The Project Gutenberg EBook of El maestrante, by Armando Palacio Valds

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Title: El maestrante

Author: Armando Palacio Valds

Release Date: November 8, 2009 [EBook #30425]

Language: Spanish

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EL MAESTRANTE

NOVELA

POR

D. ARMANDO PALACIO VALDS

MADRID

TIPOGRAFIA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNNDEZ

IMPRESOR DE LA REAL CASA

Libertad, 16 duplicado.

1893




NDICE


   I.--La casa del maestrante

  II.--El hallazgo

 III.--La cita

  IV.--Historia de aquellos amores

   V.--Las bromas de Paco Gmez

  VI.--Las seoritas de Mer

 VII.--El aumento del contingente

VIII.--El vino de Fernanda

  IX.--La mascarada

   X.--Cinco aos despus

  XI.--La clera de Amalia

 XII.--La justicia del barn

XIII.--El martirio

 XIV.--La capitulacin

  XV.--Josefina duerme





I

La casa del maestrante.


A las diez de la noche eran, en toda ocasin, contadsimas las personas
que transitaban por las calles de la noble ciudad de Lancia. En las
entraas mismas del invierno, como ahora, y soplando un viento del
noroeste recio y empapado de lluvia, con dificultad se tropezaba alma
viviente. No quiere esto decir que todos se hubiesen entregado al sueo.
Lancia, como capital de provincia, aunque no de las ms importantes, es
poblacin donde ya en 185... se haba aprendido a trasnochar. Pero la
gente se meta desde primera hora en algunas tertulias y slo sala de
ellas a las once para cenar y acostarse. A esta hora, pues, solan
tropezarse algunos grupos resonantes que caminaban a toda prisa
resguardados por los paraguas; las seoras rebujadas en sendos
capuchones de lana, alzando las enaguas con la mano que les quedaba
libre; los caballeros envueltos en sus paosas o _montecristos_, los
pantalones enrgicamente arremangados, rompiendo el silencio de la noche
con el spero traqueteo de las almadreas. Porque en aquella poca eran
muy pocos todava los que desdeaban este calzado patritico y
confortable. Tal cual pollastre que por haber estado en Valladolid
estudiando medicina se crea por encima de estas ruindades y alguna que
otra damisela melindrosa que afectaba el no saber andar con ellas.

De coches no haba que hablar, pues slo existan tres en la poblacin,
el de Quiones, el de la condesa de Ons y el de Estrada-Rosa. Este
ltimo era el nico que no alcanzaba el medio siglo de antigedad.
Cuando cualquiera de las tres carrozas sala a la calle, rodebala un
enjambre de chiquillos y seguanla buen trecho en testimonio de
incondicional entusiasmo. Los vecinos en lo interior de sus moradas
distinguan, por el estrpito de las ruedas y el chasquido de las
herraduras, a cul de los magnates mencionados perteneca. Eran, en
suma, tres instituciones venerandas que los hijos de la ciudad saban
amar y respetar. Contra la lluvia que cae sobre ella ms de las tres
cuartas partes del ao no se conocan entonces otros preservativos
naturales que el paraguas y las almadreas. Poco despus vinieron los
chanclos de goma y recientemente tambin se introdujeron los
impermeables con capuchn, que trasforman en ciertos momentos a Lancia
en vasta comunidad de frailes cartujos.

El viento soplaba ms recio en la travesa de Santa Brbara que en
ningn otro paraje de la poblacin. Esta va, abierta entre el palacio
del obispo y las tapias de un patinejo de la catedral, donde viene a
caer la cadena del pararrayos, pasa a su terminacin por debajo de un
arco y forma lbrego recodo en que el huracn se encalleja y clama y se
lamenta en noches tan infernales como la presente.

Un hombre embozado hasta los ojos atraves velozmente la plazoleta que
hay delante de la morada de los obispos y entr en este recodo. La
fuerza del huracn le detuvo, y la lluvia, penetrando entre el embozo de
la capa y el sombrero, le priv de la vista. Resisti unos instantes a
pie firme la violencia de la rfaga, y en vez de soltar alguna
interjeccin enrgica, que nunca fuera ms al caso, dej escapar un
suspiro de angustia.

--Ay, Jess mo, qu noche!

Se arrim a la pared, y cuando el viento soseg sus mpetus sigui su
camino. Pas por debajo del arco que comunica el palacio con la catedral
y entr en la parte ms desahogada y esclarecida de la travesa. Un
reverbero de aceite engastado en la esquina serva para iluminarla toda.
El cuitado haca intiles esfuerzos, secundado por la gran mariposa de
hoja de lata, para enviar alguna claridad a los confines de su
jurisdiccin. Pero, ms all de diez varas en radio, nada haca
sospechar su presencia. Sin embargo, a nuestro embozado debi parecerle
una lmpara Edison de diez mil bujas, a juzgar por el cuidado con que
se subi an ms el embozo y la prisa con que abandon la acera para
caminar ceido a la tapia del patio en que las sombras se espesaban.
Sali en esta guisa a la calle de Santa Luca, ech una rpida mirada a
un lado y a otro, y corri de nuevo al sitio ms oscuro. La calle de
Santa Luca, con ser de las ms cntricas, es tambin de las ms
solitarias. Est cerrada a su terminacin por la base de la torre de la
baslica, esbelta y elegante como pocas en Espaa, y slo sirve de
camino ordinariamente a los cannigos que van al coro y a las devotas
que salen a misa de madrugada.

En esta calle, corta, recta, mal empedrada y de viejo casero, se alzaba
el palacio de Quiones de Len. Era una gran fbrica oscura de fachada
churrigueresca, con balcones salientes de hierro. Tena dos pisos, y
sobre el balcn central del primero un enorme escudo labrado toscamente
y defendido por dos jayanes en alto relieve tan toscos como sus
cuarteles.

Una de las fachadas laterales caa sobre pequeo jardn hmedo,
descuidado y triste y cerrado por una tapia de regular elevacin; la
otra sobre una callejuela an ms hmeda y sucia abierta entre la casa y
la pared negra y descascarillada de la iglesia de San Rafael. Para pasar
del palacio a la iglesia, donde los Quiones posean tribuna reservada,
exista un puente o corredor cerrado, ms pequeo, pero semejante al que
los obispos tienen sobre la travesa de Santa Brbara. Por la viva
claridad que dejaba pasar la rendija de un balcn entreabierto
advertase que los dueos de la casa no estaban an entregados al
descanso. Y si la claridad no lo acusara, acusbanlo ms claramente los
sones amortiguados de un piano que dentro se dejaban or cuando los
latidos furiosos del huracn lo consentan.

Nuestro embozado sigui, con paso rpido y ocultndose en la sombra
cuanto poda, hasta la puerta del palacio. All se detuvo; volvi a
echar una mirada recelosa a entrambos lados de la calle, y entr
resueltamente en el portal. Era amplio, con pavimento de guijarro como
la calle, las paredes lisas y enjalbegadas de mucho tiempo, tristemente
iluminado por una lmpara de aceite colgada en el centro. El embozado lo
atraves velozmente, y sin tirar del cordn de la campana peg el odo a
la puerta, y as estuvo inmvil algunos instantes en escucha. Cerciorado
de que nadie bajaba, torn a la puerta de la calle y enfil otra mirada
por ella. Al fin resolviose a abrir el embozo y sac de debajo de la
capa un bulto que deposit en el suelo con mano temblorosa, cerca de la
puerta. Era un canastillo. Estaba cubierto con una manta de mujer, lo
cual impeda observar lo que en l se guardaba, aunque bien se presuma.
Desde Moiss, los canastillos misteriosos parecen destinados a guardar
infantes. El rebozado, ya desarrebozado, tir tres veces del cordn de
la campana, y al instante, desde arriba, abrieron por medio de otra
cuerda. Las tres campanadas indicaba que quien entraba en la
aristocrtica mansin de los Quiones era un noble, un par de los
seores. Tiempo haca que se estableciera esta costumbre, sin saber
cmo. Un menestral, un criado, un inferior, por cualquier concepto, no
llamaba sino con una campanada; las visitas llamaban con dos; y la media
docena o poco ms de personas que el linajudo seor de Quiones
consideraba sus iguales en Lancia, lo hacan con tres, por acuerdo
tcito o expreso, que eso nunca se averigu. Murmurbase en la ciudad de
tal diferencia: los que nunca haban pisado los salones de la casa,
embromaban a los que a diario los visitaban: respondan stos negando la
especie; pero aunque secretamente humillados, respetaban la feudal
costumbre: nadie era osado a dar las tres campanadas del segundo
estamento. Slo Paco Gmez se aventur una vez a hacerlo por broma o
fanfarronada; pero al llegar al saln se le recibi con sorpresa y
frialdad tan despreciativas, que no le quedaron ganas de repetirlo.

El hombre del canastillo se apresur a entrar y cerrar la puerta;
atraves el prtico y subi por la gran escalera de piedra, en cuyos
peldaos gastados por el uso se rezumaba constantemente alguna humedad.
Al llegar al piso principal un criado se acerc a recogerle la capa y el
sombrero. Y sin aguardar ms, como si alguien le persiguiera, lanzose
con presurosa planta a la puerta del saln y la abri. La viva luz de
las araas y candelabros le ofusc un instante. Era un hombre alto,
corpulento, de treinta a treinta y dos aos de edad, la fisonoma dulce
y las facciones correctas: gastaba el pelo cortado a punta de tijera y
la barba luenga, rubia y sedosa. En aquel momento su rostro estaba
plido y revelaba profunda inquietud.

En cuanto alz los ojos, que la excesiva claridad le obligara a cerrar,
enderez la mirada a la seora de la casa, sentada en una butaca. Clav
ella a su vez en l otra intensa y ansiosa. Fue un choque que dio
instantneo reposo a sus fisonomas, como dos fuerzas iguales que se
neutralizan. El caballero se detuvo a la puerta esperando que cruzasen
cinco o seis parejas que venan girando al comps de un vals, y sus
labios descoloridos se plegaron con sonrisa tan dulce como triste.

--Qu tarde! No pensbamos que usted viniera ya--exclam la seora
alargndole su mano fina, nerviosa, que se contrajo tres o cuatro veces
con intensa emocin al chocar con la de l.

Era una mujer de veintiocho a treinta aos, menuda de cuerpo, el rostro
plido y expresivo, los ojos y el cabello muy negros, boca pequea y
nariz ligeramente aguilea.

--Cmo se encuentra usted, Amalia?--dijo el caballero, sin responder a
la exclamacin, ocultando bajo una sonrisa la ansiedad que a su pesar se
le trasluca en lo tembloroso de la voz.

--Estoy mejor... Muchas gracias.

--No le har a usted dao este ruido?

--No... Me aburra mucho en la cama... Adems, no quera privar a las
chicas del nico recreo que hoy por hoy tienen en Lancia.

--Muchas gracias, Amalia--exclam una jovencita que vena bailando y oy
las ltimas palabras de la dama.

sta le dirigi una sonrisa bondadosa.

Otra pareja que vena detrs choc con el caballero, que continuaba en
pie.

--Usted siempre estorbando, Luis!

--A nadie ms que a usted, Mara Josefa--respondi el joven, riendo con
afectacin para disimular el embarazo que an senta.

--Est usted seguro de que a m sola?--pregunt ella alzando al mismo
tiempo su mirada maliciosa hacia el caballero que la estrechaba en sus
brazos.

Mara Josefa Hevia tena ya por lo menos cuarenta aos, y sus quince
haban sido casi tan feos, pese al refrn, como sus cuarenta. Como no
posea tampoco bastante hacienda para restablecer el equilibrio, ningn
valiente haba llegado a redimirla del purgatorio de la soltera. Hasta
haca poco tiempo todava halagaba la esperanza de que, ya que no un
pollo, por lo menos se arrojase a pedir su mano alguno de los indianos
solteros que iban llegando a establecerse en Lancia. Fundbala en la
tendencia que stos mostraban a contraer matrimonio con las hijas de las
familias distinguidas de la poblacin, aunque no llevasen dote.
Perteneca ella por la lnea paterna a una de las ms ilustres; como que
era pariente del seor de Quiones, en cuya casa nos hallamos. Pero su
padre haba muerto, y viva con su madre, mujer de baja estofa,
cocinera antes de subir al tlamo nupcial de su amo. Sea por esto o, lo
que es ms probable, por la bien declarada y proverbial fealdad de su
figura, tampoco los indianos picaron la carnada del anzuelo. Y eso que,
con motivo o sin l, sola descotarse ms de la cuenta para hacer
ostensible lo que, segn voz pblica, tena de menos malo en su cuerpo.
El rostro era repulsivo, de facciones incorrectas, hinchado por la
erisipela y desfigurado amenudo por algunas llamaradas rojizas que le
suban a las narices. De sus ilusiones femeninas no le quedaba ya ms
que una, la de bailar: era una verdadera pasin: padeca horriblemente
cada vez que los descuidados pollos de Lancia la dejaban comiendo pavo.
Pero se vengaba tan lindamente de ellos y ellas, posea una lengua tan
acerada, que la mayor parte de los jvenes le sacrificaban por lo menos
un baile en todos los saraos: cuando se descuidaban, las mismas
muchachas se lo recordaban, temiendo las iras de la feroz solterona.
Bailaba, pues, tanto como la ms linda damisela de Lancia, por razn
opuesta, esto es, por el saludable terror que haba logrado inspirar.
Ella lo saba, y aunque humillada en el fondo del alma, no dejaba de
aprovecharse, optando por el que consideraba menor de los males. Posea
espritu sagaz y malicioso; vea muy bien el ridculo de las acciones,
narraba con gracia y estaba dotada adems de un don particular para
herir a cada persona, cuando se le antojaba, en lo ms vivo.

--Ha llegado ya el conde?--dijo una voz spera que sala del gabinete
contiguo y se sobrepuso al tecleo del piano y a las pisadas de los
bailarines.

--S: aqu estoy, D. Pedro... Voy all.

El conde dio un paso hacia el gabinete, sin apartar la vista de la
plida seora. sta le clav otra mirada intensa donde se lea una
interrogacin. l cerr los ojos afirmando, y pas a la inmediata
estancia. Lo mismo sta que el saln estaban amueblados sin lujo. Los
prceres de Lancia desdeaban esos refinamientos del decorado, hoy tan
usuales. No por avaricia, sino por entender con razn que su prestigio
estribaba, ms que en la riqueza o suntuosidad de las moradas, en el
sello de respetable antigedad que posean, rechazaban en ellas
cualquiera innovacin, lo mismo interna que externa. Los muebles
envejecan, se deslustraban; las alfombras y cortinas se iban rayendo.
Los dueos aparentaban no fijarse en ello. Sobre todo, D. Pedro Quiones
mostraba una negligencia en este punto que rayaba en jactancia. Ni los
ruegos de su seora, ni las indirectas que algn osado, como Paco Gmez,
sola autorizarse bromeando, le decidan jams a llamar a los pintores y
tapiceros. Se adivinaba bien que en esta resolucin influa el desdn
con que miraba el lujo desplegado por algunos indianos en el mobiliario
de sus casas.

El saln, en lo que toca a las dimensiones, era soberbio, amplio,
elevadsimo de techo; ocupaba todos los balcones de la calle de Santa
Luca, exceptuando el del gabinete. La sillera antigua, pero no
imitando formas de siglos remotos, como ahora se usa: estaba construida
en el pasado al gusto de la poca, y forrada de terciopelo verde ya
gastado. La alfombra descubra el tejido por varios sitios. De las
paredes colgaban algunos tapices magnficos. ste era el lujo de la
casa. D. Pedro Quiones posea una coleccin de gran valor. Sola
exhibirlos una vez al ao, colgndolos de los balcones el da del Corpus
para el paso de la procesin. Decase que un ingls le haba ofrecido
por ellos un milln de pesetas. Posea asimismo algunos cuadros antiguos
de mrito, tan oscurecidos por el tiempo que, si una mano hbil no vena
pronto a restaurarlos, concluiran por desaparecer. Lo nico nuevo que
en el saln haba era el piano, comprado haca tres aos, poco despus
de casarse en segundas nupcias D. Pedro.

El gabinete, tambin de gran tamao, con un balcn a la calle de Santa
Luca y dos al jardn, estaba peor decorado an. Grandes cortinones de
damasco, dos armarios de roble sin espejo, un sof forrado de seda,
algunos sillones de vaqueta, una mesa redonda en el centro y algunas
sillas correspondientes al sof; todo bien manoseado y marchito. En
torno de la mesa central, y alumbrados por enorme quinqu de aceite con
pantalla verde, estaban tres caballeros jugando al tresillo. El dueo de
la casa era uno de ellos. Tendra de cuarenta y seis a cuarenta y ocho
aos de edad; haca tres que estaba enteramente imposibilitado para
moverse, de resultas de un ataque apopltico que le paraliz las dos
piernas. Era corpulento, rostro moreno y facciones bien acentuadas,
enrgicas; el cabello y la barba, blanqueando ya por muchos puntos,
fuertes, abundantes, encrespados; los ojos negros y hundidos de mirar
imponente. En su fisonoma haba una expresin de orgullo y fiereza que
ni aun la sonrisa amistosa con que acogi al conde de Ons pudo
extinguir por completo. Estaba reclinado ms que sentado en una butaca
construida adrede para facilitarle el movimiento del tronco y los
brazos, y arrimada a la mesa de lado a fin de que le fuese posible jugar
y tener las piernas extendidas. Aunque en la chimenea ardan algunos
troncos de lea, se abrigaba con una talma de color gris cerrada al
cuello con broche de oro. Bordada sobre ella, del lado del corazn,
haba una gran cruz roja de la orden de Calatrava. El seor de Quiones
prescinda pocas veces de esta talma, que le daba aspecto un poco
fantstico y teatral.

Siempre haba sido extravagante en el vestir. Su orgullo le impulsaba a
buscar el modo de distinguirse del vulgo. En varias ocasiones se le vio
de levita cerrada, sombrero de copa y almadreas: gastaba larga melena,
como un caballero del siglo diez y siete; vesta amenudo traje de
terciopelo o pana con botas de montar; usaba botines cuando ya nadie se
acordaba de ellos, y grandes cuellos de camisa vueltos sobre el chaleco,
imitando la antigua valona. Nunca se vio hombre ms preciado de su
nobleza ni con ms afn de resucitar el prestigio y los privilegios de
que aqulla gozaba en siglos pasados. El pblico murmuraba de sus
extravagancias y muchos se rean de ellas, porque Lancia es una
poblacin donde abundan los espritus humorsticos; pero, como siempre
acontece, este orgullo desmedido y feroz haba concluido por imponerse.
Los que con ms gracia se burlaban de las rarezas de don Pedro eran los
que con mayor sumisin y rendimiento le quitaban el sombrero as que le
vean de media legua.

Haba vivido en la corte algn tiempo durante sus aos juveniles, pero
no ech races en ella. Fue gentilhombre con ejercicio y disfrut de las
ventajas y preeminencias que su caudal y nacimiento le concedan; pero
no bastaban a saciar aquel corazn henchido de arrogancia. La extraa
amalgama de la aristocracia de la sangre con la del dinero le hera y le
irritaba. El respeto que se conceda a los hombres polticos y que l
mismo se vea obligado a tributar por razn de su cargo le encenda de
ira. Un hijo de la nada, un pelagatos pasar por delante de l con la
cabeza erguida, dirigindole una mirada indiferente o desdeosa! A l,
descendiente directo de los condes soberanos de Castilla! Por no
sufrirlo y por el amor que profesaba a Lancia renunci al empleo y vino
a habitar de nuevo el churrigueresco palacio en que nos hallamos. La
soberbia, o por ventura su carcter excntrico, le hicieron cometer, en
este perodo de su vida de mayorazgo soltern, mil extravagancias y
ridiculeces que asombraron y fueron el regocijo de la ciudad mientras no
lleg a acostumbrarse. D. Pedro no sala jams a la calle sin ir
acompaado de un su criado o mayordomo, hombre zafio, que vesta el
traje del labriego del pas, esto es, calzn corto con medias de lana,
chaqueta de bayeta verde y ancho sombrero calas. Y no slo sala con
Mann (por este nombre era universalmente conocido), sino que le llevaba
al teatro. Era de ver los dos en un palco principal; l, rgido,
correcto, paseando su mirada distrada por la sala; el criado, con las
palmas de las manos apoyadas en la barandilla y la barba sobre las
manos con la atnita mirada clavada en el escenario, soltando brbaras,
ruidosas carcajadas, rascndose el cogote o bostezando a gritos enmedio
del silencio. Entraba con l en los cafs y hasta le llevaba a los
bailes. Mann lleg a ser en poco tiempo una institucin. D. Pedro, que
apenas se dignaba hablar con las personas ms acaudaladas de Lancia,
sostena pltica tirada con l y admita que le contradijese en la forma
ruda y grosera de que era capaz nicamente.

--Mann, hombre, repara que ests molestando a esas seoras--le deca a
lo mejor hallndose ambos en cualquier tienda.

--Bueno, bueno; pues si quieren estar a gusto, que traigan de casa un
jergn y se acuesten--responda el brbaro en voz alta.

D. Pedro se morda los labios para no soltar el trapo, porque le hacan
extremada gracia tales groseras y brutalidades.

Si entraba en un caf, Mann se atracaba de cuarterones de vino tinto
mientras l sola beber con parquedad una copita de moscatel. Pero
siempre peda una botella y la pagaba, aunque la dejase casi llena.
Mostrando por esta prodigalidad cierta extraeza un boticario de la
poblacin con quien alguna vez se dignaba hablar, le respondi con fra
arrogancia:

--Pago una botella, porque me parece indecoroso que D. Pedro Quiones
de Len pida una copa como cualquier c...tintas de las oficinas del
gobierno poltico.

Causaba asombro tambin en la ciudad el que al saludar a los clrigos en
la calle les besase la mano, imitando la costumbre de los nobles en
otros siglos. Este respeto no era ms que un medio de distinguirse y
acreditar su alta jerarqua, como todo lo dems. Porque al capelln que
tena a su servicio, aunque le besaba la mano en pblico, le trataba
como a un domstico en privado. Le guardaba muchas menos consideraciones
que a Mann. Pero lo que verdaderamente dej estupefacta a la poblacin
y se prest a sin nmero de comentarios y chufletas fue lo que D. Pedro
hizo, poco despus de llegar de Madrid, en cierta solemnidad religiosa.
Se present en la iglesia con uniforme blanco cuajado de cordones y
entorchados, que deba de ser el de maestrante de Ronda. Al llegar el
momento de la consagracin en la misa, avanz con paso solemne hasta el
medio del templo, que se hallaba libre de gente, desenvain la espada y
comenz a esgrimirla sucesivamente contra los cuatro puntos cardinales,
dando furiosas estocadas y mandobles al aire. Las mujeres se asustaron,
los chiquillos corrieron, la mayor parte de los hombres pens que era un
acceso de locura. Slo los ms avisados o eruditos entendieron que se
trataba de una ceremonia simblica y que aquellos mandobles al aire
significaban que don Pedro estaba resuelto, como caballero profeso que
era de una orden militar, a batirse con todos los enemigos de la fe, en
cualquier paraje del mundo. El nico periodiquito que se publicaba
entonces en Lancia todos los domingos (hoy existen once, seis diarios y
cinco semanales) le dedic una gacetilla en que, con no poca gracia, se
burlaba de l. Sin embargo, tales burlas pblicas o privadas, como ya se
ha indicado, no conseguan amenguar el prestigio de que el ilustre
prcer gozaba en la ciudad. Quien se considera de buena fe superior a
los seres que le rodean, tiene mucho adelantado para que stos se le
humillen. Adems, D. Pedro, apesar de sus ridiculeces, era hombre culto,
aficionado a la literatura y con pujos de poeta. De vez en cuando, y con
ocasin de cualquier fausta nueva para la patria o familia real,
escriba algunas dcimas o tercetos en estilo clsico, un poco
gongorino. Aunque algunas personas trataron de persuadirle a que los
publicase, nunca esto se pudo acabar con l. Profesaba tan sincero
desprecio a todo lo que reflejase el movimiento democrtico de nuestra
era y muy especialmente a los peridicos, que prefera tenerlos
manuscritos, conocidos solamente de un nmero reducido de amigos. Pasaba
igualmente por hombre valeroso. En Madrid haba tenido algunos duelos y
en Lancia dej de efectuarse uno entre l y cierto jefe poltico que los
progresistas mandaron a esta provincia, por la intercesin del obispo y
cabildo catedral.

Al llegar a los cuarenta aos, poco ms o menos, cas con una seora
aristcrata tambin, que habitaba en Sarri. Muri su esposa al ao, a
consecuencia del parto. Tres aos despus contrajo de nuevo matrimonio
con Amalia, dama valenciana algo emparentada con l. Apenas se conocan.
D. Pedro la haba visto en Valencia cuando ella contaba catorce aos. El
matrimonio que se realiz diez aos despus pactose por medio de cartas,
previo el cambio de retratos. Se daba por seguro que la voluntad de la
novia haba sido forzada, y aun se deca que durante algunos meses se
haba negado a compartir el tlamo con su marido. Todava ms. Se
contaba en Lancia con gran lujo de pormenores el viaje que por consejo
de un cannigo hizo don Pedro con su esposa para inspirarla confianza y
acortar, entre las peripecias del camino y la descomodidad de las
posadas, la distancia moral y material que los separaba. Cumplidas las
profecas del astuto capitular y realizados todos los fines del
matrimonio, el cielo no quiso sin embargo bendecirlo. Poco tiempo
despus D. Pedro experiment el terrible ataque apopltico que le
paraliz de medio cuerpo abajo, y desde entonces no hubo trminos
hbiles para la bendicin, aunque la Providencia estuviese animada de
los mejores deseos.

--Nos hace falta un cuarto--dijo apretando con efusin la mano del
conde.

--S, s, a ver si cambia la suerte... Moro nos est llevando el dinero
bravamente--dijo un viejecito de cara redonda, fresca, rasurada, el pelo
blanco y los ojos claros y tiernos. Tena marcado acento gallego. Se
llamaba Saleta y era magistrado de la audiencia y tertulio asiduo de la
casa de Quiones.

--No tanto, Sr. Saleta, no tanto! Slo gano doscientos tantos. Faltan
trescientos para desquitarme de lo que he perdido ayer--manifest el
aludido, que era un joven de fisonoma abierta y simptica.

--Y por qu no han llamado ustedes a Mann?--pregunt el conde
dirigiendo una mirada risuea al clebre mayordomo, que, con su calzn
corto, zapatos claveteados y chaqueta de bayeta verde, dormitaba en una
butaca.

Las miradas de los tres se volvieron hacia l.

--Porque Mann es un bruto que no sabe jugar ms que a la _brisca_--dijo
D. Pedro riendo.

--Y al _tute_--manifest el gan, desperezndose groseramente, abriendo
una boca de a cuarta.

--Bueno, y al tute.

--Y al _monte_.

--Bien, hombre, y al monte tambin.

Y se pusieron a jugar sin hacer ms caso de l.

Pero al cabo de un momento volvi a decir:

--Y al _parar_.

--Al parar tambin?--pregunt en tono de burla el conde de Ons.

--S, seor, y a las _siete y media_.

--Vaya! vaya!--exclam aqul distradamente, abriendo el abanico de
cartas y examinndolo atentamente.

Y siguieron jugando con empeo, absortos y silenciosos. El mayordomo les
interrumpi de nuevo, diciendo:

--Y al _julepe_.

--Bueno, Mann, cllate!... No seas majadero--exclam speramente D.
Pedro.

--Manjadero! manjadero!--mascull el aldeano con mal humor.--Otros hay
tan manjaderos; pero como tienen dinero no hay quien se lo llame.

Y dej caer de nuevo sus formidables espaldas en el silln, estir las
patas y cerr los ojos para roncar.

Los jugadores levantaron la vista hacia don Pedro con sorpresa e
inquietud. Este la clav colrica en su mayordomo; pero, al verle en
aquella tan sosegada postura, cambi repentinamente, y alzando los
hombros y convirtiendo de nuevo los ojos a las cartas, exclam con
sonrisa, alegre:

--Qu brbaro! Es un verdadero suevo!

--Alto, Sr. Quiones, alto!--dijo Saleta.--Los suevos han acampado
solamente en Galicia. Ustedes no son ms que cntabros... Precisamente
yo debo saber bien eso...

--Claro! Uzt ze lo zabe too!--manifest un caballero no tan viejo, si
bien pasara de los cincuenta, que entraba a la sazn. D. Enrique
Valero, magistrado de la Audiencia tambin, hombre de agradable porte,
de rostro fino y expresivo, aunque extremadamente marchito por la vida
alegre que haba llevado. Como lo denunciaba su acento, de lo ms
cerrado y ceceoso que puede orse, era andaluz y de la provincia de
Mlaga.

--No lo s todo, amigo Valero--repuso con calma Saleta;--pero conozco
perfectamente la historia de mi pas y las particularidades referentes a
mi familia.

--Y qu tiene que ver zu familia con ezo de lo zuevo, compaero?

--Porque mi familia desciende de uno de los caudillos ms principales
que penetraron en la provincia de Pontevedra cuando la irrupcin, segn
consta de varios documentos que se conservan en el archivo de mi casa.

Los jugadores cambiaron una risuea mirada de inteligencia con Valero.

--Aj!--exclam ste entre alegre e irritado.--Ahora rezulta que el
amigo Zaleta ez un zuevo como una catedral.--Quin lo haba de penz,
tan rebajuelo y tan chiquitn!

--S, seor--prosigui el otro, como si no hubiera odo, hablando con
lentitud y firmeza.--El caudillo que dio origen a nuestra familia se
llamaba Rechila. Era hombre al parecer feroz y sanguinario. Gran
conquistador; extendi sus dominios muchsimo, y hasta me parece que
lleg en sus correras hasta Extremadura. Un da, siendo yo nio, se
encontr su corona enterrada entre los cimientos de la antigua capilla
de nuestra casa...

--Pero, hombre! pero, hombre!--exclam Valero mirndole fijamente con
una cmica indignacin que hizo soltar la carcajada a los dems.

Saleta prosigui imperturbable describiendo el hallazgo, la forma, el
peso, cada uno de los adornos; no se le olvid un pormenor.

Y Valero mientras tanto no apartaba de l la mirada, sacudiendo la
cabeza con creciente irritacin.

Todas las noches pasaba lo mismo. El descarado mentir de su colega
provocaba en el magistrado andaluz una indignacin a veces fingida,
otras real, que siempre alegraba a la compaa. Era tan inslito que un
gallego se atreviese a bravear de exagerado y embustero delante de un
andaluz, que ste, herido en su amor propio y en los fueros de su pas,
llegaba en ocasiones a enfadarse, dudando si Saleta era un tonto o por
tales tena a los que le escuchaban. En realidad el magistrado de
Pontevedra menta con tan poca gracia y al mismo tiempo con tal firmeza,
que era cosa de pensar si sera un pcaro redomado que se gozaba en
impacientar a sus amigos.

--Ha dicho uzt que eze antepazao zuyo ha llegao a
Eztremadura?--pregunt al fin Valero en tono decidido.

--S, seor.

--Pue me parece, compare, que ezt uzt equivocao, porque eze ze
Renchila...

--Rechila.

--Bueno, eze Rechila ha ido mz all, ha corro hazta la provincia de
Mlaga; pero all le zalo al encuentro una parta de vndalos de la
cual era jefe uno de miz azcendiente, que ze llamaba zi mal no
recuerdo... ezpere un poco... ze llamaba Matalaoza. Pue bien, ezte
Matalaoza, que era un to mu bragao y mu soso, le derrot completamente,
le hizo prizionero y le tuvo tirando de una noria hazta que ze muri.
Todava ze conzervan en lo ztano de caza alguno peazo de la maquinita.

D. Pedro, Jaime Moro y el conde de Ons haban suspendido el juego y
rean sin rebozo alguno.

--No puede ser. Rechila no ha pasado de Mrida, que ha conquistado
despus de un corto asedio--manifest Saleta sin turbarse poco ni mucho.

--Dispenze uzt, amigo; en el archivo de mi caza hay documentoz que
acreditan que el ze Renchila ha entrao una mijita por la provincia e
Mlaga, y que el ze Matalaoza, mi abuelo, por la lnea de madre, ni pa
Dioz quizo deharle segu ma adelante.

--Permtame usted, amigo Valero; me parece que est usted en un error.
Ese Rechila debe de ser otro. Entre los suevos ha habido varios
Rechilas...

--No ze, no... El Rechila que ha derrotao mi abuelo era el antepazao
de uzt... Eztoy zeguro... De la provincia de Pontevedra... Ze le
conoca enzeguidita por el acento.

Y afectaba gran seriedad al proferir estas frases. La alegra de los
jugadores era cada vez mayor. Saleta, acostumbrado a las burlas de su
colega, no se amoscaba ni perda un punto de su irritante flema. La
desvergenza de este hombre para mentir y sostener luego sus mentiras
era inaudita.

Cuando vio la inutilidad de seguir disputando, atendi nuevamente al
juego. Los dems hicieron lo mismo, aunque de vez en cuando se les
escapaba por la nariz el flujo de la risa.

Jaime Moro segua ganando. Y se mostraba alegre y charlatn, comentando
cada una de las jugadas con prolijidad. Era un guapo joven de barba
negra recortada, facciones correctas, ojos rasgados sin expresin y tez
suave y sonrosada. Su padre, administrador diocesano que haba sido en
aquella provincia, se muri el ao anterior, dejndole una regular
hacienda, setenta u ochenta mil duros, segn los bien enterados. Este
capital en Lancia le haca un verdadero potentado. No hay para qu decir
que fue el blanco de todos los tiros de las nias casaderas, su ideal,
su sueo dorado. Moro pareca poco inclinado al sexo femenino. Amaba
infinitamente ms a Mercurio que a Venus. Su aficin al juego, a toda
clase de juegos, era tan desmedida que bien poda decirse que su vida
entera estaba consagrada a ella, que haba nacido para jugar. Viva
solo, con ama de llaves, criado y cocinera. Levantbase de diez a once
de la maana, y despus de acicalarse se iba a la confitera de D.
Romana, donde hallaba sabrosa compaa que le enteraba de todos los
cuentos que corran por la poblacin. As que echaba a un lado esta
tarea metase en la trastienda oscura, grasienta, pringosa, con un olor
a hojaldre que derribaba, y sentndose a una mesa que corresponda en
un todo al decorado del recinto, se pona a jugar la copa de Jerez y los
pasteles al domin con su ntimo amigo D. Baltasar Reinoso, uno de los
muchos propietarios de cuatro o cinco mil pesetas de renta que residan
en Lancia. A las dos a comer. A las tres al Crculo Mercantil a comenzar
con tres de los indianos, que formaban el ncleo de aquella sociedad de
recreo, el clsico chap, que se prolongaba ordinariamente hasta las
cinco. Y vamos corriendo a casa del muy ilustre seor den de la
catedral baslica, donde nos espera este seor en compaa del
maestrescuela y del cura de San Rafael para ventilar el tresillo
cotidiano. Cuando el chap se prolongaba algo ms de lo acostumbrado,
sola venir un monaguillo al Crculo para avisarle de que sus compaeros
estaban reunidos. Y entonces Moro se apresuraba a dar los tres o cuatro
tacazos definitivos, y entre uno y otro se haca poner el abrigo por el
mozo para no perder tiempo, y pagando o cobrando con mano nerviosa el
saldo de su cuenta, corra desalado con la lengua fuera hasta casa del
den. El tresillo de ste duraba hasta las ocho. A casa a cenar. A las
nueve, escapado a la de D. Pedro Quiones, a empalmarlo. Otras noches a
la de D. Juan Estrada-Rosa a lo mismo. A las doce al Casino, donde se
reunan unos cuantos trasnochadores y jugaban al monte o la lotera un
rato. Por ltimo, a las dos o las tres de la madrugada Jaime Moro caa
en su lecho rendido de tan laboriossima jornada, para comenzar al da
siguiente otra enteramente igual.

Ni se piense que era un joven codicioso. Nada de eso. Su liberalidad era
conocida y loada por toda la ciudad. No le arrastraba a jugar el ansia
del dinero, sino una decidida y desinteresada vocacin que se haba
sobrepuesto en l a todas las dems aficiones. Era el suyo un
temperamento excesivamente activo, sin inteligencia ni voluntad para
darle un fin serio y til. En sus cortos momentos de ocio apareca como
hombre sosegado, indiferente, linftico; pero as que tena las cartas
en la mano, o el taco, o las fichas del domin, adquira su figura bro
inusitado, el rostro se le mudaba, las manos se estremecan como potros
refrenados, los ojos expresaban la energa recndita de su alma.
Inspiraba generales simpatas en la poblacin y las cercanas. No haba
hombre ms dulce, ms inofensivo en su trato. Jams se le oy hablar mal
de nadie. Los que ven siempre la parte negra de las cosas de este mundo
y el lado flaco de los caracteres, que van siendo cada vez ms, por
desgracia, sostenan que si no murmuraba era porque no saba, que era
tan bueno porque no poda ser otra cosa. Como si no hubiera necios
perversos! Un defecto tena Moro, hijo de su misma aficin. Se
consideraba insuperable en todos los juegos a que se dedicaba. No se le
poda negar gran maestra en ellos; pero de aqu a no tener rival hay
mucha distancia, y Moro la salvaba. De esto procedan los prolijos,
eternos comentarios con que sazonaba cada jugada, y que ya haban
llegado a ser proverbiales en Lancia. Daba un tacazo en el billar. Las
bolas no rodaban como se haba propuesto. Se llevaba la mano a la cabeza
con desesperacin.

--Un poquito menos de bola, y la ma hubiera entrado por los palos!...
Pero me vea obligado a tomar mucha bola, para que el mingo bajase;
porque si no baja el mingo, sabe usted? l me hace villa y se mete en
casa... Y a m no me conviene eso!

Si los circunstantes asentan, aunque perdiese todas las mesas no le
importaba nada. Salvada su honra profesional, el dinero era lo de menos.
Vuelta a dar otro tacazo, y vuelta a comentarlo. No cesaba de hablar.
Pues otro tanto pasaba en el tresillo; pero, al revs de lo que suele
acaecer en este juego, se abstena de reprender a sus compaeros y de
mostrarse enojado. Hablaba, s, y mucho; pero siempre para aclarar o
glosar cualquier jugada, repitiendo infinitamente los conceptos en tono
elocuente y persuasivo, que haca sonrer a los mirones. Si no me
hubiera fallado el rey... Si hubiera tenido un triunfito ms... No me
atrev a dar la bola porque me figur que D. Pedro... Por qu este tres
de copas no haba de ser de oros?... Con dos estuches siempre ha tirado
una vuelta este cura. Era un compaero ruidoso, pero muy fino y muy
desinteresado.

--Oiga uzt, no va uzt a jugar?--le dijo Valero, metiendo la cabeza
por entre los jugadores y examinndole las cartas.

--Cree usted que se puede?--pregunt Moro vacilante.

--A m me parece que z.

--Hay poco de esto y demasiado de esto otro--repuso, sealando
discretamente con el dedo los naipes.

--Zin embargo, zin embargo... yo creo...

--Bueno, bueno, jugaremos--replic Moro con su finura acostumbrada.

Aquel juego se perdi. Moro dirigi una mirada a sus compaeros y alz
los hombros con resignacin. En cuanto Valero se apart un poco,
apresurose a decir por lo bajo:

--No quise contrariar a D. Enrique; pero aquel juego no se poda ganar.

Vindicada con estas palabras su fama, qued tan alegre como si les
hubiera dado una bola.

El conde de Ons, que en un principio se haba mostrado jaranero, fue
quedando poco a poco pensativo y amurriado. Jugaba sin atencin alguna;
de tal modo que sus compaeros le llamaron al orden ms de una vez.

--Pero, conde, qu es lo que tiene usted hoy? Le veo muy
preocupado--dijo al fin D. Pedro.

--En efecto, ze noz ha puezto uzt mu triztn--corrobor Valero.

Vindose interpelado de este modo brusco, se turb como si temiera que
el casco de su cerebro fuese trasparente y leyesen dentro.

--No tiene nada de particular... Me siento bastante molesto de las
muelas--respondi, apelando a un inocentsimo recurso.

--Mala enfermed e, compaero--dijo Valero.

Y todos le compadecieron y se informaron con inters de las
particularidades de la dolencia.

El conde se vea apurado y contestaba vagamente a las preguntas.

--Pues contra ese mal, seor conde--apunt Saleta,--no hay mejor
medicina que el hierro. Ver usted... Yo he padecido muchsimo de las
muelas siendo estudiante. No me atreva a sacar ninguna; pero la patrona
que tena en Santiago me convenci de que, atando un bramante a la muela
y sujetndolo por el otro cabo al techo, poco a poco iba saliendo sin
dolor. Me sent en una silla, sabe usted? y cuando ya la muela estaba
bien amarrada, la huspeda tira de la silla y me deja colgando. Claro,
no tena ms remedio que saltar!...

Valero comenz a sacudir la cabeza de un modo desesperado. Los dems le
miran y sonren. Saleta no lo advierte, o finge no advertirlo, y
contina con la palabra firme y sosegada y el acento gallego que le
caracterizaban:

--Despus perd enteramente el miedo. En la Corua me sac un dentista
cinco seguidas. Siendo juez en Allariz, tuve un fuerte dolor, y como no
haba dentista, el promotor me sac tres con unas tenacillas de rizar el
pelo su seora. De resultas de eso me atac una inflamacin terrible en
la boca, sabe usted? Fui a Madrid, y Ludovisi, el dentista de la reina,
me quem las encas con un hierro candente y me sac siete buenas...

--Van quince--murmur Valero.

--Y me qued perfectamente, hasta que hace cuatro aos, en un
pueblecillo de la provincia de Burgos, estando de temporada en casa de
un amigo, me volvi el dolor, qu dolor! No haba ni mdico, ni
cirujano, ni nada. Pero lleg casualmente por all un charlatn que
sacaba las muelas montado a caballo. Me vi tan apurado, que no tuve ms
remedio que apelar a l; me sac dos con el rabo de una cuchara.

--Compaero, qu rozario!--exclam Valero en el colmo de la
indignacin.--Le quea a uzt todava algn novenario en la boca?

Con la algazara que se arm despertose Mann, desperezose brbaramente,
abri una bocaza de media vara, dejando escapar un aullido formidable,
que impresion al auditorio. Luego volvi el ciclpeo torso de medio
lado y se dispuso a empalmar el sueo.

--A t no te habrn dolido nunca las muelas, eh, Mann?--pregunt el
maestrante, que no poda estar un cuarto de hora sin comunicarse con su
mayordomo.

--Qui!--exclam el gan sin abrir los ojos siquiera.

--Es una roca!--manifest el caballero con verdadero entusiasmo.

Pero Mann se incorpor un poco en la butaca y dijo restregndose los
ojos con los puos:

--Nunca tuve ms que un dolor en la paletilla. Me dio cargando un carro
de hierba y me dur ms de un mes. No probaba bocado. Pareca que tena
all dentro una gafura que me iba royendo el cuajo. Se me quebraban las
costillas, se me hundan los costados, me tiraba a las paredes, daba
corcovos y regaaba los dientes como un basilisco. Estaba tan amarillo
como la paja segada. Un da me dijo el seor cura:--Mann, t careces
del pecho.--Yo carecer del pecho, seor cura! No me conoce usted bien!
Apalpe aqu por su vida; ms recia tengo la entraa de lo que usted
piensa.--Pues no hay ms remedi, Mann, tienes que llamar al
mlico.--Que no, seor cura, que no quiero yerbatos ni cataplasmas.--Que
s, Mann, si no lo llamas t lo llamo yo.--En fin, despus de mucho
gravitar, aunque yo tiraba siempre pa atrs, all vino don Rafael, el
mlico de las minas. Me mand quitar hasta la camisa y me tumb de
espaldas sobre la masera. Enseguida comienza a darme unos golpecicos en
el pecho con los nudillos, como quien llama a la puerta. Pega aqu, pega
all, y ascucha que ascuchars con la oreja arrimada a la carne. Na! Yo
deca:--Gravita, gravita, probiqun! Busca el puzcalabre! Ms de media
hora llamando con los nudillos y ascuchando. Hasta que al fin se cans
de no or na que le emportase...--Ay, amigo del alma!--me dijo
santigundose,--tienes un pecho lquido! lquido! que en mi vida he
visto otro igual...--Eso ya lo saba yo, D. Rafael...

Al llegar aqu se detuvo repentinamente, y paseando una torva mirada por
el auditorio, mascull sin que le oyesen:

--De qu se reirn estos burros?

Y dejando caer de nuevo la cabeza poblada de greas sobre la butaca,
cerr los ojos con soberano desprecio.

Los tertulios del maestrante volvieron su atencin al juego, sin dejar
de rer. Pero el conde qued muy pronto pensativo y distrado otra vez.
Al cabo, no pudiendo reprimir el desasosiego de sus nervios, levantose
de la silla.

--Vamos, D. Enrique, ocupe usted mi puesto. Este dolor me molesta mucho
y necesito moverme.




II

El hallazgo.


Cuando el conde puso de nuevo el pie en la sala, justamente se disponan
los pollos a bailar un rigodn. Una de las chicas del _Jubilado_ estaba
ya delante del piano. D. Cristbal Mateo, a quien apodaban de este modo
en el pueblo, era un antiguo empleado que haba servido muchos aos en
Filipinas, y que estaba jubilado haca ya algunos, con treinta mil
reales. Tena porte militar, una figura realmente marcial con sus
bigotazos blancos, ojos saltones, cejas espesas y velludas manos. Sin
embargo, en todos los dominios espaoles no exista hombre ms civil.
Haba hecho su carrera en las oficinas de Hacienda, y toda la vida haba
profesado ideas contrarias al predominio de la milicia. Sostuvo siempre
que las sanguijuelas del Estado no eran ellos, los empleados, sino el
ejrcito y la marina. Para demostrarlo aduca datos, exhiba notas
sacadas del presupuesto, se perda en divagaciones burocrticas. Deca
que el presupuesto de guerra era la sangra suelta por donde se
escapaban las fuerzas vivas de la nacin, frasecilla que haba ledo en
el _Boletn de Contribuciones Indirectas_, y que haba hecho suya con
extremada fruicin. Llamaba vagos a los soldados y profesaba rencor
inextinguible a los galones y charreteras. Cuando el ayuntamiento de
Lancia trat de pedir al Gobierno que enviase un regimiento para
guarnecer la ciudad, se opuso, como concejal, tenaz y enrgicamente a
ello. A qu traer una caterva de znganos? En cambio de los beneficios
que la estancia del regimiento podra reportar, eran tantos los daos!
El mercado se encarecera: los jefes y oficiales gustaban de tratarse
bien y llevarse a casa los alimentos ms caros (para el trabajo que les
costaba ganarlo!). Luego eran todos jugadores y su mal ejemplo
contagiara a los jvenes de la poblacin, que fuera de la poca de
ferias, se abstenan de los juegos prohibidos. Como estaban siempre
ociosos (D. Cristbal crea firmemente que un militar no tiene
absolutamente nada que hacer), por fuerza haban de pensar en picardas
y ruindades. En resumen, que el regimiento sera causa de perturbacin
en el pueblo y un elemento corruptor. Prevaleci su deseo, aunque no por
serlo de l, sino porque al ministro de la Guerra no le plug mandar
soldados a Lancia, considerando quiz la condicin mansa de sus
habitantes.

Con los treinta mil reales de pensin vivira desahogadamente en un
pueblo barato como aqul, si no fuese porque sus hijas estaban dotadas
de cierta fantasa potica que las impulsaba a preferir los sombreros de
Madrid a los que haca Rita, la sombrerera de la calle de San Joaqun, y
los guantes de ocho botones a los de cuatro. Tal privilegiado
temperamento era causa de frecuentes crisis en el hogar del Jubilado,
con su cortejo de lgrimas, violentos portazos, repentina desgana de
comer, etc. En estos terribles conflictos, hay que confesar que D.
Cristbal no siempre se mantena a la altura de energa y coraje que
denotaban sus bigotes y sus cejas enmaraadas. Verdad que siempre
quedaba solo en la pelea. Ni por casualidad se dio el caso de que alguna
de sus hijas le apoyase. Tratndose de asuntos ajenos a la direccin
rentstica de la casa, muchas veces se partan las opiniones; algunas
hijas se ponan de parte de pap contra sus hermanas. Mas en cuanto
asomaba el problema econmico, constantemente se vea al Jubilado de un
lado y a las cuatro hijas de otro. D. Cristbal, como caudillo
experimentado, apelaba en estas refriegas a mil ardides para derrotar a
sus contrarios, o para capitular en buenas condiciones. Un da amanecan
las chicas inspiradas, y pedan botinas de tafilete semejantes a las que
haban visto a tal o cual muchacha de la ciudad, generalmente a Fernanda
Estrada-Rosa. D. Cristbal se replegaba inmediatamente en s mismo. Se
replegaba y meditaba. Por la noche, a la hora de cenar, deslizaba en la
conversacin la noticia de que haba estado en _La Innovadora_
(zapatera de lujo). Le haban dicho que las botas de tafilete daban muy
mal resultado en Lancia, a causa de la humedad. Por otra parte, D.
Nicanor (mdico de la ciudad), que por casualidad estaba all, haba
manifestado que el tafilete era funesto en climas tan fros y lluviosos,
y que por los pies se pillaban muchsimas veces los catarros que ms
tarde degeneraban en tisis galopantes, etc. Antes, mucho antes de que
Mateo terminase su diatriba contra el tafilete, se la destripaban sus
cuatro pimpollos con risas irnicas y pesadsimas palabras que dejaban
confundido y triste al pobre viejo. En otras ocasiones, la imaginacin
acalorada de las nias exiga que vinieran de Madrid unos abrigos muy
lindos, de los cuales les haba dado noticia Amalia: D. Cristbal
resista algn tiempo los asaltos, pero vindose muy apretado,
capitulaba al fin. Su mente, fecunda en trazas, como la de Ulises, le
sugera una magnfica para ahorrarse la mitad del dinero por lo menos.
Se fue a Amalia y le rog que le diese su abrigo por dos o tres das, a
fin de que una de las modistas del pueblo le hiciese otros cuatro
iguales. Exigiole, por supuesto, absoluto secreto, y la seora de
Quiones supo guardarlo. Pero ay! no lo guardaron los fementidos
abrigos, que al llegar muy empaquetaditos de la silla de posta, y al
ofrecerse a las miradas ansiosas y zahores de sus cuatro dueos, lo
pregonaron muy alto, por lo pobre de la ornamentacin y lo chapucero del
cosido.

--Estos abrigos no estn hechos en Madrid--dijo resueltamente Micaela,
que era la ms nerviosa de las cuatro.

--Hija, no desbarres, por Dios! Pues dnde haban de estar?--exclama
D. Cristbal con afectada sorpresa, sintiendo cierto calorcillo en las
mejillas.

--No s; pero desde luego se puede asegurar que no los han hecho en
Madrid.

Y las cuatro ninfas comienzan a dar vueltas entre sus ebrneos dedos a
los abrigos, los estudian, los analizan con atento cuidado que pone en
suspensin y espanto a su progenitor. Se dirigen miradas significativas,
sonren con desprecio, se hablan al odo. Mientras tanto, los feroces
bigotes del jubilado de Ultramar se erizan, se estremecen con leve
temblor que se comunica a sus labios y de ah al resto del organismo.

Por fin, aquellas elegantes criaturas sueltan las prendas con descuido
escarnecedor sobre las sillas de la sala y corren a encerrarse en el
gabinete de Jovita. Cerca de media hora estuvieron deliberando
secretamente. D. Cristbal aguardaba inquieto y ojeroso, paseando con
agitacin por el corredor como un procesado que espera el veredicto del
jurado.

brese finalmente la puerta, y el criminal escruta con ansia el
semblante de los jueces. stos guardan actitud reservada, y por sus
labios descoloridos vaga una sonrisa enigmtica. Dos de ellas se ponen
inmediatamente la mantilla y los guantes y se lanzan a la calle. Al cabo
de un rato tornan al hogar trmulas, con la faz descompuesta y los ojos
centellantes. La pluma se resiste a narrar la cruel escena que se
produjo en la dulce morada del Jubilado. Cunto grito rabioso! cunto
sarcasmo! cunta carcajada histrica! qu manoteo! qu crujir de
sillas! qu exclamaciones tan lamentables! Y enmedio de aquel
espantoso desorden, de aquel fragor, capaz de infundir pavura en el
corazn ms sereno, los cuatro abrigos, causa de tal carnicera,
desgarrados, convertidos en miserables jirones, arrastrndose con
ignominia por el suelo en pago de su delito.

Fuera de estos sacudimientos peridicos con que la sabia naturaleza
vigorizaba los nervios un poco enervados ya del Jubilado, la existencia
de ste se deslizaba pacfica y suave. Ni le faltaban tampoco muchos y
esmerados cuidados. Sus hijas se ocupaban a porfa en ponerle todo lo
necesario a punto y en su sitio: la ropa acepillada; las camisas y los
calzoncillos oliendo a frescura; las corbatas, hechas de vestidos
viejos, tan flamantes como si saliesen de la guantera; las zapatillas
en cuanto entraba en casa; el agua para lavarse los pies, los sbados;
el cigarro al acostarse; el vaso de agua con limn a la madrugada, etc.,
etc. Todo marchaba con la regularidad dulce y mecnica que tanto placer
causa a los viejos. Verdad que entre cuatro bien podan hacerlo sin
molestarse mucho, sobre todo teniendo presente que las nias no siempre
estaban inspiradas. Slo a la vista de un sombrero caprichoso, o al
recibir la noticia de la llegada de una compaa dramtica, o al
anunciarse que el Casino dara una reunin de confianza, arda sbito en
sus corazones el fuego sagrado de la inspiracin, despertbanse sus
poderosas facultades poticas, y en arrebatado vuelo salan de casa y se
lanzaban a la de la modista, a la guantera, a la perfumera, dejando en
todos los parajes seales de su agitacin y alguna parte del peculio
profecticio. No alindose bien los arrebatos de la fantasa con la prosa
de los pormenores de la existencia, stos sufran alguna alteracin. D.
Cristbal en aquellos periodos de crisis echaba menos, con pesadumbre,
algunos retoques. Mas al poco tiempo sosegaban los espasmos de las
pitonisas y las cosas volvan a su ser y la vida segua el mismo curso
ordenado y tranquilo. El nombre de aqullas, por orden de edades, era el
siguiente: Jovita, Micaela, Socorro y Emilita. Eran las cuatro, en
apariencia, seres insignificantes, ni hermosas ni feas, ni graciosas ni
desgraciadas, ni muy jvenes ni viejas, ni tristes ni risueas. Nada
haba en ellas que fijase la atencin. No obstante, en el seno del hogar
el carcter de cada cual se pronunciaba y adquira relieve. Jovita era
sentimental y reservada; Micaela tena el genio violento; Socorro era la
ms pava, y Emilita la ms pizpireta.

Las dos intensas preocupaciones que llenaban la vida espiritual de D.
Cristbal Mateo eran la reduccin del contingente del ejrcito y el
casar a sus cuatro hijas, o por lo menos a dos. Lo primero llevaba buen
camino: de algn tiempo atrs venan los polticos ms conspicuos
inclinndose a esa opinin. En cuanto a lo segundo, nos duele confesar
que no tena verosimilitud de ninguna clase. Ni por sacrificar otras
comodidades a los trapos, ni por exhibirse sin medida al balcn y en los
paseos, ni por asistir a los saraos de Quiones con una constancia digna
de ser premiada, pudieron lograr hasta la hora presente los dones
preciados de Himeneo. Cuando algn imprudente tocaba este asunto en
visita, todas ellas decan que mientras viviese su padre les costara
mucha pena el casarse; que les pareca cruel abandonar a un pobre
anciano que tanto las quera y tanto se sacrificaba por ellas, etc...
Aqu vena un elogio caluroso de las dotes espirituales de D. Cristbal.
Pero ste se encargaba inocentemente de desmentirlas, mostrando tales
ganas de verse abandonado, un deseo tan vivo de experimentar aquella
crueldad, que ya era proverbial en Lancia. Como si no bastasen ellas
solas a ponerse en ridculo, el pobre Mateo las ayudaba eficazmente,
metindoselas por los ojos a todos los jvenes casaderos de la ciudad.

Las ponderaciones que el buen padre haca del carcter, de la habilidad,
de la economa y buen gobierno de sus hijas no tenan fin. As que
llegaba un forastero a Lancia, D. Cristbal no sosegaba hasta trabar
conocimiento con l, y acto continuo le invitaba a tomar caf en su casa
y le llevaba al teatro a su palco y a merendar al campo y le acompaaba
a ver las reliquias de la catedral y la torre y el gabinete de historia
natural; todas las curiosidades, en fin, que encerraba la poblacin. El
pblico asista sonriente, con mirada socarrona a aquel ojeo, que ya se
haba repetido porcin de veces sin resultado. La nica que logr tener
novio durante tres o cuatro aos fue Jovita. Por eso fue tambin la que
se despe de ms alto. El galn era un estudiante forastero que la
festej mientras segua los ltimos cursos de la carrera. Terminada
sta, parti a su pueblo y, olvidndose de sus promesas de matrimonio,
lo contrajo con una paleta rica. Las dems no haban alcanzado este
grado excelso de la jerarqua amorosa. Inclinaciones vagas, devaneos de
quince das, algn oseo por la calle; nada entre dos platos. Poco a poco
se iba apoderando de ellas el fro desengao. Aunque no hubiesen perdido
la esperanza, estaban fatigadas. Aquel pensamiento fijo, nico, que las
embargaba haca ya tanto tiempo, iba convirtindose en un clavo doloroso
en la frente. Pero D. Cristbal ni se renda ni se le pasaba por la
imaginacin el capitular. Crea siempre a pie juntillas en el marido de
sus hijas, y lo anunciaba con la misma seguridad que los profetas del
Antiguo Testamento la venida del Mesas.

--En cuanto se casen mis hijas, en vez de pasar el verano en Sarri,
donde se guardan las mismas etiquetas que en Lancia, me ir a Rodillero
a respirar aire fresco y a pescar robalizas.--Atiende, Micaela, no seas
tan viva, mujer... Comprende que a tu marido no le han de gustar esas
genialidades; querr que le contestes con razones...

--Mi marido se contentar con lo que le den--responda la nerviosa nia
haciendo un gracioso mohn de desdn.

--Y si se enfada?--preguntaba en tono malicioso Emilita.

--Tendr dos trabajos: uno el de enfadarse y otro el de desenfadarse.

--Y si te anda con el bulto?

--Se guardar muy bien! Sera capaz de envenenarlo!

--Jess, qu horror!--exclamaban riendo las tres nereidas.

Aquel marido hipottico, aquel ser abstracto sala a cada momento en la
conversacin con la misma realidad que si fuera de carne y hueso y
estuviera en la habitacin contigua.

La que comenzaba ahora a teclear en el piano era Emilita, las ms
musical de las cuatro hermanas. Las otras tres estaban ya en pie,
cogidas a la manga de la levita de otros tantos jvenes; como si
dijramos, en la brecha.

El conde tropez a los pocos pasos con Fernanda Estrada-Rosa que vena
de bracero con una amiga. Por lo visto no haba querido bailar. Era la
joven que haca ms viso en la ciudad por su belleza y elegancia y por
su dote. Hija nica de D. Juan Estrada-Rosa, el ms rico banquero y
negociante de la provincia. Alta, metida en carnes, morena oscura,
facciones correctas y enrgicas, ojos grandes, negrsimos, de mirar
desdeoso, imponente; gallarda figura realzada por un atavo lujoso y
elegante que era el asombro y la envidia de las nias de la poblacin.
No pareca indgena, sino dama trasportada de los salones aristocrticos
de la corte.

--Qu elegantsima Fernanda!--exclam el conde en voz baja,
inclinndose con afectacin.

La bella apenas se dign sonrer, extendiendo un poco el labio inferior
con leve mueca de desdn.

--Cmo te va, Luis?--dijo alargndole la mano con marcada displicencia.

--No tan bien como a t... pero, en fin, voy pasando.

--Nada ms que pasando?... Lo siento. A m me va perfectsimamente; no
te has equivocado--repuso en el mismo tono displicente, sin mirarle a la
cara.

--Cmo no, siendo en todas partes donde te presentas la estrella Sirio?

--Dispensa, chico, no entiendo de astronoma.

--Sirio es la estrella ms brillante del cielo. Eso lo sabe todo el
mundo.

--Pues yo no lo saba... Ya ves, como soy una paleta!

--No es cierto; pero est muy bien la modestia, unida a la hermosura y
al talento.

--No; si ya s de sobra que no tengo talento. No te mortifiques en
decrmelo.

--Hija, te acabo de manifestar lo contrario...

En el tono displicente de Fernanda iba entrando un poco de acritud. En
el del conde, pausado, ceremonioso, se adverta leve matiz de irona.

--Vamos, entonces te he entendido al revs.

--Algo de eso ha habido siempre.

--Caramba, qu galante!--exclam la joven empalideciendo.

--Siempre que has pensado que pudiera decirte algo desagradable--se
apresur a rectificar el conde, advertido por el cambio de fisonoma de
la idea que cruzaba por su mente.

--Muchas gracias. Estimo tus palabras como se merecen.

--Haras mal en no estimarlas sinceras... Adems, no necesito yo decirte
lo mucho que vales. Eso lo sabe todo el mundo.

--Gracias, gracias. Te has cansado de jugar?

--Me duelen un poco las muelas.

--Scatelas.

--Todas?

--Las que te duelan, hijo. Ave Mara!

--Con qu indiferencia lo dices! A ti no te importara nada, por
supuesto?

--Yo siento siempre los males del prjimo.

--El prjimo! Qu horror! No tena noticia de haber llegado ya a la
categora de prjimo.

--Qu quieres, chico; los honores vienen cuando menos se piensa.

Apesar de lo impertinente y hasta agresivo del tono, Fernanda no se
mova del sitio, teniendo siempre cogida del brazo a la amiguita, que no
desplegaba los labios. Fijndose un poco, se podra observar que la rica
heredera estaba muy nerviosa. Con el pie daba golpecitos en el suelo,
apretaba en su mano con vivas contracciones el pauelo y sus labios
temblaban de modo casi imperceptible. Alrededor de los hermosos ojos
rabes se marcaba un crculo ms plido que de costumbre. Aquel pugilato
la interesaba.

El conde de Ons haba sido de sus novios el que ms tiempo haba
durado. Al aparecer Fernanda en sociedad, y aun antes, cuando era una
zagalita que iba con la criada al colegio, produjo su figura, su
elegancia y sobre todo la amenaza de los seis millones que iban a caer,
andando el tiempo, en su regazo, una verdadera explosin de entusiasmo.
No hubo joven ms o menos gallardo o acaudalado que por iniciativa
propia o por las insinuaciones de su familia no se resolviese a pasearle
la calle, a esperarla a la salida del colegio, a mandarle cartitas y a
decirle requiebros en el paseo. De Sarrio, de Nieva y de otras
poblaciones de la provincia acudieron tambin, con pretexto de las
ferias, algunos golosos. La nia, ufana con tanto acatamiento,
embriagada por el incienso, no se daba punto de reposo tomando y
soltando novios. Era raro el galn que duraba ms de un par de meses en
su gracia. En realidad ninguno estaba en posicin de merecerla. En
Lancia y en el resto de la provincia no haba quien tuviera hacienda
proporcionada a su dote. Si alguno exista, no estaba por su edad
habilitado para casarse con tan tierno pimpollo. Sera algn indiano
averiado por los ardores tropicales, o mayorazgo rstico y solitario de
los que vivan en sus casas solariegas. Sin necesidad de que su padre se
lo advirtiese, la nia comprenda admirablemente que ninguno le
convena; pero gozaba coqueteando con todos, hacindose adorar de la
juventud laciense. Entre sta exista, sin embargo, un mancebo hacia el
cual ninguna doncella de la ciudad haba osado levantar los ojos hasta
entonces con anhelos matrimoniales. Era el conde de Ons. Por su alta
jerarqua, ms respetada en provincia donde se tributa a la nobleza un
culto que delata al villano y al siervo bajo la levita del burgus, por
su cuantiosa renta, por el apartamiento de su vida y hasta por el
misterio y silencio de su palacio antiqusimo, pareca habitar en
atmsfera ms elevada, al abrigo de las flechas de todas las beldades
indgenas.

Pues por ello precisamente naci en el pecho de Fernanda un deseo,
primero vago, despus vivo y anhelante, de rendirle. Esto es muy humano
y sobre todo muy femenino: no necesita explicacin. En el fondo de su
alma, la hija de Estrada-Rosa sentase inferior al conde de Ons. Sin
embargo, tanta era la lisonja que haba escuchado en poco tiempo, tan
refulgente el brillo que esparca sobre su vida el dinero del pap, que
bien poda aspirar a hacerle su marido. Si no lo pensaba as, al menos
figuraba pensarlo hablando del conde, por detrs, con cierta
displicencia y con afectada familiaridad por delante. En Lancia, como en
todas las capitales pequeas, los muchachos y muchachas solan tutearse.
El conocerse desde nios y haber acaso jugado en el paseo juntos lo
autorizaba. El conde de Ons jams haba cruzado la palabra con
Fernanda, aunque la tropezase a cada momento en la calle. Sin embargo,
cuando se encontraron por primera vez en la tertulia de las de Mer, la
hermosa le solt un _tu_ redondo y suprimi el ttulo. Luis aqu, Luis
all: pareca que iba a comerle el nombre. A ste le sorprendi un poco
la confianza, sin desagradarle. A nadie le duele orse tutear por una
linda damisela. Apesar de la naturaleza concentrada y tmida del conde y
de su escasa aficin a las mujeres, Fernanda se dio maa para hacerle
pronto su novio o al menos para hacerle pasar por tal a los ojos del
pblico. El cual hall tal noviazgo perfectamente justificado. En Lancia
no haba otro marido para Fernanda ni otra mujer para el conde. La
distancia que los separaba era retrospectiva; estaba en los antepasados.
La poblacin crea que, en gracia de la belleza, el dinero y la
brillante educacin de la joven, el conde de Ons se hallaba en el caso
de olvidar los doscientos gaanes que la haban precedido.

Cerca de un ao duraron las relaciones. Los novios se vean en la
tertulia de las seoritas de Mer. D. Juan Estrada-Rosa, al decir de sus
ntimos, se hallaba muy complacido. Varias veces se haba insinuado con
el conde para que entrase en la casa; pero ste no le haba comprendido
o haba fingido no comprenderle. Fernanda se lo propuso con claridad un
da. l se evadi como pudo del compromiso. Era timidez? Era orgullo?
La misma Fernanda no se daba cuenta de ello. Pero esta reserva
contribua a encender su afeccin y anhelo. De pronto, cuando menos se
pensaba, cuando ya el pblico comenzaba a preguntarse por qu se
retrasaba la boda, cortronse aquellas relaciones. Se cortaron sin
escndalo, de un modo diplomtico y sigiloso, tanto, que haca ya ms de
un mes que no existan cuando todava la poblacin no estaba enterada y
los amigos les seguan embromando. El hecho produjo fuerte sensacin; se
coment en todas las tertulias hasta lo infinito. Nunca se pudo
averiguar qu haba habido, ni aun a cul de los dos correspondi la
iniciativa de esta ruptura. Si se preguntaba al conde, afirmaba
rotundamente que Fernanda le haba dejado; mas pona demasiado empeo en
esta afirmacin para que no empezara a dudarse de su sinceridad. La
heredera de Estrada-Rosa, sin manifestar nada en concreto, corrobor las
palabras de su novio con el tono desabrido que us hablando de l, lo
mismo que al dirigirle la palabra. Porque siguieron tratndose, si no
con tanta frecuencia, con bastante: ambos acudan a la tertulia donde se
conocieron. Adems, Fernanda, poco tiempo despus, comenz a asistir a
los saraos de los domingos en casa de Quiones. Pero nunca ms
reanudaron sus rotas relaciones. Los asistentes suspendan la
respiracin y ponan toda su alma en los ojos siempre que, como ahora,
los antiguos novios se tropezaban y departan un rato. Volvern a las
andadas? Habr, por fin, boda? El desengao vena inmediatamente al
observar la indiferencia con que se apartaban.

Cuando iba a contestar a las ltimas palabras de la orgullosa heredera,
los ojos del conde, derramando una mirada distrada por el saln,
tropezaron con otros que se le clavaron lucientes y celosos. Alarg la
mano a su amiga y con sonrisa forzada dijo:

--Qu mal me ests tratando, Fernanda! Como siempre, por supuesto...
Yo, sin embargo, ya sabes... el mismo devoto idlatra. Hasta ahora.

--Siento que esa devocin no me cause fro ni calor--replic ella sin
dar un paso para apartarse.

El conde lo dio alzando los hombros con resignacin y diciendo:

--Ms lo siento yo!

Sorteando las parejas de baile, que ya haban comenzado el rigodn,
lleg de nuevo adonde estaba el ama de la casa. Al lado de sta se
hallaba en aquel instante el famoso Manuel Antonio, uno de los
personajes ms dignos de mencin en la poca que estamos historiando. Se
le conoca tanto por el apodo _el marica de Sierra_ como por su nombre.

Esto basta para que sepamos en cierto modo a qu atenernos respecto a
sus propiedades morales y fsicas. Manuel Antonio no era joven. Frisara
en los cincuenta aos, disimulados con esfuerzo heroico por toda la
batera de afeites conocidos entonces en Lancia, que no eran muchos ni
muy refinados. Una peluca bastante rudimentaria, algunos dientes
postizos mal montados, un poco de negro en las cejas y de carmn en los
labios, mucho _patchoul_ y un traje de fantasa apropiado para realzar
los residuos de su belleza. sta haba sido esplndida; una rara
perfeccin de rostro y de talle. Alto, delgado, esbelto, facciones
correctas, diminutas, cabellos rubios, finos, cayendo en graciosos
bucles, mejillas sonrosadas y voz atiplada. De este conjunto primoroso
quedaba tan slo una sombra por donde pudiera adivinarse. La enhiesta
espalda se haba abovedado; los hermosos bucles se haban desvanecido
como un sueo feliz; algunas arrugas indecorosas surcaban aquella tersa
frente, y la fila de perlas, que ostentaba su boca, se haba
transformado en carrera de huesos amarillos, desvencijados, que el
tiempo haba quintado y el dentista torpemente sustituido. Por ltimo,
aquel pequeo bigote sedoso haba engrosado notablemente, se hizo
blanco, cerdoso, indmito; no bastaban el tinte y el cosmtico a
mantenerlo presentable. Qu dolor para el hermoso hermafrodita de
Lancia y tambin para los amigos que le haban conocido en el esplendor
de su gracia!

El espritu permaneca tan juvenil como a los diez y ocho aos. Era el
mismo ser apasionado y tierno, dulce unas veces, iracundo y terrible
otras, marchando al soplo de sus caprichos, viviendo en lnguida
ociosidad. Gozaba tanto las delicias del bao, que lo repeta tres y ms
veces, hasta que el agua quedase cristalina como al salir de la fuente;
amaba las flores, los pjaros; no tena ms placer que consultar con el
cristal del espejo los adornos que le sentaran mejor. Los trajes, por
atraccin irresistible, siendo masculinos, se acercaban cuanto era
posible a la forma femenina. En el invierno gastaba talmita corta con
broche de oro, y un sombrero tirols de alas reviradas, que le sentaba
extremadamente bien. En el verano gustaba de vestirse trajes de franela
blanca bien ceidos, que denunciasen las graciosas curvas de sus formas.
Las corbatas eran casi siempre de gasa, los zapatos descotados, el
cuello de camisa a la marinera. Por debajo del puo se le vea un
brazalete. Aunque no fuese ms que un sencillo aro de oro, este pormenor
era lo que ms llamaba la atencin de sus conciudadanos. En cuanto se
hablaba de Manuel Antonio sala el dichoso brazalete a relucir; como si
no hubiese nada en su interesante figura ms digno de excitar la
curiosidad.

Pero si los aos no haban logrado modificar en el fondo aquel ser
amable y creado para el amor, habanle hecho, sin embargo, ms cauto,
ms reservado. Ya no mostraba sus preferencias con la ingenuidad de
otros tiempos, ni daba suelta a los sbitos arranques de su corazn
inflamable sino despus de poner a prueba la lealtad del objeto de su
ternura. Haba padecido tantos desengaos en la vida! Sobre todo, al
hacerse viejo, no slo experiment la frialdad de sus antiguos amigos,
de aquellos que le haban dado pruebas inequvocas de cario, sino, lo
que es an ms triste, encontrose, sin pensarlo, sirviendo de blanco a
las chufletas e invectivas de los mozalbetes de la nueva generacin. Fue
el hazmerrer de estos procaces jvenes. Como no haban sido testigos de
sus triunfos ni conocieron su radiante belleza, estaban lejos de
profesarle el respeto que, apesar de todo, guardaba hacia l la antigua
generacin. No perdonaban medio de embromarlo, de vejarlo brbaramente.
En cuanto se paraba en la calle de Altavilla o entraba en el caf de
Maran, ya estaba rodeado de una partida de _guasones_. Cristo, las
frases que all se oan! Y como villanos que eran, a menudo del juego de
palabras pasaban al de manos. Esto era lo que en modo alguno poda
sufrir Manuel Antonio. Que hablasen lo que quisieran. Tena bastante
correa, y adems un ingenio vivo y sutil que recoga admirablemente el
ridculo y saba dar en rostro con l a sus contrarios. La mayor parte
de las veces los que iban a tomarle el pelo salan muy bien
trasquilados. Los aos, la prctica, le haban adiestrado de tal modo en
el pugilato de frases incisivas que realmente era temible. Tena la
intencin de un _miura_. Pero as que aquellos desvergonzados pasaban de
las palabras a las obras tocndole la cara o pellizcndole, ya estaba
descompuesto, perda enteramente los estribos y no deca cosa
intencionada ni siquiera razonable. Superfluo es aadir que,
conocindole el flaco, todas las bromas terminaban en esta forma.

Por lo dems, fuera de aquella maligna intencin para herir en lo vivo a
las personas, en lo cual poda competir y aun creemos que aventajaba a
Mara Josefa, era un ser til y servicial. Su malignidad, al cabo de
todo, era resultado de la que a l se le mostraba. Sus habilidades
muchas y varias. Trabajaba el punto de crochet que daba gloria. Las
colchas que l haca no tenan rival en Lancia. Arreglaba un altar y
vesta las imgenes mejor que ningn sacristn. Tapizaba muebles, haca
flores primorosas de cera, empapelaba habitaciones, bordaba con pelo,
pintaba platos. Y cuando alguna de sus muchas amigas necesitaba peinarse
artsticamente para asistir a cualquier baile, Manuel Antonio se
prestaba galantemente a arreglarle los cabellos, y lo haca con la misma
destreza y gusto que el mejor peluquero de Madrid. Pues y cuando
cualquiera de sus amigos se pona enfermo? Entonces era de ver el
inters, la constancia y la suma diligencia de nuestro viejo Narciso. Se
constitua inmediatamente a la cabecera del lecho, tomaba cuenta de las
medicinas, arreglbale la cama, ponale los vejigatorios o las ayudas lo
mismo que el ms diestro practicante. Luego, si la enfermedad por
desgracia presentaba mal carcter, saba insinuar como nadie la idea de
confesin; de tal modo que el enfermo, en vez de asustarse, la aceptaba
como la cosa ms natural y corriente. Y en cuanto le vea convencido,
empezaba a tomar disposiciones para recibir a Su Divina Majestad: la
dama ms avezada a recibir gente principal en sus salones no le sacara
ventaja. El altarcito con el pao almidonado atestado de chirimbolos
relucientes, la escalera adornada con macetas, el suelo alfombrado de
hojas de rosas, los criados y deudos esperando a la puerta con hachas
encendidas y enguantados. No se le olvidaba un pormenor. En estos
momentos crticos el marica de Sierra se creca, adoptaba el continente
de un general al frente de sus tropas. Todos le obedecan y secundaban
acatndole por jefe. Pues si el enfermo se mora, no hay para qu decir
que su dictadura se haca an ms omnipotente. Principiando por
amortajar el cadver y concluyendo por sacar del juzgado la partida de
defuncin, nada quedaba en las fnebres ceremonias que l no mangonease.

Y como quiera que las ms veces haba enfermos que cuidar, o imgenes
que vestir, o amigas que peinar o flores que contrahacer, Manuel Antonio
pasaba la vida bastante atareado. En esto y en ir de casa en casa
tomando y soltando noticias se le deslizaban los das y los aos.
Habitaba con dos hermanas ms viejas que l, las cuales le cuidaban y
mimaban como a un nio. Para estas buenas seoras no exista el tiempo.
Ni vean las arrugas, ni la peluca, ni los dientes postizos de su
hermano. Manuel Antonio era siempre un pollito, un petimetre. Sus
trajes, sus baos, las horas que empleaba en el tocado les hacan
sonrer con benevolencia. Mientras ellas se quejaban amargamente de los
estragos que los aos iban causando en su figura y su salud, pensaban
que su hermano haba detenido el curso de las horas, haba hallado un
elixir para mantenerse eternamente joven.

Manuel Antonio era metdico en sus visitas. Haba unas cuantas casas a
las cuales asista diariamente y siempre a la misma hora. A casa de D.
Juan Estrada-Rosa iba a las tres, a la hora del caf; con la condesa de
Ons tomaba chocolate todas las tardes; por la noche era tertulio asiduo
de la seora de Quiones. Haba otras familias que visitaba tambin con
mucha frecuencia. A casa de Mara Josefa Hevia y de las de Mateo sola
ir por la maana, sin detenerse mucho, dando una vuelta para enterarles
de lo que se deca o inspeccionar sus labores. Alguna noche iba tambin
a casa de las seoritas de Mer.

--Aqu tenemos al conde!--exclam con su peculiar entonacin
afeminada.--Ay, qu condecito tan guasn!

--Pues?--pregunt ste acercndose.

--Pregntaselo a Amalia.

La sonrisa que plegaba los labios del noble se desvaneci
repentinamente.

--Cmo?... Qu tiene que ver?...--dijo con mal disimulada turbacin.

Tambin Amalia se turb. Sus plidas mejillas se colorearon.

--Hemos estado murmurando de t. Qu traje te hemos cortado, chico!

--Aqu Manuel Antonio--profiri Amalia--deca que era usted el perro del
hortelano.

--No; t eras quien lo decas.

Otra de las particularidades de aqul era el tutear a todo el mundo,
grandes y chicos, seoras y caballeros.

--Yo!--exclam la dama.

--Y por qu soy el perro del hortelano?... Sepamos.

--Pues deca Amalia que ni queras comerte la carne ni permitir que la
coma D. Santos.

--Vamos! Quieres callarte, embustero?--dijo la seora, medio irritada,
medio risuea, dndole un pellizco.

--Qu se habla de D. Santos?--pregunt un caballero muy corto y muy
ancho, de faz mofletuda y violcea, acercndose al grupo.

El conde y Amalia no supieron qu responder.

--Se deca que D. Santos tena pensado llevarnos un da a su posesin de
la Castaeda y darnos un banquete--manifest Manuel Antonio con
desparpajo.

--No; no era eso--repuso el hombre rechoncho con forzada sonrisa.

--S tal. Amalia sostena que no eras capaz de llevarnos a pasar un da
a la Castaeda.

--Pero, hombre, t te has empeado en ponerme hoy colorada!--dijo
aqulla.

--Porque soy un buen amigo. Como te veo plida estos das... Bien puedes
creerlo, Santos, yo tengo mucha mejor idea de tu esplendidez que la
mayora del pueblo... No conocis bien a D. Santos, les digo muchas
veces a los que sostienen que a t te duele gastar el dinero. Si D.
Santos no gasta, no obsequia a sus amigos, no es por avaricia, sino por
indolencia, porque no se le presenta ocasin. El hombre es tmido de
suyo y no es capaz de proponer banquetes ni giras; pero que otro le
apunte la idea, y veris con qu gusto la acepta...

--Gracias, gracias, Manuel Antonio--murmuro D. Santos con la risa del
conejo.

Se le conoca el gran temor y molestia que le embargaban. Como muchos de
los indianos, apesar de ser inmensamente rico, tena fama de avariento,
y no injustificada. Haba llegado pocos aos haca de Cuba, donde
cargando primero cajas de azcar y luego vendindolas se enriqueci.
Vino hecho un beduino, sin noticia alguna de lo que pasaba en el mundo,
sin saber saludar, ni proferir correctamente una docena de palabras, ni
andar siquiera como los dems hombres. Los treinta aos que permaneci
detrs de un mostrador le haban entumecido las piernas. Marchaba
tambalendose como un beodo. El color subido de sus mejillas era tan
caracterstico, que en Lancia, donde pocas personas se escapaban sin
apodo, lo designaron al poco tiempo de llegar con el de _Granate_.
Enmedio de su miseria le gustaba dar en rostro con las riquezas que
posea. Edific una casa suntuossima; trajo mrmol de Carrara,
decoradores de Barcelona, muebles de Pars, etc. Y, sin embargo, apesar
de las sumas cuantiosas que en ella gast, al saldar la cuenta del
clavero se empeaba en que descontase del peso el papel y las cuerdas
en que venan envueltas las puntas de Pars! Cuidadosamente haba ido
guardando en un rincn tales despojos con ese objeto. As que termin la
casa, ocup el piso principal y alquil los otros dos. Y empez su
martirio, un martirio lento y terrible. Las criadas y los nios del
segundo y tercero fueron sus sayones. Si senta fregar los suelos del
segundo, ponase de mal humor: la arena desgastaba el entarimado. Si
vea rayado el estuco de la escalera por la mano brbara de algn
chiquillo, se le encenda la clera y murmuraba palabras siniestras y
amenazas de muerte. Si escuchaba cerrarse una puerta con violencia,
aquel golpe repercuta dolorosamente en su corazn: las bisagras se
desencajaban, todos los pestillos se echaban a perder. En fin, con tal
sobresalto viva, que le acometi una pasin de nimo y comenz a decaer
visiblemente. Un su amigo tan miserable como l, pero ms vividor, le
aconsej que dejase la casa y se trasladase a otra. As lo hizo,
tornando a la posada que le haba albergado mientras construy el
palacio.

Pero faltaba a D. Santos el complemento obligado de todos los que se
enriquecen cargando cajas de azcar en Amrica: le faltaba contraer
matrimonio con una mujer de categora, joven o vieja, fea o bonita.
Ninguno de sus colegas acept jams por esposa a una menestrala. Granate
no poda ser menos que ellos. Al contrario, teniendo ms dinero que
ninguno, lo natural es que les aventajase en anhelos poderosos. Y fue a
poner sus ojos redondos y encarnizados en la joven ms linda, ms rica y
ms encopetada de la ciudad: en Fernanda Estrada-Rosa nada menos. El
suceso caus admiracin y risa en el vecindario. Por muy alta idea que
en Lancia tuviesen del poder del dinero, nadie imaginaba que fuese
poderoso a realizar semejante empresa. Casar a la joya de la provincia
con este oso colorado! A la nia le produjo pasmo e indignacin. Luego
lo tom a broma. Luego volvi a indignarse. Despus torn a rerse. Por
fin se fue acostumbrando a que Granate la festejase y hasta encontr
cierta satisfaccin de amor propio en recibir sus agasajos y en darle
toda clase de desprecios. Pero l no cejaba. Con la tenacidad del
abejorro que se empea en salir por un cristal y se estrella cien veces
contra el obstculo, las calabazas, los desdenes y hasta las burlas no
le hacan retroceder ms que momentneamente. Al da siguiente volva
como si tal cosa a romperse la cabeza contra el desprecio de la
orgullosa heredera. Pensaba sinceramente que el verdadero obstculo para
el logro de sus afanes estaba en el conde de Ons. Confesbase que
Fernanda senta algn inters por l, o mejor dicho por su ttulo, y se
propuso ir a Madrid y comprar a peso de oro otro para ponerse a la
altura de su rival. Luego le dijeron que el Papa los daba ms baratos y
cambi de proyecto. Mientras tanto se vengaba odiando de muerte al
gallardo conde, y burlndose, cuando la ocasin se presentaba, de su
vetusto y deteriorado casern. El conde posea una gran riqueza en
tierras, pero sus rentas no podan compararse a las del opulento
Granate.

--Y si no, ya veris el da que se case, qu cambio en la
poblacin!--prosigui Manuel Antonio.--Tendremos banquetes a diario y
bailes y giras campestres...

--Pero si a Fernanda no le gustan los bailes!--exclam Emilita Mateo,
que bailaba con Paco Gmez y daba la espalda al grupo.

--Yo no he hablado para nada de Fernanda, nia--repuso el marica en tono
severo.

--Pens que, tratndose de matrimonio y de D. Santos, eso se
sobrentenda.

--Pues no sobrentiendas ms y aplcate a bailar con Paco, porque, segn
mis clculos, durar cinco minutos.

Paco Gmez era un joven flaco, flaqusimo, alto hasta tropezar en el
dintel de las puertas, con una cabecita menuda como una patata, el
rostro tan macilento que pareca, en efecto, caminar por el mundo con
permiso del enterrador. Y con estas propiedades corporales el espritu
ms humorstico de la poblacin.

--Ole mi nia!--exclam ponindose en jarras frente al marica.--Lo
nico por lo que siento morirme es por no ver ms estos seres preciosos,
encantadores.

Al mismo tiempo le cogi con dos dedos la barba.

Ya sabemos que Manuel Antonio no poda sufrir tales juegos de manos
delante de gente.

--Vamos, pajalarga, quieto--exclam ponindose serio y rechazndole.

--Que no eres precioso? Pero, hombre, si eso salta a la vista!...
Miren ustedes qu boca! miren, por Dios, qu cada de ojos!... miren
qu nacimiento de pelo!

Y quiso de nuevo tocarle la cara; pero Manuel Antonio lo rechaz con
mpetu dndole un fuerte empujn.

--Caramba, qu severo est hoy Manuel Antonio!--dijo el conde de Ons.

--No importa--repuso Paco Gmez dejando escapar un suspiro.--Manos
blancas no ofenden.

En aquel momento le tocaba hacer una figura del rigodn y se alej con
Emilita.

Mara Josefa, que bailaba ms lejos, se acerc un instante con su
pareja, que era un teniente del batalln de Pontevedra.

--Vamos, D. Santos, no sea usted cruel! Por qu no va usted a hacer
compaa a Fernanda, que est all sola?

En efecto, la amiguita de la rica heredera haba hallado pareja para el
baile. Fernanda se sent y permaneca seria y pensativa.

--S, s; debes ir, Santos--manifest Manuel Antonio.--Repara que la
chica ha dejado una silla vaca a su lado... No puede insinuarse de modo
ms claro.

Al decir esto hizo un guio al conde. ste confirm tales palabras.

--Yo creo que es hasta un deber de cortesa...

Granate le ech una mirada torva y pregunt sordamente:

--Pues entonces, por qu no va usted a sentarse a su lado?

--Por la sencilla razn de que ya no tenemos nada que hablar... Pero
usted es otra cosa.

--Entendido, seor conde... No soy un nio--murmur con mal humor.

--Aunque no lo sea usted por la edad--dijo Amalia interviniendo
oportunamente para evitar rozamientos,--lo es por la franqueza y
espontaneidad de sus sentimientos, por la frescura de corazn que otros
con menos aos no tienen. Los nios aman con ms sencillez y vehemencia
que los hombres.

--Pero los hombres hacen otra cosa ms heroica... Se casan!--dijo Paco
Gmez, que ya estaba de nuevo en su sitio con la pareja.

--Hay ocasiones en que tampoco se casan--manifest Manuel Antonio
haciendo una imperceptible mueca por donde Paco pudiese colegir que
estaba pensando en Mara Josefa.

--Bueno--replic aqul dndose por enterado.--Pero hay que convenir en
que algunas veces se necesita para ello un herosmo superior a la
naturaleza humana.

La solterona, que las coga por el aire, le clav una mirada rencorosa y
maligna.

--La naturaleza humana!--exclam con displicencia.--La naturaleza
humana presenta algunas veces formas tan estrambticas que hasta el
herosmo sera ridculo en ellas.

Paco Gmez, sin desconcertarse, comenz a palpar su rostro con ademanes
cmicos, fingiendo una muda resignacin que hizo sonrer a los
presentes. Amalia, para cambiar esta peligrosa conversacin, exclam:

--Miren, miren cmo D. Santos se aprovecha de nuestra distraccin!

En efecto, el indiano se haba levantado en silencio de la silla y,
sorteando las parejas de baile, fue solapadamente a sentarse al lado de
Fernanda. sta le dirigi una mirada fra y apenas se dign responder a
su saludo ceremonioso y ridculo. La faz rubicunda de Granate
resplandeca, no obstante, como la de un dios seguro de su omnipotencia.
Con las manazas anchas y cortas apoyadas sobre las rodillas, el cuerpo
doblado hacia adelante y la cabeza levantada hasta donde le permita la
grosura del cerviguillo, sonrea beatamente enseando una fila de
dientes grandes y amarillos. Propsose, como siempre, ser espiritual, y
dijo:

--Ha visto usted qu _ventrisca_ corre?

La joven guard silencio.

--Ahora no importa nada--prosigui--porque ya estn todos los frutos
recogidos; pero si hubiera cado antes, no nos deja ni una castaa ni un
grano de maz; je, je!

Granate sintiose feliz al emitir esta idea, a juzgar por la expresin de
placer que brillaba en sus ojos.

--Pero aqu no hace fro, eh?... Yo no lo tengo, je, je!... Al
contrario, siento un calor... Ser porque los ojos de usted son dos
calofer... caroli...

Otra vez todava acometi la palabra calorferos sin lograr dar cima a
la empresa. Para disimular su impotencia fingi un golpe de tos. Su
rostro violceo adquiri cierta semejanza interesante con el de un
ahorcado.

La hermosa, que tena los ojos clavados en el vaco, volvi la cabeza
hacia su adorador, le mir unos instantes con expresin vaga, distrada,
como si no le viese. Levantose de pronto y se alej sin decir palabra
para sentarse enfrente. El indiano qued con la misma sonrisa
estereotipada en el rostro; la mueca petrificada de un stiro. Pero al
volver la vista al grupo que acababa de dejar, viendo una porcin de
ojos risueos fijos en l, se puso repentinamente serio y mohno.

--Qu partido tiene este Granate entre las chicas bonitas!--exclam
Paco Gmez.--Ya se lo deca yo el otro da. Usted no necesitaba para
nada ir a Amrica habiendo mujeres ricas en el mundo. Usted tiene la
fortuna en la fisonoma.

--Mira, condecito, ahora debes ir t a sentarte a su lado. Ya vers cmo
no se levanta entonces--dijo Manuel Antonio.

--S, s, debe usted ir, Luis--apoy Mara Josefa.--Vamos a ver una cosa
curiosa, a decidir si est o no enamorada de usted. Verdad, Amalia, que
debe ir?

--S, me parece que debe usted sentarse a su lado--dijo la dama. Su voz
sali apagada y temblorosa.

--Cree usted?--pregunt el conde, mirndola con fijeza.

--S; vaya usted--replic la dama con perfecta serenidad ya, huyendo su
mirada.

--Pues usted me permitir que la desobedezca. No quiero exponerme a un
desaire.

--Qu importan los desaires a un enamorado!... Porque usted, por ms
que diga, est enamorado de Fernanda... Se le conoce a la legua.

--A la legua ser, porque, lo que es de cerca ni pizca--manifest Manuel
Antonio.

Y Mara Josefa y Emilita Mateo y Paco Gmez confirmaron con su risa la
especie.

Amalia insisti. Efectivamente, Luis lo disimulaba bien; pero como, por
ms esfuerzos que se hagan, siempre queda un cabo suelto, un resquicio
por donde sale la luz, ella haba adivinado haca ya mucho tiempo que el
conde, en lo profundo de su corazn, guardaba recuerdo muy grato de
Fernanda.

--Atiendan ustedes: hace algunos das se le ocurri a Moro decir que
tena dos dientes postizos. No pueden ustedes figurarse cmo se puso
este hombre... Por poco le pega...

--No tanto, no tanto--manifest el conde sonriendo avergonzado.--Me
expres con cierta viveza porque me enfadan siempre las injusticias.

--Oh! Las exaltaciones en estos casos son sospechosas. Cuando no se
siente inters por una persona se la defiende con menos calor...
Caramba! Nunca le vi tan irritado! Ya puede decir esa nia que tiene
un campen valiente dispuesto a romper lanzas por ella.

La dama apur la broma. No se hartaba de apretar al conde, como si
quisiera dejarle convicto de su amor por Fernanda. Apesar de la sonrisa
benvola que animaba su rostro, haba ciertas extraas inflexiones en la
voz que nadie ms que una sola persona poda apreciar en aquel momento.

Pero el rigodn haba terminado, y el grupo se aument considerablemente
con varias parejas que fueron allegndose. Furonse algunos, vinieron
otros; al cabo, la seora de la casa se hall rodeada de gente nueva.
Bailose otro vals y otro rigodn. Las doce sonaron al fin en el gran
reloj de la catedral. Y como los jvenes se empeaban en no desbandarse,
apesar de la costumbre tradicional de la casa, Mann, por orden de D.
Pedro, apareci en la puerta del saln, abrazado al lo de los abrigos
de las seoras. sta era la seal de despedida que el seor de Quiones
daba a sus tertulios. No era muy corts, pero nadie se enfadaba. Al
contrario, se reciba siempre con algazara, como una broma graciosa.

Despus que todos fueron a estrechar la mano, del maestrante, formose un
grupo enmedio del saln. Amalia, en el centro de l, despeda a sus
amigas besndolas cariosamente. Estaba plida y sus ojos inciertos
despedan miradas febriles. Al estrechar la mano del conde volvi la
cabeza hacia otro lado, fingiendo distraccin; se la estrech con fuerza
tres o cuatro veces para infundirle nimo. Bien lo necesitaba el pobre
caballero. Estaba tan demudado y tembloroso que Amalia pens que iba a
caer desmayado.

En apretado haz salieron los tertulios a los pasillos y bajaron la gran
escalera de piedra sucia y hmeda. Un criado les abri la puerta de la
calle.

--Ay! Quin habr dejado aqu este canasto?--dijo Emilita Mateo, que
tropez la primera con el estorbo.

--Un canasto?--preguntaron varias damas acercndose a l.

--Algn pobre que andar por ah dormido--manifest el criado, que an
no haba cerrado la puerta.

--No se ve a nadie--dijo Manuel Antonio, que rpidamente haba
registrado el portal.

La curiosidad excit muy pronto a una de las damas a levantar el pao
que tapaba el canastillo. Inmediatamente dej escapar el grito
consabido, el que solt ya hace tantos siglos la hija de Faran al ver
flotando por el ro el clebre canastillo de Moiss.

--Un nio!

Momento de estupefaccin y de curiosidad en los tertulios. Todos se
abalanzan, todos quieren contemplar al mismo tiempo al expsito. Porque
nadie duda un momento que aquel nio se hallaba all expuesto
intencionalmente. Paco Gmez levant el canasto, lo destap por completo
y fue exhibiendo a sus amigos el infante dormido.

Estall una tempestad de exclamaciones.

--Angelito!--Quin habr sido la infame?...--Pobrecito de mi
alma!--Qu corazones de hiena, Dios mo!--Miren qu hermoso
es!--Habr mucho tiempo que lo han expuesto?--Estar aterida la
criatura.--Paco, djeme usted tocarlo.

El canasto fue rodando de mano en mano. Las damas, interesadsimas,
palpitantes de emocin, depositaban tiernos besos en las mejillas del
recin nacido, de tal modo que al instante consiguieron despertarlo.

De aquel montoncito de carne rosada sali un dbil gemido que hizo
vibrar de lstima a todos los corazones. Algunas seoras vertieron
lgrimas.

--Submoslo, por lo pronto, para que se caliente un poco.

--S, s, submoslo!

Y otra vez el resonante grupo se lanz al patio y a la escalera de la
mansin de los Quiones llevando en triunfo el canastillo misterioso.

Amalia estaba enmedio del saln inmvil y plida cuando se abrieron de
nuevo las puertas. D. Pedro haba sido trasladado ya a su alcoba por
Mann y otro criado. Aquella nueva y repentina irrupcin pareci
sorprender mucho a la seora de la casa.

--Qu ocurre? qu es esto?--exclam con voz alterada.

--Un nio! un nio!--gritaron varios a un tiempo.

--Acabamos de encontrarlo en el portal--manifest Manuel Antonio, que ya
se haba apoderado del canasto, presentndolo.

--Quin lo ha dejado ah?

--No sabemos... Es un expsito. Mire usted, por Dios, qu hermoso, es
Amalia!

La seora le contempl un instante con marcada frialdad y dijo:

--Acaso alguna pobre lo habr dejado para recogerlo enseguida.

--No, no; hemos registrado el portal. La calle est desierta...

La criatura a todo esto empezaba a chillar, agitando con incierto
movimiento sus puos crispados, que parecan dos botones de rosa. La
compasin de las seoras volvi a romper en exclamaciones apasionadas.
Todas queran besarlo y calentarlo contra su seno. Por fin, Mara
Josefa logr apoderarse de l, lo sac del canasto y envolvindolo con
el pao con que vena cubierto, lo acarici tiernamente. Un papel se
haba desprendido de las ropas de la criatura al sacarla y haba cado
al suelo. Manuel Antonio lo recogi.

--Lo ves, Amalia? Aqu est la madre del cordero.

El papel deca en gruesos caracteres, trazados al parecer por tosca
mano: La madre desdichada de esta nia la encomienda a la caridad de
los seores de Quiones. No est bautizada.

--Es una nia!--exclamaron algunas seoras a un tiempo.

Y en el acento con que dejaron escapar estas palabras no era difcil de
advertir cierto desencanto. Se haban acostumbrado a la idea de que
fuese varn.

--Qu misterio ser ste?--pregunt Manuel Antonio, mientras una
sonrisa maliciosa de curiosidad vagaba por su rostro.

--Misterio? Ninguno--manifest con cierta displicencia Amalia.--Lo que
se ve claramente es una pobre que quiere que le mantengan a su hija.

--Sin embargo, hay aqu un no s qu de extrao. Yo apostara a que son
personas pudientes los padres de esta nia--replic el marica.

--Adis! ya se nos va Manuel Antonio al folletn!--exclam la dama
con una risita nerviosa.--Las personas pudientes no dejan a sus hijos
envueltos en estos andrajos.

En efecto, la nia vena cubierta por unos trapos miserables y una manta
rada y sucia.

--Despacio, Amalia, despacio--apunt Saleta con su voz clara,
tranquila.--Yo he recogido en el portal de mi casa, hace ya muchos aos,
hallndome en Madrid, un nio que vena envuelto en muy toscos paales.
Al cabo de algn tiempo averiguamos que era hijo de una elevadsima
persona que no puedo nombrar.

Todos los ojos se volvieron con sorpresa hacia el magistrado gallego.

--Una elevadsima persona; eso es--prosigui despus de una pausa, con
el mismo sosiego impertinente.--Bien fcil era, por cierto, adivinarlo
fijando un poco la atencin en los rasgos de su fisonoma, enteramente
borbnicos.

El estupor de los circunstantes fue profundo. Se miraron unos a otros
con una leve sonrisa burlona que, como de costumbre, Saleta pareci no
advertir.

--Atiza!--exclam Valero.--Abra uzt el paragua, D. Zanto!

--El nio se muri a los dos meses--prosigui imperturbable Saleta.--Por
cierto que cuando lo llevamos al cementerio se uni a la comitiva un
coche que nadie supo a quin perteneca. Yo lo conoc porque lo haba
visto en las Caballerizas reales, pero me call.

--Ya ezcampa!--murmur Valero.

--Bien, Saleta, ya nos contar usted de da eso. Por la noche tales
cosas espeluznan--manifest el marica de Sierra guiando el ojo a los
otros.--Lo que hay que pensar ahora, Amalia, es lo que se va a hacer con
esta nia.

La dama se encogi de hombros con indiferencia.

--Phs... no s... La dejaremos esta noche aqu. Maana le buscaremos una
nodriza que quiera tenerla en su casa... porque en sta, a la verdad, es
un trastorno.

--Si usted no quiere tenerla en casa, yo me encargo con mucho gusto de
ella, Amalia--dijo Mara Josefa, que estaba un poco apartada paseando a
la nia y arrullndola para hacerla callar.

--No he dicho que no quera--manifest con viveza la dama.--Recoger esa
nia, porque tengo ms obligacin que nadie, ya que me la confan...
Pero, como usted comprende, para hacerlo necesito contar con mi marido.

Los tertulios aprobaron estas palabras con un murmullo.

Justamente se presentaba Mann preguntando de parte de D. Pedro qu
significaba aquel ruido. Se le explic. El seor de Quiones se hizo
trasladar de nuevo en su silln con ruedas a la sala; vio a la nia y se
interes extremadamente por ella. Inmediatamente declar que no saldra
de su casa, ordenando a un criado que al amanecer fuese en busca de
nodriza.

Por lo pronto se trajo a la criatura leche y t en un frasco con pezn
de goma; se la abrig con ms y mejor ropa. Los tertulios presenciaron
con carioso inters estas operaciones. Las seoras lanzaban gritos de
entusiasmo; se les arrasaban los ojos de lgrimas al ver el ansia con
que la mamosa nia chupaba el pezn del frasco. As que se hart,
despidironse todos de nuevo, no sin depositar antes cada uno un beso en
las mejillas de la pobrecita expsita.

El conde de Ons no haba desplegado los labios en todo este tiempo. Se
hallaba retrado en tercera o cuarta fila, siguiendo con ojos de susto
los cuidados que a la criatura se prodigaban. Y trat de irse con
disimulo sin nueva despedida; pero Amalia le detuvo con alarde de
audacia que le dej petrificado.

--Qu es eso, conde, no quiere usted dar un beso a mi pupila?

--Yo!... S, seora... no faltaba ms.

Y plido y trmulo, se aproxim y puso sus labios en la frente de la
criatura, mientras la dama le contemplaba con sonrisa provocativa y
triunfal.




III

La cita.


Esta fue la tercera noche en que el conde de Ons apenas pudo cerrar los
ojos. Nada ms natural que en las dos anteriores estuviese agitado,
calenturiento; pero ahora, por qu? Todo se haba resuelto como
apeteca. La empresa se haba llevado a cabo con felicidad. No le
restaba ms que dormir tranquilo sobre su triunfo. Sin embargo, no era
as. Apesar de su figura robusta y gallarda, posea el conde un sistema
nervioso excesivamente impresionable. La ms ligera emocin turbaba su
espritu, le inquietaba hasta un grado indecible. Tal exquisita
sensibilidad le vena por herencia y tambin por educacin. Su padre,
el coronel Campo, haba sido un hombre concentrado, sensible, de una
susceptibilidad tan delicada que le hizo mrtir en los ltimos aos de
su vida. Todo el mundo recordaba en Lancia el interesante y conmovedor
episodio que cerr aquella vida caballeresca.

El coronel mandaba las fuerzas de defensa de una plaza en el Per cuando
la insurreccin de las colonias americanas. La plaza fue tomada por los
insurrectos de un modo insidioso y por sorpresa. Un malvado denunci al
coronel ante el gobierno de Madrid como culpable de traicin, aseverando
que se hallaba en connivencia y sobornado por el enemigo. Con harta
precipitacin, sin examen imparcial de los hechos y sin tener presente
la brillante hoja de servicios del conde de Ons, el rey le priv de su
empleo en el ejrcito y de todas las cruces y condecoraciones que
posea. Bajo el peso de aquella horrible injusticia, el pundonoroso
militar qued anonadado. Sus compaeros le arrancaron la pistola en el
momento de atentar a su vida. Acompaado de su fiel asistente y de un
primo se traslad desde Madrid, adonde haba venido a defenderse, a
Lancia, donde le esperaba su esposa y su hijo de corta edad. La vida de
familia fue un sedante para la terrible llaga abierta en el corazn del
soldado. Pero aquel bravo, que tantas veces haba desafiado la muerte,
no tuvo valor para soportar las miradas y la curiosidad de sus
convecinos. En vez de rebelarse contra la injusticia que se le haba
hecho, en vez de tratar de convencer a sus paisanos de su inocencia, lo
que no le hubiera costado gran trabajo, porque todos estimaban su
carcter y conocan su valor, lleno de vergenza, como si realmente
fuese criminal, huy las miradas de la gente, se retrajo a su casa, y
solo paseaba por la huerta que detrs de ella se extenda, cercada de
alta y deteriorada tapia.

El palacio de los condes de Ons merece especial mencin en esta
historia. Era un edificio antiqusimo, el ms antiguo de la ciudad en
unin de algunos restos de la primitiva baslica que an quedaban en
pie. No se haba salvado otra cosa del horroroso incendio que en el
siglo XIV haba destruido la poblacin. Su aspecto ms era de fortaleza
que de mansin. Pocas y estrechas ventanas cortadas por columnas de
piedra, distribuidas caprichosamente por la fachada; una pared lisa de
piedra, ennegrecida por los aos; algunos agujeros cuadrados cerca del
techo, a guisa de aspilleras; una gran puerta de medio punto reforzada
con grandes clavos de acero. Por dentro era inmensa y tena ms alegra.
El patio ancho, ms ancho que la calle. Por la parte trasera la luz del
medioda baaba sus ventanas. Los rboles de la huerta metan las ramas
por ellas, sirviendo de fresca cortina para templar sus rayos. El
conjunto de aquel vetusto casern ofreca misterio y encanto singulares
para los lacienses dotados de imaginacin, en especial para los nios,
nicos seres que conservan, en nuestra edad prosaica, la fantasa
despierta. Su fachada, si es que tal nombre puede darse a aquella lisa
pared con pequeos huecos tirados a granel, daba a la calle de la
Misericordia, una de las ms cntricas de la ciudad. Una de las
ventanas, quiz la ms ancha, enfilaba la calle de Cerrajeras, y por
ella se vea la catedral a lo lejos.

Aqu se encerr o se sepult el ex-coronel Campo, sin que bastasen los
ruegos de su esposa y de los pocos parientes que frecuentaban su trato
para hacerle desistir de tal resolucin. Su ociosidad fue de provecho
para la casa. Hizo arreglar la huerta, puso algunos miradores en la
parte trasera, amuebl varias habitaciones, enlos el patio, etc. El
oscuro casern, sin perder su aspecto vetusto y misterioso, se trasform
por dentro en agradable morada. Pero el deshonorado militar se consuma,
se secaba dentro de ella como un rbol sin luz y sin agua. Una
melancola profunda minaba su organismo, le arrugaba la piel, blanqueaba
sus cabellos, debilitaba sus piernas y pona trmulas sus manos. A los
cincuenta y ocho aos de edad representaba tener setenta. Dentro de la
casa no se le senta. Paseaba por los corredores como un fantasma.
Trascurran los das sin que nadie le oyese el metal de la voz. Pero no
se mostraba adusto con nadie. Una sonrisa dulce y triste vagaba
constantemente por sus labios. No buscaba las caricias de su hijo, pero
cuando le tropezaba casualmente por los pasillos le coga la cabeza, se
la besaba amorosamente, murmuraba algunas palabras tiernas en su odo y
repentina y precipitadamente se alejaba, algunas veces con lgrimas en
los ojos. Pensaba que era una gran desgracia para aquel pequeuelo,
rubio y hermoso como un querubn, el haber nacido hijo de un padre
deshonrado. El infeliz le peda perdn, con la mirada, de haberle
engendrado.

Hacia el ao 1829, cuatro despus de haber llegado de Amrica, el
coronel era un verdadero espectro. Dorma bien, coma bien, no le dola
nada; pero aquella vida se escapaba en efluvios invisibles y constantes,
en lenta y pavorosa consuncin. Su esposa hizo venir un mdico, luego
otro y otro. Todos dijeron lo mismo. Era necesario salir, distraerse,
cultivar el trato de la gente. Precisamente las nicas medicinas que el
conde estaba resuelto a no tomar. Poco a poco fue permaneciendo ms
horas en la cama; se levantaba tarde; se acostaba temprano. Perdi el
gusto para trabajar en la huerta. No sala de las cuatro paredes de la
casa. Dentro de ella dej de ocuparse en las cosas que antes le
entretenan; hacer estuches, cuidar la pajarera y otras obras manuales.
Las pocas horas que permaneca fuera de la cama pasbalas, bien sentado
en una butaca, ya paseando por los corredores en silencio. Al cabo dej
de levantarse. Todo esto lo recordaba Luis perfectamente. Entraba en su
cuarto, le vea tendido mirando al techo con extraa y terrible tristeza
pintada en el rostro. Al entrar su hijo volva la cabeza, sonrea, le
llamaba por seas y, despus de darle un beso, le empujaba para que se
fuese.

Un da el nio percibi mucho ir y venir por casa; los criados corran
azorados, cambiaban entre s palabras rpidas; los pocos parientes y
amigos que visitaban la casa estaban todos all y tenan unas caras
largas, largas, que le aterrorizaban. Acercndose al gabinete de su
padre, vio que levantaban un altar. Pregunt sencillamente lo que
aquello significaba, y una criada, llevndole a un rincn, le dijo que
no se asustase, que su pap haba deseado confesarse y recibir la
Comunin, y que su Divina Majestad vendra pronto a visitarle. Esta
recomendacin de no asustarse, hecha repetidas veces, produjo el efecto
contrario. Comprendi que algo grave pasaba. En efecto, el conde de Ons
se mora, se iba por la posta, segn decan sus deudos. El mdico orden
que le dispusiesen.

A las seis de la tarde, cuando ya haba oscurecido, las puertas del
palacio de Ons se abrieron para recibir al sacerdote portador de la
Sagrada Hostia, que vena en el carruaje de la casa. Los criados y
parientes esperaban en el portal con hachas encendidas. Una larga fila
de personas de todas clases vena detrs, tambin alumbrando. Muchas de
ellas acudan por verdadera devocin y por la estima que les inspiraba
el enfermo. Las ms, slo por satisfacer la curiosidad de verle despus
de tanto tiempo, aprovechando aquellas crticas y solemnes
circunstancias. Penetr hasta la habitacin del moribundo todo el que
quiso. A nadie se puso obstculo. Pero no pudieron todos cumplir su
gusto, porque no caban. Llenose enseguida el gabinete del conde de una
muchedumbre abigarrada, personas decentes, menestrales, nios, todos
empinndose para contemplar al prcer cado en la desgracia, y que ahora
iba a caer en el oscuro seno de la muerte, en el eterno olvido. El den
de la catedral, su amigo y confesor, avanz con la Hostia levantada. Los
presentes se hincaron de rodillas. Rein un silencio lgubre. En aquel
momento el enfermo, a quien haban incorporado dijo en voz alta,
dirigindose a los circunstantes arrodillados:

--Juro por el Dios Sacramentado, que va a entrar en mi cuerpo, que no he
sido traidor a mi patria, y que en la guerra de Amrica me he portado
siempre como un militar honrado y leal.

Su voz, que pareca salir de un cadver, reson clara y estridente en la
cmara. Hubo un murmullo reprimido entre la gente. El den, con lgrimas
en los ojos, respondi:

--Bienaventurados los que padecen hambre y sed de la justicia!

Y le puso la sagrada partcula en la boca.

La noticia vol por la ciudad. Aquel extrao y terrible juramento, que
se repetan unos a otros, caus impresin profunda en el pblico. Los
parientes y amigos del conde peroraban con exaltacin en todos los
grupos. A uno de aqullos se le ocurri dirigir una exposicin al rey,
firmada por todos los vecinos, pidiendo que se revisase de nuevo el
proceso del coronel. Pero ya se le haba adelantado el den, hombre
fogoso y elocuente, que logr que el obispo y el cabildo le diesen su
representacin para ir a Madrid a gestionar la rehabilitacin de su
amigo de la infancia. ste haba mejorado un poco: por lo menos, la
enfermedad se haba estacionado. La consuncin seguira, pero al
exterior no se notaba. No se le dijo nada de lo que se tramaba. El den
tuvo tiempo a ir a Madrid, lograr una audiencia del rey, hablarle al
alma pintndole con elocuencia el solemne juramento que haba escuchado,
recabar de S. M. un real despacho reintegrando al conde en todos sus
honores, cruces y condecoraciones, y volverse a Lancia loco de ansiedad.
Qu alegra cuando supo que su amigo no haba expirado! Desde la galera
acelerada en que hizo el viaje corri al palacio de Ons y con las
debidas precauciones para no impresionarle demasiado le comunic la
fausta nueva.

El coronel qued algunos momentos ensimismado con la cara metida entre
las manos.

--Qu hora es?--pregunt al cabo.

--Las doce acaban de dar.

--A ver, pronto, mi uniforme!--exclam con extraa energa
incorporndose sin ayuda de nadie.

--Rayo de Dios! Enseguida, mi uniforme!--volvi a proferir con ms
violencia, viendo que nadie se mova.

La condesa fue al armario y lo trajo al fin. Se hizo vestir rpidamente,
se puso sobre el pecho la banda de Carlos III y todas las cruces que
haba ganado. Eran tantas que, no cabiendo en el costado izquierdo,
tenan que ir algunas al derecho. En esta forma se hizo conducir a la
ventana que enfilaba la calle de Cerrajeras, y all se coloc en pie.
No tardaron en salir los fieles de misa de doce, la ms concurrida de
las que se celebraban los domingos. Todos pudieron contemplar ya desde
lejos aquella figura extraa, aquel cadver vestido de gran uniforme. Y
con un sentimiento de asombro, de respeto y de compasin, todos
desfilaron en silencio por debajo de la ventana, sin poder separar los
ojos de ella. Durante tres domingos consecutivos el coronel tuvo fuerzas
para levantarse y colocarse en el mismo sitio. All permaneca media
hora inmvil ostentando sus insignias con los ojos extticos en el
vaco, sin ver ni or a la muchedumbre que se agrupaba delante del
palacio y se lo mostraban unos a otros posedos de grave y dolorosa
emocin. Al cuarto quiso hacer lo mismo, se incorpor con violencia para
que le vistieran, pero volvi a caer al instante sobre las almohadas
para no levantarse ms. Por la noche entreg el alma a Dios aquel bravo
y pundonoroso soldado.

Pobre padre! El conde no poda recordar aquella escena, que haba
quedado profundamente grabada en su cerebro, sin que las lgrimas se le
agolparan a los ojos. De l haba heredado la exquisita delicadeza en el
sentir, una susceptibilidad que llegaba a ser enfermiza, no la
serenidad, la iniciativa, la firmeza inquebrantable que realzaban el
alma del coronel Campo. El actual conde tena un temperamento
excesivamente sensible y tierno, un fondo de honradez y de vergenza que
era el patrimonio moral de los Campo. Mas estas cualidades se
contrarrestaban por un carcter dbil, fantstico, sombro, el cual le
vena, sin duda, de la familia de su madre.

D. Mara Gayoso, condesa viuda de Ons, hija del barn de los Oscos,
era un ser original, tan excepcionalmente original que rayaba en lo
inverosmil. En toda su familia, desde tres o cuatro generaciones hasta
ella por lo menos, haba apuntado algo estrambtico que en algunos de
sus miembros tocaba en las lindes de la locura y en otros entraba de
lleno dentro. Su abuelo haba sido un empedernido ateo partidario de
Voltaire y la Enciclopedia que a ltima hora se haba entregado a la
embriaguez, y segn la conseja del pueblo fue arrastrado un da por los
demonios al infierno. En realidad muri de combustin espontnea, lo que
pudo dar pbulo a semejante fbula. Su padre fue un mentecato a quien su
madre, mujer de rara energa, tuvo siempre esclavizado hasta la
degradacin. De sus tos, uno par en el manicomio, otro fue
notabilsimo matemtico, pero tan excntrico que sus rarezas se
guardaban en Lancia como manantial de ancdotas chistosas; otro se meti
en la aldea, se cas con una labradora y se mat a fuerza de
aguardiente. No tena ms que un hermano, el actual barn de los Oscos.
Tambin era un ser original y excntrico. Al comenzar la guerra civil se
pas al bando del Pretendiente e ingres en su ejrcito, pero a
condicin de servir como soldado raso. Toda la campaa hizo de esta
suerte. No fue posible, por ms empeo que en ello pusieron los magnates
que rodeaban a D. Carlos y el mismo rey, obligarle a aceptar el despacho
de oficial. Fue herido varias veces y una de ellas de tan mala manera,
en la cara, que le qued una profunda cicatriz. Como su rostro era ya de
lo ms desgraciado que pudiera verse, aquel surco sinuoso y colorado
acab de prestarle una apariencia monstruosa y hasta temible.

Era ms joven que su hermana Mara. No llegaba an a los cincuenta aos.
Viva clibe y solo en la casa solariega que los Oscos tenan en la
calle del Pozo, nada magnfica por cierto. Iba rara vez por casa de su
hermana, no por antipata, sino por lo retrado y spero de su genio.
Sala poco de casa, sobre todo de da. Tena contadsimos amigos. El ms
ntimo de todos, el nico puede decirse que gozaba de su intimidad, un
fraile exclaustrado, que antes de ordenarse haba servido en las filas
del ejrcito como oficial. Fray Diego era su perpetuo camarada. El
barn, por su carcter sombro, por sus excentricidades, y sobre todo
por lo espantable de su rostro, inspiraba general temor en la poblacin.
Los nios sentan en su presencia un terror pnico. Los padres y las
nieras, para reducirlos a la obediencia, les amenazaban con l:--Se lo
voy a decir al barn!--Que viene el barn!--Hoy he visto al barn y me
pregunt si eras obediente, etc. Y el barn, por su gesto,
constantemente desabrido, por lo bronco y recio de la voz y por la
brusquedad con que acostumbraba a hablarles, era para las inocentes
criaturas un verdadero ogro. Iba constantemente armado de un par de
pistolas; el estoque de su bastn era un verdadero sable. Se deca que
haba disparado sobre un criado slo porque le haba abierto una carta,
y que en varias ocasiones haba cogido a los nios que se atrevan a
hacerle muecas en la calle, los meta en la cuadra, los desnudaba y los
azotaba cruelmente con las correas del freno de su caballo. Verdaderos o
inventados estos cuentos, contribuan a acreditarle entre el elemento
infantil de Lancia como un monstruo de ferocidad del cual haba que
huir, si el temblor de las piernas lo consenta.

Una de las cosas que ms coadyuvaban a infundir el terror en los
pequeos y cierto respeto, no exento de miedo, en los grandes, era el
caballo que el barn posea; un caballo de ojo ardiente y feroz y de
genio tan furioso que nadie osaba montarle ms que l y su amigo Fray
Diego, que haba servido en caballera. Para sacarlo a beber lo llevaban
siempre del diestro, y aun as el indmito bruto iba tirando saltos y
coces, poniendo en conmocin a los transentes. Cuando el barn lo
montaba, y dando corcovos y alzndose de brazos sala de casa, la calle
se estremeca, los vecinos se asomaban a las ventanas, los nios se
refugiaban en las faldas de sus madres, todos contemplaban atnitos
aquel centauro temeroso. Realmente el barn de los Oscos en tal momento,
con su rostro desfigurado, los ojos encarnizados, los grandes bigotes
empalmados con las patillas, cerdosos y erizados, y el formidable torso
pegado al caballo, era una figura que infunda espanto. Haba que
remontarse con la fantasa a la irrupcin de los brbaros para hallar
algo semejante. Ni Alarico, ni Atila, ni Odoacro deban de tener aspecto
ms feo y siniestro ni producir ms grima. Jzguese del efecto que
causara entre los vecinos tmidos cuando una temporada le dio por salir
a caballo pasada la medianoche y recorrer las calles de la ciudad
acompaado de un criado, caballero asimismo en otro corcel.

La condesa de Ons era dentro de su sexo un tipo tan estrafalario, por
lo menos, como su hermano. Bajita, rechoncha, cara redonda y plida con
ojos negros y muertos, el cabello pegado a las sienes con goma de
membrillo, vestida constantemente con el hbito morado del Nazareno.
Viva recluida en su palacio como una monja en el convento. Viva
entregada en absoluto a la devocin, pero a una devocin caprichosa,
fantstica, en nada parecida a la que practican las almas verdaderamente
msticas. Toda su vida haba dado seales de un humor excntrico, mas
desde la muerte del conde se haba pronunciado tanto que bien podan
tomarse sus excentricidades como manas, y no de las ms leves. Cuando
joven haba mostrado una naturaleza tan pdica que rayaba por su
exageracin en lo ridculo. Sus amigas la embromaban no pocas veces
afectando cierta libertad en el hablar. Tan castsimos eran los odos de
la doncella de los Oscos, que los de una miss inglesa pareceran los de
un sargento a su lado. No poda sufrir que la ropa interior de su
hermano fuese en unin con la suya cuando la lavandera la llevaba o la
traa. Si aqul le entregaba unos pantalones para que le cosiera un
botn, cumplido el encargo corra a su cuarto y se lavaba bien las
manos, y aun dicen que se echaba en ellas algunas gotas de agua bendita.
Apretbase el seno hasta hacerse dao; suba el cuello de los vestidos
contra las prescripciones de la moda; no se mudaba la camisa sino a
oscuras, y cuando no tena los guantes puestos jams daba la mano a un
hombre. La historia de su casamiento fue verdaderamente curiosa, llena
de incidentes cmicos que se repitieron durante mucho tiempo por la
ciudad. Sobre todo lo que acaeci en la primera noche de novios,
verdadero o inventado, era muy gracioso y digno de figurar en una novela
de Paul de Kok.

Durante el matrimonio esta virtud de la castidad templose un poco. Casi
parece excusado decirlo. Mas luego que qued viuda volvi a exacerbarse
de modo notable. Sobre todo, en los ltimos aos adquiri aspecto de
locura. Cuando se rezaba el rosario, que era dos veces al da, mandaba
previamente una criada al gallinero para apartar, mientras durase, al
gallo de las gallinas; luego la ordenaba separar las cucharas de los
tenedores y los corchetes machos de las hembras. Por ltimo, la haca
situarse en una ventana de la fachada lateral de la casa para impedir
que ninguno orinara en el rincn donde los transentes solan hacerlo.
Un da vino el cochero a decirle que una de las yeguas estaba en el
celo. Tanto se indign que, despus de haber reido speramente por la
osada de notificarle tal asquerosidad, mand inmediatamente venderla.
Una vez que sorprendi al mozo de cuadra dando un beso a la cocinera se
puso enferma del disgusto. Ambos salieron inmediatamente de la casa.

Le gustaba, no obstante, tener tertulia a primera hora de la noche, pero
de clrigos solamente. Acostumbraba a sentarse en una butaca, delante de
la cual, con intencin o sin ella, probablemente con intencin, colocaba
dos sillas de suerte que pareca estar detrs de una valla. Poco despus
de entrar los presbteros y animarse la conversacin, la condesa se
dorma profundamente, y as estaba hasta las nueve en que las sotanas se
despedan, por supuesto sin darle la mano. Como la casa tena capilla,
sala poqusimas veces, y esas en coche. Guardaba todo el oro, que
llegaba a sus manos, en los parajes ms ocultos del desvn o de la
huerta. Algunas veces por esta avaricia, o ms propiamente por esta
mana de urraca, la casa se vio en verdaderos aprietos: consinti en que
su hijo pidiera a prstamo algunas cantidades antes que desenterrar las
peluconas. Era adems golosa, muy golosa, capaz de comerse una fuente de
confites sin asomos de indigestin. Pero no haban de ser fabricados por
las monjas: por extraa contradiccin con sus piadosas inclinaciones,
odiaba todo lo que ola a convento.

Pues por esta mujer estrambtica, bien podemos decir loca, fue educado
el actual conde de Ons. Su carcter se resinti muchsimo. Para
contrarrestar aquella excesiva sensibilidad, aquel temperamento dbil y
vacilante y el humor fantstico y sombro de que daba en ocasiones
tristes muestras, se hubiera necesitado una educacin viril al aire
libre, un maestro inteligente y enrgico que supiera despertar en su
organismo el bro y la resolucin de los Campo. Sucedi lo contrario
desgraciadamente. La condesa se empe en que no siguiese carrera que le
apartase de Lancia. Estudi, pues, en la universidad del pueblo la
carrera de jurisprudencia, que es la capa con que los jvenes ricos
tapan su propsito de holgar toda la vida. Mientras dur, y mucho tiempo
despus de terminada, la condesa le tuvo sujeto a su autoridad de un
modo que resultaba ridculo. Jams sala de casa sin pedirle permiso, no
fumaba en su presencia, se recoga al oscurecer, rezaba el rosario,
confesbase cuando ella lo ordenaba. Mientras su cuerpo se desarrollaba
prodigiosamente, se trasformaba en un mancebo bizarro y atltico, su
espritu continuaba tan infantil y sumiso como si nunca pasara de diez
aos. En esta vida retrada y afeminada agravose la nativa timidez de su
carcter, su sensibilidad delicada se hizo enfermiza, su genio sombro y
receloso. Y lo ms lamentable era que, sin ser una lumbrera, estaba
dotado de clara inteligencia y posea una penetracin frecuente en los
hombres reservados y tmidos. Careca de ilustracin y de experiencia;
pero saba mantener discretamente una conversacin y no se le escapaban
los defectos del prjimo. Como casi todos los seres dbiles, gozaba a
veces malignamente a costa de ellos. Es la venganza que la gente sin
carcter toma de quienes lo poseen demasiado vigoroso y espontneo. No
obstante, estas rfagas de irona y malignidad no eran en l frecuentes.
Apareca ms bien como un joven prudente, reservado, melanclico, de
trato corts y caballeroso, de corazn sensible, lleno de cario y de
respeto hacia su madre.

Despus que concluy la carrera tuvo sus anhelos y aun proyectos de
salir de Lancia, de ir a la corte, de viajar durante algn tiempo.
Bast, sin embargo, la negativa de la condesa para contenerle y hacerle
desistir. Prosigui, pues, su vida de holganza, mayor an desde que no
tena siquiera la obligacin de mirar de vez en cuando los libros de
jurisprudencia.

Slo la entretena dedicndose a temporadas al cultivo de ciertos
oficios manuales, y con la lectura de las obras romnticas entonces muy
en boga. Se hizo hbil ebanista, no tanto como su padre; luego le dio
por la relojera. ltimamente tom aficin a una finca de labor y recreo
que posea en las inmediaciones de la poblacin y comenz a mejorarla
notablemente. Denominbase la Granja: distaba poco ms de dos kilmetros
de Lancia: tena una casa grande y vieja y destartalada: a espaldas de
ella un hermoso bosque de robles y delante grandes y feraces praderas.
Comenz a ir todas las tardes despus de comer; cri ganado vacuno y
tambin algunos caballos, plant rboles, abri canales y levant
cercas. En la casa apenas toc. En esta nueva aficin gan su cuerpo,
que se hizo ms duro y ms gil, y tambin su carcter. La melancola,
que tanto le atormentaba, se fue templando, serenose su espritu, fue
adquiriendo ms firmeza en el trato de la gente y ms seguridad de s
mismo, y ciertos accesos de humor negro, de rabia y desesperacin que
sin causa alguna le acometan de raro en raro y le hacan aparecer ante
los criados como un epilptico, desaparecieron por completo. De esta
suerte lleg hasta los veintiocho aos, en que comenz a frecuentar la
casa de Quiones, y su vida experiment profunda trasformacin.

Eran las nueve de la maana cuando el criado le despert de un sueo
agitado, incompleto, para entregarle una carta. La dej caer con
afectada indiferencia sobre la mesa de noche; mas luego que el criado se
fue apresurose a cogerla y la abri con visible agitacin. Aunque haca
ya cerca de dos aos que duraban sus relaciones con Amalia, nunca abra
carta de sta sin que le temblasen las manos. Verdad que se escriban
poqusimas veces. Pero ms que la rareza de las cartas contribua sin
duda a turbarle el profundo amor que en su naturaleza sensible y tmida
haba arraigado.

Esta tarde a las tres. Por la tribuna, deca la carta nicamente. Su
turbacin no se disip por completo. Las citas como aqulla eran
extremadamente peligrosas; le causaban, enmedio de su felicidad, una
impresin de miedo que no poda vencer. Haba rogado a Amalia que las
suprimiese; pero no le hizo caso alguno. Y l se consideraba
absolutamente incapaz de oponerse a su voluntad. Pas la maana
nervioso, alterado. Para calmarse dio un paseo a caballo; lleg hasta la
Granja; pero volvi al cabo con la misma intranquilidad que haba
salido.

Cuando lleg la hora sealada sali de casa y tom la calle de
Cerrajeras. Era la hora en que apenas se ve un transente. Los vecinos
de Lancia comen generalmente a las dos. A las tres estn, pues, de
sobremesa o reposando. Al final de Cerrajeras, en la esquina de la
calle de Santa Luca, est la iglesia de San Rafael, que tiene su
entrada principal por aqulla. El conde penetr en el templo, despus de
tomar agua bendita, como el que va a hacer sus oraciones. Estaba
enteramente solitario, o al menos as le pareci a la primera ojeada. A
los pocos minutos, acostumbrados ya sus ojos a la oscuridad, percibi
dos o tres bultos diseminados por l y postrados en oracin.
Arrodillose l tambin en el fondo oscuro, cerca de la puertecita de la
escalera que conduca a la tribuna de los Quiones, y fingi orar unos
momentos. Aquello le repugnaba profundamente. Era un creyente sincero, y
la piadosa y severa educacin que haba tenido le haca horrorizarse de
tal sacrilegio. Se le haba pegado el fanatismo de su madre: tena un
miedo espantoso al infierno. Tambin Amalia era creyente y aun pasaba en
la poblacin por piadosa; perteneca a varias cofradas; era protectora
de algunos asilos; haca frecuentes regalos a las imgenes y se la vea
acompaada de clrigos. Pero miraba aquella profanacin con la mayor
indiferencia. La religin era para ella cosa muy respetable, pero ms
respetables an su voluntad y sus placeres.

Al cabo de unos minutos el conde se levant cautelosamente y tir de la
puertecita, que una mano previsora haba ya abierto de antemano. Torn a
llegarla y subi por la estrechsima escalera de caracol. La pequea
tribuna de la casa Quiones estaba an ms oscura que la iglesia. Busc
a tientas la puerta del pasadizo y la empuj; mas como tena cierre de
cristales y podan verle desde la calle, se ech a gatas para
atravesarlo. En la puerta que comunicaba con la casa estaba Jacoba
esperndole. Era sta una mujer de ms de cincuenta aos, obesa, con un
vientre colosal, que se mova con trabajo, la respiracin anhelante,
embotada por la grasa y hablando siempre en voz de falsete. La suma
discrecin, la encarnacin verdadera del sigilo. Nunca haban tenido
otro confidente; nadie en el mundo ms que ella estaba enterada de sus
amores, y en el curso de ellos les haba servido prodigiosamente; fue su
centinela, su salvador en muchas ocasiones, su ngel tutelar siempre. No
era sirviente de la casa, sino protegida de la seora. Dedicbase a
correr los gneros de las tiendas, a traerlos a las casas, ganando por
ello pequesima comisin. Esto no le bastaba para vivir aunque era ella
sola y una sobrina. Pero en varias casas le hacan encargos de distinta
ndole y la ayudaban de mil maneras. Sobre todo en la seora de Quiones
haba encontrado una protectora decidida. Cuando lleg a ser su
confidente puede decirse que hall una verdadera mina. Amalia pagaba con
largueza sus servicios que, en realidad, bien merecan recompensa
extraordinaria.

La medianera se llev el dedo a los labios recomendando silencio al
conde, as que ste franque la puerta. Recomendacin bien excusada por
cierto, porque hasta la respiracin iba conteniendo por no hacer ruido.
Luego, adelantndose un poco para explorar el terreno, le hizo sea para
qu la siguiese. Atravesaron un corredor, pasaron por delante de la
escalera principal sin ascender por ella de miedo a encontrarse con
algn criado, y fueron a buscar a la biblioteca una escalerita excusada
que all haba para subir al segundo. El conde avanzaba de puntillas con
el corazn palpipante. Aunque ya haba penetrado otras veces en casa de
Quiones de aquella manera, le pareca siempre el colmo de la temeridad
y maldeca en su interior del atrevimiento y despreocupacin de su
amante. Llegaron al fin al gabinete de la seora. La puerta se abri sin
que se viese a nadie. Jacoba empuj suavemente al conde, quedando ella
fuera. La mano de Amalia, que se present de improviso, volvi a cerrar,
y sbito, con arrebatado ademn, ech los brazos al cuello de su querido
y le bes con apasionada ternura. l, cohibido, agitado an por la
ascensin y trmulo, permaneci quieto, sin corresponder a tales
manifestaciones de cario. La dama le dio un golpecito maternal con la
palma de la mano en la mejilla.

--Sernate, poltrn, que nadie te come aqu.

Luis hizo un esfuerzo por sonrer y se dej caer en una marquesita
forrada de raso azul.

El gabinete de Amalia contrastaba por su lujo coquetn con el abandono
que reinaba en el resto de la casa. Las paredes cubiertas de tapices
soberbios, los mejores de la coleccin que la familia posea; los
muebles flamantes, estilo Luis XV, trados de Madrid con la magnfica
cama de bano incrustada de marfil que se vea en la alcoba, en los
primeros meses del matrimonio, cuando D. Pedro se esforzaba intilmente
en ganar el corazn de su joven esposa. Respirbase all una atmsfera
perfumada, sensual, que denunciaba los gustos refinados que la dama
forastera haba trado all de otras tierras a la severa mansin de los
Quiones.

Sentose sobre las rodillas del conde, y tirndole de la barba, exclam
conteniendo a duras penas los gritos, con una alegra reprimida que le
brillaba en los ojos, que estallaba por todos los poros:

--Lo ves? Lo ves como hemos vencido? Lo ves como se han salvado todos
esos obstculos que se te amontonaban en la cabeza y no te dejaban ver
claro? No ha sido necesario ms que un poco de audacia y que Dios nos
ayudase.

--Dios!--murmur estremecindose el conde.

Ella sinti que haba hecho mal en apelar a la divinidad, y se apresur
a decir con desenfado:

--Quise decir la suerte... Vamos, no empieces a ponerte cargante y
tristn... ste es un momento de felicidad para nosotros... Lo estoy
tocando y me parece mentira... Mi hija, la hija de mis amores, viviendo
conmigo, pudiendo verla y besarla a todas horas... Qu hermosa es!...
No pude contemplarla a mi gusto hasta esta maana; pero hoy me he
saciado bien... Se parece a t... sobre todo esta parte de aqu arriba,
del entrecejo. Jacoba dice que la boca es ma... No me pesa--aadi
sonriendo con coquetera.--Otra cosa peor pudiera sacar de m, verdad?

--Para m todo es igualmente hermoso.

--Vamos!--exclam la dama echndose hacia atrs y clavndole una mirada
de burla cariosa.--Al fin has recobrado el uso de la palabra... Pues
bien--aadi en tono serio,--t no sabes las vueltas que hemos tenido
que dar esta maana para buscarle nodriza. Me han trado tres. Ninguna
me ha gustado. Al fin la cuarta se qued. Y qu lindamente comenz a
chupar el ngel mo! Me costaba trabajo no saltar de alegra... como me
cuesta ahora!... Pero seamos graves... seamos graves y cargantes como el
seor conde... Dime, fastidioso, cmo te has arreglado para traerla?
Cuntame. Qu cara tenas ayer noche al abrir la puerta del saln!

--La cosa no era para menos. A las nueve fui a buscarla a casa de
Jacoba. Ya te lo habr dicho ella. Me pas all cerca de dos horas. Y
como si el diablo quisiera mortificarnos, la criatura chillaba sin
cesar...

--S, s, ya s todo eso... Y luego?

--Qu noche! Los chubascos se repetan sin cesar. Las calles estaban
perdidas, sobre todo por aquellos barrios extraviados. Me remangu los
pantalones casi hasta la rodilla, porque cmo iba a entrar manchado de
barro en tu saln? Quise sostener el canastillo en un brazo y llevar el
paraguas abierto en la otra mano. Fue imposible. A los pocos pasos me
volv y le dej el paraguas a Jacoba. Qu peregrinacin, cielo santo!
Qu angustia! El viento me bajaba a cada instante el embozo de la capa,
la lluvia me azotaba la cara y me entraba por el cuello. Tena miedo que
me mojase la nia. Adems iba temiendo resbalar. Figrate si caigo en
aquel momento! El viento soplaba a veces tan recio que me impeda dar un
paso. Bien puedes creerme que estuve tentado a dar la vuelta y dejarlo
para otro da.

--Lo creo sin que me lo jures. Demasiado s que te ahogas en un plato de
agua.

l le dirigi una larga y triste mirada de reconvencin. Amalia solt a
rer y, abrazndole y besndole con efusin, exclam:

--No hagas caso, pobrecito. Piensas que no te compadezco? El trance ha
sido bien duro. Te has portado como un hroe.

El conde, bajo el peso de aquellos elogios, se ruboriz. La conciencia
le gritaba que no los mereca. Se acord de la terrible prueba por que
acababa de pasar Amalia, y dijo:

--T s, t s que has debido de padecer! Cmo te encuentras? Ha sido
una imprudencia bajar tan pronto la escalera.

--Oh! Yo, aunque parezco dbil, soy una roca.

--Bien lo has demostrado. Padecer esos tremendos dolores sin exhalar ni
una queja!

--Qu sabes t de esos dolores, tonto?--dijo ponindole una mano en la
boca.--Has parido alguna vez?

--Luego cuatro das solamente en la cama--prosigui el joven separando
dulcemente aquella mano y besndola al mismo tiempo,--y al quinto bajar
al saln.

--Pues ya ests viendo que no me ha pasado nada. Oh, si no llego a
bajar ayer, de fijo Quiones me manda al mdico! Ya desde el segundo da
estaba empeado en que subiese... Pero no sabes? Est enamorado, loco
por la chiquilla. Toda la maana ha tenido a la nodriza en su cuarto. Y
se le ocurren unas cosas tan peregrinas! Dice que esta nia nos la enva
Dios para consolarnos de no tener familia...

El conde volvi a ponerse serio, taciturno, mientras en los labios de la
dama se dibujaba una sonrisa de cruel irona.

--A todo esto no has preguntado por ella, padre desnaturalizado--dijo
metiendo sus dedos finos y blancos por la gran barba rizosa y bermeja de
su amante.--Porque eres su padre, s, su padre. A que no lo
niegas?--aadi acercando con mimo su rostro al de l y ponindole los
labios en el odo.--Voy a trartela.

--Pero va a venir el ama?--pregunt l con terror.

--No, hombre, no--replic riendo.--Vendr ella solita. Vers qu bien
camina ya.

El conde abri los ojos con una expresin estpida que la hizo rer an
ms. Se puso en pie y abriendo la puerta cuchiche un instante con
Jacoba, que estaba fuera de centinela. Al cabo de pocos minutos la obesa
medianera abri otra vez la puerta cautelosamente y les entreg la nia
dormida. Amalia se sent, hacindola descansar en su regazo. Ambos la
contemplaron largo rato en silencio con xtasis, pendientes del levsimo
soplo que hinchaba y deshinchaba aquel tierno cuerpecito. Fue un
instante feliz. El conde, olvidado de sus temores, se calm: una sonrisa
de vivo placer se esparci por su fisonoma dulce y melanclica.
Trascurran los minutos, y ni uno ni otro rompan aquel silencio dichoso
ni se distraan un punto de la atencin intensa en que sus espritus se
confundan. Aquel ser diminuto, inconsciente, aquel pedacito de carne
rosada se reflejaba igualmente en sus ojos y ataba con hilos invisibles
sus almas y sus vidas.

--Qu hermosa es! Se parece a t--murmur el conde con tan blando
acento que apenas si lleg a los odos de su amante.

--An ms a t--respondi sta en la misma voz apagada.

Luego, por un movimiento simultneo, ambos volvieron la cabeza y se
miraron larga, intensamente, con amor.

--Te adoro, Amalia--dijo l.

--Te quiero, Luis--respondi ella. Sus manos se buscaron y se apretaron
tiernamente: sus cabezas se inclinaron para cambiar un beso casto.




IV

Historia de aquellos amores.


Casto, s. Quiz el primero en sus ya largos amores. Todo lo que de
tierno y potico se desprenda de ellos, como un perfume, vino de pronto
a embriagarlos, a hacerlos dichosos. Se desvaneci el remordimiento, que
pesaba sin cesar en el alma delicada del conde, la agitacin insana que
a ambos atormentaba, el ardor, la violencia, la amargura qu iba oculta
en el fondo de sus deliquios amorosos como el gusano en el cliz de la
rosa. No qued ms que el amor puro, el amor satisfecho, el amor
consagrado por la santa y misteriosa fuerza de renovacin que habita en
el seno de la naturaleza.

Si se hubieran conocido antes! Cuntas veces se haban repetido esta
frase de los adlteros! Si se hubieran conocido antes, probablemente se
hubieran separado sin sentir el ms insignificante movimiento de
atraccin. El amor se alimenta principalmente de dificultades, le placen
los terrenos movedizos batidos por la borrasca. El de ellos no pudo
hallar tierra ms adecuada ni circunstancias ms favorables para su
germinacin.

Como se sospechaba en Lancia, el matrimonio de Amalia con D. Pedro fue
impuesto a aqulla por su familia, que agonizaba de hambre. D. Antonio
Sanchiz, padre de la dama, era un mayorazgo valenciano que haba
consumido con el juego y las mujeres las tres cuartas partes de su
hacienda. La cuarta que restaba se encarg de consumirla por los mismos
medios su hijo primognito, que haba heredado idnticos gustos. Amalia
era la ltima de los cinco hermanos, cuatro hembras y un varn. Su
hermana primera, a quien haban tocado an algunos rayos dbiles del
esplendor de la casa, logr casar ventajosamente con el hijo de un
banquero rico. Nada aprovech a su familia. Ni D. Antonio ni su hijo
Antoito pudieron ver el color de las monedas de su yerno y cuado
respectivamente. Las otras dos tambin casaron con jvenes distinguidos,
pero sin dinero. Amalia floreci enmedio de la total ruina de su casa.
Ni su figura graciosa y delicada, ni su clara estirpe le valieron para
llamar la atencin de los hombres. El conocido desastre de la casa y la
deplorable reputacin de su padre y hermano pusieron en torno de ella
una valla que ninguno se atreva a saltar. Bien lo ech de ver enseguida
y rehuy enamorarse de los que, por pasatiempo o galantera, la
festejaban. No era tipo acabado de belleza; faltbale gallarda en la
figura, amplitud de formas, color en las mejillas. Mas apesar de su
cuerpecito menudo y no del todo bien conformado, y de la palidez
constante de su rostro, posea especial atractivo, que cuantos la vean,
y an ms los que la trataban, se complacan en afirmar. Provena ste
principalmente de sus grandes ojos negros expresivos: el alma se asomaba
a ellos reflejando las ms leves y fugaces emociones; ora ardan con
fuego malicioso revelando la pasin recndita, insaciable, ora se
aquietaban extticos, lmpidos, en arrobo mstico; ahora brillaban
alegres y bulliciosos, enseguida melanclicos, tan pronto secos como
hmedos, tan pronto tiernos como iracundos. Provena tambin de su
movilidad, de la agudeza de su ingenio y del metal de su voz simptico e
insinuante. Era, en suma, una mujer graciosa e interesante.

No se sabe si por orgullo o porque realmente su temperamento ardiente y
borrascoso le solicitase a ello, mostrose desdeosa con los jvenes
ricos que galantemente la requebraban sin decidirse a pedir su mano, y
entreg el corazn a un muchacho humilde, a un escribientillo del
gobierno poltico con cuatro mil reales de sueldo, hijo de un maestro de
escuela. La sangre azul de los Sanchiz brinc de clera en las venas de
D. Antonio, de Antoito, de sus hermanas y hasta en las del banquero, su
cuado, que no la tena. Hubo de sufrir activa y feroz persecucin. Pero
como no le faltaban nimos y estaba dotada adems de un espritu
ingenioso y travieso, frtil en toda clase de diabluras, es lo cierto
que se burl de ellos largo tiempo, que de nada valieron los ruegos, las
amenazas, ni la temporada que la tuvieron recluida en un convento. Si el
escribiente no llega a morirse de una tisis que le concluy en pocos
meses, es casi seguro que la muy noble y necesitada casa de los Sanchiz
sufriera el baldn de emparentar con el hijo de un maestro de escuela.

Despus de esta aventura, Amalia qued bastante desprestigiada en la
poblacin. Pero ella bien saba que, aunque hubiera mantenido inclume
su prestigio, sera lo mismo. Los hombres no se casan por el prestigio,
sino por el dinero. No se le ocurri, pues, sentir remordimientos por lo
pasado. Vivi triste y resignada dos aos ms, mostrndose indiferente a
los placeres propios de su edad, sin hacer nada para granjearse la
voluntad de los jvenes y ganar un marido. Cuando ya iba cerca de los
veinticuatro abriles, y poda darse por perdida la esperanza de
matrimonio, fue cuando a D. Pedro Quiones, su to tercero o cuarto, se
le ocurri acordarse de ella. Resisti el casarse con aquel seor, que
slo haba visto de nia dos o tres veces, viudo haca poco tiempo, y
cuyas extravagancias conoca por orselas narrar entre carcajadas a su
padre y hermano, los mismos que ahora la apretaban para que le aceptase
por marido! No fue muy tenaz, sin embargo, en su resistencia. Estaba tan
desengaada, viva enmedio de un aburrimiento tan plomizo, de una
indiferencia tan soolienta, que as que vio a su padre colrico,
despus de haberla suplicado con vivas instancias, se dej arrancar el
s. Decan todos que aquel matrimonio era la salvacin de la familia. No
se meti a averiguar si era verdad o pura ilusin. Despus de casada
supo que todo lo que su padre pudo sacar de D. Pedro fue una exigua
pensin, con la cual a duras penas poda comer.

El noble vstago de los Quiones de Len se enamor perdidamente de
aquella estatua de hielo. En el viaje que hicieron desde Valencia a
Lancia, la esposa se mostr tan fra, tan circunspecta y tan corts al
mismo tiempo, que D. Pedro no os reclamar ninguno de sus derechos. En
Lancia, ya sabemos por la voz pblica, digna de creerse en este caso, lo
que pas.

La negativa persistente, los desprecios infinitos con que le regal por
mucho tiempo, lejos de enfriarle, encendieron ms su pasin. Era
Quiones, como ya sabemos, hombre fogoso, terco, de voluntad indomable.
Los obstculos le irritaban, llegaban a enloquecerle. Quiso vencer el
corazn de su esposa y no perdon medio para ello: la colm de
atenciones, mim sus gustos ms insignificantes, viviendo por varios
meses en perpetua congoja, en una verdadera fiebre de esperanzas, tan
pronto vivas como muertas. Nada hubiera logrado, sin embargo, sin la
astucia de su amigo el cannigo. Aquel aconsejado viaje por las
montaas, lleno de sustos y peripecias, le conquist, si no el amor de
su esposa, por lo menos sus favores.

En los dos primeros aos de matrimonio Amalia hizo una vida retrada,
sin salir apenas del churrigueresco palacio de la calle de Santa Luca.
Viva a solas con su aburrimiento, complacindose en hacerlo ms
insoportable, agitada por una clera sorda que amenazaba estallar a cada
instante: en la apariencia tranquila, aceptando gustosa su papel,
tratando con superioridad corts a los que se la acercaban. El
desgraciado accidente sobrevenido a su esposo distrajo un poco su hasto
e infundi en su corazn momentneo sentimiento de piedad. Durante
algn tiempo se crey llamada a desempear cerca de l los oficios de
hermana de la caridad, a cuidarle con afectado cario para hacerle menos
insoportable aquel terrible castigo. No tard mucho en fatigarse. Poco a
poco se fue aficionando a la tertulia que por las noches se formaba en
torno de su esposo, comenz a interesarse en las conversaciones de
poltica local y a intervenir en ella ms o menos directamente. D. Pedro
era el arbitro de la provincia mientras se hallaba en el poder el
partido moderado. Ahora, que estaba debajo, conservaba no obstante muy
alto prestigio y no poca influencia, en el temor de que no tardara en
ponerse encima. Para aumentar este prestigio y esta influencia y dar
mayor realce a la riqueza y podero de la casa, Amalia, que hall aqu
medio de distraerse, abri sus salones a la sociedad laciense, que hasta
entonces haba tenido siempre alejada; algunas visitas de cumplido y
nada ms. Dio conciertos, menude las reuniones de confianza, y de vez
en cuando, en ciertas solemnidades, organiz grandes bailes de etiqueta.
Con esto recobr su perdida energa, aquella graciosa y simptica
movilidad que la caracterizaba; volvi la sonrisa a sus ojos, la frase
aguda a sus labios. Nadie supo jams honrar con ms amabilidad y ms
gracia a sus tertulianos. Fue modelo de gentileza y cortesana. Se hizo
adorar de la juventud, a quien proporcion gratsimo recurso para matar
las interminables noches del invierno.

Fernanda Estrada-Rosa fue uno de los ms bellos ornamentos de sus
conciertos y saraos. En pos de ella vino el conde de Ons, su novio. El
conde era visita de la casa de Quiones, pero slo iba de tarde en
tarde, con motivo de algn cumpleaos, entrada de ao, etc. Sin embargo,
Quiones alimentaba por l profunda simpata. Bastaba que perteneciese a
la nobleza para que el linajudo hidalgo le juzgara superior en todos
conceptos a los dems seres de la poblacin. Amalia, que apenas le
conoca, comenz a observarle con viva curiosidad. Tanto se le haba
hablado de l, del cario y respeto que profesaba a su madre, de su
humor melanclico, de sus habilidades, de su piedad exagerada, que
deseaba tratarle con intimidad; quera penetrar en el alma de aquel
mancebo tan apuesto y tan inocente. No tard en convencerse de que el
amor an no haba prendido en ella. Observando con atencin sus
relaciones con Fernanda, percibi en ellas un dejo de frialdad que no
vena ciertamente de la rica heredera. Conoci que el conde se engaaba
a s mismo haciendo esfuerzos por quedar enamorado, y an ms por
aparecerlo. Tomaba sus amores como una obligacin honrosa que le
exigan sus aos y posicin. El joven ms principal de Lancia deba amar
a la nia ms rica y ms bella. Por otra parte, pareca como si quisiera
demostrar a la poblacin que no era un extravagante o un maniaco, como
alguna vez haba odo insinuar. Por eso se le vea cumpliendo
estrictamente los deberes del perfecto galn, paseando un par de horas
por la maana en la calle de Altavilla, donde viva su novia,
acompandola los domingos en el paseo, sentndose a su lado en la
tertulia de las seoritas de Mer o en la de Quiones, y bailando con
ella todos los rigodones en los saraos del Casino. Pero al mismo tiempo
Amalia echaba de ver que sus plticas eran fras, que el conde estaba
taciturno y distrado muchas veces, mientras ella, con visible inters,
haca el gasto de la conversacin y procuraba mantenerla viva.

Aquellos amores le fueron interesando cada vez ms: busc las
confidencias de ella y tambin las de l. Al poco tiempo su alma
ardiente, sagaz, voluntariosa, simpatiz con la de Luis, tmida,
infantil, llena de piedad y ternura. Ms maestra en el arte de hacerse
amar que la nia de Estrada-Rosa, logr pronto inspirar al conde
confianza y afecto; le envolvi en una malla espesa de confidencias, no
slo referentes a sus amores, sino de toda la vida. Le confes tan bien
como el ms hbil jesuita. Luis, seducido por tanto inters, le fue
abriendo su pecho dndole cuenta primero de sus costumbres, luego de los
actos de su vida pasada, por ltimo de sus sentimientos ms recnditos,
de aquellos que slo se confiesan a un hermano. A Amalia no le
sorprendan en la apariencia tales originales y morbosas psicologas;
las aceptaba como cosas naturales, daba su opinin acerca de ellas y se
autorizaba cariosamente el aconsejarle, reprenderle a veces, guiarle en
ciertos asuntos de la vida, cuyo complicado mecanismo ignoraba el conde
por Completo. Alentado por este juego habilsimo, se iba confiando cada
vez ms, se entregaba por completo, feliz con desembarazarse de tanto
pensamiento ridculo, con confesar aquella extraa y dolorosa timidez
que le atormentaba.

Amalia supo ahuyentar la suspicacia de Fernanda hacindose confidente y
protectora decidida de sus amores. Si mantena ratos largusimos de
conversacin particular y animada con el conde, no menos largos y
animados los gastaba con la chica. sta le agradeca profundamente
aquella proteccin, que se traduca en ocasiones buscadas por la dama
para que los novios pudieran verse y hablarse, para reconciliarlos
cuando estaban reidos, etc., etc. Mas sin que la inocente nia lo
sospechase, sin que el mismo conde se diese cuenta de ello, la dama
valenciana iba ganando a paso de carga el corazn de ste. Si en
juventud, en hermosura y gallarda era, sin disputa, inferior a la rica
heredera, la aventajaba mucho en la gracia expresiva del rostro, en el
atractivo de su conversacin y en la finura de su inteligencia. De
confidencia en confidencia, Luis lleg a mostrarle cul era el verdadero
estado de su corazn respecto a Fernanda. La astuta seora supo sacar
partido de tales confesiones para hacerle ver que lo que senta era slo
admiracin de aficionado a las obras bellas de la naturaleza, un deseo
vanidoso de hacerse amar por la joven ms linda y ms rica de la ciudad,
necesidad de distraer el aburrimiento, cualquier cosa, en suma, menos el
verdadero amor. ste se alimenta de tristezas negras, de alegras
inefables, de insomnios, de zozobras, de una agitacin dulce y amarga a
la vez que constantemente llevamos dentro del pecho. Luis se convenci
pronto. Pero ella encontraba su frialdad injustificada, no comprenda
cmo un hombre de tan buen gusto no haba logrado enamorarse
perdidamente, le rea, le embromaba, subiendo hasta las nubes las
cualidades de la gentil heredera.

Mientras esto deca con los labios, sus ojos pregonaban otra cosa.
Aquellas pupilas negras llenas de fuego e inteligencia se clavaban en l
con expresin unas veces lnguida, otras maliciosa, concluyendo por
fascinarle. Al mismo tiempo sus manos breves, delicadas, de aristcrata
aprovechaban cualquier coyuntura para rozar las suyas; al despedirse le
apretaban con tenacidad nerviosa. Si alguna vez se inclinaban ambos para
contemplar cualquier objeto y sus cabezas se tocaban, Amalia no separaba
la suya, dejaba que el conde aspirase la fragancia de ella largo rato
cual si tratase de envenenarle. Se preocupaba de sus trajes y le impona
sus gustos. No deba ponerse levita; el frac azul le sentaba
admirablemente. Por qu gastaba guantes oscuros? Le prohibi, riendo,
que se los pusiera ms. Para las corbatas confesaba que tena mucho
gusto, pero le sentaban mejor las de lazo que las chalinas. Por qu no
se encargaba a Madrid los sombreros? Los que llegaban a Lancia eran
todos rancios y ridculos. Y el conde obedeca gustoso sus
insinuaciones, se iba dejando dominar por el ascendiente de aquella
mujer tan dbil de cuerpo como fuerte de voluntad.

Una noche en que lleg a casa de Quiones cuando an no haba nadie, le
dijo la dama bruscamente:

--Quin le ha puesto a usted ese clavel en el ojal, Fernanda?

El conde, sonriendo ruborizado, hizo signo afirmativo.

--Pues que me dispense, pero tiene un color muy feo... Ver usted, voy a
ponerle otro ms bonito.

Y diciendo y haciendo, fue derecha a uno de los floreros del saln y,
despus de escoger algn tiempo, sac un magnfico clavel rojo. Volvi
adonde estaba el conde y con gran desenvoltura, con cierta afectacin
an, propia del que pretende mostrar su dominio, le arranc el clavel
que traa y le puso el nuevo. Sufri l esta sustitucin en silencio,
inquieto y sorprendido. Ella, fingiendo no advertir esta sorpresa, se
ech un poco hacia atrs y exclam con intencin:

--Ya lo creo que est mejor!

Hubo despus algunos instantes de silencio embarazoso. Ella se puso a
jugar con el clavel de Fernanda, azotndose las rodillas, mientras
lanzaba frecuentes miradas al conde, que permaneca confuso sin saber
qu decir ni dnde poner los ojos. Por ltimo, los de uno y otro se
encontraron y sonrieron. En los de ella ardi una chispa maliciosa, y
con ademn sbito y desdeoso arroj el clavel que tena en la mano
debajo de las sillas. El conde se puso repentinamente serio; sus
mejillas se colorearon. En aquel momento entr Manuel Antonio. La
conversacin se entabl alegre, indiferente. El conde guardaba, sin
embargo, un resto de turbacin. Cuando lleg Fernanda y con visible
disgusto, le pregunt por su clavel, se vio en grave aprieto, perdiose
en un laberinto de explicaciones. El chico de su jardinero, a quien fue
a dar un beso, se lo haba arrancado, luego en una maceta que haba
hallado en el gabinete de su madre haba tomado otro. Pero Amalia,
implacable, le puso poco despus en un conflicto preguntndole en voz
alta con sonrisa maliciosa:

--Quin le ha dado a usted ese clavel tan lindo, Fernanda?

--No, yo no--se apresur a responder sta.

Y el conde, otra vez turbado y rojo, volvi en voz alta a la explicacin
que acababa de dar en secreto. Aquella pequea traicin los at con nudo
ms fuerte, estableci entre ellos una relacin singular que el conde no
se atreva a definir en su pensamiento, medroso de resbalar en un
abismo. Sigui festejando con la misma asiduidad, quiz con alguna ms,
a la heredera de Estrada-Rosa, pero no poda hablar a la seora de
Quiones sin sentirse turbado; las miradas que se dirigan eran largas,
intencionadas; sus apretones de manos vivos, impregnados de cario.
Ambos disimulaban delante de Fernanda como si fuese ya la esposa
ultrajada. Y an no se haban dicho una palabra de amor! Pero Luis
estaba convencido de que faltaba a su novia, de que era un criminal
hacia D. Pedro, su amigo; no saba por qu ni cmo, pero lo senta all
dentro en el fondo de la conciencia. Sin embargo, reflexionaba algunas
veces que por su parte no haba dado un solo paso hacia el crimen, que
se vea enredado en aquellas extraas relaciones, en las cuales exista
amor; inteligencia, traicin, todo tcito, sin saber cmo haba sido.

Trascurri ms de un mes de esta suerte. Amalia no slo le hablaba de
amor con los ojos, pero le impona su voluntad, le haca ejecutar todos
sus caprichos, a veces le reprenda speramente. Anunciaba, por ejemplo,
que se iba a marchar: al volver los ojos se encontraba con los de Amalia
que le decan que se quedase, y se quedaba. Trataba de bailar con
Fernanda, y una mirada severa bastaba para retenerle. Un da anunci que
iba a pasar seis u ocho en sus posesiones de Ons: Amalia le hizo signo
negativo con la cabeza, y desisti de su viaje. Por qu? Con qu
derecho contrariaba sus determinaciones, se introduca en su vida y la
gobernaba? No lo saba, pero experimentaba sensacin gratsima al
obedecerla. Viva en una inquietud dulce, anhelante, esperando algo
hermoso, algo inefable que no quera formularse en su cerebro. Mientras,
ella con su eterna sonrisa misteriosa le observaba tranquilamente,
segura de conocer ese algo y de llegar a l cuando le viniera en
apetencia.

Una tarde del mes de Junio se hallaba el conde en la Granja
inspeccionando el trabajo de algunos obreros, que tena ocupados en
abrir una acequia ms ancha para el molino. El mozo encargado del ganado
vino a decirle que una seora preguntaba por l.

--Una seora?--exclam sorprendido.--No la conoces?

El criado le mir estpidamente, sin contestar. Cmo la haba de
conocer, l, que haba pasado la vida detrs del ganado, y slo iba a
Lancia algn da de mercado a comprar o vender una vaca? El conde se
hizo cargo de esto y pregunt enseguida:

--Es bajita?

--No es muy alta, no, seor.

--Ojos muy negros y vivos? color bajo? el andar muy suelto y
elegante?

Y antes de que el criado pudiera contestar a estas preguntas, que no
haba entendido, ech a correr en direccin a la casa con el corazn
palpitante, henchido de emocin por el presentimiento de que era _ella_.

--Dnde est?--grit sin dejar de correr.

--En la corrada, a la puerta del jardn--le contest tambin a gritos.

Lleg a la corrada sin respiracin. Antes de abrirla se detuvo un
instante, avergonzndose de su presuncin. Cmo haba llegado a
suponer... Pero por qu diablo se le haba metido en la cabeza?... Y,
sin embargo, no poda desecharla. Era _ella_, era _ella_; no le caba
duda alguna. Levant el pestillo de la gran puerta de madera pintada de
verde, y entr. La corrada era grande. Veanse arrimados a la pared
varios enseres de labranza. Debajo de un tendejn yacan algunos carros.
En una caseta de madera, toscamente labrada, estaba amarrado un enorme
mastn que quiso romper la cadena dando furiosos saltos por venir a
acariciarle. All en el otro extremo, cerca de la puerta enrejada que
comunicaba con el jardn, _la_ vio, en efecto, con la frente pegada a
las rejas, contemplando las flores. Estaba de espalda. Traa vestido
claro de rayas blancas y rojas y llevaba en la cabeza sombrerito de paja
con flores rojas tambin. Con la mano izquierda se apoyaba en una
sombrilla que haca juego con el traje y en la derecha apretaba unos
guantes de seda, Qu bien impresos le quedaron estos pormenores! Jams
en la vida se le borraron de la memoria.

--Usted por aqu?--le pregunt afectando una serenidad que estaba muy
lejos de sentir.--Quin haba de presumir que fuese usted la seora que
el criado me acaba de anunciar?

--De veras no lo ha presumido usted?--pregunt ella mirndole
fijamente.

--No, no, seora.

Y se puso colorado al decirlo. La dama sonri con benevolencia.

--Bien, enseme usted esas rosas de _malmaison_ de que me ha hablado.

El conde abri la puerta del jardn y ambos pasaron adentro. Era muy
grande, y estaba bastante descuidado. Desde que la condesa haba dejado
de venir a la Granja casi en absoluto, los criados apenas tocaban en l.
Luis era ms dado a hacer ensayos de nuevos cultivos, a criar ganado, a
desecar terrenos, que a las flores. As y todo, del tiempo en que su
madre vena todas las tardes y le atenda, existan all muchas plantas
de flores, grandes arbustos que con el tiempo y con aquel suelo feraz se
iban trasformando en rboles frondosos.

Mientras recorran caminos arenosos, de los cuales el csped se iba
apoderando por falta de limpieza, la condesa explicaba en voz alta cmo
haba llegado hasta all. Se le haba antojado dar un paseo hasta
Bellavista; pero al pasar por delante de la carreterita que conduca a
la Granja se acord de las dichosas rosas, y dio orden al cochero de que
siguiese por ella. No haba visto nunca la posesin. Aquella
frondosidad, aquel verde tan intenso la entusiasmaban. En su pas la
vegetacin era ms plida.

--Pero ms fragante... como las mujeres--dijo el conde con galantera.

La dama se volvi para dirigirle una sonrisa de gracias, y sigui loando
la belleza de los rododendros, de las azaleas, de las camelias
gigantescas que encontraban al paso.

Luego que vieron los rosales y que el conde le hizo elegir algunos para
mandrselos al da siguiente, tornaron por senderos distintos hacia la
puerta de entrada.

--Usted est seguro de que yo he venido nicamente a ver estos
rosales?--dijo Amalia parndose sbito y mirndole con fijeza.

Al conde le dio un vuelco el corazn y comenz a balbucir
lamentablemente:

--Yo no s... La verdad que esta visita... Me alegrara que los
rosales...

Pero la dama, compadecida, no le dej terminar.

--Pues, adems de los rosales, vengo a ver toda la finca, y
particularmente el bosque. Conque ya puede usted ir ensendomelo--dijo
agarrndose resueltamente a su brazo.

El conde volvi a experimentar nueva y violenta emocin, primero de
pena, despus, al sentir la mano de la dama en su brazo, de vivsimo
gozo. Y, turbado hasta lo profundo de su ser, fue mostrndole lo digno
de verse que tena la finca, las grandes y hermosas praderas, las
cuadras, la nueva maquinaria del molino, el bosque por ltimo. Ella le
observaba con el rabillo del ojo. A veces se dibujaba en su rostro una
levsima sonrisa burlona. Se enteraba de todo con inters, loaba los
trabajos que se haban llevado a cabo, propona otros nuevos. Y al ir y
venir soltaba el brazo unas veces, otras lo tomaba, despertando en el
alma del conde sensaciones diversas, pero todas vivas y anhelantes.
Cuando observaba que iba adquiriendo aplomo le disparaba repentinamente
alguna maliciosa insinuacin que de nuevo lo atortolaba, lo dejaba
confundido y ruborizado.

--Vamos, conde, a que cuando usted me vio dijo para dentro: Amalia est
enamorada de m: no pudo resistir al deseo de venir a visitarme.

--Amalia, por Dios!... Qu disparate est usted diciendo?... Cmo me
haba de atrever...

Pero la dama, como si no advirtiera su turbacin ni concediera
importancia a sus propias palabras, saltaba inmediatamente a otro
asunto. Pareca que tena gusto en sofocarle, en mantenerle agitado y
trmulo. Y en las miradas fugaces que de vez en cuando le lanzaba
reflejbase un sentimiento de superioridad, la benvola irona del que
est jugando a otro una burla que ha de terminar en bien. El conde
presenta algo grave debajo de aquella sonrisa enigmtica, comprenda
que estaba haciendo un papel desairado, que se estaban riendo de l y
haca esfuerzos heroicos para recobrar su sangre fra, sin conseguirlo.

El bosque admir y entusiasm a la dama por encima de todo. Era una masa
de robles aosos donde no penetraba jams un rayo de sol. El suelo
estaba limpio de abrojos, tapizado de csped que convidaba a reposar.
Ninguna otra finca de recreo de la provincia posea aquel regalo,
procedente quiz de la primitiva selva donde se haba fundado el
monasterio que dio origen a Lancia. Quiso descansar un instante debajo
de aquella bveda verde por donde la luz se cerna trabajosamente.
Reinaba una paz, un amable sosiego que impresionaba como el silencio y
la luz dormida de una, catedral gtica, pero con emocin ms dulce.
Apoy la espalda en un rbol y pase largo rato su mirada asombrada por
la espesura. El conde estaba en pie algo ms lejos. Ambos permanecieron
mudos largo rato. Por fin el caballero sinti, sin verlo, que los ojos
de la dama estaban posados sobre l. Resisti algunos momentos la
atraccin magntica de aquella mirada. Cuando al cabo volvi la suya vio
que en efecto le contemplaba de hito en hito con expresin risuea y
audaz que le hizo bajar la vista. Amalia solt una alegre carcajada. l,
sorprendido, confuso, algo irritado sintindose en ridculo, viendo que
las carcajadas no cesaban, le pregunt con sonrisa forzada:

--De qu se re usted, amiga ma?

--De nada, de nada--respondi llevndose el pauelo a la boca.--Llveme
usted a ver la casa.

Y se colg nuevamente de su brazo.

La casa era un grande y vetusto edificio de piedra amarillenta carcomida
por los aos, con dos torrecillas cuadradas a los lados. Todo en ella
estaba podrido o deteriorado. En la escalera faltaban rejas, lo mismo
que en los balcones, la bveda de las habitaciones descascarillada, los
tabiques resquebrajados, el tillado con agujeros, los cristales,
emplomados a la antigua usanza, tan llenos de polvo que apenas
consentan el ver al travs de ellos; las paredes sucias tambin y de
ellas colgados algunos cuadros oscuros, tan oscuros que no se conoca lo
que el pintor haba querido representar; las habitaciones, con pocos y
antiqusimos muebles maltratados por el uso de las generaciones
anteriores. Fueron recorrindolas todas. A Amalia le placa aquel
aspecto de remota antigedad. Cuntos seres habran habitado aquella
casa! Cunto se habra redo y llorado en aquellas vastsimas
estancias! Cada una tena su nombre. La una se llamaba _el cuarto del
cardenal_, porque en siglos pasados un cardenal de la familia se alojaba
all cuando vena a pasar una temporada a la Granja; otra, _el saln de
los retratos_, porque haba unos cuantos colgados; otra, _la sala
nueva_, aunque pareca tanto y an ms vieja que las dems. Todo aquello
representaba la vida ntima de una familia al travs de los siglos.

--ste es _el cuarto de la condesa_--dijo Luis al entrar con su amiga en
una pieza no muy grande, donde por debajo del polvo y los estragos del
tiempo se adverta mayor lujo en el decorado.

Era una estancia coquetona donde las generaciones haban ido dejando
testimonios ms o menos plausibles de su amor a la ornamentacin. Un
escritorio _pompadour_, algunas sillas _regencia_, varios retratos al
pastel; en el techo, pintados al leo, algunos amorcillos nadando en una
atmsfera, azul en otro tiempo.

--Es el cuarto de su mam?--pregunt Amalia.

--No--replic el conde riendo,--mam dorma en otro lado. Se llama as
desde tiempo inmemorial. Quiz alguna de mis abuelas lo haba elegido
para s. Aqu es donde yo duermo la siesta cuando me canso de andar por
el campo.

En uno de los ngulos haba una soberbia cama de roble tallado y
enteramente negro por los aos. Era una de esas camas del siglo XV que
vuelven locos a los anticuarios. Las colgaduras antiqusimas tambin.
Sobre los colchones estaba extendido un tapiz moderno de damasco.

--Aqu es donde usted se recoge para pensar ms libremente en m, no es
cierto?

El conde qued aturdido como si le hubiesen dado un golpe en la cabeza.

--Yo!... Amalia!... Cmo?

Pero sbito, haciendo un gesto de resolucin, exclam:

--S, s, Amalia, dice usted bien! Aqu pienso en usted como pienso en
todos los sitios adonde voy desde hace algn tiempo... Yo no s lo que
me pasa; vivo en un estado de constante zozobra, y esto, como usted me
deca hace pocos das, es una seal de amor verdadero. Estoy enamorado
de usted como un loco. Comprendo que es una atrocidad, que es un crimen,
pero no puedo remediarlo... Perdneme usted.

Y el caballero se dej caer de rodillas, como uno de sus nobles
antepasados de la Edad Media, a los pies de la dama.

sta se indign, al orle, terriblemente. Cmo? No se avergonzaba de
semejante confesin? No comprenda que dirigirle aquellas palabras
dentro de su casa era un insulto? Cmo poda suponer que ella las haba
de escuchar con paciencia? Mentira pareca que el conde de Ons, un
caballero tan cumplido, faltase de aquel modo a lo que deba a una dama
y a lo que se deba a s mismo!

El conde permaneci aterrado y de rodillas bajo tal granizada de
denuestos. Consideraba graves sus palabras; pero el enojo que producan
en la dama era mayor de lo que haba sospechado.

Amalia guard al fin silencio. Le contempl con ojos irritadsimos unos
instantes. Mas una sonrisa feliz y burlona comenz a dilatar su rostro
expresivo. Se acerc lenta y majestuosamente a l, le puso la mano en el
hombro e inclinndose para acercar la boca a su odo le dijo en voz
baja:

--Hace usted bien en no avergonzarse de nada de eso, porque yo, seor
conde, le quiero a usted tanto por lo menos como usted a m.

Quiso volverse loco. Pasado el susto, se abraz a sus rodillas
besndolas con frenes, se desbord en un mar de palabras apasionadas,
incoherentes, llenas de fuego y de verdad, mientras ella, tan breve, tan
diminuta, contemplaba aquel coloso rendido, con sus ojos misteriosos de
valenciana lucientes de amor y pasin.

Con este inmenso trabajo conquist el conde de Ons a la gentil seora
de D. Pedro Quiones de Len.

Los primeros tiempos de sus relaciones fueron agitadsimos para l,
llenos de punzantes remordimientos y de goces embriagadores. Amalia iba
de vez en cuando a la Granja. Por la noche en la tertulia daba cuenta de
su visita en voz alta. l se estremeca, se turbaba, sudaba de congoja
mientras con perfecta sangre fra narraba ella todo lo que se poda
narrar, hablaba del jardn, censuraba el abandono en que estaba y lo que
se diverta trayendo a cada visita algunas plantas con la intencin de
dejarlo arrasado, ya que a su dueo no le interesaba. Llevaba su audacia
hasta burlarse.

--Por supuesto que a este seor no hay quien le sufra desde que las
damas le visitan. No advierten ustedes qu impertinente se ha puesto?
Temiendo estoy que el primer da que vaya a la Granja me obligue a hacer
antesala.

Los tertulios rean. S, s, se le notaba ms serio. Fernanda sonrea
clavndole una mirada, cariosa; el mismo D. Pedro dulcificaba sus ojos,
altivos, feroces y dejaba escapar de su garganta un amago de carcajada.
Qu esfuerzo prodigioso le costaba al conde aparecer sereno en estos,
momentos! Le pareca que tena un abismo abierto a sus pies. Y cuando se
encontraba a solas con Amalia quejbase de su audacia, le rogaba con
palabras fervorosas que fuese ms precavida, mientras ella, impasible,
gozndose en sus temeridades, sonrea desdeosamente con su fina sonrisa
enigmtica.

No pudiendo verse sino rara vez en la Granja, Amalia hall medio de
hacer ms frecuentes las entrevistas confindose a Jacoba. En casa de
sta se encontraban una o dos veces a la semana. El conde entraba por
una puertecita trasera que daba a cierta calleja, a primera hora de la
tarde, cuando los vecinos estaban comiendo. Esperaba lo menos dos o tres
horas. Amalia llegaba por fin con pretexto de dar alguna orden a su
favorecida. Pero no bastndole esto, todava ide la entrada por la
tribuna de la iglesia de San Rafael. Al conde le horrorizaba tal medio;
todos sus escrpulos religiosos se sublevaban a la vez; adems tena
miedo de que un accidente casual descubriese aquellos amores y aquella
profanacin. Qu escndalo! Amalia se rea de sus temores como si las
consecuencias terribles no hubiera de pagarlas ella. Era una mujer que
tena confianza absoluta en su estrella. Como los buenos toreros se
juzgan ms seguros cindose a los cuernos del toro si no pierden la
sangre fra, as ella desafiaba el peligro, iba al encuentro de l
confiando en que sabra salir de cualquier atolladero. Y, en efecto, su
perfecta serenidad, su increble audacia la salvaron ms de una vez.

El conde de Ons, el coloso de luengas barbas fue un verdadero juguete
en las manos de aquella mujercita temeraria y maligna. Una pasin loca
se apoder de ambos, sobre todo de ella. Poco a poco se fue
acostumbrando a no vivir sin l, a no pasarse un da sin verle a solas.
Haca esfuerzos increbles de ingenio y habilidad para conseguirlo. Y
si las circunstancias rodaban de tal suerte que fuese imposible en tres
o cuatro das gozar una hora de soledad, su espritu voluntarioso se
exaltaba, botaba dentro del cuerpo como un corcel impaciente, y estaba
dispuesta a arrojarse a la mayor imprudencia. Le apretaba las manos, le
daba pellizcos en plena tertulia, le abrazaba detrs de las puertas
cuando con cualquier pretexto le haca pasar a otra habitacin, y ms de
una vez y ms de dos en las barbas del mismo maestrante, al volver ste
la cabeza, le estamp un beso en los labios. Luis temblaba, empalideca,
siempre en espera de una catstrofe.

Al cabo de pocos meses, sus relaciones con Fernanda, que haban ido
enfrindose paulatinamente, se rompieron por completo. Fue exigencia
ineludible de Amalia. Desde el principio lo vena preparando con
soberano arte, marcndole el tiempo que haba de estar al lado de su
novia, las veces que la haba de sacar al baile y hasta lo que le haba
de decir. Y como lo tena previsto, la heredera de Estrada-Rosa, que era
orgullosa, no pudiendo soportar la frialdad de su novio, le dej en
libertad y le devolvi su palabra. La pobre chica desahogaba su pena con
Amalia, la nica que saba a qu atenerse respecto a aquel rompimiento
tan comentado. Mostr sta gran enojo por la conducta del conde y se
expres en trminos bastante vivos contra l; tom parte por la joven,
deshacindose en elogios de ella; no se hartaba de ponderar sus ojos, su
talle, su discrecin y bondad. Hasta dio ostensiblemente algunos pasos
para reconciliarlos. Y en el seno de la confianza, particularmente entre
los amigos de D. Juan Estrada-Rosa, no se contentaba con decir que
Fernanda vala en todos sentidos ms que su ex-novio, sino que
apellidaba a ste con mil eptetos pesados; jayanote, pavo, santurrn,
hipcrita, etc. Y cuando al da siguiente le vea en casa de Jacoba,
decale abrazndole muerta de risa:

--Cmo te he puesto ayer, querido mo, delante de varios amigos de D.
Juan! T no sabes!... Saliste de mis labios que ni con pinzas se te
poda recoger.

Viva el conde, por todo esto, y por los remordimientos que sin cesar le
mordan, en un estado de perpetua agitacin. Cun lejos se hallaba de
ser feliz! Pero todo era flores comparado con lo que le esperaba. Cinco
meses despus de comenzadas sus relaciones, un da le anunci Amalia que
crea hallarse en cinta. Se lo dijo con la sonrisa en los labios, como
si le noticiase que le haba tocado la lotera. Luis sinti un vrtigo
de terror, qued plido, la vista se le turb como si fuese a caer.

--Dios mo, qu desgracia!--exclam llevndose las manos al rostro.

--Desgracia?--pregunt ella con asombro.--Por qu? Yo estoy muy
contenta.

Y viendo sus ojazos dilatados, estupefactos, le explic riendo que era
feliz con esperar una prenda de sus amores; que no tuviese miedo alguno
porque ella sabra arreglarse para que nada se descubriera. Y, en
efecto, tal maa se dio para apretarse que nadie pudo presumir que
aquella mujer tuviese una criatura en sus entraas. Qu sustos, qu
congojas las del conde mientras dur el embarazo! Si alguien la miraba
con insistencia, ya estaba temblando; si en el curso de la conversacin
un tertulio haca alusin a algn parto disimulado, se pona plido,
pensando que poda ser una indirecta. En todos los rostros crea ver
sonrisas y miradas significativas; en las palabras ms inocentes,
profundas y aviesas insinuaciones.

Mientras tanto ella coma y dorma tranquilamente con una alegra
constante que aterraba y admiraba al mismo tiempo al conde. El tiempo
corra: llegaron los siete meses; los ocho. Por mucho que lo disimulase,
el conde observaba que la cintura de su querida se ensanchaba. Cuando,
lleno de congoja, comunic con ella esta observacin, se ech a rer:

--Calla, tonto, lo notas t porque ya lo sabes. Quin va a sospechar
porque est un poquito ms abultada? Muchas veces le gusta a una llevar
flojo el cors.

Cuando lleg el momento crtico mostr una bravura que rayaba en
herosmo. Luis quera confiarse a un mdico: ella se opuso. Para qu?
Con la asistencia de Jacoba le bastaba. El confiar tal secreto a otra
persona era peligroso. Le acometieron los primeros sntomas al amanecer,
hallndose en la cama; pero hasta las ocho no mand llamar a Jacoba, que
con el pretexto de hacer unos colchones dorma desde haca algunos das
en casa. Se encerraron en el gabinete, donde ya tenan preparadas las
ropas necesarias, y sin un grito, sin un movimiento descompasado, sin la
ms leve queja, sali aquella valiente mujer de su cuidado. Jacoba sac
la criatura con el lo de la ropa, despus de haber mandado fuera con
adecuados pretextos a los criados.

El conde llor de gozo y admiracin al saber este feliz desenlace.
Luego, cuando recibi por Jacoba la orden de llevar la nia al portal de
Quiones, volvi a sentirse acongojado. El plan de su amante le llenaba
de estupor; pero como estaba acostumbrado a obedecer, hizo lo que le
mandaba. El resultado coron la audacia de la dama; fue tal como ella
haba previsto.

Y ahora, al contemplar a la criatura segura para siempre, no slo se
fortaleca su amor y se depuraba, sino que sentan el gozo de la
victoria, del que despus de haber corrido fuertes temporales llega por
fin a puerto de salvacin.

En voz muy baja, con las manos enlazadas, inclinando de vez en cuando la
cabeza para rozar con los labios la frente de la nia, hablaron largo
rato, mejor dicho, soaron despiertos, queriendo penetrar en los abismos
insondables del tiempo. Cul sera la suerte de aquella hermosa
criatura? Cmo se la educara? Amalia deca que conseguira educarla
como hija suya, hacerla una verdadera seorita; estaba segura de que D.
Pedro no se opondra a ello. Y como quiera que no tena hijos, nada ms
natural que habindola tomado cario la dejase a su muerte algn legado
importante. El conde hizo un gesto de desdn. La nia no necesitaba de
la hacienda de D. Pedro. l le dejara toda la suya.

--Pero t puedes casarte y tener hijos--dijo la dama mirndole
maliciosamente.

l la tap la boca.

--Calla, calla! Ya sabes que no quiero or eso siquiera. Estoy
definitivamente unido a t.

Ella le bes con efusin.

--Sellados, verdad?

--Sellados--repuso l con firmeza.

--Pero no te haces cargo de que si le dejas tus bienes en testamento,
enseguida nacera la sospecha de que era hija tuya?

Esta dificultad le abati por unos instantes. Ambos se ocuparon en
arbitrar algn medio para eludirla. El conde quera dejarlos en
fideicomiso a alguna persona de confianza. Pero esto ofreca tambin sus
inconvenientes. Mejor sera ir colocando dinero a su nombre en algn
banco, y al llegar a la mayor edad, fingir una herencia, inventar algn
padre llovido del cielo...

--En fin, ya hablaremos de eso... Djalo a mi cuidado--concluy diciendo
ella.

Y l se lo dejaba de muy buena gana, fiando de su imaginacin
inagotable, de su voluntad y su audacia.

Cuando se cansaron de hablar de lo porvenir volvieron los ojos al
presente. Era necesario bautizar la nia. Haban resuelto que fuese al
da siguiente.

--Ya hemos convenido en que la madrina fuese yo y el padrino t.

--Cmo? yo?--exclam asustado.--Pero, mujer, no comprendes que eso
puede engendrar sospechas?

La dama se obstin. Que s, que haba de ser padrino. Si sospechaban,
buen provecho. A ella le tena sin cuidado. Pero vindole realmente
afligido cambi de idea.

--No te apures, hombre, no te apures--dijo dndole un tironcito a la
barba.--Ha sido una broma. Buena cara ibas a poner cuando la tuvieses
en la pila! No te faltara ms que gritar: Seores, aqu! Vengan aqu
todos a ver al padre de esta criatura!

El padrino sera Quiones, y en su representacin D. Enrique Valero. La
madrina ella, representada por Mara Josefa. El conde se mostr muy
satisfecho. Todo aquello era hbil y prudente y adecuado para asegurar
la suerte de su hija. Pero cuando se manifestaba ms contento, un rumor
que vino del pasillo le hizo saltar en la butaca, ponerse lvido.

--Qu tienes, hombre?

--Ese ruido!...

--Es Jacoba...

Pero vindole dudoso, con los ojos espantados an, se levant, teniendo
la nia en los brazos, abri la puerta y cambi algunas palabras con
Jacoba que, en efecto, estaba all. Despus de entregarle la criatura y
cerrar, volvi de nuevo a sentarse.

--Cmo eres tan cobarde, di?

--No es cobarda--repuso l ruborizado.--Es que estoy siempre
sobresaltado... No s lo que me pasa... La conciencia quiz...

--Bah! Es que eres un cobarde. Como tienes el cuerpo tan grande se te
pasea el alma dentro de l.

Y acto continuo, observando la expresin de enojo y tristeza que se
reflejaba en su semblante, torn a abrazarle con trasportes de
entusiasmo.

--No, no eres cobarde; pero inocente s... Por eso te quiero, te quiero
ms que a mi vida. No es verdad que te quiere tu filleta? Soy tuya...
T eres mi nico amor. Yo no soy casada...

Y con caricias de gata mimosa le paseaba sus manos finas y plidas por
el rostro, estampaba en l menudos, infinitos besos, le anudaba los
brazos al cuello, se lo morda con leves y fugaces mordiscos de ratn. Y
al mismo tiempo, ella, tan grave y silenciosa en visita, haca fluir de
sus labios un chorro constante de palabritas melosas que le adormecan y
embriagaban. El fuego, que se adivinaba al travs de sus grandes ojos
misteriosos y traidores, brotaba ahora con vivas llamaradas. Era el goce
de la sensualidad el que se desprenda de su ser; pero era tambin el
deleite maligno del capricho cumplido, de la venganza y la traicin.

El conde de Ons se senta cada da ms subyugado. Las caricias de su
amada eran abrasadoras; pero los ojos guardaban siempre, en lo ms
hondo, un reflejo cruel de fiera domesticada. Senta amor y miedo al
mismo tiempo. Alguna vez su espritu supersticioso llegaba a imaginar si
un demonio tentador habra venido a alojar en el cuerpecito endeble de
aquella valenciana.

Despus de anunciar tres o cuatro veces que se marchaba, sin llevarlo a
cabo por impedrselo ella, vindose al cabo libre de sus brazos, se
levant de la butaca. La despedida fue larga como siempre. Amalia no le
soltaba hasta que le vea ebrio, intoxicado por la violencia de sus
caricias. Jacoba le esperaba en el corredor. Despus de conducirle por
ste y otros varios hasta la estancia donde se hallaba la escalerita
excusada que iba a la biblioteca, le hizo sea de que aguardase y baj
sola para cerciorarse de que no haba nadie en los pasillos. Torn a
subir para avisarle; el conde descendi, apagando cuanto poda el ruido
de sus botas. A la puerta del pasadizo la medianera le dej, despus de
abrirle la puerta. Bajose otra vez hasta tocar con las manos en el suelo
para no ser advertido de la gente que pasase por la calle, y en esta
forma atraves el pasadizo de la tribuna. Abri la puerta y entr. La
oscuridad le ceg. En cuanto dio algunos pasos sinti un golpe en la
espalda y oy una voz ronca que deca al mismo tiempo:

--Muere, infame!

Se hel en sus venas la sangre y dio un salto hacia atrs. Entre las
sombras espesas pudo distinguir un bulto ms negro an. Veloz como un
rayo se precipit sobre l, y lo hubiera aniquilado bajo su enorme
cuerpo si no sintiera una carcajada reprimida y al mismo tiempo la voz
de Amalia.

--Cuidado, Luis, que me vas a hacer dao!

La sorpresa le dej mudo unos instantes.

--Pero por dnde has venido?--dijo al cabo.

--Pues por la escalera principal. Me he echado este capuchn negro
encima y he bajado corriendo.

Y vindole fro y disgustado por aquella broma de mal gusto, se empin
sobre la punta de los pies, colgose rpidamente a su cuello y, despus
de apretar los labios larga y apasionadamente contra los suyos, le dijo
con acento zalamero:

--Ya saba que no eras cobarde... pero quera comprobarlo.




V

Las bromas de Paco Gmez.


Ahora bien, Granate no acababa de persuadirse a que Paco Gmez
procediese de buena fe. Su carcter jocoso, los terribles bromazos que
se le atribuan perjudicbanle en el nimo del indiano. No bastaba que
adoptase continente grave y mantuviese con l plticas largas acerca de
la alza o baja de las acciones del Banco, ni que le loase la casa por
encima de todas las fbricas modernas y le diese tiles consejos en el
juego del chap. De todos modos el gracioso de Lancia observaba all, en
el fondo de sus ojazos encarnizados de jabal, una nube de recelo que no
poda disipar. En este aprieto pidi auxilio a Manuel Antonio. Se le
haba metido en la cabeza una broma chistosa, y antes de renunciar a
ella consentira en cualquier alianza.

--Desengate, Santos--deca el marica, de acuerdo con Paco, paseando
cierta tarde por el Bomb con Granate,--t, como te has pasado ms de la
mitad de la vida detrs de un mostrador, no entiendes nada de estos
lances. No te dir que Fernanda est chalada por t, pero que anda en
camino de ello lo digo y lo sostengo aqu y en todas partes. Hace ya
tiempo que lo vengo notando. Las mujeres son caprichosas,
incomprensibles; hoy rechazan una cosa y maana la apetecen y estn
dispuestas a hacer cualquier disparate por lograrla. Fernanda comenz
rechazndote...

--Entodava! entodava!--manifest sordamente el indiano.

--Pura apariencia. Es una chica muy orgullosa y que no dar jams su
brazo a torcer. Pero por lo mismo que tiene mucho orgullo no se casar
ms que con el conde de Ons o contigo, los dos nicos partidos que hay
en Lancia para ella; el conde por la nobleza y t por el dinero. Luis es
un hombre muy raro; yo lo creo incapaz de casarse. Ella est convencida
ya de esto mismo. No le queda ms que t, y t sers al cabo el que se
coma la breva... Adems, por ms que otra cosa digan, a las mujeres les
gustan los hombres como t, robustos... porque t eres un roble,
chico--aadi volviendo hacia l la cabeza con admiracin.

Granate dej escapar un mugido corroborante. El marica le pas las manos
por el torso, como profundo conocedor de las formas masculinas.

--Qu musculatura, chico! Qu hombros!

--Con estos hombros que aqu ves--dijo el indiano con orgullo--se han
ganado muchos miles de pesos.

--Cmo? Cargando sacos?

--Sacos!--exclam Granate sonriendo con desprecio.--Eso es pa la
canalla. Cajas de azcar como vagones!

El Bomb estaba desierto en aquella hora. Era un paseo amplio en forma
de saln, recin construido en lo alto del famoso bosque de San
Francisco, desde donde se seoreaba todo. Este bosque de robles
corpulentos, aosos, retorcidos, algunos de los cuales pertenecan a la
selva primitiva donde se fund el monasterio que dio origen a Lancia,
serva de sitio de recreo y esparcimiento a la poblacin, hasta cuyas
primeras casas llegaba. Permaneci siempre en lamentable abandono; pero
la ltima corporacin municipal haba llevado a cabo en l magnas
reformas que le haban valido los aplausos de los espritus innovadores:
un paseo, algunos jardinillos alrededor y una calle enarenada entre los
rboles, que le pona en fcil comunicacin con la ciudad. Los das de
labor no paseaban por l ms que algunos clrigos con sus largos manteos
negros y enorme sombrero de teja, llevando algn seglar enmedio, dos o
tres pandillas de indianos disputando en voz alta sobre el precio de los
cambios o el valor de los solares de la calle de Mauregato, recin
abierta, y tal cual valetudinario, que vena a primera hora a tomar el
sol, y se retiraba tosiendo en cuanto senta la humedad de la tarde. Y
las damas?... Ah! Las damas lacienses saban perfectamente lo que se
deban a s mismas y estaban dotadas de un sentimiento harto delicado de
las leyes del buen tono para exhibirse en das que no fuesen feriados. Y
aun en stos no lo hacan sino tomando las debidas precauciones. Ninguna
dama de Lancia cometa la bajeza de presentarse en el Bomb los domingos
mientras no estuviesen paseando en l algunas otras de su categora.
Pero esto era de una dificultad insuperable, dada la unanimidad de
pareceres. De aqu que, aderezadas ya desde las tres de la tarde, con el
sombrero y los guantes puestos, aguardasen al pie de los balcones,
espindose las unas a las otras por detrs de los visillos. Ya pasan
las de Zamora. Ahora vienen las de Mateo. Slo entonces se
aventuraban a lanzarse a la calle y subir poco a poco y con la debida
majestad hasta el paseo, donde haca ya dos horas la banda municipal
ejecutaba diversas fantasas sobre motivos de _Ernani_ o _Nabuco_ para
recreo de las nieras y algunos apreciables albailes. Ni se crea, sin
embargo, que la sociedad distinguida de Lancia entraba as de golpe y
porrazo en el arenoso saln. Nada de eso. Antes de poner el pie en l
suban a otro paseto suplementario que haba poco ms arriba. Desde
all exploraban el terreno, observaban si alguna se haba atrevido.
Por fin, cuando las sombras comenzaban a espesarse ya en las copas de
los aosos robles, a la hora en que la niebla descenda de las montaas
apercibida a fijarse en las narices, en la garganta y en los bronquios
del honrado vecindario, todas las bellezas indgenas acudan casi en
tropel al espacioso paseo. Qu importaba un catarro, un reuma, ni
siquiera una pulmona, ante la deshonra de presentarse las primeras en
el Bomb! Ejemplo notable de fortaleza! Caso portentoso del poder que
en los pechos elevados ejerce el respeto de s mismo!

Esta exquisita conciencia de los deberes, que la naturaleza ha escrito
con caracteres indelebles en los corazones dignos, se revelaba an de
modo ms claro y conmovedor con ocasin de los bailes de confianza que
el Casino de Lancia daba cada quince das durante el invierno. Fcil es
de comprender que las dignsimas seoritas que con tal admirable
constancia luchaban un da y otro para no entrar en el paseo mientras
estuviese solitario, no iran a cometer la vileza de presentarse
primero que las otras en el saln del Casino. Mas como aqu no haba
paseo suplementario desde donde espiarse, ni era fcil por la noche
estar de espera en los balcones, aquellas ingeniossimas damas, tan
dignas como ingeniosas, hallaron un medio de dejar siempre a salvo su
honra. Poco despus de sonar las diez, hora en que daba comienzo el
baile, enviaban hacia all de descubierta, como caballera ligera, a sus
papas o hermanos. Entraban hacindose los distrados, se sentaban un
momento en las butacas, gastaban cuatro bromas con los pollos que all
aguardaban correctos, impacientes, con la luenga levita cerrada,
abrochndose los guantes los unos a los otros, y al poco rato se
retiraban disimuladamente para ir a noticiar a sus familias que an no
haba llegado nadie. Ah! Cuntas veces los pollos impacientes de la
levita cerrada aguardaron vanamente toda la noche la llegada de sus
hermosas parejas! Las bujas se iban gastando; la orquesta, que haba
tocado sin xito alguno dos o tres bailables, se desmoralizaba; los
msicos charlaban en voz alta o paseaban por el saln y hasta fumaban;
los hujieres y mozos bostezaban, tirndose unos a otros indirectas
referentes a las dulzuras del lecho. Por fin el presidente daba la orden
de apagar, y los pollos se retiraban a sus domicilios respectivos tan
mustios como correctos. Espectculo consolador el de aquellas heroicas
jvenes que, apesar de sus vivos deseos de ir al baile, preferan
permanecer en casa a quebrantar los principios fundamentales en que
descansa la dicha y el sosiego de la sociedad!

--All viene Paco con el Jubilado. Lo mismo te dirn que yo--profiri
Manuel Antonio ponindose la ebrnea mano sobre las cejas a guisa de
pantalla.

En efecto, all a lo lejos se columbraba la figura de Paco como una
percha coronada por un pepino. Todos los sombreros le entraban hasta las
orejas a causa de la inverosmil pequeez de la cabeza y su disposicin
excepcional. A su lado caminaba el Sr. Mateo con sus enormes bigotes
blancos y arrogante figura militar, aunque ya sabemos que era el hombre
ms civil que hubiese producido Lancia desde haca algunos siglos.

Granate dej escapar algunos gruidos destinados a probar el profundo
desprecio que aquellos dos personajes le inspiraban, el uno por su poca
formalidad, y el otro por no tener ni un mal cupn del tres por ciento.

--Vamos, queridos, hacedme el favor de convencer a este babieca de que
es un buen partido para cualquier muchacha, porque no quiere creerlo.

--Aprieta, pues si D. Santos no es partido con cinco o seis millones de
reales, no s yo quin lo ser!--exclam Mateo relamindose como padre
de cuatro nias casaderas que no acababan de casarse.

--Suba el can, D. Cristbal, suba el can!--dijo el indiano
echndole una mirada torva.

--Cmo? Tiene usted ms?... Me alegro... Yo hablo por lo que dice la
gente...

--Tengo quinientos mil pesos sin quitar un _lpiz_.

Los tres amigos cambiaron una mirada significativa. Manuel Antonio, no
pudiendo contener la risa, le abraz exclamando:

--Bien, Santos, bien! Eso del _lpiz_ me enternece.

Granate era el hombre de los disparates lingsticos. No tena
conocimiento de la forma verdadera de una gran parte de las palabras;
las modificaba de modo que resultaba muy cmico. Sin duda dependa de
falta de odo, dado que haca ya algunos aos que haba regresado de
Amrica y trataba con personas cultas. Sus brbaros atentados contra el
idioma eran proverbiales en Lancia.

--Pues nada, este infeliz se figura--prosigui el marica, sin hacer caso
de la mirada recelosa que le dirigi--que porque Fernanda Estrada-Rosa
gasta algunos remilgos no le gustan las peluconas como a todo hijo de
vecino... Tonto, tonto, ms que tonto! (y al decir esto le pegaba
palmaditas en el ancho y rojo cerviguillo). Si es hija de D. Juan
Estrada-Rosa, el mayor judo que hay en la provincia!

--Hombre, Fernanda ya es otra cosa--manifest el Jubilado, que no estaba
en el ajo--Es una chica muy rica y no necesita casarse por el dinero.

Pero los otros dos cayeron como fieras sobre l. Cuando se tiene dinero
se quiere ms. La ambicin es insaciable. Fernanda era muy orgullosa y
no pasara por que ninguna otra chica en Lancia pudiese ostentar tanto
lujo como ella. Si D. Santos elega esposa en la poblacin, le podra
hacer competencia desastrosa: era una mosca que no se quitara jams de
la nariz. El nico rival temible para D. Santos era el conde de Ons;
pero ste ya estaba descartado. Su carcter excntrico, su misticismo y
las extraas manas en que daba con frecuencia, haban concluido por
aburrir a la muchacha...

Con estos argumentos y un formidable pisotn de inteligencia que Paco le
dio, el Jubilado entr en razn y se puso de parte de ellos. Los tres
se esforzaron en convencer al indiano de que ni aqulla ni ninguna otra
joven podra resistir mucho tiempo si l se decida a estrechar el
bloqueo. Paco aluda adems de un modo vago y misterioso a cierto dato
que l posea, el cual demostraba hasta la evidencia que los desdenes de
la chica eran pura comedia, alardes de vanidad para hacerse valer. Pero
era un secreto; no poda revelarlo sin faltar a la amistad y
consideracin que deba a la persona que se lo haba comunicado.

Sin embargo, Granate no acababa de rendirse. Como un mastn a quien
rodean los chicos y tratan de congracirsele hacindole caricias,
echbales miradas recelosas y dejaba escapar de vez en cuando gruidos
dubitativos. Manuel Antonio agot el repertorio de sus argumentos
sutiles y femeninos, apoyados por sendos abrazos, palmaditas o
pellizcos. Estuvo elocuente y sobn hasta lo infinito. Paco le dejaba
decir y hacer echndole de travs miradas socarronas, convencido de que
Granate acoga siempre con desconfianza sus palabras. Pero a ltima hora
intervino para dar el golpe definitivo. Despus de hacerse rogar mucho
por sus dos auxiliares, y de suplicar encarecidamente y por los clavos
de Cristo que aquello permaneciese en secreto, sac al fin del bolsillo
una carta. Era de Fernanda a una amiga de Nieva. Explic primero de qu
modo casual haba venido a su poder, y despus ley en voz baja y con
aparato de misterio el siguiente prrafo: Lo que me dices de Luis no
tiene fundamento. No he vuelto ni volver a reanudar mis relaciones con
l por razones muy largas de explicar, algunas de las cuales ya conoces.
Lo de D. Santos, aunque por ahora no hay nada, lleva mejor camino. Es
viejo para m, pero me parece muy formal y carioso. Nada tendra de
particular que al fin cayera con l.

Granate atendi con extremada fijeza, abriendo de modo descomunal sus
ojazos. Cuando Paco termin la lectura dijo con voz profunda, como si
hablara consigo mismo:

--Esa carta es _ipcrifa_.

Volvieron los tres a mirarse haciendo lo posible por contener la risa.
Manuel Antonio aprovech la ocasin para darle un abrazo ms.

--Anda t, grosero, desconfiadote! Ensale la carta, Paco... T
conoces la letra de Fernanda?... No?... Pues yo s y aqu D. Cristbal
tambin, porque Emilita recibe a cada momento cartas de ella... T eres
demasiado modesto, Santos. Yo no te dir que seas un real mozo, pero
tienes cierta gracia y cierto aquel... vamos...

--Ya lo creo que lo tiene!--exclam Paco.--Bien puede usted fiarse de
Manuel Antonio, que es voto en la materia.

--Cualquiera puede distinguir, querido--profiri ste, picndose
repentinamente.--Teniendo ojos en la cara se sabe lo que es hermoso, lo
que es feo y lo que es mediano.

Y no quiso emplear ms saliva en secundar los planes de Paco. Dejaron,
pues, a Granate en paz, y el marica cambi de conversacin.

--Ah vienen sus amigos, D. Cristbal.

ste levant la cabeza y vio venir hacia ellos paseando ocho o diez
militares. Eran oficiales del batalln de Pontevedra, que, a su
despecho, haba llegado recientemente de guarnicin a la ciudad. Mateo
rechin un poco los dientes y buf repetidas veces para indicar todo lo
odioso que le era la fuerza armada. Despus exclam con irnico
retintn:

--Cmo me encantan los guerreros en tiempo de paz!

--Les tiene usted mucha mana, D. Cristbal. Los militares no dejan de
ser tiles.

--tiles!--exclam el Jubilado encrespndose.--Qu utilidad traen,
vamos a ver? En qu son tiles?

--Hombre, mantienen la paz.

--La guerra es lo que mantienen. Para librarnos de los ladrones basta la
guardia civil. Ellos son los que fomentan el malestar y la ruina de la
nacin. En cuanto ven las escalas paradas se sublevan en uno u otro
sentido, que eso es para ellos lo de menos, y vengan empleos y cruces
pensionadas!... Yo sostengo que mientras existan soldados no habr
tranquilidad en Espaa.

--Pero, D. Cristbal, y si una nacin extranjera nos atacase?

El Jubilado dej escapar una risita irnica y sacudi algunas veces la
cabeza antes de contestar.

--Pero ven ac, infeliz, la nica nacin que puede atacarnos por tierra
es Francia, y si Francia se decidiese a hacerlo, de qu nos serviran
todos esos oficialitos tan guapos y bien uniformados?

--Adems, los soldados son un bien para la poblacin por lo que
consumen. Los comercios ganan, las casas de huspedes lo mismo...

Manuel Antonio defenda a la milicia slo por or a Mateo y ponerle
fuera de s. Ahora se observaba un dejo de irona en sus palabras y
mayor deseo de exacerbarle.

--Eso es!... Ahora s que me has apabullado! Y de dnde viene ese
dinero que consumen, majadero?... De t y de m y del seor, de todos
los que pagamos algo al Estado en una u otra forma!... El resultado
final es que ellos consumen sin producir, que son un mal ejemplo en las
poblaciones, porque la ociosidad en que viven corrompe a los que ya son
un poco propensos a la vagancia... Sabes t cul es el gasto del
ejrcito? Pues entre los ministerios de Guerra y Marina consumen ms de
la mitad del presupuesto. Es decir que la administracin, la justicia,
la religin, los gastos que ocasionan nuestras relaciones con los dems
pases, las obras pblicas y el fomento de todos los intereses
materiales no cuestan tanto al contribuyente como esos caballeritos del
pantaln encarnado!... Que las dems naciones de Europa tienen un
ejrcito poderoso, bueno, y qu? All ellas. Las dems se pueden
permitir ese lujo porque tienen dinero. Pero nosotros somos unos
pobretes; no tenemos ms que fachada... Adems, en otros pases hay
complicaciones internacionales, de las cuales por fortuna estamos
libres. La Francia no nos atacar por miedo a la intervencin de las
potencias; pero si nos atacase, lo mismo nos conquistara con ejrcito
que sin l...

El Jubilado se repeta, manoteaba para dar nueva fuerza a sus
argumentos, echaba fuego por los ojos. Manuel Antonio le dejaba
irritarse con visible satisfaccin. En aquel momento pas cerca el grupo
de los oficiales, que dieron las buenas tardes cortsmente. Todos
contestaron menos D. Cristbal, que se hizo el distrado.

--Yo creo que est usted muy exagerado, don Cristbal. Qu tiene usted
que decir del capitn Nez, que acaba de pasar ahora? No es todo un
buen mozo y una persona atenta y fina?

--Con un azadn en la mano estara mucho mejor y sera ms til a su
pas--murmur sordamente el Jubilado.

--Pues no tiene usted ms que ponrselo en cuanto sea su yerno, porque,
segn cuentan, es novio de su hija Emilia--dijo el marica recalcando las
palabras con extremado gozo.

Paco y D. Santos rieron. D. Cristbal qued anonadado. Apenas pudo
mascullar trabajosamente:

--Quin hace caso de esas boberas!

Y no volvi a chistar. Aquella noticia le haba llegado a lo profundo
del corazn, le pona en la situacin ms difcil en que estuvo jams
hombre alguno. Los dems no dejaron de notar este silencio, y se hacan
guios y se dirigan sonrisas por detrs de su espalda.

Pero Paco tambin estaba preocupado. Cuando se le meta en la cabeza, en
aquella cabeza como un puo, mal amasada, un bromazo como el que tena
proyectado, andaba inquieto, afanoso, lo mismo que el poeta o el pintor
que tienen una obra entre manos. Despus de varios das de machacar por
l logr al fin, casi, casi, decidir al indiano. Se trataba nada menos
de que ste fuese a pedir con toda ceremonia a D. Juan Estrada-Rosa la
mano de su hija Fernanda. Segn Paco y los que le secundaban, era el
medio ms directo y ms adecuado de conseguirla. Todo lo dems, andarse
por las ramas. El da en que D. Juan viese que le entraban diez millones
por la casa andara de cabeza por convencer a su hija. Y ella misma no
les hara asco. Pues qu, no siendo con el conde de Ons, con quin
mejor poda casar que con un hombre tan rico, tan formal, tan sano y tan
_ilustrado_? Este ltimo epteto, proferido por Paco con grave
continente, estuvo a punto de echar a perder el asunto, porque no falt
quien sofocase a duras penas la carcajada. Granate quiso advertirlo,
mir a Paco con recelo y volvi a mostrarse desconfiado y reacio algunos
das.

Lleg un momento, sin embargo, en que el indiano crey en sus palabras.
Fue despus de haberle odo en el Casino desde una habitacin contigua
atacar duramente al conde de Ons. Aquel da se decidi a darle crdito
y convino con l la manera de llevar a cabo la peticin que le
aconsejaba. Paco opin que lo mejor sera no decir nada previamente a la
chica. As como los buenos generales, para asegurar la victoria, suelen
caer de improviso y con sigilo sobre el ejrcito enemigo, lo ms hbil
en este caso era entrar inopinadamente en la casa, llamar a don Juan a
una conferencia reservada y abordar de frente el negocio. Por el
banquero no haba cuidado: se pondra como unas pascuas. La chica
recibira gran sorpresa, pero esto mismo la aturdira y la pondra ms
blanda. Las cosas graves de la vida se deciden generalmente por una
corazonada. El que no se arriesga no pasa la mar. En resumen, que
Granate se entreg a discrecin y comenzaron los preparativos para la
gran solemnidad. Lo primero que se trat fue la hora. Qued resuelto que
fuese a las doce del da. El traje fue objeto de animadas plticas. Paco
opinaba que, para presentarse bajo un aspecto ms imponente, convendra
vestirse algn uniforme, por ejemplo, el de jefe honorario de
administracin civil. No era difcil conseguir el nombramiento
sacrificando un puado de oro; pero esto dilatara ms de un mes la
realizacin de la empresa. Se desech el uniforme y se convino en que
vistiese frac negro y llevase colgada la medalla de concejal. Fijose por
ltimo el da: result un lunes.

Desde mucho antes el traidor haba deslizado en la conversacin,
hablando con D. Juan Estrada-Rosa, la especie de que Granate se jactaba
de ser deseado y requerido por l para yerno. D. Juan, que era tambin
rico y tena su cacho de orgullo, y sobre todo adoraba a su hija y crea
que el da menos pensado vendra un duque de Madrid a pedrsela, se
irrit grandemente, le llam rstico, podenco, y jur que, antes de ver
a su hija casada con semejante cafre, preferira que se quedase soltera.

--Pues tenga cuidado, D. Juan--dijo Paco sonriendo
maliciosamente,--porque el da menos pensado se presenta en casa a
pedirle la mano de Fernanda.

--No lo har tal--respondi el banquero.--Demasiado sabe que le echara
por la escalera abajo.

Con estos antecedentes el terrible humorista de Lancia marchaba sobre
terreno seguro. Fuera de los tres o cuatro amigos que le ayudaron a
persuadir a D. Santos, a nadie dio parte de la intriga; pero el domingo
por la tarde, vspera del acontecimiento, lo mismo Manuel Antonio que
l, lo fueron pregonando por todos los grupos y citndose para el da
siguiente en el caf de Maran. En provincia, donde son escasos los
medios de divertirse, se toma muy por lo serio esta clase de bromas, se
preparan con fruicin, se paladean de antemano. La de Paco fue acogida
con vivo entusiasmo por la juventud laciense. La vctima no era un pobre
diablo, cmo sola acontecer, sino un ricachn. Esto le prestaba doble
atractivo. En el fondo de todos los corazones hay siempre unos granitos
de odio para el que tiene mucho dinero. Corri por el paseo la voz, y al
da siguiente se presentaron en el caf de Maran ms de cincuenta
mancebos.

Pero no se dieron a luz en tanto que no pas Granate. El caf estaba
situado en un piso principal (por aquel tiempo no se usaban los bajos
para este destino) de la calle de Altavilla, casi enfrente de la casa de
D. Juan Estrada-Rosa. sta era grande y suntuosa, aunque no tanto como
la que recientemente haba construido don Santos. La del caf, vieja y
de ruin apariencia. El local que ocupaban los parroquianos, una sala
donde estaba la mesa del billar y dos gabinetes a los lados con algunas
mesillas de madera para el consumo, todo sucio, lbrego, sobado. Cun
lejos an los tiempos de que se estableciese en uno de los bajos de
aquella misma calle el magnfico caf Britnico, con mesas de mrmol,
espejos colosales y columnas doradas como los ms elegantes de Madrid!

Espiando por detrs de los visillos aquella florida juventud, vida de
los goces estticos, vio pasar a Granate correctamente vestido,
balanceando su torso colosal sobre unas piernas que no lo merecan. Le
vieron entrar en casa de Estrada-Rosa y hasta oyeron el ruido del
picaporte. Nada ms. Inmediatamente se abrieron de par en par los
balcones del caf y se llenaron. Los que no tenan sitio se encaramaron
en sillas detrs de sus compaeros. Todos los ojos se clavaron en el
portal de enfrente. Esperaron cerca de un cuarto de hora.

Al cabo la fisonoma violcea de Granate apareci de nuevo. Daba miedo.
Aquella cara pareca ya un terciopelo como si estuviese ahorcado. Las
orejas tenan el color de la sangre. A su aparicin estall una salva de
toses y estornudos y gritos y aullidos. El indiano alz la cabeza y
pase su mirada atnita por aquella muchedumbre descompuesta que le
sonrea, sin comprender la razn. Tard poco, sin embargo, en darse
cuenta de que era vctima de un bromazo. Sus ojos se clavaron entonces
feroces en el concurso, y exclam con un desprecio que nada tena de
fingido:

--_Mndigos!_

Y se alej como un jabal perseguido por la jaura entre silbidos y
carcajadas, volviendo de vez en cuando la cabeza para escupirles el
mismo esdrjulo injurioso.




VI

Las seoritas de Mer.


En efecto, Emilita Mateo haba logrado hacerse amar de un capitn del
batalln de Pontevedra. Le haba costado muchos das de incesante
jugueteo, un nmero incalculable de miradas provocativas, de carcajadas
sin motivo, de caprichos infantiles, de gestos mimosos y enfados
pasajeros. Haba desplegado, en suma, todas sus bateras, mostrndose a
la vez cndida y maliciosa, dulce y arisca, reservada y charlatana,
grave y retozona como una loquilla, como nia ligera e insustancial,
pero adorable. Al fin Nez, el capitn Nez, no pudo resistir a tal
graciosa mezcla de inocencia y malicia, y se repleg primeramente, y no
tard luego en rendirse. Era un hombre de cara larga, bigote y perilla,
flaco, serio, bilioso, con los ojos mortecinos y fatigados, muy exacto
en el cumplimiento de sus deberes y aficionado a dar largos paseos. Esta
clase de hombres silenciosos y disciplinados son los ms sensibles a los
encantos de la alegra y la vivacidad. Emilita le hizo suyo llamndole
cazurro y dndole pellizcos por pcaro y burln; a l, a quien haba
que sacar las palabras con tirabuzn y en su vida haba gastado la ms
sencilla chanza!

Con este memorable suceso, la familia Mateo andaba bastante dislocada.
Jovita, Micaela y Socorro, hermanas legtimas de la afortunada doncella,
sentanse celosas y lisonjeadas a la vez. Entendan que la preferencia
de un oficial de infantera tan bizarro constitua un honor que
irradiaba sobre toda la familia y las colocaba en situacin ventajosa
frente a sus amigas o conocidas. Pero al mismo tiempo consideraban que,
siendo Emilita la ltima en edad, no le corresponda tener novio y mucho
menos casarse sino despus de sus hermanas. Eran prematuros en ella los
noviazgos, no contando ms que veinticuatro aos de edad. En cuanto a la
idea de que pudiera contraer matrimonio una criatura tan tierna y tan
informal, la misma sonrisa de sorpresa y desdn contraa los labios de
las tres hermanas mayores. As que, por ms que se desbarataban en
elogios del capitn delante de las amigas, haciendo resaltar sus prendas
fsicas, prestndole un corazn grande y heroico, certificando de su
riqueza como si se la administrasen y hablando vagamente de ciertas
influencias que le pondran ms tarde o ms temprano en la bocamanga los
entorchados de general, lo cierto es que no le perdonaban ni le
perdonaron jams su delito cronolgico.

Por otra parte, don Cristbal, padre de aquel ngel travieso y juguetn,
qued repentinamente en posicin tan falsa que quiso volverse loco.
Luchaba su amor de padre ruda batalla con el odio a la milicia.
Avergonzbale el consentir que una hija suya diese odos a un militar
despus de haberlos llamado l tantas veces haraganes, sanguijuelas, y
haber clamado tanto por la reduccin del contingente. Con qu cara se
presentara a sus amigos de all en adelante? Pas das bien terribles.
El aborrecimiento al ejrcito y a la marina se hallaba tan profundamente
arraigado en su corazn, que no poda extinguirse de pronto. Sin
embargo, le era forzoso confesar que la conducta nobilsima del capitn
Nez lo haba mermado poderosamente. El anhelo de casar a sus hijas
gozaba tanta vida en el fondo de su ser como el desprecio de la fuerza
armada. Cunto le pesaba de haber vociferado tanto contra sta! En su
tribulacin llegaba a deplorar que Nez perteneciese al arma de
infantera. Si fuese siquiera marino, disminuira la gravedad del
conflicto. Recordaba que en sus diatribas contra el ejercito hacia la
salvedad de que era necesario conservar algunos barcos para proteger las
colonias. Lo mismo poda decirse si perteneciese a la Guardia civil. En
cuanto a las dems fuerzas de tierra, no caba disculpa ni haba medio
de salir del aprieto.

En tan terribles circunstancias opt por encerrarse en casa. Cuando
alguna vez sala, andaba receloso y huido. Los amores de su hija se
fueron haciendo ms formales y cada vez ms pblicos. Tema las bromas.
El miedo le hizo claudicar, adoptando un proceder doble y falso, indigno
por completo de su carcter y antecedentes. Es decir que, mientras
pblicamente segua afectando desprecio hacia las fuerzas de tierra,
cuando hablaba con el novio de su hija o entre militares, lo haca con
agasajo, les preguntaba con inters por su carrera, lo mismo que si
prestasen servicios en cualquier oficina civil del Estado. Nadie
sospechara al orle enterarse tan minuciosamente del escalafn, de las
reservas y reemplazos, etc., que aquel hombre les tena jurado odio
eterno. Pero el Jubilado lleg con el tiempo a una distincin que nunca
se haba atrevido a proponer. Como militares no transiga con ellos,
los consideraba una verdadera plaga social... Ahora, como hombres,
bien podan ser dignos de estimacin, segn sus cualidades.

Los amores de Emilita haban nacido y crecido como otros muchos en casa
de las de Mer. Eran stas dos seoritas que pasaban de los ochenta y no
llegaban a los cien aos. De todos modos, a la entrada del siglo XIX
eran ya maduras. No tenan en Lancia familia alguna. Ninguno de los
vivos recordaba a su padre, que haba muerto cuando todava eran
mocitas. Estuvo empleado en el ramo de Hacienda. Es de suponer, dada su
remota antigedad, que sera percibidor de alcabalas o de otros pechos
ya extinguidos. Del siglo XVIII, al cual pertenecan, tenan aquellas
interesantes seoritas en primer lugar el traje. Jams pudieron entrar
por las modas del presente. Una saya de cbica negra muy escurrida con
plomos por debajo para que se escurriera todava ms, talle muy alto,
manga apretada con bullones, zapatito de tabinete descotado y un tocado
inverosmil de puro extravagante: as se presentaban en todas partes. La
mantilla que usaban no era de velo, sino de sarga con franja de
terciopelo, como las usan ahora solamente las artesanas. Llevaban bastn
para apoyarse. Conservaban adems la cortesa exquisita, la ligereza de
carcter, la pasin por la sociedad y una alegra inagotable,
maravillosa a sus aos. Lo que no haban trado consigo al siglo
presente era la libertad de costumbres y la malicia que, al decir de los
historiadores, caracterizaba la sociedad del pasado. Imposible imaginar
unas criaturas ms sencillas. Como si no hubiesen atravesado por la
vida, todo les sorprenda, en todo crean menos en el mal. As que, con
frecuencia, eran vctimas de las bromas de sus amigos y tertulianos, sin
que por eso dejase ninguno de profesarles entraable afecto. Desde
tiempo inmemorial tenan costumbre de recibir en su casa por la noche a
la juventud de Lancia, particularmente a los muchachos que se placan en
asistir por la grandsima libertad que all disfrutaban. Por acuerdo
tcito todos ellos las tuteaban. Y era en verdad peregrino el or a los
chicuelos de diez y ocho aos hablar con tal familiaridad a unas
viejecitas que pudieran ser sus bisabuelas. Carmelita para aqu, Nuncita
para all, porque la ms anciana se llamaba D. Carmen y la ms joven
D. Anunciacin.

Tres o cuatro generaciones haban pasado por aquella salita de la calle
del Carpio, modesta y aseada, con el pavimento de madera encerada,
sillas de paja, sof de damasco encarnado, cmoda de caoba atestada de
chirimbolos, espejo con marco de carey y diversos cuadritos al pastel
representando la historia de Romeo y Julieta. La tertulia de las de Mer
era la ms antigua de Lancia. Contra lo que acaece generalmente, estas
mujeres que no pudieron hallar marido tenan la mana de casar a todo el
mundo. El nmero de matrimonios que salieron acordados de aquella salita
es incalculable. En cuanto advertan que un muchacho se acercaba a
cualquier muchacha ms que a las otras, ya estaban nuestras seoritas
preparando los hilos para unirlos con lazo indisoluble; ya no consentan
que nadie se sentase en la silla que estaba al lado de Fulanita para que
cuando Menganito viniese la hallase aparejada y no tuviese ms que
sentarse. Y vengan a Fulanita elogios desmesurados de Menganito, y vayan
a Menganito relaciones minuciosas de los primores que Fulanita ejecuta
con la aguja y lo econmica y hacendosa que es y lo piadosa y lo limpia.
Y escpense ms adelante a casa de la mam de Fulanita para celebrar
conferencias largas, ntimas, trascendentales, y procuren enseguida
tropezarse con el pap de Menganito y desplieguen todas sus dotes
diplomticas para explorarle el corazn. Y por premio de estos sudores
reciban, al cabo, un cartuchito de dulces el da de la boda.

Pero todas las madres de nias casaderas las adoraban, no se hartaban de
bendecirlas y adularlas. Saludbanlas de media legua, y al salir de la
iglesia se apresuraban a ofrecerles el brazo para que se apoyaran. En
cambio, las que tenan algn hijo varn en edad de casarse solan
mirarlas con recelo y antipata, las llamaban por lo bajo chochas y
entremetidas. No hay necesidad de indicar, por lo tanto, que su pasin
casamentera les cost no pocos disgustos. Cuando algn lechuguino senta
brotar en su pecho la llama del amor, lo primero que haca era
mostrrsela a las de Mer.

--Carmelita, estoy enamorado.

--De quin, corazn, de quin?--preguntaba la anciana con vivo inters.

--De Rosario Calvo.

--Aj! Buen gusto ha tenido el picarn. No hay chica ms guapa ni mejor
educada. Habis nacido el uno para el otro.

Y por un rato el zagalillo tena el placer de escuchar el panegrico de
su adorada.

--Espero que me protegers.

--Todo lo que t quieras, mi alma.

Al cabo de pocos das, Rosario Calvo, que no haba puesto los pies en su
vida en casa de las de Mer, apareca por all y era tertuliana asidua.
Cmo se haban arreglado aqullas para atrarsela? No es fcil
averiguarlo, pero tantas veces haban llevado a trmino ya empresas
anlogas, que de seguro posean una receta simple y segura.

Encaribanse con sus amigos como si fuesen prximos deudos todos.
Contbanse de ellas rasgos de abnegacin que las honraba extremadamente.
Durante la furiosa reaccin del ao 1823, uno de sus tertulios, teniente
de caballera, se refugi, despus de cierta intentona abortada, en su
casa. Las seoritas le recibieron y le ocultaron algunos das, y al cabo
lograron que se evadiese disfrazado con el traje de un criado. Pero
teniendo noticia de que iba la polica a registrarles la casa, pensaron
con terror en el uniforme del teniente. Dnde guardarlo que no diesen
con l? Carmelita, en aquellos instantes crticos, tuvo un rasgo de
ingenio y bravura. Se visti el uniforme debajo de sus ropas de mujer.
Por cierto que este teniente se port con ellas con bastante ingratitud.
No tuvo en su vida diez minutos para escribirles una carta dndoles las
gracias.

No fue la nica que hubieron de sufrir por parte de sus tertulios.
Acostumbraban stos aprovecharse de su amabilidad cuanto podan;
recrebanse en su casa, gozaban de la compaa y conversacin de las
jvenes ms bellas de Lancia, concertaban algunos su matrimonio, y luego
que lo realizaban, o porque sus negocios o su edad les impedan asistir
a la tertulia, si te vi, no me acuerdo; apenas las saludaban en la
calle. Lo mismo puede decirse de las mamas, tan rendidas y aduladoras
antes de casar a sus hijas, y tan despegadas as que lo conseguan. Pero
tales flaquezas no alteraban el buen humor de aquellas benditas ni
destruan su optimismo. Como se estaban renovando sin cesar los
asistentes a su casa, olvidaban la ingratitud de los antiguos para
pensar tan slo en el aprecio que les tributaban los nuevos. Adems, en
sus corazones no caba rencor, ni siquiera hostilidad; las bromas no las
ofendan. Y cuidado que algunas eran bien pesadas! La que les dio Paco
Gmez en cierta ocasin hizo raya: an se cuenta con regocijo en Lancia.

No todas las noches de invierno iban damas a la tertulia. Generalmente
asistan los sbados y los mircoles. Pero haba un grupo de muchachos
que casi nunca dejaban de hacerles un rato de compaa a primera hora,
aunque despus se marchasen a otras casas. Uno de ellos era Paco Gmez.
En estas noches de soledad se formaba generalmente un partido de
_brisca_. Paco iba de compaero con Nuncita y el capitn Nez, o Jaime
Moro, o cualquier otro muchacho con Carmelita. Paco una noche se doli
de que las seas que se hacan durante el juego fuesen tan vulgares y
conocidas: era imposible hacerlas pasar inadvertidas para los
contrarios. Entonces, de acuerdo con el otro, propuso cambiarlas. l
enseara unas a Nuncita, y el contrario otras a Carmelita. Las nuevas
seas fueron todas ademanes obscenos, de esos que no se ven ms que en
las tabernas y lupanares. Aquellas inocentes mujeres las aceptaron sin
saber lo que hacan y se sirvieron de ellas con la mayor desenvoltura.
As que pasaron algunos das, y estaban perfectamente avezadas a
usarlas, Paco invit una noche a muchos de los tertulios a presenciar el
juego. Result una escena de cmico subido. Cada vez que cualquiera de
las dos seoritas haca una sea, haba una explosin de alegra. Pues
bien, apesar de lo brutal y desvergonzado de la broma, las bondadosas
seoritas, en vez de ponerle de patas en la calle y cerrarle la puerta
para siempre, se contentaron al saberlo con hacerse cruces de sorpresa y
rerse como los dems.

--Santo Cristo bendito de Rodillero, quin lo dira! Tantos pecados
como hemos cometido sin saberlo!

--Pues yo no los confieso--exclam Nuncita con resolucin.

--Los confesars, Nia--expres gravemente la primera.

--Que no.

--Nia!

--Que no quiero.

--Silencio, Nia! Los confesars y tres ms. Maana mismo te llevar a
Fray Diego.

Nuncita protest todava sordamente, como una chica mimosa, hasta que
las miradas severas de su Hermana mayor la hicieron callar. Pero todava
estuvo buen rato enfurruada. A veces, sin saber por qu, se mostraba
dscola y rebelde en sumo grado. Necesitaba Carmelita hacer gala de toda
su autoridad para someterla. Mas, ordinariamente no suceda as. Aunque
no le llevase ms de tres o cuatro aos, Nuncita, por la costumbre
adquirida, por debilidad de carcter, o por ventura porque no le
disgustaba aparecer ms joven en presencia de la gente, reconoca la
jefatura de su hermana y la obedeca con una sumisin que envidiaran
las madres para sus hijas. Pocas veces tena necesidad de reprenderla,
pero cuando lo haca, Nuncita bajaba la cabeza y al poco rato se la vea
llevarse el pauelo a los ojos y salir de la sala, mientras Carmelita
segua sus movimientos con mirada fija, sacudiendo al mismo tiempo la
cabeza severamente. Poco faltaba para que la castigase dejndola sin
postre o mandndola a la cama. Por tales razones y porque Carmelita as
la llamase con frecuencia, D. Nuncia, que pasaba algo de los ochenta,
era conocida en Lancia por el sobrenombre de la Nia.

En los amores de Emilita Mateo se portaron ambas hermanas heroicamente.
El capitn Nez fue bloqueado en toda regla. Por espacio de un mes lo
menos, y hasta que le vieron bien encarrilado, ni una silla le dejaron
libre ms que la que estaba prxima a la ms joven de las chicas de D.
Cristbal. En el juego de la lotera, al cual se entregaba con pasin
desordenada aquella sociedad, Nuncita se encargaba, sin que nadie se lo
pidiese, de buscarles cartones que fuesen combinados. Cuando se referan
al oficial de Pontevedra y a Emilita hablaban como de una sola persona.
Tan unidos y compactos los apreciaban ya.

Servicios a tal extremo importantes los pagaba el Jubilado con una
gratitud que le rebosaba del alma y le sala por los ojos. De buena gana
se prosternara ante ellas y les besara la orla del vestido de cbica.
Pero su dignidad y aquella larga serie de diatribas contra el ejrcito
que llevaba colgadas a los pies como grilletes, le impedan estas y
otras manifestaciones. Ni siquiera tena el consuelo de poder mostrarse
alegre cuando aquel pundonoroso militar acompaaba a su nia en el
paseo. Pero ya se sabe que las seoritas se preocupaban muy poco de la
gratitud de sus tertulios. Los casaban por vocacin irresistible de su
espritu, por una necesidad de su organismo, como teje la araa la tela
y cantan los pjaros en el bosque. Una vez enlazados por el vnculo
matrimonial, los tertulios, lo mismo hombres que mujeres, perdan todo
su atractivo para las seoritas de Mer. Su atencin se concentraba
inmediatamente en los nuevos pollastres que venan piando a cobijarse
bajo sus alas protectoras.

Quien les caus una serie de decepciones y amarguras, que a poco dan con
ellas en el sepulcro, fue el conde de Ons. En su vida haban tropezado
con un hombre ms incomprensible. Lo que las pobres sudaron para
meterle en vereda, en la florida vereda de Himeneo! Pero aquel diablo se
les resbalaba por entre los dedos como una anguila. Mostrbase durante
algunas noches tierno y amartelado con Fernanda; no se apartaba de ella
el canto de un duro. Las miradas de las dos hermanas se posaban sobre
ellos con visible enternecimiento; procuraban con ahnco que nadie fuese
a interrumpirles; poco les faltaba para mandar a los dems que bajasen
la voz a fin de que no les molestase el ruido. Pues bien,
repentinamente, cuando menos poda pensarse, el conde cometa el absurdo
de alzarse distradamente de la silla, bostezar y marcharse a hacer
solitarios a un rincn de la mesa. Por su parte Fernanda caa en
idnticas flaquezas, ponindose a charlar animadamente con el chico del
regente de la audiencia sin dirigir una mirada a su novio. Carmelita y
Nuncita quedaban aterradas cuando esto suceda, se iban a la cama, presa
de la mayor consternacin.

Despus del rompimiento definitivo, y cuando al cabo se convencieron de
que la ventura de realizar tan sublime matrimonio no estaba reservada
para ellas, humillaron un poco su ambicin y prestaron auxilio a
Granate, que haca mucho tiempo lo demandaba con instancia. Tambin por
este lado la suerte impa les hiri cruelmente. Fernanda rechazaba con
irritacin cualquier palabra suasoria que le dirigiesen en favor del
indiano. Si observaba que las seoritas tenan dispuestas las sillas de
modo que resultase aqul sentndose a su lado, en un instante destrua
su combinacin yndose con ademn displicente al extremo opuesto. Al
formarse las partidas de _brisca_ o de _tute_ no consenta que se lo
diesen por compaero so pena de renunciar al juego. En fin, que estaba
tan alerta y sobre s que era imposible atacarla por ningn lado. No
obstante, las de Mer persistan en su proyecto y trabajaban por
llevarlo a cabo con paciencia; que es la garanta ms segura para dar
cima a las grandes empresas.

Algunos das despus de la guasa de Paco Gmez se hallaban en la famosa
tertulia, a ms de tres o cuatro pollastres, el mismo Paco, Manuel
Antonio, D. Santos, el capitn Nez, D. Cristbal, Fernanda, Mara
Josefa Hevia y dos de las chicas de Mateo. No se pensaba todava en
jugar. Todos estaban sentados menos Paco, que daba vueltas por la sala
contndoles la broma que haba dado la otra noche en el teatro a Mann,
el mayordomo de Quiones. Desde que ste haba quedado paraltico, su
famoso acompaante andaba sin sombra por la ciudad. Mas, por la gran
confianza que su amo le otorgaba, los tertulios de D. Pedro le guardaban
consideraciones, y apesar de la rusticidad de su trato y del traje
campestre que llevaba, cuando le tropezaban en la calle le abrazaban
familiarmente, le convidaban a entrar en el caf y a veces le llevaban
al teatro. Mann para aqu, para all: el grosero aldeano se haba hecho
famoso no slo en Lancia, sino en toda la provincia. Aquel calzn corto,
aquella media blanca de lana con ligas de color, chaqueta de bayeta
verde y sombrero calas, le daban un aspecto original en la ciudad,
donde por milagro se vea ya un hombre con este arreo. Era una de las
cosas que ms sorprendan a los forasteros, sobre todo vindole alternar
en cierto pie de igualdad con los seores de la poblacin. No slo por
respeto al maestrante, sino porque les haca mucha gracia las salidas
brutales de Mann, stos se perecan por llevarle en su compaa.
Adems, Mann era un clebre cazador de osos, con los cuales se deca
que haba luchado algunas veces cuerpo a cuerpo. Los aficionados a tal
clase de ejercicio le profesaban por esto respeto y simpata. Sin
embargo, los enemigos que el mayordomo tena all en su aldea
aseguraban, riendo sarcsticamente, que lo de los osos era una farsa,
que en su vida los haba visto, cuanto ms luchar con ellos. Aadan que
Mann haba sido siempre un zampatortas hasta que D. Pedro haba tenido
el capricho de sacarle de la oscuridad. La imparcialidad nos obliga a
estampar esta opinin, que desde luego suponemos infundada. Hay que
confesar, no obstante, que la conducta de Mann, ofreciendo repetidas
veces a sus amigos llevarles a cazar el oso, sin que jams cumpliera la
promesa, la prestaba cierta verosimilitud. Pero el profesar respeto a la
salud e integridad de los osos de su pas es acaso motivo suficiente
para arrojar a un hombre a la cara el calificativo de zampatortas? Nadie
osar afirmarlo. Ms lgico es suponer que el clebre Mann era, como
todos los hombres que logran sobreponerse a la multitud, vctima de las
asechanzas de la envidia.

Refera Paco, con el desenfado procaz que le caracterizaba y del que no
prescinda ni aun hallndose entre damas, cmo haba llevado a Mann al
palco proscenio que con otros amigos tena abonado en el teatro. El
mayordomo no haba visto jams bailarinas. Al presentarse stas en
escena le hizo creer que traan las piernas desnudas. Mann qued
escandalizado, fijando en ellas sus ojos, donde se pintaba el asombro y
la indignacin. Pues an no has visto lo mejor; aguarda, aguarda un
poco! Al comenzar la orquesta a tocar, las bailarinas hacen chasquear
los palillos, y dando una vuelta levantan todas la pierna a la altura de
la cabeza. Sollo! exclama el pobre tapndose la cara con las manos.
Dios sabe lo que pens que iba a ver!

Paco narraba el lance con naturalidad, paseando de un cabo de la sala,
la cabeza baja y las manos metidas en los bolsillos del pantaln. Las
jvenes tertulianas se creyeron en el caso de ruborizarse. Todos rean
menos Granate, que an tena en el corazn la broma del da pasado.
Desde su rincn, donde estaba como un oso aletargado, dirigale miradas
torvas, agresivas. Qu haba pasado en casa de Estrada-Rosa cuando el
indiano fue a ella en demanda de la mano de la seorita? Ni a D. Juan ni
a su hija se les pudo sacar una palabra; pero cierta doncellita enter a
todo el mundo de que D. Juan haba rehusado en trminos desdeosos, que
Granate hizo ostentacin de sus millones y aun se autoriz el manifestar
que Fernanda no encontrara un matrimonio ms ventajoso. Entonces D.
Juan se incomod, le llamo zngano y lo despidi con cajas destempladas.
Paco, cada vez que sorprenda una de aquellas miradas furibundas,
sonrea y haca guios a Manuel Antonio.

--Oye, Carmela--dijo parndose frente a un cuadrito pintado al
leo,--dnde habis comprado este San Juan?

--Jess! seor--exclam Carmelita,--no es un San Juan, que es un
Salvador, mralo cmo se re el pobrecito!

--Ah! es un Salvador. En qu se distinguen?

Las seoritas de Mer, al escuchar tal pregunta, quisieron volverse
locas de alegra. Se les caan las lgrimas de risa.

--Ay, qu Paquito! Ay, qu corazn!... No distingue un San Juan de un
Salvador!

Y re y que te re. Haca muchos aos que no haban odo nada tan
gracioso. Cuando hubieron sosegado un poco y se limpiaron las lgrimas y
se sonaron estrepitosamente con un pauelo de hierbas, Paco, que gozaba
vindolas tan alegres, les pregunt:

--Pero vamos, cundo lo habis comprado, el Salvador, que yo no lo he
visto hasta ahora?

--Estaba en el cuarto de Nuncia, mi alma; pero all no estaba bien,
porque tropezaba la cama en l, y lo hemos trado.

--Se lo regal a Carmela, cuando viva pap, un pintor de Madrid que
pas aqu unos das--dijo Nuncita.

--Eras t joven?--pregunt gravemente Paco dirigindose a Carmelita.

--S, muy jovencita.

--El pintor tena fama?

--Mucha.

--Entonces ya s quin era, Murillo.

--No; me parece que no se llamaba as.

--Entonces sera Velzquez.

--Ese nombre ya me suena ms. Era hombre mozo, muy corts y muy galn,
verdad, Nuncia?... A t me parece que te hizo algunas carantoas...

Nuncita baj los ojos ruborizada.

--Quin se acuerda de eso ya?

--Era muy enamoradizo--prosigui Carmelita;--pero al mismo tiempo bien
criado y bien entendido...

--Enamoradizo dijiste? Justo, no puede ser otro que Velzquez.

--No se llamaba Velzquez; se llamaba Gonzlez--apunt tmidamente
Nuncita.

Y despus de decirlo volvi a ruborizarse.

--Eso es, Gonzlez!--exclam su hermana haciendo memoria.

--Bueno, es igual, sera un contemporneo suyo, de la buena raza de
pintores del siglo XVII--manifest Paco sin turbarse por las carcajadas
de los tertulios, que se espantaban de la inocencia de aquellas pobres
mujeres.

--Conque te ha hecho la corte a ti, Nia?--prosigui cogiendo con dos
dedos cariosamente la barba de Nuncita.--Me parece que t debiste de
haber sido muy torerita, verdad, Carmela?

--Fue un poco tentada de la risa.

--Carmela, por Dios, que estos seores van a creer que he sido una
coqueta!--exclam con angustia la Nia.

--No creeran ms que la verdad, chica--dijo Paco.--Ya no te acuerdas
que has dado odos a un procurador eclesistico llamado don Mximo, y
despus que ste se iba de tu casa hablabas con el teniente Paniagua por
el balcn?

Nuncita sonri con enternecimiento al recuerdo de aquellos tiempos, y
repuso bajando los ojos con graciosa timidez:

--D. Mximo vena a casa todos los das, pero nunca me requiri de
amores.

--Qu amores ni qu calabazas!--exclam Paco.--Di t que quien te
gustaba de verdad era el teniente, y concluirs ms pronto.

--Conque ha estado usted enamorada de un militar?--pregunt con
graciosa volubilidad Emilita, dirigiendo al mismo tiempo una mirada
provocativa a Nez.--Pues ha tenido usted bien mal gusto.

El Jubilado se puso repentinamente serio y se le erizaron los bigotes de
terror ante aquella salida de su hija; pero se tranquiliz
inmediatamente al observar que el capitn, en vez de darse por ofendido,
la pagaba con una sonrisa amorosa y lo echaba a broma como todos los
dems.

--No es ella sola la que ha tenido ese mal gusto--expres con marcada
intencin Carmelita, muy alegre de haber encontrado aquel rasgo de
ingenio.

--Y quin era ese teniente?... Algn trasto... cmo si lo
viera!...--torn a preguntar Emilita con la misma adorable ligereza.

--Alto, alto, Emilia!--manifest Paco.--Paniagua era teniente de los
tercios de Flandes y muy bizarro.

--No, corazn, no--se apresur a rectificar Nuncita,--que era de la
guardia real.

--No era arcabucero?

--No, mi alma; de la guardia real te digo.

D. Cristbal disimulaba la risa con un flujo de tos. Manuel Antonio y
los pollastres rean descaradamente.

--Paniagua era hombre muy notable--prosigui Paco.--Posea esa decisin
que tan bien sienta a los militares. El mismo da que lleg vio a Nuncia
por la maana al balcn. Por la tarde le entreg en el prtico de San
Rafael, al salir de la novena, un billete de declaracin, que empezaba:
Seorita: Entre confuso y medroso, y dudando si en gracia de lo rendido
me perdonar usted lo osado, confieso que mi nico delito consiste en
amar a usted...

--Qu picarn! cmo lo recuerda!--exclam Nuncita, enternecida de
verdad.

Lo cierto era que Paco, a quien la Nia, despus de muy rogada, haba
mostrado las cartas que conservaba de Paniagua, se haba aprendido de
memoria aquel originalsimo documento y lo recitaba en todas partes para
regocijo de sus amigos.

--Eso se llama un hombre resuelto. As se manifiesta el carcter de la
persona. Qu diferencia de los militares de hoy, que antes de
declararse a una muchacha la pasean un ao la calle y luego tardan otro
en decir: Nia, cundo nos vamos a la vicara?

Pronunci estas palabras mirando al rincn donde estaban Emilita y el
capitn. ste recogi la alusin y se puso serio. La chica se hizo la
distrada, pero agradeciendo mucho a Paco en el fondo de su corazn el
capote, mientras el Jubilado se atusaba el bigote con mano temblorosa,
temiendo que Nez se enfadara, pero alegre al mismo tiempo por la
esperanza de que estos capotazos oportunos le sacaran de su atona.

Cansados de platicar, los pollastres propusieron jugar un ratito a las
prendas. Es un juego donde los hombres de criterio siempre pescan algo.
Fernanda consinti en que Granate se sentase a su lado. Los guios de
Paco, que haba sorprendido, le haban hecho mal efecto. Era una
criatura muy orgullosa, pero en la cual se hallaba arraigado el
sentimiento de justicia. No poda sufrir que se burlasen en su
presencia de nadie, aunque fuese del ser ms nfimo y despreciable.
Poda decirse que el sentimiento de la dignidad, que era en ella tan
delicado y vidrioso, la haca sentir las heridas causadas en la de los
otros con ms viveza. Aunque aborreca a Granate, la molestaba que se le
mortificase en su presencia, sobre todo si era por su causa; sin
perjuicio, por supuesto, de que ella le diese a cada momento
descomunales desaires; pero entenda, y no le faltaba razn, que los
desdenes de la mujer que se ama, si causan dolor, no resqueman como las
burlas. El indiano, que se vio tan honrado, no caba en s de gozo, y
comenz con voluntad excesiva y la ordinariez que le caracterizaba a
prodigarle mil atenciones. Fernanda las recibi con semblante grave,
pero sin repugnancia.

Y vino, como es natural, aquello de las tres veces s y tres veces no,
el contentar a todos los presentes, un favor y un disfavor, etc.,
etc. La sociedad se recreaba con lo que se haban recreado sus padres y
sus abuelos, y con lo que pensaban que se recrearan sus hijos.
Inocentes! Haba all un espritu, sin embargo, que no mereca este
calificativo. Paco Gmez jugaba con una condescendencia displicente,
como hombre que se adelantaba mucho a su poca, cometiendo mil torpezas
y desaciertos que demostraban la distraccin que caracteriza a los
seres superiores. En cambio, Nez tena puestos los cinco sentidos. No
se vio jams hombre ms erudito en aquellas materias ni que las tratase
con ms profundidad. Su inteligencia lcida haba penetrado en todos los
secretos del juego de prendas y saba sacar de cada uno el partido
posible, extraer todo su jugo, segn pedan las circunstancias. Por
ejemplo, cuando una seorita deba contentarle, quedaba sordo
instantneamente. La joven se vea obligada a inclinarse ms y ms,
hasta que sus labios de carmn rozaban la oreja del capitn. Si quedaba
condenada a hacer el papel de esquina de la Puerta del Sol y, por
consiguiente, a sufrir que le pegasen carteles en la cara, que se
recostasen contra ella, etc., etc., el profundo Nez no soltaba la
presa en tanto que no pasease las manos por todas las regiones de su
cuerpo. Pero cuando dio ms claras muestras de su talento portentoso y
de los vastos conocimientos que haba logrado adquirir en aquel ramo del
saber, fue al proponer que la seorita a quien acertase lo que tena en
el bolsillo quedase obligada a darle un beso. Tal seguridad tenan todas
de que nada conseguira, que no vacilaron en aceptar la proposicin.
Err, efectivamente, al vaciar con el pensamiento el bolsillo de
Carmelita, err con Fernanda, con Mara Josefa, con Micaela, y miren
qu diablo! fue a acertar precisamente con Emilita. Unas tijeras, un
pauelo, un dedal y tres caramelos. La nia se puso a gritar batiendo
las palmas, toda nerviosa: Trampa, trampa! El capitn, sereno,
apacible, grandioso como un hroe de la antigedad, rechaz aquella
imputacin y demostr hasta la saciedad que all no caba trampa alguna.

--...A no ser--aadi sonriendo mefistoflicamente--que estuviera usted
convenida conmigo para dejarme ver de antemano lo que tena en el
bolsillo.

La nia protest an ms ruidosamente contra esta hiptesis indecorosa,
se puso agitada hasta un grado incomprensible y, levantndose con
viveza, corri al extremo opuesto de la sala, lo ms lejos posible del
capitn, como si ste fuese a tomar por la fuerza lo que de derecho le
corresponda. Hubo quien se puso de parte de ella (las mujeres) y quien
tom partido por l (casi todos los hombres). Armose en la sala un
zipizape de mil demonios. Todos hablaban, rean, chillaban sin acabar de
entenderse. Pero la que ms gritaba y gesticulaba era, como es fcil de
comprender, la interesada. Sin embargo, don Cristbal, viendo que
aquello llevaba trazas de no concluir, y queriendo dejar a salvo la
formalidad de su progenie, intervino en la disputa como un dios
majestuoso que extiende la diestra para calmar las olas del mar
embravecido.

--Emilita--pronunci con firmeza,--juego es juego. Dale un beso a ese
caballero.

Advirtase que no dijo al capitn, ni siquiera a ese seor oficial.
Todava sus labios civiles repugnaban dejar paso a una palabra de orden
exclusivamente militar.

--Pero pap!--exclam la hija menor, roja ya como una amapola.

--Vamos!...--profiri con la diestra extendida y en la actitud ms
imperativa que pudo adoptar jams un dios jubilado.

No hubo ms remedio. Emilita, confusa y avergonzada, con las mejillas
convertidas en dos brasas, se acerc vacilante al heroico capitn de
Pontevedra, frtil en toda clase de astucias, y le roz con el carmn de
los labios la tierra amarillenta de sus mejillas.

Mas hete aqu que, apenas lo hubo efectuado, salt hecha un basilisco
Micaela, la ms irascible de las cuatro nereidas que nadaban en las
profundidades de la morada del Jubilado:

--Qu desvergenza!... Esos no son juegos decentes, sino suciedades...
No me extraa de Nez, porque los hombres a qu estn? Me extraa de
t, Emilita... Me parece que un poco ms de pudor y vergenza no te
vendran mal... Pero cmo la has de tener si los que tienen obligacin
de ponrtela son los primeros en empujarte a lo malo!...

Aquella sangrienta diatriba contra el autor de sus das dej a ste
plido y clavado al suelo. Hubo un instante de silencio embarazoso. Una
nota tan destemplada les sorprendi. Sin embargo, todos se apresuraron a
defender a Emilita y a protestar de la pureza y la perfecta inocencia de
tales juegos. El argumento que ms se repeta, y el que a todos les
pareca incontrastable, era que, no habiendo malicia, aquello no vala
nada, porque lo importante en estos asuntos es la intencin. El beso ha
sido dado con intencin?--deca uno de los pollastres ms
dialcticos.--No? Pues entonces como si no se hubiera dado. Nez
asenta gravemente, un poco amoscado y mirando de reojo a su futura
cuada. Pero sta no se renda a demostraciones tan evidentes y se
obstinaba en pedir, cada vez con mayor violencia y ms altas voces, un
poco de vergenza para su hermana menor y unas migajitas de sentido para
su seor padre. Mas como al cabo nadie se presentaba con estas cosas en
la mano a satisfacer sus votos, no tuvo otro remedio que ir bajando el
diapasn, hasta que al fin sus colricas protestas se fueron
trasformando poco a poco en murmullo sordo y amenazador como el de los
truenos lejanos. Y la tertulia recobr su dulce sosiego habitual.

Pero qued suspendido por aquella noche el juego de prendas. Nuncita, de
quien casi siempre partan las grandes ideas, propuso que se jugase a
_la boba_. No se sabe por qu, pero es lo cierto que este juego posea
particulares atractivos para la menor de las seoritas de Mer. Es
indecible lo que se placa la ex-novia del teniente Paniagua cuando
lograba encajar _la boba_ a alguna de sus tertulianas, la ansiedad y
desasosiego que se apoderaba de ella cuando la tena en su poder y no
lograba soltarla. Paco Gmez tom la baraja y sac las tres sotas; pero
sabiendo la debilidad de Nuncita y queriendo, segn su temperamento,
mortificarla un poco, hizo una seal a la que quedaba, y luego la fue
manifestando al odo a algunos de los tertulios. Resultado de esto fue
que _la boba_ iba casi siempre a parar a manos de la Nia, y all se
atascaba, sin que apesar de todos sus esfuerzos consiguiese desprenderse
de ella. Con esto, apesar de su apacible natural, se fue impacientando
poco a poco. La tertulia rea y ella tambin, pero ms con los labios
que con el corazn. Al fin, en un momento de clera ech a rodar las
cartas y declar que no jugaba ms. Carmelita, al ver aquel acto de
descortesa, intervino severamente, como siempre que se desmandaba.

--Qu arrebato es se? A qu conduce esa tontera? Qu dirn estos
seores?... Dirn, con motivo, que no tienes educacin, y que en
nuestra familia no ha habido quien hubiera sabido ensearte... A ver si
coges las cartas ahora mismo!

--No quiero.

--Qu, qu dices, necia? T, t, t eres tonta!... Se habr visto una
criatura ms dscola?... Co... co... coge las cartas enseguida...

La clera la haca tartamudear, saliendo de su boca desprovista de
dientes unos ruidos extraos.

--Hum!--gru Nuncita, torciendo el hocico con mueca de mimo.

--Nia, no me enfades!--grit su hermana mayor.

--No quiero, no quiero!--repiti aquella criatura indmita con
decisin.

Y al mismo tiempo se levant de la silla y arrastrando los pies se fue a
refugiar en el gabinete.

Mas su hermana la sigui inmediatamente en la actitud ms severa y
autoritaria que puede nadie imaginarse, dispuesta a corregir aquel
principio de rebelin, que con el tiempo podra traer funestas
consecuencias. Oyose rumor de disputa, sobresaliendo la voz spera,
irritada, de Carmelita; luego aquella voz se fue dulcificando,
hacindose persuasiva, razonadora, reprendiendo con suavidad. Lleg
asimismo a los odos de los tertulios el eco de un sollozo. Por ltimo,
al cabo de buen rato se present de nuevo Carmelita, arrastrando los
pies todava ms que su hermana, con los ojos resplandecientes de
autoridad y el ademn majestuoso que conviene a los que necesitan dictar
leyes a los seres que la Providencia les ha confiado. Detrs vena la
Nia avergonzada, sumisa, con las mejillas inflamadas y los ojos
llorosos. Sentose otra vez a la mesa y, sin osar levantar los ojos a su
hermana mayor, que la miraba an con cierta dureza, tom humildemente
las cartas y se puso a jugar. Pues bien, este ejemplo conmovedor de
respeto y de sumisin, en vez de impresionar gravemente a los
circunstantes, provoc en casi todos una sonrisa de burla, y en algunos
de ellos algunas inoportunas carcajadas que a duras penas lograron
sofocar.

Sin embargo, el juego no dur mucho tiempo. Acercbase la hora de
diseminarse aquella escogida sociedad.

--Mara Josefa, hoy he visto a tu ahijada en el paseo--dijo Paco Gmez,
mientras barajaba distradamente las cartas.--La he dado un beso. Est
cada da ms guapa... Cunto tiempo tiene ya?

--Pues saca la cuenta. La hemos bautizado en Febrero... Dos meses y
medio.

--Iba con su madre?--pregunt Manuel Antonio sonriendo de un modo
particular.

--No. A su madre la he encontrado despus en Altavilla y he echado un
prrafo con ella--respondi gravemente y con afectada naturalidad.

La mayor parte de los tertulios le miraban sonrientes con expresin de
malicia reservada que sorprendi a Fernanda. Slo las dos seoritas de
Mer y Granate permanecieron impasibles, sin darse cuenta de lo que se
hablaba.

--Pero a qu ahijada de usted se refiere, a la nia recogida por los de
Quiones?--pregunt en voz baja la heredera de Estrada-Rosa a Mara
Josefa.

--S.

--Entonces?... Cmo hablan de su madre?

--Porque esos dos tienen una lengua muy mala. Dios nos libre de
ella!--repuso la solterona sonriendo tambin con alegra maliciosa,
mirando al mismo tiempo a la joven con la benevolencia condescendiente
con que se mira a las criaturas inocentes.

--Pero quin suponen que es su madre?

--Quin ha de ser? Amalia... Silencio!--dijo apresuradamente, bajando
ms la voz.

Qued estupefacta. Para ella era la noticia tan nueva, tan sorprendente,
que por unos instantes estuvo mirando con ojos pasmados a su amiga como
si no hubiese odo. En el estupor que le causaba, no oy las primeras
palabras de Paco. Slo se hizo cargo al concluir de que estaba loando
con calor la belleza de la nia.

--Tiene a quien parecerse--murmur el marica de Sierra con la misma
intencin maligna.--Ya ves... su madre... Y su padre!... Su padre se
cae de buen mozo.

Fernanda, picada repentinamente por vivsima curiosidad, una curiosidad
insana que la puso agitada y anhelante sin saber por qu, se inclin
otra vez hacia Mara Josefa, y metindole la boca por el odo, le
pregunt con voz alterada:

--Pero quin es su padre?

La solterona se volvi hacia ella y le clav una mirada donde se
trasluca junto con la sorpresa la misma indulgencia compasiva.

--Pero de veras no sabes?...

La joven hizo signo negativo. Y al mismo tiempo se sinti embargada por
terrible emocin. Una corriente de aire fro atraves su ser interior
repentinamente. Qued plida, pendiente de los labios de Mara Josefa,
como si de ellos esperase la salud o la muerte. Aqulla advirti bien su
turbacin, y dijo despus de mirarla un instante fijamente:

--No te lo digo... Para qu?... Acaso sea todo una calumnia.

Fernanda se repuso instantneamente.

--Est bien--respondi haciendo un gesto de displicencia.--Clleselo.
Despus de todo, a m qu me importa todo eso?

Este gesto hiri a la solterona, que se apresur a decir con aguda
sonrisa:

--Pues precisamente porque a t te importa es por lo que temo decrtelo.

--No entiendo...

Mara Josefa se inclin hacia ella y le dijo:

--Porque dicen que el padre de la criatura es Luis.

Como ya antes haba sentido la pualada, Fernanda qued impasible y
pregunt con indiferencia:

--Qu Luis?

--El conde, muchacha.

--Y por qu me ha de importar a m que sea Luis el padre?

Mara Josefa qued un poco desconcertada.

--Como ha sido tu novio...

--Pero como ya no lo es!--replic encogindose de hombros
desdeosamente.

Y se puso a hablar con Granate, que tena del otro lado. Aquella
indiferencia era pura comedia que su orgullo lograba representar. Una
tristeza inexplicable y penetrante cay sobre su alma y la invadi por
completo, sin dejarle fuerzas para pensar ni para hacer nada. Si Granate
no fuese un animal, hubiera comprendido enseguida que la sonrisa con que
acoga sus barbarismos y barbaridades era una verdadera mueca sin
expresin alguna, y que los monoslabos y respuestas incoherentes que
dejaba escapar de sus labios denunciaban bien claramente que no le
escuchaba a l, sino a Paco Gmez, Manuel Antonio y los dems que
seguan charlando de la nia expsita.

Con qu inters ardiente recoga todas las palabras que se cambiaban
entre aquellos maldicientes! Y a medida que iban ponindole en claro el
suceso y que iban acumulando pormenores, entreverando frases burlonas y
reticencias de efecto cmico, su corazn se apretaba, se apretaba poco a
poco, como si todos ellos lo fuesen oprimiendo entre sus manos, uno
despus de otro, para hacerle dao. Pero su rostro permaneca impasible.
Ni la ms leve contraccin acusaba el dolor que la morda.

La tertulia se deshizo a las doce, como siempre. Fernanda sinti gran
consuelo al respirar el aire fro y hmedo de la noche. Tena ansia de
quedarse a solas con su pensamiento y darse cuenta cabal de lo que
acababa de aprender.

Haba llovido mucho. Las calles, empedradas de grueso guijarro,
resplandecan a la luz de los reverberos. Al salir de la casa unos
tomaron por la calle abajo; otros, entre ellos Fernanda, hacia arriba en
direccin a la plaza. Pocos pasos haban dado cuando sintieron el
estrepitoso trotar de unos caballos que doblaban en aquel instante la
esquina y bajaban hacia ellos.

--Ah est el barn y su criado--dijo Manuel Antonio.

Era la hora, en efecto, en que el excntrico barn de los Oscos sala a
dar su paseo habitual por las calles de Lancia. Su famoso caballo las
desempedraba haciendo cabriolas, levantando tal estrpito que, aun
siendo el corcel de su criado mucho ms paciente, pareca que atravesaba
la ciudad un escuadrn. Al cruzarse con los tertulios, Manuel Antonio,
con el desparpajo que le caracterizaba, grit: Buenas noches barn.
Pero ste volvi hacia ellos el rostro espantable, los mir fijamente
con sus ojos encarnizados y sigui adelante sin contestar. El marica,
corrido, dijo:

--Va borracho, como siempre!

Todos asintieron burlando. Pero en el fondo sintieron todos, unos ms y
otros menos, el mismo estremecimiento al ver aquella figura siniestra.
Fernanda, por mujer y por el estado especial de su alma, se inmut
visiblemente: despus de pasar sigui todava con ojos de temor a los
dos jinetes hasta que se perdieron entre las sombras.

Al meterse en la cama, con el corazn apretado, quiso analizar la
emocin que la dominaba; quiso remontarse a la causa. Sinti vergenza
de ella. Su orgullo le hizo exclamar con rabia y en voz alta:

--A m que me importan esas picardas? Qu tengo que ver con l ni con
ella?

Pero acabado de proferir tales palabras sinti las mejillas caldeadas
por el llanto. La heredera de Estrada-Rosa se volvi rpidamente y
hundi el rostro, cubierto de rubor, en las almohadas.




VII

El aumento del contingente.


Las terribles dificultades que deban de surgir para el matrimonio de
Emilita, a causa de las opiniones antiblicas de su padre, se orillaron
con ms facilidad de lo que poda esperarse. La historia no hablar
(aunque mejor razn tendr que para otros muchos sucesos) de aquel da
solemne en que Nez fue de uniforme a pedir a D. Cristbal la mano de
su hija, de aquel abrazo memorable con que ste le recibi,
estrechndole calurosamente contra su pecho civil, de aquella fusin
increble de dos elementos heterogneos creados para repelerse, y que
gracias al amor de un ngel dulce y revoltoso se compenetraban y
entendan. Si por casualidad esta pgina privada fuese objeto de
atencin para algn historiador, no tendra ms remedio que afirmar la
grandsima importancia de semejante concordia, que hasta entonces se
haba juzgado inverosmil, y al mismo tiempo presentar con imparcialidad
el reverso, descubriendo a las futuras generaciones en qu modo el
benemrito patricio D. Cristbal Mateo fue vctima de una injusticia
social y de la persecucin de sus conciudadanos.

Es de saber, que todo el mundo en Lancia se crea autorizado para dar
cantaleta a este respetable y antiguo funcionario acerca del matrimonio
de su hija. Unas veces directa, otras indirectamente, siempre que
tocaban tal punto aludan a las opiniones contrarias al desenvolvimiento
de las fuerzas de tierra sustentadas por l hasta entonces. Al
matrimonio dio en llamrsele el aumento del contingente, y algunos
llevaron su procacidad hasta darle tal nombre delante de su futuro
yerno. Fcil es de concebir cunta saliva habra tenido que tragar antes
de perder, como lo hizo, una molesta y mal entendida vergenza.

Pero a despecho de todas las diatribas y murmuraciones de los vecinos,
que reflejaban, en el sentir de Mateo, ms que su naturaleza jocosa, la
envidia que arda en la mayor parte de los corazones, el aumento del
contingente se abra paso. El plazo fijado para realizarlo fue el mes
de Agosto. Cuando lleg el momento haba adquirido tal importancia que,
como sucede generalmente en los pueblos pequeos, apenas se hablaba de
otra cosa. Las relaciones del Jubilado y sus cuatro hijas eran
numerossimas, y todas ellas aspiraban a ser invitadas el da de la
boda. Por otra parte, la misma aspiracin alimentaban en su pecho
algunos dignos y pundonorosos oficiales del batalln de Pontevedra
amigos del futuro. No siendo posible reunir tanta gente en el hogar
potico del Jubilado, se pens en celebrar la boda en el campo. La casa
ms a propsito era la de la Granja por su proximidad a la poblacin. D.
Cristbal se la pidi al conde, con quien tena extremada confianza, lo
mismo que sus hijas, y ste se apresur a ponerla a su disposicin.

En la iglesia de San Rafael se consum de madrugada aquella venturosa
alianza, prenda segura de paz entre el elemento civil y el militar.
Bendjola fray Diego que, por ser el sacerdote ms bizarro y el ms
firme bebedor de anisado de la capital, gozaba de gran prestigio entre
la oficialidad. Asistieron al acto ms de veinte damas y casi otros
tantos caballeros. En cuanto termin se trasladaron todos a la Granja
para pasar all el da. Por hallarse tan cerca de la poblacin no se
necesitaban carruajes. Sin embargo, fueron los del conde de Ons y de
Quiones para trasportar a los novios y a algunas personas de edad
avanzada, como las dos seoritas de Mer. Entre los invitados estaba
casi toda la tertulia del maestrante, bastantes de la de las de Mer y
un nmero crecido de oficiales.

El conde haba hecho asear, hasta donde era posible, el vetusto casern.
Casi todos lo conocan como su propia casa. Era el sitio obligado de las
giras campestres por hallarse tan cerca y por el hermoso bosque que
tena. Los condes jams haban negado el permiso. En cuanto llegaron y
gustaron el chocolate, que les esperaba en el vasto saln con pavimento
de ladrillo de la planta baja que serva de comedor, se diseminaron sin
ceremonia por la casa y por la finca dispuestos a matar las horas del
mejor modo posible hasta que sonase la de comer. La novia, con Amalia,
que haba sido su madrina, y otras dos seoras se fue a sentar
gravemente en una de las habitaciones. Tena los ojos brillantes, las
mejillas coloradas y procuraba intilmente disfrazar con un continente
digno y serio la profunda emocin que la embargaba. Las que la
acompaaban, casadas todas, la acariciaban sin cesar, pasando la mano
por sus cabellos, dndole palmaditas en las mejillas, cogindole las
manos y de vez en cuando inclinndose para estampar un beso en su
frente con esa condescendencia, mitad cariosa, mitad irnica, con que
las veteranas del matrimonio contemplan a las bisoas. No hay una de
aqullas que al acercarse a una novia no sienta vibrar en su pecho el
eco de cierta msica lejana y divina; viene a sus labios el gusto de la
miel de la remota luna; pero llega ay! con el dejo amarguillo de
algunos aos de prosa matrimonial. En toda mujer casada hay un poeta
desengaado de su musa. De aqu la sonrisa baironiana que aparece en su
rostro al observar la dicha que arde en los ojos de una desposada.

Emilita haba cambiado de carcter en un cuarto de hora. Todo lo
juguetona y pizpireta que se haba mostrado hasta entonces, apareca
ahora grave y espetada. Disertaba sabiamente con las matronas, sus
compaeras, acerca de la instalacin de la despensa, del servicio
domstico que todas consideraban en espantosa decadencia, del precio de
la carne. Tan vieja se haba hecho en este cuarto de hora, que
sorprenda no ver ya alguna hebra de plata entre sus cabellos de oro.

En cambio a sus hermanas, por extrao contraste, les haban quitado
algunos aos de encima desde que la menor tomara la investidura. Haban
retrocedido hasta la infancia. Como criaturas vidas de aire y de luz
para desarrollarse, lanzronse al bosque las tres, animando con sus
gritos e inocentes carcajadas el silencio y la paz que all reinaba.
Virgen del Amparo lo que saltaron, lo que rieron, las diabluras que
llevaron a cabo en poco tiempo aquellas loquillas! Para entregarse a los
juegos inocentes, que exiga el retroceso sensible que haban
experimentado de pronto, se quitan las mantillas y dejan suelto el
cabello, tiran los guantes, el abanico, la sombrilla, todo lo que
pudiera simbolizar la juventud, y se quedan gozosas con los atributos de
la adolescencia. No slo dejan flotando sobre la espalda su cabellera
angelical, sino que se despojan del reloj, de las pulseras y sortijas
que entregan a su pap, colgndose antes de su cuello para hacerle mil
caricias como nias sencillas y apasionadas que eran; hecho lo cual y al
observar que algunos dignos oficiales del batalln de Pontevedra las
contemplan, huyen ruborizadas y confusas, se recogen las enaguas con
alfileres hasta dejar descubierto el pie y parte de la pierna, y en la
inocencia de su corazn huyen, huyen siempre por el bosque adelante,
esquivando como las ninfas de Diana las miradas ardientes de la
oficialidad.

Y cuando llegan a un rincn apartado y solitario donde las sombras se
espesan, donde no llegan los ruidos mundanales ni penetran los ojos
maliciosos de los hombres, llaman con gritos de alegra, como pajaritos
de Dios, a sus compaeras, las invitan a venir a disfrutar de aquella
amable seguridad donde libremente pueden mostrar sus gracias y recrearse
sin peligro de ser sorprendidas. Entonces una propone jugar a la cuerda
y las dems acceden batiendo las palmas. Jovita es la primera. Salta,
salta hasta que queda rendida y se deja caer sobre el csped, llevndose
la mano al corazn, que palpita con la fatiga, no con la agitacin
insana de las pasiones juveniles. Luego salta otra, luego otra y otra
hasta que todas se tienden exnimes pero risueas, reflejando en sus
mejillas sudorosas y en sus ojos entornados la dulce alegra que se
escapa de un pecho inocente. Y en cuanto descansan se propone jugar al
milano que le dan--cebollita con el pan. Qu risa! qu algazara!
cmo resuena el dormido bosque con las voces argentinas de aquellas
bellas y tiernas criaturas! Cansadas de este juego se diseminan por un
momento. Algunas forman grupo sentadas al pie del tronco de un roble y
se cuentan en voz baja como suave gorjeo mil puerilidades encantadoras;
otras se entregan apasionadamente a la busca de florecillas azules y
hacen con ellas ramilletes que colocan en el pecho; otras se persiguen,
como las golondrinas en el aire, con chillidos penetrantes. Otras, las
ms resueltas, dedican sus esfuerzos a la caza de cigarras y otros
bichos temerosos. Pero luego tornan a juntarse porque hay una chica muy
aturdida que apuesta a encaramarse en un rbol si la ayudan, y hay otra
maligna que dice que s, que ella la ayudar. Manos a la obra. Empez la
animosa joven, que se llama Consuelo, a poner sus piececitos en las
rugosidades del roble ms asequible. La compaera maligna, que no es
otra que Socorro, la tercera sirena del Jubilado, la sostiene.
Encarmase al fin la primera en la cruz de dos ramas; asciende despus a
otra; aplauden las ninfas y la alientan con gritos de entusiasmo...

Mas he aqu que Rubio, el teniente de la tercera, hombre acreditado de
audaz entre sus compaeros de arma y de un genio devastador para el sexo
femenino, se presenta de improviso asomando su cabeza temeraria por
encima de unas matas. Las ninfas, al verle, lanzan un grito y quedan
petrificadas en la actitud en que las sorprende. Consuelo, desde lo alto
del rbol, le apostrofa con violencia. Si en su mano estuviera
trasformara inmediatamente en ciervo a aquel nuevo Acten. Ac, para
_inter nos_, es posible que prefiriese trasformarle primeramente en
marido, sin perjuicio de acudir ms adelante a la metamorfosis
clsica... Pero Rubio, el teniente de la tercera, conoce perfectamente
el valor de estos gritos y estos apstrofes. No se inmuta; sonre
maliciosamente y llama con voz ronca a sus hermanos de armas. Qu
confusin, qu espanto entre aquellas risueas hijas de los bosques al
aproximarse en columna cerrada los hijos de Marte! Sin recoger las
mantillas, ni los guantes, ni las sombrillas, nada en suma de lo que las
perteneca, huyen y se desbandan por la floresta lanzando gritos de
terror. Pero los stiros de pantaln encarnado las persiguen con saa,
las atrapan aqu y all y las traen cautivas enmedio de risotadas
odiosas. Mientras tanto la pobre Consuelo, encima del rbol y bloqueada
por tres de estos silvanos voluptuosos, se niega terminantemente a bajar
mientras no se alejen por lo menos cincuenta varas. Ellos los crueles!
se niegan. Ruega la ninfa, se irrita, est a punto de llorar; pero ni su
enojo ni sus lgrimas consiguen ablandar el corazn empedernido de los
infames stiros. Por fin se resigna a descender y, aunque toma muchas y
castas precauciones, stos logran ver un pie deliciosamente calzado y un
nacimiento de pierna que les hace rugir de gozo. Pero dnde est Rubio?
Dnde est el ms terrible y feroz de todos ellos? No se sabe, mas al
cabo de mucho tiempo sale de la espesura arrastrando consigo a Socorro,
la ms sentimental de las ondinas de D. Cristbal. En los rasgos crueles
de su fisonoma viene pintada la expresin del triunfo, y en los de ella
la vergenza y la sumisin de una cautiva. Muchas horas despus, en las
ltimas de la noche, sentado a una mesa del caf de Maran y rodeado
de ocho o diez de sus colegas, el teniente de la tercera narraba con
sonrisa malvola el vencimiento de la ninfa, calculando lo menos en
veinticinco o treinta los besos que logr robarle en distintos sitios de
su rostro hechicero; y todos los hijos de Marte aplaudan y celebraban
con homricas carcajadas aquel nuevo triunfo de su heroico compaero.

Finalmente, los vencedores no se mostraron demasiado tiranos, y el orden
se restableci gracias a la llegada oportuna de las seoritas de Mer,
que venan acompaadas de Mara Josefa y de Paco Gmez. Las autoras y
nicas responsables de todo aquello haban sacado el fondo del cofre.
Carmelita traa un vestido de alepn de seda negra que slo sala a
relucir en las grandes ocasiones, al paso que Nuncita, por contar menos
aos y respetabilidad, poda lucir un traje claro con flores bordadas,
como slo se ven en los retratos del siglo pasado. Estaban alegres,
rebosando satisfaccin por los ojos; pero las piernas no respondan a
aquella eterna juventud de sus corazones: caminaban apoyndose en sendas
muletas y agarrndose con la mano libre al brazo de sus acompaantes.
Fueron recibidas con vivas y hurras. Se oyeron asimismo algunas frases
harto familiares, de esas que nadie ms que las benditas de Mer
consentan y rean. Por eso tena poco mrito el embromarlas. Jams se
dio el caso de verlas enfadadas con sus amigos, y eso que algunos se
deslizaban en sus guasas hasta llegar no pocas veces a la grosera. En
cambio eran muy propensas a la guerra intestina, esto es, a irritarse
una con otra; pero ya sabemos en qu paraban siempre estas misas.

El espritu temerario del teniente Rubio, apretado por las
circunstancias, engendr una idea felicsima, es a saber: que para mejor
pasar el rato hasta la hora de comer se construyese un columpio, donde
las damas pudieran gozar la dicha de sacudirse el diafragma algunos
instantes, y los caballeros la de proporcionrsela moviendo galantemente
el aparato. Dicho y hecho: se buscan cuerdas, se sierra una tabla; en
menos de un cuarto de hora queda todo terminado. Rubio, mientras se
lleva a cabo, no deja de hacer guios expresivos a sus compaeros, que
comprenden, sonren, callan, profundamente admirados, como siempre, de
la audacia y penetracin del teniente de la tercera. Ya est amarrado el
columpio. Quin es la primera? Todas manifiestan la misma vergenza,
idntico rubor colorea sus mejillas. A una se le ocurre malignamente
proponer que lo estrene Nuncita. Las dems aplauden la idea. Nuncita
resiste aterrada. Carmelita ni concede el permiso ni lo niega. Las
instancias se repiten sin cesar. Los mancebos encuentran la idea cada
vez ms original. Al fin, casi a viva fuerza, entre los aplausos
frenticos del corro, Cuervo, el hercleo alfrez de la primera, levanta
en brazos a la Nia y la sienta en la tabla.

--Agrrate bien, Nuncia!--le grita Paco Gmez, mientras el citado
alfrez y algunos otros amigos empiezan a mecerla.

--Suave, suave!--exclama Carmelita.

No hay cuidado; as lo hacen, porque temen dar con ella en tierra. Pero
aun moviendo el columpio con parsimonia, el aire consigue levantar, al
poco tiempo, las enaguas de la antigua doncella. Los oficiales ren y
empujan el columpio para que se vea ms.

--Fuerte, fuerte, que algo se pesca!--les grita Paco Gmez.

Las muchachas, entre risueas y avergonzadas, se tapan la cara y se
abrazan unas a otras dicindose palabritas al odo.

--Alto, alto!--exclama Carmelita.--Paren ustedes!

Nadie hace caso. Las ropas de la Nia van subiendo, subiendo: no se sabe
dnde se van a detener.

--Alto, alto! Por Dios, seor alfrez!

--Anda con ella!--rugen los militares.

Y el columpio sigue cada vez ms vivo. Nuncita est tan asustada que no
tiene tiempo a pensar en el pudor.

--Seor alfrez! Seor capitn!--grita Carmelita toda temblorosa,
agitando los brazos, la mandbula inferior, desdentada, batiendo contra
la superior, desdentada tambin, con un estremecimiento
particular.--Seor capitn, tngase por Dios! Por la Virgen del Amor
Hermoso!... Pare! pare!... pare!

--Soo!--exclama Paco.

Pero el capitn es sueco y sigue apretando. Las enaguas de Nuncita se
encuentran ya en la ms alta cspide adonde pueden llegar. Las jvenes
se vuelven de espaldas; algunas corren riendo a ocultarse entre los
rboles. Slo cuando hubieron consumado su obra de desvergenza se
consigui que los oficiales aplacasen y permitiesen a Nuncita tomar
tierra. Su hermana, en vez de enojarse con los culpables, la emprende
con ella llena de furor, vibrando rayos por los ojos.

--Bjate, picarona! Escandalosa! Es sa la educacin que has
aprendido de tus padres? Es eso lo que te aconseja el confesor?

Nuncita, aterrada, empieza a hacer pucheros y suelta la llave de las
lgrimas. La juventud masculina, lo mismo que la femenina, tratan de
calmar a la enfurecida Carmelita. El capitn y el alfrez echan sobre s
toda la culpa. Es en vano. La clera no se apaga hasta que no se
descarga de palabras bien ofensivas y pesadas. La pobre Nia, sentada en
el suelo, sollozando, con la cara oculta entre las manos, excita la
compasin de todos los presentes, que no cesan de interceder por ella.

Se trata de saber cul es la que ha de subirse al columpio despus.
Ninguna quiere: es natural. Cmo han de dejarse columpiar por hombres
tan atrevidos y desvergonzados? Es en vano que militares y paisanos
expliquen su conducta en el suceso anterior y hagan juramento de no
reincidir y estar comedidos y prudentes y siempre a las rdenes de las
damas. stas no se fan. Sobre todo el teniente Rubio les inspira un
terror pnico considerndolo, y no sin razn, como el alma de todas
aquellas intrigas libidinosas.

Pero cuando ms desesperanzados estaban, he aqu que Consuelo, aquella
nia aturdida y resuelta que haca poco se haba encaramado en un rbol,
habla al odo a una compaera y luego se adelanta y dice, con espanto de
sus compaeras:

--Yo me subo. Aydenme ustedes.

Un grito de entusiasmo acogi estas sencillas palabras. Por algunos
instantes no se oy ms que viva Consuelo! viva Consuelo! entre la
muchedumbre frentica. No hay quien no quiera ayudarla y quien no la
colme de flores y agasajos. El alfrez atltico, con ademn
caballeresco, pone una rodilla en tierra y la invita a que afiance el
pie sobre su muslo. La intrpida joven no se hace de rogar y lo
ejecuta, sentndose de un salto en la tabla. Lo mismo militares que
paisanos se las prometen muy felices y cambian entre s miradas de
inteligencia, decididos a faltar a su palabra y a pagar la confianza de
la nia con la ms negra traicin. Mas cuando ya se disponan a dar
comienzo a su obra malfica empujando el aparato, Consuelo hace sea a
su compaera. Se adelanta sta con un puado de alfileres y en un
instante le prende las enaguas por debajo, de tal manera que no hay
forma de que se le vea ni la punta del pie aunque echen a vuelo el
columpio. El sexo femenino aplaude con entusiasmo loco.

--Bien, Consuelo! bien!

El masculino, enfadado y mohno, no se atreve, sin embargo, a protestar
ruidosamente, pero murmura de aquella falta de confianza, mientras la
interesada, orgullosa de su ocurrencia, los contempla con sonrisa
burlona. La desgracia fue completa. Los alfileritos obtuvieron un xito
tan lisonjero que no hubo nia que se subiese al aparato que no se
hiciese coser la ropa previamente con ellos.

Mientras tales memorables escenas se efectuaban en el bosque, Jaime
Moro, desdeando los placeres campestres, haba logrado catequizar a
Fray Diego y a D. Juan Estrada-Rosa para echar un tresillito. Se aburra
en la iglesia, se aburra en el bosque, en la ciudad y en la campia.
Tan slo recobraba la serenidad de espritu y renaca en l la calma y
la alegra cuando tomaba las cartas en la mano. La suerte quiso serle
aciaga. No haba naipes en la casa. Pero no se arredra por eso. Baja a
la cocina, llama aparte a un criado, al que le pareci ms ligero y
musculoso, y dndole una propina le encarga que a todo correr vaya a la
ciudad y traiga un par de barajitas. Mientras tanto, para que no se le
escapen, hace esfuerzos portentosos por entretener a sus compaeros,
hablndoles de lo que ms puede interesarles, sobre todo a don Juan, que
manifestaba tendencias muy sealadas a desertar, seducido por la idea
absurda de dar un paseo por la quinta y hacer una visita al molino como
otros de los invitados. Moro sudaba de congoja temiendo no poder
resistir hasta la vuelta del criado. Felizmente ste lleg a tiempo. En
cuanto tuvo en su poder las anheladas barajas ya fue otro hombre. Seguro
de la victoria los arrastra a una de las salas retiradas del casern, se
hace traer una mesa adecuada, bujas, cerveza, cigarros y vamos
all!... Despus de haber estado a dos dedos de perderla, Jaime Moro
gozaba de aquella felicidad con una ruidosa alegra que causaba envidia.

Un buen golpe de gente ridcula, sin imaginacin bastante para
comprender ni gustar las dulzuras del tresillo, se haba ido, con el
Jubilado a la cabeza, a recorrer la posesin y visitar despus el molino
de nuevo sistema que el conde haba montado haca poco tiempo. Formaban
la comitiva, entre otros, el novio, el propio capitn Nez, con
aquellos de sus compaeros menos propicios al sexo femenino, Granate, D.
Enrique Valero, Saleta, Mann y otros pocos. Al conde no se le pudo
arrastrar porque no se le hall. Se dijo que estaba dando rdenes a los
criados y vigilando algunas obras all lejos, pero no se le hall
tampoco en ellas. Uno que haca all de capataz o medio mayordomo se
brind a servirles de gua.

La finca estaba situada en la pendiente de la misma suave colina donde
est asentada Lancia. A espaldas de la casa se encuentra el bosque, que
le priva de la vista de la ciudad. As que con hallarse tan prxima
parece que se est a cien leguas de ella, en la amable soledad del
campo. Al mismo tiempo la protege contra los vientos del Norte y del
Oeste, dejndola solamente abierta a las templadas y benficas
corrientes que vienen del Medioda y del Este. No llegan hasta all los
ruidos de la poblacin. Tan slo las campanas de la catedral suenan a
ciertas horas del da dulcemente amortiguadas por la distancia. La
carretera general va por detrs del bosque. Otra pequeita, que arranca
de ella, la pone en comunicacin con la quinta. No hay en sta, como ya
sabemos, ningn parque a la inglesa o a la francesa, ni jardincitos, ni
cascadas, ni grutas artificiales. Es una finca mitad de recreo, mitad de
labor. Primero el bosque, luego la casa con su corrada; despus un
jardn vasto y abandonado; enseguida praderas inmensas que se extienden
por la falda de la colina y llegan hasta el ro y aun lo salvan y se
dilatan por la opuesta orilla. Por estas praderas se ve pastando el
ganado, se oyen sus esquilas y los ladridos de los perros. Es fcil
forjarse la ilusin de que se est en el seno de la naturaleza
solitaria. La paz es profunda y slo la interrumpe el canto de un pjaro
o el mugido de una vaca.

Los excursionistas recorrieron las cuadras, que estaban bien cuidadas,
pues el conde tena aficin a la ganadera. Sin embargo, Saleta afirm
que las haba visto en Holanda mucho mejores.

--Figrense ustedes, seores--manifest con su caracterstico acento
gallego,--que all a las vacas les atan el rabo con una cuerda, saben?
y lo tienen suspendido para que cuando les da la gana de proveerse lo
puedan hacer sin ensucirselo.

Esta noticia, rigorosamente exacta, hace soltar la carcajada a los
presentes.

--Pero este D. Ramn cundo se cansar de inventar patraas!--se
decan los unos a los otros por lo bajo, todo por causa de aquella
maldita reputacin de embustero que haba adquirido.

--Pue eztn bien atrazaiyo en Holanda, amigo Zaleta--manifest Valero,
que no le dejaba pasar una.--En Mlaga, cuando a alguna vaca le da la
gana de ezo, ze le zienta en un inodoro y ze la limpia depu con papel
higinico.

Saleta no se dio por ofendido. Estaba tan avezado a la incredulidad de
sus oyentes, que aunque ahora reventase con la verdad no le impacientaba
que no se le creyese.

Cuando hubieron recorrido las cuadras tomaron el camino de los prados a
campo traviesa, y descendieron hasta el ro guarnecido, por entrambas
orillas, de alisos, lamos y mimbreras, los cuales formaban a trechos
una mata espesa por debajo de la cual corra oscuro y ttrico. El ro
Lora es uno de los menos caudalosos y al mismo tiempo de los ms
originales de Espaa. Antes de llegar al mar, que es el morir, como
dijo el poeta, se arregla para dar infinidad de vueltas como un viejo
marrullero que pretende burlarse de la ley comn a los seres creados.
Imposible imaginarse un cauce ms extravagante. Sale de cualquier
poblacin muy resuelto y boyante; parece que va a tragarse las leguas y
marchar impvido hasta el ocano. Pero al cuarto de legua se arrepiente,
da la vuelta y retorna lento y cabizbajo cerca del punto de partida, lo
cual hace pensar a algunos, no sin fundamento, que camina cuesta arriba.
Sale de nuevo, no por voluntad, sino apretado por las circunstancias;
esta vez se pierde de vista; todo el mundo cree que se va de veras para
no volver. No es as, sin embargo. El gran zorro, cuando entiende que ya
no le ven desde el pueblo, revuelve muy solapadamente y trata de meterse
otra vez por l, pero le da vergenza, y antes de llegar se aparta un
poco y va a parar a alguna aldea prxima del mismo concejo. Jams sigui
una carrera franca y abierta. Como todos los caracteres rebajados,
repugna la luz, aprovecha cualquier coyuntura para deslizarse debajo de
alguna pea o una mata y ocultarse a las miradas de los hombres y
permanecer all estancado, corrompindose en degradante ociosidad. Nadie
se fe de l. Con sus apariencias de viejo invlido y reumtico, incapaz
de dar un paso, ha engaado a muchos zagales. Los invita a baarse
hacindoles pensar que no tiene media vara de fondo, y luego los
estrangula miserablemente entre sus aguas verdes. No se hallarn dentro
nyades de celestial hermosura quebrando al nadar con sus brazos de
alabastro los frgiles cristales, ni saldrn de noche a jugar sobre su
linfa las graciosas ondinas, de cabellera blonda. El ro Lora es
taciturno, enemigo de toda idealidad potica. Nada de seres
fantsticos. Lo nico que alimenta con verdadero cario es un enjambre
de ranas, tan grande que causa vrtigo el pensar qu nmero de ellas
vivir bajo su amparo. Ellas son las que se encargan de alegrar con su
voz armoniosa los parajes que recorre.

Ellas fueron tambin las que impidieron con ruido atronador que Saleta
pudiese afirmar, como afirm despus que se vieron lejos, que estando a
orillas del Yumur cierta tarde, haba tenido la suerte de matar de una
pedrada un cocodrilo. Verdad que bajo la mirada insistente de su colega
Valero se apresur a rectificar haciendo constar que el cocodrilo era
todava cachorro y no tena ms que una carrera de dientes.

Siguieron buen trecho la margen sombra del Lora y lo atravesaron por un
puente rstico en el sitio donde el conde lo haba desangrado, por medio
de una acequia, para dar movimiento a su molino. Mas en aquel punto, a
los amigos del novio, representantes genuinos del elemento ms vigoroso
y masculino del batalln, se les despierta repentinamente el sentimiento
de su fuerza y del poder muscular de sus piernas. Un teniente salta la
acequia. Un capitn, por no ser menos que el subalterno, tambin lo
hace, pero se moja los pies. Excitado el amor propio, se despoja de la
levita y vuelve a saltar con felicidad. Los dems le imitan. Al
instante toma aquello el aspecto de los juegos olmpicos y todava ms
de la gran batuda americana. Pero Nez es un eminente saltarn. As
estaba de antiguo reconocido en todo el ejrcito y ms particularmente
en el arma de infantera. Salt tres o cuatro veces con gran facilidad;
mas, queriendo, como es lgico, sobreponerse a sus compaeros y dar
prueba gallarda de su destreza, afirma en tono desdeoso que aquello no
vale nada y que l es capaz de saltar la acequia volvindose de
espalda. Estas palabras fueron acogidas con respeto por sus colegas,
pero tambin con un silencio que al capitn se le antoj dubitativo. Y
sin aguardar ms resuelve confundirlos. No se despoja de una sola prenda
del uniforme, que esto queda para los nefitos; toma vuelo, y al llegar
al borde del agua se vuelve y da el salto, pero con tan mala fortuna que
los pies se le enredan en unos juncos y cae de espaldas tan largo como
era enmedio del arroyo. Se oculta a las miradas de sus amigos por un
momento, y sale al fin bufando y chapoteando como un verdadero tritn,
diciendo que no es nada y que va a saltar otra vez para que se vea. Pero
su padre poltico no lo consiente. Le pasea las manos por el cuerpo para
cerciorarse de que est calado (cmo haba de estar!) y, presa de
insana agitacin, l, que haca poco tiempo hubiera exterminado en
pleno a toda la milicia, comienza a gritar:

--Es necesario mudarse!... Ahora mismo!... Una pulmona!...
Mudarse!... Fricciones!... Una fiebre reumtica!

Y otras exclamaciones ms o menos coherentes, que daban testimonio del
profundo inters que la salud del oficial le inspiraba.

Nez, aunque guerrero, cede a sus instancias y vuelve hacia la casa con
semblante fiero y ceudo, enteramente resuelto a quitarse hasta los
calcetines y a meterse en la cama mientras se manda propio a Lancia por
una muda. Todos sus amigos le rodean, y as llegan hasta la casa.
Emilita, que est al balcn, al verlos de aquella guisa, pregunta con
sorpresa:

--Qu es eso?

--Nada--le grita su pap,--que Nez se ha cado a la acequia.

Naturalmente al or esto Emilita lanza un grito desgarrador y cae
desmayada en brazos de varias damas. Nez, hecho un hroe, despreciando
su propia salud, corre a socorrerla. En pocos momentos se llena la
habitacin de vasos de agua y salen a relucir tambin dos o tres frascos
de antiespasmdico. Cuando empieza a recobrar el conocimiento y llega el
momento crtico de las lgrimas, su hermana Micaela no puede contenerse;
increpa violentamente a su pap.

--Esto ha sido una verdadera barbarie! Se ha figurado usted que su
hija tiene el corazn de bronce?... Bien poca delicadeza se necesita
para herir de este modo a una pobre criatura!...

La pobre criatura le paga aquella defensa con una mirada cariosa de sus
ojos hmedos, apretndole al mismo tiempo la mano. El Jubilado se
encuentra en el ltimo grado del abatimiento y apenas se atreve a
murmurar que viendo a Nez vivo a su lado no haba razn para tanto
susto. Las seoras juzgan que Micaela ha estado irrespetuosa con su
padre, pero al mismo tiempo no pueden menos de convenir en que aquello
ha sido un escopetazo, y manifiestan a la desgraciada esposa una
ardiente simpata.




VIII

El vino de Fernanda.


Fernanda no haba presenciado nada de esto. Estuvo a primera hora en el
bosque, haciendo de ninfa pudorosa como sus compaeras; pero cansada
pronto del papel, se apart de ellas y comenz a discurrir por los
lugares ms solitarios. Su cabeza, tan erguida siempre, se doblaba bajo
el peso del tedio o la preocupacin; su talle flexible, ondulante, se
mova sin comps girando a un lado y a otro como el cuerpo de un beodo;
arrastraba los ojos por el suelo, aquellos hermosos ojos africanos que
eran el ms preciado ornamento de la noble ciudad de Lancia, y por su
frente plida cruzaba una arruga bien profunda, signo de pensamiento
fijo y doloroso. Cunto le haba atormentado desde haca dos meses! La
impresin que los amores del conde haban dejado en su alma, sofocada al
principio por el orgullo, por la esperanza de volver a ellos, se haba
dilatado de pronto al conocer el secreto de su desvo, haba hecho
irrupcin en ella, la haba llenado toda y la abrasaba de amor y de
celos. Eran tanto ms speros stos cuanto que vio claramente que Luis
la haba estado engaando mucho tiempo, le haba fingido cario cuando
amaba ya a otra. La miserable traicin de Amalia la sublevaba, le
inspiraba horror y repugnancia; pero la del conde, tena que
confesrselo, la traspasaba de dolor y acreca su pasin
desmesuradamente.

Supo, no obstante, mantener su dignidad a flote. Sigui frecuentando el
trato de Amalia y mantuvo con ella en apariencia las mismas relaciones
amistosas, mas a despecho suyo, sin darse ella misma cuenta, haba unas
veces en su actitud, otras en sus ojos, otras en su acento, un leve dejo
amargo y desdeoso que no pas inadvertido para la penetrante
valenciana. Con su ex-novio se mostr circunspecta, dej aquel tono
agresivo que con l acostumbraba a emplear y se hizo ms suave y formal;
pero tambin, con gran disgusto suyo, la emocin que senta al hablarle
se le trasluca no pocas veces en una leve alteracin de la voz y en
palideces o rubores enfadosos. Su vida interna, durante aquellos seis
meses, haba sido devorada por una actividad febril, ansiosa, mareante,
disimulada con esfuerzo bajo actitud tranquila y altiva. A veces la
sorda irritacin que la minaba no poda resistir tanta presin, y
estallaba en un flujo de palabras candentes, injuriosas, que pronunciaba
en voz baja, al advertir algn signo de inteligencia entre los
traidores. Su naturaleza ardiente, orgullosa, lisonjeada por un padre
que llegara hasta el crimen por darle gusto, y por un enjambre de
adoradores postrados a sus pies, botaba ante aquel obstculo, el primero
con que haba tropezado en su vida, como un potro salvaje.

En estos freneses de clera ideaba vengarse. Escribi varios annimos a
D. Pedro, pero ninguno lleg a su destino. Antes de echarlos al correo
los rompa. El gran fondo de dignidad que haba en su carcter se
sublevaba ante un proceder tan bajo; los rompa vertiendo lgrimas de
despecho. Despus de hacer trizas el ltimo que escribi, tuvo ocasin
de alegrarse, pues supo casualmente aquella noche que ninguna carta
llegaba a poder de Quiones sin pasar por las manos de su esposa. Otras
veces no poda ms; se renda a la pesadumbre de su pena y se dejaba
caer en una butaca, y pasaba largo rato con los ojos extticos en
meditacin intensa y dolorosa. Acometanle, en estos momentos, sbitos
arranques de ternura; se confesaba sin rubor, con gozo voluptuoso, el
amor que senta; perdonaba a Luis de todo corazn y se prometa amarle
toda la vida en silencio, no ser jams de ningn otro hombre. Segn
trascurran los das este sentimiento se irritaba, se trasformaba en
deseo enfermizo, irracional. La excitacin de los sentidos, que al fin
despertaban en ella de un modo violento, juntbase al cosquilleo del
amor propio herido, para mantener vivo este deseo. Poco le faltaba,
cuando vea a Luis a su lado, para abrirle su pecho y confesarle la
abrasadora pasin que senta.

Sin conciencia clara de lo que haca, Fernanda buscaba a su ex-novio por
la finca. Todo lo que all haba le interesaba profundamente, el bosque,
la casa, los criados, hasta los animales que pastaban en la pradera;
sobre todo esparca una mirada simptica, brillante de emocin. Cuan
amable le pareca aquel casern estropeado, rodo por la humedad y los
ratones! Despus de vagar por las regiones ms solitarias del bosque
largo rato, entr distradamente por los prados; descendi lentamente
hasta cierto sitio donde haba algunos obreros abriendo una zanja
profunda para desecar el terreno. All supo, sin preguntarlo, que el
conde, despus de estar un rato mirando la obra, se haba marchado.
Esper algn tiempo para disimular, y al cabo se apart con lento paso,
arrastrando la sombrilla, como quien no sabe adnde enderezarse.

En efecto, no lo saba. Pero no por falta de objetivo, sino porque
ignoraba dnde estuviera ste. Una idea cruel flotaba en su cerebro sin
determinarse con claridad; la de que Luis pudiera hallarse a solas en
aquel momento con Amalia. Poco a poco, a medida que marchaba por el
campo, esta idea fue adquiriendo relieve. Y segn se precisaba, le roa
el corazn, se lo llenaba de despecho y de clera. Por qu? No conoca
perfectamente sus relaciones adlteras? Pues, con todo, le causaba viva
irritacin, le pareca que no deba sufrirlo, que tena derecho a
impedir que se juntasen. Sin darse cuenta de lo que haca apret el
paso. Sus nervios se iban alterando. Cuando lleg a la corrada estaba
enteramente persuadida que los adlteros se hallaban juntos y solos.
Entr en la casa y, como quien la visita por curiosidad, la recorri
toda, escudri hasta las ms apartadas estancias. No logr verlos; pero
la circunstancia de no hallar a Amalia por ningn sitio la confirm an
ms en su sospecha. Fatigada de tanto buscar, inflamada de anhelo,
nerviosa, sali de nuevo al aire libre. Evit el encuentro de las
personas que pudieran detenerla y se dirigi al jardn. En cuanto puso
el pie en l despert vigorosamente en su espritu la esperanza de
encontrarlos. Aquel rincn de verdura donde los arbustos, creciendo a su
antojo, se entrelazaban hasta formar una masa impenetrable, era a
propsito para las confidencias amorosas. Avanz con precaucin, sin
hacer ruido, por sus senderos casi desaparecidos, tapizados de hierba,
invadidos en muchos parajes por las ramas de los arbustos y la maleza. A
veces, un montoncito de lirios le cortaba el paso, y se vea precisada a
saltar sobre ellos; otras, un rododendro extenda sus ramas para abrazar
a la camelia de enfrente y formaba bveda tan baja que necesitaba
doblarse mucho para pasar. Antes de llegar crey sentir leve rumor de
voces. Qued inmvil y esper algunos instantes. Volvi a percibirlo y
se dirigi hacia el sitio de donde parta.

Eran ellos! S, eran ellos. Mucho antes de or su voz claramente los
haba adivinado. Se paseaban por una calle ms ancha y despejada que las
otras, resguardada de un lado por el muro, del otro por alto seto de
boj. Amalia se colgaba del brazo del conde con imperio y negligencia y
hablaba mirando al suelo, mientras l se inclinaba hacia ella risueo,
sumiso, metindole las palabras por el odo. Los contempl desde lejos
al travs del follaje. La emocin la dej clavada al suelo algunos
instantes. Por encima del sentimiento de dolor y de ira que la
embargaba asom su cabeza el orgullo de mujer. Despus de examinar con
ojos ansiosos la figura de Amalia no pudo menos de murmurar con
amargura:

--De qu se habr enamorado ese hombre? Si es una gata disecada!

Despus pens:

--Qu se dirn?

Acometiole un deseo vivo de escuchar su pltica, y sin reflexionar sobre
el peligro que corra, fuese acercando poco a poco al seto, doblando el
cuerpo para no ser vista. Busc el paraje ms sombro y seguro, y
escuch. Slo se les oa cuando cruzaban cerca. En cuanto se alejaban
unos cuantos pasos no se perciba palabra alguna. No pudo recoger ms
que retazos de conversacin, que resultaban incoherentes.

--Se le rozan mucho los muslos. Si vieras cmo va engordando! Ni con
polvos de almidn ni con los de rosa se consigue suavizar la irritacin
de la piel--deca la dama.

--Hablan de la nia--pens Fernanda.

--No la he visto nunca en el bao. Cunto dara por asistir a l un
da!

--Es porque no quieres.

--No, no quiero, exponindote a t a un peligro y a que concluya de ese
modo...

No oy ms. Tuvo que aguardar a que llegasen al final de la calle y
diesen la vuelta.

--Di que has estado en casa de esas viejas chochas y no mientas--oy
decir a Amalia, al acercarse de nuevo.

--Te aseguro que estuve en el Casino. Nos hemos reunido los individuos
de la junta para ver si se ha de decorar nuevamente el saln. Cre que
podra salir a las diez, pero hasta las doce no nos separamos. No
conoces el carcter disputn y minucioso de D. Juan? A casa de las de
Mer hace un siglo que no voy. Tanto, que algunos empiezan a...

Otra vez se perdieron las palabras. Aquel D. Juan sera su padre?
Procurara enterarse. Cuando volvieron, el conde acariciaba tiernamente
la mano de su querida y sonrea, al hablar, con arrobada expresin de
felicidad.

--Muchas veces me he propuesto dejar de verte. Por la noche, estando a
solas en la cama, me entran terribles remordimientos. Entonces me digo:
Es necesario que esto concluya. Los dos nos condenamos
irremisiblemente. Y resuelvo marcharme de Lancia y hasta compongo todo
un plan de vida; viajo con la imaginacin por toda Europa; me olvido de
t; vuelvo al cabo de algunos aos, y en vez del amor antiguo se renueva
en mi corazn una amistad tierna y honesta, en la cual podemos descansar
tranquilos sin temor al castigo del Cielo... Pero as que amanece, estas
resoluciones se disipan, sucumbo a la tentacin, voy a tu casa, y en
cuanto te veo, en cuanto oigo tu voz adorada...

Fernanda se agarr con mano crispada al tronco de una magnolia.

A la vuelta era Amalia quien hablaba.

--No es verdad eso. Ya te he dicho que para m siempre hay un punto
negro. Por ms que pretendo forjarme la ilusin de ser la primera...

--La primera y la ltima! Yo no amar a otra mujer ms que a ti.

--No sabes los celos que tengo del pasado. Cada da ms. Di la verdad:
la has querido o no?

--No.

--Entonces, cmo eras capaz de...

No oy ms. Fue bastante para hacer brotar de sus ojos una lgrima.
Trat de huir. Cuando iba a hacerlo observ que los traidores se haban
detenido al extremo de la calle.

Amalia echa los brazos al cuello a su amante, le pone los labios en la
boca y le da un beso que se prolonga, se prolonga una eternidad.
Fernanda cierra los ojos. Cuando los abre de nuevo ve que se alejan
cogidos de la mano.

Los deja salir del jardn. Los sigue inmediatamente. Adnde irn? Una
vez en la corrada, observa que se sueltan y se dirigen a la casa. Entra
en su seguimiento, pero ya haban desaparecido y no sabe en qu
habitacin hallarlos. Las recorre todas imprudentemente, cegada por
emocin extraa que no acierta a reprimir, acometida de un deseo vivo,
anhelante, de espiarlos.

--Adnde va usted, Fernanda?--le pregunta un joven.

--Ando en busca de la novia.

--Pues va usted mal. Est en el otro extremo de la casa, en una de las
salas que miran al Norte.

Se vuelve para disimular; pero inmediatamente emprende de nuevo la
batida. Llega, por fin, a cierto gabinete cerrado, que no es otro que el
clebre _cuarto de la condesa_. Va a levantar el pestillo, como ha hecho
en otros, pero se queda inmvil al escuchar un rumor levsimo. Aplica el
odo. Son ellos!

Se aparta de all, corre como si la persiguieran, se mete por el bosque
y, cuando se encuentra en paraje solitario, se sienta al pie de un rbol
y apoya en su tronco la cabeza. El rostro triste y demudado, los ojos
extticos, las manos cruzadas sosteniendo una rodilla, expresa su
actitud una agona desesperada y muda.

Lleg la hora de comer. Se haban colocado en el gran saln de la planta
baja de la casa dos mesas paralelas. Aquella sociedad diseminada se
reuni instantneamente a la palabra santa de a comer lanzada a los
cuatro vientos de la finca por la ruda voz de Mann y por la argentina
de Manuel Antonio. Los sentimientos poticos, cuando se desenvuelven al
aire libre y enmedio de los bosques, son excelentes para facilitar la
secrecin del jugo gstrico. Por eso tanto ninfas como faunos asaltan
con bros, antes de sentarse a la mesa, las aceitunas, los pepinos, las
rajas de salchichn. Por voto unnime de la milicia y del clero,
representado dignamente por Fray Diego, se cometi a la novia el encargo
de designar sitio a cada cual. La festiva y revoltosa Emilita,
trasformada sbito en seversima matrona, llen su cometido con tacto y
amabilidad que le valieron el aplauso del concurso. A cada nia iba
dando por compaero y servidor aquel mancebito que era ms de su agrado,
y a cada persona mayor aquella otra con quien ms congeniaba por su
humor y aficiones. Pero cuando lleg al delirio el palmoteo fue cuando
coloc al teniente Rubio entre las dos seoritas de Mer. Haba dejado
para lo ltimo este donaire, que no le hizo maldita la gracia al
interesado. Vindose oprimido por tales vejestorios, el injusto forzador
qued amoscado y estuvo a punto de protestar contra la designacin de
Emilita y faltar a todas las reglas de la galantera, pero se contuvo.
Al tiempo de sentarse se le ocurri exclamar mirando a entrambos lados y
parodiando a Napolen:

--Desde lo alto de estas dos sillas, cuarenta siglos me contemplan.

La ocurrencia se celebr mucho y esto volvi el humor a aquel daino
animal. Supo contestar tan bien a la vaya que le daban sus amiguitas,
que aquella tarde gan fama imperecedera de cazurro y de pcaro.

Moro se sent al lado del conde, y mientras coman no ces de inculcar
en su alma la ventaja de traer al palacio de Granja una mesa de billar.
Conoca todas las fbricas, pero la mejor sin disputa era la de Tutau,
de Barcelona. Elogi el artculo como si fuese, un viajante de la casa.
A Luis se le conoca en la cara el hasto y el pesar de no hallarse
sentado al lado de Amalia. Pero Emilita no se atrevi a colocarlo en
esta forma, ni tampoco junto a Fernanda. Lo primero sera un escndalo.
Lo segundo, una molestia para ambos.

Se comi como en un banquete de la Iliada. Pero el Aquiles de esta
formidable pelea fue Mann, el brbaro Mann, que, al decir de los que
estaban a su lado, se comi once calabacines rellenos. Verdaderamente
Mann era digno de ser llamado, si no suevo, ya que esto ofenda al
seor Saleta, por lo menos longobardo. Se habl y se grit como en una
plazuela. Las tres hadas del Jubilado, que tanto haban ganado desde que
Fray Diego ech la bendicin a su hermana en inocencia y gracia
infantil, tiraban bolitas de pan a los oficiales. stos echaban miradas
a la novia, haciendo despus guios a su compaero Nez, y murmuraban
palabras espantosas que les hacan prorrumpir en carcajadas ms
espantosas an. Paco Gmez se peleaba con Mara Josefa. No se sabe cul
de los dos era peor intencionado, de quin partan las flechas ms
agudas y envenenadas. Saleta, que tena a su compaero y censor D.
Enrique Valero lejos, se despachaba a su gusto, contando a D. Juan
Estrada-Rosa y a otros dos caballeros cmo se haba arreglado para
seducir a cierta inglesa, esposa de un cnsul que haba conocido en
Oncn, yendo desterrado a Filipinas. El barco no se detena all ms que
veinticuatro horas. En este breve espacio la enamor y logr que se
escapase con l. Pero tuvo que separarse de ella al instante, porque
aquel lance fue objeto de una reclamacin diplomtica por parte de la
Gran Bretaa. Manuel Antonio, atacado sbitamente de viva simpata por
un alfrez rubio que tena a su lado, le abrumaba a cuidados y delicadas
atenciones.

--Federico... una aceitunita... No tome tanta mostaza, criatura, que le
puede hacer dao. Resrvese para las perdices. Me consta que estn
riqusimas. Quiere Burdeos?... Aguarde, yo me encargo de traerlo...

Y se levantaba solcito, daba la vuelta a la mesa y traa un par de
botellas que colocaba delante del mancebo.

--Se ha puesto usted muy bueno en Lancia. Cuando vino usted hace seis
meses era usted delgadito y plido. Yo deca: qu lstima de joven, tan
guapo y tan simptico! Porque crea que se iba usted a daar del pecho.
Se conoce que llevaba usted mala vida all en Barcelona... No? Pues
mire usted, cualquiera lo pensara. Me acuerdo que cuando usted lleg
traa una gabardina de color de ala de mosca muy bien hecha y chalina
azul celeste muy linda... Reconozco que le sienta a usted bien el traje
de paisano, pero a m me gusta usted ms de uniforme. Ser un capricho,
pero no lo puedo remediar. Vamos, que de uniforme y con esos bigotes a
la borgoona est usted del todo simptico!

Algunas toses significativas de los oficiales, que se sentaban enfrente,
le paralizaron de pronto. Pero no se corri ni mucho menos. Era incapaz
de avergonzarse por nada. El que qued amoscado y se puso muy serio y
ceudo fue el alfrez.

Cuando el banquete daba a su fin, algunos caballeros, favorecidos de las
musas, se levantaron a brindar en verso o cosa parecida. Y los que no lo
hicieron en verso felicitaron en prosa a los desposados, resultando que
lo mismo unos que otros coincidieron en desearles una eterna luna de
miel. Y lo mismo el peridico local que al da siguiente dio la
noticia. De todos aquellos brindis el ms original e interesante fue el
del padre de la novia, D. Cristbal Mateo. No haba de ser original or
a este saudo enemigo de la fuerza armada cantar sus glorias y
declararse partidario frentico del aumento del contingente y del sueldo
a los oficiales? A las pocas palabras que pronunci se mostr tan
enternecido, que algunas lgrimas rodaron precipitadamente por sus
mejillas. No falt quien dijo que lloraba el vino que haba bebido; pero
estamos lejos de dar crdito a esta insinuacin malvola, primeramente
porque es un absurdo que se llore vino, y despus porque su acento era
tan sincero, su ademn tan pattico, que nadie poda dudar de que sus
palabras salan del fondo del corazn.

--...Es un consuelo, s, es un consuelo que Dios me haya dejado ver a mi
hija casada con un pundonoroso militar... Bien que decir militar en
Espaa es decir pundonoroso... Porque el ejrcito es la escuela del
honor, como dijo cierto filsofo... Levantar el ejrcito, honrar el
ejrcito, es levantar, es honrar el honor de la nacin... Levantar el
ejrcito es levantar el podero y la prosperidad del pas... Levantar el
ejrcito es colocarnos al nivel de las naciones ms grandes de
Europa... Levantar el ejrcito es vivir respetados por todo el mundo...
Levantar el ejrcito es levantarnos nosotros mismos... Levantar el
ejrcito...

--Que se levante el ejrcito, pero que se siente don Cristbal--grit
uno.

El Jubilado qued parado en firme, ech una mirada de triste
reconvencin hacia el sitio de donde haba partido la voz, se llev el
pauelo a los ojos para enjugarse las lgrimas, bebi con calma lo que
restaba de vino en la copa y se sent gravemente entre el aplauso y la
risa de los comensales.

Fernanda no haba despegado los labios durante la comida. Todos los
esfuerzos de Granate, a quien la amabilidad de Emilita haba colocado
cerca de su apetecido dueo, resultaron infructuosos. Ni por hablarle de
la zafra y describirle cmo se recoge el tabaco y hacer clculos exactos
de lo que se gana en cada caja de azcar y lo que se ganara si se
rebajasen los derechos, ni por contar los cien pormenores interesantes
sobre la importacin de las carnes saladas de la Repblica Argentina y
del bacalao de Terranova, logr Romeo que su Julieta emitiese ms que
secos monoslabos. Lo nico que haca era alargarle de vez en cuando la
copa, diciendo con imperio:

--Eche usted vino.

El indiano se apresuraba a cumplimentar la orden. La joven la apuraba de
un trago, la pona sobre la mesa y paseaba sus ojos altivos por los
comensales, detenindose con insistencia en Amalia. Poco a poco aquellos
ojos iban adquiriendo expresin ms sombra, los prpados se le caan,
se ponan encendidos y se movan a un lado y a otro con ms dificultad.
D. Santos, a quien sorprenda aquella manera de beber, se atrevi a
decir:

--Fernandita, bebe usted como un sumidero. Porra! Tengo miedo que le d
a usted un torozn.

--Eche usted vino--respondi Fernanda lanzndole al mismo tiempo una
mirada torva que le desconcert.

Ya que se hubo brindado, voceado y disparatado bien, el alegre concurso
volvi a diseminarse. Slo permanecieron en sus puestos el Jubilado y
los oficiales refractarios al amor. Quedaron discutiendo la forma ms
adecuada de aumentar, sin gravar mucho al Tesoro, ocho duros mensuales a
los capitanes, cinco a los tenientes y tres a los alfreces. Sin esta
reforma declaraban explcitamente los interesados que se operara muy
pronto una completa disolucin en el ejrcito, y por lo tanto, dejando
de ser la escuela del honor, ni lo habra en el pas, ni nos
levantaramos jams a la altura de otras naciones, ni habra
prosperidad ni podero ni pundonor en toda la vida. Jaime Moro volvi a
trincar a Fray Diego y a D. Juan Estrada-Rosa y los arrastr hasta la
mesa del tresillo. D. Juan haba perdido y se mostraba reacio, pero el
simptico mancebo logr convencerle con astucia de que, si no le haba
dado el naipe por la maana, era porque l, Moro, nunca haba perdido a
esa hora. Cuando le vena la mala era por la tarde. Capaz sera de
dejarse ganar con tal de retenerlos.

Mann, sentado a un extremo de la mesa, sin intervenir en la
conversacin de los oficiales, cortaba con su navaja rebanadas de pan y
las coma cachazudamente formando bulto en el carrillo, remojndolas con
largos tragos del Burdeos que haba quedado en las botellas. No estaba
conforme con la comida que les sirvi Maran, el dueo del caf de
Altavilla. Despus de haberse hartado como un salvaje, deca que todos
aquellos platos eran _perfumeras_, y que donde estaba una fuente de
judas con morcilla, longaniza y huesos de marrano deben callarse los
macarrones. Hay que advertir que para Mann se llamaban macarrones todos
los manjares que no conoca, lo cual caa muy en gracia al maestrante.

Mientras terminaba tan dignamente aquella comida indecorosa no cesaba de
murmurar pestes contra ella, haciendo responsable en parte a D.
Cristbal, a quien diriga de vez en cuando desde un rincn largas
miradas de rencor.

De pronto se abren con estrpito las puertas del saln y penetran en l
cuatro muchachas en un estado de agitacin que impresion vivamente a
los circunstantes. Sin hacer caso de los otros se dirigen todas al
mayordomo de Quiones:

--Mann, un oso! Mann, un oso!

--Dnde?--pregunta aqul sin inmutarse.

--En el bosque.

--Quin lo ha trado?

Ante esta pregunta extravagante quedan las cuatro estupefactas y
suspensas. Una de ellas se atrevi al fin a apuntar tmidamente:

--Ha venido l solo.

--Bah, bah, bah!--exclam rudamente el mayordomo.

Y vuelve a las tajadas de pan con ms ardor que antes, dando quiz con
esto la razn a los envidiosos de la aldea, que no queran or hablar de
los osos que haba matado y se emperraban en llamarle zampatortas.

--Vamos, nia, di cmo lo has visto--manifiesta la simptica Consuelo,
que vena en la diputacin.

Una, que estaba ms plida que las otras, avanz y exclam con trabajo:

--Qu miedo! Madre ma, qu miedo! Cre que me mora... porque mire
usted, el oso... el oso era horrible!

En tal estado de sobresalto se hallaba, que no pudo articular ms que
palabras incoherentes. Entonces la resuelta Consuelo avanz a su vez y
dijo con voz firme:

--Ver usted, Mann. Esta nia se encontraba con nosotras en la parte
ms espesa del bosque, all muy lejos. Oy cantar un pjaro, un malvs,
segn creo. No era un malvs?... Bueno, pues oy cantar un tordo y se
dirigi al sitio donde sonaba. Se alej bastante y no pudo dar con l.
Cuando se volva, sale de unas matas el oso, la acomete, la tira al
suelo y sin hacerla dao, no sabemos por qu, huye y desaparece.

El famoso cazador de osos se levanta pausadamente y dice con el acento
firme y sosegado de los hroes:

--Vamos a ver qu es eso.

Pidi una escopeta arriba, y seguido de lejos por las plidas doncellas,
dio una batida al bosque. Lo nico que hall fue un cerdo alemn de la
pareja que el conde haba trado para encastar. La hembra haba muerto y
el macho vagaba triste y solitario por la espesura mientras se efectuaba
su metamorfosis en morcillas y chuletas. Hubo sospechas vehementes de
que el autor de la agresin fuese este cerdo viudo, pero la joven de la
aventura juraba y perjuraba que haba sido un oso quien la haba
acometido, y que no le dijeran cmo era este animal, porque lo haba
visto muchas veces disecado en el gabinete de zoologa de la
universidad.

Fernanda se haba marchado mucho antes seguida de Granate. Estuvieron en
el jardn. All la joven se le colg del brazo y dieron algunas vueltas
por la misma calle en que haba visto pasear al conde con Amalia.

--Usted est muy enamorado de m, verdad?--le pregunt bruscamente.

El indiano, sorprendido, murmur:

--Oh, s! Dicen que estoy como un burro, y es verdad.

--Y qu siente usted, vamos a ver; qu siente usted? Explquese.

--Yo?... Cmo?--exclam sorprendido.

--S. Qu siente usted cuando me ve? Qu siente cuando otro hombre se
acerca a m, el conde, pongo por caso? Qu siente usted en este momento
en que va oprimiendo mi brazo? Descrbame usted sus sensaciones, lo que
le pasa por dentro...

--Yo, seorita... no s qu decirla... La tengo tanta ley como si fuese
de la familia... Y a don Juan, su padre, aunque sea un poco
cascarrabias, lo mismo... Que sea cascarrabias o no, a m qu me
importa?... Si me casara con usted, tengo casa, gracias a Dios... Y no
es porque yo lo diga, pero mi casa vale ms que la suya, eso bien lo
sabe usted... Pero antes nos iramos a viajear por Francia, por Italia,
por Ingalaterra, por donde usted quisiera... Y si echbamos abajo cinco
mil duros, que los echramos!

Granate sigui desbarrando un buen rato en esta forma. Fernanda no le
oa. Al fin le enfad aquel ruido molesto y dijo con acento colrico:

--Se quiere usted callar, hombre? Qu sarta de estupideces est usted
ah soltando?

El pobre D. Santos qued anonadado. Pasearon en silencio algn tiempo.

--Qu feo es todo esto!--exclam al cabo la joven.

--_Culo?_

--Todo! La casa, el bosque, los prados, el jardn... Mire usted qu
horrible es esta magnolia.

--La casa muy fea y muy antigua, siempre lo he dicho... Si la dieran tan
siquiera un revoque y me pintaran los balcones, todava... El bosque no
vale para nada, no trae utilidad, est ocupando un sitio precioso para
hortaliza o espalera de fruta o lo que le manden.

Fernanda solt una carcajada.

--Usted padeci alguna vez de melancola, D. Santos.

--De tristeza? Nunca. Yo siempre de buen humor. Tan slo hace un ao,
que me comi un bribn ocho mil y pico de duros, tom un berrenchn que
me dur dos das.

--Qu feo est el sol ahora, visto por entre las ramas de los rboles!

--Quiere usted que nos volvamos a casa?

--No, llveme usted hacia el ro. Tengo la cara ardiendo y quiero
refrescarla un poco con agua.

Bajaron por los prados, llegaron al ro, y all la heredera de
Estrada-Rosa, contra las prescripciones de D. Santos, se ech agua al
rostro por largo rato. Despus que se hubo secado ascendieron de nuevo
lentamente hacia la casa.

--Cmo estoy ahora? Bien, eh?... Si viera usted cmo me aburro aqu!
No puedo ms; todo esto me fatiga. Yo no nac para andar por los prados
como las vacas. A m me gustan las ciudades, los salones, el lujo.
Quisiera viajear, como usted dice, por Pars, por Londres, por Viena.
Qu aburrido es Lancia, verdad? Aquellos eternos paseos del Bomb!
Aquel campo de San Francisco! Aquella torre de la catedral tan negra y
tan triste! Luego siempre las mismas caras. La nica persona divertida
de Lancia es usted... En cuanto le veo se me suelta la risa sin poderlo
remediar. Por qu le llaman a usted Granate? Yo creo que el color de
usted ms se parece al lapislzuli... Usted habr tenido esclavos all
en Amrica?... Oh, cmo me gustara a m tener esclavos! Es tan
fastidioso eso de pedir las cosas por favor! Pero no, en Amrica, no;
hay fiebre amarilla... Preferira ir a China.

A medida que hablaba se iba exaltando, se emborrachaba con sus propias
palabras. Los pensamientos salan cada vez ms incoherentes. D. Santos
trat de decir algo, pero se lo impidi ella tapndole la boca con la
mano.

--Djame hablar, hombre. Te lo quieres decir todo t?

El indiano empez a inquietarse. La exaltacin de la joven iba en
aumento. Hablaba por los codos y le tuteaba rudamente.

--Dame un cigarro.

--Fernandita!... Un cigarro!... Se va a usted a marear.

--Silencio! Qu dices ah, tonto? Marearme! T no sabes ya qu
inventar para fastidiarme. Dame un cigarro o te dejo ah plantado.

El indiano sac la petaca: la gentil heredera tom de ella una breva, le
arranc con sus dientes etipicos la punta y pidi por seas un fsforo.
Granate se lo ofreci encendido, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza en
seal de disgusto.

Cuando hubo dado dos o tres chupadas, puso un gesto avinagrado y
exclam:

--Qu cigarros tan infames! Mira, fmatelo t.

Y se lo puso en la boca.

No fue, no, avinagrado el gesto de Granate al chuparlo.

--Ya lo creo que me lo fumar!--exclam sonriendo beatamente.--Me salen
a doscientos pesos el millar... Pero ahora, despus de chuparlo usted,
vale un milln...

--Vamos, no empieces a decir brutalidades. Llvame a casa... Esta luz me
marea.

Llegaron hasta la corrada cogidos del brazo. All un pollastre les dijo
desde lejos:

--Dnde van ustedes? La gente est en el bosque.

--Dgale usted a la gente que me ro de ella--respondi Fernanda con
gesto furioso que hizo sonrer al muchacho.

--T no conoces la casa?--aadi bajando la voz y dirigindose a D.
Santos.--Pues voy a ensertela toda. Vers.

Subieron la mohosa y estropeada escalera. Fernanda, sin cerrar boca, fue
recorriendo todas las habitaciones del casern y mostrndolas al
indiano.

--Aqu est el clebre _cuarto de la condesa_!--exclam con singular
entonacin al llegar a l.--Vamos a entrar. Estoy cansada.

Entraron y la joven cerr la puerta.

--Qu hermoso, eh?... ste es el cuarto ms hermoso y ms pcaro de la
casa. Si estos muebles se pusieran a contar secretos divertidos, no
concluiran nunca... Mira, dime pronto algo que me haga rer, porque si
no vas a ver cmo empiezo a llorar lo mismo que una colegiala... Lo
ves? Ya estoy llorando... Sintate ah, gaznpiro... Qu bonito chaleco
traes! Qu bien dibuja la redondez de la panza!... Contempla esa cama.
Es grande, eh? es ancha, es hermosa, es artstica. Pues mira, yo la
quemara... Por no sentarme en ella, voy a sentarme sobre tus
rodillas...

Y as lo hizo. Granate al sentir aquella carga tan dulce qued
enajenado, y con increble audacia le pas un brazo por la cintura. La
joven se alz como si la hubiera pinchado.

--Qu haces, bruto? Crees que estamos en la manigua y soy alguna negra
cimarrona?

Despus de contemplarle un rato con ojos colricos, su fisonoma se fue
serenando, sus labios se dilataron con sonrisa dulce.

--Me quieres mucho?

--Casi na!--dijo el indiano con acento picarn.

--Pues vas a ser feliz un momento. Mira, te voy a permitir que me des un
beso... uno solo, lo entiendes? Pero me has de jurar que no lo ha de
saber nadie...

El indiano hizo un juramento espantoso.

--Bueno, basta. Ahora, dame el beso aqu en la sien. El primero y el
ltimo que me has de dar en tu vida... Espera un poco--aadi alzndose
otra vez.--Por este beso yo te he de dar cincuenta bofetadas en esos
carrillos azules... Admites el trato?

Granate consinti inmediatamente. La nia volvi a sentarse sobre sus
rodillas e inclin la cabeza para recibir el beso.

--Bueno, ahora llega mi turno!--exclam con infantil
alegra.--Preprate a recibir los bofetones... Qu carrillos, Dios mo,
tan magnficos! Ves que son azules?... Pues te los voy a poner
verdes... Atencin!... Una!... La primera... Dos!... La segunda...
Tres!... La tercera... Cuatro!... Cinco!

La mano breve y torneada de la hermosa chasqueaba ruidosamente en las
carnosas mejillas del indiano. Los ojos de ste comenzaron a ponerse
encendidos y encarnizados, como los de un lobo, su sangre llame
repentinamente y con brusco ademn la sujet brutalmente por la cintura.

Fernanda dej escapar un grito ahogado.

--Qu tienes?... Por qu te enfadas?... Djame!... Djame, bruto!

Luch, forceje con desesperacin, pero no logr desasirse...

Al apartarse, la embriaguez haba desaparecido por completo. Dirigi una
mirada vaga, extraviada, al indiano. Pero esta mirada adquiri sbito
expresin de espanto, se fij en l como en un animal extrao que la
viniese a acometer.

--Qu hace usted aqu?... Ah, s!--exclam llevndose la mano a la
frente.--Dios mo! Qu me pasa? Estoy soando?...

Y volviendo a clavarle sus ojos irritados, amenazadores, le grit con
rabia:

--Qu hace usted ah plantado? Salga usted inmediatamente! Salga
usted! salga usted!--repiti con grito cada vez ms alto.

Pero cuando el indiano retroceda ya hacia la puerta ella se lanza de
pronto fuera, sale disparada por los pasillos y, al llegar cerca de la
escalera, cae atacada de un sncope.

La levantaron, la prodigaron mil cuidados. Al recobrar el sentido brot
de sus ojos un raudal de lgrimas; no ces de llorar en toda la tarde.
Cuando la comitiva se puso de nuevo en marcha hacia la poblacin an
segua llorando.

--Han visto ustedes qu vino ms llorn tiene esta nia de
Estrada-Rosa?--deca riendo el capitn Nez.




IX

La mascarada.


Momentos antes de que la rosada aurora abriese de par en par las
ventanas del Oriente, Satans, que amaneci de humor campechano, envi a
Lancia al ms travieso y juguetn de los demonios con encargo de
despertarla. Bati sus negras alas el ministro de Averno sobre la ciudad
y lanz una carcajada horrsona, estridente, que logr arrancar de las
profundidades del sueo a todos sus habitantes. Despertaron con unas
ganas atroces de rer, de alborotar, de burlarse de la autoridad
gubernativa, improvisar coplas y decir barbaridades.

Uno de ellos, imaginamos que haya sido Jaime Moro, lo primero que hizo
al saltar de la cama fue llamar al criado y preguntarle con semblante
risueo si D. Nicanor, el bajo de la catedral, le haba prestado al fin
su figle. El criado, sin responder, saliose un momento del cuarto y no
tard en aparecer con un descomunal serpentn entre las manos. Y sin
respeto alguno a su amo aplic los labios a la boquilla y produjo un
ruido temeroso semejante al rugido de un len. Moro, en calzoncillos
como estaba, hizo una pirueta y tres o cuatro zapatetas en seal de
ntimo regocijo, como si aquel ruido brbaro hubiese tocado las fibras
ms delicadas de su corazn. Despus de probar por s mismo a producir
idntico rugido y cerciorarse de que era bien capaz, se visti, se ali
y, tomando apresuradamente el desayuno, se sali a la calle liado en su
capa y debajo de ella el artefacto musical que tan gozoso le haba
puesto. A cuantos encontraba detena con guio misterioso, y metindose
en el portal ms prximo les mostraba, lleno de emocin, el contrabando
que traa oculto. Ninguno preguntaba lo que iba a hacer con l.
Sonrean, le apretaban la mano significativamente y solan preguntarle
al odo:

--Para cundo?

--Esto para la noche, pero a las doce sale la carroza.

--Se escaparn?

--Ca! Estn bien tomadas las medidas.

Y segua su camino, embozado hasta los ojos, porque haca un fro de dos
mil diablos.

Otros no se limitaban a sonrer y apretarle la mano, sino que en justa
correspondencia a su confianza sacaban con mano temblorosa de los
bolsillos del gabn o de lo interior de la gabardina algn instrumento
resonante tambin de menor categora, una trompeta, un cuerno de caza,
una matraca. Moro aplauda, alababa el instrumento sin hacer alarde de
su superioridad. Y prosegua con marcha oblicua y trabajosa, no hacia la
confitera de D. Romana, que era el trmino glorioso de sus
expediciones matinales, sino hacia casa de Paco Gmez.

Resonaba sta ya con los pasos agitados y el vocero de una muchedumbre
de jvenes diligentes. Todos ellos trabajaban con verdadero afn, con
ahnco que rara vez se ve en los talleres. Unos cortaban estandartes,
otros moldeaban caretas de cartn; quines pegaban letras negras a los
trasparentes de un farol; quines vestan primorosamente dos grandes
muecos; quines, en fin, se ocupaban en desatascar las boquillas de
varios bombardinos y serpentones semejantes al que Moro llevaba. La
estancia era una inmensa sala destartalada. Paco Gmez habitaba el
palacio de un marqus que jams haba puesto los pies en Lancia, del
cual su padre era mayordomo. El implacable bromista presida vigilante y
solcito los trabajos de sus compaeros, acudiendo a todas partes,
saliendo a cada momento para dar rdenes a los criados o para recibir
los mensajes que le enviaban. Nunca se le haba visto tan afanoso.
Generalmente era displicente, y hasta en las bromas ms premeditadas
mostraba cierta actitud desdeosa, sincera o fingida, que le haca ms
temible. Ahora echaba todo el cuerpo fuera. Es que se trataba de la
farsa ms estupenda y regocijada que haba presenciado jams la ciudad
de Lancia desde que los monjes de San Vicente haban venido a fundarla.
El motivo era que se casaba... (apenas si la pluma se atreve a
estamparlo) Fernanda Estrada-Rosa... se casaba... (vamos, que cuesta
trabajo decirlo) se casaba con Granate!

Desde la memorable escena de la Granja, Fernanda vivi en estupor
doloroso, en un abatimiento de alma y de cuerpo que alarm a su padre.
Hizo llamar al mdico. ste no hall ms que un desequilibrio nervioso;
se curara con algn viajecito a la corte, con paseos y distracciones.
La nia se neg en absoluto a curarse por estos medios. Ni paseos, ni
teatro, ni tertulias, ni mucho menos pensar en hacer viaje alguno. Desde
su gabinete al comedor, desde aqu al cuarto de su padre, donde sola
permanecer breves instantes. No tena fuerzas para subir al piso segundo
ni humor para enterarse de los trabajos de los criados y dirigirlos.
Cerrada en su habitacin tampoco lo tena para seguir labor alguna. Se
dejaba caer en una silla y permaneca largusimo rato inmvil con las
manos sobre las rodillas y los ojos extticos. Algunas veces se pona a
leer y, observando que no se haca cargo de lo que el libro deca,
conclua por arrojarlo. Otras se asomaba al balcn y permaneca de
bruces sobre la baranda horas enteras con la vista fija en el espacio o
en un punto de la calle, sin ver a los transentes ni contestar al
saludo que muchos le dirigan, ni advertir siquiera la curiosidad de que
era blanco por parte de las vecinas.

Mas he aqu que repentinamente se le antoja marcharse a Madrid. Fue
necesario preparar el viaje instantneamente. Manifest su deseo por la
maana. Por la noche montaban padre e hija en la diligencia: con tal
mpetu y palabras extremosas exigi la nia el viaje. Una vez en la
corte, cambi radicalmente su humor. Entregose con rabia, con pasin
desenfrenada a los placeres que brinda Madrid a una joven forastera,
rica y hermosa. Vivi dos meses en la embriaguez de los teatros, de los
paseos en coche, de los grandes saraos y conciertos. Acometida sbito
de una alegra nerviosa, pareca feliz enmedio del ruido y el tumulto de
la sociedad, donde empez a conocrsela por el sobrenombre de _la
Africana_.

Para que su vida fuese an ms alegre y aturdida le placa comer por los
_cafs_ y _restaurants_, como un mancebo disipado. D. Juan fluctuaba
entre el gozo de verla contenta y la incomodidad aguda que le produca
aquella vida desordenada, tan contraria a sus hbitos y edad.

Una tarde, regresando del paseo del Prado, Fernanda estall
repentinamente en sollozos. D. Juan qued estupefacto, aterrado; en toda
la tarde no haba cesado de rer aquella locuela burlndose de cierto
mancebito que segua pertinazmente su coche.

--Qu te pasa?... Fernanda! Hija ma!

La nia no respondi. Con el pauelo en los ojos, el cuerpo sacudido por
fuertes estremecimientos, lloraba cada vez ms perdidamente.

--Fernanda, por Dios, que la gente se est fijando!

El llanto se iba convirtiendo en ataque de nervios. D. Juan orden al
cochero partir a escape a casa. Mas antes de llegar a ella, la joven
ces de llorar y, levantando la cabeza con resolucin, exclam:

--Pap, quiero marcharme a Lancia!

--Bien, hija; nos iremos maana.

--No, no; quiero que nos vayamos ahora mismo.

--Considera que no falta ms que una hora para salir el tren.

--Sobra tiempo.

No hubo ms remedio que meter apresuradamente la ropa en los bales y
salir disparados a la estacin. Slo cuando el silbido de la locomotora
anunci la salida y comenzaron a correr por las llanuras ridas que
rodean a Madrid se calmaron un poco los nervios de la excitada nia.

Al da siguiente de llegar a Lancia no fue a dar los buenos das a su
padre ni a tomar chocolate con l, como tena por costumbre. Cuando ya
se dispona el viejo a llamarla, entra de repente en su habitacin una
domstica plida y agitada.

--La seorita se ha puesto muy mala!

Corri D. Juan al gabinete y la hall desencajada; lvida, por los
esfuerzos que unas violentsimas nuseas la obligaban a hacer.

--Pronto! A buscar el mdico!--grit el pobre padre.

Fernanda hizo un gesto negativo y articul dbilmente:

--No, que llamen al penitenciario.

No hizo caso. Vino el mdico y, despus de examinarla detenidamente,
llam a D. Juan aparte y le dijo:

--Su hija de usted ha tomado una cantidad extraordinaria de ludano.

--Para qu?--pregunt sin comprender.

--Pues... para lo que se toman siempre esas cantidades... para
envenenarse.

--Hija de mi alma! qu has hecho?--grit el desgraciado; y quiso
lanzarse de nuevo a la habitacin de la joven. El mdico le detuvo.

--No corre peligro alguno. Ha devuelto todo el veneno, y con el
medicamento que voy a recetar quedar completamente tranquila. Lo que
importa ahora es que no repita.

--Oh, no! Yo me encargo.

Y corri al cuarto de su hija. Pero no pudo arrancarle una palabra. La
nia se obstinaba en que viniese su confesor. Al fin fue por s mismo a
llamarlo, y no tard en aparecer con l.

Mientras dur la confesin, D. Juan paseaba agitadamente por el amplio
corredor de la casa en espera, devorado por curiosidad ardiente, presa
de vagos y tristsimos presentimientos. Sali al fin el penitenciario,
quien sin responder a la muda interrogacin que le diriga con la vista,
tomole gravemente de la mano y le llev en silencio hasta su propia
habitacin, donde se encerraron. Cuando al cabo de una hora salieron, el
anciano banquero tena las mejillas inflamadas, los blancos cabellos en
desorden y en los ojos seales de haber llorado. Despidi al cannigo
en la escalera y torn a encerrarse en su despacho. All permaneci todo
el da y toda la noche, sin hacer caso de los recados que su hija le
mand para que se llegase a verla.

Fue el propio penitenciario quien se ofreci a hablar con Granate y
seguir las negociaciones. El indiano relinch de gozo al saber de lo que
se trataba. Pero su naturaleza de aldeano astuto y la pasin de la
avaricia, que era la que hasta entonces le haba dominado, alzaron la
cabeza. Cuando al otro da fue el cannigo a hablarle hallolo cambiado:
cerdeaba, grua, sacuda la cabeza, hablaba con palabras entrecortadas
del lujo con que haban criado a Fernanda, de los grandes gastos que el
matrimonio trae consigo. En resumidas cuentas, peda una dote. El
penitenciario, que era hombre justificado y de genio vivo, no pudo
contenerse ante tal vileza y le llen de denuestos. Pero esto era lo que
menos importaba a aquel rstico. Seguro de tener a D. Juan bajo sus
tacones, rea como un bestia, se rascaba la cabeza y dejaba escapar
algn dicharacho grosero que pona an ms fuera de s al cannigo.

Cuando, haciendo grandes rodeos, ste enter a D. Juan de lo que
ocurra, el desgraciado padre quiso volverse loco de desesperacin e
ira. Se arrancaba los cabellos, vomitaba injurias atroces y hablaba de
dar un tiro a su hija y darse l otro enseguida. A duras penas logr
calmarle un poco. Entr, al fin, en razn, siguieron las negociaciones y
despus de disputar como mercaderes el tanto y el cuanto de la dote, se
fij al fin lo que haba de ser, y Granate consinti en dar su mano de
sapo a la nia ms preciosa que Lancia guardaba por aquella poca.

Pero faltaba la ms negra. Faltaba decrselo a ella. Cuando le
anunciaron que se preparase a unir su suerte en plazo breve a la de D.
Santos, cay presa de fuerte desmayo. Al salir de l declar
rotundamente que no lo hara aunque la desollaran viva. Ni las
reflexiones de su confesor, ni la perspectiva de la deshonra, ni las
lgrimas de su padre consiguieron ablandarla. Slo cuando vio a ste
frentico llevarse el can de un revlver a la sien para arrancarse la
vida se arroj a detenerlo prometiendo hacer cuanto le mandase. Y he
aqu cmo qued concertado en principio aquel matrimonio horrendo.

Al tener noticia los nobles hijos de Lancia de tal concierto, el mismo
sentimiento de vergenza se apoder de todos ellos. Una ola inmensa de
rubor invadi las mejillas de aquel generoso vecindario. Esta ola sola
venir a Lancia y hacer los mismos estragos siempre que la suerte
favoreca a algn laciense ms de lo justo. Si a uno le tocaba la
lotera, si a otro le daban un buen empleo, si el de ms all se casaba
con una mujer rica o adquira gran caudal con su industria, o se haca
famoso por su talento, la delicadeza exquisita de los habitantes de
Lancia se sobresaltaba y procuraba, rebajando el dinero, el talento, la
instruccin o la industria de su vecino, poner las cosas en su verdadero
sitio. Tal sentimiento puede equivocarse fcilmente con el de la
envidia. El verdadero observador comprendera, no obstante, al orlos
disertar en las tertulias de las tiendas y en los corrillos de la calle,
que slo el amor, acaso demasiado ardiente, a la justicia les obligaba a
minorar los mritos de su convecino y renunciar de este modo
generosamente a la parte de gloria que en ellos pudiera refluir por este
concepto.

El matrimonio de Granate caus profundo estupor. Sigui al estupor un
grito de indignacin. Nunca se colorearon tan vivamente las mejillas de
los lacienses como en aquel momento; ni siquiera cuando la prensa de
Madrid vino elogiando cierta comedia escrita por un hijo de la
poblacin. Qu de improperios, primero contra Granate, luego contra D.
Juan, despus contra Fernanda! Singularmente los pollos se agitaban
convulsos, frenticos; encontraban deficiente la legislacin, que no
contena medios de prohibir semejantes monstruosidades. Resultado de
todo fue que, para dar expansin a las fogosas emociones que la noticia
haba despertado en su alma y para dar claro testimonio al mundo entero
del profundo disgusto que un matrimonio tan extravagante les causaba, la
juventud laciense dispuso una soberana farsa a cuyos comienzos
asistimos.

Los interesados tuvieron noticia de ella y quisieron evadir el golpe,
primero ocultando el da en que se haba de celebrar el matrimonio,
despus celebrndolo fuera de la poblacin. Pero no les valieron de nada
sus precauciones. Los pollos olfatearon que la ceremonia se celebrara
en los primeros das de Febrero, en la posesin que Estrada-Rosa posea
a media legua de Lancia. Se colocaron espas en la calle de Altavilla y
en las inmediaciones de casa de Granate a fin de que no se escaparan;
sobornose a los criados; se trazaron por las cabezas ms fecundas de la
ciudad mil planes ingeniosos para vejar a los novios. Como coincidi con
estos preparativos el Carnaval, resolvieron aprovecharlo para dar el
primer golpe con una gran mascarada burlesca, que sali el domingo a las
doce de casa de Paco Gmez recorriendo las calles. En una carroza tirada
por cuatro bueyes vestidos con percalina roja, sus cuernos adornados con
ramaje, venan tres mscaras, queriendo figurar una a Fernanda
Estrada-Rosa, otra a su padre y otra a Granate. Este ltimo traa un
sombrero de cuernos. De vez en cuando se paraba la carroza y ejecutaban
una farsa ridcula y grosera que haca bramar de regocijo a los curiosos
que en torno se reunan. Fernanda besaba con trasportes de entusiasmo a
Granate; ste, como ms pequeo, la abrazaba por ms abajo de la
cintura, y mientras tanto D. Juan haca sonar riendo una bolsa de
dinero. De vez en cuando, del fondo de la carroza sala rpidamente otro
mscara que quera representar al conde de Ons, daba un beso a
Fernanda, se lo devolva sta a espaldas de Granate, y tornaba a
ocultarse con la misma celeridad.

Como quiera que esta payasada se ejecut en la calle de Altavilla,
delante de la misma casa de Estrada-Rosa, el escndalo fue enorme, el
gento que la presenciaba inmenso. D. Juan, en el paroxismo de la ira,
dio parte al gobernador, grande amigo suyo, y resolvi partir al da
siguiente con Fernanda. Los jvenes maleantes, que prevan esta
determinacin, ya tenan urdido el medio de hacerla ineficaz,
preparando, como hemos visto, una grandiosa cencerrada para la noche.
Era anticipada porque an no se haban casado, pero de ningn modo
queran que se escapasen sin ella. Armados, pues, de cuantos
instrumentos ruidosos pudieron haber, con grandes trasparentes, donde
aparecan pintadas las mismas grotescas figuras de la carroza con
bestiales leyendas debajo, y teas en las manos, se congregaron ms de
trescientos muchachos en Altavilla, y alrededor de ellos media
poblacin que los alentaba con sus carcajadas. El estruendo era
horrsono. De vez en cuando cesaba y una voz lanzaba al aire alguna
copla indecente, que era celebrada con rugidos de alegra, creciendo
tanto y tanto la algazara, que el mundo se vena abajo. El teniente
Rubio, siempre original, trep por las cornisas de la capilla de San
Fructuoso, situada casi enfrente de la casa de Estrada-Rosa, y comenz a
repicar la campana. Paco Gmez iba solapadamente de uno en otro grupo
apuntando las coplitas ms dainas para que las repitiese en alta voz el
que la tuviese ms recia. Moro haca sonar su famoso serpentn hasta
echar los pulmones, mientras el marica de Sierra, que haba sido uno de
los ms activos promovedores de la cencerrada, se meta traidoramente en
casa de D. Juan, vendindose como amigo fiel, para espiar en realidad lo
que all pasaba.

Pero el jefe poltico de la provincia pens que era ya hora de oficiar
de Neptuno y componer las olas irritadas. Cuando la cencerrada se
hallaba en su perodo lgido, envi a Altavilla a ola, cabo de los
guardias municipales, acompaado de dos nmeros, que resultaron ser
Lucas el Florn y Pepe la Mota, con encargo de apaciguar el escndalo y
despejar la calle. Los lacienses estaban avezados de antiguo a no
reconocer el origen divino de la autoridad cuando ola, el Florn o
Pepe la Mota se empeaban en representarla. Y no slo ponan en duda su
legitimidad, sino que en cuanto de lejos los columbraban, soplaba en su
espritu el viento de la rebelin y lo encrespaba. Consista esto en
que los lacienses estuviesen predestinados por los ciegos impulsos de su
naturaleza a conspirar contra el orden establecido? No es verosmil.
Ninguno de los historiadores de Lancia han sealado como carcter
distintivo de aquella raza la oposicin a las instituciones. Es ms
natural suponer que lo que les indignaba tan profundamente y les
inclinaba a la conjuracin era la nariz de ola, del tamao de un botn
de timbre elctrico, la voz aguardentosa de Lucas el Florn y las
piernas monstruosamente arqueadas de Pepe la Mota.

De sobra conocan estos respetables agentes del poder gubernativo las
tendencias anrquicas que algunas veces manifestaba el vecindario de
Lancia. Pero lo que no sospechaban siquiera al introducirse incautamente
entre la muchedumbre, de Altavilla fue que haban de salir de all sin
bastn, sin sable, sin kepis y con las mejillas abofeteadas. As estaba
escrito, sin embargo.

El jefe poltico no quiso conformarse con los inescrutables fallos de
Dios, y montando en clera hizo llamar inmediatamente al teniente de la
guardia civil y le envi a vengar con ocho nmeros a los infortunados
ola, Lucas el Florn y Pepe la Mota.

Envalentonados con la victoria pasada los graciosos de Altavilla,
trataron de resistir. Entonces el teniente, a quien devoraba el fuego de
la guerra, mand desenvainar los sables, y sonriendo ferozmente, carg
sobre la muchedumbre como un jabal indomable.

Al verlo, un vivo estremecimiento corri por los miembros de cada uno de
los lacienses. Hubo tendencias a retirarse del campo de batalla; pero no
falt en aquel momento quien animase su corazn intrpido ofrecindoles
la perspectiva engaosa de la victoria.

--Fuera los civiles! Abajo los tricornios! Muera el patatero!

Tales fueron los gritos sediciosos que se escaparon de los pechos de
aquella juventud temeraria.

Y en el mismo punto volaron algunas piedras. Los trompones, los
bombardinos, los cornetines de pistn cuya voz armoniosa tantas mazurkas
haban cantado en el seno de la paz, trasformados repentinamente en
instrumentos de guerra, brillaron siniestros a la luz de las antorchas.
El tricornio del teniente cay vergonzosamente al suelo a impulso de uno
de ellos. Lo recoge. Su corazn de guerrero se estremece, un crculo de
espuma se forma en torno de sus labios y se lanza al combate con los
ojos inflamados, respirando exterminio.

Entonces, bajo el imperio de su fuerza incontrastable, los jvenes
hroes de Lancia se replegaron dando fuertes gritos amenazadores. Los
sables de los civiles comenzaron a sonar de plano en las espaldas de
algunos. La retirada se convirti en huida muy pronto. Tal como un
rebao de ciervos huye y se desbanda perseguido por los chacales, as
los hijos generosos de Lancia huyeron aquella noche memorable,
perseguidos por los civiles sedientos de sangre. El suelo qued sembrado
de instrumentos de bronce, testigos de la afrenta. El indomable teniente
pase largo rato su furor por las calles, animando con vivas
interjecciones a sus huestes, lanzndolas en persecucin de los rebeldes
como un cazador lanza su jaura en persecucin de un venado. As fue
como Paco Gmez, seguido tenazmente por los tricornios, se vio en la
precisin, para escapar a un cintarazo, de meterse por el escaparate de
la confitera de D. Romana, cayendo de bruces sobre una fuente de
huevos moles y destruyendo por completo una magnfica tarta de borraja
destinada al chantre de la catedral. As fue tambin como Jaime Moro,
despus de perder en la refriega el serpentn de don Nicanor, estuvo a
punto de ser inmolado por el sable resplandeciente de un civil. Slo por
haber tomado la precaucin de bajar la cabeza cuando ste le tir el
golpe evit la efusin de sangre. El sable fue a chocar con la pared de
una casa, haciendo no poco estrago en ella. Meses despus, Moro enseaba
el trozo descascarillado como un trofeo a los amigos forasteros que
venan a Lancia; y al recordar sus proezas y peligros en aquella noche
gloriosa, una suave alegra descenda a su corazn heroico.

Otros muchos miembros de aquella juventud magnnima experimentaron
desperfectos de consideracin en su economa, unos por el influjo de los
sables, los ms por las cadas y los choques que resultaron de la
desbandada. La victoria no fue, sin embargo, gratuita para los agentes
del gobierno. Aparte del fracaso del tricornio del teniente y de algunas
contusiones de sus subordinados, el poder constituido sufri un
importante revs en la persona de uno de sus ms antiguos
representantes, en la persona de ola, cabo de municipales. Ya sabemos
que este personaje, enteramente impopular en Lancia, a causa de la
cortedad, y an ms de la redondez excesiva de su nariz, haba perdido
en la primera escaramuza el kepis, el sable y el honor de sus mejillas.
La clera y la venganza se enseorearon de su corazn. Nada poda hacer,
sin embargo, para apagarlas, porque se hallaba privado de todo medio
coercitivo. Pero en vez de retirarse prudentemente al soportal de las
Consistoriales, como hicieron sus compaeros Lucas el Florn y Pepe la
Mota, quedose enmedio de la calle contemplando con ansiedad la batalla.
Al ver que se decida en favor de las instituciones que l representaba,
la alegra se desbord ruidosamente de su pecho municipal.

--Bien por los guardias! Duro en ellos! Rajarme esa canalla! A ver
si escarmienta de una vez esa pillera!

Tales eran los gritos belicosos que salan de su garganta. Sin embargo,
cuando menos poda esperarse, dado que los enemigos huan en completo
desorden, vino a estrellarse contra el botn de su nariz un cuerpo duro
de superficie lisa y compacta que result ser un trozo de cal
hidrulica. Todos los timbres de su cerebro sonaron a un tiempo. No
pudiendo sufrir tanto estrpito, vino al suelo privado de conocimiento.
Su pecho magnnimo slo tuvo fuerzas para exhalar una queja melanclica.

--Recongrio, me han escuaernao esos sinvergenzas!

As cay aquel baluarte poderoso del orden, aquel varn esforzado que en
sus luchas incesantes con la pillera de los arrabales tantas veces
haba caminado por la senda de la victoria. Levantronlo y lo metieron
en la botica de don Matas, que estaba prxima. Desde all lo condujeron
poco despus al hospital. La ciudad perdi por algunos das su escudo
protector. Porque ni Lucas el Florn ni Pepe la Mota podan competir en
energa con ola.

Mientras tales sucesos se efectuaban en Altavilla y en las calles
adyacentes, D. Juan Estrada-Rosa, presa de irritacin indescriptible, se
paseaba agitadamente por su gabinete mesndose los cabellos. Los
consuelos hipcritas del marica de Sierra no lograban calmarle. Hablaba
de salir a la calle y arrojarse sobre la insolente muchedumbre.

--Qu les habr hecho mi pobre hija!--exclamaba con voz temblorosa,
prximo a sollozar.

Fernanda se haba retirado a su habitacin temprano y se haba metido en
la cama. Si la sorprendi la algazara que sonaba en la calle o contaba
ya con ella, no es fcil saberlo. Cuando D. Juan, despus de adoptar una
violenta resolucin, subi a despertarla, al encender la luz hallola con
los ojos secos y brillantes, sin apariencias de haber dormido ni de
haber llorado. Hizo que se vistiese a toda prisa, y dando orden a los
criados para que tuviesen encendidas todas las luces de la casa a fin de
engaar a los de afuera, sali con ella por la puerta de la cochera,
que daba a un callejn solitario. Los acompaaba nicamente Manuel
Antonio. Dirigironse por las calles ms extraviadas a casa del
Jubilado. Una vez all, se pas un recado a don Santos para que se
presentase inmediatamente; otro al penitenciario. Cuando ambos
acudieron, el padre, la hija y estos dos seores, Manuel Antonio y
Jovita Mateo salieron ocultamente de Lancia por la carretera de
Castilla. Despus de caminar un rato esperaron el coche que don Juan
haba mandado venir. Acomodronse los seis como pudieron en la
carretela, echando a Manuel Antonio al pescante. Media hora despus
estaban en la posesin del banquero. Alzose apresuradamente un altarcito
en el saln principal de la casa, y antes de que amaneciese, el
penitenciario bendijo la unin de los prometidos.

Fernanda no haba despegado los labios durante el camino. El mismo
silencio cuando se hacan los preparativos para la solemnidad. Pareca
tranquila, en un estado de indiferencia absoluta o, por mejor decir, de
soolencia, como la persona a quien se arranca violentamente del sueo y
tarda en darse cuenta de lo que pasa en torno suyo. Pero tal estado
letrgico continu despus de pronunciar el s ante el altar. Ni la
pltica afectuosa y elocuente del penitenciario, ni las bromas
incesantes de Manuel Antonio mientras tomaban el desayuno, ni las
caricias de Jovita, ni la alegra afectada, ruidosa, de su padre
lograban sacarla de su extraa distraccin. Clareaba el da, un da
triste, nublado, que se filtraba melanclicamente por los cristales.
Todos hacan esfuerzos por parecer alegres; se hablaba en voz alta, se
rea comentando la torpeza del criado, el miedo de Manuel Antonio a
volcar.

Traslucase, no obstante, una gran tristeza. Cuando la conversacin se
interrumpa, las frentes se arrugaban, los semblantes se oscurecan. Al
entablarla de nuevo, las palabras resonaban lgubremente en el lujoso
comedor.

La novia se retir para cambiar de traje. Poco despus apareci de
nuevo, con el mismo semblante impasible. Segn los planes de D. Juan,
deban irse inmediatamente para tomar en un pueblo prximo la silla de
posta. Los indecentes de Lancia quedaran de este modo chasqueados.
Cuando bajaron al jardn, donde esperaba el coche, caa una lluvia
menuda y fra. Fernanda bes a su padre y entr en el coche. El pobre
anciano, al recibir aquel beso en la mejilla, pens que una corriente de
aire fro entraba por ella paralizando sus miembros y helndole el
corazn.

El ltigo chasquea. Adis, Fernanda; abrgate, Fernanda. Adis, Santos.
Que vengan ustedes pronto. Ya estn en camino. Antes de una hora
llegan a Meres, esperan la diligencia y suben en ella. El mismo silencio
obstinado por parte de Fernanda. Las atenciones de Granate no le
arrancan ni una sonrisa ni una palabra de gracias; sus ademanes
grotescos y los desatinos que de vez en cuando deja escapar tampoco
hacen surgir en el semblante marmreo de la joven un gesto de fatiga o
disgusto. A ratos dormita, a ratos contempla con ojos atnitos el
paisaje. Cuando llegaron a las inmediaciones de Len era ya noche.

Pero qu ocurre en Len? Al llegar a la plazoleta donde cambia el tiro
la diligencia descubren gran golpe de gente, escuchan voces desaforadas,
ruido desacordado de instrumentos de msica, taido de cencerros. Y ven
alzarse sobre la muchedumbre algunos trasparentes pintados.

Paco Gmez, fecundo en trazas ms que Ulises, haba escrito a algunos
amigos de Len tiempo atrs invitndoles a disponer una cencerrada para
cuando Granate y su esposa pasasen por all. La colonia de Lancia, que
es numerosa en Len, secund admirablemente los planes de su paisano.
Todo lo tenan preparado. Sin embargo, estos preparativos no hubieran
servido de nada sin la traicin de Manuel Antonio, que al llegar a
Lancia notici secretamente a Paco lo que pasaba. ste aprovech el
telgrafo, recin instalado, y se puso en comunicacin con sus
secuaces.

Fernanda tard en darse cuenta de que aquella algazara iba contra ella.
Cuando, por algunos gritos que llegaron a sus odos, vino en
conocimiento de ello, empalideci, sus ojos se dilataron y, dando un
grito, precipitose a la ventanilla para arrojarse fuera. Granate la
detuvo sujetndola por la cintura. La joven luch algunos momentos con
furor; pero no pudiendo desprenderse de aquellos brazos cortos y
membrudos de oso, se dej caer al fin en el asiento, llevose las manos a
la cara y rompi a sollozar.

--Dios mo, ha sido grande el pecado, pero qu castigo tan terrible!




X

Cinco aos despus.


Trascurrieron cinco aos. La noble ciudad de Lancia ha cambiado poco en
su exterior y menos an en sus costumbres. Unas cuantas casas-grilleras
con adornos de mazapn alzadas por el oro indiano en las inmediaciones
del parque de San Francisco; varios trozos de acera en calles que jams
la poseyeran; tres faroles ms en la plaza de la Constitucin; un
guardia municipal suplementario, que debe su existencia no tanto a las
necesidades del servicio como a las pasiones del alcalde, varn de
excelsos pensamientos, consagrados casi enteramente a Venus, que premia
las condescendencias de Vulcano con el presupuesto municipal; en el
paseo del Bomb algunas estatuas de bronce con el ropaje cado, que
produjeron grave escndalo a su ereccin, haciendo pregonar al
magistrado Saleta en la tertulia del maestrante que la media desnudez
era cien veces ms incitante que la completa; en las cabezas de
nuestros maduros conocidos algunas hebras de plata, y en el semblante
radioso como el arco iris de Manuel Antonio, el ms seductor de los
hijos de la nclita ciudad, signos ya evidentes de que su belleza pronto
se desvanecer como un sueo feliz al soplo glacial de la maana, como
los copos de nieve que caen suavemente en el silencio de un da triste
de invierno.

La misma vida vegetativa, brumosa, soolienta; las mismas tertulias en
las trastiendas libando con deleite la miel de la murmuracin. Los
apodos soeces pesando siempre como losa de plomo sobre la felicidad de
algunas respetables familias. En el Bomb, las tardes de sol, los mismos
grupos de clrigos y militares paseando desplegados en ala. Las enormes
campanas de la baslica taendo invariablemente a horas fijas. Las
viejas devotas caminando con planta presurosa al rosario o a la novena.
El canto montono de los cannigos resonando profundamente en la soledad
de las altas bvedas. En Altavilla, a la hora del crepsculo, los
eternos corros de jvenes alegres, riendo mucho, hablando alto y
abrindose amenudo para dejar paso a alguna costurera espiritual o
criada de carnes opulentas a quienes rinden homenaje con los ojos, con
la palabra y no pocas veces con las manos. Y all, en lo alto del
firmamento, iguales corros de nubes pardas y tristes amontonndose en
silencio sobre la vetusta catedral, para escuchar en las noches
melanclicas de otoo los lamentos del viento al cruzar la alta flecha
calada de la torre.

Estamos en Noviembre. El conde de Ons acostumbra a pasear a caballo lo
mismo en los das claros que en los oscuros. Cada vez menos le place la
compaa de los hombres. Su carcter se ha hecho ms receloso y
melanclico. El pecado aniquil los dbiles grmenes de alegra que la
naturaleza haba depositado en su corazn. El temperamento sombro,
extravagante, fantico de los Gayoso se ha ido exaltando en l poco a
poco con el roer incesante del remordimiento; ha trastornado su
imaginacin, ha enervado su escasa actividad y ennegrecido su
existencia.

Le molestan los hombres. En todas las miradas piensa ver hostilidad; en
las frases ms inocentes, alguna aviesa intencin que hace hervir su
sangre de coraje. No osa entrar en los templos, ni siquiera se deja
caer de rodillas, como antes, frente al sangriento crucifijo del cuarto
de su madre. Si oye hablar del infierno se estremece y huye. Enva
cuantiosas limosnas a las iglesias; encarga misas que no oye; pone
cirios a las imgenes, y en el secreto de su habitacin se entretiene a
veces puerilmente en preguntar a la suerte, echando una moneda al aire,
si se condenar eternamente o ir tan slo al purgatorio. Cuando llega a
sus odos el canto de los sacerdotes que acompaan a un entierro,
empalidece, tiembla y se tapa los odos. Por la noche se despierta
amenudo sobresaltado, con un sudor fro, gritando miserablemente: Hay
que morir! hay que morir!

Por largo tiempo vivi casi en absoluto retirado, sin salir ms que
cuando se lo ordenaba aquella voluntad que haba logrado seorear la
suya. Despus, como sufriese demasiado, temiendo que sus negros
pensamientos acabasen con su razn, le dio por recorrer los contornos a
pie o a caballo, hasta fatigarse. El cansancio corporal prestaba
descanso a su espritu; el espectculo de la naturaleza serenaba su
atormentada imaginacin.

Era un tarde fra y oscura. Las nubes pesan amontonadas sobre las
colinas que cierran el horizonte por el Norte, y ocultan las altas
montaas de Lorrn que se extienden como una cortina lejana por el
Oeste. Han cado fuertes chubascos que convirtieron en laguna la parte
baja de la ciudad y en lodazales las carreteras que de ella parten.
Apesar de esto el conde manda ensillar su caballo, sale de Lancia por la
carretera de Castilla, y galopa entre torbellinos de lodo al travs de
las praderas y los bosques de castaos. Las hojas amarillentas de los
rboles, lavadas por la lluvia, brillan como monedas de oro; mil
arroyuelos serpean vacilantes por la falda de la colina y van a
depositar sus aguas en la llanura, que se dilata verde y mojada con
suaves ondulaciones. Una franja ms oscura seala el cauce del Lora, que
se oculta misterioso bajo sus mimbreras y espesas filas de alisos.

El conde, con la cabeza, echada hacia atrs, los ojos medio cerrados,
aspiraba con delicia el fresco hmedo de la tarde. La carretera
flanqueaba la colina en suave declive. Antes de trasponerla y perder de
vista la ciudad, detuvo el caballo y ech una mirada atrs. Lancia era
un montn, no grande, de techos rojos, sobre los que resaltaba la flecha
oscura de la catedral. Debajo percibi una mancha amarilla, el bosque de
robles de la Granja. Ms abajo las torrecillas anaranjadas de su casa
solariega.

La lluvia ha cesado. Un viento fro barre las nubes y las precipita
detrs de los montes. El firmamento se despliega trasparente con el
plido azul de los das de otoo. Algunas estrellas apuntan ya como
diamantes en el horizonte. Los rboles, las montaas, los arroyos, el
valle cubierto de su verde tapiz brillan indecisos bajo la tenue
claridad del crepsculo.

El conde pone de nuevo su caballo al galope y desciende velozmente por
el flanco de la colina que oculta a Lancia. El viento oprime sus sienes,
zumba en sus odos producindole una dulce embriaguez que disipa las
negras nubes de su imaginacin. Por la enlodada carretera no encuentra
sino algn hato de ganado, algn trajinante con su recua, o carro tirado
pausadamente por bueyes, en el fondo del cual duerme descuidadamente el
carretero. Mas antes de trasponer un recodo, cree escuchar rumor lejano
de ruedas y campanillas. Es la silla de posta que llega al anochecer a
Lancia. Al cruzar a su lado dirige una mirada distrada al fondo, y
chocan sus ojos con otros grandes y lucientes. Siente un estremecimiento
elctrico, vuelve la cabeza con presteza, pero slo percibe ya la
trasera de la silla que se aleja. Tira de las riendas al caballo y la
sigue: a los pocos momentos se detiene avergonzado y prosigue su marcha.

Sera Fernanda? Una sensacin fugaz, pero muy clara, se lo deca. Sin
embargo, pudo haberse equivocado. Ninguna noticia tena de su llegada.
Saba que se quedara viuda haca unos meses. Granate haba rodado al
fin como un buey bajo el golpe de la apopleja. Pero al mismo tiempo era
vlida la voz de que la viuda del indiano aborreca de muerte a Lancia
desde la humillante farsa con que sus compatriotas la haban regalado al
casarse. El hecho de no haber venido cuando la muerte de su padre,
acaecida el ao anterior, lo dejaba bien probado.

El conde pens algunos momentos en esto; al cabo se le borr de la
mente; le distrajo una nube violada y espesa que avanzaba hacia el zenit
presagiando nuevo chubasco. Pero en el fondo de su espritu qued algo
indeterminado y dulce que le puso de buen humor. Revolvi el caballo y
lleg a Lancia ya bien de noche, chorreando y cubierto de lodo, pero el
corazn ligero y alegre sin saber por qu.

Fernanda no vacil un instante. Lo vio y lo conoci tan claramente que
pudo hasta advertir las seales que el tiempo y los cuidados haban
impreso en su semblante. Le pareci ms viejo; crey ver en su luenga
barba rubia algunos mechones plateados. Al mismo tiempo en sus ojos,
posados un instante sobre ella, adivin el sufrimiento, el hasto, algo
triste, que le impresion alegremente. El recuerdo de su antiguo novio
haba vivido siempre en el fondo de su pecho. Ni la traicin, ni el
desdn, ni las mil distracciones a que se arroj en la vida frvola y
bulliciosa de Pars, haban logrado arrancarlo de all. Si le hubiera
hallado satisfecho, en la plenitud de su fuerza y salud, no habra
sentido aquel soplo dulce que la acarici un instante. En tal alegra
maligna haba el rencor inextinguible de la mujer desdeada, pero
tambin algo alado, sonoro, vaporoso, como la esperanza, que cant y ri
en su alma y disip los negros pensamientos que se acumulaban sobre su
frente.

La necesidad, no su querer, la obligaban a volver a Lancia, donde haba
jurado no poner los pies nunca ms. Su marido tena hecho testamento a
su favor. Los hermanos de aqul lo impugnaban. Se haba entablado un
pleito, que gan en primera instancia. Vena acompaada de una antigua
sirviente de su padre, trasformada en dama de compaa, y de un
mayordomo. Desde Madrid haba telegrafiado a una prima, y sta, en unin
con Manuel Antonio, dos de las nias de Mateo y algunas amigas ms, la
esperaban en la mal empedrada plazoleta del Correo, donde paraba la
diligencia. Y vengan de abrazos y achuchones y besos, y vayan de
preguntas y exclamaciones y lgrimas. La ofendida heredera de
Estrada-Rosa no haba imaginado sentir tal alegra al poner la planta en
su pueblo natal.

Sus amigas la llevaron abrazada, casi en volandas, hasta casa. All se
despidieron todas, menos Emilita Mateo, a quien Fernanda hizo una sea
para que se quedase. Las dos amigas ascendieron lentamente, cogidas por
la cintura, aquella escalera, amplia, encerada, que tantas veces sus
pies menudos de nia haban pisado. No tardaron en encerrarse en el
antiguo gabinete de la hija de Estrada-Rosa para saborear la hora de las
dulces confidencias. Entre besos y sonrisas y protestas de fiel amistad
se contaron su vida durante aquellos cinco aos. Fernanda hablaba de su
difunto marido con una compasin que quera ser triste y resultaba
altamente despreciativa. Vivi con l en una suerte de antagonismo de
ideas, de gustos y deseos, que los mantuvo constantemente alejados. Ni
fue feliz ni desgraciada. Fueron cinco aos de aturdimiento en que
desfilaron ante su vista calles populosas, teatros resplandecientes,
hoteles magnficos, salones de baile, trajes deslumbradores, muchos
conocidos y ningn amigo. Su marido se plegaba a sus caprichos a la
fuerza, como un oso indmito que obedeciese gruendo al palo del
domador. Haban tenido una nia, que se muri a los cuatro meses.

La juguetona Emilia fue muy desgraciada en su matrimonio. Nez haba
salido un _perdis_. Ya lo saba Fernanda, pero vagamente. En cartas no
es fcil descender a ciertos significativos pormenores. Al principio muy
bien, pero luego las malas compaas le haban echado a perder. Le dio
por el juego primero, despus por la bebida, ltimamente por las
mujeres. Esto ltimo era lo que ms senta Emilia. Todo se lo perdonaba
de buen grado: que viniese borracho a las tantas de la madrugada, que le
empease los pendientes, los cubiertos, hasta el capuchn de abrigo; lo
que no poda sufrir era que se le viese entrar en casa de una perdida
que viva en la calle de Cerrajeras. Al decir esto la hija del Jubilado
soltaba un torrente de lgrimas. Apenaba ms verla llorar, por la
alegra revoltosa que siempre fue el distintivo de su carcter. Fernanda
la acariciaba tiernamente y comparta sus lgrimas. Al cabo de un rato
de silencio le pregunt:

--Pero t le sigues queriendo?

--S, hija, s!--exclam con rabia.--No lo puedo remediar. Cada vez
estoy ms ciega por l.

--Vaya por Dios! Tu pobre padre estar tambin disgustadsimo.

--Figrate!... Y lo peor es--aadi llorando amargamente--que ahora
volvi a su mana antigua contra el ejrcito... Dice cosas horribles de
los militares... S, s, horribles!... En cuanto yo entro por casa
empieza a disparatar, nada ms que por mortificarme... Mis hermanas le
apoyan... Nos llaman holgazanes y dicen... dicen que se debe reducir el
contingente...

Al llegar aqu, los sollozos rompan el tierno pecho de la esposa de
Nez. Fernanda, que tambin lloraba vindola tan afligida, no pudo
menos de sonrer.

--Tus hermanas tambin!

--Ya lo creo!... Todos, todos desean que se reduzca!...

Cuando la hija de Estrada-Rosa le hubo demostrado que no era tan fcil
como pareca la reduccin de las fuerzas de tierra, su espritu se
seren al fin poco a poco. Luego concertaron ambas dar una sorpresa a la
sociedad laciense. Fernanda se presentara aquella noche sin previo
anuncio en la tertulia de Quiones. Una alegra infantil se apoder de
ambas con este proyecto. As que le dieron forma, despidiose Emilita,
prometiendo volver enseguida a buscar a su amiga.

Eran las diez de la noche cuando suban ambas los peldaos de piedra,
que rezumaban siempre por la humedad, de la vasta escalera seorial de
los Quiones.

Al llegar arriba Emilita prohibi al criado que las anunciase. Ella
misma abri la puerta del saln y empuj a Fernanda hacia adentro.

Fue una aparicin que dej extticos por un instante a los tertulios. La
hija de Estrada-Rosa, luca un traje elegantsimo recin salido del
taller de una de las ms afamadas modistas de Pars. Su belleza, de la
cual sus compatriotas no conocan ms que el delicado botn, se haba
convertido en rosa esplndida en los cinco aos de vida refinada y
elegante. Maravillosa por la arrogancia de su talle, por el brillo de
sus grandes ojos africanos, por la delicadeza de su cutis, la hermosura
de Fernanda haba adquirido en Pars su complemento necesario, la
gracia, el noble y sencillo ademn, el gusto para vestirse, la suprema
distincin que en Lancia no hubiera logrado jams. Su traje negro de
seda dejaba descubiertos pecho y espalda. Algunas carreras de perlas
tejidas entre los cabellos componan todo el adorno de su cabeza.

Amalia fue la primera que la vio, y su sangre fluy de repente al
corazn. Repuesta inmediatamente, corri a saludarla.

--Oh! Ya saba que usted haba llegado; pero no imagin que fuese tan
amable...

Ambas se miraron a los ojos y se declararon, con un chispazo, el odio
que arda en el fondo de sus almas. Pero haban cambiado las
circunstancias. Amalia era cinco aos atrs la dama ms elegante y
distinguida de la poblacin, la nica cuyo porte y refinamiento de
costumbres trascenda a otra esfera ms culta y espiritual. Fernanda la
aventajaba ahora infinitamente. Aqulla haba envejecido de modo
ostensible. Entre sus cabellos se vean ya bastantes hebras plateadas;
su tez, siempre plida, haba perdido toda su frescura; adems, haba
perdido el deseo y el gusto para vestirse, se haba ido plegando poco a
poco bajo la presin de la sociedad ordinaria y cursi que la rodeaba,
adaptndose a ella y descuidndose ms y ms de su persona. El contraste
era, por lo tanto, ms vivo. Bien lo advirti la noble esposa del
maestrante y se sinti humillada hasta el fondo de su ser. Una sonrisa
de despecho contrajo sus labios mientras cambiaba con Fernanda los
obligados saludos. sta gozaba de su triunfo con grave y serena alegra.

Las damas roderonla inmediatamente. Fue un diluvio de besos y abrazos
acompaados de vivas exclamaciones de gozo. Los hombres, que formaban
crculo detrs, avanzaron tambin sus manos y estrecharon con efusin la
de la hermosa viajera. Y entre tanto plceme y tanta frase
congratulatoria, o por olvido o por vergenza, nadie osaba hacer alusin
a la desgracia que la joven haba experimentado algunos meses atrs; ni
el ms mnimo recuerdo para el oso colorado que dorma su sueo eterno
en un cementerio de Pars. Tan slo cuando la efervescencia de los
saludos hubo calmado, Amalia la cogi sonriente las manos y exclam
mirndola de arriba abajo:

--Sabe usted que son muy elegantes los trajes de duelo en Pars!

Fernanda hizo una mueca de desdn.

--Poco importa el vestido si se lleva el duelo en el corazn--apunt
Mara Josefa, que en los cinco aos trascurridos haba aguzado
prodigiosamente el filo, el contrafilo y la punta de su lengua.

Las mejillas de Fernanda se tieron de carmn. Se avergonz como si
fuese un delito no sentir la prdida de _Granate_. Luego, irritada por
aquella hostilidad, estuvo a punto de mostrar violentamente su enojo.
Volvi la espalda y se puso a hablar con otras damas.

En aquel momento el conde de Ons sali del gabinete y vino a saludarla.
Le tendi la mano con afectuosa sonrisa. Ella le entreg la suya de un
modo glacial, separando rpidamente la mirada. Sin embargo, pudo
advertirse alrededor de sus ojos un crculo plido que denunciaba la
emocin. Para disimularla se encamin al gabinete, diciendo con afectada
ligereza que la dejasen libre, que a quien tena ms gana de ver era a
D. Pedro.

El noble maestrante yaca en su silln con los naipes en la mano. Sus
cabellos y su barba estaban ms blancos, pero tan erizados e indmitos.
Sus facciones enrgicas parecan ms acentuadas; sus ojos hundidos
brillaban con fulgor ms delirante. Al mover con trabajo aquel gran
torso atltico desprovisto de base los rasgos de su fisonoma se
contraan con expresin de feroz impotencia que inspiraba tristeza y
miedo. Pero si su cuerpo se abata a ojos vistas, alzbase su orgullo
cada vez con ms bro. Todos los das creca un poco el respeto que se
consagraba a s mismo por llamarse Quiones de Len y el desprecio a los
dems por haber nacido bajo el estigma de otro nombre cualquiera.
Agradeciendo profundamente al cielo la dicha con que haba querido
favorecerle, tendra a pecado quejarse de su suerte y envidiar a los
otros hombres la facultad de usar de sus piernas. Qu importa que Juan
Fernndez pueda andar, correr y saltar, si al fin y al cabo se llama
Juan Fernndez? Lo nico que le preocupaba algunas veces era si
convendra a la dignidad de un Quiones poseer unas extremidades
enteramente inertes, y si no sera preferible que viviesen para
participar de la gloria del resto del organismo. Pronto desechaba, sin
embargo, tales inquietudes pensando justamente que vivas o muertas
aquellas extremidades ocupaban un rango superior en la sociedad. Cuando
Fernanda entr en el gabinete alz los ojos y clav en ella una mirada
penetrante que la abraz de la cabeza a los pies. Ni la hermosura ni el
porte, singularmente elegante, de la joven debieron dejarle satisfecho,
porque la convirti inmediatamente a los naipes y exclam con insolente
proteccin:

--Hola, pequea! Eres t? Cundo has llegado?

Apesar de sentirse mortificada por aquel tono, Fernanda le salud
afectuosamente.

--Me alegro de verte tan buena, querida, y aprovecho la ocasin para
darte el psame. Ya sabes que yo no escribo cartas hace aos. He sentido
mucho a Santos... Oiga usted, Moro: se propone usted no darme en su
vida una carta decente?... Era un buen sujeto, un vecino excelente,
incapaz de hacer dao a nadie. No hallars otro marido como l. Tena
una cualidad que se encuentra muy difcilmente: la modestia. Apesar del
dinero que haba logrado juntar, no pretenda salirse de su esfera;
siempre se manifest respetuoso con los superiores. Verdad, Saleta, que
no era como esos piojos resucitados, que as que les suenan algunas
monedas en el bolsillo olvidan las judas y el centeno, como si en su
vida los hubiesen probado?... Valero, sintese usted, y diga pronto si
es vuelta eso que tiene... Vienes a establecerte aqu, chiquita, o te
vuelves a ver a los _franchutes_?

Fernanda, que sinti perfectamente toda la hiel de aquel discurso,
respondi framente, y despus de pocas palabras ms se volvi al saln.

A D. Pedro le haba molestado el tufillo de elegancia y distincin que
despeda la hija de Estrada-Rosa. Le irritaba que alguien se alzase en
torno suyo, siquiera fuese solamente algunas pulgadas. Aborreca todo lo
extranjero, y muy particularmente aquel Pars, donde imaginaba que los
Quiones de Len no tenan influencia muy decisiva. Hasta sospechaba
vagamente, con horror, que eran desconocidos. Por supuesto que procuraba
apartar la mente de tan disparatada idea. Si llegase a penetrar por
completo en su espritu, qu le restaba al noble caballero? Morir, y
nada ms.

Hacindole la partida de tresillo estn los mismos personajes que ya
conocemos. Saleta, el gran Saleta, cuyas mentiras siguen fluyendo de su
boca suaves y almibaradas, lo cual le obligaba a relamerse amenudo.
Falt poco para que Lancia se viese privada para siempre de este
magnnimo y divertido varn. Jubilado haca tres aos, fue a
establecerse a su pas, donde permaneci uno solamente. La nostalgia de
Lancia, de la tertulia de Quiones, y sobre todo de las burlas de su
colega Valero, le impulsaron a dejar la patria gallega para venir de
nuevo a habitar entre los lacienses. Valero, ascendido a presidente de
sala, ms ajado cada da, ms jaranero y ceceoso, se sienta a la
izquierda del prcer. Enfrente est Moro, ideal inaccesible de todas las
nias casaderas, cuya cabeza infatigable soporta fcilmente doce horas
de tresillo sin mareo ni turbacin alguna. De todas las instituciones
creadas por los hombres, la ms firme, la ms respetable es sta; el
tresillo. Por su inquebrantable solidez puede compararse muy bien a las
leyes inmutables de la naturaleza. Para Moro es tan verdad que la
_espada_ vale ms que el _basto_, como que los cuerpos al caer siguen un
movimiento uniformemente acelerado. Y all en el fondo oscuro de la
cmara dormita en la misma butaca el glorioso Mann con su calzn corto,
chaqueta de bayeta verde y fuertes zapatos claveteados. Tiene el pelo
gris, casi blanco. Pero no es esto lo peor para l. Lo verdaderamente
triste es que el pueblo no le considera ya como un cazador feroz
envejecido en la lucha con los osos de las montaas. Aquella leyenda se
ha ido disipando poco a poco. Sus compatriotas tenan razn. Mann no
era ms que un zampatortas. En Lancia se ren tambin de sus proezas y
le miran como un viejo bufn del loco y herldico seor de Quiones.

Fernanda consigui al fin sustraerse a los plcemes de sus amigos y fue
a sentarse en un rincn apartado. Estaba triste. La hostilidad de los
dueos de la casa le haba impresionado. Pero no era esto lo principal,
aunque ella hiciese por creerlo. El motivo recndito, que se avergonzaba
de confesar a s misma, era Luis. El saludo afectuoso de su antiguo
novio haba despertado sbito todos sus recuerdos, todas sus ilusiones,
las penas y las dichas de otro tiempo que dorman en el fondo de su alma
como pajarillos entre las hojas del rbol. La agitacin interior era
intenssima, pero nada o muy poco se trasluca en su continente grave y
fro. Sin embargo, sinti un fuerte estremecimiento al escuchar muy
cerca de su odo estas palabras:

--Qu hermosa te has puesto, Fernanda!

Se hallaba tan distrada que no advirti que el conde se haba sentado a
su lado. Involuntariamente se llev la mano al sitio del corazn.
Repuesta inmediatamente, sonri diciendo:

--Te parece?

--S... Y yo qu viejo, verdad?

Hizo un esfuerzo y le mir a la cara con fijeza.

--No; algunas canas en la barba... y el aspecto un poco fatigado.

El temblor de su voz contrastaba con la aparente indiferencia que quiso
dar a sus palabras.

El conde se puso repentinamente serio, llevose la mano a la frente y
replic al cabo de unos momentos con acento sombro y como si se hablase
a s mismo:

--Fatigado, s; sa es la verdadera palabra... Muy fatigado!... La
fatiga me sale por los poros.

Guardaron ambos silencio. El conde qued entregado a una intensa
meditacin que traz en su frente arruga profunda. Al cabo dijo,
entablando nuevamente conversacin:

--Ya te haba visto antes de venir aqu.

--Dnde?--pregunt ella afectando sorpresa.

--En la carretera. Sal esta tarde a dar un paseo a caballo y me cruc
con la silla de posta. Te conoc perfectamente.

--Pues yo no te he visto... Recuerdo que encontramos dos o tres jinetes
antes de llegar a Lancia, pero no he conocido a ninguno.

Al decir esto no pudo impedir que una ola de carmn tiese de nuevo sus
mejillas. Volvi, para disimular, la cabeza. Sus ojos tropezaron con los
de Amalia, que se posaban sobre ellos lucientes, acerados.
Contemplronse un instante. La boca felina de la valenciana se contrajo
con una sonrisa. Fernanda quiso corresponder con otra tan falsa, pero no
pudo. Volviose de nuevo hacia el conde y hablaron de cosas indiferentes,
de teatros, de msica, de proyectos de viaje.

Sin embargo, aqul se mostraba ms y ms preocupado. Iba perdiendo el
aplomo y hablaba equivocndose, como si su pensamiento anduviese lejos.
Guardaba silencio algunos momentos, pugnaba por decir algo, movanse sus
labios, pero en vez de articular lo que quera, expresaban otra cosa
distinta, algo trivial y ridculo que le avergonzaba en cuanto sala de
ellos. Fernanda le observaba con atencin, ganando la serenidad y la
calma que l perda rpidamente. Pareca embebida por completo en la
conversacin, describiendo con naturalidad sus impresiones de viaje,
expresando sus opiniones con la misma indiferencia que si no mediase
entre ellos ms que una antigua y tranquila amistad. Luis concluy por
ponerse taciturno. Al fin tuvo resolucin para decir, aprovechando un
instante de silencio:

--Cuando me acerqu a t estabas muy distrada. En qu pensabas?

--No me acuerdo... En qu querras t que pensase?

El conde vacil un momento; pero animado por la graciosa sonrisa de su
ex-novia se atrevi a articular:

--En m.

Fernanda le mir en silencio, con curiosidad burlona bajo la cual
chispeaba una alegra imposible de ocultar. El conde se puso colorado
hasta las orejas, y las hubiera entregado seguramente a las tijeras por
no haber pronunciado aquellos dos fatales monoslabos.

--Bien...--dijo la joven alzndose de la silla.--Hasta luego. Me alegro
de verte bueno.

--Escucha!

--Qu hay?--dijo retrocediendo el paso que haba dado para alejarse y
posando en l unos ojos sonrientes y maliciosos que concluyeron de
fascinarle.

--Perdona si mis palabras te han ofendido.

Fernanda hizo una mueca de desdn y se alej exclamando:

--Arrepintete, pecador, que el infierno tienes delante!

El infierno! Esta palabra, soltada a la ligera, como broma, hizo dar un
vuelco a su corazn; despert la preocupacin constante de su existencia
desde haca algn tiempo. Todos los Gayoso haban vivido bajo la
influencia de esta idea funesta. Pero el terror de sus abuelos pareca
dilatarse en su espritu, atormentndolo, enloquecindolo. Amalia
necesitaba luchar heroicamente para distraerle por poco tiempo de sus
escrpulos. Por eso ahora, cuando le hizo sea para que se acercase, le
vio alzarse ttrico de la silla y aproximarse lentamente como si le
arrastrasen. Tena ella demasiado talento y orgullo para mostrarse
herida de la corta pltica que acababa de tener con su antigua novia. Le
acogi con la misma sonrisa, dirigiole la palabra con su habitual y
afectada ligereza, y no se acord ni del nombre de Fernanda. Pero sus
labios plidos se contraan de coraje cada vez que le vea volver los
ojos hacia aqulla. Y el incauto lo haca amenudo.

Una hermosa nia de ojos azules y flotante cabellera dorada apareci en
la puerta, conducida por una domstica.

--Oh, qu tarde!--exclam la seora de Quiones.--Por qu ha tardado
usted tanto en traerla, Paula?--aadi severamente.

sta contest que la nia se haba entretenido jugando _al milano que le
dan_, y que lloraba cada vez que la queran acostar.

--No tienes sueo an, rica ma?--dijo la dama trayndola hacia s y
pasndole la mano tiernamente por los bucles de su cabellera.

Los tertulios se interesaron vivamente por la criatura. Fue de uno a
otro recibiendo caricias y pagndolas con afectuosos besos de despedida.

--Buenas noches, Josefina.--Hasta maana, rica.--Has sido buena
hoy?--Te ha comprado tu madrina la mueca que cierra los ojos?

El conde la miraba con los ojos hmedos, haciendo esfuerzos increbles
para dominar su emocin. La senta siempre que se ofreca a su vista
aquella nia. Cuando le toc la vez no hizo ms que rozar con los labios
su rostro cndido. Pero Josefina, con el admirable instinto que los
nios tienen para saber quin los ama, se colg a su cuello dndole
pruebas de particular cario.

Fernanda tambin la contemplaba con vivo inters, con una intensa
curiosidad que le haca abrir extremadamente los ojos. Josefina tena
seis aos, la tez nacarada, los ojos de una dulzura infinita, azules y
melanclicos; algo de triste y enfermizo en toda su diminuta persona. El
parecido con el conde saltaba a la vista.

Cuando la nia le dej, los ojos de aqul chocaron con los de Fernanda.
Sintiose turbado: fue a sentarse ms lejos.

Josefina vesta con elegancia. Los seores de Quiones la criaban con
mimo, como hija adoptiva. Por mucho tiempo ste fue el asunto preferido
de las murmuraciones de Lancia. Se averiguaba con vivo inters el coste
de sus sombreritos; se comentaba el nmero de juguetes que le compraban;
hacanse clculos sobre la cantidad en que la dotaran al casarse. Pero
ya se haban fatigado de tanto comentario. Tan slo cuando vena rodada
se dejaba escapar alguna alusin mordaz, o se noticiaba al odo algn
nuevo descubrimiento.

La nia fue a parar a un grupo donde estaban Mara Josefa, la doncella
de la lengua devastadora, y Manuel Antonio, bello siempre como el primer
rayo de la maana.

--Oyes, Josefina: a quin quieres ms, a tu madrina o a tu
padrino?--preguntole aqul.

--A madrina--respondi la nia sin vacilar.

--Y a quin quieres ms, a tu padrino o al conde?

La nia le mir sorprendida con sus grandes ojos azules. Pas por ellos
una rfaga de desconfianza y respondi frunciendo su hermoso entrecejo:

--A mi padrino.

--Pero el conde no te trae muchos juguetes? no te lleva en coche a la
Granja? no te ha comprado el trajecito de charra?

--S... pero no es mi padrino.

Los del grupo acogieron con risa esta respuesta. Comprendan que la nia
menta. Don Pedro no era hombre para inspirar afecto muy vivo a nadie.

--Pues yo creo que el conde tambin es tu pa...drino.

--No tal; yo no tengo ms que un padrino--manifest la chica, cada vez
ms recelosa.

Y se alej del grupo.

Fue donde estaba Amalia; se le puso delante cruzando sus bracitos sobre
el pecho y dijo haciendo una reverencia:

--Madrina, la bendicin.

La dama le entreg su mano, que la nia bes con respetuoso cario.
Luego, cogindola en sus brazos, la bes en la frente.

--Que descanses, hija ma. Ve a pedir la bendicin a tu padrino.

La nia se dirigi al gabinete. Estas prcticas del tiempo pasado
placan mucho al seor de Quiones.

Josefina se acerc a l con timidez. Aquel gran seor paraltico le
infunda siempre miedo, aunque procuraba disimularlo porque as se lo
haba ordenado su madrina.

--Seor, la bendicin--dijo con voz apagada.

El alto y poderoso maestrante no hizo caso. Fijo en las cartas que tena
en la mano, envuelto en su talma gris con la cruz roja en el pecho, iba
creciendo por momentos ante los ojos turbados de la pobre Josefina. No
comprenda que hubiese en el mundo nada ms grande, ms imponente y
digno de respeto que aquel noble seor. De esta misma opinin
participaba D. Pedro. Por eso haca tiempo que haba resuelto confundir
a todos los seres que le rodeaban en una masa catica, en la cual slo
dos o tres aparecan con algn carcter individual.

La nia aguard con sus bracitos cruzados cerca de un cuarto de hora. Al
fin el seor de Quiones, despus de jugar una entrada con fortuna, se
dign clavar en ella una mirada severa que la hizo empalidecer. Alarg
su aristocrtica mano con ademn digno de su tocayo Pedro el Grande de
Rusia, y Josefina pos sobre ella sus labios temblorosos y se fue.

No estaba muy conforme aquel varn excelso con que su esposa criase con
tal mimo a una expsita, pero lo consenta porque lisonjeaba su
vanidad. Amalia le haba dicho, sabiendo dnde le dola:

--Criarla para domstica lo hara cualquiera en Lancia. Nosotros debemos
hacer las cosas de otro modo.

D. Pedro no pudo menos de sentir el peso de aquella verdad innegable.

Josefina cruz el saln para ir a acostarse. Al pasar rozando con
Fernanda, que estaba sentada y sola, sta la pill al vuelo por un
bracito y la atrajo. Toda la alegra, toda la ternura que en aquel
momento rebosaba de su corazn, desbordose con violencia sobre la
criatura, a quien cubri de besos. No se acord para nada de su rival, a
quien adivinaba vencida. Slo pens en que era hija de _l_, su sangre,
su misma imagen. Y bes con xtasis aquellos ojos azules profundos,
melanclicos, aquella tez nacarada, aquellos bucles dorados que circuan
su rostro como un nimbo de luz.

--Oh, qu hermoso pelo! Qu cosa tan hermosa, Dios mo!

Y apretaba sus labios contra l y hasta sumerga el rostro entre sus
hebras con tanta voluptuosidad y ternura que estaba a punto de llorar.

En aquel momento una voz estridente, imperiosa, son en sus odos.

--Todava no te has ido a acostar, arrapiezo!

Y al levantar los ojos vio a Amalia, con el rostro plido, los labios
apretados, que cogi a la nia con violencia por el brazo dndole una
fuerte sacudida y la arrastr hacia la puerta.




XI

La clera de Amalia.


A la maana siguiente, Paula, por orden de su seora, llev a la nia al
cuarto de la plancha, la sent en una silla alta y pidi las tijeras a
la doncella, que cosa al pie del balcn.

--Qu vas a hacer?--pregunt Josefina.

--Cortarte el pelo.

--Por qu?... Yo no quiero que me cortes el pelo.

Y se baj resueltamente de la silla. Paula torn a alzarla.

--Quieta!--le dijo severamente.

--Yo no quiero!... no quiero!--exclam con graciosa resolucin.

--La verdad es que da lstima cortar un pelo tan hermoso--dijo otra de
las doncellas, que estaba planchando.

--Qu quieres, hija? Quien manda, manda.

Y tomando uno de los preciosos bucles de la cabellera, lo separ de un
tijeretazo.

--Djame, Paula!--grit la nia.--Lo voy a decir a madrina!

--S, preciosa? Vas a decrselo a madrina de veras?... Bueno, ya se lo
dirs cuando terminemos.

Y sin hacer ms caso de sus protestas, dejando caer las palabras con
zumba, prosigui imperturbable su tarea. Pero la nia se baj de nuevo,
irritada, furiosa. Entonces Paula pidi auxilio a Concha, la costurera,
y mientras sta la tena sujeta a la silla, aqulla la fue despojando
uno a uno de todos sus bucles. Despus arregl como mejor pudo los
cabellos que quedaban.

--Qu lstima!--volvi a exclamar la planchadora.

--Hija, no est mal as tampoco--repuso Paula peinndola con esmero.

En aquel momento apareci la seora en el cuadro de la puerta.

--Madrina! ven, madrina!... Mira, Paula y Concha me han cortado el
pelo.

Amalia avanz algunos pasos por la estancia y, evitando la mirada de la
nia, fij los ojos severos en su cabeza, y dijo con imperio y frialdad:

--No est bien as. Crtelo usted al rape.

Y se alej con la frente fruncida. Josefina, atnita, la sigui con los
ojos. Jams haba visto en el semblante de su madrina tanta frialdad y
dureza. Qued asombrada, pensativa y dej ya, sin hacer el ms leve
movimiento, que Paula cumpliese el mandato.

Pronto qued la cabecita rubia mondada como un melocotn. Las domsticas
prorrumpieron en carcajadas.

--Hija de mi alma, que retefesima te han puesto!--exclam Mara la
planchadora con acento de duelo, pero sin poder reprimir la risa.

--No digas eso, mujer--repuso Concha con dejillo amargo.--Si est
preciosa!

Era una mujer de veinticinco aos o ms, extremadamente pequea, casi
tan pequea como Josefina, de ojos hundidos y ariscos, a quien todos los
criados de la casa teman.

Paula rea tambin pasando y repasando sus manos por la cabeza de la
criatura.

--Cuando haga falta un perulero para el aceite, ya sabis dnde lo
habis de hallar--prosigui Concha.

Disipada la lstima, adivinando que la chiquita haba cado en
desgracia, las criadas se entregaban a la alegra cambiando bromas sin
gracia, pero que las hacan rer perdidamente. Josefina haba
permanecido quieta, silenciosa, con la cabeza baja. Las burlas lograron
al fin hacer su efecto. Dos lgrimas asomaron rezumando por sus largas
pestaas. Concha se incomod:

--Lloras por el pelito?.. Qu lstima de azotes!... No tienes t la
culpa, sino los que te cran como una princesita siendo tanto como
nosotras... digo, menos que nosotras--aadi por lo bajo,--que al fin
tenemos padres.

--Vamos, Concha, djala!... No hagas caso, monina, que pronto tendrs
pelo otra vez--dijo Mara con acento maternal.

La nia, impresionada por la caricia, comenz a sollozar y sali de la
estancia.

Cuando por la noche se present en el saln, de aquella forma, el conde
no pudo reprimir un gesto de clera y clav una mirada interrogante en
Amalia. sta contest a aquel gesto y a aquella mirada con sonrisa
provocativa. Y en alta voz dijo que le haba mandado cortar el pelo
porque haba notado que la nia empezaba a presumir.

--Claro! Tanto la adulan ustedes que se ha puesto inaguantable!

El conde, irritado, busc al instante ocasin de acercarse a Fernanda y
anudaron la pltica de la noche anterior. Estuvieron locuaces,
afectuosos. Fernanda cont con pormenores su vida de Pars. Luis se
mostr singularmente expansivo, no ocultando la alegra de su corazn,
hablando animadamente bajo la mirada iracunda de Amalia posada sobre l.
En una pausa Fernanda alz los ojos sonrientes hacia su ex-novio y le
pregunt, no sin ruborizarse un poco:

--A que no sabes por qu le han cortado el pelo a la nia?

El conde la mir sin contestar.

--Ayer lo elogi yo mucho y me permit besarlo.

Era la primera vez que Fernanda se daba por enterada de su secreto.
Experiment una fuerte sacudida. Sus mejillas se enrojecieron. Las de
ella tambin. En largo rato no hallaron palabras que decirse.

En los das siguientes, el conde comenz a dar repetidos paseos por la
calle de Altavilla y a pasar largos ratos en el caf de Maran. La
sociedad laciense se sinti conmovida hasta sus cimientos ante tamao
acontecimiento. Desde entonces ms de trescientos pares de ojos le
espiaron sin cesar. Dej de ir todos los das a casa de Quiones y
asisti una que otra vez a la tertulia exigua de las de Mer, como se
segua diciendo en Lancia, aunque en realidad ya no hubiese en el mundo
ms que una. Carmelita haba muerto haca lo menos tres aos. No quedaba
ms que Nuncia, la menor, y sa casi totalmente paraltica. Del silln
a la cama y de la cama al silln: era todo lo que andaba con trabajo.
Moralmente tambin se hallaba privada de movimiento, falta del impulso
protector que le prestaba su hermana. Desde que sta bajara al sepulcro,
no tena ya quien la sujetase. Esto, lejos de alegrarla, la suma en una
melancola profunda. Al pasar repentinamente a la categora de persona
_sui juris_, la pobre Nia haba experimentado desazn increble: todo
le asustaba, todo era conflictos de los cuales le pareca imposible
salir; echaba menos aquellas speras reprensiones que, si la hacan
derramar abundantes lgrimas, haban reprimido saludablemente sus
juveniles arranques y cortado los funestos resultados que pudiera
acarrear su inexperiencia.

Eran sus tertulios asiduos algunos pollastres nuevos, varios gallos
conocidos y un nmero bastante mayor de lindas y feas damiselas que
acudan a la casa sedientas de marido. Porque la Nia, en esto como en
todo, mantena religiosamente las tradiciones legadas por su hermana.
Era la protectora decidida de todos los noviazgos que se iniciaban en
Lancia, por desatinados que fuesen. La pequea casa de la calle del
Carpio continuaba siendo la fragua donde se forjaba la dicha conyugal de
los honrados vecinos de Lancia.

El que acuda con ms constancia era Paco Gmez. La razn, que le haban
arrojado de casa de Quiones a consecuencia de una frase de las suyas.
Preguntaba cierto forastero en un corro de Altavilla cmo haba quedado
paraltico el maestrante. En realidad no est paraltico--repuso
Paco,--porque no tiene lesin alguna; slo que las piernas no pueden con
la herldica que se le ha subido a la cabeza, y se le doblan en cuanto
da un paso. Lo supo Quiones por un traidor y dio orden de que no se le
recibiese.

Era el alma y el regocijo de la tertulia de la Nia. La vaya incesante
con que mortificaba a sta los tena a todos en continuo espasmo de
risa.

--Vamos, Nuncia, mucho ojo! No hables demasiado, porque ya sabes que te
he visto las pantorrillas y... y... y...

La pobre octogenaria se ruborizaba como una nia de quince. Nada la
sofocaba tanto como este recuerdo importuno de la tarde del columpio.

Luis y Fernanda comenzaron a verse aqu una o dos veces por semana.
Lejos de la mirada fulgurante de Amalia, aqul se encontraba a gusto,
recobraba su serenidad. Hablaban largusimos ratos en voz baja, sin que
nadie les molestase; al contrario, la Nia tena buen cuidado de
proporcionarles ocasin y espacio suficientes. Asista, no obstante, a
casa de Quiones; vea a Amalia en secreto cuando se lo exiga, pero iba
apareciendo ms fro, ms esquivo. Ella, advirtindolo perfectamente, no
daba su brazo a torcer, no le hablaba palabra de su ex-novia. Sin
embargo, un da no pudo contenerse:

--S que te entretienes largos ratos en casa de las de Mer hablando con
Fernanda.

Lo neg cobardemente.

--Ten cuidado con lo que haces--prosigui, clavando en l sus ojos
siniestros,--porque una traicin pudiera salirte cara.

Estaba tan acostumbrado al dominio de aquella terrible mujer, que sinti
un estremecimiento de fro, como si algo aciago se cerniese ya sobre su
cabeza. Pero en cuanto sali a la calle, fuera de la influencia
magntica de aquellos ojos que le turbaban, sintiose invadido por una
sorda irritacin: Despus de todo, por qu me amenaza? Es mi esposa?
Qu derechos tiene sobre m? Lo que estamos haciendo es un pecado
grave, es un crimen. Quin puede privarme del arrepentimiento, de
reconciliarme con Dios y ser bueno? El arrepentimiento haba sido en
los ltimos tiempos un vago deseo, gracias a la fatiga de su amor y an
ms al miedo desapoderado que el infierno le inspiraba. Ahora se
convirti en verdadero anhelo. Verdad que ofreca mayores atractivos.
Rechazar el pecado valerosamente, purificarse, librarse del fuego
eterno... y adems poseer a Fernanda.

Haca tiempo que sus relaciones criminales no tenan ms que un punto
luminoso, Josefina. Si no fuese por ella, se hubiera marchado de Lancia.
Esta criatura, blanca y silenciosa como un copo de nieve, que posea la
fragancia de los lirios, la inocencia de las palomas, la dulzura
melanclica de una noche de luna, esparca sobre su alma, atormentada
por el remordimiento, un blsamo que la refrescaba deliciosamente.
Cuntas veces, tenindola entre sus brazos, se preguntaba sorprendido
cmo un ser tan inocente, tan puro, tan divino, pudiera ser hijo del
pecado! Pero aun aquella misma nia era ocasin de nuevos y crueles
tormentos. No verla a solas sino de tarde en tarde; hallarse obligado a
disimular sus sentimientos, a besarla framente como los dems, ms
framente que los dems; no poder llamarla hija del corazn, no sentirla
gorjear el tierno nombre de padre, le entristeca y en ciertos momentos
le desesperaba. Desquitbase cuando una que otra vez, muy rara, le
consentan llevarla a la Granja. All se pasaba las horas en xtasis,
tenindola sobre sus rodillas, acaricindola frenticamente.

La nia se haba acostumbrado a estas violentas expresiones de cario y
las agradeca. A veces senta su cabecita blonda mojada por las lgrimas
de su amigo. Alzaba los ojos sorprendida, pero vindole sonrer, sonrea
tambin y alargaba sus labios de coral para darle un beso.

--Por qu lloras, Luis? Tienes pupa?

Josefina no entenda que hubiese motivo ms grave en el mundo para
llorar. Amaba a Luis tiernamente, y eso que le chocaba y entristeca la
frialdad que con ella usaba ordinariamente. Poco a poco haba ido
adivinando, con precoz instinto, que el conde la quera ms que los
otros y que disimulaba. Ella tambin adoptaba, siguiendo el ejemplo, una
actitud indiferente cuando se acercaba a l en pblico. Pero cuando
estaban solos, entregbase con el mismo entusiasmo a las expansiones del
cario, y esto sin saber por qu, sin darse cuenta de lo que haca.

Desde el da en que su madrina orden que le cortasen el pelo, Josefina
pudo notar que haba cado en desgracia. Ya no la besaban con trasporte,
ya no satisfacan sus mnimos antojos, ya no era la preocupacin
constante de la casa. Amalia comenz a contrariarla, a usar con ella un
tono fro y displicente; y las criadas siguieron el ejemplo de su
seora. La pobre nia, sin comprender qu significaba aquel cambio,
sinti su pequeo corazn apretarse; exploraba con sus bellos ojos
profundos los semblantes y trataba de descifrar el enigma que guardaban.
Se hizo ms grave, ms recelosa, ms tmida. Y como viera que le negaban
los juguetes o las golosinas que antes le otorgaban a manos llenas, se
abstuvo de pedirlos.

Amalia, en vez de gozar como antes con sus gracias infantiles, pareca
huirlas. Dio orden de que no se la llevasen por la maana a la cama,
segn costumbre. Cuando la tropezaba casualmente en los pasillos, pasaba
de largo evitando mirarla. A todo ms se acercaba preguntndole con
acento displicente:

--No te has lavado todava? Anda, ve a que te arreglen. O bien: Me han
dicho que no has sabido la leccin de catecismo. Te vas haciendo muy
holgazana. Cuidado que seas buena, porque si no, te encierro en la cueva
de los ratones.

Antes se ocupaba ella en tomarle las lecciones, en ponerle la aguja en
la mano y guiar sus diminutos dedos. Ahora abandonaba casi siempre esta
tarea a las doncellas. Viva en un estado de preocupacin sombra que no
pasaba desadvertida a los criados. Josefina tambin la adivinaba; vea
que su madrina estaba cambiada, no slo con respecto a ella, sino en
todo su modo de ser. Y all, vagamente, en los limbos oscuros de su
pensamiento se engendraba la idea de que estaba triste, que padeca y
que sta era la causa de su mal humor.

Un da estaba la dama sola en su gabinete. Se haba dejado caer en una
butaca. Inmvil, con la cabeza echada hacia atrs y las manos
pendientes, pareca dormida. Sin embargo, Josefina, que rondaba el
gabinete, se atrevi a mirar por la rendija de la puerta y observ que
tena los ojos abiertos, muy abiertos, y que su frente estaba
temerosamente fruncida. Sin saber lo que se haca, con esa ciega
confianza que los nios tienen en s mismos, empuj la puerta y penetr
en la estancia. Acercose silenciosamente a la seora, y echndose
repentinamente sobre su regazo, le dijo, clavando en ella una mirada de
tmido afecto:

--Dame un beso, madrina.

La dama se estremeci.

--Cmo ests aqu? Quin te ha dado permiso para entrar? No te han
dicho que no subas sin que te llamen?--pregunt frunciendo an ms el
ceo.

--Quera darte un beso--dijo con voz apagada Josefina.

--Djame de besos. Anda, y cuidado con subir otra vez sin mi permiso.

Pero la nia, embargada por la emocin, no sabiendo a qu atribuir
aquel despego y queriendo vencerlo a toda costa, prxima a llorar, se
ech an ms sobre el regazo y trat de subirse para alcanzar su rostro.

--Dame un beso, madrina.

--Quita! Djame!--replic la dama impidindola alzarse.

La nia se obstin.

--No me quieres? Dame un beso.

--Que te quites, chicuela!--grit enfurecida.--Lrgate ahora mismo!

Al mismo tiempo le dio un fuerte empujn. Josefina, despus de
tambalearse, rod por el suelo, dando con la cabeza en el pie de una
silla.

Alzose llevando la mano al sitio dolorido, pero no llor. Un sentimiento
de dignidad, que muchas veces se aloja con fuerza en los corazones
infantiles, le prest fortaleza para resistir el llanto que brotaba a
los ojos. Dirigi a su madrina una mirada de indefinible tristeza y
sali corriendo de la estancia. Cuando lleg a la escalera se dej caer
sobre un peldao y rompi a sollozar.

Las espinas de la vida comenzaron a clavarse cruelmente en las carnes
delicadas de aquella nia, que hasta entonces slo flores haba hallado
en su camino. El despego de Amalia fue creciendo de da en da. A la par
creca tambin la reserva y la timidez de su hija. Pero como al fin era
nia, esta tristeza disipbase a veces al impulso de un capricho.
Entonces era cuando realmente se mostraba la frialdad y ojeriza de la
dama.

--Seora, Josefina no quiere ponerse el vestido verde.

--Pues?

--Dice que est sucio.

Amalia se levant, fue al cuarto de la nia y, cogindola por un brazo y
sacudindola rudamente, le dijo:

--Qu orgullo es se? No sabes, mueca, que en esta casa no eres
nadie? Que ests aqu por misericordia? Ten cuidado no enfadarme,
porque el da menos pensado te planto en la calle, de donde te he
recogido.

Las criadas escucharon estas palabras y las tuvieron bien presentes.
Josefina hasta entonces haba sido tratada como hija de los seores: en
adelante se la consider como una hija postiza: ms tarde, como
advenediza. La servidumbre se vengaba con placer de los minuciosos
cuidados que antes se vea obligada a prodigarle, de aquellas speras
reprensiones que reciban por su causa. En particular Concha, la
microscpica doncella, experimentaba una alegra indecible, propia de su
carcter maligno y rencoroso, cada vez que la seora mostraba de algn
modo su desdn por la nia recogida.

sta ocupaba una habitacin que daba al jardn, alegre y espaciosa.
Concha, aunque primera doncella y costurera de la casa, alojbase en un
cuartucho lbrego, con ventana al patio, que comparta con Mara. El
gabinete de Josefina haba sido siempre para ella objeto de envidia. Ms
de una vez la haba expresado con palabras bien pesadas para aqulla.
Aprovechndose de la disposicin de su ama, obtuvo permiso para dormir
tambin en este gabinete, a pretexto de que Paula, que ocupaba una
alcoba contigua, tena el sueo pesado. Instalose cmodamente, hizo uso
del tocador y de los enseres de la nia. Pocos das despus la mand a
dormir con Mara en su antiguo cuarto, sin decir una palabra a su ama.
Cuando sta lo supo, ya haba pasado algn tiempo: la reprendi sin
aspereza por no haberle dado parte, pero no modific los hechos
consumados.

Ms adelante se le ocurri degradarla de otra manera. Josefina coma a
la mesa con los seores. El alto y poderoso maestrante no haba
consentido en ello al principio: importunado por su esposa, cedi al
fin, no sin repugnancia. Concha, penetrada de la ojeriza de su seora,
comenz a intrigar para privar de este honor a la recogida. Exagerando
lo que daba que hacer, lo mucho que se manchaba y lo que perturbaba el
servicio de la mesa, logr a la postre que no se sentase a ella y s en
una pequeita que se le puso en el cuarto de la plancha, prximo a la
cocina. A los pocos das la misma Amalia, en un acceso de mal humor,
dijo que aquel doble servicio no poda ser tolerado y que se la llevasen
a la cocina a comer con los criados.

Concha la sent en un taburete, le puso un plato de barro y una cuchara
de madera en la mano y le dijo:

--Come.

La nia levant la cabeza estupefacta; pero al ver la sonrisa maligna
que brillaba en los ojos de la doncella, bajola de nuevo y se puso a
comer sin protesta alguna. Concha no qued satisfecha; deseaba que se
rebelase; verla llorar.

--Qu es eso? No te gusta la cuchara?... Pues, hija, come con ella,
que tambin cmo yo y soy tan buena como t... Qu te creas,
bobalicona! Pensabas que porque te ponan el sombrerito y la camisa de
batista eras una seorita... Las seoritas no vienen metidas en un cesto
entre trapos sucios...

Y por ah continu soltando a chorros sarcasmos e insultos, hasta que al
fin la pobre Josefina rompi a llorar. Las dems criadas, menos
malvolas, se vean, no obstante, lisonjeadas por aquella humillacin.
Al fin se pusieron de su parte, trataron de consolarla, mientras
Concha, despiadada, ms dura y ms fra que el mrmol, sigui
persiguindola largo rato con rechifla sangrienta.

Pocos das despus, al cruzar Josefina por el cuarto de la plancha para
ir al comedor, oy a Concha decir dirigindose a Mara:

--Di, chica, has planchado ya la ropa de la hospiciana?

Se detuvo, sin saber a quin se refera, y pase su mirada recelosa de
una a otra domstica, hasta que una carcajada, que ambas soltaron a la
vez, le hizo comprender que se trataba de ella.

--Por qu me llamis hospiciana?--exclam la inocente pugnando para no
llorar.--Lo voy a decir a mi madrina.

--Alza; corre a decrselo!--replic Concha empujndola a la puerta.

Desde entonces no se le dio otro nombre entre la servidumbre.

Amalia prohibi que la llevasen por la noche al saln. El conde, que ya
no vea a su hija mas que este momento, pidi explicaciones. La dama
manifest que, debiendo levantarse temprano para estudiar sus lecciones,
necesitaba ms sueo. No se dio aqul por convencido. Comprenda que se
trataba de una ruin venganza; pero tuvo la prudencia de callar, temiendo
mayor dao.

A Amalia se le ocurri entonces herirle de modo ms directo. La nia, a
quien haba privado no slo de sus caricias, sino de todas sus
preeminencias en la casa, iba camino de ser una criadita ms. En un
instante qued trasformada por completo. La seora dio orden de que se
le guardasen todos los sombreros y vestidos y se le pusiese el ms pobre
y ms viejo del guardarropa; que se le hiciesen delantales como a las
dems criadas y se la emplease en los menesteres de la cocina que
pudiese ejecutar.

Los amores del conde y Fernanda eran cada da ms notorios. Aunque en
casa de Quiones se guardaban de hablarse con intimidad, a la celosa
valenciana no se le ocultaba lo que entre ellos exista. Sus ojos
traspasaban como dos rayos de luz el cerebro de su amante y lean con
claridad dentro de l. Luis estaba enamorado de su antigua novia. Las
relaciones adlteras le pesaban en el alma como una losa de piedra.
Ella, la amada, la preferida de otros das, le pareca ahora vieja y
marchita frente aquella esplndida rosa que acababa de abrirse por
completo. Si no la haba abandonado ya, era por debilidad de carcter,
por el ascendiente poderoso que en siete aos de relaciones haba
logrado adquirir sobre l. Pero no apeteca otra cosa. Lo lea
perfectamente en sus miradas huidas; en la preocupacin sombra que
pesaba sobre l, rota algunas veces por sbita y extravagante alegra;
en el temor y en el servilismo, cada vez mayores, con que se acercaba a
ella.

Una noche el conde pidi un vaso de agua. Los ojos de Amalia brillaron
repentinamente. Haba llegado el momento ansiado. Tir de la campanilla
y dijo con singular inflexin a la doncella que acudi:

--Paula, que traigan un vaso de agua.

Pocos instantes despus se present Josefina, pobremente vestida, con un
mandilito de tela burda, calzados los pies con toscos zapatos,
soportando trabajosamente entre sus pequeas manos una bandeja con vaso
de agua y azucarillo. Los tertulios quedaron estupefactos. Luis
empalideci. Avanz la nia hasta el medio del saln, mirando
tmidamente a su madrina. Esta le hizo sea de que se acercase al conde.

Vacil el caballero como si estuviese distrado; pero viendo a la
criatura plantada delante de l, se apresur a tomar el vaso y se lo
llev con mano temblorosa a los labios. Los ojos de Amalia se mostraban
en tanto fros, indiferentes; pero en sus labios haba imperceptibles
estremecimientos que revelaban el gozo cruel que senta. En la tertulia
rein, mientras se efectuaba esta escena, un significativo silencio.

Luego que Josefina hubo salido, la seora de Quiones explic a sus
tertulios con naturalidad aquella mudanza. Se trataba de un castigo
necesario al orgullo que la nia empezaba a mostrar con los criados. No
durara mucho. Sin embargo, necesitaba vencer a todas horas la voluntad
de Quiones, que se opona a que fuese educada con tanto mimo.

--La verdad es--concluy diciendo con acento tan natural, que ninguna
actriz lo hallara ms adecuado a la ocasin,--la verdad es que algunas
veces no puedo menos de darle la razn en mi interior. Qu bien le
hacemos a esta pobre nia colocndola en una situacin donde no ha de
poder sostenerse? Maana, que nosotros nos muramos, la pobre necesitar
buscarse el sustento trabajando, si antes no encuentra un marido... Y
qu marido le vamos a dar a una muchacha con necesidades y sin dinero?

Los tertulios no cayeron en la trampa. En realidad tampoco ella lo
pretenda. Todo aquello vena a reducirse a puro convencionalismo, pues
a nadie se le ocultaba lo que haba debajo. Poco despus, no pudiendo
dominar la molestia que senta, el conde se despidi.

--Este negocio de Luis no se presenta nada bien--deca a ltima hora
Manuel Antonio en un grupo que se retiraba por la calle de Altavilla,
donde iban Mara Josefa, el Jubilado y su hija Jovita.--El matrimonio
con Fernanda, si es que lo llega a realizar, le ha de costar muchos
disgustos.

--Crees t?...--pregunt Mara Josefa para tirarle de la lengua.

--Madre!... Eres tonta, mujer? No conoces a Amalia como yo?

--Y qu tiene que partir Amalia en el matrimonio de Luis?--pregunt
Jovita, que en su calidad de soltera, aunque hubiese cumplido los
treinta y dos, le convena hacer patente su candor.

--Ay! Es verdad que tenamos aqu esta _fanciullina_--exclam, haciendo
cmicos ademanes de susto, el marica.--No me haca cargo!... Nada,
monina, nada; sigue adelante, que son cosas de los grandes...

La hija del Jubilado se volvi iracunda al sentir el alfilerazo y
replic con una frase insolente. Pagole Manuel Antonio con otra, y se
entabl animada disputa rebosando de palabras amargas e intencionadas
que se prolong hasta casa del Jubilado, no sin que ste hubiese hecho
algunos vanos esfuerzos para poner paz entre ellos. La mejor parte la
llev, como siempre, el marica, que posea para lanzar sus frases el
vigor de los hombres y la sutil intencin de las hembras.

Al da siguiente el conde logr una entrevista con Amalia y le dio sus
quejas por la escena de la noche anterior. La dama se manifest amable,
condescendiente, justific su conducta por el bien de la nia. Luis
observ, sin embargo, que hablaba de un modo particular: crey percibir
en la miel de sus palabras un dejo de amargura e irona que le
sobresalt. Sali preocupado, inquieto: en algunos das no pudo quitar
de s el malestar de aquella entrevista.

Pero el amor prenda fuego rpidamente en todos los aposentos de su alma
y consumi al fin aquel ltimo resto de preocupacin. Estaba
profundamente enamorado. Y como siempre acaece, a la par que creca su
amor aumentaba tambin su timidez. Al principio, en sus largas
conversaciones con Fernanda, apareca sereno, galante, no perdonaba
medio de demostrar a su ex-novia su admiracin y rendimiento. De repente
comenz a perder el aplomo, a huir todo asunto relacionado con sus
propios sentimientos, a evitar las frases galantes. Fernanda no se
equivoc. Ahora es cuando haba llegado aquel amor, tras del cual tanto
tiempo haba corrido, que tantas lgrimas le haba costado.

Sus plticas, aunque fuesen de asuntos indiferentes, tenan un sabor
delicado, exquisito. Hablaban horas y horas, sin cansarse, de las cosas
ms insignificantes, por el placer de verse tan cerca, de escucharse.

Fernanda charlaba con toda la alegra de su corazn, sin curarse de la
timidez de su adorador, al contrario, gozando al ver el empeo pueril
con que evitaba el confesar su amor, sabiendo que en cuanto ella diese
la seal se entregara atado de pies y manos.

El momento lleg al fin. Un da la hermosa viuda se resolvi _a
declararse ella_. Hablaban del matrimonio; de las segundas nupcias. Luis
comenz a sobresaltarse, a emitir sus opiniones con voz temblorosa, a
tratar de huir la conversacin. Fernanda dijo de repente con perfecta
calma y en tono resuelto:

--Yo no volver a casarme segunda vez.

Se puso plido. La cara se le entristeci de tal manera que la joven,
reprimiendo a duras penas una sonrisa, repiti con ms resolucin an:

--No volver a casarme segunda vez... a no ser contigo.

El conde la contempl desencajado.

--Es de veras eso?--pregunt al fin con voz temblorosa.

--Y tan de veras!--repuso ella mirndole sonriente.

--Dame esa mano, Fernanda.

--Tmala, Luis.

Se las estrecharon fuertemente por unos momentos. El conde se levant
sin decir otra palabra. Cuando lleg a casa, le escribi una larga carta
de seis pliegos pintndole con los ms vivos colores su pasin, dndole
fervorosas gracias, llamndose indigno gusano tres o cuatro veces.

El matrimonio qued concertado para cuando terminase el ao de luto.
Faltaban dos meses. Decidieron guardar el secreto y que la ceremonia no
se celebrase tampoco en Lancia. Unos das antes del prefijado saldra
ella para Madrid; poco despus se le juntara l, y en la corte
quedaran unidos para siempre.

En los pueblos es muy difcil ocultar cualquier cosa: un proyecto de
boda, imposible. Por la intensidad de la mirada cada par de ojos se
convierte en cien pares; por su virtud acstica, cada odo en cien
odos. En sus pasos, en sus miradas, en el modo de saludarse y
despedirse los ingeniosos lacienses adivinaban como verdaderos magos lo
que pensaban, medan exactamente el progreso de aquellas relaciones que
les tocaba en lo ms vivo del corazn.

Una tarde, al pasar Manuel Antonio por delante de la ttrica morada del
conde, vio salir a la doncella con una caja de cartn en las manos. El
marica sinti en la nariz olor de caza, tom vientos un instante, y la
sigui.

--Adis, Laura--dijo pasando delante de ella.

Y volvindose de repente le pregunt en tono indiferente:

--Cmo sigue tu amo?

--El seor conde no est malo.

--Ah! Pues me dijeron... Como no le veo hace dos das... Vas de
compras para la seora?

--Son camisetas para el seor conde.

--De casa de Ramiro?... Djame verlas, yo tambin tengo que comprar.

La doncella abri la caja y el marica se puso a examinar el contenido.

--Son muy finas. Esto es demasiado caro para m, hija.

--S, seor, son caras. Pues el seor conde todava no las encuentra
buenas. Quiere a toda costa que sean de seda, y por ms que anduve todos
los comercios, no las hay. No tiene ms remedio que encargarlas.

--De seda? Madre! Entonces se nos va a casar.

--Yo no s nada de eso, seorito--se apresur a replicar la criada con
seales de turbacin.

--Quita all, hipocritona!--exclam riendo.--T lo sabes como yo y como
todo el mundo... Y para cuando?

--Le digo que no s nada.

Pero el marica insisti tanto, se mostr tan expresivo y familiar que al
cabo de un rato la criada desembuch lo que tena dentro.

--Pues mire, yo no puedo decirle a punto fijo lo que hay, pero creo que
se casa y pronto. El otro da o unas palabras a la seora condesa...

--Qu palabras?

--Deca al ama de llaves que, en cuanto su hijo se fuese, ira a pasar
una temporada a la Granja. Despus, mirando por el agujero de la llave,
la vi llorar. Adems, Fray Diego estuvo anteayer en casa... pero no s
si debo decirle...

--Vamos, mujer, qu importa? Te figuras que yo soy una gaceta?

--Pues le o decir al tiempo de despedirse: Nada, nada; tienen mucha
razn; es mucho mejor que lo hagan en Madrid. ste es un pueblo muy
envidioso...

El gozo que sinti Coln al descubrir la tierra del Nuevo Mundo no fue
nada en comparacin con el de nuestro marica. No slo saba sin gnero
de duda que se casaban, sino dnde haba de efectuarse la ceremonia.
Embarazado por noticia tan capital y queriendo aliviarse enseguida de
aquel peso, se puso a imaginar sobre quin hara ms efecto. Su
pensamiento fue derecho a Amalia. Hacia el palacio de Quiones enderez,
pues, sus menudos y graciosos pasos.

Era la hora del oscurecer. Hall a la seora sentada en su gabinete, sin
luz, entregada sin duda a una de esas intensas y dolorosas meditaciones
que desde haca algn tiempo la embargaban. Manuel Antonio se mostr
jovial y decidor, trat de alegrarla cuanto pudo, atrayendo de nuevo la
sangre a aquel corazn ulcerado para que la pualada fuese ms dolorosa.
Pidi chocolate, lo tomaron jaraneando lindamente: Amalia lleg a
olvidarse de sus preocupaciones. Y cundo ms olvidada estaba zas! la
bomba. Pero dejada caer suavemente, con arte infinito, el arte que slo
posee una mujer, reforzado por el ingenio masculino.

Lo nico que sinti fue no poder verle la cara. El gabinete estaba ya
casi en tinieblas. Pero advirti bien claramente el destrozo de la
explosin en el sonido de la voz, en la frialdad de la mano al
despedirse.

Amalia qued en pie, rgida, inmvil, largo rato. Apoyose en la cortina
de crespn para mirar a la calle y la destroz. Trat de abrir su
escritorio para tomar el pomo de esencia, pero dio demasiada vuelta a la
llave y estrope la cerradura.

Sali de la estancia y vag, por los pasillos oscuros y escaleras, con
incierta planta, como un fantasma. All a lo lejos vio un punto luminoso
y se dirigi hacia l involuntariamente como una mariposa. Era el
comedor, que ya estaba alumbrado. Sentada a la mesa, armando unos
pastorcitos de barro, restos de su pasada riqueza, estaba Josefina. La
pantalla de la lmpara proyectaba viva luz sobre su cabecita monda y
dorada como una naranja. Amalia se detuvo un instante y la contempl con
ardiente mirada, devorando con los ojos aquel semblante grave y
melanclico que tan fielmente reflejaba el de Luis. Dio un paso y la
nia volvi la cabeza. La mirada de sus ojos azules era igualmente
dulce y triste; el movimiento de las pestaas, idntico. La esposa del
maestrante salv de dos pasos la distancia que la separaba y cay sobre
ella como un tigre hambriento. Golpe, mordi, desgarr. Sus uas
dejaron al instante surcos morados en aquel rostro cndido. La sangre
comenz a brotar. La nia, loca de terror, lanzaba chillidos
penetrantes. Apenas tuvo tiempo a ver a su madrina. No saba qu era
aquello. Amalia, insaciable, golpeaba, hera sin cesar. Los gritos de la
vctima hacan crecer su furor. Se detuvo rendida al fin.

--Madrina, qu hice?--exclam la pobre nia huyendo hacia un rincn.

Esta pregunta, la mirada de angustia con que la acompa, enfurecieron
de nuevo a la dama. Volvi a golpearla despiadadamente. La criatura se
tapaba el rostro con las manos. Entonces le coga las orejas, las
estrujaba hasta arrancarlas. No satisfecha todava, irritada de no poder
herirla en la cara, tom un plumero que haba sobre la mesa, y con el
mango comenz a sacudirle sobre las manos, dejndolas cubiertas de
cardenales.

Al fin consigui salvarse. Las criadas, que haban acudido y
presenciaban atnitas la escena, dejronla paso y huy por los pasillos
y tom por la escalera. La puerta de la calle estaba abierta. El
cochero, al llevar los caballos al agua, la haba dejado as. Josefina
sali de la casa y corri desalada por la calle de Santa Luca, penetr
en la travesa de Santa Brbara, atraves la plazuela del Obispo y,
bajando por la calle de la Sastrera, sali por la puerta de San Joaqun
a la carretera de Sarri.

Haba cerrado ya la noche. Caa suavemente una lluvia menuda, pero
espessima, que en poco tiempo la cal hasta los huesos. La desgraciada
criatura corri todava algn tiempo y al fin se detuvo jadeante. El
pretil de la carretera estaba bajo en aquel sitio y se sent. Entonces
fue cuando sinti el dolor de los golpes. Llevose las manos a la cabeza,
despus a la cara, por donde senta correrle un lquido caliente, que al
principi pens sera la lluvia.

Pronto se convenci de que era sangre. Sangre! La cosa en el mundo a
que ella tena ms terror! Dominada an por el susto, no se quej.
Levant la falda de su vestidito y se sec, o por mejor decir, se lav
la cara, porque el vestido estaba mojado.

Pero lo que ms senta, lo que le dola de un modo horrible eran las
manos. No sabiendo qu hacer para aliviarse, comenz a soplarlas. Luego
las chup. Pero el dolor era tan recio que exclam al fin sollozando:

--Ay mis manos!

En aquel momento se alzaron ante ella entre las sombras de la noche dos
enormes figuras que la dejaron helada de espanto. Una de ellas se
abalanz y la cogi por un brazo.

--Qu haces ah?--dijo con voz bronca.




XII

La justicia del barn.


En una gran sala de la casa solariega de los Oscos, amueblada con cuatro
trastos viejos, tapizada con dos dedos de polvo, se encuentran sentados
a una antigua mesa de roble dos conocidos personajes de esta historia.
Uno es el propio barn, dueo de la casa. El otro, su amigo Fray Diego.
Tienen delante un tarro de ginebra vaco, otro a medio vaciar y sendas
copas. Ni mantel, ni tapete, ni bandeja; el nico adorno de la mesa son
las manchas caprichosas que el vino y la ginebra en feliz consorcio con
el polvo han ido dejando con el trascurso de los meses y los aos. La
estancia es lbrega, porque la calle del Pozo lo es y porque los
cristales emplomados, hace aos ya que no se han limpiado, y porque la
tarde est declinando.

A la poca luz que all consigue penetrar puede verse la faz de ambos
excesivamente roja, tan roja que parece imposible no brote la sangre de
sus ojos encarnizados. La del barn ha llegado al lmite de su fiera y
espantable fealdad. Aquella cicatriz sangrienta que le surca el rostro
se destaca ahora con todas sus rugosidades, tan spera y negra que da
grima verla. Sus bigotes cerdosos, unidos a las patillas, son ya ms
blancos que negros. Viste zamarra negra y cubre su cabeza una gran boina
roja cuya borla cae arremolinada, unas veces sobre las orejas, otras
sobre las narices, segn los movimientos que imprime a su torso de ogro.

Hace largo rato que guardan silencio. Fray Diego de vez en cuando lleva
la mano al tarro de la ginebra, llena la copa de su amigo, luego la
suya, y gravemente la apura de un trago. El barn no es tan expedito:
toma su copa, la sube a la altura de los ojos y hace frente ella una
serie de muecas a cual ms horrorosa; despus la toca con el borde de
los labios, vuelve a las muecas, vuelve a tocarla; por fin, despus de
largos ensayos y vacilaciones, se decide a apurarla.

De esta manera grave y prudente se solazan los dos antiguos soldados de
D. Carlos casi todas las tardes del ao. El pueblo lo sabe, y hay entre
sus jocosos habitantes entabladas varias apuestas sobre cul de los dos
morira primero de apopleja.

Fray Diego haba servido tambin en las filas del Pretendiente. Luego se
haba ordenado, se hizo fraile, estuvo en Filipinas; finalmente, se
seculariz y viva en Lancia como capelln suelto. Mientras la guerra no
se haban conocido. Cuando se encontraron en Lancia quedaron unidos con
indisoluble amistad por la identidad de ideas, por el recuerdo de las
gloriosas batallas a que asistieron... y por la ginebra.

--Viva el papa soberano de todos los reyes de la tierra!--exclam
despus de largo silencio, en que ambos parecan dormitar, Fray Diego.
Al mismo tiempo dio un tremendo puetazo sobre la mesa que hizo bailar
los tarros y las copas.

El barn no se conmovi poco ni mucho. Sigui haciendo guios a la copa
que tena delante y, despus de apurarla muy reposadamente y chasquear
tres o cuatro veces la lengua, dijo:

--Despacio, despacio, Fray Diego; usted no sabe todava lo que son los
papas.

--Viva el papa soberano de todos los reyes de la tierra!--volvi a
exclamar el cura, dando otro puetazo ms fuerte.

--Cuidado, Fray Diego, que los papas han sido siempre muy ambiciosos.

--Seor barn!--exclam el clrigo con voz enftica de cmico de la
legua.--Tiene usted el alma tan fea como el rostro!

El barn qued tan sosegado ante aquel insulto. Despus de un rato dijo
con perfecta tranquilidad:

--No sea usted botarate. Qu tiene que ver mi cara en estos asuntos? Yo
soy catlico, apostlico, romano; pero si maana el rey, nuestro seor
(llevose la mano a la boina al decir esto), me manda con un destacamento
a Roma, voy a all como el condestable de Borbn, la saqueo y prendo al
pontfice.

--Y yo digo que si Su Santidad me mandase meter una cuarta de bayoneta
por el ombligo a ese condestable, tenga usted por seguro que le meta
dos.

--No.

--Cmo no?--rugi el capelln ponindose carmes.

--Porque el condestable ha muerto hace tres siglos.

--Me alegro. Tres siglos hace que arde en los infiernos.

--Todo eso est muy bien, _pater_, pero el rey siempre arriba, estamos?
y los dems a callar y obedecer.

--El papa no calla nunca, seor barn!

--Pues se le pone una mordaza.

--Quisiera yo ver porra! reporra! cien veces porra! quin se la
pona estando cerca Fray Diego de Areces!--grit el clrigo alzndose
convulso y echando fuego por los ojos.

--Sintese, _pater_, y clmese y escancie otra copita, que Fray Diego de
Areces no es ms que un cazuela.

El capelln se seren repentinamente, verti delicadamente el licor en
las dos copas y apur la suya con deleite, despus de lo cual dej caer
la cabeza sobre el pecho, los prpados se le bajaron y se puso a
dormitar. El barn, radiante de alegra, le contemplaba fijamente con
ojos socarrones, aprovechndose de su ausencia temporal para escanciarse
otra copita, de nones, como l deca.

Era constante particularidad de aquellas dulces sesiones el que la
ginebra trocase el carcter de ambos. El genio irascible, impetuoso del
barn se dulcificaba de modo inverosmil. Hacase, mientras duraba la
benfica influencia del alcohol, alegre, comunicativo, conciliador;
ninguna palabra le molestaba, nada le pareca suficiente motivo para
encolerizarse. En cambio, Fray Diego, que en estado normal era un
bendito, siempre jovial y chancero, tornbase un diablo disputador y
quisquilloso, adquira de pronto humor guerrero que nadie sospechara
bajo su rostro redondo y plcido de beata ajamonada.

Despabilose al cabo de pocos minutos, mir al barn algunos momentos
fijamente con extraa ferocidad y profiri estropajosamente:

--Quisiera, seor barn, que me explicase usted qu entiende por
cazuela.

--Anda, salero! Ahora salimos con eso? A usted qu le importa que
signifique uno u otro?

--Es que yo quisiera... entendmonos!

--Ya nos hemos entendido. Usted tiene dos cuartillos de ginebra entre
pecho y espalda y yo otros dos... o algo ms--aadi haciendo un nmero
prodigioso de guios.

--No es eso, seor barn, no es eso! Entendmonos de una vez, porra!

--Aqu ya no hay barones ni frailes--exclam el noble en un arrebato de
buen humor alzndose de la silla.--Aqu slo quedan el to Francisco,
que soy yo, y el to Diego; que eres t, estamos?... Vengan esos
cinco...

Al avanzar con la mano extendida dio algunos traspis, pero se mantuvo
firme.

--Vengan esos cinco, valiente!

El cura se dulcific. Se estrecharon las manos.

--Ahora un abrazo por el rey legtimo de las Espaas.

--No me hable usted de abrazos!...--grit el clrigo enfoscndose de
nuevo.--Me acuerdo del abrazo de Vergara, y porra!...

--No te apures, compadre, que ya nos la pagarn.

    _Ay, ay, ay! mutil_
    _Chapelen gorri._

Y se puso a cantar roncamente el himno carlista; pero interrumpindose
de pronto:

--Eh, to Diego, a cantar! Dejmonos ahora de lgrimas...

En efecto, su amigo lloraba en aquel momento lgrimas como avellanas,
recordando la traicin de Vergara.

--Arriba, coracero! A que no te pesara de que bebisemos una copita
por el exterminio de todos los _negros_?

Fray Diego se declar, con un movimiento de cabeza, partidario en
principio de este brindis consolador, pero no se movi de la silla.

Bebieron otra copa, y su efecto fue tan prodigioso en el alma
tradicional del barn, que se puso inmediatamente a bailar el zapateado
ingls sobre la mesa, sin que Fray Diego dejase por ello de verter
abundantes lgrimas.

--Hum! No me gusta este baile de _extranjis_--manifest al fin
bajndose de un salto;--prefiero la _danza prima_. Ven ac, to Diego...

Y a la fuerza, cogindole por las manos, lo alz de la silla y se puso
a dar vueltas con l, entonando uno de los cantos largos y montonos del
pas. Fray Diego se sinti rejuvenecido. Recordaba sus tiempos de
mastuerzo all en la aldea, cuando su to el cura de Areces le mola a
palos porque saltaba de noche por la ventana para ir a cortejar las
mozas de los pueblos vecinos.

--Oye, Diego--dijo el barn parndose repentinamente.--No te parece que
antes de seguir bebamos una copita por el alma de nuestros mayores?

Asinti el fraile de buen grado; pero las copas yacan rotas por el
suelo y los tarros vacos. El barn abri un armario y sac de l nuevos
elementos de _vida espiritual_. Esta copa funeraria le inspir una idea
felicsima; la de cubrir la cabeza del capelln con su boina y adornarse
l con el canaln de ste, que descansaba sobre una silla. As vestidos
volvieron a la danza, haciendo dos figuras realmente interesantes.

El barn dio un traspi y cay.

--Alza, to Diego.

El fraile le cogi de nuevo las manos que haba soltado y tir con
fuerza hacia arriba. Pero el peso del noble le dobleg y rodaron los dos
por el suelo.

--Alza, to Diego!

--Alza, to Francisco!

Ambos se revolcaban soltando brbaras carcajadas. El barn logr al fin
ponerse en pie. El capelln le imit al cabo de un rato. Pero su alma,
iluminada un momento por los recuerdos de la juventud, cay otra vez
repentinamente en la sangre y el exterminio. Se dirigi ferozmente a su
amigo.

--Sepmoslo de una vez, porra! Por qu me ha llamado usted cazuela
hace poco? eh? eh? por qu?

--Te lo explicar enseguida, hombre--repuso el barn con calma;--pero
antes beberemos una copa por la congregacin de todos los fieles
cristianos, cuya cabeza visible es el papa... digo, si te parece.

El capelln no puso obstculo.

--Pues te he llamado cazuela--prosigui chasqueando la lengua--porque
una cazuela, sabes t? una cazuela sirve para que la llenen de patatas
guisadas.

Dicho esto, el barn cay en un espasmo de alegra tan violento que por
poco se ahoga. Mientras tanto, los ojos saltones de su camarada le
miraban con tal expresin amenazadora que pareca que iban a brincar de
las rbitas y lanzarse sobre l; crecan por momentos como los de una
langosta.

--Y por qu de patatas guisadas? Yo tengo tantos hgados como usted,
porra! y lo he probado en la accin de Ordua y en la de Unz, y por
algo tengo en mi casa seis cruces.

--T? t?--dijo el caballero sin poder sosegar la risa.--T nunca has
servido ms que para hacer el rancho al escuadrn.

El furor del fraile no tuvo lmites al escuchar esto. Grit, pate, dio
espantosos puetazos sobre la mesa. Por ltimo, lanzose hacia la puerta
y desde su marco comenz con descompuestos ademanes a apostrofarle.

--Eso lo dice usted porque est usted en su casa! Salga usted fuera a
decirlo! Salga usted conmigo!

El barn le miraba con risuea curiosidad.

--Calma, calma, to Diego.

--Salga usted a matarse conmigo!... Con sable, con pistola, con lo que
usted quiera...

--Bien, hombre, bien; saldremos a matarnos... pero slo por darle a
usted gusto...

Fue con paso vacilante hacia la alcoba y a tientas, porque ya la
oscuridad era completa, meti las manos en el armero y sac dos grandes
sables de caballera.

--Toma--dijo alargando uno al capelln.

ste lo sac de la vaina y se puso a esgrimirlo. Mientras llevaba a cabo
la prueba, D. Francisco le contemplaba rebosando de satisfaccin.

--Bueno, vamos ya--dijo el fraile envainando.--En marcha.

Y tomando el canaln, que andaba por el suelo, y ocultando el sable
debajo de los manteos, sali por la puerta. El barn cogi la boina, se
puso un grueso montecristo de abrigo y le sigui.

--Alto!--exclam antes de que hubiera dado cuatro pasos.--No te parece
que echemos la espuela?

Fray Diego dej escapar un gruido afirmativo.

Entraron otra vez en la sala y, tentando el suelo, tropezaron con el
tarro de la ginebra, que no estaba agotado por completo. Dieron con las
copas y se escanciaron todo lo que haba. Acto continuo salieron a la
calle.

El pavimento de gruesos guijarros estaba mojado. Caa una lluvia
menudsima, tan espesa que en poco tiempo calaba la ropa como el ms
fuerte aguacero. La noche haba cerrado casi por completo. Y como, segn
las prcticas municipales, faltaba todava un buen cuarto de hora para
encender los famosos reverberos de aceite, las tinieblas envolvan a la
empapada ciudad.

Los dos hroes, animados por el espritu de la guerra, caminaron con
decisin por la calle del Pozo, el clrigo delante, el noble detrs,
ambos embozados hasta los ojos y apretando bajo el brazo el instrumento
de muerte que cada cual llevaba. Entraron en la calle de las Hogueras,
pasaron por bajo los muros de la Fortaleza y salieron a la va que cie
la antigua muralla de la poblacin. A medida que el agua, filtrndose al
travs de los abrigos, refrescaba sus carnes, se iban paulatinamente
equilibrando sus humores. El de Fray Diego tenda visiblemente a
serenarse, arrojaba uno a uno los negros velos que le opriman. Pero
estos velos los recoga todos el barn y envolva con ellos su espritu
altivo y cruel. Ambos avanzaban impvidos al travs de la noche y la
lluvia, presagiando la muerte.

Siguieron un buen trecho a lo largo de la muralla y al llegar a la
carretera de Sarri tomaron por ella. No haban andado cinco minutos
cuando oyeron cerca un gemido. Pararon en firme, y acercndose al pretil
distinguieron un bulto; se aproximaron un poco ms y vieron sentada una
nia.

--Qu haces ah?--dijo el barn, agarrndola por un brazo.

--Perdn!--exclam Josefina en el colmo del terror.--Por Dios, no me
pegue usted, seor! Ya me pegaron mucho.

La mano del caballero se afloj repentinamente y, cambiando de voz y de
tono, dijo:

--No, hija ma, no; nadie te pegar. Cmo ests aqu a estas horas?

--Me ha pegado mucho mi madrina y me escap de casa.

--No tienes padres?

--No, seor.

--Vives en Lancia?

--S, seor.

--Quin es tu madrina?

--Una seora.

--Cmo se llama?

--Amalia.

--Porra!--exclam Fray Diego, dndose una palmada en la frente.--Es la
nia recogida por D. Pedro Quiones.

--Es verdad que se llama D. Pedro el marido de tu madrina?

--S, seor.

--Vamos, levntate, hija ma. Ah no ests bien. Vente con nosotros.

--Oh, no, por Dios! No me lleven a mi madrina!

--No, no iremos all. Ests mojada, criatura!--aadi palpando su
ropa.--Anda, anda.

Los dos hroes haban depositado los sables sobre el pretil. Cuando
echaron a andar hacia Lancia, llevando a la nia en el medio, all los
dejaron olvidados sin reparar en que la humedad desluce y enmohece el
acero.

--Y por qu te ha pegado tu madrina?--preguntaba Fray Diego mientras
caminaban despacito para acomodarse al paso de la nia.

--Porque estaba jugando con los pastores.

--Los pastores!... Pero los pastores de don Pedro vienen a dormir a
casa?

--S, seor; duermen en la caja de cartn.

--A ver, a ver, chica, qu estas diciendo ah?--profiri el capelln
detenindose.

De la investigacin entablada inmediatamente result que los pastores
eran de barro. Fray Diego emprendi nuevamente la marcha, resguardando
con sus manteos el frgil cuerpo de la criatura.

Pero al ponerle una de las veces la mano en la cara observ, con
sorpresa, que la humedad que le moj los dedos era caliente. Comunicada
esta observacin con su antagonista, y como quiera que ya haban llegado
a las primeras casas de la ciudad, metieron a la nia en un portal,
encendi el barn un fsforo y la reconocieron. Tena todo el rostro
baado de sangre, que manaba de algunos profundos araazos, las manos
cubiertas de cardenales. Los dos hroes se miraron aterrados, y la misma
ola de indignacin encendi sus mejillas. El barn dej escapar una
serie de imprecaciones fulminantes. stas y su feo rostro espantable
hicieron tal impresin en Josefina, que huy gritando a un rincn.
Consiguieron, no sin trabajo, tranquilizarla, y despus de secarle el
rostro con un pauelo, Fray Diego la cogi en brazos (el barn lo haba
intentado en vano), tapola bien con sus manteos y emprendieron la
marcha hacia la casa solariega de los Oscos.

All le hicieron la primera cura. El barn, que en la campaa haba
adquirido algunos conocimientos de ciruga, le lav cuidadosamente las
heridas, las cerr con aglutinante y cur las contusiones con cierto
ungento eficaz que posea. Las manos rudas de aquellos veteranos
parecan de seda al tocar la piel de la nia. Una mujer no la hubiera
curado con ms delicadeza, con tal atencin y esmero.

Josefina iba perdiendo el miedo. Aquel seor tan feo no era malo. Se
atrevi a pedir agua. El barn respondi que no se estilaba en aquella
casa, y que lo mejor que le vendra ahora para quitar el susto era una
copita de Jerez. Hzola traer, y luego que la nia la hubo bebido, los
dos campeones del rey legtimo se retiraron a un rincn de la sala a
deliberar.

Resolvieron que lo prctico en aquel momento era llevar la nia a casa
de Quiones. El barn se encargaba de entregarla. Antes calentara muy
bien las orejas a su madrina; le dira que era una indigna mujerzuela,
una criatura vil y perversa, y que si otra vez osaba maltratar a aquella
pobre nia desvalida, ira a su casa a cortarle las orejas y atarla
despus por el moo a la cola de su caballo y arrastrarla as por toda
la ciudad. Fray Diego no estaba conforme con tanta crueldad, pero el
barn ni por Dios vivo quiso alterar poco ni mucho aquel plan siniestro
de terrible ejemplaridad.

Cost trabajo persuadir a Josefina a que viniese con ellos.
Consiguironlo despus de prometerle que su madrina no volvera a
pegarla y que sera para ella muy buena de all en adelante. No faltaba
ms! Como se atreviera a tocarla siquiera en un pelo, rayo de Dios! le
retorca el pescuezo como a una gallina, la desollaba viva a correazos
con el freno de su caballo. El rostro de aquel seor era tan espantoso
al proferir tales amenazas, que la nia no dud un instante de su
cumplimiento.

Mientras caminaban hacia la mansin de los Quiones, el barn no ces de
vomitar injurias y amenazas de muerte contra la esposa del maestrante.
Fray Diego procuraba intilmente calmarle. Sus instintos sanguinarios se
iban exacerbando de tal modo, que el ex-fraile, temiendo una catstrofe,
se despidi al llegar a la puerta del palacio.

El barn tir de la campana. Como no saba la costumbre feudal de la
casa, no tir ms que una vez. Tardaron en abrirle juzgndole plebeyo.
La sorpresa del criado fue grande al ver a aquel terrible seor, que
tanto respeto infunda en la ciudad, y se apresur a pedir perdn de no
haber acudido ms a tiempo a abrirle. El barn pregunt por don Pedro
Quiones. Le hicieron pasar y el criado subi delante por la gran
escalera de piedra. Al llegar al piso principal le rog que aguardase
mientras le anunciaba.

Pocos momentos despus se present Amalia. Dirigi una penetrante mirada
de rencor a la nia, que el barn tena de la mano, y dijo dirigindose
a ste con frialdad y altivez:

--Qu deseaba usted?

--Vena a entregar esta nia que he recogido en la calle... y al mismo
tiempo a hablar con don Pedro o con usted cuatro palabras.

Al proferir esta ltima, la voz del barn se alter de un modo
perceptible.

--No me conoce usted?--aadi, viendo que la dama le miraba fijamente
sin contestar.

En los pueblos casi todos se conocen, sobre todo las personas de viso,
aunque no se traten. Sin embargo, Amalia replic descaradamente:

--No tengo ese honor.

--Soy el barn de los Oscos.

La dama hizo una inclinacin de cabeza.

--Paula--dijo dirigindose a una criada que haba acudido,--llvate esa
chica. T, Pepe, enciende las lmparas del gabinete azul.

Cuando estuvieron solos, la seora se sent, invit con majestuoso
ademn al barn para que hiciese lo mismo, y esper mirndole con
extremada curiosidad, pero sin asomo de temor.

--Seora--comenz el barn,--he hallado a esa nia en la carretera de
Sarri cubierta de sangre y llena de cardenales. Le he preguntado quin
la haba puesto as, y me respondi que su madrina. Yo no puedo creer...

--Puede usted creerlo, porque es exacto--dijo Amalia interrumpindole.

El barn qued parado y confuso. Al cabo prosigui:

--Es posible que usted tuviera razn para castigarla, pero me duele en
el alma...

Amalia volvi a interrumpirle:

--Y a m me duele mucho ese dolor que usted siente.

--Mi objeto al venir aqu--manifest el barn, que por momentos iba
perdiendo su aplomo,--era prevenir a usted...

--Cmo?

--Era rogarle que, ya que ha tenido la caridad, segn me han
manifestado, de recoger esa desgraciada criatura expsita, continuase su
buena obra protegindola, amparndola, educndola... y cuando tuviese
necesidad de castigarla lo hiciese con clemencia, pues la pobre es una
criaturita tierna y dbil, y los golpes pudieran concluir con su vida...

--Es eso todo lo que usted tena que decirme?--pregunt framente la
dama.

La faz temerosa del barn se congestion sbito al escuchar esta
pregunta, inyectronse sus ojos, la sinuosa cicatriz se alz con gran
relieve sobre la superficie del rostro en virtud sin duda de algunos
movimientos volcnicos de lo interior. Escuchronse all en la garganta
ruidos formidables, sordos estampidos, presagio de violenta erupcin.
Pero al cabo aquellos ruidos se apagaron, cesaron los movimientos de
trepidacin, y el crter, en vez de despedir una corriente de lava
fundida, como era de temer, rocas, cenizas y otras materias volcnicas
en ebullicin, dej escapar dbilmente estas dos palabras:

--S, seora.

--Bien, pues agradezco a usted mucho el inters que se toma en este
asunto, y aprovecho la ocasin para decirle en nombre de Quiones y en
el mo que tiene usted aqu su casa.

Al mismo tiempo tir del cordn de la campanilla y se levant. Alzose
tambin el barn mascullando las gracias y ofrecindose.

--Pepe, acompae usted al seor barn.

Hizo ste una profunda reverencia. Contest Amalia con otra ms leve. El
caballero gir sobre los talones y sali.

Al bajar por la escalera con las orejas gachas, el semblante encendido y
los ojos extraviados, otra vez se presentaron ante su imaginacin con
vigoroso relieve el descuartizamiento, la prdida de los ojos, la cola
del caballo y otros fieros suplicios de la poca visigtica, a la cual
perteneca por su brbara traza y corazn indomable y crudelsimo.




XIII

El martirio.


Apenas se haba cerrado la puerta tras el barn, Amalia hizo traer la
nia a su presencia.

--Venga usted ac, seorita, venga usted ac! Cunto tiempo ya que no
nos hemos visto! Cmo lo ha pasado usted? Le ha ido a usted bien? El
barn es muy galante con las damas, verdad?

La nia lanz un grito penetrante.

--Ay mi oreja!

--De rodillas, sabandija! Ah! Conque no vale nada lo que he hecho por
ti! Ya me enseas los dientes antes de concluir de mamar? De rodillas,
picaruela, malvada!

Josefina fue a caer acurrucada en un rincn del gabinete. Amalia mantuvo
sobre ella largo rato su mirada fulgurante. Separndola al fin, pregunt
a Concha y a Paula, que haban trado a la delincuente, en qu forma se
haba escapado. La culpa era del cochero. Improperios contra el cochero,
que era un borracho, y amenazas de despedirle si volva a caer en
descuido semejante. Luego comentarios infinitos sobre el encuentro del
barn. Qu haca aquel bruto a tales horas por la carretera de Sarri?
Quin era el cura que le acompaaba? Despus consideraciones
tristsimas sobre la ingratitud y maldad de aquella nia que hua de la
casa donde se la haba dado albergue y pona en ridculo a su
protectora. Las domsticas convinieron en que mereca un castigo
ejemplar.

Despidiolas al cabo la dama, detenindolas con ademn imperioso cuando
trataban de llevarse a la expsita. Una vez solas, Amalia tom un libro
y se puso a leer tranquilamente a la luz de un quinqu, mientras su
hija, de rodillas en el ngulo ms oscuro, sollozaba apagadamente. Tres
o cuatro veces levant aqulla la cabeza, dirigiendo su mirada colrica
a las tinieblas del rincn, esperando que la chica gimiese ms fuerte
para lanzarse sobre ella. Trascurri una hora, hora y media. Cerr al
fin el libro: sali y volvi a los pocos momentos. Comenz a desnudarse
lentamente: cuando estaba medio desnuda tom el quinqu, y acercndolo a
la nia la oblig a levantarse, la llev hasta la alcoba y le dijo
mostrndole el suelo:

--Esta es tu cama. Ah dormirs vestida.

Cuando termin de desnudarse, la nia le dijo con voz dbil:

--Perdname, madrina; no volver a hacerlo.

Pero ella no quiso or estas palabras. Se meti en la cama y apag la
luz. Sus ojos quedaron abiertos en la oscuridad. Las horas, sonando con
sus cuartos y medias melanclicamente en el reloj de la catedral vecina,
no consiguieron cerrarlos. Eran dos lmparas misteriosas que slo daban
luz hacia dentro, alumbrando mil cosas siniestras y punzantes. Bajo
aquella pequea frente se atropellaban, se estrujaban las ideas
sombras, los deseos feroces. El matrimonio de Luis era una abominable
traicin. Sin recordar la suya hacia el pobre viejo paraltico que Dios
le haba dado por esposo, ni pensar en que su falta haba truncado la
vida del conde, amenazado de morir en la soledad, sin familia que
endulzara sus ltimos das, haca pesar sobre l toda la responsabilidad
del delito y toda la amargura que ahora senta al desprenderse del nico
placer que la acariciaba en aquella lgubre y montona existencia. El
nico placer! No mereca otro nombre su amor. En aquel espritu
ardiente, desptico, atormentado, no haba entrado jams la ternura;
ignoraba por completo las cosas deliciosas y poticas que ennoblecen la
pasin y la hacen perdonable. Su vida se haba deslizado en una
agitacin insana, atormentada por el deseo de ser feliz a toda costa. En
los ltimos siete aos vivi bajo el imperio de su torpe apetito
insaciable. Jams un pensamiento melanclico de remordimiento vino a
acusar en aquella ruin naturaleza la presencia del sentido moral. Cada
vez ms exacerbada su ansia de goces la arrastraba ltimamente a mil
pasos extravagantes y peligrosos. Ya no se contentaba con reunir en su
casa a la juventud laciense y bailar de vez en cuando por
condescendencia. Era menester, para alegrarla, que todos los das
hubiese jarana, giras de campo, mascaradas, etc., y que ella bailase sin
cesar hasta caer rendida como una zagala de quince aos: necesitaba
menudear las entrevistas secretas con su amante a las horas ms
extraordinarias y en las ocasiones ms impensadas. Sus anhelos
enfermizos la impulsaban a desafiar la opinin pblica, despreciando por
gusto toda precaucin. Si el conde le haca alguna advertencia
irritbase, se revolva como una fiera. Ms perda ella que l; las
murmuraciones no se cebaran en el hombre seguramente, sino en la mujer.
La deshonra era para sta. Pero ella se rea a ms no poder de estas
murmuraciones y de la deshonra. Si la apuraban un poco era capaz de
pregonar su falta en Altavilla cuando hubiese ms gente. El conde se
senta cada vez ms desligado de esta mujer, que turbaba todas sus ideas
morales, teolgicas y sociales. Llegaba a inspirarle miedo.

ste se convirti en terror, en malestar insufrible, que le hizo
apetecer con ansia la libertad, desde cierta revelacin que, sonriendo,
le hizo Amalia.

--No sabes, querido? Esta maana estuve a punto de hacer una locura,
una locura muy grande. Quiones me mand ponerle las gotas de arsnico
que toma hace tiempo. Cog el frasco y de repente, como si una mano
invisible me levantase el codo, vert en el vaso la mitad del
contenido... No tiembles, cobarde, que no hay motivo!... Jams me haba
pasado nada semejante. Te juro que mi voluntad no tena arte ni parte en
ello. Obraba por una fuerza superior que me arrastraba a pesar mo. Dej
el vaso sobre la mesa, lo contempl un instante con sorpresa, lo levant
para mirarlo al trasluz... Nada, ni el ms mnimo signo que denotase que
all estaba la muerte. Lo puse sobre la bandeja y me encamin con l
hacia el gabinete sin darme cuenta de lo que haca. Pero enmedio del
pasillo me estremec como si saliese de una pesadilla, vi repentinamente
el disparate que iba a hacer, y dej caer el vaso al suelo.

--No era un disparate, era un crimen horrible el que ibas a
cometer--dijo sordamente el conde, que sudaba de congoja.

--Bueno, crimen o disparate... o lo que sea, era una estupidez de todos
modos, sabes? porque enseguida se comprendera, por los sntomas, que
se trataba de un envenenamiento.

Aquellas palabras, pronunciadas con afectada ligereza, impresionaron an
ms al conde que las anteriores. Desde entonces no poda acercarse a
ella sin experimentar una extraa sensacin de repugnancia.

Su juventud pas. Hasta la llegada de Fernanda, Amalia no haba pensado
en ello. No teniendo rivales en Lancia, haba puesto menos diligencia
cada da en el cuidado de su persona, dej del todo aquella plausible
coquetera que sirve a la mujer para perpetuar el encanto de su persona.
Slo al ver la esplndida hermosura de la hija de Estrada-Rosa se dign
echar una mirada a s misma. Comenz a preocuparse del alio de su
cuerpo, se procur toda clase de afeites, envi por vestidos a Madrid,
aprovech todos los recursos de la elegancia. Era tarde. Aquel msero
cuerpo abandonado, marchito por los aos y la anemia, no recobr
frescura ni gracia.

Esta idea fija le roa el cerebro en su larga y dolorosa vigilia. No
volver a inspirar amor, ser vieja, causar repugnancia! Mil garfios le
arrancaban las entraas. Luis se casaba. Por qu? No le haba
sacrificado su juventud, su honor, su salvacin, si despus de esta vida
haba ms que tinieblas? Qu vala esto! La primera seal de ruina que
haba aparecido en su rostro desvaneci como un sueo todos los
juramentos; los siete aos de amor se haban hundido en el abismo del
tiempo sin dejar la ms insignificante huella... Pero ella no tena
arrugas todava; no era tan vieja; treinta y cinco aos nada ms.
Bruscamente llev la mano a la mesa de noche, encendi la buja y salt
de la cama: acercose al espejo y se contempl largamente, repasando con
el dedo todos los rincones del rostro para cerciorarse de que no
existan las temidas arrugas.

Un gemido que son detrs le hizo volver la cabeza. Levant la buja y
clav una mirada recelosa en su hija, tendida en el suelo y tiritando.
La nia no dorma. Sus ojos febriles se posaron con angustia en ella,
sus labios murmuraron otra vez Perdn! Sin hacer caso alguno, la
esposa de D. Pedro se meti de nuevo en la cama y apag la luz.

Los rayos del sol matinal, penetrando por las rendijas del balcn,
alumbraron aquellos dos insomnios. Con la luz de Dios comenz el brbaro
suplicio de una criatura inocente. La fecunda, diablica fantasa de
Amalia se puso a inventar tormentos con que saciar el odio que la
devoraba. Necesitaba ver sufrir. Josefina fue enviada descalza abajo con
una misiva escrita en lpiz para Concha. El papel deca: Concha, ah te
envo a esa picaruela. Castgala como mejor te parezca.

Amalia haba adivinado, en su doncella, al verdugo. Y en efecto, al
recibir sta el papelito experiment satisfaccin, lisonjeada en su
vanidad y en sus instintos.

--Sabes lo que dice este papel?--le pregunt relamindose.

Josefina hizo un signo negativo. Lea todava mal el manuscrito, sobre
todo escribiendo tan descuidadamente como lo haba hecho la seora. La
costurera le oblig a deletrear aquellas palabras hasta que se enter
bien de ellas.

--Ya ves que me manda castigarte por lo que has hecho ayer.

Al decir esto sonrea dulcemente, como si le noticiase que le iba a
regalar alguna golosina. Josefina la mir sorprendida.

--Castigarme? Madrina ya me ha hecho dormir en el suelo.

--No importa, eso es poco para maldad tan grande como escaparse de casa.
Habr que darte algunos azotes. Lo siento, hija ma, porque nunca has
recibido este castigo y te va a doler mucho. Las seoritas tenis la
carne delicada, no sois como nosotras, que estamos acostumbradas desde
muy chiquitinas a la intemperie y a los golpes. Ven ac!...

Al mismo tiempo sac del cors una de las formidables ballenas, que
entonces solan usarse. La nia retrocedi asustada, pero la costurera
la atrap por el brazo.

--No intentes escapar, porque entonces ser doble la racin.

Josefina se cogi a su mano llorando angustiosamente.

--No me pegues, por Dios, Concha! Ya sabes que me ha pegado mucho
madrina ayer... Mira, mira cmo tengo las manos... Me duele tambin la
cabeza... El suelo estaba tan duro!... Yo te quiero mucho... no te he
acusado nunca a madrina...:

--Suelta, suelta!--repuso la costurera tratando de desasirse suavemente
de sus pequeas manos.--No tengo ms remedio que obedecer. La seora lo
manda.

--No, por Dios! Concha, no, por Dios!--responda entre sollozos la
criatura.--Te quiero mucho... y a madrina tambin... Si no me pegas te
he de dar mi caja de muecas...

--De veras?--dijo dulcificndose.

--S, ahora mismo si la quieres.

--Y el estuche de costura?

--Tambin.

--Y el armarito de espejo?

--S, el armarito tambin.

Concha hizo ademn de vacilar. La nia la miraba con ojos ansiosos.

--Y me prometes ser buena siempre?

S, le prometa ser buena siempre.

--Nunca ms escaparte?

--Nunca.

--Bueno--dijo con tono carioso y condescendiente;--pues si prometes ser
buena y formal, y no se lo dices a la seorita, y me das adems todo eso
que dices, entonces... entonces... arrea, chico!

En un instante le alz la ropa y comenz a azotarla despiadadamente,
riendo como una loca del engao.

Los alaridos de la nia subieron hasta el piso segundo. La esposa del
maestrante estaba frente al espejo, arreglndose provisionalmente el
pelo. Se detuvo. Un estremecimiento singular corri por su carne, cierta
emocin indefinible y vaga, semejante a un cosquilleo, que no podra
decir con seguridad si era de placer o de dolor. De todos modos, algo
que refrescaba aquel ardor insufrible que los vapores de la ira haban
levantado en su pecho. Permaneci inmvil hasta que los gritos cesaron.
Los ojos brillaban, el pulso lata con ms celeridad. As se dice que el
corazn de la fiera palpita a la vista de su vctima.

Fue el comienzo de los martirios de la nia. Con los pretextos ms
ftiles comenz a infligirle castigos crudelsimos, demostrando tan rica
fantasa que para s la hubieran querido los sayones del Santo Oficio.
No slo la golpeaba brbaramente por los motivos ms inocentes, y la
pellizcaba y la morda, sino que se gozaba en tenerla en continuo
sobresalto bajo el temor de espantosos suplicios, en hacerle padecer de
da y de noche. Obligbala a salir descalza por el jardn en las maanas
ms crudas para buscarle una flor, o bien la tena con la cabeza al sol
horas enteras, haciendo la guardia, para que los pjaros no picasen una
planta de grosella. Hacala dormir en el suelo al lado de su cama, y
varias veces durante la noche le mandaba levantarse y bajar a la cocina
por agua. Reducala a comer los manjares que saba no le gustaban y la
privaba de los que apeteca.

A medida que corran los das su saa y crueldad iban en aumento. Al
principio tomaba pretexto de cualquier descuido de la nia para
atormentarla. Luego no se fij en esto: lo haca cuando tropezaba con
ella o cuando el cuerpo se lo peda. Uno de los martirios de su
exclusiva invencin fue pincharla las manos con un alfiler, y tanto le
gust que en pocos das las tuvo llenas de picaduras: apenas haba sitio
donde poner otra. Esta tarea ferocsima sola encargarla a su verdugo
de rdenes, Concha, quien la desempeaba a conciencia. Obligbala a
estudiar de memoria largos trozos del catecismo a sabiendas de que era
superior a sus fuerzas. En cuanto tropezaba tres veces le deca:

--Ve a pedir un beso a Concha.

sta era la frase que por irrisin haba inventado para que la criatura
fuese a recibir el castigo del alfiler.

No la consenta mudarse la ropa interior. Al poco tiempo la miseria
comenz a roer la piel delicada de la nia. Vindola rascarse, Concha se
enfureca, la apellidaba sucia, piojosa y la arrojaba a empellones de la
estancia. Todava ms. La microscpica doncella, con anuencia de su ama,
le obligaba a ponerse zapatos antiguos que le estaban chicos y que le
producan llagas y vivos dolores.

Uno de los ms terribles martirios que la nia padeca era cuando Amalia
se encaprichaba en que no llorase. Unas veces la dejaba gritar y gemir
bajo los golpes: pareca que se gozaba en las lgrimas de la criatura,
en or sus ardientes splicas repetidas entre sollozos; pero en
ocasiones se empeaba en que sufriese en silencio. Como esto no poda
ser, se exasperaba, se pona loca como una fiera hambrienta.

--Calla!

La nia no poda; dejaba escapar un gemido.

--Calla!--repeta, acompaando la orden de algunos golpes.

Josefina trataba de callar, haca esfuerzos desesperados por
conseguirlo; pero la respiracin ansiosa se escapaba a su pesar,
produciendo un gemido. Ms golpes.

--Calla o te mato!

La criatura apretaba con toda su fuerza la boca, suspenda el aliento,
se pona lvida, y algunas veces caa privada de sentido. Aquel tierno
corazn se rompa falto de desahogo.

En estos momentos Amalia experimentaba una sensacin diablica, mezcla
de placer y de dolor, algo semejante a lo que sentimos cuando nos sajan
una postema. Su postema era aquella desalmada pasin, mezcla de amor, de
lubricidad, de soberbia y de rabiosos celos. No pudiendo devolver a su
ex-querido tanta cruel mordedura como desgarraba su pecho, saciaba el
apetito de venganza en el fruto de sus amores. Cuando tena la nia a
sus pies ensangrentada y temblorosa, en sus miradas de angustia, en sus
gestos, en el timbre de su voz crea ver al amante humillado y
suplicante, y senta un spero goce que haca brillar sus ojos y
dilataba las ventanas de su nariz. Josefina era un retrato en miniatura
de Luis. Mientras fue dichosa, su fisonoma movible y risuea, el alegre
brillo de sus ojos haca que no se pareciese tanto; pero ahora la
desgracia y el dolor haban impreso en su mirada una melancola profunda
y en los rasgos de su rostro cierta expresin de fatiga, que eran las
dos cosas que caracterizaban principalmente el semblante del conde de
Ons. Cuando aquellos hermosos ojos azules se volvan hacia ella dulces
y resignados, cuando aquellos labios rojos se plegaban demandando
perdn, la valenciana senta correr por su cuerpo marchito un
estremecimiento de voluptuosidad, algo que le recordaba los goces que su
amor adltero le haba hecho experimentar.

Despus de todo, en ella no haba envejecido nada, nada ms que aquel
rostro que se empeaba en ajarse y aquella cabeza que produca con
horrible feracidad cabellos blancos. La carne de su cuerpo, su pecho,
sus brazos, sus espaldas, conservaban la misma tersura de alabastro, el
mismo brillo adorable, sello de una raza fina y hermosa. Palpbase,
buscando consuelo, con sus manos secas y hallaba la misma suavidad y
frescura. Aquella carne no se haba marchitado. Bajo ella palpitaba la
juventud, circulaba una sangre ardiente, vida de goces, devorada por la
creciente necesidad de las embriagueces del amor.

Y sin embargo, todas aquellas cosas deliciosas se haban huido para
siempre; la novela de su vida, la que haba embellecido su existencia
sombra en los ltimos aos, haba llegado al ltimo captulo. Era una
vieja! Asunto concluido. A este pensamiento, que se le introduca en el
cerebro como un hierro candente, sentase acometida por una necesidad
animal de gritar, de rugir, de destrozar. Era en tales momentos cuando
la nia padeca los ms crueles castigos, cuando su frgil existencia
corra verdadero peligro.

El miedo fue otro de los padecimientos que le infliga a menudo. En las
altas horas de la noche hacala levantarse y la enviaba a las
habitaciones extremas de la casa en busca de cualquier objeto. La nia
tornaba plida, temblorosa, sudando de angustia. A veces era tanto su
temor, que dejaba caer la palmatoria y volva corriendo arrojando
gritos. Amalia se enfureca entonces, la pellizcaba, la golpeaba,
pretendiendo que fuese otra vez al sitio designado. La criatura se
dejaba martirizar y se hubiera dejado matar antes de hacerlo. En una de
estas ocasiones le dijo sonriendo ferozmente:

--Ah! Conque la seorita es tan medrosa? Est bien, yo me encargo de
curarte la enfermedad.

Se acordaba de la impresionabilidad extraordinaria, de los terrores
nocturnos que avergonzado le haba confesado Luis en momentos de
expansin. Principi a darle sustos terribles. Tan pronto se esconda
detrs de una puerta y le gritaba fuertemente al pasar, como la coga
descuidadamente y la apretaba el cuello. Otras veces tomaba un cuchillo
y le deca que iba a morir, le ordenaba que se bajase la camisa para
degollarla mejor. Esto ltimo no produca tanto efecto como pensaba.
Josefina inconscientemente apeteca la muerte, que la libertara de
tanto martirio. Para mejor quitarla el miedo, entre Concha y ella
inventaron una siniestra farsa capaz de aterrar a un hombre valeroso,
cuanto ms a una nia de seis aos. Vistironse ambas con sbanas,
dejaron la habitacin a media luz mientras la nia dorma, pusironse
unas caretas de calavera, y a media noche entraron dando gritos
lastimeros como almas del otro mundo. Al despertarse la criatura y ver
aquellos fantasmas, qued paralizada por el terror, tapose luego los
ojos con las manos y un sudor copioso y fro ba su cuerpo. Su corazn
comenz a dar tan fuertes golpes que se oan a distancia, dej escapar
algunos gritos ahogados y roncos; por ltimo, llevndose las manos al
pecho, se revolc por el suelo sin sentido, presa de espantosas
convulsiones.

No se le cur el miedo; en cambio le qued desde entonces una propensin
fatal a los sncopes y a los terrores nocturnos. Despertbase de
improviso con seales de gran espanto, mirando fijamente a un punto del
espacio, como si tuviera delante algn fantasma. El corazn le palpitaba
vivamente, la frente se le cubra de sudor. En tales momentos perda por
completo la conciencia. Amalia la llamaba en vano. Slo cuando pona las
manos sobre ella la nia lanzaba un grito de terror y meta la cabeza
por el pecho.

Entre Concha y Mara la planchadora haban estallado, a propsito de
estos castigos, serias reyertas. Mara era de natural compasivo y le
dolan los martirios de la nia, aunque no los conoca todos, porque
Amalia procuraba guardarse de los criados, exceptuando Concha. Si no era
suelta de lengua, no se la morda tampoco para censurar en la cocina la
conducta de su seora.

--Querida, esto es peor que la Inquisicin. No parece que estamos entre
cristianos, sino entre perros judos. Antes, tanto mimo que corrompa, y
ahora, de spito, tratan a este angelito peor que a una bestia. Dgote
que la cosa pasa de la raya! No hay corazn para ver tanta maldad!

--Cllate, tontona, entrometida--salt Concha.--Quin te da vela a ti
en este entierro? Si la seora quiere ensear a esa nia como es justo,
va a consultarte a ti el cmo lo ha de hacer? Sabes t tan siquiera lo
que es educar nios? Si la castiga all lo tendr de premio, que as
la har una mujer trabajadora y honrada! Algn da le dar las gracias.

--S, las gracias! Desde el cementerio se las dar. De un mes a esta
parte la nia est desconocida.

--Bueno; y a t qu te va ni qu te viene en esto? Eres t su madre?

Tres o cuatro veces rieron de esta suerte, llevando siempre la ventaja
por su desvergenza y mala intencin la microscpica costurera. Al cabo,
Mara, no pudiendo sufrir con paciencia aquel espectculo, tom la
resolucin de marcharse. Se present un da a la seora, y con la
disculpa de que la plancha le haca dao pidi la cuenta. No se le
ocult a Amalia la verdadera razn, pues tena conocimiento de sus
murmuraciones. Disimul, sin embargo.

--S, hija, comprendo que el planchado te aburra. T no gozas de mucha
salud. Tambin yo ando malucha hace das. Tengo el sistema nervioso
alterado. Pelear toda la vida con un enfermo, y ahora, para rematar la
fiesta, salirme esa chicuela, en quien tena fundadas mis esperanzas,
tan ingrata y perversa! No s cmo tengo paciencia.

Mara vacil un instante.

--Ya ve usted, seora... los nios son nios.

La esposa del maestrante comprendi que, si prosegua en el tema, la
planchadora iba a decir algo desagradable y se apresur a cortar la
pltica, pagndole su cuenta y despidindola con afabilidad.

No impidi esto para que la domstica dijese en confianza, en cierta
casa donde fue a servir, lo que pasaba en la de Quiones. La noticia se
fue trasmitiendo en confianza, igualmente, de unos a otros. Al poco
tiempo fueron bastantes las personas que tenan conocimiento de las
crueldades que con la nia se cometan.

El conde de Ons, para huir la curiosidad del pblico, que le molestaba
sobremanera, y an ms para librarse de Amalia, se haba trasladado, sin
decir nada a sta, haca ya cerca de un mes a la Granja. Su madre le
haba acompaado. No haba escrito a su ex-querida, aunque todos los
das pensaba hacerlo, para darle cuenta de su resolucin. Tanto era el
temor que la valenciana haba llegado a inspirarle, que la pluma caa de
sus manos cada vez que la tomaba para noticiarle su matrimonio. Y dejaba
pasar los das en continua vacilacin, pensando con inquietud en la ira
que de ella se apoderara, esperando, como todos los dbiles, en que
algn acontecimiento imprevisto le sacase del compromiso. Aquel modo de
romper las relaciones, sin ria, sin convenio, sin explicacin alguna,
era realmente original, pero muy propio de su carcter. Nada saba de
los martirios de su hija. No obstante, cuando pensaba en ella senta
repentino desasosiego, alterbanse sus nervios, y se pona a dar vueltas
por la estancia con visible agitacin. Un vago y triste presentimiento
le oprima el corazn. El amor frentico que consigui inspirarle
Fernanda le haba hecho olvidarse un poco de Josefina. En ciertos
momentos se reprenda a s mismo con amargura; pensaba que aun casado
con Fernanda no alcanzara la felicidad si no poda ver a su hija todos
los das. Bien entenda que era esto imposible continuando en poder de
Amalia. Por eso soaba con arrebatrsela: imaginaba con placer
desatinados proyectos de rapto: huir con ella y con Fernanda a cualquier
rincn del mundo tranquilo y ameno.

Acaeci que en uno de estos das de vacilaciones para el conde, fue por
la maana a casa de Quiones Micaela, la ms nerviosa y violenta de las
cuatro ondinas del Jubilado. Fue con objeto de pedir consejo a Amalia
acerca de un vestido que tena en proyecto para el prximo baile del
casino. Apesar de sus treinta y pico, an segua tendiendo redes al sexo
masculino. Las visitas a estas horas eran raras; pero como la noble
familia del Jubilado mantena tan ntima relacin con la seora, no
vacil la criada en pasarla al gabinete de arriba, donde aqulla se
hallaba.

--Qu importuna, verdad? Querida, es la hora en que se la puede a usted
pillar sola--entr diciendo con la graciosa volubilidad que
caracterizaba a los juveniles vstagos de Mateo.

Amalia la recibi cordialmente, pero mostrando cierta sorpresa e
inquietud que Micaela no observ. Entraron en materia enseguida. La
cuestin de trapos embarg por completo sus espritus. Amalia llev a su
amiguita hacia el balcn. Pero no haban hablado muchas palabras, cuando
sta crey percibir un dbil gemido en la misma estancia. Volvi la
cabeza y vio all en un rincn a Josefina de rodillas y amarrada codo
con codo al tocador, de tal suerte que le sera imposible levantarse sin
alzar el pesado mueble, cosa muy superior a sus fuerzas.

Amalia se apresur a dar una explicacin.

--Esta chiquilla se est haciendo tan mala, que me veo precisada a
atarla para que se est quieta. Ayer ha mordido un dedo a la costurera;
ahora acaba de romper un espejo. No hay paciencia para sufrirla!

Micaela, a quien aquel castigo repugnaba, call. Sigui la esposa de
Quiones hablndole con afectada indiferencia de su vestido; mas apesar
de lo mucho que el tema deba de interesarla, la joven se mostraba
bastante distrada y lanzaba frecuentes ojeadas a la nia.

Dej sta escapar otro gemido. Su madrina se volvi con mal reprimida
clera.

--Quieres callar, eh? quieres callarte?

Y la mir un buen rato con extraordinaria fijeza.

Volvi a anudar la pltica, pero en su voz se notaba leve alteracin.
Micaela estaba ms y ms distrada. La indignacin le iba subiendo hacia
la garganta, y hubiera concluido por hacer alguna desagradable
advertencia a su amiga si la chica no se hubiera quejado de nuevo.

--Vaya, est visto que no nos has de dejar en paz--dijo la dama haciendo
esfuerzos por sonrer.--Habr que darte suelta.

Fue all y la desat, empleando en ello bastante tiempo; la cuerda daba
tantas vueltas alrededor de su pequeo cuerpo como si fuese un bal
liado. Mas al tiempo de levantarse la nia, no pudo. Sin duda haca
algunas horas que estaba en aquella dolorosa postura; los msculos, se
haban anquilosado.

--Arriba zancas!--dijo bromeando, mientras la ayudaba a levantarse.

Micaela observaba la escena con estupor; relmpagos de ira cruzaban por
sus ojos.

--No te gustaba la posturita, eh? Pues, hija ma, si quieres no volver
a ella hay que ser buena y obediente, verdad, Micaela?

sta no despeg los labios, cada vez ms fosca, apesar de la sonrisa
melosa que contraa el semblante de la valenciana.

--Bueno--prosigui, acariciando la rubia cabeza de la nia,--ya ests
perdonada, pero cuidado con hacer maldades! Vete abajo y pdele un beso
a Concha.

La nia, al or estas palabras, se puso densamente plida, permaneci
inmvil algunos momentos, y al fin se dirigi a la puerta con paso
vacilante. Antes de llegar a ella, Micaela, que la segua atentamente
con la vista, observ que llevaba los ojos cubiertos de lgrimas. Amalia
reanud la conversacin de trapos.

No se haban pasado tres minutos cuando llegaron al gabinete, lejanos y
apagados, los gritos de la nia. Micaela se estremeci; inclin la
cabeza hacia la puerta para escuchar mejor. Amalia alzose vivamente de
la silla y fue a cerrar la puerta. Los gritos dejaron de orse, pero la
nerviosa joven tampoco oy ya las palabras de Amalia. Un gran
desasosiego se apoder de ella; subanle vapores a la cara y al
pensamiento atroces deseos de desvergonzarse con aquella malvada, de
llamarla juda, bribona, infame. Todo lo que pasaba en aquella casa se
le represent de golpe. Los celos primero, despus la noticia del
matrimonio de Luis cayendo como una bomba, luego la venganza miserable,
en la hija, del abandono del padre. Conoca bien el carcter rencoroso
de la valenciana. Pero qu adelantara con injuriarla en aquel momento?
Producir un grave escndalo y que la arrojasen de la casa. Micaela,
apesar de su temperamento violento, tena un corazn compasivo. Lo que
ms la preocup fue el hacer algo en favor de la infeliz criatura. Y
tuvo serenidad suficiente para disimular un poco y pensar que el mejor
partido era decrselo todo inmediatamente al conde, quien seguramente
ignorara tan ruin venganza. Procur terminar cuanto ms pronto y se
despidi sin poder ocultar enteramente su turbacin.

Cuando se vio en la calle sinti la necesidad de desahogar su pecho.
Pens en Mara Josefa, que viva all cerca y que profesaba a la nia
expsita tierno cario. Entr en su casa agitada, trmula, y antes de
pronunciar palabra dejose caer en un sof, dndose aire con la punta de
la mantilla.

--Uf! Me ahogo... No sabes lo que me acaba de pasar! Es una infame,
una malvada que tiene que arder en los infiernos! Siempre lo he dicho y
las tontas de mis hermanas no quieren creerme. Es muy perversa esa
tsica! Tiene el corazn de una hiena.

--Pero qu hay?--pregunt con asombro, muerta de curiosidad, la sagaz
jamona.

Entonces la nerviossima hija del Jubilado le relat, tartamudeando por
la ira, la situacin en que haba hallado a Josefina, la palidez de la
nia despus de la extraa invitacin de su madrina, los gritos que
haba escuchado como si la estuvieran dando tormento. Mara Josefa uni
inmediatamente sus imprecaciones a las de la joven. Sacaron a relucir
todos los testimonios de maldad que conocan de la esposa del maestrante
y resolvieron dar parte de lo que ocurra al conde, aunque averigundolo
antes con ms pormenores. Para ello, aquella misma tarde, se pusieron al
habla con Mara la planchadora, que haca algunos das haba salido de
casa de Quiones. Al principio sta, por temor a las consecuencias, se
manifest reservada. Concluy, no obstante, por dar suelta a la lengua y
referirles las mil iniquidades que la seora de Quiones cometa con la
nia recogida. Quedaron horrorizadas. Pensaron en dar parte al juzgado,
pero sobre enemistarse por completo con la fiera valenciana (lo que,
dicho sea en honor suyo, no les preocupaba gran cosa en tales momentos),
comprendan que sera de escaso o ningn resultado. Los Quiones eran la
gente ms poderosa de la poblacin; D. Pedro, jefe del partido
gobernante, en la provincia; las autoridades, hechura suya o sometidas a
su influencia. Todo se tapara enseguida y quedara como antes. Lo mejor
era dirigirse al conde. Pero ste se hallaba a la sazn en la Granja.
Adems, aunque todos, o casi todos, supiesen el secreto de la nia, no
era posible darse por enterados. Despus de algunos debates decidieron
escribirle la siguiente carta, firmada solamente por Mara Josefa: Sr.
Conde de Ons. Mi estimado amigo: Con la debida reserva le comunico que
la nia recogida por nuestros amigos los seores de Quiones, y por
quien tanto nos interesamos todos, es objeto en aquella casa de crueles
tratamientos. Creo que tenemos el deber de intervenir para que cesen.
Usted me dir lo que debe hacerse y que a m como mujer no se me
alcanza. Si quiere conocer los pormenores del martirio de la criatura
dirjase a la criada Mara que hace algunos das dej de servir en casa
de D. Pedro. Suya afectsima amiga, _Mara Josefa Hevia_.

Luis arrug la carta entre sus manos crispadas. Toda la sangre se le
agolp a la cara. Sin darse cuenta de lo que haca sali de casa y casi
a la carrera tom la carretera de Lancia, llegando a sta en pocos
minutos. Aquel vago y terrible presentimiento que senta realizbase al
fin. Amalia se vengaba ferozmente. El sentido oculto de la carta era
se: se dirigan a l como padre de Josefina y causa de su desdicha. No
sabiendo qu partido tomar, fue a su casa para reflexionar. Slo haba
en ella una criada vieja cuidndola. De sta se vali para averiguar
dnde estaba Mara y pasarle un recado a fin de que viniese a verle. No
se equivoc la planchadora sobre el objeto de tal llamamiento. En
cuanto le fue posible acudi a la cita, y despus de hacerle prometer
que no hara uso de su nombre para nada, le dio cuenta circunstanciada
de los trabajos que estaba pasando la inocente nia. Escuchbala plido,
desencajado, sin poder reprimir los violentos y frecuentes golpes de su
corazn. Cuando lleg a narrarle ciertos odiosos y terribles pormenores,
el conde principi a dar vueltas por la estancia como fiera enjaulada, a
mesarse los cabellos, a araarse la cara, lanzando rugidos de coraje.

Al quedarse solo, mil ideas, todas desatinadas, se le atropellaron en la
mente. Quera entrar a viva fuerza en casa de Quiones y llevarse a su
hija; quera retorcer el cuello a aquella vil mujer; quera decrselo
todo a D. Pedro; quera dar parte al juez y meter en un calabozo a la
infame. Afortunadamente sus accesos eran tan violentos como cortos. Vino
el abatimiento, el llanto. Corri a casa de su prometida y le cont
sollozando lo que ocurra; se confes con ella por vez primera. La buena
Fernanda uni sus lgrimas a las de l, enternecida por la suerte de la
infeliz criatura y por el dolor de su amado. Largusimo rato pasaron
comentando los terribles sucesos y buscando medios de conjurar aquella
ruin venganza. Fernanda logr, al fin, persuadirle a que apelara a
medios suaves. Pensar en conseguir algo por la fuerza era insensato. El
conde, ni aun confesando su falta, tena derecho alguno sobre la nia.
Provocar un escndalo era intil. Acudir a los tribunales, lo mismo.
Ningn criado se atrevera a declarar contra su ama, y las cosas
quedaran peor que antes. Al fin el conde se decidi a escribir una
carta a su antigua amante.

En este momento acaban de decirme que nuestra Josefina, nuestra adorada
Josefina, est padeciendo martirios increbles de tu mano. Creo que es
una vil calumnia. Conozco tu genio, que es vivo y fogoso, pero noble. No
puedo atribuirte semejante cobarda. Te escribo solamente para
cerciorarme de que esta angelical criatura sigue siendo el encanto de tu
vida. Si no fuese as, dmelo y buscaremos un medio de que pase a mi
poder. Te supongo enterada del paso que voy a dar. No quiero decirte
nada. Era inevitable ms tarde o ms temprano. De todos modos puedes
estar segura de que mi remordimiento est endulzado por el recuerdo
dulcsimo de los aos que te he amado. Adis. Escrbeme alguna palabra
amable.




XIV

La capitulacin.


Josefina se demacraba. Sus mejillas tenan la palidez de la cera. En sus
ojos, de mirar suave y apacible, se notaba constantemente el extravo
del terror; en torno de ellos el sufrimiento haba trazado un crculo
violceo. Hablaba muy poco, no rea jams. Cuando la dejaban en paz,
sentbase en cualquier rincn y permaneca inmvil mirando a un punto
fijo, o bien se acercaba al balcn y escriba en los cristales con el
dedo.

A veces, a despecho de tanto dolor, la naturaleza infantil revindicaba
sus derechos. Vea al gato acercarse lentamente a ella con el rabo
derecho, el espinazo arqueado, solicitando sus caricias con dbil
ronquido. Dejbase caer en el suelo, le llamaba, le traa hacia s y
principiaba a pasearle las manos por el lomo, a rascarle la cabeza y
hacerle cosquillas debajo del cuello, murmurndole al mismo tiempo en el
odo palabras de cario, un gorjeo mimoso que el animal acoga con
espasmos de voluptuosidad. Te quiero, te quiero. T eres muy bueno.
Verdad que eres bueno? Ya no me araas como antes. A quin quieres ms
en la casa? Di, rico? Quin te ha dado una sardina ayer? Quin te
pone el platito con leche todos los das? Y si pudiese darte siempre
pescado tambin te lo dara, porque s que es lo que ms te gusta,
verdad, rico mo? Pero no has de robar nada; ya sabes que te pegan. No
orines ms en la cama de Mann. Mira que te va a matar; lo ha dicho el
otro da en la cocina. Y coge muchos ratones para que madrina te quiera
y no te echen de casa.

El gato, extasiado, susurraba all en el fondo de la garganta mil ses
complacientes, y se frotaba contra ella cada vez ms acaramelado y
pegajoso. Tendase la nia boca arriba llevndole abrazado, le apretaba
contra su pecho, le besaba, y a veces, olvidada de sus martirios,
derramaba lgrimas de ternura. Pero cualquier rumor en la habitacin
contigua le haca levantarse sobresaltada con el espanto en los ojos,
arrojaba el gato lejos de s y esperaba inmvil lo que viniera. Casi
siempre algn castigo cruel.

--Pcara, as ensucias los vestidos arrastrndote por el suelo!
Aguarda aguarda!

Por efecto de los continuos miedos que experimentaba contraase con
fuertes movimientos irregulares su vejiga y haca que involuntariamente
se le escapase en muchas ocasiones la orina. Esto era lo que pona fuera
de s a la irascible Concha. Si notaba en el suelo (porque la ropa slo
muy rara vez se la vea) signos de aquella debilidad, encrespbase como
una hiena.

--Gorrina, indecente! Parece mentira que la seora mantenga en su casa
este bicho asqueroso. Si fueses cosa ma, te desollaba viva.

Pero aunque no era cosa suya, proceda como si lo fuese: la desollaba a
azotes. Una vez su furor fue tan grande que, cogindola por las orejas,
le higo lamer el suelo mojado.

La hora ms terrible para la criatura era la de las lecciones. Amalia se
las sealaba por la maana temprano; grandes trozos de la historia
sagrada y de la gramtica. Josefina se retiraba a un rincn y haca
esfuerzos desesperados por retenerlos en la memoria. Un poco antes de
comer, Concha, que era la encargada de tomrselas, se sentaba en una
silla, sacaba la famosa ballena y, con ella en una mano y el libro en
la otra, daba comienzo a sus funciones pedaggicas. Cada tropiezo, cada
palabra que la nia olvidaba costbale un ballenazo en la cara, en el
cuello o en las manos. Y como su memoria no era bastante fuerte, y por
otra parte el miedo se la obstrua, aquello era un incesante machaqueo.

An peor si se las tomaba su madrina. Concha era framente cruel; no
levantaba la mano sino cuando cometa la falta, como una mquina de
castigar. Pero Amalia a los pocos momentos se pona nerviosa, el llanto
de la nia excitaba sus sentidos, entraba en furor como una pantera
hambrienta, y conclua por golpear frenticamente hasta que la dejaba
trmula y ensangrentada a sus pies.

Desde la carta del conde haba aumentado, si era posible, su odio a la
criatura; la trataba an ms despiadadamente. Herida en lo ms vivo de
su orgullo por aquella diplomacia fra, protectora, insultante que en su
sentir respiraban las palabras de su antiguo amante, vomitaba la rabia
de su corazn sobre la hija. Adems, la idea de que Luis tena noticia
de aquellos martirios, y le dolan vivamente era aliciente mayor para
prodigarlos. Que sufriese ella, que sufriese l, el vil, el prfido,
que haba gozado de su juventud, y cuando la hall vieja la arroj como
un trapo sucio a la barredura!

En uno de estos das de profunda y rugiente clera la vida de Josefina
corri inminente peligro. A la hora de costumbre fue llamada al comedor
para dar sus lecciones. Concha se acomod en su silla y con no
disimulado regodeo sac del pecho la fatal ballena. Aquel da le peda
el cuerpo un razonable desahogo de golpes. La nia se acerc a ella
temblando como siempre y le entreg los libros. Y ya comenzaba a recitar
con labio balbuciente un captulo de la historia sagrada cuando vino a
interrumpirlas Mann. Entr con su eterna chaqueta verde, calzones
cortos, su gran calas mugriento, haciendo temblar el piso con los
zapatones claveteados. A esta indumentaria, arcaica ya en la provincia,
deba gran parte de su notoriedad y la fama de terrible cazador de osos
que haba tenido. Entr con la cabeza gacha como siempre y,
espatarrndose bajo el dintel de la puerta, pregunt:

--Concha, no habr _de qu_, que comer, por ah?

--Tanto te aprieta la _gazuza_, Mann?--respondi la costurera riendo.

El aldeano abri desmesuradamente la boca para rer tambin.

--As Dios me salve, no puedo aguantar un menuto ms. Toos parecis
frailes descalzos en esta casa; no vos entra la gana ms que cuando
suena la hora.

--Voy, voy all, grandsimo tragn, roedor--dijo Concha posando sobre la
silla el libro y la ballena y dirgindose con paso petulante hacia el
aparador.

Se entendan admirablemente. La costurera era arisca, cruel, intratable;
pero el mayordomo saba recabar de ella las pocas migajas de buen humor
que tena en el cuerpo. La requebraba brutalmente, la pellizcaba al
pasar, le deca mil groseras desvergenzas para que las comprendiera al
revs. Y la microscpica doncella, que no era gentil ni bonita y en
quien las asperezas del carcter haban sofocado todo germen de
coquetera, trasformndola en sacerdotisa del dolor, en una eumnida
fatal y despiadada, se dejaba festejar complacientemente por aquel
bruto. Le haca gracia su osada, su rudeza, su glotonera y el modo
insolente y despreocupado que tena de tratar a todo el mundo, incluso
al alto y poderoso seor de Quiones. Mann era un solemnsimo bellaco.
Con aquella grosera soez, el porte de atrevido cazador de fieras y su
estrafalario arreo haba sabido vivir muy regaladamente en este mundo,
sin encallecer las manos, ni quebrarse los lomos all en su aldea con
las faenas de la labranza.

Sac la costurera un plato de carne fiambre y lo puso sobre el hule de
la mesa, sin servilleta ni cosa que lo valga; despus cort a la mitad
un pan y lo dej, con la imprescindible botella de vino blanco y el
vaso, al lado de la carne. El cazador de osos comenz a devorar. Concha
sentose de nuevo, y la nia, acercndose, repiti las palabras que ya
haba pronunciado. A los pocos momentos zas! un ballenazo y un grito de
dolor. Inmediatamente otro golpe y otro grito. Y as sucesivamente. La
costurera estaba encantada al notar que la chiquilla tropezaba ms que
otras veces. Mann engulla en silencio, volviendo slo de vez en cuando
los ojos con marcada indiferencia hacia aquella triste escena. Al poco
tiempo, como por mquina, principi a murmurar a cada golpe: Dale!
Atiza! Buena fue sa! Vaya una mano!... y otras semejantes
exclamaciones.

Termin la leccin de historia sagrada. Antes de tomar la de gramtica
hubo un respiro. La costurera se puso a bromear alegremente con el
mayordomo. Estaba de un humor angelical.

--Qu tal la carne?

--Rica, rica de verdad!

--Lo peor es que te va a quitar el apetito para la hora de comer.

Retembl la estancia con la risotada del gan.

--Eso s! A m cualquier cosa me quita la gana! Vas a tener que
meterme un hierro caliente en el agua como a la seora.

--Por la panza te lo haba de meter, gran puerco.

--Mira, Concha, no me busques las cosquillas, porque aunque eres una
mocita de sandunga y tienes los ojos muy picarones, y la boca como una
cereza, un da te encuentras, sin saber por dnde vino, con un revs que
te arrancar de cuajo esa carrerita de perlas que me ests enseando.

--Calla, calla, viejote, zapalastrn! Bueno ests ya para reveses! Si
no puedes con los calzones! Si ests descuajaringado!

--Eso no lo dices t con el corazn; por eso se te estima. Bien sabes
que hay aqu dentro mucha entraa todava (y se daba rudos puetazos en
el pecho). Si te cogiera en un maizal!

--Como si me cogieras en la plaza del mercado! Na. Ya no tienes ms que
quijadas y palique.

--Y manos para apalpar la gracia de Dios--repuso el brbaro tomando con
su manaza velluda la barba de la costurera.

--Quita, quita! Gorrinazo!

Y le peg con la ballena un golpecito en los dedos. Volvi el gandulote
a embestirla y ella a defenderse de la misma manera. Trat de agarrarla
por la cintura. La doncella se levant y corri por la estancia,
hacindose la enojada.

--No me toques, Mann! Mira que llamo a la seora.

Pero l no haca caso. La persegua lanzando gruidos y risotadas;
abrazbala aqu, soltbala all, recibiendo en sus carrillos, speros y
duros como la piel de un elefante, las bofetadas de la domstica, sin
manifestar sentirlas. Crujan los muebles, retemblaba el piso,
campanilleaba la vajilla de los aparadores. Y l sin cejar. Cada vez ms
falso y zalamern. Saba el pcaro que aquella mujerzuela irascible y
endemoniada tena despierta la vanidad, como todos los seres humanos, y
que era de capital inters para su panza tenerla contenta. Por ltimo,
lanzando un verdadero mugido de buey, consigui agarrarla por la cintura
y alzarla en vilo. Mantvola en alto sin esfuerzo alguno, como si fuera
un chiquito de tres aos.

--Y ahora? Qu dices ahora, Zapaquilda? Dnde estn esos hgados?
Dnde esas manos? Anda, bruja, pide perdn; si no, te dejo caer como
una rana--bramaba el cazurrn, zarandendola en el aire.

--Djame, Mann! Djame, burro! Habr cochinazo! Mira que grito!

Al fin la puso delicadamente en el suelo. La doncella, jadeante,
desgreada, frunciendo mucho las cejas para aparecer ms enfadada, deca
con voz anhelante:

--No tienes vergenza, Mann. Si no fuera mirando a la casa donde
estamos, te tiraba este quinqu a las narices y te las rompa, por
bruto y por insolentn. A lo mejor estn los criados oyendo todo esto, y
qu dirn? Quita, quita all! No me vuelvas a decir palabra, porque no
te contesto.

--Eso! Grita ahora, fachendosa, despus que te hice ver a Dios--roncaba
Mann con sorna, mirndola de reojo y sobndose la barba.

--Si no te quitas de mi vista, baldragote!...--exclamaba la diminuta
criada, pasndole a su despecho relmpagos de risa por los ojos.

Mann se sent de nuevo para engullir el pan que quedaba y beber otro
vaso de lo blanco. Josefina mientras tanto sollozaba en un rincn,
llevndose las manos heridas a la boca, palpndose las mejillas
acardenaladas por los ballenatos. Mann se dign echar hacia ella una
mirada.

--No llores, tontina, que el dolor de los zurriagazos pasar y la
ciencia te quedar en la mollera para siempre--dijo cortando con su
navaja un pedazo del pan y metindolo en la boca.--Si quieres saber mi
dictamen, cuanto ms te peguen ms contenta debes de estar. Qu seras
t si Concha no tuviese la misericordia de castigarte duro? Una
chafandina que no valdra un celemn de bellotas, una bestia, salva sea
la comparanza. Y ahora qu sers? Una mujer pa too lo que se la pida.
(Pausa mientras se corta otro pedazo de pan y lo muele, levantando un
bulto como el puo en el carrillo derecho)... Anda, que si yo hubiera
tenido como t maestros que me alzasen el pellejo a correazos, no sera
un burro, no me llamaran Mann, sino don Manuel, y en vez de ser un
msero sdito, andara por ah dndome importancia, paseando por
Altavilla con las manos atrs como los seores y leyendo las gacetas en
el casino. (Otra pausa y otra amputacin del zoquete)... Ponte en lo
justo si tienes caletre para ello. Cmo quieres aprender esas cosas tan
enrevesadas sin algunos lampreazos? Quin aprendi _daqu_ nunca sin
azotes? Nadie. Pues entonces! Si tuvieras conocimiento, criatura,
daras gracias a Dios por haberte puesto una maestra que es como una
gloria. Para too sirve la endina, para too tiene las manos finas y los
pies listos, verd, t?

Concha se haba puesto grave otra vez, sentndose y haciendo un gesto
imperioso a la nia para que se acercase. Tocbale el turno a la
gramtica. Aqu andaba peor todava que en la historia, sase por la
falta de memoria o porque el miedo la turbase. Comenz el vapuleo: un
ballenazo ahora y otro despus y otro y otro. Mann, fiel a sus
convicciones pedaggicas, aplauda con la boca llena, cortando grave,
esmeradamente, en figuras geomtricas los pedazos del pan antes de
conducirlos con toda solemnidad a los labios. Las faltas fueron muchas;
los golpes fueron otros tantos. Pero al terminar la leccin, Concha
consider que a ms del castigo correspondiente a cada falta, teniendo
en cuenta lo mal que la nia lo haba hecho, convena terminar con un
vapuleo general que las comprendiese todas. La alz de la silla y,
blandiendo la formidable ballena, exclam:

--Ahora, para que estudies mejor y se te despierten los sentidos, toma!

Tantos y tan recios fueron los golpes, que la criatura, tratando de huir
aquel martirio, se agarr con las manos crispadas a las sayas de su
verdugo. Sin saber cmo, tal vez por haberse colgado inconscientemente a
ellas, la cinta que las sujetaba se rompi y vinieron al suelo, dejando
a la costurera solamente con la camisa. Dio un grito de vergenza y se
apresur a levantarlas. Pero sin pararse a atar otra vez la cinta,
echando una mirada de profundo rencor a la chica, sali de la estancia
sujetndolas con las manos.

--Buena la has hecho, buena, buena, buena!--exclam Mann, tallando con
primor el bocado que iba a llevar a la boca.

La criatura, paralizada de terror, no lloraba. No le dolan siquiera las
heridas. Al cabo de pocos momentos se present de nuevo Concha
acompaada de la seora. sta vena sonriendo sarcsticamente.

--Por lo visto, a la seorita le gusta ahora desnudar a las doncellas
delante de los hombres. Estar usted contenta, seorita, no es cierto?
Mann habr visto bien por todos lados a Concha. Verdad, Mann, que la
has visto cmodamente?

Avanz unos pasos. La nia retrocedi asustada.

--No tenga miedo, seorita. Tranquilcese usted, seorita. Yo no vengo
aqu a azotarla. Eso de los azotes es muy antiguo. Quin se acuerda ya
de azotes! Slo vengo a invitar a usted para que d una vuelta por la
cueva... la cueva de los ratones... ya sabe usted. All se puede
entretener en desnudar alguna rata de las muchas que vendrn a
visitarla... Vamos, deme usted la mano para que la conduzca con toda
ceremonia.

La nia fue a ponerse detrs de una silla; desde all, perseguida por
Amalia y por Concha, corri alrededor de la mesa; por ltimo, se refugi
detrs del mayordomo.

--Mann! Mann, por Dios me escondas!

Pero ste la sujet por un brazo y la entreg a la seora. Tomronla
cada una por una mano y la arrastraron, apesar de sus gritos
penetrantes.

--A la cueva no! A la cueva no! Madrina, perdn! Mtame primero.
Mira que tengo mucho miedo! A la cueva no, que me comen los ratones!

Los criados salieron al pasillo y presenciaban mudos y graves aquella
escena. Los gritos de la nia se fueron perdiendo en la oscura y
tortuosa escalera que conduca al stano.

Amalia abri la puerta de la terrible cueva y empuj a su hija hacia el
interior. Cerr con furia; pero la nia haba corrido hacia la salida, y
la puerta le cogi la mano. Oyose un grito desgarrador. La valenciana
abri otra vez la puerta, dio un fuerte empujn a la criatura que la
hizo caer al suelo, y ech la llave.

La cueva era un calabozo hmedo y negro donde slo penetraban algunos
tenues rayos de luz por un ojo de buey abierto en lo alto. Sirvi en
otro tiempo para bodega de vinos. Ahora no haba all ms que botellas
vacas.

La nia apenas qued sola se incorpor, mir a todos lados loca de
terror, quiso gritar y la voz se le anud en la garganta; por ltimo,
extendiendo las manos, acometida de un fuerte temblor, cay desvanecida.

Al cabo de media hora el mozo de cuadra, que haba presenciado el
encierro, movido de compasin, acercose a la puerta y mir por el ojo de
la cerradura. Nada pudo ver. Llam muy quedo.

--Josefina.

La chica no respondi. Llam ms fuerte. El mismo silencio. Asustado,
grit y golpe en la puerta con todas sus fuerzas sin obtener
contestacin. Entonces apresurose a subir para dar parte de lo que
pasaba, a riesgo de perder su empleo. Amalia mand a Concha con la llave
para ver lo que ocurra. Entre ella y Paula subieron a la criatura
privada de sentido, fra y rgida, con los caracteres de la muerte
impresos en el rostro. Temerosa de las complicaciones que con esto
pudieran sobrevenir, la esposa del maestrante se apresur a meterla en
la cama. Tard poco la pequea en volver en s, pero inmediatamente se
declar una fuerte calentura. Llamose al mdico. Encontrola bastante
mal. Para explicar la herida de la mano y los cardenales que presentaba,
Amalia, frtil en mentiras, invent una historia que el doctor crey o
fingi creer.

Estuvo entre la vida y la muerte algunos das. Amalia segua con ojos
inquietos el curso de la enfermedad. No le dola la prdida de aquel ser
sobre el cual haba vertido las hieles amargas de su corazn; pero le
agitaba la idea de perder de una vez su venganza. Justamente al tercer
da de hallarse en cama Josefina, tuvo noticia de que en la noche
anterior haba salido Fernanda en la silla de posta para Madrid, y que
Luis slo tardara cuatro o cinco das en reunirse con ella. Experiment
violenta sacudida. Una ola hirviente de bilis inund su pecho. Aquella
noche tuvo fiebre tambin. Se le escapaban! No haba posible venganza
para aquel traidor. Ira a Madrid, se casara; tal vez all recibira la
noticia de la muerte de su hija; llorara un poco; al cabo las caricias
de su adorada esposa se la haran olvidar. De aquellos amores tan
largos, tan vivos, no quedara ms que un hombre paseando su dicha por
Europa, y en Lancia una pobre mujer vieja y triste sirviendo de befa a
los corrillos de Altavilla. Sus carnes flccidas temblaron. Los
instintos vengativos de su raza gritaron furiosos, avasalladores. No,
no poda ser! Antes arrojarle su hija muerta a los pies, antes clavarle
un pual en el corazn.

Ocurriosele una idea singular y terrible: contrselo todo a su marido.
Ignoraba lo que esto dara de s, pero por lo pronto provocara un
escndalo. D. Pedro era violento, gozaba de gran poder y prestigio.
Quin sabe el destrozo que la bomba poda causar? Cierto que estaba
paraltico y no poda tomar venganza por su mano; pero no se le
ocurriran a aquel hombre tan altivo y puntilloso medios de volver el
mal que le causaran? Ella caera entre las ruinas, pero caera con gusto
si el traidor pagaba de algn modo su perfidia.

Despus de mucho batallar con este pensamiento, no arriesgndose a hacer
la confesin de palabra ni a escribirla bajo su firma, remiti a D.
Pedro, disfrazando la letra, una carta annima. La nia que usted ha
recogido hace seis aos es hija de su esposa y de un caballero que
frecuenta su casa y a quien usted llama su amigo. No le digo a usted el
nombre. Busque usted y no tardar en hallar al traidor.--_Un amigo
leal._ Echola al correo y esper con ansia el efecto que produca.

D. Pedro la recibi delante de ella y la ley. Su rostro se contrajo
fuertemente y se cubri de palidez cadavrica.

--Quin te escribe?--pregunt ella con naturalidad.

El maestrante se repuso inmediatamente y, doblando la carta y
guardndola, respondi haciendo esfuerzos por asegurar su voz, que
temblaba:

--Nada, un recomendado mo que se queja de que le han dejado cesante...
Ese gobernador! No tiene memoria ni formalidad ninguna.

Inquieta ya y esperando con ansia los acontecimientos se retir a su
gabinete. Por la tarde lleg Jacoba con misterio y le entreg un billete
de parte del conde.

--Qu quiere de m ese hombre?--pregunt sorprendida y en tono
despreciativo.

--No lo s, seorita. Escribi la carta en mi casa y all espera
contestacin.

El billete del conde deca:

Amalia, s que nuestra hija se halla en peligro de muerte. Por lo que
ms quieras en este mundo, por la salvacin de tu alma, concdeme una
entrevista. Necesito hablarte. Si esta tarde ya no puede ser, ven maana
por la maana a casa de Jacoba.--Tuyo, _Luis_.

--Tuyo! tuyo!--murmur con amarga sonrisa.--Has sido mo, s, pero has
cambiado de dueo. Te costar caro.

--Llevo contestacin, seorita?

Qued pensativa unos momentos; dio algunas vueltas por la estancia,
completamente abstrada; se acerc al balcn y mir por los cristales.
Al fin dijo, volvindose a medias y con gran sequedad:

--Bueno, ir maana a la hora de misa.

--Me ha preguntado con grandsimo inters por la nia.

--Dile que sigue lo mismo.

Marchose la entremetida, y ella permaneci largo rato mirando a la
calle, al travs de los cristales, sin verla.

Desde las siete de la maana del da siguiente estaba Luis aguardndola
en la casucha de Jacoba. No haba all ms que una cocina en la planta
baja y una salita arriba con alcoba, tan bajas de techo que el conde con
sombrero tocaba en el cielo raso. En esta salita daba paseos furiosos
con las manos en los bolsillos, mirando con precaucin a cada momento
por los visillos de la nica ventana que tena. Hasta las nueve no
acudi la dama. La vio llegar con la mantilla echada por los ojos, el
devocionario en la mano y el rosario colgado de la mueca, con el paso
firme y sosegado, como si viniese a dar algunos encargos a su antigua
protegida. Cuando oy su voz en la cocina, le dio un vuelco el corazn,
se puso a temblar como un azogado y se le borraron por completo las
palabras que tena preparadas.

--Cmo est usted, conde?--dijo ella con gran naturalidad al entrar,
tendindole una mano.

--Bien, y t?

Levant la cabeza como sorprendida de orse tutear y respondi mirndole
fijamente:

--Perfectamente.

--Y la nia?

--Algo mejor.

Despejose al or esto la fisonoma del caballero. Brill un rayo de
alegra en sus ojos y dijo tomando de la mano a su ex-querida y
atrayndola hacia el pobre sof de paja que all haba.

--Sentmonos, Amalia. Aunque sea un atrevimiento por mi parte, te ruego
que me permitas seguir tutendote cuando estemos solos... Yo no olvido,
no podr olvidar jams cuntas horas de dicha te debo, cunta felicidad
has vertido en mi vida triste y montona. T me has revelado lo ms
dulce y ms ntimo que exista en mi corazn sin que yo lo sospechase
siquiera. Para t han sido los primeros impulsos de mi alma. Slo t has
penetrado hasta ahora en ella, la has sondeado y conoces sus
melancolas, sus flaquezas, y sus ternura. Si me separo de ti, si digo
adis a nuestro amor, no creas que es porque he dejado de estimarlo:
obedezco solamente a una ley de la naturaleza que nos empuja a todos a
crear una familia. No tengo en el mundo ms que a mi madre, una pobre
anciana que muy pronto me dejar solo... No debe parecerte mal que
quiera formar un hogar y poseer un heredero de mi nombre y mis
ttulos... Adems, el grito de la conciencia me persegua...

El conde, regocijado con la mejora de la nia, se mostraba expansivo y
ms locuaz que de costumbre, sin poder ocultar la felicidad que le
embargaba, pensando que todo estaba arreglado a medida de sus deseos.
Josefina dichosa al lado de su madre; l dichoso al lado de Fernanda;
Amalia resignada y tributndole siempre un cario dulce y cada da ms
acendrado.

sta le miraba con cierta curiosidad burlona. Cuando termin, dijo
sonriendo benvolamente:

--Sobre todo desde la noche en que viste a Fernanda con aquel precioso
vestido descotado, ese grito debi de hacerse insoportable.

El conde sonri tambin, avergonzado.

--No lo creas, Amalia; siempre he sentido remordimientos. Claro est que
al hacerse uno viejo ve las cosas con ms claridad. Mi barba ya blanquea
por varios sitios, como ests observando. Lo que en un joven puede
disculparse como locura, como expansin irremediable del fuego que corre
por las venas, en un viejo se llama crimen. El amor, a la edad en que yo
estoy, no debe tapar con sus alas la luz de la razn, y si la tapa
merezco el calificativo de insensato. Mi resolucin podr sernos amarga
a los dos. A m me lo es mucho; me cuesta trabajo desprenderme de una
pasin que a fuerza de tiempo casi se ha convertido en costumbre.
Existe, adems, por desgracia, entre los dos un lazo imposible de romper
por completo. El Destino ha hecho nacer del fango de nuestro pecado una
flor hermosa, una cndida azucena. Apartemos el crimen de su frente: ya
que ha sido engendrada por un amor ilegtimo, no la manchemos con
nuestra conducta vituperable. Hagmonos dignos de ella viviendo como
cristianos.

--Est muy bien todo eso. Slo siento que ese curso de doctrina
cristiana haya venido tan tarde y haya coincidido con la llegada a esta
poblacin de tu antigua novia. Porque parece as como si tuvieras
olvidado por completo el catecismo, y ella viniese a refrescarte la
memoria. Pero, en fin, en eso no debo meterme porque no me concierne.
El resultado es que te casas. Haces bien. El hombre est mal solo, y
cuando halla una compaera digna, como t has hallado, no debe perder la
ocasin. Fernanda es una buena muchacha; segura estoy de que te har
feliz. Tendris muchos hijos y, despus de una vida larga y dichosa,
iris al cielo.

Sorprendiole a Luis aquella resignacin y no pudo menos de sentir alguna
inquietud.

--Y t sers tambin feliz?--le pregunt tmidamente.

--Yo?... Qu importa que yo sea feliz o desgraciada!--dijo alzando los
hombros con ademn desdeoso.

--No digas eso, Amalia! La felicidad no es la locura a que nos
entregamos durante siete aos. Haba un dejo amargo en ella que yo
perciba hace tiempo, y que t no tardaras en percibir. Una vida pura y
digna, la tranquilidad de la conciencia, la estimacin de las personas
honradas te darn ms contento que la pasin culpable... Adems, tienes
lo que yo no tengo... tienes a tu lado un ngel, un lirio tierno y
fragante que embalsamar tu existencia.

--Ah, s, Josefina!... Efectivamente, ella ser la que me ha de
proporcionar los nicos buenos ratos que pasar en adelante.

Lo dijo con una inflexin de voz tan extraa, tan aguda y estridente,
que Luis sinti un escalofro.

--Qu quieres decir con eso?

--Lo que he dicho; que por fortuna tengo a Josefina para resarcirme.

--Es que lo dices de un modo tan raro!

La valenciana dej escapar una risita singular que sala all del fondo
de la garganta y sonaba de modo siniestro. Luis la miraba fijamente,
cada vez ms inquieto.

--Pero qu tonto eres, Luis! pero qu retontsimo! El egosmo ha
puesto tales cataratas en tus ojos que no ves ni lo que tienes delante.
Si tuvieses veinte aos, esa inocencia podra quizs inspirarme lstima;
a tu edad no me inspira ms que risa y desprecio. Pensar en que cuatro
palabrillas insolentes sobre la moral y la conciencia bastaran a
obligarme a aceptar satisfecha la humillacin que me impones; suponer
que yo, a quien si no conoces debieras conocer, voy a consentir que me
arrojes como un trapo sucio, que me arrastres como una cautiva enamorada
a los pies de Fernanda para que le sirva de almohadn cuando suba a tu
lecho, es el colmo de la estupidez y la fanfarronera. Por qu no me
pides tambin que sea tu madrina de boda?

El conde la contemplaba con los ojos dilatados, expresando la ansiedad y
el espanto.

--De modo que lo que me han dicho de los martirios que haces pasar a
nuestra hija es cierto?

--Y tan exacto! Y an no los sabes por completo... Mira, voy a
referrtelos todos para que no te llames a engao...

Y con palabra breve, incisiva, con una cruel satisfaccin que se le
trasluca en la voz, puso delante de su vista el cuadro espantoso de las
miserias y dolores que la desgraciada criatura haba padecido en los
ltimos meses. Aquel cuadro era infinitamente ms aterrador que el que
le haba exhibido Mara la planchadora. El conde, plido, desencajado,
sin hacer el ms leve movimiento, pareca la estatua de la
desesperacin. Al poco rato se tap la cara con las manos y as escuch
hasta el fin.

--Oh, qu infame! oh, qu infame!--murmur sordamente.

--S, muy infame, pero an espero serlo ms. Has odo todas estas
infamias? Pues no son nada en comparacin con las que har.

--No las hars tal, malvada!--profiri Luis levantndose y
abalanzndose a ella.--Antes te ahogar con mis manos.

La valenciana se escap hacia la puerta.

--Si das un paso ms, grito!

--Oh, infame, infame!--volvi a exclamar con voz profunda el conde.--Y
Dios consiente sobre la tierra estos monstruos!

Dio unos pasos atrs y se dej caer nuevamente sobre el sof. Apoy los
codos sobre las rodillas y meti la cabeza entre las manos. Al cabo de
largo silencio la levant diciendo:

--Bueno, y qu exiges de m?

Amalia dio un paso para acercarse.

--Lo que ya debes de suponer, si es que te queda un poco de sentido
comn. No exijo que nuestras relaciones continen, porque a los trminos
a que hemos llegado no es posible: sera tanto como mendigar tu amor, y
tengo demasiado orgullo para ello. Pero no quiero que ni t ni esa mujer
os quedis riendo de m; no quiero servir de befa a los que conocen
nuestras relaciones, que son todos los que frecuentan la casa. Exijo,
pues, como condicin para que la nia vuelva a ser lo que era que rompas
inmediatamente con Fernanda y no te acuerdes ms de ella.

--Pero Amalia!--exclam con acento dolorido.--Bien comprendes que es
imposible. Mi boda est concertada; lo sabe ya todo Lancia: Fernanda me
espera en Madrid; faltan muy pocos das...

--Aunque faltase un minuto. Esa boda no se celebrar. Si te casas con
Fernanda, tu hija pagar el agravio en la forma que ya sabes.

--Oh! Yo lo impedir. Dar parte a la autoridad. Pedir el depsito de
la nia.

--Eso es hablar por hablar, Luis--replic con calma y sonriendo
Amalia.--Las autoridades de Lancia son hechura de Quiones. Nadie osar
declarar una palabra contra m.

--Se lo referir todo a D. Pedro.

--No te creer; y si te creyese, qu adelantaras? En vez de impedir mi
venganza, como es la suya tambin, me ayudar.

Hubo un largo silencio. El conde meditaba con la frente apoyada en la
mano. De pronto se alz violentamente y se puso a dar agitados paseos
murmurando:

--No puede ser! no puede ser!

La valenciana le segua con la vista. Al cabo, dijo dando un paso hacia
la puerta:

--Adis.

El conde la detuvo con un gesto.

--Espera.

Amalia permaneci inmvil, con la mano en el marco de la puerta,
clavndole una mirada penetrante.

El conde sigui paseando todava algunos momentos sin hacer caso de
ella.

--Est bien--dijo con voz enronquecida, parndose;--no se efectuar el
matrimonio. T me dirs lo que debo hacer.

Su rostro demudado revelaba la calma de la desesperacin.

--Es necesario que escribas una carta a Fernanda despidindote.

--La escribir.

--Ahora mismo.

--Ahora mismo.

Amalia se asom a la escalera y pidi a Jacoba recado de escribir. Como
no haba all mesa, lo puso sobre la cmoda. El conde se acerc y se
dispuso a escribir de pie. Amalia tambin se acerc.

--Es esto lo que quiero que le escribas--dijo presentndole un papel.

Era el borrador de la carta. El conde pas la vista por l.

Mi buena amiga Fernanda:--deca--He querido que te fueses para decirte
por escrito lo que de palabra sera superior a mis fuerzas. No puedo ser
tuyo. No necesito explicarte las razones porque t las adivinars.
Quisiera amarte bastante para sobreponerme a todo y huir contigo. Por
desgracia o por fortuna, hay cosas que pesan en mi corazn ms que tu
amor. Perdname el haberte engaado y procura ser feliz, como lo desea
tu mejor amigo--_Luis_.

Traz los renglones de esta carta con mano trmula. Antes de terminar,
algunas lgrimas asomaron a sus ojos.




XV

Josefina duerme.


El noble maestrante fcilmente dio con el autor de su deshonra. As que
ley el annimo y se recobr del susto, sus sospechas fueron a parar al
conde de Ons. No otra cosa le empuj a ello que el parecido, que ahora
adverta claramente, entre ste y la nia recogida. Por lo dems, o
porque su excesivo orgullo le vendase los ojos, o porque Amalia haba
sabido tenerle engaado, jams advirti entre ellos ms que una fra y
ceremoniosa amistad que nada tena de ofensiva. El mismo orgullo detuvo
el curso de sus pensamientos amargos con esta consideracin: Por qu
dar asenso a lo que el annimo deca? Por qu no suponer que se
trataba de una vil calumnia con que algn enemigo quera envenenar su
existencia? Mas el dardo haba entrado tan profundamente en su corazn
que no poda arrancrselo. Todas las consideraciones que su deseo le
sugera no bastaban a destruir la gran certidumbre que, sin saber cmo,
se le haba colado de rondn en el cerebro. Algunos pormenores, que
haban pasado para l inadvertidos, adquirieron de pronto alto relieve,
se alzaron como antorchas encendidas para guiarle. El principal de todos
era, como es natural, la enfermedad de su esposa coincidiendo con la
aparicin de la nia. Recordaba la extraa tenacidad con que se opuso a
que subiese mdico alguno a verla; luego el mimo, los cuidados
exquisitos que se prodigaron a la criatura. Acudieron tambin a su
memoria aquellas visitas que en otro tiempo hizo su esposa a la Granja
con pretexto de escoger algunas plantas. Ninguna circunstancia qued,
referente a la amistad del conde y al hallazgo de la nia, que no
revolviese y pesase en su pensamiento.

Tornose silencioso y meditabundo. La mirada dura de sus ojos hundidos se
posaba con insistencia en Amalia siempre que sta entraba en su
habitacin. En diferentes ocasiones se hizo traer la nia con cualquier
pretexto y la contempl largamente, tratando de descifrar en los rasgos
de su fisonoma el enigma de su existencia. Amalia observaba todo esto,
y lea tan perfectamente en el cerebro de su esposo como en un libro
abierto.

--Cundo se casa Luis?--le pregunt un da en tono afectadamente
distrado el maestrante.

--Dicen que an tardar algn tiempo. Necesita arreglar no s qu
asuntos antes de irse a Madrid--respondi con la mayor tranquilidad.

--Contina en la Granja?

--Siempre. No viene ms que alguna que otra vez por la tarde, segn me
ha dicho un da que le hall en la tienda de Barrosa.

Justamente a la noche siguiente apareci en la tertulia el conde.

--Cmo? Usted por aqu? Ha regresado ya de la Granja?--le pregunt D.
Pedro, clavndole una mirada penetrante.

--Definitivamente, no. Tengo el coche abajo, y me vuelvo a dormir.

--Se aburre usted all, verdad?--le pregunt D. Cristbal Mateo.

--Por el da no. Estoy muy entretenido con los trabajos del campo, el
molino, los bichos, etc. Pero las noches se hacen tan largas!...

Luis vena solamente por ver a su hija. Amalia no se lo permiti hasta
que la nia estuvo medianamente repuesta. Volvi a vestirla como antes
y le devolvi los fueros que tena. Pero no el cario. El encanto se
haba roto.

Porque Luis la aborreca: estaba sometido a la fuerza. Con aquella
pasin ardorosa, con aquel amor lleno de misterio y placer se haba
unido tambin la aficin a la criatura. Pero los martirios que su clera
insensata le haba hecho padecer abri entre ellas un abismo. Josefina
jams amara a su verdugo. La pobre nia, vestida con ricos trajes,
vagaba sola por el palacio de Quiones, sin hallar en nadie ternura.
Amalia hua, de ella. Los criados, avergonzados de sus malos tratos y
pesarosos de aquel repentino cambio, que elevaba de nuevo a la expsita
sobre ellos, no le dirigan la palabra. El largo martirio sufrido y la
terrible enfermedad con que termin haban dejado huellas profundas en
su semblante. Su rostro plido se trasparentaba como el ncar. En torno
de los ojos persista aquel crculo oscuro, negro, de agitacin y dolor.
El conde senta apretarse su corazn cada vez que la vea. Costbale
trabajo retener las lgrimas.

Amalia no dio noticia a su amante del imprudente annimo que haba
dirigido a Quiones. Temiendo, por la actitud de ste, algn grave
acontecimiento, resolviose a despistarle, ya que volverle la calma no
era posible. El partido que mejor le pareci fue apartar las sospechas
de Luis y encaminarlas hacia Jaime Moro. Era el nico que por su edad,
figura y posicin poda aparecer como un amante verosmil. Principi por
tratarle, en presencia de D. Pedro, con particular afecto,
distinguindole de los dems tertulios de modo harto visible. Dirigale
miradas y sonrisas significativas; gustaba de ponerse detrs de su silla
cuando estaba jugando al tresillo, y embromarle; llambale a cada
instante con cualquier pretexto y le retena a su lado largos ratos
hablndole en secreto, acercando ms de la cuenta el rostro al suyo. No
era tan fcil como puede parecer seducir a Moro, aunque slo fuese en la
apariencia. Nada tena de arisco; al contrario, gozaba justa fama de
caballeroso y galante con las damas. Pero cuando las damas se hacan
incompatibles con el billar o el tresillo no lo haba ms grosero y
cerril en seis leguas a la redonda. Amalia le mortificaba infinitamente
retenindole cuando los tresillistas le aguardaban. Entonces no
responda acorde a sus preguntas, sonrea por mquina y diriga
frecuentes y codiciosas miradas a la mesa donde sus compaeros gozaban
ya las dulzuras de alguna vuelta con palo de favor.

--Moro, sintese usted aqu; vamos a charlar un rato.

Moro temblaba: se le vena el mundo encima. Tomaba asiento al lado de la
dama con una cara larga, larga, que no daba idea cabal de la pasin que
deba arder en su pecho.

El maestrante haba hecho poco caso de aquellos apartes, de las
preferencias y las sonrisas insinuantes de su esposa. Les miraba con
ojos distrados, sin venrsele a la mente ninguna sospecha, preocupado
enteramente con la verdadera pista. Sin embargo, al cabo de algunos
das, tanto insisti Amalia y tan buena maa se dio, que el noble
caballero principi a fijarse en aquellos signos y a darles algn valor.
La valenciana sinti el placer del triunfo. Sus clculos iban camino de
realizarse. Y para dar impulso poderoso y decisivo a su enredo,
ocurriosele en el momento una treta peregrina. Se hallaba sentada en un
rincn, teniendo a su lado a Jaime Moro, bien a la vista de D. Pedro.
Moro, distrado como siempre. La esposa de Quiones necesitaba hacer
prodigios de habilidad para sostener la conversacin, le sonrea, le
mimaba, le envolva en una red de palabras melosas, que acentuaba
fuertemente con la sonrisa a fin de llamar la atencin de D. Pedro.

--Qu es eso? Est usted mirando mi brazalete?

Moro no haba reparado en l.

--Es muy lindo--se apresur a decir por complacencia.

--Ha pertenecido a mi madre. Tiene ms mrito de lo que parece. Este
retrato, que es el de mi abuela, est hecho de mosaico... vea usted.

Al mismo tiempo levant la mano. Moro lo contempl con afectada
admiracin.

--Reprelo usted bien.

Y la alz an ms, ponindosela cerca de los ojos. Observando con el
rabillo del ojo que don Pedro la miraba, todava la alz un poquito,
hasta rozar con ella los labios del joven. Pero en aquel instante la
retir bruscamente con vivo ademn. Moro qued estupefacto.
Involuntariamente dirigi la vista hacia D. Pedro, y notando que ste le
clavaba una mirada fra y penetrante, se puso colorado hasta las orejas.
Amalia se levant y se fue al saln, como si quisiera disimular su
turbacin.

Fue grande la que se apoder del orgulloso maestrante con el secreto que
pens sorprender. Sus ideas experimentaron violenta sacudida. Agitado
por mil sospechas contrarias, dominado por una clera furiosa, mova
entre sus trmulas manos las cartas, sin pensar en ellas, imaginando
horribles venganzas contra su esposa y contra el...

Contra quin? Cul era el traidor? La duda encenda an ms su rabia.

Lo que haba visto era bien concluyente. Y, sin embargo, su pensamiento
no poda apartarse del conde de Ons. Contra el testimonio de sus
propios ojos alegaba el instinto, una voz interior que le sealaba sin
cesar a su enemigo.

Apareci ste en la tertulia. Salud framente a Amalia y se fue derecho
al gabinete; pero Manuel Antonio le retuvo tirndole por el faldn del
frac.

--Dnde vas, Luis? Ven aqu, muchacho; no te nos enfrasques tan pronto
en el juego. Mira, aqu Mara Josefa y Jovita han estado disputando toda
la noche sobre la fecha de tu matrimonio. Yo les he dicho: No disputis
ms. Si viene hoy Luis, es tan amable que de seguro os lo ha de decir.

--Pues las has engaado--respondi el conde aproximndose al grupo.

--Tan grosero te has vuelto?

--No es grosera, es ignorancia. Estas seoritas saben muy bien que las
cosas no se realizan nunca como y cuando queremos. Si yo les dijese
ahora una poca y resultase otra, pensaran que haba tratado de
burlarme de ellas.

Apesar de los esfuerzos que haca por sonrer, el semblante del conde
reflejaba tristeza infinita. Su voz sala apagada y enronquecida.

--No, no! Nada de eso!--exclam riendo Jovita.--Dganos usted un da
cualquiera, que aunque luego resulte otro, pensaremos que no ha sido por
su voluntad.

--Bueno, pues maana.

--Eso tampoco!--gritaron ambas solteronas alborozadas.

--No son ustedes fciles de contentar. Qu da quieren que me case?
Selenlo ustedes.

El conde no haba dicho una palabra a nadie de la ruptura de su
matrimonio. La innata debilidad de su carcter le obligaba a callar una
noticia que muy pronto haba de difundirse. Tena miedo a la curiosidad
pblica, a las preguntas, a que en el rostro le adivinasen las causas de
tal resolucin. Y temblaba y se entristeca profundamente cada vez que,
como ahora, le tocaban este punto.

Hasta entonces no se haba traslucido nada. Crease en la ciudad que de
un da a otro se ira a Madrid a reunirse con su futura. Sin embargo,
Manuel Antonio, cuyo olfato era superior al de todos sus contemporneos,
haba olido algo. Y con la tenacidad y el disimulo de una Isabel de
Inglaterra, principi a recoger noticias y a atar cabos de tal modo que
a la hora presente andaba muy cerca de la verdad.

--Muy triste te veo estos das, Luisito--le dijo bruscamente.--Ms que
de matrimonio tienes cara de testamento.

El conde se turb y no supo ms que contestar sonriendo forzadamente:

--El matrimonio es un paso muy serio.

Trat de marcharse, pero Manuel Antonio volvi a retenerlo. A todo
trance quera dar con la clave del enigma, saber de un modo positivo lo
que sospechaba. Y ayudndose de Mara Josefa, que saba mejor que l a
qu atenerse, mantuvo alerta la conversacin algn tiempo sobre el
escabroso tema. Luis estaba en brasas. Diriga frecuentes miradas hacia
el sitio de Amalia, como reclamando lo que estaba obligada a concederle.
Levantose al fin la dama, se asom a la puerta y torn a sentarse. A los
pocos momentos apareci el rostro plido y suave de Josefina. Pase sus
ojos tristes por la sala, y a una sea de su madrina dirigi sus pasos
al gabinete. Al cruzar por detrs del conde, volviose ste a medias y le
ech una mirada rpida y ansiosa, que no pas inadvertida a la sagacidad
de sus interlocutores. La nia levant sus ojos hacia l, brillando con
sonrisa feliz. Fue un choque magntico que hizo arder sbito toda la
alegra de su corazn infantil. Los tertulios la llamaron, trataron de
retenerla; pero ella, obedeciendo la orden de su madrina, sigui hasta
el gabinete. Pocos momentos despus se oy la voz spera de Quiones.

--No est el conde de Ons por ah? Cmo no entra?

--All voy, D. Pedro--se apresur a responder Luis, contento de
separarse de aquel enfadoso grupo.

Al entrar en el gabinete se produjo, en menos tiempo del que puede
tardarse en referirla, una terrible escena que puso en conmocin y
espanto a toda la tertulia. D. Pedro estaba con las cartas en la mano y
lo mismo Jaime Moro y D. Enrique Valero. Saleta, que haca el cuarto,
hablaba con el capelln sentado detrs de l. En torno de la mesa haba
tres o cuatro personas de pie mirando el juego. Cerca del noble
maestrante se hallaba Josefina con los bracitos cruzados esperando su
bendicin para irse a la cama.

Al entrar el conde, Quiones le lanz una rpida mirada escrutadora,
clav enseguida otra de profundo odio en la nia y dijo con sonrisa
sarcstica:

--Ah, quieres la bendicin?... Toma la bendicin.

Y le dio de revs un tremendo bofetn que la hizo rodar por el suelo,
soltando sangre por boca y narices. Luis sinti aquella bofetada en sus
mejillas. Huy repentinamente de ellas toda la sangre y qued densamente
plido. Y por un impulso ciego, superior a su voluntad, grit fuera de
s:

--Eso es una vileza! Una cobarda!

Y aun trat de lanzarse sobre l. Pero le detuvieron. D. Pedro gritaba
mientras tanto a grandes voces, loco de furor:

--Por fin caste! Por fin caste, perro!

Hizo un esfuerzo supremo para alzarse del asiento y lanzarse sobre el
ladrn de su honra, consiguiolo a medias, y cay al fin de nuevo,
privado de sentido, torciendo la boca.

Los tertulios se haban levantado todos y acudieron al gabinete. Las
seoras gritaban aterradas. Los hombres preguntaban a los de dentro lo
que ocurra. El conde de Ons pase una mirada de extravo por ellos, se
dirigi al sitio donde yaca Josefina, alzola del suelo y, con ella en
brazos, trat de abrirse paso. Amalia se le puso delante.

--Adnde va usted?

Y quiso arrancarle la nia. Pero Luis extendi la mano, agarr a la
valenciana por los cabellos y, despus de sacudirla tres o cuatro veces
con fuerza, la arroj lejos de s y se lanz a la puerta del saln.

Baj la escalera a saltos, sali a la calle, donde esperaba el coche, y
brincando en l con su preciosa carga dijo al cochero:

--A escape, a la Granja!

El pesado vehculo rod con estrpito por las calles mal empedradas. No
tard en salir a la carretera.

La luna brillaba en lo alto del firmamento. De vez en cuando, grandes
nubes espesas, flotantes tapaban su disco, pero al instante volva a
lucir. En las regiones superiores de la atmsfera soplaba un viento
huracanado. Abajo parecan reinar el silencio y la paz.

Josefina no sala de su desmayo. El conde le limpiaba con su pauelo la
sangre. Despus trataba de reanimarla imprimiendo largos, apasionados
besos en su rostro de alabastro.

Al fin se entreabrieron sus ojos, contempl con extraa fijeza al conde
y relampague en ellos una dulce sonrisa.

--Eres t, Luis?

--S, vida ma, yo soy.

--Adnde me llevas?

--Donde t quieras.

--Llvame lejos, muy lejos!... Llvame a tu casa... Llvame aunque no
me des de comer. Estando contigo no me importa morir.

El conde la apret contra su seno y la cubri de besos.

--S, s, a mi casa vas--exclam mientras las lgrimas baaban sus
mejillas.--De all no saldrs ya nunca, porque para arrancarte
necesitarn antes arrancarme la vida... Escucha, Josefina, voy a decirte
una cosa. Procura entenderla. Haz un esfuerzo y lo conseguirs... Yo soy
tu padre... Los seores de Quiones te han recogido en su casa... pero
yo soy tu padre... lo entiendes?

--S, Luis, te entiendo.

--Te han recogido, porque yo soy tan malo que te he entregado a ellos
en vez de tenerte conmigo.

--Ahora no te entiendo, Luis. T no eres malo. T eres bueno y me
quieres.

--S, hija de mi alma, te quiero ms que a mi vida... Perdname.

--Yo tambin te quiero a t... A ellos no! Antes quera a madrina, pero
ahora no... Me ha pegado tanto! Si supieras!... Me morda, me araaba,
me arrastraba por el suelo, mandaba a Concha que me azotase con la
ballena, me ataba con una cuerda como a los perros...

--Calla, calla, que me matas!--profiri Luis sollozando.

--No llores, Luis, no llores!... Ves cmo eres bueno? Ests llorando
por m.

--No he de llorar por t si eres mi hija! Llmame padre... Yo soy tu
padre! Lo sabes, lo sabes?

--S, lo s... T eres mi padre y yo soy tu hija... Tengo sueo...
Djame dormir sobre tu pecho.

Y dej caer sobre l la cabecita blonda. Inclin la suya el conde para
darle un beso en la frente y sinti sus labios abrasados por el calor de
la fiebre.

Goz la criatura algunos momentos de sueo letrgico. Corran de vez en
cuando por su tierno cuerpo vivos estremecimientos. Despert al fin
dando un grito.

--Luis, que me llevan!... Mralos, mralos... ah estn!

Sus ojos expresaban un terror pnico.

--No, hija, no; son los rboles del camino que extienden sus ramas hacia
nosotros.

--No ves a D. Pedro que me amenaza? No oyes lo que me est diciendo?

--Sosigate, mi alma; es el mugido del viento.

--Tienes razn. Ya se fueron. Mira cmo brilla la luna! Mira qu
campos tan hermosos y cuntas flores!... Un palacio de cristal...
Delante hay una nia jugando con un gatito blanco... Qu precioso!...
Es ms bonito que el Rojo... Djame jugar con ella, Luis...

--Jugars cuanto quieras, y te comprar un gatito y una palomita blanca
que venga a comer a tu mano.

--No, no quiero que gastes dinero. Estoy contenta con que no me separes
de ti.

--Nunca ya. Vivirs conmigo siempre, porque eres mi hija. Duerme, mi
vida.

--Otra vez la oscuridad!... Ya vuelve! chalos, Luis, chalos, por
Dios! Que me agarran!

--No temas; ests conmigo... Mira la luna otra vez... Ves cunta
luz?... Durmete, corazn.

--Es verdad... ya veo los campos llenos de flores... ya veo el gatito
blanco... La nia no est... Dnde se fue, Luis?

--Est en mi casa, esperndote para jugar. Estamos muy cerca ya.
Durmete.

--S, Luis, voy a dormir. T me lo mandas, no es cierto? Yo debo
obedecerte porque soy tu hija... Tengo fro... Apritame ms.

Apretola ms y ms contra su pecho. Josefina se durmi al fin. El
carruaje rodaba por la carretera desierta al travs de los campos
esclarecidos por la luz de la luna. Las nubes volaban tambin dispersas
por los aires. El viento muga sordamente a lo lejos. Los rboles
comenzaban a agitar sus penachos.

Ya se divisaba el cercado de la Granja. Luis inclin la cabeza para
despertar a la nia; pero al darla un beso sinti en sus labios el fro
de la muerte. Alzola vivamente, sacudiola con fuerza varias veces,
llamndola a gritos.

--Josefina!... Hija! hija! hija!... Despierta!

La blonda cabeza de la nia se doblaba a un lado y a otro como una
azucena que tuviese quebrado el tallo.





End of the Project Gutenberg EBook of El maestrante, by Armando Palacio Valds

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of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
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Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
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INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
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1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
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written explanation to the person you received the work from.  If you
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your written explanation.  The person or entity that provided you with
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1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
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WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

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If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
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provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

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providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
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that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


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     http://www.gutenberg.org

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