The Project Gutenberg EBook of Relacion historial de las misiones de
indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compaa de Jess, by Juan Patricio Fernndez

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Title: Relacion historial de las misiones de indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compaa de Jess

Author: Juan Patricio Fernndez

Release Date: June 7, 2009 [EBook #29061]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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[Nota del transcriptor: La ortografa de las dos partes, aqu
presentadas en un solo libro electronico, fue conservada.]




COLECCIN DE LIBROS

RAROS  CURIOSOS

QUE

TRATAN DE AMRICA

TOMO DUODCIMO

Imp. de T. Minuesa de los Ros, Juanelo, nm. 19.




RELACIN HISTORIAL
DE LAS MISIONES
DE INDIOS
CHIQUITOS
QUE EN EL PARAGUAY TIENEN LOS PADRES
DE LA COMPAA DE JESS

ESCRITA POR
EL P. J. PATRICIO FERNNDEZ. S. J.

REIMPRESA FIELMENTE SEGN LA PRIMERA EDICIN
QUE SAC A LUZ EL P. G. HERRN, EN 1726

MADRID
LIBRERA DE VICTORIANO SUREZ, EDITOR
Preciados, nm. 48
1895

INDICE
DE MATERIAS CONTENIDAS EN LOS
TOMOS XII Y XIII DE LIBROS RAROS QUE
TRATAN DE AMRICA.

INDICE
POR ORDEN ALFABTICO DE LAS COSAS
NOTABLES CONTENIDAS
EN LOS TOMOS XII Y XIII DE LIBROS RAROS
QUE TRATAN DE AMRICA.




ADVERTENCIA PRELIMINAR

DEL EDITOR


Ya los PP. Backer y Carayn han trazado, aunque no con la debida
extensin, las biografas del autor de este libro y del P. Jernimo
Herrn que lo sac por primera vez  luz, por lo que creemos excusado
repetir lo que de todos los americanistas y personas  quienes pudiera
interesar, es tan sabido.

Si las vidas de los dos insignes Misioneros son bien conocidas, no
sucede lo mismo con la obra que sacamos nuevamente  luz, pues ha
llegado  hacerse tan rara, que es punto menos que imposible el hallar
un ejemplar de la edicin prncipe.

Poco hay que decir respecto al valor histrico que este libro encierra,
despus de lo que han dicho las respetables autoridades que se han
ocupado de l; slo se ha de aadir que el P. Fernndez, en las
descripciones, pintura, detalles de la vida ntima, supersticiones, usos
y costumbres de los indios Chiquitos, encuntrase, por el vigoroso
relato que nos da y el colorido exacto con que pinta las escenas,  la
altura de los ms graves historiadores. Inapreciables y de indiscutible
mrito descriptivo son los retratos que nos hace de los principales
caciques de los Guaranes, Zamucos, Manacicas, Morotocos y Chiriguans.
Bajo este punto de vista y como manantial inagotable de datos
biogrficos, creemos que es obra de sumo inters; en los encuentros que
unas tribus de indgenas tienen con otras, en el relato de las terribles
y grandiosas luchas que entre s sostienen los caciques, as como el de
las solemnes, lucidas y pintorescas fiestas de aquellos idlatras, 
nuestro humilde juicio hay poqusimos escritores de su mismo gnero,
que, tratando asuntos anlogos, le aventajen.

Este libro es ms ledo en el extranjero que en la nacin en cuya lengua
se escribi, pues corren varias ediciones, en alemn, latn, italiano,
etc., que se imprimieron poco despus de su aparicin en Madrid.

Vase el ttulo de la edicin publicada en alemn: _Erbauliche und
angenehme Geschichten derer Chiquitos, und anderer von denen Patribus
der Gesellschafft Jesu in Paraquaria neube kehrten Volker... Wienn, P.
Straub, 1729_. Volmen en 8. con frontis grabado, seis hojas
preliminares sin numerar, 744 pginas y siete hojas de ndice. A esta
traduccin alemana, que fu hecha por un Padre de la Compaa de Jess,
acompaa la obra del P. Acua, _Nuevo descubrimiento del gran ro de las
Amazonas_, que ya publicamos y forma el tomo II de esta Coleccin.

Ttulo de la edicin italiana: _Relazione istorica della Nuova
cristianit degl'Indiani detti Cichiti_.... Tradotta in italiano da Gio.
Bat. Memmi, della Compagnia di Ges. _Roma. Ant. de'Rosi, 1729_. En 4.

He aqu el ttulo de la edicin latina: _Historica relatio de
Apostolicis missionibus patrum soc. Jes. apud Chiquitos, Paraquaria
populos... hodie in linguam latinam translata ab alio ejusdem soc. Jes.
sacerdote. Aug. Vindelicorum, M. Wolff 1733_. Es en 4. mayor y consta
de 19 hojas preliminares sin numerar, 276 pginas y 49 para el ndice.

El elocuente hecho de haber sido trasladada  estos idiomas, aun cuando
no tuviese las innumerables bellezas que en ella se hallan, bastaba, 
nuestro parecer, para ser merecedora del honor de la reimpresin. En
cuanto  sta, hemos tratado que salga de nuevo en absoluto igual
(salvo la ortografa, que se ha modernizado)  la prncipe, que apareci
en Madrid en sendo volumen en 4., por el impresor Manuel Fernndez, en
1726.

En general son raras las obras referentes  Amrica anteriores  1750;
mas las relativas al Paraguay no ceden, en punto  escasez,  ninguno de
los libros que tratan de las dems regiones del continente americano.

Madrid 8 de Abril de 1895.




RELACIN
HISTORIAL
DE LAS MISSIONES DE LOS
Indios, que llaman Chiquitos, que
estn  cargo de los Padres de la
Compaa de Jesvs de la Provincia
del Paraguay.

ESCRITA
_Por el Padre Juan Patricio Fernndez,
de la misma Compaa_.

SACADA A LUZ
_Por el Padre Geronimo Herrn, Procurador
General de la misma Provincia_.

_QUIEN LA DEDICA_
Al Serenissimo Seor Don Fernando,
Prncipe de Asturias.

Ao 1726.

CON LICENCIA

En Madrid: Por Manuel Fernndez, Impressor
de Libros, vive en la Calle del
Almendro.




AL SERENSIMO

SEOR DON FERNANDO

PRNCIPE DE ASTURIAS


SEOR:

La pequeez del don desalienta mucho  quien ofrece; esto es comn; pero
en quien ofrece (como yo)  aquel respeto, de cuya magnitud nada queda
capaz de llamarse grande, falta desde luego este motivo al temor
reverente y se excitan todos los que hay para el cario respetoso. Entre
los astros, unos nos parecen grandes y otros pequeos, cuando
precisamente ponemos en ellos los ojos; lo mismo sucede entre los
montes; y entre stos, algunos, por su agigantada elevacin, se han
grangeado sin disputa el ttulo de altsimos; pero en dejndose ver la
luciente majestad del sol, y en poniendo la atencin en la desmedida
altura del cielo, los astros todos son pequeos y los montes dejan de
ser gigantes. El sol, slo en la Escritura Sagrada, tiene el renombre de
grande, _luminar mains_ y slo el cielo es alto, entre los que saben
que respecto de l todo el orbe de la tierra se debe considerar como un
punto.

Quin puede dudar que hay estimables preciosidades en la naturaleza,
curiosas mquinas en el arte, sutilsimas invenciones del ingenio,
eruditas y profundas operaciones de la ciencia, y hermosas y floridas
composiciones de la retrica y de la poesa? Entre todas estas cosas, se
hallaran muchas muy grandes, consideradas en s; pero al elegir entre
ellas alguna que ofrecer  V. A., nada se hallara, no slo grande, pero
ni an digno de emplear vuestro Real nimo, mayor que todo. Entonces lo
ms precioso parecera despreciable, la curiosidad, desalio, la
sutileza, tosquedad y barbaridad la erudicin. Se hallara la ciencia
ruda  ignorante, muda la retrica y la poesa balbuciente. Tanto minora
siempre, aun  lo ms excelso, la comparacin con lo sumo.

Y no obstante la innegable verdad de este principio, yo me atrevo,
seor,  llamar grande lo que os ofrezco. Hoy pongo yo en vuestra alta
comprehensin los trabajos de los Jesuitas, en la espiritual conquista
de las desconocidas, incultas y brbaras provincias del Paraguay, en el
pas que llaman de los _Chiquitos_. Ved aqu ya, seor, lo que con toda
verdad puede llamarse grande, aun puesto  los Reales pis de V. A. y 
vuestra vista; para lo que les bastaba al saberse mantener con el nombre
de trabajos y fatigas, contra todo el golpe de la dicha, que les
ocasiona el haber llegado  vuestra noticia y merecer vuestra atencin
piadosa. Prueba es esta que no necesitaba de otra alguna, y ms cuando
en nombre de los dems Jesuitas puedo confiadamente decir yo que fuera
de la gloria de Dios, que debe ser en ellos (como hijos de Ignacio), el
primer timbre de sus empresas, esta sola felicidad los hace y los har
arrojarse gustosos al casi inevitable tropel de los riesgos, y  la
fatiga inmensa de tan continuados afanes. Mucho padecen, seor, como en
esa sucinta relacin se puede ver brevemente; pero les llena de un gozo
indencible y de un consuelo inexplicable, el ver  costa de sus sudores,
hijos de Dios, los que eran esclavos del demonio, y felices vasallos de
un Prncipe como V. A. los que padecan una miserable libertad en la
indmita servidumbre de su desdicha. Ya son deliciosos jardines del Rey
del cielo, las enmaraadas selvas de la idolatra, y ya delicadas flores
y tiernas plantas que produce y adelanta el riego evanglico, se
atreven  recrear divertidamente vuestros primeros aos, si antes
pudieran asustar y asustaban temerosamente los aos ms endurecidos.

No habr quien niegue (si ha tenido alguna vez la dicha de veros) que
les quita lo ms de la realidad  los afanes y fatigas la fortuna
apetecible de llegar  vuestra presencia, que aunque por lo comn son
descorteses los males y poco atentos los trabajos, hay dichas de tan
superior esfera,  quien no se atreve su osada, y se deja vencer,
aunque precisada su obstinacin, de su grandeza. En la realidad, ya
desde hoy, somos los Jesuitas del Paraguay dichosos, aunque en esa
relacin que os presento, fuesen todava como fatigados. Y no ellos
solos, que tambin los que al nacer hijos de la predicacin evanglica,
se cuentan al mismo tiempo hijos vuestros, por sujetos  vuestro
apetecible imperio, ni les queda ms  que aspirar, ni harn nueva
felicidad que apetecer. Por las puertas de la gracia de Dios verdadero
entraron dichosamente  la del Prncipe ms poderoso y ms amable (que
de otro modo no fuera posible) y ya que no tuvieron la dicha de nacer
espaoles para nacer vasallos de tanto Prncipe, tuvieron la inestimable
fortuna de que los espaoles Jesuitas (que creo que lo son dos veces)
los hiciesen renacer para hacerlos lograr en una muchas felicidades.

Vuelvo  decir, seor, que es grande lo que os ofrezco, aun ofrecido 
V. A.,  cuya vista slo los trabajos, afanes y fatigas de los Jesuitas
en cualquiera lnea, pueden ser grandes, y en esta, del mayor aprecio de
vuestra alta estimacin. Y vuelvo  decir que basta esta sola prueba
para desempeo de mi proposicin que en otro sentido debiera con razn
juzgarse osada. Pero adems de esta, tengo otra, no menor, que dar en
el sublime juicio del generoso padre de V. A., nuestro amabilsimo
Monarca. Tambin su elevado dictamen ha juzgado grandes los afanes de
los Jesuitas, y los frutos de ellos han merecido su aprobacin, su
patrocinio, sus influjos y sus liberalidades, y no puede ser pequeo lo
que ha podido merecer tanto. As lo publica nuestro reconocido
agradecimiento, pues aunque en su catlico celo nada hay en esta
especie, que su generosidad lo juzgue exceso, verdaderamente que los
favores y expresiones hechas  los Jesuitas del Paraguay, pudieran
parecer exceso en otro amor y en otro Rey.

Esto hace, seor, que V. A. haya de mirar como estimables efectos de la
generosa piedad de vuestro padre, lo que se os ofrece como  tan amado y
tan amante hijo, y este ttulo lo hace crecer tanto, que fu en m lo
que ltimamente resolvi mi respetuosa timidez, para ofrecer  un
Fernando, Prncipe de Asturias, aquello que se dign mirar como suyo un
Philipo, Rey de las Espaas. Confiadamente me atrevo ya  suplicaros que
prosiga vuestra dignacin los favores de vuestro gran padre, para lo que
nos basta slo que admitais benigno esta breve noticia de nuestras
fatigas; que bien se yo y sabemos todos los Jesuitas, que la sombra slo
de vuestro augusto nombre, templar nuestros afanes, enjugar nuestros
sudores y har que respetuosa aun la envidia de tanta fortuna, pronuncie
y para como aplausos y alabanzas, aun lo que aprenda y conciba como
dicterios y calumnias. Y asegurados los Jesuitas (no digo envanecidos,
aunque lcitamente pudiera), asegurados digo, en tanto patrocinio, no
nos quedar ms que desear, sino es el que aquel Dios, para cuya gloria
y servicio contribuye vuestra feliz vida tanto, dilate por siglos
vuestros aos, os colme de felicidades y de triunfos, hasta que se vea
la Espaa envidiada de todas las dems naciones, slo por la dicha de
lograr en vuestra alteza tan singular Prncipe.

Muy rendido vasallo de V. A.,

JERNIMO HERRN.




APROBACIN

DEL

PADRE ALBERTO PUEYO

DE LA COMPAA DE JESS

Calificador
de la Suprema general Inquisicin de Espaa, etc.


De orden de V. A. he visto con gusto la _Relacin historial de los
indios que llaman Chiquitos_, etc., y me persuado que el ministro
evanglico que fuere menos fervoroso, la leer con sentimiento y rubor,
comparando el apostlico celo de aquellos incomparables misioneros con
su tibieza, y slo sentir alivio en su dolor pidiendo  Dios que por su
infinita piedad se compadezca de los aos que ha mal empleado en
ociosidad. Me sirve tambin de singular consuelo el ver, que por medio
del fuego de la mayor gloria de Dios que arde en los corazones de mis
hermanos los Jesuitas, misioneros de la provincia del Paraguay obra Dios
los milagros que obraba en la primitiva Iglesia, porque cumplen estos 
la letra lo que Cristo manda  los que profesan la vida apostlica,
discurriendo por las inmensas campaas de aquella parte de Amrica,
trepando inaccesibles selvas y bosques venciendo la fragosidad de los
montes, arrestados siempre  perder mil vidas, slo por darla 
infinitos brbaros, que ciegos con las tinieblas de la gentilidad, viven
ms como fieras que como racionales. Y al mismo tiempo corresponde
Cristo nuestro dueo, como infalible que es en sus promesas, con lo que
nos dice por San Marcos, consolando y premiando abundantemente en esta
vida las gloriosas tareas de sus siervos, comunicndoles el don de
nuevas lenguas, que son infinitas como las naciones, que los nuestros
aprenden casi milagrosamente para que prediquen el Evangelio, y es
maravilla ver cmo aquellos brbaros,  pocas razones de los misioneros,
y viendo enarbolado el inestimable madero de la Cruz y la imagen de
Mara Santsima, pasan  ser, casi de repente, no slo cristianos en el
deseo, sino misioneros fervorosos, apostados  perder la vida,
derramando la sangre por la ley Evanglica, y al heroico creer, as de
misioneros como de recin convertidos, se sigue lo que nos dice Cristo
en el Evangelio, que es echar los misioneros,  vista de todos, los
demonios de las Rancheras, que son sus pueblos, de que han estado en
pacfica posesin por muchos siglos, con slo decir aquellos fervosos
Jesuitas el Evangelio  poner las manos sobre los enfermos, se
desvanecen los contagios frecuentes en aquellos pases, obrando otras
milagrosas curaciones; ni los venenos, ni la comida casi corrompida y
muchas veces tan escasa, que se reduce  alguna frutilla silvestre,
ocasiona el menor dao  la ms delicada salud del misionero. El blanco,
pues, que tienen estos Jesuitas en sus fatigas, es slo convertir almas
para Dios, y al mismo tiempo aumentar vasallos  nuestro gran Monarca,
agregando nuevas provincias  su Corona, cumpliendo con la obligacin de
Jesuitas y de vasallos, en seal de la justa gratitud que debemos  este
gran Prncipe que se ha dignado y digna tanto en favorecer  la
Compaa, expendiendo al mismo tiempo su Real piedad muchos caudales,
con que se ha fundado en tiempo de su reinado, mantenido y aumentado ms
y ms aquella numerosa y nueva cristiandad de los Chiquitos. Aunque los
Jesuitas, que se ocupan en estas gloriosas tareas son muchos, como es
abundantsima la mies, son pocos los obreros: _Messi multa operarii
autem pauci_. Quiera Dios, que es el dueo de la mies, mover los
corazones de muchos, para que multiplicndose los operarios, sea muchas
veces ms copioso el precioso fruto, que tan felizmente se coje. Sobre
todo, me parece que en ningn tiempo mejor que en este se pueden decir,
pero con lgrimas en los ojos, aquellas divinas palabras de Cristo:
_Parvuli petierunt panem, et non erat qui frangeret eis_, porque en la
misiones, que llaman de los Chiquitos,  de los Parvulillos, hay muchos,
por no decir innumerables indios, que claman por Padres, y como ellos se
explican, que les enseen la verdadera ley. Pero, oh lstima! No hay
bastantes operarios que les repartan el inestimable y necesario Pan del
Evangelio, que con tanta ansia desean: _Et non erat, qui frangeret eis_.
Qu Jesuita habr  quien tan justos como lastimosos clamores no hieran
el corazn  no le saquen lgrimas  los ojos? Y  quin no encender
en vivos deseos de socorrer necesidad tan extrema? Pudiera dilatarme
mucho ms en ponderar las fatigas gloriosas de los Jesuitas: pero acabo,
por no ser cansado, diciendo: que no habiendo hallado en este libro cosa
que se oponga  las regalas de S. M. ni  nuestra Santa fe catlica, ni
 las buenas costumbres, juzgo que se debe dar al autor la licencia que
pide. Y quizs Dios mover los corazones  muchos de los que leyeren
esta historia, para que afervorizados, pongan los ms eficaces medios
para ir  ayudar  la salvacin de aquellos infelices indios, que por
falta de quien les comunique la luz del Evangelio, miserablemente
perecen. Este es mi sentir. De este Colegio Imperial de Madrid,  veinte
y cuatro de Agosto de 1726.

ALBERTO PUEYO.




APROBACIN

DEL

PADRE JOSEPH DE SILVA

DE LA COMPAA DE JESS

Predicador de S. M. y del Colegio Imperial.


De orden de V. S. he visto y ledo con gran gusto la _Relacin historial
de las misiones de los indios que llaman Chiquitos, que estn  cargo de
la Compaa de Jess, en la provincia del Paraguay_; y si las
quisisemos cotejar con las conquistas Evanglicas del Oriente, que
fueron el glorioso empleo de San Francisco Xavier, por las cuales
mereci el ttulo de Apstol de la India, tendramos muy poco que hacer
para igualarlas; ya se miren las naciones brbaras, que en tan dilatado
campo de la idolatra han reconocido  Jesucristo y  su Santa ley, ya
la diversidad de genios y costumbres de estas gentes, ms propias de
brutos que de racionales, cultivadas por nuestros misioneros con tanto
afn y fatiga en estos tiempos, al parecer ms reidos con los cuidados
de salvacin agena; me parece que ha renovado Dios en su iglesia, por
medio de estos operarios suyos, las seales de la primitiva, confirmando
la predicacin del Evangelio con los milagros que dijo San Marcos[I.]
que acreditaban la predicacin de los Apstoles en la conquista del
mundo. Toda la relacin est llena de esta verdad, y confirmada con la
sangre de muchos misioneros, muertos cruelmente  manos de los brbaros,
por conservar y mantener en su pureza la fe de Jesucristo.

Puedo decir sin violencia, que atendidos sus trabajos y su celo en
adelantar las conquistas, como se pueden ver en las innumerables
reducciones  pueblos que han hecho de los convertidos  la fe, que
bastaran sin duda para enjugar las lgrimas de aquel siglo, en que San
Gregorio lloraba la falta de operarios en la Iglesia, siendo tan
abundante la mies en las naciones: _Ad messem multam operarij sunt
pauci, quod non fine noerore et lachrymis loqui possumus_[II.]. Para
estos obreros evanglicos reserv Dios sin duda gran parte de aquella
gloria, que seal al Apstol de las gentes en su vocacin, y destin 
la promulgacin de la ley de Gracia, marcndole en la eleccin para que
llevase su nombre  tantas y tan diversas naciones:[III.] _Ut porlet
nomen meum coram gentibus et regibus et filijs Israel_. Y  la verdad,
en esta _Relacin historial_ se ver que han introducido la fe de
Jesucristo los misioneros Jesuitas en la otra parte del mundo, que
confina con la Tierra Austral incgnita, tocando en la que los
cosmgrafos dicen que an no est descubierta, y la llaman Tierra del
Fuego. Dignos por cierto de aqul premio, que tiene Dios destinado para
los que  costa de afanes, fatigas y sudores, hicieron adorar su nombre
en los ltimos trminos del mundo, como lo dej escrito Isaas y lo
explic San Pablo, que fu el mas fiel testigo de la predicacin del
Evangelio. Dejo para menos apasionadas plumas la confirmacin de este
dictamen mo, que podr parecer sospechoso por interesado, y pongo por
conclusin de la censura la que se merece una obra toda de la gloria de
Dios, para que en la luz pblica logren todos ejemplos de la virtud ms
heroica y del ms apostlico celo. Este es mi dictamen, salvo, etc. En
este Colegio Imperial de la Compaa de Jess de Madrid y Agosto 21 de
1726.

JOSEPH DE SYLVA.




_Michael Angelus Tamburinus, praepositum generalis Societatis Jesu._


_Cum relationem Missionum  Patribus nostrae Societatis apud Chiquitos,
in Paraquria,  Patre, Joanne Patritio Fernndez, Societatis
conscriptam, aliquot eiusdem Societatis Theologi recognoverint et in
lucem edi posse probaverint; facultatem facimus, ut typis mandetur; fi
ijs, ad quos pertinet ita videbitur; cuius rei gratia, has litteras manu
nostra subscriptas, et Sigillo nostro munitas, dedimus Romae 16 Aprilis
1726._

MICHAEL ANGELUS TAMBURINUS.




LICENCIA DEL ORDINARIO


Nos el Dr. D. Cristbal Damasio, cannigo de la insigne Iglesia colegial
del Sacro Monte Ilipulitano Valparaiso, extramuros de la ciudad de
Granada, inquisidor ordinario y Vicario de esta villa de Madrid y su
partido, etc. Por la presente, y por lo que  Nos toca, damos licencia
para que se pueda imprimir  imprima la _Relacin historial de las
misiones de los Chiquitos_, que estn  cargo de los Padres de la
Compaa de Jess de la provincia del Paraguay, escrita por el Padre
Juan Patricio Fernndez, de la misma Compaa; por cuanto habindose
reconocido, parece no tiene cosa que se oponga  nuestra santa fe
catlica y buenas costumbres. Dada en Madrid  13 das del mes de Agosto
ao 1726.

DOCTOR DAMASIO.

Por su mandado,

LORENZO DE SAN MIGUEL.




LICENCIA DEL CONSEJO


D. Baltasar de San Pedro Acevedo, escribano de Cmara del Rey nuestro
seor y del Gobierno del Consejo, certifico que por los seores de l se
ha concedido licencia por una vez al P. Juan Patricio Fernndez, de la
Compaa de Jess, para que por una vez pueda imprimir y vender un libro
que ha compuesto, intitulado: _Relacin historial de las Misiones de los
indios que llaman Chiquitos en la provincia del Paraguay_, con tal que
la dicha impresin se haga por el original que va rubricado y firmado al
fin, de mi mano; y que antes que se venda se traiga al Consejo con
certificacin del corrector de estar conforme  l, para que se tase al
precio  que se ha de vender, guardando en la impresin lo dispuesto por
las leyes de estos reinos. Y para que conste, doy la presente en Madrid
 12 de Agosto de mil setecientos veintisis.

DON BALTASAR DE SAN PEDRO.




SUMA DE LA TASA


Tasaron los seores del Consejo Real este libro intitulado: _Relacin
historial de los indios que llaman Chiquitos en la provincia del
Paraguay_,  seis maraveds cada pliego como ms largamente consta de su
original, despachado en el oficio de D. Baltasar de San Pedro Acevedo,
escribano de Cmara del Rey nuestro seor y del Gobierno de su Consejo,
en Madrid  nueve de Septiembre de mil setecientos veintisis aos.

DON BALTASAR DE SAN PEDRO.




PRLOGO PARA ESTA OBRA


En una breve relacin de tan dilatadas y gloriosas empresas de los
Misioneros Jesuitas que trabajan incesantemente en predicar la fe de
Jesucristo  tan innumerables  incultas naciones del Paraguay y sus
provincias, no es fcil poder escribir, como era razn, las vidas de
muchos apostlicos obreros que han padecido martirio  manos de los
infieles, y as me es preciso referir muy sucintamente parte de sus
heroicas virtudes, dejando para mejor ocasin el sacarlas  luz con ms
extensin. En este supuesto, y en el de no ser historia con las
formalidades que piden sus reglas, como de esta provincia la escribi el
erudito P. Nicols del Techo en lengua latina, slo refiero las regiones
en donde se han formado los pueblos de los nuevamente convertidos, y al
mismo tiempo se describen sus situaciones, sus genios y sus diversos
idiomas, para que se pueda comprender con menos dificultad el asunto de
esta pequea obra; que si se lograse con ella el encender en el corazn
de los que  tienen por instituto la conversin de las almas,  por
fervor cristiano la salvacin de los infieles, un celo de dilatar la
gloria de Dios en las conquistas del Evangelio, se dar por bien
empleado el trabajo de sacarla  la luz pblica, sin cuidado de que  la
censura  la malicia le imponga aquellas acostumbradas notas que en el
juicio prudente y cristiano slo pueden servir para el desprecio y nunca
para la atencin; ojal tenga yo muy frecuentes las noticias de estas
apostlicas tareas para emplear con nuevo gusto el trabajo de
publicarlas para mayor gloria de Dios, que es el fin principal de las
Misiones de los Jesuitas.




PROTESTA DEL AUTOR


Siendo preciso tocar en esta _Relacin historial_, aunque de paso, las
Memorias de algunos varones apostlicos que murieron  manos de los
infieles por la fe que predicaban, dejando en su muerte aquel olor de
santidad que corresponda  sus heroicas virtudes, as como se refieren
otros sucesos milagrosos que en confirmacin de la fe parece que los
haca Dios por medio de sus siervos para alentarlos  los trabajos de su
mayor gloria; no es mi nimo en estos puntos y en otros semejantes que
contiene esta _Relacin_ el que se les d ms que aquella fe humana que
se merecen los fundamentos que se refieren para escribirlos; y as estoy
muy lejos de prevenir en la relacin de ellos el juicio de la Iglesia;
antes bien, protesto, el que los sujeto  la correccin de la Santa
Sede, obedeciendo  los decretos de los Sumos Pontfices y de la
Iglesia.




CAPTULO PRIMERO

Su principio, fundacin y progresos.


No es mi intento por ahora escribir la historia de la provincia del
Paraguay de la Compaa de Jess, la cual comprende cinco Gobiernos y
otros tantos Obispados, en la longitud de cerca de seiscientas leguas.
El que quisiere saber ms por extenso lo que en esta dilatada provincia
han trabajado gloriosamente los PP. de la Compaa de Jess y padecido
por la conversin de los gentiles, podr leer la _Historia_ que de esta
provincia escribi el P. Nicols del Techo; advirtiendo que al tiempo, y
cuando escribi dicha _Historia_, slo se haban fundado veinte y cuatro
Reducciones de indios  las riberas de los ros Parann y Uruguay, que
componen el caudaloso y celebrado ro de La Plata. Hoy llegan  treinta
y una las reducciones de slo los indios Guaranys, mucho ms numerosas
que las antecedentes, pues en el ao de 1717 se contaban en dichas
reducciones ciento y veintin mil ciento sesenta y ocho almas,
bautizadas nicamente por los PP. Misioneros de la Compaa de Jess de
dicha provincia. Los nombres de las reducciones  pueblos de esta nueva
cristiandad, son el pueblo de los Santos Apstoles, el de la Concepcin,
el de los Santos Mrtires del Japn, el de Santa Mara la Mayor, el de
San Francisco Xavier, el de San Nicols, el de San Luis Gonzaga, el de
San Lorenzo, el de San Juan Bautista, el de San Miguel, el del ngel de
la Guarda, el de Santo Toms Apstol, el de San Francisco de Borja, el
de Jess Mara, el de Santa Cruz y el de los Santos Reyes. Estos  las
riberas del gran ro Uruguay. Los que se han fundado  la ribera del
gran ro Parann, son el pueblo de San Ignacio, que llaman el Mayor, el
de Nuestra Seora de la F, el de Santiago Apstol, el de Santa Rosa, el
de la Anunciacin, el de la Purificacin, el de San Cosme y San Damin,
el de San Joseph, el de Santa Ana, el de Nuestra Seora de Loreto, el de
San Ignacio, que llaman el menor, el del Corpus, el de Jess, el de San
Carlos y el de la Trinidad, aumentndose cada da ms el nmero de
convertidos y floreciendo en todos el primitivo fervor de la fe, que
recibieron en el bautismo.

El fin, pues, de esta Relacin, se reduce  dar noticia de las nuevas
misiones que esta apostlica provincia tiene al presente en la nacin de
indios, que llaman Chiquitos.

Por donde la provincia de Tucumn confina por el Occidente con los
reinos del Per, se descubre un espacio de tierra que desde Santa Cruz
de la Sierra, donde remata, y desde Tarija, donde empieza, tiene
trescientas leguas de largo. Por el lado de Levante tiene aquella parte
del Chaco, que va  hacer punta en el Tucumn; por el Poniente el
Maran,  por mejor decir,  Santa Cruz de la Sierra, con quien ms se
afronta; por el Medioda la provincia de las Charcas, y por la
Tramontana mira de lejos  la provincia de los Itatines. Corre por medio
de ella, de Septentrin al Austro, una cadena de montes, que empezando
desde el Potos llega hasta las vastsimas provincias del Guayr. En
ellos tienen su nacimiento tres grandes ros, el Bermejo, el Pilcomayo y
el Guapay, que baan las campaas que estn sitas  la falda, por una y
otra parte de ambos montes, y de all, atravesando un casi inmenso
espacio de tierra, desembocan en el ro Paraguay. Escogieron los
Chiriguans para su habitacin este pas, habr como cosa de dos siglos,
abandonando el nativo del Guayr, y me parece no ser fuera de propsito
referir aqu la causa de esta mudanza. Al tiempo que las dos Coronas de
Castilla y Portugal procuraban dilatar su imperio en estas Indias
Occidentales, Alejo Garca, alentadsimo portugus, deseoso de servir al
rey D. Juan el II, su amo, con las conquistas de nuevas provincias,
tomando en el Brasil tres compaeros de su mismo nimo y valor, despus
de haber caminado por tierra trescientas leguas hasta llegar  las
costas del Paraguay, alist por soldados dos mil indios: y habiendo
caminado con ellos otras quinientas leguas por aquel ro, aport  los
confines del imperio del Inga, donde, habiendo recogido mucho oro y
plata, se volvi al Brasil; pero los brbaros le quitaron  traicin la
vida.

Temerosos stos,  de que viniesen sobre ellos las armas portuguesas 
vengar la muerte de los suyos,  llevados del inters, se pasaron y
vinieron  vivir en el pas ya dicho; y aunque pocos entonces, pues
apenas pasaban de cuatro mil, ahora estn muy numerosos, pues pasan de
veinte mil, viviendo sin forma de pueblo, en tropas, y dndose  correr
y robar las tierras circunvecinas; y por el deseo de carne humana, de
que gustaban mucho, hacan  muchos de ellos cautivos; y cebados por
muchos das, como se hace en Europa con los animales de cerda,
celebraban banquetes de cruelsima alegra, con lo cual se hicieron
formidables  los confinantes; y slo con la venida de los espaoles
olvidaron la inhumana costumbre de comer carne humana, pero no la
crueldad; de suerte que se dice haber destrudo y aniquilado hasta el
presente ms de ciento y cincuenta mil indios.

A reducir  estos brbaros  vida poltica y cristiana, encaminaron sus
designios, desde los principios del siglo pasado, los apostlicos Padres
Manuel de Ortega, Martn del Campo, Diego Martnez, y sucesivamente
otros; pero por ms industrias de que se vali su ardiente celo, jams
pudieron ablandar la dureza de corazones tan obstinados, ni domesticar
la ferocidad de nimos tan salvajes, causa porque los abandonaron, como
tierra en que se ha derramado intilmente el grano Evanglico, para
emplear sus fatigas en pas que correspondiese  su cultura, con fruto
ms digno de sus trabajos; hasta que el ao de 1686, habiendo ido dos
Misioneros de esta provincia  ejercitar los ministerios de nuestra
Apostlica Vocacin  Tierra de Tarija, hicieron eco en aquellos
desiertos las maravillas que obraba la divina palabra en las costumbres
bien rotas y perdidas de aquella tierra.

Entraron, pues, en acuerdo algunos caciques, y de comn consentimiento
enviaron mensajeros  los Padres, suplicndoles con eficacsimos ruegos
se moviesen  compasin de sus almas, ponindolas en el camino de la
salvacin; pero no tuvieron por entonces otra respuesta, sino que no
podan asistirles hasta dar aviso  su Provincial, que  la sazn era el
Padre Gregorio de Orozco, natural de Almagro, en la Mancha, sujeto de
mucho celo y fervor, quien no pudo tan presto condescender con tan
justas splicas hasta abrir colegio, como lo hizo en la villa de Tarija.
En escoger entre todos los sujetos que haban de dar principio  aquella
Misin, tuvo el buen Provincial no poco que hacer para aquietar los
deseos, splicas y lgrimas de tantos como se le ofrecieron  esta ardua
empresa; pero no haba quien con ms ardor lo desease, ni  quien con
ms razn se debiese hacer esta gracia, como el V. P. Joseph de Arce,
natural de las islas Canarias, hombre de gran corazn y de igual celo,
premiado de Nuestro Seor con una muerte gloriosa, de que daremos
noticia adelante. Parece que San Francisco Xavier, antes que los
Superiores, le destin para esta empresa, pues vindole stos dotado de
gran talento y feliz ingenio para las ctedras, aunque con increble
dolor del buen Padre, le haban aplicado  ellas; pero no tard mucho en
que se vieron precisados  mudar de parecer, porque sindole al
humildsimo Padre de intolerable peso esta lustrosa ocupacin, no poda
recabar con splicas y lgrimas le aliviasen de ella, con que recurri
al asilo de San Francisco Xavier, suplicndole con muchas lgrimas el
cumplimiento de sus deseos. Tuvo feliz despacho con tan poderoso
intercesor su splica, porque cayendo luego enfermo, le dieron, por
descuido del enfermero, un remedio recetado para otros, el cual le
redujo  los ltimos perodos de la vida. Vindose en este lance, pidi
licencia al P. Provincial Toms Baeza para hacer voto  su grande
Abogado San Francisco Xavier, de que si alcanzaba la vida, la empleara
en la conversin de los infieles. El P. Provincial, reconocindole ya
desahuciado, le di grata licencia para hacer su voto; y luego que le
hizo, le acept el Santo desde el cielo, pues remitiendo de su fuerza el
mal, en breves das qued sano del todo.

Y como en aquel tiempo se trataba con gran calor de la conversin 
nuestra Santa F de las naciones que estn hacia el estrecho de
Magallanes, que descubiertas pocos aos antes por el V. P. Nicols
Mascardi, italiano, sujeto de la provincia de Chile y mrtir del Seor,
pedan predicadores de nuestra Santa Ley, y por orden de nuestro
piadossimo Monarca Carlos II, estaban ya  punto algunos fervorosos
misioneros para entrar en las tierras de los Patagones, fu tambin
sealado el P. Arce. Pero  lo mejor de la obra se atraves el infierno
por medio de algunos Ministros del Rey, que atendiendo ms  sus
particulares intereses que al servicio de Dios y de la Monarqua,
pretendieron sujetarlos con armas para hacerlos despus esclavos suyos.

Desvanecida, pues, esta misin con incomparable dolor de todos los
buenos, fu destinado  llevar la luz del Evangelio  los Chiraguans, y
abrir camino en otras provincias  tantos hermanos suyos, que conducidos
de su mismo espritu y celo haban de seguirle, para sembrar en ellas la
semilla de la predicacin evanglica, los cuales, para hacerla ms
fecunda, la haban de regar, no slo con sus sudores, sino tambin con
su sangre. Pero antes de emprender esta obra, procur armarse y
fortalecerse con aquellas virtudes que reconoca necesarias para tan
ardua y difcil empresa, porque le adivinaba presagioso su corazn que
el comn enemigo se haba de poner en armas para no perder la tirnica
posesin y seoro de una gente, que hasta entonces, con injuria de Dios
Nuestro Seor, haba estado siempre  su devocin.

En el nterin, pues, que el Padre estaba con todo su espritu recogido
en Dios tratando este negocio, vino del Pilcomayo un cacique con seis
vasallos suyos, pidindole no difiriese un punto de ir  darles noticia
de Dios Nuestro Seor; y luego manifestaron las veras con lo que decan
las obras, oyendo con gusto y atencin la explicacin de la Doctrina
Cristiana, y estando siempre obedientes  su voluntad.

Las muestras que dieron de s estos pocos, le encendi en su corazn un
ardiente deseo de poner luego manos  la obra, parecindole estas
disposiciones muy  propsito para introducir la f en gente tan bien
inclinada. Y  la verdad poda bien esperar esto de los Chiriguans, que
viven  la orilla del ro Pilcomayo, pero no de los del ro Bermejo,
pues antes stos, renovando las antiguas canciones, porque otras veces
haban echado  los misioneros porque queramos hacerlos esclavos de los
espaoles y obligarlos al servicio personal y otras mil mentiras de este
jaez, le miraban con malos ojos y le decan que si pusiese el pie en sus
tierras se haba de salir luego,  que para quitarle de una vez de sus
ojos, le haban de quemar vivo.

Por eso, antes de pasar ms adelante, me es preciso pintar aqu  lo
vivo el genio y natural de esta gente, para reconocerle siempre el
mismo, porque se transforman en tan diversos y contrarios semblantes,
que de otra suerte sera imposible el conocerlos. Son de genio
inconstante, ms de lo que se puede creer, mudables  todo viento, no
guardan la palabra que dan, hoy parecen hombres y cristianos y maana
apstatas y animales, amigos de todos, aun de los espaoles, cuando les
est  cuento para sus intereses, pero por la ms leve causa rompen la
amistad. Y con todo eso, no es ese el mayor contraste que tienen para
introducir en ellos el conocimiento de los misterios y observancia de la
ley de Dios. El ms fuerte impedimento es el mal ejemplo de los
cristianos viejos, gente ruda como los indios; no entiende otro lenguaje
mejor que el del ejemplo, y de la vida de los fieles infiere las
calidades de nuestra Santa F, y muchas veces les echan en la cara los
Misioneros que son demasiado duros con ellos en no permitirlos el uso de
muchas mujeres, cuando ven que los europeos tienen  su gusto cuantas se
les antoja; y por ms que se les procura responder, nunca se les dice
tanto que baste  aquietarlos. Por lo cual, con sapientsimo y
prudentsimo acuerdo, los primeros operarios de esta provincia se
procuraron apartar lejos de las ciudades, buscando para sembrar el
Evangelio provincias remotas, si no del comercio,  lo menos de la
habitacin de los forasteros, para que stos no deshiciesen con su mal
ejemplo lo que ellos hacan con su predicacin.

Y se practica esto hasta el da de hoy con tanto rigor, mediante la
piedad de nuestros Catlicos Reyes, que  ningn europeo  espaol de la
tierra, si no es de paso, se le permite poner el pie en las Reducciones
de los Guaranes, excepto  los Gobernadores y Prelados eclesisticos, 
quien por su oficio les incumbe el visitarlos. Ahora, pues, este
impedimento en los Chiriguans, es gravsimo. Comercian continuamente
con las ciudades confinantes, y como ms fcilmente se pegan los vicios
de los malos  los buenos que las virtudes de los buenos  los malos y
viciosos, al ver  unos ocupados en sacar el dinero de los paisanos, 
otros darse sin freno  los deleites de la carne, y en algunos, aunque
pocos, tan muerta la f que no hacen escrpulo de faltar  los Divinos
preceptos, y en mostrar menos reverencia  los misterios de la Iglesia,
no es fcil decir cunto crdito gana con ellos lo malo, y cunto odio y
desprecio cobran, as  las personas como  la religin que profesan.

Y aunque la innata piedad de los espaoles resplandezca aqu tanto como
en cualquiera otra parte, que en ella se pierde la malicia toda de
algunos, con todo eso, como dije, en los corazones de estos brbaros se
imprimen ms fcilmente los vicios y maldades que las virtudes y
devocin. Y si tal vez, al oir la explicacin de la doctrina cristiana,
 alguna de aquellas incontrastables verdades que tienen fuerza de hacer
volver en s  quien de s vive olvidado, despierta en ellos algn buen
pensamiento, apenas nace cuando le sofoca su inconstantsimo genio, y el
mal ejemplo de los forasteros, como muchas veces lo vemos y tocamos con
las manos. Esto supuesto, volvamos ya  nuestra narracin.

Habiendo el P. Arce probado y experimentado por muchos das el fervor de
este cacique y sus vasallos, le pareci fundar aqu Reduccin con
esperanza de feliz suceso. Con este fin los remiti  su tierra,
acompaados de cuatro indios Guarans que llevaba consigo, dndoles
orden  stos de que explorasen la voluntad del pueblo y corriesen las
Rancheras situadas en la orilla del Pilcomayo, que en breve les
seguira, junto con D. Diego Porcel, pisimo caballero, y muy amado de
los infieles, por su afabilidad y buen trato, para que le ayudase en
aquel negocio, y con su autoridad tuviese refrenados  los caciques del
ro Bermejo; pero Dios no quiso de ste ms que la buena voluntad, para
premiarla eternamente en el cielo; porque siendo ya muy viejo y de edad
decrpita,  pocas leguas de camino, sorprendido de un accidente, le fu
preciso volver atrs; pero en su lugar sustituy  un hijo suyo, con
quien ponindose en camino el P. Joseph por el mes de Mayo de 1690,
despus de algunas jornadas, lleg  ciertas rancheras que estaban 
orillas del Pilcomayo, donde fu recibido con singular afecto de los
paisanos, que actualmente estaban llorando la muerte de algunos de los
suyos, por causa de las discordias que haba entre Cambaripa y
Tataberiy. Eran estos los dos Caciques de mayor nombre y poder de la
tierra; y para dar principio  la nueva cristiandad, era necesario
concordarlos entre s, y apagada toda malevolencia, volverlos  hacer
amigos.

A este fin quera el santo varn ir en persona  meterse de por medio y
hacer las paces, y hubiralo hecho  no ver que era manifiestamente
echarse  morir entre las armas de los Tobas, confederados con
Tataberiy, que infestaban los caminos.

En esta coyuntura vino un mensajero de Cambaripa, pidindole le diese de
su parte, si pudiese hallar algn pronto y eficaz remedio  su ruina, y
 la de aquellos sus vasallos, porque no tena tiempo para detener 
resistir  un mismo tiempo  tantos enemigos ni de buscar escape  su
vida con la fuga, por estar mal herido de los contrarios.

Atraves esta nueva el corazn del P. Arce; y para repararle aquel
fracaso al pas, volvi luego atrs  fin de recoger de la piedad de los
espaoles algn socorro de armas; y  la vuelta templ Dios con
alternados consuelos el dolor de aquel accidente, porque los Chiriguans
del ro Bermejo, que antes se haban mostrado tan adversos y duros,
ablandados ya sus corazones con las influencias del Espritu Santo, le
salieron al encuentro, y Cambichuri, el cacique ms poderoso, le mostr
grandes finezas de amor, convidndole  que fuese  predicar  sus
vasallos y que hara de l cuanto el Padre gustase.

Lleg  Tarija, y alcanzando de los Regidores una compaa de soldados,
se volvi lo ms presto que pudo, llevando por su compaero al P. Juan
Bautista de Zea; y aunque el camino era spero y peligroso y la poca
comodidad con que trataban su cuerpo estos Evanglicos operarios les
haca ms trabajoso el caminar, con todo eso estaban insensibles  toda
molestia y trabajo por la abundante copia de delicias celestiales de que
gozaban, bautizando en aquellas soledades gran nmero de nios y no
pocos adultos que vindose ya cercanos  la muerte, cambiaban de buena
gana la vida con esperar la eterna bienaventuranza. Finalmente,  26 de
Septiembre, entraron en las rancheras de Tataberiy, donde se haba de
tratar la paz.

Sali ste  cumplimentarle, acompaado de cuarenta de los suyos, y
hospedle en la casa ms acomodada del pueblo, y empezando desde luego 
tratar del negocio de la paz, supo darse tan buena maa el P. Arce, que
redujo  los dos caciques  que se prometiesen mtuamente la paz y
renovasen entre s su antigua amistad; y fuera de eso concluy, se
hiciesen tambin las amistades entre los parientes de los muertos y los
matadores, que fu lo ms difcil de alcanzar.

Celebr el pueblo estas paces con solemnidad y alegra incomparable;
pero sobre todos, quien di mayores muestras de contento fu Cambaripa;
y Tataberiy se aficion increblemente  los misioneros, y por medio de
ellos  la Santa ley de Cristo; pidiles que se quedasen all para
ensearles los Divinos Preceptos, prometiendo alistarse cuanto antes en
el nmero de los fieles; y en prendas de eso le di para que bautizase
un hijo nico que tena. Pero los Padres, antes de hacer pie firme en
algn lugar, queran correr toda la provincia; por lo cual, dndoles
buenas esperanzas, se partieron, asistidos siempre del hijo de aquel
buen caballero, que jams quiso apartarse de su lado en aquella
peregrinacin; y pasando luego  las riberas del ro Parapit y,
pobladas de muchas rancheras, fueron recibidos de todos con seas de
grande afecto y tratados lo mejor que la pobreza y penuria del pas
permitan.

De aqu tiraron hacia las montaas del Charaguay  cuyas faldas viven la
mayor parte de los Chans y muchos Chiriguans. Tuvieron aqu no poco
que hacer en componer  los paisanos con los vasallos de Taquiremboti;
pero puestos stos en acuerdo, prosiguieron su viaje, no encontrando
otra cosa que rancheras destrudas, habindose retirado  otras partes
la gente, por no padecer los infortunios y desventuras que trae consigo
la guerra.

Finalmente, padecidos no pocos ni ligeros peligros de perecer, llegaron
al ro Guapay, donde fueron recibidos de sus moradores con increbles
finezas, y los Caciques Manguta y Fayo les suplicaron vivamente se
quedasen en aquel paraje para instruirlos en los misterios de nuestra
Santa Fe y ensearles el camino del cielo.

El P. Arce, que por entonces tena otros designios, les prometi que en
otra ocasin les cumplira sus deseos, con que administrando el Santo
bautismo  cuatro que estaban en peligro de muerte, se prevena ya para
la partida.

A este tiempo vino una india, hermana del cacique Tambacur, y se ech 
sus pis muy afligida y desconsolada porque el gobernador de Santa Cruz
de la Sierra enviaba  prender  su hermano para castigarle; y
manifestando su dolor le dijo tantas razones y le ense tales ruegos y
splicas el amor  la sangre, para que le librasen de aquel golpe que,
como deca, le haban maquinado por rencor y envidia sus enemigos, que
hubieron de condescender los Padres  sus peticiones para que tocasen
con las manos y viesen aquellas gentes que ellos no miraban sino  su
utilidad y que en las ocasiones eran su escudo y refugio, para
aficionarlos por este camino  nuestra santa ley. Este fu su designio 
intento, pero no el de Dios, que muchas veces se vale de los intereses
humanos para llevar  su fin las disposiciones de su eterna providencia.
Y tal fu la ida de estos misioneros  Santa Cruz de la Sierra, porque
yendo solamente  impetrar la vida temporal de un indio, los llevaba
Dios para que fuera de toda esperanza rescatasen  innumerables pueblos
de la esclavitud del demonio. Partieron, pues, del Guapay con Tambacur
 Santa Cruz, donde recibidos con mucha cortesana del gobernador don
Agustn de Arce pisimo caballero, alcanzaron por merced y gracia la
vida de aquel pobre hombre, que de otra manera lo hubiera pasado muy
mal.

Estas demostraciones de estima y afecto obligaron  nuestros Padres 
que con confianza le manifestasen su designio de convertir  la f  los
Chiriguans y  que se dignase interponer su autoridad contra cualquiera
que osase oponerse  esta empresa. Parecile al sabio gobernador que era
gastar intilmente el tiempo y el trabajo con aquellos indios, por lo
cual les empez  persuadir con slidas razones enderezasen  otra parte
sus pensamientos y apostlico celo, porque eran gente obstinada en la
idolatra, salvaje en las costumbres, y sobremanera adversos  las leyes
y pureza de la vida cristiana,  inconstantes en lo que emprenden; que
ya en otras ocasiones haban probado  reducirles fervorossimos
Misioneros, y despus de grandes trabajos y fatigas no haban sacado
otro fruto de sus sudores sino escarnios, oprobios y malos
tratamientos.

Viva entonces muy fresca la memoria del fervorossimo P. Martn del
Campo, de la provincia del Per, que despus de haber gastado con ellos
algunos meses, vista su obstinacin, se vi precisado  irse  otra
parte  emplear sus fervores. Por tanto les aconsejaba pusiesen la mira
en otros pases donde no se perdiesen  s mismos, y ganasen felizmente
 los otros.

Confinaban con aquella ciudad los indios Chiquitos que poco antes haban
hecho paces con los espaoles y pedan predicadores del Evangelio, que
les enseasen la ley divina. No poda el buen gobernador darles gusto,
enviando misioneros de la provincia del Per por estar estos empleados
en cultivar las naciones de los Moxos, por lo cual ofreci  nuestros
misioneros la copiosa mies de esta gentilidad, donde su fervor hallara
en qu satisfacerse  su gusto, y su celo campo donde acrecentar la
gloria divina, que aqu no seran mayores los trabajos que el fruto, ni
derramaran gota de sudor en esta tierra, que no fuese semilla de que
cogiesen la conversin de muchas almas. Y que para que emprendiesen con
ms calor esta misin, escribira de su mano cartas muy eficaces al
Provincial de esta provincia,  nuestro Padre general Tirso Gonzlez, su
ntimo amigo.

Este razonamiento del buen gobernador despert en el corazn de
aquellos varones apostlicos un jbilo incomparable, viendo se les
descubra otro campo en que padecer otro tanto en servicio de Dios: por
lo cual, en cuanto  ellos tocaba, se ofrecieron al bien de aquella
nacin, sin hacer caso de su vida ni temer  los trabajos y fatigas que
les pudiese costar aquella nueva empresa, slo con que la insinuacin de
los superiores les destinase  ella; y as dijeron, que obtenida
licencia de sus superiores, correran all gustosos para domesticar
aquellos brbaros y reducirlos al conocimiento del verdadero Dios y  la
obediencia de la Majestad Catlica. Y con esto, despedidos del
gobernador dieron la vuelta.

Al pasar el ro Guapay, de vuelta para Tarija, les cercaron una gran
multitud de infieles, rogndoles fundasen una Reduccin en aquel paraje
para cuidar y atender al bien de sus almas, que les daban palabra que en
breve abrazaran todos la ley de Cristo.

No les pareci bien  los Misioneros dejarlos descontentos, por lo cual,
levantando en aquel sitio un Rancho, celebraron,  vista del pueblo, el
Santo sacrificio de la Misa; y por ser aquel da consagrado  la
Presentacin en el templo de la Virgen Nuestra Seora la pusieron debajo
de su patrocinio; y esto con tanto aplauso y contento de los naturales,
que corriendo la voz de lo sucedido por las otras Rancheras, se
ofrecieron muchos caciques  fundar all Ranchos con todos sus vasallos.

Partironse de aqu los Padres para disponer en Tarija lo necesario para
llevar adelante aquella empresa, y Dios Nuestro Seor, para premiar los
trabajos pasados en su servicio y animarlos en las fatigas que haban de
padecer en adelante, les concedi luego un fruto de bendicin, que
apenas naci cuando se trasplant en los jardines celestiales, este fu
un nio que apenas fu lavado de mancha de la culpa original con las
aguas del Santo Bautismo, cuando incontinenti vol  gozar eternamente
de Dios.

Incomparable fu el consuelo de estos santos varones con tan noble
ganancia, pero no menor la rabia del demonio que de tan buenos
principios adivinaba el gran menoscabo que se haba de seguir  sus
intereses, y que si la f cristiana fuese ganando crdito y seguidores,
perdera en poco tiempo el dominio del pas; y como su mal y dao estaba
 los principios y le poda reparar, procur, con todo su esfuerzo
arrancar de raz aquellos buenos principios, para lo cual tena all de
su bando ciertos apstatas muy poderosos, tanto peores que los otros en
su vida, cuanto es ordinario que sea ms perdido en sus costumbres
quien abandona la f que quien jams la profes en su vida.

Entre estos haba dos caciques llamados Urbano Garnica y Pedro de Santa
Mara, que teniendo para su placer muchas concubinas, llevaban muy mal
tomase campo en aquella tierra Cristo Nuestro Seor y su ley santsima,
con lo cual ellos se haban de ver precisados  desamparar el pas  
salir del cieno de la deshonestidad. Por tanto, conmovidos estos del
enemigo infernal, y mucho ms del amor  la carne, empezaron  esparcir
por el vulgo mil calumnias contra los misioneros, y mucho ms aquellas
que mejor les estaba creyese el pueblo; decan que eran espas de los
enemigos, que no pretendan otra cosa que sujetarlos  los espaoles, y
con pretexto de reducirlos  la f catlica, privarlos de su antigua
libertad, que en breve se veran hambrientos y deseosos de aquellos
placeres de que ahora  su gusto se saciaban; veran sus carnes flacas,
sus espaldas acardenaladas de los golpes de los nuevos seores, cuyo
yugo cargaban sobre sus cuellos, junto con el de Cristo; y en prueba de
eso, tenan ellos an en el cuerpo las cicatrices de los cruelsimos
azotes que llevaron cuando cristianos, por ms que trabajaban de da y
de noche sin ninguna compasin, para llenar  su costa las bolsas de
sus amos, y semejantes  estas decan otras innumerables mentiras, como
les vena  cuento el fingirlas para su intento. No se dijeron al aire,
porque ahora el deseo que tenan los brbaros de hacerse cristianos
estaba en sus primeros fervores, no hicieron en ellos mucha mella estos
dichos; no obstante, resfrindose de all  poco aquel primer fervor,
consiguieron los apstatas su intento de alborotar el pas y enfurecer
el pueblo para que echasen  los Padres y los remitiesen  donde haban
venido.

Entrado ya el ao de 1691, partieron los PP. Juan Bautista de Zea y
Diego Centeno por el ro Guapay,  cultivar el nuevo pueblo de la
Presentacin, y el P. Arce al valle de las Salinas,  donde acudi gran
nmero de infieles, de los cuales muchos se le mostraban aficionados y
otros le mostraban mal rostro, seal de lo que maquinaban en su corazn,
que era darle muerte, como lo hubieran ejecutado  no haberles disuadido
de tan malvado intento los indios de Tariquea.

Procuraba aqu el apostlico Padre poner forma  las cosas de la
reciente iglesia; pero el demonio, que soplaba en el corazn de los
apstatas, cuanto el buen Padre trabajaba en muchas semanas, lo deshaca
en pocas horas; y por apndice de estos desastres, tuvo noticia de que
los Tobas, cruelsimos enemigos de Dios y de los espaoles, vistos sus
intentos, se haban puesto en armas, y en gran nmero venan destruyendo
el pas; con lo cual, esperando de hora en hora sus furias, se
esforzaban  recibir con gran nimo la muerte si fuese voluntad de Dios
Nuestro Seor, imitando  sus sbditos, de quien corra fama que haban
cado en las manos de aquellos malvados y sido muertos con crueldad
igual  su fiereza.

Pero como Nuestro Seor, con estas desgracias, no quera de su siervo
otra cosa sino las primeras pruebas y noviciado de una vida apostlica,
hizo desvanecer en breve aquellos temores y hubo luego aviso de que los
PP. Zea y Centeno haban llegado  salvamento en el pueblo de la
Presentacin, y de que los Tobas se haban retirado  sus tierras, con
lo cual pudo seguramente pasar  Tariquea para disponer ms apriesa los
nimos de la gente para abrazar la santa f.

Aqu fu recibido y hospedado con mucho amor y benevolencia del seor
del lugar, quien entendida la causa de su ida, mand luego echar bando
por todas las Rancheras del contorno, que se juntasen da sealado
todos los caciques  Concejo, para resolver el negocio de su conversin;
y se ejecut as el da ltimo de Julio, consagrado  nuestro gran
Padre y Patriarca San Ignacio.

Y porque ser del gusto de los lectores saber las ceremonias y modo de
que usaron en su Asamblea, dar de ellos una breve y sucinta noticia.

Entrados  parlamento en lo ms oscuro de la noche, dieron principio 
la funcin con una sinfona de flautas y pfanos, y cantando y bailando
al son de ellos discurran sobre el negocio, concluyendo cada baile que
duraba tres  cuatro credos con brindis.

Al rayar el alba, aunque haca viento muy fro que helaba, por ser aqu
este mes el corazn del invierno, se fueron todos  baar al ro; y para
hacer ms alegre la fiesta, adornaron sus cabezas con hermosos penachos
afeitndose el rostro con colores muy feos, imaginando crecan en
belleza y hermosura, cuando parecan otros tantos diablos.

Habiendo ya esclarecido el da, tomaron un desayuno para cobrar aliento
y bro para proseguir su acuerdo en la forma que antes. Quin crea, 
por mejor decir, quin se atreva  esperar resolucin nada favorable en
un Concejo semejante? Pero no obstante eso, determinaron de comn
consentimiento admitir en sus tierras  Cristo y  su ley santsima, y
enviaron  dar aviso de su resolucin al P. Arce, quien debajo de una
enramada estaba encomendando  Nuestro Seor con fervor este negocio;
pero le pusieron tres condiciones: La primera, que la Reduccin se
fundase en aquel paraje. La segunda, que no fuesen obligados 
desterrarse de sus tierras los que quisieren vivir en el gentilismo, 
mantener muchas mujeres para su uso; y la tercera finalmente, que sus
hijos no fuesen destinados al servicio de la Iglesia.

Acept el santo varn el partido, esperando que el tiempo, y mucho ms
la sangre de Jesucristo les ablandara los corazones y daran aquellos
frutos de bendicin que su celo y sus fatigas les prometan; ni eran mal
fundadas sus esperanzas porque Taric, principalsimo, en nombre de
todos, le di las gracias de querer emplearse en provecho de sus almas;
y las di tambin  Nuestro Seor porque se haba dignado de enviarles
quien sin ningn inters suyo les ensease el camino del cielo. Y porque
todo esto sucedi, como dije, en el da consagrado  N. P. S. Ignacio,
puso el P. Arce la Reduccin debajo de su patrocinio.

Mientras que las cosas corren aqu con algn viento favorable, me es
preciso dar una sucinta relacin de la provincia de los Chiquitos, en
que al mismo tiempo se fund, aunque con fin ms feliz, una nueva
cristiandad, y ser el blanco principal de esta mi Relacin.




CAPTULO II.

Situacin de la provincia de Chiquitos, costumbres y
calidades de los naturales.


La provincia,  quien vulgarmente llamamos de los Chiquitos, es un
espacio de tierra de doscientas leguas de largo y ciento de ancho; por
el Poniente mira  Santa Cruz de la Sierra, y algo ms lejos  las
misiones de los Moxos, que pertenecen  nuestra provincia del Per. Por
Levante baja hasta el famoso lago de los Xarayes,  quien con razn
llamaron el mar Dulce los primeros conquistadores, por su amplitud y
grandeza. Por la Tramontana la cierra una gran cadena de montes bien
larga, que corriendo de la parte de Levante  Poniente, remata en este
lago. Por el Medioda mira al Chaco y  un gran lago,  por mejor decir,
golfo del ro Paraguay, que forma aqu una bellsima ensenada, cuyas
riberas estn pobladas de gran multitud de rboles y se llam desde sus
principios este seno  ensenada el puerto de los Itatines.

Baan  esta provincia de Chiquitos dos ros: uno el Guapay, que
naciendo en las montaas de Chuquisaca baja por una llanura abierta por
junto  un pueblo de los Chiriguans llamado Abap, y corriendo hacia
Oriente, cie  lo largo en forma de media luna,  Santa Cruz de la
Sierra; y tirando de aqu entre Septentrin y Poniente, riega y baa las
llanuras que estn  la falda por ambas partes; y finalmente desagua en
la laguna Mamor, en cuya costa estn fundados algunos pueblos, ya
cristianos, de los Moxos. El otro, el Aper  San Miguel, que nace en
los Alpes del Per, y atravesando por los Chiriguans (en cuyas tierras
muda su nombre en el de Parapity), se pierde finalmente en unos bosques
muy espesos, por las muchas vueltas que da hasta cerca de Santa Cruz la
Vieja, donde los aos pasados se fund la Reduccin de San Joseph, y
girando entre Septentrin y Poniente, baa las Reducciones de San
Francisco Xavier y de la Concepcin, desde donde tira derechamente 
Medioda; y recibiendo en su madre muchos arroyos del contorno, pasa
por las Reducciones de Baurs, que pertenecen  las misiones de los
Moxos, y de aqu va  desaguar en el Mamor, y este en el gran ro
Maran  de las Amazonas.

El pas, por la mayor parte es montuoso y poblado de espessimos
bosques, muy abundantes de miel y de cera por la gran multitud de abejas
de varias especies, entre las cuales hay una casta que llaman _Opems_,
la ms semejante  las de Europa, cuya miel es odorfera y fragante, y
blanqusima su cera, aunque algo blanda. Abundan tambin de muchos
monos, gallos, tortugas, antas, ciervos, cabras monteses y tambin de
culebras y vboras de extraos venenos, porque hay algunas que luego que
muerden se hinchan los cuerpos de los pacientes y destilan sangre por
todos sus miembros, ojos, odos, boca, narices y aun de las uas; pero
el doliente, como echa por tantas partes aquel pestilente humor, no
muere. Otras hay cuyo veneno (aunque hayan mordido en la punta del pie)
se sube al punto  la cabeza, quitando las fuerzas y privando del
juicio, y de aqu extendindose por dentro de las venas mata
irremediablemente, causando delirio, y hasta ahora no se les ha podido
encontrar eficaz remedio.

El terruo de suyo es seco, pero en tiempo de lluvias, que duran desde
Diciembre hasta Mayo, se anega tan disformemente la campaa, que se
cierra el comercio y se forman muchos ros y grandes lagunas, que
abundan de muchos gneros de pescado, los cuales pescan con cierta pasta
amarga con que atontados salen  la superficie del agua.

Pasado el invierno se secan luego los llanos y para sembrar es menester
desmontar con gran trabajo los bosques y cultivar las colinas y cumbres
de los montes que rinden muy bien el maz  trigo de las Indias, arroz,
algodn, azcar, tabaco y otros frutos propios del pas, como pltanos,
pias, man, zapallos (que es una especie de calabazas, mejores y ms
sabrosas que las de Europa); el grano, empero, y la vita, no se puede
coger en estas tierras.

El clima es clido y destemplado, causa de muchos accidentes apoplticos
y frecuentes contagios que suelen hacer gran riza en los naturales,
porque estos brbaros no saben aplicar sino dos remedios. El primero es
chupar los cuerpos enfermos, oficio propio de sus caciques y capitanes,
que en su idioma llaman Iriabs, los cuales con este oficio se hacen
mucho lugar entre los naturales, con harta ganancia, porque en vez de
guisar la gallina y las otras viandas ms exquisitas para el enfermo, se
lo come todo el chupador, y al enfermo no le dan sino la ordinaria
vianda de un puado de maz bien mal cocido; y si no lo quieren comer,
no les da mucho cuidado, contentos con la respuesta del enfermo: _cmo
he de comer si no tengo gana?_ Por lo cual tengo para m que los ms
mueren de necesidad ms que de enfermedades, de la cual no dan otra
relacin al sobredicho mdico que mostrarle la parte dolorida y decirle
por dnde han andado los das antecedentes: de aqu pasa este  examinar
si el enfermo ha derramado la chicha (bebida algo semejante  la
cerveza) si ha echado  los perros algn pedazo de carne de tortuga,
ciervo  de otro viviente; y si le halla reo de este delito, dice que el
alma de estos animales, para vengar su injuria se le ha entrado en el
cuerpo, y le atormenta  medida de su afrenta. De donde es, que para
darle algn alivio le chupan la parte lesa,  tambin dan en el suelo
grandes golpes con la macana alrededor del enfermo para espantar aquella
alma y ahuyentarla. Con esto se queda el doliente como antes, si no es
que por ventura sucede tal vez que sanan naturalmente.

Hase observado en estos mdicos que despus de recibido el Santo
Bautismo, por mucho que hacen no pueden vomitar una materia sucia y
hedionda como antes lo hacan todas las veces que chupaban algn
miembro del enfermo, dndose el demonio por desobligado de mantener el
pacto implcito que con ellos tena, porque explcito y cierto no tenan
ninguno.

El otro remedio es bien cruel y propio de brbaros, y era matar  las
mujeres que se persuadan eran causa de la enfermedad (puede ser que sus
mayores tuviesen alguna luz de que por una mujer haba entrado en el
mundo la muerte) y echndolas de este mundo, crean quedar ellos libres
del tributo de la muerte. Por eso importunaban al mdico les dijese qu
mujer les haba puesto en su cuerpo aquella enfermedad, y ste deca que
era esta  aquella que primero se le ofreca  con quien tena algn
enojo,  con su marido  parentela y cogiendo sola  la miserable la
quitaban  golpes y palos la vida. Y no acababan de caer en la cuenta
del engao, aun viendo por experiencia que no aprovechaba nada para
escaparse de la muerte esta receta. Proviene esto de una necia
imaginacin que tienen de que las enfermedades provienen de causa
extrnseca y no de la interior alteracin de los humores, porque no son
capaces de llegar  penetrar con el entendimiento  donde no alcanza la
grosera de los sentidos corporales (propiedad de todos los indios
occidentales), bien que por otra parte son hbiles y despiertos para
los dems. Y viendo que los Misioneros curaban con purgas y sales, no
acababan de persuadirse que la sangre y los otros humores de que se
alimenta la parte inferior del hombre poda corromperse y causar
malignos efectos y malas impresiones aun en el alma; por esto, por la
ms leve indisposicin se queran sangrar, y pidindoles el brazo,
respondan que no en l, sino en la parte que les dola, haba de ser la
sangra; y experimentando con estos remedios mejora, dieron de mano 
los antiguos mdicos burlndose de sus fraudes y engaos y execrando la
crueldad que haban usado contra las mujeres.

Son de temperamento gneo y vivaz ms que lo ordinario de estas
naciones, de buen entendimiento, amantes de lo bueno, nada inconstantes
ni inclinados  lo malo, y por esto muy ajustados  los dictmenes de la
razn natural, ni se hallan entre ellos aquellos vicios  inmundicias
sensuales de la carne que  cada paso se ven y se lloran en otros pases
de gentiles ya convertidos. Su estatura es por lo ordinario ms que
mediana; las facciones del rostro no desemejantes de las nuestras,
aunque el color es de aceituna, con que fcilmente se distinguen de los
europeos; en pasando de veinte aos se dejan crecer el cabello, y quien
le tiene mejor y ms grande, tiene sobre los otros una cierta hermosura
seoril; no crian barba, sino tarde y poca. Cuanto al vestir, los
hombres andan totalmente desnudos; las mujeres traen una camiseta de
algodn que llaman _Tipoy_, con mangas largas hasta el codo y lo dems
del brazo desnudo; los caciques y los principales usan tambin de este
vestido, aunque un poco ms corto. Adornan el cuello y las piernas con
muchas sartas de ciertas bolillas que parecen  la vista esmeraldas y
rubes de que tambin usan para hacer sartas de cascabeles en los das
ms festivos. Hordanse las orejas y el labio inferior, del cual cuelgan
plumas de muchos colores, y de ste traen pendiente un pedazo de estao;
llevan tambin en la cintura una bellsima faja de plumas muy vistosas
por la diversidad y proporcin de los colores. Son de nimo valeroso,
guerrero y bien dispuestos en lo personal para el manejo de las armas,
una de las cuales es la flecha, en que son muy valientes y diestros; y
para prueba y seal de su destreza, traen colgadas muchas colas de
animales y plumas de pjaros que han cazado: otra de sus armas es la
macana  maza, que es de una madera muy dura y pesada en forma de palas,
con que se juega en Europa  la pelota, solo que es ms larga, en el
medio es gruesa y por los lados aguda como la espada para poder pelear
de cerca.

No tienen gobierno ni vida civil, aunque para sus resoluciones oyen y
siguen el parecer de los ms viejos. La dignidad de cacique no se d por
sucesin, sino por merecimientos y valor en las guerras y en hacer
prisioneros  sus enemigos  quien asaltan sin otro motivo ms que por
quitarles algn pedazo de hierro  por alcanzar fama y nombre de
valerosos en la guerra.

De genio totalmente contrario, son las naciones vecinas que viven
pacficas y quietas en sus confines y por eso les es de terror y espanto
la milicia de los Chiquitos, los cuales, despus de hacerles esclavos de
guerra como si fueren sus parientes en sangre,  muy amigos, los casan
muchsimas veces con sus mismas hijas, aunque su matrimonio no se puede
llamar tal porque no es indisoluble; los particulares no se pueden casar
sino con una sola mujer, bien que pueden echarla de casa cuando se les
antoja y tomar otra. Solamente los caciques toman dos y tres mujeres, y
stas, aunque sean hermanas, las cuales no tienen otro empleo que cocer
la chicha, corriendo por cuenta de los maridos el recibir y hospedar 
los forasteros y servirles con esta bebida que hacen de maz, mandioca y
otras frutas; en el color se da algn aire al chocolate y en los
efectos es muy semejante al vino.

La ceremonia que usan en sus casamientos es como sigue: Ningn padre
dar su hija  marido, si ste no ha hecho antes alguna proeza; por eso,
el que se quiere casar, sale antes  caza, y muertos cuantos animales
puede, da la vuelta con un centenar de liebres, y sin hablar palabra las
pone  la puerta de la mujer de quien est enamorado, y por la calidad y
cantidad de la caza, juzgan los parientes si la merece por esposa.

La educacin de sus hijos es en todo conforme  su tosquedad brbara,
dejndolos vivir sin temor ni respeto de los parientes, hechos seores
de s mismos, soltndoles las riendas para que corran  donde la
disolucin y fervor juvenil de los aos los arrastra.

Viven pocos juntos como repblica sin cabeza, que cada uno es seor de
s mismo, y por cualquier ligero disgusto se apartan unos de otros.

Las casas no son ms que unas cabaas de paja dentro de los bosques, una
junto  otra sin algn orden  distincin; y la puerta es tan baja que
slo se puede entrar  gatas, causa porque los espaoles les dieran el
nombre de Chiquitos; y ellos no dan otra razn de tener as las casas
sino que lo hacen por librarse del enfado y molestia que les causan las
moscas y mosquitos, de que abunda extraamente el pas en tiempo de
lluvias, y tambin porque sus enemigos no tengan por donde flecharlos de
noche, lo cual sera inevitable si fuese grande la puerta; fuera de
sta, no tienen otro ajuar que una estera bien dbil que al ms leve
soplo del aire se cae.

Los libres y solteros, que despus de los catorce aos ya no viven ms
con sus padres, viven todos juntos en una casa, que no es otra cosa sino
una enramada descubierta por todos lados, la cual sirve tambin, en
tiempo de sus visitas y cumplimientos, para recibir y alojar  los
forasteros que vienen de otras partes,  los cuales regalan con lo mejor
del pas y con aquella su apreciada bebida, y acude todo el pueblo para
festejar y participar, junto con los forasteros, del refresco; pero
antes conjuran al demonio para que no venga  perturbar la alegra del
festn; la ceremonia es salir algunos de ellos de la choza y, con
grandes exclamaciones, dar en el suelo con las macanas.

Sus festines y banquetes suelen durar dos  tres das y noches enteras,
poniendo su mayor magnificencia y explendor en la copia y fortaleza de
aquel su vino, cuyos humos al punto se les suben  la cabeza y los
privan de aquel poco juicio y sexo que antes tenan, por lo cual sus
fiestas y alegras acaban en rias, heridas y muertes, porque los
rencores y odios guardados y encubiertos  disimulados mucho tiempo en
lo ms secreto del corazn por cobarda y temor, brotan y salen fuera en
estas ocasiones y vienen  las manos con furia.

Despus los forasteros, en agradecimiento, los convidan y llevan  sus
rancheras, correspondiendo con el mismo trato, cumplimientos y brbara
cortesana, y stas son todas sus andanzas y peregrinaciones. Bien que
aunque no tengan forasteros  quien festejar y banquetear, son entre s
muy frecuentes los convites  beber la chicha; y este ha sido el nico y
no leve impedimento que se ha hallado en la vida poltica, y reducidos
por medio del santo bautismo al gremio de la Iglesia, siendo cosa muy
cierta y verdadera que _fustra docentur in fide, nisi ab eis removeatur
ebrietas_, que de ellos y de las otras naciones de estas Indias escribi
el doctsimo y sapientsimo obispo el ilustrsimo seor don Alonso de la
Pea Montenegro[IV.].

Por eso nuestros Misioneros pusieron todo esfuerzo desde los principios
en exterminar y arrancar este vicio, y juntamente aquellos festines y
banquetes; usaron de muchos medios, ya suaves, ya severos, de romper los
cntaros, reprenderlos, derramarles la chicha y deshacer sus brutales
juntas, cosa que les provocaba  clera y  venganza  aquellos
brbaros, que se enfurecan y exasperaban tanto, que muchas veces
echaron furiosamente mano  las macanas y  las flechas para matarlos.

Quiso Nuestro Seor, finalmente, premiar sus industrias y santo celo,
desterrando y arrancando del corazn de aquellos brbaros vicio tan
arraigado, mediante los sudores y virtud (como es constante opinin
entre nosotros) del P. Antonio Fideli, italiano, que fu el primero que
muri en esta apostlica empresa, por Marzo de 1702, consumido de las
fatigas y trabajos que padeci en cultivar esta nueva via del Seor.

Despus de su muerte dejaron del todo estos pueblos la embriaguez y las
dems brbaras costumbres, mudanza por cierto de la mano del Altsimo,
pues aun entre cristianos ms cultivados se ve todos los das que los
dados  la embriaguez, es necesario un milagro de la gracia divina para
que le dejen; pues cunto ms sera necesario para estos brbaros que
le haban mamado con la leche?

Su distribucin y repartimiento del tiempo es el siguiente: Al rayar el
alba se desayunan, y juntamente tocan ciertos instrumentos de su msica,
semejantes  las flautas, hasta que se seca el roco, de que se guardan
como nocivo  la salud; de aqu van  trabajar, cultivando la tierra con
palos de madera, tan dura, que suple la caresta de arados  azadones de
acero; trabajan hasta el medio da, y entonces se vuelven  comer. Lo
restante del da gastan en paseos, visitas y cumplimientos y en brindis
y meriendas, en seal de amor y amistad; anda alrededor un jarro  vaso
de chicha, de que todos toman un sorbo, y tambin se ejercitan en muchos
juegos deleitables y caballeros. Uno, entre otros, es semejante al de
la pelota de Europa. Jntanse muchos en la plaza con buen orden, echan
al aire una pelota, y luego, no con las manos, sino con la cabeza, la
rebaten con maravillosa destreza, arrojndose an en tierra para
cogerla.

El mismo ceremonial de visitas practican entre s las mujeres, que
tienen tiempo para hacer esto y mucho ms, porque las haciendas
domsticas se reducen  solo proveer la casa de agua y lea, y guisar
con slo agua un puado de maz, legumbres, zapallos  alguna otra cosa
que han encontrado en el bosque, y slo suelen hilar cuanto les basta
para hacerse el _Tipoy_   lo ms para tejer una camiseta y una red 
amaca en que dormir con sus maridos; pero les cuesta mucho el labrar por
no tener aptos instrumentos.

No duermen sino en el suelo sin otra cama que una estera, y  lo ms
unos palos toscos y desiguales, juntos entre s, y  no tener hechos
callos que les defienden de lo spero de su cama, les sera de no leve
mortificacin.

Al ponerse el sol tienden su mesa para cenar, y poco despus se retiran
 dormir. Slo los libres  solteros se juntan de noche  bailar entre
s y  tocar junto  su Rancho, y de aqu van continuando la danza por
los caminos de esta manera: hacen una gran rueda y en medio ponen  dos
que tocan las flautas  cuyo comps canta y da vueltas toda la rueda sin
mudanza alguna; detrs de los hombres hacen otro semejante baile las
mujeres, y estos bailes duran dos  tres horas, hasta que cansados se
echan  dormir.

El tiempo de caza y pesca es despus de haber hecho la cosecha del maz
y del arroz. Repartidos en muchas cuadrillas van  los bosques por dos y
tres meses y cazan jabales, monos, tortugas, osos, hormigueros,
ciervos, cabras monteses; y para que no se corrompa la carne, usan
chamuscarla de manera que se pone dura como un palo; y se tiene por
dichoso quien trae su cesta  canasta ( que llaman panaques) muy
llena, porque todos le dan el parabin y le aclaman de esforzado y
valiente. Por el mes de Agosto ya estn todos de vuelta, porque es el
tiempo de la sementera.

En materia de religin son brutales totalmente y se diferencian de los
otros brbaros, pues no hay nacin por inculta y brbara que sea, que no
reconozca y adore alguna deidad; pero stos no dan culto  cosa ninguna
visible ni invisible, ni aun al demonio, aunque le temen. Bien es verdad
que creen son las almas inmortales y  sus difuntos los entierran
ponindoles en la sepultura algunas viandas y sus arcos y flechas para
que en la otra busquen  costa del trabajo de sus manos, con qu poder
vivir, y de esta manera quedan persuadidos que no les precisar el
hambre  querer volver  este mundo. Aqu paran, sin pasar adelante, 
investigar  dnde van  morar, ni quin es el artfice de tan bellas
criaturas que les di el ser y le sac de la nada, ni saben dar razn de
esto.

A sola la luna honran con ttulo de madre pero sin darla culto, y cuando
se eclipsa, salen con grandes gritos y aspavientos disparando al aire
una gran tempestad de flechas para defenderla contra los perros que
dicen que all en el cielo andan tras ella y la muerden hasta que la
hacen derramar sangre de todo el cuerpo, que  su juicio es la causa del
eclipse; y todo el tiempo que ste dura, permanecen ellos en esta
funcin hasta que vuelve  su resplandor y estado antiguo.

Cuando truena y caen rayos creen que algn difunto que vive all con las
estrellas, est enojado con ellos, y aunque muchas veces caen rayos y
centellas, no hay memoria de que hayan hecho dao ni muerto  ninguno.

No tienen, pues, ni adoran otro Dios que  su vientre, ni entienden en
otra cosa que en pasar buena vida, la mejor que pueden, viviendo en
todo como brutos animales. Aborrecen mucho  los hechiceros, y  los
otros familiares del demonio como  capitales enemigos del gnero
humano, y los aos pasados hicieron en ellos un cruel estrago,
quitndoles las vidas; y ahora, con una ligera sospecha de que alguno
ejercita este oficio, al punto le despedazan  grandes golpes de sus
macanas. Son muy supersticiosos en inquirir los sucesos futuros por
creer firmemente que todas las cosas suceden bien  mal, segn las
buenas  malas impresiones que influyen las estrellas; por esto, para
conocer los puntos de sus aventuras, observan, no ya el curso de los
cielos  los aspectos benficos de los planetas, que  tanto no
alcanzan, sino algunos ageros que toman de los cantos de los pjaros,
de los animales y de los rboles y otros innumerables de este gnero; y
si sus pronsticos son infaustos, de enfermedades, contagios,  de que
han de venir  sus tierras  hacer correras los Mamalucos, para
maloquear, que es lo mismo que hacerlos esclavos, tiemblan y se ponen
plidos como si se les cayese el cielo encima  les hubiese de tragar la
tierra; y esto slo basta para que abandonen su nativo suelo y que se
embosquen en las selvas y montes, dividindose y apartndose los padres
de los hijos, las mujeres de los maridos, y los parientes y amigos,
unos de otros, con tal divisin, como si nunca entre ellos hubiese
habido ninguna unin de sangre, de patria  de afectos. Por esto les
parece menos insoportable el venderse los unos  los otros: el padre 
la hija, el marido  la mujer, el hermano  la hermana; y esto por
codicia de solo un cuchillo  una hacha,  de otra cosa de poca monta,
aunque los compradores sean sus mortales enemigos, que hayan de hacer de
ellos lo que su odio, pasin  enemistad les dictare. Lo cual ha dado no
poco que entender  los ministros del Evangelio para reducirlos  que
vivan juntos en un paraje y en unas mismas casas donde se porten como
racionales y puedan ser instrudos en los misterios de la santa fe para
creerlos, y en los preceptos de nuestra santa ley para observarlos.

Con todo eso y el no conocer ni venerar deidad alguna ni hacer estima
del demonio, era muy buena disposicin para introducir en ellos el
conocimiento del verdadero Dios, tanto ms que no permitan viviesen
entre ellos los que tuviesen trato familiar con el demonio, gravsimo y
antiguo impedimento para conducir  la ciega gentilidad al gremio de la
Santa Iglesia, con que estaban como una materia primera, indiferente y
capaz de cualquiera forma, por singular providencia del cielo, que no
permitiese se adelantase  tomar posesin de sus almas antes que la ley
de Dios, secta ninguna  idolatra de las muchas que tenan las naciones
confinantes, con ser as que decan mucho con su genio y brbaras
costumbres.

Lo que toca  su idioma y lenguaje es tan difcil, que para saberla y
aprenderla no basta muchos aos. No quiero hablar en este punto, sino
que se oiga  un misionero que escribiendo los aos pasados desde
aquellas misiones  un confidente suyo, se lamenta mucho de que por ms
conato que puso, no pudo aprenderla. Cada Ranchera (dice) usa lenguaje
diferentsimo y difcil, y mucho ms que todos, el de los Chiquitos, lo
cual me causa grande pena y desconsuelo y me falta poco para persuadirme
que no podr emplear mis sudores y fatigas en provecho de esta nueva
cristiandad por falta de lengua. Hasta ahora no se ha acabado el
Vocabulario, y estando an en la C, hay ya veinticinco cuadernos. La
Gramtica es dificilsima y el artificio y definicin de los verbos es
increble. No hay paciencia para haber de decir con diferentes verbos y
conjugaciones: yo amo; yo amo  Pedro; yo lo amo; yo me amo; yo la amo;
yo le amo; por esto amo; con tal inconsecuencia en las conjugaciones,
que aprovecha poco saber conjugar un verbo para poder hacer lo mismo con
otro. En cinco meses que ha que estoy aqu, apenas he aprendido cuatro
conjugaciones, habiendo sudado y trabajado de noche y de da. Juzgo que
los que deben venir ac han de ser mozos santos y hbiles, porque de
otra suerte, nunca harn nada. Los gentiles de otras naciones no pueden
aprenderla sino cuando nios. El P. Pablo Restivo, que con un mes de
estudio en la lengua Guarany pudo ejercitar nuestros misterios en todo
el tiempo que ha estado aqu, nunca se ha atrevido  predicar. El P.
Juan Bautista Xandra, por haber venido adulto, entiende poqusimo. De
los Padres ms antiguos que cuentan veinticinco y ms aos de Misioneros
en estas Reducciones, ninguno hay que lo sepa con perfeccin y dicen que
 veces los indios no se entienden entre s. Qu dir de la
pronunciacin? De cuatro en cuatro echan de la boca las palabras y nada
se entiende, como si no pronunciasen nada. Pondr aqu el alabado y la
forma de persignarse, como le cantan todos los das, no como le
pronuncian, porque si uno lo lleva escrito en la mano, no los podr
entender una palabra, y no s como se pueden entender entre s.

Alabado sea      el Santsimo Sacramento     que      est
  _Anauscia_        _Santisime Sacramento_       _naqui_     _ane_

en el     Altar,      y tambin      la Virgen Santa Mara
  _ycu_    _Altar_,       _inta yto_          _Virgen Santa Maria_

desde su origen       est  libre       y pura       cuando
  _ninnemooco_          _oximanane_     _quichetenna_      _onumo_

tuvo principio       el Ser       del primer         pecado
      _ayboyi_           _yy_       _tnicocinitanna_    _ninihaiti_

antiguo.
_ticanni_.

La frmula de hacerse la seal de la santa cruz es de la manera que se
sigue:

Por la seal    de la Santa Cruz    defiende     nosotros
_Oi naucipi_    _Santa Crucis_    _oquimay_    _zoychacu_

Dios nuestro      de      aquellos      que      aborrecen
 _Zoichupa_         _mo_       _anama_        _po_       _chineneco_

 nosotros       en el       nombre       del        Padre
_zumanene_         _au_         _niri_       _naqui_     _Yaytotik_

y            del            Hijo           y           del
_ta_          _naqui_          _Aytotik_        _ta_         _naqui_

Espritu Santo.
_Espiritu Santo_.

Qu le parece  V. R.? Extraa cosa por cierto! He escrito aqu estas
palabras para que V. R. me tenga compasin y ruegue  Nuestro Seor me
conceda alguna cosa del don de lenguas. Es verdad que tiene una cosa de
bueno esta gente, que aunque uno pronuncie mal y hable peor, luego al
punto le entienden.

Esta es la carta de aquel misionero y esta es la dificultad ms ardua,
pero la ms necesaria de vencer en quien emprende el oficio de la
predicacin apostlica de esta provincia.

Y  la verdad, lo que ms espanta y detiene el celo de operarios muy
fervorosos, es tanta diversidad de lenguas, pues  cada paso se
encuentran en estos pueblos una ranchera de cien familias,  lo ms,
que tiene lenguaje muy diverso de los otros del contorno, causa de que
sean tantas las lenguas, que parece increble. Ms de ciento cincuenta
lenguas y ms diferentes entre s que la espaola y la francesa,
hallaron los PP. Cristbal de Acua y Andrs de Artieda en las naciones
que pueblan las riberas del Maran, cuando por orden de Felipe IV
entraron  reconocer aquellas provincias; en quince lenguas, si mal no
me acuerdo, se habla en las misiones de los Moxos, siendo as que no
llegan los convertidos  treinta mil; y en estas nuestras Reducciones de
Chiquitos hay nefitos de tres y cuatro lenguas. Con todo esto, para
quitar este impedimento  la santa fe, se ha procurado que todos los
indios aprendan la lengua de los Chiquitos, lo cual no se podr hacer en
adelante, porque si las naciones en cuya conversin se trabaja ahora,
pasan del nmero de tres  cuatro mil almas, ser necesario hacer otra
nueva Reduccin y nos veremos obligados  acomodarnos  su lengua, para
lo cual habrn los Misioneros de estudiar precisamente la lengua de los
Mototocos, que usan los Zamucos, y la de los Guarayos que hablan en
Guarany, fuera de la lengua de los Chiquitos.




CAPTULO III

Descubren los espaoles la nacin de los Chiquitos y
destryenla, as ellos como los Mamalucos, de quienes
se da una sucinta relacin.


Nuflo de Chaves, el ao de 1557, naveg por orden de Domingo Martnez,
gobernador del Paraguay, hacia el origen del ro que da nombre  toda la
provincia, acompaado de trescientos soldados, con el fin de fabricar un
castillo en una isla que estaba junto al afamado lago de los Xarayes,
con pretexto de avecindarse ms al Per.

Entrse tierra adentro del pas de los Chiquitos, y caminando cosa de
setenta leguas hacia el Poniente, fabric  la falda de una montaa una
poblacin,  quien puso por nombre Santa Cruz de la Sierra. Pero
disgustados muchos de los suyos con Nuflo de Chaves por esta causa, se
volvieron  su tierra.

Los que se quedaron en Santa Cruz, con su afabilidad y buen trato
ganaron la voluntad y afecto de los paisanos, y dividindolos en
encomiendas les obligaron  que cada ao diesen  los encomenderos algn
poco de algodn y algunas vituallas en seal de vasallaje. Mas como el
inters no tiene freno, ni gobierno, ni leyes con que regularse, algunos
que tenan una insaciable codicia de enriquecer, empezaron  cargar de
modo  los nuevos sbditos, que eran insufribles  su pobreza; y no
satisfechos con eso, les quitaban los hijos  las madres para servirse
de ellos; por lo cual, amotinndose algunos indios, se rescataron y
libraron de aquellos maltratamientos, con muerte de sus seores; y de
all  poco fu comn el motn en todos los indios, hasta que por orden
del virrey del Per, D. Francisco de Toledo, se mudaron  otra parte los
espaoles, fabricando la ciudad de San Lorenzo, cabeza de la provincia
de Santa Cruz, cincuenta leguas ms al Occidente.

Los pueblos Penoqus y otros confinantes no quisieron desamparar el
nativo suelo, y con la antigua libertad se volvieron  los ritos
brbaros y gentlicos. No obstante el mandato del Rey, no fu obedecido
de todos los espaoles, porque algunos se fueron entre los Moxos,
doscientas leguas distante de San Lorenzo, y embarcndose en una pequea
embarcacin en el ro Mamor, entraron por la boca del ro Maran en el
Oceano, y con no poca ventura, llegaron  Europa; otros se quedaron en
los Chiquitos, y al pie de una montaa fabricaron un pueblecillo  quien
llamaron San Francisco, junto al cual est hoy fundada la Reduccin de
San Francisco Xavier.

El tiempo que aqu vivieron fundaron algunas encomiendas de Quicmes
Paranes y de Suberecas, las cuales se vieron precisados  dejar, cuando
abandonado tambin aquel lugar, se retiraron  tomar casa en San
Lorenzo. Slo algunos Quicmes y Paranes se fueron con ellos y fundaron
en Cotoc, tierra poco distante de aquella ciudad, y hoy estn debajo
del cuidado y gobierno espiritual de nuestra provincia del Per.

Poco despus de esta mudanza, deseosos los brbaros de tener algunas
herramientas, pasando el Guapay se ponan en celada escondidos en las
matas, y aguardando la ocasin de la noche, asaltaban los villajes  los
espaoles, robando cuantos ms cuchillos, hachas, azadones y otros
pedazos de hierro podan, sin causar otro dao; pero como creciendo la
codicia en los brbaros creciese tambin la audacia, se atrevieron 
coger  los campesinos, y matarlos  su salvo.

Espiaron los vecinos quines eran los que hacan el dao, y advirtiendo
que eran los Chiquitos, quisieron volver sobre ellos los daos
recibidos, pero muy  su costa, porque dos veces volvieron con la peor
parte y se vieron constreidos  retirarse, perdiendo el crdito y la
honra.

Heridos altamente los espaoles en lo ms vivo de la reputacin,
sentidos de que osasen los brbaros manchar la gloria y nombre que 
costa de tantos sudores y tanta sangre haban ganado entre todas las
naciones, no haciendo ya caso del dao recibido en sus haciendas, sino
slo de la prdida de la honra, poniendo en armas un trozo de gente, ms
respetable por su valor que por su nmero, presentaron batalla  los
enemigos, los cuales divididos unos de otros,  los primeros mosquetazos
fueron desbaratados, quedando muchos de ellos prisioneros de guerra.

Perdieron con este gnero de armas su nativo coraje los Chiquitos; y
para defenderse en lo venidero del enojo armado de los vencedores,
derramados y divididos, se huyeron  las selvas, apartndose  lo ms
retirado y espeso de los bosques; con todo eso, aun aqu les dieron caza
los espaoles muchas veces para vengar su afrenta, que tenan muy fija
en el corazn, haciendo esclavos para su uso muchas cuadrillas de
ellos; hasta que abatida con tantos golpes la altivez de los Chiquitos,
vinieron el ao de 1690 mensajeros de parte de los Pacars, Zumiquies,
Cozos y Piocas  San Lorenzo, en nombre de sus caciques,  pedir merced
y paz  D. Agustn de Arce, Gobernador en la ocasin de Santa Cruz, con
que cesaron las hostilidades de los espaoles, pero no se pudieron ver
libres de los gravsimos daos y prdida de gente originada, as de las
guerras pasadas como de los frecuentes contagios y por otros desastres
que echo de buena gana en olvido, por no atribuir  culpa comn de
todos, lo que ha sido slo malicia particular de algunos pocos.

Ha sido tambin causa de su disminucin las contnuas correras 
malocas (como llamamos ac) de los Mamalucos del Brasil, que pasando el
ro Paraguay y haciendo grandes presas en estos miserables, han reducido
 poco menos que nada estos pueblos. Y ya que muchas veces habr de
escribir las maldades de esta gente, no ser fuera del intento de dar de
ellos aqu una breve noticia.

Haba la valerossima nacin portuguesa fundado muchas colonias en las
partes Mediterrneas del Brasil, una de ellas era Piratininnga,  como
otros dicen, San Pablo. Sus moradores, por falta de mujeres europeas,
mezclaron su noble sangre con la vilsima de los brbaros, mejor dijera
que le mancharon, porque los hijos, saliendo ms semejantes  las madres
que  los padres, degeneraron en breve de manera que avergonzadas y
corridas las ciudades vecinas, renunciaron su amistad; y porque la
vileza de stos no empaare ni aun levemente los candores de la
generosidad del nombre lusitano en el mundo, los llamaron Mamalucos.
Mantuvironse stos mucho en la devocin  Dios y  su prncipe por el
celo del admirable P. Joseph Ancheta y sus compaeros, que fundaron all
Colegio; hasta que cansados de vivir ajustados  los dictmenes de la
conciencia, y perdiendo el temor  las leyes, echaron  nuestros Padres
y sacudieron el yugo de ambas majestades, divina y humana de tal manera,
que obedeciesen al Rey de Portugal cuando les estuviese bien, y  Dios,
cuando la necesidad fuese extrema.

A stos se juntaron gran nmero de hombres perdidos, italianos,
espaoles, holandeses y la hez de todas las naciones, que para librarse
de las penas merecidas por sus delitos,  para vivir dando rienda  todo
gnero de vicios y deshonestidades, y tambin corrompido de las feas y
malignas impresiones de los herejes modernos, acrecentar el nmero y el
orgullo de los habitadores y moradores de San Pablo.

Y  la verdad, el sitio de la ciudad, el clima de la tierra, todo era
muy  propsito para su genio depravado y vida brutal. Est fundada unas
trece leguas del Oceano sobre unos peascos que por todas partes
alrededor forman precipicios que hacen inaccesible la entrada, si no es
por una angosta senda, que pueden impedir bien pocos hombres;  la falda
de la montaa hay algunas aldeas para el servicio del Gobernador, de los
forasteros y de los mercaderes,  quienes no se permite pasar ms
adelante; el clima es templadsimo por estar en veinticuatro grados
entre las dos zonas trrida y templada, y el aire tan puro y saludable
que le hace uno de los ms amenos y deliciosos pases de estas Indias
Occidentales.

La tierra, ya por beneficio de la Naturaleza, ya por industria del arte,
produce todo lo necesario para pasar la vida con comodidad,
abundantsima de trigo, ganado, azcar y otros aromas de que puede
proveer  las tierras vecinas con abundancia, ni les faltan tampoco
ricos minerales de oro y otros metales. Libres, pues, de toda ley los
naturales de esta ciudad, se dieron  discurrir por el contorno,
haciendo esclavos  los indios en gran multitud, robndoles su
hacienda; y viendo que no ha hecho algn castigo en ellos, sino
publicado solamente algunas prohibiciones y edictos que no han sido
obedecidos, han proseguido por espacio de ciento treinta aos en sus
infames latrocinios, que fuera de dos millones de almas que se sabe han
destrudo  reducido  miserable esclavitud, han hecho despoblar algunas
ciudades de espaoles y ms de mil leguas en tierra hacia el Maran,
experimentando esta nuestra provincia las primeras furias de su arrojo
en la destruccin de catorce Reducciones que se haban fundado con
increbles trabajos y sudores en la nacin de los Guaranes, que en
nmero de cerca de quinientos mil se haba reducido al gremio de nuestra
santa fe.

Verdad es que en tantas presas no gozan de cien partes la una, porque la
mayor parte, consumida de los trabajos  incomodidades del camino hasta
San Pablo, fallece antes de llegar, y los otros empleados en la labor de
las minas  en el cultivo de los campos, con poco sustento y muchos
azotes y malos tratamientos, no estando por otra parte acostumbrados al
trabajo, en poco tiempo se consumen y aniquilan; y s por cdula real
que he visto, que de trescientos mil indios cautivados en espacio de
cinco aos, no llegaron  salvamento al Brasil ms que veinte mil. Ni
ha sido ste slo el dao que nos han causado estos crueles hombres; lo
peor es el habernos hecho aborrecibles y abominables  todas las
naciones, usando de las mismas trazas  industrias de que usan y se
valen nuestros Misioneros para reducir los gentiles al conocimiento del
verdadero Dios y  la observancia de su santa ley. Fingen, pues, los
dichos Mamalucos que son jesuitas, usando el nombre de Padre, nombre
venerable y que estima mucho  toda la gente, aun  los infieles; hcese
uno sbdito, otro superior, y aun Provincial; y en la rota que
padecieron los espaoles el ao 1696 fu hecho prisionero uno, llamado
Juan Rodrguez,  que aada el ttulo de Payguaz, que en Guaran es lo
mismo que Padre Grande.

Despus, enarbolando cruces y mostrndoles retratos de Cristo Nuestro
Seor y su Santsima Madre, entran en las tierras, acariciando la gente
con regalos y brujeras, persuadindoles dejen su nativo suelo y sus
pobres Ranchos para fundar una numerosa Reduccin, junto con otros
pueblos; y cuando ya los tienen asegurados, meten en prisiones  los
caciques y principales y se llevan por delante la chusma.

Esta infernal astucia nos ha hecho totalmente sospechosos  estas
naciones, y muchas veces corremos riesgos de la vida y se nos malogran
las empresas, como nos ha sucedido en los viajes por el ro Paraguay, en
que ningn infiel se quiere fiar de nosotros.

Pero no deja Nuestro Seor sin castigo, aun en esta vida, maldad tan
enorme, porque los ms tienen malas muertes, y lo peor es que raro es el
que de ellos se arrepiente y pide perdn de sus culpas y maldades,
porque se dejan arrastrar de la desesperacin y se van al infierno; y
hay sujeto de los nuestros, testigo de vista, que dice que en la rota
sobredicha el ao de 1696, ninguno de los que murieron en el campo  se
ahogaron en el ro, pidi confesin ni di seal alguna de
arrepentimiento.

Pero no obstante que dichos Mamalucos, ya con engaos, ya con bocas de
fuego, han hecho tan horrendo estrago en estas naciones, incapaces de
resistirles con sus dbiles y flacas armas, algunas veces, en no pocos
reencuentros, han vuelto con las manos en la cabeza, y ha sido sujetado
su orgullo por los indios; porque stos, arrestados de una vez  morir 
vencer, se han portado con tal valor y esfuerzo, que ya en emboscadas,
ya en campaa abierta, cara  cara han vencido el orgullo enemigo,
quedando prisioneros los que queran echar en prisiones  los indios.




CAPTULO IV

Da principio el P. Joseph de Arce  la nueva Iglesia
de los Chiquitos, vencidas muchas dificultades.


Entrado, pues, ya el ao de 1691 pas el Padre Provincial de esta
provincia, Gregorio de Orozco,  visitar el Colegio de Tarija para
entrar por all  las tierras de los Chiriguans y probar  lo menos por
algn poco de tiempo las incomodidades que sus sbditos haban de
tolerar despus aos enteros y hallarse en alguno de tantos peligros en
que despus ellos haban de vivir continuamente. Aqu recibi las cartas
del gobernador de Santa Cruz de la Sierra y las splicas del P. Arce,
que desde Tariquea haba venido para meter fuego ms de cerca  negocio
de tanto servicio de Dios y bien de las almas, con esperanza de que
algn da tendra la fortuna de regar con sus sudores aquel nuevo campo
y de derramar en l, por ltimo, su sangre, predicando la fe.

Hallse perplejo el Provincial en la resolucin que tomara, porque el
celo de la salud de las almas le persuada abrazase  un mismo tiempo
muchas empresas y diese principio, cuanto le fuese posible,  nuevas
obras para la dilatacin de la fe; por otra parte, vea la grande
caresta de operarios que haba y que apenas se podan mantener las
Misiones antiguas, cuanto ms emprender otras nuevas.

Pesando, pues, atenta y maduramente estos motivos, le pareci que el
primero no solo contrapesaba, sino prevaleca al segundo, esperando en
Dios que le proveera de Misioneros, como de hecho sucedi, pues
llegaron aquel mismo ao  Buenos Aires cuarenta y cuatro sujetos de la
Compaa, que darn mucha materia  la historia de esta provincia, y los
despachaba de Espaa el P. Procurador de esta provincia, Diego Francisco
de Altamirano,  cargo del P. Antonio Parra, que vena por superior de
todos.

Con esto el P. Orozco orden al P. Arce que fuese en busca del origen
del ro Paraguay explorando en el nterin las voluntades de los
Chiquitos y de las otras naciones que hallase dispuestas  recibir el
Santo Bautismo, y que  lo largo de la costa de aquel ro esperase  los
Padres Constantino Daz, natural de Ruinas, en Cerdea; Juan Mara
Pompeyo, de Benevento, en el reino de Npoles, Diego Claret, de Namur,
en la Galo-Blgica; Juan Bautista Neuman, de Viena, en Austria; Enrique
Cordule, de Praga, en Bohemia; Felipe Surez, de Almagro, en la Mancha,
y Pedro Lascamburu, superior de todos, de Irn, en Guipzcoa; todos los
cuales, saliendo de las Misiones de los Guaranes, emprendan por agua
el camino hacia el lago de los Xarayes para ser sus compaeros en la
conversin de aquellos pueblos.

Alegre el santo varn con la posesin de tanta dicha, como verse digno
de una sealada Misin, sin perder punto de tiempo, se parti de Tarija
con el hermano Antonio Rivas, y llegando  Santa Cruz de la Sierra, se
aparejaba ya para pasar adelante en su derrota, cuando el infierno, que
interesaba tanto en que se embarazasen sus designios, levant contra l
un torbellino de persecucin tan fiero, que si no hubiera encontrado con
un corazn y celo tan apostlico, hubiera bastado  contrastarle
totalmente: porque habiendo sucedido otro Gobernador,  D. Agustn de
Arce, mudaron las cosas de semblante y tomaron otro color, y sabiendo
sus intentos, procuraron apartarle de su propsito con cuantas ms
razones y autoridad pudieron, dicindole era aquella una empresa que no
saldra felizmente por ms fatigas que padeciese por conseguirla; que
siendo los Chiquitos, como decan, muy brbaros y bestiales, cmo haba
de poder sujetarlos de grado al yugo de Cristo y refrenar sus depravadas
costumbres con la estrechez de la ley Evanglica, cuando ellos jams
haban querido aplicarse  ninguna de tantas idolatras de los
confinantes con ser muy conformes con la disolucin de sus procederes?
Cmo haba de introducir el amor de Dios y del prjimo en corazones
faltos, aun de lo que la naturaleza dicta  las fieras ms crueles y
salvajes? Que era mucha su animosidad, si ya no era temeridad revestida
de celo, en querer arrojarse  morir, cuando menos mal le fuese,  ser
vendido brbaramente; que no se fiase de la voluntad que aqullos
salvajes haban mostrado de ser cristianos, pues todo lo hacan  fin de
dejar descuidar  los espaoles, y cogindolos de improviso, robarles
las haciendas con insultos. Y que cuando aqullas razones no les
conveciesen para desistir de la empresa, advirtiese y supiese que el
clima era sobremanera nocivo  la complexin de los extraos, y que
padeciendo casi todos los aos contagio aquellos pueblos, no le
perdonaran  l. Que por tanto enderezase sus designios  otra mies y
escogiese otro campo que correspondiese el cultivo con fruto ms digno
de sus fatigas.

Con estos y otros argumentos de este jaez procuraban muchos caballeros
(mejor dir el mismo infierno) apagar la encendida caridad que arda en
el pecho del P. Joseph, pero viendo que nada aprovechaba, intent otra
mquina ms formidable. Esta fu el inters, nico contagio de las cosas
hechas,  que se han de hacer por Dios.

Habase formado tiempo antes una Compaa (llammosla as) de mercaderes
europeos que hacan feria de los indios, y los compraban tan baratos,
que una mujer con su hijo, vala tanto como entre nosotros vale una
oveja con su cordero.

Entraban stos en las tierras de los indios circunvecinos y en breve
tiempo hacan gran presa de esclavos; y cuando no tenan bastantes, so
color de vengar alguna injuria recibida, daban de improviso sobre las
Rancheras y pasada  cuchillo la gente que poda tomar armas,  si no
abrasada viva dentro de sus casas, llevaban cautiva la chusma, y vendan
en el Per estas mercancas muy caras, con que al ao montaba la
ganancia muchos millares de escudos.

Llevaba muy mal la piedad de los espaoles que la codicia destruyese y
acabase aquellos pueblos  infamase el buen nombre de la nacin, y no
menos se senta la fe de que tales maldades de los suyos la
desacreditasen  hiciesen sumamente abominable con todas aquellas
naciones; pero por no romper  las claras con aquellos mercaderes y
alborotar la provincia, no se atrevan los Regidores  reclamar en
Tribunal Supremo; hasta que los aos pasados, estimulados de nuestros
misioneros, de los Moxos y de los Chiquitos, se quejaron gravemente en
la Real Audiencia de Chuquisaca, pero por haber ido  defender
mercancas tan incuas en la Audiencia cierta persona de mucha autoridad
y juntamente muy rica y poderosa, aquel sapientsimo Senado, temeroso de
alguna revolucin en la provincia, tuvo por consejo ms acertado remitir
toda la causa al Prncipe de Santo Bonol Virey y Capitn general de
estos Reinos de Per, quien con cristiana piedad despach rigurosas
provisiones, so pena de perdimiento de bienes y destierro del pas, 
cualquiera que osase comprar y vender  los indios: y al Gobernador que
lo permitiese, conden en privavacin de oficio y mult en doce mil
pesos para el Fisco Real.

De esta manera, con incomparable gozo y jbilo de los espaoles, se
desterr y extermin totalmente de toda aquella provincia de Santa Cruz
de la Sierra esta infame mercanca, que apoyada de la codicia se haba
mantenido all de pie firme, con gran dolor de los celosos.

He querido referir aqu todo lo dicho, atendiendo ms al enlace de los
infieles que  las circunstancias de los tiempos en que sucedieron.
Prosigamos ahora nuestra historia.

Habiendo, pues, llegado el P. Joseph  Santa Cruz, hall entablada tan
de asiento esta mercanca, y tan apoyada con la autoridad de gente de
mucha suposicin, que  pecho menos constante y firme que el suyo, 
quien nunca asust el miedo, ni respeto humano, hubiera sido imposible
resistir  la fuerza de tantos contrastes; por lo cual es inexplicable
lo que padeci y trabaj para desarraigar trato tan incuo; porque
echando de ver los interesados que de poner los nuestros el pie en
aquellas naciones se les haba de seguir menoscabo cierto de sus
intereses y aun acabrseles del todo, se le opusieron con todo el
esfuerzo posible, previendo de antemano lo que no mucho tiempo despus
sucedi, que nuestros catlicos reyes, por instancias de los nuestros,
haran aquellos pueblos vasallos suyos, y libres  independientes y los
encabezaran en su Real Corona, de que les resultara ruina irreparable
de su grangera.

Pero fueron vanas todas las bateras que asestaron contra su designio,
porque cuando este santo varn conoca era voluntad de Dios lo que
emprenda, no haba respeto humano, miedo de peligro, ni fuerza de
embarazos poderosa  hacerle dar un paso atrs, ni desistir de lo
comenzado.

Interpuso ruegos y splicas muy eficaces y supo hablar con tanta energa
de espritu, que aquellos mercaderes, teniendo la nota de impos y
crueles, se dieron por vencidos, mejor dir y con ms verdad,
persuadidos  que,  consumido de los muchos trabajos que era preciso
padecer,  muerto  manos de los brbaros, acabara en breve la vida, le
dieron paso franco para que desahogase su santo celo.

Slo faltaba ya quien le sirviese de gua en su viaje, porque sin ella
era imposible entrar y penetrar las tierras de los Chiquitos; y me
persuado que el no hallar por entonces algn prctico en los caminos,
fu astucia y traza del demonio, que prevea la ruina que haba de
causar  su partido el celoso Misionero. Pero era ste incansable y no
dejaba piedra por mover para conseguir su conducin  aquellas
provincias; con que  costa de bastantes trabajos hall, finalmente,
dos hombres de aguante, con quienes se concert para que le guiasen y
llevasen hasta las primeras Rancheras de los Piocas.

Triunfante, pues, de esta manera de todo el infierno, que contra l se
haba conjurado, se puso en camino  los nueve de Diciembre; y sabiendo
que el contagio haca por aquel tiempo gran riza en aquella gente, cada
momento le pareca un siglo por llegar cuanto antes y poder remediar, ya
que no los cuerpos,  lo menos las almas de aquellos miserables.

Por eso le pareca poco arrojarse por los despeaderos, subir sierras
muy altas, vadear ros muy peligrosos, meterse por pantanos muy
cenagosos y profundos y pasar otros grandes riesgos de la vida; antes en
todos stos se hallaba una suavidad indecible, llevando siempre muy fijo
el corazn y la mente en el extremo abandono en que se hallaban aquellos
pobres gentiles; no tena reposo ni quietud viendo la prdida de tantos;
y lo que ms le llegaba al alma, que ellos mismos, de grado, pedan ser
lavados en las saludables aguas del santo bautismo.

Por fin,  los ltimos de Diciembre, lleg ms muerto que vivo por los
muchos trabajos, fatigas y molestias que sufri,  las tierras tan
deseadas de los Piocas.

Inexplicable fu el consuelo que recibi el buen Padre de ver
satisfechos plenamente sus ardientes deseos; pero templaban su jbilo
las graves miserias y aflicciones de sus amados Chiquitos; sacbale
muchas lgrimas  los ojos el ver aquellos desdichados tendidos y
arrojados por los suelos: unos en descampado, sin abrigo alguno, otros
con slo el reparo de una choza cubierta slo de algunas hojas de
rboles, y otros luchando con la muerte, y muchos muertos en su
infidelidad; traspasbale el corazn oir  algunos lamentarse
inconsolablemente por haber muerto sus parientes sin haber tenido la
dicha de ser (decan) hijos de Dios, como ellos con grande instancia lo
haban pedido. Pero en medio de tanta calamidad fu de grande consuelo y
alegra  aquellos brbaros ver en sus pases un ministro de nuestra
santa fe.

Recibironle y tratronle con tierno afecto, dndole de buena gana parte
de su pobreza y regalndole con algunas frutas silvestres, que eran las
delicias de ms precio que tenan en aquellas miserias. Suplicronle se
quedase con ellos y no los abandonase en medio de tanta afliccin,
prometiendo levantarle iglesia y casa y proveerle de lo necesario para
su sustento. Condujronle desde aqu  un paraje poco distante,
dicindole que escogiese all sitio acomodado y que luego se pasaran
todos juntos  fundar una Reduccin.

Viendo, pues, y considerando el P. Arce la buena disposicin de la
gente, y que si se ausentaba de ellos los dejaba en un total desamparo,
se resolvi  quedarse; y estando ya prximo el tiempo de las lluvias
que inundan las campaas y cierran los caminos para ir  encontrar en
las riberas del ro Paraguay  sus conmisioneros, que venan de las
Reducciones de los Guaranes, le pareci ms conforme  las rdenes que
llevaba de su Provincial hacer aqu alto y dar principio  aquella nueva
cristiandad que daba tan buenas esperanzas de que correspondera en
adelante con la multitud y fervor de los fieles al cultivo y celo de los
obreros evanglicos.

No es fcil decir el contento y jbilo que de esta resolucin recibieron
los indios, rebosndoles  los ojos la alegra del corazn en tiernas
lgrimas de consuelo que derramaban, y festejando con ademanes y
ceremonias propias suyas aquella determinacin; y por estar tan flacos
que apenas se podan tener en pie por el reciente contagio, pusieron
luego por obra lo que haban prometido, y el ltimo da del ao
escogieron sitio para fabricar iglesia, donde enarbolando una gran cruz
y estando todos arrodillados en tierra, enton el Padre las letanas de
Nuestra Seora, consagrando de esta manera aquella provincia que haba
de ser tan fiel  Dios Nuestro Seor y tan devota de su Santsima Madre.

Y yendo aquel da todos juntos  cortar madera al bosque para la
fbrica, trabajaron con tanto fervor y bro, que en menos de dos semanas
se acab y perfeccion la iglesia, pobre y tosca en lo material, pero
preciosa por la piedad de los artfices, que  competencia se esmeraban
en trabajar en la obra.

Dedicse al glorioso apstol de las Indias San Francisco Xavier, para
que desde el cielo mirase propicio con ojos de piedad aquella via
inculta de gentilidad, y la convirtiese con celestiales bendiciones en
Jardn del Paraso.

No le salieron al Padre fallidas sus esperanzas. Todos, as por la
maana como por la tarde, se juntaban aqu  oir la explicacin de la
doctrina cristiana, y por el ardiente deseo que tenan de ser cuanto
antes contados y escritos en el nmero de los hijos de Dios, no le
dejaban tiempo para tomar el sueo preciso, ni para comer  rezar el
Oficio Divino, preguntndole aquello que,  no haban entendido bien, 
de que se haban olvidado, con lo cual en breve se hicieron dignos de
la gracia; pero con muy acertado consejo determin diferrsela por algn
tiempo  los adultos para que el deseo de ser cristianos los estimulase
 desarraigar cuanto antes su innata barbarie y olvidar sus brutales
costumbres, que aprendindose desde la cuna y creciendo en ellas con los
aos y convirtindolas casi en naturaleza con el uso, se olvidan
difcilmente y no se dejan sin gran trabajo.

Bautizse solamente como cosa de cien nios, algunos de los cuales antes
de perder la inocencia bautismal fueron  gozar de Dios, siendo
primicias de aquella nueva Via del Seor.

Era indecible el gozo y consuelo del ferviente Misionero, viendo crecer,
por medio de la gracia del Espritu Santo,  aquellas plantas noveles,
no slo en la piedad, sino en el nmero; porque corriendo la voz de que
haba en el pas un predicador de la ley santa, los indios Penoqus, que
estaban ms adelante, hacia Santa Cruz la Vieja, le despacharon una
embajada pidindole les hiciese una gracia y se dignase visitarlos,
porque queran hacerse tambin ellos cristianos, y que si no iba, ellos,
con su buena licencia, vendran  verse con l. Respondiles el santo
Padre que viniesen muy enhorabuena que los recibira  todos con los
brazos abiertos.

Vinieron, pues, y con ellos creci tanto el nmero de los Catecmenos,
que ya la iglesia, aunque muy grande, no era capaz de tanto concurso, y
fueron tantos los trabajos del santo varn, que sin tomar descanso,
sudaba de da y de noche en cultivar aquellas almas, que aunque el vigor
de la caridad le daba espritu y aliento para sufrir los trabajos, con
todo eso cay enfermo de pura flaqueza del cuerpo que se rindi
debilitado al grande peso de las fatigas y contnuas incomodidades en
que viva, y asaltndole una ardientsima fiebre que no le dejaba tener
en pie, se vi precisado  postrarse en el duro suelo debajo de una
choza descubierta por todos lados, en la cual, falto de todo conorte y
destitudo de todo remedio humano, en pocos das le consumi y trabaj
tanto, que se vi reducido poco menos que  los ltimos perodos de su
vida.

Pero Dios Nuestro Seor, con las dulzuras y remedios del cielo, de que
en lances tales suele ser liberalsimo con sus siervos, le confort de
tal manera, que en brevsimo tiempo pudo levantarse y volver  las
tareas primeras. Pero apenas se haba recobrado, cuando con gran dolor
de su corazn se vi precisado  volver  Tarija,  fin de entender la
voluntad del nuevo Provincial de esta provincia, P. Lauro Nez.

Despidise, pues, de sus nefitos con mutuo sentimiento y dolor por el
amor que el P. Joseph les tena, y con que ellos le correspondan, dando
antes orden de que mudasen la Reduccin  lugar ms cmodo y ms abierto
en las riberas del ro de San Miguel, y pasando de aqu  los
Chiriguans encomend el pueblo de la Presentacin al cuidado del P.
Juan Bautista de Zea y el de San Ignacio  los PP. Jos Tol y Felipe
Surez.

Dispuestas as las cosas de aquella cristiandad, pas  Tarija, donde el
nuevo Provincial orden que el P. Juan Bautista de Zea le sucediese en
el oficio de Superior, y l se quedase en la Presentacin, y los PP.
Diego Zenteno y Francisco Hervs pasasen  los Chiquitos.

Cunto trabajaron y sudaron estos varones Apostlicos en fundar,
conservar y acrecentar aquesta nueva iglesia, lo diremos en otro lugar
difusamente.




CAPTULO V

Los Mamalucos intentan la destruccin de estos pueblos;
pero sus intentos salieron frustrados.


Mientras de esta cristiandad navegaban viento en popa, aumentndose cada
da ms el nmero de los convertidos  nuestra santa fe, y si bien el
demonio vea se le frustraban sus diablicas trazas, no perda el nimo;
antes bien, procur con todo el esfuerzo posible cortar de un golpe la
felicidad presente y las esperanzas futuras, atizando  instigando  los
Mamalucos del Brasil para que viniesen  quitar las vidas  los nefitos
y destruir el pas  sangre y fuego; y le hubiera salido como esperaba,
si Dios,  quien tocaba defender  sus fieles de aquel infortunio, no
hubiera frustrado sus designios, disponiendo recayesen sobre la cabeza
de sus aliados los que haba maquinado para total ruina de los
cristianos.

Haban dichos Mamalucos entrado en aquella provincia los aos pasados
para hacer sus robos acostumbrados, y asaltando de improviso algunas
Rancheras de Chiquitos, hacer  muchos esclavos.

Cobraron con este lance nimos y atrevimiento para dar en tierra de los
Penoqus, con esperanza de lograr en ellos un rico botn. Presintieron
stos la venida de los enemigos, y vindose sin fuerzas ni armas para
salirles a encuentro y hacerles resistencia en campaa abierta,
determinaron repararse con la industria, ya que no podan defenderse con
las armas.

En orden  esto hicieron que se escondiesen algunos junto al camino
estrecho de una selva por donde haban de pasar los enemigos, y aqu
escondidos esperaron hasta que entraron ya por esta senda estrecha,
contra quienes luego que fueron descubiertos por entre los rboles,
jugaron  su salvo sus flechas envenenadas con ponzoa tan activa, que
de recibir la herida  caerse muertos era muy poco lo que pasaba.

Los que quedaron con vida exploraron por todas partes de dnde vena
aquella tempestad, y despus de algn tiempo cayeron en el engao; pero
no pudiendo por entonces vengar de otra manera aquella injuria ni la
muerte de los compaeros, que con guardar en sus pechos la venganza para
otra ocasin, mal de su grado, hubieron de volver atrs.

Por tanto,  principios del ao siguiente se embarc un cuerpo de ellos
en el ro Paraguay, y entrados en la laguna Mamor aportaron y
desembarcaron en el puerto de los Itatines. De aqu prosiguieron su
derrota por entre Oriente y Medioda; y atravesando unas veces selvas
muy espesas, otras subiendo montaas muy fragosas (cunto puede la
codicia), llegando  las Rancheras de los Taus, y hecha de ellos buena
presa, pasaron  ejecutar su venganza en los Penoques, que de muy
confiados se perdieron, porque aunque de Ranchera en Ranchera se
corri la voz hasta el pueblo de San Francisco Xavier de que vena el
enemigo, ellos no dieron paso para prevenir alguna defensa,   lo menos
para retirarse y guarecerse en aquella Reduccin; y porque pudiendo no
quisieron, despus, cuando quisieron, no pudieron escapar las vidas,
porque aquellos malvados, caminando con industria por librarse de sus
envenenadas saetas, dieron sobre ellos de improviso.

No obstante esto, tuvieron nimo los Penoques para exponerse  la
defensa lo mejor que pudieron y resistir el primer encuentro; pero los
enemigos, astutos y sagaces, los detuvieron un tanto fingiendo se
disponan  pelear, pero era slo para hacer tiempo  que los compaeros
de la retaguardia se hiciesen dueos de la tierra por otro lado y
cogiesen la chusma de las mujeres y nios.

Advirtieron los indios esto cuando ya los enemigos haban logrado su
intento, y vindose burlados con la prdida de prendas tan amadas, por
cuya defensa haban tomado las armas, se desanimaron totalmente, con que
vueltas las espaldas como mejor pudieron, se retiraran  los bosques sin
resistencia de los vencedores, que juzgaban que el amor  su sangre los
traera esclavos voluntarios, como de hecho sucedi; por cuyo motivo los
vencedores no los pusieron en prisiones sino que los trataron con
afabilidad y cortesa, y vistieron  los caciques de trajes y aderezos
vistosos, prometindoles mil dichas y felicidades en San Pablo y de esta
manera engaarlos y tomarlos por gua para otras tierras y para llegar 
la Reduccin de San Francisco Xavier, que ya se haba mudado,
transportndola  la otra banda del ro San Miguel.

Lleg la noticia de esta desgracia hasta los pueblos de los Chiriguans
de que fu inexplicable la afliccin que tuvo el P. Arce, viendo que
los enemigos como un torbellino salido del abismo, arrasaban aquel su
Paraso, que tanto le haba costado el plantarle y al punto fu desalado
 repararle y defender la vida de sus nefitos.

A este fin, no sin grande riesgo suyo, quiso registrar el pas para
observar ms de cerca los pasos del enemigo; y pasando por las
Rancheras de los Boxos, Tabiquas y Taus, fu recibido de ellos con
mucho agrado.

Aqu los que se haban escapado le noticiaron de los designios de los
Mamalucos, y tomando ocasin de la tempestad que les amenazaba, les
persuadi se juntasen en un cuerpo y fundasen un Reduccin en sitio
ventajoso para defenderse de las correras de aquellas fieras infernales
y lo que antes no haba podido recabar con ruegos, ponindoles por
motivo su eterna salvacin, lo obtuvo ahora el deseo de salvar sus
vidas.

Juntronse, pues, todos en una llanura que baa el ro Jacop, en que
poco antes se haba dado principio  la Reduccin de San Rafael, bien
acomodada para defenderse por causa de una espessima selva, en que
tenan puestas todas sus esperanzas, y retiradas all sus pocas
alhajuelas, no se atrevieron  menearse de aquel puesto hasta que se
seren aquella borrasca, con que el Apostlico Padre, que se detuvo
all algunos das  fin de penetrar los designios del enemigo, tuvo
ocasin cmoda para bautizar  los nios  instruir en los misterios de
nuestra santa fe  los grandes,  quienes el temor de la esclavitud de
los Mamalucos hizo abrir los ojos para que saliesen de la del demonio;
pero el Padre, advertido, no quiso bautizarlos por entonces, reservando
para mejor ocasin satisfacer sus deseos; y animndolos  la
perseverancia, di la vuelta  la Reduccin de San Francisco Xavier; y
de aqu, con toda presteza, pas  Santa Cruz de la Sierra, para dar
cuenta al Gobernador de los movimientos del enemigo, y juntatamente 
animar  la gente de armas  salir en campaa  pelear con l y ponerle
en fuga, en que no tuvo mucho que hacer para mover la piedad tan innata
de los espaoles que en todas partes resplandece igualmente que el valor
hacindoles que tomasen por suyas las ofensas de los indios Chiquitos y
defendiesen con su propia sangre aquella nueva iglesia, principalmente
que se poda con razn temer que el orgullo de los Mamalucos osase
tambin invadir la ciudad si ellos no le saliesen al encuentro para
atajarle  cortarle los pasos.

Alistronse, pues, en pocas horas ciento y treinta soldados bien
pertrechados de armas y municiones y lo principal de valor, y porque el
tiempo no daba mucho lugar, marcharon  largas jornadas hacia el pueblo
de San Francisco Xavier, donde recogiendo cerca de trescientos indios
muy diestros en jugar el arco y flecha, fueron en busca de los enemigos
 las tierras de los Penoqus creyendo que all los hallaran
acuartelados, cuando por medio de los espas supieron que haban entrado
en el pueblo de San Francisco Xavier, que ellos haban desamparado y
abandonado poco antes, en donde como los Mamalucos no hubiesen hallado
nada que robar se disponan para ir  sorprender la ciudad de Santa
Cruz.

Con esta nueva fu inexplicable la alegra que mostraron los espaoles
esperando en su valor poder dar su merecido  aquellos infames, lo cual
deba de temer  pronosticrselo su corazn presagioso al capitn de los
enemigos, pues vistas en San Francisco Xavier tantas pisadas de
caballos, sospech que estaban prevenidos los espaoles y quera
volverse atrs, lo cual hubiera ejecutado  no haberle dicho algunos
indios del pas que poco antes haba pasado por all el ganado de la
Reduccin de San Francisco Xavier.

Enderez, pues, su marcha nuestro ejrcito hacia donde estaban acampados
los enemigos, y al entrar la noche llegaron cerca de donde estaban y
determinaron aguardar  la maana del da siguiente, que era el del
glorioso mrtir espaol San Lorenzo, principal abogado y patrn de
aquella provincia, para presentarles la batalla.

Con esto los soldados tuvieron algn tiempo para reposar, y como no se
crea que la batalla haba de ser muy sangrienta de ambas partes por
haberse de pelear con gente tan diestra en manejar las armas, quisieron
los ms ajustar con Dios las partidas de su conciencia, para lo cual les
oyeron de confesin seis Padres que  este fin haban venido de all.

En esto se gast buena parte de la noche, y habiendo tomado un poco de
sueo, al despuntar el alba se toc  marcha, mandando los oficiales que
puestos en orden los soldados, y con el fusil en punto, avanzasen 
vista de los enemigos y si no rindiesen las armas, los atacasen.

Pero Dios Nuestro Seor que haba tomado  su cuenta el castigo de las
maldades de aquellos malvados, quiso que pagasen ahora la pena, y
singularmente los capitanes, que aqu quedaron muertos, pagando
juntamente de una vez todas las deudas de las iniquidades que haban
cometido en la destruccin de los pueblos de Villarica del Espritu
Santo en la gobernacin del Paraguay, disponiendo fuese la victoria, no
 costa de mucha sangre de ambas partes como se pensaba, sino  costa de
los nuestros y  mucha de los enemigos; porque mientras un indio
intimaba el orden  los enemigos, adelantndose ciertos soldados para
recibir las armas de los capitanes, un criado de stos les detuvo
disparndoles un fusilazo, matando  uno de ellos.

No pudo sufrir esto Andrs Florin, valerossimo caballero espaol, y
respondi luego con otro tiro semejante, de que derrib en tierra 
Antonio Ferraez de Araujo, y sacando su pual arremeti  Manuel Fras y
le mat  pualadas, quedando al primer paso muertos los dos capitanes
enemigos. Quedando con esto los Mamalucos sin caudillos, sin gobierno y
sin alientos, se turbaron del todo, y tirando sus armas se arrojaron al
ro que les recibi, no para librarles como esperaban, sino para
sepultarles en sus corrientes, de que ya cansados, por ms esfuerzos que
hicieron, no pudieron librarse.

Viendo los espaoles y nuestros nefitos que Dios manifiestamente estaba
de su parte, fueron con grande nimo en su alcance, y con una tempestad
de saetas y mosquetazos que les dispararon, hicieron en ellos sangriento
estrago. Tambin nuestros Misioneros quisieron entrar  la parte de
hecho tan estupendo, asistiendo con el Crucifijo en las manos, y sin
hacer caso de la vida iban delante con sus armas espirituales, no slo
en ayuda de los vencedores, sino tambin de los vencidos,  quienes
procuraban ayudar.

De los enemigos slo seis escaparon con vida, de los cuales tres,
malamente heridos, quedaron prisioneros. Nuestros heridos no fueron
muchos, y los muertos ocho solamente, dos indios y seis espaoles.

Fu increble la fiesta y regocijo de los espaoles y de nuestros indios
por tan sealada victoria obtenida tan  poca costa; y fu sentimiento
comn que Dios haba peleado con ellos contra sus enemigos en defensa de
su honra y de aquella nueva cristiandad. Por lo cual los soldados dieron
 S. M. solemnemente las gracias al uso militar, con repetidos tiros de
fusil y mosquetes, y los indios con torneos y juegos  su usanza,
concluyeron la alegra de aquel da.

Pero no fu cumplido el contento, porque mientras se trataba de
exterminar lo restante de los enemigos que haban quedado en las tierras
de los Penoqus en guardia de la presa que montaban ms de mil
quinientas almas y de limpiar totalmente el pas, nacieron, no s de
qu origen, algunas disensiones entre los cabos, con que se tuvo por
mejor consejo levantar el campo y volver  la ciudad de San Lorenzo, de
donde salironlos  recibir el gobernador, alcaldes y regidores con toda
la ciudad; fueron recibidos con festivos repiques de las campanas de
todas las iglesias y con muchos tiros de artillera que dispar el
castillo, y por muchos das se celebr con gran magnificencia aquella
poco menos que milagrosa victoria.

Los tres Mamalucos que escaparon, caminaron con la presteza posible
siguiendo su fuga y llevaron tan infausta nueva  sus compaeros,
quienes habiendo entendido contra toda su esperanza la ltima
destruccin de los suyos, quedaron yertos de miedo, y como si ya viesen
cerca de s  los vencedores, se retiraron  toda prisa, llevndose los
ms esclavos que pudieron, y embarcados en el ro Paraguay navegaron 
boga y remo camino de San Pablo, cuando encontrndose con una compaa
de sus mismos paisanos que iban al mismo fin de apresar piezas (como ac
llamamos)  indios, les contaron el suceso referido; pero los que venan
de San Pablo, oda la causa de aquella vuelta tan desacostumbrada que
daban  su tierra tan perdidos de nimo, los empezaron  burlar de que
por tales encuentros se desanimasen tanto; con que ya de vergenza, ya
con esperanza de rehacerse de la prdida pasada, mudaron de parecer y se
aunaron con ellos, y todos juntos dieron sobre algunas Rancheras de
indios, de los cuales fueron rechazados con braveza y valor; por lo
cual, mal de su grado, con las manos poco menos que vacas, se vieron
precisados  volverse  San Pablo.

Mientras stos atravesaban la laguna Mamor, ciertos Guarayos que por
gran tiempo haban militado  su sueldo, abiertos los ojos y volviendo
sobre s mismos para ponderar el poco bien y mucho mal que se les haca,
y que al fin no podan esperar de aquel azaroso oficio ms que una
muerte desgraciada por trmino de una vida infeliz, resolvieron desertar
y buscar lugar donde vivir con seguridad y reposo, y valindose de la
obscuridad de la noche se retiraron hacia Poniente  una campaa, dos
jornadas ms adelante de aquel lago, y por hallarse sin mujeres hicieron
las amistades con los Curacanes, sus confinantes por el lado del
Septentrin. Estos, pues, no mucho despus, deseando salir de la
gentilidad y hacerse cristianos, se vinieron  vivir y hacer sus casas
en nuestra Reduccin de San Juan Bautista.

De mucho provecho fu esta victoria, porque despus ac no se han
arriesgado ms los Mamalucos  poner el pie en los contornos de
aquellas Reducciones, y solamente en el ao 1718 plantaron un fuerte en
las riberas del ro Paragua, ochenta leguas distante del pueblo de San
Rafael, con que se espera que convertidas en breve con el favor de Dios
cincuenta  sesenta mil almas, como nos prometen las esperanzas, se les
impedir tambin el hacer corso por aquel ro, porque los nefitos por
singular privilegio de nuestros catlicos reyes, pueden usar armas de
fuego con que fcilmente podrn quebrantar el orgullo de estos
corsarios, como sucedi en las misiones de Guarans,  quienes no
cesaron de molestar hasta que aquellos pueblos dieron una grande rota 
cinco mil Mamalucos que haban pasado al ltimo exterminio de aquella
cristiandad.




CAPTULO VI

Con los sucesos pasados se entibia algo la santa fe:
muere el P. Antonio Fideli y se habla largamente de
los trabajos de los Misioneros.


Aunque la fortuna de esta tempestad no deshizo esta nueva cristiandad,
no obstante, la conmovi no levemente y cort al mejor tiempo el curso
prspero de nuevos aumentos, porque agost las floridas esperanzas de
acrecentar con buen nmero de almas la Reduccin de San Francisco
Xavier, y aun de fundar otras en los Penoqus, Xamars y Quicmes, que
estaban bien dispuestos para alistarse en el nmero de los fieles; antes
bien de este accidente provino la destruccin de las dos Reducciones de
Chiriguans, aunque tan distantes y remotas del peligro.

No habl al aire aquel sabio caballero don Agustn de Arce, cuando dijo
se perda intilmente el tiempo y el trabajo con aquella gente, y ahora
lo tocaron con las manos los Misioneros,  los cuales amaban aquellos
brbaros solo por lo que sacaban de su pobreza.

Por ms que hacan los Padres no queran acudir  los Divinos Oficios ni
oir la doctrina cristiana, que al entrar la noche se explicaba, ni aun
quisieron darles un muchacho que les ayudase en las haciendas de casa y
sirviese en la iglesia y cultivase un pequeo huertecillo.

Con todo eso perseveraban los Misioneros sufriendo grandes incomodidades
y trabajos que les haca fciles de tolerar la esperanza de coger algn
fruto de paciencia, hasta que enfadados los brbaros de tantos sermones
y plticas que les hacan se determinaron echarles del pas con pretexto
de que eran enviados por los Mamalucos para juntarlos y entregarlos 
todos en sus manos como lo haban (segn decan ellos) hecho con los
Chiquitos, bien que haba entre ellos muchos que de esta mentira eran
testigos de vista por haber ido sirviendo  los espaoles en la guerra
referida.

Divulgse esta voz por el pueblo, y fuese por malicia de ellos  por
ardid diablico del demonio, que perda mucho en la conversin de
aquellos brbaros, comenz la chusma  hacer muchos maltratamientos al
venerable P. Lucas Caballero y al P. Felipe Surez, antes que con
detestable atrevimiento pusiesen fuego  la iglesia, de donde por este
insulto se vieron obligados  salir y pasarse  un rancho  choza poco
distante; pero ni aun aqu pudieron parar, porque los brbaros les
buscaron por todas partes armados con sus arcos y macanas, y hubiranlos
hecho pedazos si no hubiera sido porque esperaban  sus caciques que
estaban no muy lejos de all.

Viendo los nuestros que las cosas estaban de tan mal semblante,
resolvieron en la oscuridad de la noche retirarse hacia Santa Cruz de la
Sierra y de aqu pasar  Pari, donde se haba mudado la Reduccin de San
Francisco Xavier.

Llegada la noticia de este suceso al P. Superior Joseph Pablo de
Castaeda, sospech prudentemente que lo mismo  peor sucedera  la
Reduccin de San Ignacio, y as orden  los Padres que all residan,
se retirasen procurando escapar de las garras de aquellas fieras lo
mejor que pudiesen, encaminndose  los Chiquitos, donde Dios Nuestro
Seor quiso consolar  sus siervos con mejor logro de sus fatigas y
sudores.

Por causa de las revoluciones pasadas y por lo que en adelante se poda
temer, se mud la Reduccin de San Francisco Xavier desde el ro de San
Miguel  una llanura llamada Pari, ocho leguas distante de Santa Cruz de
la Sierra, donde tambin se repararon algunos Piocas y Xamars que
escaparon de las manos de los Mamalucos, con que se fabric una
Reduccin bien numerosa.

Pero no obstante esta mudanza que ahora hicieron, se vieron precisados 
retirarse de las cercanas de aquella ciudad por causa del gradsimo
dao que suele causar  los recin convertidos  nuestra santa fe el mal
ejemplo de los cristianos viejos que han nacido y vivido en ella, los
cuales hacen abominable nuestra ley santa con sus escandalosos
procederes; y si la profesan con las palabras la niegan con las obras,
viviendo ms con la libertad de infieles, que arreglados  los
dictmenes cristianos de nuestra religin santsima.

Llegbase  esto el vil inters de tal cual, que degenerando de la
innata piedad de sus mayores, no haca escrpulo de apresar ya  este,
ya al otro de aquellos pobres indios cristianos y reducirlos  miserable
esclavitud.

Por estos motivos, pues, hubieron los nuestros de trasplantar aquellas
tiernas plantas  lugar ms retirado, encomendando este negocio al
cuidado del venerable P. Lucas Caballero; y aunque en tales mudanzas
perecieron muchos por las incomodidades y enfermedades que les
sobrevinieron, de que participaron tambin nuestros misioneros, no
obstante, poco despus volvi la Reduccin  su antiguo esplendor,
porque vinieron luego otros infieles que se incorporaron en ella.

La segunda Reduccin que se fabric fu la de San Rafael, distante de la
otra diez y ocho das de camino hacia el Oriente, escogiendo y sealando
el sitio para ella los PP. Juan Bautista de Zea y Francisco Hervs, 
fines de Diciembre del ao de 1696 y trayendo  ella algunos Tabicas y
Taus y otros que haban ya prometido al P. Arce que abrazaran nuestra
santa ley, llegaban  mil las almas, aunque la peste que hubo luego se
llev gran parte de ellos; con que  instancia de los mismos indios se
volvi esta Reduccin  su antiguo sitio, que era muy  propsito para
el intento de los nuestros, que deseaban establecer el comercio de estas
Reducciones con las de los Guarans por el ro Paraguay.

Fundaron, pues, sus casas y se poblaron  las orillas del ro Guabys,
que se cree desemboca en el ro Paraguay.

La tercera Reduccin se puso debajo del patrocinio del seor San Joseph,
 instancias del piadossimo seor marqus de Toxo, D. Juan Joseph
Campero, insigne bienhechor de esta cristiandad, y se fabric sobre un
monte, por cuya falda corre un riachuelo que fecunda un gran espacio de
tierra llana; fundronla los Padres Felipe Surez y Dionisio de Avila,
que por gran tiempo fueron inseparables compaeros en sus trabajos y
sudores, no teniendo muchas veces con qu acallar el hambre y reparar el
cuerpo en tantas y tan largas fatigas; y as, para que oprimidos de las
incomodidades no diesen con la carga en tierra, les vino no mucho
despus  ayudar el P. Antonio Fideli. Pero les dur poco tiempo este
consuelo, porque en breve qued postrado de tan insufribles trabajos;
pues por ms remedios que segn la pobreza de aquellas tierras se le
procuraron aplicar, nunca se pudo recobrar.

Dicho P. Fideli, como era recin venido de Europa, y hallando campo tan
grande  su celo, no paraba de da ni de noche en domesticar aquellos
salvajes; y mientras sus compaeros iban en busca de gentiles, l se
ocupaba en limpiar  aquellos nuevos cristianos de los resabios de su
vida brutal, con que se poda quizs manchar la pureza de su fe y la
inocencia de nuestra religin cristiana; era su tarea cuotidiana juntar
de da  los nios toda la maana, y al entrar la noche  los adultos;
para hablarles de las cosas que deban creer y obrar; acudir  todos
tiempos  sus necesidades sin negarse  nada; cuidar de las almas y de
los cuerpos de los enfermos, velndolos de da y de noche y dndoles
sepultura despus de muertos; y en tantos trabajos no tena otra cosa
con qu mantener sus fuerzas para llevar tan gran peso, que un poco de
pan muy desabrido que all se hace de unas races que llaman mandioca,
la cual, hecha harina, se amasa y hace un pan bien malo, el cual sola
acompaar con un pedazo de carne de algn animal del monte, asada, como
la comen los indios, dura y desabrida, y por gran regalo alguna fruta
silvestre.

Pero en medio de tan mal tratamiento, nunca daba treguas al trabajo, y
esto con tal alegra de su espritu, como si el cuerpo se mantuviese con
el pasto espiritual del alma, hasta que postrada totalmente la
naturaleza, no pudo volver en s, por ms medicamentos que segn la
posibilidad del pas le procuraron aplicar sus compaeros, que le amaban
tiernamente; con que no bien cumplidos dos aos en estas Misiones, pas
al eterno descanso para recibir el galardn de sus apostlicas fatigas,
en el mismo pueblo de San Joseph, el da 1. de Marzo de 1702.

Pero lo que no pudo hacer en la tierra en provecho de aquella nueva
cristiandad, lo hizo bien presto y ms eficazmente con sus oraciones
desde el cielo, porque aquellos nefitos dejaron luego la embriaguez y
otros vicios que trae consigo esta bestial costumbre, cosa que hasta
entonces haba costado mucho trabajo sin fruto. Sintieron los indios
inconsolablemente la prdida de su amantsimo Misionero  quien ellos
llamaban Padre cariossimo de su alma.

Fu el P. Fideli natural de Ciudad de Regio, en Calabria, hijo de padres
de la primera nobleza de ella, bien que por su humildad y desprecio del
mundo jams di la menor noticia de su calidad.

Los primeros aos de su juventud los pas aprendiendo buenas letras en
el Seminario de San Francisco Xavier de Npoles, donde le enviaron 
estudiar sus padres.

Aqu, en la flor de su edad, le llam Dios  la Compaa, donde luego
que entr en ella se di de veras al estudio de la virtud en que sali
aventajado, y se mantuvo con vida ejemplar en la larga carrera de sus
estudios, con igual aprobacin, as de los Superiores como de los
compaeros, de los cuales era  un mismo tiempo amado por la dulzura de
su trato afable y caritativo y venerado por la solidez de sus virtudes
siempre igual  s mismo, y manteniendo un tenor de alegra
inalterable, afabilsimo con todos, y liberal y pronto  servir  sus
hermanos aun en las cosas ms difciles.

Parecile poco lo que obraba en bien de las almas y servicio de Dios en
su provincia de Npoles, por cuya causa pidi con instancia de nuestro
Padre general, le concediese licencia de pasar  Indias, y conociendo su
fervor, le di su paternidad grata licencia, asignndole para que pasase
 esta provincia en la Misin que conduca  ella su procurador general,
P. Ignacio Fras.

Despachronle, pues,  Cdiz el ao 1696 para embarcarse  esta
provincia; pero por no haber oportunidad de embarcacin le fu preciso
esperar dos aos en Sevilla, donde en la casa profesa di muestra de su
espritu con singular edificacin de los nuestros, trabajando de da y
de noche en los ministerios propios de la Compaa.

Su tarea casi cotidiana era gastar siete y ocho horas en oir
confesiones, porque acudan todo gnero de personas nobles y plebeyas,
que le amaban como padre y veneraban como santo, y l les corresponda
con afecto de fina caridad.

Ocupado en estos ejercicios, se lleg el tiempo de embarcarse, y pasando
de Sevilla  Cdiz, se di  la vela para Buenos Aires el ao de 1698
en compaa de otros cuarenta y cinco Jesuitas repartidos en tres naves,
con viaje se puede decir afortunado; porque despus de grandes
infortunios que padecieron en veintids meses de navegacin, plugo 
Dios Nuestro Seor traerlos salvos al puerto de Buenos Aires.

Hubo varias causas de esta larga tardanza, y la principal fu el
apartarse y dividirse las naves pocos das despus de la partida de
Cdiz, y perderse de vista la una de la otra, que encontrando
rapidsimas corrientes que la desviaban, furiossimos vientos que la
maltrataban, disformes tempestades que la echaron  las costas de
Guineos, se vi precisada la almiranta, en que le cupo venir  nuestro
P. Antonio,  aferrar en la isla de Santiago, una de las islas
Hesprides, que llamamos ahora Cabo Verde.

Aqu fueron recibidos de los religiossimos Padres de la venerable Orden
de San Francisco que quisieron hospedarlos en su convento para que no
sintiesen algn maligno efecto de aquel clima, sumamente nocivo  los
forasteros, causa porque llaman  este promontorio sepulcro de los
europeos, como lo experimentaron los dems pasajeros, de quienes la
mayor parte cayeron enfermos, y ms de ciento perdieron all la vida y
las esperanzas de enriquecer que los conduca  las Indias. _Pero de
los nuestros ninguno muri por la grande caridad que con ellos usaron
los religiosos, que con indecible amor cuidaban de su salud,
advirtindoles lo que deban hacer y de lo que se deban guardar para
conservarla._

En el tiempo que aqu se detuvieron, el Superior de los nuestros P.
Joseph Ortega, nuestro P. Antonio y P. Pedro Carena, asistieron  los
enfermos del navo con increble trabajo y no menor fruto y consuelo de
los que moran en sus manos. _Hubironse finalmente de partir de aquella
isla, en cuya despedida fu indecible el consuelo que por verlos partir
 todos sanos sin haber muerto ninguno, mostraron los religiosos, y con
especialidad el Padre guardin del convento, quien llorando de gozo les
dijo no poda contener las lgrimas viendo que no slo salan los mismos
Jesuitas que haban entrado, sino uno ms (aludiendo  un pretendiente
que all haba recibido en la Compaa, con licencia que para ello
llevaba el Padre Superior) pues cuando los vi entrar se haba
entristecido notablemente, juzgando, llevado de la experiencia, seran
pocos los que escapasen con vida. Pero el haber librado todos bien se
debi, como dije,  la mucha caridad de los religiosos y del mismo Padre
guardin._ De quien despedidos, por fin se embarcaron, pero les
sobrevinieron tales accidentes, que se vieron obligados nuevamente 
arribar al Brasil, donde reparada nuevamente la nave, y habiendo
experimentado la caridad grande que en todas partes usan con los
huspedes, los Padres portugueses se dieron tercera vez  la vela y
llegaron  salvamento en el puerto de Buenos Aires para gastar la vida y
sudor en provecho de los pobres indios; bien que si en el mar hubiera
perdido la vida, hubiera tenido una muerte coronada con el mrito de
grandes fatigas padecidas por acudir al bien de la gente de su nave por
todo el espacio de tiempo que dur esta trabajossima navegacin, que
fu casi de dos aos, al fin de los cuales pas con sus compaeros el
ao de 1700 desde Buenos Aires  este Colegio de Crdoba, donde se
consagr  Dios ms estrechamente por la profesin de cuatro votos, 
inmediatamente pas  la Misin de los Chiquitos, donde _consummatus in
brevi explebir tempora multa_ (Sap. 4.)

Pero volviendo al hilo de la historia, digo que esta Reduccin de San
Joseph, de indios Boxos, Taotos, Penotos y algunas familias de Xamars y
Piocas, es felicsima  la suerte de los Misioneros que all asisten,
por ser este pueblo la puerta por donde se entra  otras muchas
naciones, por lo cual ofrece comodidad, as para reducir muchas almas 
nuestra santa fe, como para ganarse muchas coronas de premios en la
gloria.

La cuarta Reduccin es la de San Juan Bautista, poblada de indios de
nacin Xamars; fundronla los PP. Juan Bautista de Zea y Juan Patricio
Fernndez, por el mes de Junio del ao de 1699, de los cuales, el
primero, despus de haber acabado con los indios Tanipuicas, Curicas y
Pequiquas, que le diesen palabra de reducirse cuanto antes al rebao de
Cristo, se parti de all con extremo dolor suyo por orden de los
Superiores para ir  gobernar nuestras Misiones del Uruguay, recayendo
todo el peso de esta reduccin sobre el P. Juan Patricio,  quien las
enfermedades contnuas, la extrema pobreza y las graves fatigas,
sirvieron de rmora los primeros tres aos, para que no saliese en busca
de gentiles,  quienes el ejemplo de sus confinantes haba encendido el
corazn en deseos de vivir como racionales en vida poltica, y hacerse
juntamente cristianos; pero finalmente, sus sudores y trabajos ganaron
para Cristo  los Suberecas, Petas, y  ciertos Piocas, quienes parece
no fueron  otra cosa  esta Reduccin, que para renacer  Dios por las
aguas del santo bautismo, para pasar luego  la celestial Jerusalem,
rindiendo las vidas  la fuerza del contagio que por toda aquella
comarca haca en toda suerte de personas grande riza y estrago.

El consuelo de ver sazonados tan presto para el cielo aquellos poco
antes silvestres frutos, endulzaba los trabajos y fatigas de aquel varn
apostlico y le animaba  emprender otras santas correras; pero se
frustraban sus santos intentos, mientras no mudaba su pueblo  mejor
temple y  aires ms saludables, porque aquellos brbaros no queran
reducirse al gremio de la santa Iglesia por temor de la peste, que mucho
tiempo antes parece se haba arraigado en aquel sitio, por cuya causa se
mud la Reduccin  otro paraje ms cmodo y menos nocivo.

Mas ya que hemos insinuado alguna cosa de los trabajos de nuestros
operarios en estas Misiones, juzgo esta ocasin cmoda y oportuna para
referir ms por extenso el modo de vivir de los Jesuitas que cultivaron
y cultivan esta via del Seor, regndola con sus sudores y aun con su
sangre, por no quitar su debida estimacin  la virtud, y defraudarnos 
nosotros de los ejemplos que podemos imitar. Y el primer lugar se debe
dar al modo de hacer misiones, dir mejor, de salir  caza de brbaros
que habitan como fieras en las cavernas de los montes  en las espesuras
de los bosques.

Cogan, pues, y cogen al presente su breviario debajo del brazo, y con
una cruz en la mano se ponan y ponen en camino sin otra prevencin 
mataloje que la esperanza en la Providencia Divina, porque all no haba
otra cosa; llevan en su compaa veinte y cinco  treinta cristianos
nuevos que  los Padres servan y sirven de guas  intrpretes, y con
los paisanos hacan oficio de Predicadores y Apstoles y caminan ya las
treinta, ya las cuarenta leguas, siempre con una hacha en la mano para
desmontar y abrir camino por la espesura de los bosques; otras veces
encontraban lagunas y pantanos que pasaban  pie con el agua  la boca,
y para dar nimos  los nefitos eran los primeros en vadear los ros 
en arrojarse por los despeaderos ms difciles,  en entrar en las
grutas y cuevas con sobresalto y susto de estar all escondidas las
fieras  hombres; y despus de tantas fatigas y trabajos no hallaban 
la noche para repararse otro regalo que algunas races silvestres con
qu romper el ayuno, y algunos das no tenan con qu apagar la sed,
sino un poco de roco que quedaba entre las hojas de los rboles, y por
cama la tierra dura, sin otro reparo contra los rigores de la noche, que
la sombra de un rbol  una estera sostenida de cuatro palos; y
ltimamente en continuo temor y riesgo de la vida, porque los brbaros,
asombrados con el temor, juzgaban que eran sus enemigos los Mamalucos
del Brasil, vestidos de Jesuitas y por eso estn siempre con la macana
en la mano  con las flechas  punto,  si no en emboscadas para
quitarles la vida sin que los defiendan los nefitos.

Y porque estos no parezcan encarnizamientos de mi pluma, insinuar aqu
lo que de los Zamucos escribi aos pasados el Padre Misionero, que
entenda en la conversin de aquella gente al P. Juan Patricio
Fernndez, al presente Rector del Colegio de Santiago del Estero, que
con las veces del P. Provincial de esta provincia visitaba aquellas
Misiones:

Por no alargarme (dice) no escribo cmo llegu  este pueblo de los
Zamucos, contra el parecer de los prcticos del pas, y  ms el caminar
muchas leguas con el agua hasta la cintura; atribu el feliz suceso al
dedo de Dios, pues que fuerzas humanas no podan vencer los obstculos
insuperables que se me interpusieron, merecindolo los sudores y
trabajos, hambre y sed de su primer apstol el Padre Juan Bautista de
Zea.

Hasta aqu el dicho Misionero. Pero aunque caminaban por su extrema
pobreza, desprevenidos de toda provisin, no por eso Dios Nuestro
Seor, por cuya cuenta corra la vida de sus siervos, los abandonaba en
tales trabajos, emprendidos por slo su amor y por el provecho de las
almas; antes, cuando era necesario, obraba en su favor milagros, ya
librndoles de las furias y saetas de los brbaros, como muchas veces
sucedi al venerable P. Lucas Caballero, ya proveyndoles de sustento y
dndoles vigor y aliento  la naturaleza, en prueba de lo cual escribi
el P. Miguel de Yegros al P. Lauro Nez, provincial  la sazn de esta
provincia, cuando l, con el P. Francisco Hervs, fueron el ao 1702 
descubrir el ro Paraguay.

Partimos (dice) por el mes de Mayo acompaados de cuarenta nefitos,
con sola la confianza en Dios por estar recin fundada la Reduccin de
San Rafael, emprendiendo el viaje los buenos cristianos puesta la
esperanza en la Santsima Virgen, que nos socorri por el camino como de
milagro, vinindosenos  las manos la caza y la pesca cuando nos
hallbamos en grandes angustias, pasando gran trabajo y venciendo
gravsimas dificultades en los montes y en las llanuras anegadas del
agua, por dos meses enteros que tardamos en llegar  las riberas del ro
Paraguay, con riesgo y temor continuo de los brbaros.

Y este puntualmente era y es el modo que todava observan los Misioneros
en estas correras. Pero con ser tan grandes las fatigas y tan pesadas
las aflicciones que padecen, no obstante eso, es mucho mayor sin
comparacin el consuelo que tienen cuando vuelven con las manos llenas
de cuatrocientas  quinientas almas; y si  veces no tantas,  lo menos
con la esperanza de ganarlas al ao siguiente, porque los ms de los
brbaros quieren antes certificarse si aquel celo que les muestran es de
sus almas para darles el Paraso  por el inters de llevarlos para
ponerlos en esclavitud, y por eso acostumbran despachar alguno de los
suyos para explorar el pas, la gente y los Misioneros de la nueva
Reduccin.

Despus de esto, cuanto hayan trabajado nuestros Misioneros en criar y
mantener estas tiernas plantas, no se puede explicar mejor que
refiriendo sinceramente, sin aadir nada de mo, algn hecho particular
y parte de carta verdica, como lo har, donde quiera que halle
coyuntura, trasladando fielmente los originales con que esta historia
quedar ms fidedigna y el gusto de los lectores ms satisfecho.

Dice, pues, el hermano Juan de Avila, compaero que fu del P. Visitador
de esta provincia, Antonio Garriga y del P. Provincial Luis de la Roca,
cuando como adelante dir, visit aquellas Doctrinas sujeto de mucho
juicio y capacidad en una carta que desde all escribi:

As como para fundar las Misiones del Paraguay padecieron increbles
trabajos aquellos primeros varones apostlicos, sacando  los indios de
las selvas y entablando en ellos vida cristiana y poltica hasta
ponerlos en el estado en que hoy da se mantienen, divididos en treinta
Reducciones, as tambin no han sido menores los trabajos y sudores de
estos primeros que han fundado la cristiandad de los Chiquitos. No es
fcil de decir lo que al descubierto les han dado que sufrir los
enemigos y ocultamente los amigos, la caresta de todo lo necesario para
la vida humana, los profundos pantanos, inaccesibles montaas, bosques
impenetrables, fieras, climas destemplados, sed, hambre, extrema
desnudez, total abandono de todas las cosas y jurada guerra de todo el
infierno. Pudiera descender  casos particulares que he visto y odo si
no fueran bien sabidos y me son materia contnua de rubor y confusin.
No traer sobre s sino un vestidillo de tela balad, hecho pedazos, y no
pocas veces vestirse de pieles de animales; no traer otros zapatos que
un pedazo de cuero crudo atado con otro cordel de cuero por las plantas
de los pis, y en la cabeza, para reparo del sol ardientsimo que all
hace, uno como sombrero, pero tambin de cuero, la cama sin ningn
alivio, la vianda ordinaria, un puado de maz, y ste tan escaso, que
apenas era bastante para mantenerles las fuerzas, vivir gran tiempo sin
el consuelo siquiera de ver  alguno de sus compaeros, y estando
afligidos de largas y penosas enfermedades, no tener  dnde volver los
ojos.

As el dicho hermano; y yo en prueba de todo lo que l dice, quiero
apuntar algunos casos en particular.

Djome, no ha mucho, un Padre qu fu Superior de aquellas Reducciones,
que por muchos meses no tuvo otra cosa de qu sustentarse, sino races
de yerbas, y faltndole stas tambin, acosado de la hambre, se vi
precisado  andar en busca de frutas silvestres.

Cuando el P. Gregorio Cabral fu en nombre del P. Simn de Len,
Provincial de esta provincia,  visitar aquellas Misiones, le cogi el
invierno (que all no se mide por el fro, que no hace, sino por el
romper de las lluvias) le cogi debajo de una enramada, donde con siete
Misioneros pas largo tiempo sin otro sustento que una fruta silvestre 
que llaman _Motaqu_, con alguna cosa de leche; y el da de Pascua, por
gran regalo, les dieron los nefitos una mazorca  espiga de maz. Pero
no tuvo otro tanto el mismo da el P. Zea, que presentndole por gran
regalo ciertos panecillos bien pequeos, no pudo probar bocado de ellos
por ser amargos como la hiel.

No me ha parecido suprfluo contar estas menudencias, para que quien en
los hombres apostlicos no mira otra cosa que conversiones de infieles,
adviertan tambin cunto les cuestan y considere si tiene necesidad de
una generossima caridad quien se emplea en buscar la gloria de Dios y
en mirar por la eterna salvacin de las almas. Y ciertamente el no
acobardarse con los peligros, el no volver las espaldas  tantos
trabajos, el no retirarse y no dejar una vida en que  cada paso se
encuentra con la muerte, pereciendo aqu de hambre, perdindose all por
los bosques, ahora andando entre flechas y macanas, ahora enmedio de
pueblos furiosos, es virtud difcil de hallarse, y con todo eso esta
virtud es necesaria siempre  quien emprende en pases remotos y entre
gente brbara el oficio de la predicacin Apostlica.

Pero lo que me llena de estupor y maravilla, es que en medio de tantos
trabajos  incomodidades, no hayan hasta ahora muerto entre tantos
operarios ms que tres  cuatro, siendo as que hay quien ha trabajado
veinticinco y treinta aos; pero es singular providencia del Altsimo,
que quien ningn caso ha hecho de su vida por su servicio, se conserve
ms sano y mejor que si hubiera vivido en las comodidades de un colegio,
como yo v, con grande estupor, en el P. Juan Bautista de Zea, que en
edad de sesenta y cinco aos pareca joven de poco ms de treinta en el
aliento y valor.

Verdad es que hoy da se han aligerado en gran parte tantos trabajos,
porque introducida en aquella gente, con la santa fe la vida civil y
poltica, lo pasan un poco mejor los Misioneros, y la piedad de muchos
caballeros les provee de algunas cosas con que ocurrir  las necesidades
domsticas.

Y ahora entiendo con cunta razn claman los Superiores de esta
provincia  nuestros Padres generales, diciendo que no es esta vocacin
de cualquiera, sino de hombres solamente de virtud muy grande y bien
probada. Y  la verdad, uno entre otros engaos en que viva cuando en
Europa arda en deseos encendidos de venir  Indias, era persuadirme que
para un Misionero Apostlico de estas partes, bastaba tener un gran celo
de las almas; pero quien leyere esta relacin, hallar que son ms las
ocasiones de ejercitar la interna abnegacin del nimo, la paciencia,
la humildad y la mortificacin en s mismo, que el celo de las almas con
los otros, cuando yo refiero aqu poco ms que trabajos corporales, que
son la menor parte de los que se ofrecen que sufrir.

Por tanto, quiero poner aqu una carta que me escribi un compaero mo,
 quien lloro y reverencio  un tiempo, el cual, con otros cuarenta y
tres de la Compaa que conduca  la provincia de Quito, su procurador
general Padre Nicols de la Puente, por impenetrables consejos de Dios,
se ahog en el navo _Caballo Marino_ que se fu  pique el ao de 1717.
Dice, pues as:

La circunstancia de que quizs no nos volveremos  ver ms en Europa,
me anima  escribir sta  mi hermano, que espero le hallar en Cdiz, 
fin de darle el ltimo vale, y con el corazn un humilde abrazo,
alegrndome, juntamente con el ms vivo de mis afectos, por su ya
prxima suerte de dejar este mundo engaoso de ac y de ir en busca de
otro mejor,  para mejorarlo. Conozcamos, hermano mo carsimo, nuestra
fortuna, la cual estoy por decir que es la mayor de cuantas Dios puede
conceder  sus escogidos. Y qu? Por ventura es cosa de poca monta
vivir desconocido, y si tengo de decir la verdad, despreciado de todos,
  lo menos poco estimado? Oh, afortunados nosotros, si de cosa tan
grande furamos participantes! nimo, hermano mo muy amado! aliento,
vamos, vamos! mas dnde?  las Indias, esto es, al Calvario. A qu
fin? A coronarnos, s, pero de espinas;  descansar, s, pero sobre una
cruz. Aqu acabo, porque desde aqu deben comenzar los deseos de un
Jesuita indiano. Pidamos  Dios y  su Madre Santsima que destierre de
nuestro corazn todo otro afecto y no deje en l sino el ardientsimo
deseo de padecer por amor de quien nos am hasta dar por nosotros la
vida.




CAPTULO VII

Fervor y virtud de la nueva cristiandad, premiada de
Dios Nuestro Seor con muchos sucesos milagrosos.


Eran verdaderamente grandes, como hemos visto, los trabajos y fatigas de
los Padres en domesticar este inculto campo de la gentilidad; pero no
obstante eso, les pareca nada, aunque hubieran sido sin comparacin
mucho mayores, viendo cun bien prenda y se lograba la semilla de la
predicacin evanglica, y cun presto se sazonaba en frutos dignos del
Paraso; mas en esto no quiero yo poner nada de mo, sino slo hacer
hablar  los mismos sembradores de esta semilla, que se maravillan de
ello y se dan el parabin con jbilos de incomparable consolacin.

En el conocimiento de Dios (dice uno de ellos) y en la observancia de
la ley divina, se puede con toda verdad, sin rastro de encarecimiento,
afirmar que esta selva de bestias y de vicios es ahora un retrato de la
primitiva Iglesia. Bendigo infinitamente las santas llagas del Redentor
(dice otro) que comparada la vida pasada y presente de esta gente, son
ahora tan diferentes de s mismos, cuando eran idlatras, que parecen en
cierta manera reengendrados en la inocencia original.

Aade el P. Sebastin de Samartn, Superior que fu de aquellas
Reducciones:

Todo se puede sufrir por ellos, por el afecto que tienen  la fe,  la
devolucin y  lo que es Dios  de Dios.

Pero ms por extenso habla el Padre Misionero de la Reduccin de San
Joseph de la piedad de su pueblo, en la Cuaresma del ao de 1705.

No es fcil de decir el fervor que estos santos das mostraron los
nuevos cristianos en las cosas de Dios; oan la paladra de Dios con gran
gusto y no con menor fruto y compuncin, de suerte que me pareca estar
entre espaoles muy piadosos. El acto de contriccin que se usa al fin
de los sermones, le hacan con tanto sentimiento, que lloraban
muchsimo. El cual mostraron tambin en la disciplina larga
verdaderamente no poco, pero no tanto que satisfaciese  su fervor, por
lo cual costaba mucho el hacerles cesar, pidiendo  gritos misericordia
 Nuestro Seor, y repitiendo fervorossimos actos de contriccin y
propsitos de no ofender ms  su Divina Majestad, principalmente en su
innato vicio de la embriaguez, del cual, con el favor de Dios, se han
olvidado totalmente, pero donde se conoca ms claramente su piedad y el
verdadero dolor y arrepentimiento de sus culpas, era en el acto de la
confesin sacramental  que se llegaban llorando tan amargamente que me
sacaban lgrimas  los ojos y me llenaban de increble consuelo, dando
gracias  la Divina Misericordia que obra en gente de suyo tan brbara y
nueva en la fe tan prodigiosos efectos.

As aquel Misionero que prosigue diciendo otras mil cosas de bondad y
devocin de sus cristianos, que sirven de no pequea confusin y rubor 
quien ha nacido y vivido en el gremio de la Santa Iglesia.

Bien que por lo que toca  la pureza de su conciencia dan otros
Misioneros relacin ms distinta, diciendo que hacen mucho escrpulo de
retener cosa ajena por pequea que sea, que muchas veces apenas se les
halla materia suficiente para la absolucin; que luego que sienten el
menor remordimiento de cualquiera culpa, por ligera que sea, y slo en
apariencia  veces, corren volando  llorarla delante de Dios y pedir
remedio  sus ministros, aunque estn actualmente ocupados en las
labores del campo,  de noche reposando, y singularmente se refiere de
una buena mujer que parecindole an esto poca parte para mantenerse
inocente, importun tanto al cielo con sus plegarias para que la pusiese
donde estuviese ms segura de manchar su alma, que al fin logr feliz
despacho de sus splicas, porque el da solemne de la Ascensin,
asaltada de un accidente casi repentino, recibidos todos los
Sacramentos, fu por la muerte  gozar la gracia que deseaba.

Ni esta inocencia es solamente de algunos  quien Dios Nuestro Seor
mira con ojos ms piadosos, y cuyas almas fortalece con mayor copia de
bendiciones celestiales, sino que es comn en todas las Reducciones, 
lo menos en lo exterior, porque algunos de los regidores del pueblo
tienen por oficio sindicar las costumbres de los dems, y cuando tal vez
alguno, por sugestiones de la carne se rinde al vicio sensual,
vistindole primero de penitente, le hacen confesar su culpa y pedir
perdn  Dios en medio de la iglesia, de donde llevado  la plaza, le
azotan speramente delante de todos.

Pero no me causa tanta maravilla la penitencia que estos culpados hacen,
siendo descubiertos por ajenas diligencias, cuanto la sincera confesin
de un Cathecmeno y de una india. Supo aqul que un cristiano haba sido
castigado con el rigor que he dicho, y parecile tan bien esta justicia,
que instantneamente suplic se usase con l de semejante castigo,
porque yo, dijo, soy reo del mismo pecado; y la india, habiendo cado
secretsimamente en una fragilidad, no par hasta que con gran
sentimiento manifest su culpa  los Regidores, pidindoles con muchos
ruegos y splicas se ejecutase en ella el pblico castigo, afirmando que
le mova  hacer esto la ofensa cometida contra Dios, y el no haber
seguido los ejemplos de tantos que haban resistido al incentivo de la
carne con la consideracin de la presencia de Dios que en todas partes
asiste, con la memoria de las penas eternas del infierno y con los otros
medios que les han enseado los Padres.

Y lo que es ms en unos brbaros hechos  vivir en su libertad sin
frenos de castigos y penas, que ninguno de ellos se siente de esta
severidad que se usa para corregir sus deslices. Mas lo que parece
milagro es que los Chiquitos de tal suerte han depuesto las enemistades
con los confinantes, mamadas con la leche, fomentadas del genio,
defendidas con las armas y hechas implacables con la sangre derramada,
que cuando antes no podan sufrir ni aun ver  sus enemigos en el mundo,
ahora estn con ellos en una misma Reduccin, viven en una misma casa y
comen  una mesa, convirtiendo los odios y rencores en otro tanto amor
de unos con otros, como si no tuvieran otro padre que  Dios y todos
fueran una familia de Jesucristo.

Esto pudiera parecer lo sumo de la virtud en unos cristianos nuevos si
no hubieran pasado adelante  dejarse despedazar  gusto de los
gentiles, por no faltar, como  ellos les pareca en un punto,  la
santa ley de Dios. Oyeron ellos que Dios mandaba no se volviese mal por
mal, y que  los ultrajes  injurias, aun en la vida, no se respondiese
sino con mansedumbre y sufrimiento.

A poco tiempo fueron algunos nefitos (como adelante diremos)  buscar
infieles para reducirlos al conocimiento de Dios, y encontrndose de
improviso con una Ranchera, los paisanos dieron sobre ellos con sus
macanas y flechas; pero los cristianos, aunque muy animosos y bien
pertrechados de armas con que fcilmente se hubieran podido defender, no
obstante, por no hacerles mal alguno, se dejaron quitar las vidas.

Otros, habiendo salido  otra empresa semejante, ni aun quisieron llevar
armas consigo, y entrando en una tierra enarbolaron en ella la imagen de
Nuestra Seora, exhortando  la gente la hiciese reverencia; pero la
respuesta que tuvieron fu ver caer sobre s una tempestad de saetas, de
que muchos quedaron all muertos. Supieron esto los Misioneros y
lloraron de consuelo parecindoles un prodigio de la gracia en una
nacin tan soberbia y vengativa.

Y  la verdad, afecto tan tierno  las cosas de Dios, horror tan grande
al pecado y  todo lo que huele  vicio, se debe atribuir  la santa
vida que observan y  los contnuos ejercicios de piedad que todos,
indiferentemente, sin distincin de sexo ni condicin, practican.

Tres veces al da, al romper del alba,  medio da y  la noche, juntos
los nios y las nias cantan  coros distintos gran nmero de oraciones
y decoran de memoria lo que el Misionero les ha explicado del Catecismo.

Todos los das de fiesta se junta el pueblo  oir algn punto de la
doctrina cristiana  sermn, despus de haber cantado solemnemente la
misa. Al levantarse y acostarse se encomiendan  Dios,  la Reina de los
ngeles y al Santo ngel de la Guarda, con devotas oraciones que en
bautizndose aprenden; de otras usan al entrar en la Iglesia y cuando el
Sacerdote eleva la Sagrada Hostia  el Cliz. Antes de sentarse  comer
echan en pie la bendicin, y fuera de eso no comen ninguna vianda fuera
de la mesa sin que primero la bendigan con la santa cruz. Cuando son
admitidos  la participacin de los divinos misterios, no es fcil de
explicar con cunta devocin y tiernos coloquios se llegan  comulgar y
cunto despus procuran mantener su corazn puro y limpio de toda mancha
de pecado.

Pudiera traer muchos ejemplos en confirmacin de esto, pero por no
causar fastidio  los lectores, me contentar con referir uno slo.
Deseaban ciertos mozos recibir el Pan de los ngeles; mas el Padre les
di  entender que no se lo concedera jams si primero no corregan y
enmendaban cierta libertad que tena algn resabio de gentilismo; ellos,
sin otra diligencia, obedecieron luego; y aunque les costaba no poco, se
enmendaron totalmente de la dicha costumbre. Preguntles despus si
haban vuelto  recaer y admirndose mucho, respondieron que cmo era
posible ofender  su Seor despus de haberle dado acogida en su
corazn.

Pero cuando estas Reducciones parecen un paraso (dice un sujeto que las
ha visto), es por la noche, cuando todos cantan las cosas de nuestra
Santa fe, puestas en cierto modo de msica muy llano, lo cual hacen los
nios y nias en las calles pblicas al pie de las cruces, y los hombres
en sus casas y en lugar separado de las mujeres; despus rezan el
rosario y concluyen esta devota funcin con cnticos en alabanza de
Cristo Seor Nuestro, y de su Santsima Madre Nuestra Seora la Virgen
Mara,  quien profesan afecto tiernsimo, no llamndola con otro ttulo
que de Madre; todos los sbados y las vsperas de las festividades
consagradas  su nombre, cantan la misa  son de instrumentos msicos,
cuales se usan entre ellos, y jams van  trabajar al campo  vuelven de
su labor sin que primero entren en la iglesia  hacer oracin delante de
su imagen.

Lo mejor de sus pobres haberes emplean en servicio de esta Seora, y
quieren antes ser pobres que faltar un punto en su culto; y una vez que
un Padre quera que vendiesen la cera de las abejas llamadas _Opems_,
que es blanqusima, y la mejor, le respondieron resueltamente: No
quiera Dios que se expenda en provecho nuestro lo que hemos ofrecido 
su Madre Santsima, pues si nosotros nos privamos de esta cera por amor
suyo,  ella le tocar socorrer nuestra pobreza.

Finalmente, para ltima prueba de la devocin de estos nuevos
cristianos, dar noticia de ciertas precesiones pblicas suyas, las
cuales, si  algunos parecieren menudencias de que no se debe hacer
caso, digo que en otros pudiera parecer as pero no en gente para quien
fu necesario un orculo del Vaticano para creer que eran capaces de la
ley de Dios: Pues los primeros descubridores de las Indias juzgaron
falsa y temerariamente que no eran racionales sino brutos, incapaces de
razn; y fundados en este error los espaoles de la isla de Santo
Domingo y las dems, tenindolos por animales, los cargaban tres y
cuatro arrobas acuestas, los sacaban y llevaban muchas leguas y esta
opinin se entendi despus con harto dao de los naturales, de suerte
que en Nueva Espaa, juzgndoles imprudentemente por bestias con forma
humana, los trataban como si lo fueran, negando, por el consiguiente,
ser capaces de la Bienaventuranza y de los Santos Sacramentos, y lleg 
tanto esto, que oblig  D. Fr. Juan Garcs, primer Obispo de Haxcala,
Dominico, ao 1636[V.]  escribir una carta llena de piedad y erudicin,
informando la verdad al Sumo Pontfice Paulo III, quien con Breve y
Bula especial, defini y declar  los indios por hombres racionales y
capaces de la fe catlica, como todas las dems naciones de la Europa y
de todo el mundo: _Indos ipsos utpot veros homines, non solm
christian, fidei capaces existere decernimus et declaramus,
etctera_.[VI.] Siendo, pues, tales los indios, que ha habido quien los
haga irracionales, aun  los menos brbaros, y siendo estos Chiquitos
unos de los de la clase de los ms brbaros (_P. Acosta in Prooem. ad
lib. de Procur. Indor, salute_, segn lo que ensea el P. Joseph Acosta,
D. Juan Solorzano, _Lib. de Politic. Indian._ captulo 9, pg. 41, y el
ilustrsimo seor Obispo de Quito D. Alonso de la Pea Montenegro, libro
2 del _Itinerario in Prologo_, pgina 141 y otros muchos autores) nadie
tendr por cosa de menos monta estas seales exteriores de devocin que
ya refiero.

La noche, pues, del Jueves Santo, despus de haber odo un fervorossimo
sermn de la Pasin de Nuestro Seor Jesucristo, se visten un hbito
acomodado  la tristeza de aquel santo tiempo; y para imitar al Redentor
penando, llevan algunos  cuestas cruces muy pesadas; otros se cien de
agudas espinas la cabeza; quin atadas atrs la manos, va arrastrado por
tierra; quin derecho con los brazos extendidos en forma de cruz, los
ms se azotan speramente con terribles disciplinas; cierra la procesin
una tropa de nios que de dos en dos llevan los instrumentos de la
Pasin del Seor.

Despus, al pie de un devoto Crucifijo puesto delante del santo
sepulcro, todos por su orden, con lgrimas de tiernsimos sentimientos
en los ojos, le ofrecen los frutos de sus sementeras, llenndose entre
tanto (dice un Misionero) de consuelo nuestros corazones al ver
postradas estas almas delante del Divino Cordero que las rescat con su
sangre; las cuales poco antes andaban como fieras descarriadas y
perdidas por las selvas.

La otra procesin hacen el da del _Corpus_,  la cual convidan las
naciones confinantes de los gentiles; componen, pues, las calles lo ms
ricamente que  su pobreza es posible, y en lugar de tapices recamados
de oro  de colgaduras de damasco, adornan con ingenioso artificio las
fachadas de las casas de ramos de palma, hermosamente enlazados unos con
otros;  las cabeceras de las calles levantan arcos triunfales que
visten de cuanto hermoso y florido hay en sus huertas y bosques; lo
mejor de los aderezos y bordaduras labradas hermosa y delicadsimamente
de plumas, lo pone cada uno delante de su casa; y  fin de que todas las
criaturas, aun irracionales, rindan homenaje y tributo de reverencia al
comn Seor de todas, salen das antes  caza de pjaros y de fieras,
aunque sean tigres y leones, y bien atados los ponen en el camino por
donde ha de pasar el Santsimo Sacramento, y juntamente arrojan por el
suelo el maz y las dems semillas de que han de hacer sus sementeras
para que sea bendito de Dios y las haga multiplicar  la medida de su
necesidad; pero lo mejor de esta devotsima fiesta es la tiernsima
devocin y fervor con que acompaan aquel trabajo  gloria de su
Criador.

Y no piense nadie que Dios Nuestro Seor se deja ( modo de decir)
vencer de la piedad de estos sus nuevos fieles, antes bien parece, por
decirlo as, que ha andado con ellos  competencia, de suerte que,
cuanto ellos ms se emplean en su servicio, tanto ms les retorna y
recompensa con beneficios, porque como por experiencia sabemos, suele
ser sobremanera amoroso y benfico en la primera formacin de aquellos,
que escoge para cimientos de alguna nueva Iglesia entre infieles y usa
ms largamente en provecho suyo de sus bendiciones, no slo en las
necesidades espirituales, sino tambin en las corporales.

Perdanse una vez los sembrados por falta de agua, y apenas la pidieron
los nefitos, cuando rompi en abundantsimas lluvias.

Haca gran estrago en la gente del pueblo de San Rafael una pestilencia;
corri luego el pueblo  la iglesia  pedir  Dios misericordia, y al
punto ces el contagio, de suerte que ninguno de los tocados de l muri
en adelante, ni de los sanos enferm alguno.

Haba tambin aqu gran caresta de vveres, por cuya causa algunas
buenas mujeres representaron  Dios su necesidad, dicindole la una:
Seor y Dios Nuestro Jesucristo, dadnos qu comer, porque si no nos
morimos. Y otra: Seor queris que me muera? Mirad que me estoy
cayendo de hambre, y aquel ao fueron abundantsimas las cosechas.

Haban de ir al monte los cristianos del pueblo de San Juan Bautista 
hacer provisin de carne, pero por no haberse concludo la fbrica de la
iglesia se quedaron trabajando por acabarla de fabricar con toda
perfeccin, findose de Dios que los proveera como de hecho sucedi,
porque de all  poco salieron del bosque muchos jabales en tropas; y
para que claramente se conociese que era cosa de Dios, se pararon junto
 la Reduccin, para que la gente pudiese  su salvo matar los que eran
suficientes para socorrer  su necesidad.

Pero sera nunca acabar si quisisemos referir una por una las finezas
que Dios Nuestro Seor ha usado con ellos. Sea solamente ltima prueba
de ellas que estiman ms estos nefitos un rosario que cualquiera otra
cosa, por hermosa y preciosa que sea, y con razn, porque le sirve de un
seguro reparo y escudo en las desgracias y peligros que encuentran en
sus caminos; y los nombres santsimos de Jess y de Mara, los han
librado muchas veces de evidentes riesgos de ser hechos pedazos de las
fieras. Referir un solo caso, digno entre los otros de particular
memoria.

Andaba  caza por un bosque cierto cristiano llamado Diego, digno de ser
nombrado por la santa vida que observaba, cuando de improviso vi venir
hacia s una tigre que andaba tambin por all  caza, y no se poda
escapar el indio sin que ella le despedazase; antes le acometi con tan
gran furia para despedazarlo, que no le di lugar ms que  invocar los
poderosos nombres de Jess y de Mara,  cuya invocacin la fiera, que
ya le tena entre sus garras, le solt y se volvi hacia atrs sin
hacerle otro dao que unos rasguos bien ligeros en la cara y en los
brazos para memoria del milagro y del beneficio de haber recibido
segunda vez la vida de mano de la Santsima Virgen; porque habiendo
enfermado poco antes y no podido sanar por ms medicinas que, segn la
posibilidad, se le haban aplicado, slo se afliga por no poder ayudar
 la fbrica de la Iglesia; volvise, por tanto,  la Madre de
misericordia, pidindola con instancia la salud, y al da siguiente,
libre de toda enfermedad, se fu  trabajar  la obra, predicando con
las palabras y mucho ms con el ejemplo, la devocin con la reina del
cielo.

Esta merced fu en provecho de uno solo; pero otra fu hecha  un pueblo
entero en seal de agradecimiento. Retirbanse una noche, acabado de
rezar el rosario,  sus casas, cuando de repente descendi del cielo un
globo de luz que esparci por el contorno sus rayos y llen  un mismo
tiempo sus corazones de jbilo y reverencia; y que esto fuese cosa ms
que natural lo demostraron los efectos causados en aquella santa
cristiandad.

Verdad es que, como siempre sucede, entre tantos buenos no faltaban
algunos malos y perversos que hacan ms aprecio del cuerpo que del
alma; pero Dios Nuestro Seor us con ellos del poder de su brazo
omnipotente, ya ablandando dursimos pecadores con modos
extraordinarios y singulares, ya castigando tal vez con los azotes de su
justicia  los obstinados que  buenas no se rendan, haciendo con eso
que otros que lo vean abrazasen la ley de Dios.

Referir aqu algunos pocos sucesos de estos ms dignos de memoria. Y
sea el primero un cierto indio llamado Santiago Quiara, el cual,
llevando mal el apartamiento de una concubina suya que haba dejado en
el bautismo, volvi  admitirla en su casa. Pero luego le fu Dios  la
mano con una enfermedad que, privndole de la luz del cuerpo, desterr
de su alma las tinieblas del pecado. Hicironsele, pues, dos nubes en
los ojos que creciendo poco  poco le privaron totalmente del uso de
ellos; y por ms que la caridad de los Padres se fatig en aplicarle
remedio, no pudo aprovecharle de nada. Con esto entr dentro de s el
doliente, y adivinando que la causa de esta desventura no era otra cosa
que sus pecados, se volvi con mejor consejo al mdico divino,
suplicndole vivamente le diese remedio, no tanto  l, que no lo
mereca, cuanto  su familia, que alrededor de l lloraba sin tener un
bocado de pan que llevar  la boca. Estando una noche en su casa
examinando sus pecados y pensando en las miserias de su vida,
prorrumpi en esta fervorossima splica  Cristo, Seor Nuestro, y  su
beatsima Madre.

Oh, Jess mo, tened misericordia de m (as puntualmente lo refiri l
 todo el pueblo,  quien por orden de los Padres manifest su milagrosa
curacin). Oh, Jess mo: aunque no lo merezco, perdonadme mis pecados,
y restituidme el uso de mis ojos; reconozco, Seor, y confieso que este
trabajo es justsimo castigo de mis culpas; psame en el alma de
haberlas cometido, y propongo de nunca jams volver  caer en ellas.
Virgen Mara Madre de Dios y ma, aplacad la indignacin de vuestro
Santsimo Hijo y alcanzad  mi alma el perdn de mis pecados y  mi
cuerpo la vista perdida. Oh, Dios y Padre mo! movos  misericordia y
pues podis tan fcilmente, concededme la gracia que os pido, que yo
prometo de jams ofenderos en adelante, y de observar perfectamente, con
la diligencia que me fuere posible, vuestra ley santa.

Mientras as estaba llorando delante de Dios, oy una voz, como de quien
estaba enojado, que hablaba con l y le deca:

Por tu amancebamiento y por las confesiones mal hechas, te ha
sobrevenido esta desgracia.

Al oir estas palabras, que le penetraron hasta el alma, sali como fuera
de s, y en aquel punto se vi cercado de una luz tan bella, que la del
sol, en su comparacin, era muy tenue y despeda una fragancia tan suave
 incomparable con ninguna cosa odorfera de la tierra, que
manifiestamente se conoca que era don del cielo; sus carnes se le
pusieron tan delicadas como de un nio recin nacido, y se mova con
tanta agilidad como si estuviera despojado de la pesada carga del
cuerpo.

Respondi entonces el hombre, deshacindose en lgrimas de consuelo y
juntamente de dolor:

Confieso, Padre y Seor mo, mis pecados, que dej mi legtima mujer y
me volv  mi antigua amistad, de que fuertemente me pesa. As es (oy
que le replicaban) confisate y haz penitencia de tus culpas.

Desapareci la visin; y vuelto en sus sentidos, se hall perfectamente
sano.

Pero mirando la fealdad de su cuerpo y la vileza de este mundo comparada
con lo que haba visto y gozado, deseaba haberse verdaderamente muerto,
y no slo en apariencia, sino en realidad para continuar en el gozo de
tanto bien, y se pona las manos sobre los ojos, que bellos y claros
haba recobrado, para que no fijasen la vista en las miserias de ac
abajo; y hasta hoy da, cuando se pone  pensar en este su xtasis 
otro alguno se le trae  la memoria, no puede contener las lgrimas y
sollozos.

Fu notable el fruto que caus este milagroso suceso; apenas qued
hombre de conciencia que no ajustase de nuevo todas las partidas con
Dios con una confesin general; pero quien experiment mayores los
efectos fueron los dos pueblos de San Joseph y de San Francisco Xavier,
que muchas veces le haban consolado y servido en aquella enfermedad.

La mudanza de vida que hizo este afortunadsimo nefito, fu la que se
poda esperar de la gracia del Espritu Santo, que le haba tan
abundantemente entrado en su corazn.

No fu menor el efecto (aunque s diverso el modo) de convertir  un
hechicero y gran familiar del demonio. Este, pues, sacado del monte
donde viva como bruto por el infatigable celo del P. Lucas Caballero,
apenas haba puesto el pie en la reduccin de San Joseph, cuando cay
enfermo;  imaginando que aquellos dolores eran otros lamentos y
splicas de su alma, hambrienta de los placeres y deleites pasados, se
conden  s mismo de demasiado ligero, y poco  poco se volvi  sus
pensamientos antiguos, y en sus deseos se volvi infiel en su corazn, 
por mejor decir, bestia.

Una noche, pues, ardiendo ms en tales deseos, que con la fiebre que
interiormente le abrasaba, sinti que se acercaba una como multitud de
gente que haca gran estruendo y ruido, y era una cuadrilla de demonios
que hua de la iglesia maldiciendo aquel santo lugar y  los nefitos
que en l se estaban disciplinando, y llegndose  su choza le dijeron:

Mira, mira cmo se azotan los indios; no ves con cunta razn te
predicamos que no te dejes engaar de las patraas de estos malvados?
(decanlo por los Padres); lbrate t de esto volvindote  tu bosque,
porque sino descargaremos sobre tus espaldas los mismos azotes.

El indio enfermo no vi  los demonios, sino slo una sombra espantosa
de donde sala tan perversa admonicin. Pero erraron esta vez, como
otras muchas veces, sus tiros los demonios porque en lugar de salir con
sus intentos, perdieron la presa; llense el miserable todo de pavor, y
miedo, porque el corazn le deca que esta era cosa del infierno, y no
saba cmo echarlos de s; haba odo decir que los dulcsimos nombres
de Jess y de Mara tenan poder contra esta canalla, pero no se
ofrecan  la memoria, hasta que despus de mucho trabajo se le
ofrecieron y los pronunci: entonces los demonios, como si se viniese
abajo toda la casa, huyeron con gran furia, y l, curado en el alma de
sus liviandades, entr por el camino de la salvacin, con ms firmes
propsitos y ms seso que antes; y con tal mudanza y arrepentimiento de
sus yerros, que estando an con la fiebre se levant de la cama y fu
corriendo  echarse  los pis del P. Caballero, y con ms lgrimas que
palabras le pidi el santo bautismo.

Estos dos casos que he referido no fueron ms que visiones, una de
consuelo y otra de terror, para mejorar el alma  los dos  quienes se
mostraron. Ms caro les cost  los dos siguientes el obstinarse contra
las saludables admoniciones de los Misioneros:

El primero, cristiano recin bautizado, enfadado de vivir como hombre y
en la ley de Cristo, en el pueblo de San Rafael, se huy entre los
infieles, y como es tan violento el vivir sin ningn gusto, no gustando
l ya ms de Dios, le fu fcil al demonio inducirle  tomar otro
deleite, y le ofreci al punto ocasin cmoda y oportuna en una mujer de
mala vida, con quien haba estado mal amistado en su gentilidad.

El Misionero de aquella Reduccin, que con sus sudores haba ganado
aquella alma para Dios, envi al punto tras l  algunos fervorosos
cristianos, que habindole alcanzado en una Ranchera de infieles, le
reconvinieron con la promesa que haba hecho  Dios en el bautismo y
con la palabra que haba dado  los Padres de quedarse en el pueblo de
San Rafael. l, disimulado, los recibi con una falsa alegra en el
semblante y con palabras fingidas, que ya tena premeditadas; y, 
porque esperase apartarlos de la fe y hacerles renegar  porque pens
por entonces contemporizar con ellos, les quiso prevenir un explndido
banquete; para eso se fu  caza, y habiendo muerto un animal, mientras
alegre y contento pensaba cmo llevar al cabo su designio, oy hacer
gran ruido detrs de s, como de quien quera embestir  otro; helsele
la sangre con el susto al miserable, y tena razn, porque era una
vbora de desmedida grandeza que vena  dar sobre l y matarle; vuelto
en s y cobrando aliento, levant la macana y la detuvo con un golpe.
Irritada de esto la vbora, procur con ms furia agarrarle por el
pescuezo; retirse l hacia atrs queriendo evadir el salto con otro
golpe; mas por su desgracia se le cay de la mano la macana y con ella
aquel poco de nimo que en tan peligroso lance le alentaba; pero como el
amor de la vida es muy ingenioso en hallar trazas y valerse de todo para
mantenerla, echando mano al arco y al carcax de las flechas que traa
atados  la cintura, se reparaba lo mejor que poda de la furia de la
bestia; sudaba mucho entretanto, daba altsimos gritos y peda socorro,
pero en vano, porque no haba nadie que pudiese ayudarle; por lo cual
desesperado de poder escapar con la vida de tan obstinada contienda, no
teniendo ms fuerzas para resistir, quera ya rendirse  discrecin del
enemigo,  no haber sucedido con gran ventura del miserable, que tirando
la vbora  cogerle por la garganta, di con la suya sobre la punta de
una saeta y se hiri malamente, con que acobardada y cansada se par
algn tanto y di tiempo al apstata para salvarse huyendo; el cual,
casi fuera de s, lleg  la Ranchera, y referido el suceso, los
infieles le interpretaron como les haca ms al caso; pero los
cristianos, ms advertidos, adivinaron sabiamente que esto le haba
sucedido, no tanto para peligro del cuerpo, cuanto para aviso del alma,
segn su necesidad; porque llamado y admitido de Dios  ser su hijo por
el santo bautismo le haba despus feamente dejado, volvindose  vivir
entre gentiles.

Cuadr  todos la interpretacin, pero singularmente al apstata, 
quien el remordimiento de la conciencia le deca lo mismo  su corazn
con ms eficacia; por lo cual, sin detenerse, fu con todos los infieles
que all haba derechamente  San Rafael; stos para alistarse en el
nmero de los Cathecmenos y aqul para enmendar y satisfacer con la
penitencia su pecado, como lo hizo, viviendo de all en adelante en
temor de Dios y con honestidad ejemplar.

Ms terrible an fu el modo con que otro entr en juicio y cobr
aprecio de las cosas de su alma: Habase reducido  nuestra Santa fe en
el pueblo de San Joseph un gentil, y en el bautismo haba dejado una
amiga, con quien antes haba vivido en el cieno de muchas
deshonestidades; pero durle poco tiempo este buen propsito y este
retiro y resistencia  los placeres y gustos de la carne, porque
habindose encontrado con la amiga antigua, su vista le abras otra vez
el corazn y le encendi los deseos primeros; despus, para que ninguno
le fuese  la mano en sus deshonestidades, tram secretamente la fuga
con otras tres mujeres de sus mismos intentos y se escondi en un
bosque; de suerte que por mucho que otros indios de mejor conciencia los
buscaron, por orden de los Padres, jams le pudieron encontrar.

Entonces uno de los Padres Misioneros ech de ver que aquel no era mal
que se haba de curar sino con el remedio de algn extraordinario
auxilio de la Divina Misericordia. Por esto empez  llorar amargamente
por aquel ciego miserable, y tantas splicas hizo  la beatsima
Trinidad, y  la Reina del cielo y  las santas almas del purgatorio,
que se le cumpli su deseo con modo bien singular, porque mientras l
festejaba sus brutales deshonestidades, estando el cielo serensimo, sin
la menor seal de tempestad, estall un terrible trueno en medio del
aire, y tras l se despidi un rayo que vino  dar  sus pis; y el
indio,  por furia del rayo  por el miedo que tena, cay en tierra
como muerto. De aqu vuelto en s, despus de gran rato y abriendo los
odos  aquel llamamiento de Dios, lleno de susto y pavor de que no le
sucediese cosa peor, se di  llorar amargamente su pecado; tom en las
manos el rosario que traa al cuello, empez  pedir piedad y
misericordia  Dios prometiendo ser totalmente otro en adelante,
constante y leal en su servicio, y al punto puso en ejecucin su
propsito, retirndose al pueblo de San Francisco Xavier, porque no tuvo
nimo de volver  San Joseph y porque la vista de su amiga no le
despertase el apetito. Dios se la quit de delante con una enfermedad,
en que arrepentida de sus culpas y deshacindose en lgrimas de
contriccin y arrepentimiento, sin permitir que jams entrase su galn
en su Rancho, pas con grande esperanza de su salvacin  la otra vida;
con que ella difunta, volvi l  su Reduccin, donde comenz nuevas
obras y entabl nueva vida, que prosigui con tanto contento y gozo de
su espritu, que jams en adelante volvi  los torpes y brutales gustos
de la carne.

Pasemos ahora  referir otros,  quien Dios Nuestro Seor, con doblado 
irremisible castigo, puso por ejemplo y terror de los dems, quitndoles
la vida temporal y la comodidad de conseguir la eterna.

Toc en primer lugar esta infeliz suerte  un mancebo, de nacin Peta,
que estaba de mala gana en el pueblo de San Juan Bautista, en quien, por
ms que la caridad de los nuestros y sus saludables amonestaciones y
consejos procuraron ablandar la dureza de su corazn, no aprovecharon
nada para que se quedase all; antes, por no ser detenido, se huy
secretamente cuando el pueblo asista en la iglesia  los divinos
oficios. Mas no tard mucho en venir sobre l la divina justicia que le
esperaba en un desierto solo, sin que hubiese  quien volver los ojos;
all, pues, se le hinch disformemente una rodilla y se le empez 
podrir, criando materia y gusanos y echando una hediondez intolerable,
con que rabiando de dolor muri sin tener quien le diese aun la
sepultura de las bestias, ya que haba ido como una de ellas; y
claramente conocieron todos que esto le haba sucedido en pena  su
obstinacin, porque por ms  prisa que fueron algunos nefitos 
socorrerle, no llegaron  tiempo y sirvi su desgraciada muerte para que
ninguno en adelante sacase el pie de la Reduccin sin haber ajustado
antes con Dios las partidas de su conciencia y pedido la bendicin  la
Santsima Virgen.

An peor le sucedi  un hechicero, gran ministro del demonio, en el
pueblo de San Francisco Xavier, pues los mismos cristianos le mataron 
palos porque con sus mentiras y patraas no dejaba de molestar al
sencillo pueblo, y desacreditar y vituperar la santa  inocente vida de
los Misioneros; ni le vali la autoridad de los Padres, que le sufran
con paciencia y le haban librado dos veces de la furia del pueblo,
porque mientras un da, montado en clera, venda por misterios las
fantasas y por verdades los sueos de su mala cabeza  ciertos nuevos
cristianos, y desfogaba su clera contra los Padres con palabras
injuriosas y de escarnio, deca cosas tan indignas, que  un cacique
principal, cristiano de muchos aos, no le pareci que se podan ya
sufrir; por lo cual, ponindose delante de l, le quit la gana de
predicar ms y de vivir, quebrndole los dientes en la boca y los sesos
en la cabeza con un palo.

Acabar esta funesta narracin con un espantoso suceso que por mucho
tiempo qued en la memoria para terror y ejemplo de toda aquella nueva
cristiandad.

Felipe Motor, Tabica de nacin, vencido en las contnuas sugestiones
del demonio y de la carne, volvi pblicamente en casa de una amiga
dejando  su mujer, sin reparar ni hacer escrpulo de tenerla
pblicamente como si fuese su propia mujer.

Desagrad esto indeciblemente  todos, singularmente  los Padres, que
vean con tal ejemplo abierta la puerta para que otros hiciesen lo
mismo, y que por ms que hubiesen trabajado y sudado en desarraigar tal
abuso y establecer el nudo indisoluble del matrimonio, se destruira en
breve; y como sucede entre brbaros que el pueblo indmito se va en pos
de quien tiene entre ellos alguna soberana y preeminencia, le seguiran
todos.

Pero Dios Nuestro Seor tom por su cuenta el remediar este escndalo, y
no tard mucho en darle su merecido, quitndole de all  poco la vida y
arrojndole al abismo, reparando juntamente los daos que pudiera haber
causado y causara en adelante.

Mientras que alegre y contento saltaba de placer y haca fiesta por este
su perniciossimo escndalo, le empez  correr por las venas un humor
pestilente y se le encendi una fiebre ardientsima, que en pocos das
le condujo  las puertas de la muerte.

Acudieron los nuestros  visitarle, persuadidos  que tambin  ste
como  otros la tribulacin le habra abierto los ojos para arrepentirse
de su pecado; pero sorprendido de un accidente y sintiendo que se le
acababa la vida, llam  sus parientes y amigos y les dijo:

Verdaderamente, hermanos mos, que soy desgraciado  infeliz, pues por
mis delitos pasados estoy condenado  arder para siempre en las penas
eternas del infierno. Mirad  los demonios que vienen  llevarme
arrastrando, para que sea su compaero en las penas, como lo fu en los
pecados. El no haber dado crdito  los sabios consejos de los
Misioneros y el admitir de nuevo pblicamente la amiga, son la causa de
esta mi sempiterna desventura, oid vosotros de buena gana la santa
doctrina y poned en ejecucin cuanto en bien de vuestras almas se os
ensea, para que no vengais conmigo  llorar inconsolablemente en el
infierno aquellas culpas y yerros que para borrarlos no me ser bastante
una eternidad de suplicios.

Afligidsimos quedaron los circunstantes; y aquellos  quienes la
deshonestidad y la disolucin les decan en el corazn que eran dignos
de semejante fin, se helaron de pavor y susto. Otros creyeron que con la
enfermedad maligna que tena haba delirado de aquella suerte, y por
esto le llevaron  la iglesia, en donde, celebradas las exequias, le
enterraron. Pero Dios Nuestro Seor di bien presto  conocer que
aquellas palabras no haban sido delirios de una cabeza desvanecida,
sino una sincera confesin de la justa venganza del cielo. Porque 
pocos das vieron salir de la iglesia en grandes nublados un humo negro
y denso, que pareca se abrasaba toda ella. Acudi luego toda la gente 
apagar aquel que crean incendio; y registrando de dnde sala aquel
humo, vieron que le arrojaba la tierra que estaba sobre el cuerpo de
aquel desdichado; por lo cual echaron sobre l agua en grande
abundancia, pero qu sucedera? Comenz  bullir la tierra y 
levantarse, arrojando fuera una espesa y espantosa niebla que pareca se
abrasaba todo el lugar y que all estaba escondido y oculto un gran
volcn de llamas.

Por tanto, abierta la sepultura, se hall el cuerpo sin la menor
corrupcin, como si aquella tierra bendita rehusase mezclarse con
aquellos miembros, cuya alma era un tizn del infierno; pero exhalaba el
cuerpo un espantoso y hediondo humo, con que se vea bien claro que era
cosa ms que natural. Por lo cual, sacado fuera el cadver le arrojaron
en una laguna, la cual tambin comenz luego  moverse y bullir, como si
all se abrasase algn hierro ardiendo.

Aterrse no poco el pueblo con tan funestos accidentes, y por mucho
tiempo no se habl sino del infeliz Felipe Motor, ni les fu necesario
 los Padres cansarse mucho en predicar la honestidad y perseverancia en
los matrimonios.

Curiosos despus los indios de saber  dnde haba ido  parar el
cuerpo, le buscaron dentro del agua; pero por ms que registraron toda
la laguna, nunca jams le pudieron encontrar, dando con esto motivo para
conjeturar prudentemente que fu sepultado en los abismos para hacer
compaa en las penas al alma, ya que la haba incitado y hecho
participante de las brutales torpezas de la carne.

Pasemos ya de materia tan funesta y describamos por ltimo una visin
que tuvo un nefito, por la cual mejoraron increblemente las cosas de
esta cristiandad y fu ms gustosa que todo cuanto he dicho hasta ahora.
Para lo cual me ser preciso interrumpir  ratos brevemente la narracin
para inteligencia de las cosas que en ella se insinan, y la referir
por extenso, como puntualmente la escribieron  su Provincial los PP.
Lucas Caballero y Felipe Surez.

Un cristiano llamado Lucas Xarup, asaltado de una fiebre maligna, le
redujo en pocos das  los ltimos perodos de la vida;  este tiempo le
sobrevino un fortsimo parasismo que le priv totalmente del uso de los
sentidos, sino es ya que (como l afirm) muri verdaderamente.

Salida el alma del cuerpo, le salieron al encuentro dos, con semblantes
de hombre, que le convidaban  que fuese con ellos  otro pas.

Parse un poco temiendo no fuesen demonios; pero observando las
facciones de sus rostros, la belleza de los vestidos y de las cruces que
traan en las manos, y la afabilidad de sus palabras, crey que era cosa
del cielo; por lo cual, perdido el miedo, se fu tras ellos por una
cuesta empinada, por la cual se montaba  unas altas cumbres; la senda
era estrecha, difcil y sembrada toda de abrojos y espinas tejidas entre
s  manera de cruces; por lo cual era menester caminar con tiento paso
 paso para no maltratarse; y hubiera desfallecido por la pena y dolor
que senta en pisar las espinas si sus guas no le hubiesen alentado y
confortado con la amabilidad de su vista y con la luz que echaban de
s; lleg entre tanto  donde por la mano izquierda haba un camino
real, ancho y llano y bellsimo  la vista por su verdor, hermosamente
esmaltado de todo gnero de flores. Quiso seguir este camino, mas sus
conductores le advirtieron que mirase dnde iba  parar aquella
hermosura, y vi que iba  rematar en ciertas profundidades y altsimos
precipicios, de donde salan disonantsimos gritos y vocinglera, de
suerte que se persuadi estaban celebrando all sus paisanos algn
solemne banquete; pero bien presto le sac del engao una cuadrilla de
demonios fesimos con terribles semblantes y descompasados movimientos
del cuerpo; unos con cara de tigres, otros de dragones y cocodrilos y
algunos con apariencias de tan monstruosas y terribles formas, que no
sufra el nimo mirarlos; echaban todos por la boca y por las otras
partes del cuerpo llamas de color negro y espantoso, y gritando y
discurriendo de una parte  otra remedaban las danzas y bailes de los
indios, hasta que agarrndose del pobre nefito, que estaba todo
temblando creyendo que aquella fiesta era por l, hicieron gran fiesta
gritando:

El, l es, Xarup nuestro amigo, que antiguamente era nuestro devoto y
usaba de los hechizos malficos que enseamos  sus abuelos.

A tales cortesas, se le recreca el susto de que no le asiesen y
echasen mano de l, para llevrselo al infierno. Pero los ngeles le
aseguraron, de que no osaran moverse ni menearse contra l. Entonces
salt fuera de enmedio de aquella canalla un cruelsimo verdugo,
arrastrando un condenado como  un vilsimo jumento, atadas las manos y
los pis con cadenas de acero ardiendo; traa  la garganta un collar
ancho de hierro que le forzaba, mal de su grado,  tener derecha la
cabeza para su mayor confusin y vergenza: daba en tierra  cada paso
por la violencia con que el inhumano verdugo le tiraba; pero los
demonios que venan detrs, con una tempestad de azotes que llovan
sobre su cuerpo y con otras cruelsimas befas, le obligaban  caminar.
Daba entratanto el miserable horrendos gemidos y suspiros maldiciendo su
desventura y lamentndose desesperadamente. Arda todo en vivas llamas
como tambin el demonio que le tiraba, el cual traa  la cintura, en
seal del oficio, un grande haz de vboras, que le despedazasen; y
vuelto  Lucas, con fiereza propia del infierno, le dijo:

Tambin t alguna vez te entendas conmigo y eras de mi servicio,
siento mucho que me hayas dejado, vinieras ahora  cortejarme si estos
Padres no hubieran venido  tu Ranchera  predicar la ley de Cristo: no
lo puedo sufrir; no hacen otra cosa, ms que hablar mal de m y de mis
cosas. Pero no, no todos los paisanos han de ir al cielo; muchos an
duran en mal estado, y obstinados en sus costumbres gentlicas. Me
atraviesa el corazn verme forzado  venir aqu, para que t veas
nuestras miserias, y de qu suerte es el galardn que damos  los que
siguen nuestro partido, y t vayas despus  contarlo, porque en
adelante perderemos el crdito, y los tuyos dejando los vicios y
supersticiones abrazarn la nueva fe; y si t  esta hora no hubieras
tomado esta resolucin, fueras ahora compaero de este que tengo aqu en
mi poder. Mrale, mrale, le conoces?

Tena tan demudado el semblante, feo y hecho un tizn de fuego, que mal
le poda conocer; pero, finalmente, despus de fijar muchas veces en l
la vista, reconoci quin era. Este es (le dijeron los ngeles) Antonio
Tapoch, que ni aun en la hora de su muerte se quiso arrepentir, y por
ms que los suyos le exhortaron  que mirase por su alma y se dispusiese
 bien morir, nunca quiso darles odos y echaba de s con enojo y
despecho  quien le animaba  que pidiese perdn  Dios y llorase y
confesase sus culpas. Entonces el desgraciado Antonio, dando un profundo
suspiro y volvindose  Lucas, le habl de esta manera.

Ay, desdichado de m, que no quise creer  los Padres! Qu penas, qu
dolores, qu grandes  insufribles tormentos padezco por haber ofendido
 Dios, sin hacer caso de su doctrina y de sus ministros que la
predicaban! Estos suplicios no han de tener jams fin? He de padecer y
llorar eternamente, sin esperanza de alivio! Felices mil veces vosotros
que podis esperar la eterna bienaventuranza, y libraros de este
infinito pilago de amarguras y de las manos de los verdugos, peores que
las mismas penas!

Esto que ves del desventurado fin de este desdichado (le dijeron los
ngeles) refirelo  tus paisanos, y diles que tambin est en el
infierno el cacique Miguel Matoqu (era ste de nacin Pioca y de los
primeros que sujetaron la cerviz al yugo de Cristo; pero enfadado de
vivir con las reglas y leyes del cristiano, se huy entre los gentiles,
llevando consigo sus hijos y su mujer; la cual, no pudiendo hacer por
entonces otra cosa, le sigui, volvile de nuevo  San Francisco Xavier
el P. Caballero, pero siempre persever l en sus primeros
pensamientos, y en el corazn era gentil, aunque en la apariencia se
mostraba hombre cristiano.) En la ltima enfermedad recibi los Santos
Sacramentos por no dar qu decir; pero en la agona mostr que, as como
haba vivido como bestia, tambin como tal quera morir; tambin se
conden el malvado hechicero Po, el cual est en lo ms profundo del
infierno, atormentado horriblemente por dos demonios, que fueron sus
inseparables compaeros mientras vivi, y por instigacin suya pretendi
desacreditar la buena fama de los Padres y vituperar la santa ley de
Dios, incitando  los ms nefitos que poda  apostatar y volver  sus
antiguos vicios.

Da tambin noticia  los tuyos (prosiguieron los ngeles) de aqullos
que se han salvado y gozan ahora de la eterna bienaventuranza en el
Paraso. Salvse Andrs Zurubi, que despus de tres das de Purgatorio
vol al cielo (vivi este nefito una vida ejemplarsima; en las
privadas disciplinas de los viernes y en las pblicas, que en ciertos
das del ao en las principales solemnidades se hacen por las calles,
era el primero en la frecuencia de los Sacramentos, en las oraciones, en
la iglesia y al pie de las cruces contnuo; lloraba tan amargamente sus
pecados, que no pocas veces sacaba lgrimas  los ojos de los
misioneros; llev la ltima enfermedad con grandsima paciencia,
mostrando en ella grandes y encendidos deseos de morir para ver  Cristo
Nuestro Seor, sabiendo el buen trueque que muriendo haca cambiando
esta breve y miserable vida por la eterna y bienaventurada. Estando 
los ltimos, le envi un Padre la imagen de San Francisco Xavier para
que le pidiese la salud; pero l, en lugar de pedirle la vida, le
suplic que si an no se le haba llegado su hora, le alcanzase luego de
Dios se le llegase; y en efecto, fu al punto odo, porque mientras
explicaba al glorioso apstol sus deseos, plcidamente espir; y
preguntando al nio que le haba llevado la santa imagen cmo estaba el
enfermo, respondi llorando que ya haba muerto; y con un modillo, 
manera de quien estaba enojado, aadi: Y cmo no haba de morir, si
pidi l ir  ver  Jesucristo y Su Madre Santsima?

Vive tambin (le aadieron sus guas) en la celestial Jerusaln con
nosotros Agustn Zurubi y su buena mujer, por medio de los grandes y
ardientes deseos que tuvo siempre de ver  Dios (era el Agustn
cristiano de buen corazn, devoto, humilde, obediente y de conciencia
delicada; asaltado de la ltima enfermedad, gastaba el tiempo
solemnemente en rezar el rosario, y en tiernos coloquios con Dios y con
la Reina del cielo; y en la hora de su muerte vi algunos espritus
bienaventurados que le convidaban al Paraso, de lo cual di aviso l 
un compaero suyo, y con los nombres de Jess y Mara en la boca entreg
el alma  su criador. La mujer, desde que recibi el santo bautismo,
vivi como un ngel, y el confesor no hallaba en ella materia de qu
absolverla).

Exhorta  sus paisanos (prosiguieron los ngeles) que tengan gran
respeto y reverencia  los Misioneros, ministros de Dios, y  que,
depuestas y olvidadas las discordias y rencores, se amen como buenos
cristianos.

Explica al pueblo la terribilidad de los suplicios eternos, porque no
pocos perseveran todava, obstinados en sus vicios, y se hacen sordos 
los avisos de los Padres y al llamamiento de Dios.

D que se mude cuanto antes la Reduccin  paraje ms vecino y cercano 
los infieles, porque Jesucristo, por la desobediencia de los tuyos ha
enviado aqu la peste y nunca cesar hasta que os rindais de buena gana
 su voluntad, pues es cosa fuera de razn que los obreros Evanglicos
pierdan el tiempo en cultivar pocas almas, mientras se pierden tantos
millares por falta de quien les ensee el camino de salvacin.

D  los cristianos que fueron  anunciar el Nombre de Dios  los
infieles, que su misin agrad mucho  Jesucristo, y que por los
trabajos  incomodidades que en ella sufrieron, les tiene prevenido en
el cielo un premio incomparable; que no teman nada las saetas, las
macanas y la muerte  manos de los gentiles, porque recibirn de Dios
gloria y galardn correspondiente; y para que se te d crdito y fe,
vers ahora alguna cosa de la eterna bienaventuranza.

Entonces, en un momento, desapareci el condenado y aquella
terribilsima representacin del infierno, y luego le pusieron los
ngeles  las puertas de la Celestial Jerusaln, de tal riqueza y
hermosura, cual las pinta el apstol San Juan en su Apocalypsi.

Apenas haba metido dentro el pie, cuando le salieron al encuentro dos
bellsimos jvenes, trayendo en las manos cruces resplandecientes, los
cuales le introdujeron en un ameno jardn, donde por la fragancia de las
flores, que no se puede comparar con ninguna de ac, y con la belleza de
lo que vea, estaba como en extsis admirado; y siendle presentada una
fruta semejante  la granada, con slo llegarla  sus labios, se le
inund el corazn de tanto gozo y consuelo, que crea que en l estaba
lo mejor y aun el todo del don de los ciudadanos del cielo; pero le fu
dicho al odo, que estaba muy lejos el pilago de la bienaventuranza, en
que engolfndose los Bienaventurados, se hallan plenamente hartos,
satisfechos y contentos; y que lo que tena delante, no era otra cosa
ms que un asomo, una muestra de lo que quedaba que gozar, bueno y slo
para hacer bienaventurados los sentidos, y la inferior porcin del
hombre, incapaz de los deleites que trae consigo al entendimiento el
conocimiento y la vista clara de la divina esencia.

No acababa el buen Lucas de echar los ojos por todas partes, donde vea
nuevas delicias y bellezas; y hubiera querido detenerse algn tanto aqu
 pasar adelante, pero le ataj sus designios y embaraz su gusto un
escuadrn de espirtus bienaventurados; y el ms autorizado entre ellos
que en el aire del semblante, en la majestad de sus pasos y en la cruz
resplandeciente que traa, crey era prncipe de la milicia celestial;
el cual, volvindose  mirar  Lucas, le dijo con palabras algo severas:

Y t? Cmo ests aqu? Te has confesado? Respondi que s,  que
aadi: Y estos tres pecados? y nombrselos.

Enmudeci el pobre, porque deca era verdad, que no haba hecho caso de
ellos en la confesin, por ignorancia suya.

Entonces le dijo el ngel: Estos afean mucho tu alma, y la impiden el
venir  gozar cara  cara de la vista de Dios. D  la gente, que no hay
otro modo de venir al cielo, sino manifestando sinceramente las culpas
en la confesin, como os lo dicen los Padres; las cuales palabras
pronunci con tanta fuerza y eficacia, que como un gran trueno le
hicieron temblar todo.

Con esto di la vuelta con sus compaeros y hubiera querido el nefito
detenerlos para ver ms de cerca las cosas tan grandes que haba odo
decir de Dios y de su gloria, y ver aquel inefable prodigio de cmo las
almas son bienaventuradas, no menos porque se ven en Dios que porque ven
 Dios en s mismo; pero aquel prncipe le hizo entender que ninguno que
est feo con la culpa poda mirarse como en un espejo en Dios, ni hacer
de s mismo espejo en que se mire Dios; antes que saliese de all y
volviese ac para borrar con la penitencia y confesin aquellas culpas.

Despidise, pues, el pobre hombre de aquel dichossimo lugar, mas cuando
empezaba  entrar por el primer camino, vi que le sala al encuentro la
Reina del cielo, servida de gran multitud de santos, que despeda de su
rostro tantos rayos y resplandores, que qued pasmado de la belleza y
atnito de la majestad de su semblante; y saludndole su Majestad  l
en su lengua, con aire de enojada le pregunt qu llevaba colgado al
cuello. Este rosario no es tuyo, sino de mi hijo (y nombr al mancebo 
quien Lucas se lo haba quitado por fuerza), el cual, en premio de haber
acertado con la saeta al blanco, quiso ms mi rosario que otras cosas
que se le ofrecan; vuelvselo cuanto antes, porque con esta tu
violencia le causaste gran pesar; y al decir esto desapareci, y sus
conductores  guas le volvieron al mundo, y encontrando  cada paso
tropas de espritus infernales que andaban discurriendo y ahullando 
manera de lebreles que andan en busca de las fieras, se llen todo de
espanto y horror.

Llegado junto  su cuerpo, que poco antes haba dejado, no le pareci
ms que una disforme masa de barro y se maravillaba consigo mismo y no
acababa de creer que aqul era en quien poco antes ejercitaba todas las
operaciones y facultades naturales, y no cesaba de lamentarse y quejarse
con sus compaeros, sino que stos, sonrindose, le dijeron:

Aqu conocers qu cosa eres t, cargado de esta vil y hendionda
materia.

Con lo cual al punto se desaparecieron de sus ojos, se acab la visin y
Lucas Xarup,  por mejor decir, su alma, volviendo  entrar en su
cuerpo como si despertase de un profundo sueo,  como l deca, como si
resucitase, su primera diligencia fu hacer llamar al dueo del rosario,
y pidindole perdn de la injuria, luego en aquel punto se vi libre de
la fiebre que an duraba.

Quedaron atnitos los circunstantes de que con tan leve remedio se
hubiese librado de aquella penosa enfermedad; mas cuando oyeron lo que
por orden de Dios les refiri, fu increble la conmocin, las lgrimas
y el fruto; ni se qued aqu solo, sino que en donde quiera que lleg la
voz de este suceso se vieron los mismos efectos; y quien era bueno se
alent  perseverar, y quien malo, con la memoria de aquellos suplicios,
corrigi el humor pecante que en l predominaba. Y el resucitado comenz
una vida tanto mejor, que si antes era bueno, despus era un santo.

Qudame ahora, por fin y remate, que decir algo del celo de estos buenos
cristianos en anunciar la ley divina y llevar la luz del Evangelio  los
que an duran en las tinieblas y vicios del gentilismo; parece que no
viven contentos en la nueva vida que han empezado  profesar si no traen
 otros  gozar del mismo bien.

Para prueba de lo cual, dar el primer lugar  los Misioneros, que, como
testigos de vista y de experiencia, no acaban de hablar de este
particular.

En este caso, y con otros milagrosos sucesos (as concluye una carta
suya un Misionero de la Reduccin de San Francisco Xavier, despus de
haber escrito la visin que poco ha refer), se ha encedido en este
pueblo un gran fuego de caridad y de celo, para llevar el nombre de Dios
 los infieles sin hacer caso de os trabajos y fatigas y de la muerte,
con que han de encontrarse  cada paso.

La fe,  Dios gracias, va cada da en aumento (dice otro) y desean
muchsimos, sin hacer caso ninguno de su vida, introducirla en los
gentiles circunvecinos.

Estoy esperando (escribe el P. Caballero)  ciertos nefitos que el ao
pasado recibieron el santo bautismo, los cuales, movidos  compasin de
sus paisanos se ofrecieron  ir all para reducirlos al rebao de
Cristo, para que sean participantes del bien de que ellos gozan.

As cuentan de un tal indio llamado Ignacio que no sabe vivir sin andar
en busca de infieles y ganando almas  Cristo; y el P. Juan Bautista de
Zea, en su ida  los Zamucos, le escogi por capitn de los dems, y 
l singularmente fiaba los negocios ms graves del bien de aquella
gente.

Otro tanto escribe el P. Agustn Castaares de otro indio del pueblo de
San Rafael, llamado Antonio, que procuraba librar cuantas almas poda de
las garras de los Mamalucos y ponerlas en cobro en su Reduccin.

Apenas se serena el cielo, despus del tiempo de las lluvias, cuando
luego se previenen para sus misiones, y se tiene por dichoso quien ms
padece y quien ms almas trae al conocimiento de Dios, y gastan en esta
empresa tres y cuatro meses, hasta que encuentran paraje donde poder
hacer cosecha de almas.

Despus es cosa de ver las fiestas y alegras que hace el pueblo al
tiempo de su vuelta, y la caridad y amor con que reciben  sus nuevos
huspedes, aunque sean antiguos, implacables enemigos suyos, mueven 
devocin y  lgrimas  los Padres.

Dnles parte de su pobreza, admtenlos en su casa y quisieran meterlos
tambin en su corazn, de suerte que presto se olvidan los brbaros de
su nativo suelo y se enamoran de la santa ley divina, de la cual ven en
sus huspedes ingerida tan bella virtud entre hombres tan salvajes como
ellos, pues es un gran milagro que aun en las necesidades extremas usen,
cuando son gentiles, de piedad unos con otros, aun aquellos  quien la
Naturaleza ha estrechado con los fuertes lazos de la sangre.

Y  la verdad, esta nueva cristiandad se debe  s misma gran parte de
su esplendor y aumento; pues se extiende  tanto su ardiente celo que,
sin reparar en peligros evidentes de la vida, se entran por las selvas,
ya solos, ya con los Padres Misioneros,  solicitar la conversin de los
infieles, siendo ya ms de ciento los que han derramado su sangre y
ofrecido gustosos sus vidas por dilatar los reinos de Jesucristo entre
aquellas brbaras naciones. Como lo ver claramente quien atentamente
leyere esta relacin.

Y ayuda Nuestro Seor  estos sus siervos muchas veces, aun con
milagros,  fin de confirmarlos ms en la fe y de que vindolos los
infieles corran  pedir el bautismo.

Contar dos solos por no alargarme ni cansar  los lectores.

El primero es de ciertos nefitos que habiendo salido  llevar el nombre
de Dios  una Ranchera de indios Penoqus, mientras que con fervor de
espritu exhortaban  aquellos brbaros  dejar su patria, abandonar el
gentilismo y entrar en el rebao de Cristo, vinieron algunas mujeres
espantadas, gritando: Desgracia, desgracia, que el agua de una laguna
cercana que serva para el abasto del pueblo haba tomado forma y color
de sangre, pronstico para ellos de mala ventura.

Empezaron luego los paisanos  discurrir sobre el caso haciendo diversas
interpretaciones, segn la pasin de cada uno; mas los cristianos al
punto les descifraron el caso, diciendo que aquella era fraude y traza
del demonio para apartarlos de que abrazasen la ley del verdadero Dios,
y en seal de eso fueron all todos juntos, y vista la extraa mutacin,
tomando los cristianos con gran fe el rosario en la mano, bendijeron el
agua y le metieron dentro de ella; al punto, desvanecida aquella
apariencia, volvi el agua  su antiguo color y sabor que antes tena.

An es ms maravilloso otro caso que sucedi  estos mismos, los cuales,
repartidos por muchas Rancheras distantes unas de otras cosa de una
legua, juntaban gente para reducirla  la santa fe y conducirla  la
Reduccin.

Vieron que all cerca se levantaba en alto gran nublado de humo y grande
fuego, sin saber de dnde vena ni quin le hubiese encendido (y por
ventura tambin esta fu astucia del enemigo infernal), y que vena 
dar sobre ellos; y porque haca gran viento se poda mal asegurar la
vida y la hacienda con la fuga; y ms que las llamas prendan ya en la
primera Ranchera.

Entonces los paisanos, todos juntos, recurrieron  algunos nefitos,
rogndoles con lgrimas en los ojos que si eran verdaderas las cosas que
les predicaban de Cristo y de su Santsima Madre, los llamasen ahora en
su ayuda en lance tan peligroso; y puestos todos de rodillas pidieron 
Dios favor y misericordia, prometiendo los infieles recibir el bautismo
y su santa ley.

Oh, caso milagroso! El fuego pas adelante sin hacer el menor dao en
la casa donde se haban recogido, y ellos lo tuvieron induvitablemente
por milagro, porque la dicha casa estaba en el centro del lugar y todas
las otras se redujeron  ceniza. Ni par aqu el prodigio, porque
acercndose el fuego  la segunda Ranchera puso  sus moradores en gran
espanto; mas los cristianos echaron luego mano del remedio. Hallbase
aqu el capitn de todos, quien llevaba la imagen de la reina del cielo;
 ste, pues, ordenaron que saliese  encontrar el incendio y le pusiese
para defensa la santa imagen delante de su furia.

Cosa maravillosa! Partironse por medio las llamas sin hacer all el
ms mnimo dao, siendo as que todas las casas eran de paja. Y para
prueba ms manifiesta del milagro se llegaron las llamas  una casa y
formaron sobre ella un arco, pero sin lesin alguna.

Con esto se confirmaron los cristianos en la fe y en la devocin  la
Madre de Dios, y los brbaros, vencidos ms del prodigio que de su
promesa, se alistaron en el nmero de los fieles.




CAPTULO VIII

Pretndese descubrir el ro Paraguay para comunicarse
estas Misiones con las Reducciones de los Guaranes.


Desde los primeros aos en que se di principio  la Conversin de los
Chiriguans y Chiquitos, con intento de penetrar al Chaco para reducir 
nuestra santa fe las naciones que viven en el vastsimo espacio de
tierra que hay entre Torija y el Paraguay, se juzg siempre llevar al
fin pretendido, el abrir camino por aquel ro y hacer escala  las
Misiones del Paraguay  Guaranes,  fin de que fuesen ms fcilmente
provedas estas Reducciones de los Chiquitos, y los nuestros tuviesen
comodidad de conferir  boca con el Padre Provincial y recibir los
socorros ms oportunos  su necesidad, fuera de que no sera menor el
consuelo de los Provinciales en ver las fatigas y sudores de sus
sbditos en la conversin de los gentiles, y acabar en poco menos de un
ao la visita de esta tan vasta provincia; pues cuando ahora es
necesario caminar dos mil y quinientas leguas para visitarla toda,
descubierto este camino por el ro Paraguay, slo se andaran mil y
quinientas leguas en visitar Misiones y provincia.

Consideradas estas utilidades, han puesto por obra los medios ms
concernientes al fin pretendido, aunque por secretos juicios de Dios
nunca se pudieron llevar  cabo, sino despus de mucho tiempo, y eso sin
fruto.

Pero no por eso debo pasar en silencio las fatigas y trabajos que en
esta empresa padecieron y sufrieron nuestros Misioneros, por no
privarlos de aquella gloria, que aun ac en la tierra se debe  quien
todo se ocupa en promover la gloria Divina.

Dije ya arriba que el principal motivo de fundar la Reduccin de San
Rafael junto al ro Guabys fu por la vecindad con el ro Paraguay, 
cuyo descubrimiento partieron por el mes de Mayo del ao de 1702 los PP.
Francisco Hervs y Miguel de Yegros, llevando por guas,  como aqu
decimos por vaqueanos, cuarenta indios, sin otra provisin que la
confianza en Dios y fiados en la proteccin de la Reina del cielo y de
los Arcngeles San Miguel y San Rafael.

Ni les salieron fallidas sus esperanzas, porque en todo el viaje se
hallaron provistos de montera y de pesca con tal providencia, que en
las mayores angustias era ms abundante y de mejor cualidad el socorro.

Llevaban consigo un Cathecmeno, de cierta nacin, que los aos pasados
haba sido impedimento para descubrir este ro; procur ste con grande
eficacia que sus paisanos recibiesen la ley divina, y que los Misioneros
fuesen recibidos y bien tratados en tres Rancheras, de Curuminas,
Batasiz y Xarayes, donde se qued, por estar mal provedo de ropa y por
habrsele clavado una espina en un pie, y despus de pocos das pas 
la otra vida sin recibir el Santo Bautismo, siendo as que se haba
empleado con fervor en que otros lo recibiesen.

Vencidas, pues, muchas dificultades y pasadas no pocas incomodidades que
se hicieron precisas por haber de caminar por espesos bosques y agrias
montaas, y pasar pantanos y lagunas,  ms del contnuo susto y temor
de caer en manos de enemigos, llegaron  plantar una cruz en las riberas
de un ro, que juzgaron era el del Paraguay,   lo menos un brazo de l
(en lo cual padecieron grande engao, porque no era ro, sino un gran
lago que iba  rematar en un espessimo bosque de palmas).

En este nterin maquinaron ciertos indios dar la muerte  su salvo  los
Padres cuando diesen la vuelta por sus tierras; pero disuadidos de esta
traicin por otros de mejor conciencia, les salieron al encuentro y se
fueron con toda la gente de aquellas Rancheras en compaa de los
Padres al pueblo de San Rafael, donde tomaron casa.

Con la noticia de este descubrimiento, determin el P. Joseph de Tol,
Superior  la sazn de estas Reducciones, que veniese  la provincia el
P. Francisco Hervs  dar esta noticia al Padre Provincial Lauro Nez,
que ya segunda vez la gobernaba.

No se puede creer el jbilo y gozo que ste tuvo con semejante aviso; y
con toda presteza escogi cinco Misioneros antiguos de los Guarans, con
un hermano coadjutor, para que por la banda del Paraguay descubriesen el
camino que ya juzgaban se haba descubierto por la banda de los
Chiquitos. Estos fueron el P. Bartolom Ximnez (que habiendo ido
Procurador  Roma de vuelta  esta provincia, vol, cargado de aos y
merecimientos al cielo, el da 22 de Julio de 1717 en el puerto de
Buenos Aires), los PP. Juan Bautista de Zea, Joseph de Arce, Juan
Bautista Neuman, Francisco Hervs y el hermano Silvestre Gonzlez.

Y porque  alguno no le desagradar leer los sucesos de este viaje,
tomar el trabajo de transladar fielmente una relacin diaria de todo lo
que hizo uno de los sujetos que iban, la cual, despus de mucha
diligencia que puse en hallarla, lleg finalmente  mis manos y es como
sigue:

Salimos (dice)  10 de Mayo del ao 1703, del puerto de nuestra
Reduccin de la Candelaria, para dar fondo en el de Atingu; y de all 
27 del mismo mes, tomamos tierra en el Itat, donde nos recibi con
singular afecto el P. Fray Gervasio, de la venerable orden de San
Francisco, cura que era del aquel pueblo.

De aqu, tiramos hacia el ro Paramin, por donde en el ro Paran
desemboca el ro Paraguay, y montamos aquel cabo, no sin gran dificultad
por la furia de los vientos que nos dieron que hacer muchos das.

Finalmente  22 de Junio, aferramos en el puerto de la Asuncin, donde
nos recibieron con la acostumbrada caridad que usa la Compaa, los
Padres de aquel colegio, y despus de cuatro das partimos de all,
llevando una barca grande, cuatro balsas, dos piraguas y una canoa.

Habiendo caminado las balsas cuarenta leguas, descubrieron  lo lejos
algunas canoas de indios Payagus, que se crey eran espas de esta
nacin.

Deseamos hablarles y drnosles  conocer para quitarles todo miedo y
sospecha y exhortarles  que ya de una vez ajustasen paces con los
espaoles y quisiesen hacerse cristianos.

Entrse para este fin, en una canoa el P. Neuman con el hermano
Silvestre Gonzlez y llegando cerca de ellos quera eficazmente entablar
con ellos tratados de acuerdo. Pero no surti efecto el deseo de que
ellos quiesen llegarse, gritando en alta voz: _Pe pemomba ore camarada
Buenos-Ayres viarupi_, que en castellano quiere decir, que teman de
nuestra gente, quienes haban destrudo  sus paisanos en los confines
de Buenos Aires.

Por lo cual, desconfiando el P. Neuman de poderlos reducir, di la
vuelta, dejando colgados de un rbol de la playa, algunos abalorios y
otras cosillas.

Viendo, pues, aquellos brbaros que las caricias de los nuestros no se
quedaban en solas palabras, fueron luego corriendo  coger aquellas
chucheras y con ms nimo y seguridad, se llegaron cuatro de ellos al
pie de una balsa, donde dejaron algunas esteras labradas con lindo arte
y tejidas delicadsimamente: prosiguise muchos das este tratado,
siendo el faraute Aniceto Guarie, fervorossimo cristiano,
vice-corregidor de la Reduccin de San Cosme; el cual, deseoso de la
reduccin de aquellos infieles, procuraba, con modo muy afable y corts,
entrar con ellos para salir con la suya.

Es la nacin de los Payagus, de vilsima condicin, cobarde, prfida y
pronta  maquinar traiciones y en breve manifestaron estas malas
cualidades; porque habindose acercado nuestro Aniceto el da 12 de
Julio  ciertos Payagus, con algunas bujeras que ellos estiman, para
exhortarlos y reducirlos  recibir el santo bautismo, sali de una
ensenada poco distante una manga de estos traidores, dividida en dos
canoas y dando sobre l  traicin le mataron  l y  otros compaeros
con fieros golpes de macana; y ejecutadas estas brbaras muertes,
echaron  huir desesperadamente para librarse de nuestros cristianos,
los cuales advirtieron bien tarde la fatalidad;  dos al lugar del
insulto, hallaron los cuerpos de los compaeros, sin poder dar con el de
Aniceto; y al siguiente da celebramos las exequias por sus almas; con
que se puede piadosamente creer habr Dios usado misericordia con ellos
por el celo con que se ofrecieron  tratar con estos prfidos gentiles.

Viendo los Payagus que nuestra gente no haca ninguna demostracin de
sentimiento por este suceso, tomando atrevimiento, resolvieron
desalojarnos el da siguiente de donde estbamos, dejndose ver una
multitud de canoas divididas en dos escuadras, de las cuales, llegndose
una  tierra desembarc alguna gente y la otra discurra por el ro,
pero no se atrevieron  ponerse  tiro; antes, poco despus se
retiraron, no dejndose despus ver ms, sino  lo lejos,  fin de
espiar nuestros pasos: una sla vez, en la oscuridad de la noche, osaron
molestar por tierra las balsas, tirando contra ellas piedras y flechas;
mas nuestros cristianos, con poca diligencia, los pusieron en fuga.

Este fu el nico encuentro que tuvimos con estos enemigos, con quienes,
si se hubieran coligado los Guaycurs, gente infiel, pero valerosa y
enemicsima de la fe catlica, difcilmente hubiramos podido escapar y
librarnos de sus asechanzas y celadas en un ro poblado por todas partes
de islas y de ensenadas.

A siete de Agosto llegamos  la boca del ro Xexui, por donde antes que
los Mamalucos destruyesen los pueblos de Maracay, Terecan y la
Candelaria, se conduca todos los aos  la Asuncin gran cantidad de la
clebre yerba del Paraguay; el da 19, caminando  lo largo de la
ribera, vimos una tierra de Payagus, cuyos moradores se haban poco
antes retirado  una grande isla que estaba frente  nosotros.

Apenas dimos all fondo cuando saltaron en tierra nuestros indios, y
sentidos de la muerte de sus compaeros la robaron y saquearon toda; era
esta tierra del cacique Jacayr, donde l mantiene algunos vasallos para
la fbrica de las canoas.

El da 21 encontramos un fortn con empalizada y sobre ella tres grandes
cruces, y sospechando nosotros que los Mamalucos habran hecho all
alguna de sus misiones, supimos despus que esto haba sido traza 
invencin de los Payagus para que Dios los librase de una grande
multitud de tigres que infestaban extraamente el pas.

Vimos poco despus andar en la playa doce brbaros, pero sin darnos
molestia; no obstante, lo que ms nos maravill fu que hasta el da 30
de Agosto no se vieron sino dos canoas de Guachicos antes de llegar al
Tepotii.

La boca de este ro dista como cosa de treinta leguas de la del ro
Piray. Ms adelante hay una hilera de escollos por entre los cuales pasa
una furiosa corriente que de ordinario los encubre. Pero cuando all
cerca lleva el ro poca agua, se ven en la cima de una de aquellas
piedras ciertas huellas de hombre, que dicen los naturales son del
apstol Santo Thom.

Poco ms adelante, enfrente, se ven doce altsimas rocas, alegres  la
vista, excediendo naturaleza  la hermosura del arte. Aqu empezaron
los Guaycurs  encender fuegos y hacer humaredas, que son los correos
volantes para avisar  los pueblos circunvecinos de que andan por all
enemigos.

Siete leguas despus de estos montes corre su ro, junto al cual est
situada la laguna Neugetures, en que entra un ro que baja de las
tierras de los Guamas. A lo largo de esta laguna viven lo ms del ao
estos brbaros, y all cran muchas manadas de caballos y mulas,
sirvindose de los Guamas como de esclavos, para cultivar la tierra y
sembrar el tabaco que se d aqu en gran abundancia.

Otras naciones confinan con estas, entre las cuales haba una llamada
_Lenguas_, cuyo idioma es semejante al de los Chiquitos.

Dos leguas ms adelante de esta laguna desemboca el Mboimboi, junto al
cual antiguamente hubo una Reduccin en que trabajaban en provecho de
los naturales los PP. Cristbal de Arenas y Alonso Arias.

Sucedi que el segundo, llamado  las tierras de los indios Guatos para
administrarles el Santo Sacramento del bautismo, se encontr con una
cuadrilla de Mamalucos, los cuales le mataron  mosquetazos; y el otro,
cayendo poco despus en las mismas manos, sali tan maltratado, que en
breve acab de vivir y padecer.

De aqu hasta los Xarayes en dilatadsimas campaas por beneficio de la
naturaleza, sin ninguna industria del arte, se cra inmensa cantidad de
arroz, de que todos los aos hacen provisin los Payagus, Guatos,
Nanuiquas, Caracars, Guacams, Guaresis y otros pueblos confinantes.

A 22 de Septiembre pasamos las montaas de Cuayegua, que tienen en
frente de s en la otra banda las del Ito, donde viven los Sinemacas.

Aqu fueron  predicar la santa ley de Cristo los PP. Justo Mansilla,
Flamenco, y Pedro Romero, espaol, el cual fu muerto con el hermano
Mateo Fernndez por los indios Chiriguans, porque les persuada que por
ser cristianos no podan tener ms que una mujer.

En una isla, cinco leguas ms adelante, se haban retirado dos caciques,
Jarechacu y Arapichigua, con todos sus vasallos Payagus, que al vernos
despacharon luego siete canoas  la grande isla de los Orejones, para
dar aviso  aquellas gentes, como lo suelen hacer en tales ocasiones, y
por eso se vean de cerca y de lejos muchos humos en el aire, por lo
cual en todo aquel contorno son los Payagus tenidos en grande
estimacin, que les es de mucho provecho, por lo que les dan de tabaco,
cueros, telas y vituallas, de que estn abastecidos con grande
abundancia.

Desde el Tobat pasamos junto  las montaas del Taraguipit, de donde
cuatro Misioneros enviados por el P. Antonio Ruiz se esparcieron por
esta dilatada gentilidad  predicar el Evangelio. Estos fueron los PP.
Ignacio Martnez, espaol, Nicols Hernat, francs, Diego Ferrer y Justo
Mansilla, flamencos. El primero fu llamado al Per  la misin de los
Chiriguans; los otros dos, oprimidos de las fatigas y trabajos en un
total desamparo de todo humano consuelo, con una muerte semejante  la
del grande apstol del Oriente San Francisco Xavier, pasaron al eterno
descanso; el ltimo, que qued slo, cansado de los muchos trabajos,
falleci tambin en breve tiempo.

Ocho leguas sobre el Tobat, desemboca por dos partes el ro Mbotetei,
por donde bajan al Paraguay  hacer sus correras los Mamalucos.

Enfrente de estas dos bocas del ro Mbotetei, por la otra banda
desemboca el Mandiy, que baa las faldas de los montes Taraguipiti que,
encadenndose con los del Tambayci y Garaguy, se extienden  lo largo de
las costas del Paraguay, hasta cerca de la clebre isla de los
Orejones.

Desde el ro Mbotetei hasta los Xarayes, se extiende el pas en vastas
campaas, habitadas antiguamente de los Guaycharapos  Itatines; pero
molestados de los Mamalucos los abandonaron, internndose en espesos y
grandes bosques, que desde la laguna Jaragui, por cincuenta leguas,
tiran hasta Santa Cruz la Vieja.

Finalmente,  29 de Septiembre, montadas las dos bocas del Mbotetei,
llegamos  donde el Paraguay, dividido en dos brazos, forma  lo largo
una isla de veinte leguas.

Por estar ya en tierra de los Chiquitos se comenzaron  hacer muchas
diligencias para hallar la cruz que el ao pasado levantaron los PP.
Francisco Hervs y Miguel de Yegros, reconociendo muchos lagos y
ensenadas.

A 12 de Octubre, habiendo dado fondo en el Paroguamini, encontramos con
unos Payagus, los cuales, aunque teman  nuestros indios, se llegaron
no obstante  nosotros y nos presentaron bitole y otras frutas de la
tierra,  que correspondimos cortesmente con otros regalos.

A 17 dimos fondo  vista de la laguna Jaragui que se oculta por gran
trecho entre bosques y montes hasta cerca de la de los Orejones. Aqu
una parte del Paraguay est hoy da habitada de gran nmero de
infieles; pero el lado izquierdo es el ms poblado, porque se pueden
defender ms fcilmente de las inopinadas invasiones de los Mamalucos, 
causa de que estando rodeados de grandes lagunas y pantanos, se hace muy
difcil y casi imposible el paso  aquellos malvados.

Sealar aqu algunas naciones de una y otra banda. A mano derecha estn
los Guars, Lenguas, Chibapucus, Ecanaquis, Napiyuchus, Guarayos,
Tapyminis, Ayguas, Cunicanis, Arianes, Curubinas, Coes, Guaresis,
Jarayes, Caraberes, Urutues, Guahones, Mboyaras, Paresis, Tapaquis. De
la otra banda izquierda estn los Payagus, Guachicos, Itatines, Aginis,
Sinemacas, Abiais, Abaties, Guitihis, Cubieches, Chicaocas, Coroyas,
Trequis, Gucamas, Guatus, Mbiritis, Eleves, Cuchiais, Tarayus, Jasintes,
Guatoguaguazus, Zurucuas, Ayuceres, Quichiquichis, Xaimes, Guaanis,
Curuaras, Cuchipones, Aripones, Arapares, Cutuares, Itapares, Cutaguas,
Arabiras, Cubies, Guannaguazus, Imbues, Nambiquas.

Verdad es, que estas naciones las ms se reducen  dos  tres
Rancheras, otras  poco ms de trescientas  cuatrocientas almas y
otras tambin en mayor nmero, y se distinguen por la diferencia de las
lenguas, porque todas tienen distinto idioma, ni se entienden entre s,
aunque vecinas y confinantes, porque  son enemigas,  no tienen
comercio unas con otras.

El da 18, dejando  la mano derecha la laguna Tuquis, montamos la boca
del ro Paraiguaz, que vena colorado con una creciente furiosa de
agua.

De all  poco encontramos una canoa con slo un indio, mozo bien
dispuesto y de fuerzas, de nacin Mbiritiy, que sin ningn temor se
lleg  la barca; hicmosle mil caricias, y aunque ni l entenda
nuestra lengua ni nosotros la suya, con todo eso, con seas y ademanes
nos di  entender que su Ranchera distaba de all dos  tres jornadas
de camino.

Poco despus le despedimos; pero habiendo experimentado l tanto amor y
afecto en nosotros, senta mucho dejarnos, por lo cual, dicindole por
seas si quera entrar en la barca, l sin reparo alguno se entr dentro
con sus armas y con su cama, que era una estera de linda hechura, y
regal  nuestros indios con un grande Capivar (son estos unos puercos
del agua, en todo semejantes  los de tierra), que poco antes haba
muerto.

De all  tres das, viendo que nosotros tirbamos  lo largo de la
costa por no empearnos en medio en las islas, se despidi
prometindonos que volvera presto, y nosotros, por medio de l,
enviamos al cacique y principales de la nacin varias cosillas que
estiman estos brbaros.

Cumpli su palabra, y despus de poco tiempo estuvo de vuelta; pero
pretendiendo atravesar un gran brazo de ro en tiempo que haca gran
viento, naufrag  nuestra vista, y apenas pudo salvar su persona, que
cay, por nuestra desgracia, en manos de los Payagus, que le remitieron
 los suyos.

Finalmente,  31 de Octubre, entramos en el famoso lago de los Xarayes,
en donde entran muchos ros navegables, y de dicho lago (con unnime
consentimiento de los gegrafos) nace el gran ro Paraguay.

A la boca de este lago est situada la clebre isla de los Orejones,
poblada en algn tiempo de muchsima gente y asolada y destruda ahora
por los Mamalucos. El clima de esta isla es saludable y templado, aunque
est en diecisiete grados y pocos minutos de altura. Tiene de longitud
cuarenta leguas y diez de ancho, aunque otros la hacen doblado mayor; el
terreno es muy frtil y abundante, aunque en parte sobresale en montaas
llenas de rboles muy  propsito para labrarlos. Los primeros
descubridores la llamaron el Paraso; nosotros, empero, no observamos
en ella cosa de ms monta que el clima.

Hicironse aqu increbles diligencias para hallar la cruz tan deseada;
pero por ms que hicimos, as por tierra como por agua, no pudimos
descubrir la ms mnima seal de hacia qu parte cayesen las Reducciones
de los Chiquitos.

Los PP. Jos de Arce, Juan Bautista de Zea y Francisco Hervs,
suplicaron al P. Superior Bartolom Ximnez que pasasen adelante  las
Rancheras de los infieles  tomar lengua; pero siendo ste de contrario
parecer, fu necesario rendirse; antes bien, conociendo que menguaba la
corriente ms cada da y corra peligro el barco de hacerse pedazos en
los escollos ciegos si se parasen all algn tiempo ms, determin dar
la vuelta despus de haber gastado mes y medio en andar en busca del
camino.

Fu increble el sentimiento de los mismos Padres al ver que se
frustraban sus esperanzas y tantas fatigas y trabajos como haban
sufrido; por lo cual, postrndose de rodillas delante del P. Superior,
le pidieron vivamente les diese licencia de quedarse en aquella grande
isla de los Orejones, donde se entretendran, hasta que creciendo las
aguas y hecha amistad con los infieles, se informasen del camino, y
pasado el invierno se iran  las Reducciones de los Chiquitos.

Admir el P. Superior su fervor; mas temiendo no fuese que este
apostlico celo los empease, con gravsimo riesgo de sus vidas, en
empresas que no pudiesen salir sino con grandsima dificultad, juzg no
poda condescender con sus instancias.

Por tanto,  12 de Octubre, nos dispusimos para salir de aquel lago 
mar dulce; y aunque siempre estbamos con temor de algn escollo
encubierto debajo de agua, con todo esto, mediante el favor de Dios,
caminamos  voga y remo sin ningn riesgo, slo que los vientos, que
siempre soplaron por la proa, nos retardaron para que nos adelantsemos.

Despus de haber caminado cien leguas descubrimos tres canoas con cuatro
hombres que, vogando  toda fuerza de remos, se nos acercaron insinuando
que queran hablarnos; el uno era Payagu y los otros Guarans,
cristianos antiguos, que saltando ligeramente en nuestra barca, dijeron
resueltamente que se queran quedar con nosotros, aunque les pesase 
sus caciques.

Viendo nosotros su buena voluntad, determinamos que nuestros indios los
defendiesen en caso que sus caciques intentasen cobrarlos  fuerza de
armas; pero ellos les dieron de buena gana licencia, creciendo en ellos
la estimacin de nosotros, pues los Guarans dejaban su hacienda y
parientes slo por venir  nuestras Reducciones y vivir en la
observancia de la ley divina. Por lo cual nos cobraron tanto afecto, que
como si fuesen amigos antiguos, entraron los dos caciques con toda
seguridad y confianza en nuestro barco y se pusieron al lado del P.
Superior.

Hallada tan buena coyuntura, se les habl con toda eficacia del bien de
sus almas y cunto interesaban en que nosotros los tomsemos  nuestro
cargo, pues fuera de conseguir la salvacin eterna y vivir como hombres
 hijos de Dios, pasaran una vida quieta y libre de todo peligro,
obligndose todos los pueblos de los Guarans  defenderlos de los
Mamalucos y Guyacurs, que cada ao tanto les molestan.

Ofrecironse de buena gana los dos caciques con todos sus vasallos 
recibir el santo bautismo, y que exhortaran  hacer lo mismo  los
Guatos y Guacharapos, para que unidos todos en un cuerpo, fundasen una
Reduccin.

Para asegurarnos ms de este su buen daseo, les pedimos algunos infieles
que ellos en aos pasados haban hecho esclavos, para que instrudos en
los misterios de nuestra santa fe, sirviesen despus de intrpretes 
los Misioneros, ofrecindoles en contracambio ciertos platos de estao,
cuchillos, anzuelos, avalorios y otras cosas de este jaez.

De buena gana nos entregaron seis nios; dos de los cuales eran
Penoqus, uno Sinemaca, otro Ereb, otro Curubina y el ltimo Guarayo,
los cuales  la vuelta, encomendamos al P. Jernimo Herrn, para que en
su Reduccin los impusiese en los preceptos de la ley divina.

Entablada con esto la amistad de entrambas partes, se despidieron de
nosotros los caciques, contentos y alegres con la esperanza de tener
dentro de poco tiempo Misioneros, y ordenaron  algunos de sus vasallos
que nos sirviesen con sus canoas, proveyndonos de pescado por espacio
de ciento y ciencuenta leguas de camino, que no fu pequeo socorro por
la caresta de vituallas, de que ya padeca mucho nuestra gente y los
PP. apenas tenan con qu sustentarse, por haberse corrompido ya el
vizcocho y echado  perder el maz; y el cuotidiano mantenimiento del P.
Superior, por espacio de cuatro meses, fu slo una simple escudilla de
habas.

Finalmente, como mejor se pudo, tiramos adelante hasta tocar en las
riberas donde vivan los Payagus, matadores del buen Aniceto y sus
compaeros; deseamos ganarlos y reducirlos al gremio de la Santa
Iglesia; y para eso por medio de los Payagus amigos, les enviamos una
embajada asegurndoles de nuestro buen nimo para con ellos y que les
perdonbamos la traicin pasada, que ms por temor de alguna trama de
sus enemigos, que por malicia, haban maquinado; que tomasen el partido
de compaeros nuestros y fabricasen una Reduccin, porque de otra
manera, habiendo nosotros de frecuentar aquel camino, nuestros indios
sujetaran su orgullo; y que para satisfaccin de lo pasado, nos
restituyesen los esclavos espaoles que tenan.

Supieron los mensajeros tratar con tanta destreza el negocio, que poco
despus nos salieron ellos al encuentro, trayendo en una gran canoa  un
espaol llamado Juan Garca, y se excusaron buenamente de la traicin
pasada; mas an ahora se mostraron prfidos y mentirosos, porque
preguntados si tenan ms esclavos respondieron que no, y supimos
despus en la Asuncin que tenan otros tres.

Despus de haber renovado la amistad se nos mostr la mayor parte sobre
veinte canoas puestas  la fila, y uno  uno entraron en la barca para
recibir algn regalo.

El da siguiente vinieron los caciques llamados ambos Jacayr,
presentndonos gran cantidad de fruta de la tierra. Despus nos
significaron el deseo que tenan ellos tambin de hacerse cristianos y
fundar una Reduccin en que los nuestros los instruyesen en los
misterios de la santa ley de Dios.

Tenan canoas de bella hechura, y viendo la gana que tenamos, nos
ofrecieron una bellsima, que nos trajeron al da siguiente.

En este estado dejamos el negocio de su conversin; pero hay poco que
esperar de ella, porque aunque hayan hecho tan largas ofertas no hay
mucho que fiarse de ellos porque son prfidos, revoltosos, inconstantes,
y que en tanto mantienen su palabra en cuanto les est  cuento.

Al presente estn divididos en dos facciones, la una discurre hacia el
lago de los Xarayes, por espacio de doscientas leguas; la otra hacia la
ciudad de la Asuncin, cautivando gente y robando las haciendas y cuanto
les viene  las manos, y muchas veces se coligan con los Guaycurs en
dao de los espaoles.

Pero lo que causa admiracin es que tengan tanto orgullo, siendo as que
apenas cuentan trescientos  cuatrocientos hombres de tomar armas,
porque cada ao procuran diezmarlos los Mamalucos, y muchas veces rompen
tambin con los Guaycurs y se destruyen.

Otro no pequeo motivo les retrae de ser cristianos, y es que esta
nacin es vagabunda, no estando jams firme muchos das en un lugar, hoy
estn en tierra firme y maana en alguna isla, ni pueden de otra suerte
vivir, porque sustentndose con caza y pesca, no se puede hallar siempre
sta en un mismo lugar, y como los Guaycurs, Charruas, Jars y Pampas
no tienen firmeza en tierra, as los Payagus en este ro, y les
sucedera  ellos lo que  los Jars, que dos veces pidieron Misioneros
y fundaron Reduccin, y ambas  dos, enfadados de vivir debajo de un
mismo cielo, volvindose  su antigua costumbre de vagabundos se
huyeron, por lo cual es necesario que estos Payagus se junten con los
Guatos y Guaciarapos, pueblos estables y permanentes: pero el hacer esta
unin costara ms sangre y ms sudores de lo que montase el buen xito
del negocio.

Con todo eso, los dos fervorosos Misioneros Joseph de Arce y Juan
Bautista de Zea, deseaban se pusiese por obra este intento, allanando
con su celo las dificultades tan grandes que se ofrecan. Pero el P.
Superior fu de contrario parecer, no queriendo arriesgar las vidas de
estos dos apostlicos operarios, con que sin otro efecto proseguimos
nuestro viaje, cuando  2 de Diciembre corri dos veces peligro de
hacerse pedazos la barca en que bamos. El primero fu por la maana,
quedando encallado en unos arenales, y entr tan profundamente la
quilla, que muy trabajosamente, con el ayuda de las otras embarcaciones,
se pudo desencallar y sacar fuera de la arena. En este lance suplicamos
con grande afecto  la Santsima Virgen, y con su favor, cuando creamos
entrase el agua por muchas partes, se hall que no haba padecido nada.

Pero mayor fu el peligro y el susto al entrar la noche, porque soplando
muy recio el viento y alterado el ro, y caminando el barco  todo
riesgo, di de golpe en un escollo ciego y la furia del agua y del
viento la estrell de escollo en escollo hasta arrojarla sobre la
ribera.

Aqu nos sorprendi  todos el susto y ya esperbamos que se haba de
hacer pedazos y correr peligro nuestra vida; pero la piadossima Seora
quiso hacernos cumplida la gracia, saliendo, as nosotros como la barca,
sanos y salvos de aquel riesgo.

A 4 de Enero orden el P. Superior que adelantndose tres barcos  vela
y remo procurasen cuanto antes entrar en el puerto de la Asuncin para
llevar al P. Juan Bautista Neuman, que afligido sobremanera de la
disentera estaba poco menos que reducido  los ltimos perodos de la
vida.

Por fin, el da 7, dimos todos fondo en aquel puerto, donde al
desembarcar nos sali  recibir el Gobernador, la nobleza y el pueblo en
gran multitud, que quisieron en todo caso, por ms que nosotros lo
rehusamos, conducirnos hasta el colegio, donde tuvimos la triste nueva
del fallecimiento de aquel buen Padre. Vena tan maltratado y tan
acabado de fuerzas por los trabajos del viaje, fuera de que en muchas
semanas no se le pudo dar  comer otra cosa que un triste puado de maz
corrompido, que una hora despus de haber entrado en nuestro colegio
pas  recibir en la Jerusaln celestial el galardn de tantos trabajos.

A sus exequias asistieron el Cabildo eclesistico y secular y todas las
religiones que quisieron honrar, como ellos decan, el cadver de un
santo mrtir, pues que las fatigas y trabajos sufridos por la gloria de
Dios y bien de las almas le haban acabado.

A 9 del mismo mes salimos de la Asuncin para volver  los Guarans,
donde ltimamente,  4 de Febrero, dimos fin  tan larga navegacin.

Nueve meses hemos gastado en este viaje; hannos faltado diecisis indios
por la escasez de los vveres y por la disentera que  casi todos nos
afligi, y  habernos tardado un poco ms hubieran muerto otros
Misioneros con grave perjuicio de tantas almas,  cuya conversin
estaban destinados. Hasta aqu la relacin de este viaje.

Notable fu el sentimiento del P. Provincial viendo desvanecidos medios
tan eficaces para el intento; mas no por eso desisti abandonando la
empresa, y as, pasado el ao siguiente  la visita del colegio de
Tarija, orden al Padre Juan Patricio Fernndez que fabricase algunas
canoas en las riberas que se crea eran del ro Paraguay, enviase por
all al P. Miguel de Yegros, con el hermano Enrique Adamo,  la
Asuncin, acompandoles los Xarayes prcticos del ro y valientes
vogadores.

Parti al punto el P. Juan Patricio con los dos compaeros y cien indios
del pueblo de San Rafael por el mes de Octubre de aquel ao, para ver si
aquel ro, junto al cual el P. Francisco Hervs haba levantado la cruz,
era el Paraguay; pero  tres jornadas de camino hall que se perda en
aquel que pareca ro en unos palmares, sin saber dnde era su trmino;
con todo eso pas ochenta leguas ms adelante para reconocer dnde
estaba la cruz; pero llegando all vi que no era este el ro Paraguay
ni ramo suyo, sino un gran lago que en el tiempo de las lluvias se
extenda por aquellos valles.

Descubranse desde aqu montaas muy altas entre Oriente y Medioda, y
creyendo que  la falta de ellas correra el deseadsimo ro, determin
ir all, como lo hizo; el viaje era incmodo y trabajoso, porque todo l
haba de ser por la cumbre de la montaa; pas por cierta Ranchera de
Guarayos destrudos por los Mamalucos, encontr muchas lagunas, registr
la ms grande y profunda para ver si desaguaba en el ro Paraguay, pero
todo sin provecho.

Ya era la mitad de Diciembre y amenazaba el cielo inundar las campaas
con las lluvias, que cerraban el camino para la vuelta; pero con todo
eso, porque tantos trabajos no quedasen frustrados, quiso gastar otros
ocho das en aquella empresa que tantos, y no ms, parecan necesarios
para llegar  las costas del Paraguay, como lo afirmaban algunos indios
viejos, quienes por unas montaas fragosas que tenan delante, se
acordaban del pas, por donde cuando mozos anduvieron con sus paisanos
para mover guerra  los Guarayos que viven  la ribera del ro Paraguay.

Llegaron all despus de ocho das, habiendo gastado los tres en abrir
camino por un espeso bosque, sin hallar con qu apagar la sed sino
exprimiendo ciertas races que llaman Bocurs.

Poco ms adelante descubrieron una laguna muy grande cercada de una
corona de montes que hacia el Oriente abran boca, por donde la laguna
descargaba sus aguas, y por el Poniente la cea un bosque espessimo.
Preguntles el P. Juan Patricio Fernndez si esta laguna iba 
desembocar en el ro Paraguay,  que respondieron que no saban, mas un
Penoqu de aquellos que se escaparon de las manos de los Mamalucos,
aadi que por aquella laguna haban entrado los enemigos  discurrir y
registrar el pas, y por la banda del Oriente se descubra un arenal,
donde desembarcando dichos Mamalucos haban dejado las canoas y tomando
camino por tierra, haban ido  caza  los indios Taus.

Odo esto, mand al momento fabricasen una canoa, pero no hallando
madero  propsito, y estando ya en el corazn del invierno, le fu
forzoso volver atrs y dejar la empresa para mejor tiempo.

Repartiendo, pues,  la gente las vituallas que haba reservado para su
viaje  la Asuncin, la envi  reconocer aquel arenal y camino de los
Mamalucos.

A dos jornadas de camino di dicha gente en una pequea Ranchera de
Guarayos de sesenta almas, que condujeron consigo al pueblo de San Juan
Bautista,  donde llegaron sanos y salvos el Sbado Santo del mismo ao.

El P. Juan Patricio y sus compaeros gastaron veinticinco das para
entrar en San Rafael, por estar,  causa de las lluvias innundada toda
la campaa, por cuya causa se vean obligados  caminar descalzos, todos
calados de agua, y era gran fortuna topar  la noche con algn
montecillo, aunque pantanoso, donde hacer alto, aunque no para tomar
algn reposo y aliento en el sueo, por no permitirlo la infinita
multitud de mosquitos y tbanos que produce la humedad.

Tantas fatigas, maltratamientos y trabajos causaron en estos Misioneros
graves enfermedades y por gran fortuna pudieron ellos convalecer; mas no
as el hermano Enrique Adamo, que consumido y deshecho de los excesivos
trabajos y no teniendo fuerzas para recobrarse, pas el da 27 de Julio
de 1705  la bienaventuranza, para recibir el galardn de sus fatigas.

Era este hermano enfermero en la Casa Profesa de Roma, cuando llegando 
aquella corte el P. Ignacio de Fras, procurador general de esta
provincia, obtuvo licencia de nuestro Padre general Tirso Gonzlez para
venir por su compaero y pasar  las Misiones de los Guarans, de donde
fu  ejercitar el mismo oficio de enfermero  este colegio de Crdoba,
y de aqu fu  las Misiones de los Chiquitos,  que siempre tuvo grande
afecto y con su celo  industria procur los progresos de ellas, hasta
perder la vida en la demanda.

De los Guarayos que se avecindaron en San Juan Bautista haba algunos
que entendan la lengua castellana, con lo cual pudo el P. Juan Patricio
Fernndez informarse del Paraguay y del puerto donde los Mamalucos daban
fondo para tomar noticias de la tierra de los Chiquitos y aun ellos se
ofrecieron  ir con l all.

Por tanto, despach algunos indios  abrir camino en los bosques de los
Taus, los cuales llegando  la ltima Ranchera de estos, situada  la
falda de las sierras de Santa Cruz la Vieja, descubrieron  los Paisanos
el intento de su ida, los cuales se lo disuadieron dicindoles que no
podran tenerse en pie las caballeras por aquellas cuestas tan fragosas
y les sealaron un camino no tan difcil, aunque todo de bosque pero
todo lleno de arroyos y en algunos lugares se dilataba en frtiles
campaas.

Al principio de Agosto parti en su seguimiento el P. Fernndez con el
P. Juan Bautista Xandra y dos Guarayos, parse en las tierras de los
Guarayos, donde hall  ciertos cristianos que haban venido de la
Reduccin de San Joseph para exhortar  aquella gente  alistarse debajo
de las banderas de Cristo, y consiguieron su pretensin porque
abandonando todos su nativo suelo, se redujeron  vivir en nuestras
Reducciones.

Detuvironse aqu los Padres tres das esperando  los nefitos que
haban despachado  reconocer el nuevo camino; de aqu prosiguieron su
viaje, aunque baados de sudor, siendo necesario abrir camino con hachas
y picos por una espessima selva, hasta que entraron en una campaa de
bellsima vista, enfrente de la cual estaba la laguna Mamor,  donde se
encaminaban.

Llegaron, finalmente,  la playa donde solan desembarcar los Mamalucos,
en donde hall el P. Superior cinco largas cadenas que haban enterrado
all aquellos crueles hombres.

Esta playa es un brazo de tierra, algunas millas dentro de la laguna, y
corre hacia Oriente y divide aquella laguna en dos ensenadas, una de las
cuales se extiende al Septentrin y la otra al Medioda; y as por lo
que vea como por lo que saba por relaciones ajenas, se certific que
dicha laguna desembocaba en el ro Paraguay.

Quiso el Padre adelantarse y pasar adelante, para lo cual mand  los
indios que buscando un grueso leo fabricasen de l una canoa; y ellos,
no muy lejos de all, hallaron un rbol bien  propsito para el caso,
el cual, dispuesto en forma de canoa y echado al agua, apenas los
Chiquitos que entraron dentro haban aprestado los remos para vogar,
cuando se volc y aquellos pobres cayeron al agua, de donde con gran
trabajo salieron diciendo: Esto no es para nosotros.

Estando, pues, por aquel lado muy alterada la laguna por el viento que
soplaba, les orden el P. Fernndez pasasen la canoa  la otra ensenada;
mas sondando los indios el fondo del agua no se quisieron arriesgar 
ponerse otra vez en peligro; pidiles el Padre que  lo menos le pasasen
 la otra banda, lo cual tambin rehusaron por ser manifiesto el peligro
de que la impetuosa corriente del agua volcase la canoa y l se hundiese
sin poder ser socorrido: pareca azar y siniestro accidente que no
sufriesen el efecto pretendido tantas diligencias y trabajos sufridos
por descubrir el puerto tan deseado del Paraguay; pero no fu sino
providencia singularsima del Altsimo, que no menos cuidaba de su
gloria que de la vida de sus siervos, porque si nuestros Misioneros de
las Reducciones de los Chiquitos bajaban  la de los Guarans, caan en
manos de los Payagus, que haban jurado vengar la muerte de sus
paisanos con la muerte y estrago de cualquier espaol que encontrasen,
como poco despus lo escribi el P. Provincial, ordenando que ninguno de
los nuestros bajase por all  los Guarans, y que si alguno estuviese
ya en camino, diese la vuelta luego  los Chiquitos.

La causa del rompimiento fu que cuando aquellos cinco Misioneros de
quien poco antes habl, llevaron consigo  la ciudad de la Asuncin los
ms nobles de aquella nacin, no fueron stos recibidos de la ciudad con
buena cara, temiendo que venan  reconocer la tierra y darles de
improviso un asalto y saquearla; con todo eso, por respeto de los
nuestros, los trat cortesmente el Gobernador, y acariciados con mil
regalos y presentes se volvieron  sus tierras.

Poco despus, no s con qu motivo, discurran por el ro algunos
espaoles, y encontrndose con una escuadra de aquellos brbaros les
dieron una carga cerrada de mosquete, y con la muerte de algunos
pusieron  los dems en fuga.

Con esto se rompi la paz, y jams los Payagus se fiarn de los
nuestros, y mucho menos de los espaoles; antes bien, estarn siempre
alerta para vengarse de la injuria recibida, como lo han ejecutado con
harto dao de toda aquella gobernacin del Paraguay.




CAPTULO IX

Mdanse  otro paraje las Reducciones; pasa el Padre
Superior  Tarija y desastres de los nefitos.


Por haberse ocupado el P. Superior en la empresa que acabo de referir,
no se haba puesta en ejecucin el orden del P. Visitador de estas
Reducciones, Jos Pablo de Castaeda de que se buscase sitio mejor y ms
sano para fabricar de nuevo las Reducciones; por lo cual quiso al
presente ponerlo por obra,  que no poco ayudaron las enfermedades y el
contagio.

Considerado pues, el sitio ms conforme  la salud de aquellos pueblos,
y para reducir  la fe las naciones confinantes, determin con mucho
gusto de los nefitos, que la Reduccin de San Rafael se trasladase y
plantase sobre un monte poco distante de su primera fundacin, donde se
halla al presente, con gran provecho de los infieles que all van 
vivir y tomar casa.

La Reduccin de San Juan Bautista se mud al Zapoco, riachuelo de poca
agua, pero cmodo,  que tambin se juntaron otros infieles.

En la Reduccin de San Joseph, por no cuadrales  los indios el sitio
que se escogi para mudarla, se tuvo por mejor trasladarla  Santa Cruz
la Vieja, en cuya eleccin, cuan bien adivinasen los nefitos, se
descubre por el estado prspero en que siempre se ha mantenido, y por
ser escala  las naciones infieles del Chaco.

No ha dejado, empero, el demonio de hacer de las suyas, para arrancarla
de aqu viendo cunto dao se le ha seguido  su partido; pero
descubiertas sus trazas y maraas, se redujeron todas  humo.

La otra de San Francisco Xavier se pas trece leguas ms adelante hacia
el Septentrin y siempre ha ido en aumento, de suerte que ha sido
necesario dividirla en otras Reducciones.

Escogido, pues, el lugar para la nueva fundacin, orden el P. Superior
no se emprendiese la fbrica, sin haber hecho primero la sementera y
tener con qu vivir: mas el pueblo no quiso esperar tanto, por ver
siempre  sus ojos la muerte en aquel clima inficcionado mucho tiempo
antes de la peste; por lo cual se vieron los Padres precisados  seguir
los indios, y el P. Superior, pasando  San Joseph, hall solos  los
Misioneros, que con su ajuar estaban ya de partida para seguir  los
nefitos.

De aqu se condujo  la villa de Tarija  tratar los negocios de aquella
cristiandad con el nuevo Provincial P. Blas de Silva, que desde el da
16 de Septiembre de 1706 gobernaba esta provincia, llevando consigo los
Guarayos prcticos del Paraguay.

Llegado, pues,  la dicha villa, refiri las noticias ms seguras del
puerto que haba en el ro Paraguay y destin aquellos indios para que
se despachasen  los Guarans,  fin de que guiasen con seguridad otros
Misioneros  los Chiquitos.

De todo esto hizo poco caso el P. Provincial, diciendo seran estos
indicios como los pasados, de que no se deba tener cuenta ni arriesgar
 otros Apostlicos operarios que trabajaban en otras partes con igual
gloria de Dios y provecho de las almas. Que fuesen los Misioneros de los
Chiquitos los primeros que rompiesen el camino, que por una contingencia
no quera,  tanta costa, exponer otros sujetos en aquella trabajosa
empresa. A que no pudiendo replicar el P. Fernndez, esper mejor tiempo
para lograr sus deseos: y por estar ya  los fines de Diciembre y
cerrados los caminos con las lluvias, se qued en Tarija, confirmado en
el gobierno de aquellas Misiones; y el ao siguiente de 1707 volvi 
ellas con otros dos operarios, el P. Pablo Restivo, siciliano, Misionero
antiguo de los Guarans, y el P. Juan Bautista de Zea con el oficio de
Visitador, en nombre del Provincial, el cual pensaba abrir nuevo camino,
porque haba recibido orden el P. Felipe Surez que desde el pueblo de
San Joseph, allanase el camino, costeando el ro San Miguel, porque se
ahorraban muchas jornadas de viaje y se libraban de los vados peligrosos
del ro Guapay y por aqu haban ido antiguamente los Chiriguans  caza
de indios Penoqus, aunque les sali mal esta invasin, porque cogidos
de los Penoqus en una emboscada, los pasaron  todos un palo por las
entraas, y as traspasados los levantaron en el aire y los pusieron 
los lados del camino para muestra de lo que haran con otros si se
moviesen  cosa semejante.

El P. Surez, por el mes de Mayo puso por obra la voluntad del P. Zea,
aunque no pudo llegar hasta las Rancheras de los Chiriguans por no
tener con qu sustentar  buen nmero de indios Chiquitos, que allanaban
el camino. Con todo eso, teniendo  la vista aquella punta de montes que
habitan los Chiriguans, se avanz con dos indios para ver si descubra
alguna Ranchera.

A pocos pasos vi que vena hacia s uno de los Chiriguans, que
despavorido  la vista del P. Felipe, como de enemigos, meti las
espuelas al caballo, y llegando  toda carrera  su Ranchera di aviso
que venan Mamalucos, con que se previno para la defensa y puso en armas
todo el contorno. Por lo cual, no teniendo el Padre quien le guiase y
vindose abandonado de sus cristianos, di la vuelta  San Joseph, y
aunque no pudo noticiar de lo sucedido al P. Fernndez, lo supo ste en
el valle de las Salinas por aquella voz que se divulg, de la cual
conjetur haba sido lo que haba intentado el P. Felipe.

A fines de Septiembre se parti el P. Fernndez  los Chiquitos, y
llegando  las tierras de los Chiriguans, llamadas Palmares, tuvo
noticias ms ciertas del camino que haban abierto los Chiquitos. Por lo
cual resolvi el P. Visitador Juan Bautista de Zea, dejado el camino
antiguo, tirar al Oriente hacia el ro Parapit  una Ranchera de
Chiriguans, llamada Charagu, por donde pasa aquel ro; aqu trat con
dos caciques para que le guiasen hasta donde haba llegado el P. Surez,
ofrecindose stos al punto, anticipndoles los nuestros una buena paga;
pero el da antes de la partida, estando bien tomados de la chicha, que
es su vino, descubrieron cuanto maquinaban en su corazn, y era la
causa de todo que sus parientes haban montado en clera porque
enseaban  los Padres aquel camino por donde en adelante vendran 
robarlos y hacerlos esclavos los Mamalucos, dicindoles era mejor
matarlos  macanazos,  si no  lo menos conducirlos  donde los tigres
hiciesen estrago en ellos; los caciques, empero, queran mantener la
palabra sin moverles nada estas razones que alegaban, ms por deseo de
la ganancia que sacaban, que por certidumbre que tuviesen de los
peligros que les podran suceder. Por lo cual el da siguiente se
aprestaron puntualmente para ir sirviendo  los Padres y los acompaaron
hasta el Parapit.

Pocas millas faltaban para llegar al lugar donde el P. Surez haba
vuelto atrs, cuando los dos caciques se dejaron salir de la boca estas
palabras: Gran lstima tenemos de vosotros, porque os han de robar y
matar los Tuqus que discurren por este camino. Tuqus llaman  los
pueblos que no son de su nacin.

El P. Visitador haca que no los entenda y quera pasar adelante, pero
aconsejndose con sus compaeros, sospech maquinaban alguna traicin
los Chiriguans, y que con el pretesto de los Tuqus, queran encubrir
sus tramas; pues fuera de ellos no haba otros en el pas que haban
registrado bien los Chiquitos, por lo cual, so color de que las
caballeras se haban cansado y que no podran andar lo que les faltaba
de camino, se dieron prisa  volver atrs para escapar de las uas de
aquellos brbaros, que por slo robarles las pobres cosillas que
llevaban consigo, les queran hacer traicin. Y no se engaaron, pues se
encontraron con muchas cuadrillas de aquellos brbaros que, preguntados
 dnde iban, respondieron que  pescar en el Parapit; pero se les
escaparon de las manos estos peces que iban  buscar.

No se perdi del todo tan largo viaje, ni las fatigas y trabajos que
padecieron estos fervorosos operarios, disponindolos Dios para que las
almas de dos nios consiguiesen la feliz suerte de su predestinacin.

Estaban stos en el Charagu ya para expirar, cuando fueron llamados los
nuestros para que les aplicasen algn remedio corporal; pero viendo
ellos perdida la esperanza de la vida temporal, les procuraron el
remedio del alma con el santo bautismo, y apenas le recibieron, cuando
fueron  gozar de aquella bienaventuranza que, ciegos sus padres, tanto
aborrecan. Lo cual llen tanto de jbilo  aquellos varones
apostlicos, que por ello slo les parecieron bien empleados tantos
sudores y fatigas.

A causa de estos embarazos no pudieron llegar  los Chiquitos hasta
mediado Diciembre, con que les fu preciso hacer alto en la Reduccin de
San Francisco Xavier por las lluvias que ya inundaban el pas.

Poca gente hall el P. Visitador Zea en las Reducciones, porque apenas
los indios haban levantado sus casas, y recogido algunas mieses para su
manutencin, cuando se partieron al punto  reconocer el pas y sus
confines y espiar las Rancheras de los infieles, porque ya que haba
sido costumbre antigua suya hacer guerra  los confinantas y tomarlos
por esclavos, se valieron de eso los nuestros para dilatar la gloria de
Dios y en provecho de aquellos infieles que vivan en las tinieblas de
la muerte y de la infidelidad; persuadironles, pues, que fuesen por las
Rancheras de los circunvecinos, pero sin causarles el menor dao ni en
las vidas ni en la haciendas; antes bien, que con afabilidad y con otros
buenos modos, les diesen noticias de Dios y de las cosas del cielo,
ensendoles el fin para que haban sido criados y vivan en el mundo,
la necesidad de abrazar la ley de Cristo para ser eternamente felices,
y que procurasen ganarse el afecto de alguno de ellos, para que
sirviese de gua  intprete  los Misioneros.

Los buenos cristianos empezaron  ejercitar tan puntualmente la leccin
que se les di, que por no traspasarla an levemente, se dejaban hacer
pedazos de los brbaros, por lo cual fu necesario explicarles lo que
podan hacer si fuesen acometidos para que no sucediese en adelante lo
que sucedi  unos indios de la Reduccin de San Joseph, que yendo en
busca de las Salinas dieron en una Ranchera de infieles; entraron en
ella sin armas, desplegado slo el estandarte con la imagen de Nuestra
Seora, y con palabras suaves y corteses procuraron domesticar la
fiereza de los moradores; pero stos, mirndolos con malos ojos, dieron
sobre ellos como tigres  hicieron en ellos tan cruel estrago, que slo
un indio con dos muchachos pudo escapar con vida.

Otro tanto, si no ya peor, porque fueron ms en nmero, sucedi  los de
San Juan Bautista. Internronse stos en pas enemigo, ochenta y ms
leguas  una tierra de infieles cercada alrededor de profundos fosos de
agua, junto  los cuales tenan fabricadas sus casas; entraron dentro
los nuestros y dos solos de sus moradores, porque los dems estaban
trabajando en el campo, salieron fuera  hacerles frente y 
amenazarles con sus flechas.

Viendo uno de stos que los cristianos no desistan de avanzarse, hiri
con una saeta al que llevaba la imagen de Nuestra Seora,  quien ellos
no hicieron otro dao que quitarle las armas (cosa maravillosa digna de
tenerse por milagro aun en los aprovechados en el espritu, no ya en
brbaros, en cuyos corazones reina ms la venganza que en el cuerpo el
alma); pero las mujeres, empuando las armas, fueron  los sembrados 
avisar  los hombres, los cuales, dejada la labor, volvieron al punto
con nimo de hacer en ellos una gran carnicera; pero viendo el nmero,
y habiendo con dao propio probado otras veces el coraje y aliento de
los Chiquitos, se detuvieron y previnieron la mesa en qu repararse de
la hambre, hablando ms por seas que con palabras por ser de diferentes
lenguas.

Poco despus vino el cacique, que al punto hizo retirar  los suyos y
orden que recogiesen las armas que los nuestros, en seal de paz,
haban puesto en el suelo.

Llevaban esto de mala gana los Chiquitos; pero su Capitn, fervorossimo
en la fe, cuando antes de convertirse pareca una fiera, mand que se
las dejasen coger, queriendo con tal bondad y mansedumbre ganarles el
afecto y la voluntad, y sus almas para Cristo. Pero aprovech poco,
porque luego que los vieron desarmados cargaron los brbaros sobre ellos
y hubieran hecho en ellos un grande estrago, hasta no dejar ninguno
vivo, si no se hubieran entrado algunos pocos dentro de los fosos;
quedaron muchos heridos, y por muchos meses llevaban en el cuerpo las
seales del fervor y deseo que fomentaban en sus pechos de verter la
sangre por Cristo.

Fu uno de ellos herido en el vientre, y la punta de la flecha le da
las entraas; el cual con gran trabajo le condujeron  casa en brazos
ajenos, y postrado en la cama por mucho tiempo, hasta que no le qued
ms que la piel sobre los huesos, perdida la esperanza de sanar trat un
Misionero de disponerle para morir, dicindole que perdonase  sus
enemigos y se tuviese por dichoso en dar su vida por llevar  otros la
luz del Evangelio, que imitase  su buen Redentor que por sus enemigos
pidi perdn  su Eterno Padre, amndoles con amor infinito, en
recompensa de las injurias recibidas.

El buen indio lo oy con gusto, y con lgrimas de tierno afecto, los
perdon y ofreci  Dios su vida por la salvacin de aqullos que le
haban tan gravemente ofendido, y as le administr los Sacramentos y
esperaba por instantes su feliz trnsito  mejor vida.

El da siguiente pregunt al enfermero en qu estado se hallaba el
enfermo,  que respondi que estaba fuera de peligro, y que aquel Seor
que haba recibido le haba quitado todo el mal.

No acababa el Padre de creerlo; pero hallando que era verdad, pregunt
al indio, ya sano, qu le haba sucedido. A que l satisfizo, diciendo:
El Seor, que t ayer me diste, me ha librado y esta noche arroj fuera
todo el mal.

Valindose de este caso, exhort el Misionero  aquellos nuevos
cristianos  perseverar en el bien comenzado y  amar  Dios, que con
tal milagro manifestaba cunto le agradaban sus fervores.

Empero, no falt quien tomase venganza de aquella crueldad, porque los
Piocas andando tambin ellos en busca de almas, se encontraron acaso
con ellos, y reconocindolos por los rosarios y cruces que llevaban
colgadas al cuello, despojos de los muertos (estos son los atavos y
adornos que tanto aprecian aquellos cristianos); aun con todo eso no los
hubieran atacado, si el remordimiento de la conciencia no hubiese
atizado  los infieles; los cuales, mientras se ponan en armas,
recibieron de los Piocas tal carga, que muchos de ellos cayeron muertos
en tierra y entre ellos el cacique, autor de la traicin.

Mejor fortuna corrieron otros indios de la misma Reduccin de San Juan
Bautista, que entrados en una Ranchera de Puraxs, lograron reducir 
la Santa fe cincuenta familias, y con ellos, alegres y contentos, dieron
la vuelta  su Ranchera.

Siendo informado el P. Visitador del estrao encuentro de los de la
Reduccin de San Joseph, orden que cien indios del mismo pueblo,
pertrechados de armas, volviesen, no para castigar la crueldad de
aquellos malvados, sino para traer los huesos de los muertos para darles
honrosa sepultura y que con buenos modos, aunque siempre con las armas
en la mano, les certificasen sinceramente del fin porque iban  su
pueblo y del amor que, aun despus de cometida aquella brbara
atrocidad, les tenan.

Partieron al punto; y aunque  costa de grandes trabajos por la falta de
agua, de suerte que no tenan para refrigerar la sed sino un poco de
roco que recogan en los cardos silvestres al fin llegaron al lugar de
la matanza, donde slo hallaron los cuerpos de sus hermanos, pero no 
los matadores,  quienes oblig el temor del castigo  retirarse  donde
tan fcilmente no pudiesen ser hallados.

Queran los cristianos ir en su seguimiento, pero no siendo prcticos en
los caminos defirieron esta empresa para tiempo ms oportuno y cargando
en sus hombros los cadveres, dieron la vuelta  su Reduccin, donde
tuvieron no poca materia de alegra en los dos pueblos que vieron se
fundaban de nuevo; el uno con el ttulo de San Ignacio de los Bocas, y
el otro de la Concepcin, donde se juntaron los pueblos de lenguas muy
diferentes, que en sus correras hacia el Medioda haba descubierto el
V. P. Lucas Caballero.

Seal por Superior de la primera al P. Joseph de la Mata, y l se fu
por su compaero, con raro ejemplo y edificacin de todos en usar del
oficio para escoger el cultivo del campo ms duro y sembrado de espinas
y de cruces (de que dar abajo pruebas mayores). Mas este su celo le
hubo de costar presto la vida, porque siendo como era Misionero
verdaderamente Apostlico, incapaz de reposo y descanso, apenas lleg 
la nueva Reduccin cuando al punto quiso ganar para Cristo  los Aurops
y Tabacis, siendo preciso para conseguirlo pasar profundos pantanos y
lagunas, caminando muchas veces baado, as del agua que caa del cielo
como del mucho sudor en que se resolva para vencer no pocos ni ligeros
embarazos. De aqu se le origin un humor maligno, que corriendo por el
cuerpo, le ocup todo en breve con una monstruosa hinchazn, en que
peligraba ya la vida,  no haberle acudido el P. Mata con algunos
remedios, que no tanto por su actividad cuanto por voluntad de Dios, le
repararon algn tanto; y para que se restituyese del todo  su antigua
salud, fu preciso mudase de aires, pasando  San Rafael, donde tuvo
dilatado campo para ejercitar su celo, saliendo  caza de bestias
racionales (que as se pueden llamar aquellos brbaros) las cuales
domesticadas redujo al redil de la Iglesia.

Pareca que iba  competencia con el V. Padre Caballero en ganar almas
para Dios y para s mismo muchos mritos; y es obligacin ma dar aqu
por extenso noticias de las heroicas virtudes de entrambos: de las del
primero tendr abajo ocasin oportuna; de las del V. P. Lucas la dar en
los captulos siguientes, concluyendo la narracin con el felicsimo
martirio que padeci el ao de 1711.




CAPTULO X

Nacimiento, entrada en la Compaa y primeros
fervores del venerable P. Lucas Caballero.


Naci el venerable P. Lucas en Villamear, lugar de Castilla la Vieja.
Sus padres eran de lo principal de l y acomodados en bienes de fortuna.
Pas los primeros aos de su niez en casa de un to suyo, sacerdote de
ejemplarsimas costumbres, y en quien aprendi una gran madurez de
juicio y gravedad en las acciones, de suerte que en la niez nada tena
pueril ni mostraba ternura, sino en la piedad, ni gusto sino en los
ejercicios de devocin, y en todo mostraba una virginal modestia, tan
delicada, que se ofenda de ver  de oir accin  palabra menos
recatada.

Habiendo pasado aquel santo sacerdote  mejor vida, pas  vivir  casa
de otro to suyo, tambin sacerdote, pero de diferentes costumbres y
proceder; no obstante eso, el devoto nio fortalecido con la gracia del
Espritu Santo no empa con el menor defecto el candor de su inocencia,
aunque para conservarla pura hubo tal vez de desatender la autoridad de
su to que era de rotas costumbres, mantenindose modesto, retirado y
atendiendo slo  las cosas de su alma y al servicio de Dios.

Aprendi los primeros rudimentos de la Gramtica en nuestro Colegio de
San Ambrosio en Valladolid, donde con el trato de los nuestros se
aficion  la Compaa y pidi con instancias ser admitido en ella; y
hechos los exmenes y pruebas acostumbradas, pas al noviciado de
Villagarca, grande y religioso Seminario de Varones Apostlicos en
ambos mundos. Aqu llen las esperanzas que de l se tenan con el
fervor de espritu y con la inocencia de la vida, teniendo todo su gusto
en Dios.

Tuvo por este tiempo noticias de la llegada  Espaa de los PP.
Cristbal de Grijalva y Toms Domidas, procuradores de esta provincia,
que venan por operarios evanglicos para cultivar y mantener esta
dilatada via del Seor.

Encendise luego en deseos fervorosos de ser uno de los sealados para
pasar  Indias,  cuyo fin hizo  Dios Nuestro Seor repetidas splicas
para que se dignase su Divina Majestad de escogerle para propagar su
gloria y llevar la luz de la fe  los que viven en las sombras de la
gentilidad, ofrecindose con voluntad pronta  los trabajos y  los
peligros de la vida hasta derramar su sangre por la fe.

Agradaron al cielo estas ofertas como lo dieron  entender los efectos;
porque tenindole los Superiores como hbil para grandes empresas en el
servicio de Dios, ciertos de lo slido de sus virtudes le concedieron
licencia, y poco despus, en compaa de otros setenta Misioneros, se
di en Cdiz  la vela, y despus de una trabajosa navegacin en que
murieron ocho de los nuestros, arrib  Buenos Aires, primer puerto de
esta provincia, y de all pas  Crdoba de Tucumn, donde con crdito
de ingenioso concluy sus estudios.

No quiero omitir lo que l por humildad, y para enseanza nuestra,
refiri  un confidente suyo, y fu que vindose en la filosofa
superior  los otros condiscpulos en las funciones domsticas, se dej
llevar de alguna vana complacencia de s mismo y se descuid en rezar la
oracin del anglico doctor, que acostumbraba antes de estudiar, pero de
aqu se le origin oscurecrsele algn tanto el entendimiento, y le fu
necesario despus sudar y trabajar mucha para entender las materias
teolgicas.

Acabados sus estudios y recibidas las sagradas rdenes, emple su celo
en las Misiones de la jurisdiccin de la ciudad de Crdoba con igual
gloria de Dios y aprovechamiento de las almas, as de los indios como de
los espaoles, que por su pobreza viven en aquellos desiertos y tierras,
sin otra doctrina ni instruccin en la ley de Dios que la que les dan
los nuestros cuando van  sus estancias y ranchos, siendo para ellos
ste su da de Pascua y el de mayor devocin de todo el ao; con lo cual
recogi abundante cosecha de almas y de trabajos; aqullas para Cristo y
stos para s, por ser esta misin de las ms difciles y trabajosas que
tenemos.

De aqu pas  la conversin de los indios Pampas que confinan con este
obispado, la cual empresa procur seguir con todo empeo porque le
traspasaba el corazn la prdida de tantas almas metidas en las
tinieblas de la gentilidad, viviendo, como viven, tan cercanas  los
resplandores del Evangelio.

No es fcil referir cunto sud y trabaj para reducir  estos infieles,
pero todo en vano, porque rehusaron obstinadamente recibir el santo
bautismo y reducirse  vida poltica, con que se vi precisado 
abandonarlos totalmente por no perder  un tiempo la vida y los deseos
que ardan en su pecho de campo ms dilatado y espacioso donde fuese
ms cierta la cosecha, como menos resistencia del terreno para recibir
la semilla del Evangelio.

A este tiempo se trataba con ms calor de emprender la misin y
reduccin de los Chiriguans y Chiquitos, por lo cual el Padre pidi y
obtuvo el ser sealado por uno de los primeros  quien tocase la suerte
de reducir aquellos pueblos gentiles al conocimiento de su Criador.

Pusironle  cuidar de la Reduccin de Nuestra Seora del Guapay, donde
estuvo dos aos, logrando ms frutos de paciencia, hambre, sed, befas y
escarnios de los infieles que almas para Cristo, por ser los Chiriguans
gente brbara, sobremanera obstinada,  quien ni amedrentan los castigos
ni los beneficios domestican, pues habiendo usado Dios Nuestro Seor con
ellos de ambos medios, ya procurando atraerlos con milagros y con el
fervor de varones apostlicos, ya asombrndoles con tempestades furiosas
y rayos del cielo, y con la caresta y pestilencia de la tierra,
perseveran protervos en su obstinacin.

Acostumbrados, pues, estos brbaros  sacudir el suave yugo del
Evangelio por estar ya enfadados del celo del V. P. Lucas y sus
compaeros, fingiendo que slo haban venido  sus tierras para
juntarlos y entregarlos  los Mamalucos del Brasil, los echaron del pas
y destruyeron la iglesia que haban fabricado, por cuya causa se retir
 los Chiquitos, en el pueblo de San Francisco Xavier, donde hallando el
terreno ms dispuesto al cultivo de la fe, asista  aquellos nuevos
fieles con increble celo y amor; y  la verdad, era bien necesario su
espritu y fervor para acudir y socorrer las necesidades de aquella
iglesia, afligida no menos de la peste que de la caresta de todo lo
necesario, no dando treguas ni de da ni de noche  las fatigas y
trabajos que le redujeron con una grave enfermedad al ltimo trance de
la vida, con extremo dolor de sus compaeros que le veneraban como 
santo, y de los nefitos, que le amaban como  Padre.

Mas en esta afliccin quiso Dios consolar  todos, dndole en breve
tiempo entera salud para que regase con su sangre aquella nueva via del
Seor (condicin al parecer precisa para que la fe arraigue con
permanencia en los campos donde se planta) que en adelante haba de
rendir copiosos frutos.

De esta Reduccin sala frecuentemente el P. Lucas  discurrir por las
tierras circunvecinas y andaba  caza de almas por los montes y bosques,
y confiando slo en la Providencia Divina no cuidaba de s mismo ni de
su salud, sucedindole las ms de las veces no tener otra cosa de qu
alimentarse sino con races  frutas silvestres.

Los trabajos y fatigas, juntas con ardientsimas fiebres, lo postraban
en el suelo, sin tener ms mdico que la Providencia Divina, ni ms
remedio que la conformidad con Dios, no hallando ni aun una choza en qu
recobrarse en tales lances, expuesto  las injurias del tiempo; pero
entonces Dios le llenaba de consuelos el alma, dndole tal vigor  su
espritu que redundaba en el cuerpo, de tal manera que ya ni senta la
enfermedad ni le rendan las fatigas; antes, emprenda los viajes ms
incmodos y los mayores peligros para traer almas al rebao de Cristo.

No son estas solamente expresiones mas, sino testimonio de un Superior
suyo, quien dice que despus de tantos malos tratamientos de su vida, no
le pagaba con otra cosa que con reprensiones,  fin de que pusiese freno
 sus fervores que, mirados con los ojos materiales, excedan y pasaban
los trminos de la prudencia; pero siendo l gobernado de espritu
superior  toda prudencia humana, sin poder contener su celo corra
siempre ms  donde la cosecha de las almas y de trabajos era mayor.

Lleg una vez  una Ranchera de infieles con el semblante tan
desfigurado, tan falto de fuerzas y pobre de vestido, que por burla
preguntaron aquellos infieles  sus compaeros si era el Padre algn
esclavo fugitivo de los espaoles  quien hubiesen tan malparado 
golpes y azotes. No obstante, les predic el santo varn la fe de Cristo
con tanto fervor y espritu, que si l no pudo luego reducirlos,
viniendo poco despus otro Misionero sac de ellos fruto muy copioso.

Y aunque el apostlico Padre se haca tan cruda guerra  s mismo,
siempre le pareca todo poco por el ansia de padecer siempre ms y ms.
Oasele muchas veces desahogar su corazn en deseos de ms cruces y
trabajos y quejarse amorosamente al Seor porque andaba S. M. tan escaso
con l en darle aquellos trabajos y martirios que con tanta liberalidad
reparta  otros, porque an no entenda que Dios le difera el
cumplimiento de sus deseos para que creciesen los mritos y adelantase
la gloria de su Criador, sufriendo otras muchas cruces que le tena
preparadas por llevar su nombre  otros pueblos y naciones.

En el ao de 1704 sali en busca de los Puraxs que se haban retirado 
una espesa selva para defenderse de los asaltos de algunos europeos que
sin temor  las leyes, sobre el seguro de estar lejos de la vista de
quien pudiese castigar sus excesos, se tomaban la licencia de hacer
esclavos  los paisanos y venderlos  su gusto como tales; y llegando 
donde uno de estos estaba alojado junto  aquellos pueblos, le recibi
con mal semblante y peores palabras, diciendo al V. P. que aquel no era
tiempo de hacer misiones, y as que se volviese y metiese en su
Reduccin, porque si no lo haca por bien, le obligara, mal de su
grado,  que lo hiciese.

Eran buenas estas palabras para espantar cobardes nimos, no para
entibiar el celo ardiente de un apstol; y as, respondindole el Padre
afable y cortesmente, prosigui su viaje, mas no hall indio alguno en
sus Rancheras, porque todos andaban hudos por los montes y selvas y
slo se dejaba ver tal cual, que desde las copas de los rboles
exploraba los pasos de los espaoles.

Esto le oblig  que trepase por los rboles para poder llegar  sus
albergues y cavernas, donde los recogi y predic la fe y administr 
los nios el santo bautismo; y porque con la falta de lluvias se les
perdan irreparablemente los sembrados, se ech  sus pis aquella pobre
gente y ms con lgrimas que con palabras, le pidieron que si tanto
podan con el Dios que predicaba sus splicas, les alcanzase nuevo
remedio en aquella necesidad.

Enternecise el buen Padre de sus lgrimas, y hacindoles poner  todos
de rodillas delante de una cruz y levantadas las manos al cielo, les
mand pidiesen agua  la fuente de todos los bienes, que es Dios.

No se hizo Dios sordo  las splicas de aquellos nuevos fieles y as les
concedi su peticin con lluvia copiossima. Rabiaba de pesar el demonio
al ver que se le escapa de sus garras esta gente de quien hasta entonces
haba estado en pacfica posesin y movi una tempestad terrible contra
l.

Sali uno de aquellos europeos, de quien poco ha hice mencin, hombre
perdido y cruel y encendido en clera por ver ms que nunca perdidos
ahora sus intereses, maquin con el fomento de otros parciales, hacer de
un golpe dos tiros, que fueron recoger gran nmero de esclavos y
malquistar al P. Lucas con aquellos pueblos, de suerte que jams osase
ponerse delante de ellos.

Con este designio pas los Puraxs, y les dijo que no creyesen  aquel
Padre, porque era un Mamaluco disfrazado en traje de jesuita; y para que
viesen que deca verdad,  la vuelta (haba pasado el V. Padre 
reducir la nacin de Tapacurs) le hara prender, y cargado de prisiones
le remitira  Santa Cruz de la Sierra.

No di la gente  sus palabras todo el crdito que deseaba; pero no
obstante, combatidos sus nimos de dos diversos afectos, de temor de que
en la realidad fuese Mamaluco y del amor que le tenan, estaban tristes
y melanclicos.

Luego que el santo varn supo este enredo, les descubri los fraudes del
enemigo y procur aquietarlos con buenas razones.

Poco despus di la vuelta con su gente aquel malvado, y afrentando al
Padre con palabras llenas de oprobios, falt poco para poner en l las
manos. Por ltimo, le intim en nombre de S. M. Catlica (que en tales
empresas fingen estos malvados la autoridad real para abusar de ella
cuando les est  cuento  se atraviesan sus intereses) que se retirase
luego de aquel pas y fuese  dar razn al gobierno de Santa Cruz.

Este tan pesado lance no descompuso ni alter en el P. Lucas aquella
serenidad de nimo que siempre mostraba en el semblante, sino atento
solamente  reparar el dao que de aqu se poda seguir, le respondi
con aquella intrpida y santa libertad que le daba el espritu de Dios;
que saba bien se enderezaban todos sus designios, no  otro fin, sino 
hacerle aborrecido de aquella gente para que en adelante jams le
admitiesen en aquellas tierras ni le diesen odos. Que qu dira el
pueblo de Santa Cruz al ver llevar preso  un pobre religioso porque
predicaba la fe. Que no se fiase de su poder, pues Dios Nuestro Seor y
la Majestad Catlica del Rey, no tenan lejos las armas, aun de aquellos
desiertos remotos, para hacerle pagar un atentado tan temerario 
injusto; y por fin, que no esperase contrastar con sus embustes la
piedad y celo de aquella piadosa ciudad y sus regidores. Replicle el
hombre perdido con furia que obedeciese. Mas el P. Lucas, no haciendo
caso alguno de lo que le pudiese suceder por los enredos y calumnias de
aquel hombre descarado, determin quedarse para deshacer la mquina
fabricada para dao y ruina de aquella nueva cristiandad.

A este tiempo le trajeron los Paraxs un indio Manacica, que hecho
esclavo de aquel hombre, haba tenido maa para huirse de l, y puesto
en libertad se acompa con los nefitos.

Entenda este Manacica alguna cosa del idioma de los Chiquitos, era de
buen entendimiento, cuanto cabe en un brbaro; observaba con atencin
las ceremonias sagradas, la forma de bautizar, el ponerse de rodillas
delante de la santa cruz, el levantar las manos al cielo, las preces
sagradas que muchas veces al da entonaba el santo varn en voz alta; y
parecindole todo conforme  su genio y  la razn, procuraba hacer lo
mismo.

Advertido esto muchas veces por el P. Lucas, y coligiendo lo que sera
toda la nacin, por lo que vea en aquel slo, determin emprender su
conversin.




CAPTULO XI

Pasa el venerable P. Lucas  los Manacicas, quieren
matarle los indios Sibacs y el cielo toma por l venganza.


Alegres los indios de que aquel europeo aterrado del nimo del
apostlico Padre hubiese desamparado el pas sin hacer presa en ellos,
como les haba amenazado, penetraron  lo ms enmaraado del bosque, y
Zuriquios, cacique de aquella Ranchera, le pidi que fuese  los
Arupors, que ellos le acompaaran: los hablaremos, dijo el cacique, y
los entretendremos para que no se pierdan y anden descarnados por temor
de los enemigos, y todos nosotros los Puraxs y Tubacs nos juntaremos
con ellos para hacer un pueblo en que t nos puedas doctrinar y dar el
santo bautismo; porque de otra suerte nos esparciremos por estos bosques
de tal manera, que ni t ni otros nos puedan jams encontrar.

El santo Padre que no deseaba otra cosa, se puso al punto en camino, y
llegando all en pocos das, hall la gente tan bien dispuesta  recibir
la fe de Cristo, que de una vez bautiz ochenta  ms nios. No quiso
por entonces bautizar  los adultos, porque la experiencia le haba
enseado  usar con ellos de lentitud.

De aqu pas  otra Ranchera, donde falto de fuerzas, sin poder
sostener tantas fatigas y trabajos, desmay de pura flaqueza, y asaltado
de una fiebre ardientsima, se ech debajo de un rbol en un total
desamparo de todo humano consuelo, abandonado aun de los nefitos
Piocas, y persuadindose no le restaba mucho tiempo de vida, se iba
disponiendo para el ltimo trance.

Los indios del pas se dolan grandemente de que por haber los enemigos
asolado la tierra, no tenan con qu socorrerle y reparar su flaqueza;
pero hallando por gran ventura una gallina, se la ofrecieron, mas el
santo Padre rehus aquel alivio y quiso resueltamente se guisase para
dar de comer  un nefito que junto  l yaca enfermo.

En este estado se hallaba, cuando sinti en su corazn que era voluntad
de Dios se ofreciese  llevar en Santo Nombre  los Manacicas, que con
esta oferta se restituira  sus fuerzas. Al punto prometi, no slo
darle  conocer  nuevas gentes, sino derramar su sangre por el bien de
los prjimos, si fuese esta su voluntad santsima.

Agrad al cielo esta oferta y al momento se recobr el cuerpo de sus
antiguas fuerzas, y no habiendo podido los das antecedentes atravesar
bocado, pudo luego comer lo que la piedad de los brbaros le ofrecan;
lo cual, aunque mal guisado, fu bastante  recobrarle del todo.

Vino  darle el parabin de su perfecta mejora Pou, cacique del lugar,
con algunos de sus vasallos, y el ferventsimo P. Lucas, acordndose de
la promesa hecha  Dios, trat luego de la empresa, y con cuantas
razones le dict el amor de Dios y del prjimo, le exhort  que fuese
su compaero en aquella empresa.

Parecile al cacique que este negocio no tendra xito feliz, por ser
los Manacicas en valor terribles y en nmero muchsimos, y sobremanera
opuestos  los espaoles, pues por la matanza reciente que stos haban
hecho, tenan jurado de vengarse, no dejando con vida  cualquiera que
cayese en sus manos; que ir all era lo mismo que ir  buscar por s
mismo la muerte, y que encontrara en el viaje tantos peligros cuantos
seran las agudsimas puntas que ellos haban sembrado por todo el
camino, como l mismo lo haba experimentado el ao antecedente,
vindose precisado  dar la vuelta por no quedar estropeado.

Finalmente, el cacique que le miraba como  padre amoroso y le
reverenciaba como  Santo por la extremada piedad con que senta todos
sus males, le dijo por ltimo para apartarle de su santo propsito:

Padre, si te acometieran los Manacicas, con qu te defenders t
slo?

A lo cual el apostlico Padre, sacando del seno un Santo Cristo, le
respondi:

Mira (son palabras suyas), mira aqu el escudo con que reparar sus
furias; nada temo, porque Cristo me ordena que lleve all su santa ley;
no pueden ellos quitarme ni un cabello si l no quiere, y aun cuando yo
padeciese sta, que vosotros llamis desgracia, de ser muerto  sus
manos, ella sera mi suma felicidad; si vosotros tenis miedo, podis
quedaros antes de llegar  sus pueblos, que yo me ir slo; y si me
recibieren con buen semblante, volver  llamaros, y si no volviere, os
podis huir.

Animados de tan fervorosas palabras aquellos brbaros, respondieron
unnimes y conformes:

Eso no, no huiremos nosotros, y si te matan, por el amor que te
tenemos, vengaremos tu muerte aunque nos hagan pedazos.

Y sin ms tardanza, tocando al arma el cacique escogi una florida
escuadra de soldados y se los trajo  la presencia del Padre, en donde
cada uno con bro extraordinario prometi morir  su lado si los
Manacicas osasen hacerle algn ultraje.

Pero antes de ponerse en camino le pidi la gente les predicase la ley
que deban profesar, que bautizase  los nios y pidiese  Dios agua
porque sus sembrados se perdan por falta de lluvias.

Viendo el Padre Lucas que era justa su demanda y que sus corazones
estaban tan inclinados  lo bueno, hizo el da siguiente al romper del
alba enarbolar una grande cruz, aunque mal compuesta de dos leos toscos
atravesados y rodeado de muchos nios, mujeres y soldados hizo oracin
delante de ella, representando  Dios Nuestro Seor los mritos de la
muerte de su Hijo Jesucristo que le recordaba aquella cruz, pidindole
por ellos no se negase  su piedad paternal y  la grande necesidad de
aquellos miserables, envindoles una lluvia que no le costara ms que
una insinuacin de su voluntad para ganar aquellas almas por las cuales
su unignito Hijo haba derramado su sangre sobre la tierra.

Aunque tan fervorosa y eficazmente rogaba, no se movi Dios esta vez 
oir tan presto sus splicas como lo haba hecho en otras Rancheras,
para que con la dilacin del favor se arrepintiese el pueblo y arrojase
de su corazn el odio y la venganza; por tanto orden el Padre que  la
tarde se volviese  juntar el pueblo al pie de la misma cruz, y con
aquella energa que comunicaba  la lengua un corazn abrasado del amor
y celo, les declar como Dios es juez de nuestras acciones, buenas 
malas, y que las castiga en esta  en la otra vida, con penas  ellas
proporcionadas; djoles: Nuestro Seor Jesucristo est justamente airado
con vosotros, ni quiere oir vuestras splicas ni socorrer vuestras
miserias, porque habis sido causa de gravsimos daos que han padecido
los Tapacurs y Manacicas; y porque habis hecho guerras  vuestros
parientes los Aruporecas, no perdonando  incendios y prisiones y la
inhumana matanza de tanta gente, pide contra vosotros venganza al cielo.
Jesucristo manda en su ley que no se cause dao  ninguno, sea amigo 
enemigo, sino que se perdone de corazn  cualquiera que nos ofendiere.
Es verdad que eran vuestros enemigos y que haban maltratado vuestras
haciendas, pero de un leve dao, no habais de haber tomado
satisfaccin con tantas crueldades. Por tanto, mientras no os
arrepintireis de lo pasado  hiciereis cordial amistad con vuestros
enemigos, no proveer Dios vuestra necesidad.

No fu necesario ms para que todos aquellos indios se pusiesen  punto
de caminar; y Dios, atendiendo  las splicas de su siervo, apenas
haban caminado una milla cuando empez  cubrirse el aire de nubes y
cay una copiossima lluvia que con increble jbilo de la gente llen
los pozos y asegur las esperanzas de coger abundante cosecha.

Tardaron muchos das en llegar al ro Arubait,  como otros le llaman,
Zuquibuiqu. Aqu dieron algunas seales de temor los Puraxs, porque el
enemigo infernal, para desbaratar los disignios del Misionero, haba
persuadido  los Manacicas pusiesen escondidas en la tierra gran nmero
de puntas de madera dursima; y descubrindolas los Puraxs, le
suplicaron al Padre diese la vuelta, porque si no era evidente el riesgo
de quedar muchos heridos  inhbiles para caminar; y cayeron tanto de
nimo, que slo Dios pudo infundirles valor para pasar adelante.

Confieso (escribe el mismo Padre Lucas  su Provincial) que aunque es
grande el valor de los Puraxs, y es tambin grande el amor y
reverencia que me tienen, aunque infieles y recin conocidos, con todo
eso, slo el brazo de Dios Omnipotente pudo infundirles aliento y vigor
para proseguir,  fin de mostrar que por medio de instrumentos dbiles y
flacos, quera abrir el camino de la salud eterna  aquellos nuevos
pueblos y naciones. Y  dos palabras que dije se levant Pou, el cacique
y tras l sus vasallos; llegados  una empalizada pusieron  punto los
arcos y las flechas; de aqu paso  paso, en profundo silencio, por no
ser descubiertos antes de tiempo, avanzaron por fin.

Y aqu es donde confiesa el santo varn que representndosele tan
cercana la muerte, temi de suerte que se le erizaron los cabellos, por
ventura para que entendiese que toda su virtud era de Dios.

Confieso (prosigue hablando de s) que experiment un natural pavor
considerando que yo haba de ir delante de todos y romper el primero las
furias de los brbaros y teir de mi sangre las saetas envenenadas; pero
el deseo de ver  Cristo me alentaba en este trance  todo riesgo,
aunque con razn tema de m lo que por humildad deca el Apstol San
Francisco Xavier de s mismo que mis pecados seran mi ms fuerte
escudo que me defendiese de la muerte. Pero no me daba menos nimos y
esfuerzo mi paje Diego, nefito, que de slo mirarle me sacaba las
lgrimas de los ojos y del corazn mil afectos de agradecimiento  las
llegas del Redentor, que haba infundido en su pecho, poco antes
brbaro, tanto amor para con su Majestad y su Santa ley, porque
levantadas al cielo las manos, con un rostro de ngel, estaba ofreciendo
 Dios su vida para perderla en su servicio y sus sudores para plantar
la santa fe entre los infieles.

Pasaron adelante de la empalizada, y entrados en la Ranchera se
hallaron sin gente, no viendo por todas partes ms que incendios,
ruinas, cadveres y un desapiadado estrago de hombres.

Quisieron volver atrs los Puraxs, pero asegurados de un paisano, su
intrprete, llamado Iz, de que no lejos de all haba otras tierras, y
mucho ms animados del Padre que  pie los guiaba, pasaron adelante, y
descubierta de lejos otra Ranchera se pararon plidos los Puraxs,
temerosos de algn infeliz suceso, y el cacique de ellos, Pou, hizo
seas al Padre para que se adelantase.

Iba delante de todos el santo Misionero disponindose  morir con los
actos ms encendidos de caridad; y para que el mpetu de las flechas no
le quitase de las manos el Santo Cristo, se le at  ellas, y quedndose
atrs los compaeros slo le segua el intrprete, el cual,  pocos
pasos, con semblante compasivo, clav los ojos en el Padre avisndole
del riesgo en que se meta y del cual quizs no le podra librar.

Quedaba ya poco de da cuando entr con el intrprete en la Ranchera.
Apenas le vieron los paisanos cuando con gritos y voces descompasadas
mandaron  las mujeres y dems chusma que se huyesen, y ellos echaron
mano  las armas aguardndole con semblante feroz y con ojos que
despedan llamas.

El intrprete Iz levant la voz, diciendo no matasen  aquel hombre que
no era enemigo suyo.

Soy Misionero (aadi el P. Lucas) que vengo  predicar la santa ley de
Cristo.

No hicieron los Manacicas caso de cuanto se les deca, y sin otra
diligencia se pusieron todos  punto de pelea. A este tiempo se lleg al
santo Padre el cacique Pou, dicindole  voces:

Nos quieren matar  todos y nos van cercando para que ninguno escape
con vida.

El P. Lucas, sin turbarse nada, procuraba animarlos, y la naturaleza,
que poco antes, lejos de los peligros, haba sentido algn miedo, ahora
de nada temi.

Digo ingenuamente (escribe de s) que en el mayor riesgo depuse en un
punto todo temor y o interiormente una voz que me deca: No morirs
ahora; y aunque cubierto de un torbellino de flechas y rodeado de gente
que se me acercaba para hacerme pedazos, estaba en la plaza con el
Crucifijo en la mano, con tanta serenidad de nimo y de rostro como si
me hallase en una iglesia de cristianos.

Viendo Iz el trance tan peligroso en que estaban las cosas, se puso en
medio de sus paisanos, y pudo tanto con la eficacia de sus palabras, y
mucho ms con la gracia de Dios, que interiormente labraba en aquellos
corazones brbaros  inhumanos, que detuvo sus furias y apag todo el
odio; despus, aunque muy nuevo en la fe, habl tanto de Dios y predic
de su santa ley, que aquellos brbaros, as como estaban con las manos
llenas de saetas envenenadas, se fueron llegando uno  uno al P. Lucas,
y puestos de rodillas, con humilde reverencia, besaron las llagas del
Santo Cristo. A lo cual ayud no poco el cacique de los Puraxs, que en
voz alta deca:

Venid, amigos,  rendir homenaje  nuestro Criador Jesucristo;
adoradle y haceos vasallos suyos.

Espectculo verdaderamente digno de alabar por l  la Divina
Misericordia! Ver  unos infieles instrudos pocos das antes en las
cosas de nuestra santa fe, y an no reengendrados en las santas aguas
del bautismo ser ya predicadores del Evangelio; y una nacin que no
mucho antes haba respiraba slo fiereza, verla con una mudanza propia
de la diestra del Altsimo, humillada  los pis de Cristo; de lo cual
no pudo contenerse el venerable Padre sin prorrumpir en un llanto
tiernsimo, todo de alegra, y no cesaba de dar mil gracias  Dios con
tanto mayor fervor cuanto aquel beneficio haba sido ms fuera de toda
esperanza.

Despus que todos los paisanos se arrodillaron  los pis de Cristo,
estando la plaza llena de gente, se hicieron paces entre las dos
naciones; y aunque se entendan muy poco por la diferencia de los
idiomas, con todo, haba algunos que sabiendo algo de la lengua de los
Chiquitos, sirvieron de intrpretes.

Luego el intrprete Iz, dando calor  sus parientes, hizo componer una
cruz lo ms pulidamente que se pudo y la enarbol el santo Padre con
indecible alegra en un lugar eminente para que fuese trofeo de la
victoria que el cielo haba conseguido del infierno y seal de la
posesin que Cristo y su fe tomaban en aquel da de la nacin de los
Manacicas.

Y parece que agrad al cielo esta devota accin, porque los principales
del pueblo se mostraron luego tan aficionados  lo bueno, que le
suplicaron al Padre con eficacsimos ruegos se quedase entre ellos para
ensearles el camino de la salvacin eterna; mas por mucho que el P.
Lucas deseaba lo mismo, no les pudo dar gusto por entonces, porque ya
entraba el invierno; pero les di palabra que  la primavera siguiente
volvera  vivir de asiento entre ellos.

A otro da, al rayar el alba, vinieron todas las mujeres con nios en
los brazos para que los bautizase; y habiendo sabido que haban venido
all los indios Curucarecs para ajustar paces con los Manacicas, los
hizo llamar, y congregados al pie de la cruz extingui todo el odio de
ambas naciones con una fervorossima pltica y les hizo efectuar con
juramento mutua paz y amistad; y para colmo de sus jbilos concurrieron
all tambin al mismo tiempo los Zoucas, Sosiacas, Iritucas y Zaacas,
que la misma noche antecedente tuvieron aviso de su venida; y si se
hubiese detenido aqu dos das ms hubiera visto gente de otras muchas
Rancheras, porque en aquel contorno, por la parte que tira al gran ro
Maran, estn las tierras muy pobladas; pero sus compaeros, recelando
que las lluvias no cerrasen los caminos, quisieron volverse luego, con
que se vi precisado el Santo Padre  retirar la mano de aquella mies
que ya estaba sazonada para la siega; y despedido de aquel pueblo, que
sinti mucho su partida tan imprevista, se previno para dar la vuelta, y
queriendo montar  caballo le cerraron en rueda todos los Manacicas para
servirle y le quisieron acompaar por largo trecho del camino, con no
poca admiracin del P. Lucas, que jams haba visto tal cortesa en las
otras brbaras naciones con quienes haba tratado.

Es cosa muy ordinaria en la Divina Providencia que los casos fortuitos
sean disposiciones suyas cuando no quiere echar mano de los prodigios
para los altos fines que pretende; y tal fu ahora la sbita resolucin
de los Puraxs.

Si el P. Lucas se hubiera detenido pocas horas ms en aquella tierra,
fuera inevitable la pelea de aquellos brbaros entre s, porque aquella
noche misma, en la Ranchera de los Sibacs, el demonio,  quien adoran
en la misma forma en que se manifiesta y deja ver, habl  su sacerdote
( quien ellos llaman _Mapono_) mandndole diese orden al cacique que
recogiendo la gente que poda tomar armas fuese  dar muerte  aquel
Padre que poco antes haba llegado  los Igritucas (as se llamaba
aquella Ranchera de los Manacicas), porque era su grande enemigo, y
aadi que no entrasen all, porque no le hallaran, sino que armndole
una celada en el camino le aguardasen all.

Obedecieron con toda prontitud por estar acostumbrados  ejecutar muchas
veces semejantes rdenes. Pero llegados al lugar desde donde haban de
hacer el tiro, dijo el capitn al Mapono que era bien entrar en aquella
tierra y tomar noticia de qu Padre era aquel y  qu fin haba venido;
pues no era puesto en razn quitar la vida  quien ni aun de vista
conocan.

El Mapono se hubo de volver loco de dolor al ver esta determinacin tan
resuelta del capitn, de que no le pudo apartar con toda la fuerza de
sus palabras diablicas; habl con grande energa  los soldados para
que ejecutasen el orden como el demonio quera, porque si no saldran
vanas todas sus diligencias y se escapara de sus manos aquel enemigo
jurado de su Dios.

Todo, empero, fu en vano, porque aprobando todos unnimes la
determinacin del capitn, le fu preciso al Mapono seguirlos, aunque se
deshaca de rabia.

Habiendo, pues, llegado  aquella Ranchera, preguntaron que qu Padre
haba venido all, porque por mandato de su Dios, de quien era enemigo,
venan  matarlo. No haris tal cosa, replic Chabi, el cacique, pues
para ejecutar esto yo slo era bastante, ni eran necesarias vuestras
manos; mas vista la confianza con que aqu se entr y odas sus palabras
llenas de amor, no tuve causa para hacerle algn ultraje; presentme
este cuchillo con otras cosas, por lo cual le estoy muy obligado y tengo
con l estrecha amistad. Con los Puraxs, nuestros enemigos antiguos, he
hecho paces; por tanto, volveos de donde vinsteis, porque no consentir
que pasis adelante; y  las palabras aadi las obras, mandando  los
suyos que puestos en orden apretasen las armas.

Con respuesta tan animosa se amilanaron los Sibacs, y no queriendo
exponerse  la fortuna de una batalla en que podan llevar la peor
parte, dieron todos la vuelta.

Quera el Mapono, ya que no se haba logrado el designio de coger al
Padre entre sus garras, desfogar  lo menos su rabia con la santa cruz
que all estaba enarbolada, y blandiendo la macana la quiso derribar.

Esto tambin le estorb el cacique, afirmando que l tena de aquel
madero grande estimacin y aprecio porque haba visto que el Padre le
adoraba; con lo cual, maldiciendo el Mapono su fortuna, se volvi  su
tierra con esperanza de haberlo  las manos el ao siguiente y hacer en
l el estrago que deseaba, lo cual hubiera por ventura ejecutado si Dios
no hubiera desvanecido sus designios queriendo no quedasen sin venganza
por ms tiempo los intentos daados de aquel brbaro apasionado por el
demonio, y ganando veneracin y aprecio el propagador de su santa ley
con el castigo proporcionado  gente que no estima otra cosa sino lo que
ve por los ojos  toca con las manos.

Fu pues, el caso, que se encendi por toda aquella comarca un contagio
furioso que hizo tal estrago en los hombres, que de los cmplices en
matar al Padre ninguno qued con vida; y lo que causaba ms maravilla,
era que apenas les tocaba la peste, cuando desvariando salan fuera de
s y se iban por los bosques, donde ya por la enfermedad, ya por la
hambre, se caan muertos, quedando los cadveres tan abominables como si
fueran tizones del infierno.

No pas as con los nios, lavados con las saludables aguas del santo
bautismo, cuyos cuerpecitos quedaron blancos y hermosos como si aun 
ellos se les hubiese comunicado el candor de sus inocentes almas.

El primero que cay en las manos de la divina justicia, fu aquel
ministro diablico, que incit  los suyos  poner por obra lo que su
dios le haba inspirado. Haba ste jurado se haba de beber la sangre
del apostlico Padre, luego que el tiempo le ofreciese comodidad sin
hacer caso de cualquiera de los suyos que se lo procurase impedir, no
conociendo, por estar ciego de su pasin,  no queriendo creer que otro
Seor ms poderoso, de cuyas manos no poda l huir, haba de embarazar
y desvanecer sus intentos. La misma pena llevaron otros que se
atrevieron  ultrajar la santa cruz que el P. Lucas haba hecho levantar
en los Tapacurs para que en ella tuviese la gente  donde acudir por
socorro en sus necesidades.

Lleg all un Mapono con otros de su profesin y  muchos golpes de
macana la hicieron pedazos, ultrajndola con cuantos escarnios y
afrentas sabe y puede hacer y decir un celo diablico; pero fu muy 
costa de los agresores, porque en breve pagaron con muerte desastrada su
delito. Los Arupurs, habiendo odo el descarado atrevimiento de
aquellos malvados, aunque no tenan noticia alguna de los misterios que
se obraron en aquel Sagrado leo, llevaron mal aquella injuria, y
aprobaron el castigo que de ellos haba tomado el cielo.




CAPTULO XII

Descrbese el pas y cualidades de los Manacicas,
su religin y ritos de ella.


Para mayor claridad de lo que me resta por referir de las apostlicas
Misiones de este fervorossimo operario, es preciso interrumpir el hilo
de la historia para dar una breve noticia del pas y cualidades de los
Manacicas, y despus de su religin, ritos y ceremonias.

Esta nacin, que se divide en veintids Rancheras, est situada hacia
el Septentrin, dos jornadas del pueblo de San Francisco Xavier, entre
espesos y grandes bosques, de suerte que escribe el P. Lucas que por
mucho tiempo, apenas tuvo alguna vez ocasin de mirar cara  cara al
sol.

Tiran estos bosques de Oriente  Poniente y rematan en unas soledades
inundadas la mayor parte del ao.

Es abundante el pas de frutas silvestres y de fieras, una de las cuales
es el famacosio; tiene ste la cabeza de tigre, en el cuerpo se parece
al mastn, bien que no tiene cola; es ms feroz y ligero que ninguno de
los otros animales, de suerte que ninguno se puede escapar de sus
garras, y si alguno para defenderse de l se sube  algn rbol, se
juntan muchos en un momento, caban la tierra y arrancan las races hasta
que caiga el tronco.

Para matar  este animal, los indios usan de esta traza: jntanse
muchos, y levantando una estacada, se meten dentro de ella, desde all
hacen gran rudo y estrpito para llamar  aquellos animales, y mientras
ellos de fuera procuran echar por tierra la empalizada, los indios,
mirando por las rendijas, los flechan y matan  su salvo.

Hllase all la vainilla y tutumas, que es una especie de cocos grandes
 manera de melones, bien que no es fruto de la palma como los cocos,
sino de un rbol muy grueso que los produce, no en las ramas, sino en el
tronco porque las ramas no puede sustentar su peso.

Baan el pas algunos ros muy abundantes de pesca; el terreno es fertil
y las mieses generalmente son buenas.

La gente es de buena estatura y bien hecha, aunque de color de
aceituna. Hay no pequea parte del pueblo que tiene como de herencia un
gnero de lepra, que parece que los cuerpos estn cubiertos de escamas
de pescado, pero no les causa molestia ni fastidio.

Son en la guerra tan esforzados y valientes como los Chiquitos, y
antiguamente eran una misma nacin, y por las discordias se dividieron,
de donde les vino el corromper el idioma Chiquito; y la idolatra, que
no tienen los Chiquitos, la aprendieron de las naciones confinanters,
como tambin el ser caribes  comedores de carne humana.

Sus Rancheras las forman con algn gnero de arquitectura, con calles y
plazas bien proporcionadas; tienen tres  cuatro casas grandes con
repartimiento de salas y cmaras en que viven los capitanes y el cacique
principal. Estas mismas sirven para las funciones pblicas de convites y
banquetes, y son juntamente templo de los dioses.

Las casas de los particulares estn tambin con proporcin y en ellas
reciben  los forasteros que los van  visitar. Y lo que ms admira es
que para fabricarlas no usan de otro instrumento que de una hacha de
piedra con que cortan maderos muy gruesos, aunque con mucha dificultad.

Las mujeres ponen mucho cuidado en la fbrica de telas y vasos de
tierra, para los cuales dejan por mucho tiempo podrir el barro y labran
los vasos tan hermosos y delicados que al sonido parecen de metal.

Sus Rancheras estn poco distantes unas de otras, y por eso es
frecuente entre ellos la comunicacin, los convites y la embriaguez.

Cuando los de una Ranchera quieren hacer algn banquete  los de otra,
el cacique enva  convidarlos con algunos mensajeros y en su casa se
hacen los bailes y danzas generales.

El orden que tienen en todas las funciones pblicas es este: El cacique
toma el primer lugar, el segundo es de los sacerdotes, el tercero de los
mdicos, el cuarto de los capitanes, y despus de ellos se sienta el
resto de la nobleza.

Al cacique, no solamente dan esta preeminencia, sino que le rinden
entera obediencia y vasallaje; fabrcanle sus casas, cultvanle los
campos y le mantienen abundante mesa de todo lo bueno y mejor del pas.
El slo manda y castiga con gran rigor  los reos quebrndoles los
huesos con horrendos bastonazos.

Las mujeres rinden tambin obediencia  la mujer principal del cacique
(el cual tiene cuantas quiere). Pganle el diezmo de la pesca y de la
caza,  la cual no salen sin haber primero pedido licencia al cacique.

El Gobierno va por sucesin, y el hijo primognito del cacique gobierna
 los jvenes y se cra con espritus generosos y seoriles, y cuando
llega  edad de manejar los negocios pblicos, gobierna en lugar de su
padre, que da al hijo la investidura y posesin del Gobierno con muchas
ceremonias y ritos; mas no por eso los vasallos pierden el amor y
respeto al seor pasado; antes, cuando pasa de esta vida, le hacen
solemnsimas exequias con infinitas supersticiones y llantos, y su
sepulcro es una bveda subterrnea bien fortificada con palos y con
piedras para que la humedad no corrompa los huesos y la tierra no le sea
pesada.

En cuanto al nmero son muchsimos, repartidos en Rancheras numerosas,
porque el pas de los Manacicas forma una como pirmide que se extiende
desde el Medioda al Septentrin, en cuya extremidad viven ellos, y en
el medio habitan otros pueblos tan discordes en el idioma cuanto
conformes en su vida brbara.

Bases de esta pirmide son: la de Levante es de las Quimomecas y de los
Tapacurs la del Poniente. Despus, por la banda del Norte, dejando
fuera  los Puizocas y Paunacas, la cien dos grandes ros llamados
Potaqusimo y Zununaca,  los cuales rinden tributo con sus aguas otros
muchos arroyos  riachuelos que atraviesan y fecundan el pas. Las
primeras Rancheras de hacia Levante son las de los Eirinucas,
Mopoficas, Zibacas, Jurucarecas, Quiviquicas, Cozocas, Subarecas,
Ibocicas, Ozonimaaca, Tunumaaca, Zouca, Quitesuca, Osaaca, Matezupinica,
Totaica, Quimomeca. Por el Poniente estn las de Zounaaca, Quitemuca,
Ovizibica, Beruca, Obariquica, Obobococa, Monocaraca, Quizemaaca,
Simomuca, Piquica, Otuquimaaca, Oiutuuca, Bararoca, Quimamaca, Cuzica,
Pichazica.

Estas Rancheras y quizs muchas ms de que an no se tiene noticia,
estn situadas al pie de esta pirmide; y tirando de aqu hacia la punta
al Norte, se encuentran Quimiticas, Zouca, Boviruzaica, Sepeseca,
Otaroso, Tobaicica, Munaisica, Zaruraca, Obisisioca, Baquica,
Obobizooca, Sosiaca, Otenenema, Otigoca, Barayzipunoca, Zizooca,
Tobazica. A stos estn confinantes los Zibacas, que hasta ahora no han
sido jams acometidos ni robados de los Mamalucos, que han destrudo y
asolado lo restante del pas que se extiende hacia el ro Paraguay.

Entre Levante y Septentrin, detrs de los Zabicas, habitan, bien que
distantes muchas leguas, los Parabacas, Quiziacas, Naquicas y los
Mapasinas, gente valerosa, pero destruda en buena parte de cierto
gnero de pjaros llamados peresiucas que viven debajo de tierra, y
aunque del tamao ordinario de un pjaro, son de tan extraa fuerza y
fiereza que en viendo algn indio dan sobre l y le matan.

Enfrente de stos estn los Mnochozuus, los Picozas que andan
brutalmente desnudos, aun las mujeres, que slo traen pendiente del
cuello una faja para acomodar los nios.

La nacin de los Tapacurs se extiende entre Poniente y Septentrin y
viven tambin  lo animal, totalmente desnudos, y  ms de eso comen
carne humana. Estn muy cercados  estos los Boures, Oyures, Sepes,
Carababas, Payzinones, Toros, Onunaisis, Penoqus, Jovatubes, Zutimus,
Oyurica, Sibu, Otezoo, Baraisi, Canamasi, Comano, Mochosi, Tesu,
Pochaquiunape, Mayeo, Omenasisopa, Omemoquisoo, Botaquichoca,
Ochizirisa, Jobarusica, Zazuquichoco, Tepopechosisos, Sofoaca,
Zumonocococa y otras muchsimas, de que aun no se ha tenido distinta
relacin.

En cuanto  la religin, ceremonias y ritos de que usan, se puede decir
que es una de las ms supersticiosas que hay entre tantas naciones de
estas Indias Occidentales. Pero antes de referir lo que toca  su falsa
religin, dir brevemente lo que tienen de la verdadera, bien que
mezclados con muchos errores y fabulosas invenciones.

Tienen algunos vislumbres de la predicacin del apstol Santo Thom, que
public en estas provincias el Evangelio y tambin tienen alguna confusa
noticia de la venida del Redentor al mundo.

Creen, por tradicin de sus mayores, que en los siglos pasados, una
bellsima seora, concibi un hermoso nio sin obra de varn. Crecido en
edad este nio, obr cosas maravillosas, que le ganaron el estupor y
asombro del mundo, como eran sanar enfermos, resucitar muertos, dar
vista  ciegos, pis  tullidos y vencer otros imposibles  las fuerzas
naturales. Finalmente un da dijo,  una numerossima turba que le
segua: Veis que mi naturaleza es diferente de la vuestra; y
levantndose en el aire  vista de todos, se transform en este sol que
ahora vemos.

Los sacerdotes (que como abajo diremos vuelan cuando quieren por el
aire), dicen al pueblo que es el sol un hombre luminoso, aunque nosotros
desde la tierra no discernimos sus facciones ni el semblante.

Esto es lo que saben del misterio de la Encarnacin, mas no por eso dan
veneracin alguna  aquel personaje, que obr cosas tan extraas, y slo
adoran  los demonios no en figura de piedra, leo  metal, sino
monstruossimos como se dejan ver de estos indios; y de esto estn tan
contentos y jactanciosos, que dan en rostro  los nuevos cristianos con
su simpleza en honrar en las pinturas y esttuas dioses mudos y ciegos,
que no ven, ni hablan, ni oyen.

Ni se contenta el demonio con slo hacerse adorar de esta gente
usurpando la adoracin y culto que se debe al verdadero Dios, sino por
escarnio  injuria de la Iglesia de Cristo, ha querido en este rincn
ltimo del mundo remedarla, transformndola en un ser monstruoso,
convirtiendo los misterios en fbulas, los sacramentos en
supersticiones, las ceremonias en sacrilegios. Y primeramente les ense
una tal Trinidad de dioses principales ( distincin de otros de menos
autoridad y crdito) Padre, Hijo y Espritu, no Santo, colateral de
aquellos dos: llmase el Padre _Omequeturique_  _Uragozoriso_; el Hijo
_Urasana_ y el Espritu _Urapo_.

Tienen tambin otro diablo, remedo de la Santsima Virgen, que fingen es
madre del Dios _Urasana_ y mujer de su padre Omequeturique. Djase ver
esta diosa con rostro resplandeciente; transfigurndose en ngel de luz;
los dioses aparecen horribles y sucios; la cabeza y el rostro de color
de sangre, orejas de jumento, la nariz chata, ojos en extremo grandes,
de que despiden ardientes llamas, los cuerpos de color resplandeciente;
el vientre le cien vvoras y dragones.

El primero que habla es _Omequeturiqui_, y esto con voz alta; el segundo
es su hijo y habla con las narices, el ltimo habla _Urapo_ y tiene una
voz semejante  un trueno; el Padre es el dios de la justicia y castiga
 los malos, ya con un palo, ya con otro instrumento semejante; el Hijo
y el Espritu son los abogados, pero mucho ms la diosa.

El templo para estas deidades es, como ya dije, el palacio del cacique,
 donde ellos vienen cuando hay junta general del pueblo  se hacen
solemnes exequias.

En estas fiestas ordena el cacique  los suyos que tejan gran nmero de
esteras, y hecho de ellas unas grandes cortinas, cubren y cierran una
parte de la sala y este es el _Santa Sanctorum_ en que entran los
dioses,  quien con nombre comn llaman Tinimaacas que saliendo del
infierno fingen que bajan del cielo y turbando con ruido descompasado
todo el aire, tiembla la casa y toda aquella tapicera  cortinaje de
esteras.

El pueblo, que est bebiendo  bailando, le saluda y da la bienvenida
con gritos descompasados y mucha algazara, diciendo: _Tata equice?_
Padre, ya has venido?  que responde l con el ttulo de _Panitoques_,
esto es: Hijos qu hacis? Estis bebiendo  comiendo? Bebed y comed,
que me dis grande gusto, y tengo de vosotros gran cuidado y
providencia; yo he criado la caza y la pesca y cuanto bueno hay para
vosotros.

Con estos tres dioses vienen, para cortejarlos, una tropa de demonios, y
en seal de respeto y reverencia estn en pie. Los indios creen que
estas son las nimas de sus enemigos, con quien tienen guerras y tambin
otras gentes extraas. A este tiempo que hablan los dioses, el pueblo se
est quieto y en silencio, as para oir sus orculos, como tambin
porque al principio afectan seriedad, hasta que la _chicha_ (que es su
bebida) les calienta la cabeza; despus de lo cual se siguen los bailes,
las rias, las heridas y muertes, de que hacen gran fiesta aquella
maldita canalla de dioses, y cuando ven que se paran procuran atizarlos,
diciendo: Qu es lo que hacis fieles mos? Mucho silencio es este,
por qu no bebis y bailis? Y al punto el sacerdote  Mapono se
reviste de gravedad, y en nombre de los dioses les manda que beban y
bailen y llenen de rudo la iglesia para que ninguno se muera de
tristeza.

Tambin muestran tener sed estos dioses y para refrigerarla piden  los
indios de beber. Para esta honra se levantan en pie el indio  india ms
ancianos y venerables de todo el pueblo con una taza llena de flores y
esmaltes hecha slo para que beba aquella deidad fingida, le dan con la
mano derecha tres veces  beber, y con la siniestra levantan la estera.
Saca el demonio una mano muy sucia y con uas muy largas con que toman
la taza y beben todos tres por su orden, bien que su modo de beber es
ms propio de brutos que de hombres, y mucho menos de lo que se fingen.

Despus Urasana toca dentro del Tabernculo una sinfona que se oye bien
lejos  la cual corresponden con bailes sus devotos. A ninguno es lcito
mirar al _Santa Sanctorum_, sino slo al Mapono  sacerdote que es un
grande hechicero  hombre diablico, y si alguno de los otros hechiceros
de menos ciencia y menores proezas en el oficio quiere echar la vista
dentro para verlos, le detiene el Mapono amenazndole que pagar al
momento su delito con la vida. Slo el Mapono es el valido y el
confidente, y es quien obra cosas extrasimas. En cada Ranchera hay
uno  dos, y  veces ms. Entra ste  recibir audiencia de los dioses
y se sienta  la par con ellos. Propneles sus dudas, oye los orculos y
las profecas y tal vez las oye tambin el pueblo, porque suelen hablar
en voz muy alta.

Cuando el pueblo est en el mayor fervor de sus bailes y grescas, sale
de la audiencia el Mapono y declara las respuestas, que las ms de las
veces son de buenas fortunas, de lluvias, de buenas cosechas, de caza,
de pesca y de todo lo que  ellos ms les agrada, aunque las ms de
estas fortunas y dichas les salen vanas y mentirosas, de suerte, que
algunos ms arrestados, al oir tales promesas, responden con risas: los
dioses han bebido bien; mas si estas palabras llegan  odos del Mapono,
sale con furia diablica del tabernculo, amenazndoles muertes,
tempestades y rayos, con que les hace callar.

Muchas veces usa tambin el demonio provocarlos contra los confinantes,
ordenndoles que asalten sus Rancheras, hagan estragos en la gente y
roben y saqueen sus haciendas; con lo cual estn siempre en continuas
revueltas.

Algunos pocos, aun con ser rudos y brbaros, advierten los fraudes y
engaos diablicos; pero los ms creen nacer esto de la gran providencia
y amor que sus dioses les tienen, no obstante que toquen con la
experiencia que al mejor tiempo son de ellos abandonados y vencidos y
despojados de sus enemigos.

Acabados los orculos, se hacen las ofrendas de la pesca y de la caza y
aquellas diablicas majestades, en seal de agradecimiento, llevan
alguna cosa  la boca.

Despus vuelan con el Mapono por el aire, temblando  este tiempo tanto
la iglesia, que parece se viene al suelo. Desaparece por mucho tiempo el
Mapono, fingiendo que se va con sus dioses al cielo. Vuelve despus
conducido en brazos de la diosa _Quipoci_, en cuyo seno descansa y
duerme, mientras ella canta; y aunque la oyen no se deja ver de ellos,
porque se est retirada dentro del tabernculo.

Hacen todos mucha fiesta en seal de grande alegra por su venida y la
tratan como Madre de Dios, de la manera que nosotros  la Virgen
Santsima.

Dnle la bienvenida con mil ttulos de afecto y reverencia  que ella
corresponde llamndolos hijos y dicindoles que es su verdadera madre,
que los defiende de la indignacin de los dioses, que son crueles y
sangrientos, molestndoles con enfermedades y desventuras.

Por esto la invocan frecuentemente en sus aflicciones, aprietos y
calamidades, y ella viene y les consuela y confabula con los otros
dioses cuando viene en su compaa.

Parece este diablo ms humano que los otros, mas al fin es de la misma
raza y tan cruel como ellos. Cuando est en el tabernculo canta con
mucha meloda mientras bailan las mujeres, siguiendo y repitiendo stas
el canto de la diosa, cuyo contenido es sus guerras y victorias.

Sguese despus la ceremonia del brindis y de las ofrendas, y luego
vuela por los aires con grande aplauso y fiesta del pueblo. Pero esta
diosa no se lleva consigo al Mapono como lo hacen los otros dioses;
antes bien, no siempre que el Mapono baja del cielo, viene en brazos de
la diosa. Son muchos sus viajes y sus funciones. Baja tal vez en medio
de la iglesia en la mayor bulla del pueblo, que se asombra y desordena
por el ruido y estrpito que hace, cortejndole y trayndole en sus
manos una gran tropa de demonios, los cuales no pocas veces se suelen
burlar de l  costa suya, porque de lo ms alto del templo le dejan
caer  plomo en tierra muy maltratado y  pique de morir, como no ha
mucho tiempo que sucedi en la tierra de los Mopoosicas.

La postura del cuerpo para volar, es en forma de alas y en pie derecho
cuando vuela hacia arriba; y cabeza abajo cuando baja  la tierra.

Fuera de estos dioses, adoran otra casta de deidades,  quien llaman
_Isitus_, que quiere decir seores del agua. Su ejercicio es andar por
los ros y lagunas, llenndolos de pescados para el mantenimiento de sus
devotos.

A estos Isitus invoca la gente en las pescas, incensndolos con humo de
tabaco, de que usan para aturdir los peces, y si logran buena pesca,
agradecidos al beneficio van al templo y les ofrecen alguna porcin de
pescado con los mismos ritos que  los otros dioses.

Tales deidades y tal religin tienen sacerdotes semejantes. Al principal
llaman Mapono, y es el maestro, con quien el pueblo consulta las cosas
de su conciencia y  quien manifiestan sus necesidades, de las cuales
hace relacin en el Consejo de los dioses y les solicita el remedio.

No habla solamente en la iglesia con los demonios, sino que ellos se
dignan tambin de visitarle en su casa y tratarlo con toda afabilidad y
cortesa.

En estas visitas lo pagan las mujeres del Mapono, que se ven obligadas 
huir por el espanto y terror de aquellas horribles y monstruosas
visiones.

Por esto, no slo es respetado, sino tambin temido de todos, pudiendo 
su antojo causar dao y matar  quien quiere, y para hacer mayor
ostentacin de su poder, tiene la casa llena de vboras y serpientes, y
cuando vuelve  casa de sus funciones eclesisticas, viene acariciando
en sus brazos semejantes animales.

La forma de consagrarle y las ceremonias de que usan para esta funcin
son extraas y conformes al que ha de servir  tales deidades.

Es el Mapono la persona ms venerada del pueblo, y de la misma manera
que al cacique, se le dan  l los diezmos de la caza y de las cosechas.
Vive en una casa bien labrada, cuanto cabe en la industria de aquellos
brbaros, y  veces, por gozar con ms frecuencia de las visitas del
cielo, se retira solitario al yermo.

Los que quieren entrar en este oficio, antes de tener barba, empiezan 
aprender las ceremonias y  acostumbrarse  tratar con los dioses. Para
esto suele el Mapono ms venerable coger en brazos al aprendiz, ponerle
 mirar  la luna cuando est llena, estirarle los dedos mandndole que
se deje crecer las uas, llevarle por los aires y ponerle en el seno de
la diosa _Quipoci_; vuelve el miserable de aquellos xtasis afligido y
desmayado, de suerte que apenas, despus de muchos das, recobra sus
fuerzas.

Fuera de esto, observan rigurossimos ayunos y abstinencia perpetua de
ciertos animales y frutas, singularmente de la granadilla, que
vulgarmente llamamos _Flor de la Pasin_, por estar retratados en ella
los instrumentos de nuestra Redencin. Ni se contentan los demonios de
ser reverenciados de sus sacerdotes con ayunos y penitencias; antes
bien, mandan hacer rigurosos ayunos  todo el pueblo. Uno, entre los
otros, es semejante  los nuestros y es el que se guarda en la
dedicacin del templo, en que por espacio de cinco das no se puede
comer carne; y vestida de luto la Ranchera se prohiben las msicas,
banquetes y bailes. Gurdase estrecho silencio y no se gasta el tiempo
en otra cosa que en tejer esteras para el adorno del Tabernculo. El
ltimo da se pone en la iglesia mesa franca, abastecida de lo mejor del
pas.

Para dar principio  la fiesta, la vieja ms devota y al parecer ms
santa, saludando al cacique con reverente inclinacin, baja la cabeza,
que hiere el cacique ligeramente tres veces con una piedra curiosamente
labrada; despus da vueltas de rodillas  todo el templo con grandes
suspiros y devocin; luego el Mapono bendice todas las partes del templo
para santificarle, y con otras ceremonias, que sera largo contar,
consagra aquel lugar; y por ltimo, se fenece la fiesta con una gran
comida y celebrando un solemne festn de msicas y bailes.

Acerca del ltimo fin y eterna bienaventuranza, tienen estos ciegos
idlatras muchos errores. Creen la inmortalidad de las almas,  quien
llaman _Oquipau_, y que han de vivir y gozarse eternamente en el cielo,
 donde las llevan sus sacerdotes.

Cuando alguno muere le celebran sus exequias, ms  menos, segn su
esfera. Despus la madre y mujer del difunto van al templo con su
ofrenda, ponindose cerca del Tabernculo. Vienen luego los diablos, y
fingindose ser el uno el alma del difunto, consuela  la mujer con
palabras tiernas y afectuosas, dndole esperanzas de que en breve se
volvern  ver en el Paraso; luego el Mapono roca el alma con agua
para limpiarla de las manchas de los pecados, como usamos nosotros con
el agua bendita; y con eso se despide el alma de su madre y mujer. Al
punto el Mapono se la echa  cuestas y vuela en alto, quedando la mujer
llorando su desventura hasta que tiene noticia de su marido. Vuelve el
Mapono, despus de largo rato, con alegres nuevas, dicindola que
enjugue las lgrimas, deje de llorar y deponga el luto, porque su marido
queda gozando de la vida beatfica de los dioses y la espera para que la
haga compaa eternamente en el cielo.

Es cosa digna de saberse la jornada que hace el Mapono con el alma y lo
que sta padece hasta llegar al Paraso.

El pas por donde pasa es todo selvas, montaas y valles, por donde
corren muchos ros caudalosos, y por los remansos de lagunas y grandes
pantanos, para cuyo pasaje se gastan muchos das, con gran dificultad se
llega  una encrucijada de muchos caminos, junto  la cual corre un gran
ro, sobre que hay un puente de madera, en el cual asiste de da y de
noche un dios llamado _Tatusiso_, cuyo oficio es pasar por aquel puente
las almas y ponerlas los Maponos en el camino del cielo.

El traje y porte de este Dios es puntualmente aquel en que la fantasa
loca de los poetas representa  su Caronte, plido el semblante, la
frente horrorosa, sin cabellos la cabeza, cubierto de llagas 
inmundicias el cuerpo, y por vestido un trapo con que cubrirse
honestamente.

Este dios jams baja  la iglesia  oir las splicas de sus devotos,
porque su oficio nunca le da treguas, pues  todas horas tiene
viandantes que pasar.

Sucede muchas veces que mientras pasa el Mapono con el alma,
especialmente si es de algn muchacho, la pide _Tatusiso_ que se pare
para limpiarle de las inmundicias, y si aqul lo rehusa, lo sufre unas
veces; pero no pocas, encendido en clera, coge al alma y la arroja para
que se anegue en el ro. De aqu dicen que se originan mil desgracias en
el mundo, y para que estos desatinos sean creidos de la gente, se vale
el demonio de algunos sucesos naturales para que se confirmen aquellos
miserables en su creencia.

Poco ha que sucedi en la tierra de los Jurucars, que deshacindose el
cielo en copiossimas lluvias se perdan los sembrados. Afligida y
desconsolada la gente, suplic al Mapono preguntase  sus dioses la
causa de este infortunio. A que respondieron que ya lo saban, y era,
que llevando al cielo el alma de un nio, cuyo padre viva all, trat
con poca reverencia  _Tatusiso_, y no se quiso dejar limpiar, por lo
cual, enfurecido aquel dios, la ech en el ro. Oyendo esto su padre,
hubo de salir fuera de s de puro dolor, y se afliga tanto, que causaba
compasin, porque le amaba como  su misma vida, y ya que no haba
podido gozarle en este mundo, se consolaba  lo menos juzgndole ya
feliz y bienaventurado en el cielo. Alentle el Mapono dndole buenas
esperanzas si le aprestaba una barquilla en que ir  sacarle de lo
profundo del ro.

Aprest luego el padre una canoa, y el Mapono, cargndosela en sus
espaldas, vol por los aires y desapareci, poco despus se seren el
cielo, con lo cual volvi el Mapono con alegres nuevas, pero la canoa
jams pareci.

El Paraso donde descansan las almas es bien pobre de contentos y
placeres. Fingen que hay en l ciertos rboles muy gruesos que destilan
un gnero de goma con que se mantienen las almas, y que hay monos que en
el aspecto parecen etiopes; que hay tambin miel y algn poco de
pescado; da vueltas por todo aquel lugar una grande guila de quien
fingen muchas fbulas ridculas, dignas de compasivo llanto por la
ceguedad de esta gente.

Tantos son los dioses cuantas son las mansiones en su Paraso; pero la
de la diosa _Quipoci_ hace muchas ventajas  las dems en comodidades y
riquezas. Los _Isituucas_,  dioses del agua, tienen abastecido el cielo
de pescados, pltanos y papagayos, y aqu gozan de su eterna
bienaventuraza los que mueren ahogados en los ros,  los cuales por
esto llaman _Asiners_;  los que mueren en los bosques y selvas
_Iritics_, y  los que mueren en su casa _Posibacas_; poniendo el
mrito, no ya en las obras, sino en la diversidad de lugares en donde
los coge la muerte.

Basta haber insinuado esto de la brbara idolatra de los Manacicas para
que se pueda hacer algn concepto de los trabajos y fatigas que padeci
el venerable P. Lucas en ganarlos para Cristo.


FIN DEL TOMO PRIMERO

_Acabse de imprimir el tomo XII de la_
COLECCIN DE LIBROS QUE TRATAN
DE AMRICA, _en Madrid, en
la imprenta de Toms
Minuesa, calle de
Juanelo, nm. 19,
 8 de Abril
de 1895_.




INDIOS CHIQUITOS

DEL

PARAGUAY




BIBLIOTECA PARAGUAYA

RELACIN HISTORIAL

DE LAS MISIONES

DE INDIOS

CHIQUITOS

QUE EN EL PARAGUAY TIENEN LOS PADRES
DE LA COMPAA DE JESS

ESCRITA POR

EL P. J. PATRICIO FERNNDEZ, S. J.

Reimpresa fielmente segn la primera edicin
que sac  luz el P. J. Herrn, en 1726.

VOLUMEN II

LIBRERA Y CASA EDITORA

DE

A. DE URIBE Y COMPAIA

_Asuncin del Paraguay._

1896




CAPTULO XIII

_Contina el V. P. Lucas Caballero su
Misin de los Manacicas._


Viendo el fervorossimo operario un nuevo campo en que sembrar la
palabra Evanglica para recoger no menos almas para el cielo que
merecimientos para s mismo, deseaba poner cuanto antes manos  la obra;
no obstante, considerando sabiamente que era necesario asistir tambin 
tantos Catecmenos como haba en el pueblo de San Francisco Xavier, y
que era mejor tener pocos y bien doctrinados que muchos  ignorantes,
que aunque se ganan fcilmente, con la misma facilidad tambin se
pierden, se resolvi  gastar la mayor parte de aquel ao en este
ejercicio, usando de todas las industrias de su caridad y de su celo en
desarraigar de los Xavieristas la barbarie, la lascivia, la embriaguez y
cuantos males trae consigo la vida brutal,  imprimir en ellos las
virtudes y buenas costumbres que se requieren para vivir como
cristianos.

No obstante, en medio de este afn hizo algunas correras por los pases
descubiertos, fomentando en aquella gente los deseos de recibir el santo
bautismo, y juntamente tomando noticia de cuntas eran las Rancheras,
las lenguas y el nmero de los indios del pas; y teniendo distinta
relacin de todo, meditaba emprender el ao siguiente con ms calor el
negocio de su conversin, y en serenndose el tiempo penetrar la tierra
ms adentro; pero le frustraron en parte estos designios los achaques
que le afligieron largo tiempo, y las splicas de sus nefitos de San
Xavier, que le rogaron mudase la Reduccin  otro lugar,  causa de ser
el clima que al presente tenan, notablemente nocivo  la salud.

Por este motivo no pudo antes de mediado Octubre, cuando ya el tiempo
amenazaba con lluvias, salir con algunos de los ms fervorosos; los
cuales, confortados antes en el alma con el pan divino de la Eucarista,
haban ofrecido la vida por anunciar el santo nombre de Dios  los que
vivan en las oscuras tinieblas de la infidelidad.

Iban stos, empero, tristes y desconsolados por estar persuadidos no
haba de tener buen fin su viaje, ya por las muchas lluvias con que se
anegaban las campaas, ya por haber hallado el camino sembrado de
agudsimas puntas clavadas en el suelo con sutil astucia por los
enemigos de la fe, para retraerlos de pasar adelante.

Presto se desvanecieron estos temores, porque  pocas leguas no hallaron
ya estas puntas y las tempestades del cielo no pasaban muy adelante,
antes apenas hallaban agua para beber; y habiendo con gran trabajo
subido una montaa muy agria, no tuvieron en dos das con qu apagar la
sed, sino con la humedad del barro, que exprimido, ms pareca comida
que bebida. Mas Dios, Nuestro Seor, que nunca en las necesidades
desampara  los suyos, acudi  la del P. Lucas con copia de agua clara
y cristalina, que fuera de toda esperanza, hall en el cncavo de un
rbol.

Finalmente, habiendo llegado  las primeras Rancheras, hall aquella
gente constante en sus primeros intentos, y slo hubo que hacer en
allanarles una grande dificultad, y era quitarles las discordias y
ponerlos en paz; porque entre las otras perversidades  que los
incitaba el enemigo infernal, era una irritar  unos contra otros y
sembrar discordias entre ellos para tener ganancia de almas.

Hablles con grande energa de las utilidades de la paz, descubriendo
los fraudes y engaos del enemigo que nada deseaba ms que tenerlos por
compaeros de sus maldades en esta vida, y de las eternas penas del
infierno en la otra.

Convencidos aquellos brbaros de las razones, y movidos de las splicas
del Apostlico Padre, prometieron hacer las amistades con las tierras
confinantes y luego con las ms remotas.

Habindose detenido para esto all dos das, pas adelante acompaado de
algunos paisanos. Un da entero gast en pasar una fragosa montaa, con
grande trabajo y riesgo, no de los indios acostumbrados  trepar
fcilmente por las peas, sino del Padre; y sindole preciso hacer alto
 la falda, no hall con qu desayunarse; por lo cual un cristiano, de
nacin Manacica, movido de compasin, quiso componerle unas yerbas que
eran las delicias de sus dioses, mas por mucho que estuvieron al fuego,
jams se pudieron cocer. No obstante, la caresta y la hambre se las
hizo sabrosas, y sonrindose, dijo: Grande hambre y mucho calor tienen
en el estmago estos dioses, que con tales viandas se alimentan.

Llevando mal el demonio tanta constancia en el santo Misionero, procur
con todo el esfuerzo posible, desvanecer sus designios, ya haciendo que
los indios perdiesen el camino, ya embarazndole los pasos, ya
hacindole rodar del caballo, ya hirindole con las ramas de los
rboles; y en suma, hasta las espinas y abrojos le maltrataron el
cuerpo, y los tbanos, con sus agudsimos aguijones, le mortificaron de
suerte que apenas poda tenerse en pie y era necesario que los nefitos
le desmontasen y subiesen  caballo.

Finalmente,  pesar del infierno, lleg  vista de los Zibicas; pero
antes de entrar en la Ranchera, envi delante  Numani, cristiano
fervorossimo, para que reconociese si estaban dispuestos  recibir la
fe; no tuvo ste mucho que hacer, porque la muerte desgraciada de los
que el ao antecedente haban osado poner en l las manos, les haba
persuadido que el siervo de Dios era amigo estrecho del demonio, y que
por tanto se le deba hospedar, no por algn provecho de sus almas, sino
para que no les causase algn dao corporal.

Viendo el buen P. Lucas que haba all poca esperanza de sembrar la
semilla evanglica,  causa de la mala opinin que de l tenan, se
encomend  s y al cacique  la suave y poderosa gracia del Espritu
Santo; y llamndole aparte, procur lo primero, con el mejor modo que
pudo, quitarle de la cabeza aquel error, y despus le manifest el fin
de su venida, y el bien que recibira si abrazase la santa ley de
Jesucristo.

Mientras le hablaba el Padre, penetr Dios el alma de aquel brbaro con
un rayo de divina luz; de suerte, que an no bien enteramente discpulo,
sali  predicar como maestro en su pueblo, que no necesitaba mucho del
magisterio de sus palabras cuando le sobraba el ejemplo de su Mapono
para inducirle  hacer lo mismo. Era este joven hijo de aqul que haba
jurado beberse la sangre del siervo de Dios, si el cielo con la muerte
no le hubiese atajado los deseos.

Para ganar  ste  la santa fe, se empe un cristiano, joven tambin y
su paisano, llamado Diego, y  pocos lances le redujo, porque no le
haba an corrompido el corazn con la malicia; y ms por ignorancia del
entendimiento que por mala disposicin de la voluntad, no segua lo
bueno, porque no conoca la verdad.

Habiendo ganado aquella noche  dos de los principales, no tard mucho
el pueblo en juntarse todo el da siguiente, y despus de un largo
razonamiento de los misterios de nuestra Santa Fe, y de las obligaciones
para vivir cristianamente, hizo el santo varn levantar una cruz y junto
 ella armar el altar porttil, con las imgenes de Cristo Nuestro
Seor, de la Santsima Virgen y de San Miguel Arcngel; y arrodillados
todos las adoraron profundamente, gritando en alta voz: Jesucristo,
Seor nuestro, vos sois nuestro Padre; Mara Santsima, Vos, seora,
sois nuestra Madre y no contentos con esto, repitieron lo mismo con
gran fiesta y alegra y con danzas, guiadas ms de la devocin que del
arte. Con este espectculo lloraban de alegra los nefitos, dando mil
gracias al Redentor, de cuya sangre se vean tan claros y manifiestos
los efectos en la conversin de esta gente; pero incomparablemente mayor
era el jbilo del P. Lucas, que inundado el corazn de celestiales
consuelos, volvindose  mirar al cielo, exclamaba:

Contntome, Dios mo, en paga de mis trabajos y sudores, con ver que
las criaturas os reconocen por su Criador y Seor. Slo con que stas
os amen y os adoren, no quiero otro galardn.

Cunto agradasen  Dios estas sus ofertas, no me es lcito escudriarlo;
y por ventura, en premio de acto tan generoso, concedi Su Majestad 
algunos de estos brbaros un don tan excelente de fe, que antes de
recibir el bautismo, la conservaron incorrupta, y quisieron ms perder
con el martirio la vida, que negarla.

Singularmente es digna de eterna memoria la persecucin que sufri del
comn enemigo el Mapono; la cual, haciendo una breve interrupcin,
quiero referir aqu, aunque sucedi aos despus.

Pesbales mucho  los demonios verse despojados del dominio de aquella
Ranchera, que por muchos siglos haba estado  su devocin; usaron de
toda su astucia y poder diablico para reducirla  su antiguo culto y
adoracin; y aparecindose  aquel fervoroso cristiano, que antes haba
sido su ministro muy querido, le reprehendi speramente, porque l, 
quien tocaba por oficio, no haca sus partes para que volviese  su
estado el antiguo culto, sus iglesias y sacrificios. No ves (le
dijeron) que el cacique Payaiz ha profanado los altares, quebrado los
vasos sagrados, y execrado los Tabernculos, y el cacique Potuman ha
abandonado la suntuosa fbrica, que tena destinada para nosotros: se
han dejado engaar de las necedades y locuras de este traidor maldito,
que tiene arte de encantamento para trabucar los entendimientos, predica
fbulas por misterios, y cuantas mentiras le vienen  la imaginacin?
Vuelve, por tanto, en tu acuerdo, y con todo el poder de autoridad y
razones, restaura las ruinas de la religin, restituye el culto y haz
recuerdo al pueblo de sus promesas, y al cacique de sus obligaciones,
porque si no, te juramos de hacer grande estrago en la gente del pueblo,
que servir de ejemplo, y memoria de terror por todo el pas.

Rise el fervoroso joven de sus amenazas, y por ms que se empearon,
nunca pudieron conseguir que dijese en pblico una sola palabra en su
abono.

Ofendida excesivamente la soberbia diablica de tal desprecio, se
echaron sobre l, y con una fiera tempestad de muchos y crueles golpes,
le pisaron, hirieron y maltrataron tanto, que le hicieron arrojar por la
boca gran copia de sangre; y por ms que repitieron los golpes, aunque
lo redujeron  los ltimos peligros de la vida, nunca pudieron
contrastar su constancia. Tan profundas races haban echado en su
nimo la fe y la piedad, que el P. Lucas, y por su medio el Espritu
Santo, haban plantado en su corazn.

Un amigo, compadecido de sus trabajos, le exhort, que  lo menos en lo
exterior, mostrase algn respeto  los demonios y les diese gusto,
hablando al cacique para que les fabricase su iglesia. Mas l, enojado,
le ech de s diciendo quera acabar la vida que le quedaba, antes que
faltar un pice  la ley que profesaba  Jesucristo,  quien slo
reconoca por Dios y Seor. Tan heroica virtud en un cristiano tan
nuevo, no pudo dejar de ser premiada de Dios, que le restituy  su
antigua salud y fuerzas.

Volviendo ahora al hilo de la historia, bautizados los nios, no slo de
aqulla, sino de otras Rancheras, trat el P. Lucas de pasar  los
Quiriquicas; mas los nefitos,  causa del invierno que amenazaba,
emprendan de mala gana; aquel dificultoso viaje: empero
representndoles el P. Lucas el galardn con que Dios premiara sus
fatigas en el cielo, los alent tanto, que se sintieron increblemente
confortados  proseguir y durar en l.

Slo faltaba persuadir al cacique Patozi que viniese con sus vasallos 
abrir camino por medio de espesos bosques, y juntamente  hacer las
paces con los Quiriquicas, porque el dicho cacique tema, con grande
fundamento, le haban de quitar la vida los Quiriquicas, por el
implacable odio que le tenan; no obstante esta dificultad, venci al
cacique para emprender el viaje la reverencia y amor que al Padre tena;
y tomando una escogida escuadra de soldados bien armados, por si acaso
fuese necesario, se fu tras el Padre; pero ste le dijo que no usase de
las armas sino cuando fuese necesario para defender sus vidas de las
saetas enemigas; que por lo que  s tocaba, nada se le daba de vivir 
morir; y como fuese del agrado de Dios y honra suya, derramara gustoso
la sangre por adelantar la gloria divina.

A su imitacin los nefitos, dejadas las armas, se ofrecieron 
acompaarle en el peligro y en poner  riesgo su vida; y para que no
hubiese alguno que faltase  sus rdenes, puso  la punta de todos  un
santo indio, llamado Juan Quiara, amado de todos, aun de los gentiles,
por la bondad de su vida  inocencia de sus costumbres.

Ajustadas las cosas en esta forma, se pusieron en camino, y tuvieron no
poco qu hacer, primero con un bosque espessimo en que gastaron
algunos das para abrirle, despus con la hambre, no hallando con qu
sustentarse, sino una fruta silvestre que sola la caresta de otro
manjar haca dulce y sabrosa; conocise entonces la ternura de afecto y
la reverencia que tenan los gentiles al P. Lucas, porque vindole
descaecido, y que por la suma flaqueza apenas se poda tener en pie, le
buscaban  costa de gran trabajo, algn poco de miel, y se quitaban la
comida de la boca para tener con qu mantenerle sus fuerzas.

Estando ya cerca se adelantaron dos cristianos  reconocer la tierra y
observar los movimientos de los paisanos, queriendo entrar sin ser
sentidos en la Ranchera, para que no se alborotasen  pusiesen en
huida; mas Patozi, el cacique, con sabia advertencia, dijo que era en
vano esta diligencia, porque los demonios haban avisado ya  los
Maponos, y por medio de ellos  los capitanes. Y deca la verdad, porque
pocos das antes, estando junto al pueblo para sus acostumbradas
devociones, baj al Tabernculo el diablo Cozoriso, y con semblante
triste y melanclico, le avis de la venida de un enemigo suyo jurado
que le haba desterrado de otros pases, trayendo en la mano una cruz,
que era la ruina de su religin; y diciendo esto, prorumpi en un
copioso llanto, como compadecindose de s mismo, que  dnde ira en
partindose de all? Dnde podra con seguridad repararse para no ser
desalojado? Que por tanto, si le amaban, tomasen luego las armas, y con
el valor, y con el brazo fuerte, sostuviesen en pie su culto, que de
otra suerte caera presto por tierra.

Con semejante nueva se conmovi todo el pueblo, y al mismo punto se
encendi en rabia y furor contra cualquiera que maquinase algo en dao
de la religin; pero no el Mapono, que argumentando  infiriendo cun
grande hombre y mayor que sus dioses deba ser aqul  quien sus dioses
teman, les respondi con voz y ademn de enojado:

Si este forastero es vuestro enemigo porqu vosotros le dejis el paso
franco? Por qu no le echis del mundo,   lo menos tan lejos de aqu,
que no se ponga  riesgo vuestra reputacin? Es este vuestro poder? Si
necesitis de nuestras armas para defenderos,  no sois lo que mostris,
 mostris ser lo que no sois.

Esta conclusin, deducida de los principios de la razn natural, fu
bastante para que la gracia del Espritu Santo penetrase de all  poco
su corazn, y de un tizn que era del infierno, le convirtiese en un
ngel del Paraiso.

El cacique y los nobles, juntos en Consejo, determinaron echar el resto
de sus fuerzas y poder para reparar los daos y ruina de su religin,
mas no sin temor de salir con sus intentos, cuando an sus mismos dioses
teman.

Mientras esta gente estaba en arma y en confusin, se adelant el Santo
Misionero con Patozi y dos muchachos muy fervorosos, dejando toda la
dems gente algo distante.

Apenas los espas los divisaron de lejos, cuando dando gritos muy
descompasados se huyeron la tierra adentro, y tras ellos, con su cruz en
la mano, march  caballo el P. Lucas, porque las llagas de las piernas
no le permitan ir  pie.

Los paisanos, puestos en orden, le salieron al encuentro para hacerle
frente; y partidos en dos alas, le rodearon para que por ninguna parte
tuviese paso libre por dnde huir.

Estando las cosas en este estado, se le ofreci  un mozo cristiano
enarbolar una imagen de la Madre de Dios, que llevaba en la mano; y con
la confianza de que la piadossima Seora usara entonces de su poder
para librarlos de aquel peligro, la levant en alto, y lo mismo fu
mirarla los brbaros, que perder el uso de los brazos, sin poder tirar
las saetas que ya tenan  punto, y flechados los arcos.

Atnitos y despavoridos de este suceso los brbaros, recelosos de que no
les sucediese peor, huyeron precipitadamente retirndose  un bosque no
muy distante, de donde ninguno se atrevi  salir, quedndose por
providencia de Dios un solo indio de ellos llamado _Sonema_, que despus
los ayud mucho para la conversin.

El da siguiente, el Apostlico Padre, aunque no se poda tener en pie,
no sufrindole el corazn ver entronizado al demonio en dos templos,
hizo que le llevasen all sus compaeros; ech por tierra aquellos
infames Tabernculos, hizo pedazos las esttuas y encendiendo en la
plaza una grande hoguera, quem en ella todos los arreos y ornamentos de
la impa idolatra, no sin temor de sus nefitos, que recelaban no
diesen sobre ellos los brbaros, ofendidos de aquella afrenta de sus
dioses, para vengar su agravio.

Pasronse dos das sin que los Quiriquicas saliesen fuera de las
tinieblas de aquel bosque; por lo cual, desesperanzado Patozi de poder
hacer las paces y establecer una mutua amistad,  cuyo fin haba venido,
tuvo por mejor dar la vuelta, y persuadi  esto al P. Lucas con cuantas
razones y splicas le dict su afecto; y sobre todo, ponderando cuanto
fu posible el manifiesto peligro en que quedaba de que los Quiriquicas
desahogasen en l slo la fiereza del odio que contra todos haban
concebido.

Respondile el Padre que se volviesen en buen hora l y sus vasallos,
porque l tena firme resolucin de no volver el pie atrs hasta haber
anunciado el Santo Nombre de Dios  aquella gente, aunque para esto le
fuese necesario perder la vida.

Furonse, pues, Patozi y los suyos, sin quedar con el P. Lucas ms que
cinco santos mancebos, resueltos  correr la misma fortuna, y dar la
vida por aprovechar  sus prjimos.

No teniendo, pues, el Padre, ms defensa que la confianza en Dios, se
puso  rezar el Oficio Divino, cuando vi de repente junto  s al
cacique de los Quiriquicas, hombre de grande estatura y bien dispuesto;
el cual, creyendo que en el Breviario estaban los hechizos que  l y
los suyos impidieron el uso de los brazos, hizo fuerza por quitrsele de
las manos; mas el Padre, con buenas razones y modo propio de una
caridad Apostlica, procur disuadirle de su error, y prosigui hablando
de Cristo y de su santa ley, descubrindole la perversidad y los engaos
de sus _Tinimaacas_.

Al oir estas cosas se contuvo el brbaro,  fuese por virtud milagrosa
de Dios  por natural genio suyo, y sin responder palabra le volvi las
espaldas;  ido  su casa, con un buen manojo de flechas se torn  los
suyos.

Dironse entonces por perdidos los nefitos, y al santo varn le saltaba
de jbilo el corazn en el pecho, esperando llegar finalmente al trmino
de sus deseos, regando aquella tierra con su sangre, para que en los
aos siguientes correspondiese con abundante fruto  los trabajos y
sudores de quien la cultivase y  la verdad por poco se le hubieran
cumplido sus deseos, porque juntndose en lo ms oscuro de la noche los
ms principales para tomar la ltima resolucin, estuvieron gran rato
dudosos de lo que haran: y slo aquel milagro de habrseles pasmado los
brazos cuando le quisieron flechar, oblig  todos al miedo de que no
les sucediese lo mismo si intentasen matarle; mas no por eso aplacaron
la ira del cielo, que haba tomado  su cuenta la venganza de aquella
injuria; y as encendi entre ellos una enfermedad pestilencial, que
quit la vida  los ms culpados.

No ayud poco  la resolucin de que se rindiesen aquel indio _Sonema_,
que acudiendo  la junta dijo tantas cosas en alabanza del P. Lucas y de
la Santa Fe, de que ya haba odo alguna cosa, que de comn
consentimiento determinaron volver  su ranchera al amanecer y ponerse
en manos del santo varn.

Saliendo, pues, de aquel bosque, y entrando unos tras otros en la
Ranchera, se fueron derechos al rancho donde yaca el P. Lucas, quien
con aquel su modo amabilsimo los recibi con muchsimo agasajo y
pareci que Nuestro Seor, para drseles  estimar y respetar, haba
puesto en su semblante un no s qu ms que humano; por lo cual, la
gente, en ademn de quien le peda perdn, se postr  sus pis y no
hubo ninguno de ellos, aun de los ms osados, que se atreviese  partir
de su presencia sin licencia del Padre.

Vino el ltimo de todos el Mapono que con toda su chusma se puso muy
humilde y modesto delante del apostlico varn, quien recibindole con
los brazos abiertos le sent  su lado, y empezando  hablar de la
Religin, mostr cmo sin el conocimiento del verdadero Dios, y sin la
fe de Jesucristo no era posible salvarse, diciendo tambin de los
Tinimaacas y de aquella diablica Trinidad cuanto le dict el celo de la
gloria divina y la santa indignacin de verlos triunfar por tantos
siglos hechos seores de aquella tierra.

Estaba todo el pueblo deseoso de ver el fin de aquel suceso, esperando
los unos que montando en clera el Mapono se empease en defender, ms
con obras que con palabras, la divinidad de los demonios, y los otros se
prometan xito ms feliz, en que no se engaaron; porque el Mapono
qued asombrado y como aturdido; y siendo, como era, hombre de buen
natural, de ingenio pronto y de entendimiento agudo, Dios Nuestro Seor,
compadecido de l, le sac de sus engaos, le alumbr el entendimiento y
movi su corazn con tanta eficacia de su gracia, que luego pidi ser
cristiano; y en prueba de las veras con que lo deca, confes delante de
todos que l haba estado engaado y haba engaado  los dems; y que
se desdeca y retractaba de cuanto haba aprendido y les haba enseado;
que no haba otro Dios que Jesucristo; y que su santa ley, no slo era
mejor que la de ellos, sino la nica y necesaria para la salvacin
eterna del alma; y que para enmienda de lo pasado, no slo exhortaba 
sus paisanos que la abrazasen, sino que ira  los Jurucars, Cozacas y
Quimiticas para reducirlos  que hiciesen lo mismo.

Con una tan ilustre confesin, tanto ms digna de agradecimiento cuanto
menos esperada, haciendo increble fiesta los nefitos y gritando de
contento, se arrojaron todos  darle muchos abrazos; pero  ninguno cupo
mayor jbilo que al V. Padre, que con la conversin de ste slo di por
reducido  todo el pueblo al gremio de la Santa Iglesia.

Haciendo, pues, labrar una grande cruz, se fu con ella en procesin 
la plaza, en donde la coloc en el mejor lugar por trofeo de la
victoria, y en seal de la posesin que Cristo y su santa ley tomaban
aquel da de los Quiriquicas; y los cristianos entonaron las letanas 
dos coros de msica, lo que  los brbaros, que nunca hasta entonces
haban odo harmona de buen concierto, les pareci cosa del cielo, y
estaban como absortos oyndola. Hecho esto, mand que trajesen los nios
para bautizarlos.

Al punto (son palabras del P. Lucas) me ofrecieron tantos, que gast un
da entero en sus bautismos, y cansndose el cuerpo en este ejercicio,
pero alegrndose el espritu al ver tanta multitud de nios admitidos 
la filiacin de Dios en las saludables aguas del bautismo y  sus
padres reducidos de obstinados idlatras  fervorosos cathecmenos. No
saban apartarse de mi lado para aprender lo que les era necesario hacer
para alcanzar en premio la eterna bienaventuranza.

Detvose aqu algunos das para confirmarlos ms en la fe, para que
pudiesen resistir  las sujestiones del comn enemigo, y luego se
dispuso  la partida, la cual, en qu forma la ejecut, ser mejor oirlo
de la boca del Padre:

Empezando  moverme (dice) se vino tras m todo el pueblo llorando y
lamentndose y diciendo: Padre mo, Padre mo, t te vas, dejndonos en
un extremo desamparo; no te olvides de nosotros, volved, por compasin
de nosotros, el ao que viene; y volvindose  mis compaeros les
suplicaban que entonces me condujesen ac. De esta manera vinieron tras
m por algn trecho del camino, no pudiendo yo responderles palabra por
las lgrimas que me corran de los ojos, y por un inexplicable consuelo
que me ocupaba el corazn, considerando cun fcil es  la divina
omnipotencia mudar los corazones y voluntades humanas, pues slo con
querer puede en un instante convertir los tizones del infierno en
piedras resplandecientes del Paraso; no cesaba de bendecir y besar las
santas llagas del Redentor,  cuyos mritos reconoca deber el feliz
xito de esta Misin. Ofrecironme muchos nios para que desde luego los
llevase para servir en la iglesia, y de ellos escog slo tres, no
queriendo cargar de mayor peso y molestia  mis compaeros.

En tres das se puso en la Ranchera de su aficionadsimo Patozi, de
quien fu recibido como si volviese de la otra vida; y siendo ya muy
entradas las aguas que no le permitan detenerse, di la vuelta  San
Francisco Xavier, con no poco pesar y dolor de los paisanos  quienes
dejaba.




CAPTULO XIV

_Vuelve el P. Lucas  los Manacicas, visita
todas sus Rancheras y se restituye
por otro camino  la Reduccin
de San Francisco Xavier._


Aunque el apostlico operario procuraba registrar todas las tierras de
esta nacin, no obstante, as porque era necesario abrir camino  costa
de sudores y trabajos y por eso gastar mucho tiempo, como por donde
quiera que entraba quera arrancar de raz la idolatra y plantar la fe,
y en esto se le pasaban meses enteros, no pudo los aos antecedentes
visitar y ver todas las Rancheras, para lo cual le fu preciso esperar
 la primavera del ao 1707.

Estando, pues, todo este pas, segn ya dije, en forma de una pirmide,
que por ambos lados confina con los Chiquitos, era su nimo correr todas
las tierras hasta los Aurops, y as darse las manos por dos caminos
con los Chiquitos; mas para empresa tan grande era necesario vencer
grandsimas dificultades y estorbos del camino.

Pero Dios Nuestro Seor,  quien se le recreca tanta gloria accidental
en este designio, quiso, no solamente satisfacer sus deseos con el xito
feliz, sino mostrar tambin cunto le agradaban sus sudores con muchos
sucesos milagrosos, para darle  l nimo en tantos trabajos y afanes, y
 los infieles ms claro conocimiento de su fe.

Prevenido, pues, el santo varn de tanta mayor caridad y celo, cuanto
era necesario para tamaa empresa, y animados algunos de los ms
fervorosos nefitos, no slo para ser sus compaeros, sino tambin para
dar la vida en testimonio de aquella ley que iban  plantar entre los
brbaros, se puso en camino  los 4 de Agosto de 1707 y llegando el da
de la Asuncin de la Santsima Virgen  las riberas del ro Zununaca, se
encontr con los Zibacas, de quien fu recibido con muestras de grande
amor, y _Putuman_, su cacique, le regal con mucha pesca y se parti 
largas jornadas  su tierra, donde di orden  sus vasallos que le
allanasen el camino, y desde all diariamente le provey de comida y
bebida, hasta que entrando el Padre en su Ranchera le sali  recibir
el pueblo, muchachos, mujeres, y aun las que criaban, con sus nios en
los brazos; y el cacique le cumpliment, no ya como brbaro, sino con
trminos muy corteses, y llegando  la plaza le cercaron todos en rueda,
y con semblantes y voces de increble alegra, le daban la bienvenida,
besndole la mano, y pidindole les echase su bendicin.

Alegrsimo el siervo de Dios con tan buen principio de su misin, de
donde infera el logro de sus deseos, se puso luego  tratar las paces
de aquella gente con los Ziritucas,  quienes por un leve disgusto
haban jurado dar la muerte; y asegurndose aquellos entre los bosques,
haban saqueado y robado toda la tierra, y pegado fuego  las casas.

Llamando, pues, aparte al cacique, y  los principales, les di 
conocer la gravedad de su delito, y les orden enviasen  llamar  los
Ziritucas y volviesen  entablar con ellos una buena amistad.

Vinieron los Ziritucas, dironle grandes quejas de los Zibacas, pidiendo
les obligase  resarcirles los daos, y que les restituyesen las
haciendas que les haban robado y tenan an en su poder.

Llam entonces  los Zibacas, que bajaron la cabeza y no tuvieron que
responder otra cosa sino es que la clera y la venganza les haba hecho
pasar los trminos de la razn; que arrepentidos de lo hecho, queran ya
ser sus compaeros y hermanos; mas para no tener obligacin de
restituirles su hacienda, aadieron con sutil astucia, que los haban
mantenido  su costa por espacio de nueve cosechas.

No vino en esto el P. Lucas, y les mand, mal de su grado, que
restituyesen luego las haciendas  sus dueos; y no hubo ninguno, aun de
los ms atrevidos, que osase contradecirle, porque la reverencia que le
haban cobrado, por el severo castigo con que Dios haba vengado las
injurias que algunos le hicieron en los aos pasados, les quit el
atrevimiento para resistirse.

El da siguiente junt el pueblo en la plaza al pie de una cruz, donde
el santo misionero explic la ley de Cristo que haban de guardar para
alcanzar la salvacin, descubriendo juntamente todas las maldades de los
Maponos y de aquellas diablicas deidades con singular gusto y contento
de los oyentes que le interrumpan muchas veces, gritando en alta voz y
diciendo queran  Jesucristo por su Dios y su Padre, y  la reina de
los ngeles por su madre y Seora, y detestaban y maldecan de los
Tinimaacas.

Luego, para que las cosas que haban odo se les quedasen ms vivas en
la memoria, hizo  sus nefitos cantar las excelencias de nuestra fe y
los vituperios de aquellos dioses, en ciertas canciones que l mismo
haba compuesto en aquel idioma, de lo cual recibi tanto gusto y
contento aquella buena gente, que las quisieron oir muchas veces para
aprenderlas, con tanto empeo, que en gran rato no dejaron descansar 
los cantores.

Tan buena disposicin de este pueblo para alistarse en el nmero de los
cristianos, no fu tanto obra del P. Caballero, que el ao antecedente
les haba predicado la ley de Dios, cuanto de la Virgen Santsima
Nuestra Seora, que poco antes, con un insigne milagro, haba dispuesto
los corazones de aquellos brbaros para que prendiese en ellos la
semilla de la predicacin Evanglica y rindiese fruto correspondiente 
los sudores del sembrador. Esta fu la sanidad que milagrosamente di la
madre de Dios  _Zumacaze_, sobrino del cacique, que abrasado por muchas
semanas continuas de una maligna fiebre, se le haban secado las carnes
y consumido las fuerzas, de suerte que, como incurable, le haban,  su
usanza, dejado en un total desamparo.

Viendo _Zumacaze_ el caso desesperado y ms pesaroso de perder la
bienaventuranza sin el bautismo que la vida corporal, volvi su
confianza toda  la Santsima Virgen, cuyas alabanzas y poder haba odo
muchas veces, y por eso la invocaba con frecuencia, diciendo:

Seora ma, creo que sois la verdadera Madre de las gentes, y que la
diosa Quipoci es un diablo engaador; creo en t y en Jesucristo, y te
suplico no permitas que yo muera infiel, para que no me condene
eternamente; quitadme esta fiebre, hasta que recibido el santo bautismo,
te pueda ir  ver all en el cielo.

No poda hacerse sorda la Madre de Misericordia  las plegarias de quien
era tan devoto suyo, aun antes de ser cristiano; por lo cual, mientras
l con encendido afecto y esperanza grande repeta esta oracin, se le
apareci de improviso al medio da la Reina del cielo, despidiendo de s
tantos resplandores en las manos y rostro, que todo el rancho estaba
baado con luces, y con semblante amabilsimo, le dijo:

Yo soy aquella  quien t invocas; confa, hijo, que sanars; cree lo
que ensea el Padre, y d en mi nombre  tus paisanos que hagan lo
mismo.

Desapareci entonces la Santsima Virgen, y en aquel punto se hall el
enfermo perfectamente sano. Acudi  verle todo el pueblo, y oda la
causa de su milagrosa sanidad, se encendieron sus corazones en vivos
deseos de ser cristianos.

No se acabaron aqu las bendiciones del cielo; antes teniendo aquellos
brbaros al P. Lucas un amor de padre, y reverencindole como  santo,
trajeron  su presencia todos los enfermos, pidindole, que pues era
ministro de un Dios tan poderoso, intercediese ahora por ellos.

No poda l ya justamente hacerse desentendido  aquellas splicas, y
ms cuando la gracia no sera menos poderosa que la eficacia de sus
palabras para su conversin, y para que con la salud del cuerpo
recibiesen tambin la del alma; por esto preguntaba  los enfermos si de
corazn crean en Jesucristo, y queran bautizarse; y respondiendo ellos
que s verdaderamente.

Ledo el Evangelio _super gros_--(son palabras del P. Lucas)--me daba
Dios nimo de decir: _fiat vobis ficut credidistis_, y al punto quedaron
sanos. Corri la voz de lo sucedido desde esta Ranchera  las otras de
la tierra; y plugo  Dios darme la milagrosa virtud de las curaciones,
para traerlos casi contra su voluntad  su conocimiento, porque sanando
milagrosamente, conocan con claridad cunta diferencia haba entre el
Dios de los cristianos y los Tinimaacas. Hasta aqu el venerable Padre.

Bautizados despus los nios, le suplicaron el cacique y los principales
fuese  los Jurucars, que tenan alborotado todo el contorno, saqueando
todas los Rancheras y matando  sus moradores.

Condescendi gustoso con sus splicas, porque teniendo noticia cierta
que los Jurucars tenan gran devocin al demonio y  sus ministros, l,
que tena encendidos deseos del martirio, esperaba que se le satisfaran
plenamente.

Apenas se puso en camino, cuando toda la alegra festiva del pueblo se
convirti en otra tanta melancola y tristeza. Furonse todos tras l
con las lgrimas en los ojos, y cogindole las manos no acababan de
besrselas, y fu esto de suerte que movieron  compasin al cacique, 
cuyos ruegos se parta tan presto; procur el Padre consolarlos dndoles
esperanzas de que cuanto antes pudiese volvera  visitarlos, y que si
no fuese l, sera  lo menos otro de sus compaeros.

Tres das gast en el camino, afligido sobremanera de la sed, ocasionada
del sol ardientsimo. Al tercero,  eso del medio da, creyendo estar
an muy lejos de los Jurucars, se hall casi  sus puertas; y no
pudiendo dejar de ser descubiertos, llam  sus cristianos y les
manifest el riesgo evidente que corran de perder la vida  mano de
aquellos brbaros, enemigos capitales del nombre de Cristo, si Dios no
los libraba milagrosamente; por lo cual, hecho un fervoroso acto de
contricin, les di la absolucin general.

Al ver esto, se ech  sus pis un gentil y le pidi con eficacsimas
instancias le hiciese cristiano, dando palabra al Padre de que vivira
entre cristianos, lo cual agrad tanto al santo varn, cuanto ms
claramente conoci que sola la gracia del Espritu Santo le haba movido
 pedir el bautismo.

Mas no les cogi de improviso su venida  los de la Ranchera, porque
dos das antes, estando todo el pueblo en sus devociones y splicas,
les dieron noticia aquellas diablicas deidades de que venan el Padre y
sus compaeros, diciendo _Uracozoriso_, con lgrimas en los ojos:

--Ya me veo obligado  buscar en otras partes otros que me adoren,
porque de sta mi iglesia me echa un grande enemigo mo, que ya se
acerca: huos tambin vosotros. Trae este hombre en la mano un
instrumento (decalo por la cruz) en que no puedo fijar la vista.

Oy sus llantos y lamentos el pueblo, y procur consolarle con mil dones
y ofrendas; mas l, con sus compaeros, les volvieron el rostro,
haciendo, como de concierto, un doloroso llanto, levantando el grito y
los aullidos  manera de desesperados.

Caus esto en el pueblo gran confusin y espanto, el cual creci hasta
que el demonio, en forma de un grande pjaro, despertando al cacique, le
estimul y exhort  la fuga, por lo cual, as el cacique como el Mapono
ms venerable y de ms aos, y en pos de ellos gran parte de la plebe,
se huyeron  los bosques, metindose en las grutas de las fieras.

Habanse quedado algunos en el pueblo que estaban ya de partida, cuando
el V. Padre,  pie, y con la cruz en la mano, acompaado de algunos
cristianos ms fervorosos, entr en la Ranchera, llevando en alto la
imagen de la Santsima Virgen.

Apenas le divisaron los paisanos, cuando se pusieron en fuga, y de ellos
detuvieron  algunos los compaeros del Padre, no sin riesgo, porque
enfurecido un brbaro, descarg en la cabeza de un muchacho cristiano
tan fiero golpe, con una hacheta de piedra, que si Dios por su
misericordia no hubiera permitido que errase el golpe, se la hubiera
partido por medio.

Procuraron aquietarlos con buenas palabras y quitarles de la cabeza
aquellas sombras y sospechas con que el enemigo infernal haba maquinado
impedir su conversin.

Luego, llamando el P. Caballero  un mozo de buen aire y bien agestado,
procur ganarle para s con aquellos modos de amor y caridad que ensea
 los varones apostlicos el celo de la salvacin de los prjimos; y
regalndole con mil cosillas de las que aprecian los brbaros, le
despach  los que se haban hudo; y Dios le puso en el corazn tal
afecto para con el Misionero y en la lengua tal eficacia, que dentro de
un breve rato volvi con una tropa de paisanos, y poco  poco los
condujo  todos.

Miraban al Padre asombrados, y le imaginaban  un monstruo  cosa de la
otra vida, pues, tena tanto poder para desterrar  los Tinimaacas y
echarlos de sus tierras; mas  sus dulces y suaves palabras se
recobraron: y aunque ignorantes, reflexionando en aquellos lamentos y
desesperaciones de sus dioses, infirieron, por evidente conclusin, que
eran muy flacos y de ningn poder, pues no podan resistir  aquel
hombre, con lo cual se le aficionaron increblemente, y desterrado de
sus corazones todo temor, hospedaron con igual afecto en sus ranchos 
chozas al Padre y  sus compaeros.

El da siguiente, junt todo el pueblo en la plaza al pie de una cruz
que all haba enarbolado les explic los misterios que deban creer y
los preceptos que haban de observar, descubriendo la vanidad de sus
deidades y perversidad y fraude de los sacerdotes; y pblicamente el ms
viejo de todos, que haba encanecido en la malicia, no pudiendo negarse
 las luces de la verdad, con que el Padre le daba en los ojos, se
rindi vencido, y confes que haba engaado  los dems por tener con
qu sustentarse.

Oale la gente con silencio y atencin, y an con aplauso y placer,
principalmente cuando refiri la creacin del mundo, y la cada de los
ngeles prevaricadores,  quienes haban sido muy devotos y fieles.

Continu por algunos das la explicacin de la doctrina cristiana,
oyndole siempre con igual gusto y provecho; y parecindole ya tiempo de
quitarles todas las ocasiones de recaer en la idolatra, orden que
trajesen  la plaza los tabernculos, las esteras y cuanto serva al
culto de sus dioses, y pisndolo todo por escarnio y llenndolo de
inmundicia, lo hizo abrasar, reservando solamente un instrumento
astronmico de bronce, que representaba al sol y luna con los otros
signos del Zodiaco; don que muchos siglos antes les haban dado los
demonios, y despus todos juntos se pusieron  bailar y cantar algunas
canciones al son de los instrumentos que entre ellos se usan.

Ayudaron no poco  la conversin de esta gente los indios Zibacas, cuyo
cacique, dijo en alabanza de la ley cristiana, tales cosas, que sin duda
le dictaba las palabras el Espritu Santo,  quien tena en el corazn,
que el mismo P. Caballero qued no poco maravillado; y no hacan nada
menos sus vasallos, los cuales, no pudiendo detenerse ms tiempo por
causa de sus labores, se fueron con gran dolor  despedir del V. Padre,
quien describiendo esta despedida, habla de esta manera:

Con cuntas lgrimas y suspiros se despidiesen, no puedo expresarlo
bastantemente; no saban apartarse de m, y yo no senta menos su
partida; procur consolarlos, diciendo que el ao siguiente, queriendo
Dios, volvera y les enseara ms despacio su santa ley.

Aunque se partieron los Zibacas, tan aficionados y devotos del P. Lucas,
no por eso se resfriaron en su amor los Jurucars, ni hubo cosa, aunque
muy difcil, que no hiciesen por l.

Exhortles  que depusiesen las armas y ajustasen paces con los
confinantes, y ninguno hubo que no viniese en ello, y antes ellos
quisieron ir en persona  pedir la paz  los Pizocas, mostrando que las
obras correspondan bien  las palabras que le daban.

El cacique de ms autoridad, antes de ponerse en camino, le suplic con
eficacsimos ruegos le administrase el santo bautismo, porque cargado ya
de aos y lleno de canas, le quedaba poco de vida; y ya que por la
misericordia de Dios haba conocido la verdad, la quera tambin abrazar
para que el conocimiento no le sirviese de eterna confusin.

Enternecise el santo varn con tan justa demanda; mas no pudo darle
consuelo, porque tena orden estrecha de los Superiores para no
bautizar,  ningn adulto antes de fabricar la Reduccin; por lo cual se
excus con lo mejor que pudo de no poder condescender con su peticin,
aunque lo deseaba sumamente; y que si l daba la palabra y perseveraba
en aquel sabio y santo propsito, no tardara mucho,  en volver l
mismo,  si no pudiese, enviara otro de sus compaeros en su lugar para
que le pusiese en el camino de la salvacin eterna.

Ya que no pudo conseguir esto el buen cathecumeno, quiso que  lo menos
en prenda de su promesa, le diese una pequea cruz para traer al cuello
y para muestra de otras que quera fabricasen sus vasallos, porque
entendida la virtud de aquel santo Leo, quera ponerla en todas partes,
para que por su respeto no osase el demonio causarles algn dao en la
vida  hacienda. Bautizados, pues, aqu los muchachos, pas  los
Quiriquicas, donde el ao antecedente la Reina de los ngeles le haba
defendido de sus flechas.

Salironle al encuentro todos, hombres y mujeres, y le hospedaron
cortesmente en su Ranchera, mas no con aquellas demostraciones de
afecto que el Padre esperaba; y sin duda fu porque haba ya algunos
das que estaba hecha la Ranchera un hospital de enfermos y moribundos
por una epidemia pestilente que haca gran estrago en todos, y lo peor
era que echaban la culpa al Padre, diciendo que por haber querido
matarle, haba hecho venir de otro lugar la peste para vengar su
agravio.

Fu luego  visitar los enfermos y con extremo dolor suyo vi morir  su
vista una mujer, sin tener tiempo para administrarle el santo bautismo;
ley sobre todos el Evangelio _Super gros_; mas Dios quiso diferir
algn tanto el favor para que la gente tuviese en mayor aprecio y
veneracin su santa ley, y por ella  su ministro, y as fueron
mejorando poco  poco los apestados; y entonces orden el santo varn
que por las tardes se juntasen todos en la plaza; all, desde un lugar
eminente, les explic la verdadera causa de aquel accidente; que no era
l la causa por ser hombre flaco y miserable, y de ningn poder como
ellos, sino slo Dios del cielo,  quien l serva, que haba tomado 
su cuenta la venganza de la injuria que  l le haban hecho; que por
tanto se quejasen de s mismo, que  l le pesaba mucho de aquel mal.
Interrumpile el cacique diciendo se haban muerto ya los que le haban
hecho aquel agravio. A lo cual dijo el P. Caballero: No soy el autor
de este estrago, Jesucristo, criador del Universo, lo es:  Su Majestad
es necesario pedirle que cese, y esperar de l la gracia y
misericordia.

Mientras estaba en estas plticas, le vinieron  avisar que estaba para
espirar el cacique _Sanucare_. Rompi al punto el discurso para acudir 
donde le llamaba la extrema necesidad, pero fu en vano, porque el mal,
que era fuertemente maligno, le haba sacado de juicio, y estaba ya
delirando con frenes; y por ms remedios de que se vali, nunca le pudo
volver en s.

Afligidsimo por esta causa, se sali del Rancho del enfermo y postrado
en tierra, con lgrimas y splicas muy afectuosas, empez  pedir  Dios
que por su piedad y por los merecimientos de su Hijo Santsimo, le
concediese la gracia de darle  aquella alma, comprada con el precio de
su sangre, el uso de la razn.

Al punto ces el delirio y volvi en s el enfermo, de suerte que el
Padre tuvo tiempo para instruirle en los divinos misterios y lavarle con
las santas aguas del bautismo; y sugirindole afectos de contricin y
esperanza en Dios, espir en breve.

El da siguiente orden una devota procesin para obtener para aquella
pobre gente el remedio de su calamidad. Mas lo que sucedi, ser mejor
oirlo de boca del santo Padre:

Acompaado (dice) de cristianos y gentiles enarbol una imagen de la
madre de Dios, dando vueltas por toda la tierra, llevndola  las casas
de los enfermos, y lleno de confianza, le deca Nuestro Seor: Mirad,
Seor,  vuestra misericordia, y no entreguis al estrago de la peste
estos nuevos fieles; no diga este pueblo, tierno en la fe y dbil en la
virtud, que sois muy riguroso en los castigos; si para mi defensa
echasteis mano de los milagros, mostrad ahora vuestro poder en sanarlos,
para gloria de vuestra ley. Entraba con esta confianza en las casas de
los enfermos apestados y arrodillados todos, as cristianos como
gentiles, rezbamos el Ave-Mara; luego preguntaba al enfermo si crea
de corazn en Jesucristo y confiaba en su Santsima Madre, y
respondindome que s, le aplicaba una estampa de San Francisco Xavier
para que me fuese intercesor con la Reina del cielo, y mis pecados no
impidiesen su piedad; por ltimo, le tocaba con la imagen de la Virgen
Nuestra Seora, y de esta manera, en pocos, das ces la peste y an los
de ms peligro recobraron la salud. As el Venerable Padre.

Consolado con este favor aquel pueblo, se puso luego en camino hacia los
Cozacas para llegar  los Tapacurs, antes que el tiempo rompiese en
lluvias y cerrase los caminos. En esta jornada vino Patozi, el cacique
de los Moposicas, con gran nmero de sus vasallos, y se le quej mucho
porque no iba  sus tierras, usando de cuantas artes y modos de ruegos
supo para moverle  compasin; con todo eso, aunque el Padre lo deseaba
mucho, no lo pudo consolar, por no querer torcer su viaje  otras
Rancheras del Norte  del Medioda, sino slo tirar derechamente 
Poniente; y reconocida su buena voluntad, le convid  que le acompaase
hasta los Cozocas, que ya tena  la vista.

Luego confort en el alma con un fervorossimo razonamiento  sus
nefitos, y les exhort  ofrecer su vida  aquel Seor que por el bien
de las nuestras di la suya; porque el demonio, que llevaba muy mal
tantas prdidas, sin haberlas podido remediar, haba hecho el ltimo
esfuerzo con los Cozocas para que le quitasen la vida; lo mismo deseaba
el santo Misionero; y hablando con sus cristianos, slo senta que la
rabia del enemigo infernal y de sus secuaces no tuviesen permisin para
matarlo.

Estbanle mirando los Cozocas desde la plaza de su Ranchera, y apenas
el Padre se puso  mirarlos con la cruz en la mano, cuando prorumpiendo
en gritos descompasados,  la usanza de brbaros, le dispararon una
tempestad de saetas, que  no repararlas Dios con su mano poderosa,
hubiera quedado muerto.

Los cristianos y cathecmenos, viendo las cosas tan contrarias, se
retiraron atrs. Slo iba al lado del siervo de Dios un joven
fervorossimo, deseoso de dar la vida en testimonio de la fe, que pocos
meses antes haba abrazado. Seguanle otros cuatro, uno de los cuales
llevaba en alto la imagen de la Madre de Dios. Procur el apostlico
Padre sosegar con su angelical rostro y afables y corteses palabras
aquellas furias del infierno.

Todo fu en vano, porque envenenados los brbaros contra Jesucristo y su
ley, sin hacer caso de nada, le apuntaron y dispararon un gran nmero de
saetas  su cabeza, mas nunca pudieron acertar; antes bien vean
manifiestamente que volvan atrs las flechas, como si una mano
contraria las tirara; y una disparada con tal mpetu que le hubiera
pasado de parte  parte; pero al llegar la detuvo sin duda Dios,  hizo
caer sin fuerza  los pis del Padre. Con otra hirieron en el vientre 
un cristiano que llevaba la imagen, y alegrsimo el buen muchacho de su
dichosa suerte, se retir aparte para gastar con Dios los ltimos
perodos de su vida, con no menos gloria suya que envidia del P. Lucas,
que abrazndole estrechamente, se dola de que en pena de sus pecados no
mereca acompaarle en la muerte.

Entre tanto, el Mapono atizaba con rabia infernal  los suyos, y cerca
de una hora estuvieron disparndole saetas sin causarle ms dao que
romperle el vestido; bien que al levantar en alto aquella santa imagen,
le corrieron por los brazos extraos dolores y le impidieron el uso de
ellos.

Mientras ellos procuraban valerse de todas las suertes de su crueldad y
fiereza para darle la muerte, los cathecmenos desde lejos procuraban
librarle de ella, amenazando  los Cozocas que vendra sobre ellos la
ira de Dios y les dara su merecido, como  su costa ellos lo haban
experimentado; y  fuese porque el temor les hiciese caer en la cuenta,
 porque Dios reprimiese su orgullo, dndoles ms acerbos dolores en los
brazos, se pararon algn rato y dieron tiempo y oportunidad al siervo de
Dios para acercarse al Mapono, y con modo corts y afable le di 
conocer el poder de Jesucristo, que por ms que l y los suyos lo
intentasen, si no era voluntad de su Divina Majestad, no le podran
quitar un cabello; y que sus Tinimaacas, por ms que se jactasen de que
eran seores del cielo y dueos del mundo, al fin no eran otra cosa que
miserables y flacas criaturas condenadas por su culpa  crcel perpetua
en el infierno.

Entre tanto que l hablaba as al Mapono, puso Dios los ojos de su
piedad sobre aquel brbaro, y penetrndole lo interior del alma, soseg
aquellas furias; con lo cual, cambiado el furor en agrado, le hosped
cortesmente en su casa, ponindole la mesa abastecida de lo mejor del
pas.

Estando en esto se ech  sus pis un gentil, y con lgrimas en los ojos
le pidi que al punto le bautizase, porque tema mucho no le matasen
all  traicin por causa de algunos disgustos antiguos, y no quera
perder con el cuerpo la vida del alma. Dile gusto el P. Lucas y quiso
celebrar, como celebr, la sagrada funcin de aquel bautismo en uno de
los templos, por ms que le pesaba al demonio y  los de su partido.

El mismo da haba despachado el Mapono un mensaje  _Abetzaico_,
cacique de los Subarecas, para que con su milicia viniese  ayudarle 
exterminar  desterrar del mundo al enemigo capital de los dioses y 
sus compaeros; mas desbarat sus designios un ngel, el cual,
aparecindole, no s si en sueos  despierto, le orden que fuese 
encontrar al Padre y le recibiese en su tierra y oyese su doctrina.

Vino el cacique sin armas, servido de dos de sus vasallos, y noticiado
del atrevimiento de los Cozocas, se encoleriz sobremanera contra el
Mapono; y hubiera puesto en l las manos,  no haber venido  buen
tiempo uno que daba aviso de que dos cristianos heridos estaban ya para
espirar. El P. Lucas nos dir mejor con sus palabras lo que entonces
sucedi:

Acud (dice)  donde yacan tendidos sobre la tierra aquellos mis dos
muchachos; que  la verdad era espectculo digno de mover  cualquiera 
compasin, verlos tan malamente heridos que el suelo estaba baado en su
sangre, cubiertos de moscas, que parecan cadveres, sin tener un trapo
con qu cubrir las llagas, y ser necesario por esto servirse de las
hojas de los rboles; causbame, empero, grande admiracin y asombro su
paciencia, los tiernos coloquios que hacan  la Santsima Virgen,
alegrndose de derramar la sangre y morir por aprovechar  sus prjimos,
y en servicio de su santsimo hijo. Uno de ellos era Manacica de nacin,
bautizado pocos meses antes y me serva de intrprete; tena atravesado
el brazo con una flecha, y por eso, heridos los nervios, le causaban
desmayos y pasmos mortales; al otro, herido en el vientre, se le haban
salido en gran parte las entraas. Orden que los llevasen debajo de una
enramada, donde queriendo volver  poner en su lugar las entraas  este
ltimo, fu necesario cortarle parte de ellas. Encomendose con grande
confianza  la Reina de los ngeles, y despus de un ligero sueo se
hall perfectamente sano; el otro se restituy en breve  su entera
salud, hallando su brazo libre y expedito, sin otro remedio que el de
Dios y su Providencia, pues all no haba otro. Hasta aqu el P. Lucas.

Detvose all algunos das para arrancar de raz la idolatra y
disponerlos  recibir la santa ley de Cristo; y aunque al principio le
fu preciso ir ganando tierra poco  poco, venciendo al fin la gracia
del Espritu Santo, abrieron los ojos aquellos brbaros y se ofrecieron
de buena gana  alistarse en el nmero de los fieles, presentando en
prendas de esta verdad  sus hijos para que desde luego fuesen lo que
ellos de all  poco haban de ser.

Llevaba mal _Abetzaico_, que se detuviese el Padre tanto con los
Cozocas; y se lamentaba tanto de esta tardanza, que precis al siervo de
Dios  despedirse de aqu  ir  su tierra, donde no hubo bien llegado,
cuando fueron inexplicables las alegras y seales de jbilo que
mostraron los Subarecas, salindole  recibir y haciendo fiestas  su
usanza propias para cuando quieren mostrar extraordinaria alegra.

Cul fuese la pompa, y lo que ms importa, el santo fervor de devocin
con que desde el primero al ltimo veneraron estos nuevos cathecmenos
la Santa Cruz, no es fcil referirlo.

El cacique y los principales quisieron tener la honra de formarla y
ponerla en la plaza, no permitiendo que otros ms inferiores pusiesen la
mano en esta obra; luego, arrodillados todos al rededor de la cruz, la
adoraron humildemente, y entre tanto, las mujeres y el resto del pueblo
estaba bailando y cantando al son de sus instrumentos, y los cantares
eran alabanzas de la Cruz, de la santa ley de Dios y de la Santsima
Virgen; ni se acabaron las fiestas aquel da, antes bien las continuaron
por muchos das, no sabiendo ponderar el consuelo que tenan, por haber
de ser cuanto antes cristianos, y levantado y adorado en su tierra el
rbol de nuestra Redencin. Y Dios Nuestro Seor, para confirmarlos en
la fe, y mostrar cunto se agradaba de aquella devocin y fervor,
restituy la salud  todos los enfermos y calenturientos con slo leer
el Padre sobre estos el Santo Evangelio.

Qu jbilos de alegra senta en el corazn y qu lgrimas de consuelo
le corran de los ojos al P. Caballero, confiesa l mismo que no lo
poda explicar, acordndose que aquellos mismos que ahora con tanta
veneracin adoraban la cruz, y en ella  Jesucristo, eran los que poco
antes adoraban  los demonios feos y abominables.

Mas no por esto se olvidaba del trmino de su viaje, por cuya causa se
hubo de despedir de los Subarecas, no sin grandes lamentos y llanto
universal de aquella buena gente, la cual, viendo que no le podan tener
ms tiempo en tierra por entonces, quiso que la flor de la juventud le
fuese acompaando para ir allanando el camino y proveyndole de vveres
al Padre y  sus compaeros, lo que ejecutaban  competencia con los
Cozocas.

Ya haban caminado algunas jornadas cuando cayeron enfermos once de sus
nefitos, con increble dolor del santo misionero; mas el modo como
sanaron, lo escribe l mismo por estas palabras  su Provincial.

Padeca yo (dice el P. Lucas) la enfermedad de todos, y me penetraba el
corazn el escndalo de los gentiles, los cuales se maravillaban mucho
que gozando ellos de muy buena salud, enfermasen los cristianos, con lo
cual pareca querer decir que aquella ley no era tan santa como yo se la
haba pintado, pues sus profesores estaban sujetos  las enfermedades
sin poder librarse con solas cuatro palabras, como  ellos no pocas
veces les haba sucedido. Quejeme amorosamente  mi Seor Jesucristo y 
su Santsima Madre, diciendo:

--Bien conozco, Seor, que mis pecados merecen esto y mucho ms; pero,
mirad, Seor, por vuestra gloria; no digan los infieles que los
cristianos tienen un Dios que no tiene entraas de compasin con
aquellos que le adoran: _Ne dicat gentes ubi est Deus eorum?_ Mirad,
Seor, que los nefitos tendrn horror  los trabajos y fatigas de la
Misin, si perseguidos de los infieles brbaros y afligidos de las
enfermedades, no acuds presto  socorrerlos y librarlos. Quin me
acompaar en estos desiertos para abrirme camino y servirme de
intrprete para declarar vuestra ley? Si obris milagros para sanar 
los infieles, por qu no haris lo mismo con los cristianos?

No tard mucho en moverse  piedad el Padre de las misericordias y Dios
de toda consolacin, porque la vspera de los ngeles Custodios se dej
ver muy resplandeciente uno de estos bienaventurados espritus, de uno
que estaba con calentura, y le dijo:

--Esta enfermedad que padecis os ha venido en lugar de la muerte que
habais de llevar de manos de los brbaros. Confiad en Dios, que cesar
el mal. Grande ser el premio que tendris all en el cielo por los
trabajos y fatigas que padecis por dar  conocer  Dios  vuestros
paisanos.

Con eso creci en todos la confianza; quise yo darles una bebida, no s
si purga  bebida, porque no conoca su fuerza, con lo cual creci el
mal; y no sufriendo los ardores de las fiebres ardientsimas, y
hacindose llevar al ro, se arrojaron al agua para templar con lo
exterior de aquel fro el calor de sus fiebres; y sin otro remedio
quedaron todos sanos y salvos. Hasta aqu el V. P. Lucas.

Y  la verdad era necesaria tal enfermedad y tal milagro para que
perseverasen hasta el fin del viaje; porque atemorizados de tantos
riesgos y peligros de la muerte que  cada paso encontraban, ya  manos
de los brbaros, ya de la sed  de la hambre, se haban los nefitos
resfriado no poco en el celo de anunciar el santo nombre de Dios  los
que vivan en las tinieblas de la infidelidad, y cayendo ahora en la
cuenta y reconociendo mejor las cosas, postrados todos por tierra
pidieron al Padre perdn de su temor y flaqueza, y se ofrecieron  Dios
con corazn valiente y firme para vencer cuantas asperezas y
dificultades encontrasen, aunque fuese necesario perder la vida en su
servicio.

Pusironse nuevamente en camino con esta resolucin por una senda
estrecha y difcil de un bosque espessimo, con no pequeo trabajo; y
despus de caminadas pocas leguas, perdieron el rastro de la senda, no
sabiendo dnde estaban, ni por dnde tomar rumbo, por cuya causa
anduvieron perdidos por espacio de un mes entero, ya trepando por
fragosas montaas, ya metindose por lo ms interior del bosque; sin
tener otra cosa que comer sino hojas de rboles y races silvestres, ni
en qu descansar y tomar un corto sueo sino una red colgada de un
rbol,  cielo descubierto.

En este aprieto, al P. Caballero, que era de complexin delicada y de
suyo enfermizo, y que por los trabajos  incomodidades apenas se poda
tener en pie, le sobrevino una tan gran flaqueza de estmago, que no
poda retener manjar ninguno por lijero y de poca substancia que fuese;
pero no obstante esto, la virtud de su espritu supla las fuerzas que
faltaban al cuerpo, siendo el primero que animaba  los otros 
arrojarse  los peligros y que con sus mismas manos abra el camino.

Finalmente, con algunas frutas speras y desabridas al paladar, se
recobr  sus fuerzas antiguas, echando Dios su bendicin en aquel
remedio, ms  propsito para enfermar  los sanos que para sanar
enfermos.

Aterrados de tantas dificultades los gentiles se volvieron atrs y lo
mismo hubieran hecho no pocos de los cristianos, si la Madre de Dios, en
cuya gloria redundaba el buen suceso de aquella empresa, no se hubiera
aparecido  uno de los ms desanimados, y reprendindole speramente de
su poco nimo y la falta de fidelidad  lo prometido  Dios.

Por ltimo, haciendo el P. Lucas fervorossima oracin al arcngel San
Rafael y  los ngeles Custodios de aquellas naciones, vino  salir  la
Ranchera de los Aruporecas, donde los aos pasados haba hecho una
Misin y rogado  su cacique que le acompaase con algunos de sus
vasallos hasta las Rancheras de los Tapacurs, se escus de hacerlo,
temeroso de que los Tapacurs se vengasen de los daos que haban
padecido en una guerra que les haba hecho; mas dndole el Padre su
palabra de que ajustara la paz, se rindi el cacique  ir acompaando
al siervo de Dios.

Guiado, pues, de una escuadra de Aruporecas, se puso en pocos das 
vista de los Tapacurs; pero antes de entrar envi  la Ranchera un
nefito, de nacin Tapacur para que le recibiesen cortesmente y no
hiciesen algn desmn contra sus enemigos los Aruporecas.

Sintieron mucho los Tapacurs su venida, mas con todo eso, disimulando
el disgusto, le salieron  recibir, y hospedndole en una casa
acomodada, le hicieron muchos presentes de frutas y caza: no obstante,
cuando quiso dar principio  sus apostlicos ministerios, se hicieron
sordos y aun le impidieron obstinadamente que pasase  las Rancheras de
su nacin, y solo le queran conducir  tierras de los enemigos. Lo
mismo respondi _Mayman_, cacique de otro pueblo, que haba venido 
cumplimentar al Padre. Es digna de saberse la causa de todo esto.

Haba el santo varn los aos pasados enarbolado en esta tierra una
cruz; vinieron all unos ministros del demonio, acompaados de una tropa
de indios Cuzicas, Quimomecas y Pichasicas, y sacndola del hoyo en que
estaba fijada, la hicieron pedazos con mucha irrisin y escarnio.

No tard mucho la ira del cielo en vengar el atrevimiento de aquellos
malvados y desagraviar la Santa Cruz, porque se encendi entre ellos una
peste que hizo tal estrago que en breve quedaron muertos aun los menos
culpados en aquel delito, siendo muy pocos los que escaparon de aquella
parcialidad. Por esta causa teman estos que sucediese lo mismo aqu y
en los otras lugares de su nacin, por lo cual,  fin de prevenir el
dao propio, le exhortaron  que se fuese  los Paunacas   donde ms
gustase, porque ignorantes  ciegos en sus errores, no conocan que si
por las injurias hechas  la santa cruz les venan tantas desgracias y
desastres, la reverencia y devocin que la tuviesen les alcanzara
mucho mejor del cielo la bendicin.

No por esto desmay el siervo de Dios, antes tomando materia de este
mismo temor para predicarles, lo hizo con tanto fervor de espritu y
eficacia de palabras, mostrando que no eran menos dignos de muerte los
que osaban injuriar  la santa cruz que los que impedan su culto; y as
convencidos, se rindieron  su voluntad, y levantndola en alto en medio
de la plaza, todos con reverente inclinacin la adoraron y se ofrecieron
 pasar con l  otras tierras.

Bautizados, pues, all los nios, prosigui con ellos su viaje, pero
hallaron desiertas las Rancheras; porque el demonio, que llevaba mal
tantas ventajas de la gloria divina, haba con infernal astucia
persuadido  la gente que se mudasen  otro lugar donde no les pudiesen
hallar tan fcilmente; fueron no obstante esto siguiendo el rastro, y al
salir de una espesa selva dieron en una bellsima campaa, muy amena y
alegre  la vista; pero por la mayor parte pantanosa, por los muchos
manantiales de agua que en ella haba. Descalzse el P. Caballero y
empez  pasarla, y tras l los indios, y  la verdad lo que padeci en
aquel paso ninguno lo puede decir mejor que l mismo que lo
experiment. Escrbelo as el venerable Misionero:

Pasbamos el agua  las rodillas, y eran tan profundos los pantanos,
que apenas poda sacar el pie, cayendo y levantando  cada paso; acab
de empaparme en agua una lluvia deshecha que dur muchas horas. Y lo que
me caus ms tormento fu un gnero de paja que all haba, de dientes
tan agudos como de sierra, que me desoll los muslos y piernas, de que
an tengo ahora las seales, y dur este martirio ms de media legua.

Despus de tantos trabajos di con una Ranchera, cuyos moradores,
vindole tan desfigurado, se maravillaron no poco de que quisiese
padecer tanto solo por el provecho y salvacin eterna de sus almas.
Hubieran mostrado la fineza de su afecto si la pobreza y caresta de lo
necesario se lo hubiera permitido; con todo eso buscaron alguna cosa, la
mejor que hallaron, para proveerle de mantenimiento.

Viendo el cacique de los Paunacas tanta miseria y pobreza en aquella
gente le convid cortesmente para que fuese  su tierra, donde con ms
comodidad podra repararse y recobrar sus fuerzas. Acept el Padre al
punto la oferta, no tanto por restituirse  su salud, de que no se le
daba mucho, cuanto por anunciarles el nombre de Dios y ganar fieles  la
Iglesia.

En compaa, pues, de gran multitud de brbaros, se parti all el da
siguiente y en el camino les cogi una tan furiosa tempestad de agua,
que por ms prisa que se di se deshicieron sus pobres zapatos; con que
hasta la vuelta se vi precisado  andar descalzo, caminando por bosques
y montaas muy agrias y por llanuras sembradas de yerbas muy espinosas.

Salironle al encuentro los Paunacas, con seales de grande fiesta y
amor,  que no pudo corresponder el santo varn sino con un semblante
alegre y risueo, porque ni ellos entendan su lengua ni el Padre la de
ellos, ni tenan intrprete por cuyo medio se pudiesen declarar: y as
fu preciso trabajar ms con las manos en obras de caridad, que con la
lengua en la predicacin; no obstante todo eso, por seas, y con tal
cual palabra que entendieron, les explic el fin de su venida; pero el
enemigo infernal, por no llevar tambin aqu la peor parte, persuadi al
pueblo despachasen los nios  otro lugar, para que el Padre Lucas no se
los sacase de sus garras, reengendrndolos al cielo con el santo
bautismo; por lo cual, con increble dolor del santo varn, por no poder
recoger all el mejor y ms seguro fruto de su Misin, quiso vengarse
levantando una gran cruz delante de un templo del demonio, en lo cual
trabaj no poco, porque se le opusieron obstinadamente aquellos
brbaros, y falt poco para que no pusiesen en l las manos; pero el
siervo de Dios, que nada deseaba ms que ser muerto por Cristo, no
desisti de su empeo, antes  su vista hizo pedazos pis algunas
figuras y retratos del demonio, con no poco horror de los gentiles,
temiendo cayese sobre todos una tempestad de rayos y saetas.

Por entrar ya el invierno se vi precisado  salir presto de aqu, y
volver  pasar de nuevo  pie descalzo aquella campaa pantanosa, con lo
cual se le abrieron las llagas y apenas poda moverse.

Por esta causa, sus compaeros, movidos por una parte de compasin, y
por otra viendo que estaban mal aviados y que el viaje que les faltaba
era de muchas semanas, le pidieron apretadamente se quedase entre los
Tapacurs hasta la primavera. Mas el Padre,  quien dolan ms las
necesidades comunes de las almas que las del cuerpo, alentndolos, no
tanto con las palabras cuanto con el ejemplo, pas adelante, y  pocas
jornadas le dejaron los Aruporecas por causa de los ros soberbios, ya
con las crecientes, y los nefitos pasaron no sin gran riesgo, en una
pequea canoa el ro Ziresirio y sin gua ni rumbo, (escribe el mismo
Padre) caminamos por ros, lagunas y pantanos sin hallar ni tener algn
mantenimiento para soportar tantos trabajos, sino hojas de rboles y
races de yerbas; acordeme haber odo que cerca de los Bohocas se
descubra en alto una montaa; mand  mis compaeros que subindose en
las copas de los rboles registrasen la tierra; y descubrindola al fin,
por gran ventura, caminamos hacia all, y con el favor de Dios, despus
de tres semanas de camino, con mil trabajos y fatigas, entramos en su
Ranchera, donde recibidos con gran fiesta y alegra, nos proveyeron de
cuantos vveres les fu posible para nuestro reparo. As el P. Lucas.
Detvose aqu algn tiempo para recobrar as l, como sus compaeros,
las fuerzas con que proseguir el viaje hasta la Reduccin de San
Francisco Xavier y de esta manera tuvo comodidad y tiempo para confirmar
 los Bohocas en el amor de Cristo y devocin  la santa cruz.

Observ un da que en la choza  Rancho donde le haban hospedado haba
unas disciplinas con pelotillas de cera, armadas de agudas espina y
sabiendo que en otras partes haba tambin un gran nmero de ellas,
entr en sospechas de que fuese alguna supersticin; llam aparte al
cacique _Sorioc_, y quiso informarse de l, preguntndole la causa de
esta novedad, la cual me parece cometera un grande yerro si la
refiriese con otras palabras que las de aquel brbaro, segn la declar
el Padre Caballero:

--Haban venido aqu (dijo el cacique)  hacer sus Ranchos los
Borillos, gente de genio altivo y soberbio, que burlndose de nosotros y
de nuestras costumbres, nos tenan en poco. Enfadados nosotros de este
desprecio, en lo ms oscuro de la noche nos conjuramos contra ellos, y
matamos  todos los varones, reservando las mujeres para nuestro uso.

Dentro de breve tiempo vino sobre nosotros un contagio que hizo tal
estrago, que pensamos perecer todos, y creyendo que era castigo del
cielo, en pena de aquel delito, nos acordamos de que los cristianos,
para aplacar la justicia de Dios se disciplinaban hasta derramar sangre
de las espaldas.

Por lo cual, levantando en alto aquesta cruz que aqu ves, nos azotamos
speramente muchas veces al pie de ella, pidiendo  Dios misericordia y
perdn de nuestras culpas: ces al punto la pestilencia, de suerte que
desde aquella hora en adelante no muri ninguno de los tocados de la
peste, y ninguno de los sanos enferm del contagio; y una noche estando
presentes muchos del pueblo que lo vieron, baj del cielo un mancebo
bellsimo con el rostro muy resplandeciente, y postrado en tierra la
ador; desde entonces tenemos nosotros en gran veneracin  este santo
madero, y deseamos abrazar cuanto antes la fe de Jesucristo. Hasta aqu
el buen cacique.

No es fcil de explicar cunto se anim el santo misionero  llevar al
fin la obra comenzada de juntar en una Reduccin aquellos pueblos, para
instruirlos en los misterios que deben creer, y en los mandamientos que
deben observar, viendo que agradaban  Dios sus designios, y los
bendeca desde el cielo con sus influjos.

Despidise al fin de aquella gente y enderez su viaje hacia la
Reduccin de San Francisco Xavier, donde por Enero del ao 1708, despus
de cinco meses no menos de mritos para s mismo por los trabajos y
afanes tolerados, que tiles al cielo, por la conquista de tantas almas,
lleg deshecho y consumido de las fatigas de sus apostlicos
ministerios, para recobrarse y tomar aliento, no tanto en el cuerpo, de
que cuidaba poco, cuanto en el espritu para poder volver en abriendo el
tiempo,  fundar una nueva Reduccin en los pases descubiertos.




CAPTULO XV

_Funda el V. P. Lucas Caballero la Reduccin
de Nuestra Seora de la Concepcin,
y es muerto  manos de los
infieles Puyzocas._


Tena orden el P. Lucas, como ya he insinuado, del P. Visitador de
aquellas Reducciones Juan Bautista de Zea, de escoger un sitio cmodo en
campaa abierta, en medio de aquellas Rancheras, de diferentes lenguas,
para que en l se pudiesen juntar aquellos pueblos, y ser all impuestos
en la vida civil,  instrudos en la ley divina.

Tena poco en qu escoger, por estar todo el pas poblado de espessimos
bosques: slo entre los Tapacurs y Paunacas se descubra un valle, mas
por la mayor parte estaba lleno de lagunas y pantanos, fuera de haber en
l infinita multitud de mosquitos y tbanos que de da y de noche
causaban insufrible molestia.

No obstante, constreido de la necesidad, puso aqu casa el Venerable
Padre y di principio  la Reduccin de la Inmaculada Concepcin, 
orillas de una grande laguna donde viva gente de muchos idiomas y
diferentes costumbres.

Eran stos los Paunapas, Unapes y Carababas, pueblos sobremanera
salvajes, de poco nimo y cobardes; todos, hombres y mujeres, andan
brbaramente desnudos, y aunque de distintas lenguas y costumbres que
los Manacicas, tienen la misma religin de adorar al demonio en la forma
que se les manifiesta.

Propsoles el santo varn, con su acostumbrada energa las
supersticiones que deban abandonar y los misterios y preceptos que
haban de creer y guardar para merecer el favor de Dios en esta vida y
la eterna bienaventuranza en la otra.

Ellos, atrados de la esperanza del premio, y atemorizados de los
castigos, si no obedecan  la voluntad de Dios, le dieron palabra,
unnimes y conformes, de obedecer pronto  su voluntad, con tal que slo
les permitiese la _chicha_, bebida ordinaria suya, porque el agua les
causaba dolores agudos en el estmago.

Es esta gente muy dada al trabajo, porque no tienen otro Dios  quien
ms estimen que sus campos y sembrados, y tienen en poco al demonio, y
slo le estiman en cuanto se persuaden les est bien  sus intereses.

No usan ir  cazar  los bosques, ni ir  coger miel y solamente se
apartan de sus casas aquel espacio de tierra que les puede durar un
frasco de aqul su vino, que es su nica provisin y matalotaje en los
caminos.

No tuvo el P. Lucas mucha dificultad en permitirles el uso de aquella
bebida, porque no causaba en ellos embriaguez, nico motivo para
desterrarla de las otras Reducciones.

Tuestan el maz hasta que se hace carbn, y despus bien pisado  molido
le ponen  cocer en unas grandes calderas  paylas de barro, y aquella
agua negra y sucia que sacan, es toda la composicin de la chicha, de
que ellos gustan tanto que gastan buena parte del da en brindis, no
durando el trabajo en el campo sino desde la maana hasta el medio da;
mas aunque prometieron ellos dejar sus antiguas diablicas
supersticiones, no las olvidaron tan fcilmente.

Sospech el P. Lucas que algunos ocultamente no observaban ste su
orden, haciendo y celebrando los funerales y exequias con los ritos y
ceremonias del gentilismo: y para cogerlos _in fraganti_, puso algunos
que los espiasen.

Dentro de poco muri una mujer y luego determinaron los infieles hacerle
el entierro  su usanza. Compusieron para eso un galpn  templo hecho
de ramas trabadas, con las mejores labores que les fuese posible, y
levantaron en medio dos palos para trono del demonio, que en forma
visible viene  recibir las ofrendas,  oir las splicas y  agradecer
los sacrificios que hacen por el alma del difunto. Cien la enramada de
una red, dentro de la cual no entran otros que el Mapono y los ms
cercanos parientes del muerto.

Celebraban estas exequias, para que no fuesen descubiertos, en lo ms
oscuro de la noche, y estaban ya en lo mejor y ms devoto de la funcin,
cuando de repente lleg el Padre Lucas, y fijando la vista dentro de
aquel infame sagrario, vi en medio de aquellas tinieblas centellear los
ojos del enemigo infernal, que lleno de majestad y terror estaba sentado
sobre aquellos dos palos; y aunque al siervo de Dios se le erizaron los
cabellos y se extremeci de horror, quiso, no obstante eso, arrojarse
dentro. Lo cual, no pudiendo sufrir el demonio, desapareci en un
momento, arrebatando en cuerpo y alma  su sacerdote, que jams pareci,
gritando que nunca le veran ms en aquel lugar, de dnde, mal de su
grado, era arrojado con deshonra y vergenza.

Reprendiles el fervoroso Misionero, con celo ardiente, su poca fe, y
con el ejemplo del Mapono, llevado vivo por el demonio al infierno, les
hizo conocer claramente que no era otra su intencin que hacerles perder
de una vez el cuerpo y alma.

Tomaron casa en la Reduccin los ms cercanos pueblos de los Manacicas,
dejando los ms distantes, situados hacia el Oriente, al celo del P.
Francisco Hervs para que los condujese al pueblo de San Francisco
Xavier: mas el P. Hervs, con extremo dolor y sentimiento, no encontr
otra cosa que cadveres y huesos de muertos, por haber hecho en aquellos
pobres infieles un estrago fatal el furioso contagio que poco antes
haba infestado aquel pas.

Tuvo all el P. Caballero noticia cierta de otra nacin con quien los
Manacicas andaban siempre en guerras y hostilidades, por lo que se le
inflam el corazn en encendidsima caridad y deseo de verlos y
traerlos al conocimiento de su Criador, especialmente que no eran tan
rudos y salvajes como los otros pueblos, que  costa de tantos trabajos
y sudores haba reducido al rebao de Cristo.

Estaban sus Rancheras bien pobladas, con gobierno civil y poltico; las
casas, calles y plazas estaban bien ordenadas; fabricaban de plumas
bellsimos escudos, y las mujeres tejan sus vestidos con grande arte,
bordndolos con flores en proporcin y orden.

Estas noticias le avivaron el deseo de registrar aquel pas y conocer 
sus naturales; y as, no haciendo caso del riesgo de perder la vida,
anim y exhort  algunos de sus nefitos  que le acompaasen.

Puesto, pues, en camino, apenas toc en la primera tierra, pocas millas
distante, le sali al encuentro una cuadrilla de brbaros, que le
recibieron con una tempestad de saetas, no queriendo en ninguna manera
dar odos  sus palabras; no por eso perdi el Padre un punto de su
aliento y valor; antes bien, sin temor alguno, se iba acercando  ellos,
que viendo tanta generosidad, y que no le podan acertar con ningn
flechazo, mudaron la nativa fiereza en otra tanta cortesa y respeto.

Recibironle con muestras de grande benevolencia, presentndole frutas
del pas y algunos escudos primorosamente adornados de plumas. La casa
en que le hospedaron caa hacia el templo, con lo cual tuvo comodidad
para observar los ritos y supersticiones en el entierro de un difunto.

Al entrar la noche trajeron el cadver en medio de la plaza, donde
dndole sus amigos y parientes los ltimos abrazos, le pusieron sobre un
haz de lea, dispuesto en forma de pira; luego le pegaron fuego y
redujeron el cadver  cenizas, que recogidas con infinitas ceremonias y
llantos, las depositaron en una urna de barro.

Esta vista y espectculo caus gran temor y espanto  los nefitos, y
viendo entre tanto que venan  la plaza muchas cuadrillas de gente que
andaba rondando y tomando los puestos y boca-calles, bien que quietos y
en silencio, sospecharon que semejantes exequias se disponan para
ellos, por lo cual se quisieron luego poner en salvo; causa porque le
hicieron al siervo de Dios tales instancias, que le fu necesario
salirse antes de amanecer y volverse, con increble dolor suyo, porque
perda la esperanza de reducir en breve aquella no mal dispuesta nacin
al conocimiento de Cristo, y de lograr en poco tiempo una copiosa
ganancia de almas para el cielo.

Consolse, empero, con la esperanza de recoger el ao siguiente aquella
mies, mas aun esta esperanza se le desvaneci tambin dentro de poco,
porque una tropa de mercaderes europeos de la profesin que arriba dije,
di de improviso sobre tres de sus Rancheras, donde destrozados los
principales y hecho notable estrago en todos los adultos, hasta llegar 
quemarlos vivos en sus casas cuando no queran rendirse, las destruyeron
totalmente, llevando por esclavos  toda la chusma de nios y mujeres,
de que buena parte pereci en el camino, rendida  los trabajos y malos
tratamientos de aquellos brbaros vencedores.

Quiso, con todo eso, el Apostlico Padre pasar adelante, pero hall la
gente confinante tan envenenada por aquella cruelsima matanza, urdida y
maquinada  traicin, que quera vengar la injuria en las vidas de los
nuevos cristianos; por lo cual le fu preciso retirarse con presteza
para que los inocentes no pagasen la pena de los culpados, difiriendo la
empresa para cuando el tiempo pusiese en olvido el agravio y desahogando
entre tanto su celo en otras tierras, cuyos moradores iba juntando en
la nueva Reduccin, la cual traslad  sitio ms cmodo para la salud de
los cathecmenos, en una llanura que de la banda de Oriente miraba  los
Puyzocas, por el Norte  los Cozocas y  los Cosiricas por Occidente.

Aqu no daba treguas  las fatigas, imponiendo  los brbaros, con
increble paciencia, en costumbres civiles y polticas, ensendoles la
observancia de los preceptos de la ley de Dios  instruyndolos en los
Misterios de la fe; siendo sta la tarea continua de todo tiempo y de
todas horas, y olvidado de s mismo, slo atenda al bien de los
prjimos, de suerte, que aun el necesario alimento para conservar la
vida apenas haba da que no le repartiese con sus cristianos, gozoso y
contento con dilatar la gloria de su Seor, y en comprar,  costa de sus
sudores, la eterna bienaventuranza  aquella miserable gentilidad; y
cuando cansada la naturaleza de tanto trabajo peda algn reposo, se
esconda en la iglesia, y todo absorto en las cosas divinas, se encenda
en el amor de Dios, tanto, que no saba apartarse de su amadsimo bien,
hasta que no pudiendo sufrir ms el cuerpo flaco, tomaba aquel corto
sueo que era necesario para cobrar aliento y vigor, volviendo con ms
bro y denuedo  cultivar aquellas nuevas plantas. Estaba entre tanto
pensando en las Apostlicas correras que meditaba hacer  los
Cosiricas, en abriendo el tiempo, especialmente porque stos le enviaron
una embajada para que los fuese  alistar en el nmero de los
convertidos, ofreciendo sitio cmodo para fundar en l una Reduccin.

Entr en duda de si sera ms del servicio de Dios el aceptar la oferta
de estos Cosiricas  pasar  los Puyzocas, sobre que no le pareci tomar
resolucin cierta antes de conocer cul fuese la voluntad de Dios; por
lo cual, en espacio de muchos meses, en lo ms oscuro de la noche se
recoga  hacer oracin (tomando para s la noche y dando  los prjimos
el da por no faltar  sus necesidades) pidi  los ngeles Custodios de
aquellas naciones le alumbrasen el entendimiento con algn rayo de su
luz, para que pudiese conocer con certeza cul era en este negocio el
divino beneplcito: y tuvo revelacin  luz interior de que la voluntad
y agrado de Dios era que pasase  las tierras de los Puyzocas, y se
pusiese  todo riesgo, sin hacer caso de su vida; y no s de qu manera
(porque las noticias que de aquellas Reducciones han venido no lo
expresan).

Tuvo tambin anuncios de que el cielo haba ya odo sus splicas, y
determinado dar cumplimiento  sus deseos de sacrificar la vida por las
glorias de su Criador; y de cules fuesen los jbilos de su corazn y
cules las alegras, ms fcil es pensarlo que decirlo. Pero no
obstante, quiso Dios quitarle un poco de aquel exceso de dulzura en que
estaba su alma felizmente anegada, permitiendo  la parte inferior
trabajase y diese que hacer  la superior, para que fuese tanto ms
glorioso el triunfo y la palma, cuanto fuese ms dificultosa la
victoria; porque corrindole por las venas un sudor fro, se puso plido
y se le represent tan fiera la vista de la muerte, que le hizo muchas
veces entrar en duda si deba ejecutar aquella empresa; y cada vez que
pensaba en ella temblaba todo, y mostraba en lo exterior seales de la
batalla interior; y no s si por sus ordinarias enfermedades  por nueva
destemplanza de los humores que causaba  todos los miembros aquel
combate del espritu y de la carne, le baj  las piernas un humor
maligno que le oblig  hacer cama, pretendiendo, al parecer, la
naturaleza, con aquellos extremos, conservar la vida,  quien tan de
cerca amenazaba la muerte; y de hecho el V. Padre estaba en gran
perplegidad y angustia de nimo, de suerte que no se atreva  resolver
por s mismo, y era espectculo digno de compasin verlo batallar
consigo mismo, venciendo una vez ms, y quedando otra vencido, siempre
pensativo y como asombrado con esta lucha.

Al fin volvi Dios los ojos de su piedad al V. Padre, que por tan largo
tiempo, en hambre, sed, pobreza y tantos trabajos, haba sido su
fidelsimo siervo, y penetrndole lo ntimo del alma con un rayo de luz,
esclareci aquella densa niebla, que antes le tena en oscuridad y
tinieblas, y le infundi tal valor y aliento en el espritu, que vencida
del primer lance la carne, dijo con gran denuedo:

--Que por sentir tanta repugnancia quera,  pesar suyo, poner manos 
la obra.

Son palabras suyas; y estando ya de partida, escribi  un comisionero
suyo, avisndole con confianza de lo sucedido y pidindole sus
oraciones, aadi:

--_Spiritus quidm promptus est, caro autem infirma._

Por ltimo, se puso en camino hacia los Puyzocas, acompaado de treinta
y seis Manacicas recin bautizados; y llegando  la primera tierra de
aquella nacin, fu recibido con muestras de grande amor y
benevolencia, presentndole la gente frutas del pas en grande
abundancia y encubriendo de esta manera lo que maquinaban: de all pas
 la segunda Ranchera, pero llevado en brazos ajenos, porque as por la
flaqueza del cuerpo como por un pantano que haba de por medio, no se
poda tener en pie; aqu tambin fu recibido con una falsa alegra y
con alhageas palabras, que los traidores tenan ya premeditadas, y
habindole entretenido el cacique en conversacin, encubriendo en su
pecho sus daados intentos, orden entre tanto  su gente que llevasen 
los forasteros  sus casas, dividindolos de manera que hubiese pocos en
cada una, para hacer as el tiro con ms seguridad.

Apenas los nuevos cristianos se haban sentado  la mesa, ignorantes de
lo que contra ellos se maquinaba, salieron de repente en tropa muchas
mujeres desnudas, las cuales tiraron ciertas lneas de color negro en
sus rostros (ceremonia que usa esta nacin con los que quieren matar) de
la cual los cristianos se maravillaron mucho; y luego dieron sobre ellos
muchos indios con gran furia y mataron, con poco trabajo,  la mayor
parte de los cristianos.

Escaparon, por gran ventura, de aquella matanza algunos pocos, los
cuales fueron al punto  dar aviso al P. Caballero, que habindose
quedado slo en su Rancho, todo absorto en Dios, rezaba el Oficio
Divino; y no sufriendo un nefito verle expuesto al estrago de aquellos
brbaros, lo puso sobre sus espaldas para librar su vida con la fuga.

Fu esto en vano, porque no queriendo los traidores se les escapase de
entre las manos aqul  quien tanto aborrecan por la ley santa que les
predicaba, le siguieron y le clavaron una flecha en las espaldas.

Sintindose el Padre mortalmente herido, pidi al nefito que lo dejase
all; y clavando luego en tierra una cruz, que llevaba en las manos, se
puso de rodillas delante de ella ofreciendo la sangre que derramaba por
sus mismos matadores,  invocando los dulcsimos nombres de Jess y de
Mara, quebrada y deshecha la cabeza  grandes golpes de macana, entreg
su espritu en manos de su Criador el da 18 de Septiembre del ao 1711.

El mismo fin tuvieron veintisis de sus compaeros nefitos, que
lograron la suerte de dar sus vidas en testimonio de aquella fe que poco
antes haban empezado  profesar. Librse un muchacho que le serva para
ayudar  misa, el cual, viendo las cosas de mala data mont  caballo,
y  rienda suelta se pudo escapar; y entrando en lo espeso del bosque,
desde donde en compaa de otros nefitos que tambin se haban hudo,
llegaron muy consumidos  la Reduccin de la Inmaculada Concepcin,
donde, de las heridas, murieron cinco en breves das.

As acab el V. P. Lucas el curso de su predicacin, llena de tantos
trabajos, afanes y fatigas, con la mayor muestra de amor de Dios y de
los prjimos, sacrificndose  s mismo todo, por traer al conocimiento
de su Criador los que vivan en las tinieblas y sombra de la gentilidad.

An no se di por bien satisfecha la crueldad de los brbaros, por lo
cual, poco despus, temerosos de que viniesen  castigar su infame
traicin los cristianos de la Concepcin, enviaron all espas que
observasen los movimientos de los fieles; y encontrando fuera de poblado
alguna gente, mataron  un indio y apresaron y llevaron dos mujeres, lo
que caus tal espanto en el pueblo de la Concepcin, que todos se iban
huyendo por los bosques como si estuviesen ya  las puertas los
enemigos, por lo cual le fu necesario al P. Juan de Benavente suplicar
al gobierno de Santa Cruz de la Sierra que pusiese freno al
atrevimiento y ferocidad de los Puyzocas.

Vino luego una compaa de valerosos soldados  domar aquella nacin y
vengar la muerte del P. Caballero, y llevar su santo cadver  aquella
Reduccin.

Llegaron all los espaoles al ponerse el sol, por lo cual quisieron
esperar al da siguiente para recoger las sagradas cenizas.

En la mayor oscuridad de la noche vieron, no muy lejos de donde se
haban acampado, una llama en forma de antorcha, que muchas veces se
encenda y apagaba. Maravillados de esto, apenas amaneci cuando fueron
 reconocer aquel lugar, y hallaron que resplandeca aquella antorcha
sobre el cuerpo del Venerable Padre que estaba en un pantano en una
admirable postura, hincada en tierra la rodilla izquierda, extendido el
pie derecho en un hoyo del pantano, la cabeza reclinada sobre la mano
siniestra, y delante plantada la cruz, como mirndola.

Esta vista les acrecent el asombro y veneracin, y ms hallndole
entero, fresco  incorrupto, sin despedir mal olor, que pareca cosa ms
que natural, habiendo pasado tanto tiempo de soles ardientsimos, y por
otra parte, la humedad del lugar, que como dije, era un pantano; fuera
de que los cuerpos de sus compaeros estaban ya corrompidos.

Los soldados de Santa Cruz le quitaron por reliquias las uas, el
rosario que llevaba y la cruz que un portugus que se hall en la
funcin present al Sr. Marqus de Tojo, insigne bienhechor de aquellas
Misiones, y su seora la apreci mucho como reliquia de un apstol, que
as le llamaba el marqus.

Estando en este piadoso despojo, recelaron los Santacruzeos no les
acometiesen en mayor nmero los infieles; y pesarosos de haber dejado
sus mulas maneadas muchas leguas de all para poder entrar por los
bosques al lugar del martirio, pidieron  Dios, por intercesin del
Venerable mrtir, los socorriese; apenas hicieron esta oracin cuando
oyeron un gran ruido que juzgaron ser de los enemigos que venan sobre
ellos, por lo cual se pusieron en armas; mas quedaron pasmados cuando
vieron que eran sus mulas, que sueltas de las maneas, venan desde tan
lejos corriendo derechas al lugar donde estaban.

Tomaron con gran veneracin el santo cuerpo y le llevaron  la
Concepcin, pidiendo al P. Benavente, en paga de este trabajo, algunos
pedazos de sus vestidos por reliquia, lo que no se les pudo negar,
viendo su piedad y afecto; y parece que Dios ha querido honrar los
merecimientos y celo de su siervo, con muchos milagros que omito por
ahora.

No pudieron, empero, aquellos piadosos espaoles dar su merecido  los
brbaros matadores, porque atormentados stos de la conciencia y de su
pecado, se huyeron por diversas partes, entrndose por los bosques y
selvas; mas aunque se libraron de la justa indignacin de los espaoles,
no se pudieron librar de las manos de Dios; porque el primero de los
Puyzocas que se atrevi  echar mano del V. Padre por la sotana, pag
dentro de pocos das su temerario atrevimiento con muerte desastrada;
los otros murieron consumidos de la peste; bien que el mayor castigo que
contra aquella nacin fulmin el cielo fu dejarlos en su infidelidad,
pues hasta ahora no sabemos que alguno de dicha nacin, detestando sus
errores, se haya reducido al rebao de Cristo.

Aunque de lo dicho hasta aqu se puede colegir la santidad de este
Apostlico Misionero, con todo eso, no quiero defraudar  sus
merecimientos la gloria, y  nosotros el ejemplo de sus heroicas
virtudes; bien que ser con toda brevedad. Fu hombre casi sin igual en
el celo de ampliar el conocimiento de Dios y reducir almas  la santa
fe, digno verdaderamente de ser contado entre aquellos que _tradiderunt
animas suas pro nmine Dmini Iesu Christi_.

Sus conmisioneros hablan de l con singular estima, y no le ponen otra
falta que de muy intrpido en los peligros y riesgos, cuando haba de
llevar la ley divina entre los brbaros  infieles; y he odo  un
Superior suyo que no acababa de maravillarse cmo siendo de complexin
delicada, y enfermizo, poda tolerar tantas fatigas y tener tanto
aliento y vigor cuando emprenda algn negocio del servicio de Dios, 
que se aade que trabajaba en un clima muy destemplado, poco sano  los
naturales y mucho menos  los forasteros.

Era dotado de castidad tan anglica, que muri con la entereza virginal,
sin empaarla ni aun con la ms leve sombra de mancha; antes vindose en
un clima en que domina la lascivia tanto, y entre gente muy disoluta en
la deshonestidad, alcanz del cielo que aquellas tentaciones y estmulos
 que haba de estar sujeto,  por universal pena del pecado  por
maligna sugestin del enemigo infernal, se le conmutasen en otra
materia, de suerte que no fuese tentado de perder esta preciosa joya, y
entre tanto no le faltasen enemigos domsticos que vencer.

Posea en grado heroico la virtud de la obediencia y verdaderamente que
 las grandes pruebas que en ella tuvo, hubiera cedido otra menos
rendida voluntad: ver delante de s gran nmero de infieles que le
pedan el santo bautismo, y por obediencia contener su ardientsimo celo
en no administrrsele, ser convidado  fundar nuevas Reducciones; de que
resultaban grande provecho  las almas, y  Dios tanta gloria, y  una
insinuacin del Superior no moverse del lugar que le estaba sealado;
retirarse de improviso de los lugares en que tena copiosa mies de
almas, fueron las ocasiones que tuvo este santo varn en que hacer
ostentacin de su heroica obediencia; sujetando y rindiendo su misma
voluntad y aun su juicio.

Al que no mira estas cosas sino con los ojos corporales, le parecer de
poca virtud tales ejercicios de obediencia; pero en la realidad ste es
el yugo ms grave y ms pesado que oprime  los Misioneros.

En estos lances campeaba maravillosamente su virtud. Y una vez (no s
por qu causa, porque las relaciones de all no lo expresan, pero bien
lo pudiramos conjeturar, se hizo tanta fuerza para vencerse y sujetar
su voluntad  las rdenes de los Superiores que cay gravemente enfermo.

Acompaaba esta obediencia con no menor humildad y bajo concepto de s
mismo. No hallaba en s otra cosa sino materia de abatimiento y
confusin; y aunque  cualquiera parte de estas trabajossimas Misiones
que volviese los ojos, no hallase sino materia de consuelo, as por los
sudores derramados como por las conversiones de tantos infieles; con
todo eso lo desestimaba todo, y slo le parecan grandes sus defectos,
atribuyendo  ellos el no haber vertido su sangre en testimonio de la
fe, aunque Dios le libraba de la muerte con manifiestos milagros, y se
quejaba principalmente de s mismo.

De este bajo concepto naca el maltratar tanto  su cuerpo; cuidando tan
poco de l como si fuese una bestia; con una escudilla de arroz  maz
mal guisado, y con frutas silvestres, pasaba ordinariamente; y cuando
coma un pez mal cocido, le pareca un gran regalo.

Finalmente, era tan despegado de las cosas de la tierra (son palabras de
un conmisionero suyo) que pareca carecer de inclinaciones de hombre, y
que era slo nacido para dilatar la gloria de Dios y procurar el bien de
las almas; stos eran sus deseos, stas sus ansias y esto todo l mismo.

No es, pues, maravilla, el que quisiese Dios coronar  siervo tan
adornado de mritos y de virtudes con tan felicsima muerte.




CAPTULO XVI

_Conversin de los Morotocos y Ques,
y descubrimiento de nuevo camino
para estas Misiones por el ro
Paraguay._


Habiendo el P. Juan Bautista de Zea visitado la Reduccin de San Joseph,
orden que se fuese en busca de las Rancheras de los Tapuyquias, por lo
cual se pusieron luego en camino algunos indios de nacin Boxos,
llevando consigo uno de los Tapuyquias que haban ellos cautivado cuando
eran an gentiles.

Despus de muchos das llegaron  dar en un camino lleno de huellas de
hombres, por donde se persuadieron los Boxos que poco antes haban
pasado por all los Tapuyquias, cuando impensadamente llegaron  una
sementera, donde estaba trabajando actualmente un indio anciano con su
familia.

Perdise de nimo ste  la vista de los nuestros, y con palabras y
ademanes de quien suplicaba, les pidi no le matasen.

Burlronse los Boxos de su splica, y le quitaron todo el susto,
presentndole un cuchillo; y guindolos el viejo, que bailaba de
contento con aquel presente, fueron recibidos de los paisanos con gran
benevolencia,  que correspondieron los nefitos dndoles algunas cosas
de Europa, tenidas en poca estima entre nosotros, pero de ellos muy
apreciadas.

No se entendan, por ser de diferentes lenguas; pero con todo eso,
alcanzaron y consiguieron traer consigo dos jvenes, que aprendida la
lengua de los Chiquitos, sirviesen despus de intrpretes.

No eran estos indios Tapuyquias, como se haba pensado, sino Morotocos;
 como otros los llaman, Coroinos. Son gente de grande estatura y de
buenas fuerzas; usan de flechas y lanzas que hacen de una madera
dursima, y la manejan con gran destreza. Son pocos en nmero, as por
las pestes, como por las guerras que traen con los vecinos, y tambin
porque contentndose con solos dos hijos matan  los otros, con lo cual
las mujeres se libran de toda molestia y fastidio, para de esa manera
poder vivir  su antojo en toda deshonestidad.

Honran  las mujeres con el ttulo de seoras, y verdaderamente lo son,
porque ellas mandan  sus maridos, y por su capricho se mudan de un
lugar  otro; jams ponen mano en las haciendas domsticas, sino que se
sirven de sus maridos, aun para los ministerios ms humildes.

Aunque tienen caciques y capitanes, no por eso tienen ni gobierno ni
religin, y slo tienen alguna reverencia  los familiares del diablo.

El pas es el ms desdichado de aquellas naciones; de terruo estril y
silvestre y rodeado todo de montes; y la comida es peor que en otras
partes, pues la gente apenas se sustenta de otra cosa que de algunas
races de que abundan los bosques.

Para beber tienen unas selvas de palmas, de cuyos troncos sacan el
meollo grueso y esponjoso, que exprimido suple la falta de agua.

En el invierno hace all gran fro y tambin hiela, lo que  los
paisanos, aunque andan desnudos, no causa molestia, por tener la piel
con dos dedos de callos, y por eso son robustos, forzudos y de mucho
aguante, de suerte que hay hombres y mujeres que pasan de los cien aos,
y mueren sin otra enfermedad que la vejez.

A los dos mancebos de esta nacin cuadr mucho el modo de vivir de los
cristianos, y despus tambin  los otros, los cuales, viendo tanta
abundancia de vveres y tan pinges las cosechas de los campos, daban
seas con grandes fiestas  su usanza de la extraordinaria alegra que
sentan, viendo tenan tanto con qu pasar la vida cmodamente y con
menos trabajos, y quedndose entre los cristianos se prometan salir de
sus desdichas y miseria de sus tierras.

A los fines de Junio del mismo ao se prevena el P. Felipe Surez para
ir  cinco Rancheras de Morotocos,  atraer la gente al conocimiento
del verdadero Dios; pero se hubo de detener algn tiempo por haber
recibido carta del P. Visitador y Vice-Provincial Antonio Garriga, en
que le ordenaba sucediese al P. Juan Patricio Fernndez en el oficio de
Superior de aquellas Misiones; con todo eso, por no perder la ocasin,
fu all y trajo felizmente para Dios el pueblo, del cual muchos se
inquietaron despus y quisieron volverse  sus antiguas miserias, por
ser el clima poco conforme  su salud; mas premiando Dios los trabajos y
fatigas de su siervo, que verdaderamente fueron grandes, especialmente
una ardientsima sed de cinco das, sin tener una gota de agua con qu
refrigerarla, se quietaron, finalmente, y se redujeron todos  ser
cristianos y tomar casa fija en San Joseph.

Con la venida de stos se tuvo noticia cierta de otros infieles como
fueron los Ques, confinantes con los Morotocos, pero de diferente
lengua; los Curacates, situados hacia el Norte; los Zamucos, que aunque
hablan la misma lengua de los Morotocos y usan de sus mismas armas, no
obstante se distinguen de ellos en que se rapan la cabeza como los Tobas
y Mocoves, y en que las mujeres visten con ms honestidad, cubrindose
desde la cintura hasta las rodillas; los Carers y Zatienos  Ibirayas,
que viven junto  unas salinas, y otras naciones hacia el Medioda, las
cuales se extienden hacia las provincias amplsimas del Chaco.

Recibidas estas noticias, se trat luego de ganar  Cristo  los
Curacates y Ques; los cuales viven  orillas de un ro que desemboca en
el gran ro Paraguay.

Despacharon, pues, all algunos Boxos y Chiquitos, que en pocos das
llegaron  las tierras de los Ques, que aunque no hicieron resistencia,
no obstante, no se fiaron ni dieron crdito  las caricias y cortesas
de los nuestros; antes bien les dieron en cara con el estrago que en
ellos haban hecho con sus armas los aos pasados, de que an
conservaban muchos las seales y cicatrices; con todo eso, se llevaron
consigo los nefitos  unos dos muchachos, para que aprendida la lengua
Chiquita, fuesen despus intrpretes. Deseosos sus padres de saber el
fin que haban tenido estos dos muchachos, vinieron  la Reduccin,
donde fueron recibidos con gran fiesta y alegra, y tratados por los
cristianos con igual liberalidad, de que quedaron tan prendados, que se
vinieron luego al punto ellos y despus lo restante de la gente  vivir
en San Joseph y sujetarse al suave yugo de la ley de Dios; y aunque
algunas familias todava se queran quedar en sus tierras, sin saber
desamparar de una vez sus Ranchos, por tirarles el amor de la patria y
nativo suelo, cedieron, finalmente, al celo del P. Felipe Surez, cuando
el ao de 715 pas por all de camino para ir  encontrar  algunos
Misioneros que se crea pasaban de las Reducciones de los Guarans 
aquellas de los Chiquitos.

Para la Misin  los Curacates no quiso llevar en su compaa el P. Zea
ningn indio Chiquito, porque no temiesen aqullos y huyesen; y as se
fu slo con algunos Morotocos.

Llegando  la primera Ranchera de los Cucarates hall en ella algunos
Zamucos, que haban venido  visitarle; hablles el Padre con toda la
eficacia de su espritu, que era grande, por medio de un intrprete,
hacindoles un rico presente de cuchillos, cuas  destrales y otros
instrumentos para cultivar la tierra.

No queran stos admitir el presente, porque los Cucarates se haban
enojado con ellos, como si hubiesen venido  visitar al Padre movidos
del inters, y porque cuanto se les daba  los Zamucos tanto menos haba
que dar  los Cucarates.

No obstante eso, el P. Zea les oblig  que le recibiesen, diciendo que
Dios dara para todos. O fuese por esto,  porque los Cucarates no se
quisiesen reducir  la santa fe, ech mano del P. Zea un cacique suyo, y
se lo llevaba aparte para matarle, diciendo que  qu fin vena 
engaarlos?

El santo varn, que no deseaba otra cosa, impidi  sus cristianos que
le defendiesen; mas un valiente Morotoco, no sufrindole el corazn ver
matar  su vista  aquel Venerable Misionero, con gran valor y denuedo
se le quit de las manos, diciendo al cacique:

--Por qu quieres matar  nuestro Padre, siendo tan bueno?

Admirando el P. Zea (no sin dolor suyo de ver perdida la ocasin de la
corona del martirio, que tena tan prxima) la accin de aquel brbaro,
que siendo poco antes poco menos que un bruto, ahora era defensor de la
ley divina, y de sus predicadores, no cesaba de dar mil gracias al cielo
y  las Llagas de Nuestro Redentor, cuya sangre era tan eficaz en los
corazones brbaros  inhumanos.

Mas no fu del todo intil esta ida del Padre Zea, porque algunas
familias de mejor condicin, se redujeron  San Joseph, y despus, poco
 poco, han ido siguiendo su ejemplo las otras.

Tambin se pudo aqu informar con individualidad de la nacin de los
Zamucos, cuyo cacique le dijo que haba en su tierra seis pueblos tan
grandes como el de San Joseph, que entonces constaba de quinientos
indios; y otros seis medianos y menores, muy cercanos unos de otros, y
en todos ellos mucho gento de la misma nacin y lengua; y que no pocos
estaban poblados  orillas de un ro grande que corra de Oriente 
Poniente; y aadi el cacique traan guerras continuas con los Tobas,
Caipotourades y otras naciones sus fronterizas, que tenan innumerable
gente; de donde infera ser el Chaco, donde consta haber mucho nmero de
Naciones; y siendo as se abra por all puerta para la comunicacin ms
breve de aquellas Misiones con esta provincia, cosa que siempre se ha
deseado sumamente, aunque no se ha conseguido hasta ahora.

Ahora, pues, apartndome un poco de la historia, referir el viaje, las
desgracias y la muerte de dos Apostlicos operarios, Joseph de Arce y
Bartolom de Blende, que despus de una molestsima peregrinacin por el
ro Paraguay, arribaron, con no menos envidia de los otros que gloria
suya, al puerto seguro de la eterna bienaventuranza.

Estos, pues,  los fines de Enero de 1715 salieron del puerto de la
Asuncin acompaados hasta la ribera por el gobernador de aquella
provincia y de toda la ciudad, la cual hizo exponer pblicamente el
Santsimo en la catedral para que Dios les diese felicsimo viaje.

Contar, por extenso, los peligros de caer en manos de enemigos, no menos
de Dios que de los espaoles, de naufragar en escollos, de encallar en
la arena, de contrariedad de vientos, de tempestades en el agua y en el
aire, sera nunca acabar; pareca que todo el infierno haba tocado al
arma y salido del abismo para impedir con todo el esfuerzo posible el
feliz logro de este viaje; y Dios, cuyos juicios, como dijo David, son
un abismo insondable, permiti no se lograse una empresa tan deseada de
tantos pueblos y ciudades.

El primer contraste que tuvieron fu la perfidia de los Payagus, que
entretenindolos con buenas palabras y con muestras de tener ardientes
deseos de ser cristianos, intentaron sorprenderlos  traicin, quitarles
las vidas, as  ellos como  los indios cristianos que los conducan, y
pegando fuego al barco, robar y aprovecharse de la clavazn de hierro;
mas frustrado su impo designio por aviso secreto de algunos menos
inhumanos que haba entre ellos; y sin embargo, tuvo osada para salir
al descubierto contra ellos en sus ligersimas canoas un cuerpo de
doscientos indios, que, como ms abajo veremos, lograron al fin cogerlos
desprevenidos y matarlos  traicin.

Ms adelante, los Guaycurs, gente valerossima, pero jurados enemigos
del nombre de Cristo y de los espaoles, en todos tiempos y lugares,
por gran espacio del camino, de da y de noche, les disputaron el paso
con las armas y estuvieron siempre  la mira para ver si podan dar
sobre ellos y apresar el barco, y  prender  matar  los pasajeros; y
una vez,  no haberse, por misericordia de Dios, levantado de repente un
viento que llev la embarcacin  otro paraje, hubieran cado
infaliblemente en sus manos, dando en una celada de centenares de dichos
Guaycurs, que, escondidos en el agua hasta la garganta, esperaban para
dar en ellos,  que el barco se pusiese  la bolina para pasar una
estrechura, que por haber bajado la creciente, era muy difcil de
montar.

Al fin se libraron de sus continuos asaltos  costa de un rico presente
de cuchillos, cuas de hierro y algunas varas de lienzo, que los pueblos
de los Guarans enviaban de limosna  la cristiandad de los Chiquitos.

Finalmente, los vientos, siempre contrarios, les obligaron  caminar 
fuerza de remo; y unas veces por encallar el barco en la arena, se vean
obligados, para que desencallase,  alejarlo, transportando la carga 
la ribera; y otras, dando en los escollos, les haca andar en continuo
susto y sobresalto.

A esto se les aada el cuidado de tomar lengua de los Chiquitos, del
camino y de  dnde caan aquellas Misiones; y los infieles, de
industria, les daban mil nuevas felices que venan  parar, por ltimo,
en burlas y befas; y Dios, cuyos juicios son inescrutables, no permiti
el que se les ofreciese reconocer la playa hacia el Norte, donde el P.
Juan Patricio Fernndez haba dejado algunas seales, por las cuales se
pudiesen encaminar  la Reduccin de San Rafael.

Y as, navegando  todas partes por el ro en afn continuo, sin tomar
reposo ni descanso, gastaron cerca de siete meses hasta mediado Agosto;
pero no sufrindole el corazn al celossimo P. Arce que se frustrase
aquel viaje y tantas fatigas como haban sucedido los aos pasados, tom
una resolucin que slo la pudo excusar de temeraria su ardientsimo
celo de las almas, su confianza en Dios y el amor que tena  estas
Misiones, como primer Apstol de ellas; y fu que dejada la barca y
escogidos doce indios, los ms valientes y fervorosos en la fe,
emprendi el viaje por tierra con nimo firme de buscar las Reducciones
de los Chiquitos, aunque fuese con peligro de caer en manos de los
brbaros que le quitasen la vida,  de morir de hambre y sed por
aquellos desiertos y tierras incgnitas.

Lo que padeci en aquel camino por espacio de dos meses, cuntas
fatigas, cuntos trabajos y penalidades, para no decirlo con mis
palabras, pondr aqu parte de la relacin que hicieron cinco indios de
sus compaeros en aquel viaje. Dicen, pues, as en su relacin:

Cogiendo el Padre su cruz se parti del Mamor por tierra, acompaado de
cuatro indios, dando orden  los dems que no se partiesen de all. A
pocos das recibimos un billete suyo, en que nos deca le siguisemos
los otros ocho, y despus de algunos das de camino, por una humareda
que vimos  los lejos, conocimos dnde estaba: y llegados, nos recibi
con los brazos abiertos, pero en todo aquel da no tuvimos qu llegar 
la boca.

Viendo las angustias y trabajos del Padre, volvimos cuatro al barco, y
tomando algunos vveres, volvimos  buscar al Padre con toda presteza;
hallmosle slo, porque los dems, no teniendo qu comer, haban ido 
cercar con fuego un conejito.

Con tantos trabajos y falta de comida y bebida, se haba puesto tal, que
slo tena la piel sobre los huesos. Fu increble el jbilo que tuvo
cuando nos vi, abrazndonos, baados sus ojos en lgrimas.

Proseguimos el viaje, caminando un da entero por un bosque espessimo,
y era tal la espesura, que no sabamos por dnde bamos.

Estando el Padre en estas angustias, sin saber qu hacerse ni  dnde
volverse, nos dijo:

--Hijos, el que estuviere cansado de los trabajos, vulvase al barco.

A que respondimos todos unnimes, que estbamos aparejados  seguirle 
donde quiera que fuese; no tuvimos aquel da otra agua que beber sino de
un pantano de malsimo olor.

Caminamos hacia la costa del ro Paraguay, donde habiendo cazado un
ciervo, estbamos, afligidos por la falta de agua, mas cavando uno de
nuestros compaeros un pozo, por gran providencia de Dios,  dos brazas
descubri una vena de agua.

Pasamos aqu la noche, y entrando el da siguiente en un bosque muy
espeso, nos fu preciso abrir camino con gran fatiga y sudor hasta salir
fuera de l  campaa abierta.

Juzg entonces el P. Joseph que ya nosotros estbamos consumidos y
cansados de tantas molestias y penas, por lo cual nos volvi  decir:

--El que quisiere volverse, vulvase en buen hora, que yo estoy
determinado  pasar adelante y  cumplir la voluntad de Dios y de mis
superiores. Uno y ms aos caminar por estos bosques si Dios me quiere
conservar la vida hasta llegar al trmino deseado. Si encontrremos
infieles, nos pararemos entre ellos y les ensearemos la ley de Dios.

Tal bro y tal aliento tena el P. Joseph, afligido de la hambre, sed,
cansancio, y tambin de la desnudez (porque estando durmiendo junto al
fuego se le quem su pobre sotana) causndonos no poca maravilla que
estando tan falto de fuerzas, que apenas se tena en pie, no dudase
llevar adelante,  tanta costa suya, un negocio tan difcil y casi
desesperado.

Animados con su aliento y bro, nos entramos por un espeso bosque, donde
el santo varn, pasando por las matas y troncos, armados de dursimas
espinas por todas partes, dejaba aquellos andrajos de su sotana que
haban escapado del fuego, cayendo  cada paso sin poderse levantar, con
que era preciso darle la mano.

De esta manera, con gran fatiga, llegamos  un ro, donde recobrados con
algunos peces que pescamos, hicimos alto en donde poco antes haba
estado una tropa de infieles.

Estaba ya tan acabado de fuerzas el P. Joseph, que era muy poco lo que
poda caminar, y entre tanto se pasaron muchos das sin llegar  la boca
sino alguna poca de fruta silvestre.

Era admirable su paciencia y serenidad de nimo en estos lances, sin
mostrar el menor sentimiento cuando no tena qu comer, gastando el
tiempo absorto en Dios; y todas las maanas, antes de ponerse en camino,
estaba de rodillas largo espacio.

Hallamos cierta fruta silvestre que slo nos haca comer la extrema
necesidad. Algunos exploradores que iban delante descubrieron  lo lejos
una humareda, de que tuvimos todos grande alegra.

A primero de Octubre hicimos alto  la orilla de un ro, donde nos
pudimos reparar con pescado y tortugas que hallamos en una laguna.
Pasamos adelante y nos falt totalmente la comida y bebida, y no
tenamos qu dar al Padre sino unos palmitos, que primero nos sirvieron
de alimento, mas despus experimentamos malignos efectos, causando al
Padre gran dolor de estmago, y una fiera inflamacin de las entraas,
con ardientsima sed.

En esta enfermedad se le acabaron tanto las fuerzas y se consumi de
manera que creyendo ser ya llegado el fin de su vida, nos suplic que
le condujsemos  orillas de algn ro, y que dejndole all nos
volvisemos al Paraguay.

Hallmonos en grandes angustias, no slo por esto que nos deca, cuanto
porque tena el semblante ms de cadver que de cuerpo vivo: y queriendo
consolarnos, no pudo proferir palabra por habrsele inflamado la lengua.

Nosotros,  quienes ms dola la prdida de la vida del Padre que la
nuestra, dijimos resueltamente que le queramos seguir en todos
trabajos, y aun perder la vida si fuese necesario.

Recobrse algn tanto, y dando aliento  la naturaleza el vigor del
espritu, se puso en camino cayendo y levantando  cada paso; y al
cuarto da, hallando un poco de miel silvestre, se la presentamos al
Padre para apagar la sed.

Estando uno de nosotros en un rbol, vi una humareda hacia el Poniente,
que haban hecho los indios cristianos del P. Zea al volver de las
costas del ro Paraguay, como se supo despus; y caminando hacia all,
quisimos llevar al Padre en una hamaca, porque temamos mucho que 
pocos pasos se cayese muerto si iba por su pie; mas l lo rehus
diciendo que quera padecer con nosotros hasta el ltimo instante de su
vida.

El da siguiente, que era viernes, no hallamos qu comer, y el sbado,
por providencia de Dios, cogimos alguna caza y una tortuga para el
Padre.

Al fin quiso Dios consolarnos, descubrindose el camino tan deseado de
los Chiquitos. Increble fu el jbilo que tuvo el santo varn, no
cesando de dar gracias, y exhortndonos con las lgrimas en los ojos 
que hicisemos lo mismo, enton las letanas de Nuestra Seora; y
llegando poco despus al lugar donde el da antecedente haba dicho misa
el P. Juan Bautista de Zea, nos junt  todos, y ms con lgrimas que
con palabras, nos agradeci tantos trabajos como habamos pasado por l,
y que toda su vida se acordara de nosotros.

Este consuelo se convirti en pena al reconocer que perdido su santo
Cristo y buscado por todas partes no se pudo hallar, y en toda aquella
noche no peg los ojos por la prdida de su Seor, que le haba dado
tanto aliento y vigor en aquellas angustias, hasta llegar al trmino
deseado.

A otro da tuvimos provisin de agua y pescado, y encontrndonos con
dos cristianos que llevaban el altar porttil del P. Zea, nos
encaminaron all. Cules fuesen las salutaciones y alegras de estos dos
apostlicos Misioneros al verse juntos, despus de tantos trabajos, no
lo podemos explicar; porque ms hablaban con los ojos y con los suspiros
que con la lengua.

Hasta aqu la relacin de los indios.

Apenas lleg el P. Arce  San Rafael, cuando sin tomar algn descanso
para recobrarse, por consejo del P. Superior, se puso en camino hacia la
laguna Mamor, cuyo camino, aunque ms corto, era semejante al pasado.

Llegado all hizo las diligencias posibles para encontrar al P. Blende y
el barco; pero fu en vano; porque ste, despus de haber esperado mucho
tiempo, se haba partido, obligado de la violencia de sus compaeros.

A este tiempo recibi una carta del P. Vice-Provincial en que le avisaba
que le esperase, porque quera embarcarse.

Respondile el P. Arce que se detuviese su Reverencia en San Rafael, que
l en una canoa ira  los Payagus, de quien por haberse ya ganado su
nimo y afecto, se prometa que le conduciran  la Asuncin, de donde
por Abril del ao siguiente, volvera para llevarle.

No esper la respuesta el P. Provincial, sino que se puso luego en
camino hacia el Mamor, acompaado del P. Zea, que despus de cinco
meses de trabajosas Misiones en aquellos desiertos, se ofreci 
servirle de gua; y lo que causa ms admiracin es que estaba resuelto,
si no estuviese pronto el barco del P. Arce,  hacer algunas canoas y
conducir en ellas al P. Vice-Provincial hasta la Asuncin, por medio de
tantos peligros y enemigos.

Mas Dios Nuestro Seor acept los deseos del P. Vice-Provincial para
premiarlos, pero no la ejecucin, porque hubiera cado en manos de
aquellos brbaros, que  su antojo le hubieran hecho pedazos.

Apenas haban caminado treinta y tres  treinta y cuatro leguas, cuando
cargaron tantas lluvias y hallaron tan profundos pantanos, que no
pudieron pasar adelante, sino con evidente peligro de quedar all
anegados, como dijeron algunos Guarans que traan al P.
Vice-Provincial.




CAPTULO XVII

_Son muertos de los Payagus los Padres
Joseph de Arce y Bartolom Blende
y se da una sucinta relacin
de sus virtudes._


Despus que el P. Arce se apart del Padre Blende para encontrar por
tierra las Misiones de los Chiquitos, esper ste dos meses en aquel
paraje resuelto  no partir de all hasta tener primero noticia de su
compaero; pero dos espaoles que estaban con el P. Blende, el uno,
piloto, y el otro capitn de la gente, disgustados mucho antes con el P.
Arce porque les haba prohibido la compra de esclavos, comenzaron 
enfadarse de tan larga detencin, y con verdaderas  aparentes razones,
hicieron instancia al P. Blende para que se volviesen.

Al principio se neg resueltamente, exhortndoles  sufrir aquellas
incomodidades y trabajos por amor de Dios; mas no cesando las palabras,
los lamentos, las quejas y aun tambin las amenazas de dejarle slo  la
discrecin de tantos brbaros que habitaban  lo largo de la costa, le
fu necesario condescender con ellos.

Entendida esta resolucin por Quat, cacique de los Payagus, se fueron
tras ellos, as l como sus vasallos, con intencin de vivir en las
Reducciones de los Guarans, y hacerse cristianos; mas reconociendo que
entre los suyos haba an algunos, cuyo caudillo era un cristiano
apstata llamado Ambrosio, que estaban obstinados en vivir  su
libertad, y eran los familiares del demonio y hechiceros, determin
apartarse de ellos  irse adelante con su chusma en sus canoas, que son
ligersimas.

Persuadi tambin  otros de su nacin, confinantes con la ciudad de la
Asuncin que siguiesen su resolucin, y todos juntos, alegres y
contentos prosiguieron el viaje.

En este estado se hallaba la conversin de estas almas tan perdidas y
todos esperaban feliz suceso, si el enemigo comn no hubiera malogrado
los intentos por medio de aquellos prfidos apstatas.

Alegre, pues, el santo varn, y contento con la ganancia que le pareca
haber logrado, di fondo al ponerse el sol, junto  una barranca,
llamada Tare,  donde aquellos traidores le vinieron  visitar, dando
fingidas muestras de amor y arrepentimiento.

El Padre, que no deseaba otra cosa, los recibi con aquel afecto con que
amaba el bien de sus almas, y procur, con todas las industrias de un
celo Apostlico, confirmarlos en aquellos buenos propsitos.

Los Payagus, para disimular mejor su traicin, le suplicaron que
llevase su chusma en el barco, que ellos le seguiran en sus canoas.

Levantse un viento fresco, y el barco se adelant tanto  las canoas,
de suyo velocsimas, que apenas en tres das le pudieron dar alcance,
estando continuamente los brbaros recelosos de que se les desvaneciesen
sus intentos; y por no exponerse  riesgo de perder el lance, se
metieron todos en el barco, con pretexto de que el Padre les diese
alguna comida.

El primero que entr fu un mancebo llamado _Cotaga_, hijo de un grande
hechicero, al cual tena el Padre grande afecto, y por ganarle la
voluntad le sentaba siempre  su lado.

Este, pues, entr y se puso junto al Padre, como sola; otro se puso al
lado de un espaol que gobernaba el timn, y echando la vista  una
hacha  destral, que estaba all cerca, se sent sobre ella disimulado,
y hacindose seas el uno al otro, el que esconda la hacha ech mano de
ella con gran destreza, y tirndole al piloto, de un golpe le cort la
cabeza.

Al mismo tiempo _Cotaga_ se ech sobre el Padre para que no tuviese
lugar de defenderse; y el otro con un recio golpe le parti por medio la
cabeza, y vindole an palpitar, le descarg con ms furia el segundo;
luego los otros traidores acometieron  los nefitos, y en poco tiempo
les dieron cruel muerte; y  un indio llamado Francisco Guarayo, que
ayudaba  misa al Padre, le mataron  lanzadas.

Despus, saltando de alegra por esta fesima traicin, les cortaron 
todos las cabezas y pusieron tendidos los cadveres en la orilla de una
isla que all hacia el ro poniendo en medio de todos al del dichoso P.
Blende; pegaron fuego al barco para quitarle la clavazn de hierro; y de
los ornamentos y dems alhajas sagradas destinadas para la nueva iglesia
de los Chiquitos, despus de escarnecerlos y ultrajarlos, las hicieron
pedazos, tomando cada uno la parte que le cupo de tan impo botn y
sacrlego despojo.

No quedaron satisfechos estos enemigos de Dios y de su ley con tan
horrenda traicin; antes tomando de ellas ms nimo, instigados del
demonio y de los hechiceros, se previnieron al ltimo acto de la
tragedia con la muerte del P. Arce para apartar de s  quien les
reprenda sus bestiales costumbres,  impedir juntamente que los de su
nacin no abrazasen la santa f, por lo cual se pusieron  espiar por
dnde haba de pasar el Padre.

Este, pues, no habiendo podido encontrar el barco, habiendo compuesto lo
mejor que pudo una pequea embarcacin, se embarc en ella con trece
nefitos, sus fidelsimos compaeros en tantos riesgos y peligros, al
principio de Diciembre.

Camin prsperamente por muchos das, hasta que lleg  aquella isla en
cuya playa yacan tendidos los cadveres, y observando que eran cuerpos
recin muertos, saltaron en tierra los indios y reconocieron que eran
sus compaeros.

Qu sentimiento y lgrimas de consuelo caus en el santo varn el ver
martirizado  su compaero, y por otra parte qu dolor tendra de
haberle perdido, esto ms fcil es discurrirlo que explicarlo; abrazle,
bale en lgrimas de santa envidia, y le hubiera de buena gana llevado
consigo,  haber sido capaz de ello la embarcacin.

No saba an que Dios le quera dar en breve, con semejante corona, el
galardn de tantos trabajos y fatigas sufridas por acrecentar su gloria
y el bien de las almas.

Viendo esta carnicera los nefitos, le dijeron:

--Padre, demos la vuelta, porque los Payagus estn enconados con
nosotros y nos matarn, como lo han hecho con los dems.

--Eso no--respondi el Padre--porque estamos ya muy distantes: Dios ser
con nosotros, pues que por su amor nos hemos puesto en camino.

Queran,  lo menos los indios prevenir las armas, y nuestros Guarans
sus mosquetes. Ni aun esto les permiti, diciendo que quera morir por
Cristo, y les exhort con palabras ardientes  sacrificar  Dios sus
vidas, dicindoles:

--Si nuestros trabajos y sudores no han sido suficientes para conducir
al fin deseado esta empresa, lo supliremos  lo menos con la sangre; que
no podan hacer obra ms agradable  Dios ni  s mismos ms provechosa,
que perder la vida en testimonio de aquella fe que profesaban; que no
perdiesen aquella corona que se les ofreca y que tantos andaban
buscando sin tener la suerte de encontrarla; y que se veran en breve
eternamente felices en el cielo, con slo ofrecer de buena voluntad sus
cabezas  las macanas de los Payagus.

Con este razonamiento se animaron aquellos buenos cristianos  no hacer
caso de su vida temporal  imitar el ejemplo y valor del santo
Misionero.

Pasaron un poco adelante, cuando de repente cayeron en las celadas de
aquellos malvados, los cuales saliendo con presteza al encuentro, al
primer lance aferraron la embarcacin y la llevaron  tierra; el primero
que entr en ella fu aquel maldito indio Cotaga, que llegndose al P.
Arce, le sac  la playa echndole con mpetu en el suelo y fu menester
muy poco, porque estaba ya consumido de fuerzas y slo se tena en pie
en cuanto el aliento y fervor de su espritu le daban nimo y vigor;
sac luego su macana aquel sacrlego infiel, y le di tan fiero golpe en
la cabeza que le quit al punto la vida, sin poder decir otra cosa,
sino:

--Hijos mos, muy amados, por qu hacis esto?

A este tiempo en la ciudad de la Asuncin el R. P. M. Fr. Joseph de
Zerza, comendador del convento de Nuestra Seora de la Merced, amigo muy
ntimo del siervo de Dios, por haber sido su discpulo en la filosofa,
le vi entrar en su celda y le dijo con tierno afecto:

--Hijo, encomindame  Dios, porque me hallo en grandes angustias.

Esto sucedi poco antes que le matasen, segn el cmputo que despus se
hizo; por lo cual el da siguiente orden  sus sbditos que dijesen la
misa por su intencin; y se vi obligado  descubrirles la causa por el
semblante plido y descolorido que tena.

Despus de haber aquellos malvados cometido esta brbara traicin,
dieron sobre los compaeros del P. Joseph, los cuales, movidos ya, de
sus palabras, y mucho ms de su ejemplo, se dejaron matar sin la menor
resistencia, haciendo este acto de generosidad y mansedumbre, cuando tan
fcilmente, aunque tan pocos, se podan defender  s mismos y al Padre
con los mosquetes que traan.

Mas no quiso Dios que muriesen todos, para que tuvisemos noticia de la
felicsima suerte de estos dos operarios Apostlicos;  algunos, pues,
dejaron con la vida, bien que condenados  esclavitud perpetua.

Los matadores transportaron el cuerpo del P. Arce  la otra banda del
ro, y le entregaron  los Guaycurs, que tambin haban echado lea al
fuego, y tenido parte en este cruel delito.

Tomaron stos el cadver del santo mrtir y se enfurecieron contra l
con grande inhumanidad, hirindole con sus lanzas, y slo desearon
ensangrentarse ms cuando ya no haba qu maltratar y herir.

Aquel apstata Ambrosio, que haba sido la causa principal de esta
impiedad, despach luego algunos de sus cmplices  avisar de lo
sucedido  la gente que iba  Nuestras Misiones de los Guarans 
alistarse en el nmero de los fieles.

Apenas lo supo Quat, el cacique principal de todos, y el ms fervoroso
en el deseo de recibir el santo bautismo, cuando saliendo de s de
dolor, di la vuelta con todos sus vasallos para vengar las muertes de
los Padres.

Los delincuentes, viendo que no se podan escapar de la furia de aquel
valeroso cacique, llamaron en su favor  los Guaycurs; pero con todo
eso los acometi Quat con grande valor, y  la primera embestida mat
 no pocos de los cmplices; los otros, no pudiendo resistirle, se
entraron huyendo por las selvas, y por mucho tiempo no osaron salir de
ellas; por lo cual todos los das este cacique daba en rostro  los
menos malos con tan enorme delito, dicindoles que  qu fin haban
quitado la vida  los Padres que tanto bien les hacan y los queran
tanto? que se fuesen  los Mamalucos y viesen si ellos los trataban
mejor.

Dejaron los traidores en su fuga los ornamentos del altar y otras
alhajas sagradas, que, aunque profanadas y hechas pedazos, las recogi
Quat para restituirlas, porque todava mantena su buen deseo de ser
cristiano; mas ste al fin se desvaneci por haber algunos caciques de
su nacin, confinantes con la Asuncin, roto las paces con los
espaoles.

Ha sido bien particular la providencia que Dios ha tenido para darnos
noticia de todos estos sucesos.

Haba ya poco menos de dos aos que no se saba el fin de estos dos
Apostlicos operarios, por lo cual estbamos sobre manera afligidos y
desconsolados.

Crean algunos que, vindose imposibilitados  volver  la Asuncin, se
haban internado por el pas  predicar en l la santa ley de Dios; y
era fundamento para este juicio el celo insaciable de entrambos, pues 
donde quiera que se les ofreciese ocasin de predicar, iban aun  costa
de grandes sudores y trabajos; otros discurran mejor que haban sido
muertos por los Payagus,   lo menos hechos esclavos.

Y en carta que he visto escrita de la Asuncin de 30 de Abril de 1717,
escrita despus del castigo de muerte que se di  los Payagus dichos,
se deca corra por cierto en aquella ciudad que haba muerto slo el P.
Arce, y al P. Blende le tenan los mismos Payagus cautivo con algunos
de sus indios, y que al piloto espaol le haban vendido  los
Guaycurs.

Quiso Dios al fin consolarnos con noticia cierta del felicsimo arribo
de estos dos Misioneros al puesto de la bienaventuranza, con una muerte
tan gloriosa.

Fueron, pues, testigos de vista de todo lo sucedido, cuatro cristianos,
compaeros del P. Arce, cuyos nombres eran: Joseph Mazzabis, Jacinto
Poquibiqui, Pablo Tubar y Pedro Melchor Guarayo, que habiendo estado
esclavos de los Payagus, fueron rescatados por los Padres en el primer
viaje, y en este los haba llevado consigo el Padre para intrpretes de
aquella lengua.

Estos ahora tambin quedaron esclavos segunda vez de los Payagus.

Los cuatro, pues, con una india, de nacin Asions, tambin esclava, por
el mes de Enero de 718, se salieron de entre los Payagus, con pretexto
de ir  buscar algunas frutas silvestres, llamadas motaqus, y
dejndolos descuidar, cogieron dos canoas y se dieron  la vela, vogando
con la fuerza que les daba el deseo de la libertad y el temor de ser
alcanzados de sus cruelsimos dueos.

Navegaron cosa de doscientas leguas hacia la laguna Mamor, donde,
dejadas las canoas, se metieron por la espesura de los bosques para no
caer en manos de los Guaycurs; y tomando el camino hacia el pueblo de
San Rafael de los Chiquitos, consumidos de los trabajos y de la hambre,
llegaron, con mucha dificultad al dicho pueblo, y dieron las noticias
que yo aqu he referido.

Ya es tiempo de dar alguna noticia de estos dos celossimos Misioneros
para ilustrar esta historia con la relacin de su vida y virtudes, bien
que ser con toda concisin.

Naci el P. Joseph de Arce  nueve de Noviembre del ao de 1651, en la
isla de la Palma, una de las Canarias.

Sus padres, no menos ilustres en la sangre que en la piedad, le criaron
en el santo temor de Dios y devocin  la reina de los ngeles; y
descubriendo en l una ndole que prometa grandes esperanzas para los
adelantamientos de su familia, le enviaron en edad tierna  la
Universidad de Salamanca, donde con la cultura de las ciencias se
hiciese apto para conseguir alguna dignidad eclesistica  secular,
segn el estado que eligiese.

Mas Dios Nuestro Seor que muchsimas veces se vale de los intereses
humanos, para lograr mejor el fin de su eterna providencia, se sirvi de
la ida de nuestro Joseph  aquella Universidad para llamarle  la
Compaa y despus al Apostolado en las Indias.

Pona empeo en el estudio de las letras, con la mira siempre  lo que
el mundo promete y despus no cumple; pero como ms por disposicin
ajena que por voluntad propia, haba puesto sus esperanzas en las cosas
caducas y perecederas, tuvo poco que hacer en l el desengao; pues
considerando los innumerables que llenos como l de esperanzas se haban
alistado en las banderas del mundo y no haban alcanzado ms premio,
despus de sus trabajos y fatigas, que quedar desvanecidos y burlados
sus intentos, se persuadi  que lo mismo le sucedera  l, si mal
aconsejado tomase su partido; pero que si ofreciese sus sudores y
trabajos  Dios en el camino de la virtud, lograra, por premio, la
gloria.

Estas y otras reflexiones le alumbraron no poco el entendimiento, y
encendieron la voluntad en el amor  las cosas del alma, de Dios y de la
eternidad, hasta que labrando interiormente el Espritu Santo con su
gracia en su corazn este desengao, le troc totalmente en otro hombre;
y as, resuelto  ser religioso, se sinti llamar eficazmente  la
Compaa; y como ya estaba descarnado de las cosas del siglo, fcilmente
obedeci  las inspiraciones del cielo, y recibido en la Compaa en el
mismo Colegio de Salamanca,  los 3 de Julio de 1669, pas luego  tener
su noviciado en Villagarca.

Apenas nuestro novicio puso el pie en aquella santa casa, cuando, como
rbol escogido, trasplantado junto  las corrientes de las aguas de la
gracia, comenz  dar frutos de todas las virtudes.

Estaba entonces en los dieciocho aos de su edad, y era de natural
ardiente y vivo; mas sujet y rindi tanto esta viveza desde los
primeros meses de noviciado, que no dej pasin que no domase, regla que
no observase, virtud que no practicase, ajustndose muy desde luego
perfectamente al modelo y nivel de nuestras constituciones.

Cumplido tan santamente su noviciado, pas  los estudios mayores, donde
juntando el fervor y devocin con las ciencias, concibi ardientes
deseos de consagrarse  Dios ms estrechamente en las Misiones de las
Indias y seguir ms de cerca las pisadas del glorioso apstol San
Francisco Xavier.

Para el cumplimiento de sus deseos le ofreci ocasin muy oportuna la
venida  Europa del P. Cristbal de Altamirano, Procurador general de la
provincia del Paraguay,  cuyo cargo estaba llevar sujetos de la
Compaa que conservasen y dilatasen la fe en aquellas dilatadas
provincias.

Consult primero este negocio en la oracin con Dios y con su grande
abogado San Francisco Xavier, y luego manifest sus deseos  los
Superiores, pidindoles con mucha instancia le diesen licencia para
pasar al Paraguay.

Nuestro Padre general Juan Pablo de Oliva, sabiendo la santa y loable
costumbre de las provincias de Espaa, en no retener en Europa los
sujetos que Dios escoge para predicadores de su santo nombre en el Nuevo
Mundo, remiti la licencia  arbitrio del P. Provincial de la provincia
de Castilla, que  la sazn lo era el P. Pedro Jernimo de Crdoba, 
quien parecindole ser el hermano Arce joven de quien se poda esperar
mucho fruto en la conversin de los indios, por su modo de vida ajustada
y conforme al espritu de la Compaa, sin haber jams descaecido un
punto en la carrera de la perfeccin, aun en el tiempo ms peligroso de
los estudios, le destin luego prontamente para esta provincia.

Lleg  Buenos Aires el ao de 1674, habindose portado en toda la
navegacin con grande ejemplo y edificacin; y fu tal el que di de su
porte religioso en aquel puerto, que he odo  un sujeto, que ahora es
de la Compaa y entonces era seglar, que no se cansaba de mirarle
cuando sala fuera del colegio y se iba tras l sin acabar de admirar su
silencio, recogimiento y compostura exterior y una modesta alegra que
manifestaba en su rostro el espritu del Seor, de que estaba lleno su
corazn.

Cul fuese despus en las Indias, no me parece lo podr declarar mejor
ni con prueba ms cierta y convincente, que con el universal sentir de
toda esta provincia, que le acomod aquellas palabras _copiossisime
Sanctus_, con que San Agustn epilog las virtudes de su grande amigo
San Paulino, fundado este concepto tan alto en el grande celo, humildad
profundsima, ardientsima caridad, trabajos apostlicos, desprecio de
s mismo y de su vida y otras heroicas virtudes, que conserv
invariablemente en el largo espacio de cuarenta y uno  cuarenta y dos
aos que aqu gast en servicio de Dios y provecho de las almas.

No repetir aqu sus fatigas en las provincias de Chiriguans, de
Chiquitos y de los Guarans y en el descubrimiento del ro Paraguay, las
conversiones que all hizo, las iglesias que fund, las repetidas veces
que estuvo en peligro de perder la vida, el trabajo en aprender con
excelencia tantos brbaros y diferentes idiomas, Chiquito, Quichuo,
Guaran, Chiriguan y Payagu; sus continuas tareas en provecho de las
almas y aun de los cuerpos de los infieles y nefitos, las grandes y
molestsimas persecuciones que por esta causa padeci, hasta llegar 
ser mortificado y reprendido pblicamente como hombre sin prudencia y
sin juicio.

Slo dir algo de otras virtudes suyas; y en primer lugar se ofrece
luego  la vista aquella admirable concordia que tuvieron en el Padre
Joseph de Arce los empleos de Marta y Mara; esto es, la vida activa y
la contemplativa, las ocupaciones exteriores en servicio y ayuda de los
prjimos, y la interior y estrecha unin con Dios.

Lloran continuamente los Misioneros y se desconsuelan mucho viendo que
despus de haberse empleado todo el da en provecho de los nefitos, sin
tener el menor descanso, despus, entrada la noche, apenas pueden
recogerse  solas con Dios un rato.

Mas el P. Arce, despus de sus ordinarias ocupaciones en ayuda de los
prjimos, luego que se pona en presencia de Dios en la oracin, estaba
tan dentro de s, que todo lo que no era Dios lo dejaba lejos de s; y
s de persona fidedigna, testigo de vista, que le vea orar delante del
Santsimo Sacramento, que observaba en el Padre tan devota compostura, y
tal inmovilidad de cuerpo y de sentidos, que le compunga no poco y
ayudaba para atender con mayor devocin  este santo ejercicio; bien que
su orar y estar en la presencia de Dios, no se reduca  horas
determinadas, sino que jams perda de vista aquel infinito bien, de
suerte que estaba todo en lo que haca, y todo en aqul por quien lo
haca, no solamente obrando por amor sino amando en el mismo obrar; y
cualquiera que fijaba en l los ojos lo conoca manifiestamente.

Por tanto, no conociendo l en todo el mundo, belleza digna de amar, ni
bondad  qu aficionar an el ms mnimo de sus deseos, sino mirando en
slo Dios, que era siempre para l todo lo amable por su belleza y todo
lo apetecible por su bondad, se olvid y perdi de vista todas las cosas
de la tierra y aun  s mismo; ctedras, plpitos y cualquier otro
oficio honorfico de los que tal vez suelen estimar los menos
desengaados en el pequeo mundo de la religin, eran para el P. Arce
cargas insufribles, y por eso, como vimos, no acab de llorar y de hacer
instancias  los Superiores, hasta que le descargaron de la ocupacin de
leer las Facultades mayores en la Real Universidad de Crdoba de
Tucumn.

Y para que ms pleno concepto se haga de lo que se despreciaba  s
mismo, referir slo un caso, digno singularmente de tenerse en eterna
memoria, y lo he sabido de sujetos de la Compaa, que fueron testigos
de vista.

Tena aventajado talento de plpito el Padre Joseph, y por esto se le
haba encargado predicase sobre las virtudes de su grande apstol San
Francisco Xavier  un lucido y numeroso auditorio en la ciudad de
Crdoba, en el da de la fiesta del santo, que aqu se guarda de
precepto; mas el Padre,  quien resultaba no poca honra de aquella
funcin, la quiso convertir toda en provecho propio; por tanto, subiendo
al plpito; se volvi al Ilmo. Sr. Obispo de Tucumn, D. Fr. Nicols de
Ulloa, de la esclarecida orden de San Agustn, y excusndose con
protesta de que no tena habilidad para componer ni decir cosa buena,
explic, con perodos mal formados y peor dichos, algunos puntos de la
doctrina cristiana; y no par aqu su propio abatimiento y desprecio,
pues lo que el Padre empez de su voluntad, otro lo acab, sin que l lo
pensase, con burla; porque cierto mozo, discpulo suyo en la filosofa,
saliendo pocos das despus al teatro pblico en traje de bufn,
represent al vivo aquella misma accin del plpito, glosndola de
manera que movi , risa  los circunstantes, con no pequeo desdoro y
desprecio del P. Arce.

Estuvo ste tan lejos de sentirse de aquel desmn de su discpulo, que
antes, alegrndose sumamente, le di muchos abrazos y agradecimientos 
su injuriador, de lo cual l no poco se compungi, y fu en adelante
perpetuo panegirista de sus virtudes.

El vestido que usaba era tan vil y despreciable, y la sotana tan pobre y
remendada, que el mendigo ms miserable no pudiera vestir ms
pobremente. Su comida, tan parca y mal guisada, que ni aun los brbaros,
que viven como brutos en las selvas, la hubieran podido aguantar tan
largo tiempo; y pas por las manos de muchos una calabaza, que le serva
de olla, escudilla y vaso; de ordinario pasaba con maz, sin otro
aderezo que el que de suyo tiene este desabrido manjar, cocido en agua,
y cuando sus enfermedades le obligaban, aada un pedacillo de carne mal
asada.

Concluir el elogio de este varn Apostlico con un acto que por ventura
es el ms digno de saberse y que l slo bastaba para contarle entre los
heroes de esta provincia; para cuya inteligencia me es preciso tomar la
relacin de ms lejos.

Habase roto, no s por qu causa, la antigua paz y amistad entre los
indios Guaranes y la nacin de los Guanos; los nimos de stos
estaban tan exasperados, que haban jurado de no dejar con vida 
cualquier Guaran que cayese en sus manos; ni paraba aqu el dao de
estas enemistades, sino que amenazaban tambin la total ruina y
destruccin de la floridsima cristiandad del Uruguay y Paran; porque
los Guanos no permitan que los cristianos, para la manutencin de sus
pueblos, que no usan otra comida que carne, pasasen el Uruguay  hacer
provisin de vacas, de que solan juntar veinte  treinta mil cada ao
en las vastsimas campaas que estn  orillas del mar Atlntico; por lo
cual la hambre y caresta afliga muchsimo  la gente de las
Reducciones.

Nuestros Misioneros haban usado de muchos y eficacsimos medios para
apagar toda malevolencia y odio entre las dos naciones y reducirlos  su
antigua amistad, pero todo haba sido en vano.

Quisieron, lo primero, probar si podan convertir  la santa fe  los
Guanos; pero ellos lo rehusaron obstinadamente, dndoles por respuesta
la misma razn porque los Jars eran perdidsimos idlatras; conviene 
saber, que el Dios de los cristianos saba tanto, que no le era nada
oculto, y por ser inmenso estaba en todos lugares mirando lo que en
ellos se hace; que no queran tener un Dios que tuviese tanta ciencia y
los ojos tan abiertos; que en sus bosques y cavernas vivan ellos con
ms paz y libertad sin tener un sndico ni juez continuo de sus
acciones.

No aprovechando este medio, se tom otro expediente que slo pareca ms
concerniente al intento y fu comprar la amistad y benevolencia de la
nobleza Guano con algunos presentes de cosas ordinarias entre nosotros,
mas entre ellos muy apreciadas. Pero ni an de esta manera se pudo
reducir su obstinacin  tratado de paz y concordia.

Entre tanto creca la caresta, lloraban los pueblos y se poda temer
con fundamento que la peste  la desesperacin destruyese aquella
ilustrsima iglesia. Viendo esto el P. Arce, se ofreci  ir en persona
 hablar  los principales caciques de los Guanos y arriesgar su vida
para rescatar de aquellas miserias las nimas y los cuerpos de tantos
millares de cristianos y arrojarse  la furia de la tempestad, para que
con sola su muerte se serenase del todo.

Y en la realidad se tena por cierto haba de perder la vida, por las
manifiestas seales del odio que nos tenan los Guanos; por lo cual los
nuestros, al darle los ltimos abrazos  la despedida, le lloraban como
si de cierto fuese  morir.

El, con una serenidad de rostro imperturbable, se puso en camino,
pidiendo  Dios aceptase su vida en sacrificio de placacin y paz,  de
la manera que ms le agradase  su Majestad, y le fu necesario padecer
semejantes trabajos,  los que toler en su viaje  las Misiones de los
Chiquitos.

Los brbaros, admirando la generosidad y grandeza de su nimo,  ya
fuese por su virtud, de que ellos tambin hacan grande aprecio,  por
la destreza y eficacia de sus agencias, ajust por fin tan difcil
negocio, se estableci la antigua y mutua paz entre ellos y se remedi
la necesidad y hambre de tantos pueblos. Falleci este incomparable
varn por el mes de Diciembre de 1715 en edad casi de setenta y cinco
aos, cuarenta y seis de religin y veintinueve de profesin de cuatro
votos que haba hecho  los 15 de Agosto de 1686. Fu un trienio Rector
del colegio de Tarija, en que promovi mucho la observancia y religiosa
nuestros ministerios.

Dejemos ya  este admirable varn y pasemos  dar alguna noticia de su
apostlico compaero.

Naci, pues, el P. Bartolom Blende  24 de Agosto de 1675 en la ciudad
de Bruxas, una de las principales del condado de Flandes, de padres
nobles.

Era dotado de excelente ingenio, y para lograrle, empez  estudiar en
su patria las letras humanas y alguna cosa de filosofa; mas llamado de
Dios  aprender en la Compaa de Jess la sabidura del Evangelio, no
tuvo mucho trabajo en obedecer, pues aun en medio de los peligros del
mundo, viva con mucha religin y piedad.

Habiendo vivido en su provincia de Flandes cerca de quince aos, alcanz
de nuestro Padre general Miguel ngel Tamburini licencia para pasar 
las Indias, cosa que por largo tiempo haba deseado.

Pas de Flandes  Madrid, donde en su Colegio imperial esparci en breve
el olor de su santidad y virtud, y formaron todos universalmente un
concepto extraordinario de que era varn apostlico y dotado de aquellos
talentos que son necesarios para las Misiones de las Indias; por lo
cual, mucho tiempo despus de su partida, dur all fresca la memoria de
sus virtudes. De Madrid fu  Cdiz, donde se embarc  2 de Marzo de
1710 en los navos que salan para el puerto de Buenos Aires en
compaa de otros ochenta y nueve jesuitas de varias naciones, pero
todos de un mismo espritu, que los conduca de Europa  la Amrica 
las fatigas y penalidades de las trabajosas Misiones del Paraguay y
Chile.

Mientras el da siguiente navegaban viento en popa, se levant una
espesa niebla, y cubiertos de ella se acercaron tres navos holandeses,
los cuales con grande estrpito y ruido de batalla los arrestaron,
disparndoles un tiro de artillera y estuvo  pique de haber un combate
sangriento de ambas partes, defendiendo los unos sus haberes y las
grandes esperanzas con que se haban embarcado, y los otros, esperando
hacerse ricos con un cuantioso despojo; mas como los espaoles al cargar
sus navos de registro, no observen la comn medida del peso que 
proporcin del buque se debe cargar, sino que meten ms gneros de los
que caben, aadindose  esto la gruesa cantidad de provisiones para
seis  siete meses, de ah nace ir tan hundidos en el agua, que slo
llevan fuera lo que es preciso para que se mantengan en ella, quedando
intil la ms de la artillera para pelear, por ir las andanas dentro
del agua.

Por esta causa, juzgando cuerdamente los capitanes que era menos mal
rendirse que pelear, pues rindindose tenan esperanza, que por la
proteccin de la reina de Inglaterra, de quien tenan pasaporte, se les
volvera la mayor parte de sus haciendas, echaron banderas; y aunque lo
contradijeron los marineros y los pasajeros gritasen protestando que se
ponan  manifiesto peligro sus personas y caudales, se rindieron
totalmente.

No es fcil de decir con qu algazara y furor entraron los vencedores en
los navos, que despojando  los oficiales y pasajeros los trataron con
un modo muy extrao y cruel, registrando los pechos aun  los mismos
capitanes con instrumentos stiles de hierro para ver si por ventura
haban escondido en el seno algunos pedazos de oro  otra cosa preciosa.
Lo que pareci tan mal, aun  los senadores y magistrados de Holanda,
que llamando  los capitanes holandeses  Amsterdam  dar razn de s,
les privaron y depusieron de sus oficios.

Los nuestros, pues,  quienes la sotana de la Compaa haca dignos de
peor tratamiento en el juicio de los herejes, fueron de ellos muy
maltratados, quitndoles  todos su ropa y lo dems, y echndolos en el
lugar peor y ms desacomodado de las naves, con slo el mantenimiento
preciso para no morir.

Entre tanto los vencedores banqueteaban y se regalaban muy festivos con
la provisin que haban hallado en los navos, mas  costa de los
vencidos todo; porque tomados del vino y brevajes que hacan, salan tan
fuera de s, que  manadas andaban discurriendo por todas partes, de
popa  proa, tomando por entretenimiento y placer escarnecerlos  todos
con mofas injuriosas, con visajes ridculos, y tratndolos tan
infamemente, como si fuesen una vil canalla de turcos.

Tambin los nuestros mantenan  su costa gran parte  la mayor de esta
fiesta; porque como echando mano de ellos les registrasen aun los ms
secretos senos, y hallasen en el lugar de joyas cilicios, cadenillas y
disciplinas, montando en clera por verse burlados, les sacudan
reciamente con ellas; otras veces, como queriendo usar con ellos de
misericordia por verlos plidos y consumidos de tantos trabajos, les
ofrecan unos grandes vasos llenos de licores suyos propios; y si por
modestia  por otra causa rehusaban llegarlos  los labios, les
obligaban  ello con la pistola en la mano.

En tantas y tan duras aflicciones, que les duraron desde 26 de Marzo
hasta 6 de Abril era el P. Blende el consuelo y alivio de todos, y con
su afabilidad y cortesa se gan la voluntad del capitn holands, con
que pudo alcanzar algn alivio para sus hermanos, hasta que dieron fondo
en Lisboa el domingo de Lzaro en la tarde.

En aquella ciudad,  donde haba llegado la fama de lo sucedido haban
ya prevenido el insigne colegio de San Antonio y el Noviciado algunas
lanchas en que salieron  recibir  los nuestros, y con el mayor cario
y amor que es imaginable, les procuraron reparar de los trabajos
pasados, y por todo el tiempo que all se detuvieron usaron con ellos de
todas aquellas finezas de caridad que son tan propias y antiguas en
aquella observantsima provincia de Portugal.

No pudo el P. Bartolom de Blende gozar de estas caritativas
demostraciones, porque  las repetidas instancias del ilustrsimo seor
D. Pedro Levanto, arzobispo de Lima,  quien en Lisboa no quisieron
dejar los holandeses por ser persona de tanta distincin, fu preciso le
ordenasen los Superiores fuese acompaando  su ilustrsima hasta
Holanda; para lo cual, disfrazado en traje de secular porque vestido de
Jesuita no le permitieron ir los holandeses, pas  Amsterdam, no sin
conocido provecho de muchos de los mismos holandeses, ocultos catlicos
 quienes en secreto confes y exhort  mantenerse constantes y firmes
en la f.

Puesto, finamente, en libertad aquel prelado volvi con l  Sevilla,
donde  15 de Agosto de 1711 hizo la profesin de cuatro votos.

De aqu se parti otra vez  Cdiz sin querer recibir ninguno de los
riqusimos presentes que el ilustrsimo seor Levanto le ofreca, en
agradecimiento de lo mucho que haba cooperado con los ministros de la
repblica de Holanda para que su ilustrsima fuese restitudo  su
libertad.

Slo admiti unos libritos de devocin, tiles para introducir, aun en
gentes de poca  ninguna conciencia, sentimientos de piedad cristiana, y
para aumentar la estima y reverencia de la reina de los ngeles, de
quien era devotsimo.

Hzose  la vela  27 de Diciembre del ao mismo de 711. Y aun en esta
segunda navegacin fu con sus compaeros apresado de los ingleses, que
disparando una bala de artillera para pedir bandera, di el golpe muy
cerca del lugar donde vena el P. Blende, que con los dems se prevena
para la muerte, caso que se llegase  rompimiento, para que  toda
priesa se prevenan las armas; y aun en este caso, en que turbados todos
con el peligro de muerte, andaban en continuo susto y sobresalto, l,
con una serenidad de rostro angelical, despus de haber echado  todos
los Jesuitas y otras personas de su posicin, hombres y mujeres, que se
haban refugiado  la Cmara de Santa Brbara, la absolucin general, se
puso muy despacio  oir las confesiones de algunos que se pudieron
confesar.

A este tiempo se reconoci ya que los agresores eran ingleses, con que
viniendo ellos  nuestra capitana, se les hizo demostracin del
pasaporte de la reina Ana que traa, y dejaron pasar libres las naves.

Caminse despus con varia fortuna, y al P. Bartolom le encarg el P.
Procurador general, Francisco Burgus, el cuidado de los novicios, como
lo haba hecho el tiempo que estuvieron detenidos en Cdiz, y mostr
siempre con ellos entraas y ternura de verdadera madre, no slo en su
aprovechamiento espiritual, sino aun en el alivio corporal; de suerte
que para estar ms pronto  socorrerlos en sus necesidades, renunci la
comodidad de venir en la cmara de popa, y quiso vivir con ellos en la
de Santa Brbara, lugar incomodsimo y de que rarsimas veces sali para
repararse con el viento fresco en la plaza de Armas, contento slo con
las delicias y conortes del cielo, que jams le faltaban, gastando lo
ms del tiempo en contnua y estrecha unin con Dios.

Llegado  Buenos Aires  8 de Abril del ao siguiente de 712 y esperando
all algunos pocos meses las embarcaciones de las doctrinas, pas en
ellas, con otros cuatro de sus conmisioneros, por orden del P.
Visitador, Antonio Garriga,  las Misiones de los Guarans, no sin dolor
y sentimiento de sus novicios, que deseaban gozarle por ms largo tiempo
y tener  la vista un ejemplar perfecto de Jesuita indiano, para copiar
en s aquellas tan grandes y tan excelentes virtudes que son necesarias
 quien en pas tan extrao y entre gente tan brbara, por naturaleza y
por los vicios, debe ejercitar el oficio de la predicacin Apostlica.

Lo que obr despus en servicio de Dios y de las almas en aquellas
Reducciones no se puede decir fcilmente; pero se puede conjeturar
bastantemente, de que entre tantos, por otra parte dignsimos, fu
escogido por compaero del Apostlico P. Arce para ir al descubrimiento
del puerto de los Itatines, por donde se hiciese escala para la
comunicacin con las Misiones de los Chiquitos, y para observar la
voluntad de las naciones cincunvecinas  la ley de Cristo, en cuya
empresa felizmente muri.

Hombre verdaderamente de virtudes y talentos, de que se esperaba mucho
para la exaltacin de la fe, si Dios, que desde el cielo ordena las
cosas de la tierra, muy al revs de lo que alcanzan nuestros cortos
juicios, no hubiera privado de l al Paraguay, poco despus que se le
di y llamdole  recibir el descanso eterno cuando estaba con fuerzas y
vigor para trabajar por muchos aos.

Muri el ao de 715; no se sabe el da, pero se cree fu su muerte  los
ltimos de Noviembre, en edad de 40 aos y 21 de religin, en que haba
entrado  1. de Octubre de 1694.




CAPTULO XVIII

_Fndase una Reduccin nueva y el
P. Juan Bautista de Zea emprende
la Misin de los
Zamucos._


Ya es tiempo de que volvamos  atar el hilo de la historia, interrumpida
con esta larga, bien que til digresin, y en primer lugar  dar una
vista  la Reduccin de San Juan Bautista, para pasar despus  hablar
por extenso de las trabajossimas Misiones que en estos aos emprendi 
gloria de Dios y bien de las almas, el Apostlico P. Juan Bautista de
Zea.

Ya dijimos en el captulo XVI cmo para suplir la falta de sujetos se
haban extinguido dos pueblos, y el uno de la advocacin de San Juan
Bautista; mas por este tiempo se volvi  fundar otro con la misma
advocacin.

Habanse, pues, agregado  San Joseph buen nmero de Morotocos y Ques,
y para mantener tanta gente era el terruo algo estril, y cortas las
cosechas; por lo cual era necesario dividir aquel pueblo y buscar en
otra parte lugar para fundar en l otro nuevo.

Trece leguas de San Joseph, hacia Levante, haba una campaa llamada el
Naranjal, estril, no tanto por infelicidad de la tierra, cuanto por no
haber quien la cultivase.

De comn consentimiento escogieron, entre los otros, este paraje los
nefitos, y tom luego habitacin en l la gente de cuatro naciones y de
otros tantos idiomas, Boros, Penotos, Taus y Morotocos, poniendo por
nombre  aquel pueblo San Juan Bautista; y para esto se atendi tanto 
que tuviesen cmodamente con qu pasar la vida, cuanto  que en brbaros
nuevos en la fe, viniendo muchos en nmero y envejecidos en los vicios,
es cosa de increble trabajo quitarles las malas costumbres, hacerlos
olvidar las antiguas supersticiones y reducirlos  la estrechez de la
ley y vida cristiana; y como deca graciosamente un Misionero, son ellos
tan nios, sin uso de razn que para criarlos con vida de hombres
racionales, es necesario estar en continuo ejercicio de todas las
virtudes, en especial de la paciencia, del celo, agrado y de aquella que
todo lo obra, la caridad, sufrindoles infinitas impertinencias y
necedades, acomodndose  su modo y transformndose en cada uno de ellos
para ganarlos y conducirlos todos  Dios.

Encargse este nuevo pueblo al P. Juan Bautista Xandra, sardo de nacin,
el cual procur, con todo el fervor de su espritu, que la gente
fabricase sus Ranchos y labrase la tierra, de suerte que volviendo de
all  poco el Padre Zea de los Zamucos, con no tan buen suceso como
esperaba, se consol no poco con lo que vi en el nuevo pueblo de San
Juan, y tom nimo para arriesgar de nuevo la vida en la empresa de los
Zamucos.

Esta conversin de Zamucos es aquella obra que emprendo ahora escribir,
en que por haber sido la ltima de este obrero evanglico; as como el
sol en su horizonte, cuanto ms precipitado corre al ocaso, tanto se
muestra ms luminoso y bello, as este sol apostlico ech el resto de
su incomparable caridad cuando ms cercano  su muerte; y aunque
consumido, no menos de los aos que de los trabajos, tuvo tantas
fuerzas y aliento, que pudo llegar  plantar triunfante la bandera de
Cristo en pas inaccesible, no tanto por la barbaridad de sus moradores,
cuanto por su sitio natural; bien que despus, por los inescrutables
juicios de Dios, cometida  otros aquella grande obra, se frustraron por
algn tiempo tantas fatigas, y las esperanzas concebidas de penetrar por
aqu  las vastsimas provincias del Chaco.

Fortalecido, pues, su espritu con largas oraciones y splicas  Dios
Nuestro Seor para la feliz conducta de aquel negocio, se puso en camino
para los Zamucos por Julio de 1716, acompaado de cien nefitos, y 
pocas leguas se le opuso el infierno con horribles tempestades en el
aire, torbellinos de agua y viento, crecientes de ros y otras mil
incomodidades; de manera que en andar cosa de catorce leguas, gast
diecinueve das, mas no sin algn fruto; porque dando una ligera corrida
 registrar algunas Rancheras de los Tapuyquias, ya asoladas, hall
all treinta almas que perseveraban an en las tinieblas del gentilismo;
y ganadas para Cristo, las despach al pueblo de San Joseph.

Alegre con esta ganancia impensada, pas adelante, y  pocas leguas
encontr con un bosque de diez leguas de largo, horrible  la vista, y
tan difcil de penetrar por l, que nunca le haba visto semejante en
todas sus correras.

Lo que aqu hizo y padeci, con ningunas palabras lo podr mejor referir
que con las que el mismo P. Zea se lo escribi al P. Vice-Provincial
Luis de la Roca:

Los indios (dice) no obstante que desconfiaban llegar al cabo,
comenzaron  trabajar y  desmontar la espesura; mas  la mitad de ella
desmayaron totalmente y se resolvieron  dejarla, y tuve por milagro el
poder detenerlos; y para animarlos  llevar al cabo lo comenzado, me
puse yo  la frente con una hacha en la mano,  veces con el azadn y
otras llevndoles agua para refrigerarlos de los incendios del
ardientsimo sol que haca, y de esta manera, con el favor de Dios, en
diecinueve das de trabajo, se acab de romper el bosque.

Mas lo que se haca insufrible era el no tener de da ni de noche
treguas de las sangrientas molestias de infinitos mosquitos y tbanos de
varias especies, molestsimos, cuyos aguijones nos desfiguraron
sobremanera y nos duraron por mucho tiempo las seales.

Puse por nombre  este bosque el Purgatorio, para que quien los aos
siguientes viniere  este pas en busca de almas, sepa cunto le han de
costar.

Hasta aqu el P. Zea.

Abierto finalmente el camino salieron  campaa rasa, donde no hallaron
cosa de comer el Padre ni sus compaeros para repararse de los trabajos
pasados, porque no haba en aquel lugar ninguna caza ni laguna de
pescado,  alguna colmena, como hay por otras partes.

Slo haba gran copia de agua estanta en las lagunas, y algunas races
duras y tan amargas como la hiel, y de stas no en mucha abundancia; por
esta causa perdi las esperanzas de llegar al trmino de su viaje,
porque fuera de lo dicho, haban tambin con los trabajos cado enfermos
no pocos de los nefitos, y los dems apenas se podan tener por la
falta de alimento.

Con todo eso pas adelante,  dos jornadas distante de la ltima
Ranchera de los Cucarates, le suplicaron algunos Orerobates y Morotocos
torciese algn tanto el camino y fuese  tres Rancheras de su nacin 
reducir  aquellos sus paisanos al conocimiento del Dios verdadero.

Condescendi con ellos de buena gana el santo varn, y dando orden al
resto de su comitiva que le esperasen junto  los Cucarates con solos
algunos pocos di la vuelta hacia las dichas Rancheras, y en menos de
dos das entr en aquellas tierras donde no hall ni aun una sola alma,
porque la caresta haba obligado  los paisanos  esparcirse por los
bosques en busca de comidas; por tanto, fueron tras ellos los cristianos
sin perder tiempo; mas los infieles, juzgndolos,  enemigos  indios
Chiquitos, de quien se temen en gran manera, huyeron, hasta que
desengaados, por haberse dado  conocer los nuestros, se pararon.

Pero fu en vano hablarlos de que se hiciesen cristianos, porque no
venan bien en abandonar su nativo suelo y tomar casa en otro paraje, y
de otra manera no podan ser doctrinados en las cosas de la fe y
admitidos al santo bautismo; por cuya razn, viendo el P. Zea que no era
an llegado el tiempo para su conversin, di la vuelta en busca de sus
compaeros; mas no le salieron en vano sus fatigas, porque corriendo por
algunas Rancheras ya desiertas, hall all poco ms de setenta almas
que redujo con facilidad  la fe, y dejndolas al cuidado de algunos de
sus nefitos que las guiasen y condujesen hasta San Joseph, alegrsimo
el siervo de Dios de haber en tres das sacado de las garras del demonio
tantos infieles, lleg junto  la ltima Ranchera de los Cucarates,
donde le esperaban sus compaeros,  los cuales el espritu maligno
haba puesto en el corazn tal desesperacin del xito feliz de aquella
empresa, que por ms que los anim no pudo jams conseguir con ellos que
pasasen adelante; y qu podra hacer l solo si faltaba por romper otro
bosque semejante al pasado?

Detenerse aqu, y con el ayuda de otros infieles penetrar  los Zamucos
era imposible, porque todos, al ver  los Chiquitos, se haban retirado
muy adentro.

Por tanto, con increble sentimiento y dolor de su corazn, se vi
obligado  volver atrs y diferir la empresa hasta el ao siguiente:

Mas el celo de las almas y de la mayor gloria de Dios, que estimulaban
al Apostlico Padre  proseguir lo comenzado, no le dejaron esperar 
que abriese el tiempo, y aunque de las continuas lluvias que caan
estaban anegadas las campaas, resolvi exponerse segunda vez  los
riesgos y peligros pasados.

Cules y cuntos fuesen, no lo refiere el Padre por extenso, pero s
explica lo bastante para comprender el valor y aliento que tena en los
negocios del servicio de Dios.

Lo mismo (dice) era tratar de esta Misin que tocar al arma el infierno
para deshacerla, romper el aire con furiosas tempestades y mover en la
tierra persecucin an ms terrible; porque unos me persuadan  que era
temerario atrevimiento esta empresa y que no haba de salirme bien con
los esfuerzos humanos. Otros, con ms errado juicio, decan que se
perda intilmente el tiempo y el trabajo en la conversin de pocos
cuando haba cerca tantos pases donde  menos costa se ganara para
Dios muy grande multitud de almas.

As nos pinta, como en bosquejo, los esfuerzos de los hombres y de los
demonios para apartarle de sus intentos; mas todo se desvaneci, porque
cuando Dios le llamaba, ni persuasin de razones, ni terror de peligros,
ni embarazos que se le atravesasen, eran poderosos para apartarle de sus
intentos.

Llam, pues, un da  doce de los ms fervorosos cristianos, y de igual
nimo en los peligros, y con gran copia de razones les exhort  que
quisiesen ser sus compaeros en aquella empresa, dicindoles que en el
cielo les dara Dios el galardn de lo que por su amor padeciesen; que
deban procurar el bien de los otros y moverse  compasin de tantas
almas oprimidas de la tirana del demonio, de quien ellos, por la
misericordia divina, haban sacudido el yugo; que no se espantasen de
los trabajos y riesgos que se les ofrecan porque corra por cuenta del
cielo el librarlos de ellos; fuera de que l sera el primero en
exponerse  los peligros y ellos en su seguimiento vendran pisando sus
huellas; l tanteara primero los vados de los ros, se arrojara por
los pantanos, echara mano del hacha, y si osasen acometerlos los
brbaros, l se ofrecera  servirles de escudo.

Esto y ms les dijo este generossimo propagador de la ley de Dios, con
grande energa de espritu, porque de suyo era elocuentsimo. Y  la
verdad era necesaria tal eficacia en sus palabras para que sus indios
perseverasen y pudiesen sufrir tantos trabajos.

Persuadiles lo que quera, y con estos pocos compaeros, en el mayor
rigor del tiempo, por Febrero del ao siguiente, pas  reconocer el
bosque que faltaba por abrir para entrar en los Zamucos; y parecindole
cobarda el no poner luego manos  la obra para allanar aquella
dificultad, cogiendo una hacha y otras  su imitacin los nefitos,
comenz  hacer el camino.

Por espacio de quince das (dice l mismo en una carta) desde el
amanecer hasta puesto el sol, trabaj en desmontar parte de aquella
selva, las ms de las veces con el agua hasta la cintura,  pie descalzo
por entre aquellos espinares, perdiendo  cada paso el camino, porque la
violencia del agua nos llevaba de una parte  otra.

Trabajando con este tesn llegaron hasta la mitad del bosque, donde
conoci el santo varn que de aquella manera no tanto se haban de
sufrir trabajos y vencer dificultades, cuando contrastar poco menos que
un imposible; pues fuera del riesgo que haba, de que creciendo un poco
ms el agua quedasen todos anegados, no tenan un palmo de tierra donde
reposar de noche, y la molestia y enfado de los mosquitos era ms
insufrible que estar debajo del agua; por esto se vi precisado  volver
atrs hasta que se serenase el tiempo y tomasen nuevo vigor y aliento
sus compaeros, aunque el Venerable Padre,  quien los consuelos del
cielo infundan tanto nimo y valor en tantas angustias, que el celo de
las almas le haca casi insensibles todos los trabajos.

Llegaron todos sanos y salvos el Sbado Santo  la Reduccin de San
Juan Bautista, habiendo gastado ms de cuarenta das en el viaje.

Al siguiente da de Pascua de Resurreccin trat el P. Zea de ajustar
las paces y reducir al conocimiento de Dios los Carers, para limpiar de
esta manera el camino de peligros y encuentros con aquellos caribes, que
causaban no poco terror  los pasajeros y servan de embarazo  la
dilatacin de la santa fe.

Son estos Carers de la misma lengua y nacin que los Morotocos, con los
cuales poco antes haban roto la paz por litigios y contiendas que
tenan entre s, y se haban seguido, de ambas partes, muchas muertes y
ruinas, hasta que cansados de pelear y hacer guerra los Carers enviaron
mensajeros  los Morotocos para volver  su antigua amistad; pero contra
todo el derecho de las gentes, dieron stos inhumanamente la muerte 
dichos mensajeros.

Irrit tanto esta alevosa  los Carers, que se conjuraron para
destruir  los Morotocos, sin dar cuartel  ninguno de ellos; antes
bien, haciendo pedazos  cualquiera que caa en sus manos, y celebrando
con sus carnes banquetes de cruelsima alegra.

A domesticar, pues, estas fieras y reducirlas al rebao de Cristo se
partieron ciento y sesenta indios cristianos del pueblo de San Joseph, y
entrando en su Ranchera, procuraron introducir tratados de paz; mas los
Carers, sin querer dar odos  estas plticas, se pusieron luego en
arma, y del primer golpe mataron un indio cristiano  hirieron  otros
dos.

Los nefitos, entonces, ofendidos, dieron sobre ellos, disparndoles una
tempestad de flechas, de que muchos quedaron muertos: irritados, los que
pudieron, escaparon, y slo se recogieron diecisis de la chusma, que
trados  San Joseph, se redujeron  nuestra santa fe.

Los fugitivos, en varias ocasiones, quisieron matar al P. Zea; mas Dios,
que le guardaba, le libr siempre, de varias maneras, de su furor y
crueldad.

Mientras suceda lo referido con los Carers, se estaba disponiendo el
infatigable Misionero para llevar al cabo y conseguir el fin glorioso de
tan trabajosa empresa; para la cual, escogiendo segunda vez algunos
cristianos de ms valor y fuerzas, parti  fines de Mayo de 717, y
llegando al lugar de sus sudores, se puso luego con mayor bro  cortar
rboles y  allanar la tierra, facilitando este trabajo y fatiga la
esperanza de feliz suceso.

Pareca casi imposible quitar aquel embarazo; pero nada le es
inaccesible, nada duro de vencer,  quien ha ofrecido su espritu 
Dios, y  los prjimos su vida en obsequio de la caridad.

Al cabo de veinte das se lleg  abrir del todo aquel impenetrable
bosque, y  los 12 de Julio lleg  la primera Ranchera de los Zamucos.

Estos,  quienes haba llegado antes la fama de su venida, le festejaron
con demostraciones de extraordinaria alegra; cercronle todos en rueda,
y los varones todos, uno por uno, le fueron besando la mano; queran
hacer lo mismo las mujeres; mas el santo varn que se deshaca todo en
lgrimas de consuelo, les di  besar la imagen de la Virgen santsima,
que traa en la mano.

Cumplimentaron despus  los nefitos, abrazndoles en seal de paz y de
amor, y les alojaron en sus casas, dndoles parte de la pobreza y
escasez del pas.

El da siguiente junt el pueblo en la plaza, les di razn y juntamente
una breve noticia de Dios, de su santa ley, y los pregunt si queran
que los Misioneros viniesen  predicarles all la fe de Jesucristo, y
ensearles el camino del cielo.

Respondieron ellos que haba mucho tiempo que lo deseaban, y el no ser
ya cristianos era porque no tenan quin les explicase los misterios de
la fe que haban de creer, ni los mandamientos que deban observar.

--Pues si es as--aadi el Padre, baado en alegra--es necesario
levantar primero iglesia  vuestro criador y seor, y que os juntis
todos en un pueblo.

A esta propuesta se levantaron dos caciques principales, diciendo que lo
haran de buena voluntad, mas no all, sino en mejor sitio, y que
juntaran luego al punto toda la gente del contorno para fundar una
reduccin numerosa.

Entre tanto hizo el P. Zea enarbolar una cruz en un alto, y puestos
todos de rodillas delante de ella, la adoraron; y entonadas las letanas
de la Virgen, puso aquel pueblo debajo del patrocinio y tutela de
nuestro Padre San Ignacio, cuya advocacin le di.

Hubirase quedado all de buena gana para dar calor  la buena voluntad
de los Zamucos si hubiera llevado consigo los ornamentos sagrados y el
altar porttil, aunque le fuese forzoso sufrir muchas incomodidades, y
no tener otra cosa para comer que agua y algunas races de yerbas
silvestres; por esta causa se hubo de despedir de ellos y volverse por
entonces con igual sentimiento y dolor del que se parta y de los que se
quedaban.

A la vuelta tuvo ocasin oportuna de ganar para Cristo  cien indios de
varias naciones Zinotecas, Japorotecas y Cucarates que se trajo consigo
 la Reduccin de San Juan Bautista, en donde mientras se estaba
disponiendo de nuevo para volver  sus Zamucos, recibi orden de nuestro
Padre General Miguel ngel Tamburini, de que tomase  su cargo el
gobierno de provincia;  que obedeci prontamente, no sin incomparable
dolor de su corazn.

Y porque con esta ocasin muri al bien pblico de estas misiones,
dejando despus de dos aos poco menos, la vida en el empleo de
Provincial, haremos aqu una breve relacin de los mritos que
partindose de aqu llev consigo al Paraguay, para ejemplo de los
sbditos, y despus al cielo, para recibir la corona debida  los
operarios apostlicos.

Fu el P. Juan Bautista de Zea, natural de Goaze, lugar de Castilla la
Vieja, en donde naci  18 de Marzo de 1654.

Aqu aprendi los primeros rudimentos de la gramtica, aunque por la
calidad del lugar y de los maestros, aprovech ms en la devocin que en
las letras, creciendo no menos en la virtud que en los aos.

Para estudiar las ciencias mayores pas  la Universidad de Valladolid,
donde di buenas muestras de ingenio en las ciencias especulativas, pero
mucho ms en la de los santos.

Sobresala en l una modestia virginal, una inocencia de costumbres tan
cristianas como amables, un desprecio grande de las cosas del mundo, y
un no gustar de otra cosa que de Dios y de su alma.

Poco era menester para que quien estaba tan despegado de los afectos de
la carne y sangre se rindiese  la voluntad divina que le llamaba  la
Compaa, en que  13 de Agosto de 1671 le recibi el doctsimo P. Diego
de la Fuente Hurtado, el cual descubriendo con luz soberana, y
anteviendo los fines  que Dios tena destinado al nuevo Jesuita,
pronostic de l cosas grandes en el servicio de Dios y aumento de la
santa Iglesia, y de all adelante le am siempre y le vener como 
santo.

Apenas el hermano Zea se visti la sotana de la Compaa, cuando
hacindose cargo de las nuevas obligaciones que con ella haba
contrado, procur dar  ellas entero cumplimiento; y como si empezara
de nuevo el camino de la virtud, se miraba en las virtudes de sus
connovicios, observando cuanto en ellos era digno de ser imitado para
copiar en s mismo la perfeccin de todos.

Dndosele para leer y considerar nuestras reglas, se las puso delante
como modelo,  que se arregl perfectamente en lo interior y exterior.

Tuvo muy poco en qu vencerse para entregar del todo su corazn  Dios,
no queriendo ni amando, ni pensando en otro bien que en Su Majestad; y
testifica sujeto que le conoci estudiando la filosofa, que habindole
dado los Superiores el cuidado del reloj de casa, se estaba slo en un
aposento bien incmodo sin salir de l sino obligado de las funciones
escolsticas  domsticas.

Aqu todo el tiempo que le sobraba de las tareas del estudio lo daba 
Dios, y rarsima vez  los hombres, porque usaba muy poco de su
conversacin, y esto solamente cuando lo peda la obligacin.

Pas despus  estudiar la teologa  Salamanca, y  este tiempo corri
la noticia por las provincias de Espaa de haber llegado  Cdiz los
PP. Cristbal de Grijalva y Toms Dombidas, procuradores del Paraguay, y
ponindose  considerar sobre la conversin de los idlatras y el
extremo desamparo en que estn innumerables pueblos del Occidente,
dilatado campo en que ofrece copiossima mies  muchos operarios
Evanglicos, si hubiese muchos que despreciando las comodidades propias
atendiesen  la eterna salvacin de las almas; se le encendi el corazn
en deseos de ser uno de los escogidos  quien tocase la suerte de ser
sealado para la Misin de la dilatadsima provincia del Paraguay; por
tanto puso luego todo empeo en alcanzar licencia de sus Superiores, los
cuales sintieron mucho su peticin, porque por una parte no queran
privarse de l, y por otra no queran oponerse  la voluntad de Dios,
conocida claramente en su vocacin, prevaleci finalmente la Amrica, y
la abandonada gentilidad del Paraguay: por lo cual, nuestro Zea,
contento y alegrsimo se parti de su provincia de Castilla,  quien
como hijo profes siempre tiernsimo afecto; y sus condiscpulos le
siguieron con el corazn, conservando su dulcsima memoria;
singularmente se esmer en esto su maestro en la filosofa el P.
Baltasar Rubio, confesor que fu de la serensima reina de Espaa doa
Mara Luisa de Saboya; ste le sigui con el afecto; con sus oraciones y
con sus cartas pues cuando se ofreca ocasin siempre le escriba, por
tener del P. Zea subido concepto, como en ellas lo manifestaba.

Ordense de sacerdote antes de embarcarse para esta provincia,  que
pas el ao de 1681 y apenas se dieron  la vela en Cdiz, cuando se le
ofreci ocasin en qu dar muestras del espritu y virtudes, de las
cuales iba abundantemente prevenido para aquel viaje.

Cayeron enfermos casi todos sus compaeros, que llegaban  sesenta,
porque se marearon con extraordinaria inapetencia y fastidio de la
comida;  que se siguieron otras enfermedades, de que murieron ocho de
los Jesuitas, como dije en la vida del P. Caballero, que pas tambin 
Indias en esta ocasin.

El P. Zea era entonces todo para todos, sirvindoles no solamente de
enfermero, sino de cocinero, aunque sin experiencia en tales oficios;
mas la caridad, que es maestra muy ingeniosa, le ense estos y otros
oficios para servir  sus hermanos.

Convalecidos stos, emple todos sus pensamientos y celo en la chusma
de los grumetes del navo, tomando  su cargo el cuidado espiritual de
ellos con las plticas, exhortaciones, confesiones y todos los otros
ejercicios conducentes al aprovechamiento de las almas, no dejando,
entre tanto, obra ninguna, por vil y repugnante que fuese, que no la
ejecutase en servicio de ellos, por ganarlos para Dios, y de mejor gana
y ms alegremente haca aquellas que eran de mayor trabajo y desprecio.

Con este porte tan santo procedi toda la navegacin, que dur tres
meses, con aprovechamiento maravilloso de muchos,  quien redujo  bien
vivir, ya valindose de las verdades eternas, ya ponindoles  la vista
tantos peligros y tempestades del mar, que aun  los ms perdidos suelen
obligar  cuidar de la conciencia y del alma, que antes tenan en tal
olvido  pareca no tenerla.

Lo que obr despus que lleg  las Indias y en qu oficios se emple en
el largo curso de su vida, no lo he podido averiguar, por la distancia
de los lugares donde vivi y trabaj, y por haber muerto muchos de la
Compaa que le trataron familiarmente. Pero s que por el aprecio que
desde el principio hicieron de l los Superiores, poco despus que lleg
de Espaa le hicieron ministro del Colegio Mximo de Crdoba, donde se
cra la religiosa juventud de toda esta provincia.

Despus fu Superior de las Misiones del Uruguay, Visitador de la de los
Chiquitos, Vice-Rector del Colegio de Crdoba, y estuvo tambin sealado
Rector del Colegio de las Corrientes,  que por motivos que tuvo
propuso; y ltimamente fu Provincial de esta provincia, oficio en que
le cogi la muerte al ao y medio de su gobierno.

Ahora slo dir brevemente alguna cosa de sus virtudes, reservando para
mejor ocasin el dar por extenso relacin completa de sus muchas
empresas y acciones heroicas. Y en primer lugar dir de su pobreza
religiosa.

Fu siempre pobrsimo en su vestido, tanto, que por los muchos remiendos
que tena, deca con gracia un Misionero, que haba en l ms accidentes
que substancia; l mismo lo remendaba por sus manos; jams mud otro,
hasta que el primero, por no poder ya subsistir, se le caa  pedazos.

Al entrar en Buenos Aires, siendo Provincial, le rog su secretario el
P. Juan de Alzola, que,  lo menos en aquella ciudad, se dejase ver con
sotana un poco decente, pues la que llevaba estaba de muy desteida,
casi blanca, porque si no le obligara  l  que se vistiese otra
semejante.

--Yo le mando  V. R.--respondi el P. Zea--que no haga mudanza ninguna
en su vestido y deje que yo me goce en esta pobreza, de que hago ms
aprecio que de cuantas prpuras visten los monarcas y emperadores.

Todos los muebles de su aposento eran una red,  como aqu llamamos,
hamaca, para dormir, sin colchn ni almohada, unos cuantos libros
devotos y un Santo Cristo.

Su breviario era tan viejo y hecho pedazos, que slo ayudado de la
memoria poda satisfacer  la obligacin de rezar el oficio divino; su
mayor tesoro eran los instrumentos de penitencia, con que maceraba su
carne, cilicio, cadenas de hierro, cruces armadas de agudas puntas y
otros de este jaez, con que redujo su cuerpo  perpetua esclavitud, con
aquel santo temor con que se arm tambin contra s mismo el Apstol San
Pablo.

En sus viajes slo coma un poco de pan y alguna otra vianda, de que
usan los pobres indios; bien que cuanto al pan  otro de los manjares
que usan los europeos, en muchos aos no prob bocado; contento slo con
un puado de maz mal cocido y en muchas ocasiones con races  frutas
silvestres, pues muchas veces no tena ni hallaba otra cosa en los
bosques; y cuando coma con ms esplendidez era,  algn pececillo 
unas hierbas cocidas sin algn aderezo; y viva tan gozoso y alegre en
esta pobreza y miseria, que en su ltima enfermedad le eran molestas y
pesadas las comodidades que usa con sus enfermos la Compaa.

No fu inferior  la pobreza su obediencia, de que di pruebas
maravillosas, las cuales, por ventura, alguno que no mira la verdadera
santidad sino con los ojos del cuerpo, tendr en poco, pero no quien
mirando las cosas con los ojos limpios y claros del espritu, mide la
perfeccin de las virtudes, no con lo que muestran en la apariencia,
sino con lo que en la realidad son en s mismo.

Era, como despus veremos, varn de celo ardientsimo y de natural sobre
manera ardiente; con todo eso,  una leve insinuacin de sus superiores,
desde las Misiones de los Guarans, donde trabajaba en grandes obras del
servicio de Dios y provecho de las almas, se redujo, sin la menor
propuesta,  las angustias de un aposento en un colegio, con el empleo
de ensear  los nios los primeros rudimentos de la gramtica. A otra
insinuacin de su Provincial, mientras estaba reduciendo al gremio de la
iglesia gran nmero de infieles, dejando al punto aquella grande obra,
pas  las Reducciones del Uruguay, como si dijramos, de un cabo del
mundo al otro, pues distaban stas ms de mil y doscientas leguas de las
otras donde estaba; y un viaje de veinticuatro horas, volvi 
desandarle, por obediencia, en veinticuatro das.

Finalmente, donde esta virtud campe con admiracin de todos, fu cuando
estando en el fervor de sus conversiones y  lo mejor de la obra de
reducir  la fe  los Zamucos y fundar aquella nueva cristiandad,
levant al punto las manos de la labor, sin esperanza de volver jams 
proseguirla,  un orden de nuestro Padre general de que tomase  su
cargo el gobierno de esta provincia; l mismo confes con toda
ingenuidad que le cost la ejecucin de este orden increble dolor y
sentimiento, y que jams haba sentido tanta repugnancia su natural como
en este caso de ser Superior; y aunque fcilmente se hubiera podido
excusar de aquella carga, para l tan pesada, con todo eso, por no dejar
de obedecer, la acept prontamente, y sin dilacin se vino  largas
jornadas al Tucumn, sufriendo por el camino increbles trabajos 
incomodidades.

Mas en lo que sobre todo se hizo admirable entre los nuestros fu en el
celo de las almas y en la conversin de los infieles. El dilatar la fe,
el predicar  los cristianos, el reducir  los gentiles, no pareca en
l obra de virtud, sino inclinacin y apetito natural; por lo cual no
saba vivir de otra suerte ni en otra ocupacin reciba gusto, sino en
esta de conducir almas al conocimiento y amor de Dios, y en este
ejercicio estaba toda su quietud y descanso y para aliviarle en todas
enfermedades, no haba mejor medio que hablarle de nuevas empresas en
bien de las almas, de la santa vida de los nuevos cristianos y de nueva
conversin de infieles  la santa iglesia.

Ojal pudiera yo trasladar aqu algunas cartas suyas, que tengo en mi
poder, para que vieran todos que no pudieran los enamorados del mundo y
de la carne explicar con ms vivas expresiones sus contentos y deseos,
cuanto este obrero Evanglico manifiesta los sentimientos de su corazn
en los negocios del servicio de Dios; los lamentos y quejas que hace de
su mayor enemigo el demonio cuando se le atravesaba,  haca se le
desvaneciesen sus designios. Por eso no me causa admiracin que con
nimo invicto sufriese muchas persecuciones y reparase, aun con la
prdida de su reputacin, los daos, bien que ligeros, de su
cristiandad; antes dando cuenta de estas sus borrascas al P. Francisco
Burgs, Procurador general de esta provincia, en carta de 29 de
Septiembre de 1705, escrita  Madrid, le dice as:

Para m no puede haber mayor gloria que el que me persigan por llevar
adelante aquella nueva cristiandad de los Chiquitos que tantos trabajos
y sudores me ha costado desde los principios.

Y deca la verdad; porque si se habla de solos trabajos que se padecen
en desvastar  instruir  estos gentiles, que en las facciones son
hombres, pero en las obras se distinguen poco de los brutos, sufra y
haca por ellos cuanto puede hacer un verdadero padre, para provecho
espiritual y corporal de sus hijos, porque  l la virtud le haba dado
tan tiernas entraas y amor de verdadero padre, como los padres
naturales suelen tenerlas por naturaleza con los hijos; de da y de
noche trabajaba, no slo para bien de las almas, sino tambin de los
cuerpos de sus nefitos, ya proveyendo de vveres en abundancia  los
hambrientos, ya componiendo recetas y aplicando remedios  los
enfermos, y aunque se revistiese la naturaleza, tratando y limpiando sus
llagas con tal desembarazo, como si no sintiese la menor repugnancia y
asco en s mismo; el mismo amor le ense  ser juez y rbitro en sus
litigios, gastando mucho tiempo en oirles contar, con paciencia y
dulzura inexplicable, las diferencias que tenan entre s, para lograr
as el mantener y conservar entre ellos la paz porque antes de ser
cristianos, cada uno por su propia autoridad se haca justicia y vengaba
sus agravios con las armas.

Esto y mucho ms haca y sufra por los pobres indios: y aunque otros no
pudieran tolerar el contnuo peso de vida tan trabajosa y con tan poco
alivio, con todo eso l dur en ella por muchos aos, y cada da se
hallaba con tanto vigor como si en aquel comenzase; de lo cual, como
dije en otra parte, no acababa yo de maravillarme; pues cuando odos sus
trabajos en la Misin de los Zamucos le consideraba consumido de fuerzas
y que apenas se poda tener en pie, le v poco despus en Crdoba, con
alientos y vigor de joven, siendo as que ya contaba sesenta y cuatro
aos de edad.

A tantas fatigas por el bien de aquellos nuevos cristianos, se aadi
otra trabajossima, de aprender tantos y tan dificultosos idiomas
brbaros, para que al tiempo que ellos en las obras le experimentaban
padre, no le tuviesen en la lengua por extranjero.

Cosa era esta que  un hombre de su edad le pudiera ser muy enfadosa y
de mucho empacho; mas el celo de las almas le oblig  volver  la
condicin y simplicidad de nio para aprender uno por uno los vocablos y
significados de aquellas lenguas, y para expresar las voces con los
acentos propios de los brbaros, y no rehusando hacerse discpulo de los
mismos infieles, los tomaba por intrpretes para traducir en su idioma
los misterios y preceptos de la ley de Dios, procurando despus
enserselos  ellos con trabajo contnuo de meses y aos enteros.

Tales entraas de caridad experimentamos tambin nosotros cuando le
gozamos en el oficio de Provincial; era muy liberal, humano y afable con
sus sbditos, guardando con ellos la gravedad precisamente necesaria
para ser obedecido; y todos, no solamente le amaban por su agradable
trato, por el candor de sus inocentes costumbres y por una singular 
inseparable sinceridad, con que tena el corazn en los labios, y el
alma patente en el rostro, mas tambin le reverenciaban como  Santo; de
que dieron muy claras muestras, cuando asaltado de una lenta calentura,
con otras enfermedades poco  poco le condujo al trmino de sus das.

Avisado del peligro que corra su vida, en vez de espantarse  temer la
muerte, pareca que le sala al encuentro con generosidad y fortaleza de
nimo, confiado en la misericordia de aquel Seor que le haba concedido
cuarenta y ocho aos para servirle en la Compaa, y treinta y ocho en
las Indias.

Por muchos das hizo este Colegio de Crdoba muchas rogativas y
penitencias para pedir y suplicar  Nuestro Seor no le quitase tan
presto un Superior y Padre tan necesario al bien pblico, y tan amado de
todos.

Pero al fin quiso Dios llevarle  la gloria, como de su bondad
esperamos,  darle el premio debido  sus mritos; la vspera de la
Santsima Trinidad recibi todos los Sacramentos, sin dar la menor seal
de temer la muerte, y se entretuvo todo aquel da, parte, en dar
disposiciones con mucha serenidad, acerca del gobierno de la provincia,
y parte en suavsimos coloquios con su crucificado Redentor, en cuyas
manos entreg su espritu, al entrar el da de la Santsima Trinidad, de
cuya vista iba  gozar en la bienaventuranza.

Fu su muerte  los sesenta y cinco aos de su edad,  4 de Junio de
1719.

El mismo da se celebr su entierro,  que asisti el Ilustrsimo Sr.
Obispo de esta dicesis, gran nmero de religiosos de todas rdenes, el
cabildo secular, lo principal de la nobleza, y mucho pueblo; los
nuestros repartieron entre s sus pobres alhajas, que se reducan 
instrumentos de penitencia y algunos libritos de votos, para tenerlos
por reliquias y conservar siempre fresca la memoria del incomparable
varn que haban perdido, no menos venerable y digno de eterna alabanza
por la santidad de su vida que por las muchas almas de que enriqueci 
la iglesia toda.




CAPTULO XIX

_Contina el Padre Miguel de Yegros la
Misin de los Zamucos,  cuyas
manos muere el hermano
Alberto Romero._


Habiendo ordenado el nuevo Provincial Padre Juan Bautista de Zea que el
P. Miguel de Yegros, en pasando las lluvias, fuese con el hermano
Alberto Romero  fundar la Reduccin de nuestro P. San Ignacio, se
anticip el P. Yegros algn tiempo, as por escoger con tiempo sitio 
propsito, como por no exponerse  peligro de no hallar agua qu beber
en el camino; por tanto,  principios de Abril empez su viaje; mas
entrando en el bosque de los Zamucos, se vi obligado  volver atrs por
tener tanta falta de agua, que ni la gente ni las caballeras tenan
con qu apagar la sed.

Psose en camino segunda vez por Septiembre, y llovi tanto, que
anegadas las campaas de los Cucarates, apenas pudo llegar al trmino de
su viaje.

Lo que padeci en este viaje lo referir con las mismas palabras con que
l, habiendo vuelto de los Zamucos, se lo escribi en carta de 27 de
Octubre de aquel ao de 1718 al P. Visitador de los Chiquitos, Juan
Patricio Fernndez, desde el pueblo de San Juan.

Por no alargarme (dice) no describo aqu cmo consegu el llegar  este
pueblo, contra el parecer y juicio de todos los prcticos de de estos
caminos y contra toda disposicin del tiempo; y los pocos Morotocos que
llev conmigo y se adelantaron  entrar en la montaa hubieron de
perecer de sed, aunque consiguieron con gran valor el llegar al pueblo;
y yo, que de ah  algunos das los segu, fu nadando en agua (como
dicen) por toda la montaa, que ya serva de enfado y de embarazo al que
iba de posta y de ligera.

Slo lo atribu al dedo de Dios, pues cuando la piedad y misericordia
divina se inclina  obrar, no hay imposibles, y ms cuando precedieron
los sudores, trabajos, necesidades y hambres de su primer conquistador
de esta nacin nuestro dignsimo P. Provincial Juan Bautista de Zea.

Despach, pues, delante el P. Yegros algunos indios cristianos que
avisasen al cacique principal de los Zamucos de su venida, y que le
llevasen en su nombre un bastn, hermosamente guarnecido, y una camiseta
colorada, que son las galas que ellos estiman.

Llegaron los mensajeros y fueron recibidos con grande amor y cortesa, y
fueron sentados  la mesa del cacique, cuyas viandas se reducan 
races de cardos silvestres, que era todo su mantenimiento, y por gran
regalo les ofrecieron un vaso de agua, porque haba all tal caresta,
que cada uno estaba esperando la suerte de poder coger tanta cuanta
caba en la palma de mano, de un pequeo manantial que sala de un
peasco.

Dos das despus se partieron los cristianos, acompaados del cacique
principal, con otros de los suyos, y encontrndose en el bosque con el
P. Miguel, dieron la vuelta, y  5 de Octubre llegaron  donde el P. Zea
el ao antecedente haba levantado la cruz.

Increble fu el jbilo y la fiesta que hizo aquella buena gente,
manifestando el gusto que tenan de ver en sus pases  nuestros
Misioneros, diciendo en nombre de todos el cacique principal, indio, por
cierto digno de estimacin, que no obstante sus grandes necesidades,
hambres y pobreza no se haba apartado de su pueblo ni permitido que los
suyos se alejasen por estar en continua esperanza de que haban de ir
los nuestros, habiendo enviado varias veces, y l mismo ido en persona,
 registrar los caminos para ver si parecan.

Igual fu tambin la alegra del P. Miguel que vea ya logrados los
sudores del P. Zea, que con tantos trabajos haba empezado  plantar
aquella via, y para su fecundidad le llova del cielo copiosas
bendiciones.

Trat luego con aquel cacique y con todos los dems principales, del fin
de su ida  aquellos pueblos, que era el fundar Reduccin en sus tierras
y quedarse con ellos;  cuyo fin les pidi le diesen paso franco y guas
para todos los dems pueblos, para escoger en ellos el que fuese ms
acomodado para la fundacin, y en particular hacia los que estaban al
Poniente cercanos  las salinas, donde haban informado al Padre haba
parajes muy buenos para pueblos, aguadas, montaas y palmeras para
estancias de ganados, interesndose en esto tambin el irse acercando 
los dems pueblos de los Chiquitos, con camino ms derecho y ms breve.

Oyndome el cacique (son palabras del Padre Miguel, en la carta para el
P. Juan Patricio Fernndez). Oyndome el cacique stas y otras
conveniencias, di un grito y suspir, diciendo:

--Me tuviera por ingrato y vil, despus de tantas finezas y estimacin
que habis hecho de m, si en alguna cosa os mintiera y engaara, y
negando lo que me peds os desazonara; y aunque no me queris creer, os
desengao, Padre, de que en todas nuestras tierras no hallaris parajes,
ni las comodidades que decs para fundar, pues lo mismo que vis y
reconocis en este mi pueblo, sucede en todos los dems; y aunque en
tiempo de lluvias, por causa de las avenidas, corren algunas caadas con
abundancia de agua, mas pasados algunos meses no quedan ms que las
madres secas, y sin agua, por lo cual luego nos desparramamos con
nuestras chusmas  buscar qu comer y qu beber.

No obstante esta respuesta, le volv  instar con otras razones ms
eficaces que Nuestro Seor me inspir, que me dejase pasar siquiera 
visitar al cacique de los pueblos del Poniente, dndome guas y quien me
abriese alguna senda para poder pasar  la ligera.

Respondime  esta peticin el cacique:

--Te aseguro, Padre, por el amor que te tengo, que si vas, t y todos
tus compaeros, pereceris de sed.

Hasta aqu el P. Miguel, que oyendo esto se retir aparte para
encomendar  Nuestro Seor aquel negocio.

Entonces el cacique junt  todo el pueblo en la plaza y le reprendi
con palabras muy sentidas el que hubiese alguno de ellos mentido y
engaado al P. Misionero con decirle que haba en sus tierras los
parajes y comodidades ya dichas para fundacin; y les aadi que quedaba
muy avergonzado de que hubiesen dado ocasin para que el Padre juzgase
que l le engaaba, negndole lo que ellos mismos tanto deseaban; y por
fin mand  todos que obedeciesen en todo  la voluntad del P. Miguel.
Estaba ste retirado en su Rancho, rogando  Nuestro Seor que no se
frustrase esta fundacin y Reduccin de todo el gento cercano y
encomendando  Su Majestad la resolucin que tomara en este caso.

Luego supo por medio del intrprete, que haba estado oyendo de secreto
al cacique, todo el razonamiento que ste haba hecho  los suyos en la
plaza.

Con lo cual (prosigue el Padre en su relacin) me determin 
proponerles si gustaran de fundar y juntarse para este efecto fuera de
sus montaas y al remate de las campaas de las Japeras de los
Cucarates, por ser tierras muy cabales para una fundacin, aunque slo
de paso vistas y registradas con nimo (si viniesen en ello) de
registrarlo mejor  la vuelta, trayendo alguno de ellos conmigo para ver
los parajes.

Llam de all  un rato al cacique y le propuse todo esto;  que sin
dejarme pasar adelante, con grande algazara respondi que era grande
eleccin, y que ya haba estado y visto todas aquellas campaas, y que
le parecieron muy buenas y  propsito para el fin, y que me siguiera
luego con toda su gente y todos los dems pueblos vecinos,  no tener
todos sus zapallares ya en flor y muchos que ya comenzaban  dar, y que
no sembraran otra cosa, sino que en acabando los juntara y convocara
toda aquella gente, y se vendra luego al sitio que yo dejase sealado
para el pueblo, y enviara conmigo alguno de los principales para que
registrasen y viesen el puesto para dicho pueblo; y en volviendo 
darles cuenta de lo visto, tomara luego el camino para aquel paraje.

Con esto resolv volverme despus de dos das, porque no haba agua que
beber; y en estos dos das que estuve all, fu forzoso beber de unos
charquitos que se haban juntado en una caada, una legua del pueblo, de
un aguacero que cay, que ms era barro que agua; y de una poca que
ellos tenan recogida, llovediza, en unos calabazos, nos dieron uno, por
gran fineza, y vendido por un poco de maz.

Poco despus que se sosegaron los del pueblo, cerrada ya la noche, vino
el cacique, acompaado con algunos viejos,  pedirme audiencia junto 
mi toldo; y dndoles asiento por seal de alegra y albricias, me dijo
el cacique:

--Padre, no te aflijas, que despus del ao en que se haya poblado el
sitio que nos sealares, ir con la gente de este mi pueblo hacia el
Sur, en tres das de camino de montaa,  traer y convidar  otra
provincia de Zamucos (con quienes antiguamente estbamos amigos y
quebramos con ellos) que son diez pueblos de tanto nmero como nosotros;
y de ah  un da de camino, en que remata la montaa y comienzan las
campaas, est innumerable gento que llega hasta  los pueblos que
llamamos nosotros de los espaoles. Estos guerrean siempre con esta otra
provincia de Zamucos, que se llaman Ugaros (de los cuales hay uno en
este pueblo de San Juan, que antiguamente vino con sus padres  esta
otra provincia, y de ah  los Morotocos; y cuando andaba con los
Padres, lleg  ver todo ese gento, que es el Chaco, y  un lado
algunos pueblos de Guarayos.) Agradecle sumamente las noticias al
cacique, quien volvi  aadir estaban contentsimos con el paraje que
les haba insinuado, muy  propsito para poder desde ah con ms
facilidad y brevedad penetrar hasta las naciones dichas, pues desde ms
lejos haba venido yo  sus tierras y pueblos; y dndome otras noticias
de otros gentos por diversos rumbos, se despidi para irse 
descansar.

As el P. Miguel; el cual, queriendo al otro da despedirse de ellos, se
levant una gritera y llanto de toda la gente,  quien el deseo del
santo bautismo no daba aliento para ver partir al Padre Misionero; mas
dndoles palabra de que cuanto antes los volvera  ver, se quietaron; y
levantadas al cielo las manos, pedan  Dios les diese feliz viaje y que
volviese presto.

Partise, finalmente, echando mil bendiciones  aquel pueblo, tan
deseoso de recibir la santa fe, trayndose en su compaa aquellos
Zamucos enviados de su cacique; y reconocido el pas de los Cucarates,
pas  San Juan Bautista, donde los nefitos recibieron y acogieron 
los dos cathecmenos con extraordinario afecto, tratndolos con aquellas
cortesas que el celo del bien de sus almas y el amor  Dios dictan 
los que son nuevos en la santa fe.

Lleg, pues, de vuelta de los Zamucos al pueblo de San Juan  26 de
Octubre de aquel mismo ao de 1718 y luego particip las noticias de
todo lo referido en este captulo al Padre Visitador de aquellas
Misiones, Juan Patricio Fernndez, quien atribuyendo  singular
misericordia de Dios y  los mritos y sudores del apostlico P. Zea que
aquellos brbaros estuviesen tan deseosos del santo bautismo y tan
contentos y prontos  dejar sus tierras hizo luego despachar los dos
Zamucos que trajo el P. Miguel de Yegros, con aviso al cacique de que se
fuese con todos sus vasallos  las tierras de los Cucarates, porque en
breve se partira all el P. Miguel con el hermano Alberto Romero.

Quin creyera que una obra, encaminada con tantos trabajos y sudores y
con tanta felicidad, de donde resultara  Dios grande gloria y  la
iglesia mucho nmero de fieles, se destruyese en un momento, y de tal
manera, que hasta ahora no se les ha podido reducir, bien que siempre se
intenta!

La causa de esta novedad la atribuyen todos  la natural inconstancia 
inestabilidad de los indios; mas si yo  este comn sentir pudiese
aadir el mo particular, dira que ha tenido ms alta causa este
infeliz suceso; porque siendo la conversin de las almas obra
principalmente de Dios, deja Su Majestad muchas veces que las industrias
humanas, y la virtud de los medios que ponemos, no surtan efecto, para
que desconfiados nosotros de ellos, atribuyamos  sola la virtud de su
gracia aquellos sucesos que efectundose prsperamente, sera fcil cosa
nos los atribuysemos  nosotros mismos.

Mas sea lo que fuere de esto, salieron por Agosto de 1719 el P. Miguel
de Yegros y el hermano Alberto, llevando todo recado para celebrar la
Misa y lo dems necesario para fundar la iglesia de la nueva Reduccin
de San Ignacio Nuestro padre, llegando  la campaa que los Zamucos
haban escogido para fundarla, no hallaron persona alguna; y enviando
algunos por todas partes para tomar noticia de esta gente, hallaron su
pueblo quemado, y supieron que se haba retirado algunas jornadas lejos
de all, junto  una laguna abundante de pesca, cerrando los pasos por
donde se les poda seguir.

Resolvi ir en persona el hermano Alberto en su seguimiento  buscarlos,
como lo hizo, y habindolos encontrado, los reconvino con la palabra que
haban dado  Dios y  los Padres de querer ser cristianos y vivir
juntos en un pueblo, en el lugar que ellos mismos haban escogido y
sealado.

Hicironle al principio buen semblante los brbaros y con muestras de
alegra fingieron querer estar  lo prometido; y en seal de eso, se
encaminaron con l hacia el sitio sealado, encubriendo entre tanto en
el corazn su premeditada alevosa, y por muchos das fueron
entreteniendo con buenas palabras al hermano que procuraba, con todas
las finezas de su gran caridad, ganarles las voluntades con beneficios.
Al fin se quitaron la mscara el da 1. de Octubre, y muertos 
traicin doce cristianos, un infame cacique asi de la garganta al santo
hermano y con el filo de una pesada macana le parti la cabeza,
despojle despus brbaramente, y de miedo de que no viniesen sobre
ellos  vengar aquella muerte los Chiquitos, se huyeron todos juntos,
sin saberse dnde.

El P. Miguel, avisado de este suceso por dos cristianos que por gran
ventura se pudieron escapar del estrago, se volvi con increble dolor
de su corazn por no poder hacer ms; y divulgada por todos los pueblos
la nueva de la muerte del santo hermano, le lloraron inconsolablemente
los indios, los cuales, en recompensa de las buenas obras que de l
haban recibido, le celebraron solemnes exequias en todos sus pueblos,
cuanto cupo, y fu posible en su pobreza; y yo, para acabar este
captulo, dar aqu una breve noticia de su vida y virtudes, por serle
muy debida esta memoria.

Fu el hermano Alberto Romero de nacin espaol y natural de Segovia,
hijo de padres honrados y de profesin mercader, bien acomodado; mas
deseoso de ver tierras y hacer mayor fortuna, pas con otros mercaderes
Per, esperando hallar aqu fortuna igual  sus deseos.

No le salieron fallidas sus esperanzas, porque adquiri buen caudal y
fu de todos muy estimado; y as la Real Audiencia como el arzobispo de
Chuquisaca, le cometieron negocios de mucha monta para bien pblico; mas
como sea tan ordinario en las cosas humanas el hacerse y deshacerse en
un punto, mudando semblante  cada paso la fortuna, sin durar mucho en
un estado, ya sea prspera, ya adversa, siendo slo semejante  s
misma, en ser siempre inconstante, habiendo estado siempre para nuestro
Alberto risuea y propicia, experiment en s estas mudanzas; porque de
repente, no s por qu causa, si ya no fuese para que levantase sus
deseos  las cosas del cielo, cay desplomada  tierra la gran mquina
de su prosperidad.

En poco tiempo perdi todo lo que en muchos aos, y  costa de grandes
fatigas haba adquirido, con que qued reducido  mucha pobreza, mas no
sin ganancia, porque con este golpe volvi en s, y vindose ya anciano,
sin tener en la tierra riquezas ni mritos para el cielo, se doli mucho
de lo mal que haba empleado su corazn en ganar y adquirir bienes
caducos, sin quedarle de tanto tiempo perdido ms que un perpetuo
remordimiento del mal logro de sus aos.

Por tanto, resolvi darse todo  Dios, al cuidado de su alma y  las
cosas de la eternidad, gastando, como ms prvido mercader, el resto de
su vida en el trfico de bienes no sujetos  mudanzas y reveses de la
fortuna, en lo cual tuvo mejor logro que cuando en el mundo navegaba su
prosperidad viento en popa.

Y Dios, que muchas veces se agrada ms de los que vienen  trabajar en
su via  la ltima hora, que los que desde la primera hora del da
echan mano  la labor, se agrad sobremanera de su determinacin, y le
di luego de contado una plenitud de consuelo en su servicio, por prenda
de galardn que sobre todos sus mritos le tena preparado aqu en la
tierra, y despus eternamente en el cielo.

Por aquel tiempo, algunos piadosos espaoles, recogiendo de los vecinos
de Tarija algunas limosnas, enviaban todos los aos un copioso socorro 
la cristiandad de los Chiquitos y  los Misioneros lo necesario para
celebrar el santo sacrificio de la misa, y hacer con toda la devocin
posible las funciones sagradas.

Con esta provisin le enviaron una vez nuestros Padres del colegio de
Tarija, con quienes l trataba familiarmente, y luego le pag Dios
aquella caridad muy largamente.

Porque considerando el fervor y santa vida de los nuevos cristianos y
las apostlicas fatigas de los obreros evanglicos, que con vivir en
semejantes trabajos,  los que de s escribe el Apstol San Pablo,
estaban siempre alegres y con una boca de risa, se mud en otro hombre y
se le inflam el corazn en vivsimos deseos de unirse ms estrechamente
con Dios, y gastar su vida en servicio de aquella nueva cristiandad, y
de hecho di luego muestras de cun de veras lo deca.

Psose luego  ensear  los indios todos los oficios mecnicos, 
desmontar los bosques,  labrar la tierra y  manejar los arados para
cultivarla; con los enfermos, viejos y estropeados, tena entraas y
ternura de madre; no haba cosa que por ellos no hiciese; con los
brbaros que se convertan de nuevo, se deshaca en afectos de caridad,
no saba apartarse de su lado, pareca que se los quera meter dentro
del corazn; y por brbaros que fuesen, no dejaba de hacer con ellos
semejantes demostraciones, no mirando en ellos lo que parecan en el
exterior, sino el valor de sus almas, compradas por el Redentor con el
precio de toda su sangre.

Ni por trabajar tanto por las almas de sus prjimos se descuidaba de la
suya propia; recogase muchas veces  tener oracin, en el cual tiempo
las copiosas lgrimas que derramaba, eran indicios de los consuelos con
que Dios confortaba su espritu.

Y  la verdad era bien necesario este consorte celestial para darle
nimo y aliento en la dura y continuada batalla con el enemigo infernal,
que dolorido fuertemente de que un viejo idiota y sin letras corriese
por el camino de la ms alta perfeccin y se burlase de l quitndole
tantas almas de sus manos, no le dejaba de perseguir de da ni de noche,
ya aparecindole en forma de fesimos animales, ya espantndosele con
otras visiones abominables.

Dur esta terrible persecucin ms de tres aos; mas nuestro Alberto,
asistido siempre de Dios y del ngel de su guarda, que si no estaba  su
lado en forma visible,  lo menos lo estaba con la invisible operacin
en su corazn, jams se di por vencido, ni omiti las acostumbradas
obras de caridad, ni di un paso atrs en el modo de vivir que haba
emprendido.

Y por ventura, en premio de esta generosa constancia, se le encendi el
corazn en vivos deseos de entrar en la Compaa, que amaba
tiernsimamente; mas atendida su mucha edad, era necesaria la licencia
de nuestro Padre General, la que no se poda tan presto alcanzar; por lo
cual, para consolar en parte sus plegarias y sus lgrimas, el P. Vice
Provincial Luis de la Roca, cuando visit aquellas Misiones, le admiti
por Donado hasta que viniese de Roma la licencia de recibirle por
hermano Coadjutor de la Compaa; pero el cielo le firm ms presto esta
licencia, y la Compaa triunfante le cont en el nmero de aquellos
campeones que bordaron la librea de Cristo con su propia sangre, antes
que ac en la tierra le contase la militante en el nmero de aqullos,
que con los ministerios humildes de su estado la ayudan  la conversin
de las almas.




CAPTULO XX

_Progresos y aumentos de otras_
REDUCCIONES _en los aos de 1717 y 1718_.


Aunque lo que he escrito en estos dos captulos ltimos, ha sucedido en
muchos aos y en este tiempo se han convertido  la fe y ganado para el
cielo muchos centenares de infieles, todava, por no confundir los
sucesos y Misiones de las Reducciones, los quise separar con nimo de
referir ahora y dar noticia del fervor y mrito de los nefitos de las
otras tierras, dignndose Dios Nuestro Seor de premiar sus sudores con
abundante cosecha de infieles para animarlos  trabajar con mayor
aliento y fervor en servicio de la iglesia.

Los cristianos, pues, de la Reduccin de San Francisco Xavier, hicieron
Misin por dos partes diversas.

Algunos Zamalos salieron en busca de unos infieles, que haban hallado
los aos pasados y los haban dejado de recoger por falta Guarayos,
donde fueron bien recibidos; y aunque no se entendan, les hablaron por
seas y movieron  algunos  seguirlos y  recibir el santo bautismo.

Otros, de nacin Piocas, quisieron ir  los Puyzocas, que mataron al P.
Lucas Caballero mas apenas lo pudieron conseguir, porque en el camino
entraron en una Ranchera de los Cozocas, tan de improviso, que sentidos
de los paisanos, que estaban trabajando en sus sementeras, y creyendo
ser gente enemiga, se dieron  huir  toda furia por librar la vida; los
nuestros alcanzaron  algunos, y entrando en la Ranchera la hallaron
desierta, sin persona viviente.

Vieron en los Ranchos muchos escudos, tejidos de plumas de bellsimos
colores con mucho arte  industria; con stos estaban adornadas las
cmaras donde estaban amontonados muchos huesos de difuntos y pedazos de
carne fresca, indicios de que eran comedores de carne humana.

Andan todos bien vestidos y tienen las mismas costumbres que los Baures
y Cosiricas, bien que usan de diferente lengua. Entre grandes y pequeos
recogieron 36.

Los cristianos del pueblo de la Concepcin fueron  predicar la ley de
Cristo  los Cosiricas, mas no sacaron ms logro que los trabajos.

Dos aos antes haban ido  su Ranchera y haban trado cuatro para que
viesen las Reducciones, en donde fueron recibidos con grande amor y
cortesa.

Estos dos fueron con los nefitos para llevarlos  sus paisanos, de
quienes no fueron admitidos con mucho afecto, porque el demonio les puso
en sospecha de que eran Mamalucos  otros enemigos que haban venido 
hacerlos esclavos. No obstante, los sentaron  la mesa y les presentaron
algunos regalos del pas; mas concurriendo all indios de otras tierras,
los cercaron en forma de media luna, disparndoles una tempestad de
flechas para hacerlos huir; los nefitos, sin hacer ms que reparar los
golpes, se retiraron con buen orden, y en medio de que muchos hacan
instancia  los capitanes para responderles con las armas, venci la
parte de los mejores, que,  imitacin del Redentor, no quisieron
volverles mal por mal; tres quedaron muertos; los otros, maltratados, se
volvieron  la Reduccin.

De San Rafael salieron por dos partes en busca de almas; una tropa de
Taus gan  la fe cuatrocientos y ochenta infieles, de nacin Bacusones.

La otra, de Tabicas, fu  las riberas del ro Paraguay en busca de
Curucanes.

Apenas llegaron  orillas del ro, cuando un Chiquito con algunos otros,
se adelant, y descubriendo una canoa que vena hacia ellos, se
escondieron detrs de algunos matorrales, creyendo ser los infieles que
buscaban; mas observando que era un negro con dos indios, que andaban
pescando, gritaron los compaeros del Chiquito: _Mamalucos!
Mamalucos!_ y se pusieron en fuga precipitada.

Apenas el negro vi slo al Chiquito, cuando le apunt con el arcabuz;
mas se detuvo en dispararle, porque el indio le grit en voz alta: No me
mates, que soy cristiano como t y no te hago dao; y para que lo
conociese ms claramente, le mostr una imagen de Nuestra Seora con el
Nio en los brazos, la cual, el negro, dejando el arcabuz, ador de
rodillas.

Juntronse luego all nuestros nefitos en nmero de ciento y cincuenta,
extendidos en buen orden sobre la ribera.

En este nterin vino el Capitn de los Mamalucos, y llamando  un
Chiquito que entenda la lengua Guaran, le pregunt quines eran y 
qu fin andaban por aquellas costas.

Respondi que eran hijos de nuestros Misioneros (esta es la frase que
usan ellos con los que les han reducido  la fe) y cristianos del pueblo
de San Rafael, que andaban en busca de infieles para conducirlos al
gremio de la santa madre iglesia.

--Para el mismo fin los buscamos nosotros,--respondi el capitn
Mamaluco; y aadi en ademn de enojado:

--Y por qu vens aqu si nosotros hemos llevado ya todos los infieles?

Preguntle despus qu Padre le instrua y enseaba la fe y quin vena
con ellos.

Dijo que el P. Felipe Surez, era cura de su pueblo, mas que ellos iban
solos.

--Y, pues,--replic el Mamaluco--qu capitanes y conductores os
gobiernan?

Aquellos, con astucia ms que de indios, les respondieron que sus
capitanes eran sesenta. Entonces, vuelto  los suyos, les dijo el
Mamaluco:

--Mucha gente tienen stos alistada; y sin hablar ms, haciendo tocar 
retirada, se embarc con todos los suyos en las canoas, huyendo  todo
vogar, por no venir  las manos con tanta gente; y quiera el cielo que
as como los cristianos Guarans, de mucho tiempo  esta parte son el
terror de estos crueles enemigos, as lo sean tambin los Chiquitos
reducidos  la fe y al gobierno civil. Los nefitos, alegres con el buen
logro de su astucia, anduvieron mucho trecho por aquella ribera, hasta
que finalmente dieron con la Ranchera de los Curucanes, donde siendo
bien recibidos, se pusieron todos en la plaza, de rodillas,  rezar el
Rosario de Nuestra Seora para que Su Majestad diese  aquellos gentiles
juicio (frase con que se explican cuando hacen oracin por s  por
otros  Nuestro Seor y  la Santsima Virgen) para que todos abrazasen
la santa ley de Dios.

Mientras que los cristianos rezaban el Rosario, estaban los Curucanes
llenos de estupor, refugiados en sus Ranchos, sospechando que aquella
era alguna trama inventada en dao de ellos.

Acabaron los cristianos su santo ejercicio, y vindose solos, fueron
siguiendo los pasos de los fugitivos y cogieron diez, los cuales
vinieron de buena gana  hacerse cristianos. Y stos, habiendo vuelto el
ao siguiente  aquella tierra, redujeron  la santa fe doscientos y
once, los cuales dieron noticia de otros muchos pueblos que eran
confinantes con ellos, como son Merojones, Guijones, Bacusones,
Betaminis, Aripayres, Zipes, Tades, Guarayos, Subarecas, Paricis y otros
muchos.

Tambin se debe reputar entre los aumentos de esta Reduccin un funesto
suceso, que para ejemplo de otros sucedi en ella.

Habase bautizado en San Rafael una doncella de 18 aos y se llamaba
Isabela, la cual, poco despus, se haba casado; mas el comn enemigo,
pesaroso de que se le escapase de sus manos la que antes haba sido toda
suya, resolvi tentarla cuanto pudo, trayndola  la memoria su antigua
brutal vida.

Ella, pues, ya por estar en la flor de su edad y en lo mejor de la
juventud, ya por las sugestiones del demonio, se rindi, finalmente, 
sus apetitos, viviendo peor que antes: porque es ordinario que sea ms
malo quien abandona la fe que quien jams la ha profesado. Perdida,
pues, la vergenza y el temor de Dios, se amist mal con algunos de sus
iguales; y para que no llegase  odos del Padre Cura de aquella
Reduccin, se llegaba  los Santos Sacramentos frecuentemente, con
muestras de tierna devocin y algunas lgrimas en los ojos.

Mas Dios Nuestro Seor que ama tanto  aquella nueva iglesia, no tard
mucho en castigar su hipocresa y lascivia, de suerte que quien supiese
el castigo escarmentase, y juntamente tuviese tiempo la miserable 
infeliz de pedir  Dios misericordia.

Estando durmiendo una noche en casa de su padre, prorrumpi de repente
en gritos y ahullidos, que pareca de mentada, y echando los ojos hacia
el techo, con grande espanto, deca  su padre:

--Mira, mira, que vienen los diablos  llevarme consigo al infierno y
saltando de la cama, quera huir, mas su padre la detuvo.

Qued con aquella vista tan consumida de fuerzas y desmayada, que
pareca habrsele descuadernado todos los miembros. Estando de esta
manera medio fuera de s, pero siempre obstinada en sus pecados, fu
avisado el P. Misionero del grave peligro de la enferma, mas no de la
causa, y mucho menos de su mal vivir; la primera diligencia del Padre
fu ajustar las cosas del alma de aquella infeliz; y viendo que estaba
ya cercana su muerte, le administr los ltimos Sacramentos; y
llegndose para decirla alguna palabra de Dios, se haca sorda; y
fijando los ojos en un lugar, se procuraba descubrir, llamando y
convidando  los amigos con quienes haba vivido mal, y haciendo los
mismos ademanes y feos movimientos que cuando estaba sana.

Sospech el Padre que el demonio en forma visible haca de las suyas con
la enferma; por lo cual, procur confesarla con mayor diligencia, mas la
infeliz nunca quiso vomitar aquellos pecados feos, porque padeca tanto
en el alma y en el cuerpo.

Parecindole al Padre que el mal empezaba  dar algunas treguas, y que
los demonios, por la intercesin de Nuestro Padre San Ignacio, cuya
reliquia la aplic, se haban ausentado de la cmara de la enferma,
precisado de otra ocupacin, se parti de all, con intento de volver
cuanto antes.

Apenas se haba apartado algunos pasos, cuando la doliente, quitndose
del cuello la Santa Reliquia, empez  llamar con palabras amorosas 
sus galanes y en ademn de quien se abrazaba con alguno, acab la vida,
dejando  sus parientes afligidos y desconsolados por muerte tan
desgraciada.

Hzosele por la tarde su entierro, y luego aquella noche vino  llamar 
la puerta de la casa de su padre, y llam  su marido, dicindole:

--breme, no me conoces? Yo soy Isabel.

Levantse despavorido y asustado el marido, y abriendo la puerta la vi
tan monstruosa que se qued pasmado de asombro y espanto.

Despus, yendo  nuestra casa, se manifest al P. Misionero, el cual,
con el horror de verla, se desmay y cay en tierra medio muerto, y por
muchos das no pudo recobrarse.

Andvose luego paseando por el corredor de casa, y di muchos golpes en
la campana de la iglesia, mas nadie os salir fuera, sospechando lo que
era.

De aqu sali y anduvo todas las calles de la Reduccin, y con ahullidos
y bramidos como de fiera, aterroriz sobremanera  toda la gente.

El da siguiente se apareci  una hermana suya y  otros, con semblante
horroroso, queriendo Dios que hubiese muchos testigos del caso, porque
quien necesitase del temor para vivir bien, no pudiese negar el hecho
para no temer.

Habiendo fallecido este ao un fervorossimo Misionero en estas
Reducciones, es razn que le demos aqu lugar  sus mritos, refiriendo
brevemente sus virtudes y sus apostlicas fatigas en servicio de Dios y
bien de las almas.

Este fu el P. Joseph Tol, que  los setenta y cinco aos de su edad
pas de estos trabajos al eterno descanso en el pueblo de San Rafael, 
10 de Mayo de 1717.

Naci este santo varn  22 de Noviembre de 1643 en Potago, lugar de la
isla Cerdea; fu en aquella provincia recibido en la Compaa, teniendo
21 aos de edad,  2 de Mayo de 64 y el ao de 74 pas  esta provincia,
donde concludos los estudios que le faltaban y recibidos los sagrados
rdenes, pas  las Misiones de los Guarans, donde vivi algn tiempo
con mucho fruto de los indios.

Aqu le quiso Dios dar  entender los muchos trabajos que le tena
preparados para labrarle la corona de sus merecimientos, y fu de esta
manera:

Haba acabado un da de decir misa, y mientras se retiraba  su
aposento  dar gracias  Nuestro Seor, se vi como en xtasis, cercado
de una tropa de gente desconocida y se vi tambin  s mismo cultivando
la tierra con un azadn en la mano, lleno todo de sudor, sin que alguno
de los presentes, movido  piedad, se determinase  quitarle de las
manos aquel rstico instrumento y  ayudarle en aquel oficio.

Qued el P. Joseph extraamente maravillado y pensativo, por no entender
qu se le quera significar con aquella visin, hasta que pasando poco
despus por orden de los Superiores  la conversin de los Chiriguans
lo conoci en la Reduccin de San Ignacio, donde aunque haba gran
multitud de gente, con todo eso el hablarles de su conversin era
predicar  las piedras,  como dicen, en desierto, sin poder reducir ni
aun uno slo de aquellos obstinados, ni tener an un sirviente que le
asistiese en el altar, por lo cual se vi obligado  cultivar con sus
manos una huertecilla, y con el sudor de su rostro recoger alguna cosa
con qu pasar la vida; iba en persona al bosque  traer un haz de lea y
al ro por un cntaro de agua, mirndole entre tanto aquellos brbaros
sin moverse  ayudarle.

Acordse entonces de lo que tanto antes Nuestro Seor le haba mostrado,
y as sufri con grande valor estas y otras gravsimas molestias de
aquellos brbaros tan crueles, que le echaron los caballos  pacer en su
huerta, para quitarle en un momento el sudor de su rostro y el trabajo
de sus manos. Y en medio de ser aquella tierra tan difcil de cultivar y
tan dura  recibir la semilla de la palabra divina, pues aunque
trabajaba mucho recoga muy poco fruto, con todo eso no levant las
manos de la labor hasta que le llamaron los Superiores para ser operario
en el Colegio de Tarija, donde tuvo campo en qu ejercitar su celo, con
menos trabajos, pero con ms fruto. Aqu le sucedi un caso digno de
saberse:

Ofrecisele un da hacer una trompetilla por si acaso vena  confesarse
algn sordo, cuando poco despus de venir  su aposento, entr en l un
hombre dolindose mucho de que no se poda confesar  gusto por falta de
odo; consolle el Padre, dicindole que tena un instrumento para oir
con facilidad.

Confesse el buen hombre con gran jbilo de su corazn, y dando al Padre
mil agradecimientos, se despidi diciendo:

--Qudese V. R. con Dios, que yo me voy  comulgar y de all  morir; y
sucedi as puntualmente.

Lo mismo sucedi con otro que tena la misma pena, el cual estando sano
y robusto se confes con el Padre y muri de all  dos das, dejando
ambos prendas seguras de su eterna bienaventuranza, con la misericordia
que Dios haba usado con ellos.

No pudo conseguir semejantes esperanzas de otro, que exhortado del P.
Tol  que ajustase las cuentas de su conciencia con Dios por medio de
los ejercicios espirituales, luciese confesin general antes de
emprender un largo viaje le protest con varios colores aparentes, que
no poda; mas apenas haba caminado pocas leguas, cuando sorprendido de
una furiosa enfermedad, en pocos das se puso en camino para la otra
vida, con poco  ningn aparejo.

Vivi en Tarija el P. Tol hasta el ao de 98 en que pas con oficio de
Superior  las Misiones de los Chiquitos con gran jbilo de su corazn,
por ver puestos en ejecucin los ardientes deseos de emplear sus fatigas
en la conversin de los infieles; y aunque las grandes y frecuentes
enfermedades le estimulaban  proponer su ningn talento para aquel
empleo, todava, despus que en una grave enfermedad, el dolor ms
agudo que le traspasaba el corazn en aquellos extremos, fu el haberse
excusado una vez en ejecutar un orden de sus superiores, arrojndose en
manos de Dios, vino con aquel oficio  estas Reducciones en que por no
estar an las cosas puestas en forma, tuvo ocasin de merecer mucho.

Lo ms insufrible para su caridad eran las grandes necesidades y
trabajos de sus sbditos sin tener con qu socorrerlos y aliviarlos.

Procur, no obstante esto, con todo el esfuerzo posible, por espacio de
cuatro aos que fu Superior, adelantar aquella recin fundada
cristiandad, as con la conversin de nuevos infieles como en
desarraigar las brbaras costumbres de los catecmenos, exponindose por
eso muchas veces, con invencible constancia,  riesgos y peligros de la
vida.

Una de las muchas veces que se vi en estos aprietos fu en cierta
ocasin, que habiendo visto que un nefito se haba teido el rostro de
fesimos colores, al uso de su gentilidad, le dijo, llevado de su celo:

--Lindo ests por cierto, pareces un demonio (y as es en la realidad
cuando se tien el rostro).

Oy el indio con disgusto estas palabras, y flechando su arco, le
asest al pecho con una saeta.

Entonces el generoso Padre, desabrochando la sotana y jubn, le dijo:

--Apunta aqu para que no yerres el golpe, y qutame esta vida que tanto
deseo sacrificar  Dios por amor tuyo.

Quiso, empero, el cielo recibir la oferta y no la ejecucin del
sacrificio, porque aquel brbaro, atnito y lleno de confusin, al ver
tanto aliento, no os pasar ms adelante.

Su empleo ms continuo  infatigable, fu instruir  algunos mozos ms
despiertos, no slo en las cosas de nuestra santa fe, ms an en el
servicio de la iglesia y de las funciones sagradas, ensendoles el
canto eclesistico y las otras sagradas ceremonias, ministerio de
trabajo y tedio increble y slo tolerable de una grande caridad y celo
ardiente, porque era necesario poco menos que hacerles mudar naturaleza,
domesticndolos y desvastndolos poco  poco, corrigindolos sin
exasperarlos, y tolerndolos algn tiempo mal acostumbrados y viciosos,
para hacerlos totalmente otros diversos de los que eran al principio.

Y en este ejercicio dur, sin interrumpirle, hasta lo ltimo de su vida;
porque la esperanza del bien y frutos que vea se lograban en aquella
su infatigable tarea, se la haca no slo tolerable, sino suave.

En tales obras de apostlica caridad con los prjimos, no se olvidaba de
s mismo, pues en medio de ser todas ejercicio de virtudes y aumento de
mritos, era, no obstante, muy delicado en la observancia regular,
portndose de suerte en las funciones de operario evanglico, que no se
descuidaba un punto en la guarda de las santas leyes y constituciones de
la vida religiosa, antes se retiraba muchas horas del da  vivir ms
perfectamente para s, para despus obrar con ms fervor con los
prjimos.

Era devotsimo de las santas almas del Purgatorio,  quien no solamente
haba hecho en vida liberal donacin de todas sus buenas obras sino
tambin despus de su muerte, de todos los sufragios que por su alma se
dijesen, reservando sus grandes culpas, como l deca, para pagarlas con
las penas del Purgatorio.

Mas quiso Dios, por premio de sta su heroica caridad, darle el
Purgatorio en esta vida, para que as fuese mayor su corona en la eterna
bienaventuranza, cargndole de tantas y tan graves enfermedades que le
inhabilitaron del todo  ejercitar del todo nuestros ministerios con
los nefitos, nico conorte en sus tribulaciones, de suerte que sola l
decir que de este mundo no tena sino _labor y dolor_.

Llamle, finalmente, Nuestro Seor,  darle el galardn de tantos
trabajos y sudores, con una muerte propia de los santos, despus de
haber estado ms de dieciocho aos en estas Misiones,  los setenta y
cuatro de su edad y cincuenta y tres de Compaa, en que haba hecho la
profesin de cuatro votos  15 de Agosto de 682.




CAPTULO XXI

_Breve descripcin de la provincia del Chaco;
costumbres y cualidades naturales de
sus moradores, y fundacin de una
nueva Reduccin en ella._


La provincia del Chaco es un vastsimo espacio de tierra de trescientas
leguas de largo y ciento de ancho, situado entre las provincias del
Tucumn, de los Charcas, del Ro de la Plata, del Paraguay y de Santa
Cruz de la Sierra, cercado por todas partes de una largusima cadena de
montes, que empezando  levantarse desde la ciudad de Crdoba del
Tucumn, llegan hasta las opulentsimas minas de Lipes y Potos; luego
tirando  Santa Cruz de la Sierra, rematan en la gran laguna Mamor.

Es el terruo en partes maravillosamente abundante y frtil, por causa
de muchos arroyos  riachuelos y dos grandes ros que la baan, los
cuales, naciendo de las montaas, atraviesan y riegan el pas: y despus
de muchas vueltas y rodeos desembocan en el gran ro de la Plata y
forman en gran parte su desmedida grandeza.

Sus moradores, en tiempos pasados, eran muchsimos en nmero, de suerte
que en slo el contorno de la ciudad de Guadalcazar, que hoy est
destruda, se contaban ms de cuatrocientas Rancheras de diferentes
naciones y lenguas.

Las naciones ms clebres son los Colchaquies, Tonocotes, Belelas,
Mocobies, Tobas, Malbalaes, Mataguayos, Aguilotes, Chumipies, Amulalaes,
Callagaes, Abipones, Payagus, Guaycurs, Churamates, Ayoyas y Lules.

Es el temperamento de estas naciones gneo y vivaz, la estatura ms que
mediana, las facciones del rostro algo desemejantes de las nuestras, de
donde fcilmente se distinguen de los espaoles y dems europeos; y
cuando se tien de colores, que es muy de ordinario, estn sobre manera
feos, que parecen unos demonios; y sucedi, no mucho ha, en la ciudad
de Santa Fe, que saliendo  pelear con unos Abipones un capitn que
haba militado en Europa, al verlos tan horribles, se qued desmayado y
sin fuerzas.

Cuanto al vestir, los hombres se cien por la cintura una faja de que
cuelgan muchas plumas pendientes alrededor y en el resto desnudos: otros
se ponen sobre todo eso una corona de plumas en la cabeza; y algunas
naciones traen una como capa larga de cueros de venado, que llaman
Queyapi, para defenderse de las inclemencias, y desde el cuello hasta
abajo cuelgan una cinta emplumada sobre dicha capa.

Las mujeres se cubren algn tanto, lo que basta para no estar del todo
desnudas.

No tienen gobierno ni guardan vida poltica.

Slo en cada tierra hay un cacique  quien ordinariamente tienen algn
respeto y reverencia.

Viven pocos juntos, porque como carecen de gobierno, y no tienen
cabezas, por cualquiera ligero disgusto se separan.

Sus casas no son ms que un Rancho de paja dentro de los bosques, unos
en una parte y otros en otra, sin orden ni distincin; y ni aun eso
tienen los Payagus, los cuales nunca estn fijos en un lugar, y cada
noche hacen alto en diverso paraje; por lo cual no usan de otra casa que
una pequea estera, para repararse del viento, y en lo dems duermen al
descubierto.

La mayor parte del tiempo gastan en buscar miel por las selvas, para
hacer su vino con que se embriagan muy frecuentemente. Y luego que se
les calienta la cabeza, y pierden aquel poco juicio que antes tenan, 
lo mejor de la embriaguez paran todas sus fiestas en peleas, heridas y
muertes; porque los rencores y los odios sepultados largo tiempo en sus
pechos alevosos, por cobarda y temor, salen  fuera en tales ocasiones
y se procuran vengar con furor increble; y lo que causa ms admiracin
es que los parientes de los muertos no se sienten nada de la injuria
recibida, cuando vuelven en s, por ms estrecho que sea el parentesco.

En reducir estas naciones  vida racional y  la ley de Cristo emplearon
desde los primeros aos del siglo pasado todo el fervor de su espritu,
los Padres Juan Daro, italiano, y Gaspar Osorio Valderrbano, espaol,
por orden del P. Nicols Mastrilli Durn, Provincial de esta provincia,
y to del santo mrtir Marcelo Mastrilli, pero no correspondiendo  la
labor la dureza de estos pueblos, con fruto digno de sus fatigas y
sudores emplearon en otra parte su celo.

La obstinacin de estas naciones fu en gran parte originada de los
espaoles, cosa que no se puede traer  la memoria sin dolor y lgrimas,
y por eso ms quiero callarlo que escribirlo; y quien tuviere nimo para
leerlo, lo podr ver en otros historiadores.

Slo dir que apenas se introdujo all el conocimiento de la ley
cristiana, cuando en breve tiempo se hizo maravilloso fruto; y en tanto
que hubo all hombres de virtud, fu en aumento la piedad y religin;
pero despus que la codicia de los espaoles oprimi con exceso  los
pobres inocentes indios, se dieron  la desesperacin para librarse de
aquel cautiverio en que los tenan los espaoles que los gobernaban, 
que se oponan los Jesuitas con todo esfuerzo, por ser contra lo que
repetidas veces tienen ordenado nuestros catlicos monarcas.

Llevados, digo, los indios de la desesperacin, procuraron buscar un
cruel remedio para redimir la opresin, y fu disponer secretamente una
conjuracin y matar  los gobernadores como lo hicieron; y ha quedado en
ellos tal horror  todos los espaoles, debajo del cual nombre
entienden  todos los dems europeos, que el comn vocablo con que los
llaman es _enemigos_.

No obstante, el santo mrtir P. Pedro Romero, espaol, y el infatigable
Misionero P. Joseph Orighi, hermano del eminentsimo seor Agustn
Orighi, y to del eminentsimo Orighi, que vive al presente, quisieron
volver  promulgar el Evangelio entre los Guaycurs, y sin tener cuenta
de sus propias vidas, intentaron, con increbles trabajos y fatigas,
domesticar su innata fiereza; pero sin hacer ms fruto que bautizar
algunos prvulos, se vieron obligados  retirarse.

El ao de 637 entraron por el Tucumn  convertir algunas naciones el P.
Gaspar Osorio, de quien poco ha hice mencin, y el P. Antonio Ripario,
italiano, los cuales, el mayor fruto que sacaron de su empresa, fu
perder la vida por Cristo con glorioso martirio, de que tuvo antes bien
clara noticia el P. Osorio como lo declara en carta escrita  Roma  su
antiguo confesor nuestro cardenal Juan de Lugo.

Ambos, despus de su muerte, se aparecieron vestidos de los ornamentos
sagrados y cercados de mucha luz  sus brbaros matadores
reprendindolos su maldad y exhortndoles  que trajesen  su tierra
nuevos Jesuitas que los instruyesen en la fe de Cristo.

Lo que ellos, obstinados en sus vicios y errores no ejecutaron,
emprendieron los PP. Ignacio de Medina y Andrs de Lujn el ao de 1653
entrando  reducir  la fe aquellas naciones; pero aunque aplicaron su
fervor ms intenso, no lograron sino las almas de algunos nios y
adultos moribundos, y armndose contra ellos secreta conjuracin de los
brbaros, hubieron de retirarse.

El ao de 1673 entraron con el gobernador D. ngelo de Peredo los PP.
Diego Francisco de Altamirano y Bartolom Daz, y pudieron fundar una
reduccin de Mocoves, con nombre de San Francisco Xavier, cuatro leguas
de la ciudad de Esteco, en que lleg  haber mil y ochocientas almas;
pero por juzgar el gobernador y sus consejeros convenir se encomendasen
 los espaoles dichos indios repartidos en Encomiendas se deshizo aquel
pueblo; bien que en aquella entrada lograron los Padres bautizar ms de
mil almas entre adultos y prvulos.

Prosiguise esta empresa el ao 1683 en el gobierno de D. Fernando de
Mendoza Mate de Luna, para la cual fueron sealados los Padres Juan
Antonio Solinas, natural de Olinis, en Cerdea, y Diego Ruiz,
valenciano; haban ya agregado algunos indios Ojotades y Taos  una
nueva Reduccin, con nombre de San Rafael; pero envidioso el comn
enemigo, y temiendo de aquellos principios nuevos progresos, incit por
medio de sus hechiceros  ciento cincuenta Tobas y  cinco tropas de
Mocoves que quitasen la vida  los Misioneros: vinieron al lugar donde
estaban, y hallando slo al Padre Solinas, por haber ido  Salta por
bastimentos el P. Ruiz, le dieron la muerte, y tambin  otro venerable
sacerdote llamado don Pedro Ortiz de Zrate,  27 de Octubre de aquel
mismo ao.

Con esta novedad se retiraron los Ojotades y Taos, catecmenos, y ni
con la muerte de estos dos mrtires, ni de los PP. Osorio y Ripario
quedaron esperanzas de que su sangre fuese semilla de cristianos en
aquella provincia, por la proterva obstinacin de las ms de sus
naciones, que con las repetidas hostilidades que hicieron  la provincia
del Tucumn, por su innato odio  la nacin espaola, cerraron las
puertas  la esperanza de su conversin, hasta que siendo gobernador de
la provincia de Tucumn el piadoso caballero don Esteban de Urizar y
Arizpacochaga, brigadier de los reales ejrcitos de S. M., reprimido
primero el orgullo de los Tobas y Mocoves, quiso se sentase de nuevo la
empresa y se predicase la ley divina  la nacin de los Lules; por lo
cual el P. Antonio Garriga, que  la sazn era Visitador de esta
provincia, seal para esta conversin el ao de 1710 al P. Antonio
Machoni, natural de la villa de Iglesias, en Cerdea, el cual, habiendo
pasado de aquella provincia  sta el ao de 1698 y ledo Filosofa en
esta Real Universidad de Crdoba, alcanz emplearse en la conversin de
estos brbaros.

Di ste principio  la nueva cristiandad fundando una Reduccin, 
quien puso debajo del patrocinio de San Esteban, compuesta de gente de
cuatro naciones, Lules, Toquistins, Ixistins y Oristins, cuyos
ascendientes fueron antiguamente cristianos.

Son stos de color de aceituna, de estatura ordinariamente grande, de
genio despierto y alegre, ni se entristecen fcilmente, sino es acaso en
sus desgracias domsticas; son prontos de entendimiento y aprenden
maravillosamente los oficios mecnicos: pero torpes y duros en creer lo
que no alcanzan los sentidos materiales.

Conservan por largo tiempo en su pecho la memoria de las injurias
recibidas, y aunque sientan partrseles el corazn de dolor y rabia, lo
esconden y encubren disimuladamente con un semblante enteramente alegre,
esperando coger al enemigo desprevenido para hacer con ms seguridad el
tiro.

En lo que toca  religin, son finsimos ateistas, no dando culto ni
veneracin  deidad alguna, si no es que digamos que su Dios es su
vientre, porque no entienden de otra cosa, procurando gozar en esta vida
todo el buen tiempo que pueden, viviendo como animales.

Parece, empero, esto menos tolerable,  causa de no reconocer ni aun las
leyes naturales, que cualquier hombre, por brbaro y salvaje que sea,
con slo ser hombre, venera y aprecia.

Los hijos, por la mayor parte, no tienen ningn respeto  sus padres;
antes tienen sobre ellos dominio, hacindose obedecer de ellos con
grande descaro; y si les da gusto, osan poner en los padres las manos.

En sus enfermedades no se mueven  compasin, antes los abandonan con
increble ingratitud y los dejan en manos de la hambre y enfermedad;
cosa que ni aun con las bestias usan; y fuera muchas veces entre ellos
mejor ser perro que hombre, porque de ellos se compadecen y quitan la
comida de la boca para sustentar una tropa de galgos.

Encontrse acaso el P. Machoni en una ocasin con algunos de estos
brbaros que llevaban  enterrar  la madre de uno de ellos difunta, que
poco antes se haba convertido  nuestra santa fe, y con ella queran
enterrar  un hijito suyo de pocos meses, porque ninguna india, aun sus
parientas, quera tomar el trabajo de criarle: quitsele luego de las
manos el Padre y por ms que con la paga por delante se lo pidi y
suplic, ninguna se movi  compasin; por lo cual se vi obligado
mientras vivi el nio  mantenerle con leche de cabra  oveja, no sin
increble dolor, viendo entre tanto  muchas madres tener pendientes de
sus pechos gran nmero de perritos para que no se muriesen de hambre.

Sus casamientos los celebran de mucha edad (si es que entre ellos
merecen el nombre de casamientos, pues cansada la mujer del marido, y
ste de ella, tienen franqueza y libertad de tomar otra  otro  su
antojo) no casndose sino cuando ya estn cansados de torpezas, no
experimentando ellos en s ni el temor ni la vergenza que la naturaleza
mezcl sabiamente en los placeres vedados para contener en la raya de lo
debido el genio de la concupiscencia desenfrenada.

No es fcil de explicar cuanto trabajase el buen P. Misionero con otro
compaero Jesuita, en instruir en los principios de la ley divina 
gente que pareca no tener ni aun el primer instinto de la naturaleza,
ni de qu medios de caridad y de celo se valieron para hacerlos, de
bestias, racionales, y de racionales, cristianos.

Eran los primeros con el azadn en la mano  romper la tierra,  manejar
los arados y  hacer todo lo dems que es necesario en la labor de los
campos para adiestrarlos  hacer lo mismo.

Despus visitaban los enfermos y hacan con ellos todos los oficios de
caridad que hara una amorosa madre, quitndose de la boca la comida y
el sustento que les tena sealado la piedad de los espaoles por
remediar sus necesidades.

Sufran con increble paciencia sus contnuas impertinencias y
necedades, con la esperanza del bien que podan sacar de ellos. Pero
esto era lo menos respecto de lo que trabajaban en provecho de sus
almas; porque la deshonestidad, la venganza, la embriaguez la barbaridad
y otros mil vicios heredados con la sangre, crecidos con los aos, y con
la costumbre convertidos en naturaleza, era poco menos que imposible
desarraigarlos de sus corazones; mas pudo tanto la incontrastable virtud
del Altsimo y la fineza de un celo apostlico, que poco  poco se
empez  ablandar la dureza de corazones tan obstinados y  domesticarse
la barbaridad de nimos tan salvajes.

El primer fruto que se sazon con los sudores y fatigas de estos
fervorossimos operarios, fueron muchas almas de nios que apenas
lavadas en las aguas saludables del santo bautismo, volaron con la
cndida estola de la inocencia  la eterna bienaventuranza,  tomar
posesin de aquella gloria, que en adelante gozaran los fieles de su
nacin; despus lograron las almas de muchos adultos que asaltados de
una peste que se encendi entre ellos, cambiaron gustosos la vida con la
esperanza del eterno descanso en el cielo, por medio del santo bautismo.

Uno, entre los dems, joven de pocos aos, que no menos en las llagas de
su cuerpo, que en la paciencia del nimo, pareca otro Job, se alist
en el nmero de los hijos de Dios con suma alegra y jbilo de su
espritu, y haciendo fervorossimos actos de fe, esperanza y caridad,
pas de esta peregrinacin  la patria celestial.

Llevaba muy mal el comn enemigo los progresos de la fe en nacin tan
brbara  inculta; por eso aplic luego todo su esfuerzo para atajarlos
y sofocar la semilla del Evangelio, antes que se arraigase en los
corazones de los brbaros.

El primer medio de que se vali fu procurar la muerte de los Misioneros
que le hacan tan cruda guerra, incitando  los infieles  que se la
diesen.

Intentronlo ellos muchas veces; y una, entre otras, estuvieron ya
conjurados  matar al P. Machoni.

Haban estado algo lejos del pueblo haciendo un baile con grande bulla y
algazara, y poniendo en medio de la rueda un calabazo, que por arte del
demonio danzaba tambin con ellos, se convinieron todos en darle aquella
noche la muerte, para verse libres de una vez de su celo y reprensiones.

Oyles acaso el Padre, y saliendo de su Rancho  saber la causa de
aquella novedad intempestiva, encontrse con una india que vena del
baile, bien que no tan fuera de s como ellos, que estaban totalmente
embriagados; preguntla el Padre por qu sus parientes metan tanto
ruido y daban tantas voces.

Ella, que saba muy bien lo que trataban, procur encubrirlo con una
falsa risa, respondiendo no saba la causa.

Temise el Misionero no fuese alguna borrachera; y para certificarse y
atajarla, inst  la india descubriese la verdad.

Ella, recelando por esta instancia que ya el P. lo supiese, le descubri
toda la conjuracin que contra su vida tenan tramada.

Recogise en su Rancho ofreciendo  Dios su vida en sacrificio por el
bien de aquellas almas, y estuvo toda aquella noche esperando le
viniesen  matar; mas Nuestro Seor le libr para otras cosas de su
servicio, porque avisados los infieles por la dicha india de que el
Padre Misionero saba ya sus intentos, no se atrevieron  darle la
muerte, recelando tambin no viniesen luego los espaoles  vengarla.

Viendo el demonio que se le haba desvanecido esta traza, se vali de
otra, y fu introducir en el pueblo el pernicioso error de que lo mismo
era echarles  los nios el agua del bautismo en la cabeza que
despedirse del cuerpo sus almas; y se imprimi tan altamente este engao
en sus fantasas, que convirtindose el amor  los Padres en odio y
aversin, los miraban con mal corazn y huan de ellos como enemigos
jurados de su bien.

Y daba  eso calor el creerse ellos neciamente eternos; y aunque vean
todos los das quedrseles muertos en sus brazos sus amigos y parientes,
con todo eso,  la evidencia de los ojos prevaleca el error del
entendimiento.

Procuraban los nuestros con todas las fuerzas de su celo desvanecer
aquel engao y errada persuasin, fomentada del demonio para dao de
aquella reciente cristiandad, y Dios Nuestro Seor, que suele mirar 
los nuevos fieles con ojos de mayor piedad, quiso remediar bien presto
este dao y consolar y animar juntamente la virtud de sus siervos.

Pas el caso de esta manera:

Iba un da el P. Machoni llevando de Rancho en Rancho una holla de
comida para darla  los enfermos; encontrse con una india que traa al
pecho un nio que estaba ya para espirar; no pudo ella huir y esconder
tan presto su criatura de suerte que el Padre no la viese.

Procur ste con dulcsimas palabras y mucha afabilidad mitigar el odio
de la madre y ganarla el nimo,  fin de poder bautizar al nio; mas
todo fu en vano, porque el demonio hablando por boca de una mujer en
todo suya, no menos por la infidelidad que por la lascivia, y vomitando
contra el Misionero y contra aquel Santo Sacramento tantas injurias y
blasfemias cuantas dira un dementado en lo ms ardiente de sus furias,
exhortaba  la madre no permitiese lavar  su hijo en las santas aguas
del bautismo; porque le sucedera lo que  otra madre mal aconsejada,
que ofreciendo su hijo para ser bautizado, lo mismo fu caer sobre el
nio el agua santa, que salir de esta vida.

Era la india de buen natural y no se dejaba fcilmente trabucar el
juicio con las necedades locas de los suyos, y mucho menos de la falsa
aprensin de que el santo bautismo era tsigo para quitar la vida,
conociendo  tantos espaoles viejos, con canas, que haban sido
bautizados; por eso de buena gana ofreci el nio al Padre; el cual,
lleno de una generosa y humilde confianza en Dios, rog  Su Majestad y
le suplic quitase aquel embarazo  la santa f, pues no le costara ms
que una insinuacin de su voluntad; luego se volvi  San Francisco
Xavier, pidindole que mirase con ojos de misericordia  aquella ciega
gentilidad; y pues tanto procuraba la honra de Dios alcanzase de Su
Majestad que aquel santo Sacramento no slo sirviese para librar el alma
de aquel inocente de la esclavitud del demonio, sino tambin para
librarle de la enfermedad corporal; y ofreci en agradecimiento de aquel
beneficio, que esperaba recibir, le llamara Francisco Xavier.

Oy el cielo los fervorosos ruegos de su siervo, pues luego que fu el
nio bautizado, qued sano de su enfermedad.

Lo mismo sucedi  una muchacha, ya casadera,  quien por estar toda
helada y yerta, la lloraban sus parientes por muerta; mas luego que fu
bautizada, por las grandes instancias con que lo haba pedido, como si
volviese de un profundo sueo, volvi en s y  la vida. Con lo cual,
poco  poco ces en el pueblo aquel falso temor, y las madres  porfa
daban sus hijos para que fuesen lavados en las santas y saludables aguas
del bautismo.

Bramaba de rabia el demonio viendo desvanecidos sus enredos; por eso
puso todo su esfuerzo en empaar el terso esplendor de los procederes de
uno de los Misioneros, infamndole con mil calumnias por medio de unos
apstatas que estaban muy sentidos de que les impeda poder saciar el
apetito de la carne, con todos los ms torpes y sucios placeres del
sentido; mas,  pesar suyo, sali triunfante la inocencia de costumbres
y fervor de vida apostlica de aquel buen Padre y fu obligado el
demonio por entonces  dejar franco el paso al Santo Evangelio en las
provincias amplsimas del Chaco, donde no slo procuran los Jesuitas la
conversin de los infieles, sino la reforma de los espaoles  indios,
acudiendo  confesar y  predicar los fuertes de espaoles que por all
hay como San Joseph y Valbuena; y acompaando  los soldados cuando van
de las ciudades  sujetar  los brbaros que continuamente invaden
aquella provincia, los sirven de capellanes, exponindose  los mayores
riesgos y peligros de perder la vida, sin tener cuenta con las suyas; y
al mismo tiempo procuran reducir  los que apresan los espaoles y
bautizar  los prvulos.

En estas empresas haba trabajado gloriosamente nueve aos el P.
Machoni, cuando en el nuevo gobierno de 1719 vino sealado por
secretario del P. Provincial Joseph de Aguirre, por cuya causa fu
preciso encargar el cuidado de aquella Reduccin al P. Joaqun de
Yegros, con otros dos compaeros Jesuitas.

El nuevo Provincial y Secretario procuraron fomentar con todo esfuerzo
la conversin de nuevos infieles,  que cooper como siempre el seor
gobernador de la provincia D. Esteban de Urizar.

El ao, pues, de 1719, en una entrada que  los infieles hicieron los
vecinos de la ciudad de San Miguel de Tucumn, descubrieron un nuevo ro
que se juzg entonces ser el Pilcomayo;  la ribera de este ro supieron
viva mucha gente blanca, que tuvieron por espaoles.

Con esta noticia determin el seor gobernador que el ao siguiente
fuesen  descubrir totalmente este ro los tercios de la provincia de
Tucumn, pidiendo para capelln  uno de los Padres que estaban en la
Reduccin de San Esteban.

Concedilo luego el P. Provincial, y esperanzado de que de este
descubrimiento se seguira  Dios mucha gloria, determin que por la
parte del ro Paraguay entrasen por el Pilcomayo, que desemboca en aquel
ro, algunos Misioneros de los Guarans, con orden preciso de que sin
detenerse  reducir nacin ninguna y slo ganando la voluntad de los
naturales, penetrasen hasta encontrar con los soldados espaoles que
entraban por la provincia de Tucumn,  llegasen al paraje de los
Chiriguans.

Todo esto era prevencin para dos fines: el primero, que descubierta la
tierra y el ro, se pudiese entrar por el Tucumn, Paraguay y Frontera
de Santa F, dndose la mano toda la gente de estas provincias, para
conquistar todo el Chaco, en que se lograra la conversin de muchas
almas.

El segundo, abrir por aqu camino ms breve para las Misiones de los
Chiquitos, cosa que siempre sumamente se ha deseado, por evitar la suma
distancia que hay por el camino de Tarija, porque se presuma que los
Zamucos se acercaban mucho al Chaco y al Pilcomayo, y por all tambin
entr en esta ocasin un Jesuita para venirse  encontrar con los dems.

Seal, pues, el P. Provincial para entrar por lo boca del ro Pilcomayo
 los PP. Gabriel Patio y Lucas Rodrguez, ambos nacidos en la ciudad
de la Asuncin, y  la sazn Misioneros de los Guarans; y del colegio
del Paraguay despach al hermano Bartolom de Niebla, andaluz, y  un
donado portugus llamado Faustino Correa, con algunos indios Guarans,
para que si fuese necesario defendiesen  los Padres de las invasiones
de los infieles.

Por los Zamucos entraron con algunos indios Chiquitos los PP. Felipe
Surez y Agustn Castaares.

Los de la provincia de Tucumn no pudieron encontrar con Pilcomayo y
hallaron por fin que el descubierto por los Tucumaneses el ao de 1719
no poda ser aquel ro por ser ste pequeo y el Pilcomayo muy grande.

Los Chiquitos, habiendo caminado por los Zamucos, hacia donde se juzga
caer este ro, nunca pudieron dar con l.

Los que entraron por la boca del Pilcomayo iban en un barco y algunos
botes: caminaron por dicho ro, siempre  diversos rumbos, por las
repetidas vueltas con que corre: al principio hallaron algunos rastros
de indios, pero no los vieron.

Caminaron as cosa de ochenta leguas, parte por el ro, parte por
lagunas, porque hay muchas  la orilla de este ro, las cuales, cuando
baja el ro, quedan divididas de l y hechas lagunas; mas cuando crece,
queda toda la campaa hecha un mar de agua, porque se incorporan con l.

A estas ochenta leguas reconocieron que la madre del ro no era tan
honda que pudiese navegar por l el barco sin peligro manifiesto de
encallar; por lo cual determin el P. Patio pasar en los botes con el
hermano Niebla tres espaoles y treinta y cuatro indios  registrar lo
restante hasta conseguir el fin de su empresa, dejando en el nterin en
el barco al Padre Lucas Rodrguez, al donado y  la dems gente para que
aguardasen.

Fueron, pues, navegando los dos botes y caminaron otras trescientas
leguas, en que en diversas partes vieron indios de varias naciones, que
ya confinaban con los Chiriguans.

Llegaron por fin  una nacin no conocida, cuyos indios parecan de
buenos naturales, y eran de hermosos rostros y de buena estatura; las
indias tan blancas, que parecan espaolas; tenan cras de yeguas y
muchas ovejas, de cuya lana hacen muy buenos tejidos; los caballos eran
sin nmero. La tierra fertilsima, en que tienen labranzas de los frutos
del pas.

Saltaron en tierra y dieron  los naturales muchos donecillos que ellos
aprecian y por esto les mostraron mucho afecto, en que concibieron
esperanzas de reducirlos despus fcilmente.

Mas algunos Tobas y Mocoves que haba entre ellos malograron estas
esperanzas, porque hablando  aquellos indios, les incitaron contra los
nuestros, maquinando una alevosa traicin contra sus vidas.

Estaban all de paz unos y otros, tratndose con muchas caricias todo el
tiempo que fu preciso para descansar, cuando habiendo ido tres de
nuestros indios  cortar lea, les acometieron los alevosos Tobas y
Mocoves con los indios de aquella nacin; mataron  los dos  flechazos
y al otro hirieron malamente, de suerte que muri de all  algunos
das.

Los dems se retiraron  los botes que mand el Padre cubrir de algunos
cueros de vaca para resistir.

Vinieron siguiendo  los nuestros ms de 600 infieles, hasta los bateles
disparndoles una tempestad tan espesa de saetas, que pareca una manga
de langostas, pero ninguna les hizo dao, porque hallaban resistencia en
los cueros, que despedan las flechas; y aun siendo preciso que el P.
Patio estuviese por dos veces en la proa descubierto  los tiros,
aunque por todas partes le caan las flechas, ninguna le toc. Visto
esto procuraron retirarse de las furias de aquellos brbaros, que con su
traicin deshicieron por ahora y frustraron las esperanzas de poder
penetrar el Chaco, donde se esperaba, como dije, reducir muchas
naciones.

Volvironse, pues, sin otro fruto, desandando con mucho trabajo el
camino de cuatrocientas leguas que hasta all haban navegado.

Mas volviendo  la Reduccin de San Esteban, este mismo ao de 1721, se
contaban en ella muchas familias.

Encendise por este tiempo una pestecilla de viruelas, de que murieron
luego dos.

Los dems cobraron tanto miedo  la muerte, que les amenazaban las
viruelas, que el mismo da que aquellos dos murieron, dejaron descuidar
 los nuestros y todos se huyeron menos dieciocho adultos y veinte
muchachos.

Luego que lo advirtieron los PP. Joaqun de Yegros y Lorenzo Fanlo
montaron  caballo en su seguimiento, y fueron  alcanzarlos por unos
cerros hacia Salta; mas siendo mucha la espesura de los bosques, y
fragosidad de las sierras, se desmontaron, y  pie los siguieron, con
increble fatiga, porque no huan por va recta, sino oblcua siempre,
porque decan que as no les podra seguir la peste, cansada de los
matorrales y revueltas. Tanta es su barbaridad.

Quedaron los Padres sin fuerzas antes de poderles dar alcance; y
volvindose  su pueblo  cuidar de los que haban quedado enfermos,
despacharon tras los fugitivos  dos indios que llevaban consigo para
detenerlos, porque de los dieciocho adultos se les murieron los catorce,
 quienes asistieron con grande caridad, sin recelo del contagio, y
todos los dems enfermaron.

Los dos indios encontraron de all  algunas leguas  los hudos, y por
ms que hicieron, slo les pudieron reducir  que bajasen donde estaban
los Padres.

Procuraron stos que volviesen  la Reduccin; mas slo consiguieron por
entonces esperanzas de que se volveran acabada la peste. Por tanto,
dejndolos all se volvieron los Padres al pueblo  cuidar de los que
haban quedado, enfermos los ms, de los cuales murieron presto catorce
adultos,  quienes asistieron con grande celo y caridad, hasta darles
sepultura por sus propias manos.

Los fugitivos volvieron despus de algn tiempo  su pueblo, por las
diligencias de los nuestros, que siempre tienen que trabajar aqu
gloriosamente, por la innata barbarie de todas estas naciones, como se
conocer por lo referido.

Al presente se halla este pueblo en sumo peligro de su destruccin,
porque los Mocoves y Tovas, que hasta ahora han estado enfrenados por
el valor del gobernador de la provincia de Tucumn, principal promotor
de esta Reduccin, ahora vuelven  alzar cabeza; y habiendo muerto  los
soldados del fuerte de San Joseph y tenido atrevimiento para sitiar el
de Valbuena, se teme que den en este pueblo de San Esteban y le
destruyan por estar indefenso; bien que no por esto pierden los Jesuitas
las esperanzas de hacer mucho fruto en el Chaco, cumplindose la
profeca de su primer apstol San Francisco Solano, que predic el
Evangelio  los Lules, y de quien hay tradicin en aquella tierra, que
habiendo profetizado la ruina de la ciudad de Eteco, que ha ms de
treinta aos que sucedi, predijo tambin que se convertiran estos
indios del Chaco.

Quiera Nuestro Seor se cumpla cuanto antes esta profeca.




CAPTULO XXII

_ltimas noticias de las Misiones de Chiquitos y
Chiriguans._


Habiendo referido la destruccin de los dos pueblos que haba entre los
Chiriguans, ser bien dar ahora razn de cmo volvieron los Jesuitas
aos despus  aquella nacin.

Hallbase el P. Vice Provincial Luis de la Roca el ao de 1715 visitando
el Colegio de Tarija, de paso para las Misiones de los Chiquitos, cuando
llegaron  aquella villa mensajeros de algunos pueblos de los
Chiriguans pidiendo fuesen Padres  sus tierras  predicarles nuestra
santa f y ministrarles el santo bautismo.

Extrase esta repentina mudanza, cuando se tena tan experimentada la
obstinacin de estos indios, y cun dados estaban siempre  sus
antiguos vicios, causa por la cual se haba alzado ms de diecisis aos
haba de su conversin, por no esperar hacer en ellos el menor fruto.
Mas luego se supo la causa de esta nueva resolucin.

Fu, pues, el caso, que un cristiano de la misma nacin, habiendo
apostatado de la f y religin cristiana, muri, por justos juicios de
Dios, pertinaz en su apostasa.

Este, por permisin divina, se apareci,  pesar del infierno,  muchos
Chiriguans, dicindoles cmo por haber desamparado la religin
cristiana, estaba condenado  arder en llamas eternas.

Hizo notable conmocin en los brbaros esta visin y les movi  que
fuesen ahora  pedir  Tarija predicadores del Evangelio.

El P. Vice-Provincial, por las repetidas experiencias de la inconstancia
de estos brbaros dudaba mucho concedrselos; pero al fin se movi 
enviarles dos Jesuitas, as por hacer la ltima prueba de su
obstinacin, como por condescender con la piadosa voluntad del seor
marqus del Valle de Tojo, que lo peda encarecidamente.

Seal, pues, para aquella conversin al P. Pablo Restivo, que  la
sazn era rector del colegio de Salta, y muy perito en la lengua Guaran
que habla aquella nacin, y por su compaero al P. Francisco Guevara que
se hallaba en el colegio de Tarija.

Fueron all los dos Padres, y  costa de grandes trabajos procuraron
fundar una Reduccin que llamaron de la Inmaculada Concepcin, para que
con el favor y patrocinio de esta poderosa seora, renunciando los
Chiriguans al demonio, se alistasen en las banderas de Cristo.

Logrronse algunos prvulos,  quien bautizaron, pero se opuso el
demonio  estos felices principios con todas sus mquinas y esfuerzo.

Aparecironseles los ministros infernales en formas horrendas y
espantosas,  cuya vista caan desmayados en tierra los indios.
Acudieron por remedio  los Padres. Estos, animndoles  la confianza en
Dios, les mandaron que luego hiciesen muchas cruces de madera, las
cuales hicieron poner en sus casas, en las plazas, en las calles y en
los collados, adorndolas humildemente los brbaros.

Al ver el infierno seal tan saludable desisti de perseguirlos, y en
adelante depusieron los indios todo miedo sin experimentar al menor
peligro.

Vindose vencido de esta manera el demonio, se vali de otras trazas
diablicas para perturbar la obra comenzada, incitando y conmoviendo
para ese fin  muchos de sus secuaces; pero Dios desvaneci sus intentos
haciendo de los mismos diablicos ministros fieles coadjutores de los
Padres en aquella conversin.

Y para mayor abatimiento del demonio y promover la fe en esta Reduccin,
se dign Su Majestad de favorecerles con algunos sucesos, al parecer,
milagrosos. Entre otros, contar slo dos.

Estaba una india tan gravemente enferma, que ya sus parientes la
lloraban por muerta; lleg la enfermedad  trmino que ya estaba para
espirar.

En tal aprieto se volvieron  implorar el patrocinio de Mara Santsima,
pidindola con muchas lgrimas restituyese su salud  la enferma.

Tuvieron buen despacho sus splicas, porque el mismo da que haban
hecho aquella oracin  Nuestra Seora, al ponerse el sol ces la
fiebre, que sobre manera la afliga y al da siguiente se hall
enteramente sana con admiracin y asombro de todo el pueblo.

En otra ocasin padeca toda la comarca de mucha falta de lluvias, por
lo cual se perdan por instantes las sementeras: imploraron el favor de
la Virgen, y luego al punto el cielo, que estaba sereno, se entold de
nubes y descarg una copiosa lluvia, que fu el total remedio de su
necesidad.

Con estos y otros favores del cielo, se espera que al fin se rendir y
ablandar del todo la dureza obstinada de los Chiriguans, entre quienes
al presente trabajan los Padres, para lograr  lo menos las almas de los
prvulos, y con esperanzas de que los que nacieren y se criaren con la
leche de la religin cristiana mantendrn la fe y se podrn lograr en
toda la nacin los sudores y fatigas pasadas de tanto apostlico
Misionero que en diferentes ocasiones han atendido  la labor de este
campo.

Ahora, para concluir esta relacin, ser bien dar breve noticia, as del
ltimo estado de las Misiones en los Chiquitos, como de algunas
expediciones, en especial la de los Zamucos, segn lo que hasta ahora se
ha podido saber por la distancia de los lugares.

Habase tenido noticia en el pueblo de San Francisco Xavier de que
haba algo lejos de all una parcialidad de Guarayos que hablan la
lengua Guaran, y se esperaba hacer en ellos mucho fruto, por lo cual el
ao de 1719 fueron de aquel pueblo indios Chiquitos  hablarles sobre su
conversin, pero se volvieron sin fruto, porque llegando al paraje de
dicha nacin, donde tena sus pueblecillos, ya se haban hudo, sin
quedar uno slo; y aunque les siguieron los rastros por algunos das,
los perdieron en un ro muy caudaloso, en que se embarcaron sin saber
para dnde.

Este mismo ao,  4 de Mayo, sucedi en San Rafael la fatalidad de
haberse quemado el pueblo, por lo cual estaban medio alzados los
gentiles que haba en l, y se teman no se volviesen  los bosques,
porque tambin se haban quemado los frutos de que se mantenan; pero al
fin, con el favor de Dios se compuso todo, de suerte que este pueblo se
pudo empezar  dividir el ao de 1721, saliendo de l una colonia, que
es la Reduccin de San Miguel.

Pero en medio de estas desgracias se logr este ao el buen suceso de
abrir nuevo camino, que mucho tiempo se haba deseado, por las
cordilleras de los Chiriguans, dejando el antiguo de Santa Cruz de la
Sierra, cuyo descubrimiento feliz se debi al celo incansable del santo
P. Francisco Hervs, que le abri como se poda desear, y de suerte que
el ao siguiente pudieron entrar por l dos nuevos Misioneros, que
fueron el P. Jaime Aguilar, aragons, que pasaba tambin  visitar en
nombre del P. Provincial aquellas doctrinas, y el P. Juan Bautista
Speth, bvaro, que poco antes haba venido de Europa. Y ahora es ste el
camino comn por donde se tragina, abreviando por l muchas leguas.

En todos los pueblos, en los aos siguientes, se han hecho sus correras
 diversas naciones, pues estando todos ellos deseosos de convertir 
los muchos gentiles que se descubren cada da se aplican con celo  la
conversin.

Hacia el Norte, especialmente, es el gento innumerable; bien que est
algo lejos: son tierras trabajossimas y se descubren animales fieros y
extraordinarios.

Por tanto, es preciso ir con tiento, trayendo la gente en corto nmero
para poderla cuidar, porque con la mudanza de tierras, siempre mueren
muchos, causa de que en estas Reducciones no sea mucha ms la gente y
aun en las Misiones de los Moxos es peor, por ser las tierras ms
trabajosas, y cada da van  menos, si continuamente no reclutan los
pueblos con nuevos infieles, como lo procuran hacer aquellos fervorosos
Misioneros; bien que en las de los Chiquitos sabemos se ha logrado esta
diligencia, pues generalmente se reconoce haber ido en aumento, pues el
ao de 1723 entraron ochenta familias de infieles en el pueblo de San
Rafael, y en el de San Juan noventa y dos almas, valindose Dios de un
medio bien especial para traer  los infieles que entraron en San
Rafael.

Fu el caso que habiendo habido una pestecilla en dicho pueblo el ao de
1722, se huyeron de miedo por Agosto de aquel ao dos parcialidades de
gente nueva, no de los Chiquitos, la una no haba vuelto tan presto, la
otra se encontr con una nacin de infieles,  quienes persuadieron se
hiciesen cristianos, lo que lograron felizmente, pues luego se redujeron
muchos, y volvieron con los fugitivos al pueblo las ochenta familias ya
dichas, en que haba trescientas almas, y entre ellas un indio, que
hecho cautivo por unos Mamalucos que capitaneaba Hernando de Armenta,
portugus, se escap de entre ellos, despus de quince aos de
cautiverio, y vino muy contento.

Ni par aqu el fruto que sac Dios de esta fuga, sino que dejaron
apalabrada toda la nacin para venir luego en seguimiento de los dems.

Los pueblos que al presente hay, son seis.

Estn todos por este orden:

Comenzando del Sur, San Juan est de San Joseph como nueve leguas; de
San Joseph  San Rafael son treinta; de aqu  San Miguel ocho; de San
Miguel  San Francisco Xavier cuarenta y dos, y de ste  la Concepcin,
hay veinticuatro; de suerte que San Juan, que es el cabo hacia el Sur,
est en dieciocho grados y medio; y la Concepcin, que es el otro cabo,
est en quince.

Ahora hay esperanzas de fundar otro, con nombre de Nuestro Padre San
Ignacio, hacia el Sur, en los Zamucos, que son ms de mil doscientas
almas,  inmediatamente los Ugarans, que tienen la misma gente.

Dichos Zamucos, ya vimos en el captulo XIX cmo se alzaron y huyeron
dando muerte al hermano Alberto Romero y  sus compaeros Chiquitos.

No por eso perdieron nuestros Misioneros las esperanzas de reducirlos;
antes mientras ms oposicin haca el demonio, se azoraban ms  quitar
de sus garras infernales estas almas.

Procuraron luego de dar forma, cmo volver  reducirlos.

Entraron para este efecto los PP. Felipe Surez y Agustn Castaares y
habiendo caminado noventa leguas, llegaron  un pueblo de Zamucos, y por
entonces no se consigui reducirlos.

El ao siguiente entraron los PP. Jaime de Aguilar y Agustn Castaares,
y habiendo salido  29 de Abril, caminaron las noventa leguas que los
del ao antecedente y hallaron desierto el pueblo en que estaban antes.

Pasaron veinte leguas ms adelante  otro pueblo  donde dirigan la
derrota. Hallaron en l  sus moradores, que los recibieron de paz.

Sera dicho pueblo, llamado _Cucutades_, de cincuenta familias,
gobernado por tres principales caciques; uno de los cuales estaba
ausente. Despus de mucha vocinglera de los infieles les propusieron
los Padres el fin de su ida  aquellas tierras, que era quedarse entre
ellos y ayudarles como  los Chiquitos.

Agradecieron los infieles la visita, y uno detrs de otro respondieron
los dos principales que no queran Padres en sus tierras; que aquella
sola noche durmiesen all y al otro da se volviesen; porque si se
queran quedar mudaran ellos  otra parte.

Mucho sintieron los Padres esta no esperada respuesta; mas con todo eso
esperaban que aquella tarde mudaran de resolucin; y  la verdad, ellos
as lo fingieron, diciendo entonces gustaban ya de que se quedasen entre
ellos; bien que siempre se remitan al parecer del principal que
faltaba, y decan vena ya de buen nimo.

Esperronle desde el da 27 de Mayo; y en esta demora, para ganar la
voluntad del pueblo, se les repartieron treinta cuas  los indios, que
es lo que ms aprecian, y  las indias muchos abalorios, con que todos
quedaron contentos, as infieles como los Padres y los cristianos
Chiquitos, bien que entre ellos no falt quien alcanzase el fingimiento
de los brbaros.

Esperaron hasta el sbado, vspera de la Santsima Trinidad, en que vino
el principal que faltaba, y era chupador y hechicero. Entr dando gritos
en su pueblo y plaza, diciendo que l era dios de aquellas tierras y
pueblo y que fuesen los Padres donde l estaba.

Los Padres, viendo que era necesario por entonces usar de gravedad para
abatir la soberbia de aquel ministro del demonio, le respondieron que no
haban de ir, sino que l haba de venir donde ellos estaban. Al fin se
hizo as. Vino l donde estaban los Padres; stos le recibieron
sentados. Dijo lo que los otros dos principales haban dicho al
principio, que no quera Padres en sus tierras, porque con los Padres se
les moriran los hijos y otros disparates semejantes, que aprob todo el
pueblo, armndose y tiznndose todos menos uno de los principales que
haban estado antes y ora qued medio en duda.

A este tiempo lleg de otro pueblo distante el matador del hermano
Alberto con otros doce  trece de los suyos, que con sus persuasiones
confirm al pueblo en su resolucin.

Viendo los Padres su dureza, se vieron precisados  dar la vuelta, como
lo hicieron, y llegaron al pueblo de donde haban salido el da 16 de
Junio, llevando solas diez almas que quisieron de suyo irse con ellos 
la Reduccin para hacerse cristianos, bien que no quedaron los Padres
sin esperanzas de que despus les seguiran los dems, como de hecho
sucedi, as con estos como con otros. Porque dando en ellos los
infieles Ugarans y habiendo habido muertes de una y otra parte, se
vinieron  San Juan dos parcialidades que hacan veinte familias y
llegaron  aquel pueblo  25 de febrero de 1723.

Eran de dos pueblos de Zamucos; del uno llamado _Quiripecodes_, vena el
cacique _Sofide_ con dos hermanos suyos, matadores del hermano Alberto
y diez familias en que haba cincuenta almas.

Del otro, llamado _Cucutades_, vino su capitn _Omate_, que fu el que
el ao pasado haba echado  los Padres de todas sus tierras, y traa
nueve familias de sus vasallos, que eran cuarenta y dos almas.

Los noventa y dos, pues, sin ser llamados ni convidados ahora se
vinieron huyendo de los Ugarans que les hacan guerra y dijeron que
tras ellos vendran los dems. Pero habiendo enfermado de peste todos,
se atemorizaron y dijeron que queran Padres en sus tierras, lo cual
concedido, se volvieron  ellas.

Por esta causa, el da 30 de Junio sali el P. Superior de aquellas
Misiones Francisco Hervs con el P. Castaares  fundar Reduccin entre
ellos.

Llegaron despus de cuarenta das de camino  los pueblos de Zamucos,
que hallaron totalmente desiertos; en busca de ellos fu solo con los
indios el P. Castaares, y hasta ahora no se sabe en qu ha parado.

El P. Superior Francisco Hervs lleg  los dichos pueblos tan postrado
de fuerzas por el cansancio y por sus continuos achaques, que habiendo
de quedar all en un sumo desamparo, se vi precisado  volverse; y
habiendo llegado quince leguas de San Juan, le fu  confesar el P. Juan
Bautista de Xandra, aplicle algn remedio, con que se alent el P.
Hervs y pudo llegar en hombros de indios  San Juan, donde se le
administraron los dems Sacramentos y aplicaron algunos otros remedios,
pero sin efecto, por hallarse muy debilitado y con ardientes fiebres, y
al fin muri dos das despus,  24 de Agosto de 1723, teniendo 61 aos
de edad, 44 de Compaa y 27 de profesin de cuatro votos. Y aunque sus
heroicas virtudes y grandes trabajos pedan de justicia se hiciese aqu
relacin de su vida; mas la falta de noticias por la distancia nos
privan por ahora de este ejemplo y consuelo hasta mejor ocasin. Y esto
es lo que hasta ahora se ha obrado para reducir  los Zamucos, que
esperamos se conseguir felizmente por el celo de los fervorosos
Misioneros. LAUS DEO.




MEMORIAL DEL PROVINCIAL

P. JOSEPH BARREDA

AL MARQUS DE VALDELIRIOS




MEMORIAL

QUE EL P. PROVINCIAL DE LA PROVINCIA

DEL

PARAGUAY

PRESENT AL SEOR

MARQUS DE VALDELIRIOS

EN QUE LE SUPLICA

SUSPENDA LAS DISPOSICIONES DE GUERRA

CONTRA LOS INDIOS DE LAS MISIONES.

_Crdoba de Tucuman_

_1753._

PUBLCASE AHORA POR PRIMERA VEZ

1895




_Memorial que el P. Provincial de la provincia del Paraguay present al
Seor Marqus de Valdelirios, en que le suplica suspenda las
disposiciones de guerra contra los indios de las Misiones._


Seor Comisario Real, Marqus de Valdelirios:

Joseph de Barreda, de la Compaa de Jess, Prepsito Provincial del
Paraguay, parece ante V. S. para que en fuerza de su Real Comisin con
que est entendiendo en los tratados de la lnea divisoria de las dos
Coronas de Espaa y Portugal, se sirva de oir en justicia los clamores
con que esta provincia desea manifestar la fidelsima lealtad con que
hasta hora presente ha obedecido  ciegas y con pronto rendimiento las
cdulas reales y todas las rdenes conducentes  la evacuacin de los
siete pueblos de Misiones que estn entre el ro Abiquy y las mrgenes
del ro Uruguay para que, segn el consabido tratado, se entreguen  los
dominios de Portugal, y saliendo los indios que hoy los habitan  otros
territorios pertenecientes  la Corona de Espaa, trasladen  ellos sus
bienes muebles y semovientes y fabricando nuevos pueblos  iglesias,
labren tierras para mantenerse de sus frutos.

A este fin, ya le consta  V. S. que antes que llegase  Buenos Aires y
 esta provincia, tena actuadas todas las diligencias que me permiti
el tiempo en cumplimiento de los eficaces preceptos que nuestro M. R. P.
General, quien con igual empeo nos previno que si fuese posible
tuvisemos evacuados los citados pueblos antes que llegase V. S. y por
su mano recibisemos las cdulas en que el Rey nuestro seor nos mandaba
lo mismo; y con efecto, cuando las recibimos, ya se haban empezado 
conquistar las voluntades de los indios con las eficaces persuasiones de
los Padres Misioneros y del que yo haba sealado en mi lugar mientras
pasaba en persona  la ejecucin de las Reales rdenes, y habiendo
convenido en dejar sus pueblos, empezaron  salir de ellos algunos
exploradores en busca de sitios y tierras competentes para su
transmigracin, lo que consta  V. S. y al P. Luis Altamirano por las
cartas de las Misiones que en respuesta de las rdenes recib en aquella
ciudad, donde tambin me enviaron Mapa de algunas tierras algo menos
proporcionadas, bien que todas son apartadas de los siete pueblos, que
algunas no distaban menos que 200 leguas de ellos para la mudanza el
cual Mapa mostr y entregu  V. S. en prueba de la pronta obediencia
con que desde la primera noticia y orden del M. R. P. General se
empezaron  actuar y se estaban actuando las diligencias ms oportunas
para el deseado intento.

Pero entre las graves dificultades que se ofrecan en tan arduo empeo,
siempre hice presente  V. S. que la mayor y an insuperable estaba en
el limitado tiempo que se conceda para tan vasta transmigracin, lo
que, al juicio de los Padres ms experimentados de aquellos pases, era
fsicamente imposible en el estrecho espacio de seis meses, razn que
movi y an convenci al P. Comisario Luis Altamirano para pedir  V. S.
concediese  lo menos tres aos de trmino, lo que tambin represent
al Rey nuestro seor, hacindole demostracin de que en menos tiempo era
intentar un imposible y consiguientemente compeler  sus rendidos
vasallos  que no ejecutasen segn fuerzas naturales lo mismo que
deseaban obedecer.

Mas no habindose determinado por V. S. tiempo fijo, sino slo prevenido
que fuese con toda brevedad y s que con ttulo de piedad se disimulase
alguna culpable omisin, hubo de pasar el P. Comisario Luis de
Altamirano en persona  dichas Misiones, y puesto en ellas comenz con
imponderable empeo, celo y eficacia  actuar su comisin, con tan vivas
ansias de que se ejecutase luego todo lo prevenido, que no perdon
diligencia alguna ni omiti instante en la actuacin de sus prudentes
rdenes y arbitrios  que estuvieron tan prontos los PP. Misioneros para
obedecer sus mandatos, que en fuerzas de ellos aun los PP. ms ancianos
y enfermos se esforzaron para alentar  los indios, unas veces con
ruegos y otras con amenazas, hacindoles presente la obligacin que
tenan de obedecer  su soberano y cun bien les estara exponerse  las
fatigas y an perder sus bienes para acreditar su antigua lealtad.

Mas como al natural lento y espacioso de los indios cualquiera
movimiento acelerado era violencia, y en su tarda y escasa inteligencia
era novedad tan extraa  inteligible la que se les propona por
concebirla muy contraria  la pacfica posesin de sus casas, sementeras
y bienes que tienen muy pegado su corazn,  pocos das de lo que haban
prometido  los PP., empezaron  llamarse engao y excusarse, ya con el
poco tiempo que se les conceda, ya con los muchos trabajos que se les
prevenan en los caminos en el transporte de sus ganados, bienes y
familias, y el ms arduo de volver  fabricar nuevas iglesias y casas, y
declarndose resistentes, apelaron: unos,  que sera menos malo
quedarse bajo el dominio de los portugueses; pero otros, que eran los
ms, decan claramente no podan creer que el Rey nuestro seor, que por
tantas cdulas les haba prometido ampararlos en sus tierras y
defenderlos de sus enemigos, poda faltar  lo prometido y pasar 
quitarles lo que con derecho natural haban adquirido y posedo por ms
de 130 aos, pues para tan riguroso castigo no hallaban haber cometido
ninguna culpa contra el Rey, antes, s, estaban muy satisfechos de los
repetidos servicios con que haban procurado acreditar su obediencia,
exponiendo su sangre y sus vidas por defender los dominios de su
soberano.

Estas y otras razones, que ellos tienen fijas en sus memorias,
procuraron los PP. desvanecerlas con todas cuantas expresiones les
dictaba su deseo, y de que los indios podan ser capaces; pero no
teniendo qu responder  las vivas y eficaces exhortaciones de los
Padres, hubieran de cerrar del todo los odos  sus voces; y rompiendo
el freno de la obediencia, que por tantos aos los haba sugetado,
empezaron  quebrantar su respeto, diciendo en voz alta no queran
mudarse porque esto no poda ser voluntad de su Rey y seor, sino
invencin de los PP. que, secretamente, haban convenido con los
portugueses por medio del P. Comisario,  quien tienen por tal, y an
aseguraban algunos lo haban conocido seglar en el Ro Janeiro; pero no
desistiendo los Padres de su empeo, antes s, convinindose para no
slo persuadirlos con razones privadas, sino convertirlos con pblica y
fervorosa predicacin, los convocaron  las iglesias, y con un crucifijo
en las manos, y algunos puestos de rodillas y derramando muchas
lgrimas, les intimaron los castigos que deban esperar de la mano de
Dios y de su soberano Rey si no obedecan prontamente su mandato; en
fuerza de este eficaz asalto se compungieron los indios y, pidiendo
perdn de su desobediencia, prometieron de nuevo enmendarse, empezando
los PP. luego, y antes que se enfriase el fervor,  disponer
cabalgaduras, carros y dems aparatos para emprender el camino, al que
en la realidad salieron algunos guiados de los PP., que van como
caudillos para esforzar su lentitud  interior desconsuelo; pero  pocas
jornadas, con el hasto del camino y amor que les arrastraba  sus
casas, se fueron volviendo  sus pueblos, dejando  los PP. solos y
burlados en las campias; mas ni por esto desistieron los PP. desta
empresa, antes, s, disimulando prudentes su desacato  inconstancia,
volvieron  buscarlos, reconvinindolos con lo prometido; pero ellos, ya
del todo arrepentidos y aun despechados, tomaron por medio, para
librarse de las instancias de los PP., el amenazarlos con la muerte, la
que verdaderamente intentaron dar al Padre Cura de San Miguel, y ahora
Padre compaero suyo que estaba en las estancias, los que sin duda
hubieran perdido la vida si por orden del P. Comisario, que se inform
de su peligro, no se hubiesen retirado fugitivos; pues su depravado
nimo lo manifestaron en un mozo que acompa al P. Cura, y volviendo
poco despus al pueblo  sacar unos caballos, lo hicieron pedazos 
lanzadas.

Este mismo desacato intentaron hacer con el P. Comisario, previniendo
600 hombres para irlo  buscar en el pueblo donde resida, y habiendo
sido avisado por cinco voces del eminentsimo peligro de su vida, hubo
de retirarse prudentemente, entendiendo que su presencia irritaba su
furor y que con su retiro podra serenarse aquella ciega pasin.

Despus que sali el P. Comisario han continuado los PP. Misioneros
obedeciendo al que qued en su lugar, sin desmayar un punto en su
empeo; pero sin ms fruto que el de enfurecerse los indios cada da
ms, continuando sus amenazas y desahogando su enojo en los
corregidores, como ministros de los Padres, de quienes se han valido
para que, persuadindolos  su modo, los alienten con su ejemplo; mas
tambin  stos han intentado matar, y  uno de ellos slo con la
afliccin de su peligro, muri  pocos das despus que lo acometieron,
y otros cuatro estaban al presente mal heridos, ya sin valor ni
esperanza de resistir  los indios que fielmente estn persuadidos 
que es ficcin de los PP. y no voluntad de su Rey el quitarles las
tierras que han posedo por espacio de 130 aos, cuyo derecho lo tienen
confirmado sus soberanos por repetidas cdulas y que en esta buena fe
han fabricado unos pueblos que no son como se dice aldeas, sino que
exceden en sus fbricas  las ms de las ciudades, etc.

Estas provincias, en sus casas cubiertas de teja y resguardadas de
corredores de piedra para poder andar por ellos en tiempo de lluvias sin
mojarse y que sus iglesias son tan magnficas, que la que menos tiene de
costo con sus alhajas, llegarn  100.000 pesos fuertes, fuera de la de
San Miguel en que trabajaron por diez aos diariamente ya los 80, ya los
100 hombres, cuya fbrica toda es de piedra, cuando menos la valuaron en
200.000 pesos;  esto aaden el tierno recuerdo de sus hierbales
hortenses, que han criado y gastado en su prolijo trabajo y cultivo ms
de treinta aos por ser su fruto la continuada bebida de maana y tarde,
y cuyo valor en los 7 pueblos ser de 100.000 pesos; tambin vuelven los
ojos  sus sementeras de algodn, fruto de que hacen sus hilados y de
ellos sus tejidos para la ropa interior y exterior de que se visten
grandes y pequeos, viudas y hurfanas, y cuyo valor en los 7 pueblos no
es inferior al de los hierbales, y ltimamente hacen presente que
saliendo de sus pueblos dejan en sus estancias ms de 100.000 cabezas de
ganados de ovejas, vacas, caballos y mulas de que se sirven y con que
mantienen sus vidas y las de sus familias y de casi todos los pueblos de
Uruguay, y Paran que de aqu surtan y reemplazaban el ganado de sus
estancias para que no se les acabasen del todo por no ser stas por su
pequeez y calidad capaces de multiplico, de que necesitan para su
sustento y servicio, y ven que haber de trasladar este ganado  otras
tierras es para ellos empresa imposible, as por no encontrarlas propias
para ellos, como porque aunque las hubiese como se imagina en distancia
de ms de cien leguas, su conduccin es para su imaginacin otro ms
arduo imposible, y caso que cerrando los ojos  su dificultad la
quisiesen vencer, esta es funcin que pide, no tiempo de pocos meses,
sino de aos, con muy dobladas fatigas.

A estos tenaces pensamientos se han opuesto los PP. previnindoles que
los ganados que no pudiesen sacar, se los pagara el Rey nuestro seor
como lo tena prevenido;  que responden que ellos no se han de mantener
ni con las promesas ni con los dineros, sino con las cabezas de sus
ganados, y que as, aunque se los paguen en doblones de oro, no tendrn
dnde comprar con ello lo necesario para su sustento y entre tanto
perecern de hambre en los desiertos donde los Padres los quieren sacar
desterrados, y que ltimamente claman unas veces con tristes gemidos y
otras con rabioso furor preguntan  los Padres qu delito han cometido
contra su Rey y seor para un castigo digno de los ms traidores
vasallos. A este fin hacen muy tierna memoria de la cdula de 28 de
Diciembre de 1743 en que se dign el seor Felipe V, de gloriosa
memoria, darse por grato de sus servicios (como de otras que mand el
seor gobernador de Buenos Aires D. Bruno Zavala se las hiciese saber
por pblico pregn) y de las que tienen presente las palabras del ltimo
prrafo, que son las siguientes:

Y finalmente, reconocindose de lo que queda referido en los puntos
expresados y de los dems papeles antiguos y modernos, vistos en mi
consejo con la reflexin que pide negocio de circunstancias tan graves,
que con hechos verdicos se justifica no haber en parte alguna de las
Indias mayor rendimiento  mi dominio y vasallaje y el de estos pueblos,
ni al Real Patronato y jurisdiccin eclesistica y Real, tan rendidos
como se verifica por las continuas visitas de Prelados eclesisticos y
gobernadores y la ciega obediencia con que estn  sus rdenes, en
especial cuando son llamados para la defensa de las tierras  otra
cualquiera empresa; aprontndose 4.000  6.000 hombres armados para
acudir donde se les manda, etc.

Ahora, pues, dicen los indios  los Padres, si as hemos obedecido 
nuestro soberano, como l mismo lo declara, y ha sugetado el rebelin
del Paraguay con 12.000 hombres armados ya despojando por dos veces 
los portugueses de la colonia del Sacramento; ya estando la tercera vez
en el cerco de ella con 6.000 hombres por espacio de cuatro meses, la
que tambin hubiramos ganado si no lo embarazaran los espaoles y ya
ltimamente renunciando al Rey nuestro seor ms de un milln de pesos
fuertes que se haban de gastar en estas expediciones en que nos hemos
mantenido  nuestra costa y la de nuestro sudor y trabajo; volvemos 
preguntar, Padres, estos son delitos para que nos castigue nuestro Rey
con perpetuo destierro de nuestros pueblos y casas y universal despojo
de todos nuestros bienes races y muebles? Esto no puede ser sino ardid
engaoso de los portugueses, y colisin de vosotros con ellos y traicin
que nos estais armando desde el principio de nuestra conversin, como no
sin fundamento se lo recelaron nuestros antepasados, y en fin, la
traicin que no excusasteis con ellos, porque no pudisteis la queris
ejecutar ahora con nosotros  nuestros pobres hijos.

Si todas estas quejas son verdaderas, por qu no presentais al Rey
nuestro seor, como sois nuestros Padres y tutores la amargura y trabajo
 que nos estrechan sus Reales ministros, siendo sobre todas la ms
sensible el que despreciando nuestras representaciones no vengan en
ninguno de los partidos  que hemos salido? pues hemos propuesto que ya
que por servir al rey nuestro seor hemos de salir de los pueblos 
vivir como brbaros en los desiertos exponindonos  perecer de hambre y
que en la transmigracin se mueran nuestras mujeres y pequeos hijos con
la mudanza de climas y con las fatigas  incomodidades de los caminos de
cien leguas. Pero que para este sacrificio son menester tres  cuatro
aos lo que no nos han concedido. Tambin hemos propuesto quedarnos,
aunque con dolor, bajo el dominio de Portugal, y  esto se nos responde
que si nos quedamos ha de ser slo para ser jornaleros y esclavos de los
portugueses, sin que tengamos dominio en nuestras casas que hemos
fabricado con nuestro sudor y trabajo y sin que seamos dueos de un
palmo de tierra para sembrar los granos necesarios para nuestro
sustento, ni licencia para coger una hoja de los hierbales que hemos
plantado con nuestras manos y regado con nuestro sudor, y todo esto se
nos niega al mismo tiempo que  los portugueses que han de dejar la
colonia se les concede libremente que si quieren se queden bajo del
dominio de Espaa sin perder la posesin de sus casas y bienes, y si
quieren salir tienen libertad para venderlas  donarlas como legtimos
dueos de ellas.

A vista de esta notable desigualdad, volvemos  preguntar:

--Padres Curas qu delito hemos cometido contra nuestro rey y seor
para tan desmedido castigo?

Y ltimamente, si nuestras razones no son odas porque no tenemos
entendimiento para penetrar los justos motivos que para esto tienen los
soberanos, ya no tenemos ni tendremos otro consuelo que clamar al cielo
y entregarnos desde luego  la muerte; que en estas circunstancias ser
el nico alivio en nuestras penas; pero an esta puerta que la abri
liberal nuestro Redentor que derram su preciosa sangre por redimir
nuestras almas se nos vaya cerrando con la cierta amenaza de que si no
dejamos los pueblos se han de ir nuestros Padres Curas para que ni
tengamos el consuelo de adorar  nuestro Redentor en el Sacramento del
Altar, ni el de oir una misa ni el de tener con quien confesarnos para
morir como cristianos, sino que perezcamos como si fusemos brbaros 
infieles.

Es muy bueno que por el inters del cielo nos sugetamos  la ley santa
de Dios, nos recogimos  los pueblos, profesando rendida obediencia 
nuestros Padres Curas, y despus de cristianos nos hicimos
voluntariamente vasallos del catlico Rey de Espaa para que,
amparndonos, fomentase nuestra devota cristiandad, como lo ha hecho
piadosamente con tan glorioso fruto (que segn vosotros nos habis
dicho) nuestro presente Pontfice Benedicto XIV en la Bula del ao de
1741 en que encarga  los obispos del Brasil y en especial al del Ro
de la Plata que con todas las armas de la Iglesia defienda y no permita
que se saquen de sus tierras y pueblos los indios, aunque sean infieles,
y mucho menos  los que son cristianos, y con efecto, excomulga Su
Santidad  los que tal quieren  para ello diesen consejo, favor 
ayuda, sea por el motivo  pretexto que se fuese; y en otra del ao 1743
nos propone, y  toda nuestra nacin por ejemplar de buenos cristianos y
los ms conformes  los de la primitiva Iglesia; nos pone en dicha Bula,
y ahora, como si no tuvisemos ese carcter, se nos ha de poner un
entredicho y extraccin de todo pasto espiritual, privndonos de los
Sacramentos con el destierro de nuestros Pastores y Curas, para que por
necesidad quedemos desmembrados del gremio de la Iglesia, como si
fusemos descomulgados, y para que como ovejas errantes salgamos
perdidos  los montes y hudos con los infieles, apostatemos de la fe y
de una vez nos sujetemos al tirnico imperio del demonio sin esperanza
ya de lograr el cielo?

Es creble que dos Monarcas, uno catlico como es nuestro Rey de
Espaa, y otro fidelsimo como lo es el de Portugal, han de querer que
de un golpe se pierdan cerca de treinta mil almas bautizadas, que hay en
estos 7 pueblos, y poco despus se pierdan tambin 63.339 que hay en los
pueblos del Paran y en el del Uruguay ( todos los cuales menos uno les
quitan con esta divisin sus hierbales, y  5  6 de ellos sus estancias
y  todos el socorro que tenan de las nuestras y de nuestros
algodonares para sus vestuarios) para lo que se hace preciso que como
algunos nos lo tienen ofrecido, todos nos acompaen  la defensa
consiguientemente, experimentarn el mismo desamparo de los Padres y la
total ruina de sus almas.

Esto no lo podemos decir aunque nos lo prediquen nuestros Padres, porque
si los dos Reyes que dicen nos lo mandan estuvieran presentes para oir
nuestros ruegos,   lo menos fueran informados con verdad del estrecho
lance en que nos han puesto sus ministros, ciertamente que como
protectores de la cristiandad y piadosos Padres de nuestra pequeez, no
permitieran el riesgo en que estamos, pues ya sabemos por boca de
nuestros Padres Curas que los Sumos Pontfices que dieron permiso  los
Reyes de Espaa y Portugal para conquistar las Indias Meridionales, no
tuvieron otro motivo para que nos pudiesen buscar en nuestras tierras
sino el fin de que logrsemos los bienes eternos de nuestras nimas,
aunque nos privsemos de la libertad en que vivamos para sujetarnos 
ser vasallos de dos Monarcas que no conocamos y siendo esto cierto se
podr creer que estos mismos soberanos que en nuestra conquista no
tuvieron otro glorioso fin que el de propagar la fe de Jesucristo y
extender los dominios de la Santa Iglesia, estos mismos nos han de poner
en la necesidad de malograr el carcter de cristianos y en peligro de
que nos arrepintamos de haberlo recibido, por conservarlo nos sujetamos
 su obediencia y por sta estamos al presente en el riesgo de perderlo
todo? Esto, Padres de nuestras almas, no lo hemos de creer por ms que
nos lo esteis predicando, esto sin duda no es la voluntad de nuestro Rey
y seor, sino engao de los que sin atender  nuestras almas slo
aspiran al inters de los bienes temporales.

Seor Marqus, todas estas razones son las que, no con tanto concierto,
pero s con mayor tenacidad, tienen los indios impresas en el corazn y
as con ms viveza la manifiestan en su idioma, porque han sido los
primeros principios con que se han establecido en la fe promovida en la
cristiandad, y las que, sin apartarme un punto de la ms rendida
obediencia al Rey nuestro seor y sus mandatos, las hago presente  V.
S., no para disculpar la resistencia de los indios, la que desde luego
repruebo una y muchas veces como lo estn vituperando sus Padres Curas
con repetidas amenazas, y la que si cayera en otras capacidades, desde
luego juzgara dignsima de un pronto y gravsimo castigo,  no
considerar por una parte el corto alcance de sus entendimientos para
penetrar las superiores razones y dictmenes polticos de los soberanos,
y por otra estar faltos de aquella luz que era necesaria an en los
hombres ms instrudos para sujetarse  un sacrificio tan doloroso como
inesperado, para que V. S. en fuerza de ellas se haga cargo de los
motivos eficazmente impulsivos que contra s tiene la poca advertencia
de que los pobres, con ciega obstinacin los tiene precipitados y
resueltos  morir antes con el rigor de las armas que dejar
voluntariamente sus pueblos; resolucin brbara que teniendo atravesados
nuestros corazones, la estn reprendiendo sus curas con la amenaza
prevenida de que los han de abandonar y salir de los pueblos por ser
indignos de su proteccin, siendo inobedientes  su Rey y Soberano; y 
este fin, ya sabe V. S. que tengo hecha renuncia de los pueblos
resistentes y de todos los que en adelante se manifestaren inobedientes
para que el seor gobernador de esta plaza, como Vice-patrn, y el seor
Obispo como pastor, los provea de prrocos para que del todo no se
pierdan sus almas.

Pero  esta amenaza resulta otro nuevo peligro, porque  ella responden
los indios que si les envan otros Curas que no los conocen ni acaso
saben su idioma, los recibirn con flechas como intiles para su pasto
espiritual, y que llegando el caso de querer salir los Padres, slo lo
conseguirn despus de dejarlos enterrados, porque antes no lo
permitirn, aunque quisieran, y primero les quitarn la vida que darles
libertad para la fuga.

Y si en esta demanda se sacrifican los Padres  la muerte, como ya
recelan con mucho fundamento, no hay duda que con su sangre firmarn un
claro testimonio de su lealtad que tienen y siempre tendrn impresa en
sus corazones hasta la muerte.

Mas en estos estrechos trminos que nunca se imaginaron posibles por la
ciega obediencia que hasta aqu han profesado los indios  los Padres,
pero ya los tocamos ciertos y con peligro de llorarlos sin remedio, no
puedo dejar de hacer presente  V. S. para descargo de mi conciencia,
que despus de haber obedecido al Rey nuestro seor y atendido su
respeto con cuantas diligencias y medios ha ofrecido el vivo deseo de
esta provincia para desempear la confianza con que S. M. se ha dignado
fiar este negocio de nuestra lealtad, hemos llegado ya al ltimo trmino
de la ejecucin, en que es preciso descubrir el primer blanco de la
intencin de los dos soberanos Monarcas, que es el del divino respeto, y
el de la sangre de Jesucristo derramada por aquellas pobres almas cuyos
superiores motivos tienen como diadema, esplendor y esmalte de sus
coronas los reyes catlico y fidelsimo, pues stos fueron los que
empearon con valiente resolucin su cristiano celo para la conquista de
las Indias Meridionales, como lo expresa el seor Alejandro VI en la
bula en que seal los lmites de ambas Coronas.

De donde se infiere claramente que habiendo sido el primer blanco y
principal fin de sus Reales nimos en tan gloriosa empresa la mayor
honra de Dios nuestro seor y propagacin de nuestra santa fe  que tan
frecuente y liberalmente han concurrido con sus Reales haberes
posponiendo la extensin de sus dominios  la de la Santa Iglesia, no
nos podemos persuadir que cuando firmaron los presentes tratados se
pudiese imaginar ni  mucha distancia prevenir que pudiese llegar el
caso doloroso que ya estamos tocando en el peligro de que apostaten de
la fe treinta mil almas que son las que hay en los siete pueblos, y que
no sin fundamento temamos prximamente sigan el mismo errado camino
sesenta y nueve mil trescientas treinta y nueve que estn en los pueblos
del Paran, por saber estn todos alborotados para salir  ayudar  sus
paisanos en caso de guerra en que tambin habrn de dejarlos los Padres
y por consiguiente resultar de la perdicin de 100.000 almas cristianas
un necesario escndalo para todo el mundo y ms para los herejes que
imprimirn en sus mercurios por la afrenta de la cristiandad que los
ministros de los Reyes que siempre han tenido por timbre de sus Coronas
estar bajo de las banderas de Jesucristo para defender y propagar su
iglesia han abandonado la ms florida cristiandad de los indios y aun
obligado por el cumplimiento de sus tratados  la ruina eterna de
100.000 almas y dado con este destrozo ocasin  que innumerables almas
de infieles que estn ya  las puertas de la iglesia se retiren
fugitivos y se recelen de los Misioneros confirmndose en el errado
dictamen que tuvieron los indios Guaranes en el principio de su
conversin, creyendo que los Padres queran hacerlos cristianos para
entregarlos despus  los portugueses  para hacerlos esclavos de los
espaoles, aprensin que no depusieron hasta que vieron que por su
defensa muri  manos de sus enemigos del golpe de un balazo el V. P.
Diego Alfaro que entonces era Superior de las Misiones.

Este lamentable dao, que tememos con mucho fundamento, lo debemos mirar
tambin como antecedentes de otras fatales consecuencias  que nos
obliga la experiencia que al presente tenemos en otras provincias, pues
habiendo tenido en el siglo pasado 300.000 indios de numeracin
repartidos en el servicio de los encomenderos de la ciudades de
Santiago, Crdoba, Tucumn y Rioja, por las estorsiones que de ellos
padecan, se levantaron algunos indios rebeldes y fugitivos  los montes
del Chaco, que han sido y son al presente la ruina de todos estos
lugares y caminos, en que no se puede dar paso sin peligro de robos y
muertes por ser innumerables las que han ejecutado en estos prximos
aos en los cristianos, llevndose los prvulos y mujeres cautivas  sus
montes.

Y si de este modo han oprimido todos estos lugares los infieles del
Chaco, descendientes de los que apostataron de la fe y del servicio de
los espaoles, sin que despus de cien aos los hayan podido reducir por
armas, siendo slo muy pocos los que despus de infatigable trabajo y
derramamiento de sangre han conquistado los Jesuitas con el Evangelio,
qu no deberemos temer si todos los pueblos del Paran y Uruguay y en su
compaa todos los infieles vecinos de las naciones de Charruas,
Minoanes Boanes y Guanaos se levantan y amotinados volviesen contra
todas estas ciudades, siendo las primeras al encuentro las del Ro de la
Plata; qu nmero de espaoles podr resistir  tan crecido nmero de
indios, que sin ponerse en campaa, slo con asaltos nocturnos no
dejaran lugar que no talen, ni espaoles que no degellen?

Si todos estos eminentes riesgos, que no son imaginarios sino casi
ciertos y consiguientes al prximo en que estamos al presente, de que
apostaten los indios de los 7 pueblos y an de los 30, se hiciesen
presentes al Rey nuestro seor y al fidelsimo de Portugal, con la
ingenuidad y verdad con que ya los estamos tocando, se podr creer de
su catlico y fidelsimo celo que es su nimo y voluntad se atropelle la
gloria de Dios y respeto de la Iglesia por cumplimiento de los tratados
ya ajustados?

Esto no podemos imaginar sin que nos hagamos reos de lesa majestad con
el grandsimo agravio con que se herirn sus corazones cristianos y
Reales con el pensamiento de tan temeraria presuncin.

Esto supuesto como cierto  infalible vuelvo ahora  levantar hasta el
cielo todo el grito con que aquellas pobres almas y los ngeles de su
guarda estn clamando por su remedio, y con ellas puestas  los pis de
V. S. con el rendimiento debido  su carcter y persona, pido con toda
esta provincia, se conduela ms que la prdida de todos los bienes
temporales y aun de las vidas de aquellos pobres nefitos, de la ruina
eterna de sus almas.

Hago presente  V. S. que por ellas derram nuestro Redentor Jesucristo
su preciosa sangre, y por ella y su divino respeto vuelvo  suplicar 
V. S. en descargo de mi conciencia, y so pena del cargo que se nos ha de
hacer en el tribunal de Dios nuestro seor, de tan irreparable prdida,
se sirva de suspender la guerra que se previene hasta dar parte al Rey
nuestro seor,  cuyo supremo tribunal apelo en nombre de estos pobres
desvalidos, protestando violencia y fuerza en cualquier disposicin que
sea en perjuicio de sus almas, pues lo que el Rey nuestro seor nos
tiene mandado, es que se entreguen los pueblos con paz, y esto mismo me
tiene ordenado mi R. P. General; y habiendo hasta el presente concurrido
 esta debida obediencia y estando tambin prontos para continuarla
hasta derramar nuestra sangre y perder la vida en prueba de nuestra
lealtad, debo recordar  V. S. que el Rey nuestro seor no manda, ni
podemos presumir mande concurramos  que con detrimento de la gloria de
Dios y contra el catlico y fidelsimo nimo de ambas Coronas, se
expongan al peligro de subersin 100.000 almas, cuya cristiandad es la
ms florida de las Indias, y por este nico motivo, cuando en lo dems
prontsimo para obedecer  V. S. con toda esta provincia en lo que no se
opusiera al servicio de Dios nuestro seor.

A V. S. pido y suplico se sirva de proveer esta mi rendida splica, por
ser de caridad y justicia, y se digne mandar se me d testimonio para
recurrir al Rey nuestro seor  quien ser V. S. responsable si antes
de emprender la guerra no le da parte del peligroso estado en que se ha
puesto este negocio, que cuando se trat se concluy muy distante de ser
en perjuicio de las almas, y por eso debemos suponer que en las
presentes circunstancias, cualquiera accin que las perjudique, ser
contra la mente del catlico Rey nuestro seor (que Dios guarde).

_Crdoba y Julio 19 de 1753._




INDICE

DE MATERIAS CONTENIDAS EN LOS TOMOS XII Y XIII DE LIBROS RAROS QUE
TRATAN DE AMRICA.


TOMO XII


                                          _Pginas._

Advertencia preliminar del editor        V

Al serensimo seor D. Fernando,
prncipe de Asturias                     XI

Aprobacin del P. Alberto Pueyo           1

Aprobacin del P. Joseph de Silva         6

Michael Angelus Tamburinus                9

Licencia del ordinario                   10

Licencia del Consejo                     11

Suma de la tasa                          12

Prlogo de la obra                       13

Protesta del autor                          15

CAP. I.--Misiones de Chiquitos.--Su
principio, fundacin y progresos.           17

CAP. II.--Situacin de la provincia
de Chiquitos, costumbres y calidades
de los naturales                            43

CAP. III.--Descubren los espaoles
la nacin de los Chiquitos y destryenla,
as ellos como los Mamalucos,
de quienes se da una sucinta
relacin                                    67

CAP. IV.--Da principio el P. Joseph
de Arce  la nueva iglesia de los
Chiquitos, vencidas muchas dificultades      77

CAP. V.--Los Mamalucos intentan la
destruccin de estos pueblos, pero
sus intentos salieron frustrados            92

CAP. VI.--Con los sucesos pasados se
entibia algo la santa f; muere el
P. Fideli y se habla largamente
de los trabajos de los Misioneros.         105

CAP. VII.--Fervor y virtud de la nueva
cristiandad, premiada de Dios
nuestro seor con muchos sucesos
milagrosos                                 129

CAP. VIII.--Pretndese descubrir el
ro Paraguay para comunicarse
estas Misiones con las Reducciones
de los Guaranes                           180

CAP. IX.--Mdanse  otro paraje las
Reducciones; pasa el P. Superior
 Tarija y desastres de los nefitos       214

CAP. X.--Nacimiento, entrada en la
Compaa y primeros fervores del
V. P. Lucas Caballero                      229

CAP. XI.--Pasa el V. P. Lucas  los
Manacicas, quieren matarle los indios
Sibacs y el cielo toma por
l venganza                                242

CAP. XII.--Descrbese el pas y cualidades
de los Manacicas, su religin
y ritos de ella                            260

TOMO XIII

CAP. XIII.--Contina el P. Lucas
Caballero su Misin de los Manacicas         5

CAP. XIV.--Vuelva el P. Lucas  los
Manacicas, visita todas sus Rancheras
y se restituye por otro
camino  la Reduccin de San
Francisco Xavier                            27

CAP. XV.--Funda el V. P. Lucas Caballero
la Reduccin de Nuestra
Seora de la Concepcin, y es
muerto  manos de los infieles
Puyzocas                                    67

CAP. XVI.--Conversin de los Morotocos
y Ques, y descubrimiento
de nuevo camino para estas Misiones
por el ro Paraguay                         87

CAP. XVII.--Son muertos de los Payagus
los PP. Joseph de Arce y
Bartolom Blende, y se da una sucinta
relacin de sus virtudes                   109

CAP. XVIII.--Fndase una Reduccin
nueva y el P. Juan Bautista
de Zea emprende la Misin de los
Zamucos.      142

CAP. XIX.--Contina el P. Miguel
de Yegros la misin de los Zamucos,
 cuyas manos muere el hermano
Alberto Romero.       173

CAP. XX.--Progresos y aumentos de
otras Reducciones en los aos de
1717 y 1718.      191

CAP. XXI.--Breve descripcin de
la provincia del Chaco; costumbres
y cualidades naturales de sus
moradores, y fundacin de una
nueva Reduccin en ella.        209

CAP. XXII.--ltimas noticias de
las Misiones de Chiquitos y Chiriguans.       236

Memorial que el Provincial de la Provincia
del Paraguay present al
seor marqus de Valdelirios, en
que le suplica suspenda las disposiciones
de guerra contra los indios
de las Misiones.      251




INDICE

POR ORDEN ALFABTICO DE LAS COSAS

NOTABLES CONTENIDAS

EN LOS TOMOS XII Y XIII DE LIBROS RAROS

QUE TRATAN DE AMRICA.




INDICE

POR ORDEN ALFABTICO DE LAS COSAS

NOTABLES CONTENIDAS

EN LOS TOMOS XII Y XIII DE LIBROS RAROS

QUE TRATAN DE AMRICA.


A

                                           VOL. PGS.

Abren camino por los bosques los
nefitos para pasar  las tierras
de los Quiriquicas                          II    15

Abrese nuevo camino por las cordilleras
de los Chiriguans                          II   241

Admranse los Misioneros al ver
los trabajos y abnegacin de los
indios Chiquitos recin convertidos
al cristianismo                              I   135

Agresin  los Misioneros por los
indios Tobas y Mocoves                     II   232

Alevosa de los indios Tobas y Mocoves   II  132

Alevosa de los indios Zamucos            II  185

Amotnanse los indios Zamucos
contra los Padres Misioneros              II  247

Aparicin de la Santsima Virgen
 un indio llamado Zumacaze               II   32

Aprobacin del P. Alberto Pueyo,
calificador de la suprema general
Inquisicin                                I    1

Aprobacin del P. Joseph de Silva          I    6

Apuntes sobre la vida y hechos del
P. Arce                                   II  120

Asombroso milagro en el pueblo de
San Juan Bautista                          I  143

Astucia de los indios Chiquitos           II  195

Astucia de los indios Guaycurs
para apoderarse de los Misioneros         II   99

Astucia de los indios Manacicas           II    7

Astucia de los indios Payagus             I  188


B.

Banquetes que celebraban los caribes
Carers con las carnes de
los Morotocos muertos          II 153

Bebida llamada chicha, que usan
los infieles; cmo la fabrican          II 69

Breve descripcin de la provincia
del Chaco: costumbres y cualidades
de sus naturales y fundacin
de una nueva Reduccin
en ella          II 208

Breve y Bula del Papa Paulo III
declarando  los indios racionales
y capaces para recibir la fe
catlica      I 139

Breves noticias de la vida, hechos
y virtudes del V. P. Lucas
Caballero             II 85


C.

Carga de mosquete que dieron los
espaoles  los indios Payagus.      I  212

Caso milagroso ocurrido en las Misiones
de los Penoqus       I 176

Castigos que imponan los corregidores
 los indios recin convertidos
 la fe catlica            I 132

Celo apostlico del P. Arce; molestias,
persecuciones y peligros
por que pas en las provincias
de Chiriguans, Chiquitos y
Guarans        II 125

Celo y servicios que prestan los indios
de San Rafael  los Misioneros
en la conversin de infieles      I 176

Ceremonias de los indios Puyzocas.      II  79

Ceremonias usadas por los indios
Tapacurs en las exequias de
sus muertos             I 278

Clima, productos, vegetacin, etc.
en las Reducciones de los Chiquitos           I 145

Conjuracin de los indios de la provincia
del Chaco contra los espaoles          II 213

Conjuracin de los indios Lules para
dar muerte al P. Machoni      II  222

Convenio de paz celebrado entre los
indios Ziritucas y Zibacas; mediacin
del P. Caballero          II 30

Conversin de los Zamucos       II  176

Conversin de las naciones de indios
Zamucos           II 145

Conversin de los indios Chiriguans;
causas que influyeron en
su nimo para reducirse  la
santa fe          II 237

Conversin de los indios Zibicas      II   9

Conversin de los Morotocos y
Ques, y descubrimiento de nuevo
camino para estas Misiones
por el ro Paraguay          II 89

Conversin milagrosa de un hechicero
en la Reduccin de San
Joseph            I 148

Conversin de los indios Chans 
la fe de Jesucristo          I  32

Conversin de los Manacicas         I  254

Correras de los indios Chiquitos
en busca de infieles que convertir
 la santa fe              II 196

Correras de los Mamalucos del
Brasil por las mrgenes del ro
Paraguay                              I   71

Costumbres de los indios Cozocas      II  193

Costumbres que tenan los indios
Chiquitos para curar  sus enfermos;
mataban  las mujeres,
que suponan ser causa de las
enfermedades                          I   48

Crueldades de los indios Penoqus      I  217

Crueldad de los indios Puyzocas      II   80

Crueldades de los mercaderes europeos
con los indios Chiquitos              I   81

Cualidades de los indios Payagus      I  186


Ch.

Chabi, cacique de los Zibacas, impide
que sus vasallos den muerte
al P. Lucas Caballero                 I  257


D.

Decdese el P. Arce  hacer la Misin
en las naciones de los Guanos         II  131

Dedicatoria al prncipe de Asturias
D. Fernando                           I   XI

Desastrosa muerte de los nefitos
de la Reduccin de San Juan
Bautista                              I  223

Descripcin de las naciones de los
Chiriguans                          II  242

Descripcin geogrfica de las Reducciones
de los Chiquitos en
las mrgenes del ro Paraguay         I   44

Descripcin de las naciones de la
provincia del Chaco                  II  210

Descripcin del pas y cualidades
de los Manacicas; su religin y
ritos de ella                         I  261

Descripcin del viaje que hicieron
los Padres Misioneros, desde la
Reduccin de la Candelaria en
el descubrimiento del ro Paraguay      I  185

Descripcin de la isla de los Orejones      I 195

Descripcin geogrfica de las primeras
Misiones de los Chiquitos                I  19

Descubrimiento por los espaoles
de la nacin de los Chiquitos         I   67

Despedida de los indios Zibacas del
P. Caballero                         II   40

Destruccin de los indios Chiquitos
por los espaoles y Mamalucos
del Brasil                            I   67

Destruye el P. Lucas Caballero los
tabernculos y dems efectos
que usaban los Jurucars para
el culto de sus dioses               II   39

Dilatacin del imperio de las Coronas
de Castilla y Portugal en
las Indias Occidentales               I   20

Dioses  quienes rinden culto los
indios Tapacurs                      I  269

Discordias entre los caciques Cambaripa
y Tataberey, y tratados
de paz por mediacin del Padre
Arce                                  I   31


E.

Ediciones publicadas de la Relacin
historial de las Misiones de
de los Chiquitos                      I  VII

Edificios del pueblo de San Miguel      II  263

Efectos milagrosos ocurridos  un
indio llamado Santiago Quiara
en el pueblo de San Juan Bautista      I  145

El cacique Patozi y los suyos abandonan
al P. Caballero en su Misin
 los Quiriquicas                    II   20

El P. Lucas Caballero se pone en
camino hacia las tierras de los
Puyzocas                             II   78

El P. Lucas Caballero amenazado
por un mercader europeo; intenta
ste malquistar  los indios
con el Padre                          I  239

Embajada de los indios Penoqus al
P. Arce; invtanle  que pase 
sus tierras para abrazar la ley
de Jesucristo                         I   89

Embarque de Misioneros para las
Indias                               II  132

Emboscadas que preparaban los indios
para robar  los espaoles
las armas y tiles de labranza        I   69

Encuentra el P. Arce los cadveres
de sus compaeros                    II  113

Entrada del P. Yegros en las naciones
de los indios Zamucos;
trabajos que hicieron en la expedicin      II 173

Entrada de los nefitos de San Juan
Bautista en la Ranchera de los
Puxars                               I  226

Entrada de los PP. Jaime de Aguilar
y Agustn Castaares en las
naciones de los Zamucos              II  245

Entran ochenta familias de infieles
en el pueblo de San Rafael           II  283

Entrevista de los Misioneros con
un cacique de los Zamucos; ste
se niega  reducirse al gremio
de la Iglesia; rmanse los indios
para hacer salir de sus tierras
 los Padres                         II  247

Enva el gobernador de Santa Cruz
de la Sierra una Compaa de
soldados para castigar los desmanes
de los indios Puizocas               II   82

Es apresado por los holandeses el
navo que conduce los Misioneros
 las Indias                         II  134

Es preso por los holandeses el ilustrsimo
Sr. D. Pedro Levanto,
arzobispo de Lima                    II  137

Exhorta el P. Arce  los indios
nefitos para llevar  cabo la
conversin de los indios Payagus      II  114

Expedicin de los Chiquitos  las
naciones de los indios Guarayos      II  241

Expedicin de los Misioneros por el
ro Pilcomayo                        II  130

Expedicin de los Padres Francisco
Hervs y Agustn Castaares
 las naciones de los Zamucos        II  248

Expedicin de una compaa de
soldados espaoles para castigar
los desmanes de los indios
Chiquitos                             I   70


F.

Fabrican los indios cruces de madera,
de orden de los Misioneros,
para librarse de las persecuciones
del demonio                          II  238

Fatigas y trabajos del P. Lucas Caballero
en la conversin de los
indios Chiquitos                      I  135

Fervor y virtud de la nueva cristiandad
de los Chiquitos, premiada
de Dios nuestro seor,
con muchos sucesos milagrosos.         I  129

Fidelidad del cacique de los indios
Zamucos; servicios que presta
 los Misioneros                     II  178

Fidelidad de los indios del pueblo
de San Miguel                        II  266

Fiestas que hacen los indios recin
convertidos para celebrar la solemnidad
del da del Corpus                    I  141

Funda el V. P. Lucas Caballero la
Reduccin de Nuestra Seora
de la Concepcin, y es muerto 
manos de los infieles Puyzocas       II   67

Fundacin del pueblo de San Francisco      I   69

Fundacin del pueblo llamado de la
Inmaculada Concepcin, en las
naciones de los Chiriguans          II  238

Fundacin del pueblo San Francisco
Xavier                               II   15

Fundacin de la iglesia de los Chiquitos      I   77

Fundacin de la nueva cristiandad
de los Chiriguans                   II  244

Fundacin de las encomiendas de
Quicmes, Paranes y Subarecas.         I   69

Fndase una Reduccin nueva y el
P. Juan Bautista de Zea emprende
la misin de los Zamucos             II  142


G.

Grana el P. Lucas Caballero la voluntad
de los indios Jurucars;
son reducidos  la santa fe          II   37

Genio, usos y costumbres de los indios
Chiriguans                           I   26

Guerras entre los indios Carers y
los Morotocos                        II  153

Guerras entre los indios Guaranes
y Guanos                            II  129

Guerras entre los indios Quiriquepodes
y Cucutades                          II  248

Guan los indios Guarayos  los Misioneros
en el viaje al ro Paraguay           I  216


H.

Horrorosa muerte de un indio apstata;
efectos de la justicia divina         I  155

Hospitalidad y fiestas que celebran
los indios del pueblo de San Rafael
en honor  sus huspedes              I  175

Hostilidades de los indios Guaycurs
 los Misioneros                     II   99

Hostilidades de los indios Payagus
 los Misioneros                      I  187

Huda de los cristianos que fueron
hechos esclavos de los indios
Payagus                             II  120

Huda de los indios Chiquitos  los
bosques y selvas, temerosos de
la venganza de los soldados espaoles
                             I   70

Huyen  los bosques los indios
Puyzocas, despus de haber dado
muerte al P. Lucas Caballero         II   84

Huyen los indios del pueblo de
San Rafael  causa de haberse
desarrollado la peste                II  243


I.

Idioma de los Indios Chiquitos        I   64

Idolatras de los indios Manacicas;
cmo celebran sus entierros           I  280

Idolatras y supersticiones de los
indios Tapacurs                      I  267

Indigno trfico de los europeos en
las tierras de los indios Puraxs      I  237

Indios rebeldes y fugitivos se ocultan
en los montes del Chaco; salen
 los caminos  robar y matar
 los cristianos                     II  277

Indios Unapes, Paunapas y Carababas;
cualidades y costumbres.              II   68

Indios Morotocos; usos, costumbres
y cualidades                         II   90

Indios Payagus; condicin, usos
y costumbres                          I  186

Indios Guaycharapos  Itatines        I  192

Indios Manacicas                      I  244

Infamias de los Mamalucos del Brasil;
destruyen muchas ciudades
de indios                             I   74

Infatigables tareas del P. Zea en la
conversin de los indios Chiquitos      II  170

Intentan los indios Igritucas dar
muerte al P. Caballero                I  256

Intentan los Mamalucos destruir
las Rancheras de los indios
Chiquitos; pero sus intentos salieron
frustrados                            I   92

Intentan los Misioneros convertir 
la santa fe  los indios Guanos      II  130

Intentan los indios dar muerte al
Padre Cura del pueblo de San
Miguel                              II  261

Intentan los Misioneros descubrir
el ro Paraguay para comunicarse
las Misiones de los Chiquitos
con las Reducciones de
los Guarans                          I  180

Intrnanse los nefitos de San Juan
Bautista en un pas de infieles,
donde son muertos  traicin          I  223


J.

Justicia que hicieron los nuevos
cristianos del pueblo de San
Francisco Xavier con un hechicero
que vituperaba la ley de
Cristo                                I  156


L.

Los espaoles toman  su cargo la
defensa de los Chiquitos contra
los Mamalucos,  peticin del
P. Arce                              I   99

Los holandeses maltratan  los Padres
Misioneros                           II  136

Los indios Cozocas se reducen al
gremio de la Iglesia                 II   51

Los indios Zamucos se niegan  recibir
 los Misioneros en sus tierras      II  246

Los indios Quiriquicas son reducidos
 la santa fe por el P. Lucas
Caballero                            II   23

Los indios Penoqus hacen una horrible
matanza en los Mamalucos,
de quienes eran perseguidos
para reducirlos  la esclavitud       I   93

Los indios de la Reduccin de San
Joseph convertidos en fervorosos
cristianos; abnegacin de esta
cristiandad                           I  130

Los indios Payagus sorprenden 
los Misioneros; dan muerte al
P. Aniceto Neuman y otros
compaeros                            I  186

Los indios Cozacas disparan contra
el P. Caballero una tempestad
de flechas                      II   46

Los indios Puizocas entregan el
cadver del P. Arce  los Guaycurs      II  117

Los indios del pueblo de San Miguel
amenazan  los corregidores
por aconsejar  los Padres
les trasladen  otros pueblos        II  262

Los indios Zamucos reciben con
alegra al P. Zea; fructuosos resultados
de la predicacin Evanglica         II  156

Los indios Payagus huyen  los
bosques, temerosos de la venganza
de los cristianos por la
traicin de que stos fueron vctimas      I  187

Los nuevos cristianos son muertos,
sin hacer resistencia, por los indios
Puyzocas                             II  116

Los PP. Misioneros se esfuerzan en
alentar  los indios para trasladarse
 otro pueblo                        II  258

Los soldados de Santa Cruz recogen
el cadver del P. Caballero,
muerto  manos de los indios
Puyzocas                            II    83

Luchas entre los indios Carers y
los Morotocos                       II   154


Ll.

Llegada del P. Joseph de Arce 
Buenos Aires                        II  124

Llegada de los Misioneros  las Riberas
del ro Paraguay                     I  121

Llegada de los indios Chiquitos 
la ciudad de Santa Cruz; piden
al gobernador cesen las hostilidades
y persecuciones de los espaoles      I   71

Llegada del P. Lucas Caballero 
Crdoba de Tucumn                    I  231

Llegada del P. Fernndez  las
tierras de los Chiriguans            I  218

Llegan  Buenos Aires cuarenta y
cuatro Misioneros de la Compaa
de Jess; empiezan la conversin
en las naciones de los
Chiquitos                            I    78


M.

Maquinaciones de los indios para
dar muerte  los Padres Misioneros      I  183

Medios de que se valieron los Misioneros
para ajustar la paz entre
los indios Guaranes y los
Guanos                              II  129

Mensajeros de los Chiriguans pidiendo
Misioneros al provincial
de Tarija                            II  240

Mensajeros de los Pacars, Zumiquies,
Cozos y Piocas, solicitan
del Gobernador D. Agustn
de Arce, el trmino de
las hostilidades de los espaoles      I   71

Mercaderes europeos que hacan feria
con los indios                        I   81

Milagroso acontecimiento en el pueblo
de San Juan Bautista                  I  143

Milagrosa conversin de un indio
en el pueblo de San Rafael            I  151

Milagroso suceso ocurrido en el
pueblo de San Rafael                 II  197

Misin del P. Caballero  los Jurucars      II   35

Misin del P. Zea  la nacin de
los indios Cucarates                 II   95

Misin de los PP. Aguilar y Speth
 los Chiriguans                    II  242

Misiones en la provincia del Chaco      II  212

Mudanza de las naciones de indios
recin convertidos                   II  215

Muerte del P. Neuman  manos de
los indios Payagus                   I  186

Muerte de los PP. Solinas y Ruiz
 mano de los indios Mocoves
y Tobas                              II  216

Muerte del hermano Alberto Romero
 mano de los indios Zamucos         II  185

Muerte del P. Superior Francisco
Hervs                               II  249

Muerte del P. Arce  manos de un
indio Payagu llamado Cotaga         II  115

Muerte del P. Zea                    II  172

Muerte del P. Joseph Tol            II  201

Muerte del P. Blende  manos de
los Payagus                         II  112

Muerte del P. Lucas Caballero 
manos de los indios Puyzocas.         II   80

Muerte del P. Pedro Romero y
Hermano Mateo Fernndez 
mano de los indios Chiriguans        I  190

Muerte de los PP. Nicols Hernat,
Diego Ferrer y Justo Mansilla.         I  191

Muerte del P. Fideli                  I  111

Muerte del hermano Enrique Adamo      I  208

Muerte del P. Bartolom Ximnez
en el puerto de Buenos Aires en
1717                                  I  183

Muerte del P. Alonso Arias  mano
de los Mamalucos del Brasil           I  189


N.

Nacimiento, entrada en la Compaa
y primeros fervores del Padre
Caballero                             I  229

Nacimiento del ro Paraguay           I  195

Nacin de los indios Tapacurs        I  266

Naciones de los indios Manacicas      I  265

Naciones de infieles en las inmediaciones
del Chaco                            II   93

Naciones de infieles situadas en las
riberas del ro Paraguay              I  193

Naufragio del navo Caballo Marino
en 1717                               I  127

Navegacin por el ro Paraguay       II  102

Noticias de la vida y virtudes del
P. Zea                               II  158

Nueva cristiandad de los Chiquitos
y pueblos que contenan en los
principios de las Misiones            I   18

Nuevas conversiones del P. Zea en
las naciones de los Zinotecas,
Japorotecas y Cucarates              II  157


O.

Obstculos que hallaron los Misioneros
para llegar  las naciones
de indios Zamucos                    II  146

Obstinacin de los indios Guanos;
se ponen en prctica muchos
medios para su conversin            II  131

Ocltanse en los bosques los indios
Zamucos, temerosos al ver  los
Chiquitos                            II  149

Odio de los indios Payagus  los
espaoles                             I  212

Odio que tenan  los cristianos los
indios Guanos                       II  131

Ofrendas de los indios cristianos
 la Santsima Virgen                 I  137

Opinin de los primeros descubridores
de Indias acerca de los
naturales                             I  138

Oraciones fervorosas de los indios
pidiendo  Dios les recompense
con abundancia de cosechas            I  142

Origen de los Mamalucos del Brasil      I   72


P.

Paces de los indios Curucares con
los Manacicas                         I  255

Pasa el V. P. Lucas Caballero 
los Manacicas, quieren matarle
los indios Sibacs y el cielo toma
por l venganza                       I  242

Peligro que corre el P. Lucas Caballero
en su misin  los Quiriquicas       II   21

Peligro que corren los Misioneros
en las tierras de los Chiriguans      I  219

Peligros en las Misiones de los indios
Chiriguans                          II  242

Peligros y penalidades sufridas por
los Misioneros en su expedicin
 los Zamucos                        II  174

Penalidades y trabajos del P. Arce
en las tierras de los Chiquitos.       I   85

Penitencias de los nuevos cristianos      I  133

Penitencias que se imponen voluntariamente
los nuevos cristianos                 I  140

Perfidia de los indios Payagus      II   98

Portada de la primera edicin de
esta obra, impresa en Madrid
en 1726                               I   IX

Portentoso milagro ocurrido con
un indio llamado Felipe Motor;
efectos de terror que produce
el suceso en los nuevos cristianos      I  160

Predicacin del Evangelio en la
nacin de los Lules                 II  217

Primeras Misiones del P. Lucas
Caballero                            I  232

Primeras Misiones del P. Joseph
de Arce y satisfactorios resultados
en la conversin de los indios
Chiriguans                          I   25

Principia el P. Caballero las Misiones
de los Zibacas                      II   28

Principio, fundacin y progresos
de las Misiones de los PP. de
la Compaa de Jess en el Paraguay      I   17

Profecas del apstol San Francisco
Solano                               II  235

Progresos de las Misiones de los
PP. Zea y Centeno en las mrgenes
del ro Guapay                        I   39

Progresos y aumentos de otras reducciones
en los aos de 1717
y 1718                               II  191


Q.

Quat, cacique de los Guarans,
toma por su cuenta la venganza
del P. Arce y sus compaeros      II  117

Quedan los compaeros del P. Arce
esclavos de los indios Payagus      II  120

Quedan absortos los infieles al contemplar
la imagen de la Santsima
Virgen                               II   19

Quejas que dan los indios  los Padres
Misioneros, porque se les
obliga  cambiar de Reduccin        II  267

Qumase el pueblo de San Rafael;
divisin de dicho pueblo             II  241


R.

Rebelin de los indios infieles en la
provincia del Chaco                 II  277

Reciben los infieles  los cristianos
 saetazos; muerte de muchos
nefitos                             I  135

Recibimiento que hicieron los indios
Zibacas al P. Lucas Caballero       II   28

Reduccin de los indios Quiriquicas      II   24

Reduccin de los indios Puraxs y
Tubacs                              I  242

Reducciones de indios en las riberas
de los ros Paran y Uruguay      I   17

Reducciones de indios Guarans
y nmero de almas bautizadas
por los Misioneros en 1717            I   18

Regreso del P. Yegros de la conversin
de los indios Zamucos.                II  182

Remedios que aplican los Chiquitos
para curar  los enfermos             I   46

Reptiles venenosos que se cran en
las provincias de los Chiquitos
y mortferas causas de sus picaduras      I   45

Rescatan los Misioneros varios
esclavos espaoles que tenan
los indios Payagus                   I  200

Resistencia de los indios Zamucos
 reducirse  la santa fe;
hacen salir de sus tierras  los
Misioneros                           II  247

Resistencia que hicieron los indios
Tobas  los Misioneros,
ponindose en armas para impedir
la predicacin del Evangelio          I   41

Revelacin que tuvo un hechicero
en el pueblo de San Joseph;
arrepentimiento y conversin
de este brbaro                       I  149

Riesgos y peligros de los Misioneros
en las naciones de los Zamucos       II  152

Riquezas del pueblo de San Miguel;
cultivo, frutos y desarrollo en
el comercio                          II  263

Ritos  idolatras de los indios
Paunapes, Unapes y Carababas         II   70

Ritos y supersticiones de los indios
Manacicas                             I  264

Rompen las paces con los espaoles
los indios confinantes con
la Asuncin                          II  118

Rompimiento de la paz entre los
espaoles  indios Payagus           I  212


S.

Salen los indios Chiquitos en busca
de infieles para convertirles en
cristianos                            I  134

Salida de los PP. Francisco Hervs
y Miguel de Yegros, de la
Reduccin de la Candelaria, al
descubrimiento del ro Paraguay
en 1702                              I  181

Se ensaan los indios Guaycurs
con el cadver del P. Arce          II  117

Seales que usaban los indios infieles
para avisar  sus compaeros
cuando venan los cristianos         I  191

Situacin de la provincia de Chiquitos,
costumbres y calidades
de los naturales                     I   43

Son muertos de los Payagus los
PP. Joseph de Arce y Bartolom
Blende, y se da una sucinta
relacin de sus virtudes            II  109

Suma de la tasa de esta obra, por
D. Baltasar de San Pedro, escribano
del Rey                               I   14

Suplican los indios Quiriquicas al
P. Caballero se quede en sus
tierras  predicarles la ley de
Jesucristo                           II   25

Supersticiones  idolatras de los
indios                                I  270

Supersticiones de los indios Lules      II  224


T.

Temperamento, cualidades, usos,
costumbres, ritos y supersticiones
de los indios Chiquitos              I   49

Traicin que hacen los indios Puyzocas
 los Manacicas                     II   79

Traiciones de los indios Payagus.      I  186

Tratado de la lnea divisoria de las
Coronas de Espaa y Portugal.        II  256

U.

ltimas noticias de las Misiones
de Chiquitos y Chiriguans           II  236

ltimo estado de las Misiones de
los Chiquitos                        II  240

Un indio del pueblo de San Rafael
impeda que los Mamalucos del
Brasil se apoderasen de sus paisanos      I  175

Usos y costumbres de los indios
de la provincia del Chaco            II  211


V.

Venganza de los indios Penoqus
contra los Chiriguans                I  217

Vicios, deshonestidades y corrupcin
de los Mamalucos del Brasil           I   72

Victoria de los soldados espaoles
sobre los Mamalucos                  II  100

Visin que tuvo un nefito llamado
Lucas Xarup, asaltado de una
fiebre                                I  162

Visita el P. Caballero la nacin de
los indios Tapacurs                 II   57

Vuelve el P. Lucas Caballero  los
Manacicas                            II   27

Vuelven  intentar los Misioneros
convertir  los indios Zamucos       II  245


Z.

Zamucos; indios convertidos por el
P. Juan Bautista de Zea             II   146<b


NOTAS:

[I.] Marc. 16.

[II.] Gregor. hom. 13 in Mar; 16.

[III.] Actor.

[IV.] La obra del Obispo de Quito,  que alude el Padre Patricio
Fernndez, se titula _Itinerario para Parrochos de Indios, en que se
tratan las materias ms particulares tocantes  ellos para su buena
administracin_. Se imprimi por primera vez, segn algunos
bibligrafos, en Amberes, por Verdussen, en 1726. Se reimprimi en el
mismo punto por los hermanos de Tournes en 1754, y volvi  hacerse otra
edicin en Madrid por Pedro Marn en 1771. Las dos ediciones hechas en
Blgica son en 4. y la madrilea en folio.

Fu obra que obtuvo una acogida por los religiosos cual ninguna otra de
su gnero. Se lleg  hacer absolutamente necesaria  cuantos Misioneros
pasaban  Indias.

La mejor edicin de la obra del Obispo Pea y Montenegro dicen que es la
de 1754, porque est _purgada de muchos yerros_.

[V.] Solorzano, tomo I de _Indiarum_, lib. II.

[VI.] Solorzano, lib. II, cap. VIII ex n. 79 etc. lib. III, captulo
VII.



COLECCIN DE LIBROS

RAROS  CURIOSOS QUE TRATAN DE AMRICA

_Publcanse en Madrid desde 1891._

TOMOS PUBLICADOS


I.--_Verdadera relacin de la conquista del Per_, por Francisco de
Xerez, uno de los primeros conquistadores, reimpresa segn la primera
edicin hecha en Sevilla en 1534, en Madrid, en la imprenta de Juan
Cayetano Garca, 1891. En 8. rstica, con 174 pginas, 2 pesetas.


II.--_Nuevo descubrimiento del gran ro de las Amazonas_, por el P.
Christval de Acua, de la Compaa de Jess. Impreso en Madrid en 1641
y reimpreso en esta corte en 1891 en la imprenta de Juan Cayetano
Garca. En 8. rstica con XXXI-235 pginas, 4 pesetas.


III y IV.--_Tratado nico y singular del origen de los indios del Per,
Mxico, Santa Fe y Chile_, por el Dr. Diego Andrs Rocha, oidor de la
Real Audiencia de Lima. Impreso en Lima en 1681 y reimpreso en Madrid,
en la imprenta de D. Toms Minuesa, 1891. 2 tomos, 8. rstica, 6
pesetas.


V y VI.--_Historia del Almirante D. Cristbal Coln, en la que se da
particular y verdadera relacin de su vida y de sus hechos y del
descubrimiento de las Indias Occidentales, llamadas Nuevo Mundo_,
escrita por D. Fernando Coln, su hijo. Madrid. Imprenta de Toms
Minuesa, 1891. 2 tomos en 8. rstica, 6 pesetas.

A esta reimpresin precede un estudio biogrfico y bibliogrfico, acerca
de D. Fernando Coln y sus obras. LXIX pg.


VII.--_Conversin en Pirit (Colombia) de indios Cumanagotos y
Palenques, con la prctica que observa en la enseanza de los naturales
en lengua cumanagota_, por el P. Fr. Matas Ruiz Blanco, de la Orden de
San Francisco. En 8. con 228 pginas, seguido de la _Relacin histrica
de todas Misiones de los PP. Franciscanos en las Indias y proyecto para
nuevas conversiones en las riberas del afamado ro Maran; Memorial
dirigido al Rey Carlos III el 28 de Mayo de 1781_ por Fr. Francisco
Alvarez de Villanueva. Madrid, imprenta de Toms Minuesa, 1893, 3
pesetas.


VIII y IX.--_Milicia y descripcin de las Indias_, escrita por el
capitn D. Bernardo de Vargas Machuca, caballero castellano, natural de
la villa de Simancas. Reimpresa segn la primera edicin hecha en Madrid
en 1599, imprenta de Toms Minuesa, 1892, 2 tomos, en 8., con el
retrato del autor, 6 pesetas.


X.--_Virtudes del indio_, por D. Juan de Palafox y Mendoza, Obispo de
Puebla de los ngeles. Madrid, imprenta de Toms Minuesa, 1893. En 8.,
con CLXXIII-94 pginas, 3 pesetas.


XI.--_Tres tratados de Amrica_--1. Relacin histrica, poltica y
moral de la ciudad de Cuenca, poblacin y hermosura de su provincia, por
el Dr. D. Joaqun de Merisalde y Santisteban. Publicado ahora por
primera vez.--2. Razn sobre el estado poltico y militar de la
jurisdiccin de Quito en 1754, por D. Juan Po de Montufar y Frasco.
Reimpreso ahora por privez.--3. Diario de todo lo ocurrido en la
expugnacin en los fuertes de Bocachica y sitio de la ciudad de
Cartagena de Indias, en 1741, formado de los pliegos remitidos  S. M.
por el virrey de Santa Fe, D. Sebastin Eslava. Reimpreso ahora por
primera vez en la imprenta de F. Nozal, 1894, en 8. con 255 pginas, 3
pesetas.


XII.--Fernndez (P. Patricio). Relacin de las misiones de los Indios
Chiquitos en el Paraguay (1726). Tomo I. XVI.-282 pginas y 3 hojas sin
numerar, 3 pesetas.


EN PRENSA

XIII.--Fernndez (P. Patricio). Relacin de las misiones de los Indios
Chiquitos en el Paraguay (1726). Tomo II.





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indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compaa de Jess, by Juan Patricio Fernndez

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     Chief Executive and Director
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Literary Archive Foundation

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increasing the number of public domain and licensed works that can be
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status with the IRS.

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considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
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