The Project Gutenberg EBook of La cuerda del ahorcado, by 
Pierre Alexis Ponson du Terrail

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Title: La cuerda del ahorcado
       ltimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam

Author: Pierre Alexis Ponson du Terrail

Translator: F. Corono Bustamante

Release Date: January 3, 2009 [EBook #27695]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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LA CUERDA

DEL AHORCADO

PARIS--TIP. DE GARNIER HERMANOS, 6, RUE DES SAINTS-PRES

PONSON DU TERRAIL

LA CUERDA

DEL

AHORCADO

LTIMAS AVENTURAS DE ROCAMBOLE

_(Nuevo episodio)_

TRADUCCION

DE

F. CORONA BUSTAMANTE

I

EL LOCO DE BEDLAM

PARIS

LIBRERA DE GARNIER HERMANOS

CALLE DES SAINTS-PRES, 6

1889




ROCAMBOLE

(NUEVO EPISODIO)

LA CUERDA DEL AHORCADO.




I


Los hundimientos del subterrneo continuaban con mayor violencia.

La bveda de la galera se desprenda ac y all en pedazos enormes, que
se deshacan al caer y cerraban todas las salidas.

El suelo ruga y temblaba sin interrupcin.

Hubirase credo presenciar uno de esos espantosos terremotos de las
tierras volcnicas del Nuevo Mundo, que destruyen ciudades enteras.

Vanda haba cado de rodillas, y elevaba sus plegarias al cielo.

Paulina, estrechamente enlazada a Polito, le deca:

--Al menos moriremos juntos!

Milon bramaba de furor y blanda sus puos enormes repitiendo:

--Ah! los infames fenians!... Los miserables!

En cuanto a Marmouset, callado y sombro, contemplaba a su jefe.

Rocambole permaneca de pie, tranquilo y con la frente erguida; y
pareca esperar el fin de aquel cataclismo con la serenidad del hombre
que no teme la muerte, y que por una especie de fanatismo heroico, no
cree deber llegar hasta haber cumplido su misin sobre la tierra.

En fin, la conmocin ces poco a poco; el ruido fue disminuyendo, y las
piedras de la bveda dejaron de caer.

--Adelante! dijo entonces Rocambole.

Vanda se levant lanzando fuego por los ojos.

--Ah! exclam, nos hemos salvado.

--Todava no, respondi Rocambole. Pero sigamos adelante.

El subterrneo estaba obstruido por enormes pedazos de piedra, tierra y
casquijo, desprendidos de la bveda y de las paredes de la galera.

Sin embargo, Rocambole, ayudado por William y Milon, todos tres armados
de piquetas, abri paso entre aquellos escombros.

Sus dems compaeros, repuestos ya de su alarma, le seguan de cerca.

As marcharon una centena de pasos.

Pero al cabo de ellos, Rocambole se detuvo de pronto.

Acababa de llamar su atencin un objeto voluminoso que se hallaba a un
lado de la galera.

Aquel objeto era un tonel.

Y este tonel estaba lleno de plvora.

Era fcil convencerse examinando una mecha azufrada que sala de la
espita aplicada al agujero del tonel, y que tendra medio pie de largo.

Qu haca all aquel barril?

Quin lo haba puesto en aquel sitio?

Conocan por ventura los fenians aquel paso subterrneo?

Marmouset se haba aproximado tambin, y as como su jefe, examinaba con
asombro aquel barril, y pareca hacerse las mismas preguntas.

Vanda y los dems permanecan a cierta distancia.

Rocambole guard silencio por algunos instantes y dijo al fin:

--Es imposible que los fenians hayan trado aqu este barril.

--Quin queris que sea entonces, capitn? pregunt Marmouset.

Rocambole iba y vena alrededor del tonel y lo examinaba detenidamente.

En fin su frente pareci serenarse y la sonrisa volvi a sus labios.

--Amigos mos, dijo, en la poca en que este barril ha sido trasportado
aqu, ni nosotros ni nuestros padres habamos nacido.

--Es posible! murmur Marmouset.

--Esta plvora tiene doscientos aos, continu Rocambole.

--Creis?

--Ved el tonel, examinadlo. La madera est carcomida y se deshace al
tocarla.

--Es verdad, dijo Marmouset.

--No toques a la mecha, aadi el jefe: est seca hasta un punto que se
reducira a polvo.

--Y esa plvora, dijo Polito, que no haba hecho grandes estudios en la
materia, no debe ser peligrosa que digamos.

--Lo crees as?

Y al decir esto, Rocambole mir sonrindose al pilluelo de Pars.

--Toma! exclam Polito, una plvora tan vieja debe estar aventada.

--Te engaas, hijo mo.

--Ah!

--Es diez veces ms violenta que la plvora nueva.

--Demonio! Entonces es necesario poner cuidado.

--En qu?

--En no acercar las luces.

--Por qu razn?

--Bah! ya lo sabis!... despus de lo que nos acaba de suceder!.....

--Dejemos ah esa plvora y sigamos adelante, dijo Rocambole.

Y continuaron su camino.

--La galera bajaba, como sabemos, en rampa, y ya desde este punto, la
pendiente se haca cada vez ms sensible.

Esto era una prueba de que se acercaban cada vez ms al Tmesis.

Pero de repente, Rocambole se detuvo de nuevo.

--Ah! exclam, esto es lo que yo tema.

La galera subterrnea estaba cerrada por un enorme peasco que se haba
desprendido de la bveda, y que formaba una puerta impracticable.

--Nos hallamos encerrados! murmur Vanda acometida de un nuevo terror.

Rocambole no respondi y se qued suspenso por algunos instantes.

Su ltima esperanza acababa de desvanecerse.

El camino estaba cerrado, y volver para atrs era igualmente imposible.

Y aun no sindolo, hubiera sido adems insensato, pues era exponerse a
caer en manos de los agentes de polica, los cuales, pasado el primer
momento de estupor, no dejaran de invadir aquellos subterrneos tan
singularmente descubiertos, y cuya existencia haba ignorado hasta
entonces la generacin actual.

--Vamos pues! dijo Rocambole despus de algunos momentos de silencio,
es necesario vencer o morir.

--Soy bastante fuerte, dijo Milon, pero no ser yo quien me encargue de
empujar ese pequeo guijarro.

--Si se pudiera socavar..... observ Marmouset.

--Con qu? No tenemos las herramientas necesarias.

--Es verdad.

--Y adems, es pea viva.....

--Ah! exclam Vanda, mi corazn me lo deca!..... estamos condenados a
morir aqu.

--Es posible, dijo Rocambole.

Paulina se ech de nuevo en los brazos de Polito.

Pero este, al mismo tiempo que la estrechaba convulsivamente, le deca:

--No llores, amiga ma; el caso no es tan desesperado; no ves la calma
de ese hombre?....

En efecto, Rocambole estaba tan tranquilo en este momento, como si se
encontrase aun en la sala del gobernador de Newgate.

--Marmouset, dijo en fin, y t Milon, escuchadme.

--Decid, capitn.

--No os un ruido sordo?

--S.

--Es el Tmesis, que se halla a poca distancia de nosotros.

--En efecto, as parece, dijo Milon.

--Examinad ahora la bveda de esta galera... Veis? est abierta en la
roca.

--S, en la pea viva, repuso Marmouset, y como el enorme trozo que se
ha desprendido es de la misma materia, no hay medio de pasar adelante.

--Esperad, aadi Rocambole. Uno y otro habis manejado comnmente en
vuestra vida las armas de fuego, no es verdad?

--Pardiez! exclam Marmouset.

--Pues bien, seguid con atencin mi razonamiento. Supongamos dos cosas:
la primera, que esta parte de la galera est muy cerca del Tmesis.

--Eso es seguro, dijo Milon.

--Supongamos adems que siendo como es de granito y siguiendo en lnea
recta, es como el caon de un fusil.

--Bien, repuso Marmouset.

--Y que ese enorme peon que tenemos delante y que nos cierra el camino,
es un proyectil.

--Bah! empiezo a no comprender! dijo Milon.

--Dado pues el caon y el proyectil, prosigui Rocambole, no perdamos de
vista que poseemos plvora.

--Ah! Queris hacer saltar el peon?

--No, pero quiero lanzarlo hacia adelante.

--Ah!

--Y empujarlo hasta el fin de la galera, de donde caer al Tmesis.

--Eso me parece difcil, repuso Marmouset.

--Por qu?

--Porque la plvora, no encontrando cerrado el tubo por esta parte, no
tendr punto de apoyo, y todo lo que conseguiremos con una nueva
explosin ser ocasionar otro hundimiento que nos entierre vivos esta
vez.

--Marmouset tiene razn, dijo Vanda.

--No tiene razn, dijo framente Rocambole, pues no hay inconveniente
cuando se sabe obviarlo.

Todos le miraron con ansiedad.

Pero l, siempre tranquilo e impasible, continu framente dirigindose
a Marmouset:

--Encuentras que falta la fuerza de resistencia, no es verdad?

--S, la fuerza de resistencia que la plvora encuentra en la recmara
de un caon, y que la obliga a producir su expansin hacia adelante.

--Pues bien, nada hay ms sencillo que obtener eso.

--Ah!

--Milon, t y yo vamos a empujar el barril hasta aqu, y a aplicarlo
contra el peon, con la mecha hacia atrs, bien entendido.

--Y despus? pregunt Marmouset.

--Despus amontonaremos contra el barril todas las piedras y peascos
ms pequeos que tenemos a mano, todos los materiales que se han
desprendido de la galera.

--Y levantaremos as una especie de muralla detrs del barril, no es
verdad, capitn? dijo Milon.

--Efectivamente, y construiremos esa muralla seis veces ms espesa que
el peasco que queremos desalojar.

--Y cuntas horas creis que nos tomar semejante trabajo?

--Seis horas al menos.

--Oh! exclam Vanda, es intil. Antes de seis horas..... qu digo?
antes de una hora tal vez, estaremos perdidos sin remedio.

--Y por qu razn?

--Porque la polica y la tropa van a invadir los subterrneos.

Rocambole hizo un movimiento de impaciencia.

--Estis en un error, dijo. En primer lugar, detrs de nosotros todo es
ruinas, y ese impedimento que nos corta toda retirada, nos protege al
mismo tiempo contra la polica. En segundo lugar, es ms que probable
que nos crean muertos.

--Ah, es un grano de ans, seis horas! dijo Milon desalentado.

Rocambole se ech a rer.

--Te parece demasiado tiempo? dijo.

--Toma!.....

--Pues bien, supn que el muro de que se trata est ya construido.

--Bien.

--Y que no queda ms que hacer que poner fuego al barril.

--Y qu?

--Tendramos que esperar forzosamente siete u ocho horas.

Y como todos le miraban sin que nadie pareciese comprenderlo:

--El ruido sordo y continuo que omos, aadi, nos prueba que estamos
cerca del Tmesis.

--S, dijo Milon.

--Y es la hora de la marea: de consiguiente nos es necesario esperar a
que haya bajado el ro.

--Por qu?

--Porque el trozo de roca que tenemos a la vista, en vez de ser
impulsado hacia adelante, encontrar una fuerza de resistencia
invencible en la columna de aire que aprisiona el ro, y que existir
hasta que haya descendido ms abajo del orificio del subterrneo.

--Todo eso es exacto, dijo Marmouset, pero me queda an una objecin.

--Veamos.

--Cmo pegaremos fuego al barril, luego que se halle encerrado entre el
peon y el terrapln que vamos a construir?

--Por medio de la mecha, que haremos pasar entre las piedras.

--Pero esa mecha es demasiado corta.

--La alargaremos con un trozo de cualquiera de nuestras camisas cortada
en tiras.

--Ya me haba ocurrido tambin esa idea; pero la mecha no podr nunca
ser tan larga como lo exige la seguridad del que la pegue fuego.

--Eso no te importa, dijo Rocambole.

--Eh? exclam Marmouset.

--Una persona basta para poner fuego, y esa persona ser yo.

--Quin?... vos! exclamaron a la vez Milon, Vanda y Marmouset.

--Yo, repiti tranquilamente Rocambole, sonrindose de una manera
desdeosa. He sido y soy an, segn vosotros, vuestro jefe. En su
consecuencia, cuando yo ordeno debis obedecer. Manos a la obra!




II


Esta rden no tena rplica para aquellos hombres acostumbrados toda su
vida a seguir las inspiraciones de un jefe que haba logrado
fanatizarlos.

En cuanto a William y Polito se hallaban dominados por aquella situacin
extraa.

Adems, la hora del peligro estaba lejos an.

As Marmouset se content con inclinarse hacia Milon, dicindole al
odo:

--Trabajemos en levantar el terrapln, y luego veremos.

--Eso es, repuso Milon.

Y se pusieron a la obra.

Ya sabemos que adems de Marmouset, de Milon y de Vanda, de Polito y de
Paulina, haba adems otras tres personas en el subterrneo.

Una de ellas era el marinero William, a quien haba vencido en otro
tiempo el Hombre gris.

Despus, la Muerte de los Bravos, y en fin Juan el Carnicero, que un
tiempo llamaron en el presidio Juan el Verdugo.

Estos no hubieran osado discutir, ni por un instante, una rden del
jefe.

Rocambole hizo una sea, y los tres volvieron atrs en busca del barril
de plvora.

Milon los sigui inmediatamente.

El barril era muy pesado, pero empujado metdicamente por aquellos
cuatro hombres, fue al fin arrancado del sitio que ocupaba haca
doscientos aos.

Arrimronlo pues a la pea, y lo volcaron al pie, dejando la mecha hacia
atrs.

--Ahora, a construir el muro, dijo Rocambole.

Y consult su reloj.

Todos llevaban antorchas encendidas.

Rocambole orden apagarlas, como ya lo haban hecho los tres que le
haban ayudado a trasportar el barril.

--Una sola basta, aadi apoderndose de la que tena Marmouset y
entregndola a Paulina, que deba alternar con Vanda para alumbrar a
los trabajadores.

--El capitn es precavido, murmur Milon.

--Hace bien, respondi Marmouset en voz baja. Estamos obligados a
permanecer aqu siete u ocho horas al menos, y si gastamos todas las
antorchas a la vez, corremos el riesgo de quedarnos en tinieblas.

En seguida, dando Rocambole el ejemplo, todos pusieron manos a la obra.

Los peascos y escombros esparcidos ac y all, fueron trasportados por
los compaeros de Rocambole, y a medida que llegaban, este y Milon,
haciendo el oficio de albailes, los iban colocando, igualndolos con
sus piquetas en caso de necesidad, y afirmndolos con tierra y casquijo.

El muro suba poco a poco.

Cuando lleg a dos pies del suelo, tomaron la mecha con precaucin y la
alargaron aadiendo la camisa de algodn de Juan el Carnicero, cortada
en tiras muy delgadas.

Despus la hicieron pasar por encima del muro, dejndola colgar hacia
fuera.

Rocambole dispuso alrededor de ella varias piedras pequeas, formando
as en todo el espesor del muro un estrecho agujero semejante al odo de
un caon.

Hecho esto, y protegida as perfectamente la mecha, continuaron con
grande actividad el muro.

Cada uno traa a toda prisa su piedra, y la muralla iba subiendo,
subiendo... ms rpidamente de lo que haban credo.

Cuatro horas despus, tocaba ya a lo alto de la bveda.

De este modo, qued encerrado el barril de plvora entre el peon que
obstrua el subterrneo y el muro o terrapln que acababan de construir,
y que tendra diez o doce pies de espesor.

Segn los clculos de Rocambole, deba tener una fuerza de resistencia
triple de la del peasco.

Concluido todo, Rocambole consult su reloj.

--Ha llegado el momento? pregunt Milon.

--No, todava no, repuso Rocambole.

--Sin embargo hay un buen trozo de tiempo que trabajamos.

--Cuatro horas solamente.

--Ah!

--Y la marea no ha bajado todava.

Milon suspir y guard silencio por algunos instantes.

--Cunto tiempo nos queda? dijo en fin.

--Tres horas.

--Ah! en ese caso los policemen tienen tiempo de venir.....

--Es de esperar que no vengan, dijo Rocambole con calma.

Y se sent en una de las piedras que haban quedado sin empleo en medio
de la galera.

Todos sus compaeros lo rodearon en seguida.

--Prestadme ahora atencin, dijo, y preparaos a obedecerme sin discutir
mis rdenes.

A estas palabras se sigui un profundo silencio. Hubirase podido or
volar una mosca en el subterrneo.

Rocambole prosigui:

--Creo firmemente que lograremos salir de aqu. Sin embargo, puedo
engaarme en mis clculos.

--No me lo parece, dijo Marmouset.

--Ni a m tampoco, pero en fin es necesario suponerlo todo.

--Bueno, murmur Milon.

--Si no podemos lanzar el peasco hacia el ro, dirigiendo as la fuerza
de proyeccin al aire libre, estamos expuestos a un nuevo hundimiento.

--Y entonces, dijo Vanda, pereceremos todos bajo los escombros.

--Tal vez s y tal vez no, repuso Rocambole.

Y sonrindose tristemente, aadi:

--Cuando llegue la hora de poner fuego a la mecha, os iris todos al
otro extremo del subterrneo, y no os detendris hasta llegar a la sala
circular donde nos esperaba esta joven.

Y design a Paulina con el gesto.

--Pero, y vos, capitn?

--No se trata de m ahora. Os hablo y debis escucharme.

Estas palabras fueron pronunciadas con tono duro e imperioso, y todos
bajaron la cabeza.

--La explosin tendr lugar, continu. Entonces, una de dos cosas: o el
peasco ser violentamente lanzado hacia adelante, como una bala de
caon.......

--O seremos todos aplastados, aadi Marmouset.

--Vosotros no; yo solo.

--Eso es precisamente lo que no queremos, dijo Vanda.

--Pero eso es absolutamente lo que yo quiero.

--Hay sin embargo una cosa muy sencilla, murmur Milon.

--Cul?

--Echar a la suerte el que debe pegar fuego.

--Tienes razn en apariencia, dijo Rocambole.

--Ya veis...

--Pero no la tienes en realidad.

--Por qu? pregunt Milon.

--Porque si se arruina esta parte de la galera, todo camino quedar
cerrado para los que se hallen en la sala circular.

--Bien, pero.....

--La fuga ser imposible, todos caern en manos de la polica, y si yo
me hallo entre ellos ser ahorcado. Ahora bien, morir por morir,
prefiero morir aqu.

Este razonamiento era tan lgico, que nadie replic una palabra.

--Vosotros, por el contrario, prosigui Rocambole, no sois culpables, ni
estis incriminados; y aun admitiendo que en el primer momento os pongan
presos, no os costar trabajo alcanzar la libertad.

--Quin sabe? dijo Milon.

--Conozco la ley inglesa, repuso Rocambole, y estoy seguro de lo que
digo.

--Y qu nos importan la vida y la libertad si vos mors? exclam Vanda.

--Continuaris mi obra, dijo framente Rocambole.

Milon se enga sobre el sentido de estas palabras.

--Ah! no!... lo que es eso, no! dijo con clera, basta con lo hecho por
los fenians... por esos miserables que son causa.....

--Silencio! Milon; basta de necedades! dijo Rocambole con acento
imperioso.

Y volvindose a Vanda, aadi:

--T, escchame.

--Decid.

--Si la hiptesis de que hablo llega a realizarse; si quedo enterrado en
estas ruinas, y si vosotros logris salir de aqu, presos o no; tan
luego como seas duea de tus acciones, te pondrs inmediatamente en
busca de miss Ellen.

--Se halla en el vapor que nos espera a la salida del subterrneo.

--Ya lo s. Pero como no puede esperarnos indefinidamente, la buscars
donde quiera que se halle.

--Bien, y qu har!

--Iris juntas a Rotherhithe, al otro lado del Tmesis, cerca del tnel.

--Bueno, repuso de nuevo Vanda.

--All buscaris Adam street, una callejuela estrecha y sombra que os
haris indicar, y entraris en la casa sealada con el nmero 17.

--Muy bien.

--En el tercer piso de esa casa vive una pobre vieja que llaman
Betzy-Justice. Procurars hablarla, y le presentars esto.

Y Rocambole sac al mismo tiempo una pequea medalla de plata que
llevaba suspendida al cuello con un cordn de seda.

--Y despus? pregunt Vanda.

--Entonces Betzy-Justice te dar unos papeles.

--Ah! y deber leerlos?

--S, y por ellos sabris, t y mis dems compaeros, lo que os queda
que hacer.

--Est bien, dijo Vanda.

Rocambole consult de nuevo la hora.

--Qu da del mes es hoy? pregunt.

--El 14, respondi Marmouset.

El jefe pareci reflexionar por algunos instantes.

--Me haba engaado, dijo en fin; la marea avanza hoy una hora.

--Ah!

--Y en este momento debe ya estar libre el orificio de la galera.

--Entonces..... ha llegado el momento? pregunt Vanda temblando.

--Dentro de diez minutos.

Milon se arroj entonces a los pies de Rocambole.

--Capitn, dijo, en nombre de Dios concededme una gracia.

--Habla.

--Permitidme permanecer a vuestro lado.

--Sea, dijo Rocambole.

Milon lanz un grito de alegra.

Entonces el jefe se acerc a Vanda y la estrech afectuosamente entre
sus brazos, y luego abraz sucesivamente a cada uno de sus compaeros.

--Ahora, alejaos! dijo.

Y todos obedecieron.

Vanda se alej tambin, pero volvindose a cada paso.

--Ms de prisa! grit Rocambole.

Despus, cuando todos desaparecieron a lo lejos, se volvi a Milon y le
dijo:

--Ests pronto?

--Ahora y siempre, respondi el coloso.

--No tienes repugnancia en ir de este modo a la eternidad?

--Con vos, ninguna.

--Est bien. En ese caso..... en camino!

Y diciendo esto, Rocambole aproxim la antorcha a la mecha y la peg
fuego.

En seguida se cruz de brazos y esper.

Milon permaneci tan impasible como l.

Y la mecha en tanto arda lentamente, y el fuego llegaba ya al muro que
la separaba del barril...




III


Vanda se haba vuelto muchas veces, y se iba quedando atrs, mientras
que los compaeros de Rocambole se alejaban del barril de plvora y se
refugiaban en la sala circular.

--Ms de prisa! haba gritado el jefe, ms de prisa!

Y Marmouset, que iba al frente de todos, haba precipitado el paso.

As llegaron a la sala circular.

Marmouset dijo entonces a Vanda:

--Estamos a cuatrocientos metros de distancia del barril; pero como esa
galera subterrnea va en lnea recta, podemos ver desde aqu la
explosin.

Dicho esto, fue a fijar la antorcha entre dos piedras, dejndola a su
espalda, y entonces pudieron ver a Rocambole y Milon a lo lejos, gracias
a la claridad de la antorcha que haban conservado.

Ambos se hallaban de pie e inmviles, esperando la explosin.

Vanda temblaba como una azogada.

Pero no por ella, pues ms de una vez haba probado ya su herosmo y su
desprecio de la vida; sino por Rocambole, a quien amaba siempre, a pesar
de haber renunciado haca tiempo a su amor.

En esto trascurran los minutos.

Minutos que parecan siglos en situacin tan angustiosa.

--Oh! es demasiado largo! decan los otros.

--No, respondi Marmouset, la mecha es larga y arde lentamente; es
necesario esperar que se consuma.

Y aadi volvindose de repente:

--Echaos todos en tierra.

--Por qu? pregunt la Muerte de los Bravos.

--Porque la explosin va a haceros perder pie violentamente, y si
esperis ese momento, arriesgis romperos un brazo o una pierna.

Todos obedecieron, excepto Vanda.

--Yo quiero ver lo que sucede, dijo.

Y continuaba siempre con los ojos fijos en Milon y Rocambole, que le
aparecan en lontananza, en medio del crculo de luz que formaba la
antorcha, como dos seres idos como a una pequeez fantstica.

--Pues bien!... yo quiero ver igualmente, dijo Marmouset.

Y como Vanda, permaneci de pie.

Pero en aquel momento la mecha inflamada se puso en contacto con el
barril.

Jams explosin tan formidable haba llegado a odos humanos.

La conmocin fue tal que Vanda y Marmouset cayeron la faz contra tierra,
violentamente empujados por una fuerza irresistible.

Mas tal era su fuerza de voluntad, que a pesar de tan terrible cada,
permanecieron con los ojos abiertos.

Oh! milagro!

En lugar de la antorcha que alumbraba a Rocambole y a su compaero y que
se haba apagado bruscamente, apareci al otro extremo del subterrneo
una luz argentada, redonda como la luna.

El barril de plvora, al saltar como una mina, haba al mismo tiempo
echado la muralla para atrs y lanzado el peasco hacia adelante.

Rocambole no se haba engaado en sus clculos: la galera haba hecho
el oficio de un caon.

Aquella luz que brillaba a lo lejos era la del da, el da a orillas del
Tmesis.

Casi al mismo instante, dos sombras se agitaron en el suelo.

Eran Milon y Rocambole que, echados tambin violentamente a tierra, se
levantaban vivamente.

La voz del capitn lleg a los odos de Marmouset y de Vanda.

--Adelante! gritaba, adelante!

Y le vieron, as como a Milon, que se lanzaban a la carrera hacia el
punto luminoso, es decir, hacia el orificio de la galera.

Los dems compaeros de Marmouset y de Vanda se haban levantado
igualmente.

--Adelante! repiti Marmouset.

Y todos corrieron para ir a reunirse con Rocambole y Milon.

Pero en el mismo instante un ruido terrible, como si se desplomase todo
el subterrneo, se dej or delante de ellos; una formidable columna de
viento pas sobre sus cabezas como una tromba..... y la luz blanca
desapareci de golpe.

El suelo segua temblando, como haca algunas horas, y Marmouset que iba
delante de todos, se detuvo baada en sudor la frente.

Era la bveda de la galera que se desplomaba de nuevo, amontonando
enormes trozos de piedra que cerraban por segunda vez el subterrneo.

Un terror indescriptible se apoder esta vez de los compaeros de
Rocambole.

Las antorchas se haban apagado, y las ms profundas tinieblas envolvan
a Marmouset, a Vanda y los que los seguan.

La trepidacin del suelo continuaba, y por momentos se oan crujidos
sordos a corta distancia.

--Estamos perdidos! exclam Vanda.

--Quin sabe? repuso Marmouset.

Su antorcha se haba apagado, pero la conservaba en la mano.

--Ante todo es necesario ver, dijo.

Y sacando su caja de fsforos, encendi de nuevo la antorcha.

Los crujidos de la bveda haban cesado, el suelo no temblaba bajo sus
pies, y todo haba vuelto a entrar en silencio.

--Adelante! repiti Marmouset.

--Adelante! grit Vanda.

Polito llevaba en brazos a su amada Paulina, que se haba desmayado de
miedo.

Marmouset, con la antorcha en la mano, iba siempre al frente de la
reducida tropa.

As llegaron al sitio donde haba estallado el barril, y pasaron sobre
los escombros de la muralla.

Desde all se vean las paredes de la galera destrozadas ac y all por
el paso del peasco que haba cado al Tmesis.

--Sigamos adelante, dijo Marmouset.

Y continuaron avanzando.

En fin, a los pocos minutos, llegaron al paraje donde la luz del cielo
haba desaparecido de repente.

Un enorme peon, todava mayor que el primero, se haba desprendido de
la bveda, y cerraba la galera formando un muro impracticable.

Marmouset y Vanda se quedaron mirndose, plidos, mudos, temblando de
emocin.

La misma pregunta vena a sus labios, y ni uno ni otro se atrevan a
hacerla.

Qu haba sido de Rocambole?

Haba perecido acaso en aquel hundimiento?

O bien el peon haba cado detrs de l, separndolo de sus
compaeros, pero dejndole tiempo suficiente para llegar al Tmesis?

En fin, Vanda pareci salir de su abstraccin y pronunci una palabra,
una sola palabra.

--Esperemos! dijo.

--Esperemos, repiti Marmouset.

Y ambos miraron a sus compaeros que parecan anonadados, posedos de un
desaliento mortal.

--Amigos mos, les dijo Marmouset, no hay que pensar siquiera en seguir
adelante: ya lo veis, el camino est cerrado.

--Pues bien, dijo Juan el Verdugo, volvamos para atrs, y si vienen las
gentes de polica..... ya veremos.

Vanda no hizo la menor observacin: esta ltima catstrofe la haba
anonadado, y su imaginacin no saba fijarse sino en la horrible duda
que la oprima.

--Rocambole estaba vivo o muerto?

Esta era su sola preocupacin, su nica idea. Lo dems le era
indiferente.

La Muerte de los Bravos dijo a su vez:

--No me queda duda, el capitn y Milon han podido salvarse.

Marmouset no respondi a esta asercin.

Volvieron pues para atrs, y se detuvieron de nuevo en la sala circular.
Marmouset dio el ejemplo, y colocndose en medio de sus compaeros,
dijo:

--Ahora, amigos mos, acordemos entre todos el partido que debernos
tomar.

Y sealando con la mano la galera central, por donde algunas horas
antes haban venido de Newgate, aadi:

--Ya sabemos adnde ese camino conduce.

--Mil gracias! dijo el marinero William, queris acaso que vayamos a
entregarnos a los policemen?

--No arriesgaramos en ello gran cosa.

--Arriesgaramos en primer lugar el ser estrechamente encerrados.

--Yo me hara poner en libertad bien pronto.

--Vos, tal vez, pero yo..... que soy Ingls.

Polito haba colocado a Paulina en tierra, sostenindola entre sus
brazos; y la pobre joven empezaba a volver en s, y preguntaba qu era
lo que haba pasado.

Polito la tranquiliz como pudo, y vindola ya en estado de sostenerse,
tom una antorcha y la encendi en la que llevaba Marmouset, y dijo
adelantndose:

--Voy a explorar un poco ese camino.

Y entr por la galera.

Pero no haba andado cincuenta pasos, cuando volvi para atrs y vino a
reunirse con sus compaeros.

--No debemos perder el tiempo en discurrir sobre cosas intiles, dijo.

--Eh? exclam Marmouset.

--No hay nada que temer de la polica.

--Qu quieres decir?

--Que una parte de esa galera se ha arruinado y se halla perfectamente
cerrada.

--Ah!

--Lo que hace que estamos enterrados aqu.

--Enterrados, dijo la Muerte de los Bravos, y condenados a morir de
hambre.

Marmouset se encogi de hombros.

--Bah! dijo con desdn, debemos fiar en nuestra estrella que nos ha
favorecido hasta ahora.

Todos se quedaron mirndolo.

--Ah tenis otra galera que no hemos explorado an, aadi.

--Es verdad! dijo Vanda.

--Quin sabe adnde conduce?

--Veamos de todos modos.....

Y Marmouset sacudi su antorcha y penetr por la tercera galera.

Esta, como sabemos, en vez de seguir un plano inclinado, suba al
contrario poco a poco.

Marmouset se volvi hacia sus compaeros.

--Esta galera, dijo, que yo crea antes cegada, se divide en dos
ramales, y sube de manera, que tal vez llegaremos pronto al nivel del
suelo.....

--Sigamos adelante, dijo la Muerte de los Bravos.

Pero de repente, Marmouset se detuvo y apag vivamente su antorcha.

--Silencio! murmur en voz baja.

Polito se detuvo tambin a su vez diciendo:

--Que nadie se mueva!

En medio del profundo silencio que reinaba en aquellas catacumbas, un
ruido extrao haba llegado de pronto a odos de Marmouset.

Pero no un ruido sordo y lejano como el que produjeran los primeros
hundimientos, ni el fragor del viento y del suelo agitados.....

Aquel rumor, al principio indefinible, era el murmullo de voces humanas.

Eran acaso los policemen?

O bien algunos fenians que venan en busca del que haban prometido
libertar?

Y a tiempo que Marmouset se haca esta pregunta y recomendaba el
silencio a sus compaeros, las voces se hicieron ms distintas y una luz
apareci en el fondo de aquel subterrneo.

Luego pudieron distinguir a un hombre que llevaba una linterna en la
mano.

Y Marmouset, despus de un momento de duda, llegando al fin a reconocer
a aquel hombre, exclam:

--Es Shoking!--Nos hemos salvado!




IV


Marmouset no se haba engaado.

El hombre que tan providencialmente llegaba, era Shoking en efecto.

Shoking que vena con una linterna en la mano, alumbrando a otra persona
que marchaba a su lado, y que Marmouset reconoci igualmente.

Era uno de los jefes fenians que haban prometido salvar al Hombre
gris.

Marmouset al ver esto, se volvi hacia los que le seguan, y que tambin
se haban parado a su ejemplo, y les dijo:

--Podemos avanzar. Son amigos.

Shoking se adelantaba en tanto, y acab por percibirlos a su vez.

Y reconociendo a Marmouset, lanz un grito de alegra y vino a echarse
en sus brazos.

--Ah! exclam, hace largo tiempo que os andamos buscando.

--As es, dijo el fenian.

--Y grande era nuestro temor de que hubieseis perecido o de que os
hallaseis enterrados vivos, prosigui Shoking.

Al mismo tiempo buscaba con la vista a Rocambole y, no hallndolo,
exclam:

--Pero, dnde est el Hombre gris?

Marmouset movi tristemente la cabeza.

Shoking dej escapar un grito ahogado.

--Muerto? murmur.

--Esperamos que as no sea, repuso Marmouset.

--Cmo!... Qu queris decir? pregunt Shoking fijndose en Marmouset
en el colmo de la ansiedad.

Este le cont en dos palabras todo le que haba pasado.

Entonces volvi a aparecer la sonrisa en los labios de Shoking.

--Estoy tranquilo, dijo.

Y como Vanda, Marmouset y los dems le miraban con curiosa extraeza, el
buen Shoking aadi:

--Yo he vivido largo tiempo en compaa del jefe, y puedo asegurar que,
si no lo habis visto muerto, es que se ha escapado de la catstrofe. Yo
lo conozco.

La confianza de Shoking se comunic a todos los dems, excepto a Vanda
que no particip de ella.

Los ms siniestros presentimientos seguan agitando su espritu.

--En fin, dijo Marmouset, cmo habis llegado hasta aqu?

--Venamos en busca vuestra, respondi el jefe fenian.

--Ah!

--Os habis anticipado a nosotros, y contrariado de consiguiente mis
planes. Si ha sucedido una desgracia, a nadie debis culpar sino a
vosotros mismos, dijo aquel hombre con una calma enteramente britnica.

Marmouset se sinti herido y se irgui con altivez.

--Lo creis as? dijo.

--Sin duda, repuso el jefe fenian con la misma flema. Si no hubierais
dudado de mi palabra..... no os hubierais puesto en accin.....

--Veamos! dijo Shoking interviniendo, no es esta la ocasin ni el
momento de empear una discusin: lo que importa es salir de aqu cuanto
antes, pues puede desplomarse todava alguna parte del subterrneo.

--Pero, por dnde habis venido? pregunt Marmouset.

--Por la tercera salida.

Esto pareca indicar claramente que Shoking conoca las otras dos.

Y como Marmouset al orlo hiciese un gesto de sorpresa, el buen Shoking
aadi:

--Los fenians conocan mejor que vos la existencia del subterrneo.

--De veras?

--Y contaban volar una parte de Newgate, si no os hubierais dado tanta
prisa.

--Pero en fin, pregunt Marmouset, cul era su plan?

--Voy a decroslo, respondi el jefe fenian. Por nuestras rdenes, se
haban colocado seis barriles de plvora.

--Bien.

--Tres en los subterrneos, y los otros tres contra los muros mismos de
la prisin.

--Y despus?

--Como habis visto, pusieron fuego a los de los subterrneos, que
estaban destinados a derribar una parte de las casas de Old-Bailey.

--Con qu objeto?

--Con el de producir tal confusin y desorden que, haciendo volar de
seguida los muros exteriores de Newgate, nos hubiera sido fcil sacar de
all al Hombre gris.--Uno solo de los barriles ha saltado.

--Y los que estaban junto al muro de la crcel?

--Cuando hemos sabido que estabais con el Hombre gris en los
subterrneos, nos hemos apresurado a arrancarles la mecha.

--Pero entonces, Old-Bailey se ha desplomado?

--No.

--Cmo pues?

--Solamente una casa de Sermon Lane se ha venido abajo; pero el fracaso
ha sido tal, que nadie ha podido comprender bien la causa de ese
hundimiento espantoso.

--Entonces..... la crcel de Newgate ha quedado en pie?

--S, y han libertado al gobernador, que ha referido vuestra evasin. En
su consecuencia han bajado a los subterrneos, pero han tenido que
volverse atrs.

--Por qu?

--En primer lugar porque los hundimientos continuaban, y luego, porque
el camino que habais seguido se hallaba cerrado.

--Ah! es verdad! dijo Marmouset recordando que Polito no haba podido
penetrar en aquella galera.

Y despus aadi:

--Pero en fin, vos habis tomado otro camino?

--Sin duda.

--Entonces... podemos salir de aqu?

--Cuando queris, dijo Shoking. Segudme.

Y ech a andar por el camino que haba trado.

Marmouset y los dems le siguieron de cerca, y al cabo de un cuarto de
hora de marcha, se encontraron en fin al pie de una escalera.

--Ah! dijo Marmouset, adnde se sube por aqu?

--A la bodega de un public-house.

--Cuyo dueo es uno de los nuestros, aadi el jefe fenian.

--Y dnde se halla situado ese public-house?

--En Farringdon street.

--En ese caso nos hallamos ahora al este de Newgate.

--As es.

Shoking tom por la escalera seguido de todos los dems.

Vanda cerraba la marcha.

Hubirase dicho que la pobre joven dejaba su alma en aquellos
subterrneos: de tiempo en tiempo, sin dejar de seguir a los otros,
volva hacia atrs la cabeza y murmuraba:

--Tal vez a esta hora se halla destrozado y sangriento..... y respirando
an, enterrado bajo las piedras.......

La escalera tendra unos treinta peldaos.

Al llegar al ltimo, la cabeza tocaba a una trampa que estaba echada en
aquel momento.

Shoking la levant, y Marmouset que lo segua se hall en la sala baja
del public-house, donde todos se encontraron al fin reunidos.

Los postigos de la tienda estaban cerrados.

Adems era ya bien entrada la noche, y el publican haba despedido a sus
parroquianos y se hallaba solo.

l busc tambin con la vista al Hombre gris, y pareci admirarse de no
verlo entre las numerosas personas que llegaban.

Marmouset dijo entonces a Shoking:

--Nos hallamos en Farringdon street, no es esto?

--S.

--Ms arriba o por bajo de Fleet street?

--Ms abajo.

--Por consiguiente, muy cerca del Tmesis, no es as?

--Ciertamente.

--Pues bien, es necesario ponernos de seguida en busca del capitn.

--Eso es tanto ms fcil, repuso Shoking, cuanto que tengo una lancha
cerca de Temple Bar.

--Entonces partamos, dijo Marmouset.

--Yo voy a acompaaros, dijo Vanda.

--Y yo tambin.....

--Y yo tambin... exclamaron a un tiempo los dems.

--No, dijo Marmouset con tono de autoridad. Vosotros permaneceris aqu
y esperaris a que yo vuelva.

En ausencia del capitn, Marmouset era ciegamente obedecido. As, todos
bajaron la cabeza, y ninguno present la menor objecin.

En cuanto a Polito, no disimul su satisfaccin de quedar all tranquilo
por algn tiempo, pues la pobre Paulina se hallaba destrozada de fatiga
y mal repuesta an de tan terribles emociones.

Marmouset, Shoking y Vanda salieron pues del public-house, y se
dirigieron por la ancha va que toma al principio el nombre de calle y
despus el de camino de Farringdon.

La noche era oscura y brumosa.

Sin embargo, de vez en cuando un rayo de luna lograba desgarrar la
niebla, y su dudosa claridad argentaba por un instante las sombras
calles de Londres.

Esto explicaba aquella luz blanquecina que Marmouset y sus compaeros
haban visto un momento despus de la explosin, por el orificio del
subterrneo.

Vanda y sus dos compaeros descendieron pues a orillas del Tmesis, y
continuaron por el malecn hasta llegar al sitio donde Shoking tena
amarrado su barco.

Todos entraron en l y Shoking tom los remos.

--Puesto que los fenians conocan los subterrneos, dijo entonces
Marmouset, vos debis saber sin duda dnde se halla la entrada de la
galera que da al Tmesis.

--Vamos directamente hacia ella.

--Est lejos? pregunt Vanda temblando.

--Llegaremos dentro de diez minutos.

Y Shoking se puso a remar vigorosamente.

En fin la barca, que haba tomado un momento el largo, se acerc poco a
poco a la orilla, y Shoking, levantando los remos, la hizo derivar.

La lancha fue a dar contra unas matas espesas que cubran por aquella
parte todo el ribazo.

--Aqu es, dijo Shoking.

Marmouset que tena la vista penetrante, examin las malezas y dijo
volvindose a Vanda:

--Estoy convencido de que nadie ha pasado recientemente por aqu.

--Oh! Dios mo!

--El capitn y Milon no han salido del subterrneo.

--Ah! dijo Vanda con acento desgarrador, sin duda han perecido!

Marmouset no respondi una palabra.

Apart con un remo la maleza, y poniendo a descubierto una ancha
abertura, salt vivamente de la barca.

--Has trado la linterna? pregunt a Shoking.

--S, respondi este, pero no la encenderemos hasta estar ah dentro.

Y en seguida penetraron los tres en el subterrneo.

Entonces Shoking se puso a encender su linterna; pero apenas una dudosa
claridad empez a alumbrar aquella tenebrosa entrada, cuando Vanda y
Marmouset lanzaron a un tiempo un grito de espanto.....




V


Al or aquel grito, lanzado simultneamente por Vanda, Marmouset y
Shoking, hubiera podido creerse que acababan de descubrir los cadveres
mutilados de Rocambole y Milon.

Pero no era as sin embargo.

Lo que les haba producido tan violenta impresin era el haber hallado
cerrada por una enorme roca la entrada de la galera.

Ahora bien, aquella roca no poda ser la que, desde la sala circular,
Marmouset y sus compaeros haban visto desplomarse detrs de Rocambole
y Milon.

Era otro hundimiento casi a la salida del Tmesis.

De consiguiente poda suponerse con fundamento que los desplomes que se
haban efectuado detrs de los fugitivos continuaron delante de ellos, y
que haban perecido entre las ruinas.

Por lo dems, haba una manera segura de convencerse de ello.

Despus de haber examinado las espesas yerbas que cubran la entrada de
la galera, Marmouset crey haber adquirido la certeza de que nadie
haba pasado recientemente por aquel sitio.

Pero exista otro medio de comprobacin mucho ms elocuente.

A la hora de la marea alta, las aguas del Tmesis invadan el
subterrneo, ocupando un espacio de muchos metros; y luego, al
retirarse, dejaban una espesa capa de cieno, la cual deba conservar
necesariamente las huellas de Milon y de Rocambole.

Pero Marmouset busc en vano el menor vestigio: en vano registr todo el
suelo con ayuda de la linterna. Ningn pie humano haba hollado
recientemente aquel sitio.

Adems, la pea desprendida de la bveda estaba enteramente seca; lo que
probaba evidentemente que su cada era posterior a la retirada de las
aguas.

Vanda, Marmouset y Shoking se miraban pues con un temor indecible.

La duda no poda prolongarse por ms tiempo.

O Rocambole y Milon haban perecido bajo aquel desplome a tiempo que
huan; o bien haban quedado encerrados entre los dos peascos que se
desprendieron a cierta distancia uno de otro.

Esta ltima hiptesis era la nica y suprema esperanza que Vanda poda
conservar an.

La pobre joven miraba a Marmouset, retorcindose las manos con
desesperacin, y murmuraba sin cesar:

--Qu hacer? Dios mo!... qu hacer?

--Oh! por mi parte no lo s tampoco, repuso Marmouset.

Pero de pronto tuvo una inspiracin.

Entreg la linterna a Shoking y, aproximndose al peon que cerraba la
galera, se acost por tierra casi debajo de l y aplic el odo.

Vanda le contemplaba sin comprender bien lo que haca.

Marmouset escuchaba.......

Escuchaba, sabiendo que ciertas piedras de materia calcrea poseen una
sonoridad prodigiosa.

Esta experiencia se semejaba algn tanto a la del mdico cuando asculta
el pecho de un hombre que no da signo de vida, a fin de convencerse de
que el corazn ha dado su ltimo latido.

La ansiedad de los actores de esta escena acreca por momentos, cuando
de repente Marmouset levant la cabeza, y su rostro pareci iluminarse.

--Oigo alguna cosa, dijo.

--Qu? pregunt Vanda con voz ahogada, y precipitndose hacia l.

--Oigo un ruido sordo y lejano, que se parece a veces al murmullo del
agua que brota de un manantial, a veces a la voz humana.

Vanda apoy a su vez el odo contra la pea.

--Yo tambin, dijo, oigo alguna cosa.

--Ah!

--Y no es, aadi con un gesto de alegra, el ruido del agua.

--Estis segura?

--S, es una voz humana. Esperad....... esperad.......

Y Vanda sigui escuchando.

--S, aadi despus de un momento de silencio, no es una sola voz, son
dos. Y se aproximan....... Ah!

Y Vanda arroj un grito de alegra.

--Qu os? pregunt con ansiedad Marmouset.

--Es la voz de Rocambole..... s, no me equivoco, y la de Milon... la
una clara y sonora, la otra grave y profunda.

Y despus de decir esto, Vanda se puso a gritar:

--Capitn!..... Capitn!

--Silencio! dijo Marmouset.

Y como la joven le mirase con extraeza:

--Esperad que me explique, dijo, y no gritis intilmente.

--Intilmente?

Y Vanda, fuera de s de alegra, contemplaba a Marmouset y pareca
preguntarse si el joven no haba perdido algn tanto el juicio.

Este, antes de responder, volvi a escuchar a su vez por algunos
instantes, y despus aadi:

--En efecto, tenis razn.

--Ah!... es verdaderamente la voz de nuestros amigos lo que hemos
odo?

--S.

--Entonces.....

--Yo los he reconocido lo mismo que vos: no me queda duda.

--Y bien, por qu os oponis entonces a que los llame?..... por qu no
queris que sepan?.....

--No sabrn nada, amiga ma.

--Ah!

--Por la sencilla razn de que no os oirn.

--Nosotros los omos bien. Marmouset se ech a rer.

--No es la misma cosa, dijo.

--Por qu razn?

--Porque en el interior del subterrneo, y en un corto espacio cerrado
por dos peascos, los sonidos toman una intensidad que no puede existir
aqu donde nos hallamos casi al aire libre.

Esta razn no tena rplica.

Marmouset prosigui:

--El rumor que llega hasta nosotros es el de dos personas que hablan.
Esto me tranquiliza, porque si nuestros amigos estuvieran heridos, se
quejaran.....

--Es verdad, dijo Vanda.

--Se hallan pues sanos y salvos.

--S, pero estn presos en un lugar sin salida, y acabarn por morirse
de hambre.

--Nosotros los libertaremos, dijo framente Marmouset.

--Cmo?

--Oh! repuso el joven, tranquilizaos. Ya comprendis que no hay que
pensar en emplear la plvora.

--Ciertamente que no.

--Ni menos en zapar esa roca, cualesquiera que sean los instrumentos que
poseamos. Sera intil.

--Qu hacer entonces?

--Salgamos de aqu, volvamos a la lancha, tomemos a lo largo del
Tmesis..... y yo os lo dir.

Marmouset se expresaba con tal tranquilidad, que Vanda sinti renacer su
esperanza.

En cuanto a Shoking, como ambos hablaban en francs, no haba
comprendido gran cosa.

Todo lo que hasta entonces saba, era que su amo y Milon estaban vivos,
puesto que se les oa hablar a travs de la pea.

Marmouset volvi al barco y Vanda le sigui.

Shoking tom de nuevo los remos, y Marmouset le dijo entonces en ingls:

--Gobierna hacia el centro del ro, y mantn el barco en lnea recta de
la galera.

--Para eso, respondi Shoking, es necesario empezar por subir la
corriente.

--Sea, dijo Marmouset.

--Despus dejar derivar el barco perpendicularmente hacia la entrada
del subterrneo.

--Eso es, repuso Marmouset.

Y de pie, en la popa de la lancha, fij obstinadamente la vista en la
orilla izquierda del Tmesis.

Vanda lo observaba sin comprenderlo.

La barca subi el ro hasta el sitio llamado de los _Monjes Negros_, y
ya all, Shoking la hizo derivar.

Marmouset no perda de vista ninguna de las casas viejas y ahumadas que
orillan el Tmesis por este paraje.

De repente pareci fijarse en una de ellas y la examin con atencin.

--All es, dijo.

--Qu? pregunt Vanda.

Pero Marmouset, en vez de contestarle, dijo perentoriamente a Shoking:

--Puedes ganar la orilla.

--Ah! exclam Shoking.

Y los remos volvieron a caer en el agua.

Cinco minutos despus, Marmouset saltaba en tierra, y seguido de sus
compaeros, suba por Farringdon street.

--Pero, adnde vamos? pregunt de nuevo Vanda.

--Segudme, ya lo veris.

La primera calle que se encuentra perpendicular a Farringdon, al subir
de la orilla del Tmesis, se llama Carl street.

Thames street es su continuacin hacia el este.

Marmouset marchaba con paso tan rpido, que Vanda poda apenas seguirle.

Sigui por un corto espacio Carl street, y se detuvo de pronto delante
de una casa, que era mucho ms alta que las otras.

Aquella casa era la que haba examinado desde el medio del Tmesis.

--Ahora, dijo a Vanda, escuchadme con atencin.

--Decid.....

--A menos que no me haya equivocado en mis clculos, esta casa est
precisamente encima de la galera subterrnea.

--Ah!... creis?.....

--Y se encuentra entre los dos peascos que encierran a Rocambole y
Milon.

--Y bien?

--Esperad..... respondi Marmouset.

Y aproximndose a la puerta de aquella casa, llevando en la mano la
linterna de Shoking, que haba conservado, se puso a examinar
detenidamente la puerta.

--Estaba seguro, dijo en fin.

--De qu? pregunt Vanda.

--Esta casa es la de un jefe fenian que llaman Farlane.--Mirad, su
nombre est sobre la puerta:

FARLANE Y COMPAA.

--Y estis seguro de que es un fenian?

--S.

Vanda mir cndidamente a Marmouset, como queriendo decirle:

--Diablo!... seris por ventura hechicero?

Marmouset se ech a rer.

--Escuchadme, dijo.

Y apag la linterna, que entreg de seguida a Shoking.




VI


Ahora volvamos algunos pasos atrs y vengamos al momento en que tuvo
lugar la ltima explosin de la galera.

La sacudida haba sido tan fuerte, de una violencia tal, que Rocambole y
Milon fueron derribados por tierra.

Pero apenas cados, se levantaron con la misma presteza.

--Victoria! exclam Rocambole, el camino est abierto.

Vease en efecto la claridad de la luna por la abertura de la galera.

Y volvindose en direccin de la sala circular, grit a sus compaeros:

--Adelante!... Segudme!

Y corri hacia la salida.

Milon le segua de cerca, y gritaba como l llamando a sus compaeros.

As marcharon unos cuarenta pasos.

Pero ya hemos visto la catstrofe que tuvo lugar inmediatamente. De
pronto un ruido espantoso, como el que producira el desplome completo
de un edificio, reson a su espalda e hizo temblar violentamente el
suelo del subterrneo.

Rocambole arroj un grito y volvi la cabeza para atrs.

El primer hundimiento acababa de efectuarse, vindose as separado de
sus compaeros.

Pero Rocambole no perda fcilmente su presencia de espritu.

--Adelante! repiti dirigindose a Milon. Salgamos de aqu ante todo.
Cuando nos hallemos fuera, ya encontraremos el medio de libertarlos.

--Adelante! repiti Milon.

Y sigui corriendo al lado de su antiguo capitn.

As iban, y ya vean brillar ante ellos las aguas argentadas del
Tmesis, cuando un ruido, ms espantoso an que el primero, se dej or
de repente y conmovi de nuevo la galera.

Esta vez, la luz de la antorcha que llevaban se apag tambin, y se
encontraron envueltos en las ms profundas tinieblas.

La sacudida fue tambin tal, que rodaron de nuevo por tierra.

El suelo oscilaba y cruja como en medio de un violento terremoto; y a
los hundimientos gigantescos que acababan de presenciar, se sucedan
otros hundimientos parciales. Ac y all caan piedras de todos tamaos,
y una de ellas pas rasando la cabeza de Rocambole.

Sin embargo, aparte de alguna contusin ligera, logr salir sano y salvo
de aquel cataclismo.

Un momento despus, la voz angustiada de Milon se dej or en medio de
las tinieblas.

--Capitn!... Capitn! deca, dnde estis?

--Aqu, repuso Rocambole.

--Herido?

--No.

--Ni yo tampoco.

--No des un paso, dijo Rocambole, esperemos.......

En fin, a poco ces el desplome y conmocin general y todo volvi a
entrar en silencio.

Entonces se levant Rocambole.

Milon en tanto murmuraba sin moverse de su sitio:

--Apostara a que estamos enterrados; pero sea como quiera, no hemos
tenido poca suerte.

Rocambole no haba dejado escapar su antorcha, pero, como se comprende
muy bien, esta se haba apagado desde luego.

Pero Marmouset, al distribuir las antorchas a los que le seguan, haba
dado tambin a cada uno una cajilla de fsforos, y de consiguiente
Rocambole tena la suya.

--Capitn, dijo Milon, puedo ya levantarme?

--S, pero no te muevas de tu sitio. Espera.

Y Rocambole busc sus fsforos y encendi la antorcha.

Entonces Milon pudo convencerse de que estaba sano y salvo.

--Famosa suerte! repeta.

--No tan grande como te parece, dijo Rocambole.

--Por qu?

--Sgueme.

Y con la antorcha en la mano, fue andando hasta el derribo.

El subterrneo se hallaba cerrado de nuevo por un peon enorme que, al
caer, rompiendo sus ngulos salientes, haba interceptado tan
hermticamente el paso de la galera, como pudiera haberlo hecho un muro
construido por los hombres.

--Ya lo ves, dijo Rocambole, no estamos ms adelantados que hace una
hora.

--Volvamos entonces para atrs, dijo Milon.

As lo hicieron, y se encontraron bien pronto delante del otro
hundimiento que se haba efectuado a su espalda.

--Ves lo que te deca?... repiti Rocambole; no estamos ms
adelantados.

--Pero entonces, dijo Milon estremecindose, estamos aqu presos?

--No, amigo mo, estamos enterrados en vida.

--Y ni herramientas ni plvora! exclam con angustia Milon.

Rocambole estaba un poco plido, pero su fisonoma no haba perdido su
calma habitual.

--Veamos, pobre Milon, dijo, en vez de desesperarnos, es lo ms acertado
el que reflexionemos a sangre fra.

Milon se qued mirndolo fijamente.

--Nuestra situacin no es muy ventajosa que digamos, prosigui
Rocambole, pero en fin, no es enteramente desesperada.

--Ah!... Lo creis as? dijo Milon con ansiedad y abriendo su pecho a
la esperanza.

--Escchame bien, aadi Rocambole: Marmouset y los dems, se hallaban
muy lejos de nosotros cuando tuvo lugar la catstrofe; de consiguiente
es probable que no han sido vctimas de ella.

--Es posible; pero estn encerrados como nosotros.

--Con la probabilidad de ser socorridos.

--Por quin?

--Por los policemen que andan en mi busca.

--Bah! pero entonces los llevarn a la crcel.

--No digo que no; ms no tardarn en soltarlos.

--Creis?

--Estoy seguro.

--Y entonces?

--Entonces Marmouset, que es, como t sabes, un chico de recursos, y
Vanda que dara por m hasta la ltima gota de su sangre; Marmouset y
Vanda, digo, pensarn en nosotros y hallarn el medio de venir en
nuestro socorro.

--Muy bien, dijo Milon, pero de aqu a all se pasar un buen trozo de
tiempo.

--No dir que no.

--Dos das tal vez.....

--Y aun tres, repuso Rocambole.

--Es decir que tendremos el tiempo de morirnos de hambre.

--En rigor, un hombre puede pasar cuatro das sin comer, dijo
tranquilamente Rocambole.

Y hablando as fue a sentarse con la mayor calma en una piedra.

Milon no conservaba la misma tranquilidad. Iba y vena por el
subterrneo con una inquietud marcada, y andaba de un lado a otro sin
descanso, como una fiera que da vueltas en su jaula.

--No te desesperes antes de tiempo, le dijo Rocambole; supongo que no
tienes todava hambre.

--Oh! no, dijo Milon, pero tengo sed.

--Dentro de cuatro o cinco horas podrs beber.

--Cmo pues?

--Al volver la marea, el Tmesis entrar de nuevo en la galera.

--Ah! bien.

--Y no creo tengamos tan poca suerte que no encontremos alguna
filtracin.

--De agua salada.....

--No, de agua dulce.

--Sin embargo, estando el Tmesis sometido a la marea.....

--Eso no importa. El flujo del mar rechaza las aguas del ro y hace que
se aumente su volumen, pero no tienen tiempo para mezclarse.

--Ah! dijo Milon.

--Entre tanto, ven a sentarte a mi lado, prosigui Rocambole.

Milon obedeci haciendo un gesto de resignacin forzada.

--Y como se puede muy bien hablar sin luz, aadi Rocambole, no veo la
necesidad de gastar intilmente nuestra antorcha, que ms tarde nos ser
necesaria.

Y diciendo y haciendo, apag la antorcha y continu:

--Sabes por qu yo no desespero, a pesar de la gravedad de la
situacin?

--Oh! lo que es vos, capitn, dijo Milon, yo os he visto siempre
impasible como el destino.

--No es eso, repuso Rocambole.

--Qu es pues?

--Tengo la conviccin de que, mientras me quede que hacer alguna cosa en
este mundo, la Providencia velar sobre mi y me sacar en bien de todo
riesgo.

--Tenis de veras esa idea? exclam Milon. Pero entonces, es que no
pensis reposaros jams?

--No, dijo Rocambole.

--Parceme sin embargo, prosigui Milon, que ya sera hora de que
volvierais a Pars y de que tratarais de vivir all tranquilo.

--Me queda algo que hacer aqu.

--Ah! s. Volvemos a los fenians.....

--No.

--A fe ma! aadi Milon, no s qu atractivo pueda tener para vos la
Inglaterra.

--Eso depende de la manera de ver de cada uno, dijo Rocambole. Y adems,
te lo repito, me queda un deber que cumplir.

--Pero, no se trata de esos estpidos fenians que nos han trado a este
mal paso?

--De ningn modo.

Milon no aadi una palabra ms, y pareci esperar que Rocambole se
explicase. Este guard silencio por algunos instantes, y al fin dijo de
repente:

--Crees t en la cuerda del ahorcado?

--En qu sentido? pregunt el coloso sorprendido de la pregunta.

--Dicen que la cuerda del ahorcado es una especie de talismn que nos
procura buena suerte.

--S, eso dicen, respondi Milon, pero yo no lo creo..... y vos?

--Yo empezar a creerlo, si nos saca de aqu.

--Eh? exclam Milon aturdido, llevis con vos una cuerda de.....

--S.

--En el bolsillo?

--En el bolsillo.

--Bah! entonces es buena ocasin para probar su virtud, como habis
dicho.--Esperemos.

Y Milon baj la cabeza y volvi a guardar silencio.

--Esperemos, repiti Rocambole pasados algunos instantes, pero como creo
que esperaremos largo espacio y que de consiguiente tenemos tiempo
sobrado..... en vez de lamentarnos intilmente, voy a contarte una
historia.

--Una historia de cuerda?

--La historia de la cuerda y la del ahorcado que me ha nombrado su
albacea o ejecutor testamentario, repuso Rocambole.

--Hablad, capitn, soy todo odos.




VII


Rocambole se reclin como pudo sobre su duro asiento, y continu de este
modo:

--Recuerdas, buen Milon, cmo empez nuestra amistad?--Nos hallbamos
en presidio y ramos compaeros de cadena. Un da me hablaste de dos
hurfanos, a quienes amabas con toda tu alma, y que haban sido causa
inocente de tu condena.....

--S, s, respondi Milon enternecido, y recuerdo ms todava, y es que
despus salvasteis a mis pobres nios, y por eso os soy adicto como un
perro fiel.....

--Pues bien, amigo mo, una cosa semejante me ha sucedido por segunda
vez.

--Cmo?

--Con la diferencia de que no ha sido en el presidio de Toulon, sino en
la crcel de Newgate.

--Ah!

--Y de que el hombre de que se trata ha muerto.

--Ha sido ahorcado?

--Ay! s.

Y Rocambole dej escapar un suspiro.

--Escucha, prosigui. Yo acababa de ser preso y me haba dejado conducir
sin la menor resistencia. Tena mis razones para obrar as, pues a ser
de otro modo, hubiera podido escaparme mil veces, antes de que se
hubiesen cerrado tras m las puertas de Newgate.

Por lo dems, no fue a esa prisin adonde me condujeron desde luego.

Llevronme en primer lugar a Drury Lane, y me presentaron al comisario
de polica de aquel barrio.

El comisario me interrog por la forma, y me hizo encerrar en el
calabozo que sirve de depsito en el piso bajo de la comisara.

Todas las maanas pasa un coche cerrado por todos los puestos de
polica, recoge los presos detenidos durante la noche, y los conduce sea
a Newgate, sea a Bath-square o a cualquiera otra crcel central.

Yo pas de consiguiente seis horas en el calabozo de la comisara de
Drury Lane.

En ese mismo calabozo se hallaba una pobre mujer en harapos, ya vieja,
pero cuyo rostro conservaba vestigios de una rara hermosura.

Cuando entr, me mir al principio con desconfianza, y despus con
cierta curiosidad.

En fin, su mirada encontr la ma, y sin duda experiment el encanto
misterioso que mi fluido magntico ejerce sobre ciertas personas, pues
me dijo en seguida:

--Creo que sois el hombre que busco.

Y como yo la mirase con extraeza:

--Os han preso por algn crmen grave? me pregunt.

--Soy fenian, la respond brevemente.

La pobre vieja se estremeci, y una viva expresin de alegra ilumin
por un momento su rostro.

--Ah! exclam, entonces os conducirn maana a Newgate.

--Indudablemente.

--No me he equivocado pues al deciros que sois el hombre que buscaba
hace tiempo.

Yo continuaba mirndola fijamente, procurando adivinar el sentido de sus
palabras.

Ella sigui en tanto diciendo:

--Me llamo Betzy-Justice y soy escocesa.

--Muy bien y qu ms? la contest.

--Hace un mes que me hago prender todas las noches por delito de
embriaguez. Y sin embargo, ya podis comprender que no estoy
embriagada...

--Entonces.....

--Pero finjo estarlo. De ese modo me conducen a un puesto de polica, me
encierran hasta el da siguiente, y por la maana me amonesta el
comisario y me condena a dos chelines de multa, ponindome en seguida en
libertad.

--Entonces por qu razn, la pregunt, si no estis embriagada...
fings estarlo?

--Toma! ya os lo he dicho, para hacer que me prendan..... y eso hoy en
un barrio, maana en otro. A esta hora he estado ya encerrada en todos
los puestos de polica de Londres.

--Pero en fin, por qu razn?

--Porque busco un hombre en quien yo pueda tener confianza, y a quien
vayan a encerrar en Newgate.

--Y en qu puede serviros ese hombre?

La vieja clav en m la vista y pareci reflexionar por algunos
instantes.

--Vuestra fisonoma, me dijo, es la de un hombre honrado y
bondadoso.--Cmo os llamis?

--El Hombre gris, le respond.

Al or este nombre, la buena mujer se levant sorprendida, y exhal un
grito ahogado.

--Ah! exclam, sois vos al que llaman el Hombre gris?

--S.

--Y os habis dejado prender?

--S.

--Pero entonces llevis en ello algn objeto, y saldris de la prisin
cuando os parezca.

--Tal vez.....

--Oh! eso es seguro, aadi. Me han hablado mucho de vos, y s que
podis hacer todo lo que se os antoje.

--Entre tanto, dije sonrindome, lo seguro por ahora es que voy a
Newgate.

--Oh! puesto que sois el Hombre gris, prosigui, puedo decroslo todo.

--Veamos.

--Mi marido est preso.

--En Newgate?

--S. Y est condenado a muerte..... y ser ahorcado el 17 del mes
prximo.

--Qu crmen ha cometido?

--Ha matado a un lord.

--Por qu razn?

--Oh! dijo Betzy-Justice, esa es una historia larga de contar. No
tendramos tiempo para ello. Pero, puesto que vais a Newgate, mi pobre
marido os lo dir todo.

--Sea como queris. Y en qu puedo serviros?... Deseis darme algn
encargo para l?

--S.

--Ddmelo entonces.

--Oh! no es una carta. Ya comprendis que os la cogeran en el
registro: es solamente una palabra.

--Decid.

--Ya encontraris el medio de ver a mi pobre marido en Newgate. Aunque
condenado a muerte, s que le dejan pasearse todos los das en el patio
con las dems presos.

--Bien, y qu debo decirle?

--Le diris solamente estas breves palabras:--He visto a vuestra mujer
Betzy. Morid en paz; tiene en su poder los papeles.

--Y es eso todo?

--Todo, dijo Betzy.

Y bajando la cabeza, llor silenciosamente, sin curar de enjugar sus
lgrimas.

Procur distraer su dolor y saber algo ms; pero por ms preguntas que
la hice, no logr arrancarle una palabra.

A la maana siguiente, apenas apuntaba el da, vinieron a buscarme para
conducirme a Newgate.

Durante tres das me tuvieron incomunicado, y as me fue imposible el
ver desde luego al reo de muerte.

En fin, al cabo de ese tiempo me pusieron en comunicacin y dulcificaron
el rgimen que me haban impuesto, con la esperanza de hacerme entrar en
la va de las revelaciones.

Es verdad tambin que yo insinu indirectamente que tal vez hablara si
me trataban de una manera menos dura.

Desde ese momento hicieren casi todo lo que yo quera, y pude, como los
dems presos, bajar al patio dos veces por da.

La primera vez que me present en l, no form parte de ningn grupo, ni
habl con nadie; pero busqu con la vista al condenado a muerte.

Pronto lo descubr, pasendose solo en un rincn del patio, con la
cabeza inclinada sobre el pecho, y las manos enlazadas con fuertes
esposas.

Dirig mis pasos hacia aquel sitio, aunque sin acercarme a l, y lo
examin con atencin.

Era un hombre de cerca de sesenta aos.

Pequeo, rechoncho, ancho de espaldas, y con una cabeza enorme
sostenida por una cerviz de toro, aquel hombre deba ser de una fuerza
extraordinaria.

Su barba era roja, pero su cabeza enteramente cana.

En una de mis vueltas pas cerca de l, y entonces se fij en m por un
momento.

Su mirada contrastaba singularmente con el aspecto extrao y casi
repugnante de su persona, pues era clara, dulce y leal.

Y sin embargo, aquel hombre haba asesinado a otro.

Haba teido sus manos en sangre, pero se adivinaba desde luego que no
haba matado para robar.

A la maana siguiente volv a bajar al patio a la misma hora.

El condenado a muerte se encontraba ya all; siempre aislado, siempre
sumido en su mortal tristeza.

Al entrar no emprend mi paseo como el da anterior, sino me fui derecho
a l.

El preso se detuvo bruscamente, y fij en m la mirada franca, leal,
casi tmida, que me haba ya impresionado el da anterior.

--Es cierto, como dicen, que habis asesinado a un lord? le pregunt
sin ms prembulos.

--S, me respondi.

Y pronunci esta sola palabra con una sencillez que me confirm en mi
opinin.

Aquel hombre haba cumplido o credo cumplir un deber.

--No sois el marido de Betzy-Justice? le pregunt de nuevo.

Al or esto se estremeci y me mir con ms atencin.

--Es que la conocis? dijo en fin.

--S, he pasado algunas horas con ella en el puesto de polica de Drury
Lane.

--Ah! exclam.

Y me mir de travs con aire de desconfianza.

--Y me ha dado un encargo para vos, aad.

--De veras? contest con un recelo visible.

--Veo que no me conocis, le repuse.

--Quin sois pues?

--Me llaman el Hombre gris.

El preso dio un paso para atrs y me mir con asombro.

--Vos! vos? exclam.

Y su rostro se seren por completo y perdi su aire de desconfianza.

--S, le repliqu, soy el Hombre gris, y Betzy me ha encargado deciros
que tiene en su poder los papeles.

El pobre condenado dej escapar un grito, una exclamacin de gozo tal
que hubiera podido creerse que yo acababa de traerle su perdn.

--Ah! dijo, dominando en fin la emocin que se haba apoderado de l,
ahora puedo morir tranquilo.

Y fijndose de nuevo en m, aadi:

--Pero.... puesto que sois el Hombre gris, sin duda estis aqu por
vuestra propia voluntad.

--Tal vez.

--Y podris salir siempre y cundo os parezca.....

--Es probable.

El marido de Betzy pareci dudar un momento.

--Ah! me dijo por ltimo si yo me atreviera..... porque, aun cuando mi
pobre Betzy es una mujer animosa, al cabo es una mujer, y quin sabe si
ella sola podr llevar nuestra empresa a buen fin?

A mi vez yo le mir con extraeza.

--Ser necesario que yo os lo cuente todo, prosigui. Estoy seguro de
que os interesaris por nosotros.

Y aadi sonrindose con tristeza:

--Un hombre como vos lo puede todo..... adems, yo os legar mi cuerda
y, ya sabis..... eso os dar buena suerte.

En esto punto de su relato Rocambole se detuvo un momento.

--A fe ma! dijo Milon, que hasta haba olvidado que estamos aqu
presos entre peascos y con la mitad de Londres sobre los hombros.
Seguid, capitn, seguid.




VIII


Rocambole guard silencio por algunos instantes, y despus prosigui de
este modo:

--Aquel da, el condenado a muerte no quiso explicarse ms.

--La historia que os voy a contar, me dijo, es demasiado larga, y adems
va a llegar la hora de volver a mi calabozo. Pero maana.....

--Maana, le dije, yo sabr encontrar el medio de pasar algunas horas en
vuestra compaa.

--Bah! exclam mirndome con asombro. Pero, en fin, tenis razn. Eso
sera imposible para cualquier otro, pero para vos no hay nada
imposible, puesto que sois el Hombre gris.

Y con esto entr en su calabozo, mientras que yo tomaba el camino del
mo.

La promesa que acababa de hacerle, proceda de una idea que me haba
ocurrido durante la conversacin.

En el momento en que uno de los carceleros iba a encerrarme, le detuve
en la puerta y le dije:

--Hacedme el favor de decir al gobernador que deseo hablarle.

El carcelero cumpli con su comisin, y un cuarto de hora despus vi
llegar al gobernador a mi calabozo.

T has visto a ese buen hombre, y sabes hasta qu punto es cndido.

--Oh! la simplicidad en persona! dijo Milon.

--Sir Roberto lleg sonrindose y acaricindome con la mirada, muy
persuadido de que iba a or grandes revelaciones.

Porque no bastaba a la libre Inglaterra el haber puesto la mano sobre el
hombre que pareca ser uno de los jefes del fenianismo y tal vez el ms
peligroso de todos; lo que ms necesitaba sin duda, era penetrar el
misterio en que este hombre se envolva.

--Seor gobernador, dije entonces a sir Roberto, deseo hablar con vos.

--Ah! exclam con tono alegre, ya saba yo que acabarais por ser
razonable.

--Jams he cesado de serlo.

--Ah! os burlis?...

Hablando as, sin dejar su eterno tono festivo, tom una de las dos
nicas sillas que haba en mi calabozo y se sent a mi lado.

--Veamos, amigo mo, mi querido amigo, me dijo, qu es lo que queris
decirme?

--Mi querido gobernador, le repliqu, ante todo quiero haceros una
pregunta.

--Hablad.

--Si me condenan a muerte, ser ahorcado?

--Ay! mucho lo temo, amigo mo. La horca es el solo gnero de suplicio
usado en Inglaterra.

--Bueno, y juzgis que ser condenado?

--A menos que no hagis revelaciones de una importancia tal, que os
atraigan la indulgencia de vuestros jueces.....

--Eso es precisamente en lo que pienso.

--Ah! ya lo saba yo! exclam el buen hombre en el colmo de la alegra.

--Pero antes de decidirme, prosegu sonrindome, necesito fijar mi
atencin sobre ciertas cosas.

--Cules?... Veamos.

--Voy a decroslo. No es que yo tenga miedo de la muerte.....

--Sin embargo.....

--Sobre todo de la muerte por estrangulacin. Hasta he odo decir.....

--Ah! s, dijo el gobernador guiando el ojo, ya s... una preocupacin
vulgar.--Pero no creis nada de eso, amigo mo, no, mi querido amigo. No
hay ms que ver el rostro del ajusticiado cuando le quitan el gorro
negro: est entumecido, morado... horrible de ver!... Y la lengua?....
Oh! es espantoso!

--De veras?

--Tal como tengo el honor de decroslo, mi querido amigo. Conque as,
creedme, confesad, confesadlo todo, empezando por vuestro nombre, el de
los otros jefes del fenianismo... en fin todo. Y decid que yo os he
convencido, con el objeto.....

--Esperad, esperad, le repliqu.

--Cuanto ms latas y ms espontneas sean vuestras revelaciones, mayor
ser la indulgencia de vuestros jueces.

--Ya s todo eso; pero os lo repito, no me arredra la muerte por
estrangulacin.

--Hacis mal.

--En Francia hay la guillotina, lo que es muy diferente. Oh! esa muerte
s que me aterra!... All lo confesara todo de seguida.

--No se pueden cambiar por vos los usos y costumbres de un pas. Pero lo
que os afirmo es que la horca es el suplicio ms horrible que existe.

--Bah!

--Y a propsito, continu sir Roberto, aqu tenemos en este momento un
condenado a muerte.

--Ya lo s.

--Pero no sabis qu indecible terror se ha apoderado de su alma.

--Sin embargo, me ha parecido bastante tranquilo.....

--Estis en un error... Ah! si pasarais solamente dos o tres horas
encerrado con l!

--Creis que me trasmitira su temor?

--Estoy seguro.

--Os chanceis?

--Toma! si queris experimentarlo.....

--Eh!... eh! no dir que no: sera cosa curiosa!

--Pues bien, prosigui sir Roberto Mitchels, para que veis..... Voy a
hacer por vos una cosa inaudita.

--Bah!

--Pero que, por otra parte, tengo el derecho de hacer.

--Qu es pues?

--Voy a encerraros esta noche mismo con el condenado a muerte.

--Ah! queris ponerme a prueba?

--Precisamente. Y estoy seguro de que maana me haris llamar a toda
prisa.

--Para que?

--Para revelar todo lo que sabis e implorar la clemencia de vuestros
jueces.

--Pues bien, le respond, si tal es vuestra conviccin, hagamos la
prueba; no tengo inconveniente.

El buen gobernador se levant enajenado de gozo.

--Voy a dar las rdenes necesarias, me dijo.

Y me estrech la mano, llamndome de nuevo su muy querido amigo.

Despus de lo cual se fue, no sospechando siquiera el pobre hombre que
acababa de ofrecerme espontneamente lo mismo que yo iba a pedirle.

Aquel da me trajeron, como de costumbre, una comida suculenta y
abundante.

El carcelero que me serva, y que no era de ordinario muy hablador, me
dijo en esta ocasin con una guiada significativa:

--Parece que Vuestra Seora es _excntrico_.

_Excntrico_ es un vocablo que encierra por si slo en Inglaterra, el
mayor elogio que se puede hacer de un Ingls de pura raza. Todo es
permitido al que sabe merecer ese nombre.

--Un poco, le respond.

--Vuestra Seora tiene el capricho de dormir esta noche con el
condenado a muerte?

--S, amigo mo.

--Sir Roberto Mitchels, nuestro digno gobernador, prosigui el
carcelero, me ha dado sus rdenes al efecto.

--Ah! muy bien!

--Y si Vuestra Seora lo permite, voy a conducirlo adonde se halla el
reo.

Yo hice un signo de cabeza afirmativo, y el carcelero, tan simple y
cndido como su jefe, me sac de mi calabozo, que estaba situado en el
primer piso, me gui hasta el piso bajo, y abri delante de m la puerta
del calabozo donde estaba encerrado el marido de Betzy-Justice.

Al ruido que hicimos al entrar, el infeliz se levant sobresaltado.

Yo le hice una sea con disimulo, recomendndole el silencio, y l me
respondi con otra, indicando que haba comprendido.

Por lo dems, ya haba adivinado que iban a darle un compaero, pues una
hora antes haban trado a su calabozo un catre y un colchn, con los
dems aprestos de una cama.

Bien pronto nos encontramos solos.

--Y bien? le dije, ya lo veis; he cumplido mi palabra y tenemos toda la
noche por nuestra.

--Ya s que podis hacer cuanto queris, me respondi con cndida
admiracin.

--Ahora, le dije, estoy, dispuesto a or vuestra historia.

Como debes comprender muy bien, no dormimos en toda la noche.

Al da siguiente, al amanecer, vino el carcelero a buscarme.

--Sir Roberto os espera, me dijo.

Y yo le segu, despus de despedirme afectuosamente de mi compaero.

--Pero, y esa historia que os haba contado, capitn? interrumpi
Milon.

--La sabrs dentro de poco. Hablemos primero del gobernador.

Y Rocambole, despus de un momento de silencio, continu:

--Como te deca pues, me condujeron al gabinete de sir Roberto.

Yo estaba plido y fatigado, como un hombre que ha pasado la noche en
vela.

--Y bien? me dijo el gobernador muy alegre, qu opinis ahora de la
horca?..... La miris siempre con la misma indiferencia?

--Bah! respond, no me inspira el menor temor.

--Es posible?

--Podis creerme.

--Sin embargo, ya habis visto lo que sufre el que est condenado a
ella..... Conque, vamos, estis decidido a hablar?

--Todava no.

Sir Roberto se mordi los labios, pero no se manifest irritado.

--Oh! yo os convertir, dijo, ya lo veris.....

--Pretendis acaso encerrarme de nuevo con el condenado a muerte?

--No; algo mejor que eso.

--Bah! qu pensis hacer?

--Os har presenciar su suplicio.

Y como yo le mirase con admiracin:

--Hace un mes, dijo, eso hubiera sido difcil, sino imposible.

--Ah!

--Pero hoy se hacen las ejecuciones en el interior de la prisin.

--Y vais a darme palco en el espectculo?

--Precisamente.

Rocambole iba a continuar su relato, cuando Milon lo interrumpi
bruscamente.

--Capitn!... Capitn! murmur con acento de terror.

--Qu hay? respondi este volvindose bruscamente.

--Mirad!.....

Rocambole volvi la vista por todas partes, y en medio de las densas
tinieblas que le envolvan, no tard en descubrir dos puntos luminosos,
semejantes a dos lucirnagas, que brillaban en la oscuridad a poca
distancia de ellos.




IX


Milon era intrpido y animoso, como ya sabemos, pero su valor era
puramente fsico, es decir, fundado en su fuerza muscular.

El pobre coloso, como todos los espritus limitados, no saba arrostrar
el peligro sino cuando se daba de l cuenta.

De consiguiente tena miedo de lo desconocido.

Qu podan ser aquellos puntos luminosos que brillaban en las
tinieblas?

Milon se lo preguntaba y, no encontrando solucin, senta apoderarse de
su nimo un temor indefinible.

Rocambole se levant y dio algunos pasos hacia adelante.

Los dos puntos luminosos no cambiaron de sitio.

Entonces Rocambole se adelant ms y dio dos palmadas.

Inmediatamente, los dos puntos de luz desaparecieron como por encanto.

--Imbcil! dijo Rocambole rindose.

--Eh? exclam el coloso sintiendo disminuir algn tanto su opresin.

--Sabes lo que es?

--No.

--Es un gato.

--Ser yo bestia!... dijo Milon.

--Un gato, amigo mo, aadi Rocambole, a quien debemos un voto de
gracias.

--Por qu?

--No comprendes que, puesto que ha penetrado aqu, es que hay una
salida cualquiera?

--Ah!... creis?.....

--Toma! estoy seguro. Una salida que podr servirnos tambin a
nosotros.

--A menos, observ Milon, que el pobre animal no haya sido sorprendido
por el desplome al mismo tiempo que nosotros.

--Es imposible.

--Por qu? pregunt de nuevo Milon.

--Porque lo hubiramos visto ms pronto.

--Ah! es verdad.

--Y adems, prosigui Rocambole, cmo puedes suponer que ese gato se
encontrase en los subterrneos?

--Toma! No nos hallamos nosotros?

--S, pero es porque hemos encontrado una entrada, que estaba tapiada
hace muchos aos.

--Entonces...

--Entonces voy a explicarte lo que ha debido suceder.

--Veamos, dijo Milon.

--Ese animal estaba encima de nosotros, en alguna cueva, en el momento
de la explosin.

--Bien.

--La explosin ha debido producir alguna abertura, algn hundimiento que
le ha hecho caer aqu, paralizado por el espanto violento que debe haber
sentido.

--Ah! s, es muy posible.

--De consiguiente, prosigui Rocambole, vamos a ver si podemos irnos por
donde l ha venido.

Y diciendo esto, sac los fsforos y volvi a encender la antorcha.

--Ahora, busquemos con cuidado, aadi.

Y se puso a explorar atentamente su estrecha prisin.

Como ya sabemos, dos enormes peascos cerraban la galera.

Rocambole, despus de haberse orientado un instante, se dirigi hacia el
que haba cado detrs de ellos, que era precisamente el sitio por donde
haban desaparecido los dos puntos luminosos.

La pea presentaba en su centro un ngulo saliente, que era sin duda
donde el gato se haba detenido.

Rocambole subi a aquella especie de repisa, y afirmndose en ella,
levant la cabeza.

Entonces vio un espacioso agujero, que la pea no permita descubrir
desde abajo, y que se abra en la bveda de la galera.

--Sube, dijo a Milon.

Este se apresur a obedecer y se coloc tambin en la parte saliente de
la pea.

--Toma la antorcha, aadi Rocambole. Ya me la pasars despus.

Milon la tom, y Rocambole, alzndose por las asperezas de la piedra,
trep con la ligereza de un clown sobre los robustos hombros del coloso,
y la mitad de su cuerpo desapareci por el agujero.

--Ahora, dame la antorcha, grit.

Milon lo hizo as, y llev las dos manos para sostener mejor a
Rocambole.

Este mir entonces hacia arriba y despus a su frente, examinando bien
aquel paraje, y vio delante de s una nueva excavacin que se prolongaba
en el mismo sentido que la galera.

--Sostente bien, grit de nuevo a Milon.

Y arroj su antorcha en el agujero.

Luego, asindose a las salidas de la pea, dio un fuerte empuje con los
pies sobre los hombros de Milon, a fin de tomar arranque, y se introdujo
en la excavacin superior.

La antorcha no se haba apagado al caer y Rocambole se apresur a
recogerla.

--Esprame ah un momento, dijo a Milon, voy a la descubierta.

Y se adelant marchando con precaucin y mirando atentamente a sus pies.

Un examen de algunos segundos, le bast para saber dnde se hallaba.

Aquel sitio no era otra cosa que una de esas largas y espaciosas
bodegas, que los fabricantes de cerveza de Londres poseen a orillas del
Tmesis.

El suelo de aquella cueva se haba hundido en el momento de la
explosin, pues la hendedura por donde haba entrado Rocambole no
exista antes seguramente.

Y aun era muy probable que el cervecero a quien perteneca la bodega, no
haba sospechado jams que se hallaba sobre un subterrneo.

Rocambole volvi a desandar lo andado, y se sent en el borde del
agujero, dejando colgar las piernas hacia fuera.

--Agrrate a uno de mis pies, dijo a Milon, y sube.

El gigante, que haba permanecido inmvil en la salida de la pea, se
asi a una de las piernas de Rocambole, y este le levant, desplegando
la extraordinaria fuerza muscular que ocultaba bajo su apariencia
delicada y casi dbil.

Milon pudo alcanzar as el borde de aquella entrada, y ayudndose con
pies y manos, pronto estuvo al lado de Rocambole.

Este le dijo entonces:

--Ahora, sigamos adelante, y de seguro acabaremos por encontrar una
puerta.

La cueva formaba al principio un pasadizo estrecho, y al cabo de pocos
pasos se ensanchaba considerablemente, pero se hallaba ocupada por una
doble hilera de toneles.

--Continuemos avanzando, dijo Rocambole.

--Esperad, exclam Milon.

--Qu es ello?

--Oigo un ruido sordo.....

Rocambole se detuvo y escuch por algunos instantes.

--S, dijo, es el Tmesis.

Y siguieron adelante, marchando siempre entre dos filas de toneles,
hasta que empezaron a respirar un aire ms vivo, lo que les hizo
comprender que se acercaban a una salida.

El muro describa una ligera curva.

Doblronla pues, y entonces Rocambole vio brillar de pronto a su frente
una luz indecisa y blanquecina.

--Veo el cielo, dijo, o al menos la niebla.

Y siguieron avanzando, hasta que al fin Rocambole se detuvo y apag la
antorcha.

--Qu hacis, capitn? pregunt Milon.

--Un acto de prudencia, respondi Rocambole.

--Ah!

--Estamos en una cueva que sirve de almacn de depsito.

--As me lo pareca.

--Y este almacn tiene una puerta que se halla abierta a unos treinta
pasos de nosotros, y por la cual se entreve el cielo.

--Bueno, y qu?

--Que no tenemos necesidad de luz, y que es intil el que nos vean desde
afuera.

--Es verdad.

Rocambole se adelant entonces resueltamente, y en fin llegaron a
aquella puerta, cuyos dos postigos se hallaban abiertos.

Algunas luces brillaban ac y all a travs de la niebla, y el Tmesis
resonaba abajo.

Rocambole se detuvo en el dintel de la puerta, y avanzando la cabeza
exclam:

--Esta puerta es una ventana!

--Calla! es verdad! dijo Milon.

Efectivamente, las aguas del Tmesis rasaban el pie del muro a unos
veinte pies por bajo de la ventana y apenas si se vea a lo lejos la
opuesta orilla.

Aquella ventana se encontraba a la altura del primer piso de una casa,
cuyos cimientos se hallaban al nivel del lecho del ro.

La ciudad de Londres no tiene muelles ni malecones, excepto en el paraje
que la sirve de puerto.

Durante el reflujo o la marea baja, el Tmesis deja al retirarse un
espacio descubierto, cuya anchura vara entre diez o quince pies; pero
durante la marea alta, todo ese espacio se halla cubierto, y las aguas
del ro vienen a batir los muros de las casas, cuyos primeros pisos
sirven generalmente de almacenes.

--Qu hacer? dijo Milon.

--Si quieres romperte la cabeza, no tienes ms que echarte desde aqu.

--Pero, no veo la necesidad de eso, dijo el coloso; buscando bien, tal
vez encontraremos una cuerda.

--A qu propsito? dijo Rocambole.

--Digo... se me figura.....

--Qu hora es?

Milon llevaba su reloj, un reloj de repeticin magnfico, que se
apresur a sacar, y que toc al resorte.

--Las tres de la maana, dijo.

--Pues bien, prosigui Rocambole, dentro de una hora subir la marea.

--Ah! creis?.....

--El agua llegar aqu a cierta altura, y entonces nos echaremos a
nado.

Milon no respondi, pero exhal un profundo suspiro.

Aquella ltima hora que le separaba an de la libertad, le pareca
demasiado larga.

Rocambole se ech a rer.

--Hace poco, le dijo, nos hallbamos presos en un subterrneo, con la
agradable perspectiva de morir de hambre; y ahora que se aproxima el
momento de nuestra libertad, y que aspiramos el aire libre, no ests
contento.

--Tenis razn, capitn, dijo Milon. Al fin acabar por convencerme de
que soy un bruto.

--Un poco de paciencia, amigo mo, repuso Rocambole. Y ahora, para que
el tiempo te parezca menos largo, voy a continuar mi historia.

--Vais a confiarme el secreto del marido de Betzy-Justice?

--No, todava no.

--Ah!

--Voy a hablarte primero de su ejecucin.

--Habis asistido a ella?

--Sin duda.

Y Rocambole se sent en el borde de la ventana, donde Milon vino tambin
a apoyarse echndose en ella de codos.

En tanto, las aguas del Tmesis, rechazadas por la marea, empezaban a
subir lentamente.....




X


--El excelente, cndido y confiado sir Roberto Mitchels, prosigui
Rocambole, no perda sin embargo la esperanza de arrancarme una
confesin completa.

As redoblaba conmigo sus obsequios, y no perda ocasin de mostrarme su
extremada amabilidad.

Todos los das me permitan ver al condenado a muerte, y me dejaban
entera libertad para hablarle y prodigarle mis consuelos.

Pero todos los das tambin, me repeta sir Roberto invariablemente:

--No es verdad que es un horrible espectculo el que presenta un hombre
que va a morir?

As trascurran montonamente los das.

Una noche, y cuando menos lo esperaba, el gobernador vino de improviso a
mi calabozo.

--Sabis que es para maana? me dijo.

--Qu?

--La ejecucin del reo.

--Ah! pobre hombre!

--Persists en ver la ejecucin?

--Qu duda tiene?

--Entonces, es necesario que cambiis de calabozo.

--Ah!

--Y que os trasladis al piso bajo.

--Sea como queris.

--Y hasta es posible.....

Aqu sir Roberto pareci vacilar, y me mir con aire indeciso.

--Acabad, le dije.

--Y hasta... si queris pasar la noche con l...

--Oh! no tengo inconveniente.

--Estoy convencido de que vuestra conversin no resistir a esta ltima
prueba.

--Ah! s, ya me lo dijisteis la otra vez: la vista del triste
espectculo!!...

--Eso en primer lugar. Pero presenciar adems las crueles angustias de
un desgraciado a quien solo quedan algunas horas de vida.....

--Es terrible en efecto, le contest con frialdad.

--Oh! estoy seguro, dijo sir Roberto sonrindose siempre, que eso os
inspirar un terror saludable.

--Ya veremos.

--Y que sabris atraeros la benevolencia de vuestros jueces, haciendo
una revelacin franca, bien completa...

Yo no le respond, y mi buen hombre prosigui:

--Por lo dems, no estaris solo con el reo.

--De veras?

--Dos Hermanas de la agona pasarn all la noche rezando. Ya veris
como es lgubre.

--Pero los reglamentos, observ al gobernador, no se oponen a que yo
asista?....

--Al contrario, me respondi.

--Bah!

--La ley permite que el reo pase su ltima noche con un pariente, un
amigo y, hasta si lo solicita, con un preso de la misma crcel.

--Ah! bien: entonces yo ser ese preso.

--Esperad, prosigui sir Roberto, hay todava una particularidad que
ignoris de seguro, y que voy a haceros saber.

--Veamos.

--El cuerpo del ajusticiado pertenece a Calcraft, el cual lo vende
ordinariamente a los cirujanos.

--Ya lo s.

--Su ropa y lo poco que tiene en la crcel, pertenece tambin al
verdugo.

--Bien.

--Pero la cuerda, por prescripcin formal de la ley, es propiedad del
ajusticiado.

--Es posible?

--Tal como os lo digo: y tiene el derecho de legarla a quien mejor le
parezca.

--La cuerda del ahorcado es pues un talismn que protege a su posesor?

--As lo dicen.

--De modo que si el reo me legase su cuerda, tendra yo probabilidades
de no ser ahorcado a mi vez.......

--Sobre todo, dijo sir Roberto, si hacis cuantas revelaciones os
exijan.

Yo me ech a rer.

--No creo mucho en las virtudes de la cuerda de ahorcado, prosigui sir
Roberto, pero, en fin, si el reo os la deja en herencia, no veo en ello
ningn inconveniente: y aun cuidar de que os la remitan en tiempo
oportuno.

--Sois el ms amable de todos los gobernadores posibles, le respond.

--Qu queris? dijo suspirando; cada cual tiene su flaco en este mundo,
y el mo es el de una benevolencia sin lmites. Me sois muy simptico, y
si declaris con toda sinceridad, os querr como a un hijo.

Y con esto me estrech afectuosamente la mano y me dej.

Una hora despus, me condujeron al calabozo del condenado a muerte.

Las Hermanas de las agona se encontraban ya all, y se disponan a
ejercer su santo ministerio.

El marido de Betzy-Justice me recibi sonrindose.

--Es para maana, me dijo.

--No tenis miedo a la muerte? le pregunt.

--No.

Y levantando la mano hacia la ventana del calabozo, a travs de la cual
se vea un reducido punto del cielo:

--Cuando un hombre muere por haber cumplido con su deber, dijo, ese
hombre muere resignado y tranquilo.

--No os queda nada que decirme?

--Nada ms. Ya lo sabis todo. Ah! olvidaba... os lego mi cuerda.....
En esto hago uso de mi derecho.

--Ya lo s: el gobernador me lo ha dicho.

--Ah!

--Y aun parece agradarle el que yo sea vuestro heredero.

El infeliz reo se sonri tristemente.

--Pobre hombre! dijo aludiendo al gobernador, no es fuerte por cierto
para luchar con vos.

La noche se pas as.

Las Hermanas de la agona no cesaron en sus oraciones, y el reo y yo
seguimos hablando en voz baja.

En fin, a las cinco de la maana se abri la puerta del calabozo.

Uno de los carceleros conduca al sacerdote que deba exhortar al reo a
bien morir; y al verlo entrar, las Hermanas de la agona salieron del
calabozo.

Yo abrac al condenado a muerte por ltima vez.

--Acordaos de lo que me habis prometido, me dijo.

--Morid en paz, le respond.

Y sal a mi vez.

El carcelero me sigui, y me dijo al llegar a los corredores:

--Tengo rden de conduciros a un calabozo, cuya ventana da al patio de
la ejecucin.

--Muy bien, le respond.

El calabozo donde entramos era bastante espacioso, y tena una ventana
mayor que todas los otras.

Bastaba subirse en un banco, para llegar cmodamente a aquella ventana.

Esto es lo que yo hice; y entonces pude ver todo el patio, y la horca
que estaba ya levantada.

Eran las seis de la maana y el da empezaba a aparecer, o ms bien una
dudosa claridad que pasaba penosamente a travs de la niebla.

Algunas sombras confusas se agitaban ac y all alrededor del cadalso.

El da fue avanzando poco a poco, y entonces pude ver, primero dos
filas de soldados, y luego a sir Roberto Mitchels en grande uniforme.

Sir Roberto iba de un lado a otro con la sonrisa en los labios.

Tan luego como me descubri, me envi un saludo amistoso, y llev
despus su cortesa hasta el punto de acercarse a mi ventana.

--Desde ah veris perfectamente, me dijo.

--As lo creo, le respond. Pero, quines son todos esos hombres
vestidos de negro que veo all bajo?

--Son los jurados que han condenado al reo, y que la ley obliga a
asistir a la ejecucin.

--Muy bien. Y aquel otro grupo que permanece aparte?

--Son redactores de diversos peridicos.

--Ah! mil gracias!

--Excusadme, dijo sir Roberto, voy a decir dos palabras a Calcraft.

Y me dej precipitadamente.

Qued pues de nuevo solo, esperando con ansiedad el momento supremo.

Aquel desgraciado, que me era enteramente desconocido tres semanas
antes, me interesaba ahora y haba llegado a amarlo desde que conoca su
secreto; y la idea de que iba a morir me oprima el corazn de una
manera indecible.

A las siete menos cuarto se presentaron Calcraft y sus segundos,
subieron al cadalso, engrasaron la cuerda, ensayaron el movimiento de
bscula de la trampa, y se retiraron en seguida.

Por ltimo, a las siete en punto se abri una puerta en el fondo del
patio, y apareci el reo.

Vena un poco plido, pero marchaba con paso seguro y la cabeza erguida.

Cuando se hall sobre el cadalso, me busc con la vista y acab por
descubrirme.

Nuestras miradas se encontraron un momento.

--Acordaos! grit con voz esforzada.

--Morid en paz! le repet por segunda vez.

Pusironle en aquel instante el gorro negro, y Calcraft le ech al
cuello el nudo corredizo.

Un segundo despus estaba en la eternidad.

En seguida se dispersaron los espectadores y tan luego como hubieron
partido, sir Roberto Mitchels se apresur a venir a mi calabozo.

--Y bien? me dijo.

--Y bien, le respond, lo he visto todo.

--Y... qu impresin os ha causado?

--Ninguna.

Y solt una carcajada.

--Ah! veo que no queris confesar! exclam con acento de despecho.

--Ya veremos ms tarde, le respond.

Y diciendo esto, Rocambole se puso de pie.

--Ah! aadi interrumpindose, el Tmesis ha llegado a su mayor
altura. Quieres que nos echemos al agua?

--Pero... dijo Milon, la cuerda.....

--Ya te he dicho que la tengo.

--Dnde?

--Rodeada a la cintura.

--Pero, no me decs cul es el secreto que el marido de Betzy-Justice
os confi antes de morir?

--Ms tarde.

--Ah! exclam Milon con despecho.

--Por ahora, es necesario pensar en que no nos sorprenda aqu el da.

--Bien, pero adnde iremos?

--No lo s, ya pensaremos en ello despus. Vamos! sgueme!

Y Rocambole, asindose al borde de la ventana, se arroj al Tmesis,
cuyas aguas azotaban con furor las casas de sus orillas.

Milon no tard en seguirle.

Ambos desaparecieron por un momento bajo las olas, pero no tardaron en
subir a la superficie, y se pusieron a nadar tranquilamente en direccin
del puente de Londres.




XI


Volvamos ahora a Marmouset, a quien hemos dejado con Shoking y Vanda, a
la puerta de una casa de Carl street.

Marmouset, como hemos visto, despus de haber indicado la inscripcin
que estaba sobre la puerta:

    _Farlane y Compaa_

Marmouset, decimos, se qued mirando a sus dos compaeros.

--Puesto que no habis comprendido todava, les dijo, escuchadme antes
de pasar adelante.

--Veamos, acabad, dijo Vanda con ansiedad.

--Esta casa debe de estar, segn os he dicho, justamente encima de la
galera subterrnea, y entre los dos hundimientos que hemos podido
observar.

--Y qu? dijo Vanda.

--Adems, prosigui Marmouset, pertenece a un fenian, lo que es ya un
gran punto.

--Cmo?

--Esperad. Evidentemente, esta casa tiene una cueva, y si logramos,
como lo lograremos, bajar a ella, no habr ms que abrir un agujero para
llegar a la galera.

--Y para libertar al Hombre gris, aadi Shoking.

--S, todo eso est muy bien, dijo Vanda, pero.... estis seguro,
Marmouset?

--De que la casa se halla situada sobre la galera subterrnea?

--S.

--Completamente seguro.

--Cmo podis saberlo?

Marmouset se sonri con cierto aire de presuncin.

--No ignoris, dijo, que he seguido durante algunos aos la carrera de
ingeniero y que paso por un buen matemtico.

--Ah! s; en cuanto a eso...

--He calculado perfectamente la distancia, la situacin de la casa
respecto a la galera, y creo mis clculos exactos.

--Dios lo quiera!

--Y aun creo poder afirmar que necesitaremos abrir un agujero de quince
a diez y ocho pies de profundidad.

--Entonces, dijo Shoking, no hay ms que entrar en la casa y dirigirnos
en seguida a master Farlane.

--De ningn modo, repuso Marmouset.

--Y por qu razn? exclam Vanda.

--Porque Farlane no nos conoce, y como no somos fenians, no podemos
hacerle el signo misterioso que sirve de contrasea a su partido.

--Entonces, qu medio adoptar?

--El ms sencillo, dijo Marmouset: Shoking va a volver inmediatamente a
Farringdon street.

--Bueno, respondi Shoking.

--Y ver al jefe fenian que le acompaaba, lo pondr al corriente de la
situacin y le suplicar que venga en seguida a ponernos en contacto con
master Farlane.

--Voy corriendo, dijo Shoking.

--Bien, repuso Marmouset, nosotros esperamos aqu.

Shoking no aguard ms y parti como una flecha.

Vanda y Marmouset permanecieron en la calle inmviles y con los ojos
fijos en aquella casa donde no se vea luz ni el menor movimiento, pero
cuya puerta se abrira de seguro al presentarse el jefe fenian.

No tuvieron que esperar mucho tiempo.

Shoking tena buenas piernas, y en esta ocasin supo servirse de ellas
con fruto.

Un cuarto de hora despus estaba de vuelta, y vena, como Marmouset lo
haba pedido, en compaa del jefe fenian.

Shoking lo haba puesto perfectamente al corriente, pues ambos venan
cargados con los herramientas necesarias para cavar la tierra y, aun si
era necesario, para abrir una trinchera en la roca.

El jefe fenian salud a Vanda y Marmouset.

En seguida se acerc a la puerta, y en vez de levantar la aldaba, se
puso a golpear con los nudillos, como si tocase un tambor, de un modo
particular.

As se pasaron algunos minutos.

La casa permaneca en tanto silenciosa, y no apareca luz en ninguna
ventana.

--Parece que duermen bien, exclam Marmouset impaciente.

--Un poco de paciencia, dijo el jefe fenian.

Y se puso a golpear por segunda vez, pero de un modo muy distinto del
primero.

Esto fue tambin en vano: ni ruido, ni luz respondi a este llamamiento.

--Pero... esta casa est desierta? exclam Vanda.

--No, repuso el jefe fenian.

Y golpe por tercera vez, empleando siempre un ritmo diferente.

Entonces apareci de pronto una luz por la imposta de la puerta, y se
oy un paso lento y mesurado que vena del interior.

Poco despus, en fin, se abri la puerta, y Marmouset y Vanda vieron
aparecer un hombre de pequea estatura, pero recio de miembros y
vigoroso, con la cabeza hundida entre los hombros, los cabellos y barba
rojos e incultos, y que vena a medio vestir y con una linterna en la
mano.

Este singular individuo era master Farlane.

El jefe, antes de hablar una palabra, le hizo un signo rpido.

Farlane respondi con otro signo, y su mirada recelosa e inquieta al
principio, cuando vio a Marmouset y Vanda, se seren inmediatamente, y
franque el paso con cortesa.

Los cuatro entraron pues en la casa, y Farlane cerr la puerta.

Despus vino al jefe fenian y fijndose en l:

--Y bien? le dijo, la explosin ha dado buen resultado?

--No, respondi el jefe.

--Sin embargo, prosigui Farlane, yo he credo que la mitad de Londres
se desplomaba.

--Se ha sentido algo por aqu?

--Lo mismo que un violento terremoto. Cre por un momento que mi casa se
vena abajo.

--De veras?

--Y tanto que sospecho que han debido sufrir algo mis bodegas. No
extraar encontrar en ellas algn hundimiento.

--Vas a convencerte de seguida, pues precisamente venimos a visitar tu
bodega.

Farlane mir con curiosidad a las personas que acompaaban al jefe.

--Ya te explicaremos todo eso, dijo este; pero empecemos por bajar a la
cueva.

--Qu pretendis hacer con esos instrumentos?

--Ya lo vers.

Farlane era uno de los jefes influyentes del fenianismo, pero sin duda
inferior en grado al que Shoking haba ido a buscar a Farringdon street,
puesto que no insisti en sus preguntas, ni hizo ninguna otra
observacin.

Por toda respuesta, fue a abrir una puerta baja que se hallaba en el
vestbulo, y Vanda y Marmouset que iban detrs de l, pudieron ver
entonces una estrecha escalera que bajaba a las cuevas.

El jefe fenian cerraba la marcha.

As bajaron unos treinta escalones, y al fin de ellos se encontraron
delante de una nueva puerta.

Esta daba a una estrecha galera que se perda en la oscuridad; y al
entrar en ella, Vanda y Marmouset sintieron una violenta rfaga de aire
que les hiri momentneamente el rostro.

A los pocos pasos encontraron una doble hilera de toneles.

El jefe fenian detuvo entonces a Marmouset y le dijo:

--Ahora, orientaos, y ved si vuestros clculos son exactos.

Marmouset hizo un signo de asentimiento, y tom la linterna que llevaba
Farlane.

--Esperadme aqu, dijo.

Y se adelant solo en direccin del sitio de donde vena el aire fro y
hmedo.

La galera descenda insensiblemente describiendo una lnea curva; pero
a cierta distancia se prolongaba en sentido recto, lo que permita que
la vista pudiese penetrar hasta el fondo de aquella cueva.

As Marmouset, apenas hubo andado algunos pasos, descubri a lo lejos
una claridad blanquecina que pareca indicar una salida. Avanz algunos
pasos ms, y reconoci entonces que lo que vea eran los primeros
albores de la maana, y que aquella cueva iba a salir al Tmesis.

El ro haba llegado a su mayor altura, y la marea que vena del largo
lo rechazaba hacia los puentes de Londres.

--Es lo mismo que yo crea, pens Marmouset.

Y volvi por donde haba venido.

Vanda, los dos fenians y Shoking haban permanecido junto a la puerta.

Pero aquella puerta daba al centro de la galera, y esta se prolongaba
tambin hacia el norte.

--Por aqu, dijo Marmouset.

Y adelantndose a todos, lleg a un sitio donde el suelo se haba
desplomado.

--Estaba seguro, dijo Farlane, ved lo que ha hecho la explosin.

Marmouset puso la linterna en el borde de la abertura, y se aventur por
aquel abismo cuya profundidad no le era posible sondar. Afortunadamente
sus pies encontraron un punto de apoyo.

--Alargadme la linterna, dijo entonces levantando las manos sobre la
cabeza.

Shoking se la pas, arrodillndose en el suelo, y el joven desapareci
en aquella profundidad.

Vanda y sus compaeros se quedaron entonces en tinieblas.

Pero no haban pasado cinco minutos cuando la luz apareci de nuevo, y
Marmouset volvi ponindose de un salto en la cueva.

Su rostro estaba radiante de alegra.

--El capitn se ha salvado! dijo.

--Salvado! exclam Vanda.

--Estis bien seguro? pregunt Shoking.

--Los dos han escapado a la catstrofe, l y Milon, aadi Marmouset.

--Pero, dnde se hallan?

--Han pasado por aqu.

--Qu sabis? dijo de nuevo Shoking.

--Oh! repuso Marmouset, yo no suelo engaarme; segudme y lo veris.

Y dejando colgar la linterna a algunas pulgadas del suelo, se dirigi,
examinndolo cuidadosamente, hacia la ventana que daba sobre el ro.

El suelo de la cueva presentaba algunos sitios ac y all cubiertos de
un lodo espeso, producido por la humedad y el derrame de los toneles de
cerveza.

--Mirad!... mirad! dijo Marmouset sealando las pisadas hmedas que
haban dejado pasos recientes.

Siguiendo estas huellas, ms o menos visibles, llegaron en fin a la
ventana.

El ro resonaba al pie luchando an contra la marea.

--Comprendis ahora?..... dijo Marmouset.

Y extendiendo la mano hacia las agitadas aguas del Tmesis, aadi:

--Ya sabis que ambos son buenos nadadores, no es verdad?

Vanda cay de rodillas y, por toda respuesta, elev su alma a Dios en
accin de gracias.




XII


Ocho das haban trascurrido despus de estos acontecimientos.

Si la curiosidad o un inters cualquiera nos hubiera impulsado a seguir
a Marmouset y Vanda, hubiramos podido encontrarlos juntos, en el piso
principal de una casa de Saint-George street, en el Wapping. Era casi de
noche, y empezaban a encender los reverberos de las calles.

Vanda y Marmouset hablaban por lo bajo, sentados junto a la ventana, y
echaban de vez en cuando una mirada hacia la calle, como si esperasen a
alguno.

--En fin, deca Vanda, todas nuestras pesquisas, todos nuestros
esfuerzos han sido intiles durante ocho das. Qu ha sido de
Rocambole?... Oh! mucho temo que haya muerto.

--Es imposible, dijo Marmouset. Si l y Milon se hubiesen ahogado en el
Tmesis, ya hubieran sacado sus cadveres.

--Quin sabe?

--He visto todos los ahogados que han sacado del ro; y adems, aadi
Marmouset, ya sabis que ambos son buenos nadadores.

--Pero, qu ha sido de ellos?

--Hasta ahora es un misterio impenetrable, respondi Marmouset.

--Los fenians han buscado al Hombre gris por todas partes.

--No digo que no.

--Miss Ellen, que ha venido de nuevo esta maana, nos afirma que la
polica inglesa no ha vuelto a cogerlo. Pero miss Ellen, al decir esto,
est acaso segura?

--Oh! s, repuso Marmouset, debe de estarlo.

--Por qu razn?

--Porque se ha reconciliado con lord Palmure su padre.

--Bien. Pero.....

--Lord Palmure se interesa ahora por el Hombre gris tanto como antes lo
odiaba, y lord Palmure es par de Inglaterra, y como tal tiene el derecho
de hacerse abrir las prisiones y de visitar a los presos que hay en
ellas.

--Lo que acabis de decirme, Marmouset, debera tranquilizarme, y sin
embargo........

--Vuestro temor es mayor que nunca, no es esto?

--S.

--Pero por qu? veamos.

--Porque pienso en el reverendo Patterson, el ms terrible e implacable
enemigo del Hombre gris.

Marmouset levant los hombros con desprecio.

--Patterson, dijo, no es bastante fuerte para luchar con Rocambole.

--En fin, murmur Vanda, cmo es que Rocambole no ha venido a reunirse
con nosotros?..... Nos cree acaso enterrados en el subterrneo?

Marmouset no respondi a esta observacin y permaneci pensativo algunos
instantes.

Despus, levantando de pronto la cabeza, aadi:

--Tal vez, amiga ma, el capitn ha partido de Londres, pero de
cualquier modo que sea, nosotros somos bien culpables.

--Culpables?... exclam Vanda asombrada.

--S, porque hemos olvidado una cosa importante.

--Cul?

--Hemos faltado a las prescripciones de Rocambole. No recordis sus
ltimas palabras? En el momento de poner fuego al barril de plvora nos
dijo:--Es necesario preverlo todo. Es posible que yo sucumba..... y que
nos hallemos para siempre separados..... En ese caso, vosotros
continuaris mi obra.

--S, repuso Vanda, el capitn nos dijo eso en efecto, y nos encarg,
que si pereca en la empresa, fusemos a Rothnite, al otro lado del
tnel, y que buscsemos all a una pobre vieja conocida con el nombre de
Betzy-Justice.

--Justamente. Y bien, hasta ahora, nada de eso hemos hecho.

--Porque esperbamos, y porque esperamos an que el capitn no ha
muerto.

--En hora buena, pero por ah sin embargo debamos haber empezado
nuestras pesquisas.

--Por qu?

--Porque acaso Rocambole ha ido ya a casa de esa mujer.

--Ah! exclam Vanda, si pudierais decir verdad!

--Quin sabe?

--Pero entonces, vamos; partamos de seguida.

--No; ahora es necesario esperar.

--Esperar, qu?

--La visita de Farlane, que debe venir a darnos cuenta del resultado de
las investigaciones hechas por los fenians.

Marmouset no haba acabado de hablar, cuando se levant haciendo un
gesto de satisfaccin:

--Y a propsito, mirad! exclam, cuando se habla del ruin de Roma.....

--Farlane? dijo Vanda.

--S, acaba de atravesar la calle.

--Solo?

--No; viene con l Shoking.

En efecto, poco despus se oy ruido de pasos en la escalera, luego
llamaron a la puerta, y Marmouset corri a abrir.

Farlane el fenian y nuestro antiguo amigo Shoking, entraron en el
aposento.

Ambos venan tristes y abatidos.

--Y bien? pregunt Marmouset.

--Nada, dijo Farlane.

--Absolutamente nada! murmur Shoking.

--Es que acabamos por donde deberamos haber empezado, dijo Marmouset.

--Qu queris decir? pregunt Shoking.

--Sabes dnde est Adam street?

--S, por cierto, respondi Shoking; est en Rothnite.

--Pues bien; ve a buscar un cab.

Shoking no se lo hizo repetir dos veces, y se precipit como un alud por
la escalera.

Vanda pas a su cuarto a ponerse un abrigo, y durante ese tiempo
Marmouset se qued hablando con Farlane.

--Esperad a maana, dijo el joven al fenian, para poner de nuevo
vuestros hombres en campaa.

--Por qu? pregunt Farlane.

--Porque es muy posible que tengamos maana un punto de partida ms
seguro para continuar nuestras pesquisas.

--Como gustis, respondi Farlane con su imperturbable flema britnica.

Cinco minutos despus entr Shoking con la misma precipitacin.

--El cab est abajo, dijo falto de aliento.

Marmouset tendi la mano al fenian.

--Hasta maana, le dijo.

--Hasta maana temprano, respondi Farlane.

Y despidindose de Vanda que volva vestida para salir, tom la puerta.

--Vamos pronto, dijo entonces Marmouset.

--No queris que os acompae? pregunt Shoking.

--Ven, si quieres.

Vanda y Marmouset entraron en el coche, y Shoking subi al pescante, al
lado del _cabman_ o cochero, que parti rpidamente.

El cab baj a escape por Saint-George street, pas en seguida por
delante de la torre de Londres, entr en Thames street, y atravesando el
puente de Londres, lleg a la orilla derecha y se dirigi hacia
Rothnite. Al aproximarse a Rothnite-Church, es decir, a la iglesia de
Rothnite, Marmouset grit al cabman que se detuviese.

Shoking baj inmediatamente a abrir la portezuela y Marmouset y Vanda
descendieron del coche.

--Nos hallamos en un barrio miserable, de calles fangosos y estrechas,
dijo Marmouset. Es pues intil el continuar en carruaje y llamar
inoportunamente la atencin.

Y acabado de decir esto, pag el carruaje y lo despidi.

En seguida los tres siguieron a pie su camino.

Adems, Adam street, que es una de las callejuelas ms miserables de
aquel barrio, se hallaba a dos pasos.

Marmouset se acordaba perfectamente del nmero que le haba dado
Rocambole, y bien pronto se hall a la puerta de la casa designada.

Esta era una vieja casucha de tres pisos, bastante degradada, y de
aspecto triste y sombro.

Se entraba en ella por un portal estrecho y oscuro, en medio del cual
haba un ventanillo que daba a la tienda de un pescadero.

Este, al or pasos en el portal, se asom al ventanillo.

--Adnde vais? pregunt.

--No es aqu donde vive Betzy-Justice? pregunt Marmouset.

--S, en el tercer piso. No hay ms que una puerta.

--Sabis si est en su cuarto?

--Oh! ya lo creo! La pobre mujer est en cama desde el da en que
ahorcaron a su marido.

Al or esto, Marmouset, Vanda y Shoking tomaron la escalera.

Llegados al tercer piso, Marmouset llam discretamente, a pesar de haber
visto que la llave estaba a la puerta.

--Entrad! grit una voz dbil desde el interior.

Betzy-Justice estaba acostada en un miserable jergn extendido en el
suelo, y pareca hallarse en un estado de postracin extrema.

Al ver entrar a aquellas tres personas desconocidas, dej escapar un
grito de espanto.

--Ah! exclam, vens acaso a buscarme, a mi tambin, para encerrarme
en la crcel como a mi pobre Tom, y colgarme en seguida como lo habis
colgado a l?--Oh! no vale la pena, aadi, miradme bien, y veris que
me estoy muriendo.

--Os engais, pobre Betzy, respondi Marmouset; nosotros no somos
agentes de justicia, sino amigos vuestros.

--Ah!... no me engais? dijo la vieja.

Y sacando sus manos descarnadas, separ con los dedos la maraa de
cabellos canos que le cubran la frente.

--De veras..... bien de veras, no me engais? repiti.

--No; nosotros somos amigos y compaeros del Hombre gris.

Este nombre arranc a la vieja una exclamacin de alegra.

--Del Hombre gris? dijo, del Hombre gris?

--S.

--No est ya en la crcel?

Al or esta pregunta, Marmouset y Vanda se miraron con estupor.

Su ltima esperanza acababa de desvanecerse.

Betzy-Justice no haba visto al Hombre gris, y haca ya ocho das que
Rocambole y Milon haban salido del subterrneo de Newgate.

--Ah! exclam Vanda exhalando un tristsimo gemido, ya os deca que
haba muerto.

Betzy se incorpor sobre su miserable lecho.

--Quin ha muerto? pregunt con ansiedad.

Y fij sobre aquellas tres personas desconocidas, sus ojos inflamados
por la fiebre y las lgrimas.




XIII


Betzy-Justice segua mirando con ansiedad a las tres personas que
rodeaban su lecho.

Pero ninguna de ellas haba osado proferir una palabra despus de la
exclamacin de Vanda.

La pobre vieja, despus de contemplarlos un momento, se irgui
violentamente, y dijo con voz ronca animada por la fiebre:

--No!... no!... os engais!... eso no puede ser..... el Hombre gris
no ha muerto!

--Es de esperar que as sea, repuso Marmouset.

Vanda movi tristemente la cabeza y no respondi.

--El Hombre gris prometi a mi pobre Tom que l hara justicia, y el
Hombre gris no ha podido morir antes de haber cumplido su palabra.
Adems, aadi, el Hombre gris no es un hombre como los dems.

--Eso es verdad, dijo Shoking abriendo su pecho a la esperanza.

--El Hombre gris no puede morir, repiti Betzy.

Y luego, mirndolos de nuevo con espanto, aadi:

--A qu habis venido aqu?

--A buscar al Hombre gris.

--Y decs que sois sus amigos?

--S.

Y como se quedase mirndolos con aire de duda, Marmouset aadi:

--En el momento de separarnos, el Hombre gris nos dijo: es posible que
no nos volvamos a ver.

--Ah!... Os ha dicho eso?

--S; y nos ha ordenado venir a buscaros.

--A m?

--Para suplicaros en su nombre que nos entreguis unos papeles.

Betzy los mir con desconfianza, y qued un momento en silencio.

--No, no, dijo en fin, vosotros no vens de su parte.

--Os juro que s, buena Betzy, repuso Shoking.

--Y yo..... no os creo.

Marmouset tom afectuosamente una de las descarnadas manos de la vieja,
y la dijo con acento penetrante:

--Miradme bien, tengo acaso el aire de una persona que miente?

--No lo s.

--Reflexionad, prosigui Marmouset, que si el Hombre gris ha muerto, y
vos no queris confiar en nosotros.....

--Yo no tengo que reflexionar ms que en una cosa, dijo Betzy.

--Cul?

--En lo que me encarg mi pobre Tom cuando lo llevaron preso..... me
dijo que no confiara los papeles a nadie.....

--Ni aun al Hombre gris?

--Oh! s.

--Pues bien, puesto que nos enva.....

--Dadme la prueba de ello.

Y esta mujer a quien el pesar y la miseria haban puesto a las puertas
de la muerte, y a la que quedaban slo tal vez algunas horas que vivir,
esta mujer, decimos, manifest resueltamente su decisin de no
deshacerse de los misteriosos documentos que se hallaban en su poder.

--Querida amiga, dijo entonces Shoking, no me conocis a m?

--No, repuso Betzy. Sin embargo, me parece haberos visto en alguna
parte.

--Me llamo Shoking.

Este nombre pareci despertar un recuerdo en la dbil inteligencia de
Betzy-Justice.

--Ah! s, respondi, Shoking el mendigo?

--Precisamente.

--Ya recuerdo. Hemos pasado una noche juntos en el Work house de
Mail-Road.

--Es verdad, dijo Shoking.

--Pero eso no me prueba que vengis de parte del Hombre gris.

--Yo soy su amigo.

--Y quin me lo prueba?

--Veamos, dijo Shoking que era paciente y obstinado como verdadero
ingls, conocis en Londres alguna persona que os inspire absoluta
confianza?

--Si, conozco a un sacerdote catlico.

--Tal vez el abate Samuel?

--Le conocis tambin? pregunt Betzy fijando los ojos en su
interlocutor con tenaz atencin.

--No solamente lo conozco, dijo Shoking, sino que puedo afirmaros que l
atestiguar, si es preciso, que vengo de parte del Hombre gris.

--Pues bien, respondi Betzy, que el abate Samuel venga aqu a decirme
que puedo entregaros los papeles.

--Y nos los daris entonces?

--S.

Shoking consult a Marmouset con la mirada.

Este la comprendi y dijo resueltamente:

--Nuestro jefe nos ha dado una rden, y debemos ejecutarla. Tengo la
conviccin ntima de que nuestro jefe vive.......

--Yo tambin, dijo Shoking.

--Dios lo quiera! murmur Vanda.

--Pero debemos obrar como si hubiese muerto.

--Tal es mi opinin, repuso Shoking.

--Pero en fin, prosigui Marmouset, dnde encontrar al abate Samuel?

--Yo me encargo de ello, dijo Shoking; y si queris esperarme aqu.....

--Aqu?

--S; tomando un cab, estar de vuelta antes de una hora.

--Est bien: esperaremos, repuso Marmouset.

--Que el abate Samuel me diga que puedo tener confianza en vosotros, y
en seguida os entregar los papeles, dijo Betzy.

Marmouset contemplaba en tanto aquel miserable aposento que no tena ms
muebles que una mesa de pino y dos sillas rotas, adems del jergn donde
Betzy estaba acostada.

La pobre vieja crey comprender aquella mirada.

--Ah! exclam, buscis dnde he podido ocultar los papeles, no es
verdad?

Y soltando una carcajada nerviosa, que haca dao or, aadi:

--Oh! no estn aqu; podis creerme..... Se hallan muy lejos de esta
casa.

--Ah! dijo Marmouset.

--Y si vens en efecto de parte del Hombre gris.....

--Muy pronto tendris la prueba, Betzy, dijo Shoking.

Y tom precipitadamente la puerta, mientras que Vanda y Marmouset se
sentaban a la cabecera de aquella pobre mujer.

* * *

Shoking era hijo de Londres, y de consiguiente conoca aquella vasta
ciudad hasta en sus menores detalles.

Una vez fuera de Adam street, torci hacia Rothnite-Church, donde saba
que encontrara en el fondo de un patio una estacin de carruajes de
alquiler.

All hall en efecto un cab, y subiendo en l, dijo al cochero:

--Saint-George-Church.

--En el Southwarck? pregunt el cabman.

--S. Y tendrs seis peniques de propina si me llevas a buen paso.

El cabman dio riendas a su trotn irlands y sali a escape.

La carrera fue tan sostenida, que veinte minutos despus el cab se
detena delante de la verja del cementerio que rodea la iglesia
catlica.

Shoking se ape y atraves el cementerio.

Despus, en vez de entrar en la iglesia por la puerta principal, se
dirigi al postigo que daba acceso a la sacrista.

Nada haba sufrido el menor cambio en Saint-George-Church.

Tal como lo hemos visto en otra ocasin, tal se encontraba ahora, y el
mismo viejo sacristn que conocemos guardaba el santuario, y vena a
abrir la puerta cuando llamaban de cierta manera.

Shoking llam, y el buen anciano vino a abrir de seguida.

Al ver a Shoking, sus ojos medio apagados se animaron con una sbita
alegra.

--Ah! exclam, mucho tiempo hace que no os dejis ver, querido amigo!

--He estado ausente, respondi Shoking.

--De veras?

--He estado en Francia.

--Ah! muy bien.

--Y quisiera ver al abate Samuel. Est all arriba?

Y diciendo esto, designaba con la vista la puerta del campanario.

--Si, dijo el anciano con un movimiento de cabeza.

Shoking subi en seguida a la torre y llam a la puerta disimulada en el
muro, que daba al cuartito secreto donde el abate Samuel, el Hombre gris
y todos los que el reverendo Patterson persegua con su odio implacable,
haban encontrado sucesivamente un asilo.

El abate Samuel se hallaba entregado a sus oraciones.

Al or llamar en la forma convenida, vino a abrir la puerta y, al ver a
Shoking, solt, como el sacristn, una exclamacin de alegre sorpresa.

--Padre mo, le dijo Shoking, ya sabis que yo era el fiel amigo del
Hombre gris, o mejor dicho, su servidor ms adicto.

--Ya lo s, repuso el abate.

--Tendrais inconveniente en atestiguarlo?

--Ninguno.

--En ese caso os suplico que vengis conmigo.

--Adnde?

--A Rothnite, en Adam street.

--Bien, dijo el abate Samuel, ya s lo que queris.

--Ah!

--Habis ido a pedir ciertos papeles a la viuda de un ajusticiado.

--S.

--Que llaman Betzy-Justice.

--Ese es en efecto su nombre.

--Y no ha querido creer que vais de parte del Hombre gris?

--No lo creer si no vens a afirmarlo.

--Pues bien, dijo el sacerdote, vamos; estoy pronto a seguiros.

Shoking se qued mirando al abate Samuel.

--Conocis por ventura, padre mo, le dijo, la historia de esos
papeles?

--S.

--Quin os la ha contado?

--El Hombre gris mismo.

Shoking lanz una exclamacin de alegra.

--Ah! si es as, dijo, bendigo mil veces al cielo, pues eso me prueba
que el Hombre gris, a quien creamos muerto, vive todava.

El abate Samuel baj la cabeza y no respondi.




XIV


En el momento en que atravesaban el cementerio, Shoking cogi vivamente
las manos del abate Samuel.

--Ah! exclam, decidme que lo habis visto.

--A quin?

--Al Hombre gris.

--Sin duda que lo he visto.

--Cundo? ayer..... hoy? pregunt Shoking con voz ahogada por la
emocin.

--No, dijo el abate Samuel; lo he visto en Newgate hace unos quince
das.

Shoking dej escapar un grito de sorpresa.

--Ah! exclam; en ese caso, no sabis nada.

El sacerdote se qued mirndolo con extraeza.

--No sabis pues, prosigui Shoking, que el Hombre gris no est ya en
Newgate?

--S, ya lo s.

--Entonces..... no ignoris dnde se halla.....

Y al decir esto, Shoking empez a recobrar la esperanza.

--Lo ignoro, respondi el abate Samuel.

--Nosotros creemos que ha muerto.

--Ah! dijo el sacerdote.

Y permaneci impasible.

--Oh! exclam Shoking, vos sabis muchos cosas que nosotros ignoramos.

--Es muy posible.

Shoking no dijo ms, pero se hizo para s esta reflexin:

--Ahora estoy seguro de que el Hombre gris no ha muerto. Si se oculta de
todos, es que tiene poderosas razones para hacerlo.--Y esas razones, veo
perfectamente que las conoce el abate Samuel y que no quiere revelarlas.

Partiendo de esta idea, Shoking guard un silencio lleno de reserva.

As salieron del cementerio, y montaron en el cab que esperaba a Shoking
en el square.

--Rothnite-Church, dijo al cochero.

El cab parti con la misma velocidad.

Llegados a la iglesia de Rothnite, el abate y Shoking echaron pie a
tierra y despidieron el cab.

Despus continuaron su camino a pie y llegaron a Adam street.

Marmouset los esperaba en el umbral de la puerta.

--Ah! venid pronto, dijo, venid pronto.

--Qu hay de nuevo? pregunt Shoking.

--Hay... que la pobre anciana se muere.

--Betzy?

--Despus que nos dejaste, prosigui Marmouset, ha tenido una crisis
nerviosa, a la que se ha seguido una gran postracin y debilidad; y en
este momento apenas respira. No hay que perder tiempo, si es que ya
puede reconocer al padre.

Y Marmouset salud al abate Samuel.

--Tranquilizaos, caballero, dijo este en francs. Conozco a Betzy y la
he visto muchas veces en ese estado, sobre todo despus de la muerte de
su marido.

Y hablando as, subieron a la miserable buhardilla.

Vanda continuaba a la cabecera de la pobre anciana, que yaca como
inerte en su miserable lecho.

Pero cuando Betzy-Justice vio aparecer al abate Samuel, su rostro se
trasfigur y un sentimiento de satisfaccin inefable se pint en su
mirada.

--Ah! exclam, he credo morir antes de vuestra llegada.

El abate Samuel la tom afectuosamente la mano.

--Cobrad nimo, Betzy, la dijo.

--Oh! no me falta, respondi la vieja: adems, debo cumplir las ltimas
voluntades de mi pobre Tom: es necesario que su muerte no haya sido
intil.

Y mirando a Shoking aadi:

--Conocis a este hombre?

--S, respondi el abate Samuel.

--Es un amigo del Hombre gris?

--S.

--Ah! Y vienen todos estos de su parte?

--As es, dijo el sacerdote catlico.

--Entonces... puedo decirles donde estn los papeles?

--Ciertamente.

Betzy hizo un esfuerzo supremo, y logr con gran trabajo incorporarse de
nuevo en su lecho.

--Entonces, dijo, escuchadme..... escuchadme con atencin.

Las cuatro personas que asistan a esta escena, rodearon el lecho de la
pobre anciana, cuya voz se debilitaba por instantes.

--Conocis la iglesia de Rothnite? dijo.

--S, respondi el abate Samuel.

--Est rodeada de un cementerio.

--Como todas las iglesias de Londres.

--Pues bien; en el cementerio de Rothnite hay una sepultura que tiene
por epitafio un solo nombre: Robert.

--Acabad, dijo Shoking.

--Sobre esa sepultura hay una cruz de hierro, continu Betzy-Justice.
Las cruces de hierro son raras, muy raras! en el pobre cementerio de
Rothnite: as encontraris fcilmente la sepultura de que os hablo.

--Y los papeles se hallan en esa sepultura?

--S.

--Est bien, dijo Marmouset, vamos a buscarlos de seguida.

--No es posible, observ Betzy. No podris hacerlo, pues la iglesia y el
cementerio estn cerrados de noche.

--Pasaremos por encima de la verja.

--No hay necesidad de eso, dijo Shoking.

--Qu quieres decir? pregunt Marmouset mirando a Shoking con
curiosidad.

--Quiero decir, respondi este, que tengo un medio seguro de penetrar en
el cementerio sin escalar rejas ni forzar ninguna puerta.

El abate Samuel hizo un signo afirmativo que quera decir:

--Yo tambin.

--En ese caso, vamos, dijo Marmouset.

--Pero, observ Vanda, no podemos dejar a esta pobre mujer sola. En
tanto que volvis, yo permanecer a su lado.

--Oh! exclam Betzy con voz doliente, no permaneceris por mucho
tiempo!..... Creo que por esta vez todo est concluido. Sin embargo, no
quisiera morir sin saber que tenis esos papeles.......

--Descuidad: volveremos aqu tan pronto como estn en nuestro poder,
respondi el abate Samuel.

Y sali el primero del aposento.

Marmouset y Shoking, le siguieron inmediatamente, y bajaron con
precipitacin la escalera.

Tan luego como se hallaron en la calle, el sacerdote dijo a Marmouset:

--Hay una cosa que no sabis, que no podis saber, pero que el Hombre
gris conoce perfectamente.

--Ah!

--Y es que el cementerio de Rothnite ha servido muchas veces de lugar de
reunin de los fenians.

--Es posible?

--Y de consiguiente vamos a tomar el mismo camino que ellos, para
penetrar en ese sitio.

--Ah! dijo Marmouset, ya que me hablis del Hombre gris.......

--Qu?

--Sabis que ha sido de l?

--Se ha escapado de Newgate.

--S; pero y despus?

--Despus..... Toma!.....

Y el sacerdote pareci embarazado.

Marmouset movi tristemente la cabeza.

--Mucho temo, dijo, que haya muerto.

--Oh! no, dijo el abate Samuel.

--Ah! creis que no ha muerto?

--S.

--Pero..... estis seguro?

--Tal vez.....

--Y... en fin, le habis visto?

--No, pero puedo afirmaros que vive.

--Y yo lo creo firmemente, dijo Shoking.

Marmouset senta latir su corazn con violencia.

--Oh! padre mo! exclam, por favor!..... Si tenis alguna noticia
reciente del que vos llamis el Hombre gris y a quien nosotros
reconocemos como nuestro jefe.....

--No insistis, caballero, respondi con embarazo el abate Samuel, no
insistis, pues no me es posible responderos. Bsteos saber que el
Hombre gris vive..... y que lo veris un da.

Marmouset baj la cabeza y no insisti ms.

Rocambole viva y esto le bastaba por el momento.

Adems, Marmouset recordaba ahora otras circunstancias anlogas que
contribuan a tranquilizarlo.

Recordaba que haca tres o cuatro aos, el capitn haba desaparecido
sbitamente, y que despus, cuando menos lo esperaban haba vuelto del
mismo modo.

Hablando as, el abate Samuel y sus dos compaeros llegaron a la
plazuela de Rothnite-Church.

En ella haba un public-house, que cerraba todas las noches muy
temprano, pero donde deban velar hasta bien tarde, pues se vea filtrar
un rayo de luz por los postigos de la tienda a hora muy avanzada.

Shoking llam a la puerta de aquella taberna de un modo particular.

En seguida se oy ruido en el interior, pero a pesar de ello la puerta
permaneci cerrada.

Entonces Shoking se volvi al abate Samuel.

--El _publican_ espera el santo y sea, dijo, y yo no s cul es.

--Esperad.....

Y el abate Samuel aproxim los labios a una hendedura de la puerta, y
pronunci algunas palabras en dialecto irlands.

Apenas pronunciadas, la puerta se abri como por encanto.

El _publican_, un irlands de pura raza, hizo un gesto de admiracin al
ver al abate Samuel.

--Ah! exclam, pero..... hoy no es da de reunin.

Esto aluda a las conferencias misteriosas de los fenians.

--Ya lo s, dijo el abate, pero venimos para un negocio particular al
cementerio.

--Ah! eso es otra cosa!

El tabernero conoca a Shoking, pero, en cuanto a Marmouset, era la
primera vez que lo vea.

As se qued mirndolo con extremada curiosidad, hasta que el abate
Samuel le dijo:

--Este gentleman es un amigo del Hombre gris.

El publican lo salud con respeto; y yendo en seguida a encender una
linterna en la lmpara que arda sobre el mostrador, se volvi y dijo:

--Vaya! puesto que tenis que hacer en el cementerio, venid.

Y levant la trampa que se encontraba en medio del public-house, la cual
cubra una escalera de mano por donde se bajaba a la bodega del
establecimiento.




XV


Llegados a la cueva, el abate Samuel tom la linterna de manos del
publican.

--Ya no tenemos necesidad de ti, le dijo.

--Puedo volver a la tienda?

--S.

--Y no esperis a nadie?

--A nadie absolutamente.

--Est bien, repuso el tabernero. Y se volvi por la escala, dejando a
Shoking, Marmouset y el abate Samuel en la cueva.

Entonces este ltimo pas la mano por el fondo de aquella pared hmeda,
buscando sin duda un resorte oculto; y en efecto, no tard en abrir una
puerta, tan hbilmente disimulada, que se confunda con el muro.

--He aqu nuestro camino, dijo el sacerdote.

La puerta descubra un estrecho corredor subterrneo, y todos tres
entraron por l uno despus de otro.

Marmouset iba el ltimo, cerrando la marcha, y el abate Samuel caminaba
delante, alumbrando con la linterna que haba tomado al publican.

El pasadizo subterrneo, bajo y estrecho, tena la forma de un conducto
de desage, y se prolongaba por un espacio de ms de treinta metros,
hasta llegar a una pequea escalera de seis peldaos gastados y
desiguales.

Esta escalera iba a parar a una puerta que se hallaba solamente
entornada, pues cedi al empujarla el abate Samuel.

Entonces el sacerdote apag la linterna.

--Qu hacis? pregunt Marmouset.

--Soy prudente.

--Pues dnde estamos?

--En un panten de familia.

--Ah!... es posible?.....

--Mirad, aadi el abate Samuel, ahora que estamos sin luz, fijad la
vista a vuestro frente.

--Bien.

--No descubrs nada?

--Me parece que veo el cielo a travs de una ventana.

--No es una ventana, sino una puerta.

En efecto, la bveda donde acababan de penetrar por tan singular camino,
tena naturalmente una pequea puerta que daba al cementerio.

El abate Samuel descorri un cerrojo, y abri con precaucin la puerta.

--Yo s dnde est la sepultura, aadi el sacerdote irlands.

Y hablando as, sali delante para guiar a sus compaeros.

La noche era oscura y la niebla extremadamente densa.

--Segudme, dijo de nuevo el abate Samuel, y marchad con precaucin: es
necesario evitar en lo posible el andar sobre las tumbas..... es una
profanacin.

A pesar de la oscuridad, el sacerdote se orientaba bastante bien.

--Ah! dijo Marmouset en voz baja, sabis en efecto cul es la
sepultura?

--S, me acuerdo haber notado la cruz de hierro y la breve inscripcin
que forma el epitafio.

--Sabais tambin que contena esos papeles?

--No; y sin embargo.....

--Sin embargo... qu? pregunt Marmouset.

--S vagamente lo que encierran esos papeles.

--Ah!

--Hace unos tres meses, prosigui el abate Samuel, un da vino un hombre
a la iglesia de Saint-George, y solicit hablarme.

--Quin era ese hombre?

--Tom, el marido de Betzy-Justice.

--Ah! no lo haban preso an.....

--No: tampoco haba cometido el crmen que le ha costado la vida. Tom me
cont pues su historia, y me suplic que me interesase por l.

El desgraciado me crea omnipotente, y me deca que si yo tomaba su
causa entre manos, la consideraba como ganada.

Desgraciadamente Tom era escocs y protestante, y de consiguiente no
perteneca al fenianismo.

Estaba pues seguro de antemano que nuestros hermanos se negaran a
ayudarle, y as se lo dije.

El infeliz no quiso or ms, y se fue hacindome un gesto de a Dios
desesperado.

Dos das despus, Tom asesinaba a lord Evandale.

--Pero decidme, pregunt Marmouset, no le hablasteis entonces del
Hombre gris?

--De ningn modo.

--Entonces, cmo el Hombre gris ha podido saber?.......

--Se han visto en Newgate.

--Ah! es verdad.

Y Marmouset aadi para s:

--Reconozco en este rasgo al capitn y su carcter caballeresco:--para
que Rocambole haya aceptado la herencia de Tom el ajusticiado, es
necesario que esa causa sea justa.

El abate Samuel se detuvo en este momento.

--Aqu es, dijo.

La noche estaba demasiado oscura para que pudiesen leer el epitafio,
pero se vea distintamente la cruz de hierro.

--Yo traigo fsforos en el bolsillo, dijo Shoking.

--Y para qu?

--Toma! para ver bien si el nombre que est escrito ah es el que ha
dicho Betzy.

--Es intil. Estoy seguro que esta sepultura es la que nos ha designado.

Aquel sepulcro consista en una simple losa extendida por tierra.

--No tenemos instrumentos para levantar la piedra, dijo Marmouset.

--No hay necesidad de ellos, respondi el abate.

--Ah! lo creis as?

--Ved sino. Y el sacerdote cogi la losa por el borde, con ambas manos,
y la levant fcilmente, tanto era ligera.

Aquella losa, que pareca puesta all, ms como una puerta, que como
piedra sepulcral, cubra una fosa cuyas paredes eran de mampostera.

En el fondo de la fosa se entrevea un atad.

Shoking no pudo contener un movimiento de terror.

--Tienes miedo? le dijo Marmouset.

--Un poco, respondi Shoking.

--Por qu?

--Porque..... de seguro, los papeles estn en el atad.

--Es probable.

--Oh! exclam Shoking, yo no podr nunca poner mis manos sobre un
cadver..... oh!... no!

Marmouset no respondi una palabra y descendi a la fosa.

La oscuridad era all tan profunda, que no vea nada absolutamente, pero
trat de suplir la vista con el tacto.

Toc en todos sentidos el fretro, y encontr en uno de sus costados un
tornillo, luego otro y en fin, cuatro.

En Londres no se clavan los fretros, sino que se cierran con tornillos.

Marmouset sac inmediatamente un cortaplumas que contena muchas hojas,
y escogiendo una que era redonda por la punta, se sirvi de ella como de
un destornillador.

Shoking se separ a un lado, apartndose de la sepultura.

El abate Samuel, por su parte, permaneci al borde de la fosa, prestando
cuidosamente el odo, y con la vista fija en la verja del cementerio,
escrutando tambin de vez en cuando todos los sitios que le avecinaban.

El cementerio no tena guarda sin embargo, ni tampoco la iglesia que
ocupaba el centro; pero se hallaba dominado por muchas casas inmediatas,
y adems poda suceder que algn fenian tuviese el capricho de venir
all, penetrando por el mismo camino que ellos haban trado.

Afortunadamente la operacin no fue larga.

En menos de diez minutos Marmouset logr sacar los cuatro tornillos.

--Est hecho, dijo.

Shoking retrocedi algunos pasos ms y volvi a otro lado la cabeza.

Marmouset levant entonces con cuidado la tapa del atad.

--Ah! exclam, puedes venir, Shoking.

--Eh? dijo Shoking con voz temblorosa.

--El atad est vaco.

--Vaco?

El abate Samuel y Shoking se inclinaron al borde de la fosa.

--No hay ningn cadver, aadi Marmouset.

--Ni papeles tampoco?

--Ah! s..... creo que s.

Y Marmouset encontr en efecto, en un rincn de aquel fretro vaco, un
paquete envuelto en un pedazo de hule, cerrado con cinco sellos de lacre
negro.

En seguida ech el paquete al abate Samuel, y cerrando el atad, sin
detenerse en colocar de nuevo los tornillos, salt vivamente fuera de la
fosa, y ayud al sacerdote a poner en su sitio la piedra sepulcral, de
modo que no se conociera la aparente profanacin que acababan de llevar
a cabo.

El abate Samuel se puso otra vez a guiar la marcha, y cinco minutos
despus llegaban al public-house, salan en seguida de l furtivamente,
y se dirigan a toda prisa hacia Adam street.

Cuando llegaron a la casa de Betzy, la pobre mujer estaba agonizando.

Sin embargo, al ver aparecer al abate Samuel, un resto de vida, como el
ltimo fulgor de una luz que va a apagarse, pareci animar su mirada.

--He aqu los papeles, dijo el sacerdote.

--Si, murmur la anciana con voz apagada, eso es..... Ah!... Ahora...
ya puedo morir.

Estas fueron sus ltimas palabras.

Su respiracin se hizo fatigosa, sus ojos se vidriaron, y se agit con
algunos movimientos convulsivos.

Un instante despus exhal el ltimo aliento.

Betzy-Justice acababa de morir, mientras que el sacerdote catlico la
daba la absolucin.

Vanda y sus tres compaeros pasaron la noche al lado del cadver de la
pobre Betzy.

Durante esta velada, Marmouset abri el paquete tan cuidadosamente
envuelto, y encontr en l un voluminoso manuscrito en ingls que
llevaba este ttulo extrao:

    _Diario de un loco de Bedlam._

Y despus de hojearlo, ley en alta voz lo siguiente:




XVI

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




I


Los montes Cheviot separan el condado escocs de Roxburgh, del condado
ingls de Northumberland.

Su cima est coronada de nieves eternas.

Extensos y cerrados bosques cubren sus pendientes escarpadas, y en los
estrechos valles, crecen abundosos pastos.

A tres leguas de la villa de Castleton, suspendido sobre un peon
altsimo, como un nido de guilas, y dominando un paisaje melanclico,
de un aspecto rudo y salvaje; se eleva el castillo seorial de
Pembleton.

Pembleton-Castle, como dicen en el pas.

Este antiguo solar, coronado de ocho torres cuadradas y macizas, con sus
enormes garitas de piedra salientes y puntiagudas, est rodeado de
fuertes murallas, como una fortaleza.

Desde la altura donde se halla edificado, domina ocho leguas de pas por
el lado de Escocia, a pesar de que su asiento es sobre la tierra
inglesa.

En la edad media, los seores de Pembleton eran escoceses y seguan la
bandera de los Roberto Bruce y de los Wallace.

Hoy, lord Pembleton ocupa un asiento en la cmara de los Pares, pero
conserva a pesar de ello su ttulo de barn escocs, ttulo de que se
enorgullece.

Lord Evandale Pembleton no tena ms que tres aos cuando su padre muri
en el combate de Navarino, donde la Francia y la Inglaterra reunidas
derrotaron la escuadra turca en las aguas de la Grecia.

El nio Evandale tena un hermano de diez y ocho meses.

Tan luego como lady Pembleton tuvo noticia de la terrible desgracia que
la privaba de su esposo, dej en seguida y precipitadamente a Londres,
donde pasaba el invierno en su magnfico palacio del West-End, y fue a
refugiarse, con sus dos hijos, al castillo de Pembleton. Vestida de
negro de pies a cabeza, se encerr en el antiguo dominio feudal que el
noble lord su esposo haba casi abandonado, as como sus padres, haca
cerca de un siglo.

Al pie del peon, y a cierta distancia en medio de la llanura, se
levantaba una deliciosa quinta, enteramente moderna, rodeada de
frondosas alamedas y jardines y de una extensa pradera: morada
campestre, pero esencialmente aristocrtica, donde lord Pembleton pasaba
el otoo y la estacin de la caza, y que haba poblado de maravillas
artsticas, adornndola con toda la riqueza y lujo moderno.

Esta quinta llevaba el nombre de New-Pembleton, es decir, Nuevo
Pembleton; la casa de recreo moderna que destronaba el antiguo solar.

Y sin embargo no fue a New-Pembleton donde se refugi lady Evandale.

Fue a Pembleton-Castle u Old-Pembleton, como le llamaban en razn a su
antigedad, donde fue a ocultar su dolor la joven viuda.

Por qu?

Estos sucesos tenan lugar en 1828, es decir, en la primera mitad del
siglo XIX, era que hemos dado en llamar de civilizacin, y de
consiguiente muy lejos de la poca feudal en que los altos barones se
declaraban mutualmente la guerra.

La nobleza se haba convertido en la aristocracia; los altos y poderosos
barones feudales, no eran ms que grandes seores vasallos de la corona;
y la calma ms profunda reinaba en los tres reinos, convertidos en
Reino Unido de la Gran Bretaa.

Sin embargo, lady Evandale, al llegar a Pembleton-Castle, dio rdenes
bien extraas para la poca.

En primer lugar, hizo alzar el puente levadizo, cosa que no haba tenido
ejemplo haca muchos siglos.

En segundo lugar, hizo convocar a todos los campesinos y aldeanos de las
cercanas, que eran an sus vasallos, y pobl el castillo formando en l
un verdadero ejrcito.

Luego en fin, a ejemplo de Juana de Monfort, cuando presentaba en otros
tiempos su hijo a los nobles bretones, tom a su primognito en sus
brazos,--aquel nio que solo tena tres aos,--y mostrndolo a los
fieles escoceses que haban acudido a su llamamiento, les hizo jurar
defenderlo y velar sobre l.

Y aquellos honrados montaeses juraron con entusiasmo.

Qu terrible y misterioso peligro amenazaba pues a aquel nio, que
deba un da formar parte de la cmara de los lores?

Un solo hombre lo saba tal vez, y conoca asimismo el secreto de lady
Pembleton.

Este hombre era un joven escocs, llamado Tom, hermano de leche de lady
Pembleton, la cual era joven tambin y bella, y no haba cumplido an
veinte y cuatro aos el da en que qued viuda.

As, desde el primer da de la llegada al castillo, Tom se instal en el
cuarto donde dorma el nio, y pas all la noche sentado en un silln,
teniendo al alcance de la mano su carabina de cazador.

Lo mismo tuvo lugar la noche siguiente y las dems que se sucedieron.

Y durante todas esas noches, los Escoceses velaban pasendose por las
murallas del antiguo castillo, y tenan cuidado, apenas llegaba el
crepsculo, de levantar el puente levadizo.

Lady Pembleton apareca de tiempo en tiempo en medio de ellos, unas
veces inquieta, otras veces al parecer ms tranquila, pero siempre
melanclica y como perseguida por un espantoso recuerdo.

Tres meses trascurrieron as.

Durante esos tres meses, con grande admiracin de toda la comarca,
Pembleton-Castle tuvo una verdadera guarnicin.

Los rumores ms extraos empezaron a circular entonces.

La muerte de lord Evandale,--decan,--haba turbado la razn de la pobre
viuda.

De un carcter exaltado ya, y viciado por la lectura de las novelas de
Walter-Scott y los poemas de Byron, lady Evelina Pembleton se haba
vuelto loca.

Sin duda se crea en la edad media, en tiempo de las luchas heroicas de
los clanes escoceses y los barones ingleses, y pretenda defender a su
hijo contra enemigos imaginarios.

Los buenos escoceses llamados en su ayuda, y que se haban apresurado a
prestarle sus servicios, empezaban a participar esta de creencia.

Una sola persona era de contraria opinin, y afirmaba que lady Pembleton
no estaba loca y que tena razn muy fundada para obrar as.

Esta persona era Tom.

Pero Tom no se explicaba ms y guardaba fielmente su secreto.

En fin, al cabo de tres meses, lady Pembleton despidi a sus Escoceses,
hizo bajar el puente levadizo de Old-Pembleton, mand disponer y cargar
sus carruajes, y dejando con sus numerosos domsticos el castillo
feudal, baj a la magnfica quinta de New-Pembleton, y se instal en
ella con sus dos hijos.

Los nobles establecidos en los alrededores, as como los ricos
campesinos y notables habitantes de las villas y aldeas inmediatas, no
tardaron entonces en emitir la opinin de que la hermosa viuda haba
recobrado en fin la razn.

Y sin embargo, el nico motivo que haba ocasionado este cambio completo
de existencia, reposaba sobre un lacnico despacho que lady Pembleton
recibiera de Londres.

Aquel despacho deca:

Sir Arturo se ha embarcado esta maana para las Indias.

Quin era sir Arturo?

El hermano segundo de lord Evandale.

Era pues contra l por lo que lady Pembleton haba tomado tan
singulares precauciones?

Algunos das despus de su instalacin en New-Pembleton, lady Evelina
recibi la visita de dos gentlemen.

Estos eran lord Ascott y su hijo el baronet sir James.

Lord Ascott y sir James eran el padre y el hermano de lady Evelina.

El padre vena de Italia, donde haba pasado dos aos para restablecerse
de una enfermedad del pecho; y el hijo, midshipman en la armada inglesa
de las Indias, se hallaba en Londres con licencia.

Ambos se hallaban en la capital, en los momentos en que la conducta
excntrica de lady Pembleton empezaba a hacer ruido, y, persuadidos de
que la noble viuda estaba loca, haban venido a verla a toda prisa.

Lady Evelina los recibi vestida de riguroso luto.

Su aspecto era muy triste y aun derram abundantes lgrimas al verlos;
pero no hallaron en sus discursos ni en sus maneras, nada que pudiese
confirmarlos en la opinin de que se haban alterado sus facultades
mentales.

Lady Pembleton gozaba de toda la plenitud de su razn.

Sin embargo, sus nobles parientes creyeron deber pedirla algunas
explicaciones.

Pero lady Evelina se neg a satisfacerlos.

Entonces lord Ascott hizo valer su autoridad paternal, y exigi con
severidad lo que se rehusaba a la persuasin.

Lady Evelina persisti en su negativa.

Lord Ascott se dej llevar de la clera, y hasta lleg a decirla que la
familia de lord Pembleton hablaba ya de privarla de la administracin de
sus bienes y de la tutela y educacin de sus hijos.

Lady Evelina baj la cabeza y se deshizo en lgrimas.

En fin, no pudiendo resistir ms, se ech a los pies de su padre y le
dijo:

--Milord, s que os debo obediencia y no pretendo sustraerme a vuestra
autoridad..... pero s tambin que la confesin que me obligis a
haceros, va a destrozar vuestro corazn paternal. Dispensadme pues de
esa confesin.... os lo suplico por vos y por m.

Lord Ascott fue inflexible.

Entonces lady Evelina lo condujo a su cuarto, y abriendo un cajn
secreto de su escritorio, sac un cuaderno de papel cubierto de una
escritura apenas legible, y en el que, en cada pgina, se encontraba la
traza de una lgrima.

--Tomad, padre mo, dijo, aqu tenis el diario de mi vida. Leed.....

Y huy precipitadamente, dejando a lord Ascott en posesin de aquel
cuaderno.

Una hora despus, el noble anciano volvi a reunirse con su hija.

Su rostro presentaba una palidez mortal; y cogiendo a la joven en sus
brazos, la tuvo largo tiempo estrechada contra su corazn.

Por largo espacio no pudo pronunciar una palabra, ni hacer otra cosa que
mezclar sus lgrimas a las de su hija; pero al fin logr reponerse, y la
dijo con acento desesperado:

--Yo soy por desgracia demasiado viejo, hija ma..... pero tu hermano te
vengar.

Qu espantoso secreto era pues el que lady Evelina no haba osado
revelar de viva voz a lord Ascott, su anciano padre?

Esto es lo que vamos a dar a conocer al lector, traduciendo fielmente el
manuscrito de la viuda de lord Evandale Pembleton, jefe de escuadra de
la marina real inglesa, muerto en Navarino, combatiendo bajo la bandera
de la civilizacin en lucha con la barbarie.




XVII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




II


La familia Dunderry, cuyo jefe lleva el nombre de lord Ascott, es de
puro origen normando.

En la poca en que el duque Guillermo el Bastardo pas a ser el rey
Guillermo el Conquistador, los Dunderry le siguieron a las islas
Britnicas, y desde entonces se han enlazado siempre con las ms altas
familias de la aristocracia inglesa.

Miss Evelina, hija de lord Ascott, tena diez y seis aos cuando su
padre pens en casarla.

Los partidos no faltaban por cierto, los nombres ms ilustres del Reino
Unido se disputaban el honor de tal alianza; pero miss Evelina, segn
la moda inglesa, se hallaba prometida a lord Pembleton, haca mucho
tiempo.

El dominio seorial de Ascott y el de Old-Pembleton, encaramados cada
uno de ellos sobre una de las escarpas de los montes Cheviot, se miraban
haca siglos frente a frente, a tres leguas de distancia.

Lord Ascott, el padre de miss Evelina, y el difunto lord Pembleton,
padre del lord actual, haban estado unidos en estrecha amistad desde la
infancia, y cuando miss Evelina lleg a tener diez aos y sir Evandale
Pembleton diez y ocho, se apresuraron a desposarlos.

Despus sir Evandale se embarc para las Indias, donde serva en la
marina real.

Las dos familias permanecieron estrechamente unidas.

No pasaba una sola semana, durante el invierno, sin que lord Ascott y su
hija fuesen a visitar a lord Pembleton, a quien una cruel enfermedad, la
gota tena clavado en su silln.

Miss Evelina y sir Jorge Pembleton, hermano segundo de sir Evandale,
contrajeron poco a poco una amistad e intimidad fraternal, y salan con
frecuencia juntos, dando largos paseos a caballo.

Cinco aos se pasaron as.

Miss Evelina experimentaba un placer extremo en encontrarse al lado de
sir Jorge, y sir Jorge llegaba a veces a concebir el criminal deseo de
que el navo en donde iba su hermano mayor se estrellase contra una
roca, en una noche de tempestad, y se perdiese con todo su equipaje.

Un da, en fin, los dos jvenes llegaron a confesarse que se amaban.

Pero en miss Evelina domin al amor la razn, y a la ardiente
declaracin de sir Jorge respondi espantada:

--Desgraciado!... olvidis que estoy desposada con vuestro hermano?

--Ay! ya lo s, respondi el joven. As ya he tomado mi resolucin.

Y como ella le mirase con angustia:

--Aun dado caso, prosigui, de que mi hermano consintiese en cederme su
derecho, nuestras dos familias no accederan jams a nuestra unin. Soy
hijo segundo, y de consiguiente estoy desheredado de los bienes y
ttulos de mi casa.

Y exhal un profundo suspiro.

Miss Evelina le escuchaba con la cabeza baja y derramando abundantes
lgrimas.

Sir Jorge continu despus de un momento de silencio:

--Hoy mismo partir de aqu.

--Y adnde iris? pregunt la joven temblando.

--Primero, a Londres.

--Y despus?

--Ir a reunirme con mi hermano en la India.

Miss Evelina posea en alto grado la virtud y el sentimiento de dignidad
de las mujeres de raza; as supo dominar su emocin, y tendiendo la mano
a sir Jorge, le dijo:

--A Dios!..... A Dios para siempre!

Sir Jorge tena entonces diez y nueve aos; la edad de la abnegacin y
de los sentimientos caballerescos.

De consiguiente aquel mismo da parti de Old-Pembleton.

Seis meses despus, lord Pembleton muri, y su hijo sir Evandale hered
sus inmensos bienes, su ttulo y su puesto en la Cmara de los lores.

Pero no se vuelve de las Indias en un da, y haca ya cerca de un ao
que sir Jorge haba partido, cuando lord Evandale lleg a Inglaterra.

Miss Evelina haba tomado al principio la resolucin de echarse a los
pies de lord Evandale, de confesrselo todo y de suplicarle que
renunciase a su mano.

Pero esta resolucin debi ceder ante la voluntad inflexible de lord
Ascott.

Un ao despus de los funerales del padre de sir Evandale, miss Evelina
haba enajenado su libertad y se llamaba lady Pembleton.

El tiempo mitiga las penas ms profundas y cicatriza todas las heridas.

Lady Pembleton pensaba an alguna vez en sir Jorge, el pobre segundn
que serva en el ejrcito de las Indias.....

Pero lord Evandale era tan bueno... tan bondadoso con ella, y le
manifestaba tanto respeto y amor!.....

Y luego, lady Pembleton no haba tardado en ser madre, y la maternidad
es un sentimiento que acaba por dominar todos los dems.

A medida que el tiempo pasaba, la imagen de sir Jorge se iba borrando
poco a poco.

El ausente empezaba pues a caer en el olvido, y lord Evandale tocaba ya
la hora propicia de conquistar por completo el amor de su esposa.

Pero la fatalidad deba disponerlo de otro modo.

Al heredar los ttulos y cargos de su padre y su asiento en la Cmara
alta, el jefe de la casa de Pembleton haba conservado sin embargo su
grado en la marina real.

Su carrera en ella haba sido rpida, y en la poca a que nos referimos
era _commodore_, es decir, jefe de escuadra.

Un da recibi del almirantazgo la rden de embarcarse.

Adnde iba?

No poda saberlo hasta abrir un pliego sellado que contena sus
instrucciones, y del que no deba tomar conocimiento sino cuando se
hallara en las aguas de la isla de Madera.

Las mujeres de los marinos se acostumbran forzosamente desde luego a
esas crueles separaciones, cuyo trmino no es siempre seguro.

Lady Evelina se resign pues, y el commodoro parti.

Hallbanse entonces en medio del verano, y la _estacin_, como dicen los
Ingleses, se encontraba en todo su esplendor.

Naturalmente, Lady Pembleton, al separarse de su marido, haba dejado su
magnfico dominio de los montes Cheviot, para venir a habitar su palacio
del West-End, de Londres, en Kensington-Road.

Kensington-Road es una ancha y bellsima avenida, formada exclusivamente
por las moradas seoriales de las grandes familias de Londres; y que
corre paralela a Hyde-Park.

Cada uno de esos palacios tiene un jardn, que no est separado de
Hyde-Park sino por una verja, y cada propietario tiene una llave de la
suya, lo que le permite comunicar con el jardn pblico.

Lady Pembleton estaba pues en Londres.

Pero desde la partida de su marido, nadie la haba visto en ninguna
parte.

Viva constantemente encerrada, ocupndose de su hijo, que tena
entonces cerca de dos aos, y leyendo con avidez los peridicos que
podan darla noticias del _Minotauro_.

Este era el buque que mandaba lord Evandale.

As viva siempre sola, suspirando por la vuelta del ausente.

Pero la soledad es mala consejera.

Ms de una vez, el recuerdo de sir Jorge, poco antes casi olvidado,
haba venido a turbar el espritu de lady Pembleton y la aparente
tranquilidad de que gozaba.

En fin, una noche, lady Evelina, que ocupaba las habitaciones de verano
de su palacio, se hallaba sentada junto a una ventana del piso bajo que
daba a los jardines.

Aquel da era domingo, y el domingo es un da bien triste en Londres.

El calor haba sido excesivo, pero la noche era fresca, y la pobre joven
respiraba con un placer melanclico el dulce perfume de las primeras
brisas.

La noche era oscura y el jardn estaba desierto.

Ms all del jardn se descubra Hyde-Park, tambin solitario, y
perdido en la oscuridad bajo sus sombras alamedas.

Lady Evelina se hallaba con la vista fija en aquel melanclico paisaje,
cuando de repente vio agitarse una sombra y salir de la espesura.

Aquella sombra era un hombre que pareca surgir como por encanto a
orillas del riachuelo que llaman la Serpentina, y que vena derecho a la
verja del jardn del palacio Pembleton.

Lady Evelina observ curiosamente a aquel hombre.

Pero la noche, como hemos dicho, era bastante oscura.

Sin embargo, cul no fue su asombro y en seguida su terror, cuando vio
a aquel hombre sacar una llave del bolsillo y abrir la puerta de la
verja!

La joven arroj un grito agudo en el momento en que aquel hombre
penetraba en el jardn.

Pero aquel grito no pareci conmoverlo, ni le hizo detenerse ni huir.

Al contrario, pareci guiarlo, y se vino derecho a la ventana.

Entonces lady Evelina se ech vivamente para atrs y corri a coger el
cordn de una campanilla que sacudi violentamente.

Nadie acudi a este llamamiento.

El desconocido trep al alfizar de la ventana y salt en la
habitacin.

Fuera de s de terror, lady Evelina se lanz hacia la puerta; pero en el
mismo instante se sinti detenida por una mano vigorosa, y una voz que
acab de trastornarla la dijo:

--Evelina.... no me reconocis?

Al or aquella voz la joven se qued anonadada, petrificada de sorpresa.

--Sir Jorge! murmur.

--S, yo soy.

Y el hermano menor de lord Evandale se ech a los pies de su cuada, que
se hallaba paralizada de terror.




XVIII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




III


No haba lugar a la duda: sir Jorge Pembleton, el hermano de su marido,
era en efecto quien lady Evelina vea delante de ella.

Y aquel hombre haba osado penetrar en su casa por la ventana, como un
ladrn o un asesino!

--Caballero, dijo la joven con terror, cmo es que os hallis aqu?

Sir Jorge dobl de nuevo la rodilla.

--Evelina, dijo, mi querida Evelina, no me condenis antes de haberme
odo.

Su voz conmovida y su actitud suplicante tranquilizaron un poco a lady
Evelina.

--Jorge, le dijo, de dnde vens?

--De la India, contest el joven.

--Ah! Habis dejado el servicio?

--No; he obtenido licencia por algunos meses. Y vengo solamente..... por
vos.

--Por m! exclam lady Pembleton acometida de un nuevo temor.

Y hablndole con un acento de dignidad que no exclua la benevolencia,
aadi:

--Es posible, Jorge?... Osis hablarme de ese modo?... a m?...

--Evelina, yo os amo.......

--Callad!

--Hace tres aos, Evelina... desde que me separ de vos.... mi vida es
un perpetuo combate de cada hora, de cada minuto; un suplicio sin
nombre; una tortura eterna.

--Pero, desgraciado!... Habis olvidado que soy la mujer de vuestro
hermano?

--Mi hermano est lejos de aqu.

Lady Evelina dej escapar un grito de terror.

--Oh!... lo sabais? exclam.

--Nuestros dos navos se han cruzado a la altura de Finisterre.

--Y os atrevis?...

--Ya os lo he dicho; no vengo ms que por vos.....

Lady Evelina fijaba en aquel hombre una mirada extraviada, y su pavor
acreca por instantes.

Sir Jorge no era ya por cierto el tmido y leal adolescente que se haba
separado haca tres aos de miss Evelina, cambiando con ella un adis
eterno.

Ahora era un hombre... un hombre de mirada sombra y resuelta, un hombre
en cuyo continente se adivinaba que era capaz de todo.

Y sin embargo la joven, en medio de su turbacin y de su espanto, no
desesperaba de doblegar a aquel hombre y de traerlo al sentimiento del
deber.

--Jorge, le dijo, vos sois hermano de Evandale y yo soy su esposa.

--Yo odio a Evandale, respondi el joven.

--Y decs que me amis an?

--Todo el fuego del infierno se ha concentrado en mi corazn, respondi
con exaltacin sir Jorge.

--Pues bien, puesto que me amis, respetadme: salid de aqu, y no
volvis hasta maana... pero en medio del da, a vista de todo el mundo,
y por la puerta principal de este palacio, que es la morada de vuestro
hermano.

El joven solt una carcajada cruel.

--Oh! no, no! exclam. No he venido de tan lejos para que me hagis
poner a la puerta por vuestros lacayos.

Lady Evelina sinti toda su sangre refluir a su corazn, y el rubor de
la vergenza color vivamente su rostro.

Y como sir Jorge la cogiese al mismo tiempo las manos, ella se solt con
indignacin, y corri al otro extremo del cuarto gritando:

--Salid!... salid de aqu!... os lo ordeno!

El joven respondi con una nueva carcajada.

--Salid!... repiti lady Evelina.

--No... yo os amo.

--Alejaos o llamo a mis criados.

Sir Jorge, sin dejar de sonrerse, dio un paso hacia ella.

Entonces lady Pembleton corri a la chimenea, y cogiendo el cordn de la
campanilla que penda al lado del espejo, tir de l con violencia.

Pero la campanilla no reson como de costumbre.

--Podis llamar cuanto os plazca, dijo el joven. El cordn est
cortado.

Lady Evelina arroj un grito desesperado.

--A m!... a m! exclam.

Sir Jorge se adelant haca ella.

--A m!... socorro! grit lady Evelina.

--No gritis intilmente: vuestros criados han salido, y estamos solos
en la casa.

La joven se precipit hacia la puerta e intent abrirla.

--La puerta est cerrada por fuera, dijo tranquilamente sir Jorge.

Entonces quiso ganar la ventana y saltar al jardn.

Pero l se coloc resueltamente delante de ella.

--No saldris de aqu! dijo.

Lady Evelina exhal un grito supremo de espanto y de horror, y juntando
y retorcindose las manos, pidi gracia..... pero l la estrech en sus
brazos con furor e imprimi en sus labios un beso ardiente...




IV


Lord Evandale estaba en la Oceana.

El _Minotauro_ se diriga hacia Melburne, una de los dos capitales de la
Australia, y cada vez que el navo haca escala en algn punto, el
noble lord escriba a su esposa largas cartas, que expresaban todo su
amor, toda su ternura.

A veces, hasta haba pensado en dar su dimisin y volver a Inglaterra.

Pero el soldado no deserta la vspera de una batalla, y lord Evandale no
abandon su navo.

El _Minotauro_ pas dos aos en Australia, dando caza a los piratas que
infestaban sus mares.

Concluida esta campaa, el commodoro fue llamado a Londres, pero su
ausencia haba durado ms de treinta meses.

A su vuelta, lady Evelina sali a su encuentro, llevando a sus dos hijos
de la mano.

El segundo haba nacido despus de la partida de lord Evandale.

La noble joven estaba plida y triste, y parecan haber pasado por ella
ms de diez aos.

Qu haba sucedido pues durante la larga ausencia de lord Evandale?

Este no poda adivinarlo, ni lleg a saberlo jams.

Lady Evelina viva lejos de toda sociedad, y pasaba la mayor parte del
ao en Pembleton; y respecto a sir Jorge, nadie haba vuelto a verlo
despus de la noche fatal de que hemos hablado.

Lord Evandale no lleg ni aun a sospechar que haba dejado por un
momento las Indias para volver a Europa.

Alarmado de la palidez de su esposa y del estado de postracin fsica y
moral en que se hallaba, el noble lord consult uno por uno todos los
mdicos clebres de Londres.

Los mdicos convinieron en que se hallaba atacada de una enfermedad de
languidez puramente nerviosa, y aconsejaron un viaje por Italia.

Lady Evelina parti con su marido.

Pas un mes en Npoles, otro en Roma, Milan y Venecia, y volvi a
Londres ms enferma, ms desalentada y cansada de la vida.

Dos seres solamente lograban arrancarle una sonrisa.

El uno era Tom, su hermano de leche.

El otro su hijo mayor, el primognito que deba heredar un da la
inmensa fortuna de lord Evandale y sucederle en sus cargos y dignidades.

En cuanto a su segundo hijo, la pobre joven no poda contemplarlo un
momento sin que lgrimas de vergenza viniesen a arrasar sus ojos.

Apenas acababan de llegar de Italia, cuando fue declarada la
intervencin anglo-francesa en favor de la insurreccin griega.

Lord Evandale recibi la rden de embarcarse y tomar el mando de una
flotilla, y lady Evelina se encontr de nuevo sola.

Una tarde, la joven se paseaba en Hyde-Park, llevando a su hijo mayor
por la mano.

La noche se aproximaba rpidamente.

Seguida a cierta distancia por dos de sus lacayos, lady Evelina se
paseaba sin desconfianza por la margen de la Serpentina, cuando de
repente, saliendo de un bosquecillo inmediato, se presentaron a ella dos
hombres del pueblo, o dos _roughs_, como los llaman en Londres.

Lady Evelina se volvi vivamente y llamo a sus lacayos.

Pero estos haban desaparecido.

Al mismo tiempo, uno de los dos _roughs_ se ech sobre ella, y le puso
la mano en la boca para impedir que gritase.

El otro en tanto se apoder del nio, y tom precipitadamente la fuga.

* * *

Una hora despus, los dos lacayos, que pretendan haberse extraviado por
una alameda lateral, creyendo seguir a su seora, la haban encontrado
desmayada a orillas de la Serpentina, y la condujeron a su casa.

En cuanto a su hijo, haba desaparecido.




XIX

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




IV

CONTINUACION.


Afortunadamente, al lado de lady Evelina, sola y desesperada, haba un
hombre animoso y resuelto.

Este hombre era Tom.

El honrado Escocs no perdi la cabeza, y adivin de seguida por qu
haban robado el nio.

En Londres es esto tan comn, como el robo de una bolsa o de un pauelo;
y an constituye un comercio bastante lucrativo.

Hay tal o cual mendiga que logra a duras penas conseguir al da una
limosna, y que hara una fructuosa colecta, si llevase un nio en sus
brazos cuando implora la caridad pblica.

Hay tambin maestras de nios, siniestras industriales cuyo tipo slo
florece en Londres, que han hecho desaparecer en el fondo del Tmesis
las pobres criaturas que les confiaran en secreto.

El da menos pensado, los padres de esos hijos del amor vienen a
reclamarlos.

Es necesario pues que estn preparadas para poder reemplazar con nios
robados, los que han dejado de existir despus de largo tiempo, y cuya
pensin se ha cobrado religiosamente.

Y en fin, hay adems los gitanos, los saltimbanquis y los cmicos de la
legua, que andan siempre a caza de nios y los roban con una destreza
admirable.

Pero Tom no pens un solo momento en los mendigos, gitanos ni
saltimbanquis.

Su primera idea fue justa y lgica.

--El ladron, se dijo, es sir Arturo Jorge Pembleton, oficial de la
marina real.

Mucho tiempo haca que sir Jorge no se vea en Londres, ostensiblemente
al menos.

Lady Evelina no lo haba vuelto a ver desde la noche fatal.

Pero Tom haba visto una tarde rondar a un hombre por Hyde-Park,
y--aunque aquel hombre iba vestido como un rough,--Tom lo haba
reconocido.

El supuesto rough era sir Jorge.

Tom se puso en busca de sir Jorge, seguro de que el nio estaba en su
poder.

El fiel servidor y confidente de lady Evelina era Escocs, pero haba
pasado su infancia en Londres, y conoca perfectamente todos los
misterios de la gran capital.

As no tard mucho en encontrar a sir Jorge.

Este se haba ocultado en una callejuela del Wapping, hacia los confines
de Withe-Chapelle, en una casa alta y sombra, habitada nicamente por
gente del pueblo.

Tom cay en aquella casa como un rayo, a una hora de la maana en que el
gentleman se hallaba aun en el lecho.

Tom se present en su cuarto con una pistola en cada mano.

Sir Jorge estaba sin armas.

El joven le asest una pistola a la frente y le dijo:

--Si no me entregis el nio, os mato.

Sir Jorge aparent al principio una gran sorpresa.

--De qu nio hablas, miserable? le pregunt.

--Del hijo mayor de lady Evelina.

Sir Jorge protest enrgicamente.

--No he visto al hijo de lady Evelina, contest, ni comprendo lo que me
quieres decir.

Pero Tom aadi framente:

--Os doy cinco minutos. Si dentro de cinco minutos no me habis
devuelto el nio, sois hombre muerto.

La mirada del Escocs expresaba tan fra y decidida resolucin, que sir
Jorge tuvo miedo, y lo confes todo.

El hijo de lady Evelina haba sido entregado a unos saltimbanquis que
deban adiestrarlo en su oficio.

Tom poda encontrar esos saltimbanquis en Mail Road, muy cerca de la
Work-house.

Pero Tom movi la cabeza y contest:

--Creo lo que decs, sir Jorge. Sin embargo, quiero que vengis conmigo.

Y os advierto que si intentis escaparos, os mato como a un perro.

Y oblig a sir Jorge a vestirse.

Sir Jorge Pembleton haba dicho la verdad.

Los saltimbanquis estaban en Mail Road, y el nio se hallaba con ellos.

Tom lo tom en brazos, y huy con l sin entrar en ms explicaciones.

Aquel mismo da, sir Jorge desapareci de nuevo, y pasaron muchos meses
sin que nadie volviera a verlo.

Por qu sir Jorge haba robado al hijo de lady Evelina?

Sir Jorge era un miserable: odiaba con toda su alma a su hermano lord
Pembleton, de quien slo haba recibido beneficios; aborreca a lady
Evelina, despus de haberla amado con tan violenta pasin; pero en
cambio adoraba al hijo segundo de su cuada, a aquel nio, vivo
testimonio de un crmen, a su propio hijo en fin.

Esto explicaba su conducta. Haciendo desaparecer al hijo mayor, al
primognito que deba suceder a lord Evandale en su bienes y ttulos,
no era asegurar esos mismos ttulos y bienes al hijo segundo, es decir,
al hijo de sir Jorge?

Despus de este grave incidente, Tom no se separ ya de da ni de noche
del hijo de lord Evandale.

Lady Evelina no sala jams sola, y Tom estaba sin cesar a su lado.

As pasaron algn tiempo, hasta que al fin lleg la noticia de la muerte
de lord Evandale Pembleton.

Entonces, como queda dicho, lady Evelina se refugi a su castillo de los
montes Cheviot, se rode de una guarnicin numerosa, y no se decidi a
bajar a New-Pembleton, hasta que lleg a saber que sir Arturo Jorge
Pembleton se haba embarcado de nuevo para las Indias.




V


Tal era el espantoso secreto que Lady Evelina haba confesado por
escrito, y puesto despus ante los ojos de lord Ascott su padre.

Lord Ascott, como hemos visto, la haba estrechado en sus brazos
dicindola:

--Tu hermano te vengar.

Y en efecto, tres meses despus, sir James dej la Inglaterra y volvi a
la India.

Sir Jorge estaba en Calcuta cuando lleg all sir James.

Aquella misma noche haba un baile en el palacio del gobernador, y el
oficial Pembleton se hallaba en sus salones y pareca el hombre ms
alegre del mundo.

Sir James, que asista tambin a esta recepcin, se acerc a l y lo
salud.

Sir James era hermano de lady Evelina, y adems haba sido condiscpulo
y amigo de infancia de sir Jorge.

El primero no era an ms que _midshipman_, es decir guardia marina: el
segundo era teniente de navo.

Sir James salud pues al oficial y le dijo:

--Llego de Londres y traigo un encargo para vos. Dentro de un rato,
cuando se halle ms animado el baile, podremos reunimos, si gustis, en
la azotea que da al mar.

--All me hallaris, respondi sir Jorge.

Y se fue a bailar con la hija de un nabab que era tan bella como su
padre rico, lo que no es poca ponderacin.

Un cuarto de hora despus, los dos jvenes volvan a encontrarse, y se
paseaban absolutamente solos en una de las azoteas del palacio.

Entonces Sir James mir fijamente a sir Jorge y le dijo:

--He abreviado mi tiempo de licencia slo por venir a veros.

--Y bien!.....

--Lo s todo.

Sir Jorge se estremeci, pero repuso reponindose prontamente:

--Qu es lo que sabis?

--Que habis hecho traicin a vuestro hermano.

--Y qu os importa?

--Habis deshonrado a mi hermana.

Sir Jorge se encogi de hombros.

--Y necesito toda vuestra sangre, aadi sir James.

--Estoy a vuestras rdenes, respondi tranquilamente el hermano de lord
Evandale.

--Muy bien, dijo sir James, pero es necesario pensar en que sois mi
superior y que no puedo batirme sin infringir las ordenanzas.

--Oh! que no quede por eso, respondi sir Jorge, yo me encargo de
allanar esa dificultad.

--Ah!

--El almirante que manda la escuadra de evoluciones, anclada en el
puerto, os autorizar, a peticin ma, a batiros conmigo.

--Permitidme una observacin, dijo sir James; olvidis que nos unen
lazos de parentesco o al menos de afinidad.....

--Y qu importa?

--Importa mucho. No quiero que nuestro duelo haga nacer la menor
sospecha contra mi hermana.

--Pues bien, dijo sir Jorge, nos batiremos sin testigos.

--Iba a proponroslo.

--Ah! muy bien.

--Y aun quera algo ms.

--Veamos.

--No hay un bosque a poca distancia de la ciudad?

--S.

--Un bosque poblado de tigres?

--Como todas las selvas de la India.

--Magnfico! en ese caso, iremos maana a ese bosque, cada uno por
nuestro lado, a puestas del sol.

--Y despus?

--Muy sencillo. Los tigres harn desaparecer el cadver del que sucumba
en la demanda.

--Aceptado, dijo sir Jorge.

* * *

Al da siguiente, en efecto, sir James y sir Jorge se encontraban en el
bosque a la hora indicada.

Qu sucedi entre ellos?

Nadie lo ha sabido jams.

Pero el hecho es que sir James volvi solo a Calcuta, a la hora en que
aparecan las primeras estrellas en el cielo magnfico de la India.

Y aquella misma noche, el joven guardia marina dirigi un despacho a
lord Ascott, concebido en estos trminos:

Nuestro honor queda satisfecho.--_Ella_ est vengada.

Al da siguiente, unos cazadores encontraron en el bosque los restos
informes de un cadver medio devorado por los tigres, cubierto aun con
algunos pedazos de uniforme.

Y pronto se esparci el rumor por la ciudad de que sir Jorge Pembleton,
vctima de su pasin por la caza, haba tenido un fin horrible.

Tom y lady Evelina estaban, o crean estar al menos, tranquilos para
siempre.




XX

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




VI


Salvemos ahora un espacio de cinco aos, y trasportmonos de nuevo a las
agrestes fronteras de Escocia, cortadas por los montes Cheviot.

Corra el mes de abril de 1834.

Dos personas hablaban en voz baja en una de las salas abovedadas de
Old-Pembleton.

El antiguo solar haba visto nuevos das de esplendor y das de duelo
durante aquellos cinco aos.

Por segunda vez, New-Pembleton, la aristocrtica morada moderna, se ha
visto abandonada por Old-Pembleton, el antiguo castillo de los altos
barones feudales.

Por qu?

Escuchemos la conversacin de las dos personas que hablaban al lado del
fuego, en una de las salas bajas del castillo.

--No hay que replicarme, Tom; os lo repito una y mil veces; nuestra ama
ha hecho mal en volver a Old-Pembleton.

--Yo no digo s ni no, mi querida Betzy.

--Y veamos si os place, seor Tom, por qu vacilis de ese modo entre
opuestos pareceres?

--A fe ma, buena Betzy, tan cierto como soy Tom y vuestro carioso
marido desde hace tres aos, que no sabr decir an si lady Evelina,
nuestra noble y bondadosa seora, ha tenido o no razn en dejar primero
a Londres, y New-Pembleton despus, para venir a encerrarse aqu. Sin
embargo, a lo que puedo juzgar segn mis cortos alcances, me inclino a
creer que ha tenido razn.

--Ah!... de veras?

--Bien reflexionado, s, mi querida Betzy.

--Pues lo que es yo, dijo Betzy-Justice, la joven mujer de Tom,--porque
ambos eran muy jvenes en esta poca,--yo me inclino a creer lo
contrario.

--Y sobre qu basis vuestra opinin?

--Sobre una cosa que salta a la vista. La salud de milady se altera ms
cada da.

--Y creis?.....

--El aire fro y vivo de estas montaas no puede serle provechoso.

--Ah!

--Est enferma del pecho, y el clima que le conviene no es por cierto
este.

--Hay mucho de verdad en lo que me decs, querida Betzy; pero yo
persisto en mi opinin, pues decididamente veo que tengo una opinin.

--Positivamente?

--S, amiga ma.

--Veamos pues: explcaos, seor Tom.

--Har cosa de tres aos, lady Evelina me hizo llamar un da y me
dijo:--Tom, es necesario que yo te consulte, pues t eres hombre de buen
consejo.

--Hablad, Lina, le respond.

Pues como sabes, querida Betzy, soy hermano de leche de milady, y me ha
quedado la costumbre de llamarla abreviando su nombre como lo haca en
nuestra infancia.

Milady prosigui:

--Hace un mes que tengo ensueos espantosos.

--De veras? la dije.

--O mejor dicho, tengo siempre el mismo ensueo.

--_Ah!_

--Pero es terrible!

Yo esper que milady se explicase, y guard un respetuoso silencio.

Entonces prosigui:

--Mi sueo tiene tres partes. En la primera, me encuentro en
New-Pembleton, y me paseo por el parque llevando a mi hijo mayor por la
mano.

--Lord William? le dije.

--Precisamente.

--Querido Tom, interrumpi Betzy, permteme hacerte una pregunta.

--Di, amiga ma.

--El difunto lord, que yo no llegu a conocer, se llamaba Evandale, no
es verdad?

--S.

--Y su padre, no llevaba el mismo nombre?

--As es.

--Pues bien, prosigui Betzy, yo crea que el nombre de Evandale era
como hereditario en la familia.

--S, con raras excepciones.

--Y que se trasmita entre los primognitos.

--Esa ha sido por largo tiempo la costumbre.

--Entonces, replic Betzy, por qu _monseor_,--como llamamos al joven
lord,--se nombra William, y su hermano menor lleva ahora el nombre de
Evandale?

--Voy a explicroslo, Betzy.

--Veamos pues.

--Milord Evandale tena un amigo de la niez que fue luego su compaero
de armas. Ambos servan a bordo del mismo buque y tenan el mismo grado.
Este amigo se llamaba sir William Dickson.

--Muy bien.

--Y lord Evandale quiso que fuese padrino de su hijo.

--Ah! y por eso _monseor_ se llama William?

--S, pero al mismo tiempo no quisieron que se perdiese en la familia el
nombre de Evandale.

--Ya! y lo dieron al hijo segundo.

--As es, Betzy.

--Lo comprendo muy bien, Tom. Contina tu relato.

Tom prosigui:

--Como te refera pues, lady Evelina me dijo: En la primera parte de mi
ensueo, me paseo por el parque de New-Pembleton, y llevo a William por
la mano.

De repente se me figura que William se pone plido... muy plido, y que
se trasparenta como una sombra; luego, poco a poco, su rostro va
desapareciendo y queda velado tras una densa niebla.....

Despus, la niebla se va disipando por grados..... y entonces, oh! es
horrible!..... Mi hijo, a quien no he dejado de la mano, me aparece de
nuevo, Tom.......

--Y bien?

--Pero ha cambiado de figura.

--Cmo! exclam.

--No es William, continu milady, es Evandale. Y sin embargo, William es
el que estaba a mi lado, y yo no he cesado de estrechar convulsivamente
su mano.

--Bien extrao es eso, Lina, la dije; pero afortunadamente no es ms que
un sueo.

--Espera, Tom, prosigui milady. Generalmente, al ver esta metamorfosis
extraa, en seguida me despierto sobresaltada dando un grito.

A poco me levanto las ms veces, y pasando al cuarto contiguo, voy a
contemplar a mi querido William que duerme tranquilamente.

Esto disipa mis temores, y volvindome a acostar, no tardo en dormirme
de nuevo.

--Y sois otra vez, Lina?

--S, Tom, y entonces empieza la segunda parte de mi ensueo.

--Ah! veamos, exclam.

--He cesado de pertenecer al mundo de los vivientes, y me encuentro
reproducida en un retrato de familia.

Me hallo retratada en pie y vestida de luto. Ya no soy una mujer, sino
un lienzo colocado en un cuadro; pero mi imagen, que reproduce ese
lienzo, ve, piensa y recuerda.

Me hallo colocada en la _Sala de los Antepasados_ de Old-Pembleton.

En frente de m, est el difunto lord Evandale, mi noble esposo.

Tambin se ha convertido, como yo, en retrato de familia, e igualmente
como yo, ve y piensa..... y, durante la noche, hablamos por lo bajo, en
aquella larga galera, rodeados de nuestros mayores que nos contemplan
con tristeza.

Las ventanas de la _Sala de los Antepasados_ estn todos abiertas; la
luna inunda de su dulce claridad la campia, y podemos descubrir all
bajo, en la llanura, los blancos muros de New-Pembleton y las frondosas
arboledas de su parque.

En la argentada zona que ilumina all la luz de la luna, vemos a un
hombre que se pasea, dando el brazo a una mujer que nos es
desconocida..... Muchos gentlemen los acompaan.

Y omos distintamente que todos ellos llaman al hombre milord y milady a
la mujer.

--Ah! aquel hombre es lord William sin duda! dije.

--No, repuso lady Evelina, es Evandale.

--Sir Evandale..... lord?

--S.

--Pero, entonces.....

--Entonces, prosigui milady, mi difunto esposo y yo, que no somos ya
ms que retratos de familia, nos miramos el uno al otro tristemente, y
lgrimas verdaderas brotan de nuestros pintados ojos.

--Pero, para que sir Evandale sea lord, es preciso.....

Aqu me detuve, no osando completar mi pensamiento.

--Es preciso que William haya muerto, no es verdad? me dijo milady.

--S, Lina, le contest.

--En eso te engaas, Tom.

--Es posible?

--William est vivo.

--Oh! es singular!

Milady enjug sus lgrimas, y continu su relato.

--De repente, la luna desaparece, y las tinieblas invaden la galera de
retratos.

En medio de la oscuridad oigo sollozos ahogados, que vienen del retrato
de lord Evandale.

Despus estalla un ruido violento como el del trueno, y una luz
vivsima e instantnea inunda la galera.......

Aqu empieza la tercera parte de mi horrible ensueo.

Y hablando as, milady, no pudo contener sus lgrimas.

--Escucha, Tom, escucha lo que resta, me dijo.

Yo la contemplaba, mudo de sorpresa y de dolor.




XXI

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




VII


Milady prosigui:

--Las cimas nevadas de los montes Cheviot, y las verdes llanuras donde
se asienta New-Pembleton,--todo eso acaba de desaparecer.

Mi esposo y yo continuamos sin embargo en nuestros cuadros, suspendidos
a los muros ahumados de la galera; pero tenemos la facultad de ver las
cosas ms distantes.

Nos hallamos en medio del da.

El ardiente sol de los trpicos ilumina una sabana rida, un paisaje
abrasado y triste.

Una multitud de hombres medio desnudos y cubiertos de sudor, trabajan
penosamente bajo ese cielo de fuego, pidiendo a la tierra ingrata un
producto que se niega las ms veces a dar.

Esos hombres son criminales condenados a la deportacin colonial, y que
la Inglaterra ha enviado a las lejanas tierras de Australia para
hacerles expiar sus crmenes.

Y entre ellos, sin embargo, se encuentra un inocente.

Un inocente que eleva a veces sus ojos al cielo, tomndolo por testigo
de los inmerecidos sufrimientos que padece.

Y aqu milady, enjugando de nuevo sus lgrimas, aadi:

--Y sabes, Tom, quin es ese hombre?

--No, milady.

--Es mi hijo.

--Lord William?

--S.

--Oh! Lina, exclam, vuestra imaginacin excitada os extrava.

Cmo es posible que pueda suceder cosa semejante?

--No lo s.

--Olvidis, milady, que solo haba un hombre a quien pudiramos temer,
y que ese hombre ha muerto?

--Quin sabe?

--Oh! bien sabis que vuestro hermano sir James lo ha matado.

--No, me dijo milady, las cosas no han tenido lugar tal como t crees.

--Qu queris decir, Lina?

--Que James, mi hermano, y el miserable a quien llamaban sir Jorge, se
han batido en efecto en un bosque, en los alrededores de Calcuta.

--S, milady, y all sir James ha muerto a sir Jorge.

--No precisamente. Sir James, segn su relato, le ha roto una pierna de
un pistoletazo.

--Es verdad; pero sir Jorge ha cado y no ha podido levantarse.

--Qu importa? El hecho evidente es que sir James se ha alejado
dejndolo vivo.

--Oh milady, la contest, bien comprendis que un hombre que cae con
una pierna rota en una selva indiana, no sale ya de ella. Los tigres se
encargan de acabar con l.--Por lo dems, no recordis que todos los
peridicos anunciaron por aquel tiempo que se haba encontrado el
cuerpo de sir Jorge medio devorado por las fieras?

--S, repuso milady, han encontrado un cadver completamente
desfigurado, cubierto con un jirn de uniforme; pero, era sir Jorge en
efecto?

--Vamos, Lina, exclam, veo que os dejis llevar de terrores insensatos.
Yo os aseguro que sir Jorge ha muerto.

Pero milady, movi tristemente la cabeza y me dijo:

--No importa: sea como quiera, me decido a dejar la residencia de
New-Pembleton.

--Y adnde queris ir?

--All arriba.

--Al antiguo castillo?

--S.

--Como comprendes bien, mi querida Betzy, acab Tom, yo no he debido
discutir esa determinacin. Yo no puedo querer sino lo que milady
quiere. Y esta es la razn por la que estamos aqu.

Betzy dej escapar un suspiro.

--S, murmur, estamos aqu, aislados en estas montaas, y la salud de
milady se debilita ms cada da.

--Eso es verdad.

--Y los mdicos dicen que est atacada de una enfermedad mortal.

--Quin sabe? los mdicos se equivocan muchas veces, dijo Tom.

Betzy movi la cabeza con desaliento.

--Adems, yo no te he dicho que he ido ya a ver a John Pembrock, aadi
Tom.

--Y quin es ese hombre?

--John Pembrock es un Escocs que vive en Perth, donde goza de una gran
reputacin como mdico.

--Y John Pembrock vendr a visitar a milady?

--Lo espero de un momento a otro.

--Ah!

--Ese mdico es un hombre muy singular, prosigui Tom. Es rico, lo que
es ya raro en un Escocs, y adems nunca visita por dinero.

--Es en efecto singular!

--Pero jams vacila en encargarse de los enfermos desahuciados por sus
colegas, y es muy raro que no los cure.

No haba acabado Tom de decir estas palabras cuando se oy un ruido al
exterior.

Este ruido era el de la campana que se encontraba fuera del puente
levadizo de Old-Pembleton, y que alguna visita acababa de agitar.

Porque es de advertir, que todas las noches alzaban el puente levadizo,
y el viejo solar se converta de nuevo en fortaleza, como en los buenos
tiempos feudales.

Tom se levant precipitadamente y sali de la sala baja.

En el dintel de la puerta encontr a Paddy, un viejo servidor escocs
que haba visto nacer a miss Evelina Ascott, y no se haba separado de
ella jams.

--Tom, dijo Paddy al encontrarse con el criado de confianza de lady
Pembleton, hay dos hombres a la puerta, uno a pie y otro a caballo.

--Qu piden?

--Quieren entrar.

--Han dicho sus nombres?

--El jinete dice que viene de Perth.

--Y el otro?

--El otro no dice nada.

Tom atraves la gran sala, el vestbulo, el patio, y lleg corriendo
hasta la poterna del puente levadizo.

Haca un fro bastante vivo y el cielo estaba cubierto y lluvioso.

Antes de poner en movimiento las cadenas del puente levadizo, Tom abri
un postigo y mir hacia fuera.

El jinete esperaba con calma al otro lado del foso.

Tom no tard en reconocer en l a John Pembrock y sacando entonces la
cabeza exclam:

--Ah! sois vos?... Os esperaba.

Y en seguida mirando al hombre que vena a pie:

--Y ese hombre, dijo, viene con vos?

--Es un pobre Indio, respondi John Pembrock, que me ha pedido limosna
en el camino, y a quien he prometido hospitalidad por esta noche.

Tom arrug el entrecejo.

--No hay sin embargo muchos Indios en Inglaterra, dijo, y a fe ma que
jams se ha visto uno en nuestras montaas,--Milady no tiene costumbre
de albergar a gentes que no conoce..... de consiguiente voy a darle una
corona, y con eso podr ir a hospedarse all abajo, en la aldea.

--Creo que no haris eso, Tom, dijo John Pembrock.

--Y por qu causa, sir John?

--Porque este hombre est tan cansado, que apenas puede tenerse en pie,
y porque parece que se muere de inanicin.

--La aldea est a un paso y hay en ella una buena posada donde podr
confortarse; y para que lo haga mejor, puesto que os interesis por l,
voy a darle no una corona, sino una guinea.

--Tom, dijo John Pembrock, sed ms humano, os lo suplico.

--Perdonad, doctor, yo he hecho un juramento a milady.

--Cul?

--La he jurado no dejar entrar en Old-Pembleton ms que a personas
conocidas.

--As, dijo John Pembrock, negis absolutamente la hospitalidad a este
desgraciado?

--No me es posible obrar de otro modo.

Y diciendo esto, Tom ech mano al bolsillo y arroj por la rejilla de la
poterna una moneda de oro, que fue a caer a los pies del mendigo.

John Pembrock era una especie de gigante y recordaba por su estatura y
formas hercleas los clebres montaeses escoceses cantados por Walter
Scott.

No haba acabado de hablar Tom, cuando Pembrock se inclin sobre la
silla, asi al Indio por los brazos, lo coloc delante de s, y volvi
brida sbitamente diciendo:

--Sois un hombre sin corazn!

Y volviendo para atrs, puso su caballo al galope, antes de que Tom
estupefacto tuviese el tiempo de responderle.

Inmediatamente baj este el puente levadizo, se lanz afuera, y ech a
correr tras John Pembrock gritando:

--Deteneos!... deteneos!

Pero el doctor sigui a escape sin responder una palabra.

Solo se oan las herraduras del caballo, resonando sobre las peas de la
escarpada cuesta que conduca a la aldea.

Tom no se desalent sin embargo.

A todo correr baj tambin la empinada pendiente, lleg a la aldea, y
entr en su nica posada.

All se hallaba ya el pobre Indio, instalado en un rincn de la
chimenea; pero John Pembrock haba desaparecido.

Acababa de partir diciendo al posadero:

--Si Tom, el mayordomo de lady Pembleton, viene luego a buscarme, le
diris que yo no estimo a las personas faltas de humanidad, y que jams
me molesto por ellas.

Y en seguida haba tomado el camino de Perth.

Tom se volvi tristemente a Old-Pembleton.

Un triste presentimiento le oprima el corazn, y apenas entr se
apresur a subir al cuarto de milady.

Lady Evelina estaba echada en su lecho y pareca dormir profundamente.

Tom la llam, primero en voz baja y luego con ms fuerza.

Milady no se despert.

Entonces se acerc ms a ella, la toc, y..... retrocediendo de repente
lanz un grito de horror.

Lady Evelina no dorma.......

Lady Evelina Pembleton estaba muerta!




XXII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




VIII


Haban trascurrido diez aos despus de los acontecimientos que
acabarnos de narrar.

Diez aos haca que Lady Evelina haba ido a reunirse con su esposo,
lord Evandale Pembleton, en un mundo mejor.

Dos jvenes gentlemen a caballo, uno al lado del otro, seguan una
maana la grande avenida de aosos olmos de New-Pembleton, e iban
departiendo alegremente.

Estos jvenes eran los dos hurfanos de la noble familia.

Lord William Pembleton, el actual jefe de ella, aquel nio que su madre
y el fiel Tom haban guardado con tanta solicitud, era ahora un apuesto
y gallardo joven de diez y nueve aos, alto, esbelto, y sin embargo
robusto.

Su hermano, por el contrario, aunque apenas tena dos aos menos, era
dbil, delicado y de pequea estatura.

Lord William tena una fisonoma abierta y franca, la mirada noble y
leal, y la boca siempre risuea.

Sir Evandale, su hermano, tena el rostro anguloso, los labios delgados
y descoloridos, la mirada torva y traidora.

El primero era un tipo de nobleza y de lealtad.

El segundo descubra a su pesar algo de bajo, de astuto y de envidioso.

Ambos iban montados en magnficos poneys de Escocia, y llevaban la
casaca escarlata de los cazadores de zorras. De este modo se dirigan al
bosque vecino, donde los esperaba una alegre cuadrilla de sus compaeros
de caza.

Cabalgando as, llegaron al extremo inferior de la avenida, e iban a
salir por la verja del parque que daba al camino real, cuando de pronto
les cerr el paso un hombre que se hallaba reclinado contra la puerta de
la verja.

Aquel hombre era un mendigo, un pobre diablo en harapos, listo y
vigoroso, aunque ya de cierta edad, con la tez cobriza de los Indios.

Y era un Indio en efecto, un hijo de la raza cobriza que los Ingleses
han logrado subyugar.

Tal vez aquel hombre haba sido rey en su pas, y ahora viva de la
caridad pblica entre sus enemigos.

A pesar del vigor que manifestaba, el Indio, como hemos dicho, era un
anciano.

Algunos raros cabellos entrecanos se escapaban de su gorro de lana gris;
y una larga barba inculta le caa sobre el pecho.

--Mis buenos seores, dijo levantando hacia los dos gentlemen sus manos
suplicantes, dignaos socorrer al pobre Indio.

Lord William le arroj una guinea.

--Vete! le dijo.

El Indio recogi lo guinea y desapareci entre la maleza.

--Por cierto, milord, dijo sir Evandale, que practicis la caridad de
una manera bien brutal.

--Ah! os parece as, hermano? repuso el joven lord.

--Por qu despeds as a ese mendigo?

--Porque ese hombre ha sido causa de la muerte de nuestra madre,
respondi lord William.

--Cmo es eso posible, milord?

--Tom no os ha contado nunca esa historia?

--Jams.

Lord William dej escapar un suspiro.

--Pues bien, aadi, yo voy a controsla.

Y como en esto haban llegado al camino real, pusieron sus caballos
juntos y tomaron el galope.

--Mi querido Evandale, dijo entonces lord William, nuestra madre estaba
muy enferma, y los mdicos desesperaban de salvarla. Pero parece sin
embargo, que haba todava remedio. Tom fue a ver a un famoso mdico
escocs que viva en Perth.....

--John Pembrock, no es verdad?

--Justamente.

--Y John Pembrock no fue ms afortunado que los otros mdicos sin duda.

--John Pembrock se hizo describir por Tom todos los sntomas de la
enfermedad.

--Ya! y no vino al castillo..... no es eso?

--Al contrario, sin duda vio esperanza de xito, pues se present
aquella misma noche en el puente levadizo de Old-Pembleton.--Pero
desgraciadamente no vena solo.

--Ah!

--Un hombre lo acompaaba, y ese hombre era el mendigo que acabamos de
ver.

Ahora bien, amigo mo, prosigui lord William, debo deciros ante todo,
que nuestra santa madre, se hallaba perseguida haca muchos aos por
misteriosos e inexplicables terrores.--Tom, que posea toda su
confianza, no ha querido jams explicarse francamente conmigo sobre
esto.

Nuestra madre se haba refugiado pues en Old-Pembleton, y todas las
noches alzaban el puente levadizo y no dejaban entrar a nadie.

Tom, conformndose con las rdenes recibidas, se neg a abrir al
mendigo: solo poda franquear la puerta a John Pembrock, el mdico que
haba prometido curar a nuestra madre.

Pero John Pembrock era un hombre de singular carcter.

Viendo que Tom no quera dejar entrar al mendigo, volvi la espalda y se
neg resueltamente a penetrar en el castillo.

--Es posible?

--En aquel mismo instante se volvi a Perth.

--Al da siguiente encontraron muerta a nuestra pobre madre.

--Y bien, dijo sir Evandale, en todo eso veo que John Pembrock era un
miserable; pero, en cuanto al pobre Indio, no ha sido en rigor sino la
causa bien inocente.....

--Sea, repuso lord William, pero su vista me oprime siempre el corazn.

--Lo encontris con frecuencia?

--Con demasiada frecuencia! Siempre anda por estos alrededores.

--Y cmo se hace que ese hombre, nacido a cuatro mil leguas de aqu,
se haya establecido en nuestras montaas?

--Cosa es en efecto bien singular y que no sabr deciros.

--Tom debe de saberlo.

--Lo sabe todava menos que yo, as como todos los habitantes de la
comarca.

Ese mendigo, a quien llaman Nizam, pasa las noches en los bosques, y
solo se le ve de da a la puerta de las poblaciones o de las casas de
campo.

Adems no se le conoce oficio alguno.

--Oh! respecto a eso no hay que extraar, observ sir Evandale, el
pobre es ya viejo.

--Es viejo, pero bastante gil y robusto an para poder ocuparse de un
trabajo cualquiera.

--Hace poco he notado una cosa bien singular, milord, dijo sir Evandale.

--Cul?

--Vos le habis echado una guinea, no es verdad?

--S.

--No creo que se halle acostumbrado a semejantes limosnas.

--Ciertamente que no: por lo comn no recoge ms que medio penique
cuando tiende la mano. Y bien, veamos, qu habis notado?

--Al irse, os ha lanzado una mirada de odio.

--Oh! lo comprendo muy bien. Ese hombre es un malvado.

--Y en cambio, a m me ha mirado de muy distinto modo, aadi sir
Evandale.

--De veras?

--Si, me ha mirado afectuosamente.

--Bah!

--Y aun con cierta emocin.

--Qu queris? exclam lord William rindose, eso no prueba ms sino
que tenis el don de agradarle, mientras que yo le soy antiptico.

Sir Evandale se sonri de una manera equivoca.

--Eso no debe importaros, milord, dijo, hartas compensaciones tenis.

--Qu queris decir?

--Toma!... si ese pobre Indio manifiesta algn apego hacia m, vos
tenis en cambio otras personas que os adoran y que pasaran su vida a
vuestros pies, y que, estando a nuestro servicio, ni aun se dan la pena
de disimular la aversin que me tienen.

Lord William se encogi de hombros.

--Apuesto, dijo, a que aluds a ese pobre Tom.

--Por qu negarlo? Hablo de Tom y de su mujer Betzy.

--Creis que no os aman?

--Seguramente.

--Qu extraa idea!

--Oh! por lo dems, yo les pago en la misma moneda.

--Hermano!....

--Estoy en mi derecho, prosigui con impetuosidad sir Evandale; y si en
vez de ser un pobre segundn de la familia, fuese yo como vos lord
Pembleton, seor de este pas, dueo del antiguo solar y de la quinta
moderna..... si dentro de un ao debiera yo formar parte de la Cmara
alta.....

--Y bien, qu harais? respondi Lord William.

--Empezara por arrojar de mi presencia a Tom y a su mujer.

--Y harais muy mal, dijo severamente lord William.

Sir Evandale volvi el rostro a un lado y no respondi.

--Tom es hermano de leche de nuestra madre, aadi lord William. No lo
olvidis, Evandale.

Y dicho esto, los dos hermanos apresuraron el paso de sus monturas, y no
cambiaron una palabra ms.

Bien pronto penetraron en el bosque.

A poco trecho entraron por una de las alamedas que lo atravesaban de
parte, a parte, y ya all, descubrieron a unos trescientos pasos de
distancia, una numerosa cabalgada de cazadores igualmente vestidos de
rojo, y entro ellos el traje blanco de una amazona.

El rostro de lord William revel a esta vista una vivsima emocin,
mientras que en el de su hermano se pint el despecho, al mismo tiempo
que le diriga a hurtadillas una mirada de odio y de envidia.

--Ved a miss Anna! dijo lord William.

Y espoleando a su caballo, volvi a tomar el galope.




XXIII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




IX


Miss Anna cabalgaba graciosamente en medio de una lucida cuadrilla de
caballeros que se agrupaban galantemente a su rededor.

Toda la flor y nata del condado se hallaba all, y cada uno de aquellos
apuestos galanes suspiraba al contemplar a miss Anna.

Es verdad tambin que miss Anna era en extremo hermosa. Tena diez y
ocho aos, y a esto se aada otra ventaja incontestable; y es que era
muy rica, cosa bastante rara en una inglesa.

El que lograr su mano, alcanzara no solamente la posesin de una
beldad incomparable, sino tambin una de las herederas ms opulentas del
Reino Unido.

Esta joven era hija de sir Archibaldo Curton, baronet millonario y
miembro influyente de la Cmara de los Comunes.

Sir Archibaldo, segundn de familia, se haba expatriado en su juventud,
pasando a las Indias, donde no haba desdeado dedicarse al comercio,
aunque perteneca a la aristocracia.

Haba hecho una fortuna colosal, casndose luego con la hija de un
nabab, que le haba llevado otra fortuna, y de esta unin tuvo una sola
hija, que era miss Anna.

La magnfica quinta de recreo de sir Archibaldo, que era casi una
residencia real, se hallaba en el llano, a unas tres millas inglesas de
la de lord William Pembleton.

Lord William y sir Archibaldo se vieron como vecinos y se visitaron con
frecuencia.

Lord William acab naturalmente por enamorarse de miss Anna, y esta se
ruborizaba cada vez que vea al joven lord.

Un da al fin,--habra de esto seis meses,--lord William haba hecho una
visita solemne a sir Archibaldo, y le haba dicho sin prembulos:

--Amo a miss Anna, y solicito el honor de unirme a ella en matrimonio.

A lo cual sir Archibaldo haba respondido:

--Creo haber notado que mi hija os ama tambin: y por lo que a mi hace,
tengo a mucho honor la demanda que me hacis.

Lord William dej escapar una exclamacin de alegra.

Pero sir Archibaldo respondiendo a aquel movimiento juvenil con una
sonrisa, se haba apresurado a aadir:

--No os alegris tan pronto, milord; nada hay todava seguro, y las
cosas irn ms lentamente de lo que suponis.

Lord William se haba quedado mirando a sir Archibaldo con sorpresa.

Este prosigui:

--Probablemente debis saber que yo he estado casado con una India. Mi
esposa, que tuve el dolor de perder hace mucho tiempo, era hija del
nabab Moussamy, el ms rico de los que habitan el Punjab.

--Y bien? exclam lord William.

--Mi hija es su heredera.

--Bien.

--Y en razn de ese ttulo, yo no puedo casarla sin el consentimiento
del nabab.

Lord William frunci el entrecejo.

--Pero tranquilizaos, aadi sir Archibaldo. El viejo nabab adora a su
nieta.

--Ah!

--Y de consiguiente quiere todo lo que ella quiere. Y si en esta ocasin
miss Anna.......

Al or esto, lord William se sonroj como una doncella.

Lord William saba que miss Anna le amaba.

Esta conferencia entre el joven lord y el baronet, y la que tuvo lugar
en seguida entre el padre y la hija, haban permanecido secretas.

Lo mismo sucedi respecto a la misiva que le enviara al nabab, y que
haban escrito con gran misterio.

As todos los nobles gentlemen del condado, y aun los que desde Londres
perseguan a miss Anna con sus pretensiones, no haban perdido la
esperanza, y la hacan una corte asidua mecidos por las ms dulces
esperanzas.

Miss Anna no alentaba ni desalentaba a ninguno, y entretanto tomaba
parte en todas las diversiones que se improvisaban en su honor y que
servan de pretexto para gozar de su compaa.

La caza, por otra parte, era su pasin favorita; e intrpida amazona,
segua a caballo a los ms atrevidos cazadores, saltando con ellos los
fosos y los vallados.

Adems sir Archibaldo tena tambin pasin por la caza, y dos veces por
semana, al menos, convidaba a sus vecinos a alguna partida en sus
magnficos bosques.

A una de estas reuniones ordinarias, era pues adonde acudan aquella
maana lord William y su hermano sir Evandale.

Ya hemos visto como el primero, al descubrir a miss Anna en medio de su
brillante escolta de adoradores, haba excitado a su caballo y salido al
galope.

Sir Evandale, que se qued algunos pasos de tras, dirigi a su hermano
una ardiente mirada de odio.

La joven miss pareca ms animada que de costumbre y su rostro estaba
radiante de hermosura.

Al ver llegar a lord William se ruboriz de una manera bien visible, y
tendindole la mano le dijo:

--Milord, creo que mi padre tiene que daros una buena noticia.

Lord William se sonroj a su vez.

Todos se quedaron mirndolo con una curiosidad envidiosa, y al mismo
tiempo sir Archibaldo se adelant hacia l.

--Milord, le dijo, la respuesta que esperbamos de la India ha llegado.

Al encendido rubor que coloraba el rostro de lord William, se sucedi
sbitamente una palidez mortal.

Sir Archibaldo prosigui:

--El nabab Moussamy consiente en el matrimonio de miss Anna.

Y dirigindose a los gentlemen que los rodeaban, aadi:

--Seores, tengo el honor de anunciaros el prximo casamiento de miss
Anna, mi hija, con el noble par de Inglaterra lord William Pembleton.

Muchos de los que oyeron esta solemne declaracin se mordieron los
labios, y en medio de los parabienes que se apresuraron a prodigar,
ahogaron ms de un suspiro y ms de un sentimiento de despecho mal
disimulado.

Pero el que palideci ms visiblemente y sufri ms sin duda, fue sir
Evandale.

Sin embargo su rostro permaneci impasible, y la viva emocin interior
que trastorn todo su ser, se manifest nicamente en su palidez y en un
ligero estremecimiento de los labios.

De repente sir Archibaldo pareci distinguirlo entre los dems
caballeros que le rodeaban, y le dirigi directamente la palabra.

--Hola! sir Evandale, le dijo, tambin tengo para vos una buena
noticia.

--Para m? exclam sir Evandale estremecindose.

--Para vos.

--Oh! Os burlis?....

--No habais solicitado entrar a servir en el ejrcito de la India?

--En efecto, respondi sir Evandale.

--Pues bien vuestro despacho de capitn de cipayos me ha llegado esta
maana.

--Y podis dar las gracias a sir Archibaldo, hermano, dijo lord William.

--Ah! exclam sir Evandale.

--S, prosigui el joven lord, puesto que debis vuestro grado a su
apoyo y al de sus amigos de Londres.

Y aadi, creyendo que la emocin que se pintaba en el rostro de su
hermano era de alegra:

--Pero, no partiris de seguida, no es verdad?

--Sois el jefe de nuestra casa, respondi irnicamente sir Evandale, y
por lo tanto a vos os toca mandar y a m obedecer.

--Pues bien, dijo lord William sonrindose, os ordeno permanecer algunos
das an a mi lado, y asistir a mi matrimonio.

--Seris obedecido, murmur sir Evandale con acento feroz.

--Vamos, todo eso est muy bien, dijo sir Archibaldo. Ahora, seores,
la seal a los ojeadores y corramos la caza!

* * *

A poco empez el ojeo, la zorra hua ya fuera de su camada, los perros
ladraban con furor, los caballos galopaban en todas direcciones, y las
trompas de caza resonaban por la llanura.

Sin embargo uno de los gentlemen no haba seguido la caza.

Al partir sus compaeros se haba detenido en un recodo del bosque, y
apendose al pie de un rbol, haba atado a l su caballo y se haba
sentado sobre la yerba.

Vease pintada en su rostro la lucha de las ms encontradas y
detestables pasiones, y sus ojos vertan lgrimas de rabia.

--Fatalidad!....... deca, injusticia de la suerte!..... Ambos somos
hijos de los mismos padres..... la misma sangre corre por nuestras
venas; y sin embargo todo es para l, la fortuna, el rango, las
dignidades!..... y como si esto no bastara, hasta me arrebata a miss
Anna!

Yo en tanto debo contentarme con una charretera en el ejrcito de la
India... ese es todo el porvenir que me ha dado mi familia.

Es una burla del destino?

Oh! ese hombre es mi hermano..... pero lo odio..... lo aborrezco con
toda mi alma!

Sir Evandale, fuera de s de ira, haba pronunciado estas ltimas
palabras en voz alta, creyndose absolutamente solo.

Y sin embargo se engaaba.

No haba acabado de hablar, cuando se entreabri el ramaje de un rbol
vecino, y apareci entre las hojas una cabeza bronceada, coronada de
cabellos blancos e iluminada por dos ojos que brillaban como tizones
encendidos.

--El Indio! murmur aterrado sir Evandale.

--S, el Indio, repuso una voz sorda e irnica, el Indio que es tu amigo
y que viene a ofrecerte sus servicios. l aborrece como t a lord
William, con un odio inextinguible y mortal.




XXIV

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




X


Sir Evandale contemplaba al Indio con un asombro que no estaba exento de
temor.

Aquel hombre poda considerarse como viejo, si solo se fijaba la
atencin en sus canas, pero los rasgos de su fisonoma rebosaban
juventud y, cosa extraa, sin el color bronceado de su rostro, se le
hubiera tomado por un europeo, tanto se acercaban sus facciones al tipo
de la raza caucsica.

Sin embargo, no se crea por esto que era bello, pues si sus facciones
eran nobles y correctas, su rostro estaba desfigurado por profundas
cicatrices que notablemente le afeaban.

Cuando el Indio iba por los caminos implorando la caridad de los
transentes, sola levantarse las mangas del vestido y entreabrir la
camisa; y todos los que llegaban a verle por un momento los brazos o el
pecho, experimentaban un vivo sentimiento de horror.

El cuerpo de aquel hombre estaba cubierto de heridas horribles; heridas
cicatrizadas, es verdad, pero no por eso menos repugnantes, pues la piel
que las cubra se haba formado de una manera incompleta y era
trasparente como una tela de cebolla.

Algunas veces, este Indio, que ya hemos visto se llamaba Nizam, con el
objeto de enternecer a sus oyentes, sola contarles su historia.

Un da, segn l, haba sido sorprendido por un tigre en una pagoda, en
el momento en que rezaba devotamente sus oraciones, arrastrado hasta un
juncal inmediato, y entregado a la voracidad de sus cachorros.

Cmo haba podido escapar a aquella camada de tigres?

Para explicar esto, Nizam contaba un hecho bien extrao.

En el momento en que los hijuelos del tigre le laceraban el cuerpo con
sus garras y que, bajo los ojos de su madre, jugaban con su cuerpo
palpitante, aunque lleno de vida an; en tanto que resignado, como todos
los hombres de su raza, esperaba la espantosa muerte que le estaba
reservada; se oy de repente un ruido muy semejante al fragor de un
trueno lejano.

Los tigres, abandonando su presa, parecieron consultarse con la mirada.

La madre manifest una inquietud recelosa.

El ruido continuaba en tanto y pareca aproximarse; y al mismo tiempo
temblaba la tierra, como si marchara por ella un ejrcito de gigantes.

Entonces el tigre dio un bufido ronco, y tom la fuga con sus hijuelos,
abandonando al desgraciado Indio que, aunque cubierto de horribles
heridas, viva an.

Pero Nizam no se haba salvado por esto.

Aquel ruido formidable, que acreca sin cesar, y que se oa ya a corta
distancia, el pobre Indio lo haba reconocido........

Era una tropa de elefantes que atravesaba la espesura.

Nizam cruelmente herido y sin fuerzas para moverse, haca tristes
reflexiones.

--Los tigres no me han acabado, se deca, pero los elefantes pasarn
sobre mi cuerpo y me aplastarn bajo sus pies.

Pero Nizam se engaaba y juzgaba mal a los elefantes.

Estos iban en nmero de ms de doscientos.

De dnde venan?... A qu punto se encaminaban en compaa tan
numerosa?

Nizam juzg que aquellos animales emigraban, pues llevaban consigo a
sus hembras y sus hijuelos, y en medio de ellos marchaban los elefantes
viejos, que se distinguan por sus orejas enteramente blancas.

Un jefe iba a la cabeza, a ms de cien pasos delante de la columna.

Aquel jefe era un elefante blanco.

El elefante sagrado de los Indios.

Nizam, a pesar de su estado de debilidad, lo descubri desde lejos, y
como el pobre Indio era un piadoso servidor del dios Wichnou, pens que
aquel dios enviaba al animal sagrado en su ayuda.

Y Nizam no se engaaba.

Cuando el elefante lleg a cierta distancia, se acerc a l, se detuvo,
baj la trompa, la rode al cuerpo del Indio, y lo coloc blandamente
sobre su cuello.

Luego continu su marcha, siempre seguido por el formidable ejrcito que
mandaba.

Los elefantes salieron a poco del juncal, y llegaron a una vasta llanura
cultivada, en medio de la cual se vea una aldea india.

Entonces el elefante blanco volvi a coger a Nizam y lo coloc a orillas
de un campo de arroz; y fijando en l esa mirada de su raza, que tiene
algo de humano, pareci decirle, segn crey comprender el pobre herido:

--Aqu te hallas bajo la proteccin de los hombres, que son tus
hermanos, y no tienes nada que temer de los tigres.

As fue como Nizam se salv de una muerte cierta. Socorrido por los
habitantes de aquella aldea, sus heridas se cicatrizaron una a una; pero
la piel no volvi a formarse, y haba sido reemplazada por una membrana
viscosa que dejaba ver los msculos y las venas de los miembros.

Pero, por qu Nizam haba dejado la India?

Por qu y para qu vino a Londres, y por qu haba abandonado luego
esta ciudad para venir a vivir mendigando en el condado de
Northumberland?

Esto es lo que el Indio no deca.

Tal era el hombre que acababa de aparecerse a sir Evandale, en el
momento en que se abandonaba a los arrebatos de su odio y de su sombra
desesperacin.

Nizam se desliz al pie del rbol donde se haba escondido, y sin el
menor embarazo vino a sentarse al lado de sir Evandale.

Este, ya lo hemos dicho, lo miraba con un asombro que no estaba exento
de miedo.

El Indio adivin este sentimiento en el joven, y se apresur a decirle:

--No temis nada de m. Os soy adicto, como lo es la liana al rbol a
cuyo tronco se enlaza.

Y como sir Evandale continuase mirndole con recelo y sin responderle:

--Os amo como un perro a su amo, como un esclavo fiel a su seor, aadi
el Indio con emocin, y toda mi sangre es vuestra.

--De veras? dijo sir Evandale.

--Os amo, prosigui Nizam, y quisiera haceros lord.

--Oh!... oh!

--Tal como os lo digo.

Sir Evandale inclin la cabeza y exhal un suspiro.

--Desgraciadamente, murmur, eso es imposible.

--No hay nada imposible, dijo sentenciosamente el Indio.

--Pero..... pobre amigo.....

--Sir Evandale, prosigui el Indio con gravedad, tenis prisa en seguir
la caza?

--No.

--Queris tener la bondad de escucharme?

--Habla cuanto quieras.

--Sir Evandale, vos amis a miss Anna.......

El joven se estremeci y no pudo ocultar su turbacin.

--Qu sabes t? exclam con forzada sonrisa.

--Sir Evandale, prosigui Nizam con su tono sentencioso, cuando
levantis los ojos, descubrs en lo alto de la montaa los elevados
muros y macizas torres de Old-Pembleton.

--Bien, y qu?

--Cuando los bajis hacia la llanura, veis las graciosas torrecillas de
New-Pembleton, la opulenta morada moderna.

--Pero en fin.....

--Y despus vuestra mirada abarca las diez leguas cuadradas de praderas,
de campos cultivados y de bosques que rodean los dos ricos dominios, y
entonces suspiris.......

Sir Evandale suspir en efecto.

--Y no podis menos que deciros, prosigui Nizam, si yo hubiera nacido
el primero..... todo eso sera mo.

--Es verdad, murmur sir Evandale con aire preocupado y sombro.

--Y mientras que todo el mundo os da el ttulo comn de gentleman, os
llamar a vuestro hermano milord.......

--Y bien, qu puedo yo hacer a todo eso?

--Muy sencillo. Ser lord a vuestra vez.

--Pero.....

--Y si yo lo quiero..... lo seris.

--T!

Y sir Evandale contempl al mendigo con sonrisa irnica.

--No riis, sir Pembleton, exclam Nizam.

El joven continuaba mirndolo con burlona curiosidad.

Entonces Nizam se levant, irgui con altivez su talle encorvado, y sus
ojos ardientes lanzaron una llama que ofusc por un momento a sir
Evandale.

--En el pas donde nos hallamos, dijo, vivo, es verdad, de la caridad
pblica, y soy un objeto de horror y de piedad para todos, pero si yo
quisiera.....

--Qu haras?... veamos.

--Hara lo que nadie puede hacer..... hara de vos..... lord Pembleton,
dijo framente el Indio.

--Ah! exclam sir Evandale estremecindose.

--Escuchadme, prosigui Nizam.

Y volvi a sentarse familiarmente al lado del hermano desheredado de
lord William Pembleton, el alto y poderoso seor y par de Inglaterra.




XXV

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XI


Como decamos pues, el Indio Nizam se haba sentado familiarmente al
lado de sir Evandale, y hasta se haba atrevido a tomarle la mano.

--Qu edad tenais, le dijo, cuando perdisteis vuestra madre?

--Unos siete aos, respondi el joven Pembleton.

--De consiguiente erais demasiado nio para que os pudieran confiar un
secreto.

Esta palabra produjo una conmocin extraa en sir Evandale.

Sin embargo no respondi y continu mirando al Indio.

--Porque yo poseo un secreto que os debo confiar, aadi este.

--Un secreto?

--S, un secreto que se refiere a vuestro..... nacimiento.

--Pero, dijo sir Evandale con altivez, mi nacimiento no tiene nada de
misterioso, que yo sepa.

--S... y no.

Y diciendo esto, el mendigo clav en el joven caballero una mirada tan
resuelta y dominadora, que sir Jorge Evandale baj la cabeza, humillado
y sumiso ante aquel vagabundo.

--Decidme, prosigui Nizam, no habis odo hablar nunca de vuestro to
sir Jorge Arturo Pembleton?

--Raramente, repuso sir Evandale.

--Pero en fin, os han hablado alguna vez?

--S.

--Quin?

--Los criados de mi casa.

--Y vuestra madre?

--Jams.

--Ah! dijo Nizam soltando una carcajada satnica, no os habl nunca de
l?

--No; y an recuerdo, prosigui sir Evandale, que un da estuvo a punto
de desmayarse porque un domstico pronunci ese nombre delante de ella.

--En otro tiempo no se hubiera desmayado, murmur Nizam con voz sorda y
acento irnico.

Sir Evandale se estremeci de nuevo.

--Qu quieres decir, mendigo! exclam.

Nizam segua sonrindose.

--No pretendis humillarme con vuestro desprecio, sir Evandale, dijo.
Yo, mendigo tal que me veis, soy sin embargo poderoso; y, ya os lo he
dicho, si me escuchis, os juro que har de vos un lord, y os casar con
miss Anna, la rica heredera.......

Un vivo sentimiento de orgullo ferment en el cerebro de sir Evandale.

--Contina, dijo.

Nizam prosigui:

--Tambin debe haber un hombre en New-Pembleton que no habla jams de
sir Jorge. Ese hombre se llama Tom.

--Tom! exclam sir Evandale. Oh! a ese le aborrezco.

--Y tenis razn.

--Lo aborrezco, porque no ama ms que a mi hermano mayor... al poderoso
lord William, aadi sir Evandale.

--Si supierais otra cosa an, repuso el Indio, vuestro odio sera mucho
mayor.

--Qu es pues?

--Oh! ya os lo dir ms tarde. Por ahora no se trata de Tom.

--De quin entonces?

--De sir Jorge Pembleton.

--Pues bien, habla....

--Sir Jorge, hace veinte y dos aos,--prosigui Nizam,--era un pobre
segundn como vos. Mientras que su hermano gozaba ya de las
consideraciones debidas a su nacimiento, y que un da sera lord, se
casara con miss Evelina Ascott, y poseera una inmensa fortuna; el
pobre hermano menor estaba destinado a servir oscuramente en la marina.

--Como yo en el ejrcito de las Indias, murmur suspirando sir Evandale.

--Sin embargo sir Jorge amaba a miss Evelina.

Sir Evandale hizo un brusco movimiento.

--Y miss Evelina le amaba.....

--Mientes!

--Yo no he mentido jams, dijo framente el Indio.

Y paraliz de nuevo al joven Evandale con su mirada dominadora.

En seguida, aquel miserable mendigo, desplegando una autoridad de
maneras y de expresin y un lenguaje que nadie hubiera podido sospechar
en l, al verle mendigar por los caminos; aquel mendigo, decimos, cont
detalladamente a sir Evandale los amores misteriosos de miss Evelina y
sir Jorge; luego la vuelta de este de las Indias, y en fin aquella
noche terrible en que lady Pembleton haba faltado, a su pesar, a todos
sus deberes.

Sir Evandale le escuchaba temblando y empapada en sudor la frente. Lo
escuchaba casi sin poder respirar, y cuando el Indio hubo concluido,
dijo al fin reponindose, despus de un momento de silencio:

--Pero entonces, sir Jorge fue.....

--Vuestro padre, repuso framente el Indio.

--Mi padre!

--El que tambin haba soado hacer de vos un lord.

--Y sir Jorge..... ha muerto, no es verdad?

--Para todo el mundo, s.

--Qu quieres decir?

--Para m, no.

--Sir Jorge no ha muerto?

--Vive, os lo repito.

--Vive!

--S, y voy a probroslo.

Y al decir estas ltimas palabras, Nizam se levant rpidamente.

--Esperadme aqu, aadi, vuelvo dentro de pocos minutos.

Y desapareci entre las rboles del bosque.

Nizam se dirigi a un arroyo que corra entre la espesura, se arrodill
inclinndose en su orilla y se lav repetidas veces el rostro.

Hecho esto, volvi adonde se hallaba el joven Evandale.

Este al verlo llegar arroj un grito de sorpresa.

El color bronceado del rostro de Nizam haba desaparecido.

Nizam era blanco como un Europeo, como un Ingls.

Y como sir Evandale le miraba con estupor, el supuesto Indio le dijo:

--No preguntabais por sir Jorge?... Pues bien, heme aqu.

--Vos?..... vos? exclam el joven con asombro.

--Yo, tu padre, dijo el supuesto Indio.

Y estrechando a sir Evandale entre sus brazos, lo cubri de besos
furiosos.

* * *

Este hombre que viva haca diez aos en el pas, y que todo el mundo
llamaba Nizam el Indio, era efectivamente sir Jorge Arturo Pembleton.

Era el mismo a quien sir James Ascott haba dejado herido en una pierna
y sin movimiento, en medio de un bosque de la India poblado de tigres.

Y en la historia que Nizam contaba bajo su supuesto nombre, no haba de
falso ms que una cosa, el ataque del tigre en la pagoda de Wichnou.

Todo lo dems era verdadero.

Es decir, que atrados por sus lamentos y por el olor de la sangre,
apenas sir James hubo desaparecido, varios tigres se haban lanzado
sobre l; pero aunque lo haban mal herido, no tuvieron tiempo para
devorarlo.

La tropa de elefantes haba hecho huir a los tigres precipitadamente.

Abandonado por el elefante blanco que lo sacara del bosque, en un campo
cultivado, a orillas de un arrozal, sir Jorge haba permanecido all
muchas horas privado de sentido.

Vuelto en fin en s, se fue arrastrando como pudo, vertiendo an sangre
de sus heridas, hasta la choza de un Indio anciano que viva fuera de la
aldea.

Aquel Indio era un brahmin.

El brahmin consider como un hecho milagroso el acto que haba llevado a
cabo el elefante blanco, y no titube en afirmar a sir Jorge que era
Wichnou mismo quien, por uno de esos _avatars_, que le eran familiares,
se haba encarnado en un elefante blanco con el nico objeto de librarlo
de la muerte.

Esto era de consiguiente,--segn el buen brahmin,--un llamamiento de
Brahma a la verdadera religin, y en su opinin, el soldado ingls, as
favorecido, deba abandonar patria y creencias, y consagrarse en
adelante a la causa de sus hermanos los Indios.

Sir Jorge aparent dejarse convencer y entrar en las miras del sacerdote
indio, pues su objeto era de no aparecer de nuevo en Calcuta y de pasar
por muerto. Esto se acomodaba con sus proyectos ulteriores.

Por consiguiente, de acuerdo con el brahmin, tom todas las medidas que
pudiesen acreditar su muerte.

Un cipayo que vena por las noches a merodear en la aldea, haba sido
asesinado por los Indios.

Su cuerpo, destrozado por las aves de rapia, yaca enteramente
desfigurado en un campo inmediato.

El brahmin le puso el uniforme desgarrado de sir Jorge, y lo trasport a
la entrada de la selva.

As fue como sir Jorge pas por muerto a los ojos de todos, y fue dado
de baja en la marina inglesa.

Aqu llegaba de su relato el supuesto Nizam, cuando sir Evandale le
interrumpi dicindole:

--Pero, qu inters tenais en pasar por muerto?

El fingido Indio se sonri misteriosamente.

--Voy a decirtelo, hijo mo, respondi.

Y abraz de nuevo con pasin a sir Evandale.




XXVI

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XII


El supuesto Indio prosigui:

--Mi convalecencia fue larga.

Cerca de dos meses pas en la choza del brahmin, curndome lentamente de
mis horribles heridas.

Los tigres me haban desfigurado por completo; y hasta tal punto que
hubiera podido ir a pasearme en medio de mis antiguos compaeros y
amigos, sin que ninguno de ellos me hubiera conocido.

Pero no era ese mi proyecto.

Mi nica preocupacin, mi idea fija, se concentraba en un solo punto.

Volver a Inglaterra.

Quera a toda costa volver a ver, no ya a lady Evelina, sino al fruto de
nuestras amores... al hijo a quien yo idolatraba..... a ti en fin.

El supuesto Indio hablaba con tal emocin, que sir Evandale no poda
engaarse.

Nizam y sir Jorge no formaban ms que uno, y sir Jorge era en efecto su
padre.

Este continu:

--El brahmin, a quien yo confi una parte de mi secreto, me ense a dar
a mi rostro un color cobrizo, por medio de la decoccin de ciertas
plantas.

Me te adems el pelo y las cejas de color rojo, y acab en fin por
tomar la semejanza de ciertos Indios que tienen sangre europea en las
venas y que, bajo su piel rojiza, ostentan los rasgos ms correctos de
la fisonoma de la raza blanca.

Cambiado as, volv pblicamente a Calcuta.

Nadie lleg a conocerme.

Yo saba adems la lengua india. Fui pues a alojarme a la parte ms
retirada de la _ciudad negra_, que es el barrio de los indgenas, pues
lo que se llama la _ciudad blanca_ es donde habitan los Europeos.

Yo estaba sin dinero. Era necesario vivir en primer lugar, y en seguida
reunir una pequea suma que me permitiese costear el viaje a Inglaterra.

Mis horribles heridas llegaron a ser un objeto de curiosidad, y mi
historia, hbilmente arreglada, sirvi de anuncio para ensearme por
dinero al pblico.

Al cabo de seis meses tena bastante dinero para volver a Europa.

Me embarqu pues, y al cabo de otros seis meses de penosa
navegacin,--pues di la gran vuelta de frica, en vez de pasar por el
mar Rojo y Suez,--llegu en fin a Londres.

Durante muchos meses, mi nica ocupacin fue vagar por los parques, por
los squares y por los alrededores del palacio Pembleton.

Algunas veces tena la dicha de verte cuando te sacaba a pasear algn
lacayo.

Aqu sir Evandale interrumpi bruscamente a Nizam.

--Esperad! exclam.

--Qu? pregunt Nizam.

--Un recuerdo de mi niez que asalta mi imaginacin en este momento.

--Veamos, dijo el supuesto Indio sonrindose.

--Tendra yo a la sazn cuatro o cinco aos, prosigui sir Evandale, y
me acuerdo que me haban llevado, una hermosa tarde de invierno, a
Hyde-Parc, al margen de la Serpentina cuya superficie estaba helada.

Muchos nios de mi edad jugaban all, y algunos se divertan en
deslizarse por el hielo... y me parece ver an un rough de color atezado
que permaneca a distancia, y nos miraba jugar.

--Era yo, dijo sencillamente Nizam.

--Oh! s, erais vos, prosigui sir Evandale, os reconozco en vuestra
mirada.

--Era a ti a quien yo contemplaba.

--Ah!

--Pero contina. No te acuerdas de otra cosa?

--Oh! s. A los pocos instantes, el hielo se rompi de repente, y uno
de los nios se hundi en el ro arrojando un grito terrible.--Entonces
el rough dio un salto, se precipit en el ro y sac al nio sano y
salvo, atrayndose los aplausos de la multitud que llenaba el parque.

--Y qu ms?

--No s. Aquel hombre desapareci en seguida.

--Y no lo has vuelto a ver hasta aqu? dijo Nizam.

--Sin conocerlo; puesto que sin vuestra historia, yo no hubiera tenido
ese recuerdo de mi infancia.

--Entonces djame proseguir, dijo Nizam.

Y Nizam, o mejor dicho sir Jorge, continu en estos trminos su relato.

--Lady Evelina, dijo, dej a Londres de nuevo, y vino a establecerse en
Old-Pembleton.

Entonces, dominado por el deseo de verla furtivamente alguna vez,
emprend detrs de ella tan largo y penoso viaje.

Mis recursos estaban agotados, y as me fue forzoso el venir implorando
la caridad pblica por los caminos y parajes habitados.

Pero tras tan penoso sacrificio, no logr conseguir mi objeto. Ningn
extrao poda penetrar en Old-Pembleton.

Lady Evelina y ese maldecido Tom, haban hecho del antiguo solar una
verdadera fortaleza.

Rond muchos das intilmente por los alrededores, y la ms cruel
desesperacin se apoderaba ya de mi alma, cuando una noche..... una
noche oscura y fra, o en medio del silencio el galope de un caballo
que suba por las cuestas escarpadas del castillo.

Me acerqu entonces a un recodo del sendero, y el jinete pas cerca de
m.

Tend la mano y le ped una limosna.

El viajero me dio una corona y me dijo:

--Tienes fro, no es verdad?

--Fro y hambre, respond.

--Ven conmigo, aadi, y encontrars una buena cena al lado de un buen
fuego.

--Dnde? pregunt.

--All arriba.

Y me sealaba al mismo tiempo las torres de Old-Pembleton.

--Os engais, le dije.

--Cmo pues?

--Las puertas de ese castillo no se abren jams.

El desconocido se ech a rer.

--Ven conmigo, repiti. Tan cierto como me llam John Pembrock, mdico
algo conocido de la ciudad de Perth, te juro que esas puertas se abrirn
esta noche.

Yo le segu entonces, pero, como lo tema, Tom no quiso dejarme entrar.

Entonces, ebrio de clera, John Pembrock me tom sobre su caballo, y
volviendo riendas, me dijo al bajar a escape hacia la aldea:

--Esas gentes no tienen corazn. Tanto peor para ellos!

En efecto, al da siguiente supe que tu madre haba muerto.

--Y desde entonces, pregunt sir Evandale, habis permanecido siempre
en el pas?

--Siempre.

--Mendigando?

--S, y dichoso en medio de mi miseria, cada vez que lograba verte.

--As pues, murmur sir Evandale, vos sois sir Jorge Pembleton...

--S.

--Y de consiguiente..... mi padre.

--S, repiti el supuesto Indio con los ojos arrasados en lgrimas.

--Pues bien, padre mo, dijo sir Evandale, venid conmigo.--Yo parto en
breve para las Indias; vos me acompaaris, y all viviremos dichosos,
vos consolndome con vuestro cario, y yo rodeando de cuidados vuestra
vejez.

Sir Evandale, al decir esto, hablaba con verdadera emocin.

Nizam volvi a estrecharlo en sus brazos.

--No, hijo mo, exclam, t no irs a las Indias.

--Pero, adnde queris que vaya?

--Permanecers aqu.

--Para presenciar la dicha de un hermano a quien odio?

--No, sino para tomar su puesto.

Sir Evandale dej escapar un grito.

Nizam prosigui con una especie de exaltacin:

--T sers lord!

--Yo?

--Y te casars con miss Anna!

--Pero entonces, padre mo, dijo el joven temblando de emocin, es
necesario para eso que lord William muera.

--Tal vez.

--Y lord William es joven y est lleno de fuerza y de salud.

--Bah! dijo Nizam, la vida humana es tan poca cosa!.....

Sir Evandale hizo un gesto de terror.

--Oh! no, padre mo, exclam, pensarais acaso en matar a lord
William?

--Qu te importa?

--No!... no! dijo vivamente el joven, me opongo absolutamente a ello.

Nizam pareci reflexionar por algunos instantes.

Despus, mirando fijamente a sir Evandale:

--Pues bien, dijo, supongamos una cosa.

--Veamos.

--Supongamos que todo el mundo crea a lord William muerto, y que viva
sin embargo.

--Pero, eso es imposible!

--Todo es posible a un hombre como yo, respondi Nizam.

--Y decs que William podra pasar por muerto estando vivo?

--S.

--Y yo podr heredar su ttulo de lord?

--Positivamente.

--Y podr casarme con miss Anna?

--S, te casars con miss Anna.

--Pero, me prometis solemnemente que William no morir?

--Te lo juro!

Y Nizam dijo esto con un acento de seguridad que no dejaba lugar a la
duda.

--Oh! exclam sir Evandale, me parece que estoy posedo de un vrtigo!

--Lord Pembleton! dijo Nizam con aire de triunfo, yo te saludo!

Y el Indio desapareci entre la maleza, dejando a sir Evandale solo,
aturdido y paralizado de estupor.




XXVII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XIII


Sir Evandale err de un lado a otro, y no volvi a ver a Nizam en todo
el da.

A la cada de la tarde, el desgraciado joven se volvi triste y
pensativo a la quinta de New-Pembleton.

Lord William acababa de llegar.

--Qu ha sido de vos, hermano? le pregunt.

--He perdido la caza, respondi sir Evandale.

--De veras?

--S, y como el tiempo era magnfico y soy apasionado admirador de la
naturaleza, he seguido por senderos extraviados y agrestes, sin notar
que me alejaba ms de lo que deba de New-Pembleton.

--En fin, habis llegado, y eso es lo principal, dijo lord William
gozoso. Ah! no sabis, hermano, cuntas cosas tengo que deciros!

--A mi? exclam sir Evandale estremecindose.

--A vos.

--Ah! contest lacnicamente el joven.

Y esper a que su hermano acabara de explicarse.

--En primer lugar, prosigui lord William, os dir que soy el hombre ms
dichoso de este mundo.

--De veras!

--Dentro de tres semanas, miss Anna se llamar lady Pembleton.

--Os felicito sinceramente, murmur sir Evandale con aire embarazado.

--En segundo lugar hemos hablado mucho de vos, el padre de miss Anna y
yo.

--Y a qu propsito? pregunt sir Evandale.

--Ya os he dicho otras veces, hermano mo, prosigui el joven lord,
cunto detesto la ley inglesa que ha establecido los mayorazgos.

--Ah! repuso sir Evandale con una sonrisa irnica.

Lord William prosigui.

--Yo soy el primognito. La ley me da el ttulo, las tierras, los
seoros, un asiento en el Parlamento...

--Y a mi, nada; ya lo s, dijo sir Evandale con acento resignado.

--Y eso me indigna.

--Ah! ah! repuso sir Evandale irnicamente.

--Desgraciadamente, la ley no permite que yo renuncie todas esas
ventajas y que divida con vos la fortuna.

--Yo no os pido nada, milord, dijo secamente sir Evandale.

--Esperad un poco, hermano mo, contest lord William sonrindose
afectuosamente.

Sir Evandale se qued mirndolo.

--El padre de miss Anna y yo, hemos tenido una magnfica idea, querido
hermano.

--Ah!

--Ya sabis que miss Anna es nieta de un rajh de la India.

--En efecto.

--Un rajh fabulosamente rico.

--Y bien?

--Y que tiene un hermano rajh como l, y como l inmensamente rico.

Sir Evandale no contest y continu mirando a lord William.

--Ese hermano tiene una hija, prosigui el joven lord, una hija nica
que ser dotada como una reina.

--Y qu?

--Que el padre de miss Anna os dar cartas de recomendacin para los dos
rajhs.

--Bien.

--Y solo quedar por vos, estoy seguro, si no os casis con la bella
Dai-Natha.

--Ah! se llama Dai-Natha?

--S, hermano mo; y es muy hermosa, segn dicen.

--Os doy infinitas gracias por el cuidado que tomis de mi porvenir,
repuso el joven Pembleton.

Y su voz, al hablar as, revelaba una sorda irona.

Pero lord William no lo not, y se separ de su hermano contento y
satisfecho.

Apenas se hall solo, sir Evandale dej estallar todo su rencoroso
despecho.

--No es la hija del rajh lo que yo quiero, exclam con furor
concentrado; no, lo que quiero es miss Anna: no son plantaciones de
arroz y de ndigo lo que ambiciono..... es el solar de Pembleton y los
bosques y pastos que lo rodean..... es tus ttulos, tu nombre, tu
dignidad, lord William!

Y fue a encerrarse en su habitacin, devorado por sus bajas y criminales
pasiones.

Dos das se pasaron as.

Sir Evandale se paseaba por los alrededores, ya a pie ya a caballo, y
haba vuelto muchas veces al paraje del bosque donde Nizam le haba
contado su historia.

En vano recorri todos los caminos de la llanura y los senderos del
bosque.

El Indio Nizam permaneca invisible.

Al tercer da, y a la cada de la tarde, cuando sir Evandale volva a
New-Pembleton, triste y desalentado, hall a Tom en el patio de la
quinta.

El mayordomo estaba en traje de camino, y se dispona a montar a
caballo.

Lord William hablaba con l en voz baja.

--Adnde va Tom? pregunt sir Evandale aproximndose.

--A Londres, respondi lord William.

--Para qu?

--Va a cobrar una suma importante que tengo depositada en casa de uno de
mis banqueros.

--Ah! dijo sir Evandale.

Tom parti de seguida. Deba ir a caballo hasta la estacin prxima, y
all tomar el tren acelerado de Edimburgo a Londres.

Lord William se apoy entonces en el brazo de su hermano y dirigindose
a su gabinete, le dijo:

--La ley inglesa me obliga a conservar en mi poder todos los bienes
muebles e inmuebles de la familia, pero puedo disponer del numerario
hasta cierto punto. Ahora bien, hoy mismo acabo de entrar en posesin de
veinte mil libras esterlinas que crea perdidas. He pensado en vos, y
creo que me daris el placer de aceptarlas.

--Hermano!... murmur confuso sir Evandale.

--Tomad, aadi lord William.

Y le entreg una cartera henchida de pagars y de banknotes.

* * *

En esto haba llegado la noche.

Como a la sazn se hallaban en lo ms fuerte del esto, el da haba
sido en extremo caluroso.

As aspiraban con avidez una ligera brisa que agitaba apenas las hojas
de los rboles y refrescaba un poco la atmsfera.

Sir Evandale, despus de haberse separado de su hermano, se haba
retirado a su cuarto, y, despojndose de una parte de sus vestidos, se
ech por un momento en la cama.

Pero el estado de su espritu no le permita conciliar el sueo.

La ventana que daba frente al lecho haba permanecido abierta.

La brisa mova blandamente un rbol que tocaba casi a esta ventana, pero
pasados algunos instantes, se agit de pronto con tal fuerza
entreabriendo sus ramas, que sir Evandale se incorpor sobresaltado y
salt vivamente del lecho.

Entonces, el follaje del rbol se abri con violencia, y apareci un
hombre que, gil como un mono, salt al alfizar de la ventana.

Aquel hombre era Nizam.

--Heme aqu, dijo.

--Ah! exclam sir Evandale, tres das hace que os ando buscando.

--He estado ausente, respondi Nizam.

--Adnde habis ido?

--A Londres.

--De veras?

--Y he vuelto hace dos horas.

--Y qu habis ido a hacer a Londres?

--He ido a buscar a algunos amigos, con quienes tena necesidad de
entenderme.

--Ah! dijo sir Evandale estremecindose de nuevo.

--S, tenemos necesidad de ellos para que llegues a ser lord.

--Pero... lo lograr positivamente?

Y la voz de sir Evandale temblaba de emocin.

--Positivamente.

--Y... muy pronto?

--Antes de un mes.

--Pero no mataris a lord William, no es verdad?

--No. Ya te he dicho que no morir.

--Me lo juris?

--Te lo juro.

--Est bien, dijo sir Evandale exhalando un suspiro.

Y en seguida aadi:

--Es decir... que pasar por muerto.

--S.

--Qu haris pues de l?

--Quieres saber demasiado, hijo mo, respondi Nizam. Ms tarde! ms
tarde!

Y como asaltado de pronto por otra idea, se volvi a sir Evandale y
aadi:

--Ah! tienes algn dinero... algunas economas?... Necesito dinero.

--Precisamente he recibido hoy, dijo sir Evandale.

Y abriendo su escritorio, sac de l la cartera que le haba dado lord
William.

--Tomad, aadi.

Nizam abri la cartera y tom dos billetes de cien libras.

--Tengo bastante por el momento, dijo. Si necesito ms, te volver a
pedir.

Y dio un paso hacia la ventana, pero volvindose de pronto aadi:

--Tom ha partido, no es verdad?

--S, esta tarde.

--Entonces, dijo Nizam, cuyos ojos brillaron con un fulgor siniestro, ha
llegado la hora. Podemos obrar sin temor.

Y saliendo por la ventana, dijo an antes de descolgarse:

--Duerme tranquilo... sers lord.

Y desapareci como una sombra.




XXVIII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XIV


El calor era insoportable.

Seran las doce del da y el sol irradiaba sobre la tierra abrasada sus
rayos perpendiculares.

La campia estaba silenciosa y desierta.

Los pjaros haban cesado de cantar.

Los labradores haban abandonado el arado y haban entrado los bueyes en
sus establos.

No pareca sino que la tierra de Escocia se hallaba bajo el ecuador.

Y sin embargo, a aquella hora y bajo aquel cielo inclemente, se vea una
porcin de gente acuadrillada, que caminaba con gran trabajo por un
camino de herradura, donde sus pasos levantaban una nube de polvo.

Aquellos hombres, que iban encadenados de dos en dos, con los pies
descalzos, la cabeza afeitada y cubiertos de harapos, eran presidiarios.

Triste convoy de ladrones y asesinos, condenados en los diferentes
condados de Escocia y reunidos luego en la crcel central de Edimburgo,
eran conducidos en fin por etapas, bajo la custodia de tres capataces,
hacia el puerto de Liverpool, donde deban embarcarlos para Australia.

Estos desgraciados caminaban lentamente, cubiertos de sudor y de polvo.

Unos se quejaban y geman arrastrndose penosamente.

Los otros juraban y blasfemaban.

A veces suceda que alguno de ellos, abrumado de fatiga, se echaba por
tierra, y se negaba a marchar.

Entonces uno de los capataces levantaba su bastn y le apaleaba sin
piedad.

El desgraciado exhalaba un grito de dolor y se volva a poner en marcha.

--Teniente Percy, dijo uno de los capataces de aquella chusma,
dirigindose a su camarada, que era evidentemente su superior, a juzgar
por el galn que llevaba en la manga de su uniforme, teniente Percy, no
pensis en que sera ya tiempo de hacer un pequeo alto?

--Ya lo creo! respondi el teniente. Estis cansado, John?

--Tengo los pies hinchados.

--Yo, estoy rabiando de sed.

--Y pensar que no hay una gota de agua en este maldecido pas!...

--Eso consiste, respondi el teniente Percy filosficamente, en que la
nieve que veis all arriba en la cima de las montaas, no se ha
derretido todava.

--Y es muy probable que no se derretir jams, respondi el capataz
John.

--Lo que quiere decir, aadi Percy, que no hay que contar con ella.

--Esa es mi opinin. Pero qu diablo! se me figura que no tardaremos en
encontrar una villa, una aldea, una venta siquiera....

--A dos leguas de aqu tenemos la aldea de Pembleton.

--Ah! dos leguas, a esta hora de calor, es demasiado!

--Tranquilizaos, John, nos detendremos antes.

--Dnde?

--Veis aquella lnea negra al horizonte?

--S; es un bosque.

--A cuya orilla corre un riachuelo.

--Bien. Es all donde vamos a hacer alto?

--Sin duda. Y aun descansaremos all hasta la cada de la tarde.

--En vez de avanzar hasta la aldea de Pembleton?

--S.

--Por vida ma! que no comprendo ese singular capricho, teniente!

--En efecto, John, tengo el capricho de ganar cien libras esterlinas y
de haceros ganar cincuenta.

El capataz, estupefacto, se qued mirando al teniente Percy.

--La verdad, teniente, dijo en fin, es que el sol os ha lastimado la
cabeza?

--Por qu me preguntis eso?

--Toma! aadi John, se me figura que os burlis de m.

--De ningn modo, John.

--Pues cmo podis ganar por aqu cien libras?

--Ese es mi secreto.

--Ah!

--Y vos podis contar con cincuenta.

--Yo?

--S, amigo mo, pero para eso es necesario hacer lo que despus os
dir.

--Hablad! hablad! dijo John; cscaras! cincuenta libras! no ganamos
tanto por ao.

--Cincuenta libras esterlinas, repiti el teniente Percy.

--Pero......

El teniente se sonri y gui el ojo maliciosamente.

--Sois demasiado curioso, John. Un poco de paciencia.

Y el teniente Percy no pronunci ms palabra.

Los presidiarios haban percibido tambin el bosque y lo miraban con
ansiedad.

--Perra canalla! les grit el teniente, no jadeis as ni saquis la
lengua..... un poco de nimo! Dentro de un cuarto de hora
descansaremos, y tendris agua para apagar la sed.

Esta promesa reanim a aquellos desgraciados.

Iban en nmero de ocho encadenados de dos en dos, y atados a una cuerda
que les obligaba a ir en fila.

Detrs de la cadena marchaba una mula, que conduca por el ronzal otro
capataz, y sobre la cual iba un hombre echado como un fardo.

Aquel hombre, que apenas tendra veinte aos, era un pobre presidiario
que haban tomado en el camino, sacndolo del hospital de la crcel de
Perth donde se hallaba.

Tena el rostro embotado y cubierto de una lepra asquerosa, y su aspecto
era tan repugnante, que el pobre diablo haba venido a ser un objeto de
horror, hasta para aquellos hombres degradados que eran sus compaeros
de infortunio.

Cuando la cadena haca alto, la mula se quedaba atrs, y nadie hubiera
osado acercarse a aquel infeliz, pues haba corrido el rumor entre
aquella gente de que la enfermedad de su compaero era contagiosa.

El capataz se pona unos guantes para darle de beber o de comer.

Por lo dems, aquel desgraciado estaba casi idiota y no hablaba una
palabra.

Qu crmen haba cometido?

Nadie lo saba.

Todo lo que haban podido averiguar es que estaba condenado a la
deportacin por cinco aos.

Los presidiarios llegaron en fin a la entrada del bosque.

--Alto! orden el teniente Percy.

Pero, en vez de detenerse, los presidiarios se precipitaron hacia el
riachuelo, por cuyo lveo corra un chorro de agua.

All, echados por tierra, bebieron vidamente, y despus que hubieron
apagado la sed, los capataces les distribuyeron algunos alimentos
groseros, y el teniente Percy les dijo:

--Ahora, si tenis sueo, podis dormir a vuestras anchas.

Aqu permaneceremos hasta entrada la noche.

Con esto los desgraciados se acostaron dos a dos en la yerba a la sombra
de los rboles, y media hora despus todos dorman profundamente.

Pero el teniente Percy y su segundo el capataz John, no dorman por su
parte.

Sentados en un ribazo, a notable distancia de aquella _escoria humana_,
como ellos la llamaban, en vez de gustar las dulzuras del sueo,
departan en voz baja.

--S, John, amigo mo, hay medio de ganar en el lindero de este bosque
ciento cincuenta libras esterlinas..... ciento para m, cincuenta para
vos, deca el teniente Percy.

--Y qu hay que hacer para eso? pregunt John.

--Escuchad y lo sabris. No habis notado que cuando nos detuvimos en
Perth para hacernos cargo del presidiario que no puede andar, el
alcaide de la crcel me entreg un canuto de hoja de lata?

--S, el que llevis colgado a la cintura.

--Este es en efecto.

--Bien, dijo John, y qu?

--Sabis lo que contiene?

--No, a fe ma. No me he atrevido a preguntroslo.

--Esta caja contiene una vbora azul.

--Y qu es eso?

--Un reptil de la India, grande como el dedo meique.

--Y cuya picadura es mortal?

--No. Pero el veneno de esta vbora tiene una propiedad particular no
menos terrible.

--Ah!

--Hace hincharse el cuerpo, y especialmente el rostro, que se cubre de
una lepra asquerosa, al cabo de pocas horas, y el infeliz a quien el
reptil ha inoculado su veneno, cae por ms o menos tiempo en un completo
idiotismo.

--Pero entonces, dijo John, ese desgraciado que viene en la mula, ha
sido picado por esa vbora?

--S.

--Y como ha sucedido eso?

--Muy sencillamente. El carcelero la desliz en su cama la antevspera
de nuestra llegada a Perth. Ese pobre mozo era un vigoroso joven, sano
de cuerpo y de espritu; y ahora, ya lo veis, se ha convertido en un
miserable idiota, cuya vista causa horror.

--Pero hay una cosa que no me explico, dijo John, por qu el carcelero
de Perth ha cometido esa mala accin?

--Con el fin de ganar tambin por su parte otras cien libras.

--Ahora lo comprendo menos.

El teniente Percy se ech a rer.

--Hay por esos mundos de Dios, dijo, un hombre bastante poderoso para
comprar a todos los empleados de presidio de la libre Inglaterra.

--Ah! Y..... ese hombre.......

--Chito! dijo el teniente Percy, dentro de un rato os pondr al
corriente de todo.......

Y se levant de pronto aadiendo:

--Esperad!

Un hombre acostado en la yerba a algunos pasos de distancia, y cuya
presencia nadie hubiera podido sospechar, levant la cabeza en este
momento, y mirando al teniente Percy, le hizo un signo misterioso.

Aquel hombre era el Indio Nizam.




XXIX

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XV


El Indio Nizam se puso lentamente en pie, mir a los presidiarios que
seguan durmiendo, y se adelant con precaucin.

Despus observ con atencin a los capataces y dirigindose a Percy, le
dijo.

--Sois vos el teniente?

--S, el teniente Percy, respondi este.

--Bien. Yo soy la persona que os esperaba.

--Lo haba adivinado, dijo el teniente.

--Me trais el insecto?

--S, aqu est en esta lata.

Y el teniente Percy dio la caja a Nizam.

Este sac entonces del bolsillo una cartera grasienta y tom de ella dos
billetes de veinte y cinco libras cada uno.

--Aqu tenis cincuenta libras, dijo, a cuenta de las ciento cincuenta
prometidas.

--Bien, repuso el teniente, ahora espero vuestras rdenes.

--Pasaris aqu el resto de la noche, dijo Nizam.

--Bueno.

--Despus, maana muy temprano os pondris en marcha y haris de nuevo
alto en la aldea de Pembleton.

El teniente se inclin en seal de asentimiento.

--Ya all, simularis una indisposicin, y diris a vuestra chusma que
es necesario detenerse...

--Cunto tiempo debo permanecer en Pembleton?

--No lo s an, repuso Nizam; eso depender de los acontecimientos. Por
lo dems pienso que los desgraciados que ah conducs no estarn muy de
prisa.

--Oh! Ya lo creo que no.

--Y que si encuentran descanso y que comer y beber en Pembleton, estarn
muy satisfechos de permanecer all un par de das.

--S por cierto, dijo Percy; con el tiempo canicular que hace sobre
todo, esa canalla no marcha sino a palos.....

--Escuchadme, dijo Nizam interrumpindole; hay, all arriba, cerca de
Pembleton, y al lado mismo de la verja del parque una posada que linda
con la carretera.

--Es all dnde debemos detenernos?

--S. El posadero est ganado por m. Albergar vuestros forzados en una
cueva espaciosa, y dejar el resto de la posada para vos, vuestros
compaeros y el desgraciado idiota que conducs en una mula.

--Perfectamente, dijo el teniente Percy. Y despus?

--Despus, os lo repito, contest Nizam, esperaris all nuevas
instrucciones.

Y al decir esto, Nizam guard cuidadosamente el canuto de hoja de lata,
y se separ de aquellos dos hombres.

Los forzados seguan durmiendo.

En cuanto a su compaero, el pobre diablo que haba sido picado por la
vbora azul, ese estaba acostado sobre la yerba cerca de la mula, y
lanzaba gritos inarticulados.

Nizam desapareci a travs de los rboles.

Aunque ya viejo, el antiguo segundn de la familia Pembleton se
conservaba fuerte y gil, y as, apenas se hall fuera del alcance de la
vista, se ech a correr a todo escape.

Corra saltando zanjas y barrancos, y atravesaba la maleza, como un gamo
perseguido por una jaura numerosa y ardiente.

As lleg sin detenerse hasta unas tapias bastante elevadas, tapias que
formaban la cerca de la posesin de New-Pembleton.

Pero como el parque tena muchas leguas de contorno, la quinta se
hallaba bastante lejos de aquel sitio.

Nizam escal la tapia con una agilidad increble y, saltando al parque,
continu corriendo su camino.

Al cabo de un cuarto de hora, se detuvo algunos instantes para tomar
aliento.

Despus dio algunos pasos an y se detuvo de nuevo.

Seguramente, a juzgar por sus movimientos, Nizam buscaba alguna cosa o
esperaba una sea.

Pero de repente pareci despertarse su atencin, y echndose
precipitadamente entre unas matas espesas, se acost en ellas boca
abajo.

Aquella espesura se hallaba al lado de una de esas calles enarenadas que
los Ingleses trazan circularmente en sus parques y jardines.

Nizam prest el odo, escuchando atentamente un ruido lejano.

Este ruido se fue aproximando, hacindose cada vez ms distinto, y
entonces pudo comprender que lo ocasionaba el trote de muchos caballos,
y el roce de las ruedas de un carruaje sobre la arena.

Inmvil y reteniendo el aliento, Nizam miraba a travs de la espesura.

As pudo ver un gran land abierto, tirado por cuatro caballos,
precedido de un postilln y seguido por dos lacayos con librea roja,
sobre dos vigorosos poneys de Escocia.

El land pas muy cerca de Nizam, y este pudo ver que iban en l lord
William, sir Archibaldo y su hija miss Anna, la prometida del heredero
de Pembleton.

El supuesto Indio permaneci echado en tierra hasta que se alej
bastante el carruaje.

Cuando juzg que se hallaba a gran distancia, se levant cautelosamente
y sigui su camino hacia la quinta.

Ya descubra a travs de los rboles las torrecillas blancas y los
ventanas ojivales, as como las blancas estatuas diseminadas en las
avenidas, destacndose sobre los cuadros de csped y el verde follaje
del fondo; cuando Nizam se detuvo otra vez y fij cuidadosamente su
atencin.

Un joven se hallaba sentado en un banco delante de la casa, y pareca
absorto en la lectura.

Nizam ech una mirada en su rededor y, en vez de emprender de nuevo su
carrera, avanz arrastrndose penosamente, como un hombre abrumado de
fatiga.

De este modo, se dirigi hacia el joven que estaba sentado y leyendo
delante de la casa.

Sir Evandale, pues, era en efecto este, oy sus pasos y levant la
cabeza.

--Una limosna por el amor de Dios, dijo Nizam con voz doliente,
alargando la mano.

Sir Evandale le dio una corona.

Nizam ech una mirada furtiva en su rededor.

--Creo que estamos solos, dijo por lo bajo.

--S. Unos han partido y los dems duermen la siesta.

--Entonces podemos hablar.

Y el falso mendigo continu en su posicin respetuosa, permaneciendo de
pie delante del joven.

--Qu vens a decirme? le pregunt entonces sir Evandale.

--Que todo est pronto.

Sir Evandale se estremeci de pies a cabeza.

--Los presidiarios han llegado.....

--Ah!

--Y la vbora tambin.

Y diciendo esto, Nizam entreabri la miserable hopalanda que le cubra,
y ense el canuto de hoja de lata que llevaba suspendido al cuello.

--Sir Jorge, dijo entonces con profunda emocin el joven Evandale,
requiero de vos de nuevo el solemne juramento que me habis hecho.

--Cmo? exclam Nizam.

--Juradme que la picadura de esa vbora no es mortal.

--Lo juro una y mil veces! dijo Nizam; pero si mi juramento no te
basta, baja maana a la aldea de Pembleton.

--Para qu?

--All vers a los forzados y te ensearn al pobre diablo a quien ha
picado esa vbora. Entonces podrs convencerte de que a pesar de la
mscara de lepra que le cubre, est lleno de salud y de vida.

--Est bien; os creo.

--Ahora, prosigui Nizam, ha llegado el caso de que recordemos el
proverbio: _Aydate y el cielo te ayudar_.

--El infierno querris decir, respondi Evandale con amarga sonrisa.

--Sea, no me opongo a ello, dijo Nizam.

--Y qu esperis de m? pregunt el joven.

--Dme, tu hermano no ha ido a acompaar a sir Archibaldo y a miss
Anna?

--S.

--Cundo volver?

--Va a comer con ellos, y de consiguiente no volver hasta muy tarde.

--Es posible ir de tu cuarto al suyo sin encontrar a nadie?

--S, pasando por la biblioteca.

--Entonces esprame esta noche en tu cuarto.

--A qu hora?

--A las ocho; cuando cierre completamente la noche.

--Vendris por el mismo camino?

--S, por el rbol que me sirve de escala.

Sir Evandale hizo un signo de asentimiento, y el fingido mendigo,
respondiendo con un profundo saludo, se retir por la avenida que
conduca a la verja.

* * *

Aquella noche en efecto, sir Evandale se retir temprano a su cuarto, y
dej abierta la ventana que daba al parque.

A la hora convenida, las ramas del rbol se entreabrieron, y Nizam salt
vivamente al alfizar de la ventana y de all al cuarto donde el joven
le esperaba.

--Lord William no ha vuelto an? pregunt sir Jorge.

--No.

--Vamos pues.

Sir Evandale estaba plido y temblando.

Al or a Nizam, sinti una especie de desfallecimiento, y murmur con
voz agitada:

--Ah! no... no quiero!

--Imbcil! respondi Nizam, no amas a miss Anna?

Estas palabras penetraron como un dardo en el corazn de sir Evandale.

--Vamos! dijo con voz sorda.

Y abri precipitadamente una puerta que daba a una galera convertida en
biblioteca.

Al fin de aquella galera haba otra puerta que daba acceso al
dormitorio del joven lord.

Los dos miserables se deslizaron sin ruido en aquel cuarto, y en seguida
fueron a asegurarse de que nadie se hallaba en el gabinete contiguo.

Luego, sir Evandale se acerc al lecho de su hermano y levant un poco
las cortinas.

Entonces Nizam introdujo la lata entre las sbanas y la abri.

En aquel momento se dej or un silbido.

La vbora se desliz en el lecho, y volvieron a caer las cortinas.

Sir Jorge y su hijo salieron corriendo del cuarto, y pocos instantes
despus, el primero hua por donde haba venido, diciendo:

--Hasta maana!

Y sir Evandale, inundada en sudor la frente, caa en una silla
murmurando:

--Es horrible!.... horrible!... pero ser lord!




XXX

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XVI


Dos horas despus de haber desaparecido Nizam, lord William volva a
New-Pembleton.

Sir Evandale le esperaba en el saln del piso bajo.

El joven lord vena radiante de alegra.

--Ah! querido hermano mo! dijo echndose en sus brazos, no se cmo
expresarte mi dicha!.... soy el ms feliz de los hombres!

--Me complace en extremo, hermano, repuso sir Evandale con una punta de
irona.

--Miss Anna, me ama, prosigui lord William.

Lord Evandale no respondi una palabra, y el joven lord prosigui con
entusiasmo:

--S, me ama, amigo mo; esta noche me ha confiado el secreto de su
corazn.

--De veras! dijo sir Evandale.

--Sir Archibaldo nos haba dejado solos, prosigui lord William, y nos
hallbamos en un cenador del jardn cerca de la casa.....

Miss Anna, aprovechando aquella coyuntura, puso su lindsima mano entre
las mas, aadi con emocin el joven lord, y me dijo en voz baja:

--Deseaba hablaros a solas.

Y como yo la mirase con extraeza, casi con inquietud:

--Milord, continu, no quiero llegar a ser vuestra esposa, sin que
hayis ledo en el fondo de mi corazn.--Milord, yo os amo... os amo, no
porque sois un noble de elevada raza, no porque sois lord y par del
reino y formaris parte de la Cmara alta..... os amo solamente por vos,
porque sois bueno, porque el sonido de vuestra voz llena mi alma de un
xtasis delicioso.

Yo llev su mano a mis labios y la cubr de besos.

Miss Anna prosigui:

--He querido que sepis esto de mi boca, milord, y que os penetris bien
de que yo no he hecho ninguno de los mezquinos clculos de mi padre.

--Qu clculos? pregunt yo admirado.

--Mi padre, prosigui miss Anna, es, como sabis, muy rico, pero es de
baja nobleza, apenas esquire.

--Oh! y qu importa?.....

--Por eso tiene en mucho vuestra alianza; mientras que yo.....

Y se detuvo como avergonzada.

--Acabad, miss Anna, la dije.

--Mientras que yo, prosigui, quisiera que fuerais pobre, de origen
oscuro......

--Querida Anna! exclam.

Y la estrech en mis brazos.

--Ay! hermano mo! aadi lord William, cun largos me parecen los
quince das que me separan an de la dicha!....

Sir Evandale haba escuchado atentamente a su hermano y permaneca mudo
y sombro.

--Perdonadme, aadi lord William. Los hombres dichosos son egostas; no
saben hablar ms que de s mismos.--Pero descuidad, mi querido hermano,
vos seris tambin dichoso y, si he de dar crdito a sir Archibaldo, la
mujer que os destina.....

--Oh! no hablemos ms de eso, milord, dijo secamente sir Evandale; no
hay comparacin posible entre vos y yo.

--Cmo pues? pregunt lord William.

--Sin duda. Vos amis a miss Anna.....

--Oh! con toda mi alma!

--Y puedo yo saber, por hermosa que sea, si llegar jams a amar a la
hija del nabab?

Y sir Evandale dej escapar un suspiro.

Lord William tuvo entonces como un remordimiento de haberle hablado de
su dicha.

--Querido hermano mo, le dijo, voy a acostarme. Las dulces emociones de
este da me han dejado sin fuerzas. Buena noche.... y os pido de nuevo
perdn.

--Voy a acompaaros hasta vuestro cuarto, dijo sir Evandale.

Y subi con l en efecto.

Las ventanas del dormitorio del joven lord estaban todas abiertas.

Sir Evandale quiso cerrarlas.

--Oh! dejadlas as, dijo lord William.

--No temis el aire de la noche?

--No; al contrario, tengo mucho calor. Este verano es cruel, hermano
mo.

--Pues entonces, buena noche, dijo sir Evandale.

Y se retir a su cuarto.

Pero antes de salir, haba echado una mirada a hurtadillas hacia el
lecho.

Las cortinas estaban en rden y nada revelaba la presencia del reptil
que se haba dormido sin duda entre algn pliegue de las sbanas.

* * *

Una hora despus, el ayuda de cmara de lord William, que dorma en un
cuarto contiguo, oy de repente un gran grito.

Un grito de dolor y de angustia.

Aquel grito parta del dormitorio de lord William.

El ayuda de cmara se levant a toda prisa y corri al cuarto de su amo.

El joven lord se hallaba de pie, en medio del dormitorio, oprimiendo
entre sus manos crispadas la vbora, a la que haba ahogado.

Pero el reptil le haba picado antes cruelmente en el rostro, y le
corran algunas gotas de sangre a lo largo de la mejilla.

Lord William estaba como loco. La sorpresa, el dolor, la desesperacin,
se pintaban en su semblante descompuesto por la clera.

En fin, arroj la vbora al suelo, y el criado la puso el pie encima
aplastndola por completo.

Al mismo tiempo gritaba pidiendo socorro, mientras que el joven lord
tiraba con fuerza del cordn de la campanilla.

A este ruido, todos los criados de la casa fueron acudiendo presurosos,
y tras ellos no tard en aparecer sir Evandale.

Lord William segua gritando y deca con desesperacin:

--Soy un hombre perdido!

Pasado aquel primer tumulto, pudieron al fin concertarse y corrieron a
buscar al mdico de la aldea.

Este lleg a toda prisa y declar que la picadura era venenosa, pero no
mortal.

Lav la herida, la cauteriz y despus de recetar un calmante, hizo que
volviera a acostarse lord William.

Entre tanto, sir Evandale se lamentaba sin cesar, y atribua aquel
accidente a la imprudencia de lord William, que se haba acostado con
las ventanas abiertas.

Poco despus se apoder de este ltimo una fiebre ardiente, y bien
pronto se declar un espantoso delirio, una especie de locura, y ya no
pronunci el pobre joven ms que palabras incoherentes.

Su rostro se hinchaba por momentos, y de encendido que antes estaba, se
pona amoratado, casi negro.

Sin embargo, tuvo an una ligera vislumbre de razn, y pronunci el
nombre de miss Anna.

--Que avisen a miss Anna y a sir Archibaldo, orden sir Evandale.

Uno de los domsticos parti inmediatamente a caballo.

Al apuntar el da, sir Archibaldo y su hija llegaron a New-Pembleton.

Miss Anna entr apresuradamente en la habitacin, se acerc al lecho del
enfermo, y lanz un grito de horror.

Lord William estaba completamente desconocido.

La cabeza, horriblemente hinchada y ennegrecida, no presentaba ya rostro
humano; la piel de las mejillas se desprenda en pedazos; la lengua
estaba entumecida, los labios lvidos, y los ojos apagados.

El mdico empez a mover de un lado a otro la cabeza, y acab por
declarar que lord William estaba perdido.

* * *

Sir Evandale no pudo sufrir por ms tiempo este espectculo, y se alej
del cuarto del enfermo.

Acaso empezaban a acosarle los remordimientos o tal vez crea una
catstrofe inmediata.

Sali al parque, deseando respirar con libertad y estar solo, y corra a
la ventura, como un insensato, con la cabeza descubierta; cuando de
repente salt un hombre de la espesura y se le puso delante.

Aquel hombre era Nizam, que vena a l, sonrindose de una manera
siniestra.

--Y bien? exclam.

--Me habis engaado, dijo sir Evandale.

--Cmo y en qu? pregunt Nizam.

--Mi hermano se muere...

--Yo te juro que no morir.

--Sin embargo... el mdico.....

El mdico es un asno, dijo framente Nizam: ahora, lo que has de
procurar es no venderte, pues ests completamente trastornado. Sigue
paso a paso lo que voy a decirte, y obedceme en todo, si quieres ser
lord y poseer a miss Anna.

Este nombre hizo volver en s a sir Evandale y le devolvi toda su
sangre fra.

--Veamos... hablad, dijo.

Entonces Nizam sac una buja del bolsillo.

--Toma esto, dijo.

--Para qu?

--Esta noche pondrs esta vela en tu candelero.

--Bueno, y despus?

--Despus irs a acompaar a sir Archibaldo y a su hija, que no dejarn
por cierto de velar toda la noche en el cuarto de lord William, y
colocars tu candelero en la chimenea.

--Nada ms fcil, pero...

--Creo intil decirte que debes dejar arder la buja...

--No comprendo...

--No tienes necesidad de comprender, dijo Nizam riendo. Ya vers...
hasta la noche.

Y el supuesto Indio desapareci por entre los rboles.




XXXI

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XVII


Aquel da fue terrible.

Lord William permaneci largas horas devorado por una fiebre ardiente, y
a ella se sucedi despus un abatimiento profundo.

Permaneca con los ojos cerrados, respiraba apenas, y cuando lleg la
noche, su rostro estaba cubierto de pstulas purulentas, y de tal modo
entumecido que no se distinguan sus facciones.

Haban enviado un despacho a Londres, llamando a los mdicos ms
clebres de Inglaterra.

Pero, llegaran a tiempo?

Sir Archibaldo y su hija se haban instalado a la cabecera del enfermo.

Miss Anna lloraba sin consuelo, y nadie poda arrancarla del horrible
espectculo que tena ante los ojos.

Sir Evandale, por su parte, haba representado tambin su papel como un
cmico consumado. El dolor que manifestaba era tal que conmova a todo
el mundo, y todos los esfuerzos que hicieran para hacerle tomar algn
alimento haban sido intiles.

Sir Archibaldo le haba estrechado muchas veces la mano, y miss Anna
haba llegado al punto de echarse en sus brazos llamndole mi querido
hermano.

Hacia la cada de la tarde, lord William pareci por un momento salir de
su torpor, y pronunci algunas palabras que hicieron creer volva a la
razn.

Miss Anna sinti renacer en su corazn la esperanza; pero sir Evandale
arrug ms de una vez el entrecejo.

Su ansiedad era terrible, pues no saba, si lord William recobraba la
razn, cmo podra Nizam cumplir su promesa.

En fin, despus de la comida, a la que apenas tocaron el joven Evandale
y sus huspedes; estos, es decir, sir Archibaldo y su hija, se
instalaron de nuevo en el dormitorio de lord William para pasar la
noche.

Poco despus, sir Evandale vino a reunirse con ellos.

El joven traa su candelero en la mano, y lo puso sin afectacin sobre
la repisa de la chimenea.

Apenas haba pasado una hora, cuando sir Evandale empez a adivinar los
proyectos de Nizam.

Un olor extrao y de una fetidez bastante pronunciada se haba esparcido
por el cuarto.

Era acaso lord William quien exhalaba aquel olor ftido, y vivo, an,
entraba ya en descomposicin cadavrica?

Sir Archibaldo y miss Anna lo pensaron as; pero permanecieron
animosamente en su puesto.

Sir Evandale por su parte, comprendi desde luego que aquel olor
provena de la vela que haba trado all encendida.

Y bien pronto sinti pesadez de cabeza y un violento deseo de dormir.

Sin embargo, luch cuanto pudo contra aquel sueo letrgico, y tuvo
tiempo para ver a sir Archibaldo y a su hija cerrar los ojos casi en el
mismo instante, y poco despus de ellos, el ayuda de cmara de lord
William, que haba permanecido en la habitacin para servir a su amo y
darle las pociones prescritas por el mdico, se durmi igualmente.

Sir Evandale a su vez, cerr los ojos y se qued dormido.

Pero no haba pasado mucho tiempo, cuando sinti una violenta sacudida,
y despus una extraa sensacin de fro.

Al punto abri los ojos, y sinti su rostro enteramente mojado.

Mir a su rededor, y vio que ya no se hallaba en el dormitorio de lord
William, sino en su propio cuarto y acostado en su lecho vestido como
estaba.

Un hombre se hallaba junto a l.

Y este hombre, como ha podido adivinarse, era Nizam.

El supuesto Indio le pasaba por el rostro una esponja empapada en
vinagre ingls.

Sir Evandale fij con ansiedad los ojos en Nizam y le dijo:

--Qu ha sucedido?

--Levntate, repuso Nizam.

Sir Evandale se incorpor sobre su lecho y salt vivamente a tierra.

El efecto del narctico haba desaparecido, dejndole solamente una
ligera pesadez de cabeza.

--Ven conmigo, le dijo Nizam.

Y abri la puerta que daba a la galera convertida en biblioteca y que,
como sabemos, conduca al dormitorio de lord William.

Nizam entr el primero en aquel cuarto.

--Mira, dijo.

Miss Anna, sir Archibaldo y el ayuda de cmara dorman profundamente.

Lord William, inmvil sobre su lecho, no daba signo de vida.

--Oh! exclam Nizam, podemos hablar en voz alta. Un caonazo no los
despertara, y si permanecemos, aqu mucho tiempo, te volveras a quedar
dormido.

--Ah! dijo sir Evandale, me confirmo en lo que ya os he dicho; me
habis engaado..... mi hermano ha muerto.

--No; est dormido.

--Decs verdad?

--Acrcate y pon la mano sobre su corazn.

Sir Evandale obedeci, y sinti en efecto que el corazn de lord William
lata.

Entonces sir Evandale se volvi a Nizam.

--Y bien? le pregunt.

--Mira ahora hacia aqu.

Y el Indio le mostr en un rincn del cuarto un objeto, en el que sir
Evandale no haba reparado an.

Aquel objeto tena la forma de un cuerpo humano, cubierto con un pao de
color oscuro.

Nizam levant aquel pao, y sir Evandale no pudo contener un grito de
horror.

Tena ante los ojos un cadver!

Un cadver horrible, espantoso, y cuyo rostro desfigurado y cubierto de
lepra, se pareca de aquel modo al de lord William.

Nizam se sonrea con aire de triunfo, como un artista que se goza en el
resultado de su obra.

--Crees que sabrn ahora distinguir al uno del otro?

--Oh! imposible! exclam sir Evandale. Si estuvieran juntos en ese
lecho, yo mismo no sabra decir cul es mi hermano.

--Ah! Ya ves cmo yo s hacer bien las cosas.

--Pero..... ese... est muerto?

--S.

--Ya veis como yo deca bien, murmur sir Evandale un poco conmovido; la
picadura de la vbora azul es mortal.

--Te engaas.

--Ah!

--Este hombre no ha muerto de eso.

--Cmo?

--Se le ha echado dos gotas de cido prsico en un vaso de agua.

Sir Evandale no poda apartar los ojos de aquel cadver informe, sino
para contemplar a su hermano que yaca en una inmovilidad completa.

--Vamos! dijo Nizam, aydame.

Y aproximndose a la cama, descubri a lord William y, cogindolo en
brazos, lo extendi dormido sobre la alfombra.

Despus, cambi la camisa del joven lord con la del presidiario, y
cogiendo el cuerpo de este entre l y sir Evandale, lo colocaron en el
lecho.

--Y ahora, dijo sir Evandale, qu vais a hacer de mi hermano?

--Vas a ayudarme a trasportarlo fuera de la quinta.

--Cmo?

--Primero vamos a llevarlo a tu cuarto.

--Bien.

--Dos hombres han colocado una escalera de mano contra la ventana y me
esperan abajo.

--Y quines son esos dos hombres?

--El teniente Percy y el capataz de presidio John.

--Pero es necesario tener en cuenta, observ sir Evandale, que una vez
fuera de esta atmsfera, se despertar bien pronto.

--Sin duda.

--Y entonces.....

--No te he dicho que estar completamente loco durante muchas semanas?

--Ah! es verdad.

--Y durante ese tiempo, aadi Nizam rindose, no habr hecho poco
camino que digamos; y cuando al cabo de l vuelva a la razn, estar ms
lejos de Inglaterra que de la Australia.

--Y yo ser lord!

--S, t sers lord.

Y diciendo esto, Nizam carg sobre el hombro a lord William dormido y
volvi a tomar el camino de la galera.

Sir Evandale le sigui, cerrando tras s la puerta.

La buja estaba consumida en gran parte, pero segua ardiendo sobre la
chimenea.




XXXII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XVIII


Sir Evandale volvi a poco al dormitorio de lord William.

La buja segua ardiendo.

El digno hijo de sir Jorge, despus de haber echado una mirada recelosa
en su rededor, fue a sentarse en el silln donde se haba dormido
algunas horas antes.

--Ahora, murmur, poco me importa volverme a dormir, y aun por el mayor
tiempo posible. Prefiero que sir Archibaldo y su hija se despierten
antes que yo.

En efecto, por seguro que estuviese de si mismo, sir Evandale tema ver
despertarse a las personas que estaban all encadenadas por un sueo
letrgico.

Qu iba a suceder cuando llegaran a descubrir que lord William o ms
bien el hombre que le haba sustituido estaba muerto?

Preocupado con este pensamiento, sir Evandale no tard sin embargo en
dormirse bajo la influencia de las emanaciones narcticas de la buja.

Pero cuando en fin, esta lleg a apagarse, la atmsfera se fue
despejando poco a poco, y al cabo de una hora se despert sir
Archibaldo.

Solo que al despertar, sinti que se ahogaba, que le faltaba aire.

El olor ftido que antes le haba impresionado se dejaba sentir an con
bastante fuerza.

Sir Archibaldo hizo un violento esfuerzo, se levant vacilando y,
arrastrndose hacia una de las ventanas, dio un puetazo en los vidrios.

Uno de ellos salt en mil pedazos.

Al mismo tiempo una fuerte bocanada de aire penetr en el cuarto e
instantneamente purific aquella atmsfera viciada.

El efecto fue rpido como el pensamiento.

Miss Anna se despert en seguida, y el ayuda de cmara no tard tambin
en volver en su acuerdo.

Solo sir Evandale permaneci al parecer profundamente dormido.

El dormitorio estaba dbilmente alumbrado.

Los primeros albores del da luchaban con la claridad de una lamparilla
colocada bajo un globo de cristal opaco, y los objetos aparecan
indecisos en medio de aquella semioscuridad.

Miss Anna mir atnita a su padre, y dio muestras bien claras de la
opresin que la dominaba an.

Sir Archibaldo fue a abrir las dos ventanas, y despus volvi hacia su
hija.

Pero en aquel momento esta arroj un grito terrible.

La mano del que crean lord William penda fuera del lecho.

La joven cogi aquella mano, y al tocarla la rechaz con espanto.

Aquella mano estaba helada.

Sir Archibaldo se inclin entonces sobre el cadver.

--Muerto! dijo con estupor.

El grito de miss Anna haba despertado a sir Evandale.

Levantose en seguida, estir los brazos, y echando una mirada estpida
en su rededor murmur:

--Qu sucede? Dios mo!

--Vuestro hermano ha muerto, dijo sir Archibaldo; ha muerto mientras que
nosotros dormamos.

* * *

En todo caso anlogo a la catstrofe que haba tenido lugar en
New-Pembleton, siempre se encuentra a punto un mdico inteligente para
explicar de una manera satisfactoria las cosas menos explicables.

Una hora despus del extrao suceso que acababa de ocurrir en la quinta,
uno de los mdicos clebres que haban llamado por el telgrafo, lleg
de Londres.

Aquel prncipe de la ciencia no vacil en declarar que el joven lord
Pembleton, haba sucumbido a la accin de un principio deletreo
particular, al que dio un nombre latino.

Y asegur que el sueo que se haba apoderado de las personas que se
encontraban en el dormitorio, haba sido ocasionado por las exhalaciones
mrbidas que despeda el cuerpo de lord William, cuya descomposicin
haba precedido a su muerte.

Sir Evandale manifest el ms violento dolor.

Su desesperacin era tal, que se golpeaba con furor la cabeza y quera
morir a su vez. Gran trabajo cost el lograr calmarlo al cabo de algunas
horas.

Aquella tarde, como si quisiese aislarse en su dolor, y fuera de s, al
menos en apariencia, se sali al campo, y fue a sentarse en lo alto de
una colina que dominaba la carretera.

All pas algn tiempo, esperando sin duda a alguno, cuando un
espectculo extrao atrajo de pronto sus miradas.

Una cuadrilla de hombres encadenados suba penosamente por la cuesta.

Delante de ellos iba el teniente Percy y el capataz John.

Detrs segua una mula tirada por el cabestro, y sobre ella iba acostado
un pobre idiota que apenas tena semblante humano.

Sir Evandale se estremeci y volvi a otro lado la cabeza.

Un pastor que andaba por aquel sitio, se aproxim para ver de cerca la
cadena de presidiarios, y dijo mirando a sir Evandale:

--Son unos pobres forzados que van a presidio, milord. Infelices!... da
pena verlos... pero el ms infeliz de todos es el que va en la mula...
es leproso y loco!...

Sir Evandale arroj una moneda de oro al pastor y huy como un
insensato.

As bajaba corriendo por la pendiente de la colina, cuando oy a su lado
una voz burlona que le deca:

--Habis venido a convenceros, milord, de que yo no falto a mis
promesas?.....

Sir Evandale se volvi y vio a un hombre echado detrs de unos
matorrales, desde donde tambin pareca observar la marcha de los
presidiarios.

Aquel hombre era Nizam.

Y como el joven, cubierto de una palidez mortal e inundada en sudor la
frente, se quedase sorprendido y como clavado en tierra, Nizam dio un
salto y se acerc rpidamente a l.

--Hoy eres lord, le dijo; dentro de seis meses sers esposo de miss
Anna.

Y Nizam desapareci de nuevo.

* * *

Seis meses despus, en efecto, miss Anna, vivamente solicitada por su
padre, dej el luto de su prometido lord William.

Sir Archibaldo tena decidido empeo en que su hija se casase con un
lord, y ella que haba amado tanto y tan desinteresadamente a lord
William y que en nada tena la fortuna..... no titube un momento en
pasar a ser lady Evandale Pembleton, dando su mano al nuevo heredero de
aquella poderosa familia.

El da mismo de aquel casamiento, un hombre que haba llegado demasiado
tarde para asistir a los funerales de su amo, declar a lord Evandale
que dejaba su servicio.

Aquel hombre era Tom.

El fiel Tom que lloraba siempre a lord William y que no quera servir
al hijo del crmen.

La noche del mismo da, y despus de la brillante recepcin que sigui a
la ceremonia nupcial, mientras que conducan a la joven esposa a su
cuarto; lord Evandale hall medio de desaparecer por un momento, y baj
furtivamente al parque.

Nizam, el supuesto Indio, Nizam que se haba llamado en su juventud sir
Jorge Pembleton, haba dado cita aquella noche a su hijo para
felicitarlo.

El lugar de la cita era junto a aquel rbol donde Nizam haba esperado
tantas veces a sir Evandale.

Y sir Evandale, hoy ya lord y en el colmo de todas las dichas que
ambicionaba, se haba apresurado a acudir al llamamiento de su padre.

El cielo estaba despejado y difano, y la luna iluminaba con su
argentada luz el parque y los jardines.

Lord Evandale sali cautelosamente de la casa, y dando la vuelta hasta
llegar bajo las ventanas de su habitacin, no tard en descubrir a Nizam
que le esperaba bajo el rbol.

Pero el supuesto Indio no se hallaba en pie como de costumbre.

Nizam estaba acostado en tierra y pareca dormir tranquilamente.

Lord Evandale lo llam en voz baja, despus con mayor fuerza, y esto
repetidas veces.

Pero Nizam no respondi.

Entonces el joven se aproximo a l, lo examin con cuidado, y retrocedi
de pronto, lanzando un grito de horror.

Nizam estaba muerto.

El brillante oficial de marina que se llamara un tiempo sir Jorge Arturo
Pembleton, y cuya miserable vida fue un horrible tejido de crmenes,
hasta aquel da testigo de su triunfo; haba dejado de existir, y
todava llevaba clavado en el corazn el cuchillo que haba ocasionado
su muerte.

Lord Evandale volvi a acercarse a aquel cuerpo ensangrentado, y
arrancando de l el arma homicida, la examin y la reconoci al punto.

Aquella arma era el cuchillo de caza de Tom, el marido de Betzy.




XXXIII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XIX


Qu haba sido de Tom?

En la misma maana del da en que lord Evandale deba enlazarse con miss
Anna, la hija de sir Archibaldo, fue, como sabemos, cuando Tom anunci a
su joven amo que dejaba inmediatamente su servicio.

Ya hemos visto que Tom estaba en Londres cuando tuvo lugar el fatal
acontecimiento que acabamos de contar.

Tom volvi, llor a su amo y lo crey realmente muerto.

Y como lord Evandale pareca sentir tan vivamente la desgracia de su
hermano, el fiel criado no sospech ni un solo instante la verdad.

Sin embargo una noche, algn tiempo despus de su vuelta, Tom fue
testigo invisible de una escena extraa.

Hallbase asomado a una ventana de su cuarto, que daba al parque,
respirando por algunos momentos el aire de la noche, cuando vio
deslizarse a un hombre por entre los rboles, y acercarse cautelosamente
a la casa.

Aquel hombre era Nizam el Indio.

Tom se preparaba a bajar para echar fuera a aquel mendigo, cuando se
abri una puerta excusada de la quinta, y otro hombre sali de ella
furtivamente.

La luna inundaba de luz los jardines y se vea como en medio del da.

Tom examin a la persona que acababa de salir y reconoci con sorpresa
al joven lord Evandale.

Siguolo con la vista, y lo vio reunirse con el Indio.

Pero su sorpresa fue mayor an, al ver que este se cogi familiarmente a
su brazo.

Esto fue una revelacin para el antiguo servidor de la familia.

No adivin enteramente la verdad, pero comprendi una parte de ella.

Nizam era Indio: de consiguiente l deba haber procurado la vbora
azul.

Nizam era pues cmplice de lord Evandale.

Y lord Evandale haba asesinado a su hermano.

Tom, entonces, se propuso espiar incesantemente al Indio, a fin de
adquirir de una manera cierta la prueba del crmen.

Obtenida esta prueba, Tom vengara la muerte del desgraciado lord
William.

Sin embargo el hermano de leche de lady Evelina no sospechaba an la
verdadera identidad de Nizam.

Por otra parte, hasta entonces no se haba ocupado del mendigo, ni haba
fijado en l mucho la atencin; pero a partir de la noche en que le fue
evidente la existencia de un crmen y la complicidad entre el Indio y
lord Evandale, Tom redobl sin descanso su vigilancia.

Ocho das despus, encontr una noche la ocasin que esperaba, y sigui
a lord Evandale que tena una nueva cita con Nizam.

Escondido a su vez entre la maleza, Tom oy toda la conversacin de
Nizam con lord Evandale.

Y cuando al fin se alejaron, el honrado mayordomo se levant temblando
de emocin y baada en sudor la frente.

Acababa de saber quin era Nizam.

El supuesto Indio era el padre de lord Evandale, es decir sir Jorge
Pembleton.

Sir Jorge que haba muerto para todos en Calcuta haca ms de quince
aos.

Tom no poda pues dudar del crmen y de la complicidad de lord
Evandale, pero haba una cosa sin embargo que no saba an.

Y era que lord William no haba muerto.

Ahora pues, como ya sabemos, el da en que lord Evandale deba casarse
con miss Anna, Tom y Betzy dejaban su servicio.

Partieron en medio del da, en un break de caza, para ir a la estacin
vecina, y tomar all el tren del ferrocarril que pasaba para Londres.

Uno de los criados de la quinta que los condujo a la estacin, los vio
entrar en un vagn de segunda clase, y partir a los pocos minutos.

De consiguiente lord Evandale estaba bien persuadido de que haban
dejado el pas.

Y sin embargo Tom no haba ido muy lejos.

Al llegar a la estacin vecina, descendi del tren y, dejando a Betzy
continuar su camino hasta Londres, volvi a campo travieso hacia
Pembleton, y cerca de l, permaneci el resto del da escondido en una
zanja.

La vspera haba sorprendido una cita dada por Nizam a sir Evandale.

Tom salt las tapias del parque cuando lleg la noche, y fue a
esconderse entre las breas, cerca del rbol donde el supuesto Indio
sola esperar a lord Evandale.

Las horas fueron trascurriendo lentamente.

La quinta estaba llena an de luz y de ruido, y los numerosos
convidados a la boda no haban partido todava.

Sin embargo Nizam no tard en llegar.

Estaba sin duda impaciente de ver a su hijo, pues habindose sentado
entre la espesura al pie del rbol, no apartaba los ojos de la casa, y
sus miradas manifestaban una ansiedad creciente.

Embebido en sus pensamientos, no oy un ligero ruido que hacan detrs
de l entre las hojas, y no pudo prevenirse contra el ataque de un
hombre que cay sobre l de improviso.

Volviose bruscamente y reconoci a Tom.

El antiguo mayordomo vena armado con un cuchillo de monte.

Nizam estaba sin armas.

As su primer movimiento fue huir, pero Tom lo cogi vigorosamente por
el cuello.

Entonces quiso gritar.

--Si levantas la voz eres muerto, le dijo Tom.

El Indio luchaba sin embargo por desasirse, mas su enemigo lo sujetaba
slidamente y al mismo tiempo aada:

--No escapars de mis manos, miserable!... S quin eres.--T no te
llamas Nizam, tu verdadero nombre es sir Jorge Pembleton.

El Indio solt una carcajada feroz.

--Ah! me has reconocido! exclam.

--S, y s tambin que has asesinado a lord William.

--No es cierto, dijo sir Jorge.

--Miserable! osas negar tu crmen?

--No lo niego, respondi Nizam; digo la verdad. Yo no he asesinado a
lord William.

--No eres t quien ha trado la vbora?

--S.

--Y no la has introducido en el lecho de lord William.

--S, repiti Nizam.

--Y te atreves a defenderte?

--Yo no he asesinado a lord William.

--Infame!

--Lord William no ha muerto.

Tom lanz un grito, y su emocin fue tal, que falt poco para que dejase
escapar a sir Jorge.

--Lord William no ha muerto, repiti este. Pero cuando sepas lo que ha
sido de l, sentirs que se halle an en el nmero de los vivientes.

Tom haba echado a Nizam en tierra y lo tena sujeto por el cuello.

Al or su respuesta, le apoy la rodilla sobre el pecho y el cuchillo a
la garganta, y le dijo con furor:

--Acabars de hablar, miserable?

--Ah!... quieres saberlo todo?

--S.

--Y si te digo donde se halla lord William, me hars gracia de la vida?

--No.

--Pues bien, dijo Nizam, te dir lo que ha sido de l, y esa ser mi
venganza.

Y riendo como un condenado y con voz ahogada por la presin que sufra,
refiri a Tom de qu manera el cadver del forzado haba sustituido al
noble lord, y como este, perdida la razn, se hallaba ahora en el puesto
de aquel miserable.

Y cuando hubo acabado su relato, aadi con una carcajada diablica:

--Pero de nada te sirve el saber que tu noble amo vive an, pues no
logrars encontrarlo.

Arrastrando una cadena entre otros deportados que van a morir al nuevo
mundo, lleva entre ellos una vida miserable, bajo el nombre fatal del
forzado de quien ha tomado el puesto.......

--Y cul es ese hombre? pregunt Tom.

--Eso es lo que no sabrs nunca.

--Habla!... o te mato!

--No, dijo Nizam que procuraba ganar tiempo, y que alimentaba la
esperanza de que lord Evandale llegara de un instante a otro.

--Habla! repiti Tom.

--No, no..... jams.

--Pues bien, muere! dijo Tom.

Y le hundi el cuchillo en el pecho.

Nizam muri sin exhalar un grito.

Entonces Tom se levant e irgui con resolucin la cabeza.

--No s qu nombre es el que lleva mi desgraciado amo, murmur, pero no
importa. Por grande que sea la tierra, yo lo encontrar con ayuda de
Dios.

Y dejando plantado su cuchillo en el pecho de Nizam, corri a la cerca
del parque, y saltando por ella, tom precipitadamente la fuga.




XXXIV

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XX


Tom emprendi pues la heroica empresa que se haba propuesto, y sin
prdida de tiempo, se puso en busca del desgraciado lord William.

Pero el mundo es grande, como l mismo haba dicho, y buscar a un
hombre por l, cuando no se sabe bajo qu nombre se oculta, es cosa bien
difcil, sino imposible.

Tom se puso sin embargo a la obra.

Empez por ir a Londres a reunirse con su mujer, y la dio parte de las
revelaciones supremas de Nizam.

Betzy era una mujer inteligente y sobre todo de buen sentido.

Oy a Tom hasta el fin, y cuando este hubo terminado su relato, le dijo
con la mayor sencillez:

--Antes de todo, amigo mo, hay dos cosas que sera necesario saber.

--Cules? pregunt Tom.

--Primero, el nombre del teniente que conduca la cuerda de
presidiarios.

--Y despus?

--Y despus de qu ciudad de Escocia vena el infeliz que se halla hoy
enterrado en el panten de la familia Pembleton, bajo el nombre de lord
William.

--Tienes razn, dijo Tom.

El antiguo mayordomo tena muchas relaciones en Londres.

Entre otras personas de todas clases, conoca a un famoso _detective_ a
quien Scotland yard, es decir la prefectura de Polica de Londres,
haba confiado siempre los encargos ms delicados.

Tom fue a verse con l, y bajo la mayor reserva le confi el secreto de
la existencia de lord William.

Y al depositar en l este secreto, le puso en la mano un billete de
trescientas libras.

El _detective_ pidi ocho das para practicar sus diligencias.

Al cabo de ese tiempo, el fiel Tom que aguardaba con impaciencia,
recibi la nota siguiente:

Un teniente de presidio ha pasado, hace siete meses, por la aldea de
Pembleton.

Se llama Percy, y se diriga a Liverpool, adonde conduca una cuerda de
presidiarios.

Es muy probable que se haya embarcado con ellos.

Tom tom en seguida el ferrocarril y se fue a Liverpool.

All, compulsando los registros de la marina, encontr en efecto el
nombre de Percy, seguido de la calificacin de teniente.

Percy se haba embarcado para la Nueva Zelanda, con los forzados que
conduca.

Tom vacil entonces sobre el partido que debera tomar.

Se embarcara tambin desde luego, o no hara mejor en averiguar antes
el nombre del presidiario que haban sustituido a lord William?

Este ltimo partido le pareci ms acertado, y tom en seguida el camino
de Escocia.

Fue primero a Edimburgo, despus a Glascow, y en fin a otras ciudades
menos importantes, tomando informes en todas ellas con una prudencia y
una habilidad consumadas.

As lleg hasta la pequea ciudad de Perth.

Apenas empez en ella sus investigaciones, cuando crey haber encontrado
las huellas de lo que buscaba.

All le hablaron de un acontecimiento misterioso e inexplicable, que
haba tenido lugar hacia la poca a que l se refera.

Un joven del pas, llamado Walter Bruce, haba sido condenado, por robo
con fractura, a cinco aos de deportacin.

Aquel joven se hallaba encerrado en la crcel de Perth, esperando salir
de un momento a otro para su destino, cuando por una singularidad
inexplicable, haba sido vctima de un accidente que no tena ejemplo en
el pas.

Una noche se haba acostado en perfecto estado de salud, y se haba
despertado al da siguiente dando gritos espantosos.

Acudieron a l, y lo hallaron completamente loco y con el rostro
amoratado y cubierto de una lepra asquerosa.

Tom crey reconocer en este retrato al desgraciado cuyo nombre buscaba;
pero su esperanza se convirti en certidumbre, cuando le aadieron que
una cadena que pas a los dos das, le tom consigo a pesar de su
horrible estado. Y como no poda marchar, lo haban atravesado sobre una
mula donde conducan el bagaje.

Tom compar las fechas y adquiri la conviccin de que la salida de
Walter Bruce de la ciudad de Perth, haba tenido lugar cinco das antes
de la pretendida muerte de lord William.

Conocido esto, no faltaba ms que encontrar a Walter Bruce.

Tom volvi inmediatamente a Londres.

El antiguo y fiel servidor de la familia Pembleton no era rico, pues
todo su haber consista en dos o tres mil libras esterlinas, penosamente
ahorradas durante su servicio.

Esta era una dificultad bastante grave, pero Betzy hall el modo de
resolverla.

--Yo soy joven an y bastante fuerte: de consiguiente puedo trabajar y
ganar mi vida. Llvate el dinero.

Ocho das despus, Tom se embarcaba para la Nueva Zelanda, llevando unas
dos mil libras en letras y billetes, guardados en un cinturn de cuero.

Los primeros meses de la travesa fueron dichosos.

El buque que conduca a Tom dobl la punta meridional de Amrica y entr
en las aguas del Pacfico.

Pero un mes despus de haber pasado el cabo de Hornos, naufrag cerca de
la isla Tabor, yendo a encallar sobre un bajo, en una noche oscura y
brumosa.

Inmediatamente se declar una va de agua, y las bombas fueron
impotentes para apurarla.

El buque se iba a pique, y en vista de esto, el capitn ech al agua las
chalupas, y en ellas se amontonaron pasajeros y marineros del modo que
les fue posible.

Entonces empez para el pobre Tom una desgraciada serie de espantosas
aventuras.

Durante diez y siete das, el frgil barco que lo llevaba err sin
direccin y sin brjula por la inmensidad de los mares.

Las provisiones se agotaron, el hambre lleg con todos sus horrores, y
aquellos infelices empezaron a asesinarse unos a otros para alimentarse.

A los dos das de esta horrible situacin apareci en fin la tierra.

Los desgraciados nufragos hicieron esfuerzos increbles, y abordaron
por ltimo a una isla salvaje.

Pero su situacin no hizo ms que cambiar de faz, para ser todava ms
horrible.

Los habitantes de aquella isla eran negros antropfagos.

El pobre Tom y aquellos de sus compaeros de infortunio que haban
sobrevivido, fueron llevados por los canbales al interior de las
tierras.

Tom haba sufrido tanto durante la navegacin, que se haba quedado
extremadamente flaco.

Este triste privilegio le salv la vida.

Todos sus compaeros fueron devorados por los salvajes.

En cuanto a l, intentaron al principio engordarlo, pero no habiendo
podido conseguirlo, se cansaron al cabo y lo dejaron vivir.

En cambio lo condenaron a los ms duros trabajos, y as pas cinco aos
en medio de aquellos negros, tratado con una crueldad inaudita.

En fin, un da, un navo ingls hizo escala en aquella isla maldita.

Los negros que vinieron a bordo a vender frutas, pescado y aceite de
foca, contaron a la tripulacin que haba un blanco entre ellos.

El capitn envi a algunos hombres a tierra, y estos le trajeron al
pobre Tom.

Aquel buque haca vela para Australia y deba tocar en la Nueva Zelanda.

Tom cobr nimo y crey tocar al fin el trmino de sus esperanzas.

Los negros le haban dejado su cinturn, no encontrando en l ms que
papeles que no podan excitar su codicia; y de consiguiente tena an su
dinero.

Un mes despus, Tom, que haba cado enfermo en esta nueva travesa y
que, ms que un hombre, pareca un fantasma, lleg extenuado a Aukland.

All descans unos das y trat de reponerse, y despus de escribir a su
mujer, que sin duda le crea muerto, emprendi de nuevo sus pesquisas en
busca de lord William, o ms bien, del deportado Walter Bruce.

Despus de muchos das de investigaciones intiles, supo al fin que una
centena de deportados que haban cumplido su condena, se haban
trasladado a Australia en vez de volver a Europa.

Walter Bruce haba tambin cumplido su condena tiempo haca, pero se
hallaba por ventura entre ellos?

Esto es lo que Tom no saba.

Sin embargo resolvi ponerse en camino para aquel punto, y se embarc
con direccin a Melbourne.

Ya all, empez de nuevo sus pesquisas.

Recorri todas las tabernas, interrog a los marineros y pregunt a
cuantos deportados encontrara.

Ninguno de ellos pudo darle noticias de Walter Bruce.

Pero Tom no se desalent por esto.

Haba dejado a Melbourne, trasladndose a Sidney, y estaba alojado en
una miserable posada, cuando hizo conocimiento con un Alemn que se
llamaba Frantz Hauser.

Frantz se hallaba en la ms completa desnudez.

Sospechando que Tom tena algn dinero, le confi su situacin
desesperada, y le pidi algn socorro, aadiendo que haba sido
condenado injustamente haca siete u ocho aos, y deportado a la Nueva
Zelanda.

--Habis conocido a otro deportado que llamaban Walter Bruce? le
pregunt Tom.

--Ya lo creo! respondi Frantz, fue un tiempo mi compaero, y me
acuerdo que lo apellidbamos _Milord_.

Tom dej escapar una exclamacin de alegra, y tomando vivamente las
manos de Frantz, le dijo:

--Hablad!... hablad! decidme todo lo que sabis de l!




XXXV

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XXI


El Alemn Frantz Hauser se qued mirando a Tom con extraeza.

--S, respondi, he conocido en efecto a un deportado que se llamaba, o
ms bien, que llamaban Walter Bruce.

--Y l repudiaba ese nombre, no es verdad?

--S, y deca que era lord: as, todos le llambamos milord, pero de
burlas, se entiende, pues sabamos muy bien...

--No, no sabais nada, dijo Tom bruscamente.

Frantz se qued mirndolo de nuevo.

--La persona a quien dabais el nombre de Walter Bruce era un lord en
efecto, prosigui Tom; pero esto no hace ahora al caso. Adnde lo
encontrasteis?

--Hemos trabajado juntos en la misma cadena cerca de cuatro aos.

--Pero, dnde?

--En la Nueva Zelanda, ya os lo he dicho.

--Y os separasteis despus?

--S.

--Por qu?

--Yo haba cumplido mi tiempo. Me volvieron la libertad, y al hacerlo,
me dieron a escoger entre volver a Europa o establecerme aqu.

--Y Walter Bruce?

--Debe tambin haber concluido su tiempo.

--Entonces... habr vuelto a Europa?

--No lo creo.

--Ah! exclam Tom temblando de emocin.

--No respondo, prosigui Frantz, de la exactitud absoluta de los
informes que voy a daros: sin embargo, nada perdis en escucharme.

--Veamos! dijo Tom con creciente ansiedad.

--Hay pocos deportados que vuelvan a Europa, despus de cumplir su
condena: la mayor parte solicitan quedarse en Australia.

Unos se ponen a servir como pastores; otros trabajan en las minas; y
algunos acaban por hacer fortuna.

--Y bien? dijo Tom.

--Hace seis meses, prosigui Frantz, me hallaba yo en Melbourne, donde
se celebra una gran feria de ganado.

Los bueyes y los carneros llegaban por centenas, y toda la ciudad
estaba llena de labradores y ganaderos.

Aquel da, si no me equivoco, me pareci ver en medio de la feria a un
hombre que se pareca a Walter Bruce: hasta recuerdo que intent
reunirme con l, pero la multitud era tan compacta, que bien pronto lo
perd de vista.

--Bien, repuso Tom, pero admitiendo que fuese efectivamente Walter Bruce
el que habis visto, qu deducs de ello?

--Lo ms lgico: que Walter Bruce es pastor en las tierras de algn
ganadero.

--En Australia?

--Sin duda.

--Pero, en qu parte de ella?--La Australia es grande como un
continente.

--S, dijo Frantz, pero bueno es que sepis que no vienen ordinariamente
a Melbourne otros ganados que los del oeste.

--Est bien, repuso Tom, lo buscar en esa comarca.

--Ese Walter Bruce era acaso vuestro amigo? pregunt Frantz.

--Era mi amo.

--Eh? dijo Frantz.

--Mi amo, un noble lord de la libre Inglaterra, aadi Tom.

--Cmo un lord ha podido ser deportado?

--Oh! replic Tom, esa es una larga y tenebrosa historia que no puedo
contaros hoy.

--Ah!

--Pero voy a haceros una proposicin.

--Decid.

--Segn he visto, sois muy pobre.

--Me muero de hambre.

--Pues bien, queris ganar diez libras por mes?

Los ojos del antiguo deportado brillaron de codicia.

--Diez libras! exclam.

--S.

--Y que es necesario hacer para eso?

--Acompaarme y buscar conmigo a Walter Bruce.

--Oh! acepto desde luego, dijo el Alemn.

--Y si lo encontramos, prosigui Tom, tendris adems una gratificacin
de cincuenta libras.

--Siendo as, exclam Frantz, estoy pronto a seguiros hasta el cabo del
mundo.

* * *

Al da siguiente, Tom y Frantz Hauser se embarcaron en Sidney para
Melbourne.

Justamente iba a haber una feria de ganado, y Tom y su compaero
permanecieron en la ciudad.

Esperaron el primer da de feria, que deba prolongarse toda la semana,
y entre tanto Tom recorri todas las posadas y establecimientos
pblicos, y no ces de pasear por las calles.

Pero por parte alguna encontr a Walter Bruce.

Sin embargo Frantz encontr por su parte a un antiguo deportado, que era
pastor a la sazn y que haba conocido a Walter Bruce; y naturalmente le
pidi noticias suyas.

--Oh! dijo el deportado, hay hombres que han nacido de pie; todo les
sale a medida de su deseo.

--Qu quieres decir?

--Toma! que Walter Bruce es uno de esos hombres.

Tom asista a esta conversacin, pero no deca una palabra. Su corazn
lata con tal violencia, que pareca iba a salrsele del pecho.

--Conque Walter Bruce es tan dichoso? pregunt Frantz.

--Ms de lo que poda apetecer.

--Dnde se halla?

--A cien leguas de aqu, hacia el noroeste.

--Lo has visto?

--Hace unos seis meses.

--Y en qu se ocupa?

--Era pastor como yo cuando vino de la Nueva Zelanda.

--Y ahora?

--Oh! ahora es ganadero, y tiene una bella hacienda y muchas cabezas de
ganado.

--Y cmo se ha arreglado para adquirir todo eso? pregunt de nuevo el
Alemn.

--Ha sabido hacerse amar de la hija de un rico labrador y se ha casado
con ella. El labrador ha muerto poco tiempo despus, y Walter Bruce es
hoy rico, pues su mujer era hija nica.

--Y puedes indicarnos con certeza el sitio donde se halla? pregunt an
el Alemn.

--Har ms todava, respondi el pastor.

--Qu?

--Yo sirvo en una hacienda que est solo a algunas millas de la suya.

--Ah!

--Maana me vuelvo, pues ya he vendido mi ganado. Si queris venios
conmigo.

--Y nos conducirs a la hacienda de Walter Bruce?

--S.

Tom no poda contener su alegra.

Inst para que se apresurase lo ms posible el viaje, y al da
siguiente, muy de maana, emprendi el camino con Frantz y el antiguo
deportado convertido en pastor.

En Australia se viaja an lentamente y de una manera enteramente
primitiva.

Los caminos se hallan apenas abiertos, y no se transitan sino a caballo
o en carretas de bueyes.

Necesitaron pues nuestros viajeros diez o doce das, para recorrer las
cien leguas que separaban Melbourne de los pastos donde Walter Bruce
haba establecido su habitacin.

Al llegar a algunas millas de distancia, el pastor condujo a Tom a la
hacienda de su amo.

--Maana, le dijo, os conducir a casa de Walter Bruce, pues lo que es
hoy no podramos llegar de da, y est el pas infestado de ladrones.

Tom esper pues hasta el da siguiente.

Pero apenas empez a apuntar el da, se pusieron de nuevo en camino.

Tom estaba devorado de impaciencia, y preguntaba a cada paso si se
hallaban aun distantes.

--No son ms que las seis de la maana y estamos todava lejos de la
habitacin, dijo el gua, pero ya marchamos por las tierras de la
hacienda.

En fin, a eso del medioda, Tom descubri a lo lejos una casa blanca y
de aspecto gracioso, que se levantaba en medio de gigantescos rboles.

--All es! dijo el deportado.

Tom tuvo un momento de angustia y sus ojos se arrasaron en lgrimas.

--Querr ahora volver a Europa? murmur para s.

Y vacilante y llorando como un nio, Tom continu avanzando hacia
aquella casa que, de lejos, encerrada entre la espesura, pareca un nido
de trtolas.




XXXVI

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XXII


Nada ms gracioso ni ms potico que aquella linda habitacin perdida en
un ocano de verdura.

La granja o casa de labor, las caballerizas y los establos, estaban
rodeados de altos muros, deslumbrantes de blancura.

La casa habitacin ocupaba el centro, y un frondoso jardn,
esmeradamente cuidado, la cercaba por todas partes.

Tom y sus compaeros penetraron en el patio de la granja, y se
detuvieron mientras se adelantaba el gua.

Un mulato de pocos aos se hallaba en la puerta de las caballerizas.

El antiguo deportado se dirigi a l y le dijo:

--Buenos das, Nathan.

--Buenos das, Toby, respondi el mulato.

--Aqu vengo con dos amigos, continu el pastor, que desean ver a Mister
Bruce.

--Mister Bruce no est en la habitacin, respondi el muchacho.

Tom palideci al or esto.

--Dnde esta pues? pregunt Frantz Hauser.

--Oh! tranquilizaos, no est de viaje.

--Ah!

--Ha ido a ver uno de sus rebaos apriscado a una milla de aqu.

--Y volver pronto?

--Ciertamente! No puede tardar mucho.

--Entonces lo esperaremos, dijo Tom.

--Pero mistress Bruce est en la casa, aadi el chicuelo; podis
entrar.

Tom vacilaba en aceptar la oferta.

--Vaya, venid, dijo el antiguo deportado.

Y se adelant hacia el interior siguindole los dems.

Algunos criados iban de un lado a otro por los patios y el jardn, y la
puerta de la habitacin estaba de par en par abierta.

Tom vio a su frente un ancho vestbulo adornado con jarrones de flores,
y en el fondo la elegante balaustrada de una espaciosa escalera.

Al ruido de sus pasos, se abri una puerta a la derecha del vestbulo, y
una graciosa joven apareci en ella, llevando en brazos a un nio, a
quien daba el seno.

Detrs de ella vena tambin una lindsima nia de cuatro aos, que se
coga al vestido de la joven, y fijaba en los recin venidos sus grandes
ojos admirados.

Mistress Bruce, pues era ella, conoca a Toby.

--Buenos das, Toby, le dijo.

--Buenos los tengis, seora, respondi el pastor.

--Vens a ver a mister Bruce?

Y al hacer esta pregunta, fijaba con curiosidad sus miradas en Frantz
Hauser y en Tom.

--Seora, respondi Toby sealando a este ltimo, aqu tenis a una
persona que ha conocido mucho a vuestro marido.

La joven se estremeci y murmur con una emocin mal contenida:

--Dnde?

--En Inglaterra, respondi Tom vivamente.

La emocin de la joven pareci ir en aumento.

--En Inglaterra? repiti.

--S, seora.

--Ya..... en Perth.....

--Oh! no... en Pembleton-castle.

Y Tom al decir esto tena los ojos arrasados en lgrimas.

La joven se fij en l con ms atencin.

--Quin sois pues? dijo en fin.

--Me llamo Tom, seora.

Mistress Bruce dej escapar un grito:

--Tom! dijo, os llamis Tom?

--S, seora.

--Ah! Dios mo!

Y pareci vacilar y un temblor nervioso se apoder de todo su cuerpo.

Tom prosigui:

--S, seora, me llamo Tom, y comprendo por vuestra emocin que sir
Walter os ha hablado de m con frecuencia.

--Y me habla an todos los das, respondi la joven.

Apenas acababa de decir estas palabras, se oy resonar en el patio de
entrada el ruido de los pasos de un caballo.

Tom se precipit hacia aquel sitio.

El leal servidor no se haba engaado: Walter Bruce era quien llegaba.

Tom se acerc a l temblando como un azogado, y tal era su conmocin,
que Toby tuvo que correr a l y sostenerlo.

Mister Bruce era un gallardo joven de veinte y siete a veinte y ocho
aos, y su rostro, tostado por el sol, no presentaba ya la menor traza
de la horrible picadura de la vbora azul.

Mir fijamente a Tom y no lo reconoci al principio.

El pobre Tom tena ahora la cabeza enteramente blanca.

--Quin es ese hombre? pregunt sir Walter echando pie a tierra.

--Amo mo!..... mi buen seor! exclam Tom, no me conocis?.....

Walter Bruce arroj un grito de sorpresa.

--Tom! exclam.

--Ah! milord, dijo Tom con voz alterada, ya saba yo que acabara por
encontraros.....

Mr. Bruce estrech a Tom en sus brazos, y lo tuvo largo tiempo abrazado.

Despus, descubriendo a Frantz Hauser y a Toby, les alarg la mano y les
dijo con una triste sonrisa:

--Ya veis como yo no menta cuando os revel mi nombre y calidad.......

Y volvindose a su mujer aadi:

--Querida Lucy, conduce a esos dos buenos amigos al comedor y haz que
les sirvan una colacin. Por mi parte, excusadme, pues estoy impaciente
de hallarme a solas con mi querido Tom.

Y tomando al antiguo mayordomo por el brazo, entr con l en la casa.

Tom no haba podido dominar an su emocin ni contener sus lgrimas.

Apenas se hallaron solos, Walter Bruce le abraz de nuevo y le dijo:

--As, amigo mo, te has atrevido a venir hasta aqu a buscarme!...

--Hace seis aos que sal de Inglaterra, respondi Tom, y sin esos
maldecidos salvajes.....

--Qu salvajes?

--Oh! milord, respondi Tom, no os ocupis de eso..... Mis sufrimientos
no son nada en comparacin de los vuestros.

--Tom, dijo Mr. Bruce, antes de contaros mi historia quiero saber la
vuestra.

Sir Walter hablaba con autoridad.

--Os obedecer, milord, respondi Tom.

Y cont en seguida del modo que haba dejado la Inglaterra con el
designio de buscar al infortunado lord William, y la sucesin de fatales
aventuras que haban contrariado e interrumpido su viaje.

--Pues yo, amigo Tom, dijo entonces Mr. Bruce, en todo lo que me ha
sucedido, hay una cosa que jams he podido explicarme.

--Cul, milord?

--He estado sin memoria durante ms de un ao, y aun loco, segn me han
dicho.

--Ah! dijo Tom.

--El ltimo acontecimiento de mi antigua existencia de que puedo
acordarme es el siguiente. Acababa de meterme en cama en mi cuarto de
New-Pembleton, y empezaba a conciliar el sueo, cuando sent un cuerpo
viscoso y fro que me suba por el rostro, y casi al mismo tiempo
experiment un dolor tan agudo, que no pude menos de arrojar un grito.

--Y despus?

--No me ha sido posible acordarme de nada despus de eso.

--Ah! exclam Tom.

--Una maana en fin, volv en m como si despertara de un largo sueo,
y..... me encontr con un grillete al pie y trabajando en una mina.
Otros hombres de aspecto repugnante y cnico, encadenados y vestidos
como yo, trabajaban a mi lado, amenazados de continuo por el ltigo de
un capataz. Yo no me di al pronto cuenta de la situacin, y me puse a
llamaros.....

--Oh! Dios mo! exclam Tom enternecido, levantado los ojos al cielo.

--Mis compaeros se echaron a rer.

--Ignoris quin soy? exclam indignado.

--Eres Walter Bruce, me respondieron.

--Os engais, les respond, mi nombre es lord William Pembleton.

Mis compaeros de cadena soltaron otra vez la carcajada.

Y como yo manifestase mi indignacin de una manera bastante enrgica, un
capataz se acerc a m y me dijo:

--Volvemos a las andadas, Bruce?... Os entra de nuevo la locura?

--Loco?... yo! exclam.

El capataz me volvi la espalda, y como haba suspendido mi trabajo,
recib aquella noche una correccin humillante.....

Durante ocho das, grit, me indign, apel a la justicia de los
hombres, a la de Dios.....

Esfuerzos intiles!

A cuantos hablaba de mi nacimiento y de mi rango en la sociedad, slo
consegua que se encogieran de hombros y que me mirasen con lstima.
Todos me repetan que yo era Walter Bruce, natural de Perth, en Escocia,
y que haba sido condenado por robo a cinco aos de deportacin y de
trabajos pblicos.

Aqu Mr. Bruce se detuvo un momento, como abrumado bajo el peso de sus
recuerdos.

Tom le contemplaba en silencio, con los ojos anegados en lgrimas.....




XXXVII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XXIII


En fin, despus de una pausa de algunos instantes, Mr. Bruce prosigui.

--Y sin embargo, yo estaba bien seguro de mi identidad.--Los recuerdos
de mi juventud venan en tropel a mi memoria, y lleg un momento en que
mi corazn lati con violencia y en que mis labios murmuraron un nombre:

Miss Anna!

Pocos das despus, al cabo de mil esfuerzos, logr avistarme con el
comandante militar de nuestra colonia, y le supliqu que me oyese.

Al principio me rechaz con alguna dureza, pero al fin, movido de mis
ruegos, consinti en lo que le peda.

Entonces le cont el caso en que me hallaba, y como deba de haber error
de personas, puesto que yo me llamaba lord William.

El comandante me escuch framente, sin interrumpirme, y cuando hube
acabado, busc la nota de mi deportacin, la ley, y me respondi:

--Vuestro nombre es en realidad Walter Bruce, y tenis hoy poco ms de
veinte aos. La sala del crmen de Perth os ha condenado a la
deportacin.

Despus de vuestra condena, y mientras os hallabais an en la crcel de
Perth, os ha acometido una enfermedad extraa, y habis presentado tales
sntomas, que os creyeron por un momento perdido.

Os cubri una lepra horrible y perdisteis completamente la razn.

Vuestra locura ha durado muchos meses.

Fue necesario trasportaros de Perth a Liverpool en una mula, pues
vuestro triste estado no os permita andar.

Embarcado luego en un trasporte de la marina real, vuestra enfermedad ha
continuado en toda la travesa, y solo al llegar aqu, es cuando ha
empezado a desprenderse la lepra que os cubra el rostro.

Desde entonces la calma se ha ido restableciendo en vuestro espritu, y
se ha podido creer que vuestra locura haba desaparecido.

Yo qued aterrado al escuchar estas palabras.

Sin embargo, vuelto prontamente en m, segu hablndole con tal
franqueza, con tal acento de verdad, citndole con nombres propios y
detalles mis relaciones de otro tiempo, y supe coordinar tan
perfectamente mis recuerdos, que su conviccin empez a vacilar.

--Pues bien, me dijo, consiento en escribir a Inglaterra y pedir nuevos
informes.

Durante un ao viv lleno de resignacin y sobre todo de esperanza.

Algo me deca, Tom, que andabais en mi busca: y aun cuando jams he
podido darme cuenta cmo, durante mi pasajera locura, he podido ser
confundido con un criminal y hallarme en una colonia lejana haciendo la
vida de un forzado; ms de una vez pensaba que mi hermano deba
investigar cul haba sido mi suerte.

Tom baj la cabeza y no respondi.

--En fin, al cabo de un ao, el comandante me hizo llamar.

--Y bien? me dijo, sois ya ms razonable?

Esta pregunta me dej helado.

--Ya sabis, aadi, que escrib a Inglaterra.

--Y os han contestado?

--S.

Y diciendo esto me entreg una carta.

Aquella carta estaba firmada por _lord Evandale Pembleton_.

Y no poda dudar, pues era en efecto la firma de mi hermano.

Sir Evandale escriba al gobernador de la Nueva Zelanda:

    Seor Gobernador:

He tenido en efecto un hermano mayor llamado lord William.

Pero lord William ha muerto en New-Pembleton hace cosa de dos aos.

Su muerte fue ocasionada por la picadura de un reptil venenoso.

Os incluyo el acta de defuncin certificada por el Sheriff del condado
y firmada por tres testigos dignos de fe, para que no os quede duda
sobre la autenticidad de ese documento.

Mi familia me aconseja presentar una queja a los tribunales, a fin de
que el miserable que ha osado tomar el nombre de mi desgraciado hermano,
reciba el condigno castigo.

--Y bien? me dijo el comandante, persists an en vuestras aserciones?

Yo baj la cabeza y no respond una palabra.

Lo haba comprendido todo.

--Ah! exclam Tom.

--Mi hermano se haba apoderado de mi ttulo y de mi fortuna.....

Por qu medios haba logrado su objeto?

Esto es lo que ignoro y lo que no sabr quiz jams, aadi suspirando
Mr. Bruce.

--Eso..... yo lo s, dijo Tom.

--T lo sabes?

--S.

Y Tom, enjugando sus lgrimas, aadi:

--Os acordis del mendigo Nizam?

--El Indio?

--S, aquel miserable.......

--Bien y qu?

--Aquel miserable fue el cmplice de vuestro hermano.

--Pero qu haba yo hecho a ese infeliz?

Tom se sonri con amargura.

--Infeliz! repiti, sabis quin era ese hombre?

--No.

--Era sir Jorge Pembleton, el infame que haba manchado el tlamo de
vuestro padre y deshonrado a vuestra madre.

--Ah! exclam Mr. Bruce palideciendo.

--De casta le viene al galgo..... dice el refrn, aadi Tom, y aqu el
refrn no miente. Sir Evandale es digno hijo de tal padre.

Y aqu Tom refiri punto por punto a Mr. Bruce todo lo que haba
sucedido, segn ya sabemos por los captulos precedentes.

--Pero, dijo Mr. Bruce, despus que mataste a ese infame, por qu no
dijiste nada a mi hermano?

--Quera encontraros antes.

--Y se ha casado con mis Anna?

--El mismo da que sal de New-Pembleton se celebraba la boda.

Y dicho esto, Tom refiri la triste odisea de su viaje y las aventuras
de su larga estancia entre los negros canbales.

Mr. Bruce lo escuch con inters, y cuando hubo concluido, le dijo:

--Ahora veo que en la poca en que el gobernador de la Nueva Zelanda
escribi a Inglaterra, t habas salido ya de ella.

--S.

Mr. Bruce permaneci un momento silencioso.

Despus aadi:

--Ya comprendes por lo que acabo de decirte, que todas mis esperanzas
haban quedado destruidas. A partir del da en que el gobernador me
comunic la carta de sir Evandale, ya no esper en nada y me resign.

Mis compaeros de infamia seguan llamndome _milord_ por burla; pero yo
no volv a decir ms que perteneca a la alta aristocracia inglesa.

As se pasaron los aos.

Yo no los contaba y hasta me era indiferente la vida, cuando un da me
hicieron saber que haba cumplido mi condena y que estaba libre.

--Bruce, me dijo el gobernador al entregarme una pequea cantidad, fruto
de mi dura labor de cinco aos, podis escoger punto de residencia, sea
volviendo a Inglaterra o permaneciendo aqu, sea pasando a Australia
donde encontraris fcilmente trabajo.

Yo opt por este ltimo partido y me embarqu para Melbourne.

Por fortuna, llegu a aquella ciudad en un da de feria.

Un colono del noroeste me tom a su servicio como pastor, y me condujo a
su hacienda aquel mismo da.

Aquel colono era el padre de miss Lucy.

Mis sufrimientos, la ruda vida que haba llevado, y el contacto durante
cinco aos con los seres depravados y envilecidos que me rodeaban; no
haban podido degradar mi carcter ni destruir mi distincin natural.

Aqu entra, amigo mo, una historia novelesca de amor, que sera muy
largo contarte.

Yo haba olvidado a miss Anna.

Pero mi corazn no se haba cerrado a toda emocin dulce, pues empec a
suspirar al ver a miss Lucy.

--Y llegasteis a amarla.......

--Como ella me am y me ama todava.

Al cabo de dos aos, yo haba conquistado la amistad y la entera
confianza del colono.

Un da, al fin, me llam aparte y me dijo:

--He comprendido, mi pobre Walter, que amis a mi hija y que ella os
corresponde. Lo he pensado todo, y no encuentro inconveniente en vuestra
unin. En Inglaterra, un enlace semejante sera monstruoso, pero en
Australia somos indulgentes. Adems me habis contado vuestra historia,
y creo firmemente en cuanto me habis dicho.

--Y as es, dijo terminando Mr. Bruce, como llegu a casarme con miss
Lucy, como hered a su padre, y como en fin he conseguido ser dichoso.

--Sin embargo, milord, exclam Tom, no creo por eso que tengis decidido
el permanecer aqu.

--S, amigo mo, esa es mi intencin.

--Cmo!... renunciarais a reivindicar vuestros derechos?

--Para qu? respondi con indiferencia lord William, el hombre que
exista en m ha muerto para todos: ya no soy ni quiero ser otra cosa
que el colono Walter Bruce.

--Pero es imposible!

--Soy dichoso, amigo mo.

A tiempo que deca esto, entr en la habitacin su joven esposa,
llevando uno de sus nios por la mano, y el otro en brazos recostado
sobre el hombro.

--Mira..... dijo Mr. Bruce a Tom, qu crees que me falte para ser
feliz?




XXXVIII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XXIV


Tom pas muchos meses en la hacienda, insistiendo en sus ruegos cada da
y suplicando a Mr. Bruce que no olvidase lo que deba a su nombre y a la
satisfaccin de la justicia.

--Volved a Inglaterra, milord, le deca, es necesario que recobris
vuestro nombre y que entris como dueo en el solar de vuestros mayores.

Pero Mr. Bruce le responda invariablemente:

--No, amigo mo, aqu soy dichoso y aqu permanecer.

El pobre Tom se desesperaba al ver la inutilidad de sus esfuerzos.

--Escribe a tu mujer que venga a reunirse contigo, le deca adems Mr.
Bruce.

Pero Tom no renunciaba a la esperanza de convencer a su antiguo amo.

--Es necesario que volvis a Inglaterra, le repeta, es necesario.

A veces Mr. Bruce, cansado de su obstinacin, le dejaba sin respuesta,
hasta que al fin le dijo un da:

--Escchame, mi pobre Tom, y no insistas en un empeo intil.

--Decid, mi querido amo.

--Supongo por un momento que me decido y sigo tus consejos.

--Ah! los seguiris?

--Que nos volvemos a Inglaterra.

--Bien.

--Y que me presento a mi hermano.

--Ser fuerza que os reconozca.

--No solamente se negar a ello, sino que me acusar de ser un impostor.

--Oh! en cuanto a eso, ya le probaremos!....

--Qu quieres t que yo le pruebe? Mi identidad est perfectamente
establecida: soy Walter Bruce, antiguo deportado, y no otra cosa. Lord
William ha muerto, y est enterrado con todas las ceremonias legales en
el panten de Pembleton.

--Ah! responda Tom negndose a aceptar este razonamiento, si sir
Evandale se niega a reconoceros, hay otra persona que os reconocer de
seguro.

--Quin?

--Miss Anna.

La frente de lord William se nublaba al or esto, y sola responder:

--No, yo no amo a miss Anna, ni ella me ha amado jams. Estoy en la
conviccin de que tambin sera intil esa prueba.

Tom pareca darse por vencido y no aada una palabra.

Pero al da siguiente volva a la carga, aunque siempre con el mismo
resultado que la vspera.

En fin, un acontecimiento inesperado vino a darle la victoria.

En Australia, las fortunas se hacen rpidamente, y se deshacen a veces
con ms rapidez an.

El antiguo mundo ha creado all un pueblo enteramente nuevo: un pueblo
compuesto de aventureros y de criminales arrepentidos que han sufrido ya
su condena.

Todos ellos buscan con ansia su camino, tienen prisa de crearse una
posicin, y as la actividad humana no tiene all lmites.

Primero presidiario, luego deportado y al fin libre, el hombre trabaja
all en las minas y hace una rpida fortuna; o bien toma el oficio de
pastor, y por poco activo e inteligente que sea, salva bien pronto la
lnea de demarcacin que separa al trabajador del propietario, o el
pastor asalariado del rico ganadero.

Pero la fortuna de este ltimo es excesivamente incierta y se halla
sometida a sbitos y terribles trastornos.

El da menos pensado, el ganadero se ha acostado rico y tranquilo. Posee
en sus pastos cien mil cabezas de ganado, y tiene diez y ocho leguas
cuadradas de pas que ha escogido por dominio, pues la Inglaterra
concede la posesin del suelo a todo aquel que ha sabido conquistarlo.

Al da siguiente se despierta arruinado.

Cmo se ha operado este fenmeno?

La Australia est infestada de negros fugitivos que han huido de las
colonias, donde eran esclavos, y que viven del robo, del pillaje y del
incendio en esta isla que es grande como un continente.

La autoridad ha debido tomar medidas contra ellos y hasta se han creado
varios regimientos de negros sometidos, que llaman la _milicia negra_.

Esta tropa se ha hecho muy temible y presta grandes servicios sin duda,
pero es impotente sin embargo para proteger a los colonos del interior.

Los negros cimarrones, como llaman a los fugitivos, se contentan por lo
general con robar algunos ganados.

Pero si creen tener queja grave o gran perjuicio de un colono o
ganadero, entonces organizan contra l una verdadera expedicin.

Una noche la habitacin se encuentra cercada.

Estas estn defendidas en general por altos muros que rodea un foso
profundo: contienen una guarnicin de ciento cincuenta o doscientos
servidores, entre criados, gaanes y pastores, todos ellos adictos a su
amo; y hay adems una jaura de perros enormes y medio salvajes, que
guardan los patios y las puertas de los establos y caballerizas.

Pero los negros llegan en multitud tan crecida, que a veces se cuentan
por miles.

Y si la hacienda se encuentra aislada, lejos de toda habitacin, y no
llegan prontos socorros, el colono est perdido.

Los negros le harn a veces gracia de la vida, pero pegarn fuego a su
habitacin y dependencias, arrasarn los rboles, y matarn todo el
ganado que no puedan llevarse.

Entonces el desgraciado colono tendr que empezar a construir de nuevo
el edificio de su precaria fortuna.

La tierra, en Australia, no tiene valor sino por los brazos que la
cultivan y los rebaos que pastan su yerba salada.

Una vez dispersos los cultivadores y ganaderos, el colono queda reducido
a la indigencia.

Tales desgracias son harto frecuentes hacia el interior, y Walter Bruce
no deba verse libre de ella.

Y sin embargo, siempre haba vivido en buena inteligencia con los negros
cimarrones.

Cuando rondaban alrededor de su hacienda, sola enviarles pan, carne y
aguardiente; y los negros respetaban sus ganados, y hasta le llamaban el
_buen blanco_.

Pero una aventura amorosa vino a destruir en un momento todas estas
buenas disposiciones.

Sucedi, pues, que el jefe de una de las hordas ms temibles de esos
bandidos, llamado Kukuren, se enamor de una joven mulata que serva
como criada en la hacienda.

La solicit subrepticiamente por algn tiempo, y al cabo se atrevi a
venir a pedirla en matrimonio a Mr. Bruce.

El joven colono le escuch con su natural bondad y le respondi:

--Dirgete a ella. Si quiere seguirte, no me opondr a su voluntad.

El jefe lo hizo as, pero la mulata, que tena horror de los negros
cimarrones, le neg resueltamente su mano.

Kukuren jur vengarse.

Pocos das despus, en medio de una noche oscura, penetr en la
habitacin escalando los muros, y llegando hasta el cuarto de la criada,
la arrebat de su lecho y trat de huir con ella.

Pero la mulata se defendi arrojando gritos desesperados.

Uno de los pastores del colono cogi una escopeta, se asom a una
ventana, y viendo a un negro que hua, le apunt e hizo fuego.

El negro cay mortalmente herido.

Y como aquel negro era Kukuren, el jefe poderoso de una horda numerosa y
temible, Mr. Bruce comprendi que estaba perdido.

En efecto, a la noche siguiente, la habitacin fue atacada por una
innumerable multitud de aquellos forajidos, a quienes los colonos de
Australia han apellidado los demonios negros.

Aquello fue un sitio y una batalla.

Mr. Bruce resisti el ataque y se defendi valerosamente.

Pero sus servidores cayeron uno a uno, heridos por las flechas
emponzoadas de los negros.

Al mismo tiempo, muchos de ellos pusieron fuego a la habitacin.

Atrincherado con su mujer, sus hijos y algunos de sus criados, Mr. Bruce
se defenda an con el herosmo de la desesperacin, cuando lleg la
_milicia negra_.

La horda de Kukuren tom entonces la fuga, y Mr. Bruce pudo as salvarse
con toda su familia.

Pero en cambio estaba completamente arruinado.

Tom haba conservado el famoso cinturn que los canbales no pensaron en
quitarle, y gracias a esta feliz casualidad, posea an setecientas u
ochocientas libras esterlinas.

Esto era ms de lo que necesitaban para volver a Europa.

Tom crey entonces llegado el momento de dar el ltimo golpe, y mirando
a su amo, le dijo con acento de triunfo:

--Ah! lo que es ahora no dudo que consentiris en volver a vuestro
rango y reconquistar vuestro nombre!

--Ay! respondi suspirando Mr. Bruce, si yo fuera solo, puedes estar
seguro de que permanecera aqu y que tratara de reconstituir mi
fortuna; pero tengo mujer e hijos, y me espanta por ellos la miseria.

--En fin! exclam Tom.

* * *

Un mes despus, Walter Bruce, su esposa, sus dos hijos y Tom, se
embarcaban en Melbourne, aprovechando la salida de un buque que haca
vela para Inglaterra.

Ocho das antes, Tom haba escrito a Betzy:

--Al fin lo he decidido a partir. Dentro de seis meses, lord William
llegar conmigo a Londres.

Y Tom dej la Australia con el corazn henchido de esperanza, mientras
que Walter Bruce verta lgrimas en silencio, pensando en aquella
habitacin perdida en las praderas del noroeste, bajo cuyo techo haba
vivido tanto tiempo feliz.




XXXIX

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XXV


Dejemos ahora trascurrir algn tiempo, y volvamos a nuestra vez a
Londres.

Nos hallamos en medio del verano.

Es decir durante el esto, que es lo que llaman los Ingleses la
_estacin_.

La ciudad de Londres, tan triste y brumosa en invierno, tiene tambin
sus das de esplendor, que la inundan de sol y de aire puro.

Entonces las cpulas de sus iglesias y la cima de sus edificios
reverberan la luz en mil cambiantes; sus calles ostentan una animacin y
alegra inslitas, y sus parques y sus squares se ven llenos de una
compacta multitud que parece dichosa y contenta de la vida.

Hyde-Park, sobre todo, presenta en semejantes das un espectculo
soberbio.

Los coches, los jinetes y las personas de todas clases que recorren a
pie sus frondosas alamedas, se cruzan, mezclan y confunden en todos
sentidos.

Mucho despus de ponerse el sol, Hyde-Park est an lleno de gente. Ac
y all, tiernos amantes recitando por lo bajo la eterna cantinela del
primer amor; nios revoltosos jugando a orillas de la Serpentina;
ancianos rejuvenecidos por el sol, y jvenes lnguidas y novelescas
soando con el cielo de Italia y con las lontananzas azules que baa el
Mediterrneo.

Y toda esa variada multitud va y viene, circula, y aspira con placer la
brisa de la tarde que reemplaza el ardiente calor del da. Todos parecen
dichosos.

Son las ocho de la noche: empieza la hora del crepsculo, y un rayo de
luz se desliza an por entre el sombro follaje de los aosos rboles.

Una joven bella y elegante, llevando a un nio por la mano, y seguida de
dos lacayos, se pasea por la margen izquierda del riachuelo.

Esta joven es la que hemos conocido en otro tiempo con el nombre de miss
Anna, y que se llama hoy lady Evandale Pembleton.

El nio que lleva por la mano es su hijo.

Erguida y majestuosa, sigue lentamente su paseo, pero hace algunos
instantes parece recelosa e inquieta.

Y es que ha notado que hace algunos instantes un hombre la sigue a
cierta distancia.

Quin era aquel hombre?

Lady Pembleton lo ignora.

O al menos no ha podido verlo bastante cerca para poder fijar su
opinin.

Sin embargo su aspecto y su traje son los de un gentleman.

Adems, ha observado que su cabeza es enteramente cana.

Pero su obstinacin en seguir a la joven, ha acabado por inspirarla
temor.

Iba a tomar pues por una alameda ms concurrida, cuando el gentleman
pareci de repente adoptar una resolucin, y adelantndose a los dos
lacayos, se aproxim a lady Pembleton con el sombrero en la mano.

Lady Pembleton hizo al principio un gesto de temor; pero el gentleman se
apresur a decirla:

--Milady, no me reconocis?

Lady Pembleton dej escapar una exclamacin de sorpresa.

--Tom! dijo, es posible?

--S, milady.

--Yo os crea muerto.

--Pues ya lo veis, milady, estoy vivo, y bien vivo, repuso Tom.

Lady Pembleton lo contemplaba con una especie de estupor.

Tom continu:

--Milady, acabo de llegar de Australia.

--Ah! de veras? exclam la joven.

--Y he venido expresamente para veros.

--A m?

--A vos, milady.

--As, no es la casualidad la que nos hace encontrarnos.....

--No, milady; hace ocho das que ando vagando por los alrededores de
vuestro palacio.

--Y por qu no habis entrado?

--Porque quera veros a solas, milady.

--Ah!

Y lady Pembleton pareci de nuevo inquieta.

--Milady, prosigui Tom, nadie debe or lo que tengo que deciros.

--Me espantis con vuestro tono misterioso, amigo Tom.

--Es absolutamente necesario que os hable por algunos minutos, milady.

--Pues bien, Tom, seguid a mi lado y hablad. Estamos casi solos en este
momento y nadie puede ornos.

--Tengo un secreto que confiaros, milady.

--Un secreto!

--Un secreto que hace algunos aos os hubiera colmado de alegra.

--Ah!

--Y que ahora va a llenar vuestro corazn de una dolorosa tristeza.

--Me espantis, Tom!

--Milady, prosigui este, ya os lo he dicho, llego de Australia.

--Y qu?

--All he encontrado a un hombre que se acordaba de vos... que pensaba
en vos con frecuencia.

--No os comprendo. Quin puede pensar en m en Australia?... pregunt
lady Pembleton impasible.

--Un hombre que se llama Walter Bruce.

--Ese nombre me es desconocido, Tom.

--Es posible, milady; pero antes de llevar ese nombre, tena otro.

--Cul?

--Se llamaba lord William Pembleton.

Lady Pembleton dej escapar un grito.

Luego, mirando a Tom con estupor:

--Estis loco? le dijo.

--No, milady, gozo de toda mi razn.

--Sin embargo, sabis muy bien que lord William ha muerto.

--Lo he credo como vos, milady.

--Y yo lo he visto sin vida, Tom.

--No es a lord William a quien habis visto muerto, milady.

--A quin pues?

--A un presidiario llamado Walter Bruce.

--Ah! mi pobre Tom! dijo entonces lady Pembleton, veo claramente que el
dolor que habis sentido por la muerte de vuestro noble amo os ha
trastornado el cerebro.

--No, milady, yo no tengo trastornado el cerebro; no, no estoy loco.

--Sin embargo.....

--Os lo suplico, milady; dignaos escucharme hasta el fin.

Lady Pembleton pudo apenas reprimir un gesto de impaciencia.

En seguida ech una mirada en su rededor y vio que estaban solos.

Los dos lacayos, viendo que su noble seora hablaba familiarmente con
aquel gentleman, se mantenan a respetuosa distancia.

--Sea, dijo en fin, hablad.

--Milady, os lo repito, dijo el antiguo mayordomo, lord William no ha
muerto.

Lady Pembleton no respondi.

--Oh! prosigui Tom, ya me creeris cuando lo sepis todo.

Y en seguida cont a lady Pembleton todo lo que saba, todo lo que haba
visto y todo lo que haba hecho.

Sin embargo, lady Pembleton le escuchaba con aire de incredulidad.

--Ah! exclam Tom al concluir con acento de triunfo, cuando lo hayis
visto, ser fuerza que me creis.

--Cundo lo haya visto, decs?

--S, milady.

--Pues qu, no est en Australia?

--Ha venido conmigo a Londres.

Lady Pembleton palideci y no pudo ocultar su turbacin.

--En Londres! exclam, ese hombre est en Londres?

--Ese hombre que habis amado.... y que habis llorado.

--Y llegar a verlo?

--S, llegaris a verlo, milady.

Hablando as, se aproximaban en este momento a una vuelta de la alameda,
donde forma un codo el riachuelo, dando origen a otra avenida.

En aquella vuelta haba un banco colocado contra un sauce que lo cubra
con su sombra; y en aquel banco estaba sentado un hombre, joven an,
pero cuyo rostro conservaba las huellas de largos sufrimientos.

Al ver aproximarse a lady Pembleton, aquel hombre se levant vivamente.

--Miss Anna! exclam.

Lady Pembleton se estremeci y fij en l la vista.

--Ah le tenis! dijo Tom.

La joven lady dio algunos pasos ms y contempl framente a Walter
Bruce.

Y despus, volvindose a Tom, dijo con acento glacial:

--En efecto, amigo mo, este hombre se parece vagamente a lord William,
pero no es l. Lord William ha muerto.

Walter Bruce exhal un grito de dolor y huy como un insensato.

--Oh! por qu he vivido hasta hoy? deca al alejarse, Ya saba yo que
no me reconocera!




XL

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XXVI


En la _City_, cerca de San Pablo, hay una calle que llaman _Pater-Noster
street_.

Esta calle es la de los libreros.

Pero estos tiles industriales no forman sin embargo, como podra
creerse, la totalidad de sus habitantes.

Hay all un poco de todo: muchos libreros, es verdad, pero avecinando
con artesanos y negociantes, con propietarios de poca monta, y con
humildes empleados de comercio.

Hasta se encuentra en Pater-Noster, y por ms seas en el nmero 17, lo
que se llama en Inglaterra un _solcitor_.

El _solcitor_, en Londres, es lo que podramos llamar un
procurador-abogado.

Como procurador judicial, hace las diligencias de un pleito, y como
abogado lo defiende.

As el solcitor gana mucho dinero.

En primer lugar se hace pagar muy caro,--y en segundo eterniza los
pleitos.

De este modo el litigante que entra rico en su gabinete, sale al fin las
ms veces arruinado.

Pero en cambio tiene la ventaja de haber ganado su pleito.

Como decamos pues, exista en Londres por esta poca, y en el nmero 17
de la calle de Pater-Noster, un solcitor famoso.

Este solcitor era conocido con el nombre de Mister Simouns.

Era un hombre de gran talento y toda la curia inglesa le renda pleito
homenaje.

Cada una de sus palabras vala por lo menos una guinea, pero tena el
raro mrito, en su cualidad de solcitor, de conducir los negocios al
paso de carga. Los pleitos no se eternizaban en sus manos.

Mister Simouns era un hombre joven an.

Alto, un poco obeso, con algunos raros cabellos sobre las sienes, y el
crneo enteramente desnudo, el rostro adornado con dos magnficas
patillas, los labios delgados, ojos claros y azules, tez rosada, y un
gracioso hoyuelo en la barba.....

Tal era mister Simouns.

Su aspecto era majestuoso, pero reflejaba a la vez una bondad natural y
una franqueza, que no dejaba de atraerle partidarios.

En una ocasin se haba atrado sin quererlo el sufragio de sus
conciudadanos, que intentaron enviarlo a la Cmara de los comunes; pero
mister Simouns rehus este honor.

--No soy bastante rico an, haba dicho, para consagrar mi tiempo a los
negocios pblicos.

Mr. Simouns, como hemos indicado, conduca a veces un pleito con una
rapidez extraordinaria. Los ecos del tribunal de Drury-Lane conservaban
por largo tiempo los sonidos armoniosos de su elocuencia, a la vez
pattica y violenta.

Este clebre solcitor acababa de defender a un Irlands comprometido en
las ltimas intentonas del fenianismo, y lo haba hecho absolver.

Y lo que haba conmovido sobre todo y encantado al pueblo de Londres,
era que el pobre Irlands no tena una blanca en el bolsillo, y que Mr.
Simouns lo haba defendido de balde.

Es verdad tambin que Mr. Simouns, como buen ingls, saba lo que se
haca llamando la atencin sobre su persona.

Ahora bien, una maana, Mr. Simouns llegaba como de costumbre a
Pater-Noster.

En Londres, todo hombre de negocios, comerciante, notario o abogado, que
ha adquirido una regular fortuna, tiene su despacho o gabinete en una
calle populosa y central, pero vive con su familia en el campo.

A alguna distancia de la capital o al menos a dos o tres leguas del
centro, habita por lo comn en una linda casita rodeada de jardines,
lejos de la mortfera atmsfera de Londres.

Mr. Simouns llegaba pues a su gabinete de Pater-Noster a las once de la
maana, y se volva al campo a la hora de comer.

En la maana de que hablamos, acababa de llegar como de costumbre,
bajaba de su coche e iba a penetrar en el portal estrecho, oscuro y
hmedo que conduca a su oficina, cuando un hombre, que pareca estarlo
esperando haca ya tiempo, dio un paso hacia l y le dijo con cortesa:

--Dispensadme, mister Simouns.

Aquel hombre estaba decentemente vestido.

Mr. Simouns se volvi, lo mir atentamente, y se qued como dudando por
un instante.

Su mirada pareca decir:

--Me parece que conozco a este prjimo. Dnde diablos lo he visto?

--Veo que no os acordis de m, mister Simouns, dijo aquel hombre.

--En efecto..... y sin embargo..... me parece...

--Hace cerca de diez aos que no nos hemos visto.

--Oh! entonces.......

El desconocido no le dej acabar y prosigui:

--Yo era ya un cliente de vuestro gabinete, cuando erais an oficial
mayor.

--De veras? exclam Mr. Simouns.

--Yo era mayordomo de lord Pembleton y me llamo Tom. Vena aqu con
frecuencia cuando os ocupabais de los negocios de mi noble amo.

--Ah! muy bien, dijo Mr. Simouns, me acuerdo ahora perfectamente. S,
s, ahora recuerdo vuestra fisonoma.

--Pues bien, Mr. Simouns, vengo a veros, y deseara hablaros de un
negocio de gravsima importancia.

--En ese caso, subid a mi gabinete.

Y Mr. Simouns entr delante de Tom que le sigui de cerca.

El antiguo mayordomo de Pembleton no volvi a pronunciar una palabra,
hasta que se hall instalado en el gabinete particular del solcitor.

--Segus sirviendo siempre a la noble familia Pembleton? le pregunt
entonces Mr. Simouns.

--S y no, respondi Tom.

Mr. Simouns se qued mirndolo.

--He dejado el servicio de sir Evandale, pero contino al lado de lord
William.

Como era tan notorio en el Reino Unido que lord William haba muerto y
que sir Evandale haba sucedido a su hermano, Mr. Simouns se qued
mirando fijamente a Tom, creyendo que se hallaba con un loco.

Pero Tom hablaba con conviccin, y no haba el menor indicio de locura
ni en su mirada, ni en su actitud ni en la inflexin de su voz.

--Dispensadme, dijo Mr. Simouns, es necesario que os expliquis con ms
claridad, amigo mo.

--Eso es lo que voy a hacer, si es que os dignis escucharme.

--Bien, hablad.

El solcitor es un hombre paciente por costumbre y por deber de
profesin. Positivo ante todo, sabe que en el relato ms desordenado y
ms oscuro de un cliente, hay siempre un punto claro que puede ser til
a la defensa, y que las mejores causas no son muchas veces las ms
fciles de explicar.

--Mr. Simouns, dijo entonces Tom, el honorable Mr. Goldery, vuestro
predecesor, era muy adicto a lord Evandale Pembleton, el padre de lord
William. Era sobre todo un hombre muy honrado, Mr. Goldery.

--Y yo me jacto de ser tan honrado como l, repuso Mr. Simouns con
calma.

--Estoy persuadido de ello, prosigui Tom, y por eso he venido a
consultaros.

--Est muy bien, os escucho, repiti Mr. Simouns.

Un jurisperito es una especie de confesor; debe decrsele todo y l debe
saber orlo todo.

Tom no pas nada en silencio.

Cont detalladamente la historia de sir Jorge Pembleton, y el crmen
abominable de que se haba hecho culpable.

Ese crmen, como ya sabemos, haba dado por consecuencia el nacimiento
de sir Evandale.

Tom refiri pues todo lo que haba pasado: los temores de lady Evelina,
la infancia de lord William y de su hermano sir Evandale, en fin el
drama misterioso y terrible que haba tenido lugar en New-Pembleton, y
que haba dado por resultado la sustitucin del cadver del presidiario
Walter Bruce a lord William aletargado.

Y luego que hubo concluido, se qued mirando en silencio a Mr. Simouns.

Este no tard en contestarle.

--Todo lo que acabis de decirme, repuso, es verdad sin duda, pero al
mismo tiempo extremadamente inverosmil. Ahora, admitiendo que yo doy
entera fe a ese relato, en qu puedo serviros?

--Podis sostener las pretensiones de lord William.

--Qu pretensiones?

Y Mr. Simouns se sonri de modo que hizo estremecerse a Tom.

--Parceme sin embargo, dijo el pobre mayordomo, que es cosa muy
sencilla. Lord William no ha muerto, y de consiguiente pretende entrar
en posesin de su nombre, de sus ttulos y de su inmensa fortuna.

--Eso es lo que es imposible.

--Por qu causa?

--Porque a los ojos de la ley lord William ha muerto y que su acta de
defuncin est en regla.

--Pero, y probando la sustitucin?.......

--Cmo podis hacerlo?

--Toma! contando lo que ha pasado.

Mr. Simouns se encogi de hombros.

--Nadie os creer, dijo.

--Sin embargo.....

--Una sola persona podra presentar un testimonio de algn valor en este
negocio, prosigui Mr. Simouns.

--Quin es esa persona?

--El teniente de presidio que se hizo cmplice de sir Jorge Pembleton.

--Oh! exclam Tom, yo encontrar a ese hombre.

--Pero dado caso que lo encontris, no dar ese testimonio.

--Fuerza ser que lo haga!

Mr. Simouns se encogi de nuevo de hombros.

En fin, despus de un momento de reflexin, aadi:

--Ante todo seamos positivos. Escuchadme a vuestra vez, Mr. Tom.

--Decid, decid, repuso Tom, que pareca lleno de fe en la justicia de su
causa.




XLI

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XXVII


Mr. Simouns prosigui de este modo:

--La persona a quien llamis vuestro amo, y que en rigor, puede muy bien
ser lord William, ha sido deportado, segn decs.....

--S, seor, respondi Tom.

--Y hace unos diez aos que dej la Inglaterra, no es as?

--Sobre poco ms o menos.

--De consiguiente, puede estar desconocido para todo aquel que no tenga
inters en conocerle.

--Ay! as es.

--En ese caso, ya veis que si vuestro amo se presenta a lord Evandale,
este le volver la espalda, y que no ser recibido mejor sin duda por su
noble esposa.

--Si debo decroslo todo, exclam Tom vivamente, sabed que mi amo ha
visto ya a lady Pembleton.

--Ah!

--Y no lo ha reconocido.

--Razn de ms, repuso Mr. Simouns, para que aceptis mis proposiciones.

--Veamos, os escucho.

--Sin que os sea necesario decrmelo, me es fcil adivinar que tanto
vuestro amo como vos, habis vuelto de Australia casi sin recursos.

Tom baj la cabeza y no respondi.

--Lord Evandale es fabulosamente rico. No sera difcil, estoy seguro,
de hacerle entrar en una transaccin.

--De qu transaccin queris hablar? pregunt Tom con cierta violencia.

--De una transaccin, replic Mr. Simouns, como esta por ejemplo: Lord
William consentira en conservar el nombre de Walter Bruce y en volver a
Australia.....

--Pero.....

--Y lord Evandale le dara treinta, cuarenta o cincuenta mil libras.....

--Estis loco, Mr. Simouns? dijo Tom framente.

--Ah! creis?.....

--Mi amo no renunciar a ninguno de sus derechos.

--Quiere ser lord?

--S.

--Y entrar en la posesin plena y entera de su fortuna?

--Ciertamente.

--Entonces sois vos quien estis loco, Mr. Tom, y vuestro amo ms que
vos, dijo el solcitor.

--Oh! caballero!...

--Y voy a probroslo, prosigui Mr. Simouns. Un hombre solamente, ya os
lo he dicho, el teniente de presidio Percy, podra dar un testimonio
digno de fe.

--Yo encontrar a ese hombre, os lo juro! dijo Tom.

--Pero, me obligis a repetirlo, ese hombre se guardar muy bien de
decir la verdad.

--Oh! se le obligar....

--Y aun cuando lo hiciese, continu Mr. Simouns, eso no nos hara
adelantar gran cosa.

--Por qu?

--Por la sencilla razn de que el testimonio de un guarda de la chusma,
es decir, de un hombre que ocupa una posicin tan baja en la escala
social, no inspira sino una mediana confianza; y os lo repito, aadi
Mr. Simouns, ese hombre es el nico que podra en rigor alguna cosa.

--Yo lo encontrar, dijo de nuevo Tom.

--Ahora, prosigui diciendo el solcitor, suponiendo que logris
encontrar al teniente Percy y que este consienta en hablar, creis
buenamente que todo est hecho, no es verdad?

--Toma! se me figura.......

--Estis en un error.

--Cmo? exclam Tom.

--El procurador general no se mezclar en el negocio. Lord Evandale es
par del reino, tiene asiento en la Cmara alta, y es necesario, para
perseguirlo, obtener una autorizacin del Parlamento. Consentir en
ello la Cmara? Es poco probable.

En ese caso, no os quedar otra accin contra lord Evandale que el
recurso de un pleito.

Y ya lo sabis, Mr. Tom, los pleitos cuestan mucho en Inglaterra. Por
lo que a m hace, aadi Mr. Simouns, no me encargara de emprender ese,
sin que se me depositase al menos una caucin de diez mil libras.

--Diez mil libras! exclam Tom.

--Lo menos.

--Es exagerado!

--No lo creis, repuso Mr. Simouns: y aun as, no sabr deciros si
entrar en mis desembolsos.

--Pero... es inconcebible, que se necesite tanto dinero para obtener
justicia y adquirir uno lo que le pertenece! exclam Tom.

--No digo que no, pero as es.

--Pero entonces....

--Entonces vuestro amo har bien en resignarse y en adoptar el partido
que le queda.

--Qu partido?

--El de una transaccin.

--Jams! repuso el leal servidor de lord William.

--Como os plazca, dijo Mr. Simouns. Solamente, no echis en saco roto
mis consejos..... tomad vuestras precauciones.......

Tom se qued mirndolo.

--Lord Evandale, prosigui Mr. Simouns, se halla en una situacin que
considero como inexpugnable.

--Y qu? pregunt Tom.

--Si todo lo que me habis dicho es verdad, es un hombre poco
escrupuloso.

--As es.

--Y si tratis de dar un escndalo, no creo que retroceda ante un nuevo
crmen.....

--Oh! hay justicia en Inglaterra! exclam Tom.

Mr. Simouns se encogi de hombros.

Tom dijo entonces levantndose:

--Veo con dolor que me haba hecho una ilusin al contar con vuestro
apoyo.

--No me juzguis a la ligera, Mr. Tom, respondi el solcitor; siempre y
cuando queris, me encontraris a vuestra disposicin y a la de lord
William, para obligar a lord Evandale a una transaccin.

--No queremos transaccin de ninguna especie, dijo Tom con altivez. A
Dios, Mr. Simouns.

--Hasta la vista, Mr. Tom.

Y el solcitor se levant a su vez y acompa a Tom hasta la puerta del
gabinete.

--Ya nos volveremos a ver, le dijo.

--No lo creo, caballero.

--Y yo estoy seguro.

Tom tom la puerta precipitadamente, baj por Pater-Noster, luego por
Sermon-Lane, y lleg a orillas del Tmesis.

Ya all, se embarc en el _penny-boat_ de Sprinfields, y pas a la
opuesta mrgen, a la entrada del Borough.

Y en fin, al desembarcar en la orilla derecha del ro, se dirigi a pie
hacia una calle que conocen muy bien nuestros lectores, esto es, a
Adam-street.

En esta calle era donde viva Betzy, la mujer de Tom, y en la misma casa
donde este haba aposentado a lord William, con su esposa y sus hijos, a
su vuelta de Australia.

Tom lleg all desesperado.

En vez de entrar primero en el cuarto de lord William, se fue derecho a
la habitacin de su mujer.

--Y bien? le pregunt esta.

Tom movi la cabeza con desaliento.

--Esas gentes del foro no tienen entraas, dijo.

Y le cont el resultado de su entrevista con Mr. Simouns.

--Ese hombre tiene razn hasta cierto punto, dijo Betzy; pero yo he
concebido otras esperanzas.

--Veamos! exclam Tom con ansiedad.

--Hace poco, prosigui Betzy con cierto misterio, he salido un instante
para ir al mercado.

--Bien, dijo Tom.

--Y al volver, me he cruzado en la calle con una mujer que vena a pie,
cubierta con un velo espeso, y que pareca buscar alguna cosa.

--Y esa mujer?.....

--Tiene el aspecto y el modo de andar de miss Anna.

--De lady Pembleton?

--S.

Tom se estremeci de pies a cabeza.

--Y no estoy lejos de creer, aadi Betzy, que lo que busca es el medio
de ver a lord William.

Y diciendo esto, Betzy se aproxim a la ventana y mir a la calle.

Pero casi al mismo tiempo se volvi de repente y exclam:

--Calla!... por aqu vuelve..... mira!

Tom se acerc vivamente a la ventana y mir a su vez a la calle.




XLII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XXVIII


Tom dirigi la vista hacia el punto que le indicaba Betzy.

Vease all en efecto una mujer que pareca errar a la ventura, y que
con la cabeza levantada iba examinando todas las casas.

--S, dijo Tom, ella es: no te habas engaado.

De pronto aquella mujer pareci decidirse, atraves la calle, y entr
resueltamente en el estrecho portal de la casa.

Entonces Tom dijo a su mujer:

--Esprame, voy a salir a su encuentro.

Y se precipit por la escalera.

La mujer que suba con paso ligero y Tom que bajaba precipitadamente la
escalera, se encontraron en el descanso del segundo piso.

--Milady? dijo Tom en voz baja.

Lady Pembleton,--pues era en efecto ella,--se levant vivamente el velo.

--Os buscaba, dijo.

Y ech temblando una mirada a su rededor, como avergonzada de haber
penetrado en aquel casucho miserable.

Pero sobreponindose y haciendo un esfuerzo, se asi al brazo de Tom y
le dijo por lo bajo:

--He venido sin que lo sepa lord Evandale.

--Ah! exclam Tom.

--Quisiera ver de nuevo a... la persona que decs ser lord William.

--Aqu vive, repuso Tom.

--En esta casa?...

--Mirad, esa es la puerta de su cuarto.

--Y..... est..... solo?

--No, seora, dijo Tom; est con su mujer y con sus hijos.

--Sus hijos?..... su mujer?.....

Lady Pembleton dijo estas palabras con un acento extrao.

Pero en fin, la emocin que se haba apoderado de ella, pareci calmarse
sbitamente.

--Deseo verlo a solas, dijo.

--En ese caso, respondi Tom, podis subir a mi cuarto, que est en el
piso superior. Betzy y yo saldremos, y en seguida os enviar a milord.

Lady Pembleton se arrepenta ya seguramente del paso que daba, y hubiera
dado algo por poderse alejar de all.

Pero era demasiado tarde.

Tom la ofreci el brazo y la ayud a subir, y en seguida corri a avisar
a lord William.

Este se conmovi en extremo al saber que lady Pembleton vena a verlo, y
una idea consoladora pas por su imaginacin.

--El otro da no ha podido conocerme, se dijo, pero hoy es seguro que me
reconocer.

Sus fuerzas flaqueaban cuando penetr en el aposento donde le esperaba
su antigua prometida.

Tom hizo una sea a su mujer y ambos salieron del cuarto.

Lady Pembleton haba permanecido en pie y con el velo echado sobre el
rostro; pero apenas salieron Tom y Betzy, lo levant y dio un paso hacia
lord William.

Ambos se quedaron fijos y se contemplaron un momento en silencio.

Ni uno ni otro se atrevan a hablar.

En fin lady Pembleton hizo un supremo esfuerzo y dijo a media voz:

--He querido, caballero, volver a veros, por razones que comprenderis
bien pronto.

--Ah! veo que me reconocis, milady, dijo lord William.

Ella no respondi a esta asercin y aadi:

--Estamos solos aqu, no es verdad, caballero?

--Absolutamente solos.

--Nadie puede ornos?

--Nadie.

--He querido volveros a ver, prosigui la joven lady, para ponerme
enteramente a vuestro servicio.

--Ah! exclam lord William estremecindose.

--Caballero, continu lady Pembleton, yo he visto a lord William muerto,
sin que quedara en mi espritu la menor duda; y sin embargo vos me decs
que existe.

--Soy yo, milady; y al verme, habis debido convenceros.

--Sea, admitamos que es as.

--Qu queris decir, milady?

--Perdonad, dijo esta humildemente, os suplico que me escuchis hasta el
fin.

--Hablad.

--Os he credo muerto, y Dios sabe cunto he sufrido y cunto os he
llorado.

Y al decir esto, sus ojos se arrasaron en lgrimas.

--Os he llorado, prosigui, y durante muchos meses, he rehusado hasta
or hablar de otra unin, pues quera vivir y morir llevando el duelo de
mi primer amor. Pero mi padre me persegua sin descanso, lord Evandale
me amaba...... y al fin fatigada, vencida..... baj la cabeza y obedec
a mi padre.

--Y luego? dijo lord William.

--Despus, acab por amar al hombre con quien me haba casado slo por
sumisin....... fui madre, y era ya la ms dichosa de las mujeres.....
cuando os habis aparecido a mis ojos..... vos, a quien crea
muerto!--Vuestra aparicin ha trastornado completamente mi dicha, y.....
aqu me tenis completamente a vuestra merced, caballero. Vengo pues a
suplicaros rendidamente que no causis escndalo, que no turbis la paz
de que gozo y, en una palabra, que no empeis una lucha intil e
insensata.

--Pero, milady, dijo lord William, vuestro esposo me ha despojado
infamemente.

--Ambos estamos dispuestos a hacer un sacrificio.

--Qu decs? pregunt lord William con altivez.

--Os ser muy difcil, si no imposible, el probar que lord William no ha
muerto.

--Oh! yo lo probar, dijo lord William.

--Entonces, a vuestra vez despojaris a vuestro hermano, y cubriris de
oprobio el nombre de Pembleton.

--Si tales son vuestras ideas, milady, dijo lord William con amargura,
a qu habis venido aqu?

--A proponeros una transaccin.

--Veamos.

--Dejaris inmediatamente a Londres, volveris a Australia, conservaris
el nombre de Walter Bruce, que es ahora fatal e inflexiblemente el
vuestro.....

--Y qu me daris en cambio? pregunt lord William con irona.

--Todo el oro que queris.

Lord William se sonri amargamente.

--Lo que me peds es imposible, dijo.

Esta respuesta glacial no desconcert a lady Pembleton.

--Qu exigs pues? pregunt.

--Odme a vuestra vez, milady.

La joven esper con ansiedad.

--Tanto como vos, tengo empeo en conservar intacto el nombre de mi
familia..... el honor de la casa Pembleton. Por eso, por eso solo,
desciendo tambin a proponer una transaccin, pero que difiere
esencialmente de la vuestra.

--Veamos, dijo lady Evandale.

--Un hombre cuya identidad no ha quedado establecida, sir Jorge, mi to,
conocido en otro tiempo bajo el nombre de Nizam, ha sido, como ya debis
saber, la causa primera de todas mis desgracias. Por qu no haramos de
l el nico culpable?

--No os comprendo, dijo la joven lady.

--Por qu sir Evandale, mi hermano, no reconocera pblicamente que ha
sido engaado por ese hombre, autor de la sustitucin?

--Y despus?

--Por qu no me reconocera en fin, en vez de negar prfidamente que
soy su hermano. Dividiramos entre ambos la fortuna, y l conservara el
ttulo de lord: qu me importa? Lo nico que quiero es mi nombre de
Pembleton.

--Lo que peds es absolutamente imposible, caballero.

--Ah! lo creis as?

--S, dijo lady Pembleton sordamente. El derecho de primogenitura existe
en Inglaterra.

Lord William hizo un gesto de clera.

--Basta, milady! dijo: no podemos entendernos.

--No decs, caballero, repuso lady Pembleton con acento glacial, que
sois lord William?

--Demasiado lo sabis, dijo este con indignacin.

--Pues bien, es necesario probarlo.

--Lo probar, milady.

--Entonces, dijo ella, ese da, lord Evandale os devolver vuestros
ttulos y vuestra fortuna.

Y dio un paso para retirarse.

Lord William hizo un gesto para detenerla.

Pero ella abri la puerta y volvindose, le dijo:

--Si fuerais verdaderamente William, el noble y digno joven que me
amaba, y a quien yo he amado tanto, hubierais tenido conmigo otro
lenguaje.--A Dios, caballero, no nos volveremos a ver sino delante de la
justicia.

Y sali con la frente erguida y con paso majestuoso.

Lord William lanz un gemido y se dej caer anonadado en una silla.

--Oh! miserable corazn humano! exclam. He ah la mujer que me amaba
por m solo....... y que despreciaba las riquezas!




XLIII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XXIX


En la tarde de aquel mismo da, tres personas se hallaban reunidas en el
palacio Pembleton, y celebraban un consejo de familia.

Aquellas tres personas eran lord Evandale, lady Pembleton su esposa, y
sir Archibaldo, padre de esta.

Sir Archibaldo no era ya el magnfico personaje, afectuoso y corts que
hemos conocido al principio de esta historia.

Hay hombres favorecidos por la fortuna, a quienes la prosperidad hace
mejores, y otros, por el contrario, en quienes despierta todos los malos
instintos.

Sir Archibaldo era de estos ltimos.

De origen oscuro, y pobre en sus primeros aos, haba hecho, como
sabemos, una gran fortuna en la India.

Satisfecha por esta parte su ambicin, se volvi a Inglaterra; pero
desde que instal en ella sus penates, no tuvo ya otra idea ni otro
objeto, que el de entroncar en una gran familia, casando a su hija con
un alto personaje.

Lord William haba sido el primer blanco de sus intrigas.

Luego, muerto para l lord William, haba pensado en lord Evandale.

El relato que lady Pembleton hiciera a su antiguo prometido, era
verdadero en todos sus puntos.

Lo haba llorado en efecto largo tiempo, y resistido cuanto pudo a las
observaciones y rdenes de su padre.

Pero al fin haba sido necesario ceder, y se haba casado con lord
Pembleton.

Despus, poco a poco lleg a amar a su marido, y el nacimiento de sus
hijos la haba hecho olvidar al infortunado lord William, al que, por
otra parte, crea efectivamente muerto.

Tres aos despus, el deportado Walter Bruce, logr,--como sin duda el
lector lo recuerda,--interesar en su suerte al gobernador de la colonia
de Aukland.

Este haba escrito a Inglaterra.

Lord Evandale se hallaba a la sazn ausente de Londres, y fue de
consiguiente lady Pembleton quien recibi la famosa carta que le
revelaba la existencia de lord William.

Este fue un golpe terrible para ella.

Se ech en brazos de su padre, consultndole en el extrao caso en que
se hallaba, y sir Archibaldo, a quien no pareca impresionar en extremo
esta noticia, la dijo con una completa calma:

--Lord William ha muerto, hija ma, y el hombre que ha hecho escribir
esa misiva es un impostor. Pero de todos modos, reflexionad en lo que
voy a deciros: aun dado el caso de que lord William viva, debe haber
muerto para vos.

--Pero.....

--Nada, no hay que vacilar en este punto. Sois lady Evandale Pembleton,
y el hermano mayor de vuestro esposo no puede, no debe existir.

Lord Evandale, al volver a Londres y al tomar conocimiento de la carta,
empez por gritar y por indignarse.

Sin embargo lady Pembleton acab por arrancarle la confesin de su
crmen.

Lord Evandale lo confes todo, pero aadiendo que si haba suprimido a
su hermano, no haba tenido parte en ello la ambicin, sino su ardiente
amor hacia miss Anna.

Esto bast para que lady Pembleton perdonase a su esposo, y la joven
amante y cndida de otros das, se convirti, bajo el doble influjo de
su padre y de su marido, en la altiva y fra gran seora que acabamos de
ver entrar furtivamente en la miserable casa de lord William.

Aquella tarde, pues, sir Archibaldo y lord Evandale, que esperaban a
lady Pembleton con impaciencia, la salieron al encuentro al verla
llegar, y, antes de que hablase, la abrumaron de preguntas.

--Est verdaderamente desconocido? dijo sir Archibaldo.

--Tanto, respondi lady Pembleton, que hubiera pasado mil veces junto a
l sin conocerlo.

--Y acepta nuestras proposiciones? pregunt lord Evandale.

--No; no hay con l transaccin posible.

Sir Archibaldo se sonri con desdn.

--Bah! exclam, ser un pleito escandaloso, pero saldremos de l con
honor.

--Empezando, aadi lord Evandale, porque, para sostener un pleito
semejante, se necesita mucho dinero.

--Y no solamente no lo tiene, dijo lady Pembleton, sino que me ha
parecido hallarse en la ms profunda miseria.

--Sin embargo es necesario tomar un partido, dijo sir Archibaldo.

--Y cul?

--Es necesario que ese hombre salga de Londres.

--Cmo obligarlo?

--No lo s; pero ya encontraremos un medio.......

Aqu fue interrumpido sir Archibaldo por la entrada de un lacayo que
present, en una bandejilla de plata, una tarjeta de visita a lord
Evandale.

El joven lord tom la tarjeta y ley:

 EL REVERENDO PATTERSON.

--A qu vendr a verme ese sacerdote?

--Milord, respondi el lacayo, esa persona insiste mucho en ver a
Vuestra Seora.

--Hacedle entrar, dijo lord Evandale.

Pocos minutos despus, el reverendo Patterson se present en el
gabinete.

Era en efecto el mismo pastor evanglico que ya conocemos: el hombre
flemtico y fro, el sacerdote fantico e implacable con quien el Hombre
gris haba sostenido una lucha tenaz y sin tregua, y que persegua tan
cruelmente al clero catlico de Londres.

El reverendo Patterson entr, salud a lord Evandale, y viendo que sir
Archibaldo y su hija iban a retirarse, se interpuso cortsmente y les
dijo:

--Oh! podis permanecer, milady, y vos tambin, caballero. Es hasta
necesario que asistis a la conferencia que se digna acordarme milord.

Lord Evandale contemplaba al reverendo Patterson con curiosidad.

--Hablad, caballero, le dijo.

--Milord, prosigui el pastor protestante, soy el jefe de la Misin
evanglica de la Nueva Inglaterra.......

--Ah! exclam lord Evandale.

--Los apstoles que van a llevar la luz de la fe a los salvajes de la
Nueva Caledonia y de la Nueva Zelanda.

--Muy bien, dijo lord Evandale, conozco esa digna institucin.

--Entonces, ya sabis, milord, prosigui el reverendo Patterson, que una
obra semejante no podra llevarse a cabo sin hacer inmensos sacrificios;
y por rica que sea hoy la asociacin que presido, tiene sin embargo
necesidad del concurso de los fieles.

Lord Evandale se enga sobre el sentido de estas palabras.

--Comprendo perfectamente, mi reverendo, le respondi; vens a pedirme
que contribuya para vuestra obra. Nada ms agradable para m: podis
inscribirme por quinientas libras esterlinas.

El reverendo se sonri con cierta afectacin.

--Quinientas libras, dijo, sera mucho para otro que vos, milord.

--Entonces, inscribidme por mil.

--Oh! milord, cuando sepis el servicio que vengo a prestaros.....

Lord Evandale sinti apoderarse de su espritu una aprehensin extraa.

--Qu queris decir? pregunt.

--Ya sabis, milord, repuso el reverendo, que la obra que presido tiene
misioneros en todas partes.

--Bien, pero.....

--Tenemos en Aukland.

--Y qu?

--Y uno de ellos se halla de vuelta en Inglaterra.

--Pero permitidme, en qu puede eso interesarme?

--En que ese misionero ha conocido mucho a un antiguo deportado que se
llama Walter Bruce.

Lord Evandale palideci y guard silencio por algunos instantes.

Lady Pembleton y su padre se miraron con inquietud.

--De veras? dijo en fin lord Evandale.

--Y aun puedo aadir que ese Walter Bruce se halla hoy en Londres.

--Ah!

--Y que segn parece...... pretende llamarse lord William Pembleton.

--Ese hombre es un impostor! exclam lord Evandale.

--Tal es mi opinin, dijo framente el reverendo Patterson.

Y mirando fijamente a lord Evandale, acompa estas palabras con cierta
sonrisa, que hubiera podido traducirse as:

--S perfectamente a qu atenerme sobre el particular, y harais bien,
por vuestro propio inters, en jugar conmigo a cartas descubiertas.

Lord Evandale comprendi aquella sonrisa y esper.

El reverendo hizo una breve pausa, y aadi con gravedad:

--Que sea ese hombre lord William o no, la verdad es que puede
ocasionaros grandes embarazos.

--Bah! exclam con desprecio lord Evandale.

--S, milord, puede ocasionaros embarazos, y yo puedo evitroslos.

--Ah! de veras?

--Si es que llegamos a entendernos.

--Hablad, dijo lord Evandale.




XLIV

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XXX


Qu se habl en este concilibulo entre el reverendo Patterson, sir
Archibaldo, y lord y lady Pembleton?

Nadie ha podido saberlo de positivo.

Pero en la maana que se sucedi a este da, Tom recibi un billete
singular.

Un billete sin firma, concebido en estos trminos:

* * *

Una persona que no puede darse a conocer, pero que conoce la
adhesin sin lmites que le une a lord W...... previene a Tom que
el antiguo teniente de presidio Percy se halla retirado en Escocia,
y habita Perth, su ciudad natal.

Percy vive miserablemente de una corta pensin de retiro, que le
ha concedido el gobierno de S. M. la reina.

Hoy se halla casi ciego, y vive con su hija que lo sostiene con su
trabajo.

No ser necesario mucho dinero para decidirlo a hablar.

* * *

Tom llev este billete a lord William.

El joven lord lo ley y frunci el entrecejo.

--Amigo mo, dijo, temo una asechanza. No vayas a Perth.

--Una asechanza? exclam Tom admirado.

--Yo he observado con atencin a miss Anna durante nuestra entrevista,
prosigui lord William, me ha reconocido perfectamente.....

--Ah!

--Y no solamente esa mujer no me ama ya, sino que lo sabe todo y se ha
hecho cmplice de su marido. Ha venido a verme con el solo objeto de
hacerme partir de Londres. Me he resistido a ello, y... las hostilidades
comienzan.

--Pero, con qu objeto pretenden hacerme ir a Perth, sino debo hallar
all al teniente Percy?

--Con el objeto de separarnos.

--Tal vez tenis razn, dijo Tom. En vez de ir all, voy a escribir.

Tom tena algunas relaciones en Perth: entre otras personas, conoca a
un antiguo chaln, con quien haba andado en tratos en otro tiempo para
renovar las caballerizas de Pembleton.

Pens pues en l, y se fue en seguida a una oficina de telgrafos y le
envi el despacho siguiente:

    Mi antiguo amigo:

Perth es una ciudad tan pequea, que todo el mundo debe conocerse en
ella.

As, no os ser difcil averiguar si se encuentra un teniente de
presidio retirado, llamado Percy.

Me haris en ello un gran favor.

Respuesta pagada.

    TOM,

    _Antiguo mayordomo de lord Pembleton_.

    17. Adam street, Spithfields, Londres.

Hecho esto, Tom esper.

Hacia la tarde, lleg la respuesta, que deca lacnicamente:

    Mi querido Mr. Tom:

El teniente Percy vive efectivamente en Perth, pero est gravemente
enfermo.

    Vuestro afectsimo servidor,

    John MURPHY, esq.

Tom fue a ensear este despacho a lord William.

Este reflexion algunos instantes, y al fin le dijo:

--Por poco dinero que se necesite para decidir a Percy a decir la
verdad, es preciso tenerlo sin embargo, y nuestros recursos.....

--Me quedan cien libras, repuso Tom.

--No es bastante.

--Ir a Perth sin embargo, milord; tengo all algunos amigos, y no me
ser difcil encontrar dinero, respondi el fiel escocs.

Y fue inmediatamente a hacer sus preparativos de viaje.

Pero no haba pasado una hora, cuando se present un desconocido en Adam
street, y solicit hablarle.

Este hombre era pequeo de cuerpo, ya viejo, rigurosamente vestido de
negro, y toda su persona respiraba el perfume desagradable de las gentes
de curia.

Salud a Tom profundamente y le dijo con tono melifluo:

--Debo empezar por deciros, caballero, que me llamo Edward Cokeries,
vuestro humilde y rendido servidor.

--Yo lo soy vuestro, seor mo, respondi Tom, pero debo confesaros
ingenuamente que no tengo el honor de conoceros.

--Soy uno de los oficiales de mister Simouns, el solcitor de
Pater-Noster street.

--Ah! eso es diferente, dijo Tom.

Y pens para s que Mr. Simouns habra reflexionado acaso, y encontrado
tal vez el medio de volver a lord William su nombre y su fortuna.

Edward Cokeries prosigui:

--Yo trabajo en un cuartito pequeo que da al gabinete de Mr. Simouns.

--Ah!

--Y cuando la puerta est entreabierta..... naturalmente, y sin que yo
ponga nada de mi parte, oigo todo lo que all se habla.

--Ah! ya! repuso Tom.

--Ayer habis venido a consultar a Mr. Simouns.

--En efecto.

--Y... qu queris? he odo toda vuestra conversacin.

Tom sinti despertarse en su espritu un sentimiento de desconfianza.

--No es pues Mr. Simouns quien os enva? pregunt.

--Esperad, dijo Cokeries, dejadme ir hasta el fin, Mr. Tom.

--Bien, veamos.....

--Hace veinte aos que trabajo, prosigui Edward Cokeries, veinte aos
que me ocupo de materias contenciosas y, aunque simple pasante de
procurador, he hecho algunas economas. Mi sueo dorado sera comprar el
oficio de Mr. Simouns, que es muy rico y desea retirarse: pero me
faltan 3,000 libras esterlinas, lo que no es una pequea suma.

--Pues si habis contado conmigo, dijo Tom sonrindose tristemente, os
habis engaado de medio a medio.

--No tanto como lo suponis, Mr. Tom.

El pasante haba tomado, al hablar as, un aire tan misterioso, que Tom
lo mir con ms atencin.

--Ya os he dicho, prosigui Edward Cokeries, que tengo algunas
economas.

--Muy bien, y qu?

--Poseo hoy algo as... como de 10 a 12,000 libras esterlinas, y no
tendra inconveniente en ponerlas a disposicin de Lord William.

--De veras? exclam Tom.

--Tanto ms, prosigui el pasante, que conociendo profundamente, como
conozco, las leyes del pas, me comprometo a encargarme de ese pleito y
estoy seguro de antemano de ganarlo.

--Es posible?

--Ayer mismo, dudaba an en venir a veros, pero he tomado mi partido, y
aqu me tenis.

Tom no caba en s de gozo.

--Yo soy quien os ha escrito.......

--La carta annima?

--S.

--Entonces, es bien cierto que el teniente Percy est en Perth?

--Ciertsimo. Y en todo caso, no tenis ms que preguntarlo.

--Es cosa hecha. Me han contestado de Perth en ese sentido.

--Y vais a partir?

--En este instante.

--Pero, qu dinero llevis con vos?

--Doscientas libras.

--No es bastante.

--Qu queris? dijo Tom cndidamente, llevo todo lo que poseo.

--Pues bien, dijo el pasante sacando una cartera, es necesario hacer
bien las cosas y no dar golpes en vago. Voy a daros un billete de mil
libras. Solamente..... al hacer este adelanto, pongo una condicin.

--Decid.

--Ganado el pleito, quiero cincuenta mil libras.

--Las tendris, dijo Tom.

Y tom el billete, que el otro haba extrado de su cartera.

--Ahora, Mr. Tom, dijo Edward Cokeries, id a Perth y traed al teniente
Percy, yo respondo de todo.

Lord William, mudo de sorpresa, haba asistido al fin de esta
conversacin.

--Y decidme, pregunt Tom al pasante, debo escribiros al llegar a
Perth?

--Es absolutamente intil.

Y dicho esto, el extrao personaje salud profundamente y tom en
seguida la puerta.

--Ah! mi querido amo! dijo Tom enternecido, ya veis que la hora del
triunfo no est lejos!

--Quin sabe? dijo lord William con aire de duda.

Tom corri inmediatamente al ferrocarril, y tom el tren de Edimburgo.

Seran a la sazn las ocho de la noche.

Entr en un vagn de primera clase,--pues no haba otros, siendo aquel
el tren correo,--y a poco vino a sentarse a su lado un gentleman que
llegaba en el momento de partir.

Aquel gentleman tena un aire de franqueza y honradez que cautivaba a
primera vista.

Entraron pues en conversacin, y no haban andado muchas millas, cuando
ya reinaba entre ellos cierta confianza.

El gentleman se puso a fumar, y ofreci un cigarro a su compaero de
viaje.

Tom lo acept sin inconveniente.

Fum algunos minutos, y no tard en caer en un sueo profundo.




XLV

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XXXI


El cigarro que aquel gentleman haba dado a Tom estaba sin duda
impregnado de un narctico muy activo, pues el pobre escocs durmi con
un sueo de plomo durante muchas horas.

Cuando volvi en s, se encontr en una oscuridad completa.

Quiso moverse, y se sinti agarrotado.

Le haban atado fuertemente las piernas y ligado las manos a la espalda.

Como no oa ningn ruido, dedujo de ello que el tren haba cesado de
marchar.

Pero bien pronto, como sus ojos empezaban a acostumbrarse a la
oscuridad, reconoci que no se hallaba en el vagn del ferrocarril donde
se haba quedado dormido.

Dnde estaba pues?

Deseando darse cuenta de su situacin y salir de ella a toda costa, se
puso a gritar con todas sus fuerzas.

Pero nadie le respondi.

Entonces hizo un esfuerzo para levantarse, pero impedido por sus
ligaduras, volvi a caer por tierra.

Se hallaba sobre un suelo hmedo y resbaladizo, el de un calabozo sin
duda; pero lo que le pareca singular es que aquel suelo era de tablas.

Tom reflexion algunos momentos, y acab por adivinar una parte de la
verdad.

Haba cado en un lazo hbilmente tramado, y las personas que se haban
apoderado de l no tenan otro objeto que separarlo de lord William.

Tom era un hombre enrgico.

En los momentos ms crticos de su existencia jams haba perdido su
presencia de nimo, y saba considerar framente el peligro sin
arredrarse ante l.

Ces pues de gritar, y cay en una meditacin profunda.

A poco, a fuerza de mirar en el espacio tenebroso que le rodeaba, le
pareci descubrir una dbil vislumbre, que apareca y desapareca por
intervalos desiguales.

Aquella dudosa claridad, pasaba probablemente por una estrecha
hendedura.

Pero de pronto, la luz se extingui por completo, y en el mismo
instante le pareci sentir una oscilacin ligera.

Tom se volvi, acostndose sobre la espalda, y procur palpar con sus
manos ligadas el suelo donde estaba extendido; y poco tard en
convencerse de que se hallaba, como lo haba credo al principio, sobre
un suelo de madera, o al menos sobre un entarimado.

Al mismo tiempo sinti un fuerte olor de brea, y volvi a experimentar
las mismas oscilaciones con mucha ms violencia.

No haba pues lugar a la duda. Tom comprendi entonces que se hallaba
encerrado en la sentina de un buque, y no en un calabozo, como lo haba
credo antes.

As se pasaron algunos minutos.

Poco despus se dejaron or algunos pasos en el piso superior, la luz
apareci de nuevo, numerosas pisadas se sucedieron a las primeras, luego
ruido de voces, y las oscilaciones continuaron con ms fuerza.

En fin otro ruido ms caracterizado, vino a revelarle del todo su
situacin: el ruido de la respiracin jadeante de una mquina de vapor
que se pone en movimiento.

A l se mezcl bien pronto el de la rotacin de una hlice, y el fragor
del agua agitada con esfuerzo.

Tom se hallaba, pues, a bordo de un buque de vapor.

Cmo se haba operado este cambio, y de que manera haban podido
trasportarlo desde el ferrocarril donde en mal hora se quedara dormido?

Adnde se diriga aquel buque?

Esto es lo que Tom no poda adivinar.

Tampoco poda comprender en qu manos haba cado, y sin embargo el
nombre de lord Evandale le vino instintivamente a los labios.

Entonces se puso a gritar de nuevo y con ms fuerza; pero fue intil,
pues nadie acudi a este llamamiento.

El buque acababa sin duda de levar el ancla, y los marineros y toda la
tripulacin se hallaban ocupados en la maniobra de partida, y no
pensaban en l en aquel momento.

La mquina haca un ruido infernal y la hlice precipitaba sus
rotaciones.

Pero Tom segua gritando sin desalentarse.

En fin, los pasos que ya haba odo, resonaron de nuevo sobre su cabeza.

A poco se abri una escotilla, una luz vivsima hiri la vista de Tom al
salir de pronto de la oscuridad, y un hombre asom en seguida la cabeza.

Aquel hombre llevaba un sombrero embreado y un chaquetn azul.

--Eh! individuo! eres t quien hace todo ese escndalo? dijo mirando
a Tom.

--Dnde estoy? pregunt este. Por qu me han atado como a un
malhechor?

El marinero se ech a rer.

--Anda a preguntarlo al capitn, mala ralea! dijo. Yo no s ms que una
cosa.....

--Qu? pregunto Tom con ansiedad.

--Nada; que si vuelves a gritar, vas a llevar la cuerda..... Me
entiendes?--Ya ests avisado.

Tom supo dominarse, y no cedi a la clera que le ahogaba.

--Amigo mo, respondi con dulzura, no hay necesidad de castigo: me
callar, puesto que as me lo mandan.

--As me gusta! eso es lo que se llama ser razonable! dijo el marinero
ablandndose a su vez.

--Pero, vamos, prosigui Tom, no podrais al menos decirme dnde estoy?

--Toma! en la sentina del barco.

--En qu barco?

--A bordo del _Regente_, steamer transatlntico.

--Y adnde vamos?

--A Amrica.

--Pero en fin, aadi Tom, por qu estoy aqu?

--Eso es lo que no s.

Y al decir esto se retir el marinero.

Algunas horas despus volvi a aparecer, trayendo algn alimento para
Tom y un poco de vino; y bajando a la sentina, le desat las manos a
fin de que el desgraciado pudiera comer.

Tom estaba desesperado.

El buque marchaba a todo vapor y se alejaba velozmente de las costas
inglesas.

El da se pas as, luego la noche, despus otro da por entero.....

Dos veces en cada veinte y cuatro horas, el mismo marinero traa de
comer a Tom, le desataba las manos, y as que acababa su frugal comida,
volva a atarlo de nuevo.

En fin, al cabo de tres das, el marinero, al llegar como de costumbre,
le dijo:

--Tengo nuevas rdenes del capitn.

--Ah! exclam Tom.

--El capitn juzga intil el dejarte por ms tiempo en este sitio.

--De veras?

--S, y me ha dado rden de desatarte y de conducirte sobre cubierta.

Ya no hay riesgo en hacerlo.

--Qu queris decir? pregunt Tom.

--Bah! es necesario ser un topo para no comprenderlo! dijo el
marinero. Estamos ya a cien leguas de las costas de Inglaterra, y no hay
miedo de que puedas escaparte a nado.

--Ah! repuso sencillamente Tom.

Y se dej desatar de pies y manos sin aadir una palabra, recobrando al
fin la completa libertad de sus movimientos.

El marinero lo condujo sobre cubierta.

Tom reflexionaba en tanto y se deca para s:

--Me hallo a bordo de un buque del Estado. El capitn es un oficial de
marina y debe ser un cumplido caballero. Voy a dirigirme a l. Es
imposible que no me escuche y que, al escucharme, no acabe por reconocer
que soy vctima de un error o ms probablemente de una intriga criminal.
Y en ese caso me har volver a Inglaterra con el primer buque que
encontremos.

Y Tom, firme ya en este propsito, esper una ocasin propicia para
hablar con el capitn.

Los hombres de la tripulacin lo miraban con extraeza, y ninguno le
diriga la palabra.

En fin, algunas horas despus, y cuando empezaba a caer la tarde, el
capitn se present en el entrepuente.

Tom se fue derecho a l y le salud con respeto.

Pero a las primeras palabras que dijo, el capitn le interrumpi y
repuso secamente:

--No tengo explicaciones que daros. He recibido rdenes terminantes
respecto a vos, y las ejecuto. Es cuanto tengo que deciros.

Y le volvi la espalda.

Tom no se desalent con esta respuesta, e intent un nuevo paso
dirigindose al segundo.

Pero este le recibi peor todava.

Aquel oficial no se dign escucharlo y le dijo con dureza:

--Si os quejis, os hago poner un grillete y encerrar de nuevo.

Entonces el pobre Tom baj la cabeza y se retir diciendo para sus
adentros:

--Est bien: veo que no puedo contar sino conmigo mismo.

Y con la calma imperturbable que caracteriza a los Ingleses, no habl
ms palabra con nadie, y esper una ocasin para recobrar su libertad.

Esta ocasin se hizo esperar muchos das; pero al fin se present, como
va a verse, probando que el honrado escocs haba tenido razn para no
desesperar de su estrella.




XLVI

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM




XXXII


El _Regente_, gran steamer transatlntico de la marina real inglesa,
llevaba el derrotero de Buenos Ayres.

A los quince das de una travesa feliz, dando la vuelta por toda la
costa O. de Espaa, entr en las aguas de frica, y dio vista al elevado
pico de Tenerife.

El sol haba bajado al horizonte envuelto en una aureola de prpura, y
el cielo iba extendiendo su manto azul, oscureciendo la vasta extensin
del Ocano.

Sin embargo hacia el S. O. corran amontonndose algunas nubes
parduscas, y el viento haba refrescado de pronto al ponerse el sol.

El capitn, que era un viejo marino, despus de haber dirigido
sucesivamente su anteojo hacia los cuatro puntos cardinales, haba
arrugado algn tanto el ceo; pero no dijo sin embargo una palabra.

Tom iba de un lado a otro con indiferencia: pareca enteramente
resignado con su suerte, y a esto haba debido el que le permitieran a
bordo una completa libertad.

Poda pasearse a toda hora sobre cubierta, y hasta le toleraban el que
hablase con los marineros.

Tom no se quejaba ya, ni peda que le dejasen desembarcar o pasar a otro
buque para volver a su pas; pero observaba cuidadosamente todo lo que
ocurra a su rededor, y exploraba sin cesar el horizonte, esperando
siempre ver asomar alguna vela.

La actitud preocupada del capitn, no escap pues aquel da a su mirada
investigadora.

Al mismo tiempo no apartaba la vista del elevado pico que se alzaba
majestuoso en el horizonte.

Al cerrar la noche, el capitn dio la rden de parar la mquina y poner
a la capa.

Tom se estremeci de alegra.

El viento fue cayendo poco a poco; el mar se levantaba por grados, las
olas se coronaban de espuma, y las nubes iban avanzando en grupos
cerrados y amenazadores.

--Vamos a tener un famoso chubasco, murmuraban los marineros.

En fin, la noche cerr por completo, y con la noche vino la tempestad.

Una tempestad terrible, espantosa.

El steamer iba de un lado a otro a la ventura, ya en la cima de las
encrespadas olas, ya en los hondos abismos que se abran en el Ocano.

Y al mismo tiempo aumentaba la oscuridad.

Tom saba que la isla de Tenerife se hallaba a lo ms a dos leguas de
distancia.

En fin, en el momento en que la tempestad estaba en su mayor fuerza, y
cuando toda la tripulacin ocupada en la maniobra, obedeca como un solo
hombre a la voz tonante del capitn, y mientras que los mstiles se
plegaban y crujan a la fuerza del viento; una voz domin todos estos
ruidos gritando:

--Un hombre al mar!

Aquel hombre haba cado al agua por accidente, haba sido arrebatado
por una ola, o es que voluntariamente se arrojara al mar?

Nadie hubiera podido decirlo en aquel momento.

Adems, quin era aquel hombre?

Era un marinero o un pasajero?

Ni siquiera pensaron en averiguarlo.

Slo a la maana siguiente, cuando apareci el da, se fue sosegando la
tempestad, y el capitn pudo hacerse cargo de las averas del buque; fue
cuando vinieron a decirle que el hombre que haba cado al mar era Tom.

El capitn se encogi de hombros.

--El pobre diablo ha querido escaparse, dijo, pero estbamos muy lejos
de la costa, y se habr ahogado.

Y yendo a su camarote, escribi en el libro de bordo:

Esta noche pasada, en medio de una borrasca bastante fuerte, el
nombrado Tom, a quien yo conduca a Amrica, de rden y por cuenta de la
Misin evanglica, cuya direccin reside en Londres, ha sido arrebatado
de cubierta por una ola, y se ha ahogado.

Despus de esto, el vapor continu su camino.

El capitn se engaaba. Tom no se haba ahogado: Tom era un diestro y
vigoroso nadador.

El intrpido Escocs fue por largo tiempo juguete de las olas. Tan
pronto levantado por ellas a considerable altura, tan pronto sumido en
abismos inconmensurables, haba a pesar de ello nadado sin descanso,
hasta que tuvo la fortuna de encontrar un trozo de mastelero, procedente
de las averas del buque.

Aquel madero flotante fue su tabla de salvacin.

Al tropezar con l lo asi fuertemente, y ponindoselo bajo el pecho,
sigui nadando con ms seguridad, sino con menos fatiga, y a fuerza de
constancia, logr al fin tocar tierra, cuando ya se abandonaba al mar
sin aliento.

El compaero de viaje que le haba ofrecido un cigarro en el vagn a su
salida de Londres, y las personas que se haban apoderado de l
aletargado para trasportarlo a bordo del _Regente_, haban omitido un
ligero detalle.

Por olvido o indiferencia, le haban dejado el cinturn de cuero en
donde el Escocs guardaba su fortuna; aquel mismo cinturn que no
tentara tampoco la codicia de los salvajes de la Oceana.

De consiguiente, Tom tena dinero.

Al salir el sol, lo encontr desmayado en la playa, a un tiro de
ballesta de la pequea ciudad de Laguna.

Un pescador que vena a retirar sus redes, destrozadas por la tempestad,
le prodig sus cuidados y lo volvi a la vida.

Tom cont, al recobrar sus sentidos, que iba como pasajero en el vapor
britnico el _Regente_, y que una ola le haba arrastrado de la
cubierta, en la tempestad de la noche anterior.

El pescador lo condujo a Laguna y le dio hospitalidad.

As como Santa Cruz, la capital de la isla, Laguna posee muchos
Ingleses.

Tom se hizo conducir a casa del Cnsul, refiri su pretendido accidente,
y pidi una autorizacin para ser trasportado a Inglaterra.

Para esto le fue necesario esperar que pasase un buque con este destino.

En fin, al cabo de ocho das, un bergantn dinamarqus hizo escala en
Santa Cruz.

Aquel bergantn se diriga al mar del Norte y deba tocar en Newcastle,
lo que convena perfectamente a Tom, pues quera ir a Escocia antes de
volver a Londres.

La travesa dur cerca de un mes.

Pero ya haba escrito desde Tenerife dos cartas: una a su mujer Betzy, y
otra a lord William.

En ellas contaba todo lo que le haba sucedido, y les aconsejaba que
dejasen la casa de Adam street, que se ocultasen en cualquier otro
barrio apartado de Londres, y que no determinasen ni hiciesen nada antes
de su vuelta.

Al mismo tiempo les rogaba que le contestasen a Perth, al apartado del
correo.

En toda su desastrosa aventura, Tom no haba adivinado ms que una parte
de la verdad.

Estaba en la conviccin de que el pasante Edward Cokeries haba obrado
de buena fe, y crea an que el amigo que le haba escrito de Perth,
confirmndole la existencia del teniente Percy era en efecto sir John
Murphy, a quien haba tratado en otro tiempo.

La asechanza de que haba sido vctima, la atribua a lord Evandale.

Tom desembarc pues en Escocia, y no se detuvo un momento hasta llegar a
Perth.

Su primer cuidado, antes de aposentarse, fue ir a la oficina de correos,
donde esperaba encontrar cartas de lord William o de Betzy.

Pero ni uno ni otro le haban escrito.

Entonces corri en seguida al domicilio del antiguo chaln Murphy; y
all supo, con un asombro difcil de definir, que aquel hombre haba
dejado a Perth haca muchos aos.

De consiguiente no era l quien le haba escrito.

Tom no se desalent sin embargo.

Sin pensar siquiera en descansar, se puso en seguida en busca del
teniente Percy.

Pero todas sus diligencias fueron intiles.

En ninguno de los barrios de Perth haban odo jams hablar de aquel
hombre ni nadie le haba visto.

Entonces record Tom, aunque tarde, la incredulidad que manifestara lord
William cuando le ense el billete annimo que le indicaba la
residencia del teniente Percy en Perth; y reconoci en fin que haba
obrado a la ligera.

El pobre servidor, humillado y confundido, tom pues el camino de
Londres.

Al llegar a la capital, corri en seguida a Adam street.

Pero all lo esperaba una nueva y dolorosa sorpresa.

Lord William y su familia haban desaparecido haca un mes.

Betzy haba partido tras ellos.

Adnde haban ido?

Nadie pudo decrselo.

Tom calcul entonces el tiempo trascurrido, y vio que haba cerca de
tres meses que saliera de Londres.

Pero ya hemos visto que nuestro digno escocs no se desalentaba nunca
completamente.

--Yo los encontrar! se dijo con resolucin.

Y se puso en seguida a la obra.




XLVII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XXXIII


Tom haba llegado a Londres de noche.

A aquella hora, las casas de banca y los escritorios de comercio, as
como los gabinetes y oficinas de abogados y procuradores, estaban
cerrados.

As el pobre Tom, aunque devorado de impaciencia, tuvo que esperar al
da siguiente.

Aquel da, apenas haban sonado las nueve de la maana, se hallaba ya en
el gabinete de mister Simouns.

El solcitor abri desmesuradamente los ojos al escucharlo.

--Jams he tenido ningn pasante llamado Edward Cokeries, le dijo.

--Es posible! exclam el cndido Tom.

--Y en cuanto a lord William y a vuestra mujer, ni siquiera he odo
hablar de ellos.

Por lo dems, todo lo que acabis de contarme, es menos extraordinario
de lo que creis.

Y como al or estas palabras, se quedase Tom mirndolo estupefacto, Mr.
Simouns aadi:

--Debais haber escuchado mi consejo. Estoy seguro que hubiramos
llegado a una transaccin con lord Evandale.

--Pero, quin sabe, exclam Tom, si a esta hora el miserable no habr
hecho asesinar a su hermano?

--No es probable.

--Sin embargo.......

--No decs que lord William, su esposa y sus hijos han desaparecido?

--S, respondi Tom.

--Y vuestra mujer tambin?

--Igualmente.

--Pues bien, ya veis que no se asesinan as como quiera cinco personas.

--Qu ha sido de ellos entonces?

Mr. Simouns tuvo lstima de la desesperacin del pobre escocs.

--Escuchad, le dijo; yo tengo por costumbre el no ocuparme sino de los
asuntos de mi profesin: sin embargo, hay tal acento de verdad en
vuestras palabras, y estoy ahora tan convencido de que lord William
vive, que me decido a tomar mano en vuestra causa y la suya.

No me explicar ms por el momento, pero venid esta tarde, y ya
veremos.......

Tom se fue ms consolado, y pas todo el da errando por las calles de
Londres, buscando a la ventura y gastando su tiempo intilmente.

Buscar en Londres una persona que ha desaparecido, es, segn el dicho
vulgar, como querer hallar una aguja en un montn de paja.

As anduvo de un lado a otro hasta las seis de la tarde, hora en que
tom la vuelta de la City y se dirigi a la calle de Pater-Noster.

Todos los escribientes se haban ya ido, pero Mr. Simouns esperaba a
Tom.

--No habis encontrado nada? le dijo.

--Ay! no seor, respondi Tom.

--Entonces yo he sido ms dichoso.

Tom lanz una exclamacin de alegra.

--Oh, no os alegris tan pronto, mi pobre Tom! dijo el solcitor.

--Pues qu!..... por acaso..... han muerto?

--No, pero han sido vctimas de una maquinacin infernal. Sabis dnde
se halla lord William?

--Decid!... decid! pregunt con ansiedad el pobre Tom.

--Est en Bedlam.

--En un hospital de locos?

--S, amigo mo.

Tom levant las manos al cielo con aire desesperado.

Mr. Simouns aadi:

--Tenemos en Londres un _detective_ muy hbil que se llama Rogers.
Algunas veces he empleado a ese hombre con xito, y estaba seguro de
antemano que dirigindome a l, llegara a saber el paradero de lord
William y su familia, as como de vuestra mujer.

De consiguiente hice venir a Rogers esta maana, apenas me dejasteis.

El agente de polica conoca perfectamente el asunto de que le hablaba,
y as no me dej acabar.

--Ese negocio, me dijo, me ha pasado por las manos. No quise encargarme
de l, pero puedo deciros todo lo que ha ocurrido sobre el particular.

Y he aqu lo que Rogers me ha contado, prosigui Mr. Simouns:

Al da siguiente de vuestra partida de Londres, lord William recibi un
telegrama firmado por vos.

--Por m? exclam Tom.

--Un despacho falso, ya lo comprendis.

--Ah!

--En l decais a lord William: He encontrado a Percy.--Cokeries ir a
veros. Haced lo que os diga.

Aquel mismo da, Cokeries se present a l.

Hizo redactar a lord William, bajo su dictado, un largo pedimento muy
difuso, sembrado ac y all de frases incoherentes, simulando frmulas
judiciales.

Y hecho esto, se comprometi a entregarlo l mismo al fiscal del
tribunal supremo.

Dos das despus, lord William recibi una carta vuestra.

--Pero si yo no he escrito una palabra! exclam Tom.

--Ya s que no habis escrito, pero han imitado vuestra letra de manera
a engaar al ms experto.

--Y qu me hacan decir en esa carta?

--Decais que Percy estaba enfermo, y que permanecais a su lado hasta
que se restableciese para poder acompaaros a Londres.

--Y despus? dijo Tom.

--Ocho das despus, lord William recibi cita del tribunal mandndole
comparecer, bajo el nombre de Walter Bruce, se entiende, en el gabinete
del fiscal del Consejo.

Esto despert en el joven lord alguna esperanza, y parti lleno de
alegra.

Llegada la noche, como no hubiese vuelto an, su esposa y la vuestra
empezaron a concebir alguna inquietud, pero no tardaron en recibir una
carta, escrita y firmada por lord William.

Pero esta carta era obra de un hbil falsario como la vuestra.

Lord William escriba que el fiscal no haba dudado un momento en
admitir las pruebas de su identidad, y que haba hecho comparecer
inmediatamente a lord Evandale.

Que este ltimo, al presentarse y ser confrontado con su hermano, no
pudiendo negarse a la evidencia, lo haba confesado todo.

Sin embargo, el fiscal haba retrocedido ante la enormidad del escndalo
y la dura necesidad de hacer comparecer en justicia y acusar a un par
del reino, y haba instado vivamente para que interviniese una
transaccin entre los dos hermanos.

Lord William recibira como compensacin una suma de doscientas
cincuenta mil libras esterlinas, y la propiedad de un palacio que la
familia Pembleton posea en Pars, en el faubourg Saint-Honor, y
consentira en vivir en adelante en Francia.

A esta condicin se aada la de salir de Londres en el acto.

Lord William parta pues para Folkestone, donde iba a esperar a su mujer
y a sus hijos.

Al mismo tiempo rogaba a Betzy que fuera a Perth a reunirse con Tom, que
le noticiase la transaccin que haba tenido lugar, y que, volviendo con
l a Londres, arreglasen sus asuntos, y salieran despus para Francia.

La esposa de lord William no dud un momento de la autenticidad de esta
carta.

En ella vena adjunto un billete de cien libras, y as no le fue
difcil hacer al da siguiente sus preparativos, y partir por el tren
correo de las ocho de la noche, en el railway del Sur.

Desde ese momento no se la ha vuelto a ver, ni a ella, ni a sus hijos.

--Pero, y lord William? dijo Tom, qu ha sido de l?

--El extrao escrito presentado en su nombre al tribunal, slo ha
servido para hacer dudar de su razn.

--Ah!

--Al mismo tiempo ha recibido una queja de lord Evandale, que reclamaba
la accin de la justicia contra un antiguo deportado, que tomaba el
nombre de su difunto hermano, y le persegua con reclamaciones absurdas.

De consiguiente, mientras que mistress Bruce se diriga a toda prisa a
Folkestone, donde crea encontrarlo, lord William se hallaba sometido al
examen de dos mdicos, los cuales no titubearon en declarar de una
manera unnime que estaba loco.

--Y..... entonces? pregunt Tom temblando.

--Entonces, ya os lo he dicho, lo han encerrado en Bedlam, donde se
halla todava.

--Pero, y mi mujer?.....

--Vuestra mujer sali para Escocia el mismo da.

Iba en el vagn destinado para las seoras, y al llegar a la segunda
estacin, una anciana de aspecto muy respetable, se quej en alta voz
pretendiendo que la haban robado.

Todas las dems viajeras rechazaron indignadas esta imputacin, pero los
empleados del ferrocarril, cumpliendo con su deber, hicieron venir a un
inspector de polica.

Registraron a todas las que ocupaban el vagn, y se encontr en la
faltriquera de Betzy el bolsillo de la seora robada.

Betzy protest en vano: fue presa, y la condujeron a la crcel de la
villa inmediata.

Tom, al or esto, tuvo un acceso de desesperacin.

--Oh! exclam, estamos perdidos!

--No, todava no, dijo Mr. Simouns con su flema britnica.

Tom se qued mirndolo con ansiedad.




XLVIII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XXXIV


Mr. Simouns pareci recogerse algunos instantes.

Tom lo miraba con ansiedad y, por decirlo as, suspendido a sus labios.

En fin, el solcitor levant la cabeza y fijndose en su interlocutor,
prosigui:

--Segn me dejis dicho, amigo mo, habis buscado al teniente Percy por
todas partes.

--Ay! s, seor; y todo me hace creer que ha muerto.

--Os engais.

--Creis que vive an? exclam Tom vivamente.

--Tengo la certeza.

--Ah!

--Y la prueba.

Tom sinti renacer en su corazn la esperanza.

--Escuchad, prosigui Mr. Simouns; mientras que vos corrais de un lado
a otro en busca de ese hombre, yo lo buscaba tambin.

--Y lo habis encontrado?

--El teniente Percy vive todava, y no solamente no est ciego ni
enfermo, sino que goza de todas sus facultades.

--Y reside en Londres?

--S.

Y diciendo esto, Mr. Simouns tir del cordn de una campanilla.

A los pocos instantes se present uno de sus escribientes.

--Tomad mi carruaje, le dijo Mr. Simouns, y corred a Dover-Hill. Ya
conocis al hombre que vino con vos ayer. Conducidlo aqu al instante.

El pasante parti de seguida.

Entonces Mr. Simouns aadi:

--Hace poco, os abandonabais a la desesperacin, amigo mo. El exceso en
todo, no es cosa razonable: as, no vayis ahora a entregaros a una
inmoderada alegra.

--Sin embargo.....

--Escuchadme hasta el fin. El teniente Percy est en efecto en Londres:
hablar cuando sea requerido, mediante una suma de dinero que he
prometido entregarle. Har ms an.

--Qu?

--Har intervenir a los dos capataces que le acompaaban y que fueron
cmplices en la sustitucin de lord William por el cadver de un
forzado.

--Oh! pero entonces...... exclam Tom gozoso.

--Esperad. Esos tres hombres han dejado el servicio y tienen hoy una
modesta posicin. Pero luego que hayan declarado, no solamente perdern
su pensin de retiro, sino que caern adems en manos de la justicia.

--Ah! repuso Tom.

--Y sern, por lo menos, condenados a la deportacin.

--Pero ante esa perspectiva, cmo podis creer que se atrevan a
declarar la verdad? observ Tom, que haba recobrado poco a poco su
sangre fra.

--He encontrado el medio de hacerles hablar y de sustraerlos al rigor de
la ley.

--Qu medio es ese? pregunt Tom.

--En primer lugar daremos a cada uno de ellos mil quinientas libros
esterlinas; que es el precio que han puesto a sus revelaciones.

--Bien.

--En seguida dejarn la Inglaterra, pasarn el estrecho y se
establecern en Francia. No tienen que temer la extradicin, pues no se
halla establecida para esa clase de crmenes.

--Pero, en ese caso, no dirn nada.....

--Al contrario, declararn con entera libertad.

Tom no acertaba a comprender lo que oa.

--Una vez en Pars, prosigui el solcitor, se presentarn al embajador
britnico y le revelarn el misterioso crmen de Pembleton: aadirn
adems ciertos detalles relativos al alcaide de la crcel de Perth, que
ejerce an hoy da sus funciones, y que ha sido el ms culpable en todo
ese negocio.

Ese hombre, cogido de improviso, lo confesar todo.

--Pero entonces, dijo Tom, ser condenado.

--Ya lo creo!... y con harta justicia. Ha sido el ms culpable, os lo
repito, pues l fue quien sirvi de intermediario entre el teniente y
los capataces que conducan la cadena y el supuesto Indio Nizam.

--Entonces el pleito est ganado de antemano, dijo Tom gozoso.

--Oh! todava no, repuso Mr. Simouns.

--Sin embargo.....

--Esperad, aadi el jurisperito. En Inglaterra, toda vez que un inters
privado est en juego, la justicia no persigue directamente.

--Pues bien, dijo Tom, nosotros perseguiremos.

--S, pero olvidis que lord Evandale es hoy un hombre poderoso, y que
tendr acaso ms partidarios que enemigos, el da en que se le obligue a
comparecer en justicia.

--Qu importa, si podemos presentar las pruebas autnticas de su
infamia?

--Todo lo que queris, respondi Mr. Simouns; pero as como hay abogados
dispuestos a defender el pro, se encuentran muchos para defender el
contra. Y quin nos dice que el juez que ha hecho encerrar a lord
William como loco, querr desmentir su opinin?--Quin nos asegura que
la justicia inglesa osar dar publicidad a semejante escndalo?

Tom baj la cabeza y qued un momento en silencio.

--Pero entonces, dijo en fin, de qu sirven las declaraciones del
teniente Percy y de sus cmplices?

--Servirn al menos, respondi el solcitor, para obtener una
transaccin.

--Cul?

--La misma que nuestros adversarios proponan en la carta apcrifa
atribuida a lord William.

--Doscientas cincuenta mil libras esterlinas?

--S, y el palacio Pembleton del faubourg Saint-Honor en Pars.

--Pero, cmo conseguiremos eso?

--Armados con esas declaraciones legalizadas en regla, iremos a ver a
lord Evandale, vos y yo.

--Bueno, y despus?

--Lord Evandale vacilar ante el temor de un pleito escandaloso, y
comprender que le conviene una transaccin. Una palabra suya basta para
que pongan a lord William en libertad.

--Y luego?

--Lord William dejar la Inglaterra, ir a Pars, y all tendr lugar el
cambio.

--Qu cambio?

--El de las doscientas cincuenta mil libras y los ttulos de propiedad
del palacio Pembleton, contra la declaracin del teniente Percy y de sus
cmplices, legalizada por la embajada inglesa.

Tom movi la cabeza con desaliento. No estaba enteramente convencido, y
le pareca demasiado duro el que lord William abandonase as sus
derechos por un inters material, por considerable que fuese.

Adems, su responsabilidad como mediador, le pesaba sobre la conciencia.

Mr. Simouns, viendo su indecisin, aadi:

--Reflexionad en todas las dificultades y retardos de un pleito
semejante. No conocis, amigo mo, todas las imperfecciones de nuestra
legislacin.

--Es verdad.

--Los trmites de ese pleito pueden hacerse durar muchsimos aos.

--Y bien, qu importa, si conseguimos el objeto?

--Y durante ese tiempo, continu Mr. Simouns, la esposa y los hijos de
lord William vivirn en la ms profunda miseria, y l, encerrado en una
casa de locos, acabar por perder la razn.

Este ltimo argumento triunf en fin de los escrpulos del honrado
escocs.

--Y en fin, dijo para terminar Mr. Simouns, no os ocultar que si no
tengo inconveniente en adelantar siete u ocho mil libras para este
negocio, no ser lo mismo si se trata de una suma ms considerable, y
para sostener el pleito, se necesitan al menos veinte y cinco mil
libras.

--Pues bien, dijo Tom, sea como queris.

--Perfectamente! respondi Mr. Simouns.

En este momento se abri la puerta del gabinete y se present el
teniente Percy.

Tom lo examin con curiosidad.

Era un hombre joven an y vigoroso, y que pareca dotado de una gran
energa.

--El seor y yo hemos quedado de acuerdo sobre lo convenido ayer con
vos, le dijo Mr. Simouns sealando al antiguo mayordomo de Pembleton.

El teniente se inclin volvindose a Tom.

--Esta noche saldris para Pars, prosigui el solcitor.

--Como gustis, Mr. Simouns.

--He aqu quinientas libras esterlinas para vos y vuestros compaeros.
El resto os ser entregado en Pars, tan luego como firmis en la
embajada.

Y diciendo esto le dio un cupn del Banco, de quinientas libras, que el
teniente Percy se meti tranquilamente en el bolsillo.




XLIX

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XXXV


--Id inmediatamente a hacer vuestros preparativos de partida, dijo aun
Mr. Simouns al teniente Percy. Tan luego como lleguis a Pars, me
enviaris un despacho indicndome las seas de la posada que hayis
tomado, vos y vuestros compaeros.

--Debemos presentarnos de seguida en la embajada?

--No; permaneceris all sin dar el menor paso, hasta la llegada del
seor a Pars, repuso el solcitor sealando a Tom. l vos indicar lo
que debis hacer.

El teniente se levant y sali del gabinete.

Entonces, apenas quedaron solos, Tom dijo a Mr. Simouns:

--Y mi pobre mujer que est en la crcel?

--La haremos salir antes de ocho das.

--Cmo?

--Yo la har poner en libertad bajo caucin.

--Ah! bien, dijo Tom, pero si despus deja la Inglaterra, como hemos
convenido, se perder la fianza.

--Aadiremos esa suma a los gastos generales que deber reembolsarme
lord William.

Tom qued pensativo por algunos instantes, y despus de un corto
silencio aadi:

--Pero, no me habis tambin dicho que la seora y los hijos de lord
William haban desaparecido?

--S.

--Les habr sucedido acaso alguna desgracia?

--Mucho lo temo; y sin embargo.....

--Qu? pregunt vivamente Tom.

--Hoy estoy casi tranquilo sobre el particular.

--Cmo pues?

--He enviado en su busca al detective de que os he hablado.

--Ah!

--Y esta maana precisamente me ha enviado un telegrama desde Brighton.

--Y qu dice?

--Ved por vos mismo.

Y Mr. Simouns tom un papel de su bufete y lo present a Tom.

Este ley:

* * *

A Mr. Simouns, Pater-Noster street, London.

Esperad con confianza. Creo haber hallado
la huella de lo que buscamos.

ROGERS.

* * *

--As, creis que lograr encontrarlos.....

--Estoy seguro.

--Muy bien, dijo Tom levantndose. Volver maana.

--Oh! no, repuso Mr. Simouns, no conviene que volvis aqu.

--Por qu?

--Porque nuestros adversarios os creen muerto, y no deben saber que
vivs hasta el da en que estis armado con el testimonio escrito de los
cmplices de lord Evandale. Ahora bien, si vens aqu con frecuencia,
podis ser visto y reconocido.

Dnde os habis alojado?

--En ninguna parte an.

--Pues bien es necesario buscar un barrio extraviado; por ejemplo en el
East-End, por el lado de Mail en Road.

--Bueno; pero cundo saldr para Pars?

--Tan pronto como tengamos noticias positivas de mistress Bruce y de sus
hijos.

--Y a lord William, no lo volver a ver antes de partir?

--Es imposible. En primer lugar no se penetra fcilmente en Bedlam.

--Oh! el rigor no es tan grande, puesto que se puede obtener un
permiso.

--S, pero cuando llegue a saberse que una persona ha visitado a Walter
Bruce, las sospechas recaern inmediatamente sobre vos, y, os lo repito,
debis estar muerto para lord Evandale hasta que llegue el momento
decisivo.

Tom se inclin no encontrando qu responder.

--Pero, a vos... os ver? dijo.

--Maana, entre diez y once, respondi el solcitor, pasar en carruaje
por Mail en Road. A la altura del work-house, me detendr y echar pie a
tierra. Hallaos por all.

--Muy bien, dijo Tom.

Y parti de seguida, teniendo buen cuidado de salir de la casa
furtivamente, y de encubrirse lo mejor que pudo hasta estar fuera de la
City.

Inmediatamente, siguiendo el consejo de Mr. Simouns, fue a buscar
habitacin cerca de Mail en Road.

No le fue difcil hallar posada por aquel sitio, y a la maana
siguiente, a la hora convenida, se hallaba delante del work-house,
pasendose por la acera y espiando todos los carruajes que pasaban.

En fin, uno de ellos se detuvo, y un hombre baj de l.

Aquel hombre era el solcitor.

--Albricias! amigo Tom, dijo acercndose a este. Se ha encontrado a
mistress Bruce.

Tom dej escapar una exclamacin de alegra.

--Tomad, dijo Mr. Simouns, leed.

Y le entreg una carta abierta.

Esta carta era del detective Rogers.

* * *

Muy seor mo;--escriba el agente de polica:--he preferido haceros
esperar algunas horas y confiar mi misiva el correo, en vez de emplear
el medio lacnico y poco reservado del telgrafo.

Os escribo esta carta en la casa misma de mistress Bruce.

La pobre seora no sabe absolutamente nada. A estas horas cree todava
que su esposo se halla en Pars.

Voy a referiros en pocas palabras todo lo que le ha sucedido.

Ya sabis que sali de Londres, hace tres meses, para ir a reunirse con
su marido en Folkestone.

En la supuesta carta de Mr. Bruce, que motiv esta partida, haban
imitado tan maravillosamente su letra, que ella no pudo sospechar lo ms
mnimo.

Un hombre la esperaba en la estacin de Folkestone.

Pero, como podis muy bien imaginar, aquel hombre no era Mr. Bruce,
sino un gentleman que deca venir de su parte.

Como prueba de ello, la present otra carta, firmada tambin Walter
Bruce, que su seora crey igualmente autntica.

En ella deca Mr. Bruce que a causa del cambio de ciertas
combinaciones, se vea obligado a partir solo para Pars, donde ella
ira a reunrsele, previo aviso, dentro de algunas semanas. De
consiguiente la rogaba que aceptase sin reserva alguna los servicios de
aquel gentleman, que gozaba de toda su confianza, y a quien haba dado
sus instrucciones.

Mistress Bruce dio crdito a esta segunda carta, como lo haba dado a
la primera, y no titube en seguir al gentleman, que la condujo a
Brighton, y la instal en la casita de campo donde la he encontrado esta
maana.

Cada quince das recibe una supuesta carta de su marido, el cual
retarda siempre su ida a Pars, bajo diferentes pretextos.

En cada una de esas cartas viene adems adjunta una suma de dinero.

Yo no he credo deber desengaar a mistress Bruce. Me he limitado a
decirla que vena de vuesta parte, pues ella sabe que os ocupis de una
transaccin entre su esposo y lord Evandale.

Creo, salvo vuestro parecer, que sera bueno no decirla nada, hasta que
esa transaccin se lleve a cabo y que Mr. Bruce haya sido puesto en
libertad.

De todos modos, espera vuestras rdenes

    Vuestro seguro servidor

    ROGERS.

* * *

Tom devolvi esta carta al solcitor, y le dijo:

--Y qu habis resuelto?

--He enviado un telegrama a Rogers, dicindole solamente:

Habis hecho bien. No digis nada.

--Bien. Y qu vamos a hacer ahora?

--Vos, saldris para Pars hoy mismo. Aqu tenis una carta de crdito
sobre la casa Shamphry y Comp., calle de la Victoria.

--Permitidme an una pregunta, Mr. Simouns, dijo Tom tomando la carta.

--Qu es ello? pregunt el solcitor.

--Sabe algo lord William de todas nuestras negociaciones?

--Absolutamente nada.

--Debe hallarse en estado de completa desesperacin.

--Sin duda. Pero ms vale no decirle nada an.

--Por qu?

--Porque podramos despertar las sospechas de lord Evandale.

--Tenis razn. Pero obremos con la mayor celeridad a fin de abreviar su
martirio.

--Eso es, repuso Mr. Simouns. As, vais a partir hoy mismo?

--S, seor.

--De ese modo llegaris a Pars maana por la maana: sin perder un
minuto, os pondris en seguida en relacin con el teniente Percy.

--Dnde lo hallar?

--Acaba de enviarme un despacho noticindome que se ha alojado con sus
compaeros en el hotel de Champaa, calle Montmartre.

--Bien.

--Al punto los llevaris a la embajada. Y tan luego como hayan prestado
declaracin, y esta se halle legalizada en regla, me escribiris cuatro
lneas.

--Y despus?

--Toma! despus, ir a ver a lord Evandale.

Tom se inclin y salud a Mr. Simouns, que se volvi a su carruaje.

Una hora despus, tomaba Tom el tren correo del Sud-Railway y estaba en
camino para Pars.

Cuarenta y ocho horas ms tarde, Mr. Simouns reciba el despacho
telegrfico siguiente:

* * *

Declaracin prestada. Embajador convencido. Pieza legalizada.

Salida de Pars esta noche. Maana en Londres.

TOM.

* * *

--Eh!... eh! murmur Mr. Simouns, empiezo a creer que lord Evandale
har bien en transigir.




L

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XXXVI


Ocho das haban trascurrido despus de la salida de Tom para Francia, y
en la maana del octavo se hallaba de vuelta en Londres.

Dos personas le esperaban en la estacin, Mr. Simouns y Betzy.

Betzy, puesta en libertad bajo caucin, haba vuelto tambin a la
capital, y esperaba con ansiedad a su marido.

Este vena radiante de alegra.

Traa una declaracin en regla, firmada por el teniente Percy y los dos
capataces o cabos de presidio; y este documento, legalizado por el
cnsul ingls, estaba visado por la embajada.

--Ahora, dijo Mr. Simouns, podemos entrar en campaa. Voy a escribir a
Mr. Evandale pidindole una entrevista.

Tom, que haba pasado la noche en camino de hierro, tom algunas horas
de reposo, y a las dos de la tarde, segn haban convenido, fue a buscar
a Mr. Simouns en un cab.

Apenas reunidos, ambos se dirigieron al West-End.

--Me parece, dijo Mr. Simouns cuando llegaron a la puerta de lord
Evandale, que es intil, al menos por el momento, el que entris
conmigo.

--Por qu? pregunt Tom.

--Porque temo que se os escape un movimiento de indignacin, a vista de
lord Evandale, y que esto comprometa el xito de nuestra negociacin. Si
tengo necesidad de vos, os har llamar.

--Sea como queris, respondi Tom.

Mr. Simouns entr pues solo en casa de lord Evandale.

El noble personaje le esperaba en su gabinete. No haba podido adivinar
lo que el solcitor poda tener que decirle; pero como este se haba
ocupado largo tiempo de los negocios de la familia Pembleton, supuso que
lo traa alguna cuestin de inters.

Lo recibi pues cordialmente y aun le invit a tomar asiento, pero el
solcitor permaneci de pie.

--De qu se trata pues, mister Simouns? pregunt lord Evandale.

--Milord, respondi aquel, me presento como procurador del hermano de
Vuestra Seora.

--Qu hermano? dijo lord Evandale rindose.

--Vuestro hermano mayor, lord William Pembleton, repuso Mr. Simouns
gravemente.

--Seor procurador, dijo lord Evandale, mi hermano ha muerto hace cerca
de diez aos.

--Eso es lo que cree todo el mundo.

--Y esa es la verdad, seor mo.

--Milord, dijo framente Mr. Simouns, hay otros dos hombres que todo el
mundo cree tambin muertos, y que viven sin embargo.

--Ah!

--El primero se llama Tom.

Lord Evandale no pudo ocultar un ligero estremecimiento.

--Y..... el segundo? dijo.

--El segundo es Percy, el teniente de presidio.

--Yo no conozco a ese hombre.

--Sin embargo, aadi Mr. Simouns, siempre impasible, l fue quien ayud
a sir Jorge Pembleton, vuestro padre, a sustituir el cadver del forzado
Walter Bruce al cuerpo de lord William aletargado.

--Ah! muy bien! dijo lord Evandale, puesto que os creis tan al
corriente en todos esos supuestos misterios de familia, voy a poneros en
la verdadera va, para que salgis de vuestro error.

--Veamos pues, milord.

--Hay un astuto bandido, prosigui lord Evandale, que se llama en efecto
Walter Bruce, el cual ha imaginado, para sacarme algn dinero, hacerse
pasar por lord William, mi desgraciado hermano, que ha muerto de la
picadura de un reptil.

--Y..... ese bandido?.....

--Me he contentado con denunciarlo a la justicia.

--Conozco ese detalle.

--Y creo que la justicia, dando prueba de una indulgencia sin igual, se
ha contentado con encerrarlo en Bedlam.

--Estis seguro de ello, milord?

--Oh! no dir que est absolutamente seguro!.....

--Pero ese hombre tiene mujer..... hijos.....

--Es posible.

--Y es por rden vuestra?.....

--Ah! qu es esto? exclam lord Evandale con altivez; se me figura
que os permits interrogarme!

--No es mi intencin, milord, repuso Mr. Simouns con firmeza, el faltar
a la consideracin debida a vuestra clase, pero me es necesario probaros
que estoy ms al corriente de este negocio de lo que creis.

--En hora buena, hablad.....

--Un da, har de esto tres meses, la esposa de Walter
Bruce,--llammosle as por la forma,--recibi una carta de su marido...
es decir una carta apcrifa en la que se trataba de una transaccin.

--Con quin?

--Con vos, milord.

--Ah! veamos.

--Lord William consenta a no reclamar en justicia su nombre ni su
ttulo, y a dejar la Inglaterra; en cambio de la oferta que se le haba
hecho de una suma de doscientas cincuenta mil libras y el palacio
Pembleton de Pars.

--Muy bien, y qu?

--Esa transaccin era razonable,--bajo el punto de vista del honor y
consideracin de la familia,--y yo vengo, milord, a proponerla a mi vez.

Y diciendo esto, Mr. Simouns sac del bolsillo un papel, lo extendi
sobre la mesa y aadi:

--Cuando Vuestra Seora haya tomado conocimiento de esta declaracin
jurdica, creo que no vacilar......

Lord Evandale tom el papel y lo ley.

Mr. Simouns, que lo observaba a hurtadillas, lo vio palidecer a medida
que lea.

En fin el noble lord, al acabar la lectura, tuvo un movimiento de clera
y estruj el papel entre las manos.

--Oh! dijo tranquilamente Mr. Simouns, podis desgarrar ese documento y
hasta echarlo al fuego, si as os place, milord. No es ms que una
copia. La pieza autntica, legalizada por la embajada britnica, se
halla bajo llave en mi gabinete.

Lord Evandale pareci reflexionar algunos instantes.

--Pues bien, dijo en fin, si yo consiento en lo que me peds, cul ser
mi garanta?

--Se os entregar el original de la copia que acabis de leer, y que es
la sola pieza importante del pleito que intentamos sostener.

--Muy bien. Pero Walter Bruce est en Bedlam.....

--Oh! es tan fcil para Vuestra Seora el hacerlo salir!

--Lo creis as?

--Vuestra Seora no tiene ms que escribir dos lneas al lord
presidente, y Walter Bruce ser puesto en libertad.

--Y partir de Londres?

--Inmediatamente.

--Y en cambio de mi casa de Pars y de las doscientas cincuenta mil
libras, se me entregar esa declaracin?

--Milord, dijo Mr. Simouns, soy un hombre conocido en Londres por mi
probidad. Jams he dado mi palabra sin cumplirla.

--Est bien, dijo lord Evandale. Maana a esta hora, pasar por vuestra
casa, y concluiremos este negocio tal como lo deseis.

Mr. Simouns salud a lord Evandale y se retir sin ms palabra.

Tom haba permanecido en el carruaje.

--En fin, amigo mo, dijo al incorporarse con l Mr. Simouns, la causa
est ganada.

--Consiente en todo?

--En todo absolutamente.

--Y lord William saldr de Bedlam?

--Maana ser puesto en libertad. Por lo dems, venid maana a las dos a
mi gabinete. A esa hora todo estar concluido.

Tom y Mr. Simouns se separaron en Leicester-square.

El solcitor se volvi a su oficina, y el buen escocs fue a reunirse
con Betzy, que haba tomado un modesto cuarto amueblado en Drury-Lane.

Todo Ingls de pura raza que tiene un motivo fundado de alegra,
acostumbra a dar gracias a la Providencia con el vaso en la mano.

Tom vea al fin coronados sus esfuerzos; as pas todo el resto del da
con Betzy, y corrieron de taberna en taberna hasta la media noche,
bebiendo porter, sherry, gin y aguardiente, anegando por completo su
regocijo.

A media noche se acostaron completamente borrachos.

Sin embargo, la maana siguiente, Tom se levant como de costumbre,
enteramente despejado y con toda su lucidez de espritu.

Toda la maana la pas lleno de impaciencia.

En fin, cuando dieron las dos, sali a toda prisa, tom un cab, y se
hizo conducir a Pater-Noster Street.

Pero en el momento en que entraba en esta calle, ordinariamente
tranquila, vio una multitud compacta que obstrua el paso a la casa de
Mr. Simouns.

Tom baj del carruaje y se aproxim vivamente.

La multitud estaba silenciosa y pareca consternada.

Tom quiso penetrar por medio de ella y abrirse paso hasta la puerta
gritando: Plaza! plaza!; pero no lo pudo conseguir a pesar de todos sus
esfuerzos.

--Qu es esto? dijo entonces encarndose con un rough que se hallaba a
su paso, qu sucede aqu?

--Ha sucedido una gran desgracia, respondi aquel hombre del pueblo.

Tom se estremeci de pies a cabeza y sinti un sudor fro inundar de
pronto su frente.




LI

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XXXVII


--Pero, qu ha sucedido? pregunt Tom con ansiedad.

--Una gran desgracia, caballero.

--Qu desgracia?

--Mr. Simouns ha muerto.

Tom dej escapar un grito.

En aquel momento un joven se abri paso entre la multitud y se acerc a
Tom.

Este lo reconoci al punto.

Era aquel mismo pasante de Mr. Simouns, que el solcitor haba enviado a
buscar al teniente Percy algunos das antes.

--Ah! seor Tom! exclam el joven con los ojos arrasados en lgrimas,
qu desgracia! seor Tom, que desgracia!

Tom se haba quedado como estpido.

--Pero... es imposible! dijo en fin.

--Oh! eso es lo mismo que yo deca, seor Tom; yo no quera creerlo
hace una hora..... Pero lo he visto muerto, bien muerto.

Y entonces el pasante cont a Tom que Mr. Simouns haba vuelto a su casa
la noche anterior, como de costumbre, en perfecta salud y de muy buen
humor.

Que haba cenado como todas las noches, y se haba metido en la cama un
poco antes de las doce.

La maana siguiente, a eso de las ocho, viendo que tardaba en llamar a
su ayuda de cmara, mistress Simouns se inquiet un poco y fue a tocar a
su puerta.

Pero, como nadie le respondiese, abri y entr.

Mr. Simouns se hallaba extendido en la cama, y estaba muerto.

Un mdico, llamado a toda prisa, haba declarado que el solcitor
acababa de sucumbir a una congestin cerebral, determinada por una causa
desconocida.

Durante este relato del pasante, Tom hizo grandes esfuerzos para
conservar su serenidad y recobrar toda su energa.

--Pero, dijo en fin, es aqu donde ha muerto?

--No, seor; ha muerto en su domicilio, fuera de Londres.

Entonces, por qu hay aqu esa aglomeracin de gente?

--Porque la justicia est arriba.

--La justicia!... Qu viene a hacer aqu?

--Viene a sellar y poner en secuestro los papeles de Mr. Simouns.

Esta respuesta fue un nuevo golpe para el pobre Tom.

Entre los papeles de Mr. Simouns se encontraba seguramente la famosa
declaracin del teniente Percy y consortes, visada por la embajada de
Pars, nico documento por cuyo medio poda obligarse a transigir a lord
Evandale.

Y Tom conoca la marcha lenta y tortuosa de la justicia inglesa. Saba
que una vez puesto un secuestro, haba para un tiempo indefinido.

Despus de penosos esfuerzos, acab por abrirse paso y entr en la casa
siguiendo de cerca al pasante.

El gabinete del solcitor estaba ya cerrado y haban puesto los sellos
en la puerta.

En tanto, las dos de la tarde haban pasado haca tiempo, y lord
Evandale no pareca.

Tom permaneci toda la tarde errando de un lado a otro por la calle de
Pater-Noster.

Esperaba ver llegar a lord Evandale segn haba prometido el da
anterior, puesto que no deba conocer todava la muerte del solcitor;
pero lord Evandale no pareci por aquellos parajes.

De entonces Tom supo ya a qu atenerse.

Mr. Simouns no haba muerto de muerte natural.

Lo haba herido la misma mano misteriosa que diriga la infernal intriga
en que se hallaban envueltos lord William y todos los suyos.

Y Tom se encontraba solo en adelante para combatir con semejantes
adversarios!.....

Pero ya lo hemos visto, el honrado escocs estaba dotado de una energa
a toda prueba. Jams se desalentaba completamente, y tena la paciencia
y la tenacidad de los cazadores americanos.

Esper quince das, prudentemente escondido con Betzy, en uno de los
barrios extremos de Londres, y de all espiaba sin embargo todo lo que
convena a los planes de su conducta futura.

Al cabo de ese tiempo, el gabinete de Mr. Simouns volvi a emprender sus
trabajos.

El mismo pasante que haba noticiado a Tom la muerte de su principal, y
que era su oficial mayor, fue nombrado solcitor, por providencia
ministerial, en el oficio vacante de Mr. Simouns.

Tom fue a verlo de seguida.

El nuevo procurador estaba al corriente del negocio y saba la marcha
que haba seguido hasta el da.

--Mr. Simouns ha muerto, dijo; pero yo ocupo su lugar y continuar su
obra. Estoy prximo a obtener que se levante el secuestro, y tan luego
como hayamos encontrado la famosa declaracin que nos sirve de base en
este negocio, obligaremos a lord Evandale a que termine la transaccin.

Al cabo de ocho das, el nuevo solcitor obtuvo que se levantaran los
sellos.

Pero ay! aqu esperaba a Tom un nuevo desengao, ms cruel, ms
terrible que todos los que ya haba sufrido.

Levantado el secuestro, se procedi a un minucioso examen, pero fue en
vano el registrar todos los papeles de Mr. Simouns; la famosa pieza
haba desaparecido.

Una mano criminal la haba sustrado sin duda, el da de la visita
judicial en el gabinete de Pater-Noster street.

El nuevo solcitor no se desalent sin embargo.

Cuando estuvo bien convencido de la desaparicin de aquel documento,
tom inmediatamente su partido, y dijo a Tom:

--El teniente Percy contina en Pars, no es verdad?

--As lo creo.

--Pues bien, es necesario ir a Pars, y obtener de ese hombre una nueva
declaracin, aun cuando sea a fuerza de dinero.

El honrado Tom, siempre animoso e infatigable, parti de seguida.

Al da siguiente llegaba a Pars y corra al domicilio del teniente.

Aqu nuevo golpe y nuevo desengao.

El teniente haba desaparecido de Pars haca ocho das, sin que nadie
supiese su paradero.

Tom busc entonces a los dos antiguos cabos de presidio, pero tambin
los busc en vano.

Ni la polica de Pars, ni la embajada inglesa pudieron averiguar el
paradero de aquellos individuos.

Entonces Tom, fuera de s de clera y de dolor, exclam:

--Pues bien! Ya que no hay que contar con la justicia..... yo la tomar
por mi mano.

Y parti precipitadamente para Londres.

* * *

La misma noche en que Tom se hallaba de vuelta en la capital, lord
Evandale, que haba asistido a la sesin de la Cmara alta, sali bien
tarde del Parlamento.

Era cerca de media noche.

En vez de entrar en el carruaje y de retirarse a su casa, lord Evandale
despidi a sus lacayos, y se dirigi a pie a Pall-Mall, donde estaba su
club.

El noble personaje pas all una parte de la noche jugando al faran.

Las alternativas de ese juego violento, en el que se puede perder en
pocas horas una fortuna, parecieron interesarle bastante, pues eran ms
de las tres de la maana cuando se decidi al fin a retirarse.

--Cmo! milord, le dijo el baronet sir Carlos M...... os vais a pie a
estas horas?

--S por cierto, respondi lord Evandale.

--No temis a los _estranguladores_?

--Bah! jams ha habido estranguladores en Londres.

--Oh! Os burlis?

--No temo nada, ni a nadie, querido, aadi lord Evandale.

Y parti rindose con fatuidad.

Alejose del club con paso rpido, y cuando se hallaba ya a cierta
distancia, le pareci or andar detrs de l.

Volviose y vio un hombre que le segua.

Entonces lord Evandale apresur el paso.

El hombre que iba tras l hizo lo mismo, y as llegaron ambos en pocos
momentos a Trafalgar-square.

Al pie de la estatua de Nelson, lord Evandale, que se vio perseguido de
cerca, se detuvo y se volvi bruscamente.

Entonces el desconocido lleg a l.

--Dos palabras, milord, dijo aquel hombre.

Lord Evandale, al or aquella voz, sinti un terror vago apoderarse de
su espritu.

--Qu me queris? pregunt.

El desconocido dio un paso ms hacia l.

--No me reconocis, milord?

--No, dijo secamente lord Evandale.

--Me llamo Tom.

--Ah! y qu?

--Vengo a preguntaros si estis dispuesto a devolver en fin la libertad
a lord William.

Lord Evandale se ech a rer.

--Estis loco? dijo.

--Milord! repuso Tom temblando de furor, cuidado con lo que decs!

--Atrs! dijo lord Evandale.

Y viendo a dos policemen a cierta distancia, los llam en su ayuda.

--El socorro llegar tarde, dijo Tom.

Y sacando un largo pual del bolsillo, lo hundi hasta la guarda en el
pecho de lord Evandale, que cay arrojando un grito.

Los agentes de polica llegaron en aquel punto y se apoderaron de Tom.

Pero lord Evandale se agitaba con las convulsiones de la agona, y lord
William estaba vengado.




LII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XXXVIII


Betzy estaba sin duda en el secreto de los proyectos de su marido y no
se haba opuesto en ningn modo a su resolucin, puesto que no manifest
la menor inquietud al no verlo volver aquella noche.

Al da siguiente se fue a rondar por los alrededores del palacio
Pembleton.

El patio de entrada estaba lleno de gente.

Betzy se meti poco a poco entre la multitud y escuch lo que decan.

All contaban, con interminables comentarios, que el noble lord haba
sido asesinado al atravesar Trafalgar-square, a las cuatro de la maana.

Por quin?

Segn algunos, el asesino era un fenian.

Lord Evandale haba pronunciado dos das antes en la Cmara alta un
discurso muy violento contra la Irlanda.

Segn otros, el crmen haba tenido por mvil el robo.

Y nadie pronunciaba el nombre de Tom.

Pero como todos estaban de acuerdo sobre la prisin del asesino, Betzy
supo a qu atenerse sobre la suerte de Tom.

Betzy era una mujer animosa.

--Tom est preso, se dijo, pero, qu importa? Suceda lo que quiera, yo
continuar su obra.

La pobre mujer basaba su resolucin en engaosas ilusiones.

Pensaba que, una vez lord Evandale muerto, lady Pembleton se acordara
de que haba amado a lord William, y que se apresurara a consentir en
la transaccin.

Con esta esperanza, aguard pacientemente algunos das.

Los funerales del difunto tuvieron lugar con gran pompa. Los peridicos
se ocuparon de ellos, as como se haban ocupado de la muerte del noble
personaje, cuyas virtudes y cualidades ensalzaron hasta las nubes. Pero
ninguno de ellos habl de las antiguas relaciones del asesino con la
vctima.

Al cabo de ocho das, Betzy se present en el palacio Pembleton
solicitando una audiencia de la viuda.

Lady Anna consinti en recibirla.

Betzy abord la cuestin desde luego, y, sin otros prembulos ni rodeos,
la dijo:

--El miserable que haba abusado de vuestra confianza, milady, ha
expiado su crmen. Rehusaris ahora reconocer a lord William?

Lady Pembleton no despleg los labios y, por toda respuesta, se fue a
tirar del cordn de una campanilla.

Dos hombres entraron inmediatamente, sir Archibaldo y un desconocido.

Es decir, un desconocido para la pobre Betzy, pues el individuo en
cuestin no era otro que el reverendo Patterson.

--Padre, dijo lady Pembleton, haced arrojar a la calle a esa miserable
loca.

Betzy tuvo un arrebato de indignacin.

--Ah! milady, exclam, hasta hoy os haba credo la esclava de lord
Evandale, pero ya estoy convencida de que erais su cmplice.

Sir Archibaldo llam a sus lacayos, y estos se apoderaron de Betzy y la
pusieron a la puerta.

Betzy gritaba como una desesperada.

Dos policemen del barrio la cogieron entonces a su vez, y la condujeron
al puesto de polica ms cercano.

All, Betzy quiso contarlo todo al comisario que la interrog; pero
este la cerr la boca y dio rden de que la condujeran a la crcel.

Entonces la pobre mujer comprendi que estaba perdida.

Pero esta ruda escocesa estaba dotada de la indmita y salvaje energa
de su marido.

--Pues que debo estar presa, se dijo, tanto vale aprovechar la ocasin
para ver a lord William.

Betzy pas tres das en el puesto de polica del West-End.

Y durante estos tres das dio tales pruebas de insensatez y falta de
razn, ya rindose a carcajadas sin motivo, ya cantando y llorando al
mismo tiempo, y ya dando voces descompuestas en las altas horas de la
noche; que el comisario declar que estaba loca y la hizo conducir a
Bedlam.

Esto es lo que Betzy quera.

Lord William, bajo el nombre de Walter Bruce, segua siempre en el
famoso hospital.

El director de Bedlam saba muy bien que deba guardar al supuesto loco
hasta su muerte, y cumpla con todo rigor las misteriosas rdenes que
haba recibido.

Pero respecto a Betzy, juzgaron sin duda intil el comunicarle los
motivos que la haban hecho conducir all, y de consiguiente no fue
vigilada de cerca, y pudo ver a lord William.

Este no haba perdido en ningn modo la razn, pero el pesar iba
minando lentamente su existencia.

Y no es que pensase ya en reconquistar su nombre y su perdida fortuna,
oh! no! su idea fija ahora era recobrar la libertad, reunirse con su
esposa y sus hijos, y volver con ellos a Australia.

Durante las largas y tristes horas de su prisin, haba empleado el
tiempo en redactar un extenso diario, en donde contaba todo lo que saba
de su lamentable historia.

Las revelaciones de Betzy completaron este relato.

Ahora bien, la casualidad, que se burla con tanta frecuencia de los
hombres y que parece complacerse a veces en destruir las mejores
combinaciones humanas, la casualidad, decimos, vino de pronto en ayuda a
lord William y a la fiel y desgraciada Betzy.

Un da trajeron un nuevo loco a Bedlam.

Betzy, al verlo pasar a larga distancia, crey haber visto ya en alguna
parte a aquel hombre; pero al da siguiente, cuando a la hora de recreo,
se encontr con l en los patios del hospital, ya no le qued la menor
duda y lleg a reconocerlo.

Era aquel individuo de edad provecta y maneras ambiguas, que se haba
presentado en la casa de Tom, haca algunos meses, bajo el nombre de
Edward Cokeries, anuncindose como un pasante del solcitor Mr.
Simouns.

Aquel hombre, segn el lector recuerda sin duda, haba sido el
instrumento de lord Evandale, o ms bien del reverendo Patterson,
y--como se habr adivinado tambin,--el que haba imitado con tal
perfeccin la letra de lord William, y trasmitido a Tom el falso
despacho de John Murphy, datado de Perth, en Escocia.

Edward Cokeries estaba loco, realmente loco, y su locura tena un origen
singular.

Al da siguiente del asesinato de lord Evandale, el miserable falsario
se haba presentado en el palacio Pembleton, ignorando absolutamente la
catstrofe que haba tenido lugar la noche anterior.

All supo de improviso la muerte de lord Evandale.

Y de improviso tambin, Edward Cokeries, que no esperaba aquel golpe,
perdi por completo la razn.

Este exceso de sensibilidad, que parecer extrao, tena sin embargo su
fundamento.

Aquel mismo da deba entregar el noble lord a su agente, la suma de dos
mil libras esterlinas, como precio de su traicin.

Y la muerte violenta del lord haba anulado naturalmente este contrato
verbal.

Los criados del palacio hicieron venir algunos agentes de polica que
condujeron a Cokeries a su casa.

El pobre loco tena mujer e hijos.

Durante algunos das haba permanecido encerrado en su cuarto, guardado
y cuidado afectuosamente por su familia; pero al cabo present tales
sntomas de locura furiosa y dio un escndalo tal, que los vecinos
aterrados, pidieron que se le encerrase en sitio ms seguro.

Entonces intervino la polica, y lo condujeron a Bedlam.

Ahora bien, as como una conmocin violenta haba sido la causa de la
locura de Edward Cokeries; otra emocin de distinta naturaleza, aunque
no menos fuerte, tuvo el poder de volverlo a la razn.

A la vista de Betzy y de lord William, Edward Cokeries lanz un grito
terrible.

Su locura haba desaparecido.

Y con la razn, le volvi tambin la memoria, y con ella el
arrepentimiento.

Una tarde, hallndose con lord William en sitio apartado y fuera de la
vista de todos, se ech a sus pies y le pidi perdn, acusndose de
todos sus crmenes, y confesando que haba sido el instrumento de lord
Evandale y del reverendo Patterson.

l era quien haba hecho arrebatar a Tom del camino de hierro.

l quien haba hecho desaparecer al teniente Percy.

l tambin quien haba robado en el gabinete de Mr. Simouns, mientras se
fijaban los sellos, aquella importante declaracin de Percy y consortes,
legalizada por la embajada de Inglaterra.

Pero aquel documento no lo haba entregado a lord Evandale.

Lo conservaba como fianza del pago de ocho mil libras, que el noble lord
deba entregarle en varias fracciones, segn haba sido estipulado entre
ellos.

As, al saber de pronto la muerte del lord, haba comprendido que no
sera pagado, y la desesperacin lo haba vuelto loco.

Y cuando hubo confesado todo esto, Edward Cokeries aadi:

--Ahora, milord, os juro por la salvacin de mi alma, que si un da
salgo de aqu, trabajar sin descanso en reparar todo el mal que he
hecho.

Lord William movi tristemente la cabeza.

--No se sale de Bedlam, dijo.

Pero Betzy, que se hallaba presente, respondi:

--Quin sabe?

La animosa escocesa haba encontrado un medio de evasin, y pensaba
emplearlo de seguida, de la manera que va a verse.




LIII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XXXIX


Lord William y Edward Cokeries se quedaron mirando a Betzy con curiosa
ansiedad.

Esta, despus de echar una ojeada en rededor, les dijo en voz baja:

--He encontrado el medio de salir de aqu.

--Cmo? pregunt lord William con aire de duda.

--Oh! no hablo de vos, contest, sino de m..... Y si lo consigo, todo
ir bien, os lo aseguro.

--Qu harais pues? pregunt lord William.

--En primer lugar, el seor me dir dnde ha ocultado ese documento
importante.....

--As lo har, interrumpi Edward Cokeries.

--Cuando salga de aqu, ir desde luego a buscar ese papel.

--Y despus?

--Despus, lo llevar al sucesor de Mr. Simouns.

--Todo eso est muy bien, Betzy, pero, cmo lograris salir?

--Oh! muy fcilmente, como vais a ver.

--Explicaos.

--Ya sabis que hay en Londres una sociedad de Seoras piadosas y
caritativas, que han tomado el nombre de Damas de las prisiones.

--S, dijo lord William con un signo de cabeza.

--No solamente asisten a los reos de muerte, sino que tambin visitan a
los presos que caen enfermos.

--Todos los das vienen aqu, dijo lord William.

--Y van siempre, como sabis, encubiertas; es decir que llevan sobre la
cabeza una especie de capuchn, que les oculta casi todo el rostro.

--En efecto: pero veamos en fin.....

--Una de esas Damas vino ayer a ver a un pobre loco que est muy
enfermo. Al atravesar la galera adonde da mi celda, esa seora pas por
mi lado y, mirndome fijamente, me dijo:

--Buenos das, Betzy.

Yo hice un gesto de sorpresa.

--Me conocis pues, seora? la pregunt.

--S, vos sois la mujer de Tom.

Y como viese que mi sorpresa aumentaba, aadi:

--Y estis tan loca como yo.

--Pero, repuse con voz balbuciente, cmo sabis?......

--Yo he asistido a vuestro marido en Newgate, y me lo ha contado todo.

--Ah!

--Desgraciadamente no puedo hacer gran cosa por vos, pero lo que puedo
hacer, no titubear en ejecutarlo.

Yo segua mirndola con asombro.

--Escuchad, me dijo, supongo que deseis salir de aqu, no es verdad?

--Oh! ya lo creo!... s, seora.

--Pues bien, yo puedo haceros salir.

--Cmo?

--No ocupis sola una celda?

--En efecto.

--Pues bien, a partir de esta noche misma, fingos enferma: meteos en la
cama y rehusad todo alimento.

--As lo har, seora.

--Dentro de dos das vendr a veros. Os advierto que no vendr sola;
otra de mis hermanas me acompaar. No temis nada, pues yo me encargo
de todo.

Y se alej en seguida.

--Todo eso, observ lord William, no me explica cmo saldris de aqu.

--Yo lo adivino, milord.

--Ah!

--Una de las dos hermanas me prestar su hbito.

--Pero entonces, ella quedar en vuestro lugar.

--Sin duda.

--Y cmo saldr ella a su vez?

--Dndose a conocer probablemente.

--Pero de ese modo va a comprometer gravemente a la sociedad de Damas a
que pertenece.

Betzy se encogi de hombros, como si quisiese indicar que, en el fondo,
lo que le importaba era verse libre; y volvindose a Edward Cokeries, le
pregunt:

--Y ahora, decidme, dnde est ese papel?

--Escuchad, respondi el curial, yo vivo en Old-Grand-Lane.

--Muy bien, dijo Betzy.

--En el cuarto tercero de la casa sealada con el nmero 7.--Diris a mi
mujer que vais de mi parte, y si no quiere creeros le entregaris este
anillo.

Y Edward Cokeries se sac del dedo un anillo de oro y lo dio a Betzy.

--Y qu la dir despus? pregunt esta.

--Que vais a buscar unos papeles y que sabis dnde se hallan.

--Cmo!

--Ya veris. Nuestra reducida habitacin es bien miserable, prosigui
Edward Cokeries; los muebles son en ella raros; y sin embargo, hay sobre
la chimenea de nuestro dormitorio un busto de yeso del duque de
Wellington.....

--Bueno.

--Ese busto est hueco, como podis imaginar.

--Ah! ya!... encontrar dentro de l los papeles?

--S.

--Est bien, prosigui Betzy. Vuestra mujer me creer, y ms sobre todo
cuando sepa que habis recobrado la razn.

Despus de este concilibulo, y tan luego como se separ de lord William
y de Cokeries, Betzy ejecut a la letra la primera parte de su programa.

Fingi estar enferma y rehus la cena aquella noche.

En seguida se acost muy temprano, y al da siguiente se neg a tomar
todo alimento.

Lord William le haba entregado su manuscrito,--este diario donde se
refiere su lamentable historia,--y ella lo haba ocultado bajo su
almohada.

Durante dos das Betzy no quiso tomar ms que algunas cucharadas de
caldo y una pocin calmante que el mdico le haba ordenado, por recetar
alguna cosa.

Al tercer da, las Damas de las prisiones llegaron hacia la tarde.

Una de ellas traa un paquete bajo el brazo.

Tan luego como se hallaron solas con Betzy, cerraron la puerta de la
celda, echando el cerrojo, y la primera, que era la que haba hablado ya
con la mujer de Tom, deshizo precipitadamente el paquete.

Este contena un hbito y un capuchn en todo semejantes a los que
llevaba ella misma.

--Pronto! pronto! dijo, levantaos y vestios.

Betzy obedeci a toda prisa.

Bedlam es una verdadera Babilonia. Los locos, los vigilantes, los
enfermeros y los mdicos, van, vienen y se cruzan en el ddalo de
corredores de aquel vasto edificio.

Dos Damas de las prisiones haban entrado sin llamar apenas la atencin
en la celda de Betzy, y salieron tres de ella sin que nadie lo
advirtiese.

--Segudme, dijo entonces la misteriosa libertadora de Betzy.

La otra Dama se separ de ellas en los corredores, y se fue sola por
otro camino.

Betzy y su protectora tomaron por una estrecha galera, descendieron al
primer piso y de all al piso bajo, atravesaron veinte salas diferentes
y llegaron en fin a la puerta.

El portero principal les abri y las salud respetuosamente al paso.

Tan luego como se hallaron en la calle, la Dama de las prisiones se
detuvo y puso un bolsillo en manos de Betzy.

--Ahora, ya estis libre, la dijo. A Dios.......

Betzy la tom la mano y la suplic encarecidamente que la dijera su
nombre.

La Dama se neg a ello.

--A Dios, repiti.

Y se alej rpidamente.

Betzy no perdi un solo minuto.

Antes de buscar un lugar oculto donde alojarse, ni tomar otras medidas
de seguridad personal, revestida como estaba con el hbito de Dama de
las prisiones, se dirigi en seguida a la casa indicada por el curial en
Old-Grand-Lane.

All encontr en efecto a la mujer de Edward Cokeries, la cual, apenas
vio el anillo de su marido, se apresur a entregarle los papeles
escondidos en el interior del busto.

Entonces Betzy se volvi a Adam street y tom su traje ordinario.

All esper el da siguiente con impaciencia, y tan luego como oy las
nueve de la maana, corri a la calle de Pater-Noster, al gabinete del
sucesor de Mr. Simouns.

La pobre mujer esperaba ser recibida cordialmente.

Pero no fue as.

--Mistress Betzy, la dijo el joven solcitor, desde la ltima vez que
nos hemos visto han cambiado las circunstancias.

--Qu queris decir? pregunt Betzy con extraeza.

--En primer lugar, vuestro marido ha asesinado a lord Evandale.

--Un infame de menos, dijo Betzy.

--De acuerdo. Pero ahora tendramos que luchar con enemigos mucho ms
temibles que lord Evandale.

--Quines son esos enemigos?

--La Sociedad de las Misiones extranjeras.

--Y qu?

--No hay que chocar con semejantes gentes.

--Por qu razn?

--Porque nos romperan como vidrio.

Y el joven solcitor, bajando la voz aadi:

--Voy a daros un buen consejo. Si queris salvar a vuestro marido de la
suerte que le aguarda, id a entregar esos papeles a lady Pembleton. Tal
vez, al veros desarmada, solicitar la gracia de Tom.

Y con esto el joven solcitor despidi a Betzy.

Esta sali de all con la muerte en el alma.

--Oh! murmuraba para s, esos miserables podrn hacer morir a mi pobre
Tom, pero no me arrancarn las pruebas de la infamia de lord Evandale.
Tal vez un da se encontrar un hombre fuerte y animoso que tomar a su
cargo la causa de los oprimidos y declarar una guerra sin tregua a los
opresores.

Y Betzy pens entonces en ocultar aquellos papeles de tal modo, que los
amigos y secuaces de lady Pembleton no pudiesen encontrarlos.

* * *




LIV

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.




XL


En Londres, como ya hemos visto, se vive mucho de noche.

As no es de extraar que Betzy se retirase con frecuencia despus de
las doce, a su humilde morada de Adam street.

Muchas veces tambin, al pasar a hora desusada por delante de
Rothnite-Church, le haba parecido ver agitarse algunas sombras en el
cementerio que rodea la capilla.

Betzy no era supersticiosa, y no crea en fantasmas ni aparecidos: por
lo tanto adivin desde luego que, si haba algn misterio, no era
sobrenatural, y que las sombras que all se deslizaban entre las tumbas,
no eran duendes ni trasgos, ni almas en pena saliendo de sus sepulcros.

Aquellos espritus errantes eran pues hombres de carne y hueso,--y
hombres que llevaban un objeto misterioso al introducirse furtivamente
en el cementerio.

Una noche Betzy se haba acostado al pie de la verja, y haba
permanecido all silenciosa e inmvil.

La noche era oscura y la niebla muy espesa.

Dos hombres pasaron a su lado sin verla.

Aquellos dos hombres iban hablando en voz baja, pero Betzy oy parte de
su conversacin.

--Crees no haberte engaado de sepultura? deca uno de ellos.

--No, no, respondi el otro.

--Es que, la verdad, replic el primero, no sera justo el que nuestro
heroico amigo, que durante toda su vida fue un verdadero y ferviente
catlico, se quedase reposando por ms tiempo en una tumba protestante,
entre condenados y herejes.

--No hay cuidado, dijo el segundo: ven conmigo, voy a ensearte su
sepultura.

Betzy comprendi que se trataba de una exhumacin ilegal; y supo as al
mismo tiempo quines eran los hombres que se reunan algunas veces a
deshora en el cementerio de Rothnite.

Aquellos hombres eran fenians.

Uno de ellos haba muerto en el barrio, y lo enterraron de consiguiente
en aquel sitio.

Pero sus amigos y correligionarios queran sacar de all furtivamente
sus despojos, para trasportarlos sin duda al cementerio de San Jorge,
que es una iglesia catlica como todos saben.

Betzy era escocesa, y anglicana por consiguiente.

Y sin embargo, un sentimiento extrao la haca interesarse en aquella
exhumacin.

Inmvil detrs de la reja, y penetrando la niebla con su mirada
ardiente, vio abrir la fosa y extraer el cuerpo del fenian:--y solamente
cuando aquellos dos hombres se alejaron en fin con su fnebre fardo, fue
cuando Betzy sali de su inmovilidad, y se dirigi lentamente hacia su
triste habitacin de Adam street.

Pero no pudo dormir en toda la noche, y esper el da con impaciencia.

Apenas apunt el alba, Betzy abandon su buhardilla, se dirigi hacia el
templo protestante, y entr en el cementerio.

Los alrededores estaban desiertos an.

Betzy iba vestida de negro, y cualquiera que la hubiese visto all a
aquella hora, hubiera podido creer que iba a rezar sobre la tumba de
alguna persona amada.

Y sin embargo, no era este el motivo que conduca a la Escocesa al
cementerio.

Betzy quera ver a la luz del da aquella tumba que no encerraba ya
ningn cadver.

Sigui pues la huella de los pasos que los dos fenians haban dejado
sobre la yerba, bastante alta en aquel sitio; y, llegando a la
sepultura, que cubra una losa dominada por una cruz de hierro, se
arrodill cerca de ella.

Despus, echando a su rededor una rpida y furtiva mirada, se aseguro de
que estaba sola y de que nadie poda verla.

Entonces tante la losa que cubra la sepultura, y reconoci que poda
levantarse fcilmente.

--No vendrn a buscarlos aqu, murmur.

Betzy, al decir esto, haca alusin al manuscrito de lord William, y a
la declaracin del teniente Percy.

* * *

Las ltimas pginas del manuscrito estaban escritas por una mano
diferente.

Lord William, con ayuda de los datos que le suministrara Tom en los
ltimos tiempos, haba relatado detalladamente su historia; y despus de
su entrevista con Betzy, haba aadido la relacin de los sucesos que
haban tenido lugar despus de su encarcelamiento en Bedlam.

Pero luego que tuvo el diario en su posesin, Betzy lo haba completado,
escribiendo en l los acontecimientos posteriores.

Aqu se detena el _Diario de un loco de Bedlam_.

La declaracin del teniente Percy y de sus cmplices, se hallaba unida
al legajo del manuscrito.

Concluida la lectura, Vanda y Marmouset se consultaron con la mirada.

--Y bien? dijo Vanda.

--No sabemos mucho ms, pero sabemos bastante, repuso Marmouset.

--Tom ha muerto..... Betzy, muerta tambin.....

--S, pero lord William vive y su familia igualmente.

El abate Samuel no haba dicho hasta entonces una palabra.

--Lo que el manuscrito no completa, dijo, vais a saberlo de mi boca.

--Ah! exclam Marmouset volvindose hacia el abate.

--Har como cosa de seis meses que Betzy ocult esos papeles en la tumba
vaca donde los habis encontrado. La existencia miserable de esa
desgraciada durante esos seis meses, los ltimos ay! de su vida, es la
que os voy a referir en breves palabras.

--Decid, decid, exclam Vanda.

Y as ella, como Marmouset y Shoking se agruparon alrededor del abate
Samuel.

Este prosigui diciendo:

--Betzy haba vivido cuidadosamente oculta todo el tiempo que conserv
esos papeles en su poder.

La buscaban por todo Londres para volver a encerrarla en Bedlam, y si
ella haba vuelto a su miserable habitacin de Adam street, era
precisamente para desorientar a sus perseguidores que no podan suponer,
ni aun remotamente, que se hubiera vuelto tranquilamente a su casa.

Durante tres meses la buscaron por todas partes, excepto en Adam street
donde se ocultaba.

Betzy no sala ms que de noche.

A una hora avanzada recorra los diferentes barrios de Londres, y se
haca prender bajo un nombre supuesto, por delito de embriaguez.

As lograba pasar las noches en los diversos puestos de polica, y al
obrar de este modo, tena un objeto que persegua con singular
constancia.

Esperaba encontrar en alguna de estas ocasiones a un criminal
cualquiera, destinado a ser conducido a Newgate al da siguiente, y al
que pudiera encargar la delicada comisin de hacer saber a su
marido,--cuya causa segua lentamente su curso,--que ella tena en su
poder los papeles.

As fue como encontr al Hombre gris.

Desde el momento en que ese hombre extraordinario se encarg de
comunicar con Tom, Betzy se qued ms tranquila.

Tom quedaba advertido y quin sabe si no lograra escaparse?

--Ay! interrumpi Vanda, el infeliz ha sido ahorcado.

--S, dijo el abate Samuel, pero vosotros continuaris su empresa.

--Esa empresa es difcil, observ Vanda.

--No por cierto, repuso Marmouset, no tenemos la declaracin del
teniente Percy y las de sus cmplices?

--S, dijo Vanda, pero.....

--No tenemos tambin todo el dinero necesario para seguir el pleito?

--Ya lo creo! dijo Shoking, y en la libre Inglaterra se hace con dinero
todo lo que se quiere.

--Pero ante todo, repuso el abate Samuel, sera necesario poner a lord
William en libertad.

--Y es bien difcil, dijo Vanda.

--Difcil, lo concedo, pero no imposible, replic Marmouset. Maana ir
a ver al sucesor de Mr. Simouns, y, como dice Shoking, con el dinero se
pueden hacer muchas cosas.

--Aun cuando haya que luchar con la Sociedad de Misiones evanglicas,
aadi el abate Samuel.

Aqu llegaban de su conversacin, cuando una claridad blanquecina
penetr en la miserable buharda, y el primer rayo de la luz del da vino
a iluminar el plido rostro de la muerta.....

Vanda y el abate Samuel se pusieron de rodillas, y recitaron el oficio
de difuntos.

FIN DEL DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

Pars.--Tip. de GARNIER Hermanos (Cl.) 41.4.89.





End of the Project Gutenberg EBook of La cuerda del ahorcado, by 
Pierre Alexis Ponson du Terrail

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harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
