The Project Gutenberg EBook of El Abate Constann, by Ludovic Halvy

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Title: El Abate Constann

Author: Ludovic Halvy

Release Date: August 15, 2009 [EBook #29703]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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BIBLIOTECA DE LA NACION

LUDOVIC HALVY

EL ABATE CONSTANTIN

BUENOS AIRES
1909

Ludovic Halvy, hijo de Len Halvy--literato y autor dramtico--sobrino
del clebre compositor Fromental Halvy, ambos del Instituto de Francia.
Naci en Pars; estudi en el liceo Luis el Grande; entr a la
administracin pblica como redactor en la Secretara del Ministerio de
Estado (1852); fue nombrado jefe de seccin del Ministerio de Argelia y
de las Colonias (1858), puesto que desempe hasta 1861, pasando
entonces a ocupar el de secretario redactor del Cuerpo Legislativo. En
1864 fue condecorado con la Legin de Honor. Y en 1868 se cas con la
seorita Luisa Brguet. Hacia esta poca abandon la administracin para
dedicarse por completo a la literatura dramtica, en la que ya haba
obtenido buenos triunfos.

Halvy principi por escribir libretos de operetas; fue el libretista de
Offenbach. Despus de haber dado a los Bufos Parisienses, con el
seudnimo de Julio Servires, las operetas en un acto: _Adelante,
seores y seoras_, prlogo de apertura, en colaboracin con Mry;
_Lleno de agua_; _Madama Papilln_; hizo representar otras obras con su
nombre. Colabor con Len Battu, Hctor Cremieux y sobre todo con
Enrique Meilhac.

Dotado de un sentimiento exquisito de la calidad--dice Sarcey,--ha
mantenido lo que hay de fantico y raro en el carcter de la imaginacin
de Meilhac. El trabajo en comn ha producido obras que no han sido
suficientemente apreciadas.

Se las ha tratado como a esas mujeres ligeras en cuya sociedad uno se
divierte mucho, pero que no se les estima; se les ha visto cientos de
veces y se habla de ellas con desdn. Tales son: _La bella Elena_,
_Barba Azul_, _Los brigantes_, _La gran Duquesa_, _La vida parisiense_,
_El castillo de Toto_. Hay en estas parodias entretenidsimas de la
vida ordinaria, mucha imaginacin, alegra y buen sentido. Son stiras
en accin que resaltan sobre las simples bufoneras que ha producido
este gnero en los ltimos tiempos.

He aqu las obras que ha escrito para el teatro: _Batacln_ (1855),
opereta; _El empresario_ (1856), opereta; _Rosa y Rosita_ (1858),
comedia; _El marido sin saberlo_ (1860), opereta en colaboracin con su
padre y cuya msica es del Duque de Morny; _La cancin de Fortunio_; _El
puente de los suspiros_; _Orfeo en los infiernos_ (1861), operetas dadas
en los Bufos, siendo la ltima de stas su primer gran triunfo; _Las
ovejas de Panurgo_ (1862), en la que colabor Meilhac, con quien no dej
de trabajar desde entonces; _La llave de Metella_ (1862); _Los molinos
de viento_ (1862); _El brasileo_ (1863); _El tren de media noche_
(1864); _Nemea_, baile con representacin (1864); _La bella Helena_
(1865), parodia en tres actos de la Greca antigua, representada en el
teatro Variedades con xito enorme; _Barba Azul_ (1866), tres actos; _La
vida parisiense_ (1866), cinco actos; _La gran Duquesa de Gerolstein_
(1867), quiz es la pieza que haya alcanzado mayor fortuna; _La
pericholle_ (1868), dos actos; _Fanny Lear_ (1868), drama tremendo
desarrollado en una ligera comedia de cinco actos; _Frou-frou_ (1869),
elega parisiense en cinco actos; _La diva_ (1869), tres actos; _Los
brigantes_ (1869), tres actos; _Tricoche y Cacolet_ (1871), comedia bufa
en cinco actos; _La seora espera al seor_ (1872); _Velada_ (1872),
comedia en tres actos; _Dos mujeres o el cuarto condenado_ (1875),
comedia en verso. Y en colaboracin con V. Busnach: _Manzanita_, opereta
de Offenbach.

Con Meilhac ha producido: _Todo para las damas!_ (1868); _El hombre con
llave_; _Las campanillas_ (1872), piececita moderna que los grandes
maestros antiguos no hubieran desdeado firmar; _Toto en casa de tata_
(1873); _El rey Candaule_ (1873); _El verano de la San Martn_ (1873);
_La ingenua_ (1874); _Media cuaresma_ (1874), todas piezas muy graciosas
en un acto; _La panadera a dos escudos_ (1875), pera bufa en tres
actos, msica de Offenbach; _La bola_ (1875), comedia en cuatro actos;
_Pasaje de Venus_ (1875); _La viuda_ (1875), tres actos; _Loulou_
(1876); _El ramo_ (1876); _El mono de Nicols_ (1876), piezas en un
acto; _El prncipe_ (1876), en cuatro actos; _La cigarra_ (1877), en
tres actos; _Fandango_ (noviembre 26 de 1887), gran pera, baile con
representacin; _El duquecito_ (1878), pera cmica en tres actos; _El
marido de la debutante_ (1879), en cuatro actos; _La casita_ (1879),
Lolotte (1879); _La pequea seorita_ (1879), pera cmica en tres
actos; _La madrecita_ (1880), tres actos; _Janot_ (1881), pera cmica
en tres actos; _La Roussotte_ (1881), comedia en tres actos.

Adems de sus producciones para el teatro, Halvy ha publicado _La
seora y el seor Cardinal_ (1872); _La invasin, recuerdos y
narraciones_, coleccin de artculos sobre la invasin prusiana, que
vieron la luz pblica en Le Temps; _El sueo_; _El caballo del
trompa_; _El ltimo captulo_ (1873); _Notas y recuerdos_ (1870-1872);
_Marcelo_ (1876); _Las pequeas Cardinal_ (1880); _Un matrimonio por
amor_ (1881); _El abate Constantn_ (1882); _Criquette_ (1883); _La
familia Cardinal_ (1883); _Princesa_ (1886); _Tres centellas_ (1886);
_Karikari_, _Un vals_, _etc._ (1891), forman un volumen de preciosas
narraciones.

Aunque no haya escrito para el teatro sino en colaboracin, y su
personalidad desaparezca en casi todas sus obras colectivas, Halvy ha
sabido desprenderla en sus novelas, obras individuales, como lo dice
Pailleron, concebidas en un sentimiento particular, expresadas en una
forma completamente moderna, selladas de parisiansmo; en libros cortos
para que los lea el parisiense; en su lengua de iniciados para que los
comprenda, con espritu despreocupado aparentemente, burln, alegre, y
con pretextos bastante hbiles para emocionar sin ser descubiertos.

Ludovic Halvy fue elegido acadmico, y en la sesin pblica del 4 de
febrero de 1886, ocup el silln vaco por muerte del Conde
D'Haussonville. Del discurso pronunciado por Pailleron, director de la
Academia, sacamos el juicio sobre _El Abate Constantn_:

...De este gnero fino hasta refinado, de esta literatura elegante y
discreta, vuestro volumen _Dos matrimonios_ es quiz el tipo ms
acabado, ejemplar ms simptico, pero el tiempo me ha sido contado para
que pueda detenerme. Prefiero ir directa, francamente, a aquellas obras
que sealan las fechas de vuestros ms grandes triunfos: _El Abate
Constantn_, _La invasin_, y desde luego, y sobre todo... miro si la
bveda de esta cpula austera va a desplomarse en mi cabeza... sobre
todo _El seor y la seora Cardinal_.

       *       *       *       *       *

Pero habis hecho obra de varn, seor, en otro de vuestros libros;
habis rehabilitado la virtud. Habis emprendido la tarea de hacerla
amar por ella y para ella. Ah hay audacia, algunos la llaman habilidad
porque habis triunfado; pero quin hubiese sido bastante hbil para
prever, en los tiempos que corren, el xito de semejante tentativa?
Nadie... ni aun vos mismo.

Porque al fin, por triste que sea es necesario confesarlo, por poco
acadmico que sea, es preciso decirlo: la virtud no figura ya en el
movimiento moderno.

Pobre virtud! los vulgares la ridiculizan, los fisilogos la niegan,
la gente alegre la encuentra fastidiosa, y las personas prcticas la
consideran intil. Nuestros autores dramticos, que desde tiempo
inmemorial la recompensaban en el ltimo acto, decididamente le han
suprimido las migajas del desenlace clsico y remunerador. Nuestros
poetas lanzan contra ella imprecaciones que no tienen de original sino
la grosera. En cuanto a nuestras novelas, sabis hasta dnde brilla por
su ausencia la virtud, cuando en ellas no es maltratada. Para verla
respetada hay que abrir la _Biblioteca Rosa_; para verla respetada, es
necesario venir a la Academia... una vez por ao! Pobre virtud!

Escuchad! queris saber dnde est literariamente? Algunas veces
espigamos fuera de los jardines acadmicos, bien puedo contaros esta
historia:

Conozco a una seora joven que est al da, ya lo creo, muy al da, y
que es muy golosa de las producciones intelectuales, por ms que es
mundana, y aunque virtuosa, adora la literatura que no lo es. Y no slo
la adora sino que la defiende, la propaga, la proclama eminentemente
buena y til, y esto con un entusiasmo, con una pasin, peor an, con un
gusto que ha concluido por inspirarme ciertos temores por ella y aun
hasta dudas sobre ella... si tengo razn, juzgadlo!

Un da--el de su santo--voy a saludarla y la encuentro sola, leyendo.
Apenas me ve, oculta el libro con presteza y emprende una conversacin
rpida, con la evidente intencin de desviarme. Visiblemente emocionada
y hasta confusa, la mirada baja, distrada, preocupada; acababa de ser
sorprendida en una lectura que la turbaba notablemente; era claro. Qu
poda leer que la inmutara a tal extremo despus de todo lo que haba
ledo, y que no quera confesar despus de todo lo que haba confesado?
Mis dudas se convirtieron en sospechas. En ese momento, el sirviente
anunci la visita de una seora, y como nuestra amiga se levantara a
recibirla, pude ver el libro sospechado; le el ttulo... Ah! seor,
sabis lo que lea esta honesta mujer, lo que lea as, a escondidas y
con el rubor en la frente?... era _El Abate Constantn_.

Ah est la virtud! Porque en cuanto a virtuoso, lo es vuestro
romance, lo es absolutamente, con cinismo. Es la nica crtica que se le
ha hecho. All, no podran satirizar el encanto, el talento, el xito.
Pero demasiadas ovejitas, no bastantes lobos! demasiada honestidad!
demasiadas virtudes! muchas flores, seor! Esa buena americana que
tiene un buen marido y una buena hermana enamorada de un buen oficial,
sobrino de un buen cura, toda esta buena novela que de buenas en buenas
acciones, concluye por un buen matrimonio... no est en la verdad ni en
la naturaleza! He ah lo que se le reprocha y es precisamente lo que nos
encanta, a m y a vuestros millares de lectores; he ah lo que nos
acomoda, nos alivia, nos templa y, sobre todo, nos cambia. Cuando se
vive en una atmsfera irrespirable y malsana y se nos alcanza un frasco
de esencias, no nos quejamos si sentimos demasiado bien, se le respira y
se renace. El pblico que se asfixiaba os debe esta fresca rfaga de
aire puro y vos veis cmo os lo ha agradecido.

_El Abate Constantn_ goz desde su aparicin de una boga inmensa, hoy
va por la 174 edicin. En el mismo ao que apareci, se public en
la _Biblioteca Popular de Buenos Aires_, dirigida por el Dr. Miguel
Navarro Viola, la traduccin que ahora reproducimos.

En 1887 esta novela fue arreglada para el teatro por el mismo autor.




EL ABATE CONSTANTIN

I


Con paso firme y ligero an, caminaba un anciano sacerdote por la va
cubierta de polvo, bajo los rayos del sol de medioda. Ms de treinta
aos haban transcurrido desde que el abate Constantn era cura de la
pequea aldea que dorma, all en la llanura, a orillas de un dbil
curso de agua llamado el Lizotte.

Un cuarto de hora haca que el abate costeaba el muro del castillo de
Longueval, cuando lleg a la puerta de entrada, que se apoyaba alta y
maciza sobre dos enormes pilares de viejas piedras ennegrecidas y rodas
por el tiempo. El cura se detuvo y mir con tristeza los grandes avisos
azules pegados a los pilares.

Los avisos anunciaban que el mircoles 18 de mayo de 1881, a la 1 p. m.
tendra lugar, en la sala de audiencia del Tribunal civil de Souvigny,
la venta del dominio de Longueval, dividido en cuatro lotes:

1. El castillo de Longueval y sus dependencias, lindos estanques,
vastos canales, parque de ciento cincuenta hectreas, todo cercado de
pared y atravesado por el ro Lizotte. Base para la venta: seiscientos
mil francos.

2. La granja de Blanche-Couronne, trescientas hectreas. Base:
quinientos mil francos.

3. La granja de la Rozeraie, doscientas cincuenta hectreas. Base:
cuatrocientos mil francos.

4. Los plantos y los bosques de la Mionne, cuatrocientas cincuenta
hectreas. Base para la venta: quinientos cincuenta mil francos.

Y estas cuatro cifras adicionadas al pie del aviso, daban la respetable
suma de dos millones cincuenta mil francos.

As, pues, iba a dividirse la magnfica propiedad que desde dos siglos
atrs siempre haba escapado a la divisin, pasando intacta de padres a
hijos, en la familia de Longueval. El aviso anunciaba tambin que
despus de la venta provisional de los cuatro lotes, habra derecho a
reunirlos para rematar toda la propiedad entera; pero era demasiado
grande, y segn todas las apariencias, no se presentara ningn
comprador.

La Marquesa de Longueval haba muerto seis meses antes. En 1873, perdi
a su hijo nico, Roberto de Longueval; los herederos eran los tres
nietos de la Marquesa: Pedro, Elena y Camila. Tuvieron que sacar a
remate la propiedad, porque Elena y Camila eran menores. Pedro, joven
de veintitrs aos de edad, haba hecho mil locuras, estaba
semiarruinado y no poda pensar en rescatar a Longueval.

Eran las doce del da. Dentro de una hora el castillo de Longueval
tendra un nuevo dueo. Y ese dueo, quin sera?

Qu mujer ocupara, en el gran saln cubierto de tapices antiguos,
junto a la chimenea, el lugar de la Marquesa, la vieja amiga del pobre
cura de la aldea? Ella fue quien reconstruy la iglesia, ella quien
mantena la botica del presbiterio a cargo de Paulina, la sirvienta del
cura, ella quien, dos veces por semana vena en su gran land, cubierto
de vestiditos de nios y gruesas enaguas de lana, a buscar el abate
Constantn para salir a caza de pobres, como ella deca.

El anciano sacerdote continu su camino pensando en todo esto. Adems,
los ms grandes santos tienen sus pequeas debilidades, pensaba tambin
en sus buenos hbitos de treinta aos bruscamente interrumpidos. Todos
los jueves y domingos coma en el castillo. Cmo lo mimaban, lo
obsequiaban, lo traan en palmas... La pequea Camila, tena ocho aos,
vena a sentarse sobre sus rodillas y le deca:

--Mirad, seor cura, en vuestra iglesia es donde quiero casarme, y mi
mam llenar toda, toda la iglesia de flores... ms que para el mes de
Mara. Ser como un gran jardn, todo blanco, blanco, blanco.

El mes de Mara!... En ese momento era el mes de Mara. Antes el altar
desapareca bajo las flores tradas de los invernculos del castillo, y
este ao slo se vean algunos ramos de lirios y lilas blancas, en
floreros de porcelana dorada. Antes, todos los domingos, en la misa
mayor, y todas las tardes, durante el mes de Mara, la seorita Hebert,
la lectora de madama de Longueval, tocaba el pequeo armonium regalado
por la Marquesa. Hoy el pobre armonium no acompaaba ya la voz de los
chantres, ni los cnticos de los nios. La seorita Marbeau, la
directora de correos, era algo msica, y con mucho gusto habra ocupado
el lugar de la seorita Hebert, pero no se atreva, tema que la
anotaran como clerical y verse denunciada por el alcalde, que era
librepensador. Eso habra obstado quiz a su ascenso.

La pared del parque haba terminado; de ese parque, cuyos rincones todos
eran familiares al anciano cura. El camino segua ahora las orillas del
Lizotte, y del otro lado del pequeo ro, se extendan las praderas de
las dos granjas; despus, ms all, elevbanse los altos bosques de la
Mionne. Dividida!... la propiedad iba a ser dividida! Tal pensamiento
desgarraba el corazn del pobre sacerdote. Para l, todo sto, haca
treinta aos que era un conjunto, formaba un solo cuerpo. Tambin eran
casi su propiedad, sus bienes aquellos dominios. Se senta en su casa
en las tierras de Longueval. Ms de una vez le haba sucedido detenerse
con placer ante aquel inmenso trigal, arrancar una espiga, desgranarla,
y decirse:

--Vamos! los granos son buenos, firmes y bien formados; este ao
tendremos una excelente cosecha.

Y alegremente continuaba su camino a travs de sus campos, sus
plantaciones y sus praderas. En una palabra, por todas las cosas de su
vida, por todos sus hbitos y sus recuerdos, quera esa propiedad, cuya
ltima hora haba llegado.

El abate divisaba a lo lejos la granja de Blanche-Couronne; sus techos
de teja francesa se destacaban sobre el verde del bosque. All tambin
el cura se encontraba como en su casa. Bernardo, el quintero de la
Marquesa, era su amigo, y cuando el anciano sacerdote se haba demorado
en sus visitas a los pobres y enfermos, cuando el sol tocaba a su ocaso
y el abate sentase fatigado y con apetito, detenase, coma en casa de
Bernardo un buen plato de tocino con papas, vaciaba su jarro de sidra, y
luego, concluida la cena, Bernardo enganchaba su viejo cabriolet para
conducir al cura hasta Longueval. Durante todo el camino los dos
charlaban y se contradecan. El cura reprochaba a Bernardo que no fuera
a misa, y ste responda:

--Mi mujer y mis hijas van por m... Bien sabis, seor cura, que as
somos nosotros. Las mujeres tienen religin por los hombres. Ellas nos
harn abrir la puerta del Paraso.--Y maliciosamente aada, dando un
suave latigazo a la vieja yegua:--Si lo hay!

--Cmo! si lo hay? Pero verdaderamente lo hay!

--Entonces vos entraris all, seor cura. Decs que esto no es
seguro... y yo os digo que s. Vos estaris all! en la puerta espiando
a vuestros parroquianos y seguiris ocupndoos de nuestros asuntos. Y
le diris a San Pedro... es San Pedro quien tiene las llaves del
Paraso, no es as?

--S, es San Pedro.

--Pues bien, le diris a San Pedro, si quiere, si quiere cerrarme las
puertas en las narices, so pretexto de que yo no iba a misa, le diris:
Bah! no importa, dejadlo pasar... es Bernardo, uno de los
arrendatarios de la seora Marquesa, muy buena persona. Perteneca al
concejo municipal, y vot por que conservaran a las hermanas que queran
echar de la escuela. Esto conmover a San Pedro, que responder:
Bueno, entonces, pasad, Bernardo, pero tened entendido que es por darle
gusto al seor cura. Porque all arriba todava seris cura, y cura de
Longueval. Sera demasiado triste el Paraso para vos si no fuerais cura
de Longueval.

Cura de Longueval, s, toda su vida no haba sido otra cosa, nunca haba
soado ni querido ms que eso. Tres o cuatro veces le propusieron
grandes curatos de cantn, con buena renta y uno o dos tenientes.
Siempre haba rehusado. El adoraba su pequea iglesia, su pequea aldea,
su microscpico presbiterio. All estaba solo, tranquilo, haca todo l
mismo; siempre por las calles y caminos, bajo el sol y la lluvia, el
viento y la nieve. Su cuerpo se haba endurecido al cansancio, pero su
alma permaneca tierna y cariosa.

Viva en su presbiterio, una gran casa de campo, separada de la iglesia
slo por el cementerio. Cuando el cura suba la escalera para podar sus
perales y sus parras, por encima de la pared divisaba las tumbas sobre
las que haba dicho las ltimas oraciones y echado las primeras paladas
de tierra.

Entonces, continuando su trabajo de jardinero, deca mentalmente una
corta plegaria por la salvacin de aquellos de sus muertos que ms lo
inquietaban, y que podan estar detenidos en el purgatorio. Posea una
fe cndida y tranquila.

Pero entre aquellas tumbas exista una que con ms frecuencia que las
otras reciba sus visitas y sus oraciones. Era la tumba de su viejo
amigo, el doctor Reynaud, muerto en sus brazos en 1871, y en qu
circunstancias! El doctor era como Bernardo, nunca iba a misa, y jams
se confesaba; pero era tan bueno, tan caritativo, tan compasivo con los
que sufran!...

Esta era la gran preocupacin, la grande inquietud del cura. Su amigo
Reynaud, dnde estara? Luego recordaba la noble vida del mdico de
aldea, toda de valor y abnegacin; recordaba su muerte, sobre todo su
muerte, y se deca:

--En el Paraso; no puede estar sino en el Paraso! El buen Dios quiz
lo haya hecho pasar un momento por el purgatorio... por forma... pero ha
debido sacarlo de all al cabo de cinco minutos.

Todo esto pasaba por la imaginacin del anciano sacerdote, mientras
continuaba su camino hacia Souvigny. Se iba a la ciudad, a casa del
abogado de la Marquesa, para conocer el resultado de la venta, para
saber quines eran los nuevos propietarios de Longueval; quedbale
todava un kilmetro que correr antes de llegar a las primeras casas de
Souvigny; pasaba por el parque de Lavardens, cuando oy sobre su cabeza
voces que lo llamaban.

--Seor cura, seor cura!

En este sitio la larga calle de tilos que costeaba el muro, formaba un
terrado. Levantando la cabeza, el abate vio a la seora de Lavardens con
su hijo Pablo.

--Dnde vais, seor cura?--pregunt la Condesa.

--A Souvigny, al Tribunal, para saber...

--Quedaos con nosotros. M. de Larnac vendr despus de la venta a darnos
cuenta del resultado.

El abate Constantn subi al terrado.

Gertrudis de Lannilis, condesa de Lavardens, haba sido una mujer muy
desgraciada. A los dieciocho aos hizo una locura, la nica de su vida,
pero irreparable: casose, por amor, en un arranque de entusiasmo y
exaltacin, con M. de Lavardens, uno de los hombres ms seductores y
espirituales de aquel tiempo. El no la amaba y se casaba slo por
necesidad: haba devorado hasta el ltimo cntimo de su patrimonio, y
haca dos o tres aos que se sostena en el mundo a fuerza de intrigas,
acribillado de deudas. Gertrudis Lannilis saba todo esto y no se haca
al respecto ninguna ilusin; pero pensaba: Lo amar tanto, que
concluir por amarme.

De ah nacieron todas sus desdichas. Su existencia habra sido
tolerable, si no hubiera amado tanto a su marido; pero lo amaba
demasiado, y slo consigui fatigarlo con sus halagos y carios. El
continu su vida antigua, que por cierto era bastante desordenada. As
pasaron quince aos de eterno martirio, soportado por madama de
Lavardens con toda la apariencia de una apacible resignacin;
resignacin que no exista en su corazn. Nada pudo distraerla, ni
curarla de este amor que la consuma.

El seor de Lavardens muri en 1869, dejando un hijo de catorce aos, en
el cual despuntaban ya todos los defectos y calidades de su padre. Sin
estar seriamente comprometida, la fortuna de madama de Lavardens haba
disminuido considerablemente. Con tal motivo, la Condesa vendi su casa
de Pars, y se retir al campo, donde vivi con mucho orden y economa,
consagrndose por completo a la educacin de su hijo.

Aqu tambin le esperaban nuevas penas y tristezas. Pablo de Lavardens
era inteligente, amable y bueno, pero absolutamente rebelde a toda
obligacin y a todo trabajo. Desesper en poco tiempo a los tres o
cuatro profesores que en vano se esforzaron por hacerle entrar algo
serio en la cabeza; presentose en Saint-Cyr, donde no fue admitido, y
comenz por malgastar en Pars, lo ms rpida y locamente del mundo, dos
o trescientos mil francos.

Hecho esto, enrolose en el primer regimiento de cazadores de Africa;
tuvo la suerte desde el principio de formar parte de una pequea columna
expedicionaria en el desierto de Sahara, condjose valerosamente, obtuvo
con mucha rapidez algunos grados, y al cabo de tres aos iba a ser
nombrado subteniente, cuando se enamor de una joven que representaba
_La fille de madame Angot_, en el teatro de Argel.

Pablo, que haba concluido su compromiso en el regimiento, dej el
servicio y volvi a Pars con su joven cantora de opereta... luego fue
una bailarina... despus una cmica... ms tarde una amazona del circo.
Ensayaba todos los tipos. As viva con la brillante y miserable vida
de los desocupados. Pero slo permaneca en Pars tres o cuatro meses
del ao, pues su madre le pasaba una pensin de treinta mil francos, y
le haba asegurado que nunca, mientras ella viviera, obtendra un real
ms antes de su casamiento.

La conoca y saba que deba tomar sus palabras a lo serio.

De manera que, como quera hacer buena figura, y llevar vida alegre en
Pars, gastaba sus treinta mil francos entre los meses de marzo a mayo,
y luego volva dcilmente a someterse a la vida tranquila de Lavardens:
cazaba, pescaba y montaba a caballo con los oficiales del regimiento de
artillera que estaba de guarnicin en Souvigny. Las modistas y las
grisetas de provincia reemplazaban, sin hacrselas olvidar, a las
cantoras y cmicas de Pars. Buscando un poco se encuentran an grisetas
en las provincias, y Pablo buscaba mucho.

Apenas estuvo el cura en presencia de la seora de Lavardens, djole
sta:

--Yo puedo, sin esperar la llegada de M. de Larnac, deciros los nombres
de los compradores de Longueval. Estoy enteramente tranquila y no pongo
en duda el xito de nuestra combinacin.

Para no hacernos tontamente la guerra, nos hemos puesto de acuerdo, mi
vecino M. de Larnac, M. Gallard, un fuerte banquero de Pars, y yo. M.
de Larnac se quedar con la Mionne; M. Gallard con el castillo y
Blanche-Couronne; y yo con la Rozeraie. Os conozco, seor cura, debis
estar inquieto por vuestros pobres, pero tranquilizaos; estos Gallard
son muy ricos y os darn mucho dinero.

En aquel momento apareci a lo lejos un carruaje envuelto en una nube de
polvo.

--Ah viene M. de Larnac; conozco sus poneys.

Los tres, muy apurados, descendieron del terrado, corrieron al castillo
y llegaron en el momento en que el carruaje se detena ante el portn.

--Y bien, qu hay?--pregunt madama de Lavardens.

--Qu hay!--respondi M. de Larnac,--que no tenemos nada.

--Cmo nada?--interrog la Marquesa bastante plida y visiblemente
conmovida.

--Nada, nada, absolutamente nada, ni unos ni otros.

M. de Larnac salt del coche para referir lo que haba pasado en la
audiencia del Tribunal de Souvigny.

--Al principio--dijo,--todo sali a pedir de boca. El castillo se le
adjudic a M. Gallard, en seiscientos mil cincuenta francos. No apareci
un solo competidor, de manera que le bast un aumento de cincuenta
francos. En cambio una pequea batalla por Blanche-Couronne. Las ofertas
llegan de quinientos hasta quinientos veinte mil francos, y vence
tambin M. Gallard. Nueva batalla y ms encarnizada por la Rozeraie;
por fin sals victoriosa vos, seora, por cuatrocientos cincuenta y
cinco mil francos... y yo me quedo con el bosque de la Mionne con slo
un aumento de cien francos sobre la tasacin. Todo pareca terminado,
los asistentes estaban ya de pie, rodeando a nuestros abogados para
saber el nombre de los compradores. Pero M. Brazier, el juez encargado
de la venta, reclama de nuevo silencio, y el ujier pone en venta los
cuatro lotes reunidos por dos millones ciento cincuenta o sesenta mil
francos, no recuerdo bien. Un murmullo irnico circul por el auditorio.
Por todos lados se oa decir: Nadie, bah, no habr nadie! Pero el seor
Gibert, el abogado que se haba sentado en primera fila, y que hasta
entonces no haba dado seales de vida, levantose tranquilamente y dijo:
Tengo comprador para los cuatro lotes juntos en dos millones doscientos
mil francos. Esto fue como un rayo! Un inmenso clamor seguido de un
gran silencio. La sala estaba llena de agricultores de las cercanas, a
quienes tanto dinero por pedazos de tierra los sumerga en una especie
de respetuoso estupor. Sin embargo, M. Gallard se inclina hacia
Sandrier, el abogado que haca la oferta para l. Trbase una lucha
entre Gibert y Sandrier. Llegan hasta dos millones quinientos mil
francos. Breve momento de vacilacin en Gallard. Decdese y contina
hasta tres millones. Ah se detiene, y se le adjudica la propiedad a M.
Gibert. Arrjanse todos sobre l, lo rodean, lo abruman... El nombre,
el nombre del comprador!--Es una americana--responde Gibert,--madama
Scott.

--Madama Scott!--exclama Pablo.

--La conoces t?--pregunta madame de Lavardens.

--Si la conozco, si la... no, absolutamente! Pero he estado en un baile
en su casa, har como seis semanas.

--En un baile en su casa... y no la conoces! Qu clase de mujer es
entonces?

--Encantadora, deliciosa, ideal, una maravilla!

--Y existe un seor Scott?

--Seguramente; un hombre alto y rubio que estaba en el baile. All me lo
mostraron. Un hombre que saludaba al acaso, a derecha e izquierda, y no
se diverta nada, os lo aseguro. Nos miraba a todos, y pareca decirse:
Qu significa tanta gente? Qu viene a hacer en mi casa? Nosotros
bamos a ver a la seora Scott y a la seorita Percival, su hermana. Y
os garantizo que vala la pena!

--Y vos conocis a estos Scott?--pregunt la Condesa, dirigindose a M.
Larnac.

--S, seora, los conozco. M. Scott es un americano colosalmente rico,
que vino a instalarse en Pars el ao pasado. Desde que se pronunci su
nombre, comprend que la victoria deba ser decisiva. Gallard estaba
vencido de antemano. Los Scott comenzaron por comprar en Pars una casa
de dos millones de francos, cerca del parque Monceau.

--S, calle de Murillo, donde dieron el baile; era...

--Deja hablar a M. de Larnac. Despus nos contars la historia de tu
baile en casa de madama Scott.

--Apenas se instalaron mis americanos en Pars, comenz una lluvia de
oro. Verdaderos _par-venus_ que se divertan en arrojar locamente el
dinero por la ventana. Esta inmensa fortuna la poseen recientemente;
cuentan que hace diez aos, madama Scott mendigaba por las calles de
New-York.

--Mendigaba!

--As dicen, seora. Luego se cas con este Scott, hijo de un banquero
de New-York. Y de repente, un pleito ganado, les puso entre las manos,
no millones, sino decenas de millones. Poseen en alguna parte, en
Amrica creo, una mina de plata; pero una mina seria, verdadera, una
mina de plata... en la cual hay plata. Ah, ya veris qu lujo
estallar en Longueval!... Todos parecemos pobres en la ciudad. Segn
dicen, ellos pueden gastar cien mil francos por da.

--Y esos son nuestros vecinos!--exclam madama de Lavardens.--Una
aventurera! Y no es nada eso todava... una hereje, seor abate, una
protestante!

Una hereje, una protestante! pobre cura! en eso estaba pensando
precisamente desde que oy decir: Una americana, madama Scott. La
nueva castellana no ira a misa! Qu le importaba que hubiera sido
mendiga! Qu le importaban sus millones de millones, ella no era
catlica! Ya no bautizara l a los nios nacidos en Longueval, y la
capilla del castillo, donde tantas veces haba dicho misa, se vera
transformada en oratorio protestante, y oira la palabra glacial de
algn pastor calvinista o luterano.

En medio de toda esta gente consternada, desolada, slo Pablo pareca
estar radiante.

--En todo caso, una preciosa hereje--dijo,--y hasta podra deciros, dos
divinas herejes! Son dignas de verse las dos hermanas a caballo, en el
Bosque, con dos pequeos grooms, de este alto, por detrs.

--Vamos, Pablo, cuntanos ahora, lo que sepas... ese baile de que
hablabas... Cmo fuiste a casa de las americanas?

--Por una gran casualidad! Mi ta Valentina se quedaba en su casa
aquella noche. Yo llegu como a las diez... y os aseguro que los
mircoles de mi ta Valentina no sobresalan por su loca alegra. Haca
veinte minutos que me aburra, cuando vi a Rogerio de Puymartin que se
esquivaba con mucho disimulo. Lo alcanzo en el vestbulo y le digo:
Espera, te acompaar a tu casa.--Oh! no voy a casa.--Y dnde vas?--A
un baile.--En casa de quin?--En casa de Scott, quieres venir
conmigo?--Pero si no estoy invitado.--Ni yo tampoco!--Cmo, t
tampoco?--Voy en busca de uno de mis amigos.--Y conoce a los Scott, tu
amigo?--Apenas; pero lo bastante para presentarnos a los dos. Ven, pues,
y vers a madama Scott.--Bah! ya la he visto a caballo en el Bosque.--A
caballo no va escotada; t no has visto sus hombros, y eso es lo que
tiene que ver... No hay nada mejor en Pars, por el momento.--Y as me
decid a ir al baile... y vi los cabellos rubios de madama Scott, y
admir los blancos hombros de madama Scott... y espero que los volver a
ver cuando den bailes en Longueval.

--Pablo!--dijo la Condesa, sealando al cura.

--Oh! dispensad, seor cura, os pido mil perdones... He dicho acaso
algo... No, me parece que no...

El pobre sacerdote no lo haba odo. Su pensamiento estaba fuera de
all. Ya por las calles de la aldea vea al pastor del castillo
detenerse ante cada casa, y deslizar por debajo de las puertas sus
pequeos panfletos evanglicos.

Continuando su historia, Pablo hizo una entusiasta descripcin del
palacio, que era una maravilla...

--De mal gusto y de lujo chilln--interrumpi madama de Lavardens.

--Nada de eso, mam, absolutamente!... Nada chilln, ni chocante.
Muebles admirables, dispuestos con suma gracia y originalidad. Un
invernculo incomparable, inundado de luz elctrica; la mesa instalada
en el invernculo, bajo un parral cargado de racimos... en el mes de
abril, y se podan sacar cuantos quisierais! Slo los accesorios del
cotilln parece que haban costado cuarenta mil francos. Alhajas,
bomboneras, y mil adornos deliciosos... que rogaban a la concurrencia se
los llevara. Yo no tom nada; pero muchos otros no tenan tanto
escrpulo... Esa noche Puymartin me cont la historia de madama Scott;
pero no como la refiri M. de Larnac. Rogerio me dijo que madama Scott
haba sido robada por unos saltimbanquis cuando era nia, y que su padre
la haba encontrado haciendo piruetas en un circo ambulante, saltando
por sobre gallardetes y atravesando aros de papel.

--Una saltimbanqui!--exclam la madre de Pablo,--yo prefera la
mendiga!

--Y mientras Rogerio me contaba esta historia del _Petit Journal_, yo
vea venir desde el fondo de una galera a la amazona del circo,
envuelta en un maravilloso conjunto de raso y encajes, y admiraba sus
hombros, su deslumbradora garganta sobre la cual se meca un collar de
brillantes, grandes como tapones de botella. Se deca que el ministro de
Hacienda haba vendido secretamente a madama Scott la mitad de los
brillantes de la corona, y esta era la razn por la cual el mes anterior
haba tenido un sobrante de quince millones en su presupuesto. Agrega a
todo esto que tiene un aire muy de seora, la antigua saltimbanqui, y
que se encuentra lo ms bien en medio de tantos esplendores.

Pablo estaba tan entusiasmado, que su madre lo detuvo. Delante de M. de
Larnac, que estaba bastante disgustado, dejaba estallar con demasiada
candidez la satisfaccin de tener por vecina a la maravillosa americana.

El abate Constantn se preparaba a tomar el camino de Longueval; pero
Pablo al verlo pronto a partir, exclam:

--Oh! no, seor cura, no haris a pie por segunda vez, con semejante
calor, la travesa hasta Longueval; permitidme que os lleve en carruaje.
Siento mucho veros tan triste, y procurar distraeros. Oh, por ms
santo que seis, algunas veces os hago rer con mis locuras!

Media hora despus, los dos iban en direccin a la aldea. Pablo hablaba,
hablaba, hablaba!

Su madre no estaba all para calmarlo y moderarlo, de manera que su
alegra se desbordaba.

--Mirad, seor cura, hacis muy mal en tomar las cosas por su lado
trgico... Ved cmo trota mi yegua! cmo levanta las patas! Vos no la
conocais. Sabis cunto he pagado por ella? Cuatrocientos francos. La
descubr como hace quince das en las varas de un carro. Una vez que
toma bien el trote, es capaz de andar cuatro leguas por hora, y siempre
os lleva las riendas tirantes, no afloja. Mirad, mirad cmo tira, cmo
tira!... Vamos despacio, despacio!... No estamos de prisa, no es
verdad, seor cura? Queris entrar en el bosque? Siempre os sentar
bien el aire del bosque... Si supierais, seor cura, cunto os quiero...
y os respeto... No habr dicho demasiados disparates hoy, delante de
vos? Porque sentira tanto...

--No, hijo mo, no he odo nada.

--Entonces tomaremos el camino de los estudiantes.

Despus de haber doblado a la izquierda por el bosque, Pablo volvi a su
primera frase:

--Os deca, pues, seor cura, que hacais mal en tomar as las cosas por
su lado trgico. Queris que os comunique lo que pienso? Es una gran
felicidad lo que acaba de suceder.

--Una gran felicidad?

--S, y muy grande... Prefiero los Scott a los Gallard en Longueval. No
habis odo hace un momento a M. de Larnac que se atreva a reprocharles
que gastaban locamente su dinero? Nunca es una locura gastar el dinero.
La locura es guardarlo. Vuestros pobres, pues estoy seguro que es lo que
ms os da que pensar, han tenido hoy buena suerte. Esa es mi opinin.
La religin? s, la religin... Ellos no irn a misa! eso os causa
pena; es natural; pero en cambio os enviarn dinero, mucho dinero... y
vos lo tomaris y haris bien. Ya veis como no protestis. Va a caer
una lluvia de oro sobre toda la comarca... Un movimiento! un barullo!
carruajes de cuatro caballos, postillones empolvados, _rally-papers_,
paseos, bailes, fuegos artificiales... Y aqu en el bosque, en este
mismo camino que llevamos, encontrar quiz a Pars dentro de poco. Y
ver a las dos amazonas con los dos pequeos grooms de que hablaba no
hace mucho. Si vierais qu elegantes son las dos hermanas a caballo!
Una maana, detrs de ellas, di toda la vuelta al Bosque de Boulogne, en
Pars. Todava me parece que las veo: llevaban sombreros altos, grises,
con velitos cortos muy ajustados al rostro, y dos largos vestidos de
amazonas, sin costura, con una sola abertura que segua la lnea de la
espalda... y es preciso que una mujer sea verdaderamente bien formada
para llevar vestidos as! Porque, mirad, seor cura, con los trajes de
amazonas sin costura no hay engao posible...

Haca rato que el cura no prestaba la menor atencin al discurso de
Pablo. El carruaje haba entrado en una calle bastante larga y
perfectamente recta. Al fin de esta calle el cura vea venir a un
caballero a galope.

--Mirad--dijo el cura a Pablo,--mirad vos que tenis mejores ojos que
yo; no es Juan el que viene all?

--S, pues, es Juan, reconozco su yegua mora.

Pablo tena mucha aficin a los caballos; siempre, antes de mirar al
caballero, miraba al caballo. En efecto, era Juan, que, al divisar de
lejos al cura y a Pablo, agit en el aire su quepis, que llevaba dos
galones de oro. Juan era teniente del regimiento de artillera de
guarnicin en Souvigny.

Algunos momentos despus se detena junto al carruaje, y dirigindose al
cura, le dijo:

--Vengo de vuestra casa, mi padrino. Paulina me dijo que habais ido a
Souvigny por la venta... Y... quin compr el castillo?

--Una americana, madama Scott.

--Y Blanche-Couronne?

--La misma madama Scott.

--Y la Rozeraie?

--Tambin madama Scott.

--Y el bosque... todava madama Scott?

--T lo has dicho--replic Pablo...--Y yo la conozco a madama Scott... y
vamos a divertirnos en Longueval y te presentar... Pero todo esto causa
pena al seor cura... porque es una americana, una protestante.

--Ah! es verdad, mi pobre padrino... En fin, de eso hablaremos maana,
que ir a comer con vos: ya se lo previne a Paulina. Ahora no puedo
detenerme, estoy de semana, y a las tres debo hallarme en el cuartel.

--Para la revista?--pregunt Pablo.

--S, para la revista. Hasta la vista, Pablo!... Hasta maana,
padrino!

El teniente de artillera continu su galope, Pablo solt las riendas a
su yegua.

--Qu buen muchacho es este Juan!--dijo Pablo.

--Oh! s.

--No hay en el mundo nada mejor que Juan!

--No, nada mejor.

El cura se volvi para mirar a Juan que se perda ya en la espesura del
bosque.

--S, seor, hay algo, y sois vos, seor cura.

--No, yo no.

--Pues bien! queris que os lo diga, seor? no hay en el mundo nada
mejor que vosotros dos, Juan y vos. Esa es la pura verdad!... Ah! ved
qu lindo terreno para trotar! Voy a dejar correr a Niniche... Sabis
que la llamo Niniche?

Con la punta del ltigo, Pablo acarici en flanco de Niniche, que
comenz a trotar con un trote infernal.

--Mirad cmo levanta las patas, seor cura, mirad cmo levanta las
patas! con tanta regularidad!... Parece una verdadera mquina...
Inclinaos para ver.

El cura, por dar gusto a Pablo, se asom a ver _cmo levantaba las patas
Niniche_... mientras segua pensando en otra cosa.




II


Llambase este teniente de artillera Juan Reynaud, y era hijo nico del
mdico de aldea que descansaba en el cementerio de Longueval. Cuando en
1846, el abate Constantn vino a tomar posesin de su pequeo curato, un
doctor Reynaud, el abuelo de Juan, hallbase instalado en una risuea
casita, sobre el camino de Souvigny, entre los dos castillos de
Longueval y de Lavardens.

Marcelo, el hijo de este doctor, terminaba en Pars sus cursos de
medicina. Era muy estudioso y posea un espritu muy distinguido. Fue el
primero en el concurso de agregacin, y estaba resuelto a permanecer en
Pars, para tentar fortuna; todo le prometa la ms feliz y brillante
carrera, cuando recibi en 1852 la noticia de la muerte de su padre,
ocasionada por un ataque de apopleja. Marcelo corri a Longueval con el
corazn desgarrado: adoraba a su padre. Pas un mes al lado de su madre,
y al cabo de ese tiempo, le manifest la necesidad de volver a Pars.

--Es verdad--le dijo ella,--es preciso que te vayas.

--Cmo! que me vaya?... Que nos vayamos los dos. Crees, acaso, que te
dejar aqu sola? Te llevo conmigo.

--Ir a vivir a Pars yo!... Abandonar la tierra en que nac, donde
vivi y muri tu padre! No, nunca lo har, hijo mo, jams! Vete solo,
porque tu vida y tu porvenir te llaman all. Te conozco y s que no me
olvidars, que vendrs a verme siempre, siempre.

--No, madre ma--respondi l,--me quedar.

Quedose... Sus esperanzas, sus ambiciones, todo desapareci en un
minuto. Slo vio una cosa: el deber, que consista en no abandonar a su
madre anciana y enferma. En este deber aceptado y cumplido con toda su
naturalidad, hall su felicidad. Por lo dems, siempre en el
cumplimiento del deber, es donde se encuentra la felicidad.

Marcelo se pleg de buena voluntad y con gusto a su nueva existencia;
continuando la vida de su padre, siguiendo su camino desde el mismo
lugar en que l lo dejara. Entregose completamente, sin pesar, con
placer ms bien, a la obscura profesin de mdico de aldea. Su padre le
haba dejado un poco de dinero, algunas tierras, y l viva
modestamente, consagrando la mitad de su existencia a los pobres, de
quienes jams recibi un sueldo. Este era su nico lujo.

Una joven sin fortuna se encontr en su camino, preciosa y sola en el
mundo. Se cas con ella en 1855, y el ao siguiente reservaba un gran
dolor y una grande alegra: la muerte de su anciana madre y el
nacimiento de su hijo Juan.

Con seis semanas de intervalo, el abate Constantn recit la plegaria de
los muertos en la tumba de la abuela y asisti, en calidad de padrino,
al bautismo del nieto.

A fuerza de encontrarse a la cabecera de los que sufran y de los que
moran, el sacerdote y el mdico con el mismo corazn y el mismo
movimiento, se sintieron atrados uno hacia el otro. Sintieron que
pertenecan a la misma familia, a la misma raza, a la raza de los
buenos, los justos y los bienhechores.

Los aos sucedieron a los aos, tranquilos, suaves, en el goce de la
plena satisfaccin del trabajo y del deber cumplido. Juan creca...

Su padre le dio las primeras lecciones de ortografa, y el cura las
primeras de latn. Juan era inteligente y laborioso, e hizo tales
progresos, que sus dos profesores, el cura sobre todo, al cabo de
algunos aos se inquietaron, pues su discpulo saba ya casi ms que
ellos. Por ese tiempo fue la Condesa, despus de la muerte de su marido,
a establecerse en Lavardens, trayendo un preceptor para su hijo Pablo,
el cual era un hombrecillo precioso, pero de los ms perezosos. Los dos
nios contaban la misma edad, y se conocan desde sus primeros aos.

Madama de Lavardens quera mucho al doctor Reynaud, y un da le hizo la
siguiente proposicin:

--Enviadme a Juan todas las maanas, y os lo devolver todas las noches;
el preceptor de Pablo es un joven muy distinguido, que har adelantar a
los dos nios, y me prestaris un sealado servicio, doctor, pues Juan
dar el ejemplo a Pablo.

As se arreglaron las cosas, y el pequeo burgus dio, en efecto, al
pequeo gentil-hombre excelentes ejemplos de trabajo y aplicacin; mas
estos excelentes ejemplos no fueron seguidos.

Estall la guerra. El 14 de septiembre, a las siete de la maana, los
movilizados de Souvigny se reunieron en la plaza principal de la aldea;
llevando por capelln al abate Constantn y por cirujano mayor al doctor
Reynaud. Los dos haban concebido la misma idea, al mismo tiempo: el
sacerdote contaba sesenta y dos aos y el mdico cincuenta.

El batalln, al partir, sigui el camino que atravesaba Longueval y
pasaba ante la casa del doctor. Madama Reynaud y Juan esperaban a la
orilla del camino. El nio se arroj en los brazos de su padre:
Llvame, pap, llvame. La madre lloraba. El doctor los abraz
fuertemente a los dos, y continu su marcha.

A cien pasos de all el camino haca un recodo. El doctor se volvi,
lanzando hacia su mujer y su hijo una larga y profunda mirada... La
ltima! Ya no deba volver a verlos.

El 8 de enero de 1871, los movilizados de Souvigny atacaban la aldea de
Villersexel, ocupada por los prusianos, que haban almenado las paredes
y haban formado barricadas en las casas. La fusilera estall. Un
movilizado que marchaba a la cabeza, recibi una bala en el pecho y
cay. Hubo un momento de confusin y duda. Adelante, adelante!
gritaron los oficiales. Los hombres pasaron por sobre el cuerpo de su
camarada, y bajo una lluvia de balas entraron en la aldea.

El doctor Reynaud y el abate Constantn, que marchaban con las tropas,
se detuvieron junto al herido, que arrojaba gran cantidad de sangre por
la boca.

--No hay nada que hacer--dijo el doctor;--se muere, es vuestro.

El sacerdote se arrodill junto al moribundo, el doctor, levantndose,
se dirigi hacia la aldea. No habra andado diez pasos, cuando se
detuvo, abri los brazos y cay de golpe al suelo. El sacerdote corri
hacia l; pero ya estaba muerto, herido por una bala en la sien.

Esa noche la aldea era nuestra, y al siguiente da se deposit en el
cementerio de Villersexel el cuerpo del doctor Reynaud. Dos meses
despus, el abate Constantn traa a Longueval los restos de su amigo, y
detrs del atad, a la salida de la iglesia, caminaba un hurfano. Juan
haba perdido tambin a su madre. Al recibir la noticia de la muerte de
su marido, quedose anonadada, embrutecida, sin poder pronunciar una
palabra ni derramar una lgrima. Despus fue presa de la fiebre, el
delirio, y al cabo de quince das muri.

Juan se encontraba solo en el mundo a los catorce aos. De esta familia
en que todos, desde un siglo hasta entonces, haban sido honorables,
slo quedaba un nio arrodillado sobre una tumba, y que prometa tambin
ser lo que haba sido su abuelo, lo que haba sido su padre: trabajador
y bueno. Hay en Francia familias como sta, muchas, muchas ms de lo que
se cree; nuestro pas se ve calumniado cruelmente por ciertos novelistas
que hacen de l pinturas violentas y exageradas. Verdad es que la
historia de la gente buena es con frecuencia montona o dolorosa, como
lo prueba esta narracin.

El dolor de Juan fue un dolor de hombre. Durante largo tiempo permaneci
triste y silencioso. La noche del entierro de su padre, el abate
Constantn lo llev consigo al presbiterio.

El da haba sido lluvioso y fro. Juan se hallaba sentado junto al
fuego; el sacerdote lea su breviario; la vieja Paulina iba y vena
arreglando todo. Una hora pasaron sin pronunciar una palabra, cuando
Juan, de repente, levantando la cabeza dijo:

--Padrino, mi padre me ha dejado algn dinero?

La pregunta era tan extraa, que el abate estupefacto crey haber odo
mal.

--Me preguntas si tu padre?...

--Pregunto, padrino, si mi padre me ha dejado algn dinero.

--S, ha debido dejarte dinero...

--Mucho, no es verdad? He odo decir siempre en la comarca que mi padre
era rico. Decidme, ms o menos, cunto me habr dejado?

--Pero, yo no s... Me preguntas unas cosas...

El pobre sacerdote senta desgarrrsele el corazn. Esta pregunta, en
semejante momento! No obstante, crea conocer el corazn de Juan, y en
ese corazn no deban caber tales pensamientos.

--Por favor, padrino, decidme...--continu Juan con dulzura,--despus os
explicar por qu os lo pregunto.

--Pues bien, tu padre posea, segn dicen, dos o trescientos mil
francos.

--Y eso es mucho dinero?

--S, es mucho dinero.

--Y todo ese dinero es mo?

--S, todo ese dinero es tuyo.

--Ah! me alegro, porque el da en que muri mi padre, all, durante la
guerra, los prusianos mataron al mismo tiempo que a l, al hijo de una
pobre mujer de Longueval... la anciana Clement, sabis? Y tambin al
hermano de Rosala, con quien yo jugaba cuando era nio. Bueno, pues ya
que yo soy rico y ellas pobres, quiero dividir con la seora Clement y
con Rosala el dinero que me deja mi padre.

Al or estas palabras, el cura se levant, tom las dos manos de Juan, y
atrayndolo hacia s, lo rode con sus brazos, apoyando su cabeza blanca
sobre la cabeza rubia del joven.

Dos gruesas lgrimas se desprendieron de los ojos del anciano sacerdote,
rodaron lentamente sobre sus mejillas, y vinieron a perderse en las
arrugas de su rostro.

Sin embargo, el cura explic a Juan que, aunque poseedor de la herencia
de su padre, no tena an el derecho de disponer de ella a su antojo.
Habra un consejo de familia, y le daran un tutor.

--Vos, sin duda, mi padrino.

--No, yo no, hijo mo, un sacerdote no tiene derecho para ejercer la
tutela. Creo que nombrarn a M. Lenient, el notario de Souvigny, que era
uno de los mejores amigos de tu padre, t le hablars y le explicars lo
que deseas.

En efecto, el consejo de familia design a M. Lenient para desempear
las funciones de tutor. Y las instancias de Juan fueron tan vivas, tan
conmovedoras, que el notario consinti en tomar de las rentas la suma de
dos mil cuatrocientos francos que todos los aos, hasta la mayor edad de
Juan, se dividi entre la anciana Clement y la joven Rosala.

Madama de Lavardens se condujo perfectamente en esta circunstancia.

--Dadme a Juan--dijo al abate Constantn,--ddmelo hasta el fin de sus
estudios; yo os lo traer todos los aos durante las vacaciones. No es
un servicio que os ofrezco, sino un servicio que os pido. No puedo
desear nada mejor para mi hijo. Me resigno a abandonar momentneamente
Lavardens, porque Pablo quiere ser soldado, entrar en Saint-Cyr, y slo
en Pars encontrar los maestros y recursos necesarios para ello.
Llevar all a los dos nios, que se educarn juntos, bajo mi
vigilancia, fraternalmente. Podris estar seguro de que no har la ms
mnima diferencia entre ellos.

Era difcil no aceptar una oferta como sta. El anciano sacerdote habra
deseado tener a Juan a su lado, y su alma se desgarraba al pensar en la
separacin; pero dnde estaba el inters de Juan? era lo nico que
deba preguntarse. Lo dems no era nada... Llamaron a Juan.

--Hijo mo--le dijo madama de Lavardens,--quieres venir a vivir conmigo
y con Pablo durante algunos aos, en Pars?

--Sois demasiado buena seora; pero habra deseado tanto poder quedarme
aqu!--dijo, mirando al cura que volvi la cara a otro lado.--Por qu
parts?--continu.--Por qu queris llevarnos a Pablo y a m?

--Porque slo en Pars podris terminar seria y tilmente vuestros
estudios. Pablo se preparar para los exmenes de Saint-Cyr, pues quiere
ser soldado.

--Y yo tambin, seora, quiero serlo.

--T soldado!--exclam el cura;--pero no eran esas las miras de tu
padre... Muchas veces, en presencia ma, tu padre hablaba de tu
porvenir, de tu carrera: debas ser mdico, como l, mdico de aldea,
mdico de Longueval... y como l asistir a los pobres, y como l cuidar
a los enfermos. Juan, hijo mo, acurdate.

--Me acuerdo, me acuerdo.

--Bueno, entonces, debes hacer lo que tu padre deseaba... Es tu deber, y
para eso tienes que ir a Pars. T desearas quedarte aqu, oh! yo lo
comprendo y yo tambin quisiera... pero no puede ser... Es preciso ir a
Pars a trabajar, a trabajar bien. Por esto no me inquieto, porque eres
verdadero hijo de tu padre, y sers un hombre honrado y trabajador; no
se puede ser lo uno sin lo otro. Y un da en la casa de tu padre, en el
mismo lugar donde l ha hecho tanto bien, los pobres de la aldea
hallarn otro doctor Reynaud que los socorrer como l. Y si por
casualidad ese da soy todava de este mundo, me considerar tan feliz,
tan feliz!... Pero hago mal en hablar de m... No debera... yo no soy
nada... En tu padre slo debes pensar. Te lo repito, Juan, eran sus ms
ardientes votos; no puedes haberlo olvidado.

--No, no lo he olvidado; pero si mi padre me ve, y si me oye, estoy
seguro que me comprende, y me perdona, pues es por l...

--Por l?...

--S, cuando supe que haba muerto, cuando supe cmo haba muerto en el
acto, sin tener necesidad de reflexionar me dije que yo sera soldado...
y ser soldado!... Mi padrino, y vos, seora, os ruego que no os
opongis...

El nio se ech a llorar en una verdadera crisis de desesperacin. La
Condesa y el abate lo calmaron con dulces palabras.

--S... s... convenido... todo lo que quieras, sers todo lo que
quieras...

Los dos tenan el mismo pensamiento: dejemos obrar al tiempo. Juan es un
nio y cambiar de idea. En lo cual los dos se engaaban: Juan no cambi
de idea.

En el mes de septiembre de 1876, Pablo fue rechazado en Saint-Cyr y Juan
recibi el undcimo lugar en la Escuela Politcnica. El da en que se
public la lista de los candidatos admitidos, escribi al abate
Constantn.

He sido recibido y muy bien recibido, pues quiero salir en el ejrcito
y no en el servicio civil... En fin, si conservo mi lugar en la
escuela, har un bien a uno de mis camaradas, que obtendr mi puesto.

As sucedi... Juan hizo ms que conservar su lugar, pues en las
clasificaciones de salida obtuvo el nmero siete. Pero en vez de entrar
a la Escuela de Puentes y Calzadas, ingres a la Escuela de Aplicacin
de Fontainebleau, en 1878. Acababa de cumplir veintin aos. Era mayor
de edad, dueo y seor de su fortuna, y el primer acto de su
administracin fue un grande, grandsimo gasto. Compr para la anciana
Clement y para la pequea Rosala, que ya era grande, dos ttulos de
renta de mil quinientos francos cada uno, los cuales le costaron setenta
mil francos, casi lo que gast Pablo en su primer ao de libertad en
Pars, por la seorita Lise Bruyre, del teatro del Palais-Royal.

Dos aos despus, Juan sali el primero en la Escuela de Fontainebleau,
lo que le daba el derecho de elegir uno de los puestos vacantes. Haba
uno en el regimiento acuartelado en Souvigny, y Souvigny distaba tres
kilmetros de Longueval; Juan pidi este puesto y lo obtuvo.

Por estas razones, Juan Reynaud, subteniente del 9. regimiento de
artillera, volvi en el mes de octubre de 1880 a tomar posesin de la
casa del doctor Marcelo Reynaud, y por esto se encontraba en la aldea
donde transcurri su infancia y donde todo el mundo conservaba el
recuerdo de la vida y la muerte de su padre. Y el abate Constantn pudo
gozar la alegra de tener tan cerca al hijo de su amigo... Y si
debiramos decirlo todo, no senta mucho que Juan hubiera dejado de ser
mdico. Cuando sala de su iglesia, despus de haber dicho su misa, y
vea flotar por el camino una nube de polvo, cuando senta temblar la
tierra bajo el peso de los caones... se detena, y como un nio, se
complaca en ver pasar el regimiento... Pero el regimiento para l era
Juan! Era ese robusto y slido caballero en cuya fisonoma se lea
claramente la rectitud, el valor y la bondad.

Apenas divisaba Juan a lo lejos al cura, galopaba y vena a charlar un
momento con su padrino. El caballo volva la cabeza hacia el abate, pues
saba que siempre haba un terrn de azcar para l en el bolsillo de
aquella vieja sotana negra, gastada, remendada, la sotana de por la
maana. El abate posea otra muy linda y muy nueva, que se guardaba para
las grandes ocasiones.

Las trompetas del regimiento sonaban mientras atravesaban la aldea... y
todas las miradas buscaban a Juan, al pequeo Juan; pues para los viejos
de Longueval siempre era el _pequeo Juan_. Cierto paisano todo arrugado
y agobiado, no pudo nunca quitarse la costumbre de decirle al pasar:
Eh! buen da, chicuelo, cmo te va? Y tena seis pies de altura el
tal chicuelo.

Juan no atravesaba nunca la aldea sin divisar en sus respectivas
ventanas el apergaminado rostro de la vieja Clement y la risuea cara de
Rosala. Esta ltima se haba casado el ao anterior, siendo Juan uno de
los testigos, y de los que ms alegremente bailaron la noche de la boda
con las jvenes de Longueval.

Tal era el subteniente de artillera que el sbado 28 de mayo de 1881, a
eso de las cinco de la tarde, ech pie a tierra ante la puerta del
presbiterio del Longueval. Entr seguido dcilmente por su caballo, que
por s mismo fue a colocarse bajo una especie de establo que haba en el
patio. Paulina se hallaba en la ventana de la cocina. Juan se acerc y
la bes con cario en las dos mejillas.

--Buen da, mi buena Paulina, cmo te va?

--Muy bien, ocupndome de tu comida. Quieres saber lo que hay? Sopa de
papas, una pata de carnero y crema.

--Admirable! Adoro todo eso y me muero de hambre.

--Y ensalada, se me olvidaba ensalada que t me ayudars a preparar.
Comern a las seis y media en punto, porque esta noche, a las siete y
media, comienza el mes de Mara.

--Dnde est mi padrino?

--En el jardn. Est muy triste el seor cura, a causa de la venta de...

--S, ya s, ya s...

--Al verte se alegrar un poco. Se pone tan contento cuando t vienes!
Cuidado... mira que Loulou se va a comer los rosales... Qu calor tiene
Loulou!

--Di toda la vuelta al bosque tan aprisa...

Juan tom a Loulou que se diriga a los rosales, la desensill, la at y
le alcanz un gran montn de pasto seco. Despus entr a la casa,
quitose el sable y cambi el quepis por un viejo sombrero de paja de
cinco sueldos, y se fue a buscar al cura al jardn.

En efecto, el pobre abate estaba muy triste. No haba pegado los ojos en
toda la noche, l, que generalmente dorma con tanta facilidad como un
nio. Su alma estaba desgarrada. Longueval en manos de una extranjera,
de una hereje, de una aventurera! Juan repeta lo que Pablo haba dicho
la vspera:

--Tendris dinero, mucho dinero para vuestros pobres.

--Dinero, dinero!... S, mis pobres no perdern nada, quiz ganarn...
Pero ese dinero tendr que ir a pedirlo, y en el saln, en vez de mi
vieja amiga encontrar a esa americana de cabellos rojos, parece que
tiene los cabellos rojos! Ir seguramente por mis pobres, ir... y ella
me dar dinero, pero no me dar nada ms que dinero. La Marquesa daba
algo ms, daba parte de su vida, parte de su corazn, juntos bamos
todas las semanas a visitar a los pobres y enfermos. Ella conoca todos
los sufrimientos y todas las miserias de la aldea. Y cuando yo estaba
clavado por la gota en mi silln, ella haca las visitas sola, tan bien
o mejor que yo.

Paulina vino a interrumpir esta conversacin apareciendo con una inmensa
ensaladera de loza, sobre la cual campeaban, violentas y chillonas,
grandes flores rojas.

--Aqu vengo a buscar la ensalada. Juan, quieres lechuga o achicoria?

--Achicoria--respondi Juan alegremente.--Hace mucho tiempo que no como
achicoria.

--Pues bien, esta noche comers... Toma, tenme la ensaladera...

Paulina comenz a cortar la achicoria, y Juan se inclinaba para recibir
las hojas en la gran ensaladera. El cura los miraba hacer.

En ese momento se oy un ruido de cascabeles. Se acercaba un carruaje
que sonaba demasiado.

El jardincito del abate Constantn, slo estaba separado del camino por
una verja muy baja, en medio de la cual haba una pequea puerta.

Los tres miraron y vieron venir un carruaje de alquiler de forma
primitiva, tirado por dos grandes caballos blancos, manejados por un
cochero de blusa. Junto al cochero iba un criado con librea de la ms
severa y perfecta correccin. En el carruaje iban dos jvenes que
llevaban trajes iguales de viaje, muy elegantes, pero muy sencillos.

Cuando el carruaje se encontr ante la verja del jardn, el cochero
detuvo los caballos y dirigindose al cura, dijo:

--Seor cura, estas seoras os buscan.--Luego, volvindose a sus
clientas:--Ah tenis al seor cura de Longueval.

El abate Constantn se aproxim y abri la pequea puerta. Las viajeras
descendieron, deteniendo sus miradas, no sin cierto asombro, en el joven
oficial que se encontraba all algo confuso con su sombrero de paja en
la mano derecha y en la izquierda la gran ensaladera rebosando de
achicoria.

Las dos mujeres entraron al jardn, y la mayor (representaba veinticinco
aos), dirigindose al abate, le dijo con acento extranjero, algo
extrao y muy original:

--Me veo obligada, seor cura, a presentarme a m misma... Madama Scott,
la que compr ayer el castillo, y la granja, y todo lo dems. No os
molesto, seor, y podris acordarme durante cinco minutos vuestra
atencin?--Luego, designando a su compaera de viaje:--Miss Bettina
Percival, mi hermana: lo habrais adivinado, creo. Nos parecemos mucho,
no es verdad? Ah! Bettina, hemos olvidado en el carruaje nuestras
carteras, y las necesitaremos.

--Voy a buscarlas.

Y como miss Percival se preparara a ir por ellas, Juan le dijo:

--Permitidme, seorita, que os las traiga.

--Siento, seor, molestaros... El sirviente os las entregar. Estn en
el asiento de adelante.

Miss Percival tena el mismo acento de su hermana, los mismos grandes
ojos negros, risueos y alegres, y los mismos cabellos, no rojos, sino
rubios, con reflejos dorados en los que jugaba con delicadeza la luz del
sol. Salud a Juan con una graciosa sonrisa, y ste, despus de entregar
a Paulina la ensaladera de achicoria, se fue a buscar las dos carteras.

Entretanto, muy conmovido, muy turbado, el abate Constantn introduca
en el presbiterio a la nueva castellana de Longueval.




III


En verdad, no era un palacio el presbiterio de Longueval. La misma pieza
del piso bajo, serva de saln y comedor con puerta de comunicacin para
la cocina; esta pieza estaba adornada con los muebles ms precisos: dos
viejos sillones, seis sillas de paja, un aparador y una mesa redonda,
sobre la cual Paulina haba puesto ya los asientos del abate y de Juan.

Madama Scott y miss Percival iban y venan, examinando con infantil
curiosidad la instalacin del cura.

--El jardn, la casa, todo es precioso aqu--deca madama Scott.

Las dos entraron resueltamente a la cocina. El abate Constantn las
segua sofocado, azorado, estupefacto ante tan brusca y repentina
invasin americana. La vieja Paulina miraba a las dos extranjeras con
aire inquieto y sombro.

--Estas son--pensaba,--las herejes, las excomulgadas!

Y con sus manos agitadas, temblorosas, continuaba preparando la
ensalada.

--Os felicito, seorita--le dijo Bettina,--por el perfecto orden que
reina en vuestra cocina! Mirad, Zuzie; no era as el presbiterio que
deseabais?

--Y el cura tambin--respondi madama Scott.--Ah! s, seor cura,
queris dejarme decroslo? Si supierais cun feliz me considero por
haberos encontrado tal cual sois! Esta maana en el tren, qu os deca,
Bettina? y hace un momento en el carruaje?

--Mi hermana me deca, seor cura, que deseaba, sobre todo, encontrar
un cura que no fuera ya joven, ni triste, ni severo, un cura de cabellos
blancos, y aire bondadoso y tranquilo.

--Y vos reuns todas esas condiciones, seor cura. No podamos haber
encontrado nada mejor. Escuchad, os ruego, mi modo de hablar. Las
parisienses saben dar un buen giro a sus frases, presentndolas de una
manera conveniente y complicada, pero yo no s... y hablando francs me
costara mucho salir del paso si no dijera las cosas lisa y llanamente
como se me ocurren. En fin, estoy contenta, en extremo contenta, seor
cura, y espero que vos tambin quedaris satisfecho de vuestras nuevas
parroquianas.

--Mis parroquianas!--exclam el cura, recobrando al fin la palabra, el
movimiento, la vida, todas estas cosas que desde haca algunos minutos
lo haban abandonado completamente.--Mis parroquianas! Perdn, seora,
seorita... Estoy tan conmovido! Serais... sois, acaso, catlicas?

--S, seor, somos catlicas!

--Catlicas, catlicas!--repiti el cura.

--Catlicas, catlicas!--exclam la vieja Paulina, apareciendo
radiante, con los brazos levantados hacia el cielo, en el umbral de la
cocina.

Madama Scott miraba al cura, miraba a Paulina, muy asombrada de haber
producido tal efecto con una sola palabra, y para completar el cuadro,
apareci Juan trayendo las dos bolsas de viaje. El cura y Paulina lo
recibieron con la misma palabra.

--Catlicas, catlicas!

--Ah! comprendo al fin--dijo madama Scott riendo;--nuestro nombre y
nuestra patria os hicieron creer que ramos protestantes! No lo somos,
nuestra madre era del Canad, de origen francs y catlica; por eso mi
hermana y yo hablamos francs, con acento extranjero y ciertos modismos
americanos, pero en fin, decimos, ms o menos lo que deseamos decir. Mi
marido es protestante, pero me deja entera libertad, y mis dos hijos son
catlicos. Por esto hemos querido desde el primer da venir a saludaros,
seor abate.

--Por eso y por otra cosa--continu Bettina,--mas para la otra cosa
necesitamos nuestras carteras.

--Aqu las tenis, seorita--respondi Juan.

--Esta es la ma.

--Y esta otra la ma.

Mientras las carteras pasaban de las manos del oficial a las de madama
Scott y Bettina, el cura presentaba a Juan a las dos americanas, pero
estaba an tan conmovido, que la presentacin no fue hecha en toda
regla. El cura no olvid ms que una cosa; pero algo muy esencial en una
presentacin: el apellido de Juan.

--Es Juan--dijo,--mi ahijado, subteniente del regimiento de artillera
de guarnicin en Souvigny; es de la casa.

Juan hizo dos grandes cortesas, las americanas dos pequeas, y
comenzaron a buscar en sus bolsas, sacando cada una un rollo de mil
francos, bonitamente encerrados en dos bolsitas verdes de piel de
serpiente con anillos de oro.

--Os traa esto para vuestros pobres, seor cura--dijo madama Scott.

--Y yo esto otro--agreg Bettina.

Con toda delicadeza deslizaron su ofrenda en la mano derecha e izquierda
del anciano cura, y ste mirando alternativamente sus dos manos,
pensaba:

--Qu sern estas dos cosas? son muy pesadas; debe haber oro aqu
dentro... S, pero cunto, cunto?

Sesenta y dos aos contaba el abate Constantn, y mucho dinero haba
pasado por sus manos para no permanecer en ellas largo tiempo, es
verdad; pero este dinero lo reciba por pequeas cantidades y la
sospecha de una ofrenda semejante no le caba en la cabeza. Dos mil
francos! Jams tuvo dos mil francos en su poder, ni mil siquiera.

No sabiendo, pues, cunto le daban, el cura no saba cmo agradecer;
balbuceaba:

--Os doy muchsimas gracias, seora; sois demasiado buena, seorita.

En fin, como no agradeciera lo bastante, Juan crey deber intervenir.

--Mi padrino, estas seoras acaban de daros dos mil francos.

Entonces, presa de una gran emocin y agradecimiento, el cura exclam:

--Dos mil francos, dos mil francos para mis pobres!

Paulina hizo bruscamente una nueva aparicin.

--Dos mil francos, dos mil francos!

--As parece... as parece... tomad, Paulina, guardad este dinero, y
tened mucho cuidado con l...

Muchas cosas era en la casa la vieja Paulina: sirvienta, cocinera,
boticaria, tesorera. Sus manos recibieron, con respetuoso temor los dos
paquetitos de oro que representaban tantas miserias aliviadas, tantos
dolores disminuidos.

--No es eso todo, seor cura--dijo madama Scott,--os dar quinientos
francos todos los meses.

--Y yo har como mi hermana.

--Mil francos por mes! pero entonces ya no habr pobres en la comarca.

--Es lo que deseamos. Soy rica, muy rica, y mi hermana tambin. Ella es
ms rica que yo, porque a una joven le cuesta ms gastar mucho...
mientras que yo! ah, yo! todo lo que puedo, gasto todo lo que puedo!
Cuando se tiene mucho dinero, demasiado dinero, ms de lo que es justo,
decid, seor cura, para hacrselo perdonar, hay otro medio que tener la
mano siempre abierta y dar, dar, dar lo ms y mejor posible? Adems, vos
tambin vais a darme algo.

Y dirigindose a Paulina agreg:

--Queris tener la bondad de darme un vaso de agua fresca, seorita?
No, nada ms... un vaso de agua fresca, porque me muero de sed.

--Y yo--dijo riendo Bettina, mientras Paulina corra en busca del vaso
de agua,--yo me muero de otra cosa, me muero de hambre. Seor cura, voy
a decir algo horriblemente indiscreto... Pero veo la mesa puesta y...
No podrais invitarnos a comer?

--Bettina!--dijo madama Scott.

--Dejadme, Zuzie, dejadme en paz... No es verdad que queris, seor
cura?

Pero el anciano cura no encontraba nada que responder. No saba lo que
le pasaba. Ellas tomaban por asalto el presbiterio, eran catlicas! Le
traan dos mil francos; le ofrecan mil francos mensuales! y queran
comer con l; ah! esto era el colmo! el terror lo paralizaba al pensar
que tendra que hacer los honores de la pata de carnero y la crema a
esas dos americanas locamente ricas que deban alimentarse de cosas
extraordinarias, fantsticas, inusitadas, y slo murmuraba:

--A comer... a comer! querais quedaros a comer aqu?

Juan intervino una vez ms.

--Mi padrino se considerara demasiado feliz, si quisierais quedaros;
pero comprendo lo que le inquieta... Debamos comer los dos solos; no
esperis, pues, un festn, seoras. En fin, seris indulgentes.

--S, s--respondi Bettina,--muy indulgentes.

Luego, dirigindose a su hermana:

--Vamos, Zuzie, no me pongis mala cara porque he sido un poco... sabis
que acostumbro a ser un poco... Quedmonos, queris? Descansaremos
pasando aqu una hora tranquilamente. Hemos hecho una jornada horrible,
en el tren, en el carruaje, en medio del polvo, y con un calor! Nos
sirvieron un almuerzo tan espantoso esta maana en el hotel! y debamos
volver a comer all a las siete, en el mismo hotel, para tomar en
seguida el tren de Pars... Pero comer aqu ser mucho mejor. Ya no
decs que no. Ah! cun buena sois, mi Zuzie!

Bes a su hermana con mucha zalamera, y volvindose al cura, dijo:

--Si supierais, seor cura, cun buena es.

--Bettina, Bettina!

--Vamos, Paulina--dijo Juan,--pronto, dos asientos ms; yo te ayudar.

--Y yo tambin--exclam Bettina,--yo tambin quiero ayudaros. Oh! esto
me divertir tanto! Pero, seor cura, permitidme hacer de cuenta que
estoy en casa.

Con prontitud se quit su abrigo, y Juan pudo admirar, en su exquisita
perfeccin, un cuerpo maravillosamente flexible y gracioso.

Miss Percival, quitose en seguida el sombrero, pero con demasiada
rapidez; pues fue la seal de un precioso desorden. Toda una avalancha
de cabellos se escap y esparci en torrentes, en largas cascadas sobre
los hombros de Bettina, que se encontraba ante una ventana por donde
penetraban los rayos del sol... y aquella luz radiante que daba de lleno
sobre su cabellera de oro, pona en un cuadro delicioso la esplndida
belleza de la joven. Confusa y ruborizada, Bettina llam en su ayuda a
su hermana, que tuvo gran trabajo para volver a poner las cosas en
orden.

Cuando qued as reparada la catstrofe nadie pudo impedir a Bettina que
se precipitara sobre los platos, cuchillos y tenedores.

--Pero, seor--le deca a Juan,--yo s muy bien poner la mesa.
Preguntadle a mi hermana... Decid, Zuzie, cuando yo era chica en
New-York, no pona bien la mesa?

--S, muy bien--respondi madama Scott.

Y ella tambin, rogando al cura excusara la indiscrecin de Bettina,
quitose el sombrero y el abrigo; y Juan goz una vez ms del muy
agradable espectculo de un cuerpo precioso y admirables cabellos. Pero
el desorden, y Juan lo sinti, no tuvo segunda edicin.

Algunos minutos despus, madama Scott, miss Percival, el cura y el
oficial, tomaban asiento alrededor de la mesa del presbiterio; luego,
con mucha rapidez, gracias a la sorpresa y originalidad del encuentro,
gracias, sobre todo, al buen humor y alegra algo audaz de Bettina, la
conversacin tomaba el giro de la ms franca y cordial familiaridad.

--Vais a ver, seor cura--dijo Bettina,--vais a ver cmo no he mentido,
si no me mora realmente de hambre. Os prevengo que voy a devorar. Nunca
me he sentado a la mesa con tanto gusto. Esta comida terminar tambin
la jornada! Estamos tan contentas mi hermana y yo, de ser dueas del
castillo, la granja, los bosques...

--Y yo de poseer todo eso de una manera tan extraordinaria como
imprevista. No nos lo imaginbamos!

--Ni lo sobamos, Zuzie... Sabis, seor cura, que ayer fue el
cumpleaos de mi hermana... Pero primero, perdonad, seor... seor Juan,
no es as?

--S, seorita, as es.

--Pues bien, seor Juan, servidme un poco ms de esta excelente sopa,
os lo ruego!

El abate Constantn comenzaba a volver en s, a tranquilizarse; pero,
sin embargo, estaba an demasiado conmovido para cumplir correctamente
con sus deberes de dueo de casa; por eso Juan tomaba la direccin de la
modesta comida de su padrino. Llen hasta los bordes el plato de la
preciosa americana, que fijaba resueltamente en l la mirada de dos
grandes ojos en los que brillaba la franqueza, la osada y el contento.

Los ojos de Juan pagaban a miss Percival en la misma moneda. No haca
tres cuartos de hora que en el jardn del cura la joven americana y el
joven oficial, se haban dirigido la palabra por primera vez, y los dos
se sentan alegres, tenan plena confianza mutua, casi como camaradas.

--Os deca, seor cura--continu Bettina,--que ayer fue el santo de mi
hermana, su cumpleaos. Mi cuado parti forzosamente para Amrica har
unos ocho das, y al partir dijo a mi hermana: No estar aqu para
vuestro da, mas recibiris noticias mas.

Ayer, pues, recibimos regalos y ramos de todas partes; pero de mi
cuado, hasta las cinco, nada... nada. Salimos a dar una vuelta a
caballo por el bosque... y a propsito de caballo...

Bettina se inclin a un lado y mir con curiosidad las grandes botas de
Juan, cubiertas de polvo.

--Pero, seor, usis espuelas?

--S, seorita.

--Estis en la caballera?

--Estoy en la artillera, seorita, y la artillera es la caballera.

--Y vuestro regimiento est de guarnicin?...

--Muy cerca de aqu.

--Entonces saldris a caballo con nosotras?

--Convenido. Veamos ahora en qu estaba?

--No sabis lo que decs, Bettina, y contis a estos seores cosas que
no pueden interesarles.

--Oh! dispensad, seora--dijo el cura.--En toda la comarca no se trata
por el momento ms que de la venta de este castillo, y la narracin de
la seorita nos interesa mucho.

--Ves, Zuzie, mi historia interesa mucho al seor cura. Contino, pues.
Salimos a caballo, volvimos a las siete, nada. Comimos, y en el momento
que nos levantbamos de la mesa, llega un telegrama de Amrica, dos
lneas solamente: He hecho comprar para vos, hoy el castillo de
Longueval y sus dependencias, cerca de Souvigny, sobre la lnea del
Norte. Entonces las dos fuimos presas de una risa loca al pensar...

--No, no, Bettina, eso no es exacto. Nos calumniis a las dos. Primero
sentimos un movimiento de emocin y agradecimiento muy sincero. Nos
gusta mucho el campo a mi hermana y a m, y mi marido, que es excelente,
saba que desebamos con ardor poseer algunas tierras en Francia, y
desde haca seis meses buscaba, sin encontrar, hasta que por ltimo, sin
decrnoslo, descubri este castillo que se venda precisamente el da de
mi santo. Era una delicada atencin de su parte.

--S, Zuzie, tenis razn; pero despus del acceso de emocin, hubo uno
grande de alegra.

--Eso s, lo reconozco. Cuando pensamos que bruscamente las dos ramos
dueas, pues lo que es de la una es de la otra, propietarias de un
castillo, sin saber dnde se encontraba, cmo era, ni cunto haba
costado; se asemejaba tanto a un cuento de hadas, que...

--En fin, durante unos cinco minutos remos de todo corazn. Luego nos
arrojamos sobre un mapa de Francia, y no sin trabajo conseguimos
descubrir a Souvigny. Despus del atlas tomamos una gua de
ferrocarriles, y esta maana, por el tren de las diez, desembarcamos en
Souvigny.

--Todo el da lo empleamos en visitar el castillo, las caballerizas, los
jardines. No hemos visto todo porque es inmenso; pero estamos encantadas
de lo que hemos visto. No obstante, seor cura, hay algo que me intriga.
S que la propiedad ha sido vendida pblicamente: he visto por todo el
camino los grandes avisos... Mas no me he atrevido a preguntar a las
personas que me han acompaado hoy en mi paseo, pues mi ignorancia
habra parecido extraordinaria, cunto ha costado todo esto. Mi marido
se olvid de decrmelo en su telegrama. Desde que estoy encantada con la
adquisicin, esto no constituye ms que un detalle, pero que no me
disgustara saber... Decid, seor cura, si lo sabis, decidme el
precio.

--Un precio enorme--respondi el cura,--pues se agitaban muchas
esperanzas y ambiciones en torno de Longueval.

--Un precio enorme! me asustis... Cunto, exactamente?

--Tres millones!

--Nada ms!--exclam madama Scott;--el castillo, las granjas, el
bosque, todo por tres millones?

--Pero es tirado--dijo Bettina.--Slo el precioso ro que pasea por el
parque, vale los tres millones.

--Y decais, seor cura, que muchas personas nos disputaban las tierras
y el castillo?

--S, seora.

--Y ante esas personas, despus de la venta, se pronunci mi nombre?

--S, seora.

--Cuando lo pronunciaron, hubo alguien que me conociera, que hablara de
m?... s... s... Vuestro silencio me responde; hablaron de m. Pues
bien, seor cura, ahora que estoy seria, muy seria, os ruego, por
favor, me repitis lo que dijeron de m.

--Pero, seora--respondi el pobre cura, que estaba sobre
ascuas,--hablaron de vuestra inmensa fortuna...

--S, debieron hablar de eso; sin duda, diran que era muy rica, de poco
tiempo a esta parte... una _parvenue_, no es as? Est bien, pero no es
todo, debieron decir otras cosas.

--No, no he odo nada...

--Oh! seor cura, estis cometiendo, por culpa ma, una mentira
caritativa, como vos dirais... y os hago desgraciado, pues debis ser
la sinceridad en persona. Mas si os atormento as, es porque tengo
grande inters en saber lo que se ha dicho, lo que...

--Por Dios! seora--interrumpi Juan,--tenis razn, han dicho otra
cosa, y mi padrino no sabe cmo repetrosla; pero ya que lo exigs,
dijeron que erais una de las ms elegantes, de las ms brillantes y de
las ms...

--Y de las ms lindas mujeres de Pars? Con alguna indulgencia han
podido decirlo. Pero aun no es todo. Hay algo ms...

--Ah! s?

--S, hay algo ms, y yo quisiera tener con vosotros, una explicacin
bien clara y bien franca. No s por qu me parece que he tenido buena
estrella hoy; creo que ya sois en cierto modo mis amigos, y que un da
lo seris verdaderamente. Pues bien, decidme, si corren sobre mi persona
historias absurdas y falsas, no tendr razn de pensar que me ayudaris
a desmentirlas?

--S, seora--respondi Juan con extrema vivacidad,--hacis bien en
pensarlo.

--Pues a vos me dirijo, seor. Sois soldado, debis tener valor;
prometedme ser valiente; me lo prometis?

--Qu entendis, seora, por ser valiente?

--Prometed, prometed, sin explicaciones, sin condiciones.

--Est bien; lo prometo...

--Vais a responder francamente, por s o por no, a las preguntas que os
dirija?

--Responder.

--Os han dicho que yo mendigaba en las calles de New-York?

--S, seora, me lo han dicho.

--Y que haba sido amazona de un circo ambulante?

--Me lo han dicho, seora.

--Sea enhorabuena! Esto se llama hablar. Pues bien! notad primero, que
en todo eso no habra nada deshonroso... Pero si no es cierto, no tengo
derecho para desmentirlo? Y os aseguro que no es cierto. Mi historia, os
la referir en pocas palabras, y si os la cuento as desde el primer
da, es para que tengis la bondad de repetirla a todos los que os
hablen de m... Pasar una parte de mi vida en esta aldea, y deseo que
sepan de dnde vengo y quin soy. Principio, pues. Pobre, s, lo he
sido, y muy pobre; har de esto ocho aos... Acababa de morir mi padre,
siguiendo de muy cerca a mi madre. Yo contaba dieciocho aos y Bettina
nueve; quedbamos solas en el mundo, con fuertes deudas y un gran
pleito. Las ltimas palabras de mi padre fueron estas: Zuzie, no hagas
ninguna transaccin en el pleito, nunca, nunca, nunca, y tendris
millones, hijas mas, millones! y nos bes a las dos, a Bettina y a
m... Lo acometi el delirio, y muri repitiendo: Millones! Al da
siguiente, se present un procurador, ofrecindome pagar todas las
deudas y darme adems diez mil dollars, si yo le transfera mis derechos
al pleito. Se trataba de la posesin de una gran extensin de tierras en
el Colorado. Rehus. Entonces fue cuando, durante algunos meses,
estuvimos muy pobres.

--Y entonces era cuando yo pona la mesa--dijo Bettina.

--Pasaba mi vida en casa de los _Solicitors_ de New-York. Pero nadie
quera hacerse cargo de mis intereses. En todas partes reciba la misma
respuesta: Vuestra causa es muy dudosa, tenis adversarios ricos y
temibles, se necesita dinero, mucho dinero, para llevar a cabo el
pleito, y ya no os queda nada. Os ofrecen pagaros las deudas y diez mil
dollars, aceptad, vended el pleito.

Pero yo conservaba siempre en el odo las ltimas palabras de mi padre,
y no aceptaba... Sin embargo, la miseria iba a obligarme, cuando un da
fui a ver a uno de los amigos de mi padre, un banquero de New-York, M.
William Scott, que no me recibi solo; junto a su escritorio estaba
sentado un joven: Podis hablar, me dijo, es mi hijo Richard Scott!
Miro al joven, l me mira y nos reconocemos... Zuzie!--Richard! y
nos tendemos la mano. El tena veintitrs aos y yo dieciocho, y muchas
veces, cuando nios, habamos jugado juntos, siendo entonces muy buenos
amigos. Despus, siete u ocho aos antes de esto, l fue a terminar su
educacin en Francia e Inglaterra. Su padre me hizo sentar,
preguntndome qu deseaba, y se lo dije. Me escuch y respondi:
Necesitarais veinte a treinta mil dollars, y nadie os prestar esa
suma sobre las inciertas probabilidades de un pleito muy complicado;
sera una locura! Si sois desgraciada, si necesitis algn
socorro...--No es eso lo que pide miss Percival, padre mo, dijo con
viveza Richard.--Bien lo s, pero lo que pretende es imposible... Y se
levant para acompaarme... Entonces tuve un acceso de debilidad, el
primero desde que era hurfana; hasta ese da haba sido fuerte, pero
senta agotado mi valor. Sufr un ataque de nervios y de lgrimas. Me
repuse, al fin, y part. Una hora despus, Richard Scott estaba en mi
casa. Zuzie, me dijo, prometedme aceptar lo que voy a ofreceros,
prometdmelo. Yo le promet. Pues bien, con la sola condicin de que
mi padre no sepa nada, pongo a vuestra disposicin la suma que
necesitis.--Pero vos no conocis el pleito, y es preciso que sepis lo
que es, lo que vale!--No lo conozco absolutamente, ni quiero conocerlo.
Qu mrito tendra mi proceder si tuviera la seguridad de cobrar mi
dinero? Adems, os habis comprometido a aceptar, y no podis rehusar.
Se me ofreca con tanta sencillez, con tanta franqueza, que acept. Tres
meses despus ganamos el pleito, y por los terrenos que, ya sin
apelacin posible, eran propiedad de las dos, nos ofrecan cinco
millones. Fui a consultar a Richard. Rehusad, y esperad; si os ofrecen
esa suma, es porque los terrenos valen el doble.--Pero es preciso que os
devuelva vuestro dinero, os debo mucho, mucho dinero.--Oh! por eso no,
ms tarde, no tengo apuro, ahora estoy muy tranquilo! mi crdito no
corre ningn peligro.--Pero quisiera pagaros ahora mismo; odio las
deudas!... Existe un medio, quiz, sin vender los terrenos... Richard,
queris ser mi marido? S, seor cura--dijo madama Scott, riendo,--fui
yo quien sal al encuentro de mi marido: yo quien le pidi su mano; esto
lo podis decir a todo el mundo, porque es la verdad. Por otra parte, me
vea obligada a hacerlo as, pues nunca, oh! estoy tan segura, nunca
habra hablado l primero. Yo era demasiado rica, y como l me amaba a
m y no a mi dinero, mi dinero le causaba horror. Tal es la historia de
mi casamiento.

En cuanto a la historia de mi fortuna, os la dir en pocas palabras.
Existan realmente millones en esos terrenos del Colorado, pues se
descubrieron abundantes minas de plata, de las que sacamos todos los
aos una renta asombrosa. Pero estamos de acuerdo, mi marido, mi hermana
y yo, en separar de estas rentas una gran parte para los pobres. Ya lo
veis, seor cura... porque nosotras tambin hemos conocido das
crueles, porque Bettina recuerda haber puesto la mesa en nuestro pequeo
comedor de un quinto piso en New-York, nos encontraris siempre prontas
a socorrer a los que estn, como estuvimos nosotras, en presencia de las
dificultades y los dolores de la vida... Y ahora, seor Juan, queris
perdonarme mi largo discurso y ofrecerme un poco de esa crema que parece
excelente?

Mientras Juan se apresuraba a servir a madama, Scott, sta continu:

--No lo he dicho todo an. Es preciso que sepis de dnde nacen estas
historias extravagantes. Cuando vinimos a establecernos en Pars, hace
un ao, cremos deber dar desde nuestra llegada, cierta suma para los
pobres. Quin habl de sto? No fuimos nosotras, seguramente; pero la
historia sali en un diario con la cifra, y en el acto dos jvenes
reporters acudieron a hacer sufrir un interrogatorio sobre su pasado a
M. Scott, pues queran escribir sobre nosotros una crnica en sus
diarios. M. Scott es a veces algo vivo, y ese da lo fue bastante,
despidiendo bruscamente a esos seores sin decirles nada. Entonces, no
sabiendo nuestra verdadera historia, inventaron una a su antojo. El
primero cont que yo haba mendigado en las calles de New-York, y el
segundo, al da siguiente, para publicar algo que causara ms sensacin,
me hizo atravesar circunferencias de papel en un circo de Filadelfia.
Tenis en Francia unos diarios muy originales; verdad es que en Amrica
no lo son menos.

Cinco minutos haran que Paulina diriga al cura seas desesperadas; que
ste se obstinaba en no comprender, tanto, que la pobre mujer, reuniendo
todo su valor, dijo al fin:

--Seor cura, son las siete y cuarto.

--Las siete y cuarto! Oh! seoras, dispensadme, pero esta tarde tengo
que rezar el oficio del mes de Mara.

--El mes de Mara va a principiar en seguida?

--S, en seguida.

--Y a qu hora exacta parte el tren de Pars?

--A las nueve y media--respondi Juan,--y emplearis quince a veinte
minutos, para llegar a la estacin, en carruaje.

--Entonces, Zuzie, podemos ir a la iglesia.

--Vamos--respondi madama Scott,--pero antes de separarnos, seor cura,
tengo que pediros un servicio. Quiero que vayis a comer con nosotras,
la primera vez que vengamos a Longueval, y vos tambin, seor... los
cuatro solos, como hoy. Oh! no rehusis, tengo tanto gusto en
invitaros.

--Y nosotros ms en aceptar, seora--respondi Juan.

--Os escribir anuncindoos el da. Vendr lo ms pronto posible, para
que estrenemos juntos el castillo.

Entretanto, Paulina, en un rincn de la pieza hablaba con mucha
animacin y misterio con miss Percival. Su conversacin termin con
estas palabras:

--Vos estaris all?--deca Bettina.

--S, estar.

--Y me diris en qu momento?

--Os lo dir, pero cuidado... ah viene el seor cura, y es preciso que
ni sospeche...

Las dos hermanas, el cura y Juan salieron de la casa, y tuvieron que
atravesar el cementerio para ir a la iglesia. La tarde era deliciosa.
Lenta y silenciosamente los cuatro, bajo los rayos del sol poniente,
caminaban por la avenida.

En el camino se encontraba el monumento del doctor Reynaud, muy
sencillo, pero, sin embargo, por sus proporciones se distingua de las
dems tumbas. Madama Scott y Bettina se detuvieron al ver esta
inscripcin grabada sobre la piedra:

_Aqu yace el doctor Marcelo Reynaud, cirujano mayor de los movilizados
de Souvigny, muerto el 8 de enero de 1871, en la batalla de
Villersexel. Rogad por l._

Cuando concluyeron de leer, el cura designando a Juan, les dijo:

--Era su padre!

Entonces las dos mujeres se aproximaron a la tumba y con la cabeza
inclinada, permanecieron all durante algunos instantes pensativas,
conmovidas, recogidas. Luego, volvindose las dos al mismo tiempo, con
el mismo movimiento tendieron la mano al joven oficial, y continuaron su
marcha hacia la iglesia. El padre de Juan haba obtenido su primera
plegaria en Longueval.

El cura se fue a poner su sobrepelliz y su estola.

Juan condujo a madama Scott al banco reservado, desde siglos atrs, a
las dueas de Longueval. Paulina tom la delantera y esper a Bettina a
la sombra de un pilar de la iglesia, para hacerla subir por una escalera
estrecha y empinada, e instalarla ante el armonium.

Precedido de los monaguillos, el viejo cura sali de la sacrista, y en
el instante en que se arrodillaba sobre las gradas del altar:

--Ahora es el momento, seorita--dijo Paulina, cuyo corazn lata de
impaciencia.--Pobre viejo, qu contento se va a poner!

Cuando oy el canto del rgano que se elevaba suavemente, como un
murmullo esparcindose por toda la iglesia, el abate Constantn se
sinti tan conmovido, tan contento, que los ojos se le llenaron de
lgrimas. No recordaba haber llorado desde el da que Juan le dijo que
quera repartir su patrimonio con la madre y la hermana de los que
cayeron al lado de su padre bajo las balas alemanas.

Para hacer brotar lgrimas an de los ojos del anciano sacerdote, fue
preciso que una joven americana cruzara los mares y viniera a ejecutar
una _rverie_ de Chopn, en la iglesia de Longueval.

Al da siguiente, a las cinco y media de la maana, tocaban botasilla en
el patio del cuartel. Juan montaba a caballo y tomaba el mando de su
batera. A fines del mes de mayo todos los reclutas del regimiento estn
instruidos, y son capaces de formar parte de las evoluciones en
conjunto, y casi todos los das se ejecutan en el polgono maniobras de
bateras organizadas.

Juan tena mucha aficin por su carrera y acostumbraba a vigilar
cuidadosamente los tiros y guarniciones de las piezas, el equipo y
apostura de sus hombres; pero esa maana prest poca atencin a los
pequeos detalles del servicio.

Un problema lo agitaba, lo atormentaba, lo dejaba indeciso, y este
problema era de aquellos cuya solucin no se aprende en la escuela
politcnica. Juan no encontraba respuesta categrica a esta pregunta:

--Cul de las dos es ms linda?

En el polgono, durante la primera parte de la maniobra, cada batera
trabajaba por su cuenta, bajo las rdenes del capitn, que muchas veces
cede su puesto a uno de los tenientes, para habituarlos a la direccin
de las seis piezas. Aquel da precisamente, desde el principio de la
maniobra, se le confi el mando a Juan: mas con gran sorpresa del
capitn, que tena a su teniente por un oficial muy instruido, muy capaz
y muy hbil, las cosas salieron todas al revs. Juan indic dos o tres
movimientos falsos; no supo mantener ni rectificar las distancias; las
piezas se encontraron varias veces en contacto, hasta que el capitn
tuvo que intervenir, dirigiendo a Juan una pequea reprimenda terminada
por estas palabras:

--No lo comprendo. Qu tenis hoy? Es la primera vez que esto os
sucede.

Tambin era la primera vez que Juan, en el polgono de Souvigny, vea
otra cosa que caones y trenes, tiros y conductores. En las oleadas de
polvo levantadas por las ruedas y las patas de los caballos, Juan vea,
no la segunda batera montada del 9. de artillera, sino la imagen
distinta de las dos americanas de ojos negros y cabellos de oro. Y en el
momento en que reciba el merecido sermn de su capitn, Juan se deca:

--La ms linda es madama Scott!

La maniobra se divide todas las maanas en dos partes, con intervalo de
diez minutos, durante los cuales los oficiales se renen a conversar.
Juan se mantuvo separado, solo, con los recuerdos de la vspera. Su
pensamiento lo atraa con obstinacin hacia el presbiterio de
Longueval... S, la ms linda de las dos era madama Scott. Miss Percival
era una criatura. Volva a ver a madama Scott en la mesa del cura; oa
aquella historia contada con tanta franqueza, tanta naturalidad, y la
armona algo extraa de su voz particular y penetrante encantaba an su
odo. Volva a encontrarse en la iglesia, y ella estaba all, ante l,
inclinada sobre su reclinatorio con su linda cabeza encerrada en sus dos
pequeas manos. Luego principiaba a sonar el rgano, y all en la
sombra, a lo lejos, vagamente, Juan divisaba la elegante y fina silueta
de Bettina.

Una nia, no era ms que una nia! Las trompetas llamaron y comenz de
nuevo la maniobra. Felizmente, esta vez ya no tena el mando ni la
responsabilidad. Las cuatro bateras ejecutaban evoluciones de conjunto.
Vease girar en todos sentidos a aquella enorme masa de hombres,
caballos, caones, ora desplegada en una sola lnea de batalla, ora
reunida en un grupo compacto, todo se detena al mismo tiempo, de un
solo golpe, sobre toda la extensin del polgono. Los conductores
saltaban de sus caballos, corran a la pieza, la desprendan del tren
delantero que se alejaba al trote, y la disponan a hacer fuego con
sorprendente rapidez. Luego volvan los tiros, los conductores
enganchaban las piezas, montaban con presteza y el regimiento se lanzaba
a gran trote a travs de los campos de maniobras.

Poco a poco, Bettina recobraba la ventaja sobre madama Scott, en el
pensamiento de Juan. Aparecasele risuea y ruborosa, en medio de las
olas de oro de sus cabellos sueltos. _Seor Juan_... ella lo haba
llamado _seor Juan_... y nunca su nombre le pareci tan lindo. Y los
ltimos apretones de manos al partir, antes de subir al carruaje!...
Miss Percival haba estrechado ms que madama Scott, un poco ms,
seguramente. Habase quitado los guantes para tocar el rgano, y Juan
senta an el contacto de aquella pequea mano desnuda que vino a
posarse fresca y suave en su gran manaza de artillero.

--Me engaaba hace un momentose deca Juan,--la ms linda es miss
Percival.

La maniobra haba terminado. Las bateras se colocaron una detrs de
otra con cortos intervalos, perfectamente alineadas las piezas, y el
desfile tuvo lugar al gran trote con un ruido atronador y en medio de un
huracn de polvo. Cuando Juan, sable en mano, pas ante el coronel, las
dos imgenes de las dos hermanas, se reunan, se confundan tan bien en
sus recuerdos, que entraban y desaparecan, por decirlo as, una en la
otra, formando una sola y misma persona. Todo paralelo se haca
imposible, gracias a esta singular confusin de los dos trminos de
comparacin.

Madama Scott y miss Percival permanecieron as inseparables en el
pensamiento de Juan hasta el da en que le fue dado el placer de
volverlas a ver. La impresin de este brusco encuentro no se borr;
persisti muy viva y muy dulce, hasta el punto de sentirse Juan agitado
e inquieto.

--Habr cometido--pensaba,--el desatino de enamorarme locamente a
primera vista? Pero no, uno se enamora de una mujer, y no de dos mujeres
a la vez.

Esta reflexin lo tranquilizaba. Muy joven era este muchachn de
veinticuatro aos. Nunca el amor haba penetrado plena, franca y
abiertamente en su corazn. Slo conoca el amor por las novelas y
haba ledo tan pocas! No era, sin embargo, un ngel; encontraba bonitas
y graciosas a las muchachas de Souvigny, y cuando le permitan que les
dijera frases amables, las deca con gusto, pero en cuanto a tomar por
amor fantasas pasajeras, que no dejaban en su corazn la ms leve o
superficial agitacin, nunca lo haba pensado.

Pablo de Lavardens posea maravillosas facultades de entusiasmo e
idealizacin. Su corazn alojaba siempre tres o cuatro grandes pasiones
que vivan all fraternalmente y en buena armona. Tena el talento de
encontrar siempre, en esa aldea de quince mil almas, una cantidad de
lindas jvenes, nacidas para ser adoradas. Perpetuamente crea descubrir
la Amrica cuando no haca ms que volverla a encontrar.

Juan apenas haba entrevisto el mundo. Se haba dejado llevar por Pablo,
una docena de veces quiz, a veladas y bailes en los castillos vecinos,
de donde traa siempre una impresin de malestar y fastidio. Y de ah
dedujo que esos placeres no se hicieron para l.

Sus gustos eran serios y sencillos; amaba la soledad, el trabajo, los
largos paseos, los grandes espacios, los caballos y los libros. Adoraba
su aldea y todos los viejos testigos de su infancia que le hablaban de
otros tiempos. Una cuadrilla en un saln le causaba invencible terror;
mas todos los aos, para la fiesta de Longueval, bailaba de buen grado
con las aldeanas de la comarca.

Si hubiera visto a madama Scott y miss Percival en su casa de Pars, en
medio de todos los esplendores del lujo, en todo el brillo de su
elegancia, las habra mirado de lejos, con curiosidad, como preciosos
objetos de arte; luego habra vuelto a su casa y dormido, como de
costumbre, lo ms tranquila y apaciblemente del mundo.

S; mas no haba sucedido as, y de ah naca su asombro, su turbacin.
Aquellas dos mujeres se le presentaron, por la ms grande casualidad, en
un medio que le era familiar y por lo mismo les fue singularmente
favorable. Sencillas, buenas, francas, cordiales, tales se le mostraron
desde el primer da. Y para colmo, deliciosamente bellas, lo que nunca
est dems. Juan se sinti en el acto bajo la influencia del encanto, y
todava lo estaba.

En momentos que l bajaba del caballo a las nueve de la maana, en el
patio del cuartel, el abate Constantn se pona alegremente en campaa.
La cabeza del buen anciano arda desde la vspera; Juan no haba dormido
mucho, pero el pobre cura no haba dormido nada.

Muy temprano se levant, y a puerta cerrada, solo con Paulina, cont y
recont su dinero, extendiendo sobre la mesa sus cien luises, y gozando
como un avaro en hacerlos sonar. Suyo, todo aquello era suyo! es decir,
de los pobres.

--No os apuris tanto, seor cura--deca Paulina;--sed econmico; creo
que distribuyendo hoy unos cien francos...

--No es bastante, Paulina, no es bastante. No tendr otro da como ste
en mi vida, pero lo habr tenido. Sabis cunto dar hoy, Paulina?

--Cunto, seor cura?

--Mil francos!

--Mil francos!

S, ahora somos millonarios; poseemos todos los tesoros de la Amrica,
y me pondra a hacer economas? Hoy no, no tengo derecho a ello.

Dicha la misa, a las nueve, sali y hubo una verdadera lluvia de oro a
su paso.

Todos tuvieron su parte, los pobres que confesaban su miseria y los que
la ocultaban, yendo cada limosna acompaada del mismo pequeo discurso.

--Esto proviene de los nuevos dueos de Longueval: dos americanas,
madama Scott y miss Percival. Retened bien sus nombres y rogad por ellas
esta noche.

Luego, se escapaba, sin esperar las gracias; a travs de los campos, a
travs de los bosques, de casa en casa, de cabaa en cabaa, andaba,
andaba, andaba... Una especie de embriaguez le suba al cerebro. Por
todos lados en su camino oa gritos de alegra y asombro. Todos aquellos
luises de oro caan como por encanto, en aquellas pobres manos
habituadas a recibir pequeas monedas de plata. El cura hizo locuras,
verdaderas locuras; se haba lanzado, y no poda contenerse. Daba hasta
a aquellos que no pedan nada.

Encontr a Claudio Rigal, antiguo sargento que dej un brazo en
Sebastopol, algo agobiado ya y con la cabeza gris, pues el tiempo pasa,
y los soldados de Crimea pronto sern ancianos, y le dijo:

--Tomad, ah tenis veinte francos.

--Veinte francos! pero yo no pido nada, no necesito nada. Tengo mi
pensin.

Su pensin!... setecientos francos al ao!

--Pues bien--respondi el cura,--ser para cigarros, pero escuchad bien:
esto viene de Amrica...

Y comenzaba de nuevo el panegrico de los dueos de Longueval.

Entr en casa de una buena mujer, cuyo hijo haba partido el mes
anterior para Tnez.

--Y bien, cmo est vuestro hijo?

--Bueno, seor cura, ayer recib una carta suya. Est bueno, no se
queja, slo dice que no hay Kroumirs all... Pobre muchacho! yo he
hecho algunas economas este mes, y podr enviarle diez francos.

--Le enviaris treinta... Tomad...

--Veinte francos! seor cura, me dais veinte francos!

--S, os los doy...

--Para mi hijo?

--Para vuestro hijo... Pero odme bien, es preciso que sepis de dnde
viene esto, y acordaos de decrselo a vuestro hijo cuando le escribis.

El cura, por la vigsima vez, repiti su discurso sobre madama Scott y
miss Percival. A las seis volvi a su casa, muerto de fatiga, pero con
la alegra en el corazn.

--Lo he dado todo!--exclam, apenas divis a Paulina,--todo, todo!

Comi y se fue al mes de Mara; mas en el momento en que suba al altar,
el armonium permaneci mudo. Miss Percival no se hallaba ya all.

La joven organista de la vspera estaba en aquel momento muy perpleja.
Sobre los dos divanes de su cuarto de vestir, se ostentaban dos
preciosos trajes, uno blanco, y azul el otro. Bettina se preguntaba cul
de los dos se pondra para ir esa noche a la Opera. Encontraba
deliciosos los dos; pero tena que elegir, no poda ponerse ms que uno.
Despus de largas vacilaciones se decidi por el blanco.

A las nueve y media las dos hermanas suban la gran escalera de la
Opera. Cuando entraron a su palco, el teln se levantaba sobre el
segundo cuadro del segundo acto de _Aida_, el acto del baile y de la
marcha.

Dos jvenes, Rogerio de Puymartin y Luis de Martillet, se hallaban
sentados en primera fila en un palco bajo. Las seoritas del cuerpo de
baile no estaban an en la escena, y estos seores desocupados se
entretenan en mirar la sala. La aparicin de miss Percival caus a los
dos una impresin muy viva.

--Ah, ah!--dijo Puymartin,--ah est el pequeo lingote de oro.

Los dos dirigieron sus anteojos sobre Bettina.

--Est deslumbrador esta noche, el lingote de oro--continu
Martillet.--Mira, pues, la lnea del cuello... los hombros... tan joven
y ya tan mujer.

--S, est preciosa, y alegre tambin, mira...

--Quince millones, segn parece, quince millones de ella sola, y la
mina de plata que continan explotando!

--Berulle me dijo veinticinco millones... y Berulle est muy al
corriente de las cosas de Amrica.

--Veinticinco millones! Un buen bocado para Romanelli!

--Cmo! Romanelli?

--Se corre que se casa con ella, que ya est decidido el matrimonio.

--Matrimonio decidido, sea; pero con Montessan, no con Romanelli...
Ah, al fin principia el baile!

Cesaron de hablar. El baile de _Aida_ no dura ms que cinco minutos y
ellos slo iban al teatro por esos cinco minutos; de manera que les
importaba gozarlos religiosa y respetuosamente; pues existe esta
particularidad en ciertos abonados a la Opera, que charlan como loros
cuando deberan callar y escuchar, y por el contrario observan un
admirable silencio cuando les sera permitido conversar mirando.

Las trompetas heroicas de _Aida_ arrojaron su ltimo sonido en honor de
Ramads, y ante las grandes esfinges, bajo las verdes hojas de las
palmeras, se adelantaban chispeantes las bailarinas a tomar posesin de
la escena.

Madama Scott, con mucha atencin y placer segua las evoluciones del
baile; pero Bettina se haba quedado pensativa al divisar en un palco de
enfrente a un joven alto y moreno. Miss Percival se hablaba a s misma:
Qu hacer? qu decidir? deber casarme con ese joven que est
enfrente y me mira?... pues es a m a quien mira... Dentro de un
momento, en el entreacto, vendr y no tendra ms que decirle: Est
bien! he aqu mi mano... Ser vuestra esposa. Y as lo hara!
Princesa, yo sera Princesa, Princesa Romanelli! Princesa Bettina!
Bettina Romanelli! Queda bien, suena muy bien al odo: La seora
Princesa est servida. La seora Princesa montar a caballo hoy?...
Me divertira siendo Princesa? S y no... Entre todos los jvenes que
desde hace un ao en Pars corren tras mi fortuna, este Prncipe
Romanelli es hasta ahora lo mejor... Preciso ser, que uno de estos das
me decida a casarme... Creo que me ama... S, pero acaso lo amo? No, no
lo creo... y me gustara tanto amar!... Oh, s, me gustara tanto!...

A la misma hora en que estas reflexiones cruzaban por la linda cabeza de
Bettina, Juan, solo en su gabinete de estudio, sentado ante el
escritorio con un gran libro bajo la pantalla de la lmpara, repasaba,
tomando notas, la historia de las campaas de Turena. Al da siguiente
deba dar clase a sus subalternos en el regimiento, y con toda prudencia
preparaba su leccin.

Pero de repente, en medio de sus notas: Nrdlingen, 1645; las Dunes,
1658; Mlhausen y Trckheim, 1674-1675, vio un croquis... Juan no
dibujaba mal. Un retrato de mujer vino a colocarse por s solo bajo su
pluma. Qu vena a hacer all en medio de las victorias de Turena,
aquella buena mujercita? Y cul de las dos era?... Madama Scott o miss
Percival? Cmo saberlo?... Se parecan tanto! Y Juan, penosa,
trabajosamente, volva a la historia de las campaas de Turena.

En el mismo momento tambin, el abate Constantn, de rodillas ante su
camita de nogal, con todo el fervor de su alma, peda las gracias del
Cielo para las dos mujeres que le hicieron pasar el da ms feliz de su
vida. Rogaba a Dios bendijera a madama Scott en sus hijos, y diera a
miss Percival un marido, segn su corazn.




IV


Antes, Pars perteneca a los parisienses, y este antes no est muy
lejos de nosotros, treinta o cuarenta aos apenas. Los franceses, en
esta poca, eran dueos de Pars, como los ingleses lo son de Londres,
los espaoles de Madrid y los rusos de San Petersburgo. Pasaron esos
tiempos. Los otros pases tienen an fronteras, pero la Francia ya no
las tiene. Pars se ha convertido en una inmensa torre de Babel, una
ciudad internacional y universal. Los extranjeros no slo vienen a
visitar Pars, sino tambin a vivir en l.

Tenemos ahora en Pars una colonia rusa, una colonia espaola, una
colonia levantina, una colonia americana, y estas colonias poseen cada
una sus iglesias, sus banqueros, sus mdicos, sus diarios, sus pastores,
sus pobres y sus dentistas. Los extranjeros han conquistado ya sobre
nosotros la mayor parte de los Campos Elseos y del bulevar Malesherbes;
ellos avanzan, se extienden; nosotros retrocedemos, rechazados por la
invasin, y nos vemos obligados a expatriarnos. Vamos a fundar colonias
parisienses en la llanura de Passy, en la llanura de Monceau, en los
barrios que antes no eran absolutamente Pars, y que aun hoy no lo son
del todo.

Entre estas colonias extranjeras, la ms numerosa, la ms rica, la ms
brillante, es la colonia americana. Llega un momento en que el americano
se siente bastante rico; el francs, jams tiene bastante. El americano
se detiene entonces, respira un poco, y cuidando el capital, no cuenta
ya la renta, pues sabe gastarla; el francs no sabe ms que ahorrar.

El francs slo tiene un lujo verdadero: sus revoluciones. Prudente y
cautelosamente se reserva para ellas, sabiendo que costarn muy caro a
la Francia, pero al mismo tiempo darn ocasin a muy ventajosos empleos.
El presupuesto de nuestro pas es un grande emprstito, perpetuamente
abierto. El francs dice:

--Atesoremos, atesoremos! Una de estas maanas estallar una revolucin
que har caer el cinco por ciento a cincuenta o sesenta francos, y
entonces comprar. Puesto que las revoluciones son inevitables,
procuremos al menos sacar algn provecho de ellas.

Sin cesar se habla de la gente arruinada por las revoluciones, y quiz
es mayor el nmero de las personas enriquecidas por las revoluciones.

Los americanos sufren fuertemente la atraccin de Pars. No existe en el
mundo otra ciudad en que sea tan agradable y tan fcil gastar el dinero.
Por razones de raza y origen, esta atraccin se ejerca sobre madama
Scott y miss Percival de una manera extraordinaria.

La ms francesa de nuestras colonias, es el Canad, que ya no nos
pertenece. El recuerdo de la primera patria ha subsistido profunda y
dulcemente en el corazn de los emigrados de Quebec y Montreal. Zuzie
Percival recibi de su madre una educacin muy francesa, y ella educ a
su hermana en los mismos sentimientos de amor a nuestro pas. Las dos
hermanas se sentan enteramente francesas, ms an, parisienses.

Apenas les cay encima aquella avalancha de millones, el mismo deseo se
apoder de las dos: venir a vivir en Pars. Pidieron la Francia como se
pide la patria. M. Scott opuso alguna resistencia.

--Si yo no estoy aqu--deca,--y vengo slo dos o tres meses del ao a
Amrica, para vigilar nuestros intereses, las rentas disminuirn.

--Qu importa!--responda Zuzie,--somos ricos, demasiado ricos...
Partamos, os ruego. Estaremos tan contentas, seremos tan felices all!

M. Scott se dej convencer, y Zuzie, en los primeros das de enero de
1880, escribi la carta siguiente a su amiga Katie Norton, que desde
haca algunos aos habitaba Pars:

Victoria, est decidido! Richard consiente. Llegar en el mes de abril
y volver a ser francesa. Vos me ofrecisteis encargaros de todos los
preparativos de nuestra instalacin en Pars, y como soy horriblemente
indiscreta, acepto.

Quiero, apenas ponga los pies en Pars, poder gozar de Pars, y no
perder el primer mes en viajes a casa del tapicero, del carruajero y de
los caballerizos. Deseara, al bajar del tren, encontrar en el patio de
la estacin, _mi_ carruaje, _mi_ cochero y _mis_ caballos, y que ese da
nos acompaaseis a comer en _mi_ casa. Alquilad o comprad una casa,
tomad criados, elegid carruajes, caballos, libreas. Confo enteramente
en vos. Que las libreas sean azules, y nada ms. Esta lnea la agrego a
pedido de Bettina, que por sobre mi hombro lee lo que escribo.

Slo siete criados irn con nosotros a Francia; Richard lleva sus
camareros; Bettina y yo las nuestras; las dos ayas de los nios, y
adems dos _boys_, Toby y Boby, que nos siguen a caballo y montan
perfectamente. Son dos monadas; del mismo alto, la misma figura, y casi
la misma cara; nunca encontraramos en Pars dos grooms ms iguales.

Todo lo dems, cosas y gente, queda en New-York. No, no todo lo dems,
se me olvidaban los cuatro poneys, cuatro joyas, negros como tinta, con
manchas blancas los cuatro en las cuatro patas; no tendramos valor para
separarnos de ellos. Los atamos a un canasto y quedan preciosos!
Bettina y yo los manejamos muy bien a los cuatro. Puede una seora
manejar, sin gran escndalo, por la maana temprano, en el Bosque? Aqu
se hace.

Sobre todo, mi querida Katie, no os fijis en el dinero. Haced locuras,
verdaderas locuras, es todo lo que os pido.

El da en que madama Norton reciba esta carta, corri la noticia de la
quiebra de cierto seor Garneville, gran especulador que no haba tenido
buen tacto, sintiendo la baja cuando debi sentir la alza. Seis semanas
antes, este Garneville se haba instalado en una gran casa toda recin
amueblada, que no tena ms defecto que ser de una magnificencia
demasiado violenta.

Madama Norton firm un contrato de alquiler, cien mil francos al ao,
con opcin a comprar la casa y el mueblaje por dos millones en el primer
ao. Un tapicero de gran nombre se encarg de corregir y suavizar el
desmedido lujo de un mueblaje chilln y extravagante.

Hecho esto, la amiga de madama Scott tuvo la suerte de encontrar, desde
el primer momento dos artistas eminentes, sin los cuales no podra
fundarse ni funcionar una gran casa.

Primero, un maestro cocinero de primer orden, que acababa de abandonar
una antigua casa del faubourg Saint-Germain, con gran pesar, pues tena
sentimientos aristocrticos, y le costaba mucho ir a servir a algn
burgus, o a extranjeros.

--Nunca habra dejado a la seora Baronesa--dijo a madama Norton,--si la
casa hubiera seguido en el mismo pie de lujo; pero la seora Baronesa
tiene cuatro hijos, dos que han hecho locuras, y dos nias que pronto
sern casaderas, y deber dotarlas. En fin, la seora Baronesa se ve
obligada a estrecharse, y la casa no es bastante importante para m.

Este distinguido funcionario puso sus condiciones, y aunque excesivas,
no asustaron a madama Norton, que saba se trataba de un hombre de
verdadero mrito; mas l, antes de decidirse, pidi permiso para
telegrafiar a New-York pidiendo informes, y como la respuesta fuera
favorable, acept.

El segundo artista era un picador de rara y grande capacidad, que
acababa de retirarse del servicio despus de hecha su fortuna. Sin
embargo, consinti en organizar las caballerizas de madama Scott, con la
expresa condicin de tener entera libertad para la adquisicin de
caballos, de no usar librea, de elegir a su gusto los cocheros, grooms y
palafreneros; de no tener nunca menos de quince caballos disponibles, de
que no haran ningn trato con el carruajero ni el talabartero sin su
intervencin, y que slo subira al pescante por la maana, en traje
particular, para dar lecciones a las seoras o los nios, si fuera
necesario.

El maestro tom posesin de sus hornillas y el picador de sus
caballerizas. Lo dems era nicamente cuestin de dinero, y madama
Norton aprovech sus plenos poderes, conformndose con las instrucciones
recibidas. En el corto espacio de dos meses hizo verdaderos prodigios
para que la instalacin de los Scott, fuese completa y absolutamente
irreprochable.

Y el 15 de abril de 1880, M. Scott, Zuzie y Bettina bajaron del tren del
Havre a las cuatro y media, en la estacin Saint-Lazare, y encontraron a
madama Norton, que les dijo:

--Ah tenis vuestra calesa en el patio, y detrs de la calesa est el
land para los nios, y ms all un mnibus para los criados, todos con
vuestras iniciales, conducidos por vuestros cocheros y tirados por
vuestros caballos. Vivs en el nmero 24 de la calle de Murillo, y aqu
tenis el _men_ de vuestra comida de hoy. Me invitasteis hace dos
meses, y acept, tomndome la libertad de traeros unas quince personas
ms. Soy la proveedora de todo, hasta de los convidados. Pero
tranquilizaos, a todos los conocis, son nuestros amigos comunes... y
desde esta noche podremos juzgar de los mritos de vuestro cocinero.

Madama Norton entreg a madama Scott una linda tarjeta con filete de
oro, que deca: _Menu du dner du 15 Avril 1880_, y ms abajo: _Consomm
 la parisienne, trutes saumones  la russe_, etctera.

El primer parisiense que tuvo el honor y el placer de rendir homenaje a
la belleza de madama Scott y miss Percival, fue un pequeo pinche de
quince aos que se encontraba all, vestido de blanco, con su canasta de
mimbres en la cabeza, en momentos en que el cochero de madama Scott,
molestado por tanto carruaje, sala con dificultad del patio de la
estacin. El pinche se par de golpe en la acera, abri tamaos ojos,
mir a las dos hermanas con aire de asombro y les lanz valientemente al
rostro esta simple palabra:

--Cspita!

Cuando madama de Rcamier vio venir las canas y las arrugas, deca a una
de sus amigas:

--Ah! querida ma, ya no me hago ninguna ilusin; desde el da en que
los pequeos deshollinadores no se volvan en la calle para mirarme,
comprend que todo haba concluido.

La opinin de los pinches vale, en caso semejante, tanto como la de los
deshollinadores... Todo no haba concluido an para Zuzie y Bettina, por
el contrario, todo empezaba.

Cinco minutos despus, el carruaje de madama Scott suba por el bulevar
Haussmann al trote lento y cadencioso de dos soberbios caballos; Pars
contaba dos parisienses ms.

El xito de madama Scott y miss Percival fue inmediato, decisivo, como
un rayo. Las bellezas de Pars no estn clasificadas y catalogadas como
las bellezas de Londres; no hacen publicar sus retratos en los
peridicos ilustrados, ni dejan vender sus fotografas en las
papeleras!... Sin embargo, existe un pequeo estado mayor de una
veintena de mujeres, que representan la gracia, la elegancia y la
belleza parisienses, cuyas mujeres, despus de diez o doce aos de
servicio, pasan al cuadro de reserva, ni ms ni menos que los viejos
generales.

Zuzie y Bettina formaron en el acto parte de este pequeo estado mayor.
Fue asunto de veinticuatro horas; ni tanto, pues esto sucedi entre las
ocho de la maana y las doce de la noche, al da siguiente de su llegada
a Pars.

Imaginaos una especie de ronda mgica en tres actos y cuyo xito fuera
creciendo de cuadro en cuadro:

1. Paseo a caballo por la maana, a las diez, en el Bosque, con dos
maravillosos _grooms_ trados de Amrica;

2. Paseo a pie, a las seis, en la avenida de las Acacias;

3. Aparicin en la Opera, a eso de las diez, en el palco de madama
Norton.

Las dos extranjeras fueron inmediatamente notadas y apreciadas como
merecan, por las treinta o cuarenta personas que constituyen una
especie de tribunal misterioso, que sentencia a nombre de todo Pars, y
cuyas sentencias son sin apelacin. Estas treinta o cuarenta personas
tienen de tiempo en tiempo el capricho de llamar _deliciosa_ a una mujer
evidentemente fea, y es lo bastante para que desde ese da parezca
_deliciosa_.

La belleza de las dos hermanas no era discutible. Por la maana
admiraron su gracia, elegancia y distincin; a medioda declararon que
tenan el andar preciso y majestuoso de las jvenes diosas, y por la
noche, lanzaron un grito unnime sobre la ideal perfeccin de sus
hombros. La partida haba sido ganada. Desde entonces, todo Pars tuvo
para las dos hermanas los ojos del pequeo pinche de la calle Amsterdam;
todo Pars repiti su: _Cspita!_ bien entendido, con las variantes y
modificaciones impuestas por los usos de la sociedad.

Los salones de madama Scott, se hicieron inmediatamente a la moda. Los
visitantes a las tres o cuatro grandes casas americanas se transportaron
en masa a casa de Scott, que recibi trescientas personas en su primer
mircoles. Su crculo aument rpidamente; de todo haba en su
clientela: americanos, espaoles, italianos, hngaros, rusos y hasta
parisienses.

Cuando cont su historia al abate Constantn, madama Scott no se lo dijo
todo... nunca se cuenta todo. Ella saba que era preciosa, le gustaba
que la vieran, y no le disgustaba que se lo dijeran... En una palabra,
era coqueta. Sin eso, habra sido parisiense? M. Scott tena en su
mujer plena confianza y le dejaba entera libertad. El se presentaba poco
en sociedad. Era un _galantuomo_ que se senta vagamente molestado por
haber hecho un casamiento semejante, por haberse casado con tanto
dinero. Tena vocacin por los negocios, se complaca en consagrarse por
completo a la administracin de las dos enormes fortunas que tena entre
manos, en acrecentarlas sin cesar, y decir todos los aos a su mujer y a
su cuada:

--Sois ms ricas que el ao pasado...

No slo velaba con mucha prudencia y habilidad sobre los intereses que
haba dejado en Amrica, sino que en Francia tambin se lanz en grandes
negocios, que llev a cabo en Pars como en New-York con el mayor xito.
Para ganar dinero no hay nada mejor que no tener necesidad de ganarlo.

Hicironle la corte a madama Scott, hicironsela enormemente... se la
hicieron en francs, en ingls, en italiano, en espaol; pues conoca
los cuatro idiomas... esta es otra ventaja que tienen las extranjeras
sobre las parisienses, que generalmente no conocen ms que la lengua
materna y no tienen el recurso de las pasiones internacionales.

Madama Scott no tom un palo para echar de su casa a aquella gente. Tuvo
a la vez diez, veinte, treinta adoradores; pero ninguno pudo jactarse de
la ms mnima preferencia, a todos opuso la misma resistencia amable,
alegre, risuea... Claro era que se diverta en el juego, y no tomaba ni
por un instante la partida a lo serio. Jugaba por placer, por honor, por
amor al arte. M. Scott jams manifest la menor inquietud, y tena
perfecta razn para estar tranquilo... Ms an, gozaba con los triunfos
de su mujer; era feliz al verla contenta. La amaba tanto!... un poco
ms que ella a l, quiz.

En cuanto a Bettina, formose a su alrededor una carrera fantstica, una
ronda infernal! Semejante fortuna! Y semejante belleza! Miss Percival
lleg a Pars el 15 de abril, y no haban transcurrido quince das,
cuando empezaron a llover los pretendientes. En el curso de este primer
ao, Bettina se entretuvo en llevar la cuenta con exactitud; en este
primer ao, habra podido, si hubiera querido, casarse treinta y cuatro
veces... Y qu variedad de pretendientes!

Pidieron su mano para un joven desterrado que, mediante ciertas
eventualidades, poda ser llamado a subir sobre un trono, pequeo, es
verdad, pero que, sin embargo, era un trono.

Pidieron su mano para un joven Duque, que hara una gran figura en la
Corte, cuando la Francia, y esto era inevitable, reconociera sus errores
y se inclinara ante sus legtimos seores.

Pidieron su mano para un joven Prncipe que tendra su puesto sobre las
gradas del trono, cuando la Francia, que esto era imprescindible,
reanudara la cadena de las tradiciones napolenicas.

Pidieron su mano para un joven diputado republicano, que acababa de
presentarse con mucho brillo en la Cmara, y a quien el porvenir
reservaba los puestos ms encumbrados, pues la Repblica estaba ahora
fundada en Francia sobre bases indestructibles.

Pidieron su mano para un joven espaol de la ms alta categora, y le
dieron a entender que la fiesta del contrato tendra lugar en el palacio
de una Reina que no vive muy lejos del arco de la Estrella...
Encuntrase tambin su direccin en el almanaque Bottn... pues hay
Reinas cuya direccin se halla en el Bottn, entre un notario y un
herborista. Slo los Reyes de Francia no habitan ya la Francia.

Pidieron su mano para el hijo de un par de Inglaterra y para el hijo de
un miembro de la Cmara de los seores de Viena; su mano para el hijo
de un banquero de Pars, y para el hijo de un embajador de Rusia; su
mano para un Conde hngaro, y para un Prncipe italiano... y tambin
para muchos jvenes que no eran nada, ni tenan nada, ni nombre, ni
fortuna. Pero Bettina les haba concedido una vuelta de vals, y
creyndose irresistibles, esperaban haber hecho latir su corazn.

Mas hasta entonces nada haba hecho latir aquel corazn, y la respuesta
para todos era la misma:

--No!... no!... Todava no!... Siempre no!

Algunos das despus de la representacin de _Aida_, las dos hermanas
haban tenido una larga conversacin sobre la grave, la eterna cuestin
del matrimonio. Madama Scott pronunci cierto nombre que provoc el
rechazo ms neto y ms enrgico por parte de miss Percival.

Y Zuzie, sonriendo, dijo a su hermana:

--Sin embargo, Bettina, te vers obligada a acabar por casarte.

--S, ciertamente!... Pero me disgustara tanto casarme sin amar!
Parceme que para resolverme a una cosa semejante, sera preciso que me
viera en peligro inminente de morir solterona... Y no he llegado a ese
extremo todava!

--No, todava no.

--Esperemos, entonces, esperemos!

--Esperemos!... Pero entre tanto pretendiente que anda tras de ti desde
hace un ao, hay muchos simpticos, amables, y es verdaderamente extrao
que ninguno de ellos...

--Ninguno... mi Zuzie, absolutamente ninguno! Por qu no os haba de
decir la verdad? Es culpa de ellos? Han sido poco inteligentes?
Habran podido con ms habilidad encontrar el camino de mi corazn? O
ser culpa ma? Este camino ser, quiz, un mal camino escarpado,
rocalloso, inaccesible, y por donde nadie pasar nunca? Ser, tal vez,
una mala criatura, seca, fra y condenada a no amar jams?

--No lo creo...

--Ni yo tampoco. Pero no obstante, hasta ahora esa es mi historia! No,
nunca he sentido nada que se asemeje al amor... Os res... Y yo adivino
por qu os res... Pensis: Vean, pues, a esta nia que pretende saber
lo que es amar. Tenis razn, no lo s... pero lo imagino, Amar, no es
preferir a todos y a todo, cierta persona?

--S, eso es.

--Es no poder cansarse de or y ver a esta persona? Es cesar de vivir
cuando ella no est presente, para revivir en el acto que reaparece?

--Oh, oh, es un gran amor ese!

--Pues bien, ese es el amor con que yo sueo!

--Y es ese el amor que no llega?

--Absolutamente... hasta ahora. Y, sin embargo, existe la persona que
yo prefiero a todos y a todas... Sabis quin es?

--No, no lo s... pero lo imagino...

--S, sois vos, mi querida, y quiz sois vos, mi mala hermana, quien me
hace insensible y cruel hasta el extremo. Os quiero demasiado; con todo
mi corazn. Lo ocupis todo entero, no hay lugar para nadie ms.
Preferir a alguien! amar a alguien ms que a vos!... jams lo
conseguir.

--Oh, s!...

--Oh, no! Amar de otra manera... tal vez, pero ms no. Que no cuente
con eso el seor que espero y no llega.

--No temis nada, mi Betty; habr lugar en vuestro corazn para todos
aquellos a quienes debis amar, para vuestro marido, para vuestros
hijos, y eso sin que pierda nada vuestra vieja hermana... Es muy
chiquito el corazn, y es muy grande al mismo tiempo.

Bettina bes con cario a su hermana; luego quedose con la cabeza
apoyada amorosamente sobre el hombro de Zuzie.

--Pero si estuvierais cansada de tenerme a vuestro lado, si tuvierais
apuro de veros libre de m, sabis lo que hara? Pondra en una
canastilla el nombre de dos de estos seores, y tirara a la suerte. Hay
dos que, a decir verdad, no me seran absolutamente desagradables.

--Cules son?

--Adivinad...

--El Prncipe Romanelli...

--Y va uno! El otro?...

--M. de Montessan...

--Y van dos! Eso es; s, esos dos seran aceptables, pero nada, nada
ms que aceptables, y eso no basta.

Por eso Bettina esperaba con impaciencia el da de la partida y la
instalacin en Longueval. Sentase fatigada de tantos placeres, de
tantos triunfos, de tantos pedidos matrimoniales. El torbellino
parisiense la haba tomado desde su llegada, para no soltarla ms. Ni
una hora de alto ni descanso. Senta la necesidad de entregarse a s
misma, a solas durante algunos das, por lo menos, de consultarse,
interrogarse a su gusto en la plena tranquilidad y soledad del campo,
pertenecerse, en fin, tener un momento suyo.

Por eso estaba tan alegre Bettina el 14 de junio, a medioda, al subir
al tren que deba conducirla a Longueval. Apenas se vio sola en el vagn
con su hermana, exclam:

--Ah, cun contenta estoy! Respiremos un poco. Sola con vos durante
diez das, qu suerte! pues los Norton y los Turner no vendrn hasta el
25, no es as?

--S, el 25.

--Pasaremos nuestra vida a caballo, en carruaje, por los campos y los
bosques. Diez das de libertad! Y durante estos das no se presentar
ningn pretendiente, ni uno solo! Dios mo! todos estos pretendientes
de qu estarn enamorados? de m o de mi dinero? Este es el misterio,
el misterio impenetrable.

La mquina silb, el tren se movi lentamente. Una idea extravagante
cruz por la cabeza de Bettina, inclinose sobre la portezuela y exclam,
acompaando sus palabras con un pequeo saludo con la mano:

--Adis, mis pretendientes, adis!

Luego se ech bruscamente para atrs, presa de un acceso de risa
nerviosa.

--Ah, Zuzie, Zuzie!

--Qu hay?

--Un hombre con una bandera roja en la mano... me ha visto... me ha
odo!... Y se ha quedado asombrado!...

--Sois tan poco razonable!

--S, es cierto, por haber gritado as por la portezuela; pero no por
considerarme feliz al pensar que vamos a vivir solas las dos, en
completa libertad.

--Solas! No tan solas como os imaginis. Por lo pronto, hoy recibiremos
dos personas a comer con nosotras.

--Ah! es verdad, pero no me disgusta mucho volver a ver esas dos
personas. S, me alegro de que volvamos a ver al viejo cura, y, sobre
todo, al joven oficial...

--Cmo! sobre todo?

--Seguramente... porque era tan conmovedor lo que el notario de Souvigny
nos cont de l, el otro da, tan noble la accin del artillero cuando
era nio, tan noble, tan noble, que yo buscar esta noche la ocasin de
decirle lo que pienso, y la encontrar!

Luego Bettina cambi bruscamente el curso de la conversacin.

--Enviaron el telegrama a Edwards ayer para los poneys?

--S; ayer antes de comer...

--Oh! me dejaris manejarlos hasta el castillo? me alegrar tanto de
poder atravesar la ciudad y hacer una linda entrada al patio del
castillo sin detenerme en la puerta!... decid... querris, verdad?

--S, s, convenido, conduciris los poneys.

--Ah, que buena sois, mi Zuzie!

Edward era el picador. Haba llegado haca tres das al castillo para la
instalacin de las caballerizas y la organizacin del servicio. Dignose
salir al encuentro de madama Scott y miss Percival, trayendo los cuatro
poneys con el carruaje, y esperaba en el patio de la estacin con
numeroso acompaamiento. Puede decirse que todo Souvigny estaba all. El
paso de los poneys a travs de la gran calle de la aldea haba causado
efecto; todos los habitantes se haban precipitado fuera de sus casas
preguntndose con avidez:

--Qu es eso; qu es eso?

Algunas personas pensaban:

--Un circo ambulante, quiz...

Pero de todos lados exclamaban:

--Habis visto qu bien iban? El carruaje y las guarniciones brillaban
como si fueran de oro, y los caballitos con sus rosas blancas a cada
lado de la cabeza.

La muchedumbre se haba aglomerado en el patio de la estacin, y all
supieron que tendran el honor de asistir a la llegada de las
castellanas de Longueval.

Hubo cierto desencanto cuando las dos hermanas se presentaron muy
lindas, pero muy sencillas con sus trajes de viaje.

Aquellas buenas gentes esperaban ver aparecer dos princesas mgicas
vestidas de seda y brocato, cubiertas de rubes y brillantes. Pero
abrieron tamaos ojos al ver a Bettina dar lentamente la vuelta
alrededor de los cuatro poneys, acaricindolos uno despus de otro,
suavemente con la mano, y examinando con aire de suficiencia los
detalles del tiro... No le disgustaba a Bettina, debemos confesarlo,
hacer algn efecto sobre aquella multitud de paisanos azorados.

Concluida la revista, Bettina, sin mucho apuro, quitose sus largos
guantes de piel de Suecia, reemplazndolos por gruesos guantes de
gamuza, sacados del bolsillo del carruaje. Luego se desliz sobre el
pescante en el asiento de Edwards, recibiendo de ste las riendas y el
ltigo con extrema destreza y sin que los caballos, muy excitados,
tuviesen tiempo de apercibirse del cambio de mano. Madama Scott se sent
al lado de su hermana. Los poneys pateaban, bailaban, amenazaban
encabritarse.

--Cuidado, seorita--dijo Edwards;--los poneys estn muy briosos hoy.

--Ya los conozco--respondi Bettina;--no temis.

Miss Percival tena la mano firme y suave a la vez, y muy segura.
Contuvo a los poneys durante algunos instantes, obligndolos a estarse
quietos en su lugar; luego, envolviendo a los delanteros con una doble y
larga ondulacin de su ltigo, los hizo arrancar de un solo golpe, con
incomparable destreza, y sali magistralmente del patio de la estacin,
en medio de un prolongado murmullo de asombro y admiracin.

El trote de los cuatro caballos sonaba sobre las piedras de Souvigny.
Bettina, hasta la salida de la ciudad, les hizo marchar pausadamente,
pero en cuanto vio ante s dos kilmetros de camino llano, sin subida ni
bajada, dej los poneys ponerse progresivamente a gran trote... y
llevaban un trote infernal.

--Oh! cun feliz soy, Zuzie. Podremos trotar y galopar solas por estos
caminos. Queris manejar, Zuzie? Es tan lindo cuando se les puede
dejar andar! Son tan trotadores y tan buenos! Mirad, tomad las riendas.

--No, conservadlas, prefiero ver que os diverts.

--Oh! s, me divierto y bien. Me gusta tanto manejar cuatro caballos,
cuando hay espacio para correr! En Pars, aun por la maana, yo no me
atreva; me miraban demasiado, y eso me molestaba... Pero aqu...
nadie!... nadie!... nadie!...

En el momento en que Bettina, algo embriagada ya con el aire y la
libertad, lanzaba triunfante sus tres: Nadie, nadie, nadie! apareci
un caballero, que se adelantaba al paso, al encuentro del carruaje.

Era Pablo de Lavardens, que desde haca una hora esperaba all para
tener el gusto de ver pasar a las americanas.

--Os engais--dijo Zuzie a Bettina,--ah viene alguien.

--Un paisano. Los paisanos no se cuentan; esos no pedirn mi mano.

--No tiene nada de paisano, mirad.

Pablo de Lavardens, al pasar al lado del carruaje, hizo a las dos
hermanas un saludo de la ms alta correccin, y que de lejos descubra
al parisiense.

Los poneys corran tan ligero, que el encuentro tuvo la rapidez de un
relmpago. Bettina exclam:

--Quin es ese seor que acaba de saludarnos?

--Apenas tuve tiempo de verlo, pero me parece que lo conozco.

--Lo conocis?

--Y apostara a que lo he visto este invierno en casa.

--Dios mo! ser uno de los treinta y cuatro? Volveremos a empezar
otra vez.




V


Ese mismo da, a las siete y media, Juan fue a buscar al cura al
presbiterio, y los dos tomaron el camino del castillo.

Haca un mes que un verdadero ejrcito de obreros se haba apoderado de
Longueval; las fondas y tabernas del lugar, ganaban una fortuna.
Inmensos carros de mudanza vinieron de Pars cargados de muebles y
tapices. Cuarenta y ocho horas antes de la llegada de madama Scott, la
seorita Marbeau, directora de correos, y la seora Lormier, la
alcaldesa, se haban deslizado en el castillo, y sus descripciones
enloquecan a todo el pueblo. Los muebles antiguos haban desaparecido;
pasebanse ellas en medio de un verdadero cmulo de maravillas. Y las
caballerizas, y las cocheras! Un tren especial trajo de Pars, bajo la
inmediata vigilancia de Edwards, unos diez carruajes, y qu carruajes!
una veintena de caballos, y qu caballos!

El abate Constantn crea saber lo que era lujo. Coma una vez por ao
en casa de su obispo, monseor Faubert, prelado amable y rico, que
reciba con bastante largueza. Hasta entonces el cura crea que no poda
haber en el mundo nada ms suntuoso que el palacio episcopal de
Souvigny, que los castillos de Lavardens y Longueval... Y ahora
comenzaba a comprender, segn lo que oa contar de los nuevos
esplendores de Longueval, que el lujo de las grandes casas de hoy, deba
sobrepasar extremadamente al lujo serio y severo de las viejas casas de
antes.

Apenas el cura y Juan dieron algunos pasos por la avenida del parque que
conduca al castillo:

--Mira, Juan--dijo el cura,--qu cambio! Toda esta parte del parque
estaba abandonada, y hoy todo est enarenado, rastrillado. Ya no me
sentir aqu en mis dominios como antes. Va a ser demasiado lindo! No
encontrar mi viejo silln de terciopelo marrn, donde tantas veces me
dorma despus de comer. Y si me duermo esta noche, qu ser de m?
Fjate bien, Juan, si ves que comienzo a cabecear, te acercars a
tocarme en el hombre por detrs. Me lo prometes?

--S, padrino, os lo prometo.

Juan slo prestaba mediana atencin al discurso del cura. Senta una
impaciencia extrema por volver a ver a madama Scott y miss Percival;
pero esta impaciencia iba acompaada de viva inquietud. Las encontrara
en el gran saln de Longueval, como las vio en el pequeo comedor del
presbiterio? Quiz, en lugar de aquellas dos mujeres tan sencillas y
familiares, que se divirtieron tanto en la comida improvisada, y que
desde el primer momento lo acogieron con suma gracia y confianza; quiz
encontrara dos lindas muecas de saln, elegantes, fras y correctas en
sus maneras. Se borrara su primera impresin, desaparecera? O por el
contrario se hara ms suave y ms profunda en su corazn?

Subieron las seis gradas del prtico y fueron recibidos en el vestbulo
por dos grandes sirvientes de aire digno e imponente. Este vestbulo que
antes era una inmensa pieza glacial y desnuda, con sus paredes de
piedra, hallbase ahora cubierto de admirables tapices que representaban
escenas mitolgicas. El cura mir apenas estos tapices; pero lo bastante
para notar que las diosas que se paseaban a travs del boscaje llevaban
trajes de una simplicidad demasiado antigua.

Uno de los criados abri de par en par la puerta del gran saln.

All era donde generalmente se encontraba la vieja Marquesa, a la
derecha de la alta chimenea, y a la izquierda se hallaba el silln
marrn. Ya no haba silln marrn! Los viejos muebles del imperio, que
constituan el fondo del arreglo del saln, haban sido reemplazados por
unos maravillosos muebles de tapicera de fines del siglo pasado, y una
multitud de pequeos sillones y banquillos de todas formas y colores, se
hallaban esparcidos aqu y all con una apariencia de desorden que era
el colmo del arte.

Madama Scott, al ver entrar al cura y a Juan, se levant a recibirlos:

--Cun amables sois--dijo,--seor cura, en haber venido, y vos tambin,
seor... Me alegro tanto de volver a veros a vosotros mis primeros, mis
nicos amigos en este pas.

Juan respir. Era la misma mujer.

--Queris permitirme que os presente a mis hijos?... Harry y Bella,
venid.

Harry era un precioso muchacho de seis aos y Bella una linda niita de
cinco; ambos tenan los grandes ojos negros de la madre y sus dorados
cabellos.

Despus que el cura bes a los dos nios, Harry, que miraba con
admiracin el uniforme de Juan, pregunt:

--Y al militar debemos besarle tambin, mam?

--Si queris--respondi ella,--y si l consiente.

Un minuto despus los dos nios estaban instalados en las rodillas de
Juan y lo abrumaban a preguntas.

--Sois oficial?

--S, soy oficial.

--De qu?

--De artillera.

--Los artilleros, son los que manejan el can? Oh, cmo me gustara
or tirar un caonazo y estar muy cerca de all!

Nos llevaris un da cuando tiren caonazos, no es verdad?

Durante este tiempo, madama Scott conversaba con el cura, y Juan,
mientras responda a las preguntas de los nios, no dejaba de mirarla.
Llevaba un traje de muselina blanca, pero sta desapareca bajo una
verdadera avalancha de voladitos de valencianas. La bata estaba abierta
en cuadro por delante. Los brazos desnudos hasta el codo; un gran ramo
de rosas rojas en la abertura de la bata, una rosa prendida en los
cabellos con un alfiler de brillantes y nada ms.

Madama Scott not, de repente, que Juan estaba militarmente ocupado por
sus dos hijos.

--Oh, seor, os pido mil perdones! Harry, Bella...

--Dejadlos, seora, os lo ruego.

--Estoy sumamente contrariada, por haceros comer tan tarde! Mi hermana
no ha bajado an. Ah! ya viene.

Bettina hizo su entrada con el mismo vestido de muselina blanca y el
mismo grupo de encajes, la misma belleza y la misma acogida amable,
risuea, franca.

--Servidora de usted, seor cura. Me habis perdonado mi horrible
indiscrecin del otro da?

Luego, volvindose hacia Juan y tendindole la mano:

--Cmo estis, seor... seor... bueno!... ya no me acuerdo de vuestro
nombre, y, sin embargo, me parece que somos amigos antiguos...
seor?...

--Juan Reynaud.

--Juan Reynaud... eso es. Buenas tardes, seor Reynaud! Pero lealmente
os prevengo que cuando en realidad seamos antiguos amigos, os llamar
seor Juan. Es un nombre muy lindo Juan.

Anunciaron la comida. El aya vino a buscar a los nios; madama Scott
tom el brazo del cura; Bettina el de Juan... Hasta el momento de la
aparicin de Bettina, Juan se haba dicho: La ms linda es madama
Scott! Cuando vio la pequea mano de Bettina deslizarse bajo su brazo,
y cuando ella volvi su delicioso rostro hacia l, pens: La ms linda
es miss Percival! Mas pronto volvi a caer en su indecisin cuando se
hall sentado entre las dos hermanas. Si miraba hacia la derecha, de ese
lado sentase amenazado de enamorarse... y si miraba a la izquierda, el
peligro cambiaba en el acto pasando a la izquierda.

La conversacin comenz fcil, animada, franca. Las dos hermanas estaban
contentas. Ya haban dado un paseo a pie por el parque. Y al da
siguiente pensaban hacer un gran paseo a caballo por el bosque. Montar
a caballo era su pasin, su locura! Y era la pasin de Juan tambin,
tanto, que al cabo de un cuarto de hora le rogaban que fuera de la
partida para el da siguiente, y l aceptaba con alegra. Nadie conoca
mejor que l los alrededores: era su tierra. Se consideraba feliz
pudiendo hacerle los honores y mostrarles una multitud de parajes
preciosos, que sin l nunca habran descubierto.

--Todos los das montis a caballo?--pregunt Bettina.

--Todos los das, y generalmente dos veces. Por la maana para el
servicio y en la tarde por paseo.

--Muy temprano por la maana?

--A las cinco y media.

--A las cinco y media todas las maanas?

--S, excepto el domingo.

--Entonces os levantis?...

--A las cuatro y media.

--Y es de da?

--Oh! en este tiempo s.

--Levantarse as, a las cuatro y media, es admirable! Nosotros
terminamos nuestra jornada muchas veces a la hora en que vos la
comenzis. Y os gusta vuestra carrera?

--Mucho, seorita. Es tan lindo tener su existencia recta ante s, con
sus deberes bien claros y bien definidos!

--Sin embargo--observ madama Scott,--no ser dueo de s, tener siempre
que obedecer!...

--Eso tal vez es lo que ms me agrada. No hay nada ms fcil que
obedecer, y, adems, aprender a obedecer es aprender a mandar.

--Oh, cun cierto debe ser lo que decs!

--S, sin duda, pero lo que no os dice es que l es el oficial ms
distinguido de su regimiento, y que...

--Padrino, por Dios!

El cura, a pesar de la resistencia de Juan, iba a lanzarse en el
panegrico de su ahijado, cuando Bettina intervino, diciendo:

--Es intil, seor cura; no digis nada... todo lo que podrais decir,
lo sabemos. Hemos cometido la indiscrecin de tomar informes sobre el
seor... oh! casi dije el seor Juan... sobre el seor Reynaud. Y nos
los han dado admirables!

--Tendra curiosidad de saber...--dijo Juan.

--Nada, nada; no sabris nada. No quiero haceros ruborizar, y os verais
obligado a ruborizaros.

Luego, volvindose hacia el cura, agreg:

--Y sobre vos tambin, seor cura, hemos pedido datos. Parece que sois
un santo...

--Oh! eso s que es bien cierto--exclam Juan.

Esta vez fue el cura quien interrumpi la elocuencia de Juan. La comida
iba a concluir, comida que para el cura haba pasado en medio de
terribles emociones. Muchas veces le haban presentado construcciones
sabias y complicadas, sobre las que apenas acercaba una mano temblorosa,
pues tema ver derrumbarse todo de un golpe: los castillos movedizos de
gelatina, las pirmides de trufas, las fortalezas de crema, los
baluartes de pastelera, las rocas de helados. El abate Constantn, sin
embargo, comi con buen apetito, y no retrocedi ante dos o tres copas
de champagne. No odiaba la buena mesa. La perfeccin no pertenece a este
mundo, y si la gula es, como lo dicen, un pecado capital, cuntas buenas
gentes iran al infierno.

El caf lo sirvieron sobre el terrado del castillo. A lo lejos se oa el
sonido algo cascado del viejo reloj de la aldea que daba las nueve. El
parque no conservaba ya ms que lneas ondulantes e indecisas. La luna
apareca lentamente sobre las copas de los grandes rboles.

Bettina tom de sobre la mesa una caja de cigarros.

--Fumis?--pregunt a Juan.

--S, seorita.

--Tomad, entonces, seor Juan... Tanto peor, ya lo dije. Tomad... pero
no, escuchad primero.

Y hablando a media voz mientras le presentaba la caja de cigarros:

--Ahora est obscuro, podris ruborizaros sin ser visto. Voy a deciros
lo que no quise en la mesa. Un antiguo notario de Souvigny, que fue
vuestro tutor, ha ido a ver a mi hermana, en Pars, para el pago del
castillo, y nos cont lo que habais hecho despus de muerto vuestro
padre, cuando erais an muy nio, por aquella pobre madre, y por la
pobre joven. Mucho nos conmovi vuestra accin a mi hermana y a m.

--S, seor--continu madama Scott,--y por esto hemos tenido tanto gusto
en recibiros hoy. No a todos habramos dispensado la misma acogida, os
lo aseguro. Ahora bien, podis ya tomar vuestro cigarro; mi hermana
espera desde hace rato.

Juan no hall una palabra para responder. Bettina estaba all, plantada
ante l, con la caja de cigarros en las dos manos, y los ojos fijos con
toda franqueza en el rostro de Juan; gozando del placer muy real y muy
vivo que puede traducirse por estas palabras:

--Me parece que estoy mirando a un buen muchacho.

--Ahora sentmonos aqu--dijo madama Scott,--ante esta preciosa noche...
tomad vuestro caf... fumad.

--Y no hablemos, Zuzie, no hablemos. Este gran silencio del campo,
despus del inmenso bullicio de Pars, es adorable! Quedmonos ah, sin
decir nada. Miremos el cielo, la luna y las estrellas.

Los cuatro, con sumo placer, ejecutaron este pequeo programa. Zuzie y
Bettina, tranquilas, en calma, en absoluto olvido de su existencia de la
vspera, tomndole cario ya a esa comarca que acababa de recibirlas y
las conservara por algn tiempo.

Juan no se hallaba tan tranquilo; las palabras de miss Percival le
haban causado una profunda emocin; su corazn no recobraba an su
marcha regular.

Pero de todos, el ms feliz era el abate Constantn. Haba gozado con
delicia el pequeo incidente que puso la modestia de Juan a tan ruda
como grata prueba. El abate quera tanto a su ahijado! El ms tierno de
los padres no am nunca tanto al ms querido de sus hijos. Cuando el
anciano cura miraba al joven oficial, muchas veces se deca:

--El Cielo me ha colmado de bendiciones: soy sacerdote y tengo un hijo.

El abate se perdi en una meditacin muy agradable; se encontraba como
en su casa, demasiado en su casa; sus ideas se confundan y embrollaban
poco a poco. La meditacin volviose pesadez, y la pesadez somnolencia;
pronto el desastre fue completo, irreparable. El cura se durmi; se
durmi profundamente. La maravillosa comida y las dos o tres copas de
champagne, tenan, en parte la culpa de esta catstrofe.

Juan no haba notado nada. Olvid la promesa hecha a su padrino Y por
qu la olvid? Porque a madama Scott y miss Percival se les ocurri
poner los pies sobre los taburetes del jardn, colocados ante los
grandes sillones de mimbre cubiertos de almohadones. Luego se recostaron
perezosamente en los sillones, y sus vestidos de muselina se levantaron
un poco, muy poco, pero lo bastante, sin embargo, para dejar ver cuatro
piececitos, cuyas lneas se destacaban claras y distintas bajo dos
lindas cascadas de encajes blancos iluminados por la luna. Juan miraba
aquellos pies y se preguntaba:

--Cules son los ms pequeos?

Mientras procuraba resolver este problema, Bettina, de repente, le dijo
a media voz:

--Seor Juan, seor Juan!

--Seorita?

--Mirad al seor cura, se ha dormido.

--Oh, Dios mo! yo tengo la culpa.

--Cmo! vos tenis la culpa?--pregunt madama Scott, en voz baja
tambin.

--S... mi padrino se levanta al alba y se acuesta muy temprano; me
recomend mucho que no le dejara dormir. Frecuentemente, en casa de
madama de Longueval, despus de comer, dormitaba un poco. Vosotras le
habis acogido con tanta bondad, que ha recobrado su antigua costumbre.

--Y ha hecho muy bien--dijo Bettina.--No hagamos ruido, no le
despertemos.

--Sois demasiado buena, seorita; pero la noche est muy fresca.

--Ah! es verdad, podra resfriarse. Esperad, voy a buscar un tapado.

--Creo, seorita, que mejor sera procurar despertarlo discretamente
para que no comprenda que lo habis visto dormir.

--Dejadme hacer--dijo Bettina.--Zuzie, cantemos algo, juntas, a media
voz primero, luego la elevaremos poco a poco... Cantemos.

--Bueno; pero qu cantamos?

--Cantemos: _Something childish_... La letra es de circunstancia.

Las dos hermanas comenzaron a cantar:

    _If I had but two little wings_
    _And were a little feathery bird, etc._

Sus voces suaves y penetrantes tenan en aquel profundo silencio una
exquisita sonoridad. El abate no oa nada, ni se mova. Encantado con
este pequeo concierto, Juan se deca:

--Con tal que mi padrino no se despierte pronto!

Las voces seguan ms claras y ms altas:

    _But in my sleep to you I fly:_
    _I am always with you in my sleep! etc._

Y el abate continuaba inmvil.

--Cmo duerme!... es un crimen despertarlo.

--Es preciso!... Ms alto, Zuzie, ms alto!

Zuzie y Bettina dejaron estallar libremente sus voces:

    _Sleep stays not, though a monarch bids;_
    _So I love to wake ere break of day; etc._

El cura despert sobresaltado. Despus de un corto momento de inquietud,
respir... nadie, evidentemente nadie, haba notado que l dorma.
Enderezose, estirose prudente y lentamente... Se haba salvado!...

Un cuarto de hora ms tarde, las dos hermanas acompaaban al cura y a
Juan hasta la pequea puerta del parque, que daba a la aldea, a un
centenar de pasos del presbiterio. Llegaban a esta puerta, cuando
Bettina dijo a Juan, de repente:

--Ah, seor! hace tres horas que tengo una pregunta que haceros. Esta
maana, de llegada, encontramos en el camino a un joven alto, delgado,
de bigotes rubios; montaba un caballo negro y nos salud al pasar.

--Es Pablo de Lavardens, un amigo mo. Ya ha tenido el honor de seros
presentado, pero algo ligeramente; por eso toda su ambicin es que os lo
vuelvan a presentar.

--Pues bien! traedlo uno de estos das--dijo madama Scott.

--Despus del 15--exclam Bettina.--Antes no, antes no! Nadie hasta
entonces, no queremos ver a nadie, excepto a vos, seor Juan... pero
vos, es extraordinario, no s cmo sucede esto; pero vos no sois nadie
para nosotras... El cumplimiento no est muy bien hecho; mas fijaos bien
y veris que es un cumplimiento; tengo la intencin de ser excesivamente
amable con vos al hablar as.

--Y lo sois, seorita.

--Tanto mejor, si he tenido la felicidad de hacerme comprender bien.
Hasta la vista, seor Juan, hasta maana.

Madama Scott y miss Percival tomaron pausadamente el camino del
castillo.

--Y ahora, Zuzie, reidme bien fuerte... Lo espero... Y lo he
merecido...

--Reiros, por qu?

--Diris, sin duda, estoy segura, que he demostrado mucha familiaridad a
ese joven.

--No, no os dir eso... Ese joven, desde el primer da, me hizo la mejor
impresin, y me inspira una confianza absoluta.

--Y a m tambin.

--Persuadida estoy de que haremos bien en aplicarnos las dos a
conquistar su amistad.

--De todo corazn, por mi parte, tanto ms, Zuzie, cuanto que he visto
ya muchos jvenes desde que vivimos en Francia... oh, s,
muchsimos!... pues bien, este es el primero, positivamente el primero,
en cuyos ojos no he ledo con claridad esta frase: Seor, Dios, cun
contento estara yo si pudiera casarme con los millones de esta
personita! Esto estaba escrito claramente en los ojos de todos los
dems, y no en los de l. Bueno, ya estamos en casa. Buenas noches,
Zuzie, hasta maana.

Madama Scott fue a ver a sus hijos, y a besarlos dormidos.

Bettina permaneci largo tiempo de codos en el balcn.

--Me parece--se deca,--que voy a tomar cario a esta aldea.




VI


Al da siguiente, por la maana, a la vuelta del ejercicio, Pablo de
Lavardens esperaba a Juan en el patio del cuartel. Apenas le dio tiempo
para bajar del caballo, y cuando estuvieron solos:

--Cuenta--le dijo,--pronto, cuenta tu comida de ayer. Las vi por la
maana. La menor manejaba cuatro poneys negros, con un desenfado! Las
salud... Has hablado de m? Me conocieron? Cundo me llevas a
Longueval? Pero responde, pues, respndeme!

--Responder, responder! A qu pregunta, primero?

--A la ltima.

--Cundo te llevo a Longueval?

--S.

--Dentro de diez das. No quieren ver a nadie, por el momento.

--Entonces, no volvers a Longueval antes de diez das?

--Oh! ir hoy a las cuatro. Pero yo no soy nadie! Juan Reynaud, el
ahijado del cura! Por eso he penetrado con tanta facilidad en la
confianza de estas dos preciosas mujeres; me present bajo el patronato
y con la garanta de la iglesia. Y a ms descubrieron que yo poda
prestar pequeos servicios; conozco muy bien los caminos, y van a
utilizarme como gua. En fin, yo no soy nadie, mientras que t, Conde
Pablo de Lavardens, t eres alguien. As, no temas nada, llegar tu
turno con los bailes y las fiestas cuando sea preciso brillar, cuando
se necesite bailar. T resplandecers entonces con todo tu fulgor, y yo
volver muy humildemente a mi obscuridad.

--Brlate de m cuanto quieras. Por eso no es menos cierto que durante
estos diez das tomars una ventaja... una gran ventaja sobre m!

--Cmo una ventaja?

--Vamos, Juan, acaso quieres hacerme creer que no ests todava
enamorado de una de estas dos mujeres. Es posible? tanta belleza,
tanto lujo! Oh... el lujo quiz ms que la belleza! El lujo en ese
grado me aturde, me trastorna. Los cuatro poneys negros con sus cucardas
de rosas blancas me han hecho soar esta noche. Y la joven... Bettina...
no es as?

--S, Bettina.

--Bettina?... Condesa Bettina de Lavardens? No te parece muy bonito?
Y qu marido tan perfecto tendra en m. Ser el marido de una mujer
locamente rica, esa es mi ambicin! No es tan fcil como se supone! Es
preciso saber ser rico, y yo tendr esa ciencia. Ya he hecho la prueba;
he comido ya bastante dinero y si mam no me hubiera detenido!... pero
estoy pronto para volver a empezar. Ah, cun feliz sera conmigo! Le
hara pasar una existencia de princesa encantada... En su lujo vera el
gusto, el arte y la ciencia de su marido. Pasara mi vida en componerla,
engalanarla, emperifollarla y pasearla triunfante a travs del mundo.
Estudiara su belleza para ponerla bien en el cuadro que le
conviniera!... Si l no estuviera ah, se dira ella, yo sera menos
linda. No slo sabra amarla, sino tambin divertirla. Tendra amor y
placeres en cambio de su dinero!... Vamos, Juan, un buen movimiento,
llvame hoy a casa de madama Scott.

--No puedo, te lo aseguro.

--Bueno! dentro de diez das solamente, pero te advierto que entonces
me instalo en Longueval para no salir ms de all. En primer lugar, con
esto dar gusto a mam, que aunque todava est un poco fastidiada con
las americanas, y dice que buscar medio de no encontrarlas nunca, yo
la conozco bien a mam! Y s que la noche que le diga al volver: Mam,
he ganado el corazn de una preciosa persona, cuyo mayor defecto es
poseer un capital de unos veinte millones y una renta de dos o tres
millones... Se exagera siempre que se habla de centenares de millones:
para m yo sabr las verdaderas cifras, y eso me basta... Esa noche,
mam se quedar encantada, porque en resumidas cuentas, qu desea ella
para m? Lo que todas las buenas madres desean para sus hijos, sobre
todo cuando sus hijos han hecho locuras... un rico casamiento o una
buena amistad. En Longueval encuentro las dos combinaciones, y
aprovechar una u otra. Dentro de diez das me hars el gusto de
prevenirme, de hacerme saber cul de las dos me abandonas: madama Scott
o miss Percival.

--Ests loco! No pienso ni pensar nunca...

--Oye, Juan, t eres la prudencia y la razn encarnadas, en eso estoy
conforme; pero por ms que digas y hagas... Escucha, y acurdate de
esto, Juan; de esa casa saldrs enamorado.

--No lo creo--respondi Juan, riendo.

--Y yo estoy seguro de lo que digo... Hasta la vista! Te dejo en tus
asuntos.

Aquella maana Juan hablaba sinceramente: haba dormido muy bien la
noche anterior. Su segunda entrevista con las dos hermanas disip, como
por encanto, la ligera turbacin que agit su alma en el primer
encuentro. Preparbase a volver a verlas con mucho placer, pero con toda
tranquilidad. Haba demasiado dinero en aquella casa, para que pudiera
caber el amor de un pobre diablo como l.

La amistad era otra cosa. De todo corazn deseaba, y con todas sus
fuerzas iba a procurar conquistar la estimacin y tranquilo afecto de
las dos mujeres. Tratara de no ver demasiado la belleza de Zuzie y
Bettina; tratara de no perderse, como lo hizo la vspera, en la
contemplacin de los cuatro piececitos colocados sobre los dos taburetes
del jardn. Le dijeron con toda franqueza y cordialidad: Seris nuestro
amigo. Era lo que l deseaba! Ser su amigo! Y lo sera.

Durante los diez das siguientes todo conspir para el xito de esta
empresa. Zuzie, Bettina, el abate y Juan vivieron con la misma vida, en
la ms estrecha y confiada intimidad. Las dos hermanas hacan por la
maana largos paseos en carruaje con el cura, y por la tarde grandes
excursiones con Juan, a caballo.

Juan no analizaba sus sentimientos; no se preguntaba si iba a inclinarse
a la derecha o a la izquierda. Senta por ambas la misma abnegacin,
idntico afecto, y era completamente feliz, estaba completamente
tranquilo. Luego no estaba enamorado, pues el amor y la tranquilidad
rara vez hacen buenas migas en un mismo corazn.

No obstante, Juan vea con cierta inquietud y tristeza acercarse el da
que traera a Longueval a los Turner, los Norton y toda la colonia
americana. Ese da lleg muy pronto.

El viernes 24 de junio, a las cuatro de la tarde, cuando Juan vino al
castillo, Bettina lo recibi muy triste.

--Qu contratiempo! mi hermana est indispuesta, un poco de jaqueca, no
es nada; maana estar bien; pero hoy no me atrevo a salir sola con vos.
All, en Amrica, me animara; pero aqu no, no es verdad?

--Seguramente--respondi Juan.

--Me veo obligada a despediros, y lo siento mucho.

--Yo tambin siento irme y perder esta ltima tarde que crea poder
pasar con vos. Pero ya que es preciso!... maana volver a saber de
vuestra hermana.

--Ella misma os recibir. Os repito que no es nada lo que tiene. Pero no
os escapis tan pronto, os ruego; concededme siquiera un cuarto de hora
de conversacin. Tengo que hablaros. Sentaos ah y escuchadme. Tenamos
intencin, mi hermana y yo, de bloquearos esta noche despus de comer,
en un rincn del saln, y entonces mi hermana tomara la palabra para
deciros lo que voy a tratar de expresaros a nombre de las dos. Pero
estoy algo conmovida... No os riis, que es muy serio. Queramos
agradeceros las dos, porque desde nuestra llegada os habis mostrado tan
amable, tan bueno, tan carioso, tan...

--Por Dios! seorita, yo soy quien debe agradecer...

--Oh! no me interrumpis... vais a enredarme, y no sabr salir del
paso. Adems, sostengo que nosotras debemos agradeceros a vos; pues
llegamos aqu como dos extranjeras, y en el acto tuvimos el placer de
encontrar amigos, s, amigos. Vos nos habis llevado de la mano a casa
de nuestros inquilinos, de nuestros guardabosques; en tanto que vuestro
padrino nos llevaba a casa de sus pobres. Y por todas partes os queran
tanto, que en seguida, con confianza comenzaron a querernos un poco por
vuestra recomendacin... Sabis que os adoran en toda la comarca?

--Aqu he nacido. Todas estas buenas gentes me conocen desde mi
infancia, y me agradecen los servicios que mi padre y mi abuelo les
prestaron. Adems, soy de su raza, de la raza de los paisanos. Mi
bisabuelo era agricultor en Bargecout, una aldea a dos leguas de aqu.

--Oh, oh! parecis estar orgulloso de ello!

--Ni orgulloso ni humillado.

--Dispensad, pero habis tenido un pequeo movimiento de orgullo. Pues
bien, yo os responder que mi bisabuelo tambin era agricultor en
Bretaa, y se traslad al Canad a fines del siglo pasado, cuando el
Canad era an francs... Y queris mucho la aldea en que habis
nacido?

--Mucho, y pronto me ver obligado a abandonarla.

--Por qu?

--Si obtengo un ascenso, me enviarn a otro regimiento, y me pasar de
guarnicin en guarnicin... pero cuando sea un viejo comandante o un
viejo coronel retirado del servicio, vendr a vivir y morir aqu, en la
casita de mi padre.

--Siempre solo?

--Por qu solo? Espero que no.

--Tendris intencin de casaros?

--Seguramente s.

--Y buscis con quin casaros?

--No. Puede uno pensar en casarse, pero no debe buscar con quin
casarse.

--Sin embargo, hay gente que busca... s, os lo aseguro; sin ir ms
lejos, a vos os han buscado para casaros.

--Cmo sabis?

--Ah! Conozco tan bien vuestra historia! sois lo que se llama _un buen
partido_, y lo repito han querido casaros.

--Quin os lo ha dicho?

--El seor cura.

--Mi padrino ha hecho mal--dijo Juan, con cierta vivacidad.

--No, no; no ha hecho mal. Si hay algn culpable soy yo, y culpable por
caridad, no por curiosidad, os lo juro. Descubr que vuestro padrino
nunca estaba tan contento como cuando hablaba de vos; entonces, por la
maana, en nuestros paseos, cuando estoy sola con l, para darle gusto,
le hablo de vos, y l me cuenta vuestra historia. Estis bien de
fortuna, estis muy bien. Recibs del Gobierno doscientos trece francos
y algunos cntimos al mes. No es as?

--S--dijo Juan, decidido a no enojarse por las indiscreciones del cura.

--Tenis ocho mil francos de renta.

--Ms o menos, no completos.

--Agregad a esto vuestra casa, que valdr unos treinta mil francos. En
fin, tenis una excelente posicin, y ya han pedido vuestra mano.

--Pedido mi mano?... No, no!

--S, s, dos veces! y vos habis rehusado dos buenos casamientos, o
dos lindas dotes, si lo prefers. Para tanta gente es la misma cosa!
Doscientos mil francos por un lado, trescientos mil por otro. Segn
parece es una suma enorme para la aldea, y vos la rehusasteis! Decidme
por qu? Si supierais la curiosidad que tengo de saberlo!

--Se trataba de dos preciosas jvenes...

--Convenido, eso se dice siempre.

--Pero a las que apenas conoca. Me obligaron, pues yo me resista, me
obligaron a conversar con ellas dos o tres noches el invierno pasado.

--Y entonces?

--Entonces... no s cmo explicroslo, no experiment ningn sentimiento
de emocin, inquietud, turbacin.

--En fin--dijo resueltamente Bettina,--ni la menor sombra de amor...

--No, ni la ms mnima. Y volv con toda calma a mi cuartujo de soltero;
pues pienso que vale ms no casarse, que casarse sin amar. Esa es mi
opinin.

--Y tambin la ma.

Ella lo miraba; l la miraba. Y de pronto, con gran sorpresa de ambos,
no encontraron nada que decirse, absolutamente nada.

Felizmente en ese instante, Harry y Bella se precipitaron al saln dando
grandes gritos de alegra.

--Seor Juan, seor Juan! estis ah, seor Juan, venid a ver nuestros
poneys!

--Ah!--dijo Bettina, con voz algo incierta.--Eduardo acaba de llegar de
Pars, trayendo para los nios unos poneys microscpicos. Vamos a
verlos, queris?

Y salieron a ver los poneys, que, en efecto, eran dignos de figurar en
las caballerizas del rey de Liliput.




VII


Han transcurrido tres semanas. Juan debe partir al da siguiente con su
regimiento para las escuelas de artillera; va a vivir como verdadero
soldado durante veinte das; diez das de camino para ir y volver, y
diez bajo la tienda del campamento de Cercottes, en el bosque de
Orleans. El regimiento volver a Souvigny el 10 de agosto.

Juan no est ya tranquilo; Juan ya no es feliz. Con impaciencia ve venir
el momento de la partida, y al mismo tiempo con terror... Con
impaciencia, porque sufre un verdadero martirio, al que quiere escapar
cuanto antes. Con terror, porque durante estos veinte das que pasar
sin verla, sin hablarla, sin ella, en fin, qu ser de l? Ella es
Bettina y l la adora!

Desde cundo? Desde el primer da, desde aquel encuentro en el mes de
mayo, en el jardn del cura! Esa es la verdad. Pero Juan lucha y se
rebela contra esta verdad. Cree que slo ama a Bettina desde el da en
que conversaban los dos alegre y amistosamente en el saloncito azul.
Ella se hallaba sentada en el divn, cerca de la ventana, y mientras
charlaba, se entretena en reparar el desorden de la toilette de una
princesa japonesa, mueca de Bella, que yaca sobre un silln, y Bettina
la levant maquinalmente.

Por qu se le ocurri a Bettina hablarle de las dos jvenes con quienes
pudo haberse casado? La pregunta no lo turb nada, y respondi que no
sinti entonces ninguna inclinacin al matrimonio, porque sus
entrevistas con las dos jvenes no le causaron ninguna emocin, ninguna
agitacin. Y sonrea al hablar as; pero algunos momentos despus, ya no
sonrea. Pues repentinamente aprendi a conocer esas turbaciones, esas
agitaciones, y no se hizo la menor ilusin sobre la profundidad de su
herida; conoci que le haba atacado en pleno corazn.

Sin embargo, no desesper. Aquel da, al partir, se deca: S, es
grave, muy grave; pero curar. Y buscaba una excusa a su locura, que
atribua a las circunstancias. Durante diez das, aquella deliciosa
joven haba estado demasiado con l, demasiado con l solo! Cmo
resistir a semejante tentacin? Habase embriagado con su encanto, su
gracia y su belleza. Mas al siguiente da llegaran veinte personas al
castillo a poner trmino a tan peligrosa intimidad. El tendra valor, se
alejara; perdindose entre la multitud, vera a Bettina con menos
frecuencia y de ms lejos... No volver a verla, no poda ni pensarlo!
Quera seguir siendo amigo de Bettina, ya que slo podra ser su amigo.
Pues haba otro pensamiento que no caba siquiera en el espritu de
Juan; ese pensamiento no slo le pareca extravagante, sino monstruoso.
No haba hombre ms caballero que Juan en el mundo, y el dinero de
Bettina le causaba horror, verdaderamente horror.

Desde el 25 de junio un mundo de gente invadi Longueval. Madama Norton
lleg con su hijo Daniel Norton, y madama Turner con su hijo Felipe
Turner, y ambos jvenes formaban parte de la famosa cofrada de los
treinta y cuatro. Eran amigos antiguos, a quienes Bettina trat como
tales, declarndoles con toda franqueza que perdan completamente su
tiempo; mas ellos no desalentaban, y formaban el centro de una pequea
corte muy obsequiosa y muy asidua que giraba en torno de Bettina.

Pablo de Lavardens hizo su entrada en la escena, captndose rpidamente
la amistad de todo el mundo. Haba recibido la brillante y complicada
educacin de un joven destinado a los placeres; mientras no se tratara
ms que de divertirse: caballos, croquet, lawn-tennis, polo, baile,
charadas y comedias, estaba siempre pronto a todo, sobresala en todo.
Su superioridad estall, y se impuso, llegando a ser con el
consentimiento general, el organizador y director de las fiestas de
Longueval.

Bettina no se enga ni un segundo. Juan le present a Pablo de
Lavardens, y ste acababa apenas el pequeo cumplimiento de estilo,
cuando ya Bettina inclinndose hacia Zuzie, le deca al odo:

--El trigsimo quinto!

Sin embargo, prest buena acogida a Pablo; tan buena, que ste, durante
algunos das, tuvo la debilidad de equivocarse, pensando que sus gracias
personales le valan tan amable y cordial recepcin: mas estaba en un
grave error. Haba sido presentado por Juan, era amigo de Juan, y a los
ojos de Bettina en esto estribaba todo su mrito.

El castillo de madama Scott tena la puerta franca; las invitaciones no
se reciban para una noche, sino para todas las noches, y Pablo, con
entusiasmo, se encaminaba all todas las noches. Su sueo se realizaba.
Hallaba a Pars en Longueval!

Pero Pablo no era tonto ni fatuo. Era, sin duda, objeto, de parte de
miss Percival, de atenciones y favores especiales; gustbale a ella
hablar larga, muy largamente a solas con l... mas cul era el eterno,
el inagotable tema de estas conversaciones? Juan, an Juan, y siempre
Juan?

Pablo era ligero, disipado, frvolo, pero volvase serio apenas se
trataba de Juan; saba apreciarlo, saba amarlo. Nada le era tan grato,
ni tan fcil como decir de su amigo todo el bien que pensaba. Y como
vea que Bettina se complaca en escucharlo, daba libre curso a su
elocuencia.

Pero una noche Pablo quiso, y estaba en su derecho, obtener el beneficio
de su caballeresca conducta. Acababa de hablar durante ms de un cuarto
de hora con Bettina. Terminada la conversacin fuese a buscar a Juan al
otro extremo del saln, dicindole:

--Me dejaste el campo libre... y me lanc intrpidamente sobre miss
Percival.

--Y bien! no creo que ests descontento del resultado de la empresa;
sois los mejores amigos del mundo.

--S, ciertamente... esto marcha... esto marcha y no marcha. No hay otra
persona ms amable que miss Percival; pero, en fin, tengo el mrito de
reconocerlo; ac, para entre nosotros, te dir que me hace representar
un papel ingrato y ridculo, un papel que no es para mi edad. Cuento la
edad de los enamorados, mas no la de los confidentes.

--De los confidentes?

--S, querido mo, de los confidentes; tal es mi empleo en esta casa!
T nos mirabas hace un momento... Oh! tengo buena vista... T nos
mirabas. Pues bien sabes de qu hablbamos? De ti, querido, de ti, y
nada ms que de ti! Y todas las noches es la misma cosa. Preguntas que
no tienen fin. Os habis educado juntos? Tomsteis lecciones los dos
con el abate Constantn? Dentro de poco ser capitn? Y despus?
comandante. Y despus? coronel _et ctera_... _et ctera_... Ah,
Juan, amigo mo, Juan, si t quisieras realizar un lindo sueo!...

Juan se fastidi, casi se enoj. Pablo qued asombrado ante este acceso
de brusca irritacin.

--Qu tienes? Me parece que no he dicho nada...

--Dispensa. He hecho mal; pero tambin por qu se te ocurre una idea
tan absurda?

--Absurda!... No veo el motivo... La he tenido yo por mi propia
cuenta, esta idea absurda.

--Ah! t...

--Cmo, ah! yo?... Si yo la he tenido, la puedes tener t... T vales
ms que yo...

--Pablo, por favor!...

El disgusto de Juan era evidente.

--No hablemos ms de esto... no hablemos ms... En suma, lo que yo
quera decir, es que miss Percival me encuentra muy bonito, muy
gracioso, muy entretenido; pero en cuanto a tomarme a lo serio... jams
me tomar a lo serio esa personita. Voy a lanzarme sobre madama Scott,
pero sin gran confianza... Mira, Juan, yo me divertir mucho en esta
casa; pero no sacar ningn provecho de aqu.

Pablo se dirigi hacia madama Scott: mas desde el da siguiente tuvo la
sorpresa de tropezar con Juan, que vino a tomar asiento con toda
regularidad en el crculo particular de madama Scott, que, como Bettina,
tena su pequea corte. Lo que Juan buscaba all era una proteccin, un
abrigo, un asilo.

El da de aquella tremenda conversacin sobre los matrimonios sin amor,
Bettina tambin sinti por la primera vez despertarse de pronto en ella
esa necesidad de amar que duerme, mas no muy profundamente, en el
corazn de todas las jvenes. La sensacin fue la misma, en el mismo
momento, en el alma de Juan y en el alma de Bettina. El, aterrado, se
ech bruscamente atrs. Ella, por el contrario, se dej arrastrar, en
todo el candor de su plena inocencia, por aquel acceso de emocin y
enternecimiento.

Ella esperaba el amor... si fuera el amor! El hombre que deba ser su
pensamiento, su vida, su alma... si fuera l, este Juan. Por qu no? Lo
conoca ms que a todos aquellos que desde haca un ao giraban en torno
de su fortuna, y de todo lo que de l saba, nada era como para
desalentar la confianza y el amor de una joven. Lejos de eso!

En fin, los dos hacan bien, los dos estaban en el deber y la verdad:
ella dejndose arrastrar; l, resistiendo; ella, sin pensar en un
momento en la obscuridad de Juan ni en su pobreza; l, retrocediendo
ante aquella montaa de millones como lo habra hecho ante un crimen;
ella, pensando que no tena derecho para discutir con el amor; l
pensando que no tena derecho para discutir con el honor.

Por esto, a medida que Bettina se haca ms cariosa, y se abandonaba
con ms franqueza al primer llamado del amor, Juan, de da en da,
estaba ms taciturno y agitado. No slo tena miedo de amar l, sino
tambin de ser amado.

Debi haberse quedado en su casa, no venir... Lo ensay, mas no pudo...
La tentacin era demasiado fuerte, y lo arrastraba. Llegaba, y ella
vena en el acto hacia l con las manos tendidas, la sonrisa en los
labios y el corazn en los ojos. Todo en ella deca: Procuremos
amarnos, y si podemos, ammonos!

El miedo lo embargaba. Apenas se atreva a tocar aquellas dos manos que
iban al encuentro de las suyas. Trataba de evitar aquella mirada que
cariosa y risuea, inquieta y curiosa, buscaba la suya. Temblaba ante
la necesidad de hablar a Bettina, ante la necesidad de orla, y entonces
se refugiaba junto a madama Scott, y sta reciba sus palabras
indecisas, conmovidas, turbadas, que no se dirigan a ella, y que, sin
embargo, ella tomaba para s.

Zuzie no poda dejar de engaarse. Bettina no le haba dicho nada, no le
haba manifestado an los sentimientos vagos y confusos que la agitaban.
Guardaba y acariciaba el secreto de su amor naciente, como un avaro
guarda y acaricia las primeras monedas de su tesoro... El da en que
viera claro en su corazn, el da en que estuviera segura de amarlo,
ah! entonces le hablara a Zuzie, y sera feliz contndoselo todo!...

Madama Scott acab por atribuirse el honor de la melancola de Juan, que
de da en da tomaba un carcter ms marcado. Estaba halagada, pues
nunca disgusta a una mujer el creerse amada, halagada, pero triste al
mismo tiempo. Tena grande estimacin y afecto por Juan, y la afliga el
pensar que ella era la causa de su sufrimiento y desgracia.

Por otra parte, Zuzie tena el sentimiento de su inocencia. Con los
dems, algunas veces era coqueta, muy coqueta. Atormentarlos un poco no
era un gran crimen. Los otros no tenan nada que hacer, no servan para
nada, y esto los ocupaba, mientras la diverta a ella; les haca matar
el tiempo a ellos y a ella tambin... Pero Zuzie no se reprochaba
ninguna coquetera con Juan; pues se daba cuenta de su mrito y
superioridad sobre los dems; comprenda que era hombre capaz de sufrir
seriamente, y madama Scott no quera esto. Ya dos o tres veces estuvo a
punto de hablarle, con mucha dulzura y afectuosamente, pero
reflexion... Juan iba a partir por unos veinte das; a su vuelta, si
aun fuese necesario, le hara un pequeo discurso moral, y le hablara
tan bien, que el amor no volvera a meterse tontamente a travs de su
amistad.

Juan parta al da siguiente... Bettina le rog con insistencia viniera
a pasar el ltimo da en Longueval, a comer con ellas. Pero Juan se
neg, alegando sus ocupaciones la vspera de la partida. Lleg a la
noche, como a las diez y media. Haba venido a pie, y ms de una vez en
el camino, pens volver sobre sus pasos.

--Si tuviera valor--se deca,--no la volvera a ver. Partir maana y no
volver a Longueval mientras ella est ah. Mi resolucin est tomada,
bien tomada.

Pero continu su camino; quera verla... por ltima vez.

Apenas entr al saln, Bettina corri a recibirlo:

--Al fin llegasteis!... Qu tarde!

--He estado muy ocupado.

--Y parts maana?

--S, maana.

--Temprano?

--A las cinco de la maana.

--Saldris por la calle que costea el parque y atraviesa la aldea?

--S, por ese camino pasaremos.

--Por qu tan temprano? Yo habra ido a veros pasar y deciros adis
desde el terrado. Bettina conservaba en su mano la mano de Juan, que
estaba ardiente, hasta que ste se desprendi dolorosamente, haciendo un
esfuerzo, y dijo:

--Tengo que ir a saludar a vuestra hermana.

--Ahora!... no os ha visto... hay diez personas con ella... Venid a
sentaros un momento aqu conmigo.

El se vio obligado a sentarse a su lado.

--Nosotras tambin partiremos.

--Vosotras?

--S, hoy recibimos un telegrama de mi cuado que nos caus mucha
alegra. No lo esperbamos hasta dentro de un mes, y estar aqu dentro
de doce das; se embarca pasado maana en New-York en el _Labrador_... Y
nosotras iremos a esperarlo al Havre... Saldremos de aqu pasado maana,
llevando a los nios, a quienes sentar muy bien pasar unos diez das a
orillas del mar... Cunto se alegrar mi cuado al conoceros!... Al
conoceros... pero, si ya os conoce, tanto le hablamos de vos en todas
las cartas. Segura estoy de que simpatizaris mutuamente. El es
excelente... Cunto tiempo tardaris en volver?

--Veinte das.

--Veinte das... en un campamento?

--S, seorita, en el campamento Cercottes.

--En medio de los bosques de Orleans. Esta maana me hice explicar todo
esto por vuestro padrino. Estoy contenta, porque vamos a ver a mi
cuado; pero al mismo tiempo siento partir, pues si me quedara, ira
todas las maanas a hacer una visita a vuestro padrino... y l me dara
noticias vuestras. Queris escribir a mi hermana, dentro de diez das,
una cartita de cuatro lneas, que no os quitar mucho tiempo, dicindole
cmo estis y que no nos olvidis?

--Oh! en cuanto a olvidaros... perder el recuerdo de vuestra gracia, de
vuestra bondad... nunca, seorita, jams!

Su voz temblaba. Tuvo miedo de su emocin, y se levant.

--Os repito, seorita, que debo ir a saludar a vuestra hermana... me ha
visto... y debe estar asombrada...

Atraves el saln, mientras Bettina lo segua con la vista. Madama
Norton acababa de instalarse en el piano para hacer bailar un poco a los
jvenes. Pablo de Lavardens se acerc a miss Percival.

--Queris hacerme el honor, seorita?

--Ah! Creo haber prometido este vals al seor Juan.

--En fin, si no es con l... ser conmigo?

--Convenido.

Bettina se dirigi hacia Juan que se haba sentado cerca de madama
Scott.

--Acabo de echar una gran mentira. El seor de Lavardens vino a
invitarme para este vals, y le respond que os lo haba prometido... S,
no es verdad, queris?

Estrecharla en sus brazos, respirar el perfume de sus cabellos!... Juan
estaba desesperado... No se atrevi a aceptar.

--Siento, seorita; mas no puedo... no me encuentro bien esta noche. He
venido por no partir sin despedirme; pero bailar es imposible.

Madama Norton comenzaba el preludio del vals.

--Y bien!--dijo Pablo, llegando alegremente,--es con l o conmigo,
seorita?

--Con vos--respondi tristemente ella, sin separar los ojos de Juan.

Estaba muy turbada, y contest eso sin saber lo que deca. Mas en
seguida sinti haber aceptado. Habra deseado quedarse al lado de l...
pero era demasiado tarde. Pablo le tom la mano y la arrastr.

Juan se levant, y los sigui con la vista a los dos, Bettina y Pablo.
Una nube le pas ante los ojos. Sufra atrozmente.

--No me queda ms recurso que aprovechar este momento y partir--se
dijo.--Maana escribir algunas lneas a madama Scott disculpndome.

Dirigiose a la puerta, sin mirar a Bettina... Si la hubiera mirado, se
habra quedado.

Pero Bettina lo miraba, y de repente djole a Pablo:

--Os agradezco mucho, seor, mas estoy fatigada... Detengmonos, os
ruego... Me perdonis, no es verdad?

Pablo le ofreci el brazo.

--No, gracias--dijo ella.

La puerta acababa de cerrarse. Juan no estaba ya all. Bettina atraves
el saln corriendo, y Pablo se qued solo, sin comprender lo que le
pasaba.

Juan llegaba al prtico, cuando oy que lo llamaban.

--Seor Juan! seor Juan!

Detvose y se volvi; ella estaba a su lado.

--Os vais... sin decirme adis?

--Dispensad, seorita, estoy muy fatigado.

--Entonces, no os vayis as, a pie. Va a llover.

Y extendi la mano hacia fuera.

--Mirad! ya llueve.

--Oh! apenas.

--Venid a tomar una taza de t conmigo sola en el saloncito, y os har
llevar en carruaje.

Y volvindose a uno de los criados:

--Decid que pongan el cup, en seguida.

--No, seorita, no, os ruego. El aire libre me calmar... tengo
necesidad de caminar... dejadme partir.

--Partid, pues!... Pero no tenis abrigo... Tomad este chal para
cubrios.

--No tengo fro... mientras que vos... con ese traje... parto para
obligaros a entrar.

Sin tenderle siquiera la mano, se escap, bajando rpidamente las gradas
del prtico.

Si toco su mano, pensaba, estoy perdido, descubro mi secreto.

Su secreto! El no saba que Bettina lea en su corazn como en un libro
abierto.

Cuando lleg a la puerta, tuvo un breve momento de hesitacin. Tena
esta frase en los labios:

Os amo! os adoro! Y por eso no quiero volver a veros!

Mas no la pronunci, alejose, perdindose pronto en la obscuridad...
Bettina permaneci en el prtico, en el cuadro luminoso de la puerta.
Gruesas gotas de lluvia impelidas por el viento azotaban sus espaldas
desnudas y la hacan temblar; ella no lo notaba; senta claramente latir
su corazn.

--Bien saba que l me amaba--se dijo;--pero ahora estoy segura de que
yo tambin lo amo... oh! s... yo tambin...

De pronto, en uno de los grandes espejos de la puerta, vio reflejarse a
los dos criados que estaban de pie inmviles, junto a la mesa de encina
del vestbulo. Bettina dio algunos pasos en direccin al saln... Oy
alegres risas, y el vals que continuaba. Detinese. Quiere estar sola,
completamente sola, y dirigindose a uno de los criados:

--Id a decir a la seora que yo estaba fatigada, y he subido a mi
cuarto.

Annie, su camarera, dormitaba en un silln. Despidiola, pues ella misma
quera desvestirse. Dejose caer en un divn experimentando un delicioso
cansancio.

La puerta del cuarto se abre; es madama Scott.

--Estis enferma, Bettina?

--Ah! Zuzie, sois vos, mi Zuzie! Qu bien habis hecho en venir!
Sentaos aqu, junto a m, muy cerca de m.

Y se recost como un nio en los brazos de su hermana, acariciando con
su cabeza ardiente los frescos hombros de Zuzie; despus, de repente, se
ech a llorar, con grandes sollozos que la sofocaban.

--Bettina, mi querida Bettina, qu tenis?

--Nada, nada... son los nervios... es la alegra.

--La alegra?

--S, s... esperad, pero dejadme llorar un poco... Me hace tanto
bien!... no tengis cuidado... no es nada.

Bajo los besos de su hermana, Bettina se calma, se tranquiliza.

--Ya se acab, se acab, y voy a deciros... tengo que hablaros de Juan.

--Juan! lo llamis Juan?

--S, lo llamo Juan... No habis notado, de algn tiempo a esta parte,
que estaba triste y pareca ser muy desgraciado?

--S, en efecto.

--Apenas llegaba... iba a instalarse a vuestro lado, y permaneca all,
pensativo y silencioso; tanto, que durante varios das me pregunt,
perdonadme que os hable con esta franqueza, sabis que es mi costumbre,
si no os amara a vos, mi Zuzie. Sois tan linda, tan buena, que habra
sido lo ms natural! Pero no, no era a vos, sino a m!

--A vos?

--S, a m. Escuchadme bien... Apenas se atreva a mirarme. Me evitaba,
me hua... Me tena miedo. Evidentemente me tena miedo. Pues bien!
decidme, con franqueza, si soy como para inspirar miedo? No, no es
verdad?

--Seguramente, no.

--Ah! pero no me tena miedo a m, sino a mi dinero a mi horrible
dinero! Ese dinero que los atrae a todos con una tentacin tan fuerte;
ese dinero lo aterra a l, y lo desespera... porque no es como los
dems, porque...

--Cuidado, querida, si os engaarais...

--Oh! no, no, yo, no me engao. No hace mucho, en la puerta, al partir,
me dijo algunas palabras... Las palabras no decan nada; pero si
hubierais visto su turbacin, a pesar de todos sus esfuerzos por
contenerse!... Zuzie, mi Zuzie, por el cario que os tengo, y Dios sabe
cun grande es, voy a revelaros mi conviccin, mi conviccin absoluta:
si en vez de ser miss Percival, hubiera sido yo una pobre joven sin
ningn dinero, Juan me habra tomado la mano, en ese momento,
dicindome que me amaba, y si as me hubiese hablado sabis lo que le
habra respondido?

--Que vos tambin le amabais.

--S, y por eso soy tan feliz. Era una idea fija en m, adorar al hombre
que fuera mi marido... Pues bien, no digo que adoro a Juan, no, todava
no... pero, en fin, ya principio, Zuzie... y el principio es tan grato!

--Bettina, me inquieta veros en esa exaltacin. Convengo en que M.
Reynaud tenga mucho afecto por vos...

--Oh! ms que eso, mucho ms.

--Mucho amor, si queris. S, tenis razn, habis visto bien... El os
ama... y sois digna de todo el amor que sientan por vos, mi querida. En
cuanto a Juan, decididamente esto es contagioso, yo tambin le llamo
Juan, bueno, sabis la opinin que de l tengo formada; desde un mes a
esta parte hemos tenido muchas veces ocasin de decrnosla... Pienso
muy bien de l, muy bien... Pero, en fin, a pesar de todo, ser ste el
marido que os conviene?

--S, si lo amo.

--Procuro hablaros razonablemente, y vos me contestis siempre...
Bettina, tengo mucha ms experiencia que vos... Escuchadme bien... Desde
que llegamos a Pars nos hemos visto lanzadas en un mundo muy animado,
muy brillante, aristocrtico... Podrais ser ya, si hubierais querido,
Marquesa o Princesa...

--S, pero no he querido.

--Os sera completamente indiferente llamaros madama Reynaud?

--Absolutamente, si lo amo...

--Ah! insists...

--Porque es la verdadera cuestin. No hay otra... y a mi vez quiero ser
razonable. Os concedo que esta cuestin no est completamente resuelta,
y que quiz he procedido con demasiada ligereza. Ya veis cmo soy
razonable. Juan parte maana, y no volver a verlo hasta dentro de
veinte das, durante los cuales tendr tiempo de interrogarme,
consultarme, y saber lo que pasa en m. Bajo mi aire ligero, soy seria y
reflexiva... No es as?

--S, lo reconozco.

--Pues bien, voy a dirigiros una splica, como lo hara con nuestra
madre si estuviera aqu presente. Si dentro de veinte das os digo:
Zuzie, estoy segura de amarlo! me permitiris que vaya hacia l, yo
misma, yo sola, a preguntarle si me quiere por esposa. Es lo que
hicisteis vos con Richard... Decid, Zuzie, me lo permitiris?

--S, os lo permitir.

Bettina bes a su hermana, murmurndole al odo:

--Gracias, mam!

--Mam, mam! As me llamabais cuando erais muy nia, cuando estbamos
solas en el mundo las dos, cuando os desnudaba de noche en New-York en
nuestro pobre cuartito, y os tena en mis brazos antes de poneros en la
cuna, cantando para haceros dormir. Y desde entonces, Bettina, no he
deseado ms que una sola cosa en el mundo: vuestra felicidad. Por eso os
pido que reflexionis bien. No me respondis; no hablemos ms de eso.
Quiero dejaros muy tranquila, bien calmada. Despachasteis a Annie?...
Queris que esta noche tambin os desnude y os acueste vuestra mam,
como antes?

--S, quiero.

--Y cuando estis acostada, me prometeris ser buena?

--Buena, como una santa.

--Y haris todo lo posible por dormiros?

--Todo lo que pueda...

--Con mucho juicio, sin pensar en nada?

--Con juicio y sin pensar en nada.

--Sea enhorabuena!

Diez minutos despus, la cabeza de Bettina reposaba suavemente entre
bordados y encajes, mientras Zuzie deca a su hermana:

--Voy donde est toda esa gente que me fastidia en extremo esta noche. Y
antes de pasar a mi cuarto, vendr a ver si dorms. Silencio... dormos.

Y sali dejando sola a Bettina; que, segn lo prometido, hizo los ms
sinceros esfuerzos para dormirse, no consiguindolo sino a medias. Cay
en un semisueo, en una modorra que la dej flotante entre el sueo y la
realidad. Prometi no pensar en nada, y, sin embargo, pensaba en l,
nada ms que en l, siempre en l; pero vaga y confusamente. Cunto
tiempo pas as, no habra sabido decirlo. De pronto, sinti pasos en el
cuarto; entreabri los ojos y crey reconocer a su hermana, y con voz
somnolienta le dijo:

--Sabis?... lo amo.

--Chit... Dormid, dormid!

--Duermo, duermo.

Y se durmi en realidad; mas no tan profundamente como de costumbre,
pues a las cuatro de la maana despertose sobresaltada por un ruido, que
la vspera no habra turbado absolutamente su sueo. La lluvia, que caa
a torrentes, azotaba las ventanas del cuarto de Bettina.

--Oh! cmo llueve, cmo se va a mojar!

Fue su primer pensamiento. Levntase, atraviesa su cuarto con los pies
desnudos y entreabre un postigo. Empieza a despuntar el da, con una luz
gris, opaca, pesada; el cielo est cargado de agua; el viento sopla
tempestuoso, por rfagas que hace girar la lluvia en torbellinos.

Bettina no se acuesta ya. Comprende que le sera del todo imposible
volverse a dormir. Pnese un peinador y permanece junto a la ventana,
viendo caer la lluvia. Ya que deba partir, habra deseado que se fuera
con buen tiempo, y que un claro sol iluminara su primera etapa.

Hace un mes, cuando lleg a Longueval, Bettina no saba lo que era una
etapa. Hoy sabe que una etapa de artillera es una marcha de treinta a
cuarenta kilmetros, con una hora de alto para almorzar. El abate
Constantn se lo ha enseado; pues durante las visitas que hacen juntos
a los pobres, Bettina lo abruma a preguntas sobre las cosas militares y
especialmente sobre el servicio de artillera.

Ocho o diez leguas bajo esta lluvia azotadora! Pobre Juan! Bettina
piensa en los jvenes Turner, Norton, en Pablo de Lavardens, que
dormirn tranquilamente hasta las diez de la maana, mientras Juan
recibir este diluvio.

Pablo de Lavardens! este nombre despierta en su espritu un recuerdo
doloroso: el vals de la vspera... Haber bailado as, cuando la pena de
Juan era manifiesta! A los ojos de Bettina, la vuelta de vals que dio,
toma las proporciones de un crimen; es horrible lo que ha hecho.

Y despus no tuvo valor ni franqueza en la ltima conversacin con Juan.
El no poda, no se atreva a decir nada, pero ella debi demostrar ms
cario, ms confianza. Triste y enfermo como estaba, no debi nunca
dejarlo partir a pie. Debi haberlo retenido, retenido a toda costa. La
imaginacin de Bettina trabaja y se exalta. Juan llevara la impresin
de haber estado con una mala criatura sin corazn y sin piedad...

Y dentro de media hora partir, partir por veinte das... Ah! si
pudiera de algn modo!... Pero existe un medio... El regimiento
desfilar por delante del parque, frente al terrado. Y Bettina es presa
de un vehemente deseo de ir a ver pasar a Juan. As comprender l,
vindola a esas horas, que viene a pedirle perdn de sus crueldades de
la vspera. S, ir... Pero prometi a Zuzie ser juiciosa, estarse
quieta como una santa, y hacer lo que hace, es portarse como una santa?
Al volver confesar a Zuzie todo, y ella le perdonar.

Ir, ir! Mas con qu se vestir? No tiene a mano sino un traje de
baile y un peinador de muselina, babuchas con tacn y zapatos de baile
de raso celeste. Qu hacer? Despertar a su camarera, nunca se
atrevera... y adems el tiempo urge... las cinco menos cuarto! El
regimiento sale a las cinco.

Puede salir del paso con el peinador de muselina y los zapatos de raso,
si encuentra en el vestbulo un sombrero, sus zuecos de jardn y el gran
chal escocs que se pone los das de lluvia para manejar. Entreabre su
puerta con infinitas precauciones; todos duermen en el castillo;
deslzase a lo largo de las paredes, a travs de los corredores, y baja
la escalera.

Con tal que los zuecos estn en su lugar! Es su mayor preocupacin. Ah
estn. Los ata por sobre los zapatos de baile y se envuelve en su gran
chal. Siente afuera redoblar la violencia de la lluvia. Ve un enorme
paraguas, del que se sirven los criados cuando van en el pescante;
apodrase de l: ya est pronta... mas cuando quiere salir nota que la
puerta del vestbulo se halla cerrada por una gran barra de hierro.
Procura levantarla, pero la barra est fuerte, resiste, y el gran reloj
del vestbulo deja or en aquel momento cinco golpes. El sale en ese
instante!

Y ella quiere verlo, quiere verlo! Su voluntad se irrita con los
obstculos; hace un gran esfuerzo. La barra cede y se desliza por la
puerta... Pero Bettina se ha hecho en la mano un largo tajo que deja ver
un pequeo hilo de sangre. Envulvese la mano en el pauelo, toma el
gran paraguas, da vuelta la llave en la cerradura, y abre la puerta. Al
fin est afuera!

El tiempo es horrible. El viento y la lluvia continan. Necestanse
cinco o seis minutos para llegar al terrado que da a la calle. Bettina
se lanza valientemente adelante, con la cabeza baja, oculta debajo de
su inmenso paraguas. Habra andado unos cincuenta pasos, cuando un
remolino ciego, loco, furioso, se arroja sobre Bettina, le abre el chal,
la arrastra, la levanta, casi la hace perder pie, y da vuelta con
violencia el paraguas. Esto no es nada todava. El desastre fue
completo. Bettina ha perdido uno de sus zuecos... No eran muy serios
estos zuecos, eran muy bonitos para el buen tiempo.

Y en ese momento, cuando Bettina desesperada, lucha contra la tempestad,
con su zapato de raso celeste que se entierra en la arena mojada, en ese
momento el viento le trae el eco lejano de un toque de trompetas. Es el
regimiento que sale! Bettina toma una gran resolucin: abandona el
paraguas, levanta el zueco, vuelve a atrselo mal o bien, y parte
corriendo con un diluvio en la cabeza.

Por fin se encuentra bajo el bosque, donde los rboles la protejen un
poco. Otro toque ms; ms cercano esta vez, Bettina cree or los pasos
de los caballos. Hace un ltimo esfuerzo y llega al terrado... Ya era
tiempo! A veinte metros de distancia divisa los caballos blancos de los
cornetas, y ms lejos ve ondular vagamente en medio de la neblina, una
larga fila de caones. Pnese al abrigo bajo los tilos que rodean el
terrado, y mira y espera. El viene ah entre esa masa confusa de
caballeros. Podr reconocerlo? Alguna feliz casualidad le har volver
la cabeza hacia ese lado.

Bettina sabe que es teniente de la segunda batera de su regimiento;
sabe que una batera se compone de seis caones y seis cajas. El abate
Constantn le ense tambin esto. Debe, pues, dejar pasar la primera
batera, es decir, contar seis caones, seis cajas y en seguida vendr
l...

Es l, en efecto, envuelto en su gran capa, y es l, el primero que la
ve y la reconoce. Unos momentos antes recordaba un largo paseo que
hiciera con ella, al caer la tarde, hasta este terrado. Levant los
ojos hacia donde recordaba haberla visto y la encontr all mismo.

La saluda, y con la cabeza descubierta, bajo la lluvia, volvindose
sobre el caballo, a medida que se alejaba, la mir hasta perderla de
vista, repitiendo lo que se haba dicho la vspera:

--Ser la ltima vez!

Ella, con las manos le deca adis, y este ademn repetido muchas veces,
traa sus manos tan cerca, tan cerca de su boca, que se habra podido
creer...

--Ah--pensaba,--si despus de esto no comprende que lo amo, si no me
perdona mi dinero!




VIII


Estamos a 10 de agosto, da en que debe volver Juan a Longueval.

Bettina se despierta muy temprano, se levanta y corre a la ventana. Un
gran sol naciente disipa los vapores de la maana. La vspera, por la
noche, el cielo estaba amenazando, cargado de nubes. Bettina ha dormido
muy poco, y durante toda la noche deca:

--Con tal que no llueva maana!

Va a ser un da precioso, y como Bettina es algo supersticiosa, esto le
infunde esperanza y valor. La jornada principia bien y terminar bien.

M. Scott ha vuelto hace unos das. Bettina lo esperaba en el muelle del
Havre con Zuzie y los nios.

Despus de abrazarse tiernamente, varias veces, Richard, dirigindose a
su cuada, pregunta riendo:

--Y bien! cundo es el casamiento?

--Qu casamiento?

--Con M. Juan Reynaud.

--Ah, mi hermana os ha escrito!

--Zuzie? No. Zuzie no me ha dicho ni una palabra. Vos, Bettina, me
habis escrito. Desde hace un mes, en todas vuestras cartas, slo se
trata de este joven oficial.

--En todas mis cartas?

--S, s, y me escribais con ms frecuencia y ms detencin que antes.
No me quejo, pero os pregunto, cundo me presentaris a mi cuado?

El hablaba as por broma, mas Bettina le responde seriamente:

--Espero que ser muy pronto.

M. Scott slo ahora sabe que el asunto es serio. Bettina le pide sus
cartas, al volver en el vagn para releerlas, y ve que, en efecto, en
todas habla de l. Halla all los ms mnimos detalles de su primer
encuentro; el retrato de Juan en el jardn del presbiterio con su
sombrero de paja y la ensaladera de loza... y despus el seor Juan, y
siempre el seor Juan. Descubre que lo ama desde mucho antes que lo
pensaba.

Estamos, pues, a 10 de agosto. Acaba de concluirse el almuerzo en el
castillo. Harry y Bella estn impacientes. Saben que de una a dos el
regimiento atravesar la aldea, y les han prometido llevarlos a ver
pasar los soldados, y para ellos, tanto como para Bettina, la vuelta del
9. de artillera es un gran acontecimiento.

--Ta Betty--dijo Bella,--ta Betty, ven con nosotros.

--S, ven--dijo Harry,--ven, veremos a nuestro amigo Juan sobre su gran
caballo moro.

Bettina resiste, rehsa, y, sin embargo, qu tentacin! Pero no, no
ir, no ver a Juan hasta la noche para la explicacin decisiva que
viene preparando desde hace veinte das.

Los nios salen con su aya, mientras Bettina, Zuzie y Richard se sientan
en el parque, cerca del castillo.

--Zuzie--dice Bettina,--voy a recordaros hoy vuestra promesa. Os
acordis de lo que pas entre nosotras la noche de su partida?
Convinimos en que si a su vuelta yo os deca: Zuzie, estoy segura de
amarlo, vos me permitirais dirigirme a l francamente y preguntarle si
me quera por esposa.

--S, os lo promet. Pero estis segura?

--Completamente segura. Os prevengo, pues, que tengo la intencin de
traerlo... aqu mismo, a este banco--continu, sonriendo,--y hablarle,
ms o menos, como vos lo hicisteis con Richard. La prueba sali bien,
Zuzie... sois enteramente feliz, y yo tambin quiero serlo. Richard,
Zuzie os ha hablado de M. Reynaud?

--S, me ha dicho que de ningn hombre pensaba tan bien como de ste,
pero...

--Pero tambin os ha dicho que quiz sera para m un casamiento
demasiado tranquilo, muy poco brillante. Oh, qu mala hermana! Queris
creer, Richard, que no consigo quitarle ese temor; no comprende que ante
todo quiero amar y ser amada! Creeris, Richard, que la semana pasada
me tendi un lazo horrible! Sabis que en el mundo existe un prncipe
Romanelli?

--S, y habrais podido ser Princesa.

--Creo que no hubiera encontrado inmensas dificultades. Pues bien, un
da comet la imprudencia de decir a Zuzie que el prncipe Romanelli, en
ltimo caso, me pareca aceptable. No os imaginis lo que hizo? Los
Turner estaban en Trouville; y con ayuda de ellos tram el complot. Me
hicieron almorzar con el Prncipe... mas el resultado fue desastroso.
Aceptable! Durante las dos horas que pas con l, me pregunt cmo
haba podido yo decir semejante palabra. No, Richard; no, Zuzie; no
quiero ser Princesa, ni Condesa, ni Marquesa, sino simplemente madama
Juan Reynaud... si el seor Juan Reynaud consiente... lo cual no es muy
seguro.

El regimiento entraba a la aldea, y bruscamente estall la msica
marcial y alegre a travs del espacio. Los tres permanecieron en
silencio. Era el regimiento, era Juan quien pasaba. Los sonidos
disminuyeron, hasta extinguirse, y Bettina continu:

--No, no es seguro, aunque l me ama mucho, y sin conocerme bien. Yo
pienso que merezco ser amada de otra manera, pienso que si me conociera
mejor, no le causara un terror semejante, por esto os pido permiso para
hablarle esta noche, libre y francamente.

--Os lo acordamos--respondi Richard,--los dos os lo acordamos.
Sabemos, Bettina, que nunca haris nada que no sea noble y generoso.

--Procurar hacerlo, al menos.

Los nios vuelven corriendo. Han visto a Juan, que iba cubierto de
polvo, y los salud.

--Pero--agrega Bella,--no ha sido bueno con nosotros hoy, no se par a
hablarnos... siempre lo hace, y hoy no ha querido.

--S, ha querido--responde Harry,--porque al principio hizo un
movimiento as... y despus no quiso, y se fue.

--En fin, no se detuvo. Y es tan divertido hablar con un militar, sobre
todo, cuando est a caballo.

--No es eso slo, sino que nosotros lo queremos tanto, al seor Juan. Si
supieras, pap, qu bueno es, y qu bien sabe jugar con nosotros!

--Y qu lindos dibujos hace! Te acuerdas, Harry, de aquel gran
polichinela tan raro, con su bastn?

--Y el gato, tambin haba un gato, como en Guignol.

Los nios se alejaron hablando de su amigo Juan.

--Decididamente--dijo M. Scott,--todo el mundo lo quiere en esta casa.

--Y vos haris otro tanto, cuando lo conozcis--responde Bettina.

El regimiento sigue al trote por el camino real, al salir de la aldea.
He ah el terrado donde se hallaba Bettina la otra maana... Juan
piensa: si estuviera ah! Lo teme y lo espera al mismo tiempo. Levanta
la cabeza, mira... No est!

No la ha visto! Ni volver a verla... en mucho tiempo, al menos. Esa
misma noche partir, a las seis, para Pars. Uno de los directores del
ministerio de la Guerra se interesa por l, y procurar hacerse enviar a
otro regimiento.

Juan ha reflexionado mucho sobre esto en Cercottes, y el resultado de
sus reflexiones es el siguiente: l no puede, no debe ser el marido de
Bettina.

Los hombres echan pie a tierra en el patio del cuartel, mientras Juan
se despide de su coronel y sus camaradas. Todo ha concluido, es libre,
puede partir... y, sin embargo, no lo hace. Mira a su alrededor... cun
feliz era tres meses antes, cuando sala de aquel gran patio, a caballo,
en medio del ruido de los caones que rodaban en el suelo de Souvigny!
Y cun tristemente saldr hoy! Antes su vida se limitaba ah... ahora
hasta dnde ir?

Entra y sube a su cuarto, para escribir a madama Scott, dicindole que
por asuntos de servicio se ve obligado a partir al instante, y no podr
comer en el castillo; ruega a madama Scott presente sus respetos a la
seorita Bettina. Bettina! Ah, cunta pena le da escribir este nombre!
Cierra la carta para enviarla ms tarde.

Hace sus preparativos de viaje, para ir a despedirse, despus, de su
padrino. Esto es lo que ms le cuesta... aunque slo le hablar de una
breve ausencia.

Al abrir uno de los cajones del escritorio para sacar dinero, lo
primero que hiere su vista es una carta escrita sobre papel azulado: el
nico billete que ha recibido de ella.

Queris tener la bondad de entregar al portador el libro de que me
hablasteis anoche? Quiz sea algo serio para m; pero deseara ensayar
su lectura. Hasta luego; venid lo ms temprano posible.--_Bettina_.

Juan lee y relee estas pocas lneas... hasta que no puede leer ms, pues
se le nublan los ojos.

--Esto es todo lo que me quedar de ella--piensa.

En el mismo momento, el abate Constantn est en conferencia con
Paulina. Hacen sus cuentas. La situacin financiera es admirable, tienen
ms de dos mil francos en caja. Y se han cumplido los votos de Zuzie y
Bettina: ya no hay pobres en toda la comarca. La vieja Paulina, por
momentos, tiene ligeros escrpulos de conciencia.

--Mirad, seor cura, quiz damos demasiado. Correr la voz hasta las
otras aldeas de que aqu se hace la caridad a ojos cerrados, y uno de
estos das vendrn a establecerse infinidad de pobres a Longueval.

El cura da cincuenta francos a Paulina, que sale a llevrselos a un
pobre hombre que se rompi un brazo al caer de arriba de una carreta de
pasto.

El abate Constantn queda solo y pensativo en el presbiterio. Esper al
regimiento al pasar, pero Juan no se detuvo ms que un instante;
llevaba un aire tan triste! Hace algn tiempo que el abate nota que
Juan no tiene ya su alegra y buen humor de antes. Mas no se ha
inquietado mucho, creyendo sera una de esas penas pasajeras de la
juventud, que no interesan a un pobre cura viejo.

Pero hoy la preocupacin de Juan es muy notable.

--Vuelvo en seguida, mi padrino--le dijo;--pues tengo necesidad de
hablaros.

Y sali bruscamente, sin que el abate tuviera tiempo para darle un
terrn de azcar a Loulou, o ms bien dicho, unos terrones de azcar,
pues llevaba cinco o seis en el bolsillo, considerando que bien mereca
Loulou este regalo por los diez das de marcha y las veinte noches
pasadas al raso. Adems, desde la instalacin de madama Scott en el
castillo, Loulou tena siempre varios terrones de azcar. El abate
Constantn se haba hecho gastador, prdigo; sentase millonario, y los
terrones para el caballo de Juan, eran una de sus locuras. Un da casi
le dirigi a Loulou su eterno discurso.

--Esto procede de las nuevas castellanas de Longueval. Rogad por ellas
esta noche.

Eran cerca de las tres cuando Juan lleg al presbiterio.

--Me dijiste hoy, que tenas que hablarme... de qu se trata?

--De algo, padrino, que va a sorprenderos, a entristeceros, y me
entristece a m tambin. Vengo a despedirme de vos.

--A despedirte! Partes?

--S, parto.

--Cundo?

--Hoy mismo... dentro de dos horas.

--Dentro de dos horas! pero esta tarde debamos comer en el castillo.

--Acabo de escribir a madama Scott, excusndome. Me veo obligado
indefectiblemente a partir.

--En seguida?

--En seguida.

--Y vas?

--A Pars.

--A Pars! Y por qu esta repentina determinacin?

--No tan repentina. Hace tiempo ya que pensaba partir.

--Y no me habis dicho nada... Juan, algo te pasa... Eres un hombre, y
no tengo ya derecho para tratarte como a un nio; pero, en fin, t sabes
cunto te quiero... Si tienes alguna pena, alguna contrariedad, por
qu no me lo dices? Quiz podra darte algn buen consejo. Juan, a qu
vas a Pars?

--No quera decroslo... porque os causar pena... mas tenis derecho a
saberlo... Voy a Pars a pedir que me manden a otro regimiento.

--A otro regimiento? Salir de Souvigny?

--S, precisamente, salir de Souvigny... por algn tiempo, por poco
tiempo; pero, en fin, salir de Souvigny, es lo que deseo, lo que
necesito.

--Y yo? Juan, t ya no piensas en m... Por poco tiempo! Poco tiempo!
es lo que me queda de vida, muy poco tiempo. Y durante estos ltimos
das que debo a la gracia de Dios, sentirte cerca de m, era mi
felicidad, s, Juan, era mi mayor felicidad. Y te vas as? Juan, espera
un poco, ten paciencia, que no tardar mucho, espera a que el Seor me
llame a s, espera a que vaya a reunirme all con tu padre y tu
madre... No te vayas, Juan, no te vayas.

--Si vos me queris, yo tambin os quiero... y bien lo sabis vos...

--S, lo s.

--Conservo por vos el mismo cario que tena cuando era nio, cuando me
recogisteis y me educasteis. Mi corazn no ha cambiado, ni cambiar
jams... Pero si el deber, si el honor me obliga a partir...

--Ah! si es el deber, si es el honor... No digo nada ms, Juan... Todo
queda despus de eso, todo, todo! Siempre has sido buen juez de tu
deber, buen juez de tu honor... Parte, hijo mo, parte. No te pregunto
nada ms, ni quiero saber nada ms.

--Pues bien! yo voy a decroslo todo--exclam Juan, vencido por su
emocin.--Vale ms que lo sepis todo, vos que quedis aqu, y volveris
al castillo... y la volveris a ver... a ella!

--A quin?... Quin es ella?

--Bettina!

--Bettina!

--Yo la adoro, padrino, la adoro!

--Pobre hijo mo!

--Perdonad que os hable de estas cosas... pero os lo digo como se lo
dira a mi padre. Y adems... nunca he hablado de esto a nadie, y me
ahoga el secreto. S, es una locura que se ha apoderado de m, poco a
poco, a pesar mo, pues bien comprendis... Dios mo! aqu mismo fue
donde principi a amarla. Sabis aquel da que lleg con su hermana?...
con los paquetitos de mil francos... con los cabellos sueltos... y la
noche del mes de Mara?... Luego he podido verla libre y
familiarmente... y vos mismo me hablabais de ella sin cesar,
ponderndome su carcter, su bondad. Cuntas veces me repetisteis que
no haba en el mundo nada mejor!

--Y lo pensaba... y lo pienso an... Nadie la conoce aqu como yo, pues
yo slo la veo en casa de los pobres. Si la vieras en nuestras visitas
por la maana cun cariosa y valiente es! Ni la miseria, ni el
sufrimiento la desaniman... Pero hago mal en hablarte de esto...

--No, no, no quiero volver a verla, pero no me niego a or hablar de
ella.

--En tu vida encontrars, Juan, una mujer mejor que sta, ni de
sentimientos ms elevados. Tanto, que un da que me llevaba en un
carruaje abierto, lleno de juguetes para una chiquita enferma, y al
drselos para hacerla rer y divertirla, le hablaba con tanta gracia,
que yo pensaba en ti y me deca, ahora lo recuerdo: Ah, si fuera
pobre!

--S, si fuera pobre, mas no lo es!

--Oh! no... En fin, qu quieres, hijo mo! si te hace mal verla, vivir
cerca de ella, como ante todo es preciso que no sufras... vete no es
as? vete... Y, sin embargo... y, sin embargo...

El anciano sacerdote qued pensativo, dej caer la cabeza entre las
manos, y permaneci en silencio durante algunos minutos; luego continu:

--Y, sin embargo, Juan, sabes en qu pensaba? La he visto mucho a la
seorita Bettina desde que lleg a Longueval. Pues bien! ahora
reflexiono, antes no me asombraba, me pareca tan natural que se
interesasen por ti, pero en fin, ella no hablaba sino de ti, siempre,
siempre de ti.

--De m?

--S, y de tu padre y de tu madre. Tena curiosidad de saber cmo vivas
y me peda le explicara lo que era la existencia de un soldado, de un
verdadero soldado que cumple con su deber. Es extraordinaria la reunin
de recuerdos que tiene lugar en mi mente desde que me has dicho eso. Mil
pequeos incidentes se agrupan, se acercan... Anteayer, a las tres,
volvi del Havre, una hora despus estaba aqu, hablndome de ti. Me
pregunt si habas escrito, si no habas estado enfermo, cundo
llegabas, a qu hora, si el regimiento pasara por la aldea...

--Es intil, padrino, que busquis todos esos recuerdos.

--No, no es intil... Estaba tan contenta, considerbase tan feliz al
pensar que iba a volverte a ver! La comida de esta tarde era una gran
fiesta para ello... pensaba presentarte a su cuado, que vino con ella.
No habr nadie hoy en el castillo, ni un solo invitado; mucho insisti
sobre esto, y recuerdo su ltima frase, cuando estaba ah en el umbral
de la puerta: No seremos ms que cinco, vos, el seor Juan, mi hermana,
mi cuado y yo, y agreg riendo: Una verdadera comida de familia!
Diciendo esto sali corriendo. Una verdadera comida de familia! Sabes
lo que yo creo, Juan, lo sabes?

--No debis creer eso, mi padrino, no debis...

--Juan, yo creo que ella te ama!

--Y yo tambin lo creo!

--T tambin!

--Cuando la dej hace veinte das, estaba tan agitada, tan conmovida.
Veame triste y desgraciado, y no quera dejarme partir. Esto pasaba en
el prtico del castillo, de donde sal huyendo... s... huyendo; pues
iba a hablar, a estallar, a decrselo todo. Despus de haber andado unos
cincuenta pasos, me detuve, y me volv; ella no poda verme, yo estaba
en completa obscuridad; pero yo la vea, que permaneca all, inmvil,
con los hombros y los brazos desnudos bajo la lluvia, mirando hacia el
lado por donde yo haba partido. Quiz soy un loco al pensar que... Tal
vez era slo un sentimiento de compasin. Pero no, era algo ms que
compasin, pues sabis lo que hizo al da siguiente? Vino a las cinco
de la maana, con un tiempo horrible, a verme pasar con el regimiento, y
all su modo de decirme adis... Ah! padrino, padrino!...

--Pero, entonces--dijo el pobre cura, completamente trastornado,
enteramente desorientado;--pero entonces yo no comprendo nada. Si tu
la amas, Juan, y si ella te ama!...

--Por eso mismo quiero partir. Si no fuera ms que yo! Si estuviera
seguro de que ella no haba notado mi amor, seguro de que no se
compadeca de m, me quedara... me quedara... slo por tener la dicha
de verla, y la amara de lejos, sin esperanza ninguna, slo por el
placer de amarla... Pero no, ella ha comprendido muy bien... y lejos de
desalentarme... en fin, esto es lo que me obliga a partir...

--No, no lo comprendo. Bien s, hijo mo, que hablamos de cosas en que
no soy muy entendido... pero, en fin, los dos sois buenos, jvenes,
encantadores... T la amas... ella te ama... y no podrais!...

--Y su dinero, padrino, y su dinero!

--Qu importa su dinero! qu tiene que ver su dinero! Acaso la has
amado por su dinero?... Pues a pesar de su dinero, mejor. Tu conciencia,
mi Juan, estar bien tranquila a este respecto, y eso basta.

--No, eso no basta. Tener buena opinin de s mismo no es bastante; es
preciso que de esta buena opinin participen los dems.

--Oh! Juan, entre los que te conocen, quin dudara de ti?

--Quin sabe... Y despus hay otra cosa adems de la cuestin dinero,
otra cosa ms seria y ms grave. No soy el marido que le conviene.

--Y quin sera ms digno que t?

--No se trata de ver lo que yo pueda valer, sino de considerar lo que
ella es, y lo que soy yo; de saber lo que debe ser su vida, y lo que
ser la ma... Un da Pablo, sabis que l tiene un modo algo brusco de
decir las cosas, pero muchas veces eso da al pensamiento mayor claridad,
se trataba de ella... Pablo no se imaginaba nada... sin eso... es bueno
y no habra hablado as. Pues bien, me deca: Lo que necesita, es un
marido que se consagre a ella completamente, un marido que no tenga ms
pensamiento que hacer de su existencia una perpetua fiesta, un marido,
en fin, que pase su vida procurndole diversiones. Vos me conocis...
Un marido semejante, no puedo, no debo serlo. Soy soldado y seguir
sindolo. Si los azares de mi carrera me envan un da de guarnicin a
algn rincn de los Alpes o a alguna aldea perdida de Argel, podr
pedirle que me siga? Puedo condenarla a esta existencia de mujer de
soldado, que en suma es, ms o menos, la existencia del soldado? Pensad
en la vida que lleva hoy, en todo ese lujo, todos esos placeres!...

--S--dijo el abate,--esto es ms serio que la cuestin dinero.

--Tan serio, que no cabe duda posible. Durante los veinte das que pas
all solo en el campamento, he pensado mucho en esto... no he pensado
ms que en esto... y amndola como la amo es preciso que haya pensado
bien las razones, y que ellas me muestren claramente mi deber. Debo
irme... lejos, muy lejos, lo ms lejos posible. Sufrir mucho... mas no
debo volverla a ver, no debo volver a verla!

Juan se dej caer en un silln junto a la chimenea, y permaneci all
abrumado. El anciano sacerdote lo miraba.

--Verte tan desgraciado, pobre hijo mo! Que un dolor semejante caiga
sobre ti... Es demasiado cruel, demasiado injusto...

En este momento llamaron suavemente a la puerta.

--Ah! no tengas cuidado, Juan... no dejar entrar.

El abate se dirigi hacia la puerta, la abri y retrocedi como ante una
aparicin inesperada.

Era Bettina, que en el acto vio a Juan y se dirigi derecho a l.

--Sois vos?... Oh, cunto me alegro!

El se haba levantado, y ella le tom las dos manos, y dirigindose al
cura, agreg:

--Dispensad, seor cura, si lo he saludado a l primero... A vos os he
visto ayer... y a l no le veo desde hace veinte largos das, desde
cierta noche que sali de casa triste y enfermo.

Ella conservaba entre las suyas las manos de Juan, y l no se senta con
fuerzas para hacer el menor movimiento ni pronunciar una sola palabra.

--Ahora estis mejor?--continu Bettina.--No, aun no... lo veo...
triste an... Oh, qu bien he hecho en venir! He tenido una
inspiracin... Sin embargo, siento algo, siento mucho encontraros aqu.
Y comprenderis por qu, cuando sepis lo que vengo a pedir a vuestro
padrino.

Bettina solt las manos de Juan, y se volvi hacia el abate.

--Vengo, seor cura, a rogaros queris escuchar mi confesin. S, mi
confesin... Pero no pensis en iros, seor Juan. Har mi confesin
pblicamente, con mucho gusto hablar delante de vos... y hasta pienso
que ser mejor as. Sentmonos, queris?

Bettina sentase llena de confianza y osada. Tena fiebre, pero esa
fiebre que en el campo de batalla da al soldado el ardor, el herosmo y
el desprecio del peligro. La emocin que aceleraba los latidos de su
corazn era una emocin elevada y generosa. Ella se deca:

Quiero ser amada! Quiero amar! Quiero ser feliz! Quiero que l sea
feliz! Y puesto que l no tiene valor, yo lo tendr por los dos, y
marchar sola, con la cabeza erguida y el corazn tranquilo, a
conquistar nuestro amor, a conquistar nuestra dicha.

Desde el primer momento, Bettina sinti su completa superioridad sobre
el abate y Juan. Ellos la dejaban hablar, la dejaban obrar, sintiendo
que la hora era suprema. Comprendan que iba a pasar algo decisivo,
irrevocable, pero que ni uno ni otro estaban en estado de prever.
Habanse sentado dcil casi automticamente. Entre aquellos dos hombres
aturdidos, slo Bettina conservaba su sangre fra, y con voz clara y
precisa comenz de esta manera:

--Para tranquilidad de vuestra conciencia, os dir primero, seor cura,
que estoy aqu con el consentimiento de mi hermana y mi cuado, que
saben por qu he venido y lo que pienso hacer: no slo lo saben, sino
que lo aprueban tambin. Me habis comprendido, verdad? Bueno. Lo que
me trae aqu es vuestra carta, seor Juan; la carta en que decs a mi
hermana que no podis ir a comer con nosotros esta tarde, pues os veis
obligado a partir. Esa carta desbarat todos mis proyectos. Yo pensaba,
siempre con el permiso de mi hermana y mi cuado, llevaros esta tarde,
despus de comer, al parque, seor Juan, y sentarme con vos en un banco.
Tuve hasta la niera de elegir el paraje de antemano, y all os habra
recitado un pequeo discurso, muy preparado, muy estudiado, casi
aprendido de memoria, pues desde vuestra partida no pienso ms que en
este discurso, y me lo recito a m misma desde la maana hasta la noche.
Esto era lo que me propona hacer, y comprendis que vuestra carta...
desconcert mi plan. Reflexion un tanto, y pens que si yo dirigiera mi
discurso a vuestro padrino, sera, ms o menos, como si os lo dirigiera
a vos mismo. He venido, pues, seor cura, a rogaros tengis la bondad de
escucharme. Cuando vine aqu traa una buena dsis de valor; pero ya se
me acaba, y quisiera deciros an ciertas cosas... las ms importantes.
Juan, escuchadme bien: no quiero que me deis una respuesta arrancada a
vuestra emocin. S que me amis... Y si debis casaros conmigo, no
quiero que sea slo por amor, sino tambin por razonamiento. Durante los
quince das que precedieron vuestra partida, pusisteis tal empeo en
huir de m, en evitar hasta la ms simple conversacin, que no pude
mostrarme a vuestros ojos tal como soy. Y poseo, quiz, algunas
cualidades que no conocis... S, Juan, lo que sois vos, y s los
compromisos que contraigo tomndoos por esposo: ser para vos no slo
una mujer cariosa y buena, sino tambin valiente y firme. Conozco toda
vuestra vida, vuestro padrino me la ha referido; s por qu sois
soldado, y cuntos deberes y sacrificios podis entrever en el
porvenir... No lo dudis, Juan, jams os desviar de ninguno de estos
deberes, de ninguno de estos sacrificios. Si pudiera resentirme con vos
por algo, lo hara por ese pensamiento, oh, s, lo habis tenido! el
pensamiento de que yo os querra todo para m, que os pedira
abandonarais vuestra carrera. No, nunca, jams! od bien, jams os
pedir una cosa semejante... Una joven amiga ma hizo eso al casarse;
pero hizo mal... os amo tal como sois, y porque vivs de otra manera y
mejor que todos los que me deseaban por esposa, yo os deseo por marido.
Os amara menos, nada quiz, aunque esto sera muy difcil, si
llevarais la vida que llevan todos aquellos a quienes he desechado...
Cuando pueda seguiros os seguir, y donde quiera que estis, all estar
mi deber; donde quiera que vayis, ir mi felicidad, y si llegara da en
que no pudierais llevarme, da en que debierais partir solo, pues bien,
Juan, ese da os prometo que tendr valor suficiente para no quitaros el
vuestro... Y ahora, seor cura, no es a l, sino a vos a quien me
dirijo... quiero que respondis vos, y no l. Decid... si l me ama y
me considera digna de l, ser justo que me haga expiar tan duramente mi
fortuna?... Decid... no debe aceptar ser mi marido?

--Juan--dijo gravemente el anciano sacerdote,--s su esposo... es tu
deber... y ser tu felicidad!

Juan se acerc a Bettina, la tom en sus brazos y pos en su frente un
primer beso.

Bettina se separ suavemente, y dirigindose al abate:

--Ahora, seor cura, tengo an algo que pediros... quisiera...
quisiera...

--Quisierais?...

--Que me besarais, seor cura.

El anciano sacerdote la bes paternalmente en las dos mejillas.

--Muchas veces me habis dicho, seor cura, que Juan era como vuestro
hijo. Yo tambin, no es verdad, ser un poco vuestra hija, y as
tendris dos hijos.

       *       *       *       *       *

Un mes despus, el 12 de septiembre, a medioda, Bettina con el ms
sencillo traje de novia, atravesaba la iglesia de Longueval, mientras
que colocada detrs del altar la banda del 9. de artillera tocaba
alegremente bajo las bvedas de la vieja iglesia.

Nancy Turner solicit el honor de tocar el rgano en tan solemne
circunstancia, pues el pequeo armonium haba desaparecido. Un rgano de
resplandecientes tubos se elevaba en el coro de la iglesia: era el
regalo de bodas de miss Percival al abate Constantn.

El anciano cura dijo la misa. Juan y Bettina se arrodillaron ante l,
que pronunci la frmula de la bendicin permaneciendo en seguida,
durante algunos instantes, en oracin, con los brazos extendidos,
pidiendo con toda su alma cayesen las gracias del Cielo sobre la cabeza
de sus dos hijos.

El rgano dej or entonces la misma _rverie_ de Chopn que tocara
Bettina la vez primera que entr en la pequea iglesia de aldea, donde
deba consagrarse la felicidad de su vida.

Y esta vez fue Bettina quien llor.

FIN





End of the Project Gutenberg EBook of El Abate Constann, by Ludovic Halvy

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL ABATE CONSTANN ***

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TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
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1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
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1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
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If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
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providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


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     http://www.gutenberg.net

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