caus en boca de Oliverio: esperar, y en seguida me preguntaba:
pero qu? A esto no era dable responder ms que con suposiciones
abominables que me resultaban profanadoras de la imagen de Magdalena.
Luego se me apareca Pars en lo futuro, y en la lejana, fuera de toda
certidumbre, la oculta mano del destino que poda simplificar de tantas
maneras aquella terrible trama de problemas y como la espada del griego,
cortarlos ya que no resolverlos. Aceptaba hasta una catstrofe con la
condicin de que ella representara una salida y, puede ser, si hubiera
tenido algunos aos ms, hubiera buscado cobardemente el medio de poner
fin a una vida que poda perjudicar a tantas otras.

A eso de media noche o a travs del lecho, a larga distancia, un
chillido breve y agudo que en medio de tantas convulsiones reson en mi
alma como el grito de un amigo. Abr la ventana y escuch. Era una
bandada de patos que haba levantado el vuelo al venir la marea alta y
se diriga a toda prisa hacia el ro.

El mismo chillido reson una o dos veces ms, me fue necesario
sorprenderlo al paso, y ya no lo percib ms. Todo estaba inmvil y
somnoliento. Un pequeo nmero de estrellas, muy brillantes, vibraban en
el firmamento. Apenas se notaba la sensacin del fro aunque era ms
intenso por la limpidez del cielo y la ausencia de viento.

Me acord de Trembles. Haca tanto tiempo que no pensaba en aquellos
lugares! Fue como el destello de un saludo, y cosa rara, por un sbito
retroceso a impresiones tan lejanas record los aspectos ms austeros y
calmantes de mi vida campestre. Volv a ver Villanueva con su larga
lnea de casas blancas, apenas ms altas que los ribazos. Los techos
humeantes, su campia ensombrecida por el invierno, sus bosquecillos de
ciruelos enrojecidos por las escarchas, bordeando los caminos helados.
Con la lucidez de una imaginacin sobreexcitada hasta lo extraordinario,
en algunos minutos tuve la rpida percepcin de todo lo que haba
rodeado de encantos mi primera infancia. Por doquiera que haba yo
agotado agitaciones slo hallaba invariable paz. Todo era dulzura y
quietud en aquello que otrora causara las primeras perturbaciones de mi
espritu. Qu cambio!, pensaba y bajo la incandescencia de la cual
estaba abrasado, hallaba ms fresca que nunca la fuente de mis primeras
afecciones.

El corazn es tan cobarde, tiene tanta necesidad de reposo que por un
momento me abandon a la esperanza, tan quimrica como todas las dems,
de absoluto retiro en mi casa de Trembles. Nadie a mi alrededor, aos
enteros de soledad, con un consuelo seguro, mis libros, un paisaje
adorado y el trabajo, cosas todas irrealizables; y, sin embargo, esta
hiptesis era la ms dulce y hallaba un poco de calma acaricindola.

Por fin sonaron las primeras horas de la maana. Dos relojes las
repitieron juntos, casi al unsono, como si las campanadas del segundo
fueran eco inmediato de las del primero: eran el del seminario y el del
colegio. Aquella brusca llamada a las realidades irrisorias del da
siguiente aplast mi dolor bajo una sensacin de pequeez, y me alcanz
en plena desesperacin como un golpe de frula.




VIII


Seguramente es menester que haya usted sufrido mucho--me escriba
Agustn, contestando a las declamaciones muy exaltadas que le dirig
pocos das despus de la partida de Magdalena y su marido;--pero, por
qu? por quin? Contino proponindome cuestiones que nunca quiere
usted resolver. Oigo en usted la vibracin de _algo_ muy parecido a
emociones muy conocidas, bien definidas, nicas y sin semejanza con
otras para quien las experimenta; pero es ello cosa que no tiene nombre
en sus cartas de usted y me obliga a compadecerle ms que tan vagamente
como usted se lamenta. Y no es eso lo que me gustara hacer. Nada me es
penoso--ya lo sabe--cuando de usted se trata; y est usted en una
situacin de corazn o de espritu, que reclama algo ms activo y ms
eficaz, que simples palabras, por muy compasivas que ellas sean. Debe
usted necesitar consejos. Soy yo mdico de poco fuste, tratndose de
males coma los que entiendo que padece usted. No obstante, le aconsejar
un tratamiento que se aplica a todo, incluso las enfermedades de la
imaginacin, que conozco muy mal: higiene. Parceme que le ira bien el
uso de ideas justas, sentimientos lgicos, afecciones posibles; en una
palabra, empleo juicioso de las fuerzas y de las actividades de la vida.
La vida, crame; se es el remedio heroico de todos los sufrimientos
cuya base es un error. El da que usted ponga el pie en la senda de la
vida, pero la vida real, entendmonos, el da que usted la conozca bien,
con sus leyes, sus necesidades, sus rigores, sus deberes y sus cadenas,
sus dificultades y sus penas, sus verdaderos dolores y sus encantos,
ver usted cmo ella es sana, bella, fuerte y fecunda en virtud de sus
mismas exactitudes. En cuanto a su recomendacin la atender. Visitar a
los seores De Nivres con mucho gusto ya que me procura la oportunidad
de ocuparme de usted con amigos que supongo no son extraos a las
agitaciones que deploro. Est tranquilo: adems tengo la ms grande de
las razones para ser discreto: lo ignoro todo.

* * *

Un poco ms adelante me escribi de nuevo:

He visto a la seora De Nivres--me deca,--y ha tenido la complacencia
de considerarme como de los mejores amigos de usted. Con ese motivo me
ha dicho cosas afectuosas que me demuestran que le quiere a usted mucho,
pero que no le conoce muy bien. Ahora bien, si la recproca amistad no
ha sido parte a darle a cada uno perfecto conocimiento del otro, debe
haber sido por culpa de usted y no de ella, bien entendido que eso no
prueba que haya usted errado manifestndose slo a medias: lo ms que
puedo creer es que si tal ha hecho ha sido porque ha querido. Este
razonamiento me conduce a conclusiones que me inquietan. Todava una vez
ms, mi querido Domingo, la vida, lo posible, lo razonable... Yo se lo
ruego, no crea usted a los que le sealen lo razonable como enemigo de
lo bueno, porque es inseparable amigo de la justicia y de la verdad.

* * *

Le doy cuenta de una parte de los consejos que Agustn me daba, sin
saber exactamente a qu aplicarlos, pero adivinndolo.

En cuanto a Oliverio, el da que sigui a la noche en que deba hacer
innecesarias muchas declaraciones, a la misma hora que Magdalena y su
marido partan con direccin a Pars, entr en mi cuarto.

--Parti ya?--le pregunt apenas le vi.

--S--me contest;--pero volver; es casi mi hermana, t eres ms que mi
amigo; hay que preverlo todo.

Iba a continuar, pero el lamentable estado de abatimiento en que me vio
le desarm, sin duda, y le impuls a diferir sus explicaciones.

--Pero, en fin, de eso ya hablaremos--dijo tan slo.

Luego sac el reloj y como viese que eran ya cerca de las ocho, aadi:

--Eh, Domingo, vamos al colegio! Es lo ms prudente que podemos hacer.

Haba de suceder que ni los consejos de Agustn ni las advertencias de
Oliverio prevalecieran contra una tendencia irresistible, arrastradora,
demasiado poderosa para ser cohibida por razonamientos ni
amonestaciones. Comprendindolo me imitaron: esperaban mi rescate o mi
prdida definitiva, ltimo recurso que les queda a los hombres sin
voluntad cuando agotan todas las combinaciones imaginables: lo
desconocido.

Agustn me escribi una o dos veces ms dndome noticias de Magdalena:
haba ido a visitar la propiedad, cerca de Pars, en donde el seor De
Nivres tena intencin de que pasaran el verano. Era un hermoso
castillo en un bosque, la ms romntica residencia, para una mujer, que
acaso comparte con usted, a su manera, las aoranzas del campo y sus
aficiones de solitario.

Por su parte Magdalena le escriba a Julia, sin duda con fraternales
expansiones que no llegaban hasta m. Una sola vez, durante aquellos
meses de ausencia, recib una breve carta suya hablndome de Agustn. Me
agradeca el habrselo hecho conocer y me deca la buena opinin que de
l haba formado: que era todo voluntad, todo rectitud, todo noble
energa, y me daba a entender que, aparte necesidades del corazn, jams
encontrara en nadie ms firme ni mejor apoyo. En aquella misma carta,
firmada con su nombre nada ms, me enviaba afectuosos recuerdos de su
marido.

No volvieron hasta la poca de vacaciones, pocos das antes del da de
la distribucin de premios, ltimo acto de mi vida dependiente que me
emancipaba.

Mucho ms me hubiera gustado, como usted comprender, que Magdalena no
hubiese asistido a aquella ceremonia. Haba en m muchas disparidades,
mi condicin de estudiante estaba en ridculo desacuerdo con mis
disposiciones morales, evitaba como una nueva humillacin todo hecho que
pudiera recordarnos a los dos aquellos contrastes. Desde haca algn
tiempo mi susceptibilidad, en punto a ellos, se haba hecho vivsima.
Era--ya lo he dicho--el punto de vista menos noble y menos confesable de
mis dolores, y si vuelvo sobre l es por razn de un incidente que de
nuevo puso en tensin mi vanidad y que le pondr de manifiesto con un
detalle ms la singular irona de aquella situacin.

La ceremonia se verificaba en una antigua capilla abandonada desde largo
tiempo que slo era abierta y decorada una vez cada ao para aquel
objeto. La referida capilla estaba situada en el fondo del patio
principal del colegio, se llegaba a ella recorriendo, la doble hilera de
tilos cuyo abundante verdor alegraba un poco aquel triste paseo. Desde
lejos vi entrar a Magdalena en compaa de varias seoras jvenes
amigas, todas con trajes de verano de colores claros y las sombrillas
abiertas sobre las cuales jugueteaban la luz del sol y la sombra de las
hojas de los rboles. Fino polvo, levantado por el movimiento de las
faldas las acompaaba semejante a una ligera nube y por causa del calor,
de las extremidades de las ramas que ya amarilleaban, caa en torno de
ellas hojas y flores maduras y se prendan a la larga manteleta de
muselina en que Magdalena estaba envuelta. Pero sonriente, dichosa, el
rostro animado por la marcha y lo volva para examinar curiosamente
nuestro batalln de escolares formados en dos filas y conservando la
lnea como jvenes reclutas. Todas las curiosidades mujeriles, y aqulla
sobre todo, se proyectaban hacia m y las senta como otras tantas
quemaduras. Estbamos a mediados de agosto y el tiempo era magnfico.
Los pjaros familiares haban huido de los rboles y piaban sobre los
tejados en donde vibraba el sol. Murmullos de multitud quebrantaban el
largo silencio de doce meses, alegras extraordinarias dilataban la
fisonoma del viejo colegio, los tilos lo perfumaban con agrestes
aromas. Cunto habra dado por ser libre y dichoso!

Los preliminares fueron muy largos y yo contaba los minutos que an me
separaban de mi libertad. Por fin se oy la seal. A ttulo de laureado
de filosofa fui llamado el primero. Sub al estrado y cuando tuve mi
corona en una mano, en la otra un grueso volumen, de pie junto a la
escalinata, cara a cara del pblico que aplauda, buscaba los ojos de la
seora de Ceyssac; la primera mirada que encontr con la de mi ta, el
primer rostro amigo que reconoc, precisamente debajo de m, en la
primera fila, fue el de Magdalena. Experiment ella tambin un poco de
confusin vindome en aquella actitud espantosamente desairada que trato
de pintarle a usted? Repercuti en ella el encogimiento que me
dominaba? Sufri su amistad al verme risible o slo adivinando que
sufra? Cules fueron, exactamente, sus sentimientos durante aquella
rpida pero custica prueba que pareci alcanzarnos a los dos al mismo
tiempo y en igual sentido? Lo ignoro. Pero ella se puso muy encarnada y
creci su rubor cuando vio que yo bajaba y me acercaba a ellas. Y cuando
mi ta, despus de darme un beso, le pas mi corona invitndola a
felicitarme, se desconcert por completo. No estoy bien seguro de lo que
me dijo para atestiguar que experimentaba una gran satisfaccin y me
felicit en los trminos que son de uso. Su mano temblaba levemente. Me
parece que trat de decirme: Estoy orgullosa, mi querido Domingo o
est bien.

Velaba sus ojos una lgrima; era de inters, de compasin o solamente
efecto de involuntaria conmocin de joven tmida? Quin lo sabe! Muchas
veces me lo he preguntado sin lograr concretarlo.

Salimos. Yo arroj mis coronas en el patio de las aulas antes de
franquear la puerta por ltima vez. Ni siquiera volva atrs los ojos
para romper ms pronto con un pasado que me exasperaba. Y si hubiera
podido deshacerme de mis recuerdos del colegio tan de prisa como me
despojaba del uniforme, hubiera tenido seguramente en aquel momento, una
incomparable sensacin de independencia y de virilidad.

--Y ahora--me pregunt mi ta algunas horas despus,--qu piensas
hacer?

--Ahora?--le repliqu.--Pues no lo s.

Y deca verdad, porque la incertidumbre que me dominaba lo abarcaba
todo, desde la eleccin de una carrera, que ella, deseaba que fuese
brillantsima, hasta el empleo de una gran parte de mis afanes
ardorosos, en algo que ignoraba.

Estaba convencido que Magdalena ira primero a establecerse en Nivres y
luego volvera a Pars para acabar all el invierno. Nosotros debamos
trasladarnos directamente a aquella capital, de modo que ella nos
encontrara instalados y trabajando en la forma y modo que eligiramos,
pero bajo la direccin especial de Agustn. Los preparativos de viaje y
aquellos prudentes proyectos nos ocuparon una parte de las vacaciones;
pero la calidad del trabajo, el fin que debamos perseguir, aquel vago
programa cuyo primer artculo an no estaba formulado, eran puntos por
completo indefinidos lo mismo para Oliverio que para m.

Desde el da siguiente al de mi libertad haba olvidado completamente
mis aos de colegio; es la nica poca de mi vida que me dej el alma
fra, el solo recuerdo de m mismo que no me ha hecho feliz. En cuanto a
lo futuro, pensaba en Pars con el confuso recelo que va inherente a las
necesidades previstas, inevitables, pero poco sonrientes que siempre
sern bien conocidas demasiado pronto. Oliverio, con gran sorpresa de mi
parte, no manifestaba la ms leve contrariedad ante la idea de alejarse
de Ormessn.

--Ahora--me dijo con mucha calma pocos das antes de nuestra
partida,--ya no tengo nada que me retenga aqu.

Tan pronto haba agotado todas las alegras?




IX


Entramos en Pars de noche. Pero, aunque hubisemos llegado a otra hora,
siempre habra resultado tarde. Llova y haca mucho fro.

Al principio slo vi calles fangosas, aceras mojadas que relucan al
resplandor de las luces de las tiendas, el rpido y continuo relampagueo
de los carruajes cruzndose, salpicndose de lodo, una infinidad de
luces chispeantes, como alumbrado sin simetra en largas avenidas
formadas de casas negras cuya altura me pareca prodigiosa. Recuerdo que
me choc el olor a gas que denunciaba una ciudad en la cual se viva de
noche lo mismo que de da, y la palidez de los rostros que no parecan
sino de enfermos. Reconoc en aquel matiz el de Oliverio, y comprend
mejor que antes que tena distinto origen que yo.

En un momento que abr mi ventana para or mejor el rumor extrao que
retumbaba en aquella poblacin tan llena de vida abajo y cuyas alturas
estaban ya sumidas en la noche, vi pasar por la estrecha calle dos
filas de gentes que llevaban antorchas en las manos, escoltando una
hilera de carruajes con relumbrantes linternas, tirados todos por cuatro
caballos que marchaban casi al galope.

--Mira pronto--me dijo Oliverio,--es el rey.

Confusamente vi reflejos de la luz sobre cascos y sobre hojas de sables,
y aquel desfile de hombres armados y de caballos herrados, reson
brevemente sobre el empedrado con eco metlico, perdindose luego cada
vez con ruido menos perceptible, en la luminosa niebla de las antorchas.

Oliverio observ la direccin que llevaban los carruajes y luego que el
ltimo hubo desaparecido, dijo, revelando la satisfaccin de un hombre
que conoce su Pars y que al volver lo encuentra igual que siempre:

--S, el rey va esta noche a los Italianos.

Y no obstante la lluvia y el fro de la noche, permaneci todava algn
tiempo inclinado sobre aquel hormigueo de desconocidos que pasaban de
prisa, renovndose sin cesar y a quienes pareca que intereses
apremiantes dirigan en pos de objetos contrarios.

--Ests contento?--le pregunt.

Lanz un poderoso suspiro como si el contacto de aquella vida
extraordinaria le hubiera llenado sbitamente de aspiraciones
desmesuradas y me dijo, sin contestarme:

--Y t?

Luego, sin esperar mi contestacin, continu:

--Ah, caramba! T miras atrs; no ests en Pars ms que estaba yo en
Ormessn. Tu suerte es aorar siempre y no desear nunca. Sera cosa de
adoptar tu sistema. Aqu se enva, luego que son mayores, a los
muchachos cuando se desea hacerlos hombres. T perteneces a ese nmero,
y no te compadezco: eres rico, no eres un cualquiera... y amas!--aadi
bajando la voz lo ms posible.

Y con una efusin que jams haba observado en l me estrech entre sus
brazos y aadi:

--Hasta maana, querido amigo, hasta siempre!

Una hora despus, el silencio era tan profundo como en el campo. Aquella
suspensin de la vida, el amodorramiento sbito y absoluto de aquella
ciudad encerrando un milln de hombres, me asombr ms todava que su
tumulto. Hice a la manera de un resumen de los desfallecimientos, del
cansancio que representaba aquel gigantesco sueo y fui acometido de
verdadero miedo, no por falta de bravura, sino por una especie de
desmayo de la voluntad.

Volv a ver a Agustn con verdadera satisfaccin. Al estrechar su mano
sent que tena un punto de apoyo. Pareca viejo, aunque todava era
joven. Sus pupilas eran ms anchas y brillaban ms. Su mano muy blanca y
de cutis muy fino, se haba purificado y aguzado, por decir as,
dedicada exclusivamente al trabajo de manejar la pluma. Al ver su porte
nadie hubiera podido decir si era rico o pobre. Gastaba ropas muy
sencillas y las llevaba modestamente, pero con la confianza y el
desahogo que procede de la conviccin de que el traje no tiene
importancia.

Acogi a Oliverio, ms bien que como a un amigo, como a un mozo a quien
es necesario vigilar y respecto del cual conviene esperar antes de
colocarle de lleno en la ms estrecha intimidad.

Por su parte, Oliverio no se dio ms que muy a medias, ya sea porque la
envoltura del hombre le pareci chocante, ya fuese porque advirti en
l, por dentro, la resistencia de una voluntad tan bien templada como
la suya, pero formada de metal ms puro.

--Haba adivinado a su amigo de usted--me dijo Agustn,--en el orden
fsico y en el moral. Es seductor. No dir que haga ninguna fullera,
porque me parece incapaz de indignidad; pero vctimas, en el ms alto
sentido de la palabra, las har. Es peligroso para los seres ms dbiles
que l y que han nacido bajo la misma estrella.

Cuando le ped a Oliverio su juicio sobre Agustn, se limit a
responder:

--Siempre habr en l algo de preceptor y algo de advenedizo. Nunca
dejar de ser pedante y afanoso, como todos los que no cuentan con ms
recursos que la voluntad de llegar y llegan a fuerza de trabajo.
Prefiero los dones de talento o de cuna, y no siendo eso no quiero nada.

Ms tarde esas dos opiniones se modificaron. Agustn lleg a querer a
Oliverio, pero sin estimarlo en mucho, y Oliverio tuvo a Agustn en
altsima estima sin llegar a tomarle cario.

Nuestra vida se regulariz muy pronto. Ocupbamos dos departamentos
contiguos, pero independientes. Nuestra amistad muy estrecha y la
independencia de cada uno deban concordarse perfectamente en aquel
orden de cosas. Nuestras costumbres eran las de estudiantes libres a
quienes sus aficiones o su posicin permiten elegir, instruirse un poco,
al azar, y beber en muchas fuentes antes de determinar en cul de ellas
debe el espritu sentar sus reales en definitiva.

Pocos das despus, Oliverio recibi una carta de su prima, en la cual
se nos invitaba a los dos a trasladarnos a Nivres.

Era una vivienda antigua perdida sobre espesos bosques de castaos y de
encinas. Pas all una semana de hermosos das fros y severos, en medio
del monte, casi despojado de hojas, contemplando horizontes que, si no
me hicieron olvidar los de Trembles, no me permitieron echarlos de
menos, tan hermosos eran, y que parecan destinados, como grandioso
cuadro, a contener una existencia ms robusta y luchas mucho ms serias.

El castillo--cuyas torrecillas descollaban muy poco sobre las viejas
encinas que le rodeaban, y que slo era visible por cortes hechos a
travs del bosque, con su vieja fachada gris, sus altas chimeneas
coronadas de humo, sus invernaderos cerrados, sus avenidas alfombradas
de hojas muertas,--resuma, en algunos detalles de su aspecto, el
carcter triste de la estacin y la melancola de los lugares.

Era aqulla una existencia nueva para Magdalena, y tambin para m haba
algo muy nuevo en el hecho de verla tan bruscamente colocada en
condiciones ms vastas, con la libertad de actitudes, la amplitud de
costumbres, ese algo indefinible superior y muy imponente que prestan el
uso y las responsabilidades que implica el poseer una gran fortuna.

Una persona pareca aorar todava en el castillo de Nivres la calle de
los Carmelitas: el seor D'Orsel. Cuanto a m, los lugares nada me
importaban. Un mismo atractivo confunda en aquella poca mi presente y
mi pasado: entre Magdalena y la condesa De Nivres no haba ms
diferencia que entre un amor imposible y un amor culpable, y cuando
abandon Nivres, estaba persuadido de que aquel amor nacido en la calle
de los Carmelitas, sucediera lo que quisiera, all deba ser enterrado.

Retardada la instalacin de la vivienda que el seor De Nivres se
haba propuesto establecer en Pars, Magdalena no vino en todo el
invierno.

Sentase dichosa rodeada de todos los suyos: tena a Julia y a su padre;
menester haba cierto espacio de tiempo para pasar sin sacudidas de la
modestia y la regularidad de la vida de provincia a las sorpresas que le
esperaban en el gran mundo, y aquella semisoledad de Nivres era una
especie de noviciado que estaba muy lejos de desagradarle.

La volv a ver una o dos veces aquel verano, con largos intervalos y por
breves momentos, cobardemente robados al deber que me impona huir de
ella.

Haba abrigado el propsito de aprovechar aquel alejamiento, muy
oportuno para intentar francamente ser heroico y para curarme. Ya era
mucho el resistir a las invitaciones que constantemente nos llegaban de
Nivres. Aun hice ms: procur no pensar ms en ella. Me sumerga en el
trabajo. El ejemplo de Agustn me hubiera causado emulacin si
naturalmente no hubiese tenido gusto en ello. Pars desarrolla ese
ambiente peculiar de los grandes centros de actividad, sobre todo en el
orden de las actividades intelectuales; y, a poco que me mezclara en el
movimiento de los hechos, era lgico que no rehusara vivir en aquella
atmsfera.

En cuanto a la vida de Pars, tal como Oliverio la entenda, no me haca
ilusiones y no la consideraba como un socorro. Un poco contaba con ella
para distraerme, pero de ningn modo para aturdirme y menos an para
consolarme. Por otro lado, el campesino persista en m y no poda
resolverse a despojarse de s mismo, porque haba cambiado de medio. Mal
que pese a los que pretenden negar la influencia del terruo, senta yo
que haba en mi ser algo local, resistente, que no abandonara jams por
completo; y, si el deseo de aclimatarme se hubiera manifestado en m,
seguro estoy de que los mil vnculos de los orgenes--que no es dable
desarraigar,--me habran advertido por medio de continuos sufrimientos,
que sera la ma tarea intil. Viva en Pars como en una hospedera:
era posible que permaneciera mucho tiempo en ella, y hasta que en ella
muriese; pero siempre me considerara husped y estara como de paso.

Sombro, retirado, sociable slo con los compaeros de costumbre, en
constante desconfianza de contactos nuevos, evitaba en cuanto era dable
ese terrible frotamiento de la vida parisiense que pulimenta los
caracteres y los aplana, hasta raerlos. No fui demasiado ciego para lo
que ella tiene de deslumbrante, no me perturb lo que ofrece de
contradictorio, no me sedujo por lo que ofrece a los apetitos de la
juventud y a las ambiciones de los ingenuos. Para ponerme a cubierto de
sus asechanzas tena yo un defecto que equivala, por sus efectos, a una
virtud, y era el miedo a lo desconocido; y aquel incorregible terror por
los ensayos me prestaba, por decir as, la perspicacia que poseen los
experimentados.

Estaba solo o poco menos, porque Agustn no se perteneca y desde el
primer momento me di cuenta de que lo que es Oliverio no era hombre para
pertenecerme mucho tiempo. En seguida adquiri hbitos que en nada
contrariaban mis costumbres, pero que en nada se parecan a ellas.

Registraba bibliotecas, tiritaba de fro en los severos anfiteatros y me
meta por las noches en los gabinetes de lectura en donde los condenados
a morirse de hambre, pintada la fiebre en sus rostros, escriban libros
que no haban de darles fama, ni enriquecerlos. Adivinaba en ellos
impotencias, miserias fsicas y morales cuya vecindad no me confortaba
por cierto. Sala de aquellos lugares afligido. Me encerraba en mi casa,
abra otros libros y velaba. As sent pasar bajo mis ventanas las
fiestas nocturnas de Carnaval. Algunas veces, en plena noche, Oliverio
llamaba a mi puerta. En seguida reconoca yo el golpe seco del puo de
oro de su bastn. Me hallaba sentado a mi mesa de trabajo, me estrechaba
la mano y ganaba su cuarto tarareando algn fragmento de pera. Al otro
da volva a empezar sin ostentacin, ingenuamente convencido de que era
excelente aquel austero rgimen de vida.

Al cabo de algunos meses ya no poda ms. Mis esfuerzos estaban agotados
y como un edificio levantado por milagro, una maana, al despertar,
sent que mi valor se derrumbaba. Pretend recordar una idea perseguida
el da antes: imposible! Vanamente me repeta ciertas frases de
disciplina que me aguijoneaban alguna vez, como se estimula a los
caballos de tiro que se plantan.

Haba llegado el verano. En las calles brillaba un hermoso sol. Los
vencejos volaban satisfechos alrededor de un agudo campanario que desde
mi ventana se distingua. Sin vacilar un instante y sin reflexionar que
iba a perder en un momento el beneficio de tantos meses de prudencia,
escrib a Magdalena. Lo que le deca era insignificante. Los breves
billetes que de ella recibiera en varias ocasiones, haban determinado,
de una vez para siempre, el tono de nuestra correspondencia. No puse en
aqul ni ms ni menos y sin embargo, expedida la carta, esper la
respuesta como un acontecimiento.

Hay en Pars un gran jardn hecho para los aburridos: hllanse en l
relativa soledad, rboles, verde csped, floridas platabandas, alamedas
sombras y una turba de pajarillos que parecen estar all tan a su
placer como en pleno campo. A ese jardn fui y por l err todo el resto
del da, asombrado de haber sacudido mi yugo y ms admirado todava de
la extremada intensidad de un recuerdo que haba credo de buena fe que
estaba adormecido. Poco a poco, como una hoguera que se reanima, sent
en todo mi ser aquel ardoroso despertar.

Caminaba bajo los rboles, hablando slo y haciendo involuntariamente
ademanes propios de un hombre largo tiempo encadenado que rompe las
cadenas:

--Cmo!--pensaba.--Y no ha de saber siquiera que la he amado? ha de
ignorar que por causa de ella he gastado mi vida, sacrificado todo,
hasta la dicha inocente, de hacerle ver lo que he realizado para su
reposo? Creer que he pasado junto a ella sin verla, que nuestras
existencias han corrido paralelas sin confundirse ni tocarse siquiera,
ni ms ni menos que dos indiferentes arroyos? Y el da que le diga
sabe usted, Magdalena, que la he amado mucho? Me replicar: Es
posible?... Y ya no estar en la edad en que hubiera podido creerme.

Luego reconoc que, en efecto, nuestros destinos eran paralelos, muy
prximos, pero inconfundibles; que era necesario vivir uno al lado del
otro y separados, y que todo estaba concluido para m. Entonces me
perda en hiptesis: emanaba de ellas un repetido Quin sabe? con
todo el alcance de una tentacin. Y a esa condicional replicaba mi
conciencia: No, eso no ser nunca!

Pero de aquellas insensatas suposiciones me quedaba un sabor
horriblemente dulce y de l estaba embriagada la dbil voluntad que aun
me quedaba; pensaba adems que no vala la pena de haber luchado tanto
para llegar a semejante extremo.

Notaba en m tal ausencia de energa y senta un desprecio tan hondo de
m mismo, que aquel da desesper de mi vida. No me pareca buena para
nada: ni siquiera para aplicarla a los trabajos ms vulgares. Nadie la
quera y a m no me importaba ya nada de ella. Unos nios se pusieron a
jugar bajo los rboles. Parejas dichosas pasaron estrechamente
enlazadas; evitaba su aproximacin y me alejaba, buscando, en mi mente,
qu lugar haba en donde no estuviese solo.

Regres por las calles ms desiertas. Haba en ellas grandes talleres
industriales amurallados y ruidosos, fbricas cuyas chimeneas humeaban,
oase hervir de calderas, estruendo de engranajes. Pensaba yo en la
tensin que me consuma desde muchos meses, en aquel hogar interior
siempre encendido, siempre abrasador esperando una aplicacin que no
estaba prevista. Miraba los negros cristales, vea el reflejo de los
hornos, escuchaba el ruido de las mquinas.

--Qu harn ah dentro?--me deca.--Quin sabe lo que de esos talleres
saldr, madera o metal, lo grande o lo pequeo, lo til o lo superfluo?

Y la idea de que igual pasaba en mi espritu nada adicion a mi
desaliento ya completo, no hizo ms que confirmarlo.

Sobre mi mesa de trabajo haba una montaa de resmas de papel
manuscrito. Nunca la miraba con orgullo; por lo comn evitaba fijarme en
ella muy de cerca, y as pasaba cada da de las ilusiones de la vspera.
Desde el siguiente al de mi resolucin suprema me hice justicia: le al
azar mltiples fragmentos; un marcado sabor de mediocridad me revolvi
el corazn. Agarr todos los papeles y los ech al fuego. Estaba muy
tranquilo mientras ejecutaba aquella obra que en cualesquiera otras
circunstancias me habra costado algn pesar. En aquel mismo instante
lleg la carta de Magdalena. Era como deba ser, cordial, tierna,
delicada y sin embargo, me qued estupefacto viendo desvanecerse una
esperanza. El centelleo de muchos papelotes todava ardiendo, alumbraba
mi cuarto; yo estaba de pie con la carta en la mano, como un hombre que
se ahoga y aferra a una cuerda rota; por casualidad entr Oliverio.

Al ver aquel montn de cenizas humeantes comprendi y dirigi una rpida
mirada a la carta.

--Estn buenos en Nivres?--me pregunt framente.

En previsin de la ms leve sospecha le entregu la carta; l afect no
leerla y como si hubiera decidido que era aquel momento oportuno para
hablarme a la razn y desbridar anchamente una llaga que languideca sin
resultado, comenz:

--Pero, a qu extremos has llegado? Hace seis meses pasas las noches
escribiendo y consumindote, llevas una vida de seminarista que ya hizo
sus votos o de benedictino que toma baos de ciencia para calmar la
carne. Y adonde te ha conducido todo eso?

--A ninguna parte--repliqu.

--Tanto peor; porque toda decepcin prueba, a lo menos, una cosa: que se
ha errado en cuanto a los medios de triunfar. Has credo que la soledad
es el mejor de los consejeros. Y ahora qu opinas? Qu consejo te ha
dado, qu opinin que te sirva, qu leccin de conducta?

--Callar siempre!--dije con acento de desesperacin.

--Si sa es tu resolucin definitiva, te invito a cambiar de sistema.
Si todo lo esperas de ti mismo, si tienes bastante orgullo para suponer
que llevars a trmino una situacin que ha desanimado a otros muchos
ms fuertes y que podrs permanecer sin tambalearte, en pie sobre una
dificultad espantosa, ante la cual tantos corazones han desfallecido,
tanto peor, repito una vez ms, porque te creo en grave peligro, y te
juro que ya no dormir tranquilo.

--No tengo ni orgullo ni confianza, lo sabes tan bien como yo. No soy yo
el que quiere: es, como dices t, la situacin la que se me impone. No
est en mi mano impedir lo que es, no puedo prever lo que debe ser. Me
quedo en donde estoy, sobre un peligro, porque me est prohibido irme a
otra parte. No amar a Magdalena, me es imposible; amarla de otro modo
tampoco puedo. El da que sobre esta dificultad, de la cual no puedo
descender, me venza el vrtigo... me llorars como hombre muerto.

--Muerto no, cado de muy alto. No importa, de todos modos, el hecho es
fnebre. Y no es as como entiendo que debes acabar. Baste con que la
vida nos mate todos los das un poco; por Dios, no la ayudemos a
concluir ms de prisa con nosotros. Preprate, te ruego, a or cosas muy
duras, y si Pars te causa miedo como una mentira, acostmbrate, a lo
menos, a conversar mano a mano con la verdad.

--Habla--le dije,--habla. No me dirs nada que yo mismo no me haya
repetido un millar de veces.

--Ests en un error. Afirmo que nunca has usado el siguiente lenguaje:
Magdalena es feliz; est casada; una a una tendr todas las legtimas
alegras de la familia, sin faltarle ni una sola, as lo deseo y as lo
espero. Puede muy bien, pues, pasar sin ti. No es para ti ms que una
tierna amiga y no puede considerarte ms que como un camarada
excelente, cuya prdida lamentara mucho, pero a quien sera
imperdonable tomar por amante. Lo que os junta es, pues, un lazo,
encantador como vinculacin noble, que sera horrible si se trocara en
cadena. T le eres necesario en la medida que la amistad cuenta y pesa
en la vida: en ningn caso tienes el derecho de convertirte en carga
pesada. No hablemos de mi primo, el cual, si fuera consultado, hara
valer sus derechos de conformidad con las formas establecidas, usando
los argumentos que cumplen a la defensa de los maridos amenazados en su
honor--que es cosa grave,--y en su felicidad, que todava es ms serio.
Por lo que a ti respecta, la situacin no es ms complicada. El acaso te
acerc a Magdalena y l tambin te hizo nacer seis o siete aos
demasiado tarde; esto, que para ti representa una desgracia, quizs es
tambin un accidente lamentable para ella. Si otro ha llegado y casdose
con ella, no ha hecho ms que tomar lo que a nadie perteneca; por eso,
t que tienes muy buen sentido, a pesar de poseer un gran corazn, nunca
has protestado. Despus de haber declinado toda pretensin respecto de
Magdalena, como marido, puedes y quieres aspirar a otra cosa? Sin
embargo, sigues amndola. No eres digno de censura, porque un afecto
como el tuyo no es censurable; pero no ests en buen terreno, porque un
callejn sin salida a ninguna parte conduce. Ahora bien, cuando en la
vida se cae en la desgracia de extraviarse en una encrucijada, lo
razonable es procurar salir de ella por un lado o por otro; y en este
caso saldrs de tu atolladero, si no libre de averas, a lo menos sin
dejarte en l nada esencial, ni el honor ni la vida. Todava dos
palabras, y no te ofendan: Magdalena no es la nica mujer buena, bonita,
sensible y capaz de comprenderte y estimarte, que hay en el mundo.
Imagina que otra mujer, pues, y no Magdalena, fuese la que t amases
exactamente lo mismo y de la cual dijeras: Ella o ninguna. Niegas la
posibilidad? Entonces lo necesario, lo absoluto en estos casos es la
necesidad de amar y la capacidad de sentir el amor. No te pares a
averiguar si lo que afirmo es lgico o no y no digas que mis doctrinas
son espantosas. T amas y debes amar: lo dems es cuestin de suerte. No
creo que pueda existir mujer, digna de ti por supuesto, que no tenga el
derecho de decirte: El verdadero y nico objeto de tus sentimientos soy
yo.

--De modo--exclam,--que ser necesario no amar.

--Nada de eso. Se trata slo de amar a otra.

--Entonces habr de olvidarla.

--No, reemplazarla.

--Nunca!...

--No digas nunca; di mejor no por ahora.

Y en seguida Oliverio se march.

Tena los ojos secos y un atroz sufrimiento me oprima el corazn. Volv
a leer la carta de Magdalena. De ella se exhalaba una vaga tibieza de
las amistades vulgares, que causa desesperacin cuando se desea mucho
ms. Tiene razn, mucha razn, pens recordando la abrumadora
argumentacin de Oliverio, rechazando sus conclusiones con todo el
horror natural en un corazn apasionadsimo, pero reconociendo esta
verdad irrefutable: No soy nada para Magdalena, nada ms que un
obstculo, una amenaza, un ente intil o peligroso.

Contempl mi mesa vaca. Un montn de cenizas negras llenaba el hogar.
Aquella destruccin de una parte de m mismo, aquella total ruina de mis
esfuerzos y de mi dicha me abati bajo la incomparable sensacin de la
nada ms completa.

--Para qu sirvo, pues?--exclam.

Y oculto el rostro entre las manos, la mirada en el vaco, teniendo ante
mi vista toda mi existencia, dudosa, sin fondo, como un precipicio,
qudeme absorto.

Al cabo de una hora volvi Oliverio y me encontr en el mismo estado:
inerte, inmvil, consternado. Cariosamente me toc en el hombro y me
dijo:

--Quieres acompaarme esta noche al teatro?

--Vas solo?--le pregunt.

--No--replic sonriendo.

--Entonces no me necesitas para nada.

--Est bien!--exclam con impaciencia.

Pero cambiando sbitamente de intencin, se me puso resueltamente
delante y con ruda energa me increp:

--Eres estpido, injusto e insolente. Qu te has credo?... que
pretendo sorprenderte? Bonito oficio me atribuyes! No, querido! No soy
capaz de prepararte ninguna emboscada en la cual pueda correr riesgo la
probidad de tu corazn. Sera calcular mal y proceder torpemente. Lo que
yo quiero es que salgas de tu cubil, pobre alma entristecida! infeliz
corazn herido!... Te figuras que la tierra est de luto, que la belleza
se ha cubierto de un velo, que todos los rostros estn baados en
lgrimas, que ya no existen esperanzas ni alegras, ni afanes colmados
porque la suerte te es adversa. Pero mira en torno de ti, mzclate entre
la multitud de hombres y mujeres que son felices o creen serlo. No les
envidies la despreocupacin, pero aprende de ellos esta doctrina: que la
Providencia--en la cual t crees,--a todo atiende, que todo lo
proporciona y que ella ha creado inagotables recursos para satisfacer
la necesidad de los corazones hambrientos.

No me caus vacilacin aquel flujo de palabras, pero acab por
escucharlas. La afectuosa exasperacin de Oliverio actu como un
calmante sobre mis nervios, espantosamente excitados y templ su
tensin. Le ped que me perdonara aquel arranque, efecto de mi estado de
aturdimiento, asegurndole que en mis palabras no haba ni asomos de
desconfianza. Le rogu que dejara pasar aquella crisis de flaqueza,
resultado de penas y cansancio y le promet cambiar de gnero de vida.
Vivamos en el mismo medio social y reconoc que era un error de mi
parte no frecuentarlo. Tena el deber, sin duda, de no singularizarme
con un sistemtico alejamiento. Le dije una porcin de cosas sensatas,
como si de repente hubiera recobrado la razn. Y como tambin l echaba
de menos la expansin en nuestra intimidad, que nos haca ms flexibles,
ms conciliadores, mejores, estando juntos, le habl de l, de su vida
que pasaba casi enteramente apartado de m, y lament el no saber lo que
se haca y si tena o no razones para estar satisfecho.

--Satisfecho. He ah la palabra--me dijo con una expresin casi
cmica.--Cada hombre tiene un vocabulario particular para sus
ambiciones. S, estoy casi satisfecho en este momento, y si me conformo
con satisfacciones que no tengan informacin de quimricas, mi vida
discurrir en perfecto equilibrio y ser dichosa hasta la saciedad.

--Tienes noticias de Ormessn?

--Ninguna. Ya sabes cmo acab aquella historia.

--Por una ruptura?

--No, por una ausencia, que no es lo mismo, porque de lo pasado
guardamos el uno y la otra la nica memoria que nunca ensucia los
recuerdos.

--Y ahora?

--Ahora!... Sabes algo?...

--Nada s; pero imagino que habrs hecho lo que hace poco me
recomendabas.

--En efecto--dijo Oliverio sonriendo.

Luego se puso serio y continu:

--En otro momento te contar. Ahora no hay oportunidad. El ambiente de
este cuarto est impregnado de una emocin muy respetable. No cabe
promiscuidad entre la mujer de la cual te hablar y aquella otra cuyo
nombre no debe ser pronunciado siquiera mientras de la otra nos
ocupamos.

Ruido de pasos en la antesala interrumpi nuestra conversacin. Mi
criado anunci a Agustn que raras veces vena a aquella hora. La vista
de aquella enrgica e inflexible fisonoma me devolvi hasta cierto
punto un poco de energa. Me pareca como si la suerte me enviase un
refuerzo en aquel momento que tanto lo necesitaba.

--Llega usted en buen momento--le dije procurando mostrarme animado.--No
mereca la pena de tomarme tanto trabajo, verdad? Vea usted, todo lo he
destruido.

Hablbale siempre como cumple a un ex discpulo respecto de su maestro,
y le reconoca el derecho de interrogarme acerca de mis tareas.

--Es cuestin de volver a empezar--me contest, sin asombrarse por lo
que vea.--S lo que es eso!...

Oliverio callaba. Despus de algunos minutos de silencio, bostez
suavemente, atus con la mano su rizada cabellera y nos dijo:

--Me aburro y voy a dar un paseo por el Bosque...




X


--Trabaja?--me pregunt Agustn cuando Oliverio nos dej.

--Muy poco; y, sin embargo, aprende como si trabajara.

--Tanto mejor. Ha seducido a la suerte. Si la vida fuese una lotera,
ese mozo soara los nmeros que iban a salir premiados.

Agustn no era ni de los que inducen a la suerte ni de aquellos a
quienes debe enriquecer un nmero soado. Lo que de l llevo ya dicho,
debe haberle hecho comprender, que no haba nacido para los favores del
acaso y que en todas las partidas en que haba hecho parada de su
voluntad, la puesta vala ms que la ganancia. Desde el da que le ha
visto usted salir de Trembles, con una letra llegada de Pars en el
bolsillo, como un soldado con su itinerario en la mano, sus esperanzas
haban recibido ms de un jaque, pero ello no haba disminuido su fe
robusta ni le haba hecho dudar, por un minuto tan slo, que el xito,
si no la gloria, estaban en Pars al fin del camino que l emprenda. No
se quejaba, no acusaba a nadie, no desesperaba por nada. Sin ninguna
ilusin tena la tenacidad de las esperanzas ciegas y lo que en otros
habra parecido orgullo, no exista en l ms que como sentimiento muy
exactamente determinado de su derecho. Apreciaba las cosas con la
serenidad de un joyero que ensaya alhajas de calidad dudosa, y rara vez
se engaaba al elegir las que merecan la pena de consagrarlas tiempo y
trabajo.

Haba tenido protectores. No consideraba que fuera deshonor solicitar
apoyo, porque l slo propona un trueque de valores equivalentes. Y
tales contrastes--deca,--no humillan nunca al que aporta a la sociedad
el contingente de su inteligencia, su celo y su talento. No afectaba el
desprecio del dinero--del cual tena gran necesidad.--Sabalo yo sin que
l me lo dijese. No desdeaba los resultados, pero los colocaba muy por
debajo de un capital de ideas que, segn l, nadie sabra representar ni
pagar. Soy--deca--un obrero que trabaja con herramientas de poco
costo, es verdad; pero lo que producen no tiene precio, cuando es
bueno.

No se considera, pues, agradecido a nadie. Los servicios que le haban
hecho los haba comprado y pagdolos bien. Y en esa especie de
ventas--que de su parte excluan si no el convencionalismo del trato
social, toda humillacin por lo menos,--tena su modo de ofrecer, que
determinaba concretamente el alto precio que a su entender era lo justo.

--Desde el momento en que media el dinero--deca,--ya no hay ms que un
negocio en el cual el corazn no entra para nada y que no compromete, de
ningn modo, al agradecimiento. Doy y das. El talento mismo, en tales
casos, no es ms que una obligacin de probidad.

Haba ensayado muchas posiciones e intentado diversas empresas, no por
aficin, sino por necesidad. No pudiendo elegir los medios, posea el
don de la aplicacin ms bien que la flexibilidad que permite aplicarlos
todos. A fuerza de voluntad, de clarividencia, de ardor supla casi las
facultades naturales de que se reconoca privado. Su voluntad, apoyada
sobre extraordinario buen sentido y una rectitud perfecta, haca
milagros. Tomaba todas las formas ms elevadas, ms nobles, algunas
veces brillantes. No lo senta todo, pero nada haba que l no
comprendiese. Tambin se aproximaba a las manifestaciones de pura
imaginacin por un esfuerzo de tensin de su espritu, en contacto
siempre con todo lo que el mundo de las ideas contiene de mejor y ms
bello y rayaba en lo pattico por el perfecto conocimiento de las
asperezas de la vida y por la devorante ambicin de alcanzar legtimas
satisfacciones, aunque ello fuese a trueque de mucho luchar.

Despus de haber abordado el teatro--para el cual no se consideraba
suficientemente recomendado, ni con preparacin bastante,--se lanz al
periodismo.

Cuando digo que se lanz, no empleo la palabra exacta para exponer la
idea; porque ella no corresponde a la accin de un hombre que, siendo
incapaz de aturdimiento, se present en la palestra con esa valenta
informada de prudencia que no arriesga mucho ms que para lograr xito
favorable.

Por ltimo, poco haca que haba entrado al servicio de un hombre
pblico eminente, en calidad de secretario.

--Estoy--me deca--en medio de un movimiento que no me seduce, pero que
me interesa y me ilustra. La poltica, en estos tiempos, abarca tantas
ideas, elabora tantos problemas, que constituye el medio de estudio ms
instructivo y la encrucijada ms apropsito para una ambicin que busca
salida.

Su situacin material me era desconocida. La supona difcil; pero era
se un asunto acerca del cual me pareca imprudente hablarle.

Tan slo algunas veces el continente de aquel incansable luchador
delataba a su pesar, no vacilaciones, pero s sufrimiento. El estoico
Agustn no deca palabra. Su actitud era la misma de siempre, su manera
de razonar no haba perdido ni un pice de la fuerza habitual. Obraba,
pensaba, resolva como si jams hubiera sufrido el ms leve embate de la
suerte; pero haba en l un no s qu indefinible, algo as como las
manchas rojas que aparecen en las vestiduras de un soldado herido. Por
mucho tiempo me haba preguntado qu parte vulnerable de aquella
organizacin de hierro haba podido ser lacerada, y al fin advert que
Agustn, al igual que todo el mundo, tena corazn y comprend que era
aquel noble y animoso corazn lo que sangraba.

Luego que se sent y as que le vi cruzar las piernas una sobre otra,
con la actitud de un hombre que nada tiene que decir y entra en casa de
un amigo olvidando el objeto de su visita, me di cuenta de que tampoco
l estaba con nimo y disposiciones alegres.

--Tampoco usted es feliz, mi querido Agustn?--le pregunt.

--Ha adivinado usted!--replic con un acento que revelaba amargura.

--Menester es adivinar cuando usted tiene el orgullo de no declararlo.

--Hijo mo--continu, usando siempre aquella forma paternal que prestaba
cierto encanto a la rudeza de sus consejos,--el problema no est en
saber si uno es feliz, lo que importa es averiguar si se ha hecho todo
para llegar a serlo. Un hombre de bien merece, indudablemente, ser
dichoso; pero no siempre tiene el derecho de lamentarse porque no lo es
todava. Es cuestin de tiempo, del instante, de oportunidad. Hay muchas
maneras de sufrir: unos sufren por error, otros por impaciencia.
Perdneme un desplante de modestia. Yo quizs soy tan slo un poco
impaciente.

--Impaciente? y de qu? Se puede saber?

--De no estar solo--me dijo con singular emocin,--con objeto de que si
algn da alcanzo un nombre no me vea reducido al triste resultado de
coronar mi egosmo.

Despus aadi:

--No hablemos de estas cosas demasiado pronto. Usted ser el primero a
quien dar cuenta de ellas cuando llegue el momento.

Guard silencio un instante y ponindose de pie me dijo:

--No estemos aqu: esto huele a derrota. Y no es que eso me fastidie,
pero da ganas de abandonarse.

Salimos juntos y andando, andando le puse al corriente de los motivos
particulares de fastidio y de desaliento que tena. Mis cartas le haban
advertido y el resto lo presumi el da que Magdalena y l se vieron. No
hall, pues, dificultad ninguna para ponerle al corriente de las graves
circunstancias de una situacin que conoca tan bien como yo, ni para
explicarle las perplejidades de mi alma en la cual haba l medido todas
las resistencias y todas las debilidades.

--Desde hace cuatro aos le conozco a usted enamorado--me dijo a la
primera palabra que pronunci.

--Cuatro aos? Pero si entonces no conoca yo a Magdalena!

--Recuerda usted, amigo mo, el da que le sorprend llorando las
desventuras de Anbal? Pues bien, al principio me sorprend, no pudiendo
admitir que una composicin de colegio pudiera conmover a nadie de aquel
modo. Despus razon que nada tena que ver con Anbal su emocin. De
modo que leda la primera de sus cartas de usted pens: Ya lo saba, y
en cuanto vi a la seora De Nivres comprend que se trataba de ella.

En cuanto a mis procederes juzgaba que era difcil, pero no imposible
dirigirlos. Considerando el asunto desde puntos de vista diferentes de
los que adoptara Oliverio, me aconsej curarme, pero usando
procedimientos que consideraba ser los nicos dignos de m.

Nos separamos despus de dar muchas vueltas en torno a las murallas del
Sena. La noche se acercaba. Me encontr solo en medio de Pars a una
hora desusada, sin rumbo, falto de costumbres cotidianas, sin
vinculaciones, sin obligaciones, pensando con ansiedad:

--Qu voy a hacer esta noche? Qu har maana?...

Olvidaba absolutamente que desde muchos meses, durante todo un largo
invierno, no haba tenido compaa. Parecame que habindome abandonado
aquel que actuaba en m, ya no me quedaba ningn auxiliar para
encargarse de una vida que en lo sucesivo iba a abandonarme en el vaco
de la ociosidad. La idea de volverme a mi casa no me pas siquiera por
la mente y el pensamiento de irme a hojear libros me hubiera puesto
enfermo de asco.

Record que Oliverio deba estar en el teatro: saba cul era y quin le
acompaaba. No teniendo por qu resistir a una cobarda ms, ocup un
coche y me hice conducir. Tom un palco oscuro desde el cual esperaba
ver a Oliverio sin ser notado. No estaba en ninguno de los otros palcos
que haba enfrente del mo. Calcul que habra cambiado de proyecto o
estara en alguna de las localidades altas encima de la que yo ocupaba y
no me era dado verlas. Habiendo fracasado el plan de sorprenderle en
aventura galante, me preguntaba qu era lo que all tena que hacer. Me
qued, sin embargo, y difcil sera que le explicara a usted el por qu:
tal era el desorden de mi espritu en el cual se barajaban con el
aburrimiento, las penas y el desfallecimiento con perversas
curiosidades. Hunda la mirada en todos los palcos ocupados por mujeres;
vistas desde abajo formaban una irritante exposicin de bustos casi sin
cuerpos y de brazos desnudos, cubiertos slo en parte por los guantes.
Examinaba las cabelleras, los ojos, las sonrisas y buscaba comparaciones
persuasivas capaces de perjudicar el perfecto recuerdo de Magdalena. No
tena ms que un afn: el impetuoso deseo de substraerme de cualquier
modo a la persecucin de aquel nico recuerdo. Lo envileca a mi sabor,
y lo desdoraba esperando, por ese medio, tornarlo indigno de ella,
librarme de l a fuerza de ensuciarlo. Al salir del teatro, cuando
atravesaba el vestbulo o entre un grupo de gente la voz de Oliverio.
Pas cerca de m y no me vio. Apenas pude ver a la persona de aspecto
distinguido, muy elegante, que le acompaaba. Entramos en nuestros
respectivos departamentos casi al mismo tiempo y todava estaba yo en
traje de calle, cuando apareci a la puerta de mi cuarto.

--De dnde vienes?--me dijo.

--Del teatro.

Y le dije cul.

--Me buscaste?

--No fui con intencin de buscarte, slo quera verte--le repliqu.

--No te comprendo. En cualquier caso sas son nieras o quisquillas que
si fueras otro no te las perdonara. Pero t ests malo y te compadezco.

No le vi ms durante dos o tres das. Tuvo la severidad de tratarme con
rigor. Se inform de m por mi criado y supe que se preocupaba de mi
estado y me vigilaba sin aparentarlo. Cada da de inaccin me agotaba
ms y ms me desmoralizaba. No tomaba ningn partido decisivo, pero me
pareca que mi debilidad iba a abatirse al primer accidente que la
conmoviera.

Tres das despus, en una avenida del Bosque por la cual me paseaba
desesperado, vi venir despacio un carruaje muy bien atalajado. Iban en
l tres personas: dos mujeres jvenes y Oliverio. En cuanto este ltimo
me reconoci, salt rpido a tierra, me agarr por un brazo, y sin
pronunciar palabra me hizo subir al carruaje y luego que estuvo sentado
junto a m, como si se tratara de un rapto le dijo al cochero:
Adelante. Me sent perdido y lo estaba, en efecto, por algn tiempo al
menos.

Respecto de los dos meses que dur aquel extravo--que slo dur ese
tiempo a lo ms,--le referir tan slo el incidente fcil de prever que
lo termin.

Al principio cre olvidar a Magdalena, porque cada vez que su recuerdo
vena a mi mente, le deca: Huye! como se oculta a los ojos
respetados la vista de ciertos cuadros hirientes o vergonzosos. Ni una
sola vez pronunciaba su nombre. Puse entre los dos un mundo de
obstculos y de indignidades. Un momento Oliverio lleg a creer que
aquello haba concluido; pero la persona con quien trataba yo de matar
aquella importuna memoria no se enga. Un da, por ligereza de mi
amigo, que se reportaba algo menos a medida que crea ms firme mi
razn, supe que sus negocios reclamaban la presencia del seor D'Orsel
en su provincia y que todos los habitantes de Nivres iban a trasladarse
muy pronto a Ormessn. En aquel mismo instante qued adoptada una
resolucin y resolv romper.

--Vengo a decir adis--dije al entrar en una habitacin en que nunca ms
deba poner los pies.

--Eso mismo habra hecho yo algo ms adelante, pero muy pronto--me dijo
ella sin manifestar sorpresa, ni contrariedad.

--Entonces no me guardar rencor?

--De ningn modo. Usted no se pertenece.

Sentose delante del tocador y aadi: Adis, sin volver la cabeza.
Pero me mir en el espejo y sonri.

Me separ de ella sin ms explicaciones.

--Otra necedad ms--me dijo Oliverio cuando se enter de lo que haba yo
hecho.

--Necedad o no heme libre--repuse.--Me voy a Trembles y te llevo
conmigo. No ser difcil que se resuelvan a venir a pasar las
vacaciones.

--A Trembles contigo? Magdalena en Trembles?--repeta Oliverio cuyos
planes haba desbaratado mi resolucin brusca y temeraria.

--Querido amigo--le dije arrojndome enajenado en sus brazos,--no me
digas nada, nada objetes. Ser prudente, muy prudente, pero ser tambin
dichoso; concdeme esos dos meses, que no volvern, que no tornar a
encontrar; es corto tiempo y tal vez el nico perodo de dicha que
lograr en toda mi vida.

Le hablaba arrastrado por tan ardiente deseo, me vio tan reanimado, tan
cambiado ante la perspectiva inesperada de aquel viaje, que se dej
seducir y tuvo la debilidad y la generosidad de asentir a todo.

--Sea--dijo.--En definitiva, eso a vosotros solos os incumbe. No soy
ngel de la guarda. Despus de todo bastante hago guiando slo los pasos
de dos locos de atar como t y yo.




XI


Aquellos dos meses de residencia con Magdalena en nuestra solitaria
casa, en pleno campo, a orillas de nuestro mar, tan bello en semejante
estacin, fue una causa de constantes delicias, mezcladas con tormentos
que me purificaban. No hubo un solo da que no est sealado por alguna
tentacin grande o pequea, ni un minuto al cual no corresponda un
latido de mi corazn, un escalofro, una esperanza, una decepcin.

Podra decirle a usted hoy, la fecha y el lugar preciso de mil emociones
muy dbiles cuya huella ha quedado en mi memoria, no obstante la
pequeez del hecho: le mostrara a usted tal rincn del parque, tal
escalera de la terraza, tal sitio del campo, del pueblo, de la escarpa,
en donde el alma de las cosas insensibles ha conservado tan bien el
recuerdo de Magdalena y el mo, que si lo buscara--Dios no lo
quiera,--lo encontrara tan reconocible como al da siguiente de nuestra
partida.

Magdalena nunca haba estado en Trembles y aquella residencia, aunque un
poco triste y muy mediana le gustaba. Por ms que no tena las mismas
razones que yo para haber depositado en ella cario, me haba odo
hablar de ella tan frecuentemente, que mis propios recuerdos se la
haban dado a conocer perfectamente v ayudaban a que se sintiera bien
all.

--Su tierra tiene semejanza con usted--me deca.--Me haba figurado cmo
es, con slo verle a usted. Es un paisaje melanclico, tranquilo, de
suave calor. La vida tiene que ser en ese medio apacible y reflexiva.
Ahora me explico mucho mejor ciertas particularidades de su carcter,
porque corresponde a los rasgos caractersticos de su pas natal.

Hallaba yo gran placer en hacerla penetrarse as de la intimidad de
tantas y tantas cosas estrechamente ligadas a mi vida. Era como una
serie de sutiles confidencias que la iniciaban en lo que yo haba sido y
la conducan a comprender lo que era. Aparte el deseo de rodearla de
bienestar, de distracciones y de cuidados, estaba tambin aquel secreto
afn de establecer entre nosotros vnculos de educacin, de
inteligencia, de sensibilidad, casi de nacimiento y parentesco, que
deban hacer nuestra amistad ms legtima, prestndole quin sabe
cuntos aos de antigedad.

Complacame ensayar en Magdalena el efecto de ciertas influencias, ms
bien fsicas que morales, a las cuales yo estaba sujeto continuamente.
Pona delante de sus ojos ciertos cuadros naturales, elegidos entre los
que, invariablemente compuestos de un poco de vegetacin, mucho sol y
una inmensa extensin de mar, tena el don infalible de conmoverme.
Observaba en qu sentido podan impresionarla, por qu aspectos de
indigencia o de grandeza podra agradarle aquel horizonte siempre
triste. En cuanto me era dado la interrogaba sobre estos detalles de
sensibilidad en todo exterior. Y cuando la encontraba de acuerdo
conmigo--que suceda con mucha ms frecuencia que nunca hubiese
esperado,--cuando perciba en ella el eco completamente exacto, y como
al unsono de la fibra conmovida que vibraba en m, constataba una
conformidad ms de la cual me congratulaba como de una nueva alianza.

As comenc a dejarme ver bajo muchos aspectos que ella habra podido
sospechar sin comprenderlos. Juzgando sobre poco ms o menos los hbitos
normales de mi existencia iba conociendo con bastante exactitud cul era
el fondo oculto de mi natural. Mis predilecciones le revelaban una parte
de mis inquietudes, y lo que ella calificaba de singularidades le iba
pareciendo ms claro a medida que descubra los orgenes. Nada de eso
era efecto de clculo: ceda a ello con bastante ingenuidad para no
dejar margen a tener que reprocharme nada si algo haba que se asemejara
a la ms leve apariencia de seduccin; pero inocentemente o no ello es
que yo ceda. Ella pareca dichosa. Por mi parte, merced a tales
continuas comunicaciones que creaban entre nosotros innumerables puntos
de relacin, tornbame ms libre, ms firme, ms seguro de m mismo en
todos sentidos; y eso representaba un gran progreso porque Magdalena
vea en ello un paso dado en la senda de la franqueza. Esta fusin
completa, constante y progresiva dur sin ningn accidente dos meses
largos. Hago omisin de las heridas secretas, innumerables, infinitas:
no eran nada comparadas con los consuelos que en seguida las curaban. En
resumen, era feliz o me pareca serlo si la dicha consiste en vivir
rpidamente, en amar con todas sus fuerzas sin causa alguna de
arrepentimiento y sin esperanza.

El seor De Nivres era cazador, y a l se debe el que yo haya llegado
a serlo. Me dirigi con mucha cordialidad en los primeros ensayos de una
clase de ejercicio que despus me ha gustado hasta el apasionamiento.
Algunas veces Magdalena y Julia nos acompaaban a distancia o nos
esperaban sobre la ribera en tanto que nosotros hacamos largas batidas
en direccin al mar. Distinguaselas desde lejos como florecitas
brillantes posadas sobre los cantos rodados al borde mismo de las olas
azules. Cuando los incidentes de la cacera nos llevaban demasiado lejos
o nos retenan hasta tarde, oamos la voz de Magdalena que nos invitaba
a volver. Tan pronto nombraba a su marido o a Oliverio como a m. El
viento nos traa aquellas llamadas en que se alternaban nuestros tres
nombres. Las notas perladas de aquella voz, lanzada a gran espacio desde
la orilla del mar se debilitaban a medida que volaban sobre aquel
terreno sin eco; llegaban a nosotros como un soplo levemente sonoro y
cuando distingua mi nombre no es decible la sensacin de dulzura y de
tristeza infinitas que experimentaba.

Algunas veces, ya se ocultaba el sol cuando todava estbamos nosotros
sentados sobre la parte alta de la costa, ocupados en ver morir a
nuestros pies las largas olas que venan de Amrica. Cruzaban
embarcaciones cubiertas de los purpreos reflejos del sol, a flor de
agua se encendan luces, las de los faros, con destellos e intervalos de
relmpago, fijas y amarillentas las de los buques fondeados en la rada,
resinosas las de las barcas pescadoras. Y el vasto movimiento de las
aguas, que continuaba a travs de la noche y ya no se revelaba ms que
por sus rumores, nos suma en un silencio del cual para cada uno de
nosotros brotaba un nmero incalculable de ensueos.

Al extremo de la tierra firme, en una especie, de pennsula, pedregosa,
batida del mar por tres lados haba un faro, hoy da destruido, rodeado
de un jardincito, con setos de tamarindos tan cerca de la orilla, que
cada marea un poco fuerte quedaban hundidos en espuma. Era aqul el
punto de cita elegido ordinariamente para reunirnos, como he dicho,
despus de las caceras. El lugar era solitario, la ribera ms alta en
aquel sitio, la mar ms vasta y ms conforme con la idea que se ha
formado de ese azul desierto sin lmites y de aquella soledad agitada.

El horizonte circular que se abarcaba desde aquel punto culminante de la
costa, aun sin apartarse del pie de la torre, ofreca una grandiosa
sorpresa en una zona tan pobremente accidentada que no presenta casi en
ninguna porcin de ella ni contornos ni perspectivas.

Recuerdo que un da Magdalena y el seor De Nivres quisieron subir a lo
alto del faro. Haca viento. El ruido del aire que no se perciba abajo,
aumentaba a medida que subamos, ruga como un trueno en la escalera
espiral y haca temblar encima de nosotros las paredes de cristal de la
linterna. Cuando desembocamos a cien pies del suelo, un verdadero
huracn nos azot el rostro y de todo el horizonte se alz no s qu
murmullo irritado del cual nada puede dar idea cuando no se ha escuchado
el mar desde muy alto. El cielo estaba nublado. La marea baja permita
ver en el lmite espumoso de las olas y el ltimo escaln de la ribera,
el triste lecho del Ocano pavimentado de rocas y tapizado de
vegetaciones negruzcas. Charcos de agua reflejaban la luz a lo lejos, y
dos o tres hombres que buscaban cangrejos, tan pequeos que podan ser
confundidos con pjaros pescadores, vagaban, casi imperceptibles
alrededor de las limosas lagunas. Ms all comenzaba la alta mar,
movediza y gris, cuyo lmite se perda en la bruma. Menester era mirar
con mucha atencin para apreciar dnde terminaba el mar y dnde
comenzaba el cielo, tan dudoso era el lmite y tanto la una y el otro
tenan la misma palidez incierta, la misma palpitacin tempestuosa y el
mismo infinito. No puedo decirle a usted hasta qu punto resultaba
extraordinario aquel espectculo de la inmensidad dos veces repetida, de
extensin doble por lo tanto, tan alta como profunda--vista desde la
plataforma del faro,--ni es tampoco descriptible la emocin que a todos
nos embargaba. Cada uno fue impresionado de diversa manera, sin duda;
pero recuerdo que tuvo por efecto suspender toda conversacin y que el
mismo vrtigo fsico nos hizo palidecer de pronto y nos puso serios. Una
especie de grito de angustia se escap de los labios de Magdalena y sin
pronunciar una palabra, puestos los codos sobre el balconcillo que nos
separaba del abismo, sintiendo que la enorme torre oscilaba bajo
nuestros pies a cada embate del viento, atrados por el inmenso peligro
y como solicitados desde abajo por el clamor de la marea que iba
subiendo, permanecimos largo tiempo en el ms grande estupor, semejantes
a personas que teniendo los pies apoyados en la frgil vida, un da, por
milagro, corrieran la nunca oda aventura de mirar y de ver el ms all.

Comprend perfectamente que al influjo de aquella sensacin alguna fibra
humana haba de romperse: era menester que cediera uno de nosotros, si
no el ms emocionado, el ms frgil. Fue Julia.

Estaba inmvil junto a Oliverio, la manecita temblorosa al lado de la
mano del joven, crispada sobre el pasamano de la balaustrada, la cabeza
inclinada sobre el mar, los ojos entreabiertos, con esa expresin de
extravo que caracteriza al vrtigo, el rostro plido, como el de un
nio moribundo. Oliverio fue el primero que advirti que iba a
desmayarse y la tom en los brazos. Algunos segundos despus volvi en
s lanzando un suspiro angustioso que levant su delgado talle.

--No es nada--dijo reaccionando en seguida contra el irresistible acceso
de desfallecimiento, y bajamos.

No se habl ms de aquel incidente que fue olvidado, sin duda, como
otros muchos. Y si yo lo recuerdo hoy al referirle nuestros paseos al
faro, dbese a que l fue la primera indicacin de ciertos hechos
oscuros qu deban tener un desenlace ms tarde.

Algunas veces, cuando estaban la mar en completa calma y el cielo
sereno, una embarcacin vena a buscarnos a la costa, al extremo de los
prados, y nos llevaba mar adentro. Era una barca de pesca y tan luego
como tomaba el largo se tenda la vela; despus, en una mar lenta,
plana, blanca al reflejar el sol, como si fuera de estao, el patrn
tenda las redes. De hora en hora eran recogidas y veamos enredados en
ellas toda clase de peces, de brillantes escamas, y extraos productos
del mar, sorprendidos en las profundidades del agua o arrancados,
revueltos con algas, a sus escondites submarinos.

Cada redada nos traa una nueva sorpresa: despus otra vez se echaban al
mar los aparejos y la barca derivaba mantenida slo por el timn y
ligeramente inclinada del lado de las redes.

As pasbamos das enteros contemplando el mar, viendo adelgazarse o
engrosar la lnea de tierra en la lejana, midiendo la sombra que giraba
alrededor del mstil como en torno de la larga aguja de un cuadrante,
lnguidos por la pesadez del da y el silencio, deslumbrados por la luz
del sol, privados de conciencia y, por decir as, invadidos de olvido
por aquel prolongado columpio sobre las aguas encalmadas. El da acababa
y en algunas ocasiones era ya noche cerrada cuando la marea nos volva a
la costa y nos depositaba a pie llano sobre los guijarros de la playa.

Nada poda ser ms inocente para todos, y sin embargo, recuerdo hoy
aquellas horas de pretendido reposo y de languidez, como las ms bellas
y acaso las ms peligrosas de mi vida. Un da, como otros muchos, la
barca apenas haca camino: arrastrbanla imperceptibles corrientes y
casi no oscilaba. Filaba en lnea recta y muy lentamente, como si se
deslizara por un plano slido; el rumor de la estela no se notaba, tal
era la suavidad con que el agua se desgarraba bajo la quilla. Las
marismas reunidas sobre la cubierta a proa callaban y mis compaeros,
excepto Julia, dormitaban sobre las tablas caldeadas, al abrigo de la
vela extendida a popa formando carpa.

Nadie se mova a bordo. La mar estaba quieta como una masa de plomo a
medio fundir. El cielo lmpido y descolorido por el resplandor del sol
de medioda reflejaba sobre el agua como en un espejo empaado. No haba
a la vista ni una sola barca pescadora. Solamente muy lejos y ya casi
cortado por la lnea del horizonte un buque con todas las velas
desplegadas esperaba la vuelta de la brisa de tierra y se preparaba a
aprovecharla, semejante a un ave de alto vuelo abriendo las blancas
alas.

Magdalena dorma recostada. Sus manos inertes y entreabiertas se haban
desprendido de las del Conde. Tena la actitud de abandono que presta el
sueo. El calor concentrado bajo la carpa animaba sus mejillas de
ardores un poco ms vivos y entre los labios medio abiertos vea yo
brillar la extremidad de sus dientes blancos como los dos bordes de una
concha de ncar. Nadie ms que yo asista al sueo de aquel ser
encantador. Julia, distrada yo no s en qu confusa aspiracin, pareca
observar atentamente la partida del barco que maniobraba para hacer
rumbo. Trat de cerrar los ojos, no quera mirar ms, hice sinceros
esfuerzos por olvidar. Me fui a sentarme a proa, sin sombra, apoyada la
cabeza en el bauprs que abrasaba. Pero a mi pesar mis ojos se volvan
hacia donde Magdalena dorma, vestida de ligera muselina, acostada sobre
la spera tela que le serva de alfombra. Estaba encantado? Estaba
torturado? Trabajo me costara decir si deseaba algo ms all de aquella
visin decente y exquisita que reuna todas las circunspecciones y todos
los atractivos. Por nada del mundo hubiera hecho el ms leve movimiento
capaz de romper el encanto. No s cunto dur aqul, verdadero xtasis,
quizs varias horas, acaso tan slo algunos minutos; pero tuve tiempo de
reflexionar mucho, tanto como puede hacerlo un cerebro cuando est en
lucha con un corazn privado absolutamente de sangre fra.

Cuando mis compaeros despertaron hallronme ocupado en mirar la estela.

--Qu hermoso tiempo!--exclam Magdalena con una efusin que la
revelaba dichosa.

--Capaz de hacer olvidarlo todo--aadi Oliverio.--Que no me causara
pena...

--Sera usted hombre como para tener preocupaciones?--le pregunt el
Conde sonriendo.

--Quin sabe?--repuso Oliverio.

El viento no se levant. La mar, absolutamente muerta, nos retuvo hasta
el anochecer. Seran ya las siete en el momento de aparecer la luna
llena, redonda, envuelta en caliente neblina que la enrojeca; a falta
de brisa, menester fue armar los remos.

Todo esto que le refiero a usted, all, cuando yo era joven, ms de una
vez me pas por la cabeza la idea de escribirlo o como entonces se
deca, contarlo. En aquella poca me pareca que slo haba un lenguaje
para fijar dignamente lo que tales recuerdos tenan de inexpresable, a
mi entender. Hoy, cuando he hallado mi historia en los libros de otros,
de los cuales algunos son _inmortales_, qu dir?...

Regresamos cuando ya brillaban las estrellas, al acompasado ruido de los
remos, manejados, creo yo, por los bateleros de Elvira.

Eran aqullas los saludos de despedida de la estacin; casi en seguida
llegaron las primeras nieblas, luego las lluvias que nos advirtieron que
se acercaba el invierno. El da que el sol, que tanto se nos haba
prodigado, desapareci para no mostrarse ms que de tarde en tarde con
la palidez propia de su declinacin, hice un triste presagio que me
aprision el corazn.

Aquel mismo da, como si la misma advertencia de partida hubiera sido
recibida por cada uno de nosotros, Magdalena me dijo:

--Es tiempo de que pensemos en las cosas serias. Los pjaros a los
cuales deberamos imitar se han marchado hace ya ms de un mes. Hagamos
como ellos, crame usted. Estamos a fines del otoo. Regresemos a Pars.

--Ya?--le dije con una expresin de pena que no pude evitar.

Ella se qued pasmada, como quien por vez primera advierte una cosa que
le extraa.

Por la noche me pareci que estaba ms seria que de ordinario y que con
extrema habilidad me vigilaba de cerca. Arregl mi actitud de
conformidad con aquellos indicios, muy leves, sin duda, pero no por eso
menos alarmantes. Los das siguientes me report ms an y tuve la dicha
de ver que tornaba a merecer la confianza de Magdalena y llegu a
tranquilizarme por completo.

Pas los ltimos momentos ocupado en reunir y poner en orden, para lo
futuro, todas las emociones tan confusamente amontonadas en mi memoria.
Fue como si compusiera un cuadro poniendo en l todo lo mejor y menos
perecedero que en ellas haba. Aparte esta nube ltima hubirase
dicho--vindolos desde lejos,--que aquellos das, aunque llenos de
muchas preocupaciones, no presentaban ninguna sombra. La misma adoracin
tranquila y ardorosa los inundaba de continuos resplandores.

Una vez, sorprendiome Magdalena en las alamedas del parque, en medio de
mis reminiscencias; acompabala Julia llevando un enorme fajo de
crisantemos que haba cogido para ponerlos en los jarrones del saln. Un
macizo, poco espeso, de laureles, nos separaba.

--Est usted componiendo algn soneto?--me dijo a travs de los
rboles.

--Un soneto? A propsito de qu?

--Oh, por lo que he odo!...--aadi lanzando una carcajada que reson
como el trino de un ruiseor.

--Oliverio es un charlatn--exclam.

--De ninguna manera charlatn. Ha hecho bien en advertrmelo; sin l le
atribuira a usted una pasin desgraciada, y ahora ya s lo que le
preocupa: se trata de _rimas_--aadi cargando la voz sobre la ltima
palabra, que reson de lejos como una alegre impertinencia.

Nos acercbamos al momento de partir y yo no acababa de decidirme. Pars
me inspiraba ms miedo que nunca. Magdalena ira tambin, podra verla,
pero, a qu precio? Estando ella presente no corra riesgo de
desfallecer, al menos de no caer tan abajo; mas a trueque de un peligro
menos cuntos otros surgiran. La vida que aqu habamos hecho, aquella
vida de ocio, de imprevisin, silenciosa y exaltada tan constantemente y
tan diversamente emotiva, aquella vida de reminiscencias y de pasiones,
calcada por entero sobre antiguas costumbres, retornadas a sus orgenes
y renovadas por emociones de otra edad, aquellos dos meses de ensueo,
en una palabra, me haban vuelto a sumergir--mucho ms hondo que
nunca,--en el olvido de las cosas y en el temor a los cambios. Cuatro
aos haban transcurrido, despus de mi primera salida de Trembles, y
los recuerdos de aquel primer adis a tantos objetos amados se
reanimaban en mi nimo, en idntica poca, en el mismo lugar, en
condiciones exteriores parecidas poco ms o menos, pero esta vez
combinadas con sentimientos nuevos que las hacan ms punzantes por
razones de otra ndole muy diversa.

Propuse, la vspera misma de la partida, un paseo que fue aceptado.
Deba ser el ltimo, y sin prever lo porvenir, supona yo, no s por
qu, que los caminos de mi aldea jams volveran a vernos reunidos. El
tiempo estaba medio lluvioso, y con ese motivo, deca Magdalena, a quien
la educacin en su provincia haba acostumbrado a tales excursiones, que
era el ms apropiado para las visitas de despedida. Caan las ltimas
hojas, despojos rojizos se mezclaban tristemente en la rigidez de las
ramas desnudas. La llanura desnuda y severa no tena ya ni una pizca de
rastrojo seco que recordara el verano ni el otoo y no mostraba ni una
sola hierba nueva que hiciera esperar la vuelta de las estaciones
frtiles. En la lejana distinguanse muchas parejas de bueyes de pelo
bermejo, arrastrando los arados, hundidos en la tierra negruzca, con
movimiento lentamente uniforme. Por doquiera resonaba la voz de los
mozos de labor estimulando a las yuntas y aquel grito especialmente
local, quejumbroso, se prolongaba indefinidamente en la calma absoluta
de aquel da gris. De vez en cuando, a travs de la atmsfera caa la
lluvia fina y caliente, semejante a una cortina de ligera gasa. El mar
comenzaba a rugir en los estrechos de las escarpas. Seguimos la costa.
Las marismas estaban llenas de agua, la alta marea haba sumergido en
parte el jardn del faro, batiendo tranquilamente la base de la torre
que se asentaba ya sobre un islote.

Magdalena caminaba gilmente por los caminos mojados. Cada paso sealaba
en la tierra blanda la huella de su calzado estrecho, con altos tacones.
Miraba yo aquella traza tan leve y tan frgil, la segua comparndola y
distinguindola de las que nosotros dejbamos, calculaba cunto era
posible que durase. Habra deseado que aquellas pisadas permanecieran
incrustadas, como testimonio de su presencia, todo el tiempo
indeterminado que pasara sin ella; luego pensaba que el primero que
pasara despus, las borrara, que un poco de lluvia las hara
desaparecer, y me detena para contemplar una vez ms en las
sinuosidades del sendero aquella singular estela dejada por el ser que
ms amaba, en la misma tierra donde yo haba nacido.

Cuando ya nos acercbamos a Villanueva seal a lo lejos la carretera,
blanquecina que saliendo del pueblo se extiende en lnea recta hasta el
horizonte.

--He ah la carretera de Ormessn.

Aquella palabra, Ormessn, pareci despertar en ella una serie de
recuerdos debilitados ya; sigui atentamente con la vista la dilatada
avenida plantada de olmos, todos torcidos hacia el mismo lado por los
vientos de la parte del mar, y sobre la cul se cruzaban muy distantes
an, carromatos que rodaban, los unos acercndose a Villanueva y
alejndose los otros.

--Esta vez--dijo,--ya no viajar usted solo por ella.

--Y ser ms feliz?--le repliqu.--Estar ms seguro de no aorar
nada? En dnde volver a encontrar lo que aqu deje?

Entonces Magdalena se apoy en mi brazo en actitud de completo abandono
y me dijo esta sola frase:

--Amigo mo, es usted un ingrato!

A mediados de noviembre, en una fra maana de blanca helada,
abandonamos mi casa de Trembles. Los carruajes siguieron por la
carretera, atravesaron Villanueva como otra vez hiciera yo.
Alternativamente mis ojos recorran la campia que desapareca detrs de
nosotros y el hermoso rostro de Magdalena sentada enfrente de m.




XII


Haban concluido los das felices; acabada aquella corta temporada
pastoral, volv a caer en profundas preocupaciones. Apenas instalados en
el hotelito que deba servirles de apeadero en Pars, Magdalena y el
seor De Nivres comenzaron a recibir y el movimiento del mundo hizo
irrupcin en nuestra vida.

--Me quedar en casa una vez por semana para los extraos--me dijo
Magdalena;--para usted estar siempre. La prxima semana doy un baile,
vendr usted?

--Un baile?... No me seduce...

--Por qu? Le da miedo la gente?

--Absolutamente, como un enemigo.

--Y cree usted que a m me atrae mucho?

--Sea. Me da usted ejemplo y lo seguir.

La noche indicada llegu temprano. Haba tan slo un escaso nmero de
invitados rodeando a Magdalena cerca de la chimenea del primer saln.
Cuando oy anunciar mi nombre, por un impulso de familiaridad que no
tena por qu reprimir, volviose hacia m apartndose un poco de los que
la rodeaban y se me mostr, de pies a cabeza, como imprevista imagen de
todas las seducciones. Era la primera vez que la vea as, en traje
esplndido e indiscreto de baile. Not que cambiaba de color y en vez de
contestar a su mirada tranquila mis ojos se detuvieron torpemente sobre
un lazo de diamantes que fulguraba en lo alto del cuerpo escotado. Un
instante estuvimos frente a frente, ella cortada, yo turbadsimo.
Seguramente nadie sospech el rpido cambio de impresiones que nos
advirti a los dos que haban sido heridos delicados pudores. Ella se
ruboriz levemente, un ligero estremecimiento agit sus hombros como si
de sbito sintiera fro e interrumpindose en medio de una frase
insignificante, se acerc a la butaca que antes ocupaba y con la mayor
naturalidad del mundo tom una manteleta de encaje y se cubri con ella.
Aquella actitud poda significar muchas cosas, pero yo quise ver en ella
tan slo un acto ingenuo de condescendencia y de bondad que aun me la
present ms adorable y me desconcert para todo el resto de la velada.
Ella conserv cierto encogimiento por espacio de algunos minutos. La
conoca yo demasiado para poder equivocarme. Dos o tres veces la
sorprend mirndome sin motivo, como si aun estuviese bajo el dominio de
una sensacin persistente: luego las obligaciones de cortesa le
devolvieron poco a poco el aplomo. El movimiento del baile actu sobre
ella y sobre m en sentido contrario: ella recobr su libertad y se puso
contenta; yo me entristec tanto ms cuanto ms alegre la vea y mi
desasosiego creci a medida que iba descubriendo en ella atractivos
exteriores que trocaban una criatura casi angelical en una perfecta
mujer de buen tono.

Estaba admirablemente bella y la idea de que otros lo saban tan bien
como yo no tard en oprimirme agriamente el corazn. Hasta entonces mis
sentimientos respecto a Magdalena haban escapado a la mordedura de
sensaciones ponzoosas. Un tormento ms, me dije. Crea haber agotado
toda suerte de desfallecimientos. Evidentemente mi cario no estaba
completo: le faltaba uno de los tributos del amor, no el ms peligroso,
pero s el ms feo.

La vi asediada y me acerqu a ella. O en torno mo frases que me
abrasaban: senta celos.

Nunca se confiesa estar celoso; sin embargo, no eran aqullas
sensaciones que pudiera yo confundir. Es bueno hacer provechosa toda
humillacin, y aqulla me ilumin acerca de muchas verdades: me hubiera
advertido, si hubiese sido capaz de olvidarlo, que aquel amor exaltado,
contrariado, germen de desventura, levemente carnal, pero muy cerca de
infestarse de orgullo, no se elevaba mucho por encima del nivel de las
pasiones ordinarias, que no era peor ni mejor y que el nico aspecto que
le haca diferente de aqullas era debido al hecho de ser menos posible
que muchas otras. Algunas facilidades habranle hecho caer
infaliblemente de su pedestal ambicioso, y como tantas cosas de este
mundo cuya nica superioridad emana de un defecto de lgica o de
plenitud, quin sabe en qu habra llegado a convertirse si hubiera
sido menos absurdo o ms venturoso!

--No baila usted?--me pregunt Magdalena algo ms tarde encontrndome a
su paso sin haberlo yo procurado.

--No, no bailar--le repliqu.

--Ni siquiera conmigo?--exclam con cierto asombro.

--Ni con usted ni con nadie.

--Haga como guste--concluy con cierta sequedad.

No le habl ms en toda la noche y la rehua perdindola de vista lo
menos posible.

Oliverio lleg pasada ya la media noche. Yo conversaba con Julia que
haba bailado de mala gana y ya no bailaba ms, cuando entr en el saln
tranquilo, con mucho desahogo, sonriente, con aquella expresin en la
mirada de que se armaba como de una espada tendida, cada vez que se
encontraba con caras nuevas, sobre todo de mujeres. Se acerc a
Magdalena, le estrech la mano y o que se disculpaba por haber llegado
tan tarde. Despus dio una vuelta por el saln, se detuvo a saludar a
dos o tres mujeres de quienes era conocido, y por fin sentose
familiarmente al lado de Julia.

--Magdalena est muy bien. Y t tambin ests muy bien, mi pequea
Julia--dijo a su prima casi sin haber puesto atencin en su
tocado.--Solamente--aadi en el mismo tono de abandono,--llevas dos
lazos de color de rosa que te hacen un poco morena.

Julia no se movi. Primero fingi no haber odo. Despus fij lentamente
en Oliverio el esmalte azul oscuro de sus pupilas sin llama, y luego que
le hubo mirado por algunos segundos de una manera capaz de desarraigar
hasta la firme constancia de su primo, me dijo ponindose de pie:

--Quiere usted acompaarme junto a mi hermana?

Hice lo que ella quera y me apresur a reunirme con Oliverio.

--La has ofendido!--le dije.

--Es posible. Julia me angustia.

Y as diciendo me volvi la espalda resuelto a cortar por lo sano toda
insistencia.

Tuve el valor, fue valor?, de quedarme hasta que termin el baile.
Tena necesidad de volver a ver a Magdalena a solas, de poseerla ms
estrechamente luego que se marcharan tantas personas que se la haban
repartido, por decir as. Haba rogado a Oliverio que me aguardase
hacindole ver que deba reparar la falta de haber llegado tan tarde.
Buena o mala, esta razn, acerca de la cual no poda abrigar sospecha de
engao, pareci decidirle. Estbamos frente a frente, en una de esas
rachas de secreteo que haca de nuestra amistad siempre clarividente, la
cosa ms desigual y ms rara. Despus de nuestro viaje a Trembles, y
sobre todo desde nuestro regreso a Pars, haba adoptado el temperamento
de dejarme proceder sin tutela fuera la que quisiera su opinin respecto
de mi conducta. Eran ya las tres o las cuatro de la madrugada. Estbamos
como olvidados en un saloncito en donde algunos jugadores obstinados se
retardaban todava. Cuando por fin salimos advirtiendo que no se
perciba ya ruido alguno, ya no haba ni msicos ni bailarines, nadie.
Magdalena, sentada en el fondo del gran saln vaco hablaba animadamente
con Julia, acurrucada como una gatita en una butaca. Lanz una
exclamacin de sorpresa al vernos aparecer en aquel desierto a semejante
hora, despus de aquella interminable noche tan mal empleada. Estaba
fatigada. Las huellas del cansancio rodeaban sus ojos prestndoles ese
brillo extraordinario que causa el insomnio despus de las fiestas
nocturnas. El seor De Nivres y el seor D'Orsel seguan jugando. Ella
estaba sola con Julia y yo delante de ella apoyado en el brazo de
Oliverio. La media luz rojiza que de arriba se proyectaba, formaba una
especie de neblina compuesta de finsimo polvo oloroso y por los vapores
de la fiesta. Encima de los muebles, sobre la alfombra, despojos de
flores, ramilletes pisoteados, abanicos olvidados, _carnets_ con
anotaciones de baile. Los ltimos carruajes rodaban sobre las losas del
patio del hotel y a mis odos llegaba el ruido de los estribos al ser
plegados y el golpeteo de las portezuelas al cerrarse.

No s yo qu rpido retroceso hacia otra poca en la cual nos habamos
encontrado los cuatro en semejante reunin--pero en situacin diferente,
cada uno bajo el influjo de una sencillez del corazn, para siempre
desvanecida,--me hizo mirar en torno mo y resumir en una nica
sensacin todo lo que ya he dicho. Me desprenda de m mismo lo bastante
para considerar, como espectador en un teatro, aquel cuadro singular
compuesto por cuatro personas ntimamente agrupadas despus de un baile,
examinndose unas a otras, silenciosas, deseando acercarse en la misma
forma que en otro tiempo y hallando un obstculo; tratando de entenderse
como otrora y no pudiendo conseguirlo. Me daba perfecta cuenta del
sombro drama que entre nosotros se desarrollaba. Cada uno tenamos
nuestro papel; pero, en qu medida? No alcanzaba a concretarlo; pero,
en adelante, tendra bastante serenidad para arrostrar los peligros del
mo, triste, el ms peligroso de todos, a mi entender, por lo menos, y
audazmente me dispona a revivir los recuerdos de lo pasado proponiendo
que acabramos la noche con un juego que nos diverta mucho en casa de
mi ta, cuando, despus de haberse marchado los ltimos jugadores,
llegaron al saln el esposo de Magdalena y el seor D'Orsel.

El seor D'Orsel nos trataba a todos como a nios, incluyendo a su hija
mayor, a la cual rejuveneca por un clculo de ternura complacindose en
aplicarle nombres que recordaban el convento. La entrada del seor De
Nivres fue ms fra y la vista de aquel _cuatuor_ ntimo pareci
causarle un efecto muy opuesto. No s si fue realidad o aprensin, pero
me pareci hallarle fatuo, seco, hiriente. Su conversacin me desagrad.
Con la corbata un poco alta, su vestido irreprochable, con un aire
especial de hombre en traje de etiqueta que acaba de ofrecer una fiesta
y se siente dueo de su casa, se pareca poco al cazador amable y
sencillo que haba sido mi husped en Trembles; pareciome tambin que
Magdalena, con el deslumbrante broche que llevaba sobre el pecho, con la
cabellera salpicada de diamantes, no se asemejaba a la modesta e
intrpida andarina, que un mes antes nos segua recibiendo la lluvia y
caminando con los pies metidos en el mar. Se trataba de una simple
diferencia de indumento o era aquello ms bien un verdadero cambio de
las almas? l haba recobrado el aspecto demasiado circunspecto, sobre
todo el tono de superioridad que tan hondamente me haba impresionado la
noche que por vez primera le sorprend en el saln de casa de D'Orsel,
hacindole la corte solemnemente a Magdalena. Cre notar en l una
frialdad que antes no haba notado y cierta firmeza orgullosa en su
posicin de marido que una vez ms me pona de manifiesto que Magdalena
era su mujer y yo no era nadie all. Fuera o no suspicacia, error de un
espritu enfermo, hubo un instante en que aquella ltima visin me
pareci tan clara que no me dej lugar a la ms pequea duda. La
despedida fue breve. Salimos y nos acomodamos en un carruaje. Fing
dormir y Oliverio hizo como yo. Con los ojos cerrados recapitul lo que
haba pasado durante aquella noche y sin saber por qu antojbaseme que
haba en todo aquello grmenes de muchas tempestades; luego pens en el
seor De Nivres--a quien crea, sinceramente haber perdonado para
siempre--y hube de reconocer que le detestaba.

Varios das, una semana lo menos, pas sin darle a Magdalena seales de
vida. Aprovechaba el momento en que era seguro no hallarla en casa para
ir a dejar una tarjeta. Cumplida esta frmula de urbanidad, consider
que estbamos en paz el seor De Nivres y yo. En cuanto a su mujer
estaba enojado con ella; por qu? no hallaba motivo; pero el cruel
despecho que me embargaba me dio fuerzas por el momento para evitar su
presencia.

A partir desde aquel da, el movimiento de Pars nos envolvi y fuimos
arrastrados por aquel torbellino en el cual corren riesgo de aturdirse
las cabezas ms fuertes y tienen muchas probabilidades de naufragio los
corazones ms firmes. No saba yo casi nada del mundo y despus de haber
huido de l durante un ao me encontraba de pronto en el saln de la
seora De Nivres; es decir, con todas las razones posibles para tener
que frecuentarlo. Intil consideraba repetirle que no estaba yo hecho
para aquel gnero de vida; slo hubiera podido contestarme: Vyase
usted; pero acaso aquel consejo le hubiese costado trabajo y adems yo
no lo habra seguido. Tena el propsito de presentarme en casi todos
los salones que ella frecuentaba. Pretenda que fuera tan exacto en el
cumplimiento de los deberes totalmente artificiales de la sociedad, como
cumpla a un hombre bien nacido y amparado bajo su patrocinio. Muchas
veces expresaba ella un simple deseo sin ms fundamento que el de serme
grata y mi imaginacin, dispuesta a transformarlo todo, le asignaba
alcances de mandato. Herido por doquier, desventurado sin reposo, la
segua constantemente y cuando eso no me era posible la echaba de menos
desolado, maldeca a los que me disputaban su presencia y me
desesperaba.

Algunas veces me rebelaba sinceramente contra costumbres en las cuales
me disipaba sin fruto, que no contribuan gran cosa a mi felicidad y me
quitaban un resto de razn. Odiaba cordialmente a las personas de las
cuales me serva, sin embargo, para llegar hasta cuando la prudencia u
otros motivos me alejaban de su casa. Pensaba, no sin fundamento, que
eran tan enemigos suyos como mos. Aquel eterno secreto sera trado y
llevado en semejantes medios, porque al igual que una hoguera al aire
libre tena, sin duda, que despedir imprudentes chispas que lo
delatasen; si no era ya conocido, a lo menos era fcil que llegara a
saberse. Haba, una porcin de personas que al verlas, me deca con
furor: todos esos deben ser mis confidentes. Y qu poda yo esperar
de ellas? Consejos? Ya los haba recibido de la nica cuya amistad me
los hizo soportables: de Oliverio. Complicidad o complacencia? No y
cien veces no. Ms me asustaba an que el pensamiento de que existiera
una conspiracin dirigida contra mi dicha, la idea de que aquella
menguada y famlica dicha hubiera podido ser objeto de envidia para
quienquiera que fuese.

A Magdalena nada ms le deca una parte de la verdad. No le ocultaba
nada de mi aversin a la sociedad, disparando tan slo el motivo
personalsimo de ciertos agravios. Cuando se trataba de juzgar al mundo
de manera ms general, aparte la perenne idea de que deba considerarlo
como un ladrn de mi ventura, prodigaba las invectivas con feroz
alegra. Lo pintaba hostil a todo lo que me era amado, indiferente a
todo lo que es bueno y lleno de desprecio por todo lo ms respetable,
tanto en cuanto a opiniones como respecto a los sentimientos. Aduca
repetidos hechos reales, por los que todo hombre de buen criterio deba
sentirse herido; censuraba la ligereza de los preceptos sociales y ms
todava la de las pasiones; condenaba la facilidad de las conciencias
cualesquiera que fueran las causas, ambicin, gloria o vanidad. Hacale
notar la manera libre como suele entenderse, no ya el concepto del
deber, sino todos los deberes, el abuso de las palabras, la confusin de
todas las medidas, que da margen a la perversin de las ideas ms
sencillas, a que nadie llegue a entenderse en cuanto a lo bueno, lo
verdadero, lo malo, lo peor, resultando que no existe diferencia
apreciable entre la gloria y el prestigio--en el sentido propio de la
palabra,--ni delimitacin exacta de las acciones malvadas y de los
hechos simplemente irreflexivos. Me empeaba en demostrarle que la
adoracin tan decantada por la mujer, mezclada con patente burla,
ocultaba en el fondo el ms completo desprecio de ella y que las mujeres
obraban bien tontamente, por cierto, reservndoles a los hombres
apariencias siquiera de virtud, desde el punto en que no les guardaban a
ellas ni tan slo aparente estima.

--Todo eso es horroroso--le dije un da,--tanto, que si hubiera de
salvar yo alguna casa de esta ciudad de rprobos, slo una sealara en
blanco.

--La de usted?--pregunt Magdalena.

--La ma precisamente para salvarme con usted.

Al or tales y tan rudos anatemas, Magdalena sola sonrer tristemente.
Estaba seguro de que opinaba como yo, ella que era prototipo de
prudencia, de rectitud, de sinceridad, y no obstante vacilaba en darme
la razn porque se preguntaba, sin duda, si cuando yo deca muchas cosas
verdaderas no ocultaba alguna. Desde tiempo ya procuraba no hablarme
sin cierta reserva de aquella porcin de mi vida de adolescente que no
haba tenido vinculaciones con la suya pero que no por eso estaba menos
limpia de misterios.

Apenas saba mi domicilio o cuando menos pona empeo en ignorarlo o en
olvidarlo. Nunca me preguntaba cul era el empleo de las veladas que no
le pertenecan y sobre las cuales, le convena, por decir as, dejar
vagar algunas dudas. En medio de mis costumbres estrambticas que
reducan a muy poco mi sueo y me mantenan en un estado de fiebre,
conservaba ciertas energas, insaciable hambre del espritu que haba
acrecentado el afn por el trabajo, haciendo ms sabroso el placer que
l me procuraba. En pocos meses haba recobrado el tiempo perdido y
sobre mi escritorio haba como un montn de haces en una era, nueva
cosecha ya recogida de la cual slo era dudoso el producto. Era el solo
asunto del cual me hablaba Magdalena sin reserva; pero en aquel punto
era yo el que opona vallas. Tocante a mis ocupaciones, lecturas,
trabajo intelectual--aunque slo Dios sabe con qu orgullosa solicitud
ella segua el curso de mis tareas,--slo le daba yo noticia de un
detalle, siempre el mismo: que no estaba satisfecho. Este absoluto
descontento de los otros y de m mismo expresaba mucho ms de lo
necesario para que ella viese claro. Si alguna circunstancia quedaba an
oscurecida, fuera del alcance de una amistad que--aparte un secreto
inmenso, no tena ninguno,--era porque Magdalena consideraba la
explicacin intil o imprudente. Haba entre nosotros un punto delicado,
unas veces en la duda y otras en plena certeza, que, al igual que todas
las verdades peligrosas, exiga no ser aclarado.

Magdalena estaba advertida: era imposible que no lo estuviera. Pero,
desde cundo? Acaso desde el da que, respirando ella tambin un aire
ms agitado, haba sentido rfagas calurosas que no estaban a la
temperatura de nuestra antigua y serena amistad. El da que me pareci
tener la certeza de este hecho, no me bast la mera creencia. Dese una
prueba y quise obligar a drmela a Magdalena. Ni un instante me detuve a
reflexionar sobre aquel plan que era detestable, malvado, odioso. La
asediaba con mil capciosidades. Tratndose de personas que nos
conocamos muy a fondos nos bastaba para entendernos slo media palabra;
pero yo aun aada una ms precisa. Caminbamos sobre un terreno
sembrado de artimaas y yo tenda una ms a cada paso. No s qu
perverso afn de sitiarla, de oprimirla, de acorralarla en la ltima
reserva. Quera vengarme de aquel prolongado silencio impuesto primero
por la timidez, luego por consideracin, ms adelante por respeto y
ltimamente por piedad. Aquella mscara que llevaba puesta haca ya tres
aos se me haba hecho insoportable y la arranqu sin reparo. Ya no me
importaba que se hiciera la luz entre los dos. Deseaba casi una
explosin aunque ella hubiera de aterrarla; cuanto a su tranquilidad,
que una ciega y mortfera indiscrecin poda destruir, la tena olvidada
por completo.

Fue aqulla una crisis humillante, que me costara mucho trabajo
referirle a usted. Apenas sufra, de tal modo estaba imbuido de una idea
fija. Proceda en sentido directo, con la inteligencia clara, la
conciencia cerrada, como si se tratara de un asalto de esgrima en el
cual no hubiera arriesgado ms que el amor propio.

A mi estrategia insensata Magdalena opuso de repente medios de defensa
inesperados. Contest a ella con calma perfecta, con total ausencia de
disimulos, con ingenuidades que en nada podan perjudicar su reputacin.
Levant poco a poco entre los dos a la manera de un muro de acero, de
una resistencia, de una frialdad impenetrables. Yo me irritaba ante
aquel nuevo obstculo y no poda vencerlo. Trataba nuevamente de hacerme
entender: toda inteligencia haba cesado. Aguzaba las frases y no
llegaban a ella. Las tomaba, las levantaba, las desarmaba con una
respuesta sin rplica: como hubiera hecho con una flecha hbilmente
esquivada a la cual le quitaba el hierro acerado que poda herir. El
resumen de su continente, de su acogida, de sus afectuosos apretones de
mano, de sus miradas excelentes, pero corteses y sin alcance, del
conjunto de su proceder admirable y desesperante, por su firmeza, por su
sencillez, por su prudencia, era ste: Nada s, y si ha credo que he
adivinado algo se equivoca usted.

Entonces desapareca yo por cierto tiempo, avergonzado de m mismo,
furioso de impotencia y cuando volva a ella con mejores ideas e
intenciones de arrepentimiento, pareca no comprenderlas al igual que no
haba advertido las otras.

Todo esto suceda en medio del torbellino del gran mundo que aquel ao
se prolong hasta muy entrada ya la primavera. Algunas veces contaba con
los accidentes de aquel gnero de vida debilitante para sorprender en
falta a Magdalena y apoderarme de un espritu tan seguro de s mismo,
pero eso no sucedi: Estaba yo casi enfermo de impaciencia. Ya no estaba
seguro, casi, de amar a Magdalena, a tal extremo la idea de nuestro
antagonismo--que me obligaba a ver en ella un adversario,--substitua a
toda otra emocin y me llenaba el corazn de malas pasiones. Hay das,
en pleno verano, polvorientos, nebulosos, en que la luz del sol es
blanquecina y velada de nubes por el lado del Norte, que se parecen
mucho a aquel violento perodo tan pronto abrasador como helado, en el
cual llegu a creer que mi pasin por Magdalena iba a extinguirse de la
manera ms triste, por el despecho.

Varias semanas haca ya que no la vea. Haba gastado mis rencores
engolfndome en el trabajo. Esperaba de ella que me diera la seal de
reaparecer. Una vez haba encontrado al seor De Nivres y me haba
dicho: Qu es de usted? o Ya no se le ve a usted. Cualquiera de
esas dos frmulas--no recuerdo cul fue la que emple--envolva una
invitacin apremiante a volver. Aun me sostuve algunos das ms; pero
semejante alejamiento constitua un orden de cosas negativo que poda
durar indefinidamente sin resolver nada decisivo. Por fin me decid a
forzar la situacin. Corr a casa de Magdalena: estaba sola. Entr
rpidamente sin haber formado una idea definida de lo que iba a decir o
hacer, pero formalmente decidido a romper aquella armadura de hielo y
ver si debajo de ella viva an el corazn de mi antigua amiga.

La encontr en su gabinete particular--en el cual no haba ms lujo que
de flores,--vestida muy sencillamente, bordando sentada cerca de un
veladorcito. Estaba seria, tena los ojos enrojecidos como si no hubiera
dormido la noche anterior o hubiera llorado algunos minutos antes de
llegar yo. Tena el aspecto de tranquilidad y recogimiento que le era
propio muchas veces, en momentos de distraccin que revivan en ella la
colegiala de otros tiempos. Con su vestido modesto, rodeada de flores,
abiertas las ventanas sobre los rboles, hubirase dicho que estaba en
su jardn de Ormessn.

Aquella completa transfiguracin, aquella actitud de tristeza, sumisa,
medio vencida, por decir as, me quit todo afn de triunfar y dio en
tierra sbitamente con toda mi audacia.

--He cado en culpa, respecto de usted--le dije,--y vengo a excusarme.

--Culpable? A excusarse?--exclam, procurando reponerse de la
sorpresa.

--S, soy un loco, un amigo cruel y desolado que viene a ponerse a sus
pies y pedirle perdn...

--Pero, qu tengo que perdonarle?--aadi, un poco asustada por aquella
calurosa invasin en la tranquilidad de su retiro.

--Mi conducta pasada, todo lo que he hecho, todo lo que he dicho, con la
estpida intencin de herirla a usted.

Ella haba recobrado la calma.

--Se imagina usted cosas que no existen o por lo menos se trata de leves
errores de los cuales no me acordar ms el da que reconozca que usted
tambin los olvida. Sabe usted cul ha sido su nico error? El de
abandonarme desde hace un mes. Porque hoy hace un mes--dijo, no
ocultndome que se fijaba en las fechas,--que nos separamos una noche
diciendo usted hasta maana al despedirse.

--Y no he vuelto, es verdad; pero no es de eso de lo que me acuso con
pena, no, de lo que me acuso mortalmente...

--De nada!--interrumpi ella imperiosamente.--Y desde
entonces--continu en seguida,--qu ha sido de usted? Qu ha hecho?

--Muchas cosas y muy poco; depende del resultado.

--Y despus?

--Eso es todo--dije queriendo hacer lo mismo que ella y cortar la
conversacin por donde me convena.

Pasaron algunos momentos de embarazoso silencio y luego Magdalena empez
a hablar en un tono del todo natural y muy dulce.

--Tiene usted un carcter desagradecido y difcil--me dijo.--Cuesta
trabajo entenderle a usted y ms an socorrerle. Cuando se desea
animarle, sostenerle, a veces compadecerle, se le pregunta y usted se
encierra en la ms absoluta reserva.

--Qu quiere que diga, como no sea que aquel en quien usted confa, no
es capaz de causar asombro a nadie y mucho me temo que defraude las
esperanzas de sus buenos amigos?

--Y por qu defraudara las esperanzas de los buenos amigos que slo
desean para usted una posicin que merece?--continu Magdalena tranquila
ya, al ver que nos colocbamos en un terreno que le pareca mucho ms
seguro.

--Pues, por una razn muy sencilla: porque nada ambiciono.

--Y esa fogosidad por el trabajo que se apodera a lo mejor de usted?...

--Dura muy poco: es fuego que llamea con extraordinaria rapidez y en
seguida se extingue. Subsistir, creo, algunos aos todava, hasta que
se desvanezca la ilusin cuando pase la juventud y vea yo claro que es
cosa de acabar de una vez con tales engaos. Entonces llevar la vida
nica que me cuadra, vida agradable de _dilletantismo_, en algn rincn
de la provincia al cual no me lleguen ni los estimulantes ni los
remordimientos de Pars, consagrndome a admirar el talento ajeno, que
debe bastar, despus de todo, para, ocupar los ocios de un hombre
modesto que no es tonto.

--Lo que acaba usted de decir es insostenible--exclam con gran
vivacidad.--Tiene usted gusto en atormentar a los que le estiman... y
miente usted...

--Nada es ms cierto, se lo juro. Ya le he dicho en otra ocasin, y no
hace mucho tiempo, que me senta atrado, no por la idea de ser
_alguien_, que me pareca sin sentido prctico, pero s por el deseo de
producir _algo_, nica excusa, a mi juicio, de nuestra msera
existencia. Lo dije y trat de realizarlo. Pero nunca con el fin de que
saque de ello provecho ni mi dignidad de hombre, ni mi gusto, ni mi
vanidad, ni los otros ni yo mismo. Ser sin ms propsito que el de
expulsar de mi cerebro algo que me molesta.

Sonri al or la curiosa y vulgar explicacin que daba yo a un fenmeno
bastante noble.

--Qu hombre tan singular resulta usted con sus paradojas! Lo sutiliza
usted todo hasta el extremo de cambiar el sentido de las palabras y el
valor de las ideas. Halagbame la creencia de que era usted un alma
mejor organizada que muchas otras y ms buena, por diversos conceptos.
Le crea tambin, dbil de voluntad, pero dotado de cierta tendencia a
la inspiracin. Y ahora resulta que deber usted carecer de voluntad y
convierte la inspiracin en simple exorcismo.

--Llame usted las cosas por el nombre que quiera--dije, y le supliqu
que cambisemos de conversacin.

Cambiar de conversacin no era posible; haba que volver al punto de
partida o continuar. Le pareci ms seguro razonar y yo la dej decir
sin replicar ms que con una frase: Para qu?

--Habla en esta ocasin, como Oliverio, y, sin embargo, no hay nadie que
se parezca a l menos que usted.

--Le parece a usted?--dije mirndola apasionadamente para dominarla de
nuevo,--en verdad cree usted que somos tan diferentes? Pues yo creo,
por lo contrario, que nos parecemos mucho. Obedecemos el uno y el otro,
exclusivamente, ciegamente, a lo que nos encanta; lo que nos encanta es,
tanto para l como para m, imposible o poco menos, lograrlo; es una
quimera o representa lo prohibido. Eso hace que siguiendo caminos muy
opuestos, nos encontremos un da en el mismo punto, acobardados y sin
familia--aad, usando la frase sin familia en vez de otra mucho ms
clara que se me vino a los labios.

Magdalena tena los ojos fijos en el bordado, pero clavaba la aguja al
azar, sin poner atencin. La expresin de su rostro haba cambiado, su
continente, una vez ms, sumiso y desarmado, me enterneci hasta el
extremo de hacerme olvidar el objeto de mi visita.

--Comprendera usted bien--dijo con cierta turbacin.--Hay para todo el
mundo, creo yo... (vacilaba un poco al elegir las palabras) un momento
difcil en el cual se duda de uno mismo y hasta de los dems. Lo que
importa entonces es aclarar la duda y tomar una resolucin. Algunas
veces, el corazn tiene necesidad de decir: Quiero. A lo menos me lo
figuro por haberme sucedido ya una vez--continu, titubeando ms todava
en torno de un recuerdo que a los dos nos traa a la mente la historia
de su casamiento.--Dicen que una marquesa de principios de siglo
pretenda que por fuerza de la voluntad poda evitarse la muerte. Acaso
si muri fue porque se distrajo. Hay as muchos accidentes que se
presume que son involuntarios; quin sabe si la dicha no depende en
gran parte de la voluntad de ser dichoso!...

--Dios la oiga, mi querida Magdalena--dije, usando una expresin que no
haba vuelto a emplear haca ya tres aos.

Pronunciando estas ltimas palabras me levant embargado de un
enternecimiento que no era dueo de ocultar. El movimiento que hice fue
tan rpido, tan imprevisto, aadi tanto ardor a mi acento, de por s
muy decisivo ya, que Magdalena sinti que l llegaba a su corazn y lo
conmova y palideci. O yo en lo ms hondo de su pecho como una
dolorosa exclamacin angustiosa que expir en sus labios.

Muchas veces me haba yo preguntado qu sucedera si, para
desembarazarme de la carga demasiado pesada que me aplastaba,
sencillamente y como si mi amiga Magdalena pudiera or con indulgencia
la declaracin de un sentimiento que se refera a la condesa De Nivres,
le dijera que la amaba. Me representaba la escena de esta tan grave
explicacin. La supona sola, en estado de escucharme y en una situacin
que exclua todo peligro. Tomaba la palabra y sin prembulo, sin rebozo,
sin subterfugios, sin palabrera, y, con la misma franqueza que si se
tratara de un confidente muy ntimo desde mi juventud, le refiriese la
historia de mi pasin, nacida de una amistad de nio de sbito trocada
en amor. La explicaba cmo una serie de transiciones invencibles me
haba conducido poco a poco desde la indiferencia a la atraccin, del
temor al vasallaje, de la aoranza en la ausencia a la necesidad de no
separarme nunca de ella, de la visin de que iba a perderla a la
certidumbre de que la adoraba, del afn por su tranquilidad a la
mentira, en fin, de la voluntad de callar siempre al afn irresistible
de confesrselo todo y de pedirle perdn despus. Le deca que haba
resistido, luchado, que haba sufrido mucho: mi proceder era el mejor
testimonio. No exageraba nada, muy al contrario, no haca ms que
mostrarle a medias el cuadro de mis dolores para mejor convencerla de
que pona medida en mis palabras y era sincero. Le deca, en una
palabra, que la amaba con desesperacin, en otros trminos que no
esperaba de ella ms que la absolucin de mis debilidades que en ellas
mismas llevaban la penitencia y su piedad para aquellos males
irremediables.

Tan grande era mi confianza en la bondad de Magdalena, que la idea de
semejante confesin me pareca an ms natural en medio de las ideas
locas o culpables que me asediaban.

Veala entonces--o por lo menos as me gustaba verla,--triste y muy
sinceramente afligida, pero no colrica, escuchndome con la compasin
de una amiga impotente para consolarme y por elevacin de espritu y por
indulgencia, dispuesta a compadecerse de aquellos grandes males
efectivamente irremediables. Y, cosa singular! aquel pensamiento de ser
comprendido, que siempre me haba impuesto verdadero terror antes, no me
causaba ni siquiera el ms leve embarazo en lo presente. Trabajo me
costara explicarle a usted hasta qu punto era posible que semejante
propsito, absurdo por atrevido, cupiera en mi espritu cuya
pusilanimidad natural le he puesto a usted en evidencia; pero tantas
pruebas haban acabado por avezarme. Ya no temblaba delante de
Magdalena, por lo menos de miedo como en otra poca; me pareca que
deba desaparecer toda irresolucin desde que descaradamente iba en pos
de la verdad.

Tuve un momento de suprema angustia durante el cual la idea de acabar de
una vez me asalt de nuevo, como tentacin ms fuerte e irresistible que
nunca. Pensaba que para eso haba venido y jams ocasin ms propicia
se me presentara. Estbamos solos, la casualidad nos colocaba
exactamente en la situacin que tena elegida. La mitad de la confesin
estaba ya hecha. Uno y otra alcanzbamos un grado de emocin que nos
colocaba en aptitud de atreverme mucho a m y de orlo todo a ella. No
tena que decir yo ms que una palabra, romper aquel horrible cerrojo
del silencio que me estrangulaba cada vez que pensaba en ella. Buscaba
slo una frmula, una frase inicial: estaba muy sereno, a lo menos tal
me pareca estar; hasta me pareca que mi semblante no reflejaba
demasiado la extraordinaria controversia que dentro de m se mantena.
Iba a hablar cuando, para darme ms nimos, alc los ojos y mir a
Magdalena.

Conservaba la humilde actitud que ya le he descrito a usted, clavada en
su asiento, abandonada la labor, con las manos cruzadas por un esfuerzo
de voluntad para disminuir el temblor que las agitaba al igual que el
resto del cuerpo, plida hasta dar lstima, las mejillas como la cera,
los ojos muy abiertos velados de lgrimas, clavados en m con la
luminosa fijeza de dos estrellas. Aquella mirada brillante y dulce
empapada en llanto, tena una expresin de reproche, de dulzura, de
indecible perspicacia. Hubirase dicho que estaba menos asombrada de una
confesin ya hecha, que espantada de la intil ansiedad que adverta en
m. Y si le hubiera sido posible hablar en un momento en que todas las
energas de su ternura y de su orgullo me suplicaban o me ordenaban que
callase, me haba dicho una sola cosa, que yo saba demasiado: que la
confidencia estaba hecha y mi proceder era el de un cobarde. Pero
continuaba inmvil, sin expresin, sin voz, los labios cerrados, los
ojos fijos en los mos, las mejillas baadas de llanto, sublime de
angustia, de pena y de firmeza.

--Magdalena--gem cayendo a sus pies,--Magdalena, perdneme usted!...

A su vez levantose ella con un movimiento de mujer indignada que jams
olvidar; dio algunos pasos hacia su habitacin, y como me arrastrara yo
en pos de ella, siguindola, buscando una palabra que no fuese ofensiva,
un postrer adis, para decirle al menos que era ngel de previsin y de
bondad, para agradecerle el haberme ahorrado una locura, con una
expresin ms abrumadora todava, de lstima, de indulgencia y de
autoridad, alzada la mano como si desde lejos tratara de ponerla sobre
mi boca, repiti la sea que me impona el silencio y desapareci.




XIII


Durante muchos das--y bien podra decir por espacio de muchos
meses,--la imagen de Magdalena ofendida y tan llena de angustia me
persigui como un remordimiento y me hizo expiar cruelmente mis faltas.
No cesaba de ver el brillo de sus lgrimas que un olvido de toda
prudencia haba hecho correr y permaneca como prosternado en obediencia
incondicional, como embrutecido, bajo el imperio de aquella dulzura tan
imperiosa, de aquella actitud que me haba impuesto sellar para siempre
el labio indiscreto que estuvo a punto de causarle tanto mal. Estaba
avergonzado de m mismo. Me redima de aquel loco y culpable
atrevimiento por la ms sincera contricin. El torpe orgullo que me
haba animado contra Magdalena y me haba prestado armas para combatir
contra mi propio amor, aquel deseo malevolente de hallar un adversario
en el ser inofensivo y generoso a quien adoraba, las acritudes, las
protestas de un corazn enfermo, la doblez de un espritu entristecido,
todo lo que aquella crisis morbosa haba extravasado, por decir as, en
mis sentimientos ms puros, se haba disipado como por encanto. Ya no
tema declararme vencido, verme humillado, sentir que el pie de una
mujer hollaba al demonio que me posea.

La primera vez que volv a ver a Magdalena, y me obligu a ello, desde
los primeros das hubo de reconocer en m una mudanza tan radical que la
tranquiliz absolutamente. No me cost trabajo probarle con qu
intenciones de sumisin tornaba a ella; las comprendi a la primera
mirada que cambiamos. Esper un poco para asegurarse de la solidez de
mis propsitos; y tan luego como vio que persista y me conservaba firme
en mi puesto en ciertos instantes de difcil prueba, abandon su actitud
defensiva y aparent no acordarse de nada, que era la ms caritativa de
todas las maneras de otorgarme perdn y la nica que le estaba
permitida.

Algn tiempo despus, un da, recobrada la calma, pasado todo peligro, y
no habiendo ya gran inconveniente en hablarle del arrepentimiento que no
me abandonaba, le dije:

--Le he hecho a usted mucho dao y lo expo.

--Basta--me replic,--no hablemos ms de eso; procure slo curarse, yo
le ayudar.

A partir desde aquel momento Magdalena se consagr a m. Con un valor,
con una caridad sin lmites, me toleraba cerca de ella, me vigilaba, me
socorra por su continua presencia. Inventaba medios para distraerme,
para aturdirme, para interesarme en ocupaciones serias que me
absorbieran.

No pareca sino que se reconoca culpable a medias de los efectos que en
m haba hecho nacer y que una especie de deber heroico le aconsejaba
sufrirlos, le recomendaba, sobre todo, procurar la curacin de ellos.
Siempre serena, discreta, resuelta, me animaba a luchar; y cuando estaba
satisfecha de m, es decir, cuando yo me haba destrozado el corazn
para forzarle a latir ms despacio, me recompensaba con frases calmantes
que me hacan verter lgrimas o con expresiones consoladoras que valan
una caricia. Viva as en contacto con la llama que me abrasaba, al
abrigo de las sensaciones ms abrasadoras, envuelto, por decir as, en
un ropaje de inocencia y de lealtad que la haca invulnerable a los
ardores que de m partan como a las sospechas que de la sociedad podan
emanar.

Nada ms delicioso y al mismo tiempo aflictivo y temible que aquella
singular colaboracin en que Magdalena gastaba fuerzas en pro de mi
curacin sin lograr devolverme la salud. Dur aquel orden de cosas
muchos meses, tal vez un ao; no podra determinarlo porque corresponde
a un perodo de mi vida, de tal modo confuso y agitado, que de l no me
ha quedado ms que el sentimiento vago de una gran perturbacin que
continuaba sin ningn accidente notable que sirviera para establecer una
medida.

Abandon Pars para ir a los baos de Alemania.

--Supongo que no me seguir usted--me dijo.--Eso ofrecera mil
inconvenientes para usted y para m.

Era la primera vez que la vea preocuparse de poner a salvo su propia
seguridad. Ocho das despus de su partida recib de ella una carta
admirablemente seria y buena. No le contest en atencin a que me lo
rogaba. Le har a usted compaa desde lejos--me escriba,--tanta como
me sea posible. Y durante todo el tiempo que dur su ausencia, con
intervalos regulares puso la misma paciencia en escribirme; as me
recompensaba por mi obediencia al no seguirla. Saba muy bien que el
aburrimiento y la soledad son malos consejeros: no quera dejarme solo
con su recuerdo sin intervenir de tiempo en tiempo con un indicio de su
presencia.

Saba la fecha del regreso, y el da aquel me apresur a ir a su casa.
Fui recibido por el seor De Nivres, a quien no encontraba ya sin un
vivo desagrado. Era quizs perfectamente injusto, quiero creer que
ningn fundamento tenan las suposiciones descorteses que haba hecho;
pero vea en l al marido de la condesa De Nivres, a travs de
suspicacias muy poco lcidas, y con razn o sin ella, aquellas
suspicacias me lo presentaban reservado, sospechoso, casi hostil. Haban
llegado por la maana. Julia, indispuesta y cansada, dorma. Magdalena
no poda recibirme. Apareci cuando escuchaba yo tales explicaciones y
el seor De Nivres se march en seguida.

Una sbita idea cruz por mi mente, como sano consejo de prudencia al
estrechar la mano de aquella mujer tan animosa y a la cual pona en
tantos peligros:

--Tengo intencin de viajar durante algn tiempo--le dije tras breves
palabras de gratitud por sus bondades.--Qu le parece a usted?

--Si le parece que eso puede serle til, hgalo--repuso, manifestndose
tan slo un poco sorprendida.

--Util! Quin sabe? En todo caso merece la pena de hacer un ensayo.

--S, quizs convenga probar--continu Magdalena con acento bastante
grave.--Pero entonces, cmo tendremos noticias de usted?

--Cmo? Por los mismos medios si usted lo permite.

--Oh, no! Eso no ser, no puede ser. Escribirle a usted de Alemania a
Pars era posible, pero de Pars... al azar, comprender usted que no
sera razonable.

La dura perspectiva de pasar muchos meses absolutamente privado de todo
contacto, siquiera fuese indirecto, con Magdalena, me hizo vacilar un
instante. Otra reflexin me decidi a hacer la prueba ms radical y le
dije:

--Sea. Ya no oir hablar de usted ms que por medio de Oliverio que no
es el ms exacto de los corresponsales. Me tiene usted dadas muchas
pruebas de generosidad y slo puedo mostrarme digno de ellas
resignndome. Puede usted imaginar lo que este esfuerzo debe costarme.

--De modo que se marcha usted seguramente?--interrog Magdalena que
quera dudarlo an.

--Maana mismo. Adis.

--Vaya usted con Dios--exclam con un fruncimiento de cejas que prestaba
a su semblante una expresin singular.--Vaya con Dios y que l le
aconseje!

Al otro da, efectivamente, estaba en camino. Oliverio, que bajo palabra
de honor se haba comprometido a escribirme, mantuvo su promesa tan
lealmente como permita su habitual inercia. Por l supe el estado de
salud de Magdalena, y ella, sin duda, supo tambin que nada tena que
temer en cuanto a la vida del viajero; pero eso fue todo.

Nada le dir a usted de aquel viaje, el ms hermoso y el menos
aprovechable que jams he hecho. Sintome, como humillado, cuando pienso
que hay pases en el mundo en los cuales he paseado tristezas tan
vulgares y vertido lgrimas tan poco viriles. Me acuerdo de un da en
que llor sinceramente, con amargura, como un nio a quien las lgrimas
no hacen que se ruborice, a la orilla de un mar que ha presenciado
milagros, no divinos, sino humanos. Estaba solo, los pies en la arena,
sentado en una roca entre muchas que tenan argollas de bronce a las
cuales en otros tiempos se haban amarrado navos. Nadie haba ni en la
playa abandonada por la historia, ni en la mar sobre la cual no se vea
pasar ni una vela. Un pjaro blanco volaba entre cielo y agua dibujando
su movido plumaje sobre el cielo azul y reproducindolo sobre las mansas
aguas. Estaba solo para representar en aquella hora, en un lugar nico,
la pequeez y las grandezas de un hombre vivo. Lanzaba el nombre de
Magdalena, gritando con todas mis fuerzas para que lo repitieran las
sonoras rocas de la costa; luego un sollozo ahog mi voz, y lleno el
corazn de confusiones me preguntaba si los hombres de hace dos mil
aos, tan intrpidos, tan fuertes, haban amado tanto como nosotros.

Aunque haba dicho que mi ausencia durara muchos meses, regres al cabo
de algunas semanas. Nada en el mundo me hubiera hecho prolongar mi viaje
un solo da ms.

Magdalena me crea an a cuatrocientas o quinientas leguas de ella
cuando una noche entr en un saln en que estaba seguro de que la
encontrara. Al verme hizo un movimiento que implicaba una imprudencia.

Muy pocos haban tenido noticia de mi ausencia. Se desaparece tan
cmodamente en nuestro gran Pars, que cualquier hombre tendra tiempo
de dar la vuelta al mundo antes de que nadie hubiese notado su partida.

Salud a Magdalena igual que si la hubiera visto el da antes. A la
primera mirada comprendi que volva a ella totalmente agotado,
hambriento de verla y con el corazn intacto.

--Me ha inquietado usted mucho--dijo.

Y exhal un suspiro. Hubirase dicho que mi regreso en lugar de causarle
espanto la desembarazaba, por el contrario, de una preocupacin ms
amarga que todas las dems.

Volvi a aplicarse en su tarea aplastadora. Los medios empleados para
curarme (era la nica palabra de que se sirvi para definir una
empresa en la cual se trataba, en efecto, de su salvacin y de la ma)
todos eran malos cuando no emanaban directamente de su apoyo. En
adelante quera intervenir ella sola en aquella lucha de la cual ella
era la causa.

--Lo que he hecho lo deshar--me dijo un da de orgulloso reto llevado
hasta la locura.

Toda su sangre fra la haba abandonado. Cometi ligerezas sublimes que
trascendan a desesperacin. Ya no era bastante para ella socorrerme lo
ms cerca posible, prestarme nimo cuando desfalleca, calmarme si me
exasperaba. Notaba ella que su recurso mismo contena llamas, y se
empe en apagarlas vigilando hora tras hora mis pensamientos ms
secretos. Para eso habra sido menester multiplicar hasta lo infinito
visitas que ya se repetan con demasiada frecuencia. Entonces fue cuando
imagin medios para verme fuera de su casa. Puso en esto aquel
espantable atrevimiento que slo es permitido a las mujeres que
arriesgan el honor y a las que obran con indiscutible inocencia.
Bravamente me dio citas. El lugar elegido era siempre desierto, aunque
poco lejano de su casa. Y no vaya usted a figurarse que aprovechaba para
esas expediciones peligrosas las frecuentes ocasiones en que el conde De
Nivres se ausentaba. No; estando l en Pars, a riesgo de encontrarle,
de perderse, acuda a la hora sealada y casi siempre tan duea de s
misma, tan resuelta como si todo lo hubiese sacrificado.

Su primera ojeada era todo un examen. Me envolva en aquella amplia y
deslumbradora mirada que quera sondear mi conciencia y reconocer en el
fondo de mi corazn las tempestades formadas o resignadas desde el da
anterior. Su primera frase era una interrogacin: Cmo le va a usted?
Aquel _Cmo le va a usted?_ significaba: Es usted ms razonable?

A las veces le responda yo valientemente con una semimentira, que nunca
alcanzaba a engaarla, pero que despertaba en su nimo curiosidades e
inquietudes de otro gnero. Se apoyaba en mi brazo y caminbamos bajo
los rboles, callando a intervalos o hablando con la aparente calma de
dos amigos que se han encontrado por casualidad. Ella me descubra,
durante aquellas horas de abrasadora compenetracin, me revelaba--como
otras tantas maravillas,--tesoros de desinters, de abnegacin, remedios
de previsin casi iguales a las profundidas de su caridad. Ordenaba mi
vida mal arreglada, o mejor dicho en completo desarreglo, dedicada sin
medida tan pronto a las mayores exageraciones de trabajo asiduo, como a
los excesos de la mayor inercia. Censuraba mis cobardas, se indignaba
de mis desfallecimientos y me reprochaba las invectivas que me complaca
en prodigarme, porque afirmaba que en ellas vea las inquietudes de un
espritu mal equilibrado y ms perplejo que equitativo.

Si hubiera yo sido capaz de concebir las ms leves ambiciones un poco
llevadas con el verdadero valor que ella me infunda, se hubieran
desarrollado en mi nimo con llamaradas de incendio.

--Quiero verle dichoso--me deca.--Si usted supiera con qu fervor lo
deseo!

Vacilaba ordinariamente ante la palabra porvenir, que a los dos nos
hera con augurios ay! demasiado razonables. Qu perspectiva, qu
salida descubra ella ms all del da prximo que limitaba nuestros
ensueos? Ninguna sin duda. Las sustituira por algo vago y quimrico,
como esa postrera esperanza que les queda a los que nada esperan ni
tienen ya que esperar.

Cuando le ocurra el tener que faltar a aquella misin de casi todos los
das, que ella cumpla con el entusiasmo de un mdico que se sacrifica,
al otro da me peda excusa como si se tratara de una falta. Haba
llegado a no saber si deba aceptar la dulzura de tan terrible socorro.
Senta deslizarse en m tales perfidias que ya no me era dado discernir
en qu medida era culpable o desgraciado. A mi pesar tramaba planes
abominables, y cada da Magdalena, sin saberlo, hallaba una traicin. No
estaba yo en condicin de ignorar que no hay valor que resista ciertas
pruebas, que la virtud ms invencible minada a cada instante corre grave
riesgo y que de todas las enfermedades la que se pretenda curarme era
la ms contagiosa.

Habindose ausentado sbitamente el conde De Nivres, Magdalena me hizo
saber que nuestros paseos deban ser suspendidos. Los reanudamos luego
que su marido volvi con ms decisin y mayor entusiasmo. El perpetuo
_me, me adsum qui feci_--yo, yo slo soy la causa,--volva bajo todas
las formas en paroxismos de generosidad que me colmaban de vergenza y
de felicidad.

As lleg hasta el punto ms escarpado de una tentativa a la cual
ninguna mujer heroica ha podido alcanzar sin despearse. Se mantuvo
todava algn tiempo intrpidamente y sin desfallecer demasiado, como
un ser poseedor de recursos sobrenaturales a quien el vrtigo hubiese
privado del sentido y el exceso del peligro retuviera al borde del
abismo paralizando de pronto su razn. En ese momento me di cuenta de
que tena agotadas las fuerzas. Aquella milagrosa organizacin se
defendi de ella misma. No se lament. No confes nada que pudiera
delatar debilidad. Reconocerse impotente y desanimada era ponerlo todo
en manos del azar, y el azar le causaba miedo como el ms incierto de
todos los auxiliares, el ms prfido, acaso el ms amenazador.
Declararse extenuada, era abrirme su corazn a dos manos y mostrarme el
mal que en l haba hecho yo. No lanz ni un gemido de angustia. Se
desplom desfallecida. Un da le dije:

--Me ha curado usted, Magdalena; ya no la amo.

Ella se qued parada, se puso horriblemente plida y vacil como
espantada por una maldad que la penetraba hasta el fondo del alma.

--Oh, tranquilcese usted, el da que eso sucediera!...--aad.

--El da que eso sucediera...--repiti ella.

Y le falt la voz y rompi a llorar.

Al da siguiente, no obstante, volvi. La vi apearse de su carruaje tan
cambiada, tan abatida que me asust.

--Qu tiene usted?--le dije corriendo a su encuentro, tanto me pareci
prxima a desmayarse.

Se repuso un poco, gracias a un prodigioso esfuerzo, que no pudo
ocultar, y me respondi solamente:

--Estoy muy cansada.

Entonces me asalt un horrible remordimiento.

--Soy un miserable--exclam,--sin corazn y sin sentimientos honrados.
No supe salvarme; viene usted a m y la pierdo. Magdalena, ya no
necesito de usted, no quiero ms ayuda ni ms nada... No quiero un
socorro, comprado tan caro, a costa de una amistad que he hecho
demasiado pesada y que acabara por matarla a usted. Que sufra o no, a
m solo importa. Mi alivio emanar de m mismo, mis miserias me
conciernen a m solo, y cualquiera que fuera el final de ellas ya no
alcanzar a nadie ms que a m.

Me escuch al principio sin responder, como reducida a ese estado de
abatimiento enfermizo o de fragilidad infantil que nos hace incapaces de
comprender la dureza de ciertas ideas y de tomar una resolucin.

--Separmonos--le dije--por completo. S, separmonos, ser lo mejor. No
nos veamos ms, olvidmosnos... Pars nos desunir sobradamente sin que
pongamos entre nosotros muchas leguas de distancia. A la primera palabra
que usted pronuncie advirtindome que necesita de m me volver usted a
encontrar. De lo contrario...

--De lo contrario...--murmur saliendo lentamente de su embotamiento.

Emple algunos segundos para analizar en el fondo de su alma aquella
frase que para los dos encerraba la amenaza de un adis definitivo. Al
principio pareca como si no alcanzara a darle un sentido comprensible.

--Es verdad--prosigui,--soy un punto de apoyo bien dbil, verdad? un
razonador que cansa, un amigo, quizs, intil...

Luego se vea que buscaba solucin menos ruda. Y como advirtiera que yo
aguardaba una respuesta ahogndome la ansiedad, hizo ese gesto peculiar
de los enfermos aniquilados por el dolor, a quienes se atormenta
hablndoles de asuntos graves y me dijo:

--Por qu, pues, ha venido usted a proponerme cosas imposibles? Me
acosaba usted a su placer... Vyase amigo... Vyase, se lo ruego. Hoy
estoy enferma. No se me ocurre ni una palabra de consejo que darle.
Mejor que yo sabe usted qu azar se corre en este partido... El que
usted tome ser el nico razonable: la estima que yo le doy y la amistad
que usted me profesa no permiten dudarlo.

Me separ de ella desconcertado y renunci, desde luego, a ciertos
extremos que nos separaran para siempre cuando ninguno de los dos lo
deseaba. Solamente arregl mi conducta mirando a procurar un
apartamiento continuo, suave, que poda, acaso, llevarnos a establecer
entre nosotros acuerdos ms tibios y pacificarlo todo sin demasiado
sacrificio. Dej de amenazarla con aquella frase de olvido, harto
desesperado para ser sincero, y que la habra hecho sonrer de piedad,
si ella hubiera tenido a su vez un poco de serenidad el da que se lo
propuse como un medio. Continu viviendo bastante cerca de ella para
demostrarle que el partido que adoptaba era menos extremado y
suficientemente lejos para dejarla libre y no imponerle complicidades de
las cuales me ruborizaba.

Qu sucedi entonces en el espritu de Magdalena? Juzgue usted. Apenas
relevada del papel extraordinario de confidente y de salvadora, se
transform de sbito. Su genio, su continente, la dulzura de su mirada,
la perfecta igualdad de su carcter compuesto de oro maleable y de
acero, es decir, indulgencia y verdadera virtud, aquel natural
resistente sin dureza, paciente, unido, siempre en el equilibrio de un
lago abrigado del viento; aquella amiga tan ingeniosa para hallar
recursos de consuelo, aquella boca inagotable en frases exquisitas,
todo cambi. Vi aparecer un ser nuevo, extravagante, incoherente,
inexplicable y fugaz, agriado, entristecido, hiriente y sombro, como si
hubiera estado rodeado de insidias, precisamente cuando yo me
sacrificaba sin reservas consagrado a allanar su existencia y a apartar
de ella hasta la sombra de una preocupacin.

Algunas veces la encontraba anegada en lgrimas. Las devoraba en
seguida, se pasaba la mano por los ojos haciendo un gesto de resignacin
y de fastidio y se las enjugaba como hubiera hecho con una mancha
repugnante. Por nada se sonrojaba como si hubiera sido sorprendida en la
contemplacin de una mala idea. Observ que se acercaba a su hermana ms
estrechamente que nunca, que sala con mucha frecuencia apoyndose en el
brazo de su padre, que la adoraba, pero que no tena ni las mismas
aficiones que ella ni las costumbres de la alta sociedad.

Un da que fui a su casa, y mis visitas eran contadas, me dijo:

--Quiere usted ver al seor De Nivres? Me parece que est en su
gabinete.

Llam, hizo avisar al seor De Nivres y lo interpuso entre nosotros.

Estuvo extraordinariamente hbil durante aquella visita, la primera
quizs que le haba hecho en actitud de ceremonia. El seor De Nivres
se mostr ms flexible, sin abandonar cierta reserva, que se adverta
ms evidente a medida que se iba haciendo ms sistemtica. Casi ella
sola sostuvo el peso de una conversacin que a cada momento amenazaba
agotarse y dejarnos con la boca abierta. Merced a aquel esfuerzo de
habilidad y de voluntad la comedia que representbamos lleg hasta el
final sin decaer, y no dio margen a ningn incidente que le hiciera
demasiado chocante. Recapitul a mi presencia el empleo de sus noches de
toda la semana, pero sin mi presencia, por supuesto.

-- Me acompaars esta noche?--le pregunt a su marido.

--Me pides una cosa que creo no haberte negado nunca--replic el seor
De Nivres con bastante frialdad.

Me sigui hasta la puerta de su gabinete, apoyada en el brazo de su
marido, erguida, confiada en aquel slido apoyo. Yo la salud
respondiendo exactamente al tono cordial pero fro de su despedida.

--Pobre y querida mujer--pensaba mientras de ella me iba
alejando.--Querida conciencia en que tantos temores he hecho nacer!

Y por una de esas reacciones que deshonran en un instante los mejores
impulsos, record esas estatuas apoyadas en un soporte que las mantiene
en equilibrio y que caeran inevitablemente si les faltara aquel punto
de sustentacin.




XIV


Por entonces me comunic Agustn la realizacin de un proyecto que aquel
honrado corazn acariciaba desde largo tiempo; ya recordar usted que lo
tena anunciado.

Continuaba yo viendo a Agustn, no en momentos perdidos; le buscaba por
el contrario, y le hallaba a mi disposicin cada vez--y eran
frecuentes--que experimentaba la necesidad de sumergirme en aguas ms
sanas. No poda darme consejos mejores, ni era dable que me procurase
consuelos ms eficaces. Nunca le hablaba de m--aunque mi pena egosta
transpiraba a travs de todas mis palabras;--pero su manera de vivir por
s misma constitua un ejemplo ms edificante que muchas lecciones.
Cuando estaba yo muy fatigado, muy desanimado, muy humillado por alguna
nueva cobarda, iba a l y observaba su vida, como se va a tomar idea de
la fuerza fsica asistiendo a un asalto de luchadores. No era feliz. El
xito no haba recompensado an aquel rgido y laborioso valor, ms que
con ruines favores; pero a lo menos poda confesar sus desfallecimientos
y las dificultades que se le oponan en aquellas luchas tan activas no
eran de esas que hacen subir el rubor al semblante.

Supe un da que no estaba solo.

Agustn me particip aquella novedad--que por muchas razones asuma la
gravedad de un secreto--en una larga noche de convalecencia que pas a
la cabecera de mi lecho. Recuerdo que era a fines de invierno: las
noches eran todava largas y fras, y el fastidio de volverse a su casa
tan tarde le decidi a esperar el da en mi cuarto. A media noche vino a
interrumpirnos Oliverio. Vena de un baile; traa en los vestidos como
un olor de lujo, de los ramilletes de las mujeres y del placer, y en su
semblante, un poco plegado por la vigilia, llevaba resplandores de
fiesta y cierta palidez, cierta emocin que le prestaba una elegancia
infinitamente seductora. Recuerdo que le observ durante los breves
momentos que estuvo, de pie en frente de Agustn, acabando un cigarro y
contando los luises que haba ganado entre dos valses, y acaso no hago
bien confesndole a usted que el contraste del aspecto, del traje y de
la rigidez un poco escolsticos de Agustn me entristeci por razones
casi vulgares. Me vino a la memoria lo que Oliverio haba dicho en
cierta ocasin, respecto de las personas que tienen el trabajo y la
voluntad como nico patrimonio, y detrs del espectculo
indiscutiblemente hermoso del herosmo desplegado por un hombre _que
quiere_, adverta mediocridades de existencia que me hacan temblar.
Felizmente para l, Agustn notaba poco esas diferencias y la ambicin
que tena de alcanzar posiciones elevadas, no deba nunca complicarse
con la aspiracin--nula en l--de vestirse bien, de vivir y respirar
elegancia como Oliverio.

Luego que Oliverio se fue, Agustn continu hablando de su situacin.
Era la primera vez que me haca confidencias tan amplias. No me deca
quin era la persona que en adelante llamara su compaera y objeto de
su existencia, en espera de otros deberes que en lo porvenir vea y a
los cuales sonrea codicioso. Comenz su relato en trminos tan vagos
que al principio no comprend bien cul era exactamente la calidad de
aquellos vnculos que le hacan a la vez tan preciso en cuanto a
esperanzas y tan mentalmente dichoso.

--Estoy solo, soy el nico miembro que resta de una familia que la
miseria, la desventura y muchas muertes prematuras han dispersado o
destruido. Slo me quedan parientes muy lejanos que no habitan en
Francia y sabe Dios en dnde estn. En situacin semejante, Oliverio
esperara que algn da le llegara una herencia: la descontara por
adelantado bajo la garanta de su buena estrella, y la herencia esperada
llegara a hora fija. Yo no espero nada y obro prudentemente. En una
palabra, yo no tena necesidad de acudir a nadie por motivo de un
consentimiento que tal vez habra creado algunas dificultades. He
reflexionado, he calculado las ventajas, las obligaciones, he medido el
alcance de todas las responsabilidades, he previsto los
inconvenientes--que los tienen todas las cosas, incluso la
felicidad,--me he tomado el pulso para saber si mi buena salud, si mis
fuerzas y mis nimos alcanzaran suficientemente para dos, algn da
para tres y puede ser que para varios ms; no me ha parecido que era
caro pagar con un poco ms de esfuerzo, la tranquilidad, la alegra, la
plenitud de mi porvenir y me he decidido.

--De modo que se ha casado usted?--le dije comprendiendo que se trataba
de una alianza seria y definitiva.

--Sin duda. Crea usted que le hablaba de mi querida? Amigo querido, no
tengo bastante tiempo, ni bastante dinero, ni bastante ingenio para
atender a los gastos de semejantes vinculaciones. Adems, con la mana
que ya usted me conoce de tomarlo todo en serio, las considero como un
matrimonio tan caro como los legales, que satisfacen menos aunque suelen
ser ms felices y a veces ms difciles de romper: lo que prueba una vez
ms hasta qu punto somos los hombres aficionados a los vnculos
viciosos. Son muchos los que se van para evitar el matrimonio y que, por
lo contrario, deberan casarse para romper cadenas. Tema yo ese
peligro--al cual me senta demasiado expuesto--y he tomado, como usted
ve, el buen partido. He establecido a mi mujer en el campo, cerca de
Pars, pobremente--debo decirlo,--aadi con aire de comparar la
instalacin de su casa con la de la ma, aunque ella era muy modesta--y
un poco tristemente, que por ella lo temo. Por eso apenas me atrevo a
invitarle para que venga a visitarnos.

--Cuando usted quiera--le repliqu estrechndole tiernamente la
mano,--tan pronto como consienta en presentarme a la seora de...--iba a
decir su apellido.

--He cambiado de nombre--me dijo interrumpindome.--He solicitado y
obtenido autorizacin para usar el apellido de mi madre, una excelente y
respetable mujer, cuyo recuerdo--porque la perd demasiado pronto,--vale
ms que el de mi padre a quien slo debo el accidente de mi nacimiento.

Jams se me haba ocurrido averiguar si Agustn tena familia, hasta,
tal punto tena la manera de ser de los hurfanos, es decir, el aire de
independencia y abandono, o en otros trminos el carcter de una vida
individual, sin orgenes, ni deberes, ni vinculaciones, ni dulzuras. Se
ruboriz levemente al pronunciar la frase accidente de mi nacimiento
y comprend que era ms an que hurfano.

--Le ruego--continu,--que hasta nueva orden, no me traiga a su amigo
Oliverio. No hallara en mi casa nada de lo que a l le agrada, sino una
mujer muy buena y perfectamente abnegada, que todos los das me agradece
el haberme casado con ella, que, gracias a m, ve lo porvenir de color
de rosa, que no tiene ms ambicin que verme dichoso por ahora y que se
complacer de mis xitos el da en que se los haga apreciar.

Amaneca ya y Agustn hablaba todava; apenas la claridad del crepsculo
empalideca la luz de la lmpara y haca visibles los objetos se acerc
a la ventana para baar su rostro en el aire helado de la maana. Vea
su rostro anguloso y descolorido dibujarse como una mascarilla de
sufrimiento sobre la extensin del cielo mal alumbrado por inciertos
reflejos. Su vestido era de color oscuro, toda su persona tena ese
aspecto reducido, comprimido, disminuido, por decir as, de las personas
que trabajan mucho sin moverse, y aunque estaba por encima de todo
cansancio, estiraba los flacos brazos como un obrero adormecido entre
dos tareas que se despierta al or el canto de los gallos.

--Duerma--me dijo.--He abusado con exceso de su complacencia en
escucharme. Pero permtame quedarme aqu una hora ms.

Y se sent a mi mesa para preparar un trabajo que deba quedar terminado
aquella maana misma.

No advert cundo sali de mi cuarto. Desapareci con tanto silencio que
al despertarme parecame haber soado toda una historia austera y
conmovedora cuya moraleja se diriga a m.

Aquella misma maana volvi.

--Estoy libre hoy--me dijo radiante de alegra,--y aprovecho el da para
ir a mi casa. El tiempo est muy feo, se siente usted con nimos para
acompaarme?

Haca, muchos das ya que no haba visto a Magdalena. Todo motivo para
evitar encuentros que slo daban margen a equivocaciones hirientes o
susceptibilidades desolantes, me pareca digno de ser aprovechado.

--Nada tengo que me detenga hoy en Pars--le dije.--Estoy a la
disposicin de usted.

Habitaba una casa aislada en el extremo de un pueblo, pero lo ms cerca
posible del campo. La habitacin era muy pequea, provista de persianas
verdes y de espalderas entre las ventanas, todo limpio, sencillo,
modesto como el dueo, con esa falta de comodidad que nada habra hecho
presumir tratndose de la casa de Agustn soltero, pero que estando
casado delataban desde luego la penuria. Su mujer era--como l me haba
dicho--una mujer joven y agradable: hasta puedo decir que me caus
sorpresa encontrarla ms bella que lo que me haba figurado atendiendo a
las opiniones sistemticas de Agustn sobre los atractivos exteriores de
las cosas. Con alegre sorpresa abraz a su marido a quien no esperaba
aquel da y con manera graciosa y la timidez propia de una persona a la
cual se toma desprevenida, me hizo los honores de su pequeo jardn en
el cual los jacintos comenzaban apenas a florecer.

Haca fro y yo no estaba alegre. El lugar, la estacin, la manifiesta
pobreza que trascenda de todo lo que me rodeaba y la dificultad misma
de ocupar aquel largo da lluvioso en un medio tan poco apropiado para
ofrecer comodidades, me envolvan en un ambiente de hielo. Recuerdo que
desde las ventanas se vean dos grandes molinos de viento que
sobresalan sobre las tapias del jardn, cuyas aspas grises cruzadas de
rayas oscuras giraban sin cesar delante de los ojos con una monotona
adormecedora en aquel movimiento. Agustn mismo se ocup en una porcin
de cuidados domsticos y de detalles de casa, de donde coleg que su
mujer no tena sirvienta y que ella y su marido atendan a todas las
necesidades del hogar. l se preocup de lo que poda hacer falta para
los das siguientes. Ya sabes--le dijo a su esposa,--que no volver
hasta el domingo. Ech una ojeada a la leera; la provisin de
combustible estaba agotada. Soy con usted al momento, me dijo. Se
quit la levita, tom una sierra y puso manos a la obra. Le propuse
ayudarle, acept dicindome simplemente: Con mucho gusto, mi querido
amigo; entre los dos terminaremos ms pronto. Puse empeo en aquel
trabajo que ejecut con mucha torpeza. A los cinco minutos estaba
rendido; no lo advirti, y daba yo el ltimo golpe de sierra cuando
Agustn a su vez terminaba la faena. Muchas obligaciones he cumplido en
mi vida, pero no recuerdo que ninguna me haya causado mayor
satisfaccin. Aquel pequeo esfuerzo muscular me ense lo que puede la
conciencia, ejercida en el orden de los actos morales, mantenindose
recta.

Por la tarde hubo un rato de buen tiempo que me permiti salir. Un
sendero resbaladizo a travs del monte desembocaba en el bosque que
cubra una parte del horizonte con sus sombros colores. A la parte
opuesta entre grises brumas percibase la informe masa de la ciudad,
compacta, extendida en semicrculo entre las colinas, amontonada y
humeante, manchada an por una parte de los suburbios. Por todos los
caminos que cruzaban el terreno dirigindose al gran centro de
poblacin como los rayos de una rueda convergen en el cubo, oanse el
campanilleo de los collares de los caballos, el rodar de los carros, el
chasquido de los ltigos y el eco de voces brutales. Era el feo lmite
en donde comienza la actividad del torbellino de la vida de Pars.

--Todo eso que usted ve no es bello--me dijo Agustn.--Pero, qu quiere
usted? No hay que considerar esto como una residencia de placer, sino
como un lugar de espera.

Regresamos por la noche. Las necesidades de su puesto le reclamaban.
Menester fue que gansemos a pie el lugar en donde se detena el
carruaje pblico que deba conducirnos a Pars. Por el camino Agustn me
hablaba de sus esperanzas, deca mi mujer con un aire de posesin
tranquila y segura que me haca olvidar todas las asperezas de su
carrera y me ofreca la ms perfecta expresin de la felicidad.

Le acompa, no a su alojamiento situado en la parte de Pars que l
llamaba el barrio de los libros, sino al hotel mismo del personaje de
quien, como ya le he dicho a usted, era secretario. Llam como persona
acostumbrada a considerarse hasta cierto punto en la propia casa y
cuando le vi entrar en el amplio y suntuoso patio, subir lentamente la
escalera y desaparecer en la antecmara del palacete, comprend mejor
que nunca por qu aquel joven flaco, de aspecto tan modesto y de
actitudes tan resueltas no sera en ningn caso lacayo de nadie y tuve
el sentimiento neto de su destino.

Entr en mi casa menos contristado por la impresin de las secretas
llagas que haba tenido ocasin de ver, que humillado de m mismo, por
mi impotencia para llegar a nada prctico. Hall a Oliverio
esperndome; estaba cansado y aburrido.

--Vengo de casa de Agustn--le dije.

Examin mi ropa manchada de barro, y comprendiendo que no se daba cuenta
de dnde poda salir yo en semejante estado, aad:

--Se ha casado Agustn.

--Casado...?--exclam Oliverio.

--Y por qu no?

--Eso deba suceder. Un hombre como l deba empezar por eso. Has
observado t--continu seriamente,--que hay dos categoras de hombres
que tienen furia por casarse pronto aunque su posicin los coloque en la
imposibilidad de vivir cerca de las mujeres o de mantenerlas? Te hablo
de los marinos y de los que no tienen un cntimo. Y la seora de
Agustn?

--Su mujer no se llama la seora de Agustn y vive en el campo. Hoy ha
tenido la complacencia de presentarme a ella.

Y en pocas palabras le puse al corriente de lo que me convena hacerle
conocer de la vida domstica de Agustn.

--De modo que has visto cosas que te han edificado?

Aquella resistencia a dejarse impresionar por un tal ejemplo de valerosa
probidad me desagrad y nada le contest.

--Est bueno--continu Oliverio con la amarga impertinencia que
caracterizaba sus momentos de mal humor.--Pero qu es lo que han hecho
ustedes encerrados entre aquellas cuatro paredes?

--Pues hemos serrado lea--le dije mostrndole que no bromeaba.

--Debes tener fro--dijo levantndose para dejarme;--has andado bajo la
lluvia, tus ropas mojadas transpiran los odiosos rigores de la vida
precaria y del invierno, vienes empapado de estoicismo, de miseria y de
orgullo. Aguardemos a maana para hablar ms razonablemente.

Le dej salir sin pronunciar ni una palabra ms y advert que cerr la
puerta con impaciencia. Cre comprender que tena sin duda penas ntimas
que le hacan injusto y de aquellas penas, si no saba yo cul era el
verdadero motivo, poda a lo menos adivinar la naturaleza. Figurbame
que se trataba de nuevas aventuras o de accidentes de una alianza muy
antigua y cuya duracin era ya poco probable. Saba la facilidad que
tena para desprenderse de las cosas y la impaciencia enfermiza que le
llevaba, por el contrario, a precipitarse hacia las novedades. Entre las
dos hiptesis de una ruptura o de una inconstancia, me inclinaba a
aceptar la segunda. Estaba en racha de indulgencia: la visita a casa de
Agustn me haba puesto en temple de mansedumbre. Por eso al da
siguiente por la maana entr en casa de Oliverio. Dorma o finga
dormir.

--Qu tienes?--le dije tomndole la mano como a un amigo cuyas reservas
se quiere quebrantar.

--Nada--me contest volviendo a m el rostro con seales del cansancio
de una noche de insomnio o de penosos ensueos.

--Ests aburrido?

--Siempre.

--Y qu es lo que te aburre?

--Todo--replic con evidente sinceridad.--He llegado a detestar a todo
el mundo y a m mismo ms que a nadie.

Estaba dispuesto a callar y comprend que toda pregunta no lograra ms
que subterfugios y le irritara ms sin satisfacerme.

--Cre--le dije,--que tenas algn motivo accidental de preocupacin o
de apuro y vena a poner a tu disposicin mis servicios o mis consejos.

Sonri al or esta ltima frase, que le pareci con razn irrisoria,
puesto que todos los consejos que nos habamos dado mutuamente tan poco
haban servido hasta entonces.

--Si te prestas a hacerme un servicio lo acepto--dijo.--Puedes
realizarlo sin mucho trabajo. Basta con ir a casa de Magdalena y reparar
lo mejor que puedas una necedad que comet ayer presentndome en un
lugar pblico en el que estaban ella y Julia con mi to. No iba solo
yo... Es muy posible que me hayan visto, porque Julia tiene unos ojos
que me encontraran en donde no estuviera. Te agradecera que te
aseguraras del hecho interrogando hbilmente a una y a otra. Si lo que
temo hubiera sucedido, inventa una explicacin verosmil que a nadie
comprometa, suponiendo un nombre, relaciones, costumbres, algo en fin
que recomiende a la persona que me acompaaba, pero de modo que ni mi
caro primo ni Magdalena puedan contratorcer la informacin, si por
casualidad entraran en ganas de verificarla.

Aquella misma noche vi a Magdalena. Era uno de sus viernes, da de
visitas. Me propuse cumplir nicamente la misin que Oliverio me haba
encomendado. Su nombre no fue pronunciado. No averig, pues, nada
positivo. Julia estaba un poco indispuesta. La noche antes haba tenido
un ligero acceso de fiebre a consecuencia del cual estaba todava dbil
y nerviosa. Debo advertirle a usted que ya haca tiempo el estado de
Julia me inquietaba. Haba hecho respecto de ella muchas reflexiones que
he pasado en silencio porque el inters por la preocupacin de aquella
personita, siendo muy verdadera mi afeccin por ella, desapareca--lo
confieso--envuelto en el movimiento egosta de mis propios rompederos de
cabeza.

Recordar usted quizs que la vspera misma de su boda, hablndome
solemnemente de lo que ella designaba con el calificativo de ltimas
voluntades de soltera, Magdalena haba introducido el nombre de Julia y
lo haba barajado con el mo bajo esperanzas comunes cuyo sentido era
claro. Despus, en Nivres y en Pars haba renovado la misma
insinuacin sin que Julia ni yo mostrramos la menor idea de darle
acogida. Un da, delante de su padre que sonrea dulcemente observando
aquellas ingeniosas nieras tom el brazo de su hermana, lo enlaz al
mo y luego nos contempl con expresin de verdadera alegra. Nos
mantuvo delante de ella en aquella actitud que resultaba extremadamente
embarazosa, y que no me parece que fuera ms grata para Julia; luego,
sin adivinar que entre su hermana y yo haba ms de un obstculo ya
formado que anulaba sus proyectos de unin, como habra hecho una madre,
la bes tiernamente y muchas veces dicindole: No nos separemos, mi
hermanita querida; ojal podamos no separarnos nunca!

Luego--desde el da que la atencin de Magdalena pudo despertarse en
punto al verdadero estado de mis sentimientos,--no se haba vuelto a
decir palabra sobre aquel asunto y jams tuve ni el indicio ms leve de
que Magdalena pensara en l todava. Por lo contrario, si por casualidad
surga la idea de un proyecto que sin duda la haba ocupado en otro
tiempo, pareca haberlo dado al olvido enteramente o no haberlo tenido
nunca. Algunas veces, solamente, contemplaba a Julia con una expresin
ms tierna que revelaba tristeza. Sacaba yo en consecuencia que se
haban desvanecido esperanzas que se haban hecho imposibles, y que el
porvenir de su hermana cifrado un momento en combinaciones quimricas,
la preocupaba y constitua una dificultad nueva que resolver.

En cuanto a Julia, no haba tenido que ir tan lejos. Sus sentimientos,
determinados desde un principio e invariablemente dirigidos al mismo
objeto no haban cejado. Solamente las susceptibilidades de que se
lamentaba Oliverio se acercaban ms y ms cada da y coincidan
invariablemente con una ausencia considerada larga, una palabra
demasiado viva o un aspecto ms distrado de su primo. Su salud se
alteraba. Tena la misma digna valenta que su hermana que le impeda
quejarse; pero no posea el don maravilloso de ser caritativa con los
que la lastimaban, que daba margen a que los martirios de Magdalena se
convirtieran en sacrificios. Hubirase dicho que la contrariaba el
inters que quienquiera que fuese le mostraba, excepto el de Oliverio
que de todos los intereses que pudiera esperar era el ms escaso. Antes
hubiese aceptado el implacable desdn de este ltimo que someterse a una
conmiseracin que la ofenda. Su carcter sombro hasta el exceso
presentaba de da en da ngulos ms vivos; su rostro, gesto ms
impenetrable; y en toda su persona se defina mejor el aspecto de
empecinamiento y de obstinacin en una idea fija. Hablaba cada vez
menos, sus ojos, que ya no interrogaban casi para evitar ms que nunca
el responder, pareca que hubiesen replegado la nica llama un poco viva
que los mezclaba al pensamiento de los deseos.

--No estoy satisfecha de la salud de Julia--me haba dicho Magdalena
repetidas veces.--Indudablemente est delicada y de un humor que se
disgusta con todos, hasta con los que ms la quieren. Dios sabe, no
obstante, que no es que le falte la facultad de aficionarse a la gente.

En otra poca, Magdalena no me habra hablado, ciertamente, de su
hermana en semejantes trminos. Por lo dems esta atribucin de excesiva
ternura y aquellas cualidades afectuosas puestas de relieve por
Magdalena, no se concordaban muy bien con la frialdad de las apariencias
que resultaban de las heladas maneras de Julia.

Estaba cansado de hacer conjeturas cuando diversos incidentes que no le
digo a usted me abrieron los ojos por completo. La diligencia que
Oliverio me encargara tena, pues, para m una significacin muy grave,
aunque l no me haba revelado ms que la mitad, como se hace con un
agente diplomtico a quien no se quiere enterar a fondo de ciertos
secretos. Me inform con particular cuidado del origen y de la hora de
la indisposicin de Julia. Lo que averig estaba en completa
conformidad con los informes dados por Oliverio. Magdalena era
imperturbablemente duea de sus contestaciones y hablaba de la fiebre de
su hermana como un mdico hubiera hablado.

Volv a mi casa muy tarde y hall a Oliverio levantado esperndome.

--Y bien?--me dijo vivamente como si su impaciencia se hubiera
acrecentado de pronto durante mi visita.

--Nada he averiguado--le contest.--Todo lo que s es que Julia volvi
ayer del concierto con fiebre, que la fiebre es muy alta y que est
enferma.

--La has visto?--me pregunt Oliverio.

--No--le dije usando de una mentira, porque la necesitaba para
interesarle un poco ms en la indisposicin de Julia, muy leve por
cierto.

Hizo un gesto de clera y exclam:

--Estaba seguro, me vio.

--Lo temo--dije yo.

Dio dos o tres vueltas alrededor de su cuarto caminando muy de prisa;
despus se detuvo, golpe el suelo con el pie jurando.

--Eh, bien! Tanto peor--exclam.--Tanto peor para ella! Soy libre y
hago lo que me place.

Conoca yo todos los matices del espritu de Oliverio; era raro que el
despecho llegara en l hasta la exasperacin de la clera. No cre,
pues, engaarme abordando un asunto en el que estaba comprometido el
corazn de una joven.

--Oliverio--le dije,--qu pasa entre Julia y t?

--Sucede que Julia est enamorada de m y que yo no la amo.

--Lo saba--continu yo,--y por inters de los dos...

--Te lo agradezco. No tienes que atormentarte en cuanto a m por una
cosa que no he querido, que no he fomentado, ni acogido, que no me
interesar jams, que me es tan indiferente como esto--dijo sacudiendo
en el aire la ceniza de su cigarro.--En lo que a Julia se refiere, te
permito compadecerla, porque se empea en una idea loca... Hace su
desgracia a su placer...

Estaba exasperado, hablaba muy alto y por la primera vez en su vida,
quizs, usaba de hiprboles en donde por lo ordinario sola emplear
diminutivos de palabras o de ideas.

--Qu quieres que le haga yo, despus de todo?--continu.--Es una
situacin absurda: hay otras situaciones que lo son por lo menos tanto
como sta.

--No hablemos de m--le dije, hacindole comprender que mis asuntos
propios no estaban en juego y que recriminar no era prueba de tener
razn.

--Sea; corresponde al que se ve en apuros salir de ellos sin tomar
ejemplo de otros ni consultar a nadie. Pues, bien, yo no tengo ms que
un recurso para salir de este en que estoy y es decir no, no, y siempre
no.

--Lo que no remediar nada, porque t dices no desde que te conozco y
desde que conozco a Julia quiere ser tu mujer.

Al or esta ltima frase hizo un movimiento y un gesto de verdadero
terror; despus lanz una carcajada que hubiera dejado muerta a Julia si
hubiese podido escucharla.

--Mi mujer!--exclam con una expresin de inconcebible desprecio por
una idea que le pareca insensata.--Yo el marido de Julia! Ah!...
Pero, entonces, Domingo, es que t no me conoces mejor que si nos
hubiramos encontrado por vez primera hace una hora nada ms? Primero te
dir por qu jams me casar con Julia y luego te explicar por qu
nunca me casara con ninguna otra, quienquiera que fuese. Julia es mi
prima, razn quizs, para que me guste un poco menos que cualquiera
mujer extraa. La conozco de toda mi vida; puede decirse que hemos
dormido en la misma cuna. Hay personas a las cuales esta casi
fraternidad las seducira. A m la sola idea de casarme con una mujer a
la cual he visto jugar con las muecas me parece tan cmica como la de
acoplar dos juguetes. Es bonita, no es tonta, tiene tan buenas
cualidades como quieras. Adorndome a pesar de todo--y Dios sabe si me
hago adorable yo!--sera constante a toda prueba, me rendira verdadero
culto, sera la mejor de las esposas. Estando satisfecha sera todo
dulzura; sintindose feliz se tornara encantadora. Pero no la amo, no
la amo y no quiero nada de ella... Si esto contina llegar a
odiarla--dijo exasperndose de nuevo.--Por otra parte, la hara
desdichada, horriblemente desdichada; vaya un porvenir! Al da
siguiente de la boda estara celosa y no tendra razn. Pero seis meses
despus la tendra y le sobrara. Y la plantara en ese punto: sera
implacable. Me conozco y estoy seguro de eso. Si esto contina, me
marchar: huir al fin del mundo. Se me vigila, se me siguen los pasos,
se averigua que tengo queridas, y mi futura mujer es mi espa.

--No tienes razn, Oliverio--le dije interrumpindole vivamente.--Nadie
espa tus pasos. Nadie conspira con la pobre Julia para apoderarse de tu
voluntad y llevarla atada de pies y manos. Yo no he hecho ms que
formular un deseo: el de que Julia y t os entendierais un da; en eso
vea para ella una dicha segura y para ti ventajas que no veo en ninguna
otra parte.

--Dicha segura para Julia y para m ventajas nada ms! Maravilloso!...
Si eso pudiera ser tus conclusiones representaran mi salvacin. Pues,
bueno, te declaro una vez ms que te conviertes en instrumento de la
desventura de Julia ya que para evitarle una decepcin definitiva seras
capaz de convertirme en un cobarde criminal y la mataras. No la amo!
Lo quieres ms claro? Ahora bien, sabes t lo que se entiende por amor
o desamor: son dos ideas contrarias que corresponden a iguales energas,
a la misma imposibilidad de ser gobernados. Prueba a olvidar a
Magdalena, yo intentar adorar a Julia y veremos quin de los dos
llegar antes al fin propuesto. Registra mi corazn por arriba, por
abajo, escarba en l con el ms curioso afn, breme las venas, y si
encuentras una sola pulsacin que se asemeje a la simpata, el ms leve
rudimento del cual se pueda decir que puede ser amor algn da, llvame
a Julia sin esperar un momento y me caso con ella; si no, no me hables
ms de esa nia que me es insoportable y...

Se detuvo, no porque haba agotado sus argumentos--que los elega en un
arsenal inagotable--como si se calmara de sbito por una reaccin
instantnea sobre s mismo. Nada igualaba en Oliverio al temor de
parecer ridculo, al cuidado que posea en no decir mucho o demasiado
poco, al sentido riguroso de la medida. Escuchndose advirti que haca
un cuarto de hora que estaba divagando.

--Palabra de honor--exclam,--me vuelves imbcil, me haces perder la
cabeza. Ests delante de m con la sangre fra de un confidente de
comedia y yo parece que te estoy dando el espectculo de un sainete
trgico.

Despus se acomod en una butaca, se coloc en la posicin de un hombre
que se prepara no ya a perorar, sino a discurrir sobre ideas ligeras y
cambiando de tono tan pronto y tan completamente como habra cambiado de
actitudes y parpadeando un poco, con la sonrisa en los labios,
prosigui:

--Es posible que llegue a casarme. No lo creo, pero hablando con
prudencia te dir, si quieres, que en lo porvenir todo puede ser
admitido: se han visto conversiones ms asombrosas. Corro en pos de algo
que no encuentro. Si alguna vez ese algo se me apareciera en forma que
me sedujese, ornado de un nombre que constituyera una alianza agradable
con el mo, cualquiera que fuera, por otra parte, la fortuna, podra
suceder que hiciera una locura, porque lo sera en cualquier caso; pero
sta, a lo menos, sera a mi gusto y no me habra sido inspirada ms que
por mi capricho. Por el momento me propongo vivir a mi modo. Toda la
cuestin est en eso: encontrar lo que conviene a nuestra manera de ser
y no copiar la dicha de nadie. Si nos propusiramos los dos cambiar los
papeles t no querras nunca representar el mo y yo aun me vera ms
apurado para interpretar el tuyo. Por ms que digas, a ti te gustan las
novelas, las complicaciones, las situaciones escabrosas; tienes
exactamente la fuerza necesaria para rozar las dificultades sin averas
y bastante debilidad para saborear delicadamente las angustias. T te
procuras todas las emociones extremas, desde el miedo de ser un mal
hombre hasta el placer orgulloso de reconocerte casi hroe. Tu
existencia est trazada y yo la veo desde aqu: irs hasta el fin,
llevars tu aventura tan lejos como se pueda ir sin cometer una infamia,
acariciars siempre la deliciosa idea de verte a dos dedos de una falta
y evitarla. Quieres que te lo diga todo?... Magdalena un da caer en
tus brazos pidindote gracia, t tendrs la alegra sin igual de ver a
una santa criatura desvanecerse de languidez a tus pies; t la
evitars--seguro estoy--y con la muerte en el alma te alejars y
llorars su prdida durante aos enteros.

--Oliverio--le dije,--calla por respeto a Magdalena si no lo haces por
piedad de m.

--He concluido--replic sin la ms leve emocin;--lo que te digo no es
un reproche, ni una amenaza, ni una profeca, porque de ti depende hacer
que me equivoque. Quiero slo mostrarte en qu diferimos y convencerte
de que la razn no est de ningn lado. A m me gusta ser muy claro en
mi vida; he sabido siempre en casos semejantes lo que otros arriesgaban
y lo que yo mismo pona en riesgo. Por fortuna, ni de una ni de otra
parte se expona nada muy preciado. Me gustan las cosas que se deciden
prontamente y en igual forma se desenlazan. La felicidad, la verdadera
dicha, es en m una leyenda. El paraso de este mundo se cerr sobre los
pasos de nuestros primeros padres; he ah cuarenta y cinco mil aos que
viene el hombre conformndose con semiperfecciones, semifelicidades y
semimedios. Conozco la verdad de los apetitos y de las alegras de mis
semejantes. Soy modesto, estoy profundamente humillado por no ser ms
que un hombre, pero me resigno. Sabes cul es mi gran preocupacin?
Matar el aburrimiento. Quien fuera capaz de hacerle ese servicio a la
humanidad sera el verdadero destructor de monstruos. Lo vulgar y lo
fastidioso, toda la mitologa de los paganos groseros no ha imaginado
nada ms sutil ni ms espantoso. Se asemejan mucho en que el uno y el
otro son feos, chatos y plidos aunque multiformes y que ellos dan de la
vida ideas capaces de hacerla repugnante desde el primer da que en ella
se pone el pie. Adems, son inseparables y forman una pareja horrorosa
que no todo el mundo ve. Desgraciados aquellos que siendo an jvenes
se dan cuenta de que existen!... Yo los he conocido siempre: estaban en
el colegio; all pudiste conocerlos tambin t; no dejaron de habitarlo
ni un slo da durante los tres aos de vulgaridad y de mezquindades que
en l pas. Perdona que te lo diga: a veces iban a casa de tu ta y a la
de mis primas. Haba olvidado casi que habitaban en Pars y contino
huyendo de ellos, lanzndome al bullicio en pos de lo imprevisto, del
lujo con la idea de que esos dos pequeos espectros burgueses,
parsimoniosos, tmidos, rutinarios, no me seguirn por ese camino. Ellos
dos solos han hecho ms vctimas que muchas pasiones calificadas de
mortales: conozco sus costumbres homicidas y les tengo miedo...

As continu hablando en tono semiserio, exponiendo ideas que equivalan
a la confesin de errores insanables y hacindome temer vagamente
desanimaciones cuya solidez ya conoce usted.

--Irs a saber noticias de Julia?--le pregunt.

--S, en la antesala.

--La volvers a ver?

--Lo menos posible.

--Has previsto lo que te espera?

--He previsto que se casar con otro o se quedar soltera.

--Adis--le dije, aunque todava no haba salido de mi cuarto.

--Adis--me replic.

Y nos separamos despus de esta ltima palabra que no afect en el fondo
a nuestra amistad, pero que quebr todo, sin ms ruido, secamente, como
se rompe un vaso.




XV


Haca ms de un mes que no haba visto a Magdalena cinco minutos
seguidos sin testigos y ms tiempo todava que no haba obtenido de ella
nada que se pareciera a sus amenidades de otra poca. Un da la hall
por casualidad en una calle desierta del barrio en que yo habitaba.
Estaba sola e iba a pie. Toda la sangre de su corazn refluy hacia sus
mejillas cuando me vio, y tuve necesidad, por cierto, de toda mi
resolucin, para no correr a su encuentro y estrecharla entre los brazos
en plena calle.

--De dnde viene y a dnde va?

Esta fue la primera pregunta que le dirig vindola extraviada y como
aventurndose en una parte de Pars, que deba ser el fin del mundo para
la condesa De Nivres.

--Voy a dos pasos de aqu--me respondi con un poco de cortedad,--a
hacer una visita.

Y nombr a la persona a cuya casa iba.

--Que sea o no recibida--aadi,--separmonos. Es bueno que no se nos
vea juntos. No hay nada de insolente en sus procederes. Ha hecho usted
tales locuras que en lo sucesivo me corresponde a m el ser prudente.

--La dejo a usted--dije saludndola.

--A propsito--continu Magdalena en el instante que me alejaba.--Esta
noche voy al teatro con mi padre y mi hermana. Hay un lugar para usted
si lo quiere.

--Permtame usted...--dije fingiendo reflexionar sobre compromisos que
no tena.--Esta noche no estoy libre.

--Haba pensado--aadi con la dulzura de nio tomado en
falta.--Esperaba...

--Me es absolutamente imposible--respond con una sangre fra cruel.

Hubirase dicho que me causaba placer devolvindole capricho por
capricho y torturndola.

Por la noche, a las ocho y media entraba yo en su palco. Empuj la
puerta lo ms suavemente posible; ella tuvo la sensacin de que era yo
porque afect el no volver siquiera la cabeza. Permaneci por entero
ocupada de la msica, los ojos fijos en el escenario. Slo cuando lleg
el primer descanso de los cantantes pude acercarme a ella y obligarla a
recibir mi saludo.

--Vengo a pedirle un lugar en su palco--le dije ponindola a medias en
una mentira,--a menos que ese puesto no est destinado al seor De
Nivres.

--El seor De Nivres no vendr--respondi Magdalena volvindose del
lado de la platea.

Se pona en escena una obra maestra, inmortal. Cantantes incomparables,
que ya han desaparecido, ponan en ella transportes de entusiasmo. El
auditorio estallaba en aplausos frenticos. Aquella maravillosa
electricidad de la msica apasionada, remova como con la mano, la musa
de cerebros pesados o de corazones distrados y comunicaba al ms
insensible de los espectadores aires de inspirado. Un tenor, cuyo
nombre por s solo era un prestigio, lleg cerca del proscenio, a dos
pasos de nosotros. Se mantuvo un momento en la actitud recogida, un poco
torpe del ruiseor que va a cantar. Era feo, gordo, estaba mal vestido,
sin atractivo, otra semejanza con el _virtuoso_ alado. Desde las
primeras notas hubo en la sala un ligero estremecimiento, como en un
bosque en donde las hojas palpitan. Jams me pareci tan extraordinario
como aquella noche, velada nica y ltima en que quise orle. Todo era
selecto, hasta el idioma fluido, ondulante y rimado que presta a la idea
choques sonoros y hace del vocabulario italiano un libro de msica.
Cantaba el himno eternamente tierno y lamentoso de los amantes que
esperan. Una a una en melodas nunca odas, desarrollaba todas las
tristezas, todos los ardores, y todas las esperanzas de los corazones
muy enamorados. Hubirase dicho que se diriga a Magdalena, tan
directamente nos llegaba su voz penetrante, emocionada, discreta como si
aquel cantor sin entraas hubiera sido confidente de mis propios
dolores. Cien aos habra yo buscado en el fondo de mi pecho torturado y
abrasado, antes de encontrar una sola palabra que valiese un suspiro de
aquel melodioso instrumento que deca tantas cosas y no senta ninguna.

Magdalena le escuchaba anhelante. Yo estaba detrs de ella tan cerca
como permita el respaldo de su butaca, en el cual me apoyaba. De cuando
en cuando se echaba atrs hasta el punto de que sus cabellos me barran
los labios. No poda hacer un gesto de mi lado, que yo no sintiera en
seguida su aliento desigual y lo respiraba como un ardor ms. Tena los
dos brazos cruzados sobre el pecho, acaso para contener los latidos de
su corazn. Todo su cuerpo inclinado hacia atrs obedeca a
palpitaciones irresistibles, y cada inspiracin de su pecho
comunicndose de su asiento a mi brazo me imprima un movimiento
convulsivo en todo parecido al de mi propia vida. Era para creer que el
mismo aliento nos animaba a la vez en una existencia indivisible y que
la sangre de Magdalena, no la ma ya, circulaba en mi corazn
enteramente desposedo por amor.

En aquel instante sintiose un poco de ruido en un palco situado al otro
extremo de la sala y en l entraron dos mujeres solas, vestidas con gran
lujo y llegando tarde para causar ms efecto. Apenas sentadas, empezaron
a manejar los gemelos y sus ojos se detuvieron en Magdalena. Esta,
involuntariamente, hizo como ellas. Hubo por un segundo un cambio de
observacin escudriadora que me hel de espanto, porque al primer golpe
de vista haba reconocido un rostro testigo de antiguas debilidades y al
encontrarlo de nuevo causa de recuerdos detestados. Al fijarme en
aquellos ojos fijos en nosotros, tuvo Magdalena una sospecha? Lo creo,
porque se volvi de pronto como para sorprenderme. Yo sostuve el fuego
de su mirada, el ms inmediato y ms clarividente que jams he
afrontado. Si se hubiese tratado de su vida no habra yo estado ms
resuelto a un acto de temeridad que me exigi el mayor esfuerzo. El
resto de la velada se pas mal. Magdalena pareca menos ocupada de la
msica, distrada por una idea molesta, como si aquel encuentro y
aquella permanencia cara a cara la importunasen. Una o dos veces
todava, trat de aclarar las dudas; despus qued extraa a todo lo que
en torno de ella suceda y comprend que se retiraba al fondo de su
pensamiento.

La conduje hasta su coche y llegados a l, el estribo bajo y Magdalena
envuelta en su abrigo de pieles, le dije:

--Me permite usted acompaarla?

No haba contestacin que darme sobre todo a presencia del seor D'Orsel
y de Julia. La pregunta era, por otra parte, de las ms sencillas. Sub
casi antes que ella me lo permitiera.

No se pronunci ni una palabra durante el trayecto sobre el pavimento
ruidoso al paso rpido y sonoro de los caballos. El seor D'Orsel
tarareaba recordando la obra. Julia me observaba con disimulo y luego
pegaba el rostro a los cristales y miraba a la calle. Magdalena, medio
acostada como habra estado sobre una silla larga, ajaba con mano
nerviosa un enorme ramillete de violetas que toda la noche me haba
embriagado. Vea yo el extrao fulgor febril de sus ojos fijos. Sentame
presa de profunda turbacin, senta distintamente que haba de ella a m
algo muy grave, como un decisivo debate.

Baj la ltima y aun tena su mano en la ma cuando ya el seor D'Orsel
y Julia suban la escalera del hotel. Dio un paso para seguirlos y dej
caer el ramillete. Fing no advertirlo.

--Mi ramo, hace usted el favor?

Se lo tend sin decir ni una palabra: hubiera sollozado. Lo tom, lo
llev rpidamente a sus labios, lo mordi con furor como si quisiera
despedazarlo.

--Me martiriza usted y me desgarra--dijo en voz baja con un acento de
suprema desesperacin; luego, con un movimiento que no puedo describir,
arranc las dos mitades del ramillete, se qued con una y me arroj, por
decirlo as, la otra mitad a la cara.

Yo ech a correr como un loco, en plena noche, llevando como un jirn
del corazn de Magdalena aquel manojillo de flores en que haba ella
puesto sus labios e impreso mordeduras que yo saboreaba como besos.
Caminaba al azar, ebrio de alegra, repitindome una frase que me
deslumbraba como la luz de un sol naciente. No me preocupaba ni de la
hora ni de las calles. Despus de haberme extraviado diez veces en el
barrio de Pars que conoca mejor llegu a los muelles. No encontr en
ellos a nadie.

Pars entero dorma como duerme de tres a seis de la maana. La luna
alumbraba los muelles desiertos, huyendo hasta perderse de vista. Apenas
haca fro: estbamos en marzo. El ro tena estremecimientos de luz que
lo blanqueaban y corra sin hacer el ms leve ruido entre sus altas
riberas pobladas de rboles y de palacios. A lo lejos se hunda la
ciudad populosa con sus torres, sus medias naranjas, sus flechas, en las
cuales pareca que estaban encendidas las estrellas como faros, y el
Pars central dormitaba confusamente extendido bajo las brumas. Aquel
silencio y aquella soledad elevaron hasta el colmo el sentimiento sbito
que me vena de la vida, de su grandeza, de su plenitud y de su
intensidad. Record lo que haba sufrido, entre las multitudes o en mi
casa, siempre aislado y sintindome perdido, en la mediana, y
continuamente abandonado. Comprend que aquella larga enfermedad no
dependa de m, que toda pequeez era el hecho de la falta de felicidad.
Un hombre es todo o no es nada--me deca.--El ms pequeo se torna el
ms grande, el ms msero puede dar envidia... Y me pareca que mi dicha
y mi orgullo llenaba Pars.

Forj ensueos insensatos, proyectos monstruosos que no tendran
excusa si no hubieran sido concebidos en un acceso de fiebre.
Quera ver a Magdalena aquel da, a todo trance. Ya no habr--me
deca--subterfugios, ni disfraces, ni habilidad, ni barreras que
prevalezcan sobre lo que yo quiero y contra la certidumbre que tengo.
Llevaba en la mano las flores rotas, las miraba y las cubra de besos,
las interrogaba como si guardasen el secreto de Magdalena, las
preguntaba qu haba dicho ella cuando las desgarraba, si eran caricias
o insultos... Y no s qu sensacin desenfrenada me replicaba que
Magdalena estaba perdida y que ya no tena ms que atreverme.

Al da siguiente corr a casa de Magdalena. Haba salido. Volv los das
siguientes: no haba medio de encontrarla. Adquir la conviccin de que
no responda de s misma y recurra a medios de defensa que fuesen a
toda prueba.

Tres semanas, sobre poco ms o menos, transcurrieron as, en lucha
contra puertas cerradas y en un estado de exasperacin que me pona al
nivel de una bestia extraviada obstinndose en salvar vallas.

Una tarde me lleg un billete. Lo mantuve un momento cerrado, suspendido
delante de mis ojos, como si l contuviera mi destino.

* * *

Si tiene usted la ms leve amistad para m--me deca Magdalena,--no se
obstine en perseguirme; me hace usted mal intilmente. Mientras tuve la
esperanza de salvarle de un error y de una locura, nada que pudiera dar
resultado economic. Hoy me debo a otros cuidados que haba abandonado
con exceso. Proceda como si no habitara usted en Pars a lo menos por
algn tiempo. De usted depende que le diga adis o hasta la vista.

* * *

Aquella despedida trivial, de una sequedad perfecta, me caus el efecto
de un derrumbe. Despus, al abatimiento sucedi la clera. Y acaso la
clera fue lo que me salv. Ella me prest energas para reaccionar y
adoptar un partido extremo. Aquel mismo da escrib dos o tres cartas
diciendo que me ausentaba de Pars. Me mud de casa, fui a ocultarme en
un barrio alejado, llam en mi auxilio lo que me quedaba de razn, de
inteligencia y de amor al bien, y volv a empezar una nueva prueba cuya
duracin no saba, pero que en cualquier caso deba ser la ltima.




XVI


Este cambio se oper de la noche a la maana y fue radical. No era ya el
momento de vacilar y enfriarse. Tena horror a las medias tintas. Me
gustaba la lucha. La energa superabundaba en m. Rechazada en una
parte, mi voluntad tena necesidad de revolverse en otro sentido, de
buscar un nuevo obstculo que vencer, en pocas horas, por decir as, y
lanzarse sobre l. El tiempo se me haca eterno. Aparte toda cuestin de
tiempo me senta, si no envejecido, a lo menos muy maduro. No era yo un
adolescente a quien el menor pesar clava, todo dolorido, sobre las
blandas pendientes de la juventud. Era un hombre orgulloso, impaciente,
herido, aguijoneado por los deseos y las pesadumbres, que caa, de
repente, en lo mejor de su vida--como un soldado al medioda de la
jornada decisiva,--con el corazn henchido de agravios, el alma amargada
por la impotencia, el cerebro en plena explosin de proyectos.

No volv a poner los pies en el mundo, a lo menos en aquella parte de la
sociedad en donde arriesgaba hacerme notar y encontrar recuerdos, que me
hubieran tentado. No me encerr tampoco demasiado estrecho porque
hubiera muerto ahogado; pero me circunscrib en un crculo de hombres
activos, estudiosos, especiales, absortos, enemigos de quimeras, que se
dedicaban a la ciencia, a la erudicin o al arte como aquel ingenuo
Florentn que cre la perspectiva y por las noches despertaba a su mujer
para decirle: Qu dulce son es la perspectiva! Desconfiaba de los
extravos de la imaginacin y la puse en orden. En cuanto a mis nervios,
que yo haba cuidado tan voluptuosamente hasta entonces, los castigaba
de la manera ms ruda por el desprecio a todo lo que es enfermizo y el
propsito firme de no estimar ms que lo que es robusto y sano.

La claridad de la luna a orillas del Sena, el sol dulce, los ensueos
asomado a la ventana, los paseos bajo los rboles, el malestar o el
bienestar causados por un rayo de sol o por una gota de lluvia, las
asperezas del genio que me ocasionaba el aire un poco vivo y los buenos
pensamientos que me inspiraba la ausencia de viento, todas esas
blanduras de corazn, esa esclavitud del espritu, esas sensaciones
exorbitantes fueron examinadas y del examen result decretar que eran
indignas de un hombre, y romp todos aquellos hielos que me envolvan en
un tejido de influencias y de fragilidades.

Haca una vida muy activa. Lea enormemente. No me malgastaba, me
economizaba. El sentimiento repulsivo de un sacrificio se combinaba con
el atractivo de un deber que tena que llenar con respecto a m mismo.
Obtena de esto cierta satisfaccin sombra que no era alegra, menos
an plenitud, pero que mucho se asemejaba a lo que debe ser el altanero
placer de un voto monacal bien cumplido. No juzgaba que hubiera nada
pueril en una reforma que tena causa tan grave y que poda tener un
resultado muy serio. Hice de mis lecturas lo mismo que haba hecho de
otras mil cosas: considerndolas como alimento importantsimo de mi
espritu, las expurgaba. Ya no senta la necesidad de aclaraciones en
asuntos del corazn. No mereca la pena de reconocerme en libros
conmovedores cuando hua de m mismo. Tena que encontrarme mejor o
peor; si mejor, la eleccin era superflua y, si peor, era un ejemplo que
no deba ser buscado. Me formaba, por decir as, una especie de
coleccin saludable entre lo que el talento humano ha dejado de ms
fortificante, ms puro, desde el punto de vista moral, ms ejemplar en
materia de raciocinio. En fin, le haba prometido a Magdalena poner a
prueba mis fuerzas y quera mantener mi promesa aunque slo fuera para
demostrarle que haba en m potencialidad sin empleo y para que pudiese
medir bien la duracin y la energa de una ambicin que no era en el
fondo ms que amor convertido.

Al cabo de algunos meses de este rgimen inflexible, llegu a un estado
de salud artificial y de solidez de espritu que me pareca apropiada
para emprender mucho. Comenc por saldar mis cuentas con el pasado. Ya
sabe usted que haba tenido la mana de los versos. Sea por complacencia
involuntaria de los das amables y aorados, sea por avaricia, no quise
que aquella parte viviente de mi juventud fuera enteramente destruida.
Me impuse la tarea de revolver aquel viejo repertorio de cosas
infantiles y de sensaciones apenas despertadas. Fue una especie de
confesin general indulgente, pero firme, sin ningn peligro para una
conciencia que se juzga. De aquellos innumerables pecados de otra edad
compuse dos tomos. Les puse un ttulo que determinaba el carcter un
poco primaveral de la obra. Los encabec con un prefacio ingenioso que
deba, por lo menos, ponerlos a cubierto del ridculo y los publiqu sin
firma. Aparecieron y desaparecieron. No esperaba ms de ellos. Nada hice
para salvarlos del total olvido, convencido de que toda cosa que es
abandonada merece serlo y que no hay un solo rayo de verdadero sol
perdido en todo el universo.

Hecho este barrido de conciencia, me ocup de tareas menos frvolas. Se
haca entonces mucha poltica por doquier y particularmente en el medio
observador en que yo actuaba. Haba en el ambiente de aquella poca una
multitud de ideas en estado de nebulosa, problemas en estado de
esperanzas, generosidades en movimiento que deban condensarse ms tarde
y formar lo que ahora se llama el cielo tempestuoso de la poltica
moderna.

Mi imaginacin casi desarbolada, pero no del todo apagada, encontraba en
aquel objetivo algo que la seduca. La posicin de hombre de Estado
era--en la poca de que le hablo a usted,--el coronamiento necesario,
hasta cierto punto, el advenimiento al ttulo de hombre til para todo
aquel que tena gran capacidad intelectual, talento o sencillamente
ingenio. Me enamor de la idea de llegar a ser til despus de haber
sido daino tanto tiempo. Y la ambicin de ser ilustre tambin me
invadi poco a poco--pero, sabe Dios por qu!--Comenc por hacer una
especie de estada en la antecmara misma de los asuntos pblicos, es
decir en medio de un pequeo parlamento compuesto de jvenes voluntades
ambiciosas, de muy jvenes abnegaciones dispuestas a ofrecerse, en el
cual se reproducan en diminutivo una parte de las polmicas que
agotaban entonces a toda Europa. Alcanc xitos, puedo decirlo sin
orgullo hoy que nuestro parlamento mismo est olvidado. Me pareca que
mi camino estaba trazado. En l hallaba medio de desplegar la actividad
devoradora que me consuma. No s qu insuperable esperanza me quedaba
de volver a encontrar a Magdalena. No me haba dicho adis o hasta la
vista? Entenda que me vera mejor transformado, con un brillo ms vivo
para ennoblecer mi posicin. Todo se mezclaba as entre los estmulos
que me aguijoneaban. El encarnizado recuerdo de Magdalena zumbaba en el
fondo de mis ambiciones y momentos haba en que no me era dado
distinguir en mis prematuros ensueos de podero, lo que emanaba del
filntropo y lo que proceda del enamorado.

Todas aquellas ideas y sentimientos las resum en un libro que apareci
bajo un nombre supuesto. Pocos meses despus publiqu otro. Los dos
tuvieron ms resonancia que la que yo esperaba. En poco tiempo estuve a
punto de ver trocada en celebridad la oscuridad en que estaba. Saboreaba
con delicia el placer vanidoso, furtivo y absolutamente ntimo, de orme
alabado en la personalidad de mi pseudnimo. El da que el xito fue
indiscutible le llev mis dos libros a Agustn. Me abraz de todo
corazn, me declar que tena un gran talento, se asombr de que se
hubiera revelado de golpe y tan pronto y me predijo como cosa infalible,
una posicin moral, capaz de enloquecerme. Me propuse que Magdalena
gozase los primeros augurios de mi celebridad y le mand mis libros al
seor De Nivres. Le rogaba que no me hiciera traicin; le daba
explicaciones plausibles de mi retirada: era excusable desde el momento
que estaba demostrado que haba tenido un objeto.

La contestacin del seor De Nivres no contena ms que frases de
agradecimiento y elogios calcados sobre los que corran en el pblico.
Magdalena no aada ni una palabra a las de su marido.

La leve turbacin de mi espritu que sigui al dichoso comienzo de mi
vida literaria se desvaneci muy de prisa. A la efervescencia excitada
por una produccin pronta, arrastradora, casi irreflexiva, sucedi una
gran calma, es decir, un momento de serenidad y de examen singularmente
lcido. Haba en m un antiguo _yo mismo_ de quien ya hace largo tiempo
que no le hablo a usted, que callaba pero que sobreviva. Aprovech
aquel momento de reposo para reaparecer usando un severo lenguaje. Con
los avasallamientos de mi corazn me haba emancipado por completo. l
volvi a ocupar su alta posicin en cuanto se trat de asuntos ms
discutibles y se dio a deliberar framente los intereses ms positivos
de mi espritu. En otros trminos: analic con calma lo que de legtimo
haba en el fondo de mi xito, y preciso era que en conclusin estimara
si en ello exista razn para animarme. Hice el balance--muy
definitivo--de mi saber, es decir, de los recursos adquiridos y de mis
dones, o lo que es igual, de mis fuerzas vivas, compar lo ficticio con
lo nativo, pes lo que perteneca a todo el mundo y lo poco que haba
mo propio. El resultado de esta crtica imparcial, hecha tan
metdicamente como una liquidacin de negocios, fue que yo era un hombre
distinguido y mediocre.

Haba sufrido decepciones ms crueles: aquella otra no me caus la ms
leve amargura. Por otra parte, apenas si era tal decepcin. Para muchos
habra sido ms que satisfactoria aquella situacin. Yo la consideraba
de muy diferente modo. Ese pequeo monstruo moderno que Oliverio llamaba
lo vulgar, que le causaba tanto horror y que le condujo ya sabe usted
a dnde, lo conoca yo tan bien como l bajo otro nombre. Habitaba tan
bien en la regin de las ideas como en el mundo inferior de los hechos.
Haba sido el genio malhechor de todos los tiempos y era una llaga del
nuestro. Haba en derredor mo una perversin de ideas con respecto a la
cual nunca me haba dejado engaar. No me revolva contra las
adulaciones que, despus de todo, no podan ya hacerme cambiar de
opinin en ningn caso: las acoga como inocente expresin del juicio
pblico en una poca en que la abundancia de lo mediocre haba tornado
indulgente al gusto embotando el sentido acerado de las cosas
superiores. La opinin me pareca perfectamente equitativa en cuanto a
m, aunque hiciera yo a la vez que mi proceso tambin el suyo.

Recuerdo que un da ensay una prueba ms convincente que todas las
dems. Tom de mi biblioteca cierto nmero de libros contemporneos y
procediendo poco ms o menos como la posteridad proceder antes de
acabarse el siglo, ped a cada uno cuenta de sus ttulos a la duracin y
sobre todo del derecho que tenan para llamarse tiles. Advert que
llenaban muy poco la primera condicin que hace vivir una obra, eran muy
poco necesarios. Muchos haban servido de pasajera diversin a sus
contemporneos sin ms resultado que agradar y caer en el olvido.
Algunos tenan un falso aspecto de necesidad que engaaba, vistos de
cerca, pero que lo futuro se encargar de definir. Un nmero muy
pequeo--me qued asustado--posean ese raro, absoluto e indudable
carcter, en el cual se reconoce toda una creacin divina y humana, de
poder ser imitada pero no suplida y de hacer falta a las necesidades de
las gentes si se la supone ausente. Aquella especie de juicio pstumo,
ejercido por el ms indigno sobre tantos espritus elegidos, me demostr
que no sera yo nunca del nmero de los absueltos de culpa y pena.
Aquel que tomaba en su barca los hombres meritorios me habra dejado
ciertamente en la otra orilla del ro: y en ella me qued.

Otra vez ms atrajo la atencin del pblico mi nombre o por lo menos el
de mi imaginario personaje, y fue la ltima. Me pregunt entonces qu
era lo que me quedaba que hacer y me cost algn tiempo resolverlo.
Haba para eso una dificultad de primer orden. Mi existencia desligada
de muchas vinculaciones--como usted ha visto--y desengaada de muchos
errores ya no penda ms que de un hilo, el cual aunque horriblemente
estirado y ms resistente que nunca, segua sujetndome y no imaginaba
que nada pudiera quebrarlo.

Ya apenas oa a nadie hablar de Magdalena aparte Oliverio a quien vea
muy poco, y Agustn a quien ella haba atrado a su casa, sobre todo
despus que yo desaparec. Saba vagamente cul era el empleo de su vida
exterior: que haba viajado y despus vivido algn tiempo en Nivres;
que luego haba recobrado dos o tres veces sus costumbres en Pars, para
abandonarlas otra vez casi sin motivo y como bajo el imperio de un
malestar que se traduca en una perpetua inestabilidad de carcter y
como una necesidad de cambiar de lugares. Algunas veces la haba visto,
pero tan furtivamente y a travs de tan gran turbacin, que en cada una
de aquellas ocasiones me haba parecido que era vctima de un ensueo
penoso. De aquellas fugaces apariciones me quedaba la impresin de una
imagen extraa, de un rostro ajado como si los negros colores de mi alma
se hubieran desteido sobre aquella radiante fisonoma.

Por aquella poca tuve una gran emocin. Haba una exposicin de pintura
moderna. Aunque muy ignorante de una bella arte en punto a la cual
tena el instinto sin la ms leve cultura, y de la que hablaba tanto
menos cuanto ms la respetaba, iba algunas veces a perseguir
observaciones de otros que me enseaban a conocer bien mi poca y hacer
comparaciones que no me alegraban nada. Un da vi un grupito de
personas--que deban ser conocedoras--discutiendo delante de un cuadro.
Era un retrato de medio cuerpo concebido en un estilo antiguo, con fondo
oscuro: el vestido indeciso y sin ningn accesorio, dos manos
esplndidas, la cabellera medio perdida, la cabeza presentada de frente,
firme de contornos, grabada sobre el lienzo con la precisin de un
esmalte y modelada yo no s de qu manera sobria, amplia y sin embargo
velada, que daba a la fisonoma incertidumbres extraordinarias y haca
palpitar un alma emocionada en el vigoroso dibujo de las facciones tan
firme y resuelto como el grabado de una medalla. Me qued anonadado
delante de aquella efigie espantosa de realidad y de tristeza. La firma
era la de un ilustre pintor. Recorr el catlogo y encontr las
iniciales de la seora De Nivres. No haba yo menester de aquel
testimonio. Magdalena estaba all, delante de m, fija en m la mirada;
pero, con qu ojos, en qu actitud, con qu palidez y qu misteriosa
expresin de espera y de amarga pena!

En poco estuvo que no lanzara un grito y no s cmo logr contenerme lo
bastante para no darle a la gente el espectculo de una locura. Me
coloqu en primera fila apartando a todos aquellos curiosos que nada
tenan que hacer entre aquel retrato y yo. Para tener el derecho de
examinarlo desde ms cerca y ms largo tiempo imit el gesto, las
actitudes, la manera de mirar y hasta las pequeas exclamaciones de
aprobacin de los aficionados prcticos en la materia de arte
pictrico. Fing apasionarme por la obra del pintor cuando en realidad
no apreciaba ni adoraba otra cosa que el modelo. Volv al siguiente da
y los sucesivos, me deslizaba muy temprano a lo largo de las galeras
desiertas, vea el retrato desde lejos como a travs de una nube tomando
vida a cada paso que yo avanzaba hacia l. Llegaba, todo artificio
apreciable desapareca: era Magdalena ms y ms triste, ms y ms fija
en no s qu terrible ansiedad henchida de ensueos. Le hablaba, le
refera todas las cosas fuera de razn que me torturaban el alma desde
haca cerca de dos aos, le peda gracia para ella y para m. Le
suplicaba que me recibiera, que me permitiese volver a ella. Le contaba
mi vida entera con el ms lamentable y el ms legtimo de los orgullos.
Haba momentos en que el fugitivo modelado de las mejillas, el brillo de
los ojos, el indefinible dibujo de la boca daban a la muda efigie
movilidades que me causaban miedo. Hubirase dicho que me escuchaba, me
comprenda, y que el implacable y sabio buril que la haba aprisionado
en un rasgo tan rgido, era lo nico que la impeda conmoverse y
contestarme.

Algunas veces me vino a las mientes la idea de que Magdalena haba
previsto lo que suceda, es decir, que la reconocera yo y me volvera
loco de dolor y de alegra en aquel fantstico coloquio de un hombre
vivo con una pintura. Y segn vea yo en ese hecho malicia o compasin,
aquella idea me exasperaba la clera o me haca verter lgrimas de
agradecimiento.

Lo que le refiero a usted dur casi dos meses; pasados que fueron, al
otro da el que le di un adis verdaderamente fnebre, los salones
fueron clausurados y desaparecido el retrato qued ms solo que nunca.

Pasado algn tiempo, recib una visita de Oliverio. Estaba serio, notaba
en l cierto embarazo, algo as como si el peso de un caso de conciencia
le pesara en el alma.

Apenas le vi me puse a temblar.

--Yo no s qu sucede en Nivres--me dijo;--pero todo parece que va mal.

--Magdalena?--le pregunt espantado.

--Julia est enferma, bastante enferma para causar inquietudes.
Magdalena misma no est buena. Me gustara ir, pero la situacin no
sera sostenible. Mi to me escribe cartas muy desoladas.

--Pero Magdalena...?--volv a preguntar temeroso de que aun sucediera
otra desgracia que l me ocultaba.

--Te repito que Magdalena est en un muy triste estado de salud. No ha
empeorado de algn tiempo a esta parte, pero contina mal.

--Oliverio--exclam,--vayas t o no a Nivres yo estar all maana.
Nadie me ha despedido de la casa de Magdalena, me alej de ella
voluntariamente. Le haba dicho a Magdalena que me escribiera el da que
tuviera necesidad de m; si ella tiene motivos para callar, yo los tengo
para correr a su lado.

--Hars absolutamente lo que quieras. En semejante caso obrara como t,
dejando a salvo el arrepentimiento si el remedio era peor que la
enfermedad.

--Adis.

--Adis.




XVII


El da siguiente estaba yo en Nivres. Llegu por la tarde un poco antes
de cerrar la noche. Era el mes de noviembre. Me ape a cierta distancia
de la verja, en pleno bosque. Atraves el patio de entrada sin ser
notado. Al extremo de las habitaciones de servicio a la derecha brillaba
luz en las cocinas. Dos ventanas se destacaban luminosas sobre la
fachada del castillo. Me fui en derechura al vestbulo cuya puerta
estaba slo entornada; alguien lo cruzaba cuando yo entr, estaba
oscuro. La seora De Nivres? dije creyendo que hablaba con alguna
doncella de la servidumbre. La persona a quien me haba dirigido se
volvi bruscamente, vino hacia m y lanz un grito: era Magdalena.

Se qued petrificada por la sorpresa y yo le tom la mano sin hallar
fuerzas para articular una sola palabra. La escasa, claridad que vena
de fuera le prestaba la blancura de una estatua: sus dedos completamente
inertes y helados se desprendan insensiblemente de mi mano como si
fueran las de una muerta. La vi tambalearse, pero al movimiento que hice
para sostenerla se desprendi por un impulso de inconcebible terror,
abri desmesuradamente los ojos extraviados y exclam: Domingo!...
como si despertara de un mal sueo que hubiese durado aquellos dos aos;
luego dio algunos pasos hacia la escalera arrastrndome en pos de ella
sin conciencia de lo que haca. Subimos juntos, el uno al lado del otro,
siempre juntas nuestras manos. Al llegar a la antesala del primer piso
tuvo como una llamarada de presencia de espritu.

--Entre usted aqu--me dijo,--voy a avisar a mi padre.

La vi que llamaba a su padre y encaminarse al cuarto de Julia.

Las primeras palabras del seor D'Orsel fueron stas:

--Mi querido hijo, tengo mucha pena.

Aquella frase deca ms que todas las recriminaciones y me penetr en el
corazn como una estocada.

--He sabido que Julia estaba enferma--le dije sin hacer ningn esfuerzo
para disfrazar el temblor de mi voz que desfalleca.--Supe tambin que
la seora De Nivres estaba delicada y vine a verles a ustedes. Hace
tanto tiempo...

--Es verdad--repuso el seor D'Orsel,--hace mucho tiempo. La vida se
pasa: cada cual tiene sus deberes y sus preocupaciones...

Llam, mand encender las luces, me examin rpidamente como si quisiera
comprobar en m un cambio anlogo a las alteraciones que los dos aos
transcurridos haban producido en sus hijas.

--Tambin usted ha envejecido--continu con cierta especie de
benevolencia y de inters muy afectuoso.--Ha trabajado usted mucho,
tenemos la prueba...

Despus me habl de Julia, de las vivas inquietudes que haban tenido,
pero que, por fortuna, se haban disipado desde algunos das. Julia
entraba en la convalecencia; ya todo era cuestin de cuidado, de
atenciones y de algunos das de reposo. De nuevo pas de un asunto a
otro.

--He ah que es usted todo un hombre ya clebre--continu.--Hemos puesto
atencin en sus cosas con el ms sincero inters.

Se paseaba de arriba abajo, hablndome as, sin hilacin. Tena los
cabellos totalmente blancos, su alto cuerpo un poco encorvado ofreca un
aspecto singularmente noble, de vejez prematura o de abatimiento.

Magdalena vino a interrumpirnos al cabo de cinco minutos. Iba vestida de
oscuro y se pareca mucho, con la animacin de la vida adems, al
retrato que tanto me haba impresionado. Me levant, le sal al paso,
balbuce dos o tres frases incoherentes que no tenan ningn sentido; ya
no saba ni cmo explicar mi visita, ni cmo llenar de golpe el enorme
vaco de dos aos que pona entre nosotros como un abismo de secretos,
de reticencias y de oscuridades. Me repuse, sin embargo, al verla ms
duea de s misma y le habl lo ms sosegadamente que pude de la alarma
que me haba dado Oliverio. Cuando pronunci ese nombre me interrumpi.

--Vendr?--dijo.

--No lo creo--repliqu.--Por lo menos en unos cuantos das.

Hizo un gesto de desanimacin absoluta y los tres camos en el ms
penoso silencio.

Pregunt en dnde estaba el seor De Nivres, como si fuera posible que
Oliverio no me hubiera informado de su viaje y me mostr sorprendido al
saber que estaba ausente.

--Oh, estamos en un gran abandono!--dijo Magdalena.--Todos estamos
enfermos o poco menos. Hay en el ambiente malas influencias, la estacin
es malsana y no tiene nada de alegre--aadi dirigiendo la mirada a las
altas ventanas de antiguas vidrieras de colores en las cuales se
reflejaba todava un resto de luz del da casi del todo extinguido.

Para huir de una conversacin imposible por embarazosa habl de la
deplorable situacin de algunas personas, que amenazaba aumentar en el
prximo invierno, por enfermedades en unos casos y por miseria en otros;
de un nio que se mora en el pueblo y que Julia haba asistido y
cuidado hasta el da en que, gravemente enferma ella misma, hubo de
encomendar a otros su papel, impotente contra la muerte, de hermana de
la caridad. Pareca complacerse con aquellos relatos de lamentables
desgracias y enumerar, con no s yo qu sombra avidez, todas las
calamidades vecinas que formaban en torno de su existencia un concurso
de causas de tristeza. Luego, al igual que haba hecho el seor D'Orsel,
me habl de m, tan pronto con cierta reserva como con un abandono
admirablemente calculado para facilitar la posicin de cada uno.

Mi propsito era hacerle una visita y luego ganar la posada del pueblo
en la cual haba comprometido una habitacin; pero Magdalena dispuso
otra cosa: advert que haba dado las rdenes oportunas para que me
alojasen en el piso segundo del castillo, en un cuarto que ya haba
ocupado yo la primera vez que pas una temporada en Nivres.

Aquella misma noche, antes de separarnos, estando yo presente, le
escribi a su marido.

--Le aviso al seor de Nivres que est usted aqu--me dijo.

Y me di cuenta de lo que semejante precaucin, tomada en mi presencia,
implicaba de escrpulos y resoluciones leales.

No haba visto a Julia. Estaba dbil y agitada. La noticia de mi
llegada, a pesar de la prudencia con que se le comunic, le haba
causado una sacudida muy viva. Cuando al otro da me fue permitido
entrar en su habitacin, encontr a la enferma acostada en un sof,
envuelta en un ancho peinador que disimulaba la exigidad de sus formas
y le prestaba aspecto de mujer. Haba cambiado mucho, pero mucho ms que
podan apreciar quienes estaban cerca de ella a todas las horas del da.
Un perrito _pagneul_ dorma a sus pies con la cabeza apoyada sobre la
punta de sus pantuflas. Tena al alcance de la mano, sobre un velador
adornado de flores, pjaros enjaulados, que ella cuidaba, y cantaban
alegremente en medio de aquel jardn de invierno. Contempl aquel
diminuto rostro minado por la fiebre, enflaquecido y azulado en derredor
de las sienes, aquellos ojos hundidos, ms abiertos y ms negros que
nunca, en cuyas pupilas se adverta un brillo sombro e inextinguible, y
aquella pobre nia, enamorada, medio muerta bajo la accin, del
desprecio de Oliverio me dio una lstima horrible.

--Crela usted, slvela--le dije a Magdalena cuando nos separamos;--pero
no la engae usted ms.

Magdalena hizo un gesto de duda como si le quedara un dbil residuo de
esperanza, el cual se esforzaba por mantener.

--No piense usted en Oliverio y no le acuse ms de lo que es
razn--aad resueltamente.

Le di a conocer los motivos buenos o malos que decidan la suerte de su
hermana. Le expliqu el carcter de Oliverio, su repugnancia absoluta
por el matrimonio. Insist sobre su creencia--quizs poco razonable,
pero sin rplica,--de que hara infeliz a cualquier mujer, no slo a una
determinada, sino a todas sin excepcin. As trataba yo de atenuar lo
que de hiriente poda tener su resistencia.

--Lo hace cuestin de probidad--dije a Magdalena, como ltimo argumento.

Sonri tristemente al or la palabra probidad que tan mal concordaba con
la irreparable desventura cuya responsabilidad pesaba, a sus ojos, sobre
Oliverio.

--Es el ms feliz de todos nosotros--dijo.

Y gruesas lgrimas rodaron por sus mejillas.

Dos das despus Julia pudo ya dar algunos paseos por su habitacin. El
indomable vigor de aquel pequeo ser, ejercitado secretamente en tan
duras pruebas, se reanim no lentamente sino en pocas horas. Apenas en
convalecencia, visela enderezarse contra el recuerdo humillante de
haber sido sorprendida, por decir as, en debilidad, trabar pelea con el
mal fsico, el sueo que poda vencer, y dominarlo. Dos das ms tarde
tuvo fuerzas para bajar sola al saln, rechazando todo apoyo, aunque la
debilidad cubriera de sudor la adelgazada piel de su frente y por ms
que sucesivos accesos de desfallecimiento la hicieran vacilar a cada
paso. Aquel mismo da se empe en subir en coche. La llevaron por los
caminos ms suaves del bosque. Haca buen tiempo. Regres reanimada,
slo por haber respirado el olor de las encinas calentadas por un sol
claro. Entr en el castillo desconocida, casi sonrosada, conmovida por
un escalofro febril, pero de buen augurio que no era ms que el efecto
del retorno activo de la sangre en sus venas empobrecidas. Estaba
consternado vindola renacer de aquel modo, por tan poco, por un rayo
de sol de invierno y un poco de olor resinoso de madera cortada, y
comprend que se empecinara en vivir con una obstinacin que le
prometa largos das miserables.

--Habla alguna vez de Oliverio?--le pregunt a Magdalena.

--Jams.

--Piensa en l constantemente?

--Constantemente.

--Y cree usted que eso durar?

--Siempre--replic Magdalena.

Libre de la preocupacin que desde haca tres semanas la tena
encadenada a la cabecera del lecho de Julia, no pareca sino que
Magdalena hubiera perdido la razn. Se apoder de ella un aturdimiento
que la torn extraordinaria y positivamente loca de imprevisin, de
exaltacin y de atrevimiento. Reconoc aquella mirada que en el teatro
me advirti que estbamos en peligro; y llevndolo todo hasta el
extremo, pedazo a pedazo me arroj, por decir as, su corazn a la
cabeza, como haba hecho aquella noche con su ramillete.

Pasamos tres das dando paseos y haciendo expediciones temerarias; tres
das de inaudita felicidad, s tal puede llamarse a un sentimiento
rabioso de destruccin de su reposo, especie de luna de miel descarada y
desesperada, sin ejemplo, ni por las emociones ni por los
arrepentimientos y que a nada se parece como no sea a esas horas de
copiosas y fnebres satisfacciones durante las cuales todo se permite a
los sentenciados a morir al otro da.

El tercer da, a pesar de mi resistencia, me exigi que montara uno de
los caballos de su marido.

--Me acompaar usted--me dijo;--tengo necesidad de ir de prisa y de
ponerme lejos.

Corri a vestirse; mand ensillar un caballo que el seor De Nivres
haba amaestrado para ella y como si tratara de hacerse raptar delante
de sus criados, en pleno da, partamos, dijo.

Apenas llegamos al bosque puso su caballo al galope. Yo hice como ella y
la segu. Cuando advirti que le iba a los alcances aceler la marcha,
fustig a su caballo y sin motivo lo lanz a escape. Tom el mismo aire
que ella y cuando ya la alcanzaba, hizo un nuevo esfuerzo que me dej
atrs. Aquella persecucin irritante, desenfrenada, me puso fuera de m.
Montaba ella un animal muy ligero y lo manejaba de modo que decuplaba su
velocidad. Apenas sentada, levantado todo el cuerpo para disminuir an
ms el peso, sin un grito, sin un gesto, corra locamente como llevada
por un pjaro. A mi vez haca yo galopar a mi caballo a todo escape,
inmvil, secos los labios con la fijeza maquinal de un _jockey_ en una
carrera a fondo. Segua ella por en medio de un sendero estrecho un poco
cerrado, por los bordes, de suerte que no caban dos caballos de frente
a menos que uno no se ladeara. Vindola obstinada en cerrarme el paso,
trep sobre el bosque y la acompa algn tiempo as con riesgo
constante de romperme la cabeza contra los rboles, y llegado el momento
oportuno de cerrarle el paso, franque de un salto el declive y cayendo
en lo hondo del camino detuve mi caballo y lo cuarte. Hubo, pues, de
parar en seco a dos pasos de m y los dos caballos, jadeantes, cubiertos
de espuma se encabritaron como si hubieran tenido el sentimiento de que
sus jinetes queran pelear. Creo en verdad que Magdalena y yo nos
miramos con clera, a tal punto aquel juego extravagante mezclaba la
excitacin y el reto respecto de otros sentimientos intraducibles. Se
qued delante de m, el ltigo con mango de concha entre los dientes,
lvidas las mejillas, los ojos inyectados, salpicndome de sangrientos
resplandores; luego dej or una o dos carcajadas convulsivas que me
helaron. Su caballo volvi a partir a escape tendido.

Lo menos durante un minuto, como Bernardo de Mauprat atrado por los
pasos de Edma, la mir huir bajo las verdes ramas de encinas, el velo al
viento, su larga amazona oscura ondulante con la sobrenatural agilidad
de un diablillo negro. Cuando hubo alcanzado la extremidad del sendero y
ya no la vea ms que como un punto sobre el fondo rojizo del bosque
volv a lanzar mi caballo a escape exhalando, a mi pesar, un grito de
desesperacin. Llegado al lugar preciso en donde la haba visto
desaparecer, la encontr en el cruce de dos caminos, parada, anhelante,
esperndome con la sonrisa en los labios.

--Magdalena--le dije, precipitndome hacia ella y agarrndola por un
brazo.--Cese usted en este juego cruel, detngase usted o me hago matar.

Slo me contest con una mirada directa que me hizo subir el rubor a la
cara y tom ms despacio por el camino del castillo. Regresamos al paso,
sin cruzar una sola palabra, nuestros caballos emparejados,
restregndose las quijadas y cubrindose recprocamente de espuma. Ech
pie a tierra en la verja, atraves a pie el patio fustigando la arena
del suelo con el ltigo, subi en derechura a su cuarto y no reapareci
hasta la noche.

A las ocho nos trajeron la correspondencia. Haba una carta del seor De
Nivres. Magdalena al romper el sobre cambi de color.

--El seor De Nivres est bueno. No volver hasta el mes prximo--dijo.

Luego se quej de mucho cansancio y se retir.

No fue aquella noche como las precedentes. La pas levantado y sin
sueo. La carta del seor De Nivres, aunque insignificante, intervena
entre nosotros como una reivindicacin de mil cosas olvidadas. Aunque
slo hubiera escrito esta frase: Estoy vivo, la advertencia no hubiera
sido ms clara. Resolv marcharme de Nivres al otro da, absolutamente
como haba resuelto ir, sin ms reflexin ni ms clculo. A media noche
aun haba luz en el cuarto de Magdalena. Un grupo de arces plantados
cerca del castillo enfrente de las ventanas de su habitacin reciba un
reflejo rojizo que todas las noches me indicaba la hora en que ella
terminaba la vigilia. Con frecuencia era muy tarde. Una hora despus de
la media noche aun se perciba aquel resplandor. Me puse un calzado
ligero y baj la escalera a tientas. As fui hasta la puerta del
departamento de Magdalena situado a la parte opuesta del de Julia a la
extremidad de un interminable corredor. En ausencia de su marido una
sola doncella de servicio dorma cerca de ella. Escuch, dos o tres
veces me pareci or el rumor seco de la tosecilla nerviosa que le era
habitual a Magdalena, en momentos de despecho o de viva contrariedad.
Apoy la mano en la cerradura: estaba puesta la llave. Me alej, volv,
torn a alejarme. El corazn me lata hasta romperse, estaba como
embrutecido y temblaba de pies a cabeza. Vagu por el corredor en
completa oscuridad; luego me qued como clavado en un sitio sin ninguna
idea de lo que iba a hacer. El mismo sobresalto que un buen da, al
influjo de vivsima alarma, me haba empujado maquinalmente hacia
Nivres y me haba hecho caer all como un accidente, puede ser como una
catstrofe, me haca vagar, en medio de la noche, por aquella casa
confiada y dormida, me conduca a la alcoba de Magdalena y a ella
llegaba como un sonmbulo. Era yo un desventurado en el colmo del
sacrificio, enceguecido por el deseo, ni mejor ni peor que mis
semejantes? era un malvado? Esta cuestin capital me trabajaba la
mente, pero sin determinar en ella la ms leve decisin precisa que se
pareciese ni a la honradez, ni al proyecto formal de cometer una
infamia. Lo nico acerca de lo cual no tena duda--y sin embargo
permaneca indeciso,--era que una cada matara a Magdalena y que estaba
fuera de toda posible discusin, el que yo no le sobrevivira ni una
hora.

No sabr decir a usted qu fue lo que me salv. Me encontr en el parque
sin saber ni por qu ni cmo all haba ido. En comparacin con la
oscuridad de los corredores, al aire libre se vea claro por ms que me
parece no haba luna ni estrellas. La masa compacta de rboles formaba
como encrespadas sierras largas y negras al pie de las cuales se
distinguan las sinuosidades de los paseos blanquecinos. Caminaba al
azar costeando los estanques. Los pjaros se despertaban y revoloteaban
en la espesura. Mucho despus una sensacin de fro interno me volvi un
poco en m. Volv a entrar, cerr las puertas con la destreza de un
sonmbulo o de un ladrn y vestido como estaba me dej caer sobre mi
lecho.

Al amanecer estaba levantado acordndome apenas de la pesadilla que me
haba hecho errar toda la noche dicindome: Hoy partir. Y de ese
propsito inform a Magdalena tan luego como la vi.

--Como usted quiera--me contest.

Estaba horriblemente quebrantada y era presa de una agitacin de cuerpo
y de alma que me haca dao.

--Vamos a ver a nuestros enfermos--me dijo un poco despus de medioda.

La acompa y fuimos al pueblo. El nio que Julia cuidaba y que haba,
por decir as, adoptado, haba muerto el da antes por la noche.
Magdalena se hizo conducir cerca del atad que contena el pequeo
cadver y quiso besarlo; al regresar llor abundantemente y repiti la
frase _mi hijo_ con dolor tan agudo que me dio a conocer hasta muy lejos
el alcance de una pena que roa su existencia y de la cual estaba
implacablemente celoso.

Muy temprano me desped de Julia y dirig al seor D'Orsel palabras de
agradecimiento que procur decir con la mayor serenidad posible.
Despus, no sabiendo en qu ocupar el da y no teniendo inters, por
decir as, en el empleo de una vida que senta desprenderse de m minuto
a minuto, fui a ponerme de codos en la balaustrada que caa sobre los
fosos y all permanec no s cunto tiempo. No saba en donde estaba
Magdalena. De cuando en cuando me pareca or su voz en los corredores o
verla pasar de un patio a otro, vagando tambin ella, sin ms objeto que
moverse. Haba en la base de una de las torrecillas a la manera de una
covacha medio obstruida que en otros tiempos serva de puerta de escape.
El puente que la una a los paseos del parque estaba destruido. No
quedaban de l ms que tres pilastras, en parte sumergidas, que el agua
cenagosa del foso ensuciaba de residuos espumosos. No s qu idea me
vino de esconderme all por el resto del da. Pas del uno al otro pilar
y me escond en aquel recinto ruinoso, los pies tocando la corriente en
la semioscuridad lgubre del vasto y profundo foso por donde corran las
aguas del lavadero. Dos o tres veces vi a Magdalena que sala y marchaba
hacia las alamedas como quien busca a alguien. Desapareci y volvi otra
vez, vacil entre tres o cuatro caminos que conducan del parterre a
los confines del parque y al fin tom por uno de ellos, cubierto de
olmos, que terminaba en los estanques. De un salto pas de una a otra
orilla y la segu. Iba de prisa, su sombrero de campo mal asegurado
sobre las orejas, envuelta en un amplio _cachemira_ que cea al cuerpo
como si tuviera mucho fro. Volvi la cabeza al advertir que me
acercaba, de pronto se volvi, desanduvo lo andado, pas junto a m sin
mirarme, gan la escalinata del parterre y subi. La alcanc cuando
llegaba a la puerta del saloncito que le serva de tocador en el cual
acostumbraba pasar el da.

--Aydeme usted a plegar mi chal--me dijo.

Tena el alma y los ojos en otra parte. La ancha tela multicolor estaba
entre nosotros plegada en el sentido de su longitud y ya no formaba ms
que una banda estrecha de la cual cada uno sostenamos un extremo. Sea
por torpeza o por desfallecimiento, la prenda se escap de las manos de
Magdalena. Dio un paso, se tambale primero hacia atrs, luego hacia
adelante y cay en mis brazos desvanecida. La agarr, la sostuve algunos
segundos as, pegada contra mi pecho, la cabeza vuelta, los ojos
cerrados, los labios fros, medio muerta y enajenada al influjo de mis
besos.

De pronto una terrible contraccin la estremeci, abri los ojos, se
enderez sobre la punta de los pies para llegar a mi altura y
arrojndose a mi cuello con toda su fuerza fue ella a su vez la que me
bes.

La agarr de nuevo, la reduje a defenderse como una presa que se debate
contra un abrazo desesperado. Tuvo la nocin de que estbamos perdidos y
lanz un grito. Vergenza me da el decirlo: aquel grito de verdadera
agona despert en m el slo instinto que me quedaba de hombre: la
piedad. Comprend que la mataba; no distingua bien si se trataba de su
honor o de su vida. No tengo por qu vanagloriarme de un acto de
generosidad que fue casi involuntario, tan poca parte le correspondi en
l a la verdadera conciencia humana. Solt la presa como una bestia que
ha dejado de morder. La querida vctima hizo un supremo esfuerzo. Era
trabajo intil: yo no la tena ya. Entonces con un extravo que me ha
hecho estimar lo que es el remordimiento de una mujer honrada, con un
espanto que me habra probado, si hubiera estado en situacin de
reflexionar, a qu grado de relajamiento me vea ella reducido, como si
instintivamente hubiera comprendido que ya no haba para nosotros ni
discernimiento del deber, ni consideraciones, ni respeto, que aquella
conmiseracin de puro instinto era slo un accidente que poda
desmentirse, con un gesto que me espant, que aun envuelve estos viejos
recuerdos en un mundo de terrores y de vergenza, Magdalena se dirigi
rpidamente hacia la puerta andando de espaldas sin apartar de m los
ojos, como se procede con un malhechor, gan el pasillo y una vez en l
se volvi y ech a correr.

Yo tena perdido el conocimiento aunque me mantena de pie. Como pude me
arrastr hasta mi habitacin; slo tena un afn, que no me encontraran
desmayado en la escalera. Llegado que hube delante de mi puerta, aun
antes de poder abrirla, ya no me fue posible sostenerme ms.
Maquinalmente me asegur de que nadie haba en el corredor. El ltimo
sentimiento que aun conserv un instante fue el de que Magdalena estaba
en salvo, y me desplom sobre el suelo.

All mismo me recobr una o dos horas despus, ya de noche, con el
recuerdo incoherente de una escena espantosa. La campana anunciaba que
la comida estaba pronta y hube de bajar. Me mova, tena las piernas
libres, pero me pareca como si hubiera recibido un golpe en la cabeza.
Gracias a aquella parlisis, muy real, experimentaba una sensacin
general de gran dolor, pero no pensaba en ello. El primer espejo al cual
me mir, me puso de manifiesto la faz extraamente demudada de un
fantasma, algo parecido a m que apenas poda reconocer. Magdalena no
acudi al comedor y me era casi indiferente que estuviera en l o en
otra parte. Julia, cansada, apesadumbrada o inquieta por su hermana, y
muy probablemente llena de sospechas, porque tratndose de aquella
singular nia clarividente y reservada todas las suposiciones eran
permitidas. Julia no deba tampoco reunirse con nosotros en el saln.
Pas, pues, solo con el seor D'Orsel, casi la mitad de la velada;
estaba inerte, insensible, y como si se me hubiera helado la sangre; tan
poco sentido me quedaba para reflexionar y tan exhausto de fuerzas
estaba para moverme.

Eran cerca de las diez cuando entr Magdalena, cambiada hasta dar miedo,
desconocida, con el aspecto de un convaleciente a quien la muerte ha
tocado de cerca.

--Padre mo--dijo con acento de inflexible audacia.--Necesito estar sola
un momento con el seor de Bray.

El seor D'Orsel se levant sin vacilar, bes fraternalmente a su hija y
sali.

--Usted partir maana?--me dijo, permaneciendo de pie como yo estaba
tambin.

--S--le contest.

--Y no volveremos a vernos ms!

Nada repliqu.

--Jams--continu,--lo entiende usted? jams. He puesto entre nosotros
el nico obstculo que puede separarnos sin idea de retorno.

Me arroj a sus pies, la tom las manos sin que resistiera, sollozando.
Tuvo un momento de debilidad que le cort la palabra, retir las manos y
me las volvi a dar tan pronto como hubo recobrado su firmeza.

--Yo har todo lo posible por olvidarle. Usted olvdeme. Eso le ser ms
fcil todava. Csese, ms adelante, cuando usted quiera. No imagine que
su esposa pueda tener celos de m, porque cuando eso pudiera suceder yo
estar muerta o ser feliz--concluy, con un estremecimiento que en poco
estuvo no la hiciera caer.--Adis.

Yo estaba de rodillas, los brazos extendidos, esperando una frase ms
dulce que ella no pronunciaba. Una postrera reaccin de debilidad o de
lstima se la arranc.

--Mi pobre amigo! Era fatal llegar a esto. Si supiera usted cunto le
amo! No se lo habra dicho a usted ayer: hoy puedo confesarlo puesto que
es la palabra prohibida que nos separa.

Ella, extenuada poco haca, haba hallado por milagro no s yo qu
recurso de virtud que le prestaba fuerza suficiente. Yo no tena
ninguna.

Me parece que an aadi dos o tres palabras que no entend; luego se
alej dulcemente como una visin que se desvanece y no la volv a ver,
ni aquella noche, ni al siguiente da, ni nunca ms.

Part al romper el da sin ver a nadie. Evit atravesar Pars y me hice
llevar directamente a la casa que en un extremo suburbio habitaba
Agustn. Era domingo y le hall con su familia.

Al primer golpe de vista comprendi que me haba sucedido alguna
desgracia. Supuso que haba muerto Magdalena porque en su perfecta
honradez de hombre y de marido, no conceba mayor desventura. Cuando le
refer el verdadero accidente que me reduca a una de esas situaciones
que no se confiesan nunca, me dijo:

--Desconozco esa clase de penas, pero le compadezco con toda el alma.

Y nunca he dudado que me compadeci desde el fondo del corazn, a poco
que razonara sobre los peores desastres que poda presumir en el
porvenir incierto de su propia vida.

Trabajaba cuando le sorprend. Su mujer estaba cerca de l y tena en el
regazo un niito de seis meses que les haba nacido durante mi
destierro. Eran dichosos. Su situacin prosperaba: pude advertirlo en
diversas seales de relativa opulencia. La noche fue espantosa: una
tempestad de fin de otoo dur sin interrupcin desde la tarde hasta
despus del amanecer. En el montono arrullo de aquel constante y largo
rumor del viento y de la lluvia, no hice ms que pensar en el tumulto
que produciran en torno a la alcoba y al sueo de Magdalena, si es que
dorma. Mi fuerza de reflexin no iba ms all de esa sensacin pueril y
puramente fsica. Disipada la tempestad, Agustn me oblig a salir desde
por la maana. Poda disponer de una hora antes de volverse a Pars. Me
llev al bosque, devastado por el viento de la noche; el agua corra an
por los senderos anegados y arrastraba las ltimas hojas del ao.

Caminamos as largo rato antes de que yo pudiera recoger la sombra de
una idea lcida entre las determinaciones urgentes que me haban
conducido a casa de Agustn. Me acord al fin de que tena que
despedirme de l. Al principio crey que se trataba de una resolucin
desesperada nacida del insomnio, que no resistira a la accin de
prudentes consideraciones; pero; cuando se convenci de que mi
determinacin databa de ms lejos, que era el resultado de reflexiones
sin rplica y que la llevara a cabo ms tarde o ms temprano, ya no
discuti ni la opinin que de m mismo tena yo formada, ni el juicio
que haba formado respecto de mi poca y me dijo sencillamente:

--Pienso y razono sobre poco ms o menos como usted. Me reconozco poca
cosa aunque no me considero muy inferior a la mayora de las gentes;
pero no tengo el derecho que usted tiene de ser consecuente hasta lo
extremo. Usted deserta modestamente; yo me quedo, no por fanfarronera
sino por necesidad y antes que eso por deber.

--Estoy muy cansado y de todos modos necesito reposo.

Nos separamos en Pars dicindonos hasta la vista como se hace por lo
general cuando costara mucho esfuerzo pronunciar un adis definitivo,
pero sin prever ni el lugar ni el tiempo en que podramos encontrarnos
otra vez. Yo tena pocos asuntos que arreglar y de ellos se encarg mi
criado. Fui tan slo a despedirme de Oliverio. Se preparaba a abandonar
Francia. No me interrog acerca de mi permanencia en Nivres: con slo
verme haba adivinado que todo estaba concluido.

No haba motivo para hablarle de Julia; l no tena por qu decirme nada
respecto a Magdalena. Los lazos que nos haban unido por espacio de ms
de diez aos acababan de romperse a la vez, a lo menos para largo
tiempo.

--Trata de ser feliz--me dijo, como si no contara con eso ni para m ni
para l.

Tres das despus de mi partida de Nivres estaba en Ormessn. Pas la
noche cerca de la seora de Ceyssac, para la cual mi regreso puso en
claro muchas cosas, y me dio a entender que haba lamentado mis errores
frecuentemente con la tierna lstima de mujer piadosa y casi madre.

Al otro da, sin tomarme una hora de verdadero descanso en aquella
deplorable carrera que me conduca a la yacija como animal herido que se
desangra y no quiere desfallecer en medio del camino; al otro da por la
tarde, casi entrada la noche, llegu a Villanueva. Me ape prximo ya a
la aldea: el coche sigui por la carretera y yo tom un camino de
travesa que me condujo a mi casa por las marismas.

Haca cuatro das y cuatro noches que un dolor fijo refrenaba mi corazn
y me tena los ojos tan secos como si jams hubiera llorado. Al dar el
primer paso en el camino de Trembles tuve como un recrudecimiento de
recuerdos que hizo ms acerbo aquel dolor, pero menos tirante.

Haca mucho fro. La tierra estaba dura, la noche casi haba cerrado, de
modo que la lnea de las costas y el mar formaban un solo horizonte
compacto y casi negro. Un postrer residuo de luz rojiza se extingua
poco a poco y palideca de minuto en minuto. A lo lejos, cerca de la
escarpa, pas un carromato; percibase el traqueteo y el chirrido de las
ruedas sobre el suelo congelado. El agua de las marismas estaba helada;
slo en algunos sitios, anchos charcos de agua dulce que no se haba
helado todava, continuaban movindose suavemente y permanecan
blanquecinos. Dio las seis el reloj de la iglesia de Villanueva. Tan
profundos eran ya el silencio y la oscuridad, que pareca la media
noche. Caminaba por encima de los caballones de la tierra anegada y no
s por qu me vino a la memoria que otro tiempo en aquellos sitios
mismos y en noches semejantes haba cazado patos. Oa por encima de mi
cabeza el rpido susurro que producen esas aves volando muy de prisa. Vi
un fogonazo y la explosin de un disparo me detuvo. Un cazador sali de
su escondite, baj hacia la marisma y o el chapotear de sus pies en el
agua; otro le habl. En aquel cambio de palabras breves y pronunciadas
en voz baja, pero que la noche haca muy claras, distingu un timbre de
voz que me impresion.

--Andrs!--grit.

Hubo un momento de silencio.

--Andrs!--grit de nuevo.

--Qu?--me replic el cazador. Y ya no pude dudar.

Andrs dio algunos pasos hacia donde yo estaba. Le vea apenas aunque
sobrepasaba casi con todo su cuerpo la oscura barranca. Avanzaba
lentamente, casi a tientas, por aquel camino hollado por las patas de
los animales, repitiendo: Quin est ah? Quin me llama? con
creciente emocin y como si cada momento vacilara menos para reconocer
al que le llamaba cuando le crea tan lejos.

--Andrs!--le dije por tercera vez cuando ya no le quedaba dar ms que
dos o tres pasos.

--Cmo? Qu?... Ah, seor, seor Domingo!--dijo dejando caer su
escopeta.

--S, soy yo, yo mismo, mi viejo Andrs.

Me arroj en brazos de mi viejo servidor. Al fin de tanta compresin mi
corazn, por s mismo, estall v se dilat libremente en sollozos.




XVIII


Domingo haba terminado su relato. Se detuvo despus de estas ltimas
palabras, pronunciadas con la precipitacin de un hombre que se
apresura, y aquella expresin de pudor entristecido que sigue
generalmente a las expansiones demasiado ntimas. Lo que semejantes
confidencias debieron costarle a una conciencia sombra y por tan largo
tiempo cerrada, adivinbalo yo y se lo agradeca con un ademn conmovido
al cual slo responda l con una inclinacin de cabeza. Haba abierto
la carta de Oliverio cuya fnebre despedida presida, por decir as, a
esta relacin y estaba de pie, los ojos vueltos a la ventana en la cual
se encuadraba un tranquilo horizonte de llanura y de aguas. Permaneci
as algn tiempo guardando embarazoso silencio que no quise romper.
Estaba plido, su fisonoma ligeramente alterada por el cansancio o
rejuvenecida por los resplandores apasionados de otra poca, recobraba
poco a poco su edad, su expresin peculiar y su aspecto de gran
serenidad. El da avanzaba a medida que la paz de los recuerdos se
estableca tambin en su rostro. Las sombras iban invadiendo el interior
polvoriento y ahogado de la pequea habitacin en donde se terminaba
aquella larga serie de evocaciones de las cuales ms de una haba sido
dolorosa. De las inscripciones de la pared ya no se distingua casi
nada. La imagen interior lo mismo que la anterior palidecan al mismo
tiempo como si todo aquel pasado resucitado por casualidad volviese a
entrar en el mismo instante y para no volver a salir, en el vago
desvanecimiento de la noche y del olvido.

Las voces de los labradores que pasaban a lo largo de las paredes del
parque nos sacaron a los dos de un apuro real, la duda de callar o
reanudar una conversacin truncada.

--He aqu la hora de bajar--dijo Domingo, y le segu hasta la granja en
la cual todas las tardes a aquella misma hora tena cuidados de
vigilancia que llenar.

Los bueyes volvan del trabajo y aqul era el momento en que la granja
se animaba. Uncidos por dos o tres parejas, porque a causa de la pesadez
de las tierras mojadas se haca necesario triplicar las yuntas, llegaban
arrastrando el timn del arado, el hocico hinchado y hmedo, los cuernos
bajos, las fauces agitadas, con barro hasta en el vientre. Los animales
de reserva que no haban trabajado aquel da, mugan en los establos
esperando la llegada de sus activos compaeros. Ms all el rebao de
ovejas, ya encerrado, se remova en el corral, los caballos piafaban y
relinchaban al sentir que el forraje caa en las escalerillas por encima
de los pesebres.

Los trabajadores se alinearon junto al amo, las cabezas descubiertas y
con aspecto cansado.

Domingo inquiri minuciosamente si algunos instrumentos de labranza de
nueva aplicacin haban dado los resultados que se esperaba; despus dio
sus rdenes para el da siguiente; las multiplic, sobre todo, con
referencia a las semillas, y comprend que no todo el grano cuya
distribucin sealaba, estaba destinado a sus propios campos: haba
mucho perdido, adelantos que haca o limosnas.

Tomadas estas precauciones, me llev a la terraza. El tiempo haba
aclarado. La alternativa de sol y lluvia y la temperatura notablemente
dulce, aunque habamos pasado ya la mitad del mes de noviembre, eran muy
apropiadas para alegrar los espritus vinculados al campo por todo
gnero de intereses. La jornada, muy nebulosa al medioda, terminaba en
una tarde de oro. Los nios jugaban en el parque mientras la seora de
Bray iba y vena por el paseo que conduca al bosque vigilndolos de
cerca. Se perseguan a travs de las espesuras, con gritos que imitaban
los de quimricos animales y los ms a propsito para asustarlos. Los
mirlos, esos pjaros que se hacen or los ltimos en aquella hora
avanzada les contestaban con sus silbidos extraos y entrecortados,
semejantes a ruidosas carcajadas. Un resto de luz solar alumbraba
dbilmente el largo emparrado; los pmpanos ya muy ralos dibujaban sobre
el cielo muy plido multitud de recortes agudos y algunos ratones de
campo que merodeaban con grandes precauciones a lo largo de los tirantes
del emparrado, desgranaban los pocos racimos de uva marchita que haban
quedado olvidados por los recolectores. Aquel tranquilo declinar de un
da nebuloso, precursor de otros ms serenos, la seguridad del cielo que
se despejaba y se embelleca, aquella alegra de los nios para animar
el parque ya casi despojado de hojas y de verdor, una madre confiada y
feliz sirviendo de vnculo de unin del padre con los hijos, este ltimo
grave, llena la mente de pensamientos, confortado, recorriendo a paso
lento la rica y fecunda alameda cubierta de parra, aquella abundancia en
medio de aquella paz, aquel colmo del deber en la felicidad, todo, en
fin, lo que estaba en torno de nosotros constitua, despus de nuestra
conversacin, un desenlace tan noble, tan legtimo, tan evidente, que
conmovido le tom el brazo a Domingo y se lo apret an ms
afectuosamente que de costumbre.

--S--me dijo,--amigo mo. He llegado. Pero usted sabe a qu precio y
con cunta seguridad, lo est usted viendo.

Haba en su mente un movimiento de ideas que continuaba; y como si
hubiese querido explicarse ms claramente con respecto a las
resoluciones, que por otra parte de por s se manifestaban, continu,
lentamente y con un tono completamente distinto:

--Muchos aos han transcurrido desde el da que volv a mi rincn. Si
alguien no ha olvidado los sucesos que le he relatado, nadie por lo
menos los recuerda. El silencio que el alejamiento y el tiempo han
acarreado imponindolo para siempre, entre ciertas personas de esta
historia, les ha permitido considerarse mutuamente perdonados,
rehabilitados y felices. Oliverio es el nico, quiero suponerlo, que se
ha obstinado hasta ltima hora en sus sistemas y en sus preocupaciones.
Haba sealado, ya lo recordar usted, el enemigo mortal a quien tema
ms que a ningn otro: puede decirse que ha sucumbido en un duelo con el
fastidio.

--Y Agustn-?--le pregunt.

--Es el solo sobreviviente de mis mejores amigos. Est al final de su
carrera. Ha llegado en lnea recta como rudo andarn al trmino de un
largo y difcil viaje. No es un grande hombre, es una gran voluntad. Es
hoy punto de mira y ejemplo de muchos contemporneos y es cosa rara una
tal honradez, llegando bastante alto para dar a la buena gente ganas de
imitarle. En cuanto a m--continu Domingo, he seguido, demasiado
tarde, con menos mrito, menos valor, pero con igual fortuna, el ejemplo
que ese corazn slido me haba dado casi en el comienzo de su vida.
Haba comenzado por el reposo en las afecciones, sin turbulencias y ha
terminado lo mismo que empez. Pero llevo yo en mi nueva existencia un
sentimiento que l nunca ha conocido: el de expiar una antigua vida
ciertamente nociva y rescatarme de errores de los cuales me considero
an hoy responsable, porque entiendo que, entre todas las mujeres
igualmente respetables, hay una solidaridad instintiva, de derechos, de
honor y de virtudes. Por lo que mira a la resolucin de retirarme del
mundo jams me he arrepentido de ella. Un hombre que emprende la
retirada antes de los treinta aos y en ella persiste, atestigua con
bastante franqueza que no haba nacido para la vida pblica ni para las
pasiones. No creo, sin embargo, que la vida de actividad reducida que
llevo, sea un mal punto de vista para juzgar a los hombres en
movimiento. Advierto que el tiempo ha hecho justicia, en provecho de mis
opiniones, respecto de muchas apariencias que antes hubieran podido
causarme la sombra de una duda y como he verificado la mayor parte de
mis suposiciones, es as mismo posible que tambin hubiese confirmado
algunas de mis amarguras. Recuerdo haber sido severo para los dems a
una edad en que consideraba que deba serlo mucho para conmigo mismo.
Cada generacin, ms incierta, que sigue a generaciones ya fatigadas,
cada gran talento que muere sin descendencia, son seales en que se
reconoce, dicen, un rebajamiento en la temperatura moral de un pas. He
odo decir que no hay grandes esperanzas que fundar sobre una poca en
que las ambiciones tienen tantos mviles y tan pocas excusas, en que se
toma comnmente lo vitalicio por durable, en que todo el mundo se queja
de la rareza de las obras, en que nadie osa confesar la rareza de los
hombres...

--Y si la cosa fuera verdad?--le dije.

--Estara dispuesto a creerla, pero nada digo sobre ese punto como sobre
otros muchos. No corresponde a un desertor decirles fuera! a los
innumerables valientes que luchan all mismo en donde l no supo
mantenerse. Por otra parte, se trata de m, de m solo, y para acabar
con el principal personaje de este cuento, le dir a usted que mi vida
comienza. Nunca es demasiado tarde, porque si una obra cuesta largo
tiempo hacerla, un buen ejemplo se da muy pronto. Tengo la aficin y la
ciencia de la tierra, escaso amor propio que le ruego me perdone.
Fertilizar mis campos mejor que supe hacerlo con mi espritu, con menos
costo, menos angustias, y ms utilidad para el mayor provecho de todos
los que me rodean. A punto he estado de mezclar la inevitable prosa de
todas las naturalezas inferiores con producciones que no admitan ningn
elemento vulgar. Hoy, muy felizmente para los placeres de mi espritu,
que no est gastado, me ser permitido introducir alguna semilla de
imaginacin en esta buena prosa de la agricultura y...

Buscaba una palabra que expresara modestamente el espritu de su nueva
misin.

--Y de la beneficencia?--le dije.

--Sea, acepto la palabra para la seora de Bray, porque eso le
corresponde exclusivamente.

En aquel momento la seora de Bray llegaba acompaada de los nios
sofocados, empapados de sudor. Hubo un instante de completo silencio
durante el cual, como al final de una sinfona que expira en un sin fin
de pequeos acordes, no se oa ms que el cuchicheo de los mirlos que
charlaban mucho, pero ya no rean.

Pocos das despus de aquella conversacin que me haba hecho penetrar
hasta la intimidad de un espritu en el cual era la originalidad ms
real haber seguido estrictamente la antigua mxima de conocerse a s
mismo, una silla de posta se detuvo en el patio de Trembles.

Apeose de ella un hombre de cabello escaso, gris y cortado al rape,
pequeo, nervioso con todo el exterior, la fisonoma, la madurez y la
previsin de un hombre poco ordinario y preocupado de asuntos graves
hasta en viaje. Perfectamente vestido, por otra parte, su aspecto
revelaba costumbres elevadas de situacin, de mundo y de rango. Examin
severamente lo que se vea del castillo, el emparrado, un rincn del
parque, alz los ojos hasta las torrecillas y se volvi para contemplar
las pequeas ventanas del antiguo departamento de Domingo.

Domingo lleg a la terraza: se reconocieron.

--Ah, qu sorpresa, mi amigo tan querido!--dijo Domingo avanzando hacia
el visitante, las dos manos cordialmente abiertas.

--Buenos das, de Bray--dijo ste con el acento puro y franco de un
hombre a quien la verdad parece haber refrescado los labios toda la
vida.

Era Agustn.

FIN



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- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
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property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
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1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
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LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
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in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO OTHER
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1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
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If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
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interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
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or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.gutenberg.org/fundraising/pglaf.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://www.gutenberg.org/about/contact

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://www.gutenberg.org/fundraising/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit:
http://www.gutenberg.org/fundraising/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

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including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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