The Project Gutenberg eBook, Entre naranjos, by Vicente Blasco Ibez


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Title: Entre naranjos


Author: Vicente Blasco Ibez



Release Date: September 28, 2009  [eBook #30122]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ENTRE NARANJOS***


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VICENTE BLASCO IBEZ

ENTRE NARANJOS

--NOVELA--

15.000

F. Sempere y C.a, Editores

CALLE DE ISABEL LA CATLICA, 5

VALENCIA

1904

       *       *       *       *       *

PRIMERA PARTE
I, II, III, IV, V, VI

SEGUNDA PARTE
I, II, III, IV, V, VI, VII

TERCERA PARTE
I, II, III

       *       *       *       *       *




PRIMERA PARTE




I


--Los amigos te esperan en el casino. Slo te han visto un momento esta
maana: querrn orte; que les cuentes algo de Madrid.

Y doa Bernarda fijaba en el joven diputado una mirada profunda y
escudriadora de madre severa que recordaba a Rafael sus inquietudes de
la niez.

--Vas directamente al Casino?...--aadi.--Ahora mismo ir Andrs.

Salud Rafael a su madre y a don Andrs, que an quedaban a la mesa
saboreando el caf, y sali del comedor.

Al verse en la ancha escalera de mrmol rojo, envuelto en el silencio de
aquel casern vetusto y seorial, experiment el bienestar voluptuoso
del que entra en un bao tras un penoso viaje.

Despus de su llegada, del ruidoso recibimiento en la estacin, de los
vtores y msica hasta ensordecer, apretones de manos aqu, empellones
all, y una continua presin de ms de mil cuerpos que se arremolinaban
en las calles de Alcira para verle de cerca, era el primer momento en
que se contemplaba solo, dueo de s mismo, pudiendo andar o detenerse a
voluntad, sin precisin de sonrer automticamente y de acoger con
cariosas demostraciones a gentes cuyas caras apenas reconoca.

Qu bien respiraba descendiendo por la silenciosa escalera, resonante
con el eco de sus pasos! Qu grande y hermoso le pareca el patio con
sus cajones pintados de verde, en los que crecan los pltanos de anchas
y lustrosas hojas! All haban pasado los mejores aos de su niez. Los
chicuelos que entonces le espiaban desde el gran portaln, esperando una
oportunidad para jugar con el hijo del poderoso don Ramn Brull, eran
los mismos que dos horas antes marchaban agitando sus fuertes brazos de
hortelanos, desde la estacin a la casa, dando vivas al diputado, al
ilustre hijo de Alcira.

Este contraste entre el pasado y el presente halagaba su amor propio,
aunque all en el fondo del pensamiento le escarabajease la sospecha de
que en la preparacin del recibimiento haban entrado por mucho las
ambiciones de su madre y la fidelidad de don Andrs con todos los amigos
unidos a la grandeza de los Brull, caciques y seores del distrito.

Dominado por los recuerdos, al verse de nuevo en su casa, despus de
algunos meses de estancia en Madrid, permaneci un buen rato inmvil en
el patio, mirando los balcones del primer piso, las ventanas de los
graneros--de las que tantas veces se haba retirado de nio, advertido
por los gritos de su madre;--y al final, como un velo azul y luminoso,
un pedazo de cielo empapado de ese sol que madura como cosecha de oro
los racimos de inflamadas naranjas.

Le pareca ver an a su padre, el imponente y grave don Ramn, paseando
por el patio, con las manos atrs, contestando con pocas y reposadas
palabras las consultas de los partidarios que le seguan en sus
evoluciones con mirada de idolatras. Si hubiera podido resucitar
aquella maana, para ver a su hijo aclamado por toda la ciudad!...

Un ligero rumor semejante al aleteo de dos moscas turbaba el profundo
silencio de la casa. El diputado mir al nico balcn que estaba
entreabierto. Su madre y don Andrs hablaban en el comedor: se ocuparan
de l como siempre. Y cual si temiera ser llamado, perdiendo en un
instante el bienestar de la soledad, abandon el patio, saliendo a la
calle.

Las dos de la tarde. Casi haca calor, aunque era el mes de Marzo.
Rafael, habituado al viento fro de Madrid y a las lluvias de invierno,
aspiraba con placer la tibia brisa que esparca el perfume de los
huertos por las estrechas callejuelas de la ciudad vieja.

Aos antes haba estado en Italia con motivo de una peregrinacin
catlica: su madre le haba confiado a la tutela de un cannigo de
Valencia, que no quiso volver a Espaa sin visitar a don Carlos, y
Rafael recordaba las callejuelas de Venecia, al pasar por las calles de
la vieja Alcira, profundas como pozos, sombras, estrechas, oprimidas
por las altas casas, con toda la economa de una ciudad que, edificada
sobre una isla, sube sus viviendas conforme aumenta el vecindario y slo
deja a la circulacin el terreno preciso.

Las calles estaban solitarias. Se haban ido a los campos los que horas
antes las llenaban en ruidosa manifestacin. Los desocupados se
encerraban en los cafs, frente a los cuales pasaba apresuradamente el
diputado, recibiendo al travs de las ventanas el vaho ardiente en que
zumbaban choques de fichas y bolas de marfil, y las animadas discusiones
de los parroquianos.

Rafael lleg al puente del Arrabal, una de las dos salidas de la vieja
ciudad edificada sobre la isla. El Jcar peinaba sus aguas fangosas y
rojizas en los machones del puente. Unas cuantas canoas balancebanse
amarradas a las casas de la orilla. Rafael reconoci entre ellas la
barca que en otro tiempo le serva para sus solitarias excursiones por
el ro, y que, olvidada por su dueo, iba soltando la blanca capa de
pintura.

Despus se fij en el puente; en su puerta ojival, resto de las antiguas
fortificaciones; en los pretiles de piedra amarillenta y roda como si
por las noches vinieran a devorarla todas las ratas del ro, y en los
dos casilicios que guardaban unas imgenes mutiladas y cubiertas de
polvo.

Eran el patrono de Alcira y sus santas hermanas; el adorado San
Bernardo, el prncipe Hamete, hijo del rey moro de Carlet, atrado al
cristianismo por la mstica poesa del culto, ostentando en su frente
destrozada el clavo del martirio.

Los recuerdos de su niez, vigilada por una madre de devocin crdula e
intransigente, despertaban en Rafael al pasar ante la imagen. Aquella
estatua desfigurada y vulgar era el penate de la poblacin, y la cndida
leyenda de la enemistad y la lucha entre San Vicente y San Bernardo,
inventada por la religiosidad popular, vena a su memoria.

El elocuente fraile llegaba a Alcira en una de sus correras de
predicador y se detena en el puente, ante la casa de un veterinario,
pidiendo que le herrasen su borriquilla. Al marcharse le exiga el
herrador el precio de su trabajo, e indignado San Vicente por su
costumbre de vivir a costa de los fieles, miraba al Jcar exclamando:

--_Algn da dirn: as estaba Alsira_.

--_No mentres Bernat estiga_,--contestaba desde su pedestal la imagen de
San Bernardo.

Y, efectivamente; all estaba an la estatua del santo como centinela
eterno, vigilando el Jcar para oponerse a la maldicin del rencoroso
San Vicente. Es verdad que el ro creca y se desbordaba todos los aos,
llegando hasta los mismos pies de _San Bernat_, faltando poco para
arrastrarle en su corriente; es verdad tambin que cada cinco o seis
aos derribaba casas, asolaba campos, ahogaba personas y cometa otras
espantables fechoras, obedeciendo la maldicin del patrn de Valencia;
pero el de Alcira poda ms, y buena prueba era que la ciudad segua
firme y en pie, salvo los consiguientes desperfectos y peligros cada
vez que llova mucho y bajaban las aguas de Cuenca.

Rafael, sonriendo al poderoso santo como a un amigo de su niez, pas el
puente y entr en el Arrabal, la ciudad nueva, anchurosa y
despejada--como si las apretadas casas de la isla, cansadas de la
opresin, hubiesen pasado en tropel a la ribera opuesta, esparcindose
con el alborozo y el desorden de colegiales en libertad.

El diputado se detuvo en la entrada de la calle donde estaba el Casino.
Hasta l llegaba el rumor de la concurrencia, mayor que otros das, con
motivo de su llegada. Qu iba a hacer all? Hablar de los asuntos del
distrito, de la cosecha de la naranja o de las rias de gallos,
describirles cmo era el jefe del gobierno y el carcter de cada
ministro. Pens con cierta inquietud en don Andrs, aquel Mentor que por
recomendacin de su madre, si se despegaba de l alguna vez, era para
seguirle de lejos... Pero, bah!, que le esperasen en el Casino. Tiempo
le quedaba en toda la tarde para abismarse en aquel saln lleno de humo,
donde todos al verle se abalanzaran a l marendole con sus preguntas y
confidencias.

Y embriagado cada vez ms por la luz meridional y aquellos perfumes
primaverales en pleno invierno, torci por una callejuela, dirigindose
al campo.

Al salir del antiguo barrio de la Judera y verse en plena campia,
respir con amplitud, como si quisiera encerrar en sus pulmones toda la
vida, la frescura y los colores de su tierra.

Los huertos de naranjos extendan sus rectas filas de copas verdes y
redondas en ambas riberas del ro; brillaba el sol en las barnizadas
hojas: sonaban como zumbidos de lejanos insectos los engranajes de las
mquinas del riego, la humedad de las acequias, unida a las tenues
nubecillas de las chimeneas de los motores, formaba en el espacio una
neblina sutilsima que transparentaba la dorada luz de la tarde con
reflejos de ncar.

A un lado alzbase la colina de San Salvador con su ermita en la cumbre,
rodeada de pinos, cipreses y chumberas. El tosco monumento de la piedad
popular pareca hablarle como un amigo indiscreto, revelando el motivo
que le haca abandonar a los partidarios y desobedecer a su madre.

Era algo ms que la belleza del campo lo que le atraa fuera de la
ciudad. Cuando los rayos del sol naciente le despertaron por la maana
en el vagn, lo primero que _vio_, antes de abrir los ojos, fue un
huerto de naranjos, la orilla del Jcar y una casa pintada de azul, la
misma que asomaba ahora, a lo lejos, entre las redondas copas de
follaje, all en la ribera del ro.

Cuntas veces la haba visto en los ltimos meses con los ojos de la
imaginacin!...

Muchas tardes en el Congreso, oyendo al jefe que desde el banco azul
contestaba con voz incisiva a los cargos de las oposiciones, su cerebro,
como abrumado por el incesante martilleo de palabras, comenzaba a
dormirse. Ante sus ojos entornados desarrollbase una neblina parda,
como si espesara la penumbra hmeda de bodega en que est siempre el
saln de sesiones; y sobre este teln destacbanse como visin
cinematogrfica las filas de naranjos, la casa azul con sus ventanas
abiertas, y por una de ellas sala un chorro de notas, una voz velada y
dulcsima cantando _lieders_ y romanzas que serva de acompaamiento a
los duros y sonoros prrafos del jefe del gobierno. De repente, Rafael
despertaba con los aplausos y el barullo. Haba llegado el momento de
votar, y el diputado, viendo todava los ltimos contornos de la casa
azul que se desvanecan, preguntaba a su vecino de banco:

--Qu, votamos? S o no?

La misma visin se le presentaba por las noches en el teatro Real, all
donde la msica slo serva para hacerle recordar la voz del huerto
extendindose por entre los naranjos como un hilo de oro, y en las
comidas con los compaeros de comisin, cuando con el veguero en los
labios y retozndoles la alegra voluptuosa de una digestin feliz, iban
todos a acabar la noche en alguna casa de confianza donde no corriera
peligro su dignidad de representantes del pas.

Ahora volva a ver con intensa emocin aquella casa y marchaba hacia
ella, no sin vacilaciones; con cierto temor que no poda explicarse y
que agitaba su diafragma, oprimindole los pulmones.

Pasaban los hortelanos junto al diputado, cedindole el borde del
camino, y l contestaba distradamente a su saludo.

Todos ellos se encargaran de contar dnde le haban visto. No tardara
su madre en saberlo. Por la noche tempestad en el comedor de su casa. Y
Rafael, siempre caminando hacia la casa azul, pensaba con amargura en su
situacin. A qu iba all? Por qu empearse en complicar su vida con
dificultades que no poda vencer? Recordaba las dos o tres escenas
cortas, pero violentas, que meses antes haba tenido con su madre. El
furor autoritario de aquella seora tan devota y rgida de costumbres,
al enterarse de que su hijo visitaba la casa azul y era amigo de una
extranjera a la que no trataban las personas decentes de la ciudad y de
la que slo hablaban bien los hombres en el Casino cuando se vean
libres de la protesta de sus familias.

Fueron escenas borrascossimas. Por aquellos das le iban a elegir
diputado. Es que quera deshonrar el nombre de la familia
comprometiendo su porvenir poltico? Para eso haba arrastrado su padre
una vida de luchas, de servicios al partido, realizados muchas veces
escopeta en mano? Una _perdida_ poda comprometer la casa de los Brull,
arruinada por treinta aos de poltica y de elecciones para los seores
de Madrid, ahora que su representante iba a tocar el resultado de tanto
sacrificio consiguiendo la diputacin y tal vez el medio de salvar las
antiguas fincas, abrumadas por el peso de embargos e hipotecas?...

Rafael, anonadado por aquella madre enrgica que era el alma del
partido, prometi no volver ms a la casa azul, no ver a la _perdida_,
como la llamaba doa Bernarda, con una entonacin que haca silbar la
palabra.

Pero de entonces databa el convencimiento de su debilidad. A pesar de su
promesa, volvi. Iba por caminos extraviados, dando grandes rodeos,
ocultndose como cuando de nio marchaba con los camaradas a comer fruta
en los huertos. El encuentro con una labradora; con un chicuelo o con un
mendigo, le haca temblar, a l, cuyo nombre repeta todo el distrito, y
que de un momento a otro iba a conseguir la investidura popular, el
eterno ensueo de su padre. Y al presentarse en la casa azul tena que
fingir que llegaba por un acto libre de su voluntad, sin miedo alguno.
As, sin que lo supiera su madre, sigui viendo a aquella mujer hasta la
vspera de su salida para Madrid.

Al llegar Rafael a este punto de sus recuerdos, preguntbase qu
esperanza le mova a desobedecer a su madre, arrostrando su temible
indignacin.

En aquella casa slo haba encontrado una amistad franca y
despreocupada, un compaerismo algo irnico, como de persona obligada
por la soledad a escoger entre los inferiores el camarada menos
repulsivo. Ay! cmo vea an las risas escpticas y fras con que eran
acogidas sus palabras, que l crea de ardorosa pasin. Qu carcajada
aquella, insolente y brutal como un latigazo, el da en que se atrevi a
decir que estaba enamorado!

--Nada de romanticismo, eh, Rafaelito?... Si quiere usted que sigamos
amigos, sea con la condicin de que me trate como a un hombre. Camaradas
y nada ms.

Y mirndole con sus ojos verdes, luminosos, diablicos, se sentaba al
piano y comenzaba uno de aquellos cantos ideales, como si quisiera con
la magia del arte levantar una barrera entre los dos.

Otro da estaba nerviosa; la molestaban las miradas de Rafael, sus
palabras de amorosa adoracin, y le deca con brutal franqueza.

--No se canse usted. Yo ya no puedo amar: conozco mucho a los hombres,
pero si alguno me hiciese volver al amor, no sera usted, Rafaelito.

Y l all; insensible a los araazos y desprecios de aquel terrible
amigo con faldas; indiferente ante los conflictos que la ciega pasin
poda provocar en su casa.

Quera librarse del deseo y no poda. Para arrancarse de tal atraccin
pensaba en el pasado de aquella mujer: se deca que a pesar de su
belleza, de su aire aristocrtico, de la cultura con que le deslumbraba
a l, pobre provinciano, no era ms que una aventurera que haba corrido
medio mundo, pasando de unos a otros brazos. Resultaba una gran cosa el
conseguirla; hacerla su amante; sentirse en el contacto carnal camarada
de prncipes y clebres artistas; pero ya que era imposible, a qu
insistir comprometindose y quebrantando la tranquilidad de su casa?

Para olvidarla rebuscaba el recuerdo de palabras y actitudes, queriendo
convertirlas en defectos. Saboreaba el goce del deber cumplido, cuando
tras esta gimnasia de su voluntad pensaba en ella sin sentir el deseo de
poseerla, una satisfaccin de eunuco que contempla fro e indiferente,
como pedazos de carne muerta, las desnudas bellezas tendidas a sus pies.

Al principio de su vida en Madrid se crey curado. Su nueva existencia,
las continuas y pequeas satisfacciones del amor propio, el saludo de
los ujieres del Congreso, la admiracin de los que venan de all y le
pedan una papeleta para las tribunas; el verse tratado como compaero
por aquellos seores, de muchos de los cuales hablaba su padre con el
mismo respeto que si fuesen semidioses; el orse llamar _seora_, l, a
quien Alcira entera tuteaba con afectuosa familiaridad, y rozarse en los
bancos de la mayora conservadora con un batalln de duques, condes y
marqueses, jvenes que eran diputados como complemento de la distincin
que da una querida guapa y un buen caballo de carreras, todo esto le
embriagaba, le aturda, hacindole olvidar, creyndose completamente
curado.

Pero al familiarizarse con su nueva vida, al perder el encanto de la
novedad estos halagos del amor propio, volvan los tenaces recuerdos a
emerger en su memoria. Y por la noche, cuando el sueo aflojaba su
voluntad en dolorosa tensin, la casa azul, los ojos verdes y diablicos
de su duea, y la boca fresca, grande y carnosa con su sonrisa irnica
que pareca temblar entre los dientes blancos y luminosos, eran el
centro inevitable de todos sus ensueos.

Para qu resistir ms? Poda pensar en ella cuanto quisiera; esto no lo
sabra su madre. Y se entreg a unos amores de imaginacin, en los
cuales la distancia hermoseaba an ms a aquella mujer.

Sinti el deseo vehemente de volver a su ciudad. La ausencia y la
distancia parecan allanar los obstculos. Su madre no era tan temible
como l crea. Quin sabe si al volver all,--ahora que l mismo se
crea cambiado por su nueva vida,--le sera fcil continuar aquellas
relaciones y preparada ella por el aislamiento y la soledad le recibira
mejor!

Las Cortes iban a cerrarse, y obedeciendo las continuas indicaciones de
los partidarios y de doa Bernarda que le pedan que hiciese
_algo_--fuese lo que fuese--_algo_ beneficioso para la ciudad, una
tarde, a primera hora, cuando en el saln de sesiones no estaban ms que
el presidente, los maceros y unos cuantos periodistas dormidos en la
tribuna, se levant con el almuerzo subido a la garganta por la emocin,
para pedir al ministro de Fomento ms actividad en el expediente de las
obras de defensa de Alcira contra las invasiones del ro; un mamotreto
que contaba unos sesenta aos de vida y an estaba en la niez.

Despus de esto ya poda volver con la aureola de diputado _prctico_,
celoso defensor de nuestros intereses materiales, como le titulaba el
semanario de la localidad, rgano del partido. Y aquella maana, al
bajar del tren, entre los apretones de la muchedumbre, el diputado,
sordo a la _Marcha Real_ y a los vivas, se levantaba sobre las puntas de
los pies, buscando ver a lo lejos, entre las banderas, la casa azul con
sus masas de naranjos.

Al llegar a ella por la tarde la emocin erizaba su epidermis y oprima
su estmago. Pens por ltima vez en su madre, amante de su prestigio y
temerosa de las murmuraciones de los enemigos; en aquellos demagogos
que por la maana se asomaban a la puerta de los cafs burlndose de la
manifestacin; pero todos sus escrpulos se desvanecieron al ver la
cerca de altas adelfas y punzantes espinos, las dos pilastras azules en
que se apoyaba la puerta de verdes barrotes, y empujando esta entr en
el huerto.

Los naranjos extendanse en filas, formando calles de roja tierra,
anchas y rectas como las de una ciudad moderna tirada a cordel, en la
que las casas fuesen cpulas de un verde obscuro y lustroso. A ambos
lados de la avenida que conduca a la casa, extendan y entrelazaban los
altos rosales sus espinosas ramas. Comenzaban a brotar en ellas los
primeros botones anunciando la primavera.

Entre el rumor de la brisa agitando los rboles y el parloteo de los
gorriones que saltaban en torno de los troncos, Rafael percibi una
msica lejana, el sonido de un piano apenas rozado con los dedos, y una
voz velada, tmida, como si cantase para si misma.

Era ella. Rafael conoca la msica; un _lieder_ de Schubert, el favorito
de aquella poca; un maestro que an tena lo mejor por descolgar,
segn deca la artista en el argot aprendido de los grandes msicos,
aludiendo a que slo se haban popularizado las obras ms vulgares del
melanclico compositor.

El joven avanzaba lentamente, con miedo, como si temiera que el ruido de
sus pasos cortase aquella meloda que pareca mecer amorosamente el
huerto, dormido bajo la luz de oro de la tarde.

Lleg a la plazoleta, frente a la casa, y vio de nuevo sus palmeras
rumorosas, los bancos de mampostera con asiento y respaldo de floreados
azulejos. All haba redo ella muchas veces escuchndole.

La puerta estaba cerrada. Al travs de un balcn entreabierto vease un
pedazo de seda azul ligeramente curvado: la espalda de una mujer.

Los pasos de Rafael hicieron ladrar a un perro en el fondo del huerto;
huyeron cacareando las gallinas que picoteaban en un extremo de la
plazoleta y ces la msica, oyndose el arrastrar de una silla, como si
alguien se pusiera en pie.

Apareci en el balcn una amplia bata de color celeste. Lo nico que vio
Rafael fueron los ojos, el relmpago verde que pareci llenar de luz
todo el hueco del balcn.

--_Beppa! Beppina!_--grit una voz firme, sonora y caliente de
soprano.--_Apri la porta._

E inclinando su cabeza rubia obscura, cargada de gruesas trenzas, como
un casco de oro antiguo, dijo sonriendo con confianza amistosa y
burlona:

--Bien venido, Rafaelito. No s por qu, le esperaba esta tarde. Ya nos
hemos enterado de sus triunfos: hasta este desierto llegaron la msica y
los vivas. Mi enhorabuena, seor diputado. Pase adelante su seora.




II


Desde Valencia hasta Jtiva, en toda la inmensa extensin cubierta de
arrozales y naranjos que la gente valenciana encierra bajo el vago
ttulo de _la Ribera_, no haba quien ignorase el nombre de Brull y la
fuerza poltica que significaba.

Cual si no se hubiera realizado la unidad nacional, y el pas siguiera
dividido en taifas o waliatos como cuando exista un rey moro en Carlet,
otro en Denia y otro en Jtiva, el rgimen de elecciones mantena una
especie de seoro inviolable en cada distrito, y al recorrer en el
gobierno de la provincia el mapa poltico, siempre que se fijaban en
Alcira, decan lo mismo.

--Ah estamos seguros. Contamos con Brull.

Era una dinasta que vena reinando treinta aos sobre el distrito, cada
vez con mayor fuerza.

El fundador de la casa soberana haba sido el abuelo de Rafael, el
ladino don Jaime, que haba amasado la fortuna de la familia con
cincuenta aos de lenta explotacin de la ignorancia y la miseria.
Comenz de escribiente en el ayuntamiento; despus haba sido secretario
del juzgado municipal, pasante del notario y ayudante en el Registro de
la propiedad. No qued empleo menudo de los que ponen en contacto a la
ley con el pobre que l no monopolizase, y de este modo, vendiendo la
justicia como favor y valindose de la arbitrariedad o la astucia para
dominar al rebelde, fue haciendo camino y apropindose pedazos de aquel
suelo riqusimo que adoraba con ansias de avaro.

Charlatn solemne que a cada momento hablaba del artculo tantos de la
ley aplicable al caso, los pobres hortelanos tenan tanta fe en su
sabidura como miedo a su mala intencin, y acudan a solicitar su
consejo en todos los conflictos, pagndole como a un abogado.

Cuando hizo una pequea fortuna, continu en las modestas funciones para
conservar en su persona ese respeto supersticioso que infunde a los
labriegos todo el que est en buenas relaciones con la ley, pero en vez
de ser un pedigeo, solicitante eterno del ochavo de los pobres, se
dedic a sacarles de apuros, prestndoles dinero con la garanta de las
futuras cosechas.

Dar dinero a prstamo le pareca una mezquindad. Las angustias de los
labradores eran cuando mora el caballo y haba que comprar otro. Por
esto don Jaime se dedic a vender a los hortelanos bestias de labor ms
o menos defectuosas que le proporcionaban unos gitanos de Valencia y que
l colocaba con tantos elogios cual si se tratase del caballo del Cid.
Nada de venta a plazos. Dinero al contado; los caballos no eran de
l--segn afirmaba con la mano puesta en el pecho--y sus dueos queran
cobrarlos en seguida. Lo nico que poda hacer, obedeciendo a su gran
corazn, dbil ante la miseria, era buscar dinero para la compra,
pidindolo a cualquier amigo.

Caa en la trampa el infeliz labriego impulsado por la necesidad y se
llevaba el caballo despus de firmar con toda clase de garantas y
responsabilidades el prstamo de una cantidad que no haba visto, pues
el don Jaime, representante de un ser oculto que facilitaba el dinero,
la entregaba al mismo don Jaime, representante del dueo del caballo.
Total: que el rstico adquira una bestia sin regateo por el duplo de su
valor, habiendo adems tomado a prstamo una cantidad con crecido
inters. En cada negocio de estos, don Jaime doblaba el capital. Despus
venan inevitablemente los apuros de la vctima; los intereses
amontonndose; las nuevas concesiones, ms ruinosas todava, para
amansar a don Jaime y que diese un mes de _respiro_.

Todos los mircoles, da de mercado en Alcira y de gran aglomeracin de
hortelanos, la calle donde viva don Jaime era un jubileo. Se
presentaban a pedir prrrogas entregando algunas pesetas como donativo
gracioso que no influa en la rebaja del dbito; solicitaban otros un
prstamo humildemente, con timidez, como si vinieran a robar al
avariento rbula; y lo extrao del caso era que, segn notaban los
vecinos, toda aquella gente despus de dejar all cuanto tena, marchaba
contenta, con rostro de satisfaccin, como si acabara de librarse de un
peligro.

Esta era la principal habilidad de don Jaime. La usura saba
presentarla como un favor; hablaba siempre en nombre de los _otros_, de
los ocultos dueos del dinero y los caballos, hombres sin entraas que
le _apretaban_ a l hacindole responsable de las faltas de los
deudores. Aquellos disgustos los mereca por tener buen corazn, por
meterse a hacer favores, y tal conviccin saba infundir a sus vctimas
el demonio del hombre, que cuando llegaba el embargo y la apropiacin
del campo o de la casita, an decan con resignacin muchos de los
despojados:

--El no tiene la culpa. Qu haba de hacer el pobre si le obligaban?
Son los otros; los otros que se chupan la sangre del pobre.

Y de este modo, tranquilamente, el pobre don Jaime adquira un campo
aqu, luego otro ms all, despus un tercero que una a los dos, y a la
vuelta de pocos aos formaban un hermoso huerto de naranjos, adquirido
con ms trampas y malas artes que dinero efectivo. As iba agrandando
sus propiedades, y siempre risueo, las gafas sobre la frente y el
estmago cada vez ms voluminoso, se le vea entre sus vctimas,
tutendolas con fraternal cario, dndolas palmaditas en la espalda
cuando llegaban con nuevas peticiones y jurando que le hara morir en la
calle como un perro aquella mana de hacer favores.

As fue prosperando, sin que las burlas de la gente de la ciudad le
hicieran perder la confianza de aquel rebao de rsticos que le teman
como a la Ley y crean en l como en la Providencia.

Un prstamo a un mayorazgo derrochador le hizo dueo del casern
seorial que desde entonces pas a ser de la familia Brull. Comenz a
frecuentar el trato de los grandes propietarios de la ciudad, que aunque
desprecindole, le abrieron un hueco entre ellos con esa instintiva
solidaridad de la masonera del dinero. Para adquirir mayores respetos,
se hizo devoto de San Bernardo, pag fiestas de iglesia y estuvo siempre
al lado del alcalde, fuese quien fuese. Para l no hubo ya en Alcira
otras personas, que las que al llegar la cosecha recogan miles de
duros; los dems eran la canalla.

Por entonces, emancipado de los bajos oficios que haba desempeado y
dejando los negocios de usura en manos de los que antes le servan de
intermediarios, comenz a preocuparse del casamiento de su hijo Ramn.
Era su nico heredero, una mala cabeza que alteraba con sus genialidades
el bienestar tranquilo que rodeaba al viejo Brull descansando de sus
rapias.

El padre senta una satisfaccin animal al verle grande, fuerte,
atrevido e insolente, hacindose respetar en cafs y casinos, ms an
por sus puos que por la especial inmunidad que da el dinero en las
pequeas poblaciones. Cualquiera se atrevera a burlarse del viejo
usurero teniendo a su lado tal hijo!

Quera ser militar, pero su padre se indignaba cada vez que el muchacho
haca referencia a lo que llamaba su vocacin. Para eso haba trabajado
l hacindose rico? Recordaba la poca en que, pobre escribiente, tena
que halagar a sus superiores y escuchar sus reprimendas humildemente
con el espinazo doblado. No quera que a su nico hijo lo llevasen de
aqu para all como una mquina.

--Mucho dorado!--exclamaba con el desprecio del que no se siente
atrado por las exterioridades,--mucho galn, pero al fin un esclavo!

Quera a su hijo libre y poderoso, continuando la conquista de la
ciudad, completando la grandeza de la familia iniciada por l,
apoderndose de las personas, como l se haba apoderado del dinero.

Sera abogado; la carrera de los hombres que gobiernan. Era un vehemente
deseo de antiguo rbula; ver a su vstago entrando con la frente alta en
el vedado de la ley donde l se haba introducido siempre
cautelosamente, expuesto en muchas ocasiones a salir arrastrado con una
cadena al pie.

Ramn pas algunos aos en Valencia, sin que pudiera saltar ms all de
los prolegmenos del Derecho, por la maldita razn de que las clases
eran por la maana y l tena que acostarse al amanecer, hora en que se
apagan los reverberos que enfocaban su luz sobre la mesa verde. Adems
tena en su cuarto de la casa de huspedes una magnfica escopeta,
regalo de su padre, y la nostalgia de los huertos le haca pasar muchas
tardes en el tiro del palomo, donde era ms conocido que en la
Universidad.

Aquel hermoso ejemplar de belleza varonil, grande, musculoso, bronceado,
con unos ojos imperiosos, endurecidos por pobladas cejas, haba sido
creado para la accin, para la actividad; era incapaz de enfocar su
inteligencia en el estudio.

El viejo Brull, que por avaricia y por prudencia, tena a su hijo a
media racin--como l deca--slo le enviaba el dinero justo para vivir;
pero vctima a su vez de aquellas malas artes con las que otro tiempo
explotaba a los labriegos, haba de hacer frecuentes viajes a Valencia,
buscando arreglo con ciertos usureros que hacan prstamos, al hijo en
tales condiciones, que la insolvencia poda conducirle a la crcel.

Hasta Alcira llegaba el rumor de otras hazaas del _prncipe_, como le
llamaba don Jaime al ver la despreocupacin con que gastaba el dinero.
En las tertulias de familias amigas se hablaba con escndalo de las
calaveradas de Ramn; de una ria por cuestin de juego a la salida de
un casino; de un padre y un hermano, gente ordinaria, de blusa, que
juraban matarle si no se casaba con cierta muchacha a la que acompaaba
de da al taller y de noche al baile.

El viejo Brull no quiso tolerar por ms tiempo las calaveradas de su
hijo y le hizo abandonar los estudios. No sera abogado: al fin no era
necesario un ttulo para ser personaje. Adems, se senta achacoso; le
era difcil vigilar en persona los trabajos de sus huertos, y necesitaba
la ayuda de aquel hijo que pareca nacido para imponer su autoridad a
cuantos le rodeaban.

Haca tiempo que haba fijado su atencin en la hija de un amigo suyo.
En la casa se notaba la falta de una mujer. Su esposa haba muerto poco
despus de retirarse l de los _negocios_, y el viejo Brull se indignaba
ante el descuido y falta de inters de las criadas. Casara a su Ramn
con Bernarda, una muchacha fea, malhumorada, cetrina y enjuta de carnes,
que heredara de sus padres tres hermosos huertos. Adems, llamaba la
atencin por lo hacendosa y econmica, con una parsimonia en sus gastos
que rayaba en tacaera.

Ramn obedeci a su padre. Educado en los prejuicios de la riqueza
rural, crea que una persona decente no poda oponerse a la unin con
una hembra fea y arisca, siempre que tuviese fortuna.

El suegro y la nuera se entendan perfectamente. Enternecase el viejo
viendo a aquella mujer seria y de pocas palabras indignarse por el ms
leve despilfarro de las criadas, gritar a los colonos cuando notaba el
menor descuido en los huertos y discutir y pelearse con los compradores
de naranja por un cntimo de ms o menos en la arroba. Aquella nueva
hija era el consuelo de su vejez.

Mientras tanto el _prncipe_ cazaba por la maana en los montes
cercanos, y se pasaba la tarde en el caf; pero ya no le satisfaca el
aplauso de los que se agrupaban en torno de la mesa de billar, ni
visitaba la _partida_ del piso superior. Buscaba la tertulia de las
personas serias, era amigo del alcalde y hablaba de la necesidad de que
todas las personas _pudientes_ estuviesen unidas para meter en un puo a
la pillera.

--Ya le pica la ambicin--deca el viejo alegremente a su
nuera.--Djale, mujer; l se abrir paso... As le quiero ver.

Comenz por entrar en el ayuntamiento y pronto adquiri notoriedad. La
menor objecin en el consistorio era para l una ofensa personal;
terminaba las discusiones en la calle con amenazas y golpes; su mayor
gloria era que los enemigos se dijeran:

--Cuidado con Ramn... Mirad que ese es muy bruto.

Y junto con su acometividad, mostraba para captarse amigos, una
esplendidez que era el tormento de su padre. _Haca favores_, mantena a
todos los que por su repulsin al trabajo y su mala cabeza eran
temibles; daba dinero a los que servan de heraldos de su naciente fama
en tabernas y cafs.

Su ascensin fue rpida. Los viejos que le protegan y guiaban, se
vieron postergados. Al poco tiempo fue alcalde; su influencia,
encontrando estrecha la ciudad, se esparci por todo el distrito y
encontr firmes apoyos en la capital de la provincia. Libraba del
servicio militar a mozos sanos y fuertes; cubra las trampas de los
ayuntamientos que le eran adictos, aunque merecieran ir a presidio;
lograba que la guardia civil no persiguiera con mucho encono a los
_roders_ que, por un escopetazo certero en tiempo de elecciones, iban
fugitivos por los montes; y en todo el contorno nadie se mova sin la
voluntad de don Ramn, al que los suyos llamaban con respeto el _quefe_.

Su padre muri vindole en el apogeo de su gloria. Aquella mala cabeza
realizaba su sueo: la conquista de la ciudad, el dominio de los hombres
completando el acaparamiento del dinero. Y tambin antes de morir vio
perpetuada la dinasta de los Brull con el nacimiento de su nieto
Rafael, producto de los encuentros conyugales instintivos e inspidos de
un matrimonio al que slo una la costumbre y el deseo de dominacin.

El viejo Brull muri como un santo. Sali de la vida ayudado por todos
los ltimos sacramentos; no qued clrigo en la ciudad que no empujase
en alma camino del cielo, con nubes de incensario en los solemnes
funerales, y aunque los pillos, los rebeldes a la influencia del hijo
recordaban aquellos das de mercado en los cuales el rebao de los
huertos vena a dejarse esquilar en su despacho de rbula, toda la gente
sensata que tena que perder, llor la muerte del hombre digno y
laborioso que, salido de la nada, haba sabido crearse una fortuna con
su trabajo.

En el padre de Rafael an quedaba mucho de aquel estudiantn que tanto
haba dado que hablar. Sus gustos de libertino rstico le hacan
perseguir a las hortelanas, a las muchachuelas que empapelaban la
naranja en los almacenes de exportacin. Pero tales devaneos quedaban en
el secreto; el miedo al _quefe_ ahogaba la murmuracin y como adems
costaban poco dinero, doa Bernarda no se daba por enterada.

No amaba a su marido: tena el egosmo de la seora campesina que
considera cumplidos todos sus deberes con ser fiel al esposo y ahorrar
dinero.

Por una anomala notable, ella, tan avara, tan guardadora, capaz de
palabrotas de plazuela cuando haba que defender el dinero de la casa,
disputando con jornaleros o con los compradores de la cosecha era
tolerante con los despilfarros del esposo para mantener su soberana
sobre el distrito.

Cada eleccin abra una brecha en la fortuna de la casa. Don Ramn
reciba el encargo de sacar triunfante a tal seor desconocido, que
apenas si pasaba un par de das en el distrito. Era la voluntad de los
que gobernaban all en Madrid. Haba que quedar bien, y en todos los
pueblos volteaban corderos enteros sobre las hogueras; corran a espita
rota los toneles de las tabernas; se distribuan puados de pesetas
entre los ms reacios o se perdonaban deudas, todo por cuenta de don
Ramn; y su mujer, que vesta hbito para gastar menos y guisaba la
comida con tal estrechez que apenas si dejaban algo para los criados,
era la ms esplndida al llegar la lucha, y poseda de fiebre belicosa,
ayudaba a su marido a echar la casa por la ventana.

Era esto un clculo de su avaricia. El dinero esparcido locamente, era
un prstamo que cobrara con creces en un da determinado. Y acariciaba
con sus ojos penetrantes al pequen moreno e inquieto que tena sobre
sus rodillas, viendo en l al privilegiado que recogera el resultado de
todos los sacrificios de la familia.

Se haba refugiado en la devocin como un oasis fresco y agradable en
medio de su vida montona y vulgar, y experimentaba una sensacin de
orgullo cuando algn sacerdote amigo la deca a la puerta de la iglesia:

--Cuide usted mucho de don Ramn. Gracias a l la ola de la demagogia se
detiene ante el templo y los malos principios no triunfan en el
distrito. El es quien tiene en un puo a los impos.

Y cuando tras una declaracin como esta que halagaba su amor propio,
dndole cierta tranquilidad para despus de la muerte, pasaba por las
calles de Alcira con su hbito modesto y su mantilla, no muy limpia,
saludada con afecto por los vecinos ms importantes, le perdonaba a su
Ramn todos los devaneos de que tena noticia y daba por bien empleados
los sacrificios de fortuna.

Si no fuera por ellos, qu ocurrira en el distrito!... Triunfaran los
descamisados, aquellos menestrales que lean los papeles de Valencia y
predicaban la igualdad. Tal vez se repartiran los huertos y querran
que el producto de las cosechas, inmensa pila de miles de duros que
dejaban ingleses y franceses, fuese para todos. Pero para evitar tal
cataclismo, all estaba su Ramn, el azote de los malos, el campen de
la buena causa, que la sacaba adelante dirigiendo las elecciones
escopeta en mano, y as como saba enviar a presidio a los que le
molestaban con su rebelda, lograba conservar en la calle a los que con
varias muertes en su historia, se prestaban a servir al gobierno
sostenedor del orden y de los buenos principios.

Bajaba la fortuna de la casa de Brull, pero aumentaba su prestigio. Las
talegas recogidas por el viejo a costa de tantas picardas, se
desparramaban por el distrito sin que bastasen a reemplazar su hueco
algunas distracciones de fondos municipales. Don Ramn contemplaba
impvido aquel derroche, satisfecho de que hablasen de su generosidad
tanto como de su poder.

Todo el distrito miraba como una bandera sagrada aquel corpachn
bronceado, musculoso, que arbolaba en su parte superior unos enormes
mostachos en los cuales comenzaban a brillar muchas canas.

--Don Ramn: deba usted quitarse esos bigotes--le decan los curas
amigos con acento de carioso reproche.--Parece usted el propio Vctor
Manuel, el carcelero del Papa.

Pero aunque don Ramn era un ferviente catlico (que casi nunca iba a
misa) y odiaba a los impos verdugos del Santo Padre, sonrea
acaricindose los mostachos, muy satisfecho en el fondo de tener alguna
semejanza con un rey.

El patio de la casa era el solio de su soberana. Sus partidarios le
encontraban paseando de un extremo a otro, por entre los verdes cajones
de los pltanos, con las manos cruzadas en la espalda anchurosa, fuerte
y algo encorvada por la edad: una espalda majestuosa, capaz de sostener
a todos sus amigos.

All administraba justicia, decida la suerte de las familias, arreglaba
la vida de los pueblos; todo con pocas y enrgicas palabras, como un rey
moro de los que en aquella misma tierra gobernaban siglos antes a sus
sbditos a cielo descubierto. En los das de mercado se llenaba el
patio. Detenanse los carros ante la puerta, todas las rejas de la calle
tenan cabalgaduras atadas a sus hierros, y dentro de la casa sonaba el
zumbido de la rstica aglomeracin.

Don Ramn les escuchaba a todos, gravo, cejijunto, con la cabeza
inclinada, teniendo a su lado al pequeo Rafael, apoyndose en l con un
ademn copiado de los cromos, donde l haba visto a ciertos reyes
acariciando al prncipe heredero.

Las tardes de sesin en el Ayuntamiento, el cacique no poda abandonar
su patio. En la casa municipal no se mova una silla sin su permiso,
pero le gustaba permanecer invisible como Dios, haciendo sentir su
voluntad oculta.

Toda la tarde se pasaba en un continuo ir y venir de concejales desde la
casa del pueblo al patio de don Ramn.

Los escasos enemigos que tena en el municipio, gente de oficio--como
deca doa Bernarda--devoradora de papeles contrarios al rey y la
religin, atacaban al cacique, censuraban sus actos, y todo el rebao de
don Ramn se estremeca de clera e impotencia. Haba que contestar! A
ver: uno que fuese a consultar al _quefe_.

Y sala un regidor corriendo como un galgo, y al llegar a la casa
seorial echando los bofes, sonrea y suspiraba con satisfaccin viendo
que el _quefe_ estaba all, paseando como siempre por su patio,
dispuesto a sacarles del apuro como inagotable Providencia. Fulano
haba dicho esto y lo otro. Detenase en sus paseos don Ramn, meditaba
un rato y acababa diciendo con fosca voz de orculo; Bueno; pues
contestadle aquello y lo de ms all. El partidario sala desbocado
como un caballo de carreras; todos sus compaeros se agrupaban ansiosos
para conocer la sabia opinin y se estableca un pugilato entre ellos,
queriendo cada uno ser el encargado de anonadar al enemigo con las
santas palabras, hablando todos a la vez como pjaros que de repente ven
la luz y rompen a cantar desaforadamente.

Si el enemigo replicaba, otra vez la estupefaccin y el silencio; nueva
corrida en busca de la consulta, y as transcurran las sesiones con
gran regocijo del barbero _Cupido_--la peor lengua de la ciudad--el
cual, siempre que se reuna el municipio, deca a los parroquianos:

--Hoy es da de fiesta: corrida de concejales en pelo.

Cuando las exigencias del partido le hacan abandonar la ciudad, era su
esposa, la enrgica doa Bernarda, la que atenda las consultas, dando
respuestas, en concepto del partido, tan acertadas y sabias como las del
_quefe_.

Esta colaboracin en el sostenimiento de la autoridad de la familia era
lo nico que una a los esposos. Aquella mujer, falta de ternura, que
jams haba experimentado la menor emocin en su roce conyugal y se
prestaba al amor con la pasividad de una fiera amansada y fra,
enrojeca de emocin cada vez que el jefe admita como buenas sus ideas.
Si ella dirigiera el partido!... Ya se lo deca muchas veces don
Andrs, el amigo ntimo de su esposo, uno de esos hombres que nacen para
ser segundos en todas partes, y fiel a la familia hasta el sacrificio,
formaba con los dos esposos la santa trinidad de la religin de los
Brull esparcida por todo el distrito.

All donde don Ramn no poda ir, se presentaba don Andrs, como si
fuese la propia persona del jefe. En los pueblos le respetaban como
vicario supremo de aquel dios que tronaba en el patio de los pltanos, y
los que no se atrevan a aproximarse a ste con sus splicas, buscaban a
aquel soltern de carcter alegre y familiar que siempre tena una
sonrisa en su cara tostada cubierta de arrugas y un cuento bajo su
bigote recio tostado por el cigarro.

No tena parientes y pasaba casi todo el da en la casa de Brull. Era
como un mueble que interceptaba el paso en las habitaciones, y
acostumbrados todos a l, resultaba indispensable para la familia. Don
Ramn le haba conocido en su juventud de modesto empleado en el
ayuntamiento, y le enganch bajo su bandera, hacindole al poco tiempo
su jefe de estado mayor. Segn l, no haba en el mundo persona de ms
mala intencin y con ms memoria para recordar nombres y caras. Brull
era el caudillo que diriga las batallas; el otro ordenaba los
movimientos y remataba a los enemigos cuando estaban divididos y
deshechos. Don Ramn era dado a arreglarlo todo con la violencia, y a la
menor contrariedad hablaba de echar mano a la escopeta. De seguir sus
impulsos, la gente de accin del partido hubiera hecho cada da una
muerte. Don Andrs hablaba con serfica sonrisa de _enredarle las patas_
al alcalde o al elector influyente que se mostraba rebelde y arrojaba un
chaparrn de papel sellado sobre el distrito, promoviendo procesos
complicados que no terminaban nunca.

Despachaba la correspondencia del jefe; tomaba parte en los juegos de
Rafael, acompandole a pasear por los huertos y cerca de Bernarda,
desempeaba las funciones de consejero de confianza.

Aquella mujer arisca y severa, nicamente se mostraba expansiva y
confiada con don Andrs. Cuando est la llamaba su _ama_ o la _seora
maestra_, no poda evitar un movimiento de satisfaccin, y con l se
lamentaba de los devaneos del marido. Era un afecto semejante al de las
antiguas damas por el escudero de confianza. El entusiasmo por la gloria
de la casa les una con tal familiaridad, que los enemigos murmuraban,
creyendo que doa Bernarda, despechada por las infidelidades del
cnyuge, se entregaba al lugarteniente. Y don Andrs que sonrea con
desprecio cuando le acusaban de aprovechar la influencia del jefe en
pequeos negocios, indignbase si la maledicencia se cebaba en su
amistad con la seora.

Lo que ms ntimamente una a las tres personas era el afecto por
Rafael, aquel pequeo que haba de ilustrar el apellido de Brull,
realizando las ilusiones del abuelo y el padre.

Era un muchacho tranquilo y melanclico, cuya dulzura pareca molestar a
la rgida doa Bernarda. Siempre pegado a sus faldas. Al levantar los
ojos, encontraba fija en ella la mirada del pequeo.

--Anda a jugar al patio--deca la madre.

Y el pequeo sala inmediatamente triste y resignado, como obedeciendo
una orden penosa.

Don Andrs era el nico que le alegraba con sus cuentos y sus paseos por
los huertos, cogiendo flores para l, fabricndole flautas de caa. El
fue quien se encarg de acompaarle a la escuela y de hacerse lenguas de
su aficin al estudio.

Si era serio y melanclico, es porque iba para sabio, y en el casino del
partido les deca a los correligionarios:

Ya veris lo que es bueno, as que Rafaelito sea hombre. Ese va a ser un
Cnovas.

Y ante aquella reunin de gente tosca, pasaba como un relmpago la
visin de un Brull jefe del gobierno, llenando la primera plana de los
peridicos con discursos de seis columnas y al final _Se continuar_; y
todos ellos nadando en dinero y gobernando a su capricho Espaa, como
ahora manejaban el distrito.

Jams prncipe heredero creci entre el respeto y la adulacin que el
pequeo Brull. En la escuela los muchachos le miraban como un ser
superior que por bondad descenda a educarse entre ellos. Una plana bien
garrapateada; una leccin repetida de corrido, bastaban para que el
maestro, que era del partido para cobrar el sueldo sin grandes retrasos,
dijera con tono proftico.

--Siga usted tan aplicado, seor de Brull. Usted est destinado a
grandes cosas.

Y en las tertulias a que asista su madre, le bastaba recitar una
fabulita o lanzar alguna pedantera de nio aplicado que desea
introducir en la conversacin algo de sus lecciones, para que
inmediatamente se abalanzasen a l las seoras cubrindole de besos:

--Pero cunto sabe este nio!... Qu listo es!

Y alguna vieja aada sentenciosamente:

--Bernarda, cuida del chico; que no estudie tanto. Eso es malo. Mira
qu amarillento est!...

Termin sus estudios superiores con los padres escolapios, siendo el
protagonista de los repartos de premios; el primer papel en todas las
comedias organizadas en el teatrito de los frailes. El semanario del
partido dedicaba un artculo todos los aos a los sobresalientes y
premios de honor del aprovechado hijo de nuestro distinguido jefe don
Ramn Brull esperanza de la patria que ya merece el ttulo de futura
lumbrera.

Cuando Rafael volva a casa con el pecho cargado de medallas y los
diplomas bajo el brazo, escoltado por su madre y media docena de seoras
que haban asistido a la ceremonia, besaba a su padre la vellosa y
nervuda mano. Aquella garra le acariciaba la cabeza e instintivamente se
hunda en el bolsillo del chaleco por la costumbre de agradecer del
mismo modo todas las acciones gratas.

--Muy bien--murmuraba la bronca voz.--As me gusta... Toma un duro.

Y hasta el ao siguiente, rara vez se vea el muchacho acariciado por su
padre. En ciertas ocasiones, jugando en el patio, haba sorprendido la
mirada del imponente seor fija en l, como si quisiera adivinar el
porvenir.

Don Andrs se encarg de su instalacin en Valencia al comenzar los
estudios en la Universidad. Se cumplira el deseo del abuelo abortado en
el padre.

--Este s que ser abogado!--deca doa Bernarda poseda del mismo
afn que el viejo por aquel ttulo que era el ennoblecimiento de la
familia.

Y temiendo que la corrupcin de la ciudad despertase en el hijo las
mismas aficiones del padre, enviaba con frecuencia a don Andrs a la
capital y escriba cartas y ms cartas a los amigos de Valencia y en
especial a un cannigo de su confianza, para que no perdiese de vista al
muchacho.

Pero Rafael era juicioso; un modelo de jvenes serios segn deca a su
madre el buen cannigo. Los sobresalientes y premios del colegio de
Alcira continuaban en Valencia, y adems, don Ramn y su esposa se
enteraban por los peridicos de los triunfos alcanzados por su hijo en
la Juventud jurdico escolar, una reunin nocturna en un aula de la
Universidad, donde los futuros abogados se soltaban a hablar discutiendo
temas tan originales como si la Revolucin Francesa haba sido buena o
mala, o el socialismo, comparado con el cristianismo.

Algunos muchachos terribles, que haban de entrar en casa antes de las
diez, so pena de arrostrar la indignacin de los padres, se declaraban
rabiosos socialistas y asustaban a los bedeles, maldiciendo la propiedad
sin perjuicio de proponerse--tan pronto como terminasen la
carrera--conseguir una notara o un registro. Pero Rafael, siempre
mesurado y correcto no era de estos; figuraba en la derecha de la docta
asamblea, y en todas las cuestiones sostena el criterio sano, pensando
_con_ santo Toms y otros sabios que le sealaba el cannigo encargado
de su direccin.

Estos triunfos no tardaban en ser propalados por el semanario del
partido, que para aumentar la gloria del jefe y que los enemigos no le
tachasen de parcialidad, comenzaba siempre: Segn leemos en la prensa
de la capital...

--Qu muchacho!--decan a doa Bernarda los curas de la
poblacin.--Qu pico de oro! Ya lo ver usted, ser otro Manterola.

Y la devota seora, cuando Rafael por fiestas o vacaciones volva a
casa, cada vez ms alto, con modales que a ella se le antojaban la
quinta esencia de la distincin y vistiendo con arreglo al ltimo
figurn, se deca con una satisfaccin de madre fea:

--Ser un real mozo. Todas las chicas ricas de la ciudad le desearn. No
habr ms que escoger.

Doa Bernarda sentase orgullosa al contemplar a su Rafael, alto, las
manos finas y fuertes, los ojos grandes, aguilea la nariz, la barba
rizada y cierta gracia ondulante y perezosa en su cuerpo que le daba el
aspecto de uno de esos jvenes rabes de blanco alquicel y ricas
babuchas que forman la aristocracia indgena en las colonias de Africa.

Cada vez que volva a su casa el estudiante, era recibido por su padre
con la misma caricia muda. El duro haba sido reemplazado por billetes
de Banco, pero la garra poderosa que se posaba sobre su cabeza,
acaricibale cada vez con mayor flojedad; pesaba menos.

Rafael, por sus ausencias, notaba mejor que los dems el estado de su
padre. Estaba enfermo, muy enfermo. Erguido como siempre, grave,
imponente, hablando apenas; pero adelgazaba, se hundan los fieros ojos,
slo quedaba de l el macizo esqueleto, marcbanse en aquel cuello, que
antes pareca la cerviz de un toro, los tendones y arterias entre la
piel colgante y flcida, y los arrogantes mostachos, cada vez ms
blancos, caan con desmayo como una bandera rota.

Al estudiante le sorprendi el gesto de ira, la mirada fiera empaada
por lgrimas de despecho con que acogi la madre sus temores:

--Que se muera cuanto antes... Para lo que hace!... Que el seor nos
proteja llevndoselo pronto.

Rafael call, no queriendo ahondar en el drama conyugal que se
desarrollaba junto a l, oculto y silencioso.

Aquel sombro vividor de insaciables apetitos, entregado a una crpula
obscura y misteriosa, atravesaba el ltimo torbellino de sus
tempestuosos deseos. La virilidad, al sentir la cercana de la vejez,
antes de declararse vencida, arda en l con ms fuerza, y el poderoso
jefe se abrasaba en el postrer destello de su animalidad exuberante. Era
una puesta de sol que incendiaba su vida.

Siempre grave y con gesto sombro, corra el distrito como un stiro
loco, sin ms gua que el deseo; sus encuentros brutales, sus abusos de
autoridad, llegaban como un eco doloroso a la casa seorial, donde su
amigo don Andrs intentaba en vano consolar a la esposa.

--Pero ese hombre!--ruga iracunda doa Bernarda.--Ese hombre nos va a
perder; no mira que compromete el porvenir de su hijo.

Era un apetito loco que, en su furia, se abalanzaba sobre la fruta
verde, sin sazonar. Caan anonadadas y temblorosas ante su ardor senil,
en las frondosidades de los huertos, en los almacenes de naranja, o al
anochecer, al borde de un camino, las vrgenes apenas salidas de la
niez, casi calvas, con el pelo untado de aceite, el pecho liso y los
miembros enjutos, tristes, con una delgadez de muchacho, bajo las sucias
faldas de la miseria. Por la noche sala de casa pretextando necesidades
del partido y le vean entrar en los arrabales buscando jornaleras de
formas desbaratadas por la maternidad, a cuyos maridos enviaba con
antelacin a trabajar en sus huertos. Compraba a docenas zapatos de
mujer; pagaba en las tiendas pauelos y refajos que al da siguiente
eran ostentados en las afueras de la ciudad. Los ms entusiastas
correligionarios, sin perder el tradicional respeto, hablaban sonriendo
de sus _debilidades_, y sealaban un sinnmero de arrapiezos del arrabal
morenotes, fuertes y ceudos, como si fueran una reproduccin del
_quefe_. Por la noche, cuando don Ramn, rendido por la lucha con el
insaciable demonio que le araaba las entraas, roncaba dolorosamente
con un estertor que silbaba en sus pulmones y un reguero de baba en los
tristes bigotes, doa Bernarda, incorporada en la cama, los flacos
brazos sobre el pecho, le miraba ceuda, con unos ojos que parecan
apualarle y rogaba mentalmente:

--Seor! Dios mo! Que se muera pronto este hombre! Que acabe tanto
asco!

Y el Dios de doa Bernarda debi orla, pues su marido marchaba
rpidamente hacia la muerte, pero como un convencido, sin retroceder ni
sentir miedo, impulsado por aquella llama que le consuma; sin
preocuparse de la prdida de sus fuerzas y de la tos que sonaba como un
trueno lejano, arrastrndose pavorosamente por las cavernas de su pecho.

--Cudese usted, don Ramn,--decan los curas amigos, nicos que osaban
aludir a los desrdenes de su vida.--Va usted hacindose viejo y a su
edad, vivir como un joven, es llamar a la muerte.

Sonrea el cacique, orgulloso en el fondo de que los hombres conocieran
sus hazaas, y volva a sumirse en su rabiosa hidropesa, sintiendo que
cada trago de placer le quemaba con nuevos deseos.

An acarici a su hijo el da que le vio entrar en el patio, escoltado
por don Andrs, con el ttulo de abogado. Le regal su escopeta, una
verdadera joya, admirada por todo el distrito, y un magnfico caballo. Y
como si slo esperase ver cumplido el deseo del viejo Brull, que l no
supo realizar, a los pocos das lanz su ltima tos, sonaron
quejumbrosamente todas las campanas de la ciudad, sali con una orla
negra de a palmo el semanario del partido, y de todo el distrito lleg
la gente como en procesin, para ver si el cadver del poderoso don
Ramn Brull, que saba detener o acelerar el curso de la justicia en la
tierra, se pudra lo mismo que los despojos de los dems hombres.




III


Cuando doa Bernarda se vio sola y duea absoluta de su casa, no pudo
ocultar su satisfaccin.

Ahora se vera de lo que era capaz una mujer.

Contaba con el consejo y experiencia de don Andrs, ms unido a ella que
nunca y con la figura de Rafael, el joven abogado sostenedor del nombre
de los Brull.

El prestigio de la familia segua inalterable. Don Andrs, que con la
muerte de su patrn haba adquirido en la casa una autoridad de segundo
padre, se encargaba de mantener las relaciones con las autoridades de la
capital y los seorones de Madrid. En la casa, se atendan lo mismo las
peticiones: encontraban igual acogida los partidarios fieles y se hacan
idnticos favores, sin que desmayara la influencia en los lugares que
don Andrs llamaba las esferas de la administracin pblica.

Lleg una eleccin de diputados, y como siempre, Doa Bernarda sac
triunfante al individuo que le designaron desde Madrid. Don Ramn haba
dejado la mquina ajustada y montada perfectamente; slo faltaba el
engrase para que siguiera marchando, y all estaba su viuda, siempre
activa, apenas notaba el ms leve chirrido en los engranajes.

En el gobierno de la provincia se hablaba del distrito con la misma
seguridad que en otros tiempos.

--Es nuestro. El hijo de Brull tiene igual fuerza que su padre.

La verdad era que a Rafael no le interesaba mucho el partido. Mirbalo
como una de las fincas de la familia cuya legtima posesin nadie le
poda disputar, y se limitaba a obedecer a su madre:--Ve con don Andrs
a Riola. Nuestros amigos se alegrarn de verte. Y emprenda el viaje
para sufrir el tormento de una paella interminable, en la cual los
partidarios le acongojaban con su regocijo alborotado y los obsequios
ofrecidos entre los rsticos dedos.--Convendra que dejases descansar
al caballo unos das. En vez de pasear ve por las tardes al casino. Los
correligionarios se quejan porque no te ven. Y abandonando aquellos
paseos que eran su nico placer, se hunda en un ambiente denso, cargado
de gritos y humo, donde haba de contestar a los ms ilustrados del
partido que, llenando de ceniza los platillos del caf, queran saber
quin hablaba mejor, Castelar o Cnovas, y en caso de una guerra entre
Francia y Alemania, cul de las dos naciones vencera; asuntos que
provocaban disputas y enfriaban amistades.

La nica relacin entablada voluntariamente con el partido era cuando
coga la pluma y fabricaba para el semanario algn artculo sobre El
Derecho y la Moral, o La Libertad y la Fe, resabios de estudiante
aprovechado y laborioso; largas tiradas de lugares comunes con
fragmentos de lecciones de Metafsica, que nadie entenda y excitaban
por lo mismo la admiracin de los correligionarios, los cuales decan a
Don Andrs guiando los ojos:

--Qu plumita! eh? Cualquiera discute con l... Qu _profundo!_...

Cuando su madre no le obligaba por las noches a visitar la casa de algn
_pudiente_, al que convena tener contento, lea; no ya como en Valencia
los libros que le prestaba el cannigo, sino obras que compraba
siguiendo las indicaciones de los peridicos; volmenes que respetaba su
madre con la santa veneracin que la inspiraba el papel cosido y
encuadernado, slo comparable al desprecio que senta por los
peridicos, dedicados casi todos ellos a insultar las cosas santas y
favorecer los instintos de la pillera.

Aquellos aos de lectura al azar y sin los escrpulos y temores de
estudiante, abatan sordamente muchas de sus firmes creencias; rompan
la horma que los amigos de la madre haban metido en su pensamiento; le
hacan soar con una vida grande, de la que no tenan ni noticias los
que le rodeaban.

Las novelas francesas le trasladaban a aquel Pars que obscureca el
Madrid apenas conocido en su poca del doctorado; los relatos de amores
despertaban en su cuerpo de joven y virtuoso, sin otros deslices que los
vulgares desahogos de la crpula estudiantil, un ardor de aventuras y de
complicadas pasiones en el que lata algo del intenso fuego que haba
consumido a su padre.

Viva en el mundo ideal de sus lecturas, rozndose con mujeres
elegantes, perfumadas, espirituales, de cierto arte en el refinamiento
de sus vicios.

Las hortelanas tostadas por el sol que enloquecan a su padre como
brutal afrodisaco, causbanle la misma repugnancia que si fuesen
mujeres de otra raza; seres de una casta inferior. Las seoritas de la
ciudad, parecanle campesinas disfrazadas, con los mismos instintos de
egosmo y economa de sus padres, conociendo el precio a que se venda
la naranja, sabiendo el nmero de hanegadas con que contaba cada
aspirante a su cario, ajustando el amor a la riqueza y creyendo que la
honradez consista en ser implacable con todo el que no se amoldaba a su
vida tradicional y mezquina.

Por esto le causaba hondo tedio su existencia montona y gris, separada
por ancho foso de aquella otra vida puramente imaginativa que le
envolva como un perfume extico y excitante, surgiendo de entre las
pginas de los libros.

Algn da se vera libre, levantara las alas; y esta liberacin haba
de realizarse cuando le eligiesen diputado. Deseaba su mayora de edad,
como el prncipe heredero ansa el momento de ser coronado rey.

Desde nio le haban acostumbrado a esperar este suceso que dividira su
vida en dos, presentndole nuevos caminos para marchar rectamente a la
gloria y la riqueza.

--Cuando mi nio sea diputado--le deca la madre en sus raros arrebatos
de expansin cariosa--como es tan guapo, se lo disputarn las chicas y
se casar con una millonaria.

Y esperando con impaciencia esta edad, iba transcurriendo la vida de
Rafael, sin alteracin alguna; una existencia de aspirante, seguro de su
destino, que aguarda el paso del tiempo para entrar en la vida. Era como
los nios nobles de otros siglos, que, agraciados en la cuna por el
monarca con un ttulo de coronel, aguardaban jugando al trompo la hora
de ir a ponerse al frente de su regimiento. Haba nacido diputado y lo
sera; ahora esperaba entre bastidores.

Su viaje a Italia, en la peregrinacin papal, fue lo nico que alter la
monotona de su existencia. Guiado por el cannigo, visit ms iglesias
que museos: teatros slo vio dos, aprovechndose de la flojedad que las
peripecias del viaje causaban en el carcter austero de su gua. Pasaban
indiferentes ante las famosas obras artsticas de los templos y se
detenan a venerar cualquier reliquia acreditada por absurdos milagros.
Pero an as pudo ver Rafael confusamente y como de pasada, un mundo
distinto al de su pas, donde fatalmente deba arrastrarse su
existencia. Sinti el roce de la misma vida de placer y pasin que
absorba en los libros como vino embriagador; y aunque de lejos, admir
en Miln la dorada y aventurera bohemia de los cantantes; en Roma, el
esplendor de una aristocracia seorial y artista en perpetua rivalidad
con la de Pars y Londres, y en Florencia, la elegancia inglesa emigrada
en busca del sol, paseando sus _canotiers_ de paja, las cabelleras de
oro de las _misses_ y sus parloteos de pjaro por los jardines donde
meditaba el sombro poeta y relataba Bocaccio sus alegres cuentos para
alejar el miedo a la peste.

Aquel viaje, rpido como una visin cinematogrfica, dejando en Rafael
una confusa maraa de nombres, edificios, cuadros y ciudades, sirvi
para dar a sus pensamientos ms amplitud y ligereza, para hacer mayor
an el foso que le aislaba dentro de su vida vulgar.

Senta la nostalgia de lo extraordinario, de lo original; le agitaba el
ansia de aventuras de la juventud, y dueo de un distrito heredero de un
seoro casi feudal, lea con el respeto supersticioso de un patn, el
nombre de un escritor, de un pintor cualquiera; gente perdida que no
tiene sobre qu caerse muerta, segn declaraba su madre, pero que l
envidiaba en secreto, imaginndose una existencia llena de placeres y
aventuras.

Cunto hubiera dado por ser un bohemio como los que encontraba en los
libros de Mrger, formando regocijada banda; paseando la alegra de
vivir y el fiero amor al arte por ese mundo burgus, agitado por la
calentura del dinero y las manas de clases! Talento para escribir
cosas hermosas, versos con alas como los pjaros, un cuartito bajo las
tejas, all en el barrio Latino; una Mimi pobre pero sentimental, que le
amase hablando entre dos besos de _cosas elevadas_ y no del precio de la
naranja como aquellas seoritas que le seguan con ojos tiernos; y a
cambio de esto dara la futura diputacin y todos los huertos de su
herencia, que aunque gravados por el padre con hipotecas y trampas,
todava le proporcionaban una renta deshonrosa para sus ensueos de
bohemio!

El continuo contacto con estas fantasas le haca intolerable su vida de
jefe obligado a intervenir en los asuntos de sus partidarios, y a riesgo
de enfadar a su madre, hua del casino, buscando la soledad del campo.
All se desarrollaba con ms soltura su imaginacin, poblando de seres
fantsticos el camino y las arboledas, conversando muchas veces en voz
alta con las heronas de unos amores ideales, arreglados conforme al
patrn de la ltima novela leda.

Una tarde, al finalizar el verano, suba Rafael la pequea montaa de
San Salvador, inmediata a la ciudad. Le gustaba contemplar desde aquella
altura el inmenso seoro de la familia. Toda la gente que habitaba la
rica llanura--segn deca don Andrs describiendo la grandeza del
partido--llevaba el apellido de Brull como un hierro de ganadera.

Rafael, siguiendo el camino pedregoso de rpidos zigzags, recordaba las
montaas de Ass que haba visitado con su amigo el cannigo, gran
admirador del santo de la Umbra. Era un paisaje asctico. Los peascos
azulados o rojos asomando sus cabezas a los lados del camino; pinos y
cipreses saliendo de sus hendiduras, extendiendo sobre la yerma tierra
sus races tortuosas y negras como enormes serpientes; a trechos,
blancas pilastras con tejadillo, y en el centro, ocupando un hueco,
azulejos con los sufrimientos de Jess en la calle de Amargura. Los
cipreses agitaban su puntiagudo gorro verde como queriendo espantar las
blancas mariposas que zumbaban sobre los romeros y las ortigas; los
pinos extendan arriba su quitasol, proyectando manchas de sombra sobre
el camino ardiente, en el cual, la tierra endurecida por el sol, cruja
bajo los pies.

Al llegar Rafael a la plazoleta de la ermita, descans de la ascensin,
tendindose en el banco de mampostera que formaba una gran media luna
ante el santuario.

Reinaba all el silencio de las alturas. Los ruidos de abajo, todos los
rumores de vida y labor incesante de la inmensa llanura, llegaban
arrollados y aplastados por el viento, cual el susurro de un lejano
oleaje. Entre la apretada fila de chumberas que se extenda detrs del
banco, revoloteaban los insectos, brillando al sol como botones de oro,
llenando el profundo silencio con su zumbido. Unas gallinas--las del
ermitao--picoteaban en un extremo de la plazoleta, cloqueando y
moviendo rudamente sus plumas.

Rafael se abismaba en la contemplacin del hermoso panorama. Con razn
le llamaban paraso sus antiguos dueos, aquellos moros cuyos abuelos,
salidos de los mgicos jardines de Bagdad y acostumbrados a los
esplendores de _Las mil y una noches_, se extasiaron sin embargo al ver
por primera vez la tierra valenciana.

En el inmenso valle, los naranjales como un oleaje aterciopelado; las
cercas y vallados de vegetacin menos obscura, cortando la tierra
carmes en geomtricas formas; los grupos de palmeras agitando sus
surtidores de plumas, como chorros de hojas que quisieran tocar el cielo
cayendo despus con lnguido desmayo; villas azules y de color de rosa,
entre macizos de jardinera; blancas alqueras casi ocultas tras el
verde bulln de un bosquecillo; las altas chimeneas de las mquinas de
riego, amarillentas como cirios con la punta chamuscada; Alcira, con sus
casas apiadas en la isla y desbordndose en la orilla opuesta, toda
ella de un color mate de hueso, acribillada de ventanitas, como roda
por una viruela de negros agujeros. Ms all, Carcagente, la ciudad
rival envuelta en el cinturn de sus frondosos huertos; por la parte del
mar, las montaas angulosas, esquinadas, con aristas que de lejos
semejan los fantsticos castillos imaginados por Dor, y en el extremo
opuesto los pueblos de la Ribera alta, flotando en los lagos de
esmeralda de sus huertos, las lejanas montaas de un tono violeta, y el
sol que comenzaba a descender como un erizo de oro, resbalando entre las
gasas formadas por la evaporacin del incesante riego.

Rafael, incorporndose, vea por detrs de la ermita toda la Ribera
baja; la extensin de arrozales bajo la inundacin artificial; ricas
ciudades, Sueca y Cullera, asomando su blanco casero sobre aquellas
fecundas lagunas que recordaban los paisajes de la India; ms all la
Albufera, el inmenso lago como una faja de estao hirviendo bajo el sol;
Valencia cual un lejano soplo de polvo, marcndose a ras del suelo sobre
la sierra azul y esfumada; y en el fondo, sirviendo de lmite a esta
apoteosis de luz y color, el Mediterrneo; el golfo azul y tembln,
guardado por el cabo de San Antonio y las montaas de Sagunto y Almenara
que cortaban el horizonte con sus negras gibas como enormes cetceos.

Mirando Rafael en una hondonada las torres del ruinoso convento de la
Murta, casi ocultas entre los pinares, evocaba la tragedia de la
reconquista; lamentaba la suerte de aquellos guerreros agricultores
cuyos blancos alquiceles an parecan flotar entre los naranjos, los
mgicos rboles de los parasos de Asia.

Era un cario atvico. La herencia mora que llevaba en su carcter
melanclico y soador, le haca lamentar--contrariando sus creencias
religiosas--la triste suerte de los creadores de aquel edn.

Se imaginaba los pequeos reinos de los wals feudatarios; seoros
semejantes al de su familia, slo que en vez de estar cimentados en la
influencia y el proceso, se sostenan con la lanza de aquellos jinetes
que as labraban la tierra como caracoleaban en juntas y encuentros con
una elegancia jams igualada por caballero alguno. Vea la corte de
Valencia con sus poticos jardines de Ruzafa, donde los poetas cantaban
versos melanclicos a la decadencia del moro valenciano, escuchados por
las hermosas, ocultas tras los altos rosales. Y despus sobrevena la
catstrofe. Llegaban como torrente de hierro los hombres rudos de las
ridas montaas de Aragn, empujados al llano por el hambre; los
almogvares desnudos, horribles y fieros, como salvajes; gente inculta,
belicosa e implacable, que se diferenciaba del sarraceno no lavndose
nunca. Varones cristianos arrastrados a la guerra por sus trampas; los
mseros terrenos de su seoro empeados en manos del israelita; y con
ellos un tropel de jinetes con cascos alados y cimeras espantables de
dragn; aventureros que hablaban diversas lenguas, soldados errantes en
busca de la rapia y el saqueo bajo la cruz; lo peor de cada casa, que
apoderndose del inmenso jardn, se instalaban en los palacios, y se
convertan en condes y marqueses para guardar con sus espadas al rey
aragons aquella tierra privilegiada que los vencidos seguiran
fecundando con su sudor.

Valencia, Valencia, Valencia! Tus muros son ruinas; tus jardines
cementerios, tus hijos esclavos del cristiano... gema el poeta
cubrindose los ojos con el alquicel. Y como banda de fantasmas,
encorvados sobre sus caballos pequeos, nerviosos, finos, que parecan
volar con las patas rectas, arrojando humo por las narices, Rafael vea
pasar al pueblo valenciano, a los moros, vencidos y debilitados por la
abundancia del suelo, huyendo al travs de los jardines, empujados por
los invasores brutales e incultos para ir a sumirse en la eterna noche
de la barbarie africana.

Y siguiendo con la imaginacin la fuga sin trmino de los primeros
valencianos que dejaban olvidada y perdida una civilizacin cuyos
ltimos vestigios resucitan hoy en las universidades de Fez, Rafael
senta el mismo disgusto que si se tratara de una desgracia de su
familia o su partido.

Mientras en aquella soledad evocaba las cosas muertas, la vida le
rodeaba con su agitacin. En el tejado de la ermita revoloteaba una nube
de gorriones; en la falda de la montaa pastaba un rebao de ovejas de
rojizos vellones, las cuales, al encontrar entre los peascos alguna
brizna de hierba, se llamaban con melanclico balido.

Rafael oy voces de mujeres que suban por el camino, y tendido como
estaba vio aparecer sobre el borde del banco e ir remontndose poco a
poco dos sombrillas; una de seda roja, brillante, con primorosos
bordados como la cpula de afiligranada mezquita, la otra de percal
rameado, modesta y respetuosamente rezagada.

Dos mujeres entraron en la plazoleta, y al incorporarse Rafael,
quitndose el sombrero, la ms alta, que pareca la seora, contest con
una leve inclinacin de cabeza, y se dirigi al otro extremo,
volvindole la espalda para contemplar el paisaje.

La otra se sent a alguna distancia de Rafael, respirando penosamente
con la fatiga de la ascensin.

Quines eran aquellas mujeres?... Rafael conoca toda la ciudad y jams
las haba visto.

La que estaba cerca de l, era indudablemente una servidora de la otra;
la doncella, la acompaante. Vesta de negro, con cierta gracia
sencilla, como una de esas _soubrettes_ francesas que l haba visto en
las novelas ilustradas.

Pero el origen campesino, la rudeza nativa, se revelaba en las manos
cortas, con las uas anchas y aplastadas, y el dorso afeado con ligeras
manchas amarillas; en los pies gruesos y pesados, a pesar de mostrarse
cubiertos por unas elegantes botinas que delataban con su finura haber
pertenecido antes a la seora. Era bonita, con la frescura de la
juventud. Tena unos ojos grises, grandes, crdulos, de cordero sencillo
y retozn: el pelo lacio, de un rubio blanquecino, colgaba en desmayadas
mechas sobre la cara tostada y rojiza, sembrada de pecas. Manejaba con
torpeza la cerrada sombrilla, y de vez en cuando miraba con ansiedad la
doble cadena de oro que descenda del cuello a la cintura, como si
temiese la desaparicin de un regalo largamente solicitado.

Rafael dej de examinarla para fijarse en su seora. Su vista recorra
aquella nuca rematada por la apretada cabellera rubia, como una cimera
de oro; el cuello blanco, redondo, carnoso; la espalda amplia y esbelta,
oculta, bajo una blusa de seda azul, adelgazando sus lneas rpidamente
en el talle y ensanchndose despus, para marcar el contorno de las
caderas bajo la falda gris ajustada en armnicos pliegues como los paos
de una estatua, y por cuyo borde asomaban los slidos tacones de unos
zapatos ingleses, encerrando el pie pequeo, gil y fuerte.

La seora llam a su doncella. Su voz sonora, pastosa, vibrante, lanz
unas palabras de las que apenas pudo Rafael alcanzar las principales
slabas. El rumoroso silencio de la altura pareci plegarlas y
confundirlas; pero el joven estaba seguro de que no haba hablado en
espaol. Era sin duda una extranjera...

Mostraba admiracin y entusiasmo ante el panorama; hablaba rpidamente
a su domstica, sealndole las principales poblaciones que desde all
vea, citndolas por sus nombres, que era lo nico que llegaba
claramente a los odos de Rafael. Quin era aquella mujer nunca vista
que hablaba en idioma extranjero y conoca el pas? Tal vez la esposa de
algn exportador francs o ingls de los que se establecan en la ciudad
para la compra de la naranja. Y obligado por el aislamiento y la
vulgaridad de su vida a una dolorosa continencia, devoraba con sus ojos
los contornos de aquella mujer, el dorso soberbio, opulento y elegante
que pareca desafiarla con su indiferencia.

Vio Rafael cmo cautelosamente sala de su casa el ermitao, un rstico
que viva de las personas que visitaban aquellas alturas. Atrado por el
aspecto de la desconocida seora se presentaba a saludarla ofrecindola
agua de la cisterna y descubrir en su honor la milagrosa virgen.

Volviose la seora para contestar al ermitao, y entonces pudo
contemplarla Rafael con toda tranquilidad. Era alta, muy alta, tal vez
tena su misma estatura, pero amortiguada por curvas que delataban la
robustez unida a la elegancia. El pecho opulento y firme y sobre l una
cabeza que caus honda impresin en Rafael. Le pareca ver a travs de
una nube--del clido vapor de la emocin--los ojos verdes, grandes,
luminosos, la nariz graciosa, de alillas palpitantes y rosadas, y aquel
cabello rubio que caa sobre la tez blanca, con transparencias de ncar,
surcada de venas dbilmente azules. Era un perfil de hermosura moderna,
graciosa y picante. Rafael crea encontrar en aquellos rasgos la huella
de innumerables artistas. La haba visto antes. Dnde?... no lo saba.
Tal vez en los peridicos ilustrados, en los lbums de bellezas
artsticas; era posible que en las cajas de fsforos que reproducen las
beldades de moda. Lo cierto era que ante aquel rostro visto por primera
vez, senta en su memoria la misma impresin que al encontrar una cara
amiga tras larga ausencia.

El ermitao, excitado por la esperanza de la propina, llevbalas hacia
la ermita, a cuya puerta se asomaban curiosas su mujer y su hija,
deslumbradas por los enormes brillantes que centelleaban en las orejas
de la desconocida.

--Entre usted, _seoreta_--deca el rstico.--Le ensear la Virgen
sabe usted? la Virgen del Lluch, la legtima, la que vino ella sola
desde Mallorca hasta aqu. All en Palma creen tener la verdadera, pero
qu han de decir ellos? Les hace rabiar la idea de que Nuestra Seora
prefiere a Alcira, y aqu la tenemos, probando que es la verdadera con
los portentosos milagros que realiza.

Abra la puerta de la pequea iglesia fresca y sombra como una bodega,
mostrando en el fondo, metida en un altar barroco de oro apagado, la
pequea imagen con el manto hueco y la cara negra.

El buen hombre, recitaba a toda prisa, como quien la sabe de memoria, la
historia de la imagen. Era la Virgen del Lluch, la patrona de Mallorca.
Un ermitao vino huyendo de all, no se saba por qu: tal vez por
alguna sarracina de las de aquella poca de guerras y atropellos, y para
salvar a la Virgen de profanaciones, se la trajo a Alcira, edificando
aquel santuario. Llegaron despus los de Mallorca para restituirla a su
isla, pero como la celestial seora les haba tomado ley a Alcira y a
sus habitantes, volvi volando sobre el mar sin mojarse los pies, y los
baleares, para ocultar este suceso, labraron una imagen igual. Todo era
cierto, y como prueba all estaba el primer ermitao enterrado al pie
del altar, y all la Virgen con su carita negra a consecuencia del sol y
la humedad del mar que la ennegrecieron en su milagroso viaje.

La seora escuchaba al buen hombre sonriendo ligeramente; su doncella
aguzaba el odo con el miedo de perder alguna palabra de un idioma
comprendido a medias, y sus ojazos de campesina crdula, iban de la
imagen al narrador, expresando admiracin por tan portentoso milagro.
Rafael las haba seguido dentro de la ermita, y se aproximaba a la
desconocida que afectaba no verle.

--Esta es una tradicin--se atrevi a decir cuando el rstico acab su
relato.--Ya comprender usted, seora, que aqu nadie acepta tales
cosas.

--As lo creo--contest gravemente la hermosa desconocida.

--_Traicin_ o no, Don Rafael--gru el ermitao con descontento--as lo
contaba mi abuelo y todos los de su poca, y as lo cree la gente.
Cuando tanto se ha dicho, por algo ser.

En la mancha de sol que proyectaba el hueco de la puerta sobre las
baldosas, se marc la sombra de una mujer.

Era una hortelana pobremente vestida. Pareca joven, pero su cara plida
y flcida como de papel marcando los salientes y cavidades de su crneo,
los ojos hundidos y mates y las mechas de cabello sucio que se escapaban
por bajo el anudado pauelo, dbanla aspecto de enfermedad y miseria.
Caminaba descalza, con los zapatos en la mano, balancendose
penosamente, con las piernas abiertas, como si experimentara inmenso
dolor al poner las plantas en el suelo.

El ermitao la conoca mucho, y mientras la infeliz, jadeante por la
ascensin, y el dolor de sus pies desnudos, se dejaba caer en un
banquillo, contaba l su historia en pocas palabras a la seora y a
Rafael.

Estaba muy enferma; una dolencia de la matriz que acababa con ella
rpidamente. No crea en los mdicos que, segn ella, la engaaban con
palabras; adems repugnaba a su pudor de buena mujer, cristianamente
educada, prestarse a vergonzosas exhibiciones de los rganos enfermos.
Conoca el nico remedio: la Virgen del Lluch acabara por curarla. Y
todas las semanas, descalza, con los zapatos en la mano, suba la penosa
cuesta, ella que en su huerto apenas poda moverse de la silla y
necesitaba que el marido la arrease para cuidar la casa.

El ermitao se aproxim a la enferma, tomando una pieza de cobre que
llevaba en la mano. Quera unos gozos como siempre, eh?

--_Visanteta, uns gochos!_--grit el rstico asomando a la puerta.

Y entr en la iglesia su hija, una mocetona morenota y sucia, con ojos
africanos: una beldad rstica que pareca escapada de un aduar.

Se acomod en un banco, volviendo la espalda a la virgen con el gesto de
mal humor del que se ve obligado a hacer todos los das la misma cosa, y
con una voz bronca, desgarrada, furiosa, que haca temblar las paredes
del santuario, comenz una melopea lenta, cantando la historia de la
imagen y sus portentosos milagros.

La enferma, arrodillada ante el altar sin soltar los zapatos, mostrando
por entre las faldas las plantas de los pies amoratadas y sangrientas
por los araazos de las piedras, repeta el estribillo al final de cada
estrofa, implorando la proteccin de la Virgen.

Su voz sonaba dbil, triste, como un vagido de nio enfermo. Tena los
macilentos ojos fijos en la imagen con una expresin dolorosa de
splica, y se cubran de lgrimas mientras la voz sonaba cada vez ms
trmula y lejana.

La hermosa desconocida mostraba cierta emocin ante el espectculo. La
doncella arrodillndose y siguiendo con movimientos de cabeza el
sonsonete del canto, rezaba en un idioma que al fin conoci Rafael; era
italiano. La seora miraba a la enferma con ojos de conmiseracin.

--Qu gran cosa es la fe!--murmur con suspirante voz.

--S, seora; una cosa hermosa.

Y Rafael hubiera aadido alguna frase retrica y _brillante_ de las
muchas que haba ledo en los autores _sanos_, sobre las grandezas de la
fe; pero en vano rebusc en su memoria; no haba nada: aquella mujer
turbaba profundamente su timidez de solitario.

Terminaron los gozos. Con la ltima estrofa desapareci la cerril
cantante, y la enferma se incorpor trabajosamente, ponindose en pie
tras varias tentativas dolorosas.

El ermitao se acerc a ella con la obsequiosidad de un tendero que
ensalza los gneros del establecimiento.--Iba aquello mejor? Probaba
la visita a la Virgen?... La pobre enferma, cada vez ms plida,
revelando con una mueca de dolor las terribles punzadas que sufra en
sus entraas, no se atreva a contestar por miedo a ofender a la
milagrosa seora. No saba!... S... realmente deba estar mejor...
Pero aquella subida!... Esta promesa no haba dado tan buen resultado
como las anteriores, pero tena fe: la Virgen sera buena para ella y la
curara.

A la salida de la iglesia, mientras revelaba su esperanza con palabras
entrecortadas, fue tanto el dolor, que casi se tendi en el suelo. El
ermitao la coloc en su silla y corri despus a la cisterna para
traerla un vaso de agua.

La doncella italiana, con los ojos desmesuradamente abiertos por el
susto, qued ante la pobre mujer consolndola con palabras sueltas que
le arrancaba la lstima _Povera! poverina!... coraggio!_ Y la
hortelana, en medio de su desfallecimiento, abra los ojos para mirar a
la extranjera, no comprendiendo las palabras, pero adivinando su
ternura.

La seora sali a la plazoleta. Pareca hondamente impresionada por
aquel dolor. Rafael la segua fingindose distrado, algo avergonzado
de su insistencia, y deseando al mismo tiempo una oportunidad para
reanudar la conversacin.

Respir con amplitud la seora al verse en aquel espacio abierto,
inmenso, donde la vista se perda en el azul del horizonte.

--Dios mo!--dijo como si hablase con ella misma.--Qu tristeza y qu
alegra al mismo tiempo! Esto es muy hermoso. Pero esa mujer!... esa
pobre mujer!

--Hace ya aos que la veo as,--dijo Rafael, fingiendo conocerla mucho,
a pesar de que hasta entonces rara vez se haba fijado en la pobre
hortelana.--Todos los de su clase son gente muy especial. Desprecan a
los mdicos, no les atienden, y se matan con estas brbaras devociones,
de las que esperan la salud.

--Quin sabe si lo suyo es lo mejor! El mal es invencible, y la ciencia
puede contra l tanto como la fe. A veces, menos an... Y pensar que
remos y gozamos mientras el mal pasa por nuestro lado rozndonos sin
ser visto!...

A esto no supo Rafael qu contestar. Pero qu mujer era aquella? Qu
modo de expresarse, caballeros! Acostumbrado el pobre muchacho a las
vulgaridades y soseces de las amigas de su madre, y bajo la impresin de
aquel encuentro que tan profundamente le turbaba, crea estar en
presencia de un sabio con faldas, un filsofo venido de all lejos, de
alguna sombra cervecera alemana, para turbarle bajo el disfraz de la
belleza.

La desconocida qued en silencio, con los ojos fijos en el horizonte. En
su boca, grande, de labios sensuales y carnosos, por entre los cuales
asomaba la dentadura esplndida y luminosa, pareca apuntar una sonrisa
acariciando el paisaje.

--Qu hermoso es esto!--dijo sin volverse hacia su acompaante.--Cmo
deseaba volver a verlo!

Por fin llegaba la ocasin para hacer la ansiada pregunta: ella misma se
la ofreca.

--Es usted de _aqu_?--pregunt con voz trmula, temiendo que su
curiosidad fuese repelida por el desprecio.

--S, seor--se limit a contestar la seora.

--Pues es particular. Nunca la he visto a usted...

--Nada tiene de extrao. Llegu ayer.

--Ya deca yo!... Conozco a todas las personas de la ciudad. Me llamo
Rafael Brull, y soy hijo de don Ramn, que fue muchas veces alcalde de
Alcira.

Ya lo haba soltado. El pobre muchacho senta la comezn de revelar su
nombre, de decir quin era, de hacer sonar aquel apellido famoso en el
distrito, para que su personalidad adquiriera realce ante la
desconocida. Influida ella por el ejemplo, tal vez dijese quin era.
Pero la hermosa seora se limit a acoger su declaracin con un ah! de
fra extraeza, que no revelaba siquiera si su nombre le era conocido.
Pero al mismo tiempo, le envolvi en una rpida mirada investigadora y
burlona que pareca decir:

--Este muchacho tiene buena presencia, pero debe ser tonto.

Rafael enrojeci, adivinando que haba cometido una simpleza al revelar
su nombre sin que nadie se lo preguntara, con la misma prosopopeya que
si estuviera en presencia de un rstico del distrito.

Se hizo un silencio penoso. Rafael quera salir de esta situacin, le
molestaba ver a aquella mujer glacial, indiferente; tratndole con
cortesa desdeosa, sosteniendo con gran correccin las distancias para
evitar la familiaridad. Pero puesto ya en la pendiente, se atrevi a
seguir preguntando:

--Y piensa usted permanecer mucho tiempo en Alcira?...

Rafael crey que se hunda el suelo bajo sus pies. Una nueva mirada de
aquellos ojos verdes: pero esta vez fra, amenazadora, algo as como un
relmpago lvido, reflejndose en el hielo.

--No s...--contest con una lentitud que pareca subrayar su
desdn.--Yo acostumbro a abandonar los sitios cuando me fastidio en
ellos.

Y tras una nueva pausa, mir a Rafael de frente, para saludarle con un
fro movimiento de cabeza.

--Buenas tardes, caballero.

Rafael qued anonadado. Vio cmo se dirigi a la portalada del santuario
llamando a la doncella. Cada uno de sus pasos, cada balanceo de las
arrogantes caderas, pareca levantar un obstculo entre ella y Rafael.
La vio cmo inclinndose cariosamente sobre la hortelana enferma, abra
un pequeo saco de raso que le presentaba su doncella; y rebuscando
entre brillantes baratijas y bordados pauelos sacaba la mano llena,
brillando la plata entre sus dedos. La vaci sobre el delantal de la
asombrada campesina, dio algo tambin al ermitao, que no manifestaba
menos sobresalto, y abriendo la sombrilla roja emprendi la marcha
seguida por la doncella.

Al pasar frente a Rafael, contest al sombrerazo de ste con una
inclinacin elegante, casi sin mirarle, y comenz a bajar la pedregosa
pendiente de la montaa.

La segua el joven con la mirada, al travs de los pinos y los cipreses,
viendo empequeecerse aquel cuerpo soberbio de mujer fuerte y sana.

En torno de l pareca flotar an su perfume, como si al alejarse le
dejara envuelto en el ambiente de superioridad, de extica elegancia que
emanaba de su persona.

Vio Rafael aproximarse al ermitao, ganoso de comunicar su admiracin.

--_Quina seora!_ deca poniendo los ojos en blanco para expresar su
entusiasmo.

Le haba dado un duro, una rodaja blanca de las que haca muchos aos,
por culpa de la poca fe, no suban a aquellas alturas. Y all estaba
_Visanteta_, la pobre enferma, sentada en la puerta de la ermita mirando
fijamente su delantal, como hipnotizada por el brillo del puado de
plata; duros, pesetas dobles y sencillas, monedas de cincuenta cntimos;
todo el contenido del bolso; hasta un botn de oro que deba ser de
algn guante.

Rafael participaba del asombro. Pero quin era aquella mujer?

--_Yo qu s?_--contestaba el rstico. Y guindose por las palabras
incomprensibles de la doncella, aada con gran conviccin:--_Ser
alguna fransesa... Una fransesa rica_.

Volvi Rafael a seguir con la vista las dos sombrillas que descendan la
pendiente como insectos de colores. Disminuan rpidamente. Ya no era la
grande ms que un punto rojo: ya se perda abajo en la llanura entre las
verdes masas de los primeros huertos... ya haba desaparecido.

Y al quedar solo, completamente solo, Rafael sufri una gran explosin
de ira. Le pareca odioso aquel lugar donde tan tmido y tan torpe se
haba mostrado. Le molestaba ver an all el relampagueo de aquella
mirada fra, repelindole, evitando la aproximacin. Le avergonzaba el
recuerdo de sus estpidas preguntas.

Y sin contestar al saludo del ermitao y su familia, se lanz monte
abajo con la esperanza de volver a encontrarla, no saba dnde. Rodaban
las rojas piedras bajo sus pies. El heredero de don Ramn, esperanza del
distrito, iba furioso; agitaba sus manos con nervioso temblor, como si
quisiera abofetearse. Y con acento agresivo, como si hablase con su _yo_
que abandonando la envoltura del cuerpo caminase delante de l, gritaba:

--Imbcil!... estpido!... _Provinciano!!_




IV


Doa Bernarda no lleg a sospechar el motivo por el cual su hijo se
levant al da siguiente plido y ojeroso como quien ha pasado una mala
noche. Tampoco sus amigos polticos adivinaron por la tarde la razn por
la que Rafael, haciendo buen tiempo, fuese a encerrarse en la atmsfera
densa del Casino.

Los ms bulliciosos correligionarios le rodearon para hablar una vez ms
de la gran noticia que haca una semana traa revuelto al partido. Iban
a ser disueltas las Cortes; los diarios no hablaban de otra cosa. Dentro
de dos o tres meses, antes de finalizar el ao, nuevas elecciones, y con
ellas el triunfo ruidoso y unnime de la candidatura de Rafael.

Don Andrs y los ms graves de sus adeptos, andaban preocupados
recordando fechas y haciendo cuentas con los dedos, como cortesanos que
forman sus clculos en vsperas de la declaracin de mayor edad del
prncipe.

El ntimo amigo y lugarteniente de la casa de Brull, era el ms
enterado. Si las elecciones se verificaban en la fecha indicada por los
peridicos, a Rafael le faltaran unos cuantos meses, cinco o seis,
para cumplir los veinticinco aos. Pero l haba escrito a Madrid
consultando a los personajes del partido; el ministro de la Gobernacin
se mostraba conforme, _haba precedentes_, y aunque a Rafael le faltase
el requisito de la edad, el distrito sera para l. Ya no enviaran de
Madrid ms _cuneros_. Se acabaron los seorones desconocidos. Y toda la
grey _brullesca_, se preparaba para la lucha con el entusiasmo ruidoso
del que sabe que el triunfo est asegurado de antemano.

Todas estas manifestaciones dejaban fro a Rafael. El, que tanto haba
deseado la llegada de las elecciones para verse libre, all en Madrid,
permaneca insensible aquella tarde como si se tratara de la suerte de
otro.

Miraba con impaciencia la mesa de tresillo donde don Andrs con otros
tres prohombres jugaba su diaria partida, y esperaba el momento en que
viniera cual de costumbre a sentarse junto a l, para que le
contemplasen en sus funciones de Regente, cobijando bajo su autoridad y
sabidura de maestro al prncipe heredero.

Bien mediada la tarde, cuando el saln del casino estaba menos
concurrido, la atmsfera ms despejada, y las bolas de marfil quietas
sobre el pao verde, don Andrs dio por terminada la partida,
aproximndose a su discpulo, rodeado como siempre por los partidarios
ms pegajosos y aduladores.

Rafael finga escucharles mientras preparaba mentalmente la pregunta que
desde el da anterior deseaba hacer a don Andrs.

Por fin se decidi:

--Usted que conoce a todo el mundo. Quin es una seora muy guapa que
parece extranjera y que encontr ayer en la montaita de San Salvador?

Comenz a rer el viejo, echando atrs la silla para que su vientre
estremecido por la ruidosa carcajada, no chocase con el borde de la
mesa.

--Tambin t la has visto?--dijo entre los estertores de su risa.--Pues
seor, que ciudad esta! Lleg anteayer, y todos la han visto ya, y no
hablan de otra cosa. T eres el nico que faltaba a preguntarme... Jo!
jo! jo! Pero qu ciudad esta!

Despus, extinguida su risa, que asombraba a Rafael, continu ms
tranquilo:

--Pues esa seora extranjera, como t dices, es de aqu, y ha nacido en
la misma calle que t. No conoces a doa Pepa, _la del mdico_, como la
llaman; una seora pequea que tiene un huerto junto al ro y vive en
una casa azul que se inunda siempre que sube el Jcar? Era duea de la
casa que tenis un poco ms arriba de la vuestra, y se la vendi a tu
padre; la nica compra que hizo don Ramn, no te acuerdas?

S, crea conocerla. Poniendo en tensin su memoria sala de los ms
remotos rincones una seora vieja, arrugada, con la espalda algo curva,
y una cara de simpleza y bondad. La vea con el rosario al puo, la
silla de tijera al brazo y la mantilla sobre los ojos, como cuando
pasaba por frente a su puerta saludando a su madre, la cual deca con
aire protector:--Esa doa Pepa es muy buena; un alma de Dios... La nica
persona decente de su familia.

--S; s quien es; la conozco,--dijo Rafael.

--Pues esa _seora extranjera_--continu don Andrs--es sobrina de doa
Pepa. La hija de su hermano el mdico, una muchacha que hasta ahora ha
ido por el mundo cantando peras. T no te acordars del doctor Moreno,
que tanto dio que hablar en sus tiempos...

Vaya si se acordaba! No necesit poner en tortura su memoria. Aquel
nombre an se conservaba fresco entre los recuerdos de la niez.
Representaba muchas noches de sueo alterado por el miedo; de sbitas
alarmas en las cuales ocultaba bajo las sbanas la cabeza temblorosa; de
amenazas, cuando negndose a dormir porque le acostaban temprano, su
madre le deca con voz imperiosa:

--Si no callas y duermes, llamar al doctor Moreno.

Terrible y sombro personaje! Rafael recordaba como si las hubiera
visto al entrar en el casino, aquellas barbas enormes, negras y rizosas;
los ojos grandes y ardientes, mirando siempre con exaltacin, y el
cuerpo alto, con una grandeza que an pareca mayor al joven Brull,
evocndola desde los recuerdos de su infancia. Tal vez era una buena
persona; as lo crea Rafael cuando pensaba en aquel lejano perodo de
su vida; pero an tena presente el susto que experiment siendo nio,
al encontrar en una calleja al terrible doctor, que le mir con sus ojos
de brasa acaricindole las mejillas bondadosamente, con una mano que al
arrapiezo le pareci de fuego. Huy despavorido, como huan casi todos
los chicuelos cuando les acariciaba el doctor.

Qu horrible fama la suya! Los curas de la poblacin hablaban de l con
terribles aspavientos. Era un impo, un excomulgado. Nadie saba
ciertamente qu alta autoridad haba lanzado sobre l la excomunin;
pero era indudable que estaba fuera del gremio de las personas decentes
y cristianas. Bastaba para esto saber que todo el granero de su casa lo
tena lleno de libros misteriosos, en idiomas extranjeros, todos
conteniendo horribles doctrinas contra las sanas creencias en Dios y en
la autoridad de sus representantes. Era defensor de un tal Darwin, que
sostena que el hombre es pariente del mono, lo que regocijaba a la
indignada doa Bernarda, hacindola repetir todos los chistes que a
costa de esta locura soltaban sus amigos los curas los domingos en el
plpito. Y lo peor era que con tales brujeras, no haba enfermedad que
se resistiera al doctor Moreno. Haca prodigios en los arrabales, entre
la tosca gente de los huertos que le adoraba con tanto afecto como
temor. Devolva la salud a los que haban declarado incurables los
viejos mdicos de larga levita y bastn con puo de oro, venerables
sabios, ms creyentes en Dios que en la ciencia, segn deca en su
elogio la madre de Rafael. Aquel exaltado se vala de nuevos
medicamentos, de sistemas originales, aprendidos en las revistas y
libracos que reciba de muy lejos. A los enemigos les desconcertaba en
su murmuracin la mana del doctor por curar gratuitamente a los pobres,
aadiendo muchas veces una limosna; e indignbales la testarudez con que
se negaba otras muchas a asistir a las personas acaudaladas y de sanos
principios que haban tenido que solicitar el permiso de su confesor
para ponerse en tales manos.

--Pillo! Hereje!... Descamisado!...--exclamaba doa Bernarda.

Pero lo deca en voz muy baja y con cierto miedo, pues aquellos tiempos
eran malos para la casa de Brull. Rafael recordaba que su padre
mostrbase por entonces ms sombro que nunca, y apenas sala del patio.

A no ser por el respeto que inspiraban sus garras vellosas y el
entrecejo tempestuoso, se lo hubieran comido. Mandaban los otros...
todos menos la casa de Brull.

La monarqua se la haba llevado la mala trampa; legislaban en Madrid
los hombres de la revolucin de Septiembre. Los industrialillos de la
ciudad, rebeldes siempre a la soberana de don Ramn, tenan fusiles en
las manos, formaban una milicia, y eran capaces de plantar un balazo a
los que antes les haban tenido bajo el pie. Se daban en las calles
vivas a la Repblica, faltaba poco para que se encendieran cirios ante
la estampa de Castelar; y entre este torbellino de discursos,
aclamaciones, _Marsellesa_ a todas horas y percalina tricolor,
destacbase el fantico mdico, predicando en las plazas, hablando en
las eras de los pueblos vecinos, explicando los Derechos del Hombre en
las veladas nocturnas del casino republicano de la ciudad; entusiasta
hasta el lirismo, repeta con diversas palabras las mismas odas
oratorias del tribuno portentoso que en aquella poca corra Espaa de
una punta a otra, haciendo comulgar al pueblo en la democracia al son
de sus estrofas, que sacaban de la tumba todas las grandezas de la
historia.

La madre de Rafael, cerrando puertas y balcones, miraba irritada al
cielo cada vez que la masa popular, a la vuelta de un _meeting_, pasaba
por su calle con banderas al frente, para detenerse un poco ms all,
ante la vivienda del doctor, al que aclamaba con entusiasmo.--Hasta
cundo iba a consentir Dios que las personas honradas sufriesen? Y
aunque nadie la insultaba ni la peda un alfiler, hablaba de la
necesidad de trasladarse a otro punto. Aquellas gentes pedan la
Repblica, eran de la _Repartidora_, como ella deca; al paso que
marchaban las cosas, no tardaran en triunfar, y entonces vendra el
saqueo de la casa; tal vez el degello de ella y su hijo.

--Djalos, mujer!--deca el cado cacique con burlona sonrisa--No son
tan malos como crees. Que sigan cantando su _Marsellesa_ y dando vivas,
ya que con tan poco se contentan. Este tiempo, otro traer. Los
carlistas se encargarn de hacer triunfar a los nuestros.

Para el padre de Rafael, el doctor era un buen hombre. Un excelente
chico, al que los libros haban trastornado. Le conoca mucho; haban
ido juntos a la escuela, y jams quiso unirse al coro de maldiciones
contra Moreno. Lo nico que pareci molestarle, fue que a raz de la
proclamacin de la Repblica, los entusiastas del doctor quisieran
enviarle diputado a la Constituyente del 73. Diputado aquel loco,
cuando l, el amigo y agente de tantos ministros moderados, no haba
osado nunca pensar en el cargo por el respeto casi supersticioso que le
inspiraba! Aquello era el fin del mundo!...

Pero el doctor se opuso a tales deseos. Si iba a Madrid, qu sera del
triste rebao que encontraba en l salud y proteccin? Adems, l era un
sedentario. Se senta ligado a aquella vida de estudio y soledad, en la
que cumpla sus gustos sin obstculo alguno. Sus convicciones le
arrastraban a mezclarse entre la masa, a hablar en los lugares pblicos,
provocando tempestades de entusiasmo; pero se negaba a tomar parte en
las organizaciones de partido, y despus de una reunin pblica, pasaba
das y das encerrado en casa entre sus libros y revistas, sin ms
compaa que la de su hermana, dcil devota que le adoraba, aunque
lamentando su irreligiosidad, y la de su hija, una nia rubia que Rafael
recordaba apenas, pues la antipata que inspiraba el padre a las
principales familias, obligaba a la pequea a un forzoso aislamiento.

El doctor tena una pasin: la msica. Todos admiraban su habilidad.
Qu no sabra aquel hombre? Segn doa Bernarda y sus amigas, aquel
talento portentoso era adquirido con _malas artes_, fruto de su
impiedad. Pero esto no impeda que por las noches, cuando haca sonar el
violoncello, acompaado por ciertos amigotes de Valencia que venan a
pasar con l algunos das,--todos gente greuda y estrambtica, que
hablaban un lenguaje raro y nombraban a un tal Beethoven con tanta
uncin como si fuese San Bernardo, el patrn de Alcira,--la gente se
agolpase en la calle, siseando para que caminasen ms quedo los que
poco a poco se aproximaban, y abranse cautelosamente balcones y
ventanas ante los prodigios del endemoniado doctor.

--S, don Andrs--dijo Rafael;--recuerdo perfectamente al doctor Moreno.

El miedo que le haba inspirado en la niez, y las diablicas melodas
que por la noche llegaban hasta su camita, estaban an frescos en su
memoria.

--Pues bien--continu el viejo;--esa seora es la hija del doctor. Qu
hombre aquel! Cmo nos haca rabiar a tu padre y a m en el 73! Ahora
que todo aquello est tan lejos, te digo que era un buen sujeto. Algo
sorbido de sesos por la lectura, como Don Quijote; chiflado
completamente por la msica. Tena cosas graciossimas. Se cas con una
hortelana muy guapa, pero pobre. Deca que el casamiento era... para
perpetuar la especie: stas eran sus palabras; para echar al mundo gente
fuerte y sana. Por esto lo de menos era preocuparse de la posicin de la
esposa, sino de su caudal de salud. As se busc l aquella Teresa,
fuerte como un castillo y fresca como una manzana. Pero de poco le vali
a la pobre. Tuvo la nia, y a consecuencia del parto muri a los pocos
das, sin que sirvieran de nada los estudios y los desesperados
esfuerzos del marido. No llegaron a vivir juntos un ao.

Los compaeros de Rafael escuchaban con tanta atencin como ste. Les
agitaba la malsana curiosidad de las pequeas poblaciones donde el
ahondar de la vida ajena es el ms vivo de los placeres.

--Y ahora viene lo bueno--continu don Andrs,--El loco del doctor tena
dos santos: Castelar y Beethoven, cuyos retratos figuraban en todas las
habitaciones de su casa, hasta en el granero. Ese Beethoven (por si no
lo sabis), es un italiano o ingls, no lo s cierto, de esos que se
sacan la msica de la cabeza para que la toquen en los teatros o se
diviertan a solas los locos como Moreno. Al tener una hija, anduvo
preocupado con el nombre que haba de ponerla. Quera llamarla Emilia
para hacer as un homenaje a su dolo Castelar; pero le gustaba ms
Leonora, (fijos bien! no digo Leonor), Leonora, que segn nos dijo l,
era el ttulo de la nica funcin escrita por Beethoven, una pera que
lea l a ratos perdidos, como yo leo el peridico. El recuerdo del
extranjero pudo ms, y envi a su hermana a la iglesia con unas cuantas
vecinas pobres a bautizar la nia, con el encargo de que le pusieran por
nombre Leonora. Figuros qu contestara el cura despus de buscar en
vano en el santoral. Yo estaba entonces en las oficinas del ayuntamiento
y tuve que intervenir. Era antes de la Revolucin; mandaba Gonzlez
Bravo; los buenos tiempos; por poco que alzase el gallo un enemigo del
orden y las sanas creencias, iba en cuerda camino de Fernando Po. Y sin
embargo, floja zambra arm aquel hombre! se plant en la iglesia, donde
no haba entrado nunca, empeado en que bautizasen a la pequea a su
gusto. Despus quiso llevrsela sin bautizar, diciendo que le tena sin
cuidado este requisito y que slo lo cumpla por dar gusto a su hermana.
En la disputa llamaba con gran retintn a los curas y aclitos reunidos
en la sacrista, cuadrilla de _bramantes_...

--Les llamara brahamantes--interrumpi Rafael.

--S, eso es: y tambin bonzos; as, por chunga; de esto me acuerdo
bien. Por fin, dej que el cura la bautizase con el nombre de Leonor.
Pero como si nada. Al marcharse le dijo al prroco:--Ser Leonora por
razones que le placen al padre y que no comprendera usted aunque yo se
las explicase. Qu tremolina aquella! Tuvimos que intervenir tu padre
y yo para amansar a los buenos curas: queran formarle un proceso por
sacrilegio, ultrajes a la religin y qu se yo cuntas cosas ms. Nos
dio lstima. Ay, hijo mo! en aquel tiempo una causa as era ms de
cuidado que hacer una muerte.

--Y cmo ha seguido llamndose?--pregunt un amigo de Rafael.

--Leonora, como quera su padre. Esa muchacha sali idntica al doctor;
tan chiflada como l: su mismo carcter. No la he visto an; dicen que
es muy guapa; se parecer a su madre, que era una rubia, la ms buena
moza de estos contornos. Cuando el doctor visti a su mujer de seora,
no era gran cosa como _finura_, pero nos dej asombrados a todos...

--Y Moreno qu se hizo?--pregunt otro.--Es verdad, como se dijo hace
aos, que se haba pegado un tiro?

--Sobre eso se cuentan muchas cosas; tal vez sea todo mentira. Quin
sabe! se march tan lejos!... Cuando al caer la Repblica volvi el
tiempo de las personas decentes, el pobre Moreno se puso peor an que
al morir su Teresa. Viva encerrado en su casa. Tu padre era respetado
ms que nunca; mandbamos que era un gusto. Don Antonio, desde Madrid,
daba orden a los gobernadores de que abriesen la mano, dejndonos en
completa libertad para barrer lo que quedaba de la revolucin, y los que
antes aclamaban al doctor, huan de l para que nosotros no les
tomsemos entre ojos. Alguna tarde sala a pasear por las afueras; iba
al huerto de su hermana, junto al ro, llevando siempre al lado a
Leonora, que ya tena unos once aos. En ella concentraba todo su
afecto... Pobre doctor! Ya estaban lejos aquellos tiempos en que toda
su banda de amigotes se agarraba a tiros con la tropa en las calles de
Alcira, dando vivas a la Federal... Su soledad y la tristeza de la
derrota, le hicieron entregarse ms que nunca a la msica. Slo tena
una alegra en medio de la desesperacin que le causaba el fracaso de
sus perversas ideas. Leonora amaba la msica tanto como l. Aprenda
rpidamente sus lecciones; acompaaba al piano el violoncello del pap,
y as se pasaban los das toca que toca, revolviendo todo el inmenso
montn de solfas que guardaban en el granero, junto con los libros
malditos. Adems, la pequea mostraba cada da una voz ms hermosa y
sonora. Ser una artista, una gran artista, deca el padre
entusiasmado. Y cuando algn arrendatario de sus tierras o uno de sus
protegidos entraba en la casa y permaneca embobado ante la chicuela,
que cantaba como un ngel, deca el doctor con entusiasmo: Qu os
parece la seorita?... Algn da estarn orgullosos en Alcira de que
haya nacido aqu.

Se detuvo don Andrs para coordinar sus recuerdos y aadi tras larga
pausa:

--La verdad es que no puedo deciros ms. En aquella poca, como ya
mandbamos, apenas si me trataba con el doctor. Le perdimos de vista; no
le hacamos caso. La musiquilla oda al pasar frente a su casa, era lo
nico que nos le traa a la memoria. Supimos un da, por su hermana doa
Pepa, que se haba ido con la nia, lejos, muy lejos, a aquella ciudad
donde estuviste t, Rafael: a Miln, que, segn me han contado, es el
mercado de todos los que cantan. Quera que su Leonora fuese una gran
tiple. Ya no le vimos ms. Pobre hombre!... La cosa debi marchar bien.
Cada ao escriba a su hermana para que vendiese un campo, y en unos
cuantos vol toda la fortunita que el doctor haba heredado de sus
padres. La pobre doa Pepa, siempre tan buena, hasta vendi la casa que
era de los dos hermanos, para enviarle el ltimo dinero y se traslad al
huerto, desde donde viene con un sol horrible a misa y a las Cuarenta
horas. Despus... despus ya no he sabido nada cierto. Dicen tantas
mentiras! Unos, que el pobre Moreno se peg un tiro al verse abandonado
por su hija, que ya cantaba en los teatros; otros que muri en un
hospital solo como un perro. Lo nico cierto es que muri el infeliz y
que su hija se ha dado la gran vida por esos mundos. Se ha divertido la
maldita. Qu modo de correrla!... Hasta cuentan que se ha acostado con
reyes. Y de dinero no digamos. Qu modo de ganarlo y de tirarlo, hijos
mos! Esto quien lo sabe es el barbero Cupido. Como se cree artista
porque toca la guitarra, y adems, figura entre los de la cscara amarga
y le tena gran simpata al padre, es el nico de la ciudad que ha
seguido leyendo en los papeles todas las idas y venidas de esa mujer.
Dice que no canta con su apellido. Gasta otro nombre ms sonoro y raro,
un apellido extranjero. Como es tan mtomeentodo ese Cupido y en su
barbera se saben las cosas al minuto, ayer mismo estuvo en la alquera
de doa Pepa a saludar a la _eminente artista_, como l dice. Cuenta que
no acaba. Maletas por todos los rincones, mundos que pueden contener una
casa; de trajes de seda... la mar!; sombreros, no s cuantos; estuches
sobre todas las mesas con diamantes que quitan la vista; y todava la
maldita encarg a Cupido que avisara al jefe de estacin para que enve,
as que llegue, lo que falta por venir; el equipaje gordo, un sinnmero
de bultos que llegan de muy lejos, del otro rincn del mundo, y cuestan
un capital por su traslado... Y, eche usted!... Claro! Para lo que le
cuesta de ganar!

Guiaba los ojos maliciosamente y rea como un fauno viejo, dndole con
el codo a Rafael, que le escuchaba absorto.

--Pero se queda aqu?--pregunt el joven.--Acostumbrada a correr el
mundo, le gusta este rincn?

--Nada se sabe de eso--contest don Andrs;--ni el mismo Cupido pudo
averiguarlo. Estar hasta que se canse. Y para aburrirse menos se ha
trado la casa encima como el caracol.

--Pues es fcil que se aburra pronto--dijo un amigo de Rafael.--Si cree
que aqu la van a admirar y mimar como en el extranjero!... La hija del
doctor Moreno! del mdico descamisado, como le llama mi padre! Han
visto ustedes qu personajes?... Y luego, con una historia! Anoche se
hablaba de su llegada en todas las casas decentes y no hubo seor que no
prometiese abstenerse de todo trato con ella. Si cree que Alcira es como
esas tierras donde se baila el _can can_ y no hay vergenza, se lleva
chasco.

Don Andrs se rea con una expresin de perro viejo.

--S; hijos mos! se lleva chasco. Aqu hay mucha moral, y sobre todo,
mucho miedo al escndalo. Seremos tan pecadores como en otra parte, pero
no queremos que nadie se entere. Me temo que esa Leonora se pase la vida
sin ms sociedad que la de su ta, que es tonta, y la de una criada
franchuta que dicen ha trado... Aunque ella ya se lo recela. Sabis lo
que le dijo ayer a Cupido? Que vena aqu nicamente por el deseo de
vivir sola, de no ver gente, y cuando el barbero le habl del seoro de
Alcira, hizo un gesto burln como si se tratara de gente despreciable de
poco ms o menos. Esto es lo que ms se comentaba anoche por las
seoras. Ya se ve: acostumbrada a ser la querida de grandes
personajes!...

Por la arrugada frente de don Andrs pareci pasar una idea provocando
su risa.

--Sabes lo que pienso, Rafael? Que t que eres joven y guapo, y has
estado en aquellos pases, podas dedicarte a conquistarla, aunque slo
fuera por bajarle un poco los humos y demostrar que aqu tambin hay
personas. Dicen que es muy guapa y qu demonio! la cosa no ser
difcil. Cuando sepa quin eres!...

Dijo esto el viejo con la certidumbre de la adulacin, convencido de que
el prestigio de su _prncipe_ era tal, que forzosamente haba de turbar
a toda mujer. Pero a Rafael, estas palabras, despus de la escena de la
tarde anterior, le parecan una crueldad.

Don Andrs se puso serio de repente, como si ante sus ojos pasase una
pavorosa visin y aadi con tono respetuoso:

--Pero no: fuera bromas. No hagas caso de lo que digo. Tu madre sufrira
un gran disgusto.

El nombre de doa Bernarda, representacin de la temible virtud, al caer
en medio de la conversacin puso serios a todos los del corro.

--Lo que ms extrao--dijo Rafael que deseaba desviar la
conversacin--es que todos se acuerden ahora de la hija del doctor. Han
pasado aos y ms aos, sin que nadie pronunciase su nombre.

--Estas son cosas de aqu--contest el viejo.--Los de vuestra edad no la
habais visto, y vuestros padres, que conocieron al doctor y a su hija,
han tenido siempre buen cuidado de no sacar a conversacin a esa mujer,
que, como dice tu madre es la deshonra de Alcira. De vez en cuando se
saba algo; una noticia que Cupido pescaba en los peridicos y propagaba
por ah; una revelacin de la tonta doa Pepa, que contaba a los
curiosos las glorias de su sobrina en el extranjero; muchas mentiras
que se inventaban no se sabe dnde ni por quien. Todo esto quedaba
oculto como el fuego bajo la ceniza. Si a esa muchacha no se le hubiera
ocurrido volver a Alcira... nada. Pero ha venido, y de pronto todos
hablan de ella, y resulta que saben o creen saber su vida, desembuchando
las noticias de muchos aos. Queris creerme, hijos mos? Yo la he
considerado siempre una pjara de cuenta, pero aqu se miente mucho...
mucho; se le levanta un mal testimonio al mismo verbo divino; y no ser
tanto como dicen... Si fuese uno a hacer caso! No era el pobre don
Ramn el ms grande hombre de esta tierra? Y qu cosas no decan de
l?...

Ya no se habl ms de la hija del doctor Moreno. Rafael saba cuanto
deseaba. Aquella mujer haba nacido a corta distancia de donde l naci;
sus infancias haban transcurrido casi juntas y, sin embargo, en el
primer encuentro de su vida, se haban sentido separados por la frialdad
de lo desconocido.

Esta separacin sera cada vez mayor. Ella se burlaba de la ciudad,
viva fuera de su influencia, en pleno campo, desprecindola, y la
ciudad no ira a ella.

Cmo aproximarse?... Rafael estuvo tentado aquella misma tarde,
paseando sin rumbo por las calles de buscar en su tienda al barbero
Cupido. El alegre bohemio era el nico de Alcira que entraba en su casa.
Pero lo detuvo el miedo a su lengua murmuradora.

A su respetabilidad de hombre de partido le repugnaba entrar en aquella
barbera empapelada con lminas de _El Motn_ y presidida por el
retrato de P y Margall. Cmo justificara su presencia all, donde
jams haba entrado? Cmo explicar a Cupido su inters por aquella
mujer, sin exponerse a que en la misma noche lo supiera toda la ciudad?

Pas por dos veces frente a los rayados cristales de la barbera, sin
atreverse a poner la mano en el picaporte, y acab por salir al campo,
siguiendo la orilla del ro, lentamente, con la vista fija en aquella
alquera azul, que nunca haba llamado su atencin, y ahora le pareca
la ms hermosa del dilatado paraso de naranjos.

Por entre la arboleda vea el balcn de la casa y con l una mujer
desdoblando ropas brillantes, de finos colores; faldas que sacuda para
borrar los pliegues de la opresin en las maletas.

Era la doncella italiana; aquella Beppa de pelo rojizo que haba visto
en la tarde anterior, acompaando a su seora.

Crey que la muchacha le miraba, que le reconoca por entre el follaje,
a pesar de la distancia, y sintiendo un repentino miedo de chiquillo que
se ve sorprendido en plena travesura, volvi la espalda y se alej
rpidamente hacia la ciudad, experimentando despus cierta satisfaccin,
como si hubiera adelantado algo en el conocimiento de Leonora, slo con
llegar a las inmediaciones de la casa azul.




V


Las primeras lluvias del invierno caan con insistencia sobre la
comarca. El cielo gris, cargado de nubes, pareca tocar la copa de los
rboles. La tierra rojiza de los campos obscurecase bajo el continuo
chaparrn; los caminos hondos y tortuosos, entre las tapias y setos de
los huertos, convertanse en barrancos; paralizbase la vida laboriosa
del cultivo y los pobres naranjos, tristes y llorosos, encoganse bajo
el diluvio, como protestando de aquel cambio brusco en el pas del sol.

El ro creca. Las aguas rojas y gelatinosas, como arcilla lquida,
chocaban contra las pilastras de los puentes, hirviendo como montones
removidos de hojas secas. Los habitantes de las casas inmediatas al
Jcar seguan con mirada ansiosa el curso del ro y plantaban en la
orilla caas y palos para convencerse de la subida de su nivel.

--_Munta?..._--preguntaban los que vivan en el interior.

--_S que munta_--contestaban los ribereos.

El agua suba con lentitud, amenazando a la ciudad que audazmente haba
echado races en medio de su curso.

Pero a pesar del peligro, los vecinos no iban ms all de una alarmada
curiosidad. Nadie senta miedo ni abandonaba su casa para pasar los
puentes, buscando un refugio en tierra firme. Para qu? Aquella
inundacin sera como todas. Era inevitable de vez en cuando la clera
del ro: hasta haba que agradecerla, pues constitua diversin
inesperada; una agradable paralizacin de trabajo. La confianza moruna
daba tranquilidad a la gente. Lo mismo haba hecho en tiempo de sus
padres, de sus abuelos y tatarabuelos, y nunca se llev la poblacin:
algunas casas la vez que ms. Y haba de sobrevenir ahora la
catstrofe?... El ro era el amigo de Alcira: se guardaban el afecto de
un matrimonio que, entre besos y bofetadas, llevase seis o siete siglos
de vida comn. Adems, para la gente menuda, estaba all el _padre_ San
Bernardo, tan poderoso como Dios en todo lo que tocase a Alcira, y nico
capaz de domar aquel monstruo que desarrollaba sus ondulantes anillos de
olas rojizas.

Llova da y noche, y sin embargo, la ciudad, por su animacin, pareca
estar de fiesta. Los muchachos, emancipados de la escuela por el mal
tiempo, iban a los puentes a arrojar ramas para apreciar la velocidad de
la corriente, o descendan por las callejuelas vecinas al ro para
colocar seales, aguardando que la lmina de agua, ensanchndose,
llegase hasta ellas.

La gente de los cafs se deslizaba por las calles al abrigo de los
grandes aleros, cuyas canales rotas vomitaban chorros como brazos, y
despus de mirar al ro, bajo el dbil abrigo de sus paraguas, volvan
muy ufanos, parndose en todas las casas, para dar su opinin sobre la
crecida.

Era una de pareceres, discusiones ardorosas y diversas profecas, que
agitaban la ciudad de un extremo a otro, con el calor y la vehemencia de
la sangre meridional. Se disputaba, se enfriaban amistades, por si en
media hora el ro haba subido cuatro dedos o uno solo; y faltaba poco
para venir a las manos por si esta riada era ms importante que la
anterior.

Y mientras tanto el cielo, llorando incesantemente por sus innumerables
ojos; el ro hinchndose de rugiente clera, lamiendo con sus lenguas
rojas la entrada de las calles bajas, asombase a los huertos de las
orillas y penetraba por entre los naranjos, despus de abrir agujeros en
los setos y en las tapias.

La nica preocupacin era si llovera al mismo tiempo en las montaas de
Cuenca. Si bajaba agua de all, la inundacin sera cosa seria. Y los
curiosos hacan esfuerzos al anochecer por adivinar el color de las
aguas, temiendo verlas negruzcas, seal cierta de que venan de la otra
provincia.

Cerca de dos das duraba aquel diluvio. Cerr la noche y en la
obscuridad sonaba lgubre el mugido del ro. Sobre su negra superficie
reflejbanse, como inquietos pescados de fuego, las luces de las casas
ribereas y los farolillos de los curiosos que examinaban las orillas.

En las calles bajas, el agua, al extenderse, se colaba por debajo de las
puertas. Las mujeres y los chicos refugibanse en los graneros, y los
hombres, arremangados de piernas, chapoteaban en el lquido fangoso,
poniendo en salvo los aperos de labranza, o tirando de algn borriquillo
que retroceda asustado, metindose cada vez ms en el agua.

Toda aquella gente de los arrabales, al verse en las tinieblas de la
noche, con la casa inundada, perdi la calma burlona de que haba hecho
alarde durante el da. La dominaba el pavor de lo sobrenatural y buscaba
con infantil ansiedad una proteccin, un poder fuerte que atajase el
peligro. Tal vez esta riada era la definitiva. Quin sabe si seran
ellos los destinados a perecer con las ltimas ruinas de la ciudad?...
Las mujeres gritaban asustadas al ver las mseras callejuelas
convertidas en acequias.

--_El pare San Bernat!..._ _Que traguen al pare San Bernat!_

Los hombres se miraban con inquietud. Nadie poda arreglar aquello como
el glorioso patrn. Ya era hora de buscarle, cual otras veces, para que
hiciese el milagro.

Haba que ir al ayuntamiento: obligar a los seores de viso, gente algo
descreda, a que sacasen el santo para consuelo de los pobres.

En un momento se form un verdadero ejrcito. Salan de las lbregas
callejuelas, chapoteando en el agua como ranas, vociferando su grito de
guerra: _San Bernat! San Bernat!_ Los hombres, remangados de piernas y
brazos, o desnudos, sin otra concesin al pudor que la faja, esa prenda
que jams se despega de la piel del labriego; las mujeres con las faldas
a la cabeza, hundiendo en el barro sus tostadas y enjutas piernas de
bestias de trabajo; todos mojados de cabeza a pies, con las ropas
mustias y colgantes adheridas a la carne. Al frente del inmenso grupo,
iban unos mocetones con hachas de viento, cuyas llamas se enroscaban
crepitantes bajo la lluvia, paseando sus reflejos de incendio sobre la
vociferante multitud.

--_San Bernat!_ _San Bernat!_... _Viva el pare San Bernat!_

Pasaban por las calles con el estrpito y la violencia de un pueblo
amotinado, bajo el continuo gotear del cielo y los chorros de los
aleros. Abranse puertas y ventanas, unindose nuevas voces a la
delirante aclamacin, y en cada bocacalle, un grupo de gente engrosaba
la negra avalancha.

Iban todos al ayuntamiento, furiosos y amenazantes como si solicitaran
algo que podan negarles, y entre la muchedumbre veanse escopetas,
viejos trabucos y antiguas pistolas de arzn enormes como arcabuces.
Pareca que iban a matar al ro.

El alcalde, con todos los del ayuntamiento, aguardaba a la puerta de la
casa de la ciudad. Haban llegado corriendo, seguidos de alguaciles y
gente de la ronda, para hacer frente al motn.

--_Qu voleu?_--preguntaba el alcalde a la muchedumbre.

Qu haba de querer! El nico remedio, la salvacin; llevar al santo
omnipotente a la orilla del ro para que le metiera miedo con su
presencia; lo que venan haciendo siglos y siglos sus ascendientes,
gracias a lo cual an exista la ciudad.

Algunos vecinos que eran mal mirados por la gente del campo, a causa de
su incredulidad, sonrean. No sera mejor desalojar las casas cercanas
al ro? Una tempestad de protestas segua a esta proposicin. Fuera!
Queran que saliese el santo! Que hiciera el milagro, como siempre!

Y acuda a la memoria de la gente sencilla el recuerdo de los prodigios,
aprendidos en la niez sobre las faldas de la madre; las veces que en
otros siglos haba bastado asomar a San Bernardo a un callejn de la
orilla, para que inmediatamente el ro se fuera hacia abajo,
desapareciendo como el agua de un cntaro que se rompe.

El alcalde, fiel a la dinasta de los Brull, estaba perplejo. Le
atemorizaba el populacho y quera acceder, como de costumbre, pero era
grave falta no consultar al _quefe_. Por fortuna, cuando la gran masa
negra comenzaba a revolverse indignada por su silencio y salan de ella
silbidos y gritos hostiles, lleg Rafael.

Doa Bernarda le haba hecho salir al primer asomo de la popular
manifestacin. En aquellas circunstancias era cuando se luca su marido,
dando disposiciones que de nada servan. Pero al volver el ro a su
normalidad y desaparecer el peligro, el popular rebao admiraba sus
sacrificios, llamndole el padre de los pobres. Si el milagroso santo
haba de salir, que fuese Rafael quien concediera el permiso. Las
elecciones de diputados estaban prximas; la inundacin no poda llegar
con ms oportunidad. Nada de imprudencias, ni de darla un susto; pero
deba hacer algo, para que la gente hablase de l como hablaba de su
padre en tales casos.

Por esto Rafael, despus de hacerse explicar por los ms exaltados el
deseo de la manifestacin orden con majestuoso ademn:

--Concedido: que saquen a _San Bernat_.

Entre un estrpito de aplausos y vivas a Brull, la negra avalancha se
dirigi a la iglesia.

Haba que hablar con el cura para sacar el santo, y el buen prroco,
bondadoso, obeso y un tanto socarrn, se resista siempre a acceder a lo
que l llamaba una tradicional mojiganga. Le complaca poco salir en
procesin, bajo un paraguas, con la sotana remangada, perdiendo a cada
paso los zapatos en el barro. Adems, cualquier da, despus de sacar en
rogativa a San Bernardo, el ro se llevaba media ciudad, y en qu
postura,--como deca l--quedaba la religin por culpa de aquella turba
de vociferadores?

Rafael y sus aclitos del ayuntamiento se esforzaban por convencer al
cura, pero ste slo contestaba a su peticin preguntando si vena agua
de Cuenca.

--Creo que s--dijo el alcalde.--Ya ve usted que con esto aumenta el
peligro y se hace ms precisa la salida del santo.

--Pues si viene agua de all--contest el prroco,--lo mejor es dejarla
pasar, y que San Bernardo se quede en su casa. Estas cosas de santos se
han de tocar con mucha discrecin, cranme ustedes... Y si no acurdense
de aquella riada en la que el agua iba por encima de los puentes.
Sacamos el santo, y poco falt para que el ro se lo llevara agua abajo.

La muchedumbre inquieta por la tardanza, gritaba contra el cura. Era una
escena extraa ver al hombre de iglesia protestando en nombre del buen
sentido; pretendiendo luchar contra las preocupaciones amontonadas por
varios siglos de fanatismo.

--Puesto que ustedes lo quieren, sea--dijo por fin.--Saquen el santo y
que Dios se apiade de nosotros.

Una aclamacin inmensa de la muchedumbre, que llenaba la plaza de la
iglesia, salud la noticia. Segua cayendo la lluvia y sobre las
apretadas filas de cabezas cubiertas con faldas, mantas y alguno que
otro paraguas, pasaban las rojizas llamas de los hachones tiendo de
escarlata las mojadas caras.

Sonrea la gente bajo aquel temporal con la confianza del xito;
gozndose por adelantado con el terror del ro apenas entrase en l la
bendita imagen. Qu no podra San Bernardo? Su historia portentosa,
como un romance de moros y cristianos, inflamaba todas las
imaginaciones. Era un santo de la tierra: el hijo segundo del rey moro
de Carlet. Por su talento, su cortesa y su hermosura, obtuvo tanto
xito en la corte del rey de Valencia, que lleg a ser su primer
ministro, y cuando su seor tuvo que andar en tratos con el rey de
Aragn, envi a Barcelona a San Bernardo, que entonces se llamaba el
prncipe Hamete.

En su viaje, llega una noche a las puertas del monasterio de Poblet.
Los cnticos de los cistercienses, difundindose msticos y vagorosos en
la calma de la noche al travs de las ojivas, conmueven el alma del
joven sarraceno, que se siente atrado a la religin de los enemigos por
el encanto de la poesa. Se bautiza, toma el blanco hbito de San
Bernardo de Clairveux y vuelve algn tiempo despus al reino de Valencia
para predicar el cristianismo. Le respeta la tolerancia con que los
monarcas sarracenos acogan todas las doctrinas religiosas, y convierte
a sus dos hermanas, dos hermosas moras que toman los nombres de Gracia y
Mara, e inflamadas de santo entusiasmo quieren acompaar al hermano en
sus predicaciones.

Pero el viejo rey de Carlet haba muerto. En el mando del pequeo estado
feudatario, especie de jefatura de kabila militar, le haba sucedido su
primognito, el arrogante Almanzor, un moro brutal y orgulloso, que se
afrenta de que individuos de su familia vayan por los caminos rotos y
miserables, predicando una religin de mendigos, y con unos cuantos
jinetes sale en persecucin de sus hermanos. Los encuentra junto a
Alcira ocultos en la orilla del ro; con un revs de su espada, corta el
cuello a las dos hermanas y San Bernardo es crucificado y le taladran la
frente con un clavo enorme. As pereci el santo patrn, adorado con
fervor por los pequeos; el prncipe hermoso, convertido en vagabundo y
pordiosero, sacrificio que halagaba a los ms pobres de sus devotos.

La muchedumbre recordaba esta historia, repetida de generacin en
generacin, sin ms crdito que las tradiciones ni otros documentos
justificantes que la fe popular, y daba vivas al padre San Bernardo,
convencida de que era el primer ministro de Dios como lo haba sido del
rey moro de Valencia.

Se organizaba rpidamente la procesin. Por las estrechas calles de la
isla corra la lluvia formando arroyos, y descalzos o hundiendo sus
zapatos en el agua, llegaban hombres con hachones y trabucos; mujeres
guardando sus pequeuelos bajo la hinchada tienda que formaban las sayas
subidas a la cabeza. Presentbanse los msicos con las piernas desnudas,
levita de uniforme y emplumado chac, semejantes a esos jefes indgenas
que adornan su desnudez con casacas y tricornios de deshecho.

Frente a la iglesia brillaban como un incendio los grupos de hachones, y
al travs del gran hueco de la puerta veanse, cual lejanas
constelaciones, los cirios de los altares.

Casi todo el vecindario estaba en la plaza, a pesar de la lluvia cada
vez ms fuerte. Muchos miraban al negro espacio con expresin burlona.
Qu chasco iba a llevarse! Haca bien en aprovechar la ocasin soltando
tanto agua; ya cesara de chorrear tan pronto como saliese San Bernardo.

La procesin comenzaba a extender su doble cadena de llamas entre el
apretado gento.

--_Vtol el pare San Bernat!_--gritaban a la vez un sinnmero de voces
roncas.

--_Vtol les chermanetes!_--aadan otros corrigiendo la falta de
galantera de los ms entusiastas.

Porque las hermanitas, las santas mrtires Gracia y Mara, tambin
figuraban en la procesin. San Bernardo no iba solo a ninguna parte. Era
cosa sabida hasta por los nios, que no haba fuerza en el mundo capaz
de arrancar al santo de su altar si antes no salan las hermanas. Juntas
todas las caballeras de los huertos, y tirando un ao, no conseguiran
moverle de su pedestal. Era ste uno de sus milagros acreditados por la
tradicin. Le inspiraban las mujeres poca confianza--segn decan los
comentadores alegres--y no queriendo perder de vista a sus hermanas,
para salir l de su altar, haban de ir stas por delante.

Asomaron a la puerta de la iglesia las santas hermanas, balancendose en
su peana sobre las cabezas de los devotos.

--_Vtol les chermanetes!_

Y las pobres _chermanetes_, goteando por todos los pliegues de sus
vestiduras, avanzaban en aquella atmsfera casi lquida, obscura,
tempestuosa, cortada a trechos por el crudo resplandor de los hachones.

Los msicos probaban los instrumentos preparndose a soplar la Marcha
Real. En el hueco iluminado de la puerta se marc algo que brillaba
sobre las cabezas como un dolo de oro. Avanzaba pesadamente, con
fatigoso cabeceo, como movido por las olas de un mar irritado.

La multitud lanz un rugido. La msica rompi a tocar.

--_Vtol el pare San Bernat!_

Pero la msica y las aclamaciones quedaron ahogadas por un estrpito
horripilante, como si la isla se abriera en mil pedazos, arrastrando la
ciudad al centro de la tierra. La plaza se llen de relmpagos. Era una
verdadera batalla, descargas cerradas, arcabuzazos sueltos, tiros que
parecan caonazos. Todas las armas del vecindario saludaban la salida
del santo. Los viejos trabucos cargados hasta la boca, tronaban con
fogonazos que quitaban la vista, chamuscando a los ms cercanos;
disparbanse los pistolones de arzn entre las piernas de los fieles;
repetan sus secas detonaciones las escopetas de fabricacin moderna, y
la muchedumbre aficionada a correr la plvora, arremolinbase
gesticulante y ronca, enardecida por el excitante humo mezclado con la
humedad de la lluvia y por la presencia de aquella imagen de bronce,
cuya cara redonda y bondadosa de frailecillo sano, pareca adquirir
palpitaciones de vida a la luz de las antorchas.

Ocho hombres forzudos y casi en cueros encorvbanse bajo el peso del
santo. Las oleadas de gente estrellbanse contra ellos, haciendo vacilar
las andas. Dos atletas despechugados, admiradores del santo, marchaban a
ambos lados, conteniendo el gento.

Las mujeres, sofocadas por la aglomeracin, empujadas y golpeadas por el
vaivn, rompan a llorar con la vista fija en el santo, agitadas por un
sollozo histrico.

--_Ay, pare San Bernat!_ _Pare San Bernat, salveumos!_

Otras sacaban chiquillos de entre los pliegues de sus faldas, y
levantndoles sobre sus cabezas, buscaban los brazos de los dos
poderosos atletas.

--_Agrralo!_ _Qu' el bese!_

Y el atleta, por encima de la gente, agarraba al chiquillo con una mano
que pareca una garra. Le asa del primer sitio que encontraba;
elevbale hasta el nivel del santo para que besase el bronce y lo
devolva como una pelota a los brazos de su madre. Todo con rapidez,
automticamente, dejando un chiquillo para coger otro, con la
regularidad de una mquina en funcin. Muchas veces el impulso era
demasiado rudo; chocaban las cabezas de los nios con sordo ruido,
aplastbanse las tiernas narices contra los pliegues del metlico
hbito, pero el fervor de la muchedumbre pareca contagiar a los
pequeos; eran los futuros adoradores del fraile moro, y rascndose los
chichones con las tiernas manecitas, se tragaban las lgrimas y volvan
a adherirse a las faldas de sus madres.

Detrs del glorioso santo marchaban Rafael y los seores del
ayuntamiento con gruesos blandones; el cura, bufando al sentir las
primeras caricias de la lluvia, bajo el gran paraguas de seda roja con
que le cubra el sacristn; y la muchedumbre de hortelanos confundidos
con los msicos, que ms atentos a mirar donde ponan los pies que a los
instrumentos, entonaban una marcha desacorde y rara. Seguan los tiros,
las aclamaciones delirantes a San Bernardo y sus hermanas, y rodeado de
un nimbo rojo por el resplandor de las antorchas, saludada en cada
esquina por una descarga cerrada, iba navegando la imagen sobre aquel
oleaje de cabezas azotado por la lluvia que, a la luz de los cirios,
tomaba la transparencia de hilos de cristal. Y en torno del santo, los
brazos de los atletas siempre en movimiento, subiendo y bajando
chiquillos que babeaban el mojado bronce del padre San Bernardo. En
balcones y ventanas aglomerbanse las mujeres con la cabeza resguardada
por las faldas. El paso del santo provocaba profundos suspiros,
dolorosas exclamaciones de splica. Era un coro de desesperacin y de
esperanza.

--_Salveumos, pare San Bernat!_... _Salveumos!_...

La procesin lleg al ro, pasando y repasando el puente del arrabal.
Reflejronse las inquietas llamas en las olas lbregas del ro, cada vez
ms mugientes y aterradoras. El agua todava no llegaba al pretil como
otras veces. Milagro! All estaba San Bernardo que la pondra freno.
Despus la procesin se meti en las lenguas del ro que inundaban los
callejones.

Era un espectculo extrao ver toda aquella gente empujada por la fe,
descendiendo por las callejuelas convertidas en barrancos. Los devotos,
levantando el hachn sobre sus cabezas, entraban sin vacilar agua
adelante hasta que el espeso lquido les llegaba cerca de los hombros.
Haba que acompaar al santo.

Un viejo temblaba de fiebre. Haba cogido unas tercianas en los
arrozales, y sosteniendo el hachn con sus manos trmulas, vacilaba
antes de meterse en el ro.

--_Entre, agelo_--gritaban con fe las mujeres.--_El pare San Bernat el
curar._

Haba que aprovechar las ocasiones. Puesto el santo a hacer milagros se
acordara tambin de l.

Y el viejo, temblando bajo sus ropas mojadas, se meti resueltamente en
el agua dando diente con diente.

La imagen iba entrando con lentitud en los callejones inundados. Los
robustos gaanes, encorvados bajo el peso de las andas, se hundan en el
agua; slo podan avanzar ayudados por un grupo de fieles que se cogan
a la peana por todos lados. Era una confusa maraa de brazos nervudos y
desnudos saliendo del agua para sostener al santo; un plipo humano que
pareca flotar en la roja corriente sosteniendo la imagen sobre sus
lomos.

Detrs iban el cura y los _mandones_ a horcajadas sobre algunos
entusiastas que para mayor lustre de la fiesta, se prestaban a hacer de
caballeras, llevando ante las narices el cirio, de los jinetes.

El cura, asustado al sentir el fro del agua cerca de la espalda daba
rdenes para que el santo volviera atrs. Ya estaba al final de la
callejuela, en el mismo ro; se notaban los esfuerzos desesperados, el
recular forzado de aquellos entusiastas que comenzaban a sufrir el
impulso de la corriente. Crean que cuando ms entrase el santo en el
ro ms pronto bajaran las aguas. Por fin el instinto de conservacin
les hizo retroceder y salieron de una callejuela para entrar en otra,
repitiendo la misma ceremonia. De pronto ces de llover.

Una aclamacin inmensa, un grito de alegra y triunfo sacudi a la
muchedumbre.

--_Vtol el pare San Bernat!_... Y an dudaban de su inmenso poder los
vecinos de los pueblos inmediatos?... All estaba la prueba. Dos das de
lluvia incesante, y de repente, no ms agua; haba bastado que el santo
saliera a la calle.

E inflamadas por el agradecimiento las mujeres lloraban, abalanzndose a
las andas del santo, besando en ellas lo primero que encontraban, los
barrotes de los portadores o los adornos de la peana; y toda la fbrica
de madera y bronce sacudase como una barquilla entre el oleaje de
cabezas vociferantes, de brazos extendidos y trmulos por el entusiasmo.

An anduvo la procesin ms de una hora por las inmediaciones del ro,
hasta que el cura que chorreaba por todas las puntas de su sotana y
llevaba cansados ms de doce feligreses convertidos voluntariamente en
cabalgaduras, se neg a pasar adelante. Por voluntad de aquella gente,
el paseo de San Bernardo hubiese durado hasta el amanecer. Pero lo que
responda el cura:--Lo que al santo le tocaba hacer ya lo ha hecho! A
casa!

Rafael, dejando el cirial a uno de los suyos, se qued en el puente
entre un grupo de conocedores del pas, que lamentaba los daos de la
inundacin. Llegaban a cada instante, no se saba cmo noticias
alarmantes de los daos causados por el ro. Tal molino estaba aislado
por las aguas, y sus habitantes refugiados en el tejado, disparaban las
escopetas pidiendo auxilio. Muchos huertos haban desaparecido bajo las
aguas. Las pocas barcas que haba en la ciudad iban como podan por
aquel inmenso lago salvando familias, expuestas a estrellarse contra los
obstculos sumergidos, teniendo que librarse con desesperados golpes de
remo de la veloz corriente.

Y a pesar del peligro, la gente hablaba con una relativa tranquilidad.
Estaban habituados a aquella catstrofe casi anual, la inundacin era un
mal inevitable de su vida y lo acogan con resignacin. Adems, hablaban
de los telegramas recibidos por el alcalde con expresin de esperanza.
Al amanecer tendran auxilio. Llegara el gobernador de Valencia con los
marineros de guerra y se llenara de barcas la laguna. No quedaban ms
que unas cuantas horas de espera. Lo importante era que no subiese el
nivel del agua.

Y se consultaban las seales puestas en el ro, promovindose terribles
discusiones. Rafael vio que an segua subiendo, aunque con lentitud.

Los hortelanos no queran convencerse. Cmo haba de crecer el ro
despus de entrar en l el _pare San Bernat?_ No, seor; no suba: eran
mentiras para desacreditar al santo. Y un mocetn de ojos feroces
hablaba de vaciarle el vientre de una cuchillada a cierto burln que
aseguraba que el ro subira slo por el gusto de dejar mal parado al
milagroso fraile.

Rafael se acerc al grupo, y a la luz de una linterna reconoci al
barbero Cupido, un maldito guasn de rizadas patillas y nariz aguilea,
que tena gusto en burlarse de la dura y salvaje fe de la gente
sencilla.

Brull conoca mucho al barbero. Era una de sus admiraciones de
adolescente. El miedo a su madre fue lo nico que le impidi de muchacho
el frecuentar aquella barbera, refugio de la gente ms alegre de la
ciudad, nido de murmuraciones y francachelas, escuela de guitarreos y
romanzas amorosas que ponan en conmocin a toda la calle. Adems, aquel
_Cupido_ era el excntrico de la ciudad, el bohemio despreocupado y
mordaz a quien todo se toleraba; el hombre que se permita tener _cosas_
y hablar mal de todo el mundo sin que la gente se indignase. Era el
nico que poda burlarse de la tirana de los Brull, sin que esto le
impidiese la entrada en el Casino del partido, donde los jvenes
admiraban sus chistes y sus trajes estrambticos.

Rafael le quera, aunque su trato con l no fuese muy ntimo. Entre la
gente solemne y conservadora que le rodeaba, aparecasele el barbero
como el nico hombre con quien poda hablar. Casi era un artista. Iba a
Valencia en invierno para or las peras que elogiaban los diarios, y en
un rincn de su tienda tena montones de novelas y peridicos
ilustrados, reblandecidos por la humedad y con las hojas gastadas por el
continuo roce de los parroquianos.

Trataba poco a Rafael, adivinando que su madre no haba de ver con
buenos ojos esta amistad, pero mostraba cierto aprecio por el joven; le
tuteaba por haberle conocido nio, y deca de l en todas partes.

--Es el mejor de la familia; el nico Brull que tiene ms talento que
malicia.

No ocurra suceso en Alcira que l ignorase; todas las debilidades y
ridiculeces de los personajes de la ciudad, las haca pblicas en su
barbera para regocijo de los de la cscara amarga que se reunan all a
leer los rganos del partido. Los seores del ayuntamiento teman al
barbero ms que a diez peridicos, y cuando en alguno de los discursos
que los grandes hombres del partido conservador pronunciaban en Madrid
lean algo sobre la hidra revolucionaria, o el foco de la anarqua,
se imaginaban una barbera como la de Cupido, pero mucho ms grande,
esparciendo por toda la nacin una atmsfera venenosa de burlas crueles
y perversas insolencias.

No ocurra en la ciudad suceso que no tuviese por indispensable testigo
al barbero. Bien poda desarrollarse en lo ltimo del arrabal o en algn
huerto; era indispensable que a los pocos minutos apareciese all Cupido
para enterarse de todo, prestar socorro al que lo necesitara, intervenir
entre los contendientes y relatar despus con mil detalles todo lo
ocurrido.

Gozaba de libertad para seguir llevando esta vida. A los parroquianos
les servan dos mancebos, tan locos como su maestro: dos chicuelos a los
que Cupido pagaba con lecciones de guitarra y una comida mejor o peor,
segn los ingresos repartidos entre los tres fraternalmente. Y si el
maestro asombraba a la ciudad saliendo a paseo en pleno invierno con
traje de hilo blanco, ellos, por no quedar a la zaga, afeitbanse la
cabeza y las cejas y asomaban tras la vidriera sus testas como bolas de
billar, con gran alborozo de la ciudad, que acuda a ver los chinos de
Cupido.

Una inundacin era para el barbero un gran da. Cerraba la tienda y se
estableca en el puente, sin cuidarse del mal tiempo, perorando ante un
gran grupo, asustando a los pobres hortelanos con sus exageraciones y
mentiras, dando noticias que, segn l, acababa de remitirle el
gobernador por telgrafo y con arreglo a las cuales, antes de dos horas
no quedara en la ciudad piedra sobre piedra y hasta el milagroso San
Bernardo ira a parar al mar.

Cuando Rafael le encontr en el puente despus de la procesin, estaba
prximo a venir a las manos con unos cuantos rsticos, indignados por
sus impiedades.

Separndose de los grupos hablaron los dos de los peligros de la
inundacin. Cupido se mostraba, como siempre, bien enterado. Le haban
dicho que el ro se llevaba agua abajo a un pobre viejo sorprendido en
un huerto. No sera esta la nica desgracia. Caballos y cerdos haban
pasado muchos bajo el puente en plena tarde, flotando entre los rojos
remolinos con el vientre hinchado como un odre y las patas tiesas.

EL barbero hablaba con gravedad, con cierto aire de tristeza. Rafael le
oa, mirndole ansiosamente, como si deseara que hablase de algo que no
se atreva a indicar. Por fin se decidi:

--Y en la casa azul, en ese huerto de doa Pepita, donde t vas algunas
veces, no ocurrir algo?

--La casa es fuerte--contest el barbero--y no es esta la primera
inundacin que aguanta... Pero est cerca del ro y el huerto ser un
lago a estas horas; de seguro que el agua llega al primer piso. La pobre
sobrina de doa Pepa tendr un buen susto... Mira que venir de tan
lejos, de sitios tan hermosos, para ver estas cosas!...

Rafael pareci reflexionar un rato, como si acabara de ocurrrsele la
proposicin que danzaba en su cabeza desde mucho antes.

--Si furamos all... Qu te parece Cupido?

--Ir all!... Y cmo?

Pero la proposicin, por su audacia, forzosamente haba de agradar a un
hombre como el barbero, el cual acab riendo, como si la aventura fuese
graciossima.

--Es verdad; podramos ir. Tendr chiste que la _clebre diva_ nos vea
llegar como unos venecianos para darla una serenata en medio de su
susto... Casi estoy por ir a casa y traerme la guitarra.

--No, Cupido del demonio: fuera guitarras. Qu cosas se te ocurren! Lo
que importa es prestar auxilio a esas seoras. Ya ves, si ocurriera una
desgracia!...

El barbero, atajado en su proyecto novelesco fij sus ojos en Rafael.

--T te interesas tambin por la _ilustre artista_... Ah pillo! Tambin
te ha dado golpe por guapa... Pero ya recuerdo; t la has visto: me lo
dijo ella.

--Ella!... ella te ha hablado de m?

--Algo sin importancia. Me dijo que te haba visto en la ermita una
tarde.

Y Cupido se call lo dems. No dijo que Leonora, al nombrarle, haba
aadido que le pareca un muchacho tonto.

Rafael mostrbase entusiasmado por la noticia. Haba hablado de l! No
olvidaba aquel encuentro de penoso recuerdo!... Qu haca an all,
inmvil, en el puente, cuando all abajo estaran necesitando la
presencia de un hombre?

--Oye, Cupido; ah tengo mi barca; ya sabes; la que mi padre encarg a
Valencia para regalrmela. Costillaje de acero; madera magnfica; ms
segura que un navo. T entiendes el ro... ms de una vez te he visto
remar; yo no soy manco... Vamos?

--Andando--dijo el barbero con resolucin.

Buscaron una antorcha, y ayudados por varios mocetones, trajeron la
barca de Rafael hasta una escalerilla de la ribera.

El ro muga con sordo hervor en torno del bote, pugnando por
arrebatarlo. Los robustos brazos tiraban con fuerza de la cuerda,
mantenindolo junto a la orilla.

Arriba en el puente, entre los grupos corra la noticia de la
expedicin, pero agrandada y desfigurada por los curiosos. Se trataba de
salvar a una pobre familia refugiada en la techumbre de su casa, msera
gente que iba a perecer de un momento a otro. Lo haba sabido Rafael y
all iba a salvarles exponiendo su vida; l tan rico, tan poderoso. Qu
hombres todos los de la familia de Brull!... Y an haba quien hablaba
contra ellos? Qu corazn! Y los pobres huertanos seguan el movimiento
de la antorcha encendida en la proa del bote, que arrojaba sobre las
aguas una gran mancha sangrienta; contemplaban con adoracin a Rafael,
encorvado en la popa para sujetar bien el timn. De la obscuridad
partan ruegos y proposiciones en voz suplicante. Eran fieles
entusiastas que queran acompaar al _quefe_; ahogarse con l si era
preciso.

Cupido protestaba. No; para aquella empresa cuanto menos gente mejor; la
barca haba de estar ligera: l se bastaba para los remos y don Rafael
para el timn.

--_Solteu_! _solteu_!--orden el hijo de doa Bernarda.

Y soltando la cuerda los mocetones, la barca, despus de algunos
cabeceos, parti como una flecha, arrastrada por la corriente.

Encajonado el brazo del ro entre la ciudad vieja y la nueva, las aguas
altas y veloces arrastraban el bote como una rama. El barbero slo haba
de mover los remos para desviar la barca de la orilla. Los obstculos
sumergidos producan grandes remolinos que sacudan la embarcacin, y a
la luz de la antorcha que ensangrentaba las ondas gelatinosas, veanse
pasar troncos de rboles, cadveres de animales, objetos informes que
apenas si asomaban una punta negra en la superficie, y hacan pensar en
ahogados, cubiertos de barro, flotando entre dos aguas. Arrastrados por
la vertiginosa corriente, respirando el vaho fangoso del ro como si
mascasen tierra, sacudidos a cada momento por los remolinos, Rafael se
crea en plena pesadilla; comenzaba a sentirse arrepentido de su
audacia. De las casas inmediatas al ro partan gritos. Se iluminaban
las ventanas. En sus huecos algunas sombras saludaban con brazos que
parecan aspas, aquella llama roja que resbalaba sobre el ro, marcando
la lnea negra de la barca y las siluetas de los dos hombres encogidos
en sus asientos. Haba corrido la noticia de la expedicin por toda la
ciudad y la gente gritaba saludando el rpido paso de la barca: Viva
don Rafael! viva Brull!

Y el hroe que causaba admiracin exponiendo su vida por salvar una
familia pobre, hundido en la obscuridad, en aquella atmsfera pegajosa y
pesada de tumba, pensaba nicamente en la casa azul, donde iba a
penetrar por fin, pero de un modo extrao y novelesco.

De vez en cuando un crujido, un salto de la barca, le volvan a la
realidad.

--Ese timn!--gritaba Cupido, que no separaba sus ojos de las
aguas.--Atencin Rafaelito! Evita los choques.

Y en verdad que el bote era bueno, pues otro, sin sus slidas maderas y
su costillaje de acero, se hubiera abierto en uno de los encontronazos
con los sumergidos obstculos.

Daban rpidamente la vuelta a la ciudad. Ya no se vean casas con
ventanas iluminadas. Altos ribazos coronados por tapias; inabordables
riberas de barro y caaverales sumergidos; un poco ms all el ro
libre, la confluencia de los dos brazos que abarcaban la antigua ciudad
y unan sus corrientes extendindose como inmenso lago.

Los dos hombres iban a la ventura. Carecan, para guiarse, de las
seales normales. Haban desaparecido las riberas, y en la obscuridad,
ms all del crculo rojo de la antorcha, slo se vea agua y ms agua,
una inmensa sbana que se desarrollaba en incesante movimiento,
arrastrndoles en sus ondulaciones. De vez en cuando, a ras de la
lquida superficie, surga una mancha negra; las crestas de los
caaverales inundados; las copas de los rboles; vegetaciones extraas y
monstruosas que parecan enroscarse en la sombra.

El silencio era absoluto. El ro, libre de la opresin de la ciudad, no
muga ya; se agitaba y arremolinaba en silencio, borrando todos los
vestigios de la tierra. Los dos hombres se crean nufragos abandonados
en un mar sin lmites, en una noche eterna, sin otra compaa que la
llama rojiza que serpenteaba en la proa y aquellas vegetaciones
sumergidas que aparecan y desaparecan como los objetos vistos desde un
tren a gran velocidad.

--Boga, Cupido--dijo Rafael.--La corriente es muy fuerte; an estamos en
el ro. Vamos hacia la derecha; a ver si nos metemos en los huertos.

El barbero se encorv sobre los remos, y la barca, siempre impelida por
la corriente, comenz a torcer su proa con lentitud, buscando aquella
vegetacin que asomaba a flor de agua como los sargazos del Ocano.

La barca comenz a tropezar con obstculos invisibles. Eran capas
crujientes que parecan aprisionarla por debajo; invisibles telaraas
que se agarraban a la quilla y se abran trabajosamente despus de
muchos golpes de remo. Continuaba el lago obscuro y sin lmites; pero la
corriente era menos ruda, ms dulces las ondulaciones, y los dos
tripulantes sentan la sensacin del que navega en aguas muertas.

La luz de la antorcha marcaba sobre la superficie, aqu y all,
gigantescos hongos obscuros, grandes paraguas, cpulas barnizadas que
brillaban reflejando la roja llama. Eran naranjos sumergidos. Estaban en
los huertos. Pero en cules? Cmo guiarse en la obscuridad? De vez en
cuando chocaba la barca con algn rbol invisible; conmovase el bote,
como si fuese a estallar, y haba que retroceder, dar un rodeo, buscando
otro paso.

Deslizbanse lentamente por temor a los choques; iban de un lado a otro,
evitando los obstculos, y acabaron por desorientarse, no sabiendo ya a
qu lado estaba el ro. Por todas partes obscuridad y agua. Los naranjos
sumergidos, todos iguales, formando sobre la corriente complicados
callejones, un ddalo en el que se enredaban cada vez ms, vagando sin
direccin.

Cupido sudaba moviendo sin cesar los remos. La barca arrastrbase
pesadamente en aquella agua fangosa, llena de maraas vegetales que se
agarraban a la quilla.

--Esto es peor que el ro--murmuraba.--Rafael, t que vas de frente. No
ves ninguna luz?

--Nada.

El rojo reflejo de la antorcha chocaba en las enormes bolas de hojas que
asomaban sobre el agua o se hunda en el espacio, ahogado por las
hmedas y pesadas tinieblas.

As vagaron algunas horas por la campia inundada. El barbero no poda
ms; haba entregado los remos a Rafael, que tambin desfalleca de
fatiga.

Cunto tiempo haba pasado? Iban a quedarse all para siempre? y
embotado su pensamiento por la fatiga y el vrtigo de la desorientacin,
crean que la noche no iba a terminar nunca, que se apagara la antorcha
y la barca se convertira en negro atad, sobre el cual flotaran
eternamente sus cadveres.

Rafael, que iba de espaldas a la proa, vio una luz a su izquierda. La
dejaban atrs, se alejaban de ella: tal vez estaba all la casa tan
penosamente buscada.

--Puede que sea--afirm Cupido.--Tal vez hemos pasado cerca sin verla y
vamos abajo, hacia el mar... Y aunque no sea la casa azul, qu? Lo
importante es que all hay alguien y vale ms eso que errar en la
obscuridad. Dame los remos, Rafael. Si no es la casa de doa Pepita, al
menos sabremos dnde estamos.

Vir la barca, y por entre el ddalo de rboles sumergidos, fue poco a
poco deslizndose hacia la luz. Chocaron con varios obstculos, cercas
tal vez de huerto, tapias arruinadas y sumergidas, y la luz iba
agrandndose; era ya un gran cuadro rojizo en el que se agitaban negras
siluetas. Marcaba sobre las aguas una mancha dorada e inquieta.

La luz de la barca comenz a trazar en la obscuridad el contorno de una
casa ancha y de techo bajo que pareca flotar sobre las aguas. Era el
piso superior de un edificio invadido por la inundacin. El piso bajo
estaba sumergido; faltaba poco para que el agua llegase a las
habitaciones superiores. Los balcones y ventanas podan servir de
embarcaderos en aquel lago inmenso.

--Me parece que hemos acertado--dijo el barbero.

Una voz sonora y ardiente, voz de mujer en la que vibraba una intensa
dulzura, rasg el silencio.

--Ah de la barca!... Aqu, aqu!

Aquella voz no revelaba temor, no temblaba de emocin.

--No lo dije!...--Exclam el barbero.--Ya tenemos lo que buscbamos.
Doa Leonor!... Soy yo!

Una carcajada sonora anim con sus interminables ondas la ttrica
obscuridad.

--Si es Cupido! el amigo Cupido!...le conozco en la voz. Ta, ta; no
llores ms, ni te asustes ni reces; aqu viene el dios del Amor en una
barquilla de ncar a prestarnos auxilio.

Rafael se senta intimidado por aquella voz ligeramente burlona que
pareca poblar la obscuridad de mariposas de brillantes colores.

Distingua perfectamente su arrogante silueta en el cuadro luminoso del
balcn, entre las otras figuras negras que iban y venan curiosas y
alborozadas por el inesperado arribo.

Se aproximaron al balcn. Puestos de pie tocaban los hierros del
antepecho, y el barbero, erguido en la proa, buscaba el punto ms fuerte
para amarrar la barca.

Leonora, apoyando en la balaustrada su pecho soberbio, inclinaba la
cabeza, brillando a la luz de la antorcha el casco de oro de su opulenta
cabellera. Buscaba conocer en la penumbra a aquel otro tripulante que
permaneca sentado y encogido junto al timn.

--Pero qu buen amigo es este Cupido!... Gracias, muchas gracias. Esta
es una atencin de las que no se olvidan... Pero quin viene con
usted?...

El barbero ataba ya la barca a los hierros cuando Leonora le hizo esta
pregunta.

--Es don Rafael Brull--contest con lentitud.--Un seor al que creo ha
visto usted otra vez. A l debe agradecerle la visita. La barca es suya,
y l es quien me meti en la aventura.

--Gracias, caballero--dijo Leonora saludando con una mano que al moverse
lanz relmpagos azules y rojos de todos los dedos cubiertos de
sortijas.--Repito lo mismo que dije a nuestro amigo. Pase usted adelante
y perdone el modo extrao con que le hago entrar en la casa.

Rafael estaba en pie y saludaba con torpes movimientos de cabeza,
agarrado a los hierros del balcn. Salt Cupido dentro de la casa y le
sigui el joven, esforzndose por mostrar una gallarda soltura.

Realmente no se dio cuenta de cmo entr. Eran demasiadas emociones en
una noche; primero la vertiginosa marcha por el ro a travs de la
ciudad, entre rpidas corrientes y remolinos, creyendo a cada momento
verse tragado por aquel barro lquido sembrado de inmundicias; despus
la confusin, el esfuerzo desesperado, el bogar sin rumbo por las
tortuosidades de la campia inundada, y ahora, de repente, el piso firme
bajo sus pies, un techo, luz, calor y la proximidad de aquella mujer que
pareca embriagarle con su perfume y cuyos ojos no poda mirar de
frente, dominado por una invencible timidez.

--Pase usted, caballero--le deca.--Necesitan reponerse despus de esta
locura. Estn ustedes mojados... pobres! cmo van!... Beppa!... ta!
Pero pase usted.

Y casi le empujaba, con cierta superioridad maternal; como una mujer
bondadosa que cuida a su hijo despus de una travesura que le llena de
orgullo.

Las habitaciones estaban en desorden. Ropas por todas partes; montones
de muebles rsticos que contrastaban con otros alineados junto a las
paredes. Eran los objetos del piso bajo, el menaje de los hortelanos,
subido al comenzar la inundacin. Un labrador viejo, su mujer trmula de
espanto y unos cuantos chicuelos que se ocultaban por los rincones, se
haban refugiado arriba, con las seoras, al ver que el agua penetraba
en su modesta casa.

Rafael entr en el comedor y all vio a doa Pepita, la pobre vieja,
apelotonada en una silla, con las arrugas de su cara mojadas de lgrimas
y las dos manos en un rosario. En vano Cupido pretenda distraerla
haciendo chistes sobre la inundacin.

--Mira, ta, este caballero es el hijo de tu amiga doa Bernarda. Ha
venido embarcado para prestarnos auxilio. Es muy bueno, verdad?

La vieja pareca imbcil por el terror. Miraba con ojos sin expresin a
los recin llegados, como si hubieran estado all toda su vida. Por fin
pareci enterarse de lo que le decan.

--Es Rafael!--exclam admirada,--Rafaelito... y has venido con este
tiempo? Y si te ahogas? qu dira tu madre?... Qu locura, Seor!

Pero no era locura, y si lo era resultaba muy dulce. Se lo decan a
Rafael aquellos ojos claros, luminosos, con reflejos de oro, que le
acariciaron con su contacto aterciopelado tantas veces como os levantar
la vista. Leonora se fijaba en l: le examinaba a la luz de la lmpara
de la habitacin, como si buscase la diferencia con aquel otro muchacho
que haba conocido en el paseo a la ermita.

La vieja, reanimada por la presencia de los dos hombres, se enteraba del
peligro. Ya no suba el agua; hasta poda afirmarse que comenzaba a
descender lentamente. Y la vieja, con su supremo esfuerzo de voluntad,
se decidi a abandonar su silla para ver la inundacin.

--Cunta agua, Dios y seor nuestro!... Qu de desgracias se contarn
maana! Esto debe ser castigo de Dios... un aviso por nuestros muchos
pecados.

Mientras los dos hombres oan a la vieja, Leonora iba de una parte a
otra dando prisas a su doncella y a la hortelana. Aquellos seores no
podan estar as con las ropas impregnadas de humedad, cansados y
desfallecidos por una noche de lucha. Pobrecitos, bastaba verles! Y
colocaba sobre la mesa galletas, pasteles, una botella de ron; todo lo
que poda encontrar en la despensa, y hasta un paquete de cigarrillos
rusos con boquilla dorada que la hortelana miraba con escndalo.

--Djalos, ta--deca a la pobre vieja.--No les entretengas ahora. Que
coman y beban un poco. Necesitan entrar en calor... Dispensen ustedes si
les ofrezco tan poca cosa. Qu les dar, Dios mo, qu les dar?

Y mientras los dos hombres se vean impulsados por un cario un tanto
desptico a sentarse a la mesa, Leonora, seguida de su doncella, entraba
en la habitacin inmediata, ponindola en revolucin con un retintn de
llaves y ruidoso abrir de cofres.

Rafael, emocionado, apenas si pudo sorber unas cuantas gotas de ron,
mientras el barbero mascaba a dos carrillos, beba copa tras copa y con
la cara cada vez ms roja, hablaba y hablaba, la boca llena de pasta.

Apareci Leonora, seguida de la doncella, que llevaba en los brazos un
lo de ropas.

--Ya comprendern ustedes que aqu no hay trajes de hombre. Pero en la
guerra se vive como se puede y aqu estamos sitiados.

Rafael admiraba los hoyuelos que una risa graciosa trazaba en aquellas
mejillas; la luminosa dentadura, que pareca temblar en su estuche de
rosa.

--A ver, Cupido; fuera pronto ese traje; no quiero que por m pille
usted una pulmona que prive a la ciudad de su principal regocijo. Aqu
tiene usted para cubrirse mientras secamos sus ropas.

Y ofreca al barbero una bata magnfica de peluche azul, con grandes
cascadas de encajes en el pecho y las mangas.

Cupido se retorca de risa en su asiento. Pero qu gracioso era
aquello!... Iba l a vestirse con tal preciosidad? Y sus patillas?...
Cmo reiran los de Alcira si le viesen! Y halagado por la
extravagancia del disfraz, se apresur a meterse en la inmediata
habitacin para ponerse la bata.

--Para usted--dijo Leonora a Rafael con maternal sonrisa--slo he
encontrado esta capa de pieles. Vamos, qutese usted esa chaqueta que
est chorreando.

El joven se resisti ruboroso y avergonzado como una doncella. Estaba
bien as; no le ocurrira nada; otras veces se haba mojado ms.

Leonora, siempre sonriente, pareca impacientarse. Bien saban en la
casa que ella no admita rplicas.

--Vamos, Rafael, no sea usted tonto. Habr que tratarle como a un nio.

Y cogindole por una manga, como si se tratara de un chiquitn, comenz
a tirarle de la chaqueta.

El joven, en su turbacin, no saba lo que le pasaba. Le pareca marchar
por un horizonte sin fin, con ms velocidad que horas antes se deslizaba
por el ro. Oa su nombre en la boca de aquella mujer, se vea agasajado
en una casa cuya entrada no saba antes cmo franquear, y ella, Leonora,
le llamaba nio y le trataba como a tal, cual si la intimidad datase
desde el principio de su vida. Qu mujer era aquella? Estaba en un
mundo nuevo y las mujeres de la ciudad, aquellas que l trataba en las
tertulias caseras, le parecan seres de otra raza, viviendo lejos, muy
lejos, en otro extremo de la tierra, de la que le separaba la inmensa
sbana de agua.

--Vamos, seor testarudo; habr que tratarle a usted como a un beb.

Le hablaba a poca distancia de su rostro; senta en sus mejillas el
aleteo de aquella boca, su respiracin tibia, que le cosquilleaba con
intensos estremecimientos. Y al mismo tiempo sus manos, finas y giles,
le empujaban cariosamente, quitndole con rapidez la chaqueta y el
chaleco.

Sinti sobre sus hombros la caliente caricia de la capa de pieles. Una
preciosidad; un manto suave como la seda, grueso, tupido y ligero, como
fabricado con plumas de fantsticas aves. Era de pieles de zorro azul, y
a pesar de la estatura de Rafael, sus bordes rozaban el suelo. El joven
comprendi que le haban echado sobre los hombros unos cuantos miles de
francos, y tmido, con temblorosa mano, recoga el borde, temeroso de
pisarlo.

Leonora rea de su timidez.

--No se encoja usted; no importa que lo estropee. Parece que lleva
usted un velo sagrado por el respeto con que lo trata! No vale la pena.
Yo slo uso esta capa en los viajes. Me la regal un gran duque en San
Petersburgo.

Y para asegurar ms su desprecio por el rico manto, emboz al joven en
l, golpeando sus hombros para que amoldara ms a su cuerpo.

Lentamente volvan a la sala donde estaba el balcn, mientras en el
comedor sonaban carcajadas saludando la aparicin del barbero, envuelto
en su lujosa bata. Cupido sacaba partido de la situacin para provocar
la risa, y recogindose la cola y atusndose las patillas, braceaba cual
una tiple en una romanza dramtica cantando de falsete. Los hortelanos
rean como locos, olvidando el agua que llenaba su casa; Beppa abra
desmesuradamente sus ojos, admirada por la figura, las contorsiones de
aquel seor y la gracia con que estropeaba los versos italianos, y hasta
la pobre doa Pepa se retorca en su silla, admirando al barbero, que
segn ella, era el ms gracioso de todos los demonios.

Rafael estaba en el balcn, junto a Leonora, con la mirada perdida en la
obscuridad, arrullado por la msica de aquella voz, que con marcado
inters le haca preguntas sobre el desesperado viaje por el ro.

La finura de aquella capa que le envolva, dbale la sensacin de una
epidermis satinada y tibia. Parecale que an quedaba en aquella
suavidad algo del calor de los hombros desnudos; crea estar envuelto en
la piel de Leonora, y el perfume de su cuerpo, que senta junto a l,
aumentaba esta ilusin.

Rafael, con voz entrecortada, contestaba a sus preguntas.

--Lo que usted ha hecho--deca la artista--merece honda gratitud. Es un
arranque caballeresco digno de otros tiempos. Lohengrn, llegando en su
barquilla para salvar a Elsa. Slo falta el cisne... a no ser que el
barbero se contente con este papel... Hablando en serio, no crea que
aqu hubiese un hombre capaz de portarse as.

--Y si usted hubiese muerto!...--exclam el joven para justificar su
aventura.

--Morir!... Le confieso a usted que al principio tuve algn miedo; no
de morir, que yo le temo poco a la muerte. Estoy algo cansada de la
vida; ya se convencer usted de ello cuando me conozca ms. Pero morir
ahogada en el barro, sofocada por esa agua que huele tan mal, no me
haca gracia. Si al menos fuese el agua verde y transparente de los
lagos suizos!... Yo busco la belleza hasta en la muerte; me preocupo de
la ltima postura como los romanos y tema perecer aqu como una rata
sitiada en la alcantarilla... Y, sin embargo, si supiera usted lo que
he redo viendo el terror de mi ta y de esas pobres gentes que nos
sirven!... Ahora el agua no sube ya, la casa es fuerte, no hay ms
molestia que la de verse sitiados y espero el da para ver. Debe ser muy
hermoso el espectculo de toda esa hermosa campia convertida en un
lago. Verdad, Rafael?

--Usted habr visto cosas ms interesantes--dijo el joven.

--No digo que no; pero a m, lo que ms me impresiona es la sensacin
del momento.

Y call, mostrando en su repentina seriedad la molestia que le causaba
la ligera alusin al pasado.

Quedaron los dos en silencio un buen rato, hasta que Leonora reanud la
conversacin.

--La verdad es que si el agua sigue subiendo, a usted le hubiramos
agradecido la vida... Vamos a ver, con franqueza; por qu ha venido
usted? Qu buen espritu le ha hecho acordarse de m a quien apenas
conoce?

Rafael enrojeci de rubor, tembl de cabeza a pies, como si le exigiera
una confesin mortal. Iba a soltar la verdad, a volcar de un golpe su
pensamiento, con todos los ensueos y las angustias de aquellos das,
pero se contuvo y se asi a un pretexto.

--Mi entusiasmo por la artista--dijo con timidez.--Yo admiro mucho el
talento de usted.

Leonora prorrumpi en una ruidosa carcajada.

--Pero si usted no me conoce! Si usted no me ha odo nunca!... Qu
sabe usted de eso que llaman mi talento? A no ser por ese parlanchn de
Cupido, hasta ignoraran en Alcira que yo canto y soy conocida fuera de
aqu.

Rafael qued aplastado por la rplica; no se atreva a protestar.

--Vamos, Rafael--continu cariosamente la artista--no sea usted nio ni
pretenda turbarme con esas mentirillas semejantes a las que se usan para
engaar a la mam. Yo s por qu ha venido aqu. Cree usted que no le
han visto desde este mismo balcn rondando la casa todas las tardes,
apostndose en el camino como un espa? Est usted descubierto, seor
mo.

El tmido Rafael crea que el balcn iba a hundirse bajo sus pies.
Temblaba de miedo, arrebujbase en el manto de pieles, sin saber lo que
haca y protestaba con enrgicas cabezadas, negando las afirmaciones de
Leonora.

--Conque no es verdad, embusterillo?--dijo sta con cmica
indignacin.--Conque niega usted que desde que nos vimos en la ermita,
su paseo de todas las tardes son estos alrededores? Dios mo! qu
monstruo de falsedad es este chico! con qu aplomo miente!

Y Rafael, vencido por aquella alegra franca, acab rindose, confesando
con una carcajada su delito.

--Usted se extraar de mis actos y palabras--continu Leonora
aproximndose ms a l, apoyando un hombro en el suyo, con un abandono
fraternal, como si estuviera junto a una amiga.--Yo no soy como la
mayora de las mujeres. Bueno fuera que con la vida que llevo me
mostrara hipcrita!... Mi pobre ta me cree una loca, porque digo las
cosas como las siento: en mi vida me han querido mucho o me han
aborrecido, por esta mana de no ocultar la verdad... Quiere usted que
se la diga?... Pues bien, usted ha venido aqu porque me ama, o al menos
cree amarme; el defecto de todos los muchachos de su edad apenas
encuentran una mujer que no es igual a las otras que conocen.

Rafael estaba silencioso y cabizbajo; no osaba levantar la vista; senta
en su nuca la mirada de aquellos ojos verdes que parecan registrarle el
alma.

--A ver; levante usted esa cabeza; proteste un poquito como antes. Es
verdad o no lo que digo?

--Y si fuera?...--se atrevi a suspirar Rafael, vindose descubierto
bruscamente.

--Como s que es cierto he querido provocar esta explicacin para que
usted no viva en el engao. Despus de lo de esta noche deseo que seamos
amigos; amigos nada ms; dos camaradas unidos por el agradecimiento.
Pero para evitar la confusin, haba que marcar nuestras respectivas
situaciones. Seremos amigos, eh?... Esta es su casa, yo le considerar
como un camarada simptico; con lo de esta noche ha ganado usted en mi
nimo ms que con un continuo trato; pero va usted a prometerme que no
reincidir en esas tonteras de admiracin amorosa que han sido siempre
el tormento de mi vida.

--Y si no puedo?...--murmur Rafael.

--La cantinela de siempre--dijo riendo Leonora, remedando la voz y la
expresin del joven.--_Y si no puedo_? Por qu no ha de poder usted?
Por qu ha de ser verdad ese amor tan inmenso por una mujer que ve
usted ahora por segunda vez? Esas pasiones repentinas se las inventan
ustedes; no son verdad; las han aprendido en las novelas o las han odo
cantadas por nosotras en las peras. Invenciones de poeta que los
muchachos se tragan como unos bobos y quieren trasplantar a la vida, no
comprendiendo que los que estamos en el secreto nos remos de su
necedad. Con que ya lo sabe usted; a ser formal, a no ponerse pesado con
miradas tiernas y frases entrecortadas. As seremos amigos y esta ser
su casa.

Se detuvo Leonora, y amenazndole graciosamente con el ndice, aadi:

--De lo contrario, ser todo lo ingrata y cruel que usted quiera; pero
a pesar de la hermosa accin de esta noche, usted no entrar ms aqu.
No quiero adoradores: he venido buscando reposo, amigos, tranquilidad...
El amor! hermosa y cruel patraa!...

Dijo estas ltimas palabras con acento grave, y qued inmvil mucho
rato, con la vista perdida en la inmensa sbana de agua.

Ahora la miraba Rafael. Haba levantado la cabeza y contemplaba a
Leonora pensativa. Su hermoso rostro se tea de una luz azulada que
pareca envolverla en un nimbo de idealidad. Comenzaba a amanecer y los
plomizos velos del cielo se rasgaban por la parte del mar,
transparentando una claridad lvida.

Leonora se estremeci, como si sintiera fro, apretndose
instintivamente contra Rafael. Pareci sacudir con un movimiento de
cabeza un tropel de penosos pensamientos, y dijo tendindole la mano:

--Qu resolvemos? Amigos o indiferentes? Promete usted no incurrir en
nieras y ser un camarada formal?

Rafael estrech con avidez aquella mano suave y fuerte, sintiendo en sus
dedos como cariosa mordedura, el contacto de las sortijas.

--Amigo!... me resignar ya que no hay otro remedio.

--Se resignar usted y encontrar dulce y tolerable eso que cree un
sacrificio; usted no me conoce, pero crame a m que me conozco bien.
Aunque llegase a amarle (y esto no ser nunca), saldra usted perdiendo.
Yo valgo ms como amiga que como amante. Hay en el mundo ms de uno y
de dos que lo saben bien.

--Ser un amigo dispuesto a hacer por usted mucho ms que esta noche.
Tambin espero yo que usted llegar a conocerme.

--Djese usted de promesas. Qu ms ha de hacer usted por m? El ro no
se desborda todos los das, ni son posibles a cada momento estas hazaas
novelescas. Me basta con lo de esta noche. No sabe usted cunto se lo
agradezco. Ha sido un paso decisivo en mi corazn de amiga... Quiere
usted que siga siendo franca? Pues cuando le encontr all en la ermita,
me pareci usted uno de esos seoritos lugareos que, acostumbrados a
triunfar en el pueblo, miran como de su dominio cuantas mujeres
encuentran. Despus, al verle rondando esta casa, se aument mi
desprecio y mi rabia. Pero ese seoritn qu se habr figurado? Lo
que hemos redo a costa de usted Beppa y yo! Ni siquiera me haba fijado
en su cara y su figura: no me haba dado cuenta de que es usted guapo...

Leonora rea recordando sus cleras contra Rafael, y ste, anonadado por
su franqueza, sonrea tambin para ocultar su turbacin.

--Pero despus de lo de esta noche, le quiero a usted... como un buen
amigo. Estoy sola: la amistad de un muchacho bueno y noble como usted,
capaz del sacrificio por una mujer a la que apenas conoce, resulta
grata. Adems, esto no compromete. Yo soy ave de paso: he venido porque
estoy cansada, enferma no s de qu, pero profundamente quebrantada en
mi espritu. Necesito reposo, vida animal, sumirme en una dulce
imbecilidad, olvidarlo todo, y acepto con reconocimiento su mano amiga.
Despus, el da que menos lo piense usted, levantar el vuelo; la
primera maana que despierte alegre y me cante dentro de la cabeza el
pjaro travieso que tantas locuras me ha aconsejado, hago las maletas y
a mover las alas! Le escribir; le enviar peridicos que hablen de m
y usted ver como tiene una amiga que no le olvida y le saluda desde
Londres, San Petersburgo, o Nueva York, cualquiera de los rincones de
este mundo que muchos creen grande y en el cual no puedo revolverme sin
tropezar con el fastidio.

--Que tarde ese momento!--dijo Rafael.--Que no llegue nunca!

--Loco!--exclam Leonora.--Usted no sabe cmo soy. Si estuviera aqu
mucho tiempo, acabaramos por reir y pegarnos. En el fondo odio a los
hombres; he sido siempre su ms terrible enemiga.

Oyeron a sus espaldas el roce de la bata que arrastraba Cupido con
grotescos contoneos: se aproximaba al balcn con doa Pepita para
contemplar el amanecer.

Comenzaba a desplomarse del cielo una luz gris, cernida por el denso
celaje: la inmensa sbana de agua tomaba un color blancuzco de ajenjo.
Flotaban en la corriente, como escobazos de miseria, los despojos de la
inundacin; rboles arrancados de cuajo, haces de caas, techumbres de
paja de las chozas; todo sucio, pringoso, nauseabundo. Estas almadas
del desastre, se enredaban entre los naranjos y formaban barreras que,
poco a poco iban engrosndose con nuevos despojos de la corriente.

All lejos, en el lmite de la laguna, movanse con regularidad algunos
puntos negros, agitando sus patas como moscas acuticas, en torno de las
casas, que apenas asomaban sus techumbres sobre la inmensa lmina de
agua. Eran los socorros que llegaban de Valencia; los botes de la
Armada, trados en ferrocarril hasta el lmite de la inundacin.

Iban a llegar a Alcira las autoridades; la presencia de Rafael era
indispensable. El mismo Cupido, con repentina gravedad, le aconsejaba
salir al encuentro de aquellas barcas.

Mientras el barbero recobraba su traje, Rafael se despoj con gran
disgusto de su capa de pieles.

Le pareca que abandonndola, iba a perder el calor de aquella noche de
dulce intimidad, el contacto del hombro suave y carnoso que haba estado
horas enteras apoyado en l.

Mientras se ajustaba al cuerpo las prendas de su traje ya secas, Leonora
le miraba fijamente.

--Quedamos entendidos, eh?--pregunt con lentitud.--Amigos, sin
esperanza de ms. Si rompe usted el pacto, no entrar aqu, ni aun por
el balcn como esta noche.

--S; amigos y nada ms--murmur Rafael con sincero acento de tristeza
que pareci conmover a Leonora.

Sus ojos verdes se iluminaron; brill el polvo de oro que moteaba sus
pupilas y avanz hacia Rafael, tendindole la mano.

--Buen muchacho; as me gusta: resignado y obediente. Por esta vez y en
premio a su cordura, habr extraordinario. No nos despidamos as... Como
en la escena. Bese usted.

Y puso su mano al nivel de la boca del joven. Rafael la agarr
vidamente y bes, bes, hasta que Leonora, desasindose con un brusco
movimiento que demostraba su extraordinario vigor, le amenaz con su
mano.

--Ah, tunante!... Beb travieso! Qu manera de abusar! Adis!
adis! Cupido llama... Hasta la vista.

--Y le empuj al balcn, a cuyos hierros estaba agarrado el barbero
sosteniendo la barca.

--Salta, Rafael--dijo Cupido.--Apyate en m; el agua desciende y la
barca est muy baja.

Rafael se desliz en su bote blanco, manchado por el agua rojiza. El
barbero movi los remos; comenzaron a alejarse.

--Adis! adis! muchas gracias!--gritaban desde el balcn la ta, la
doncella y toda la familia del hortelano.

Rafael, abandonando el timn, con el rostro vuelto a la casa, slo vea
aquella arrogante figura, que agitaba un pauelo saludndoles. La vio
mucho tiempo, y cuando las copas de los rboles sumergidos le ocultaron
el balcn, inclin la cabeza, entregndose al silencioso placer de
saborear la dulzura que an senta en sus labios.




VI


Las elecciones pusieron en movimiento a todo el distrito. Haba llegado
el momento solemne para la casa de Brull y todos sus fieles, no seguros
an de la omnipotencia del partido, como si temieran a ocultos enemigos
que podan presentarse inesperadamente, se agitaban en la ciudad y los
pueblos lanzando cual grito de victoria el nombre de Rafael.

Pocos se acordaban de la inundacin. El sol bienhechor haba secado los
campos; los huertos se mostraban ms hermosos que nunca, como si el ro,
al invadirlos, les hubiese fecundado con nueva vida; se anunciaba una
cosecha magnfica, y slo como recuerdo de la catstrofe quedaba algn
seto aplastado, alguna cerca desmoronada, algn camino hondo con los
ribazos destruidos.

Todo se reparaba con relativa rapidez y la gente mostrbase contenta
hablando del pasado peligro con desprecio. Hasta la otra!

Adems, se haba repartido mucho dinero. Llegaron socorros de la capital
de la provincia, de Madrid, de toda Espaa, gracias al trompeteo
lastimoso de la prensa, y los hortelanos, con la credulidad del devoto
que atribuye todos sus bienes a la proteccin del santo patrono,
agradecan la limosna a Rafael y su madre, proponindose ser cada vez
ms fieles a la poderosa familia. Viva el padre de los pobres!

Doa Bernarda, viendo prximos a realizarse sus ensueos de ambicin, no
se daba un momento de reposo. Indignbase ante la indiferencia y
frialdad de su hijo. El distrito era suyo, pero no haba que dormirse.
Quin sabe lo que a ltima hora podan hacer los enemigos del orden,
que eran bastantes en la ciudad? Haba que ir a tal pueblo para decir
cuatro palabras a los electores ricos; visitar al alcalde del otro para
que viera _que se le haca caso;_ moverse mucho, que toda la gente se
preocupara de su persona.

Y Rafael obedeca, pero evitando que le acompaase don Andrs, pues a la
ida o a la vuelta pasaba unas cuantas horas en la casa azul o suprima
por completo el viaje para quedarse all temblando al volver a casa por
si su madre se enteraba de tales distracciones.

Doa Bernarda conoca aquella nueva amistad. Sin otra preocupacin que
la salud y los actos de Rafael, y ayudada por el chismorreo de una
ciudad curiosa, nada haca su hijo que no lo supiera a las pocas horas.
Hasta tena noticias, por una indiscrecin de Cupido, de aquel
arriesgado viaje de noche y a travs de los peligros de la inundacin,
para ir a presentarse a _la cmica_, como ella deca con rabioso acento
de desprecio.

Entonces ocurrieron las tormentosas escenas que haban de dejar en
Rafael una profunda impresin de amargura y miedo.

La dureza del carcter de doa Bernarda quebrant al joven, hacindole
comprender con cunta razn haba temido siempre a su madre. La spera
devota, con su coraza de virtud y sanos principios, le aplast desde las
primeras palabras. Se haba propuesto deshonrar la casa? Ahora que tras
muchos aos de trabajos iba a alcanzar el fruto de tantos sacrificios
quera, por su aficin a una cmica, ponerse en ridculo dando motivos
de burla a los enemigos? E indignada, no vacil en rasgar brutalmente el
velo de prudencia tras el cual se haban desarrollado misteriosamente
sus desventuras y sus rabias conyugales; no dud en volcar sobre la
cabeza del hijo todas las miserias ocultas de su matrimonio.

--Lo mismo que tu padre--exclam iracunda doa Bernarda.--No puedes
negar su sangre: mujeriego, amigo de las perdidas, capaz por una
cualquiera de comprometer la suerte de la casa... Y yo, grandsima
tonta, trabajando por ellos! olvidando la salvacin de mi alma, para
lograr que llegues donde no lleg tu padre!... Y cmo me lo
agradeces!... Lo mismo que aqul! con un disgusto a cada momento.

Humanizndose despus, sintiendo la necesidad de comunicar sus proyectos
para lo porvenir, pas de la ira a la amistosa confidencia, y comenz a
revelar a Rafael el estado de la casa. Ocupado l en hojear librotes y
en las cosas del partido, no saba cmo marchaban los asuntos. Ni
necesitaba saberlo: para eso estaba ella. Pero quera que conociera las
brechas que en su fortuna haban abierto a ltima hora las locuras de su
padre.

Ella haca milagros de economa. Muchas deudas estaban pagadas ya;
llevaba levantadas algunas hipotecas; gracias a su buena administracin,
ayudada por el fiel don Andrs; pero la carga era grande y en muchos
aos no conseguira librarse de ella.

Adems (y al llegar aqu doa Bernarda se mostraba ms tierna y con voz
insinuante), ya que era el primer hombre del distrito, deba ser el ms
acaudalado; lograrlo no resultaba difcil. Todo consista en ser buen
hijo, en dejarse guiar por ella, la que mejor le quera en el mundo...
Ahora diputado y despus, cuando volviera de Madrid, a casarse. No
faltaran buenas muchachas, educadas con el temor de Dios, y adems
millonarias que se daran por contentas siendo su mujer.

Rafael la ataj con una dbil sonrisa. Ya saba de quin hablaba su
madre; de Remedios, la hija del ms rico de la ciudad, un rstico de
suerte loca que inundaba de naranja los mercados de Inglaterra, ganando
por instinto, a despecho de todas las combinaciones comerciales.

Por esto le recomendaba su madre con tanto inters que visitase aquella
casa, envindole a ella con cualquier pretexto. Adems, doa Bernarda
llevaba a Remedios a la suya con frecuencia, y rara era la tarde que al
entrar en su casa Rafael no encontraba a aquella muchacha tmida, torpe
y de una belleza insignificante, vestida con trajes que aprisionaban
cruelmente su soltura de chicuela criada en los huertos, transformada
rpidamente en seorita por la buena suerte del padre.

--Pero mam--dijo Rafael sonriendo--Si yo no pienso casarme!... Si
eso, cuando llegue, ha de ser a gusto mo!

La madre y el hijo quedaron moralmente separados despus de la
borrascosa entrevista. Era una situacin que recordaba a Rafael su
infancia, cuando despus de una travesura encontraba la miraba fiera y
el rostro ceudo de su madre. Pero ahora, esta seriedad agresiva se
prolongaba das y das.

Al entrar en casa por las noches se vea interrogado durante la cena en
presencia de don Andrs, que no osaba levantar la cabeza ante la
poderosa seora. Dnde haba estado? A quin haba visto?... Rafael
senta el espionaje, siguindole en sus paseos por la ciudad y el campo.

--Hoy has estado en casa de la cmica... Cuidado, Rafael! me vas a
matar!

Y Rafael, para ir a casa de _la cmica_, se ocultaba como en su poca de
nio, cuando robaba fruta en los huertos; marchaba por sendas y ribazos
al abrigo de los setos, y la vista de una hortelana o de un muchacho le
obligaba a pesados rodeos. Y el hombre que haca esto era el mismo que
en aquel instante llenaba con su nombre todo el distrito; aquel de quien
los alcaldes y prohombres decan con plena conviccin.--Aqu no hay ms
diputado que don Rafael. Ese procurar por nosotros.

Don Andrs se esforzaba por consolar a su ama. Todo aquello era un
capricho de muchacho. Haba que dejarle que se divirtiera. Al fin era un
joven guapo y de buena casa. En su cinismo de viejo acostumbrado a las
fciles conquistas del arrabal, guiaba sus ojos maliciosamente,
creyendo que Rafael haba conseguido un triunfo completo en la casa
azul. Slo as poda explicarse su asiduidad en las visitas, la mansa
rebelda a la autoridad maternal.

--Esas cosas, por dulces que sean, acaban por cansar, doa
Bernarda--deca el viejo sentenciosamente.--La cmica levantar el vuelo
cualquier da; adems, deje usted que Rafael vaya como diputado a Madrid
y vea aquel mundo; a la vuelta no se acordar de esa mujer.

El fiel lugarteniente de los Brull se hubiera asombrado al ver lo poco
que consegua Rafael.

Leonora no era la misma de la noche de la inundacin. Pasado el encanto
del peligro, la novedad de la aventura, lo extraordinario de aquella
entrevista, trataba a Rafael con amistosa calma, como a uno de los
muchos que en la vida haban girado en torno de ella. Le miraba como un
mueble ms de su casa que todas las tardes vena a colocarse ante su
paso; un autmata que se presentaba para pasar horas y horas
contemplndola, plido y emocionado, con el encogimiento de la
inferioridad, contestando sus palabras muchas veces con simplezas que la
hacan rer. Su irona y aquella franqueza de que haca gala, le heran
cruelmente.

--Hola, Rafaelillo--le deca muchas tardes al verle llegar.--Pero por
qu viene usted con tanta frecuencia? Nos van a tomar por novios. Qu
dir su mam?

Y Rafael sufra cruelmente; se avergonzaba de s mismo, pensando en lo
que ocurra en su casa; en las iras que arrastraba para llegar all.
Pero le era imposible librarse de la atraccin que sobre l ejerca
Leonora.

Adems, qu tardes aquellas en que quera ser buena; cuando cansada de
pasear por el huerto, fastidiada en su carcter ligero y voluble por la
monotona de los naranjos y las palmeras, se refugiaba en el saln
poniendo sus manos en el piano! Rafael, con el recogimiento de un
devoto, se sentaba en un rincn, y contemplando los soberbios hombros
sobre los cuales ondeaban como plumas de oro los rizados bucles de la
nuca, oa aquella voz hermosa que sonaba dulce y velada, mezclndose a
los desmayados acordes del piano, mientras que por las abiertas ventanas
entraba la respiracin del huerto rumoroso bajo la dorada luz del otoo,
el perfume sazonado de las naranjas maduras que asomaban sus caras de
fuego entre los festones de hojas.

Era Schubert, con sus melanclicas romanzas, el msico preferido; la
dominaba en aquella soledad el encanto de la msica triste. Su alma
pasional y tumultuosa pareca desmayarse, enervada por el perfume de los
naranjos. Algunas veces, de repente, vena a morderle el recuerdo de sus
triunfos escnicos, la gloria artstica conquistada sobre las tablas, y
golpeando el piano con la sublime furia de la cabalgada de las
walkirias, lanzaba el _hojotoho_! de Brunilda, el grito de guerra
impetuoso y salvaje de la hija de Wotan; relincho armnico con el cual
haba puesto en pie a muchos pblicos y que en aquella soledad
estremeca a Rafael, hacindole admirar a su amiga como una divinidad
extraa; cual una diosa rubia de ojos verdes, acostumbrada a cabalgar
sobre los hielos, entre los torbellinos del huracn, y que en el pas
del sol se resignaba a ser mujer.

Otras veces, echando atrs su hermoso busto, como si contemplara con la
imaginacin salones festoneados de rosas, en los que danzasen huecas
faldas, pelucas empolvadas y tacones rojos, rozaba las teclas, haciendo
sonar un minuetto de Mozart, vagoroso como un perfume elegante, cual la
sonrisa de una boca de princesa, pintada y con lunares postizos.

Rafael no olvidaba la noche de amistad; la mano entregada a sus labios
en aquel mismo saln. Una vez intent repetir la escena, e inclinndose
sobre las teclas, quiso besar la diestra de Leonora.

La artista se estremeci, como si despertase. Relampaguearon sus ojos
con ira, y sin dejar por esto de sonrer, levant amenazante la mano,
con todo su fantstico brillo de pedrera, como si fuese a abofetearle:

--Cuidado, Rafael: es usted un chiquillo y le tratar como a tal. Ya
sabe que no gusto de que me molesten. No le despedir; pero si sigue as
va usted a llevarse cada bofetada!... Qu pegajoso! Eso slo se
permite una vez, y no olvide usted que cuando yo quiero que me besen la
mano, comienzo por darla voluntariamente... Ya no hay ms msica; se
acab. Vamos a entretener al nio para que est quietecito.

Y comenz una de aquellas revistas de equipaje que entusiasmaba a
Rafael; una exhibicin de recuerdos de su vida artstica que al joven le
parecan nuevos avances en su intimidad con Leonora.

Contemplaba sus retratos en las diversas peras por ella cantadas; una
numerosa coleccin de hermosas fotografas, llevando al pie el nombre
del gabinete en casi todos los idiomas de Europa; en alfabetos raros que
hacan parpadear a Rafael. La Elisabeta, plida y mstica, del
_Tanhuser_, haba sido retratada en Miln; la Elsa, ideal y romntica
de _Lohengrn_, era de Munich; haba una Eva, cndida y burguesa de _Los
maestros cantores_, fotografiada en Viena, y una Brunilda soberbia,
arrogante, de mirada hostil y centelleadora, que llevaba al pie el sello
de San Petersburgo. Esto sin contar un sinnmero de otras fotografas,
recuerdo de temporadas en el Convent-Garden de Londres, el San Carlos de
Lisboa, los grandes coliseos de toda Italia, y los teatros de Amrica,
desde el de Nueva York al de Ro Janiero.

Rafael, manejando aquellas cartulinas enormes senta la impresin del
que pasea por un puerto y percibe el perfume de pases lejanos y
misteriosos, contemplando los barcos que llegan. Cada retrato pareca
envolverle en el ambiente de su pas, y desde el tranquilo saln,
impregnado de la respiracin del silencioso huerto, crea pasear por
toda la tierra.

Las fotografas representaban siempre los mismos personajes: las
heronas de Wagner. Leonora, adoradora rabiosa del genio alemn,
hablando de l con intima confianza, como si le hubiera conocido, no
quera cantar otras peras que las suyas, y con el afn de abarcar la
obra del maestro, no vacilaba en comprometer su prestigio de artista
fuerte y vigorosa, interpretando los personajes delicados.

Rafael se fijaba en los retratos uno por uno: aqu pareca ms esbelta y
triste, como si acabara de salir de una enfermedad; all fuerte y
arrogante, como si desafiara la vida con su hermosura.

--Ay, Rafael!--murmuraba ella pensativa.--No todo son alegras. Yo he
pasado mis tempestades como todos. He vivido mucho, y estos pedazos de
cartn son captulos de m existencia.

Y mientras ella soaba saboreando el pasado, entusiasmbase Rafael
contemplando el retrato de Brunilda, una hermosa fotografa en cuyo robo
haba pensado ms de una vez.

Aquella era Leonora; la walkiria arrogante, la hembra fuerte y valerosa,
capaz de darle de bofetadas al ms leve atrevimiento y de manejarle como
un nio. Bajo el casco de acero brillante como un espejo, con sus dos
alas de blancas plumas, caan los rubios bucles, brillaban con salvaje
furor los ojos verdes y parecan palpitar las aletas de la nariz con
indomable fiereza. El manto colgaba del cuello, redondo, carnoso y
fuerte; la coraza de escamas de acero hinchbase con la presin del
pecho mrbido de arrogante dureza, y los brazos desnudos, revelando el
vigor del msculo bajo la suave curva de la grasa femenil, se apoyaban,
uno en la lanza y otro en el escudo brillante y luminoso, como una
lmina de cristal. Estaba all con la majestad de la diosa; era una
Palas de la mitologa septentrional, hermosa como el herosmo, terrible
como la guerra. Rafael comprenda el enardecimiento loco, la conmocin
elctrica de los pblicos al verla aparecer entre las rocas de lienzo
pintado, haciendo temblar las tablas con su paso vigoroso, elevando con
rudeza sobre las blancas alas del casco la lanza y el escudo y lanzando
el grito de la walkiria, el _hojotoho!_ que, repetido en el tranquilo
huerto, pareca estremecer las calles de follaje con una corriente de
entusiasmo.

Aquella mujer caprichosa, aventurera y alocada, de cuya vida de artista
tantas cosas se contaban, haba paseado por el mundo la arrogancia de la
virgen guerrera soada por Wagner consiguiendo inmensos triunfos. En un
libro abultado, de desiguales hojas, donde guardaba con minuciosa
puerilidad de cantante todo lo que haban dicho de ella los peridicos
del mundo, encontraba Rafael un eco de las estruendosas ovaciones.
Miraba los recortes de papel impreso, muchos de ellos amarillos ya por
el tiempo, y pasaba ante sus ojos la visin de teatros llenos de
elegantes descotes y pecheras rgidas y brillantes como corazas;
ambientes caldeados por la luz y el entusiasmo, donde centelleaban ojos
y joyas, y en el fondo, con su casco y su lanza, ella, la walkiria
dominadora, saludada con aplausos y gritos de admiracin.

En aquellas hojas encontraba grabados de ilustraciones reproduciendo los
retratos de la artista, biografas y artculos de crtica relatando los
triunfos de la clebre diva Leonora Brunna--que ste era el nombre de
guerra de la hija del doctor Moreno,--retazos y ms retazos de papel
impreso en castellano puro y americanizado; columnas de letra apretada y
clara de los peridicos ingleses, prrafos sobre el papel basto y sutil
de la prensa francesa e italiana; compactas masas de caracteres gticos
que turbaban los ojos de Rafael, e ininteligibles garabatos rusos que
parecan caprichos de una mano infantil. Y todos alabando a Leonora,
rindiendo un tributo universal al talento de aquella mujer, mirada con
desprecio por los burgueses de Alcira. Rafael admiraba a su amiga con la
misma emocin que si se hallase en presencia de una divinidad y senta
odio y desprecio ante la grosera y spera virtud de los que hacan el
vaco en torno de ella. Por qu haba venido all? qu motivo la haba
impulsado a abandonar un mundo de triunfos donde todos la admiraban,
para meterse en una vida estrecha para un corral?

Despus vena la exhibicin de recuerdos ms ntimos; joyas
hermossimas, costosos juguetes, relatos de las _seratas d'onore_
presentados en el _camerino_, mientras el pblico aplauda delirante, y
ella, bajando su lanza, saludaba en las candilejas, bajo una lluvia de
talco y flores, rodeada de lacayos que sostenan grandes ramos. Rafael
contemplaba un medalln con el retrato venerable de don Pedro del
Brasil; el emperador artista que saludaba a la cantante en una
dedicatoria trazada con brillantes; planchas de oro y pedrera, recuerdo
de entusiastas que tal vez comenzaron por desear la mujer y se
resignaron admirando la artista; pintarrajeados diplomas de sociedades
dndola las gracias por su concurso de funciones benficas; un abanico
de la reina Victoria con la fecha de un concierto en el palacio Windsor;
una pulsera regia de Isabel II, como recuerdo de varias veladas en Pars
en el palacio Castilla, y un sinnmero de costosas chucheras, de
caprichos riqusimos, presentes de prncipes, grandes duques y
presidentes de repblicas americanas. Hasta haba carteras con ureas
dedicatorias, y la piel gastada por el roce y el tiempo, conteniendo
enormes papelotes, acciones de ferrocarriles a travs de pases
salvajes, ttulos de propiedad de territorios sobre los cuales haban de
levantarse ciudades; valores de empresas locas que se desarrollaban en
las praderas yankees o las pampas argentinas regalados en noche de
beneficio, como testimonio del afecto prctico de los americanos que al
entusiasmo unen siempre la utilidad.

La arrogante walkiria, al pasear por el mundo su guerrero manto, haba
barrido entre aplausos y vtores aquellos ricos testimonios de
adoracin. Rafael senta orgullo por ser su amigo; y al mismo tiempo
reconoca su pequeez; se asustaba de su atrevimiento amoroso,
exagerando en su imaginacin la diferencia que les separaba.

Al final de estas deliciosas rebuscas en el pasado, vena lo ms
interesante, lo ms ntimo, el lbum de ella slo le permita hojear de
prisa, obligndole a no mirar ciertas pginas. Era un volumen
modestamente encuadernado en cuero negro con broches de plata, pero
Rafael lo contemplaba como un prodigioso fetiche, con la adoracin que
inspiran los grandes hombres.

Vea el mundo entero inclinndose ante aquella diosa. No slo la
saludaban los potentados; los poderosos del arte estaban all, pasaban
de hoja en hoja, dedicando una palabra de afecto, un verso, una frase
musical a la hermosa cantante. Rafael contemplaba como un bobo la firma
del viejo Verdi y la de Boito; venan despus los jvenes maestros de la
nueva escuela italiana, ruidosa y triunfante, con el estrpito de la
belleza puesta al alcance del vulgo; los franceses Massenet y Saint
Sans saludaban a la feliz intrprete del primero de los msicos; los
grandes libretistas italianos dedicaban a la artista versos que
deletreaba Rafael, percibiendo su suave perfume, a pesar de que apenas
conoca el idioma; haba un soneto de Illica que le haca llorar; y
luego venan los ininteligibles para l, unos cuantos renglones de Hans
Keller, el gran director de orquesta, el discpulo y confidente de
Wagner, su testamentario artstico, encargado de velar por la gloria del
maestro, aquel Hans Keller de que hablaba Leonora a cada instante, con
cario de mujer y admiracin de artista, sin perjuicio de aadir a
continuacin que era un brbaro. Estrofas en alemn, en ruso y en
ingls, que al ser reledas por la cantante la hacan sonrer
satisfecha, como si aspirase un perfume favorito, con gran
desesperacin de Rafael, que no poda conseguir que las tradujese.

--Son cosas que no entiende usted. Adelante, adelante. No quiero que se
ruborice.

Y tratndole como a un nio, le haca volver las hojas sin dar
explicacin.

Unos versos italianos, escritos con mano trmula y en torcidas lneas,
llamaban la atencin de Rafael. Los entenda a medias, pero Leonora
nunca le permita acabar la lectura. Era un lamento amoroso,
desesperado; un grito de pasin rabiosa, condenada a la soledad,
revolvindose en el aislamiento como una fiera en su jaula. Luigi
Maquia.

--Pero ste quin es?--preguntaba Rafael.--Por qu estaba tan
desesperado?

--Un muchacho de Npoles--contest por fin una tarde Leonora con voz
triste, parpadeando, como si quisiera ocultar sus pupilas, en las que
asomaban lgrimas.--Un da le encontraron bajo los pinos de Posilippo
con la cabeza atravesada de un balazo. Quera morir y se mat... Pero
recoja usted todo eso y bajemos al jardn. Necesito aire.

Pasearon por la avenida orlada de rosales y transcurrieron algunos
minutos, sin que se cruzara entre los dos una palabra. Leonora se
mostraba pensativa, con las cejas contradas y los labios apretados,
como si sufriera la mordedura de penosos recuerdos.

--Matarse!--dijo por fin.--No le parece, Rafael, que es una tontera?
Y matarse por una mujer! Como si las mujeres tuvieran la obligacin
de amar a todos los que creen amarlas!... Qu imbcil es el hombre!
Hemos de ser sus siervas; hemos de quererle forzosamente, y si no, se
mata por fatuidad.

Call unos instantes.

--Pobre Maquia! Era un muchacho bueno, digno de ser feliz, pero si
fuera una a creer en todos los juramentos de desesperado!... Ese lo hizo
tal como lo deca... Qu loco! Y lo peor es que como l he encontrado
otros en el mundo.

Ya no dijo ms. Rafael respet su silencio. La miraba, queriendo
adivinar en vano los pensamientos que se revolvan tras sus ojos verdes
y dorados como el mar bajo el sol de medioda. Qu aventuras deban
ocultarse en el pasado de aquella mujer! Qu novelas dormiran ocultas
en el tejido de su vida!...

As transcurrieron los das, hasta el momento de la eleccin de Rafael.
Olvidado ste de sus trabajos polticos y en pasiva rebelda contra su
madre, que apenas si le hablaba, lleg el domingo de su eleccin.
Triunfo completo. Ya era diputado. Pas la noche estrechando manos,
recibiendo plcemes, aguantando serenatas, y a la maana siguiente
corri a la casa azul par recibir la irnica enhorabuena de Leonora.

--Lo celebro mucho--dijo la artista.--As saldr usted pronto de aqu;
le perder de vista, que bien lo necesito; porque usted, apreciable
nio, ya iba resaltndome pesado con sus asiduidades de adorador y su
muda admiracin de pegajoso. All en Madrid se curar de tales
tonteras... No me diga usted que no; no haga juramentos. Si sabr lo
que son los jvenes! Usted es igual que todos. Cuando volvamos a vernos
llevar usted en el pensamiento otras imgenes. Yo ser su amiga nada
ms; es lo que deseo.

--Pero la encontrar aqu cuando vuelva?--pregunt Rafael con ansiedad.

--Quiere usted saber ms que todos los que me han conocido. Qu s yo
si estar aqu? Nadie en el mundo ha estado seguro de tenerme. Ni yo
misma s dnde estar maana... Pero no--continu con gravedad;--si
viene usted en primavera aqu me encontrar. Pienso permanecer hasta
entonces. Quiero ver cmo florece el naranjo; volver a mis recuerdos de
nia, la nica memoria de mi pasado que me ha seguido a todas partes.
Muchas veces he ido a Niza, gastando un dineral para ver florecer cuatro
naranjos de mala muerte; ahora quiero embriagarme en la inundacin de
azahar de estos campos. Es el nico deseo que me sostiene aqu... Estoy
segura. Si vuelve usted para entonces, me encontrar y nos veremos por
ltima vez, porque despus irremisiblemente levanto el vuelo, aunque
llore y rabie la pobre ta... Por ahora estoy bien aqu. Qu cansada me
encuentro! Esto es una cama despus de un largo viaje. Slo un gran
suceso me obligara a saltar.

Se vieron an muchas tardes en el jardn, saturado de olor de las
naranjas maduras. El inmenso valle azuleaba bajo el sol de invierno; las
naranjas, asomaban sus caras de fuego entre las hojas, como ofreciendo a
las manos laboriosas que las arrancaban de las ramas. En los caminos
chirriaban los ejes de los carros balanceando sobre los baches sus
montones de dorados frutos; sonaban en los grandes almacenes los
cnticos de las muchachas encargadas de escoger y empapelar las
naranjas; retumbaban los martillos sobre los cajones de madera, y en
oleadas de trfico salan hacia Francia e Inglaterra las hijas del
Medioda, aquellas cpsulas de piel de oro, repletas de dulce jugo que
pareca miel del sol.

Leonora, de pie junto a un viejo naranjo, volviendo la espalda a Rafael,
buscaba entre las apretadas ramas, empinndose sobre las puntas de los
pies, balanceando las arrogantes y graciosas curvas de su robustez
esbelta.

--Maana me voy--dijo el joven con desaliento.

Leonora se volvi. Haba cogido una naranja y abra su piel con las
sonrosadas y largas uas.

--Maana?--dijo sonriente.--Todo llega por fin... Que tenga usted
grandes xitos, seor diputado.

Y acercando a su boca el perfumado fruto, clavaba en la dorada carne sus
dientes blancos y brillantes. Cerraba los ojos con delicia, como
embriagada por la tibia dulzura del jugo. Crujan los gajos entre sus
dientes, y el lquido de color de mbar rezumaba, cayendo a gotas por la
comisura de los labios carnosos y rojos.

Rafael estaba plido y tembloroso como si le agitase un propsito
criminal.

--Leonora! Leonora!... Y he de marcharme as?

Le enloqueca aquella boca impregnada de miel, y de repente,
disparndose en l la pasin contenida y sujeta por el miedo, se
abalanz sobre la artista, la agarr las manos y busc vido sus labios,
como si pretendiera beber el zumo que se deslizaba hasta la redonda
barbilla.

--Eh! Qu es esto, Rafael?... Qu atrevimientos se permite usted?

Y con slo un impulso de sus soberbios brazos envi al tembloroso joven
contra el naranjo, hacindole vacilar sobre sus pies. Qued el joven
cabizbajo y como avergonzado.

--Ya ve usted que soy fuerte--dijo Leonora con voz algo temblona por la
ira.--Nada de juegos o saldr usted perdiendo.

Despus de una larga pausa, Leonora pareci reponerse de aquella
impresin y acab riendo ante el aspecto avergonzado del joven.

--Pero qu nio este!... Es manera de despedirse de los amigos la que
usted usa?... Tonto, fatuo; cun poco me conoce usted! Querer tomarme a
m por la fuerza, a m! la mujer inexpugnable cuando no quiero, por
quien se han muerto los hombres, sin poder conseguir ni un beso en la
mano. Mrchese usted maana, Rafael. Seremos amigos... Pero por si hemos
de volver a vernos no olvide usted lo que le digo. Acabemos de una vez
con todas estas tonteras. No se fatigue; yo no puedo ser suya. Estoy
cansada de los hombres; tal vez los odio. Yo he conocido a los ms
hermosos, a los ms elegantes, a los ms ilustres. He sido hasta reina;
reina de la mano izquierda, como dicen los franceses, pero tan duea de
la situacin, que a haber querido meterme en tales vulgaridades,
hubiese cambiado ministerios y trastornado pases. Hombres famosos en
Europa por su elegancia y sus locuras, han cado a mis pies y los he
tratado como chiquillos. Me han envidiado y odiado las damas ms
clebres, copiando mis trajes y mis gestos. Y cuando cansada de este
Carnaval brillante le he dicho adis! para venir a esta soledad como a
un convento, haba de entregarme a un seorito de pueblo, capaz
nicamente de entusiasmar a las lugareas!... Ja! Ja! Ja!...

Y rea con una risa cruel, con carcajadas incisivas y sardnicas que
parecan penetrar en las carnes de Rafael, estremecindole con su
frialdad. El joven bajaba la cabeza; agitbase su pecho con un penoso
estertor, como si le ahogase el llanto al no encontrar salida en aquel
cuerpo varonil. La emocin de Rafael, abrumado por aquella crueldad,
enterneci a Leonora, hacindola cambiar de tono.

Se aproxim al joven, casi se peg a l, y agarrndole la barba con sus
finas manos, le obligo a levantar la cabeza.

--Ay! Cun mala soy! Qu cosas le he dicho a este pobre nio! A ver,
levante usted la cabeza; mreme de frente; diga que me perdona... Esta
maldita mana de no callarme nada! Le he ofendido... no diga usted que
no le he ofendido; pero no haga usted caso; lo que he dicho slo son
tonteras. Qu modo de agradecer lo que usted hizo por m aquella
noche!... No: pero si usted es muy guapo... y muy distinguido... y har
usted una gran carrera poltica!... Ser usted un personaje y se casar
en Madrid con una muchacha elegantsima. Se lo aseguro... Pero hijo; en
m no piense usted; seremos amigos, nada ms que amigos... Pero llora
usted? Vamos... bseme la mano, se lo permito... como en aquella noche:
as. Yo slo podra ser de usted por el amor, pero ay! nunca llegar a
enamorarme del atrevido Rafaelito. Soy vieja ya: en fuerza de gastar el
corazn, creo que no le tengo... Ay, pobrecito beb mo! Lo siento
mucho... pero ha llegado usted tarde.




SEGUNDA PARTE




I


En la plazoleta que formaban frente a la casa azul los altos y tupidos
rosales, erguanse cuatro palmeras que, abandonadas muchos aos, dejaban
colgar las secas ramas como miembros muertos debajo de las palmas
nuevas, arrogantes y rumorosas. Hundidos en el follaje de los rosales, a
la entrada de la plazoleta, haba dos bancos antiguos de mampostera,
blanqueados con cal, con el asiento y el respaldo de viejos azulejos
valencianos de una transparencia aterciopelada, en la que resaltaban los
floreados arabescos, los caprichos multicolores de una fabricacin
heredada de los rabes.

Eran bancos con la elegancia de lneas de un sof del pasado siglo,
frescos y de saludable dureza, en los que gustaba sentarse Leonora por
las tardes, cuando las palmeras extendan su sombra en la plazoleta.

En uno de ellos lea la sencilla doa Pepita la historia del santo del
da, ayudada por unas antiguas gafas con montura de plata. Beppa la
doncella, escuchbala atenta para comprender todas las palabras, con
una admiracin respetuosa de muchacha de la campia romana familiarizada
con la devocin desde sus primeros aos.

En el otro banco estaban Leonora y Rafael. La artista, con la cabeza
baja, segua el movimiento de sus manos, ocupadas en la confeccin de
una de esas labores que slo sirven para pasar ms fcilmente el tiempo
engaando la atencin.

Rafael la encontraba cambiada por los meses de ausencia. Vesta con
sencillez, como una seorita de la ciudad; su cara y sus manos, tan
blancas antes, haban tomado con la continua caricia, del sol una
transparencia dorada de trigo maduro; los dedos mostrbanse en toda su
esbeltez libres de sortijas, y en el lbulo sonrosado de las orejas, los
sutiles agujeros no soportaban el peso como otras veces de la gruesa
masa de brillantes.

--Estoy hecha una campesina, verdad?--dijo como si leyera en los ojos
de Rafael el asombro por aquel cambio.--La vida del campo obra estos
milagros: un da un adorno, maana otro, va una despojndose de todo lo
que antes era como una parte del cuerpo. Me siento mejor as... Creer
usted que hasta tengo abandonado mi tocador y all se pierden cuantos
perfumes traje? Agua fresca, mucha agua... eso es lo que me gusta. Cun
lejos est ya aquella Leonora que haba de pintarse todas las noches
como un payaso para mostrarse al pblico! Mreme usted bien: cmo me
encuentra? No es verdad que parezco una de sus _vasallas?_ De seguro
que si salgo esta maana a darle vivas en la estacin, no me reconoce
entre los grupos.

Rafael intent decir que la encontraba ms hermosa que antes, y as lo
crea de buena fe. La vea ms cerca de su persona: era como si
descendiese de su altura para aproximarse a l. Pero Leonora, adivinando
sus palabras y queriendo evitarlas, se apresur a seguir hablando.

--No diga usted que le gusto ms as. Qu disparate! ahora que viene
usted de Madrid, de ver un mundo que no conoca!... Pero en fin; a m me
gusta esta sencillez y lo que me importa es agradarme a m misma. Ha
sido una transformacin lenta, pero irresistible: el campo me ha
saturado con su calma; se me ha subido a la cabeza como una embriaguez
mansa y dulce, y duermo y duermo, siguiendo esta vida animal, montona y
sin emociones, deseando no despertar nunca. Ay Rafaelito! Como no
ocurra algo extraordinario y el diablo tire de la manta, me parece que
aqu me quedo para siempre. Pienso en el mundo como un marino piensa en
el mar cuando se ve en su casa; despus de un viaje de continuos
temporales.

--S, qudese usted--dijo Rafael.--No puede usted figurarse el miedo que
he pasado en Madrid, pensando si la encontrara o no al volver.

--No mienta usted--dijo sonriendo Leonora dulcemente con cierta
expresin de gratitud.--Cree usted que por aqu no nos hemos enterado
de lo que haca en Madrid? Usted que nunca tuvo grandes relaciones de
amistad con el bueno de Cupido, le ha escrito con frecuencia contndole
tonteras; todo para al final, como posdata importantsima, encargar
saludos a la _ilustre artista_, tranquilizndose al recibir en la
respuesta la noticia de que esa _ilustre artista_ an estaba aqu. Poco
que he redo leyendo esas cartitas!

--Eso le demostrar a usted que yo no menta el da que le asegur
cierta cosa. Le demostrar que no la he olvidado en Madrid. No, Leonora,
no olvido. Esta ausencia ha agrandado ms mi afecto.

--Gracias, Rafael--dijo la artista con gravedad, como si en ella no
fuese ya posible la irona de otros tiempos.--Estoy convencida de ello,
y me entristece, pues es intil. Ya sabe usted que no puedo
corresponderle... Hablemos de otra cosa.

Y apresuradamente, queriendo desviar con su charla el curso de la
conversacin, que le pareca peligroso, comenz a hablar de sus rsticos
placeres.

--Tengo un gallinero que es un encanto. Si me viera usted por las
maanas rodeada de plumas y cacareos, arrojando el maz a puados,
teniendo a raya a los gallos que se meten bajo mis faldas y me pican los
pies! Me parece mentira que sea yo la misma de otros tiempos, que
blanda la lanza e interpretaba, as regularmente, los ensueos de
Wagner. Ya ver usted a mi gente. Tengo gallinas de una fecundidad
asombrosa, y como un ratero, revuelvo todas las maanas la paja para
sorberme los huevos todava calientes... El piano lo tengo olvidado.
Hace ms de una semana que no lo haba abierto; pero esta tarde, no s
por qu, sent el deseo de rozarme con los genios. Tena sed de
msica... algo de los caprichos melanclicos de otros tiempos. Tal vez
el presentimiento de que usted vendra: los recuerdos de aquellas tardes
en que usted estaba arriba, sentadito e inmvil como un bobo,
escuchndome... Pero no vaya usted a creer, seor diputado, que todo es
aqu juego con las gallinas y pereza campestre. Han entretenido mi
soledad de este invierno cosas ms serias. He hecho en la casa grandes
obras. Un cuarto de bao que escandaliza a mi pobre ta y hace que le
diga a Beppa que es pecado pensar tanto en las cosas del cuerpo. Aunque
olvidadas mis antiguas costumbres, yo no poda pasar sin el bao; es el
nico lujo que conservo, y mand venir de Valencia artesanos con
mrmoles y maderas finas para que arreglasen una preciosidad. Ya lo ver
usted; cosa buena. Si algn da me da el arrechucho de huir y levanto el
vuelo, ah quedar eso para que mi pobre ta se indigne a cada instante
viendo que su loca gast tanto dinero en tonteras pecaminosas, como
ella dice.

Y rea mirando a la inocente doa Pepa, que all en el otro banco
explicaba por centsima, vez a la italiana, los portentosos milagros del
patrn de Alcira, con el anhelo de que la extranjera pusiera su fe en el
santo, dando de lado a todos los bienaventurados de su pas.

--No crea usted--continu la artista--que yo le he olvidado en este
tiempo. Soy su amiga y lo de usted me interesa. He sabido por Cupido,
que de todo se entera, lo que usted haca en Madrid. Tambin he figurado
entre sus admiradores. Lo que puede la amistad!... Yo no s qu ser
esto; pero tratndose del seor Brull, me trago las mayores mentiras,
aun sabiendo que lo son. Cuando usted habl en el Congreso sobre eso del
ro, envi a Alcira a comprar el peridico y lo le no s cuntas veces,
creyendo ciegamente cuanto all decan en su honor. Yo he hablado con
Gladstone en un concierto de la reina en Windsor; he conocido a hombres
que llegaron por su palabra a presidentes de Repblica; y no digamos de
los polticos de Espaa: a la mayora de ellos los tuve como cadetes de
mi _camerino_, una vez que cant en el Real. Y a pesar de esto, yo tom
en serio por unos das los elogios disparados con que le incensaban sus
correligionarios. En mi imaginacin apareca usted al mismo nivel que
todos esos seores solemnes y poderosos que he conocido. Por qu ser
esto? Tal vez el aislamiento y la calma que agrandan las cosas; tal vez
el ambiente de esta tierra, en la que es imposible vivir sin ser sbdito
de Brull... Si me ir enamorando de usted sin saberlo?

Y volva a rer con la risa regocijada y francamente burlona de otros
tiempos. Le haba recibido grave y sencilla, influida por el cambio que
la soledad, la vida campestre y el deseo de descanso producan en ella.
Pero al contacto de Rafael, al ver en sus ojos aquella expresin amorosa
que ahora se marcaba con ms atrevimiento, reapareca la mujer de antes
y rea con la misma carcajada irnica que penetraba como acero en las
carnes del joven.

--Y qu de extrao tendra eso?--pregunt audazmente Rafael, imitando
la sonrisa burlona.

--No podra ser que usted, compadecida de m, acabase por amarme? No
se han visto cosas ms imposibles?

--No--dijo rotundamente Leonora.--No le amar a usted nunca... Y si
llegase a amarle--continu en un tono dulce y casi maternal--se lo
ocultara piadosamente para evitar que usted se exaltara vindose
correspondido. Toda la tarde estoy evitando esta explicacin. He hablado
de mil cosas, me he enterado de su vida en Madrid hasta en detalles que
nada me importan; todo para impedir que llegsemos a hablar de amor.
Pero con usted es imposible; hay que abordar la materia ms pronto o ms
tarde. Ya que usted lo quiere, sea... Yo no le amar nunca; yo no debo
amarle. Si le hubiera conocido lejos de aqu, aproximados por las
circunstancias, como en aquella noche de la inundacin, no digo que no.
Pero aqu?... Sern escrpulos de los que puede usted rerse, pero me
parece que amndole, cometera un delito; algo as como si entrase en
una casa y agradeciera la hospitalidad robando un objeto.

--Pero qu disparates son esos?--exclam Rafael.--Qu quiere usted
decir?... Crea que no la entiendo.

--Como usted vive aqu no se da cuenta del ambiente que le rodea.
Amarse slo por el amor! Eso puede ser en ese mundo del cual vengo;
donde la gente no se escandaliza; donde la virtud es ancha y no pincha,
y cada uno, por egosmo, porque respetan sus debilidades, procura no
censurar las ajenas. Pero aqu!... Aqu el amor es un camino recto que
forzosamente ha de conducir al matrimonio; y vamos a ver, sera usted
capaz de mentir asegurando que se casara conmigo?...

Miraba de frente al joven con sus grandes ojos verdes, luminosos y
burlones, con tal franqueza, que Rafael inclin la frente tartamudeando.

--No se casara usted, y hara muy bien. Como que resultara una
solemne barbaridad! Yo no soy de las mujeres que sirven para eso. Muchos
me lo han propuesto en mi vida, acreditndose con ello de imbciles. Ms
de una vez me han ofrecido sus coronas de duque o de marqus, creyendo
que con esto me aprisionaban, me podan conservar, cuando yo sintiendo
fastidio pretenda levantar el vuelo. Casada yo! Qu disparate!...

Rea como una loca con una risa que haca dao a Rafael. Era una
carcajada sardnica, de inmenso desprecio, que recordaba al joven la
risa de Mefistfeles en su infernal serenata a Margarita.

--Adems--continu Leonora serenndose,--usted no se da cuenta de lo que
soy aqu. Cree usted que ignoro lo que de m se dice en la ciudad?...
Me basta ver los ojos con que me contemplan las seoras las pocas veces
que voy all. Y tambin conozco lo que le ocurra a usted antes de ir a
Madrid. Aqu se sabe todo, Rafaelito; el chismorreo de esa pobre gente
es tan grande que llega hasta esta soledad. Conozco perfectamente el
odio que la madre de usted me tiene y hasta he odo algo de disgustos
domsticos, por si usted vena o no vena aqu. Si han de repetirse esas
cosas tan enojosas, le ruego que no vuelva; ser siempre su amiga; pero
no vindonos, ganaremos usted y yo.

Rafael se senta avergonzado al ver que Leonora conoca sus secretos. Se
crea en ridculo, y para salir del pas afirm con petulancia:

--No crea usted tales cosas; son chismes de enemigos. Yo soy mayor de
edad, y me figuro que sin miedo a mam puedo ir donde mejor me parezca.

--Sea as; siga viniendo, ya que tal es su gusto; pero no me negar
usted que existe contra m una hostilidad declarada. Y si yo llegase a
amarle, Dios mo! qu diran entonces de m? Creeran que haba venido
nicamente para seducir a don Rafael, y ya ve usted cun lejos estoy de
ello. Con esto perdera la tranquilidad que tanto me gusta. Si ahora
hablan contra m figrese lo que sera entonces!... No: yo deseo
permanecer quieta. Que me muerdan cuanto quieran pero que sea sin
motivo; por pura envidia. Ya ve usted el caso que hago.

Y mirando haca el punto donde estaba la ciudad oculta tras las filas de
naranjos, rea desdeosamente.

Volva otra vez aquella franqueza regocijada, de la que se haca ella la
primera vctima, y continu bajando el tono de voz con su acento
confidencial y carioso:

--Y luego, Rafaelito, usted no se ha fijado bien en m. Si soy casi una
vieja!... Ya lo s; no necesito su advertencia: tenemos la misma edad,
pero la diferencia de sexo y de vida aumentan considerablemente la ma.
Usted es hombre y casi comienza ahora a vivir. Yo voy desde los
diecisis aos rodando por el mundo, de escenario en escenario, y este
maldito carcter, este afn de no ocultar nada, de no mentir, ha
contribuido a hacerme peor de lo que soy. Yo tengo en el mundo muchos
enemigos que a estas horas se creern felices con mi inexplicable
desaparicin. En nuestra vida de artistas es imposible avanzar un paso
sin despertar el odio del camarada, la ms implacable de las pasiones. Y
sabe usted lo que han dicho de m esas buenas gentes? Pues que soy una
mujer galante ms bien que una artista; una especie de _cocotte_ que
canta y se exhibe en el escenario como en un escaparate.

--Eso es una infamia--dijo Rafael con arrogancia.--Quisiera que alguna
vez lo dijesen delante de m.

--Bah! No sea usted nio. Ser una infamia, pero no carece por completo
de fundamento. He sido algo de eso que dicen; pero a los hombres les
corresponde ms culpa que a m... He sido una loca sin freno en mis
caprichos, dejndome tentar unas veces por el esplendor de la riqueza,
otras por la hermosura o por el valor; huyendo tan pronto como me
convenca de que no haba de encontrar nada nuevo, sin importarme la
desesperacin de los hombres al ver su ensueo interrumpido. Y de toda
esta carrera loca, desesperando a unos, enloqueciendo a otros,
trastornando la vida en muchos puntos de Europa, he sacado una
consecuencia: o eso que los poetas llaman amor no existe y es una
invencin agradabilsima, o yo no he nacido para amar y soy inmune,
puesto que despus de una vida tan agitada, cuando recopilo el pasado,
reconozco que mi corazn no ha sentido de verdad... ni esto.

Y haca chasquear entre los dientes la ua sonrosada y aguda de su
pulgar.

--A usted se lo digo todo--continu.--Despus de su larga ausencia, en
la que alguna vez me he acordado de usted, siento el deseo de que me
conozca bien y para siempre. A ver si as vivimos tranquilos. Comprendo
que ansen confesarse esas buenas mujeres de los huertos, que van en
busca del cura caminando bajo el sol o la lluvia. Esta tarde necesito yo
decirlo todo. Tengo aqu dentro un diablillo que empuja y empuja para
echar afuera todo mi pasado.

--Pues hable usted. Si soy su confesor y merezco su confianza, algo voy
adelantando.

--Para qu quiere usted adelantar en mi corazn si est vaco? Cree
usted que hara una gran cosa conquistndome? Si no valgo nada! No ra
usted: no valgo nada. Aqu en esta soledad, puedo examinarme
detenidamente y lo reconozco: nada. El fsico?... s: confieso que no
soy fea, y aunque lo negase con ridcula modestia, ah est mi historia,
para probar que he gustado mucho. Pero ay, Rafaelito! eso es el
exterior, la fachada, y con unos cuantos inviernos que lluevan sobre
ella quedar despintada y llena de grietas. Pero interiormente crame
usted, soy una ruina. Con tantas fiestas y alborotos los tabiques se
caen, los pisos se bambolean. He corrido muy aprisa; me he quemado las
alas por arrojarme de cabeza en la llama de la vida. Sabe usted lo que
soy? Una de esas barcas viejas, cadas en la playa, que vistas de lejos
an conservan el color de sus primeros viajes, pero que slo piden el
olvido para ir envejeciendo y pudrindose sobre la arena. Y usted que
empieza ahora, se presenta pidiendo un puesto en la peligrosa carroa
que al volver al oleaje perecera llevndoselo a fondo?... Rafael, amigo
mo, no sea usted tonto. Yo soy buena para amiga; no puedo ser ya ms...
aun cuando le amase. Somos de diferente casta. Le he estudiado a usted y
veo que es sensato, honrado y tmido. Yo soy de la casta de los locos,
de los desequilibrados; me alist para siempre bajo las banderas de la
bohemia, y no puedo desertar. Cada uno por su camino. Usted encontrar
fcilmente una mujer que le haga feliz... Cuanto ms tonta, mejor...
Usted ha nacido para padre de familia.

Rafael crey que se burlaba de l como otras veces. Pero no: su acento
era sincero, su rostro no estaba contrado por la sonrisa irnica;
hablaba con ternura, como amonestando a un hijo que sigue torcidos
derroteros.

--Sea usted como es. Si el mundo se compusiera de gente como yo
resultara imposible la vida. Tambin tengo mis ratos en que quisiera
transfigurarme, ser ave de corral como toda la gente que me rodea.
Pensar en el dinero y en lo que comer maana, comprar tierras, discutir
con los labriegos, estudiar los abonos, tener hijos que me preocupen con
sus resfriados y los zapatos que rompen; no llevar mis aspiraciones
mundanales ms all de vender bien la cosecha. Hay momentos en que
quisiera ser gallina. Qu bien! Un cercado de caas por todo mundo, la
comida al alcance del pico, y pasar horas y ms horas al sol, inmvil
sobre una caa... Se re usted? Pues esta vida he comenzado a ensayarla
y me va muy bien. Voy todos los mircoles al mercado, compro pollos y
huevos, discuto por gusto con las vendedoras para acabar dndolas lo que
piden, convido en la chocolatera a las hortelanas de este contorno, y
vuelvo a casa escoltada por todas ellas, que se admiran al orme hablar
con Beppa en un lenguaje extrao. Si viera usted lo que me quieren!...
En sus ojos leo el asombro al reconocer que la _seoreta_ no es tan mala
como dicen las de la ciudad. Recuerda usted la pobre hortelana enferma
que vimos en la ermita aquella tarde? Pues viene por aqu con frecuencia
y siempre la doy algo. Tambin esa me quiere... Todo esto es muy
agradable, verdad? Paz; cario de los humildes; una anciana inocente,
mi pobre ta, que parece haberse rejuvenecido tenindome aqu. Sin
embargo, cualquier da esta corteza rstica, formada por el sol y el
aire de los huertos, se romper en mil pedazos y volver a aparecer la
de siempre, la walkiria. A caballo en seguida! A galopar otra vez por
el mundo, entre la tempestad de placeres, aclamada por el coro del deseo
brutal!... Presiento que esto va a ocurrir. Hasta la primavera he jurado
estar aqu y ya comienza a aletear sobre este suelo. Mire usted estos
rosales; mire esos naranjos... Ay! me da miedo la primavera; ha sido
siempre para m la estacin fatal.

Qued pensativa algunos minutos. Doa Pepa y la italiana se haban
metido en la casa. La buena vieja no poda pasar mucho tiempo lejos de
la cocina.

Leonora haba dejado caer su labor sobre el banco y miraba a lo alto,
marcndose la suave curva de su garganta en tensin. Pareca sumida en
un xtasis, como si pasase ante sus ojos la visin del pasado. De pronto
se incorpor con un estremecimiento.

--Creo que estoy enferma, Rafael. No s qu tengo hoy. Tal vez la
extraeza de verle; de seguir esta conversacin que evoca mi pasado
despus de tantos meses de calma... No hable usted; no diga nada, por
favor. Usted tiene la rara habilidad, sin saberlo, de hacerme hablar, de
recordarme lo que deseo tener olvidado... A ver, deme usted el brazo,
paseemos por el jardn: esto me sentar bien.

Se levant Leonora apoyndose en el brazo de Rafael, y comenzaron a
pasear por las ancha avenida que conduca a la plazoleta desde la verja
de entrada. Al alejarse de la casa, por entre las tupidas copas de los
naranjos, la artista sonri maliciosamente, moviendo una mano en actitud
de amenaza.

--Confo en que usted habr vuelto de su viaje ms serio y respetuoso.
Nada de juegos y atrevimientos, eh? Ya sabe usted que soy fuerte y cmo
las gasto.




II


Toda la noche la pas Rafael despierto y revolvindose en su cama.

Los partidarios le haban obsequiado con una serenata hasta ms de media
noche. Los ms notables se mostraban ofendidos por haber pasado toda la
tarde en el casino esperando en vano al diputado. Este, apareci all al
anochecer, y despus de estrechar de nuevo manos y contestar saludos
como por la maana, volvi a su casa sin atreverse a levantar la cabeza
ante su madre.

Tena miedo a aquellos ojos iracundos, en los que podra leer
seguramente el relato de cuanto haba hecho por la tarde; pero al mismo
tiempo abrigaba el propsito de desobedecer a su madre, oponiendo a su
energa una resistencia glacial.

Apenas termin la serenata, se meti en su cuarto, huyendo de toda
explicacin con doa Bernarda.

Hundido en la cama y apagada la luz, senta una intensa voluptuosidad
recordando todo lo ocurrido aquella tarde. El cansancio del viaje, la
mala noche pasada en el vagn, no le daban sueo, y con los ojos
abiertos en la obscuridad iba reconstituyendo lo que la artista le
haba contado a ltima hora paseando por el jardn. Era casi toda la
historia de su vida, confesada en desorden, como impulsada por el ansia
de descargar en alguien sus secretos, con lagunas y saltos que Rafael
rellenaba haciendo esfuerzos de imaginacin.

Los recuerdos de su viaje por Italia volvan a l vivos y latentes, como
refrescados por las revelaciones de Leonora.

Vea en la densa obscuridad la Galera Vctor Manuel, de Miln, con su
inmenso arco triunfal, boca gigantesca que parece querer tragarse la
catedral; el Duomo, que se alza a pocos pasos, coronado por un bosque de
estatuas y caladas agujas.

La doble galera cortndose en forma de cruz, con sus muros cubiertos de
columnas, perforados por cuatro filas de ventanas soportando la gran
techumbre de cristales. Los pisos bajos, casi sin pared exterior, todos
de cristal; escaparates de libreras y almacenes de msica, vidrieras de
cafs y cerveceras, tiendas de joyeros y sastres deslumbrantes de lujo.

A un extremo el Duomo; al otro el monumento a Leonardo de Vinci, y el
teatro famoso de la Scala: y en los cuatro brazos de la Galera, un
continuo movimiento de gente, un incesante ir y venir de grupos que se
confunden y se separan, de manos que se estrechan, de gritos que
expresan la sorpresa del reconocimiento; cudruple avalancha que afluye
al centro de la cruz, a la replaza donde el caf Biffi, conocido en
todos los teatros del mundo, extiende sus filas de veladores de mrmol.
Los pasos suenan en las galeras como en un claustro inmenso, los gritos
se confunden y la alta montera de cristales parece palpitar con el
zumbido de las hormigas humanas que abajo se agitan da y noche.

All est el mercado de los artistas; la lonja de la msica, el bandern
reclutador de voces. De all salen para la gloria o para el hospital
todos los que un da se tocaron la garganta, reconociendo que _tenan
algo_, y arrojaron la aguja, la herramienta o la pluma, corriendo a
Miln desde todos los extremos del mundo. All se renen para digerir
los macarrones de la _trattora_ esperando que el mundo les haga
justicia, sembrando de millones el camino de su vida, todos los reclutas
infelices del arte: los que empiezan, y para entrar en la gloria buscan
una contrata en cualquier teatrillo municipal del Milanesado y un suelto
en el semanario de la localidad, envindolo a su pas para que amigos y
parientes crean en sus grandes triunfos. Y mezclados con ellos,
abrumndoles con la importancia de su pasado, los veteranos del arte,
los que hicieron las delicias de una generacin casi desaparecida:
tenores con canas y dientes postizos; viejos fuertes y arrogantes que
tosen y ahuecan la voz para hacer ver que an conservan la sonoridad del
bartono; gente que pone en movimiento sus ahorros, con esa tacaera
italiana comparable nicamente a la codicia de los judos y presta
dinero o abre tienda despus de haber arrastrado sedas y terciopelos
sobre las tablas.

Las dos docenas de eminencias universales que cantan en los primeros
teatros del mundo, al pasar por la Galera despiertan el mismo rumor de
admiracin que los reyes cuando se dejan ver de sus sbditos. Los parias
del arte, siempre en espera de contrata, saludan con veneracin y hablan
del castillo del lago de Como comprado por el gran tenor, de las
deslumbrantes joyas de la eminente tiple, del modo gracioso con que se
coloca el sombrero el aplaudido bartono, y en sus palabras de
admiracin hay un sabor de amargura contra el destino, un
estremecimiento de envidia, la conviccin de ser tan dignos como ellos
de tales esplendores, la protesta contra la mala suerte a la que
atribuyen su desgracia.

La esperanza revolotea ante ellos, deslumbrndoles con el reflejo de sus
escamas de oro, mantenindoles en la miserable pasividad del hambriento
que espera y confa sin saber ciertamente por donde llegarn la gloria y
la riqueza. Y por entre estos grupos de juventud que se consume en la
impotencia, destinada tal vez a morir de pie en la Galera, pasa con
menudo y ligero paso el otro rebao de la quimera; las muchachas que con
el _spartito_ bajo el brazo van a casa de los maestros; inglesitas
rubias y flacuchas que quieren ser tiples ligeras; rusas regordetas y
peliblancas que saludan con ademn de soprano dramtica; espaolas de
atrevido mirar y valiente garbo que se preparan a ser sobre las tablas
la cigarrera de Bizet, pjaros frvolos y sonoros que tienen el nido a
muchos centenares de leguas y levantaron el vuelo deslumbrados por los
espejuelos de la gloria.

Al terminar la temporada de Carnaval, aparecen en la Galera los
artistas que han pasado el invierno en los principales teatros del
mundo. Llegan de Londres, de San Petersburgo, de Nueva York o de
Melbourne en busca de nuevas contratas; han corrido el globo con la
indiferencia del que tiene todo el mundo por casa; han pasado una semana
en el tren o meses en el vapor, para volver a su rincn de la Galera,
sin que el viaje les haya reformado, reanudando sus enredos,
maledicencias y envidias, como si hubiesen salido de all el da
anterior. Se agrupan ante los grandes escaparates con aire desdeoso,
como prncipes que van de incgnito y no saben ocultar su elevado
origen; hablan de las estruendosas ovaciones, tributadas por pblicos
exticos; exhiben con satisfaccin infantil, brillantes en los dedos y
la corbata, insinan con estudiada reserva los arrebatos de las grandes
damas, que locas de amor queran seguirles a Miln; exageran las
cantidades ganadas en su viaje y fruncen el ceo con altivez cuando
algn camarada desgraciado les pide un refresco en el inmediato caf
Biffi.

Y cuando llegan las nuevas contratas, los mercenarios ruiseores
levantan otra vez el vuelo, indiferentes, sin importarles dnde van; y
de nuevo los trenes y los _steamers_ los distribuyen por toda la tierra
con sus ridiculeces y manas para recogerles meses despus y devolverles
a la Galera, su legtima casa, el escenario fijo en el cual han de
arrastrar su vejez.

Mientras tanto, los parias, los que nunca llegan, los bohemios de Miln,
al quedar solos, se consuelan hablando mal de los compaeros famosos;
mienten contratas que nadie les ha ofrecido, fingen una altivez
irreductible con empresarios y compositores, para justificar su
inaccin; y con el filtro garibaldino en el cogote, enfundados en el
ruso que casi barre el suelo, ruedan las mesas de Biffi desafiando la
fra ventolera que sopla en el crucero de la Galera, hablan y hablan
para distraer el hambre que les muerde las entraas, y despreciando el
trabajo vulgar de los que se ganan el pan con las manos, siguen
impvidos en su miseria, satisfechos de su calidad de artistas, haciendo
cara a la desgracia con una candidez y una fuerza de voluntad que
conmueven, iluminados por la Esperanza, que les acompaa hasta el ltimo
instante para cerrarles los ojos.

Rafael recordaba este mundo extrao, visto ligeramente en los pocos das
que permaneci en Miln. Su acompaante, el cannigo, haba encontrado
all un antiguo nio de coro de la catedral de Valencia, sin otra
ocupacin ahora que estar da y noche plantado en la Galera. Con l
haba conocido Brull la vida de aquellos jornaleros del arte, siempre de
pie en el mercado, esperando el amo que no llega.

Se imaginaba la adolescencia de Leonora en aquella gran ciudad, formando
parte del innumerable rebao de muchachas que trota graciosamente por
las aceras con la partitura bajo el brazo o anima los estrechos
callejones con sus trinos y gorgoritos al travs de las ventanas.

La vea pasando por la Galera al lado del doctor Moreno: ella rubia,
flacucha, angulosa, con el desequilibrio de un exagerado crecimiento,
mirando asombrada con sus ojazos verdes aquella ciudad fra y
tumultuosa tan distinta de los clidos huertos de su niez; el padre,
barbudo, cejijunto, enrgico, irritado todava por el fracaso de sus
adoradas creencias; un espantable ogro para los que no conocieran su
sencillez casi infantil. Los dos marchaban como desterrados que haban
encontrado un refugio en el arte; se agitaban en el vaco de aquella
vida, entre maestros avaros que queran prolongar indefinidamente la
enseanza y artistas incapaces de hablar bien hasta de s mismos.

Vivan en un cuarto piso de la va Pasarella, estrecha, sombra y de
altas paredes, como las calles de la vieja Alcira; un callejn habitado
por editores de msica, agencias teatrales y artistas retirados. El
portero era un antiguo cabo de coros; el principal estaba ocupado por
una agencia donde de sol a sol no se haca otra cosa que poner voces a
prueba; los dems pisos los habitaban cantantes que al saltar de la cama
comenzaban a hacer ejercicios de garganta conmoviendo la casa del tejado
a la cueva como si fuese una caja de msica. El doctor y su hija
ocupaban dos habitaciones en casa de una antigua bailarina que haba
conseguido grandes triunfos amorosos en las principales cortes de
Europa, y era ahora un esqueleto apergaminado, andando casi a tientas
por los pasillos, entablando con las criadas disputas de avara matizadas
con juramentos de carretero, sin otros vestigios de su pasado que los
trajes de crujiente seda y los brillantes, esmeraldas y perlas que iban
reemplazndose en sus orejas acartonadas.

Quera a Leonora con el cario del invlido por el recluta que entra en
filas. Todos los das el doctor Moreno iba a un caf de la Galera,
donde encontraba una tertulia de viejos msicos que haban peleado a las
rdenes de Garibaldi, y jvenes que escriban libretos para la escena y
artculos en los peridicos republicanos y socialistas. Aquel era su
mundo: lo nico que le haca simptica su permanencia en Miln. Despus
de su aislamiento all abajo en su patria, le pareca un paraso aquel
rincn del caf lleno de humo, donde en trabajoso italiano, matizado de
espaolas interjecciones, poda hablar de Beethoven y del hroe de
Marsala, y permaneca horas enteras en delicioso xtasis, viendo a
travs de la densa atmsfera la camisa roja y las melenas rubias y
canosas del gran _Giuseppe_ mientras sus compaeros le relataban las
hazaas del ms novelesco de los caudillos.

Cuando l estaba en el caf, Leonora permaneca al cuidado de la
patrona, y la nia tmida, encogida y como asombrada, pasaba las horas
en el saln de la antigua bailarina, rodeada de las amigas de sta,
ruinas del pasado, adoraciones ardientes de grandes seores que haca
muchos aos pudran la tierra; brujas requemadas por el amor, que
miraban a cada instante sus vistosas joyas, como temiendo ser robadas, y
fumando cigarrillos contemplaban a _la pequea_, discutiendo su
hermosura, profetizndola que ira muy lejos si saba vivir.

--Tuve excelentes maestras--deca Leonora al recordar aquel perodo de
su juventud.--Eran buenas en el fondo, pero con ellas nada quedaba por
aprender. No recuerdo cundo abr los ojos. Creo que no he sido nunca
inocente.

Algunas noches la llevaba el doctor a su tertulia del caf o a la
galera alta de la Scala si algn msico le regalaba billetes. As fue
conociendo a los amigos de su padre; aquella bohemia en la que la msica
iba unida siempre a un ideal de revolucin europea; mezcla confusa de
artistas y conspiradores; viejos profesores calvos, miopes, con la
espalda encorvada por toda una vida de inclinacin ante el atril;
jvenes morenos de ojos de brasa con erizadas melenas y corbata roja,
que hablaban de destruir la sociedad, hacindola responsable de que su
pera no fuese admitida en la Scala o de que ningn gran maestro
quisiera echar una mirada a sus dramas lricos. Uno de ellos llam la
atencin de Leonora. Le contemplaba horas enteras hundida en el divn
del caf, casi oculta por los brazos, siempre en movimiento, de su
padre. Era un joven extremadamente delgado y rubio. Su estrecha perilla
y las finas melenas cubiertas por el desmesurado fieltro, recordaban a
Leonora el Carlos I de Inglaterra, pintado por Van Dik, y visto por ella
en las ilustraciones. En la reunin le llamaban el poeta, y segn
murmuraban, una gran artista retirada y vieja se encargaba de su
manutencin y entretenimiento, hasta que sus versos le hiciesen clebre.

--Aquel fue mi primer amor--deca riendo Leonora, al recordar el pasado.

Amor de nia, pasin de colegiala que nadie adivin, pues aunque la hija
del doctor pasaba las horas con sus ojos verdes y dorados puestos en el
poeta, ste nunca se dio cuenta de la muda adoracin, como si la
protectora y vieja diva le abrumase hasta el punto de hacerle insensible
para las dems mujeres.

Cmo recordaba Leonora aquella poca de estrechez y ensueos!... Poco a
poco iban devorando la pequea fortuna que al doctor le restaba all
abajo. Haba que vivir y pagar a los maestros. Doa Pepa, apremiada por
las cartas de su hermano, venda campo tras campo; pero aun as en
muchas ocasiones se retrasaba el envo de dinero, y en vez de comer en
la _trattora_, cerca de la Scala, entre alumnas de baile y artistas de
reciente contrata, se quedaban en casa, y Leonora, olvidando sus
partituras, cocinaba valerosamente, aprendiendo las misteriosas recetas
de la vieja bailarina. Pasaban semanas enteras condenados a los
macarrones y el arroz cargado de manteca que repugnaba al buen doctor:
muchas veces haba de fingirse ste enfermo para evitarse la visita al
caf; pero estas rachas de estrechez y miseria las aguantaban padre e
hija en silencio, sosteniendo ante los amigos su condicin de gentes que
tenan en su pas de qu vivir.

Leonora se transformaba rpidamente. Haba ya pasado el perodo del
crecimiento, esa iniciacin de la adolescencia, en la cual las facciones
se remueven antes de adquirir su definitiva forma y los miembros se
prolongan y adelgazan. Ya no era la muchacha zanquilarga, con
movimientos de pilluela que parecan querer arrojar lejos las faldas.
Sus ojos adquiran el brillo misterioso de la pubertad; los trajes
parecan estrecharse con el impulso de las formas cada vez ms llenas y
redondeadas y las faldas bajaban hasta los pies, cubriendo algo distinto
de aquellas tibias infantiles, secas y nerviosas, vistas tantas veces
por la gente de la Galera.

El _signor_ Boldini, su maestro de canto, estaba admirado de la
hermosura de su discpula. Era un antiguo tenor que haba tenido su hora
de xito all por los tiempos del Statuto, cuando Vctor Manuel era
todava rey del Piamonte y los austracos gobernaban Miln. Convencido
de que no podra alzar ms el vuelo, se haba tendido en el surco,
dejando pasar a los que venan detrs, y se dedic a explotar su
experiencia escnica como maestro de numerosas muchachas a las que
manoseaba bondadoso y paternal. Su blanca barbilla de chivo viejo
estremecase de entusiasmo al acariciar aquellas gargantas vrgenes que,
segn l, le pertenecan. Todo por el arte! Y esta divisa de su vida
le haca simptico al doctor Moreno.

--Ese Boldini quiere a mi Leonora como a una hija--deca el mdico cada
vez que el maestro elogiaba la belleza y el talento de su discpula,
profetizndola triunfos inmensos.

Y Leonora segua sus lecciones acariciada por las manos ardorosas y
hmedas del viejo cantante, permaneciendo horas enteras a solas con l,
gracias a la inmensa confianza del doctor, hasta que una tarde, en mitad
de una romanza, el tembloroso stiro que todo lo haca por el arte, cay
sobre ella. Fue una escena odiosa: el maestro, haciendo valer su derecho
feudal, cobrndose a viva fuerza las primicias de la iniciacin en el
mundo del teatro. Y entre lgrimas y desesperados gritos, que nadie
poda or, la muchacha conoci las torturas del amor, sin placer alguno,
con una profunda impresin de asco, parecindole el ms horrible de los
tormentos aquel acto misterioso vagamente adivinado en sus curiosidades
de joven educada en un ambiente libre de escrpulos.

Call por miedo a su padre, temiendo su explosin de clera al ver
engaada la ciega confianza que tena en el maestro. Se sumi en una
pasividad de bestia resignada y sigui acudiendo todos los das a casa
de Boldini, sufriendo aquellas lecciones que se interrumpan con
acometidas de valetudinario ardoroso o pegajosos halagos de refinada
corrupcin.

La pobre Leonora entr en el vicio por la puerta grande. De un golpe se
sumergi en todas las vilezas aprendidas por aquel vejestorio en su
larga carrera por _camerinos_ y bastidores. Boldini hubiera querido
conservar eternamente a su discpula; nunca la encontraba
suficientemente preparada para hacer su _debut_. Pero de all abajo,
apenas si vena dinero. La pobre doa Pepa, vendido ya todo lo de su
hermano y gran parte de lo suyo, slo a costa de penosos ahorros poda
enviarle cantidades insignificantes. El doctor, valindose de sus
amistades con directores errantes y empresarios de aventura, _lanz_ a
su hija, y Leonora comenz a cantar en los teatrillos municipales de los
pueblos del Milanesado, en las representaciones por dos o tres noches
organizadas con motivo de las ferias. Eran compaas formadas en la
Galera, al azar, la vspera misma de la funcin; tropas como las
antiguas de la legua que partan casi a la ventura, en vagn de tercera,
con la terrible perspectiva de volver a pie, si no vigilaban al
empresario, pronto siempre a escapar con los fondos.

Leonora comenz a or aplausos, a repetir romanzas ante un pblico
endomingado, de propietarios rurales y seoras cargadas de sortijas y
cadenas falsas, y sonri por primera vez como mujer, al recibir ramos y
sonetos de los tenientes de las pequeas guarniciones. En todas sus
correras la segua el tirano, el maestro, que enloquecido por una
pasin que tal vez era la ltima, abandonaba sus lecciones para salir a
su encuentro. Todo por el arte! Quera gozarse en la contemplacin de
su obra, presenciar los triunfos de su discpula. Y apenas el padre,
agradecido por tanto afecto, se separaba un poco, caa sobre ella
imponindola su esclavitud.

Por fin sali de aquella bohemia artstica, cantando en Padua todo un
invierno. All conoci al tenor Salvatti, un gran seor que trataba
desdeosamente a los compaeros y era tolerado por el pblico en
consideracin a su pasado.

Por su figura arrogante haba triunfado muchos aos sobre la escena. En
torno de su cabeza retocada por la tintura y el colorete, pareca flotar
con un nimbo aquella leyenda de triunfos galantes que evocaba su nombre.
Las grandes damas disputndosele con sorda guerra; una reina
escandalizando a sus sbditos con su ciega pasin por l; dos divas
eminentes vendiendo sus diamantes por conservarle fiel en fuerza de
regalos. La envidia de los compaeros exageraba prodigiosamente esta
leyenda, y Salvatti, cansado, pobre, conservando de su pasado una
belleza fatigada y ademanes de gran seor, viva de los pblicos de
provincia que le aplaudan bondadosamente, con la misma satisfaccin de
amor propio que si socorrieran a un prncipe destronado.

Leonora, al cantar frente a aquel hombre famoso, al agarrar en pleno do
aquellas manos que haban besado las reinas del arte, sentase
profundamente turbada. Era el mundo soado en su cuartito de Miln, las
grandezas aristocrticas que llegaban hasta ella en el ambiente
fuertemente perfumado que envolva a Salvatti. Este no tard en
comprender la impresin que causaba en aquella joven que prometa ser
una belleza y con su frialdad de amante egosta se propuso sacar partido
de la _pequea_. Fue el amor lo que empuj a Leonora hacia los brazos
de Salvatti? La artista, cuando examinaba su pasado, protestaba
enrgicamente. No era amor; Salvatti era incapaz de inspirar una pasin
verdadera. Su egosmo, su corrupcin moral se revelaban en seguida. Era
un entretenido, capaz nicamente de explotar a las mujeres. Pero fue una
alucinacin que la ceg, que la hizo sentir en los primeros das la
dulce turbacin, el voluptuoso abandono de un amor verdadero. Fue la
esclava del arruinado tenor, voluntariamente, como lo haba sido por
miedo del maestro. Y tanto lleg a dominarla el imperioso amante, tal
embriaguez produjo en su naturaleza sensual aquel primer amor, que
obedeciendo a Salvatti, se fug con l al terminar la temporada,
abandonando a su padre.

Este era el hecho ms terrible de su vida. Ella, tan valerosa con el
pasado, que no se arrepenta de nada, parpadeaba conteniendo las
lgrimas al recordar tal locura.

Era mentira lo que contaba la gente sobre el fin de su padre. El pobre
doctor Moreno no se haba suicidado. Tena demasiada altivez para
revelar, dndose la muerte, el inmenso dolor que le haba causado
aquella ingratitud.

--No me hable usted de ella--dijo con fiereza a su patrona de Miln
cuando intent hablarle de Leonora.--Yo no tengo hija: fue una
equivocacin.

Ocultndose de Salvatti, que al verse en decadencia era terriblemente
avaro, Leonora envi a su padre algunos centenares de francos desde
Londres y desde Npoles. El doctor devolvi los cheques a su procedencia
sin aadir una palabra, a pesar de hallarse en la miseria. Entonces
Leonora envi todos los meses algn dinero a la vieja bailarina,
encargndola que no abandonase a su padre.

Bien necesitaba el pobre de cuidados. La patrona y sus viejas amigas
lamentaban el estado del _povero signor espagnuolo_. Pasaba los das
como un manitico, encerrado en su cuarto, el violoncello entre las
rodillas, leyendo a Beethoven, su nico pariente--segn l deca,--el
que jams le haba engaado. Cuando la vieja Isabella, cansada de orle,
le empujaba a la calle con pretexto de velar por su salud, vagaba como
un espectro por la Galera, saludado de lejos por los antiguos amigos
que huan del contagio de su negra tristeza, y teman las explosiones de
furor con que acoga las noticias de su hija.

Qu modo de hacer carrera! Las viejas carroas reunidas en el saloncito
de la bailarina, comentaban con admiracin los adelantos de la pequea y
hasta se indignaban un poco contra el padre, por no aceptar las cosas
tales como eran. Aquel Salvatti era el apoyo que necesitaba; un piloto,
experto conocedor del mundo, que la diriga sin tropezar en escollos ni
perder bordada.

Haba organizado sabiamente una _reclame_ universal en torno de su joven
compaera. La belleza de Leonora y su entusiasmo artstico conquistaban
los pblicos. Tena contratas en los primeros teatros de Europa, y
aunque la crtica encontrara defectos, el respeto a la hermosura se
encargaba de olvidarlos, exaltando a la joven artista. Salvatti,
amparado de aquel prestigio que cuidaba religiosamente, se sostena como
artista. Despedase de la vida a la sombra de aquella mujer, la ltima
que haba credo en l y que toleraba su explotacin.

Aplaudida por pblicos famosos, cortejada en su _camerino_ por grandes
seores, Leonora comenzaba a encontrar intolerable la tirana de
Salvatti. Lo vea tal como era; avaro, petulante, habituado a que le
prestasen adoracin; arrebatndole (para ocultarlo Dios sabe dnde)
cuanto dinero llegaba a sus manos. Deseosa de vengarse y seducida al
mismo tiempo por el esplendor de aquel mundo elegante con el que se
rozaba sin penetrar en l, tuvo aventuras y enga muchas veces a
Salvatti, experimentando con ello un diablico placer. Pero no; despus
de transcurridos los aos, al examinar el pasado con la frialdad de la
experiencia, comprenda los hechos. La engaada era ella. Recordaba la
facilidad con que se alejaba Salvatti, en el momento oportuno; la rara
casualidad con que se combinaban los sucesos para facilitar sus
infidelidades; comprenda que aquel hombre era un rufin que
cautelosamente preparaba sus aventuras con hombres poderosos presentados
por l mismo, para sacar provechos que quedaban en el misterio. Despus
se mostraba cruel y susceptible durante muchos das; era su amor propio
de antiguo buen mozo perseguido por las mujeres, que se senta
lastimado: la rabia de traicionarse a s mismo para ahorrar una pequea
fortuna; y buscaba cualquier pretexto para armar querella a su amante,
promoviendo escenas borrascosas en las que la abofeteaba, jurando como
en su juventud cuando descargaba las barcazas del Tber.

A los tres aos de esta vida, estando Leonora en todo el esplendor de su
belleza, fue en Niza la mujer de moda una primavera completa. Los
peridicos de Pars, en sus crnicas del gran mundo, hablaron de la
pasin de un anciano rey, un monarca democrtico que abandonando su
estado parta en _villegiatura_ para la Costa Azul, como un fabricante
de Londres o un bolsista de Pars. Leonora sentase intimidada por aquel
seor alto, robusto, de barba patriarcal--el tipo de los reyes
bondadosos de las leyendas,--que orgulloso de mostrar cierto verdor a
sus aos, no tema presentarse en pblico con la hermosa artista.

Aquello pas, dejando como rastro en Leonora una marca de distincin,
algo de ese vago ambiente que tienen los objetos hermosos cuando se sabe
que han sido usados por personajes histricos. Todo el rebao masculino
que con la flor en el ojal y el monculo hundido en la ceja bailaba y
aventuraba luises en la ruleta, desde Niza a Monte Carlo, la miraba con
avidez y respeto, como un caballo de raza que acabase de ganar el Gran
Premio en las carreras.

--Ah! La Brunna!--decan con entusiasmo.

--La querida del rey Ernesto... una gran artista.

E intentaban abrirse paso hasta ella, entre el tropel de adoradores que
continuamente la asediaban bajo la mirada inteligente y voraz de
Salvatti.

Por entonces muri su padre en un hospital de Miln. Un final
tristsimo, segn le explicaba en sus cartas la antigua bailarina. De
qu haba muerto?... Isabella no saba explicarlo. Cada mdico haba
dicho una cosa; pero la bailarina resuma claramente su pensamiento: el
_povero signor espagnuolo_ haba muerto porque estaba cansado de vivir.
Un desplome general de aquel cuerpo fuerte y poderoso, en el que
influan con mpetu irresistible los afectos morales. Estaba casi ciego
al entrar en el hospital; pareca idiota, sumido en inquebrantable
silencio; Isabella no poda conservarle en su casa, por su estado de
inconsciencia. Pero lo raro fue que al aproximarse la muerte, reapareci
de un golpe en su memoria todo el pasado, y los enfermeros le oyeron
gemir noches enteras, murmurando en espaol, con una tenacidad de
manitico:--Leonora! pequea ma!, dnde ests?...

Llor la artista oculta en su hotel ms de una semana, con gran enfado
de Salvatti, que no gustaba de la desesperacin dolorosa porque agostaba
la hermosura.

Sola!... Con su locura haba causado la muerte de su padre; ya slo le
quedaba en el mundo aquella buena ta que vegetaba lejos como una planta
sin ms vida que la devocin. Mir a Salvatti con odio. El la haba
inducido a abandonar a su padre, turbndola con una embriaguez
voluptuosa. Sinti el deseo de vengarse, de recobrar su libertad, y
abandonando a Salvatti, huy con el conde Selivestroff, un ruso de
varonil belleza, rico y capitn de la Guardia Imperial.

Su suerte estaba echada; pasara de brazo en brazo. Su vida era el canto
y dejarse adorar por los hombres. Sera en su lecho como en la escena:
de todos y de ninguno.

Aquel Apolo rubio, de msculos duros y blancos como el mrmol, de ojos
grises, bondadosos y acariciadores, la amaba de veras.

Leonora, recorriendo el pasado, confesaba que Selivestroff haba sido su
mejor amante. Se enroscaba a sus pies sumiso y adorador, como Hrcules
ante Ariadna, acaricindola las rodillas con su hermosa barba de oro. Se
acercaba todos los das con timidez, cual si la viese por vez primera y
temiese ser rechazado; la besaba con adoracin y recogimiento como una
joya frgil que pudiera romperse bajo sus caricias.

Pobre Selivestroff! Era el nico amante cuyo recuerdo conmova a
Leonora. Haban vivido un ao en su castillo, en plena campia rusa con
la fastuosidad del boyardo, paseando su amor fresco, insaciable y sin
cesar renovado, por entre los embrutecidos mujiks que contemplaban a
aquella mujer hermosa, envuelta en pieles blancas y azules, con la misma
devocin que si fuese una virgen despegada del fondo dorado del _icona_.

Pero Leonora no poda vivir lejos de la escena; las grandes damas huan
de ella en el campo, y Leonora quera que la aplaudiesen y festejasen.
Decidi a Selivestroff a trasladarse a San Petersburgo y cant en la
pera todo un invierno, como una gran seora, convertida en artista por
entusiasmo.

Volvi a ser la mujer de moda. La juventud rusa, todos aquellos
aristcratas que tenan grados en la Guardia Imperial o altos puestos en
la administracin, hablaban con entusiasmo de la hermosa espaola y
envidiaban a Selivestroff. El conde recordaba con melancola la soledad
de su castillo, guardadora de tantos recuerdos amorosos. En el bullicio
de la capital volvase hurao, receloso y triste por la necesidad de
defender su amor. Adivinaba el asedio oculto de los innumerables
adoradores de Leonora.

Una maana salt la artista de su lecho para ver al conde tendido en un
divn, plido, con la camisa ensangrentada, rodeado de varios seores
vestidos de negro, que acababan de bajarle de un carruaje. Un duelo al
amanecer y una bala en el pecho. La noche anterior, a la salida del
teatro, el conde haba subido un momento a su crculo. Algunas palabras
cogidas al vuelo sobre Leonora y l; rompimiento con un amigo; bofetadas
y el encuentro concertado a toda prisa, esperando la primera luz del da
para cruzar las balas.

Selivestroff muri sonriendo entre los brazos de su amante, buscando por
ltima vez con su boca sanguinolenta aquellas manos de ncar delicadas y
fuertes. Leonora llor como una viuda, le fue odiosa la tierra donde
haba sido feliz con el primer hombre amado, y abandonando gran parte de
las riquezas que le haba cedido el conde, se lanz en el mundo,
corriendo los principales teatros, en su fiebre de aventuras y viajes.

Tena entonces veintitrs aos y se consideraba vieja. Cmo haba
cambiado!... Amores? Al recordar aquel perodo de su historia, Leonora
senta un estremecimiento de pudor, un remordimiento de vergenza. Era
una loca que paseaba la tierra como una bandera de escndalo, prodigando
su hermosura, ebria de poder, haciendo el regio regalo de su cuerpo a
cuantos la interesaban un instante.

Daba el cuerpo, como sobre las tablas daba la voz, con el desprecio de
quien est seguro de su fuerza indestructible. Era en su lecho como en
la escena; de todos y de ninguno, y al quedarse a solas con sus
pensamientos, comprenda que algo se ocultaba en ella, todava virgen:
algo que se replegaba con vergenza al sentir los estremecimientos y
apetitos monstruosos de la envoltura, y tal vez estaba destinado a morir
sin nacer, como esas flores que se secan dentro del capullo. No poda
recordar los nombres de los que la haban amado en aquella poca de
locura. Eran tantos los arrastrados por su ruidoso revuelo al travs
del mundo! Volvi a Rusia y fue expulsada por el Czar en vista de sus
escndalos pblicos con un Gran Duque, quien loco de rabia amorosa,
quera casarse con ella, comprometiendo el prestigio de la familia
imperial. En Roma se desnud ante un joven escultor de escaso renombre,
al que haba hecho el regalo de una noche, apiadada de su muda
admiracin. Le dio su cuerpo para modelo de una Venus y ella mismo lo
hizo pblico, buscando que el escndalo mundano diese celebridad a la
obra y a su autor. Encontr a Salvatti en Gnova, retirado de la escena,
dedicado a comerciar con sus ahorros. Le recibi con amable sonrisa,
almorz con l, tratndole como a un camarada, y a los postres, cuando
le vio ebrio, enarbol un ltigo y veng su antigua servidumbre, los
golpes recibidos en la poca de timidez y encogimiento, con una
ferocidad encarnizada que manch de sangre su habitacin y atrajo la
polica al hotel. Un escndalo ms y su nombre en los tribunales,
mientras ella, fugitiva y orgullosa de su hazaa, cantaba en los Estados
Unidos, aclamada locamente por el pblico americano que admiraba a la
amazona ms an que a la artista.

All conoci a Hans Keller, el famoso director de orquesta, el discpulo
de Wagner. El maestro alemn fue su segundo amor. Con el cabello duro y
rojizo, sus gruesas gafas y el enorme mostacho cayendo a ambos lados de
la boca y encuadrando la mandbula, no era ciertamente hermoso como
Selivestroff, pero tena la magia irresistible del arte. Despus de
oprimir entre sus brazos los msculos del Apolo ruso, blancos y fuertes,
necesitaba quemarse en la llama inmortal que tiembla sobre la frente del
Arte, y ador al msico famoso. Ella, tan solicitada, descendi por
primera vez de su altura para buscar al hombre, y con sus insinuaciones
amorosas turb la plcida calma de aquel artista, embebido en el culto
del sublime maestro.

Hans Keller, al ver la sonrisa que caa como un rayo de sol sobre sus
partituras, las cerr, dejndose arrastrar por el amor.

La vida de Leonora con el maestro fue un rompimiento absoluto con el
pasado. Quera amar y ser amada, que su vida se deslizase en el misterio
y se avergonzaba de sus aventuras. Turbaba con su pasin al msico y se
senta a su vez conmovida y transfigurada por el ambiente de fervor
artstico que rodeaba al ilustre discpulo de Wagner.

Las revelaciones de l, del Maestro, como deca con uncin Hans Keller,
fulguraban ante los ojos de la cantante, como el relmpago que
transform a Pablo en el camino de Damasco. Ahora vea claro. La msica
no era un medio para deleitar a las muchedumbres, luciendo la hermosura
y llevando por todo el mundo una vida de _cocotte_ clebre; era una
religin, la misteriosa fuerza que relaciona el infinito interior con la
inmensidad que nos rodea. Senta la misma uncin que la pecadora que
despierta arrepentida y en su fervor religioso no duda en hundirse en el
claustro. Era Magdalena, tocada en medio de una vida de frivolidades
galantes y de locos escndalos por la sublimidad mstica del arte y se
arrojaba a los pies de El, del Maestro soberano, como el ms victorioso
de los hombres, seor del sublime misterio que turba las almas.

La imagen del gran muerto pareca presenciar todos los arrebatos de
aquel amor, mezcla de pasin carnal y misticismo artstico: sus ojos
azules, sumidos en la inmensidad, atravesaban los muros de la casita de
los alrededores de Munich, donde se arrullaban pensando en l, el
discpulo y la entusiasta devota.

--Hblame de El--deca Leonora frotando su cabeza en el duro pecho del
msico alemn, con el dulce abandono de la pasin saciada.--Cunto
dara por haberle conocido como t!... Todava le vi en Venecia: eran
sus ltimos das... estaba moribundo.

Y evocaba aquel encuentro, uno de sus recuerdos ms firmes y bien
delineados. La cada de la tarde animando con reflejos de palo las
aguas obscuras del Gran Canal, una gndola pasando junto a la suya en
direccin contraria, y en ella unos ojos azules, imperiosos, brillantes,
unos ojos de esos que no pueden confundirse, que son ventanas tras cuyos
vidrios fulgura el fuego divino del escogido, del semidis y que
parecieron envolverla en un relmpago de luz cerlea. Era l, se senta
enfermo, iba a morir. Su corazn estaba herido, traspasado tal vez por
misteriosas melodas, cmo esos corazones de virgen que sangran en los
altares erizados de espadas.

Leonora le vio ms pequeo de lo que realmente era; encogido y
quebrantado por el dolor, inclinando su enorme cabeza de genio sobre el
pecho de su esposa Csima. Le vea an como si le tuviera delante. Se
haba quitado el negro fieltro para sentir mejor el fresco de la tarde,
que agitaba sus lacios cabellos grises. De una mirada abarc Leonora su
frente espaciosa y abombada, que pareca pesar sobre todo su cuerpo como
un cofre de marfil cargado de misteriosas riquezas; los ojos glaucos e
imperiosos brillando con la frialdad azul del acero bajo el pabelln de
las pobladas cejas, y la nariz arrogante, fuerte como el pico de un ave
de combate, buscando por encima de la hundida boca la mandbula sensual
y robusta encuadrada por una barba gris que corra por el cuello
arrugado y de tirantes tendones. Fue una rpida aparicin, pero le vio,
y su figura dolorida y pequea, encorvada por la vejez y la enfermedad,
qued en su memoria como esos paisajes entrevistos a la luz de un
relmpago. Le vio cuando llegaba a Venecia para morir en el silencio de
los canales, en aquella calma nicamente turbada por el golpe del remo,
donde muchos aos antes haba credo perecer mientras escriba su
_Tristn_, el himno a la muerte, pura y libertadora. Le vio casi tendido
en la negra barca, y el choque del agua contra el mrmol de los palacios
reson en su imaginacin como las trompas plaideras y espeluznantes del
entierro de Sigfrido, y le pareci contemplar al hroe de la Poesa
marchando al Walhalla de la inmortalidad y la gloria, sobre un escudo de
bano, inerte como el joven hroe de la leyenda germnica: seguido por
el lamento de la humanidad, pobre prisionera de la vida que busca
ansiosa un agujero, un resquicio por donde penetre el rayo de belleza
que alegra y conforta.

Y la cantante, enternecida por el recuerdo, contemplaba con ojos
lacrimosos la ancha boina de terciopelo negro, un mechn de cabellos
grises, dos plumas de acero gastadas y corrodas, todos los recuerdos
del maestro, guardados piadosamente en una vitrina por Hans Keller.

--T que le conociste, dime cmo viva. Cuntamelo todo: hblame del
poeta... del hroe.

Y el msico, no menos conmovido, evocaba sus recuerdos sobre Wagner. Lo
describa tal como le haba visto en su poca de salud, pequeo,
estrechamente envuelto en su palet; de fuerte y pesada osamenta a pesar
de su delgadez; inquieto como una mujer nerviosa, vibrante como un
paquete de resortes y con una sonrisa amarga, contrayendo sus labios
sutiles y sin color. Despus venan sus _genialidades_, sus caprichos
que haban constituido una leyenda. Su traje de trabajo, de satn de oro
con botones que eran flores de perlas; su apasionado amor por los
suntuosos colores, las telas que se extendan como olas de luz en su
gabinete de trabajo, los terciopelos y las sedas con reflejos de
incendio desparramados sobre los muebles y las mesas sin ninguna
utilidad, sin otro fin que su belleza, para animarle los ojos con el
acicate de sus matices. Y las ropas del maestro, todas las brillantes
estofas de esplendor oriental, impregnadas de esencia de rosa; frascos
enteros derramados al azar, saturado el ambiente de un perfume de jardn
fabuloso, capaz de marear al ms fuerte y que excitaba al monstruo en
su lucha con lo desconocido.

Y Hans Keller describa despus al hombre, siempre inquieto, estremecido
por misteriosas rfagas, incapaz de sentarse como no fuese ante el piano
o la mesa de comer; recibiendo de pie a los visitantes, yendo y viniendo
por su saln, con las manos agitadas por nerviosa incertidumbre,
cambiando de sitio los sillones, desordenando las sillas, buscando una
tabaquera o unos lentes que no encontraba nunca; removiendo sus
bolsillos y martirizando su boina de terciopelo, tan pronto cada sobre
un ojo como empujada hacia el extremo opuesto y que acababa por arrojar
a lo alto con gritos de alegra o estrujaba entre sus dedos crispados
por el ardor de una discusin.

El msico cerraba los ojos, creyendo escuchar an en el silencio la voz
cascada e imperiosa del maestro. Oh! dnde estaba? Desde qu estrella
segua atentamente esa inmensa meloda de los astros, cuyos ecos slo
poda percibir su odo? Y Hans Keller, para ahogar su emocin, se
sentaba al piano mientras Leonora, sugestionada, se aproximaba a l,
rgida como una estatua, y con las manos perdidas en la spera cabellera
del msico, cantaba un fragmento de la inmortal Tetraloga.

La adoracin al gran muerto la converta en una mujer nueva. Adoraba a
Keller como un reflejo perdido de aquel astro apagado para siempre;
senta la necesidad de humillarse, la dulzura del sacrificio como el
devoto que se prosterna ante el sacerdote, no viendo en l al hombre,
sino al elegido de la divinidad. Quera arrodillarse ante sus plantas
para que la pisara, para que hiciese alfombra de sus encantos: quera
servir como una esclava a aquel amante que era el depositario del
pensamiento de El, y pareca agigantado por tal tesoro.

Cuidbale con exquisitas dulzuras de sierva enamorada; le segua en sus
excursiones a Leipzig, a Ginebra, a Pars, en primavera, poca de los
grandes conciertos; y ella, la famosa artista, permaneca entre
bastidores sin sentir la nostalgia de los aplausos, aguardando el
momento en que Hans, sudoroso y fatigado, abandonaba la batuta entre las
aclamaciones de la muchedumbre wagneriana, para enjugarle la frente con
una caricia casi filial.

Y as corran media Europa, propagando la luz del maestro; ella,
obscurecida voluntariamente, como una de aquellas patricias que,
vestidas de esclavas, seguan a los apstoles ansiosas por los progresos
de la buena nueva.

El maestro alemn se dejaba adorar; reciba todas las caricias del
entusiasmo y del amor con la distraccin de un artista que, preocupado
con los sonidos, acaba por odiar las palabras. Enseaba su idioma a
Leonora para que algn da pudiese cantar en Bayreuth, realizando su ms
ferviente deseo, y la infunda el pensamiento que haba guiado al
maestro al trazar sus principales protagonistas.

Por esto cuando Leonora se present sobre las tablas un invierno con el
alado casco de walkiria, tremolando la lanza de virgen belicosa,
prodjose aquella explosin de entusiasmo que haba de seguirla en toda
su carrera. El mismo Hans se estremeci en su silln de director,
admirando la facilidad con que su amante haba sabido asimilarse el
espritu del maestro.

--Si El te oyese!--deca con conviccin--tengo la certeza de que se
mostrara satisfecho. Y as corrieron el mundo los dos. En primavera
contemplndole ella desde lejos, con la batuta en la mano, haciendo
surgir alada y victoriosa la gloria del maestro de las masas de
instrumentacin que se ocultaban en la bvara colina de Bayreuth, en el
foso llamado el _Abismo Mstico_. En invierno era l quien se
entusiasmaba escuchando unas veces su _hojotoho!_ fiero de walkiria que
teme al austero padre Wotan; vindola otras despertar entre las llamas,
ante el animoso Sigfrido, hroe que no teme nada en el mundo, y se
estremece ante la primera mirada de amor.

Pero las pasiones de artista son iguales a las flores por su intenso
perfume y su corta duracin. El rudo maestro alemn era un ser infantil,
voluble y tornadizo, pronto a palmotear ante un nuevo juguete. Leonora,
consultando su pasado, se reconoca capaz de haber llegado hasta la
vejez sumisa a l, obediente a todos sus caprichos y nerviosidades. Pero
un da Keller la abandon como ella haba abandonado a otros; se fue
arrastrado por el marchito encanto de una contralto tsica y lnguida,
que tena el enfermizo perfume, la malsana delicadeza de una flor de
estufa. Leonora, loca de amor y de despecho, le persigui, fue a llamar
a su puerta como una criada, sinti una amarga voluptuosidad vindose
por primera vez despreciada y desconocida, hasta que una reaccin de
carcter hizo renacer en ella su antigua altivez.

Se acab el amor. Adis a los artistas! Gente muy interesante, pero
nada quera ya con ellos. Eran preferibles los hombres vulgares que
haba conocido en otros tiempos; y cuanto ms imbciles, mejor. No
volvera a enamorarse.

Y cansada, perdidas las ilusiones, volvi a lanzarse en el mundo. La
molestaba aquella leyenda galante de sus tiempos de locura; la furia con
que corran hacia ella los hombres, ofrecindola riquezas a cambio de
una pasividad amorosa. La locura volvi a cogerla entre sus engranajes.
Los hombres hablaban de matarse si ella resista, como si su deber fuese
entregarse al primero que apeteciese su cuerpo y la negativa resultase
una traicin. El melanclico Maquia se suicid en Npoles al verla
insensible a sus tristes sonetos; en Viena se batieron por ella y muri
uno de sus admiradores; un ingls excntrico la segua a todas partes,
proyectando sobre su cabeza una sombra de rbol fatal y jurando matar a
todo el que ella prefiriese... Ya haba bastante! Estaba cansada de
aquella vida; senta nuseas ante la voracidad varonil que le sala al
paso en todas partes. Se vea quebrantada por la tempestad de pasin que
desencadenaba su nombre.

Quera sumergirse, desaparecer, descansar entregada a un sueo sin
lmites, y pens como en un blando y misterioso lecho, en aquella tierra
lejana de su infancia, donde estaba su nico pariente, la ta devota y
simple que la escriba dos veces por ao, recomendndola que pusiera su
alma en regla con Dios, para lo cual ya ayudaba ella con sus devociones.

Crea tambin, sin saber por qu, que aquel regreso a la tierra natal
amortiguara el recuerdo doloroso de la ingratitud que haba costado la
vida a su padre. Cuidara a la pobre vieja, alegrara con su presencia
aquella vida montona y gris que se haba deslizado sin la ms leve
ondulacin. Su voz y su cuerpo necesitaban reposo. Y bruscamente una
noche, despus de ser Isolda, por ltima vez ante el pblico de
Florencia, dio la orden de partida a Beppa, la fiel y silenciosa
compaera de su vida errante.

A la tierra natal y ojal encontrara all algo que la retuviera, no
dejndola volver a un mundo tan agitado!

Era la princesa de los cuentos que desea convertirse en pastora; y all
permaneca adormecida, a la sombra de sus naranjos, sacudida algunas
veces por el recuerdo; queriendo gozar eternamente aquella calma,
repeliendo con fiereza a Rafael, que intentaba despertarla como Sigfrido
despierta a Brunilda atravesando el fuego.

No: amigos nada ms. No quera amor: ya saba ella lo que era aquello.
Adems, llegaba tarde.

Y Rafael revolvase insomne en su cama, repasando en la obscuridad
aquella historia cortada a trozos, con lagunas que rellenaba su
adivinacin. Sentase empequeecido, anonadado por los hombres que le
haban precedido en la adoracin a aquella mujer.

Un rey, grandes artistas, paladines hermosos y aristocrticos como el
conde ruso, potentados que disponan de grandes riquezas. Y l, pobre
provinciano, diputado obscuro, sometido como un chicuelo al despotismo
de su madre y sin dinero casi para sus gastos, pretenda sucederles!

Rea con amarga irona de su propia audacia; comprenda el acento burln
de Leonora, la energa con que haba repelido todos sus atrevimientos de
zafio que intenta poseer una gran dama por la fuerza. Pero a pesar del
desprecio que a s mismo se inspiraba, faltbanle fuerzas para
retirarse.

Estaba cogido en la estela de seduccin, en aquel torbellino de amor que
segua a la artista por todas partes, aprisionando a los hombres,
arrojndoles al suelo quebrantados y sin voluntad, como siervos de la
belleza.




III


--Temprano nos vemos hoy: buenos das, Rafaelito... Madrugo por ver el
mercado. De nia era para m un acontecimiento la llegada del mircoles.
Cunta gente!

Y Leonora, olvidada ya de las aglomeraciones de las grandes ciudades, se
admiraba ante la confusin de gente que se agita en la plaza llamada del
Prado, donde todos los mircoles se verificaba el gran mercado del
distrito.

Llegaban los labradores, con la faja abultada por los cartuchos de
dinero, a comprar lo que necesitaban para toda la semana all en su
desierto, rodeado de naranjos; iban de un puesto a otro las hortelanas,
elegantes y esbeltas cual campesinas de opereta, peinadas como
seoritas, con faldas de batista clara que, al recogerse, dejaban al
descubierto las medias finas y los zapatos ajustados. El rostro tostado
y las manos duras era lo nico que delataba la rusticidad de aquellas
muchachas a quienes un cultivo riqusimo haca vivir en la abundancia.

A lo largo de las paredes cloqueaban las gallinas, atadas en racimos;
amontonbanse las pirmides de huevos, de verduras y frutas y en las
tiendas porttiles de los paeros extendanse las fajas de colores, las
piezas de percal e indiana y el negro pao, eterno traje de todo
ribereo. Fuera del Prado, los labriegos buscaban en Alborch el mercado
de los cerdos, o probaban caballeras en el _Hostal Gran_. Era la compra
de todo lo necesario para la semana; el da destinado a los negocios; la
llegada en masa de la poblacin de los huertos, para pedir dinero a los
prestamistas o devolvrselo con creces; repoblar el gallinero, comprar
el cerdo, cuya creciente obesidad haba de seguir con ansia la familia o
adquirir a plazos el rocn, motivo de inquietud y de desesperado ahorro.

La muchedumbre, oliendo a sudor y a tierra, agitbase en el mercado,
bajo la luz de los primeros rayos del sol. Se abrazaban las hortelanas
al encontrarse, y con la cesta en la cadera metanse en la chocolatera
a celebrar el encuentro; los labriegos formaban corro, y de vez en
cuando iban a beber una copa de aguardiente dulce para tomar fuerzas. Y
por entre medio de esta invasin rstica, pasaba la gente de la ciudad;
los burguesillos de arregladas costumbres con una capa vieja y un enorme
capazo, en el que metan las provisiones, despus de regatearlas
tenazmente; las seoritas que vean en el mercado de los mircoles algo
extraordinario que alegraba la monotona de su existencia; los
desocupados que pasaban horas enteras de pie, junto al puesto de un
vendedor amigo, curioseando lo que cada cual llevaba en su cesta,
murmurando de la avaricia de unos y de la generosidad de otros.

Rafael contemplaba con asombro a su amiga. Qu guapa estaba!...
Cualquiera poda adivinar en ella a la artista de inmenso renombre!

Pareca una hortelana, vestida de fresco percal, como anunciando la
primavera; al cuello un paolito rojo y la rubia cabellera al
descubierto, peinada con artstico descuido, anudada rpidamente sobre
la nuca. Ni una joya, ni una flor. Su estatura y su elegancia era lo
nico que la haca destacar sobre la muchedumbre. Y bajo la curiosa y
vida mirada de todo el mercado, Rafael sonrea frente a ella,
admirndola fresca, sonrosada, con la viveza de la ablucin matinal,
esparciendo un perfume indefinible de carne sana y fuerte que embriagaba
al joven.

Hablaba riendo, como si quisiera cegar con el brillo de su dentadura a
todos los papanatas que la contemplaban de lejos. Por todo el mercado
extendase un rumor de curiosidad, un zumbido de admiracin y escndalo,
al ver frente a frente, a la faz de toda la ciudad, hablando con sonrisa
de buena amistad al diputado y la cantante.

Los amigos de Rafael, los principales personajes del municipio que
rondaban por el mercado, no podan ocultar su satisfaccin. Hasta el
ltimo alguacil senta cierto orgullo. Hablaba con el _quefe_. Le
sonrea. Era un honor para el partido que una mujer tan hermosa tratase
amablemente a Don Rafael, aunque, bien considerado, mereca esto y algo
ms. Y aquellos hombres, que en presencia de sus esposas tenan buen
cuidado de callarse cuando stas hablaban con indignacin de la
extranjera, admirbanla con el fervor instintivo que inspira la belleza
y envidiaban a su diputado.

Las viejas hortelanas envolvan a los dos en una mirada cariosa.
Formaban buena pareja; qu matrimonio tan guapo podran hacer!

Y las seoras fingan no verles al pasar por su lado; se alejaban
torciendo la boca con un gesto de altivez, y al encontrarse con una
amiga, decan con acento irnico: Ha visto usted?... Ah est esa
echndole el anzuelo, delante de todos, al hijo de doa Bernarda.
Aquello era escandaloso: las seoras decentes tendran que quedarse en
casa.

Leonora, insensible a la curiosidad, sin reparar en los centenares de
ojos fijos en ella, segua hablando de sus asuntos. Beppa se haba
quedado con la ta, y ella con su hortelana y otra mujer, que aguardaban
a pocos pasos con grandes cestas, haba venido a comprar un sin fin de
cosas, cuya enumeracin la haca rer. Ahora era persona formal; s
seor. Saba el precio de lo que coma; podra indicar, cntimo por
cntimo, el coste de su vida; crea haber retrocedido a aquella dura
poca de Miln, cuando con la partitura bajo el brazo, entraba en casa
del especiero por los macarrones, la manteca o el caf. Cmo la
diverta aquello!... Y no queriendo prolongar por ms tiempo la
expectacin escandalizada de la gente que interpretaba sus sonrisas y su
voluble charla del peor modo, dio su mano a Rafael despidindose. Se
haca tarde; si permaneca all charlando, no encontrara nada; lo mejor
del mercado se lo habran llevado otros.

--A la obligacin: hasta la vista, Rafaelito.

Y el joven la vio cmo se abra paso entre el gento, seguida de las dos
campesinas; como se detena ante los puestos, acogida por una sonrisa
amable de los vendedores cual parroquiana que no regateaba jams; cmo
se interrumpa en sus compras para acariciar los nios sucios y
aulladores que las pobres mujeres llevaban al brazo, sacando de su cesta
las mejores frutas para drselas.

La admiracin de todo el mercado la segua a travs de los puestos.
_As, seoreta!_ gritaban las vendedoras. _Vinga, doa Leonor!_ decan
otras llamndola por su nombre para demostrar mayor intimidad. Y ella
sonrea, hablaba con todos familiarmente, echaba mano a cada instante al
bolso de piel de Rusia que colgaba de su diestra y, como una nube de
moscas, agitbanse en torno de ella, tullidos, ciegos y mancos, avisados
de la generosidad de aquella seora que daba la calderilla a puados.

Rafael la segua con la vista, acogiendo con forzosa sonrisa los
cumplimientos de los notables que le felicitaban por su buena suerte. El
alcalde--un hombre que, segn decan los enemigos temblaba en presencia
de su esposa--afirmaba con los ojos chispeantes, que por una mujer as
era l capaz de hacer toda clase de locuras. Y todos unan su voz al
coro de alabanzas envidiosas, considerando como hecho indiscutible que
Rafael era el amante de la artista, mientras este sonrea con amargura
recordando sus explicaciones con Leonora.

Ya no la vea. Estaba en el otro extremo del mercado, oculta por el
oleaje de cabezas. De vez en cuando distingua por un instante su casco
de oro por encima de las dems mujeres.

Deseaba ir all, pero no poda. Estaba a su lado don Matas, el
afortunado exportador de naranja, aquel ricachn cuya hija Remedios
pasaba el da junto a su madre como discpula sumisa.

Aquel seor, de palabra pesada y tardo pensamiento, enmarabale en su
charla sobre el comercio de la naranja. Le daba consejos; un plan entero
que haba discurrido y le ofreca para presentarlo al Congreso; medidas
de proteccin para los exportadores de naranja. La riqueza de la ciudad;
todos nadando en dinero: lo garantizaba l con la mano sobre el corazn.

Y Rafael, con la vista perdida en el fondo del Prado, espiando las
rpidas apariciones de la cabellera de oro para convencerse de que
Leonora an estaba all, oa como en un sueo a aquel hombre que, segn
afirmaban los maliciosos, estaba destinado a ser su segundo padre. De
todo el lento chorrear de palabras, slo algunas llegaban hasta su
cerebro, clavndose en l con la persistencia de la obsesin Glasgow...
Liverpool... necesarios nuevos mercados... abaratar las tarifas de
ferrocarriles... los agentes ingleses son unos ladrones...

Bueno, que los ahorquen, contestaba mentalmente Rafael. Y sin cesar de
mostrar su asentimiento a lo que no oa, con movimientos afirmativos de
cabeza, miraba all abajo ansiosamente, temiendo que Leonora se hubiese
marchado. Se tranquiliz al abrirse un claro en la muchedumbre y ver a
la artista sentada en una silla que le haba cedido una vendedora, con
un nio sobre las rodillas, hablando con una mujercita pequea,
miserable, enfermiza, que a Rafael le pareci la hortelana que
encontraron en la ermita.

--Qu opina usted de mi plan?--preguntaba en aquel mismo instante don
Matas.

--Excelente; un plan grandioso, digno de usted que conoce a fondo la
cuestin. Ya hablaremos detenidamente cuando vuelva a las Cortes.

Y para evitar una segunda exposicin de lo que no haba odo, acariciaba
al afortunado patn, daba palmaditas en su espalda de oso, asombrado
como siempre de que la buena suerte hubiera escogido como amante a aquel
hombre.

Toda la ciudad le haba conocido calzando alpargatas, cultivando como
arrendatario un pequeo huerto. Su hijo, un mocetn casi imbcil, que
aprovechaba el menor descuido para robarle y llevar en Valencia una vida
alegre con toreros, jugadores y chalanes de caballos iba descalzo en
aquella poca, correteando por los caminos con los chicuelos de los
gitanos acampados en el Alberch; su hija, aquella Remedios tan modosita
y tmida que se pasaba los das en complicadas labores de aguja bajo la
direccin de doa Bernarda, se haba criado como una bestezuela en el
campo, repitiendo con escandalosa fidelidad las interjecciones de los
carreteros, con los cuales beba su padre.

Pero no hay como ser bruto para llegar a rico, segn deca el barbero
Cupido al hablar de don Matas.

Poco a poco fue lanzndose en la exportacin de la naranja a Inglaterra.
Compr a crdito las primeras partidas y comenz a soplar para l la
racha de loca suerte que todava duraba. Su fortuna fue cosa de pocos
aos. Donde los ms poderosos navos, naufragaban, aquella barcaza ruda
y pesada, navegando a la ventura del instinto, no sufra el menor
perjuicio. Sus envos llegaban siempre con prodigiosa oportunidad. La
rica naranja de otros comerciantes, cuidadosamente escogida, llegaba a
Liverpool o Londres cuando los mercados estaban atestados y bajaban los
precios escandalosamente. El afortunado palurdo enviaba cualquier cosa,
lo que le convena por su baratura, y siempre se arreglaban las
circunstancias de modo que encontraba el mercado vaco, los precios por
las nubes, sin reparar en la calidad del gnero, y realizaba fabulosas
ganancias. Se burlaba de las sabias combinaciones de todos aquellos
exportadores que lean peridicos ingleses, reciban boletines y
comparaban las cotizaciones de unos aos con otros para hacer clculos
que daban por resultado salir del negocio con las manos en la cabeza. El
no saba ni quera saber nada; fiaba en su buena estrella. Cuando mejor
le pareca, embarcaba el gnero en el puerto de Valencia, y, all va!
Siempre se concertaban las cosas de modo que su naranja arribaba sin
concurrencia y con precios altos. Ms de una vez era el mar el que,
causando averas al buque, retrasaba su llegaba y daba tiempo a que el
mercado quedase limpio, colaborando de este modo en el buen xito de la
expedicin.

A los dos aos viva en la ciudad como un personaje y afirmaba riendo
que no se dejara colgar por ochenta mil duros. Despus, siempre hacia
arriba, su fortuna lleg a una altura loca. Las gentes, asombradas, se
decan al odo con cierto respeto supersticioso los miles de duros que
ganaba en limpio al final de cada campaa. Tena en los alrededores de
Alcira almacenes enormes como iglesias, donde ejrcitos de muchachas
empapelaban cantando las naranjas, y cuadrillas de carpinteros
martilleaban da y noche en la blanca madera de las cajas de
exportacin. Compraba con un solo golpe de vista la cosecha de huertos
enteros, sin equivocarse ms all de algunas arrobas. En cuanto al pago;
la ciudad estaba orgullosa de su millonario. Ni en el Banco de Espaa
haba la formalidad y la confianza que en su casa. Nada de empleados ni
mesas; todo a la pata llana; pero ya se podan pedir miles de duros que,
como l quisiera, no tena ms que meterse en su alcoba, y de
misteriosos escondrijos sacaba cada fajo de billetes que meta miedo.

Y este rstico afortunado, al verse rico, sin ms mrito que el capricho
de la suerte, se daba aires de inteligente con la petulancia que
proporciona el dinero y acosaba a Rafael, a _su diputado_, con una
reforma de tarifas de ferrocarril para esparcir la naranja por el
interior de Espaa. Como si l hubiese necesitado de planes para
hacerse rico!

De su pasado miserable slo quedaba en l un vestigio: el respeto a la
casa de los Brulls. Trataba con cierta altanera a toda la ciudad, pero
no poda ocultar el respeto que le inspiraba doa Bernarda, al cual iba
unida una gran gratitud por la amabilidad con que le distingua al verle
rico y el inters que mostraba por su pequea. Tena muy presente al
padre de Rafael, el hombre ms eminente que haba conocido en su vida y
le pareca verle an como cuando se detena ante su casita de hortelano,
sobre su enorme rocn y con aire de gran seor le ordenaba lo que deba
hacer en las prximas elecciones. Saba el mal estado en que aquel
grande hombre haba dejado sus negocios al morir, y ms de una vez haba
dado dinero a doa Bernarda, orgulloso de que sta en sus apuros le
dispensase el honor de buscarle; pero para l la casa de los Brulls,
pobre o rica, era siempre la casa de los amos, la cuna de aquella
dinasta cuya autoridad no poda abatir poder alguno. Si l tena
dinero, los _otros_ ah! los otros tenan all lejos, en Madrid,
poderosas amistades; llegaban cuando queran hasta el trono; eran de los
que tenan la sartn por el mango; y si en su presencia se murmuraba que
la madre de Rafael pensaba en su hija para nuera, don Matas enrojeca
de satisfaccin y murmuraba modestamente:

--No s; creo que todo son habladuras. Mi Remedios slo es una muchacha
de pueblo y el diputado querr una seorona de Madrid.

Rafael haca tiempo que conoca el designio de su madre. El no quera a
aquella gente. El padre, a pesar de pegajosa aficin a ofrecerle planes,
le era simptico por el respeto que mostraba hacia su familia. La hija
era un ser insignificante, sin otra belleza que la frescura de su
juventud, morena, ocultando tras la mansedumbre servicial una
inteligencia ms obtusa que la del padre, sin otras manifestaciones que
la devocin y los escrpulos en que la haban educado.

Aquella maana pas por dos veces junto a Rafael, seguida de una vieja
sirvienta, con toda la gravedad de una hurfana que tiene que ocuparse
del gobierno de su casa y hacer las veces de seora mayor. Apenas si le
mir. La mansa sonrisa de futura sierva con que le saludaba otras veces
haba desaparecido. Estaba plida y apretaba los labios descoloridos.
Seguramente le haba visto de lejos hablando y riendo con Leonora.
Pronto sabra su madre el encuentro. Aquella muchacha pareca mirarle
como cosa suya, y su gesto de mal humor era ya el de la esposa que se
prepara para una escena, de celos a puerta cerrada.

Como si le amagase un peligro se despidi de don Matas y sus amigos y
evitando un nuevo encuentro con Remedios, sali del mercado.

Leonora an estaba all. La esperara en el camino del huerto; haba que
aprovechar la maana.

El campo pareca estremecerse bajo los primeros besos de la primavera.
Cubranse de hojas tiernas los esbeltos chopos que bordeaban el camino;
en los huertos, los naranjos calentados por la nueva savia abran sus
brotes, preparndose a lanzar como una explosin de perfume la blanca
flor del azahar; en los ribazos crecan entre enmaraadas cabelleras de
hierba las primeras flores. Rafael se sent al borde del camino,
acariciado por la frescura del csped. Qu bien ola aquello!

La violeta, asustadiza y fragante, deba andar por all cerca, oculta
bajo las hojas. Sus manos buscaron a lo largo del ribazo las florecillas
moradas, cuyo perfume hace soar con estremecimientos de amor. Formara
un ramito para ofrecrselo a Leonora cuando pasase.

Sentase animado por una audacia que nunca haba conocido y sus manos
ardan de fiebre. Tal vez era la emocin que le produca su propio
atrevimiento. Estaba resuelto a decidir su suerte aquella misma maana.
La fatuidad del hombre que se cree en ridculo y desea realzarse a los
ojos de sus admiradores le excitaba, dndole una cnica audacia.

Qu diran sus amigos, que le envidiaban como amante de Leonora, al
saber que sta le trataba como un amigo insignificante, como un buen
muchacho que la distraa en la soledad de su voluntario destierro?

Unos cuantos besos en la mano, cuatro palabras agradables; algunas
bromas crueles de camarada que tiene conciencia de su superioridad...
todo esto haba conseguido despus de muchos meses de asidua corte, de
resistir a su madre, viviendo en su casa como un extrao, sin cario y
bajo miradas de indignacin; de entregarse por entero a la maledicencia
de los enemigos que le suponan _liado_ con la artista y hacan
aspavientos en nombre de la moral.

Cmo se burlaran, si conocieran la verdad, aquellos calaveras que en
el Casino relataban sus aventuras amorosas teniendo siempre por prlogo
el repentino empujn, la lucha, la posesin violenta a brazo partido al
borde de una senda, bajo un naranjo o en el rincn ms obscuro de una
casa!

Y Rafael, perturbado por el miedo a parecer ridculo, se deca que
aquellos brutos estaban tal vez en lo cierto, que as se triunfaba, y
que l sufra por su culpa, por contemplar a Leonora respetuosamente, de
lejos, como un idlatra sumiso. Cristo! No era l el hombre y por
tanto el ms fuerte? Pues a hacer sentir la autoridad del sexo. Le
gustaba y haba de ser suya. Adems, cuando ella le trataba con tanto
cario, seguramente le quera. Los escrpulos eran lo nico que les
mantena separados y l se encargaba de allanarlos violentamente en la
primera ocasin propicia.

Cuando acababa de surgir entera e imperiosa la brutal decisin entre las
continuas fluctuaciones de su carcter dbil e irresoluto, oy voces en
el camino, e incorporndose vio venir a Leonora seguida de las dos
labriegas con el busto encorvado sobre las pesadas cestas.

--Tambin aqu!--exclam la artista con una risa que hinchaba su
garganta de suaves estremecimientos.--Usted es mi sombra. En el mercado,
en el camino, en todas partes me sale al encuentro...

Y tom el ramito de violetas que le ofreca el joven, aspirndolo con
delicia.

--Gracias, Rafael: son las primeras que veo este ao. Ya est aqu mi
fiel amiga, la primavera; usted me la trae, pero hace ya das que
adivinaba su llegada. Estoy contenta, no lo nota usted? Me parece que
he sido durante el invierno un gusano de seda apelotonado en el capullo,
y que ahora me salen alas y voy a volar por ese inmenso saln verde que
exhala sus primeros perfumes. No siente usted lo mismo?

Rafael afirmaba con gravedad. Tambin l senta el hervor de la sangre,
los pinchazos de la vida en todos sus poros.

Y contemplaba con ojos extraviados aquella garganta desnuda, de
tentadora nitidez, realzada por el rojo pauelo; el pecho robusto, sobre
cuya tersa morbidez descansaban sus violetas.

Las dos hortelanas al ver a Rafael cambiaron una sonrisa maliciosa, un
guio significativo, y pasaron delante de la seora con el propsito
marcado de no estorbarla con su presencia.

--Sigan ustedes--dijo Leonora.--Nosotros iremos despacio hasta casa.

Se alejaron las dos mujeres con vivo paso, hablando en voz baja. Leonora
adivinaba la sonrisa de sus rostros invisibles.

--Ha visto usted a esas?--dijo sealndolas con su cerrada
sombrilla.--No se ha fijado usted en sus sonrisas y guios al verle en
el camino?... Ay, Rafael! Usted est ciego y resulta terrible. Si yo
tuviera que guardar mi fama, aviada estaba con un amigo como usted. Qu
cosas suponen por ah!

Y rea con una expresin de superioridad, considerndose muy por encima
de cuanto pudieran decir las gentes de su amistad con Rafael.

--En el mercado me hablan de usted todas las vendedoras como si esto
fuese para m el ms irresistible de los halagos; aseguran que formamos
una soberbia pareja. Mi hortelana aprovecha todas las ocasiones para
decirme que es usted muy guapo. Dele usted las gracias... Qu ms?
Hasta mi ta, mi pobre ta que vive en el Limbo, ha salido de l para
decirme el otro da: Sabes que Rafaelito viene mucho por aqu? si
querr casarse contigo? Ya ve usted; casarse j! j! j! casarse!
La pobre seora no ve ms que esto en el mundo.

Y segua arrojando a la cara de Rafael, sombro por sus malos
pensamientos, aquella risa franca y burlona que pareca el parloteo de
un pjaro travieso satisfecho de su libertad.

--Pero qu mala cara tiene usted hoy! Est usted enfermo?... Qu le
pasa?

Rafael aprovech el momento. Estaba enfermo, s; enfermo de amor.
Comprenda que toda la ciudad hablase de ellos; l no poda ocultar sus
sentimientos. Si supiera lo que le costaba aquella adoracin muda!
Quera arrancar de su pensamiento la devocin por ella, y no poda.
Necesitaba verla, orla; slo viva para ella. Leer? imposible. Hablar
con sus amigos? Todos le repugnaban. Su casa era una cueva en la que
entraba con gran esfuerzo para comer y dormir. Sala de ella tan pronto
como despertaba y abandonaba la ciudad, que le pareca una crcel. Al
campo; y en el campo la casa azul donde ella viva. Con qu
impaciencia esperaba la llegada de la tarde, la hora en que por una
tcita costumbre, que ninguno de los dos marc, poda l entrar en el
huerto y encontrarla en su banco bajo las palmeras!... No poda vivir
as. La pobre gente le envidiaba al verle poderoso, diputado tan joven;
y l quera ser... a qu no lo adivinaba? qu cosas tan absurdas! que
no se burlara Leonora! El dara cuanto era por ser aquel banco del
jardn, abrumado dulcemente por su peso las tardes enteras; por
convertirse en la labor que giraba entre sus dedos delicados; por
transfigurarse en una de las personas que la rodeaban a todas horas, de
aquella Beppa, por ejemplo, que la despertaba por las maanas,
inclinndose sobre su cabeza dormida, moviendo con su aliento la
cabellera deshecha, esparcida como una ola de oro sobre la almohada y
que secaba sus carnes de marfil a la salida del bao, deslizando sus
manos por las curvas entrantes y salientes de su suave cuerpo. Siervo,
animal, objeto inanimado, algo que estuviera en perpetuo contacto con su
persona, eso ansiaba l: no verse obligado con la llegada de la noche a
alejarse tras una interminable despedida prolongada con infantiles
pretextos, al volver a la irritante vulgaridad de su vida, a la soledad
de su cuarto, en cuyos rincones obscuros, como malfica tentacin, crea
ver fijos en l unos ojos verdes.

Leonora no rea. Abranse desmesuradamente sus ojos moteados de oro;
palpitaban de emocin las alillas de su nariz, y pareca conmovida por
la sinceridad elocuente del joven.

--Pobre Rafael! Pobrecito mo!... Y qu vamos a hacer?

En el huerto, Rafael jams se haba atrevido a hablar con tanta
franqueza. Le cohiba la proximidad de los allegados de Leonora; le
intimidaba el aire superficial y burln con que ella reciba sus
visitas; la irona con que le desconcertaba apenas apuntaba l una frase
de amor. Pero all, en medio del camino, era otra cosa; se senta libre,
quera vaciar su corazn. Qu tormentos! Todos los das iba hacia la
casa azul trmulo de esperanza, agitado por la ilusin. Tal vez sea
hoy, se deca. Y le temblaban las piernas, y la saliva pareca
solidificarse en su garganta, ahogndole. Y horas ms tarde, al
anochecer, la vuelta desesperada al hogar, marchando desalentado a la
luz de las estrellas, haciendo _eses_ en el camino como si estuviera
ebrio, sintiendo que las lgrimas le escarabajeaban en los prpados,
queriendo morir, como el que necesita pasar adelante y se rompe los
puos contra un muro inmenso de bloques de hielo. No se fijaba en l?
no vea los inmensos esfuerzos que haca para agradarla?... Ignorante,
humilde, reconociendo la inmensa diferencia que separaba a ambos por su
distinta vida, qu de esfuerzos para llegar a su altura; por colocarse
al nivel de aquellos hombres que la haban posedo por unos das o por
aos enteros! Ella deba haberlo notado. Si le hablaba del conde ruso,
modelo de elegancia, al da siguiente Rafael, con gran asombro de los de
su casa, sacaba su mejor ropa, y sudando bajo el sol, oprimido por el
alto cuello, emprenda aquel camino que era su calle de Amargura,
andando como una seorita para que el polvo no amortiguase el brillo de
sus botas. Si el msico alemn cruzaba por el recuerdo de Leonora, l
repasaba sus libros, y afectando el exterior descuidado de aquellos
artistas vistos en las novelas, llegaba all con el propsito de hablar
del inmortal maestro, de Wagner, al que apenas conoca, pero al que
adoraba como a una persona de su familia... Dios mo! Todo esto
resultaba ridculo, bien lo saba l; mejor era presentarse sin disfraz,
con toda su pequeez. Reconoca que era imposible aquella lucha para
igualarse con los mil fantasmas que llenaban la memoria de Leonora;
pero qu no hara l por despertar aquel corazn por ser amado un
momento, un da nada ms, y despus morir!

Y haba tal sinceridad en esta confesin de amor, que Leonora, cada vez
ms conmovida, se aproximaba a l, caminaba pegada a su cuerpo sin darse
cuenta y sonrea levemente, repitiendo su frase, mezcla de afecto
maternal y de lstima.

--Pobre Rafael!... Pobrecito mo!

Haban llegado a la verja que daba entrada al huerto. La avenida estaba
desierta. En la plazoleta, frente a la cerrada casa, correteaban las
gallinas.

Rafael, abrumado por el esfuerzo de aquella confesin, en la que daba
curso a las angustias y ensueos de muchos meses, se apoy en el tronco
de un viejo naranjo. Leonora estaba frente a l escuchndole con la
cabeza baja, rayando el suelo con la contera de su roja sombrilla.

Morir, s; l haba ledo esto muchas veces en las novelas sin poder
contener una sonrisa. Ahora ya no rea. Haba pensado algunas noches, en
la turbacin del delirio, terminar aquel amor de un modo trgico. La
sangre de su padre, violenta y avasalladora, herva en l. Si llegaba a
convencerse de que nunca sera suya, matarla para que no fuese de
nadie, y matarse l despus! Caer los dos sobre la tierra empapada de
sangre, como sobre un lecho de damasco rojo; besarla l, en los labios
fros, sin miedo a que nadie le estorbara; besarla y besarla hasta que
el ltimo soplo de vida fuese a perderse en la lvida boca de ella.

Lo deca con conviccin, vibrando todos los msculos de su cara varonil,
ardiendo como brasas sus ojos de moro veteados por la pasin con
venillas de sangre. Y Leonora le miraba ahora con apasionamiento, como
si viese un hombre nuevo. Estremecase con una emocin nueva al or los
brbaros ensueos, las amenazas de muerte. Aquel no se mataba
melanclicamente como el poeta italiano viendo perdido su amor: mora
matando, destrozaba el dolo, ya que no atenda sus splicas.

Y dulcemente conmovida por la expresin trgica de Rafael, se dejaba
llevar por ste, que la haba cogido un brazo y la atraa lejos de la
avenida entre las copas bajas de los naranjos.

Permanecieron los dos en silencio mucho rato. Leonora pareca embriagada
por el perfume viril de aquellas amenazas de pasin salvaje.

Rafael, al ver cabizbaja y silenciosa a la artista, crey que la haban
ofendido sus palabras, y se arrepinti de ellas.

Deba perdonarle, estaba loco. Se exasperaba ante su resistencia
inexplicable. Leonora! Leonora! A qu empearse en estorbar la obra
del amor? El no era indiferente para ella, no le inspiraba antipata ni
odio; de lo contrario, no seran amigos ni le permitira las continuas
visitas. Amor?... Estaba seguro de que no lo senta por l, pobre
infeliz, incapaz de inspirar una pasin a una mujer como ella. Pero que
no se resistiera; ya le amara con el tiempo; l lograra conquistarla
en fuerza de cario y de adoracin. Ay! con slo su amor, haba para
los dos y para todos los amantes famosos en la historia. Sera su
esclavo, la alfombra en que pondra sus pies; el perro, siempre tendido
ante ella, con la mirada ardiente de la eterna fidelidad, acabara por
quererle, si no por amor, por gratitud y por lstima.

Y al hablar as, acercaba su rostro al de Leonora, buscando su imagen en
el fondo de los ojos verdes; oprima su brazo con la fiebre de la
pasin.

--Cuidado, Rafael... me hace usted dao, sulteme usted.

Y como si despertara en pleno peligro despus de un dulce sueo, se
estremeci, desasindose con nervioso impulso.

Despus comenz a hablar con calma, repuesta ya de la embriaguez con que
le haban turbado las apasionadas palabras de Rafael.

No, lo que l deseaba era imposible. La suerte estaba echada, no quera
amor... La amistad les haba llevado algo lejos. Ella tena la culpa,
pero sabra remediarlo. Era ya un barco viejo que no poda cargar con el
peso de una nueva pasin. Si le hubiera conocido aos antes, tal vez.
Reconoca que hubiese llegado a quererle; le crea ms digno de su amor
que otros hombres a los que haba amado. Pero llegaba tarde; ahora slo
quera vivir. Qu horror! las emociones de la pasin en un ambiente
mezquino, en aquel mundo pequeo de curiosidades y maledicencias!
Ocultarse como criminales para quererse! Ella, que gustaba del amor al
aire libre, con el sublime impudor de la estatua que escandaliza a los
imbciles con su desnuda hermosura! Verse roda a todas horas por la
murmuracin de los tontos, despus de haber dado su cuerpo y su alma a
un hombre! Sentir en torno el desprecio y la indignacin de todo un
pueblo que la acusara de haber corrompido una juventud, separndola de
su camino, alejndola para siempre de los suyos! No, Rafael, mil veces
no; ella tena conciencia, ya no era la loca de otros tiempos.

--Pero y yo?--suspiraba el joven agarrando de nuevo su brazo con
ansiedad infantil--usted piensa en s misma y en todos, olvidndome a
mi. Qu voy a hacer yo a solas con mi pasin?

--Usted olvidar--dijo gravemente Leonora.--Hoy he visto que es
imposible mi estancia aqu. Los dos necesitamos alejarnos. Huir antes
que termine la primavera; ir no s dnde, volver al mundo, a cantar,
donde no encuentre hombres como usted, y el tiempo y la ausencia se
encargarn de curarle.

Leonora se estremeci al ver la llamarada de salvaje pasin que pas por
los ojos de Rafael. Sinti junto a los labios el ardoroso resuello de
aquella boca que buscaba la suya, murmurando con apagado rugido:

--No, no te irs; quiero que no te vayas.

Y se sinti enlazada, conmovida de cabeza a pies por unos brazos
nerviosos a los que la pasin daba nueva fuerza. Sus pies se despegaron
del suelo, se sinti elevada; un impulso brutal la hizo caer de costado
al pie de un naranjo, al mismo tiempo que en sus ropas se agitaban unas
manos convulsas, estremecidas, que heran las carnes con caricias de
fiera.

Fue una lucha brutal, innoble que dur unos instantes. La walkyria
reapareci en la mujer vencida. Su cuerpo robusto vibr con un supremo
esfuerzo, incorporose sofocando con su peso a Rafael, y al fin Leonora
se irgui, poniendo su pie brutalmente, sin misericordia, sobre el pecho
del joven, apretando como si quisiera hacer crujir la osamenta de su
pecho.

Su aspecto era terrible. Pareca loca, con su rubia cabellera deshecha y
sucia de tierra. Sus verdes ojos brillaban con reflejos metlicos como
agudos puales, y su boca, descolorida por la emocin, contraase,
lanzando, por la fuerza de la costumbre, por el instinto del esfuerzo,
su grito de guerra, un _hojotoho!_ desgarrado, salvaje, que conmovi la
calma del huerto, estremeciendo a las aves de corral, que corrieron
asustadas por los senderos.

Blanda con furor la sombrilla cual si fuese la lanza de las hijas de
Wotan, y varias veces apunt con ella a los ojos de Rafael como si
quisiera sacrselos.

El joven pareca abatido por su esfuerzo, avergonzado de su brutalidad,
inerte en el suelo, sin protesta, como si deseara no levantarse jams;
morir bajo aquel pie que le asfixiaba iracundo.

Leonora se seren, y lentamente fue retrocediendo algunos pasos,
mientras Rafael se incorporaba, recogiendo su sombrero.

Fue una escena penosa. Los dos sentan fro, no vean luz, como si el
sol se hubiera apagado y sobre el huerto soplase un viento glacial.

Rafael miraba avergonzado al suelo; tena miedo de verla, miedo de
contemplarse con las ropas en desorden, sucio de tierra, batido y
golpeado como un ladrn al que sorprende un amo fuerte.

Oy la voz de Leonora, hablndole con la despreciativa familiaridad que
se usa con los miserables.

--Vete!

Levant los ojos y vio los de Leonora irritados y altivos, fijos en l.

--A m no se me toma--dijo con frialdad;--me entrego, si es que quiero.

Y en el gesto de desprecio y rabia con que despeda a Rafael, pareca
marcarse el recuerdo odioso de Boldini, aquel viejo repugnante, el nico
en el mundo que la haba tomado por la fuerza.

Rafael quiso excusarse, pedir perdn, pero aquel recuerdo de la
adolescencia evocado por la escena brutal, la haca implacable.

--Vete, vete, o te abofeteo!... Jams vuelvas aqu.

Y para dar ms fuerza a estas palabras cuando Rafael, humillado y
sucio, sali del huerto, Leonora cerr tras l la verja de madera con
tan brutal mpetu, que casi hizo saltar los barrotes.




IV


Doa Bernarda mostrbase contenta de su Rafael. Se acabaron las miradas
feroces, los gestos severos, las mudas escenas entre madre e hijo, que
presenciaban con temor los ntimos de la casa.

Ya no iba a la casa azul; lo saba con gran certeza, gracias al
espionaje gratuito con que la servan las gentes afectas a la familia.
Apenas sala de casa; un rato al casino por las tardes, y el resto del
da en el comedor con ella y los amigos, o encerrado en su cuarto, a
vueltas sin duda con sus libros, que la austera seora miraba con el
respeto supersticioso de su ignorancia.

Don Andrs, el consejero, se mostraba triunfante al comentar aquel
cambio. Qu haba dicho l, siempre que doa Bernarda, en las ntimas
confidencias de aquella amistad que casi tomaba el carcter de una
pasin senil, tranquila y respetuosa, se quejaba de la rebelda del
muchacho? Aquello pasara: era un capricho de la edad; haba que dar a
la juventud lo suyo. Rafael no haba estudiado para cartujo. Otros a su
edad y aun con ms aos eran peores!... Y el viejo seor pensaba
sonriendo en sus fciles conquistas de los almacenes, entre el rebao
despeinado, miserable y de sucios zagalejos que empapela la naranja. La
buena doa Bernarda, despus de sufrir tanto de su marido era demasiado
exigente con su hijo. Que se divirtiera! que gozara! Ya se cansara de
la artista con ser tan hermosa, y entonces sera fcil volverle a la
buena senda.

Doa Bernarda admiraba una vez ms el talento del consejero, viendo
cumplidas sus predicciones, hechas con un cinismo que enrojeca a la
devota seora.

Ella tambin lo crea acabado todo. Su hijo era menos ciego que el
padre. Se haba cansado del amor de una mujer perdida como aquella; no
quera reir con su madre por tan poca cosa, ni que los enemigos le
desacreditasen y volva a su deber con gran alegra de la buena seora
que le rodeaba de solcitas atenciones.

--Y de _aquello_?--le preguntaban misteriosamente sus amigas.

--Nada--responda con una sonrisa de orgullo.--Han pasado tres semanas,
y ni asomos de querer volver all. Mi Rafael es bueno. Lo ocurrido no
fue ms que una distraccin de muchacho. Si le vierais por las tardes
hacindome compaa en la sala! Un ngel, un verdadero ngel. Se pasa
las horas hablando conmigo y con la hija de Matas.

Y aada, extremando su sonrisa y con ojos maliciosos:

--Creo que hay algo.

Algo haba, s; o por lo menos apariencia de haberlo. Rafael, cansado de
vagar por la casa fatigado de los libros ante los cuales pasaba horas
enteras volviendo hojas, sin darse cuenta de lo que decan, refugibase
en el saln donde cosa su madre, vigilando un complicado bordado de la
hija de don Matas.

Rafael gustaba de la mansa sencillez de aquella muchacha. Su simplicidad
produca en l una impresin de frescura y descanso. La vea como una
cuevecita angosta y oculta en la cual dormitaba tranquilo despus de una
tempestad. La sonrisa satisfecha de su madre le animaba a permanecer
all. Jams la haba visto tan bondadosa y comunicativa. El goce de
tenerle otra vez seguro y sumiso modificaba su carcter austero hasta la
rudeza.

Remedios, con la cabeza inclinada sobre su bordado, enrojeca
intensamente cada vez que Rafael alababa su obra o la deca que era la
muchacha ms bonita de Alcira. La ayudaba a enhebrar las agujas; con las
manos extendidas serva de devanadera a las madejas que ovillaba la
joven, y ms de una vez la pellizcaba por debajo del bastidor, con la
confianza de haberla conocido nia, lo que no evitaba sus gritos
escandalizados.

--Rafael, no seas loco--deca la madre amenazndole bondadosamente con
sus secas manos.--Deja trabajar a Remedios; si te portas tan mal no te
permitir entrar en la sala.

Y por la noche, a solas en el comedor con don Andrs, cuando llegaba la
hora de las confidencias, doa Bernarda olvidaba los asuntos de la casa
y del partido para decir con satisfaccin:

--Eso marcha.

--Se enamora Rafaelito?...

--Cada da ms. La cosa va a todo vapor. Ese chico es en esto el vivo
retrato de su padre. Crea usted que conviene que no les pierda de vista.
Si no estuviera yo aqu, ese diablillo sera capaz de una locura que
desacreditase la casa.

Y la buena seora, estaba segura de que para Rafael no exista ya la
hija del doctor Moreno, criatura abominable, cuya belleza haba sido su
pesadilla durante algunos meses.

Saba por sus espas que una maana de mercado se haban encontrado los
dos en las calles de Alcira. Rafael volvi la mirada como si buscase un
sitio por donde huir; ella palideci y sigui adelante fingiendo no
verle. Qu significaba esto?... La ruptura para siempre. Ella, la buena
pieza, palideca de rabia, tal vez porque no poda atrapar de nuevo a su
Rafael, porque ste, cansado de inmundicia, la abandonaba para siempre.
Ah, la perdida! la ramera!

Pues qu no haba ms que educar un hijo en las ms sanas y virtuosas
creencias y hacer de l un personaje, para que despus llegase una
correntona peor mil veces que las que por dinero hacen porqueras en un
callejn para llevrsele con sus manos sucias? Qu haba credo la hija
del descamisado?... Rabia! Palidece de pena, al ver que se te va para
siempre!

En la alegra de su triunfo, comenzaba a pensar en la boda de su hijo
con Remedios, y levantando una punta de su reserva de gran seora,
trataba a don Matas como de la familia, ensalzando el afecto cada vez
ms vivo que una a los chicos.

--Pues si se quieren--deca el burdo ricachn,--por m que sea la boda
cuanto antes. Remedios hace mucho papel a mi lado: una mujercita como
hay pocas para el gobierno de la casa; pero esto que no sea obstculo
para el casorio. Muy satisfecho, doa Bernarda, de que seamos parientes.
Slo siento que don Ramn no pueda ver estas cosas.

Y era verdad que lo nico que empaaba la alegra del rstico
millonario, era que no viviese el alto e imponente seor para darse el
gusto de tratarle como un igual, coronando as el xito de su asombrosa
fortuna.

Doa Bernarda tambin vea en aquella unin la cspide de sus ensueos;
el dinero unido al poder; los millones de un comercio cuyos xitos
maravillosos parecan golpes de juego, viniendo a vivificar con savia de
oro el rbol de los Brulls, algo resquebrajado y viejo por largos aos
de lucha.

Comenzaba la primavera. Algunas tardes doa Bernarda llevaba los chicos
a sus huertos o a las ricas fincas del padre de Remedios. Haba que ver
con qu aire de bondad vigilaba a la joven pareja, gritando alarmada si
en sus correras permanecan algunos minutos ocultos tras los naranjos.

--Este Rafael!--deca a su consejero con aquella confianza que le haba
hecho relatar ms de una vez las tristezas de la intimidad con su
esposo.--Qu pillo es! De seguro que la estar besando!

--Djelos usted, doa Bernarda. Cuanto ms se meta en harina, menos
peligro de que vuelva a la otra.

Volver?... No haba cuidado. Bastaba contemplar a Rafael cmo coga las
flores y las colocaba riendo en la cabeza o el pecho de Remedios, que se
resista dbilmente, con un rubor de colegiala, conmovida por tales
homenajes.

--Quieto, Rafaelito--murmuraba con una voz que pareca un balido
suplicante.--No me toques; no seas atrevido.

Y su emocin la traicionaba de tal modo, que pareca estar pidiendo que
el joven volviese a poner en su cuerpo aquellas manos que la trastornaba
desde los pies a la raz de los cabellos. Se replegaba por educacin,
hua de l porque este es el deber de una joven cristiana y bien
educada; escapaba como una cabrita con graciosos saltos por entre las
filas de naranjos, y el seor diputado sala detrs a todo galope con
las narices palpitantes y los ojos ardorosos.

--Que te coge, Remedios!--gritaba la mam, riendo.--Corre; que te
coge!

Don Andrs contraa su cara arrugada con una sonrisa de viejo fauno.
Aquellos juegos le rejuvenecan.

--Hum, seora! S que va la cosa a todo vapor. Est que arde. Cselos
usted pronto; mire que si no, podemos dar mucho que rer a Alcira.

Y todos se engaaban. Ni la madre ni el amigo vean la expresin de
desaliento y tristeza de Rafael cuando quedaba solo, encerrado en un
cuarto en cuyos obscuros rincones segua viendo aquellos ojos verdes y
misteriosos de que haba hablado a Leonora.

Volver a ella? Nunca. Duraba en l la vergenza y el anonadamiento por
lo de aquella maana. Se vea en toda su trgica ridiculez, apelotonado
en el suelo, oprimido por el pie de la viril amazona, manchado de
tierra, humilde y confuso como un delincuente que no acierta a
disculparse. Y despus la palabra terrible como un latigazo: Vete!;
como a un lacayo que osa atreverse a su seora, y la verja, cerrndose a
sus espaldas con estrpito cayendo como una losa de tumba entre l y la
artista.

No volvera: le faltaba valor para arrostrar su mirada. La maana en que
la encontr casualmente cerca del mercado, crey morir de vergenza; le
temblaron las piernas, vio que la calle se obscureca como si
repentinamente llegase la noche. Haba desaparecido ella, y todava le
zumbaban los odos y buscaba apoyarse en algo, como si el suelo se
balanceara bajo sus pies.

Necesitaba olvidar su vergonzosa torpeza aquel recuerdo tenaz como un
remordimiento, y, se aturda cerca de la protegida de su madre. Era una
mujer, y sus manos, que parecan desatadas desde aquella maana
dolorosa, iban a ella; su lengua libre, despus de la vehemente
confesin de amor a la puerta del huerto, hablaba ahora con ligereza,
expresando una adoracin que pareca resbalar sin huella alguna por la
cara inexpresiva de Remedios, yendo lejos, muy lejos, donde permaneca
oculta y ofendida la otra.

Se aturda cerca de Remedios para caer en una estpida tristeza apenas
se vea slo. Era una embriaguez de espuma que se evaporaba en la
soledad. Remedios le pareca uno de esos frutos sin sazonar, sanos, con
la pelcula de la virginidad, limpios de picaduras y manchas, pero sin
el sabor que deleita ni el perfume que embriaga.

En su extraa situacin, viviendo durante el da de jugueteos infantiles
con una muchacha que no despertaba en l ms que el regocijo de la
camaradera fraternal y durante la noche de tristes recuerdos, lo nico
que le placa era la confianza de su madre, la tranquilidad de la casa,
el poder ir y venir sin sentir fijos en l unos ojos irritados y
escuchar palabras de indignacin ahogadas entre dientes.

Don Andrs y los amigos del casino le preguntaban cundo sera la boda;
su madre hablaba en presencia de los chicos de las grandes
trasformaciones que se tendran que hacer en la casa. Ella, con las
criadas abajo, y todo el primer piso para el matrimonio, con
habitaciones nuevas que haban de ser asombro de la ciudad, y para cuyo
adorno vendran los mejores decoradores de Valencia. Don Matas le
trataba familiarmente, como cuando se presentaba en el patio a recibir
rdenes, y le vea nio, jugueteando en torno del imponente don Ramn.

--Todo cuanto tengo, para vosotros ser. Remedios es un ngel, y el da
que yo muera tendr ms que el pillo de mi hijo. Slo te ruego que no te
la lleves a Madrid: ya que abandona mi casa, al menos que la pueda ver
todos los das.

Y Rafael oa todas estas cosas como en sueos. Realmente l no haba
manifestado ningn deseo de casarse; pero all estaba su madre que lo
arreglaba todo, que le impona su voluntad, que aceleraba aquel afecto
tenue y ligero, empujndole hacia Remedios. Su boda era cosa decidida,
un tema de conversacin para toda la ciudad.

Sumido en su tristeza, agarrotado por la tranquilidad que ahora le
rodeaba y que tema romper, dbil y sin voluntad, encontraba un consuelo
pensando que la solucin preparada por su madre era la mejor.

Su amistad con Leonora se haba roto para siempre. Cualquier da
levantara ella el vuelo; lo haba dicho muchas veces, se marchara
pronto, cuando terminase la primavera. Qu le quedaba a l?... Obedecer
a su madre; se casara y tal vez esto le distrajese. Poco a poco ira
creciendo su afecto por Remedios y tal vez llegase a amarla con el
tiempo.

Estas reflexiones le daban un poco de tranquilidad; le suman en una
inconsciencia agradable. Quera ser como de nio; que su madre se
encargase de todo, l se dejara llevar sin resistencia ni movimiento
por la corriente de su destino.

Pero esta resignacin se rasgaba a veces con arranques de protesta, con
palpitaciones violentas de pasin.

Comenzaban a florecer los naranjos. La primavera haca densa la
atmsfera. El azahar como olorosa nieve, cubra los huertos y esparca
su perfume por los callejones de la ciudad. Al respirar se mascaban
flores.

Rafael no poda dormir. Por las rendijas de las ventanas, por debajo de
las puertas, al travs de las paredes pareca filtrarse el perfume
virginal de los inmensos huertos; aquel olor que evocaba la visin de
carnales desnudeces, acosaba con agudas punzadas su joven virilidad. Era
el aliento embriagador que vena de all abajo, despus de haber pasado
tal vez por los pulmones de ella agitando su mrbido pecho.

Ah, los terribles recuerdos! Rafael se revolva en la cama, creyendo
sentir todava en sus manos el contacto sedoso de las misteriosas
interioridades tanteadas vidamente en la fiebre de la lucha; se
imaginaba tener ante sus ojos aquella rpida visin de nieve sonrosada,
entrevista como a la luz de un relmpago, mientras el iracundo pie le
oprima el pecho... y revolvindose furioso entre las sbanas ruga de
pasin, mordiendo la almohada:

--Leonora! Leonora!

Una noche, a fines de Abril, Rafael se detuvo en la puerta de su cuarto
con el mismo temor que si fuese a entrar en un horno. Estremecase al
pensar en la noche que le esperaba. La ciudad entera pareca desfallecer
en aquel ambiente cargado de perfume. Era un latigazo de la Primavera,
acelerando con su excitacin la vida, dando mayor potencia a los
sentidos.

No soplaba ni la ms leve brisa; los huertos impregnaban con su olorosa
respiracin la atmsfera encalmada; dilatbanse los pulmones como si no
encontrasen aire, queriendo aspirar de un golpe todo el espacio. Un
estremecimiento voluptuoso agitaba la ciudad, adormecida bajo la luz de
la luna.

Rafael, sin darse cuenta de lo que haca, baj a la calle y poco
despus, se vio en el puente, donde algunos noctmbulos, con el sombrero
en la mano, respiraban con avidez, contemplando el haz de reflejos
sueltos, como fragmentos de espejo, que la luna proyectaba sobre las
aguas del ro.

Sigui adelante Rafael por las calles del arrabal, solitarias,
silenciosas, resonantes bajo sus pasos con una hilera de casas blancas y
brillantes bajo la luna, y la otra sumida en la sombra. Se senta
subyugado por el misterioso silencio del campo.

Su madre dorma descuidada; l estaba libre hasta el amanecer y segua
adelante, como atrado por aquellos caminos, serpenteantes entre los
huertos, donde tantas veces haba soado y esperado.

Para Rafael no era una novedad el espectculo. Todos los aos
presenciaba la germinacin primaveral de aquella tierra, cubrindose de
flores, impregnando el espacio de perfume, y, sin embargo, aquella
noche, al ver sobre los campos el inmenso manto de nieve del azahar
blanqueando a la luz de la luna, sintiose dominado por una dulce
emocin.

Los naranjos, cubiertos desde el tronco a la cima de blancas florecillas
con la nitidez del marfil, parecan rboles de cristal hilado:
recordaban a Rafael esos fantsticos paisajes nevados que tiemblan en la
esfera de los pisapapeles. Las ondas de perfume, sin cesar renovadas,
extendanse por el infinito con misterioso estremecimiento,
transfigurando el paisaje, dndole una atmsfera sobrenatural, evocando
la imagen de un mundo mejor, de un astro lejano donde los hombres se
alimentasen con perfumes y vivieran en eterna poesa. Todo esto
transfigurado por aquel ambiente de gabinete de amor iluminado por un
inmenso fanal de ncar. Los crujidos secos de las ramas sonaban en el
profundo silencio como besos; el murmullo del ro le pareca a Rafael el
eco lejano de una de esas conversaciones sostenidas con voz
desfallecida, susurrando junto al odo palabras temblorosas de pasin.
En los caaverales cantaba un ruiseor dbilmente como anonadado por la
belleza de la noche.

Se deseaba vivir ms que nunca; la sangre pareca correr por el cuerpo
ms aprisa, los sentidos se afinaban y el paisaje impona silencio con
su belleza plida, como esas intensas voluptuosidades que se paladean
con un recogimiento mstico. Rafael segua el camino de siempre, iba
hacia la casa azul.

An duraba en l la vergenza de su torpeza; si hubiese visto a Leonora
en medio del camino, habra retrocedido con infantil terror; pero la
seguridad de que a aquella hora no podra encontrarla, le daba fuerzas
para seguir adelante. A sus espaldas, sobre los tejados de la ciudad,
haban sonado las doce. Llegara hasta las tapias de su huerto, entrara
en l si le era posible y permanecera algunos minutos recogido y
silencioso al pie de la casa, adorando las ventanas tras las cuales
dorma la artista.

Era su despedida. Un capricho de romntico sentimentalismo que se le
haba ocurrido al salir de la ciudad y ver los primeros naranjos
cubiertos de aquella flor cuyo perfume haba retenido en paciente espera
a la artista durante muchos meses. Leonora no sabra que haba estado
cerca de ella, en el huerto silencioso inundado de luna, adorndola por
ltima vez, despidindose con el dolor mudo con que se dice adis a la
ilusin que se pierde en el horizonte.

Vio ante l la verja de verdes barrotes, aquella que se haba cerrado a
sus espaldas con el estrpito de una injuriosa despedida. Busc en la
cerca de espinos una brecha que conoca de la poca en que rondaba la
casa. La pas, y sus pies se hundieron en la tierra fina y arenisca de
las calles de naranjos. Sobre las copas de estos apareca la casa
blanquecina bajo la luna, brillando como plata las canales del tejado y
los antepechos de las ventanas. Todas estaban cerradas: la casa dorma.

Al ir a avanzar, salt de entre dos naranjos un bulto negro, cayendo
junto a l con sordo rugido. Era el perro de la alquera, un animal feo
y torvo que morda antes de ladrar.

Rafael dio un paso atrs, sintiendo el vaho de aquella boca anhelante y
rabiosa que buscaba hacer presa en sus piernas, pero se tranquiliz al
ver que el perro, tras una corta indecisin, mova bondadosamente la
cola y se limitaba a husmear los pantalones para convencerse de la
identidad de la persona. Le haba conocido: agradeca sus caricias;
recordaba la mano pasada automticamente por el lomo, mientras
conversaba con Leonora en el banco de la plazoleta.

Le pareci un buen presagio aquel encuentro, y sigui adelante mientras
que el perro volva a agazaparse en la sombra.

Avanzaba tmidamente, al amparo de la ancha faja de obscuridad que
proyectaban los naranjos, casi arrastrndose, como un ladrn que teme
caer en una emboscada.

Sali a la avenida cerca de la plazoleta, y cuando entr en ella
experiment una impresin de sorpresa al ver la puerta entreabierta, al
mismo tiempo que cerca de l sonaba un grito.

Se volvi, y en el banco de azulejos, envuelta en la sombra de las
palmeras y los rosales, vio una figura blanca, una mujer que al
incorporarse qued con el rostro en plena luz: Leonora.

El joven hubiera querido desaparecer, que se lo tragara la tierra.

--Rafael! Usted aqu?...

Y los dos quedaron silenciosos frente a frente; l avergonzado, mirando
al suelo; ella contemplndole con cierta indecisin.

--Me ha dado usted un susto que no se lo perdono--dijo por fin:--A qu
viene usted aqu?...

Rafael no saba qu contestar. Balbulceaba con una timidez, que
impresion a Leonora, pero a pesar de su turbacin, not un brillo
extrao en los ojos de la artista, una veladura misteriosa en la voz,
que la transfiguraba.

--Vamos--dijo Leonora bondadosamente;--no busque usted esas excusas tan
raras... Que vena usted a despedirse sin querer verme? Qu galimatas
es ese? Diga usted sencillamente que es una vctima de esta noche
peligrosa; yo tambin lo soy.

Y abarcaba con sus ojos de un brillo lacrimoso, la plazoleta blanca por
la luna; los nevados naranjos y los rosales y palmeras que parecan
negros, destacndose sobre el espacio azul, en el que vibraban los
astros como granos de luminosa arena. Su voz temblaba, tena una
opacidad suave; acariciaba como terciopelo.

Rafael, animado por aquella tolerancia, quiso pedir perdn, habl de la
locura que le haba expulsado de all; pero la artista le ataj.

--No hablemos de aquella infamia, me hace dao recordarla. Queda usted
perdonado, y ya que cae aqu como llovido del cielo, qudese un momento.
Pero... nada de audacias. Ya me conoce usted.

Y recobrando su viril apostura de amazona, segura de s misma, volvi al
banco, indicando a Rafael que se sentara al otro extremo.

--Qu noche!... Estoy ebria sin haber bebido. Los naranjos me
emborrachan con su aliento. Hace una hora senta que mi habitacin daba
vueltas, que la cabeza se me iba; la cama me pareca un barco en plena
tempestad. He bajado como otras veces y aqu me tiene usted hasta que el
sueo pueda ms que la hermosura de la noche.

Hablaba con languidez, abandonndose, con temblores de voz y
estremecimientos del pecho, como si la angustiase aquel perfume,
comprimiendo su poderosa vitalidad. Rafael la vea a corta distancia,
blanca, escultural, envuelta en el jaique en que se cubra al pasar de
la cama al bao; lo primero que haba encontrado a mano al bajar al
huerto.

Y bajo la fina lana, delatbanse las tibias redondeces con un perfume de
carne sana, fuerte y limpia que, atravesando la tela, se confunda con
la virginal respiracin del azahar.

--He tenido miedo al verle--continu con voz lenta y apagada,--un poco
de miedo nada ms; la natural sorpresa, y, sin embargo, estaba pensando
en usted en aquel momento. Se lo confieso. Me deca: Qu har aquel
loco a estas horas?; y repentinamente se presenta usted aqu como un
aparecido. No podra usted dormir excitado por ese ambiente, y ha venido
a tentar de nuevo la suerte con la misma esperanza que le guiaba otras
veces.

Hablaba sin su irona habitual, quedamente, como si conversase con ella
misma. Descansaba con abandono su busto en el respaldo del banco con un
brazo cruzado tras la cabeza.

Rafael quiso hablar otra vez de su arrepentimiento, de aquel deseo de
arrodillarse ante la casa para pedir mudamente perdn a la que dorma
arriba, pero Leonora le ataj de nuevo.

--Cllese usted; habla muy fuerte y podran orle. Mi ta duerme al otro
lado de la casa, tiene el sueo ligero... Adems, no quiero or nada de
remordimiento y perdn. Eso me trae a la memoria la vergenza de aquella
maana. No le dice a usted bastante que yo le permita estar aqu? De
nada quiero acordarme... A callar, Rafael! En silencio se paladea mejor
la belleza de la noche; parece que el campo habla con la luna y el eco
de sus palabras son estas olas de perfume que nos envuelven.

Y qued inmvil y silenciosa con los ojos en lo alto, reflejndose en
sus crneas la luz de la luna con una humedad lacrimosa. Rafael vea de
vez en cuando agitarse su cuerpo con misteriosos estremecimientos,
extenderse sus brazos, cruzndose tras la dorada cabellera con
desperezos que hacan crujir la blanca envoltura, poniendo en voluptuosa
tensin todos sus miembros. Pareca trastornada, enferma, su respiracin
anhelante tomaba a veces el estertor del sollozo; inclinaba la cabeza
sobre un hombro y desahogaba su pecho con suspiros interminables.

El joven callaba obediente, temiendo que el recuerdo de su torpe audacia
surgiera de nuevo en la conversacin, sin nimo para acortar la
distancia que les separaba en el banco. Ella, como si adivinase el
pensamiento de Rafael, hablaba con lentitud del estado anormal en que se
hallaba.

--No s qu tengo esta noche. Quiero llorar sin saber por qu; siento en
m una inexplicable felicidad, y sin embargo prorrumpira en sollozos.
Es la primavera; ese maldito perfume que es un latigazo para mis
nervios. Creo que estoy loca... La primavera! Mi mejor amiga y no le
debo ms que rencores! Si alguna locura he hecho en mi vida, ella ha
sido la consejera... Es la juventud que renace en nosotros; la locura
que nos hace la visita anual... Y yo, fiel siempre a ella; adorndola;
aguardando su llegada cerca de un ao en este rincn para verla aparecer
con su mejor traje, coronada de azahar como una virgen, una virgen
malvada que paga mi cario con golpes!... Mire usted cmo me ha puesto.
Estoy enferma no s de qu: enferma de exceso de vida; me empuja no s
dnde; seguramente donde no debo ir... Si no fuese por mi fuerza de
voluntad, caera tendida en este banco. Estoy como los ebrios que hacen
esfuerzos por mantenerse sobre las piernas y marchar rectos.

Era verdad, estaba enferma. Cada vez sus ojos aparecan ms lacrimosos;
su cuerpo, estremecido, pareca encojerse, desplomarse sobre si mismo,
como si la vida, cual un fluido dilatado, buscase escape por todos los
poros.

Call de nuevo por mucho rato con la mirada vaga y perdida en el
infinito, y de pronto murmur como contestando a sus recuerdos:

--Nadie como l conoci esto. Lo saba todo, senta como nadie el
misterio de las ocultas fuerzas de la Naturaleza, y cant la primavera
como un dios. Hans me lo dijo muchas veces y es verdad.

Y aadi sin volver la cabeza, con la voz vaga de una sonmbula.

--Rafael, usted no conoce _La Walkyria_, verdad?; no ha odo el canto
de la primavera.

No; el diputado no saba lo que le preguntaban. Y Leonora, siempre con
los ojos en la luna, la nuca apoyada en sus brazos, que escapaban
nacarados, fuertes y redondos de las cadas mangas, hablaba lentamente,
evocando sus recuerdos, viendo pasar ante su imaginacin la escena de
intensa poesa, la glorificacin y el triunfo de la Naturaleza y el
amor.

La cabaa de Hunding, brbara, con salvajes trofeos y espantosas pieles,
revelando la brutal existencia del hombre apenas posesionado del mundo,
en lucha perpetua con los elementos y las fieras. El eterno fugitivo,
olvidado de su padre; Sigmundo, que as mismo se da por nombre
_Desesperacin_, errante aos y aos a travs de las selvas, acosado por
los animales feroces, que le creen una bestia al verle cubierto de
pieles, descansa por fin al pie del gigantesco fresno que sostiene la
cabaa, y al beber el hidromiel en el cuerno que le ofrece la dulce
Siglinda conoce por primera vez la existencia del Amor, mirndose en sus
cndidos ojos.

El marido, Hunding, el feroz cazador, se despide de l al terminar la
rstica cena Tu padre era el Lobo y yo soy de la raza de los cazadores.
Hasta que apunte el da mi casa te protege, eres mi husped; pero as
que el sol se remonte, sers mi enemigo y combatiremos... Mujer, prepara
la bebida de la noche y vmonos al lecho.

Y el desterrado queda solo junto al fuego, pensando en su inmensa
soledad. Ni hogar, ni familia, ni la espada milagrosa que le prometi su
padre el Lobo. Y cuando apunte el da, de la cabaa que le cobija,
saldr el enemigo que ha de darle muerte. El recuerdo de la mujer que
apag su sed, la chispa de aquellos ojos cndidos, envolvindole en una
mirada de piedad y amor, es lo nico que le sostiene... Ella llega,
despus de dejar dormido al feroz compaero. Le ensea en el fresno la
empuadura de la espada que hundi el dios Wotan: nadie puede
arrancarla; slo obedecer a la mano de aquel para quien la ha destinado
el dios.

Y mientras ella habla, el salvaje errante la contempla extasiado, como
blanca aparicin que le revela la existencia en el mundo de algo ms que
la fuerza y la lucha. Es el amor que le habla. Lentamente se aproxima;
la abraza, la estrecha contra su pecho, y la puerta se abre a impulsos
de la brisa, y aparece la selva verde y olorosa a la luz de la luna, la
primavera nocturna, radiante y gloriosa, envuelta en su atmsfera de
rumores y perfumes.

Siglinda se estremece, Quin ha entrado? Nadie, y sin embargo, un
nuevo ser acaba de penetrar en la cabaa, abatiendo la puerta con su
invisible rodillazo. Y Sigmundo, con la inspiracin del amor, adivina
quin es el recin llegado. Es la Primavera que re en el aire en torno
de tus cabellos. Se acabaron las tempestades; termin la obscura
soledad. El luminoso mes de Mayo, joven guerrero con armadura de flores,
se presenta a dar caza al negro invierno, y en medio de la fiesta de la
Naturaleza regocijada, busca a su amante: la Juventud. Esta noche, en
que te veo por vez primera, es la noche de bodas infinita de la
Primavera y de la Juventud.

Y Leonora se estremeca, escuchando internamente el murmullo de la
orquesta al acompaar el canto de ternura inspirado por la Primavera; la
vibracin de la selva agitando sus ramas entumecidas por el invierno, al
recibir la nueva savia como torrente de vida; y en medio de la iluminada
plazoleta, crea contemplar a Sigmundo y Siglinda, estrechndose en
eterno abrazo, formando un solo cuerpo como cuando los vea desde los
bastidores, vestida de walkyria, esperando la hora de despertar el
entusiasmo del pblico con su alarido _Hojotoho!_

Senta la misma tristeza de Sigmundo en la cabaa de Hunding. Sin
familia, sin hogar, errante, buscaba algo en que apoyarse, algo que
estrechar cariosamente, y sin darse cuenta de sus movimientos, era ella
la que se aproximaba a Rafael, la que haba puesto una mano entre las
suyas.

Estaba enferma. Sollozaba quedamente con una timidez suplicante de nia,
como si la intensa poesa de aquel recuerdo artstico hubiese
quebrantado el dbil resto de voluntad que la haba mantenido duea de
s.

--No s qu tengo... Me siento morir... pero con una muerte tan dulce!
tan dulce!... Qu locura Rafael! qu imprudencia haberme visto esta
noche!...

Y abarcaba con una mirada suplicante, como pidiendo gracia, la noche
majestuosa, en cuyo silencio pareca agitarse la vibracin de una nueva
vida.

Adivinaba que algo iba a morir en ella. La voluntad yaca innime en el
suelo, sin fuerzas para defenderse.

Rafael tambin se senta trastornado. La tena apoyada en su pecho, una
mano entre las suyas; floja, desmayada, sin voluntad, incapaz de
resistencia, y, sin embargo, no senta el ardor brutal de aquella
maana, no osaba moverse por el temor de parecer audaz y brbaro. Le
invada una inmensa ternura; slo ambicionaba pasar horas y horas en
contacto con aquel cuerpo, estrechndolo fuertemente, cual si quisiera
abrirse y encerrar dentro de l a la mujer adorada, como el estuche
guarda la joya.

La hablaba misteriosamente al odo, sin saber casi lo que deca;
murmuraba en su sonrosada oreja palabras acariciadoras que le parecan
dichas por otro y le estremecan al decirlas con escalofros de pasin.

S, era verdad; aquella noche era la soada por el gran artista: la
noche de bodas del arrogante Mayo con su armadura de flores y la
sonriente Juventud. El campo se estremeca voluptuosamente bajo la luz
de la luna; y ellos, jvenes, sintiendo el revoloteo del amor en torno
de sus cabellos estremecidos hasta la raz, qu hacan all, ciegos
ante la hermosura de la noche, sordos al infinito beso que resonaba en
torno de sus cabezas?

--Leonora! Leonora!--gema Rafael.

Se haba deslizado del banco: estaba casi sin saberlo, arrodillado ante
ella, agarrado a sus manos y avanzaba el rostro, sin atreverse a llegar
hasta su boca.

Y ella, echando atrs el busto con desmayo, murmuraba dbilmente con un
quejido de nia:

--No, no: me hara dao... me siento morir.

--Los dos en uno--continuaba el joven, con sorda exaltacin,--unidos
para siempre; mirndose en los ojos como en un espejo; repitiendo sus
nombres con la entonacin de una estrofa; morir as si era preciso para
librarse de la murmuracin de la gente. Qu les importaba a ellos el
mundo y sus opiniones?

Y Leonora, cada vez ms dbil, segua negndose.

--No, no;... tengo vergenza. Un sentimiento que no puedo definir.

Y as era. El dulce estertor de la naturaleza bajo el beso primaveral,
aquel intenso perfume de la flor emblema de la virginidad, la
transfiguraba. La loca, la aventurera de accidentada historia, entrada
en el placer por el empujn de la violencia, senta por primera vez
rubor en los brazos de un hombre; experimentaba la alarma de la virgen
al contacto del macho, la misma agitacin que impulsa a la doncella a
entregarse entre estremecimientos de miedo a lo desconocido. La
naturaleza, al embriagarla abatiendo su resistencia, pareca crear una
virginidad extraa en aquel cuerpo fatigado por el placer.

--Dios mo! qu es esto?... Qu me pasa? Debe ser el amor; un amor
nuevo que no conoca... Rafael... Rafael mo!

Y llorando dulcemente, oprima entre sus manos la cabeza del joven,
apretaba su boca contra la suya, echndose despus atrs, con los ojos
extraviados, enloquecida por el contacto de los labios.

Estrechamente abrazados haban cado sobre el banco. El jardn rumoroso
les serva de cmara nupcial: la luna les dejaba en la discreta sombra.

--Por fin!--murmur ella--lograste tu deseo. Tuya... pero para siempre.
Te quera antes, pero ahora te adoro... Por primera vez lo digo con toda
mi alma.

Rafael, impulsado por la dicha, tuvo un arranque de generosidad.
Necesitaba darlo todo.

--S; ma para siempre. No temas entregarte, hacerme feliz... Me casar
contigo.

En medio de su embriaguez vio cmo la artista abra con extraeza sus
ojos, cmo pasaba por su boca una sonrisa triste.

--Casarnos! y para qu?... Eso es para otros. Quireme mucho, nio
mo, mame cuanto puedas... Yo slo creo en el Amor.




V


--Pero beb, cundo llegamos a la isla?... Me fatiga estar en este
banco, lejos de ti, viendo esos bracitos mos, cmo se cansan de tanto
darle a los remos. Un beso!... aunque te enfades! Eso te refrescar.

Y ponindose en pie, Leonora dio dos pasos en la blanca barca,
imprimindola un fuerte balanceo, y bes varias veces a Rafael, que
soltando los remos se defenda entre risas.

--Loca! As no llegaremos nunca. Con descansos como estos se hace poco
camino, y yo te he prometido llevarte a la isla.

Volvi a encorvarse sobre los remos bogando por el centro del ro, sobre
las aguas que temblaban reflejando la luna, como si quisiera que la
arboleda de ambas orillas gozase por igual en la contemplacin de la
amorosa escapatoria.

Haba sido un capricho de la artista, un deseo repetido en sus visitas a
la casa azul, unas veces por la tarde en presencia de doa Pepa y la
doncella, y todas las noches pasando por la brecha de la cerca, donde ya
le esperaban en la obscuridad los desnudos brazos de Leonora, aquella
boca fresca que se adhera con furor a la suya como si quisiera
absorberle.

Llevaba ms de una semana de dulce embriaguez. Jams haba credo que la
vida fuese tan hermosa. Viva en una dulce inconsciencia. La ciudad no
exista para l. Le parecan fantasmas todos los que le rodeaban; su
madre y Remedios eran como seres invisibles a cuyas palabras contestaba
sin tomarse el trabajo de levantar la cabeza para verlas.

Pasaba los das agitado por el vehemente deseo de que llegase pronto la
noche, que terminase la cena en familia, para subir a su cuarto y salir
despus cautelosamente, apenas quedaba silenciosa la casa, con la calma
del sueo.

No adivinaba la extraeza que esta conducta deba producir en su madre,
al ver cerrado su cuarto toda la maana mientras l dorma con la fatiga
de una noche de amor. No se fijaba en el rostro ceudo de doa Bernarda,
cansada ya de preguntarle si estaba enfermo y de or la misma respuesta:

--No, mam; es que trabajo de noche; un estudio importante.

La madre tena que contenerse para no gritar: Mentira! por dos noches
haba subido a su cuarto, encontrando cerrada la puerta y obscuro el ojo
de la cerradura. Su hijo no estaba all. Le vigilaba, y todos los das
poco antes del amanecer, escuchaba cmo abra suavemente la puerta de la
calle y suba las escaleras quedamente, tal vez descalzo.

La austera seora callaba amontonando en silencio su indignacin,
lamentndose ante don Andrs de aquel retoamiento de locura que
trastornaba sus planes. El consejero vigilaba al joven por medio de sus
numerosos devotos que le seguan cautelosamente por la noche hasta la
casa azul.

--Qu escndalo!--exclamaba doa Bernarda.--De noche tambin! Acabar
por traerla a esta casa! Pero es que esa boba de doa Pepita no ve nada
de esto?

Y Rafael, insensible al ambiente de indignacin que se formaba en torno
de l; sin dignarse siquiera dirigir una palabra, una mirada a la pobre
Remedios que, cabizbaja como una cabrita enfurruada, pareca llorar el
recuerdo de aquellos paseos regocijados bajo la vigilancia de doa
Bernarda.

El diputado no vea nada fuera de la casa azul; le cegaba su felicidad.
Lo nico que le molestaba era tener que ocultarla, no poder hacer
pblica su dicha para que se enterasen de ella todos sus admiradores.

Hubiera querido transportarse de un golpe a la decadencia romana, donde
los amores de los poderosos tomaban la majestad de la pblica adoracin.

--Qu me importa lo que murmuren!--deca una noche en el dormitorio de
Leonora a donde suba cautelosamente todas las noches.--Mira si te
quiero, que deseara ver a toda esa gente prestndote adoracin.
Quisiera poder cogerte en brazos as como ests, casi desnuda, y en
pleno medioda presentarme en el puente del Arrabal ante la muchedumbre
embobada por tu belleza: Soy o no soy vuestro jefe? Pues si lo soy,
adorad a esta mujer que es mi alma y sin la cual no puedo vivir. El
afecto que me tengis a m, partidlo para que tambin sea de ella. Y lo
hara, a ser posible, tal como lo digo.

--Loco... nene adorable--deca ella cubrindole la cara de besos,
acariciando la negra barba con su boca suave y estremecedora.

Y en una de estas entrevistas, donde las palabras se interrumpan con
repentinos impulsos de pasin y las frases se cortaban con un salto de
bestia en celo, ahogndose entre las bocas juntas y los pechos oprimidos
por el abrazo, fue cuando Leonora manifest su capricho.

--Me ahogo aqu dentro. Me repugna acariciarte entre cuatro paredes,
junto a una cama vulgar, como un amante de momentneo capricho. Esto es
indigno de ti. Eres el amor que vino a buscarme en la ms hermosa de las
noches. Al aire libre me gusta ms; el amor es fresco y puro en medio
del campo. Te veo ms hermoso y yo me siento ms joven.

Y recordando las expediciones ro abajo que tantas veces le haba
relatado Rafael en sus conversaciones de amigo, aquella isleta con sus
cortinas de juncos, los sauces inclinndose sobre el agua y el ruiseor
cantando oculto, le preguntaba, ansiosa:

--Qu noche me llevas? Es un capricho, una locura; pero para qu
existe el Amor, sino para hacer alegres disparates que endulcen la
vida?... Llvame en tu barca; ella que te condujo aqu nos trasladar a
esa isla encantada; nos amaremos toda una noche al aire libre.

Y Rafael, que se senta halagado por la idea de pasear su amor ro
abajo, al travs de la campia dormida, desamarr su barca a media noche
bajo el puente del Arrabal, llevndola hasta un caar inmediato al
huerto de Leonora.

Una hora despus atravesaban la brecha, cogidos del brazo, riendo de
aquella escapatoria de colegiales traviesos, estrechndose el uno contra
otro, turbando con besos ruidosos e insolentes el majestuoso silencio
del campo.

Se embarcaron, y la lancha, impulsada por la corriente, guiada por los
remos de Rafael, comenz a descender el Jcar arrullada por el susurro
de las aguas al deslizarse por las altas riberas de barro, cubiertas de
caaverales que se inclinaban formando misteriosos escondrijos.

Leonora palmoteaba de alegra. Se echaba sobre la nuca la blonda con que
haba cubierto su cabeza, desabrochaba su ligero gabn de viaje y
aspiraba con delicia el airecillo hmedo y algo pegajoso que rizaba la
superficie del ro. Su mano se estremeca acariciando el agua.

Qu hermosa resultaba la escapatoria! Solos y errantes, como si el
mundo no existiera; como si toda la naturaleza fuese para ellos; pasando
por cerca de las alqueras dormidas, dejando atrs la ciudad, sin que
nadie se diera cuenta de aquel amor que, en su entusiasmo, se
desbordaba, saliendo del misterioso escondrijo para tener por testigos
el cielo y el campo. Leonora hubiese querido que la noche no terminase
nunca; que aquella luna menguante, que pareca partida de un sablazo, se
detuviera eternamente en el cielo para envolverles en su luz difusa y
mortecina; que el ro no tuviese fin y la barca flotase y flotase hasta
que anonadados ellos de tanto amar, exhalasen el resto de su vida en un
beso tenue como un suspiro.

--Si supieras cunto te agradezco este paseo!... Rafael, estoy
contenta. Nunca he tenido una noche como esta. Pero dnde est tu isla?
Nos hemos extraviado como en la noche de la inundacin?

No; llegaban a la isla donde muchas veces haba pasado las tardes
Rafael, oculto en los matorrales, aislado por el agua, soando con ser
uno de aquellos aventureros de las praderas vrgenes o de los inmensos
ros americanos, cuyas peripecias segua en las novelas de Fenimore
Cooper y Maine Reid.

Un pequeo ro tributario se una al Jcar desembocando mansamente bajo
una aglomeracin de caas y rboles; un arco triunfal de follaje. Y en
la confluencia de las dos corrientes emerga la isla, una pequea
extensin de terreno casi al ras del agua, pero fresca, verde y
perfumada como un ramillete acutico, con espesos haces de juncos sobre
los cuales zumbaban de da los insectos de oro, y unos cuantos sauces
que inclinaban sobre el agua sus finas cabelleras formando bvedas
sombras, bajo las cuales se deslizaba la barca.

Los dos amantes entraron en la obscuridad. La cortina de ramas les
ocultaba el ro; la luna apenas si poda filtrar alguna lgrima de luz
por entre el ramaje de los sauces.

Leonora se sinti intimidada por aquel ambiente de cueva lbrego y
hmedo. Invisibles animales caan en el agua con sordo chapoteo al
sentir la proa de la barca cabeceando sobre el barro de la ribera. La
artista se agarraba nerviosamente al brazo de su amante.

--No tengas miedo--murmur Rafael.--Apyate y salta... Poco a poco. No
queras or al ruiseor? Ah le tenemos, escucha.

Era verdad. En uno de los sauces, al otro lado de la isla, el misterioso
pjaro oculto lanzaba sus trinos, sus vertiginosas cascadas de notas,
detenindose en lo ms vehemente del torbellino musical, para filar un
quejido dulce e interminable como un hilo de oro que se extenda en el
silencio de la noche sobre el ro que pareca aplaudirle con su sordo
murmullo.

Los amantes avanzaban entre los juncos, encorvndose, titubeando antes
de dar un paso, temiendo el chasquido de las ramas bajo sus pies. La
continua humedad haba cubierto la isla de una vegetacin exuberante.
Leonora haca esfuerzos por contener su risa de nia, al sentirse con
los pies apresados por las maraas de juncos y recibir las duras
caricias de las ramas que se encorvaban al paso de Rafael, y recobrando
su elasticidad la golpeaban el rostro.

Peda auxilio con apagada voz, y Rafael, riendo tambin, la tenda la
mano, arrastrndola hasta el pie del rbol donde cantaba el ruiseor.

Call el pjaro adivinando la presencia de los amantes. Oy sin duda el
ruido de sus cuerpos al caer al pie del rbol, las palabras tenues
murmuradas al odo.

Reinaba el gran silencio de la naturaleza dormida, ese silencio
compuesto de mil ruidos que se armonizan y funden en la majestuosa
calma: susurro del agua, rumor de las hojas, misteriosas vibraciones de
seres ocultos, imperceptibles, que se arrastran bajo el follaje o abren
pacientemente tortuosas galeras en el tronco que cruje.

El ruiseor volvi a cantar con timidez, como un artista que teme ser
interrumpido. Lanz algunas notas sueltas con angustiosos intervalos,
como entrecortados suspiros de amor; despus fue enardecindose poco a
poco, adquiriendo confianza, y comenz a cantar, acompaado por el
murmullo de las hojas agitadas por la blanda brisa.

Embriagbase a s mismo con su voz; sentase arrastrado por el vrtigo
de sus trinos; pareca vrsele en la obscuridad hinchado, jadeante,
ardiente, con la fiebre de su entusiasmo musical. Entregado a s mismo;
arrebatado por la propia belleza de su voz, no oa nada, no perciba el
incesante crujir de la maleza, como si en la sombra se desarrollara una
lucha, los bruscos movimientos de los juncos, agitados por misterioso
espasmo, hasta que un doble gemido brutal, profundo, como arrancado de
las entraas de alguien que se sintiera morir, hizo enmudecer asustado
al pobre pjaro.

Un largo espacio de silencio. Abajo despertaban los dos amantes
estrechamente abrazados en el xtasis todava de aquel canto de amor.

Leonora apoyaba su despeinada cabeza en el hombro de Rafael. Acariciaba
su cuello con la anhelante y fatigada respiracin que agitaba su pecho.
Murmuraba junto a su odo frases incoherentes, en las que an vibraba la
emocin.

Qu feliz se senta all! Todo llega para el amor. Muchas veces en su
poca de resistencia, al contemplar por la noche desde su balcn aquel
ro que serpenteaba a travs de la campia dormida, haba pensado con
delicia en un paseo por el inmenso jardn del brazo de Rafael, en
deslizarse por el Jcar, llegando hasta la isla.

--Mi amor es ya antiguo--murmuraba al odo de Rafael.--Crees t que
slo te quiero desde la otra noche? Te adoro desde hace mucho tiempo,
mucho... Pero no vaya usted a ponerse por esto orgulloso, seorito
mo!... No s como comenz: creo que fue cuando estabas en Madrid. Al
verte de nuevo comprend que estaba perdida. Si me resist, es porque
estaba en mi sana razn; porque vea claro. Ahora estoy loca y lo he
echado todo a rodar. Dios sea con nosotros... Pero aunque venga lo que
venga, quireme mucho, Rafael; jrame que me querrs. Sera una crueldad
huir despus de haberme despertado.

Y se apretaba con cierto terror contra el pecho de Rafael, hunda las
manos en el cabello del joven, echaba atrs su cabeza para pasear su
boca vida por toda la cara, besndole en los ojos, en la frente, en la
boca, mordindole la nariz y la barba suavemente, pero con una
vehemencia cariosa que arrancaba ligeros gritos a Rafael.

--Loca!--murmuraba sonriendo.--Que me haces dao!

Leonora le miraba fijamente con aquellos ojazos que brillaban en la
sombra con el fulgor de una fiera en celo.

--Te devorara--murmuraba con voz grave que pareca un rugido
lejano.--Siento impulsos de comerte, mi cielo, mi rey, mi dios... Qu
me has dado, di, nio? cmo has podido enloquecerme, hacindome sentir
lo que nunca haba sentido?

Y de nuevo caa sobre l agarrando su cabeza, oprimindola con furia
sobre su robusto y firme pecho, en cuyas desnudeces se perda la
anhelante boca de Rafael, posedo tambin de avidez rabiosa.

--Ya no canta el ruiseor--murmuraba el joven.

--Ambicioso!--deca riendo quedamente la artista.--Ya quieres orle de
nuevo?...

Callaban los dos, estrechamente abrazados, formando un solo cuerpo,
trastornados por el ambiente de poesa con que les rodeaba la noche.

Otra vez comenzaron a resonar entre las altas ramas las notas sueltas,
los lamentos tiernos del solitario pjaro, llamando al amor invisible. Y
familiarizado con los extraos rumores que aquella noche poblaban la
isla y que llegaban de nuevo hasta l como bocanadas de lejano incendio,
se lanz en una carrera loca de trinos, cual si se sintiera espoleado
por la voluptuosidad de la noche y fuese a reventar de fatiga, cayendo
del rbol su envoltura de pluma como un saco vaco despus de haber
derramado su tesoro de notas.

Rafael se estremeci en los brazos de su amante como si despertase.

--Debe ser tarde. Cuntas horas estamos aqu?

--S, muy tarde--contest Leonora con tristeza.--Las horas de placer van
siempre al galope.

La obscuridad era densa: haba desaparecido la luna. Cogidos de la mano,
guindose a tientas, llegaron a la barca y el chapoteo de los remos
comenz a sonar ro arriba sobre la negra corriente.

El ruiseor cantaba en el sauce melanclicamente, como saludando una
ilusin que se aleja.

--Mira, mi vida--dijo Leonora.--El pobrecito nos despide. Oye como nos
dice adis.

Y sbitamente, en su fatigado desaliento, anonadada y muelle por la
noche de amor, sinti la llama del arte, estremecindola de pies a
cabeza.

Vena a su memoria el himno que en _Los Maestros Cantores_ entona el
buen pueblo de Nuremberg viendo en el estrado del certamen a Hans Sachs,
su cantor popular, bondadoso y dulce como el Padre Eterno. Era la
cancin que el poeta menestral, el amigo de Alberto Durero, escribi en
honor de Lutero al iniciarse la gran revolucin: y la artista, puesta de
pie en la popa, saludando con su sonrisa al ruiseor, comenz a cantar:

    _Sorgiam, che spunta il dolce albor,_
    _Cantar ascolto in mezzo ai fior_
    _Voluttuoso un usignuol_
    _Spiegando a noi l'amante vol!..._

Su voz ardorosa y fuerte pareca hacer temblar la negra superficie del
ro; se extenda en ondas armoniosas por los campos, perdase en la
frondosidad de la lejana isla, desde donde contestaba como un suspiro
lejano el trino del ruiseor. Imitaba, esforzndose, la majestuosa
sonoridad del coro wagneriano; remedaba con murmullos a flor de labio el
rumoroso acompaamiento de la orquesta, y Rafael bata el agua con sus
remos al comps de la meloda piadosa y entusiasta con que el gran
maestro haba impetrado el favor de la poesa popular, saludando la
aparicin de la Reforma.

Iban ro arriba, luchando contra la corriente. Rafael se doblaba sobre
los remos, moviendo sus brazos nerviosos como resortes de acero. Llevaba
la barca por cerca de la orilla, donde la corriente era menos viva y las
ramas rozaban las cabezas de los amantes, mojando la cara de la artista
con el roco depositado en sus hojas. Muchas veces se hunda la barca en
una de aquellas bvedas de verdura, abrindose paso lentamente entre las
plantas acuticas, y el follaje temblaba con el impulso armonioso de
aquella voz vibrante y poderosa como gigantesca campana de plata.

An no llegaba el da, no _spuntaba il dolce albor_ de la cancin de
Hans Sachs, pero se adivinaba que de un momento a otro comenzara a
clarear en el cielo la faja sonrosada del amanecer.

Rafael haca esfuerzos para llegar cuanto antes, animado por la voz de
Leonora, que marcaba el comps a los remos. Su canto sonoro pareca
despertar la campia. En una alquera se iluminaba una ventana. Rafael
crey varias veces or en la ribera, a lo largo de los caaverales,
ruido de caas tronchadas, pasos cautelosos de gente que les segua.

--Calla, alma ma. No cantes; te van a conocer. Adivinarn quin eres.

Llegaron al ribazo donde haban embarcado. Leonora salt a tierra;
quera ir sola hasta casa; se separaran all. Y la despedida fue dulce,
lenta, interminable.

--Adis, amor; un beso. Hasta maana... no, hasta luego.

Se alejaba algunos pasos ribazo arriba, y volva de repente buscando los
brazos de su amante.

--Otro, prncipe mo... el ltimo.

Era la eterna despedida de amor; arrancarse con nervioso impulso de los
brazos para volver al momento con la angustia de la separacin.

Comenzaba a clarear el da. No cantaba la alondra, como en el jardn de
Verona anunciando el alba a los amantes de Shakespeare; pero comenzaba a
orse el chirrido lejano de los carros en los caminos de la campia, y
una cancin perezosa y soolienta entonada por una voz infantil.

--Adis, Rafael... Ahora s que es el ltimo. Nos van a sorprender.

Y recogindose el abrigo subi de un salto al ribazo, saludndole por
ltima vez con el pauelo.

Rafael rem ro arriba hacia la ciudad. Aquel viaje a solas, cansado y
luchando contra la corriente, fue lo peor de la noche.

Cuando amarr su barca cerca del puente era ya de da. Se abran las
ventanas de las casas vecinas al ro; pasaban por el puente los carros
cargados de vituallas para el mercado y las filas de hortelanas con
grandes cestas en la cabeza. Toda aquella gente miraba con inters al
diputado. Vendra de pasar la noche pescando. Se lo decan unos a
otros, a pesar de que en la barca no se vea ningn til de pesca.
Envidiaban a la gente rica que puede dormir de da y entretener su
tiempo como mejor le parece.

Rafael salt a tierra molestado por la curiosidad de los grupos. Pronto
estara enterada su madre.

Al subir al puente con paso tardo y perezoso, muertos los brazos por sus
esfuerzos de remero, oy que le llamaban.

Don Andrs estaba all mirndole con sus ojillos de color de aceite que
brillaban entre las arrugas con una expresin de autoridad.

--Me has dado la gran noche, Rafael. S dnde has estado. Vi anoche cmo
te embarcaste con esa mujer, y no han faltado amigos que os han seguido
para saber dnde ibais. Habis estado en la isla toda la noche; esa
mujer cantaba sus cosas como una loca... Pero redis! es que no hay
casas en el mundo? es que os diverts as ms, paseando a cielo abierto
vuestro enredo para que todo Cristo se entere?

Y el viejo se indignaba de veras, como libertino rstico y ducho que
adoptaba toda clase de precauciones para no comprometerse en sus
_debilidades_ con la chiquillera de los almacenes de naranja. Senta
furor y tal vez envidia al ver aquella pareja sin miedo a la
murmuracin, inconsciente ante el peligro, burlndose de toda prudencia,
ostentando su pasin con la insolencia de la dicha.

--Adems, tu madre lo sabe todo. Estas noches ha sorprendido tus
escapatorias, ha visto que no estabas en tu cuarto. La vas a matar de un
disgusto.

Y con la severidad de un padre, hablaba de la desesperacin de doa
Bernarda; el porvenir de la casa en peligro, el compromiso con Don
Matas, la palabra dada, la hija esperando la prometida boda.

Rafael callaba, caminando como un autmata, irritado por aquella charla
que le traa a la memoria todas las obligaciones molestas de su vida.
Senta el enojo del que se ve despertado por un criado torpe en mitad de
un dulce ensueo. An llevaba en sus labios la huella de los besos de
Leonora; todo su cuerpo estaba impregnado de su dulce calor; y aquel
viejo vena a hablarle del deber, de la familia, del qu dirn, sin
acordarse para nada del amor! como si el amor no fuese nada en la vida!
Aquello era un complot contra su dicha, y senta que un impulso de lucha
y de revuelta agitaba su voluntad.

Haban llegado frente a la gran casa de Brull. Rafael buscaba con su
llave la cerradura.

--Y bien--dijo el viejo irritado,--qu dices t a todo esto? Qu
piensas hacer? Contesta; pareces mudo.

--Yo--repuso el joven con energa--yo har lo que mejor me parezca.

Don Andrs se estremeci. Ay, cmo le haban cambiado a su Rafael!...
Aquella chispa agresiva, arrogante, belicosa, que brillaba en sus ojos,
no la haba visto nunca.

--Rafael, as me contestas? A m, que te he visto nacer! A m, que
te quiero como te quera tu padre!

--Soy ya mayor de edad. No quiero tolerar ms esta comedia de ser
personaje en la calle y un chiquillo en casa. Gurdese los consejos para
cuando los pida. Buenos das.

Al subir la escalera vio en el primer rellano en la penumbra de la casa
cerrada, sin otra luz que la de las rendijas de las ventanas, a su
madre, erguida, ceuda, tempestuosa, como una imagen de la justicia.

Pero Rafael no vacil. Sigui subiendo los peldaos, sin recatarse, sin
temblar cual otras veces; como el seor que ha estado ausente mucho
tiempo y entra arrogante en la casa que es suya.




VI


--Dice usted bien, Andrs. Rafael no es mi hijo; me lo han cambiado. Esa
perdida ha hecho de l otro hombre. Peor, mil veces peor que su padre.
Loco por esa mujer; capaz de pasar por encima de m si le separo de
ella. Usted se queja de su falta de respeto; pues y yo?... Se hubiera
avergonzado usted vindole. La otra maana al entrar en casa me trat
igual que a usted. Pocas palabras, pero buenas. El har lo que quiera, o
lo que es lo mismo, seguir con esa mujer hasta que se canse o reviente
de una indigestin de pecados como su padre... Dios mo! y para esto
he sufrido yo? para esto me he sacrificado aos y ms aos queriendo
hacer de l un grande hombre?

La austera doa Bernarda, vencida en su autoridad por la rebelda tenaz
del hijo, lloraba hablando con su ntimo confidente. En sus lgrimas de
dolor maternal haba tambin algo del despecho de mujer autoritaria, al
ver en la propia casa una voluntad que se rebelaba, colocndose por
encima de la suya.

Relataba a don Andrs entre suspiros la vida de su hijo en aquellos
das, desde que haba adquirido su independencia. Ya no se recataba
para pasar la noche fuera de casa. Volva despus de amanecer, y por la
tarde con el bocado en la boca, como ella deca, emprenda de nuevo el
camino de la casa azul apresuradamente, como si le faltase el tiempo
para ver a aquella condenada.

La misma fiebre de su padre, el mismo ardor loco que consumira
rpidamente su cuerpo. No haba ms que verle, descolorido, con una
palidez amarillenta, tirante la piel de la cara como si fuese a marcar
con fidelidad enfermiza los relieves del hueso; sin ms animacin que
aquel fuego que brillaba en sus ojos como una chispa de loca alegra.
Oh familia desgraciada! todos iguales!...

La madre haca esfuerzos para ocultar la verdad a Remedios. Pobre
muchacha! Triste, cabizbaja, sin poder explicarse el repentino
alejamiento de Rafael.

Convena ocultar el suceso, y esto es lo que limitaba la clera de doa
Bernarda en sus rpidas entrevistas con el hijo.

Tal vez podra sobrevenir un arreglo, algo inesperado que deshiciese
aquella malfica influencia sobre Rafael, y con esta esperanza haca
esfuerzos para que Remedios y su padre no se dieran cuenta de lo que
ocurra; finga contento en presencia de ellos, inventaba mil pretextos
de estudios, preocupaciones y hasta enfermedades para justificar la
conducta de su hijo.

Pero la desconsolada seora tema a la gente que la rodeaba; aquella
curiosidad de ciudad pequea, aburrida en su monotona, siempre alerta,
a la caza de un nuevo suceso para gozar el placer de la murmuracin.

Se esparca rpidamente la noticia de aquellos amores: circulaba de boca
en boca, considerablemente aumentado, el relato de la expedicin por el
ro, los paseos por entre los naranjos; las noches que pasaba Rafael en
la casa de doa Pepita, entrando a obscuras y descalzo como un ladrn;
las siluetas de los amantes, destacndose en la ventana del dormitorio,
abrazados por el talle, contemplando la noche: todo visto por gentes
dedicadas por voluntad al espionaje, para poder decir yo lo he
presenciado y que pasaban la noche ocultos en un ribazo, emboscados
tras una cerca para sorprender al diputado, a la ida o la vuelta de sus
citas de amor.

Los hombres, en los cafs o en el casino envidiaban a Rafael, comentando
con ojos brillantes su buena suerte. Aquel chico haba nacido de pie.
Pero luego en sus casas unan su voz severa al coro de mujeres
indignadas. Qu escndalo! Un diputado, un personaje que deba dar
ejemplo! Aquello era burlarse de la ciudad. Y cuando el general rumor de
protesta llegaba hasta doa Bernarda, sta elevaba las manos con
desesperacin. Dnde iran a parar? Su hijo quera perderse.

Don Matas, el rstico millonario, callaba, y en presencia de doa
Bernarda finga ignorarlo todo. Su inters por emparentar con la familia
Brull le haca ser prudente. El tambin esperaba que pasara aquello,
una ceguera de joven, y creyndose investido de la autoridad de padre,
intent dar algunos consejos a Rafael al encontrarle en la calle. Pero
tuvo que desistir a las pocas palabras, intimidado por la mirada altiva
del joven. Crey por un momento que an era el pobre cultivador de
naranjos de otro tiempo y que se hallaba en presencia de aquel Don Ramn
majestuoso como un gran seor.

Rafael se defenda con el silencio y la altivez. No necesitaba consejos,
pero ay! cuando llegaba por la noche a la casa de su amada, cuando se
vea en aquel dormitorio que pareca exhalar el mismo perfume de
Leonora, como si hubiera absorbido en sus muebles y cortinas la esencia
de su cuerpo, senta los efectos de aquella murmuracin encarnizada, de
la curiosidad de toda una poblacin fija en ellos.

Eran solos los dos contra mucha gente; se abandonaban con el plcido
impudor de los antiguos idilios en medio de la monotona de una vida
estrecha, en la que la murmuracin era el ms apreciado de los talentos.

Leonora estaba triste. Sonrea como siempre, le halagaba con la misma
adoracin que si fuese un dolo, se mostraba juguetona y alegre, pero en
los momentos de calma, cuando crea no ser observada, sorprenda Rafael
en su boca una contraccin de amargura, vea pasar por sus ojos obscuros
relmpagos, como reflejo de penosos pensamientos.

Una noche le habl con regocijo de lo que la gente deca de ellos. Todo
se saba en aquella ciudad. Hasta la casa azul llegaba el eco de las
murmuraciones. La hortelana la haba recomendado bondadosamente que no
pasease mucho por el ro: poda pillar unas tercianas. En el mercado
slo se hablaba de aquel paseo nocturno por el Jcar; el diputado,
sudoroso, encorvado sobre los remos, y ella despertando con sus
canciones extraas a la gente de las alqueras. Lo que decan aquellos
maldicientes!... Y ella rea, pero con risa ruidosa, agitada por
estremecimientos nerviosos; con una risa que sonaba a falsa; sin una
palabra de queja.

Rafael sufra recordando que ya haba adivinado ella esta situacin
cuando se resista a su amor. Admiraba su resignacin viendo que no
profera ninguna palabra de queja, que finga regocijo, ocultando lo que
la gente deca. Ah, los miserables! Qu mal les haba hecho aquella
mujer? Amarle, entregarse a l hacindole la regia limosna de su cuerpo.
Y el diputado comenzaba a odiar su ciudad, viendo que devolva con
infames insultos el bien y la felicidad que l gozaba.

Otra noche Leonora le recibi con una sonrisa que daba miedo. Se
esforzaba por parecer alegre, intentaba aturdirse, abrumando a su amante
con una charla graciosa y ligera; pero de repente se abandon, no pudo
ms, y en mitad de una caricia rompi a llorar, cay en un divn agitada
por los sollozos.

--Qu tienes? Qu ocurre?...

Pero ella no poda contestar, sofocada por el llanto, hasta que por fin,
con las palabras sacudidas por un hipo doloroso, comenz a hablar,
abatida, inerte, ocultando en un hombro de su amante su rostro baado en
lgrimas.

No poda ms; el martirio resultaba abrumador, le era imposible fingir
por ms tiempo. Conoca como l lo que hablaban en la ciudad de aquellas
entrevistas. Les espiaban tal vez a todas horas; en los caminos
inmediatos al huerto haba gente emboscada con la esperanza de ver algo
nuevo. Su amor, tan dulce, tan joven, era motivo de risa, tema de
diversin para las malas lenguas que la escarnecan como a una
mujerzuela de la acera, porque haba sido buena con l, porque la haba
faltado crueldad para presenciar impasible las torturas de una juventud
apasionada... Pero con ser tan molesto este odio de la gran masa
escandalizada, ella no senta miedo ni indignacin: lo despreciaba.
Ay!, pero quedaban los otros, los ntimos de Rafael, sus amigos, su
familia... su madre.

Leonora call un momento, como esperando el efecto de sus ltimas
palabras, intimidada un poco al hablar a Rafael de su familia,
mezclndola en sus lamentaciones. El joven temblaba, presintiendo algo
terrible. Doa Bernarda no era capaz de permanecer inactiva y resignada
ante la rebelda de su hijo.

--S; mi madre--dijo sordamente.--Adivino que algo habr hecho contra
nosotros. Habla, no temas. T ests para m por encima de todo el mundo.

Leonora habl de su ta, aquella pobre seora resignada y casi imbcil,
que al ver a Rafael en su casa con tanta asiduidad, crea en el probable
casamiento de su sobrina. Por la tarde una escena dolorosa entre Leonora
y ella. Doa Pepa haba ido a la ciudad por sus devociones, y a la
salida de la iglesia encontr a doa Bernarda. Pobre vieja! Sus ojos
aterrados, su cabeza temblorosa, delataban la intensa emocin que en su
alma simple haba sabido despertar la madre de Rafael, a quien ella
respetaba mucho. Su sobrina, su dolo yaca por el suelo, despojada de
aquella fe entusiasta y cariosa que hasta entonces la haba inspirado.
Todas las historias pasadas, los ecos de su vida de aventuras, llegados
hasta ella dbilmente y que jams quiso creer considerndolos obra de la
envidia, se los repiti doa Bernarda con su autoridad de seora formal
y buena cristiana, incapaz de mentir. Y a continuacin, el escndalo con
que conmovan a toda la ciudad su sobrina y su hijo; las entrevistas
nocturnas, los paseos a travs de los campos con una audacia del
demonio, haciendo gala de su pecado; todos los atrevimientos y locuras
que convertan su santa casa, la casa de doa Pepa, en un antro de
vicios, en una manceba del diablo.

Y la pobre vieja lloraba como una nia en presencia de su sobrina, se
esforzaba en convencerla para que abandonase la mala senda del pecado;
estremecase de horror pensando en su inmensa responsabilidad ante Dios.
Toda una vida de devocin para tener limpia el alma, creerse casi en
estado de gracia y despertar de repente en pleno pecado _sin comerlo ni
beberlo_, por causa de su sobrina, que converta su santa casa en una
sucursal del infierno, hacindola vivir rodeada del pecado. Y el miedo
de la pobre seora, el escrpulo y el terror de aquella alma sencilla,
eran lo que ms profundamente hera a Leonora.

--Me han robado mi nica familia--murmuraba con desaliento.--Me han
quitado el cario del nico ser que me quedaba. Ya no soy para ella la
nia de antes; no hay ms que ver cmo me mira, cmo se aparta temiendo
mi contacto... Y todo por ti, por amarte, por no haber sido cruel. Ay,
aquella noche! cmo la he de llorar!... cmo presenta yo estas
tristezas!...

Rafael estaba aterrado. Senta vergenza y remordimiento viendo lo que
sufra aquella mujer por haberse entregado a l. Cmo remediarlo? Se
senta humillado; quera ser hombre fuerte, la mano enrgica que protege
en el peligro a la mujer amada. Pero sobre quin haba de caer para
defenderla?...

Leonora abandon el hombro de su amante, se desasi de sus brazos;
limpiaba sus lgrimas y se ergua con la firmeza del que ha adoptado una
resolucin irrevocable.

--Estoy decidida a todo. Me hace mucho dao lo que voy a decirte, pero
no retroceder: ser intil que protestes. Ya no puedo estar bajo este
techo; comprendo que he acabado para mi ta: pobre vieja! Mi ilusin
era verla morir entre mis brazos como una lucecita que se apaga; ser
para ella lo que no fui para mi padre... Pero la venda ha cado de sus
ojos; yo no soy ms que una pecadora que con mi presencia turbo su
vida... Me voy, pues. Ya he dicho a Beppa que maana arregle los
equipajes... Rafael, dueo mo, esta es la ltima noche... Pasado maana
ya no me vers.

El joven retrocedi asombrado, como si repentinamente acabasen de
herirle en medio del pecho.

--Irte? Y lo haces con esa frialdad?... Irte t, as, as, en plena
dicha?

Se tranquilizaba a los pocos momentos. Aquello no era ms que la
resolucin momentnea en un arranque de indignacin. No se ira,
verdad? Deba reflexionar, ver con claridad las cosas. Qu disparate!
partir abandonando a su Rafael! Nunca: era imposible.

Leonora sonrea con tristeza. Aguardaba aquellas protestas. Tambin ella
haba sufrido mucho, mucho, antes de decidirse a adoptar tal resolucin.

Senta fro hasta en la raz de los cabellos al pensar que antes de dos
das se vera sola, vagabunda por Europa, cayendo de nuevo en aquella
vida agitada y loca a travs del arte y del amor. Despus de haber
gozado la dulzura de la pasin ms fuerte de su existencia, lo que ella
crea _su primer amor_, resultaba cruel lanzarse de nuevo en una
navegacin sin rumbo a travs de las tempestades. Le quera ms que
nunca: le adoraba con nuevo ardor, ahora que iba perderle.

--Entonces por qu te vas?--pregunta el joven.--Si me amas por qu me
dejas?

--Porque te quiero, Rafael... Porque deseo tu tranquilidad.

Quedarse all era perderle. Para defenderla a ella, para seguir a su
lado, tendra que luchar con su madre, que era el ms encarnizado
enemigo, perder su cario, atropellarla tal vez. Oh, no! qu horror!
Ya haba bastante con aquella crueldad filial que entenebreca su
pasado. Era acaso un ser funesto, nacido para corromper con su nombre
lo ms santo, lo ms puro?

--No, resgnate, corazn mo. Es preciso que parta; es imposible que
sigamos amndonos aqu. Yo te escribir, te dar cuenta exacta de mi
vida... todos los das sabrs de m aunque est en el polo; pero
qudate, no desesperes a tu madre, cierra los ojos ante sus injusticias,
que al fin obedecen a lo mucho que te quiere... Crees que yo no sufro
al dejarte? Te imaginas que es poco huir dejando aqu la mayor
felicidad de mi existencia?...

Y para dar ms fuerza a sus ruegos se abrazaba a Rafael, acariciaba su
cabeza cada y pensativa, dentro de la cual se agitaban tempestuosas las
ideas, removiendo profundamente su voluntad.

Instintivamente, las manos del joven recorran la desnudez de su amante,
marcando sus tesoros bajo la tela blanca y fina; senta el suave calor,
la palpitacin misteriosa de aquella carne que haba infiltrado en su
cuerpo algo de su propia vida en los espasmos de la pasin, en el dulce
arrobamiento de la comunin amorosa. Y los lazos que l crea eternos
iban a romperse? tan fcilmente poda perder aquel cuerpo admirado por
el mundo y cuya posesin le haca considerarse el primero de los
hombres? Ella le hablaba del amor a distancia, persistente a travs de
los viajes y los azares de una existencia errante, le prometa
escribirle todos los das... escribirle! tal vez al mismo tiempo que su
cuerpo divino sentira el contacto de otra mano que no fuese la suya...
No; l no perda aquello; estaba resuelto.

--No te irs, Leonora--afirmaba con energa.--Un amor como el nuestro no
puede terminar de este modo. La fuga sera una ofensa para m, huir como
afrentada por la tristeza de haberme amado.

Senta en su nimo un afn de protesta caballeresco: se avergonzaba de
pensar que ella huyese por haberle querido y que l quedase all, triste
e inerte como una doncella a la que abandona su amante convencido de que
con su amor la causa grave dao. Ira de Dios! El era un hombre y no
poda tolerar que aquella mujer le abandonase en un arranque de
abnegacin, por devolverle la tranquilidad de la familia, la calma
dentro de su casa, la sonrisa satisfecha de su madre. Huan muchas veces
las muchachas, olvidando padres y hogar, cuando se sentan dominadas por
el amor; y l, un hombre, un personaje haba de quedarse all, viendo
como se alejaba Leonora, triste y llorando, todo porque no perdiese l
el respeto de aquella ciudad en la que se ahogaba, y el afecto de una
madre que jams haba sabido bajar hasta su corazn con una sonrisa de
cario? Adems, qu amor era el suyo que retroceda ante una resolucin
enrgica; siempre cobarde e indeciso cuando se trataba de conservar una
mujer por la cual se haban muerto o arruinado hombres ms ricos, ms
poderosos, ligados a la vida por atracciones que l jams haba gozado
en su montona existencia?...

--No te irs--repeta con sorda firmeza.--Yo no pierdo mi felicidad tan
fcilmente... Y si te empeas en irte, partiremos juntos.

Leonora se irgui estremecida. Esperaba aquello; se lo deca el corazn.
Escapar juntos los dos? aparecer ella como una aventurera que se lleva
tras si a Rafael despus de enloquecerle de amor arrancndole de los
brazos de su madre? Oh, no! muchas gracias. Ella tena conciencia; no
quera cargar su vida con la execracin de todo un pueblo. Le suplicaba
a Rafael con calma; le rogaba que arrastrase valientemente la desgracia.
Deba partir sola; despus, ms adelante ya vera; buscaran ocasin
para verse; tal vez podra ser en Madrid, cuando abiertas las Cortes
estuviera all solo, ella cantara en el Real gratuitamente si era
preciso.

Pero Rafael se revolva furioso contra su resistencia. No verla!
transcurrir meses y meses en mortal espera! Una sola noche sin sentir
su cuerpo confundido con el suyo, sera la desesperacin. Acabara por
entregarse a la mortal tristeza de Maquia; se pegara un tiro como el
poeta italiano.

Y lo deca con conviccin, mirando al suelo con ojos extraviados, como
si se viera ya sobre el pavimento, inerte, ensangrentado, con el
revlver en la crispada diestra.

--Oh, no! qu horror! Rafael! Rafael mo!--gema Leonora abrazndose
a su cuello, colgndose de l, estremecida por la sangrienta visin.

El amante segua protestando. Era libre. Si fuese casado, si dejara tras
su fuga una mujer que llorase su traicin, hijos que le llamaran en
vano, an comprendera aquella resistencia; la repugnancia de un corazn
bueno que no quiere que su amor deje tras s la maldicin de una familia
dispersa. Pero a quin abandonaba en su fuga? A su madre nada ms, que
se consolara al poco tiempo sabiendo que estaba sano y era feliz. A su
madre, que se opona con ese ciego cario maternal que no quiere
encontrar rivalidades en el amor al hijo y por celos estorba muchas
veces su felicidad. El mal que causase siguindola a ella no sera
irreparable. Huiran juntos; pasearan su amor por el mundo.

Y Leonora, cabizbaja, repeta dbilmente:

--No; estoy resuelta. Partir maana sola. No tengo fuerzas para
arrostrar el odio de una madre.

Rafael se indignaba.

--Entonces di que no me amas. Te has cansado de m. Quieres levantar las
alas; te impulsa la locura de otros tiempos; deseas volar de nuevo
locamente por tu mundo.

La artista fijaba en l sus grandes ojos empaados por las lgrimas. Su
mirada era de ternura y de lstima.

--Cansarme de ti!... Cuando jams me he sentido tan triste como esta
noche!... Crees que anso mi antigua vida, y al alejarme siento lo mismo
que si entrase en un lugar de tormento... Ay, dueo mo, mi alma!... T
no comprenders nunca hasta donde he llegado en mi amor.

--Pues entonces?

Y en su afn irresistible de decirlo todo, de no perdonar el relato de
ninguno de los peligros que sobrevendran tras la separacin, Rafael
habl de su madre, de lo que ocurrira al quedar solo con ella sumido en
la monotona de la ciudad. Crea ella que todo era cario en la
indignada oposicin de su madre? Le quera, s; era su hijo nico; pero
en sus clculos entraba por mucho la ambicin, aquel afn por el
engrandecimiento de la casa, que haba ocupado toda su existencia. Le
tena destinado, sin consultar su voluntad, a servir de rehn en la
alianza que meditaba con una gran fortuna. Quera casarle: y si ella
parta, si se vea solo, abandonado, la tristeza y el tiempo que todo lo
pueden, morderan su voluntad, hasta hacerle caer inerte, entregndose
como una vctima que en su aturdimiento no abarca la importancia del
sacrificio.

Ella le escuchaba estremecida; con los ojos desmesuradamente abiertos
por el terror. Acudan en tropel a su memoria palabras sueltas que en
das anteriores haban llegado hasta ella y la demostraban ahora la
certeza de lo que deca su amante... Rafael destinado por su madre a
otra mujer!... encadenndose para siempre si ella parta!...

--Y yo no quiero, sabes Leonora?--continu el amante con tranquila
firmeza--Yo slo soy tuyo, slo te amo a ti. Prefiero seguirte por el
mundo, aunque no quieras; ser tu criado, verte... hablarte, mejor que
enterrar aqu mi desesperacin bajo millones.

--Ah, nio! nio mo!... Cmo me quieres! Cmo te adoro!

Y cay sobre l frentica de pasin, impetuosa, loca, apresndole entre
sus brazos como una fiera. Rafael se sinti acariciado con un ardor que
casi le dio miedo; envuelto en una espiral de placer que no tena fin.
Estremeciose empujado, descoyuntado, arrollado por una ola tan
voluptuosa, tan inmensa que le haca dao. Crey morir desmenuzado,
hecho polvo sobre aquel cuerpo que le agarrotaba, absorbindole con la
fiera voracidad de esas simas lbregas donde desaparecen de un golpe los
torrentes sin dejar una gota de su avalancha tumultuosa. Y
desfalleciendo sus sentidos en aquel tembloroso ofuscamiento, cerr los
ojos.

Cuando volvi a abrirlos vio la habitacin en la obscuridad, sinti en
sus espaldas la blandura del lecho y bajo su nuca un brazo mrbido que
le sostena cariosamente. Leonora le hablaba al odo con la lentitud
del cansancio.

Convenidos. Huiran juntos, iran a continuar su do de amor donde nadie
les conociera, donde la envidia y la vulgaridad no turbasen su dulce
existencia. Leonora conoca todos los rincones del mundo. Nada de Niza
ni de las otras ciudades de la Costa Azul, bonitas, coquetas, empolvadas
y pintadas como una dama que sale del tocador. Encontraran en ellas
demasiada gente. Venecia les convena ms. Pasearan por los estrechos
canales, solitarios y silenciosos, tendidos en la camareta de la
gndola, acaricindose entre risas, compadeciendo a los que pasasen los
puentes sin adivinar que por bajo de sus pies se deslizaba el amor...

Pero Venecia es triste; cuando la lluvia se decide a caer, no se cansa
nunca. Mejor era Npoles; s, Npoles. Viva! Y Leonora agitaba las
manos como queriendo aplaudir su idea. La vida al sol, la libertad,
amarse con el mismo impudor sublime de los _lazaronis_ que viven
desnudos y se reproducen en la acera. Ella tena all en el Posilippo
una pequea casa, un _villino_ de color de rosa, una bicoca con un
jardn de higueras nopales y pinos parasoles, que bajaba en rpida
pendiente desde el promontorio hasta el mar. Pescaran en el golfo terso
y azul como un inmenso espejo, y a la cada de la tarde, mientras l
volviese los remos, ella cantara mirando el mar inflamado por el sol al
hundirse en las aguas, el penacho del Vesubio de tonos morados, la
inmensa ciudad blanca con sus infinitas vidrieras como placas de oro,
reflejando el crepsculo.

Corretear como dos bohemios por los innumerables pueblecillos blancos de
la ribera del golfo; besarse en pleno mar entre las barcas pescadoras,
de las que salen romanzas apasionadas; pasar la noche al aire libre,
abrazados sobre la arena, oyendo a lo lejos la risa de perlas de las
mandolinas como aquella noche escuchaban al ruiseor... Dios mo! qu
hermoso!

Y hasta el amanecer estuvieron fantaseando sobre el porvenir, arreglando
todos los detalles de la fuga.

Ella partira cuanto antes; l ira a su encuentro dos das despus
cuando hubiese renacido la confianza y todos la creyeran lejos, muy
lejos. Dnde se encontraran? Primero pensaron en Marsella, pero era
demasiado lejos. Despus en Barcelona. Regateaban las horas y los
minutos. Les pareca intolerable pasar varios das sin verse. Cuanto
antes se reuniesen, mejor, lo importante era salir de la ciudad. Y
acabaron por decidir que se reuniran lo ms cerca posible: en Valencia.
El amor gusta de la audacia.




VII


Acababan de almorzar entre las maletas y las cajas, que ocupaban una
gran parte de la habitacin de Leonora en el hotel de Roma.

Por primera vez se sentaban en la mesa juntos en familiar intimidad, sin
otro testigo que Beppa, la fiel doncella, acostumbrada por la azarosa
vida de su seora a toda clase de sorpresas, y que contemplaba a Rafael
con respetuosa sonrisa, como un dolo nuevo con el que deba compartir
la devota sumisin que senta por Leonora.

Era el primer momento de tranquilidad y alegra que haba tenido el
joven en algunos das. El antiguo hotel con sus habitaciones grandes, de
alto techo; sus corredores en discreta penumbra y su calma conventual,
le pareca un lugar de delicias, un ameno retiro en el que se
consideraba libre ya de las murmuraciones y luchas que le haban
oprimido como un crculo infernal. Adems, senta all ese viento
extico que parece soplar en los puertos y las grandes estaciones de
ferrocarril. Todo le hablaba de la fuga, de la incgnita y deliciosa
ocultacin en aquel pas tan calurosamente descrito por Leonora, desde
los macarrones del almuerzo y el Chianti en empajada y ventruda redoma,
hasta el castellano defectuoso y musical de los dueos del hotel,
carnosos hombretones con enormes bigotes que recordaban los
tradicionales mostachos de la casa de Saboya.

Leonora le haba citado all, en el refugio predilecto de los artistas,
que aislado de la circulacin, ocupa todo un lado de una plaza
solitaria, seorial y tranquila, sin ms ruidos que los gritos de los
cocheros de alquiler y las patadas de los caballos.

Haba llegado en el primer tren de la maana, sin equipaje alguno, como
un colegial que se fuga con solo lo puesto. Los dos das transcurridos
desde que Leonora abandon la ciudad, haban sido de tormentos para l.
La gente comentando la huida de la cantante; escandalizndose de su
inmenso equipaje que, agrandado por la imaginacin de los murmuradores,
llenaba no se saba cuntos carros.

Esto quien lo saba bien era el barbero Cupido, que, cual de costumbre,
haba corrido con todo el servicio del equipaje. Saba a dnde haba
dirigido su vuelo aquella mujer peligrosa, y lo deca a todos. Volva a
Italia. El mismo haba facturado para la frontera todo el equipaje
grueso, mundos enormes como casas, cajones donde poda ocultarse
cmodamente l con sus pelados mancebos. Y las mujeres, oyndole,
celebraban aquella huida como si las librase de un gran peligro. Vaya
bendita de Dios!

Rafael, despus de la partida de su amante, apenas sali a la calle. Le
molestaba la curiosidad de la gente, la conmiseracin burlona de los
amigos que envidiaban su pasada felicidad y permaneci dos das en su
casa, seguido por la mirada interrogante de su madre. Doa Bernarda
mostrbase ms tranquila al verle libre de la malfica influencia de la
artista, pero sin abandonar por esto su gesto ceudo, como avisada por
el instinto maternal que an presenta el peligro.

El joven estaba agitado por la impaciencia de la fuga. Le pareca
intolerable permanecer all mientras ella estaba sola, aislada en un
cuarto de hotel, aguardando con igual impaciencia el momento de la
reunin.

Qu amanecer el de la partida! Rafael se avergonzaba vindose descalzo;
caminando de puntillas, como un ratero, por la sala donde su madre
reciba a los hortelanos y ajustaba las cuentas del cultivo. Avanzaba a
tientas, sin otro gua que los luminosos resquicios de las cerradas
ventanas. Su madre dorma en una habitacin inmediata: oa su
respiracin, el fatigado estertor de un sueo pesado, con el que se
repona de aquellas noches en vela espiando su regreso de las citas de
amor. Crea an sentir el estremecimiento que le produca el suave
tintineo de las llaves, abandonadas con la confianza de una autoridad
sin lmites en la cerraja de un mueble antiguo donde guardaba Doa
Bernarda sus ahorros. As ocult con mano trmula en sus bolsillos todos
los billetes guardados en los pequeos cajones.

Temblaba de emocin al consumar el acto audaz. Se llevaba lo suyo; no
haba pedido nada de la herencia de su padre. Leonora era rica; con una
delicadeza admirable haba rehuido hablar de dinero al discutir los
preparativos del viaje; pero l no iba a ser un entretenido, no quera
vivir como aquel Salvatti que explot la juventud de la artista. Estos
pensamientos le dieron fuerzas para llevarse el dinero y abandonar la
casa; pero en el tren an duraba su inquietud, y el personaje, el
diputado experimentaba un miedo instintivo al ver en las estaciones los
tricornios de la guardia civil. Palideca pensando en el despertar de su
madre si casualmente se daba cuenta del despojo.

La confianza y la alegra renacieron al entrar en el hotel como si
entrase en un lugar de asilo. La encontr en la cama, la cabellera
esparcida sobre la almohada como una ola de oro, los ojos entornados, la
boca sonriente como si la sorprendiera en mitad de un ensueo saboreando
sus recuerdos de amor. A medio da se levantaron para almorzar en el
cuarto, plidos, fatigados, proponindose emprender su viaje cuanto
antes. No ms locuras; sensatez hasta que se viesen fuera de Espaa. Al
anochecer saldran en el correo de Barcelona hacia la frontera. Y
tranquilamente como un matrimonio que discute en la calma placentera del
hogar los detalles de la vida material, pasaban revista de los objetos
necesarios para el viaje.

Rafael no tena nada. Haba huido como quien escapa de un incendio, con
el traje que primero encontr al saltar de la cama. Necesitaba muchas
cosas indispensables y pensaba salir a comprarlas: asunto de un
momento.

--Pero vas a ir t?--preguntaba Leonora con cierta angustia, como si su
instinto femenil adivinase en el peligro.--Vas a dejarme sola?...

--Un momento nada ms. No te har esperar mucho.

Se despidieron en el corredor con la ruidosa y descuidada alegra de su
pasin; sin fijarse en los camareros que iban y venan al otro extremo
del largo pasadizo.

--Adis, Rafael... Uno; uno nada ms.

Y cuando l sali a la plaza, con el sabor en los labios del ltimo
beso, todava le salud desde un balcn una mano cubierta de pedrera.

El joven andaba apresuradamente. Quera volver cuanto antes, y pas con
rapidez por entre la nube de cocheros que le ofrecan sus servicios
frente al gran palacio de Dos Aguas, cerrado, silencioso, dormido como
los dos gigantes que guardan su portada, desarrollando bajo la lluvia de
oro del sol la suntuosidad recargada y graciosa del estilo rococ.

--Rafael, Rafael...

El diputado volviose al or su nombre, y palideci como en presencia de
una aparicin. Era don Andrs quien le llamaba.

--Usted aqu?

--He llegado en el correo de Madrid. Hace dos horas que te busco por
todas las fondas de Valencia. Ya saba que estabas aqu... Pero vmonos,
tenemos que hablar; este no es buen sitio.

Y lanzaba una intensa mirada de odio al hotel, como si quisiera
aniquilar al enorme casern con todos los seres que encerraba.

Se alejaron, caminando lentamente sin saber dnde iban, errando a la
ventura, doblando esquinas, pasando varias veces por la misma calle, con
el pensamiento concentrado, los nervios estremecidos, prontos a gritar y
haciendo esfuerzos por que su voz fuese dbil, apagada, y no llamase la
atencin de los transentes que pasaban rozndoles por las estrechas
aceras.

Don Andrs comenzaba, como era de esperar.

--Te parece bien lo que has hecho?

Al ver que l, cobardemente intentaba mostrarse asombrado, asegurando
que nada haba hecho, que haba venido a Valencia por un asunto
insignificante, el viejo se indign.

--No mientas: o somos hombres o no lo somos. T debes sostener lo hecho,
si te figuras haber obrado bien. No creas que vas a engaarme para echar
a correr con esa seora, Dios sabe dnde. Te he encontrado y no te dejo.
Quiero que lo sepas todo: tu madre en cama; yo, avisado por ella de lo
ocurrido, saliendo en el primer tren a encontrarte; toda la casa en
revolucin, creyendo en el primer instante en un robo, y la ciudad
llevndote en lenguas tal vez a estas horas. Qu... ests contento?
deseas matar a tu madre? Pues la matars... Dios mo! y estos son los
hombres de talento! los seoritos con carrera! Cunto mejor que fueses
un bruto como yo o como tu padre; sin estudios, pero sabiendo vivir y
divertirse sin compromiso.

Despus relataba minuciosamente lo ocurrido. La madre teniendo que
visitar su viejo mueble para hacer un pago a los jornaleros; el grito
de horror y alarma que puso en conmocin la casa; la llegada de Don
Andrs, avisado apresuradamente; la sospecha contra la fidelidad
domstica, pasando revista a todas las sirvientes, que lloraban
protestando con indignacin, hasta que doa Bernarda cay en una silla,
casi desmayada, murmurando al odo de su consejero:

--Rafael no est en casa. Se ha ido... tal vez para no volver. Lo
adivino; l tiene el dinero.

Y mientras metan en la cama a la madre sollozante y avisaban al mdico,
l sala hacia la estacin para coger el tren, y lea en las miradas
curiosas el presentimiento de lo ocurrido, la prontitud con que los
maldicientes unan aquella agitacin sorda en la casa de Brull con la
subida de Rafael en el primer tren, presenciada por algunos, a pesar de
sus precauciones.

--Rafael; seor diputado, est usted contento?... Quiere usted dar que
rer ms an a sus enemigos?

El viejo hablaba con voz temblona; pareca prximo a llorar. La obra de
toda su vida, las grandes victorias ganadas al lado de Don Ramn, aquel
poder poltico tan cuidadosamente pulido y aguzado, todo iba a quebrarse
y perderse por culpa de un chiquillo ligero, vehemente; que al adorar a
una mujer arrojaba a sus pies lo suyo y lo de los dems.

Rafael, que en el primer momento se senta agresivo, dispuesto a
contestar con la violencia si el viejo camarada extremaba la reprensin,
mostrbase ablandado y un tanto conmovido por el sincero dolor de aquel
hombre, sin otro sentimiento que la dominacin, semejante a su padre,
como el gato se parece al tigre, y casi sollozante al ver en peligro el
prestigio de la casa.

Cabizbajo, aterrado por la imagen de aquella escena, despus de su
huida, Rafael no saba por dnde marchaban. Le sorprendi de pronto un
perfume de flores. Atravesaban un jardn, y al levantar la cabeza vio
brillando al sol la arrogante figura del conquistador de Valencia sobre
su nervudo caballo de guerra.

Siguieron adelante. El viejo hablaba con acento plaidero de la
situacin de la casa. Aquel dinero que tal vez llevaba en el bolsillo,
ms de treinta mil pesetas, representaba los ltimos esfuerzos de su
madre para sacar a flote la fortuna de la familia, puesta en peligro por
las genialidades de don Ramn. Suyo era el dinero, nada tena l que
decir; poda derrocharlo por el mundo: pero no hablaba a ningn nio,
hablaba a un hombre que tena corazn y slo le peda como preceptor de
su infancia, como su ms antiguo amigo, que pensase en los sacrificios
de su madre, en su exagerada y ruda economa, en las privaciones que se
haba impuesto, vestida de hbito en todo tiempo, pelendose por un
cntimo con las criadas, a pesar de sus aires de gran seora, privndose
de esas golosinas y regalos que tanto gustan en la vejez, todo para que
su seor hijo se gastara alegremente con una mujer aquella cantidad de
la que hablaba don Andrs con respeto, pensando en lo que haba costado
reunir. Vamos, hombre, que era para morirse el ver tales cosas!...

Y si el padre, si don Ramn levantase la cabeza? Si viese cmo su hijo
por un amor destrua de golpe lo que tantos aos haba costado
levantar?...

Pasaban un puente. Abajo, en el seco cauce, se destacaban las manchas
rojas y azules de un grupo de soldados y sonaba el redoble de los
tambores como el zumbido de una enorme colmena. Aquel estrpito belicoso
acompaaba dignamente la evocacin del padre hecha por el viejo. Rafael
crea ver delante de sus pasos aquel enorme cuerpo de hombre de lucha,
sus grandes bigotes, su fiero entrecejo de conquistador, de aventurero
nacido para guiar hombres e imponerles su voluntad.

--Si don Ramn viese esto!... El era capaz de dar toda su fortuna por
una mujer, pero no hubiera tomado juntas las ms hermosas del mundo a
cambio de perder un solo voto.

Y su hijo, aquel retoo en el que haba puesto sus esperanzas, el
destinado a elevar la casa a su mayor gloria, el que haba de ser
personaje en Madrid, y al nacer encontraba el camino hecho, arrojaba por
la ventana todo el trabajo del padre con el fcil abandono con que se
pierde lo que no cost nada de ganar. Bien se vea que no haba
conocido los tiempos malos! La poca de la Revolucin, cuando estaban
cados y haba que hacerse respetar escopeta en mano; las desesperadas
batallas electorales, en las que se alcanzaba el triunfo pasando sobre
algn muerto; los galopes audaces en vspera de escrutinio, a travs de
los campos, envueltos en la sombra de la noche, sabiendo que por cerca
estaba emboscado el _roder_ de carabina certera, que haba jurado su
muerte; los procesos interminables por coaccin y violencias que hacan
vivir en perpetua angustia, esperando de un momento a otro la catstrofe
final, el presidio con la prdida de los bienes. Todo esto lo haba
arrastrado su padre por l; por labrarle un pedestal, por crearle un
distrito propio, abrindole camino para llegar lejos, muy lejos. Y l lo
perda todo, se despojaba para siempre de un poder formado a costa de
aos y peligros, si aquella misma noche no volva a casa, destruyendo
con su presencia las suposiciones de la gente escandalizada.

Rafael mova la cabeza negativamente, conmovido por el recuerdo de su
padre, convencido por las razones del viejo, pero resuelto a resistir.
No, y no; la suerte estaba echada; l seguira su camino.

Estaban bajo los rboles de la Alameda. Pasaban los carruajes formando
una inmensa rueda en el centro del paseo; brillantes los arreos de los
caballos y los faroles del pescante con el reflejo del sol; vindose a
travs de las ventanillas los sombreros de las seoras y las blancas
blondas de los nios.

Don Andrs se indignaba ante la tenacidad del joven. Ensebale aquellas
familias, de exterior tranquilo y feliz, paseando dentro de sus
carruajes, con la plcida calma de una abundancia sedentaria y exenta de
emociones. Cristo! Tan mala era aquella vida? Pues as poda vivir l
si era bueno, si no volva la espalda al deber; rico, influyente,
respetado, envejeciendo rodeado de hijos; lo nico que en este mundo
puede desear una persona honrada.

Todo esto del amor sin trabas ni leyes, del amor que se hurta de la
sociedad y sus costumbres, bastndose a si mismo y, despreciando el que
dirn, eran mentiras de poetas, msicos y danzantes, gente perdida y
loca como aquella mujer que le arrebataba lejos, muy lejos, rompiendo
para siempre sus lazos con la familia y con su pas.

El viejo pareca animarse con el silencio de Rafael. Crea llegado el
momento de atacar su amor audazmente.

--Y luego, qu mujer! Yo he sido joven como t; es verdad que no he
conocido seoras como esa, pero, bah! todas son iguales. He tenido mis
debilidades; pero te digo que por una mujer como esa no hubiese perdido
ni una ua. Cualquier muchacha de las que tenemos por all vale ms.
Mucho traje, mucha palabra, polvos y pinturas a puados... No es que yo
diga que sea fea, no seor; pero hijo, poco necesitas para volverte
loco; las sobras de los dems!...

Y habl del pasado de la artista; de aquella historia galante y
tormentosa, exagerada por la leyenda; los amantes a docenas, su cuerpo
desnudo reproducido en estatuas y cuadros; la mirada de toda Europa
corriendo sobre su belleza, con la confianza del que entra en su casa,
conociendo hasta el ltimo rincn. Vaya una virginidad para volverse
loco! Y por esa conquista lo iba a perder todo?

El viejo sinti miedo al ver la punta de brasa que la ira encendi en
los ojos de Rafael. Acababan de pasar otro puente; entraban de nuevo en
la ciudad, y don Andrs en su miseria de viejo malicioso y cobarde,
retrocedi como si quisiera ocultarse tras la casilla de los guardias de
consumos, librndose de la bofetada que ya vea cortando el aire.

El diputado, tras breve indecisin, sigui adelante, desalentado,
cabizbajo, sin fijarse en el viejo que haba vuelto a colocarse a su
lado.

Ah, el maldito! Qu bien haba sabido herirle! El pasado de Leonora;
su amor repartido con loca generosidad por los cuatro puntos de la
tierra; todos los pueblos pasando sobre su cuerpo, domndola un instante
con el atractivo de la elegancia o el encanto del arte; sus entraas
estremecindose hoy en un palacio y maana en un cuarto de hotel; su
boca repitiendo en diversos idiomas aquellas mismas frases de amor,
entrecortadas por el espasmo, que le enardecan, como si fuese el
primero en orlas. Y por estos restos que an sobrevivan
milagrosamente despus del loco derroche, iba l a perderlo todo, a huir
dejando a sus espaldas el escndalo, el descrdito y tal vez el cadver
de su madre? Ah, terrible don Andrs! Y cmo despus de herirle meta
los dedos en el sangriento desgarrn agrandando la herida! La lgica
llana y vulgar del viejo haba desvanecido su ensueo. Aquel hombre,
haba sido el Sancho rstico y malicioso que aconsejaba a su quijotesco
padre, y ahora segua su misin cerca del hijo.

Recordaba de un golpe toda la historia de Leonora, las francas
confidencias de su poca de pura amistad, cuando se lo contaba todo para
impedir que la siguiese deseando. Por mucho que ella le adorase no
sera ms que un sucesor del conde ruso, del msico alemn, o de alguno
de aquellos amantes de pocos das, apenas mencionados, pero que algo
haban dejado en su memoria. Un sucesor! el ltimo que llega con
algunos aos de retraso y se contenta mordiendo en la clida madurez que
ellos conocieron con la frescura y la suave pelcula de la juventud! Los
besos que tan profundamente le turbaban tenan algo ms que la caricia
de la mujer: era el perfume embriagador y malsano de todas las
corrupciones y locuras de la tierra; el olor concentrado de un mundo que
haba corrido loco hacia su belleza como los pjaros nocturnos se
agolpaban a la luz del faro.

Abandonarlo todo por ella! Correr la tierra, libres y orgullosos de su
amor!... Y en ese mundo encontrara a muchos de sus antecesores
contemplndole con mirada curiosa e irnica; sobrevivientes de las
pasadas aventuras que, en su presencia, la desnudaran con la mirada,
adivinando de antemano las frases entrecortadas que ella haba de decir
por la noche, los extravos de su pasin nunca satisfecha.

Lo extrao era que nada de esto se le haba ocurrido antes. La ceguera
de la felicidad jams le haba dejado pensar que no era l el primero
que pasaba por sus brazos, que aquellas palabras que le mecan como
dulce msica podan haber sido odas por otros y otros antes que l...

Cunto tiempo iban por las calles de Valencia?... Le temblaban las
piernas, estaba desfallecido, apenas vea. Los aleros de las casas an
estaban baados de sol, y a l le pareca andar a tientas en la
penumbra del crepsculo.

--Tengo sed, Don Andrs. Entremos en cualquier sitio.

El viejo le encaminaba al caf de Espaa, su refugio favorito. Tena la
mesa al pie de los cuatro relojes que sustenta el ngel de la Fama en el
centro del gran saln cuadrado, con sus enormes espejos de fantsticas
perspectivas y sus dorados, obscurecidos por el humo y la luz
crepuscular que desciende por la alta linterna como una inmensa cripta.

Rafael bebi, sin saber ciertamente el contenido del vaso; un veneno tal
vez que le helaba el corazn. Don Andrs contemplaba sobre el mrmol de
la mesa el recado de escribir; la cartera de roto hule y el msero tarro
de tinta, golpendolos con el rabo de la pluma, una pluma de caf,
engrasada, torcida de puntas, instrumento de tortura para desesperar la
mano.

--Falta una hora para el tren. Rafael, s hombre; an es tiempo. Vente y
remediaremos esta chiquillada.

Y le tenda la pluma, a pesar de no haberse mencionado en la
conversacin el propsito de escribir a persona alguna.

--No puedo, don Andrs. Soy un caballero, tengo mi palabra dada y no
retrocedo venga lo que venga.

El viejo sonrea con sarcasmo.

--S todo lo caballero que quieras. Lo sers para esa mujer. Pero cuando
rompas con ella, cuando te deje o la abandones t no vuelvas a Alcira.
Tu madre no existir: yo estar no s dnde, y los que te hicieron
diputado te mirarn como un ladrn que rob y mat a su madre...
Enfurcete, pgame si quieres; ya nos miran de las otras mesas... da un
escndalo en el caf; no por esto dejar de ser verdad lo que te digo...

Mientras tanto Leonora se impacientaba en su cuarto del hotel. Haban
transcurrido tres horas. Para calmar su inquietud se sent en el balcn,
tras la verde persiana, siguiendo con distrados ojos el paso de los
escasos transentes que atravesaban la plaza.

Encontraba en ella un recuerdo de las plazoletas de Florencia, rodeadas
de mansiones seoriales, cerradas e imponentes, con su pavimento de
guijarros ardientes por el sol, entre los cuales crece la hierba y que
despiertan de su modorra al paso tardo de una mujer, de un cura o un
viajero, repitiendo sus pisadas cuando ya estn lejos.

Miraba los viejos caserones de la plaza, un ngulo del palacio de Dos
Aguas, con sus tableros de estucado jaspe entre las molduras de follaje
de los balcones; escuchaba las conversaciones de los cocheros, agrupados
en la puerta del hotel, en torno de los dueos y los criados, todos
aquellos italianos bigotudos que sacaban sillas a la acera como en una
calle de pueblo. De vez en cuando miraba los tejados de enfrente, de los
cuales iba retirndose la luz del sol, cada vez ms plida y
dulcificada.

Mir su reloj. Las seis. Pero dnde se haba metido aquel hombre? Iban
a perder el tren, y para aprovechar hasta el ltimo minuto, daba
rdenes a Beppa, queriendo que todo estuviese en orden y dispuesto para
la marcha. Recoga sus objetos de tocador, cerraba las maletas despus
de pasear su mirada interrogante por todo el cuarto con la inquietud de
una partida rpida, y colocaba en una butaca, junto al balcn, el abrigo
de viaje, el saco de mano, el sombrero y el velo para arreglarse sin
tardanzas ni vacilaciones, apenas se presentase Rafael, jadeante y
cansado por el retraso.

Y el amante sin venir... Sinti impulsos de salir en su busca; pero
dnde encontrarle? Desde nia no haba estado en la ciudad, desconoca
sus calles, poda cruzarse, sin saberlo, con Rafael, vagar errante
mientras l la esperase en el hotel. Mejor era aguardar.

Acababa el da. En el cuarto extendase la sombra del crepsculo,
confundiendo los objetos. Volvi al balcn trmula de impaciencia,
triste, como la luz violeta que se difunda por el cielo, con vetas
rojas que reflejaban el sol poniente. Iban a perder el tren; tendran
que aguardar hasta el da siguiente. Un contratiempo que trastornaba la
seguridad de su huida.

Volviose con nervioso movimiento al or que la llamaban desde la puerta
de la habitacin:

--_Signora_, _una lettera_.

Una carta para ella!... La tom febril de la mano del camarero, ante la
mirada vaga y sin expresin de la doncella, sentada sobre las maletas.

Le temblaban las manos. El recuerdo de Hans Keller, el artista ingrato
surgi repentinamente en su memoria. Busc una buja en su alcoba y
acab por volver al balcn, examinando la carta a la luz del crepsculo.

Su letra en el sobre; pero portentosa, penosa, como arrancada con
esfuerzo. Senta toda su sangre replegarse en el corazn; lea con el
ansia del que quiere apurar de un golpe toda la amargura y saltaba
renglones, adivinndolos.

Mi madre muy enferma... voy all por unos das nada ms... mi deber de
hijo... pronto nos veremos; y las cobardes excusas de costumbre para
suavizar la rudeza de la despedida; la promesa de reunirse con ella tan
pronto como le fuese posible; los juramentos apasionados, afirmando que
era la nica mujer que amaba en el mundo.

Pas como un relmpago por su voluntad el propsito de salir en seguida
para Alcira aunque fuese a pie; quera avistarse con Rafael, arrojarle
al rostro aquella carta, abofetearle, batirse.

--Ah, el miserable! el infame!--ruga.

Y la doncella, que acababa de encender luz, vio a su seora plida, con
una blancura mate, los ojos desmesuradamente abiertos, los labios
lvidos, andando erguida con dolorosa tensin, como si no moviese los
pies, como si la empujara una mano invisible.

--Beppa--gimi.--Se ha ido! me deja!...

La doncella, insensible ante la fuga del seorito, slo atenda a
Leonora, adivinando la prxima crisis, contemplando con sus ojos de vaca
mansa el desencajado rostro de la seora.

--El miserable!--ruga yendo de un lado a otro de la habitacin.--Cun
loca he sido! Entregarme a l, creerle un hombre, confiarme a su amor,
perder la tranquilidad y la nica familia que me resta!... Por qu no
me dej marchar sola? Me hizo soar en una primavera eterna de amor y me
abandona... Ha jugado conmigo... se burla de m... y no puedo
aborrecerle. Por qu me despert cuando yo estaba all abajo recogida,
tranquila, insensible, en un egosta aislamiento?... Embustero,
miserable... Pero por qu lloro?... Se acab. Algrate, Beppa; otra vez
a cantar, correremos el mundo; jams volvers a este rincn de todos,
donde he querido educar nios. A vivir! A tratar a puntapis al
hombre! as! as! como el peor de los animales! Me ro al pensar en
mi estupidez; qu locura, creer en ciertas cosas! Ja, ja, ja!

Y desde la plaza se oyeron las carcajadas. Una risa loca, aguda,
acerada, que pareca rasgar las carnes y puso en conmocin todo el
hotel, mientras la artista, con los labios espumeantes caa al suelo y
se revolva furiosa, volcando los muebles, hirindose con las metlicas
aristas de sus maletas.




TERCERA PARTE




I


--Don Rafael; los seores de la Comisin de Presupuestos aguardan a usa
en la seccin segunda.

--Voy al momento.

Y el diputado sigui inclinado sobre su pupitre en el gabinete de
escritura del Congreso, terminando su ltima carta, aadiendo un sobre
ms al montn de correspondencia que se apilaba en el extremo de la
mesa, junto al bastn y el sombrero de copa.

Era la tarea diaria, la pesada corbea de la tarde, que junto a l
cumplan con gesto aburrido un gran nmero de representantes del pas.
Contestar peticiones y consultas, ahogar las quejas y entretener las
locas pretensiones que llegaban del distrito, el clamoreo sin fin del
rebao electoral, que no tropezaba con el ms leve obstculo sin acudir
inmediatamente al diputado como el devoto apela al milagroso patrn.

Recogi sus cartas, entregndolas a un ujier para que las llevase a la
estafeta, y contoneando su cuerpo voluminoso, con una falsa gallarda
juvenil, sali al pasillo central, prolongacin del gran mentidero del
saln de Conferencias.

El Excmo. Sr. D. Rafael Brull sentase como en su propia casa al entrar
en aquel corredor; lbrega garganta cargada de humo de tabaco, llena de
trajes negros que se agolpaban en corrillos o se movan abrindose paso
trabajosamente con los codos.

Ocho aos estaba all. Casi haba perdido la cuenta de las veces que le
declararon el acta limpia en el caprichoso vaivn de la poltica
espaola, que da a los parlamentos una vida fugaz. Los ujieres, el
personal de secretara, todos los dependientes de la casa le miraban con
respetuosa confianza, como un compaero superior, unido cual ellos para
siempre a la vida del Congreso. No era de los que pescan milagrosamente
un acta en el oleaje de la poltica y no repiten la suerte, quedando
adheridos por toda la vida a los divanes del saln de Conferencias,
tristes, con la nostalgia de la perdida grandeza, siendo los primeros
todas las tardes a entrar en el Congreso para conservar su carcter de
exdiputados, deseando con vehemencia que vuelvan los suyos para sentarse
otra vez all dentro en los escaos rojos. Era un seor con distrito
propio: llegaba con su acta pura e indiscutible, lo mismo si mandaban
los suyos que si el partido estaba en la oposicin. A falta de otros
mritos decan de l los de la casa: Ese es de los pocos que vienen
aqu de verdad. Su nombre no figuraba gran cosa en el extracto de las
sesiones, pero no haba empleado, periodista o tertuliano de la clase de
cados que al ver el apellido de Brull invariablemente en la lista de
todas las comisiones que se formaban, no dijera Ah! s: Brull el de
Alcira.

Ocho aos de servicios al pas; de vivir en una mediana casa de
huspedes, teniendo all abajo su aparatoso casern adornado con una
suntuosidad que haba costado una fortuna a su madre y a su suegro.
Largas temporadas de alejamiento de su mujer y sus hijos, aburrindose
con la vida montona del que no quiere gastar mucho para que la familia
ausente no suponga locuras y olvidos del deber. Qu de sacrificios en
los ocho aos de diputacin! El estmago estragado por la incalculable
cantidad de vasos de agua con azucarillo apurados en la cantina del
Congreso; callos en los pies por los interminables plantones en el
pasillo central, rompiendo distradamente con la contera del bastn el
barniz de los azulejos del zcalo; una cantidad incalculable de pesetas
gastadas en coches de punto por culpa de los entusiastas del distrito
que le hacan ir todas las maanas de ministerio en ministerio pidiendo
la luna, para contentarse al fin con algunos granos de arena.

Haca su carrera con lentitud, mas segn los maldicientes del saln de
Conferencias, era un joven serio y discreto, de pocas palabras, pero
seguras, que acabara por llegar a alguna parte. Y l, satisfecho del
papel de hombre serio que le asignaban, rea pocas veces, vesta
fnebremente, sin el menor color disonante sobre sus negras ropas;
prefera or pacientemente cosas que no le importaban a aventurar una
opinin, y estaba contento de engordar prematuramente, de que su crneo
se despoblara, brillando con venerable luz bajo las lmparas del saln
de sesiones, y de que en el vrtice de sus ojos se fuera marcando la
pata de gallo de la vejez prematura. Tena treinta y cuatro aos y
pareca estar ms all de los cuarenta Al hablar se calaba los lentes
con un movimiento de altivez cuidadosamente imitado del difunto jefe del
partido, y nunca manifestaba su opinin sin decir antes: Yo
entiendo... o sobre ese asunto tengo mis ideas particulares y
propias... Lo que haba aprendido en aquellos ocho aos de abono
parlamentario!...

El nuevo jefe del partido, viendo en l a un compaero seguro que se
buscaba por s mismo la entrada en el Congreso, le tena alguna
consideracin. Era un soldado que no faltaba a la lista. Llegaba
puntualmente al formarse un nuevo parlamento; presentbase con su acta
limpia, lo mismo si el partido ocupaba los amplios bancos de la derecha
con la insolencia del vencedor, que si se apelotonaba en la izquierda,
reducido, recortado, con la rabiosa ansia de volver a sentarse enfrente
y el loco deseo de encontrarlo todo mal. Dos legislaturas pasadas en la
izquierda del saln, le haban hecho adquirir cierta confianza con el
jefe; le permitan esa franca camaradera de la oposicin, donde desde
el _leader_ hasta el que calla, todos viven igualados por su cualidad
comn de simples diputados. Adems, en aquellas temporadas de desgracia;
para ayudar a la obra destructora de los suyos, poda permitirse sus
preguntitas al gobierno a primera hora de las sesiones, y ms de una vez
escuch de la boca sonriente y descolorida del jefe: Muy bien, Brull;
ha estado usted intencionado. Y la felicitacin llegaba hasta el
distrito, agrandada por el popular asombro.

Junto con esto, los honores parlamentarios, la gran cruz que le haban
dado como esas gratificaciones que se conceden por aos de servicios y
el formar en todas las comisiones encargadas de representar el poder
legislativo en las solemnidades pblicas. Si haba que llevar a Palacio
la contestacin del Mensaje, l era de los designados y temblaba de
emocin pensando en su madre, en su mujer, en todos los de all al verse
en los carruajes de gala, precedido de brillantes jinetes y saludado por
las trompetas que entonaban la regia marcha. Tambin era l de los que
salan a la escalinata del Congreso a recibir las reales personas en la
sesin inaugural, y en una legislatura fue de la comisin de gobierno
interior, lo que le dio gran realce ante los ujieres.

--Ese Brull--decan en el saln de Conferencias--ser algo el da en que
suban los suyos.

Ya haban subido; ocupaba su partido el poder en uno de aquellos cambios
de rumbo previstos y ordenados a que viva sometida la nacin por la
poltica de balancn, y Rafael era de la Comisin de Presupuestos, para
que se soltase a hablar con algo ms que preguntas. Haba que hacer
mritos; justificar su llegada a uno de aquellos puestos, que segn
decan, le guardaba el jefe.

Los diputados nuevos (la juventud, que compona la mayora, escogida y
triunfante desde el ministerio de la Gobernacin) le respetaban y
atendan como los alumnos atienden a un pasante que recibe directamente
las rdenes del maestro. Era la supeditacin de los novatos ante el
discpulo viejo habituado a los usos de la casa.

Cuando llegaba una votacin y se agitaban las oposiciones creyendo en la
posibilidad de la victoria, el ministro de la Gobernacin le buscaba en
los bancos con mirada ansiosa:

--A ver, Brull, traiga usted a esa gente; somos pocos.

Y Brull, orgulloso del mandato, sala como un rayo entre el estrpito de
los timbres que llamaban los diputados a votar y las correras de los
ujieres. Pasaba por entre los pupitres del gabinete de escritura, se
asomaba a la cantina, suba a las comisiones, deshaca a codazos los
grupos de los pasillos y ensoberbecido con la autoridad conferida,
empujaba rudamente el rebao ministerial hacia el saln, refunfuando
con el enfado de un viejo, asegurando que en _sus tiempos_, cuando l
comenzaba, haba ms disciplina. Al ganarse la votacin, suspiraba
satisfecho como quien acaba de salvar al gobierno y al pas.

Muchas veces, lo que quedaba en l de sincero y franco, un resto del
carcter de la juventud, le sorprenda, levantando una duda cruel en su
pensamiento. No estaban all representando una comedia engorrosa y sin
brillo? Realmente, le importaba al pas cuanto hacan y decan?

Inmvil en el corredor, senta en torno de l el revoloteo nervioso de
los periodistas, aquella juventud pobre, inteligente y simptica, que se
ganaba el pan duramente, y desde su tribuna les contemplaba como los
pjaros miran desde el rbol las miserias de la calle; riendo ante los
disparates de las solemnes calvas, como re en los teatros el pblico
sano y alegre de la galera. Parecan traer con ellos el viento de la
calle a una atmsfera densa y viciada por muchos aos de aislamiento;
eran el pensamiento exterior, la idea sin padre conocido, el
estremecimiento de la gran masa, que se introduca como un aire colado
en aquel ambiente denso semejante al de una habitacin donde agoniza,
sin llegar a morir, un enfermo crnico.

Su opinin era siempre distinta de la de los representantes del pas. El
excelentsimo seor Tal, era para ellos un _congrio_; el ilustre orador
Cual, que ocupaba con su prosa ms de una resma de papel en el _Diario
de Sesiones_, era un _percebe_; cada acto del parlamento les pareca un
disparate, aunque por exigencias de la vida dijeran lo contrario en sus
peridicos, y lo ms extrao era que el pas, con misteriosa
adivinacin, repeta lo mismo que ellos pensaron en el primer impulso de
su ardor juvenil.

Tendran que bajar de su tribuna a los bancos para que por primera vez
se dejase or all la opinin nacional?

Y el diputado acababa por reconocer que tambin estaba la opinin entre
ellos, pero como la momia est en el sarcfago; inmvil, dormida,
agarrotada por duras vendas, ungida con el ungento de la retrica y el
correcto bien decir que considera como pecados de mal gusto el arrebato
de la fe, el tumulto de la indignacin.

En realidad, todo iba bien. La nacin callaba, permaneca inmvil;
luego estaba contenta. Terminada ya para siempre la era de las
revoluciones, aquel era el sistema infalible de gobernar, con sus crisis
concertadas y sus papeles cambiados amistosamente por los partidos,
marcando con toda suerte de detalles lo que cada cual haba de decir en
el poder y en la oposicin.

En aquel palacio, de extravagante arquitectura, adornado con el mismo
mal gusto que la casa de un millonario improvisado, deba pasar Rafael
su existencia para realizar el sueo de los suyos, aspirando una
atmsfera densa, clida y entorpecedora, mientras afuera sonrea el
cielo azul y se cubran de flores los jardines. Deba pasar gran parte
del ao lejos de sus naranjos, pensando melanclicamente en el ambiente
tibio y perfumado de los huertos, mientras se suba el cuello del gabn
o se envolva en la capa, saltando de un golpe del ardor de los
calorferos del Congreso al fro seco y cruel del invierno en las calles
de Madrid.

Nada notable haba ocurrido para l durante aquellos ocho aos. Su vida
era un ro turbio, montono, sin brillantez ni belleza, deslizndose
sordamente como el Jcar en invierno. Al repasar su existencia, la
resuma en pocas palabras. Se haba casado; Remedios era su mujer, don
Matas su suegro. Era rico, dispona por completo de una gran fortuna,
mandando despticamente sobre el rudo padre de su esposa, el ms
ferviente de sus admiradores. Su madre, como si los esfuerzos para
emparentar con la riqueza hubiesen agotado la fuerza de su carcter,
haba cado en un marasmo senil rayano en la idiotez, sin ms
manifestaciones de vida que la permanencia en la iglesia hasta que la
despedan cerrando las puertas, y el rosario, continuamente murmurado
por los rincones de la casa, huyendo de los gritos y los juegos de sus
nietos. Don Andrs haba muerto, dejando con su desaparicin rbitro y
seor absoluto del partido a Rafael. El nacimiento de sus tres hijos,
las enfermedades propias de la infancia, el diente que apunta con
rabioso dolor, el constipado que obliga a la madre a pasar la noche en
vela y las estpidas travesuras de su cuado--aquel hermano de Remedios
que le tema a l ms que a su padre, influenciado por el respeto que
infunda su majestuosa persona--eran los nicos sucesos que haban
alterado un poco la monotona de su existencia.

Todos los aos adquira nuevas propiedades; senta el estremecimiento
del orgullo contemplando desde la montaa de San Salvador--aquella
ermita ay! de tenaz recuerdo--los grandes pedazos de tierra aqu y
all, cercados de verdes tapias, sobre los cuales extendanse los
naranjos en correctas filas. Todo era suyo; la dulzura de la posesin,
la borrachera de la propiedad subansele a la cabeza.

Al entrar en el antiguo casern, rejuvenecido y transformado,
experimentaba idntica impresin de bienestar y poder. El viejo mueble
donde su madre guardaba el dinero estaba en el mismo sitio; pero ya no
ocultaba cantidades amasadas lentamente a costa de sacrificios y
privaciones para alzar hipotecas y suprimir acreedores. Ya no llegaba a
l de puntillas; palpando en la sombra; ahora lo abra a raz de la
cosecha y sus manos se perdan con temblores de felicidad en los fajos
de billetes entregados por su suegro a cambio de las naranjas, y pensaba
con fruicin en lo que este guardaba en los Bancos y algn da vendra a
su poder.

El ansia de la riqueza, el delirio de la tierra se haba apoderado de l
como una pasin deleitosa, la nica que honestamente poda tener en su
vida montona, siempre igual, marcndose por la noche hora por hora todo
lo que hara al da siguiente. En aquella pasin por la riqueza haba
algo de contagio matrimonial. Ocho aos de dormir juntos, en casto
contacto de cabeza a pies, confundiendo el sudor de sus cuerpos y la
respiracin de sus pulmones, haban acabado por infiltrar en Rafael una
gran parte de las manas y aficiones de su esposa.

La cabrita mansa y asustadiza que correteaba perseguida por l, y le
miraba con ojos tristes en sus das de alejamiento, era una mujer con
toda la firmeza imperiosa y la superioridad dominante de las hembras de
los pases meridionales. La limpieza y el ahorro tomaban en ella el
carcter de intolerables tiranas. Rea a su marido si con sus pies
trasladaba la ms leve pella de barro de la calle al saln, y revolva
la casa haciendo ir de cabeza a todos los domsticos apenas descubra en
la cocina unas gotas de aceite derramadas fuera de la vasija o un pedazo
de pan abandonado en un rincn.

--Una perla para la casa: no lo deca yo?--murmuraba el padre
satisfecho.

Su virtud era intolerable. Rafael haba querido amarla en los primeros
tiempos de su matrimonio. Deseaba olvidar; senta los mismos arrebatos
apasionados y juguetones de aquellos das en que la persegua por los
huertos. Pero ella, pasada la primera fiebre de amor, satisfecha su
curiosidad de doncella ante el misterio del matrimonio, opuso en
adelante una pasividad fra y grave a las caricias del marido. No era
una mujer lo que encontraba; era una hembra framente resignada con los
deberes de la procreacin.

Sobre esto tena ella sus ideas particulares y propias como su marido
all en las Cortes. El querer mucho a los hombres no era de mujeres
buenas; eso de entregarse a la caricia con estremecimientos de pasin y
abandonos de locura, era propio de las _malas_, de las perdidas. La
buena esposa deba resignarse para tener hijos... y nada ms; lo que no
fuese esto eran porqueras, pecados y abominacin. Estaba enterada por
personas que saban bien lo que se decan. Y orgullosa de aquella virtud
rgida y spera como el esparto, se ofreca a su esposo con una frialdad
que pareca pincharle, sin otro anhelo que lanzar al mundo nuevos hijos
que perpetuasen el nombre de Brull y enorgulleciesen al abuelo don
Matas, que vea en ellos un plantel de personajes, destinados a las
mayores grandezas.

Rafael viva envuelto en aquel mismo ambiente tibio y suave del hogar
honrado, que una tarde, paseando por Valencia, le mostr don Andrs como
esperanza risuea si quera volver la espalda a la locura. Tena mujer e
hijos; era rico. Sus escopetas las encargaba el suegro a los
corresponsales de Inglaterra; en la cuadra tena cada ao un caballo
nuevo, encargndose el mismo don Matas de comprar lo mejor que se
encontraba en las ferias de Andaluca. Cazaba, galopaba por los caminos
del distrito, distribua justicia en el patio de la casa lo mismo que su
padre; sus tres pequeos, intimidados por sus largos viajes a Madrid y
ms familiarizados con los abuelos que con l, colocbanse cabizbajos en
torno de sus rodillas, aguardando en silencio el beso paternal; todo
cuanto le rodeaba estaba al alcance de su deseo, y, sin embargo, no era
feliz.

De vez en cuando surga en su memoria el recuerdo de aquella aventura de
la juventud. Los ocho aos transcurridos le parecan un siglo. Rafael se
senta alejado de aquellos sucesos por toda una vida. El rostro de
Leonora se haba esfumado poco a poco en su memoria hasta perderse. Slo
recordaba los ojos verdes, la cabellera brillante como un casco de oro.
Haca tiempo que haba muerto la ta, aquella doa Pepita, sencilla y
devota, dejando sus bienes para la salvacin del alma. El huerto y la
casa azul eran ahora de su suegro, que haba trasladado a su domicilio
todo lo mejor, los muebles y los adornos comprados por Leonora en su
poca de aislamiento, mientras Rafael estaba en Madrid y soaba ella en
quedarse all para siempre.

Rafael evit con gran cuidado volver a la casa azul. Tema despertar
cierta susceptibilidad de su esposa. Bastante le pesaba en ciertos
momentos el silencio de ella; su prudencia extraa que jams le
permiti hacer la ms leve alusin al pasado, mientras que en su mirada
fra y en la entereza con que abominaba de las locuras del amor
adivinbase el recuerdo tenaz de aquella aventura que todos haban
querido ocultar y que turb profundamente los preparativos de tu
matrimonio.

Cuando el diputado estaba solo en Madrid, libre, como en su poca de
soltero, el recuerdo de Leonora surga en su memoria con entera
libertad, sin aquella coaccin que pareca turbarle all abajo, en el
ambiente de la familia.

Qu sera de ella? A qu locuras se habra entregado despus de aquel
rompimiento que an haca enrojecer a Rafael, como si en su odo
murmurasen atroces insultos? Los peridicos espaoles hablan poco de las
cosas de fuera de casa, y slo dos veces encontr en ellos el nombre de
guerra de Leonora, al dar cuenta de sus triunfos artsticos. Haba
cantado en Pars, como una artista francesa, asombrando la pureza de su
acento; haba estrenado en Roma una pera de un joven maestro, preparada
por el reclamo editorial como un gran acontecimiento. La obra haba
gustado poco, pero la artista haba sido aclamada por el pblico,
enloquecido y lacrimoso ante su pattica desesperacin en el acto final,
al llorar el amor perdido.

Despus nada: ninguna noticia; se haba eclipsado, impulsada, sin duda,
por el amor, dominada, por aquella vehemencia que le haca seguir al
hombre preferido como una esclava. Y Rafael, al pensar en esto, senta
celos, cual si tuviera algn derecho sobre aquella mujer, olvidando la
crueldad con que le haba dicho adis. Aquella despedida era su
remordimiento. Comprenda que Leonora haba sido para l la nica
pasin; el amor que pasa una sola vez en la vida al alcance de la mano.
Y l en vez de apresarle, lo haba espantado para siempre con un acto
villano, con una despedida cruel, cuyo recuerdo le avergonzaba.

Coronado del azahar de los huertos, el amor haba pasado ante l,
cantando el himno de la juventud loca, sin escrpulos ni ambiciones,
invitndole a ir tras sus pasos, y l le haba contestado con una
pedrada en las espaldas.

Ya no volvera a pasar, lo presenta. Aquel ser misterioso, risueo y
juguetn slo se presentaba una vez en el camino. Haba que cerrar los
ojos y seguirle agarrado a la mano de la mujer que ofreca. Si era una
virgen, bueno; si era una mujer como Leonora, bien; haba que
conformarse ciegamente, y el que se detena como l, el que retroceda
estaba perdido; vea en torno una noche sin fin, y jams volva a pasar
ante sus ojos el risueo amor coronado de flores, entonando esa cancin
que slo se oye una vez en la vida.

Eran vanos todos sus esfuerzos por salir de la monomana de su
existencia, por rejuvenecerse sacudiendo la vejez de nimo. Se convenca
con tristeza de que era imposible la repeticin de la aventura.

Por dos meses fue el amante de Cora, una muchacha popular en los
entresuelos de Fornos; una gallega alta, esbelta y fuerte (ay, como la
otra!) que haba pasado algunos meses en Pars y al volver de all con
el pelo teido de rubio, recogindose el vestido con la misma gracia
que si hiciera el _trottoir_ en los boulevares, mezclando con dulzura en
la conversacin palabras francesas, llamando _mon cher_ a todo el mundo
y dndosela de entendida en la organizacin de una cena, brillaba como
una gran _cocotte_ entre sus amigas, sin ms alardes que el lamentable
flamenco y la palabra desvergonzada de brutal gracia.

Pero se cans pronto de aquellas relaciones. El labio superior de Cora,
sudoroso bajo los polvos de arroz, siempre cubierto de un roco de
salud, le disgustaba como el hocico de una hermosa bestia de grosera
vitalidad; su empalagosa charla, siempre girando sobre las modas, los
apuros pecuniarios o las ridiculeces de las amigas, acab por causarle
nuseas. Adems, en aquello no haba amor, ni capricho siquiera. Le
costaban dinero y no poco tales relaciones, y l se alarmaba en sus
mezquindades de rico; pensaba con remordimiento en el porvenir de sus
hijos como si estuviera arruinndoles, en lo que dira ante los gastos
considerablemente aumentados aquella Remedios tan econmica, tan
dispuesta a la defensa del cntimo, sin otros despilfarros que el manto
nuevo para la virgen o la fiesta estruendosa con gran orquesta y bosques
de cirios.

Rompi sus relaciones con la gallega del boulevar, sintiendo un dulce
descanso al no tener que comparar sus recuerdos de la juventud con
aquella pasin mercenaria en la que terminaban los arrebatos de amor con
la presentacin de alguna cuenta que haba que pagar a la maana
siguiente.

Termin la vergonzosa alianza de la que se afrentaba Rafael, justamente
cuando su partido ocupaba de nuevo el poder y volva l a sentarse en
los escaos de la derecha, cerca del banco ministerial, en su calidad de
diputado antiguo. Haba llegado el momento de trabajar; a ver si de un
buen empujn lograba abrirse paso. Le nombraron de la Comisin de
presupuestos y tom sobre s la obligacin de contestar a varias
enmiendas presentadas por las oposiciones al presupuesto de Gracia y
Justicia. El ministro era amigo suyo: un marqus respetable y solemne
que haba sido absolutista y cansado de _platonismos_, como l deca,
acab por reconocer el rgimen liberal aunque conservando sus antiguas
ideas.

Le agitaba el temblor del muchacho en vsperas de exmenes. Estudiaba en
la biblioteca lo que haban dicho sobre la materia innumerables
generaciones de diputados en un siglo de parlamentarismo.

Sus amigos del Saln de Conferencias, todos aquellos derrotados y
cados, la bohemia parlamentaria, que le quera a cambio de papeletas
para las tribunas, animbale profetizando un triunfo. Ya no se
aproximaban a l para decirle: Cuando yo era gobernador...
embriagndose a s mismos con el esplendor de sus glorias muertas; ya no
le preguntaban sobre lo que pensaba don Francisco de esto o de aquello,
para sacar locas deducciones de sus respuestas.

Le aconsejaban, dbanle indicaciones con arreglo a lo que ellos haban
dicho o pensado decir al discutirse el presupuesto en tiempos de
Gonzlez Bravo, y acababan por murmurar con una sonrisa que le causaba
escalofros:--All veremos: que quede usted bien.

Y todo aquel rebao de malhumorados que esperando un acta jams llegada,
corran como viejos caballos al olor de la plvora a aglomerarse en dos
masas al lado de la presidencia, apenas en el saln se armaba bronca con
campanillazos, no podan imaginarse que el joven diputado muchas noches
interrumpa su lectura con la tentacin de arrojar contra la pared los
gruesos tomos de las sesiones, y acababa pensando con escalofros de
intensa voluptuosidad en lo que habra sido de l corriendo el mundo
tras unos ojos verdes cuya luz dorada crea ver temblar entre los
renglones de la amazacotada prosa parlamentaria.




II


--Orden del da: contina la discusin del presupuesto de obligaciones
eclesisticas.

En el saln de sesiones se marc un movimiento de fuga; el mismo pnico
que desbanda los ejrcitos y disuelve las multitudes. Se levantaban los
ms resueltos para escapar y les seguan en su huida grupos enteros,
aclarndose por momentos los escaos.

La Cmara estaba llena desde primera hora. Era da de emociones: una
discusin entre el jefe del gobierno y un antiguo compaero que ahora
estaba en la oposicin; un antagonismo de viejos compadres, en el que
salan a luz los secretos de la intimidad, todas las antiguas artimaas
en comn para sostenerse en el poder. Y el silencioso pblico que se
deleitaba con este pugilato, los diputados que llenaban los escaos, las
dos masas que se estrujaban a ambos lados de la presidencia,
emprendieron la fuga al ver terminado el incidente, sabindoles a poco
las dos horas de alusiones y punzantes recuerdos.

El nombre del orador que iba a hablar sobre las obligaciones
eclesisticas, contuvo un poco aquella fuga; produjo el efecto de un
gran recuerdo histrico lanzado en medio de una dispersin. Algunos
diputados volvieron a sus asientos, mirando a los bancos ms extremos de
la izquierda, donde asomaba tras el rojo respaldo una gran cabeza
blanca, en la que brillaban las gafas con luz semejante a la de una
sonrisa dulcemente irnica.

Psose en pie el anciano. Era tan pequeo, tan dbil de cuerpo, que an
pareca estar sentado. Toda la fuerza de su vida se haba concentrado en
la cabeza, enorme, de nobles lneas, sonrosada en la cspide, entre los
blancos mechones echados atrs. Su cara plida tena esa transparencia
de cera de una vejez sana y vigorosa, a la que aadan nueva majestad
las barbas plateadas, brillantes, luminosas como las que el arte da
siempre al Todopoderoso.

Aguardaba con los brazos cruzados a que cesase el rumor de colmena
revuelta que zumbaba en el saln y los ltimos fugitivos hubiesen
traspuesto las puertas de salida. Por fin, comenz a hablar ante la
Cmara casi vaca, entre los siseos de los periodistas, que asomados a
su tribuna como un gran racimo de cabezas, imponan silencio para no
perder palabra.

Era el patriarca de la Cmara. Representaba la revolucin no slo
poltica, sino social y econmica; era el enemigo de todo lo existente;
sus teoras causaban profunda irritacin como una msica nueva e
incomprensible que alterase el odo adormecido. Pero se le escuchaba con
respeto, con la veneracin que inspiraban sus aos y su historia
irreprochable. Su voz tena el sonido dbil y dulce de una lejana
campanilla de plata; y en el silencio del saln se desarrollaba su
palabra con cierta uncin evanglica, como si al hablar pasase ante sus
ojos la visin de un mundo mejor, de la sociedad perfecta del porvenir
sin opresin ni tristezas, tantas veces soadas en la soledad de su
gabinete de estudio.

Rafael estaba a la cabeza del banco de la comisin, algo separado de sus
compaeros. Le dejaban espacio libre como los toreros al camarada que va
a matar. Haba apilado en su asiento legajos y volmenes por si le
ocurra citar textos en su contestacin al venerable orador.

Le contemplaba en silencio, admirndole. Aquel s que era fuerte, con la
dureza y la frialdad del hielo. Habra tenido sus pasiones como todos;
en ciertos momentos se escapaba a travs de su exterior inmutable y
tranquilo un arranque de vehemencia. Sus ardores de poeta perdido en la
poltica delatbanse algunas veces, como esos volcanes ocultos bajo una
sima de nieve se revelan con lejano trueno. Pero haba sabido ajustar su
existencia al deber, y sin creer en Dios, sin otro apoyo que la
filosofa, la fuerza de su virtud era tal, que desarmaba a los ms
apasionados enemigos.

Y a un hombre as haba de contestarle l!... Comenzaba a sentir miedo,
y para recuperar el nimo, paseaba su mirada por el saln. Lo que
llamaban una media entrada los familiares de la casa. En los escaos
veanse esparcidos algunos grupos de diputados; la tribuna pblica llena
de gente popular quieta y en recogimiento, como si bebiese la palabra
del viejo republicano. En las otras tribunas, poco antes repletas de
curiosos para contemplar el pugilato de primera hora, slo quedaban los
forasteros, mirando abajo con expresin de asombro, deslumbrados por los
fantsticos trajes de los maceros y con el propsito firme de no moverse
hasta que los despidieran. Algunas seoras de la clase de
_parlamentarias_, que acudan todas las tardes de bronca, rumiaban
caramelos y miraban con extraeza a aquel viejo de terrible fama, cuyo
nombre jams se pronunciaba en sus tertulias, admirando su aspecto
bondadoso y la natural distincin con que llevaba la levita. Pareca
imposible!... En la tribuna diplomtica slo quedaba una seora
lujosamente vestida, con un gran sombrero de plumas negras, tras el cual
casi desapareca un joven rubio, peinado en _bands_, correcto y
estirado. Sera alguna extranjera. Rafael la tena frente a su banco y
vea su mano enguantada apoyndose en el antepecho de la tribuna,
agitando el abanico con escandaloso crujido. El resto de su cuerpo se
confunda en la penumbra de la tribuna al echarse atrs para cuchichear
y rer con su acompaante.

Distrado por aquella revista, Rafael apenas atenda al orador. Haba
adivinado todo lo que estaba diciendo y esto le satisfaca. As no
quedaba desbaratado el andamiaje de la larga contestacin que traa
preparada.

Aquel hombre era inflexible e inmutable. Llevaba treinta aos diciendo
lo mismo. Aquel discurso lo haba ledo Rafael un sinnmero de veces.
Estudiando atentamente los males nacionales, los abusos imperantes en el
pas, haba formulado una crtica completa y despiadada, en la que
resaltaban los absurdos por el efecto del contraste. Con la conviccin
de que la verdad slo es una y nada tan nuevo como ella, vena
repitiendo su crtica todos los aos en un estilo puro, conciso, sonoro,
que pareca esparcir en el ambiente el maduro perfume de los clsicos.

Hablaba en nombre de la Espaa del porvenir, de un pueblo que no tendra
reyes, porque se gobernara por s mismo; que no pagara sacerdotes,
porque respetando la conciencia nacional permitira todos los cultos sin
privilegiar alguno. Y con sencilla amenidad, como si construyese y
juntase versos, emparejaba cifras, haciendo resaltar la manera absurda
con que la nacin se despeda de un siglo de revoluciones, durante el
cual todos los pueblos haban conseguido ms que el nuestro.

En el mantenimiento de la casa real se gastaba ms que en enseanza
pblica. El sostenimiento de una sola familia resultaba de ms vala que
el despertar a la vida moderna de todo un pueblo. En Madrid, en la
capital, a la vista de todos ellos, las escuelas instaladas en inmundos
zaquizames; iglesias y conventos surgiendo de la noche a la maana como
palacios encantados en las principales calles. En veintitantos aos de
restauracin, ms de cincuenta edificios religiosos completamente
nuevos, estrechando la capital con una cintura de construcciones
flamantes; y en cambio una sola escuela moderna como la de cualquier
poblacin pequea de Inglaterra o Suiza. La juventud dbil, apagada,
egosta y devota, contrastando con sus padres, que adoraban los
generosos ideales de la libertad y la democracia y hacan revoluciones.
El hijo, envejecido, con el pecho lleno de medallas, sin ms vida
intelectual que las reuniones de cofrada, confiando su porvenir y su
voluntad al jesuita introducido en la familia por la madre, mientras el
padre sonre amargamente, reconociendo que es de otro mundo, de una
generacin que se va: la que logr galvanizar la nacin por un momento
con la protesta revolucionaria.

La iglesia cobrando todos sus servicios a los fieles y cobrando al mismo
tiempo del Estado. La Hacienda demandando economas, mientras se crean
nuevos obispados y las obligaciones eclesisticas aumentan en provecho
del alto clero, sin beneficio alguno para el populacho de sotana, para
los de abajo, que necesitan entregarse a la ms despiadada codicia,
explotando sin escrpulos la casa de Dios. Y mientras tanto, sin dinero
para las obras pblicas, poblaciones sin caminos, regiones enteras sin
haber odo jams el silbato del ferrocarril que resuena en regiones
salvajes de Asia y Africa, campias pereciendo de sed mientras los ros
pasan junto a ellas llevando al mar sus intiles aguas.

El estremecimiento de la conviccin pasaba por la Cmara silenciosa,
anhelante para no perder nada de aquella voz dbil, lejana, como salida
de una tumba. Todos sentan en el ambiente el paso de la verdad, y
cuando termin con una invocacin al porvenir, en el cual no existiran
absurdos ni injusticias, se hizo ms profundo el silencio, como si un
viento glacial, una brisa de muerte hubiese aleteado sobre aquellas
cabezas que crean estar deliberando en el mejor de los mundos.

Al terminar el venerable orador se levant Rafael, plido, tirando de
los puos de la camisa, dejando pasar algunos minutos para que se
calmara la agitacin de la Cmara, ansiosa de expansionarse, de murmurar
despus del largo recogimiento a que la haba obligado la palabra tenue
y concisa del anciano.

Si a Rafael le haba de animar la benevolencia del auditorio, buen
principio tena. El saln se vaciaba por momentos. Era la fuga prevista
apenas se levantaba el seor de la comisin a contestar a las
oposiciones, teniendo al lado un rimero de papeles. Una _lata_,
huyamos! Y pasaban por enfrente de Rafael, atravesando el hemiciclo,
los grupos de compaeros; mientras arriba en las tribunas la dispersin
era general, como si el edificio se incendiase. Las seoras, mascando el
ltimo caramelo y viendo terminado por aquel da el desfile de hombres
ilustres, abandonaban las tribunas. Abajo las aguardaba el coche para
dar un paseo por la Castellana. Aquella extranjera de la tribuna
diplomtica tambin se mova para irse. Pero no; daba la mano a su
acompaante, le despeda y se quedaba, moviendo aquel abanico que con su
revoloteo turbaba a Rafael. Muchas gracias, seora. Aunque l, por su
gusto, hubiera querido que se marchasen todos, que no quedasen en el
saln otras personas que el presidente y los maceros para hablar con
menos miedo. Le atemorizaba la tribuna pblica, donde no se haba movido
nadie, aguardando sin duda la rectificacin del venerable orador: toda
aquella aglomeracin de blusas blancas y pecheras sin corbata, rematadas
por cabezas morenas que le miraban con fija frialdad como
diciendo:--Ahora veremos lo que contesta ese to.

Rafael comenz por un elogio a la historia intachable, a la consecuencia
poltica, a la sabidura de aquel venerable septuagenario que todava
tena fuerzas para batallar por los ideales de su juventud. Era de
rbrica un exordio como este; as lo haca el jefe. Y al hablar, su
vista se fijaba angustiosamente en el reloj. Quera ser largo, muy
largo. Si no hablaba hora y media o dos horas, estaba deshonrado. Era el
tiempo que corresponda a un hombre de su importancia. Haba visto a los
jefes de partido, a los caudillos de grupo, hablar toda una tarde, desde
las cuatro hasta las ocho, roncos y congestionados, sudando como
cavadores, con el cuello de la camisa hecho un trapo sucio y mirando el
gran reloj del saln con angustia de condenados. An falta una hora
para levantar la sesin, decan los amigos. Y el gran orador, como un
caballo cansado, pero de buena sangre, sacaba nuevas fuerzas y emprenda
otra vez la carrera, falto de espacio para galopar, volviendo sobre sus
pasos, repitiendo lo que ya haba dicho un sinnmero de veces,
resumiendo la media docena de ideas desenvueltas en cuatro horas de
sonora charla. Los buenos discursos se apreciaban reloj en mano. El rey
de la casa era un seor rubio que desde los bancos de la oposicin se
diverta molestando al jefe del gobierno: un diputado eterno con fuerzas
para hablar tres das seguidos.

Rafael haba odo ponderar la concisin y la claridad de la oratoria
moderna en los parlamentos de Europa. Los discursos de los jefes de
gobierno en Pars o Londres llenaban media columna de un peridico.
Tambin el venerable orador a quien iba a contestar, por ser original en
todo, hablaba con esta concisin: cada perodo encerraba tres o cuatro
ideas. Pero l no se dejaba tentar por la austeridad oratoria; crea que
el peso y la medida sin tasa eran cualidades indispensables en la
elocuencia, y deseando llenar todo un cuaderno del _Diario de sesiones_
para que all en su distrito se asombraran ante el interminable batalln
de columnas impresas, hablaba y hablaba sin ms preocupacin que no
soltar idea alguna; guardndolas todas con avaro celo, con la certeza de
que cuanto ms las conservara prisioneras, ms larga y solemne
resultara su oracin.

Llevaba hablando un cuarto de hora sin contestar a nada del anterior
discurso, llenando de flores al ilustre personaje. Su seora era
respetable por esto o aquello, haba hecho lo otro y lo de ms all...
pero, y al llegar por fin al _pero_ comenz a soltar algo de lo que
traa preparado. Su seora era un idelogo de inmenso talento, pero
siempre fuera de la realidad; quera gobernar los pueblos con arreglo a
las teoras adquiridas en los libros, sin atenerse a la prctica, al
carcter propio e indestructible que tiene cada nacin.

Y haba que or con qu ligero tono de desprecio marcaba aquello de
_idelogo_ y lo de sabidura adquirida en los libros y lo de vivir fuera
de la realidad.

Muy bien; as, as,--le decan los compaeros de comisin, moviendo sus
cabezas peinadas, lustrosas e indignadas contra todos los seres que
quisieran vivir fuera de la realidad. Haba que cantarles las verdades a
los _idelogos_.

Y el ministro, amigo de Rafael, el nico que ocupaba el banco azul,
abrumando con su enorme tronco el pupitre, volva su cabeza de bho
gordo, pelado y con agudo pico para sonrer benvolamente al joven.

El orador continuaba cada vez ms sereno, fortalecido por aquellas
muestras de aprobacin. Hablaba de los detenidos y profundos estudios
que la comisin haba hecho de los presupuestos. El era el ms modesto,
el ltimo, pero all estaban sus compaeros--todos aquellos seores con
levita inglesa y pe lo partido de la frente a la nuca,--jvenes
estudiosos que le haban ilustrado con sus profundas apreciaciones, y
cuando ellos no haban hecho ms economas, era porque resultaba
imposible.

Y las cabezas de la comisin se movan para murmurar el optimismo del
agradecimiento:--Pero este Brull habla muy bien!...

El gobierno estaba dispuesto a cuantas economas fuesen prudentes y
factibles, sin menoscabo de la dignidad y del pas; pero era el gobierno
de una nacin eminentemente religiosa; favorecida por Dios en todos sus
trances, y no tocara un cntimo de las obligaciones eclesisticas.
Jams! Jams!

Su voz resonaba con ese triste eco que conmueve las casas vacas. Mir
el reloj con angustia. Media hora; ya llevaba media hora hablando y an
no haba comenzado de veras el discurso. Ahora lamentaba que la Cmara
estuviese vaca. Tan bien que marchaba aquello!... Frente a l, en la
penumbra de la tribuna diplomtica, segua movindose el abanico,
distrayndole con su aleteo. Diablo de seora! Bien poda estarse
quieta.

El presidente, siempre con la campanilla en la mano, inquieto y
vigilante cuando hablaba alguien de las oposiciones, descansaba ahora
con los ojos entornados y la cabeza en el respaldo del silln,
dormitando con la confianza de un director que no teme desafinaciones.
Los vidrios de la claraboya tomaban un tinte acaramelado con los rayos
del sol, pero abajo solo descenda una luz verde y difusa, una claridad
de bodega, discreta y dulce, que pareca sumir la Cmara en una calma
monstica. Por las ventanas del techo, encima de la presidencia, veanse
pedazos de cielo azul impregnados de la suave luz de una tarde de
primavera. Un palomo blanco revoloteaba a lo lejos en estos cuadros
azules.

Rafael sinti un desmayo de la voluntad, una invasin de entorpecedora
pereza. Aquella sonrisa dulce de la naturaleza asomando a los tragaluces
de la lbrega cripta parlamentaria le hizo pensar en sus campos de
naranjos, y por un capricho de la imaginacin vio praderas cubiertas de
flores, damas vestidas de pastoras como en los abanicos antiguos
bailando sobre la punta de sus tacones al son de juguetones violines, y
sinti un impulso de acabar en cuatro palabras, de tomar el sombrero y
huir para perderse en las arboledas del Retiro. Existiendo el sol y las
flores qu haca all, hablando de cosas que no le importaban?... Pero
se repuso pronto de aquella rpida crisis. Ces de buscar entre los
legajos amontonados en el escao, de hojear papeles para disimular su
turbacin, y tremolando el primer pliego que encontr a mano, continu
su discurso.

No se le ocultaba la intencin que guiaba a su seora al combatir aquel
presupuesto. Sobre este punto tena l ideas particulares y propias. Yo
entiendo que su seora, proponiendo economas, busca tambin combatir
las instituciones religiosas, de las que es enemigo.

Y al llegar a este punto Rafael se lanz en loca carrera, pisando
terreno firme y conocido. Toda esta parte del discurso la tena
preparada, prrafo por prrafo; una apologa del catolicismo, de la fe
religiosa unida ntimamente a la historia de Espaa, con arranques
lricos y estremecimientos de entusiasmo, como si predicase una nueva
cruzada.

Vea en los bancos de enfrente el brillo irnico de unas gafas, el
estremecimiento de una barba blanca sobre los brazos cruzados, como si
una sonrisa bondadosa e indulgente saludase el desfile de tantos lugares
comunes, mustios y descoloridos como flores de trapo. Pero Rafael no se
intimidaba. Ya le faltaba poco para llegar a una hora de discurso.
Adelante, adelante, a soltar todos sus arranques lricos sobre la gran
epopeya nacional y cristiana. Y desfilaban por el oratorio
cinematgrafo, la cueva de Covadonga; un rbol fantstico de la
Reconquista donde el guerrero colgaba su espada, el poeta su arpa,
etc., etc., pues todos acudan a colgar cualquier cosa; los siete
siglos de batallas por la cruz, plazo algo largo, mediante el cual fue
expulsada del suelo espaol la impiedad sarracena. Y a continuacin los
grandes triunfos de la unidad catlica. Espaa duea de casi todo el
mundo, el sol obligado a alumbrar eternamente la tierra espaola; las
carabelas de Coln llevando la cruz a las tierras vrgenes; la luz del
cristianismo saliendo de entre los pliegues de la bandera nacional para
esparcirse por toda la tierra.

Y como si hubiera sido una seal aquel himno a la luz cristiana entonado
por el orador casi invisible en la penumbra del saln, comenzaron a
encenderse las lmparas elctricas, saliendo de la obscuridad los
cuadros, los dorados, los escudos, las figuras duras y chillonas
pintadas en la cpula.

Rafael se senta trmulo, fuera de s, embriagado por la facilidad con
que desenvolva su discurso. Aquella ola de luz que se derramaba por el
saln, en plena tarde, mientras en la claraboya an brillaba el sol,
parecale la repentina entrada en la gloria que vena hacia l, para
darle el espaldarazo del renombre.

Arrebatado por su verbosidad segua soltando cuanto haba almacenado
aquellos das en su pensamiento. En vano se cansaba su seora: Espaa
era profundamente religiosa, su historia era la del catolicismo: se
haba salvado en todos sus conflictos abrazada a la cruz. Y abarcaba
todas las grandes luchas nacionales; desde las batallas en que la piedad
popular vea a Santiago en su caballo blanco, cortando las cabezas de la
morisma con alfanje de oro, hasta el levantamiento de los pueblos contra
Napolen, tras el pendn de la parroquia y con el escapulario al pecho.
No hablaba una palabra del presente: dejaba en pie aquella crtica
despiadada del viejo revolucionario, desprecindola como un sueo de
_idelogo_, y se enfrascaba en su canto al pasado, afirmando por
centsima vez que habamos sido grandes por ser catlicos, que en el
momento no lo fuimos, todos los males del mundo cayeron sobre nosotros,
y hablaba de los excesos de la revolucin, de la tormentosa repblica
del 73, cruel pesadilla de las personas sensatas, y del Cantn de
Cartagena, el supremo recurso de la oratoria ministerial, una verdadera
fiesta de canbales, un horror jams conocido en la tierra de los
pronunciamientos y guerras civiles. Se esforzaba por hacer sentir al
auditorio el terror de aquellas revoluciones, cuyo principal defecto era
no haber revolucionado nada... Y a continuacin una apologa entusiasta
de la familia cristiana, del hogar catlico, nido de virtudes y
dulzuras, con tal fervor, que no pareca sino que en los pases donde no
imperaba el catolicismo, eran todas las casas repugnantes lupanares u
horrorosas cuevas de bandidos.

--Muy bien, Brull muy bien--muga el ministro, de bruces en su pupitre,
oyendo con delicia sus propias ideas en la boca del joven.

El orador descans un instante, paseando su mirada por las tribunas,
iluminadas ahora por las lmparas. La dama de la tribuna diplomtica
haba cesado de abanicarse, mirndole fijamente.

Falt poco para que Rafael se sentara de golpe, anonadado por la
sorpresa. Aquellos ojos!... tal vez una asombrosa semejanza! Pero no;
era ella, le sonrea con la misma sonrisa burlona de los primeros
tiempos.

Senta la turbacin del pjaro que se revuelve en el rbol sin poder
librarse de la mirada magntica de la serpiente encogida junto al
tronco. Aquellos ojos que se burlaban de l trastornaban todas sus
ideas. Quiso acabar; callarse pronto: cada minuto le pareca un
suplicio; crea or los mudos chistes que aquella boca estara haciendo
a costa suya.

Mir otra vez el reloj; con quince minutos ms redondeaba el discurso. Y
emprendi una carrera loca, con voz precipitada, olvidando su economa
de ideas para prolongar la peroracin, soltndolas todas de golpe, con
el deseo de terminar cuanto antes. El Concordato... obligaciones
sagradas con el clero... sus antiguos bienes... compromisos de estrecha
amistad con el Papado, padre generoso de Espaa... en fin, que no podan
hacerse economas ni por valor de un cntimo y que la comisin sostena
el presupuesto sin reforma alguna.

Al sentarse, sudoroso, conmovido, restregndose con fuerza el
congestionado rostro, los compaeros del banco le felicitaron,
tendindole las manos. Era todo un orador; deba lanzarse; hablar ms;
tena condiciones.

Y del banco de abajo vena el mugido del ministro:

--Muy bien, muy bien. Ha dicho usted lo mismo que hubiera dicho yo.

El viejo revolucionario se levantaba para hacer una corta rectificacin,
repitiendo las mismas afirmaciones de antes que no haban sido
contestadas.

--Me he cansado mucho--suspiraba Rafael contestando a las
felicitaciones.

--Salga usted si quiere--dijo el ministro.--Yo pienso contestar la
rectificacin. Es un deber de cortesa con un diputado tan antiguo.

Rafael levant la cabeza y vio vaca la tribuna diplomtica. An crey
distinguir en su lbrego fondo las grandes plumas del sombrero.

Sali del banco apresuradamente y se lanz al pasillo, donde le
detuvieron muchos para felicitarle.

Ninguno le haba odo, pero todos le daban la enhorabuena, le
estrechaban la mano, impidindole avanzar.

De nuevo crey ver al extremo del corredor, al pie de la escalera de las
secciones, destacndose sobre la vidriera de salida, aquellas plumas
negras y ondulantes.

Se abri paso entre los grupos, sordo a las felicitaciones, empujando a
los que le tendan la mano y tropez en la cancela de cristales con dos
compaeros que miraban hacia fuera con ojos de entusiasmo.

--Qu hembra! eh?

--Parece extranjera. Ser mujer de algn diplomtico.




III


Al salir del palacio la vio en la acera, disponindose a subir en una
berlina. Un ujier del Congreso sostena la portezuela con el respeto que
inspira el coche oficial, el galn de oro brillante en el sombrero de
los cocheros.

Rafael se aproximaba, creyendo todava a la vista de aquel carruaje en
una asombrosa semejanza. Pero no, era ella; la misma; como si no
hubiesen transcurrido ocho aos!

--Leonora! Usted aqu!...

Ella sonri como si aguardara el encuentro.

--Le he visto y le he odo. Muy bien, Rafael: acabo de pasar un rato
delicioso.

Y estrechando su mano con un franco apretn de amistad, entr en el
carruaje, con estrpito de sedas y finos lienzos.

--Vamos, no sube usted?--pregunt sonriendo.--Acompeme; daremos un
paseo por la Castellana. La tarde es magnfica; un poco de oxgeno
sienta bien despus de ese ambiente tan pesado.

Rafael subi, seguido por la mirada de asombro del ujier, admirado al
verle en tan seductora compaa.

Comenz a rodar la berlina; los dos, en ntimo contacto, sintiendo el
calor de sus cuerpos, chocando dulcemente con el suave movimiento de los
muelles.

Rafael no saba qu decir. Le turbaba la sonrisa irnica y fra de su
antigua amante; sentase avergonzado por el recuerdo de su brutal
despedida. Quera hablar, y sin embargo, no saba qu decir; le pesaba
aquel _usted_ ceremonioso con que se haban tratado al subir al coche.
Por fin se atrevi a decir tmidamente, hablando en tercera persona:

--Encontrarnos aqu, qu sorpresa!

--Llegu ayer, maana salgo para Lisboa. Una corta detencin: hablar dos
palabras con el empresario del Real; tal vez venga el prximo invierno a
cantar _La Walkyria_. Pero hablemos de usted, ilustre orador... ms bien
dicho de ti, porque nosotros creo que an somos amigos.

--S: amigos, Leonora... yo no he podido olvidarte.

Pero el entusiasmo con que dijo estas palabras, se desvaneci ante la
fra sonrisa de la artista.

--Amigos; eso es--dijo con lentitud:--amigos nada ms. Entre nosotros
hay un muerto que nos impide aproximarnos.

--Un muerto?--pregunt Rafael no comprendiendo a la artista.

--S; aquel amor que mataste... Amigos nada ms; camaradas unidos con la
complicidad del crimen.

Y rea con su irnica crueldad, mientras el carruaje corra por una de
las avenidas de Recoletos. Leonora miraba distradamente el paseo
central; sus filas de sillas de hierro, llenas de gente; los grupos de
nios, que vigilados por las criadas, corran alborozados bajo la luz
dorada y dulce de la tarde primaveral.

--Le esta maana en los peridicos que don Rafael Brull, de la
_comisin_, se encargara de contestar en eso de los presupuestos, y
rogu a un antiguo amigo, el secretario de la embajada inglesa, que
viniese a recogerme para acompaarme al Congreso. Este coche es el
suyo... Pobre muchacho; no te conoce, pero apenas vio que te levantabas,
emprendi la fuga... Una injusticia, porque t no has estado mal. Estoy
asombrada. Y di, Rafael, de dnde sacas todas esas cosas?

Pero Rafael no aceptaba el elogio, mirando con inquietud aquella sonrisa
cruel. Adems, qu le importaba su discurso? Crea estar aos enteros
dentro de aquel coche; le pareca haber transcurrido toda una vida desde
que sali del Congreso: el recuerdo de la sesin se borraba de su
memoria. La contemplaba con admiracin, paseando una mirada de asombro
por su rostro y su cuerpo.

--Qu hermosa ests!--murmur con arrobamiento.--La misma que entonces.
Parece imposible que hayan transcurrido ocho aos.

--S; reconozco que no estoy del todo mal. El tiempo no me muerde. Un
poco ms de tocador, he ah todo. Yo soy de las que mueren de pie, sin
sacrificar a la edad nada de su exterior. Antes que entregarme me
matara. Quiero eclipsar a Ninon de Lenclos.

Era verdad. Los ocho aos no haban marcado su paso por ella. La misma
frescura, igual esbeltez, robusta y fuerte; idntico fuego de arrogante
vitalidad en sus ojos verdes. Pareca que al arder en incesante llama de
pasin, en vez de consumirse se endureca, hacindose ms fuerte.

Su mirada abarcaba al diputado con una curiosidad irnica.

--Pobre Rafael! siento no poder decirte lo mismo. Cun cambiado ests!
Pareces un seor casi venerable. En el Congreso me cost trabajo
reconocerte. Grueso, calvo, con esos lentes que trastornan tu antigua
cara de moro de leyenda. Pobrecito mo! Si ya tienes arrugas!...

Y rea, como si le causara intenso gozo el placer de la venganza, ver a
su antiguo amante anonadado y cabizbajo por el retrato de su decadencia.

--No eres feliz, verdad? y sin embarga debas serlo. Te habrs casado
con aquella muchacha que te ofreca tu madre; tendrs hijos... no
intentes negarlo para hacerte el interesante: lo adivino en tu persona,
tienes el aire de padre de familia; a m no se me escapan estas cosas...
Y por qu no eres feliz? Tienes todo el aspecto de un personaje y lo
sers muy pronto; de seguro que usas faja para disimular el vientre;
eres rico, hablas en esa cueva lbrega y antiptica; tus amigos de all
se entusiasmarn leyendo el discurso del seor diputado, y estarn ya
preparando los cohetes y la msica para recibirte. Qu te falta?

Y con los ojos entornados, sonriendo maliciosamente, esperaba la
respuesta, adivinndola.

--Qu me falta? El amor; lo que tena contigo.

Y con la vehemencia de otros tiempos, como si an estuvieran entre los
naranjos de la casa azul, el diputado daba salida a sus melancolas de
ocho aos.

La ofreca la imagen inspirada por su tristeza. El amor, que pasa una
sola vez en la vida coronada de flores con su cortejo de besos y risas.
Quien le sigue obediente, encuentra la felicidad al fin de la dulce
carrera. El que por orgullo o egosmo se queda al borde del camino, ese
llora su torpeza, la expa con una existencia de tedio y dolor. El haba
pecado, lo reconoca e imploraba su perdn; haba purgado su falta con
ocho aos montonos, abrumadores como una noche sofocante y sin fin:
pero ya que volvan a encontrarse, an era tiempo, Leonora, an poda
hacer retoar la primavera de su vida, obligar al amor a que volviese
sobre sus pasos, a que pasase de nuevo, tendindoles sus dulces manos.

La artista le escuchaba sonriendo, con los ojos cerrados, reclinada en
el fondo del carruaje, con un gesto de placer, como si paladease con
fruicin aquel fuego de amor que an arda en Rafael y que era su
venganza.

Los caballos marchaban al paso por la Castellana. Pasaban junto a ellos
otros carruajes en los que brillaban curiosas miradas, sondeando el
interior de la berlina y admirando aquella mujer hermosa y desconocida.

--Qu contestas, Leonora? An podemos ser felices. Olvida mi falta, el
tiempo pasado; imagnate que ayer fue nuestra despedida en aquel
huerto, que hoy nos encontramos para vivir eternamente unidos.

--No--dijo framente la artista.--T lo has dicho, el amor slo pasa una
vez en la vida. Lo s por cruel experiencia y he procurado olvidarlo.
Para nosotros pas ya, y es una locura pretender que nos busque de
nuevo. Ese no retrocede nunca. Si le buscsemos, slo a costa de
esfuerzos encontraramos su sombra. Le dejaste escapar; llora tu culpa
como yo llor tu torpeza... Adems, t no te das cuenta de la situacin.
Acurdate de lo que hablbamos en nuestra primer noche a la luz de la
luna: El arrogante mes de Mayo, el joven guerrero con armadura de
flores busca a su amada la Juventud. Y dnde est en nosotros la
juventud? La ma bscala en mi tocador; se la compro al perfumista, y
aunque sabe disfrazarme bien, oculta una vejez de nimo, un desaliento
en el que no quiero pensar porque me asusta. La tuya pobre Rafael! no
existe ya, ni aun exteriormente. Mrate bien: ests muy feo hijo mo!
Has perdido aquella esbeltez interesante de la juventud. Me haces rer
con tus ensueos. Una pasin a estas horas! el idilio de una jamona
retocada y un padre de familia calvo y con abdomen! Ja, ja, ja!

Cruel! Cmo rea! cmo se vengaba! Rafael irritbase ante aquella
resistencia punzante e irnica; se exaltaba al hablar de su pasin...
Nada importaban los desgastes del tiempo. No poda obrar milagros el
amor? El la amaba ms an que en otros tiempos; senta hambre loca por
su cuerpo; la pasin les dara el fuego de la juventud. El amor era
como la primavera que vivifica los troncos aletargados por el invierno,
cubrindolos de flores. Que ella dijera _s_, y vera al instante el
milagro, la resurreccin de su vida entumecida; el despertar de su alma
a la vida del amor!

--Y la mujer? y los hijos?--pregunt Leonora brutalmente, como si le
quisiera despertar con este recuerdo, cruel como un latigazo.

Pero Rafael estaba ebrio de pasin. Le trastornaba el contacto tibio de
aquel cuerpo tantas veces deseado en su aislamiento; las emanaciones
perfumadas de voluptuosidad con que impregnaba el interior del carruaje.

Todo lo olvidara por ella; familia, porvenir, posicin. El slo la
necesitaba a ella para vivir y ser feliz.

--Huir contigo; todos me son extraos cuando pienso en ti. T sola eres
mi vida.

--Muchas gracias--contest Leonora con gravedad.--Renuncio a ese
sacrificio... Y la santidad de la familia de que hace poco hablabas en
aquel saln? Y la moral cristiana sin la cual sera imposible la vida?
Cmo rea yo escuchndote! Qu de mentiras decs all para los
bobos!...

Y volva a rer cruelmente, regocijada por el contraste entre las
palabras del discurso y aquella loca proposicin de abandonarlo todo
para seguirla en su correra por el mundo. Ah, farsante!

Ya haba presentido ella en su solitaria tribuna que todo eran mentiras,
convencionalismos, frases hechas; que el nico que hablaba all con la
firmeza de la virtud, era aquel viejecito, al que contemplaba con
veneracin por haber sido de los dolos de su padre.

Rafael se senta avergonzado. La rotunda negativa de Leonora; la burla
despiadada de su hipocresa le hacan darse cuenta de la enormidad de su
deseo. Se vengaba hacindole revolcarse en la abyeccin de su amor loco
y desesperado, capaz de las mayores vergenzas.

Comenzaba el crepsculo. Leonora dio orden al cochero para volver a la
plaza de Oriente. Viva en una de las casas inmediatas al teatro Real,
que sirven de alojamiento a los artistas. Tena prisa; haba de comer
con aquel joven de la embajada y dos crticos musicales cuya
presentacin le haba anunciado.

--Y yo, Leonora? No nos veremos ms?

--T me dejars en la puerta, y hasta que volvamos a encontrarnos!

--Qudate unos das. Al menos que te vea; que tenga el consuelo de
hablarte, de sentir el amargo placer de tus burlas.

Quedarse!... Tena sus das contados; iba de un extremo a otro del
mundo, arreglando su vida con la exactitud de un reloj. De all a dos
das cantara en el San Carlos de Lisboa tres representaciones de Wagner
nada ms; y despus de un salto a Stokolmo y luego no saba con certeza
donde; a Odessa o al Cairo. Era el Judo Errante, la walkyria galopando
entre las nubes de una tempestad musical, pasando a travs de las ms
diversas temperaturas, saltando sobre los ms distintos pases,
arrogante y victoriosa, sin sufrir el ms leve menoscabo en su salud y
su hermosura.

--Ah, si t quisieras! Si me permitieses seguirte! Como amigo nada
ms! Como criado, si es preciso!

Y la coga una mano, oprimindola con pasin; hunda sus dedos en la
manga, acariciando el brazo por debajo del guante.

--Lo ves?--deca ella sonriendo con frialdad.--Es intil; ni el ms
leve estremecimiento. Para m eres un muerto. Mi carne no despierta a tu
contacto; se encoge como al sentir un roce molesto.

Rafael lo reconoca as. Aquella piel que en otros tiempos se estremeca
locamente bajo sus caricias, era ahora insensible; tena la frialdad
indiferente con que se acoge lo desconocido.

--No te esfuerces, Rafael. Esto se acab. El amor que dejaste pasar est
lejos, tan lejos que aunque corriramos mucho, nunca le daramos
alcance. A qu cansarnos? Al verte ahora, siento la misma curiosidad
que ante uno de esos vestidos viejos que en otro tiempo fueron nuestra
alegra. Veo framente los defectos, las ridiculeces de la moda pasada.
Nuestra pasin muri porque deba morir. Tal vez fue un bien que
huyeses. Para romper despus, cuando yo me hubiese amoldado para siempre
a tu cario, mejor fue que lo hicieses en plena luna de miel. Nos
aproxim el ambiente, aquella maldita primavera, pero ni t eras para
m, ni yo para ti. Somos de diferente raza. T naciste burgus, yo llevo
en las venas el ardor de la bohemia. El amor, la novedad de mi vida te
deslumbraron; batiste las alas para seguirme, pero caste con el peso de
los afectos heredados. T tienes los apetitos de tu gente. Ahora te
crees infeliz, pero ya te consolars vindote personaje, contemplando
tus huertos cada vez ms grandes y tus hijos creciendo para heredar el
poder y la fortuna del pap. Esto del amor por el amor, burlndose de
leyes y costumbres, despreciando la vida y la tranquilidad, es nuestro
privilegio, la nica fortuna de los locos a los que la sociedad mira con
desconfianza desdeosa. Cada uno a lo suyo. Las aves de corral a su
pacfica tranquilidad, a engordar al sol; los pjaros errantes a cantar
vagabundos, unas veces sobre un jardn, otras tiritando bajo la
tempestad.

Y riendo de nuevo como arrepentida de estas palabras dichas con gravedad
y conviccin, en las que resuma toda la historia de aquel amor, aadi
con expresin burlona:

--Qu parrafito, eh? Qu efecto hubiese hecho al final de tu discurso!

El carruaje entraba ya en la plaza de Oriente: iba a detenerse ante la
casa de Leonora.

--Subo?--pregunt el diputado con angustia, con la entonacin del nio
que implora un juguete.

--Para qu? Te aburriras; ser la misma que aqu. Arriba no hay luna
ni naranjos en flor. Es intil esperar una borrachera como la de aquella
noche. Adems, no quiero que te vea Beppa. Se acuerda mucho de aquella
tarde en el hotel de Roma al recibir tu carta, y me creera una mujer
sin dignidad al verme contigo.

Le invitaba a bajar con un gesto imperioso. Cuando parti el carruaje,
los dos quedaron un momento en la acera, contemplndose por ltima vez.

--Adis, Rafael. Cudate, no envejezcas tan aprisa. Cree que he tenido
un verdadero gusto en volver a verte; el gusto de convencerme de que
aquello acab.

--Pero as te vas!... As acaba para ti una pasin que an llena mi
vida!... Cundo volveremos a vernos?

--No s: nunca... tal vez cuando menos lo esperes. El mundo es grande,
pero rodando por l como yo ruedo, hay encuentros inesperados, como
este.

Rafael sealaba al inmediato teatro.

--Y si vinieras a cantar ah?... Si yo volviera a verte?...

Leonora sonrea con altivez, adivinando su pregunta.

--Si vuelvo, sers uno de mis innumerables amigos; nada ms. Y no creas
que soy ahora una santa. La misma que antes de conocerte; pero de todos,
sabes? del portero del teatro, si es preciso, antes que de ti. T eres
un muerto... Adis, Rafael.

La vio desaparecer en el portal, y permaneci an mucho rato en la acera
dominado por el anonadamiento; abstrado en la contemplacin de los
ltimos resplandores del crepsculo que palidecan ms all de los
tejados del Palacio real.

Las bandadas de pjaros piaban sobre los rboles del jardn,
estremeciendo las hojas con sus aleteos juguetones como enardecidos por
la primavera que llegaba para ellos fiel y puntual como todos los aos.

Emprendi la marcha hacia el interior de la ciudad, lentamente, con
desaliento, pensando morir; diciendo adis a todas las ilusiones que
aquella mujer pareca haberse llevado consigo al volverle implacable la
espalda. S; era un muerto que paseaba su cadver bajo la luz triste de
los primeros faroles de gas que comenzaban a encenderse. Adis, amor!
adis juventud! Para l ya no haba primavera. La alegre locura le
rechazaba como un desertor indigno; su porvenir era engordar dentro del
hbito de hombre serio.

En la calle del Arenal oy que le llamaban. Era un diputado, un camarada
de banco que volva de la sesin.

--Compaero; deje usted que se le felicite: estuvo usted
archimonumental. El ministro ha hablado con gran entusiasmo de su
discurso al presidente del Consejo. Cosa hecha; a la primera combinacin
es usted director general o subsecretario. Mi enhorabuena, compaero!

FIN

Playa de la Malvarrosa (Valencia). Julio-Septiembre de 1900.

       *       *       *       *       *


DEL MISMO AUTOR

NOVELAS

Arroz y tartana. _Una peseta_.
Flor de Mayo. _Una peseta_.
La Barraca. _3'50 pesetas_.
Caas y barro. _3 pesetas_.
Snnica la cortesana. _3 pesetas_.
La Catedral. _3 pesetas_.
El Intruso. _3 pesetas_.

CUENTOS

Cuentos valencianos. _Una peseta_.
La Condenada. _Una peseta_.

VIAJES

Pars (_agotada_).
En el pas del Arte (_Tres meses en Italia_). 1'50 ptas.

Imp. de EL PUEBLO.--Don Juan de Austria, 14, Valencia



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