The Project Gutenberg eBook, Antonio Azorn, by Jos Augusto Trinidad
Martnez Ruiz


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Title: Antonio Azorn
       pequeo libro en que se habla de la vida de este peregrino seor


Author: Jos Augusto Trinidad Martnez Ruiz



Release Date: September 6, 2008  [eBook #26545]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ANTONIO AZORN***


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ANTONIO AZORN

[Illustration]

ANTONIO

AZORN

PEQUEO LIBRO

EN QUE SE HABLA DE LA

VIDA DE ESTE PEREGRINO SEOR







[Illustration]

MADRID

RENACIMIENTO

_Pontejos, 3._

1913




_ES PROPIEDAD_

ESTABLECIMIENTO TIPOGRFICO EDITORIAL--PONTEJOS, 3

_DEDICATORIA_


_Quiero dedicarle este pequeo libro a Ricardo Baroja, como prueba de
amistad. Ricardo Baroja es, a mi entender, un original y ameno artista;
en sus charlas he encontrado muchas sutiles paradojas y un recio
espritu de independencia. Yo siento que mi ofrenda no sea ms
consistente; pero la vida de mi amigo Antonio Azorn no se presta a ms
complicaciones y lirismos. Porque en verdad, Azorn es un hombre vulgar,
aunque_ Correspondencia _haya dicho que "tiene no poco de filsofo". No
le sucede nada de extraordinario, tal como un adulterio o un simple
desafo; ni piensa tampoco cosas hondas, de esas que conmueven a los
socilogos. Y si l y no yo, que soy su cronista, tuviera que llevar la
cuenta de su vida, bien pudiera repetir la frase de nuestro comn
maestro Montaigne:_ Je ne puis tenir registre de ma vie par mes actions;
fortune les met trop bas: je le tiens par mes fantasies.

_J. M. R._




PRIMERA PARTE

I


A lo lejos una torrentera rojiza rasga los montes; la torrentera se
ensancha y forma un barranco; el barranco se abre y forma una amena
caada. Refulge en la campia el sol de Agosto. Resalta, al frente, en
el azul intenso, el perfil hosco de las Lometas; los altozanos hinchan
sus lomos; bajan las laderas en suave enarcadura hasta las vias. Y
apelotonados, dispersos, recogidos en los barrancos, resaltantes en las
cumbres, los pinos asientan sobre la tierra negruzca la verdosa mancha
de sus copas rotundas. La luz pone vivo claror en los resaltos; las
hondonadas quedan en la penumbra; un haz de rayos que resbala por una
cima hiende los aires en franja luminosa, corre en diagonal por un
terrero, llega a esclarecer un bosquecillo. Una senda blanca serpentea
entre las peas, se pierde tras los pinos, surge, se esconde, desaparece
en las alturas. Aparecen, ac y all, solitarios, cenicientos, los
olivos; las manchas amarillentas de los rastrojos contrastan con la
verdura de los pmpanos. Y las vias extienden su sedoso tapiz de verde
claro en anchos cuadros, en agudos cornijales, en estrechas bandas que
presidan blancos ribazos por los que desborda la impetuosa verdura de
los pmpanos.

La caada se abre en amplio collado. Entre el follaje, all en el fondo,
surge la casa con sus paredes blancas y sus techos negruzcos. Comienzan
las plantaciones de almendros; sus troncos se retuercen tormentosos; sus
copas matizan con notas claras la tierra jalde. El collado se dilata en
ancho valle. A los almendros suceden los viedos, que cierran con orla
de esmeralda el manchn azul de una laguna. Grandes juncales rompen el
cerco de los pmpanos; un grupo de lamos desmedrados se espejea en sus
aguas inmviles.

A la otra parte de la laguna recomienza la verde sbana. Entre los
viedos destacan las manchas amarillentas de las tierras paniegas y las
manchas rojizas de las tierras protoxidadas con la labranza nueva.
Ejrcitos de olivos, puestos en lios cuidadosos, descienden por los
declives; solapadas entre los olmos asoman las casas de la Umbra; un
tenue teln zarco cierra el horizonte. A la izquierda se yergue el
cabezo rido de Cabreras; a la derecha el monte de Castalla avanza
decidido; se detiene de pronto en una mella enorme; en el centro, sobre
el azul del fondo, resalta el ingente pen de Sax, coronado de un
torren moruno.

El sol blanquea las quebradas de las montaas y hcelas resaltar en
aristas luminosas; el cielo es difano; los pinos cantan con un manso
rumor sonoro; los lentiscos refulgen en sus diminutas hojas charoladas;
las abejas zumban; dos cuervos cruzan aleteando blandamente.

* * *

Cae la tarde; la sombra enorme de las Lometas se ensancha, cubre el
collado, acaba en recia punta sobre los lejanos almendros; se
entenebrecen los pinos; resaltan las bermejas hazas labradas; el dbil
sol rasero ilumina el borde de los ribazos y guarnece con una cinta de
verde claro el verde oscuro de los viedos baados en la sombra.

Cambia la coloracin de las montaas. El pico de Cabreras se tinta en
rosa; la cordillera del fondo toma una suave entonacin violeta; el
castillo de Sax refulge ureo; blanquea la laguna; las vias, en la
claror difusa, se tien de un morado tenue.

Lentamente la sombra gana el valle. Una a una las blancas casitas
lejanas se van apagando. La tierra se recoge en un profundo silencio;
murmuran los pinos; flota en el aire grato olor de resina. El cascabeleo
de un verderol suena precipitado; calla, suena de nuevo. Y en la
lejana el dorado castillo refulge con un postrer destello y desaparece.

* * *

Anochece. Se oye el traqueteo persistente de un carro; tintinea a
intervalos una esquila. El cielo est plido; la negrura ha ascendido de
los barrancos a las cumbres; los bancales, las vias, los almendros se
confunden en una mancha informe. Destacan indecisos los bosquecillos de
pinos en las laderas. La laguna desaparece borrosa. Y vibra una cancin
lejana que sube, baja, ondula, plae, re, calla...

El campo est en silencio. Pasan grandes insectos que zumban un
instante; suena de cuando en cuando la flauta de un cuclillo; un
murcilago gira calladamente entre los pinos. Y los grillos abren su
coro rtmico: los comunes, en notas rpidas y afanosas; los reales, en
una larga, amplia y sostenida nota sonora.

Ya el campo reposa en las tinieblas. De pronto pardea a lo lejos una
fogata. Y de los confines remotos llega y retumba en todo el valle el
formidable y sordo rumor de un tren que pasa...




II


La casa se levanta en lo hondo del collado, sobre una ancha explanada.
Tiene la casa cuatro cuerpos en pintorescos altibajos. El primero es un
solo piso terrero; el segundo, de tres; el tercero, de dos; el cuarto,
de otros dos.

El primero lo compone el horno. El ancho tejado negruzco baja en
pendiente rpida; el alero sombrea el dintel de la puerta. Dentro, el
piso est empedrado de menudos guijarros. En un ngulo hay un montn de
lea; apoyadas en la pared yacen la horquilla, la escoba y la pala de
rabera desmesurada. Una tapa de hierro cierra la boca del hogar; sobre
la bveda secan hacecillos de plantas olorosas y rotenes descortezados.
La puerta del amasador aparece a un lado. La luz entra en el amasador
por una pequea ventana finamente alambrada. La artesa, ancha, larga,
con sus dos replanos en los extremos, reposa junto a la pared, colocada
en recias estacas horizontales. Sobre la artesa estn los tableros, la
raedera, los pintorescos mandiles de lana: unos de anchas viras
amarillas y azules, bordeadas de pequeas rayas bermejas; otros de
anchas viras pardas divididas por una rayita azul, y anchas viras azules
divididas por una rayita parda. En un rincn est la olla de la
levadura; del techo penden grandes horones repletos de panes; en las
paredes cuelgan tres cernederas y cuatro cedazos de espesa urdimbre a
diminutos cuadros blancos, rojos y pardos, con blancas cintas
entrecruzadas que refuerzan la malla.

El segundo cuerpo de la casa tiene las paredes doradas por los aos. En
la fachada se abren: dos balcones en el piso primero, tres ventanas en
el piso segundo. Los huecos estn bordeados de ancha cenefa de yeso
gris. Y entre los dos balcones hay un gran cuadro de azulejos
resguardado con un estrecho colgadizo. Representa, en vivos colores,
rojos, amarillos, verdes, azules, a la Trinidad santa. El tiempo ha ido
echando abajo las losetas, y entre anchos claros aparecen el remate de
una cruz, una alada cabeza de ngel, el busto del Padre con su barba
blanca y el brazo extendido.

El tercer cuerpo tiene una diminuta ventana y un balconcillo rebozado
con el follaje de una parra que deja caer su alegra verde sobre la
puerta de la casa. Esta casa la habitan los labriegos. La entrada es
ancha y empedrada, jaharradas de yeso las paredes, con pequeas vigas el
techo. A la izquierda est la cocina; a la derecha, el cantarero; junto
a l una pequea puerta. Esta puerta cierra un pequeo cuarto sombro
donde se guardan los apechusques de la limpieza.

El cuarto cuerpo tiene cuatro ventanas que dan luz a una espaciosa
cmara, con vigas borneadas en el techo, colgada de ristras de pimientos
y de horcas de cebollas y ajos, llena de simples mantenimientos para la
comida cotidiana.

Enfrente de la casa, formando plazoleta, hay una cochera y una ermita.

La ermita es pequea; es de orden clsico. Tiene cuatro altares
laterales con lienzos; tiene uno central con cuatro columnas jnicas;
tiene una imagen; tiene ramos enhiestos; tiene velas blancas; tiene
velas verdes. En la sacrista cuelga un diminuto espejo con marco de
talladas hojas de roble, y un aguamanil blanco rameado de azul pone en
la pared su nota gaya. En los muros, entre viejas estampas, hay un
cartel amarillento que dice en gruesas letras: _Sumario de dos mil
quinientos y ochenta das de indulgencia concedidos a los que
devotamente pronuncien estas palabras_: _Ave Mara Pursima_; y abajo,
a dos columnas, una nutrida lista de obispos y arzobispos. En un armario
reposan antiguas casullas, bernegales con coronas de oro abiertas sobre
el cristal, un cliz con un blasn en el pie y una leyenda que dice: _Se
izo en 24 de Agosto de 1714. Del Dr. Pedro Ruiz y Miralles._

Junto a la cochera est el aljibe, ancho, cuadrado, con una bveda que
se hincha a flor de tierra. Las pilas son de piedra arenisca; el pozal
es de madera; sobre la puertecilla destaca un cuadro de azulejos. San
Antonio, vestido de azul, mira exttico, cruzados los brazos, a un nio
que desciende entre una nube amarillenta y le ofrece un ramo de blancas
azucenas.

Detrs del aljibe hay una balsa pequea y profunda. La cubre una parra.
Es una parra joven. Este ao--segn la bella frase de uno de estos
labriegos tan pantestas en el fondo--, este ao es el primero que
trabaja. Y es laboriosa, y es aplicada, y es vehemente. Sus sarmientos
se enroscan y agarran con los zarcillos al encaado, cuelgan profusos
los racimos, y los redondos pmpanos anchos forman un toldo de suave
color presado sobre las aguas quietas.

En el borde de la balsa hay una pila de fondo verdinegro. Las abejas se
abrevan en su agua limpia. El agua nace en un montecillo propincuo,
corre por subterrneos atanores de barro, surte de un limpio cao, cae
transparente con un placentero murmurio en la ancha pila.

La casa es grande, de pisos desiguales, de estancias labernticas. Hay
espaciosas salas con toscas cornucopias, con viejos grabados alemanes,
con pequeas litografas en las que se explica cmo Matilde, hermana de
Ricardo de Inglaterra, antes de pronunciar su voto, etc. Hay una
biblioteca con cuatro mil volmenes en varias lenguas y de todos los
tiempos. Hay una pequea alacena que hace veces de archivo, con papeles
antiguos, con ttulos de las Universidades de Orihuela y Ganda, con
cartas de desposorio, con ejecutorias de hidalgua, con nombramientos de
inquisidores. Hay viejas cmaras con puertas cuadradas, con cerraduras
chirriantes, con techos inclinados de retorcidas vigas, con lejas
anchas, con armarios telaraosos que encierran un espejo roto, un veln,
una careta de colmenero; con largas caas colgadas del techo, de las que
en otoo penden colgajos de uvas, melones reverendos, gualdos
membrillos, manojos de hierbas olorosas. Hay graneros oscuros,
sosegados, silenciosos, con largas filas de alhorines hechos de delgadas
citaras. Hay un tinajero para el aceite con veinte panzudas tinajas,
cubiertas con tapaderas de pino, enjalbegadas de ceniza. Hay una gran
bodega, con sus cubos, sus prensas, sus conos, sus largas ringleras de
toneles. Hay una almazara, con su alfarje de moln cnico, y su ancha
zafa, y su tolva. Hay dos cocinas con humero de ancha campana. Hay
palomares eminentes. Hay una cuadra con mulas y otra con bueyes. Hay un
corral con pavos, gallos, gallinas, patos, y otro con cerdos, negros,
blancos, jaros. Hay dos pajares repletos de blanda y clida paja...

Ante la casa se abre una alameda de almendros. Cuatro, seis olmos gayan
la plazoleta con su follaje. En lo hondo, sobre la pincelada verde del
ramaje, resalta la pincelada azul de las montaas; ms bajo, por entre
los troncos, a pedazos, espejea la laguna. El cielo est difano. Las
palomas giran con su aleteo sonoro. Y un acridio misterioso chirra con
una nota larga, hace una pausa, chirra de nuevo, hace otra pausa...

* * *

La entrada de la casa principal es ancha. Est enladrillada de losetas
amarillentas. Hay una puerta a la derecha y otra a la izquierda; una y
otra estn ceidas por resaltantes cenefas lisas. Recia viga, jaharrada
de yeso blanco, sostiene las maderas del techo. A los lados, dos
mnsulas entasadas adornan la jacena. Sobre la pared, bajo las mnsulas,
resaltan los emblemas de Jess y Mara.

Al piso principal se asciende por una escalera oscura. La escalera tiene
una barandilla de hierros sencillos; el pasamanos es de madera; en los
ngulos lucen grandes bolas pulimentadas.

La primera puerta del piso principal da paso a dos claras habitaciones:
una es un cuarto de estudio, la otra sirve de alcoba.

El estudio tiene el techo alto y las paredes limpias. Lo amueblan dos
sillones, una mecedora, seis sillas, un velador, una mesa y una consola.
Los sillones son de tapicera a grandes ramos de adelfas blancas y rojas
sobre fondo gris. La mecedora es de madera curvada. Las sillas son
ligeras, frgiles, con el asiento de rejilla, con la armadura negra y
pulimentada, con el respaldo en arco trilobulado. El velador es redondo;
est cargado de infolios en pergamino y pequeos volmenes amarillos. La
mesa es de trabajo; la consola, colocada junto a la mesa, sirve para
tener a mano libros y papeles.

La mesa es ancha y fuerte; tiene un pupitre; sobre el pupitre hay un
tintero cuadrado de cristal y tres plumas. Reposan en la mesa una gran
botella de tinta, un enorme fajo de inmensas cuartillas jaldes, un
diccionario general de la lengua, otro latino, otro de trminos de arte,
otro de agricultura, otro geogrfico, otro biogrfico. Hay tambin un
vocabulario de filosofa y otro de economa poltica; hay, adems, en su
edicin lyonesa de 1675, el curiossimo _Tesoro de las dos lenguas,
francesa y espaola_, que compuso Csar Oudn, intrprete del rey.

La consola es de nogal. Los pies delanteros son ligeras columnillas
negras con capiteles clsicos de hueso, con sencillas bases toscanas.
Los tiradores del cajn son de cristal lmpido; un gran tablero de
madera se extiende a ras del suelo, entre las bases de las columnas y
los pies de la mesa. Sobre esta mesa yacen libros grandes y libros
pequeos, un cuaderno de dibujos de Gavarni, cartapacios repletos de
papeles, nmeros de _La Revue Blanche_ y de la _Revue Philosophique_,
fascculos de un censo electoral, mapas locales y mapas generales. El
cajn est repleto de fotografas de monumentos y paisajes espaoles,
fotografas de cuadros del museo del Prado, fotografas de periodistas y
actores, fotografas pequeas, hechas por Laurent, de las notabilidades
de 1860, daguerrotipos, en sus estuches lindos, de interesantes mujeres
de 1850.

Las paredes del estudio estn adornadas diversamente. En la primera
pared, a los lados de la puerta, hay dos grandes fotografas en sus
marcos de noguera pulida: una es de la divina marquesa de Legans, de
Van Dyck; otra, cuidadosamente iluminada, es de _Las Meninas_, de
Velzquez.

En la segunda pared, correspondiente al balcn, cuelga una fotografa de
_Doa Mariana de Austria_, de Velzquez, con su enorme guardainfante y
su pauelo de batista. Sobre esta fotografa se eleva, surgiendo del
marco e inclinndose sobre el retrato, una fina y dorada pluma de pavo
real; y esta pluma es como un smbolo de esta mujer altiva, desdeosa,
con su eterno gesto de displicencia que perpetu Velzquez, que perpetu
Carreo, que perpetu Del Mazo.

El segundo cuadro es una litografa francesa. Se titula _La Msica_;
representa una mujer que toca un arpa. Lleva los cabellos en dos
lucientes cocas; sus mejillas estn amapoladas; sus pechos palpitan
descubiertos; un gran brial de seda blanca cae sobre el csped y forma a
sus pies un remolino airoso. Esta litografa est encerrada en un valo
bordeado de un estrecho filete de oro; el valo destaca en una amplia y
cuadrada margen blanca, y el cuadro todo est ceido por un ancho y
plano marco negro.

Junto a l est el retrato en busto de Felipe IV, por Velzquez. Tiene
el rey austriaco ancha la cara de mentn saledizo; sus bigotes ascienden
engomados por las mejillas fofas; pone la luz un tenue reflejo sobre la
abundosa melena que cae sobre la gola enhiesta. Y sus ojos distrados,
vagorosos, parecen mirar estpidamente toda la irremediable decadencia
de un pueblo.

En la tercera pared--en la que se abre la puerta de la alcoba--hay tres
cuadros. El primero es una fotografa que lleva por ttulo:
_Guadalajara; vista de la carretera por las entrepeas del Tajo._ El ro
se desliza ahocinado por su hondo cauce; resbala el sol por los altos
peascos y besa las aguas en viva luminaria; y la carretera, a la
izquierda, se pierde a lo lejos, en rpido culebreo blanco, por la
estrecha garganta.

El segundo cuadro es un paisaje al leo de un pintor desconocido y
meritsimo: Adelardo Parrilla. Es una tabla pequea. En el fondo cierra
el horizonte una fronda verde y brava; cuatro, seis lamos esbeltos se
han separado del boscaje y se adelantan a mirarse en un ancho y claro
arroyo; sus hojas tiemblan de placer; el cielo es de un violeta plido,
tenue. Y el agua--a travs del cristal en que sabiamente est puesto el
cuadro--parece que corre, irisa, palpita bajo la luz suave.

Al lado de este paisaje hay una fotografa titulada: _Salamanca; vista
del seminario desde los Irlandeses._ En primer trmino, una baja
techumbre con sus simtricas ringlas de tejas, corre de punta a punta. A
la otra banda, en los cuadros de un huertecillo y a lo largo de las
paredes blancas de la cerca, se desgrea el claro boscaje de una parra y
se esponjan las copas de los frutales florecidos. Ms all, entre el
follaje, asoma el remate de un enorme letrero blanco:... _SAL_; ms
lejos aparece otra huerta con sus bancales y su noria. Y por todas
partes, sobre las albardillas, en los rincones de los patios, cabe a
misteriosas ventanas, surgiendo de la oleada de casuchas que se alza, se
deprime, ondula entre el bside de los Irlandeses y el Seminario lejano,
destaca la apacible copa de un rbol. Sobre los tejados negruzcos las
chimeneas ponen su trazo blanco, las lumbreras se abren inquietadoras. Y
en el fondo, el Seminario con sus dos cuerpos formidables, trepados por
infinitas ventanas, cierra hoscamente la perspectiva. Es primavera; la
verdura de los huertos no est an tupida; resaltan alegres las paredes
a la luz viva; y las torres y las cpulas de las dos catedrales se
yerguen serenas en el ambiente difano.

En la tercera pared--sobre la cual est adosada la mesa de
trabajo--lucen otras tres litografas de la misma coleccin que la
pasada; se titulan: _La Escultura_, _La Poesa_ y _La Pintura_. Entre la
primera y la segunda hay colgado un zapatito autntico de una dama del
siglo XVIII. Es de tafilete rosa, con la punta agudsima y con el tacn
altsimo de madera, aforrado en piel; tiene la cara bordada al realce,
con seda blanca.

Entre la segunda y tercera litografa penden, de rojas cintas de seda,
dos lucientes braserillos de cobre, en los que antao se pona la lumbre
para encender pajuelas y cigarros. Debajo, encerrado en un patinoso
marco dorado, pendiente de un viejo listn descolorido, hay un dibujo de
Ramn Casas. Es una de esas cabezas de mujeres meditativas y perversas
en que el artista ha sabido poner toda el alma femenina contempornea.

Frente al pupitre, en sencillo marco de caoba, est una fotografa del
autorretrato del _Greco_. Destacan en la negrura la mancha blanca de la
calva y los trazos de la blanda gorguera; sus mejillas estn secas,
arrugadas, y sus ojos, puestos en anchos y redondos cajos, miran con
melancola a quien frente por frente a l va embujando palabras en las
cuartillas.

Las paredes del estudio son de brillante estucado blanco; las puertas
estn pintadas de blanco; las placas de las cerraduras son niqueladas;
el piso, en diminutos mosaicos a losanges azules, blancos y grises,
forma una pintoresca tracera encerrada en una ancha cenefa de color
lila. Tamiza la luz una persiana verde, y una tenue cortina blanca de
hilo vuelve a tamizarla y la difluye con claridad suave. Reina un
profundo silencio; de rato en rato suena el grito agudo de un pavo real.
Las palomas, que en el palomar de arriba saltan y corren, hacen sobre el
techo con sus menudas patas un presto y entrecortado ruido seco.

* * *

La alcoba es amplia y clara. Recibe la luz por un balcn. Estn
entornadas las maderas; en la suave penumbra, la luz que se cuela por la
persiana marca en el techo unas vivas listas de claror blanca.

Adornan las paredes cuatro fotografas de los tapices de Goya. Las
esbeltas figuras juegan, bailan, retozan, platican sentadas en un pretil
de sillares blancos; el cielo es azul; a lo lejos la crestera del
Guadarrama palidece.

Amueblan la alcoba: una cama de hierro, un lavabo de mrmol con su
espejo, una cmoda con ramos y ngeles en blanca taracea, una percha,
tres sillas, un silln de reps verde.

En este silln verde est sentado Azorn. Tiene ante s una maleta
abierta. Y de ella va sacando unas camisas, unos pauelos, unos
calzoncillos, cuatro tomitos encuadernados en piel y en cuyos tejuelos
rojos pone: MONTAIGNE.




III


Azorn pasa toda la maana leyendo, tomando notas. A las doce, cuando
tocan el caracol--a modo de bocina--para que los labriegos acudan, baja
al comedor. El comedor es una pequea pieza blanca; en las paredes
cuelgan apaisados cuadros antiguos--que como estn completamente negros
es de suponer que no son malos--; frente a la puerta destaca un armario,
en que estn colocados cuidadosamente los platos, las tazas, las
jcaras, guarnecidos por las copas puestas en simetra de tamaos,
dominado todo por un diminuto toro de cristal verdoso como los que
Azorn ha visto en el museo Arqueolgico.

Sirve a la mesa Remedios. Remedios es una moza fina, rubia, limpia,
compuestita, callada, que pasa y repasa suavemente la mano por encima de
las viandas, oxeando las moscas, cuando las pone sobre la mesa; que
coloca el vaso del agua en un plato; que permanece a un lado silenciosa,
apoyada la cara en la mano izquierda y la derecha puesta debajo del
codo izquierdo; que algunas veces, cuando por incidencia habla, mueve la
pierna con la punta del pie apoyada en tierra.

Esta moza tan meticulosa y apaada--piensa Azorn--me recuerda esas
mujeres que se ven en los cuadros flamencos, metidas en una cocina
limpia, con un banco, con un armario coronado de relucientes cacharros,
con una ventana que deja ver a lo lejos un verde prado por el que
serpentea un camino blanco...

* * *

Despus de comer, Azorn se tumba un rato. A esta siesta le llama Azorn
_la siesta de las cigarras_. No porque las cigarras duerman, no; antes
bien porque Azorn se duerme a sus roncos sones.

La habitacin est en la penumbra; fuera, en los olmos, comienza la
sinfona estrepitosa... Las cigarras caen sobre los troncos de los olmos
lentas, torpes, pesadas, como seres que no conceden importancia al
esfuerzo extraesttico. Son cenicientas y se solapan en la corteza
cenicienta. Tienen la cabeza ancha, las antenas breves, los ojos
saltones, las alas difanas. Son graves, sacerdotales, dogmticas,
hierticas. Se reposan un momento; saludan un poco desdeosas a los
rades agazapados en las grietas; miran indiferentes a las hormigas
diminutas que suben rpidas en procesin interminable. Y de pronto suena
un chirrido largo, igual, uniforme, que se quiebra a poco en un ris-rs
ligero y cadencioso. Luego, otra cigarra comienza; luego, otra; luego,
otra... Y todas cantan con una algaraba de ritmos sonorosos.




IV


Azorn gusta de observar las plantas. En sus paseos por el monte y por
los campos, este estudio es uno de sus recreos predilectos. Porque en
las plantas, lo mismo que en los insectos, se puede estudiar el hombre.
Quiz parezca tal aserto una paradoja; pero los que no creen que slo en
el hombre se manifiesta la voluntad y la inteligencia, es decir, los que
son un poco paganos y lo ven todo animado, desde un cristal de cloruro
de sodio hasta el _homo sapiens_, no encontrarn lo dicho paradjico.

Las plantas, como todos los seres vivos, se adaptan al medio, varan a
lo largo del tiempo en sus especies, triunfan en la concurrencia vital.
Los que se adaptan y los que triunfan son los ms fuertes y los ms
inteligentes. Y este triunfo y esta adaptacin, no constituyen una
finalidad? Y puede nunca ser obra del azar ciego una finalidad,
cualquiera que sea? No, la seleccin no es una obra casual; hay una
energa, una voluntad, una inteligencia, o como queramos llamarlo, que
mueve las plantas como el mineral y como el hombre, y hace esplender en
ellos la vida, y los lleva al acabamiento, de que han de resurgir de
nuevo, en una u otra forma, perdurablemente.

As nadie se extrae de que digamos que existen plantas buenas y plantas
malas; unas poseen salutferos jugos; otras, ponzoas violentsimas.
Pero como no hay nada bueno ni malo en s--como ya not Hobbes--y la
tica es una pura fantasa, podra resultar en ltimo caso que las
plantas no son buenas ni malas. Sin embargo, esto sera destruir una de
las bases ms firmes de la sociedad; la moral desaparecera. Por lo
tanto, hemos de mantener el criterio tradicional: las plantas, unas son
buenas y otras son malas.

Las hay tambin que, como muchos hombres, viven a costa del prjimo; es
decir, son explotadoras, lo cual sucede, por ejemplo, con las orobancas,
que crecen sobre ajenas races. Otras, en cambio, vienen a ser lo que
las clases productoras en las sociedades humanas. Linneo llam a las
gramneas _los proletarios del reino vegetal_. No le faltaba razn a
Linneo, porque no hay entre todas las plantas otras ms humildes, ms
laboriosas, y, sobre todo, ms resignadas.

Las plantas aman unas la vida libre y sacudida; otras el trato poltico
y medido; aqullas viven en las montaas; stas crecen a gusto recoletas
en los jardines y en los huertos. Sin embargo, as como de las familias
campesinas salen a veces sutiles cortesanos, as tambin las plantas
campestres se truecan en urbanas. Ello debe de ser, en parte al menos,
obra de los hortelanos. Los hortelanos son arteros y maliciosos; ya lo
dicen los viejos sainetes y los cuentecillos de las _florestas_. Con sus
maas los hortelanos persuaden a las plantas silvestres a que dejen sus
parajes bravos; les dicen que en los cuadros de los huertos lucirn ms
su belleza; que tendrn lindas compaeras; que, en fin, estarn mejor
cuidadas. Las plantas se dejan seducir: quin se resiste a los halagos
de la vanidad? De las montaas pasan a los huertos, como, por ejemplo,
el tomillo, que de _silvestre_ se convierte en _salsero_; o lo que es lo
mismo, de hosco y solitario se cambia en sociable, y como tal da gusto
con su presencia a las salsas y asaborea gratamente las conservas.

Sucede, sin embargo, que del mismo modo que los campesinos no logran
hacerse nunca por completo a la vida de las ciudades, en las cuales
parece que les falta sol y aire, y en las que se encuentran molestos por
sus mil triquiuelas, hasta el punto de que enflaquecen y se opilan, del
mismo modo estas plantas selvticas que vienen a los huertos, crecen en
ellos desmedradas y acaban por perecer si no se las acorre
oportunamente. Estos auxilios a que aludo los conocen los hortelanos:
consisten en plantar entre ellas, para ayudarlas, otras plantas
alegres y animosas que les quiten las tristes aoranzas; por ejemplo:
las orucas, que confortan y animan a la manzanilla; el organo, la
mejorana, la toronjina y otras tales. La higuera es tambin muy amiga de
la ruda; el ciprs, de la avena; y as por este estilo podran irse
nombrando, si hiciera falta, muchas amistades y predilecciones de las
plantas, que, como es natural, tambin tienen sus odios y sus
desavenencias.

Quin contar, por otra parte, sus buenas y malas cualidades? Crea el
lector que es empresa ardua, pero, con todo, intentaremos decir algo. La
borraja es alegre; quien la coma puede estar seguro de tener nimo
divertido. En cambio, la berenjena trae cogitaciones malignas a quien la
gusta. Dicen los autores que es una planta de mala complexin. S lo
es; los hortelanos, para quitarle algo de sus intenciones aviesas,
plantan junto a ellas albahacas y tomillos; estas hierbas, como son
bondadosas e inocentes, acaban por amansar un poco a las berenjenas.

Las espinacas y el perejil son metdicos, amigos del orden, muy apegados
a la casa donde siempre han vivido y donde, por decirlo as, estn
vinculadas las tradiciones de sus mayores. Lo cual significa que tanto
la espinaca como el perejil _no quieren_ ser trasplantados. Esta frase
es de un viejo tratadista de horticultura; yo creo que hubiese encantado
al autor de _La Voluntad de la Naturaleza_, o sea, Schopenhaer.

Tambin acompaa a estas plantas en sus ideas conservadoras la
hierbabuena. Ya el nombre lo dice: es una buena hierba. Pero si no
estuviera ya honrada suficientemente por su mismo nombre, habra que
declarar a la hierbabuena emblema del patriotismo. No existe ninguna
hierba que se aferre ms a la tierra donde ha crecido; se la puede
arrancar, perseguir con el arado y la azada... es intil; la hierbabuena
vuelve a retoar indmita.

La cebolla es recia, valerosa, ardiente. Su linaje pica en ilustre;
algunos pueblos remotos se dice que la adoraban, y los soldados romanos
la coman para ganar fortaleza con que vencer a los pueblos extraos. De
modo que se puede decir que la cebolla ha dado a los Csares el imperio
del mundo. No olvidemos otro dato importante. El Rey Sabio, que
recomienda en sus _Partidas_ que los barcos de las escuadras lleven yeso
para cegar a los adversarios y jabn para hacerles resbalar, no se
olvida tampoco de encarecerles que se provean tambin de cebollas,
porque las cebollas--dice l--les librarn del corrompimiento del yacer
de la mar.

La calabaza tiene de dctil lo que la cebolla tiene de fuerte; pudiera
decirse, sin intencin malvola, que la calabaza simboliza la
diplomacia. La calabaza se pliega a todo, contemporiza, transige, posee
un alto sentido mimetista. Si se la pone cuando es pequea dentro de una
caa hueca, corre por dentro y toma su forma; y si se la deposita en
jarros y pucheros de formas extraas, o aun en los ms humildes
recipientes, tambin se adapta a ellos y crece segn el molde.

La albahaca es caprichosa; todas las plantas han de ser regadas, segn
la buena horticultura, por la maana o por la tarde; la albahaca pide el
riego a medioda. Esta planta, tan ufana con su agradable aroma, parece
una mujer bonita. Los viejos dicen que el olerla produce jaquecas;
tambin las producen las mujeres bonitas.

El cilandro es apasionado; ama al ans. Dicen los labradores que es el
macho del ans; as lo parece. l ama al ans con locura, junta sus
tallos a sus tallos, acaricia sus hojas, besa sus olorosos frutos
pubescentes. El cilandro tambin es oloroso, pero su olor es hediondo.
Vais a cogerlo, lo apauscis entre los dedos y lo soltis aina. Esta es
una superchera del cilandro; es que no quiere ser cogido entonces,
cuando est verde, cuando es joven, cuando puede gozar an de la alegra
y del amor. Dejad que envejezca, es decir, que se seque, y entonces
cogedlo y veris cmo sus frutos despiden una fragancia exquisita, que
es como un recuerdo delicado de sus pasadas ilusiones.

La malva es humilde; no requiere cultivo, ni necesita ninguna clase de
cuidado. Crece en cualquier sitio, y es tan modesta y tan exorable, que
aun las mismas durezas y tumefacciones de los hombres ablanda. Pero con
ser tan humilde, guarda esta hierba una ambicin secreta y de tal
magnitud, que casi se puede afirmar que es una monstruosidad. Esta
planta est enamorada del sol! Cuando el sol sale, ella abre sus hojas;
cuando se pone, las cierra en seal de tristeza; no vive, en resolucin,
sino para su amado. Es el eterno caso del villano que se enamora de la
princesa.

En cambio, la arrebolera tiene por el sol un profundo desprecio; cierra
sus flores de da y las abre de noche. Hace bien la arrebolera? Azorn
cree que s. Francisco de Rioja le dedic una silva, y en ella aprueba
su conducta en versos que parecen hechos para censurar la insana pasin
de la malva. Vase lo que dice Rioja:

      Oh, como es error vano
    fatigarse por ver los resplandores
    de un ardiente tirano,
    que impo roba a las flores
    el lustre, el aliento y los colores!

Todas las plantas tienen, en suma, sus veleidades, sus odios, sus
amores. Las pasiones que nosotros creemos que slo en el hombre
alientan, alientan tambin en toda la Naturaleza. Todo vive, ama, goza,
sufre, perece. El cido y la base se estrechan en la sal; el cilandro
ama al ans; el hombre ansa las bellas criaturas que palpitan de amor
entre sus brazos.




V


Las sociedades animales son tan interesantes como las sociedades
humanas. Los socilogos las estudian con gran cuidado. Las hormigas y
las abejas se agrupan en urbes regimentadas sabiamente; son metdicas
unas y otras, son laboriosas, son sagaces, son perseverantes, son
humildes, son industriosas. Las araas, en cambio, no se agrupan en
sociedad jerarquizada; son los ms fuertes de todos los insectos. Los
naturalistas se plaen de su insociabilidad. Y no hay animal ms
difundido sobre el planeta.

Viven bajo las aguas, como la argironeta; corren sobre la superficie de
los lagos, como el dolomelo orlado; fabrican su morada so las piedras,
como la segestria; se agazapan en un pozo guateado de blanca seda, como
la teniza minera; se columpian en areas redes, como la tejenaria.
Corren, nadan, saltan, vuelan, minan, trepan, tejen, patinan. Y en su
insociabilidad hosca tienen como mira capital, como sentido
esencialsimo, el amor a la raza. El amor a la raza est en las araas
sobrepuesto a todo inters peculiarsimo. La raza ha de ser fuerte,
recia, audaz, incontrastable. La hembra, a este fin, devora
despiadadamente al macho dbil que se le acerca a cortejarla. Y de este
modo slo los machos fuertes triunfan y legan a las nuevas generaciones
su audacia y fortaleza.

Es un animal nietzschano la araa? Yo creo que s. Y entre todas las
araas hay un orden que ms que ningn otro profesa en el reino animal
esta novsima filosofa que ahora nos obsesiona a los hombres. Tres de
estos arcnidos--Ron, King y Pic--ha estudiado Azorn pacientemente. A
continuacin doy, en forma amena, algunas de sus observaciones. Excseme
el lector si las encuentra deficientes, y vea slo en estas lneas un
modesto intento de contribuir al estudio de la sociologa comparada.

* * *

Ron es un varn fuerte, a quien los naturalistas llaman _saltador
escnico_, y dicen que es de la clase de los _aracnoides_, y aseguran
que pertenece al orden de los _atidos_. Los saltadores son los ms
intelectuales y elegantes de los arcnidos. No son metdicos, no son
extticos. Corren, brincan, se mueven prestamente. No fabrican
urdimbres donde permanecer hastiados; no labran agujeros donde esperar
aburridos. Son mundanos, son errabundos. Vagan ligeros por las puertas y
por las paredes soleadas. Persiguen las moscas; las atrapan saltando. Y
de este modo han sabido unir a la utilidad la belleza, puesto que su
caza es un deporte airoso.

Ron vive en una confortable casa; tiene catorce centmetros de larga y
seis de ancha. Son de cartn sus muros, es de cristal su techumbre. El
interior es blanco. Y en la blancura, Ron va y viene gallardo y se
destaca intenso.

Ron es grande; mide ms de un centmetro; tiene henchido el abdomen; su
cuerpo parece afelpado de fina seda; sobre el fondo blanquecino resaltan
caprichosos dibujos negros. Ron es ligero; tiene ocho patas cortas. Ron
es polividente; tiene en la frente dos ojuelos negros, flgidos; y junto
a stos, a cada lado, otros dos ms pequeos; y encima de stos, sobre
la testa, otros dos diminutos. Ron es nervioso; tiene dos palpos, como
minsculos abanicos de plumas blancas, que l mueve a intervalos con el
movimiento rtmico de un nadador. Ron es voluble; corre por pequeos
avances de dos o tres segundos; se detiene un momento; yergue la cabeza;
da media vuelta; se pasa los palpos por la cara; torna a correr un
poco...

Azorn cree que a Ron le ha parecido bien la nueva casa. El ha entrado
tranquilo, indiferente, impasible; luego ha dado una vuelta con el
discreto desdn de un hombre de mundo. Azorn lo observaba; esta
frivolidad le ha molestado un poco. Y, sin embargo, esta frivolidad no
era ficticia. He aqu la prueba: Ron, _sin pensarlo_, ha dado un
topetazo con una mosca que se hallaba muy tranquila en medio de la caja.
La mosca se ha sobresaltado un tanto. Entonces Ron, ya vuelto a la
realidad, ha advertido su presencia.

He hecho una tontera--debe de haber pensado--; tena aqu a mi lado
una mosca y yo estaba completamente distrado. Inmediatamente ha
retrocedido con cautela hasta separarse de la mosca cinco centmetros.
Ha transcurrido un instante de espera. Ron se contrae, se repliega como
un felino. Luego, lentamente, con suavidad, avanza un centmetro; luego,
ms lentamente, otro centmetro; luego se para, aplanado, encogido. La
mosca est inmvil; Ron no se mueve tampoco. Transcurren treinta
segundos, solemnes, angustiosos, trgicos. La mosca hace un ligero
movimiento. Ron salta de pronto sobre ella y la coge por la cabeza. Esta
pobre mosca se mueve violentamente, patalea estremecida de terror. No,
no se marchar; Ron la tiene bien cogida. Las moscas--debe de pensar
l, que, como hombre de grueso abdomen, ser conservador, y como
conservador, creer en las causas finales--; las moscas se han hecho
para los saltadores; yo soy saltador, luego esta mosca ha nacido y se
ha criado para que yo me la coma.

Y se la come, en efecto; pero como es un saltador afectuoso, le da de
cuando en cuando golpecitos con los palpos sobre la espalda, como
queriendo convencerla de su teleologa. Azorn no sabe si la mosca
quedar convencida; ello es que sus patas han cesado de moverse y que
Ron se la lleva a un ngulo, donde permanece quieto con ella un gran
rato.

Despus de comer, Ron se pasa los palpos por la cara, como
limpindosela, con el mismo gesto que los gatos; a veces se lleva
tambin su segunda pata izquierda a la boca, como si se estuviese
hurgando los dientes. Una mosca cogida por Ron tarda en morir poco ms
de un minuto. En la succin del trax emplea Ron veintiocho, treinta,
treinta y tres minutos; en la del abdomen, uno o dos. Cuando el hambre
no aprieta, suele desdear el abdomen; esto es plausible.

Ron pasea por la caja, camina boca arriba por el cristal, se deja caer y
cae de pie con suave movimiento elstico. De cuando en cuando se frota
los ojos con los palpos, con gesto inteligentsimo. A las moscas las
percibe a 12 centmetros de distancia. Entonces se yergue gallardo como
un len; alza la cabeza; pone las dos patas delanteras en el aire; las
observa atento; se vuelve rpido cuando ellas se vuelven... La
Naturaleza es maravillosa; estos saltadores diriase que son felinos
diminutos.

Ron es audaz y feroz. Azorn ha soltado en la caja un moscardn fuerte y
voluminoso. Es grisceo; tiene cerca de dos centmetros; salta e intenta
volar, y cuando cae de espaldas hace sobre el cartn un ruido sonoro de
tambor. Ron, al principio, se ha azorado un poco de este estrpito.
Corra velozmente; no me atrevo a decir que hua. Este bicho--pensara
l--es demasiado grande para m. Luego, cuando el moscardn se ha
amansado, Ron, que estaba a su derecha, ha descrito un perfecto medio
crculo y se ha colocado frente a frente de su adversario. Entonces el
moscardn se ha movido, y Ron ha desandado el camino recorrido. Despus
ha tornado a describir el medio crculo, y como el moscardn se
estuviese quedo, se ha lanzado contra l audazmente.

He dicho que Ron es feroz; aadir que no tiene ni un tomo de piedad.
Esto de la piedad es cosa para l totalmente desconocida. Azorn ha
metido en la caja un saltador joven, casi un nio, a juzgar por su
aspecto, puesto que caminaba lentamente y apenas saba hacer nada. Pues
bien; a la maana siguiente, Azorn ha visto que los despojos de este
saltador pendan de una de las paredes; lo cual indica que Ron lo haba
devorado durante la noche.

Ha soltado tambin Azorn en la caja una tejenaria, o sea una de esas
araas domsticas de largas patas. Qu ha sucedido con esta tejenaria?
Lo primero que ha hecho esta araa es fabricar una tela en medio de la
caja, seguramente con la esperanza de que en ella caiga una mosca, cosa
asaz absurda, porque las moscas son para Ron, segn su filosofa
teleolgica. En su tela permaneca inmvil la tejenaria; cuando se daba
un golpecito sobre el cristal, se agitaba en un baile frentico. As ha
permanecido dos das, y al fin ha sucedido lo que haba de suceder, es
decir, que Ron ha devorado tambin a la tejenaria.

He de declarar que Ron tiene una cama. Esta cama es como una especie de
hamaca, que l ha colgado en un rincn; en ella dormita algunos ratos
despus de haber comido.

Cuando se despierta vuelve a sus paseos. El suelo est sembrado de
cadveres. Al principio, Ron vea uno de estos cadveres y los crea
cuerpos vivos; esto era una desagradable sorpresa. Azorn ha observado
que en una ocasin, para evitar decepciones, Ron se ha aproximado con
discrecin a un cadver y ha alargado una pata y lo ha tocado
ligeramente para averiguar si estaba muerto o vivo.

* * *

King es ms chico que Ron. Es delgado y negro; los palpos los tiene
tambin negros y sin plumas, con una rayita blanca en la base. Vive en
una casa ms pequea.

King ha probado a correr por el cristal y no poda. Luego se ha comido
dos moscas y se deslizaba por l perfectamente. Sin duda, este saltador
haca tiempo que no encontraba moscas en su camino y estaba, por
consiguiente, bastante dbil.

King tarda en matar una mosca un minuto y cuarenta y cinco segundos. En
sorber el trax emplea treinta y un minutos; desdea el abdomen. King,
como todas las araas, ama la noche. Aplacado su apetito, mira
indiferente a las moscas que corren por la caja; pero a la maana
siguiente, todas, sean las que fueren, aparecern muertas.

* * *

Pic es el ms pequeo de todos y el que ms ancha casa habita. Pic mide
medio centmetro; tiene tambin negros los palpos, y el cuerpo es a
rayas pardas y blancas, que le cogen de arriba abajo, como esos bellos
trajes del Renacimiento italiano.

Es, indudablemente, Pic un nio de estirpe principesca. Es gallardo,
vivo; se yergue hasta poner en el aire las cuatro patas anteriores; sube
por las paredes, y corre, seguro, por el cristal; da, de cuando en
cuando, rpidos saltitos; se deja caer del techo, y permanece un
instante balancendose cogido a un hilo tenue.

Cuatro moscas le han sido puestas en la caja; cuando se encuentra con
alguna, huye azorado. Decididamente--ha pensado Azorn--, es muy nio
an este saltador para atreverse con una mosca. Toda la tarde ha estado
Pic sin tocarlas; a la maana siguiente, cuando Azorn ha ido a ver qu
tal haba pasado Pic la noche, ha encontrado las cuatro moscas difuntas.

Porque Pic ser pequeo, pero tiene arrestos. Una mosca yace patas
arriba en medio de la caja; Pic se acerca, creyndola, sin duda, muerta;
la mosca suelta una patada; Pic se queda atnito. Despus se vuelve a
acercar y la torna a tocar en el ala; la mosca rebulle y se pone de pie.
He aqu un terrible compromiso; pero Pic no se arredra. Al contrario,
salta sobre ella tratando de cogerla; la mosca, como es natural, es
esquiva. Al fin, Pic la coge por la cabeza, y entonces, como Pic es
pequeito y la mosca tiene mucha fuerza, arrastra la mosca a Pic y lo
lleva un momento revolando por el aire. Pero Pic no la suelta y logra
afianzarla en un rincn, donde la mosca permanece cuatro minutos
pataleando, y al cabo sucumbe.




VI


Azorn, cansado de los insectos y de las plantas, se ha venido a
Monvar.

La casa que Azorn habita en Monvar est en la calle del Bohuero,
esquina a la de Masianet, en lo alto de la pendiente sobre que el pueblo
se asienta, en limpia hilera de viviendas bajas, en un barrio
silencioso, blanco, soleado. La casa de Azorn tiene una fachada
pequea, jaharrada de albo yeso, con dos ventanas diminutas. Desde la
esquina se divisa abajo, al final de la calleja, el boscaje de un
huerto, una palmera que arquea blanda sus ramas, una colina que se
perfila sobre el azul luminoso del cielo.

La entrada de la casa est pavimentada con grandes losas cuadradas; la
amueblan seis sillas de esparto y una mesita de pino. En un ngulo est
el cantarero, que es una gran losa, finamente escodada, empotrada en la
pared y sostenida por otras dos losas verticales. Encima del cantarero
se yerguen cuatro cntaros, y encima de cada cntaro, acomodadas en su
ancha boca, cuatro alcarrazas que rezuman en brilladoras gotas. Y hay
tambin una tinaja con una tapadera de palo, y un pequeo lebrillo
puesto en un soporte que est clavado en el centro de un pintoresco
cuadro de azulejos, y una toalla limpia que cuelga de la pared y flamea
al viento que se cuela del patio.

El cual patio est tambin enlosado y tiene una cisterna en un ngulo,
que recibe sus aguas de un canal de latn que recorre el borde del
tejado, que desciende por la pared, que llega a una pila repleta de
menuda grava por donde las aguas se filtran y bajan en un claro raudal a
lo profundo. Una parra se enrosca a un varillaje de hierro, extiende su
toldo verde, festonea un balconcillo de madera. A este balcn es al que
se asoma Azorn de cuando en cuando, porque es el de su cuarto, y aqu
en este cuarto es donde l pasa sus graves meditaciones y sus
tremebundas tormentas espirituales.

Azorn se sienta, lee un momento, baja, sale, tambin de cuando en
cuando, a la puerta. Salir a la puerta es una cosa que no se puede hacer
en Madrid; es una de las pequeas voluptuosidades de provincias. Salir a
la puerta es asomarse, un poco indeciso, un poco hastiado, mirar al
cielo, escupir, saludar a un transente, auparse el pantaln... y
volverse adentro, hasta otra media hora, en que volver a salir, tambin
cansado, tambin indeciso, a escudriar la monotona del cielo y la
soledad de la calle.

Otras veces Azorn permanece largos ratos en una modorra plcida,
vagamente, trado, llevado, mecido por ideas sin forma y sensaciones
esfumadas. Cerca, en la casa de al lado, hay un taller de modistas, y a
ratos estas simples mujeres cantan largas tonadas melanclicas, tal vez
acompaadas por la guitarra de un visitador galante. Y las voces frescas
y traviesas vuelan junto a las voces serias y graves, que las persiguen,
que las amonestan, que reclaman de ellas cordura, mientras las notas de
la guitarra, prestas, armoniosas, volubles, se mezclan agudas en los
retozos de las unas, se adhieren profundas a los consejos de las otras.

Y Azorn escucha a travs de su letargo este concierto de centenarias
melodas, este concierto de melodas tan dulces, tan voluptuosas, que
traen a su espritu consoladoras olvidanzas.




VII


Entonces, cuando una dbil claridad penetra por las rendijas de la
ventana, se oye sobre la canal de latn, que pasa sobre ella, un
traqueteo sonoro, ruido de saltos, carreras precipitadas, idas y venidas
afanosas. Y los trinos alegres se mezclan a este estrpito y sacan a
Azorn de su sueo. Todo est an en silencio. La calle reposa. Y de
pronto suena una campana dulce y aguda: en el umbral de una puerta
aparece una vieja vestida de negro con una sillita en la mano. El cielo
est azul; en lo hondo, las palmeras del huerto destacan sus ramas
pndulas; detrs aparecen los senos redondos de la colina yerma.

Ya los pardillos han descendido del tejado hasta el patio. Desde la
parra caen rpidos sobre las losas del piso y corren a saltitos comiendo
las migajas que Azorn ha esparcido por la noche. Cacarea a lo lejos un
gallo; suena el grito largo de un vendedor; se oye sobre la acera el
rascar de una escoba. Y la campana vuelve a llamar con golpes
menuditos.

La ciudad ha despertado. Tintinea a lo lejos una herrera, y unos
muchachos se han sentado en una esquina y tiran contra la pared,
jugando, unas monedas. El sol reverbera en las blancas fachadas; se abre
un balcn con estrpito de cristales. Y luego, una moza se asoma y
sacude contra la pared una escoba metida en un pequeo saco. Cuatro o
seis palomas blancas cruzan volando lentamente; al final de la calleja,
baada por el sol, resalta la nota roja de un refajo. Y en el horno
cercano comienza el rumor de comadres que entran y salen con sus
tableros en la cabeza. Se percibe un grato olor a sabina y romero
quemados; una blanca columna de humo surte del tejado terrero; parlan a
gritos la hornera y las vecinas. Y una campana tae a lo lejos con
lentas, solemnes vibraciones.

La ciudad est ya en plena vida cotidiana. Se han abierto todas las
puertas; los carpinteros trabajan en sus amplios zaguanes alfombrados de
virutas; van las mozas con sus cntaros a coger el agua en las fuentes
de rojo mrmol, donde los caos caen rumorosos. Y de cuando en cuando,
al pasar junto a un portal, se oye el traqueteo ligero de los bolillos
con que las nias urden la fina randa.




VIII


Hoy Azorn ha causado un pequeo desorden en una casa. Lo ha hecho sin
querer. El iba tranquilamente por una calle cuando ha levantado la
cabeza, y ha visto en un balcn a un amigo. Este amigo suyo, a quien
haca mucho tiempo que no vea, le ha llamado. Cmo negarse a los
requerimientos de la amistad? No era discreto negarse, tanto ms, cuanto
este amigo es un excelente pianista, y Azorn se ha regodeado ya por
adelantado con unos cuantos fragmentos de buena msica.

Tena razn en sus augurios. Despus de saludarse los dos antiguos
amigos y hablar de algo, aunque no tenan que decirse nada (cosa que
ocurre casi siempre que se encuentran dos amigos al cabo de largos
aos); despus, digo, de cambiar cuatro frivolidades, Azorn ha rogado a
su amigo que tocase. Este amigo ha titubeado algo antes de sentarse al
piano. Por qu dudaba? No sera porque Azorn le infundiese respeto;
Azorn es un hombre vulgar, aunque escriba todo lo que quiera en los
peridicos (o por eso mismo de que escribe); las perplejidades de su
amigo obedecan a otra causa; ya se dir despus.

Sin embargo, el amigo ha abierto el piano; luego se ha atrevido a
preludiar unas notas. Digo que se ha atrevido, porque tambin antes de
poner los dedos en el teclado pareca irresoluto, bien as como si fuese
a cometer una enormidad. Pero si era una enormidad, al fin ha sido
cometida. Y bien cometida. Porque el pianista ha tocado un concierto de
Humel (pera 83, hay que ser precisos); luego la sinfona de _El Barbero
de Sevilla_ (que al maestro Yuste gustaba tanto y que Azorn ha odo
profundamente conmovido); y, por ltimo, los dedos seguros y expertos
del pianista han hecho brotar las notas enrgicas, altivas, con que
comienza el conocido concierto de Chopn en _mi menor_...

Yo no voy a expresar ahora lo que Azorn ha sentido mientras llegaba a
los senos de su espritu esta msica delicada, inefable. El mismo
epteto que yo acabo de dar a esta msica me excusa de esta tarea:
_inefable_, es decir, que no se puede explicar, hacer patente,
exteriorizar lo que sugiere.

Cuando ha terminado de tocar el pianista, l y Azorn han hablado de
otras pocas cosas indiferentes, y luego Azorn se ha retirado.

Dnde est el escndalo?--preguntar el lector. El escndalo est en
que en esta casa se haya tocado el piano. Es muy difcil explicar a un
lector cortesano, o sea a un hombre que vive en una gran ciudad, donde
los dolores son fugitivos, el ambiente de dolor, de tristeza, de
resignacin, casi agresiva--y pase la anttesis--que se forma en ciertas
casas de pueblo cuando se conlleva un duelo por la muerte de un deudo.
El deudo que ha muerto aqu es lejano y hace muchos meses que ha muerto.
Durante todos estos meses el piano ha permanecido cerrado.

Esta tarde ha sido la primera vez que se ha abierto; no poda negarse el
amigo a la recuesta del amigo. Hubiera sido ridculo? Hubiera sido
ridculo; pero, en cambio, lo que ha sucedido ha sido trgico. Estas
notas de los grandes maestros han resonado audazmente en toda la casa;
desde el fondo de las habitaciones lejanas, las mujeres enlutadas--esas
mujeres tristes de los pueblos--oiran llenas de espanto y de
indignacin las melodas de Chopn y Rossini. Una rfaga de frescura y
sanidad ha pasado por el aire; algo pareca conmoverse y desgajarse...

Y yo siento, al llegar aqu, el tener que dolerme de que las palabras a
veces sean demasiado grandes para expresar cosas pequeas; hay ya en la
vida sensaciones delicadas que no pueden ser expresadas con los vocablos
corrientes. Es casi imposible poner en las cuartillas uno de estos
interiores de pueblo en que la tristeza se va condensando poco a poco y
llega a determinar una modalidad enfermiza, malsana, abrumadora.

He aqu dos o tres seres humanos que viven en un casern oscuro, que van
enlutados, que tienen las puertas y las ventanas cerradas, que mantienen
vivas continuamente unas candelicas ante unos santos, que rezan a cada
campanada que da el reloj, que se acuerdan a cada momento de sus
difuntos. Ya en esta pendiente se desciende fcilmente hasta lo ltimo.
Lo ltimo es la muerte. Y la muerte est continuamente ante la vista de
estos seres. Un da, una de estas mujeres se siente un poco enferma;
suspira; implora al Seor; todos los que la rodean suspiran e imploran
tambin. Ya ha huido para siempre la alegra. Es grave la dolencia? No,
la dolencia est en el medio, en la autosugestin; pero esta
autosugestin acabar por hacer enfermar de veras a esta doliente y a
todos los de la casa.

As pasan dos o tres meses, y se va viendo que la enferma va empeorando.
Las pequeas contrariedades parecen obstculos insuperables: un grito
ocasiona un espasmo; la cada de un mueble produce una conmocin
dolorosa... No se sale ya de casa; las puertas estn cerradas da y
noche; se anda sigilosamente por los pasillos. De cuando en cuando un
suspiro rasga los aires. Y parece que todo el mundo se viene encima
cuando hay que ponerse en contacto con la multitud y salir a evacuar un
negocio en que es preciso hablar, insistir, volver, porfiar.

La autosugestin hace entretanto su camino; la enferma, que ya andaba
poco, acaba por no moverse de su asiento. Para qu pintar las diversas
gradaciones de este proceso doloroso? En todos los pueblos, en todos
estos pueblos espaoles, tan opacos, tan sedentarios, tan melanclicos,
ocurre lo mismo. Se habla de la tristeza espaola, y se habla con razn.
Es preciso vivir en provincias, observar el caso concreto de estas
casas, para capacitarse de lo hondo que est en nuestra raza esta
melancola.

Bastara abrir las puertas y dejar entrar el sol, salir, viajar, gritar,
chapuzarse en agua fresca, correr, saltar, comer grandes trozos de
carne, para que esta tristeza se acabase. Pero esto no lo haremos los
espaoles; y mientras no lo hagamos, las notas de un piano pueden causar
una indignacin terrible.

Esto es lo que ha ocurrido en la casa del amigo de Azorn. Azorn lo
siente y se explica ahora por qu el piano estaba lleno de polvo y por
qu la lmpara elctrica del gabinete no tena bombillas.




IX


Esta pieza, donde la buena vieja est siempre sentada, es el comedor.
Este comedor tiene las paredes cubiertas con papeles que representan un
bosque, una catarata cruzada por un puentecillo rstico, una playa de
doradas arenas, en las que aparece encallada una barquichuela. En un
ngulo hay una rinconera con un loro disecado; en el otro ngulo hay
otra rinconera con un despertador que siempre marcha con su tic-tac
montono. Yo creo que este tic-tac y el loro, que se inclina inmvil
sobre su alcndara, son los nicos compaeros de la pobre vieja.

Qu hace esta vieja? La casa es pequea y oscura; la puerta siempre
est cerrada; no entra ni sale nadie. Por la maana la vieja se levanta
y suspira: Ay, Seor! Luego se sienta en el comedor, junto a la
ventana que da al solitario y diminuto patio. All coge una media que
est haciendo y se pone a trabajar. Suenan campanadas lejanas; la vieja
vuelve a suspirar. Por qu suspira? Hace diez aos que vive as; no se
sabe para qu vive. Ella no hace ms que pensar en que se ha de morir;
lo piensa todos los das y en todos los momentos desde hace diez aos,
que fue cuando falt su marido. Si oye unas campanadas se acuerda de
la muerte; si ve una carta de luto se sobresalta un poco; si dicen en su
presencia: Caramba!, yo crea que se haba usted muerto, entonces se
pone plida y cierra los ojos... Por eso lo mejor que ha hecho es no
salir de casa para no ver a nadie ni or nada; slo sale de tarde en
tarde a alguna novena. Aqu, dentro de casa, est completamente sola; ya
sus antiguas amigas se han muerto; no tiene tampoco hijos. Y, sin
embargo, a pesar de que no ve a nadie ni oye nada, ella se acuerda
siempre de la deuda terrible. Esta es la causa de que est suspirando
desde por la maana hasta por la noche.

Cuando llega la noche, la vieja enciende una capuchina y la pone sobre
la mesa. En el recazo de esta capuchina hay unos fsforos usados; de
estos fsforos coge uno la vieja, lo enciende en la capuchina, y luego
enciende un poco fuego, en el que hace su cena. No es mucho lo que cena:
cena lo bastante para pasar la vida--esta vida que al fin, tarde o
temprano, se ha de acabar. Esto es lo que piensa tambin la vieja; y
entonces suspira otra vez: Ay, Seor!

Luego que ha cenado, reza unas oraciones. Terminadas las oraciones,
coge la lamparilla y se dirige a _la sala_, y entra en la alcoba. En la
alcoba hay una cama grande de madera pintada; hay tambin un cuadro que
representa a la Divina Pastora. La vieja reza un poco ante este cuadro.
Y luego se acuesta, y se duerme pensando que esta noche acaso sea la
ltima de su vida.

* * *

Esta tarde la vieja ha ido a la novena. Es una novena que le hacen a San
Francisco. Delante de la iglesia se abre una plazoleta plantada de
acacias; en el fondo luce un huerto con frutales y palmeras.

San Francisco cae por Octubre. Los pmpanos comienzan a amarillear;
sopla el viento por las noches y hace gemir una ventana que se ha
quedado abierta; el cielo se cubre de nubes plomizas, y llueve de cuando
en cuando en largas cortinas de agua.

La vieja, sin embargo de que hace mal tiempo, ha salido a la novena.
Mejor hubiera sido que no lo hubiera hecho, porque en la puerta de la
iglesia le han dado una mala noticia.

--Sabe usted? Don Pedro Antonio se ha muerto...

La vieja se ha puesto plida. Don Pedro Antonio estaba muy viejo; ella
tambin est muy vieja; luego puede morirse lo mismo que l cualquier
da. Sin embargo, recapacita y dice que don Pedro Antonio padeca de
muchos achaques y era natural que se muriera.

Despus pregunta de qu se ha muerto, y le contestan que se qued de
pronto fro porque le falt el aire, es decir, que se ahog. Entonces la
vieja piensa que ella padece tambin de asma y que bien puede suceder
que un da le falte el aire como a don Pedro Antonio.

Ya no le hace provecho la novena. La vieja est muy triste; no somos
nada; en un momento podemos vernos privados de la vida. Seor,
Seor--dice la vieja--, por qu pones ante m la muerte a todas horas?
Ya que me he de morir, llvame de este mundo sin angustias y sin
sobresaltos.

Pero el Seor no oye a la pobre vieja. A la mitad de la novena sale de
la sacrista un monaguillo que lleva un farol y va tocando una
campanilla; detrs viene un clrigo con el Vitico. Es que van a
llevrselo a un enfermo que agoniza... La vieja al verlo sufre una gran
conmocin. Y vuelve a suspirar y a invocar al Seor, mientras entre sus
dedos secos van pasando los granos del rosario.

De que se ha terminado la novena vuelve a su casa la vieja. Algunas
veces se detiene en la puerta charlando un momento; pero esta tarde est
tan triste por las emociones recibidas, que no tiene gusto de hablar con
nadie.

* * *

Este ao ha apedreado. El aparcero que lleva las tierras de la vieja ha
venido y se lo ha dicho. Ella ya haba visto caer los granizos en su
patio, a travs de la ventana del comedor. Las tierras son muy pocas;
ella, verdad es que necesitaba muy poco para vivir. Pero este ao, qu
va a hacer? Quin la socorrer? El tic-tac del reloj suena montono; el
loro la mira con sus ojos de vidrio. La vieja piensa en su soledad y en
su tristeza. Todas las pequeas contrariedades que ha ido sufriendo
durante diez aos vienen ahora a condensarse en una catstrofe grande.

Hace un da nublado; la vieja deja la media en el pequeo tabaque de
mimbre y se pone a mirar al cielo--a este cielo que le ha apedreado sus
vias. Pero es muy breve el tiempo que permanece mirndolo, porque de
pronto suenan en la calle unos cantos terribles. Qu son estos cantos?
Son sencillamente los responsos que van echndole a un muerto que llevan
a enterrar. Al orlos, la vieja siente que un gran terror se apodera de
todo su cuerpo. No, no; esos cantos no son para el muerto que pasan por
la calle, sino para ella. Y entonces se recoge en su asiento, toda
arrugadita, toda temblorosa, y llora como una nia.

Cuando se ha hecho de noche, la vieja se ha levantado y ha encendido la
capuchina. Sonaban, unas largas, otras breves, las campanadas del
Angelus, y ella ha rezado sus habituales oraciones a la Virgen. Despus
de estos rezos, ella tiene por costumbre hacer la cena; pero esta noche
no la ha hecho. No tena apetito; era tan grande su dolor, que no tena
ganas ni siquiera de abrir la boca. De modo que despus de rezar otra
vez se ha dirigido a la sala. En la sala ha tenido una tentacin. Por
qu no decirlo? S, ha tenido una tentacin; es decir, ha querido
mirarse al espejo. Estar ella tan vieja como piensa? Se podr colegir
por el aspecto de su cara si ha de vivir an algunos aos? Ello es que
ha ido a mirarse al espejo; pero valiera ms que no hubiese ido. Cuando
ha acercado la luz al cristal ha visto una araa que corra por l. La
araa era pequeita; pero tal susto se ha llevado, que por poco si deja
caer la lamparilla. Y ahora s que ha sentido que este presagio le
anunciaba que todo iba a acabar para ella. Cundo? Acaso esta noche.

Con estas ideas se ha quedado dormida.

Cuando a la maana siguiente han llamado para llevarle el pan, viendo
que no abra, han tenido que forzar la puerta.

La vieja estaba muerta en su cama. Tal vez haba tenido alguna espantosa
pesadilla.




X


Este viejo est llorando. Este viejo tiene un bigote blanco, recortado,
como un pequeo cepillo; viste un pantaln a cuadritos negros y blancos;
lleva unos lentes colgados de una cinta negra; se apoya en un bastn de
color de avellana, con el puo de cuerno, en forma de pata de cabra.
Este viejo llora de alegra. Se ha pasado toda su vida en el teatro;
cuando vio su fortuna deshecha se vino al pueblo. Aqu ha organizado una
compaa de aficionados; no poda estarse quieto. Esta noche es la
primera que trabajan.

El viejo va y viene con pasito ligero y menudo por el escenario, entra
en los cuartos de los cmicos, sube al telar, desciende al foso. Lleva
en la mano un libro delgado; de cuando en cuando se para bajo una luz y
lee un poco; otras veces se dirige a un carpintero que da fuertes
martillazos y le dice:

--No, ese rbol no debe ir aqu. No comprende usted que colocar un
rbol aqu es un absurdo?

El carpintero no comprende que colocar un rbol all es un absurdo, pero
lo coloca en otra parte; lo mismo le da a l.

Despus el viejo da con el libro en una mano fuertes golpes y llama:

--Pedro! Pedro!... A ver, que suban una verja para el fondo del
jardn.

Pedro dice que no hay ninguna verja.

Entonces l replica que s, que acaba de verla. Cmo puede haberla
visto si no la hay? As lo afirma Pedro, pero, sin duda, Pedro est
trascordado, porque el viejo insiste en que l la ha visto. Y se va
corriendo hacia el foso y baja las escaleras a saltitos.

Llega al foso, y efectivamente no hay verja. Lo que hay es una
empalizada de un huerto. Esto le contrara un poco al viejo; pero en fin
acuerdan poner la empalizada. La realidad escnica padecer con este
detalle; pero, despus de todo, si se piensa bien, puede haber jardines
que tengan empalizadas.

El viejo deja el bastn y se pone a arreglar la escena. Cuando est
subido en una escalera vienen a llamarlo porque un actor necesita saber
si se ha de poner bigote o ha de salir todo afeitado. Entonces el viejo
que ha visto Azorn all cerca le llama y le dice:

--Azorn, haga usted el favor de sostener _esto_ mientras yo voy un
momento a ver lo que quieren.

Luego vuelve rpidamente, con su paso menudo.

--Parece mentira--exclama--no saber que en el siglo XVIII iba todo el
mundo afeitado!

Como la empalizada ha quedado ya en su sitio y est lista la escena, el
viejo sacude las manos una contra otra, toma el bastn y se retira hacia
el fondo.

--Azorn--dice respirando holgadamente--, qu gratos recuerdos guardo
yo del teatro! Qu cosas podra yo contarle a usted! Usted no ha
conocido a Pepe Ortiz? No; usted no ha conocido a Pepe Ortiz. Era un
actor excelente. Esta cadena la llev l una semana. Mrela usted;
tquela usted.

El viejo, con un gesto rpido, se quita la cadena. Es una cadena de oro,
compuesta de dos finos ramales juntos; tiene pendiente del sujetador un
medalln cuadrado. Azorn examina la cadena. Luego el viejo se la vuelve
a poner y dice:

--Una tarde fuimos los dos a una joyera de la calle de la Montera a
comprar cada uno una cadena; nos sacaron varias, pero entre todas nos
gustaron dos de ellas. A los dos nos gustaban las dos, y no sabamos por
cul decidirnos. Al fin, Pepe Ortiz tom una y yo tom otra. Pero al
cabo de una semana encontr a Ortiz y me dijo que mi cadena le gustaba
ms que la suya; entonces yo le di la ma y el me dio la suya, que es
sta...

Vienen a decirle al viejo que todos los actores estn dispuestos para
comenzar la funcin. l da orden de que principie a tocar la orquesta. Y
como desea echar una ltima ojeada a la escena, inclina la cabeza y se
pone los lentes con un movimiento rpido. A lo lejos columbra a un
cmico que espera reclinado en un bastidor, y se dirige a l dando
saltitos automticos.

--Cuidado--le advierte--cuando recite usted aquello de

      Feliz t, que en lo profundo
    de aquel bendito rincn...

dgalo usted con bro, con cierto nfasis.

Luego vuelve al lado de Azorn. El teln se ha levantado. El viejo dice:

--Usted no conoce esta obra? Es preciosa; yo se la vi estrenar a
Caltaazor, a Becerra, a la Ramrez, a la Di Franco, que entonces era
una nia... Camprodn tena mucho talento. Yo conoca tambin a su
mujer, doa Concha... l y yo tombamos muchas tardes caf juntos en el
de Levante. Sigue an ese caf, querido Azorn?

Azorn contesta que an dura ese caf. De pronto estalla en la sala una
larga salva de aplausos. Y el viejo tiende los brazos hacia Azorn, lo
abraza y llora en silencio.




XI


Estos son unos viejos, muy viejos. Llevan un pantaln negro, un chaleco
negro, una chaqueta negra de terciopelo. Esta chaqueta es muy corta. Ya
casi no quedan en el pueblo ms chaquetas cortas que las de estos viejos
labriegos. Van encorvados un poco y se apoyan en cayados amarillos. En
qu piensan estos viejos? Qu hacen estos viejos? Al anochecer salen a
la huerta y se sientan sobre unas piedras blancas. Cuando se han sentado
en las piedras permanecen un rato en silencio; luego, tal vez uno tose;
otro levanta la mano y golpea con ella abierta la vuelta del cayado;
otro apoya los brazos cruzados sobre el bastn e inclina la cabeza
pensativo... Estos viejos han visto sucederse las generaciones; las
casas que ellos vieron construir estn ya viejas, como ellos. Y ellos
salen a la huerta y se sientan en sus piedras blancas.

Va anocheciendo. El pueblo luce intensamente dorado por los resplandores
del ocaso; las palmeras y los cipreses de los huertos se recortan sobre
el azul plido; la luna resalta blanca.

Y un viejo levanta la cabeza y dice:

--La luna est en creciente.

--El da 17--observa otro--ser la luna llena.

--A ver si llueve antes de la vendimia--replica un tercero--y la uva
reverdece.

Y todos vuelven a callar.

Cierra la noche; un viento ligero mece las palmeras que destacan en el
cielo fuliginoso. Un viejo mira hacia Poniente. Este viejo est
completamente afeitado, como todos; sus ojuelos son grises, blandos; en
su cara afilada, los labios aparecen sumidos y le prestan un gesto de
bondad picaresca. Este viejo es el ms viejo de todos; cuando camina
agachado sobre su palo lleva la mano izquierda puesta sobre la espalda.
Mira hacia Poniente y dice:

--El ao 60 hizo un viento grande que derrib una palmera.

--Yo la vi--contesta otro--; cay sobre la pared del huerto y abri un
boquete.

--Era una palmera muy alta.

--S, era una palmera muy alta.

Se hace otra larga pausa. Los murcilagos revuelan calladamente; brillan
las luces en el pueblo. Entonces el viejo ms viejo da dos golpes en el
suelo con el cayado, y se levanta.

--Se marcha usted?

--S; ya es tarde.

--Entonces nos marcharemos todos.

Y todos se levantan de sus piedras blancas y se van al pueblo, un poco
encorvados, silenciosos.




XII


--Yo le dar a usted un libro--dice el clrigo--que le dejar
convencido.

Azorn est ya casi convencido de todo lo que quieran convencerle; pero,
sin embargo, acepta el libro.

Este libro se titula _El Desmo refutado por s mismo_. El clrigo lo ha
cogido del estante, lo ha sacudido golpendolo contra la palma de la
mano y se lo ha dado a Azorn. El cual lo ha tomado como quien toma algo
importantsimo, y se ha quedado examinndolo por fuera gravemente.
Despus le ha parecido bien mirar quin era el autor de este libro, y ha
visto que se llama Bergier. Quin es Bergier? Azorn no lo sabe, y, sin
embargo, debera saber que los diccionarios biogrficos dicen, entre
otras cosas, de este autor que era un lgico hbil en deducir sus ideas
rigurosamente unas de las otras.

--Aqu ver usted--dice el clrigo--cmo Voltaire era un sofista y cmo
Rousseau, el tristemente clebre autor del _Emilio_, como le ha
llamado el seor obispo de Madrid, era un corruptor de las buenas
costumbres.

Despus de dicho esto, el clrigo da un paseo por la estancia con las
manos metidas en los bolsillos del pantaln y se asoma distradamente a
una ventana tarareando una copla. He de decir la verdad? Azorn no
tiene inters en defender a Voltaire y Rousseau; casi estima ms a este
clrigo ingenuo y jovial que a los dos famosos escritores. Por eso,
mientras por una parte no lee el _Diccionario filosfico_ ni el
_Emilio_, por otra no deja de venir todas las tardes a charlar un rato
con este clrigo. Charlan casi siempre de cosas indiferentes; pero esta
tarde, por una casualidad, ha recado la conversacin sobre cosas de
teologa, y el clrigo ha echado mano a su Bergier. He de confesar que
el libro estaba lleno de polvo. Es que el clrigo no lee tampoco?

Luego que han platicado un rato, el clrigo coge su bastn, se pone el
sombrero, y l y Azorn se marchan. Antes de marcharse, el clrigo llena
la petaca de tabaco, tomndolo de una caja que hay sobre la camilla, y
se mete tambin en el bolsillo un libro pequeo. El tabaco, como es
natural, le sirve para proporcionarse una honesta distraccin, y el
libro pequeo es un diminuto breviario en que ora de cuando en cuando.

Los dos, Azorn y el clrigo, salen del pueblo y van caminando por un
tortuoso camino plantado de moreras. A un lado queda el pueblo, que
asoma sobre la verdura de los huertos; la blanca torre de la iglesia
resalta junto a un ciprs enorme; las palmeras se recortan con sus ramas
pndulas en el azul luminoso.

Al final de este camino sesgo se encuentra una alameda. Es una alameda
compuesta de cuatro lios de olmos y acacias. La tierra es intensamente
roja; el cielo aparece difano entre el boscaje de las copas. Azorn y
el clrigo pasean despacio. Casi no hablan. Todo est en silencio. A
ratos llega el traqueteo de un carro, o se perciben los gritos de los
muchachos que juegan a lo lejos.

Y as en este paseo va llegando el crepsculo. El cielo se enrojece;
brillan en el pueblo los puntos de las luces elctricas; las sombras van
borrando las casas y el campo.

--Le parece a usted que nos marchemos?--pregunta el clrigo.

--S, vmonos; es ya tarde--contesta Azorn.

En los pueblos sobran las horas, que son ms largas que en ninguna otra
parte, y, sin embargo, siempre es tarde. Por qu? La vida se desliza
montona, lenta, siempre igual. Todos los das vemos las mismas caras y
el mismo paisaje; las palabras que vamos a or son siempre idnticas. Y
ved la extraa paradoja: aqu la vida ser ms gris, ms uniforme, ms
difluida, _menos vida_ que en las grandes ciudades; pero se la ama ms,
se la ama fervorosamente, se la ama con pasin intensa. Y por eso el
egosmo es tan terrible en los pueblos, y por eso la idea de la muerte
maltrata y atosiga tantos espritus...

* * *

Cuando han vuelto al pueblo, ya las campanas estaban tocando a la
novena; es decir, no es novena; son los pasos que se rezan todos los
viernes y domingos de cuaresma. La sacrista estaba casi a oscuras; dos
monaguillos vestidos con sus cotas rojas han tomado sendos faroles
opacos, sucios, goteados de cera; el clrigo se ha puesto una estola y
los tres, con el sacristn, han salido a la iglesia.

Azorn se ha quedado en la sacrista. Estaba sentado en un amplio
silln, junto a la larga cajonera de nogal. En qu pensaba Azorn? En
nada, seguramente; lo mejor es no pensar nada. Junto a l hablaban en
voz baja dos clrigos; uno de ellos es joven, casi recin salido del
Seminario. Azorn lo conoce. Ha podido hacer la carrera gracias a la
munificencia de un protector; su inteligencia no es muy amplia, pero
posee ingenuidad y resignacin. Resignacin sobre todo. A veces Azorn
se figura que ste es uno de aquellos msticos espaoles que tan
tremendas privaciones conllevaban con la cara risuea. La
tristeza--decan--corrompe los espritus; el Seor no quiere la
tristeza. Y si no le pegaban un bofetn al mozo cacoqumico, como hizo
San Felipe de Neri con un novicio para que estuviera alegre (bien que el
procedimiento me parezca contraproducente); si no llevaban las cosas tan
al cabo, procuraban al menos por otros medios desterrar de los
monasterios la odiosa acidia.

Este clrigo gana una peseta, que es a lo que monta su misa diaria. Y
muchos das--ha odo decir Azorn--le falta la celebracin. Con esta
escasa renta ha de mantener a su madre y a una hermana. Y gracias--ha
odo decir tambin Azorn--que un hermano que tena, y que se haba
pegado tambin a la sotana, se ha casado ya.

Yo creo que este clrigo, como otros muchos, merece nuestro respeto y
hasta nuestra admiracin. Es discreto; su sotana podr estar rada y
verdosa, pero luce de limpia. Cmo es posible que l pueda costearse
otra? Hace un momento, y mientras el seor con quien hablaba sacaba la
petaca, yo he visto que l tambin se llevaba la mano al bolsillo. Pero
para qu se la llevaba? Yo s que era completamente intil. Hace
cuatro, seis, diez das, acaso ms, que su petaca est vaca.

Azorn ha sentido no tener costumbre de fumar, porque de buena gana le
hubiera alargado un cigarro a este clrigo. Y como ste era un pequeo
sentimiento, que pensando y repensndolo poda hacerse mayor--como
ocurre con todos--, ha decidido dejar el silln y salir a la iglesia.

En la iglesia los monaguillos y el clrigo estaban delante de una
pilastra; los devotos los rodeaban de rodillas. El sacristn, tambin
arrodillado, invita a los fieles con voz plaidera a que consideren el
lugar donde unas piadosas mujeres, viendo al Seor que le llevaban a
crucificar, lloraron amargamente de verle tan injuriado. Luego rezan
todos un padrenuestro y un avemara; y despus, sacristn y fieles, a
coro, dicen:

Bendita y alabada sea la Pasin y Muerte de Nuestro Seor Jesucristo y
los Dolores de su afligida Madre. Amn.

El clrigo lleva en las manos un enorme crucifijo; su sombra se
extiende, deformada, por las anchas paredes blancas; arriba, en los
altos ventanales, se apagan, imperceptibles, los ltimos clarores del
crepsculo.

Azorn ha salido de la iglesia. Creo que ha obrado prudentemente, dado
que era ya un poco tarde. Y vea el lector cmo en los pueblos siempre es
tarde.

Las calles estn solitarias; de algunas tiendas, ac y all, se escapan
resplandores mortecinos. Las puertas aparecen cerradas. Se oyen de
cuando en cuando los golpes de los aldabones. Una puerta se abre, torna
a cerrarse.




XIII


Este es un casino amplio, nuevo, cmodo. Est rodeado de un jardn; el
edificio consta de dos pisos, con balcones de piedra torneada. Primero
aparece un vestbulo enladrillado de menuditos mosaicos pintorescos; los
montantes de las puertas cierran con vidrieras de colores. Despus se
pasa a un saln octgono; enfrente est el gabinete de lectura, con una
agradable sillera gris y estantes llenos de esos libros grandes que se
imprimen para ornamentacin de las bibliotecas en que no lee nadie. A la
derecha hay un gran saln vaco (porque no hace falta tanto local), y a
la izquierda otro gran saln igual al anterior, donde los socios se
renen con preferencia. Mesas cuadradas y redondas, de mrmol, se hallan
esparcidas ac y all alternando con otras de tapete verde; junto a la
pared corre un ancho divn de peluche rojo; en un ngulo destaca un
piano de cola, y verdes jazmineros cuajados de florecillas blancas
festonean las ventanas.

Son los primeros das de otoo; los balcones estn cerrados; el viento
mueve un leve murmullo en el jardn; poco a poco van llegando los socios
a su recreo de la noche; brillan las lmparas elctricas.

Estos socios, unos juegan a los naipes; otros, al domin--juego muy en
predicamento en provincias--, otros charlan sin jugar a nada. Entre los
que charlan se cuentan los seores provectos y respetables. Son seis u
ocho que constantemente se renen en el mismo sitio: un ngulo del saln
de la izquierda. All pasan revista en una conversacin discreta y
apacible a las cosas del da, unas veces, y otras evocan recuerdos de la
juventud pasada.

--Aqullos--dice uno de los contertulios--, aqullos eran otros tiempos.
Yo no dir que eran mejores que stos, pero eran otros. No slo haba
notabilidades de primera fila, sino hombres modestos que valan mucho.
Yo recuerdo, por ejemplo, que don Juan Pedro Muchada era un gran
hacendista.

--S--dice otro seor--, yo lo recuerdo tambin. Cuando estbamos los
dos estudiando en Madrid, fuimos un da a verle con una carta de
recomendacin.

--Era entonces diputado por Cdiz. A m me regal su libro _La Hacienda
de Espaa y modo de reorganizarla_.

--Yo lo recuerdo como si fuera ahora. Era un seor grueso, alto, con la
cara llena, todo afeitado...

Pausa ligera. Suenan las fichas sobre los mrmoles; el pianista preludia
una meloda.

--Yo a quien conoc y trat, porque era gran amigo de mi padre--observa
otro contertulio--, fue a don Juan Manuel Montalbn y Herranz... Ah
tiene usted otro hombre de los que no hicieron mucho ruido, y que, sin
embargo, tena un mrito positivo. Cuando yo estudiaba era rector de la
Universidad Central; fue tambin senador el ao 72... La mejor edicin
que se ha hecho del _Febrero_ se debe a l... Saba mucho y era muy
modesto.

--Eran otros hombres aqullos. Ante todo, haba menos palabrera que
ahora. Ya predijeron algunos lo que iba a suceder luego; muchas de las
cosas que aquellos hombres recomendaban, luego se han tenido que
realizar, porque todo el mundo ha reconocido que eran convenientes y se
podan atajar con ellas muchos males... Don Juan Pedro Muchada
recomendaba en su libro la formacin de sociedades cooperativas para
obreros; entonces (esto era el ao 1846), entonces no haba ni rastro de
ellas. Vean ustedes ahora si hay pocas.

Hace un momento ha llegado un viejo que tiene un bigotito blanco en
forma de cepillo, que viste un pantaln a cuadritos negros y blancos, y
se apoya en un bastn de color de avellana. Este viejo oye en silencio
estas aoranzas del tiempo luengo, y dice despus, dando golpes con el
bastn, ponindose los lentes con un gesto rpido:

--Yo les puedo asegurar a ustedes que en lo que toca a lo que yo he
conocido algo, que es el teatro, no hay ahora actores como aqullos...
Ser una ilusin ma, muy natural, dado que aqul fue el tiempo de mi
juventud...; pero a m se me antoja que realmente eran mejores. Sin
contar los de primera fila: Romea, Latorre, Matilde Dez, Arjona,
Catalina, Valero..., haba muchos de segunda, que yo hoy, relativamente,
no los encuentro; por ejemplo: Pizarroso, Oltra y Vega, que trabajaba en
la compaa de Romea: el mismo hermano de Romea, Florencio, Lujn, a
quien yo vi debutar el ao 1865 en el teatro del Recreo... Y como
cantantes de zarzuela, no digamos. Quin no se acuerda de Escri? Qu
bien haca! _Quin es el loco_!... Y ahora que hablo de locos me
acuerdo del pobre Tirso Obregn, que muri loco en su pueblo, Molina de
Aragn. Creo que no he conocido un bartono de ms bros que el pobre
Tirso; tena tambin una arrogante presencia... l fue, puede decirse,
el ltimo intrprete de la zarzuela clsica, de Barbieri, de
Oudrid--cunto me acuerdo yo de Oudrid!--, de Gaztambide... Despus de
l, ya aquello se fue...

El viejo calla en un silencio triste; todo un pasado rebulle en su
cerebro; toda una poca de actores aclamados y actrices adorables que
poco a poco se esfuman en el olvido.

La sala se ha ido quedando vaca; en un rincn se inclinan dos jugadores
sobre una mesilla verde; de cuando en cuando profieren una exclamacin,
levantan el brazo y lo dejan caer pesadamente sobre el tapete. El vaho y
el humo borran las lneas y hacen que destaquen en mancha, sin contorno,
las notas verdes y blancas de las mesas y la larga pincelada roja del
divn. Un reloj suena con diez metlicas vibraciones.

--Est usted vendimiando ya en la Umbra?--pregunta uno de los
contertulios a otro.

--S, ayer di orden de que principiaran.

--Yo maana me marcho a la Fontana; quiero principiar pasado maana.

--La uva ya est en su punto--dice un tercero.

--Y es necesario--aade otro--cogerla antes de que una nube se nos
adelante.

Y todos, durante estas ltimas palabras, han ido levantndose y se
despiden hasta otro da.




XIV


Hoy han tocado a la puerta: _tan_, _tan_. Azorn ha credo que era el
viento. La idea de que llamen a su puerta le parece absurda. Pero s que
llamaban; han vuelto a tocar: _tan_, _tan_, _tarn_. Azorn ha
comprendido la realidad y ha bajado a abrir. Era un viejo que le ha
saludado cortsmente, esforzndose por sonrer; pero era un esfuerzo
penoso. No habis visto cuando estis tristes y un nio o una mujer os
miran, cmo en su cara ingenua se refleja instintivamente vuestro gesto
triste? Pues Azorn, mirando a este viejo, ha puesto tambin cara
triste.

Qu quiere este viejo? Hay hombres que parecen cerrados como armarios;
un extrao no sabe lo que hay dentro. Este viejo es de esos hombres.
Por qu ha llamado? Qu quiere? Qu va a decir? Es un viejo menudito,
con una barba blanca que termina en una punta corta un poco doblada
hacia arriba, envuelto en una capa parda; es uno de esos viejos que
llevan el pauelo del bolsillo siempre doblado cuidadosamente y de
cuando en cuando lo sacan y lo pasan con suavidad por la nariz. Como
lleva la capa cerrada y l va tan encogido, mirando casi asustado a un
lado y a otro, parece que va a realizar algo importante.

Es, efectivamente, algo importante.

--Perdone usted--ha dicho el viejo--; usted es crtico...

Azorn ha sonredo con benevolencia; se senta halagado por las palabras
de este desconocido.

El viejo ha sacado de debajo de la capa un grueso cartapacio y mientras
lo pona sobre la mesa ha repetido:

--S, s; usted es crtico.

Azorn, al ver el cartapacio, ha sentido un ligero escalofro; toda su
anterior complacencia se ha trocado en temor.

--No, no--ha replicado--; yo se lo aseguro a usted: yo no soy crtico.

Pero el viejo mova la cabeza en seal de incredulidad y se ha puesto a
relatar el objeto de su visita.

Este viejo ha dicho que l es autor cmico. Azorn se ha quedado
estupefacto. Autor dramtico, acaso; pero cmico le pareca una
enormidad. Luego ha aadido que a l le han dicho que Azorn tiene en
Madrid muchas relaciones y que podr ayudarle, porque es muy benvolo.
Azorn se ha ruborizado, pero ha convenido interiormente en que algo
benvolo debe de ser cuando se apresta a or la lectura que el viejo va
a hacerle de tres zarzuelas suyas, cada una en un acto.

--Yo--dice el viejo--vivo solo; esto constituye mi nica alegra. Hace
dos aos estuve en Madrid y llev una obra a la Zarzuela y otra a
Apolo... Me hicieron ir y venir muchas veces; me daban mil excusas
inverosmiles; yo estaba ya cansado. Y al fin me dijeron que haban
ledo las obras y que les parecan anticuadas. Anticuadas, por qu? El
arte, puede nunca ser anticuado? Sin embargo, he escrito otras y con
ellas volver a Madrid; son stas que aqu traigo... El viejo comienza
la lectura. A ratos se detiene un momento; saca su pauelo doblado, lo
pasa por la nariz y pregunta:

--Usted cree que esta escena est bien preparada?

Azorn tiene, como no poda ser menos, su esttica teatral, que algunos
crticos han encontrado exagerada. Pero sera terrible que la sacase en
esta ocasin. Mejor es que le parezcan bien todas las escenas y hasta
las tres obras enteras. S, a Azorn le parecen excelentes las tres
zarzuelas.

--Usted--pregunta el viejo--no conoce a Sinesio Delgado?

--No, no conozco al seor Delgado.

--Conocer usted, _por lo menos_, a Lpez Silva?

Azorn, horrorizado a la sola idea de conocer a Lpez Silva, se ha
apresurado a protestar.

--Oh, no no, tampoco!

Entonces el viejo ha movido la cabeza como conformndose con su
desgracia, y ha exclamado tristemente:

--Todo sea por Dios!

Este viejo ha venido esta maana en el tren; esta noche regresar a su
casa. Cuando entre en ella y cierre tras s la puerta y se vea otra vez
solo, lanzar un suspiro y pensar que hoy se le ha disipado una
esperanza.




XV


Azorn ha recibido hoy una carta; la fecha deca: _Petrel_; la firma
rezaba: _Tu infortunado to, Pascual Verd_.

Pascual Verd! Azorn, de lo hondo de su memoria, ha visto surgir la
figura de su to Verd. Ha columbrado, confusamente, entre sus recuerdos
de nio, como una visin nica, una sala ancha, un poco oscura,
empapelada de papeles grises a grandes flores rojas, con una sillera de
reps verde, con una consola sobre la que hay dos hermosos ramos bajo
fanales, y entre los dos ramos, tambin bajo otro fanal, una mueca que
figura una dama a la moda de 1850, con la larga cadena de oro y el
relojito en la cadera.

Esta sala es hmeda. Azorn cree percibir an la sensacin de humedad.
En el sof est sentada una seora que se abanica lentamente; en uno de
los sillones laterales est un seor vestido con un traje blanquecino,
con un cuello a listitas azules, con un sombrero de jipijapa que tiene
una estrecha cinta negra. Este seor--recuerda Azorn--se yergue,
entorna los ojos, extiende los brazos y comienza a declamar unos versos
con modulacin rtmica, con inflexiones dulces que ondulan en arpegios
extraos, mezcla de imprecacin y de plegaria. Despus saca un fino
pauelo de batista, se limpia la frente y sonre, mientras mi madre
mueve suavemente la cabeza y dice: Qu hermoso, Pascual! Qu
hermoso!

Se hace un ligero silencio, durante el cual se oye el ruido del abanico
al chocar contra el imperdible del pecho. Y de pronto suena otra vez la
voz de este seor del traje claro. Ya no es dulce la voz ni los gestos
son blandos; ahora la palabra parece un rumor lejano que crece, se
ensancha, estalla en una explosin formidable. Y yo veo a este seor de
pie, con los ojos alzados, con los brazos extendidos, con la cabeza
enhiesta. En este momento el sombrero de jipijapa rueda por el suelo; yo
me acerco pasito, lo cojo y lo tengo con las dos manos en tanto que oigo
los versos con la boca abierta.

Luego que acaba de recitar este seor, charla ligero con mi madre; luego
se pone en pie, me coge, me levanta en vilo y grita: Antoito,
Antoito, yo quiero que seas un gran artista! Y se marcha rpido,
voluble, ondulante, hablando sin volver la cabeza, ponindose al revs
el sombrero, que despus torna a ponerse a derechas, volviendo por el
bastn que se haba dejado olvidado en la sala...

Y de idea en idea, de imagen en imagen, Azorn ha recordado haber visto
en el _Boletn del Ateneo de Madrid_, del ao 1877, algo referente a su
to Verd. S, s; lo recuerda bien. Se discuti aquel ao sobre la
poesa religiosa; fue una discusin memorable. Revilla, Simarro, Reus,
Montoro dijeron cosas estupendas en contra del espiritualismo; en
cambio, los espiritualistas dijeron cosas atroces contra el
materialismo. Estos espiritualistas eran tres, tres nada ms al menos,
puros de toda mcula: Moreno Nieto, que muri sobre el trabajo;
Hinojosa, que luego ha sabido encontrar el espritu en los presupuestos,
y Pascual Verd, que ahora vive solo, desconocido, enfermo, torturado,
en ese pueblecillo levantino. Don Francisco de Paula Canalejas hizo el
resumen de los debates, y en su discurso, al hablar de los diversos
contendientes, puede verse (pgina 536 del _Boletn_) cmo trata a
Verd. Le llama el fcil y apasionado seor Verd.

El fcil y apasionado seor Verd! S; indudablemente, ste es el seor
amable, ste es el seor voluble, ste es el seor ardoroso que recitaba
versos _aquel da_, all en mi niez, en una sala hmeda con una
sillera de reps verde.




XVI


La carta que Azorn ha recibido de Pascual Verd dice as:

Petrel...

Querido Antonio: He ledo en _La Voz de Monvar_ que acabas de
llegar a sa. Qu malo que estoy, hijo mo, y cunto me alegrara
de poder abrazarte!

Te espero maana en el correo.

El mal del cerebro ha apretado, y _todo se pierde_. No tengo
ilusin de nada. Qu han hecho de m?

Tu infortunado to,

_Pascual Verd._




XVII


A las once, en el correo, Azorn ha recibido otra carta de Verd. (La
anterior ha llegado en las primeras horas de la maana, por el tren
mixto.)

Petrel...

Querido Antonio: No s si continuar instndote para que no dejes de
venir. Creo que me dar mucho sentimiento verte, pero te quiero
tanto y tanto...

Si vienes, ven pronto.

Lo que me sucede, querido Antonio, es muy extraordinario. Ni tomo
ms alimento que jcaras de caldo y leche y alguna pequea galleta,
ni duermo ms que algunos minutos, y estoy tan dbil, que hace
veintisis das que no he puesto los pies en la calle, porque no
puedo andar.

Te abraza tu to

_Pascual._




XVIII


En la tarde del mismo da en que Azorn ha recibido estas dos cartas,
poco despus de comer, ha llegado un criado y le ha puesto en sus manos
otra voluminosa.

Azorn, despus de leerla, ha decidido salir la misma tarde para Petrel,
a pie, dando un paseo.

La carta de Verd es como sigue:

Querido Azorn: Despus de acostarme y levantarme veinte veces, da la
una de la madrugada y no puedo estar en la cama ni fuera de ella; y no
tengo ms remedio, para luchar con el mal, que escribir; pero ay! que
no puedo ya.

Mi situacin, Antonio, es horrible. No puedo tomar caldo ni leche, y,
sin embargo, mi estmago est bueno; pero no funciona porque no le puedo
dar alimento. La tirantez, sequedad, dolor y debilidad de la cabeza son
insufribles.

Como mi debilidad es tan grande, apenas puedo tenerme de pie; y, sin
embargo, el delirio, el desasosiego me obligan a andar... a pasear por
la sala y a escribir, para ver si puedo apartar de m los tristes
pensamientos que me devoran. Un mar de moscas no me deja tener las manos
sobre el papel. Me quejo al Criador de mis grandes sufrimientos y de su
impasibilidad y de la tristsima suerte que me espera, sin hijos, sin
amigos, sin mdico, sin sacerdotes, sin nadie. Mi profeca de hace doce
aos acerca de mi triste fin se cumple. Hace ocho das repet mis
vaticinios en la poesa _Lgrimas_ que he compuesto.

En confianza te dir que mis ideas religioso filosficas son un caos...
Sin embargo, en _Lgrimas_ hice un esfuerzo, y acud a Dios,
demandndole que no permita acabe en tal estado.(_Hasta aqu la carta
es de letra de Verd, fina, enrevesada, desigual, ininteligible; lo que
sigue va escrito en caracteres firmes y regulares._)

T, querido Antonio, apenas me has conocido. Por qu no contarte algo
de mi vida? Acaso sea para m como un alivio.

Estudi en Valencia la carrera de Derecho; me gradu de abogado en
Julio de 1859.

De all a cuatro meses, en Noviembre del mismo ao, recib en el mismo
sitio donde me haba licenciado, es decir, en el Paraninfo de la
Universidad, una flor de oro y plata, como premio a mi oda a la
_Conquista de Valencia_ en los Juegos florales celebrados en dicha
ciudad bajo el patrocinio del excelentsimo Ayuntamiento; y con tal
motivo, en nombre de mis compaeros igualmente premiados (don Vctor
Balaguer, don Teodoro Llorente, don Wenceslao Querol y don Fernando Len
y de Vera), y en nombre propio, pronunci un discurso que me vali
calurosos plcemes.

En esos mismos Juegos florales se ofreci una pluma de oro a la mejor
Memoria histrico-filosfica acerca de la expulsin de los moriscos y
sus consecuencias en el reino de Valencia, a cuyo premio tambin opt,
presentando una Memoria con el lema _El tiempo es la mejor prueba de la
justicia_. Mi trabajo suscit en el seno del jurado una discusin
importantsima, de la cual se ocup mi hermano Julio en la carta que con
tal motivo dirigi al barn de Mayals. Yo atacaba valientemente la
medida de la expulsin, demostrando hasta la evidencia que fue injusta y
cruel, aparte de antieconmica y antisocial. Con la venida de la Casa de
Austria a Espaa--deca yo--se inaugur un sistema de intolerancias
contrario a las doctrinas de paz y caridad y verdadera libertad
proclamadas por Jesucristo. Se deba haber empleado la persuasin, la
dulzura, la caridad, y se emple el rigor y la dureza por casi todos los
encargados de la expulsin de los moriscos. Se deba haber continuado el
sistema de conciliacin inaugurado por don Jaime el Conquistador, y se
tomaron medidas humillantes y vejatorias, que dieron por resultado la
exasperacin de los nimos, las situaciones violentas y, por fin, la
expulsin, que se realiz de la manera ms cruel, pues muchos murieron
de hambre y de sufrimientos en los desiertos de frica, si es que no
eran robados y muertos en el camino.

Sin duda, la exposicin de estas verdades, tan dolorosamente amargas,
perjudic algn tanto a mi trabajo, y el premio no se me concedi,
habindose entregado la pluma de oro, faltando a las condiciones del
certamen, a una composicin potica.

En el aquel mismo ao de 1859 fui nombrado secretario general de la
Academia de Legislacin y Jurisprudencia de Valencia; y en el siguiente
de 1860 gan las asignaturas del Doctorado en la Universidad de Madrid,
habiendo estudiado privadamente en Valencia, por conceder la ley en
aquellos tiempos este privilegio a los que hubiesen obtenido todas o
casi todas las notas de sobresaliente durante la carrera de leyes, en
cuyo caso me encontraba yo. Tambin hice oposiciones (aunque no tena la
edad reglamentaria, y slo por complacer a la familia, pues no era sa
mi vocacin) a una relatora vacante en la Audiencia de Valencia. Me
colocaron en segundo lugar; pero como, segn he dicho, no eran sas mis
inclinaciones, no hice gestin ninguna en Madrid para que se me eligiese
dispensndome de la edad.

Esta era mi situacin a principios de 1860, cuando apenas haba
cumplido veintids aos. Se me presentaba un porvenir brillante; me
queran mis amigos y compaeros; gozaba de una naturaleza privilegiada y
de unas facultades mentales superiores; amaba a mi patria hasta el
sacrificio, y me senta poeta y dueo de una palabra fcil y atractiva.

Pero el clera morbo, que ya en 1834 atac a mi madre y la dej
enfermiza para toda su vida, volvi a herir a mi familia en 1860,
arrebatndonos a mi hermano Julio, letrado notabilsimo, y atacndome
tambin a m, que, habiendo quedado sumamente dbil, tuve que
trasladarme a la provincia de Alicante, donde tenan mis padres unas
tierras. Al poco tiempo murieron tambin mis padres. Estando en
Valencia, algn tiempo despus, me cas con una joven distinguidsima.
No habran transcurrido muchos meses de nuestro matrimonio, cuando mi
mujer muri, tras una larga y penossima enfermedad. Todo esto me
anonad y fue causa de que saliera de Valencia por segunda vez.

De 1860 a 1870 me dediqu en Petrel al ejercicio de la abogaca y a
mejorar las pocas tierras que haba heredado de mis padres. Al mismo
tiempo remita a mi compaero y amigo Teodoro Llorente, director de _Las
Provincias_, correspondencias y artculos sobre el fomento de la
agricultura en general y el arbolado en particular, tan notables, que la
Sociedad de Amigos del Pas y la de Agricultura y los peridicos de la
capital me felicitaron por mis trabajos de tanta utilidad social, y
aquellas Sociedades, adems, me honraron nombrndome socio corresponsal.

Entre mis escritos apareci uno titulado: Causas de la despoblacin de
los montes de Espaa; sus fatales consecuencias para la agricultura,
salubridad y seguridad pblicas. Sus remedios. Y entre los que yo
propona para evitar la destruccin de los montes pblicos y conseguir
su repoblacin, fue la completa y absoluta desamortizacin de la
propiedad forestal.

Mis artculos llamaron la atencin; muchos peridicos de Madrid y
provincias, pero en particular _La Gaceta Econmica_, que era el rgano
ms autorizado de la escuela economista, reprodujeron dichos trabajos,
elogindolos calurosamente. El cuerpo de Ingenieros de Montes comprendi
que tena delante un enemigo, y, aparte de fundar _La Revista Forestal_,
sin duda (aunque otra cosa quisiera dar a entender) con el principal
objeto de contrarrestar las doctrinas desamortizadoras sostenidas por m
y toda la escuela economista, deleg en el ilustrado y elocuente
escritor y orador don Juan Navarro Reverter la tarea de contestar a mis
artculos. Lanzose Navarro Reverter al combate, remitiendo a _Las
Provincias_ una serie de artculos en que intentaba demostrar que la
medida desamortizadora que yo haba propuesto bastaba por s sola para,
si se realizaba, acabar con lo poco que quedaba en Espaa de arbolado en
los montes pblicos. Contest yo, replic Navarro Reverter; pero mis
argumentos quedaban en pie a pesar de todo. Y la prueba es clara. _La
Revista Forestal_ public todos los artculos de Navarro Reverter; de
los mos, _ni uno solo_. Si mi argumentacin hubiera sido frvola, ya
los hubieran reproducido.

No llevaba mucho tiempo en Petrel cuando fui elegido diputado
provincial, y al poco tiempo individuo de la Comisin, y, por fin,
vicepresidente de la Diputacin. Qu te dir de mi gestin en la Casa
de la provincia? Defend siempre los derechos e intereses provinciales
de una manera que no est bien que yo lo diga. Cuando estuvieron los
reyes Amadeo y Victoria en Alicante, en 1871, Bossio, el famoso
fondista, present una cuenta de 17.000 duros. Mis compaeros todos
estaban pagados. Yo me opuse, y cuando el presidente dijo: _A votar!_,
dije: _Ustedes votarn lo que quieran, pero yo me marcho a casa, tomo mi
pluma y digo al pblico lo que he de decir._ Resultado, que la cuenta
qued reducida a poco ms de la mitad.

Maissonnave quera que la Diputacin le subvencionase un ferrocarril de
Alicante a Alcoy con varios millones. Todos estaban pagados. A m nadie
se me acerc; pero el expediente nunca se despachaba. Maissonnave lo
tom como una ofensa personal, y me desafi, a m, que, como el don
Diego de _Flor de un da_, mataba las golondrinas con bala y era digno
rival en esgrima de mi maestro valenciano don Juan Rives! Pero mis
creencias religiosas no me permitan batirme. As se lo dije a
Maissonnave en una carta; pero aadindole que aquellas creencias no me
impedan defenderme. La subvencin no se concedi; pero en Alicante le
han levantado ahora una estatua a Maissonnave.

En Orihuela queran un hospital provincial. Toda la Diputacin estaba
conforme, y los que se oponan lo hacan framente. Mi conciencia como
presidente de la Comisin me obligaba a oponerme; en primer lugar,
porque la Diputacin deba muchos miles de duros por obligaciones de
beneficencia, carreteras, etc., y en segundo, porque con el hospital de
Elda bastaba. Saba tambin lo que suceda en los hospitales de
distrito. Me llam el gobernador, dicindome que el ministro deseaba
complacer a sus amigos de Orihuela. Me hablaron Santonja y don Toms
Capdepn, diputado por Orihuela. Me escribi Rebagliatto, gran cacique
de aquella ciudad, y a ms, ntimo de mi padre, pues se queran como
hermanos. A todos contest que mi conciencia me lo impeda. Vino la
discusin en la Diputacin. Habl, y hubo empate en la primera votacin.
Volv a hablar, volvi a votarse, y tuve mayora. Y no se concedi el
hospital a Orihuela.

Permanec en la Diputacin de Alicante desde el ao 1871 hasta el
1876, en que me traslad a Madrid. Durante estos cinco aos me
encontraba en lo mejor de la vida, de los treinta a los treinta y cuatro
aos; atenda a muchos y variados trabajos; por una parte, a la
Diputacin, cuyo peso llevaba casi yo solo; por otra, continuaba al
frente de mi despacho de abogado, que tena abierto en Petrel, primero,
y en Alicante despus, el cual despacho lleg a adquirir tal prestigio
que me fue preciso tener en l dos compaeros que me ayudasen, uno de
ellos don Jos Maestre y Vera, presidente que ha sido de la Diputacin y
gobernador de Vizcaya. Puedo decir que he tenido tanto xito en los
asuntos por m tratados, que no he perdido ni un solo pleito. A pesar de
tanto trabajo, an me quedaba tiempo para asistir a las veladas
literarias del excelente literato y cronista de la provincia don Juan
Vila y del inspirado poeta Alejandro Harssem, barn de Mayals. En este
perodo de cinco aos escrib la mayor parte de mis poesas. De esta
poca es mi composicin _A la Pursima_, que le por primera vez en una
sesin celebrada el 8 de Diciembre de 1872, en el altar mayor de Santa
Mara, de Alicante, presidida por el seor obispo de Orihuela, don Pedro
Mara Cubero, la cual poesa despert un entusiasmo extraordinario.
Entonces tom todos los aos la costumbre, el da 8 de Diciembre, de
corregir o adicionar la dicha oda a la Inmaculada, y en tal estado la
dej, que ms que oda es un canto pico.

Tambin escrib en Alicante, con motivo de la restauracin de la
iglesia de San Roque, mi poesa _La ereccin de un templo_. Y tambin,
en distintas ocasiones, la gloga _A la primavera_, la elega _A la
muerte de una nia_, y otras. Pero el principal trabajo literario que
hice en Alicante fue el romance histrico _don Jaime el Conquistador_,
que obtuvo el primer premio, consistente en una pluma de oro y plata, en
el certamen potico celebrado en Mayo de 1876.

Como siempre suceda en casos semejantes, yo pronunci, en el acto de
la distribucin de premios, un breve discurso que produjo en Alicante un
inmenso entusiasmo. Al poco tiempo de celebrado este certamen traslad
mi domicilio a Madrid, renunciando a mi cargo de vicepresidente de la
Diputacin, con el objeto de dedicarme exclusivamente a la prctica del
foro. Esto ocurra por el mes de Julio de 1876, y al reunirse la
Diputacin en Noviembre de dicho ao me dedic en su Memoria semestral
el siguiente prrafo: No cumplira con un deber que a la vez imponen
los fueros de la cortesa y el homenaje que las rectas conciencias
rinden a la verdad, si al comenzar este trabajo, la Comisin no hiciese
pblico el sentimiento de consideracin que debe al que fue su dignsimo
vicepresidente, don Pascual Verd, el cual renunci su cargo en Julio
ltimo, no por disentimiento con sus compaeros, sino por tener que
trasladar su residencia a Madrid. Al consignar estas breves frases en
honor al celoso funcionario que ha prestado el concurso de su palabra,
siempre elocuente, y de su voluntad, siempre inquebrantable, en pro de
los intereses de la provincia, la Comisin cree que se hace intrprete
de los sentimientos de la Diputacin, al dejar estampado en este
documento el tributo de respetuosa consideracin que le merece el
inteligente diputado y vicepresidente que fue de la Comisin.

En Madrid permanec de Julio de 1876 a Diciembre de 1882. El tiempo que
estuve en la corte lo dediqu exclusivamente a mis trabajos de abogado y
a la prctica de la caridad, como socio de San Vicente de Pal y
Asociacin de Catlicos. Fui tambin socio del Ateneo y de la Juventud
Catlica. Esta ltima sociedad me honr con el cargo de presidente de la
seccin de Derecho. Cuando yo lea en la Juventud Catlica, Selgas
(1876) dijo una vez a Monasterio (el violinista): Usted no ha odo
recitar versos a Verd? No--contest Monasterio. Pues imagnese
usted a Calvo y Vico fundidos en uno, y no llegar en cien leguas al
encanto que produce or leer a este hombre.

Cuando hablaba en el Tribunal Supremo y en el Consejo de Estado, a las
primeras palabras quedaban como en suspenso los magistrados, y don
Carlos Bonet, fiscal del Supremo, me deca: Qu demonios tienes, que
esta gente, que ya est empachada de informes, cuando t hablas parecen
unos memos oyndote?

De labios de varios prelados, que de paso en Madrid asistan a las
veladas de la Juventud Catlica, he odo lo que nadie ha odo, y lo
mismo de los nuncios y dems sacerdotes ilustrados. El padre Ceferino
Gonzlez me dijo: Sevilla tiene la gloria de ser la patria del mejor
pintor de la Virgen; Valencia, la de serlo del mejor poeta de la
Pursima. Rampolla quiso que fuera a Roma. Es necesario que venga
usted a Roma--me dijo--. Quiero que Su Santidad le oiga leer a usted sus
poesas... Por qu no funda usted un peridico?

Manterola se entusiasmaba tambin oyndome.

En el Ateneo habl tres noches, tomando parte en las discusiones sobre
_la poesa religiosa y el arte por el arte_. Mis discursos fueron
elogiados y aplaudidos...

La Juventud Catlica me design como su representante para asistir al
certamen que se celebr en Sevilla en honor de Murillo; pero no pude
asistir porque me lo impidieron mis asuntos profesionales. En cambio,
asist al centenario de Santa Teresa y en su honor publiqu en _La Unin
Catlica_ una poesa.

(_Al llegar aqu acaba la letra gruesa y comienza otra vez la fina y
enredijada de Verd._)

Todo marchaba para m en direccin al xito. Cmo me veo otra vez en
este pueblo, enfermo, solo, olvidado?

En el verano de 1883 tuve una ligera indisposicin; no pareca nada,
pero se fue agravando hasta tal punto, que estuve largo tiempo enfermo.
No tena a nadie; estaba mal cuidado, y para colmo de infortunio ca en
manos de mdicos desaprensivos. Cuando pude levantarme me fui a
Valencia. All me recibieron en palmas; fui socio del _Rat Penat_, de la
Sociedad de Agricultura, de la Academia de la Juventud Catlica... De
pronto, un verano no volv a aparecer ms por Valencia, porque haba
vuelto a caer enfermo en Petrel, y aqu comenz mi calvario.

Cunto he sufrido y cunto sufro, querido Antonio! Mi vida ha
fracasado; poda haber sido algo y no he sido nada. Por qu, por qu?

Ven pronto.

Te abraza tu to

PASCUAL.

* * *

Y sta es la carta que ha recibido Azorn--una pgina de nuestra
historia contempornea, un fragmento vivo, autntico, con detalles
vulgares, con rasgos picos--en la realidad todo va junto!--de nuestra
vida de provincias literaria y poltica.




XIX


Hoy Azorn se ha marchado a Petrel. Petrel se asienta en el declive de
una colina, solapado en la fronda, a la otra banda del valle de Elda,
dominando con sus casas blancas y su castillo bermejo el oleaje, verde,
gris, azul, de la campia. Monvar est a la parte de ac, frente a
frente, sobre una ancha meseta. El camino desciende en empinados
recuestos, culebrea entre rapadas lomas, toca en un huertecillo de
granados, se acosta a un plantel de oliveras, empareja con un azarbe de
aguas tranquilas, pasa rozando el cubo de un molino, entra, por fin, en
las huertas frescas y amenas de Elda.

Y he aqu la misma Elda, que los iberos, grandes poetas, llamaron
_Idaella_, de _Daellos_, que en nuestra lengua es _casa de regalo_. El
palacio vetusto de los Coloma, virreyes de Cerdea, muestra en lo alto
sus dorados muros ruinosos; abajo, el pueblo se extiende en tortuosas
callejas apretadas. El Vinalap corre en lo hondo. Y dos fuentes, la de
Alfaguar y la Encantada, parten y reparten sus aguas en una red de plata
que se esparce y refulge por la llanura. Espaciosos cuadros de
hortalizas ensamblan con plantaciones de viedos; junto a los granados
se enhiestan los almendros. Y los anchos y redondos nogales ponen con su
penumbra, sobre el verde claro de la alfalfa, grandes crculos de
azulado verdoso.

Elda es un pueblo activo. La agricultura no bastaba para su vida: ha
nacido la industria. Y es una sola industria, que hace trabajar a todos
los obreros en lo mismo, que los conforma con iguales aptitudes, que
mueve toda la actividad del pueblo en una orientacin idntica. Cuatro,
seis fbricas alientan rumorosas. Y en todas las calles, en todas las
casas, en todos los rincones suena el afanoso y sonoro tac-tac del
martillo sobre la horma.

Los domingos, todos estos hombres, un poco encorvados, un poco plidos,
dejan sus mesillas terreras y se disgregan en grupos numerosos y alegres
por los pueblos circunvecinos. Los labriegos miran absortos y envidiosos
a sus antiguos compaeros. Y ellos gritan, bravuconean, cantan la eterna
romanza de _Marina_, hacen sonar con garbo sus monedas sobre los
mrmoles.

Hoy es domingo. Los cafs de Elda estn repletos. Azorn ha entrado en
uno de ellos. A su lado un grupo de obreros lea un peridico. Y Azorn
estaba tomando tranquilamente un refresco cuando ha visto que estos
obreros se le acercaban y decan:

--Seor Azorn, nosotros le conocemos a usted... y desearamos que nos
dijese cuatro palabras.

Estos hombres quieren que Azorn les diga cuatro palabras? Azorn,
orador! Esto es enorme. Azorn ha protestado cortsmente; los obreros
han insistido con no menos cortesa. Y entonces Azorn, ya puesto en tan
terrible trance, se ha levantado. Despus de levantarse ha sonredo con
discrecin. Y despus de sonrer, mientras todos los concurrentes
esperaban en un profundo silencio, se ha puesto por fin a hablar y ha
dicho:

Amigos: Una vez era un pobre hombre que estaba muy enfermo. Y como era
pobre, no tena dinero para comprarse ni alimentos ni medicinas. Pero
tena un amigo periodista. Los periodistas son buenos, son sencillos,
son amables. Y este periodista--que, como es natural, tampoco tena
dinero--public en su peridico un suelto en que demandaba la caridad
para su amigo.

Cuando sali el peridico, mucha gente ley el suelto y no hizo caso;
pero hubo tres hombres que sacaron un cuadernito pequeo y apuntaron las
seas. De estos tres hombres, uno era grueso y con la barba negra; otro
era delgado y con la barba rubia, y el tercero, que no era grueso ni
delgado, no tena barba. Pero los tres pensaron seriamente en que haba
que socorrer al pobre enfermo, y los tres se encaminaron a su casa,
cada uno por distinto camino.

Todos llegaron al mismo tiempo a ella, y como se saludaron
familiarmente, se puede decir que se conocan de antiguo. Ya ante el
enfermo, el que no tena barba baj los ojos, cruz las manos sobre el
pecho y dijo:

--El mal es grave, pero, en mi humilde juicio, puede curarse con
resignacin de una parte y caridad de otra...

Al or esto el de la barba rubia se estir los puos, arque los brazos
y le ataj diciendo:

--Perdone usted; el pueblo es soberano. Lo que importa es que conozca
sus derechos y que los conquiste...

Al llegar aqu, el de la barba negra levant la cabeza, les mir con
desprecio y arguy en esta forma:

--Estn ustedes en un error; el mal tiene ms hondas causas. Ante todo,
hay que nacionalizar la tierra...

Apenas hubo dicho estas palabras, cuando los otros dos le interrumpieron
dando voces; replic en el mismo tono el de la barba negra, y tal
escndalo promovieron entre los tres, que las gentes de la vecindad, que
eran todas muy pobres, acudieron a la casa del enfermo y los arrojaron
de ella.

Y estas pobres gentes decan:

--No, no queremos a nuestro lado falsos doctores; no queremos palabras
seductoras; no queremos bellos proyectos. Nosotros somos pobres y nos
bastamos a nosotros mismos. En nosotros est la salud, y nosotros
curaremos a este hombre.

Y entonces este hombre sonri con una sonrisa divina, y los mir con una
mirada dulce, y cogi sus manos, y las estrechaba blandamente contra su
pecho.

Porque haba visto que estos hombres eran sus hermanos y que la
verdadera salud estaba en ellos.

* * *

Azorn ha continuado su viaje hacia Petrel. De Elda a Petrel hay media
hora; el camino corre entre grata y fresca verdura.

Petrel es un pueblecillo tranquilo y limpio. Hay en l calles que se
llaman de Cantararias, del Horno de la Virgen, de la Abada, de la
Boquera; hay gentes que llevan por apellidos Broqus, Boy, Bellot,
Frriz, Guill, Meri, Moll; hay casas viejas con balcones de madera
tosca, y casas modernas con areos balcones que descansan en tableros de
rojo mrmol; hay huertos de limoneros y parrales, lamidos por un arroyo
de limpias aguas; hay una plaza grande, callada, con una fuente en medio
y en el fondo una iglesia. La fuente es redonda; tiene en el centro del
piln una columna que sostiene una taza; de la taza chorrea por cuatro
caos perennemente el agua. La iglesia es de piedra blanca; la
flanquean dos torres achatadas; se asciende a ella por dos espaciosas y
divergentes escaleras. Es una bella fuente que susurra armoniosa; es una
bella iglesia que se destaca serena en el azul difano. Las golondrinas
giran y pan en torno de las torres; el agua de la fuente murmura
placentera. Y un viejo reloj lanza de hora en hora sus campanadas
graves, montonas.




SEGUNDA PARTE




I


La casa de Verd es ancha, clara, limpia. Tiene un zagun solado de
grandes losas; a la derecha, la escalera asciende con su barandilla de
forjados hierros; en el fondo se abre la recia puerta de nogal que
franquea el despacho. El despacho es de paredes blancas, con dos
armarios llenos de libros, con una mesa de columnillas salomnicas, con
anchos fraileros ac y all adornados de chatones lucientes. En las
paredes, entre los estantes, lucen dos grandes litografas lyonesas; en
la una pone: _Comme l'amour vient aux garons_, y representa un mozuelo
ensimismado, compuestito, que se aleja con una muchacha hacia un baile;
en la otra dice: _Comme l'amour vient aux filles_, y figura dos nias
que oyen embelesadas la dulce msica de un garzn lindo.

Cuidadosamente colocados en una vitrina, todo limpio, todo de plata,
relucen una imagen de la Virgen aragonesa, un servicio de afeitar--con
su palangana de collete, su jarro, su bola para jabn--, seis macerinas
y una bandeja cuadrada. Todo esto--declara una cartela--le toc a doa
Eulalia Verd y Brotns en la rifa que se ejecut en Zaragoza a
beneficio del Santo Hospital Real y general de Nuestra Seora de Gracia
el da 7 de Noviembre de 1830.

A la derecha, en el fondo del despacho, se abre una espaciosa alcoba, y
frente a la puerta de entrada una gran reja movediza que da paso a un
patio. El patio est enladrillado de cuadrilongos ladrillos rojos; una
parra lo anubla con fresco toldo; al final, una cancela deja ver por
entre sus varillajes, festoneados de encendidos geranios, una sombrosa
huerta de naranjos, de higueras con sus brevas adustas, de ciruelos con
sus doradas prunas, de manzanos con sus grandes pomas rosadas... En
otoo, los racimos de granos alongados cuelgan entre los pmpanos en
vistosas estalactitas de oro; las abejas zumban; van y vienen en vuelo
sinuoso las mariposas, que se despiden de la vida. Y un sosiego
armonioso se exhala de los crepsculos vespertinos en el callado patio,
bajo la parra umbra, mientras el huerto se sume en la penumbra y suenan
lentas, una a una, las campanadas del Angelus.

* * *

Verd pasea por la estancia. Es alto; su cabellera es larga; la barba la
tiene intonsa; su cara plida est ligeramente abotagada. Camina
despacio, detenindose, apoyndose en los muebles. A veces hace una
larga inspiracin, echa la cabeza hacia atrs y la mueve a un lado y a
otro. No puede dormir; casi no come.

Sobre la mesa hay un vaso con leche y unos bizcochos; de tarde en tarde
Verd se detiene ante la mesa, coge un bizcocho y lo sume en el vaso;
luego se lo lleva a la boca, poniendo la mueca casi a la altura de la
frente, con el metacarpo diagonal y los dedos cados, en un gesto de
supremo cansancio. Verd viste con traje oscuro, holgado; la camisa es
de batista, blanda, sin corbata; calza unos zapatos suizos; lleva los
tres ltimos botones del chaleco sin abrochar.

--Ay, Antonio!--exclama Verd--. Yo no puedo soportar ms este dolor
que me abruma y no me deja reposar un momento.

Azorn mira pensativo a Verd, como antao miraba a Yuste. Un mundo de
ideas le separa de Verd; pero qu importan las ideas rojas o blancas?
Lo que importan son los bellos movimientos del alma; lo que importa es
la espontaneidad, la largueza, la tolerancia, el mpetu generoso, el
arrebato lrico. Y Verd es un bello ejemplar de esos hombres-fuerzas
que cantan, ren, se apasionan, luchan, caen en desesperaciones hondas,
se exaltan en alegras sbitas; de uno de esos hombres que accionan
fciles, que caminan rpidos, que hablan tumultuosos, que dicen
jovialmente a los necesitados: Ah! s, s, desde luego, que tienden
los brazos para abrazar desde la segunda entrevista, que piensan
sinceramente al recibir la ofensa: Soy yo, soy yo el que tiene la
culpa, que suben sesenta escalones, y otros sesenta, y otros cincuenta
para hacer un favor al amigo del amigo de un amigo, que contestan las
cartas a correo vuelto, que lanzan largos telegramas entusiastas por
nimias felicitaciones, que son buenos, que son sencillos, que son
grandes.

* * *

A ratos, fragmentariamente, charlan Verd y Azorn. Largos silencios
entrecortan los coloquios. Un jilguero, colgado en el patio, canta en
arpegios cristalinos. Y en un rincn, ensimismado, encogido, triste, muy
triste, callado siempre, un viejo que viene invariablemente todas las
tardes, se acaricia con un gesto automtico sus claras patillas blancas.

Este viejo se llama don Vctor y tiene dos o tres apellidos como todos
los mortales; pero, para qu consignarlos? Ya don Vctor no es casi
nada; es un resto de personalidad; es un rezago lejano de ente humano. Y
ni aun don Vctor cabe llamarle, sino _un viejo_--uno de esos viejos
tan viejos que si dicen alguna vez: _Cuando yo era joven..._ parece que
abren un cuarto oscuro del que sale una bocanada de aire hmedo.

* * *

--Yo no quiero creer, Azorn--dice Verd--, que esto sea todo
perecedero, que esto sea todo mortal y deleznable, que esto sea todo
materia. Yo oigo decir... yo leo... yo observo... por todas partes,
todos los das, que las ideas consoladoras se disgregan, se pierden,
huyen de las Universidades y las Academias, desertan de los libros y de
los peridicos, se refugian--nico refugio!--en las almas de los
labriegos y de las mujeres sencillas... Ah, qu tristeza, querido
Azorn, qu tristeza tan honda!... Yo siento cmo desaparece de una
sociedad nueva todo lo que yo ms amo, todo lo que ha sido mi vida, mis
ilusiones, mi fe, mis esperanzas... Y no puedo creer que aqu remate
todo, que la substancia sea nica, que la causa primera sea inminente...
Y, sin embargo, todo lo dice ya en el mundo... por todas partes, a pesar
de todo, contra todo, estas ideas se van infiltrando..., estas ideas
inspiran el arte, impulsan las ciencias, rigen los Estados, informan los
tratos y contratos de los hombres...

Ligera pausa. Verd mueve su cabeza suavemente para sacudir el dolor.
Don Vctor se acaricia sus patillas blancas. Azorn mira a lo lejos, en
el huerto, cmo giran y tornan las mariposas, sobre el follaje, bajo el
cielo difano.

Y Verd aade:

--No, no, Azorn; todo no es perecedero, todo no muere... El espritu
es inmortal! El espritu es indestructible!

Y luego, exaltado, abriendo mucho sus ojos tristes, golpendose la
frente:

--Ah, mi espritu, mi espritu!... Mi vida perdida, mis energas
muertas!... Ah, el desconsuelo de sentirse inerte en medio de la
vibracin universal de las almas!

Y se ha hecho un gran silencio. Y en el aire parece que haba sollozos y
lgrimas. Y han sonado lentas, una a una, las campanadas del Angelus.




II


Sarri es gordo y bajo; tiene los ojos chiquitos y bailadores, llena la
cara, tintadas las mejillas de vivos rojos. Y su boca se contrae en un
gesto picaresco y tmido, apocado y audaz, un gesto como el de los nios
cuando persiguen una mariposa y van a echarle la mano encima. Sarri
lleva, a veces, un sombrero hongo un poco en punta; otras, una antigua
gorra con dos cintitas detrs colgando. Su chaleco aparece siempre con
los cuatro botones superiores desabrochados; la cadena es de plata,
gorda y con muletilla.

Sarri es un epicreo; pero un epicreo en rama y sin distingos. Ama las
buenas yntigas; es bebedor fino, y cuando alza la copa entorna los ojos
y luego contrae los labios y chasca la lengua. Sarri no se apasiona por
nada, no discute, no grita; todo le es indiferente. Todo menos esos
gordos capones que traen del campo y a los cuales l les pasa con amor y
veneracin la mano por el buche; todo menos esos slidos jamones que
chorrean bermejo adobo, o penden colgados del humero; todo menos esos
largos salchichones aforrados en plata que l sospesa en la mano y
vuelve a sospesar como diciendo: S, ste tiene tres libras; todo
menos esas opulentas empanadas de repulgos preciosos, atiborradas de mil
cosas pintorescas; todo menos esas chacinas extremeas; todo menos esos
morteruelos gustosos; todo menos esas deleznables mantecadas, menos esos
retesados alfajores, menos esos sequillos, esos turrones, esos
mazapanes, esos pestios, esas hojuelas, esos almendrados, esos
pionates, esas sopaipas, esos diacitrones, esos arropes, esos
mostillos, esas compotas...

Sarri vive en una casa vieja, espaciosa, soleada, con un huerto, con
una ancha acequia que pasa por el patio en un raudal de agua
transparente. Sarri tiene una mujer gruesa y tres hijas esbeltas,
plidas, de cabellera esplndida: Pepita, Lola, Carmen. Tres muchachas
vestidas de negro que pajarean por la casa ligeras y alegres. Llevan
unos zapatitos de charol, fina obra de los zapateros de Elda, y sobre el
traje negro resaltan los delantales blancos, que se extienden
ampliamente por la falda y suben por el seno abombado, guarnecidos de
sutiles encajes rojos.

Por la maana, Pepita, Carmen, Lola se peinan en la entrada, luciente en
sus mosaicos pintorescos. El sol entra flgido y clido por los
cuarterones de la puerta; los muebles destacan limpios; gorjea un
canario. Y la peinadora va esparciendo sobre la espalda las blondas y
ondulantes matas. Y un momento estas tres nias blancas, gallardas, con
sus cabelleras de oro sueltas, con la cabeza cada, semejan esas bellas
mujeres desmelenadas de Rafael en su _Pasmo_, de Ghirlandajo en su _San
Zenobio_.

Luego, Pepita, Carmen, Lola trabajan en esta misma entrada, durante el
da, con sus bolillos, urdiendo fina randa. Las tres tienen las manos
pequeas, suaves, carnositas, con hoyuelos en los artejos, con las uas
combadas. Y estas manos van, vienen, saltan, vuelan sobre el encaje,
cogen los bolillos, mudan los alfileres, mientras el dedo meique,
enarcado, vibra nerviosamente y los macitos de nogal hacen un leve
traqueteo. De rato en rato, Pepita, o Lola, o Carmen, se detienen un
momento, se llevan la mano suavemente al pelo, sacan la rosada punta de
la lengua y se mojan los labios...

Y as hora tras hora. Al anochecer, ellas y sus amigas pasean por esta
bella plaza solitaria, de dos en dos, de tres en tres, cogidas de la
cintura, con la cabeza inclinada a un lado, mientras cuchichean,
mientras ren, mientras cantan alguna vieja tonada melanclica. En el
fondo, la iglesia se perfila en el azul negruzco; el aire es dulce; las
estrellas fulguran. Y el agua de la fuente cae con un manso susurro
interminable...




III


El cielo se nubla; relampaguea; caen sonoros goterones sobre la parra. Y
un chubasco se deshace en hilos brilladores entre los pmpanos.

Verd mira el sol que de nuevo ha vuelto a surgir tras la borrasca. Don
Vctor, en un rincn, siempre inmvil, siempre triste, muy triste, se
acaricia en silencio sus blancas patillas ralas.

--Yo amo la Naturaleza, Antonio--dice Verd--: yo amo, sobre todas las
cosas, el agua. El cardenal Belarmino dice que el agua es una de las
escalas para subir al conocimiento de Dios.

El agua,--escribe l--lava y quita las manchas, apaga el fuego,
refrigera y templa el ardor de la sed, une muchas cosas y las hace un
cuerpo, y ltimamente, cuanto baja, tanto sube y se levanta despus...
Pero Belarmino no saba que el agua tiene sus amores; los santos no
saben estas cosas. Y yo te dir los amores del agua.

El agua ama la sal; es un amor apasionado y eterno. Cuando se
encuentran se abrazan estrechamente; el agua llama hacia s la sal, y la
sal, toda llena de ternura, se deshace en los brazos del agua... No has
visto nunca en el verano cmo desciende la lluvia en esos turbiones
rpidos que refrescan y esponjan la verdura? El agua cae sobre las
anchas y porosas hojas y busca a su amiga la sal; pero la sal est
aprisionada en el menudo tejido de la planta. Entonces el agua se
lamenta de los desdenes de la sal, le reprocha su inconstancia, la
amenaza con olvidarla. Y la sal, enternecida, hace un esfuerzo por salir
de su prisin y se une en un abrazo con su amada. Sin embargo, ocurre
que el sol, que tiene celos del agua, a la que tambin adora, sorprende
a los dos amantes y se pone furioso. Ah!--exclama en ese tono con que
se dicen estas cosas en las comedias--ah! Conque ests hablando de
amores con la sal? Conque la has hecho salir de su crcel, donde estaba
encerrada por orden ma? Pues yo voy a castigarte! Y entonces el sol,
que es un hombre terrible, manda un rayo feroz contra el agua; la cual,
como es tan inocente, tan medrosica, abandona a la sal y huye toda
asustada.

Y sta es la causa, Antonio, por qu en el verano, cuando ha pasado el
chubasco y el sol luce de nuevo, vemos sobre las hojas de algunas
plantas, las cucurbitceas, por ejemplo, unas pequeas y brilladoras
eflorescencias salinas...




IV


Hoy ha llegado un msico errabundo. l se hace llamar Orsi, pero yo s
que se llama sencillamente Ros. Ros toca el violoncello; es alto,
gordo; su crneo est casi glabro; sobre las sienes asoman unos aladares
hmedos y estirados; una melenita blanquinosa baja hasta el cuello.

A Orsi acompaa una muchacha esbelta. Esta muchacha tiene la cara
ovalada, largas las pestaas, los ojos dulcemente atristados; viste un
traje nuevo con remembranzas viejas, y hay en toda ella, en sus gestos,
en su andar, en sus arreos, un aire de esas figuras que dibujaba
Gavarni, tan simples, tan elegantes, tan simpticas, con la cabeza
inclinada, con el pelo en tirabuzones, con las manos finas y agudas
cruzadas sobre la falda, que cae en tres grandes alforzas sobre los pies
buidos.

Orsi tiene un monculo. Este monculo ha sido el origen de su amistad
con Azorn. Un hombre que gasta monculo es, desde luego, digno de la
consideracin ms profunda. Esta tarde Orsi recorra indolentemente las
calles. De rato en rato Orsi se pona su monculo y se dignaba mirar a
estos pobres hombres que viven en un pueblo. De pronto un joven ha
aparecido en un portal. Necesitar describir este joven? Es alto; va
vestido de negro; lleva una cadenita de oro, en alongados eslabones, que
refulge en la negrura, como otra idntica que lleva el consejero Corral,
pintado por Velzquez. Es posible que Orsi no conozca este cuadro de
Velzquez, y, por lo tanto, no haya advertido dicho detalle. Por eso,
sin duda, ha dirigido al citado joven una mirada piadosa a travs de su
cristal. Entonces el joven, lentamente, se ha llevado la mano al pecho,
ha cogido otro monculo, se lo ha puesto y ha mirado a Orsi con cierta
conmiseracin altiva.

Orsi, claro est, se ha quedado inmvil, estupefacto, asombrado. En
Petrel, en este pueblo oscuro, en este pueblo diminuto, hay un hombre
que gasta monculo? Y este monculo tiene una cinta ancha y una gruesa
armadura de concha? Y es ms grande, y ms recio, ms formidable, ms
agresivo que el suyo? Todas estas ideas han pasado rpidamente por el
cerebro un poco hueco de Orsi. Indudablemente--ha concluido--, yo puedo
ser un genio, pero he de reconocer que aqu, en este pueblo, _no estoy
solo_.

Y ante el burgus innoble, entre este vulgo ignaro, Orsi y Azorn--no
poda ser de otro modo!--se han reconocido como dos almas superiores, y
han ido en compaa de Sarri--que tambin a su manera es un alma
superior--a tomar unas olorosas copas de ajenjo.

* * *

El concierto se ha celebrado en el casino. Haba poca gente; era una
noche plcida de esto. La nia simple se sienta al piano; Orsi coge el
violoncello, y lo limpia, y lo acaricia, y arranca de l agudos y graves
arpegios.

Luego se hace un gran silencio. El piano preludia unas notas
cristalinas, lentas, lnguidas. Y el violoncello comienza su canto
grave, sonoro, melanclico, misterioso; un canto que poco a poco se
apaga como un eco formidable, mientras una voz fina surge,
imperceptible, y plae dolores inefables, y muere tenue. Es el _Spirto
gentil_, de _La Favorita_. Orsi inclina la cabeza con uncin; su mano
izquierda asciende, baja, salta a lo largo del asta...

Cuando acaba la pieza, Orsi se levanta sudoroso y Azorn le ofrece un
refresco.

--No, no, Azorn--contesta Orsi;--tengo miedo... un poquito de cognac...

El concierto vuelve a empezar. El arco pasa y repasa; el violoncello
canta y gime. Un mozo discurre con una bandeja; la concurrencia se va
retirando calladamente. Y el violoncello se queja discreto, sonre
irnico, parte en una furibunda nota larga.

--Qu calor, qu calor!--exclama Orsi cuando acaba--. Azorn a ver, un
poquito de cognac...

Son las doce. El saln est casi vaco. Diminutas mariposas giran en
torno a las lmparas; por los grandes balcones abiertos entra como una
calma densa y profunda que se exhala del pueblo dormido, de la oscuridad
que en la calle silenciosa ahoga los anchos cuadros de luz de las
ventanas.

Y entonces, en ese profundo silencio, Azorn ha dicho:

--Orsi, toque usted algo de Beethoven... la ltima sinfona... estamos
solos...

Y Orsi ha contestado:

--Beethoven... Beethoven... Azorn, un poquito de cognac por Beethoven.

Y el violoncello, por ltima vez, ha cantado en notas hondas y
misteriosas, en notas que plaan dolores y semejaban como una despedida
trgica de la vida.

Orsi levanta la cabeza; sus ojos brillan; su mano izquierda se abate con
un gesto instintivo, todo vuelve al silencio.

* * *

Luego, en casa de Sarri, los tres, en el misterio de la noche, ante las
copas, bajo la lmpara, evocan viejos recuerdos.

--Azorn--dice Orsi--, usted no conoci a Bottesini? Bottesini logr
hacer con el violn lo que Sarasate con el violn. Qu admirable! Yo le
o en Madrid; cuando yo le conoc llevaba un pantaln blanco a rayitas
negras.

Callan un largo rato. Y despus Sarri pregunta:

--A que no saben ustedes lo que me sucedi a m en Madrid una noche?

Azorn y Orsi miran a Sarri con visibles muestras de ansiedad. Sarri
prosigue.

--Una noche estaba yo en los Bufos; no recuerdo qu funcin
representaban. Era una en que salan unas mujeres que llevaban grandes
carteras de ministro, y haba otra que era reina... Yo estaba viendo la
funcin muy tranquilo, cuando de pronto me vuelvo y veo a mi lado... a
quin dirn ustedes? A don Luis Mara Pastor. Don Luis Mara Pastor en
los Bufos!

Azorn pregunta quin era don Luis Mara Pastor. Y Sarri contesta:

--No lo s yo a punto fijo, pero era un gran personaje de entonces. Lo
que s recuerdo es que iba todo afeitado.

Vuelven a callar. Y Azorn se acerca la copa a los labios y piensa que
en la vida no hay nada grande ni pequeo, puesto que un grano de arena
puede ser para un hombre sencillo una montaa.




V


Verd est cada vez ms dbil y achacoso. Esta tarde, en el despacho,
ante el huerto florido, Verd iba y vena como siempre con su paso
indeciso. En un rincn, inconmovible, eterno, don Vctor calla y se
acaricia sus barbas blancas. Y Azorn contempla exttico al maestro. Y
el maestro dice:

--Azorn, todo es perecedero ac en la tierra, y la belleza es tan
contingente y deleznable como todo... Cuando las generaciones nuevas
tratan de destruir los nombres antiguos, consagrados, se estremecen de
horror los viejos. Y no hay nada definitivo: los viejos hicieron sus
consagraciones: qu razn hay para que las acepten los jvenes? Su
criterio vale, por lo menos, tanto como el de sus antecesores. Yo me
siento viejo, enfermo y olvidado, pero mi espritu ansa la juventud
perenne.

No hay nadie consagrado. La vida es movimiento, cambio,
transformacin. Y esa inmovilidad que los viejos pretenden poner en sus
consagraciones va contra todo el orden de las cosas. La sensibilidad del
hombre se afina a travs de los tiempos. El sentido esttico no es el
mismo. La belleza cambia. Tenemos otra sintaxis, otra analoga, otra
dialctica, hasta otra ortologa, cmo hemos de encontrar el mismo
placer en las obras viejas que en las nuevas?

Los jvenes que admiten sin regateos las innovaciones de la esttica son
ms humanos que los viejos. La innovacin es al fin admitida por todos;
pero los jvenes la acogen desde el primer momento con entusiasmo, y los
viejos cuando la fuerza del uso general les pone en el trance de
admitirla, es decir, cuando ya est sancionada por dos o tres
generaciones. De modo que los jvenes tienen ms espritu de justicia
que los viejos, y adems se dan el placer--el ms intenso de todos los
placeres!--de gozar de una sensacin esttica todava no desflorada por
las muchedumbres.

He dicho que los viejos admiten, al fin y al cabo, las innovaciones del
modernismo (o como se quieran llamar tales audacias), y es muy cierto.
Vicente Espinel era un modernista, hizo lo que hoy estn haciendo los
poetas jvenes: innov en la mtrica. Y hoy los mismos viejos que
denigran a los poetas innovadores encuentran muy lgico y natural
componer una dcima. El arcipreste de Hita se complace en haber
_mostrado a los simples fablas et versos extrannos_. Fue un innovador
estupendo, y esos _versos extrannos_ causaran de seguro el horror de
los viejos de su tiempo. De Boscn y Garcilaso no hablemos; hoy se
reprocha a los jvenes poetas americanos de lengua castellana que vayan
a buscar a Francia su inspiracin. Dnde fue a buscarla Boscn, que nos
trajo aqu todo el modernismo italiano? Lope de Vega, el ms furibundo,
el ms brutal, el ms enorme de todos los modernistas, puesto que rompe
con una abrumadora tradicin clsica, ser, sin duda, aplaudido por los
viejos cuando se representa una obra suya, una obra que es un insulto a
Aristteles, a Vida, a Lpez Pinciano y a la multitud de gentes que
crean en ellos, es decir, a los viejos de aquel entonces!

Imitad a los clsicos--se dice a los jvenes--no intentis innovar. Y
esto es contradictorio! La buena imitacin de los clsicos consiste en
apartar los ojos de sus obras y ponerlos en lo porvenir; ellos lo
hicieron as. No imitaban a sus antecesores: innovaban. De los que
fueron fieles a la tradicin, quin se acuerda? Su obra es vulgar y
anodina; es una repeticin del arquetipo ya creado...

Verd ha callado un momento y Azorn ha dicho:

--Lo que los viejos reprochan, sobre todo, a los jvenes, maestro, son
los medios violentos que emplean para echar abajo sus consagraciones,
esas palabras gruesas, esos ataques furibundos...

Y Verd ha contestado:

--Eso vale tanto como reprocharles su juventud. Qu hicieron ellos en
su tiempo? La vida es accin y reaccin. Todo no puede ser uniforme,
igual, gris. Los ataques de los jvenes de ahora son la reaccin natural
de los elogios excesivos que los viejos se han fabricado durante veinte
aos. Luego, dentro de otros veinte aos, los crticos y los
historiadores pondrn en su punto las cosas; es decir, en un nivel que
ni sea los ditirambos de los viejos ni las diatribas de los jvenes...
Pero ese trabajo podrn hacerlo porque ya recibirn, hecha por los
jvenes, la mitad de la labor; es decir, que ya se encontrar destruida
esa obra de frvolas consagraciones que los viejos han construido.

--Otro de los cargos, querido maestro, que los viejos hacen a las nuevas
generaciones es su volubilidad, su mariposeo a travs de todas las
ideas.

--Cabalmente en el fondo de esa volubilidad veo yo un instintivo
espritu de justicia. Los viejos, hombres de una sola idea, no pueden
comprender que se vivan todas las ideas. Que los jvenes no tienen
ideas fijas? S precisamente no tener una idea fija es tenerlas todas,
es gustarlas todas, es amarlas todas! Y como la vida no es una sola
cosa, sino que son varias, y, a veces muy contradictorias, slo ste es
el eficaz medio de percibirla en todos sus matices y cambiantes, y slo
sta es la regla crtica infalible para juzgar y estimar a los
hombres... Pero los viejos no pueden comprender este mariposeo, y se
aferran a una sola idea que representa su vida, su espritu, su pasado.
Y esto es fatal; es el mismo instinto que nos hace cobrar amor a un
objeto que hemos usado durante aos, un reloj, una petaca, una cartera,
un bastn...

El maestro calla. Y de pronto don Vctor--oh pasmo!--cesa de
acariciarse sus patillas, abre la boca y exclama:

--Yo tena un bastn!

Azorn y el maestro se quedan asombrados. Don Vctor habla? Don Vctor
tena un bastn? Esto es inslito! Esto es estupendo!

Y don Vctor prosigue:

--Yo tena un bastn, eh?... un bastn con el puo de vuelta, con una
chapa de plata, eh?... con una chapa de plata que haca un ruido sordo
al caminar...

Don Vctor se detiene en una breve pausa; se siente fatigado de su
enorme esfuerzo. Despus aade:

--Una vez tuve yo que hacer un viaje... un viaje largo, eh?... era el
da 20 y tena que embarcarme en Barcelona el 21... el 21, eh?... y yo
estaba en Madrid.

Don Vctor hace otra pausa. Indudablemente, su relato va adquiriendo
aspecto trgico; don Vctor contina:

--Llego a la estacin y tomo el billete... luego entro en el andn y
cojo el coche, eh?... cojo el coche y voy colocando la sombrera...
Despus la maleta... despus el portamantas... el portamantas, eh?...
el portamantas que no tena el bastn... qu no tena el bastn!...
Entonces yo cojo mi equipaje, salgo de la estacin y me voy a casa,
eh?... me voy a casa, porque yo no poda acostumbrarme a la idea de
estar sin mi bastn, eh?... de estar sin mi bastn y de no or el ruido
de la chapa de plata...

Don Vctor calla anonadado por la emocin; luego, haciendo un ltimo
esfuerzo, aade:

--Despus me lo quitaron... me quitaron mi bastn, eh?... mi bastn con
el puo de vuelta... Y desde entonces... desde entonces...

Su voz tiembla y se apaga en un silencio de tristeza infinita. Y Verd y
Azorn permanecen silenciosos tambin, conmovidos, ante esta fruslera
que es una tragedia para este pobre viejo.




VI


Esta noche el pobre Sarri est muy ocupado; se encuentra metido en su
despacho, bajo la lmpara que pone en su cabeza vivos reflejos, ante un
libro que lee y relee con visibles muestras de un inters profundo.

Este libro que lee Sarri es un libro trascendental y filosfico; se
titula: _Diccionario general de cocina_. Sarri tiene fija la vista en
una de sus pginas; su cuerpo se remueve en la silla; dirase que le
desasosiega alguno de los pasajes del libro. S, s, le inquieta a
Sarri uno de los pasajes de este libro. Y he aqu lo que dice este
pasaje:

_Tiempo que un conejo debe estar al fuego, suponiendo que est recin
muerto._

Esto es admirable; esto es como el anuncio de que un sabio va a
pronunciar su mgica sentencia.

Luego el pasaje contina:

Un conejo grande, casero, hora y media.--Uno de monte, una hora.

Y esto es lo que le inquieta a Sarri! Un conejo casero hora y media?
Uno de monte una hora? Pero esto es absurdo! Esto es desconocer la
realidad! Y Sarri se remueve en su asiento, torna a leer el pasaje, lo
lee de nuevo. S, esto es negar la evidencia; esto es trastocar el orden
natural de los fenmenos. Porque un conejo de monte, siempre, desde el
origen de las cosas, ha tardado en cocerse ms que uno casero.

Y Sarri siente que su fe en este libro, nico para l, vacila. Y por
primera vez en su vida experimenta una tenue y vaga tristeza.
Decididamente, la sabidura humana es cosa deleznable. Para qu sirven
los sabios? Para qu sirven estos libros que leemos creyendo encontrar
en ellos la verdad infalible?

Y Sarri ha confesado a Azorn su amargura. Y Azorn le ha dicho:

--S, querido Sarri, los libros son falaces; los libros entristecen
nuestra vida. Porque gastamos en leerlos y escribirlos aquellas fuerzas
de la juventud que pudieran emplearse en la alegra y el amor. Pero
nosotros ansiamos saber mucho. Y cuando llega la vejez y vemos que los
libros no nos han enseado nada, entonces clamamos por la alegra y el
amor, que ya no pueden venir a nuestros cuerpos, tristes y cansados!




VII


Esta tarde hemos cumplido un deber triste: hemos acompaado hasta la
santa tierra al que en vida fue nuestro amigo don Vctor.

Una rambla abre su ancho cauce entre el camposanto y el pueblo. La
verdura se extiende en lo hondo bordeando el cauce, repta por el
empinado tajo, se junta a la otra verdura de los huertos que respaldan
las casas y aparecen colgados como pensiles.

Sarri y Azorn, ya de regreso, han cruzado la rambla. Y Sarri ha
dicho:

--A que no sabe usted, Azorn, en lo que pensaba don Vctor cuando se
estaba muriendo? Pensaba en un bastn, en su bastn. Y deca: Que me
devuelvan mi bastn... mi bastn de vuelta, eh?... un bastn que tiene
una chapa de plata... una chapa de plata que hace un ruido al caminar,
eh?... Y luego en la agona le ha gritado: Mi bastn, mi bastn!; y
ha muerto. No le parece a usted raro, Azorn?

Y Azorn ha contestado:

--No, querido Sarri, no me parece raro. Unos piden _luz, ms luz_,
cuando se mueren; otros piden _sus ideas_, este pobre hombre peda _su
bastn_. Qu importa bastn, ideas o luz! En el fondo, todo es un
ideal. Y la vida, que es triste, que es montona, necesita, querido
Sarri, un ideal que la haga llevadera: justicia, amor, belleza, o
sencillamente un bastn con una chapa de plata.

Llegaba el crepsculo. Y el cielo se encenda con violentos resplandores
de incendio.




VIII


Verd reposa en la ancha cama. Sus brazos estn extendidos sobre la
sbana. Y sus manos son transparentes. Y sus ojos estn entornados. Y en
su rostro se muestra un sosiego dulce. Verd respira penosamente. De
rato en rato un gemido se escapa de sus labios. Ya se remueve un poco;
una ancha inspiracin hincha su pecho; sus ojos se abren intranquilos. Y
luego dice con voz larga y suave: _Ay, Antonio! Ay, Antonio!_

Ha llegado la uncin hace un momento y han ido poniendo sobre sus ojos,
sobre sus odos, sobre sus labios, sobre sus manos, sobre sus pies los
santos leos.

Al lado de la cama un clrigo lee con voz queda en un libro:

..._Commendo te omnipotenti Deo, charissime frater, et ei cujus es
creatura, conmitto_...

Lentamente se ha ido sosegando el maestro; sus prpados descienden
pesados y se cierran; su cuerpo yace inmvil... Todo est quieto; los
rayos del sol se filtran por la parra y caen en vivas manchas sobre los
ladrillos del patio; el jilguero desenvuelve sus trinos; una mariposa
blanca va, viene, torna, gira, repasa entre los verdes pmpanos. Y de
pronto el maestro se agita nervioso, abre anchos los ojos y grita con
angustia: _Mi espritu!... Mi espritu!..._ Sus manos se contraen; su
mirada se pierde a lo lejos, exttica, espantada. Y poco a poco,
sosegado de nuevo, su rostro se distiende como en un sueo; la
respiracin se debilita; algo a modo de una espiracin sollozante flota
en el ambiente silencioso.

Entonces Azorn, que sabe que los msculos son los primeros en morir y
que cuando ha muerto el corazn y han muerto los pulmones todava los
sentidos perciben en aterradora inmovilidad; entonces Azorn se ha
inclinado sobre Verd y ha pronunciado con voz lenta y sonora:

--Maestro, maestro; si me oyes an, yo te deseo la paz!

Y el clrigo ha levantado los ojos al cielo y ha dicho:

--Dios lo habr acogido en su santo seno! _Suscipe Dmine, servum tuam
in locum sperandoe sibi salvationis a misericordia tua._

Y Azorn aade:

--Ha vuelto al alma eterna de las cosas!

Todo ha tornado a quedar en silencio; el aire es luminoso y ardiente; en
el fondo del patio, all en el huerto, sobre el follaje verde, brillan
las manzanas rosadas, las ciruelas de oro, los encendidos albrchigos.
La mariposa blanca ha desaparecido. Y suena una campanada larga, y
despus suena otra campanada breve, y despus suena otra campanada
larga...




IX


Sarri y Azorn han ido a Villena.

Esta es una ciudad vetusta, pero clara, limpia, riente. Tiene
callejuelas tortuosas que reptan monte arriba; tiene vas anchas
sombreadas por pltanos; tiene viejas casas de piedra con escudos y
balcones voladizos; tiene una iglesia con filigranas del Renacimiento,
con una soberbia reja dorada, con una torre puntiaguda; tiene una plaza
donde hay un hondo estanque de aguas difanas que las mujeres bajan por
una ancha gradera a coger en sus cntaros; tiene un castillo que an
conserva la torre del homenaje, y en cuyos salones don Diego Pacheco,
gran protector de los moriscos, vera ondular el cuerpo serpentino de
las troteras.

Hay en la vida de estas ciudades viejas algo de plcido y arcaico. Lo
hay en esas fondas silenciosas, con comedores que se abren de tarde en
tarde, solemnemente, cuando por acaso llega un husped; en esos cafs
solitarios donde los mozos miran perplejos y espantados cuando se pide
un pistaje extico; en esos obradores de sastrera que al pasar se ven
por los balcones bajos y en que un viejo maestro, con su calva, se
inclina sobre la mesa, y cuatro o seis mozuelas canturrean; en esas
herreras que repiquetean sonoras; en esos conventos con las celosas de
madera ennegrecidas por los aos; en esas persianas que se mueven
discretamente cuando se oyen resonar pasos en la calleja desierta; en
esas comadres que van a los hornos con sus mandiles rojos y verdes, o en
esos anacalos que van a recoger el pan a las casas; en esas viejas que
os detienen para quitaros un hilo blanco que llevis a la espalda; en
esos pregones de una enjalma que se ha perdido o de un vino que se vende
barato; en esos nios que se dirigen con sus carteras a la escuela y se
entretienen un momento jugando en una esquina; en esas devotas con sus
negras mantillas que sacan una enorme llave y desaparecen por los
zaguanes oscuros...

Azorn y Sarri han pasado unas horas en la ciudad sosegada. Y a otro
da han regresado a Petrel.

En la estacin han visto cuatro monjas. Estas monjas eran pobres y
sencillas. Una era alta y morena; tena los ojos grandes y los dientes
muy blancos; otra era jovencita, carnosa, vivaracha, rubia, menuda. Las
otras dos tocaban en la vejez: cencea y rugosa la una; gordal y
rebajeta la otra. Esta ltima hablaba animadamente con el encargado de
los billetes; despus, el encargado, que lea un papel blanco, se lo ha
devuelto a la monja y le ha dado dos billetes azules. Entonces se han
separado de la taquilla y las cuatro, con las cabezas juntas,
cuchicheaban. Azorn ha visto que la monja gruesa le enseaba el papel a
la morena y que sta sonrea con una sonrisa suave, con una sonrisa
divina, enseando sus blancos dientes, poniendo en xtasis los ojos. De
qu sonrea esta monja?

Han subido al tren las dos jvenes y se han quedado en tierra las dos
viejas. La locomotora silba. Unas y otras se han despedido y se hacan
recomendaciones mutuas. La morena ha dicho: ... y en particular a sor
Elisa, para que se le vayan ciertas ilusiones.

Esta sor Elisa que tiene _ciertas ilusiones_--piensa Azorn--, quin
ser? Qu ilusiones sern las que tiene esta pobre sor Elisa, a quien
l ya se imagina blanca, lenta, suave, un poco melanclica, a lo largo
de los claustros callados?

Las monjas han rezado una salve. La menudita se llevaba el pauelo a los
ojos y apretaba los labios para reprimir un sollozo. El tren avanza. Se
abre a la vista una espaciosa llanura; se yerguen ac y all grupos de
lamos; las notas blancas de las casas resaltan en la verdura; un
bosquecillo de granados se espejea en las claras aguas de un arroyo;
revuelan grandes mariposas oscuras.

Han pasado dos o tres estaciones. Las monjas han descendido del tren. Y
se han perdido a lo lejos, con una maleta rada, con dos saquitos de
lienzo blanco, con un paraguas viejo...




X

PETREL.


Este viejo por la maana haba venido a traer un sobre grande en que
deca: _Seor don Lorenzo Sarri_. Sarri, puesto que era para l, ha
abierto el sobre, despus que se ha marchado el viejo, y ha visto que
dentro haba una cartela con un escudo. Este escudo resulta que es el de
Sarri, o por lo menos, el de su apellido. Pero mejor ser que digamos
que es el del propio Sarri, toda vez que la tarjeta pone en el centro,
con letras doradas, su nombre y apellidos. No cabe duda; son las armas
de l. A un lado se dice que estas armas consisten--segn van
dibujadas--en un len y un lobo que sostienen una filacteria en que se
lee: _Nunc et semper_; y al otro se explica que el apellido Sarri lo
llev por primera vez un guerrero que le prest su caballo a Fernando
III en la toma de Baeza. Esto ha conmovido a toda la familia; por eso,
cuando el viejo ha vuelto esta tarde, todos han salido a conocerle.

Este viejo tiene la cara plida, sin afeitar desde hace muchos das; su
bigote cae lacio por las comisuras de la boca, y cuando sonre muestra
por los lados, en sus encas lisas, dos dientes puntiagudos que asoman
por la pelambre del mostacho. Lleva unas botas blancas de verano, pero
estn muy estropeadas; el traje es de verano tambin, y la chaqueta,
abrochada y subida, oculta el cuello juntamente con un pauelo de seda.
Estamos ya a principios de invierno, y este viejo debera llevar un
traje de abrigo; pero no lo lleva. Y por eso, sin duda, tose
pertinazmente, inclinando su cuerpo flaco, ponindose la mano delante de
la boca.

Pepita le ha dicho si estaba constipado y l ha contestado que s, que
haba cogido un enfriamiento en el tren. Porque este viejo va de una
parte a otra, por los pueblos, repartiendo sus cartelas con las armas de
los apellidos. En algunas casas no le dan nada y se quedan con la
tarjeta, que ya a l no le puede servir, puesto que ha estampado en ella
el nombre del agraciado; pero en otras s que le dan algo, en
reconocimiento, sin duda, a su atencin... Pasan por los pueblos o viven
en ellos muchos personajes interesantes de los cuales los novelistas no
se preocupan; hacen mal, evidentemente.

Este viejo es uno de esos personajes. Otros podrn no ser simpticos,
pero ste lo es. Esta es la causa de que haya enternecido a todos
contando sus andanzas. Y he aqu que Pepita le saca una taza de caldo, y
Sarri va a buscar una botella de buen vino, y Lola y Carmen aprestan
otras cosas para que coma. l est encantado.

--Yo tena en Madrid un escritorio--dice el--; pero este escritorio era
muy oscuro. Cuando venan a que yo escribiera una carta, yo tena que
encender una luz. Esto era un gasto terrible; adems, en el escritorio
haba mucha humedad. As es que resolv mudarme... Quince aos haba
estado all en aquel zagun, y me entristeca el tener que marcharme a
otro lado; pero era preciso, porque yo estaba ya un poco enfermo con la
humedad... Sin embargo, estuve buscando unos das algn sitio a
propsito y no lo encontr. Entonces decid dar una vuelta por
provincias haciendo tarjetas herldicas... Y ahora, cuando vuelva a
Madrid, tratar de establecerme en otra parte.

El viejo tose y vuelve a toser, encorvndose, ponindose la mano delante
de la boca. Despus, cuando ha acabado de comer lo que le han trado,
saca una petaca y trata de hacer un cigarro. Pero Sarri no le deja. No
hubiera estado bien no proporcionarle tabaco despus de haberle dado de
comer. Le da, pues, un cigarro, que el viejo ha encendido y fuma,
mientras todos, con esta curiosidad tan provinciana, van mirando
atentamente hasta sus menores gestos.




XI

ALICANTE.


Azorn y Sarri han ido a Alicante. Esta es una capital de provincia
alegre y sana. Hay cafs casi cmodos, peridicos casi legibles, tiendas
casi buenas, restaurants casi aceptables. Esto ltimo le interesa a
Sarri vivamente. A Azorn debe tambin de interesarle.

Los dos recorren las calles llevados de una curiosidad natural. Azorn,
alto, inquieto, nervioso, vestido de negro, con un bastn que lleva
diagonal, cogido cerca del puo a modo de tizona; Sarri, bajo, gordo,
pacfico, calmoso, con su chaleco abierto y su gran hongo de copa
puntiaguda. Yo no s si en Alicante habrn reparado en estas dos figuras
magnas; acaso no. Los grandes hombres suelen pasar inadvertidos. Y as,
Azorn y Sarri, sin admiradores molestos, dan unas vueltas por una
plaza, husmean las tiendas, compran unos peridicos, y acaban por
sentarse en la terraza de un restaurant, bajo el cielo azul, frente al
mar ancho.

El mar se aleja en una inmensa mancha verde; se mueven, suavemente
balanceados, los barcos; las gras suenan con ruido de cadenas; chirran
las poleas; se desliza rpido, en la lejana, un lad con su vela latina
y sus dos foques. Y rasga los aires una bocina ronca con tres silbidos
largos y luego con tres silbidos breves. Sale un vapor. La chimenea,
listada de rojo, despide un denso humacho negro; el chorro de desage
surte espumeante y rumoroso; a proa se escapan ligeras nubecillas de la
mquina de levar anclas. Lentamente va virando y enfila la boca del
puerto; el hlice deja una larga espuma blanca; en la popa resaltan
grandes letras doradas: _C. H. R. Broberg-Cjobenhun_; una bandera roja,
partida por una cruz azul, flamea...

Ya ha salido del puerto. Poco a poco se aleja en la inmensidad; el humo
difumina con un trazo fuliginoso el cielo difano; el barco es un
puntito imperceptible. Y el mar, impasible, inquieto, eterno, va y viene
en su oleaje, verde a ratos, a ratos azul, tal vez, cuando soplan
vientos de Sur, rojo profundo.

El mar--deca Guyau, que escribi sus ms bellas pginas al borde de
este mismo Mediterrneo--, el mar vive, se agita, se atormenta
perdurablemente sin objeto. Nosotros tambin--piensa Azorn--vivimos,
nos movemos, nos angustiamos, y tampoco tenemos finalidad alguna. Un
poco de espuma deshecha por el viento es el resultado del batir y
rebatir del oleaje--dice Guyau. Y una idea, un gesto, un acto que se
esfuman y pierden a travs de las generaciones es el corolario de
nuestros afanes y locuras...

Azorn han sentido que una suave congoja llegaba de la inmensa mancha
azul y envolva su espritu. Y Sarri, que sudaba y trasudaba tratando
de cortar intilmente un enorme rosbif, ha levantado los ojos. Y en
ellos tambin haba un poco de tristeza.




XII

ALICANTE.


Hoy, en Alicante, cuando Azorn y Sarri paseaban bajo las palmeras,
frente al mar, se ha parado ante ellos un seor moreno y enjuto, de
ancha perilla cana. Luego se ha dirigido a Azorn y le ha estrechado la
mano con un apretn seco y nervioso.

--Yo s quin es usted--le deca--y quiero tener el gusto de saludarle.
Es usted uno de los hombres del porvenir...

Azorn ha querido saber su nombre. El desconocido ha dicho que se
llamaba Bellver y que viva en tal parte. Despus, rpido, nervioso, ha
levantado su sombrero y se ha ido.

Y Azorn se ha vuelto hacia Sarri y le ha dicho:

--Parceme, Sarri amigo, que acabo de ganar una gran batalla. Este
hombre que se ha acercado a m es un admirador mo. Yo no le conozco,
pero l ha querido expresarme sus simpatas. Estos sencillos homenajes
son la recompensa de los que ejercemos la noble profesin de la pluma.
Escribe uno un libro, publica uno treinta artculos, y la crtica habla,
los compaeros hacen sus comentarios. Todo esto, qu importa? Todo esto
est previsto. Pero ese pedazo de conversacin que omos al paso y en
que suena nuestro nombre, esa carta annima que nos felicita, ese lector
entusiasta--como este Bellver--que estrecha rpidamente nuestra mano con
efusin, con sinceridad, y luego se marcha... todo esto, qu grato es y
cmo compensa del trabajo rudo y las tristezas!

Nosotros, como el Hidalgo Manchego, tenemos algo de soadores; una
ilusin nos vivifica. Vivimos pobres; gastamos ao tras ao nuestras
fuerzas sobre los libros; la muerte sorprende nuestros cuerpos fatigados
en plena vida; si trasponemos la juventud, nuestra vejez es msera y
achacosa; vemos aupados por las multitudes a hombres fatuos, mientras
nosotros, que damos a la Humanidad lo ms preciado, la belleza,
permanecemos desamparados... Y un da, en nuestra soledad y en nuestra
pobreza, un desconocido se acerca a nosotros y nos estrecha con
entusiasmo la mano. Y entonces nos creemos felices y consideramos
compensados con este minuto de satisfaccin nuestros largos trabajos.

Esto me sucede a m ahora, querido Sarri; y por eso este apretn de
manos ha puesto en m tanta ufana como en Alonso Quijano la liberacin
de los galeotes o la conquista del yelmo.




XIII

ORIHUELA


Van y vienen por las calles clrigos con la sotana recogida en la
espalda, frailes, monjas, mandaderos de conventos con pequeos cajones y
cestas, mozos vestidos de negro y afeitados, nios con el traje
galoneado de oro, nias, de dos en dos, con uniformes vestidos azules.
Hay una diminuta catedral, una microscpica obispala, vetustos
caserones con la portalada redonda y zaguanes sombros, conventos de
monjas, conventos de frailes. A la entrada de la ciudad, lindando con la
huerta, los jesuitas anidan en un palacio plateresco; arriba, en lo alto
del monte, dominando el poblado, el Seminario muestra su inmensa mole.
El ro corre rumoroso, de escaln en escaln, entre dos ringlas de
viejas casas; las calles son estrechas, srdidas; un olor de humedad y
cocina se exhala de los porches oscuros; tocan las campanas a las
novenas; entran y salen en las iglesias mujeres con mantillas negras,
hombres que remueven en el bolsillo los rosarios.

Azorn y Sarri han recorrido la ciudad; luego, de pechos sobre el
puente, han contemplado el ro que se desliza turbio. A lo lejos, entre
unos caaverales, al pie del palacio episcopal, unos patos se zambullen
y nadan.

Y Sarri, viendo estos patos, ha dicho:

--Esos patos que nadan en el ro, qu gordos que estn, querido Azorn!

Y Azorn ha contestado:

--Yo imagino, Sarri, que usted ya se regodea con las pechugas de esos
patos. Y esos patos son de un buen hombre que es obispo. Este hombre,
adems de ser obispo, es un poco sabio y un poco artista, y en los ratos
que le dejan libre sus cuidados se asoma al ro y va echando migajas a
los patos. San Bernardo era tambin amigo de los animalillos que Dios
cra. Cuentan que cuando encontraba en su camino a algunos cazadores, l
se afliga un poco y rogaba por las perdices y las liebres, y les deca
a estos fieros hombres: _No os cansis en perseguir a esos seres
inocentes, que yo he rogado al Seor por ellos y el Seor les conservar
la vida._

Y he aqu, querido Sarri, que usted se regocija, all en las
intimidades de su espritu, con una hecatacombe de esos patos, que son
la alegra de un hombre sencillo, que, como San Bernardo, ama todo lo
que Dios ha creado.




XIV

ORIHUELA


Este buen hombre que es obispo ha convidado a almorzar a Sarri y
Azorn. Los dos han encontrado natural el convite; pero yo no s quin
lo ha encontrado ms natural, si Sarri o Azorn.

El obispo es un seor simptico; es nervioso, impresionable, vivo; no
sabe hablar; se azora cuando ha de decir en pblico cuatro palabras;
pero tiene una excelente biblioteca de libros viejos y novsimos; lee
mucho; entiende lo que lee, y escribe atinadamente y con cierta mesura
de las cosas que opugna.

La mesa est lindamente aparejada; la cristalera es luciente y fina; el
mantel es blanqusimo, y sobre su blancura resaltan los anchos ramos de
flores bien olientes y la loba morada del obispo.

Todos se sientan. El obispo es uno de esos hombres espirituales que
cuando comen lo hacen como a pesar de ellos, con discrecin, dando a
las elegantes razones que se cruzan entre los comensales, ms
importancia que a las viandas.

--Nietzsche, Schopenhaer, Stirner--dice el obispo--son los bellos
libros de caballeras de hogao. Los caballeros andantes no se han
acabado; los hay an en esta tierra clsica de las andanazas. Y yo veo a
muchos jvenes, seor Azorn, echar por las veredas de sus pensamientos
descarriados. Tienen talento? S, s, talento tienen, indudablemente;
pero les falta esa simplicidad, esa visin humilde de las cosas, esa
compenetracin con la realidad que Alonso Quijano encontr slo en su
lecho de muerte, ya curado de sus fantasas.

El obispo come un poco separado de la mesa, con ademanes distrados,
como olvidndose a veces de que ha de continuar en la tarea de engullir
las viandas.

--Yo creo--contina diciendo--que debemos mirar la realidad. Luis Vives,
que era un buen sujeto, que, como l mismo dice, se paseaba canturreando
por los paseos de Brujas, aunque tena una voz detestable, como l
tambin aade; Luis Vives escribe que los jvenes deben, ante todo,
procurar cautela y recelo en resolver y juzgar las cosas, por pequeas
que sean. Todo tiene su razn de ser en la vida. No podemos hacer tabla
rasa del pasado. Lo que a veces creemos absurdo, seor Azorn, qu
natural es en el hondo proceso de las cosas!

--S--piensa Azorn--, en el mundo todo es digno de estudio y de
respeto; porque no hay nada, ni aun lo ms pequeo, ni aun lo que
juzgamos ms intil, que no encarne una misteriosa floracin de vida y
tenga sus causas y concausas. Todo es respetable; pero si lo
respetsemos todo, nuestra vida quedara petrificada, mejor dicho,
desaparecera la vida. La vida nace de la muerte; no hay nada estable en
el universo; las formas se engendran de las formas anteriores. La
destruccin es necesaria. Cmo evitarla, y cmo evitar el dolor que
lleva aparejado en esta inexorable sucesin de las cosas? Habra que
hacer de nuevo el universo...

Azorn piensa en cmo sera ese otro universo; naturalmente, no da con
ello. Y para ver si se le ocurre algo se come una aceituna; el obispo
tambin se come otra y luego dice:

--Estas aceitunas son de Mallorca. Vives, a quien he citado antes y por
quien tengo especial predileccin, habla de las aceitunas de Andaluca y
de las de Mallorca; pero dice textualmente que las de Mallorca saben
mejor: _magis sunt saporis sciti Balearice..._ Este es uno de los
motivos--aade sonriendo--por lo que yo, que soy tan amante de mi
patria, estimo al gran filsofo.

Han llegado los postres. Sarri prefiere los dulces; entre ellos hay
unos riqusimos limoncillos en almbar. Sarri se sirve de este dulce;
luego se cree en el deber de elogiarlo; luego juzga preciso comprobar
si su elogio se ajusta en todas sus partes a la realidad, y torna a
servirse.

El obispo le dice:

--Estos limoncillos son exquisitos; me los mandan de Segorbe unas buenas
religiosas que son peritsimas en confitarlos. Y yo siempre que los como
veo en ellos algo as como un smbolo. Esto quiere decir, seor Sarri,
que debemos esforzarnos para que nuestras palabras acedas, nuestras
intenciones aviesas se tornen propsitos de concordia y de paz que unan
a todos los hombres en cnticos de alabanza al Seor, que los ha creado;
del mismo modo que estos limoncillos que eran antes agrios son ahora
dulces y nos mueven en elogios hacia esas monjas que los han adobado con
sus manos piadosas.

Sarri calla y come. Yo barrunto que a Sarri no le interesa mucho el
smbolo de las cosas. l, al menos, puedo afirmar que no piensa en nada
cuando saborea estos limoncillos.




XV

PETREL


Hoy se han celebrado las elecciones. Han andado por el pueblo excitados
unos y otros hombres. Azorn no comprende estas ansias; Sarri permanece
inerte. Los dos son algo sabios: uno por indiferencia reflexiva; otro
por impasibilidad congnita. Los hombres, querido Sarri--ha dicho
Azorn--, se afanan vanamente en sus pensamientos y en sus luchas. Yo
creo que lo ms cuerdo es remontarse sobre todas estas miserables cosas
que exasperan a la Humanidad. Sonramos a todo; el error y la verdad son
indiferentes. Qu importa el error? Qu importa la verdad? Lo que
importa es la vida. El bien y el mal son creaciones nuestras; no existen
en s mismos. El pesimismo y el optimismo son igualmente verdaderos o
igualmente falsos. En el fondo, lo innegable es que la Naturaleza es
ciega e indiferente al dolor y al placer...

Azorn calla; todo reposa en el limpio zagun. El sol entra por uno de
los cuarterones de la puerta en ancha cinta refulgente. Pepita mira a
Azorn con sus bellos ojos azules.

Y Azorn prosigue:

--Hace un momento, yo hojeaba este libro que Pepita tiene aqu sobre una
silla. Es un libro de urbanidad para uso de las jvenes. Y bien; yo he
encontrado en la primera pgina precisamente, una profunda leccin de
vida.

Dice as el pasaje a que aludo:

Todo cambia, todo se renueva, y hay mil pequeeces, una expresin, una
prenda de vestir, una moda de tocado que denotan al punto la edad de la
persona que las usa; y por ms que el abate Delille la recomiende, me
parece, por ejemplo, de mal gusto la costumbre de aplastar en el plato
la cscara de un huevo pasado por agua, costumbre calificada ya por el
vizconde de Marenne, en su libro sobre la _Elegancia_, publicado hace
aos, de _absurda y ridcula_.

He aqu los hombres divididos sobre una cuestin tan nimia como esta de
aplastar una cscara de huevo. Unos la recomiendan; otros la creen
absurda. Hagamos un esfuerzo, querido Sarri, y sobrepongmonos a estas
luchas; no tomemos partido ni por el abate Delille, ni por el vizconde
de Marenne. Y pensemos que cuando a estas cosas llega la pasin de los
hombres, qu no ser en aquellas otras que ataen muy de cerca a los
grandes intereses y a los ideales perdurables?




XVI


Azorn est sentado junto al balcn abierto de par en par. El aire es
tibio; viene la primavera. El sol baa la plaza y pone gratos
resplandores en las torres chatas de la iglesia. Todo calla. A las diez,
Pepita toca el piano, cuyas notas resuenan sonoras en la plaza. Primero
se oyen unas lecciones lentas, montonas, con una monotona sedante,
melanclica; luego parte una sinfona de alguna vieja pera, y por fin,
todos los das, la _Priere des bardes_, de Godefroid. Azorn se sabe ya
de memoria esta meloda pausada y triste, y conforme va oyndola va
recordando cosas pasadas, esfumadas, perdidas en los rincones de la
memoria.

Vuelve luego otra vez el silencio, y a las doce, all enfrente se abre
una ventana y un instante despus comienzan a sonar las notas sonoras y
claras de un bombardino. Es un artesano que viene del trabajo y
aprovecha unos momentos antes de comer para ensayar. Unas veces las
notas discurren seguras y llenas; de pronto flaquean y se apagan... y la
tonada recomienza con el mismo bro, para volver a apagarse y comenzar
de nuevo.

El sol es templado y entra en una confortante oleada hasta la mesa en
que Azorn lee y escribe. De cuando en cuando cruza la plaza una mujer
con un tablero en la cabeza, cubierto con un mandil a rayas rojas y
azules; otras veces se llega a la fuente una moza, una de estas mozas
blancas, con grandes ojeras, y llena un cntaro de agua. Y el viejo
reloj da sus lentas campanadas. Y un vendedor lanza a intervalos un
grito agudo.

Este es un vendedor de almanaques. Cuando aparece, ya la primavera y el
verano son pasados. Entonces una dulce tristeza entra en el espritu,
porque un ao de nuestra vida se ha disuelto... Los racimos han
desaparecido de las vides; los pmpanos, secos, rojos, corren en
remolinos por los bancales; el cielo est de color de plomo; llueve,
llueve con un agua menudita durante das enteros. Y Azorn, ya recogido,
tras los cristales, oye a lo lejos la meloda lenta y triste del piano.




XVII


Hace dos das ha llegado a Petrel un seor que representa a unos miles
de hombres, que viven aqu, ante otros pocos hombres que se renen en
Madrid. Estos hombres se juntan en un ameno sitio llamado Congreso. En
este sitio hablan, pero de pie, inmviles. No son peripatticos. A pesar
de esto, a Azorn le son simpticos todos estos hombres que hablan
siempre.

--Sarri--ha dicho Azorn--, este hombre a quien llamamos _diputado_ es
un excelente seor. l estrecha todas las manos, acoge todas las
demandas, contesta con una sonrisa todos los enfados. Es un hombre
simple y bueno. Y como a m me encanta la simpleza, anoche, en un rato
de ocio, compuse en su honor una liviana fabulilla. Hela aqu:

EL ORIGEN DE LOS POLTICOS

Cuando la especie humana hubo acabado de salir de las manos de Dios,
vivi durante unos cuantos aos contenta y satisfecha. Dios tambin
estaba contento. Decididamente--pensaba--, he hecho una gran obra. Mis
criaturas son felices; les he dado la belleza, el amor y la audacia, y
por encima de todo, como don supremo, he puesto en sus cerebros la
inteligencia.

Estas criaturas, sin embargo, gozaron breve tiempo de la dicha. Poco a
poco se fueron tornando tristes. La tierra se convirti en un lugar de
amargura. Unos se desesperaban, otros se volvan locos, otros llegaban
hasta quitarse la vida. Y todos convenan en que el origen de sus males
era la inteligencia, que por medio de la observacin y el autoanlisis
les mostraba su insignificancia en el universo y les haca sentir la
inutilidad de la existencia en esta ciega y perdurable corriente de las
cosas.

Entonces estas desdichadas criaturas se presentaron a Dios para pedirle
que les quitase la inteligencia.

Dios, como es natural, se qued estupefacto ante tal embajada, y estuvo
a punto de hacer un escarmiento seversimo; pero como es tan
misericordioso, acab por rendirse a las splicas de los hombres.

--Yo, hijos mos--les dijo--, no quiero que padezcis sinsabores por mi
causa; pero, por otra parte, no quiero quitaros tampoco la inteligencia,
porque s que no tardarais en pedrmela otra vez. Adems, entre
vosotros no todos opinan de la misma manera; hay algunos a quienes les
parece bien la inteligencia; hay otros a quienes no les ha alcanzado ni
una chispita en el reparto y quisieran tenerla. En fin, es tal la
confusin, que para evitar injusticias, vamos a hacer las cosas de modo
que todos quedis contentos. Hasta ahora la inteligencia la llevabais
forzosamente en la cabeza, sin poder separaros de ella. Pues bien; de
aqu en adelante, el que quiera podr dejarla guardada en casa para
volverla a sacar cuando le plazca.

Dicho esto, el buen Dios sonri en su bella barba blanca y despidi a
sus hijos, que partieron contentos.

Cuando volvieron a sus casas se apresuraron a guardar cuidadosamente la
inteligencia en los armarios y en los cajones. Sin embargo, haba
algunos hombres que la llevaban siempre en la cabeza; stos eran unos
hombres soberbios y ridculos que queran saberlo todo.

Haba otros que la sacaban de cuando en cuando, por capricho o para que
no se enmoheciese.

Y haba, finalmente, otros que no la sacaban nunca. Estos pobres hombres
no la sacaban porque jams la tuvieron; pero ellos se aprovecharon de la
ordenanza divina para fingir que la tenan. As, cuando les preguntaban
en la calle por ella, respondan ingenuos y sonrientes: Ah! La tengo
muy bien guardada en casa.

Esta sencillez y esta modestia encantaron a las gentes. Y las gentes
llamaron a estos hombres los _polticos_, que es lo mismo que hombres
urbanos y corteses. Y poco a poco estos hombres fueron ganando la
simpata y la confianza de todos, y en sus manos se confiaron los ms
arduos negocios humanos, es decir, la direccin y gobierno de las
naciones.

As transcurrieron muchos siglos. Y como al fin todo se descubre, las
gentes cayeron en la cuenta de que estos buenos hombres no llevaban la
inteligencia en la cabeza ni la tenan guardada en casa.

Y entonces pidieron que se restableciese el uso antiguo.

Pero era ya tarde; la tradicin estaba creada; el perjuicio se haba
consolidado.

Y los polticos llenaban los parlamentos y los ministerios.




XVIII


Esta Pepita, cuando mira, tiene en sus ojos algo as como unos
vislumbres que fascinan. Yo no s--piensa Azorn--lo que es esto; pero
yo puedo asegurar que es algo extraordinario.

--Pepita--le pregunta Azorn--, qu quisiera usted en el mundo?

Pepita levanta los ojos al cielo; despus saca la lengua y se moja los
labios; despus dice:

--Yo quisiera... yo quisiera...

Y de pronto rompe en una larga risa cristalina; su cuerpo vibra; sus
hombros suben y bajan nerviosamente.

--Yo no s, Azorn; yo no s lo que yo quisiera.

Pepita no desea nada. Tiene un bello pelo rubio abundante y sedoso; sus
ojos son azules; su tez es blanca y fina; sus manos, estas bellas manos
que urden los encajes, son blancas, carnosas, transparentes, suaves.

Pepita sabe que hay por esos mundos grandes modistos y grandes joyeros,
pero ella no desea nada.

Y Azorn, mirndola un poco exttico--por qu negarlo?--, le dice:

--La elegancia, Pepita, es la sencillez. Hay muy pocas mujeres
elegantes, porque son muy pocas las que se resignan a ser sencillas.
Pasa con esto lo que con nosotros, los que tenemos la mana de escribir:
escribimos mejor cuanto ms sencillamente escribimos; pero somos muy
contados los que nos avenimos a ser naturales y claros. Y, sin embargo,
esta naturalidad es lo ms bello de todo. Las mujeres que han llegado a
ser duchas en elegancias, acaban por ser sencillas; los escritores que
han ledo y escrito mucho, acaban tambin por ser naturales. Usted,
Pepita, es sencilla y natural espontneamente. No lo ha aprendido usted
en ninguna parte: el pjaro tampoco ha aprendido a cantar. Y yo, que he
escrito ya algo, quisiera tener esa simplicidad encantadora que usted
tiene, esa fuerza, esa gracia, ese atractivo misterioso--que es el
atractivo de la armona eterna.




XIX


Pepita se halla en la entrada tramando sus encajes con sus dedos
sutiles. Est sentada; tiene sobre la falda la almohadilla; a sus pies
hay un peridico de modas.

Este peridico lo coge Azorn; luego lo ojea; Azorn lo lee todo. Y
pasando y repasando las grandes pginas, sus ojos caen sobre algo
interesante. Es una consulta que el peridico ha hecho a sus
suscriptoras sobre ciertas cuestiones; una de las preguntas es la
siguiente: _Qu cree usted preferible, ser amada sin amar o amar sin
ser amada?_ Las respuestas varan, pero todas son curiosas. He aqu lo
que dice una de ellas, que Azorn ha ledo en voz alta:

Ninguna de las dos cosas. Para una mujer de corazn, tan malo es lo uno
como lo otro. He amado sin ser amada, y ahora soy amada sin
corresponder, bien a pesar mo. Cuando tena quince aos me enamor de
un hombre que pasaba de los treinta, y l, como es natural, me
consideraba una chiquilla. Yo me desesperaba, pero l maldito el caso
que haca de m. Qu pena la ma cuando un da me pregunt con cara
burlona si me gustaban las muecas, porque pensaba comprarme una! Me
puse roja de indignacin y, a pesar del cario que le profesaba,
confieso que de buena gana le habra dado un cachete.

Azorn no ha ledo ms y ha dicho:

--Pepita, este hombre a quien esta muchacha quiso despreci frvolamente
un gran tesoro. Era ya un poco viejo; acaso estara ya tambin un poco
cansado de la tristeza de la vida. Pudo ser feliz un momento y no quiso
serlo.

Azorn ha aadido, tras breve pausa en que contemplaba los ojos de
Pepita:

--S, ste era un hombre loco. Despreci un consuelo, una ilusin
postrera que otros, ya tambin un poco viejos, ya tambin un poco
tristes, van buscando afanosamente por el mundo y no los encuentran...

Y Pepita ha bajado sus hermosos ojos limpios y azules.




XX


Azorn se marcha. Azorn, decididamente, no puede estar sosegado en
ninguna parte, ni tiene perseverancia para llevar nada a trmino. Yo he
ledo en los diccionarios que _autotelia_ significa cualidad de un ser
que puede trazarse a s mismo el fin de sus acciones. Pues bien; no es
aventurado afirmar, aunque sea en redondo, que Azorn no tiene
_autotelia_. Por eso se marcha repentinamente de este pueblo, sin motivo
ninguno, como se marchar luego de otro cualquiera. l aqu era casi
feliz; viva tranquilo; no se acordaba de peridicos ni de libros. Y lo
que es el colmo de la tranquilidad, hasta no tena nombre. Aqu nadie le
conoca como borrajeador de papel, ni siquiera como un simple Antonio
Azorn. Y sta es una profunda leccin de vida, porque esto significa
que el pueblo, o sea el pblico grande, sano, bienintencionado, no
estima el artificio y la melancola torturada del artista, sino la
jovialidad, la limpieza, la simplicidad de alma. De este modo aqu
Sarri lo era todo--y lo sigue siendo--mientras Azorn no era nada; o
mejor dicho, si algo figuraba era como amigo de l, como acompaante del
hombre bueno, como un sujeto cuyo nico mrito consiste en ir
constantemente con otro meritsimo. Por eso en este pueblo, para
designar a Azorn, decan: _El que va con Sarri..._

* * *

Azorn ha dicho:

--Pepita, me marcho.

Pepita se ha vuelto sobresaltada y ha exclamado:

--Ay, Azorn! Usted se marcha?

Y le ha mirado fijamente con sus anchos ojos azules. Pareca que con su
mirada le acariciaba y le deca mil cosas sutiles que Azorn no podra
explicar aunque quisiera. Cuando omos una msica deliciosa, podemos
expresar lo que nos dice? No; pues del mismo modo Azorn no acertara a
explicar lo que dice Pepita con sus miradas suaves.

Pepita ha querido saber dnde se iba Azorn. Pero es el caso que Azorn
no lo sabe tampoco. Dnde se ir l? Qu pas elegir para pasear sus
inquietudes? Ha estado un momento pensndolo, y como Pepita continuaba
mirndole ansiosa, ha dicho al fin:

--Yo creo... que me marcho... a Pars.

Pepita ha proferido una ligera exclamacin de terror.

--Ay, Azorn, a Pars, y qu lejos que est eso!

Tiene razn Pepita en asustarse. Pars est muy lejos; adems, all no
hablan como nosotros. Qu va a hacer Azorn en Pars? Pars es una
ciudad donde se vive febrilmente, donde las mujeres son prfidas, donde
las multitudes corren por las calles con formidable estruendo. Azorn
querr encontrar all la paz, y no encontrar la paz que ha sentido en
esta plaza solitaria y bajo estos rboles sombros; y querr encontrar
all hombres sabios y no los encontrar tan sabios como este que se
llama Sarri.

Y al despedirse, mientras Azorn estrechaba la mano de Pepita, esta mano
tan blanca, tan carnosita, tan suave, con sus hoyuelos, con sus uas
combadas, Pepita ha dicho:

--Me escribir usted, Azorn?

Y Azorn ha contestado que s, que s que le escribir a Pepita una
carta muy larga desde Pars, contndole las andanzas de su cuerpo y las
terribles perplejidades de su espritu.




XXI


Efectivamente, Azorn se va a Pars. Por qu a Pars, y no a Brujas, a
Florencia, a Constantinopla, a Praga, a Petersburgo? l no lo sabe, ni
tampoco lo quiere razonar. Para qu razonar nada? Lo espontneo es la
ms bella de las razones; la conciencia dicen los psiclogos que es un
_epifenmeno_, es decir, una cosa que no es esencial para el proceso de
la actividad psicolgica, como no es esencial que un reloj se d o no se
d cuenta de que anda...

Todo esto lo piensa Azorn mientras arregla la maleta; se pueden pulir
vidrios o arreglar una maleta y estar filosofando. Slo que Azorn no es
Spinoza; aunque tambin es verdad--y sta es la compensacin--que tiene
mejor ropa. Y aqu en la maleta va colocando unas camisas de finsimo
hilo, unos calzoncillos, unos calcetines, unos pauelos--cuatro tomitos
impresos por Didot, limpiamente, en el ao 1802. Azorn los pasa, los
repasa, los acaricia, los abre al azar. Y en uno de ellos lee:

Il y a plusieurs annes que ie n'ay que moi pour vise  mes penses,
que ie ne contreroolle et n'estudie que moi; et si i'estudie oultre
chose, c'est pour soubdain le coucher sur moi, ou en moi, pour mieulx
dire.

A m tambin--piensa Azorn--me sucede lo que a este hombre de Burdeos;
pero esto es triste, montono, y en la soledad de los pueblos esta
tristeza y esta monotona llegan a estado doloroso. No, yo no quiero
sentirme vivir. Y voy a hacer un viaje largo: me marcho a una ciudad
febril y turbulenta donde el ruido de las muchedumbres y el hervor de
las ideas apaguen mi soliloquio interno. Y esta ciudad es Pars.

He aqu cmo este desdichado Azorn, que no quera razonar su viaje, ha
acabado al fin por razonarlo. Tan aejado est en l este morbo feroz
que llamamos inteligencia!




XXII


En el camino de Petrel a Elda, al comedio, entre la verdura de nogueras
y almendros, se alza un humilladero. Es una cupulilla sostenida por
cuatro columnas dricas de piedra; en el centro, sobre una pequea
gradera, se levanta otra columna que sostiene una cruz de hierro
forjado. Azorn y Sarri se han sentado en este humilladero. Van a Elda.
Y van a Elda porque Azorn ha de tomar el tren que por all pasa.

Azorn est triste; Sarri tambin lo est un poco. Y los dos callan,
sin saber lo que decirse en estos momentos supremos en que van a
separarse acaso para siempre.

--Azorn--dice Sarri--, usted no vendr ms por aqu?

--No s, Sarri--contesta Azorn--; es muy posible que no vuelva.

--Entonces, no nos veremos ms?

--S, acaso no nos volvamos a ver ms.

Han callado un instante. Y se ponen otra vez en marcha. Delante de
ellos va una tartana con el equipaje de Azorn.

Cuando han arribado a la estacin, Azorn, como es natural, ha sacado el
billete y ha facturado sus brtulos. De all a un rato ha aparecido el
tren.

Sarri le alarga a Azorn, subido al coche, la maleta; luego, con
tiento, una cesta. En esta cesta ha puesto l, Sarri, una suculenta
merienda para que Azorn se la coma en el camino. Es la ltima muestra
de simpata!

--Azorn--le dice Sarri--, tenga usted cuidado de que no se estruje la
uva que va en la cesta... Cuando se coma usted esa uva que yo he cogido
en el huerto, acurdese, Azorn, de que aqu deja un amigo sincero.

--S, Sarri--ha contestado Azorn--; yo me acordar de usted cuando me
coma estas uvas y siempre. Su recuerdo ser en mi vida algo grato, algo
imperecedero.

Se han abrazado estrechamente.

--Adis, Azorn.

--Adis, Sarri.

Ha silbado la locomotora; el tren se ha puesto en marcha.

A lo lejos, Sarri agitaba en alto su sombrero de copa puntiaguda.




TERCERA PARTE




I

A PEPITA SARRI.

_En Petrel._


Querida Pepita: Qued en escribirte desde Pars, pero no puede ser,
porque no he ido an a Pars. Te escribo desde Madrid. Y quiero contarte
muchas cosas. Aqu yo hago una vida terrible. Sabrs que emborrono todos
los das un fajo de cuartillas. No me levanto muy temprano; me acuesto
tarde. Y cuando me despierto, mientras me desperezo un poco y recapitulo
sobre lo que he de hacer durante el da, oigo un reloj que suena las
diez en el piso de al lado, y despus otro en el piso de abajo, y luego
otro en el piso de arriba. Y mi reloj, este reloj pequeito que t
conoces, va marchando sobre la mesilla en un tic-tac suave. Como es ya
tarde--las diez!--, me echo de la cama y abro el balcn. La calle est
mojada; el cielo est de color de plomo.

Yo, cuando veo este cielo gris, oscuro, triste, me acuerdo de ese
cielo tan limpio y tan azul. Y cuando me acuerdo de ese cielo azul, me
acuerdo tambin de unos ojos anchos y azules...

Pero es preciso estar aqu, Pepita; es preciso vivir en este Madrid
terrible; en provincias no se puede conquistar la fama. La fama no
estamos muy acordes los que vamos tras ella en lo que consiste; pero yo
puedo asegurar que el fajo de cuartillas que emborrono todos los das,
lo emborrono por conquistarla.

Cuando me siento ante la mesa, despus de levantarme, me esperan sobre
ella una porcin de libros. Los que han escrito estos libros quieren que
yo los lea. Por qu quieren que yo los lea? Yo no puedo leerlos todos;
esto es un compromiso tremendo. Y digo que s que los he ledo. Sin
embargo, no es bastante decir que los he ledo: he de aadir lo que
pienso de ellos. Yo, en realidad, Pepita, no pienso nada de la mayor
parte de los libros que se publican. Pero a un hombre que escribe en los
peridicos, le es lcito no pensar nada de una cosa? No, no! Un hombre
que borrajea en los peridicos ha de tener siempre lista su opinin
sobre todas las cosas. Y yo tambin doy mi opinin sobre estos libros:
unas veces es benvola, y son las ms, y otras, muy pocas, me pongo
serio y escribo cosas atroces. Cuando ocurre esto, es que estoy de mal
humor, Pepita. Entonces todo me parece malo, y un libro tambin ha de
parecrmelo.

Luego me arrepiento pensando que acaso el que escribi ese libro es un
buen hombre que tiene seis hijos y que trabaja todo el da en una
oficina. Y resulta que al mal humor que tena antes se aade este otro.
Y, por eso, yo rehuyo cuanto puedo el escribir acerca de los libros que
tengo sobre la mesa y digo que todos son admirables, aunque no los haya
ledo.

A las doce, despus que he gastado una poca tinta, almuerzo. Creo que
es malsano trabajar despus de comer. Y sta es la causa de que yo d un
pequeo paseo. Algunos das voy al Retiro, que es un gran jardn con
muchos rboles; otros, si el tiempo es desapacible, me meto en el museo
de Pinturas. A la hora en que yo voy al Retiro no hay nadie. Todo est
silencioso; los troncos se yerguen desnudos, negruzcos, con manchas de
lquenes verdosos; las violetas crecen, moradas y olorosas, entre el
csped. No es mucho lo que ando yo por estos paseos: inmediatamente
regreso y me cuelo en el Ateneo o en la Biblioteca. Y despus que he
ledo un largo rato, cojo unos papeles blancos y voy escribiendo en
ellos cosas verdaderamente tremendas. Esto que yo escribo se llama una
crnica.

Y al da siguiente, cuando al levantarme la veo en el peridico, aparto
los ojos de ella avergonzado, y meto el peridico en el cajn de la
cmoda.

Y otra vez principia otro da igual al de ayer e idntico al de maana:
leo, paseo un poco, vuelvo a leer, torno a escribir las cosas horribles
sobre los pequeos papeles.

Y por la noche, cuando me acuesto, pongo el relojito sobre la mesilla:
su andar suave resuena en la alcoba. _Mar-cha! Mar-cha!_, parece que
me dice. Y yo marcho, Pepita; yo leo una muchedumbre de libros, yo
emborrono una atrocidad de cuartillas, pero esa gloria tan casquivana no
llega, no llega...

Adis; escrbeme.

ANTONIO.




II


Pepita: Ya soy un periodista poltico terrible. Para ser periodista
poltico no se necesita ms que tener mala intencin. Pero t,
Antonio,--me dirs--, no tienes mala intencin! Es verdad: yo no la
tengo, pero a veces hago un esfuerzo y consigo tenerla. Claro est que
no tengo inquina hacia nadie ni hacia nada; no me interesan tampoco
estas o las otras ideas; por eso, Pepita, mi tarea es ms fcil, porque
hago mis artculos con entera tranquilidad, sin apresurarme, sin
aturdirme, poniendo esas pequeas gotas de hiel donde quiero ponerlas.
Ayer hice un artculo. Ha ocurrido aqu una cosa muy gorda que llaman
crisis ministerial: consiste en que los que mandan se quitan para que
manden otros. Pues bien; yo quise hacer la historia de esta cosa: he de
confesar que yo no saba nada de ella. Sin embargo, las historias de las
cosas que no sabemos son las mejores historias. Hice la historia: revel
detalles atroces: todos los polticos y los periodistas se quedaron
estupefactos. Estos polticos y estos periodistas he de advertirte que
son una gente muy inocente: con un adarme de ingenio y otro de audacia
se les asombra a todos. Por eso no es extrao que ante mi artculo
abrieran espantados los ojos. Mira lo que deca el _Heraldo_ (lees t
este peridico?).

Esa interpretacin de lo sucedido en el regio alczar no creemos que se
haya insertado jams en ningn peridico, y por aadidura ministerial,
desde que la prensa existe. Para encontrar algo parecido, no igualado,
sera preciso remontarse a la poca en que Gonzlez Bravo ejerca de
revolucionario en el famoso _Guirigay_. Te confieso que yo me re
anoche un poco cuando le el _Heraldo_; pero luego me puse serio.
Indudablemente--dije--, yo soy un hombre terrible.

Desde que la prensa existe, que no se haba hecho cosa parecida!...
Comprendes la trascendencia de mi obra? Poda yo dormir tranquilamente
despus de haberla realizado? No; de ninguna manera. Y cuando vine a
casa me senta desasosegado, nervioso, obsesionado por mi tremendo
artculo. Y tuve que pensar en ti un poquito para sentirme tranquilo y
poder dormir como un hombre vulgar.

ANTONIO.

P. S. Ahora acaban de echarme _El Imparcial_ por debajo de la puerta, y
veo que reproduce mi artculo, y aade que no ha podido menos de
motivar comentarios muy vivos.

Qu terrible es esto, Pepita!




III


Pepita: Todas las noches le doy cuerda a mi relojito antes de
acostarme. Cuando estaba ah le daba cuerda a las diez; ahora se la doy
a las dos de la madrugada. No te asustes. Yo procurar que esto no dure
mucho. Ahora vengo de la redaccin. Quiero ponerte dos letras antes de
acostarme para que no digas que no te escribo. Estoy cansado. Esta vida
precipitada me fatiga. No estoy en m mismo. He de escribir muchas cosas
que no tengo ganas de escribir. He de hablar mucho con gentes a quienes
apenas estimo. T ya sabes que yo hablo poco. Soy un hombre de
recogimiento y de soledad; de meditacin, no de parladuras y bullicios.
Y cuando, despus de haber estado todo el da hablando y escribiendo, me
retiro a casa a estas horas, yo trato de buscarme a m mismo, y no me
encuentro. Mi personalidad ha desaparecido, se ha disgregado en
dilogos insubstanciales y artculos ligeros!

Y yo no creo, Pepita, que haya un tormento mayor que ste. Nos pueden
robar nuestra hacienda, nos pueden robar la capa y el gabn, pero
robarnos nuestro espritu! Comprendes t, Pepita, que haya una cosa ms
terrible que sta?

Ahora son las dos; todo est en silencio. De cuando en cuando oigo a lo
lejos el sordo rumor de un coche; suenan las campanadas lentas del reloj
de la Puerta del Sol; una voz turba de pronto el sosiego profundo.

Y yo me siento ante la mesa y arreglo las cuartillas. Pero no se me
ocurre nada. Aquella espontaneidad que yo senta afluir en m ya no la
siento. Quiero reflexionar, me esfuerzo en hacer una cosa bien hecha, y
me desespero y me aburro. Las cosas bien hechas salen ellas solas, sin
que nosotros queramos; la ingenuidad, la sencillez no pueden ser
queridas. Cuando queramos ser ingenuos, ya no lo somos.

T eres ingenua, Pepita. Si yo me acuerdo mucho de ti, por qu es,
sino por esto? Tu recuerdo es para m algo muy grato en medio de esta
aridez de Madrid. Y por eso, yo cada da te escribo ms, aunque sea
poquito, y deseo que t me escribas. Escrbeme: dime si paseis por la
plaza al anochecer, mientras suena la fuente y el cielo se va poniendo
fosco; dime si sals a las huertas y os sentis bajo esas nogueras
anchas, espesas, redondas, y veis correr el agua limpia y mansa por los
azarbes; dime si las campanadas del Angelus son las mismas campanadas
graves y dulces que yo he odo; dime si los azahares de los naranjos se
han abierto ya y perfuman el aire; dime si las palmeras mueven
mansamente sus ramas pndulas en el azul intenso...

Pepita, Pepita: yo me siento conmovido y estoy a punto de sollozar
cuando pienso en todas estas cosas... Yo me veo solo, yo me veo triste;
yo veo que mi juventud va pasando estrilmente, sin una ternura, sin una
caricia, sin un consuelo...

Adis. No quiero que te pongas t tambin triste.

ANTONIO.




IV


Este es un viejo que va todas las tardes al Congreso. En el sombrero de
copa, yo he visto escrito en el forro blanco, con lpiz: _Redn_. Yo no
s quin es Redn. Tiene una barba larga y blanca; lleva en el dedo
ndice de la mano izquierda un anillo con un sello de oro; sus ojos son
pequeuelos y azules; cuando sonre se le marcan sobre las sienes unos
hacecillos de arrugas que le dan un aire picaresco. Entra en la tribuna
de la prensa y se sienta con mucho cuidado, levantndose el gabn,
sosteniendo en alto el sombrero. Y luego se pone a mirar hacia all
abajo y tose de rato en rato...

Yo creo que este viejo oye atentamente todo lo que dicen; pero no lo
oye. Cmo lo ha de or si es sordo? Entonces, para qu viene? Hace
veinte aos que viene todas las tardes, con el mismo sombrero en que
pone: _Redn_, con el mismo gabn que se levanta escrupulosamente al
sentarse. A veces sonre y se pasa la mano por la barba.

--Aquellos oradores s que hablaban bien!--exclama este viejo.

Yo quiero saber quines eran _aquellos oradores_. Y entonces l me dice:

--Yo he odo a Martnez de la Rosa: usted ha odo hablar de Martnez de
la Rosa?

Quin no ha odo hablar de Martnez de la Rosa?

--S, s que le he odo nombrar mucho.--Y el viejo me mira satisfecho y
prosigue:

--Era un orador...

Al llegar aqu tose pertinazmente y se alia despus la barba.

--Era un orador...

Otra vez vuelve a toser durante un breve rato, y otra vez vuelve a
pasarse la mano por su blanca barba.

--Era un orador notable... Yo no he odo a nadie que tuviera la dulzura
que tena Martnez de la Rosa. Aqullos eran otros hombres: no le
parece a usted?

Evidentemente, me parece que aquellos hombres eran distintos que stos.
Yo tengo la franqueza de decirlo, y mis declaraciones le producen una
gran satisfaccin a este viejo. Por eso sonre con su aire bondadoso y
clava su mirada en el fondo de su sombrero. Este sombrero l se lo ha
puesto durante una porcin de aos para venir al Congreso. No se
comprar otro! Y como este sombrero, que tiene un forro blanco con un
letrero que dice: _Redn_, le recuerda tantas cosas, l le pasa la manga
con amor por la copa. Y luego se lo pone con las dos manos y se aleja un
poco inclinado, tosiendo, pasndose suavemente la mano por su barba
blanca.




V


Pepita: Yo tengo unas amigas. No te pongas plida. Yo tengo unas amigas
que cantan en golpes graves y metlicos por la maana; que sollozan por
la tarde en un canto largo y plaidero de despedida. Vivo al lado de una
iglesia. Y estas amigas son las campanas. La iglesia es vieja, con las
paredes amarillas y desconchadas, con una torre puntiaguda. Est cerca
de la Puerta del Sol; y en medio de este estrpito frvolo de Madrid,
mientras suenan los campanillazos de los tranvas, mientras pasan los
coches, mientras tocan los organillos, esta iglesia parece quejarse de
muchas amarguras. Las cosas son como los hombres. S, Pepita, sta es
una iglesia a quien no dejan vivir en su soledad. Se parece a m: yo
creo que por esto me he venido a morar junto a ella. Ya te he dicho que
es un estruendo grande de cosas mundanas el que la rodea; ahora aadir
que bajo sus portales, casi en su mismo recinto, hay unas tiendas de
mquinas de coser y de paraguas. Adems, junto a ella hay un gran saln
donde gritan y corren jugando a la pelota. Y por si esto no fuera
bastante, un librero ha puesto sus estantes de libros profanos a lo
largo de una de sus paredes, y unos hombres rpidos, que llevan una
escalera al hombro, vienen todos los das y pegan en sus muros tristes
grandes carteles blancos, azules, rojos. No la dejan tranquila! Y estos
muros se hinchan en redondas tumefacciones, se desconchan en grandes
claros, dejan caer sobre los colgadizos de las puertas una costra de
tierra donde crece el musgo... Yo vivo muy alto; aparto los visillos y
veo abajo, sobre la piedra gris de la portada, la mancha hmeda y
verdosa. El cielo est gris; poco a poco va apagndose la fosca claridad
del da; pasan en formidable estrpito carromatos, coches, tranvas; se
oyen voces, golpes violentos, rechinar de ruedas; un organillo lanza sus
notas cristalinas. Y de pronto suenan lentas las campanas, en unas
vibraciones largas y pausadas...

Es la voz de esta iglesia, que suplica a los hombres un poco de piedad.

Yo creo que los hombres no la oyen, Pepita; pero las oigo yo. Y cada
vez que por la maana o por la noche ellas ren o lloran, vienen a mi
espritu recuerdos de otros das, un poco ms felices que estos en que
me veo tan solo.

Adis. Esa sorpresa de que me hablas, qu es? Claro est que si me lo
dijeras, ya no sera sorpresa. No me lo digas. Y ya te contar yo la
impresin que me produzca.

ANTONIO.




VI


Pepita: Esta maana estaba yo acostado cuando he odo llamar a mi
puerta. Eran las ocho. A estas horas no poda ser ningn madrileo: un
madrileo no puede ir a visitar a las ocho de la maana a nadie. Sera
una aberracin! Luego este hombre deba de ser un hombre de provincias.
Pocos momentos antes o yo entre sueos las campanas de enfrente. Estas
buenas amigas, las campanas--deca yo--, no me van a dejar dormir. Pero
quien no me ha dejado dormir era este hombre que llamaba a mi puerta
dando grandes porrazos.

Me he levantado y he abierto. Y sabes a quin me he encontrado? A
nuestro excelente amigo don Juan Frriz! T te res, pero t ya lo
sabas... Don Juan traa una cesta enorme, que ha puesto encima de la
mesa; luego me ha abrazado y me ha sealado en silencio la cesta. Yo la
he mirado tambin en silencio. Esto era solemne; esto era trgico. Qu
contena esta cesta? Para quin era esta cesta? Era para m: ya veo que
te vuelves a rer. Rete: yo he pasado un susto tremendo. Pero ha sido
slo un momento, claro est; despus don Juan me ha dicho:

--Don Lorenzo Sarri me ha encargado que le entregue a usted esta
cesta, y Pepita, Lola y Carmen me han dado para usted muchos recuerdos.

Estos recuerdos, Pepita, yo los he encontrado ms dulces y ms buenos
que las tortadas que haba dentro de la cesta. No eran slo tortadas:
haba mantecadas, sequillos, almendrados; haba tambin naranjas,
naranjas de vuestro huerto, en el que yo tantos ratos he pasado. He
descubierto entre ellas dos que estaban juntas en un mismo tallo. Y en
el tallo tenan prendido con un alfiler un papelito con un letrero que
deca: Estas las he cogido yo en el huerto para ti.

Yo, Pepita, no poda decirte lo que he sentido cuando he tocado estas
naranjas: son cosas tan etreas que no hay palabras humanas con que
expresarlas; lo cierto es que la sorpresa ha sido buena. A todos os doy
las gracias por vuestra atencin. Don Juan me ha estado hablando de lo
que por ah ocurre, que es lo mismo de siempre; todo el da he estado
con l. Haca quince aos que no haba venido a Madrid; est aturdido.
Dice que Petrel es mejor que esto. Creo que tiene mucha razn. Yo pienso
continuamente en Petrel. Y de lo que ms me acuerdo, sabes de lo que
es?

No te lo digo. Adis, hasta maana.

ANTONIO.




VII

EN EL TREN


...En el balcn luce, imperceptible, opaca, tenue, una ancha faja de la
claror del alba. Y en la puerta, de pronto, oigo un persistente
tarantaneo. Me levanto: me he retirado de la redaccin a las dos de la
madrugada; es preciso salir... Las calles estn desiertas; pasa de
cuando en cuando un obrero, con blusa azul, cabizbajo, presuroso, las
manos en los bolsillos, liada la cara en bufanda recia; pasa una moza
con el mantn subido, plida, ornados los ojos de anchas ojeras lvidas;
pasa un muchacho con un enorme fajo de carteles bajo el brazo. Comienzan
a chirriar las puertas metlicas de las tiendas; suenan lentas, graves,
una a una, las campanadas de una iglesia. Y un coche se desliza ligero,
con alegre tintineo, sobre el asfalto.

Lo tomo. Descendemos por la carrera de San Jernimo; luego avanzamos a
lo largo del paseo de las Delicias, entre el ramaje seco del arbolado;
cruzamos frente a la ronda de Valencia; bajamos por una va ancha,
solitaria, pendiente. A lo lejos, la enhiesta chimenea de una fbrica
difumina, con denso humacho negro, el cielo radiante, de azul plido;
una tenue neblina cierra y engasa el horizonte, y entre las ramas
desnudas de los rboles, casi a flor de tierra, en la lejana, asciende
lento y solemne, un enorme disco de oro encendido...

He tomado el billete, y paso al andn. En la puerta dos mujeres pleitean
con el mozo. Son dos viejas cenceas, enjutas, acartonadas; visten los
oscuros trajes de la gente castellana--azul oscuro, pardo negruzco,
intenso blavo. Una de ellas tiene la nariz remangada y la boca saliente;
otra tiene la boca hundida y la nariz bajeta. Y las dos miran al mozo,
mientras hablan, con sus ojuelos grises, diminutos, un poco ingenuos, un
tilde picarescos. El mozo no las quiere dejar pasar; dice que sus
billetes de ida y vuelta estn caducos. Y ellas chillan, claman al
Seor, se llevan las manos a la cabeza, y me miran a m, como pidiendo
mi intervencin definitiva.

--El to jefe--dice una de ellas--nos _vido_ montar en el tren el
lunes!

--S--corrobora la otra--, el to jefe nos _vido_. Yo intervengo:
indudablemente, el jefe de la estacin de Bargas puso una fecha atrasada
al troquelarles sus billetes. Porque estas dos viejas vienen de Bargas.
Y luego, cuando al fin han pasado y hemos subido al coche, me han
contado su historia.

Ellas vienen a Madrid todos los sbados por la tarde; regresan los lunes
por la maana. De Bargas a Madrid, ida y vuelta, les cuesta el billete
14 reales. Y en Madrid venden por las calles bollos de yema.

--Bargas--les pregunto yo--, es mejor pueblo que Torrijos?...

Entonces, una de ellas se me queda mirando y exclama:

--S, mucho mejor!

Y luego, pensando, sin duda, que ha ofendido mi patriotismo, si por
acaso soy yo de Torrijos agrega benvolamente:

--Pero Torrijos tambin es _fueno_!

Va a partir el tren. Ha tintineado un largo campanillazo; suenan los
recios y secos golpes de las portezuelas. Las dos viejas han acomodado
sus cuatro cestas y sus dos sacos sobre y bajo los bancos. Lo ms
delicado va encima; y son dos cestas llenas de jarrones y figurillas de
escayola sobredorada. Se trata de encargos que ellas portean de retorno
para los vecinos del pueblo.

--Has puesto _eso_ con gobierno para que no se manchen los
monos?--pregunta una.

Y la otra inspecciona las cestas, remueve los papeles en que van liadas
las hrridas figuras, torna a colocar sobre los bancos los encargos... Y
silba la locomotora con un silbido largo y bronco; se remueve el tren
con chirridos de herrumbres y atalajes mohosos; una gran claridad se
hace en el coche...

Estamos en campo abierto. La llanura se extiende inmensa en la lejana,
verde-oscura, verde-presada, griscea, roja, negra en las hazas labradas
recientemente. Las piezas del alcacel temprano ensamblan, en mosaico
infinito, con los cuadros de los barbechos hoscos. Ni una casa, ni un
rbol. Un camino, a intervalos, se pierde sesgo en el llano uniforme.
Junto a la caseta de un guardabarrera, al socaire de las paredes, cuatro
o seis gallinas negras picotean y escarban nerviosamente. Y el tren
silba y corre, con formidable estrpito de trastos viejos, por la
campia solitaria.

Las dos viejas permanecen silenciosas e inmviles. Las dos tienen los
brazos cruzados so el delantal; una cierra los ojos y echa la cabeza
sobre el pecho; otra, las puntas del pauelo cogidas en la boca, echa
hacia atrs la testa y mira de cuando en cuando con los ojillos
entornados... Pasan dos, tres estaciones; cruza el convoy sobre una
redoblante plataforma giratoria. Las viejas se remueven sobresaltadas. Y
luego, ya despiertas, hablan y sacan por la abertura del brial sendas
faltriqueras de pana. De estos bolsillos, una de las viejas extrae una
enorme y luciente llave, y la otra, otra llave disforme y un peine
amarillento. Luego, vueltos llave y peine a los senos profundos de las
bolsas, las dos viejas charlan de sus trfagos y negocios.

--En Bargas--les pregunto yo--, no hay ms que ustedes que se dediquen
a la venta en Madrid de las rosquillas?

Y ellas me contestan que hay ms; estn _la Daniela_ y _la Plant_; pero
estas dos negociantes no marchan a Madrid en ferrocarril: van por la
carretera. Emplean en ir dos das y otros dos en volver. Llevan un
borriquillo. Y, como es natural, han de hacer en Madrid gastos de
alojamiento y pienso.

--Entonces--observo yo filosficamente--, no les tendr casi cuenta ir
a Madrid?

--Claro--replica una de las viejas--, como que en la posada y el borrico
se lo dejan todo.

Y la otra, bajando la voz e inclinndose hacia m, aade
confidencialmente:

--Pero hacen muy mal el gnero; ponen en los bollos poco aceite y mucha
clara, y al respective del azcar, lo merman todo lo que pueden...

Contina la campia paniega, verde a trechos, a trechos negruzca. La
tierra se dilata en ondulaciones suaves de alcores y recuestos. En
Villaluenga asalta el coche un tropel de fornidos mozos rasurados,
mofletudos, en mangas de camisa.

--Una perrilla para los quintos de Villaluenga!--gritan, y alargan una
gorra ante los viajeros. Le piden tambin a las viejas; pero stas se
niegan a dar nada.

--Yo tambin--dice una de ellas--tengo un hijo quinto.

--Pues que tenga buena mano!--exclama uno de los mozos.

Y cuando se ha puesto otra vez el tren en marcha, la vieja requerida ha
aadido hoscamente, mientras se pasaba el reverso de la mano por las
narices y se apretaba el pauelo:

--Quintos ms sinvergenzas que los de este pueblo, no los he visto. Yo
no digo que no pidan los de Bargas; pero no van a otros pueblos a pedir.

Ha pasado otra estacin y las viejas han descendido con sus cestas y sus
sacos. Y yo me quedo solo en el coche. A lo lejos, sobre la lnea del
horizonte, destacando en el azul lmpido, aparece el enorme castillo de
Barciense, y al pie resaltan los puntitos blancos de las casas
enjalbegadas.

Llego a Torrijos. El cielo est radiante, limpio, difano; brilla el sol
en vvidas y confortadoras ondas; un gallo canta lejano con un cacareo
fino y metlico; se desgranan en el silencio, una a una, las campanadas
de una hora...

Son las once. Avanzo por una calle de terreras viviendas, rebozadas de
cal; llego a una espaciosa plaza; me detengo ante una casuca
inquietadora. Tiene dos pisos; en lo alto lucen dos balconcillos
desfondados, con los vidrios de las maderas rotos y sucios; en el bajo
se abre una ancha puerta achaparrada. En la fachada angosta, entre los
dos huecos, leo en gruesas letras sanguinosas: _Posada del Norte_. Y un
momento permanezco ante este rtulo, en la plaza desierta, perplejo,
mohino, temeroso, con la maleta en vilo.




VIII

EN TORRIJOS


...Entro resueltamente en la _Posada del Norte_. El zagun es largo,
estrecho y bajo; los carros, en su entrar y salir continuo, han abierto
en el empedrado, de agudas guijas, hondos relejes. Al fondo se abre una
puertecilla diminuta; dos, tres, cuatro ms a la derecha, cerradas por
menguadas cortinas; y a la izquierda, una ancha franquea la entrada a un
patio. Hay junto a la pared un grande y blanco arcaz con la
cebada--igual que en las novelas picarescas--; penden de largas estacas,
ringladas en los muros, enjalmas y ataharres.

Doy voces; en uno de los cuartos, tras la cortina, oigo un ronroneo
tenue, y, a intervalos, un suspiro y el traqueteo rtmico de una silla.
Avanzo; me cuelo por la puertecilla del fondo. Estoy en una cocina
solitaria. Cuelga de las paredes la espetera, con sus sartenes y sus
cazos; en la chimenea, de ancho humero, puestos en el hogar ante el
montn de brasas, cuatro o seis diminutos pucheros borbollean con
imperceptible rezongeo y dejan escapar ligeras nubecillas blancas...
Retrocedo al zagun, vuelvo a gritar, espero un momento, y entro luego
en el patio.

El piso se extiende en baches y altibajos; en el centro destaca el
brocal desgastado de un pozo; un labriego, al sol, sobre un poyo de
adobes rojos, duerme con la cabeza sobre el pecho y los brazos cados;
junto a l reposa un perro largo, enjuto, negro, luciente. Yo me siento
un instante; este sosiego se me entra en el espritu y aplaca mis
ardores. Todo reposa; en la techumbre pan los pjaros; el sol vvido
marca sobre una de las paredes blancas el dentelleo de un tejado; suena
una campana lejana...

Es preciso comer. Retorno al zagun. Y entonces grito ms fuerte que
antes, doy grandes golpazos, levanto la cortina de un cuarto. En la
oscuridad, una mozuela duerme con un nio en los brazos; la luz la
desendormisca, e instintivamente chasca la lengua y vuelve a balancear
rtmicamente la silla, cunando al nio.

La llamo insistentemente. Despierta, y me dice que el ama ha salido a la
plaza. No sabe cundo volver; acaso al medioda. Yo encargo de comer y
salgo. El sol baa de lleno la inmensa plaza; en el fondo, cogiendo un
lado, se yergue un casern disforme, a medias destruido, con saledizos
balcones recios, firmes los anchos sillares de los muros, afiligranado
el blasn que campea sobre la puerta. A los otros costados de la plaza
se muestran los bajos porches, con columnas de piedra unas, de madera
otras, gastadas, carcomidas, con capiteles dricos, con capiteles
jnicos, combadas las zapatas. Pasa un perro rojo con las gruesas orejas
cercenadas, y luego otro perro blanco, y luego otro perro a planchas
blancas y negras, y luego otro perro negro--el que he visto en el patio
de la posada--, esbelto y fino. Flamean las mantas rojas, amarillas,
azules, colgadas al aire en una tienda; un mendigo, con redondo y ancho
sombrero tieso, vestido de buriel pardo, discurre al sol, agachado sobre
su palo; atraviesan la plaza dos borricos cargados de ramaje de olivo;
pasa ligero, con menudo paso afirmado de viejo hidalgo, la capa al aire,
un seor de largos bigotes grises y hongo apuntado.

Salgo de la plaza. Las calles son estrechas, empedradas, sin aceras, de
casas bajas y blancas. Un arroyuelo infecto corre por el centro, formado
por las aguas sucias que surten de los corrales. Al paso, tras las
vidrieras, se inclinan las manchas plidas de los rostros curiosos; se
oyen los gritos lejanos de unos muchachos que juegan en otra plaza. En
esta plaza se levanta una iglesia gtica. La fachada luce hojarascas y
filigranas del Renacimiento; la torre, cuadriltera, se perfila con su
chapitel puntiagudo y gris en la diafanidad del cielo azul...

La maraa de las callejuelas blancas contina. Un cerdo, de rato en
rato, pasa gruendo; calla, se detiene y hociquea en las aguas sucias un
momento; grue de nuevo y avanza otra vez con un corto trotecillo
nervioso... Desemboco en una anchurosa plaza formada por viviendas
terreras y tapias de corrales, cerrada por la enorme masa rojiza de un
convento. Me siento en una piedra y contemplo un instante el vetusto
monasterio. Viven en l diez y siete monjas; pudieran vivir ciento. Es
de slida e irregular mampostera, trepado por numerosos agujeros, con
arcos y ventanas cegados, con altas celosas de madera negruzca.

La plaza est desierta; picotean al sol unas gallinas; triscan sobre el
tejado del convento los pjaros; en la lejana, a la derecha, se pierde
un camino ancho, bordeado por largos lios de olmos desnudos. Suena
lenta una campanada larga, y despus otra campanada larga, y despus
tres campanadas finas y breves...

Es medioda. Regreso a la posada. Recorro las mismas callejuelas de piso
spero; cruzo la misma plaza en que la iglesia se alza. Y luego, por
variar, tuerzo a la derecha y entro en una calle silenciosa, de casas
chatas a una banda, de una larga pared ruinosa a la otra. Leo un tejuelo
azul: es la calle de Gerindote. Unas tablas viejas cierran un portal
ancho; por las rendijas se columbra un patio lleno de escombros, y
entre el cascote, ante paredes desmoronadas, se yergue una arquera de
medio punto, sostenida por elegante columnata drica.

Estoy a espaldas del palacio que muestra su fachada a la plaza
principal. Resuenan los piquetazos de los albailes; traquetea un
carro... Camino dos pasos ms y salgo al campo. La campia se aleja con
sus bancales de sembradura; una lnea gris, de olivos cenicientos,
cierra el horizonte...

* * *

La mesonera me ha llevado a un diminuto cuarto, cerrado por una cortina,
sin ventanas, con la sola luz de la puerta. Me encuentro sentado ante
una mesa cubierta con un mantel pequeo. Voy a comer!

Espero un poco; un perro con un cascabel al cuello entra y retoza por la
estancia. Espero otro poco; otro perro fino, negro, luciente--el de esta
maana y de todas las horas--asoma su agudo hocico por la puerta y luego
se cuela con pasito mesurado. La mesonera trae un cuenco de recia
porcelana con diminutos pedazos de carne frita; despus pone sobre la
mesa una botella llena de una misteriosa mixtura amarilla. Dice que es
vino.

Yo como filosficamente de la carne frita e intento sorber el acedo
brebaje. El perro pequeo ladra y salta; el galgo negro se acerca
mansamente y pone su hocico sobre mi muslo. Me voy a comer toda la
vianda? No, no; ya estoy harto de pedacitos de carne frita. Espero un
poco; uno de los perros contina ladrando; el otro restriega
discretamente su trompa sobre mis pantalones. Espero otro poco. Y luego
me levanto y examino en la pared una estampa piadosa. Entretanto el
galgo ha puesto los pies sobre la mesa y va devorando el resto de la
carne... Me canso de esperar y llamo a la huspeda.

--No me da usted nada ms?--le pregunto.

Y ella se me queda mirando, extraada, sonriendo por mi exigencia
estupenda, y exclama:

--Qu ms quiere usted?

Es verdad; me olvido de que estoy en la Meseta y soy un hombre del
litoral; yo no debo, en Torrijos, querer comer ms cosas.

La digestin no resultar pesada; pero hay que ir al casino a tomar un
confortable digestivo. En la plaza hay una casa vieja sobre un altern
del piso; esta casa tiene un gran pasadizo; dentro de este pasadizo hay
una diminuta puerta de cuarterones. Cuando yo llego ante esta puerta
llega tambin un hombre vestido de pana gris y ceido el cuerpo por
ancha faja negra. Yo me detengo un momento ante la puerta cerrada, y l
saca una llave de la faja y abre. Subimos un escaln; luego nos
encontramos en un diminuto receptculo; luego, a la derecha, reptamos
por una escalera pendiente; ya en lo alto, llegamos a un angosto
pasillo, torcemos luego a la izquierda, y nos hallamos en un cuarto
reducido, con tres mesas de mrmol y un ventanillo microscpico.

Los gallos cantan a lo lejos; una cinta de sol fulgente cruza el blanco
mrmol y marca sobre el piso un vivo cuadro. Los minutos transcurren
lentos, interminables. Suena a lo lejos una tos seca y persistente; se
oye el chisporroteo de un hornillo.

--No viene nadie?--pregunto al mozo.

--Le dir a usted--me contesta--; es que anoche hubo en el pueblo baile
de mscaras...

Quedo profundamente convencido. Se hace un largo silencio. Llegan
cacareos de gallos y ladridos de perro. Yo siento como si hubieran
pasado tres o cuatro horas en este ambiente de soledad, de aburrimiento,
de inercia, de ausencia total de vida y de alegra. Miro el reloj; son
las dos; ha transcurrido media hora.

* * *

A lo lejos destaca el pueblo con sus techumbres negras y las manchas
blancas de las fachadas. Resaltan en el cielo azul difano el casern
rojizo del convento y la aguda torre de la iglesia. Una larga pincelada
azul de las montaas, sobre otra larga pincelada negra de los olivos,
limita el horizonte. De pronto rasga los aires la nota sostenida y
metlica de la corneta del pregonero; ladran los perros; cacarean los
gallos; llega el silbido ondulante, apagado, de un tren que pasa...

En un habar, entre las matas, un labriego va entrecavando la tierra
dura. Sobre una manta, echado en el lindero, cabe a un cantarillo de
agua, un perro grue sordamente cuando me acerco.

--Buenas tardes--grito al labriego.

--Buenas tardes, seor--contesta.

Luego se allega, y hablamos sentados mientras l fuma.

--No tiene usted agua para regar sus tierras?--le pregunto.

--Agua!--contesta--. Si hiciera un pozo y pusiera _artes_, s que la
tendra.

Torrijos es el prototipo de los pueblos castellanos muertos. Entre estos
hombres del centro, ininteligentes y tardos, y los del litoral, vivos y
comprensores, hay una distancia enorme. Torrijos cuenta con 2.923
habitantes; tiene 494 casas de un piso, 152 de dos, 7 de tres. La
agricultura se divide entre el cultivo de los cereales y el del olivo.
No hay poblacin rural; nadie vive en el campo. No existen manantiales
ni arroyos.

Las escasas tierras de huerta son regadas con aguas sacadas de los
pozos. Hay en todo el trmino 12 pozos. Los _artes_ con que se extrae de
ellos el agua son norias primitivas; algunas tienen arcaduces de barro;
los arcaduces se rompen y no son repuestos, y las norias giran horas y
horas en la llanura gris, ante el labriego exttico, sin vaciar apenas
agua en la alberca. El agua--me dicen--se come mucho las tierras.

El riego pide abono; el abono cuesta dinero; cuanto menos se riegue,
menos se gasta...

Jovellanos ya not esta opinin de los labradores meseteos de que el
riego esteriliza las tierras.

He visitado una pequea huerta; el arrendatario de las tierras posee dos
caballeras para mover la noria; pero ahora, en la poca de la molienda
de la aceituna, este labriego, a tener sus tierras limpias y sazonadas,
prefiere alquilar sus bestias por _tres_ reales diarios a las almazaras.
El agricultor espaol es de una mentalidad arcaica; pierde lo ms,
lejano y trabajoso, por obtener lo menos, presente y voladero...

* * *

Cae el crepsculo. Los olivares se ensombrecen; cobran un tinte oscuro
los cuadros de alcacel luciente; resaltan hoscas las tierras de
barbechos. Y por la carretera, recta y solitaria, entre las ringlas de
olmos desnudos, me encuentro al galgo negro y enjuto, que camina ligero,
resignado, con cierto aire de jovialidad melanclica, hacia el poblado
triste.

Antes que la noche viniese--dice el Lazarillo de Tormes--di conmigo en
Torrijos. Cuando yo llego, las blancas fachadas de las casas se sumen
en la penumbra; brillan sobre el arroyo dbiles franjas de luces que
arrojan los portales, y por las callejuelas tortuosas, en todo el
pueblo, con clamorosa greguera de gruidos graves, agudos,
suplicadores, iracundos, corren los cerdos...




IX

EN TORRIJOS


La hermosa iglesia de Torrijos la ha fundado una mujer.

Esta buena mujer no quiere ponerse sus trajes suntuosos, pero se los
pone por complacer a su marido. Y cuando se los pone se dirige al Seor
y le dice: _T, Seor, sabes que nunca estos arreos y vestidos me
pluguieron._ Y se queda un poco satisfecha, pensando que lo hace por
obligacin. Qu va a hacer una seora bonita, rica, y que adems tiene
que presentarse todos los das ante los reyes? Porque su marido es
comendador mayor y contador mayor de los Reyes Catlicos. Ella se llama
doa Teresa Enrquez y l don Gutierre de Crdenas. Viven con gran
atuendo; pero ella hace muchas limosnas, es piadosa, recuerda siempre a
su marido que sea escrupuloso en el despacho de los negocios, y sobre
todo que los despache pronto. Y don Gutierre la atiende, como es
natural, tratndose de quien se trata, pero le choca un poco esta
oficiosidad de su mujer. Y muchas veces le dice, muerto de risa (segn
cuentan los historiadores), a la reina doa Isabel: _Seora, suplico a
vuestra alteza que me firme este negocio, que traigo quebrada la cabeza
de las persuasiones que doa Teresa me ha hecho dicindome que despache
los negocios y que haga limosnas; que en verdad, ms me predica ella que
los predicadores de vuestra alteza._

Hace bien doa Teresa? S; indudablemente, hace bien. Y por eso la
reina le contesta a don Gutierre, no muerta de risa como l, pero s
sonriendo benvolamente: _Todo es menester, comendador._ Y adems de
esto, para que cunda el ejemplo, manda que sus damas principales
acompaen a doa Teresa en las visitas que todos los viernes y durante
la cuaresma hace a los hospitales. Quin podr decir, aparte de esto,
lo que ella hizo en la guerra de Granada? Esta misma pregunta se hacen
los historiadores y no aciertan a contestarla; tantas y tales son las
cosas excelentes que habra que contar. Adems, de su matrimonio ha
tenido dos hijos y una hija, y todos los ha educado cristianamente. De
los hijos, uno fue duque de Maqueda; el otro, que se llamaba Alonso,
muri de una cada de caballo. La hija fue condesa de Miranda. No ha
tenido ms hijos, porque se ha quedado viuda.

Y ahora que no tiene obligacin de ponerse vistosa y elegante, s que
ha soltado la rienda a su modestia. Lo primero que ha hecho es vestirse
con un hbito de viuda, es decir, con un manto de pao negro comn y
unas tocas blancas gruesas. Luego se ha venido a Torrijos y aqu ha
vivido recogida durante treinta aos. Los aos son malos; se han echado
encima hambres, crueles carestas, guerras, y doa Teresa ha tenido
materia en que ejercitar su virtud. Las tierras que posee son inmensas;
dispone de diez cuentos de renta. Pero muchas de las tierras que posee
estn yermas. Cmo va ella a cultivarlas todas? Qu sabe ella de esas
tracamundanas? Por este motivo ha mandado pregonar que los labradores
que quieran venir a romper y beneficiar sus dehesas pueden venir
tranquilamente. Y han venido, en efecto, muchos, porque como son tierras
nuevas, rinden copia de frutos. Ni en su tiempo ni siglos ainde, yo creo
que no sern muchos los que imiten a doa Teresa.

Y no para aqu su magnanimidad, sino que rescata cautivos, proporciona
mdicos y camas a los pobres, convierte a buen vivir a las mujerzuelas
baldas. En Almera y en Maqueda ha fundado algunos conventos; en
Torrijos tambin ha fundado uno; y adems un hospital, y adems ha
mandado construir una iglesia. Sus coetneos dicen que esta iglesia es
un maravilloso edificio, y las guas modernas confiesan que es
grandioso. Ni unos ni otros se equivocan.

Ya parece que doa Teresa est medio sosegada; ha gastado casi toda su
fortuna en buenas obras, y esto da tranquilidad de nimo. Sin embargo,
un da le enteran de que all, muy lejos, en Roma, cuando llevan el
Sacramento a los enfermos no lo llevan con la reverencia que es razn.
Podr pintar su desconsuelo? Doa Teresa cavila y se desazona; ella
estaba ya un poco tranquila, y ahora vuelve a sentirse angustiada. No;
eso no puede continuar de ese modo! Y decide construir en un templo de
Roma una suntuosa capilla, a la cual dota de esplndidos ornamentos para
que el Seor sea llevado con decoro.

Y as ha vuelto a sosegarse su espritu, y ha continuado viviendo
silenciosa, pobre, caritativa.

Cuando ha muerto no tena ms que una msera cama y cincuenta reales. Y
ella ha dispuesto en su testamento que todo esto sea para los pobres.




X

EN TORRIJOS


...Delante de m, sentado a esta mesa con pegajoso mantel de hule, en el
diminuto comedor de paredes rebozadas con cal azul, hay un seor
silencioso y grave. Yo lo observo. Su cabeza es enrgica, redonda,
fuerte, trasquilada al rape; muestra en su gesto y en sus ademanes como
un desdn altivo, como un enojo reprimido hacia esta comida srdida e
indigesta que, poco a poco, con lentitud desesperante, nos van
sirviendo. Yo s que es el presidente del Crculo Industrial de Madrid;
yo le reputo por uno de los hombres ms enrgicos y emprendedores de la
Espaa laboriosa.

Y su figura, en este ambiente de inercia, de renunciamiento, de
ininteligencia, marca un contraste inevitable entre las dos Espaas.

La comida transcurre lenta; son viandas exiguas, mal guisadas, servidas
en vajilla desconchada y sucia, sobre el hrrido mantel de hule. Mi
compaero suspira, levanta los ojos al cielo, se pasa la mano por la
ancha frente como para disipar una pesadilla terrible, cruza los
brazos--en las largas esperas de plato a plato--como pidiendo a s mismo
serenidad y calma... Yo intento comer en silencio. Lo consigo? Creo que
no.

Por la estrecha ventana veo un patio con el brocal de un pozo
desgastado, y en las paredes, empotradas, cuatro o seis columnas con
capiteles dricos.

Llegan los postres. Este silencio ttrico en este casn vetusto--antiguo
convento--, despus de esta comida intragable, me apesadumbra y enerva.

--Qu diferencia--exclamo--entre estos pueblos inactivos de la Meseta y
los pueblos rientes y vivos de Levante!

Entonces mi compaero, que ha callado, como yo, durante toda la comida,
me mira fijamente, como asombrado de que haya quien hable as en
Torrijos, y replica con voz lenta y enrgica:

--Como que son dos nacionalidades distintas y antagnicas! Levante es
una regin que se ha desenvuelto y ha progresado por su propia vitalidad
interna, mientras que el Centro permanece inmvil, rutinario, cerrado al
progreso, lo mismo ahora que hace cuatro siglos... Observe usted los
detalles de la vida domstica; vea usted los procedimientos agrcolas;
estudie usted las costumbres del pueblo... En todas partes, en todos
los momentos, en lo grande y en lo pequeo, las diferencias entre los
espaoles del Centro y los de las costas saltan a la vista.

Yo soy del Centro, y, sin embargo, lo reconozco sinceramente. El
problema catalanista, en el fondo, no es ms que la lucha de un pueblo
fuerte y animoso con otro pueblo dbil y pobre, al cual se encuentra
unido por vnculos acaso transitorios...

Hemos callado. Y yo pensaba que todos los esfuerzos por la generacin de
un pueblo prspero sern intiles mientras estos campos no tengan agua,
mientras estas tierras paniegas no sean abonadas, mientras no
desaparezca el sistema de eriazos y barbechos, mientras las mquinas no
realicen pronta y esmeradamente el trabajo de las industrias anexas.

* * *

Y luego, cuando durante toda la tarde he visitado las almazaras, me he
afirmado en mi idea. Nada ms interesante que esta sorda y tenaz lucha
de las mquinas nuevas para vencer la obstinacin del labriego y
reemplazar a los viejos y lentos artefactos. En Torrijos hay once
molinos aceiteros; en ellos existen siete vigas y cuatro prensas.

Las vigas son unas enormes palancas que, con un peso a uno de sus
extremos, oprimen la pasta de aceituna molida, colocada en los cofines
cerca del otro extremo, casi en el punto de apoyo. Las vigas estn an
en Torrijos en mayora; el aceite se extrae como hace trescientos aos.

Observad ahora el litoral: en la regin alicantina ms olivarera--Onil,
Castalla, Ibi--las prensas de madera y las vigas hace tiempo que han
desaparecido por completo; todas las prensas son de hierro. Y si nos
internamos en Espaa veremos cmo a medida que nos acercamos al Centro,
los viejos artefactos reaparecen, y cmo van aumentando hasta dominar en
absoluto. En algunos puntos la lucha es empeada, y los vetustos
aparatos estn a punto de ser derrotados por los nuevos. Todo un curso
de civilizacin y de historia nacional se puede estudiar en estos
detalles, al parecer insignificantes.

Una excelente regin olivarera es la que se extiende desde Logroo hasta
Alfaro, y que comprende los pueblos enclavados a la derecha del Ebro, en
una distancia de 10 a 15 kilmetros. Pues bien; en Alfaro, por ejemplo,
en sus almazaras existen 14 vigas y 10 prensas de husillo; en Arnedo, 30
y 15, respectivamente; en Njera, 3 y 2. Los procedimientos viejos
dominan a los nuevos; en cambio, Logroo, la capital de la regin,
cuenta con 24 vigas y 35 prensas de husillo, a ms de 3 hidrulicas.

Torrijos es del pasado; los procedimientos modernos se han iniciado ya,
pero estn sojuzgados an por la rutina. Diez kilmetros ms adentro,
en Maqueda--que tambin he visitado--, la rutina es seora absoluta.

Maqueda cuenta con 250 hectreas de olivares; todas las cosechas del
pueblo se muelen en una almazara de una sola viga. Y el aceite extrado
es tan nfimo, que slo puede ser vendido a las fbricas de jabones.

Cuando se les reprocha discretamente su incuria a estos labriegos, se
encogen de hombros y contestan que as se ha hecho toda la vida.

Poco ms o menos es lo que contestan en Torrijos. Los olivares suman 960
hectreas en todo el trmino. Cmo es posible que en transformar la
cosecha se entretengan desde Diciembre hasta ltimos de Abril? Las vigas
trabajan lentamente; una sola viga comprime 12 fanegas diarias de
pasta--que aqu llaman _pezn_--; una prensa de hierro, de 30 a 40.

Usando vigas, la extraccin del aceite se prolonga doble tiempo que se
tardara con la prensa. Consecuencia de esta dilatacin es el fermento
que la aceituna sufre en sus trojes, desde Febrero, en que se termina de
recolectar, hasta Mayo, en que se tritura la ltima. Y no es esto slo:
la pasta que comprimen las prensas queda completamente exhausta; la que
se retira de las vigas, en cambio, queda con una parte considerable de
aceite que no es utilizado.

Las prensas de hierro--me dicen--se rompen y es preciso gastar dinero
en componerlas. Ayer hablaba de un labrador que descuida sus tierras
por alquilar sus mulas por _tres_ reales diarios; hoy veo a estas gentes
que huyen de la compostura de una prensa, y en cambio dejan fermentar la
aceituna y pierden en la pasta comprimida una parte del jugo.

* * *

As viven, pobres y miserables, los labradores de la Meseta. El medio
hace al hombre. El contraste es irreductible, entre unos y otros
moradores de Espaa, mientras el medio no se unifique. Porque no podrn
pensar y sentir del mismo modo unos hombres alegres que disponen de
aguas para regar sus campos y cultivan intensivamente sus tierras, y
tienen comunicaciones fciles y casas limpias y cmodas, y otros hombres
melanclicos que viven en llanuras ridas, sin caminos, sin rboles, sin
casas confortables, sin alimentacin sana y copiosa...




XI


Vuelvo a Madrid. Yo quisiera decir algo de ese clrigo que he visto en
Maqueda, sucesor, a travs de los siglos, del buen clrigo del
_Lazarillo_. He hecho el viaje por saturarme de estos recuerdos de
nuestros clsicos. No basta leerlos; _hay que vivirlos_: contemplar el
mismo paisaje que columbraron Cervantes o Lope, posar en los mismos
mesones, charlar con los mismos tipos castizos--arrieros e hidalgos--,
peregrinar por los mismos llanos polvorientos y por las mismas
anfractuosas serranas.

Maqueda es un pueblecillo caduco, con un formidable castillo gualdo, con
los restos de una alcazaba y la osamenta de una iglesia arruinada. Desde
lo alto del castillo he contemplado el llano inmenso, gris, negruzco,
cerrado en la lejana por una lnea azul, surcado, en fulgente meandro,
por un riachuelo que corre entre dos estrechas bandas de verdura.

Ya pintar, cuando est ms descansado, este pueblecillo y este campo.
Ahora no tengo tiempo. Voy al peridico; he de ir luego a la
Biblioteca... Esto de hacer artculos es terrible: otra vez, despus de
este breve descanso, he de volver a ser _hombre de todas horas_, como
deca Gracin.

Sobre la mesa tengo un montn de peridicos. Siento un leve terror. Les
despojo de sus fajas y voy repasndolos lentamente... Y de pronto me
pongo un poco plido y dejo caer de las manos uno de los peridicos. Se
trata de _El Pueblo_, de Valencia. Qu dice? Habla de un artculo mo.
Y este artculo es lo ms atrevido, rebelde y verdaderamente
revolucionario que ha publicado la prensa espaola, tan tmida y
parapoco, hace muchos aos.

Caramba!--exclamo--. He hecho una atrocidad sin querer. El otro da se
conmovi el _Heraldo_ por un artculo mo, y ahora este Castrovido dice
esas cosas tremendas hablando de otro... Caramba! Yo no me atrevo a
salir a la calle, a ir tmidamente al Ateneo, a pedir un libro en la
Biblioteca, a entrar en la librera de Fe... Tomar el tren otra vez?
S, s; es preciso que yo coja el tren otra vez.




XII

HACIA INFANTES


...Otra vez me veo entre cristal y cristal, liado en mi capa, el
sombrero gacho, sobre las rodillas la manta, la inevitable maleta de
cartn al lado. El coche resbala sobre el asfalto; pasamos entre el
vaivn mundano, al anochecer, de la Carrera de San Jernimo. A lo largo
del paseo de las Delicias brillan, en la foscura, ac y all,
vacilantes, trmulas, entre el ramaje seco, las luces del gas. Sobre la
fbrica de electricidad, a la derecha, se eleva un nimbo blanco del humo
en que el resplandor refleja. Y los grandes focos, orlando las lneas de
los desnudos rboles, arrojan una plida claror, difusa, matizada,
turbia.

El tren va a partir. Chirran las carretillas y diablas; suena un
campanilleo persistente, largo, apremiante; vocea con voz plaidera un
vendedor de peridicos. Y las portezuelas se cierran con estrpito, a
intervalos... Es el expreso de Andaluca. Subo a un vagn. Un viejo de
larga barba blanca arregla en las redecillas una maleta; un seor
embozado en amplia capa parda mira con flgidos ojuelos sobre el embozo;
en un ngulo frente al viejo, una joven, trajeada con hbito
franciscano, permanece inmvil...

El tren parte. Cruzan los verdes y rojos faros; a lo lejos, en las
tinieblas de la noche, una muchedumbre de lucecillas imperceptibles
brilla, parpadea, desaparece, surge de nuevo, torna a ocultarse. Y en el
cielo hosco, sobre la gran ciudad, aparece--emanacin de los focos
elctricos--como una tenue, difuminada claridad de aurora. En el coche,
la mortecina luz de la lamparilla cae sobre los cuadros, rojos, azules,
negros, de una manta, resbala sobre la uniformidad parda de la paosa
castellana, se desliza, medrosa, entre las largas y argentadas hebras de
la barba del anciano.

Cruzamos vertiginosos ante una estacin, y se oye un largo campanilleo,
que se pierde rpidamente; luego aparece, desaparece un faro verde. Y
las tinieblas tornan impenetrables. La ventanilla est elevada hasta el
comedio; por el espacio abierto, en la negrura intensa del cielo, una
estrella fulgura, ya blanca, ya azul, ya violeta, ya anaranjada, en
rpidos, en vivos, en misteriosos cambiantes.

El tren corre frentico por la llanura infinita de la estepa. El anciano
junta su calva, en misterioso cuchicheo, a la cabeza sonriente de la
nia.

--San Francisco el Grande--oigo decir al viejo--se parece al panten que
vimos en Roma... al panten de Humberto.

--S, s--dice la nia--; se parece al panten de Humberto; pero aqul
tiene luz cenital.

El viejo calla un momento; est reflexionando... Y luego corrobora
gravemente:

--S, s; es verdad: tiene luz cenital.

Yo intento dormir; no puedo. En el centro del coche, sobre una maleta en
pie, que no cabe en las rejillas ocupadas, a modo de velador, he
colocado unos peridicos. Tomo uno ilustrado; leo al azar un prrafo:

El acto realizado por el joven ex ministro de Agricultura ha tenido
gran resonancia y debe tener trascendencia.

Dejo el peridico; trato de dormir otra vez; abro de nuevo los ojos,
exasperado. En la negrura, la estrella titilea, blanca, violeta, azul,
anaranjada; una luz pasa vertiginosa y marca sobre los cristales una
encendida estela fugitiva.

Y cuando el tren se detiene de pronto ante una estacin solitaria, oigo,
en el profundo reposo de la llanura, el tric-trac del telgrafo, sonoro
y presuroso.

* * *

A las dos de la madrugada el destartalado carricoche va rodando,
hundindose en los hondos relejes, saltando sobre los agudos riscos, por
las anchas calles blancas de la ciudad manchega. Corre un viento sutil y
helado. Las luces elctricas difunden una claridad opaca. A un lado y a
otro se extienden las fachadas en anchas pinceladas de blanco sucio. La
tartana se desliza, interminable, a lo largo de las calles
interminables, con un ruidoso traqueteo que repercute en los mbitos
oscuros. Un instante; creo que se detiene. S, s; se ha detenido. El
zagal aporrea brbaramente una puerta.

Transcurre un largo rato; vuelven a sonar los recios golpes; se hace
otra larga pausa; es de nuevo la puerta aporreada. Y entonces se percibe
en lo hondo una voz que grita: No, no hay habitacin en esta casa.

--Sabe usted?--me dice el zagal--. Es que ha llegado una estudiantina,
y estn todas las fondas ocupadas.

Vuelve a rodar la tartana por las calles desiertas. Se oyen, a lo lejos,
dos campanadas largas. Son las dos y media. Otra puerta torna a ser
aporreada formidablemente. Tampoco hay habitacin en esta casa. Y hay
que volver al siniestro paseo por la enorme ciudad solitaria... Las
luces brillan mortecinas; un perro alla en la lejana. Y cuando,
golpeada la tercera puerta, nos han abierto, yo he bajado de la tartana
perplejo y asombrado. S, s que hay habitacin. Y esta habitacin est
all cerca, a la derecha de la puerta, recayente al patio, al final del
zaguanillo de cuadrilongos ladrillos rojizos.

La casa es de dos pisos, enjalbegada de yeso blanco, con rejas coronadas
por elegantes cruces de Santiago. El patio est formado por una
anchurosa y cuadrada galera, sostenida por ocho columnas dricas,
bordeada por una vetusta barandilla, sombreada por saledizos aleros
negros.

Dos de los lados han sido tapiados para formar habitaciones; los otros
dos permanecen al descubierto.

Mi cuarto es hondo, lbrego, estrecho, bajo; las paredes estn rebozadas
de cal blanca; la puerta, ancha y achaparrada, est compuesta por
cuadrados y cuadrilongos cuarterones; en el centro, abierto en talla,
entre dos flores de lis campea un escudo; sobre el dintel, una
ventanilla aparece cerrada por diminuta reja, formada con una redonda
cruz santiaguesa. Dentro hay una silla, un espejo, una microscpica
palangana. Y sobre dos banquillos, que sostienen cuatro tablas, un
colchn angosto y retesado.

Me acuesto sobre el duro alfamar, apago la luz. Y oigo en la lejana
tres campanas, que caen lentas, solemnes, y una voz casi imperceptible
por la distancia, que grita en un plaido largo: _Ave Mara Pursima..._

* * *

Las casas de Valdepeas son blancas y bajas.

De rato en rato, al paso, se columbra por las puertas entreabiertas el
patio clsico con las columnas dricas y el zcalo azul, con el evnimus
raqutico y el canap de enea. Una ancha faja de ail intenso encuadra
las portadas; sobresalen adustos los viejos blasones; se destacan las
afiligranadas rejas con la blancura de los muros. Y en la calle,
empedrada de punzantes guijarros, entre el ngulo de la pared y el piso,
al pie de los zcalos rosas o azules, corre una cinta de espesa y alegre
hierba verde.

El cielo est radiante, limpio, de un azul plido. Llegan lejanos
sonoros repiqueteos de fragua. El sol refulge en las fachadas. Cantan
los gallos. Y de pronto la enorme diligencia parte, con formidable
estrpito de herrumbres, en direccin a Infantes, donde expir Quevedo,
hacia el antiguo y conocido campo de Montiel, por donde Cervantes hizo
caminar a Alonso Quijano la vez primera...




XIII

EN INFANTES


Cuando me despierto oigo en la calle, a travs de las maderas cerradas,
voces, ruido continuo de sonoros pasos, campanadas, trinos de canarios,
ladridos de perros. Me levanto; por los cristales veo, enfrente, una
ringla de casas bajas enjalbegadas, con las ventanas diminutas, con unos
soportales vetustos formados por pilastras de piedra. En una tabla
colocada en un balconcillo, a manera de banderola, leo, escrito en
gruesas letras: _Parador Nuevo de la Plaza--de Juan el Botero--Paja
suelta, agua dulce._ Cervantes--pienso--dice que la posada del
Sevillano, en Toledo, se vea muy concurrida por la abundancia de agua
que se hallaba siempre en ella. El agua, en estos pueblos secos, es un
seuelo hoy como en los tiempos de Cervantes.

El cielo est lmpido, radiante. Salgo. Camino por las blancas calles de
altibajos solados con guijarros. De cuando en cuando aparece un casern
enorme, dorado, negruzco, rojizo, con la portalada monumental de
sillera. Dos columnas dricas a cada lado de la puerta sostienen el
largo balconaje de ancho saliente; otras dos columnas a una y otra banda
del hueco rematan en un clsico frontn triangular con las cornisas de
enroscadas volutas. Y a una y otra parte de la fachada, en los grandes
paramentos de los muros blancos, resaltan sendos y afiligranados
blasones ptreos.

Recorro la maraa de engarabitadas callejas. Las puertas y ventanas de
los viejos palacios estn cerradas; las maderas se hienden, corconan y
alabean; se deshacen en laminillas los herrajes de los balcones;
descnchanse los capiteles de las columnas y se aportillan y desnivelan
los espaciosos aleros que ensombrecen los muros... Desemboco en una
plaza; el sol la baa vvido y confortable; me siento en el roto fuste
de una columna. Enfrente se levanta un paredn ruinoso, resto de un
antiguo palacio; a la derecha veo las ruinas de una iglesia, con la
portada clsica casi intacta, con un arco ojival fino y fuerte, que se
destaca en el cielo radiante y deja ver, en la lejana, entre su
delicada membratura, el ramaje seco de un lamo erguido en la llanura
inmensa... A la derecha, otra iglesia ruinosa permanece cerrada,
silenciosa, y se desmorona lenta e inexorablemente.

Vuelvo a mi peregrinacin a travs de las calles. Pasan labriegos con
sus largas cabazas amarillentas, de cogulla a la espalda; luego, de
tarde en tarde, una vieja, vestida de negro, arrugada, seca, pajiza,
abre una puerta claveteada con amplios chatones enmohecidos, cruza el
umbral, desaparece; una mendiga, con las sayas amarillentas sobre los
hombros, exange la cara, ribeteados de rojo los ojuelos, se acerca y
tiende su mano suplicante. Y a todas horas, por todas las calles, van y
vienen viejos, con sus caperuzas y zahones, montados en asnos con
cntaros; viejos encorvados, viejos temblorosos, viejos cenceos, viejos
que gritan paternalmente a cada sobresalto del borrico:

--J, buche!... J, buche!

La plaza es ancha. A un lado se extiende una hilada de soportales; al
otro se destaca, recia, la iglesia de sillares rojizos, con su fornida y
cuadriltera torre achatada, y enfrente, en la ringla de casas de dos
pisos, corta la blanca fachada, de punta a punta, todo a lo largo, un
balcn de madera negruzca, sostenido por gruesas mnsulas talladas, y
encima, en el piso segundo, se destaca, salediza, una vetusta galera.

Salgo de la plaza. La calle es recta. A uno y otro lado se alzan los
negros caserones con sus rejas gruesas y balcones volados. Y otra
iglesia, tambin ruinosa, tambin cerrada para siempre, muestra su
fachada con medallones y capiteles clsicos... Andando, andando, doy
con el campo. La tierra uniforme, desnuda, intensamente roja, se aleja
en inmensos cuadros labrados, en manchones verdes de sembradura; un
suave altozano cierra el horizonte; una fachada blanca refulge al sol en
la remota lejana.

Camino por las afueras, bordeando los interminables tapiales de tierra
apisonada. Un viejo camina con su borrico, cargado con los cntaros,
hacia la fuente.

--Buenos das--le grito.

--Dios guarde a usted--me contesta.

Y hablamos.

--Hay muchas fuentes en el pueblo?

l mueve la cabeza, como anunciando que va a hacer una confesin
dolorosa. Y luego dice lentamente:

--No hay ms que una.

Yo finjo que me asombro.

--Cmo? No hay ms que una fuente en Infantes?

Y l me mira como reprendindome el que haya dudado de su palabra de
castellano viejo.

--Una nada ms--insiste firmemente.--Y despus aade con tristeza:

--Una y mala; que si fuera buena...!

Llegamos a la fuente. No es fuente. Es decir, la fuente est un poco ms
hall, en la plaza de las dos iglesias ruinosas y del palacio
desplomado; pero como apenas surte agua por sus caos, porque los
atanores estn embrozados, se ha hecho una sangra en ellos ms cerca
al nacimiento, y a ella vienen a llenar sus vasijas los buenos viejos.
El agua cae en una fosa cavada en tierra; luego desborda y se aleja por
las calles abajo formando charcos y remansos de lgamo verdoso... En el
siglo XVI haba en Infantes tres fuentes: la de la Moraleja, la de la
Muela y esta otra de la ancha plaza. Los caserones solariegos estn
abandonados; las iglesias se han venido a tierra, y las fuentes, en esta
decadencia abrumadora, se han cegado y han desaparecido...

El viejo llena sus cntaros en el menguado cao.

--A cmo venden ustedes el agua?--le pregunto.

--A _patacn_ la carga--me contesta.

--A diez cntimos--dice otro viejo.

Y entonces el viejo a quien yo he preguntado mueve la cabeza con su
gesto caracterstico y replica filosficamente:

--Lo mismo da _patacn_ que diez cntimos.

Cantan a lo lejos los gallos. De pronto vibra en los aires una
campanada, larga, grave, sonora, melodiosa; y luego, al cabo de un
momento, espaciada, otra, y despus otra, otra, otra...

--Esto es a agona--dice una vieja.

Y el anciano torna a mover la cabeza y exclama:

--La agona de la muerte...

Y sus palabras, lentas, tristes, en este pueblo sin agua, sin rboles,
con las puertas y las ventanas cerradas, ruinoso, vetusto, parecen una
sentencia irremediable.

* * *

He visitado la casa en que, viejo, perseguido, amargado, expir Quevedo.
Hoy, sta y la casa contigua forman una sola; pero an se ven claras las
trazas de la antigua vivienda y an perdura ntegro el cuarto donde se
despidi del mundo el autor de los _Sueos_... La casa era pequea, de
dos pisos, sencilla, casi mezquina, sin requilorios arquitectnicos.
Tena una puertecilla angosta, todava marcada en el muro; por esta
puerta se entraba a un zagun, que ms bien era pasadizo estrecho, de
apenas dos metros de anchura y ocho o diez de largaria, por el que
discurre, soterrado, un arbelln que conduce las aguas llovedizas desde
el patio a la calle. El patio--an subsistente--es pequeuelo, empedrado
de guijos, con cuatro columnas dricas, con una galera guarnecida con
barandado de madera.

A la izquierda, conforme se entra en la casa, cerca de la puerta de la
calle, se abre otra puerta chica. Y esta puerta franquea una reducida
estancia, cuadrada, de paredes lisas, hmeda, de techo bajo, con una
diminuta ventana.

Y una vieja, una de esas viejas de pueblo, vestida de negro, recogida,
apaada, limpia, la cara rugosa y amarilla, me ha dicho:

--Aqu, aqu en este cuartico es donde dicen que muri Quevedo...

* * *

Cmo este pueblo, rico, prspero, fuerte en otros tiempos, ha llegado
en los modernos al aniquilamiento y la ruina? Yo lo dir. Su historia es
la Historia de Espaa entera a travs de la decadencia austriaca.

Infantes, en 1575, lo componan 1.000 casas; hoy lo componen 870. Yo no
recuerdo haber visto en treinta aos--me dice un viejo--labrar una casa
en Infantes. Contaba el pueblo en 1575 con 1.300 vecinos; 1.000 eran
cristianos viejos; los otros 300 eran moriscos. Era un pueblo nuevo,
aristcrata, enrgico, poderoso, esplndido. Nunca fue mayor--dicen las
_Relaciones topogrficas_, inditas, ordenadas por Felipe II--; nunca
fue mayor; siempre ha ido en aumento y va creciendo. En sus casas
flamantes, de espaciosos salones, de claros y elegantes patios
acolumnados, habitaban cuarenta hidalgos. Y este pueblo era como la
capital del antiguo y conocido campo de Montiel, que abarcaba
veintids pueblos, desde Montiel hasta Alcubillas, desde Villamanrique
hasta Castellar.

Y en esta centralizacin aristocrtica y administrativa ha encontrado
Infantes su ruina. Los hidalgos no se ocupan en los viles menesteres
prosaicos. Tienen sus tierras lejos; hoy Infantes carece de poblacin
rural; entonces tampoco la tena. Las clases directoras posean sus
haciendas en trmino de la Alhambra. Contaba entonces la Alhambra con
una poblacin densa de caseros y granjas. Todava en el siglo XVIII,
segn el censo de 1785, ordenado por Floridablanca, eran _veinticuatro_
las granjas situadas dentro de los aledaos de la Alhambra. Y en 1575
existan en sus dominios las aldeas de Laserna, con 15 o 16 casas; la
Nava, con 15; el Cellizo, con 10; Pozo de la Cabra, con 15; La Moraleja,
con 12; Santa Mara de las Flores, con 12; Chozas del Aguila, con 8...

Cmo era posible que teniendo los seores lejos sus tierras las
cultivasen con el amor y la atencin con que, en el caso de verse libre
de sus prejuicios antieconmicos, las hubiesen cultivado bajo su
inmediata dependencia?

Tenan el eterno mayordomo, que an perdura en las Castillas, y en
Albacete, y en Murcia; pasaban por alto las trabacuentas y gatuperios
del delegado; necesitaban dinero para su vida fastuosa y lo pedan a
todo evento. Y la ruina llegaba inexorable.

Infantes, como tantos otros pueblos del Centro, se arruin rpidamente
en dos siglos.

Ya este sistema de explotar la tierra sin contribuir a fortalecerla,
canalizando ros, regalndola abonos, conduce derechamente al
agotamiento, sin remedio. Juntad ahora a esta decadencia de la
agricultura la decadencia de la ganadera. Siempre--y ste es un mal
gravsimo--han andado en Espaa dispares y antagnicas la agricultura y
la ganadera. Esta separacin ha contribuido a concentrar en pocas manos
la riqueza pecuaria; ha impedido su difusin y crecimiento; ha
dificultado la cultura, en cada regin, de las especies ms
convenientes; ha privado, en fin, de los aprovechamientos de los ganados
al beneficio de los campos.

Una y otra cultura, la de la tierra y la de la ganadera, se han
hostilizado durante siglos; una y otra se han arruinado y han trado
aparejada en su ruina la ruina de Espaa. La de la tierra, por falta de
agua (Infantes, entre 14.000 hectreas, tiene 6 de regado constante) y
por la estatificacin de los procedimientos de cultivo; la de la
ganadera, por el cambio radicalsimo de la propiedad adehesada,
producido por la desvinculacin y desamortizacin, por la roturacin de
los pastos, por el cegamiento de veredas, cordeles y caadas, y por la
baja del Arancel en lo referente a importacin de lanas extranjeras.

Hemos de sumar an a estas causas y concausas de abatimiento las
continuas y formidables plagas de langosta, que, desde hace siglos, caen
sobre estas campias, como las de 1754, 55, 56 y 57, de que habla Bowles
en su _Introduccin a la geografa fsica de Espaa._ Hoy la langosta
es la obsesin abrumadora de los labradores manchegos. Ms que de los
tiempos de llover o no llover--he odo decir a un labriego esta maana
en la plaza--, me acuerdo de la langosta.

Aadamos tambin las poderosas trabas de la amortizacin, tanto civil
como eclesistica. La amortizacin acumula en escasas manos la propiedad
territorial; se paraliza el comercio de las tierras fragmentadas--que no
existen--; la dificultad de adquirir la tierra encarece su precio; las
inmensas extensiones conglomeradas imposibilitan el cultivo intensivo,
matan la poblacin rural y ponen rmora incontrastable a las obras de
irrigacin y de labranza.

Y cuando hayamos ensamblado y considerado todos estos motivos de ruina
que han convergido sobre este pueblo, como sobre infinidad de tantos
otros, todava habremos de juntar a ellos, como calamidad suprema, otra
poderossima que inaugura la Casa de Austria, con Felipe II, y persevera
con intensidad ascensional hasta estos tiempos. Hablo de la burocracia y
del expediente.

En Infantes viven y brujulean al finalizar el siglo XVI los siguientes
funcionarios polticos y judiciales: el vicario mayor de Montiel, otro
vicario, un notario, un alguacil fiscal, un gobernador, un teniente del
gobernador, un alguacil mayor, un escribano de gobernacin, un alcaide
de la Crcel, diez y siete regidores, un fiel ejecutor, un depositario
general, un mayordomo y procurador del Concejo, un escribano del
Concejo... El vicario no tiene sueldo fijo, pero cobra el
aprovechamiento de los derechos de su judicatura, y para que sean
crecidos y suculentos sabr ingeniarse sagazmente; el gobernador percibe
200.000 maraveds, y de ellos da 20.000 a su teniente; adems, el
gobernador tiene, de los maraveds que en nombre de Su Majestad se
ejecutan, ciento y cincuenta maraveds cuando la cantidad llega a cinco
mil maraveds, y no ms aunque pase, y de all abajo, a real de plata;
y es preciso reconocer que el seor gobernador--ni ms ni menos que los
gobernadores de ahora en otros rdenes--hallar trazas para que los
maraveds ejecutados lleguen siempre, caiga el que caiga, a los cinco
mil codiciados.

Falta, para dejar completa la plantilla, consignar que el alcaide de
Crcel cobra maraveds 12.000, que el fiel ejecutor disfruta de un
sueldo de 6.000, y que cada regidor--y no olvidemos que son diez y
siete--percibe por sus respectivas barbas, 600.

Infantes y los pueblos comarcanos son pobres; no tienen agua; no hay en
ellos rastro de huerta; no cultivan frutales; la cultura del grano se
hace a dos y tres hojas. Cmo con esta pobreza pudiera mantenerse tan
complicada y costosa mquina administrativa? No es posible; apenas si
durante un siglo alienta. El creciente desarrollo que los vecinos notan
en su contestacin al Cuestionario de Felipe II se detiene al promediar
el siglo XVII; y luego, cuando, al final, la miseria cunde por toda
Espaa, Infantes se doblega; las nobles familias se arruinan; se cierran
los grandes caserones; desaparecen hidalgos y burcratas. Y en este
ambiente de abatimiento, de abstinencia, de ruina, el espritu
castellano, siempre propenso a la tristura, acaba de recogerse sobre s
mismo en hosquedad terrible.

No hay arboleda ninguna en estas huertas ni en la villa--declaran en
1575 los vecinos--, porque no se dan a ello; _antes cortan los rboles
que hay, porque son poco inclinados a ello_. Las casas--dicen en otra
parte--son bajas, sin luceros ni ventanas a la calle.

* * *

El odio al rbol y el odio a la luz... Aqu, en la ancha cocina de la
posada, esta noche, al cabo de tres siglos, un viejo me dice:

--En este pueblo las casas tienen las ventanas y las puertas cerradas
siempre. Yo no recuerdo haber visto algunas nunca abiertas; los seores
salen y entran por las puertas de servicio, a cencerros tapados. Es un
carcter hurao el de las clases pudientes; una honda divisin las
separa del pueblo. Y los seores, cuando dan las ocho de la noche, si
quieren salir de casa, han de hacerse acompaar de dependientes y
criados...

Suena una larga campanada grave, meldica, sonorosa, pausada. Luego
rasga los aires otra, despus otra, despus otra... Yo pienso en las
palabras del viejo, esta maana, junto al cao del agua:

--Esta es la agona; es la agona de la muerte...

Y cuando he salido a la calle y he peregrinado entre las tinieblas, en
la noche silenciosa, a lo largo de los vetustos palacios, al ras de las
enormes rejas saledizas, que tantos suspiros recogieron, he sentido una
grande, una profunda, una abrumadora ternura hacia este pueblo muerto.




XIV

EN INFANTES


Salgo, despus de comer, a las afueras del pueblo; me recuesto al pie de
un largo bardal. Delante tengo la inmensa llanura de roja arena que se
pierde en el infinito con suaves ondulaciones. El cielo es azul; un vaho
tibio asciende de la tierra.

Leo un peridico: habla del clericalismo de Espaa. Parece ser que una
simple decisin del gobierno acabar con l... Los polticos y los
periodistas--y sta es la raz de nuestras desventuras--ven brbaramente
las cosas en abstracto. Y hay que considerarlas vivas, palpitantes,
latentes, indivisas de la realidad inexorable.

* * *

...Durante todo el mes--consagrado cada uno a un santo--, durante todo
el ao, las novenas suceden a las novenas: la de Animas, la de la
Pursima, la del Nio Jess, la de San Antonio, la de San Jos, la de
los Dolores. Se celebran trisagios; se cantan rogativas; pasan por las
calles largas procesiones de penitentes, Cristos lacios y sanguinosos,
Vrgenes con espadas de plata; las campanas plaen por la maana, a
medioda, por la noche; brillan misteriosas las luces en las naves
sombras; entran, salen, discurren por las calles devotas con mantillas
negras, hombres con capas amplias, que se quejan, que sollozan, que
hablan de angustias, que piensan en la muerte. Y la idea de la muerte,
eterna, inexorable, domina en estos pueblos espaoles, con sus novenas y
sus taidos fnebres, con sus caserones destartalados y su ir y venir de
devotas enlutadas.

Espaa es un pas catlico. El catolicismo ha conformado nuestro
espritu. Es pobre nuestro suelo (yermos estn los campos por falta de
cultivo); el pueblo apenas come; se vive en una ansiedad perdurable; se
ve en esta angustia cmo van partiendo uno a uno de la vida los seres
queridos; se piensa en un maana tan doloroso como hoy y como ayer. Y
todos estos dolores, todos estos anhelos, estos suspiros, estos
sollozos, estos gestos de resignacin van formando en los sombros
pueblos, sin agua, sin rboles, sin fcil acceso, un ambiente de
postracin, de fatiga ingnita, de renunciamiento heredado a la vida
fuerte, batalladora y fecunda.

As nacen y se van perpetuando en un catolicismo hosco, agresivo,
intolerante, generaciones y generaciones de espaoles. En un pueblo as,
cmo es posible realizar desde la _Gaceta_ un cambio tan radical como
el que supone el asunto, hoy estudiado por el gobierno, de las
Congregaciones? No lo ocultamos, porque somos liberales sinceros: la
entraa de un pas no puede renovarse de un da para otro con un simple
real decreto. En 1823 existan en Espaa 16.310 religiosos. Qu se
haba hecho de la enorme copia de ellos que exista en el siglo XVIII?
Es que haban desaparecido por los naturales progresos del pas? No;
las represiones polticas consiguieron extirparlos momentneamente.

Era un resultado violento; Espaa no haba cambiado; segua siendo tan
catlica y tan clerical como antes. Y as, de 1823 a 1830, en que una
reaccin lgica volvi a dejar libre el alma nacional, los conventos se
multiplicaron de un modo estupendo. En 1823 los religiosos son 16.310;
en 1830 ascienden a 61.727.

Hemos cambiado algo de entonces a la fecha? Hemos cambiado en frgiles
apariencias; la entraa de nuestro pueblo es la misma. No basta disponer
que se reduzca el nmero de las Ordenes y Congregaciones; ya se pens en
esto (con ms valenta que ahora) en el siglo XVII. No basta que lo
dispongan o finjan disponerlo los polticos--que son casi todos los
polticos espaoles--a quienes conocemos por catlicos (vehementes o
discretos), y en cuyas familias arreglan los negocios y las conciencias
diligentsimos y avisados diplomticos del catolicismo.

Es preciso algo ms hondo y ms eficaz: es preciso llevar al pueblo la
seguridad de una vida sana y placentera. Un pueblo pobre es un pueblo de
esclavos. No puede haber independencia ni fortaleza de espritu en quien
se siente agobiado por la miseria del medio. En regiones como Castilla,
como la Mancha, sin agua, sin caminos, sin rboles, sin libros, sin
peridicos, sin casas confortables, cmo va a entrar el espritu
moderno? Somos tan ingenuos que creamos que lo va a llevar un da u
otro la _Gaceta oficial_?

El labriego, el artesano, el pequeo propietario, que pierden sus
cosechas o las perciben escasas tras largas penalidades; que viven en
casas pobres y visten astrosamente, sienten sus espritus doloridos y se
entregan--por instinto, por herencia--a estos consuelos de la
resignacin, de los rezos, de los sollozos, de las novenas, que durante
todo el mes, durante todo el ao se suceden en las iglesias sombras,
mientras las campanas plaen abrumadoras.

Y habra que decirles que la vida no es resignacin, no es tristeza, no
es dolor, sino que es goce fuerte y fecundo; goce espontneo, de la
Naturaleza, del arte, del agua, de los rboles, del cielo azul, de las
casas limpias, de los trajes elegantes, de los muebles cmodos... Y para
demostrrselo habra que darles estas cosas.




XV


Cuando llego a Madrid est cayendo un agua menudita, cernida,
persistente. Son las ocho. El cielo est sombro. Entro en mi cuarto,
sin aliento, fatigado. Dejo la capa y el sombrero. Voy a acostarme un
rato. Y al ir a entornar las maderas del balcn veo sobre la mesa un
papel azul. Un papel azul doblado y cerrado no puede ser ms que un
telegrama. Yo alargo la mano. A veces, cuando me traen un papel azul, a
pesar de haber abierto tantos en las redacciones, siento que resurge en
m la supersticin del provinciano. En los pueblos no se reciben
telegramas sino para anunciar una desgracia; se conmociona toda la
familia; el que lo abre calla y se pone un poco plido; sus manos
tiemblan; todos miran ansiosos... Yo he sentido un tilde de esta ansia
cuando he visto, en esta maana gris, cansado, sooliento, un telegrama.
Qu voy a leer en l? Qu nueva va desconocida va a abrir en mi vida?
Y he alargado la mano perplejo, temeroso. Y no era nada! Es decir, s
que era algo; pero era algo grato, era algo jovial y sano. He aqu lo
que deca el telegrama:

Llego maana en el correo.

Verdaderamente, esto no traspasa los lmites de una frase vulgar;
pudiramos decir que no sugiere nada agradable. Pero es que este
telegrama lo firma Sarri! Sarri va a llegar maana en el correo? Este
maana, cundo es? Examino la fecha. Este telegrama est puesto hace
dos das! Sarri est en Madrid! Aqu no tendra que poner un solo
signo admirativo, sino seis u ocho. Sarri ha llegado a Madrid sin que
yo bajase a la estacin a recibirle! Y se pasea por estas calles sin que
yo le acompae. Y tal vez haya comido en Lhardy solo, triste, sin que
hayamos podido tener un rato de amena pltica ante las viandas
exquisitas... Esto es, en realidad, tremendo; ya no tengo sueo. Cmo
voy a dormir estando Sarri en Madrid? Me voy a la calle; creo que mi
deber me impone el visitarlo. Pero dnde vive Sarri? Cmo
encontrarlo? He preguntado en seis u ocho fondas; he entrado en los
restaurants; me he asomado a los cafs; paso y repaso por casa de Botn;
permanezco largos ratos parado en el escaparate de Tourni. Y no lo
encuentro. Una vez he credo reconocerlo. Era un seor grueso que sala
cargado con unos paquetes de un ultramarinos; yo lo he visto por la
espalda; llevaba un sombrero puntiagudo y el cuello del gabn levantado.
Este es Sarri--he dicho--; ese sombrero no lo tiene nadie ms que
Sarri; y el llevar el cuello levantado significa que, como viene del
medioda, tiene fro. Todo esto lo he pensado rpidamente; al mismo
tiempo que lo pensaba le pona la mano en el hombro al seor grueso, y
gritaba:

--Sarri!

Y entonces el hombre gordo ha vuelto la cara, una cara con ojos pequeos
y ribeteados de rojo, y he visto tristemente que no era Sarri. Dnde
vivir? Dnde comer? Vuelvo a pasar por casa de Botn; vuelvo a
pasarme frente a la vitrina de Lhardy. Y no lo veo!

Y como ya es de noche y me siento fatigado por el precipitado trajn,
por el viaje, por el cansancio, me retiro a casa con nimo de
acostarme.




XVI


Sin embargo, no parece bien que estando Sarri en Madrid, yo me acueste
tranquilamente sin haberle visto.

Por lo tanto, no me acuesto. Es posible--me digo--que vaya al teatro
esta noche.

A qu teatro?

A un teatro honesto o a un teatro levantisco? Esto ltimo no lo debiera
haber pensado: es casi un insulto al buen Sarri. Si l va al teatro,
seguramente ser al Espaol, a la Comedia, tal vez al Real. Entre estos
tres, por cul me decido? Yo creo recordar que a Sarri le gustaban los
versos; yo a veces le declamaba algunos y l me deca que eran muy
bonitos. Estos gustos estticos le habrn inclinado a ir al Espaol;
adems, en los pueblos hay una marcada preferencia por los dramas en
verso. La compaa de cmicos que llegan la dividen en _compaas de
verso_ y _compaas de canto_. Claro est que los hombres graves
prefieren la de verso, y como Sarri es un hombre grave, habr
indudablemente ido al Espaol. Yo tambin voy. Y mientras voy pienso
todas estas cosas y me dedico un aplauso por mis dotes de lgico y
filsofo.

Llego al Espaol cuando estn a mitad de un acto. No s si entrar en la
sala o permanecer en el vestbulo hasta que acaben.

Me decido por entrar; procuro no molestar con el ruido de mis pasos. Al
sentarme suena una larga salva de aplausos. Yo miro al escenario y
tambin aplaudo.

No s por qu se aplaude; pero, en fin, aplaudo. Cmo negarme a ello,
cuando a mi derecha y a mi izquierda veo las manos batir entusiasmadas?
Sobre todo a mi izquierda. Quin ser ste que aplaude con tal saa? Me
vuelvo, le miro a la cara. Y es Sarri! Sarri que mira tambin y me
reconoce. Y entonces se levanta; yo tambin me levanto. Y me da un
fuerte abrazo, mientras grita:

--Lo mismo que don Luis Mara Pastor!

--S, s--exclamo yo--, lo mismo que don Luis Mara Pastor!

Y en la sala del Espaol se ha producido un escndalo enorme. En los
palcos, en las butacas, en el paraso protestaban ruidosamente de
nuestra expansin; la representacin se ha interrumpido, y hemos tenido
que marcharnos avergonzados, mohinos, cabizbajos.




XVII


Cmo haba yo de reconocer a Sarri, si se ha comprado otro sombrero?
Este sombrero es perfectamente semiesfrico. Pero Sarri est disgustado
con este sombrero. Creo que acabar por retirarlo y volverse a poner el
otro; sta es mi impresin.

Esta tarde hemos estado paseando por la Castellana; al anocher, para
descansar un poco, hemos entrado en la Mallorquina. Sarri y yo opinamos
que en Madrid no hay un sitio ms ameno que la Mallorquina. Aqu
estbamos tomando un pequeo refrigerio, cuando a m se me ha ocurrido
repasar un peridico; mis malas costumbres no pueden abandonarme. Y como
lo ms entretenido--y lo ms instructivo--de un peridico son los
_sucesos_, yo, naturalmente, he echado la vista sobre ellos. Mejor
hubiera sido que no la hubiese echado. He aqu lo que mis ojos han
ledo:

UN CHUSCO:

Anoche, en el teatro Espaol, un chusco trat de dar una broma a nuestro
distinguido compaero en la prensa don Antonio Azorn. Representbase
el segundo acto de _Reinar despus de morir_, cuando de una de las
butacas, situadas junto a la que ocupaba el seor Azorn, se levant un
sujeto y le abraz, lanzando fuertes exclamaciones. Excusamos decir la
algazara que con tal motivo se promovi en la elegante sala del Espaol.
El seor Azorn y el individuo bromista tuvieron que abandonar el teatro
entre las protestas de los espectadores.

Y Azorn, que le ha ledo a Sarri este suelto, ha dicho tristemente:

--Esta es, querido Sarri, la manera que tienen los hombres de escribir
sus historias. Creemos saberlo todo y no sabemos nada. Nuestras
imaginaciones caprichosas es lo que nosotros reputamos por axiomas
infalibles. Y as la mentira pasa por verdad, y la iniquidad es
justicia. El tiempo y la distancia lo borran y trastruecan todo. No
sabemos lo que pasa a nuestro lado: cmo saber lo que ha pasado en
tiempos remotos y lo que ocurre en luengas tierras?

Seamos sencillos: declaremos modestamente nuestra incompetencia. Y ms
valdr, entre juzgar a los hombres y echar el peso de nuestro voto a una
u otra banda, no echarlo a ninguna, y no juzgar a nadie ni ser juzgado.




XVIII


Vuelvo de la estacin de Atocha de despedir a Sarri. Si alguna vez yo
tuviera tiempo, escribira un libro titulado _Sarri en Madrid_. Pero no
lo tendr: un mazo de cuartillas me espera sobre la mesa; he de leer una
porcin de libros, he de ojear mil peridicos...

Me siento ante la mesa. El recuerdo de Sarri acude a mi cerebro: nos
hemos abrazado estrechamente.

--Sarri, ya no nos volveremos a ver ms?

--S, Azorn; ya no nos volveremos a ver ms.

Ha silbado la locomotora. Y a lo lejos, cuando se perda el tren en la
penumbra de los grandes focos elctricos, Sarri, asomado a la
ventanilla, agitaba su antiguo sombrero cnico.

Me paso la mano por la frente como para disipar estos recuerdos. Es
preciso volver a urdir estos artculos terribles todos los das,
inexorablemente; es preciso ser el eterno _hombre de todas horas_, en
perpetua renovacin, siempre nuevo, siempre culto, siempre ameno.

Arreglo las cuartillas: mojo la pluma. Y comienzo...


FIN


2 Mayo 1903.



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