The Project Gutenberg EBook of Historia de una parisiense, by Octave Feuillet

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Title: Historia de una parisiense

Author: Octave Feuillet

Release Date: October 30, 2008 [EBook #27100]

Language: Spanish

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BIBLIOTECA de LA NACIN

OCTAVIO FEUILLET

HISTORIA

DE

UNA PARISIENSE

TRADUCCIN DE D. V. DE M.

BUENOS AIRES 1919

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires




HISTORIA DE UNA PARISIENSE




I


Sera excesivo pretender que todas las jvenes casaderas son unos
ngeles; pero hay ngeles entre las jvenes casaderas. Esto no es una
rareza, y, lo que parece ms extrao, es que quiz en Pars es menos
raro que en otra parte. La razn es sencilla. En ese gran invernculo
parisiense, las virtudes y los vicios, lo mismo que los genios, se
desarrollan con una especie de exuberancia y alcanzan el ms alto grado
de perfeccin y refinamiento. En ninguna parte del mundo se aspiran ms
acres venenos ni ms suaves perfumes. En ninguna otra parte, tampoco,
la mujer, cuando es bella, puede serlo ms: ni cuando es buena, puede
ser ms buena.

Se sabe que la marquesa de Latour-Mesnil, aunque haba sido de las ms
bellas y de las mejores, no por eso haba sido feliz con su marido. No
porque fuera un mal hombre, pero le gustaba divertirse, y no se diverta
con su mujer. Por consiguiente, la haba abandonado en extremo: ella
haba llorado mucho en secreto, sin que l se hubiese apercibido ni
preocupado; despus haba muerto, dejando a la marquesa la impresin de
que era ella quien haba quebrado su existencia. Como tena un alma
tierna y modesta, fue bastante buena para culparse a s misma, por la
insuficiencia de sus mritos, y queriendo evitar a su hija un destino
semejante al suyo, puso todo su empeo en hacer de ella una persona
eminentemente distinguida, y tan capaz como puede serlo una mujer, de
mantener el amor en el matrimonio. Esta clase de educaciones exquisitas
son en Pars, como en otras partes, el consuelo de muchas viudas cuyos
maridos viven, sin embargo.

La seorita Juana Berengre de Latour-Mesnil haba recibido felizmente
de la naturaleza todos los dones que podan favorecer la ambicin de una
madre. Su espritu naturalmente predispuesto y activo, prestose
maravillosamente desde la infancia a recibir el delicado cultivo
maternal. Despus, maestros selectos y cuidadosamente vigilados,
acabaron de iniciarla en las nociones, gustos y conocimientos que hacen
el ornato intelectual de una mujer. En cuanto a la educacin moral, su
madre fue su nico maestro, quien por su solo contacto y la pureza de su
propia inspiracin, hizo de ella una criatura tan sana como ella misma.

A los mritos que acabamos de indicar, la seorita de Latour-Mesnil
haba tenido el talento de aadir otro, de cuya influencia no es dado a
la naturaleza humana libertarse: era extremadamente linda; tena el
talle y la gracia de una ninfa, con una fisonoma un poco selvtica y
pudores de nia. Su superioridad, de la que se daba alguna cuenta, la
turbaba; sentase a la vez orgullosa y tmida. En sus conversaciones a
solas con su madre, era expansiva, entusiasta, y hasta un poco
charlatana: en pblico permaneca inmvil y silenciosa, como una bella
flor; pero sus magnficos ojos hablaban por ella.

Despus de haber llevado a cabo con ayuda de Dios aquella obra
encantadora, la marquesa habra deseado descansar, y ciertamente que
tena derecho a hacerlo. Pero el descanso no se hizo para las madres, y
la marquesa no tard en verse agitada por un estado febril que
comprendern muchas de nuestras lectoras. Juana Berengre, haba
cumplido ya diez y nueve aos y tena que buscarle un marido. Es sta,
sin contradiccin, una hora solemne para las madres. Que se sientan muy
conturbadas no nos extraa; extraaramos que no lo estuvieran an ms.
Pero si alguna madre debi sentir en aquellos momentos crticos mortales
angustias, es aquella que, como la seora de Latour-Mesnil, haba tenido
la virtud de educar bien a su hija; aquella en que, modelando con sus
manos puras a aquella joven haba conseguido pulir, purificar y
espiritualizar sus instintos. Esa madre tiene que decirse, que una
criatura as dirigida y tan perfecta, est separada de ciertos hombres
que frecuentan nuestras calles y an nuestros salones, por un abismo
intelectual y moral tan profundo como el que la separa de un negro de
Zululand. Tiene indispensablemente que decirse, que entregar a su hija
a uno de esos hombres, es entregarla a la peor de las alianzas, y
degradar indignamente su propia obra. Su responsabilidad, en semejante
materia, es tanto ms pesada, cuanto que las jvenes francesas, con
nuestras costumbres, se hallan completamente imposibilitadas para tomar
una parte seria en la eleccin de un marido.

Con pocas excepciones, ellas aman desde un principio candorosamente, a
aquel que le designan por esposo, porque lo adornan con todas las buenas
cualidades que desean.

Era, pues, con demasiada razn que la seora Latour-Mesnil se preocupaba
de casar bien a su hija. Pero lo que una mujer honesta y espiritual como
ella, entenda por casar bien a su hija, sera difcil concebirlo, si no
se viese todos los das que las experiencias personales ms dolorosas,
el amor maternal ms verdadero, el espritu ms delicado y aun la
piedad ms acendrada, no bastan para ensear a una madre la diferencia
que existe entre un bello casamiento y uno bueno. Puede al mismo tiempo
hacerse lo uno y lo otro y es seguramente lo mejor; pero hay que
cuidarse mucho, porque sucede con frecuencia que un bello casamiento es
todo lo contrario de un buen casamiento, porque deslumbra y por
consiguiente enceguece.

Un bello casamiento para una joven que, como la seorita Latour-Mesnil,
deba llevar quinientos mil francos de dote, constituye tres o cuatro
millones. Verdaderamente, parece que una mujer puede ser feliz con
menos. Pero en fin, confesarase que es difcil rehusar cuatro millones
cuando se ofrecen. As, pues, en 1870 el barn Maurescamp ofreci seis o
siete a la seorita Latour-Mesnil por intermedio de una amiga que haba
sido su querida, pero que era una buena mujer.

La seora Latour-Mesnil contest con la dignidad conveniente, que la
proposicin la lisonjeaba, y que slo peda algunos das para
reflexionar y tomar informes. Pero as que la embajadora hubo salido,
sali corriendo en busca de su hija, la estrech contra su corazn y se
ech a llorar.

--Un marido, entonces?--dijo Juana, fijando en su madre su mirada de
fuego.

La madre hizo un gesto afirmativo.

--Quin es ese seor?--replic Juana.

--El seor de Maurescamp...; mira, hijita ma, sta es demasiada
felicidad...

Habituada a creer a su madre infalible y vindola tan feliz, la seorita
Juana no tard en serlo tambin, y las dos pobres criaturas mezclaron
por largo rato sus besos y sus lgrimas.

Durante los ocho das que se siguieron y que la seora Latour-Mesnil
crey consagrar a una investigacin minuciosa sobre la persona de
Maurescamp, su verdadera ocupacin no fue otra que la de cerrar los ojos
y los odos, para que no la despertasen de su sueo. Recibi, adems, de
su familia y amigos tan entusiastas felicitaciones con motivo de tan
magnfica alianza, y vio tantos celos y enojos en los ojos de las otras
madres rivales, que tuvo suficiente motivo para fortificarse en su
determinacin. El seor de Maurescamp fue, pues, aceptado.

Otros matrimonios ms ridculos se hacen; por ejemplo, aqullos que se
arreglan en una entrevista nica en un palco de la Opera, entre dos
desconocidos que despus se conocern demasiado. Al menos, la seora
Latour-Mesnil y su hija haban encontrado muchas veces en los salones al
seor de Maurescamp; no era de sus ntimos, pero le haban visto aqu y
all, en el teatro, en el bosque: saban cmo se llamaba, y conocan sus
caballos. Esto era algo.

Por otra parte, el seor de Maurescamp no dejaba de presentar ciertos
rasgos especiales. Era un hombre de unos treinta aos que llevaba con
cierto brillo la vida parisiense. Sus ttulos eran herencia de su
abuelo, general bajo el primer imperio, y su fortuna, de su padre, quien
la haba adquirido honradamente en la industria. l mismo, ocupaba,
gracias a su ttulo, algunas agradables canonjas en las altas
sociedades financieras. Hijo nico y millonario, haba sido muy engredo
por su madre, sus criados, sus amigos, y sus queridas. Su confianza en
s mismo, su suficiencia, su gran fortuna, imponan a las gentes, y aun
haba algunos que lo admiraban. Le escuchaban en sus reuniones con
cierto respeto. Hastiado, escptico, satrico, fro y altanero para con
todo lo que no era prctico; profundamente ignorante, a ms, hablaba con
voz ronca y alta, con autoridad y preponderancia. Tena formadas sobre
las cosas de este mundo, y particularmente sobre la mujer a quien
despreciaba, algunas ideas bastante mediocres, que eriga en principios
y sistemas, solo porque tenan el honor de pertenecerle: Yo tengo por
principio... Entra en mis principios... Tengo por sistema... He aqu mi
sistema... Estas frmulas aparecan a cada momento en sus labios. Si
hubiese nacido pobre, no hubiera sido sino un hombro como cualquier
otro: rico, era un necio.

La eleccin que este personaje haba hecho de la seora de
Latour-Mesnil, puede sorprender a primera vista. Primeramente, era un
acto de gran vanidad, y tambin un clculo. Se hablaba en la alta
sociedad de la seorita Latour-Mesnil como de una joven completa.
Habituado a no rehusarse nada, y a ser el primero en todo, pareciole
glorioso adornar su sombrero con aquella flor rara. A ms de eso, tena
por principio que el verdadero medio para no ser desgraciado en el
matrimonio, era el de unirse a una joven perfectamente educada. El
principio no era malo en s. Pero lo que ignoraba Maurescamp; era que
para arrancar una de esas plantas selectas del invernculo materno, y
trasplantarla con xito al terreno de los casados, hay que ser un
horticultor de primer orden.

Fsicamente era el seor de Maurescamp un grande y bello joven, de color
un poco encendido y de una elegancia un poco pesada. Fuerte como un
toro, pareca deseoso de aumentar indefinidamente sus fuerzas; por la
maana ejercitbase en el balancn, tiraba las armas, babase dos veces
al da con agua helada, y desarrollaba orgulloso dentro de un ancho
gabn su busto suizo.

Tal era el hombre a quien la seora de Latour-Mesnil juzg digno de
confiarle el ngel que tena por hija. Es verdad que tena una excusa,
que es la de todas las madres en casos anlogos: sentase un poco
enamorada de su futuro yerno, y sumamente agradecida por la distincin
que haba hecho con su hija; parecale en extremo inteligente y
espiritual, puesto que haba sabido apreciar su inteligencia; y
juzgbale honrado y delicado por haber preferido su belleza y sus
cualidades, a otras ventajas ms positivas.

En cuanto a Juana, ya lo hemos dicho, se hallaba dispuesta a aceptar
ciegamente la eleccin hecha por su madre. Por otra parte, como todas
las jvenes preparbase a enriquecer con sus dotes personales al primer
hombre a quien le permitiesen amar, a adorarle con su propia poesa, a
reflejar en l su belleza moral, y transfigurarle, en fin, con la pureza
de su brillo.

Hay que convenir tambin, en que as que el seor de Maurescamp hubo
sido admitido a hacerle la corte, su actitud, sus procederes y lenguaje,
respondieron pasablemente a la idea que una joven puede formarse de un
hombre enamorado y amable. Todos los pretendientes que tienen mundo y
una bolsa bien llena, se parecen poco ms o menos. Los bombones, los
ramos y las alhajas los adornan con suficiente poesa. A ms, los menos
romancescos conocen por instinto que en ciertas ocasiones hay que hacer
un cierto gasto de idealismo, y no es raro el ver a algunos hombres
exaltarse poticamente delante de su prometida, por la primera y ltima
vez en su vida, como cuando se les habla de un modo especial a los
nios y a los perritos, cuando se quiere atraerlos.

Esta faz de ilusin y de encantamiento se prolong para Juana, desde la
magnificencia del canastillo hasta los dulces esplendores del matrimonio
religioso. En aquel da supremo, arrodillada ante el altar mayor de
Santa Clotilde, bajo el resplandor estelario de los cirios en medio del
grupo de flores que la rodeaban, la mano en la mano del esposo, el
corazn desbordando de piadoso reconocimiento y de amor dichoso, Juana
de Berengre alcanz al cielo.

No es temerario asegurar que despus de esas horas encantadas el
matrimonio no es sino una decepcin para las tres cuartas partes de las
mujeres. Pero la palabra decepcin es bien dbil para expresar lo que
experimentar un alma y una inteligencia culta y delicada, en la
intimidad de un hombre vulgar...

Sera difcil formular convenientemente cmo juzgaba a la mujer el
seor de Maurescamp. Habrase dicho lo bastante, y an demasiado, dejando
entender que para l el amor no era otra cosa que el deseo, la virtud de
la mujer el deseo satisfecho.

El seor de Maurescamp se equivocaba de fecha: habra podido tener razn
para sus teoras en aquella poca en que el hombre y la mujer apenas se
diferenciaban de las bestias. Olvidaba torpemente que una joven
parisiense, esmeradamente educada, no dejaba seguramente de ser una
mujer, pero que haba dejado absolutamente de ser una bestia. Si vuelve
a ser una salvaje, lo que no carece de ejemplos, es su marido quien la
habr impulsado.




II


Desde los primeros das ya hubo en aquel joven menaje un ligero tinte de
frialdad de una y otra parte. En ella era la amargura de hallar en el
amor y la pasin, tanta diferencia con lo que se haba imaginado; en l,
el disgusto de un hombre bello que no se siente apreciado. Sin embargo,
la seora de Maurescamp, a pesar del caos que se agitaba en su espritu,
mostrbase ante su madre y ante el pblico con esa frente serena e
impasible que sorprende siempre en las jvenes, recin casadas, y que
atestiguan el poder del disimulo en la mujer. La organizacin de su
nueva vida en su gran hotel de la Avenida de Alma, el aturdimiento de
las fiestas que saludaron su enlace, el brillo de su tren de casa, de
sus equipajes y vestidos, todo la ayud, sin duda, porque al fin era
mujer, a pasar sin reflexionar mucho, los primeros tiempos de su unin.

Pero los goces del lujo y de la vida material, a ms de que no eran
absolutamente nuevos para la joven, son de aquellos que cansan ms
pronto. Por otra parte, haba vivido con su madre en una regin ms
elevada, para que pudiera contentarse con las banalidades de una
existencia mundana, y en medio de aquel torbellino sentase invadida a
cada instante por la nostalgia de las alturas. El sueo ms halageo de
su juventud haba sido el de continuar con su esposo en la ms tierna y
ardiente unin de las almas, la especie de vida ideal en que su madre la
haba iniciado participando con ella de sus lecturas favoritas, sus
pensamientos y reflexiones sobre todas las cosas, sus creencias, y
finalmente, sus entusiasmos ante los grandes espectculos de la
naturaleza o las bellas obras del genio.

Puede juzgarse cmo aceptara el caballero de Maurescamp semejante
comunidad.

Aquella vida ideal tan saludable para todos, tan necesaria a la mujer,
rehussela a su esposa, no solamente por ignorancia y torpeza, sino
tambin por sistema. A este respecto tena igualmente su principio, y
era: que el espritu romanesco es la verdadera y nica causa de la
perdicin de las mujeres. Por consiguiente, consideraba que todo lo que
puede exaltarles la imaginacin, la poesa, la msica, el arte bajo
todas las formas, y aun la religin, no debe permitrsele sino en
pequeas dosis. Ms de una vez intent la joven interesarlo en lo que a
ella le interesaba. Posea una bella voz, y le cantaba los aires que
ms le gustaban, pero as que su canto expresaba un poco de pasin:

--No! No!--exclamaba su marido burlndose--, menos alma, querida, o
me desmayo!

Gustaba ella de los poetas y romancistas ingleses: elogibale a
Tennyson, a quien adoraba y empezaba a traducirle un pasaje.
Inmediatamente el seor de Maurescamp, con el mismo tono de burla,
ponase a dar gritos de condenado y a dar golpes sobre el piano para no
or. As era como pretenda hacerla perder el gusto por la poesa, sin
pensar que arriesgaba ms bien disgustarla de la prosa. En el teatro, en
las exposiciones, en los viajes, las mismas burlas y las mismas stiras
fras a propsito de todo lo que despertaba en su mujer una emocin un
poco viva.

Madama de Maurescamp tom, pues, poco a poco la habitud de
reconcentrarse en todo aquello que da precio a la vida de todo ser
delicado y generoso. No viendo aparecer las llamas, su marido crey
extinguido el incendio, y se glorific por ello.

--Todos estos diablillos de mujeres--deca a sus amigos del crculo--,
viven siempre en las nubes, y eso acaba mal He tomado la ma pequeita,
y he soplado sobre todas esas estupideces de romanticismo... Ahora est
tranquila, y yo tambin... Oh! Dios mo! Es necesario que una mujer se
mueva, que camine, que recorra las tiendas, que vaya con sus amigos a
los lunchs, que monte a caballo, que cace; sta es la vida de la
mujer... As no tiene tiempo para pensar. Esto es perfecto! En tanto
que si se queda en un rincn a soar con Chopn o Tennyson... Bah!
Estis perdidos... Este es mi sistema.

Era imposible que la mezquindad de semejante sistema y la carencia
intelectual de su marido, pudiesen escapar a una inteligencia tan
activa como la de la seora Maurescamp. No fue mucho tiempo vctima de
sus aires de suficiencia y maneras autoritarias. No siempre conocen los
hombres a sus mujeres, pero las mujeres conocen siempre a sus maridos.
No haba pasado un ao cuando ya haban desaparecido todas las
ilusiones: y la seora de Maurescamp vease obligada a reconocer que
estaba ligada para siempre a un hombre de sentimientos bajos y de
inteligencia nula, sintiendo a ms con horror que despreciaba a su
marido.

Mucho mrito tiene una mujer cuando apercibida de tales miserias,
permanece siendo amable y sumisa esposa. La seora de Maurescamp tuvo
ese mrito; pero para tenerlo viose obligada muchas veces a acordarse de
que era cristiana, es decir, que perteneca a una religin que ama las
pruebas y el sacrificio.

No por eso dej de ser feliz ante un acontecimiento muy previsto que
tuvo lugar dos aos despus de su casamiento, y que prometindole un
grato consuelo, asegurbale en su hogar una independencia y una soledad
relativas. El nacimiento de un hijo vino pronto a darle el nico goce
puro que experimentara desde el da de su enlace: nica felicidad, en
efecto, que realizan en el matrimonio los goces prometidos.

Como se comprende, ella quiso criar a su hijo; llenaba aquel deber con
tanto ms placer, cuanto que le permita ganar tiempo y prolongar
respecto de su marido una situacin con la que se avena perfectamente.
Pero lleg al fin el momento en que el nio deba ser despechado. Fue
por ese tiempo que el seor de Maurescamp tuvo una noche la sorpresa de
ver a su mujer bajar al comedor con su cabeza adornada a la Tito;
habase hecho cortar sus magnficos cabellos con el pretexto de que se
le caan, y esto, no era cierto; pero esperaba que aquel pequeo
sacrificio, afendola, le evitara otros ms penosos. Haba contado sin
la huspeda. Su esposo hall, por el contrario, que aquel adorno de
soldadito, le sentaba muy bien dndole cierto aire original. La pobre
mujer no sac sus gastos y se resign a dejarse crecer el cabello
nuevamente.

Sin embargo, la libertad a que aspiraba en el secreto de su corazn
deba venirle, por decirlo as, de s misma, y del lado por donde menos
la esperaba.

Una criatura tan noble y tan atractiva como ella, deba inspirar, as
como sentir, la ms profunda, ardiente y duradera de las pasiones: era
digna de ocupar un lugar entre los amantes inmortales a quienes la
historia y la leyenda han consagrado sus pginas imperecederas.

El amor de Maurescamp, sin embargo, no contena ningn elemento durable:
era, para emplear una expresin de actualidad, un amor naturalista, y
los amores naturalistas, aunque no se parecen a la rosa, tienen, sin
embargo, su efmera duracin. Decase, y as lo dejaba comprender a sus
amigos, que se haba casado con una estatua, bastante agradable a la
vista, pero cuya frialdad habra desanimado al mismo Pigmalin.

Deca esto en trminos menos honestos, tomando sus comparaciones de la
historia natural con preferencia a la mitologa. La verdad es que el
seor de Maurescamp, que era sumamente celoso, no estaba disgustado de
una circunstancia que crea ser una garanta para su hogar. En una
palabra, disgustado al verse desairado, fastidiado de los escrpulos y
objeciones que se le oponan sin cesar, y ocupado, a ms, por otro lado
ms agradablemente, retirose a su tienda definitivamente, de donde su
mujer ni aun intent sacarle.




III


Sera un error creer que porque una mujer renuncie al amor de su marido
en particular, deje por eso de amar en general. Despus de los primeros
desencantos de una unin desigual, la mujer se repone del choque y se
reconcentra. Contina su sueo interrumpido, reforma su ideal alterado
por un momento; y dcese, no sin razn, que es imposible que el mundo se
ocupe tanto del amor, por nada; que no es posible que este gran
sentimiento que llena la fbula y la historia, cantado por los poetas,
glorificado por todas las artes, eterna ocupacin de los hombres y de
los dioses, no sea en realidad ms que una quimera, y una quimera
desagradable a ms. No puede persuadirse de que tales homenajes sean
consagrados a una divinidad vulgar, que tan magnficos altares se
levanten de siglos en siglos a un dolo de barro. El amor sigue siendo,
por consiguiente, a pesar de todo y por todo, la principal ocupacin del
pensamiento, y la perpetua obsesin del corazn. Sabe que existe, que
otros lo han conocido, y se resigna difcilmente a vivir y morir sin
conocerlo ella tambin.

Es seguramente un peligro para una mujer, el conservar y nutrir, despus
de las decepciones del matrimonio, el ideal de un amor desconocido; pero
hay un peligro an mayor para ella, y es perderlo.

Por esa poca, madama de Maurescamp se lig con una estrecha amistad con
madama de Hermany, dos aos mayor que ella. La amistad es la tendencia
natural de una mujer honesta, que quiere seguir sindolo, y que siente
el vaco de su corazn. Por mucho que se vanagloriase de su
independencia conquistada, Juana de Maurescamp slo tena veinticuatro
aos, y su misma rectitud la haca mirar con horror la larga perspectiva
de soledad y abandono que se extenda ante ella. Ni su madre, a quien
ocultaba su pena por temor de que viera en ello un reproche, ni su hijo,
demasiado nio para poderla ocupar mucho tiempo, ni su fe desvirtuada
por la indiferencia irnica de la gente, nada era bastante a su inmensa
necesidad de confianza, expansin y sostn. Abandonose, pues, con todo
el ardor de su alma, un poco exaltada, a aquel sentimiento que crey le
sirviese desconsuelo y a la vez de salvaguardia.

La seora de Hermany, a quien honraba con su amistad, era entonces,
como lo es todava, una mujer sumamente seductora. Perteneca a la
variedad rara y exquisita de las rubias trgicas; sin ser muy alta,
impona por la perfeccin de su belleza, por el brillo extrao de sus
ojos de un azul sombro, por el royo de inteligencia de su frente ancha
y pura; tena en los extremos de su boca un pliegue misterioso, que
pareca formado por un amargo desdn. Decase que haba sido muy
desgraciada, y una cierta conformidad en su destino la ligaba con la
seora de Maurescamp. Habanla casado como a ella, con una ligereza
culpable, y como ella tambin llegado, aunque por distinto camino, a ese
divorcio convencional, tan frecuente en los matrimonios de la alta
sociedad. Habase casado con su primo Hermany, joven de un fsico
agradable, pero, con la costumbre y los vicios de un truhn. Se repeta
que no solamente haba continuado su vida de soltero sino que se la
haba hecho participar a su mujer, ya sea por una especie de malignidad
perversa, bastante a la moda, ya simplemente por ignorancia. Participaba
con l de las fiestas del mundo de contrabando, de las partidas de
jvenes, de las carreras, de los almuerzos en los restaurants. Contbase
que en uno de estos almuerzos al cual asista un prncipe extranjero,
ofendida la joven al fin por el lenguaje que se tena en su presencia,
haba abofeteado a uno de los convidados; algunos pretendan que haba
sido a su mismo marido, otros que al mismo prncipe. De cualquier modo,
desde aquel incidente, que hubiese o no recibido la famosa cachetada, el
seor Hermany haba sido invitado a considerarse como viudo. No lo
sinti mucho, porque su mujer, en quien no poda desconocer la ms
humillante superioridad, le inspiraba tanto temor, que muchas veces se
embriagaba para darse valor al presentarse delante de ella.

Esta leyenda, que era casi una historia, era conocida de la seora de
Maurescamp, y ella prestbale gustosa todo aquello que pudiese hacer ms
interesante el papel de la seora Hermany. Representbasela joven y
bella, sumergida en aquella sociedad infame, de la que la vea salir
indignada y sin mancha, y se gozaba en colocar sobre su frente la
aureola de las jvenes mrtires del cristianismo.

Lisonjeada y agradecida por aquel culto bondadoso, retribuale la seora
de Hermany su afecto con menos entusiasmo, pero con ms sinceridad. Muy
espiritual, instruida, algo artista, era muy capaz de apreciar los
mritos de su amiga, y de competir con ella.

Pronto estuvo al cabo de todos sus secretos, y Juana crey conocer los
suyos. Sus existencias estaban ligadas ntimamente. Visitaban juntas y
juntas recorran las tiendas; tenan el mismo palco en la pera
francesa; iban juntas a los cursos de la Sorbona, y cuando lleg el
verano, las dos se establecieron en Deauville, en el mismo pueblo.

Fue all donde acaeci un acontecimiento que deba dejar un recuerdo
profundo en el alma de la seora de Maurescamp.

Aunque conducindose muy bien las dos graciosas amigas, vivan en el
gran mundo y eran muy rodeadas. Tan linda pareja, como deca la seora
de Hermany, no poda dejar de llamar la atencin de los admiradores.

Los aficionados al baile, de Pars, poblaban la costa, desde Trouville
hasta Cabourg. A ms, los seores de Maurescamp y de Hermany, con la
deferencia de todos los maridos, tenan buen cuidado de llevarles
algunos amigos todos los sbados por la noche, por si acaso.

Los homenajes de todos aquellos dilettantes eran acogidos sin cortedad
ni familiaridad, con la seguridad tranquila y risuea que caracteriza a
las mujeres de la sociedad que son honestas, y tambin a las que no lo
son.

Por la noche tenan su concilibulo antes de acostarse, y pasaban en
revista burlesca a todos los pretendientes del da: llamaban ellas a eso
la matanza de los inocentes, y algunas veces, la cacera de las
antorchas. La seora Hermany era en esta ejecucin nocturna,
verdaderamente feroz. Entre los que trataba ms mal, figuraba un joven
llamado Salville, a quien llamaba el bello Salville, y que era, segn
deca, el ms estpido director del cotilln que jams hubiese conocido.
A la seora de Maurescamp, menos amarga, le pareca bello, y buen
muchacho, sobre lo cual, la seora de Hermany le reprochaba, riendo, su
gusto de pensionista y lavandera, por los mosquitos. En cuanto a ella,
si no estuviese, por muchas razones, desencantada de los enamorados, no
podra amar sino a un hombre maduro; y en seguida haca de este hombre
maduro a quien ella habra amado, un retrato severo y magistral, que
desgraciadamente no se pareca a nadie.

Una noche, a fines de agosto, Juana habase retirado a su habitacin
para escribir a su madre antes de acostarse. Era ms de la una de la
noche cuando termin su correspondencia. La noche estaba tormentosa, y
al acercarse a una ventana, vio los relmpagos que recorran el
horizonte, y rozaban silenciosamente el mar. Por intervalos, truenos
lejanos, semejantes al mugido del len en los desiertos de frica,
mezclbanse a la fiesta. Ella saba que madama de Hermany adoraba estas
grandes escenas dramticas de la Naturaleza, y creyndola an
levantada, pues se haba dicho que ella tambin escribira hasta tarde,
baj al piso inferior y llam suavemente a la puerta. No recibiendo
respuesta, la crey dormida; entonces, tuvo la idea de bajar al piso
bajo, para ver mejor a travs de las grandes ventanas de la baranda, el
espectculo de la tempestad sobre el Ocano. Cuando abri la puerta del
saln, con su candelero en la mano, entrevi en la media obscuridad, dos
formas humanas que se levantaron violentamente; dio un grito de temor
que contuvo inmediatamente al reconocer a la seora de Hermany, quien
adelantndose le tom violentamente de los puos, dicindole vivamente:

--Silencio!

En seguida, volvindose hacia un joven que permaneca en medio del saln
en una actitud bastante embarazosa:

--Vamos, vete--le dijo.

El joven salud y sali por la puerta del saln; era el bello Salville.

La seora de Maurescamp, en extremo admirada de aquel doble
descubrimiento, dej caer la buja, que se apag; despus de algunos
segundos de inmvil estupor, dejose caer sobre un divn que tena cerca
y cubrindose el rostro con las dos manos, psose a sollozar.

La seora de Hermany, yendo y viniendo por el saln a obscuras, en el
desorden de una bacante, detvose al fin delante de Juana:

--Crea que era una santa?--dijo.

--S--contest sencillamente Juana.

La seora de Hermany, encogindose de hombros, dio todava algunos
pasos. Despus, volvindose bruscamente:

--Cmo habis podido creer eso?--volvi a decir--. Cmo es que habis
podido pensar que saliese ilesa de esos cenagales donde el miserable de
mi marido me ha lanzado?

Juana no contestaba, ahogada por los sollozos.

--Sufres, hija ma?

--Mucho.

--Vamos, ven, entonces, a respirar el aire libre, ven.

Y tomndola de la mano, la levant con alguna violencia y la llev
fuera. Hzola sentar a algunos pasos de la baranda, sobre el terrazo, y
permaneci de pie, recostada sobre una de las columnillas que sostena
la galera. Miraba a la mar sobre la que continuaban pasando algunas
luces intermitentes.

Despus de un largo silencio, alz la voz nuevamente:

--Eres una loca, querida Juana--dijo--, eres una loca, como yo lo he
sido, como lo somos todas en el principio de la vida. Mi marido, despus
de todo, me ha hecho un servicio sin quererlo; me ha libertado de mis
paales, y aliviado de mis excesos de idealismo. La verdad es, querida
ma, que todas somos ridculamente educadas... Esas educaciones etreas
falsean nuestro entendimiento... Lo cierto es que no hay nada en la
tierra, ni en el cielo, mucho lo temo, que pueda responder a la idea que
nos hemos formado de la felicidad... Nos educan como a espritus puros,
y en realidad no somos ms que mujeres... hijas de Eva... nada, nada
ms. Nos vemos obligadas a descender o a morir, sin haber vivido...
Quien quiera hacer de ngel, hace de estpida, sabes? Ah! Mi Dios!
Nadie empez a vivir con un corazn ms puro que yo, os lo aseguro, ni
con ilusiones ms generosas, ni ms elevadas creencias... Pues bien, yo
he reconocido, un poco antes que otras, gracias a mi honrado marido, que
todo eso era sin objeto, sin aplicacin, ni realidad... que nadie me
comprenda... que hablaba una lengua desconocida en nuestro planeta...
que yo era la nica de mi especie, en una palabra. He tenido que
resignarme a elegir, aceptar los nicos placeres de que este mundo
dispone...; despus de haber soado con amores extraordinarios, he
tenido que contentarme con un vulgar..., pero, no hay otros, porque hay
que responder a nuestro destino, y el destino de una mujer es amar y ser
amada... Esto es todo, querida!

--Qu quieres? Soy un ngel cado... y trato de arrastraros en mi
cada... No es verdad? No es se vuestro pensamiento?... As lo leo en
vuestros grandes ojos, a cada relmpago que pasa...; A ms de esto, la
decoracin est ah. Ese cielo y ese mar ardiente... y yo aqu, con el
cabello en desorden y presentando mi frente a la tempestad... Muy
potico, no es verdad? De todos modos, soy bien miserable al deciros
tales cosas; siempre hay tiempo para aprender.

--Por qu me lo decs?--pregunt Juana, que durante aquel extrao
discurso haba recobrado alguna calma.

--Acaso lo s yo?--dijo la seora de Hermany--. Ah! gracias a Dios ya
llueve!

Baj rpidamente dos o tres escalones de la gradera, y expuso su cabeza
a la lluvia, que empezaba a caer con fuerza, recogiendo las gruesas
gotas en sus manos y refrescndose con ellas la frente.

--Os ruego, Luisa, que entris--dijo con dulzura Juana.

Subi lentamente y parndose delante de su amiga:

--Tendremos que separarnos--dijo con tono breve y altanero.

--Por qu?--dijo Juana--, yo no tengo la pretensin de reformar el
mundo... lo nico que os pido es que no me hablis nunca de vuestros
amores ni de los mos. Sobre todo lo dems, nos entenderemos
perfectamente... Nuestra amistad ser para m un gran recurso, y creo
que la ma podr seros til.

La seora de Hermany la estrech apasionadamente contra su pecho, y
besndola:

--Gracias--le dijo.

Volvironse ambas a sus habitaciones; y dos horas despus, cuando, el
da empezaba a aclarar, Juana estaba todava sentada a los pies de su
lecho con las mejillas hmedas y la mirada fija en el espacio.




IV


Nada conmueve ms nuestro ser moral como el descubrimiento de las
debilidades de aquellos que personificaban para nosotros lo bueno y lo
digno; sean ellos nuestros padres, nuestros amigos o nuestros maestros.
Cuando cesamos de estimar a los que habamos consagrado nuestra
estimacin y respeto, nos sentimos impulsados a dudar de las mismas
virtudes que antes admirbamos. Los falsos dolos nos hacen dudar hasta
de la misma religin.

Esta fue la razn especiosa y muy humana que hizo que la seora de
Maurescamp, no quedndole duda de la perversidad de los sentimientos de
su amiga, cayese en desalientos tan afligentes como peligrosos. De un
carcter demasiado elevado para romper ruidosamente con aqulla con
quien haba tenido tan estrecha amistad, tanto en privado como en
pblico, no por eso, dej de conocer que aquella amistad haba pasado.
La aureola esplendorosa que haba colocado sobre su frente, habase
extinguido para siempre, y extinguindose en el barro, como las luces de
los fuegos artificiales. Habrale perdonado un amor menos culpable, que
hubiese sido disculpado por su objeto; habrale perdonado Petrarca,
Dante, Goethe, pero no le perdonaba al bello Salville. No le perdonaba
su afectacin hipcrita en llenarle de ridculo, y, sobre todo, no le
perdonaba que hubiese intentado desmoralizarla, exponindola con un
orgullo de demonio, su teora perversa, y tanto menos la perdonaba,
cuanto que senta que haba casi logrado su objeto, y que poco a poco el
veneno iba infiltrndose en sus venas.

En efecto, bajo la impresin de aquel nuevo desencanto, Juana de
Maurescamp frecuent la sociedad, desde entonces, con menos ilusiones y
optimismo que antes. Observ con ojos ms experimentados lo que pasaba a
su alrededor; muchos comentarios que haba tenido por calumnias,
parecironle verosmiles; y muchas relaciones que juzgara inocentes,
furonle sospechosas. Habiendo credo ver en el mundo ms virtudes que
las que hay en realidad, empezaba a no creer en ninguna. Preguntbase si
en efecto no sera nica en la especie, como se lo haba dicho la seora
de Hermany, y si, sus sentimientos e ideas sobre la vida, y, sobre todo,
sobre el amor, no eran solamente el resultado de una educacin
artificial y de una imaginacin falseada por las utopas de los poetas;
y, finalmente, si el placer, tal cual era, no era mejor que nada.

Es un espectculo tierno y conmovedor el que presenta una joven honesta,
que ha llegado a una poca de la vida mundana, casi inevitable, luchando
en su agona, y expuesta a caer de un momento a otro, de un exceso de
idealismo, a un exceso de realidades.

A ms de los filsofos, hay siempre un buen nmero de curiosos
dispuestos a seguir con inters est especie de pequeos dramas. El
mundo est lleno de gente que no se ocupa en otra cosa, que esperan
tambin que les llegue su turno, y que se ingenian en precipitar el
desenlace. Uno de los ms desdeosos de la especie, era entonces el
vizconde de Monthlin, muy conocido en la alta sociedad parisiense. M.
de Monthlin amaba exclusivamente el amor, y con ello tena ya un ttulo
para con las damas. No jugaba, ni fumaba, ni iba al crculo. Cuando,
despus de comer, todos los hombres se reunan para fumar, l se quedaba
con las seoras. Con esto consegua grandes ventajas, de las que abusaba
gustoso. No era ya joven, pero era elegante, buen decidor, con aire
caballeresco y un corazn que era una verdadera cloaca de corrupcin. Su
ya larga existencia la tena consagrada a husmear los matrimonios en
desgracia, y acabar con ellos. Era su especialidad. Dos o tres duelos,
uno de ellos con el conde Jacobo de Lerne, que habale llamado el
tiburn de los salones, haban puesto el colmo a su reputacin.

Desde el invierno que sigui a la estada de las dos amigas en Douville,
no qued duda de que el seor de Monthlin miraba a la seora de
Maurescamp como una presa ya casi segura. Visele estrechar su amistad
con su marido, al mismo tiempo que estrechaba el crculo de sus
operaciones alrededor de Juana. Sus visitas a la hora del crepsculo
fueron cada vez ms frecuentes; arreglose de modo de poderla encontrar
por las maanas en el bosque, y presentbase regularmente en su palco el
viernes en la Opera y los martes en los Franceses.

En su profunda enervacin moral y en su aislamiento desesperado, Juana,
casi sin defenderse, dejbase arrastrar por esa fascinacin que ejerce
casi siempre sobre las de su sexo, la insistente persecucin de un
hombre.

Sentase poco a poco presa de vrtigos de las continuadas y sabias
evoluciones que el seor de Monthlin describa en torno suyo. Empez a
concederle esos pequeos favores, que son casi siempre el preludio del
completo abandono. Es as como fue tomando la costumbre de informarle de
las visitas que pensaba hacer, de las casas donde podra hallarla; y
hasta le indicaba las horas en que la encontrara sola en su casa; en
los bailes, como l no bailaba, le reservaba algunos bailes sentados, es
decir, las ocasiones a solas, tras del abanico, bajo la sombra de un
cortinado o de una palmera en el invernculo. Estos manejos, a falta de
otros, causbanle una turbacin que la entretena; la emocin del
peligro, que agitaba sus nervios, hacale creer en una pasin. En una
palabra, la desgraciada y noble Juana se hallaba en vsperas de la cada
ms vulgar, cuando un tercer personaje intervino en el escenario.

Era una mujer, una anciana, la condesa de Lerne; madre de Jacobo de
Lerne, que haba sido herido en duelo, algunos aos antes, por el seor
de Monthlin.

La seora de Lerne haba sido siempre una mujer sin principios, pero sin
malevolencia, aunque muy espiritual. Tena el buen sentido de no haberse
hecho mogigata, despus de haber sido una coqueta. Su indulgencia por
las debilidades por que ella tambin haba pasado, su buen humor, sus
buenos consejos, y su situacin de familia y de fortuna, valanle, a
pesar de los recuerdos todava vivos de su juventud, la simpata
general. Su saln era muy buscado; all se reunan los hombres ms
distinguidos en la poltica, la literatura y las artes. Agregaba algunas
jvenes bellezas, como para adornar el paisaje. Juana de Maurescamp, con
su elegante hermosura, y tmida superioridad, era uno de los encantos de
aquel saln modelo. La vieja condesa prodigbale todo gnero de
atenciones y lisonjas para atraerla y retenerla. Dos razones tena para
obrar as; la primera, muy confesable, era aumentar el brillo de sus
reuniones; la segunda, menos cristiana, hacer de ella la querida de su
hijo.

Haca siete u ocho aos que haba perdido a su hijo mayor, Guy de
Lerne; el segundo, Jacobo, sala de Saint-Cyr al tiempo de la muerte de
su hermano. Viendo a su madre sola, dio su dimisin para vivir a su
lado. Era un joven muy bien dotado, que si hubiese querido dar impulso a
sus dotes naturales, habra llegado a ser un hombre de talento. Pintaba
acuarelas muy agradables, pero sobre todo era excelente msico, y
algunas de sus composiciones, valses, berceuses y sinfonas eran de un
mrito superior. Pero sea indolencia natural, sea el desaliento de ver
interrumpida su carrera, no era otra cosa que un simple dilettante, y
para complemento, se haba convertido en un mal sujeto. Excepto en casa
de su madre, donde el deber lo retena, poco se le vea en la buena
sociedad, donde nada se diverta, y s mucho en la mala, donde pareca
gozar inmensamente. La seora de Lerne haba intentado casarle en los
primeros tiempos, hay que hacerle esta justicia; pero se haba
manifestado tan recalcitrante sobre aquel artculo, que haba variado de
pronto sobre sus ideas de una unin honorable que lo sacase cuando menos
de sus malas compaas.

Haca tiempo que haba echado los ojos para tan laudable destino, sobre
Juana de Maurescamp, cuyo desastre conyugal no haba escapado a su vieja
experiencia. Sin entrar al respecto con su hijo en explicaciones
malsanas, trat siempre que pudo de ponerle ante sus ojos a aquella
seductora criatura, sin descuidar ninguna ocasin de revelar sus bellas
cualidades. Pero Jacobo, aunque evidentemente impresionado de la extrema
belleza de Juana y de su distinguida inteligencia, no haba manifestado
sino un inters distrado. Fue entonces cuando la condesa, que vigilaba
atentamente a la joven, vindola a punto de caer en los lazos de
Monthlin, resolvi dar un golpe teatral, tanto en el inters de su hijo
cuanto por odio hacia el hombre que haba podido matarle.

Escribi una maana a Juana, dicindole que ira a verla, salvo
contraorden, a las tres de la tarde, porque tena que confiarle algo muy
importante y agradable. Juana, algo intrigada con aquel misterio, la
esper a la hora indicada. Viola entrar en su gabinete con un sirviente
portador de una de esas casillas de mimbre, adornada con cordones,
franjas y borlas, que se usan ahora para los perros. La condesa llevaba
maternalmente entre sus brazos a un pequeo perrillo de pelo largo y
sedoso, una verdadera miniatura de faldero blanco y rojo, que deca ser
originario de Mjico y que era admirado y codiciado por todos sus
conocedores.

--Mi muy querida--dijo--, me habis dicho que estabais enamorada de
Toby. Permitidme que os lo regale.

La seora de Maurescamp exclam:

--Pero, es posible!

--Hace mucho tiempo que me preguntaba qu es lo que podra hacer para
agradecer a una joven tan amable y encantadora como vos, su bondad y
fidelidad para con una amiga anciana... Es una cosa tan rara... Estoy
tan agradecida, tan agradecida! Al fin he hallado algo que pueda
agradaros, y soy feliz, podis creerlo.

Juana no recordaba muy bien la ocasin en que haba manifestado su
entusiasmo por _Toby_, pero, no por esto, dejaba de apreciar el
sacrificio que se le haca.

--Ah, seora, querida seora!--dijo toda confundida--. Pero, cmo
podr aceptar un animal tan lindo, tan gracioso, tan extraordinario?
Pero qu privacin! oh Dios mo! y esa casilla tan preciosa!

No, no es posible... y para acabar la frase, Juana salt al cuello de la
condesa de Lerne, cosa que hizo aullar a _Toby_.

--Ven, amor mo--dijo Juana tomndolo en sus brazos y cubrindolo de
caricias.

Sentronse, y la seora condesa, contestando a las preguntas repetidas
de Juana, diole instrucciones sobre el modo de cuidarlo, alimentarlo, y
hasta de medicamentar a _Toby_.

En seguida se inform de la salud de Maurescamp, aadiendo:

--No s por qu os lo pregunto, no hay sino mirarlo... su salud es
admirable. Es un hombre magnfico... magnfico! Da gusto ver un hombre
as...

--Y vuestro hijo?--pregunt Juana--. Cmo est?

--Mi hijo?... Ah! l es otra cosa... delicado de naturaleza... ya
sabis, artista, pero en fin, sino fuera ms que eso!

--Pero, es un buen hijo?--dijo tmidamente Juana.

--Ciertamente, es un buen hijo; en cuanto a esto, s, es un buen hijo,
no hay duda. Y, decidme, queridita, estaris libre maana? Es mi
mircoles... Queris venir a comer con nosotros? Os encontraris con
vuestra amiga la seora de Hermany.

--Con mucho gusto... Creo que el seor de Maurescamp no tiene ningn
compromiso.

--Perfectamente, entonces... Pues bien, cuento con vosotros.

Levantose la seora de Lerne como para retirarse, pero antes quiso
despedirse de _Toby_ y Juana volvi a manifestarle sus agradecimientos.
Al fin la palabra que esperaba la seora de Lerne sali de sus labios:

--Dios mo! qu podr hacer yo a mi vez que pueda seros agradable?

La condesa volviose bruscamente hacia ella y mirndola con su amable
sonrisa de vieja:

--Casad a mi hijo--djola.

--Ah! en cuanto a eso--contest alegremente la seora de Maurescamp--,
es una empresa de que no me siento capaz.

--Por qu, pues?--repuso en el mismo tono la condesa--. Por el
contrario, yo os considero capaz para todo.

Juana abri, sin contestarle, sus grandes ojos interrogadores.

--Yo estoy verdaderamente convencida de que mi hijo aceptara gustoso la
mujer que le designarais.

--Pero, qu ocurrencia, mi querida seora?--continu Juana, mirndola
siempre con la misma sorpresa.

--No me chanceo... Y si tuvieseis una hermana que se os pareciese,
sera asunto concluido.

--Os aseguro--dijo Juana--, qu no os comprendo... Vuestro hijo apenas
me conoce.

--Perdn... os pido mil perdones; mi hijo os conoce perfectamente... es
muy observador... Muy perspicaz... S perfectamente que os aprecia
mucho... No tengo ms que decir sobre eso... Pero estoy segura de que,
en cuanto a esta cuestin del matrimonio, tendrais grande influencia
sobre l... Y si le propusieseis, supongo, a una joven, una de vuestras
amigas... pues bien, yo creo que la aceptara con los ojos vendados, os
lo aseguro.

--No creo una palabra!--exclam Juana.

--Y yo estoy segura... Ensayad y veris.

Las dos echronse a rer.

--No, seriamente--replic la condesa--, pensad un poco en ello...
Buscad entre vuestras amigas, entre vuestras conocidas... Ah! me
harais un gran servicio.

--Pero os dir primeramente que vuestro hijo me da mucho miedo.

--Oh!--exclam la condesa estupefacta.

--Positivamente... Tiene un aire tan burlesco... Es tan mordaz, tan
acerbo... Y en fin...

La joven pareci perpleja.

--Y a ms es un calavera, no es verdad?

--Oh! Dios mo! Yo no s, yo no tengo que ver con esto.

--S--dijo la condesa--, es un calavera, no hay duda, pero como todos
estos perdidos, tiene un corazn de oro, y a ms de todo esto, es
encantador... Ah! que obra de caridad sera la vuestra, hija ma, si me
ayudaseis a librarlo de las garras de esa Lucy Marry... porque es Lucy
Marry ahora, sabais?

--Ah!

--S, de la Opera... la que hace de paje... Esto es horrible, horrible!
Ya veris eso con vuestro hijo. Mientras tanto, tratad de casar al mo,
y qu bueno sera eso... y nadie, os lo repito, sino vos, puede hacer
ese milagro... Adis, querida hermosa! Volvi a besarla, y ya en la
puerta, antes de salir, volvi a decirle:

--Maana le diris algo, no?

--Vaya! ver de hacerlo--dijo Juana.

La condesa se retir al fin muy contenta de su campaa y no tena por
qu no estarlo, pues por la primera vez, desde muchos meses atrs, se
ocupaba Juana de otro hombre que no fuese Monthlin. Haba comprendido
muy bien lo que la seora de Lerne le haba dicho con insinuaciones y
palabras solapadas, a saber, que tena en su hijo Jacobo un admirador
fervoroso. Esto la intrigaba, Cmo? por qu? Qu relacin exista
entre ellos? Nada de esto poda explicarse.

Tendiose en su silln y trat de recordar las ocasiones en que se haba
encontrado con l, las palabras que le haba dicho, su actitud y la
expresin de su mirada. Era cierto que aquel mocetn, fro, espiritual y
fastidiado, le haba intimidado siempre; sentase inquieta cuando se le
acercaba en su saln. Crey recordar, sin embargo, que siempre la haba
tratado con una cortesa excepcional, dispensndola de las bromas
burlescas con que gratificaba a las dems mujeres. Halagbala el pensar
que era respetada por aquel libertino. Trajo a su memoria, aquella bella
fisonoma cansada y altanera, aquellos ojos penetrantes, sus mejillas
limpias y sus largos bigotes cados a lo trtaro. Sonriose a la idea de
tomar a aquel personaje, terror de las jvenes, bajo su proteccin
maternal; pero acab por decirse que nunca se atrevera a hacerlo.

Entregada estaba a estas reflexiones, alisando con su blanca mano las
grandes orejas de _Toby_, cuando la puerta dio paso a la bella presencia
y a las patillas azulejas del seor de Monthlin.

El joven _Toby_ que no haba visto todava al tiburn de los salones,
porque el seor de Monthlin no iba a casa de la seora de Lerne, le
tom seguramente por un malhechor, y sin embargo, le demostr que no le
tema. Bajose de las rodillas de su seora, y se apost resueltamente
delante de ella ladrando furiosamente, y aun atacando a su enemigo.

No hay nada que desconcierte tanto a un galanteador de damas, sobre todo
cuando tiene pretensiones a sus favores como un pequeo incidente de esa
especie. Juana de Maurescamp, que era tan sagaz como cualquier otra, y
aun ms, no, pudo dejar de rerse del contraste que ofreca el seor de
Monthlin con su expresin amable y la inquietud manifiesta que le
causaba la agresin de _Toby_. As fue como _Toby_, cual si estuviese en
el complot de la seora de Lerne, contribuy a su-buen xito con su
humilde contingente.

Despus de aquel estreno comprendi Monthlin que una escena de amor era
imposible. Limitose, pues, aquel da a tocar ligera y melanclicamente
lo concerniente al amor, y resignose a acariciar a _Toby_, puesto que no
poda ahogarlo.




V


Al da siguiente, al subir al cup de su marido para ir a casa de Lerne,
sentase Juana agitada. Habale preocupado mucho el traje que llevara;
despus de muchas reflexiones, decidiose a ponerse un traje austero, en
armona con la gravedad del rol que iba a desempear aquella noche.

Psose nicamente un vestido de terciopelo punz, obscuro. Era lstima
que sus brazos y hombros quedasen al descubierto en su deslumbrante
desnudez; la severidad de su actitud sufra una alteracin. Pero no
poda hacerlo de otro modo.

En la mesa fue colocada a la izquierda de Jacobo, que tena a su derecha
a la seora de Hermany. Como haba acalorado un poco su imaginacin
sobre el culto secreto que le consagraba el joven, no dej de parece re
al principio que aquel culto era por dems discreto. El seor de Lerne
apenas le diriga la palabra, y se consagraba exclusivamente a su vecina
de la derecha. No teniendo otra cosa en qu ocuparse prest el odo a su
conversacin; entre otras cosas, oy que la seora de Hermany le
reprochaba el poner sobrenombres a todo el mundo.

--Supongo--le dijo--que yo tambin tendr el mo.

--Sin duda alguna--contest Jacobo.

--Y cul?--pregunt la joven rubia alzando su frente angelical.

--Agua que duerme!--dijo el joven, inclinndose un poco hacia ella.

La seora de Hermany se ruboriz; despus, mirndole de frente con aire
de nia en su primera comunin:

--Y por qu Agua que duerme?

--Por nada... es un nombre indio.

--Y yo, seor, tengo tambin un apodo?--pregunt Juana sonriendo.

--Vos?--dijo. Fij en ella la mirada, saludola ligeramente y aadi en
tono serio:--No!

Vindola un poco turbada, cambi inmediatamente de conversacin,
hablando de las piezas nuevas, de los museos, de los pases extranjeros
que haba visitado, pareciendo hacerle aquellas ligeras observaciones,
nicamente para tener el gusto de or sus respuestas, y mirndola con
aire grave y dulce, como para animarla a contestarle con exactitud.

No haba duda! S, decididamente algo haba de extraordinario. En el
modo de hablarla, escucharla y mirarla, notbase una mezcla indefinible
de bondad y distincin que pareca reservada nicamente para ella. Cmo
ella no se haba apercibido antes?... Qu singularidad!... Y tanto ms
singular era lo que suceda, cuanto que ella no era, no, absolutamente
de aquellas a quienes aprecia un hombre semejante. Pero, al fin, era una
fineza de su parte, y Juana desde entonces se consagr con todo empeo e
inters a la tarea de casar a aquel joven que, a pesar de sus malas
compaas, conservaba todava algunas buenas cualidades.

Pas revista inmediatamente en su memoria a todas las jvenes que
conoca y que pudieran convenirle, pero en aquel momento no encontr
ninguna.

Despus de la comida, una parte de los convidados pas a la pieza de
fumar; el seor de Lerne les segua, cuando su madre le detuvo.

--Jacobo--djole--, toca tu ltimo vals a la seora de Maurescamp antes
que lleguen los dems convidados; no te lo ha odo, y estoy segura de
que le gustar.

--Os pido que lo hagis, seor--dijo Juana.

El seor de Lerne salud y sentose al piano. Toc el vals nuevo y
algunas otras piezas nuevas que le pidi Juana.

Como sucede casi siempre en tales casos, los convidados, despus de
haber escuchado un rato, retirronse a conversar cada uno por su lado.
La seora de Maurescamp qued sola como dilettante obstinada, cerca del
piano y de Jacobo, en una de las extremidades del saln.

Cuando el joven hubo terminado una ritornela brillante y paseaba
distrado sus dedos sobre el teclado, Juana crey llegado el momento
fisiolgico:

--Qu talento tenis!--djole--, y a ms, pintis muy bien, segn
dicen.

--Borroneo un poco...

--Qu cosas tan curiosas hay en este mundo... cosas
inexplicables!--articul la joven como hablndose a s misma.

--Soy yo, seora, quien os sugiere esa reflexin?

--S, tenis todos los gustos que pueden detener a un hombre en su
casa... y vivs... en el crculo...

--Dios, mo! Vaya!--dijo el seor de Lerne.

--Seor Jacobo--replic Juana, cuyo abanico se agit violentamente.

--Seora?

--Os voy a parecer muy indiscreta?

--Soy tan indulgente!...

--Vuestra madre desea veros casado.

--Me lo figuro, seora.

--Y vos no lo queris?

--No, seora, absolutamente.

--Tenis alguna razn para ello?

--Una sola, y es que no conozco una sola que sea digna de m.

--Ah! Mi Dios!

--Es decir, perdn...--replic Jacobo con la misma gravedad--: estis
vos... pero vos no sois libre... y por otra parte...

--Por otra parte, qu?--pregunt la joven, tendiendo el arco de sus
cejas.

--Por otra parte... vos, vos misma estis a punto de caer.

--Pero, seor Jacobo!

--Excusadme, es mi opinin.

--Por qu?--continu Juana.

--Por que elegs mal vuestros amigos.

--Eso quiere decir, supongo, que hago mal en no elegir al seor Jacobo
de Lerne?

--No... de veras... no. Y, sin embargo, tal cual me veis, haba nacido
para comprender y aun para participar de los amores de los ngeles.

--Ah! francamente--dijo riendo la seora de Maurescamp--, si he de dar
crdito a las voces que corren, os hallis muy lejos de los amores de
los ngeles.

--Qu queris? Me han desanimado--dijo el seor de Lerne riendo a su
vez--. Me permits, seora, contaros una historia escandalosa?...

--Me interesar mucho... pero supongo que tendr que irme a la mitad.

--Yo no lo creo. Es una historia que os aclarar muchas... es la de mis
primeros amores... en que me conduje como un miserable... Pero no
anticipemos. Tena, seora, veintin aos, y por extrao que parezca, no
haba amado todava... Tena entonces, de las mujeres y del amor, una
idea extraordinariamente elevada, casi santa. Tena en mi corazn un
verdadero tesoro de abnegacin, de amor y de respeto, al que no me era
dado dar una mala colocacin. En fin, encontr una mujer a quien am,
como ella quera ser amada, y que no am como ella quiso amarme.
Perteneca al mundo ms aristocrtico. Estaba mal casada, sobre eso no
hay que decir, y era muy desgraciada, no era joven ya, pero por eso
mismo la am ms todava, pues haba sufrido mucho... Bella en extremo
todava, aunque rubia; y a ms de una honestidad timorata que me
desesper ms de una vez... Porque, en fin, aunque me era sagrada, yo
tena veinte aos... Pero haba que respetarla o alejarme de ella...

Nuestras entrevistas eran raras y cortas. Su marido era celoso y la
vigilaba de cerca. Podamos muy bien darnos algunas citas por los medios
ms vulgares. Pero todo lo que era vulgar, todo lo que hubiese podido
degradar nuestro amor, nos repugnaba igualmente a ambos... Los meses se
pasaron en este encantamiento y en esa contrariedad. A pesar de sus
reservas, muy penosas sin duda, que su conciencia me impona, quiz a
causa de esa misma reserva, sentame tan enamorado y tan feliz, como se
puede serlo en este mundo; senta la ms grande alegra al dar a aquella
criatura tan querida, toda su felicidad perdida, sin tener ningn
remordimiento serio, porque lo poco que me conceda, habraselo
concedido a un hermano, y sin embargo, ese poco era para m la ms
suprema voluptuosidad.

En una hermosa noche del mes de octubre, durante las caceras--ramos
vecinos en el campo--, su marido haba ido a pasar veinticuatro horas a
Pars... A fuerza de splicas y de juramentos, pude conseguir que me
concediese pasar una hora en su habitacin...

--Perdn!...--dijo la seora de Maurescamp, levantndose de su
asiento--, si me fuese?

--No, no, no temis nada.

--La habitacin estaba en el primer piso y se abra sobre el parque.
Penetr all hacia media noche por una ventana un poco alta y de un
acceso bastante difcil a cuyo alrededor haba, lo recuerdo, algunos
bejucos y jazmines y clemtides que esparcan por la noche un olor
exquisito, no s si fue aquel olor un poco capitoso, o la impresin
nueva para m de aquella habitacin personal... pero debo confesaros que
aquella noche estaba menos resignado que nunca a los, escrpulos
inhumanos que se me oponan... Aqulla fue una escena dolorosa que no
recuerdo sin avergonzarme...

La pobre mujer acab por arrojarse a mis pies, con las manos juntas,
suplicndome que fuese honrado y preguntndome con lgrimas en los ojos,
si no era feliz, si podra serlo jams tanto, si podra serlo a expensas
de su reposo, de su honor y aun de su vida... porque ella no
sobrevivira a su deshonra... En fin, ella venci. Yo ced en parte a
sus lgrimas, en parte a mis propios sentimientos que me decan que no
poda haber ms all de aquella amistad apasionada e inocente... Ella me
lo agradeci besndome como loca las manos y yo sal por donde haba
entrado.

Apenas haba puesto el pie en la arena del camino cuando me volv para
enviarle un ltimo beso, murmurando: hasta maana! Vila a la claridad
de la luna parada e inmvil dentro del marco de la ventana, los brazos
cruzados sobre el pecho, el busto un poco echado hacia atrs. Al envo
del beso, contest con un ligero movimiento de hombros; en seguida con
su bella voz de contralto que tanto adoraba, dej caer lentamente estas
palabras: Adis... imbcil!

Despus no he vuelto a verla. Desde aquel momento me cerr su puerta,
su ventana y su corazn.

La seora de Maurescamp habale escuchado con extremada atencin. Cuando
hubo concluido, mirole fijamente:

--Y qu consecuencia sacis de eso?--djole.

--He sacado por consecuencia que las mujeres honestas eran demasiado
fuertes para m.

--A la verdad, seor, que si para justificar vuestro desprecio por
nuestro afecto no tenis ms motivos que ese recuerdo de vuestra
juventud...

--Oh, tengo otros!--dijo el seor de Lerne.

Pronunci esas palabras con un tono tan singular que Juana lo mir, y
sorprendida qued de la expresin casi dolorosa que repentinamente haba
contrado su frente y sus labios.

--Tengo recuerdos atroces!--aadi el joven insistiendo.

Despus, con un acento conmovido, aadi:

--Sois una joven llena de bondad y delicadeza, a quien estimo en
extremo, pero esos motivos no puedo decirlos, ni a vos misma.

Levantose Juana algo turbada y alzando su tapado:

--Creo que me comprometo--dijo risuea.

El seor de Lerne se levant tambin inmediatamente diciendo:

--Perdn por haberos detenido tanto tiempo.

--Pero yo no renuncio!--dijo ella graciosamente al alejarse.

l se inclin sin contestar.

La larga conversacin de la seora de Maurescamp y Jacobo, no haba
dejado de despertar la curiosidad ms o menos benvola de los invitados
de la seora de Lerne. Juana se apercibi de ello, y para destruir el
carcter sospechoso que pudiese tener aquella entrevista, dijo en voz
alta a la condesa, que pasaba por su lado:

--Ninguna esperanza, seora! He perdido mi tiempo!

La madre de Jacobo, que haba observado desde lejos con vivo inters la
fisonoma de los dos interlocutores, no era de la opinin de Juana.
Juzg, por el contrario, que la joven no haba perdido su tiempo y que
todava haba que esperar.




VI


Se sabe cmo empieza el amor. No se sabe absolutamente de dnde nace la
simpata. Es casi imposible darse cuenta de esos lazos delicados y
complejos que ligan repentinamente dos corazones y dos inteligencias en
ese sentimiento caprichoso. Aunque el atractivo femenino no sea un
obstculo, no es sin embargo indispensable, puesto que la simpata se
encuentra con frecuencia entre personas del mismo sexo y que no asusta a
los cabellos blancos.

El acuerdo sbito que se establece entre dos seres hasta entonces
desconocidos uno de otro, esa vivacidad de impresiones recprocas, esa
buena inteligencia mutua de las miradas, esa facilidad de expansin y
necesidad de confidencia, en qu secreta relacin de ideas, y gustos,
cualidades o defectos debemos buscar la causa sutil? Ignormoslo; pero
ese sentimiento indefinible, ya se habr comprendido que Juana y Jacobo,
despus de su conversacin confidencial, no tardaran en experimentarlo.
Aunque separados en apariencia por abismos, aquel libertino cansado y
aquella joven sin mancha se comprendan perfectamente. A pesar de ser
tan diferentes, sentan que haba en el fondo de sus almas algo que les
dispona a las mismas impresiones, a las mismas apreciaciones de las
cosas, a las mismas pruebas en la vida, a los mismos goces y a los
mismos dolores.

Todos encuentran seres simpticos, son las buenas fortunas de la vida
mundana; en la movilidad y extensin de las relaciones parisienses, no
duran con frecuencia ms que el espacio de una comida, u otra reunin.
Gustan uno de otro, llegan a exaltarse, confanse sus secretos, llegan
casi hasta a amarse, y no vuelven a verse hasta el ao siguiente.

Hay que empezar de nuevo. Pero entre la seora de Maurescamp y Jacobo de
Lerne no sucedera lo mismo; pertenecan a la misma sociedad y a las
mismas relaciones, y necesariamente tenan que volver en breve tiempo a
su conversacin suspendida.

A ms de eso, el seor de Lerne, despus de haber cavilado dos o tres
das, acab por decirse que l deba una visita a la seora de
Maurescamp. Por qu quera ella casarlo? Qu misterio era aqul? En
todo caso, era una muestra de inters por su persona que lo obligaba a
una demostracin de agradecimiento. Por consiguiente, fue una tarde a
su casa al azar, a eso de las cinco. Encontrose all con Monthlin,
acomodado cerca del fuego. El seor de Monthlin, que tena ya demasiado
con la presencia de _Toby_, se exasper tanto al ver a de Lerne que
perdi su sangre fra ordinaria; persisti contra todas las
conveniencias en prolongar indefinidamente su visita, a tal extremo, que
de Lerne tuvo que tomar el partido de retirarse el primero, aunque
hubiese llegado el ltimo. El seor de Monthlin no gan gran cosa, y la
excesiva frialdad de Juana, despus de la partida de Jacobo, le hizo ver
que haba cometido una imprudencia, y para repararla, se apresur como
es casi seguro, a cometer otra.

--Parecis disgustada conmigo--dijo sonriendo--, porque no he cedido el
lugar al seor de Lerne?

--Naturalmente--contest la joven--, habais llegado antes que l, y
quedaros cuando l se va es daros unos aires de dueo de casa a los que
nada os ha autorizado, segn creo.

--Es cierto--contest--, os pido mil perdones; pero ya sabis que el
sentimiento no razona.

--Hacis mal. Despus de esto, vuestra posicin respecto del seor de
Lerne despus de vuestro duelo, os impone ciertas atenciones
particulares.

--Es justo; pero, cmo tener valor para alejarme?

--A propsito--interrumpi la seora de Maurescamp--. Cul ha sido el
motivo de este duelo? Puede saberse?

--Oh! nada, habladuras.

--Habladuras? Qu habladuras?

--Una palabra hiriente que me refirieron.

--Ah! Qu palabra? No queris decrmela? Prefers que yo la
adivine?

--Entonces lo sabis?--dijo Monthlin.

--S, la s--contest.

--Qu torpeza, eh?

--Pero no... no tanto.

--Supongo que no ser l quien os la ha dicho, al menos?

--Es demasiado caballero para hacerlo--contest Juana.

Viendo el seor de Monthlin que el torneo de palabras no era en ventaja
suya, volvi a pedir disculpas y se retir.

En virtud del proverbio persa: No te prodigues y te amarn, las
visitas del conde de Lerne eran en general consideradas por las damas
como pequeas fiestas por aqullas que eran favorecidas. La gracia de su
persona, su talento, sus habilidades, y aun el tinte un poco vivo de sus
costumbres, hacanlo un personaje particularmente interesante. Fue,
pues, para la seora de Maurescamp una verdadera contrariedad que en su
primera visita hallase en su casa tan poco atractivo, y sobre todo, que
se encontrase con Monthlin instalado bajo un pie de intimidad casi
comprometedor.

Sin darse cuenta de cmo podra explicarse con el seor de Lerne sobre
un asunto tan delicado, esper, sin embargo, impaciente el mircoles
siguiente, esperando encontrarle en la recepcin de su madre. Pero al
llegar a casa de la condesa tuvo el desagrado de saber que Jacobo tena
un fuerte dolor de cabeza que le retena en la cama. Con razn o sin
ella, crey ver en esta circunstancia un acto de desdn, o cuando menos
de mal humor para con ella. El aprecio de aquel joven de una vida tan
poco ejemplar haba llegado a serle repentinamente tan necesario, que la
idea de dejarle por un tiempo indeterminado bajo una mala impresin, le
era insoportable. En circunstancias excepcionales era mujer de
resolucin; reuni todo su valor, y tomando aparte a la condesa, le
dijo:

--Pues bien, querida seora, creo que verdaderamente, he desesperado
demasiado pronto de poder convencer a vuestro hijo... Anteayer vino a mi
casa, y como no es muy visitador, creo que tena algo serio que
decirme... que quera hablarme del gran asunto del matrimonio.
Desgraciadamente, yo no estaba sola... Lo siento mucho, sobre todo, si
un buen pensamiento le hubiese llevado.

--Nada ms probable, hija ma, pero, gracias a Dios, eso no es
irreparable, si queris, cundo podr encontraros, si llega a desear
visitaros nuevamente?

--Si llega a desearlo...--replic la seora de Maurescamp arrugando su
frente en signo de reflexionar...--Pues bien, veamos... maana a la
tarde... despus de comer... Justamente... maana a la tarde no
salgo...

--Yo lo informar, y estad segura de que os adora.

La seora de Maurescamp pas la maana del da siguiente arrepentida
amargamente del paso que haba dado; su alma delicada y solitaria le
reprochaba su avance. Si el seor de Lerne no vena, qu mortificacin!
Si vena, no tendra derecho para creer en una cita? No llegara a
figurarse que la cuestin del casamiento no era ms que un pretexto para
encubrir una provocacin audaz?

La tarde lleg; despus de comer, el seor de Maurescamp jugaba un rato
con su hijo Roberto en el pequeo saln botn de oro, de su mujer, y en
seguida iba, como era su costumbre, a fumar un cigarro al _boulevard_.

Juana continu ejecutando febrilmente en el piano, una serie de valses
y mazurcas, mientras que su hijo, vestido de blanco y con cinturn
punz, daba saltos con su aya inglesa y _Toby_. Oyendo abrir la puerta,
dej repentinamente de tocar; era un sirviente.

--Recibe la seora condesa?

--S, quin est ah?

--El seor conde de Lerne, seora.

--Hacedle entrar.

Alz a su hijo y le dio un beso, en seguida, sentose gravemente en un
silln tenindolo en sus brazos como las madonas tienen a su _bambino_.

Jacobo de Lerne, al entrar, contempl aquel cuadro de santidad, que
hubiera podido hacerle creer, al menos as se lo figuraba Juana, que las
circunstancias eran ms serias e importantes que lo que podra haberse
imaginado. Sin embargo, pareci que no se haba sorprendido, ni mostrose
contrariado; psose a acariciar a Roberto, cual si no lo hubiese llevado
otro objeto. Despus de algunos minutos, la seora de Maurescamp tom
el partido de mandarlo a acostar, puesto que no serva para otra cosa.

El nio acababa de salir, cuando una fuerte rfaga de viento sacudi las
persianas del saln.

--Ah! Dios mo!--exclam Juana--, os? es una verdadera tempestad y
nieva tambin, verdad?

--Nieva mucho!--dijo Lerne--. Es muy agradable estar al lado de vuestro
fuego, con un tiempo semejante...

--Cuando os digo--replic Juana riendo--que sois un hombre casero.

--Ah! en eso estamos! Pero, seora, decidme al fin, por qu deseis
tanto que me case? Tan, original idea no, puede ser vuestra... Si he
comprendido bien el otro da, es mi madre quien os la ha sugerido.

--S, ciertamente.

--Ah!--dijo--, es mi madre.

Quedose pensativo, despus de un instante:

--Siento--aadi--no poder hacer lo que mi madre y vos deseis, pues ya
lo he dicho, no quiero casarme.

--Porque no hay en el mundo ninguna mujer digna de vos? Ya es sabido.

--Por Dios, seora, permitidme explicaros...! Vos sabis que en materia
de religin las gentes que menos la practican son las ms exigentes y
ms austeras. Con nada estn satisfechas. Yo, os dicen ellas, si yo
creyese, ya lo verais... hara esto y lo otro... en fin, la
perfeccin... Pues bien, yo soy lo mismo en materia de casamiento... Lo
comprendo de tal manera, que creo que nadie es capaz de comprenderlo
como yo... Esta es la razn por que no me caso.

--Cmo lo comprendis? Veamos--dijo la joven en un tono de una ligera
irona.

--Os reirais de m, si os lo dijese.

--Creo que no. Ensayad.

--Pues bien, seora, el matrimonio es para m el amor por excelencia...
Puede ser que el amor en el matrimonio sea un sueo, pero es el mejor de
los sueos, y si alguna vez se realiza, aunque sea a medias, no debe
haber en el mundo nada ms agradable y elevado. Es el nico que merezca
verdaderamente el nombre de amor, porque es el nico tambin al que la
idea religiosa le da algo de eterno... El divorcio, de que se habla
tanto este ao, me desagrada por eso... Porque le quita al matrimonio el
sentimiento de lo infinito... Ese sentimiento puede ser una traba para
las almas vulgares o para los mal casados. Pero imaginaos dos seres que
se han elegido antes de unirse, que se conocen bien, que se estiman, en
fin, que se aman, y pensad cunto debe aadir a su felicidad la
certidumbre de su duracin sin fin. Es un camino encantado el que
siguen aquellos dos seres. Viendo con arrobamiento que se pierde en los
horizontes sin lmites donde el cielo se confunde con la tierra... Os
fastidio, seora?

--No--dijo Juana.

--Pues bien--aadi el seor de Lerne--, no me imagino una existencia
ms completa que la de esos viajeros, que son al mismo tiempo dos
amigos. Su ser es doble. Todos sus sentimientos son ms vivos, sus
alegras mayores; sus penas disminuyen. Si son inteligentes, como
supongo, llegarn a serlo ms. Si son honestos, sern mejores. Por su
ntimo contacto, por el cambio continuo, por la tierna emulacin y el
deseo mutuo de no desmerecer uno de otro. En estos tiempos de
perturbaciones por que pasamos, habra soado ms que nunca en una unin
de una intimidad sin igual entre dos seres igualmente generosos y
delicados, apoyndose y fortificndose el uno al otro, para conservar a
la vez el corazn elevado y los gustos puros... Para mantenerse fieles a
sus antepasados, en cuanto al honor y a los viejos maestros, en cuanto
al arte y poesa. Para admirar juntos lo que es eternamente bello y
despreciar lo que no lo es, para refugiarse en las alturas como en un
arca y hablar all de todo lo que conmueve el corazn o el pensamiento
de esta hora de los siglos, Qu ms os dir?... para poner en comn su
creencia... o sus dudas. Para pensar alguna vez juntos en Dios, creer,
buscarlo y llorarlo... Ya veis, seora, que todo esto es puramente
locura!

La actitud de Juana, mientras escuchaba al seor de Lerne, era
encantadora; un poco inclinada hacia adelante, mirbale con sus grandes
ojos admirados, cual si viese surgir ante ella una fuente de delicias, y
sus labios se entreabran como para beber en ella.

Guando hubo cesado de hablar, vio a la joven secar furtivamente una
lgrima que corra por sus mejillas. Turbado l mismo, por un movimiento
irreflexivo de simptica atraccin, le tendi la mano.

Juana retir suavemente la suya tomando un aire circunspecto.

--Perdn--dijo el joven--, crea que ramos amigos.

--Todava no--articul ella.

--No tenis confianza? Parezco yo un hombre que os hace la corte?

--Cada uno tiene su modo de hacerla--dijo ella con imperceptible
sonrisa.

--Confesad que la ma sera singular.

Psose a jugar con mano febril con algunos objetos que haba sobre la
mesa; sus ojos se detuvieron en una fotografa del pequeo Roberto;
tomola y contemplola atentamente.

--Es lindo mi hijo, no es verdad?

--Precioso! Por qu lo tomasteis en vuestros brazos cuando yo entr?

--No s, por casualidad.

--No, no fue el acaso... Queraisme decir con ello: Si vienes como
amigo, enhorabuena; si vienes como enamorado, he aqu mi respuesta.

--Es verdad... No os parece buena?

--Ninguna otra puede ser mejor--replic Jacobo cuya voz temblaba un
poco--; y si algo me admira--prosigui con extraa animacin--, es que
las mujeres, en el momento de caer, no las detenga con ms frecuencia el
recuerdo de sus hijos... Creen ellas que no llegar un da en que sus
hijos sepan por las habladuras de la gente, su conducta ligera o
culpable? Y el hombre que no respeta a su madre, qu queris que
respete en el mundo? Faltndole el respeto a su madre, todo le falta,
todo se desmorona... Ya no existe para l el mundo moral... Desde que no
tiene fe en su madre, no la tiene en nada. Su vida es un desencanto
eterno, y si las mujeres pudiesen ver lo que pasa en el corazn de un
hijo desgraciado, en el momento que llega a saber... a sospechar de su
madre...

El seor de Lerne se detuvo oprimido por un sollozo.

Hizo el movimiento desesperado de un hombre que no puede contener sus
impresiones, volvi la cabeza y cubri sus ojos con sus manos.

Juana, como todo el mundo, haba odo hablar de la juventud demasiado
ligera de la condesa de Lerne; y comprendi.

Hubo un momento de penoso silencio. La seora de Maurescamp dej
violentamente su silln y avanzando dos pasos tendi la mano al joven.

Jacobo se levant de su asiento, sus ojos se encontraron, estrech con
fuerza la mano que se le tenda, salud y sali.

Aquella brusca partida dej inmvil por un instante a la seora de
Maurescamp; dio algunos pasos inciertos por el saln, y en seguida
dejose caer en un confidente, entregada a la ms profunda meditacin,
sosteniendo con la mano su cabeza y enjugando a intervalos las lgrimas
que caan lentamente de sus ojos. Por qu lloraba? En la turbacin en
que aquella escena la haba dejado, no se daba cuenta ella misma de sus
lgrimas.

El sonido del timbre en el vestbulo hzola repentinamente contraer sus
cejas; algunos momentos despus la puerta se abri para dar paso al
seor de Monthlin.

--He sabido por el seor de Maurescamp que no salais hoy y me he
atrevido...

--Sois muy amable... Acercaos al fuego, pues.

Una mirada haba bastado al seor de Monthlin para conocer que Juana
haba llorado. No era la primera vez que sorprenda un sntoma igual, en
una mujer abandonada de su marido, y tena por costumbre, no sin razn,
augurar de ah, favorablemente respecto a sus pretensiones.

Justamente en esos momentos, el seor de Maurescamp, desertando del
cuerpo coreogrfico, haca ostentacin de sus relaciones con una amazona
americana, Diana Grey, cuya aparicin en el circo de Invierno haba sido
uno de los acontecimientos de la estacin. Desde algunos das se la vea
conducir alrededor del lago un par de caballos negros, cuya procedencia
nadie ignoraba. El seor de Monthlin crey, pues, que aquella
circunstancia deba tener alguna relacin secreta con el estado de
tristeza en que vea a la seora de Maurescamp.

El sobrenombre grotesco con que Jacobo de Lerne haba gratificado al
seor de Monthlin puede hacer creer al lector que este personaje tena
algo de ridculo, pero nada menos que eso. Era, en efecto, un seductor
muy serio y muy peligroso. Tena para con las damas el prestigio
singular de los hombres de buena fortuna; y parecale menos vergonzoso
el ser seducida por l que por algn otro. Era bien formado, alto y
valiente, y sin tener lo que se llama talento, posea, a fuerza de
aplicacin y gusto por su oficio, una habilidad temible para adivinar
las ocasiones y aprovecharse de ellas. Saba mejor que nadie, que hay en
la vida de las mujeres esas horas de enervacin y de presin moral,
horas, por decirlo as, sin defensa, de las que un hombre de penetracin
y atrevido sabe sacar terribles ventajas. Es as como se explica que
mujeres distinguidas lleguen a ser algunas veces presa de la ms vulgar
de las galanteras.

El seor de Monthlin, que en su estrategia alrededor de la seora de
Maurescamp, esperaba haca mucho tiempo esa hora fatal con una paciencia
y asiduidad felinas, juzg que haba llegado al fin. Despus de algunos
instantes de conversacin banal, a la cual Juana prestaba una atencin
distrada y lnguida, acerc su silla al confidente donde estaba
recostada y,

--Apenas me escuchis--dijo--. Qu tenis?

--Nada.

--Habis llorado?

--Puede ser.

--No soy vuestro viejo amigo, para recibir la confidencia de vuestras
penas?

--Yo no tengo penas... No s lo que tengo...

Tomole con firmeza las dos manos acercndose ms y mirndola fijamente.

--Pobre hija ma!--dijo a media voz--, si supieseis cunto os amo!

Al mismo tiempo sinti Juana que el brazo de Monthlin rodeaba su
cintura. Despertose como de un sueo, levantose y rechazndole
violentamente exclam:

--Ah, mi pobre seor! Si supieseis qu mal momento habis elegido.

No haba como equivocarse sobre el acento de su voz y la expresin de su
semblante, el sentimiento que la animaba era claramente el del desdn
ms fro e implacable. El seor de Monthlin debi convencerse de que
aquella ocasin habala olfateado mal. Slo le quedaba hacer una
retirada honrosa.

--Creo--dijo--que el seor de Lerne sale de aqu... Vamos l se venga,
es en buena guerra!

--Tom su sombrero, se inclin profundamente y gan la puerta.

Juana, al quedarse sola, comprendi por primera vez, el peligro real y
odioso que haba corrido casi inconscientemente. Diose cuenta de que en
pocos das, tal vez en algunas horas, por desalientos, por indolencia,
habra llegado a ser, sin amor, sin amistad, sin excusa, la vctima
inerte y estpida de aquel cobarde libertino. Comprendi cuan cerca se
haba hallado del borde de aquel abismo y lo lejos que de l se hallaba
en aquel momento. Djose que las lgrimas que haba derramado eran
lgrimas de felicidad; y como transportada de alegra, echando hacia
atrs con sus dos manos su abundante cabellera, murmur:

--Estoy salvada!




VII


Es intil decir a nuestros lectores, y sobre todo a nuestras lectoras,
que desde aquella tarde, y sin ms explicaciones, se estableci una
amistad regular y de las ms estrechas, entre Juana de Maurescamp y
Jacobo de Lerne.

Juana entr desde entonces en una nueva faz de su vida, llena de
delicias. Sentase renacer; volva a tener ilusiones, creencias, y esos
impulsos entusiastas que haban encantado su juventud; recobraba sus
alas. Vea realizado su sueo en aquel sentimiento que la ligaba para
siempre al seor de Lerne. Sus almas habanse tocado en un momento
dado, en puntos tan sensibles y delicados, que haban quedado como
imantadas. No tardaron en convencerse ambos de que slo vivan en
aquellos momentos en que se hallaban juntos. Comprendalo ella en la
radiante expresin de Jacobo, as que la vea, en la tierna expresin de
su voz, en la presin suave y respetuosa de su mano. Vea su empeo en
encontrarse con ella siempre que poda, sin comprometerla, y estbale
reconocida, tanto por sus demostraciones como por sus escrpulos. Notaba
que sus gustos haban cambiado y que se haba hecho mundano para
complacerla, ms que todo, por su lenguaje y maneras reservadas para con
ella. Jams una palabra de galantera, pero s una confianza absoluta y
la deferencia lisonjera de elevar la conversacin cuando se diriga a
ella, demostrndole de ese modo tan galante, sin decirle una palabra,
que con ella no poda hablarse vulgaridades como a las dems, porque
estaba mucho ms arriba de todos y de todas.

Un da supo que haba roto sus relaciones con Lucy Marry. Tal noticia,
la encant y la alarm al mismo tiempo. Aquel sacrificio, hecho en honor
suyo, no la comprometera demasiado? Reprochose tomarle toda su vida,
cuando ella no poda consagrarle la suya. Para tranquilizar su
conciencia, resolvi heroicamente volver a impulsarle al matrimonio,
empleando toda su elocuencia. Recordole en consecuencia, que su misin
era casarle, que eso para ella era una cuestin de honor.

--Por otra parte--aadi--, cierta tarde me habis expuesto unas teoras
sobre el matrimonio, que me parecen muy edificantes; sera lstima que
tan bello programa no se convirtiese en realidad, alguna vez siquiera en
la vida.

--Pero no veis que trato de realizarlo con vos?

Ruborizose la joven mirndole con cierta timidez.

--Supongo que no temeris nada, tengo a vuestro hijo entre los dos.
Aunque no lo quisiera, no podra ser sino vuestro amigo, lo dems sera
deshonrarme ridculamente a vuestros ojos y a los mos. Sera un
verdadero tartufo... ya veis que es imposible...

--Gracias a Dios! Pero parceme a m imposible que la amistad pueda
nicamente llenar la vida de un hombre. Considerome cruelmente egosta
en usurpar vuestra existencia por tan poco.

--Seora--contest alegremente Jacobo--, no os aflijis por eso; os
aseguro que no soy digno de lstima. Tengo algo de mstico, y en otros
tiempos hubiera hecho como algunos jvenes, que a consecuencia de
ciertas tempestades de la vida, se encerraban en un claustro o en las
Tebaidas del Port-Royal. Y por cierto que ellos no encontraban una amiga
como vos. Os lo digo, seriamente, vos sois para m, mi refugio y mi
salvacin. Hay todava en m un desborde de vida, del que he podido
tomar mi parte, pero al fin, estoy saciado... Saciado hasta el extremo.
Sentame como sumergido en el fango... En una palabra, anso un ideal
elevado y aun austero, y lo encuentro en el sentimiento que experimento
por vos; y este sentimiento, que es el amor, mucho me lo temo, es
tambin una religin. Pero podis estar tranquila, y sobre todo... sed
feliz. Amadme un poco y no hablemos ms de esto. Voy a leeros una pgina
de vuestro querido Tennyson, el ms casto de los poetas. No puede venir
ms al caso.

Otra noche, algunos meses despus, era ella quien tranquilizaba al
joven. Deba ella partir a la maana siguiente con su madre y su hijo
para Dieppe, donde iba a pasar algunos das. El seor de Lerne haba ido
a despedirse. Aunque la separacin deba ser corta, no le fue dado dejar
de sentirse emocionada y sin fuerzas. Temiendo manifestar demasiado
sentimiento, llev la reserva hasta mostrarse fra. Admirado de su
actitud concentrada y algo burlona, el seor de Lerne psose tambin
silencioso y disgustado. Cuando se dieron la mano para despedirse, not
Juana en su mirada una singular expresin de inquietud y desconfianza.

--Apuesto--dijo la joven sonriendose--que adivino vuestro pensamiento.

--Veamos.

--Os preguntis si no voy yo a decir a mi turno como aquella dama:
Adis, imbcil!

--Es cierto... y en verdad que tendrais razn para hacerlo, pero somos
un par de locos.

--Ah! Desgraciado! no digis eso... no lo pensis siquiera... Os
estoy tan agradecida, por el contrario! Os debo tanto, amigo mo!...
Mirad, os voy a decir una cosa que os sorprender mucho... segn creo,
pero en fin, voy a decrosla... pues bien, vos me habis salvado. Sin
vos, estaba perdida!... Ahora podis estar seguro de que no deseo
perderme con vos... Ah, amigo mo, caeramos de tan alto! Pensadlo
bien... Seramos mil veces ms culpables que otros, nos
envileceramos... No es verdad? Quedmonos, pues, donde estamos... Os
amar ms, os estimar, os bendecir, amigo mo, desde el fondo de mi
alma, y, ahora, adis, querido imbcil. Escribidme.

Era as como se fortalecan mutuamente cuando se sentan dbiles.

Empeada en dar a sus relaciones un carcter cada vez ms serio y
elevado, la digna joven habale pedido a Jacobo que le trazase un plan
de estudios y lecturas. Deca que aquello era para que l no se
aburriese demasiado a su lado. Jacobo pas el tiempo de su ausencia
ocupado en formarle una biblioteca en que los escritores del siglo XVII
tenan una colocacin especial, entre las obras de crtica moderna, y
las numerosas colecciones de Memorias histricas. Esto fue el asunto de
su correspondencia durante la permanencia de Juana en Dieppe. A su
vuelta, consagrose a su biblioteca con ardor, y desde entonces hubo un
lazo ms entre ellos, el del discpulo con el maestro, porque el seor
de Lerne, que era instruido y letrado, era para la joven un gua y un
comentador, del mismo gnero. Desde entonces, sus conversaciones, sus
admiraciones simpticas, y aun sus discusiones sobre literatura o
historia, aadieron mayor inters a su tierna intimidad.




VIII


Ese gnero de amistades reparadoras, que son el sueo de tantas mujeres
mal casadas, o cuando menos de las mejor casadas, necesitan
indudablemente para conservarse puras, de caracteres excepcionales, y
tambin de ciertas circunstancias como las que haban ligado a Juana de
Maurescamp con el seor de Lerne. Pero en fin, esos amores heroicos no
carecen de ejemplos en el mundo, aunque el mundo no crea en ellos. El
mundo no gusta de estos mritos que traspasan los lmites comunes, que
son los suyos. A ms, los amores inocentes, son los que menos se
ocultan; desdeando la hipocresa, dan margen ms fcilmente a la
maledicencia. Nadie extraar, pues, que la gente juzgase con su
escepticismo e indelicadeza acostumbrada, las relaciones de una
naturaleza tan pura como las que se haban establecido entre aquellos
jvenes.

El hombre menos capaz de comprender un afecto de esa especie, era
ciertamente el barn de Maurescamp. Aunque fuese muy celoso, ms por
amor propio que por su amor a Juana, nunca se haba ocupado de
desconfiar de su amigo Monthlin, quien, sin embargo, tan cerca se haba
hallado de comprometer su honor, pero en cambio, con el tacto habitual
de su cofrada, no dej de abrir desmesuradamente los ojos, ante la
intimidad irreprochable de su mujer con Jacobo de Lerne. Detestaba por
instinto al joven, quien le era superior en todo sentido; muchas veces
haba sido su rival en las regiones del mundo galante, donde la
distincin de la inteligencia y la elevacin de los sentimientos
conservan siempre su prestigio. Pareciole demasiado duro al seor de
Maurescamp el tenerle por rival hasta en su interior conyugal, y hay que
convenir en que si l no hubiese sido el menos recto y el ms culpable
de los maridos, su susceptibilidad en aquella ocasin habra sido de las
ms disculpables.

Juana habase apercibido ms de una vez del mal humor con que su marido
soportaba las asiduidades del seor de Lerne, pero fuerte en su
conciencia, habase preocupado poco de ello. Sin embargo, durante su
permanencia en Dieppe, varias veces intent mostrarle las cartas que
reciba de Jacobo, a fin de tranquilizarlo respecto al carcter amistoso
de sus relaciones. Para convencerlo mejor, ingeniose tan bien varias
veces para hacerlo permanecer en el saln entre ella y Jacobo, tratando
de alejar de sus relaciones hasta la sombra de un misterio. Pero todos
sus afanes estuvieron muy lejos de alcanzar el xito que deseaba. El
seor de Maurescamp no se encontraba bien; sentase irritado del papel
secundario que desempeaba en tales ocasiones; encogase de hombros,
deca dos o tres bromas groseras y se marchaba. A pesar de todo, la
verdad tiene tanta fuerza, que a veces sentase inclinado a creer que
sus relaciones eran en efecto puramente sentimentales. Pero no por esto
senta un odio menos reconcentrado y violento, y que no esperaba sino
una ocasin para manifestarse.

Desgraciadamente, la ocasin no tard en presentarse. Como lo hemos
dicho ya, haca cerca de un ao que el seor de Maurescamp estaba
enamorado de Diana de Grey, joven amazona americana, que entonces
llamaba mucho la atencin en Pars. Esta criatura, hija de un acrbata
de baja esfera, y sumergida en el fango, no dejaba por esto de poseer la
belleza pura y fresca del lirio. Plida, delgada, elegante, de una
perfeccin plstica, de una depravacin singular, a la que una la
ferocidad anglo-sajona, reuna, pues, todas las cualidades apropiadas
para subyugar a un hombre como el seor de Maurescamp. As, pues,
habale inspirado una de esas pasiones terribles y serviles que son en
general el privilegio de los viejos, pero que los jvenes depravados
experimentan algunas veces como anticipacin hereditaria. Primeramente
le haba conquistado con su gracia y su fama, y acab de subyugarle con
los caprichos fantsticos con que lo atormentaba. Hay hombres que, como
la mujer de Sganarelle, gustan de que se les castigue. El seor de
Maurescamp era de este nmero, y fue al respecto, servido a su gusto
por la graciosa americana. Si lo hubiese querido, habrale hecho pasar a
latigazos por uno de esos arcos de papel, por donde ella pasaba todas
las noches en el circo; pero prefiri hacerse regalar un lindo hotel en
las cercanas del Bosque de Bolonia con todo lo necesario para vivir en
l confortablemente. Mediante esta compensacin, comprometiose a que,
una vez terminado su compromiso, renunciara a su carrera artstica, y
colmara los votos del seor de Maurescamp.

En los primeros das de abril de 1877, esta singular persona tuvo la
idea de estrenar su casa convidando algunos de sus amigos a un almuerzo.
Ella misma hizo la lista de los convidados, y con gran disgusto del
seor de Maurescamp, el nombre del seor de Lerne se hallaba tambin
inscripto; conocalo ella apenas, pero haba odo hablar mucho de l,
puesto que haba dejado en la alta bohemia parisiense una reputacin de
amable compaero y de caballerosidad. Jacobo haba roto completamente
con la sociedad en que Diana Grey era una de las estrellas; pero
temiendo, sin razn, herir la susceptibilidad de Maurescamp, si rehusaba
la invitacin de su querida, acept.

Diana Grey coloc al seor de Lerne a su derecha, y desde el principio
del almuerzo, ocupose de l de una manera muy marcada. Jacobo hablaba
perfectamente el ingls; y ella gozaba de conversar en un idioma que el
seor de Maurescamp no tena la ventaja de poseer. Jacobo haca todo lo
posible por substraerse a las amabilidades demasiado expresivas de su
vecina y trataba de hablar en francs; pero ella no quera y volva
resueltamente a hablar en ingls, vaciando a su salud copas llenas de
pale ale, mezclada con Oporto. Al mismo tiempo lanzaba miradas
despreciativas y provocadoras a Maurescamp, que se hallaba frente a ella
en la mesa, y que estaba visiblemente contrariado.

Las mujeres de la especie de Diana Grey, toman represalias salvajes de
los hombres que las compran.

El almuerzo fue un poco fro. La duea de casa pareca la nica que se
diverta francamente. Cuando hubieron concluido, Jacobo de Lerne,
pretextando una cita por negocios, se apresur a substraerse a aquella
situacin enojosa.

Diana Grey, as que se hubo ido, encendi un cigarrillo, y tendindose
en un divn a la americana bebi su Oporto. Apercibiose entonces de que
Maurescamp estaba disgustado, y para componer las cosas, le dijo, con
ligero acento:

--Mi gordo boy, es muy interesante el amante de vuestra mujer... tengo
un capricho por l, sabis?

--Estis ebria, Diana?--dijo Maurescamp ponindose muy encendido--.
Estis ebria, y os olvidis de quien hablis.

--Porque hablo de vuestra mujer? Pues no me hablis vos tambin de
ella, querido amigo? Me habis dicho que era un hielo... Un hielo! Ah,
qu bueno! y habis credo eso? pobre ngel! Es una cosa sumamente
graciosa que todos los maridos crean que sus mujeres son de escarcha...
Pero nosotras sabemos que son todo lo contrario para sus amantes!

Y continu arrojando bocanadas de humo de su cigarrillo por entre sus
labios rosados.

--Est completamente ebria--dijo uno de los convidados a Maurescamp. Y
es lstima, pues sin eso sera perfecta.

Una hora despus, cuando todos hubironse ido, Diana confes
secretamente a Maurescamp, que en efecto, estaba ebria, y que por
consiguiente, todo lo que haba dicho, no deba tomarse en cuenta;
despus de lo cual pidi perdn y lo obtuvo.

Pero la seora de Maurescamp no obtuvo el suyo. Haca ya mucho tiempo
que su marido no la amaba, y mucho tiempo que haba comenzado a odiarla.
Porque en esa clase de desinteligencia, es raro que el desacuerdo se
detenga en la indiferencia. Las odiosas y cnicas palabras proferidas
pblicamente por Diana eran, por otra parte, elegidas expresamente para
exasperar al seor de Maurescamp. Sin tener mucha imaginacin, tena la
bastante para figurarse a su mujer, que no haba tenido sino frialdades
y desprecios para l, abandonndose en brazos de otro a los vivos
transportes de la pasin, y esa imagen, desagradable para cualquier
otro, lo era en supremo grado para un hombre vanidoso, altanero, y tan
engredo y sanguineo como era el seor de Maurescamp. No se detuvo a
pensar que poda ser algo injusto el hacer depender el reposo, el honor
y la vida de su mujer, de aquella habladura de su querida en estado de
embriaguez. Senta rebosar en su pecho los sentimientos de despecho,
celos, y odio que se condensaban haca tanto tiempo contra su mujer y
contra Jacobo de Lerne, y resolvi poner trmino a sus relaciones,
vengndose a un mismo tiempo de ambos.

La ocasin para un duelo pareciole especialmente oportuna, los
incidentes del almuerzo podan suministrarle un pretexto especioso, que
tendra la doble ventaja de dejar el nombre de su mujer fuera de las
querellas y asegurar a l la eleccin de las armas. Era hbil en el
manejo de la, espada, y aunque bravo por naturaleza, no se senta con
humor de despreciar aquella ventaja.




IX


Baj a los Campos Elseos, mascando un cigarro apagado, vindolo todo
color de fuego.

Veinte minutos despus entraba al Crculo y encontrbase all con
algunos de los convidados de la maana; entre otros a los seores de
Monthlin y Hermany. Encerrose con ellos en un saloncito reservado.
Djole que se consideraba ofendido por la actitud observada por el seor
de Lerne en casa de Diana Grey, por su afectacin en hablar en ingls,
durante el almuerzo, sabiendo, como saba, que l, el dueo de la casa,
no entenda aquel idioma, y finalmente, por su conducta en general,
impertinente y provocadora.

Los seores de Monthlin y Hermany, perfectos caballeros, aunque algo
les faltara, no hicieron observacin alguna contra la poca importancia
de los cargos, comprendiendo que era nicamente un pretexto para ocultar
otros ms serios y legtimos.

El seor de Maurescamp aadi: que tena por sistema terminar tal clase
de negocios lo ms pronto posible, para evitar la publicidad, y, sobre
todo, la intervencin tan terrible de las seoras. Rog, por
consiguiente, a aquellos seores que fuesen inmediatamente a verse con
el seor de Lerne, y arreglasen aquel asunto que confiaba a su amistad.

El seor de Monthlin manifest que su duelo con de Lerne le inhiba de
aceptar la misin que quera confirsele. En consecuencia, el seor de
Maurescamp pens en otro de sus amigos, el seor de la Jardye,
igualmente miembro del Crculo, y a quien Hermany fue a buscar en una
sala contigua. El seor de la Jardye gustaba mucho de las ocasiones que
le permitan darse importancia. Trat, sin empeo alguno, nicamente por
la forma, de hacer or algunas palabras conciliadoras; pero haba sido
de los que asistieron al almuerzo de Diana Grey, y acab por declarar,
que puesto que le tomaban su parecer, su opinin era que en aquella
ocasin haban pasado al seor de Maurescamp cosas muy difciles de
tragar, y por consiguiente, estaba a las rdenes del seor de
Maurescamp.

Mientras tanto, el seor de Lerne se hallaba muy lejos de imaginarse la
fiesta que le armaban. Paseose tranquilamente por el bosque, segn su
costumbre, y a las diez entr en su casa. Encontrose con las tarjetas de
la Jardye y Hermany bajo un sobre cerrado, con estas palabras escritas
con lpiz:

Venidos por asuntos personales del barn de Maurescamp.--Tendrn el
honor de volver a las diez y media.

No tuvo que reflexionar mucho para adivinar de lo que se trataba. Aunque
ignoraba las infames palabras de Diana despus de su partida, no haba
escapdosele la irritacin de Maurescamp durante el almuerzo, y diose
cuenta inmediatamente de la verdad de la situacin. Maurescamp
aprovechaba aquel primer pretexto que se le presentaba para satisfacer
su odio de marido celoso, sin comprometer a su mujer.

Nada tena que decir a esto. Escribi a sus amigos Julio de Rambert y
Juan de Evelyn, ingls este ltimo; hizo llevar las cartas
inmediatamente y tuvo el gusto de verlos llegar algunos minutos despus
de haber recibido a Jardye y Hermany.

Dej solos a los cuatro testigos y permaneci a su disposicin en la
pieza contigua.

El asunto era de los que no se disputan largo tiempo, porque todos los
interesados saben que bajo motivos ostensibles se oculta otro, que es el
verdadero, y que por comn acuerdo todos saben que no puede ser
discutido ni contestado. A los agravios alegados por los seores de
Jardye y Hermany en nombre del barn, los seores Rambert y Evelyn
contestaron en el de su cliente, que tales agravios eran imaginarios,
pero puesto que el seor de Maurescamp se consideraba ofendido, el seor
de Lerne, no poda dejar de inclinarse ante su apreciacin. Los seores
de Maurescamp y de Lerne, deseaban, a ms de eso, que el asunto
terminase lo ms pronto posible, para evitar la publicidad.

En cuanto a la eleccin de las armas, los testigos del seor de Lerne no
estuvieron menos conformes. Jacobo les haba confiado bajo el sello del
secreto algo muy delicado. En principio habales dicho: Acepto la
espada, lo acepto todo; pero vosotros sabis que fui herido en el brazo
derecho, cuando mi duelo con Monthlin; a consecuencia de esta herida,
tengo un poco de debilidad en este brazo; es poca cosa, y tal vez
depende del estado de la temperatura, pero, en fin, tal vez no me
moleste en el terreno. No puedo valerme de este pretexto porque es
visible. Me ven tocios los das tocar el piano con mano firme, y podran
creer que invento una escapada para librarme de la tizona de Maurescamp,
que tira muy bien. Pero si podis obtener la pistola, por medio de
algn argumento honorable, sera muy conveniente para m.

Esforzronse, en consecuencia, en demostrar a los testigos de
Maurescamp, que, planteada como estaba la cualidad de ofensor y
ofendido, quedaba en realidad dudosa entre los combatientes. La
provocacin dirigida por Maurescamp al seor de Lerne, a causa de un
incidente cuya futilidad no poda desconocerse, no tena en s un
carcter excesivo que se asimilaba a una verdadera agresin? Parecales
entonces justo y conveniente que la eleccin de las armas recayese en
aquel que haba sido provocado, hasta cierto punto gratuitamente, o a lo
menos que la eleccin se librase al azar. Los seores de la Jardye y
Hermany contestaron con fra urbanidad, que no poda cuestionarse
seriamente aquella transposicin de papeles, en tan desgraciado asunto,
y que la negativa persistente en reconocer los derechos de su cliente a
su calidad de ofendido, equivala por parte del seor de Lerne a una
acusacin de reparacin, que no poda de ninguna manera entrar en sus
intenciones. Los seores de Rambert y Evelyn no creyeron deber insistir
ms.

Discutiose mucho despus sobre si los testigos del seor de Lerne
obraban bien o mal.

Unos pretendan que, estando impuestos de su enfermedad, por ligera que
fuese, no podan permitir el combate, en condiciones evidentemente
desiguales: otros, ms competentes, segn parece, tienen como primer
deber que observar religiosamente las instrucciones de su mandato, que
les confa, en primer lugar, su honor, en segundo lugar su vida.

Fue, pues, convenido que el combate sera a espada y que a la maana
siguiente se encontraran a las tres de la tarde, en Soignies, sobre la
frontera belga.

Jacobo oy sin emocin aparente el resultado de la conferencia;
agradeci a aquellos seores sus buenas intenciones y sus esfuerzos;
djoles alegremente que esperaba salir bien, a pesar de esto, y dioles
cita para la maana siguiente a las siete en la estacin del Norte.

As que se qued solo, tom un aire serio justificado por las
circunstancias. Por un sentimiento de delicadeza muy natural, pero
excesivo, no haba querido confesar ni aun a sus amigos el verdadero
estado de su brazo herido: la verdad era que todo ejercicio violento, y
sobre todo el de la esgrima, determinaban en aquel desgraciado brazo un
malestar y un entorpecimiento que deban dar una gran ventaja a un
tirador tan consumado como el seor de Maurescamp. El seor de Lerne
pens en esta circunstancia, con entereza, pero, aunque no se sintiese
intimidado, ni se creyese un hombre muerto, no dej de conocer, que iba,
sin embargo, a afrontar un gran peligro.

Hizo sus disposiciones, en consecuencia. Por fortuna, su madre pasaba
aquel da en el campo, ambala, aunque haba sufrido mucho por ella; y
considerose feliz en que la casualidad le evitase la contrariedad de su
presencia. Pero faltbale pasar aquella misma noche por otra prueba tan
dolorosa, o tal vez mayor que aqulla. La seora de Hermany daba un gran
baile, y haca mucho que haban convenido entre l y Juana encontrarse
en l. Esa misma maana habanse renovado la promesa en el bosque.

Por ms de una razn vio de Lerne que no poda dejar de ir al baile.
Crea que su ausencia inquietara a Juana si por acaso hubiesen llegado
a sus odos los rumores de duelo; su presencia y actitud la
tranquilizaran. Pero, ante todo, parecale que el buen nombre de su
amiga le impona aquel sacrificio heroico, y, a ms, el seor de
Maurescamp haba tomado a su querida y no a su mujer como pretexto.
Crey, pues, que el mejor medio de asociarse a sus intenciones, y
desconcertar al pblico, era mostrarse esa noche con la seora de
Maurescamp en los mismos trminos de siempre. Aunque haciendo un gran
esfuerzo, hzolo como un deber de delicadeza.




X


Escribi dos cartas, una para su madre y otra para Juana, y a las once
apareci risueo en el hotel de Hermany.

El dueo de casa, testigo de su adversario, abri tamaos ojos a la
aparicin de aquel convidado inesperado; pero repsose pronto y
recibiolo ceremoniosamente, encontrando, como lo dijo despus, que
aquello era perfecto, irreprochable, y que probaba un estmago de
privilegio. La rubia seora de Hermany, ms bella, ms misteriosa y ms
perversa que nunca, vio que el seor de Lerne buscaba a alguien en la
multitud y, mirndole fijamente, le dijo breveniente: Segunda puerta
ala izquierda. En el invernculo, bajo del tercer palmero a la derecha,
y decid despus que no soy buena...

Jacobo salud gravemente, y sigui la indicacin. Penetrbase al
invernculo por dos arcadas de las cuales una estaba ocupada por la
orquesta. El invernculo era otro gran saln de cpula, ofreciendo
magnfico conjunto de enormes jarrones azules realzados por adornos de
oro, dobles cajas de plantas, estatuas medio ocultas bajo el ramaje,
divanes rodeados de taburetes, y banquillos esparcidos bajo los grandes
abanicos de las palmeras, de los bejucos colgantes con sus plidas
flores color de cera, y de las hojas barnizadas y espesas corolas
blancas de las magnolias. Un ambiente clido de la zona tropical
saturaba el aire, y de vez en cuando oase salir un murmullo de colmena,
que a veces se elevaba como para dominar los ecos bulliciosos de la
orquesta.

En uno de estos grupos, bajo del tercer palmero, a la derecha, hallbase
Juana de Maurescamp escuchando distrada a tres o cuatro suspirantes de
distintas edades. Al apercibir a Jacobo esparciose por su semblante esa
sonrisa plena que las mujeres reservan para sus hijos o sus amantes, y
que los maridos ven raras veces. Aquella sonrisa bast para tranquilizar
a Jacobo y convencerle de que ningn ruido haba llegado a los odos de
Juana.

A la llegada del conde de Lerne, los astros secundarios que haban
girado a su alrededor se eclipsaron sucesivamente con un sentimiento
mezclado de disgusto y deferencia; porque, aunque calumniando
generalmente a Juana por sus relaciones con Jacobo, generalmente tambin
sentan que haba algo que tenan que respetar. Pero antes de quedarse
solo con Juana, Jacobo haba tenido tiempo de hacerse algunas
reflexiones amargas; parado frente a ella, parecale, tanto le haba
sorprendido su elegante belleza, que la vea por la primera vez. Llevaba
con la castidad de Diana la moda indecorosa de aquella poca, y mostraba
fuera de su estrecha bata obscura, su busto casi entero y su brazos
flexibles y puros. Sus negros cabellos, colocados algo bajos como los de
las diosas, hallbanse algo torcidos simplemente en un rodete que caa
sobre su nuca. Su cabeza, un poco echada hacia atrs, a causa de su
peso, enderezbase un poco rgida en una actitud algo altiva y
triunfante. Sentase bella y gozbase de ello, dejando entrever la
blancura de sus dientes, por entre la prpura de sus labios ligeramente
abultados. Al mirar a aquella criatura encantadora, animada por todas
las gracias de la inteligencia y de la pasin, sintiose Jacobo animado
por un impulso casi brutal de deseo, pesadumbre y enojo; habala
respetado, echose aquella violencia. Haba tenido aquel herosmo loco!
y cul era su recompensa?

Con la extraa rapidez de percepcin que caracteriza a la mujer, crey
Juana sorprender algo de lo que pasaba, en la mirada riente y turbacin
del joven; un ligero rubor cubra su frente, hizo girar su abanico y
levantando la cabeza con cierta timidez medrosa:

--Qu tenis?--djole--. Por qu me miris as?

--Estis tan bella!--contest Jacobo bajando la voz--. Me hacis mal!

--Eso pasar--dijo Juana riendo--. Vamos, amigo, nada ms al respecto,
para qu? volvis al materialismo?

--S, pasablemente en este momento.

--Me entristecis, sabis?

--Pero, en fin--dijo sentndose--, al fin no soy un puro espritu.

--Pues bien, yo lo soy--dijo rindose como una nia--, y estoy encantada
de serlo; a ms, es culpa vuestra.

En seguida, con tono serio y penetrado:

--Ah!--dijo--, si yo estuviese segura de que erais feliz, amigo mo,
cuan feliz sera yo tambin! En esto pensaba antes que llegaseis.

--Es usted verdaderamente feliz?--preguntole el joven con voz algo
conmovida.

--Feliz! Feliz! Feliz!...--replic ella con una graciosa efusin--: y
por usted, puede vanagloriarse. Hay momentos en que me asusto de mi
felicidad; parceme que es demasiada. Imagnese--prosigui bajando un
poco la voz--: amo, soy amada, y todo esto sin remordimientos, en paz
con el presente y sin ningn temor para el porvenir... porque, gracias a
Dios y a usted, amigo mo, podr ver sin terror aparecer la primera
arruga, que es el espectro y el castigo de los amores vulgares. Estoy
segura de que envejecer sin pena... casi con alegra... Porque, siendo
menos joven tendr ms libertad, estar menos sujeta a las
conveniencias, ms cerca de usted... menos comprometedora, en fin...
As, por ejemplo, pienso con delicia que podremos viajar juntos... Y
para eso hay que envejecer; pero, entretanto, si supiese cmo se han
transformado para m el mundo y la vida, desde que soy amada, como deseo
serlo... Puede estar orgulloso del milagro que ha hecho. Parece que ha
modificado, elevado, purificado mis instintos... todo mi ser... que me
hubiese enseado... cmo lo dir? el origen divino de las cosas,
ensendome a ver, a comprender el lado bueno de todo lo que he dicho...
de cuanto veo y cuanto siento... As es que, gozando como nadie en el
mundo, mis alegras son celestiales... Placeres de los ngeles. Todo lo
que pasa a mi alrededor aparceme bajo una nueva luz, y todo revestido
de una belleza desconocida para m... Es una niera, pero hace un
momento que pasendome por el bosque miraba los rboles... que pasaban
antes desapercibidos y decame: Qu cosa tan bella es un rbol, qu
slido es, qu elegante, cuan lleno de vida!... No hay un solo objeto
en la naturaleza, desde la ms ligera hierba, que no me cause
admiracin, y me deje en xtasis. Estoy segura... no lo cree usted
tambin? de que todas las cosas de este, mundo tienen dos fases, la una
material y hasta cierto punto vulgar que es visible para todos; la otra,
misteriosa e ideal, que es el secreto y la revelacin de Dios, y la que
veo con los ojos que es su obra de usted, amigo mo.

Mientras la escuchaba, sufriendo secretas agonas, la fisonoma de
Jacobo haba ido tomando una expresin dulce y seria.

--S--dijo al fin, lentamente y la voz algo alterada mirndola con una
ternura infinita--, s, debe haber un Dios y una vida mejor... y almas
inmortales, puesto que hay un ser como usted...

--Pero, qu tiene? Gran Dios!--exclam de pronto.

Crey que estaba indispuesto: habase puesto repentinamente en extremo
plido, y su mirada, dilatada en el espacio, estaba fija como ante una
aparicin aterradora. Volvindose bruscamente apercibi al seor de
Maurescamp, apoyado en el marco de la puerta de entrada al invernculo;
mirbalos fijamente y sus ojos y facciones encendidas demostraban tanta
clera, que el seor de Lerne se levant inmediatamente temiendo algn
acto de violencia.

El seor de Maurescamp avanz entonces a pasos mesurados, luchando
evidentemente contra el desencadenamiento de sus pasiones; sin embargo,
observado por todos, y bajo la impresin del silencio en que qued todo
el saln, consigui moderar su impulso, y llegando donde estaba su
mujer, djole con voz ronca y contenida:

--Vuestro hijo est enfermo... Venid.

Juana dio un ligero grito, hzole algunas preguntas precipitadas, pero
conociendo en su actitud y lenguaje que la enfermedad del nio no era
sino un pretexto, siguiole sin aadir una palabra ms.

El seor de Maurescamp, despus de haber estado un momento en la Opera,
haba regresado al Crculo, y sabido all por casualidad la presencia
del conde de Lerne en el baile de los Hermany. Saba que su mujer deba
ir a l. Como no tena ninguna delicadeza en sus sentimientos ni en su
corazn, ni aun se le ocurrieron los motivos honorables que haban
dictado el proceder de Jacobo. No vio otra cosa que un insolente alarde
de que su mujer era cmplice, e inmediatamente se traslad al hotel
Hermany, sin ningn plan preconcebido, y slo impulsado por un
sentimiento de odio y de enojo que no deba detenerse ante ninguna
consideracin ni aun ante un escndalo pblico. Como se ha visto,
gracias a una suprema inspiracin, no lo fue tanto como se temi, pero
s lo bastante para empaar para siempre, en un minuto, el honor de su
mujer y el suyo.




XI


Mientras se esparca por los salones, entre cuchicheos y risas, la nueva
de la desaparicin de Juana, arrebatada por su marido, el seor de
Maurescamp sentbase bruscamente al lado de su mujer en su cup. Desde
que no tuvo testigos dej de hablar de su hijo. Aquel silencio y su
actitud airada no podan dejar a la pobre mujer la menor ilusin.
Sentase atemorizada.

Senta ese estupor de una persona herida por el rayo, en el esplendor de
su existencia, en su honor, en su inocencia; la indignacin de una mujer
honesta pblicamente insultada, el temor vago de una catstrofe
desconocida, prxima y terrible. En su tribulacin sin nombre,
permaneca silenciosa, esperando que l hablase; pero en vano; y el
trayecto bastante corto de la Avenida Gabriel a la Avenida de Alma, se
pas sin que una palabra se hubiera cambiado entre ellos.

Juana, sin embargo, empezaba a despejar su espritu, naturalmente
valeroso, del caos de sentimientos en que la primera sorpresa la haba
sumergido. Atraves con paso firme, a la vista de tres o cuatro criados
inmviles, el gran vestbulo sonoro de su palacio, y subi la escalera,
silenciosa, pero llegado que hubo al primer descanso de la escalera de
sus habitaciones, se apercibi de que su marido segua adelante:

--Perdn--le dijo--; hacedme el gusto de entrar ah, tengo que hablaros.

Dud unos instantes; como la mayor parte de los hombres, no gustaba de
explicaciones, pues en realidad era un carcter violento, ms bien que
fuerte; el acento tranquilo de su mujer le impona, aunque le irritaba.
Siguiola, pues, pero con ms enojo que antes.

Cerr la puerta, pas al saloncito que estaba antes de su dormitorio y,
volvindose hacia el barn y mirndole:

--Y bien, qu es lo que hay?--dijo.

--Lo que hay, es que matar a tu amante maana por la maana, eso es lo
que hay.

Ella junt sus manos hacindolas chocar con estrpito, y continu
mirndole, con los labios entreabiertos como excitando.

--Hace mucho tiempo--replic Maurescamp jurando e irritndose a s mismo
con la violencia de su lenguaje--; hace mucho que me estn ustedes
provocando... que ambos me ultrajan... que me cubren de ridculo... eso
va a concluir.

--Es usted un desgraciado loco--dijo Juana con dulzura--. Yo no tengo
amante... pero sepamos... qu es lo que quiere decir? Ya a provocar en
duelo al seor de Lerne?

--No hay que provocar, es cosa hecha--contest con el mismo acento de
fanfarronera grosera--; maana nos batimos.

La joven volvi a juntar sus manos, y dej or un gemido sordo.

Su marido pareci apercibirse de su brutalidad, y prosigui precipitando
las palabras y casi balbuciente:

--Es claro que no tena la intencin de prevenirle... eso no entra en
mis habitudes... pero usted lo ha querido... me ha obligado a ello... me
precipita... Es l a ms quien ha colmado la medida esta noche...
Continuar haciendo la corte pblicamente a la esposa cuando se bate al
da siguiente con el marido, es indigno de un caballero... es innoble.

--El seor de Lerne no me ha cortejado ni esta noche, ni nunca--dijo
Juana con energa--, al menos como usted lo comprende. Su honor, es
usted quien lo ha comprometido; su duelo con el seor de Lerne sera una
locura... una mala accin... un crimen... porque, se lo juro por Dios y
por la vida de mi hijo... que jams ha sido para m otra cosa que mi
amigo.

--Se entiende!--replic Maurescamp en tono de burla--. Vamos, creo que
esto es ya bastante y an demasiado! Y dio algunos pasos hacia la
puerta.

Pero Juana, ponindose delante:

--No, se lo suplico, no se vaya an... si supiese usted lo que es para
una mujer... que ha sufrido, que a ms ha luchado... resistido, pero que
al fin ha permanecido honesta, pura, fiel, y que se ve no slo
sospechada, sino ms todava, condenada, castigada con este cmulo de
injusticia y de dureza! Si supiese usted lo que pasa entonces por la
cabeza de esta desgraciada! Si supiese usted lo que podra hacer de m,
aunque no me agradezca nada tratndome... de imprudente, cuando ms,
como si fuese la causa de todo!

--Ah! basta--repuso el conde con dureza, procurando desasirse.

Pero ella le retuvo todava, empujndole suavemente delante de s, con
ademn suplicante; recostose el barn en la chimenea con la actitud
resignada del verdugo.

--Ya sabe usted--dijo Juana--, tan bien como yo misma, la historia de
nuestro pobre menaje... Poco tiempo me am usted, amigo mo...
seguramente por culpa ma... yo no le agradaba... mis gustos no eran los
suyos... todo lo que haca... todo lo que a m me gustaba, usted lo
rechazaba... Me ha abandonado... busc sus placeres, nada ms natural...
Conoca usted que nada poda decirle puesto que no tena el poder de
retenerle. Pero yo era ms joven entonces, amigo mo, pues ya hace aos
de eso, y entonces, s, corr peligro, se lo confieso. Sola en el mundo,
descorazonada, enervada, sin sostn... rodeada de malos ejemplos,
entregada a malos consejeros, perseguida y casi pervertida por gentes
que no sospecha... s, hubo un momento en que me sent sin corazn, sin
virtud, y prxima a caer... Pues bien, es la amistad que me ha
salvado... esta amistad de que me hace un crimen... El seor de Lerne ha
sido para m...

--Un hermano!--interrumpi el seor de Maurescamp con el mismo tono de
irona insultante.

--Sea!--replic Juana animndose--, un hermano... si as lo quiere...
Pero, en fin, l me ha salvado, esto es lo que hay de cierto. Cuando iba
a tomar gusto por los placeres prohibidos, es l quien me ha vuelto al
de los placeres permitidos... Y si su mujer no es hoy una mujer mundana,
es quiz a l a quien lo debe usted... y quiere usted matarle, es eso
justo y honorable? Diga.

--Justo o no, har lo que pueda; se lo prometo; vamos, djeme.

--Pero gran Dios! qu hombre es usted, si no me cree... y si creyndome
persiste en sus designios de odio y de venganza... No, no, no dejar de
hacer usted un llamado a su razn, a su justicia y a su lealtad... No
quisiera herirle, Dios lo sabe... pero en un interior como el nuestro,
en una situacin como la ma... qu quiere que una joven haga de su
tiempo, de su corazn, de su pensamiento y de su vida?... Usted tiene
sus queridas... djeme siquiera mis amigos... y puede estar seguro de
que tendr que elegir entre los amigos confesados, y los amantes
ocultos.

--Pero, decididamente--exclam el seor de Maurescamp--, qu es lo que
quiere usted? qu me pide? Prentende, acaso, esto sera demasiado
fuerte! que vaya a tender la mano al seor de Lerne, excusarme con l, y
pedirle que vuelva a reanudar sus relaciones con usted?

--S--contest con energa...--eso es lo que le pido. Sin excusas, se
entiende; y al pedirle esto, le pido una cosa enteramente justa,
honorable y sensata... porque en realidad es el nico medio de reparar
el mal que ha hecho a su honor y al mo... Es el nico medio de imponer
a las calumnias, a las que ha dado origen con su conducta de esta noche,
y a las que este duelo dara un carcter irreparable de verdad. Si es
capaz de hacer justicia a su mujer inocente, la verdad tiene mucha
fuerza, le creern, y yo, amigo mo, si pudiera comprender lo agradecida
que le quedara, con cun piadoso respeto se lo probara, respetando en
adelante sus susceptibilidades, que tal vez he descuidado demasiado...
y quin sabe, tambin si esa accin generosa, no sera entre nosotros
un nuevo vnculo?... Probados los dos por la desgracia, mejor instruidos
por, la experiencia... y los pesares... quin sabe si nuestros
corazones no se unen?... quin sabe! bah! de usted dependera, se lo
aseguro... llegar a ser para m mi mejor, mi nico amigo.

--Todo esto es muy bello, sin duda--dijo el seor de Maurescamp,
enderezndose dentro de su corbata--, pero es puramente novela...
Siempre ese miserable espritu de romanticismo que les pierde a todas!

--Ah, mi Dios!--replic la pobre mujer, vertiendo lgrimas...--pues
bien, qu es lo que queris? decid, qu exige?... que despida al
seor de Lerne, que no le vea ms?... que le sacrifique esta amistad, y
cuantas pueda tener en adelante? Sea, se lo prometo... me comprometo a
hacerlo... vivir sola... vivir como pueda... a ms, mi hijo crece...
me ocupar de l... l ser mi amigo... S, as ser... se lo juro, y
cumplir mi palabra... Pero, por favor, por favor, amigo mo, no lleve a
efecto ese duelo... No hay razn, no hay motivo para ello; es una
monstruosidad, se lo aseguro. Mire, se lo pido de rodillas!

Y echose a sus pies, desatinada y llorosa.

--Se lo pido con las manos juntas... con todo mi corazn, con todas mis
lgrimas... sed bueno... se lo ruego; tened compasin, no me
desespere...

--Vamos, ahora es melodrama!--dijo Maurescamp, rechazndola.

--Ah, desgraciado!--exclam la joven levantndose, y enjugando sus
ojos; y tomndole violentamente las dos manos aadi con voz contenida:

--No sabe usted lo que hace, no, no lo sabe; no le dir que mate, sera
demasiado decirle, pero usted me condena.

Y soltndole con mpetu las manos:

--Puede irse--dijo--, adis!

El seor de Maurescamp sali.

Permaneci la joven por algunos momentos agobiada y como anonadada sobr
el tapiz, el cabello en desorden, la mirada fija y seca, agitando una
mano por intervalos, con un movimiento de extravo. Fue sacada de aquel
abatimiento por algunos ligeros golpes dados a la puerta de su saln.
Levantose inmediatamente. Era su camarera, anuncindole que la seora de
Lerne deseaba hablar un momento con la seora baronesa.

--La seora de Lerne!

--S, seora... Dir que la seora est un poco enferma? La seora no
tiene buen aspecto.

--Hazla entrar.

La seora condesa de Lerne apareci, lvida, la mirada extraviada,
todas las lneas de su cara hundidas, y convulsas. Sin fijarse desde
luego en el desorden en que se hallaba Juana, fue hacia ella con el paso
rgido de un espectro y dijo clavndole la vista:

--Su marido se bate maana con mi hijo!

--Lo s--contest Juana--; acaba de decrmelo.

--Ah!--replic amargamente la anciana seora--. Acaba de decrselo?
Es el acto de un cobarde!

--S, pero usted, cmo lo sabe?

--Por Luis, el viejo criado de mi hijo, que ha sospechado algo hace
poco, y que despus ha odo toda la conversacin de los testigos.

--Y usted sabe, seora--replic Juana--, que no hay nada malo entre su
hijo y yo?

A la verdad que aquello era nuevo para la vieja condesa. Y en su
tribulacin, no pudo disimular una especie de sorpresa candorosa:

--Pero, entonces--dijo--, no hay pruebas?

--Pruebas de qu? Puesto que no hay nada!...

--Y su marido no ha querido creerla?

--No.

--Entonces, nada hay que esperar?

--Nada!

La seora de Lerne dejose caer en un silln y qued inmvil, muda,
inerte. Despus de un silencio, Juana se le acerc.

--Su hijo est en su casa?

--S.

--Su carruaje est abajo?--insisti Juana--. Pues bien, partamos... ir
con usted... quiero verle.

Mientras hablaba, cubra su cabeza con un velo y envolvase en sus
pieles.

La seora de Lerne se levant indecisa.

--Es prudente lo que hace?

--Qu cosa peor puede suceder?--dijo Juana con un gesto de suprema
indiferencia, inducindola a salir.

La condesa viva en la Avenida Montaigne. En un momento estuvieron all.
Mientras iban, impuso a Juana con palabras entrecortadas de todo lo que
saba, de la causa aparente del duelo, del nombre de los testigos, del
arma elegida, de la hora y lugar de la cita.

Era cerca de la una de la maana, y Jacobo terminaba sus ltimas
disposiciones, cuando vio con estupor abrirse violentamente la puerta de
su biblioteca y dar paso a Juana.

--Ah, Dios mo!--exclam--. Usted... es posible!

--S, lo sabemos todo, su madre y yo--dijo Juana sofocada--, y he
venido, he querido venir... aqu estoy.

--Mi madre tambin!...--murmur Jacobo--. Ah, qu contrariedad!...
Qu desagrado! Pero, pobre amiga ma! qu viene a hacer aqu? Se
pierde.

--Lo s--contest dolorosamente dejndose caer en una silla--, pero he
querido verle una vez ms.

Y sollozaba.

--Querida seora... hija ma...--dijo l con dulzura; tomndole la
mano--; reponeos; se lo pido, y volved pronto a su casa... Est usted
segura de que este duelo no tendr consecuencias funestas... Entre dos
hombres que saben tirar, y que son casi de la misma fuerza, un duelo no
es ms que un asalto sin peligro.

--Ah, le odia tanto!

Las lgrimas la sofocaron.

--De modo que esto se acab! Se acab para siempre! Oh, qu
injusticia! Dios mo! qu injusticia!

--Querida hija ma--repuso Jacobo--, retrese, se lo pido... supongo
que no tratar de quitarme la calma en este momento? No es cierto?...
Decidle a mi madre tambin, que le suplico que sea razonable, que no hay
ni la sombra de un peligro, ni la sombra... si quiere dejarme tranquilo.

--Pues bien--dijo Juana levantndose--. Adis, pues, adis; mucho nos
hemos querido, no es verdad?

--S, hija ma, s.

Mirolo algunos instantes sin hablar, y acercndose un poco:

--S--repiti.

Y presentndole su frente:

--Bsame ah--dijo--, a fin deque, si mueres, tengas a lo menos eso.

Jacobo deposit un beso en los cabellos de Juana, y sostenindola con un
brazo, condjola fuera de la habitacin hasta las primeras gradas de la
escalera.

--Pronto, a su casa--djole besndole la mano precipitadamente.

Y alejose.




XII


La seora de Maurescamp volvi pronto a su casa, conducida por la seora
de Lerne. Su ausencia haba sido corta. Sus criados no vieron nada de
extraordinario y su imprudente paso qued ignorado de su marido.

Hacia las cinco de la maana acababa de adormecerse, quebrantada por el
cansancio y las emociones, cuando la despert un ruido que se senta
arriba de su cabeza. Senta pasos y roces sordos, sobre el piso;
comprendi que su marido proceda anticipadamente a los preparativos del
viaje.

Un momento despus oy el rodar de un carruaje por el patio, despus
bajo la bveda de la entrada; haba partido.

Levantose. Su cabeza arda. Abri una de las ventanas que daban al
jardn y cruz sus brazos sobre la baranda. El aspecto del cielo, de las
nubes, de las paredes, de las primeras hojas, todo tomaba a sus ojos un
aspecto extrao y fantstico. Escuchaba vagamente el alegre murmullo de
una bandada de gorriones que saludaban el amanecer de una bella maana
de primavera.

Sali bruscamente de su contemplacin para ir a presidir, como tena por
costumbre, el levantarse de su hijo y su arreglo matinal. Prolong
aquellos cuidados lo ms posible, tratando de hacerse la ilusin de un
estado de cosas regular y tranquilo.

Cuando la maana avanz, su soledad, en medio de las ansias que la
devoraban, lleg a serle intolerable, y decidiose a llamar a su madre.
Su ternura generosa haba trepidado hasta entonces en hacerla
participar de aquellas horas angustiosas. Pero senta que perda la
cabeza. Inform, pues, a la seora de Latour-Mesnil de lo que pasaba,
por medio de un billete que le envi con un expreso.

Si la madre de Juana hace mucho que no figura en las pginas de este
relato, es porque no tenamos nada que decir que el lector no haya
adivinado. Una palabra bastar, sin embargo, para llenar este vaco.

La seora de Latour-Mesnil se mora poco a poco, a causa del bello
casamiento que le haba hecho hacer a su hija. Sufra de una afeccin al
hgado, complicada con graves desrdenes del corazn. Era en vano que
Juana, no solamente no le hiciera reproches, ni aun le confiase nada.
Era demasiado mujer, y demasiado madre; haba sufrido demasiado ella
misma, para que pudiera engaarse sobre la verdad de las cosas, y no se
perdonaba la extraa ceguedad con que haba entregado a su hija a un
destino peor que el suyo.

Algunas madres se consuelan del amor oficial de sus hijas con la
felicidad de contrabando que les conocen, o que les suponen. Tales
consuelos no eran para la seora de Latour-Mesnil, y si algo poda,
agravar ms el dolor y los remordimientos de haber entregado su hija a
una desgracia irreparable, era la mortal aprensin, de que tal vez la
haba entregado tan bien al deshonor.

Muchas haban sido sus perplejidades al respecto, y el solo da feliz
que la pobre mujer hubiese tenido, en muchos aos, era el reciente en
que su hija, viendo su inquietud por su relacin con el seor de Lerne,
le haba saltado al cuello exclamando:

--Mira como te abrazo!... no lo hara as, si fuese culpable. No! no
me atrevera!

La seora de Latour-Mesnil, a quien el billete de su hija haba dado la
primera noticia sobre el duelo del seor de Maurescamp con el seor de
Lerne, lleg a casa de su hija a eso del medioda. Primeramente entre
las dos mujeres hubo ms lgrimas que palabras. Despus de los primeros
desahogos, sintiose Juana ms aliviada al contestar a las preguntas
reiteradas de su madre, refirindole lo que saba sobre las
circunstancias del desafo, los incidentes del baile, la escena entre
ella y su marido y hasta su visita precipitada a casa de Jacobo.

Mientras hablaba con una volubilidad febril unas veces caminando, otras
sentada, no dejaba de lanzar rpidas miradas alrededor de la chimenea.
Ella saba que el duelo deba efectuarse a las tres y media. A medida
que la hora fatal se aproximaba, sentase ms agitada, pero hablaba
menos; su andar maquinal de un saln a otro, se aceleraba; su semblante
se encenda, y sus labios no hacan sino articular por intervalos
algunas exclamaciones de nia:

--Oh mam!... mi pobre mam!... qu crueldad!... qu injusticia!...
qu injusticia!... Dios mo!

Su madre, alarmada por su estado de exaltacin, se levant y trat de
llevarla a su dormitorio.

--Ven a tu cuarto, hija ma--decale--, vamos a rezar.

--Rezar? madre ma!--le dijo Juana con dureza--. Y por quin quiere
que rece? Por mi marido o por el otro?... Quiere que sea hipcrita o
sacrlega?

--Ah! ruega por tu pobre madre, que tiene tanta necesidad de
perdn--exclam la seora de Latour-Mesnil arrodillndose y ocultando
su frente entre las manos.

--Madre, madre ma!--dijo Juana levantndola con fuerza, y
estrechndola contra su corazn. Qu tengo que perdonarle? no me he
engaado yo tambin?

--T podas engaarte... Pero yo!... yo, tu madre, tu consejera, tu
gua; instruida por la vida. Ah, cun culpable he sido! Cun culpable
en no haber elegido mejor para ti! Para ti tan digna de ser feliz,
pobre hija ma!... A ti, que eres tan honesta, ve a donde te he
conducido.

--Pero soy siempre digna, madre ma--dijo Juana, distrada.

Repentinamente, mostrole con el ndice la esfera del reloj. La seora de
Latour-Mesnil vio que eran las tres; una sonrisa nerviosa crispaba los
labios de Juana. Tomose del brazo de su madre y se pase sin pronunciar
una palabra. Suspiraba profundamente de tiempo en tiempo.

Despus de algunos momentos:

--Probablemente ya todo habr concluido--dijo--, porque para esas cosas
son muy exactos, y duran poco tiempo, segn dicen... pero lo que hay de
terrible es que no sabremos nada hasta de aqu a dos o tres horas. He
hecho una cosa, que quin sabe si la aprobar usted... pero, a quin
poda dirigirme para tener noticias? Me era imposible esperar hasta
maana, porque el seor de Maurescamp, naturalmente, no me escribir...
Por eso, le he rogado a Luis, el viejo sirviente del seor de Lerne, que
me enve un despacho, as que todo haya terminado.

La seora de Latour-Mesnil, anonadada, no contest sino por un
movimiento indeciso.

En ese momento sintieron el timbre del vestbulo que daba a la
habitacin del conserje. Como la puerta del hotel haba permanecido
rigurosamente cerrada toda la maana, aquel anuncio de una visita
parecioles singular.

--Ya!--murmur Juana, acercndose vivamente a una ventana que se abra
sobre el patio--. Ya! es imposible!

Corri la cortina y reconoci en el personaje que suba la escalera de
la galera, a un maestro de esgrima, o ms bien a un preboste nombrado
Lavarede, que tena por costumbre venir al palacio tres veces a la
semana para tirar las armas con el seor de Maurescamp. Muy celoso de su
habilidad en la esgrima, a pesar de frecuentar asiduamente la sala de
armas, ejercitbase tambin en su casa, tal vez para no hacer sabedor al
pblico de todos los secretos de su manejo.

La aparicin de aquel hombre, en medio de los pensamientos que
preocupaban a Juana y a su madre, las llen de admiracin y alarma.
Interrogbanse en voz baja con inquietud, cuando un sirviente se
present a la puerta del saln, y dijo:

--Seora, es el seor de Lavarede, el maestro de armas, que no saba que
el seor barn estuviese de viaje, y pregunta si el seor barn estar
muchos das ausente, y si podr volver pasado maana.

--Decid que no s, que se le har prevenir.

El sirviente sali.

Despus de algunos momentos de reflexin, la joven lo volvi a llamar.

--Augusto--le dijo--, deseo hablar al seor Lavarede... hazle entrar en
el comedor, voy a bajar.

Y volvindose a su madre:

--Venga conmigo--aadi--, quiero hablar dos palabras con ese hombre...
despus iremos al jardn... nos har bien... hace muy buen tiempo...
venga.

Bajaron dndose el brazo y se encontraron en el comedor con un hombre
como de cuarenta aos, que tena la apostura dura y correcta de un
militar, en traje de particular.

--Caballero--le dijo la seora de Maurescamp, con una voz un poco
temblona--, deseo hablarle... Mi marido parti esta maana para
Blgica... parece que ignora usted el motivo de su viaje...

--S, seora, lo ignoro.

--Los sirvientes no le han dicho nada?

--No, seora.

--Tal vez ellos mismos lo ignoran; ha pasado todo tan rpidamente...
Pues bien, seor, la causa de ese viaje, la sospecha usted, la adivina,
sin duda, en el estado de tribulacin en que nos ve a mi madre y a
m?... A estas horas el seor de Maurescamp se bate en duelo! El
maestro de armas slo contest con un ligero movimiento de sorpresa y un
serio saludo.

--Seor--replic la seora de Maurescamp, cuya palabra era al mismo
tiempo precipitada e indecisa--, seor, ya comprender nuestra
ansiedad... Puede decirnos algo para tranquilizarnos?

--Perdn, seora, puedo saber quin es el adversario?

--El adversario es el seor de Lerne.

--Oh! en ese caso puede estar bien tranquila.

Juana mir fijamente a su interlocutor.

--Tranquila?... por qu?

--El seor conde de Lerne, seora--aadi el preboste, es uno de los que
frecuentan nuestra sala, lo era al menos... conozco perfectamente su
fuerza... tiraba muy bien, y hubo un tiempo en que hubiera podido luchar
con el seor barn... pero despus de su duelo con Monthlin ha perdido
mucho... se cansa pronto, y no es dudoso que el seor barn d pronto
cuenta de l. Pienso, pues, que la seora puede estar tranquila.

--Entonces--dijo Juana despus de una pausa--, usted cree que va a dar
muerte al seor de Lerne?

--Oh, matarle! espero que no... pero indudablemente le herir o le
desarmar, lo que es ms probable, sobre todo si la querella no es muy
seria.

--Pero, en fin, seor--replic la joven balbuceando--; usted cree...
est seguro, que no tengo nada que temer por mi marido?... que no puede
ser herido?

--Estoy persuadido de ello.

--Bien, seor... gracias; le saludo, seor.

Siguiole con la vista, hasta que hubo salido, y tomando despus la mano
de su madre:

--Ah, madre!--dijo--. Siento que me voy volviendo criminal!

Las puertas ventanas del comedor se abran al nivel del jardn. La madre
y la hija entraron en l y se sentaron juntas en un banco rodeado de
lilas cuyas hojas empezaban a brotar. Apenas sentada Juana exclam:

--Madre ma, despus de lo que ha dicho ese hombre, si le mata... ser
un verdadero asesinato...

--Hija ma querida, te ruego que te calmes; me haces tanto mal, tanto
mal!... A ms, lo que ha dicho ese hombre es por tranquilizarnos...
porque, en fin, tu marido no es un monstruo, y entre gente de honor, no
pueden suceder ciertas cosas. Si el seor de Lerne sufre realmente del
brazo, si su brazo est debilitado...

--S--dijo Juana--, muchas veces me he apercibido de ello.

--Puen bien--prosigui la madre--, tu marido lo habr notado
inmediatamente y se habr contentado con desarmarle.

--Ah, madre ma, le odia tanto! nos odia tanto a los dos!... y no es
bueno, a ms de eso; es malo!

Sin embargo, se adhiri a aquel pensamiento que le sugera su madre: eso
es bastante verosmil, si el seor de Maurescamp era hombre de honor,
como el mundo lo entiende... no querra abusar de la desigualdad de
fuerza... despus, habrase acordado durante el viaje de todo lo que
ella le haba dicho... habra reflexionado ms a sangre fra, habra
llegado casi convencido de su inocencia... casi tranquilo... menos vido
de venganza...

Senta tambin en todo lo que la rodeaba una influencia benfica y
tranquilizadora; sentala en el silencio de aquel jardn con sus altos
muros enclaustrados, en el aire puro y en el azul del cielo. En el olor
de las plantas, y en la suavidad de un bello da, que ya declinaba. La
imaginacin no puede sino difcilmente asociar las ideas de violencia y
escenas de sangre, a la tranquilidad encantadora de la naturaleza y a
los que respiran el bienestar del campo y sus jardines, que ese
bienestar debe reinar por todas partes.

El tiempo corra, mientras tanto, sin ninguna nueva emocin; las
anteriores iban calmndose un poco, Juana y su madre, tomadas de la mano
y sin hablar sentanse como adormecidas por un suave entorpecimiento de
los sentidos.

Era un poco ms de las cinco de la tarde, cuando Juana se enderez
repentinamente; haba vuelto a or resonar el timbre del vestbulo.

--Esta vez s... ah est--dijo.

Dos minutos pasaron; Juana y su madre estaban paradas con la vista fija
en la puerta del vestbulo. Un sirviente apareci con una bandeja en la
mano.

--Es un despacho para la seora--dijo.

--Dadme--dijo Juana adelantndose dos pasos.

Esper que el sirviente se hubiese retirado, y, sin abrir el telegrama
mir a su madre.

--Djame abrirle!--murmur la seora de Latour-Mesnil tratando de tomar
el telegrama.

--No--dijo la joven sonriendo--, tendr valor. Bah!

Rompi el sobre azul. Apenas hubo echado una mirada sobre su contenido,
cuando se le cay de las manos; su mirada qued fija, sus labios se
agitaron convulsivamente; abri en cruz sus brazos, dio un grito
prolongado que se sinti por todo el palacio y cay redonda sobre la
arena a los pies de su madre.

Mientras que los criados acudan al or aquel grito siniestro, la seora
de Latour-Mesnil, desatinada, se arrojaba sobre su hija, y al mismo
tiempo que le prodigaba sus cuidados, levantaba febrilmente el
telegrama.

Esto fue, lo que ley:

      Soignies, tres y media.

El seor Jacobo, herido mortalmente, acaba de sucumbir.--Luis.




XIII


Seis meses despus, a mediados de octubre del mismo ao de 1877, nos
hallamos con el seor y la seora de Maurescamp, instalados maritalmente
en la Venerie, magnfica propiedad situada entre Creil y Compigne, cuya
adquisicin la haba hecho el seor de Maurescamp diez y ocho meses
antes. Era gran cazador, y en Venerie haba mucha caza, lo que le haba
determinado a comprar aquel dominio, para no tener que alquilar cacera
por un lado o por otro, todos los aos. Tena invitados para el
principio de la estacin de la caza, a un gran nmero de amigos, entre
otros a los seores de Monthlin, Hermany, de la Jardye y Saville, con
los cuales la seora de Maurescamp llenaba perfectamente bien los
deberes de castellana, con gracia y aun con alegra. Crease
generalmente que su alegra estaba de ms, y que despus de haber sido,
haca tan poco tiempo, con razn o sin ella, la causa de la muerte de un
hombre, deba sentir, o, cuando menos, aparentar alguna tristeza. Pero
el corazn de una mujer tiene secretos impenetrables.

A consecuencia del duelo que haba terminado de un modo tan fatal para
el conde de Lerne, ningn argumento, ningn ruego, habran podido
determinar a Juana Maurescamp a permanecer bajo el mismo techo conyugal
y esperar en l a su marido. Esa noche se refugi en casa de su madre,
llevndose valerosamente a su hijo. La seora de Latour-Mesnil tuvo la
delicada misin de negociar con el seor de Maurescamp las clusulas y
condiciones de una existencia temporaria, y arreglada a las
circunstancias. Hall a su yerno menos recalcitrante de lo que ella
esperaba; a l mismo no le disgustaba el no afrontar la presencia de su
mujer tan en seguida concediendo que tal vez por simples sospechas haba
procedido con demasiada ligereza e ido demasiado lejos.

Nadie siente una gran satisfaccin en haber muerto a un hombre; y el
seor de Maurescamp, por poco sentimental que fuese, no dejaba de
experimentar ciertos remordimientos, que se adivinaban en las
disposiciones conciliadoras que manifest a la seora de Latour-Mesnil.
Convnose, pues, en que la seora de Maurescamp quedara con su hijo, y
que acompaara a su madre primeramente a Vichy y despus a Suiza y
Vevey, donde pasaran el verano. Mientras tanto, los sentimientos de uno
y otro se calmaran, modificndose, tanto ms, cuanto que en todo
aquello no haba habido sino una serie de errores.

Aquel duelo haba ocupado a Pars durante ocho das.

La catstrofe final lleg a producir un movimiento de opinin favorable
a la reputacin de la seora de Maurescamp; haba, entre la crueldad de
aquel desenlace y las ligeras imprudencias de conducta que podan
reprocharse a Juana y al seor de Lerne, una desproporcin tal, que se
impuso a todos y desarm a la calumnia. La opinin general fue que el
seor de Maurescamp se haba mostrado feroz e implacable, para con un
hombre que no tena ms crimen, segn se crea, que el haber dado
lecturas con su mujer. Estos rumores y apreciaciones de las gentes,
tranquilizando la vanidad del barn y lisonjeando su orgullo,
contribuyeron a la reconciliacin de los esposos.

La seora de Maurescamp manifestose en los primeros tiempos
completamente rebelde a toda idea de reconciliacin. Pero despus de dos
o tres meses pasados en un estado de estupor desesperado, pareci
despertarse repentinamente bajo la impresin de nuevas reflexiones.
Declar a su madre que ceda a sus consejos, que volvera a casa de su
marido y que slo peda algunos meses de retardo.

--Es necesario--dijo, no sin un resto de amargura--dejar tiempo para que
se le sequen las manos.

Desde entonces su humor cambi completamente; pareca gozan: con la vida
y el porvenir presentarle algn inters, bastante para reanimar un poco
su actividad y su espritu.

Volvi, pues, a reunirse a su marido a fines de septiembre y entr en su
casa tan naturalmente, cual si volviera de un viaje. A decir verdad, el
seor de Maurescamp pareci el ms embarazado de los dos. Por otra
parte, nunca haban tenido la costumbre de las grandes expansiones; por
consiguiente, nada pareca cambiado entre ellos; toc sonrindose la
mano que l le tendi a su llegada, y la salud de su querido Roberto, su
buen aspecto, su crecimiento rpido, dironle un asunto fcil de
conversacin, que allan todas las dificultades. Algunos das despus
fueron a instalarse al castillo de la Venerie, donde la presencia de los
invitados deba evitarles el disgusto de las largas conversaciones.

Ya se comprende que la seora de Maurescamp fue por mucho tiempo para
los huspedes del castillo, como para los vecinos de la campaa, un
objeto de la ms insistente curiosidad; era imposible dejar de observar
con especial atencin la fisonoma y el porte de una joven cuyo nombre
acababa de estar mezclado en una aventura tan trgica como misteriosa,
y trascendente. Los curiosos no sacaron su gasto; la actitud de Juana
era reposada y natural, a menos de suponerle una gran dosis de disimulo
(cosa que no es temeraria suponer a su sexo), y haba razn para pensar
que haba tomado definitivamente el partido de sobreponerse a los
pesares y desagrados personales por que haba pasado en poca tan
reciente.

Hallaban, pues, las gentes, como lo hemos dicho antes, que llevaba con
demasiada despreocupacin el duelo de un hombre muerto por ella, que,
cuando menos, haba sido su amigo.

--Esto no es animador!--dijo un da el bello Saville a la seora de
Hermany--; si el pobre de Lerne resucitase por algunos instantes, su
asombro no tendra lmites.

--Por qu, amigo mo?

--Porque esto es chocante!--dijo el bello Saville, que no era un
guila pero que tena buen corazn--, se dira que la muerte de ese
pobre muchacho ha sido una satisfaccin para ella. Nunca la he visto ms
animada, ms satisfecha... Y hacednos matar por estas seoras!

--Pero, amigo mo, nadie piensa en hacerle a usted matar...
Tranquilcese... y en cuanto a mi amiga Juana, es una persona a quien no
se debe juzgar a la ligera... Yo no s; todo lo que pasa en esa linda
cabeza... pero hay en su pupila algo que no me agradara si fuese su
marido.

--Pues yo no veo nada en su pupila--dijo Saville;

--Naturalmente!--contestole la seora Hermany.

Aquel buen humor de Juana, que chocaba a todos, estaba muy lejos de
desagradar a su marido; por el contrario, gustbale mucho.

--Es una mujer domada--se deca--. Esto es lo que hay; est domada. Ese
es mi sistema, domar a las mujeres... Despus que la ma ha recibido una
leccin, un poco fuerte, es verdad, ha recobrado su buen sentido
prctico... ahora es cien veces ms feliz y ms amable que nunca...
Esto es perfecto, perfecto!

Habase operado, en efecto, en los gustos y las costumbres de Juana un
cambio muy original y digno de estudio; en vez de consagrarse casi
exclusivamente como antes, a los goces del alma y de la inteligencia,
habase despertado en ella un gusto demasiado exclusivo por los placeres
fsicos. No abra un libro, el piano permaneca cerrado, su querida
cartera no reciba ya sus impresiones, ni los extractos de sus poetas
favoritos; haba perdido su tendencia al entusiasmo y a conmoverse
tiernamente, que tanto la haba distinguido, y contrado la tan vulgar y
detestable mana parisiense de la crtica perpetua. La equitacin, la
caza, el ballar, el baile, eran entonces sus pasiones favoritas.

Segua a caballo las caceras en los bosques de Compigne, a pie las
caceras de tiro en los bosques de la Venerie y por la noche era una
valsante infatigable. Los nombres nunca la haban visto ms seductora, y
hay que aadir que nunca creyeron que fuese tan coqueta; pues lo era, y
tena a ms en aquel arte, nuevo para ella, la inconsciencia de una
principianta que no conoca todava lo justo de la medida. Las
vivacidades de su conducta y de su lenguaje sobrepasaban algunas veces
al nivel que separa a las gentes de buena sociedad de la mala. Pero
Maurescamp no se disgustaba por ello; divertale ms bien y se rea con
sus amigos.

--Ya est curada--deca--. Empieza una vida nueva... se excede un poco
en el lenguaje, es verdad... como las recin casadas, que dicen
disparates al da siguiente de su boda... pero eso pasar.

Sin embargo, despus de algn tiempo acab por notar que su mujer
buscaba con demasiado empeo la sociedad de los hombres. Que les
acompaara constantemente a la caza, paso y salas de billar, pase; pero
lo que le sorprendi sobremanera fue verla seguirlos hasta la sala de
arreos, donde se reunan todas las maanas a tirar las armas. Esta sala
era una gran pieza monumental, con piso de mosaico, bien abrigada, muy
clara y muy adecuada para esta clase de _sport_.

Altos bancos cubiertos de espartera se hallaban colocados a lo largo de
las paredes y servan de asiento a los espectadores. La primera vez que
Maurescamp y sus amigos vieron por entre el humo de sus cigarros a Juana
sentada en uno de esos bancos, sintironse no solamente sorprendidos,
sino tambin disgustados. Haba entrado sin hacer ruido, sin ser
notada, sentndose silenciosa y observaba a los tiradores. A todos les
pareci extraordinario que una joven a quien tenan por delicada y
sensible, encontrase placer en un espectculo que no poda dejar de
traerle a la memoria un recuerdo funesto. Hubo, sin embargo, que
habituarse a su presencia, porque desde este da no dej de ir a la sala
de armas, a las horas que lo hacan el seor de Maurescamp y sus
huspedes. Pareca observarlos con particular inters; algo inclinada
bien adelante, seria, con la mirada fija, absorbase por completo en la
contemplacin de las paradas y rplicas cambiadas entre los adversarios.
Pero, sobre todo, era cuando su marido estaba en escena, que se le vea
prestar la ms profunda atencin, tan profunda, que llegaba a contrariar
hasta a su propio marido.

Juana lleg, a fuerza de aplicacin, a conocer bastante la esgrima;
dbase cuenta con bastante exactitud de los golpes y de la fuerza de los
tiradores. Fue as como lleg a comprender que su marido era
efectivamente, como lo haba odo decir, un tirador diestro, de una
solidez y una fuerza muy notables, y que hasta entonces no haba otro
que pudiera competir con l sin demasiada desigualdad, sino el seor de
Monthlin, hasta llegar a tener ventaja sobre el barn, en dos o tres
asaltos, lo que le vali de Juana algunas palabras amables.




XIV


El seor de Monthlin, es necesario decirlo, vindose desembarazado de
su rival, el conde de Lerne, haba recobrado poco a poco su antiguo
papel de suspirante y amigo. Por aquel entonces, creyose ver seriamente
alentado, y empez a abrigar esperanzas que no crea ilegtimas, cuando
un nuevo acontecimiento vino a trastornar sus manejos.

A ms de los huspedes habituales del castillo, el seor de Maurescamp
invitaba de tiempo en tiempo a las caceras de la Venerie, a algunos
oficiales de la guarnicin de Compigne, a quienes haba conocido en
Pars, en las caceras de los bosques. Entre estos oficiales, que eran
casi todos de la mejor sociedad, haba uno que haca excepcin, y que
todos se admiraban verlo admitido en la Venerie. Era un joven capitn de
cazadores, llamado Sontis, bien nacido, pero mal educado, de un
libertinaje insolente, y de costumbres groseras. Su fsico no compensaba
lo que le faltaba en educacin social y moralidad. Era pequeo, feo, de
color bilioso, muy delgado, con escasos cabellos de un rubio claro y
ojos grises, de una expresin dura y cnicamente burlones. Pero era un,
_sportsman_, completo; en materia de equitacin, de carreras, de caza, y
generalmente en todo lo concerniente al _sport_, era no solamente un
conocedor de los ms competentes, sino un ejecutante de una habilidad
superior. Esas cualidades especiales haban cautivado al seor de
Maurescamp, quien se haba propuesto, haca ya algn tiempo, hacerse
criador y montar una caballeriza de caceras; no cesaba de tener
conferencias sobre tan importante asunto con el capitn de Sontis, y
apreciaba altamente sus preciosos consejos.

En cambio, la seora de Maurescamp haba concebido por el joven, desde
la primera vez que le vio, la ms grande antipata, la que no se cuidaba
de disimular. Fue, pues, con disgusto que le vio instalarse por tres
semanas en la Venerie, en los primeros das de noviembre, pues hasta
entonces, slo haba asistido a las comidas o al almuerzo con motivo de
la caza.

Desde la primera maana de su instalacin, fue invitado cortsmente para
acompaar al dueo de casa y dos o tres ms de sus huspedes, a pasar a
la sala de los arneses, para hacer un poco de esgrima, si lo tena a
bien. El seor de Sontis contest que tendra mucho gusto en ejercitar
un poco su mueca, pues haca mucho que no tiraba. Despus de ensayarse
un poco contra las paredes, acept un pequeo asalto anodino con el
seor de Maurescamp.

Pusironse, pues, frente uno de otro y no fue poca la sorpresa de ste,
al encontrarse que aquel pequeo personaje posea una agilidad, golpe de
vista, y alcance de tigre. Algo impresionado al principio por la fuerza
del manejo del seor de Maurescamp, repsose prontamente y tom una
ventaja absoluta en el segundo ataque. El seor de Maurescamp,
desazonado, dijo, riendo, que esperaba tomar su desquite a la maana
siguiente.

--Como guste--contest de Sontis--, estoy a sus rdenes; pero le
advierto que ya conozco su manejo, y que no me tocar sino cuando yo lo
quiera.

--Ya veremos!--contest Maurescamp con bastante sequedad.

Juana haba asistido aquella maana, como tena por costumbre, a la
leccin de esgrima. Al salir notbase en ella un aire grave y
meditabundo que no le era habitual desde que haba empezado su nueva
existencia. Todo el da estuvo pensativa.

A la maana siguiente, no falt a la cita.

El seor de Maurescamp y de Sontis emprendieron un asalto, al cual la
pequea escena del da anterior daba un inters excepcional. La
curiosidad de los espectadores estaba en extremo sobreexcitada; pero la
de la seora de Maurescamp haba llegado al ltimo grado, y la expresin
de su rostro, mientras segua las fases y peripecias de la lucha,
demostraba su inters, o ms bien una ansiedad que no estaba en armona
con las circunstancias.

Aquel asalto fue un desastre para el seor de Maurescamp. El joven
oficial de cazadores, aunque muy inferior en fuerza muscular, posea, a
pesar de su dbil apariencia, un temple de acero. Haca mucho tiempo ya
que era reputado maestro en punto a esgrima, y no tard en darse cuenta
del lado dbil y deficiente del manejo, por otra parte muy temible, del
seor de Maurescamp. Haba notado que tena en el asalto el defecto
habitual de los hombres vigorosos y muy sanguneos, es decir, la
tendencia a fiar demasiado en su vigor, y aun a abusar inconscientemente
de los efectos de fuerza. Dotado l mismo de una agilidad y precisin de
mano incomparable, y tan seguro de su vista como de su mano, el seor de
Sontis no daba entrada a su adversario; lo ofuscaba y deslumbraba con su
rpido cambio, aprovechndose de los desvos a los cuales se entregan
siempre en la parada las espadas violentas, al lanzar desenganches de
una rapidez fulminante. El seor de Maurescamp tena ante s una espada
invisible e infatigable. No la senta, puede decirse, sino cuando tocaba
su pecho. En resumen, recibi en aquel asalto cinco o seis botonazos y
no dio ninguno.

El amor propio muy irritable del seor de Maurescamp no le permiti
declarar su inferioridad decisiva. Convino solamente en que aquel da no
estaba en juego. Quiso renovar la prueba en los das siguientes; pero no
obtuvo ninguna ventaja, y si consigui dos o tres veces en otros asaltos
consecutivos, hacer sentir el botn de su florete al seor de Sontis,
todos creyeron ver en ello un acto de deferencia por parte del joven. En
una palabra, el seor de Maurescamp, disgustado y herido, se abstuvo
desde entonces con diferentes pretextos de dar asaltos por la maana.

Las mujeres gustan de los valientes y victoriosos. Fue seguramente a
consecuencia de este noble sentimiento, tan notable en las de su sexo,
que la seora de Maurescamp pareci perdonar al joven oficial de
cazadores su fea figura y mala reputacin, y empez muy visiblemente a
honrar con su benevolencia a un hombre por el cual slo haba demostrado
hasta entonces la ms despreciativa indiferencia, y hasta aversin.

Por poco preparado que estuviese para aventuras de aquella importancia,
no pudo dejar de comprender el seor de Sontis el carcter de las
atenciones con que era favorecido. Mantvose reservado, sin embargo, sea
que habituado a los amores de soldado, se sintiera intimidado ante
aquella dama elegante y distinguida, sea que sospechase (porque era muy
suspicaz) algn lazo oculto en aquellas provocaciones, que tena tal vez
el buen sentido de conocer que no las mereca.

Por extraa que fuese la aventura, pareca no quedar duda sobre que
aquella mujer tan atractiva, delicada y honesta, estaba enamorada de
aquel mal sujeto, palidote y vulgar. Durante la ltima semana de la
permanencia del joven en la Venerie, los sntomas de la loca pasin de
Juana se revelaban cada vez ms a las miradas curiosas de los celosos
que la observaban. Admirbanse al mismo tiempo, de que aquel manejo tan
significativo pasara inapercibido para aquel que tena ms inters en
comprenderlo, es decir, para el barn de Maurescamp, que, sin embargo,
haba dado pruebas de susceptibilidad conyugal. Y tanto ms se
admiraban, cuanto que Juana pona muy poco empeo en disimular; ms bien
era imprudente.

Con mucha frecuencia daba a su marido el espectculo de sus apartes
misteriosos con el seor de Sontis; elega indiscretamente el momento en
que su marido atravesaba el patio, para arrojar por la ventana alguna
flor de su corpino al oficial de cazadores; quedbase atrs con l, en
los paseos a caballo, perdase en el bosque, y no volva hasta el caer
de la noche en momento en que el barn empezaba a impacientarse, cuando
no a inquietarse. Finalmente, valsaba toda la noche con el capitn,
hablndole con sonrisas y miradas incendiarias.

Por muy reservado y desconfiado que fuese de Sontis, era imposible que
resistiese mucho tiempo a tales demostraciones. Tal vez tambin recibi
suficientes gajes para disipar sus aprensiones. De cualquier manera que
sea, no tard en participar de la pasin violenta que haba inspirado.
Aquel amor, tan nuevo para l, causbale una exaltacin sombra y
huraa, con lo que pareca divertirse la seora de Maurescamp.

El seor de Maurescamp continuaba no viendo nada.

Sin embargo, por una u otra razn, pareca preocupado, menos expansivo,
menos bullicioso y preponderante que de costumbre, y hasta triste. Su
fisonoma encendida, ponase plida y desencajada. A un observador
inteligente habranle llamado la atencin las miradas audazmente cnicas
que su mujer le lanzaba, y el desagrado con qu el barn procuraba
evitarlas.

El 28 de noviembre era el da sealado para la partida del capitn. Ese
da no hubo caza. El seor de Maurescamp haba ido esa maana a vigilar
las reparaciones que se hacan en el pabelln del guardabosque.

Para volver al castillo, tena por costumbre, dejando los caminos
principales del bosque, tomar uno que l llamaba de Diana, y que
acortaba la distancia. Atravesaba un espeso bosque que formaba recodo
con el antiguo parque, y del que deba hacerse un jardn; mientras
tanto, permaneca inculto y formaba un bosquecillo tupido y solitario.
La Avenida de Diana deba su nombre a una antigua estatua, cuyo zcalo
era lo nico que quedaba en pie. Lugar tan retirado y misterioso, era a
propsito para paseos y coloquios de enamorados. Pero, sin embargo, fue
una grande imprudencia la de Juana, la de elegirlo para su despedida del
oficial de cazadores. No ignoraba la excursin matinal de su marido a la
casa del guardabosque, saba el camino que deba tomar a su regreso,
cmo podra llevar la ceguedad de la pasin, hasta el extremo de
olvidarse de que era probable que pasase por el lugar de la entrevista,
a la misma hora que tendra efecto?

Sea lo que sea, ah se hallaban ella y l, entregados uno al otro;
habanse sentado sobre un viejo banco rstico rodeado de rboles,
frente a la estatua derrumbada. En vsperas de alejarse, el oficial de
cazadores era ms exigente, y ella ms dbil. Hablbanse en voz baja,
estrechadas sus manos y mirndose en los ojos, cuando el seor de Sontis
sorprendi en la mirada de Juana una llama, que ciertamente no le estaba
designada; volviose inmediatamente hacia el lado del bosque, siguiendo
la direccin de la mirada de la joven, y vio, algo oculto entre los
rboles, hacia la extremidad del camino, a un hombre que pareca
indeciso en continuar o no; aquel hombre dio sbitamente vuelta a la
espalda, y tom otro camino, desapareciendo entre el ramaje.

--Es el marido de usted?--pregunt.

--S.

--Cree usted que nos ha visto?

--Lo ignoro. Pero si nos ha visto, es un cobarde!

Que les hubiera visto o no, el seor de Maurescamp entr tranquilamente
en el castillo por la avenida ms larga pero mejor del nuevo parque.
Volvi a salir casi inmediatamente y pas el resto del da
inspeccionando sus plantaciones y el corte de sus bosques. No volvi a
entrar sino al primer toque que llamaba a comer.

Talvez fue a causa de su preocupacin, que el capitn crey notar, al
entrar en el saln, algo de tirantez y alteracin en el rostro del seor
de Maurescamp.

Iban a comer. Haba en la mesa como veinte convidados. Disgustronse un
poco al ver a la seora de Maurescamp sentar a su lado al capitn de
cazadores, que era entre los convidados uno de los ms jvenes y de
menos consideracin; pero se iba al da siguiente y esa circunstancia
explic, en cierto modo, el excesivo honor que se le haca. Sea que el
detalle de etiqueta hubiese desagradado a cierto nmero de convidados,
sea que hubiese en el aire uno de esos vagos presentimientos precursores
de las grandes catstrofes, el principio de la comida fue silencioso y
fro. Pero la abundancia y excelencia de los vinos con que se rociaba
una exquisita comida, no tardaron en disipar las nubes, despejar las
frentes y despertar las inteligencias.

La animacin de las conversaciones acab por tomar un diapasn ms alto
que de costumbre, como sucede con bastante frecuencia cuando se ha
vencido un primer momento de frialdad embarazosa. En una palabra,
aquella comida, que haba empezado tan lgubremente, acab de ser una
brillante fiesta de cazadores y hombres de mundo, a la que la presencia
de algunas lindas mujeres daba mayor animacin. El mismo seor de
Maurescamp, que era siempre sobrio en la bebida pero aquel da haba
vaciado su copa algo ms de lo conveniente, pareca libre de las nubes
que desde algn tiempo atrs ofuscaban su mente. Tal vez festejaba
secretamente la partida de sus huspedes importunos. Pero de todos
modos, haba recobrado su tono de seguridad e importancia, y quiso
regalar a sus convidados, con su voz ronca e imperiosa, con algunos de
sus principios y sistemas favoritos.

La seora de Maurescamp prodigaba, mientras tanto, al seor de Sontis,
tantos agasajos que a pesar de su aplomo, el joven se encontraba
visiblemente confundido; al mismo tiempo, como para imitar a su marido,
entretenase en beber copas llenas de Sauternes y Champagne, lo que le
proporcionaba accesos de una alegra extraordinaria. En medio de esas
crisis de risas estrepitosas caa por intervalos en una gran laxitud,
semejante a una bacante fatigada.

A los postres declar que tomara el caf en el comedor.

--Esta animacin--dijo--perdera su encanto, si cada uno se iba por su
lado.

Quedaranse, pues, todos reunidos y permitira fumar a los hombres. Tal
declaracin fue aplaudida por todos los convidados.

Sirviose el caf y circularon los cigarros.

Juana anunci que quera fumar, y tom un cigarro para ensayarse.

--Le va a hacer mal--exclam el seor de Maurescamp;--tomad un
cigarrillo.

--No, no, quiero un cigarro--dijo la joven cuyos ojos estaban algo
empaados.

El seor de Maurescamp se encogi de hombros y qued callado.

Juana encendi en un fsforo su cigarro y se puso a fumar con el mayor
aplomo en medio de las aclamaciones de los asistentes.

Al cabo de algunos instantes:

--Es verdad--dijo,--esto me hace mal!

Y, volvindose al capitn que estaba a su derecha, y quitndose el
cigarro hmedo de sus labios:

--Tome--le dijo,--acbelo usted.

Aquel movimiento, aquellas sencillas palabras, pareci que haban
petrificado a aquellos veinte convidados, tan animados y bulliciosos un
momento antes. El silencio que se produjo fue tal, que poda orse fuera
de la sala, que pareca desierta, el murmullo del viento entre las
ramas.

Todas las miradas, que primeramente se haban fijado en Juana,
volvironse a su marido, sentado frente a ella.

El seor de Maurescamp, extremadamente plido, miraba a de Sontis y
esperaba.

El oficial de cazadores vacilaba, interrogando con seriedad los ojos de
Juana.

--Y bien--djole.--De qu tiene usted miedo?

No vacil ms; tom el cigarro que le presentaba la joven y lo puso
entre sus labios.

En el mismo instante, el barn de Maurescamp sacaba el que tena en la
boca y se lo arrojaba a la cara al seor de Sontis, dicindole:

--Concluya tambin el mo, capitn.

El cigarro, a medio fumar, fue a dar en el rostro del capitn,
despidiendo algunas chispas.

Todos se haban puesto de pie. Juana, en medio de la confusin y estupor
general, completamente despejada, de pie tambin, fra, impasible, se
apoyaba con una mano en una silla. Su bella fisonoma, que hemos visto
tan pura y delicada, pareca cubierta con la mscara de Tisofona;
expresaba esa mezcla de horror y alegra salvaje, que debi verse en la
frente encantadora de Mara Estuardo, cuando oy la explosin que la
vengaba del asesino de Rizzio.




XV


En seguida de esta escena, cuyas consecuencias amenazaban ser trgicas,
la mayor parte de los invitados se eclipsaron discretamente; los vecinos
de la campaa tomaron sus carruajes, precipitadamente, y los otros el
tren de la tarde para irse a Pars. En el castillo, slo quedaron los
amigos ms ntimos. El capitn haba sido, naturalmente, el primero que
se retirara. Haba ido a instalarse por aqulla noche en el hotel ms
prximo a la Venerie. Siendo inevitable un duelo, dos oficiales de su
regimiento, que haban asistido tambin a la comida, se pusieron
inmediatamente de acuerdo con los seores de Hermany y de la Jardye,
que deban ser nuevamente los padrinos del barn. No volveremos a
fatigar a nuestros lectores con los detalles de los preparativos que se
hicieron entre los padrinos de ambos rivales. Se comprende que no se
trat de ninguna clase de arreglo; en cuanto a la eleccin de las armas,
claro est que el seor de Maurescamp, despus de lo que haba pasado en
las diferentes ocasiones que haban tirado el florete con de Sontis,
habra preferido la pistola; pero si el acto de tan mal gusto del
oficial, de aceptar la oferta de la seora de Maurescamp, habale dado
al marido el papel de ofendido, ste haba perdido su derecho, dejndose
llevar de otro ms sangriento. Por otra parte, el orgullo del seor de
Maurescamp, inspirndole bien, le hizo aceptar la espada sin
trepidacin, cualesquiera que fuesen las consecuencias.

Fue resuelto que el encuentro se verificase a la maana siguiente a las
diez, en un claro del bosque de Marnes, contiguo a la Venerie, porque no
pareci conveniente hacerlo en los mismos dominios del barn de
Maurescamp.

Poco sueo tenan los del castillo aquella noche. Los extraos
celebraban en su aposento sus concilibulos animados; transmitanse las
opiniones de una pieza a otra. Los hombres discutan lo tocante al
honor; las mujeres, excitadas y nerviosas, peroraban a media voz,
enjugaban algunas lgrimas, y en su interior estaban contentsimas. Es
intil decir que el personal de la servidumbre estaba conmovido bajo las
mismas emociones; es decir, experimentando esa inquietud alegre y ese
agradable estado febril en que nos ponen generalmente los males ajenos.

En cuanto a los dueos de casa, es bastante verosmil que tampoco
dormiran. Comprendiendo el seor de Maurescamp que el caso era de los
ms graves, viose obligado a poner en o den sus negocios. Juana no
quiso ver a nadie; se supo nicamente por su camarera que haba pasado
la noche pasendose de uno extremo a otro, y hablando en voz alta como
una actriz.

Cerca de una hora haca que un sol plido de fines de noviembre se haba
alzado sobre los rboles del bosque, cuando el seor de Maurescamp, cuyo
dormitorio estaba en el primer piso, sala al patio a fumar un cigarro.
Yendo caminando, lleg a la reja de la entrada, donde se hall con un
joven paisano, de trece a catorce aos, que qued sorprendido al verlo;
el barn crey reconocer en l a un muchacho empleado en una posada del
pueblo. La turbacin del muchacho fue tanta, que el seor de Maurescamp,
a pesar de sus preocupaciones, no pudo dejar de notarla.

--Qu quieres? A dnde vas?--preguntole.

--Al castillo--balbuce el muchacho, ponindose colorado--. Al mismo
tiempo, ocultaba confundido una de sus manos dentro de su blusa.

--Qu vas a hacer al castillo?--volvi a preguntarle.

--A ver a la seorita Julia.

Julia era la camarera de Juana.

--Quin te enva, hijo mo?

--Un seor--murmur el nio, cada vez ms intimidado.

--Un seor que est alojado en tu hotel, no es verdad?

--Si.

--Un oficial?

--S.

--Qu ocultas ah, en tu blusa? Una carta? Qu? Dmela... vamos...
dmela....

El muchacho, prximo a llorar, dejose tomar por grado o por fuerza, un
papel que estrujaba en sus manos crispadas.

La carta no tena direccin.

--Para quin es esta carta?

--Para la seora.

--De modo que te la han dado para la seorita Julia, para que ella se
la d a la seora?

El nio indic que s.

--Pues bien, hijo mo, yo voy a hacer la comisin... Ven conmigo a
esperar la contestacin, si hay alguna.

Y el seor de Maurescamp, seguido del muchacho, volvi sobre sus pasos,
atraves rpidamente el patio y entr en sus habitaciones.

Apenas estuvo en ellas, cuando rompiendo el sobre de la carta destinada
a su mujer, ley estas palabras que no estaban firmadas, pero cuya
procedencia no haba como poner en duda:

Est tranquila. Por su cario tendr consideracin con l.

El primer movimiento del seor de Maurescamp, siempre dispuesto a la
clera, fue romper y echar al fuego aquel insolente billete. Pero una
reflexin lo contuvo. Tom un sobre nuevo de su bufete y colocole en l.
Repentinamente haba sido asaltado por una extraa curiosidad; quera
saber si su mujer contestaba, y lo que contestara.

Fue adonde estaba el muchacho y djole entregndole la carta:

--Hijo mo, no he podido encontrar a la seorita Julia... Debe estar
ocupad.... Llama en aquella puerta de enfrente y pregunta por ella. Toma
cien sueldos por tu trabajo.

El muchacho dio las gracias y fue hacia la puerta indicada.

Por su parte, el seor de Maurescamp fue de nuevo hacia la verja, sali
del patio y tom el camino del pueblo, pasendose en l a pasos cortos.

Cosa singular! dentro de una hora iba a jugar su vida en las peores
condiciones; y aquel pensamiento, por serio que fuese, haba sido
dominado completamente por ese otro. Qu contestara su mujer?

En realidad, este hombre, de una energa puramente fsica, no haba
podido resistir a las ansiedades que le haban torturado en silencio
desde algunos das atrs. Su moral se hallaba afectada por el asombro
que le causaba aquel odio sombro, aquella venganza premeditada, sabia,
implacable, con que era perseguido. Habituado a mirar a las mujeres como
a juguetes de nio, estaba estupefacto y hasta aterrorizado al encontrar
en uno de esos seres dbiles y despreciables, una profundidad de miras y
una fuerza de voluntad, contra las cuales todas sus fuerzas personales,
vigor fsico, fortuna, situacin social, autoridad de esposo, no tenan
ninguna salvaguardia y estaban reducidos a la nada.

Tal vez habra pagado mucho en aquel momento de desaliento, por una
palabra de bondad, de inters, y hasta de compasin, de aquella mujer
tan despreciada en otro tiempo... Tal vez esperaba encontrarla en
aquella contestacin esperada...

Al cabo de algunos instantes el muchacho reapareci, saliendo del
castillo, completamente tranquilizado con el desenlace de su primera
entrevista, con el seor de Maurescamp, ni aun intent ocultar
nuevamente el mensaje de que era portador. Pasaba sonriendo y saludando.

--Ah!--dijo el barn detenindolo--, Tienes una contestacin?
mustramela. Yo s de lo que se trata y tal vez tengo algo que aadir.

Ponale al mismo tiempo una moneda de plata en la mano.

Tom la carta, y como el sobre estaba todava hmedo no tuvo que
romperlo, hall dentro el billete de de Sontis que la seora de
Maurescamp devolva, habiendo puesto despus de las palabras del
capitn, esta breve contestacin:

Le ruego que no se incomode.

El seor de Maurescamp, despus de leer esto, dobl el billete, psolo
en el sobre y lo entreg al muchacho, alejndose en seguida.




XVI


Hora y media despus, el duelo tena lugar en el bosque de Mames, y el
seor de Maurescamp haba recibido una herida en medio del pecho.

Creyose por mucho tiempo que no sobrevivira, pues sus pulmones estaban
atacados. Pero la fuerza de su temperamento lo ha salvado. Su salud se
mantiene delicada, y su moral pareca igualmente afectada para siempre.

Parece convencido, como la mayor parte de la gente, de que su mujer, en
lo tocante al capitn de Sontis, no tiene ms culpa que haber bebido
demasiado Sauternes, y haber fumado un habano, cuyo humo la haba
privado de la conciencia de sus actos. Por consiguiente, ha podido vivir
con ella en trminos convenientes y tener tambin a su respecto cierta
deferencia resignada y sumisa, muy sorprendente en un hombre muy
imperioso y dominante.

Es verdad que ha conseguido modificar por completo el temperamento de su
mujer, y que debe estar muy orgulloso de su obra. Juana no es ya
romancesca; ya no lee a Tennyson. Despus que le mataron a su cmplice
de idealismo, el ideal ha muerto para ella. Despus de haber afectado
primeramente por un espritu de irona vengativa, movimiento y
sensualismo, ha tomado gusto por su papel y lo desempea hbilmente.

Fra, satrica, mundana furiosa, en extremo coqueta, indiferente a todo,
parece ser que despus de la muerte de su madre, su nico sentimiento
digno y elevado, es el que la conduce tres veces por semana, cerca del
lecho de una anciana paraltica que ha vuelto al estado de la infancia;
la condesa de Lerne.

Nada ms aadiremos sobre Juana Berengre de Latour-Mesnil, baronesa de
Maurescamp. Ha cesado de interesarnos, como probablemente suceder al
lector, desde que su atroz contestacin al billete de de Sontis nos
demostr que el ngel habase convertido en un demonio.

El final de esta historia, asaz verdica, es que, en el mundo moral, no
nacen monstruos: Dios no los cra; pero los hombres s, y muchos. Esto
es lo que no deben olvidar las madres.

FIN





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electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
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property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
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of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
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fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

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in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
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1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
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If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
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provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
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providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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