The Project Gutenberg EBook of Dulce y sabrosa, by Jacinto Octavio Picn

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Title: Dulce y sabrosa

Author: Jacinto Octavio Picn

Release Date: October 27, 2008 [EBook #27064]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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Dulce y sabrosa

Jacinto Octavio Picn




Advertencia para esta edicin


Si creyera que el publicar un escritor sus obras completas implica falta
de modestia, no reimprimira las mas. Lo hago porque estn casi todas
agotadas; pensando que es deber de padre no consentir que mueran sus
hijos, aunque no sean tan buenos ni tan hermosos como l quiso
engendrarlos; y tambin porque considero que el hombre tiene derecho a
despedirse de la juventud recordando lo que durante ella hizo
honradamente y con amor.

Otra disculpa pienso que atena mi atrevimiento. Porque ser partidario
del arte por el arte, y yo lo soy muy convencido, no puede amenguar ni
estorbar, aun cultivando esta que se llama amena literatura, el
entusiasmo por ideas de distinta ndole; las cuales unas veces
veladamente se transparentan y otras ostensiblemente se muestran en la
labor de cada uno; pues no es posible, y menos en nuestra poca, que el
literato y el artista sientan y piensen ajenos al ambiente que respiran.
Quien carece de fuerzas para conquistar la costosa gloria de adelantarse
a su tiempo, tenga la persistente virtud de servirle: as lo he
pretendido; mas l ha caminado tan deprisa, que hoy acaso parezcamos
tmidos los que ayer fuimos osados. De stos quise ser: de los que al
estudiar lo pasado y observar lo presente procuran preparar lo porvenir
y se esperanzan con ello. Por eso rindo tributo de constancia y firmeza
a las ideas de mi juventud, algunas hoy tan combatidas, reuniendo estos
pobres libros, sin que me arredre el recuerdo de cmo unos fueron
censurados, ni espere que retoe la benevolencia con que otros fueron
alabados. Discurro al igual de aquel gran prosista que deca: No es
temor, como no es vanidad.

Bien quisiera, lector, que pensramos a do y que mi conciencia hallase
siempre eco en la tuya: si por torpe desespero de lograrlo, por sincero
creo merecerlo.

No busques en mis cuentos y novelas leccin ni enseanza: qudese el
adoctrinar para el docto, como el moralizar para el virtuoso: slo
tienes que agradecerme el empeo que puse en divertir y acortar tus
horas de aburrimiento y tristeza.

Sea cual fuere tu fallo, hazme la justicia de reconocer dos cosas: la
primera, que he procurado entender y practicar el arte literario con
aquel criterio y temperamento espaol ms atento a reflejar lo natural
que a dar lo imaginado por sucedido: nunca quise hacerte soar, sino
sentir; la segunda, que soy de los apasionados de esta hermosa y
magnfica lengua castellana, si huraa y esquiva para quien la desconoce
o menosprecia, en cambio agradecida y esplndida para los que, haciendo
de ella su Dulcinea, aunque no lleguen a lograrla, tienen honra en
servirla y placer en amarla.

      J. O. P.

Madrid, Abril de 1909.


_Figrate, lector, que vuelves a tu casa mohno y aburrido, lacio el
cuerpo, acibarado el nimo por la desengaada labor del da. Cae la
tarde; el amigo a quien esperas, no viene; la mujer querida est lejos,
y an no te llaman para comer. Luego el tiempo cierra en lluvia; y t,
apoyada la frente en la vidriera del balcn, te aburres viendo la
inmensa comba de agua que se desprende de las nubes. Llegada la noche,
el viento gime dolorosamente formando eco, y acaso despertando las
tristezas de tu alma... No quieres dormir ni tienes sueo, y recelas que
al reclinar la cabeza en la almohada se pueble tu pensamiento de
recuerdos amargos y esperanzas frustradas. A quin le faltan en la vida
das negros, estriles para el trabajo, en que la soledad trae de la
mano a la melancola?_

Contra ellos est escrito este libro, que, entre desconfiado y medroso,
dejo pasar de mis manos a las tuyas. Recbelo, no como novela que mueve
a pensar, sino como juguete novelesco, contraveneno del tedio y engaifa
de las horas.

     JACINTO OCTAVIO PICN.

Madrid, 1891.




A quien leyere


Figrate, lector, que vuelves a tu casa mohno y aburrido, lacio el
cuerpo, acibarado el nimo por la desengaada labor del da. Cae la
tarde; el amigo a quien esperas, no viene; la mujer querida est lejos,
y an no te llaman para comer. Luego el tiempo cierra en lluvia; y t,
apoyada la frente en la vidriera del balcn, te aburres viendo la
inmensa comba de agua que se desprende de las nubes. Llegada la noche,
el viento gime dolorosamente formando eco, y acaso despertando las
tristezas de tu alma... No quieres dormir ni tienes sueo, y recelas que
al reclinar la cabeza en la almohada se pueble tu pensamiento de
recuerdos amargos y esperanzas frustradas. A quin le faltan en la vida
das negros, estriles para el trabajo, en que la soledad trae de la
mano a la melancola?

Contra ellos est escrito este libro, que, entre desconfiado y medroso,
dejo pasar de mis manos a las tuyas. Recbelo, no como novela que mueve
a pensar, sino como juguete novelesco, contraveneno del tedio y engaifa
de las horas.

     JACINTO OCTAVIO PICN.

Madrid, 1891.






Captulo I

Donde se traza el retrato de don Juan y se habla de otro personaje que,
sin ser de los principales, influye mucho en el curso de este verdico
relato


Dijo uno de los siete sabios de Grecia, y sin ser sabio ni griego pudo
afirmarlo cualquier simple mortal, que todo hombre es algo manaco, y
que la ndole de su mana y la fuerza con que es dominado por ella,
determinan o modifican cuanto en la vida le sucede.

Admitiendo esto como cierto, fcilmente puede ser comprendida y
apreciada la personalidad de don Juan de Todellas, caballero madrileo y
contemporneo nuestro, cuya mana consiste en cortejar y seducir el
mayor nmero posible de mujeres, con una circunstancia caracterstica: y
es, que as como hay quien se deleita y entusiasma con las ciencias, no
en razn de las verdades que demuestran, sino en proporcin del esfuerzo
que ha menester su estudio, as don Juan, ms que en poseer y gozar
beldades, se complace en atraerlas y rendirlas; por donde, luego de
lograda la victoria, viene a pecar de olvidadizo y despegado,
entrndosele al alma el hasto en el punto mismo de la posesin.

En cuanto al origen de su apellido no cabe duda de que Todellas es
corruptela y, contraccin de _Todas-Ellas_, alias o apodo que debi de
usar alguno de sus ascendientes, y que, andando el tiempo, se ha
convertido en nombre patronmico. De casta le viene al galgo ser
rabilargo, y a don Juan ser enamoradizo.

Como otros hombres se enorgullecen por descender de Guzmanes, Laras y
Toledos, l se precia de contar entre sus abuelos al clebre Maara, y
si no dice lo mismo de Tenorio, es por no estar demostrado que en
realidad haya existido: en cambio alardea de que, a no impedrselo las
parejas de agentes de orden pblico, los serenos, el alumbrado por gas y
otras trabas, hubiera sido cien veces ms terrible que aquellos dos
famosos libertinos.

Sin embargo, no es don Juan tan perverso, o no est tan pervertido como
se le antoja, para vanidosa satisfaccin de su mana; porque cuando
algn mal grave engendran sus hechos, antes es en virtud de la fuerza de
las circunstancias y de las costumbres modernas, que como resultado de
su voluntad.

En una palabra: no carece de sentido moral, pero instintivamente profesa
la doctrina de aquellos cirenaicos griegos que fundaban la vida en el
placer. A ser posible, quisiera burlar a las mujeres sin deshonrarlas ni
perderlas, aspirando el perfume sin ajar la flor, bebiendo en el vaso
sin empaar el cristal; limitndose a ensear a sus queridas lo que es
amor, sin que luego en brazos ajenos tengan que sonrojarse por lo que
hayan aprendido en los suyos. No es un seductor vulgar, ni un calavera
vicioso, ni un malvado, sino un hombre enamoradizo que se siente
impulsado hacia _ellas_, para iniciarles en los deliciosos misterios del
amor, semejante a los creyentes fanticos, que a toda costa pretenden
inculcar al prjimo su fe.

Imitando al borracho que divida los vinos en buenos y mejores, por
negar que los hubiese malos, don Juan clasifica a las mujeres en bellas
y bellsimas, y aade que las feas pertenecen a una raza inferior, digna
de lstima, cuya existencia sobre la tierra constituye un crimen del
Destino, por no decir un lamentable error de la Providencia. Sin
embargo, antes de calificar de fea a una mujer, la mira y remira
despacito, madurando mucho la opinin, pues sabe que aun las menos
favorecidas de la Naturaleza se hacen a veces deseables, como acontece
verse las almas empecatadas sbitamente favorecidas por la gracia
divina.

Don Juan vive exclusivamente para ellas, o, hablando con mayor
propiedad, para ella, pues cifra su culto a la especie en la adoracin a
la individua, en singular, porque jams persigue, enamora ni disfruta
dos mujeres a la vez, ni simultanea dos aventuras; diciendo que el amor
es compuesto de estrategia y filosofa, y que jams ningn gran capitn
entr en campaa con dos planes, ni hubo verdadero filsofo que fundase
sistema en dos ideas.

La existencia de don Juan es continuo pensamiento en la mujer: si
duerme, suea con ella; si vela, medita enseorearse de alguna; si come,
es para adquirir vigor; si bebe, para que la imaginacin se le avive y
abrillante, inspirndole frases apasionadas; si gasta, es por ganar
voluntades; si descansa, es para aumentar el reposo de que nace la
fuerza.

Segn el estado de su nimo y la ndole de la conquista que trama, don
Juan lee mucho, y siempre cosas o casos de amor. Conoce perfectamente la
literatura amatoria, desde la ms espiritualista, casta y platnica,
hasta la ms carnal, pecadora y lasciva. De cuantos autores han escrito
sobre el amor, slo a Safo rechaza; de cuantas tierras han sido teatro
de aventuras erticas, slo muestra horror a Lesbos; de cuantas ciudades
fueron en el mundo aniquiladas, slo le parece justa la destruccin de
Sodoma; y es tal y tan ferviente su adoracin a la mujer, que, atrado
por todas con igual intensidad, aun ignora cul sea su tipo favorito, si
el de la bacante desnuda, voluptuosa y medio ebria, que convirti en
lechos de placer los montones de heno recin segado, o el de la virgen
cristiana que entregaba el cuerpo a la voracidad de las bestias antes
que acceder a sentirlo profanado por caricias de paganos.

Circunscribindose a la poca en que vive, no repara en diferencias
sociales: siendo limpia y bonita, requiebra con igual placer a una
menestrala que a una dama, y posee arte tan exquisito para lograrlas,
que la ms arisca y desabrida se convierte con sus halagos en
complaciente y mimosa, infiltrndoles a todas en el alma, como veneno
que voluntariamente saborean, aquel consejo de la _Celestina_: Gozad
vuestras frescas mocedades; que quien tiempo tiene y mejor le espera,
tiempo viene que se arrepiente.

Posee don Juan la envidiable cualidad de hablar y pedir a cada una segn
quien ella es, y con arreglo al momento en que solicita y suplica. La
que reniega de la timidez, le halla osado, y comedido la que desconfa
de su atrevimiento; con las muy castas observa la virtud de la
paciencia, esperando y logrando del tiempo y la ocasin lo que le
regatea la honestidad; a unas slo intenta seducir con miradas y
palabras; a otras en seguida les persuade de que los brazos del hombre
se han hecho para estrechar lindos talles. Es religioso con la devota, a
quien obsequia con primorosos rosarios y virgencillas de plata;
dicharachero y juguetn con la coqueta, a quien agasaja con adornos y
telas; esplndido con la interesada, y aqu de las alhajas; adulador con
la vanidosa, romntico con la potica, maoso con la esquiva; y se
amolda tan por completo al genio de la que corteja, que sentando con
ella plaza de mandadero, luego queda convertido en prior. Mientras
ejerce seoro sobre una, la hace dichosa. Su cario es miel, su amor
fuego, sus deseos un continuo servir, sus manos un perpetuo regalar; y
adems de estas fecundas cualidades, que le abren los corazones ms
cerrados y le entregan los cuerpos ms deseables, emplea dos recursos,
en los que funda grandes victorias. Consiste uno en murmurar y maldecir
de todas las mujeres mientras habla con la que codicia, y estriba el
otro en ser o parecer tan discreto y callado, que la que peca con l le
queda doblemente sujeta con el encanto del amor y la magia del misterio.

En las rupturas es donde mejor demuestra su habilidad. Lo primero que
intenta, cuando quiere renunciar a una mujer, es persuadirla de que a
ella no le conviene seguir en relaciones con l: ya invoca el temor a la
murmuracin y el respeto al decoro de quien le ha hecho feliz; ya, si ve
pretendiente que la persiga, alardea de sacrificarse dejndola en
libertad para que otro pueda hacerla dichosa. Si esto no basta, simula
reveses de fortuna que le apartan de la que le cansa, con lo cual el
hasto toma forma de delicadeza; o miente celos, fomenta coqueteos,
tiende lazos, acusa de traiciones, provoca desdenes, y fingindose
agraviado, se aleja satisfecho. Con las pegajosas recalcitrantes emplea,
si son tmidas, la amenaza del escndalo; y si son de las feroces y
bravas, lo arrostra valerosamente, cortando el nudo, como Alejandro,
cuando no puede desatarlo. Finalmente, muchas veces acepta el cobarde
pero seguro recurso de la fuga; asiste a la ltima cita, mostrndose tan
rendido como en la primera, y desaparece groseramente, dejando tras s
la humillacin y el despecho, que cierran las puertas a la
reconciliacin.

Los que conocen poco a don Juan creen que es un libertino vulgar,
empeado en jugar al Tenorio: en realidad, es un hombre que ha puesto
sus facultades, potencias y sentidos al servicio de sus gustos, con el
entusiasmo y la tenacidad propios del que consagra a un invento la
existencia. Visto en la calle o el teatro, es un caballero elegante sin
afectacin, un buen mozo que parece ignorar la gentileza y gallarda de
su persona; a solas con ellas, tan pronto resulta conquistador
irresistible como villano medroso que desea rendirse. Dice que no es ms
diestro quien sabe vencer, sino quien acierta y aprovecha el instante de
darse por vencido: y llegado aquel momento que, segn un Santo Padre,
sirve para renovar el mundo, no hay mujer que no le reconozca por seor,
gozndose l en hacerles creer que le poseen cuando acaban de hacerle
entrega de lo mejor que posean.

Don Juan tiene treinta y tantos aos, es soltero, por lo cual da gracias
a Dios lo menos una vez al da, y vive solo, sin ms compaa que la de
sus criados. Uno entre ellos es digno de elogio: Benigno, el ayuda de
cmara, que es listo, discreto, trabajador y hasta fiel, porque le trae
cuenta la honradez. Nadie sabe como l llevar una carta a su destino, y,
segn los casos, dejarla precipitadamente o lograr en seguida la
contestacin. Es maestro en negar o permitir oportunamente la entrada a
las visitas, y en cuanto a intervenir y ser ayudante y, tercero en
aventuras e intrigas amorosas, no hay Mercurio ni Celestina que le
aventaje.

Pero de quien conserva don Juan recuerdo gratsimo es de Mnica,
cocinera que guis para l durante muchos aos. No era una fregatriz
vulgar, sino una sacerdotisa del fogn. Instintivamente tena idea de la
alteza de su misin; naci artista, y sin haber ledo a Ruperto de Nola,
ni a Martnez Motio, ni a Juan de Altimiras, ni a la Mata, ni a
Brillat-Savarin, ni a Carme, saba que quien da bien de comer a sus
semejantes merece que se le abran de par en par en este mundo las
puertas del agradecimiento y en el otro las del Paraso.

En las pocas en que don Juan tena buen apetito, Mnica se lo
satisfaca con escogidos platos, que jams le proporcionaron indigestin
ni hartazgo; cuando desganado, le excitaba el hambre comprndole y
condimentndole moderadamente lo que mejor pudiese regalarle el paladar.
Si el calor del verano o los excesos amorosos le debilitaban, aquella
mujer incomparable le preparaba caldos sustanciosos, asados nutritivos y
sabrosos postres. Si, por el contrario, saba que su amo gozaba de
perfecta salud y traa conquista entre manos, guisaba para l, con
abundancia de vinos generosos, especias y estimulantes que contribuyesen
a su vigor, a su alegra y a sus triunfos. Mnica era eclctica, es
decir, no trabajaba con sujecin a la rutina de ninguna escuela, sino
que las cultivaba todas. Con igual maestra guisaba los delicados y
finos manjares franceses que los suculentos platos de resistencia a la
espaola; tan ricas salan de sus admirables manos, por ejemplo, las
chochas a la Montmorency o las langostas a la Colbert, como la castiza
perdiz estofada o la deliciosa empanada de lampreas. Don Juan deca que
apreciaba a su cocinera ms que a su mdico, porque ste le curaba las
enfermedades a fuerza de pcimas y drogas, y aqulla le conservaba la
salud con exquisitos bocados.

Dos o tres aos antes de comenzar la accin de este relato tuvo don Juan
que ausentarse de Madrid, y queriendo dar a Mnica una prueba del cario
que le profesaba, le regal unos cuantos miles de reales, que ella
invirti en poner una casa de huspedes, mas sin envilecerse guisando
para ellos; antes al contrario, tom cocinera que lo hiciese: de este
modo se improvis seora y no puso mano en cazuela a beneficio de quien
acaso no supiese saborear su trabajo. Por supuesto, la generosidad de
don Juan hall eco en el corazn de Mnica, la cual prometi a su amo
volver a servirle cuando tornase a la corte.

La casa de don Juan est alhajada con cuantos primores pueden allegar el
buen gusto y el dinero. El principal adorno de sus habitaciones es una
preciosa coleccin de estatuillas, dibujos, aguasfuertes, fotografas y
pinturas, en que se refleja la pasin que le domina. All todo habla de
amor. Hay reproducciones de las Venus ms clebres, efigies de santas
que amaron, como Magdalena y Mara Egipciaca; copias de las cortesanas y
princesas desnudas, inmortalizadas por los pintores del Renacimiento
italiano; miniaturas y pasteles de damas francesas, deliciosamente
escotadas; mujeres adorables, que fueron hermosas hasta en la vejez,
ruinas de la galantera, mrtires de la pasin y sacerdotisas de la
voluptuosidad; pero sin que figure en aquel precioso conjunto de obras
artsticas ninguna que sea de mal gusto, o tan libre que haga repugnante
el amor, en vez de presentarlo apetecible. No: don Juan aborrece la
obscenidad y la grosera tanto como se deleita en la belleza y en la
gracia. Ni en los ms recnditos secretos y escondrijos de sus muebles
podr encontrarse una fotografa desvergonzadamente impdica; pero en
cambio le parece honesta sobre todo encarecimiento aquella ninfa que,
sorprendida desnuda y acosada por un stiro, se escondi... tras el
tenue y plateado hilo que form una oruga entre dos ramas de rbol.

Don Juan es desta, pues dice que slo la Divinidad pudo concebir y
crear la belleza femenina: y es bastante buen cristiano, recordando que
Cristo absolva a las pecadoras y perdonaba a las adlteras: mas al
propio tiempo es por sus gustos artsticos e inclinaciones literarias,
algo pagano; lo cual le ha hecho colocar a la cabecera de la cama una
estatuilla de Eros, muy afanado en avivar con sus soplos la llama de una
antorcha que sustenta entre las manos. Y si alguien manifiesta sorpresa
al verlo, don Juan declara que, no pudiendo hallar imagen autntica del
Dios omnipotente, y parecindole un poco tristes los crucifijos, ha
colocado en su lugar aquella representacin del amor, que es delicia y
mantenimiento del mundo.

En cuanto al retrato de las prendas fsicas de don Juan... mejor es no
hacerlo; a los lectores poco ha de importarles la omisin, y en cuanto a
las lectoras, preferible es que cada una se le figure y finja con
arreglo al tipo que ms le agrade. Baste decir que es simptico, y,
aunque sin afeminacin ni _dandysmo_, cuidadoso de su persona, tanto que
se ha preocupado mucho de cmo debe llevar repartidos los pelos en el
rostro quien se consagra a perfecto amante.

Algn tiempo anduvo lampio, como dicen los arquelogos que estn las
estatuas de Paris, a quien am Elena, y el busto del famoso Antino;
luego luci bigote a la borgoona, a semejanza de aquellos galanes
espaoles del siglo XVII, que fueron regocijo de damas, monjas y
villanas; por fin resolvi dejarse barba apuntada, segn es fama que la
tuvo el duque de Ganda cuando am a Isabel de Portugal, y bigotes
largos, como aquel conde de Villamediana que muri por haber puesto en
otra reina los ojos.

Bien quisiera don Juan vestir de manera que la ropa favoreciese su buen
talle; alguna vez imagin verse engalanado con capotillo de terciopelo
negro, esmaltado por la venera roja de Santiago, gregescos acuchillados
de raso, calzas de seda, zapatos de veludillo, chambergo de plumas, con
su joyel de pedrera, guantes de mbar, espada de taza y lazo, y
escarcela, bien preada de doblas: pero no siendo carnaval todo el ao,
se ha resignado a usar prosaicos pantalones de _patn_, levitas de
_tricot_ y americanas de _chiviot_, conservando como nico elemento
prctico de otros tiempos las monedas de oro que lleva en el bolsillo
del chaleco, por cierto en abundancia, aunque parezca inverosmil. Los
billetes de banco no le gustan, porque dice que las damas no deben tocar
ms papeles que cartas de amor y cuentas pagadas, y que con las criadas
oros son triunfos.

De todo lo dicho se deduce que la amatividad de don Juan no le domina y
absorbe tan por entero, que llegue a cegarle; antes por el contrario, l
la dirige y encauza de modo que, en vez de quedar esclavo de sus
pasiones, las ordena con arreglo a sus deseos.

Pero puede afirmarse que extrema la filantropa en lo que a la mujer se
refiere, hasta la exageracin, y aun sostiene que con ser tan sublime y
adorable virtud la caridad, le lleva ventaja el amor; porque la caridad
alegra un solo corazn, y el amor regocija dos almas y dos cuerpos.




Captulo II

En que, para satisfaccin del lector, aparece una mujer bonita


Estaba don Juan haca pocos das de regreso en Madrid, tras una ausencia
de dos aos y medio, semana ms o menos, cuando una tarde, despus de
almorzar como debe hacerlo quien vive en servicio del amor, no pudo
resistir a la tentacin de abrir el balcn de su despacho y asomarse a
dar, apoyado en la barandilla, las primeras chupadas a un buen veguero.
Dos ideas ocupaban su imaginacin: la primera mandar que buscasen y
avisasen a la clebre Mnica para que estuviese dispuesta a volver a su
servicio si la cocinera provisional no cumpla bien su sagrada
obligacin; y la segunda, no permanecer ocioso en materia de amores,
para evitar lo cual, entre cada dos bocanadas de humo, diriga unas
cuantas miradas a la casa de enfrente, donde viva una viuda de
peregrina belleza, pero de tan fresca y reciente viudez, que don Juan no
juzgaba cuerdo empezar todava su conquista. A pesar de ello, mir
discretamente varias veces hacia los visillos medio levantados, tras
cuya muselina se dibujaba la figura de la viuda, entretenida en hacer
labor. Acaso aquellas miradas fuesen estriles, mas tambin podan dar
resultado; porque hay galanteras, homenajes y aun simples
demostraciones de agrado, que son como letras de cambio a muchos das
vista.

Luego se visti don Juan con su habitual elegancia, tom de sobre una
mesa el sombrero, los guantes de piel de perro avellanados, con
pespuntes rojos, el bastn con puo de plata labrada, y se ech a la
calle deseoso de pasear, andando a la ventura y a lo que saliere, porque
a la sazn no tena mujer determinada que le ocupase el nimo.

Al cabo de media hora lleg a una de aquellas alamedas del Retiro que
empiezan junto a la _Casa de fieras_ y terminan en el estanque llamado
_Bao de la elefanta_.

El sol iba cayendo lentamente hacia la parte de Madrid, cuyas torres,
puntiagudas y negruzcas, aparecan envueltas en una atmsfera de polvo
luminoso, y a lo lejos se oa el rumor confuso de muchos ruidos juntos,
que semejaban la turbulenta respiracin de la ciudad. La temperatura era
grata y el paseo estaba muy lucido, como si aquella tarde se hubiesen
citado all las madrileas ms lindas y elegantes, al contrario de otros
das, en que parece que se congregan las cursis y feas para amargarnos
la vida, atormentarnos los ojos y hacernos dudar del Todopoderoso.

Don Juan miraba sin descaro, pero con bastante detenimiento a cuantas
pasaban cerca de l, y las miraba comenzando por abajo, es decir,
procurando verles primero los pies, luego el talle, y ltimamente la
cabeza. Si aqullos eran feos o muy grandes, no prosegua el examen; si
el cuerpo no era airoso, desviaba la vista: mujer en quien llegase a
investigar con la mirada el color del pelo, la forma del cuello o el
encaje de la cabeza sobre los hombros, poda mostrarse orgullosa de sus
pies y su cintura. Acaso resultara demasiado minucioso y rigorista en
estos exmenes; pero l los disculpaba diciendo que si a un caballo de
carrera se exigen innumerables cualidades para ser calificado de bello,
muchas ms deben desearse reunidas en la mujer, que es lo principal de
la vida para todo hombre de mediano entendimiento.

En esta ocupacin iba gratamente entretenido, cuando acert a pasar a su
lado una seora elegantsima. Comenz don Juan el examen.

Los pies de la dama eran de forma irreprochable, finos, algo elevados
por el tarso, ni tan largos como de bolera, ni tan cortos como de china,
y no calzados, afectando descuido, con zapatones a la inglesa, sino con
medias de seda roja y zapatos de charol a la francesa, de tacn un
poquito alto y sujetos con lazo de cinta negra. (Dicho sea de paso, don
Juan maldeca con sagrada indignacin de la prfida Inglaterra que, no
contenta con habernos robado a Gibraltar, ha hecho adoptar a nuestras
mujeres la aborrecible moda de los zapatos grandes.)

Aquella mujer no llevaba ridcula y daosamente apretada la cintura; su
talle, sin que nada le oprimiera, resultaba en perfecta armona de
lneas con las curvas que hacia arriba dibujaban el pecho y con las que
hacia abajo modelaban las caderas. El traje no poda ser ms elegante.
Componanlo falda negra y plegada en menudas tablas con primoroso arte,
abrigo corto de rico pao gris muy bordado, que se ajustaba
perfectamente a su hechicero cuerpo, y gran sombrero, tambin negro,
guarnecido de plumas rizadas, y velo de tul con motas que, fingiendo
lunares, sombreaba dulcemente su rostro. Vista de espalda, descubra por
bajo del sombrero gran parte del rodete bien prieto, formado por una
cabellera rubia oscura, surcada de hebras algo ms claras, que, heridas
por la luz, parecan de oro. Su andar era pausado y firme; pisaba bien y
sus movimientos estaban animados por una gracia encantadora. Don Juan se
dio en seguida a pensar en lo bonita que estara aquella mujer envuelta
en una bata lujosa, lnguidamente tumbada en una butaca, o vestida de
baile con los brazos desnudos, ceido el cuerpo en sedas y encajes, o
mejor an, en el momento de lavarse y peinarse, que es el instante ms
favorable para saber si la belleza femenina est en aquel punto de sazn
y frescura que la hace ser la obra maestra de Dios.

Aquella mujer era de las que resisten el ms minucioso anlisis, de las
escogidas entre las hermosas, de las que redimen perversos o pervierten
santos, segn se les antoja. Luzbel se hubiera hecho humilde por una
sonrisa de su boca, y el santo que vivi en el desierto, sin ms
compaa que un cerdo, hubiera renunciado a su parte de paraso a la
menor indicacin que ella le hiciese de cenarse juntos el marrano.

Don Juan la mir primero de refiln, y en conjunto, luego por la
espalda, despus de perfil, y, parecindole guapa, pas junto a ella
para verla mejor. Entonces se qued parado, cual si le hubiesen detenido
ponindole una mano sobre el hombro, porque crey conocerla, o, mejor
dicho, reconocerla. Su memoria le trajo al pensamiento un nombre en que
iban compendiados muchos recuerdos, pero la desconfianza le hizo decirse
en seguida: No, no es ella..., con esa ropa... imposible!. Sin
embargo, no se rindi a la duda, y torn a mirarla. Ella ni aceler ni
acort el paso; la insistencia casi descarada de don Juan no descompuso
su tranquilo caminar de diosa vestida a la moderna; pero a la segunda
vez que le sinti pasar a su lado, alz el manguito en que llevaba
metidas las manos, y se oprimi el velillo contra el rostro, como
queriendo recatarse, lo cual aviv en el hombre la curiosidad y la
sospecha. De pronto, ella, casi gritando, dijo:

--Ten cuidado, monn!

Hasta entonces no haba notado don Juan que a pocos pasos delante de la
dama marchaba un pequeuelo, de dos aos a lo ms, y una muchacha
vestida a lo niera, cuyas ropas mostraban estar sirviendo en casa rica.
El nio iba hecho un pimpollo, cubierto todo el vestidito de cintas y
encajes, y la criada rodaba, para divertirle, un aro con cascabeles,
hacia los cuales l tenda las manecitas. Hubo un momento en que por
abalanzarse al juguete vacilaron sus pies, an no hechos al ingrato
contacto de la tierra; estuvo a punto de caer, y entonces la madre
(porque deba de ser su madre), repiti sobresaltada:

--Cuidado, monn!

Su voz!, pens don Juan; mas en seguida, fijndose en el costoso
sombrero de la dama (harto saba l lo que cuesta un sombrero de mujer),
aadi mentalmente: Se habr casado? y esta suposicin le hizo
sonrer, como burlndose de alguien. Despus se puso serio, dicindose:
rara es la fruta que llega a los labios de su legtimo poseedor sin que
la hayan picoteado los pjaros.

Llevaba andada ms de media alameda y an no haba don Juan logrado que
la memoria le aclarase las dudas sugeridas por el espectculo de aquella
mujer. Apret el paso, adelantose casi rozndole la falda, y a los diez
o doce metros se volvi y vino hacia ella, resuelto a mirarla como las
guilas miran al sol, cara a cara. Cruzronse entonces las miradas de
ambos; ella permaneci impasible, serena, y con voz que denotaba
perfecta tranquilidad de nimo, dijo a la niera:

--Haga usted sea a Manolo para que arrime.

Entre mirarla y orla no le qued duda a don Juan; y fue tal la
impresin que le produjo ver confirmada su sospecha, que, parndose
involuntariamente, murmur: Cristeta!

Tan claro pronunci este nombre, que ella no pudo menos de orle; pero
no se le inmut el semblante. Avanz hacia la berlina que vena
siguindola, esper a que se detuviese, y sin volver el rostro, abri la
portezuela; en seguida dej que montase la niera, despus levant al
pequen en brazos para que aqulla lo acomodara sobre s, y, por
ltimo, subi ella, descubriendo algo ms que el pie, con lo cual don
Juan qued maravillado y suspenso, experimentando una impresin parecida
a la que debi de sentir Moiss cuando le ensearon de lejos la tierra
prometida.

En el instante de arrancar el carruaje, la desconocida se alz el
velillo.

Don Juan pudo dudar mientras vio el rostro al travs del tul; pero toda
perplejidad qued desvanecida al mirarlo libre de aquel adorno. Qu
cara! Los ojos eran azules, oscuros, hermossimos; la boca un poquito
grande, como hecha adrede para que se admirasen bien los dientes; el
color trigueo claro; las facciones delicadas; las orejas chicas; la
expresin de la fisonoma entre seria y picaresca; en conjunto, un tipo
popular realzado por una elegancia y dignidad exquisitas.

Se haba perdido ya de vista el coche, y don Juan segua inmvil
pensando: Esto es increble. Estar _con alguno_? Pero y el nio?. Y
volvi a sonrer, porque aquellos grandes ojos de azul sombro, aquella
graciossima boca y airoso talle los haba l contemplado muchas veces
de cerca, tan de cerca que se los saba de memoria, como se saben las
cosas aprendidas a gusto. En un principio dud por ver tales hechizos
rodeados de prendas costosas, lazos y perifollos caros. Una voz ntima
le haba dicho, poco ms o menos: Zapatos, siete duros; abrigo, setenta
duros; medias de seda, seis duros; sombrero, veinte duros; manguito de
legtima nutria, qu s yo cuntos duros... etc., etc., y estas
etcteras ascendan a mucho; por lo cual se deca don Juan: S, ella
todo lo vale; cualquiera que tenga buen gusto se gastar en contentarla
el oro y el moro; pero y el chiquillo?

<tb>

Don Juan volvi a su casa muy pensativo. Por la noche fue al teatro, a
una tertulia, al club, y con nada logr distraerse. En los palcos, en
los salones, en el cuarto del tresillo, en todas partes crey tenerla
delante de los ojos. Unos momentos le miraba cariosa, otros le sonrea
burlona; de pronto se le borraba de la imaginacin y surga su propia
figura, la del mismo don Juan, en actitud de ir a coger amorosamente las
manos de Cristeta, que ella retiraba esquiva. A la fingida visin que
as gozaban los ojos, suceda luego la ilusin de voces y palabras
confusamente recordadas: promesas, juramentos, ternezas; todo el
interminable repertorio de frases deliciosas que el diablo inspira a los
que van a pecar, estn pecando o acaban de pecar.

Casi de madrugada se acost con un peridico en la mano, segn su
costumbre. Ley y no entendi: letras, lneas, prrafos y columnas
bailaban trocando sus puestos y componiendo estupendos disparates. Ha
sido detenido por blasfemo... el santo del da. CULTOS: en las
Calatravas... la _Traviata_ y otras incongruencias por el estilo. De
pronto, extendiendo el brazo, mat de un periodicazo la buja; despus
su espritu fluctu largo rato entre vigilia y soolencia, y comenzaron
a borrrsele las ideas, sustituyndose los antojos de lo soado a las
impresiones de lo real.

E imagin ver una figura de mujer hermossima, que surga de entre un
macizo de plantas tropicales, intensamente iluminadas por la batera del
gas de un escenario, y envuelta en humo rojizo de bengalas. Estaba medio
desnuda y circundada de resplandor vivsimo, destacando las gallardas
lneas y el blanco bulto de su cuerpo sobre un amplsimo manto rojo que
le penda de los hombros. Era ninfa de apoteosis zarzuelesca, profanada
por el carmn barato, los polvos de arroz y el arrebol; aprisionadas las
formas en lascivas mallas; pero en su rostro no se dibujaba la sonrisa
forzadamente sensual de la comiquilla aventurera. No estaba provocativa
y desapudorada, sino bellsima y muy seria. De pronto comenz a sonar
una msica suave y mortecina, a intervalos interrumpida por
reminiscencias de giros canallescos. Luego un caballero en quien don
Juan se reconoca, sala precipitadamente de un palco proscenio, bajaba
una escalera ancha, atravesaba un patio, suba otra escalera muy
estrecha, cruzaba un pasillo lleno de mujeres, unas sudorosas, otras
tiritando, todas casi desnudas, y sin hacer caso de ellas ni de sus
dicharachos y sus risas, se detena ante una puerta, sobre la cual
estaba escrito este letrero:

                  _Seorita Moreruela._

El caballero daba en la puerta unos golpecitos con el puo del bastn;
oase una voz que deca: Espera...

Don Juan qued profundamente dormido.




Captulo III

Donde el autor dice quin es la mujer bonita


El padre de Cristeta fue covachuelista a la antigua, con poco sueldo,
menos consideracin, gorrito de pana y mangotes[1] de percalina negra: la
madre fue encajera de primorosas manos, que as compona, dejndolo
nuevo, un entreds de Malinas, como restauraba un cuello de Alenon.
Durante muchos aos vivieron amantes y felices con el producto de su
trabajo; pero lleg un da en que l qued cesante, porque fue preciso
emplear al sobrino del querido de la querida de un ministro, y a ella le
falt labor porque pasaron de moda los encajes. Entonces comenzaron a
sufrir adversidades, escasez, pobreza, y hubieran llegado hasta verse
miserables, si la muerte, que esta vez lleg a tiempo, no atajara sus
desdichas. Ambos murieron con pocas semanas de diferencia, dejando en el
mundo una nia de diez aos, fruto de su amor, la cual tuvo por nica
herencia el despejo y la hermosura de su madre. Recogi a Cristeta una
ta, casada, hermana de aqulla, que tena estanco en uno de los sitios
ms cntricos de Madrid; y aunque las malas lenguas del barrio dijeron
que el amparar a la hurfana fue arbitrar medio de tener persona de
confianza que ayudase al despacho, es lo cierto que no slo no sufri
malos tratos la nia, sino que hasta fue acogida con cario y enviada a
la maestra, donde aprendi a leer, escribir, contar, bordar y coser,
pasando luego a encargarse del mostrador, hecha ya una mocita muy mona,
y tan lista, que jams se equivocaba en dar las vueltas, ni reciba
moneda falsa, ni trabucaba los sellos de las cartas. Sus tos no la
mataban a trabajar; antes al contrario, le concedan permiso para salir
de paseo los domingos con sus amiguitas, y la tenan limpia y
decentemente vestida; limpieza y decencia que, segn Cristeta fue
creciendo, comenzaron a convertirse en extraordinario aseo y primoroso
gusto.

[1] El autor haba escrito manguitos. La Academia dice mangotes. Paciencia! (N. del E.)

Mientras ella despachaba sellos y cigarros, su ta permaneca junto al
mostrador, en invierno haciendo calceta con el gato en la falda y
puestos los pies en la tarima del brasero; en verano dormitando o
abanicndose, y en todo tiempo celosa de que ningn comprador sostuviera
conversacin larga o palique peligroso con la chica, que ya exiga
aquella vigilancia, porque segn se iba desarrollando, aumentaba el
nmero de los que la echaban chicoleos y flores, no siempre de aroma muy
puro. As lleg a tener fama de bonita, sin que nadie pudiera jactarse
de haber conseguido de ella una mirada cariosa.

Era lista y comprenda perfectamente, de un lado, que no le convena
incurrir en el desagrado de sus tos ni desacreditarse a fuerza de
coqueteos; y de otro, que no poda encontrar con facilidad, entre los
hombres que frecuentaban el estanco, quien honrosamente mejorase su
suerte. No le gustaban los jornaleros, y con instinto superior a sus
aos, adivinaba que los seoritos eran peligrosos.

Como crecida a puerta de calle, saba mucho ms de lo que debe ignorar
la pureza; pero esto que, a ser ella tonta, hubiera constituido un
escollo, dado su natural despejo se trocaba en ventaja. Las doncellas
ricas que despiertan a la vida entre muebles lujosos y en casas
suntuosas, conocen las sirtes donde naufraga la virtud por la torpe
murmuracin de las visitas y el grosero lenguaje de ayas y criadas; pero
lo inmoral y pecaminoso llega a su entendimiento desfigurado, incompleto
y hasta poetizado con cierto aroma de encanto prohibido que acrecienta
el peligro. En cambio, las pobres como Cristeta, desde pequeas se
codean simultneamente con lo vedado y lo lcito, aprenden a defenderse
por s mismas, se acorazan contra los hombres, y con perfecto
conocimiento de causa se esfuerzan en conservar lo que tanto les importa
no perder.

Cristeta venda con amabilidad, sin hablar ms de lo necesario; y en
cuanto despachaba lo que le pedan, se pona a leer, apoyada de codos en
el mostrador, siendo su lectura favorita la de dramas y comedias.

Apenas se estrenaba en cualquier teatro una obra, ya la tena entre las
manos: y como los ejemplares cuestan dinero y ella no lo gastaba, claro
est que alguien se los prestaba.

Sus tos eran muy cariosos, pero no podan vigilarla con igual inters
que lo hubieran hecho sus padres, as que le dejaban leer cuanto quera;
de modo que, a fuerza de devorar escenas de apasionamientos romnticos y
exageraciones realistas, lleg la chica a saber, tericamente, mil cosas
de amor que fueron aleccionndola en tan peligrosa y dulce enseanza.
Pero quin provea a Cristeta de dramas y comedias?

En el piso principal de la misma casa del estanco viva un editor,
quien, por ser pequea su habitacin, tena arrendado en la planta baja
un cuarto, convertido en almacn de las obras que administraba. Cristeta
escoga cuidadosamente los puros que el editor fumaba, daba a sus
dependientes las cajetillas ms gruesas, y, a cambio de esta amabilidad,
ellos le prestaban cuantos libros peda. Adems, el cuarto--almacn tena
la entrada por un patio, que era de los estanqueros, y stos cuidaban de
que slo entrasen all los dependientes del editor, con lo cual l,
seguro de robos, pagaba la custodia con billetes de favor para los
teatros, a que de ese modo asista Cristeta gratis y a menudo.

Por ltimo, los dependientes, que frecuentaban el estanco, haban puesto
a Cristeta al corriente de quines eran los autores de las ms de las
obras que tena ledas: as que la chica, merced a lo cntrico del sitio
y a la mucha gente que all entraba, lleg a conocer de vista y por sus
nombres a casi todos los actores y poetas dramticos y cmicos de
Madrid.

Entre semejantes lecturas y el roce de tales parroquianos, Cristeta fue
cobrando desmesurada aficin al teatro. Aquella mujercita sera, hasta
parecer esquiva con la generalidad de los compradores, reservaba las
sonrisas y el agrado para los escritores y cmicos, a quienes en el
fondo de su imaginacin no vea segn la realidad, sino que pensaba en
ellos como en seres superiores, de cuyos cerebros surgan y en cuyos
labios tomaban vida todos los lances, intrigas, amores y aventuras que
le encantaban el nimo.

Su fantasa transfiguraba y ennobleca a los autores de los versos que
se saba de memoria. En vano le decan, por ejemplo, mostrndole un
poeta sucio, grosero y malhablado: se es quien ha escrito _La vida por
el amor_. Ella en seguida le confunda con su obra, le limpiaba con la
poesa de sus propias frases, acabando por figurrselo y verlo, no tal
cual era, sino ennoblecido, pulcro y elegante. Vena al estanco un
comicastro, injerto en payaso, rodeado de amigos tabernarios; peda
entre ternos y tacos una cajetilla de las ms baratas, pagaba mostrando
puercas las manos, sebosa la ropa, y apenas Cristeta le serva y vea
marchar, ya no era su figura real la que conservaba en la imaginacin,
sino la de algn apuesto y enamorado caballero que le vio representar en
las tablas.

Pero estas pequeas emociones nada eran ni valan comparadas con su
alegra cuando el editor, por tener propicios a los estanqueros, les
enviaba un par de butacas _de tifus_ en las ltimas filas de cualquier
teatro que andaba mal. Entonces Cristeta se vesta y emperejilaba,
cepillaba cuidadosamente a su to la americana o ayudaba a su ta a
ponerse la mantilla, y con el que haba de acompaarla parta gozosa,
siendo completa su satisfaccin la noche que, durante algn entreacto,
la saludaba familiarmente cualquier poeta rampln o se le acercaba un
actor, por malo que fuese, a echarle cuatro requiebros.

En medio del contento que Cristeta experimentaba viendo as halagados
sus gustos, an le quedaba una gran curiosidad por satisfacer. Conoca a
muchos actores y poetas, msicos y danzantes, pero nunca haba hablado
con una cmica, dama joven o graciosa, ni siquiera caracterstica, a
quienes ella se finga poco menos que como criaturas extraordinarias,
completamente felices, que no tenan tiempo de sufrir ni padecer,
perpetuamente ocupadas en ser grandes seoras, reinas y hasta diosas,
cuya misin nica en el mundo consista en escuchar frases bonitas y
estar preparadas para raptos de esos que, segn los casos, terminan en
muerte violenta, o boda y perdn de padre bondadoso.

Para Cristeta una actriz era una mujer que nunca deja de tener a sus
pies un hombre arrodillado, y en su camarn un mueble lleno de doblas
con que pagar albricias por los mensajes de amor. Ignoraba que muchas
veces la que en las tablas hace de princesa es en su casa criada de s
misma. Por fin lleg un da en que vio de cerca a una cmica, y no de
las que andan de pueblo en pueblo trabajando a partido, sino de las que
triunfan en Madrid y pagan a su modista cuentas que importan miles de
pesetas.

Haba entrado un poeta en el estanco, le vio la comedianta, que en aquel
momento pasaba por la calle, y, deseando hacerle algunas preguntas,
entr tras l. La conversacin que sostuvieron fue larga, y mientras
dur pudo Cristeta contemplar a su sabor la elegantsima figura de
aquella mujer a quien tantas veces haba visto en la escena. Llevaba un
primoroso traje negro con lunares blancos, el cuerpo del vestido cortado
con tal arte que, sin formar la ms leve arruga, dibujaba un busto de
hermosas lneas; iba coquetamente calzada y sobre sus guantes grises,
muy altos, brillaban tres o cuatro aros de plata y de oro. El sombrero
era de ala ancha y estaba guarnecido con una pluma grande y rizada. Sus
ademanes eran vivos, se mova mucho y jugueteaba rpidamente con el
mango de la sombrilla; su voz, aunque dulce, denotaba carcter hecho a
dominar y vencer.

Cristeta, mirndola y remirndola, se anegaba en la admiracin que
senta: hasta lleg a forjarse la ilusin de ser ella misma la que tena
delante de los ojos, antojndosele ser ella la cmica y sta la
estanquera; y que despus, en vez de continuar all vendiendo sellos y
pitillos, podra irse a representar comedias por la noche y observar
desde la escena cmo la miraban los hombres y la envidiaban las
mujeres... Luego caera a sus pies una lluvia de ramos, y por el pasillo
central de las butacas entraran los acomodadores cargados con
canastillas de flores y chucheras de regalo... Durante unos instantes
so despierta, y hasta el ruido confuso de la cercana calle le pareci
rumor de aplausos.

Al marcharse la cmica, el poeta dijo a Cristeta que aquella mujer
ganaba una onza de oro diaria; pero la estanquerita no dio seal de
envidioso asombro ni de cosa que denotase codicia. No; lo que le pareca
realmente envidiable era el constante triunfar, el bien vestir, el
hablar y or cosas bonitas, el vivir, aunque fuese con existencia
fingida, en un mundo ms potico y extraordinario que el de la realidad.

Cuando Cristeta cumpli los dieciocho aos, ya estaban en ella
perfectamente desarrolladas la hermosura y la aficin al teatro.
Respecto a la primera, su belleza era indiscutible; y en cuanto a la
segunda, que tanto haba de influir en su vida, aquellas lecturas
dramticas y dilogos con poetas y cmicos, tanto ir a ver comedias y
admirar a las actrices, concluyeron por entusiasmarla y sorberla el seso
en tal grado que, aun sin atreverse todava a comunicrselo a sus tos,
form propsito de dedicarse a la escena.

La casualidad o la Providencia, que acaso sean hermanas segn la
semejanza de sus obras, vino al poco tiempo en ayuda de Cristeta.

Una maana, mientras se peinaba, comenz a cantar coplas de cierta
zarzuela que a la sazn estaba en moda. Era verano y los balcones de la
vecindad que daban al patio aparecan entornados. De repente, sin que
ella lo advirtiera, se asom a uno de ellos el editor, acompaado de
otro caballero, y, suspendiendo ambos la conversacin, escucharon a
Cristeta, que sigui cantando con agradables modulaciones, ajena de toda
pretensin vanidosa, como pjaro incapaz de sospechar que nadie se
detenga a orle. Su acento era gracioso y picaresco; su voz escasa, pero
argentina, juvenil, y no viciada por los esfuerzos ni la mala enseanza.
No era voz potente ni de gran extensin, pero s dulcsima, alegre y
fresca, como debieron de ser las de aquellas ninfas que en la antigedad
jugueteaban llamando a su compaera Eco, corriendo y ocultndose tras
los troncos de los bosques sagrados.

--Oye usted eso?--pregunt al editor su amigo.

--S; es la chiquilla de los estanqueros.

--Bonita?

--Un primor.

--Se convence usted--aadi el caballero--de que si uno se propusiera
buscarlas, encontrara mujeres para el teatro?

--Hombre, no sea usted nio. Desde que no s quin encontr un tenor en
una herrera, todo el mundo se maravilla de cualquier voz que escucha en
cualquier parte. Pero, en fin, si quiere usted hacerle proposiciones...
Yo le ayudar a usted. Me consta que la muchacha tiene la querencia de
las tablas; vamos, que se pirra por el teatro.

Poco despus Cristeta, que sin saberlo acababa de probarse la voz,
call, concluyendo de peinarse con su acostumbrada gracia; hecho lo cual
sali al estanco y comenz a vender.

Aquella misma noche, casi en el momento de cerrar, entr a comprar
cigarros el dependiente mayor de la casa editorial y, trabando
conversacin con Cristeta, le dijo sin rodeos ni ambages:

--Ni que lo hubiera usted hecho adrede! Vaya una vocecita que ha sacado
usted esta maana mientras se peinaba! En fin... quiere usted salir al
teatro?

--Yo?--repuso en el colmo del asombro.--Usted s que se quiere quedar
conmigo!

Estaban solos: el dependiente, que no era viejo ni feo, tena las manos
apoyadas en el mostrador; ella estaba turbada, recelosa, esforzndose
por sonrer, y agitada por un presentimiento incomprensible. El
sota--editor se haba puesto muy serio; a la chica un sudor se le iba y
otro se le vena; de pronto, en un momento en que ella alzaba con cierta
coquetera una mano para retocarse el peinado, dijo el hombre:

--Vamos a ver: le parece a usted que se han hecho esos dedos para pegar
sellos y contar calderilla? Vaya, me ha dicho don Pedro, mi principal,
que suba usted maana con su to, que tiene que hablar con ustedes.

--Para qu?

--Para saber si quiere usted ser cmica.

--Yo artista!--exclam Cristeta con indefinible sorpresa.

--La misma que viste y calza. Es usted joven, guapa, tiene talento, voz,
aficin.

--Lo que es aficin s que tengo.

--Bueno, pues con estudiar un poco... En fin, suban ustedes maana.

Y se fue.

Cuando Cristeta qued sola, tuvo que apoyarse en la anaquelera para no
caerse. Acostose sin cenar casi, ni hablar con nadie; permaneci largo
rato sentada en la cama, tard mucho en desnudarse, llor sin saber por
qu, se le olvid rezar y, por fin, al deslizarse entre las sbanas
sintiendo las fras caricias del lienzo, torn a sus pasadas ilusiones,
antojndosele que el ruido de los coches que pasaban por la calle era
estrepitoso rumor de aplausos y que las voces de los vendedores de
peridicos eran bravos frenticos.




Captulo IV

En el cual queda demostrado que la virtud, como el agua, brota donde
menos se espera


A las pocas semanas de lo narrado estaba Cristeta contratada como _otra
tiple cmica_ en un teatrillo de tercer orden, cuyo empresario era el
amigo del editor que la oy cantar mientras se peinaba. Los tos de
Cristeta, engolosinados con la oferta de dos duros diarios, consintieron
en el ajuste. Convnose en que al principio no representara la nia
sino papelitos cuya parte musical pudiese aprender al odo, y tambin en
que, sin prdida de tiempo, comenzase a tomar lecciones de canto. Ella
se puso loca de contento y los estanqueros, imaginando que su sobrina
tena una mina en la garganta, transigieron en pagar maestro.

El teatro donde qued Cristeta escriturada era de los que dividen por
horas las funciones, y en l se representaban cuatro cada noche. A la
primera apenas iba gente; a la segunda asistan familias de los barrios
cercanos cansadas de jugar a la perejila, jovenzuelos sin permiso para
retirarse tarde, matrimonios de larga fecha que iban a pasar el rato
para no verse solos, y forasteros deseosos de olvidar los sofiones
recibidos en los ministerios con la agradable perspectiva del _coro de
seoras_. Provinciano de stos haba capaz de renunciar a la esperada
credencial con tal de poder contar en su pueblo que haba sido dueo de
cualquiera de aquellas infelices, condenadas a estar siempre haciendo
muecas voluptuosas con la cara pintada y trenzados con las piernas
presas en las desvergonzadas mallas. El pblico que frecuentaba la
tercera y cuarta funcin se compona casi exclusivamente de hombres
aficionados a comprar hecho el amor, y de pecadoras elegantes. A ltima
hora se ponan las piezas y zarzuelitas ms verdes, y cual si esto les
sirviese de aperitivo, era de ver cmo a la salida muchos caballeros, o
vestidos de tales, esperaban en la calle la salida de bailarinas,
coristas y figurantas: por fin, cuando terminado el espectculo
comenzaba la puerta del escenario a vomitar mujeres envueltas en
mantones y con toquillas de estambre a la cabeza, cada hombre se llevaba
su prjima, que sola ser ajena; alguna, envidiada de las dems, suba
en coche, y ya formadas las parejas, que a veces en realidad eran
tercetos, todos se iban contentos; ellas hacindose las conquistadas, y
ellos imaginando triunfo lo que, a lo ms, era compra.

A llevar y recoger a Cristeta iba el to estanquero, no sin repugnancia
y protestas de su cnyuge, la respetable y aosa doa Frasquita.

Las primeras noches intentaron algunos chuscos divertirse a costa suya;
pero advertidos de que tena mal genio, le dejaron en paz; en cambio,
los seoritos que pretendan acercarse a Cristeta solicitaban su
conversacin, llamndole _don_ o _seor de_; y l, no acostumbrado a que
gente tan bien vestida le tratase de igual a igual, acab por creer que
para codearse con personas finas era necesario andar entre bastidores.

El da en que trabaj Cristeta por primera vez, estuvo mal servido el
estanco. Nadie pens sino en hacer viajes o enviar recados a casa de la
modista, autora del traje que haba de sacar a escena, en peinar y
repeinar a la nueva artista, y en prepararle una banasta para las ropas
y una caja para los untos, cosmticos, polvos, mano de gato y otros
afeites.

Por la maana, un asturiano que tena en la esquina inmediata puesto de
caf econmico, vulgo _de a cuarto_, entr en el estanco a comprar
pitillos y dijo a la criada, especie de Maritornes a medio desbastar,
que el nombre de Cristeta estaba en el cartel del teatro con todas sus
letras; y la palurda, aunque no saba leer, sali corriendo a que se lo
mostrasen; luego cruz la calle con el mismo objeto la estanquera, sin
lograr nada, porque se le haban olvidado los espejuelos, y, por ltimo,
fue tambin el to, permaneciendo largo rato en contemplacin de aquella
lnea del reparto donde deca:

                CHULA PRIMERA-SEORITA MORERUELA

Tal fue la emocin del pobre hombre, que sealando con el bastn las
letras, dijo enfticamente a un cochero de punto que all estaba: Es
mi sobrina!, y la frase sali de sus labios con aquella entonacin de
noble orgullo que deba de emplear la romana Cornelia cuando dijera:
Yo soy la madre de los Gracos!

Cristeta se estren (_debut_, dijeron los peridicos) en un papel de
chula, y lo hizo con mucha gracia y desparpajo, luciendo un mantn gris
de ocho puntas, que por la maana cost setenta reales en la calle de
Toledo, vestido de lanilla oscura con dibujitos claros, y a la cabeza un
vistoso pauelo de seda, a listas azules y amarillas, entre cuyos
pliegues apareca su bonitsima cara de madrilea picaresca. Iba calzada
con medias rayadas y zapatos bajos, mostrando en cada movimiento las
enaguas muy blancas. Sin que incurriese en desvergenza ni descaro, su
figura resultaba tan gallarda y airosa como encantador era su rostro. Se
present en escena con los ojos turbados del miedo; pero en la segunda
salida, al terminar una tirada de redondillas, sonaron unos cuantos
aplausos y perdi el temor. En el resto de la zarzuelita estuvo
saladsima, y en la nica pieza que cant, tambin la aplaudieron.
Movindose y accionando pareca cmica veterana.

Cuando al retirarse a casa sali acompaada de su to, haba en la
puerta una manada de caballeretes esperando para verla de cerca; don
Quintn, que as se llamaba su Argos, puso cara feroz y ella,
esforzndose por reprimir la alegra, procur estar seria.

Nadie durmi sosegadamente aquella noche en el estanco. La ta, porque a
pesar de la edad de su marido, estaba solevantada con lo peligroso que
era, segn dijeron las vecinas, que el bueno del hombre fuese a pasar
las noches entre bailarinas y coristas; el to porque, asombrado de la
facilidad con que Cristeta se ganaba sus cuarenta reales, pensaba ya en
el cobro de la quincena, y la muchacha porque an le zumbaban en los
odos las palmadas. Mas su verdadera satisfaccin fue a la maana
siguiente, cuando en la seccin de espectculos de un peridico ley que
la seorita Moreruela era de agraciada figura y tena brillantes
disposiciones, y estaba llamada a conquistar grandes triunfos en el
difcil arte a que se dedicaba.

Hasta final de temporada trabaj en otras dos obras, y por una de ellas
experiment la primera contrariedad de las muchas a que haba de estar
sujeta.

Citronla para asistir a la lectura, y acabada sta le entregaron su
papel, de poco ms de un pliego, en cuya primera hoja estaban
manuscritas las siguientes palabras:

                    NINFA ELCTRICA

La obra era una _revista_, manojo de desvergenzas mal escritas,
adornado con msica populachera de aires franceses disfrazados a la
chulesca.

La esperanza del xito estaba fundada en media docena de decoraciones y
en los trajes de las actrices, o, ms claro, en la poqusima ropa que
haban de ponerse. Cristeta tena que salir con el pelo suelto, corpio
liso, muy escotado, de raso _azul elctrico_, zapatos de lo mismo, nada
en los brazos y en las piernas mallas hasta la cintura; es decir,
desnuda: porque aunque de sus carnes slo habran de verse el escote y
brazos, todas las lneas y prominencias del cuerpo quedaban de
manifiesto.

Cuando una de sus compaeras se lo explic detalle por detalle, la pobre
muchacha se puso como la grana y su primer impulso fue decir que
renunciaba a ser cmica, pero le dio vergenza avergonzarse. Volvi a su
casa malhumorada, se encerr en su cuarto y estuvo llorando hasta la
hora de tornar al teatro.

Seguramente hubo por fuerza de ocurrrsele mucho tiempo antes que
aquello haba de llegar, mas no lo imagin para tan pronto; as que su
sorpresa fue terrible. Si al menos hubiese salido a escena un da muy de
corto y otro muy escotada... pero as, de repente, sin preparacin... y
casi desnuda! Buscando luego paliativos a su disgusto, se dijo que el
exceso de pudor ahogara su porvenir artstico. Pues qu! No haba
visto, por ejemplo, y nada menos que a clebres cantantes, lucir las
piernas haciendo el paje de los _Hugonotes_, y algo ms que las piernas
en la Venus del _Tannhauser_? En realidad, lo que le enfadaba
extraordinariamente no era ostentar sus encantos, porque estaba cierta
de no hacer gesto, ademn ni movimiento indecoroso: la causa principal
de su enojo era el tener que salir entre otras mujeres desapudoradas y
venales que alardeaban de su desnudez, y con quienes haba de alternar y
confundirse. Esto la sacaba de sus casillas. En vano tena ya
acostumbrados los odos al grosero lenguaje usado en lo interior del
teatro y a las frases soeces con que algunos gomosos la perseguan; su
mirada severa y su ceno adusto ponan a todo el mundo a raya; pero
ahora, obligada a circular por entre bastidores de aquel modo, cmo
evitar las bromas insolentes, los dicharachos lascivos? Y luego, al
salir a escena, cmo caeran sobre su cuerpo las miradas! Qu
vergenza!... En cambio, no se reiran de ella, cual les aconteca a
algunas de sus compaeras que tenan los brazos flacos, las piernas
torcidas, las caderas desconcertadas y el escote huesoso. Segura estaba
de obtener un triunfo la noche en que se estrenase la _revista_, porque
el espejo y la comparacin de s misma con aquellas desdichadas le
haban dicho que su cuerpo era un prodigio de hermosura.

En tales dudas y vacilaciones dej pasar das y das, hasta que se ech
encima la vspera del estreno. Entonces tuvo miedo del ridculo, pens
que aquello no era ms que una contrariedad inherente a su profesin, y
cuando al concluir el ensayo general le pregunt la sastra que a qu
hora podra ir a probarla _el traje_, la cit sin oponer resistencia
para la misma tarde, sumisa e indiferente como si se tratase de un
asunto zanjado.

Lleg la hora convenida, fue la sastra a su casa, entr en el cuartito
de Cristeta y comenz sta a desnudarse, dejando por fin caer sobre la
estera de cordelillo las ropas y prendas dichosas que llevaba ms
inmediatas al cuerpo. Entonces la encargada de vestir y desnudar
cmicas, segn los casos, no pudo reprimir una exclamacin de sorpresa
y, haciendo ademn de santiguarse, dijo:

--Bendito sea Dios! Ay, seorita; mujeres hermosas tengo vistas, pero
como usted, ninguna!

Cristeta se sinti halagada y su pudor muri a manos de su vanidad.

Letra y msica de la _revista_ fueron estrepitosamente silbadas,
contribuyendo esto a realzar el triunfo de Cristeta porque cuando
mayores eran las muestras de desagrado, sali ella a las tablas y, lo
mismo fue verla el pblico, que acallarse el bastoneo y los chicheos. En
seguida cant bien dos o tres coplas, de esas que luego alcanzan los
honores del organillo, y aquella msica, que por s sola no hubiese
arrancado una palmada, fue aplaudida. Al terminar hizo la artista una
pirueta, dio un saltito muy mono, y se meti entre bastidores.

Lo que entonces estall no fue entusiasmo, sino delirio: el pblico
quiso que se repitiera la cancin, no por orla, sino por ver nuevamente
a Cristeta; y sta, animada con aquel xito personalsimo, cant mejor y
an se movi con ms libertad. Las mujeres pensaban mirndola: Qu
harn estas bribonas para ponerse tan guapas? Los hombres se la coman
con los ojos.

A partir de aquella noche, no hubo trapero literario de los que surten
de majaderas propias y ajenas a los teatros de ltimo orden, en cuyas
cavilaciones no entrasen como elemento dramtico los encantos corporales
de Cristeta.

El empresario recibi muchas obras, donde se adjudicaban a la nueva
artista papeles que requeran poqusima ropa, con lo cual la pobre
muchacha se persuadi de que no eran su voz y su talento los que la iban
sacando a flote, sino su belleza.

Esta fue su primera desilusin.

Los pretendientes cayeron sobre Cristeta como moscas sobre pastel
fresco; mas por ninguna de aquellas conquistas se sinti halagada.
Cuantos hombres se le acercaban traan imaginado que era cosa de llegar
y besar el santo, con tal de echar antes alguna limosna en el cepillo.
Un banquero riqusimo, y muy conocido en Madrid por la proteccin que
dispensaba a las chicas de vida alegre, le propuso descaradamente
amueblarle un entresuelito y ponerle coche; un caballerete trapisondista
y jugador intent llevrsela una noche a cenar, imaginando que cuatro
copas de Champaa y un gabinete de fonda le aseguraran la conquista; un
autor le ofreci un papel de gran lucimiento a cambio de una cita, y
hasta el director de escena se brind a solicitar para ella un
beneficio, a condicin de que ensayasen a solas lo que hubiera de
cantar. A ser ella interesada o de temperamento fcilmente inflamable,
pronto hubiera sucumbido: su salvacin estuvo, por entonces, en que ni
la deslumbraba el brillo del oro, ni la imaginacin se le exaltaba hasta
poner en peligro su castidad; antes al contrario, aquella larga serie de
acometidas bruscas, en que sin poesa ni delicadeza trataron de comprar
barata su belleza, concluy por darle asco. No se le exacerb la virtud,
pero vio claro el peligro.

Alguna vez, al refugiarse en el cuarto del teatro, contemplando a solas
su gallarda figura ante el espejo, sinti deseo de riqueza; quiz, ebria
de adulaciones, resplandores y msicas, so despierta con la realidad
del amor, mas ni el fantasma del lujo ni la tentadora voz de la
Naturaleza lograron rendirla, porque se senta humillada de no despertar
en los hombres ms que la misma impureza que les inspiraban aquellas de
sus compaeras, viciosas o hambrientas, que se vendan por un traje o se
prostituan por una joya. Era esto castidad ingnita, fro clculo,
tibieza de sangre o seal de orgullo?

Cristeta no era hipcrita ni desdeosa del amor, ni de las que, por lo
ariscas, hacen antiptica la virtud; pero instintivamente consideraba su
hermosura como complemento de su corazn: quien no poseyese ste, no
disfrutara de aqulla. Se reconoca hermosa, y no conceba que pudiera
tasarse su belleza. Era capaz de disimular el enojo y hasta de no
enojarse contra un buen mozo que, atrayndola con exquisito arte o por
sorpresa, la besase, imprimiendo al beso aquella deliciosa ingenuidad
del nio que se apodera de una golosina; pero a cuantos se atrevieron a
propasarse con ella ofrecindole dinero, les recibi como se recibe a un
perro en un juego de bolos. En su corazn tenan entrada libre la
impremeditada flaqueza que vence el nimo ms fuerte, la voluptuosidad
que a veces flota en el ambiente y se desliza suavemente por los
sentidos hasta lo ms recndito del alma, la ocasin traidora que llega
cuando menos se piensa; en una palabra, todos los estimulantes del amor;
en cambio, su pensamiento estaba cerrado al inters. Un da de campo, un
rayo de sol o cuatro frases dichas a tiempo, podan hacer que Cristeta
cayese trmula en los brazos de un hombre; pero quien se arriesgase a
proponerle crudamente la compra de sus labios, los vera trocados en
manantial de indignacin; el enojo de Lucrecia fuera plido comparado
con el suyo.

S: Cristeta era romntica, como casi todas las mujeres espaolas; y de
igual suerte que en un aduar de negruzcos gitanos se puede descubrir un
nio sonrosado de pelito rubio y rizoso; a semejanza del grano de oro
que corre arrastrado entre el lgamo y las toscas piedras del ro, as
en aquel teatrucho donde toda obscenidad tenan su asiento, viva ella
cercada de ex--vrgenes andariegas y mams alquiladizas, esperando, no el
chocar de los centenes ni el crujir de las sedas, sino la voz de un
hombre que murmurase en su odo: Quireme!

Mujer que as pensaba no poda transigir con la perspectiva de quedarse
sin flor, exponindose a dar fruto que acaso no tuviese dueo conocido.

Su entereza estaba adems cimentada en otra base de resistencia, acaso
ms salvadora que la misma castidad romntica.

A poco de ingresar en el teatro observ Cristeta que a cuantas
compaeras suyas pecaban y se envilecan por codicia, les sala errado
el clculo. Hoy se entregaban a un calavera rico, maana a un seorito
achulado, tal noche a un marido ajeno, tal otra a un pollancn estpido;
y total, alguna cena, algn traje, desempear a costa de uno lo que
haba de lucir con otro, y a la postre el rostro ajado y la juventud
malbaratada: vida de moza mesonera, trajn constante, pocas propinas y
vejez: mendiga.

Tales fueron, durante algn tiempo, sus pensamientos.

La maledicencia y la calumnia se cebaron en ella. Quin dijo que no era
buena, sino pecadora a escondidas; quin que por avariciosa se haca
deseable, para venderse cara; quin, llegando hasta el colmo de la
infamia, afirm que Safo haba retoado en ella: lo cierto fue que nadie
pudo probar acusacin alguna.

Por fin, cierta maana circul en el ensayo una noticia estupenda.
Djose que la noche anterior Cristeta no haba salido del teatro
acompaada slo de su to; que con ellos iba un caballero de treinta y
tantos aos, buen mozo y elegante; aadiose que Cristeta se apoy en su
brazo para llegar desde su cuarto a la calle, que luego siguieron
juntos, ella bien arrebujada en su abrigo, l subido el cuello del gabn
de pieles, y detrs, a dos pasos, como guardia de respeto, el to
estanquero. La fiera deba de estar domada y el domador se llamaba don
Juan de Todellas.




Captulo V

Que puede dejar dudas sobre la compatibilidad del amor y la virtud


Pocos das antes de nacer aquellas murmuraciones, paseaba don Juan por
los pasillos del teatro con un amigo, que le deca as:

--No recuerdo dnde afirma Cervantes que los alcahuetes son gentes tiles
a la repblica, y que debieran ser muy considerados. Bueno: pues
escudado en tan autorizada opinin, no tengo inconveniente en
presentarte a la _incorruptible_.

--No sabes la impresin que me ha causado esa mujer! Y t crees que
nadie ha...?

--Eso dicen, aunque tambin le quitan mucho el pellejo. Yo creo que es
honrada. Veremos hasta dnde llega tu buena suerte..., y te advierto dos
cosas: primera, que no te propases a ciertos atrevimientos, como cerrar
la puerta del cuarto estando solo con ella, y segunda, que te congracies
con el to. Hblale de Espartero, elogia a la milicia nacional, quema
incienso en honor del difunto partido progresista. Por ltimo, aunque te
parezca ridculo, enamrala _por lo fino_.

Cuando el que hizo la cita cervantesca y dio estos consejos a don Juan
entr con l en el cuarto de Cristeta, estaba ella vestida a lo gitana,
con falda de percal de mucho vuelo, pauelo de espuma al talle, rizos en
las sienes y moo bajo, hecho un jardn a puras flores. El to sentado
en un silln gtico de guardarropa, lea un peridico.

Luego de las frases usuales en toda presentacin, el amigo dio tres o
cuatro noticias de teatros y, pretextando saludar a una cmica, se sali
al pasillo. Don Juan, fingiendo turbacin, adopt la postura ms decente
que pudo, como si estuviera en el saln de una gran seora. Frente a l
Cristeta, recostada en un pequeo divn, se entretena en hacer nuditos
con el fleco de la paoleta. El to, como de encargo, no chistaba. Ya
iba don Juan a entablar conversacin, temeroso de que el traspunte
llamase a Cristeta, cuando sta, por decir algo, dijo ponindose en pie:

--Qu tal? Resulta gitano el traje?

--Muy caracterstico, muy tpico...

Y call, sin terminar la frase.

--Hable usted con franqueza.

--Que no hay analoga entre usted y ese atavo.

Y como ella hiciese un mohn de sorpresa, continu:

--Quiero decir que esa falda tan hueca, ese moo tan bajo, esos rizos
tan... subversivos, todo tan... flamenco no est en relacin con la
belleza elegante y distinguida de usted. Cuanto lleva usted encima pide
una cara ms, enrgica, facciones duras...

--Gracias por la galantera--repuso ella secamente.

Pero no le fue desagradable la lisonja. Estaba acostumbrada a que la
llamasen _rica en el mundo_ o barbiana, y aquella era la primera vez que
un hombre la galanteaba con finura.

--Vamos--sigui l--; convenga usted conmigo en que su fisonoma y su porte
son demasiado aristocrticos para estas flamenqueras: mejor estara
usted con un traje de baile, de raso muy claro, por ejemplo, y con un
gran abrigo forrado de pieles que le llegase hasta los pies...; pero que
no los ocultase... Nada de alhajas: el lugar que cubrieran valdra ms
que el mejor brillante. En fin, me resulta usted una gitana demasiado
seorita.

Cristeta sonri con mayor afabilidad y repuso:

--Pues ya lo ve usted; al pblico le da por esto.

--Lo triste es que artistas como usted tengan que hacer estas obras.

Cristeta estaba muy acostumbrada a or elogiar sus encantos corporales;
pero no le suceda lo mismo respecto de sus facultades artsticas y,
sorprendida por la ltima frase de don Juan, repuso con ms sinceridad
que amor propio:

--Pues qu, cree usted que yo sirvo para otra cosa?

Con distinta mujer, don Juan hubiera aprovechado la pregunta para hacer
un juego de palabras y un chiste picante: con Cristeta no se atrevi.

--No lo he de creer! En cuanto se forme una buena compaa de zarzuela,
de pera cmica espaola quiero decir, ver usted cmo la buscan. El da
en que haga usted un papel de sentimiento, una obra fina... se la comen
a usted.

De repente se asom el traspunte a la puerta del cuarto y, sin
detenerse, dijo:

--Voy a empezar.

Don Juan se despidi de Cristeta prendado hasta donde l se poda
prendar de una mujer.

Aquella noche no pas ms. Sin embargo, para completa exactitud, es
necesario aadir que Cristeta trabaj ms a gusto que de ordinario, y
que luego, a solas en la alcoba de su casa, record las palabras de don
Juan, pensando con agrado y amor propio satisfecho, en la posibilidad de
ser artista de las que rara vez tienen que ensenar en escena lo que la
mujer debe cubrir casi en todas partes. Despus se esforz por
reconstruir mentalmente su dilogo con don Juan, y le pareci que haba
dado prueba de buen gusto censurando el exagerado atavo gitanesco. Por
ltimo, pens que otros trajes y otros papeles le sentaran mejor: por
ejemplo, el de la Princesa de _Pan y Toros_, el de la Magdalena de _La
Marsellesa_, el de Aurora en _Luz y sombra_. S, s; zarzuela seria. Y
se durmi.

Don Juan no incurri en la torpeza de volver al cuarto de la seorita
Moreruela a la noche inmediata, ni a la siguiente, ni a la otra: dej
pasar algunos das, hasta que hubo estreno en que ella trabajase; de
modo que al verle entrar en su cuarto no sospech que fuese por
visitarla, sino con ocasin de la obra nueva.

El to, que haba tomado muy en serio el papel de Argos, estaba, como de
costumbre, leyendo un peridico, sentado en su silln gtico, del cual
no se levantaba ms que cuando Cristeta deca: que me voy a mudar.
Entonces se trasladaba a un rincn del pasillo, y situndose bajo un
mechero de gas, segua leyendo, charlaba con el bombero de servicio o
daba palique a alguna de las coristas que andaban de un lado para otro
pidindose prestados los peines, la borla de los polvos o la mano de
gato.

Cristeta interpretaba en la pieza nueva un papel de mocita traviesa que
se finga juiciosa. Se haba vestido con sencillez, y lo que ms
contribua a su aspecto de modestia y candor era el peinado, con la raya
partida por medio y alisado luego el pelo hacia las sienes. Pareca una
colegiala. Apenas la vio don Juan, dijo como si tratase de reanudar la
conversacin que anteriormente tuvieron:

--Hoy s que est usted monsima. Cualquiera dira que se ha escapado
usted de uno de esos conventos donde se educan las seoritas de la
grandeza!

--Pues mire usted, estoy que rabio. Hoy me han repartido otro papel...
tambin de esos que... en fin, valo usted.

Y tomando unos pliegos de sobre la mesa del tocador, se los mostr a don
Juan, quien los hoje rpidamente. Se trataba de otra _revista_, y en la
escena en que se haca referencia a la ltima Exposicin de Bellas
Artes, salan personificadas en tres guapas chicas la Arquitectura, la
Pintura y la Escultura. Haba de sacar la primera corona mural, tnica
blanca, y en la mano la escuadra; la segunda era un mancebo de la poca
del Renacimiento, y llevaba como atributo una paleta; y la Escultura
deba aparecer sobre un pedestal a modo de estatua, en la mayor desnudez
posible, y sin ms ropaje que un trozo de pao liado a las caderas. Todo
esto lo explic rpidamente Cristeta, aadiendo malhumorada:

--Y la estatua... soy yo!

Frunci don Juan el entrecejo, y exclam, tirando los papeles sobre el
divn:

--Da grima. No haga usted eso!

Tan claramente manifest su desagrado, que Cristeta no pudo menos de
sentir sorpresa.

Qu le importara a aquel buen seor, que apenas la conoca, que ella
saliese a escena ms o menos ligera de ropa?

--No tengo ms remedio--dijo--que conformarme. No estoy, ni acaso llegue a
verme nunca, en situacin de imponerme a una empresa.

--Hasta que sea yo empresario; bien es verdad que entonces trabajar
usted lo menos posible.

Don Juan no acert a expresar bien su pensamiento, o no se atrevi a
completarlo. Ella lo adivin, sin embargo, y no queriendo drselo a
entender, repuso:

--Pues buen modo de protegerme!

En noches sucesivas don Juan asisti con frecuencia al cuarto de
Cristeta, y por el lenguaje que us con ella comprendi la muchacha que
haba producido honda impresin en aquel hombre: mas no lleg a tener
que aceptarle ni rechazarle categricamente.

Estaba convencida de que la cortejaba, pero con tal comedimiento, que no
le era fcil decidir la disposicin de nimo que deba adoptar respecto
de l: el mucho agrado pudiera parecer liviandad, la esquivez fuera
grosera, y despedirle con cajas destempladas era exponerse a que l la
pusiese en ridculo encogindose de hombros, o acaso dicindole
claramente que se haba hecho ilusiones. Por todo lo cual determin
esperar, discurriendo de este modo: Si piensa en m, por muy astuto que
sea, algn da se clarear, y segn sus intenciones... veremos. Una
cmica como yo no puede pensar en casarse con un hombre como l: _lo
otro_ no debe ser, no me conviene, no quisiera... Malo es que est ya
tan preocupada. En fin...Dios dir!

Cristeta no tena estipulado beneficio en la escritura: quin poda
haber adivinado que en tan poco tiempo creciera tanto, respecto de ella,
el favor del pblico? Pero a falta de beneficio, el da de su santo la
empresa le hizo regalo de una corona, y sus admiradores le llenaron el
cuarto de flores y multitud de esas baratijas ms o menos intiles, como
jarroncillos bomboneras, muecos de loza y sortijeros. Cada uno de los
que la regalaron, deseoso de mostrar su largueza o buen gusto, envi el
obsequio al teatro. Una sola persona se lo mand a casa; y consisti el
regalo en un magnfico neceser de costura, formado por una gran caja de
piel de Rusia, colocada sobre un precioso mueblecito, y provista de
tijeras, pasacintas, devanaderas, carretes y dedal, todo de plata: nada
faltaba de cuanto puede desear una mujer aficionada a hacer labores.
Cristeta recibi el presente por la tarde, antes de ir al teatro, y
abri la caja con alegra infantil mezclada de sorpresa, como Margarita
debi de abrir el estuche de las joyas. En uno de los casilleros
destinados al hilo haba una tarjeta de don Juan, y bajo su nombre estas
palabras escritas con lpiz:

B. L. P. a su amiga la seorita de Moreruela y le enva ese humilde
recuerdo.

Cristeta lo apreci todo de una ojeada: _amiga... seorita... humilde
recuerdo..._ Cunta finura y qu poca ostentacin!

La estanquera se qued pasmada: el to tom las piezas del costurero una
por una, pensando con respeto en el hombre que haca regalo de tres o
cuatro o seis libras, de plata. Cristeta se dio a reflexionar en aquello
con ms calma. Primero. Por qu, contra lo acostumbrado, le envi el
presente a su casa? S: esto indudablemente era horror a la ostentacin.
Segundo. Por qu, pues el obsequio era costoso, haber gastado tanto
para ella? Aqu estaban claras la esplendidez y el deseo de agradar.
Finalmente, a qu regalar un costurero a una mujer que no tena tiempo
de dar puntada? Esto no poda explicarse.

El resultado de las anteriores y anlogas cavilaciones fue que, llegada
la noche, cuando don Juan entr a saludarla en su cuarto del teatro,
apenas pudieron hablar a solas, le dijo ella sin disimular su
pensamiento ni prever la respuesta:

--Muchas, muchsimas gracias; pero seor Todellas, cmo diablo ha
regalado usted eso a una infeliz que no tiene tiempo para coserse una
cinta? Y cuidado que es lujoso y bonito!... Sobre todo de buen gusto.

Entonces don Juan se puso muy serio, se aproxim a la cmica, como quien
sacando fuerzas de flaqueza ha hecho propsito de osada, y dijo con voz
sabiamente turbada:

--Cristeta, perdneme usted la torpeza; arrincnelo usted si no le sirve;
pero m regalo obedece a una idea que no puedo desechar.

--Qu idea es esa?--pregunt ella, volviendo la cabeza para mirarse al
espejo y ocultar de algn modo la emocin que le caus la fingida
turbacin de don Juan.

--Pues bien, Cristeta, lo dir, aunque se ra usted de m: cuando pienso
en usted, cosa que me ocurre con muchsima frecuencia, no veo con los
ojos de la imaginacin esta mujer que ahora tengo delante, no me acuerdo
de la actriz ni del teatro, ni me gusta figurrmela a usted haciendo de
ninfa, ni de chula, ni de paje...; me exaspera la idea de que todo el
mundo pueda contemplar...; en fin, cuando yo la veo a usted con los ojos
del alma, se me antoja que es usted una seorita que vive recogida en su
casa, sin que nadie pueda saber todo lo hermosa que es, sin que nadie la
profane con deseos ni miradas. Lo confieso; me hace dao... hasta sufro
viniendo aqu a verla a usted, y, sin embargo, vengo... y seguir
viniendo mientras no comprenda que mi presencia la enoja.

Ms claro, agua: pero estaba dicha la cosa de tal modo, que, aun
suponiendo que Cristeta recibiera disgusto, no poda manifestarlo. La
verdad es que en el fondo del alma sinti aquella satisfaccin dulce y
apacible que en las novelas romnticas experimentan las zagalas
galanteadas por grandes y poderosos seores. El dilogo termin as:

--Vlgame Dios, y qu formal se pone usted para decirme esas cosas! No
conoce usted que todo eso tan fino se despega de estos sitios?

--Pues para probar que hablo seriamente, me voy a permitir darle a usted
un consejo.

--Diga usted.

--Haga usted una prueba... doble. La empresa est ya convencida de que
usted sirve, y de que el pblico ha de quererla ms cada da. En cuanto
usted lo intente, ver cmo le guardan ciertas consideraciones. Niguese
usted a hacer el papel de la pieza nueva... ese de la estatua. A que no
le tuercen a usted la voluntad? Si es usted franca al decir que le
disgustan las mallas, saldr usted ganando no tener que ponrselas. Y de
paso se convencer usted de la alegra que yo experimentar al saber que
no han de verla otra vez medio desnuda... y reflexione usted un poco
sobre qu clase de sentimiento ser el que me inspira para que yo piense
todo esto.

--Pero... qu diablos le importar a usted que salga as o de otro
modo?--le interrumpi Cristeta con dureza; y en seguida, deseando apurar
la situacin, aadi--: Imagina usted que voy a creer en esas
delicadezas? Se le dicen de veras semejantes cosas a una actriz de este
teatro?

No deseaba ella sino que don Juan cayese en el lazo y hablara ms claro.
Y como est escrito que todo Hrcules tropiece con su Onfalia, don Juan
cogi una mano a Cristeta y sigui hablando de este modo:

--La temporada va a concluir; evite usted hacer ahora ese papel; nos
trataremos durante el verano, procurar que me conozca usted a fondo,
que seamos verdaderos amigos... y quin sabe! tal vez para el otoo
empiece usted a pensar en si le conviene renunciar al teatro.

Entonces no experiment Cristeta lo que las pastorcillas solicitadas por
prncipes, sino que sinti agitrsele su viva sangre madrilea, y
encarndose con don Juan, repuso speramente:

--S, que renuncie al teatro, donde al fin y al cabo puedo ser buena,
aunque no lo parezca, para dejar de serlo a beneficio de usted. Luego se
cansa usted de m, y me deja. Lo de siempre, usted a otra... y yo...

--Es usted injusta, cruel y mal pensada--dijo don Juan, ponindose en pie
y haciendo ademn de coger el sombrero para irse.

Cristeta le detuvo con una sonrisa, y mirndole con la ms hechicera
mezcla que imaginarse puede de tristeza y ternura, repuso:

--Si hablara usted de veras! Bah!... Imposible!... Adems, tengo una
contrata para salir fuera este verano.

--Pero no ir usted sola.

--Probablemente con mi to.

--Y yo detrs.

--Veremos...; pero crea usted que desde ahora hasta el verano ya se le
habr quitado a usted eso de la cabeza.

--No vaya usted a creer que es un capricho.

Cristeta le mir algo severa, frunci el ceo y respondi:

--Nunca he credo yo que pudiera servir para satisfacer caprichos.

<tb>

Aquella misma semana tuvieron varias conversaciones parecidas. Por fin,
una noche, dando pasto a la murmuracin, Cristeta y su to salieron del
teatro acompaados de don Juan: delante iba la pareja enamorada y detrs
el estanquero.

Nadie hubo en el teatro que no diera por cierta la cada y perdicin de
la Morteruelo; y, sin embargo, el diablo no tena todava motivo para
regocijarse. Lo nico grave que pas entre ella y su adorador fue que
una noche, mientras el to haba salido a comprar un peridico, lleg
don Juan, entr en el cuarto, se acerc de puntillas y la bes en el
cuello. Cristeta le vio por el espejo aproximarse, pero ni esquiv el
cuerpo ni mostr enfado, y mirndole con mayor dulzura que severidad, le
dijo:

--Pase... como extraordinario.

Quien presenciase el atrevimiento de l y la indulgencia de ella, acaso
imaginara que ya haban trocado el amor platnico por el experimental: y
sin embargo, Cristeta estaba tan limpia de pecado, como la madre Eva
antes de verse obligada a estrenar el primer vestido de hojas de parra
entretejidas.




Captulo VI

En el cual don Juan despliega su astucia, y don Quintn se hace la
ilusin de que pueden volver aquellos tiempos


La noticia del viaje a provincias llen al pronto de jbilo a don Juan,
quedando luego su alegra algo mermada con la perspectiva de que
Cristeta fuese bajo la guarda de don Quintn; as que resolvi evitar a
todo trance dicha compaa, pero sin contar con la complicidad de
aqulla.

Don Juan decidi poner en prctica uno de sus ms profundos axiomas, que
dice: Conviene a veces, para lograr una mujer buena, utilizar los
servicios de otra maleada. No se crea por esto que pens en recurrir a
ninguna corredora de alhajas, prendera a domicilio, o cualquiera otra
congnere de la famosa vieja que perdi a Melibea: no busc quien
hiciese de demonio tentador, sino simplemente quien le despejase el
camino.

Se propuso que don Quintn no saliese a provincias con Cristeta, y he
aqu cmo lo consigui.

Una tarde en que su amada no tena ensayo, fue a la puerta del teatro,
esper a que saliesen las coristas, y sigui de lejos a una con quien en
otro tiempo tuvo una aventurilla, y de la cual, por haberse mostrado
generoso y conocerla bien, poda fiarse.

Iba la muchacha a entrar en el portal de su casa, cuando la detuvo
llamndola por su nombre: volvi el rostro la chica, acercose el
caballero y cambiaron unas cuantas frases, que denotaban gran confianza.
Hablaron en broma de lo pasado, como quien revuelve cenizas sin temor a
encontrar rescoldo, y, por fin, don Juan, con aquel tono autoritario,
propio del hombre que tiene seguridad de haberse portado bien con la
mujer a quien habla, le dijo:

--La verdad: tienes algn lo? Porque no quiero comprometerte.

--No pasa un alma! Suba usted y hablaremos.

--An me llamas de usted?

--Ya sabe usted que nunca pude acostumbrarme a otra cosa. Vamos arriba.

Y comenzaron a subir la escalera, no con la impaciencia de antao, sino
como dos buenos amigos que traen entre manos un negocio. Media hora dur
la conversacin, y debieron de entenderse, porque al despedirse, don
Juan deca:

--Marearle un poco, mucha conversacin, nada de hacerle concesiones, de
cuando en cuando una dedadita de miel... y, sobre todo, que lo sepa su
mujer.

--Vaya usted descuidado: le voy a volver tarumba.

<tb>

Aquella misma noche, en un momento en que don Quintn sali del cuarto
de Cristeta para que sta se mudase de traje, y mientras estaba sentado
leyendo el peridico bajo el mechero de gas que haba en el corredor, se
le acerc la corista a quien por la tarde habl don Juan.

Vena hecha la caricatura de una gran seora, con traje de baile muy
escotado y guantes hasta el codo, uno de ellos sin abotonar.

--Vamos, don Quintn, hgame usted el favor de echarme estos
botoncitos--dijo al estanquero, presentndole la mano y acercndosele
mucho.

No tuvo ms remedio que acceder: psose en pie, y cruzando las piernas y
sujetando entre ellas el peridico, comenz a meter botones en los
ojales.

Sus dedos eran demasiado gruesos y torpes para aquella operacin:
adems, ojales y botones, aqullos por chicos y stos por grandes,
parecan preparados con diablica astucia; y entretanto sus miradas
venan a caer precisamente en medio del escote de la corista, cuyos
rizos le rozaban al menor movimiento, cosquillendole en la frente.

Nunca haba visto tan de cerca mujer engalanada de aquel modo. A lo que
ms se asemejaba era a las figuras de grandes damas que adornaban
algunas novelas de las que l sola leer en sus ratos de ocio. Doa
Frasquita fue en sus buenos tiempos una real moza; varias criadas que
logr conquistar le dejaron recuerdos de ndole picaresca; pero jams
so, en sus largos monlogos de estanquero aburrido, tener tan cerca de
s una seora como aqulla. Si Mariquita, que as se llamaba, no era
pura ni a juzgar por su aspecto poda ceirse justificadamente la corona
de azahar, en cambio estaba guapsima. Sus ojos eran tan expresivos, que
parecan habladores; su boca tena sonrisas entre mimosas y burlonas; y
en conjunto, por su talle y rostro recordaba los tipos de aquellas
muchachas diablicamente hermosas que algunos pintores han trazado en
torno de los santos combatidos de voluptuosas tentaciones.

Lo que a don Quintn le produca ms turbadora impresin era el olor que
de ella se desprenda: tal vez fuese perfume barato, pero a l se le
antojaba efluvio de diosa.

Entre aspirar aquellas que le parecan suavsimas emanaciones y hacer
esfuerzos por ajustarle el guante, lo menos tard diez minutos en meter
los catorce botones por sus correspondientes ojales; hecho lo cual se
dej caer sudoroso sobre la silla, diciendo:

--Qu trabajos!

A lo que ella repuso:

--Para otras fatigas tendr usted ms habilidad.

Y sentndosele de golpe en las rodillas, como nia juguetona, permaneci
encima de l un instante: en seguida se levant, y, alzndose la falda,
ech a correr, mientras el pobre hombre se quedaba pasmado, semejante a
devoto fantico que imaginase haberse visto favorecido por una aparicin
sagrada. En las manos senta el calor de los brazos desnudos que acababa
de tocar, ante los ojos crea tener an el escote tentador, y el
olorcillo a hembra le andaba escarabajeando en el olfato, como el dejo
de una sensacin gratsima. Hubo un momento en que enderezando el cuerpo
sobre el asiento, solt el peridico y se irgui, a modo de caballo
viejo que ha guerreado mucho y se engalla y estira el pescuezo al
percibir ruido de trompetas lejanas. Oh, memoria, qu dulces recuerdos
trajiste! Oh, fantasa, cmo los poetizaste! Mozuela que all en el
pobre lugarejo le esperabas en el pajar; sabrosa luna de miel pasada con
Frasquita; cocinerilla vencida en la trastienda, en una sofocante siesta
de verano; dichosas y felices aventuras, cmo y con qu fuerza
surgisteis en la imaginacin del estanquero, poblndola de halagadoras
reminiscencias que le inspiraron deseos de nuevos triunfos!

El episodio del guante fue prlogo de otros conmovedores sucesos.

Al da siguiente la corista tuvo que ponerse, por razn de una de las
obras en que cantaba, el ms caprichoso traje que imaginarse puede. A
modo de antenas, llevaba entre el revuelto peinado dos cuernecillos; el
arca del cuerpo, encerrada en un cors de terciopelo casi negro
tornasolado, a listas pardas y de oro; y en lo restante de su persona,
o, mejor dicho, personilla, porque era pequea y traviesa, malla del
color de la carne; las eternas mallas, que eran como el alma y principal
aliciente de aquel templo de Tala. As ataviada, y en todo semejante a
una avispa, la gentil muchacha anduvo largo rato por un pasillo, hasta
que, viendo a don Quintn sentado bajo el mechero de gas y enfrascado en
la lectura, se le acerc y le dijo, aludiendo al peridico que tena en
las manos:

--Si ve usted en los anuncios que alguien busque casa para vivir en
compaa, dgamelo usted, que tengo un gabinete muy mono.

Don Quintn no pudo reprimir el atrevido pensamiento, y repuso:

--Monina, me quieres a m de husped?

--No, porque vivo solita; un seor mayor, s; pero hombres de buena edad,
as como usted... nones!

De buena edad! Qu cosa poda lisonjearle ms? Una mujer joven y
bonita le consideraba peligroso. Se atus el spero bigote, tosi con
fuerza, se acord de las asonadas del cuarenta y del cincuenta, de las
formaciones en que luca el gallardo cuerpo, hasta de las barricadas, y
recobrando el pasado ardimiento, cogi a la hechicera avispa las manos,
que ella tuvo buen cuidado en no retirar.

--Oye--le dijo--, gachoncita, pimpollo, me tendras miedo?

--Miedo no, porque no asustan ms que los feos; pero no quisiera que
nadie murmurase de m...

Don Quintn crey ver que el rostro de la chicuela se cubra de pudoroso
carmn.

--Te gustara ms un joven, un mocito?

--No quiero nada con chiquilicuatros, que no tienen pizca de formalidad.

--Prefieres hombres serios..., por ejemplo, yo?

--S; pero usted no es para m. La mujer debe buscar uno de su igual.

En seguida baj los ojos, fingi turbarse, y termin diciendo:

--Por Dios, don Quintn, djeme usted vivir tranquila.

Claramente comprendi el vejete que aquella mujer le consideraba como
caballero, y adems como peligroso. No le falt ms que orse llamar
guapo.

En seguida sac la chica un caramelo que llevaba oculto entre los
pliegues del corpio, le quit el papel, se lo llev a la boca, hizo
como si quisiese y no pudiese partirlo con los dientes, y, por ltimo,
se lo present, hmedo todava, a don Quintn, dicindole:

--Prtalo usted y deme la mitad.

El estanquero no pudo ms. Mir a uno y otro lado del pasillo, vio que
nadie vena, y cogiendo a la avispa por el talle, a riesgo de quebrarle
un ala, la atrajo hacia s y le plant en el cuello un beso como no se
lo haba dado a mujer alguna desde la regencia de Espartero, exclamando:

--T vas a ser mi perdicin!

--Y usted la ma!--repuso ella con la voz trmula, como desposada que
viera descorrerse las cortinas del tlamo.

El momento fue solemne. Los dedos del ex--miliciano opriman la cintura
de la corista, cuyo cuerpo temblaba como pjaro en poder de nio.

Mariquita murmur con extraordinaria dulzura:

--Por Dios, don Quintn!

--l, estrechndola con ms fuerza, dijo:

--Llmame Quintn nada ms!

--No, no quiero!--repuso balbuciente y medrosa--. No sea usted malo...
no quiero perderme... no me pierda usted!

<tb>

En los sucios pasillos del teatro comenz a desarrollarse el idilio ms
conmovedor del mundo. Dnde hay poesa tan intensa como la del tronco
viejo que de improviso empieza a reverdecer y retoar?

Don Quintn se relaj en el cuidado y vigilancia de Cristeta, quien, a
decir verdad, no lo senta, porque mientras estaba con don Juan, para
nada se acordaba de su to y ste, prescindiendo de su sobrina, como en
justa reciprocidad, siempre andaba en busca o en espera de Mariquita.

La endiablada mozuela, cindose a las instrucciones de don Juan, se
haca desear mucho, tardaba en acudir a las citas, luego vena armada de
malicia, fingiendo estremecimientos, vacilaciones y sonrojos que la
hacan ms apetitosa; y si se dejaba tocar por el ex--miliciano
remozado, en seguida se le escapaba de entre las manos, como si le
tuviese condenado a eterna dedada de miel, sin esperanza de mayores
goces. Las burlas de su amor eran muchas y frecuentes: las veras,
escasas y tardas; de suerte que don Quintn pasaba, no las de Can,
sino las de Tntalo; pero era tal su pasin, que con un apretoncillo
cada cuatro o seis das, con un abrazo de cuando en cuando, tena
bastante para seguir entusiasmado. No haba cosa que no estuviera pronto
a sacrificar por Mariquita: el estanco con anaquelera, puros, carteras
de sellos, papeles de matrculas, todo se le antojaba poco para
arrojarlo a los pies de aquella sirena. Cun horrible le pareca, al
volver a casa, la severa figura de su esposa doa Frasquita! Qu fea
estaba con aquellos parches de alquitira en las sienes y aquella eterna
labor de calceta azul entre las manos! Y no era lo malo que doa
Frasquita hiciese medias, sino que luego se las pona. Qu diferencia
entre aquellas groseras fundas de algodn, con que cubra sus esculidas
piernas, y las mallas que apretaban y contenan los bien formados
encantos de Mariquita! Oh amor, cmo pusiste al pobre don Quintn!
Desde la guerra de Troya no haba hecho la pasin tan cruel estrago en
un hogar como lo hizo en aquel estanco!

Porque sucedi que mientras don Quintn y Mariquita pudieron verse en el
teatro, de nada se enter la esposa engaada; pero luego, al terminar el
ao cmico, ni l tuvo pretexto para salir a callejear todas las noches,
ni su enamoramiento quiso transigir con la ausencia del bien amado. La
corista entonces, cumpliendo rdenes de don Juan, tan bien dispuestas
como generosamente pagadas, empez a enviar misivas a don Quintn.

En vano rog ste a la que consideraba su amante que no le mandase
chicos con recaditos, ni mozos de cordel con cartas.

Mariquita lleg a decirle:

--Eres un mandria; anda, bayeta, si me quisieras de veras, no tendras
miedo a la estantigua de tu mujer!

Por fin, la catstrofe se vino encima.

Uno de aquellos billetes amorosos cay en manos de doa Frasquita. Y en
qu momentos! Precisamente cuando era cosa resuelta que don Quintn
acompaase a Cristeta en su campaa de verano. La carta interceptada
estaba escrita con la peor intencin del mundo; la fragu don Juan, dijo
luego a Mariquilla cul haba de ser su contenido, y despus ella misma
la redact con espantables faltas de ortografa. Sus prrafos no dejaban
lugar a duda. Doa Frasquita supo de un golpe que la querida de su
marido era corista, que haban tenido sus dilogos pecadores en el
teatro, y que, segn ella le ofreca, en el punto donde durante el
verano haba de trabajar Cristeta continuaran aquellos vergonzosos
desrdenes. Para que nada faltase, la individua deba de ser una
desuellabolsas y sacadineros, porque la epstola conclua de este modo:

     _Quintn mo, esta es para decirte que no se te olbide benir a
     buscarme pronto una noche, para yevarme a desempear el mantn, que
     me lo as ofrecido, y a ber si me traes o me compras, para trabajar
     afuera este berano, media dozena de pares de medias muy vistosos,
     mono mo. Adis, pichn, y es tullo el corazn de esta que te
     quiere y verte desea y no te olbida._

          _Mariquita._

La clera de Jehov cuando supo los retozos de Adn y Eva, fue cosa de
risa comparada con el furor de la estanquera. No bastaron a torcer la
resolucin que adopt ni el temor a que se malease la sobrina ni
siquiera los cuatro duros diarios que llevaba de sueldo. Doa Frasquita
era algo avara; pero antes de tolerar que su marido acabase de
corromperse y perderse comprando medias a una sinvergenza, consinti en
que Cristeta saliese de Madrid acompaada de una doncella, costara lo
que costara. Menos ruinosa resultara la doncella que la prdida de su
marido. La escena que pas entre los cnyuges fue trgica. Primero
Frasquita rog, suplic y llor, mientras don Quintn aguant, cruzado
de brazos, jurando y perjurando que el origen de aquello deba de ser
una broma pesada de algn mal intencionado; por ltimo, exasperada la
esposa, empu un formn viejo que serva para desclavar cajones, y
amenaz enrgicamente a su marido, dicindole:

--Te mato cuando ests durmiendo, y luego me mato yo! Vamos a salir en
los papeles!

El pobre don Quintn cedi amedrentado.

La maquinacin del conquistador estaba bien urdida. El mismo da y en el
mismo tren en que parti Cristeta para Santurroriaga sali el utilsimo
Benigno, el ayuda de cmara de don Juan, destinado por ste a servicios
anlogos a los que el padre de los dioses exiga de Mercurio. Benigno
iba vestido a lo burgus, llevaba instrucciones reservadas, y Cristeta
no le conoca.






Captulo VII

En el cual hay viaje, separacin, monlogo y principio de algo ms grave


No queriendo don Juan que su amada viajase en compaa de los dems
cmicos ni en coche de segunda, como corresponda a su categora
artstica, le proporcion para s y la doncella un reservado y fue a
despedirla a la estacin, donde cubri el asiento que deba ocupar con
un precioso ramillete de flores y una cestilla llena de exquisitas
provisiones de boca.

Cristeta se present en el andn vestida con elegante sencillez. Ya no
era la chiquilla que aos antes sala muy de maana con un pauelo a la
cabeza y un vestidillo de percal a comprar buuelos para que sus tos
tomaran chocolate, ni recordaba en nada la humilde comiquilla de los
primeros meses de contrata, en que iba a los ensayos con velo negro,
como van al taller las oficialas de modista. Ahora pareca un figurn
francs: llevaba un magnfico abrigo gris, largo y muy ajustado al
talle; sombrero de anchas alas, adornado con lazos negros; en la mano un
saquillo de piel de Rusia, y al subir al vagn mostr que, segn su
costumbre, iba primorosamente calzada. La doncella vesta con decencia,
pero de modo que nadie pudiera dudar que fuese criada.

Ella sentada dentro del vagn, y l de pie en el estribo, Cristeta y don
Juan estuvieron hablando un buen rato y sin testigos enojosos, porque
doa Frasquita no permiti que su marido fuese a la estacin para
despedir a su sobrina.

--Qu da vendrs?--pregunt ella a su amante.

--Lo antes posible.

--Pinsalo bien--dijo luego Cristeta mirndole con severidad no exenta
de cario--. Te agradezco mucho todas tus finezas; pero..., no puedo
adivinar qu fin va a tener esto. Conozco que te quiero, y ste es un
mal... sabe Dios! Ahora estamos a tiempo... Si te has de portar mal
conmigo... djame. Por lo menos, el recuerdo que conserve de ti no
tendr nada de rencor.

--Tonta ma! Qu cavilosa eres!

--Es que... entindelo bien... nunca me resignar a que mi amor sea cosa
de juego. Yo podr no tener exigencias ridculas; pero tampoco me dejar
tratar como... ya me comprendes.

Don Juan, no sabiendo qu responder a tan sinceros avisos, se contentaba
con mirarla rendidamente.

De pronto silb la locomotora, lanz tremendos resoplidos, crujieron los
herrajes, arranc el tren, dejando al galn en el andn con un adis,
vida ma, en la boca y Cristeta permaneci asomada a la ventanilla
hasta que le perdi de vista, agitando el pauelo en la mano.

Durante el viaje adquiri el convencimiento de que aquel hombre se le
haba entrado al corazn ms de lo que acaso conviniera. Todo el camino
fue pensando en lo distinto que era Juan de cuantos pretendientes tuvo.

Echada en el fondo del vagn, sin dormir ni cambiar palabra con la
doncella, se qued como ensimismada. Unos ratos sus reflexiones
semejaban examen de conciencia: mentalmente se haca reproches por haber
dado odos al amor; otros momentos pareca complacerse en los recuerdos
que su memoria iba evocando... En verdad que las galanteras de Juan
haban sido de extraordinaria delicadeza: fue el nico que, al dirigirse
a ella, no tuvo en cuenta exclusivamente su belleza: no caba duda de
que le pareca, no hermosa, sino hermossima; pero jams se lo expres
con osada ni se permiti atrevimientos de mal gusto... algn beso, eso
s; pero un beso casi respetuoso. Nunca mostr desconocer ni olvidarse
del decoro debido a la mujer amada. Otros procuraron seducirla
fingindose enloquecidos por su belleza, no elogiando ms que sus
encantos materiales: Juan le haba dado a entender muchas veces que
tambin apreciaba en ella el ingenio y la bondad: adems, haba hecho lo
posible por despertar en su nimo aversin a la vida teatral, en lo que
tena de peligrosa. Y sobre esto ltimo pens mucho Cristeta, porque el
teatro y el arte que ella se haba fingido leyendo dramas y comedias en
la trastienda del estanco o apoyada de codos en el mostrador, no eran el
arte y el teatro que la realidad le presentaba. So con una vida toda
poesa y encanto, y tropez con una existencia llena de vulgaridad y
desilusin. Por otra parte, ya no poda confundir su aficin con su
disposicin: ya saba que sus facultades no eran bastantes a eternizar
su fama, ni muchsimo menos. Acaso estuviera predestinada a tener que
contentarse con ser actriz mediana, de aquellas a quienes nadie echa de
menos cuando mueren o se retiran. Era aplaudida por elegante, picaresca,
graciosa y bonita, o por salir medio desnuda: todos decan al verla:
qu guapa!, rara vez la celebraban como artista. Harto lo comprenda
ella, sin forjarse esas daosas ilusiones con que el amor propio ciega y
pierde a los vanidosos... y, adems, recordaba que la nica persona que
haba contribuido a promover estas ideas era Juan. Por supuesto, que sus
indicaciones fueron hechas con exquisita discrecin. S; aquel hombre lo
tena todo: galante, fino, carioso, esplndido, inteligente, bien
educado... hasta guapo mozo, que es la ltima de las condiciones que
debe exigir la mujer. Vaya si era guapo! Qu modo tena de mirarla!
Sus expresivos ojos saban decir cuanto callaba su comedida lengua. Pero
lo que causaba a Cristeta verdadera delicia era la conviccin de que don
Juan se apenaba cada vez que la vea salir a escena ligera de ropa.
Indudablemente tena celos del pblico, y por lo mismo que el seductor
puso empeo en alejar del pensamiento de la mujer toda idea de pasin
exclusivamente sensual, la mujer se obstinaba en persuadirse de que, no
slo con sus perfecciones morales, sino tambin con sus encantos
fsicos, le haba enamorado.

Toda la noche so despierta con don Juan, experimentando dulzura
inefable ante la idea de que _l_ compartiese el sentimiento que haba
inspirado. El monlogo fue muy largo, e innumerables las ideas que
mientras dur se encadenaron y sucedieron, quedando al trmino de todas
evidenciada la existencia de un grave peligro para Cristeta. Don Juan
era hombre de posicin social muy superior a la suya; ella no lo
ignoraba, y a pesar de esto le haba rendido el albedro. Don Juan no se
aventur a una sola demostracin que indicase atrevimiento, ni dio un
paso en el camino de la conquista material; nunca tuvo ella que decirle:
las manos quietas, pero qu pasara si llegasen las cosas a este
terreno? Cmo ponerle a raya, si tal aconteciera? Pensar en boda, sera
bobada: don Juan no haba de casarse con una comiquilla. Qu quedaba,
pues, en el fondo de aquella mutua inclinacin sino la perspectiva de
unas relaciones predestinadas a morir sin madurar o a convertirse en
contrato pasajero?

Cristeta no quera acostumbrarse a la idea de que su pasin creciese
fuera de la Iglesia y a espaldas del Registro civil; pero an le
repugnaba ms la posibilidad de perder a don Juan.

Mirando tristemente el ramo que le haba dado al salir de Madrid,
imaginaba que a veces el amor tiene igual destino que las flores: se
cortan con mimo, se les quitan las espinas con cuidado, se agrupan con
arte, se aspira su aroma con delicia, se conservan artificialmente unas
cuantas horas, y luego quien las dese con vehemencia, las tira con
desprecio.

En suma, Cristeta desconfiaba sinceramente de saber ni poder ni querer
resistir a don Juan, y al mismo tiempo su dignidad femenina se
sublevaba, temiendo que el abandono pudiera ser para ella el mismo
despeadero que para tantas otras. Acaso llegase a conformarse con la
idea de perderse por amor; mas no poda transigir con la perspectiva de
ser una prdida. Amar y entregar el alma, y, considerndolo como
miserable esclavo del alma, hacer tambin regalo de su cuerpo... tal
vez; pero a un solo hombre, y ese haba de ser _l_.

<tb>

Llegada que fue a Santurroriaga se hosped en el piso segundo de la
_Fonda de Espaa_. El criado de don Juan, que no la perdi de vista
desde que se ape del tren, se alberg en el mismo establecimiento, y
despus de saber dnde se haba alojado, a fuerza de propinas, consigui
que le trasladasen a una pieza contigua a la que ella ocupaba: en
seguida de lo cual dirigi a su amo un telegrama. Despus aquel hombre
utilsimo, ms digno de mandar que de servir, esper a don Juan, el cual
lleg a las cuarenta y ocho horas.

As urdida la trama, amo y criado se encontraron _casualmente_ en la
puerta del hospedaje, y ante el encargado de la fonda, como amigos a
quienes el azar rene, hablaron de este modo:

_El criado_.--Si va usted a estar aqu muchos das, pida usted que le
den el cuarto que yo tengo, porque la vista del mar es una delicia... Yo
me voy pasado maana.

_El seor_.--Hombre, se lo agradezco a usted mucho. Y luego,
dirigindose al encargado:

--Hay inconveniente en que ocupe la habitacin de este caballero?

_El de la fonda_.--Ninguno. Qu ms nos da?

Don Juan tom posesin del cuarto inmediato al de Cristeta.

Un conquistador principiante o adocenado, hubiera incurrido en la
inexperiencia de ir aquella misma noche al teatro de la villa en busca
de la mujer asediada, para demostrarle su amor haciendo valer la
presteza del viaje. Don Juan, con maquiavlica sagacidad, no se dej
ver. Sala de la fonda muy de maana, coma fuera, paseaba lejos y
regresaba tarde. No hubo compaero de Cristeta que tropezase con l.

Luego transcurrieron unos cuantos das sin que ella recibiese cartas de
su amartelado caballero, lo cual estimul su impaciencia, y ya comenzaba
a darse casi por olvidada, cuando una noche el desasosiego se le troc
en alegra.

Regresaba del teatro y suba de prisa la escalera, seguida de la
doncella, que por llevar un lo de ropa andaba ms despacio, cuando al
llegar al descansillo que separaba dos tramos, vio a un hombre que,
palmatoria en mano, entraba rpidamente en una habitacin. No pudo
distinguir bien la figura del desconocido, que abri y cerr la puerta
con extraordinaria precipitacin; pero le pareci que aquel hombre era
don Juan.

Dios mo!, murmur la enamorada muchacha; y dndole un vuelco el
corazn, qued parada, sintiendo que comenzaban a temblarle las piernas.
Haciendo un esfuerzo lleg a su cuarto, aguard a que subiese la
doncella, despidiola en seguida sin consentir en que la desnudase, y
apenas se vio sola, cerr la puerta con llave y la asegur con el
pestillo.

No se haba repuesto de la emocin sufrida, cuando una tosecilla seca y
entrecortada confirm sus sospechas. Aquella era la sea que tenan
concertada en el teatro de Madrid, para conocer que l haba llegado y
que esperaba en el pasillo.

Cristeta, entre acobardada y gozosa, se dej caer en una butaca. Estaba
sola, y don Juan a dos pasos. Slo les separaba un miserable pestillo,
que con el dedo meique poda descorrerse. Su turbacin fue grande:
estaba segura de que haba de venir a pasar algn tiempo en la misma
ciudad, y le aguardaba impaciente, no por das, sino por horas; pero no
imaginaba que viniese a la misma fonda, ni que se alojase en el cuarto
de al lado.

La sacudida nerviosa que experiment fue indefinible mezcla de pudor
alarmado y esperanza satisfecha. Mir con recelo hacia la puerta, y
vindola cerrada y asegurada, se le serenaron algo los ojos, como si
juzgase alejado el peligro. En seguida oy otra vez sonar la tosecilla y
sonri orgullosa dicindose: Hasta el fin del mundo es capaz de ir por
m!

De repente se puso plida como la cera; quiso suspirar, no pudo, y se le
vino al rostro una oleada de sangre. La cosa no era para menos. Acababa
de fijarse en una puerta de que hasta entonces no hizo caso, o en que no
repar, por hallarse clavada en ella, segn es frecuente en las fondas,
una percha, de la cual su doncella haba colgado varas faldas y otras
ropas largas ocultando la entrada; y era lo terrible que esta puerta
pona en comunicacin el cuarto de Cristeta con el inmediato.

Se levant temblando, se acerc de puntillas y quit las ropas: la
puerta estaba cerrada y tena el pasador echado; pero... podran
abrirla desde la parte opuesta? Mejor dicho: podra Juan entrar por
all?

No me acuesto, pens; y volviendo a sentarse en la butaca, dej pasar
unos minutos, que le parecieron siglos.

Se habra equivocado? Sera Juan, u otro cualquiera que se le
pareciese en el modo de toser? Si fuese l, qu dulcsimo miedo! Si no,
qu tranquilidad... y qu desilusin!

Era en verano, y el cuarto haba permanecido todo el da cerrado; as
que entre su propio sofoco y el calor de la habitacin, Cristeta no
respiraba a gusto.

Sin mover ruido fue al balcn y lo abri.

Qu hermosa noche! La ciudad estaba dormida, el mar en calma, el aire
difano, la atmsfera serena, y en el cielo brillaban millares de
millones de estrellas. Cristeta se apoy de codos en la barandilla y
aspir con delicia el aire que vena saturado de emanaciones salinas. En
vano quera serenarse. El corazn le lata como avisando un peligro, y
los odos le zumbaban remedando una cancin de amor.

De pronto oy una voz suave y grata, que pronunciaba su nombre con sin
igual ternura, y le pareci que ni antes, ni despus, ni nunca en lo
infinito del tiempo, se dijo ni dir nombre de mujer con semejante
acento.

En el balcn inmediato al que ocupaba Cristeta estaba don Juan.
Alargando un brazo cada amante, pudieron estrecharse las manos.

--Imprudente!--dijo ella--. Quieres comprometerme!

--Nadie sabe que he venido. Peor sera ir al teatro no habiendo aqu
nadie de tu familia. Ni siquiera el bobalicn de tu to.

--Pobrecillo! Bueno le dej... El teatro le ha vuelto el juicio, o,
mejor dicho, aquella corista... Mariquilla. Est loco. Pero el loco de
atar eres t. Cmo te las has compuesto para que te den ese cuarto?

--El cmo, no lo s; el para qu, figratelo. Estoy harto de verte ante
testigos. Tengo hambre de estar solo contigo, de cogerte una mano, nada
ms que una mano, entiendes? y comrmela a besos.

--Me quieres?

--Ms que t a m.

--T que sabes?

--Rica ma!

--Vida!

--Cario!

Y as siguieron largo rato, dulcsimamente entretenidos en aquel
estupendo y delicioso do que por primera vez tuvieron Adn y Eva, y que
probablemente sostendrn, parecindoles original, el postrer hombre y la
ltima mujer que queden sobre el haz de la tierra.

El potico canto de la alondra avisaba a Julieta y Romeo que era llegada
la hora de la separacin; mas como all no haba pjaros, el aire fresco
de la madrugada fue quien impuso la separacin a los amantes,
recogindose ambos a sus cuartos al despuntar el da; y conste que, en
obsequio al lector, el autor prescinde de describir la llegada de la
aurora. Cristeta se sinti ms enamorada que nunca, y don Juan ms
esperanzado con la victoria, a semejanza de los grandes capitanes que no
arriesgan ni proponen batalla hasta despus de haber irritado al enemigo
en largos das de desear la lucha, porque de esta suerte queden la
sangre fra y la calma triunfantes del entusiasmo y del coraje.

<tb>

Sabed oh tmidas y pudorosas doncellas merecedoras del blanco azahar!
que la puerta de comunicacin no se abri aquella noche.

Acostose Cristeta, y al apagar la buja vio que por el ojo de la
cerradura entraba un hilo de luz, al cual parecan dejar paso mal
intencionadamente las prendas colgadas de la percha. Entonces, pensando
que aquel agujerito podra convertirse en observatorio peligroso para su
honestidad, se levant a oscuras y lo tap a tientas con la punta de una
toalla, murmurando al meterse segunda vez entre las sbanas: Vlgame
Dios lo que es la vida! Todo Madrid me ha visto medio desnuda en el
teatro, y ahora tomo precauciones para que no me vea el nico hombre a
quien quiero...!




Captulo VIII

Lo que en ste sucede, mejor es para sentido que para escrito


Durante cuatro noches se hablaron de balcn a balcn. A la quinta
descarg sobre la ciudad una tempestad horrible, y hubieron de suspender
el dilogo. Tan fragorosos eran los truenos, tan frecuentes los
relmpagos, que ambos amantes juzgaron prudente retirarse cada cual a su
cuarto, don Juan maldiciendo de Jpiter y de Eolo, y Cristeta, que
ignoraba la Mitologa, renegando de su mala estrella.

Era la una de la madrugada, y acababan de recogerse cerrando persianas y
vidrieras, cuando Cristeta oy golpecitos dados en la puerta por donde
comunicaban las dos habitaciones.

Aproximose al tabique, dio otros golpecitos, y acercando la boca al ojo
de la cerradura pregunt:

--Eres t?

Pasaron unos cuantos segundos, y de pronto vio caer al suelo la toalla,
que pocos das antes colocara con pudorosa cautela, a modo de tapn,
notando al mismo tiempo que por el agujerito destinado a la llave
asomaba un mango de pluma, con el cual don Juan haba empujado el lienzo
hasta tirarlo. Venirse abajo el pao de manos, retirarse el mango de
pluma y mirar ella por el agujerito, todo fue uno. Al pronto no
distingui nada; pero apartndose un poco hacia atrs, volvi a mirar, y
entonces vio una ceja; luego se quit la ceja, y en su lugar aparecieron
los labios de don Juan, cuya voz entraba por aquel estrecho conducto
casi silbando, y deca:

--Ests ah, vida ma?

--S.

--Quieres que hablemos por aqu?

--Bueno; pero me da una risa!...

--Qu angostos son a veces--dijo don Juan--los senderos que Dios nos
deja para que caminemos hacia la dicha!

--Chico, parece que nos amamos por cerbatana.

--Oyes bien?

--S, pero tengo que pegar la oreja a la cerradura.

--Alma ma!

--Juan de mis ojos! Monn!

A la media docena de exclamaciones melosas sonaron simultneamente dos
carcajadas, y en seguida dijo don Juan:

--Cristeta, vida ma, esto me parece el colmo de la ridiculez.

--A m tambin: tu voz suena como silbido de mirlo.

--Pues abre la puerta.

--Calla, loco!

--Nada ms que entornada.

--Para qu?

--T lo has dicho: para no ponernos en ridculo ante nosotros mismos.

--S, pero, y luego? Tengamos juicio.

--No seas tonta.

--Quieres que sea loca?

--No estoy yo loco por ti?

--S, pero tu locura buscar alivio en mi perdicin, y para la ma no
habra remedio.

--Vaya un discreteo, y cmo se conoce que eres mujer de teatro!

--Y t hombre de mucho mundo, que es uno de los tres enemigos del alma.

--Vamos, abre, paloma.

--Y qu prometes?

--Cerrar cuando t lo mandes.

--Palabra de honor?

--Lo juro.

Oyose el estridente correrse del pestillo, entreabriose la puerta, y,
merced a la luz que cada interlocutor tena en su cuarto, pudieron ambos
verse perfectamente.

La puerta qued separada de su marco cosa de un palmo, y por aquel
espacio alarg don Juan ambas manos, estrechando entre ellas una de
Cristeta, que sta tuvo la caridad de no retirar.

--Parece mentira!--deca l--. La prueba de que te quiero est en la
cobarda, en el temor de ofenderte con que te miro y te deseo.

--S, pero te agarras.

--Maldita tormenta! Estbamos tan bien en el balcn!...

La alegra retratada en el rostro de don Juan le acusaba claramente de
mentiroso. Haba empezado por no tomar a Cristeta ms que una mano;
despus fue subiendo las suyas hasta cogerle la mrbida y delicada
carnosidad del brazo, que mostraba desnudo fuera de la manga de la bata,
y acab por dar un golpecillo a la puerta con el pecho, dejndola medio
abierta; de suerte que pudo acercarse mucho ms a su novia y cogerle
amorosamente la cintura, aunque sin oprimrsela con demasiada libertad.

--Qu es esto?--exclam ella fingiendo un enojo que no senta, y
moviendo la puerta con un pie.

--Qu ha de ser? Que con esta maldita puerta me hago dao. Pero qu
tienes? Desconfas de m? No hemos estado solos mil veces en tu cuarto
del teatro en Madrid?

--Es verdad... esto es bufo, y vamos a concluir burlndonos uno de otro.

--Y en amor--aadi don Juan--no hay cosa peor que el ridculo.

Estaban en lo cierto. La situacin era propia de sainete. Cristeta tena
el cuerpo echado hacia adelante, para que don Juan pudiera estrecharla
el talle, y l, ansioso de no perder lo conquistado, haba metido medio
cuerpo por entre puerta y marco; con lo cual, en vez de personas
formales, parecan chiquillos jugando al escondite.

--Basta de nieras--dijo don Juan de repente, atrayendo hacia s la
puerta y abrindola de par en par--. Entra en mi cuarto, o djame que
entre en el tuyo, y hablaremos tranquilamente.

--Tranquilamente?

--Lo dudas?

--Como no me has avisado que venas, y luego has tomado ese cuarto!

--Haba de irme lejos pudiendo estar cerca? Dilo, alma ma!

Don Juan se haba ya entrado a la habitacin de Cristeta, y con la mayor
naturalidad, sin arranque de enamorado fogoso ni seal de ataque a lo
que deba respetar, fue a sentarse en el sof, ni ms ni menos que si
llegara de visita. Ella, sonriente, monsima, se coloc frente a l, en
una silla baja, y durante unos segundos ambos permanecieron callados.

Don Juan pensaba: Todava no. Cristeta se deca: Veremos!

Luego hablaron de cmo hizo cada cual el viaje, del tiempo que Cristeta
haba de estar all, de cundo partira l, hasta que, segn costumbre
en tales casos, sin saber por dnde, volvieron al eterno do en que las
promesas de amor se resuelven en suspiros, y se acaban en mimos las
frases comenzadas con palabras. Sin duda que andaba cerca de all un
diablo ocioso, y quiso atormentarles, que es, segn San Macario, lo ms
grave que puede acaecer a cristianos, porque al poco rato sucedi que
don Juan, alzando suavemente a Cristeta de la silla baja donde estaba y
sentndosela muy junto a s en el sof, comenz a decirle miles de cosas
amorossimas, que ella escuchaba dndole gracias con los ojos. No
pretendi el diablo tentarles ms, o don Juan quiso dejar la tentacin
para otro da, porque levantndose de repente, como quien se aparta de
un grave peligro, se pas las manos por el rostro, y dijo:

--No, Cristeta, esto es una locura... Adis, hasta maana; ests
hermossima y te quiero demasiado.--Y echando a andar haca su cuarto,
entr y cerr la puerta, mientras Cristeta quedaba en el sof confusa y
asombrada, no sabiendo qu sentimiento dominaba en su espritu, si pena
de amor contrariado o gratitud por el respeto que reciba.

Al encerrarse don Juan en su habitacin se dej caer sobre una silla,
admirado de su propia heroicidad. No hubo en aquel momento rasgo de
casta entereza que no recordara con desprecio. Qu Jos, huyendo de la
mujer de Putifar? Qu Octavio, esquivando a Cleopatra, podan
comparrsele? Porque estas dos damas fueron caprichosas pervertidas, y
estaban cansadas de darse a quien quisiera disfrutarlas; mas Cristeta
era la juventud no estrenada, la belleza por nadie poseda, que
espontneamente se le brindaban en el silencio de la noche, como en la
soledad de un campo se ofrecen al sediento peregrino los jugosos racimos
de la vid.

Don Juan se port as, seguro de que aquello no era renunciar a la
victoria, sino asegurarla, dilatndola; prefiri sitiar la plaza por
hambre a tomarla por asalto.

Aunque a la noche siguiente estuvieron el cielo sereno y el aire
templado, no se le ocurri a ninguno de ambos amantes ponerse al balcn
ni entornar la puerta. Cristeta fue la primera que, al volver del
teatro, como viese el hilillo de luz que penetraba por el agujerito de
la cerradura, despidi a la doncella lo ms presto que pudo, y apenas la
oy subirse al piso en que dorma, tosi para que don Juan supiese que
era esperado, y descorri el cerrojillo. Sonar la falsa tos, rechinar el
hierro y abrirse la puerta, apareciendo en ella el galn, fue obra de un
momento.

A estar Cristeta menos enamorada, habra podido, durante las
veinticuatro horas transcurridas desde la entrevista anterior,
reflexionar sobre la conducta que le convena seguir; pero ya no
discurra tan frescamente como al salir de Madrid. Primero el
alejamiento de su amado, luego los dilogos de balcn a balcn, y por
ltimo el peligroso encanto de aquella misteriosa proximidad, acaloraron
su imaginacin, hacindola sentir mucho y pensar poco; as que, en vez
de apercibirse contra la cita, no supo sino esperarla con impaciencia.
Al dirigirse hacia la puerta mir al sof con miedo, a la cama con
terror, y, sin embargo... abri gozosa.

Don Juan adelant dos pasos, la cogi amorosamente por el talle y la
bes en una mejilla con aparente inocencia, reanudando el do de la
noche pasada con aquella misma naturalidad que empleara Fray Luis de
Len al exclamar: Decamos ayer... Cristeta, sin rehuir el beso, habl
de este modo:

--Vaya una temeridad! No sabes qu cavilosa he pasado el da!

--Por qu, vida?

--No debemos continuar vindonos de esta manera. Si alguien lo sabe,
estoy perdida.

--T podrs perderte, pero yo lo estoy ya; perdido de amor por ti, que
ni descanso, ni duermo, ni sosiego, ni hago cosa a derechas; todo el da
estoy contando minutos y esperando que llegue este momento para decirte
que te quiero... Qu hermosa ests!

--De veras? Nunca lo he odo con gusto hasta que t me lo has dicho!

--Como que nadie te lo ha dicho querindote: con esa cara y ese cuerpo
que tienes, claro! alguno habr habido chiflado por ti, pero... no s
de qu modo expresrtelo, no por cario, como yo... sino... en fin, por
lo guapa y por lo mareante que eres, vamos, con hambre de abrazarte...
Ya me entiendes... Quita, quita; no me mires as, que me vuelves loco!

--Y t me quieres de otro modo?

--Yo? De los dos. Cuando no te tengo al lado soy dueo de m, pienso
framente, y recordndote, siento un placer grandsimo... y tranquilo...
vamos, como s gozara slo con el entendimiento, como si en vez de ser
hombre fuese un ser maravilloso incapaz de... Comprendes?...

--Se me figura que s.

--Bueno; pero luego, en cuanto me acerco a ti, adis frialdad! T no
habrs estado nunca borracha, ya me lo figuro; pero alguna vez, el da
del santo de tu ta, o de una amiga, habrs bebido una copita de licor
que se te haya subido a la cabeza... No se pierden la voluntad ni el
sentido, pero se exalta la imaginacin, todo lo dems flaquea y desmaya;
parece que los ojos no ven sino lo que quieren ver, lo que da gusto al
alma, y se queda uno soando despierto, perdido de ideas... Se me
ocurren unas cosas!...

--Juan, calla, o vete. Djame!

--La culpa es tuya. Tienes un modo de mirar que me estremece. Como
cuando pasa un pjaro aleteando sobre el agua, y parece que el agua
tiembla... No te ras! Pues agallado.

--No digas tontunas: ni que estuviramos en escena en el teatro!

--Qu teatro? Quin te ha hablado nunca con la sinceridad que yo? Si
hasta se me olvida lo que pienso lejos de ti. Mientras no te veo, se me
ocurren cien mil cosas con que volverte loca; me siento ms poeta que
Dios, y en cuanto te tengo al lado, me quedo tonto, intil, como un
mueco descompuesto.

Cristeta respiraba penosamente, y en lo interior del pecho senta una
sensacin extraa, como de hervor latente. Las palabras de Juan se le
iban entrando al alma, haciendo escala en los sentidos. Por fin, igual
que otras veces, le dijo, mirndole con melanclica ternura:

--Si fuera verdad!...

--Y qu derecho tienes para dudarlo?

--No lo s. Corazonadas... miedo. Vamos a ver; aprtate un poquito y
hablemos framente. No dudo de tu sinceridad; pero no confundamos las
cosas. Es que me quieres, o es que te parezco bonita? Pinsalo bien:
qu soy yo para ti?

--Mi vida! Mi cielo!

--Qui! Una mujer que te gusta... una ms. Y por otra parte, qu puedo
yo esperar de ti? Nada! No conoces que, aunque te quiera como te
quiero, no debo hacerme ilusiones? Vamos, calla, calla. Si no puede
ser! Un hombre como t, tan distinto de mi clase... Yo, que no he pisado
alfombras ms que en escena... No tendramos perdn de Dios: yo, por
vanidosa; t, por creer que es amor eso... que es otra cosa.

--Y qu es?--pregunt Juan con extraordinaria vehemencia.

Cristeta se puso roja como la grana.

--Lo ves?--aadi l--. Hasta te da vergenza lo que se te ocurre. Dilo
claro: crees que yo no siento por ti ms que un deseo... un
capricho?...

--Ya te he dicho otra vez que me lastima esa idea; yo no he nacido para
satisfacer caprichos. Slo la palabra me ofende y me repugna. Lo que
quiero decirte es que t confundes lo poco que me puedas querer con...
lo otro.

--T s que me ofendes. Cundo se te ha acercado un hombre que te
respete ms que yo?

--Es que yo s hacerme respetar.

--Pues conmigo no tienes necesidad de eso.

Cristeta sostena el dilogo con dificultad: sus frases eran diversas de
sus pensamientos y contrarias a sus deseos; semejaba un sofista ansioso
de dejarse convencer.

Juan no haba llevado la vela de su cuarto; en el de ella, aunque
espacioso, puesto como de fonda, con pocos y baratos muebles, no luca
ms que la llama temblorosa de una buja, colocada sobre un veladorcito,
en tal disposicin, que dejando en sombra los rincones, daba de lleno en
el rostro de Cristeta, iluminaba la cama, la mesa de noche y el sof en
que estaban sentados los amantes. Pendientes de perchas y sobre varias
sillas, se vean ropas de calle y de escena, resaltando entre stas una
faldilla de seda a listas de colores vivos y tan corta, que habra de
dejar las piernas al descubierto. Encima de un bal haba un par de
botas altas de raso blanco con cordones de oro.

La calle estaba desierta, al travs de los visillos del balcn se
divisaba el centelleo de las estrellas y a lo lejos sonaba el bramido
ronco y tenaz que suba de la playa.

En la fonda y su proximidad el silencio era completo. Mientras Cristeta
hablaba o escuchaba, su propia voz y la de Juan parecan infundirle
tranquilidad y sosiego: pero en los breves intervalos en que permanecan
callados, entre frase y frase, aquel silencio era para ella un nuevo y
peligroso incentivo, aadido a la fascinacin que en su nimo juntamente
levantaban la sed de amor y las palabras del hombre. Medrosa por la
ocasin y medio rendida ante la idea del amor, fijaba de cuando en
cuando la mirada en Juan, cual si pretendiese adivinarle los
pensamientos; otras veces diriga la vista hacia el faldelln y botas de
raso, que simbolizaban su peligrosa vida artstica, y luego desviaba con
desdn los ojos. En los del hombre no descubra presagio de infortunio;
antes al contrario, estaban expresivos, atrayentes, llenos de promesas
dulcsimas. En cambio--hay momentos en que las cosas hablan!--el
faldelln y las botas de raso parecan augurar ms sinsabores que el
coro de la tragedia antigua.

Un reloj de cuco que haba en el pasillo inmediato, dio pausadamente las
tres de la madrugada. Cristeta, retirando una mano que don Juan le tena
cogida entre las suyas, se puso en pie como tocada de un resorte. No
hizo ademn de resistencia premeditada, ni fue el suyo acto sugerido por
la voluntad, sino movimiento instintivo con que, sintindose flaquear,
se apercibi a la defensa, viendo inevitable y cercana su amorosa
derrota.

Al verla levantarse, don Juan se puso tambin en pie, comprendiendo que
en aquel instante poda intentar un asalto decisivo. La noche, el sitio,
la soledad, el silencio, la excitabilidad de que Cristeta pareca
poseda, hacan apetitosa y deleitable la ocasin; mas a qu atacar una
fortaleza a la cual faltaba tan poco para rendirse voluntariamente? Don
Juan saba que gozar una mujer, en el ms noble y lato sentido de la
palabra, no es descerrajar una puerta. La violencia es el peor enemigo
del amor. El viento huracanado y raudo roba brutalmente su perfume a las
flores y lo esparce sin disfrutarlo; en cambio el aura suave, el cfiro
que dicen los poetas, vuela apacible y manso sobre los plantos y aspira
voluptuosamente sus delicadsimos efluvios. Don Juan prefera lo ltimo.

--Adis, alma ma, hasta maana... Anda, busca otro hombre que a esta
hora, estando as, a tu lado, sea tan...

--S, ya lo s; tan caballero. Nunca esper menos de ti.

--Hay momentos en que caballero y tonto son sinnimos--dijo l.

--No lo creas--repuso ella tendindole ambas manos en seal de despedida,
y aadi--Quien sabe amar sabe agradecer.

Ya me las pagars todas juntas, pens don Juan. Y al mismo tiempo,
segn la tena cogida por las yemas de los dedos, la atrajo contra s
hasta juntarse ambos cuerpos, y le dio un beso sonoro, largo y apretado,
uno de esos besos que despiertan en los ngeles deseo de pedir licencia
para venirse al mundo.

En seguida, dejndola presa de aquella impresin, como si la caricia
fuese la flecha que arrojaban los partos al huir, se entr en su
habitacin. Al verse Cristeta sola en la suya y cerrada la puerta,
comprendi que haba triunfado, mejor dicho, que se haba vencido a s
misma. Triunfo efmero y pobre vencimiento que dejaron su imaginacin
poblada de dudas!; porque aquella aparente victoria, aquel momentneo
xito de castidad, era pan para hoy y hambre para maana.

No faltarn almas ruines y fantasas pervertidas que al llegar aqu
tachen a don Juan de estpido y a la pobre Cristeta de fcil y liviana.
Los mismos que tal piensen no habran vacilado en explotar su amorosa
turbacin. As es el hombre, pronto a censurar toda flaqueza que no
redunda en su provecho. Dios, que cuando tiene tiempo penetra en el
corazn de los mortales, sabe que Cristeta no era fcil ni liviana: lo
que pasaba era que le haba llegado su hora.

Su amor era semejante al agua que se desliza secreta y soterrada, hasta
que llega un punto donde surge y brota, trocndose la intil e ignorada
corriente en manantial fresco y fecundo. Sera don Juan quien en l
apagara su sed? Lo enturbiara luego? Ello fue que tampoco aquella
noche perdi el pudor sus fueros ni tuvieron por qu regocijarse los
diablos. Lejos de darse a ellos, como hubiese hecho cualquier adorador
impaciente--y conste que la impaciencia es el error que malogra ms
victorias amorosas--, don Juan se recogi a reflexionar con frialdad
sobre la situacin, ni ms ni menos que podra un filsofo meditar sobre
la ruina de un imperio.

Y consider lo siguiente:

Que era hombre aguerrido en aquellas luchas, pero que estaba colocado en
circunstancias enteramente nuevas. Haba rendido mujeres sosas de las
que caen sin lucha ni gracia, como fardos abandonados a su propio peso;
seoritas imbciles, tocadas de fra sensualidad; mozuelas que ceden por
clculo y se equivocan en la cuenta; casadas de las que se visten con
gajes del adulterio; viudas aventureras, semejantes a los aros de circo
con el papel ya roto, en que no deja seal un salto ms o menos;
pecadoras por hambre, que soportan los besos haciendo nmeros de
desempeos y deudas; lascivas por codicia que ponen el cuerpo a inters
compuesto; y tambin disfrut alguna de esas mujeres inocentemente
viciosas, alocadas, que se entregan sin pensarlo, y a quienes se goza de
improviso cortando la monotona de la vida, como esas rfagas de aire
fresco que interrumpen de pronto el bochorno asfixiante de un da
abrasador.

Cristeta era un caso enteramente distinto. Sus encantos fsicos podan
calificarse de excepcionales. En estado normal era una de esas beldades
serenas, de aspecto castsimo, en cuya contemplacin se deleita el alma;
y luego, cuando menos poda esperarse, aquella placidez y decoro dejaban
el puesto a una sonrisa picaresca, hija de una sensualidad mimosa y
dulce, natural y espontnea, que le resplandeca en los ojos
abrillantndole las miradas, o pareca florecer en la humedad rojiza de
los labios. Era imposible que su lenguaje fuese muy escogido, porque no
es dado usar trminos elegantes y frases primorosas a la que nace pobre,
crece en una trastienda y entra en la vida social por el proscenio de un
teatrucho; mas, en desquite de esta falta de atildamiento, en sus ideas
se transparentaba siempre un fondo de delicadeza y honradez de
sentimientos, que la hacan en extremo simptica. Aun con palabras mal
empleadas revelaba pensamientos sanos. Un clsico hubiese dicho de ella
que era hermosa como Diana, amante como Alcestes, compasiva como
Antgona, y, sobre todo, enamorada como Cloe. Adems, sin ser ignorante
ni cndida, tampoco resultaba sosa ni simplona: no crea que los nios
se encargan a Pars, pero el altar de su pureza no haba recibido
ofrendas, y, su misma reflexiva castidad le daba conciencia del valor de
lo que poda perder. De todo lo cual colega don Juan que no se trataba
de una mujer vulgar, buena para poseda una temporadita, a quien se
pudiese luego echar o devolver a la circulacin como se compra y revende
un caballo de lujo.

Resumen: primero: Cristeta era una verdadera conquista, inapreciable,
sabrossima, pero tambin un origen de pavorosa responsabilidad.
Segundo: en esto mismo radicaba la fascinadora atraccin que sobre l
ejerca. Y tercero: tratndose de una mujer excepcional, era necesario
emplear medios extraordinarios para lograrla.

Don Juan se durmi pensando en estas cosas y en sus derivados.

Ella monologue bastante menos. Luego de cerrar la puerta y tapar con el
pao de manos el ojo de la cerradura, se quit las horquillas, lavose a
chapuz la cara porque estaba muy acalorada, y se acost.

Ambos soaron disparatadamente, porque como durante el sueo trabaja el
espritu abandonado a s propio, no crea sino desatinos y
extravagancias. Sin duda por esto quiso Dios que el espritu tuviese
como base de operaciones, el cuerpo, la vil materia, tan calumniada por
los espiritualistas. Adems, quien sera capaz de comprender o
interpretar los ensueos de una doncella?

Dijo Zenn que nunca desentraar el hombre la esencia de las cosas; mas
se le olvid aadir que el sumo grado de lo imposible es descifrar lo
que suea la mujer.




Captulo IX

Busca don Quintn a una mujer y cae en las redes de otra


Ni marido pobre de mujer acaudalada, ni yerno de suegra intolerante, ni
protegido por rico vanidoso, se vieron nunca tan privados de libertad
como el msero don Quintn a partir de aquel da en que doa Frasquita
se enter del devaneo que su esposo traa entre manos; porque la
aventura con Mariquita, que para l fue simple pecado de pensamiento,
semejante a la delectacin morosa que dicen los telogos, a la vieja le
pareci adulterio consumado. A fin de tenerle ms sujeto, dispuso aquel
_Tetrarca_ con faldas que la criada hiciese los pocos recados que en la
casa se ofrecan; busc y pag persona que acudiese a los centros
oficiales de donde haba que recoger las sacas del tabaco y los pedidos
del papel sellado; oblig a su esposo a encargarse de la venta desde que
se abra hasta que se cerraba el estanco para que no tuviera momento
libre, y, finalmente, decidi pasar el da sentada junto al mostrador,
en continua vigilancia, con propsito de morder y araar a quien se
presentase trayendo carta o recado sospechoso. Tan horrible fue el
cautiverio, que el infeliz lleg a no poner los pies en la calle sino
los domingos y fiestas de guardar, a primera hora, cuando su esposa le
llevaba a misa, sacndole a que tomase el aire, como las doncellas de
servir sacan a los perritos falderos para que no empuerquen las
alfombras.

Don Quintn pas muy triste la primera quincena (desde que se haba
identificado con las cosas del teatro contaba por quincenas); luego,
prescindiendo de atractivos intiles, dej de usar corbata y de teirse
los bigotes, y, por ltimo, cay en una melancola tan dramtica para l
como risible para los que le rodeaban. Ratos haba en que se quedaba
embobado, despachando automticamente lo que le pedan, hasta que la
severa y desapacible voz de Frasquita vena a turbar sus arrobos con
frases crueles.

--En qu piensas, burro?--sola decirle--; te ests acordando de aquella
sinvergenza? Cochino!

Otras veces era ms expresiva y humillante.

--Y todo para qu?--exclamaba con gesto de pitonisa descreda--No puedes
con la comida de casa, y queras ir de fonda!

Lo que ms hiri la delicadeza de su amor fue que un da, aludiendo a
Mariquita, dijese:

--Si fuera una persona decente! Pero una sacadineros y desbaratacamas!

Cunto sufra! Interesada ella, que slo le hizo gastar en unos
cuantos cafs! Desbaratacamas una mujer a quien no consigui besar sino
tres o cuatro veces en la nuca y por sorpresa!

As pas algn tiempo, hasta que una maana, despus de haber ledo en
alta voz cierto peridico que contena una lista de compaa lrica que
la vspera haba salido a provincias y en la que figuraba Mariquilla
como partiquina, resolvi sacudir el yugo. No podra verla, pues estaba
ausente, pero averiguara su paradero, la escribira, y acaso le
contestara dicindole la fecha de su regreso. La perspectiva de
recibir--buscando medio seguro--una carta suya, le infundi nimo, y
arrojando el peridico sobre el velador de la trastienda, dijo a su
mujer:

--Tranquilzate! Esa infeliz no est en Madrid... Ahora mismo me largo a
respirar un rato a gusto, lejos de ti... fiera!--Y sin esperar
respuesta, se calz y sali.

Aunque, gracias a lo rpido de su resolucin, estaba seguro de que no
poda ser espiado, anduvo largo rato vagando por calles y plazas,
volvindose de vez en cuando a mirar si le seguan, hasta que,
convencido de que no exista tal peligro, tom el camino de la casa de
Mariquita. Nunca la haba visitado, pero saba sus seas: Cuervo, 14,
sotabanco, cerca del cielo. Siempre, anda la felicidad por las nubes!

Antes de llegar se le llen el alma de ilusiones. Se habra, como es
frecuente, retrasado la salida de la compaa, y estara Mariquilla en
su casa? Cun sabroso desquite tomara de la tirnica Frasquita! Mas
discurriendo de esta suerte, le asalt una duda horripilante... Tendra
razn su mujer? l, que nunca senta apetito en casa, podra soportar
la comida de fonda? Parose un momento, como cuentan que se detuvieron
Osmn ante Alejandra y Tito ante Jerusaln, y luego avanz
denodadamente, pensando: S... aunque me muera... Cuervo, 14!

All fue la primera decepcin. La portera le dijo que efectivamente
haba vivido en la casa una chica que era _del treato_, pero que el mes
anterior la desahuci el amo porque no pagaba, y adems por escandalosa
y descarada. Don Quintn se alej tristemente, imaginando que pues
Mariquita, a pesar de ser tan guapa, no tena con qu pagar el cuarto,
era criminal poner en duda su moralidad, y que la acusacin de escndalo
y descaro era calumnia porteril.

Desde la calle del Cuervo fue a ver al conserje del teatro para
preguntarle dnde habitaba otra corista llamada Carolina, muy amiga de
Mariquita y que tal vez supiese su paradero.

Oh impremeditada determinacin, qu de males trajiste! Pobre viejo,
que imaginando hacer una visita, cay es un abismo!

Al pisar la entrada del teatro el corazn le lata con desusada fuerza.
Ponte, lector, en situacin anloga; haz memoria de si siendo colegial
te enamoraste de una primita o de una amiga de tu hermana; recuerda
luego si pasados los aos de la juventud, y ya hecho hombre, tornaste a
pisar los lugares donde, al conocerla, sentiste o creste sentir amor;
deja que en tu alma, tal vez vieja y gastada, reverdezca aquella
primavera de tu mocedad; adrnala de reminiscencias dulcsimas, y
entonces slo entonces! comprenders cmo la fantasa de don Quintn se
deleit en recordar la que a l se le antojaba pasin avasalladora.

Previo regalo de un cigarro con que don Quintn le obsequi, el portero
del teatro le dijo dnde viva la corista por quien iba preguntando, y
all se fue a buscarla, deseoso de hablar de Mariquilla y esperanzado en
saber cundo regresara para precipitarse en su busca; porque durante
aquella larga caminata, segn se haba ido alejando de su casa y
cnyuge, sinti que el amor se enseoreaba de su espritu y de sus
sentidos, y hasta le pareci que si encontrase a Mariquilla podra
llevrsela a comer de fonda, contra lo que supona la desengaada
Frasquita.

Dominado por tales pensamientos, subi la escalera estrecha y muy pina,
de una casa de aspecto pobre y nada limpio, detvose en un descansillo,
tir de un cordn mugriento y abriole Carolina; el prototipo de la
corista que contratan las empresas, no por lo bonitas, sino por tener
mucho repertorio y por no faltarles nunca quien pague con un ajuste el
recuerdo de una conquista.

Era mujer de cuarenta y tantos aos, gruesa, ex--guapa, en buen estado de
conservacin, aunque algo ajada, y con ms experiencia de los hombres de
la que a don Quintn hubiera entonces convenido. Vesta bata flotante de
percal claro; no deba de llevar cors, porque se le notaba el temblor
de las carnes libres; estaba recin peinada, y de su cuerpo se
desprenda aquella emanacin intensa de perfumes baratos con que el
estanquero experiment sensaciones indefinibles cuando habl por primera
vez con Mariquilla.

--Don Quintn de mis entretelas! Tanto bueno por mi casa! Qu le trae
a usted por aqu?

--Lo primero, el gusto de verla, que no es grano de ans; y luego...

--Me lo he maliciado; preguntarme por la Mara!

--No crea usted que slo por eso. Pues qu, no es nada contemplar ese
cuerpo tan hermoso?

--Djese usted de requiebros. Bonita me encuentra usted! Ni tiempo he
tenido de ponerme el cors.

--Mejor que mejor!--Repuso don Quintn, echando una mirada codiciosa al
busto de Carolina.

sta, cogindole de la mano para guiarle por la oscuridad del pasillo,
le llev hasta el comedorcito, donde se sentaron: ella en una silla baja
de hacer labor, y l en una butaca vieja y desvencijada. El comedor era
muy pequeo, y en la estancia inmediata, que era la alcoba, se vea una
cama cubierta con colcha de indiana.

El da estaba caluroso; el estanquero, a fuerza de pensar en la
coristilla, vena predispuesto al amor, y Carolina no era la ltima
encarnacin de Lucrecia, la casta.

--S, seora--repiti l, disimulando su pensamiento; lo primero, el
gustazo de verla, como que est usted hermossima.

--No es usted mal adulador... ahora. Puede que sea usted el nico que no
me dijo en el teatro buenos ojos tienes. Andaba usted tan embobado
con aqulla!

Aqu le pareci a don Quintn que para averiguar algo deba emplear
juntamente la sagacidad y la galantera, por lo cual aadi:

--Qu quera usted? Qu anduviese a la grea con todos los que la
solicitaban? Buen trabajo! Hubiese tenido que pelearme con ciento y la
madre. Pero lo que es guapa... ya lo creo que me lo pareca usted!
Vaya un cuerpo... en fin, aqu est, gracias a Dios, y se puede ver!

Posedo de sbito ardimiento amoroso, extendi ambas manos hacia el
talle de Carolina, quien, deseando mostrarse pudorosa, pero no arisca,
ech el cuerpo para atrs, diciendo con mucha monera:

--Qu haba usted de fijarse en nadie, s estaba usted chalado con
aqulla?

--Aqulla... aqulla...--murmur l con fingido desprecio--. No s por
dnde anda, ni me importa. Valiente...

Sus labios intentaron decir una ofensa, pero no acertaron a formularla.
Comprendi que era una villana hablar mal de Mariquilla, aunque fuese
en son de astucia para averiguar su paradero.

--Entonces, qu diablos le trae a usted por aqu? Ya est usted buena
maula! No s yo que se gastaba usted con ella los ojos de la cara? Y
que no es usted poco rumboso, decan all!

--Bah! Una cosa es gastar y otra querer.

Harto saba Carolina que el amor de don Quintn no haba llegado al
terreno prctico, y desde que le abri la puerta comprendi que iba en
busca de noticias de su compaera; pero con la rapidez del pensamiento
concibi el atrevido proyecto de seducirle. No era rico, ni de l podan
esperarse solitarios para las orejas ni entresuelo amueblado; mas
tampoco sera imposible sacarle unos cuantos duros al mes. Su estanco
estaba en sitio cntrico, deba de producir bastante... la mujer muy
vieja... Nadie es capaz de prever hasta dnde puede llegar un anciano
tocado de la tarntula amorosa. Suponiendo que se mostrase insensible y
la despreciase, qu le importaba? Aquello era jugar un dcimo de
lotera: por de contado, no haba de caerle el premio gordo; mas acaso
el estanquero le ayudase a pagar el cuarto o le regalase algn
vestidillo. Por su larga experiencia teatral no ignoraba Carolina que
hay en la vida del hombre dos perodos durante los cuales es fcilmente
posedo de la pasin impetuosa y arrebatada: la primera juventud, en que
las cortesanas parecen ngeles cados, y la entrada de la vejez, en que
uno quiere despedirse de la naturaleza con aquella msica de besos que
en la adolescencia nos abri las puertas de la dicha.

A estos picarescos y sabios propsitos de Carolina corresponda
perfectamente la situacin de nimo en que se hallaba don Quintn;
porque, aunque l lo ignorase o no pudiera razonarlo, lo que senta por
Mariquilla no era enamoramiento exclusivo, sino exacerbacin de la
facultad amorosa, pronta a extinguirse en su organismo. Estaba en el
caso del nio que, deseando un juguete, ambiciona el primero que ve, y
luego se satisface, contenta y entretiene con cualquiera otro que le
dan.

La tctica de Carolina estrib en hacerle creer que le consideraba como
hombre conquistador, enamoradizo, mujeriego y rumboso; y comenz a
mirarle del modo ms dulce y hechicero que supo, dicindole:

--Ya, ya, ni que furamos tontas! Todos son ustedes iguales. Hoy sta,
maana la otra... Mariquilla est fuera, y se habr usted dicho: Vamos
a ver a lo que sabe su amiga.

--Qu mal pensada! Verdad que tiene usted disculpa, porque como est
usted tan guapa, no hara ningn disparate quien se volviese loco por
usted.

Las miradas de Carolina eran incendiarias; don Quintn empezaba a
olvidarse de Mariquilla. Hubo un momento en que, comparndola
mentalmente con la garbosa hembra que tena delante, result de esta
comparacin que la primera no pasaba de muchacha vivarachuela y
graciosilla, en tanto que la segunda era mujer formada y en plena
madurez de belleza.

--Vamos, dgamelo usted claro. Ha venido usted a preguntarme por
_aqulla_, o a verme a m? Porque para lo primero todava soy joven, y
para lo segundo...

--Estoy demasiado viejo?

--No he dicho tal.

--Viejo, eh? Conque viejo? Pues la lea seca es la que arde mejor.--Y al
decir esto se levant y abraz a Carolina, como en un clebre cuadro de
Rubens abrazan los stiros a las ninfas, sin que ella le rechazara.

Cul ser el alma cruel y despiadada que la vitupere? Mandan los santos
preceptos que se d de beber al sediento, pan a quien tiene hambre, y
posada al peregrino. Pues, dnde agua ms fresca, ni pan ms tierno, ni
albergue ms grato que el amor? Adems, la caridad bien ordenada empieza
por uno mismo, y Carolina tambin senta necesidad de amor.

<tb>

Pasadas dos horas en deliciosa y culpable intimidad, tanto ms grata
cuanto menos premeditada y prevista, dijo Carolina, mientras l se pona
los tirantes y ella, ante un espejo roto, se atusaba los desordenados
rizos.

--Anda, tontn, rico mo, ms vale gallinita que pollita. Mejor te ir
conmigo que con aquella embaucadora, bribona, que se estaba burlando de
ti. Me daba una rabia!

--Y cmo lo sabes?--repuso l saboreando la delicia de tutear a una mujer
que no era legalmente suya, e indignado al mismo tiempo ante la idea de
haber servido de hazmerrer a Mariquilla.

--Vaya si lo s! Qu borricotes sois los hombres! Ahora que ya eres
mo, porque supongo que vendrs a menudo, te lo voy a decir. Me
gustabas de un modo atroz! Y verdad que tu Carola te gusta tambin ms
que aquella gata esmirriada? Mira... no s los aos que tienes; nadie
tiene ms de los que representa; pero ya quisieran muchos jvenes
igualarse contigo.

--De veras, pichona?

--Buenos estn los jvenes!... Tsicos! Parece que se va a concluir el
mundo. Yo tambin valgo ms que cualquier chiquilla. Compara, compara
este pecho y esta mata de pelo con aquellos pellejos colganderos y
aquella cabeza llena de aadidos.

--Buena diferencia va de mujer a mujer!

--Pues para ti soy. Veremos cmo te las compones en tu casa... porque has
de venir a verme casi todos los das.

--A diario, chica?... No s si podr--dijo l algo intranquilo.

--No has de poder? Anda, pilln, que no te arrepentirs!

--Ests siempre sola?

--Siempre, vidita. Y vive tranquilo: no soy yo como aquella perdida
que...

--Mala voluntad la tienes.

--Como que me tenas chaladita y me daba ira de verla cmo se burlaba de
ti.

--Qu haca?

En parte mintiendo, en parte diciendo verdad, Carolina resolvi asegurar
la adquisicin que acababa de hacer. Mezcl en sus frases lo cierto con
lo calumnioso, y procur apartar a don Quintn de Mariquilla, hacindole
creer que le consideraba capaz de la mayor generosidad y lleno de
ardimiento para los dos amorosos.

--Vamos, qu haca aquella... desdichada?--torn a preguntar don Quintn.

--No merece que vuelvas a pensar en la muy sinvergenza. Que qu haca?
Ponerte cuernos. Como si con un granadero como t no tuviera bastante
una _pitiflutica_ como aqulla! Todas las del coro sabamos que t le
regalaste el mantn bordado y _la mar_ de medias. Deca que te iba a
dejar el estanco hasta sin esponja para mojar los sellos. Y al mismo
tiempo, como despus de la funcin te ibas con tu sobrina, ella se
largaba con el segundo apunte. Me daba una rabia! Porque cuando la
mujer es libre, bueno; lo que yo digo, que se amontone con quienquiera,
pero que no engae a nadie... Un hombre es un hombre.

--De modo que ella...

--Ya lo creo! Y no era eso lo peor. Algunos del teatro crean que todo
era mentira, que no tenais nada que ver, vamos, que os hablbais y nada
ms..., porque ella no se dejaba... estamos? Como si t fueras un
_lila_ que se gastase la plata slo por mirarla! Y tambin decan que
don Juan, el querido o novio, lo que fuese, de tu sobrina, era quien
haba encargado a la Mara que te hablase y te marease para mientras
tanto quedarse solo con la tiple. En fin, distraerte para que no
estorbases. Mira que si hubiese sido verdad... bonito papel!

Ante tan cruda y horrible revelacin, falt poco para que don Quintn se
enfureciese. Su emocin fue grandsima, porque indudablemente Carola
deca verdad. Cmo haba l de dudar, sabiendo por experiencia, o mejor
dicho por falta de ella, que no haba logrado de Mariquita sino algunos
besos y apretujones a hurtadillas? En seguida se dio a recordar
pormenores e incidentes que confirmaron sus sospechas. No caba duda.
S: todo fue comedia. Acaso Cristeta no entrase en la conspiracin, pero
se aprovech de ella; Mariquita sirvi de agente a don Juan; los
dilogos enloquecedores pasados bajo el mechero de gas que haba en el
pasillo, fueron otras tantas ocasiones de que los novios se hablasen
libremente. Y pensar que l no consigui de Mariquilla nada sustancioso
y positivo! Ni una sola vez! Qu burla tan infame! Lo nico que le
consolaba era que hubiese quien se lo diera por comido, juzgndole como
amante rumboso, pagano y favorecido.

--Conque les serv de tapadera?--deca sonriendo--. Tiene gracia! Y yo
me contentaba con mirarla... vaya, vaya!

--De lo segundo no te digo nada. Ahora que eres mo, comprendo con
conocimiento de causa que no te limitaras a mirarla como si fuera
estampa; pero lo que es de que servas de tapadera y de que don Juan fue
quien te prepar la conquista de la sinvergenza... de eso no te quepa
la menor duda.

Harto saba l a qu atenerse. S: tapadera, y adems _lila_. Le cost
gran esfuerzo disimular el enojo; pas un rato muy malo, pero los mimos
y carantoas de su Circe le endulzaron algo el pesar.

--Vendrs pronto a verme?--le deca, ponindose archizalamera--. Cuanto
antes mejor. Yo no soy exigente; si tienes miedo a que lo sepan en tu
casa, pasearemos por las afueras... y luego nos vendremos aqu a nuestro
nido, como dos tortolitos.

--S, s; vendr, vendr--repeta el estanquero, que ya senta prisa por
marcharse: mas ella, como si quisiese sellar su amoroso contrato de un
modo inolvidable, dio un salto de pantera celosa, y arrojndosele al
cuello le abraz, besndole el cerdoso bigote, al mismo tiempo que deca
con la voz astutamente entrecortada por la emocin:

--Quintn, qu felices vamos a ser!

Desasiose de ella con suavidad, como don Florambel se apartaba de la
encantadora princesa Graselinda, y comenz a bajar despacio la escalera,
repitiendo dulcemente:

--Adis, rica; vendr, vendr, y seremos buenos amigos.

Ella le vio marchar entre satisfecha y desconfiada... Sera aquella una
verdadera conquista, al menos una ayuda para pagar la casa? Y qu
lstima que el diablo del hombre no tuviera veinte aos menos!

Don Quintn sali a la calle tan engredo y hueco como mujer fea a quien
por casualidad chicolean en paseo. La cosa lo mereca. Acababa de
adquirir la grata conviccin de que, aunque fuese de tarde en tarde,
poda comer de fonda.

Mas como no hay dicha completa en corazn humano, junto de este regocijo
se alz en su pecho un mal sentimiento, un odio terrible hacia don Juan,
que haba jugado con l como con un chiquillo. S--iba gruendo entre un
diente s y otro no, pues los tena salteados--; he sido tapadera,
Celestina macho, alcahuete sin saberlo... Yo haciendo el buey con la
mocosa de la chiquilla en el pasillo, y l encerrado con la otra... sabe
Dios! Ah, don Juan de los demonios, ya me las pagars algn da!
Pensar que la trastuela no me dej... ni una vez!

Y en lo ms ntimo de su alma hizo acopio de rencor, y se jur que si la
suerte, la casualidad o su propia astucia se le mostraban favorables,
tomara de don Juan espantosa venganza.




Captulo X

En que ocurre el ms grave y deleitoso suceso de esta historia


Don Juan resolvi triunfar de Cristeta, empleando medios
extraordinarios.

Una de aquellas noches de los dos forzosamente castos, con reservas
mentales, abri ella la puerta, pas l, y sentados en el sof lo ms
cerca que permitan el pudor y el respeto, comenzaron la cantata mil y
tantos dicindose esas eternas frases juntamente dulzonas, picarescas,
inocentes, maliciosas, arteras, ingenuas, sinceras y mentidas, muchas
veces estpidas, pero siempre gratas, con que se entretienen y engaan
los amantes mientras se prepara la catstrofe del drama a que la
Providencia les tiene predestinados. Aquella noche la elocuencia de don
Juan era maravillosa, y su ternura exquisita; a pesar de lo cual
Cristeta tard pocos minutos en notar que estaba caviloso. Traa
fruncido el entrecejo y sus miradas denotaban mal disimulada
preocupacin.

--Qu tienes?--le pregunt cariosamente.

--Nada.

--Me engaas, algo te pasa.

--No, mujer.

--Es claro; como no soy nada para ti...

--Demasiado sabes que te adoro...; pero no voy a inventar cosas graves
por capricho.

--Bueno, cllatelo; luego dirs que me quieres.

Don Juan puso cara de gran pesadumbre, lo ms triste que pudo, y dej
caer la cabeza sobre el pecho. Entonces Cristeta se la levant
suavemente con ambas manos, y mirndole de hito en hito, cual si
quisiera leerle en las pupilas el secreto, dijo:

--Juan... mientes! a ti te pasa algo.

Hubo un instante de ese silencio que los novelistas llaman solemne.

Quien hubiese podido bucear en el pensamiento de don Juan, habra visto
que le repugnaba mentir. Por vez primera condenaba su conciencia los
medios que iba pronto a emplear su astucia. Cristeta le segua mirando
con todo el poderoso encanto del amor sincero.

--Anda... Juan... dmelo!

l fingi ceder.

--S, me ocurre... y muy grave... Oye.

Y sacando del bolsillo una carta, hizo como que buscaba con la mirada un
prrafo, y ley lo siguiente:

     _Lo de Pars va mal, muy mal, y es preciso que estemos dispuestos
     a obrar con rapidez y energa si se nos echa encima alguna
     complicacin. S de buena tinta que la casa Garcitola est haciendo
     negocios desastrosos. Desconfo de que, si nos lo propusiramos,
     pudisemos recoger ahora los fondos, y por otra parte reclamarlos
     en estas circunstancias, acaso sea perjudicarnos contribuyendo al
     nublado que se les viene encima. En fin, sirvan estas lneas de
     toque de alarma. En cuanto sepa algo concreto, le avisar a usted
     para que me d rdenes. En asunto tan grave no me atrevo a tomar la
     iniciativa._

Todo lo cual odo con profunda atencin, dijo Cristeta:

--Bueno, ahora explcamelo.

--Yo tena valores de importancia colocados en esa casa Garcitola y
Compaa, de Pars. Hace unos cuantos meses se empez a decir si andaban
o no andaban mal y, la verdad, como es una casa tan fuerte, comet la
tontera de no hacer caso...; y ahora, ya lo ves, mi agente de Madrid me
escribe lo que acabas de or... Nada, que si quiebran, me van a dejar
por puertas.

Cristeta le escuch atnita. l se puso en pie, y sin temor de mover
ruido, dio dos o tres paseos por el cuarto, a modo de len enjaulado.

Ella asustada, pero respetando su disgusto, se limit a mirarle como
implorando prudencia. Don Juan--parece mentira que sea el hombre capaz
de tal perversidad!--aprovech la ocasin, se acerc de puntillas a
Cristeta, y arrojndose en sus brazos dijo en voz muy queda, casi, y sin
casi, pegando los labios a la linda oreja de su amada:

--Perdname, no s lo que me hago.

Lo grave fue que, en lugar de desasirse en seguida, sigui agarrado a
ella. Pareca hombre harto de esperar a la Fortuna, que de pronto la ve,
la asalta, la sorprende, la sujeta, y decide no soltarla en su vida.
Cristeta nada hizo por despegar su cuerpo del cuerpo de su amante, sino
murmurar con voz preada de caricias:

--Juan... Juan mo!

l, sin aflojar los brazos, deca:

--Figrate... cobrar, si cobro, en crditos, en papeles que tendr que
realizar poco a poco, con prdidas enormes, y al fin y a la postre
quedar mal, muy mal, con una renta miserable, gustos costosos, sin
hbitos de trabajo...

--Un hombre como t hace con el trabajo lo que quiere.

--Qui! Me ir a vivir a un pueblo, sin ms lujo que una escopeta, ni
ms amigo que un perro.

De pronto solt a Cristeta, se sent en una silla, y juntando las manos,
comenz a dar vueltas con los pulgares, como suelen hacer los que estn
muy aburridos.

Cristeta, discurriendo con el sublime egosmo del amor, pens:--Pobre!
Tal vez se quede pobre! As ser ms fcilmente mo!

--Ya supondrs--continu l--que tendr pronto necesidad de ir, no s an
si a Paris o a Madrid. Y luego... se acabaron las locuras.

--Pero qu locuras haces?

--El vivir como vivo. Buen porvenir me espera! Un ama de llaves ms
vieja que duea de teatro antiguo, una criada de cincuenta reales... y
si no, al pueblo, al pueblo.

--Calla, hombre...; no querr Dios que lo hayas perdido todo.

--Eso no lo puedo saber hasta que vaya a Pars y hable con el banquero, o
vea en Madrid a mi agente. Hoy por hoy nada s de cierto.

--No quiero decir eso: digo si supones que ya se ha concluido todo para
ti en el mundo. Ingrato! No vale ni significa nada mi cario?

Don Juan la mir con ternura, la cogi una mano, oprimindosela
fuertemente, y en seguida, cual si cediese a la dolorosa impresin que
acibaraba su nimo, dej caer la cabeza sobre el pecho de Cristeta.

A ser otra la ocasin, sta se hubiera echado hacia atrs con oportuno
pudor; pero en aquellos tristes momentos no quiso mostrar esquivez ni
parecer arisca.

Ambos permanecieron silenciosos: ella inmvil, sin valor para
rechazarle; l en la misma postura, sintiendo en la frente el dulce
calor del pecho de su amada. Al cabo de unos cuantos minutos dijo
Cristeta:

--Vamos, no te apures... mrame cara a cara. Sirve esta pobre mujer para
convencerte de que no lo has perdido todo? Vaya, hombre, si supiera que
esto nos aproximaba... ya te pagara yo en amor lo que perdieses en
dinero. Te quiero tanto!--Y en seguida, como si se arrepintiese de su
sinceridad, aadi:--No; no; soy una egosta. Vete maana mismo a cuidar
de tu fortuna. Yo no debo ni puedo ser nada para ti!

Fueron dichas estas palabras con acento de tan honda tristeza, y
produjeron tal emocin en don Juan, que se avergonz de emplear aquella
estratagema ruin y mentirosa. Comprendi que la infeliz a quien estaba
engaando no era casada trapisondista que mereciese desprecio por faltar
a su deber, ni viuda buscona armada por la experiencia contra la
seduccin, ni siquiera mozuela desenvuelta y sabedora de cmo se finge
la prdida de la honestidad: era una pobre mujer realmente apasionada,
que sin carecer de perspicacia y malicia, las tena como adormecidas y
embotadas por el pcaro amor. Era lista, capaz de la ms artera
coquetera, pero en fro, respecto de un hombre por quien no hubiese
llegado a interesarse. As lo entenda don Juan, quien comenz a
experimentar lstima de ella y severidad para consigo; mas ambos
sentimientos quedaron ahogados por el influjo de la belleza de Cristeta.
La perspectiva de que al empobrecer fuese aquel hombre ms fcilmente
suyo, el afn de mostrarle cario, y lo mucho que don Juan se haba
arrimado a ella, la pusieron hermossima. Tena los ojos hmedos y
brillantes, los labios secos y la tez muy plida. Sus miradas variaban
rpidamente de expresin; tan pronto parecan medrosas, como luca en
ellas la llamarada propia del deseo amoroso.

Durante un rato bastante largo, don Juan sigui hablando de la casa de
banca y presagiando infortunios: ella de cuando en cuando le deca:

--No te disgustes...; puede que todo se arregle... mrame...; anda,
mrame. No me quieres ya?

En esto, sin saber cmo, ni quien atrajo a quin, ni cul fue el primero
en sentarse, volvieron al sof--mueble en ciertos casos peligrossimo--, y
sucedi que los brazos de Juan rodearon y cieron la cintura de
Cristeta, las manos de sta se le posaron a l amorosamente una en cada
hombro, cogindole luego la cabeza entremedias, y por fin y remate, para
que fuese ms bello el grupo, Dios, que es supremo artista, dispuso que
el rostro del amante viniese a caer y descansar, por segunda vez, encima
del pecho de la amada.

As permanecieron unos minutos, mudas las bocas, embebecidos los
espritus y quietas las manos de ambos, especialmente las de ella, cual
si bastase para su doble delicia aquel dulce calor que los cuerpos se
comunicaban. Despus sonaron de labio a labio palabras dichas en voz
baja, y, por fin, mutuamente sorbidas las almas y atradas las bocas, se
besaron. Ella en seguida, confusa y atemorizada, apart el rostro; mas
l, buscndole la mirada para leerle el pensamiento, le cogi la cara
entre las manos y permaneci contemplndola.

El instante fue sublime. A Juan se le olvidaron las teoras de
conquistador, el clculo, la lstima, la astucia, todo, hasta el temor a
las consecuencias, mezquina consideracin que acibara grandes placeres.
De su alma y de su cuerpo se enseore una fuerza incontrastable que le
impulsaba a poseer el alma y el cuerpo de Cristeta, para sumarse e
identificarse con ella, como se compenetran y confunden dos rayos de
luz. En la muchacha tampoco tena ya imperio la voluntad; desfalleca de
amor, miraba y no vea, las palabras de don Juan no le parecan voces
humanas; se le antojaba estar oyendo el ruido delicioso que las puertas
de los cielos deben de producir al abrirse para que penetre en la gloria
un elegido del Seor. Algo semejante a lo que ambos sintieron
experimentaran de fijo nuestros primeros padres cuando emprendieron la
tarea de poblar el mundo para que hubiese quien alabase a Dios. Son un
beso digno del Paraso. La mano izquierda de don Juan se pos sobre la
doble y turgente redondez del pecho de Cristeta... Poco despus, el
cors, tibio an por el calor del hermoso tesoro que guardaba, caa
sobre la alfombrilla al pie del sof... Pero, tente pluma!

Y por qu? Por qu ha de considerarse vituperable y deshonesta la
pintura del amor material en lo que tiene de artstico y potico?
Permtese al novelista y al poeta describir todas las fases de la
ambicin soberbia, de la vanidad ridcula, del odio aborrecible, del
rencor infame; podemos desmenuzar en prosa y verso todos los malos
sentimientos: y no hemos de poder pintar la deliciosa y natural
aproximacin de los sexos que instintivamente aspiran a juntarse hasta
ser, como el Seor dispuso que fueran, carne de una carne, hueso de un
hueso, dos en uno? Es triste cosa! Slo algn lrico cursi, slo algn
acadmico fsil, culpan de loco al telescopio que escudria el espacio,
o de cruel al bistur que dilacera las carnes; y sin embargo, son muchas
las gentes que llaman indigna y pecadora a la pluma que pinta los
deliciosos transportes del amor.

Arrebata el viento el polen de una flor, lo deja caer en otra de la
misma especie, y de all a poco brotan nuevas yemas y pimpollos. Sacude
el cfiro el ramaje de la palmera macho, y llevando un algo misterioso
de ella a la palmera hembra, la hermosea y fructifica. Acaso se tacha
de inmoral al botnico que lo observa y escribe? Entre las concavidades
de las rocas marinas, en lechos de algas o sobre las cernidas arenas de
la playa, deposita el pez hembra sus huevas; deslzase luego sobre ellas
el amoroso macho, y las fecunda. Culpa nadie de obsceno al naturalista
que lo consigna en sus libros?

Si de la humildad de plantas y bestias pasamos a lo ms excelso que cabe
en el pensamiento, vemos que las religiones que amamantaron a la
humanidad en el culto de lo divino, estn saturadas de amor. Los dioses
amaban como hombres; por eso inspiraron fe; las diosas se dejaban
abrazar como mujeres; por eso fueron tan amables y dignas de adoracin.
El Olimpo pagano era un semillero de aventuras erticas: Jpiter y Apolo
perseguan a las ninfas como los banqueros de nuestro siglo a las
costurerillas; Venus y Juno tenan caprichos como nuestras grandes
damas, se prendaban de la gallarda varonil, y escogan amante entre
semidioses de segunda fila y rsticos pastores. La antigedad clsica,
no deja, sin embargo, de llevar ofrendas a las aras. Los ms grandes
poetas, sin que nadie les tache de pervertidores, fundan sus obras
admirables en aquellas pasiones que convertan en alcobas las grutas,
las florestas, los prados, las selvas y los bosques.

Vienen luego los tiempos en que el verdadero Dios escoge por suyo un
pueblo entre los que habitan la tierra, y el amor no pierde sus
prerrogativas ni sus fueros. Antes al contrario, el mismo Seor lo
emplea en su servicio: L hace que la hermosa Thamar conciba de Jud; L
dispone que la desvalida Ruth se tienda en la era junto a Booz para que
se perpete su raza; L aumenta la belleza de Judith para que aparezca
incomparable y fascine a Holofernes; ordena que los patriarcas duerman
con sus siervas, los reyes con sus esclavas, que Asuero repudie a
Vasthi, y que Makeda, reina de Saba, soberana del dichoso Yemen,
desfallezca de voluptuosidad en el lecho de Salomn. Qu ms? El
Redentor perdona a la adltera, y por haber amado mucho, Mara de
Magdalena es preferida y escogida entre todas para que, merced a su
intervencin, se funde el sagrado misterio de la Resurreccin. No: no
quiso el Redentor, despus de muerto, aparecerse a ninguna virgen
ignorante, a ninguna casada cumplidora de sus deberes, a ninguna viuda
sorbida por la devocin; sino que radiante de esplendorosa gloria,
circundado de luz, se apareci a una pobre pecadora. Las mujeres
hebreas, siriacas y caldeas que en desprecio del amor se rapaban el
pelo, no hallaron gracia delante del Seor; en cambio permiti a
Magdalena que con su rubia cabellera enjugase los divinos pies.

--Amor--dice uno de los ms admirables msticos espaoles--, es ro de
paz, dulce sueo del alma, transformacin del hombre que ni piensa ni
siente ni quiere ms que amor. Como a la flor se sigue el fruto, se
sigue a la perfeccin el amor ardiente. Amor es el fin de la ley de
gracia. Cun mezquinas parecen luego las palabras del filsofo moderno
que ha dicho que el amor es slo impulso de los sentidos, que toma
origen en el celo!

S: amor es esencialmente celestial; la hipocresa, exclusivamente
humana. Dijo el Seor: Creced y multiplicos; y sucede que nadie
censura a la mujer ni al hombre porque se desarrollen ni crezcan; mas
oh terrible inconsecuencia! en cuanto dos que bien se quieren tratan de
multiplicarse o se colocan en disposicin de que la operacin sea
posible, todo es ponerles trabas, prohibiciones y obstculos para que no
cumplan la segunda mitad del divino mandato. De esta intolerancia ha
nacido, sin duda, la invencin de las formalidades civiles y cannicas,
pues en el Paraso no hubo bendicin ni juez municipal. Cun sabio y
generoso es Dios! Cun mezquinos los hombres! Sobre todo, cun necios!
Porque jams ha intentado la locura humana que los ros retrocedan cauce
arriba desde el mar hasta sus fuentes, ni que los astros, desvindose de
sus rbitas, valseen caprichosamente en el ter; ni ha querido nadie
trocar en compasivo al tigre, ni en feroz al trtolo, y, sin embargo,
hay quien pretende que el hombre y la mujer no se atraigan. A la luz del
da muestran los hombres la codicia, la crueldad, la ira, hasta la
asquerosa envidia; slo para el amor buscan la oscuridad: guerrean y se
despedazan al sol; aman y se engendran, como si conspirasen, entre las
sombras de la noche. Y es que encima de cada uno de los grandes dones
con que Dios nos ha favorecido, hemos echado una mancha. Sobre la
sinceridad la mentira, sobre la fe la duda, sobre la caridad el egosmo,
sobre el amor la hipocresa. Porque habis de saber--nias inocentes y
mujeres contenidas por el falso decoro--que cuando vais por la alameda
con el elegido de vuestro corazn y se confunde el rumor de vuestras
frases con el ruido del ramaje, y luego suena un beso, puede haber
imprudencia, pero no hay delito: cuando en la tentadora soledad del
gabinete, siendo ambos libres y estando enamorados, os aproximis sin
desdoro de tercero y sin acordaros luego de quien fue el primero en
acercarse, tampoco se enfurruan los cielos. Sabis lo que es
pecaminoso y detestable sobre todo encarecimiento? La venta de las
caricias, el robo del placer ajeno, el rompimiento de la fe jurada, el
ultraje al nombre de esposo, el repugnante comercio del amor, que
convierte el lecho en posada y la memoria en ndice de liviandades.
Cun tristes las que, comerciando con el amor, han de ofrecer la
mercanca! Cun despreciables las que lo dan a cambio de joyas y de
galas! Mas las apasionadas que se rinden, cun dignas de indulgencia!
San Pedro no dejar paso a las que ostenten en torno de los ojos el
livor que deja el cansancio sensual soportado para comprar brillantes;
pero dar entrada en la gloria a las que vea con el rostro demacrado,
mitad por el hambre y mitad por el placer; ser carioso con las que
hayan desfallecido de amor, y los Arcngeles, las Dominaciones y los
Tronos que gozan perdurablemente la presencia de Dios, cantarn
diciendo: Bienaventuradas las que supieron amar, porque de ellas es el
reino de los cielos!

<tb>

Iba ya el resplandor del da dibujando lneas de luz por entre los
resquicios y rendijas del maderaje del balcn, cuando don Juan,
desasindose de los brazos de Cristeta, entre melosidades y ternezas, se
fue a su cuarto, donde desbarat su propia cama para que los criados
ignorasen que no haba dormido all. En seguida se lav, casi a
disgusto, porque el frescor del agua le arrancaba de la piel el perfume
de los halagos de Cristeta, y despus se march a dar un paseo.

Ella, al verse sola, pas un rato presa de verdadero estupor: luego
qued entre atnita y apenada. Qu haba hecho? Deshonrada...
perdida... pero dichosa! No le pareca ser la misma. Unos instantes
experimentaba sensaciones anlogas a las que sufrira una ciega, para
quien la lobreguez de la ceguera se trocase de improviso en viva
claridad; se senta deslumbrada por el amor. Sus conjeturas, sus dudas,
su ignorancia medio desflorada por la malicia, todo se haba
desvanecido, quedando en su lugar la sabrosa certidumbre del pecado.
Otros ratos le pareca ser ngel cado sin redencin posible. Qu fue
de los propsitos de tenaz virtud? Dnde estaban el _no debo... no me
conviene... yo no soy de esas_? Un instante de pasin haba dado al
traste con todo.

Por cima del vencimiento sufrido, quedaba, sin embargo, en el alma de
Cristeta un motivo de respetable orgullo. En la abdicacin de su
albedro, en la entrega de su cuerpo, no influy nada el clculo.
Complacase en recordar que no tena cosa que echarse en cara. Vio
entrar a su amado pensativo y triste por malas noticias que recibiera, e
intent consolarle; l, agradecido a su piedad, la estrech entre los
brazos. De lo dems no haca memoria...

La bella Kadjira, contemplando el infortunio de Mahoma, le dijo: Yo
ser tu primer creyente! Cristeta, viendo desdichado a su amante se le
entreg diciendo: Mis labios son manantial de consuelo. Bebe!
Despus... suspiros sofocados por caricias y una sensacin nueva,
indefinible, mitad material, mitad extrasensual. Hizo bien? Cometi
gran pecado? Ah! Si pudiese afirmar o negar... qu gran problema
habra resuelto!

Lo indudable era que senta pena por no tenerle all. Por qu se ira
tan pronto? Qu le importaba que aquello se supiese? Juan no era ya a
sus ojos el personaje de un ensueo amoroso; deba ser el compaero de
su vida, pero sin obligacin, sin vnculo forzoso, sin lazo que le
sujetase, por propia y complacida voluntad. El alma de la mujer poda en
ella ms que el instinto de la hembra. El amor material le pareci cosa
balad. Se haba entregado; bueno y qu? no era libre? as como as,
jams haba de pertenecer a otro! No en vano tena metida en el cerebro
la vehemencia romntica de cuantas escenas dramticas ley y vio
representar.

A medio da sali al ensayo. Al andar por las calles le pareci que
pisaba con ms fuerza, que era ms mujer. A la hora de la comida oy que
uno de varios huspedes que haba sentados cerca de ella deca,
mirndola de reojo:--La Moreruela est hoy ms guapa que nunca.
Cristeta pens: Mejor para mi Juan! En el teatro, durante la funcin,
trabaj apriesa; por su gusto hubiese llevado a escape las escenas, no
movida de la grosera impaciencia del deseo, sino dulcemente estimulada
por el anhelo de ver a Juan.

El segundo canto del poema comenz en seguida de retirarse a su cuarto
de la fonda. Entrar y despedir a la doncella, todo fue uno. Sonaron las
dos de la madrugada. Tosi; ahora era ella la que tosa. La puertecilla
de comunicacin se abri al momento.

Y as sucesivamente muchos das.

Cristeta estaba muy contenta. La satisfaccin por el pleno disfrute de
su amor, poda en ella ms que el miedo a las desdichas que su debilidad
le acarrease.

Don Juan pasaba noches felicsimas, gozando con los sentidos, porque la
belleza de Cristeta le enloqueca; y con el entendimiento, porque de la
boca de aquella mujer incomparable no salan sino frases de sinceridad y
sumisin. Gratos eran sus besos, ya frescos como agua de pea viva, ya
ardorosos como latidos de fiebre; pero cun ms deleitosas eran las
cosas que deca! Qu mezcla tan extraa de impuro desenfreno y
exquisita ternura!

Las manifestaciones de su apasionamiento juntamente extremosas y
sinceras, convencieron a don Juan de una verdad terrible: la de que
aquella mujer se haba dejado poseer materialmente porque estaba
enamorada con toda su alma: rindi primero el albedro y luego como
derivacin ineludible hizo entrega de su hermosura.

La cosa no poda ser ms grave.

Cristeta le pareca hermossima, encantadora; pero cada da ms suya. Le
tena como hechizado. Algunas noches hasta se le olvidaban los
preparativos de fuga. Ni siquiera mentaba la quiebra de Garcitola y
Compaa.

Por fin, comenz a monologuear, ni ms ni menos que personaje dramtico.
Saba perfectamente que con una aventurera a quien no se debe exigir
fidelidad, es posible prolongar ciertos devaneos; pero profesaba la
mxima de que, tratndose de una mujer no pervertida, es peligrossimo
pasar al segundo mes, porque suelen sobrevenir aquellas lamentables
complicaciones a que tanto horror mostraba el gran don Francisco de
Quevedo. Por grande que fuese el placer de don Juan, comenz a
experimentar temor. Su sentido moral, hasta cierto punto, le consenta
apoderarse de una beldad, como quien se posesiona de un hermoso palacio;
pero la idea de que el palacio llegase a estar de pronto habitado, y la
consecuencia de tener l luego que cargar con el habitante, era cosa que
le pona los pelos de punta.

Los dilogos ntimos entre amantes mientras dura el primer perodo de la
posesin, son exclusivamente amorosos: ella se despepita en juramentos,
l se deshace en promesas, ella fantasea proyectos para lo futuro, l
pone por las nubes su dicha y su agradecimiento... como si aquello no
hubiese de acabar nunca; hasta que llega una poca en que, sin
prescindir de hablar y practicar amores, se habla tambin de otras
cosas. El giro que entonces toman estas conversaciones _a posteriori_
decide la suerte de los enamorados. Don Juan saba todo esto por propia
experiencia, y vea con espanto que cuando Cristeta haca alguna alusin
a lo porvenir, sus palabras eran tan sinceras y acusaban un amor tan
hondo, que era imposible descubrir en ellas asomo de clculo ni sombra
de inters. No caba duda: aquella mujer alcanzaba la importancia de su
nueva situacin; no se dola de lo ocurrido, ni denotaba la ms remota
veleidad de querer explotar su sacrificio, mas tampoco le caba en la
cabeza la sospecha de que pudiese ser vctima de una infamia. En
resumen: don Juan lleg a convencerse de que la Providencia, o su buena
suerte, le haban deparado un regalo digno del ms afortunado mortal;
pero un regalo al cual era imposible renunciar sin cometer una verdadera
canallada.

Por primera vez senta disgusto pensando en cmo deshacerse de una
mujer, no porque estuviera realmente enamorado, aunque Cristeta le
gustaba sobremanera, sino por lstima. Tena la costumbre de gozar las
conquistas y renunciar a ellas con indiferencia, sin pensar poco ni
mucho en cul fuese luego la suerte de la que abandonaba. En no lastimar
ni escarnecer a sus vctimas puso siempre gran cuidado; mas era la
verdad que sus concubinas y queridas, ya duraderas, ya momentneas,
todos sus _los_, haban sido muy diferentes de Cristeta. Y, sin
embargo, aquello tena que concluir, so pena de que, el mejor da, es
decir, el peor, surgiese una complicacin gravsima. A veces,
esforzndose en supeditar el pensamiento a la voluntad, imaginaba que la
palabra _canallada_ no era propia ni exacta. Habl l nunca de boda?
Exigi ella promesa en que l consintiese? Nada de esto. Pues entonces
cmo haba de figurarse Cristeta que tal hombre podra llegar a ser su
esposo? Adems, el matrimonio entre un caballero y una comiquilla de un
teatro de cuarto orden, era un disparate. Sobre todo, cuando l esquiv
cuidadossimamente dar margen a la menor esperanza de vicara, qu
poda temer? No tendra uno poco trabajo si hubiese de entregar mano,
porvenir, fortuna y nombre a cuantas se dejan prender en las redes de la
seduccin! Cristeta era bellsima, sentimental, ingenua, _codorniz
sencilla_, sobre todo desinteresada; mas sus muchas prendas fsicas y
morales no justificaban que hombre tal quedase por siempre sometido a su
imperio. Lo grave era que don Juan comprenda, no slo que le agradaba
la posesin y goce de los encantos de Cristeta, sino que tambin le
cautivaba su trato, carcter y conversacin, y esto es lo ms peligroso
que respecto de la mujer puede acontecerle a uno. Luego se impona el
rompimiento. El gusto que de ella y con ella reciba, no era razn para
perpetuar el amoro. Tambin le gustaba el Borgoa, y, sin embargo, no
renunciaba al Jerez; coma con deleite las chochas y no prescinda del
salmn. Por qu, pues, haba de limitarse a Cristeta, si su paladar
amoroso estaba en disposicin de saborear infinitos manjares? La pobre
muchacha qued condenada a olvido.

En seguida vino el excogitar procedimiento; y respecto de ste, don Juan
comprendi que se le imponan la dulzura y la generosidad, casi la
piedad y la largueza. Era preciso portarse del modo que causase en ella
el menor dao posible: se haba hecho acreedora a todo miramiento. Las
bases que en su nimo adopt, fueron las siguientes: primera, huir
evitando toda escena triste y enojosa, ya que, dado el carcter de
Cristeta, no haba temor a gritos, pelotera ni escndalo. Harto saba l
que Cristeta era de las que lloran y no alborotan, sufren y no insultan.
Esta misma humildad le haca ms desagradable el abandono. Segunda base:
regalarle una cantidad de dinero de relativa importancia, como obsequio
a su ternura y en compensacin del desengao y desperfectos causados.

En cuanto a la huida, no haba dificultad: a las diez de la noche pasaba
por Santurroriaga un tren hacia Francia, y Cristeta no volva del teatro
hasta las doce. Lo del dinero haba que pensarlo despacio, calculando
bien el desembolso. No poda ser tan cuantioso que delatando riqueza
despertase codicia, ni tan pobre que resultara mezquino; eso no!
Cristeta era el mejor libro de amor que l haba ledo, el volumen cuyas
pginas le proporcionaron goces a la vez ms intensos y ms plcidos, el
ms original y nuevo, pues era texto escrito con admirable ingenuidad, y
ejemplar por nadie manoseado: ni siquiera tena cortadas las hojas!
Qu prlogo tan deleitoso y lleno de promesas! Qu captulos tan
impregnados de sincera pasin! Cmo, prrafo tras prrafo, haba ido
viendo al amor quedar victorioso de la castidad!... Quien leyese luego
todo aquello, sera capaz de apreciarlo? Acaso el tomo cayera en manos
de un hombre zafio y rudo. Vaya usted a saber si un escribano, un
comerciante, un militarote, tendrn sensibilidad para apreciar la
candorosa impaciencia de Cloe en _Las Pastorales_, de Longo, o la
exquisita voluptuosidad que hace palpitar el corazn de la Sulamita en
el divino _Cantar de los Cantares_!

A fuerza de ahondar en eso, don Juan se convenci de que Cristeta
despertaba en l cierto inters, algo que no le hizo experimentar
ninguna de cuantas haba conocido hasta entonces. No obstante lo cual,
sin pararse a desentraar lo significativo del sntoma, quedaron en su
nimo resueltos el regalo y la fuga.




Captulo XI

A consecuencia del cual perder don Juan la simpata de las lectoras


Durante varias noches observ Cristeta que su amante volva a estar
caviloso, y que sus impulsos amorosos sufran intervalos en los cuales
se quedaba ensimismado y triste. La verdad era que al pobre conquistador
le costaba esfuerzo y pena fingir preocupacin y mal humor: lo de tener
que ponerse melanclico entre dos caricias, le iba pareciendo
intolerable. Haba momentos en que le daban ganas de echarlo todo a
rodar, declarndose vencido y confesando que la casa Garcitola y su
quiebra eran pura embustera. Al mismo tiempo, y esto s que era grave,
cuanto ms dueo se haca de Cristeta, ms se asombraba de no sentir
amagos de hasto: indudablemente el amor de aquella mujer era un
bebedizo que en vez de calmar la sed, la produca y excitaba. Por lo
cual don Juan suponindose puesto en ridculo ante s mismo, se asust y
resolvi convencerse de que no haba degenerado, y de que estaba en
pleno uso de su libre albedro. Entonces, rechazando como vergonzosa la
posibilidad de haberse enamorado, sacrific su gusto al pcaro amor
propio, y determin huir cuanto antes de Cristeta, en cuyos encantos
comenzaba a vislumbrar, no una conquista semejante a sus anteriores
hazaas, sino una red capaz de aprisionarle para siempre.

<tb>

Eran las dos de la madrugada.

La buja colocada encima de la mesa estaba a punto de consumirse. De
pronto el pbilo vacil, cayendo sobre la esperma liquidada, brill un
momento con mucha intensidad, y se apag. Las tinieblas aminoraron el
pudor de Cristeta y dieron valor a don Juan.

Aguardbale ella con los brazos abiertos, cuando en vez de recibir el
beso esperado, oy la voz de don Juan que deca:

--Lo malo es que no tengo fsforos.

--Bueno... no hacen falta.

En vano sigui esperando el beso, prlogo de mayores dulzuras.

--Sabes, chica, que hoy he recibido carta del agente?

--Y qu?--pregunt con gran vehemencia.

--Lo peor: que el da menos pensado voy a tener que marcharme.

--Por mucho tiempo?

--No lo s.

Don Juan sinti posarse en sus hombros los brazos desnudos de la
enamorada y oy estas palabras, que le hicieron experimentar una
indefinible confusin de miedo y de placer.

--Juan mo, por lo que mas quieras en el mundo, no me dejes!

Cmo hablar, en tal momento, de intereses?

--Qu va a ser de m?--segua ella--. No tengo miedo al porvenir. Ya s
que no me ha de faltar contrata, que tengo seguro el pan en casa de mis
tos..; pero no podr vivir sin ti. Dime que volvers, que me quieres,
que eres mo para siempre.

--Vamos, mujer, no te pongas dramtica. No has venido solita a
Santurroriaga y he tardado que s yo cuntos das en llegar?

--S; pero an no era como ahora... no ramos todava uno de otro.
Venas... por lo que yo me s!... A estas alturas sabe Dios si tendr
encanto ni atractivo para ti!

--No seas simple, vidita, antes te quera por lo que esperaba, ahora por
lo que tengo. Cualquiera dira que ir quince das a Pars, a Madrid, o
donde sea, es una separacin eterna!

Aunque continuaban a oscuras y abrazados, ambos tenan ms despabilado
el recelo que el deseo. Cristeta debi de notar algo anmalo en la voz
de don Juan; tal vez en la tiniebla favorecedora del engao le pareciese
sospechoso su lenguaje, porque de repente exclam:

--Luz, luz, quiero verte la cara!... No me beses..., djame llorar...
Luz... luz!

Oyose el rpido posarse de los pies de Cristeta sobre el entarimado.
Luego aadi:

--Aqu..., encima del tocador: trae tu palmatoria.

Son el frotamiento de un fsforo, y qued dbilmente iluminado el
cuarto.

Estaba ella casi en paos menores, mas no considerando el momento
propicio al amor, en seguida se visti y calz; arrebujose en una bata,
y al ver a don Juan que volva de su cuarto palmatoria en mano, le dijo:

--Ven, sintate aqu; la verdad... nada te pido...

Y rompi de nuevo en llanto.

Nunca haba visto l llorar as: en vano quiso que aquellas lgrimas le
pareciesen falsas o ridculas. Por fortuna, slo duraron unos cuantos
segundos, porque ella las contuvo como tragndoselas; procur serenarse,
y habl sin gimoteos ni sollozos.

--S que no tengo sobre ti ningn derecho. No te pido nada, ni por
soacin. Ser cierto eso de la casa de banca y el dinero? Aunque me
engaes, me alegrar de que sea mentira, porque prefiero mi desdicha a
tu ruina.

Estaba tan nerviosa, que era intil su empeo por aparecer serena:
denotaba tan verdadero pesar, que don Juan comenz a darse a todos
diablos.

--Mira--prosigui ella--: si aqu hay mal, toda la culpa es ma. Nos
conocimos, te gust, t a m ms...; luego ha pasado lo que Dios ha
querido... Vamos, para que veas si te quiero, no me arrepiento. Conque
est tranquilo: no soy mujer que arme trapatiesta ni escndalo; pero no
me engaes. Ya no me quieres, verdad? Consiento en ser desgraciada, y
lo ser si me dejas; pero no mientas por lstima. Francamente,
volvers?

Aunque redunde en descrdito de la pericia de don Juan, forzoso es decir
que el giro que tom la escena le hizo perder su habitual serenidad. El
compromiso era de marca mayor. Le mortificaba mentir, y al mismo tiempo
le faltaba valor para decirlo en crudo: como que es necesario ms
coraje para decir a una mujer ah queda eso que para tomar una
barricada a pecho descubierto!

En vano intent hacer un llamamiento al amor fsico. Cristeta se mostr
refractaria a las caricias. Hay instantes en que resulta grosera la ms
delicada voluptuosidad: amar sin deseo es peor que comer sin hambre.

--Anda--dijo ella, tragndose el salado amargor de las lgrimas--; confiesa
que no vuelves..., que te has cansado de m.

Entonces l no pudo ms, y minti por salir del atolladero, exclamando:

--No he de volver!

A esta frase se agarr ella como a clavo ardiendo.

--No te pido juramento ni promesa, ni mucho menos palabra de honor; pero
si esto se acab, desengame de una vez. Comprendo que he hecho mal en
ser tuya, y sin embargo, ni me arrepiento ni quiero que me lo
agradezcas...; pero tampoco me confundas con otras que hayan sido tuyas
sin quererte.

Don Juan haba luchado mucho contra la coquetera y la astucia
femeninas; haba burlado a veteranas de la galantera, a beatas
lagartonas, a seoras raposas, quedando siempre victorioso de sus malas
artes y enredos; pero no acert a luchar abiertamente con aquella
sinceridad.

Fue ternura repentina, de la que se crea incapaz, o vergonzosa
abdicacin de sus principios y presagio de mayores debilidades? Nadie le
culpe. Cmo ser cruel con una mujer que, lejos de echar en cara los
favores otorgados, ni arrepentirse de ellos, ni solicitar cosa alguna
para lo porvenir, se limitaba a pedir lealtad? De la desvergonzada
Zaluka, de la sagaz Cleopatra, cualquiera triunfa, porque el hombre se
deleita tanto en humillar la soberbia como en poseer la belleza, pero
quin es capaz de permanecer insensible ante la enamorada humilde y
suplicante?

--Ignoro cunto tiempo tendr que estar en Madrid o en Pars--dijo don
Juan--. No s dnde ir...; en fin, no me voy del mundo. Claro que
volver; y si no te encuentro aqu..., en Madrid nos reuniremos.

--Me escribirs a menudo? Podr yo escribirte?

--Siempre que quieras.

--Verdad que no ests hastiado de m? Me quieres?

--Con toda mi alma!

(Evocando sus propios recuerdos, ponga el lector aqu cuanto haya
experimentado en casos parecidos.)

Oh inacabable encadenamiento de frases, tan tontas para escritas como
deliciosas para pronunciadas y odas!

Cuanto hizo don Juan encaminado a enardecer los sentidos de Cristeta,
fue trabajo perdido. La ninfa de abrasadora voluptuosidad se haba
trocado en fra escultura. Estaba triste, lleno su pensamiento de cosas
amargas. Reciba los besos como Dios las oraciones, sin darse cuenta de
ello.

--No..., hoy no..., djame...; dime que eres mo..., y nada ms. No sabes
quererme as..., vamos..., sin eso.

El ltimo dilogo fue casto. A las siete de la maana, despus de haber
pasado la noche en triste honestidad, don Juan se retir a su cuarto. En
el instante de separarse la abraz y bes mucho, sin que Cristeta
experimentara emocin. Fue despedida de manos quietas.

Ella, al quedarse sola, se tir llorando sobre la cama.

Nada, nada--se deca don Juan poco despus, haciendo preparativos de
viaje--, la carta, el dinero y tierra por medio. Con esto y con que no lo
quiera tomar...; sera la primera. Cmo se lo doy, y cunto le dejo?
Dejarlo..., en un taln contra el Banco, para que lo cobre aqu o en
Madrid...; lo difcil de precisar es el cunto. Por supuesto que a
ninguna se lo he dado con tanto gusto. Ni codicia ni exigencias...
Lstima de chica! La verdad es que da compasin. Pero yo no he de
cargar con ella para toda la vida. Lo que no puedo hacer es andar con
tacaeras. Conque... estudiemos framente el caso. A una prdida le
dara tanto o cuanto, segn su categora y su modo de vivir, como quien
paga cuenta de fonda con arreglo al lujo y fama de la casa. Con una
mujer de gnero intermedio, por ejemplo, una de esas viudas que jams
tuvieron marido, tampoco habra duda: todo era cuestin de darle lo
bastante con que vivir hasta que hallara quien me reemplazase. A una
seora... stas s que salen caras!, una alhaja. Pero con esta
desdichada, que no es aventurera, ni perdida, ni soltera de nadie, ni
viuda de todos, ni siquiera seora..., qu hago? Maldita sea la hora
en que la busqu! No, eso no...; no vengamos ahora con exageraciones: lo
malo es tener que dejarla, porque... bonita... como ninguna! Y qu
har? Cuando digo que este problema de quedar bien es en ciertos casos
imposible de resolver! Lo esencial es componrmelas de modo que no haya
reanudacin posible. En amor las soldaduras son fatales..., ya lo s. Lo
malo es que para esto sera necesario que yo me portase como un sucio, y
la chica no lo merece..., tan guapa, de tan buen fondo..., pues y la
forma! Una cosa es escurrir el bulto, y otra dejar de ser caballero. Hay
que hacer el desembolso de una vez. S: dar hoy de sobra es adquirir la
seguridad de que no pida en lo sucesivo... Aunque bien mirado..., no es
de las que piden. Hago cuenta que me asalt la tentacin de ir al
Casino.... sub a la _sala del crimen_..., _bacarrat_, _treinta y
cuarenta_, cualquier cosa, unos cuantos pases con mala sombra..., y
veinte o treinta mil reales fuera del bolsillo. Mil quinientos duros?
Mucho es! Me parece que me he escurrido. Y si se engolosina, y yo
mismo la echo a perder, despertndole la codicia? En realidad..., qu
clase de mujer es? No es cosa de hacer el primo. Una chicuela criada a
puerta de calle, en un estanco, una corista distinguida... Me da una
rabia pensar que si hubiera tenido paciencia la pesco con cuatro cenas y
un traje! Pero qui! esta mujer ha cedido porque se ha enamorado de m.
Adems, ha llegado a mis manos... como nieve recin cada..., intacta.
Lo dicho: acabar de una vez, pero portndome como quien soy. La cosa
sale cara: bah! cada uno lo gasta como le da la gana. No tengo potros
de carrera, ni bebo, ni compro antiguallas, ni juego. Mujeres, eso s.
Bueno, y qu? en qu mejor? Si sabiendo lo que es esta chica le
pidiera a uno _antes_ el oro y el moro, dara hasta la ltima peseta;
conque, fuera tacaera! Y sigui el monlogo.

Veinte mil... treinta mil reales... mil... mil quinientos... Bueno, mil
duretes, cifra redonda. En su vida ha visto tanto dinero junto. Casi
puede decirse que no hay en Madrid mujer que no se logre con eso; aunque
no, todas no. Lo cierto es que cuanto ms esplndido me muestre, ms
claro ver ella el propsito de romper, y aqu de lo que se trata es de
cortar por lo sano... Bien pesado y medido todo, puede que los mil duros
sean su perdicin... si se los gasta en trapos y se echa a rodar por
esos mundos de Dios. Lo sentira porque la pobre no lo merece. Y a m
qu me importa? Si se ha de perder, lo mismo suceder dndole poco que
mucho. Con tres o cuatro mil pesetillas se vuelve loca. No seran muchos
los hombres que hicieran esto en igual caso, sobre todo pudiendo
largarse impunemente sin chistar. Por otra parte, segn yo escriba la
carta de despedida, as ser la impresin que ella reciba. Vamos con
calma: la carta no debe ser un rompimiento a raja tabla, porque con lo
entusiasmada que la tengo y con dinero a mano, se viene detrs de m.
Horror! Hay que decirle que vendr... cuando pueda... plazo
indeterminado... los negocios... y al volver a Madrid no parezco por el
teatro en que ella est. Son diez o doce mil reales tirados a la calle,
pero lo bailado nadie me lo quita. Diez, no, tienen que ser ms... No
vayamos mermndola tanto que resulte una mezquindad. Ya s yo que otro
no se los dara. Doce mil reales a una mujer! En el teatro resultara
absurdo, inverosmil; pero yo soy quien soy! La chica me gusta como no
me ha gustado ninguna mujer. Si no fuera por miedo a la duplicacin de
mi individuo, un demonio la dejaba yo! La verdad es que Dios debi
decir: _Crescite et multiplicamini..._ si os conviene, y si no, no. En
fin, para qu tengo el dinero? me da la gana de quedar bien? pues lo
hago y _San Seacab_! Quin me dice a m que luego, cuando ande yo
rodando de juerga en juerga y de amoro en amoro, no me la encuentro y
reanudamos por unos das! Tambin somos burros los hombres! Tendra
gracia que fuese yo capaz de recogerla de los brazos de otro, cuando
ahora es ma, y nada ms que ma. Eso sera lo mismo que no saborear un
buen plato, dejar que se lo llevaran a la cocina, y cuando lo hubieran
catado y pringado en l los criados, volver a pedirlo para chuparme los
dedos de gusto. Qu mal organizado est el mundo! Vamos a ver, por qu
no haba yo de seguir con esta mujer hasta que nos cansramos, y
despus, sin reir, separarnos pacficamente como dos buenos amigos que
han hecho juntos un negocio? Dnde mejor negocio que pasar una
temporadita en plena felicidad? Y en seguida, lo mismo con otra. Pero...
que no me salieran tan caras; porque... En qu quedamos? Cunto le
doy? Diez, doce, veinte, treinta mil reales...?

Se puso a escribir sin tenerlo fijamente resuelto. Comenz una carta, la
rompi, y despus otras. Por fin le pareci que la tercera o cuarta
quedaba bien. Luego sac de la cartera un sobre, y de ste tres talones,
con los huecos en blanco, contra el Banco de Espaa. Tom uno de ellos,
y al ir a llenar los claros del impreso, se qued pensativo, mordiendo
el mango de la pluma, como poeta que no halla consonante.

Qu animalucho tan despreciable es el hombre! Cuando Cristeta le abri
los brazos no vacil en poseerla, y ahora llevaba una eternidad pensando
si haban de ser diez o veinte. Ah, mujeres! Sabed que al hombre, como
al hierro, hay que pedirle las cosas en caliente, porque pasados en uno
el entusiasmo amoroso, y la incandescencia en otro, quedan fros y
duros, y a nada se prestan.

Sin embargo, hay hombres de hombres. Don Juan se quit de la boca el
mango de pluma y escribi con letra clarsima _cinco mil pesetas_. Hecho
lo cual, arroj sobre la mesa el palitroque, murmurando: Quien tal
hizo, que tal pague!

Lo tenis por inverosmil? Pues sois tacaos. Os parece demasiado? Es
que no habis sentido los embriagadores halagos de Cristeta. Fue
arranque de hermossima liberalidad? Tampoco. Si la Venus antigua,
manca, mutilada, de la cual slo gozan los ojos, y que no se digna bajar
de su pedestal, no tiene precio, cunto vale una mujer de veinte aos,
estatua viva y cariosa?

Repuesto del esfuerzo que le cost aquel rasgo, don Juan guard en el
bal las pocas ropas que tena sobre las sillas y colgadas de las
perchas. La cuenta de la fonda no haba que pensar en pagarla hasta ms
tarde: no hiciese el diablo que Cristeta por casualidad se enterara y se
escamase.

Al da siguiente, comi mientras Cristeta estaba en el teatro; pag al
amo, en persona, y le entreg la carta para la pobre muchacha,
dicindole:

--No saba que la Moreruela y yo ramos vecinos de cuarto. Dele usted
esto. Son proposiciones que le hace un empresario amigo mo.

--Vaya usted tranquilo.

A las diez sala el tren, y aunque la estacin distaba poco de la fonda,
a las nueve andaba ya don Juan paseando su impaciencia por el andn, tan
contrariado y en tal estado de nimo, que si en aquellos momentos
hubiese aparecido ella, se la lleva consigo.

Luego, al reclinar la cabeza en los speros almohadones del vagn, se
acord del suave pecho de Cristeta. La forma del recuerdo no era en
verdad, muy desinteresada; pero lo cierto es que ech de menos a su
vctima, cosa en l enteramente nueva.

Al otro da pernoct en Burdeos. Comi poco, calleje sin saber por
dnde, y se acost. Santo Dios qu noche! Ni momento de sueo ni
instante de reposo. Qu desasosiego, qu cama... y _qu espantosa
soledad_!

Era que se arrepenta, o simplemente que la echaba de menos? En vano
intent explicrselo.

Cuanto senta estaba en abierta contradiccin con sus antecedentes, sus
ideas y sus prcticas amorosas; al par le daban orgullo los recuerdos y
vergenza lo presente.

Probndose don Juan ropa en casa de su sastre, vio cierto da a una
linda muchacha, de oficio chalequera, que iba a _entregar_. El lenguaje
al par candoroso y achulado de la menestrala, su inexperiencia amatoria
y su tipo mitad picaresco y distinguido, le sorbieron el seso; casi
lleg a temer haberse enamorado de veras, cuando a las pocas semanas la
dej por otra, no sin endulzarle el disgusto a fuerza de generosidad.

En los ltimos das de una primavera cortej a una viuda aristocrtica
tan honesta y virtuosa, que no murmuraban de ella ni aun sus ntimas
amigas. Al empezar el verano logr rendirla, y comenzado en Madrid el
idilio, se dieron cita para continuarlo en un pueblecillo de baos. La
ilustre cuna de la dama, su fama de virtuosa y su intenso amor de viuda
con deseos atrasados, le cautivaron en tal grado, que tambin esta vez
imagin hallarse en vas de sincero apasionamiento. Pronto se convenci
de que su entusiasmo era mero resultado del contraste que formaban los
picantes atractivos de la chalequera con el exquisito libertinaje de la
gran seora. Por temor al qu dirn no quisieron viajar juntos,
conviniendo en que l se adelantara tres das. Despidironse con
derroche de caricias; hubo do de amor con msica de juramentos; parti
el dichoso amante maldiciendo la separacin, luego ella, a pesar de lo
convenido, adelant su marcha veinticuatro horas, y en premio de tanta
priesa lo primero que vio al llegar al balneario fue al traidor don
Juan, no entretenido, sino embobado en decir melosidades a una seorita
pazguata y cursi, cuyo modesto atavo y encogidos modales formaban nuevo
y apetitoso contraste con la elegancia de la viuda.

Entre estos dos extremos, uno plebeyo y otro linajudo, yacan olvidadas
en el corazn de don Juan docenas de conquistas intermedias, de las
cuales ninguna hubo que le dejase en la memoria recuerdos mortificantes.
As que el hombre estaba triste y desazonado, porque ahora Cristeta le
ocasionaba, juntamente, pesar de haberla perdido y casi disgusto por su
proceder respecto de ella. Jams hasta entonces se preocup del porvenir
que cupiese en suerte a la mujer por l abandonada. Y ahora... qu
diferencia entre el estpido dilogo en que estaba engolfado con su
propio pensamiento y el que a tales horas pudiera tener con Cristeta!
Adems, su olfato estaba hecho a deleitarse con el perfume juvenil del
hermoso cuerpo de la muchacha, y las sbanas de la fonda le olan a
jabn ordinario. Y casi senta remordimiento. Qu sera de ella? Si se
perdiese, quin tendra la culpa? Aunque bien miradas las cosas, qu
le importaba? Quin era aquella mujer? Una chica guapa que se haba
dejado atrapar. Bonito estara que don Juan de Todellas se desvelase
por tan poco! Cada... seduccin... engao... palabrera ridcula.
Pasados los dieciocho aos _ella_ no es nunca seducida, sino seductora.

A pesar de todas estas reflexiones, el pobre hombre pas la noche
pensando en Cristeta como colegial enamorado de la hermanita de un
compaero.

<tb>

Mientras don Juan escapaba cobardemente, falseando su carcter y
sintiendo un desasosiego moral que le avergonzaba, Cristeta volva del
teatro a la fonda.

Entr en el vestbulo, se acerc al casillero donde estaban las
palmatorias y las llaves, y vio junto a la de su cuarto una carta. Sin
saber por que, le dio un vuelco el corazn. La vspera haba recibido
noticias de sus tos. Quin la escribira?

En seguida, observando que el sobre careca de sello, se trag la
partida.

Subi precipitadamente la escalera, tir sobre la cama el abrigo, y dej
la carta sobre la mesilla de noche... la misma mesita donde l pona la
vela para ver mejor los encantos de su cuerpo! Despidi a la doncella,
rasg el sobre y busc con la mirada la firma... _tuyo, Juan_. Qu
mentira!

Los ojos se le arrasaron en llanto. Lo menos tard un cuarto de hora en
poder leer con tranquilidad de espritu aquellas malhadadas lneas.
Decan as:

     _Cristeta ma: Lo que temamos. Esta maana he recibido carta del
     agente. Estoy casi arruinado. Tengo forzosamente que ir a Pars,
     desde donde te escribir. Lo que no puedo decirte an es cunto
     tiempo estaremos separados. Me ha faltado valor para despedirme de
     ti. Si te veo no me voy. Escrbeme a mi nombre, Poste Restante (que
     es como a la lista del Correo) Pars. El cario que te profeso me
     autoriza, sin que puedas ofenderte, para pensar en ti, por si tardo
     en volver, y te dejo ese papelillo, que es un taln contra el
     Banco: puedes cobrarlo aqu o en Madrid. Cuando lo presentes te
     darn, sin excusa ni demora, cinco mil pesetas. No son regalo; es
     por si necesitas algo. Creo que tendrs bastante hasta que nos
     veamos. Escrbeme en seguida para que yo sepa que no ha habido
     extravo. Las circunstancias disculpan esta precipitada marcha.
     Adems, t eres muy buena y me perdonars. Muchos, muchos besos._

     _Tuyo,_

          _Juan._

Mientras Cristeta lea la carta, se le cay al suelo el taln contra el
Banco.

Llensele el alma de tristeza, y llor silenciosamente. No existen
palabras con que expresar su pena. La prosa vulgar y llana sera plida;
la retrica, falsa e insufrible. No hay vocablo que d idea de lo amarga
que es una lgrima, ni giro que refleje el desconsuelo que se enseorea
del corazn desposedo de esperanza. Por supuesto que ni por asomo pens
en que se acostara sola. Y es que la mujer, por sensual y materialista
que sea, tiene en los instantes de dolor una pureza de sentimientos que
rara vez brilla en el hombre.

<tb>

A la hora del alba, cansada de martirizarse el pensamiento, se asom al
balcn.

Las auras, cargadas de sales marinas, vinieron frescas y vivas a besarla
el rostro, plidamente iluminado por la claridad difusa y temblorosa.

Qu hermosa descripcin podra hacerse de mujer romntica, joven,
bonita y abandonada! El hueco del balcn donde destaca la gallarda
figura esfumada en el incierto resplandor del amanecer; las gentiles
formas ceidas por un abrigo de viaje; el rostro plido y ojeroso;
aquellos labios hurfanos del beso; aquel pecho sin cors, cuya blandura
descansaba, no en las avariciosas manos del amante, sino en la fra
barandilla de hierro..., el nimo combatido por la desesperacin, el
cuerpo invadido de laxitud... y el sol oculto entre un cendal de nubes,
como pesaroso de alumbrar tanta tristeza.

Pobre Cristeta! Qu infame abandono!

En grandes errores incurre a veces la Providencia: mientras las personas
padecen hambre y sed, las bestias de sabrosa carne pastan libres en las
montaas, y los arroyos culebrean intiles por el llano; mientras tantos
hombres permanecan castos por fuerza, aquella mujer estaba sola. Pero
Cristeta no era groseramente materialista: no! lo que traa lgrimas a
sus ojos era la prdida de las ilusiones, aves misteriosas que anidan en
el corazn, donde jams tornan, si el desengao las ahuyenta... Tin,
tin... Las seis. Ya pasaba gente por la calle.

Poco a poco sus pensamientos se apaciguaron, las ideas impuestas por la
realidad se abrieron paso a travs del dolor exacerbado por la fantasa,
y finalmente surgi la voluntad, imponiendo cordura y calma. La calma,
el recurso de los desdichados!

Borrronse de la linda frente las arrugas del ceo fruncido por la
tristeza... En qu pensaba? Misterio! Tambin los hay en la realidad,
que es una gran novela.

Permaneci largo rato apoyada en la barandilla: sus labios se movan
como si hablase. Por fin, transida de fro, se entr al cuarto y cerr
el balcn. Entonces vio cado en el suelo un papel y recogindolo
murmur con desprecio:

--Ah, s, el dinero!

Y qued como ensimismada.

La mujer es poco dada a pensar; mas cuando piensa despacio, pobre del
hombre!

Las ropas que tena puestas no eran lujosas; el ajuar del cuarto era
mezquino, pero ella por la actitud y la expresin de su semblante,
pareca una reina destronada, en el instante de concebir el irrevocable
propsito de reconquistar lo perdido.

Felipe II sola decir: _El tiempo y yo para otros dos_; Cristeta, se
content con murmurar:

Har lo que pueda.




Captulo XII

Siguen, Cristeta enamorada, don Quintn echndose a perder, y don Juan
sin sospechar la que le espera


Cuando, pasados algunos das, se convenci Cristeta de que don Juan no
se acordaba de ella para escribirle cuatro lneas, su tristeza ray en
melancola. Lo primero que se le ocurri fue romper la contrata, volver
a Madrid, renunciar al teatro y resignarse a vivir en el estanco con sus
tos. Lo que no se le pas por el magn fue buscar ni desear heredero al
amante fugitivo y perdido; porque, no caba duda, don Juan se haba
escapado como chico que pone pies en polvorosa despus de robar la
golosina largo tiempo deseada. Unos ratos esta idea haca presa en su
pensamiento, otros momentos se esperanzaba con la posibilidad de
reconquistarle. Por fin, comprendi que no era cuerdo aquello de romper
la escritura. Con qu pretexto? Qu hara si la empresa, auxiliada por
el gobernador, se obstinase en obligarla a trabajar? Era forzoso seguir
en el teatro.

Estaba una noche sentada en su cuarto, despus de concluida la ltima
obra en que cantaba, cuando entr a saludarla uno de sus ms entusiastas
galanteadores, hijo de una rica familia comercial de Santurroriaga.

--Me alegro de que venga usted--dijo ella--porque tengo que pedirle un
favor.

--Usted no pide... manda. Y luego, aunque no me pague usted, yo me dar
por recompensado con el gusto de haberla servido.

--Har usted bien, porque no tengo nada que dar.

--Como usted quisiera...

--Bueno, ya sabe usted que es servicio gratuito, desinteresado, sin otra
esperanza que la de que seamos buenos amigos.

--Nada ms?

--Har usted lo que yo le pida?

--De cabeza.

--Dios se lo premie. Deseo que averige usted, y me diga, dnde est en
Pars una casa de banca espaola que se llama de Garcitola y Compaa.
Vamos, las seas para poder enviar una carta.

--Pues... se me figura que en ninguna parte.

--Por qu?

--Porque mi padre est en relacin con casi todas las casas espaolas de
Pars, y esa no la he odo nombrar nunca. Conque, si tiene usted
negocios, djese usted de semejante casa y entindase usted conmigo.

--Pero usted no lo sabe con certeza?

--Certeza, no: me enterar, y maana sabr usted lo que haya, con toda
seguridad.

--Se lo agradecer a usted con toda mi alma.

--Nada ms con el alma?

--Djese usted de bromas: no hemos de ser nunca ms que amigos.

--Ni siquiera me dejar usted que la bese, como la besa un compaero en
escena?

--Bueno; me besar usted la mano, y entendiendo que el beso no tiene
importancia ni trastienda de ninguna clase.

--Quiere decir que la besar a usted como los chicos besaban antes la
mano a los curas.

--Igualito.

A la noche siguiente supo Cristeta que ni en Pars ni en Madrid haba
tal casa de Garcitola ni solo ni con compaa: y lo peor del caso era
que su adorador no menta.

--Lo que yo me figur!--exclam ella.

--Ahora venga la mano--dijo l.

--Le advierto a usted que mi inters en saber si exista esa casa era por
averiguar el paradero de un hombre...; de modo que recibir el beso que
usted me d como quien no recibe nada. Ya ve usted si soy leal. Ahora,
si usted quiere...

Aquel hombre era discreto, y no insisti. Luego, a solas, Cristeta, se
qued muy pensativa.

sta ya me la tena yo tragada. Ni quiebra... ni disgustos... Todo
mentira! Y, sin embargo, Juan algo siente por m... algn cario o
principio de cario me tiene... y miedo de que vaya en aumento, porque
si no... qui! no se escapa l con semejante cobarda. No hubiera
preparado las cosas con tanta astucia y con tales visos de verdad. Ha
sido todo tan verosmil! Y a m que me dio lstima! Lo que es bien
urdido s que ha estado. Pero ha tenido miedo, mucho miedo... Le ha
faltado valor para decirme cara a cara: 'esto se acab'. Por supuesto
que ha pensado despacio en m: el dinero lo demuestra. No me ha regalado
una alhaja como quien deja un recuerdo a una mujer coqueta y
vanidosa...; no, ha sido dinero, como quien dice: 'por si necesitas
algo': luego su deseo no ha sido regalarme, sino que no llegue a
faltarme nada. Me dan unas ganas de devolvrselo! Pero... cmo? Y
adems... no, mientras yo conserve ese dinero siempre habr algo entre
nosotros. Poco he de poder... En fin, veremos.

A partir de entonces, Cristeta recobr aparentemente la tranquilidad de
espritu, sobre todo en el teatro y en presencia de gentes extraas;
hasta se dej cortejar; pero con frecuencia se quedaba ensimismada,
sujeta al imperio de una idea, como persona que medita y fragua un plan
calculando todos los casos, incidentes y peripecias que en su desarrollo
pueden sobrevenir.

Por fin un da, tras cavilar y sufrir mucho, determin escribirle,
procurando que sus palabras no acusaran despecho sino amargura. La
carta, despus de muy pensada, qued con estas mismas frases y
ortografa; bien es verdad que no podan exigirse superiores a quien se
cri en un estanco y comenz a vivir en un teatro de tercer orden.

     _Querido Juan mo: No tengas miedo de que te aburra echndote en
     cara lo mal y remal que te as portado conmigo. No quiero ms que
     decirte una cosa, y esa cosa es que no puedes tener queja de m que
     e sido tonta de remate por demasiado buena, porque lo que as hecho
     t no lo hace un cabayero, y, sin embargo, eres bueno y te quiero:
     lo que no s es por qu te as ido as, cuando yo no te he faltado
     ni por soacin. Tambin te quiero decir que no me hago ilusiones
     contigo, pues estoy combencida de que ni me escribirs ni ars por
     verme: yo, aunque te quiero con toda mi alma, ojal no fuese la
     pura verdad, tampoco procurar de que lleguemos a encontrarnos en
     ningn lado, porque te haba de ver azorao, y no quiero que le d
     bergenza de aber se portao mal al hombre a quien yo he, querido.
     sta es tambin para decirte que ya s que no tengo derecho ninguno
     para obligarte a nada. Figrate cuando yo no he sabido guardarme,
     cmo voy a decirte por qu no has mirado por m; los hombres sois
     as, y la que se fa de vosotros merece que la maten por tonta. No
     creas que me consuelo tan fcilmente, porque perdindote seme a ido
     toda la alegra, y no por lo que t te figurars, sino cuando estoy
     sola, muy sola, es cuando te echo de menos, porque las cosas que me
     decas pareca que me queras. En fin, esto se acab, y no soy nada
     para ti, y te deseo que seas muy feliz con la que busques, pero
     para m se acabaron los hombres. Lo mucho que te he querido Juan
     mo, no me ha dejado nada para otros. En fin, adis Juan, y
     disimula que haya sido tan larga; pero no lo puedo remediar, porque
     estoy yorando. Ya s que t no me queras, y me engaabas y mentas
     al revs de esta que te a querido y no te a engaao nunca tu_

          CRISTA.

     PORDATA: _Te doy las gracias por el dinero que me as regalado. La
     primera intencin que me dio fue debolvrtelo, porque yo no lo he
     echo por el inters; pero me lo guardo por si algn da lo
     necesito, que lo sacar pensando que me lo a dado el nico hombre
     de quien yo puedo tomarlo sin que me d vergenza, porque siempre
     te he mirado como si fueras mo de beras, aunque ya saba yo que
     todo esto era por pasar el tiempo. En fin, adis por ltima vez, y
     que la Birgen te perdone, que yo no te deseo mal ninguno. Cuando te
     as ido as, es que no volvers nunca._

La letra era torpe y temblorosa; algunas palabras estaban medio borradas
por las lgrimas que haban cado sobre el papel, mezclndose a la tinta
fresca.

Aunque don Juan se lo dej encargado, no quiso dirigirle la carta a
_Pars-Poste Restante_, y deseosa de que no se extraviara se la remiti
a don Quintn, cerrada, y acompaada de otra para l, en que le deca lo
siguiente:

     _Querido to: sta es para decirle a usted que le mando por
     Fernndez, como el mes pasado, diecisis duros para ayuda de la
     casa, y para que vean ustedes que no soy descastada, porque lo que
     yo pueda ganar ustedes lo an echo. Tambin ba con sta otra carta
     para el seor Todellas, y ar usted lo que yo le digo, ya le dir a
     usted por qu cuando nos veamos, que ser pronto, porque aqu
     llueve y se acaba el berano, y se va la gente y el teatro anda
     perdido esta quincena. Yo no me voy antes por no pagarme el biaje
     de mi bolsillo, y con la compaa no. Pues con la carta azjunta ar
     usted lo siguiente: ir usted a su casa, preguntar usted en dnde
     est y sus seas, y, si no lo dicen ir usted al casino, y sino lo
     preguntar usted como pueda, y enviar la carta certificada con
     lacre, como cuando se manda dinero. Tambin se me ocurre la idea de
     que pregunte usted a los periodistas que iban por el teatro, y no
     deje usted de hacerlo, que va se lo explicar a usted todo, y no
     quiero que sepa nada la ta, y usted me escribir enseguida. Sin
     ms por hoy que me digan ustedes enseguida si han recibido sta.
     Muchos recuerdos para usted y besos para la ta de sta su sobrina
     que les quiere mucho y berles desea,_

          CRISTETA MORERUELA.

<tb>

Por los das en que don Quintn recibi ambas cartas, brillaba para l
con vivo resplandores la estrella del amor: estaba sometido al imperio
de Venus, representada por Carola.

Cometi la imprudencia de mostrarse generoso, en cuanto permitan sus
ahorros, comprando hoy un vestido, maana un abrigo; le dio para
desempear alhajillas, hasta la llev a cenar al caf, con todo lo cual
Carola lleg a persuadirse de que el vejete tena dinero. Resultado: la
corista machucha y corrida determin, primero, desplegar cuantas
zalameras y gatadas pudiese sugerirle su deseo de asegurar la presa, y
segundo, recurrir, si fuese necesario, a la bronca y el escndalo para
evitar el abandono: cuando no bastasen las cucamonas y los mimos,
empleara el terror. Estaba en el otoo, ya muy entrado, de su azarosa
vida, y comprenda que aquel hombre era una ganga.

Entregronse, pues, al mayor desenfreno amoroso: ella por clculo y l
por torpe apasionamiento.

Cuentan las historias de Oriente que Seleuco, rey de Antioqua, mand
fabricar un estanque con fondo y muros de plata bruida, lleno de agua
limpsima y aromatizada, donde dispuso que su prometida Maiouma nadase
desnuda a la luz de la luna, antes de serle llevada a la cmara nupcial:
y refieren las crnicas arbigas que Yusuf de Granada goz a su favorita
Jandaya teniendo por tlamo un montn que mand formar deshojando las
rosas ms encendidas y rojas que pudieron cogerse en el Generalife; pero
estas son exageraciones de historiadores, o fantasas de poetas, que
resultan pobres y mezquinas comparadas con los modos que Carolina
inventaba para enloquecer a su amante.

Un da, fingiendo que para airearlos haba sacado del cofre los trajes
de teatro, le esper vestida de odalisca zarzuelera, con perlas de
vidrio entre las trenzas, collar de monedillas de cobre, y el cuerpo
impdicamente semioculto entre rasos deslucidos y gasas tazadas, pero al
fin rasos y gasas como don Quintn no los haba visto ni en sueos. Otra
tarde, pues aquellos desrdenes eran vespertinos, le aguard vestida de
aldeana, y otra vez en traje de bailarina. Carola no era mujer: era un
serrallo. Pero lo que le pona fuera de s era admirarla de seora, con
abanico de plumas, vestido de cola, escotada y con prendido de flores en
el pecho. Cuando la vea engalanada de este modo, no se sentaba, sino
que se dejaba caer estupefacto en un silln desvencijado: ella entonces
se pona de media anqueta en uno de los brazos del butacn, y alzando
una copa de Champaa, que compr en el Rastro, brindaba con pardillo de
la taberna cercana: luego paladeaban a medias los incendiados sorbos, y
de fijo que no gozaron la mitad que ellos los ms venturosos amantes de
la historia. No hizo tanto Aspasia, prendada de Alcibades. Don Quintn
se anegaba en un mar de impurezas: sus amorosos aspavientos slo eran
comparables a las convulsiones de una rana sometida a una corriente
elctrica. Aquel hombre que impona respeto a sus convecinos mientras
despachaba sellos y cajetillas, ms serio que San Luis cuando
administraba justicia bajo el legendario roble, era por las tardes un
personaje enteramente distinto. Lo nico que senta era no tener ropa
con que disfrazarse de magnate o de emperador; de algo, en fin, con
autoridad para hacer que el mundo entero se postrara en adoracin de
aquella sirena.

Sin embargo, en medio de tan enloquecedoras orgas senta punzadas de
amargura, porque junto a los rasgados ojos de Carola descubra la
terrible pata de gallo, y el exceso de celo con que le procuraba
placeres nuevos y sensaciones desconocidas le haca pensar en que
aquella mujer deba de haber aprendido tan impuro arte en brazos de
otros amantes: sobre todo, le molestaba que se desesperase y quedara
rendida cuando l tardaba en responder, o no responda, al llamamiento
voluptuoso a que ella le incitaba con todo linaje de rebuscados
artificios. Finalmente: varias veces, al hundir sus dedos en los
desordenados rizos de Carola, haba sorprendido mechones de canas
ocultas en lo ms recndito del moo. Terrible descubrimiento! En un
principio Carola le pareci apropiada a su edad y estado de
conservacin; pero luego se le antoj algo entrada en aos. Cunto ms
intensas hubieran sido aquellas dulzuras compartidas con una querida
joven! Entonces, del fondo de su pensamiento surga el recuerdo de
Mariquilla, y junto a ella, por relacin de ideas, la odiosa figura de
don Juan, el hombre aborrecido, porque para don Quintn era verdad
incontrovertible que, a no evitarlo aqul, la muchacha se le hubiera
rendido. Los paralelos que estableca con la imaginacin al pensar en
tales cosas, resultaban poco favorables a Carola. Qu diferencia entre
sus blanduchos y manoseados encantos y el duro y levantado pecho de
Mariquilla!

Haba tambin otro motivo para que don Quintn persistiese en su rencor
hacia don Juan; y era, que desde la poca en que doa Frasquita dio
crdito a los supuestos desrdenes de su esposo con Mariquilla, no dej
de atormentarle con furibundos celos. Consenta de mala gana en las
salidas al caer la tarde, que l aprovechaba para convertir en harn el
sotabanco de Carola; pero de noche no le permita poner el pie en la
calle. Adems, de los labios de doa Frasquita continuamente brotaban
dichos y apstrofes tan destemplados como stos:--Carcamal! No haber
tenido familia a los veinte, y querer correrla con un pie en la
sepultura! Cochino! Buen chasco se llevara la que fuese, porque... al
burro que no puede con la albarda, chele usted doble carga!

Don Quintn sonrea y callaba, esperanzado con tomar secreta venganza de
tan ofensivas frases, a falta de Mariquilla, en brazos de Carola, aunque
no fuese ms que una o dos veces por semana.

Lo peor era que, sorbido por el amor, se cuidaba muy poco del estanco.
No haca oportunamente las sacas del tabaco, no iba _al sello_ cuando
deba, se le olvidaba escoger los _peninsulares_, y hasta lleg a tomar
moneda falsa.

Tal era su situacin cuando recibi las dos cartas de Cristeta. Ley
primero la que le iba destinada, y en seguida ocult la otra, temeroso
de que doa Frasquita la viese. Luego comenz la curiosidad a roerle el
pensamiento. Por qu escribira su sobrina con tanto misterio al
aborrecido don Juan? Qu habra pasado entre ambos? Estaran en
relaciones... ntimas... _arrimaos_, que dice la gente ordinaria? El
empeo de Cristeta en averiguar su paradero, autorizaba las ms
ofensivas conjeturas y don Quintn tena el espritu predispuesto a
concebir pecados y liviandades. No estaba l enamorado hasta las
cachas? Pues cmo haba de ser inverosmil que Cristeta hubiese
incurrido en alguna desenvoltura?

Claro est que al imaginarlo no se apen como si se tratara de una hija
suya; pero se disgust y, sobre todo, aprovech la ocasin para
acrecentar con justa causa su odio hacia don Juan; casi alegrndose por
tener motivo que atizara su deseo de venganza. Consider a Cristeta
seducida, abandonada, y le dio lstima; mas el sentimiento que le domin
fue el rencor. Cuando se le ocurra la idea de que tal vez la desdicha
de Cristeta fuese figuracin suya, se pona triste cual si viese
quebrantada la base de sus proyectos de venganza. Se habra ella, tan
lista y juiciosa, dejado atrapar por aquel bribn? El nico medio de
salir de dudas era abrir la segunda carta. Con qu derecho? Con el
mismo que tuvo don Juan para burlarse de l, hacindole juguete de una
chicuela y, lo que era peor, estorbando que la conquistase. La
dificultad estaba en abrir la carta sin que luego se conociera. Tras
largas cavilaciones, obedeciendo a una idea que le pareci tan original
como atrevida y segura, sin pararse en peligros, rasg el sobre y ley.

La carta le dijo claramente el infortunio de su sobrina. En el alma de
don Quintn son una voz que pareci gritar venganza! con aquella
terrible entonacin que en los dramas histricos emplean los racionistas
para gritar: Arma, arma, guerra, guerra! Despus se qued abismado en
un mar de dudas. Se dara por enterado del secreto que acababa de
descubrir, confesando a Cristeta la violacin de la carta? No, porque se
enfurecera. Lo conveniente era ayudarla, tenerla contenta, aparentando
ignorancia, y buscar en ella un aliado, con cuyo auxilio fuese posible
domesticar a doa Franquista y gozar de mayor libertad. Por ltimo,
encerrado en su cuarto, reley tres o cuatro veces la carta para
empaparse bien de sus quejas. Despus busc un sobre parecido al que
haba roto, y colocando el viejo sobre el vidrio de un balcn y poniendo
el nuevo encima, calc el primero al trasluz, hacindolo con tanta
habilidad, que su misma sobrina hubiera quedado engaada.

Al da siguiente estuvo en la secretara del Casino, averigu dnde
viva don Juan, fue a su casa, esper al cartero, le sigui hasta
Correos, y mostrndoselo a otro cartero amigo suyo que all estaba, hizo
que ste preguntase a su colega dnde dej encargado don Juan que le
remitiesen las cartas que para l llegaron. La respuesta fue
satisfactoria: _12, rue de Rochechouart, Pars._ Y all envi el pliego,
certificado en toda regla.

<tb>

A las pocas semanas de esto lleg Cristeta, triste de nimo y
desmejorada de cuerpo. Lo primero que hizo fue comunicar a sus tos que
haba formado irrevocable propsito de renunciar al teatro. Prometioles
que en la casa les aliviara cuanto pudiese del trabajo, habl de
ponerse a oficio, y aadi que, a ser forzoso, se buscara de cualquier
modo honradamente la vida: todo menos volver a pisar un escenario. Tan
firme la vieron en su resolucin, que no intentaron disuadirla; don
Quintn nada objet, comprendiendo que hubiera sido intil; doa
Franquista lo sinti, calculando que ya no volveran sus guardadores
dedos a tocar el importe de las quincenas; pero al mismo tiempo se
alegr, imaginando que, alejada Cristeta del teatro, no habra pretexto
para que lo frecuentase su marido.

La regla de conducta que Cristeta se haba impuesto consista en esperar
los acontecimientos y dar tiempo al tiempo. En lo ms recndito del
pensamiento dej que anidara la esperanza; en el fondo del corazn
ocult su amor a Juan, y en lo ms seguro de su cmoda guard el pequeo
fajo de billetes de banco que cobr en Santurroriaga al presentar el
taln firmado por su ex--amante.

Su vida fue desde entonces toda recogimiento y prudencia. Por la maana
temprano se alisaba el pelo, sin tufos, rizos, ni flequillo; se vesta
modestamente, y comenzaba a despachar en el estanco sin ms descanso que
el preciso para almorzar y comer. Luego de cerrada la tienda, se
retiraba a su cuarto y all poblaba de recuerdos su triste soledad, o
lloraba, dolindole como a verdadera enamorada, antes la injusticia del
abandono, que la crueldad de la deshonra. Otras veces, embriagndose de
esperanzas, acariciaba proyectos, y soando juntamente con lo porvenir y
lo pasado, le pareca que las lgrimas que le resbalaban desde las
mejillas a los labios, tenan el sabor dulcsimo de los besos perdidos.
La deshonra! Qu le importaba? Ni a qu echar de menos el encanto de
la doncellez s jams haba de sentir no poder ofrecrselo a otro
hombre?... Qu das tan largos! Qu noches tan tristes! Comparaba las
de ahora, con las pasadas, y aunque exenta de grosera sensualidad, vea
que la almohada de su cama era para ella sola demasiado grande. Como de
hoguera encendida en campo raso que cuando parece apagada, de pronto se
aviva y chisporrotea al menor soplo de aire, as en su mente se iban
alzando los recuerdos. Largas y turbulentas veladas de amor, estabais
lejanas, pero no olvidadas. Qu impaciencia en la espera! Qu alegra
cuando llegaba! En la posesin, qu completa entrega de alma y cuerpo!
Qu dulce laxitud en el reposo! Y en la despedida, qu dulcsima pena!
Quin haca la ltima caricia? Esto s que era irrecordable. Las
escenas y momentos que Cristeta se complaca en evocar, no le venan a
la memoria como delirio de imaginacin viciosa obstinada en reproducir
mentalmente lo que aun para el pensamiento debe ser pudoroso; eran
reminiscencias espontneas, dispersas e incompletas, rememoradas como
versos sueltos de un poema ledo en das venturosos. Cunto gozaba _l_
sepultando las manos entre sus rizos de oro, y con qu delicia aspiraba
la leve rfaga de perfume que de ellos se escapaba! Despus vena el
ruido rpido que producen las trencillas del cors al deslizarse por
entre los ojetes metlicos; luego caan sobre la alfombra las ropas, con
gemir de ola en playa, oase el murmullo de las frases ahogadas en
besos, y en seguida comenzaban esos primores de refinamiento amoroso que
condenan los hipcritas y disculpan los sabios. Cmo los recordaba!
Juan tena la costumbre de colocar la luz sobre la mesa de noche, porque
no le gustaba poseerla sin mirarla; durante los primeros abrazos
charlaban mucho, boca con odo. Despus... un pecho anheloso sirviendo
de almohada palpitante a un rostro agradecido, y, por fin, el resplandor
del alba que, como virgen plida y envidiosa, llamaba temblando en los
vidrios del balcn para decir a los felices amantes: Basta! Mas no
todo lo que Cristeta senta era deliciosamente impuro, no; que junto a
la involuntaria tentacin del deseo tambin bullan en su alma ideas
ajenas al placer. S; cien cuerpos quisiera tener para que l, como
seor, los poseyera, y cada noche una virginidad para entregrsela; pero
al mismo tiempo, si enfermase, con qu sincera abnegacin le cuidara!
Si el dolor le postrara dejndole aos y aos sin fuerza para oprimirla
ni voluptuosidad para besarla, cun tranquila y resignadamente se
trocara de querida en enfermera! Entonces vendra la lujuria del
cario, el no dormir para velarle, el contar los minutos para darle a su
tiempo los remedios, el espiar el hervor de su respiracin y el ardor de
la frente y la transpiracin de la piel; y los bajos oficios que a otras
personas fueran repugnantes y que ella hara gozosa saboreando su triste
y voluntaria servidumbre. Le amaba mucho, pero an le quera ms. Capaz
era de sorberle la vida y destrozarle la salud a fuerza de pedirle amor;
pero tambin tena en el alma un tesoro de cario, donde, como en un
Jordn, podan purificarse sus caricias y sus besos.

De esta suerte, entre avivar recuerdos y esperanzas con espejismos del
deseo, se le fue pasando el tiempo. Transcurrieron semanas, meses, y
lleg el aniversario del da en que le conoci... No: no fue de da, fue
de noche. Lo recordaba hasta en los menores detalles. Estaba vestida de
gitana: falda de percal muy hueca, rizos en las sienes, moo bajo y la
nuca acariciada por un manojillo de flores que parecan colocadas por el
mismo diablo. Cuantos as la vieron la elogiaron achuladamente: slo l
tuvo valor para decir que todo aquello, por flamenco y grosero, desdeca
de su tipo elegante y fino. De cuntas cosas parecidas se acordaba!

Ansiosa de saber si Juan haba llegado a Madrid, fue a los teatros en
das de estreno, al primer turno del Real, y nada. Llegaba a primera
hora, acompaada de su to, se acomodaba en una galera alta, tenda la
vista por la sala, y cuando se convenca de que Juan no estaba, se
volva a casa con las lgrimas agolpadas a los ojos y la esperanza
refugiada en lo ms hondo del alma. No era su propsito hacerse la
encontradiza, ni hablarle, ni menos reconvenirle; lo que ansiaba era
verle.

Acab el invierno; pasaron la primavera y el verano siguiente sin que
pudiese averiguar su paradero. Cada vez que don Quintn, enviado por
ella, iba al portal de la casa en que viva le daban la misma respuesta:
No sabemos nada; se plantar aqu sin avisar, como siempre; luego come
unos das de fonda hasta que puede venir Mnica, su cocinera. De cuando
en cuando Cristeta lea en los peridicos las revistas de salones por
ver si el nombre de Juan figuraba en la relacin de algn baile; y si
entraba en el estanco persona de quien ella supiese que le conoca,
preguntaba con timidez mezclada de astucia. Todo era intil: en los
teatros no se le vea, la portera segua esperndole, y los revisteros
de salones sin nombrarle. Cul sera la causa de tan prolongada
ausencia? Por huir de ella? Ojal! Seal de que no la haba olvidado.
Estara preso en brazos de otra? Amarga era la suposicin; pero no
importaba gran cosa, porque Juan no permaneca nunca mucho tiempo en tal
cautividad: se prendaba de un cuerpo hermoso hasta conocerlo poco a
poco, beso a beso; pero enamorarse... imposible! En esto precisamente
fundaba Cristeta su esperanza. Cul era su plan? A nadie lo comunic.
Doa Franquista ignoraba que hubiese sido seducida y abandonada: don
Quintn, merced a su pasada indiscrecin, saba la verdad incompleta;
que don Juan se port villanamente; pero del provecto que ella abrigase,
ni palabra.

Mientras tanto don Juan continuaba en Pars haciendo vida de hombre
alegre, libre y rico. A qu narrar sus aventuras? Hoy, una pecadora ms
o menos cara, de esas cuyo amor gozado sin ilusin, deja en alma y
cuerpo el descaecimiento y el hasto propios de todo lo forzado; maana,
una gran seora de aquellas a quienes se corteja por vanidad, cuyas
caricias no valen el sobresalto que cuestan; otro da, una camarera de
fonda de las que a primera vista parecen limpias y resultan
insoportables; de cuando en cuando, la mujer con quien se tropieza en
viaje, posesin de lo annimo, encanto de lo desconocido, los besos en
el tnel, la parada en la misma fonda, noche, almuerzo, regalo y
despedida con tristeza falsificada. Pero entre tanto desatino amoroso,
entre tanto deleite comprado, ni un solo latido de verdadera pasin. Ni
en las almohadas recin puestas de la cortesana, que diariamente se
mudan sin que su dueo sepa quin habr de arrugarlas, ni en los cojines
sedosos del gabinete de la gran seora, an oprimidos por el peso de
otro adulterio, ni en las camas de fonda cuyos muelles crujen hoy para
uno y maana para otro, en ninguna parte goz don Juan aquel plcido y
tranquilo deleite que le ofrecieron los brazos de Cristeta. No la ech
de menos ni se arrepinti de haberla huido; pero la recordaba porque las
otras mujeres se la traan a la memoria sugirindole involuntarias
comparaciones de que siempre sala victoriosa. Ocurrale, sin embargo,
que cuanto mayor era el encanto con que la recordaba, ms intenso era
tambin el desasosiego que le produca, porque la reflexin se hartaba
de decirle que Cristeta no era flor de un da o estrella de una noche.
Slo pudo librarse de ella empleando el cobarde recurso de la fuga. Qu
sucedera si volviese a encontrarla en su camino? Aunque por propia
voluntad nunca evocaba su recuerdo, muchas veces, en la impaciencia de
una cita, en el ficticio entusiasmo de una parodia de amor, en medio del
enojo que causa la posesin de lo que se ha deseado tibiamente, surga
en su pensamiento la imagen de Cristeta, nica mujer que al entregrsele
le haba dado, al par del cuerpo, algo del alma.

Hubo antiguamente en tierra de Indias una princesa que poseyendo un
arenal extenso, quiso convertirlo en jardn. A fuerza de gastar vidas de
esclavos y talegos de monedas, pobl el arenal de flores
maravillosamente raras cada una de las cuales representaba un tesoro. Y
ocurri, que estando un da la princesa apoyada de codos en la baranda
de gata que dominaba aquel campo de colores vivos y movibles, vio una
flor sencillsima, blanca y ligeramente sonrosada como mejilla pudorosa,
que haba brotado espontneamente sin costar una gota de sudor ni un
hilo de agua. Y desde entonces, por mucho que la princesa se deleitase
en contemplar las flores que representaban vidas de esclavos y montones
de riquezas, siempre se le iban los ojos hacia la florecilla humilde,
cuya semilla trajo el aire misterioso de regiones lejanas.

Lo mismo le pasaba a don Juan. Las ropas casi impalpables por lo finas,
los perfumes ms rebuscados, los corss llenos de encajes no conseguan
destronar de su memoria los lienzos que envolvan a Cristeta, el natural
aroma de su limpio cuerpo y el modesto cors blanco que tanto les haca
rer, entre impacientes y burlones, cuando se le haca nudos la
trencilla.

Misterio incomprensible! Las reminiscencias de don Juan no eran castas,
y, sin embargo, al desvanecerse y borrarse le dejaban en el alma cierta
serena placidez; semejantes al humo que cuando se alza de la tierra es
vapor sucio, y que a veces acaba por parecer en el espacio nube
resplandeciente y limpia.

Dos aos y unos cuantos meses pasaron Cristeta y don Juan, viviendo de
esta suerte, cada uno por su lado.

Recordaba l de tarde en tarde, sin querer; ella no dej un solo da de
esperarle.




Captulo XIII

Hacen alianza el amor, que es nio, y la travesura, que es mujer


En el estanco hubo notables alteraciones originadas de aquella
alborotada pasin que se apoder del viejo; pues lo que le hubiera
ocurrido con Mariquilla, si don Juan no lo estorbara, le sucedi con
Carola. Comenz yendo a verla una vez por semana, como peridico de
modas o entrega de noveln patibulario; luego cada tres das, cual si su
amor fuese terciana, y acab visitndola casi diariamente; no siendo lo
lastimoso que menudeara las visitas, sino que entre el desasosiego que
las preceda y lo desmazalado y lacio que solan dejarle, ni fuerza le
quedaba en la lengua para humedecer un sello. A consecuencia de las
cenas, y particularmente de los postres, el infeliz no tena cabeza para
nada.

Doa Franquista, creyendo que su mal humor era rabia por habrsele
frustrado la aventura que ella evit, le oa refunfuar y maldecir sin
hacerle pizca de caso, hasta que irritado con aquella ofensiva
indiferencia y envalentonado por su senil amor, lleg a convertirse en
tiranuelo del hogar donde dos aos antes tena idntica autoridad que el
gato. En vano pretendi su mujer recobrar el perdido ascendiente:
Quintn estaba desconocido: tan pronto se enfureca por un qutame all
esas pajas, como responda a las lgrimas con desdeoso encogimiento de
hombros, acabando por quedarse impasible, a modo de dolo chino de los
que se contemplan el ombligo, con lo cual ella llegaba al paroxismo de
la clera.

Por contera, se hizo rumboso, y no para su casa. No poda regalar a su
Circe piedras preciosas ni brocados; pero en la medida de sus posibles,
le compraba los diamantes americanos por libras, y las telas de lanilla
por kilmetros. En metlico le fue llevando primero poco a poco, y en
seguida mucho a mucho, cuanto tena ahorrado desde que vendi la primera
tagarnina de a tres cuartos, y luego dio en la flor de sangrar el cajn
de la venta diaria, dejndolo algunas veces sin cambio de dos pesetas.
Si no traslad al sotabanco de Carola cuanto haba en la trastienda, fue
por considerarlo indigno de tan gran seora; pero la nica prenda lujosa
que tena Frasquita, un soberbio paoln de Manila poblado de chinos y
guacamayos multicolores, pas del cofre marital al bal del adulterio.
Afortunadamente, la ultrajada esposa tard mucho en saberlo.

En el estanco no se coma ms que sopa, cocido, ensalada, y de postre
fruta, cuando por barata hasta los soldados podan comprarla. La
tacaera de Quintn suprimi los buuelos de Todos los Santos, el
besugo de Nochebuena y los panecillos de San Antn; en cambio para su
daifa, pavo y perniles se le antojaban poco. Raro era el da que al ir a
visitarla no le llevaba alguna golosina; unas veces jamn con huevos
hilados, otras _pos nonos_ rellenos de dulce crema, y en vindola
bostezar de aburrimiento, que le pareca flato, bajaba de tres en tres
las escaleras para que del caf cercano trajesen un _bist_ sepultado
bajo un cerrillo de patatas. Su mayor delicia consista en obsequiarla
con merengues, que luego ambos coman a medias, mordindolos al mismo
tiempo por opuestos extremos, hasta que, tropezndose las culpables
bocas, sonaban escandalosos besos.

So pretexto de adecentarse por la mucha gente que entraba en el estanco,
y en realidad por deseo de aparecer ms elegante a los ojos de su amada,
don Quintn se hizo casi gomoso. La americana pardusca, de codos rados
y solapas sebosas, fue sustituida con otra de pao _fantasa_ a cuadros
azul--verdoso y ocre; las corbatas de tres vueltas, contemporneas de la
_vicalvarada_, se trocaron en nudos a la marinera, ya morados como
pellejo de ciruela damascena, ya blanquisucios como cuello de trtola;
con asombro de Frasquita, se acostumbr a mudarse de camisa dos veces
por semana; y desafiando al reuma, en lugar de calzoncillos de bayeta
amarilla, comenz a usarlos de bombas, que otros llaman fustn, tela
peluda, con lo cual de medio cuerpo abajo, ms que hombre pareca oso
blanco. Irracional y triste condicin que le trajo la ponzoa de la
sensualidad!

Lo peor fue que por tanto emperejilarse y tanto ir a casa de su querida,
se relaj en la vigilancia y cuidado del despacho, de tal modo, que
cuando no le faltaban cajetillas se le concluan los sellos; resultando
que empez por perder la confianza de los parroquianos a quienes escoga
puros, y acab por desacreditar la tienda en pocos meses.

Lo que sucedi entonces, fue horrible. Cierto individuo que ambicionaba
el estanco y que serva de agente electoral a un personaje poltico,
logr que para drselo a l se lo quitaran a don Quintn, el cual al
volver una tarde de casa de Carola, deshecho a puras caricias, se
encontr sobre el mostrador un oficio en que la Direccin de Rentas
Estancadas le desposea de aquella concesin estanqueril, cambindosela
por otra en los barrios bajos, que seguramente producira mucho menos.

El golpe fue tremendo. Un estanco en la calle de la Pingarrona! Un
miserable tenducho donde slo entraran jornaleros y verduleras, donde
no se despachara un cntimo de _escogidos_, ni sobres, ni plumas, ni
boquillas, ni ms sellos que de a quince, ni apenas papel sellado!
Adems, derrochados los ahorros reunidos desde tiempo de Narvez, con
qu tesoros pagara los caprichos de su adorada? Adis, regalos
agradecidos con caricias de pantera enamorada! Adis, huevos hilados y
_bists_ con patatas, y cafs con tostada como no los so ningn
strapa de Oriente! Jams ilusiones humanas se derrumbaron desde tan
alto. Infeliz estanquero, en quien la suerte haca escarnio,
mostrndole brutalmente que el amor, cuanto ms caro cuesta, con mayor
facilidad se pierde!

Le fue preciso resignarse, y acept el traslado desde el estanco
cntrico al de la calle de la Pingarrona.

Antes de que se verificara la mudanza ocurrieron en la casa grandes
novedades.

Haca tiempo que don Quintn estaba cariossimo y muy servicial con
Cristeta, impulsndole a ello, primero, el afn de influir en su nimo
para que tornase al teatro, de lo cual a l no poda menos de segursele
provecho; y segundo, el haber adivinado que a la chica le bulla en el
pensamiento alguna maquinacin contra don Juan, empresa en que estaba
dispuesto a favorecerla. Si no tiene a ese maldito entre ceja y
ceja--pensaba--, a qu viene el encargarme cada tres das que averige si
ha vuelto? Ello fue que, por aquellos mismos das en que sobrevino la
traslacin del estanco, supo que don Juan estaba de regreso y acto
continuo se lo comunic a Cristeta.

Con qu dulcsima emocin recibi sta la noticia! Ante la idea de
verle, su alma se ba en alegra, despus frunci el lindo ceo,
revelando perplejidad, y, por ltimo, su actitud y la expresin de su
rostro fueron los mismos que cuando dos aos atrs qued abandonada en
la fonda de Santurroriaga. Como entonces, el ajuar de su cuarto era
modestsimo; como entonces, ella, por su arrogancia y seriedad, tom
aspecto de reina destronada y resuelta a reconquistar el cetro. Lo que
fraguaba era misterio impenetrable. Con nadie comunic su designio, pero
su plan deba de estar erizado de obstculos, porque aquella noche
durmi mal. No la desvelaron voluntarios ensueos de amor sino clculos
de presupuestos, cuentas y nmeros.

A la maana siguiente, hallndose con sus tos en la trastienda, que
todos haban de abandonar en breve, les habl de esta suerte:

--Titos, no crean ustedes que lo que les voy a decir es por falta de
cario...; pero en fin..., aqu todo va muy mal, y con la picarda que
han hecho de quitarles a ustedes este estanco, comprendo que habr que
reducir mucho los gastos.

--Habla, que nos tienes con el alma en un hilo--dijo don Quintn.

--Si creen ustedes que hago lo que voy a hacer por no estar a las duras,
como he estado a las maduras, que se les quite eso de la cabeza. Yo
seguir ayudndoles a ustedes en lo que pueda; por de pronto, aqu estn
estos treinta duros para la mudanza. Y como doa Frasquita abriese ms
boca que un horno, Cristeta prosigui:--Djenme ustedes concluir. No
quiero serles gravosa y me voy.

--Muchacha!

--Ests en tu juicio?

--Nada, nada; quiero vivir sola. Adems, tal vez vuelva al teatro, y como
ustedes comprendern, no puedo ser artista y vivir en la calle de la
Pingarrona, donde ustedes van a parar.

La conversacin fue larga, mostrndose Cristeta tan firme en su
propsito, que los vicios bajaron la cabeza. Doa Frasquita tembl ante
la idea de que, si su sobrina volva al teatro, tornase su marido a las
pasadas liviandades: don Quintn, barruntando que en aquello andaba
Juan, call seguro de que Cristeta le hablara luego reservadamente.

No se haba equivocado. Cuando to y sobrina se quedaron solos, dijo
ella con la energa de quien no admite contradiccin:

--igame usted bien, to. Quiero irme a vivir solita, porque me conviene;
no hay fuerzas humanas que me hagan desistir. Y le advierto a usted una
cosa: que s todo lo que se trae usted con la Carolina, la que estaba de
corista cuando yo trabajaba. Y hasta me malicio que si le han quitado a
usted el estanco, es porque no piensa usted ms que en ella ni se cuida
usted de nada, y a eso se han _agarrao_.

Don Quintn abri desmesuradamente los ojos.

--Bueno--continu Cristeta--; pues no quiero que nadie, lo entiende
usted?, que absolutamente nadie sepa dnde voy a vivir. Venga quien
venga, usted como si no supiese jota. Mientras yo no disponga otra cosa.

--Y si viene don Juan?

--A se menos que a nadie.

--Pero qu los traes entre manos?

--A su tiempo se sabr todo; ahora no. Y le advierto a usted que ya puede
ensear bien la leccin a la ta. Compnganselas ustedes como quieran;
pero en cuantito que digan a alguien, sea quien fuere, mi paradero,
vengo y le cuento a la ta de pe a pa todas sus trapisondas de usted; lo
de Mariquilla, que si no fue... no qued por usted, y lo de esta mala
pcora de ahora, que le tiene a usted sorbido el seso.

--Chiquilla! Yo hago de mi capa...

--Usted no hace ms que tonteras. Clarito; armo la de Dios es Cristo, y
entre la ta y Carola le sacan a usted los ojos. Usted ver lo que ha de
hacer para tenerme contenta; en cambio, le dar a usted de cuando en
cuando lo que pueda, no por ayudarle a mantener vicios, estamos? sino
para que no meta usted mano al cajn y evitar disgustos a la ta, porque
esa chifladura de hacerse el enamorado no habr medio de quitrsela a
usted de la cabeza... es cosa de los aos.

--Muchacha... es que vas a darme lecciones? Te has vuelto loca?

--Usted s que est chocho; pero yo no puedo evitarlo. Qu adelantara
con tirar de la manta? La ta se mora del sofocn.

--O me ahogaba.

--Pues lo dicho. En cuanto alguien sepa, por culpa de usted, dnde vivo
yo, sabr doa Frasquita dnde tiene usted la querida.

Tan vanidoso es el hombre, que la palabra _querida_ son en los odos de
don Quintn como una msica deliciosa. Luego, por la cuenta que le
traa, convenci a su mujer de que a Cristeta le era indispensable vivir
sola. Ambos viejos, medio en serio, medio en broma, la llamaron
descastada, ingratona y mala cabeza; pero se conformaron, quedando
resuelto que a nadie diran su paradero.

Aquella tarde Cristeta permaneci encerrada en su cuarto arreglando
ropas y bales, y al da siguiente sali muy de maana, tan pobremente
vestida, que pareca una modistilla. Desde la Plaza Mayor baj por la
calle de Toledo, torci luego hacia la derecha, a los pocos minutos de
marcha se detuvo en una calle cercana a San Francisco el Grande, mir el
nmero de una casa, entr en el portal sin vacilar, subi la escalera, y
en uno de los pisos altos llam. A los pocos segundos le abra la puerta
una joven, guapetona y de fisonoma inteligente. Se llamaba Ins, y
haba sido criada de doa Frasquita, de cuya casa sali para casarse con
un ex--cochero que, tras haber servido a un grande, con la proteccin de
ste y sus propios ahorros, estableci un servicio de carruajes por
abono.

Mientras dur el noviazgo de Ins y Manolo, que as se llamaba el mozo,
Cristeta compadecida de ellos, les protegi cuanto pudo, facilitando
salidas a la muchacha, disculpndola si tardaba, y hasta espumando el
puchero cuando la enamorada se entretena un rato en la esquina
inmediata. Por ltimo, al celebrarse la boda se prest a ser madrina, en
nombre de una condesa a quien haba servido el novio, y desde entonces,
agradecida la pareja, aunque parezca inverosmil, mostr siempre cario
a la _seorita Cristeta_, sin parar mientes en que, a pesar de este
seoro, eran ellos casi ricos con relacin a la sobrina de los
estanqueros.

Al verse Ins y Cristeta cruzaron unas cuantas frases llanamente
afectuosas, y segn hablaban fueron entrando a un cuarto, en cuyas
paredes se vea hasta media docena de litografas con color que
representaban caballos y carruajes de distintas formas, lminas
arrancadas sin duda del catlogo de algn constructor de coches.
Componan el modesto mueblaje una consola, sillas de tapicera muy
usadas, procedentes de casa de los condes, y un sof de gutapercha en
plena decrepitud. Sobre la consola haba un santo bajo fanal, dos
floreros de loza con ramos de mano y varias fotografas; el retrato de
la condesa con galas de baile, haciendo pareja a ste el de Cristeta en
traje de teatro, el del conde a caballo y, por ltimo, los de Manolo e
Ins, l con capa y ella con mantilla de casco.

Grave y trascendental debi de ser lo que trataron ambas mujeres, porque
a pesar de hallarse solas, Cristeta baj la voz cuanto pudo, limitndose
Ins a contestar con inclinaciones de cabeza y cadas de prpados, que
denotaban conformidad y sumisin. Despus el dilogo se hizo ms
entrecortado, pero tan a la sordina, que quien hubiese estado cerca
habra odo unas palabras s y otras no, quedando, por lo tanto,
incompleto y truncado el sentido de las frases. Por ejemplo:

_Cristeta_.--No s..., dos, tres meses... Esencial..., niera.

_Ins_.--S..., doa Jesualda..., don Pedro, casa vieja..., el
administrador conocido... Chico... maana iremos juntas.

_Cristeta_.--Berlina..., tu marido. Los sitios convenidos de antemano...
Comprendes?

_Ins_.--Hablarn ustedes.

La conversacin se prolong mucho, y al final hablaron un poco ms alto,
refirindose a lo anteriormente dicho.

_Ins_.--Todo se arreglar.

_Cristeta_.--Convncele t.

_Ins_.--Maana sin falta.

_Cristeta_.--No tengo ms esperanza.

_Ins_.--Quin sabe?

_Cristeta_.--Tmalo con empeo.

_Ins_.--Vaya usted tranquila, y hasta maana...; pero, la verdad....
qu granujas son los hombres!

_Cristeta_.--Y nosotras, qu simples!

_Ins_.--No, pues si todas furamos tan listas come usted, pobrecitos!

_Cristeta_.--Con eso y con que no me sirva de nada...

_Ins_.--Adis, seorita.

Aquella misma noche discutieron marido y mujer el caso, hasta que l
cedi a los deseos que tena ella de complacer a la que fue protectora
de su amor.

Volvi Cristeta al da siguiente, y en la misma salita de la vspera fue
recibida por Ins, que la estaba esperando, acompaada de una mujer
entrada en aos, corpulenta, ex--guapa, muy achulada y al parecer amable.
Ins dijo presentndolas mutuamente:

--Esta es la seorita de quien hemos hablado, aqu tiene usted a doa
Jesualda. A ver si se entienden ustedes.

La Jesualda habitaba un cuarto tercero interior de una casa de la calle
de Don Pedro; haba sido prestamista, pero se le torcieron los negocios
y tuvo que renunciar al comercio. Entonces quiso vivir en compaa de
alguien que le ayudase a pagar el inquilinato, mas por lo apartado de
aquel barrio no hall gente de la condicin que deseaba. Al or la
proposicin de Cristeta, comenz presentando obstculos y haciendo
aspavientos, luego sonri maliciosamente, despus fingi sentirse
sbitamente movida de simpata, y concluy aceptando el trato previo
ajuste del pago y otras condiciones. Hubo aquello de con tal que no
haya escndalo..., yo no quiero los..., usted parece persona decente,
etc., etc.. Todo lo cual oy Cristeta violentndose para no enviar a la
Jesualda noramala.

En conclusin: por una cantidad mdica dispondra de una alcoba y un
gabinetito con cuatro sillas, cmoda y un sof de Vitoria; dara un
tanto para la comida, y haban de correr por cuenta suya el lavado y el
planchado de su ropa. Al final menudearon las promesas de fidelidad y
complacencia. Cuando se despidieron, Cristeta pensaba: Bah!..., por
dos o tres meses... Jesualda se deca: Ahora rompe a volar...; pero
esta mocita se pierde de vista. Puede que sea una mina.

Pasado un rato, Ins y Cristeta salieron juntas dirigindose a una casa
de la calle de San Lucas, que tena un portaln, sobre el cual se lea
este letrero:

              COCHES DE LUJO
             ABONOS POR MESES
    <b>Se admiten caballos a pupilo</b>

--Aqu es--dijo Inesilla al llegar, cediendo el paso a la seorita.

La Virgen me ayude,--pens Cristeta, que iba muy preocupada.

Entraron: al fondo, bajo cobertizo, haba varios coches; a la derecha
una gran cuadra; a la izquierda, un cuartito con una mesa, sobre la cual
se vean un tintero, varias plumas y dos gruesos cuadernos: era el sitio
donde Ins ayudaba a su marido tomando apuntacin de los encargos y
reclamaciones.

Manolo, que estaba esperndolas, sali a recibirlas, y como lo tena
todo hablado con su mujer, en seguida se entendi con Cristeta. A cuanto
ella deca contestaba:

--Con usted no quiero ganar; en no perdiendo, lo que usted mande; como
que es usted ms buena que el pan.

Al despedirse estaban de acuerdo.

Cristeta e Ins quedaron juntas en el cuartito; la segunda deca:

--Con la Jesualda no estar usted mal; es formalota y no tiene mala
vecindad; abajo, una viuda y su hija que cosen para el corte; en el
segundo, una tal Mnica, que tiene huspedes de medio pelo, figrese
usted en aquel barrio qu huspedes ha de haber!; arriba, un militar
_retirao_ que vive con una que dicen si es sobrina _u lo otro_; y en el
sotabanco, la madre del nio y la sobrina, que ahora las llamar. Toda
esta gente en lo interior; la parte que _ti_ vistas a la calle, ya lo
sabe usted, es de los seores dueos de la casa. Lo _prencipal_ es que
yo estoy cerca, y si se pone usted mala no ha de faltarle _n_. Yo no
acabo de hacerme cargo de lo que usted prepara; en fin, cuando usted lo
hace, sus motivos tendr. En cuanto a mi Manolo... es _callao_, no lo
sabr ni la tierra, y como l arree un _cabayo_..., ya _pun golverse_
locos los que la busquen a usted.

En seguida llam a la mujer de un mozo, la cual se present a los pocos
momentos acompaada de una sobrina, de diecisis aos, graciosa,
esbelta, vivaracha, al parecer muy inteligente, y que traa de la mano a
un nio de dos aos. Aunque desarrapado, sucio y mocoso, el chiquitn
pareca un angelito. Muchos lores ingleses hubieran dado sus bosques de
Escocia y sus rentas de la India por ser padres de un mueco como aqul.
La chiquilla tena trazas de descarada.

Cristeta habl en voz baja con ella y con su ta. sta dijo:

--Ya _m enterao_ la _se_ Ins de lo que usted desea. No hay
_deficultad_, _mayormente_. De cuartos, lo que diga la _se_ Ins,
porque yo la debo el pan... La chica es sta..., ya la ve usted, ms
lista!, parte un pelo en el aire, como que la queran en un taller _p_
ir a la cobranza de cuentas _atrass_ a las seoras que no pagan..., y
el nio, aunque sea mo..., _velay_ que _paece_ un _capuyo_ de rosa. Por
supuesto, que ha de dormir en mi casa.

Cristeta cogi al nio, hzole fiestas y, mirando a la sobrina,
pregunt:

--Cmo te llamas?

--Julia, para servir a Dios y a _ustz_.

--Bueno, pues t y yo hablaremos despacio. Hars todo lo que te mande?

--Ya lo ver _ustz_; todo.

Intent Cristeta dar a la muchacha instrucciones detalladas, pero la ta
interrumpi la explicacin, que amenazaba ser larga, con estas palabras:

--Eso maana, en su casa de _ustz_, o lo que es lo _mesmo_, en la
nuestra, porque va le habr _esplicao_ a _ustz_ la seorita Ins que
nosotras vivimos encima de doa Jesualda, en el sotabanco. En cuanto a
la chica, es obediente, _espabil_ y _to_ lo ha de hacer a
_satisfacin_.

--Entonces, asunto concluido--dijo Ins.

Luego acompa a la seorita hasta el centro de Madrid, donde cerca del
estanco se separaron. Cristeta sigui sola, tan ensimismada, que ni
siquiera se fijaba en que, a pesar de lo humildemente que iba vestida,
los hombres se la coman con los ojos.

Al da siguiente, muy temprano, sali del estanco y fue a casa de una
modista, con la cual, tiempo atrs, contrajo amistad mientras trabaj en
el teatro.

Estuvo largo rato viendo telas, escogiendo colores, examinando
figurines, probndose modelos y dejndose tomar medidas. Todo lo que se
encarg fue sencillo y elegantsimo; pero caro para ella. La modista
sonrea maliciosamente, como diciendo: Esta ya cay. Parroquiana
tenemos. Quin ser el pagano?

Otras dos maanas pas Cristeta comprando de tienda en tienda guantes,
velitos, menudencias de adorno y pequeas galas de esas que son
complemento de todo traje femenino. Y por ltimo, despus de haber
preparado cuanto consider necesario, una tarde, entre dos luces, se
mud al tercero interior de doa Jesualda, en la calle de Don Pedro. En
un carrito fueron la cama, sus dos bales, un arca y varios los de
ropa; ella mont en un simn, llevando sobre las rodillas el costurero
que en das ms tranquilos le regal don Juan.

La despedida de los tos no fue dramtica. Doa Frasquita pareca decir:
Hgase tu voluntad. Para ella Cristeta simbolizaba el teatro, es
decir, la perdicin y los vicios de su marido. Don Quintn sonrea
mirando socarronamente a su sobrina; desde que la saba conocedora de
sus liviandades, recelaba que hablase. Cristeta estuvo muy cariosa, y
en el momento de salir del estanco, llor. All haba pasado los
primeros aos de la juventud; all haba soado con damas, galanes,
romances, raptos, aventuras, trajes y aplausos; all, sobre todo, sufri
las primeras noches de insomnio pensando en Juan.

Por la noche, ya en su nueva casa, permaneci largo rato, primero
echando cuentas por los dedos y luego haciendo nmeros en un papelito.
Tema que le faltase dinero.

Despus de acostada, sus recuerdos y esperanzas comenzaron a desvelarla.

Borrosas memorias de la infancia, primeros latidos de la juventud,
amarguras, goces conseguidos, deseos frustrados, proyectos rotos,
espejismos que finge la ambicin, retazos de lo pasado y visiones de lo
porvenir... Parece que os refugiis entre los pliegues de la almohada y
que, cuando en ella reclinamos la cabeza, sals a estorbar el sueo,
hermosa imagen de la nada!

S, esta es la tercera o cuarta cama en que duermo... De chiquita... no
hago memoria... Ah, s! Mi madre era rubia, muy guapa: siempre estaba
trabajando con almohadillas, encajes y alfileres...; el pelo como el
oro, la voz dulce...; debi de ser muy desgraciada. Por qu no habr
vivido mi madre! Luego he dormido en casa de los tos. Pobrecillos,
nunca les abandonar! Despus la cama de la fonda en Santurroriaga...
con l!..., y ahora esta alcoba, porque la cama es la ma. Si algn da
tuviera yo casa, quisiera conservar esta cama. Dios mo, qu ser de
m!... Juan... Aunque no me tocara nunca...; pero sentirle cerca...,
verle todos los das..., saber lo que piensa..., cuidarle..., que me
hable con cario... Por qu encontrarn otras mujeres quien las
quiera?...

Se qued dormida con un brazo cado fuera del embozo, despechugada y el
pelo revuelto en primoroso desorden sobre la almohada, como madeja que
hubiesen enmaraado ngeles.






Captulo XIV

Del cual se colige la vulgarsima verdad de que el hombre es un
animalucho que desprecia lo que posee y torna a desearlo cuando le
parece ajeno


Dos aos y algunos meses pasaron desde que don Juan abandon a Cristeta
en Santurroriaga hasta que volvi a Madrid.

Al encontrarse con su vctima en las alamedas del Retiro, se qued
asombrado. Pas casi toda la noche pensando en ella, y lo poco que
durmi, contemplndola en sueos. Puesta su memoria en constante
trabajo, record cuanto a la pobre muchacha se refera: la primera vez
que hablaron, su diplomacia en cortejarla, los dilogos en el cuartito
del teatro, interrumpidos bruscamente por las entradas del segundo
apunte... Qu guapa estaba con aquellos trajes! Crea verla de paje, de
chula, de princesa, de gitana, y a veces medio desnuda, envuelta en un
amplio manto rojo, destacando sobre un fondo de plantas tropicales y
aureolada por los resplandores de la luz elctrica. Al caer el teln (le
pareca que fue ayer), abandonado el palco, bajaba las escalerillas de
estampa... Despus, Santurroriaga, la fonda... y el Paraso!

A la madrugada despert intranquilo. Sin poder ni querer sofocar los
impulsos de la imaginacin, sigui complacindose en recordar lo que
sinti por Cristeta, semejante al nio que, tras haber destrozado un
juguete, se obstina, desvive y rabia por recomponerlo y restaurarlo.
Despus hizo mil conjeturas, fundadas en la diferencia que exista entre
la Cristeta que le perteneci y la que acababa de ver en el Retiro.
Cunto mejor le sentaban las galas de seora que los oropelescos e
impdicos disfraces del teatro! Le pareca mentira que fuese la misma a
quien tantas veces tuvo entre los brazos. No poda decirse que hubiese
sufrido, sino gozado cambio; antes era fina, gentil y airosa; ahora, sin
perder elegancia, esbeltez ni gallarda, estaba ms llenita y
redondeada; de linda se haba trocado en hermosa. Y qu modo de vestir!
Buena modista y buen pagano!, porque todo lo que llevaba puesto era
rico. En poder de quin estara? Qu vida habra hecho desde que l la
dej burlada? Fuese amante o marido, hombre haba por medio; era
imposible explicarse de otra suerte el lujo que ostentaba, y mucho menos
la existencia del nio. Lo ms verosmil era que se hubiese casado,
porque su severa elegancia, exenta de perifollos llamativos, no era
propia de aventurera, sino de muy seora. Pero... habra tenido la
criminal imprudencia de casarse engaando a un hombre, ocultndole su
pasado? Lo pasado! En el largo catlogo de sus conquistas, ninguna
recordaba don Juan que valiese lo que aqulla. No; en el alma de
Cristeta no caba la doblez de hacerse valer como doncella intacta..., y
an era menos admisible la suposicin de que ella, tan potica y
desinteresada, cobrase amor a un hombre capaz de quererla como propia
sabiendo que otro la goz primero. Lo cierto era que l haba tenido
sucesor, y la existencia del nio demostraba que el reemplazo fue
rapidsimo. Nunca pudo--recordarse con ms oportunidad aquello de a rey
muerto, rey puesto. Al fin, mujer! Tanta promesa, tanto juramento, y
luego... Todas son iguales--segua monologueando don Juan--. Mientras no
tienen idea exacta de lo que es el hombre, se embriagan de poesa y de
ilusiones; pero en cuanto lo saben, quieren hartarse de realidad. A
otras no es el amor ni el hombre quien las pierde, sino el lujo: la
serpiente del Paraso debi de presentar a Eva la manzana envuelta en un
corte de vestido o metida en una capota. Sin embargo, mucho ha de haber
variado Cristeta hasta igualarse con las que se prostituyen por cintas y
brillantes. Aunque la cosa resulte anmala, tiene que estar casada...
tal vez casada por amor!

No le faltaba razn. En la hermosura de los hijos suele reflejarse el
amor que se tuvieron los padres, y aquel nio tan lindo no era escultura
modelada con indiferencia. Qu edad tendra? Un par de aos,
aproximadamente el tiempo transcurrido desde que l dej a la madre.
Entonces... cmo explicar?... Calma, calma--continuaba--, vamos a ver.
Fue en agosto..., un ao, dos... no sale la cuenta. Sera preciso creer
que en seguida, en seguidita que yo escurr el bulto se _li_ con otro.
Qu falta de pudor! Lo nico claro y patente es que los mimos, las
ternezas, aquel entusiasmo... todo farsa! Tambin esto lo repugno; no,
Cristeta no es mujer que se entregue a cualquiera de la noche a la
maana, mucho menos en aquellas circunstancias, sin necesidad, porque yo
le regal mil duros... para vivir un ao. Entonces, en qu quedamos?
No, pues lo que es yo no he colaborado a la venida del angelito al
mundo. Poca prisa que se hubiese dado ella a buscarme! Por otra
parte..., ni su aspecto de ahora, ni su ndole, ni su carcter, me
autorizan para creer que haya _dado el salto_, es decir, que est
entregada a la circulacin como un billete de banco. Luego no hay
escape: cuando yo hice la memada de dejarla, encontr con quien casarse
y aprovech la ocasin. Bien le ha sentado el matrimonio!... Est mil
veces ms guapa que antes. Y yo que llegu a creer que me quera! Es
decir, quererme..., no..., aunque s, como se quiere al primero..., la
novedad, la sorpresa, el despertar de los sentidos..., pero yo buscar
modo de darle a entender que no me ha engaado. Cmo se habr redo de
m! Aunque no sea ms que un cuartito de hora tengo que hablar con ella
y decirle: Conque me queras tanto..., estabas loquita..., a m
solito?... Embustera! Si hubiese credo que me queras no me habra
marchado... Est hecha una real moza... qu modo de andar y qu cuerpo,
y qu seoro, y qu boca!... Pero, en fin, para m es cosa perdida...,
aunque nadie sabe lo que puede suceder. Si est casada con un hombre de
cierta clase, vamos, de buena sociedad, persona conocida, algn da nos
encontraremos en teatro, baile o tertulia, y entonces... Una vez, nada
ms que una vez, por capricho, por el gustazo de avergonzarla! Y sin
temor de ninguna clase, estando casada... todo consiste en ser prudente.
No hay comparacin: vale ahora infinitamente ms. Antes era... lo que
era: una comiquilla decentita y graciosa; ayer pareca una duquesa.
Dara cualquier cosa por saber todo lo que ha sucedido! A m no me
importa..., vayan benditos de Dios ella y el estpido a quien haya
pescado...; pero, como yo la coja un da!..., vamos, que no me quedo
sin plantarle cuatro besos y decirle cuatro verdades.

Sigui pensando largo rato. La sospecha de que el chico fuese suyo le
pareca lisa y llanamente absurda y, sin embargo, estaba dentro de lo
posible. Se habra casado? Todo el empeo de don Juan estribaba en
persuadirse de que el tal matrimonio le tena sin cuidado, a pesar de lo
cual la hiptesis iba tomando amarga intensidad de torcedor. Lo habra
callado todo, engaando a un hombre o, por el contrario, le confesara
su pasado? Si lo primero, era infame y despreciable; si lo segundo,
necia y sinvergenza por unirse a quien tales tragaderas tuviese. Tal
vez viviera poniendo precio a su belleza. Esta suposicin era la que ms
dao le haca. Casada... malo...; pero lo _otro_, peor mil veces. La
sangre se le agolpaba al cerebro.

Cuando desmenuzando con la reflexin todas aquellas verosimilitudes y
conjeturas cay en la cuenta de que la suerte de Cristeta le preocupaba,
y que adems le entristeca la posibilidad de su perdicin, experiment
una emocin indefinible. En el reloj del despacho sonaron las ocho de la
maana. Entonces, irritado y mohno al considerar que haba pasado la
noche en blanco, se obstin en pensar claro y armarse de sangre fra.
Qu diablos era aquello? De cundo ac meditaba l con semejante
aquilatamiento sobre lo que hubiese podido suceder a una ex--querida? Lo
cierto era que slo haba dormido un rato, y se soando con ella. La
mayor parte de la noche fue de completo desvelo, de verdadero insomnio.
Era necedad resistirse a la evidencia; desvelado... y casi febril!
Quitarle el sueo una mujer! Y no una seora curtida en achaque de
aventuras, ni una doncellita boba temible por su misma ingenuidad, ni
una astuta sabedora de todas las bajezas que el hombre es capaz de
cometer _antes_, y de las infamias que hace _despus_, nada de esto,
sino que se trataba de una mujer incauta, inexperta, gozada y
abandonada. Cierto que la dej, pero sin escarnecerla ni despreciarla.
En cambio ella se vengaba turbando el tranquilo curso de su vida,
hacindole sufrir una dolorosa mortificacin de amor propio y, lo que
era ms grave, inspirndole ideas cuyo alcance no poda calcular.

Las ltimas frases que don Juan pronunci mentalmente en aquel largo y
humillante monlogo fueron estas: S, eh?... Pues ahora me gusta ms
que antes... ella caer! No es que me importe, nada de eso... lo nico
que quiero es tenerla una vez entre los brazos... porque s... Qu se
habr figurado la grandsima tonta?




Captulo XV

Donde se ve que cuando el hombre tiende la red, ya est pescando la
mujer


El da en que don Juan vio a Cristeta en el Retiro, fue domingo. Al
siguiente, hizo el viaje en balde: procur distraerse mirando y
remirando a cuantas pasaban; mas en vano. Acaso no faltasen en el paseo
mujeres guapas y elegantes, pero todas se le antojaron cursis o feas. La
de bonitos pies, tena el cuerpo atalegado; la de cintura esbelta, era
antiptica de rostro; la bien vestida, horrible; la hermosa, iba hecha
un adefesio. Sera cosa providencial? No, sino que l llevaba grabada
en el magn, como nica apetecible y codiciable, la que realmente
deseaba.

Entretanto, la maquiavlica Cristeta estaba solita en su modesto
albergue de la calle de Don Pedro, dicindose: Hoy me andar buscando.

Martes. Hermoso da de otoo, aunque algo fresco. En el Retiro muy poca
gente: don Juan llega de los primeros, se cansa de andar, se disgusta y
siente impulsos de volverse a casa. Por fin comienzan a venir paseantes.
A las cinco aparece Cristeta al trmino de una alameda: traje, el mismo
del da pasado; lleva al nio cogidito de la mano y el coche les sigue a
corta distancia. Don Juan se adelanta, acorta la marcha, la deja pasar,
la alcanza y retrocede, todo sin dejar de mirarla. Ella, calmosa,
serena, impasible, como si no le conociera. Fue tan marcada su
indiferencia, que don Juan se dijo: Tendra gracia que yo me hubiese
equivocado! Pero torn a mirarla y se convenci de que era ella, la
misma, la propia Cristeta, que tantas veces le haba dicho: Juan mo!
Poco le falt para llegarse a ella y hablarla. Por fortuna se contuvo
pensando: Y si me pega un bufido y me pongo en ridculo? No, todava
no. Final, el mismo de la primera vez. El coche se para, Manolito, que
va en el pescante, se quita respetuosamente el sombrero. Cristeta coge
al nio, lo sienta, sube y desaparece sin que don Juan pueda sorprender
una mirada de reojo, ni el ms leve indicio de curiosidad. Atormentado
del despecho, no se le ocurre ms que esto: Un cochero _de abono_ no
saluda de esa manera; el carruaje es suyo. No me cabe duda; est casada.
mejor!

Mircoles. La tarde fra, las alamedas desiertas; llega don Juan, abarca
con la vista aquella soledad y piensa: Si viniese ahora mismo!
Despus anda un buen rato a paso largo para entrar en calor, hasta que
aparece Cristeta seguida de la niera, que trae al pequeuelo en brazos.
Comienza a soplar un Norte muy desapacible; las hojas secas, arrebatadas
de los rboles, forman en el suelo ruidosos remolinos de oro. Ella se
muestra ms indiferente que nunca. El viento, al agitar su falda, le
pega la tela a las piernas, modelando indiscretamente sus formas y
dejando al descubierto los pies. Diez o doce minutos de paseo. Una
turbonada; aquello se hace insoportable. Otro da perdido.

Jueves. Lloviznando. Cristeta, encerrada en casa, se distrae zurciendo
ropa blanca. De rato en rato, hilos y aguja se le caen sobre el regazo.
Veremos... ya lleva tres ojeos. Se me pasan unas ganas de hacerle
seas para que se acerque!

Don Juan anda mientras tanto aburrindose en visitas y sin poder
desechar de la imaginacin aquellos pies que pisan la arena como sin
tocarla. S, el traje el mismo, menos las medias; las de ayer eran
negras con lunares azules... Parece que se le han agrandado los ojos. Y
qu cuerpo!

Viernes, sbado y domingo. Lluvia continuada: un temporal. Ella con
jaqueca, tumbada en el sof de Vitoria y fija la vista en la pared. Al
caer la tarde, cuando escasea la luz, cree ver dibujarse sobre la blanca
superficie del muro una serie de escenas en que don Juan, arrodillado a
sus pies, le pide perdn con frases muy apasionadas. Por desgracia o por
fortuna aquello es una visin destituida de realidad, un sueo, porque
si l entrase... sabe Dios!

Segundo lunes. Hermoso da, pero el piso demasiado hmedo. Don Juan
piensa: No ir, y se queda en casa leyendo. Cristeta sale. Al fin
mujer. Paseo en balde. Luego, noche de insomnio pensando: Estar
malo?

Martes. Sol esplendoroso, piso seco, ambiente primaveral. Casi al mismo
tiempo llegan ambos espoleados por la impaciencia. Ella con otro traje:
falda ceniza y abrigo muy oscuro, de pao todo bordado; sombrero gris
con gran lazo y velillo; en vez de zapatos, botas. Don Juan, que va
resuelto a hablar, se acobarda viendo a la niera. No: los criados son
enemigos, no quiero comprometerla. Pero cuando viene aqu, cuando no se
va de paseo a otra parte... por algo es.

En estos y parecidos lances, es decir, sin ninguno notable,
transcurrieron veintitantos das.

Por fin, una tarde, cuando don Juan iba por frente a la Cibeles,
dirigindose al Retiro, vio a la niera sola con el chico. Busc con las
miradas a Cristeta; pero en balde, y se dijo: sta es la ma.

La niera era pequea, menudita, lista, graciosilla y achulada; un
aperitivo o un _hors d'oeuvre_, si don Juan no tuviese puesto en ms
alta empresa el pensamiento. La chica, llevando al pequen de la mano,
se diriga hacia la parte del Prado donde paran los cochecillos tirados
por cabras o burritos para recreo de nios. Bueno--pens don Juan--;
luego vendr la madre a buscarles. Una hora fue siguindoles a larga
distancia y gruendo entre dientes: Que haga yo esto!

Las cinco; Cristeta no viene y la niera endereza los pasos hacia la
Carrera de San Jernimo; don Juan no aguanta ms y, colocndose junto a
ella, le habla de este modo:

--Cuerpo bonito..., vamos de retirada? Parece que hoy no ha salido la
seorita.

--Y a usted qu se _l'importa_?

--No te atufes, mujer; cuando te lo pregunto, por algo ser.

--Es que yo no s quin es _ustz_.

--Crees que te voy a comer?

--Ya... como que no soy hierba...

--Qu mal genio tienes y que reguapa eres!

--Es que no quiero msicas y no se meta usted conmigo, que yo voy por mi
camino y la calle es del rey.

--No seas tonta y baja la voz. Qu trabajo te cuesta contestarme a
cuatro preguntas? No te arrepentirs; mira que soy muy agradecido.

Julia se detuvo diciendo al chiquitn:

--Aguarda, hijo, que este _cabayero_ me va a sacar de pobre.

--Tu seorita se llama doa Cristeta, verdad? Dnde vivs? Cmo se
llama su marido? Cunto tiempo hace que estn casados?

--Pero, hombre, se _l'a figurao_ a _ustz_ que soy catecismo _pa_
responder a tantas cosas!

--Bueno, pues dime lo que sepas.

--No ve _ustz_ que _entava soy yo_ muy joven _pa_ ese oficio?

--No seas tonta. Lo que ganas t en dos meses te lo doy yo en un minuto.
Por hablar nadie se pierde.

--_Sign_... y yo no quiero los.

Don Juan sac del bolsillo del chaleco cuatro monedas de a veinte reales
y quiso ponrselas en la mano.

--Va usted a comprar la barandilla del _Prao_?

--Toma, mujer.

Ella hizo un movimiento como para alargar la mano; pero de repente se
ech haca atrs esquivando el cuerpo y diciendo rapidsimamente:

--_Quitesust pa_ un _lao_ que viene el coche con la seora...--y en voz
baja, muy baja, aadi--: Agur, hasta otro da, cuando me vea usted sola.

Don Juan, iluminado de sbita inspiracin, repuso tambin muy aprisa:

--Aqu mismo, a esta hora, la primera tarde que llueva. No te
arrepentirs.

Julia no haba mentido. La berlina bajaba echando chispas por la Plaza
de las Cortes. El cochero, al ver a la niera, detuvo; abri Cristeta
desde dentro la portezuela y subi la chica con el nene.

<tb>

Como si el diablo fuese ordenador del tiempo en perjuicio del amor,
tard bastantes das en llover, con lo cual don Juan comenz a
desesperarse; tanto, que pens en dar un golpe decisivo para inquirir
dnde viva Cristeta. Pens primero en que lo averiguase Benigno, su
ayuda de cmara; pero Julia era guapa, el hombre poda encapricharse...
Resolvi hacer la diligencia por s mismo.

Una tarde fue al Retiro en una victoria tirada por un buen caballo, con
cochero previamente instruido y seguro de ser gratificado. Deba ste,
mientras don Juan pasease a pie, no perderle de vista, aproximarse a una
sea convenida y seguir luego tras la berlina de Cristeta. La traza no
era mala; pero fall. Manolo fue ms listo, su caballo mejor y el
cochero de don Juan se qued rezagado en un cruce de calles, donde hubo
confusin de carros y carruajes.

A esta intentona siguieron varios das de buen tiempo en Madrid, y de
mal humor en don Juan, porque ni la seora ni la niera aparecieron por
el Retiro ni el Prado.

Cristeta dej de ir a paseo y no permiti salir a la chica, con objeto
de excitar y enardecer ms la curiosidad de don Juan; pero a la par que
esto haca por reflexin, se apoder de ella tal impaciencia que estuvo
a pique de escribirle dicindole con terrible laconismo: Ven. Por
supuesto que si lo hace l se presenta de fijo en su casa o dondequiera
le citase, sin miedo a marido, aunque fuera ms temible que el Gran
Turco. El pobre don Juan estaba rabioso por lo que le suceda. Ms de un
mes llevaba perdido en persecucin de una mujer a quien dos aos antes
haba considerado peligrosa. En realidad--pensaba, tratando de
explicarse su conducta--, esto es... una locura... un capricho. (Cuando
en materia de amor el hombre califica su gusto de capricho, es que est
ciego de amor propio.) Nada ms que un capricho. Se ha casado? Ha hecho
bien...; pero de m no se burla una mujer a quien he tenido en los
brazos. Yo le ensear quin soy. Cuando se me antoja una la logro, y
cuando quiero la dejo, y luego, si me da la gana, vuelta a empezar. Una
noche... una tarde... una hora, y despus vaya bendita de Dios. Aunque
est casada con el mismsimo Padre Santo. Se ha puesto tan guapa!

Hasta entonces nunca haba entrado en sus teoras ni en sus prcticas
intentar la repeticin de semejantes aventuras, porque
despreciativamente calificaba esto de reincidencia vergonzosa. Pero era
slo amor propio lo que ahora le impulsaba al quebrantamiento de tales
doctrinas? No; y la demostracin, terrible por cierto, consista en que,
desde la tarde del primer encuentro con Cristeta, no se le haba
ocurrido acercarse ni conocer, en sentido bblico, a ninguna mujer. Y
fue sin premeditarlo, como si por instinto ahorrara bro, esfuerzo y
terneza, ilusionado con la esperanza de que se presentase la ocasin de
reanudar la lectura del poema estpidamente interrumpido en
Santurroriaga.

Cuando, a fuerza de reflexionar sobre su situacin, se dio cuenta de
aquella castidad, experiment una sensacin rarsima, mezcla de terror y
vergenza: lo primero, porque le espeluznaba la perspectiva de que una
mujer le absorbiese y tiranizara el pensamiento; lo segundo, porque para
un hombre como l era ridcula semejante continencia. Quiso entonces
persuadirse de que no estaba cautivo de una idea fija, de que el
fantasma de Cristeta no le haba sorbido la voluntad, y determin
visitar a cualquiera de aquellas antiguas conocidas suyas, y de otros,
siempre dispuestas a representar papel de Danae no por una lluvia de
oro, sino por unos cuantos duros.

A fuer de inteligente y delicado en cosas de amor, era don Juan, aunque
no invulnerable a la seduccin poco sensible a los halagos de
_vengadoras_, _momentneas_ y _horizontales_. No le importaba que le
costase caro el viaje a Citerea; pero senta repugnancia invencible a
pagarlo al contado, como si besos y caricias fuesen guantes y corbatas:
gustbale, por el contrario, dejar espacio entre el placer y la
remuneracin para poetizar y envolver en voluntarias ilusiones lo
prosaico de la realidad, prefiriendo gastarse muchos centenares en un
regalo a dejar unos pocos sobre una mesa de noche o dentro de un
sortijero. Y tena razn: dnde hay cosa que tanto descorazone y
repugne como besar a una mujer y cinco minutos despus darle dinero?
Todo se puede perdonar al oro menos que sirva para comprar el amor!

El resultado de esta quintaesencia de romanticismo bien entendido, era
que no conoca gran nmero de pecadoras. En cambio, aquellas a quienes
trataba constituan la flor y nata del gremio; el estado mayor de los
ejrcitos del diablo. Unas, nacidas en baja condicin, fueron
encumbradas en virtud de su belleza; otras haban trocado la miseria
vergonzante de la clase media por el esplendor lujoso de la corrupcin.
A todas sirvi de escabel la imbecilidad de los hombres.

Cul sera la que l utilizase de _modus vivendi_ y como remedio
pasajero a la soledad que le atormentaba? A cul de ellas se dirigira?

A la encantadora Elvira? Cierto que tena el cuerpo escultural,
vivificado por venas azuladas que parecan serpear entre tibia
carnosidad de rosas; mas su belleza estaba deslucida porque, teniendo el
pelo tan negro como las bayas de la yedra, haba dado en la estpida
mana de terselo de rubio lino. Adems, era muy bestia, no poda
sostener una conversacin, y con ella el do del amor casi se converta
en triste soliloquio.

Enriqueta? Lnguida, esbelta, plida y ojerosa, pareca sentimental y
romntica; pero al comer devoraba, beba como un tudesco y amaba con
estremecimientos de epilepsia: pecar con ella no era rendir grato
tributo a la Naturaleza, sino hacer un favor.

Flora? La cara vala poco: chatilla y morenucha; lo dems, admirable,
el pecho como de Venus victoriosa, las caderas con curvas de nfora, las
piernas como de Diana Cazadora; por mirarla desnudarse hubiera Orestes
prescindido de su venganza. Pero luego, no haba que contar con ella: en
la situacin culminante del coloquio amoroso se quedaba insensible,
entretenindose en seguir con la vista los dibujos del papel de la pared
o contando las estras de las columnillas de la cama. Haca concebir
grandes esperanzas y acababa prestndose al amor como a una servidumbre.
Durante el prlogo, sus sonrisas eran un estmulo; despus, una mueca de
doloroso hasto.

Araceli? Pobre muchacha! Tez de rosa enfermiza, piel dorada con
reflejos de mbar. Cuando se destrenzaba el pelo, dejndolo caer suelto
hebra a hebra en torno del cuerpo, envolvindose en un manto de oro
luminoso, pareca la diosa del pudor. Por qu estara siempre triste?
Bajo los rasgos de lpiz azulado con que se agrandaba los ojos brillaba
perpetua humedad de lgrimas. Qu habra en su alma? Laxitud de
pecadora cansada o nostalgia de castidad atropellada?

Marcela? Guapsima, juguetona, sensual, elegante, mimosa y zalamera
hasta el punto de aparentar que se entregaba ilusionada; pero... la
codicia en persona. No hablaba ms que de previsin, ahorros y
peluconas. Oyndola sin mirarla, poda uno imaginar que escuchaba
consejos de pariente tacao. Un da, entre gatadas y bromas, le quit a
un amante dos perlas de la pechera, y retorciendo una horquilla de las
llamadas invisibles, con su alambre finsimo improvis un par de
pendientes, y se qued con ellos.

Mercedes? La mentira en todo su esplendor. Afectaba exceso de pasin;
una noche de caricias suyas renda ms que tres das de caza.

Alberta? El tipo de la gran seora frustrada; no era cortesana por
miedo al trabajo, sino por ansia de brillar; hablaba ingls y francs;
lea a Byron y Musset en el original; el membrete de sus cartas
ostentaba este lema: _Una para todos y todos para una_. Sus manos eran
de reina, sus pies de nia, los ojos como violetas claras mojadas de
roco..., pero tena en su casa para abrir la puerta una hermana de
dieciocho aos, tsica, que daba compasin. La antesala del placer
pareca custodiada por el ngel de la muerte!

Leonor?... No la recordaba bien... Ah, s! La insaciable; hembra
peligrossima. A semejanza de Digenes, siempre andaba buscando un
hombre.

Blanca? La hermosura sin alma, la coquetera sin delicadeza. Posea la
ciencia de vestirse e ignoraba el arte de desnudarse.

Margarita..., Paz..., Asuncin...; profesionales vulgares que no saban
ms que entregarse como insensible mercanca a tantos o cuantos duros
vista. No! Ninguna le serva. Pobres imbciles condenadas a vender lo
inapreciable. Farsantas de la comedia del amor, incapaces de imitar la
poesa de la realidad! Ah, Cristeta! T, amante toda verdad, sinceridad
y entusiasmo, dnde estabas? T, la nica que en cada beso daba un
poco del alma! Slo poner tu nombre junto con los de aquellas
desgraciadas, era ofenderte!

Don Juan no estableci comparacin ni paralelo entre ella y las
sacerdotisas de Venus; pero instintivamente, sin quererlo, a cada
cuerpo, a cada rostro, a cada boca, a cada rasgo femenino que evocaba,
le parecan superiores el cuerpo, el rostro, la boca y el recuerdo todo
de Cristeta. Por qu la dejara? Y ella, cmo se haba entregado a
otro hombre? Lo primero fue insensatez; lo segundo peda venganza.

Don Juan iba excitndose por grados. Qu sera aquello? Vanidad
herida, amor propio humillado, capricho incompletamente satisfecho?
Cristeta le ocupaba el nimo, le absorba la voluntad y le llenaba el
pensamiento. En ninguna encontr aquella rara mezcla de amor ardiente y
de cario impecable, aquella voluptuosidad empapada de ternura, ni aquel
sensualismo exento de vicio. Los labios de fuego, las miradas castas!
Ah, necio y mentecato, que por propia culpa la perdi!

Ella..., ella ha hecho bien en casarse, o en regalarse a quien le haya
dado gana. La demostracin de lo que vale--se deca l--est en la
conducta que observa. En el Retiro ni una sola mirada, y luego ha dejado
de ir. Indudablemente no va porque cuando me ve, sufre.

Qu mezcla de risa, gozo y orgullo hubiera experimentado Cristeta si
por arte de magia le fuese dado asistir a tales monlogos! Y
generalizando el caso, cmo se reiran las mujeres de los hombres si
les vieran pensar!

<tb>

A todo esto sin llover; es decir, don Juan, imposibilitado de hablar con
Julia, la niera, que ni se acordara tal vez de la cita.

En cambio, fue a todos los teatros de Madrid, visitando varios cada
noche; asisti a estrenos, funciones de beneficencia y turnos distintos;
todo en balde. No la dejar su marido, o no querr ella separarse del
nio. Claro! Una mujer as tiene que ser buena madre. Adems, le dar
pena ir al teatro... sitio en que me conoci! La verdad es que me he
portado muy mal. Cmo buscarla sin comprometerla?... Cundo llover?
Se acordar Julia? Poco falt para que mandase hacer rogativas.

Por fin llovi, y con tal abundancia que acudir a la cita era ponerse
hecho una sopa.

Se calz fuerte, se puso el impermeable y baj al Prado, yendo a
colocarse ante la fuente de Neptuno, con los pies en un lago, el diluvio
en torno y la imaginacin barrenada por la impaciencia. Transcurri
media hora: segn el reloj treinta miserables minutos; para el
pensamiento, treinta siglos de malestar y desesperacin. Repentinamente
su espritu se inund de luz. A distancia de cien metros apareci Julia,
paraguas en mano pisando adoquines, saltando charquitos, tan airosa como
indecorosamente arremangada. Al llegar a cuatro pasos de l, dijo
chulescamente:

--Oiga usted, seorito, me _ti_ usted que contar muchas cosas __ es
que vamos a hacer de patos?

--Nos meteremos en un portal.

--Y si pasa alguno que me _conozga_ y lo cuenta?

--Tienes razn; vmonos a un caf, sgueme.

Andando muy de prisa, llegaron a un cafetn cercano a la calle de
Atocha, sentronse y acercseles el mozo:

--Qu va a ser?

--Qu quieres tomar?--pregunt don Juan a la muchacha.

--Caf con media de abajo.

--Pues yo... chica de cerveza.

--Hasta en botella le gustan a usted.

--Si son como t, ya lo creo.

--No me peino _pa_ seores. Conque hable usted claro, que estamos lejos y
cae agua.

El lugar era ignominioso: un caf con tabladillo para cantadores,
banquetas ms destripadas que caballo de picador, el techo ennegrecido a
fuerza de humo, el ambiente apestando a tabaco de colillas, el piso
escurridizo y viscoso de saliva; al fondo, un mostrador lleno de vasijas
sucias y, en ltimo trmino, una entre cocina y cueva, especie de
laboratorio infernal consagrado al dios Clico. El local casi desierto.
Slo en un rincn una pareja de chula y chulo, a quienes se oa decir:

_l_.--Tres pesetas...; anda rica, tres pelas.

_Ella_.--Tres pares de cuernos..., so gandul.

_l_.--Te voy a cortar la cara.

_Ella_.--La traes _afil_?

Luego l cuchicheaba requiebros; la mujer sonrea lascivamente y,
despus, sobre el mrmol del velador, sonaban cuartos.

Sirvi el mozo lo que le haban pedido; comenz don Juan haciendo muecas
al beber cerveza, quit la chica un pelo que traa la tostada y,
guardndose las sobras del azcar, habl de este modo:

--Ya he dicho que vivo lejos.

--Dnde?

--Es que si _paece_ usted por all y huele mi seorita que tengo yo la
culpa, me planta en la calle.

--Tu seora se llama doa Cristeta Moreruela?

--No seor, es decir, Cristeta s que se llama, pero el apellido es
Martnez.

--Imposible!

--_Pos_ si lo sabe usted, _pa_ qu he hecho yo esta caminata? El seor
se llama Martnez, conque _sacust_ la consecuencia.

--De modo que est casada, desde cundo?

--_Ende_ que le dijeron los latines, si se los han dicho.

--No ests segura?

--Segura no, porque no me convidaron; lo que s es que el seor est en
_Felipinas _ en la Habana, de cierto no s... vamos, en Amrica.
Escribe _toos_ los correos y manda el _conquibus_, y la seora no para
de hablar del amo, y es buena, aunque _ti_ el genio _mu soberbio_, y no
se visita con nadie.

--Haca cundo crees t que se casaron?

--El nio _ti_ veintisis meses, conque...

--Y l en la Habana, qu hace?

--Qu ha de hacer? _Empleao_. En la primavera viene.

Al decir _primavera_, Julia sonri sin que don Juan lo notase, porque se
haba quedado muy pensativo. De pronto, exclam:

--Bueno, mujer. Pues... yo te pagar bien, entiendes?; pero desde hoy a
quien sirves es a m.

--Eso no _pu_ ser.

--Por qu?

--Porque me va usted a pedir cosas que... me tendr que ir de la casa y
no me trae cuenta, porque el seor, cuando venga, va a emplear a mi pap
en consumos.

--Yo emplear a tu pap y a toda tu familia.

--Qu fuerte se conoce que le ha _entrao_ a usted! Por supuesto que no
me extraa, porque a mi seorita _toos_ los hombres se la comen con los
ojos...; verdad que se quedan iguales, con las ganas.

--Debe de ser muy buena.

--Mal genio; pero tocante a... vamos, a eso que usted anda buscando, me
_paece_ a m que es perder el tiempo. En fin, yo har lo que usted me
mande, con una sola condicin: que no _parezga_ usted por donde vivimos,
a lo menos hasta que...

--Hasta que nos arreglemos?

--Cabalito.

--Te lo prometo; me ayudas, te pago bien, y por ahora no pongo los pies
en vuestro barrio. Otra cosa: son ricos? Cmo tienen puesta la casa?
Aunque yo no haya de ir... dnde vive?

--Vaya... pues... la calle no se la digo a usted, vamos, que tengo mucho
miedo a que me despidan.

Don Juan fingi resignarse con la negativa, y form propsito de irse
luego siguiendo de lejos a Julia. sta continu:

--El cuarto es _manfico_, de casa grande, muy hermoso, con vistas a un
jardn antiguo. Los muebles buenos; _pa_ la compra dan cuatro __ cinco
duros diarios, y la seorita gasta unas ropas blancas muy ricas.

Don Juan permaneci un instante silencioso y luego dijo:

--Bueno, pues lo primero es que me averiges, con seguridad, si estn
casados, y el punto, el pueblo donde est l, y qu empleo tiene.
Adems, le entregars esta carta a la seorita... y esto para ti.

Dicho lo cual, alargando la mano por bajo de la mesa, coloc sobre la
falda de Julia cinco monedas de a duro. El mgico efecto que causaron se
reflej en la respuesta:

--Y cundo nos _golvemos_ a ver?--dijo embolsando carta y dinero.

--Si contestara...

--Estn verdes!

--Pues cuando le des la carta o la hayas puesto donde la coja, al otro
da haces una escapada.

--Muy tempranito ha de ser.

La perspectiva de un madrugn disgust a don Juan; pero repuso
bravamente:

--No importa!

--Sabe usted el jardinillo de la Plaza Mayor? Pues... pasado maana a
las siete y media.

--De siete y media a ocho.

--Corriente.

--Adis.

Julia sali del caf arrebujndose en el mantn; don Juan pag en un
abrir y cerrar de ojos, se ech a la calle, mir en todas direcciones
deseoso de ver a la muchacha para seguirla y... nada; como si se la
hubiese tragado la tierra. Se acerc a una esquina cercana, luego a otra
un poco ms distante, se par, torn a mirar hacia los lados, de frente;
todo fue intil.

La grandsima pcara estaba escondida en una tienda de ultramarinos
inmediata al caf: desde all observ los movimientos de don Juan hasta
que le vio marcharse despacio, tan mohno y preocupado, que, a pesar de
la lluvia, llevaba el impermeable sin abotonar, y la cabeza tan cada
sobre el pecho, que el agua le iba entrando por el cogote.

Luego que le perdi de vista sali ella de su escondrijo. La risa le
retozaba en el cuerpo, con los dedos metidos en la faltriquera iba
palpando los duros, y de trecho en trecho, temerosa de ser seguida,
volva la cara. Precaucin intil. Don Juan marchaba en direccin
contraria, y de tan mal humor, que ni siquiera diriga una mirada a las
mujeres que, al cruzar las calles enlodadas, se recogan las faldas,
enseando algo de lo que a l tanto le gustaba.




Captulo XVI

Donde se prosigue la demostracin de que el amor puede hacer astuta a la
engaada y crdulo al engaador


La carta confiada por don Juan a Julia y leda con avidez por Cristeta,
deca lo siguiente:

     _S que no tengo derecho a pedirte nada, ni lo merezco, pero es
     necesario que hablemos una sola vez; cinco minutos, donde t
     quieras. Puedes escribirme a mi casa con entera confianza. Creo
     intil firmar._

Cristeta pens: Qu lacnico y qu escamado! Lo que l quiere es
visita, entrevista para empezar a mentir, ponerse carioso y volverme
loca. No, pues todava no.

Llegado el da de la segunda cita entre Julia y don Juan, ste acudi
primero. A las siete y cinco estaba embozado en la capa y dando vueltas
por el jardinillo de la Plaza Mayor, que apareca envuelta en la neblina
llorona y gris de la maana. Paseo arriba, paseo abajo, empez a
monologuear como todo el que espera:

Esto es levantarse con el sol; estoy convertido en pjaro; no me falta
ms que trinar..., todo se andar. Cunto tiempo haca que no
madrugaba!; desde que tron con la devota. Buen catarro me hizo pescar
en las Jernimas! Y qu habilidad tena para entrar y salir en una
iglesia sin que la conociesen! Cualquiera hubiese credo que eran dos
mujeres distintas; entraba muy de prisa, inclinada la cabeza sobre el
pecho, recogida la falda, tan cado el velo que no se le vea ms que la
punta de la nariz; sala derecha, irguindose para parecer ms alta,
suelta la falda, el velo echado hacia atrs y pisando fuerte; nada, dos
personas distintas. Recuerdo que usaba un escapulario tamao casi como
un ladrillo, pero muy perfumado con heliotropo blanco, y dentro del cual
esconda el retrato de su primer amante. Yo creo que era sinceramente
religiosa. Una tarde, mientras se quitaba el cors, me dijo: Mira t si
el Seor es bueno que, segn la doctrina, lo primero es amar a Dios
sobre todas las cosas, y fjate en que no dice sobre todos los hombres.
Los das en que se confesaba me deca entre caricias y besos: Chico,
esto es coser por la maana y deshacer la labor por la noche. Pobre
muchacha! Luego quiso seducirla un cura, y se hizo escptica. Con qu
poco se pierde la fe! Bah! Aquello pas... Ya tena yo olvidado el
Madrid de por la maana. Lo mismo est hoy que cuando iba yo a la
Universidad. Puestos de buoleras, burras de leche, traperos, cocineras,
albailes con blusa y tartera, el carro de la basura con un barrendero
encima que parece un cnsul romano preparndose para entrar en triunfo,
alguna pareja de estudiante y modista... quin fuera l!... y yo aqu
hecho un imbcil esperando a una niera..., ni ms ni menos que un
soldado... Esa es la estatua de Felipe III o Felipe IV, no estoy
seguro... igual da. Aquella s que era buena poca! Capa, espada,
linterna, escala, un buen criado, en las comedias antiguas les llaman
lacayos, el bolsillo bien repleto de doblas... y a perseguir tapadas.
Famosa deba de estar la corte! Libertad no habra; pero en cuanto a
divertirse, cada oveja con su pareja..., mejor que ahora. Ellas siempre
encerradas como monjas; as que cuando podan salir o meterle a uno en
casa, se volvan locas. Y eso que haba frailes. Los frailes! Eran
sabios que en materia de agricultura recogan sin sembrar, y en amor
sembraban sin recoger. Yo tengo la preocupacin de creer que no hay
espaol que no tenga en las venas sangre de fraile... Siempre que se me
ocurre una idea mala, digo: esto, esto es atavismo, reminiscencia del
padre Tal o Cual, que debi de tener algo con alguna de mis abuelas...
El Madrid de hoy es insoportable. Todos los pisos bajos son tiendas,
apenas hay rejas. Cmo se las arreglaran ahora aquellos galanes? Qu
cosas se les ocurriran a Villamediana y a Quevedo, viendo este Madrid,
que tiene la Plaza de Oriente al Norte, la estatua de la Comedia delante
del teatro italiano, y aqu en la Plaza de la Constitucin la estatua de
un rey absoluto! Cunto disparate!... Pero, no vendr esa chiquilla?
Se estarn burlando de m? No: Cristeta no es capaz... Estar
realmente casada?... Importarme, no me importa nada; pero me
mortificara que conmigo presumiese de incorruptible...

A las ocho menos cuarto apareci Julia bajo el arco que da a la calle de
Toledo. Al verla, se dirigi hacia ella con mal disimulada impaciencia:

--Qu hay, buena pieza?

--_Pos_ ver usted. Lo primero que se me ocurri fue decir a la seorita
que, estando yo en el portal, _yeg_ un _cabayero_ a dejar una carta, y
que como no estaba la portera, la tom yo. Por lo pronto no se malici
nada; pero luego en cuantito que la ley, se trag la partida.

--Y qu cara puso?

--Sabe ms que Lepe, Lepijo y toda su parentela. Me llam, se encar
conmigo, y me dijo que la carta me la haban _dao_ a m _diretamente_, y
que si tomaba otra, me plantaba en la calle.

--Bueno; pero crees t que fue pamema o que se incomod de veras?

--Le dir a usted; yo sal del gabinete haciendo como que me largaba a la
cocina, y me plant detrs de la puerta, y por una rendija mir... Se
qued ms blanca que el papel..., luego se sent de espaldas; pero me
pareci que _yoraba_, _lo cual que_ no me lo explico.

--Vamos por partes: te pregunt las seas del caballero de quien tomaste
la carta?

--S, y dije: buen mozo, con barba corta y bigote largo, bien _plantao,
mu fino_... en fin, usted.

--Gracias, prenda. Pues maana tienes que venir aqu para que te d otra
carta.

--Mire usted que me despiden.

--Calla, y escucha. Te dar la carta y la dejas sobre un mueble donde
ella la vea, Si rie, hemos concluido, y pensaremos otra cosa: si calla,
ya sabemos a qu atenernos. T srveme bien, y no te importe lo dems.
Toma, para ti.--La propina fue respetable.

--Me _paece_ a m que me est usted metiendo en un berenjenal. A ver si
usted se come el queso y yo pierdo el pan.

--Yo lo remediara. Otra cosa. Por lo que pueda ocurrir, es indispensable
que me digas dnde vivs.

--Bueno, pues mire usted, yo se lo dir a usted en cuanto huela que la
seorita _est por ust_; antes no porque me quedo en _mit_ de la
calle: luego _usts_ harn lo que quieran; pero le _azvierto_ a usted
una cosa, y es que..., la verdad, yo no s si la seorita el da de
maana le pondr a usted buenos ojos, no la _conozgo_ bastante... y ya
sabe usted lo que son las seoras...; lo que s, de seguro, es que tiene
mucho miedo a la _vecindaz_, que est llena de amigas y _conocas_ suyas
por _toos laos_; en casa no entra _dengn_ seor... y, en fin, que en
cuanto se asome usted por all, ha _perdo_ usted el pleito. Como veo
que es usted una persona decente, no le quiero engaar. Sabe usted lo
que le digo? Y mire usted, que aqu donde me ve usted tan joven, he
_servo_ en muchas casas.

--Habla mujer.

--Pues que de _yevar_ el gato al agua _ti_ que ser en otro barrio; pero
_mu_ lejos. Con el _carter_ y las _cercunstancias_ de mi seorita,
_ti_ usted que ir a robar lejos, como los gitanos.

--Puede que tengas razn. En fin, por ahora seguir tu consejo. Sin
embargo, a pesar de esto, quiero resueltamente que me digas dnde vivs;
yo no parecer por all, pero necesito saberlo. Y vive tranquila; lo que
a ti te trae cuenta es estar a bien conmigo. Conque habla, pimpollo.

Julia fingi vacilar, y por fin repuso:

--Bueno, pues vivimos en la calle de Don Pedro, nmero 20, la nica casa
que _ti_ jardn con tapias _mu_ altas que dan a otra calleja
_estrechisma_. Pero ya le dir yo a usted cundo _ti_ que _dir_ por
all, no vaya usted a ensuciarlo _too_ por _pricipitacin_.

--Corriente. Vendrs maana por la carta?

--S: agur, que se va a levantar el ama.

--Adis, salerosa. Sabes que me gustas?

--Tambin le gustan a usted las sirvientas? _Pa_ mucha gente quiere
usted servir a la vez.

La segunda carta fue redactada en estos trminos:

     _Cristeta: No quiero resignarme a que conserves mal recuerdo de
     m. Es necesario que te explique muchas cosas. Concdeme unos
     cuantos minutos, y no volver a molestarte nunca. S que la nica
     persona a quien puedes temer no est en Madrid. Espero con
     impaciencia un recado o dos lneas tuyas. Recibe un respetuoso
     saludo de_

          J.

Nuevo intervalo de veinticuatro horas, y nueva entrevista de la niera
con don Juan al pie de la estatua de Felipe III. Triste cosa, ser rey y
presenciar alcahueteras!

La maana, extremadamente fra; lluvia mentidita de calabobos; don Juan
ojeroso y falto de sueo; la chica burlona, desenfadada y alegre.

--Qu hay?

--_Rigular._

--Explcate.

--Dej la carta encima del tocador, entr poco despus y la estaba
leyendo _mu_ seria. En seguida la rompi en pedacitos y la tir a la
chimenea, diciendo, como para que yo me hiciese cargo: Ya se cansar.
Despus _me se_ qued mirando _clav_, y dijo: Muchacha, t te has
_empeao_ en irte a servir a otro _lao_?

Don Juan hizo un gesto de disgusto: Julia prosigui.

--Pero lo que yo me digo: cuando no me ha _despedo_ ya..., es _gena_
seal. Y ha de saber usted que no me lo esperaba yo; cre que la
seorita sera ms dura de pelar; pero desengese usted..., _pa_ ver
picardas no hay ms que servir a las amas. Crea usted que nosotras nos
vamos con un hortera o un _soldao_; pero lo que es las seoras, en
viendo _cabayeros_... como si no fueran tales seoras.

--Tienes razn.

--Por supuesto que tambin los hombres son _negaos_: no lo tome usted a
mala parte; pero se le figura a usted que el _maro_ de mi ama no est
_dejao_ de la mano de Dios _pa dirse_ a la Habana __ donde sea,
mientras ella est tan reguapa que da gloria, y ms fresca que una rosa?
Lo que yo digo: si l est en el _otro mundo_, ella como si estuviera
viuda, y las viudas son del diablo.

--Ah! Bueno, y qu hay de eso? Cundo se casaron?

--Ver usted: me ha dicho la cocinera, que es la ms antigua, que el
seor es bastante mayor, no viejo, eh?; pero la _yeva_ veinte aos, lo
menos. Se conocieron fuera de Madrid, en un pueblo donde hay mar, ya va
_pa_ tres aos, y el casarse fue por la posta. Vamos, que les entr muy
fuerte... como a usted ahora.

--Sigue.

--Luego, hace tres meses, el seor, que estaba _empleao_ aqu, se ha ido
a la Habana; dicen que es _pa_ tener no s qu categora o seoro, y
_golverse_ y _cobrar_ ms; despus, si se muere habiendo _estao_ all,
porque l ha _estao_ antes tambin, pues, si se lo lleva Pateta, le deja
_mu_ buena orfandad a la seora.

--Viudedad, mujer, viudedad.

--Ah! _me se_ olvidaba lo mejor. A la cocinera le han dicho que la
seorita haba sido de las que trabajan en el _treato_.

--Eso debe de ser una paparrucha. No tiene trazas de cmica. Lo que has
de averiguar es si tiene unos parientes estanqueros, y si habla de que
vuelva pronto tu seor.

--De parientes nunca habla, como si fuera inclusera. El seor _ti_ que
estar all un ao... le faltan nueve meses. Ingnieselas usted ahora
mientras l est all..., en _golviendo_..., pues, entonces... ya
maldita la falta que le hace usted a ella!

--Bien, hija, bien. Eres jovencita; pero piensas claro.

--Lo que la ensean a una. En fin, yo me tengo que largar. Manda usted
algo? Ah, _me se_ olvidaba una cosa que _l'importa_ a usted mucho!
Segn la cocinera, el amo es muy bruto... conque, ojo al Cristo!

--Cmo?

--Que es hombre que gasta malas pulgas, y si se entera de que usted u
otro _cualisisquiera_ anda buscndole las vueltas _pa_ torearle, pues, a
la seorita y a usted, __ al que sea, lo hace polvo. El tal seor de
Martnez es atroz de grosero y de mal _hablao_.

--Me tiene sin cuidado. Lo principal es que yo me haga simptico a la
seorita..., luego..., si viene ya nos las compondremos como podamos.
Vamos a lo que importa. Mira..., maana..., no, mejor ahora mismo,
espera. Vengo prevenido para ver si me ahorro otro madrugn.

Sac de la petaca una tarjeta, un sobre pequeo y un lpiz; mir en
torno, y convencido de que la gente que pasaba no era tal que pudiese
conocerle, hizo ademn de escribir sosteniendo la tarjeta en la mano
izquierda.

--Poco cabe ah--dijo Julia mirando el pedazo de cartulina--. _Sabust_ lo
que le digo? _Pngala_ usted a la seorita que si no contesta se
plantifica usted en su casa _pa_ hablar con ella, y apuesto las orejas a
que, por miedo, contesta. En fin, as sabr usted si da lumbre, porque
hasta hoy est usted como alma en pena.

Oh malicia, oh ingenio, hasta en los ms humildes resplandeces!--pens
don Juan y aadi en voz alta:

--Hablas como un libro.

En seguida escribi estas lneas:

     _Cristeta: Esto y resuelto a que nos veamos. Si no me contestas,
     si no accedes a ello, pasado maana, sin falta, me presentar en tu
     casa. Date por avisada. Perdname; pero ni puedo ni quiero estar
     ms tiempo sin hablarte._

          _Tuyo, Juan._

Meti en el sobre la tarjeta, se la dio a Julia, despidironse, y ya
estaban a punto de separarse, cuando l, por precaucin para lo
sucesivo, dijo:

--Oye, por si yo te necesito o t tienes algo nuevo que decirme, cada dos
das por la maana, a la misma hora de hoy, aqu nos veremos. Vendrs?

--Bueno, vendr; pero usted las la de tanto madrugar.

Y cada uno se fue por su camino.

Poco despus, don Juan, resuelto a seguir el consejo de Julia, quiso,
para orientarse, conocer el terreno que acaso habra de pisar, y tomando
un coche de punto, encarg al simn que pasase despacito por la calle de
Don Pedro.

Se qued asombrado. La casa de que Julia le hablara era la de los duques
de Barbacana, una de las ms antiguas y seoriales de Madrid, un
edificio de mediados del siglo XVIII, casern destartalado, con honores
de palacio, formando esquina con una calleja inmediata y rodeado de
altas tapias, tras las cuales se alzaban unas cuantas acacias. No cabe
duda--se dijo--, la casa de los de Barbacana. Pues les costar carsimo.
Con quin se habr casado esa mujer? Qu seor Martnez ser ese? A
que est nadando en la opulencia y resulta intil cuanto yo intente?

Al tornar hacia el centro de Madrid, llevaba la cabeza llena de dudas,
conjeturas y suposiciones. La vista de aquella fachada con grandes
huecos, el portal enarenado y lleno de tiestos, el arranque de la
escalera alfombrada, el faroln monumental y, sobre todo, la grave
figura del portero augustamente envuelto en un levitn con cada botn
como un platillo, y con gorra de cinta blasonada, aquel conjunto de
seoro rancio y fortuna segura, le dej estupefacto. Qu barbaridad!
Pues aunque los duques vivan en el principal y alquilen el segundo y sea
interior, lo menos... qu s yo cunto! Se habr casado con el
administrador y les darn casa? No, porque no estara l en Amrica.

Don Juan empez a creer que la situacin se complicaba. Cristeta deba
de estar rica, y no necesitara para nada de su antiguo amante; adems,
era mujer capaz de entregarse, pero incapaz de venderse; por ltimo,
tambin pudiera suceder que estuviese enamorada de su marido. Al
ocurrrsele esta idea frunci el entrecejo, y pasndose la mano por la
frente, pens: Enamorada del otro? Imposible! Pero... y a m qu?
Mejor. Lo esencial es que se ha puesto hermossima, mucho ms guapa que
antes. En fin, tengo ese capricho y me da la gana. Ha engordado...,
antes tena el pecho como de ninfa jovencilla, hoy debe de tenerlo como
la diosa de la abundancia. Me da una ira pensar que el burro de
Martnez!... No es que yo me arrepienta; pero la verdad es que anduve
algo precipitado en dejarla.

Evocando recuerdos se le vinieron a la imaginacin muchas cosas. Ninguna
mujer posey que fuese tan cariosa. Qu modo de echarle al cuello los
brazos! Pues y aquella lnguida monera con que se le cea al cuerpo,
posando la gentil cabeza sobre su hombro! Sin saber cmo, se le caan
las horquillas, y el pelo suelto, rizoso y perfumado le rozaba la
frente. Lo particular era que la sensualidad, la parte grosera del amor,
permaneca en ella velada por un pudor admirable. Jams habl de
resistencia, ni de perdicin, ni ech en cara lo que daba, ni tuvo
miedo, ni alarde de doncellez. Se dej poseer con prodigiosa
naturalidad, como quien tiene sed y bebe agua, parecindole que la
entrega de su cuerpo era lgica, fatal e ineludible consecuencia de
haber sometido el alma. Qu momentos tan dulces! La verdad es que todo
el mundo se re de estas cosas cuando las ve escritas; pero cuando las
trae uno mismo a la propia memoria, parece que saltan chispas de los
nervios y que ruedan lagrimones por las mejillas. Lo inolvidable para
don Juan era el modo que Cristeta tena de besarle. A la llegada, un
beso repentino, brusco y rpido; el desahogo de la impaciencia. Luego,
segn el momento y la situacin de nimo, variedad infinita; todo un
curso espontneo de filosofa sentimental. Si le vea triste, besos de
cario dulces y desinteresados, como caricias aniadas. Si estaba
contento, besos juguetones y mimosos, algo lentos. Cuando quera
marcharse, besos prietos y tercos, en que la hmeda tersura de los
labios palpitaba con deliciosa laxitud, queriendo sorberle el alma. Nada
de grosera ni lujuria. Estos besos eran el maravilloso lmite que
separa lo fsico de lo inmaterial. Las bocas se unan como si tuvieran
vida propia, e independiente del resto del cuerpo. La confusin de los
alientos era smbolo del maridaje de las almas. Quin ha dicho que esto
es pecaminoso? Si Dios ha desparramado en los labios, con infinito arte,
las papilas nerviosas que perciben y sutilizan la sensibilidad, y no
sirven para besar, entonces, para qu sirven? El principal encanto de
las caricias de Cristeta consista en que no permitan precisar dnde
acababa el amor puro y dnde empezaba la sensualidad. Tena los enlaces
perezosos y movimientos lnguidos con que ciertos animales mitolgicos,
mitad mujeres, mitad serpientes, se cien a los troncos de rbol; pero
al mismo tiempo sus miradas permanecan limpias y exentas de lascivia.
El cuerpo era blanco, no con la blancura mate, yesosa y seca de la
gardenia, ni con el tono marfilesco sucio de la magnolia, sino
ligeramente carminoso como el de una rosa blanca que tuviera pudor y se
ruborizase. En punto a modales no era una duquesa de tiempo de Luis XV,
mas posea en grado superlativo esa aptitud femenina, merced a la cual
la muchacha que por primera vez se enrosca al cuello un collar de
perlas, parece que las ha llevado toda la vida. Bueno--todo esto lo
pensaba don Juan--; pues d usted a una mujer as trapos, galas, joyas,
ropas interiores finsimas, casa lujosa, criados, perfumes, blondas,
muebles cmodos, lmparas que adormezcan la luz... y a morir los
caballeros! A pesar de todo lo cual, Cristeta ha venido a parar en
esposa de un seor Martnez. Quin ser l...? empleado en Cuba..., no
quisiera pensar mal; pero probablemente un ladrn..., es decir, un
hombre sin delicadeza. Ella, juzgndose perdida por culpa ma!, habr
transigido; no puede ser feliz. Un hombre que la deja sola por sumar
aos de servicios y adquirir categora, es un bestia. Haba momentos en
que don Juan se pona malo a fuerza de recordar, discurrir, esperanzarse
y darse a los diablos.

Al da siguiente de haber confiado a Julia la tarjeta escrita con lpiz,
recibi una carta. El papel, finsimo, pliego pequeo, algo perfumado,
sin cifra ni sello: la letra desfigurada y temblorosa, no deca ms que
esto:

     _T lo as querido. No tienes derecho de comprometer con tantas
     imprudencias a una pobre mujer que ningn dao te a causado.
     Maana, por nica vez, para despedirnos, a las ocho de la maana en
     la Moncloa, entrando por la parte de la Bombilla ir en coche y por
     la Birgen rompe este papel._

          C.

<tb>

Dios santo, qu noche! Averigu, porque no lo saba, hacia dnde estaba
la Bombilla, ajust y cit un carruaje para las seis y media de la
maana, pensando en tener, si ste faltaba, tiempo de buscar otro;
estuvo leyendo, sin enterarse, hasta las dos; intent dormir, no pudo, y
desconfiando de que le despertasen oportunamente, se levant antes de
que amaneciese. A las siete en punto tena la capa puesta.

Poco despus se apeaba ante la ermita de San Antonio de la Florida, y
deseoso de que nadie fuese testigo de lo que ocurriera, dijo al cochero
que le aguardase, y se intern andando por las alamedas de la Moncloa.

La maana estaba fra, el paseo triste y solitario. Hacia el fondo, en
la lejana del paisaje, visto a trozos entre grupos de troncos, la
niebla, an no disipada por el sol plido y dbil, formaba un tenue velo
gris, sobre el cual destacaban los intrincados arabescos del ramaje
seco, los cipreses, cuyo vrtice meca el aire, y las apretadas copas de
los pinos. Una nubecilla brumosa pegada al suelo marcaba el sitio de un
estanque terso como un espejo negro. En los sitios sombros la escarcha,
no derretida todava, brillaba como polvo diamantino sobre el musgo
aterciopelado. Las hojas cadas, secas y abarquilladas, se arremolinaban
al menor soplo del viento en torno de los hoyos y socavas. A los lados
de las alamedas, en las cunetas del riego, haba charquitos de agua
helada. De largo en largo se retorcan en la atmsfera las espirales
azuladas que formaba el humo de las hoguerillas encendidas por los
guardas. El silencio era tan completo que hasta se perciba el aleteo de
los pjaros al desprenderse de las temblorosas ramas, y de cuando en
cuando, a gran distancia, sonaba el silbato de una locomotora, o el
rechinar de las ruedas de algn carro que pasaba por el camino del
Pardo.

Don Juan andaba despacio, pisando hojarasca, que cruja bajo sus pies
como quejndose. Aguijoneado por la impaciencia se desembozaba
frecuentemente para mirar el reloj; y parecindole que las manecillas
estaban inmviles, se lo aplicaba al odo. De pronto se detena, y
volviendo pies atrs, desandaba parte de lo andado; parbase de nuevo,
vido de or el acercarse de algn coche..., y nada.

Sera posible que no viniese? Habra sido capaz de citarle slo por
dar largas al asunto? Acaso para exasperarle? Si tal sucediera, l se
tendra la culpa por la amenaza de plantarse en su casa. Para una mujer
casada el lance poda resultar comprometido. Sin embargo, como su marido
estaba tan lejos... Tambin para l era..., no enojosa, sino delicada la
entrevista. Cmo no pens antes en esto? Qu iba a decir para
disculparse de la infamia pasada? Por dnde iba a comenzar? Qu
tctica seguira? Si aquella mujer por l inicuamente...--no caba
negarlo, inicuamente seducida y abandonada--, encontr despus un hombre,
un filsofo que, mediante matrimonio, o fuese como fuese, asegur su
porvenir, con qu derecho iba l a turbar su reposo? Si le dijese, que
ciertamente se lo dira: yo no tengo la culpa, qu contestara?
Adems, qu iba a solicitar? Amor platnico? Absurdo! El amor
platnico es la falsa resignacin de los que no pueden besarse. Cuando
una mujer y un hombre se han devorado a caricias, ya no hay platonismo
posible. Volver a las andadas? Para qu? Para cansarse al cabo de un
par de meses, sentir el mismo hasto de la vez primera, y portarse de
nuevo como un charrn?

No estaba seguro de poder reanudar el idilio, y ya entrevea la
contingencia de tener que romperlo. Sin embargo, ni por un momento se le
ocurri la idea de salirse fuera del paseo y volverse a casa,
renunciando a la cita. Slo la idea de mirar a Cristeta cerca de s, de
contemplar su hermosura y or el timbre de su voz, bastaba para que
olvidase todo lo dems. Lo peor que le poda ocurrir era quedar en
ridculo. En ridculo l? Imposible! La escena tomara sin duda tono
romntico, al menos al principio. Despus... segn. Su papel era rogar
mucho, mostrndose arrepentido, en pocas y bien sentidas palabras. Ella
se negara rotundamente.... pero le oira! Tal vez trajese el nimo
dispuesto a concesiones. Cules? Citarle nuevamente? Dnde ni con qu
objeto? Para entregrsele renovando en perjuicio de otro las venturas
pasadas? Don Juan lo deseaba... y lo tema. Reconquistarla, estrecharla
contra su pecho, volverla loca..., bueno; pero arriesgarse a tener algn
da que esconderse cobardemente, eso no! por muy bravo que fuese el
seor Martnez. En el momento en que ella, casada o libre, accediese a
la consumacin del engao, ya fuese real y positivamente adltera, ya
tan slo traidora, dejara de ser la mujer que le agradaba; seguira
siendo hermosa...; pero le parecera falsa, viciosa, vulgar. Suponiendo
que se _arreglaran_, palabra vil en este sentido, cmo ponerse de
acuerdo? Perteneca legtimamente a otro? Pues habra que andar a salto
de mata, recatndose, escondindose. Cuando el marido volviese, la
humillacin sera completa. Lo raro, el sntoma grave, consista en que
otras veces no par mientes ante la perspectiva del placer robado, y
ahora s. Ruin cosa sera verse obligado a guardar respetos a un
marido! Por supuesto que si no estuviera realmente casada ah!,
entonces, aun transigira menos. Ocultarse de un legtimo esposo..., tal
vez; pero de un simple poseedor, jams! No haba que perder la
esperanza. En el mero hecho de citarle... Tendra chiste que no
viniese! Pero s; un coche se acerca; su berlina.

Efectivamente; el carruaje avanzaba de prisa por el centro del paseo.
Don Juan se hizo a un lado, ocultndose tras el grueso tronco de un
lamo. Cristeta, que le haba visto desde lejos, mand parar, y se ape.

Por su figura y traje vena primorosa. Llevaba falda lisa de pao gris,
formando grandes pliegues, corta para lucir los pies, calzados con
medias negras y zapatitos a la francesa, abrigo muy oscuro, ceido al
talle con cordones de seda que pendan hasta el suelo, y forro de felpa
roja que se descubra a cada paso; sombrerillo de terciopelo ceniciento
con velito y lazos encarnados; cuello largo de piel que culebreaba sobre
el pecho, y manguito. Tena la tez algo carminosa, como excitada por el
aire fresco de la maana; los ojos acusando insomnio y llanto,
contorneados de un livor apenas perceptible; el garbo, la esbeltez, la
manera de andar, eran una delicia.

No estaba todava lo bastante cerca de don Juan para que pudiera
desmenuzarla con los ojos, pero la presinti; el corazn le brincaba
dentro del pecho como pjaro inquieto en jaula estrecha. Un hombre
ducho, corrido y experimentado en tales lances, temblar de aquel modo,
ni ms ni menos que un estudiantillo! Qu vergenza!

El coche dio la vuelta y qued parado. Ella cruz ante el rbol tras el
que don Juan estaba escondido y pas de largo; l, entonces, sali,
llamndola en voz baja:

--Cristeta, Cristeta ma!

Sin detenerse, repuso:

--Anda... anda hasta que perdamos de vista el coche.

Uno tras otro, a veinte pasos de distancia, siguieron cosa de cien
metros, internndose luego hacia la derecha en los jardinillos donde hay
una plazoleta con macizos de boj y bancos de piedra en torno de una
fuente. All se detuvo Cristeta, y volvindose, aguard al galn; ste
avanz rpidamente, al llegar junto a ella se desemboz, y mirndola con
ternura, sin desplegar los labios, le tendi las manos. Ella no sac las
suyas del manguito, y bajando los prpados qued silenciosa, impasible e
inmvil, como deidad que se dignase escuchar a un mortal. Vindola don
Juan en actitud tan indiferente y desdeosa se amilan por completo.
Cristeta, despus de complacerse unos segundos en saborear aquella
turbacin, dijo framente:

--Aqu me tienes.

--Cunto te agradezco... vida ma!

--No, Juan, tuya no. He venido y he hecho mal, lo s; ahora lo siento.
Pero quera suplicarte de rodillas, exigirte, si es necesario, que no
vuelvas a pensar en m.

--Imposible!

--Calla! No sabes lo que te dices. En ti sera una locura, en m una
infamia.

Don Juan, sin dejarla seguir, pregunt dolorosamente:

--Luego ests casada?

Cristeta, en vez de contestar categricamente, dej caer los brazos
rectos a lo largo del cuerpo, con ademn de profunda resignacin, y sin
desplegar los labios inclin la cabeza sobre el pecho.

Entonces l exclam:

--Mentira parece que hayas tenido valor!

--No tienes derecho a reconvenirme. Te gust, era libre, y adems tonta:
te cre... qu haba de suceder? Despus me abandonaste sin el ms leve
motivo de queja.

Al llegar aqu, don Juan crey notar que los ojos de Cristeta brillaban
humedecidos en llanto, y que su voz acusaba profunda turbacin de
espritu.

En cuanto a l, no saba cmo disculparse para salir del paso.

--Mi situacin... aquel maldito negocio...--dijo apartando la mirada.

--Todo mentira; ya lo s. Me dejaste a sangre fra, con una perfidia
inconcebible... Ahora... t lo has querido! Nada puede haber entre
nosotros.

Estaban solos; no haba en torno paseantes, jardineros ni guardas;
nadie. Don Juan hizo ademn de querer sentarse en un banco, y mir a
Cristeta para que tambin lo hiciese; mas ella movi la cabeza negando,
y aproximndose a la fuente, se apoy de espalda en los sillares del
piln.

Los tibios rayos del sol, que ya iban haciendo jirones en la niebla,
comenzaron a reverberar en la limpia superficie del agua, sobre la cual
caa con rumor unsono y constante el chorrito del surtidor. De cuando
en cuando vena una hoja seca revoloteando por el aire, como mariposa de
oro, hasta quedar presa entre los pliegues de la falda de Cristeta,
quien distrada, casi maquinalmente, la tomaba con las puntas de los
dedos, dejndola sobre el haz del agua.

Viendo don Juan que no quera sentarse, permaneci en pie frente a ella
sin atreverse a proferir palabra. Cristeta torn al pasado juego de
bajar la cabeza para evitar encuentro de miradas, hasta que pasados unos
cuantos segundos, tendi con desconfianza la vista en torno, y dijo:

--Djame, ingrato, djame que me vaya... esto es una locura.--Y
apartndose de la fuente, anduvo algunos pasos.

--No, por Dios!--exclam l suplicante--. Tenemos mucho que hablar. No
puedo seguir as; cmo quieres que me resigne a perderte?

--Qu remedio! Juan, pinsalo; ni yo soy mujer capaz de cometer una
infamia, ni t transigiras con ciertas cosas...

--Eso jams!

--Entonces... ya lo ves! Adis, Juan. Bien sabe Dios que la culpa no es
ma!

--No me has querido nunca.

--Qu sabes t lo que es querer! S, con toda mi alma... es decir, te
quise cuando poda quererte.

--No me hubieras olvidado tan pronto.

--Merecas otra cosa? En fin, ni t debes hablar ms, ni yo escucharte.
He venido, qu se yo?, por debilidad, por miedo a que tuvieras el
atrevimiento de plantarte en mi casa.

--Estaba resuelto.

--Pues si es verdad que me has querido, que an me quieres,
demustramelo... dejndome vivir tranquila y no te guardar rencor, es
ms, te lo agradecer con toda mi alma.

--Calla, eso no se le dice a un hombre como yo. Crees que pueden quedar
as las cosas?

--No te forjes ilusiones: aquello acab para siempre. Ya que no supiste
quererme, veremos si sabes respetarme. Adis, adis, Juan, que se hace
tarde y puede venir gente.

Esto dijo con la voz penosamente entrecortada y los ojos nublados de las
mal contenidas lgrimas.

Don Juan concibi, sin embargo, alguna esperanza. Indudablemente,
aquella mujer haba ido decidida a darlo todo por concluido; pero sus
miradas, su turbacin, el constante aludir a lo pasado, como echndolo
de menos, indicaban que le costaba gran pena resignarse.

--Mira, Cristeta--dijo bajando los ojos, al modo de quien hace una
confesin vergonzosa--, tienes razn. Mi conducta... t no sabes lo que
es la vida de un hombre... estaba en circunstancias excepcionales...
podr haberme portado mal... pero caro lo estoy pagando.

--Y ahora que no tiene remedio--le interrumpi ella con un mohn
delicioso--es cuando caes en la cuenta.

--Si me quisieses de veras!

--No suees! Nuestras relaciones fueron antes un juego peligroso en que
yo sal perdiendo. Hoy, en cuanto a m, seran un crimen, y por parte
tuya una vileza. Concluiramos aborrecindonos.

--Bueno, como quieras, puede que tengas razn; pero yo no me conformo.
Qu impresin me caus encontrarte! Cunto me has hecho soar! Ahora,
ahora es cuando te adoro. Idea, imagina, propn un medio, un recurso!
Soy capaz...

--De qu? No hables ms, que me ofendes.

Don Juan mir rpidamente a todos lados, vio que nadie poda
sorprenderles, y alargando los brazos, intent coger las manos a
Cristeta; mas ella, echndose hacia atrs, las esquiv temblorosa,
exclamando:

--No! No me toques!... Adis, adis.

Y al decir esto, se apart muy despacio.

Entonces, envalentonado l por la soledad y an mas por la emocin que
el semblante de Cristeta revelaba, la alcanz, cogindola por una manga
del abrigo, al mismo tiempo que con voz trmula e intencin resuelta,
deca:

--No te irs! T no puedes ser de nadie ms que ma. Entiendes? Ma o
de nadie!

--Te digo que me dejes. No eres caballero!

--Aqu no hay caballero que valga; no hay ms que un hombre que te
quiere, que tiene derecho...

--Calla, o me marcho!

--Me oirs! Conque has tenido valor de engaar a un pobre hombre y
ahora quieres sentar plaza de virtud arisca? Es tarde!

Aun parecindole a Cristeta dura y grosera la frase, se alegr de orla,
porque la energa con que don Juan la dijo denotaba sinceridad. Ningn
halago de los que recibiera en otro tiempo fue tan de su gusto como
aquel espontneo arranque de despecho.

--Me abandonaste--replic--, y lo que se tira por la ventana es de quien
primero lo recoge.

--Eso ser si yo lo consiento. Buscar a ese hombre...!

--No, por Dios!

--Pues promteme que...--y no sigui.

--Ves? No puedes decirlo. Qu he de prometer?

--Quiero verte..., nada ms que verte alguna vez. Mira que estoy
dispuesto a todo!

Deseando ella cortar la entrevista, fingi ceder, y dirigindose hacia
el sitio donde el coche la esperaba, ech a andar diciendo:

--Bueno..., ahora djame..., procurar que nos veamos, cuando pueda
ser..., pero t mismo te persuadirs de que no debemos..., sera indigno
de nosotros...; por piedad, djame marchar, que es tarde.

Don Juan insisti:

--Pues dime que nos veremos. Dnde? Cundo? Cristeta, t no sabes cmo
estoy!

--Una vez..., te lo prometo...; qudate aqu, no me acompaes ms..., y
luego ten prudencia y no me sigas.

--Te obedecer..., lo que t quieras...; pero jrame que nos veremos
pronto, que no me has olvidado por completo.--Y con mezcla de solemnidad
y enternecimiento, aadi, clavando en ella sus expresivos ojos--:
Cristeta..., jramelo..., por tu hijo!

--Bien; te lo juro por el nio, y ten prudencia, por la Virgen del
Carmen.

Corri hacia el coche, y don Juan se qued mirndola embelesado.

Al arrancar la berlina se asom a la ventanilla fingiendo que se
incorporaba para acomodarse en el asiento. Un instante despus, mientras
el carruaje corra camino de Madrid, no pudo contener la risa pensando:
Pobrecito nio... jurar en falso! Vlgame Mara Santsima!... aunque
no es mo, no quisiera que le sucediese cosa mala. Angelito de su
madre!

Don Juan, loco de contento, dio la vuelta hacia San Antonio, dicindose
mentalmente: Es indudable que se ha casado por despecho; todava me
quiere..., ha consentido en que nos veamos, lo ha jurado por su hijo,
pobrecilla!, y despus ha dicho 'prudencia', es decir, todo se
arreglar. El arreglo corre de mi cuenta. La cosa no es tan fcil como
parece. Vamos a cuentas. Aunque no se parece a ninguna otra, al fin es
mujer. Est casada, y, sin embargo, ha consentido en que nos viramos...
luego es ma... en espritu. El tiempo har lo dems. Lo imposible,
intil y absurdo, dadas las circunstancias, sera repetir las citas al
aire libre. Una vez, pase, por lo que tiene de potico. Ya lo creo que
tiene poesa! La maana, la niebla, el miedo, el misterio, hasta el
sitio...! Aqu venan con sus amantes las damas de tiempo de Carlos IV;
en este palacio de la Moncloa deban de tener sus citas Godoy y Mara
Luisa. Cuntas picardas habrn visto esos merenderos! Si pudiese
hablar esa ropa que hay tendida! Pobre Manzanares, cunta burla le han
hecho!; _arroyo aprendiz de ro_, dijo Quevedo; _ro con mal de piedra_,
le llam Lope... Si hubiese por aqu una casita decente! Pero qui!,
no es mujer que se deje llevar a cualquier parte. De amigas no querr
fiarse, y har bien. Tengo observado que cuando una mujer le presta a
otra su casa, concluye por robarle el amante. Si consintiera en venir a
mi casa, sera lo mejor. Qu tiene de particular que una seora entre a
cualquier hora del da en un portal de la calle de las Infantas? Nada.
Si fuese en sitio apartado, en barrio sospechoso! Cuanto ms cntrica y
frecuentada es una calle menos se escama la gente de ver a un hombre
parado con una seora o acompandola; lo que huele a pecado es
encontrarse una pareja fuera de puertas o por calles extraviadas. Slo
el hecho de haberme citado en la Moncloa demuestra que esta pobre chica
no tiene experiencia ni pizca de malicia. Est monsima! Ahora, ahora
que no est en Madrid el bestia de su marido, es cuando tengo que
domesticarla. Y ha de ser en mi casita. Venus a domicilio! Vaya si
vendr! La verdad es que lo ms cmodo es que ellas vengan a verle a
uno. Y cmo les gusta! Se hacen la ilusin de que se truecan los sexos
y arrostran el peligro con ms valor que nosotros... Me acuerdo de
aquella que me deca sentada en el silln de m despacho: Un da vas a
poner en el balcn una muestra con un letrero que diga MODAS, para que
yo me asome impunemente o para que me traiga mi marido hasta la puerta.
Cristeta no es capaz de semejante desvergenza, pero vendr. Esto es lo
primero que hay que procurar. Si no quiere, buscaremos otro medio.

<tb>

Aquel mismo da por la noche Cristeta mand recado a don Quintn
rogndole que fuese a verla. Obedeci el vejete, y hablaron largo y
tendido. La sobrina dio encargos e instrucciones; el to, por la cuenta
que le tena, prometi obedecer.

Fue conferencia importantsima, pero secreta; semejante a esos consejos
de ministros en que se tratan cosas graves, que slo andando el tiempo
se descubren.




Captulo XVII

Donde el zorro se forja la ilusin de que la gallina puede venir a
entregrsele


Tanto se envalenton don Juan a consecuencia de la entrevista en la
Moncloa que, por conducto de Julia, envi a su hermosa deseada la carta
siguiente:

     _Cristeta de mi vida: No renuncio a que hablemos en lugar seguro.
     Tu marido est muy lejos de Madrid, y nada tiene de particular que
     una seora pase a cualquier hora del da por esta calle. Aqu en mi
     casa te aguardo maana a las tres. No hay ni puede haber lugar ms
     seguro. En lo porvenir acaso esto fuese imprudente: ahora no. Ven
     sin miedo. No tendrs necesidad de llamar porque estar solo y al
     cuidado para recibirte, y al salir hallars en la puerta un coche
     que te llevar hasta donde quieras. Vendrs? Me dice el corazn
     que s, y por supuesto, te doy palabra de honor de que no har
     nada, absolutamente nada que pueda enojarte. Vienes a casa de un
     caballero. Te he querido, te quiero, y har los imposibles por
     demostrarte que estoy resuelto a poner remedio a tan dolorosa y
     difcil situacin. Piensa que vas a decidir de los dos para siempre
     y ven sin miedo y quema este papel. Por Dios, no faltes. Tuyo
     siempre,_

          _Juan_

     _Infantas, 80 duplicado, entresuelo._

Luego de enviada la carta, cay en la cuenta de que tal vez fuese
demasiado expresiva y comprometedora; pero tal era la exaltacin de su
nimo, que se dijo: No importa; hoy por hoy no hay peligro y aunque
estuviese aqu el marido, hara lo mismo. Lo esencial es que ella venga,
y vendr.

Aquella noche durmi mal, tras madrugar mucho, almorz sin gana y se
visti como quien pretende agradar.

Sobre la chimenea del despacho coloc dos jarroncillos llenos de flores;
en seguida, por si era curiosa y le revolva los papeles, como haban
hecho otras, escondi varias cartas en una sombrerera vieja, arrojndola
encima de un armario, y quit de la vista dos retratos de antiguas
conocidas y otro de una cmica fotografiada en ademn provocativo. En un
veladorcito puso un sortijero con alfileres, horquillas, agujas,
imperdibles y un gran frasco de agua de Colonia sin destapar, con su
caperuza de pergamino y sus cordones de colores. Pero, de all a poco,
pensndolo mejor, e imaginando que aquello, adems de estar en
contradiccin con su carta, denotaba prctica de libertino a sangre
fra, solamente dej el perfume y las flores.

Segn las manecillas del reloj iban avanzando despacito, comenz a
recapacitar si todo estaba dispuesto y en su punto. Nada ni nadie podra
turbarles. Los criados fueron alejados engaosamente, y la portera
advertida de que slo dejase subir a la seora que haba de llegar a las
tres.

Comenz don Juan a dar paseos por el cuarto, y cada vez que llegaba
hasta la puerta de la escalera, aguzaba el odo, esforzndose en
distinguir y diferenciar los pasos de las gentes que suban... Los
peldaos crujen... no es ella!; debe de ser una mujer muy gorda; luego
un chico que baja de estampa; despus la pausada y ruidosa ascensin
del... De pronto son un campanillazo; torn de puntillas hasta la
puerta, descorri con gran tiento el ventanillo, y por una rendija
imperceptible, conteniendo la respiracin, mir. Era un amigo: la
portera se haba descuidado. Otro campanillazo, dos ms, el ltimo a la
desesperada, mucho ms fuerte... y el inoportuno baj lentamente la
escalera como quien da tiempo a que abran y le llamen.

Las tres menos diez. Hasta las flores, mal puestas en los bcaros,
cadas y doblados los tallos, parecan cansadas de esperar. Silencio
completo. De repente don Juan se dirige hacia la alcoba, porque ms all
del hueco que la separa del despacho, se ve la cama cubierta de un rico
pao japons.

Esto est mal; no debe verse tanto pens, y desplegando un biombo de
telas antiguas, ocult el lecho, del cual slo quedaron visibles las
almohadas, blancas, limpsimas, an cuadriculadas por los dobleces del
planchado.

Al pasar ante un espejo se mir un instante y sonri satisfecho. Tena
la barba sedosa y muy cuidada; los ojos algo tristes, como de quien
espera una dicha, desconfiando lograrla porque no cree merecerla... El
gozo, la alegra, sern luego, cuando ella entre, porque no ha de
faltar. El marido no est en Madrid, el sitio es seguro, la impunidad
completa. Por otra parte, l se ha resignado de antemano a portarse como
caballero, a estar casi platnico para inspirar confianza. Lo dems
vendr con el tiempo.

De cuatro miradas examin el cuarto y le pareci que no estaba mal.
Alejando toda sospecha de ocio y frivolidad, haba sobre una mesa varios
libros con seales interpoladas entre las hojas, y pginas dobladas. En
un testero de pared, llenando un hueco entre dos cuadros, se vean
brillar dos espadas de duelo que representaban la dignidad y el valor.
La alfombra no tena motas, ni manchas de ceniza de cigarro; ni un tomo
de polvo empaaba los muebles.

Menos cinco! Se dirigi al balcn, y apoyando la frente contra el
vidrio, mir hacia la calle que enfilaba con el portal, por donde ella
probablemente vendra. As permaneci un rato, que se le antoj muy
largo; mas al consultar de nuevo el reloj, vio que apenas se haba
movido el minutero.

Es difcil que una seora sea puntual; tardan tanto en emperejilarse!

Quiso distraerse leyendo peridicos; pero su imaginacin tom rumbo
hacia Cristeta y comenz a fingrsela presente deleitndose en ella
igual que si la tuviese ante los ojos. Ensimismado y desprendido de
cuanto le rodeaba, crey verla mientras en su casa se vesta, desazonada
y trmula, engalanndose con premeditacin para venir a rendrsele. Oh
portentosa fuerza de abstraccin! Oh bienhechora potencia imaginativa!,
sed benditas, porque dais al hombre la visin de la dicha deseada
cuando an la tiene lejos... cuando acaso jams ha de llegar!...

<tb>

No, no es visin, es realidad; no imagina verla, sino que la est
mirando.

Su tocador, ni grande ni lujoso, respira limpieza y elegancia. Cristeta,
en pie, frente al espejo, pincha en el rodete rubio la ltima horquilla,
y con la yema de los dedos se arregla los ensortijados ricillos de la
nuca. Estremecida de pudor y de fro, se quita la bata y la tira sobre
un sof. Las ropas interiores son finsimas; estn adornadas de
estrechas cintas de tonos plidos, y trascienden suavemente a verbena.
Las medias son negras, como exige la impdica perversin de la moda; las
ligas, de color de rosa. Ya se calza los bien formados pies. Ahora se
pone el cors, lleno de vistosos pespuntes, y encima el cuerpo de suave
batista para no ensuciarlo. En seguida el vestido que, arrugando el
canes de la camisa, oculta el nacimiento del pecho y los hermosos
brazos. La falda cae, resbalando a lo largo de la enagua; se abrocha de
prisa; busca entre varias horquillas un alfiler largo para sujetar el
sombrero, y se lo prende, dejando que el velo caiga, sombrendola el
rostro dulcemente. Los guantes..., una pulsera..., la lisa de plata,
nada que tenga pedrera. Se acab. Algo falta: pudorosa, aunque nadie
puede verla, se vuelve de espaldas a la puerta y se estira una media.

Qu hermosa es! Cunta cosa bonita y elegante se ha puesto! Y pensar
que tal vez yo se lo vaya quitando todo poco a poco, con mimo,
lentamente, lazo a lazo, botn a botn, broche a broche, sin que oponga
resistencia ni enfado! Pero sabe Dios lo que suceder, porque es una
mujer excepcional, capaz, aunque venga, de no dejarse besar ni las yemas
de los dedos. Sera desesperante y ridculo que slo viniese para que
tuviramos una escena romntica... con lgrimas.

El reloj marca las tres en punto, la mquina produce un quejido metlico
y el timbre suena pausadamente. Qu espacio tan largo entre una y otra
campanada! Hasta los objetos parece que aguardan impacientes. Don Juan
vuelve de nuevo a pasear, atento el odo haca la puerta y fruncido el
entrecejo por el enojo. Empieza a desconfiar.

No viene! Qu ridculo miedo, qu recelo se le habr metido en el
alma? Virtud de ltima hora!

Torna al balcn, apoya la cabeza en la vidriera, que se empaa con el
vaho de su aliento, y exclama, hablando solo:

--Gracias a Dios! All est!

Cristeta viene por lo alto de la calle, vestida como l la so. Sus
enguantadas manos oprimen un grueso devocionario, sujeto con un elstico
rojo, y bajo el tul del velo brillan sus rizos de oro. A cada instante
vuelve la cabeza hacia atrs. Entonces, don Juan sonre con orgullo y se
dirige lentamente a la puerta.

Al cruzar el despacho, lo inspecciona todo por ltima vez. Nada falta.
Para ella la butaca en que descansar su cuerpo agitado por la emocin y
el miedo, quiz por el amor! En el suelo, el almohadn, bordado por
otra mujer ya olvidada, y muy cerca, la silla baja de fumar, que l
tomar para s, cogindola como al descuido, procurando tener la presa
al alcance de la mano.

Pero en la escalera no suena el esperado taconeo ni el roce crujiente de
la falda.

Qu ser esto?

Vuelve precipitadamente al balcn, alza el visillo y la ve en la acera
opuesta parada ante un escaparate, como si con disimulo se contemplara
en su cristal. En realidad, lo que hace es mirar con terror a derecha e
izquierda; hasta se nota la respiracin alterada que levanta y deprime
su hermossimo pecho, Don Juan piensa:

Esta es la ltima vacilacin.

De pronto, Cristeta se vuelve, avanza en direccin al portal... se
detiene para dejar paso a un hombre que va cargado, y en seguida,
obedeciendo a un impulso inesperado, con un movimiento nervioso, se
vuelve de espaldas y echa a andar muy de prisa, calle arriba, por donde
vino. Pero an queda esperanza: de repente acorta el paso, sigue
despacio, parece que duda, vacilando entre la cita y el deber... Por fin
acelera la marcha, se aleja casi corriendo, y all, en lo alto de la
calle, se pierde confundida en un grupo de gente, mientras don Juan,
humillado y rabioso, murmura entre dientes, rasgando el visillo del
balcn:

--Cobarde! Bribona!

Si la coge en aquel momento, la mata.

<tb>

Al anochecer se present en la casa un mozo de cuerda, mostrando tal
empeo por entregar al seor una carta en propia mano, que para tomarla
de la suya don Juan, todava mohno, sali al recibimiento.

Rasg el sobre: lo que dentro vena era una tarjeta: el nombre
litografiado deca: _Cristeta Moreruela de Martnez_, y encima, escritas
con lpiz y mano temblorosa, estas palabras:

     _He ido asta la puerta de tu casa, y me a faltado balor. No pidas
     lo imposible. Perdona a esta pobre mujer que sufre mucho, y
     holbdame adis para sienpre._

          CRISTA.

Al releer aquellas cuatro lneas, luego de ido el mozo, don Juan sonri
como si contemplara un billete de lotera premiado.

No me esperaba esta satisfaccin, que casi es una promesa--se deca
paseando desde la sala al despacho y viceversa--: nos acercamos al
momento supremo de la crisis. Lo que me figur: casada por despecho, y
arrepentida. Me quiere... y le falta valor... lo cual prueba que no es
mala. Yo tengo la culpa de todo. Qu lucha habr sostenido la pobre
consigo misma! Qu noche habr pasado! Porque... vamos a cuentas: si se
ha casado, aunque me quiera, por fuerza ha de costarle trabajo hacer
traicin... traicin, no; pero, en fin, engaar al otro. Lo que en
realidad no es ms que la vuelta al primer amor, creer ella que es una
liviandad imperdonable, y no le faltar razn, pero a m qu? Yo no soy
el marido. Por supuesto que si no hay tal marido, si slo se trata de un
amante, y le deja por m, ella tiene que considerarse como una mujer que
va de hombre a hombre, como hueso de perro a perro, o baraja de mano en
mano. En fin, me parece que est al caer. Lo cierto es que nosotros
somos responsables de todos los pecados, desrdenes y zorreras que
cometen las pobres mujeres. sta, por ejemplo, me gust; prepar las
cosas... y ma! Luego la dejo plantada, y ella encuentra modo de
remediarse o redimirse, y lo acepta: vuelvo a verla, me encapricho de
nuevo y seamos justos! qu derecho tengo para quejarme ni para
llamarle _las cuatro letras_ porque tambin ella vuelva a encapricharse
conmigo? Indudablemente ha experimentado al verme lo mismo que yo he
sentido al mirarla... Cmo se habr acordado de las noches de
Santurroriaga! Yo estaba enviciado con amores de otra clase. La verdad
es que cuantas se me han entregado, lo han hecho por inters o por _lo
otro_: cuando no he sido pagano, he sido apagafuegos, casi un bombero
del amor. Con Crista, no. Esta tarde la hubiera matado... Y el caso es
que ha venido, ha llegado hasta la puerta... despus debi de darle
miedo, es decir, no precisamente de m, sino de s misma, de verse
conmigo a solas. No podramos contenernos. Mientras nos veamos al aire
libre, todo va bueno; pero como lleguemos a encontrarnos entre cuatro
paredes solos! del primer beso la dejo los labios descoloridos. Ella s
que cuando me besaba, pareca que me sorba el alma. Hablaba ms con los
ojos que con los labios. Me suceda respecto de ella una cosa
enteramente nueva: con todas las mujeres, el verdadero encanto es antes;
con ella, la verdadera delicia era despus, porque cuando se le adormece
la voluptuosidad, se le despierta la ternura. A pesar de lo cual, me
largu por cobarda, pero sin hasto. Lo cierto es que si, uno pensara
mucho en estas cosas, se volvera loco. En toda posesin hay un momento
terrible, un instante en que, al separarse las cabezas, cada uno quiere
respirar solo, a gusto, como si no hubiera pasado nada: con Crista,
no... jams sent a su lado el egosmo del reposo. Los ltimos besos me
saban mejor que los primeros. Entonces, por qu hice la burrada de
marcharme, humillndola y dejndola mil duros, es decir, lo que cuesta
en ramos, palcos y dijes cualquier seora de las que no tienen
vergenza? Sin embargo, esa mujer ha venido hasta la puerta de mi casa.
Por codicia no es; basta ver la elegancia con que viste para comprender
que no necesita nada: por lujuria tampoco, porque no es viciosa. Pues
si ha venido, seal de que sufre y me quiere! Dara el alma por
saberlo! Qu habr hecho, qu habr pensado antes de decidirse a venir?
La chica, Julia, me dar detalles; atar cabos, y por el hilo sacar el
ovillo. Maana lo sabr.

Toda la noche se pas en claro el pobre don Juan haciendo planes,
ideando recursos y arrostrando mentalmente las consecuencias de cuanto
se le ocurra, que era gravsimo, porque en sus pensamientos, clculos y
temores, ya no figuraba l solo frente a la irresoluta Cristeta, sino
que entre ambos se alzaba, misterioso y tremendo, un nuevo personaje: el
seor Martnez, propietario legtimo de aquel cuerpo adorable, dueo
legal de la mujer amada.

Amada?--se deca--. No, esto no es amor, es obcecacin, empeo, vanidad,
capricho: tiene que ser ma veinticuatro horas o lo que me d la
gana...: si quiero, toda la vida: pero ma y rema como mis ideas, como
mis pensamientos. Qu puede suceder? Que me encapriche seriamente? As
como as, ninguna vale lo que ella; y adems, si sta es buena, voy a
pasar aos y ms aos cambiando de mujeres?

Muy de maana, yerto de fro y nervioso de impaciencia, esper a Julia
en la Plaza Mayor, vindola llegar como el reo de muerte a quien le trae
el indulto. La chica vena esperanzada en que sus palabras se trocaran
pronto en buena propina, y sin dar tiempo a que l desplegase los
labios, dijo:

--Hoy s que tengo cosas que hablar con usted. Pero qu le ha hecho
usted a mi seorita? Razn tena yo _pa_ maliciarme que iba usted a
meternos en un lo _m_ gordo.

--Cuenta, cuenta. Qu ha pasado? Dmelo todo; ya sabes que tu seorito
soy yo.

--Lo que ha pasado? La mar de lgrimas. Cuando el otro da _golv_ a
casa con la tarjeta de usted, me dije: Suceda lo que quiera, no ando
con tapujos; y se la di como si fuera cosa corriente. Ni chist:
_endispus_ de leerla se puso plida, como _amortaj_, y le entr un
temblor! Me daba una lstima! Y _miust_ que _pa_ darme a m lstima
una seorita! La noche... ha _tomao_ ms tila! _C_ vez que una mujer
_ti_ que tomar tila, le deban dar rejalgar a un hombre. Al otro da,
es decir, ayer, comenz a vestirse a las doce: se puso maja de veras. En
enaguas... un ngel. Pidi el coche _pa_ las dos. Luego supe yo, por el
cochero, que lo dej esperando junto al oratorio de la calle de
Valverde, y se fue sola, y tard... menos de media hora. Poco tiempo es
_pa_ cosa mala.

--Sigue, sigue.

--Yo cre, pues, que haba ido _enonde_ usted, a buscarle; pero me choc
que volviera _demasiao_ pronto: y lo mismo fue entrar en casa, que ir y
tirarse llorando encima de la cama. Y llora que te llora la _ti_ usted.
Esto acabar _m remal_. En fin, que _golvi_ hecha una _Madalena_. Si
sigue as, se pone mala de verdad. Por supuesto, el da que venga el
amo, no paro en la casa ni _pa_ tomar dulces.

--De modo que t crees que ella... est interesada.

--Ella est por usted, pero tiene un miedo atroz...; _lo cual que_ el
miedo puede ms que usted.

--Pues adelante con los faroles, y ya sabes que todos estos paseos yo te
los pagar bien.

--Es que... hay ms, y gordo. Usted me dijo que averiguara aquello de
cundo se haba _casao_, y del _treato_, y de si tena unos parientes
con tienda.

--Todo ello importantsimo.

--Pues la cocinera _m'a_ dicho que la seorita ha _so_ cmica, que una
vez la vio _de_ trabajar, pero que ahora est _desconoca_, porque est
muchsimo ms guapa; y que fuera de Madrid tom relaciones con un seor
y se cas; pero algunos dicen que no estn _casaos_, y que por eso no la
_quin_ ver sus tos, que son estanqueros; y otros dicen que ella es la
que no le da la gana de _ajuntarse_ con ellos, porque le da vergenza de
que son gente ordinaria; y me extraa, porque la seorita es buena.

--En resumen; seguro no sabes nada.

--Si _quedr_ usted que le traigan a la seorita ya mansa y conforme!...
_Ti_ usted ms que buscar a esos estanqueros, y ponerse al habla con
ellos y que desembuchen la verdad?

Don Juan, considerando intil enterar a Julia de cuanto saba relativo a
los antecedentes de Cristeta y sus tos, call; y acordndose de don
Quintn, se dijo que podra sacar de l gran partido.

--No andas descaminada: buscar a los estanqueros.

--_Qu icir_ que si no est casada...; pero lo que yo me digo: si no lo
est, si es duea de hacer de su capa un sayo, por qu llora tanto?

--Muchacha, eres un dije: toma--(la propina fue esplndida)--, y desde
maana vienes aqu, sin falta, todos los das a la misma hora, a recibir
rdenes como un corneta.

--Es que la seorita se ha _calao_ que yo salgo por hablar con usted. Si
me regaa o me dice cualquier cosa, qu contesto?

--Por ahora... dices que no te dejo a sol ni a sombra; que t crees que
yo ando loco por ella, sobre todo muy triste...

--_Pa_ triste, ella. Si la viera usted _de_ llorar! En fin, Dios nos
tenga de su mano. Mire usted que, segn me han dicho, el marido es ms
bruto! Una fiera. Si se plantase aqu de repente, salamos en los
papeles.

El grupo que durante estos dilogos formaba la pareja de seorito y
niera, mereca tomarse como asunto de un buen romance castizo. Ella,
traviesa y pcara, rebosndole malicia los ojos y desparpajo los labios,
sin pauelo a la cabeza, y liada en el mantn, dentro del cual remova
el airoso cuerpo para sentirse acariciada del calor; l sooliento,
molesto, desasosegado y fro, trayndose a cada instante sobre el hombro
el embozo de la capa; la chica, toda viveza, el hombre, todo
impaciencia. En torno, gente que pasaba mirndoles de reojo y
barruntando trapicheo; algn chico parado, con los libros sujetos entre
las piernas, ocupados dientes y manos en el aceitoso buuelo; al fondo,
los soportales de la Plaza esfumados en la neblina temprana; las mulas
del tranva despidiendo del cuerpo nubes de vaho; la atmsfera hmeda,
impregnada del olor al caf que un mancebo tostaba ante una tienda; el
ambiente sucio, como si en l se condensaran los soeces ternos y tacos
de los carreteros; las piedras resbaladizas, y en el centro del
jardinillo, descollando sobre un macizo de arbustos amoratados por los
hielos, la estatua del pobre Felipe III, con el cetro y los bigotes
acaramelados por la escarcha.

Pero lo ms notable era la cara que pona Julia cuando se separaba de
Juan. De fijo que no se divirtieron tanto con el inmortal Manchego las
doncellas de los Duques, ni la propia Lozana con los clrigos a quienes
se venda por nueva, como ella gozaba en contribuir al rendimiento del
Tenorio decadente.

Julia serva con el mayor celo a Cristeta: primero, por obediencia a sus
padres y a Ins, que se lo encargaron; segundo, porque don Juan,
esplndido y dadivoso, le regalaba continuamente duros y pesetas con
novelesca prodigalidad; adems, se diverta mucho contribuyendo a traer
engaado a un caballero. Acordbase instintivamente de que era mujer y
trabajaba en provecho ajeno como si fuera en causa propia. Dnde mayor
alegra para una mujer lista que entrar en pacto contra un hombre? As
que, tras cada entrevista con don Juan, refera a su ama cuanto con l
hablaba. Aquel da Cristeta la escuch con vivo inters.

--Todo va bien--dijo despus de orla--; de modo que...

--Ese _seor_ est _perdo_ por usted: debe de ser..., no se enfade
usted..., vamos, un _gatera_ ms listo!; pero esta vez..., ya no sabe
el hombre lo que se pesca. De fijo que a estas horas anda por esas
calles brincando como una cabra en busca de sus tos de usted. No era
eso lo que haca falta?

--Cabal.

--Y esto, seorita? Mire usted que es mucha plata!--dijo Julia
presentando el puado de pesetas, fruto de la ltima propina.

--Eso es tuyo. Lo que yo te doy de menos l te lo da de ms. Anda, que
pronto se te acabar.

--Lo que hace falta es que usted acabe con l..., es decir, que empiece.
Cuando la seorita se case me lleva de doncella, y luego, si Dios es
servido... de niera.

--Ave Mara Pursima!

Las dos sonrieron, pero de distinto modo; la criada con la satisfaccin
de la codicia lograda; el ama, con la esperanza de la dicha.

Al quedarse sola Cristeta se sent en una silla baja de hacer labor, y
tapndose los ojos para no ver las cosas de este mundo, se puso
voluntariamente soadora, parecindole ver a don Juan, tambin solo en
su casa, triste, malhumorado, vuelto hacia ella el pensamiento y
sintiendo lo que jams hasta entonces ninguna otra mujer le hizo sentir.

Existir en el mundo de las pasiones influencia secreta que aproxime y
relacione las almas separadas movindolas simultneamente con un mismo
afecto, como viento invisible que a un tiempo menea en parajes apartados
las ramas de los rboles? Quin sabe! Lo cierto es que, mientras la
esperanzada Cristeta vea posible la realizacin de su ventura, don
Juan, puestos en ella los cinco sentidos con amoroso empeo, tomaba la
resolucin de buscar a don Quintn para que ste le sacase de dudas
sobre si era o no verdad lo del casorio, y pensando en l se deca:
Est visto que ese pobre majadero ha nacido en provecho mo.




Captulo XVIII

De la importantsima conferencia que celebraron el Tenorio decadente y
el estanquero libertino, con otros graves sucesos


Ignorante don Juan de que don Quintn hubiese venido a menos, resolvi
visitarle en su estanco, donde hasta entonces, por prudencia, jams puso
los pies. Fue all, entr, pidi puros, escogiolos despacio mirando
hacia la trastienda... y nada. Entonces se atrevi a preguntar al
chicuelo mugriento, mofletudo y asabaonado que le despachaba.

--Est el amo?

--El seor Juaneca ha salido.

--No, don Quintn.

--Ese era el de _enantes_, que venda pitillos de contrabando y lo
quitaron por gandul.

--Y dnde ha ido a parar?

--Le dieron otro estanco, y no s ms. Valientes puercos deban de estar
l y toda su casta! Cmo dejaron la casa de telaraas! Nos encontramos
esto, mal _comparao_, lo _mesmo_ que una pocilga, con perdn de usted;
menos el cuartito que da al patio, ese estaba limpio.

El cuartito que ella tena y del cual me habl tantas veces!--pens
don Juan, y en seguida dijo:

--Conque le dieron otro estanco? dnde?

--En la taberna de al _lao _ en _ofecinas_ de estancadas, le darn a
usted razn.

Don Juan pag los Puros, dejando la vuelta como propina, y sali.

Luego, mediante encargo que confi a un diputado amigo suyo, el cual
hizo minuciosas gestiones, supo que la nueva madriguera estanqueril de
don Quintn estaba en la poco aristocrtica calle de la Pingarrona, y
all imagin ir a buscarle; pero pensndolo mejor, mand a su ayuda de
cmara, el inapreciable y fiel Benigno, que volvi con ms noticias que
un corresponsal del _Times_. Primero, pagando _tintas_ al doncel de los
sabaones, y despus a un vecino pingarronesco, Benigno averigu cuanto
a su amo interesaba, sin omitir los amores de don Quintn con Carola,
trapicheo que slo doa Frasquita ignoraba en el barrio: criadas,
vecinos, porteros y parroquianos, todos saban que el estanquero tena,
como ellos decan, un _apao_. De lo que nadie tena pleno conocimiento
era de la precaria situacin a que se vea reducido el ex--miliciano
mujeriego.

La mudanza de tienda y calle no fue para l venir a menos, sino llegar a
casi nada, por lo cual Carola empez a mostrrsele despegada y arisca,
tanto como antes fue apasionada y pegajosa. Con la buena parroquia y
aquel cajn siempre lleno, que semejaba esportillo del Banco, acabaron
los mimos y complacencias de la jamona impdica. Hzose, sobre todo,
pedigea en grado inaguantable.

Lo primero que el pobre hombre se vio imposibilitado de comprarle fue un
cors de cuatro duros, lleno de puntillas, lazos, pespuntes y
escarolados. La corsetera haba dicho a Carola:

--Vaya una prenda _pa_ una seora que la pueda lucir!;--y ella lo dese
como un guerrero desea una buena arma de combate. Pidiselo a su
Quintn, y ste, fingiendo bromear, repuso:

--Cors? A fuerza de aceros y ballenas me vas a estropear ese cuerpecito
tan rico. Ya sabes que me da rabia ir a cogerte y encontrarme con esas
cosas tan duras.

--En casa no te digo; pero por la calle no he de ir con las carnes
colgando como una vaca.

--Para eso no necesitas cors de cuatro pesos.

--Ah! Es por el dinero, don Rooso?

--No, palabra; es que estos das... te es igual a fin de mes?

Carola no quiso insistir; pero mir a su amante con profundo desprecio,
como las grandes cortesanas de Atenas deban de mirar a los esclavos
persas. Luego l falt algunas noches o acort las visitas, quejndose
de pesadez en el estmago. Para ella suban cena del caf; pero ya la
ingrata no le daba, como antes, con sus propios dientes, alguna patata
frita, ni se dejaba arrancar las pasas de los labios. Interesada y
rencorosa, tena clavadas en el pensamiento todas las ballenas del cors
negado. Transcurridos algunos das, dijo al vejestorio:

--Oye, capitalista, lo del cors lo mismo me da una semana que otra; pero
la cama est hecha _peazos_, y el herrero pide tres duros por
componerla.

--Tres duros?

--T sabes cmo est, si parece que dan batallas encima!

--Y ha de ser el herrero? Con un cordel o un alambre la dejo yo ms
firme que el propio suelo.

--_U_ con saliva de mona--repuso ella muy enojada--: no sabes que la has
_desatornillao_ toda a puros brincos? Quin tiene la culpa?

--Djalo, mujer... por ahora; el mes que viene...

--Estoy viendo que te voy a pedir de comer y me vas a decir que aguarde a
otro mes. Pues el casero es como el tren, que no espera por nadie, y ha
cumplido ayer; conque venga _parn_ o me busco un _seor_.

Lvido de angustia y coraje, repuso:

--Yo me ver con el administrador. Es forzoso que tengamos paciencia.

--Vamos, t ests ms _arrancao_ que rbol viejo.

Engaado Quintn por la pausada entonacin con que Carola le dijo esto,
imagin que el instante era favorable a un desbordamiento de lealtad, al
cual ella forzosamente respondera con una explosin de ternura.

--Carola, Carola ma!--exclam hiposo y sollozante--; tengo que decrtelo
todo.

--Lo que has de hacer es darme algo.

Entonces, poniendo cara muy compungida, extendi las manos en busca de
las de su amada, y dijo:

--Vida ma, todo se arreglar! Ahora no puedo nada, nada; el estanco
nuevo es una perdicin. Yo te traer... unos das... demasiado sabes!

--Lo que s es que ni ropa, ni casa, ni pagar un triste catre, que t
mismo has _desfondicao_... ni _n_.

--Ms lo siento yo que t.

Y quiso prodigarle en besos lo que no poda en pesetas; mas ella se
desprendi de sus brazos, diciendo desabridamente:

--Estos marranos de hombres creen que tener querida es tener guitarra,
que se deja tocar sin que la den de comer.

--Por Dios, nena; t no eres mi querida; eres mi alma!

--Yo soy una mujer que _ti_ que gastar en comer, y en vestir, y en
zapatos, y cuando un zngano no dispone de posibles... o es que me voy
a guisar el aire?

--Cuando he tenido... y en cuanto tenga...

--_Pus_ entonces _gelves_.

Carola se iba enfurruando por momentos. l la escuchaba pasmado,
acordndose de las grandes _cocottes_ de Pars, de quienes en los
folletines haba ledo que despiden como lacayos a los lores ingleses
luego que les han arruinado. De pronto, se le acerc humilde y
cariacontecido, temblndole los labios, sublime y ridculo de amor,
gritando:

--Qu! Vas a dejarme sospechar que me queras por el inters?
Permteme que te bese, o creer que eres una cualquier cosa!

Adelant con indecible majestad, como el len hacia su hembra; hubo en
su actitud impulso de amante y arrogancia de seoro. Carola,
miserablemente asustada con aquello de la traslacin de estanco y
penuria del nuevo establecimiento, comprendi que el odre estaba seco.
Ni cors, ni cenas, ni recibo de inquilinato... no pudo ms. Mir al
pobre viejo con expresin de fro desprecio, y plegando en burlona mueca
los labios por l tantas y tantas veces besados, le dijo:

--Oiga usted, don Baboso de Singuita, te has _figurao_ que una hembra
como yo va a esperar _pa_ dejarse querer a que llueva dinero el mes que
viene? Si no me _pus_ mantener con decoro, _p_ qu te me has
_arrimao_, cara de siglo?

Quiso erguirse altanero y tremendo; pero vencido de la emocin, sinti
que flaqueaba todo el edificio de su cuerpo, y lanzando a su cruel
seora una mirada lnguida de bestia moribunda, entre splica y
reproche, dejose caer, abatido y lacio, en aquel mismo silln donde
antes los dos solan sentarse para que l la estrechase entre los
avarientos brazos, mientras ella, vestida de gran seora y copa en mano,
entonaba un vals callejero convertido en brindis orgistico... El
recuerdo de aquellos momentos fue como visin rapidsima que le llen de
amargura el alma. En seguida se qued absorto, con los ojos asombrados y
saltones, y los labios fruncidos por una sonrisa diablica de ngel
cado. Tan feo se puso que Carola solt la carcajada. Entonces, pasando
de la estupidez al furor, sinti que en lo ms hondo del pensamiento
surga la idea del crimen, no para cometerlo, sino comprendiendo que en
situaciones anlogas se den pualadas y mueran las queridas traidoras a
manos de sus amantes. Estaba grandiosamente ridculo. Carola se
convenci de que aquel pobre hombre era incapaz de pegarle ni un tirn
de orejas; pero vio claro que hara cualquier disparate por seguir
poseyndola o por hacerse la ilusin de que la posea, y con aviesa
intencin, para enloquecerle y hechizarle, comenz a desabrocharse el
cuerpo del vestido y luego se alz ligeramente la falda mientras
moviendo en ondulaciones canallescas todo su cuerpo pecador, deca con
voz de chula rada y descocada:

--Crees que esta personilla se va a quedar sin cors, y que estos pies
van a salir a ganarlo, y que este cuerpo ha _naco_ para tumbarse en un
catre _desvencijao_? Crees que voy a domesticar al _administraor_
pagndole en carne? Si no tenas dinero, podas haberte _quedao_ dando
_cabezs_ contra el mostrador, __ poniendo bizmas a la vieja, que
_paece_ un vencejo _atontao_.

--Carola! Seora!

--Aqu no hay ms seora que una fiera, porque sabes lo que te digo? Que
me temo que te lo ests gastando con otras; conque fuera de aqu, a
buscar guita! Lo que deca mi pobrecita madre: sin bolsa llena, ni
rubia ni morena.

Empujndole hacia la puerta, le ech del cuarto; pero en el pasillo, a
oscuras, vari de sbito el tono de la voz, y cindole al cuello los
brazos, le dijo dulzonamente entre dos largos besos:

--Rico del alma, fuera de broma, treme unos durillos, que me hacen mucha
falta.

Y le plant en el descansillo de la escalera, dejndole turulato, ya
convencido de que, a pesar de aquellos besos, el amor y sus derivados
eran para l cosa perdida como no arbitrase recursos.

A quin pedira prestado, qu malbarat o empe? No se sabe; pero a la
tarde siguiente llev trece duros, mediante los cuales, Carola tuvo
cors y qued restaurado el catre. Sin embargo, en das posteriores,
menudearon las exigencias de la impura. Pidi un boa, jabn de olor, un
palanganero, chambras bordadas y una bata. El espritu de don Quintn se
llen de sombras: pareca que en su pensamiento se haban juntado el
furor de los hroes clsicos, la melancola de los galanes romnticos y
el escepticismo de los protagonistas de drama moderno, todo lo cual, el
pobre hombre, instintivamente, resuma en aquella horrible frase de su
querida: Sin bolsa llena, ni rubia ni morena.

Tal era su situacin de nimo cuando una maana se le present Benigno
en el estanco, y sin ambages ni rodeos, le dio el siguiente recado:

--De parte de mi amo, don Juan de Todellas, que desea hablar con usted, y
que le espera maana a las doce en su casa--(y dio las seas)--para
almorzar.

Dicho lo cual se fue.

Acordndose entonces del ltimo dilogo que tuvo con su sobrina cuando
ella le mand llamar despus de ver a don Juan en la Moncloa, el
estanquero pens:

El grandsimo pillo me busca; tena razn la chica; pues s que ir, y
veremos por dnde respira. Canalla...! A ese s que no le faltar
dinero para tener queridas!

<tb>

Son las once Y media de la maana. La escena pasa en el gabinete de don
Juan.

Las paredes estn cubiertas de pinturas, fotografas y grabados que
representan retratos de beldades clebres ms o menos vestidas, y
episodios de amor, donde se ven reproducidas todas las fases de la
pasin: mitos sagrados, tradiciones histricas y engendros literarios.
Psiquis se quema las alas en la antorcha del divino Eros; la fiel
Penlope desteje su labor; el necio Candaules muestra a Gyjes la hermosa
desnudez de su esposa Nyssia; Florinda y don Rodrigo, enlazados bajo un
naranjo, dan pretexto a la venida del moro; Carlos I y Brbara de
Blomberg se abrazan enamorados y orgullosos, presintiendo que ha de
nacer quien venza en Lepanto; la desvergonzada Lozana se deja tentar por
un cannigo a quien pide dineros; Felipe II se exalta mirando el ojo
sano de la boli; el Burlador de Sevilla descansa en brazos de Tisbea;
Felipe IV descie a la Calderona los cordones de un justillo; Luis XV se
divierte en pintar a la Dubarry un lunar junto a la boca; Mirabeau besa
el retrato de Sofa; Fernando VII hace cosquillas a _Pepa la Naranjera_;
Rodolfo de Austria expira en brazos de Mara Vscera, y como sntesis de
la dulce locura que a todos agit, el gran Don Quijote muere resignado
sin haber posedo jams a Dulcinea.

En el centro del cuarto est puesta la mesa; el mantel es adamascado y
fino; los cubiertos de plata labrada; la vajilla con cifra de oro; las
copas, de tan sutil cristal, que semejan aire cuajado. Sobre un
veladorcito hay cuatro botellas; dos de Burdeos que, como buenas
girondinas, tienen a modo de gorritos frigios sus cpsulas rojas, una de
Champaa con capellina de plata, y otra de Jerez que parece oro lquido.

Don Juan espera impaciente abrochndose el batn oscuro de alamares
negros. Cuatro minutos antes de las doce suena un campanillazo. Benigno,
servilleta al hombro, se dirige hacia la puerta ponindose los guantes
blancos de algodoncillo.

Don Quintn, de levita, prestada y archicumplida, entra escamado,
receloso, pero sonriente y haciendo cortesas. Acude a la cita porque a
ello le obliga su situacin respecto de Cristeta, que puede contar a
Frasquita lo que sta debe ignorar, y tambin porque, descubriendo los
pensamientos de don Juan, le ser ms fcil la venganza.

Su antiguo conocido le recibe amabilsimamente.

--Mi seor don Quintn, y cuntos deseos tena de que honrase usted mi
choza! Cmo va ese valor?

--A esto llama usted choza, y estn las paredes llenas de santos?

--Vaya, vaya, usted me perdonar el atrevimiento; pero yo necesitaba
hablar con usted, y pens que almorzando se entienden las gentes.

--Tantas gracias.

Se sientan cerca de la chimenea, cuyas llamas se reflejan en los vidrios
de los cuadros, y comienza el festn.

Ostras: don Quintn desprende de sus conchas las primeras con el
cuchillo, hasta que al ver emplear a don Juan el tenedorcillo _ad hoc_,
le imita torpemente, pensando mientras come: Quin sera el primero
que probase esta porquera?

Benigno presenta una fuente, y al mismo tiempo dice don Juan:

--Huevos _al plato_.

Don Quintn, sirvindose, reflexiona: Pues dnde los haba de poner?

Apaciguada la primera furia del hambre, dice el anfitrin:

--S, tenemos que hablar largo y tendido.

--Soy todo orejas.

--Pues bien: ha de saber usted que yo prest dinero a un amigo mo
empresario del _Teatro de las Musas_; no ha podido pagarme, y por tratos
y combinaciones que hemos hecho, y con los cuales no quiero molestar a
usted..., total, que me quedo de empresario. En mi vida las he visto ms
gordas; pero estoy decidido a defender mi dinero, para lo cual formar
una compaa como en Madrid no se ha odo, y necesito que usted me
ayude.

--Yo?

--Usted. Llevo adelantados los trabajos, cuento con artistas..., un coro
que... ya ver usted...; pero nada puedo ultimar si usted no me
favorece.

--No entiendo.

--Yo no hago nada sin contar con su sobrina Cristeta; y adems, necesito
una persona de toda confianza para representante de la empresa, y esa
persona es usted.

A don Quintn se le atragant un sorbo de Burdeos, que para l tena
sabor de chacol detestable. Las palabras que acababa de or le
parecieron el principio de una complicadsima serie de mentiras; pero en
seguida se le ocurri la idea de que si aquello fuese cierto, no habra
de faltarle contrato para Carola, es decir, querida por cuenta ajena...
y un coro a su disposicin. Ocultando la sorpresa, repuso:

--De m disponga usted; en cuanto a mi sobrina, se ha retirado del
teatro.

--Por eso le busco a usted, que es quien ha de convencerla. Yo no me
atrevo..., las mujeres... En fin, usted, antes que to es usted hombre
de talento y comprender mi situacin. Yo me permit galantearla,
cortejarla, cuatro bromas: como es tan guapa! No me hizo caso; total,
nada, una niera..., y es posible que ella tenga reparo de tratar
conmigo. En suma: yo le ofrezco a usted, como tal representante,
cincuenta pesos al mes, y a ella una escritura con mi firma en blanco
para que fije el sueldo que quiera. Ver usted qu temporada!

Estaban comiendo solomillo con trufas, que a don Quintn le parecieron
patatas de luto; don Juan segua hablando entre bocado y sorbo.

--Hay que regenerar el gusto del pblico: nada de revistas ni
pantorrillas..., sas para usted y para m. Arte serio; ya ve usted que
la Moreruela es indispensable.

Don Quintn, rebaando con un migote la rica salsa, guard silencio unos
instantes, cual si dudase de la oportunidad de lo que iba a decir, y,
por ltimo, habl resueltamente, aunque sonriendo para disminuir el
alcance de sus frases:

--Seor mo; usted s que tiene remuchsimo talento; y todo eso est muy
bien urdido...; pero a perro viejo no hay tus tus.

--Cmo?

--Que no me engaa usted. A usted le tienen sin cuidado el arte, la
empresa y hasta las buenas mozas del coro.

--Explquese usted.

--Lo que a usted le interesa es... la muchacha.

--Ahora s que tiene usted que explicarse--repuso don Juan desconcertado.

--S, mi sobrina: y hablando en plata, lo que usted pretende es que yo le
ponga en contacto con ella.

Don Juan se qued atnito y a dos dedos de contestar speramente; mas no
poda permitirse frase dura en su propia casa, y el gesto que pona don
Quintn no era de enojo, sino casi de broma.

--Usted ha pensado en m--prosigui el estanquero--, para dar ms seriedad
a su conducta... y, sobre todo, me ha buscado porque no halla medio ni
manera de acercarse a la chica, y como no haba usted de decirme
descaradamente y en seco su propsito, ha inventado usted eso del
teatro. Pero usted ignora muchas cosas. Primera: que mi sobrina no es mi
sobrina, sino de mi mujer..., es decir, _n_. Segunda: que se ha portado
cochinamente conmigo y no la veo hace mucho tiempo..., ni ganas. Y, por
ltimo, que puede hacer, o ha hecho ya, de su capa un sayo, sin que yo
tenga derecho ni voluntad de meterme en sus interioridades. Conque,
favor por favor; usted me honra convidndome y ofrecindome un
destino... que buena falta me hace, y yo le declaro a usted que la tal
sobrina... puede irse al moro sin que me importe. Vamos, que se ha
equivocado usted de medio a medio.

--Yo no he querido lastimar en lo ms mnimo...

--Est usted tranquilo; dos hombres formales no pueden reir por esa...
ingrata. Harto s yo lo que son mujeres, Le gusta a usted? Bueno...,
pues usted a ella! y nosotros tan amigos como antes.

Don Juan, en el colmo del asombro, exclam:

--Que no le importa a usted?

--Absolutamente nada.

Pausa de unos segundos: el amo hace sea al criado, y ste echa Jerez en
la copa grande de don Quintn.

El dilogo contina del siguiente modo:

--Me deja usted espantado.

--Ni tres cominos, por trastuela, ingrata y mala cabeza.

--Mala cabeza, y se ha casado?

--Est usted seguro de eso? Pues sabe usted ms que yo. Desde
Santurroriaga me mand a pedir ciertos papeles: su fe de bautismo, las
partidas de muerto de sus padres... qu s yo, algunos documentos tena
ella...; yo no estuve delante si le dijeron los latines, ni fui padrino;
y la grandsima necia descastada, viene luego a Madrid, recoge cuatro
trastos de mi casa; y abur! Yo no he de pedirle ni agua, ni quiero
meterme en su vida privada.

Sorprendido don Juan por la actitud y palabras de don Quintn, cambi de
tctica, y queriendo sacar fruto de su indiferencia, le dijo:

--Vaya, vaya... djese usted de resentimientos y de delicadezas y piense
usted que lo que le propongo, si es beneficioso para ella, no lo es
menos para usted. Usted no ha de ir a pedirle nada, sino a ofrecerle una
contrata ventajosa.

--S; y adems a procurar que se vean ustedes.

Don Juan, fingiendo no haber odo, sigui:

--Si no est casada... aceptar, y si lo est, saldremos de dudas.

Don Quintn, puesta de babero la servilleta y empuando una pata de
pollo fro, se balance en la silla, riendo como un stiro viejo.

Entonces, obediente a una sea de su amo, Benigno escanci otro largo
chorro de sol embotellado en la copa del estanquero, quien sin perder la
serenidad, habl de este modo:

--No quiere usted entenderme... Usted parte un pelo en el aire...; pero
yo, aunque no he recibido cierta educacin, tampoco soy _negao_. Me va
usted a llamar sinvergenza; pero, en fin... juguemos a cartas vistas y
cada cual atienda a su juego. Lo que usted desea es que yo le saque de
dudas sobre lo del casorio, y que le ponga a usted al habla con ella, y
lo ha querido usted conseguir sin que yo me diese cuenta. No me ofendo;
pero en vez de un memo se encuentra usted con un hombre franco que le
dice: mi sobrina nada me importa. Se ha casado? Vaya bendita de Dios.
No se ha casado y anda usted tras ella? Me es igual.

Don Juan resolvi jugarse el todo por el todo, a lo menos en lo tocante
a valerse de don Quintn, y apoyando los codos en el mantel, dijo:

--Es usted un lince y un hombre... leal. Franqueza por franqueza. S,
seor, me gusta Cristeta...

--A todos nos gustan las mujeres; cree usted que no tengo yo tambin lo
que necesito?...

--... me gusta Cristeta; pero y si fuera tambin verdad que deseo
meterme a empresario? Como usted ve, mi casa es pequea, necesito poner
un cuarto, una oficina donde ultimar contratos, hacer ajustes, etc., y
necesito un representante. Quiere usted serlo? Mil realitos al mes... y
luego si usted logra que yo ajuste a esa seorita...

--Ah le duele!... No andemos con hipocresas. Ya le he dicho a usted
que yo tambin tengo mis debilidades.

--Entonces... entre hombres debemos ayudarnos. El da menos pensado tiene
usted una conquista seria, y me dice usted: Amigo Todellas, prsteme
usted la llave y vyase usted de paseo; por un amigo todo se hace.

A don Quintn se le ocurri una idea portentosa: pareciole que no caba
ms en cerebro humano. Aquel hombre que se haba burlado de l, le
estaba facilitando el camino de la ms sabrosa venganza. Otra era la que
l tena pensada; pero, pues las cosas venan rodadas... tambin
aqulla!

Don Juan continuaba diciendo:

--No est usted quejoso de ella, no se ha portado con usted
indignamente?

--Tiene usted razn; trato hecho. Yo le llevar a usted la... tiple.

--Y yo le nombro a usted... eso que he dicho antes.

Don Quintn representaba la comedia por imposicin y encargo ajeno; pero
al mismo tiempo, le sonrea la perspectiva de aquella venganza que haba
imaginado; adems, si lo de la empresa teatral fuese recurso cierto,
ideado por don Juan para entenderse con Cristeta, tambin de esto
sacara l partido, procurando el ajuste de Carola. En vista de lo cual,
aunque desconfiaba de la farsa, fingi aceptarla, considerndola como un
_modus vivendi_ necesario para sellar el vergonzoso pacto. El taponazo
del Champaa le sac de sus cavilaciones.

Don Juan, alzando la espumante copa, le dijo, como si fuesen antiguos
compaeros de calaveradas:

--Cuando dos caballeros quieren entenderse, no hay quien pueda con ellos.
Todava tiene usted que hacer buenas migas con este cura... ya s yo los
puntos que usted calza. (_Pausa larga_.) Vaya, el da que se canse usted
de Carola, le voy a presentar a usted a una chica de veinte que le
vuelve a usted tarumba.

--Pero usted saba?...

--Lo de Carolina? Todo Madrid lo sabe, y ndese usted con tiento..., es
guapa mujer, pero costosa, exigente, acostumbrada a mucho seoro; no le
vendrn a usted mal los cincuenta de la representacin. Lo grave sera
que lo supiese su esposa de usted.

Este momento fue el nico en que don Quintn perdi terreno. No era slo
Cristeta quien poda perderle; tambin aquel hombre conoca su
secreto...; pero qu secreto si acababa de or que Carola era mujer de
fama?

--Quedamos--pregunt don Juan--, en que somos buenos amigos?

--S, seor. Tiene usted un modo de tratar las cosas!... Vaya, y para
que usted no pueda tener queja de m, le dir a usted una sospecha, no
pasa de sospecha, que yo tengo. Usted sabe que Cristeta fue a
Santurroriaga hace cerca de tres aos. Pues bien; la doncella que la
acompa me ha contado que all tuvo algo con no sabe quin..., de
cierto, nada; pero algn lo deba de traer entre manos, porque, segn
la chica, en cuanto llegaban por la noche del teatro a la fonda,
Cristeta la despeda sin dejar que la desnudase; y otras veces se
quedaba escribiendo hasta muy tarde.

Aqu a don Juan se le alegra la mirada de un modo apenas perceptible, y
rueda por sus labios una sonrisa.

Prosigue don Quintn:

--En seguida, o poco despus, vino lo del casorio con Martnez que, segn
mis noticias, es un animalote ordinario que se chifl atrozmente por
ella.

Don Juan se pone muy serio y escucha con mayor inters.

El estanquero contina:

--Bueno; pues yo, teniendo en cuenta lo lista que es Cristeta y lo
apasionado que lleg a estar Martnez por ella, me hago la siguiente
pregunta, y usted dir si es un disparate: no es posible que el chico
sea del otro de quien habla la doncella, suponiendo que sea verdad, y
que Cristeta, al casarse con el Martnez, le haya hecho apechugar con el
mueco... ya nacido o en vsperas? Crea usted que una mujer que se ve
perdida es capaz de todo, y un hombre enamorado tambin. He dicho
sospecha, nada ms que sospecha; pero tiene su poquito de fundamento,
porque fjese usted: primero lo que dice la doncella, y luego el casarse
con un to tan ordinario, slo puede haberlo hecho por clculo; y qu
mayor provecho que legalizar la situacin en que se hallaba?; por
ltimo: a qu esconderse de m y de mi mujer, a quienes deba estar tan
agradecida, esquivndonos como lo ha hecho? Vamos, yo veo la cosa
turbia.

La impresin que recibi don Juan fue horrible.

Fingi escucharlo todo sin darle importancia, haciendo como que jugaba
distradamente con el regojuelo que haba quedado sobre la mesa, pero en
realidad estaba profundamente pensativo.

Aquella idea se le haba ocurrido alguna vez, muy vagamente, pero jams
la formul su pensamiento con tan espantables caracteres de posibilidad.
Suyo el hijo de Cristeta! Vaya un final de almuerzo! Poco le falt
para exigir a don Quintn con malos modos que confesara cuanto supiese;
mas comprendi que la violencia era intil. Slo su propio ingenio y la
confesin de Cristeta podan sacarle de dudas: era forzoso que mediase
entre ambos una explicacin. Al cabo de unos instantes, sobreponindose
al disgusto que experimentaba, reanud el dilogo y se mostr
amabilsimo con don Quintn. Aquel hombre le era, desgraciadamente,
necesario.

Tomaron exquisito moka, que al estanquero le pareci inferior al del
caf, y luego, saboreando unas copas de licor, don Juan le ofreci
habanos.

--No es mal tabaco--deca don Quintn--; pero crea usted que no hay nada
como los peninsulares bien elegidos.

Separronse tras grandes protestas de lealtad y mutua proteccin.

Poco despus don Quintn iba por la calle haciendo estas reflexiones:
Vaya un to cuco...! pero se ha fastidiado. Cincuenta duros...!
Carola, segura...! En cuanto a lo dems... Cristeta ver lo que hace:
he cumplido sus rdenes; ahora... me lavo las manos.

Hasta quedarse solo no sinti don Juan en toda su intensidad el
disgustazo que acababan de darle.

Haba en los razonamientos de don Quintn, o, mejor dicho, se desprenda
de ellos una consideracin de muchsima fuerza. Cmo se explicaba que
Cristeta, tan sentimental y delicada, hubiese consentido en entregarse a
un hombre como Martnez, rico, pero vulgarote y ordinario? Don Juan
recordaba perfectamente las repetidas veces en que Julia le habl de su
amo tratndole de grosero, basto y a la pata la llana. Pensndolo bien,
estas confidencias de la niera podan servir de base a las conjeturas
en que ahora le hacan caer las frases del estanquero; todo indicaba que
slo el inters, pero un inters poderossimo, haba determinado la
boda. Por otra parte, no siendo ella codiciosa... qu inters poda
tener...? slo el de regularizar la falsa situacin en que se hallase, o
el ansia de asegurar el porvenir del nio, si ya estaba camino del
mundo.

Este mamarracho de viejo--se deca--, es un sinvergenza capaz, por
dinero, de hacernos el embozo de la cama...; pero ella, ella! Ahora me
explico sus lgrimas, su miedo de acercarse a m, sus palabras
tristes...; no puede menos de quererme. Y el chico... mo? sabe Dios!;
pero no es ningn imposible... y ese seor Martnez... anima!, aunque
no, puede que no est sino perdidamente enamorado, loco, no ha de poder
trastornarse otro hombre si a m me estn dando ganas de llorar?

<tb>

Aquella misma noche el estanquero refiri a su sobrina cuanto habl con
don Juan durante el almuerzo; pero puso gran cuidado en callar todas
aquellas sospechas que le hizo concebir relacionadas con el origen del
nio, y que respondan a su particular deseo de vengarse. No obstante la
omisin, Cristeta escuch todo lo dems inquieta y azorada, miedosa de
su propia obra. Una imprudencia, por pequea que fuese, y estaba
perdida; el menor descuido, y en vez de ingeniosa enamorada, semejara
codiciosa enredadora.

Triste condicin de toda mujer amante y burlada, que al reconquistar el
bien perdido, parece trapisondista despreciable!






Captulo XIX

De cmo Cristeta represent en un palco mejor que cuando lo haca en el
escenario


Don Juan tena pensado alquilar un cuarto y amueblar en l dos
habitaciones: una tal que pareciese oficina, para dar sombra de
apariencia a lo de la empresa teatral, y otra cuidadosamente alhajada,
donde, atrada Cristeta, quedara su resistencia vencida; pero en vista
de la conferencia con don Quintn, consider intil lo primero, pues el
grandsimo bribn no haba menester disimulo, sino dinero; por lo cual a
otro da del almuerzo le mand a Benigno con una carta en que, a modo de
primer mes de sueldo, le remita mil reales, es decir, el amor de Carola
provisionalmente asegurado. En cuanto a lo de alhajar cmoda y
lujosamente un nido donde recibir a Cristeta, tambin vari algo su
propsito, discurriendo que tal vez careciera de sentido comn el
forjarse ilusiones si la paloma haba ya anidado en otro lado, y hasta
hecho cra.

El deseo de aquel hombre iba sufriendo una transformacin tan radical
como justificada. Lo que hasta entonces le movi fue el apetito amoroso
que juntamente despertaban en su nimo la belleza de Cristeta, la
envidia de su legtimo poseedor y la vanidad herida; pero a consecuencia
del almuerzo con don Quintn, todo cambi. Ya no poda bastarle poseer a
Cristeta como a una mujer cualquiera; quera saber si an era amado de
ella; aquilatar qu clase de afecto profesaba a su marido, o lo que
fuese; obtener pleno conocimiento del origen del nio; en fin, salir de
dudas. La frvola pertinacia del galanteador de oficio, la tenacidad
irritante del mujeriego afortunado, haban cedido el puesto a mviles
ms serios. Lo que comenz a guisa de vulgar conquista, iba
transformndose en drama psicolgico, sin pualada, pistoletazo, ni
catstrofe, pero muy serio: acaso con su catstrofe y todo, porque
quin era capaz de prever las complicaciones a que podra dar ocasin
el odioso Martnez? Pero lo grave era que la mujer antes perseguida y
deseada slo por gentil y graciosa, se haba trocado en hechicera
enigmtica: ya no era don Juan un temperamento atrado por la belleza,
sino una voluntad obstinada en descubrir el arcano que llevaba una mujer
dentro del pecho. Hasta el pecho lo ms hermoso del cuerpo de Cristeta!
se le olvidaba pensando en su corazn.

Tom un piso entresuelo en cierta casa de un amigo suyo (la calle,
aunque cntrica, casi solitaria), y en cuatro das, a fuerza de dinero y
con ayuda de don Quintn, hizo que le amueblaran un precioso gabinete
donde todo era sencillo y de exquisito gusto. La alfombra, clara; sobre
una mesita, una lmpara preparada, y como adorno, muchas flores. No
haba reloj, para indicar que quien lo dirigi todo no quera tasado el
tiempo. Por precaucin tena la estancia puertas francas a escaleras
distintas, y en los balcones visillos muy tupidos. Junto a la chimenea
se vea uno de esos asientos llamados confidentes, dispuestos en forma
de ese, donde una pareja puede mirarse rostro a rostro, llegando tibio
el aliento del que habla a la oreja del que escucha: para dilogo
amoroso, imposible hallarlo mejor; pero no era mueble incitante y
traidor de aquellos en que la castidad suele reclinarse sana y
levantarse herida.

Al quinto da, luego que la casa estuvo dispuesta, don Juan entreg a su
representante una llave por si encontraba momento propicio de llevar a
Cristeta o de hacer que se resolviese a ir; y envolviendo el ruego en
promesas, le suplic que apurara todos los medios imaginables para que
su sobrina le concediese la deseada entrevista.

En un principio, de acuerdo con ella, don Quintn dio largas pretextando
que no haba logrado verla; despus dijo que vacilaba y tema; por
ltimo, que comenzaba a desesperar. As transcurrieron dos semanas, de
beneficioso resultado para su bolsillo y de triste incertidumbre para
don Juan, quien al cabo determin escribir a su adorada; de lo que se
origin nueva cita con Julia en la Plaza Mayor, y nueva carta, que a la
letra deca estas palabras:

     _Cristeta de mi alma: Ha pasado qu s yo cunto tiempo desde que
     nos vimos; no tengo ya ninguna esperanza y, sin embargo, no me
     resigno a perderte. Dejars que me marche de Madrid? Porque no
     puedo vivir as. No te pido ms que una entrevista muy breve, y te
     doy palabra de honor que no tendrs que arrepentirte._

     _He puesto un cuartito en la calle de Beln, 78, entresuelo. All
     te aguardo maana y pasado, desde la una de la tarde hasta el
     anochecer. Si no me contestas dentro de cuarenta y ocho horas, ser
     seal de que nada puedo esperar, y esta misma semana saldr de
     Madrid para no volver nunca. Adis, Cristeta de mis ojos. Medita
     bien lo que resuelves, que va de veras, y acurdate de tu
     desgraciado_

          JUAN.

Al expirar el plazo, cuyo trmino caa en lunes, don Juan recibi
respuesta con estas palabras, de mano de Cristeta:

     _Estoy malucha, y adems no puedo ni debo aceptar eso que
     propones; el domingo que biene toma un palco alto, para por la
     tarde, en cualquier teatro, y enbiamelo: de otro modo, nada._

          C.

Qu semana! Ni educanda encerrada que aguarda el da de salida para ver
al primer muchacho que a hurtadillas le oprime la mano, y con quien so
castamente en el lecho virginal del convento; ni prncipe en vsperas de
ser coronado rey; ni miserable usurero a punto de cobrar; ni madre de
marino que en la costa espera el navo donde su hijo torna, nadie se
impacient ni desesper tanto como el pobre don Juan.

Lleg el sbado; fijronse en las esquinas los carteles teatrales,
leyolos, calcul cul sera la funcin ms larga, y vio que en la
Zarzuela representaban un melodrama en cinco actos, seguido de sainete;
es decir, cinco entreactos, que era lo que a l le interesaba. Tom para
s una butaca, escogi un buen palco y se lo mand a Cristeta. Quin
la acompaar?--pens--. Cuando lo ha pedido para por la tarde, es que
lleva al chico. Y al recordar al nio se le puso carne de gallina.

El domingo amaneci sereno, hermossimo. Con el temor de que se
suspendiera la funcin, se puso don Juan ms nervioso que mujer en
tienda de sedas. Por fortuna, al medio da se nubl el cielo y comenz a
llover. Su primera impresin fue de alegra; pero luego se dijo: A que
no va porque no coja humedad el chiquillo?

Hasta la hora del espectculo permaneci encerrado en casa y, segn su
costumbre, quiso distraerse leyendo; pero todo fue intil. Tal estaba su
nimo, que no le hizo gracia _Don Quijote_. Si llega a hojear _La divina
comedia_ se re del conde Ugolino. Al or que daban las tres en el reloj
del despacho, psose el gabn y sali.

Madrid estaba convertido en un lodazal; soplaba norte pulmonaco, y la
lluvia, por lo terca y violenta, se burlaba de toda prenda impermeable;
pero a don Juan le pareci que caminaba por las secas alamedas de un
jardn donde corra suavsimo cfiro y que del cielo caa tibio roco
perfumado, como aquel que un alarife cordobs hizo llover en el serrallo
del califa.

Cuando lleg al teatro an estaba el prtico cerrado, y ante l
esperaban, devorados de impaciencia y rodos de mal humor, grupos de
paps, manadas de nieras y enjambres de chicos. Por fin, abrieron, y la
puerta comenz a engullir gente. Todos se apresuraron: nadie dio tantos
codazos como don Juan.

Otros llevaban al nio de la mano: l llevaba dentro al nio Amor, que,
aposentado en su corazn y su pensamiento, lugares donde antes jams
entr, corra de uno para otro.

La sala estaba a media luz: don Juan, que llevaba tres horas
dicindose:--_Principal, nmero nueve_, mir al palco.

Los violines, mal afinados, gruan como cochinillos hambrientos, oase
algn quejido gangoso de clarinete y rasgaban el aire alegres carcajadas
infantiles.

Don Juan, de pie en el callejn central de las butacas, tena fija la
mirada en el palco. De pronto, levantose la cortina, apareci Julia con
el nio en brazos, y tras ella, destacando por claro sobre el fondo
oscuro del palco, se dibuj la encantadora figura de Cristeta, en
actitud de alzar las manos para quitarse un precioso sombrerillo. Qu
semblante y qu talle! A no estar trastornado por sus preocupaciones,
don Juan hubiese comprendido mirndola, que la esbeltez de aquella mujer
era incompatible con la maternidad. Lo de llevar al teatro un nio de
dos aos, le pareci insensato...; pero era el pretexto: y adems, los
padres llevan a sus hijos demasiado pronto al teatro, porque se hacen la
ilusin de que entienden lo que ven.

Cuando aument repentinamente la intensidad del alumbrado, Julia y el
chico lanzaron a do un aah! formidable. Cristeta se sonri, y a don
Juan le pareci que de aquella sonrisa haba brotado la claridad.

Qu hermosa estaba la antigua comiquilla! Lo que descubra del traje
por cima del antepecho del palco, era un primor. Vesta una chaquetilla
de pao gris perla, bien ceida y sin adornos, luciendo, al quitrsela,
el cuerpo del vestido, liso y rojo muy oscuro, con muchos botoncitos de
plata; al cuello una gola de piel negrsima, sobre la cual brillaba,
como enroscada sierpe de oro, el moo de pelo sedoso y rubio. Nada de
joyas, ni siquiera un brazalete; pero, en cambio, sus movimientos,
ademanes y posturas estaban impregnados de aristocrtica gentileza.

Don Juan enderez hacia ella los gemelos, y vindola tan hermosa crey
no haberla posedo nunca. No pareca muchacha plebeya elegantizada de
repente, sino hija de grandes, hecha desde nia a todos los
refinamientos del lujo.

Lo poco que don Juan oy del acto primero, se le hizo interminable. Y
qu malo! Arte para la galera, espectculo propio de pueblos atrasados;
lo de siempre: la dama perseguida, el traidor eterno, el vulgar
gracioso. Por supuesto, que Lope o Alarcn no le hubieran aquel da
parecido mejores. Mir hacia el palco muchas veces, y en dos not que
ella le corresponda con amables sonrisas. Terminado el acto, repiti
las miradas con gran insistencia, moviendo hacia arriba la cabeza,
indicando que quera subir: ella, disimuladamente, extendi el brazo y
abri la mano, movindola hacia abajo, lo cual, con toda claridad,
significaba: Espera. Don Juan puso cara de pariente desheredado. En el
segundo, tercero y penltimo entreacto, que por fortuna no fueron
largos, ocurri exactamente lo mismo, con lo cual el disgusto del
enamorado arreci tanto, que comenz a retorcerse en la butaca como
diablo que se ahogase en agua bendita. Si habra pensado aquella mujer
que iba l a contentarse con una racin de vista?

Por fin, al caer el teln tras el ltimo acto del melodrama, cuando no
quedaban ms que un intermedio y el sainete, don Juan, ya tan impaciente
que aun sin permiso ni consentimiento subiera, repiti la sea de
levantar la cabeza como preguntando: Voy? Entonces Cristeta le
dirigi una mirada cariosa, haciendo al mismo tiempo un gesto de
conformidad, que quera decir: Ven.

Sali de la platea, y echando escaleras arriba, medio derrib a un
chico, pis a una seora y tropez con un caballero, a quien tir el
cigarro. Le pareci or insultos a su espalda, pero no hizo caso. El
corazn le lata como a chico en examen.

Antes de que acudiese el acomodador ya tena Cristeta entornada la
puerta del palco, cuyas cortinas caan rectas, dejando slo entre s una
estrecha abertura por donde penetraban el resplandor y los rumores de la
sala. Juan cerr con tiento; y no por estudiada osada, como en otros
tiempos, sino por sincero e irresistible impulso, cogiendo con fuerza
las manos de Cristeta, la empuj hacia atrs, sentndola en la banqueta
del antepalco; y en seguida, alzando hasta su boca las manos deseadas,
despacio, tembloroso, casi con respeto, se las bes, seguro de que no
podan ser vistos, mientras ella, al travs de la cabritilla, sinti
algo que la quemaba dulcemente.

Pasaron unos segundos sin que ninguno de ambos profanase aquel silencio,
que lo deca todo. Por fin habl Juan en voz baja:

--T mandas y yo obedezco; pero ma para siempre!

La respuesta fue un suspiro salido de muy hondo, y un movimiento de
cabeza triste y negativo.

Estaban en sombra, nadie poda verles, y por entre la separacin del
cortinaje penetraba una faja de luz que Cristeta procuraba esquivar
echando el cuerpo hacia atrs. Al moverse crey dar con la espalda en el
muro; pero Juan haba sabiamente deslizado una de sus manos entre la
pared y el cuerpo de ella, de modo que al querer recostarse qued
aprisionada por el talle. Ambos se estremecieron, parecindoles que no
haba transcurrido tiempo desde la ltima caricia. Aquello fue la
repeticin del bien pasado; acaso la dicha ms grata que da el amor.
Qu recuerdos! Astucia de mujer, cavilosidad de hombre, entereza de
nimo, escozor de vanidad ajada, cmo vinisteis a tierra fundidos por
aquel calor que, traspasando las telas y penetrando las carnes, llegaba
por los nervios al centro de las almas!

--Vida ma!

--Juan, por piedad!

Fueron dos exclamaciones ms henchidas de poesa que el mejor poema. Sin
embargo, Cristeta, que todo lo arriesgaba en la partida, se rehizo, y
dominando su primera impresin, se aprest a la lucha. Era llegado el
instante de lo que ella, a solas con su pensamiento, llamaba el ltimo
acto de su comedia. Sin apartar el cuerpo del brazo de Juan ni retirar
la mano que le tena abandonada, pero mostrndose fra y serena (la
procesin andaba por dentro), dijo:

--Por qu no me dejas vivir tranquila? Qu quieres? No comprendes que
todo debe ser intil?

--Lo veremos. Hay mucho que hablar. Un hombre que se ve en mi situacin,
tiene derecho a...

--A nada.

--Te equivocas. No queda tiempo, ni ste es sitio para explicarse; pero
como t no has querido nunca venir a terreno mo...

--Era decoroso?

--En fin, aprovechemos los instantes. Cul ha sido tu conducta desde que
me fui a Pars?

--Desde que me abandonaste en la fonda de Santurroriaga?

--Bueno, como quieras, te abandon; de eso luego se tratar. Qu
hiciste?

--Y no se te ha ocurrido preguntrtelo a ti mismo hasta que has vuelto a
verme?

--Responde!

--Y por qu has de ser t y no yo quien interrogue? Porque eres hombre?
Ten calma.

--No puedo, la tendr cuando hayas vuelto a mi poder.

--Ah! Me quieres ahora porque no puedo ser tuya.

--Ms de lo que te figuras. Estoy dispuesto a todo.

--Y yo a nada.

--Parece mentira que se te hayan olvidado ciertas cosas!

--Cmo he de olvidar lo que hiciste conmigo?

--Bueno..., qu buscas, qu pretendes? La satisfaccin de orme que
hice mal? que te diga que me arrepiento? que ni siquiera me port como
caballero? Corriente; no merezco ni lstima...; humllame, vngate
cuanto quieras; pero, por Dios, Cristeta, vida ma! a quin has
querido, de quin eres...? yo no puedo vivir as!

Tal sinceridad haba en su acento, que de buena gana Cristeta se hubiese
dejado comer a besos, si no temiera que la precipitacin malograse su
plan. Se limit a mirarle con dulzura, respondiendo:

--Pues qu clase de mujer crees que soy? de las que t estabas
acostumbrado a tratar?

--Es que no puedo callrtelo.... esa criatura--y extendi el brazo hacia
donde estaba el nio--esa criatura me tiene loco... Cuando yo me march
de Santurroriaga..., porque..., la verdad..., al cabo de cunto tiempo
te casaste? Aun suponiendo que hallases un hombre tonto o... poco
escrupuloso, en fin, uno que pasara por todo, no tena yo algn derecho
a saber la resolucin que ibas a tomar?

Cristeta, sorprendida, le dej concluir. Ignoraba las insidiosas frases
pronunciadas por su to el da del almuerzo para herir a don Juan, y no
esperaba semejante ataque. Cierto que haba, desde un principio, ideado
acompaarse del nio para dar ms viso de verdad a su condicin de
casada; pero, a pesar de su travesura, jams imagin, ni entr en sus
clculos, excitar a Juan martirizndole con la creencia de que el chico
pudiera ser suyo; y en aquel momento comprendi, por fortuna, que el
recurso que a las manos se le vena era efmero y de muy peligroso
aprovechamiento. Adems, su orgullo legtimo de mujer amante le inspir
el recelo de que si don Juan aceptase aquella paternidad, ya no sera
ella misma quien venciera, sino el nio, y por ltimo pens tambin que
como al fin y a la postre habra de descubrirse la mentira, sera fatal
para ella que su ingenio de enamorada pudiese ser calificado como
ambiciosa tramoya y conspiracin de aventurera.

Juan estaba pendiente de sus labios.

Cristeta suspir; luego guard silencio en larga pausa, mirndole
framente, mostrndole impvida el azul profundo de sus ojos; se pas la
lengua hmeda por los labios secos, y muy despacio, levantando una mano
y posndosela en el hombro, le dijo con melanclica solemnidad, al mismo
tiempo que dejaba caer ruborosa los prpados de largusimas pestaas.

--Vive tranquilo; te juro que ese nio no es tuyo.

Juan reprimi un suspiro de desahogo, y acentuando el fervor amoroso,
por disimular la emocin, repuso a modo de acusador:

--Entonces, infame... s, perdname, infame, qu cario era el tuyo, qu
pasin era aqulla, si cuando apenas me fui te entregaste a otro y con
tal entusiasmo que... ah estn las pruebas! (Y volvi a sealar al
chico.) Yo pude ser falso, engaador, traidor, sobre todo, tonto,
porque, al dejarte, en la culpa llevaba la pena; pero qu nombre merece
tu conducta?

--Es decir, que mi obligacin era quedarme toda la vida esperando a que
se te antojase volver a acordarte de m, como se queda un libro en un
estante, hasta que su dueo tenga capricho de volverlo a leer? S
franco, mrame cara a cara y dime: si yo fuera libre, hubieras vuelto a
pensar en m? Dispensa la dureza, pero lo que ahora sientes no es amor,
es envidia de otro.

--De ese otro a quien odio y aborrezco, tambin tenemos que hablar; pero
quien me importa verdaderamente, eres t. Ya lo ests viendo: me has
dicho que el nio nada tiene que ver conmigo, y sigo dicindote que no
puedo vivir sin ti.

--Pues qu recurso sino conformarse?

--Si fuera en Francia!

--S, all creo que se casan y se descasan como perros.

--Bendito pas, donde la traicin, el engao y hasta el error tienen
remedio!

--Y quin te dice que yo sea capaz de aceptar eso? Acaso no puedo
quererle?

--Al nio? Naturalmente; al fin, es hijo tuyo.

--No me has comprendido...--repuso sin atreverse a concluir.

--Calla, traidora! porque no respondo de m.

Y alz tanto la voz, que ella hizo ademn de taparle la boca con la
mano.

--No pensemos en lo imposible--aadi Cristeta tristemente--Has querido
verme para que sufriramos los dos? Ya estars satisfecho; pero basta...
por la Virgen Santa!

Intent incorporarse, Juan la contuvo oprimindola el talle, y an ms
con el suplicar de su mirada, al mismo tiempo que deca:

--No perdamos tiempo en recriminaciones intiles. Me he portado mal?,
pues te pido perdn. Has obrado por despecho?, te perdono. Nos hemos
equivocado los dos, yo al dejarte y t al olvidarme?, pues venzamos a la
desgracia. Manda, ordena, dispn, decide lo que quieras; paso por todo,
pero ma, ma para siempre!

--Y qu sabes t lo que es _siempre_? Cunto tardaras en cansarte otra
vez de m? Y, sobre todo, no reparas en lo que hablas... y me ests
ofendiendo. yelo bien; jams engaar a Martnez, lo juro. Lo hecho,
hecho est.--Y al decir esto, sonri ligeramente, como burlndose de sus
propias palabras.

--Pues yo lo deshago!--replic Juan en fogoso arranque.

--Eso se dice ah, en el escenario, pero aqu en la vida... ya no
podemos ser dichosos!

--Luego me quieres? alma ma! No eres feliz? Qu hombre es se? Por
qu te has enamorado? Cuntamelo todo.

--No me atormentes ms, que estoy sufriendo mucho...; mira, mira--aadi
levantando un poco la cortina--mrchate, que ha comenzado el sainete.

No haba comenzado, sino que faltaba poco para que concluyera.

--Qui! Qu he de irme! Crees que he venido slo para esto? Vuelves a
ser ma... y hoy te acompao hasta tu casa.

--Ni una palabra ms. Acced a orte, porque supuse que tendras juicio.
Esto se acab; yo no transigir nunca con ciertas cosas.

--Ni yo con perderte.

--Entonces, qu pretendes? que sea de dos a un tiempo? Quin
resultara despreciable, nosotros o _l_? Figrate lo absurdo, que _l_
lo tolerase: crees que yo podra tenerle al lado?

--Cuanto dices prueba que no has dejado de quererme: eso es lo que yo
deseaba saber! Ahora, la ltima pregunta, y mira que hablas con un
hombre resuelto a todo!: ests realmente casada? porque hay quien... no
lo cree.

Cristeta vacil un punto, sin atreverse a responder categricamente.
Hasta entonces haba puesto especial empeo en no afirmarlo. Tampoco en
aquel instante quiso decirlo, y en vez de contestar de palabra, como si
cediese a una languidez incontrastable, dej caer el dulce peso de su
cuerpo sobre el hombro de Juan, al mismo tiempo que deca:

--Qu desgraciada soy! Djame, djame!

Al sentir Juan acariciado el rostro por el cosquilleo del pelo de
Cristeta, dio al olvido la pregunta que hizo, la respuesta que esperaba,
hubiera olvidado hasta la gloria si entonces se la hubiesen ofrecido, y
estrechando contra el pecho la cabeza de su amada y pegando los labios a
su odo, le dijo:

--Iremos donde quieras, solos... o con tu chico..., yo ser su..., lo que
t mandes, alma ma!

Y la bes callada y blandamente entre el rizo y la oreja.

Cristeta levant la cabeza, mostrando involuntariamente los ojos llenos
de felicidad. Juan haba pronunciado aquellas palabras con una expresin
nueva, desconocida para ella, y aquel beso fue ms casto, ms sincero,
menos egosta que los dados en otro tiempo por los mismos labios. No se
sinti deseada, sino querida, y en lo ms ntimo de su espritu se alz
una voz que le deca: Es tan mo como yo suya.

La funcin estaba concluyendo. Psose Cristeta en pie sin que ya l lo
estorbase, esquiv sus miradas como aterrada, y le dijo:

--Vete. Quiero salir sola.

--No viene nadie, ni tu to, para acompaarte?

--Ah!... A propsito de mi to. Tengo que pedirte un favor.

A no estar tan ciego el pobre don Juan hubiera notado que no era propio
de situacin tan grave hablar del ridculo don Quintn; mas sin pensar
en ello, repuso:

--T pedirme favores? Pon un bando, y hago que te obedezca... hasta el
mismo Nuncio.

--No exageres. Lo que quiero es que no contribuyas a volver loco a ese
pobre hombre. En cuanto tiene dinero hace cada barbaridad... Con que no
le des ni un duro. Me lo prometes?

--Pero, mujer...

--No hay pero que valga; cuanto le das es para su mal.

--Por qu?

--Porque tiene... Vamos, que se lo gasta todo con una bribona, no para en
casa, descuida el estanco, trata mal a la pobre ta... y se pone malo.
Lo hars?

--Te prometo no volver a darle ni una peseta. Adis, y piensa que ya eres
ma. Ahora cuando quieras nos veremos para convenir lo que ms te
agrade.

Cristeta, comprendiendo que haba llegado uno de los momentos ms
amargos y difciles de su empresa, hizo un esfuerzo, y arqueando con
gesto de desesperacin los labios, alterada y sombra la voz, dijo,
llenando de pesar a Juan:

--No nos hagamos ilusiones... Me despreciaras, y haras bien... Esto es
un sueo... Me ests volviendo loca, pobre de m!... Perdname...
Imposible. Adis!

Las palabras salieron de sus labios saturadas de amargura; pero al mismo
tiempo, sin que pudiera evitarlo, brill en sus ojos tal llamarada de
pasin, que aquella mezcla de negativa y de amor fue lo sumo de la
coquetera. Don Juan no saba a qu santo encomendarse. La boca de
Cristeta deca: Nunca; los ojos gritaban: Llvame.

Reclinada en la pared del antepalco, desordenadillo el rizoso pelo,
acarminadas las mejillas y voluptuosa la mirada, estaba realmente
encantadora.

Don Juan, medio enloquecido, dijo:

--Eres Cristeta, o eres un tigre que est jugando con mi felicidad?

--Felicidad!--exclam ella con acento melodramtico, oportuna
reminiscencia de su carrera artstica--Felicidad!... Juan, no me hagas
ser mala... No quiero!... Adis. Jams volveremos a vernos!

En seguida hizo a la niera una sea, sali sta con el chico, le
arroparon, pusironse la moza su mantn, la seora su linda chaquetilla,
y salieron del palco. En el pasillo, Cristeta habl a su adorador en voz
baja:

--Por caridad... vete!

--Hablaremos?--repuso l suplicante.

--No me hagas ser mala. No quiero. Vete...

El pasillo estaba ya lleno de gente. Don Juan comprendi que no era
posible seguir hablando sin ponerse en ridculo.

Mustio, alicado y rabioso, baj tras ella la escalera. Su propsito era
seguirlas; pero apenas pisaron la calle se metieron en el coche que
estaba aguardando. No debi de quedarse tan triste ni asombrado aquel
hidalgo de la leyenda que vio ante sus ojos pasar su propio entierro,
como qued don Juan mirando alejarse rpida mente la berlina

Cristeta iba encogida y como acurrucada en el fondo del coche, medrosa
por lo que acababa de hacer. El riesgo de su ventura la tena muerta de
miedo. Pens que acaso fue ms all de lo prudente. Llegara l a
razonar, sentir y disculpar los mviles que la impulsaron, y, sobre
todo, a empaparse bien de que eran desinteresados? Si crea que su
objeto era atraparle, como en su soez lenguaje dicen los hombres entre
s, estaba perdida. Ocurrasele que con otro hombre habra empleado
recursos diferentes; pero en seguida reflexionaba que a otro no le
hubiera querido. En cuanto a Juan... l mismo, con su carcter,
suministr idea del estmulo que haba menester. Estaba enviciado en la
facilidad, madre del hasto?, pues hacerse desear. Eran sus amores
pasajeros y compradizos?, pues demostrarle que ella no se venda, ni era
su corazn tesoro para derrochado en unos das. Lograra que Juan viese
claro el sentimiento que la impuls a tales aventuras? En caso
afirmativo, el xito sera doble: primero, porque adquirira la
persuasin de que Juan la conoca a fondo, como debe ser conocida la
mujer amada; y segundo, porque as la conquista sera definitiva.
Hallando mujer tan encariada y animosa, slo un necio poda renunciar a
ella. En cambio, el fracaso no era nicamente la prdida de la dicha,
sino el descrdito a los ojos de Juan. Adis esperanza, amor..., todo!
No se arredraba pensando en la vuelta al estanco y la pobreza; pero
Juan, Juan... Por qu se le habra metido aquel hombre tan adentro del
alma? De todos modos, era imposible prolongar mucho la situacin.

Y, sin embargo, faltaba el ltimo cartucho por quemar.

Segn costumbre, se ape del coche en sitio apartado y volvi a casa a
pie, sola y dando rodeos.

Desnudose despacio, engolfada en sus ideas, entretenindose en guardar
con cuidado sus ropas, relativamente lujosas, como el guerrero cuida y
guarda las armas. Luego dirigi una mirada a los pobres muebles y
blancas paredes de su cuarto, y suspir pensando:

Quin sabe! El beso de hoy me ha parecido beso de cario!

<tb>

Don Juan se retir como chico a quien dan caazo en la escuela.

Qu mujer es sta?--se deca al entrar en su casa--. La coqueta ms
temible del mundo, o una desdichada que flucta entre el deber y el
amor? Porque, vaya si me quiere! Cmo temblaba cuando la bes... y qu
modo de mirar!

Ya no se le ocurra todo aquello de capricho, vanidad, lo que me d la
gana, un da, una hora... La quera por suya como se desea la felicidad,
sin fijar trmino ni plazo, lo antes posible y para siempre: ya no era
el temible Burlador de Sevilla, que seduce, logra y desprecia, sino el
Tenorio apasionado que se rinde a doa Ins.

Entre su deseo y su esperanza surga el recuerdo de las ltimas frases
que Cristeta le dijo en el antepalco. Las recordaba claras, indudables,
palabra por palabra, slaba por slaba. ... No me hagas ser mala... No
quiero!... Vete... Nunca!

Entonces el hombre insustancial y frvolo, que no haba vertido una
lgrima desde la muerte de su madre, se dej caer en una butaca,
cubriose el rostro temiendo que le hicieran burla las Venus de bronce,
las fotografas de mujeres hermosas o los retratos de queridas olvidadas
y se ech a llorar como un nio.




Captulo XX

Los favores que don Juan hizo antao a su cocinera Mnica, le fueron
grandemente pagados sin que l lo sospechara


Cartas impregnadas de ternura, junto a las cuales resultaran plidas
aquellas que se escribieron en el Paracleto; recados apremiantes
enviados por conducto de Julia; splicas, amenazas, todo fue intil.
Cristeta, voluntariamente recluida en su casa, daba la callada por
respuesta. Entonces, al modo que el general sitiador a quien es adversa
la fortuna suspende el ataque y se encierra en su tienda, don Juan
comenz a filosofar, recurso de desgraciados, y le pareci que su pasado
era ridculo; su presente, amargusimo; su porvenir, incierto. El mal
humor fue poco a poco convirtindosele en tristeza y sta en melancola.
Haciendo retrospectivo examen de conciencia, consider que su vida fue
hasta entonces una serie de aventuras vulgares. Las mujeres a quienes
venci no eran dignas de ser conquistadas: unas, porque valiendo poco le
costaron mucho; otras, porque no se rindieron al galn seductor, sino a
su propia desesperada lascivia; ya eran jovencillas viciosas,
ex--vrgenes locas; ya mal casadas, ya viudas consumidas en forzosa
continencia. Todas le dieron sobras de amor, escoria de los sentidos;
pocas recordaba que no le hiciesen rer o avergonzarse. Ahora comprenda
que cuanta fruta mordi era de la que se pudre en agraz o de la que por
su peso cae daada del rbol: la nica vez que lleg a cogerla sazonada
y fragante, dej, como un estpido, que otro la saborease, y al querer
recobrarla... Imposible. El acento con que Cristeta pronunci esta
palabra le taladraba los odos y le acibaraba el alma.

A fuerza de permanecer encerrado en casa, comenz a digerir mal, y luego
a comer poco: uniose al desasosiego moral el malestar fsico, ayud la
inapetencia a la melancola, y en menos de tres semanas se qued flaco y
triste como fiera enjaulada.

Benigno, a quien el retiro de su amo tena la libertad mermada, le
propuso llamar a Mnica, la incomparable cocinera que en situaciones
menos graves haba restaurado sus fuerzas. Don Juan le pregunt:

--Recuerdas dnde vive?

--No, pero lo preguntar.

--Bueno. Haz lo que quieras.

Un poco movida del agradecimiento a la pasada generosidad de don Juan, y
un mucho estimulada por el inters, Mnica dej sus huspedes
encomendados a la cocinera que antao tom por hacer papel de ama, y
volvi al servicio de su seor. Mas sus habilidades culinarias fueron
estriles. Qu vale el buen caldo contra la pasin de nimo? Qu
pueden Vatel ni Motio contra la lobreguez de ideas? Msero don Juan!
La ms suculenta gelatina se le acedaba, irritbanle los mariscos, la
carne asada le daba nuseas, lo caliente le produca fro, con lo helado
sudaba, las trufas le enfurecan, el rico Borgoa se le antojaba brebaje
despreciable y la manzanilla le daba ganas de llorar; psose al fin ms
triste que San Juan cuando descubri la estrella del ajenjo que verta
hiel sobre la tierra. Llam al mdico, y al verle entrar en su cuarto
tvole por precursor y heraldo de la muerte. Nada sac en limpio. Era
dispepsia, gastralgia, pirosis? Oh, intil ciencia! Oh, vanidad
moderna! Una buena Celestina le hubiese valido ms que el mismo
Hipcrates.

Cierta maana Mnica le prepar ostras, huevos con cabezas de
esprragos, solomillo en salsa de vino de Madera, pastel de chochas
fras: todo ello en compaa de buen _Pomar_, incomparable _To Pepe_ y
caf como el que hacen las hures a Mahoma. Trabajo perdido. Los
manjares volvieron, casi intactos, a la cocina. Supuso la vestal del
fogn que la inapetencia era desprecio, y por salir de dudas, movida de
santa indignacin, entr al despacho.

Estaba don Juan macilento, esculido, sentado en un silln y ms sombro
que Bruto la vspera de Filipos. Recibiola sin sonrisas, sin gana de
bromas, preguntando con voz desfallecida:

--Qu te pasa, mujer?

--Eso pregunto yo. Qu le pasa al seor?

--No tengo apetito.

--Pues el almuerzo de hoy era para abrrselo a cualquiera.

--Estoy malo.

--Lo que estar el seor ser...

Y se detuvo respetuosa.

--Di, mujer; ya sabes que te quiero y que siempre te he permitido que me
hables con franqueza. Al cabo de tantos aos!

--Pues lo que estar el seor ser enamorado, y le habr _dao_ ms fuerte
que otras veces.

El silencio de don Juan fue una especie de afirmacin.

--El seor es joven y est un real mozo...; pero a cada puerco le llega
su San Martn...

--Gracias.

--Perdone el seor. Vamos, seorito, he querido decir que se habr usted
_estragao_ con tanto variar de _guisaos_, y estar usted _reventao_ de
andar a salto de mata, cazando en sotos ajenos, y tendr gana de
fincarse.

--No te entiendo.

--Deca el cura de mi pueblo que el hombre que anda tras las mujeres es
como el que ve muchas tierras, que al fin se cansa y quiere tener un
rinconcito suyo..., pues; no quiero el monte del to, sino el terruo
mo.

Esta tosca imagen le pareci a don Juan la sntesis de su situacin;
pero no era cosa de poner a la cocinera en antecedentes de su
desventura. Sonri con benevolencia y repuso:

--Puede que no te falte razn.

--Ser alguna de esas seoritas de ahora que van tan majas y tienen unos
cuerpos que da gloria. Convdela usted a comer con los paps, y pongo
unos platos que se chupan los dedos, se entusiasman y para postre le
regalan a usted la nia. O ser alguna de las antiguas? Doa Purita,
la que llegaba aqu en lunes y se marchaba en domingo, y vena su madre
a traerle la muda? La seorita Elisa, que le dej a usted la mesa del
despacho _perda_ de polvos de arroz? La seora condesa...?

--Calla, por Dios, mujer!

--S, que sera el cuento de nunca acabar. La verdad es que ya esas no le
convienen a usted: ms vale que se busque usted otro remedio: a cabeza
cansada, almohada nueva. Lo que importa es caer bien. No ha de faltarle
a usted rbol donde ahorcarse. Si viera usted qu chicas hay por esos
rincones del mundo!

Don Juan escuchaba por distraerse. Mnica segua:

--Yo tengo la tema de que los seores se gastan _usts_ el dinero con las
que valen menos: _toos_ los _cabayeros_ de Madrid se estn _usts_
arruinando por docenas de mujeres _perdas_ y las mejores se las dejan
_pa_ los estudiantillos y los horteras. Hay por ah _ca_ menestral, y
_ca_ seorita cursi..., y _usts_ gastndose el dinero con unos
_plumeros_! En mis barrios, en mi casa, sin ir ms lejos, conozco yo una
muchacha que _paece_ un ngel, y all se est como flor en cerro, que ni
la huelen ni la cogen... hasta que pase el burro y se la coma...; es
decir, cualquiera.

--Guapa, eh? Alguna modista o peinadora?

--Por ah, por ah; pero monsima. Esbelta, graciosa... y cara de buena.
Vive sola, en el tercero interior, y debe de ser muy pobrecita. Yo,
cuando la vi al principio de vivir en la casa, que usted me dio el
dinero _pa_ eso de tener huspedes, tuve _intinciones_ de hablarla _pa_
que viviese conmigo en compaa: vamos, mi idea era darle cuarto y
comida, y que ella, en cambio, me cuidase de la casa, porque yo no puedo
atender a todo.

--Y no lo hiciste?

--Poco falt: lo dej, porque como tengo seis o siete huspedes jvenes,
y ella es tan guapa, me dije: se va a armar aqu una que ni la Inclusa
en diciembre.

--Por qu dices eso?

--Porque nueve meses despus del Carnaval es cuando llevan ms chicos.

--De modo que no os arreglasteis? Adems, naturalmente, siendo bonita,
tendr sus aventuras.

--Qui, no seor. Si vive all que parece una monja! No recibe
_vesitas_, ni van seores, ni tiene novio, ni se le conocen trapisondas,
ni apenas sale. Mire usted que es en mis barrios, donde todo se sabe, y
no murmuran de ella: est igual que las que tienen el novio en Cuba y lo
esperan, como si no hubiera ms hombres en el mundo.

--Eso es un fenmeno.

--Aunque usted se burle, debe de ser una bendita, porque tan joven, tan
guapa y vivir as... Por la maana va una chiquilla, por cierto muy
chula, y le trae de la plaza _cualisquier_ cosa para comer, y le pone el
puchero, y le barre el cuarto, y se larga. Luego ella se las arregla
solita, y se pasa el da cose que cose... y tambin lee mucho.

--Y dices que no tiene _lo_?

--No creo, porque vive como huspeda con una que le llaman Jesualda, y
digo yo, que s..., vamos, si fuese mala..., _pos_ no andara tan mal de
cuartos. Lo que tendr si acaso, es alguna cosa muy _call_ y que no lo
sienta ni la tierra; pero no debe de ser muy a su gusto, porque la mayor
parte de los das _ti_ los ojos as como de haber _yorao_, y siempre
est _m_ triste y con cara de pocos amigos; a m me da mucha lstima.

Don Juan clasific mentalmente a la desconocida diciendo para sus
adentros: Modista romntica: conozco la clase. Mnica continu
hablando:

--En fin, tan sera y tan _ensimism_ me pareci a m la tal muchacha,
que desist de proponerle que se viniese conmigo; porque lo que yo me
dije: si anda siempre con sus cavilaciones a vueltas, no puede tener
cuenta de la casa.

--Y vive completamente sola?

--Como canario en jaula: ahora _paece_ un pardillo o un gorrin, porque
est mal _vesta_; pero si la tuviera un seor, con _gena_ casa y mejor
ropa..., vaya una pjara bonita! Por supuesto que _ti_ en la cara una
bondad y as unas trazas de muchacha de las que no se echan a perder...

--Cmo se llama?

--No me acuerdo bien; pero el nombre no es bonito: creo que es Crisanta,
o Cristina, o Crspula.

Don Juan, acordndose instantneamente de su amada, pregunt:

--Cristeta?

--Ya le digo a usted que no me acuerdo bien; pero algo as como eso que
usted dice: Cristeta... Crisanta... qu s yo?

Entonces l volvi a preguntar, animndose:

--Qu seas tiene?

--Ojos azules, grandes y oscuros; las pestaas largusimas; el pelo rubio
como un trigal, y vaya un cuerpo! Pero ya las gastar usted mejores.

Aquel retrato poda ser el de muchas mujeres, pero a don Juan se le
antoj la pintura de Cristeta: el presentimiento, sospecha o lo que
fuese le pareci, sin embargo, ridculo; no obstante lo cual, hizo dos
ltimas preguntas:

--Est casada? Tiene un nio?

--No le he dicho al seor que vive sola como un hongo? Y lo que es
chico..., no hay ms que verla; es necesario ser _negao _ estar memo
_pa_ suponer que pueda tener aquel cuerpo y aquel talle una mujer que...

--Qu?

--Vamos, que _haiga_ parido, seor.

La sospecha de don Juan se desvaneci por completo. Qu tena que ver
Cristeta, casada, madre y en buena posicin, con una pobre muchacha sola
y que seguramente vivira de sus manos? Lo parecido del nombre? Una
coincidencia. Rubia, con ojos azules? Hay tantas!

Mnica presenciaba, respetuosamente callada, la actitud pensativa de su
amo; y al cabo de unos minutos, creyendo que estorbaba, se despidi:

--Tiene el seor algo que mandarme?

--Nada, Mnica, gracias.

--Que se mejore el seor. Nunca me han gustado ciertos papeles; porque lo
que yo me digo: si no hubiera alcahuetas, no habra... de las otras.
Pero si yo pudiera traerle a usted mi vecinita!

--Abur, mujer.

--Quede con Dios el seor.

Marchose la cocinera y, al quedarse solo el caballero, tornaron a
entristecerle sus ideas. Todava flot un momento en su imaginacin el
fantasma indeterminado y vago de aquella pobre muchacha que, como l,
acaso viva consumida por las penas. Una chica guapa que trabajaba para
comer. Ese debi de ser tambin el destino de Cristeta. La suerte lo
quiso de otro modo. La suerte, prspera para ella, contraria para l!
Quin le haba de decir, aos atrs, que por una mujer se vera en tal
estado? Porque, no haba que forjarse ilusiones, estaba enfermizo,
inapetente, aburrido y enamorado de un imposible. La situacin era
desesperante. La verdad es que hoy el galn desdeado no tiene ms
remedio que aguantarse. Dichosos tiempos aquellos en que a un caballero
era posible rodearse de allegados, deudos, parientes y escuderos, y
sorprender palacio, asaltar castillo o violar convento para llevarse
como en volandas a la mujer querida, as fuese dama, emperatriz o
abadesa de las Huelgas! Oh, miserables y menguados das modernos, en
que cualquier juez protege a un egosta y miserable marido!

A tales y tan disparatados pensamientos se entregaba, que si no
enloqueca le faltaba poco. Aquella noche fue de las ms crueles de su
vida.

De repente, levantndose del silln, donde haba permanecido caviloso
largo rato, dio unos paseos por el cuarto, mir con tristeza las
pinturas, grabados y retratos de mujeres hermosas que ahora le parecan
feas; contemplolo todo con amargura, como si estuviese resuelto a
perderlo pronto de vista, y en seguida, sentndose ante la mesa de
despacho, escribi la siguiente carta:

     _Cristeta ma (y te llamo as por ltima vez). Me marcho de
     Madrid. Quisiera despedirme de ti, pero t no lo consentirs y no
     me atrevo a suplicarte que nos veamos. Me has hecho muy
     desgraciado. No saba yo que te quera tanto. Adis, y si algn da
     crees que puede tener remedio el mal que has causado, llmame.
     Entonces sabrs lo que yo soy capaz de hacer por ti._

     _Tuyo,_

          JUAN.

     _Si consigo arreglar mis asuntos, me marchar esta misma semana.
     Adis por ltima vez._




Captulo XXI

Del fin que tuvieron los desordenados amores de don Quintn y del
principio de su cautividad


    _Vuela pensamiento y diles_
    _a los ojos que ms quiero_
    _que hay dinero._

Esto, poco ms o menos, pens don Quintn, sin haber ledo al gran
Quevedo, cuando recibi los cincuenta duros que don Juan le enviara con
pretexto de hacerle su representante, y en realidad por esperanza de
convertirle en alcahuete.

Lo triste del caso fue que aquellos mil reales que el estanquero
consider como el primer filn de una mina quedaron reducidos a la
triste condicin de prlogo sin libro y preludio sin pera.

He aqu cmo y por qu.

Tornar don Quintn los cincuenta pesos y correr a casa de Carola todo
fue uno; treinta regal a su querida, regiamente, de un golpe; con un
billete de veinte, ocultndolo en el forro del hongo, se qued l para
satisfaccin de atrasos y menudencias. Los seiscientos reales cayeron en
manos de la corista igual que agua en criba, y no fue lo peor que los
derrochara en cuatro das, sino que, engolosinada con tal esplendidez,
lleg a sospechar si su amante habra descubierto modo de convertir los
_perros chicos_ en centenes.

Luego que hubo invertido la fabulosa cantidad en lazos, cosmticos,
afeites y menjurjes, pidi ms, exigindolo con tal imperio que don
Quintn, de un lado sujeto al hechizo de su Circe, y de otro confiado en
que tena por banquero a don Juan, determin ir a su casa y darle un
fenomenal sablazo. All no fue Troya, pero fue la gallina de los huevos
de oro.

Despus de urdir en su pobre entendimiento una mentira burda,
presentsele don Quintn dicindole en sustancia que Cristeta se le
mostraba cada da ms entera y rebelde; pero que l haba discurrido
manera de amansarla y rendirla. Aadi que la muchacha se haba
entrampado por gastar en ropas y galas mucho ms de lo que poda con
arreglo a lo que su marido le enviaba, llegando a deber a una modista
hasta dos mil reales, por lo cual l propona a don Juan que ste le
entregase dicha cantidad para que satisficiese en su nombre la cuenta
pendiente, rasgo con que ella se ablandara, demostrndolo en seguida
aceptando cita o acudiendo a entrevista.

Don Juan, avisado como estaba por Cristeta, le oy sin hacerle caso,
comprendi que su amada era incapaz de dejarse influir por una cuenta de
quinientas ni de quinientas mil pesetas y, poniendo cara de hereje a la
peticin, neg en redondo el dinero. Entonces don Quintn quiso alardear
de franqueza, y le pidi lisa y desvergonzadamente cuarenta duros
prestados a cuenta de sus futuras mensualidades como representante, con
lo cual don Juan, persuadido de que Cristeta tena razn al exigirle que
no le diera un cuarto, tambin se los neg en pocas y desabridas
palabras, sin alegar pretexto ni excusa. Tal hizo, primero por
obediencia de amante, y segundo, porque si de algo se convence pronto el
hombre es de que no debe dar.

De haberle prestado, tal vez se le apaciguase a don Quintn el odio que
le profesaba; pero aquella descorts negativa recrudeci hasta lo
indecible sus antiguos deseos de venganza.

Habr to marrano--se deca--, que me da de almorzar vino agrio y
patatas negras; me propone que le ayude a engatusar a mi pobre sobrina,
que al fin es mi sobrina, y ahora me niega cuarenta miserables duros!

Irri, sobre todo, la consideracin de que ya no era una, sino dos,
las conquistas que por su culpa se le malograron: antes la de Mariquita,
y ahora la de Carola, pues indudablemente, apenas sta le viese
arruinado, le plantara de patitas en la calle.

Y no era el suyo falso pesimismo ideolgico, sino exacto conocimiento de
la realidad.

Carola, engolosinada por aquel fabuloso regalo de los treinta pesos,
pidi ms; el estanquero se deshizo en promesas, dio largas, rog
plazos, tomose prrrogas, pasaron muchos das, no llev un cuarto, y la
corista fue trocndose rpidamente de jamona complaciente y lbrica en
arpa exigente y pedigea. Ms de una semana transcurri sin que don
Quintn la convidase a cenar, hasta que aquel da infausto del sablazo
frustrado se present en su casa llevndole por todo regalo un cuartern
de butifarra y siendo recibido con tal desabrimiento que pudo conjeturar
cercano el fin de sus placeres. En vano quiso mostrarse dulce y
apasionado. Qu ternura ni qu vehemencia pueden amansar a una pantera?
Carola, que necesitaba dinero, rechaz el embutido de don Quintn,
alardeando de burlona, coqueta y desesperante.

Das atrs le haba pedido con qu comprarse un abrigo adornado, segn
dijo el tendero, con piel de marta cibelina, que sera nutria de alero,
y don Quintn, tacaera insufrible!, demor el regalo, as que la
presentacin de la butifarra fue considerada como un insulto.

--Gurdatela--le dijo--para la desdentada de tu mujer, que se contentar
con eso.

--Vidita, no he podido ms y clmate, que mi seora no tiene nada que ver
en nuestras diferencias.

--Qu _difiriencias_, si siempre es lo mismo; yo pedir y t negar!

--Ya lucirn das mejores.

--Pues entonces vienes, galn.

--Vamos, fierecilla, no seas tan brava, que tu Quintn es capaz de vender
el alma al diablo por complacerte.

--Buena venta nos d Dios! Por lo visto el demonio no da ms que para
butifarra, y esa poca y pasada.

La sonrisa con que Carola subray esta frase fue un modelo de canallesco
desgarro.

Don Quintn, para desarmarla, quiso darle un beso; pero ella le apart
de un codazo, gritando:

--No estoy de humor, _agelo_; esta tarde no quiero babas.

--Carola!

--Lo dicho. Te parece ni medio decente que una mujer que te da su
cuerpecito _haiga_ de estarse siempre pidiendo como chico goloso? T
quieres mucho mimo por poco trigo. No podemos seguir as. Me das para
vivir con decoro o despejas la plaza.

--Ya te doy cuanto puedo..., todo lo que puedo.

--Pues en vez de esas _rooseras_ es preciso que me pases una cosa fija
cada mes, como hacen todos los caballeros. Pero, qu sabes t de
caballero! Vergenza deba darte tenerme as. Vamos a ver: cundo me
pones un cuarto como Dios manda?

Esta especie de invocacin a hombres que ponen casa a la querida, dej
muy caviloso a don Quintn, hacindole discurrir amargamente sobre las
injusticias sociales.

Unos tanto y otros tan poco!--pensaba--. Hay quien est como yo y quien
regala a la querida caballos rusos, y quien, como ese maldito, amuebla
casa para una sola cita... No ha puesto ms que un gabinete; pero para
el caso es igual.

De este rpido hermanar en su imaginacin la propia miseria con la
riqueza del aborrecido don Juan, brot en su lbrego y envidioso
pensamiento una llamarada de odio y venganza. La desgracia le hizo mal
filsofo, y la mala filosofa le trastorn el seso.

Sin hacer caso de Carola, sigui monologueando tristemente:

S..., esto se acaba... por culpa de ese tuno. Y podra reventarle de
mil modos. Yo me quedo sin Carola, pero antes voy a darme el gustazo de
gozarla a costa suya, en su propia casa... y adems le hago romper con
la otra. No est mal pensado. Llevo a Carola, hago que Cristeta lo sepa,
con lo cual se creer engaada y le deja compuesto y sin novia. La cosa
tiene un peligro muy gordo: porque si luego se sabe la verdad, Cristeta
se lo cuenta todo a Frasquita y sta me saca los ojos. Adems, lo que
debo hacer no es apartarle de Cristeta, sino todo lo contrario. Anda,
que se arreglen, que se casen si pueden, y ya se cansarn como me he
cansado yo de mi mujer. Si pudiera darle a su Cristeta para toda la
vida! Quiere conquistar a lo rico, sistema de llegar y besar el santo?
Pues santo para _in eternum_. Como hubiese modo de casarlos, ya se vera
l, andando el tiempo, con Cristeta hecha Frasquita: los ojos tiernos,
la boca desdentada, los zapatitos coquetones convertidos en zapatillas
de orillo, medias caseras de algodn azul, y en vez de ligas color de
rosa, cinta balduque. Si pudiera casarle! Hay que madurarlo. Ahora, por
lo pronto, algo he de hacer con l..., cochino!, y con esta pcara que
se me va de entre las manos. Un hombre que pone un gabinete como aquel
para una cita nada ms, y luego me niega cuarenta duros!... Lo salado
sera que yo llevase all a Carola, pero no para hacer una comedia, sino
para pasar una tardecita de _juerga_ en los muebles que l ha pagado.
Hay all unos almohadones! Buena broma llevar mi pjara al nido que l
fabric para la suya! La cosa es fcil, porque tengo la llave que me dio
por si Cristeta quera ir... Nada, nada, que lo hago.

Carola, vindole tan largo rato callado y con la cabeza baja, e
imaginando que su silencio y humildad eran implcita confusin y
vergenza por su carencia de recursos, comenz a afirmarse en la idea de
que aquel hombre no tena un cuarto, y discurri que pues no le serva
ni de pagano ni para _capricho_, lo mejor era darle pasaporte. Por lo
cual, deseosa de exasperarle y provocar la ruptura definitiva, le dijo
con gran sorna:

--Ests pensando en comprarme la Casa de la Moneda?

Don Quintn, seducido por aquella idea de sabrosa venganza, mir a su
querida, gozndose de antemano en la sorpresa que haba de causarle y,
tras larga pausa, habl tranquilo y sonriente:

--Parece mentira qu repoqusimo olfato tenis las hembras! Vengo a
darte la gran prueba de que siempre estoy pensando en ti, y me recibes
con cara de vinagre.

--Qu me traes?

--Hoy, nada; pero maana...

--Habla clarito...

--Sabrs, pichona--repuso l urdiendo la ms enmaraada trama de cosas
verdaderas y falsas--, has de saber, monina, que un seor, amigo mo,
toma el teatro de las Musas para este ao, y me ha nombrado su
representante. Como comprenders, no han de faltarte dos duritos
diarios, por supuesto, sin obligacin de ir a ensayo ms que cuando te
d la gana.

--De verdad?

--Lo que oyes. Un to muy rico, con vocacin de caballo blanco.

--He conocido muchos.

--Como la perdida de mi sobrina fue del teatro, y yo andaba metido
siempre entre bastidores, ese seor cree que yo debo saber algo de tales
negocios... Yo le he dicho a todo que s. T me pondrs al corriente de
ciertas cosas. Lo principal es que nos ponemos las botas..., y mientras
dura... vida y dulzura.

--Te _azvierto_ que yo no vuelvo al coro... Quiero ser parte, y tres
duros.

--Todo se andar, Y escucha, prenda, que el bien y el mal nunca vienen
solos. Lo que tiene gracia es que ese caballero est _liado_ con una
seora de alto copete, condesa creo que es, y para verse con seguridad
han puesto un cuartito..., vaya un gabinete!, donde tienen sus citas.

--Y nosotros qu sacamos con eso?

--Ahora lo vers. Te digo que es un gabinete como una caja de dulces:
con un lujo! Pero como ella es casada no van all ms que con grandes
precauciones... Bueno, pues nos ha venido Dios a ver.

--Por qu?

--Como yo antes sala poco de casa y ahora siempre falto de ella porque
estoy aqu contigo, mi mujer anda loca de puro escamada; tanto, que me
ha mandado seguir por un chico que afortunadamente me lo ha dicho, y
callar. Pero estamos amenazados de que el mejor da haga Frasquita
averiguaciones, se plante aqu y nos arme la _escandalera_ del siglo.

--Eso ser lo que tase un sastre, porque si viene, del primer trastazo la
dejo _perniquebr_.

--T no eres capaz de hacer tal cosa, porque, al fin y al cabo, se trata
de mi seora.

--Te _azvierto_ que de tres _pats_ la _espampirolo_ y te quedas ms
viudo que el marido de una difunta.

--Clmate. No llegar el caso de que nos pesque, porque vamos a curarnos
en salud.

--Tapujos?

--No, hija, sino la gran comodidad para pasar unas horitas como unos
marqueses, sin que lo sepa nadie. Vers qu gabinete! Nos citamos,
entramos con cinco minutos de diferencia: yo primero, t en seguida, y
al salir lo mismo. Cuando veas el cuarto, querrs quedarte all.

--Puesto con lujo?

--As quisiera yo arreglarte uno... y quin sabe! Mira, tengo la
esperanza de que ese seor, por lo que me ha contado, en cuanto pueda
rompe con la dama, la deja plantada y... yo ver cmo me las ingenio,
pero malo ser que no discurramos modo de quedarnos con alfombras,
espejos, muebles: en fin, todo. Y para quin ser, rica del alma?

--Eso es vender la piel del lobo antes de haberlo _matao_. Por ahora, lo
que t tienes es un miedo atroz a _la_ fantasma de tu mujer.

--No es miedo; pero no quiero que pudiendo evitarlo nos den una desazn
en tonto. Y dnde me dejas el tratarnos a cuerpo de rey? Chica, qu
cuarto! Hay un sof retorcido para sentarse dos y comerse a besos...
Nada ms que mirarlo da vergenza.

--Lo que dar sern ganas de sentarse.

--Anda, paloma, vendrs?

--_Me se_ figura un disparate. De aqu nadie puede echarnos..., y de
all, sabe Dios!

--Por ir una tarde, tomarnos all media librita de jamn y unas copitas,
y tirarte yo cuatro bocados, no perdemos nada. Tengo la llave; mi amigo
no va nunca sin que yo lo sepa. Pasado maana est citado con la
condesa; de modo que maana tenemos por nuestra toda la tarde. Querrs,
gachona?

Por fin consinti y se citaron.

--Bueno; pues maana, a las tres, sin falta. Beln, 78, entresuelo; all
estar para recibirte.

--Te prometo que no faltar.

--Adis, reina.

--Abur, capitalista.

Movida por la curiosidad y espoleada por su instinto de mujer perdida,
acept Carola la proposicin; pero lo que ms inclin su nimo fue
aquella remota posibilidad de que llegasen a ser suyos los muebles a que
se refiri el vejete. Si no haba mentido, y cuenta que el caso, por lo
vulgar, pareca verosmil, no era soar con lo imposible. El caballero
que alquila un cuarto donde recibir a una casada, puede necesitar la
ayuda de otro hombre para mil cosas en que el secreto es necesario, como
hablar al administrador, firmar recibo, comprar trastos, pagar cuentas,
etc., etc., y puede luego tronar con la conquista y, por ltimo, decir a
su complaciente auxiliar que se quede con los muebles, que l no sabe
dnde guardar, o acaso se le hayan hecho aborrecibles por el recuerdo de
quien se los hizo pagar. No dijo, pues, don Quintn ninguna majadera
cuando admiti la posibilidad de que aquellos primores de que se
compona el gabinete pasaran, andando, y tal vez volando el tiempo, a
manos de Carola, quien se alegr tanto con esta esperanza que sigui
largo rato acaricindola, y aun ideando traza con que anticiparla.

Pero luego el mucho pensar, como sucede siempre, enturbi su alegra,
porque de la reflexin nacieron la duda y el desasosiego. Quines
seran el caballero y la dama que tan misteriosamente se amaban? No
poda suceder tambin que don Quintn fuese rico y buscara medio de
evitar mayores gastos, atribuyendo al capricho de otro lo que l
fraguase para su seguridad y regalo? Su proceder autorizaba las
sospechas: le haba dado dinero con gran desigualdad de plazos y
desproporcin de cantidades; sus regalos fueron muy rogados o
imprevistos; sus intermitencias y variaciones tenan marcado tinte de
tacaera. Aquel caballero, sera l? Tendra mucho dinero, o tal vez
fuese todo una broma grosera, una venganza por las pasadas esquiveces y
amenazas de mandarle noramala? Y si el estanquero tuviese gato? Buena
torpeza estara el tratarle despreciativamente, pudiendo, con maa,
sacarle el oro y el moro!

Habra en realidad otro caballero? Aquello del teatro..., salir del
coro..., ser parte..., dos o tres duros..., los muebles...

Era cosa de volverse loca! Y si todo fuera embustera de don Quintn,
que tratase de llevarla a una indecente casa de citas por miedo a su
mujer?

Resuelta a salir de dudas, aquella misma tarde se li en un mantn,
psose un pauelo de seda a la cabeza y en tan chulesco atavo, que era
como mejor estaba, se fue al nm. 78 de la calle de Beln, apenas cerr
la noche.

Cinco minutos despus, segn suele acontecer entre gente de poco ms o
menos, estaba en amigable dilogo con la portera. Cmo se las arregl?
Ideando una de esas mentiras mujeriles que de puro sencillas se
confunden con la verdad. El dilogo fue del modo siguiente:

--Diga usted, seora--pregunt muy arrebujada en el mantn--, _m'hace_
usted el _orsequio_ de decirme si es cierto que hay aqu un sotabanco
_desarquilao_?

--No lo hay.

--Pos me lo haban _asegurao_.

--_Pos l'han engaao_ a _ustez_.

--Me lo ha dicho una compaera, que trabajamos ella y yo en _ca_ el
tapicero que ha trado muebles al entresuelo, _pa_ ese seor que ha
puesto el cuarto.

No fue necesario ms. La portera, que haba visto alquilar el piso,
ignorando el objeto, traer los muebles sin saber de dnde, y quedar
luego la casa cerrada, arda en deseos de aclarar el enigma: de suerte
que, al or a Carola, quien por su astucia pareca enterada de algo, en
seguida entr en conversacin con ella.

--Pues esa oficiala, compaera ma--hablaba Carola--me ha dicho que por los
chicos que trajeron los muebles sabe que hay un sotabanco de cincuenta
_riales_.

--No hay tal; son guardillas trasteras de los _enquilinos_..., buenas
familias.--Y fue enumerando cuanta gente haba en la casa, hasta llegar
al cuarto entresuelo.

--S, al seor del entresuelo le _conozgo_ yo: es alto, flaco, viejo, de
bigote recio--dijo Carola detallando las seas de don Quintn.

La portera comenz a negar moviendo la cabeza.

--Cmo que no?

--Como que no; ese caballero anciano que usted dice, y que tambin ha
venido por aqu, debe de ser el mayordomo _u_ cosa tal, de otro ms
joven, que es quien ha puesto el cuarto.... por cierto que ahora lo
quita.

--Cmo que lo quita!

--Quitndolo y llevndose los trastos. Ya me ol yo que se trataba de una
trapisonda, vamos, de un seor _arrimao_ con una seora. Ver usted:
primero vino el joven y tom el cuarto, luego volvi con el viejo ese
que usted dice, que le trataba al joven con mucho miramiento, dejndole
pasar siempre por delante...; no, amigos no son, ms parecen amo y
mayordomo. El joven le dio una de las dos _yaves_ para que _golviese_ a
_inspecionar_; pero crea usted que, segn les he visto yo _de_ hablar,
uno manda y otro calla y obedece.

--Y no ha venido nadie ms?

--Nadie. Y ya va _pa_ cinco semanas que trajeron los muebles.
Indudablemente esto era con _ojebto_ de traer una mujer _cas_ y luego
se les habr _torco_ el carro, _ pa_ una de esas _ofecinas_ que dan
timos. En fin, la ltima vez que estuvieron los dos, el joven le dijo al
viejo aqu en el portal: no importa nada; total, un trimestre de
alquiler y los muebles, que como son pocos y buenos no estorban; la
semana que viene me los llevar a mi casa y servirn para renovar el
gabinete..., o por si algn da me caso.

Carola, rabiosa y despechada, pero disimulando el enojo, pregunt:

--De modo que el viejo es un lacayn alcahuete, cochino?

--No digo tanto; pero me malicio que hacen de l repoqusimo caso; vamos,
es un criado antiguo de esos que hay en las casas grandes.

Carola saba cuanto deseaba. Todo qued explicado. Don Quintn estaba
sirviendo de aquello que dijo la portera al caballero de los muebles,
luego ste dispondra que le llevasen los trastos a su casa, y sobre tal
fundamento se le ocurri al viejo la idea de engatusarla con esperanzas.
Resumen: el estanquero era un imbcil chocho, sin una peseta y adems
_lioso_ y trapaln que, vindose amenazado de calabazas, pretenda ganar
tiempo... y tener querida de balde. Se puso furiosa. Aquel hombre de
quien, por lo menos esper el cuarto pagado, algn vestido, cenas y
chucheras, era un farsante tronado, _ganguero_, sinvergenza. Tuvo
ahorrillos, se los gast, y aqu paz y despus gloria. En una palabra:
no era proporcin para conservada, ni haba que esperar de l cosa
buena. Lo mejor--se deca Carola--es despedirle pronto, cuanto antes, de
modo que no volvamos a vernos, lo _cual que_ hay que armarle un tiberio
_mu_ gordo. Los muebles..., vaya una guasa..., me la _ti_ que pagar.
Demasiado saba que no haban de ser para l. Marranote! Cmo hara yo
para que me dejase en paz? Lo seguro es que lo sepa su mujer y lo mate
de un sofocn.

Sigui muy cavilosa andando hacia su calle, y poco antes de llegar, como
quien acaba de adoptar una resolucin, entr en una lonja de
ultramarinos, donde compr un pliego de papel y un sobre.

Es lo mejor--pensaba--, una marimorena espantosa, y se acab.

Su plan era canallesco, pero terrible y de seguro resultado. Lleg a su
casa, busc una pluma, un resto de tinta clarucha que tena en una
jcara y, desfigurando la letra, escribi en el papel recin comprado
las siguientes palabras:

     _Doa Frasquita, si quiere ustez saber lo que es el prdis de su
     marido, baya ustez maana a las cuatro y media, calle de Beln, 78,
     piso entresuelo, que all estar l con una bribona (esta palabra
     la tach y luego la volvi a poner) que es la que te ti esmirriao
     y le saca los cuartos, y a plique ustez remedio porque es una mala
     vergenza, y se lo avisa quien bien la quiere, y rascarse agela._

Escrito el annimo, puso el sobre _a doa Frasquita_, y llamando a un
muchacho de la vecindad, de quien poda fiarse, le dijo:

--Vas al estanco que hay a lo ltimo de la calle de la Pingarrona,
preguntas por esta seora, _la_ entregas la carta en propia mano,
teniendo cuidado de que est sola, y en seguida aprietas a correr.

<tb>

A las tres y media de la tarde siguiente llegaba don Quintn a la casa
de la calle de Beln.

--Dentro de un rato--advirti a la portera--, vendr una seora; no
necesita usted preguntarle a qu cuarto sube.

--Corriente--repuso ella, pensando para su capote--: ya pareci el peine.

Luego que don Quintn se qued solo en el gabinete, sac de bajo la capa
una botella de Jerez barato y tres o cuatro paquetes: en uno traa jamn
en dulce, en otro pasteles y aceitunas, en el ltimo y ms voluminoso,
una rosca para Carola, que tena buenos dientes, y para l un panecillo
bajo, todo miga. En seguida sali para pedir a la portera un vaso, uno
solo; pues, sin haber ledo a Branger, saba que los amantes deben
beber en la misma copa: y tornando a encerrarse, encendi la chimenea, y
paseo arriba, paseo abajo por el corredor, esper.

Ah, infame don Juan; empiezas a pagrmelas! Conque muebles,
alfombras, almohadas, sedas, palitroques dorados y silla en forma de
ocho para traer a mi sobrina? Pues ahora vers! T lo gastas y yo lo
aprovecho. Y si puedo, te caso. Cmo? Todava no lo s, pero ya
veremos.

Estas y anlogas majaderas se repeta mentalmente por vigsima vez,
cuando sintiendo pasos tras la puerta de la escalera, abri antes que
llamasen. No se haba equivocado: era Carola, que acababa de pasar de
largo sin corresponder al saludo porteril.

El estanquero recibi a su amada con un largo beso. Luego ella, con
miradas displicentes y poniendo a todo reparos, como quien sabe que
aquello no ha de ser jams suyo, inspeccion el gabinete. Sin embargo,
en su interior, qued maravillada y envidiosa.

Nunca haba visto muebles tan ricos. Eran pocos, pero elegantsimos. Dos
butacas de raso entre azulado y ceniciento, con flecos de borlitas y
madroos multicolores y brillantes; en la pared, un magnfico espejo con
ancho marco de dorada hojarasca; en el centro, un veladorcito de nix y
bronce, sobre el cual haba una canastilla de porcelana de Svres, llena
de las flores, ya marchitas, que llev don Juan el primer da; ante la
chimenea encendida, la famosa doble silla en forma de S, y en el suelo,
para que la esperada beldad pusiese los lindos piececitos, dos grandes
almohadones de seda oscura, que destacaban sobre la alfombra casi blanca
cuajada de rosas amarillentas.

Carola, pensando que todo aquello pudo ser y no sera jams suyo, lo
contempl despreciativamente, escupi sin mirar dnde, y encarndose con
don Quintn, dijo con gran sorna:

--Este es lujo para mujeres malas. Oye, galn, y que has trado en esos
papeles?

Deshizo l los paquetes, destap la botella, y extendiendo la mano,
repuso triunfalmente:

--Mira.

--Vaya una merienda para un cuarto como ste! No te da vergenza?
Cundo me llevas estos trastos a casa?

--Veremos...

--Dijo el ciego, y nunca vio.

--Rica, dame un beso, y toma un bocadito de estas golosinas.

Carola, dejndole con la palabra en la boca, recorri las dems
habitaciones en que no haba muebles, y volvi al gabinete diciendo con
desapudorada malicia:

--Chico, sabes que aqu falta un mueble muy importante?: aquel que se
nos desvencij a nosotros, _u_ es que el caballero amigo tuyo trata a
la seora como santo de barro, que se mira y no se toca?

--Djate de eso, y pensemos en nosotros.

--Mira, mira qu cortinas!

--Sintate en esa butaca, y yo a tus pies, en ese almohadn como un
perrito; luego nos iremos a tu casa.

--Salimos _acaloraos_ y nos da un aire...

--Otra cosa mejor; ven a esa silla que parece un ocho, y te doy ocho mil
besos.

--No, chico: los besos son como las aceitunas: que abren el apetito, y
tenemos que largarnos pronto.

El envidioso asombro que aquellos muebles le inspiraban, se traduca en
movimientos nerviosos y gestos desabridos; desparramaba las miradas por
la estancia, y en seguida se le contraan los labios y se le dilataban
las ventanas de la nariz. No era una desesperacin que andando por el
mundo hombres capaces de gastarse aquello, hubiese mujeres como ella
que, aun siendo prdigas de su cuerpo, tenan que vivir entre hambre y
remiendo? De repente, clavando los ojos en don Quintn, lanz sobre el
pobre vejete toda la envidia acumulada en sus cuarenta y muchos aos de
deslices, cadas por capricho y complacencias cobradas muy barato para
poder vivir. No era irritante que algunas compaeras suyas hubiesen
hallado imbciles que de buenas a primeras les pusieron coche, y ella,
con haber rodado tanto, viera llegar la vejez sin pan y sin lumbre? Unas
cuanto ms se venden, ms caras valen, y otras... Se acord del annimo
y comenz a desasosegarse. Doa Frasquita lo habra recibido la vspera
al anochecer... No tardara en llegar. El escndalo iba a ser maysculo,
pero as acababa todo de una vez. Qu poda esperar del vejestorio? Ni
dinero ni placer. Nada. Si fuese un seor rico como el que haba pagado
todo aquello... La suntuosidad de la estancia le inspir envidia, y la
envidia amargura, porque la ms abominable de las pasiones torpes lleva
en s propia su castigo.

Don Quintn se mostraba resplandeciente de alegra. Las sedas, los
rasos, la grata comodidad de los muebles, cuyas curvas incitaban a la
voluptuosidad, la satisfaccin de aprovecharlo todo, siendo ajeno, y la
presencia de aquella mujer, que aunque ordinaria pareca una figura de
Rubens, le tenan exttico, suspenso el espritu y alborotados los
sentidos. A ratos se acordaba de don Juan, imaginando que la jugarreta
tena muchsima gracia; y cada vez que al recostarse se hundan, bajo su
peso, los muelles de las butacas, crea sentarse sobre la propia
dignidad de su enemigo.

Alardeando de fino, coloc los almohadones ante la chimenea, y dijo a
Carola:

--Anda, gachona, ven y sintate aqu conmigo, en el suelo, como los
moros; nos calentaremos los pies, que estoy hecho un sorbete.

--Burro, mira que tener fro junto a m!--Y en seguida, con prfida
premeditacin, aadi--: Vaya una fogata que has _armao_!... Me ahogo...
yo me quito la esclavina, y si quieres creerme, desabotnate el chaleco,
que luego, en la calle, te hielas.

Dicho lo cual, se desabroch el cuerpo del vestido enseando la chambra
y el nacimiento del pecho, para que quien les sorprendiese supusiera que
estaban entregados a impuras y culpables caricias.

Don Quintn se desabroch tambin el chaleco, mostrando la pechera de la
camisa. Despus, alargando una mano, segn estaba sentado, cogi de
sobre el velador la botella de Jerez, hizo que Carola empinase, y en
seguida pretendi que, con los labios hmedos, le besara.

--No te dan gusto este vinillo y ese fuego tan carioso?

--Vaya un hombre, que _ti_ al lado una mujer y se pone en cuclillas
junto a la chimenea!

--Qu te parece el cuartito? Mira que si pudiramos quedarnos, es
decir, quedarte con todo esto!

De repente, son un campanillazo. Don Quintn tembl de miedo, como los
convidados de Tenorio al or el aldabonazo del Comendador. Carola se
dijo: a lo hecho, pecho.

Ambos guardaron medroso silencio.

Sigui un segundo campanillazo, y entonces dijo l:

--Nosotros no abrimos: ya se cansarn.

--_Panoli_, tienes miedo? Yo ir, que a m no me conocern, y dir que
no hay nadie.

Adivinando lo que haba de suceder, se puso el mantn, cogi
disimuladamente el velo para estar dispuesta a la fuga, y se dirigi
hacia el pasillo.

Transcurri un minuto; an rechinaban los goznes de la puerta, cuando
don Quintn oy el timbre de una voz que le dej trmulo de espanto;
apenas sus labios acertaron a balbucear un nombre:

--Es Frasquita!!

Tambin son la voz de Carola:

--Buena mujer--deca--, aqu no vive ese seor.

--Ya lo s, ya lo s!--repeta la voz espantable--; pero ah dentro est;
djeme usted pasar!

--Es usted su criada?

--Es mi marido!

Carola, fingiendo tremenda ira, comenz a gritar:

--Marido? Embustera, vieja, estantigua, si lo que _paece_ usted es la
estampa de las cuarenta horas.

Y vuelto el rostro hacia dentro, aadi:

--Quintinito, hijo, mono, sal y pega un empelln a esta fiera.

Al mismo tiempo retrocedi con malicia por el pasillo, dejando avanzar a
la exasperada Frasquita, que al fin penetr en el gabinete, desencajada
y colrica.

Era alta, flaca, barbipeluda, huesosa, sin pecho, recta de caderas; la
figura espantable, los ademanes ridculamente trgicos. Vena toda
vestida de oscuro, con largo velo a la cabeza, de suerte que, por su
traje y catadura, pareca una de aquellas entre brujas y dueas
calderonianas que hace doscientos aos servan para arredrar galanes,
vigilar mozas y asustar chiquillos.

En el instante de pisar ella el gabinete, don Quintn estaba tumbado
ante la chimenea, con la cabeza reclinada en un almohadn, desabrochado
el chaleco y sujetando en una mano la botella de Jerez medio vaca.

Verle Frasquita y abalanzarse a l, todo fue uno.

--Canalla, indecente, sucio, vicioso, en esto te gastas el dinero?
Quin es esa ta?

El pobre hombre se qued como muerto. Carola, afinando su astuta
perversidad, se haba desabotonado por completo el cuerpo del vestido,
deslazndose, adems, la cinta de las enaguas, como si tuviera la ropa
en tal desorden antes que llegara Frasquita, y al mismo tiempo,
encarndose con ella, deca:

--Pero es usted su mujer? Jess, qu antigua! Diga usted, seora, qu
sucedi el Dos de Mayo? Oye, Quintn, ahora te digo, que haces bien en
buscar carne fresca fuera de casa, porque tu parienta est mojama. Anda,
calzonazos, chala o me marcho.

Frasquita, espantada de tales improperios y aturdida por la estpida
pasividad de su esposo, dud un momento entre araar al infiel o
agarrarse con la desvergonzada manceba; por fin, temerosa de que sta la
maltratase, se arranc contra el estanquero, y a pellizcos y tirones de
pelos, le levant del suelo, vociferando:

--Despdela, pgala, quiero que la mates!, _ustez_, mala mujer, ladrona
de hombres, fuera de aqu!

Quintn continuaba mudo. Tena la seguridad de que la menor imprudencia
de sus labios contra Carola empeorara la situacin, y con su mujer
tampoco se atreva.

--Qu hacais?--pregunt Frasquita, clavando los ojos en el desnudo pecho
de la corista pecadora.

Carola miraba socarronamente al estanquero, dicindole con retintn:

--Y es esto lo que usas _pa_ diario? Elige pronto: la bruja o yo...;
pero luego no me vengas a casa babeando.

--Cllese usted, so _chupacharcos_!--grit Frasquita, lvida de puro
encorajada.

--Escuchas? Ya te lo haba yo _anunciao_, que no tendras hgados _pa_
decir a esta vieja en su cara lo que a m me dices cuando t sabes...
Adis, hombre, adis, y que seis felices. Bueno te vas a poner de
huesos! _Mia_ que se podan sacar hormillas de esta buena seora!--Y
dirigindose a la esposa ofendida, aadi--: Gurdelo usted como oro en
pao, que todava pueden _usts_ tener familia. En esto ha _parao_ tanta
monera, que parecas un perrito faldero--dijo--, y sali lentamente por
el pasillo, mientras Frasquita, temblona de pura rabia, continuaba dando
a don Quintn pechugones, araazos, pellizcos, tirones de pelo y, lo que
era peor, dirigindole un interrogatorio, cuya entonacin y preguntas
auguraban la ms espantable venganza.

--Por qu estaba contigo?Cunto tiempo hace que os hablis? Quin es?
Quin ha pagado todo esto? Gorrinos, por qu estabais desabrochados?
De dnde sacas el dinero?

No pudo ms. El sofoco haba llegado a su lmite; zumbronle los odos,
tambaleose y dio con su cuerpo sobre aquellos mismos almohadones que
Quintn dispuso para distinto empleo.

Al cabo de un rato, tras mucho rociarle su marido el rostro con Jerez,
volvi en s; pero enteramente transformada. Ya no era la arpa que
araa, ni la eumnide que desgarra, sino una terrible y serena parca
que, extendiendo trgicamente el brazo hacia la puerta, dijo en olmpico
reposo:

--Seor mo, vmonos; en casita ajustaremos cuentas.

Despus enmudeci, como si se hubiese tragado la lengua. No hubo medio
de que rompiese aquel mutismo pavoroso. Salieron, pasaron calles y
plazas; l, cabizbajo y anonadado, delante; ella, implacable y
rencorosa, detrs; ambos medio muertos, uno de miedo y otro de coraje,
hasta llegar a la calle de la Pingarrona.

Al entrar en el estanco, Frasquita, solemne y triunfadora, levant la
trampilla del mostrador, y dejando paso a Quintn, al par que le
sealaba la silla puesta junto al brasero, en la trastienda, dijo con
voz reposada y grave:

--Viciosote; usted, que siempre estaba en casa, flojo y alicado, como
bandera en da sin viento, sala a presumir fuera? Ya te dar yo
_querindangas_! Cochino! Mientras yo viva, no saldrs a la calle ms
que conmigo!

La escuch atnito, dej escapar un suspiro de galeote recin sujeto al
banco, y tendi la vista por la oscura mansin estanqueril, como debi
de hacer, al verse abandonado de sus verdugos, aquel prncipe faranico
a quien sepultaron vivo en las entraas de la gran pirmide.

Tal fin tuvieron los desrdenes quintinescos, y es fama en el barrio que
jams ha vuelto el pobre viejo a salir solo.

Bien dice el _Ecclesiastes_: Cada cosa tiene su tiempo y sazn, y es
mucha la afliccin del hombre.




Captulo XXII

El delirio


Pocas horas despus de enviar don Juan a Cristeta su romntica y
desesperada carta de despedida, recibi de ella un papelito que traa
estas palabras escritas con mano temblorosa:

     _Juan: Oy mismo a las once de la noche te espero en la plaza de
     oriente frente a la puerta de Palacio, y si no ests decidido a
     todo no bayas._

          _Cristeta._

<tb>

Don Juan, de hongo y capa, impaciente y nervioso, aguarda en el sitio y
hora que le marcaron.

En un reloj cercano da el cuarto para las once. Del Guadarrama, y
haciendo escala en la _Punta del Diamante_ y la _Garita del Diablo_,
viene un norte sutil y helado que traspasa los tutanos. Los enormes y
desnarigados reyes de piedra que rodean el jardinillo, surgen de entre
los rboles como grandes espectros blancos. Las llamas del gas se agitan
en sus fanales de vidrio, proyectando sombras temblorosas en el suelo
hmedo y barroso. No pasa casi nadie: slo se oye de rato en rato la
sorda trepidacin del tranva y continuamente el rpido y corto pasear
de los centinelas de Palacio.

Don Juan, que comienza a malhumorarse, lanza sin cesar miradas hacia el
sitio donde arranca el Viaducto de la calle de Segovia, cuando
repentinamente, de entre la negrura del ambiente, surge un bulto de
mujer, a quien delatan su airosidad y gallarda. Viene modestsimamente
vestida con traje oscuro, mantn, y toquilla de estambre blanco a la
cabeza. Don Juan cree asistir a la resurreccin de su antigua Cristeta,
la que sala del teatro en su primera poca de comedianta pobre. No se
ha equivocado; ella es.

--Dame el brazo--le dice en voz baja y acercndose.

Cristeta obedece, y el galn, al rozar el cuerpo de su amada, siente
algo parecido al latigazo de una descarga elctrica. La mujer tiembla
pudorosamente, pero sin medrosa hipocresa.

--Cristeta de mi alma, qu es esto?, te has decidido? No me engaes,
que me morira de pena!

--No hay momento que perder, quiero volverme pronto.

--Habla, vida ma. Todo lo que quieras, menos que yo viva sin ti.

--Juan..., estamos locos.

--Dime que me quieres y me dejo matar.

Sus voces languidecan; sus cuerpos, posedos de atraccin mutua e
imperiosa, se juntaban como dos hojas de rbol que el viento agita.
Acortaron el paso. Juan, deseoso de prolongar aquella emocin
paradisaca, exclam sin tener en cuenta el intenso fro:

--Qu hermosa noche! Cristeta, ya eres ma!

--Espera--dijo ella--; antes tienes que orme. Se trata de nuestro
porvenir... Toda la vida. Piensa lo que haces!

--Te juro que te quiero como no he querido a nadie. Ahora dispn lo que
se te antoje.

Mirole ella con inefable ternura, adhirindose a su brazo como planta
endeble que ha menester apoyo, y murmur:

--Qu ser de m? Me quieres de veras?

La respuesta fue un delicioso apretujn por bajo de la capa, y al mismo
tiempo una mirada en que iba envuelta la promesa de la felicidad.

--Pues bien, Juan, no puedo luchar ms; soy tuya..., haz lo que quieras;
manda, llvame donde quieras.

--No: mandar t, obedecer yo.

--Me abandonars otra vez?

Don Juan afloj el embozo, y subiendo hasta sus labios la mano de
Cristeta, se la bes con ms fervor que si la tocara por vez primera,
diciendo al mismo tiempo:

--Traigo dinero de sobra; vengo dispuesto a todo...

--Por ahora, paciencia--continu ella--, tengo que irme en seguida; pero...
pocas horas faltan. Maana a las dos de la tarde ven a mi casa.
Entiendes? Quiero que vengas a buscarme y quiero salir de mi casa
contigo, a la luz del sol..., iremos donde quieras... para siempre.
Comprendes? Toda la vida! Querrs? Pero te advierto que jams volver
a mi casa ni a soportar a ningn hombre que no seas t. Tuya, y nada ms
que tuya...

--Te juro--interrumpi l con acento solemne--, que nunca te abandonar...,
y si algn da eres libre..., en fin, ya hablaremos.

Pretendi ir por la calle de Bailn abajo para prolongar el paseo, mas
Cristeta le hizo volver.

--Vmonos, tengo prisa--deca--; acompame hasta pasado el Viaducto.

--Como quieras; pero te arrepentirs de lo dicho?

Anduvieron largo trecho silenciosos: al pasar sobre el puente de hierro,
mirando por bajo la pavorosa negrura del abismo, se les ocurri a los
dos una idea espantosa. Fue natural romanticismo de sus almas, o
resultado de la exaltacin de sus espritus? Quin sabe! Lo cierto es
que ambos temblaron, y al temblar se pegaron uno a otro.

Cerca de la calle de Don Pedro, dijo Cristeta:

--Vete desde aqu. Hasta maana. Sabes el nmero?

Entonces ella, detenindose bajo una farola para ser bien vista, fij en
don Juan sus hermossimos ojos; y oprimindole las manos en seal de
despedida, repiti:

--Toda la noche, te queda toda la noche; pinsalo bien! Verdad que
sers bueno conmigo? Y ya lo sabes, es para toda la vida, porque yo no
soy capaz ms que de resoluciones extremas.

Dicho lo cual, desasindose de l y dejndole confuso en medio de la
acera, se alej precipitadamente hasta entrar en el anchuroso portal de
la casa donde viva.

Don Juan pas de largo, mir con disimulo, y despus de verla torcer
hacia el arranque de la escalera, apret el paso. Luego, dando rodeos
para no encontrarse con nadie, se fue a su casa, impaciente por saborear
a solas la realizacin de su esperanza.

Encerrose en el despacho, abri el cajoncito ms recndito de su mesa, y
fue reuniendo y apuntando todo el dinero que tena: sesenta y tantos
duros en plata, unas cuantas monedas de oro y ocho mil pesetas en
billetes. Adems, de su ltimo viaje a Francia le quedaban diecisiete
luises y dos o tres billetes de cien francos. Total, dinero sobrado para
llegar a cualquier parte. Despus, a modo de novio en vspera de boda,
quem en la chimenea varios retratos y un puado de cartas, y, por
ltimo, llam a Benigno, quien oy con verdadero asombro estas palabras:

--Maana temprano me pones encima de esa butaca un traje gris, de
americana, la manta de viaje con las correas, una gorra y el gabn de
pieles. Prepara un maletn con los avos de tocador y ropa interior;
nada de frac, ropa de etiqueta, ninguna. Saldr en cuanto almuerce;
puede que vuelva acompaado... y entonces ya te dar rdenes; pero lo
probable es que no vuelva. Si te envo recado, llevars el maletn donde
te mande, y hasta que recibas noticias mas, mucho cuidado con la casa,
y cuando te escriba hars lo que te indique al pie de la letra. Te has
enterado?

--De todo, seor.

--Ya lo sabes. No te muevas de aqu hasta que recibas orden por escrito;
puede que vuelva..., no lo s, y puede que te mande cerrar la casa y
venir donde yo est.

--Comprendido, seor.

--Pues ahora djame.

Al quedarse solo volvi a contar el dinero, y al cabo de una hora se
acost. Estaba tranquilo, con esa falsa serenidad propia de quien, tras
desearlo mucho, adopta una resolucin muy grave.

Tard largo rato en conciliar el sueo. Su imaginacin vagaba
desvariando de unas ideas a otras, como si el razonamiento fuese incapaz
de sujetarlas. Quera pensar despacio, aquilatar la trascendencia de su
propsito, traer a juicio su pasado, considerar lo presente..., adivinar
lo porvenir... Intil empeo.

La fantasa, estimulndose ms cada instante, quedaba triunfante del
raciocinio. Compromisos, obligaciones, conflictos, luchas, catstrofes,
todo lo grave que le pareca cercano y probable, se desvaneca, quedando
en su lugar un fantasma encantador e imperioso que le abra los brazos y
le llamaba con promesas de perdurable felicidad. Era Cristeta; pero una
Cristeta nueva, renovada, hacia la cual se senta impulsado, no slo por
inclinacin amatoria, sino tambin por algo misterioso, privativo del
espritu y puramente anmico, en que no entraba para nada la fascinacin
de la hermosura. Antes, al pensar en beldades deseadas y no posedas,
siempre le domin el encanto de la forma: ahora sus sentidos parecan
aletargados, y en cambio el ansia de perfecciones morales surga potente
y avasalladora.

Los ojos de Cristeta oscuros y azulados, como cielo en noche serena; la
boca, fuente de ternura y sumidero de besos; el pelo rubio y largo, como
crecido para cubrir la almohada formando al rostro un nimbo de oro; el
pecho blanco y firme, donde parecan palpitar impacientes dos rubes
carnosos perdidos entre nieve; todo el conjunto de atractivos que
formaban lo material de la mujer, lo vea don Juan desvanecido, borroso,
deseable, pero secundario; y en cambio, al poner su pensamiento en el
pensamiento de ella, experimentaba una sensacin de ansia y desasosiego
entre penosa y grata, como si la voluntad y el alma carecieran de algo
que slo pudiese hallar satisfaccin y plenitud en la posesin pura e
inmaterial de Cristeta. Tormento y placer anlogo debieron de sentir y
gozar los msticos que, abrasados en fervor religioso, tendan a
identificarse y sumarse con la divina esencia, cual si anhelaran ver
anonadarse su alma dentro de otra alma superior e increada. Tuvo luego
tambin momentos de intensa embriaguez amorosa; pero brevsimos,
fugaces, y apaciguada pronto aquella excitacin, se rindi al cansancio
fsico.

Entonces el espritu, libre de influjo externo, prosigui su incansable
labor, y comenz a soar disparatadamente, mezclndose y trabndose en
sus desvaros lo verosmil con lo imposible, y las reminiscencias de lo
real con las locuras de lo imaginario.

De igual suerte que cuando el maestro duerme los chicos arman bulla y
algazara, as al quedar en reposo la voluntad de don Juan, se le
avivaron los deseos, excitronsele los recuerdos, y las imgenes creadas
por la fantasa, unas brillantes, otras plidas, pero todas de intensa
realidad para su mente, comenzaron a desfilar en ronda interminable.

No crey ver sino que con los ojos del alma vio a Cristeta como estaba
la primera vez que hablaron: falda muy hueca, de percal, paoleta de
espuma al talle, zapatitos con galgas y moo bajo, lleno de flores; todo
el atavo gitanesco; pero no en el cuarto del teatro, sino en aquella
plazoleta de la Moncloa situada junto a la fuentecilla. Servan de fondo
a la figura los troncos de los rboles atigrados por manchas musgosas, y
en torno de su cabeza revoloteaban hojas secas de pltano que, tradas y
llevadas por el viento, semejaban errantes estrellas de oro. De pronto,
mujer, paisaje y fuente, se deshicieron como humo ingrvido, el espacio
qued vaco, y en la atmsfera desierta, pero alumbrada por un sol
invisible, sonaron muchos ruidos diferentes que juntos simulaban un coro
de mujeres burlonas. Hubo crujir de sedas manoseadas, rumor de
varillajes de abanicos, chasquidos de besos, sonoridades de monedas de
oro cadas sobre mrmol, y luego grandes carcajadas, como si alguien
diablicamente se mofara de la hermosura, el lujo y el amor. De
improviso, todo cambi, apareciendo por arte de magia un cuarto
vulgarmente amueblado con cama de hierro, sof de espadaa, dos bales y
una percha clavada en la puerta. Sobre asientos y muebles haba muchas
ropas adornadas de oropel y talco.

Contemplando aquello el hombre dormido se obstina en avivar recuerdos y
coordinar ideas, pero es en vano; porque las memorias no obedecen a la
evocacin y los pensamientos se alteran. Luego su atencin y sus ojos
son imperiosamente atrados por algo que le suspende y encanta.

Al pie de la cama deshecha, hay una mujer sentada en una silla baja:
tiene el pelo revuelto, el rostro abrillantado por las lgrimas
restregadas, y la boca contrada por el amargo dejo de una felicidad
apenas gozada y ya perdida. Junto a ella, cados en el entarimado del
piso, se ven dos papeles arrugados: una carta y un impreso pequeo con
cifras manuscritas. Despus todo aquello se transforma en una capilla
oscura y sucia, donde huele a sudor y a cera. Un hombre y una mujer se
arrodillan ante otro hombre que lee un librote, trazando con las manos
en el aire figuras misteriosas: la mujer es Cristeta; pero la fisonoma
y el aspecto de su acompaante carecen de rasgos definidos. No es alto
ni bajo, flaco ni grueso; a ratos lampio, a ratos barbudo... Al sonar
un campanillazo la visin se disipa y el lgubre recinto se trueca en un
paseo enarenado, por donde corretea un nio tras un ato de madera. El
chiquitn tropieza, cae, se lastima... y suena un grito. Una mujer queda
tendida en tierra y dos hombres se abalanzan a socorrerla; en el primero
se reconoce don Juan; el segundo es el otro, el desconocido de la
capilla, el monstruo sin fisonoma. Su audacia no tiene lmites. Se
inclina sobre el cuerpo de la desmayada, y con la insolente autoridad de
un poseedor legtimo, hace ademn de ir a desabrocharle el cuerpo del
vestido para que, respirando mejor, cese la congoja. Entonces a don Juan
se le sube la sangre a la cabeza. Tocar aquel hombre el pecho de
Cristeta! Profanacin! Tanto valdra que un brbaro escupiese al Apolo
Dlfico o que un judo cometiese irreverencia ante Jess Sacramentado.
Don Juan se arroja, o cree arrojarse, sobre el marido, y ofendindole de
palabra, le sujeta, le zarandea y le sacude... Suena una bofetada. La
mano invisible del hombre sin fisonoma ha cado ruidosamente sobre el
rostro de don Juan como cae el mazo del batn sobre la superficie del
agua. El ofendido saca un revlver, dispara y se oye un ruido semejante
al desplome de un cuerpo exnime. Al desvanecerse el humo del fogonazo,
todo desaparece y se disipa; por el aire vuelan pedazos de papeles que
llevan impresas palabras terrorficas: asesinato..., mujer casada...,
amante..., nio hurfano. Despus, en la lejana de un campo, junto a
unos murallones de ladrillo, se alza un tablado, encima del cual,
destacando sobre el cielo, se ven cuatro hombres que sientan a otro por
fuerza en un banquillo, tras el cual, a manera de respaldo, hay un
madero tieso...

Qu horrible pesadilla! Por fortuna, un cambio de postura desva la
sangre de ciertos sitios del cerebro, quedan libres los nervios
oprimidos, sufren otros la presin y...

Un bosque fantstico, cuyos rboles tienen, en vez de hojas, monedas de
oro. Don Juan camina silenciosamente por una vereda, cuando de pronto,
hendindose las cortezas de los troncos, dejan paso a mujeres
magnficamente ataviadas y ninfas en todo el esplendor de su sagrada
desnudez.

Las hay blancas con el transparente blancor del alabastro; rubias como
hebras de mazorca; morenas en que parecen haberse deleitado las miradas
del sol, y tambin las hay enteramente negras, al igual de aquella
princesa de las leyendas rabes que fue engendrada por el misterio en el
vientre de la noche.

Agitadas de neurosis, exasperadas de lujuria, como diablos scubos se
dejan poseer por don Juan, y apenas posedas, se truecan en pelados y
mal olientes esqueletos. Gasas, tises y rasos quedan desfilachados y en
jirones, flotando sobre las osamentas. En derredor de las vrtebras
cervicales caen desgranados y sueltos los collares. De los cbitos
penden los brazaletes rotos. En torno de las sienes calvas, con la
amarillez del marfil viejo, se marchitan las coronas de rosas, y en la
medrosa concavidad de las rbitas vacas, en vez de las pupilas baadas
de efluvios amorosos, brilla la plida fosforescencia de las larvas
inquietas. El suelo todo es podredumbre; el espacio todo luz: y he aqu
que, de repente, la figura de Cristeta vestida de hilos de agua y rayos
de luna entretejidos, cruza el ter impasible y anglica, dejando tras
s una estela de polvo luminoso. El alma de don Juan da un vuelco hacia
ella, la alcanza, la detiene, y al tocarla queda convertida en estatua.
En vano pretende vivificarla acariciando sus hermosas caderas, y
gimiendo de dolor entre sus marmreos pechos. Ya no es mujer, es una
divinidad.

Es la diosa del amor en nueva forma, con caracteres desconocidos. No es
Afrodita a quien se rinde culto de pasiones sensuales; no es la Venus
Clvica, que recibe en ofrenda cabelleras de vrgenes; parece la Venus
Apostropha, que desdea y castiga los pensamientos impuros. A fuerza de
besarla ntrasele a don Juan por los labios hasta el alma el fro de la
piedra, y paralizada su sangre, se desploma rendido.

Cuando torna en s, la amargura se ha enseoreado de su alma: la
privacin del placer le ha hecho filsofo; pero la filosofa seca su
corazn, y sediento de esperanza, se hace religioso y degenera en
mstico...

Suea que es el apstol nico de una religin nueva, agradable y
tolerante, que abarca y atesora la poesa pagana, la severidad
protestante, el fausto catlico, el sentido prctico hebreo y el poder
poltico del islam, simbolizndolo todo en ritos fantsticos y
heterogneos de que l es gran sacerdote, y en que se hallan
representadas todas las aspiraciones del espritu y todos los apetitos
de la carne, desde el ascetismo de los anacoretas hasta los bailes
misteriosos y lbricos del Oriente primitivo.

La efigie de Cristeta-Venus se transforma de repente en la Eva mosaica
que perdi el Paraso, y en torno de ella comienza el desfile de una
procesin interminable. All van las virginales deidades indias,
moradoras de los lagos, que con el calor de sus pechos entibian el agua
que ha de regar la flor del loto; las impdicas danzadoras egipcias y
malacitanas, que acuden a Roma para divertimiento de Csares; las
doncellas corintias consagradas a Palas, que asisten a las Panateneas;
las sacerdotisas galas que lanzan a los brbaros contra el antiguo
mundo; las damas de las cortes de amor que tien en la prpura de su
sangre la flor que ha de premiar a su poeta; las cortesanas del
Renacimiento, que el arte convierte en imgenes de dolorosas; las monjas
espaolas, devoradas de histerismo religioso; las damas galantes de la
Francia borbnica, que sin traicionar al amor supieron hacer de cada
hombre un amante; y, por ltimo, la mujer moderna, cuyo tipo vara,
desde la Hermana de la Caridad que riega con sus piadosas lgrimas las
llagas del herido, hasta la pecadora de oficio que, vendindose al rico
y regalndose al pobre, ofrece a todos la ilusin del amor. Y aparecen
figuras extraordinarias, enigmticas, en quienes palpitan encarnaciones
distintas y olvidadas de la eterna Eva. All se acercan la Venus
Fecunda, ensangrentada por un cilicio, envuelta en un sudario, y Mara
de Nazareth, coronada de pmpanos y esgrimiendo el tirso de las
bacantes. La diosa gentlica canta el _Dies irae_. La virgen cristiana
recita los versos impos de Lucrecio...

Entre tantas, cul es la dispensadora de la dicha, cul la verdadera
mujer? Nadie lo sabr nunca!

Poco a poco todo aquello se borra, reaparece la noche oscura, y del
cielo comienzan a caer las estrellas, metamorfoseadas en almeas desnudas
mal envueltas en gasas transparentes. Don Juan se aleja de ellas, y
llega a la orilla de un lago, por cuyas tranquilas aguas se desliza una
barca tripulada de doncellas, que se alejan cantando tristemente. Las
mira y ve que son sus propias ilusiones, que bogan ro abajo de la vida
despidindose de l para siempre.

Por ltimo, todo cambia: lo fantstico se trueca en realidad pavorosa.

Es de noche: un hombre viejo y enfermo est solo en un gabinete. La tos
le desgarra el pecho, tiene las piernas hinchadas por la gota, el
estmago rodo de dolores, y para que el sufrimiento sea completo,
conserva el cerebro despierto y sano. Una criada torpe y gruona le
asiste con malos modos, sin solicitud ni cario. Qu soledad tan
triste! Ni una hija, ni una caricia, ni un beso! Oh mocedad
malbaratada! Oh presente amargusimo! Perdidos en la lejana de la
juventud y vigorosamente evocados por el pensamiento, vienen a la mente
los recuerdos: pasan muchas mujeres: don Juan las ve, violenta su
imaginacin para acordarse de sus nombres y no puede; porque si todas le
dieron su cuerpo, ninguna le dej la dulzura del cario en la memoria.
La postrera de todas trae las miradas impregnadas de amor, la boca
prometedora de besos, pero al mismo tiempo sus labios murmuran una
palabra: Imposible. Es Cristeta. Don Juan, reconocindola, suplica,
implora, ruega, grita, procura detenerla, y nuevamente el fantasma se
disipa, dejndole en las manos la sensacin de un sudor fro y pegajoso.

<tb>

Suena el lento y ruidoso rodar de un carro; luego el campanilleo de las
burras de leche; yese a lo lejos el vocear de un pobre vendedor
ambulante; y por los resquicios y rendijas del balcn penetra, en hilos
plateados, la clara luz del da.

Don Juan despierta y se arroja del lecho abajo, restregndose los ojos.

Todo ha sido un sueo mentiroso. Es joven, est en su casa, no ha matado
a nadie, y... a las dos le espera Cristeta; no en forma de impalpable
fantasma ni de fra escultura, sino en carne y hueso, amante y cariosa.
Entonces, sacudiendo el sopor morboso de la pesadilla, mira en torno. Lo
primero que ve es la ropa de viaje colocada sobre una butaca, y en un
rincn el mueblecillo donde la vspera guard el dinero para huir con
ella, robndosela al hombre misterioso sin rostro ni facciones. Un
nombre se le viene a los labios: Martnez! Esta es la nica tristeza
indudable que pasa del sueo a la vigilia.

Al dar la una en el reloj del despacho, don Juan sale de su casa
llevando el corazn henchido de amor, el nimo resuelto a todo y los
bolsillos repletos de dinero.

Qu ms necesita el hombre a quien aguarda una mujer?




Captulo XXIII

Concluye sta, entre verdica o imaginaria historia, con el raro ejemplo
de una mujer que todo lo pospone al deseo de ser amada


Sali don Juan vestido de viaje, tom un coche, apeose cerca de la calle
de Don Pedro, y por fin lleg al portal de la casa en que viva
Cristeta. No arrib Ulises a la deseada Itaca, ni vieron los Magos el
sagrado pesebre posedos de tan honda emocin como la que l senta.

Penetr en el zagun, y acercndose casi respetuosamente al portero, de
suntuoso levitn y gorra blasonada, le pregunt:

--La seora de Martnez?

--No vive aqu.

--Cmo?

--Que no es aqu.

--S, hombre; una seora joven y guapa que se llama doa Cristeta.

--Acabara usted! S, seor. Segundo patio, escalera interior, piso
tercero.

--Est usted seguro?

--_Quedr_ usted saber de la casa ms que yo?

En otra ocasin, don Juan hubiera castigado con un sopapo la porteril
arrogancia; pero en aquellos momentos no estaba para provocar
conflictos.

Dejando a su derecha el arranque de la escalera seorial, lujosamente
alfombrada, atraves el patio, empedrado como para espera de coches, y
comenz a subir la otra humilde y estrecha escalera que le indicaron. La
contestacin del portero le haba dejado confuso. Qu significaba
aquello? Cristeta en piso interior y con entrada miserable? Cmo tan
gran dicha por tan ruin camino? Tal vez el siervo enlevitonado hubiese
recibido discreta orden para enviarle por la escalera de servicio. Oh
mujer, cun grande es tu prudencia que a todo atiendes y remedias!

De pronto, en un descansillo, vio un nio jugando solito con unas cajas
viejas de fsforos; representaba, poco ms o menos, tres aos, y se
pareca, como una gota de agua a otra gota de agua, al chiquitn de
quien iba Cristeta acompaada la tarde que se la encontr en el Retiro.
Creyendo reconocerle, pero resistindose a dar crdito a sus ojos,
pens: Parece imposible que descuide al nio de este modo. No, no puede
ser. Cmo es posible que esta criatura sucia, desarrapada y mocosa, sea
el angelito vestido de encajes a quien vi en el Paseo de Coches? Subi
los seis tramos que le faltaban y tuvo que detenerse a respirar. Por
cansancio? No. Por miedo? Tampoco. Por incertidumbre y turbacin de
espritu. En su memoria flotaba una frase preada de misterios. Cristeta
le haba dicho al separarse la noche anterior: ... resoluciones
extremas! Qu pretendera? En un segundo imagin don Juan mil clases
diversas de resoluciones extremas. La fuga, el sud--expreso, el _sleeping
car_, la ocultacin en su propia casa, la vida errante por el extranjero
con nombres supuestos... Querra, tal vez, que provocara y matase a su
marido? Absurdo! Habra pensado en un doble y romntico suicidio? Al
ocurrrsele esto se acord de cmo temblaba la pobrecilla cuando pasaron
por el Viaducto de la calle de Segovia. Lo que faltaba de escalera no
dio tiempo a ms suposiciones.

Estaba en el descansillo del piso tercero, ante una puerta de
cuarterones, groseramente pintada de azul. El cordel de la campanilla,
de puro mugriento, pareca negro.

Cosa ms rara!

Llam con mano temblorosa, y casi al mismo tiempo abri la puerta, no
una criada, ni la esperada niera, sino la propia Cristeta, cuya esbelta
figura destac sobre la pared blanca de un pasillo. Estaba vestida y
peinada con adorable sencillez; el traje, de lana oscura sin adornos; el
pelo, modestamente recogido hacia las sienes. Esforzbase por aparentar
serenidad, pero sus ojos revelaban haber llorado mucho, y su hermoso
pecho, alzndose y deprimindose a intervalos muy cortos, daba prueba de
agitacin mal contenida. Tendi a don Juan la mano derecha, que l
estrech entre las suyas, y calladamente, sin soltarle, le gui hacia
dentro.

El pasillo era muy corto, y a su trmino haba un cuarto de humilde
aspecto. Constaba el mueblaje de cuatro sillas de Vitoria, un sof viejo
de espadaa y una cmoda de nogal. Por la ventana, que descubra mucho
cielo, entraba la claridad a torrentes. Tras una puerta vidriera
entreabierta vease la alcoba y en ella un catre de hierro cubierto por
una colcha de cotona. Sobre las sillas no haba nada, pero el sof
quedaba casi oculto por un montn de ropas relativamente lujosas, que
formaban contraste con lo modesto y pobre de la estancia. All estaban
la falda negra plegada en menudas tablas con primoroso arte, y el abrigo
corto de rico pao gris que tiempo atrs luci Cristeta en el paseo del
Retiro, el otro abrigo forrado de seda roja que llev a la cita en la
Moncloa, el cuerpo encarnado con botoncitos de plata que se puso la
tarde del teatro, y encima de todo un boa gris y un sombrero negro de
ala grande y pluma rizada.

Don Juan, mudo y absorto, permaneca en pie; Cristeta separ a un lado
las ropas e hizo a su amante sea de que se sentara junto a ella en el
sof. Obedeci l, y en seguida, mirndolo todo con extrema curiosidad,
sin poder ni querer contenerse, dijo:

--Esto es imposible, no puede ser. Vives aqu?

Cristeta, con grandsima calma, pero algo alterada la voz por la
emocin, repuso:

--Esta es mi casa.

--Pero no tienes criados?

Suspir lentamente, y replic:

--No tengo criados.

--Tu hijo?

--No tengo hijo.

--Tu marido?...

--No tengo marido.

Entonces... explcame... Verdad que eres mi Cristeta de mi vida?

--Eso no lo s todava. Veremos.

--Habla!

Por el ancho hueco de la ventana se vean torres, veletas, campanarios,
las masas rojizas y las lneas quebradas de los tejados vecinos, y
dominndolo todo, el cielo azul radiante de esplendorosa claridad. Un
rayo de sol vena a juguetear sobre los ladrillos del piso haciendo
dibujos luminosos. Don Juan pens llegar a una casa de burgueses ricos y
estaba rodeado de pobreza. Las riquezas del mundo parecan refugiadas en
las pupilas de Cristeta, donde brillaba un tesoro de amor.

--Habla, por piedad--repiti l.

Cristeta, violentndose mucho, como jugador nervioso que arriesga su
porvenir entero al azar de un naipe, dijo as:

--Te acuerdas de cmo me dejaste abandonada en Santurroriaga?

--S; pero, verdad que me has perdonado? Ahora soy otro, y te adoro.

--Yo hasta entonces no haba querido a nadie ni me haba dejado
querer..., ni poseer. Fuiste el primero y el nico, porque despus...
tampoco.

--Qu?

--La pura verdad. En cambio, a ti te quise como te quiero en este
momento. Cuando te fuiste hice propsito de ser para toda la vida tuya o
de nadie. Soy libre, enteramente libre, y lo nico que s de amor es lo
que aprend en tus brazos. Luego volviste a verme, creste otra cosa, me
deseaste de nuevo, y aqu ests.

--Por Dios te pido que no me vuelvas loco! Habla claro!

--Que tu Cristeta es la misma de siempre, la de antes, tuya, nada ms que
tuya, y que te ha engaado para no perderte.

--Pero y tu marido, tu hijo, tu modo de vivir, el coche, el lujo?

--Todo mentira.

--Has hecho una comedia?

--No me culpes. Si yo hubiera sido mujer rica, seora que frecuentase la
misma sociedad que t, te habra buscado de otro modo: en bailes,
teatros y tertulias; pero estbamos tan lejos uno de otro, que por
fuerza tena que valerme de medios extraordinarios. Y, sobre todo,
piensa una cosa: yo no te he dicho nunca, ni una sola vez, buen cuidado
he tenido!, que estuviese casada; te lo he dejado creer y nada ms.

--Pero es posible?

--No fue posible que t me dejases sin motivo, querindome como decas?
De qu te sorprendes? Quin ha buscado a quin? Mientras fui tuya,
vergenza me da recordarlo!, ni siquiera sospechaste el cario que mi
corazn encerraba para ti. Despus, suponiendo que era de otro hombre,
me has deseado con rabia, con locura, como se desea lo ajeno. Ahora ves
que no tengo dueo y comienzas a dudar.

--Y esas ropas, ese lujo, el coche, todo lo que yo he sabido de otro
hombre... un seor Martnez... un nio?

--Pobre de m! Cunto dinero me dejaste al marcharte de Santurroriaga?

--Veinte mil reales.

--Pues an me quedan algunos duros. Lo dems lo he gastado en ese lujo de
que hablas, en alquilar este cuartito y ese coche que has visto, en
tener niera, una chica que, a pesar de tu experiencia, te ha engaado
como a un chino, y en que unas pobres gentes me dejasen por unas cuantas
veces ese nio a quien yo he vestido y de quien t te has figurado...

--No me mientes eso!

--Total: la mujer a quien abandonaste siendo tuya y nada ms que tuya, te
ha enloquecido por slo parecerte ajena.

En seguida, punto por punto, minuciosamente, sin omitir detalle, le
refiri cuanto haba tramado y hecho con propsito de atraerle, desde
que en la fonda de Santurroriaga se qued pensativa como reina
destronada que medita reconquistar lo perdido, hasta el instante en que,
sintindole subir la escalera, coloc sobre el sof aquellos trajes con
que se haba engalanado. Nada call; ni el auxilio recibido de Ins, ni
la complicidad de don Quintn, ni el alquiler de la berlina, ni el
precio de aquel pobre cuartito, ni sus muchas y amargas lgrimas. Fue
una confesin larga y completa, un examen de conciencia en que dej que
se transparentase su alma, mostrando a don Juan lo ntimo de su corazn
tan franca y lealmente como en otro tiempo le dio a besar la blanca y
tibia redondez de su pecho. Por ltimo, aadi:

--Ya lo sabes todo, y ahora slo te pido que respondas a esta pregunta:
Cundo has sentido verdadero amor por m? Mientras fui tuya honrada y
pobremente, a pesar de lo cual me despreciaste, o ahora, cuando nada ms
que con darte odos deb parecerte infame y despreciable?

Don Juan, avergonzado, callaba. Cristeta prosigui:

--Tal vez no me perdones estos engaos, hijos de mi amor, y, sin embargo,
me agradeceras los besos que ahora te diera, aunque fuesen robados a
otro hombre. Te juro que no he mentido en nada. Mis tos, la falsa
niera que tantos plantones te ha dado, mi antigua criada Ins, su
marido, a quien alquil la berlina, la madre del chico, cuantas personas
me conocen, hasta la Mnica, una mujer que tiene aqu abajo casa de
huspedes y que ha servido en la tuya; todos pueden decirte cul ha sido
mi vida. Te dirn tambin que alguna vez sala muy bien vestida: ya
sabes para qu. Mucho he sufrido, pero todo lo doy por bien empleado,
porque al verte seguirme, y perseguirme, y rogarme, y temblar en mis
brazos, y besarme, como temblaste y me besaste la tarde del teatro...
vamos, he llegado a creer que me amas de veras. Me perdonas?

Estaba hermossima. Un ligero estremecimiento haca palpitar sus labios;
los ojos, prometiendo amor, imploraban piedad, y el rostro iba tomando
la palidez marmrea de la estatua que vio don Juan en sueos; pero sta
no era piedra esculpida, sino hermosa carne modelada por Dios y
vivificada con el soplo de su espritu para delicia del hombre.

Don Juan no pudo aguantar ms. Levantose del sof, la mir frente a
frente, como para buscar en el abismo azul de sus ojos confirmacin a
sus palabras, y luego, alzndola y atrayndola lentamente hacia s, peg
los labios a la oreja encendida de su amada, y murmur estas palabras:

--Tanto me quieres?

Ella dobl la cabeza sobre el hombro del amante, pegose a l, cuerpo con
cuerpo, y en voz muy queda, como se dicen las grandes cosas de la vida,
repuso:

--No me dejars nunca?

Entonces--nadie sabr jams si fue sincero arranque o astucia
premeditada--volvi a mirarla fijamente, y presentndole la mano derecha,
pregunt con increble valor:

--Quieres ser mi mujer?

Ella, desasindose de sus brazos, apart el cuerpo, se resta con el
pauelo las lgrimas, y revelando la energa de quien en todo ha pensado
y tiene, hace tiempo, adoptada una resolucin, contest:

--Eso... jams!

--Por qu?

Cristeta quiso expresar todo lo que senta, y acordndose tal vez de que
fue comedianta, lo formul en lenguaje, aunque sincero, un poquito
dramtico, diciendo:

--Lo que yo quiero no es tu libertad, sino tu cario. Casarnos? Para
qu? Para darte por seca y rigurosa obligacin lo que por libre y
complacido albedro quiero que sea tuyo? Para mermar a la pasin el
encanto de la espontaneidad? Por ventura sern entonces ms cariosos
tus besos, ms prietos tus abrazos? Tendremos mayor firmeza en la
confianza ni ms brava abnegacin en la desgracia? Qu ceremonia, qu
rito, que frmula ha puesto el Seor por cima de este anhelo con que mi
pensamiento quiere volar para hacer nido en tu alma?

--Cristeta!

--Yo te servir en el bien, de estmulo, en el mal, de rmora. Duplicar
tus venturas y compartir tus penas. Te ver dichoso?, pues mi amor
ser la gota que llene el vaso de tu felicidad. Desgraciado?, yo
llorar por ambos... Pero casarme? Y si te arrepintieras? Qu horror
si algn da confundieses mi gratitud con mi cario! Llevar tu nombre?
Bajando est siempre de mi pensamiento a mis labios; mo es aunque no
quieras, y al dormirme siento que se me asoma a la boca para guardarte
todo el aliento de mi vida. No! t, libre como el aire; yo esclava,
quieta, callada y mansa como el agua eternamente enamorada del cielo
que, aun sin darse cuenta de ello, igual refleja los alegres arreboles
del alba que las tristes nubes de la tempestad.

Don Juan hizo ademn de arrodillarse--la cosa no era para menos--; mas
ella no lo consinti, y ponindole una mano en cada hombro le mir
embebecida, al mismo tiempo que deca:

--En el momento en que nos sujetase algo superior a nuestra voluntad, el
amor no sera dulce impulso del alma, sino tributo doloroso.

--Y el mundo, la sociedad y las gentes?

--Ahora te preocupas por eso? Te cuidabas de ello al perseguir casadas?
Los que acaso me disculparan adltera, me rechazarn amante... Ya lo
s! Pero a quin consagro yo mi existencia, a ti o al prjimo?

--Me prometes que sers siempre ma?

--Vive tranquilo. Si he hecho tanto para que vuelvas a m, qu no ser
capaz de hacer por merecerte y conservarte?

Callaron, cambiando dos miradas que hacan intil toda protesta de
sinceridad. En la imaginacin de ambos surgi la misma idea, formulada
en sentido contrario. l pens: Ser mi mujer; y ella se dijo: Si me
caso le pierdo.

Juan abri los brazos, y Cristeta, limpia de pensamiento impuro, pero
llorosa de felicidad, se arroj en ellos. Oprimiola l cariosamente
contra s, y mientras senta sobre el pecho su dulce sollozar, hundi
los labios entre sus rizos de oro y los cubri de besos.

Madrid, 1891.





End of Project Gutenberg's Dulce y sabrosa, by Jacinto Octavio Picn

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