The Project Gutenberg EBook of Crnicas de Marianela, by Anonymous

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Title: Crnicas de Marianela

Author: Anonymous

Editor: Pedro L. Balza

Release Date: December 4, 2010 [EBook #34565]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CRNICAS DE MARIANELA ***




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CRNICAS

DE

MARIANELA


1917.




INDICE


                                                                     Pag.

Presentacin en Sociedad                                               5

El matrimonio                                                          7

El amor y su apariencia                                               15

El n de las nias                                                    18

El Gancho                                                             23

Las Planchadoras                                                    29

La moda y el diablo                                                   33

Los Tramitadores                                                    39

Los afeites                                                           45

Las paces                                                             51

Crotalogia                                                            57

Rosala en Los Carpinchos                                           63

El arte de estar enferma                                              70

Las inquietudes de Petrona                                            75

Pequea defensa de la murmuracin                                     81

Los secretos                                                          84

La desventura de Luisa                                                89

Desavenencia trascendental                                            93

Las reinas en la guerra                                               98

Frivolidad y tilinguismo                                             100

Ins y los cipreses                                                  110

La fiesta hpica                                                     115

Las angustias de mi protegida                                        120

La inutilidad de San Juan Bautista                                   126

Sin presidenta                                                       132

La abuela del rey de los cipreses, o el orgullo ancestral            140

Desahuciado!!                                                      148

La viuda de Esquiln va a Mar del Plata                              154




ADVERTENCIA.


El inters que han despertado las amenas crnicas de "Marianela"
publicadas en la pgina femenina de "LA PRENSA" me ha inducido a
solicitar del Director del gran diario, Don Ezequiel P. Paz, el permiso
para editarlas.

La benevolencia gentil del seor Paz ha otorgado el consentimiento, y
hoy aparecen los chispeantes artculos de la distinguida escritora
compilados en este elegante volumen. Notorio es el xito creciente que
han logrado estas crnicas; aparte su mrito literario, puesto de
relieve en un estilo fcil, terso y armonioso, contienen otra cualidad
ms esencial aun, consistente en su sana orientacin tica, en una
crtica, suavemente irnica, de nuestros hbitos y costumbres. Trtase,
en fin, de un libro interesante, ameno instructivo, en el cual, a la
belleza artstica, se unen, en consorcio admirable, tiles normas de
conducta, expuestas con delicado humorismo y singular gracejo narrativo.

Pedro L. Balza

(Editor)




PRESENTACIN EN SOCIEDAD


Su presentacin en sociedad es el primer episodio interesante en la vida
de la mujer. Ha terminado la infancia, que acaso sea lo mejor de la
existencia. La trasformacin de la niez en pubertad trae tambin un
cambio completo en la vida del espritu.

La nia se ha convertido en seorita. Ya la mueca ha quedado
abandonada. La mam de la seorita, con dulce melancola, la recoge y la
guarda en un mueble tradicional. La seorita no hace caso de su mueca:
le parece un objeto antediluviano, pues aunque el tiempo pasado es poco,
la trasformacin es tanta que todo lo de ayer ha adquirido carcter
remoto. Ya vendr un da en que vuelva sus ojos, acaso tristes, acaso
llorosos, a la mueca que alboroz sus horas infantiles. Pero ahora, no;
ahora ha quedado relegada a completo olvido. Porque la seorita se halla
trmula de emocin. Se va a presentar en sociedad; est por asomarse al
mundo. Y un tumulto de ideas, mejor dicho, de imaginaciones--porque,
propiamente ideas sobre el mundo, no tiene aun la seorita--asaltan su
mente en ligero torbellino, se agitan, bullen, vuelan y revuelan como
mariposas en torno del foco luminoso.

Cmo ser el mundo? He ah la preocupacin de la seorita. Pero esta
preocupacin est exenta de tristeza, de gravedad, de pesimismo. Porque,
en realidad, no se pregunta: cmo ser el mundo?, interrogacin harto
filosfica para sus aos y su inexperiencia. Lo que ella se pregunta es:
cmo le parecer yo al mundo?. Y a medida que se atava y se adorna
y se embellece con los mil recursos que la moda inventa, piensa la
seorita, frente al espejo que refleja su figura de mujer en esbozo: yo
creo que le voy a parecer bonita al mundo. Y esta idea optimista,
justificada desde luego, porque la seorita es linda, le produce una
alegra exultante, alborozada, llena de ntimo regocijo. En ese momento
del atavo, los detalles adquieren una importancia fundamental; el
gracioso lunar, el rizo juguetn, todo aquello que constituye su
personalidad, su diferenciacin de las dems seoritas que tambin se
presentan en sociedad, adquieren un relieve preponderante y definitivo.
El lunarcillo y el ricito son invencibles; nada, nada, invencibles!...

Una ligera inquietud invade el espritu de mam. Es necesario que la
presentacin cause buen efecto. Est en ello comprometido el buen gusto
y el tino educador de mam. La seora ha ledo a Carmen Sylva, la buena
y discreta reina rumana, y repite a su hija estas palabras que pueden
servir de norma en una presentacin en sociedad: La tontera se coloca
siempre en primera fila para ser vista; la inteligencia se coloca detrs
para ver. Y luego agrega por cuenta propia: discrecin, hija ma,
compostura, sosiego; mide lo que dices; ms vale que peques por
cortedad.

Pap tambin est un poco impresionado. Cree, como Terencio, que las
mujeres, igual que los nios, se corrigen con leves sentencias. Y apunta
algunas apropiadas al caso. La seorita silenciosa parece mejor que la
locuaz. El discreto seor hace algunas observaciones filosficas sobre
la coquetera. A su juicio la coquetera no tiene ms fin que hacer
subir las acciones de la belleza. Pero el prudente pap advierte que es
necesario tener sentido de la medida; no hacerlas subir demasiado,
porque pueden caer de golpe una vez descubierto que se abusa del recurso
para hacerlas subir. Pap agrega otros razonamientos graves, discretos,
oportunos. No hay que ser criticona, dice. Y volvindose a la esposa,
agrega: Segn Schiller, la mujer tiene ojos de lince para ver los
defectos de las dems mujeres. Y luego agrega por cuenta propia: Los
hombres nos enteramos de los defectos de una dama por otra dama; pero
adquirimos mala idea de quien nos suministra la informacin.

Ya la seorita est ataviada: un traje primoroso realza su figura:
primor sobre primor. Est elegantsima, observa la seora al esposo.
S, s, dice ste, muy elegante, muy linda. Y recordando las palabras
de un pedagogo argentino agrega: Pero hay que ser tambin paqueta por
dentro: que a la figura elegante no corresponda un espritu deforme. La
seora confa en que la nia ser siempre muy buena. Es nuestra hija,
termina. Es verdad,--asiente el padre conmovido--; ser buena, porque
es nuestra hija.

Entre observaciones, besos y mimos, la seorita, llena de alegra y de
ilusiones, se dispone a presentarse en sociedad.




EL MATRIMONIO


Se ha dicho muchas veces que el matrimonio es la tumba del amor. Por eso
sin duda los diversos poetas que han cantado la vida de Don Juan no
casan nunca a su hroe. No han querido someter a prueba su capacidad
amorosa ni la consistencia de su sentimiento.

Y es que Don Juan no es un verdadero enamorado. Balvo, un filsofo
modesto, pero muy discreto, destruye con cuatro palabras todas las
apologas rimadas que se han hecho de Don Juan: quien ama a muchas, no
ama mucho; quien ama a menudo, no ama largo tiempo; quien ama con
variedad, no ama dignamente.

Entre los poetas y este modesto filsofo, la eleccin no es dudosa para
nosotras. La consistencia del amor se prueba en el matrimonio; slo una
larga convivencia nos demostrar si el corazn est bien puesto, en
quicio permanente.

Por lo dems algo hay de cierto en eso de que el matrimonio es la tumba
del amor. No en balde la frase goza de tanta difusin en el mundo. Pero
es porque el amor, en su forma exaltada, slo es, como dice Voltaire, un
caamazo dado por la naturaleza y bordado por la imaginacin. Ahora
bien: el caamazo, la belleza fsica, no resiste la tirana del tiempo
que imprime las tristes huellas de la decadencia; y la imaginacin
bordadora tambin acaba por sosegarse y quedar sustituda por una dulce
y reflexiva calma.

Entonces el amor no tiene ms que una salvacin: el cario. Los poetas,
que son los mayores perturbadores del mundo, siempre han desdeado, por
subalterno, este sentimiento, que es mucho ms fundamental y ms slido
que el amor. El amor es la llama; quiz no pase de una fogata fugaz; el
cario es el rescoldo hecho de la buena y diaria lumbre del hogar, de la
mutua adhesin, del perdn mutuo, de la recproca tolerancia, de los
comunes gozos y sufrimientos, de las alegras conjuntas y de la fusin
de las lgrimas. El amor tiene un enemigo que le vence siempre: el
tedio. El cario no tiene enemigo que le venza, porque est apoyado en
el sentimiento de convivencia. Vale ms, mucho ms, el calor del
rescoldo que el de la fogata. Cuando la fogata no se convierte en
rescoldo, slo quedan de ella fras cenizas. Brasa y no pavesa ha de ser
lo que quede de la juvenil exaltacin espiritual y del ardor de los
sentidos. Te amo!. Es una frase de novela, excesiva, afectada. Te
quiero, es una frase ms sencilla, ms grave, ms profunda y ms
humana. Te amo!, dice Don Juan, que nunca fu un hombre honrado. Te
quiero, dice el hombre de bien, que seguramente cumple lo que dice.

Saber convivir... He ah el secreto del buen matrimonio. Dar normas
fijas es imposible, puesto que hay tanta variedad de caracteres y de
circunstancias cuantas parejas constituyen la organizacin monogmica
del mundo.

Desde luego la cualidad esencial de la mujer es la dulzura. La palabra
suave quebranta la ira. Una mujer colrica es el mayor tormento de un
hogar. A m, personalmente, me produce la impresin de un canario
hidrfobo; algo, en fin, absurdo y horrible. Cuntase que uno de los
siete sabios de Grecia (Soln, Bas, Tales, Anacarsis, Pitaco, Quiln,
Periandro, no se sabe cul; lo mismo da, cualquiera....) tena un
discpulo que estaba enamorado. El novio, lleno de entusiasmo, refera
al maestro las cualidades de su futura. Es hermosa como el lucero de la
maana--deca el joven. El filsofo escriba: cero.--Es rica, como
la heredera de Creso--aada el doncel. El genio griego volva a
escribir: cero. (La dote, pensara probablemente el filsofo, es la
gran virtud de los padres). El enamorado agreg: Es inteligente. Y el
gran hombre puso otra vez: cero.--Es noble--Cero.--Tiene muy
buena parentela.--Cero.--Buena educacin.--Cero. El enamorado
miraba atnito a su querido maestro. Por ltimo le dijo: tiene un
carcter dulce. Y entonces el sabio heleno, el ms sabio de los siete
sabios, estamp la unidad a la izquierda de todos los ceros que haba
ido poniendo, para demostrar que slo as adquiran valor las dems
cualidades.

Todo es grato al lado de una mujer dulce: todo es amargo al lado de una
irascible. Seductora es la belleza, atrayentes la espiritualidad y el
donaire; pero es la dulzura la que ms retiene al hombre. Y la felicidad
del matrimonio est en retenerse mutuamente. Palabras suaves, conceptos
delicados, ademanes tranquilos forman el mayor encanto de la mujer.
Madame Neker, cuyo ingenio luci tanto en los salones de Versalles, en
los momentos precursores de la Revolucin, cuando todas las pasiones
estaban a punto de estallar, sola decir a sus amigas que las palabras
ofenden ms que las acciones, el tono ms que las palabras y el aire ms
que el tono. La esposa del famoso hacendista hubiera podido dictar una
ctedra de psicologa conyugal. Dulzura, suavidad, amigas mas. Los
hombres rompen los eslabones de una cadena de hierro; en cambio hallan
agradable la atadura si ella est formada por tenues hilos de seda. Sean
nuestras palabras como nuestros brazos en las horas de deliquio:
suaves, blandas, dciles. Yo, como mujer, gusto mucho de oir hablar a
los maridos de sus respectivas esposas. Y he observado que cuando
elogian el ingenio, la gracia, la belleza, la elegancia o cualquier otra
cualidad fsica o moral, lo hacen sin mayor calor. En cambio, cuando
dicen: mi mujer es una pastaflora, dan a su expresin un tono de
ntima ternura que revela cunto impresiona a su espritu esta cualidad
femenina.

La popular frase transcripta encierra las principales virtudes de la
mujer: la bondad, la resignacin, el avenimiento a todas las
circunstancias, la tolerancia, la encantadora docilidad.

Defecto grave en la mujer es tener un espritu contradictor, una
voluntad terne, un carcter terco. A la mujer no debe costarle ceder. La
testarudez es buena y honrosa en los generales que defienden un fortn.
Para la mujer, ceder es conseguir--siempre que el marido sea tierno,
delicado y comprensivo. Jams la mujer--y esto es importantsimo--debe
herir al marido en aquello en que cifra su amor propio. Tngase en
cuenta que el amor propio es ms fuerte que el amor; como que muchas
veces se ama por amor propio, ms aun que por amor a la persona amada.
Cuidado, pues, mucho cuidado con herir el amor propio del marido. Yo (y
perdonen mis amigas que me ponga como ejemplo; lo har pocas veces)
estoy casada con un estanciero, hombre bonsimo, inteligente, gentil,
cordial, que me quiere tanto, tanto... como yo a l, lo que equivale a
buscar trminos de comparacin con lo infinito. Pues bien, mi marido es
aficionado a la historia natural y presume de conocer como nadie (y
conoce, yo lo afirmo, porque le quiero mucho, y esta es una razn
definitiva) la fauna argentina y muy especialmente--aqu est su amor
propio--las aves noctvagas que vuelan por nuestros campos al morir el
da. Paseando a esa hora por la estancia, ha confundido alguna vez el
carancho con la lechuza; porque mi marido nunca tuvo buena vista,
excepto cuando me eligi a m. Bueno; pues yo nunca le contradigo,
porque, adems de herir su amor propio de entendido en aves noctvagas,
le molestara mi advertencia, significndole que tiene malos ojos, y los
tiene hermossimos, aunque ven poco. Para qu contradecirle? Para qu
herir su amor propio de naturalista? Para qu recordarle que no ve
bien? Qu ms da que aquello que vol sea lechuza o sea carancho o sea
chimango? La cuestin es que l sea feliz creyndose un excelente
naturalista, dotado de buenos ojos. Y si es feliz con mi asentimiento,
por qu negrselo? Alguna vez l mismo sale de su error, y entonces,
enternecido, paga con un beso mudo la intencin de mi aquiescencia. Y
este beso de mi marido vale ms, mucho ms que toda la fauna, incluso la
humana, que puebla la tierra.

He contado esta nimiedad tan ntima, tan personal, a guisa de ejemplo,
para demostrar que no debe mantenerse contradiccin en cosas sin
importancia. (Y no quiere esto decir que las aves noctvagas carezcan de
inters; lo tienen, y muy grande, desde que le interesan a mi marido).
Una herida de amor propio tarda mucho en curarse; quiz no cicatriza
bien nunca. Queda siempre un sordo resentimiento. Y el resentimiento--la
misma palabra lo dice--es el sentimiento ms terne, ms perenne, de ms
triste duracin.

La incompatibilidad de caracteres es lo ms deplorables de la vida
conyugal. Y suele nacer de nimiedades, de intolerancias, de tozudeces
insustanciales. Una mujer dscola es inaguantable. Hay que ser como la
cera, dcil al moldeo, que al fin el moldeador suele adquirir el
carcter de lo moldeado. La vida es breve, y pasarla en disputa
constante equivale a cambiar la felicidad relativa por un potro de
tormento. Y nada resuelve el divorcio; porque, como ha dicho un
filsofo--claro que un filsofo feminista--el divorcio es la disolucin
de una sociedad en que la mujer ha puesto su capital y el hombre
solamente el usufructo. Y adnde va una sin capital? No hay que perder
el socio, sino avenirse con l, aunque la sociedad luche con algunos
tropiezos. Allanmoslos, en vez de aumentarlos; que al quitar los
nuestros, tambin l--si no es una mala persona--quitar los suyos,
despejando as el camino de la dicha. Vivir es ya un milagro; no depende
de nuestra voluntad, sino de la Providencia. Saber vivir depende de
nosotros mismos. No malogremos el don de la vida que Dios quiso
otorgarnos.

De las condiciones del hombre en el matrimonio no me atrevo a hablar.
Siento invencible timidez para tocar este punto, asaz complejo y
difcil. Los msticos, los santos, que todos fueron solteros, aceptando
todas las cruces, menos la del matrimonio--con lo cual su santidad
desmerece un poco por falta de sometimiento a prueba completa--decan
que al matrimonio, como a la muerte, es difcil llegar bien preparados.
No se enojarn los hombres, si apoyndonos en el testimonio de los
santos, decimos que la mujer llega al matrimonio en condiciones
espirituales superiores. Y as debe ser, porque para el hombre el
matrimonio es un accidente, mientras que para la mujer es el hecho
fundamental de su vida.

A pesar de mi temor para hablar de esta materia, me atrevo a insinuar
que entre los hombres dedicados a la vida intelectual, los mejor
dispuestos para el matrimonio son los polticos. El literato, el mismo
filsofo, el pintor, el msico, los artistas, en general, son
peligrosos, porque su arte y su filosofa estn siempre en primer
trmino, antes que la mujer. Adems, son un poco raros y no poco
arbitrarios. Y entre los polticos se debe preferir, no a los dogmticos
empecinados, no a los caudillos exaltados, ni a los oradores famosos,
que son tambin, como los artistas, un poco peligrosos, sino a los que
tienen aptitudes gobernantes. La razn estriba en que, siendo el
gobierno del Estado una serie de concesiones, llegan bien dispuestos al
matrimonio, que es igualmente otra serie de concesiones.

Termino. Me he extendido demasiado. Pero tngase en cuenta que la
cuestin es ardua y llena todas las bibliotecas del universo, sin que se
haya resuelto satisfactoriamente. Slo insistir, para concluir, en que
el cario vale ms que el amor, porque es ms sostenible, ms durable,
ms permanente. Lope de Vega, voto de calidad, pues fu un Don Juan
efectivo, lleno de devaneos y tormentosas pasiones, nos dice en unos
versos de su comedia El mayor imposible, estas palabras razonables
sobre la exaltacin amorosa:

    Que muchos que se han casado
    Forzados de un amor loco,
    Suelen despus hallar poco,
    De lo mucho que han pensado.

Cario, cario, dulcsimo y solidsimo sentimiento! En t reside la
dicha duradera. El cario surge de convivir. El amor nace de no haber
convivido. Reflexionad sobre esto, amigas mas...




EL AMOR Y SU APARIENCIA


Cul es en la mujer la verdadera edad del amor? Puntualicemos con ms
precisin, pues la pregunta formulada es un poco vaga: en qu edad se
halla la mujer en mejor disposicin espiritual para enamorarse y, en
consecuencia, para unirse a un hombre, segura de que su sentimiento es
firme, permanente, fijo, como la estrella polar?

Un personaje novelesco de Anatole France (creo que es el bondadoso
filsofo seor Bergeret) dice que el amor es como la devoci; llega un
poco tarde: no se es amorosa ni devota a los 20 aos.

La observacin es exacta. El amor, en realidad, es un fanatismo, una de
las tantas formas de la exaltacin fantica. Ahora bien: para
fanatizarse es necesario que el espritu est formado y que nuestras
ideas estn muy hechas, muy elaboradas. Ni el tierno doncel, como si
dijramos el cadete, ni la seorita, la nia, que acaba de asomarse al
mundo, tienen la aptitud del fanatismo. Es un error creer que los aos y
la experiencia evitan que nos fanaticemos. Ocurre, precisamente todo lo
contrario. La experiencia y los aos nos aferran a determinadas ideas y
dan consistencia definitiva a ciertos sentimientos.

Pero dejemos los dems fanatismos para ocuparnos del fanatismo amoroso,
de ese sentimiento de exaltada firmeza, de perennidad indestructible,
que nos lleva a entregar a otro corazn el reinado sobre el nuestro.
Cundo se produce de modo integral, con las potencias todas de nuestro
querer, con la embriaguez absoluta de nuestro espritu, esta adoracin,
en que, usando la pompa verbal de Vctor Hugo, el amor es la
concentracin de todo el universo en un solo ser y la dilatacin de este
solo ser hasta Dios?

Porque es menester no confundir el amor con su apariencia. Al saltar de
la niez a la pubertad, le ocurre a la mujer lo que a la mariposa al
salir de su estado de crislida. Sus primeros vuelos son inciertos,
aturdidos, inseguros. Las alas son tiernas, dbiles, y no han adquirido
an el sentido de orientacin. Y lo mismo para volar que para amar es
requisito indispensable cierto grado de robustez en las alas.

El origen de nuestras desventuras en la vida est en que la sensibilidad
es ms precoz que el entendimiento. Lo que ms falta nos hace es
precisamente lo ltimo en formarse. La mente es impotente para regir la
confusin tumultuaria de nuestras primeras emociones en su incierto y
atorbellinado vuelo. Y as venimos a ser juguetes, como barquichuelo sin
gobierno, del oleaje de nuestras sensaciones. El naufragar o arribar a
buen puerto depende entonces, no de la seguridad de nuestra brjula,
sino del hado favorable o adverso, independiente de nuestra voluntad y
de nuestra orientacin reflexiva.

A los diez y ocho o veinte aos la mujer se impresiona fcilmente. Pero
esta impresin suele ser fugaz, verstil, inconsciente. El error est en
tomarla por definitiva, esclavizndose a una emocin pasajera. El
acierto electivo en este caso est librado al azar, a que la casualidad
haya determinado que sta primera emocin nos haya sido provocada por
persona que realmente lo merezca. Y la eleccin de marido, como la
eleccin de esposa, no debe ser una lotera. Saqu novio de tal baile
es una frase corriente entre las muchachas. No, no; no hay que sacarse
el novio de una vuelta de vals, sino de muchas vueltas del
entendimiento; que el discurrir bien no excluye el sentir profundamente.
Son los poetas los que han dicho que el rgano del amor es el corazn.
Pero los poetas han llenado el mundo de bellas mentiras, sonoras
metforas, falsas imgenes y seductoras demencias. El origen del amor y
de todas nuestras emociones est en la mente. Ella es el divino crisol
en que se fraguan todas las formas de nuestro sentir. El corazn es como
la rueda catalina de un reloj, que no tiene, por s, conciencia de su
propio movimiento. De la idea, de nuestra representacin mental sobre
otra persona, surgen la adhesin y el amor hacia ella. Entonces es
importantsimo que esta idea, punto de arranque de la emocin, sea
acertada, no ligera ni superficial; pues sobre pobres, falsos o frgiles
cimientos, mal se sostendrn las torres y chapiteles de nuestros
ensueos.

La eleccin debe fundarse en mltiples y atentas observaciones del
sujeto, en el anlisis de sus prendas morales, en la ndole de su
carcter, en lo que es ahora (punto de relativa importancia), y en lo
que puede ser luego (asunto de capitalsima trascendencia). El
sentimiento amoroso asciende y desciende con el conocimiento. Imaginar
no es lo mismo que conocer, y el amor suele confundir estos dos valores
mentales. Con la imaginacin creamos sujetos propios, modelos que nada
tienen que ver con la realidad ya creada. Mi tipo suele diferir del
tipo, que tiene su propia alma, su carcter propio y sus propias maas;
alma, maas y carcter que no corresponden al bello sujeto fraguado por
nuestra fantasa en complicidad con los errores de percepcin de
nuestros sentidos. No quiere esto decir que el amor ha de estar exento
de imaginacin y de fantasa. Una criatura sin imaginacin es como una
tierra sin sol. Pero siempre conviene que la imaginacin inicie su vuelo
desde la cspide del conocimiento y no desde los abismos de la
ignorancia. Las alas parten ms raudas y seguras a hender los espacios
cuanto ms alta y slida sea la atalaya de observacin desde la cual se
lanzan a volar.

A la edad de diez y ocho o veinte aos la mujer carece de aptitudes
analticas y de observacin. El mundo es para ella una maravilla
deslumbrante, en cuya presencia el optimismo toma formas de ceguera. Y
el amor tiene mayores garantas de xito cuando emplea los cien ojos de
Argos que cuando elige cubierto con la venda de Cupido. El amigo Cupido
y su venda constituyen un smbolo que no resiste el menor anlisis. Los
smbolos de los griegos, siempre graciosos, no siempre son razonables.

Bella es en el cielo la hora del alba. Bellsima es en el alma la aurora
del amor. Pero la hora de la poesa fascinadora no es la hora en que se
ve con mayor claridad. Segn el adagio vulgar, de noche todos los gatos
son pardos. Entre dos luces todos los gatos son azules, que es el color
de la ilusin. Acriollando el adagio, bueno ser aadir que conviene
huir de los gatos a toda hora, de noche, de da y entre dos luces.

La mujer, al empezar a vivir, al iniciarse en la sociedad, ms que
enamorarse, lo que desea es enamorar. La mayor ambicin de una seorita
consiste en inspirar amor. No se resigna a pasar inadvertida. De ah que
trate ms de ser ella interesante que de ver quin podra ser
interesante para ella. He ah un egosmo que, profundamente analizado,
resulta una generosidad. Pero este punto exigira, para ser bien
explicado, un tomo de psicologa femenina.

Una mujer slo a los 25 aos se halla en aptitud mental y espiritual
para elegir o aceptar esposo--porque no siempre se puede elegir. Slo
despus de diez aos de frecuentar salones y alternar en el mundo se
adquiere cierta experiencia para resolver el gran problema con alguna
probabilidad de acierto. Antes de esa edad corremos el riesgo de
dejarnos llevar de impresiones fugaces y transitorias. A los 25 aos
nuestro espritu ha logrado ya cierto grado de serenidad y nuestros
sentidos una dulce calma que no conturba nuestros juicios. Antes, todo
es emocin indisciplinada, torbellino de sensaciones, exaltacin sin
fundamento, inconsciencia, capricho, delirio. El discernimiento slo se
alcanza con los aos. Y aun es problemtico, pues segn un ironista
francs la mujer slo se equivoca cuando reflexiona. La frase, aguda y
ligera, no convencer a ninguna de mis lectoras. Podramos devolverla al
ironista diciendo: los hombres slo aciertan cuando se enloquecen.

As, pues, amigas mas, antes de casarse conviene haber bailado mucho,
haber conversado mucho y haber flirteado algo--no mucho,--haciendo
todo esto con espritu observador e informativo, con intencin fiscal, a
fin de descubrir en los sujetos aquellas cualidades, dones y tendencias
que ms se aproximen a nuestro ideal. Al matrimonio se debe llegar con
el sujeto ya bien conocido; no con una mscara. Asimismo, nunca es
completo este conocimiento, ya que el matrimonio no es, en el fondo,
sino un lento y contnuo desenmascaramiento que slo se hace total con
el ltimo abrazo en la hora de la muerte.

Conviene tambin llegar al matrimonio con una ligera fatiga del mundo y
de sus pompas y vanidades. As encontraremos el hogar propio ms
agradable que los salones y las tertulias. Fidias, que adems de un
escultor excelso, era un espritu filosfico, hizo una vez la estatua de
Venus sobre una tortuga, queriendo indicar a las mujeres de su pueblo
que deban ser lentas para salir de casa. No proclamo con esto el
cenobio, el enclaustramiento; pero s cierto recogimiento que slo se
acepta con gusto cuando conocemos bien la sociedad y todo el tejido de
menudas pasiones que en ella bullen y se agitan.

Yo me cas a los 25 aos. Antes de conocer a mi marido, aficionado, como
sabis, a la historia natural y, particularmente, a la especialidad de
las aves noctvagas pamperas, experiment muchas impresiones en nuestro
gran mundo. Varias veces sent un principio de amor, un inters
repentino, una relampagueante emocin; pero luego aplicaba serenamente
mi juicio a los fundamentos de toda pasin incipiente, hasta que lograba
disiparla. Es axiomtico que las mujeres desconfan de los hombres en
general y confan en ellos en particular. Esto es un poco inexplicable,
pero es as. Yo procur siempre hacer lo contrario. A cada caso
particular apliqu una saludable desconfianza. Por ltimo me enamor de
veras, con la reflexin y con el sentimiento. La reflexin me deca que
mi naturalista era bueno, leal, culto, tierno, muy hombre adems para
luchar en la vida. Y a comps de estas ideas el sentimiento se encenda
en amor. Pero antes de decir s bailamos mucho, conversamos mucho, y
yo, por mi parte, trat de verle el alma a la luz de un constante
anlisis. Y cuando vi que era buena y alta y digna y hermosa le di el
ms absoluto imperio sobre la ma. Sobre mi persona tena l tambin su
concepto. Y ahora y por siempre mi amor me lleva a ser como l me
imagina, que es el amor perfecto. Y siendo como l quiere, soy como yo
quiero, y cuanto ms le gusto ms me gusto.

Y as el esquife de nuestro amor marcha por el pilago de la vida,
seguro de que nunca zozobrar...




EL NO DE LAS NIAS


Facilsimo es dar el s--el s de las nias--como reza el ttulo de
la ingenua y cursililla comedia de Moratn, que hizo las delicias de
nuestras abuelas. El s, a una proposicin de matrimonio, cuando el
proponente nos agrada, brota espontneo, casi sin palabras; lo damos con
los ojos, con el movimiento balbuciente de nuestros labios, oprimiendo
con el nuestro el brazo del cual vamos asidas en el baile. Esta ltima
actitud, oprimir el brazo, asirnos a l, suele ser la ms corriente como
reveladora de nuestro gozoso asentimiento. La que para dar el s
emplea mucha retrica, muchos requilorios, circunloquios y rodeos,
mucha charla alambicada y sutil, es que en realidad no est
verdaderamente enamorada. Acepta por causas ajenas al amor; porque es
buen partido, porque quiere emparentar bien, etc., etc. El amor, como
toda pasin vehemente--y es el amor la ms vehemente de todas--es
conciso en su expresin, monosilbico, casi mudo. La palabra muere en el
nudo que la emocin forma en la garganta. Todas esas escenas de comedia,
en prosa y verso; todas las pginas amorosas de las novelas, en que
salen a relucir las flores, los arroyuelos, las estrellas, la luna, los
ngeles y los serafines, todo, absolutamente todo eso, es mentira,
completamente mentira. El amor, el verdadero amor, no halla palabras, no
encuentra lxico para expresarse. Por eso el baile es su mejor auxiliar,
pues el abrazo--el abrazo danzando, perfectamente admitido--nos ahorra
el estudio del diccionario para dar con los trminos acadmicos
apropiados al caso. El concurso, la gente de un saln, que ve bailar, no
advierte que cierta pareja abrazada y danzante da a su abrazo, en un
momento determinado, un sentido trascendental, de unidad de vidas, de
fusin de espritus, de enlace de corazones. Yo d el s as,
bailando; pero lo d sin palabras. De pronto, pregunt l: Bueno,
y?... porque l tambin, como buen enamorado, era monosilbico, casi
mudo. Mi respuesta fu oprimirle el brazo, latir como nunca he latido y
mostrarle mis ojos hmedos. Y el hombre arranc a valsar con tal furia
que pareca movido por todo el carbn que emplea ahora la escuadra
inglesa en el bloqueo. Nos asimos un poco ms, porque el baile lo
exiga. Bueno, amigas mas, entonces supe que es posible no morirse de
felicidad.  Ay, Dios mo, qu recuerdos!...

Quedamos, pues, en que dar el s es facilsimo; sale solo; se revela
en la emocin que nos embarga; por muy quedo que se diga, lo expresa muy
alto el estado de nuestro nimo. Lo difcil, lo rduo, es decir no,
negarse a la relacin solicitada. En esta ocasin es cuando ha de
revelarse la educacin de la mujer, su finura espiritual, los recursos
de su ingenio.

El no de las nias requiere, no una comedia como el s de las nias,
sino todo un tratado de psicologa femenina. Pero hemos de contraernos a
un ligero prontuario sobre la materia. Generalmente, la mujer llega al
difcil trance de tener que decir no por culpa de ella misma. Porque
es ella la que alienta las primeras insinuaciones del hombre, aunque su
corazn no est interesado; unas veces por demostrar a las dems que
tiene pretendiente; otras veces por dar celos con el incauto al que
verdaderamente ella quiere; no pocas veces tambin por divertirse, por
coquetera, o por curiosidad. El amor propio adopta muchas veces el
disfraz del amor por pura satisfaccin de orgullo. Y esto lleva a muchas
seoritas a admitir y hasta a estimular las insinuaciones del hombre,
que toma por sentimiento real los fingimientos de que es vctima en
forma de sonrisas prometedoras, de miradas simulando aquiescencia, de
gestos y signos, en fin, que expresan lo contrario del verdadero
propsito. Este juego es peligroso y, desde luego, condenable. Cuando un
hombre inteligente aventura una declaracin es porque le anima a ello el
presentimiento de que ser aceptado, presentimiento fundado en ciertos
indicios de que es persona grata, como se dice en trminos de
diplomacia. Sugerir este presentimiento a un hombre, inducirle en este
error, significa en la mujer sentimientos aviesos, una travesura de mal
gusto, pues no se debe jugar con el corazn ni con las ilusiones de
ningn hombre, cuyo porvenir espiritual, en el resto de su vida, acaso
dependa de esta burla de la mujer. Porque deplorable es para un hombre
que ama profundamente no verse amado por aquella a quien ama. Pero aun
es mucho peor hacer escarnio de su afecto, inducindole en el error de
ser amado sin serlo; pues, en este caso la herida es doble, en el amor y
en el amor propio. Y las heridas de amor propio son an ms difciles de
curar que las heridas de amor. El hombre que nos insina su afecto, que
cifra la razn de su vida en la correspondencia de nuestro corazn al
suyo, merece por ello mismo nuestra atenta simpata, pues siempre es
conmovedor para una mujer producir en un hombre esta exaltacin
sentimental. Si no nos gusta o no nos conviene--desde luego no nos
conviene si no nos gusta--debemos hacrselo notar desde el principio con
palabras cordiales y cariosas con cultura exquisita, sin deprimirle en
forma alguna, poniendo disculpas que lo eleven a sus propios ojos y
mezclando as la desesperanza o desengao con el consuelo. Probablemente
esta conducta de la mujer, por lo mismo que es una conducta noble,
bondadosa, espiritual, exaltar ms el amor del hombre, le har ms
profundo y entraable, desolar ms su alma; pero no tendr derecho a
sentirse herido en su amor propio con burlas imperdonables. Jams, en
fin, se debe alentar una pasin que no se tiene el propsito de
corresponder. De todas las coqueteras sta es la ms condenable, porque
implica la intencin de hacer sufrir, empeo que delata poca reflexin y
una torcida contextura ingnita de nuestro espritu.

Ya se ve, pues, cmo el no es ms difcil que el s de las nias. Y
esta dificultad aumenta, segn va dicho, cuando con nuestra frivolidad y
nuestras vanidades hemos inducido en error al pretendiente. En tal caso,
el trance, desagradable siempre, de decir no claramente ha sido
buscado por nosotras mismas. En realidad es una conducta que tiene algo
de engao, ya que condujimos nuestro trato con l en forma que supusiera
una posibilidad de aceptacin, con la reserva mental de una negativa al
plantearnos la peticin de mano. Lo noble, lo generoso, lo leal, es
atajar discretamente desde el comienzo las insinuaciones, a fin de que
nunca pueda creerse engaado en sus observaciones respecto al estado
efectivo de nuestro espritu y de nuestra voluntad.

Pero la especie masculina es muy variada. Hay hombres un poco cegatos en
materia de psicologa femenina, para los cuales no basta que la mujer
rehuya con discrecin sus insinuaciones. Su falta de percepcin es
disculpable y justifica el empecinamiento. En este caso se impone el
no desde el primer instante, pues al que no entiende de razones con
los ojos, necesario es hacer que las entienda por medio de los odos.
Siempre, claro est, usando palabras corteses; nada de desaires, nada de
enojos, nada de sentirse molestada por la pertinacia, pues el ciego no
es responsable de no ver, y hasta merece simpata cuando observamos que
la causa de su ceguera est en que el foco del corazn le ofusca la
vista de los ojos. No merece un poco de piedad un ciego tan sublime?
Hay otros que llamaremos intrpidos, muy expeditivos en sus
procedimientos, que quieren llevar las cosas a paso de carga, hombres
impacientes, exaltados, audaces, de sensibilidad tormentosa y hasta
huracanada. El no a un hombre as ha de ser gradual, no repentino, no
brusco, pues nuestra negativa seca y rpida pudiera llevarlo a la
exasperacin y hasta ser causa del encarecimiento del plomo troquelado.
Existe el hombre que presume de irresistible, el que tiene de s mismo
un concepto tan optimista que no admite haya mujer que renuncie a la
gloria de unirse a l. La vanidad es un lente que aumenta las cosas ms
pequeas. Con ste conviene envolver el no en un ligero titeo
educador. Se le hace con ello un servicio, inducindole a moderar el
concepto fantstico fraguado por su insensatez. Hay el hombre que se las
da de zahor, de sagaz y penetrante para descubrir los sentimientos de
la mujer. Suele, en su presuncin de psiclogo, hacer anlisis que no
estn en la persona analizada, sino en l mismo. Ha ledo algunas
novelas modernas, probablemente de Bourget, que se ha ocupado mucho de
psicologa femenina, con sutilezas generalmente exentas de verdad y de
sencillez. Con este pretendiente, que es un vanidoso cerebral, se debe
emplear un no oscuro, nebuloso, para aumentar el mar de sus propias
confusiones. Detesto los noveleros, los hombres que carecen de
naturalidad. Son, adems, peligrosos, porque siempre andan a caza de
complejidades sentimentales. Hay el hombre que cifra todo su xito en el
apellido heredado y cree que su nombre procrico basta para lograr la
ms apetecible conquista. Con ste el no tiene que ser histrico. La
mujer debe decirle, siempre de una manera muy fina, que hubiera
preferido a su antepasado. Los hombres que valen no son los que heredan
un apellido histrico, sino los que, llevando uno desconocido, logran
meterle en la historia.

Para qu seguir presentando ms casos? La variedad es tan grande que no
acabaramos nunca. Baste decir que cada uno de ellos requiere una
negativa especial, ajustada a las circunstancias y al tipo moral y
espiritual del pretendiente. Y con esto queda demostrado que el no es
mucho ms difcil que el s de las nias...




EL GANCHO


Son muchas las personas aficionadas a intervenir en el arreglo y
combinacin de las bodas. En lenguaje clsico se les llama casamenteras
y han servido muchas veces de tpico a la musa irnica de los escritores
festivos. Este entrometimiento tiene tambin un calificativo popular:
hacer el gancho o servir de gancho para que una pareja determinada
concierte su unin. Por regla general es ms frecuente la tendencia
casamentera entre las seoras que entre los hombres. Este gnero de
intervenciones se aviene mejor con el espritu de la mujer. El hombre
siente siempre cierto reparo, cierto rubor, en mezclarse en estas
negociaciones que requieren las delicadezas y sutiles arbitrios de las
damas. Al hombre le parecen, en fin, afeminadas estas gestiones, y an
cuando l mismo las necesite alguna vez, preferir recurrir al auxilio
de una dama antes que al apoyo de otro hombre.

Han existido y existen, sin embargo, hombres casamenteros que lograron
por ello la cspide de la gloria y de la proceridad. Hay ganchos que
han pasado a la historia. En todas las bodas reales ha intervenido el
gancho diplomtico. Los cancilleres de las cortes europeas hicieron,
en el transcurso de los siglos, ganchos memorables. Metternich y
Talleyrand, por ejemplo, debieron sus mejores xitos polticos a este
gnero de tramitaciones, manteniendo el equilibrio continental, en unos
casos, y concertando la paz, en otros, por medio de su gancho para
unir princesas y reyes. Las muchedumbres dejaron de matarse y colgaron
las armas gracias a la feliz gestin casamentera de un canciller, que
resolvi una vasta y pavorosa tragedia tramando una boda oportuna que
acab con el rencor de dos monarquas y de sus leales sbditos. Estos
ganchos trascendentales merecieron la admiracin y el aplauso de los
pueblos, que siguen venerando la memoria de aquellos insignes
diplomticos.

El gancho, tiene, pues, glorioso abolengo histrico, y no debe
desdearse mi entrometimiento que ocupa tantas y tan sublimes pginas en
los anales de la humanidad.

Pero descendiendo de la historia a la vida corriente, mortal y vulgar,
discurramos un poco, aunque sea muy someramente, sobre la intromisin
casamentera. Bien est ella cuando se pide, cuando, a fin de allanar
algunos obstculos, se solicita el patrocinio de una dama para que venza
las resistencias que se oponen al anhelo del pretendiente. El aunar las
voluntades familiares, cuando ya los novios estn de acuerdo, es obra
buena y simptica, pues tiende a proteger un amor concertado.

Pero la verdadera casamentera no es la que ejerce este gnero de
gestiones pedidas, sino aquella que, sin pedrselo nadie, se pone a
concertar bodas y a tramar enlaces, usurpando su papel al azar o a los
designios providenciales que rigen el nacimiento del amor en nuestro
espritu. Porque el amor, como el rayo, surge de una manera instantnea
y fulminante, cuando menos lo pensamos. En esta rapidez y en este fulgor
de relmpago estriba precisamente el peligro por lo que toca a la
duracin, pues es difcil mantener la vida en tan fulmnea tensin
espiritual. Por esto en otra crnica hemos defendido las ventajas del
rescoldo sobre la llama, o sea del cario sobre el amor.

La psicologa de la casamentera es, en el fondo, sencilla. Su norma es
la bondad. La idea de la felicidad ajena gua su intervencin. La
casamentera armoniza a su gusto cualidades, tendencias, fortunas,
representacin social, etc. A Fulano le conviene Fulana. A Fulana le
conviene Fulano. Ella, la casamentera, concierta lo que podramos
llamar condiciones externas Combina matrimonios en fro, como un
matemtico resuelve una ecuacin. No tiene en cuenta el estado
espiritual de los seres que trata de unir, si hay o no correspondencia
entre sus almas, si existe o no existe afinidad, si los corazones laten
a comps y hay entre ellos mutua resonancia. El amor, en una palabra,
nunca es tenido en cuenta por la casamentera. A su juicio, siendo
armnicas las circunstancias--armnicas a su parecer--el amor tiene que
producirse. Todo el error de la casamentera deriva de creer que el amor
surge de la conveniencia y no al contrario, la conveniencia del amor,
porque, donde no hay amor, todo es inconveniente.

Generalmente la casamentera no ha tenido grandes pasiones. Ignora las
tormentas del corazn. Las solteronas muy metidas en aos, cuya juventud
no conoci el ardiente sabor de la vida, y las viudas que no quisieron
mucho a sus maridos, que se casaron por conveniencia, suelen ser las ms
inclinadas a ejercer de casamenteras. Como no han usado su corazn,
desconocen en los dems la onda emocional que constituye la base de toda
relacin amorosa.

Las casamenteras ponen mucho empeo y mucha tenacidad en sus empresas.
Se parecen en esto al diplomtico que realiza un concierto
internacional. Aconsejan, sealan las ventajas de la unin, presentan
las dichas futuras, un porvenir venturoso; hacen grandes apologas de l
a ella y de ella a l, atribuyendo a una y otro virtudes sin cuento.
Comprometido su amor propio, la casamentera incurre en exageraciones
graciosas. Los ngeles son inferiores a la pareja que trata de unir. Y
se sorprende de que sus razonamientos no convenzan. No sabe que en
materia de amor, como ha dicho un glorioso padre de la Iglesia, el
corazn tiene sus razones que no conoce la razn.

La eleccin de consorte es el acto ms ntimo, ms importante, ms
trascendental de nuestra vida. Debe ser tambin, por lo tanto, el ms
autnomo, el ms libre, el ms exento de toda ajena influencia. No hay
error en una eleccin a gusto. Toda persona es feliz por tener lo que le
agrada, no por tener lo que los dems creen que es agradable. La
felicidad est en la libre eleccin, en unirnos al ser que la
Providencia pone en nuestro camino para que encienda en amor nuestro
espritu y colme nuestras esperanzas. Lo razonable en amor es el ensueo
propio y no las lgicas combinaciones de una casamentera.

Lo primero que se debe considerar en todo consejo es la posicin de
quien lo da. Un consejo no es eficaz ni sirve para nada si la persona
que lo ofrece no se coloca en las circunstancias de aquella otra que ha
de recibirlo. La casamentera nunca se percata de esta condicin
indispensable en todo consejo. Y aun asimismo, aun colocndose en estas
circunstancias, es difcil el acierto, pues como dice Byron rara vez
sucede que de un buen consejo resulte algo bueno.

En materia de amor lo principal es el amor, verdad harto inocente que
slo desconoce la casamentera. Todo lo dems es circunstancial y
accesorio. Fortuna, belleza, equivalencia de posicin social, todo es
intil si falta lo esencial, la reciprocidad de un intenso afecto, la
afinidad de las almas, la adhesin recproca de los corazones.

Pocas veces la casamentera opera sola, sino en combinacin con otras,
aficionadas como ella a tramar enlaces y noviazgos. Para hacer el
gancho recurren a mil arbitrios delicados, procurando que la pareja se
hable y se trate, encontrndose de una manera casual en todas partes.
De estos encuentros nace a veces un principio de simpata, que las
casamenteras fomentan con elogios hiperblicos de la futura al futuro y
viceversa. Y justo es reconocer que algunas veces salen buenos
matrimonios de estas gestiones de las casamenteras. Pero tambin es
verdad que tales enlaces slo pueden concertarse entre contrayentes que
no tengan un gusto muy personal y definido, una individualidad
espiritual muy pronunciada, un concepto propio de la vida. Las
casamenteras, en fin, slo pueden lograr su objeto con personas de
voluntad blanda, mente vaca y espritu sugestionable. Tales personas no
suelen ser las ms desgraciadas; pues si bien la mente lcida y el
espritu rico en sensibilidad producen muchos goces, tambin acarrean
estas condiciones grandes tormentos y agobiadoras melancolas. La
mediocridad goza siempre el gnero de dicha que impera en el Limbo.

No es fcil hacer con discrecin el gancho. En realidad la
casamentera, como el poeta, nace, no se hace. Los procedimientos son
variadsimos, segn las personas que se trate de unir, el medio social y
las circunstancias que las rodean. Empieza la casamentera por
convertirse en confidente de cada una de las personas que trata de
coyundar. A la muchacha le comunica todo lo bueno que el mozo diga de
ella, y an aumenta algo de su propia cosecha; y al mozo todo lo mejor
que de l diga la seorita, y si no dice nada, la casamentera lo
inventa. Este intercambio de elogios, trados y llevados incesantemente,
va haciendo paulatinamente su obra, predisponiendo los espritus y
encauzndolos en una tibia atraccin, cuya mayor temperatura sucesiva se
producir con el trato y el trabajo continuo y vigilante del gancho.
En el fondo la casamentera viene a ser, con sus repetidas ponderaciones
de l a ella y de ella a l, una chismosa del bien, si vale expresarse
as. Con relacin a la galera, el procedimiento es ms breve y
sencillo. La casamentera se limita a decir: todo est arreglado. Se le
piden informes, detalles, y ella repite impertrrita: le digo que est
arreglado todo. En el crculo va pasando la voz: todo est arreglado.
Y aunque, en realidad, nada haya arreglado, acaba todo por arreglarse,
debido a esa suave presin del medio, a la atmsfera favorable, al
ambiente, digamos as, que todo el circulo de relaciones ha creado a la
boda. La casamentera ha sabido convertir a todo el crculo en
casamentero. La pareja se encuentra unida sin saber cmo, y aquella
opinin externa, tan unnime, tan complacida en su obra, tan convencida
de la feliz armona existente en la unin fraguada, acaba por ejercer
una decisiva influencia en el espritu de los futuros contrayentes, que
ven la intervencin providencial, el destino, el hado, donde slo hubo
el gancho mortal de la casamentera.

Una vez casada la pareja, la casamentera tiene en el hogar la autoridad
y el prestigio que le dan su gestin anterior. Arreglar las
desavenencias que ocurran, los disgustillos transitorios, las pequeas
trifulcas domsticas. Juzgar sin apelacin e impondr la paz, porque
ambos cnyuges sienten por ella un respeto afectuoso. La casamentera
casi pertenece al nuevo hogar. De esta manera, si es soltera o viuda
solitaria, viene a tener una familia, un poco postiza, es verdad, pero
con todas las ventajas y ninguno de los inconvenientes de la verdadera.

Salen bien los matrimonios formados as? Habra mucho que hablar sobre
este punto y no nos queda ya espacio para su desarrollo. Agregaremos,
pues, muy pocas palabras. La felicidad, segn un filsofo francs, no se
conjuga en presente, sino en futuro imperfecto. La felicidad, como la
desgracia, se va haciendo, se va tramando en la convivencia, en la vida
ntima y constante. Y as, tanto peligro puede correr un matrimonio
formado por un amor enardecido y apasionado, como otro tibio, suave,
cordial, sosegado. Todo depende de la hondura con que luego, en la vida
diaria, eche sus races el cario, porque es ste, el santo cario,
lleno del sentimiento del deber y de una rgida y caballeresca lealtad a
la fe jurada, el que forma los slidos vnculos de la vida matrimonial.
Y en ltimo trmino, todas las circunstancias preliminares de un enlace
quedan olvidadas ante el aleteo de las nuevas vidas y el po po que
resuena en nuestro corazn.




LAS PLANCHADORAS


Comencemos por desvanecer el error en que el ttulo de esta croniquilla
pudiera inducir al lector. No se refiere el epgrafe a la respetable
clase social que nos alia las prendas internas, empleando ese producto
que es el signo externo de la civilizacin: el almidn. No creemos
habernos excedido al aplicar a las planchadoras el calificativo de
respetable clase social. Su misin no puede ser ms importante. Gracias
a ellas se produce en la vida cierta nivelacin. Al contrario de los
socialistas, que buscan la igualdad haciendo que desciendan las clases
altas, las planchadoras elevan a las bajas por medio del almidonado.
Colocado al alcance de todo el mundo, el almidn es un smbolo
igualitario por ministerio de las planchadoras.

Pero, como va insinuado, no nos referimos a estas planchadoras, sino a
las otras, a las seoritas que, en sentido figurado, se aplica este
mismo sustantivo, cuando en los bailes, fiestas y saraos, se ven
relegadas o poco atendidas por los caballeros.

Quedarse planchando... Nada aflige tanto a una muchacha, ni le da una
impresin ms completa de su poquedad, de su insignificancia en el
mundo. Es un poco difcil determinar los orgenes y causas de esta
desventura. Por regla general, se debe a que la planchadora no ha sido
muy favorecida por la naturaleza. No pretendemos hacer ningn
descubrimiento que merezca integrar las pginas de un texto de
sociologa, diciendo que suele haber ms planchadoras entre las feas o
poco agraciadas que entre las bonitas. El imperio de la belleza no tiene
rebeldes. La fea, que plancha por serlo, tiene dos causas de
afliccin: la primera es una herida de amor propio al verse relegada; la
segunda envuelve una pesadumbre ms profunda y definitiva. Expliquemos
su psicologa. Ninguna persona, y menos an una seorita, naturalmente
optimista, tiene una idea exacta de su fealdad. La naturaleza nunca es
cruel del todo. A cambio de los pocos encantos fsicos que nos concedi,
suele otorgarnos un juicio favorable sobre nosotras mismas. Y as, aun
a despecho de las acusaciones matemticas del espejo, nos vemos de otra
manera muy distinta en el cristal ilusorio de nuestro espritu. Este
encantamiento o autosugestin desaparecen cuando el juicio ajeno se
pronuncia en forma de dejarnos planchando. Todos nuestros optimismos
sobre nuestra propia figura se desvanecen ante aquel abandono que nos
sume en el ms completo desaliento y en la ms profunda de las
tristezas. En tal sentido, planchar equivale a morir; y no es
exagerada la afirmacin, pues en realidad muere aquella favorable
representacin interna que de nuestra propia figura tenamos. De estas
premisas exactas, nada cuesta deducir--y esto va para los hombres--que
es un acto criminal dejar planchar a una seorita. As, pues, un
verdadero caballero, un espritu culto, un hombre distinguido de frac
adentro debe ser siempre solcito y obsequioso con las seoritas poco
agraciadas, contribuyendo a mantener en ellas esa deleznable ilusin
sobre sus dones fsicos. No confo mucho en ver seguido este piadoso
consejo, pues los hombres siempre fueron y sern humildes esclavos de la
belleza.

Pero no todas las feas planchan. No pocas de ellas se ven tan
atendidas y solicitadas en los bailes como las ms lindas. Una fea se
defiende de la plancha con dos recursos: bailando bien y teniendo
ingenio y espiritualidad. El bailar bien, con gracia y soltura, es ya
una forma de belleza fsica. Un cuerpo flexible, gil, con movimientos
rtmicos y elegantes, hace olvidar las imperfecciones del rostro. Hay,
en fin, feas que tienen diablo, como dicen los franceses, o ngel, segn
el dicho espaol. El diablo o el ngel es ese grado de seduccin que
dimana de la simpata, ese aire o nimbo de las figuras que es como el
aleteo externo del alma. La que tenga ingenio, inteligencia despierta,
tampoco planchar. Una conversacin amena, dotada de espritu de
observacin, pronta en sus dichos, ocurrente, estar siempre atendida y
se ver solicitada. Pero es necesario tener sentido de la medida, no
pasarse de lista, pues no gusta generalmente a los hombres verse
dominados intelectualmente por la mujer. De manera que se puede
planchar tanto por sobra como por ausencia de despejo.

Frecuentemente se ven tambin algunas muchachas bonitas que planchan.
Son figuras de belleza inerte, como los angelones de retablo. La
hermosura sin gracia, deca Ninn, es como un anzuelo sin cebo. Su
espritu apagado y su inteligencia opaca hacen que su compaa sea
aburrida y tediosa.

Las causas por las cuales se queda una planchando son muy variadas, y
es difcil sealarlas todas. Desde luego, muchas veces tiene la culpa la
duea de casa donde se realiza el baile. La funcin de la duea de casa
requiere una gran actividad diplomtica, a fin de que todas las
seoritas que asisten a la fiesta sean atendidas y obsequiadas. En esto
ha de demostrar su habilidad, su fino tacto, sus recursos de dama de
mundo. El fracaso de una seorita en un baile recae siempre sobre la
dama que ofrece la fiesta. A este respecto contar un triste episodio
ocurrido no hace muchos aos a una amiga ma, perteneciente a una de
nuestras primeras familias. Mi amiga era linda, inteligente, discreta.
Invitada a un baile aristocrtico, entr en el saln y se sent.
Lanzronse todas las parejas a bailar y ella se qued sola. Su situacin
no poda ser ms violenta y desairada. Levantarse e irse, atravesando el
saln, le pareci un acto intempestivo; quedarse all, sola y abandonada
en medio del baile, no era menos desagradable y molesto. Y en medio de
estas vacilaciones, agobiado su espritu, rompi a llorar con la ms
profunda afliccin. Acudieron a ella, vino la duea de casa, la
preguntaron por la causa de su llanto, y respondi que se haba puesto
enferma y que deseaba retirarse. Los concurrentes al baile, percatados
de la verdadera causa de aquellas amargusimas lgrimas, hicieron
responsable del desaire a la dama que ofreca la fiesta, la cual, a
partir de aquel momento, result triste, medio aguada y deslucida.
Nunca olvidar el mal rato que sufr ante la situacin desairada e
inmerecida de mi amiga.

Una duea de casa, discreta, inteligente, debe evitar estos percances.
Lo primero que ha de hacer es darse cuenta de la situacin personal de
los concurrentes a la fiesta, de la relacin entre jvenes y seoritas,
de sus simpatas e inclinaciones, etc. Debe presentar a los que se
desconozcan, intervenir como lazo de relacin, procurar, en una palabra,
crear un ambiente de familiaridad para que el sarao resulte agradable,
cordial y lucido. Y ha de prestar, sobre todo una atencin vigilante y
solcita a las que ya tienen cierta reputacin de planchadoras, para
evitar que en su casa se vean en tan triste soledad. Al efecto, la duea
de casa debe contar con un grupo de caballeros que sean amigos de
confianza, a los cuales pueda pedir el servicio de que bailen a las
planchadoras. Pero en esto mismo no hay que abusar; no se debe endosar
al mismo caballero una planchadora toda la noche. Por eso conviene que
el crculo de amigos sea extenso, para repartir equitativamente la
carga. El mayor xito, en fin, de la duea de casa est en poner en
circulacin danzante a las planchadoras, procurando aliviar la
desventura de las proscriptas del baile.

La planchadora ignora siempre las causas de su triste condicin. La
Providencia la libra de este aflictivo conocimiento. Y as, cuando por
bondad algn caballero la saca a bailar, se aferra a l, aadiendo a su
condicin de planchadora la de pelma. Le ocurre lo contrario que a la
muy solicitada, la cual evita bailar muy seguido con el mismo caballero,
actitud que podra inducir a la concurrencia en el error de suponer un
principio de compromiso. La planchadora, por el contrario, prefiere la
murmuracin a la plancha.

Alguna vez se plancha sin ser planchadora; un planchado fortuito,
casual, injustificado; porque, usando el lenguaje corriente, hay bailes
con suerte y bailes con desgracia. He aqu un fenmeno superior a
nuestra capacidad analtica. Por qu en unos bailes tenemos xito y en
otros no lo tenemos? Misterio. Quiz se deba a que la belleza de la
mujer tiene ascensos y descensos y momentos de plenitud. De todos modos,
voy a permitirme dar a las seoritas un consejo, fruto de mi
experiencia. La entrada en un baile tiene singular influencia para el
resto de la noche. Es necesario, como vulgarmente se dice, entrar con
buen pie. Al efecto, nunca se debe entrar sola en el saln. Ello es de
mal agero. Conviene tener un amigo de confianza que nos acompae al
hacer nuestra aparicin en la tertulia o sarao, conducindonos desde el
toilette, donde hemos dejado nuestro abrigo. Esto es de un efecto
seguro, pues sirve para demostrar que estamos solicitadas desde el
instante de nuestra llegada. Con este y otros pequeos y discretos
recursos nos iremos librando de la plancha en las noches de mala
fortuna.

No creo haber agotado este tema trascendental de las planchadoras,
cuya psicologa es complejsima. Slo he querido divagar un momento
sobre su evidente importancia e insinuar algunas advertencias tiles a
las dueas de casa y a las mismas seoritas que no tienen la suerte de
atraer y sugestionar con el encanto de sus dones fsicos y el hechizo de
sus donaires espirituales.




LA MODA Y EL DIABLO


Gracias a Dios y a la actividad inteligente de mi marido gozo la dicha
del ocio para poder cultivar un poco mi espritu con lecturas amenas y
divagaciones estticas. El ocio es la primera condicin para poder
disfrutar de las manifestaciones artsticas. Sin abandonar mis
obligaciones sociales y mundanas--visitas, tertulias, juntas de caridad,
bailes, saraos, funerales, bodas--consagro la mayor parte del tiempo a
la lectura.

Mi mayor placer es poner mi pobre espritu en contacto con los espritus
excepcionales, sintiendo cmo ellos dotan de alas al mo con sus nobles
pensamientos y elevada emocin, producindome algo as como la gloria
del vuelo y hendiendo con su auxilio las zonas inexploradas de la
conciencia y del alma. El escribir es una actividad reciente en m. Ya
lo habris notado por lo endeble y desmaado de mi estilo, por su falta
de elegancia y de precisin, por su pobre ideolgica y por esas fallas
de sintaxis que se observan siempre en la prosa femenina por esmerada
que haya sido nuestra educacin. La sintaxis ensea a coordinar y unir
las palabras para formar oraciones y expresar conceptos. Pero como el
espritu de la mujer es por condicin ingnita un poco incoordinable y
catico, sus maneras de expresin, tendientes al charloteo, a imitacin
del grifo suelto, se rebela a la sintaxis que es la disciplina del
discurso. Hartas disciplinas de hecho y de derecho tenemos las mujeres
para someternos tambin a sta de la gramtica. Nuestra nica libertad
en el mundo es la sintctica. Y conste que no soy feminista. Pero de
esto hablaremos otro da.

Deca que mis mayores delectaciones estn en la lectura. Mis autores
predilectos son aquellos escritores mixtos de poetas y filsofos, en
quienes existe cierta armona y un ponderado equilibrio entre las
emociones del corazn y el vuelo de la mente. No gusto de los
exclusivamente poetas, porque en ellos todo es exageracin y
fantasmagora; ni de los exclusivamente filsofos, constructores de
sistemas, para cuya comprensin, adems de carecer de cultura, no
alcanzan las dbiles luces naturales de mi entendimiento.

Y a qu viene todo esto? Todo esto viene a cuento de que el otro da
estaba leyendo una comedia de Shakespeare. Me gusta mucho ms leer al
glorioso cisne del Avon que oir sus obras en el teatro, pues las
acotaciones del texto suelen tener un inters crtico y potico
extraordinario. Gstanme tambin mucho ms sus comedias, tan graciosas,
tan espirituales, que sus dramas, tan rudos y tan sombros, con pasiones
tan violentas y protervas que parece no cupieran en el frgil vaso de la
naturaleza humana. Pues bien: leyendo una comedia de Shakespeare toparon
mis ojos con esta frase: La mujer es un manjar de los dioses cuando no
lo adereza el diablo.

Quedme suspensa y cavilosa. Quin ser este diablo aderezador? Ya
sabis que el gran poeta ingls se expresa siempre en una forma cortante
y misteriosa. Su fuerza, ms que en lo que dice, est en lo que sugiere.
Sus frases nos sumergen en la meditacin y el ensueo; nos llevan lejos,
lejos, ms all de todos los horizontes visibles. Bueno; yo no s
expresar bien esto, pues pertenece a honduras de la vida en cuyos bordes
mi pobre cabecita sufre vrtigos y mareos. Para esclarecer los oscuros
conceptos del poeta hay en Londres diversas sociedades y cenculos que
discuten incesantemente lo que quiso decir en tal o cual pasaje de sus
obras. Ignoro si los exgetas de Londres habrn logrado averiguar cul
es el diablo aderezador que impide algunas veces el que sea la mujer un
manjar de los dioses.

Pensando, pensando, pensando--no s si con acierto, pues a veces se
acierta menos cuanto ms se piensa--yo creo haber llegado a descubrir el
diablo aderezador a que se refiere Shakespeare. Este diablo es la moda.
No me cabe duda: la moda surge de las inspiraciones del diablo.

Por lo instable, proteica y multiforme, por su eterna inquietud y
constante mudanza en hechura y colores, la moda es cosa del mismo
diablo, personaje igualmente voluble, tornadizo, trasformista,
desfigurado y quimrico. Quin sino el diablo pudo inspirar el
miriaque, el polisn y, ltimamente, sin ir ms lejos, las faldas
trabadas que nos obligaban a un pasito de paloma, menudo, corto, sutil,
deslizado? El miriaque, con su ruedo de ballestas y flejes, con su
amplia circunferencia, era un atavo absurdo, es decir, nos parece ahora
extravagante, pues en su poca era natural, lgico y aun esttico,
porque el uso y la costumbre forman una segunda naturaleza. El hbito
hace que la locura sea razonable. Dentro del miriaque el cuerpo iba
suelto, desabrigado, como dentro de una nube. Y nuestras abuelas no
sentan los estremecimientos que produce el aire al calar nuestros
huesos.

El diablo de la moda las haca resistentes al fro, al viento colado, a
la intemperie; porque el diablo, junto con un traje para congelarnos,
nos da la calefaccin del orgullo, de la satisfaccin, del ntimo
contentamiento de ir peripuestas con arreglo a los ltimos cnones y
pragmticas del lujo. Vino despus el polisn, ese promontorio colocado
donde la espalda cambia de nombre, aditamento fantstico, incmodo,
grotesco, ocurrencia, en fin, del mismo demonio, pero que tambin
pareci muy natural, muy lgico y muy esttico en su poca. Y, sin duda,
tanto el miriaque como el polisn tuvieron en su tiempo algo que los
haca atractivos y graciosos, algo seductor, insinuante, cautivador. La
prueba est en que nuestros abuelos asocian al miriaque la evocacin de
su amor; y nuestros padres, al recordar sus cuitas y congojas amatorias,
mezclan tambin a sus memorias el absurdo polisn. Nuestros mismos
maridos guardan la imagen de nuestras faldas trabadas y nuestro pasito
de palomas, asociando el aire de nuestras figuras a las horas que con
mayor intensidad anhelaron la mirada afectiva de nuestros ojos y los
latidos de nuestro corazn. Y es que, en el fondo, el diablo anda
siempre en el atavo femenino; unas veces en forma de falda trabada,
otras en forma de polisn y otras en el ruedo del miriaque. Pero
siempre es el mismo diablo; no hace ms que trasformarse. Con estas
trasformaciones el diablo se divierte y el mundo tambin. Y, en
realidad, aunque la mudanza sea visible, las modas nunca desaparecen del
todo: unas viven en la memoria de los viejos; otras en el recuerdo de
las gentes maduras: las ltimas en nuestro gusto. El fin de todas es el
mismo: irn a los museos, mientras las generaciones que las usaron yacen
en la eternidad, para dejar paso a otros usos, a otras trasformaciones,
a otros gustos y a otros atavos.

La moda trata de corregir la naturaleza, de trasformar o desfigurar el
cuerpo, que es obra de Dios. He aqu otro indicio de que la moda es
inspiracin del ngel rebelde, del diablo. Y este empeo luciferino de
corregir la obra divina en sus lneas fundamentales es muy antiguo. Ya
Caldern de la Barca lo advierte en su Eco y Narciso.

    --Pues hay usos en los talles?
    --S; yo me acuerdo haber visto
    Usarse un ao a los pechos,
    Y otro ao a los tobillos;
    Y esto no es mucho, que en fin,
    Consista en los vestidos.

Qu se propondr la moda, es decir, el diablo, al descentrar el talle
de su sitio natural? De sacrilegio esttico puede calificarse esta
trasformacin de las lneas que el Divino Arquitecto en su concepcin
soberana di al cuerpo femenino. Con razn deca madame Delepinasse que
la mujer se desesperara si la Naturaleza la hubiera hecho tal como la
arregla la moda. Seguramente renunciaramos al don de la vida si
hubiramos de nacer con miriaque, polisn o faldas trabadas. El
concepto esttico de la humanidad es que Dios hizo perfecto el cuerpo de
la mujer. Por qu consentimos luego que lo vista el diablo, alterando
el orden perfecto y la armona divina de las lneas? Lo racional y
lgico sera que los vestidos se ajustaran dcilmente a este orden y a
esta armona, obra insustituble del Creador. Pero el diablo, como ngel
rebelde, se sirve de la moda para simular que tiene el poder de
trasformar los cuerpos, la obra de Dios. Sabido es que la cualidad
especial del diablo es la sofistificacin, el enredo, la mentira, la
paradoja, el barullo y la confusin. Pero, con todo, no se puede negar
que el diablo, por medio de los artificios de la moda, suele agregarnos
a las mujeres algo que seduce, que trastorna; vamos, un no s qu que
slo puede ser obra del diablo. Claro est que ello sucede cuando est
acertado en la moda, lo que es muy raro en l, pues casi siempre el
diablo est dejado de la mano de Dios. Pero lo curioso es que, aun
cuando desacertadsimo, nos impone su gusto y nos esclavizamos a las
normas dictadas por su genio malfico.

Por las modas pasadas, que slo existen ya en los museos, advertimos que
el propsito al implantarlas no fu la perfeccin, ni la comodidad, ni
la gracia, sino lo caprichoso, lo mudable, fantstico y extravagante.
Sin embargo, la adopcin fu general en el mundo femenino. Ello se debe
a que la moda es para la mujer como una segunda religin. Y el fanatismo
en esta segunda religin se manifiesta en llevar la moda a sus trminos
ms exagerados. Si se trata del miriaque, darle ms ruedo y amplitud
que nadie; si del polisn, abultarlo ms que las dems; si de la falda
trabada, convertirla en manea. As la moda va, poco a poco, por
contagio, exagerndose, hasta que muere por sus propios excesos. La
psicologa de estas exageraciones reside en que no queremos pasar
inadvertidas. Las mujeres nos ofendemos cuando nos miran mucho; pero nos
ofendemos mucho ms no mirndonos nada. Por aqu tambin anda el diablo
en su doble forma de coquetera y soberbia.

El tema es muy vasto y abarca otros horizontes de crtica, fuera de la
crtica al diablo, que yo no puedo tratar por mi escasez de
conocimientos y limitada penetracin. Entre estos aspectos est el
econmico. La constante variacin de las modas parece que se relaciona
con la crematstica o arte de negociar. El otro da, leyendo un librito
de ancdotas de Chamfort, referentes casi todas a la vida de Versalles,
en los das de mayor esplendor mundano, encontr esta frase: El cambio
de las modas es una contribucin que la industria del pobre impone a la
vanidad del rico. Desprndese de este concepto que las mutaciones
calidoscpicas de la moda estn movidas por el anhelo utilitario del
pobre. De aqu se deduce tambin que nuestros atavos son obra de la
fantasa del proletariado de aguja, y no fruto de nuestro propio
espritu creador ni de nuestro gusto esttico. As, pues, la
responsabilidad de los adefesios en los atavos que cubren a la
burguesa femenina corresponde al pueblo que labora en los talleres de
confeccin y al diablo que anda suelto por muestrarios y escaparates.
Bueno es que lo tengan en cuenta los filsofos que tratan el problema
social.

He consultado con mi marido el concepto econmico de Chamfort sobre las
modas. Mi marido, especialista, como sabis, en la ornitologa noctvaga
de nuestras pampas, posee tambin vasta cultura en otras ramas del
conocimiento humano, adems de un buen juicio y un equilibrio fuera de
toda ponderacin. Es una gloria estar unida a un hombre tan inteligente.
Quiz sea ministro de Agricultura en la prxima situacin. Le sobran
mritos para ello. Adems, debo recordar aqu, por lo que pueda influir,
que estuvo en el Parque. Bueno: pues mi marido me ha dicho que existe
otro filsofo (se me ha olvidado el nombre) que retruca a Chamfort,
diciendo que las modas son el medio de que se vale el rico para
alimentar al pobre. El concepto es diametralmente opuesto, y yo no s
cul de los dos ser el exacto. Mi marido, que es algo burln, un
ironista, un poco dado al titeo filosfico, que es la sal de la
reflexin, dice que da lo mismo que tenga razn Chamfort o el otro, o
ninguno de los dos. Y aade el muy tuno que la cuestin fundamental es
que yo est linda, sea cual fuere la filosofa de la moda...




LOS TRAMITADORES


Ya hemos hablado de la presentacin en sociedad, del amor y su
apariencia, del cario, del espritu nuevo que forma un largo convivir,
del matrimonio, del gancho, del s y del no de las nias, de las
planchadoras, de la moda y el diablo. Hemos tocado, en fin--tocar nada
ms--temas graves y temas ligeros, procurando dar un poco de gravedad a
los ligeros y un poco de ligereza a los graves, siguiendo en esto el
orden mismo de la vida que mezcla la alegra frvola y la tristeza
profunda, el dolor y el placer, la risa y las lgrimas. Todos estos
temas, tratados en forma somera e inhbil, a la buena de Dios, en
parloteo superficial, de mujer exenta de ilustracin y de luces
literarias, son temas universales, empequeecidos, claro est, por mi
poquedad reflexiva y lo alicorto de mi espritu de percepcin. Ya sabis
que empiezo a escribir ahora. Y cuando se empieza a escribir, como
cuando se comienza a hablar, es inevitable el balbuceo. Me faltan las
palabras, huyen los conceptos, se eclipsan las imgenes y se me enreda
el discurso. Ay, Dios mo! Sufro lo indecible con este encrespamiento,
con esta rebelda de formas, rasgos, ideas y vocabulario. Y aunque el
escribir tiene algo del crochet--y yo hago muy bien
crochet--confieso mi desesperacin al ver que el tejido de mi prosa es
muy inferior al tejido de mis manteletas.

Pero, en fin, aunque desmaadamente, vamos entretejiendo estos rebeldes
y dispersos hilos prosdicos. Los cuales, mal unidos y tramados, van
formando, como deca, un pequeo tejido de pasiones universales. Ahora
bien: anhelo que esta crnica se refiera a una modalidad de nuestra vida
social, tan original en sus costumbres y rpidas evoluciones. Quiero
hablar, en fin, de los tramitadores gracioso trmino aplicado a todas
aquellas personas de algn viso social y mundano que tratan de
introducir en nuestra aristocracia a personas sin abolengo, sin
tradicin familiar, a jvenes y seoritas, y aun a familias enteras que,
habiendo logrado la riqueza en estos saltos intempestivos, rpidos,
insospechables, que aqu se operan en el trasiego de los bienes, desean,
una vez opulentos, alternar con lo ms dorado--pase el galicismo--de
nuestra sociedad.

El tema es difcil, escabroso, complejo, oscuro y hasta un tanto
laberntico. Para exponerlo se requiere proceder con cierto mtodo.

Qu es aqu lo aristocrtico? Se compone, en primer trmino, de los
apellidos procricos, de los que figuran en la historia de la
independencia nacional. Pero estos apellidos histricos, si no estn
sostenidos por la fortuna, que ejerce una influencia avasalladora, se
ven relegados al olvido, al ostracismo social. As, pues, para brillar,
no basta el apellido histrico; hace falta el dinero. Constituyen
tambin aristocracia aquellas familias que, no figurando en la historia
patria, tienen vieja tradicin de riqueza y que se han vinculado, por
entronques, con familias histricas. Por ltimo, existe el prestigio
intelectual y poltico moderno; nombres que han figurado en nuestra
ltima evolucin republicana, en el ajetreo gobernante, poltico y
parlamentario. Tales son las bases fundamentales de nuestra
aristocracia.

Pero junto a ella, fundidos ya en su seno, figuran otros elementos,
aquellos que han logrado la opulencia en las dos ltimas dcadas, en las
cuales, mucho ms que en el trascurso de la anterior centuria, se ha
desenvuelto la prosperidad del pas. As, pues, la haut resulta un
poco heterognea, un poco mezclada y confusa, como toda nuestra vida. En
Europa la aristocracia est ntidamente definida: la componen los que
pueden ostentar un ttulo nobiliario, otorgado, justa o injustamente,
por los reyes, ya sea en antiguos pergaminos, ya en moderno y deleznable
papel de barba. Pero siempre papelitos cantan. Aqu no tenemos nada de
eso, felizmente. Nos limitamos a decir: apellido conocido, gente
bien, buena familia. Estos ttulos--que acaso sean los mejores, los
verdaderamente meritorios--constituyen nuestra alta clase social. Mas,
como va dicho, forman una aristocracia indeterminada, indefinible en el
sentido estricto, compuesta de apellidos histricos (verdadera
aristocracia dentro de la democracia republicana), familias de larga
tradicin de riqueza, nombres polticos del ltimo siglo y elementos
opulentos de la ltima hornada. Yo no s explicar mejor el fenmeno:
pero creo que lo dicho basta como esbozo de nuestro gran mundo.

Y vengamos al tema verdadero de nuestra croniquilla. Cmo se entra en
este gran mundo? Aqu empieza la funcin del tramitador. No es difcil
esta entrada, pues nuestro gran mundo es fcil, abierto, asequible.

El tramitador es persona conocida, mozo bien, hombre, en fin,
perteneciente a uno de los grupos en que hemos definido nuestra
aristocracia. Se puede tramitar un joven, una nia y aun toda la
familia. Generalmente, aunque se empiece por una sola persona, se acaba
por tramitar a todo el grupo familiar. Comienza la accin tramitadora
por grandes e hiperblicos elogios de los tramitados, antes de la
presentacin. El padre, el jefe de la familia a tramitar, es un hombre
lleno de mritos; tiene una estancia de diez leguas, pobladas por l
mismo, con alfalfares magnficos y animales finsimos. Hombres as
hacen falta al pas--dice el tramitador. Y tiene razn: estos son los
hombres que hacen falta. Luego agrega que es una persona muy educada,
muy discreta, muy agradable. Habla despus del hijo: es el mejor
estudiante de derecho; saca siempre diez puntos y, socialmente, es de lo
ms fino, de lo ms culto y muy amigo de sus amigos. Para la nia, para
la hija del estanciero y hermana del futuro jurisconsulto que eclipsar
un da la gloria de Justiniano, tiene el tramitador palabras
justamente ponderativas: es una monada; muy linda; toca el piano
admirablemente; habla francs como una francesa y recita versos de
Rostand; interesantsima la muchacha. El tramitador tiene tambin
unos conceptos oportunos para la seora, para la consorte del
terrateniente: es muy sencilla, muy buena y muy caritativa. Por ltimo
resume as las condiciones de toda la familia: gente de lo ms bien.

Preparado el terreno, vienen las presentaciones. El tramitador est
relacionado con todo nuestro gran mundo y le es muy fcil ir dando a
conocer en los altos crculos a sus nuevos amigos.

Al aventajado estudiante le apadrina en su presentacin de socio en el
Jockey y le inicia en la vida de los clubs. Quiz le organice un
banquete ntimo para celebrar sus triunfos universitarios, banquete al
que asisten jvenes muy conocidos, aunque estudian poco. No solo por
estudiar son conocidas las personas. A la nia la recomienda mucho a sus
relaciones femeninas y muy especialmente a unas parientas del propio
tramitador, seoritas distinguidas que figuran mucho en sociedad, las
cuales toman bajo su proteccin a la nefita, logrando que sea invitada
a las principales fiestas de nuestro gran mundo. El tramitador, que
todo lo prev, tiene buenos amigos entre los cronistas sociales de los
diarios. De manera que la seorita desconocida empieza a ser mencionada
constantemente en las crnicas, entre lo ms dorado de nuestra sociedad.
Tiene tambin el tramitador algn pariente que ocupa alta posicin en
la poltica o en el gobierno. Y un da le presenta a su amigo, el rico
estanciero. El terrateniente habla con el personaje poltico de
problemas ganaderos y agrcolas, de la situacin del pas, de
exportaciones e importaciones, de frigorficos, de novillos y pastos,
etc. Discurre con sensatez y equilibrio, aunque sin ciencia. Nutrido de
realidad, su visin directa de las cosas suple con ventaja a los libros.
El que siembra diez leguas de alfalfa es un economista que nada tiene
que aprender de Leroy-Boulieau. Nuestro terrateniente queda muy
complacido de haber alternado con el personaje. Al poco tiempo es
nombrado por el gobierno para que forme parte de una comisin
informadora sobre la extensin de la aftosa. Los diarios dan cuenta de
sus interesantes opiniones sobre el punto. Con tal motivo el estanciero,
oscuro hasta entonces, se torna conocido para todo el pas, justamente
conocido y respetable, pues tanto su labor como sus palabras contribuyen
al progreso patrio. El tramitador no olvida nada. Por medio de unas
parientas, matronas muy distinguidas y muy dadas a la caridad pblica,
hace que la seora del terrateniente sea includa en la comisin
directiva de una tradicional institucin de beneficencia. Con esto la
excelente seora alcanza tambin aquella figuracin correspondiente a su
edad, a su posicin y a sus gustos.

Detalles ms o menos, he ah el proceso que lleva al brillo social a una
familia que vivi siempre en una discreta penumbra. En breve tiempo su
nombre, repetido por los diversos conceptos ya sealados, viene a formar
parte de nuestra indefinida aristocracia, de nuestro gran mundo. Quiz
algunas personas dadas a lo tradicional y castizo, apegadas a la
ranciedad, no vean con buenos ojos estas improvisaciones. Sin embargo,
es una de las condiciones ms simpticas de nuestra modalidad social,
pues prueba su poder asimilativo en estos rpidos procesos de remocin
que caracterizan nuestra vida colectiva. Pero este es un problema de
socilogos y economistas que no me corresponde ni puedo yo tratar. Quiz
alguna vez cuente lo que mi marido, hombre de mucho seso, que lleva
adems un apellido de largo abolengo, piensa sobre este punto.

Entretanto, terminemos estos ligeros apuntes descriptivos con unas pocas
palabras ms sobre el tramitador. Qu mviles le inducen a ejercer
estas tramitaciones? Son ellas desinteresadas?

Muchas veces, s. Una pura simpata le gua. Otras veces, el espritu
democrtico, latente en nuestra sociedad, no obstante ciertos anhelos de
diferenciacin de algn reducido grupo, lleva al tramitador a
convertirse en lazo entre la burguesa que se forma rpidamente y la ya
constituda. Pero hay tambin tramitadores interesados. Nuestro gran
mundo se va volviendo un poco complejo. Y existen ya figuraciones
difciles en el orden econmico, estrecheces doradas, angustias
domsticas por no renunciar al brillo social, mantenido con arduos
apuros y apreturas tristes, ocultas y silenciosas. De aqu que haya
algn tramitador interesado. Alguna vez el jefe de la familia
tramitada, hombre de gran poder econmico, puede ayudar al tramitador
en sus negocios vacilantes con sus influyentes relaciones bancarias y
por los mil medios que tiene a su alcance la slida opulencia. Otras
veces, el tramitador se convierte en heredero de las diez leguas
alfalfadas por medio de un matrimonio un tanto morgantico, si vale
expresarse as, en que se unen el brillo del nombre y el ms opaco que
da el campo bien alfalfado, aunque exento de gules. La vida es una
serie de mutuos apuntalamientos, de combinacin de anhelos, de
asociacin de aspiraciones diversas. Unos allegan o ponen el nombre;
otros la sustancia. El que tiene nombre y no sustancia, quiere
sustancia. El que tiene sustancia y no nombre, quiere nombre. En el
fondo lo queremos todo: nombre y sustancia, y tambin amor. El
equilibrio y la felicidad surgen de la obtencin de lo complementario,
de aquello que nos falta. En saber conseguirlo reside el secreto de la
felicidad. Y por eso no debe decirse que existen matrimonios desiguales,
ya que cada uno pone en esta sociedad divina y humana lo que al otro le
falta, coordinndose as los deseos dispares.

En estos casos, salta a la vista que el tramitador se est tramitando
a s mismo...




LOS AFEITES


Los viajeros y turistas que visitan Buenos Aires con propsito de
estudiar nuestra sociedad y nuestras costumbres suelen maravillarse de
lo general que es aqu la belleza femenina. Llmales igualmente la
atencin la extraordinaria variedad en la hermosura. No existe, como en
Europa, la uniformidad de tipo: rubias en el Norte, morenas en el Sur.
En los viejos pueblos europeos se ha consagrado una copiosa literatura a
la apologa de estas distintas formas de belleza. Los poetas del Sur
dicen que Dios concedi la mujer rubia a los pueblos del Norte para
consolarlos de la ausencia del Sol. Los vates del Norte, por su parte,
ven el infierno en los ojos negros de las mujeres del Sur. Pero sabido
es que la poesa es el arte de la simplicidad y de la exageracin, o de
la exageracin simplista, pues las pasiones, como todo fenmeno
individual, nada tienen que ver con el color del pelo o el matiz del
cutis. Y as, hay rubias muy exaltadas y volcnicas que viven entre las
neveras y tmpanos de Siberia, mientras no es raro ver en los crmenes
del Mediterrneo morenas lnguidas y desmayadas, como sumidas en sueo
letrgico a comps del vaivn de las hamacas. As como las tormentas se
producen en todos los puntos de la tierra, hay tambin ciclones
pasionales en todas las zonas del espritu universal. Lo nico cierto es
que la pasin es en el Sur ms gritona, ms aparatosa, ms visajera;
pero ello no quiere decir que sea ms intensa. El loro alborota ms con
sus pasiones que el mudo pingino, sin ser por esto ms apasionado.

Como iba diciendo, la belleza es aqu variadsima. Difcil sera decir
si hay ms rubias que morenas, o ms morenas que rubias. Lo que puede
afirmarse es que cada una, en su tipo propio, es trasunto y dechado de
la hermosura femenina. Se atribuye ello a la fusin de razas
heterogneas en este crisol argentino. Mi marido que, como sabis, es
muy inteligente, suele disertar de sobremesa acerca de este tpico,
tenindome a m por amable auditorio. Segn l, lo esencial de la
hermosura es la salud, que ya por s misma es una belleza. Y esta salud
originaria la traen consigo los montaeses de todas las latitudes
europeas que constituyen la mayor parte de la inmigracin, montaeses no
contaminados de la vida urbana y decadente de los viejos pueblos. A
juicio de mi marido, este proceso social va creando en Buenos Aires el
arquetipo de la belleza fsica. La atencin que presto a cuanto
dice--pues no tenis idea de la elocuencia y solidez razonadora de mi
esposo--es para l un estmulo intelectual, y as sus disertaciones
sobre la belleza de la mujer argentina participan de la profundidad de
la ciencia y del encanto del arte. Yo le escucho con gran gusto, y al
sorprenderme de sus arrebatos lricos, me dice que lo atribuye al modelo
que tiene delante... Si es lo ms gentil!...

Pero nuestras beldades, o algunas de ellas, se han empeado en estropear
o destruir con los artificios de afeites y pinturas su propia hermosura
natural. Esta psima costumbre, que ya estaba casi desterrada, vuelve a
renacer ahora en forma alarmante.

Qu mvil puede guiar a la mujer que se pinta? Engaarse a s misma?
Esto es pueril, pues dentro de nuestra propia conciencia sabemos que la
belleza pintada--suponiendo que esta pintura lo sea--es una belleza
pegadiza, falsa, histrinica. El anhelo de ntima perfeccin se funda,
por otra parte, en no ensaarnos a nosotras mismas, ni en pensamiento ni
en obra. Engaar a los dems? Tampoco, ya que a la legua se ve que est
pintada una cara. Y aunque no se viera, la intencin del engao no sera
menos censurable. Entre la mujer que se pinta y la mscara no hay ms
diferencia que de grado de enmascaramiento. La que es linda no necesita
pintarse, pues nada aade la pintura a su lindeza, antes la deforma y
destruye. La que es fea, o poco agraciada, no conseguir con inanes y
ftiles ingredientes qumicos aquella hermosura que le fu negada por la
Naturaleza.

Esta tendencia de la mujer al afeite es muy remota y tiene races
psicolgicas o instintivas difciles de descubrir. Ya en las cuevas de
los trogloditas la mujer se pintaba, creyendo agregar con ello encantos
a su figura. Las indias se pintaban tambin. Segn Miranda, el
historiador del Uruguay, las mujeres charras se hacan unas rayas
azules perpendiculares, desde la frente a la mandbula. No es, por lo
tanto, el tocado pinturero fruto de nuestra civilizacin moderna y
refinada. Tiene un origen salvaje. Esto deba bastar para que la
tendencia fuera desterrada de nuestras costumbres. En este sentido, los
hombres han progresado ms que las mujeres. Entre los hombres existe
tambin la pintura en forma de tatuaje. Pero ningn hombre distinguido
la emplea. Slo los marineros se pintan un ancla en los brazos o se
estampan en el pecho el velamen y la arboladura del bergantn, la imagen
nutica, en fin, del barco en que viven. Y esto es pasable, ya que tal
pintura es el smbolo de su oficio, el emblema de su lucha pica con los
elementos trgicos de la Naturaleza.

Pero es posible pintar la belleza en un rostro en que no exista? Se
simular, por unas horas, la frescura, el color; mas no las lneas, que
es donde reside la verdadera belleza. La contextura orgnica de un
rostro, la armazn sea, no hay pintura que pueda trasformarla, como los
dorados de un chapitel no reforman la arquitectura de un templo torcido
o contrahecho.

Me anticipo a reconocer la inutilidad del razonamiento en su aspecto
fundamental esttico. La mujer vana y superficial seguir pintndose,
con arreglo a los cnones que en la moda imperen. Porque tambin en esto
de la pintura existe la moda. Nos lo demuestran unos versos clsicos de
la comedia de Caldern de la Barca titulada Eco y Narciso.

    --Un tiempo se dieron
    En usar ojos dormidos;
    No haba hermosura despierta,
    Y todo era mirar bizco.
    Usronse ojos rasgados
    Luego, y dieron en abrirlos
    Tanto, que de temerosos
    Se hicieron espantadizos.
    Las bocas chicas, entonces
    Eran de lo ms valido,
    Y andaban por esas calles
    Todos los labios fruncidos.
    Dieron en usarse grandes,
    Y en aquel instante mismo
    Se despegaron las bocas,
    Y, dejando lo jasifo
    De lo pequeo, pusieron
    Su perfeccin en lo limpio
    De lo grande, hasta ensear
    Dientes, muelas y colmillos.

En estos versos del clsico dramaturgo castellano est encerrada la
evolucin de la moda del afeite en el trascurso de su vida.

Se ha repetido hasta la saciedad que la cara es el espejo del alma. Este
dicho vulgar tiene vida permanente por la verdad que encierra.
Efectivamente, el rostro y, sobre todo, los ojos, constituyen, digamos
as, el reflejo de nuestra vida interna. Las manos, los brazos, los
componentes todos de nuestro cuerpo, no revelan nuestra personalidad
psquica. La revelacin est en la cara y en la mirada. Ahora bien: qu
gnero de personalidad pueden acusar un rostro y unos ojos pintados? No
ser una personalidad real, con su espritu revelado, sino una
personalidad de farmacia o de fabricacin qumica, esto es, lo menos
personal que puede existir. De aqu que, el pintarse la cara, espejo del
alma, equivalga a pintarse el alma misma.

Las deducciones que de estas premisas se desprenden son un poco
escabrosas. No hemos de hacerlas. Slo diremos que ni el enmascaramiento
fsico, ni el moral, duran en la vida, ni puede fundarse felicidad
alguna en tales y tan deleznables artificios.

Con todo, puede admitirse en las jvenes este pueril error de pretender
acentuar con afeites su propia belleza. El deseo de agradar implica
siempre una forma de generosidad. Tambin supone egosmo (los instintos
son muy confusos y contradictorios) ya que pretende acrecer con este
recurso falso la hermosura natural. Pero qu decir de las seoras de
edad, casadas, con prole, quiz con nietos, que se pintan? Una dama,
entrada en aos, luchando con el tiempo en su tocador, constituye el
espectculo ms grotesco y risible que pueda darse. Las canas y las
arrugas ennoblecen a quien sabe llevarlas. Anular el tiempo con
afeites! Debajo de la pintura est visible la realidad; y el aparentar
treinta aos, cuando se tiene cincuenta, slo revela que los veinte de
diferencia no han dejado en nuestro espritu la gravedad de pensamiento
que da el tiempo. La impresin de ridiculez que nos produce una vieja
pintada dimana de que sus ideas no concuerdan con el reposo y la
serenidad correspondientes a los aos que tiene. En las jvenes la
pintura es, en el fondo, una coquetera, y queda muy mal el coqueteo a
cierta altura de la vida. El rasgo esencial de la vejez es un tranquilo
desengao, y causa risa ver una mujer engandose a s misma de que aun
no est desengaada. Segn Schopenhauer (la cita va por cuenta de mi
marido, que lee filosofa alemana) las ideas y los sentimientos deben
ser concordes con la edad y la experiencia adquirida en la vida. El
afeite en las viejas viene a ser algo as como una chochera pictrica. Y
la chochez, respetable cuando es natural, resulta risible cuando se
opone vanamente por medio de estos artificios a los estragos del tiempo,
pidiendo a la qumica de tocador la juventud y la belleza que huyeron.

Nada ms bello que el rielar del alma en el rostro, revelando nuestro
estado emocional, el pudor, el sonrojo, la dulce alegra, todos los
movimientos espontneos de nuestro espritu. La pintura es una ficcin
teatral, histrinica, cosa, en fin, de la farndula. Todas las artistas
se pintan, a fin de dar la sensacin de los distintos personajes
representados. Pero una seorita distinguida no debe representar ms que
un solo papel, el suyo, el natural, el que le asign la Providencia al
crearla. Su carrera natural es el matrimonio, y la vida ntima y
familiar no debe convertirse en una comiquera. Si yo fuera hombre no me
casara con una seorita que cambia de color su pelo. Tendra mis
sospechas de que un da pudiera cambiar tambin su condicin espiritual,
y aun su misma adhesin; que quien no es constante consigo misma, con su
propia naturaleza, con sus propios atributos fsicos, puede extender a
cosas ms graves su frvola veleidad. En la propensin a lo teatral hay
siempre algn peligro. En la Edad Media se haca un mundo aparte del
mundo teatral. No todo era absurdo en los tiempos medioevales, digan lo
que quieran los historiadores y socilogos modernos.

La mayor hermosura es la sinceridad, en la cara y en el alma, en la
figura moral y en el espejo que la refleja. Y vaya, para terminar, este
humilde consejo: el mejor afeite es el agua fresca. Nos la echan para
cristianarnos. Usmosla siempre cristianamente...




LAS PACES


Las paces, as, en plural, constituyen un problema no menos arduo que la
paz, en singular.

La paz se refiere al retorno a la tranquilidad y al sosiego de dos o ms
naciones en lucha, o de varios partidos enzarzados en guerra civil y
fratricida. Las paces aluden a la avenencia y reanudacin del amor en el
matrimonio despus de la discordia.

Aunque a primera vista parezca lo contrario, es ms fcil hacer la paz
que hacer las paces. Ya oigo exclamar: Qu paradoja! No hay tal
paradoja; espero demostrarlo. Lo que ocurre es que la diferencia de
magnitud entre ambos conflictos, el conyugal y el internacional, hace
creer a los espritus superficiales que este ltimo tiene un arreglo
infinitamente ms difcil que el primero. Esto es un error de juicio,
que consiste en atribuir a la extensin de la trifulca o pelotera
internacional mviles ms irreductibles a concordia que aquellos que
determinan las disidencias y ciscos conyugales. Las guerras no son ms
duraderas porque sean ms grandes. Hay guerras chicas que no se acaban
nunca. Ninguna guerra internacional dura treinta aos, mientras existen
matrimonios que llegan como el perro y el gato a las bodas de diamante.
Basta este hecho para probar que es ms fcil hacer la paz que hacer
las paces.

Y el fenmeno se explica fcilmente. Para hacer la paz hay reyes,
diplomticos, cancilleres, ministros, polticos, gobernantes, etc.,
todos los que han lanzado a los pueblos a la pelea. Para hacer las
paces no hay accin intermediaria y pacificadora, porque los
guerreros--los cnyuges--empiezan por ocultar su propia guerra. En las
guerras internacionales los combatientes sienten el orgullo y el honor
de la pelea. En las guerras conyugales, por el contrario, se siente la
vergenza de mantenerlas. Y por eso se ocultan. Los cnyuges simulan la
paz sin estar hechas las paces, ofreciendo al exterior una dulce
concordia, mientras la guerra civil arde en casa. Esta incomunicacin de
la guerra con el medio exterior es precisamente lo que dificulta hacer
las paces. As, pues, los contendientes, los cnyuges, han de buscar,
en medio de su contienda, los mtodos y las maneras de apaciguar su
discordia. Y aqu est, precisamente, la dificultad. Cmo ser
simultneamente, guerreros y diplomticos, actores e intermediarios?
Cmo suspender las hostilidades? Dicho sin metforas, en lenguaje
directo: Quin ha de ceder primero? Quin de los dos se anticipar a
ofrecer el beso o el abrazo de reconciliacin, forma protocolar de los
armisticios conygales?

Ya se ve, pues, que no hemos exagerado al decir que es ms fcil hacer
la paz que hacer las paces.

Ahora bien: discurramos un poco sobre los mejores mtodos para concertar
armisticios conyugales y llegar a la armona definitiva. Se trata de un
punto psicolgico complicado, del cual depende el renacimiento de la
dicha eclipsada.

Desde luego, slo aludiremos a desavenencias exentas de gravedad. No
queremos referirnos a esos conflictos insolubles dimanados de la
deslealtad, de haber faltado a la fe jurada ante los altares de Dios y
las leyes humanas. He aqu--volviendo a nuestro primer argumento--uno de
los casos en que es ms difcil hacer las paces que hacer la paz.
Ninguna paz es irrealizable, mientras que hay paces que son imposibles
en absoluto.

Un disgusto por causa sin importancia puede agrandarse hasta la
tragedia. La intemperancia en las palabras, la ira, la clera, un
concepto envenenado, un gesto desdeoso, pueden convertir una fruslera
en odio ardiente, en sordo rencor, en desamor repentino,
irreconciliable. Del amor al odio, aunque parezcan estados de nimo
antpodas, no hay ms que un paso. Y cuanto ms sensibles y ms
espirituales son los cnyuges, ms rpidamente se pasa de un estado a
otro. Los temperamentos arrebatados lo mismo se arrebatan hacia la
derecha que hacia la izquierda. A una gran capacidad de amor corresponde
una gran capacidad de rencor y de odio; pues en los espritus ricos en
sensibilidad y emocin, cada sentimiento tiene su contrafigura. Quien
es capaz de amar mucho es tambin capaz de odiar sin lmites. Slo en el
teatro se ven personajes cuyos sentimientos tienen una sola direccin;
es lo que se llama unidad de carcter. Pero la vida es muy distinta de
como se ve en el teatro, cuya literatura es la ms inferior y simplista.
No hay tal unidad en la vida psquica de ninguna persona real, de carne
y hueso, con su espritu complejo, ondulante y variable, con sus
pasiones en lucha consigo mismas y con las pasiones, anhelos y deseos de
los dems. Una sensibilidad muy fina, como flor del aire, nos puede
hacer muy felices, pero tambin muy desgraciados: nos dar grandes
ilusiones, contentamientos exultantes y desbordados, y tambin tristezas
agobiadoras y melancolas profundas. A un alma muy amorosa y tierna le
hiere una injusticia, una mala palabra, un concepto descorts, un acto
egosta, en una forma mucho ms aguda que a los seres de sensibilidad
normal. Y as su ternura y su exquisitez sentimental reaccionarn al
punto violentamente en sordo rencor. No se confunda el rencor con la
venganza; se puede ser rencoroso sin ser vengativo. La venganza es
pasin baja, innoble; el rencor, metido como un ascua en el alma, es un
sentimiento producido por una ofensa a las mejores cualidades de nuestro
espritu. Y siendo ste bueno, ser rencoroso, pero no vengativo, pues
la propia idea de su figura moral, de su noble condicin, le impedir
dar escape al rencor en venganza.

Gran parte de estas reflexiones se las debo a mi marido, que es tan
inteligente como bueno, pues ya supondris que yo me perdera en estas
complejidades psicolgicas y en estos distingos sutiles entre venganza y
rencor.

Decamos que el mximo amor est muy cerca del repentino y mximo odio.
Si Romeo y Julieta, en medio de sus coloquios y deliquios, bajo la
plida gracia elsea de las noches de luna hubieran tenido una palabra
hiriente o un concepto depresivo, aquel su estado de gloria se habra
interrumpido al instante, y el vivo rescoldo de su amor se tornara en
llamarada de odio, o en triste y helada melancola, o en torvo rencor,
aunque luego desapareciese tal estado de nimo para retornar al amor.

Cmo realizar este retorno? Aqu est nuestro problema. Hay que hacer
las paces. Ya oigo la respuesta. Debe empezar el que tenga la culpa del
disgusto. Pero es el caso que cada uno de los cnyuges cree que la culpa
la tiene el otro. Y como no hay cancilleres ni diplomticos en esta
guerra, oculta entre cuatro paredes, es ella insoluble, mientras uno de
los contendientes no se rinda a discrecin.

Corresponde a la mujer rendirse, con razn y todo. No es voto sospechoso
el voto de una mujer. El amor propio, la terquedad, el hincapi, la
persistencia testaruda, son condiciones que no favorecen a nuestro sexo.
Nuestra fuerza est en nuestra debilidad. No s quin ha dicho que debe
emplearse ms presteza para sofocar un resentimiento que para apagar un
incendio. Y si el resentido es el marido, la presteza debe ser mayor.
Una palabra dulce calma la ira. Nuestras respuestas, sin dejar de ser
veraces, han de ser suaves, tranquilas, bondadosas, con arreglo a esta
bella frmula de San Francisco de Sales: Quien te dice una verdad con
cortesa te echa rosas a la cara.

La mujer ha de ser abeja cargada de miel y desprovista de aguijn.
Nuestra mayor victoria es el dominio sobre nuestros nervios; la
sensacin ms exquisita es regir nuestra sensibilidad. La perfeccin
est hecha con nadas y es algo ms que nada la perfeccin--dice Miguel
Angel, que saba modelar, no slo las figuras, sino tambin las almas--.
Es una desdicha que nuestro propio carcter sea el obstculo de nuestra
felicidad. Nada puede hacerme dao, excepto yo mismo--dice San
Bernardo--; el mal que me agobia lo llevo conmigo y jams sufro
realmente sino por mi culpa. Alude el santo varn a los disgustos que
dimanan de nuestro carcter, de nuestra irritabilidad, de nuestra
intemperancia, de los enconos de nuestro pobre corazn.

Como vis, gstame leer a los escritores santos, o a los santos
escritores. Y entre stos el que ms me place y divierte es San Juan
Crisstomo, un detractor furibundo del sexo femenino, que llama a la
mujer un mal necesario, una tentacin de la Naturaleza, una
fascinacin mortal y otras cosas por el estilo. San Juan
Crisstomo--perdneme el santo varn--debi llegar a la santidad por la
influencia desgraciada de algn desengao amoroso. Si as fuera, deba
ser ms justo con nuestro sexo, ya que, gracias a los desvos de alguna
ingrata, pudo alcanzar su estado de perfeccin y de gloria eterna.

Pero este santo misgino (as me dice mi marido que se llama a los
enemigos de la mujer) era, por lo dems, hombre de mucho talento. Yo leo
constantemente su definicin de la paciencia, una de las principales
virtudes de la mujer. Esta definicin encierra el mejor mtodo para
hacer las paces, y aun para evitar toda guerra conyugal. Divide la
paciencia en nueve grados o mandamientos. El primer grado de la
paciencia es no empezar la injusticia; el segundo, despus que el otro
la empez, no vindicarse de igual manera; el tercero, no hacer al que
veja lo que t padeces; el cuarto, atribuirse a s misma los males que
sufre; el quinto, atribuirse ms que lo que quiere el que lo hizo; el
sexto, no odiar al que hace estas cosas; el sptimo, amarle; el octavo,
hacerle bien; el noveno rogar a Dios por l.

Olvidemos las diatribas de San Crisstomo a nuestro sexo, en gracia a
este consejo tan prudente, tan profundo y tan bello, verdadero resumen
de la bondad.

Anticipmonos siempre a hacer las paces. No detenga nuestros generosos
impulsos un errneo empeo de amor propio. Quede siempre ahogado el amor
propio por el amor conyugal. El marido lucha con los dems hombres por
nuestra vida y por la prole comn. Un da llega un poco irritado a casa;
quiz tiene una intemperancia, un gesto agrio, fruto de su desazn.
Seamos sedante, y que nuestra palabra dulce y animosa le haga olvidar
los disgustos y penalidades en el trfago de la vida.

Yo tuve una vez un pequeo disgusto con mi marido por una futesa, por
una nonada. De pronto, sin pensarlo, dile una respuesta airada. No me
contest. Quedse triste y melanclico. Vi todo lo que pasaba por su
espritu; me pareci que su amor y la alegra, dimanada de este mismo
amor, se derrumbaban; que ya no me querra nunca como siempre me quiso.
Ay, Dios mo! qu pena! qu angustia! Era necesario arreglar aquello
en seguida, sincerarse, pedir disculpa, hacer las paces. Yo no pensaba
si tena o no razn. Qu importaba esto? Lo importante, lo abrumador
para m era que se haba quedado triste y serio, melanclico y apenado
en mi compaa, que fu siempre su mayor alegra. Una ola de lgrimas se
agolpaba a mis ojos y un nudo de angustia cerraba en mi garganta el paso
a toda palabra.

Se puso a leer un libro de filosofa alemana, uno de esos libros que,
por su profunda aridez y sequedad, levantan cefalalgias. Yo adverta que
no se enteraba de nada, tanto por la propia oscuridad del libro (creo
que era de Kant) como por su estado de nimo. La intrincada filosofa no
llegaba a su espritu, en el cual slo haba la espina clavada de mi
pequea ofensa.

En tales circunstancias tuve un rasgo luminoso. Fu a mi pequeo
anaquel, donde tengo mis libros preferidos. Tom uno de Keble, el dulce
mstico y lrico ingls. Lo abr por una pgina sealada con una cintita
azul. Me acerqu, trmula, a mi marido; puse mi dedito ndice, todo
tembloroso, sobre unos versos y le dije: Quires leer esto? Ley:

    Ah, qu dulce es la sonrisa
    Del hogar hermoso y tibio,
    La recproca mirada
    Que denuncia regocijo,
    Cuando al fin dos corazones
    Se han fundido en uno mismo.
    Y uno en otro confiados
    Viven en su amor tranquilos.
    Ah, qu santas alegras!
    Ah, qu goces no sentidos
    Vuelan como blancas hadas
    Por la cuna de los hijos!
    Cada cuadro es un recuerdo,
    Cada mueble es un amigo,
    Cada lgrima es un beso,
    Cada dicha es un suspiro!

Mi marido abri los brazos. Qu alegra, Dios mo! Y es que no hay
canciller como un poeta lrico para hacer las paces...




CROTALOGIA


Frecuentemente recibo cartas en que se comenta las croniquillas que
vengo publicando en esta pgina femenina. En estas cartas hay de todo:
crticas, asentimientos, discretas censuras, aplausos, observaciones
oportunas y algunos disparates. Sin ponerme colorada, agradezco los
elogios que mis amables comunicantes dedican a mi estilo. Yo no escribo
bien. Creo, adems, que no escribe bien nadie, ni aun los que mejor
escriben. La mayor parte de las operaciones del alma y de los
movimientos del espritu son irreverables en lenguaje articulado.
Ninguna forma idiomtica existente puede asir y aprisionar lo recndito
de nuestra vida interna. Con la palabra slo puede expresarse lo vulgar
de la vida. Lo importante, lo profundo, lo inefable, jams se logra
traducir con lenguaje. Hay en el alma muchas cosas confusas que no
tienen nombre en ningn idioma. De ah que sea la msica, con su
inconcrecin y su infinitud indefinida e indefinible, el arte
embriagador por excelencia. El sonido expresa lo inexpresable, milagro
que nunca logra la palabra. Por eso un ay! solamente y, sobre todo, el
quejido que acompaa a la emisin de la slaba, dice ms que todo un
tomo de filosofa sobre el dolor. No s si me explico. En todo caso,
ello demostrara una vez ms (aparte mi torpeza literaria) que el
instrumento verbal es insuficiente para traducir la onda espiritual. Y
por ello doime ahora clara cuenta de la razn de mi marido al decir que
cuando mejor me comprende es al oirme cantar. Yo canto un poquito, no
como una tiple, sujeta a puntuacin musical, a corcheas y semicorcheas,
fusas y semifusas, sino como un jilguero que saluda a cada aurora con
trinos distintos emitidos por su pico improvisador. Por mi parte, cuando
mejor comprendo a mi marido es al mirarme en silencio, a hito mudo. Una
mirada as expresa mejor lo inexpresable que toda expresin hablada.

Bueno... Tornemos a las cartas. Entre ellas me he fijado especialmente
en una que debe proceder de una muchacha joven y bonita. Y cmo sabe
usted que es bonita y joven?--preguntarn mis lectoras. Deduzco que es
joven por los conceptos que emite. El tiempo no slo imprime cambios en
nuestro rostro, sino tambin en nuestras ideas. Y me imagino que es
linda por la ortografa y la sintxis que gasta, pues rara vez la
belleza fsica y la belleza gramatical andan juntas. Generalmente las
feas saben ms gramtica que las bonitas; suelen ser ms aplicadas, sin
duda porque les roba menos tiempo el espejo. No tiene, por otra parte,
gran importancia la perfeccin ortogrfica en una mujer bonita. Su sola
presencia, aunque su ortografa sea imperfecta, ser siempre ms grata
que un texto de Sneca. Adems, como una mujer linda habla con los ojos,
apenas se requieren otros mtodos de expresin. Comprendo que todo esto
no es pedaggico, pero quiz sea verdad, y si no lo fuese, tngase en
cuenta que no ser la primera cosa inexacta que se ha escrito en este
mundo.

En la referida carta se viene a decir que las anteriores crnicas son
excesivamente graves y un tanto sermonarias, a pesar de ir envueltos los
temas en una ligera irona, en un pequeo chichoneo, segn palabras
textuales de mi comunicante. Agrega que debo tratar asuntos ms
divertidos, ms alegres, como fiestas, bailes, saraos, etc.

Reconozco la razn de la seorita que me escribe. Y ello me demuestra
que no es absolutamente necesaria la ortografa para razonar bien.
Deseo, pues, complacer a mi bella comunicante. Y con tal fin elijo por
tema de esta crnica la crotaloga, es decir, el arte de tocar los
crtalos, nombre que los divinos griegos daban a las castauelas. Creo
que mi comunicante quedar complacida, pues no hay nada ms alegre que
unas castauelas. El tema slo corre el peligro de no estar bien tocado.
Pero tngase en cuenta que si no es cosa fcil tocar bien las
castauelas, aun es ms difcil escribir sobre ellas, abarcando todos
los puntos de su historia gloriosa y de su significacin en el arte y en
la sociedad durante el trascurso de los siglos, a travs de las edades
clsicas y de los modernos tiempos.

Conviene anticipar que la palabra crotaloga no es invencin ma. Sirve
ella de ttulo a un libro escrito en el siglo XVIII por el seor
licenciado Francisco Agustn Florencio. En mi pequea biblioteca guardo
un elegante ejemplar como un tesoro bibliogrfico. Divdese la obra en
catorce captulos luminosos y repiqueteadores que encierran la
monografa ms perfecta y acabada del arte castauelero. El licenciado,
hombre de una probidad admirable, declara que no sabe tocar las
castauelas, lo cual no impide que ensee en catorce captulos cmo han
de tocarse. Para ensear una materia no es absolutamente imprescindible
saberla, cosa que se observa en la Crotaloga del licenciado Francisco
Agustn Florencio y en casi todas las ctedras de las Facultades
modernas.

Pero el ilustre licenciado tiene un precursor eminentsimo en esta
apologa de las castauelas. Nada menos que Plinio, el gran Plinio, el
Joven, se le anticip en muchos siglos en el elogio. Plinio, el autor de
las Cartas (catorce volmenes) y del Panegrico de Trajano (oracin
memorable), habla del excesivo lujo que las seoras romanas usaban en
las castauelas.

Porque es de advertir que en la Roma de los tiempos del emperador
Trajano, las castauelas se formaban con perlas. Pero dejemos la palabra
al licenciado Francisco Agustn Florencio, el cual dice en su
imponderable Crotaloga: A estas perlas preciosas les hacan sus
agujeritos por la parte superior: de este modo las juntaban de dos, tres
o ms y las traan pendientes de los dedos, agradndose sumamente del
sonido que hacan dando unas con otras: as formaban un preciossimo
instrumento que tocaban con los dedos, adems de un adorno gracioso y
rico: y a lo uno y lo otro llamaban crotalia, esto es, castauelas.

Debi existir en aquellos siglos una competencia terrible de boato y
esplendor entre las damas, pues Plinio, literato oficial de Trajano,
pero austero y solemne moralista, a pesar de su adulacin forzosa al
gran emperador, dice en un pasaje de sus Cartas: Supuesto que los
hombres han mirado siempre como una obligacin, dictada por la misma
Naturaleza, el complacer a las damas, amarlas y servirlas, se han visto
tambin precisados a sufrir algunos excesos en que les ha hecho caer su
natural propensin a adornarse y a emplear en su servicio las mayores
preciosidades de la Naturaleza: Alude Plinio en estas palabras
inmortales a las perlas que las seoras romanas usaban como castauelas.
Y agrega el licenciado Francisco Agustn Florencio en su Crotaloga:

Llegaron stas (las damas romanas) a tal extremo en su lujo, que
escogan entre muchas perlas preciosas, o margaritas, aquellas que,
adems de ser de una grandeza extraordinaria, tenan la figura redonda
por un extremo y piramidal por el otro, de modo que asemejasen a una
almendra.

Trajano, el insigne emperador romano, llamado el Optimo, era espaol, de
Itlica (Andaluca) y fu muy dado a la galantera y a todo lo que
significara esplendidez y rumbosidad. No fu un emperador economista, ni
un ahorrativo, ni un rooso de Estado (valga la frase); que tales
cualidades no son propias ni del espaol antiguo ni del moderno. El
espaol tendr todos los defectos que se quiera menos el de amarrete
con las damas y el de ser econmico en los gastos del Estado. As se
explica que Trajano estimulara el lujo y la fastuosidad, convirtiendo
los metlicos crtalos griegos en castauelas de perlas. Sin duda
presenta que, al andar de los siglos, seran las castauelas el
instrumento nacional femenino de su patria nativa, independizada del
imperio romano. De manera que los paliyos no son una creacin
espaola: vienen de Grecia, pasan por Roma y arraigan en Espaa, la cual
agrega el jaleto, los ol! ol! estimulantes del palitroqueo. Por uno
de esos movimientos inconscientes del espritu, Trajano, desde su solio
de Roma, tuvo la intuicin (el genio es intuitivo), de que aqul
instrumento sera la manifestacin natural de la alegra exultante de su
tierra nativa.

Hasta aqu llega lo que podramos llamar la prehistoria de las
castauelas. La historia moderna es familiar a todos los odos; el
repiqueteo est en todos los tmpanos. La castauela est ya tan
difundida en el mundo como el arpa elica en los cielos.

Pero conviene recoger algunas observaciones del licenciado Francisco
Agustn Florencio estampadas en su monumental Crotaloga. Habla
extensamente de las maderas que deben emplearse en la construccin del
instrumento: el granadillo, el nogal, el boj, el palosanto, el sndalo,
el tndalo, etc., etc. El autor se inclina, finalmente, por el marfil
teido, infludo, sin duda, su espritu por las rumbosidades de Trajano
que prefera el leve y sutil sonido de las perlas.

Habla luego el licenciado de los colores de las maderas en contraste con
el cutis de las tocadoras. Y as aconseja que se armonicen, usando las
morenas castauelas blancas, y las rubias que empleen las de palosanto,
bano y otras maderas oscuras. Por ltimo habla de la correspondencia
que debe existir entre las cintas de las castauelas y las de los
zapatos, cofias y redecillas. Al seor licenciado no se le olvida nada
que signifique armona y gracia plstica.

El ltimo captulo de la Crotaloga est consagrado a la manera de
aprender a tocar sin necesidad de maestro. Es el captulo ms genial de
la obra. Como el licenciado, segn su propia declaracin, no sabe tocar,
tena que inventar un mtodo en que el maestro no fuera necesario, o
mejor dicho, en que slo la lectura de su Crotaloga nos pusiera en
condiciones de repiquetear. As como de la lectura atenta de un tomo de
filosofa se sale al cabo filosofando, de la lectura de la Crotaloga
se sale tambin castaeteando.

La idea del licenciado Francisco Agustn Florencio de suprimir la
enseanza prctica se ajusta a la pedagoga moderna, en la que todo est
librado a la eficacia de los textos por s mismos. Por otra parte, no
existiendo solfa ni partituras para tocar las castauelas, la
Crotaloga es imprescindible y viene a llenar esta evidente
deficiencia de los compositores. Para tocar las castauelas no hay ms
que traducir el propio capricho digital, la interna nerviosidad cuyo
ltimo escape est en la punta de los dedos. Ahora bien: como los
nervios son distintos en cada criatura, el licenciado no poda prever
tan enorme variedad, y as ha preferido eludir toda previsin, que es
una forma de tenerlo todo previsto.

Respecto a la gracia, siendo ella don divino, cae fuera de la accin
pedaggica del licenciado don Francisco Agustn Florencio. Las
castauelas es el nico instrumento no sujeto a pautas ni a solfas. Cada
cual las toca como le da la gana, en libre inspiracin, y aqu est
principalmente la razn de su arraigo en Espaa, despus de haber pasado
por Grecia y por Roma.

Espero que habr dejado complacida a mi bella comunicante. El tema de
esta crnica no puede ser ms alegre. Pero si yo, con mi tendencia a la
gravedad, lo hubiera entristecido, lea mi amiga la Crotaloga del
licenciado Francisco Agustn Florencio, que es un libro clsico muy
divertido. Y si an asimismo no consiguiera alegrarse, tese los
paliyos a los dediyos que han de ser seguramente muy remononos, y
dse tres patatas, con el cuerpo retrechero en jarras y los brazos en
vuelo, que es la postura de los ngeles terrestres. Desde aqu la
acompaar mi jaleo con los sacrosantos: ol! ol!...




ROSALIA EN LOS CARPINCHOS


La crnica de esta semana me la da hecha una carta que acabo de recibir
de mi mejor amiga, compaera en el colegio y luego en los salones,
Rosala Arregui del Moral de Prez y Cmpora. Esta retahila de apellidos
merece una pequea explicacin. Mi amiga es rica por s y por su marido,
aunque ha venido un poco a menos, cmo ella misma explica en su carta,
debido a dos causas coincidentes: el excesivo gasto del matrimonio en
Buenos Aires y ciertas especulaciones malogradas por la crisis. La
fortuna de Rosala arranca de su abuelo, el vasco Arregui, hombre tenaz
y laborioso, que empez de alambrador de campos y termin en gran
estanciero. La de Ricardo, el esposo de mi amiga, proviene igualmente de
su abuelo, el seor Prez, uno de los primeros registreros de la calle
Rivadavia, all por los tiempos de la presidencia de Sarmiento. El
segundo apellido de Rosala, el sonoro del Moral, pertenece a nuestro
patriciado del ao 19, poca del directorio de Pueyrredn, del cual fu
muy amigo y eficaz colaborador don Sofanor del Moral, ascendiente de
Rosala por lnea materna. El segundo apellido de Ricardo, el resonante
y prestigioso Cmpora, viene de un bizarro coronel, don Mrcos Cmpora,
que acompa a San Martn en su gran campaa del paso de los Andes. As,
pues, los dos primeros apellidos, Arregui y Prez, representan la
creacin de la fortuna en su doble actividad, comercial y pastoril. Y
los dos segundos, del Moral y Cmpora, significan el abolengo, la
tradicin, la historia patria. Y es natural que Rosala luzca estos dos
apellidos aristocrticos junto a los otros oscuros, aunque meritorios.
En las crnicas sociales el nombre de mi amiga ocupa tres lneas, bien
merecidas, desde luego, ya que ella resume en sus cuatro apellidos la
historia militar y poltica del pas y la representacin de los modernos
progresos econmicos. Claro est que la significacin social de mi amiga
reside en los dos segundos apellidos. A ellos debe--y muy justamente--su
merecida representacin en nuestro gran mundo. Con los apellidos de
Rosala ocurre lo que con los hombres del Evangelio: Los ltimos sern
los primeros. Pero ello no quita para que los manes y cenizas de los
primitivos Arregui y Prez sientan cierto ntimo orgullo por su
entronque con Cmpora y del Moral.

Ahora, he aqu la carta de mi amiga Rosala:

Los Carpinchos, julio 15 de 1916.

Queridsima Marianela: No te puedes figurar cunto te recuerdo desde
este retiro de Los Carpinchos donde voy pasando el invierno, si no
como en la gloria, por lo menos como en el limbo, que es el lugar
intermedio entre la gloria y el infierno. No hay que ser ambiciosa,
queriendo alcanzar el cielo de un solo golpe. Leo tus crnicas femeninas
y me ro mucho con ellas, porque te leo entre lneas, que es lo ms
divertido en toda la lectura. Pero, para leer entre lneas, es necesario
conocer mucho el espritu y la vida de quien escribe; saber por qu dice
ciertas cosas; qu fin tienen determinados conceptos; a quin se dirige
tal frase; cul es el objeto de tal palabra; ver, en fin, la intencin
que gui la pluma. Y como yo te conozco tanto, puedes imaginarte lo que
me divierto leyndote. A Ricardo le digo siempre: Mira, esto lo dice
Marianela por las de Fulano, y estotro por las de Zutano, etc. De
manera que, ante mi marido, yo vengo a poner ilustraciones en el texto.
Si estuvieras aqu cunto nos reiramos! Por qu no vienes a pasar
unos das? Ya sabes que tenemos buena casa y bastantes comodidades,
aunque sin lujo, porque, hijita, hemos venido a trabajar, a ver si nos
rehacemos de los disparates cometidos, que ay! no han sido pocos.

Mi vida en Los Carpinchos trascurre dulcemente. Al principio me
aplanaba esta soledad; me aburra como una ostra, como dice nuestro
noble amigo, o nuestro amigo el noble. Pero luego, poco a poco, fu
viendo que entre los cuatro terrosos tabiques de un pobre rancho existen
las mismas pasiones, las mismas inquietudes, los mismos anhelos, las
mismas desventuras y las mismas alegras que en la ciudad ms populosa.
Es cuestin de saber ver, de fijarse, de poner inters en cuanto nos
rodea. El espectculo del mundo, ms que en el mundo mismo, est en los
ojos que lo contemplan. La humanidad es igual en todas partes, en Los
Carpinchos y en el teatro Coln. Visto un len, estn vistos todos los
leones; vista una oveja, estn vistas todas las ovejas; y vista una
persona, casi estn vistas todas las personas. Qu bien diras t todo
esto que yo no acierto a expresar sino en trminos de una humilde
pastora! Aqu hay amores, odios, despechos, celos, ambiciones,
vanidades, todo ello en cuatro ranchos, lo mismo que en las ciudades.
Tenemos dos puesteros que andan detrs de la cocinera; uno de ellos es
ahorrativo y laborioso; el otro es un perdulario que, vuelta a vuelta
est en la pulpera, muy guitarrero y cantor. Pues la cocinera prefiere
a ste, que no va con buen fin, y no al otro, que quiere casarse de
veras. Y es intil que yo la diga nada. En cambio, tenemos una chinita a
quien le gusta mucho el laborioso y ahorrativo, pero ste est
entusiasmado con la cocinera y no hace caso de la chinita. Pon ahora
celos tormentosos, ansiedades, odios ardientes, angustias, todo, en fin,
como en las ciudades; slo cambian los trajes; en lugar de frac,
chirip; en vez de vestido de seda y escote, una faldilla de percal y un
pauelo al cuello. Pero, por debajo de unos y otros atavos, los
instintos son los mismos y los corazones arden igual.

Por lo dems, mi vida trascurre dulcemente. Cuido de las gallinas, que
son de lo ms ponedoras; tengo tambin una pollada de patitos, que no te
puedes imaginar lo que gozan cuando los llevo a una lagunita que hay
inmediata a la estancia. Los das claros me entretengo en contemplar los
reflejos del sol en sus plumas azules. Estn lindsimos los patitos.
Tengo tambin una pareja de cisnes, a los cuales slo les falta el
esquife de Lohengrin. Qu fastuosos y qu infatuados son estos cisnes!
Nadan entre los patos con el aire de dos seores feudales entre una
plebeya y vil democracia. Doy tambin grandes paseos por el campo. Y me
quedo horas muertas mirando los teros. Me entusiasma este pjaro, tan
elegante, tan seoril, tan paquete, tan erguido, tan gracioso en su
manera de caminar. Parece que va siempre vestido de frac, con las plumas
tan planchadas, pulcro, coquetn, peripuesto, andando despacito por la
pampa, como si fuera la platea, y volviendo la cabeza a un lado y otro,
acompasadamente, cual si hiciera a los palcos el regalo de su mirada.
Las dos puntitas rojas que tiene en el codo de las alas parecen los
smbolos de una condecoracin. Lstima que toda esta gracia y toda esta
elegancia las eche a perder cuando vuela y cuando chilla. Su vuelo es
tardo, desigual, como de beodo en los aires; su chillido es inarmnico,
estridente. Posado y andando, en cambio, tiene una finura y una
delicadeza encantadoras. Nunca deba levantarse del suelo ni abrir el
pico. Es como esos buenos mozos que pierden mucho cuando hablan.

Despus, en casa, leo, toco el piano, tarareo la pera que se va a dar
en el Coln, me entero de lo que dicen los diarios, de los noviazgos, de
las reuniones, bailes y fiestas. Entretanto, Ricardo trabaja en el
campo; cura ovejas, marca novillos, hace apartados, traza nuevos
potreros, levanta alambrados. No te puedes imaginar la actividad que
desarrolla. Va poniendo la estancia que es una maravilla. Est fuerte,
curtido; colorado. Su contacto con la Naturaleza, con el sol, el aire,
las lluvias, le da un bro y una fortaleza admirables. Me dice que es
necesario rehacer la fortuna; que hemos de volver a ser tan ricos como
antes. Hijita, casi nos fundimos del todo. Cuando la especulacin, se
meti a comprar cosas. En la Pampa, en Mendoza, en Ro Negro, en las
provincias, en todas partes compraba leguas y leguas con dinero de los
Bancos. Y no quera vender nada. Todo iba a valer tanto y cuanto; todo
iba a subir a las nubes. Y siempre esperando compradores fantsticos que
vendran de Inglaterra, de Francia, de no s dnde, para hacer
ferrocarriles y obras de riego y qu s yo cuntas cosas ms. Yo, que
estoy por lo positivo, le deca: Vende, Ricardo, vende. Slo pude
lograr que vendiera unos terrenos. Le pagaron una barbaridad. Y nos
fuimos a Europa. Gastamos toda la ganancia en Pars y en los balnearios,
sobre todo en los balnearios. Como es tan generoso--ya conoces a
Ricardo--me hizo comprar no s cuntos trajes; me regal un montn de
alhajas, dos automviles, la mar!, como dicen los espaoles. Cuando
volvimos, hijita, la crisis. Las tierras que haba comprado no valan
nada. Llovieron los vencimientos, los pagars, las letras. Qu apuros!
Ricardo no dorma; tena los nervios como una prima de violn. Todos los
das metido en los Bancos, pidiendo, suplicando, l, que es tan altivo y
tan hombre, inclinado y haciendo reverencias a esos seores gerentes,
que se dan un corte, hijita, como si fueran reyes. Al verle as, tan
triste y tan abatido, le dije: Bueno, Ricardn mo, a liquidar;
prefiero que nos quedemos en la calle antes de verte sufrir de esa
manera. Pagas a todo el mundo y viviremos con lo que quede, tranquilos y
felices. Total: vendi todas las tierras, casi media Rusia, por la
quinta parte de lo que haban costado. Y como no alcanzaba para pagar,
tuvo que vender tambin dos estancias de las tres que tenamos. Nos
quedamos con la ma, la heredada de mi abuelo, porque Ricardo es tan
delicado que prefiri vender las suyas, sabiendo que yo tena mucho
cario al campo donde haba nacido mi padre. Gracias al remoto vasco
Arregui nos hemos salvado. Dios le tenga en la gloria! Pero, qu
temporal, querida Marianela, qu temporal hemos corrido!...

Una vez liquidadas todas las deudas, nos qued, como te digo, la
estancia vieja y unos trescientos mil pesos. Y entonces me dijo Ricardo:
T te atreves a enterrarte unos cuantos aos en Los Carpinchos?--Yo
me entierro contigo en el fin del mundo--le respond. Gran abrazo. Los
abrazos en la desgracia saben mejor an que en la felicidad. Levantamos
la casa de la avenida Alvear; echamos a los porteros, a los sirvientes,
a los lacayos, a los chauffeurs, una punta de vagos que puestos en
fila, llegaban a la acera de enfrente, y nos vinimos a Los Carpinchos,
a trabajar, hijita, como unos gringos recin llegados. Con la platita
que salvamos de la quema, compramos vacas. Tenemos como tres mil. Y dice
Ricardo que pronto se harn cinco o seis mil. Tambin tenemos muchas
ovejas. A la vuelta de pocos aos--me dice Ricardo--nos podremos
farrear anualmente en Europa unos dos mil novillos, alrededor de
trescientos mil pesos de renta.--No, Ricardo, no por Dios!--le
digo,--porque ya le he visto las orejas al lobo, y no quiero verte con
insomnios y sufriendo como un condenado cada vez que tenas que ir a ver
a los seores gerentes, que Dios confunda.

No tienes idea de cmo trabaja Ricardo. Se levanta al alba; an relucen
las estrellas. Muchos das no vuelve hasta la noche; almuerza en
cualquier puesto para no perder tiempo. Llega cubierto de polvo, otras
veces de barro, sucio de sarnfugos, de baar ovejas, hecho un gauchote,
un facineroso. En tal facha, por embromarme, abre los brazos y se viene
hacia m. Yo grito: Sal de ah, adorado sarnifuguero! Se baa, se
fregotea durante una hora, se pone un traje de casa, y a la mesa, a
cenar. Mientras cenamos me hace la crnica social de todos los ranchos,
que suele ser tan divertida como la de los salones. La tragicomedia es
la misma, como te he dicho; slo cambian el medio, las formas y los
trajes. La humanidad es una misma edicin; slo varan las cubiertas;
unos cuantos ejemplares de lujo y los dems a la rstica; pero el
contenido es igual.

Luego toco un poco el piano. Y aqu viene una escena que quiero
contarte. Ya sabes que Ricardo tiene una voz de tenor muy fuerte, pero
muy desafinada, porque carece de buen odo para la msica. Pues bien:
muchas noches me hace tocar la pira del Trovador y se pone a dar unos
gritos formidables. Pero en lugar de cantar madre infelice, etc., hace
esta reforma:

    No debo nada,
    Ya soy feliz
    Con Rosala...

Y al decir Rosala da un do de pecho estupendo que deja tamaito a
Tamagno. Cuando el viento es favorable le oyen los de Zubiaurre desde su
estancia, que queda a tres leguas. El do es terrible, pero el pecho es
magnfico, y lo que hay dentro del pecho, el corazn, supera a toda
magnificencia. Al gritar Rosala parece que se le dilatan los pulmones.
Con ninguna otra palabra su voz sube tan alto. Yo me ro como una loca;
pero la verdad es que ese do de pecho penetra en lo ms hondo del mo.
Quieres creer que hasta como tenor me gusta Ricardo? Es el colmo,
hijita! Su energa pulmonar, sin entonacin musical, como un grito
primitivo, me produce una embriaguez y una emocin superior a todos los
poemas. Todas las galanteras y todas las finuras que me dijo de novio
en los salones me parecen ahora insignificantes y artificiales ante ese
grito estupendo con que lanza mi nombre a los aires libres del campo.
Quiz me estoy volviendo un poco salvaje. Ya ves, pues, que hasta
tenemos pera en Los Carpinchos. Y es un canto apasionado, oh!
apasionadsimo...

Algunas veces se le mete en la cabeza a Ricardo que yo estoy triste. Te
aburres, Rosala; lo veo, lo noto: sufres la nostalgia de Buenos Aires.
Quieres que nos vayamos por unos das?--No me aburro--le digo;--no
hay tal nostalgia; me hallo muy contenta. Estando a tu lado, me sobra
todo el mundo.

Yo s que l no quiere volver hasta que podamos brillar como antes y
ocupar la misma posicin. Y aunque algunas veces--la verdad--se apodera
de m cierta melancola, la venzo al instante y me muestro alegre,
satisfecha y feliz con esta vida. Es necesario que encuentre en m un
firme apoyo y un fuerte estmulo para realizar su ideal. Despus de
todo, lo hace por m ms que por l. Adems, en los disparates hechos,
la culpa fu ma tanto como suya, quiz ms ma. As, pues, quietos
aqu, cuidando vacas y ovejas, gallinas y patos, y cantando la pira...

Estuve tentada de irnos una semana a Buenos Aires para asistir al baile
que di el Intendente. Me escribi Matilde, dicindome que Adela me iba
a mandar invitacin y que no faltara. Vacil; pero, al fin, resolv
quedarme. Y ahora me alegro, pues segn me dicen las de Arnedillo en una
larga carta, el baile fu un fiasco completo, aunque parece que hubo
mucha gente. Adems, el ambig estuvo servido de una manera
deplorable. Figrate que el Presidente de la Repblica tuvo que ir al
mostrador para poder tomar una copa de champaa. Si nada menos que el
Presidente tuvo que andar as, cmo andaran los dems? Es verdad que,
como don Victorino est por caer, ya nadie le har caso. El mundo, sobre
todo el mundo de frac, es desvergonzadamente exitista. Los gauchos son
ms piadosos y tiernos con el rbol cado. Un Presidente, cuando est
por caer, ya no est sobre nadie, y depende de todos. Pobre don
Victorino, viejo, pesado, con su humanidad tan densa, tan maciza,
rebullndose para alcanzar su copa! Pero el hombre, como buen gaucho al
fin, lleg hasta el mostrador. Don Victorino es de los que han sabido
llegar a todas partes. A m me es muy simptico.

Bueno; ya he charlado bastante. Ricardo te enva un saludo y yo mi mejor
abrazo.--=Rosala=.

Slo me resta pedir disculpa a mi amiga Rosala por lanzar su carta a
los cuatro vientos de la publicidad. Lo hago porque, aparte el pequeo
chismorreo final, la carta encierra una enseanza y revela las mejores
virtudes que pueden adornar a una mujer.




EL ARTE DE ESTAR ENFERMA


Seora Rosala Arregui del Moral de Prez y Cmpora.

Los Carpinchos.

Mi buena y queridsima amiga: debo comenzar por pedirte dos veces
perdn: primero por haber lanzado a los cuatro vientos de la publicidad
tu sabrosa carta desde Los Carpinchos, contando con singular donaire
expresivo tus cuitas, las volteretas de vuestra fortuna, tu excelente
conformidad, el bro emprendedor de Ricardo en la estancia y sus
esperanzas y las tuyas en un prximo y brillante porvenir. El segundo
perdn que te pido es por no haberte contestado antes. He estado
enferma, como habrs visto en las crnicas sociales de los diarios,
donde queda, para los fines de la posteridad, el historial del curso de
mi dolencia. Hemos sido muchas las personas importantes que hemos
sufrido este invierno las destemplanzas del tiempo. Ignoro hasta dnde
ha tenido la culpa la atmsfera y hasta qu extremo han podido influir
las crnicas sociales.

Lo mo ha sido influenza, una enfermedad que no se sabe bien en qu
consiste, como sucede con casi todas las enfermedades, y que, por
dolernos con ella todo el cuerpo, lo ms acertado ser suponer que
consiste en todo el cuerpo. La pesqu al salir del Coln, despus de
escuchar las locuras lricas de Luca, un aria cuyo inters principal
reside en sujetar la locura a pentgrama, ritmo y comps, cuando la
verdadera locura se distingue precisamente por no sujetarse a nada, cosa
que, por lo visto, ignoraba Donizzeti. En cuanto hay reglas, ya no hay
locura. Pero a los msicos no les basta la razn para hacer arte, y de
ah que recurran a pasiones extravasadas, herosmos mximos, deliquios,
amores quimricos, freneses, xtasis, arrobamientos, divinos estados de
nimo, para luego ordenar en el pentgrama todos estos delirios. Ordenar
y delirar son conceptos que se excluyen, excepto en la cabeza de los
msicos, donde toda confusin tiene su natural asiento. Pero, en
realidad los msicos, al meter los delirios y locuras entre las cinco
rayas paralelas y los huecos de las mismas que forman el pentgrama,
sujetan a razn su melografa delirante; de donde se desprende que la
razn, aun tratndose de locuras melodiosas, es y ser siempre, antes
que la msica, el arte de las artes, la facultad soberana del humano
espritu. Por lo dems, la msica expresa sentimientos divinos, si bien
tiene el defecto de expresarlos en tono demasiado alto, al revs de los
ngeles que permanecen siempre callados, pues al ascender de la tierra
al cielo perdieron, en su purificacin absoluta, el uso de la palabra,
con la que tanto se peca en la vida.

Como te iba diciendo, hizo presa en m la influenza al salir del teatro.
Haca un fro terrible, siberiano. Jorge--ya sabes lo carioso que es y
cunto se preocupa por mi salud--me advirti que me abrigara bien. No
hice el caso que deba. Y en el trayecto de la puerta del teatro al
automvil, una corriente de aire me dej transida. Ya sabes que no abuso
del descote; pero, asimismo, no puede una llamar la atencin cubrindose
ms de lo debido. Una vez en el coche me puse a imitar a la Barrientos,
chacoteando un poco con mi marido. El tercer gorgorito fu un ronquido
de agona. Y llegue a casa arrecida, tiritando. Total: veinte das de
cama.

Se encarg de mi asistencia el doctor Gmez Pulido. Ya le conoces. Es un
mdico de gran talento social y mundano. Y como el talento da para todo,
supongo que ha de tenerlo tambin para la ciencia. Yo no creo que los
galenos toscos y speros sean mejores que los finos de porte y de
palabra. No pocos simulan cierta tosquedad para demostrar a los incautos
que el estudio y las preocupaciones cientficas les han impedido
adquirir maneras elegantes. Y la verdad, farsa por farsa, prefiero la
farsa fina, discreta, corts, delicada. Pulido es en este sentido lo ms
pulido que cabe. Amable, atento, obsequioso; y ya que mate, como los
otros, lo hace siempre con cortesa. Varias seoras nos hemos empeado
en convertirle en el mdico de moda. A m me lo han recomendado mucho
las de Zubizarrendo, las de Martnez Torrebaja, las de Prez Campanilla
y, sobre todo, la viuda de Esquiln, que ya sabes el empeo que pone en
todas las cosas. Yo creo que entre todas lograremos imponerle y que
acabar por ser el mdico de cabecera de todas las familias conocidas.
La de Esquiln, especialmente, es para Pulido un anuncio mejor que
cualquier almanaque.

A m me ha asistido admirablemente; y aunque me haya curado sola, le
estoy muy agradecida. La medicina, en el fondo, es una retrica
cientfica, el arte de poner palabras nuevas a enfermedades viejas. Y en
tal sentido da gusto oir a Pulido. Est al cabo de todas las palabras
nuevas que inventa la ciencia. Antiguamente la medicina se limitaba al
conocimiento de algunas yerbas para curar heridas y contener la efusin
de sangre. Pulido, en su vasta sabidura, conoce estas yerbas antiguas y
todas las palabras modernas de las Facultades de Berln, Pars y
Estocolmo.

No creas que mi enfermedad ha sido cosa de juguete. Durante una semana
estuve muy malita. Y me entr una tristeza! Me pareci que se haba
suspendido todo en m, virtudes y defectos, cualidades buenas y malas,
todo, todo, quedndome slo una puerilidad infantil o una chochez
repentina: no s explicarlo... algo as como si estuviera hueca y no
quedara de mi cuerpo ms que el molde externo. Parece que delir algunos
das, (sin pentgrama). Segn me dice Jorge, te nombr varias veces:
Rosala! Rosala! Ya ves que hasta en los delirios te tengo presente.
Me aseguran que no dije grandes insensateces. Hubiera preferido
decirlas, antes que grandes verdades, pues una de las cosas que ms
pavor me causa es oir razonar a la locura.

Felizmente no profer disparates desatados ni formul razones
sorprendentes; slo hubo tonteras, con lo cual me tranquilizo pensando
que apenas sal de mi estado normal. No te ras maliciosamente, pues yo,
como casi todo el mundo--salvo unos cuantos seres
elegidos--representamos la normalidad, traducida en la infinita
extensin de la tontera en la tierra.

Al entrar en la convalecencia pas horas de profunda melancola. Una
tarde lea un librito de un mstico flamenco, pequeo por su tamao,
grande por su contenido. En una de sus pginas tropezaron mis ojos con
estas lneas: La enfermedad es como citacin y ltimo emplazamiento
que Dios hace a fin de que entremos en razn con El. Una como ola de
religiosidad gan mi espritu, abatiendo en l cuanto existe de
frivolidad, de aturdimiento, de ilusiones superficiales, y dndole un
sentido abismtico, una tristeza reflexiva abrumadora. El dolor ensancha
mucho el entendimiento. Llor...

Por fortuna aquello pas pronto. A medida que fu adquiriendo fuerzas,
desapareci, poco a poco, aquel estado moral, que en el fondo no era ms
que cobarda ante esa cosa terrible que se llama eternidad, el problema
de los problemas, el nico problema verdadero, pues todos los dems
quedan resueltos con la exhalacin del ltimo hlito. Toda enfermedad
apaga el valor y enciende el espritu.

Te estoy hablando de cosas que no entiendo bien. Quiz no las entiende
bien nadie. La palabra slo sirve para expresar cosas vulgares; pero la
humanidad est tan ensoberbecida con esta facultad del lenguaje, que
cree tener en la palabra el instrumento revelador de todo cuanto nos
sucede. Yo no entiendo estas palabras: eternidad, infinito, vida,
muerte. Sin embargo, nos explicamos con ellas; nos explicamos sin
entendernos, y esto es precisamente lo ms entretenido de la vida. Y as
vamos, apaciblemente, acercndonos a un fin desapacible. Todo esto me lo
sugiri la lectura del mstico flamenco, al cual deb, durante algunas
horas, un verdadero estado de gracia.

Pero luego, al ir ganando vida, me puse lo ms dengue y melindrosa. La
tendencia de todo enfermo es envolver a todo el mundo en el tono de su
dolencia. Mi enfermedad era la cosa ms importante que haba existido en
el mundo. A Jorge le he mareado, afirmndole a cada momento que he
estado al borde del sepulcro. Le he preguntado mil veces si llor cuando
estaba tan mal; l dice que no, porque siendo muy tierno, tiene el pudor
de no demostrarlo; pero yo s, por las sirvientas, que andaba gimoteando
por los rincones. Tambin le preguntaba si se hubiera vuelto a casar si
yo llego a morirme. Su respuesta fu muda, pero elocuente. Nada
espiritualiza tanto el amor como el envolverlo en la idea de la muerte,
pues con ello se traslada al mismo cielo. Ya ves cmo una pequea
enfermedad puede dar sublimidad a la vida. Si la humanidad fuera
inmortal se vulgarizara de una manera deplorable.

Esta charla a grifo suelto es ya muy larga. Y no he hablado an del
interesante contenido de tu carta. Te felicito por tu actitud al
encerrarte en la estancia, ayudando a Ricardo a reconstruir la fortuna.
Pero de todo esto hemos de hablar despacio otro da. Entretanto, hago
votos por el crecimiento de vuestros rebaos, porque tus cisnes sigan
tan fastuosos, tan lindos tus patitos y tan ponedoras tus gallinas.
Jorge me encarga te salude, lo mismo que a Ricardo. Y t recibe mi ms
estrecho y apretado abrazo.--=Marianela=.




LAS INQUIETUDES DE PETRONA


Ayer vino a visitarme mi amiga Petrona. Tomamos t y charlamos mucho,
mejor dicho, charl Petrona, porque yo apenas hice ms que oirla.

Petrona es una excelente mujer; buena esposa, tierna madre, bondadosa
suegra. Si las virtudes domsticas merecen la canonizacin, Petrona es
digna de un sitio preferente en el santoral.

La economa privada de toda la familia de mi amiga gira en torno de la
economa pblica del Estado. Petrona est casada con un hombre de
notorio talento, muy bueno adems, que ha sido dos o tres veces ministro
en gobiernos ya un poco remotos. Es abogado, carrera admirable que,
entre nosotros, supone aptitudes para todo gnero de funciones. Y as el
marido de Petrona lo mismo puede dirigir la Hacienda que la Instruccin
Pblica. Sin embargo, parece que su fuerte es la agricultura y la
ganadera. Hace tiempo escribi una memoria--resumen de otras varias
escritas en otros pases--sobre cultivos donde no llueve, deducindose
del luminoso estudio que es mejor sembrar donde las lluvias son
regulares. Este notable descubrimiento da idea de la solidez de juicio y
la serenidad reflexiva del marido de mi amiga. Suele tambin, de tarde
en tarde, escribir algunos artculos en los grandes diarios acerca del
porvenir de la ganadera, nuestra industria madre. Estos artculos,
por lo que toca a si existe o no aumento en el nmero de cabezas, estn
inspirados por un prudentsimo sentido dubitativo. La cabeza racional
del ex ministro no aventura nunca afirmacin alguna sobre las cabezas
irracionales, mientras la razonadora estadstica no las haya contado de
una manera perfecta. En cambio es resueltamente afirmativo al sostener
que no se deben vender ni exportar las vacas, que constituyen la
gallina de los huevos de oro. Este extracto que hago aqu de las
fundamentales ideas del marido de Petrona basta para demostrar que no
poda estar en mejores manos el tesoro agrario del pas.

Mi amiga tiene tres hijas casadas: Margarita con un alto empleado de un
ministerio; Petronila, con un secretario de legacin; y Mara Ins, con
un ingeniero burcrata que nunca vivi en carpa, lo que no le impide
discutir, desde la oficina, las obras que otros ejecutan en el campo.

Descripta la familia, fcilmente se explican las inquietudes de mi amiga
Petrona en este histrico momento poltico. Tiembla por todo y por
todos. Est alarmadsima ante la idea de que el nuevo gobierno considere
inexistente a su marido como ministrable: destituya al yerno empleado;
declare disponible al diplomtico; y, por ltimo, haga salir de la
oficina al ingeniero, envindole a ejecutar obras y realizar mensuras y
planimetras en los desiertos.

--Pero qu va a pasar aqu, Marianela? T no sabes nada?

--Nada.

--Ni nadie, hijita, nadie sabe nada. Qu cosa! no? Es una cosa
tremenda. Un Presidente tan callado, tan mudo, tan metido en s mismo,
sin vrsele en ninguna parte. Yo no me lo explico. Todo el mundo, cuando
obtiene un nombramiento o es objeto de una alta distincin honorfica,
es comunicativo, cordial, expansivo, deseando ver amigos y conocidos
para hacerles partcipes de su ntima satisfaccin.

--Es verdad Petrona: la satisfaccin es la nica cosa que aumenta dando
participacin; todas las dems cosas disminuyen repartindolas.

--Cuando a m me nombraron presidenta de las Hermanas de Santa
Catalina no pude parar un momento en casa. En seguida vine a
contrtelo. Y de aqu me fu a casa de otras amigas con el mismo fin.
Es tan grato recibir parabienes, enhorabuenas, congratulaciones! No
vale la pena de obtener una presidencia si luego no gozamos de esas mil
manifestaciones con que los dems celebran nuestro triunfo.

--Cres que lo celebran?

--Bueno; lo celebren o no, hacen como que lo celebran y nos lo dicen, y
ello es siempre halagador para nuestros odos. Por mi parte--qu
quieres, Marianela de mi alma!--no me explico ese silencio, ni esa
reclusin, sin dejarse ver de nadie.

--Y qu te importa?

--Pero cmo no ha de importarme! En primer trmino, ya sabes que
Eleuterio, mi marido, es de lo poquito bueno que existe entre el
elemento poltico. Nadie puede decir nada de l. Y mira que pudo hacer
cosas cuando estuvo en el gobierno. Pues, nada, sali con una mano atrs
y otra adelante. Y adems de honesto, ya sabes que hay pocos que sepan
ms que l. Todo el mundo le seala para Agricultura. Sabe todo lo que
se puede hacer con la tierra.

--Excepto adquirirla....

--Cierto, hijita, excepto adquirirla. Ah! Si me hubiera hecho caso a
m! Bueno; pues, como te digo, todo el mundo seala a Eleuterio como
ministro de Agricultura. Tambin t lo habrs odo decir.

--Cmo no? Lo dice todo el mundo, y a la vez todo el mundo lo oye. Los
rumores se forman as, hablando y oyendo todo el mundo simultneamente.

--Pero, hijita, no hay forma de saber nada. Ya sabes que yo no soy
politiquera--la mujer en su casita--; pero, claro, he tratado de
explorar, de averiguar algo por medio de una amiga que es muy amiga de
una parienta del doctor Crotto. Nada, hijita, no he podido saber nada,
porque el doctor Crotto tampoco sabe nada. Nadie sabe nada. Es horrible
esta duda. Eleuterio est sereno; espera tranquilo. Ya conoces la
gravedad de su carcter. Cuando alguien le habla de ser ministro, cambia
de tema. Y se pone a conversar de cultivos, de riego, de sistemas
colonizadores. Est lo ms preocupado por la falta de buques para
trasportar la prxima cosecha. Tambin le preocupa mucho el maz. Dice
que el maz se lo deben comer los chanchos de aqu y no los chanchos de
Europa. Qu ms dar?

--No, Petrona; lo que quiere decir Eleuterio es que es mejor exportar
carne que maz.

--Ah!...

--El chancho valoriza el maz comindoselo.

--Pero si se lo come, ya no hay maz.

--Pero queda el chancho.

--Es verdad. Que tonta soy!

--Se trata de una mquina viva de trasformacin. Pero abandonemos este
punto tan poco espiritual. Sigue, Petrona, sigue...

--Pues, nada, que no se sabe nada. Rumores y ms rumores, y al fin...
nada. Eleuterio estuvo en el Parque, y yo creo que esto se tendr en
cuenta. Entonces estbamos de novios, y no te puedes imaginar cmo me
conmov cuando vino desde el cantn a verme, en un ratito de armisticio.
Luego, al volverse al cantn, qu escena! Yo no le dejaba; llor,
supliqu. Pero l, con esa gravedad tan suya, me dijo: Primero est el
deber, Petrona. Siempre ha sido lo ms esclavo del deber. Y se fu.
Sufr un sncope, y, cuando se me pas, la figura de mi novio se me
agigant en el espritu con proporciones napolenicas.

--El amor es un cristal de aumento.

--Luego Eleuterio abandon el partido. Figrate; veinticinco aos de
abstencin. Quin est tantos aos abstenido? Adems, no tena derecho
Eleuterio de privar al pas del concurso de su talento. Es lo que le
dijo el general Roca y le repiti el doctor Pellegrini. El pas
necesita de usted--le dijo el general. Ya sabes la habilidad que tena
el general para atraerse a los hombres de valer. Y aunque Eleuterio ha
sido constante en sus principios, acept, por patriotismo. Pero l es
siempre el mismo hombre de acero.

--El can y el florete se componen de igual materia; y aunque el
florete se doble y el can no, ambos son de acero. Sigue, Petrona...

--Yo creo, Marianela, que lo importante en un hombre poltico es su
origen, lo que fu primero, no lo que fu despus. Lo primero es lo
primero. Y l fu revolucionario, contribuyendo con su sangre...

--Creo que exageras, Petrona.

--Bueno; si no fu con su sangre, porque tuvo la suerte de no caer
herido, contribuy con sus tiros al xito de ahora. Y esto, unido a su
talento y a lo mucho que sabe, son ttulos suficientes para... en fin,
hija, por algo le seala todo el mundo para Agricultura.

--Todo el mundo tiene siempre razn, Petrona.

--Es lo que digo yo.

--Y todo el mundo...

--Pero no se sabe nada. No hay forma de saber nada. Y lo que ms me
alarma es que los muchachos, mis yernos, se queden en la calle...

--T cres?...

--Y cmo no?...

--No estn seguros?...

--Qu esperanza!... Se dice que en las reformas va a caer medio mundo.
Figrate! Qu va a ser de las muchachas?

--No tienen posicin tus yernos?

--Ni donde caerse muertos; el empleo, y nada ms. El de Margarita, el
que est en el ministerio, est muy considerado; pero... vete t a
saber lo que pasar! Parece que ms bien ha sido demcrata. Ya se lo
deca yo todos los das: Andate con cuidado, que Lisandro no llega; se
queda no ms en el ltimo recodo. El de Petronila est con ella all,
en Europa, en una legacin. Si le declaran disponible, se tendrn que
venir no ms. Y cmo ponen casa? Con qu? Adems. Petronila est ya
acostumbrada a esa vida de las embajadas y de las recepciones.
Cualquiera la acostumbra a vivir en una casita en Flores o en Belgrano,
despus de haber alternado con princesas, duquesas y marquesas! Tan
luego ella!... que es de lo ms aristcrata y no habla ms que de gente
copetuda. Cuando el Centenario se hizo lo ms amiga de la infanta
Isabel. Y siempre nos escribe Petronila para que trabajemos aqu, a fin
de que trasladen a su marido a Espaa. S, s... adonde me parece que le
van a trasladar es a Buenos Aires. Pues de la otra, de Mara Ins, la
del ingeniero, no te digo nada. Si envan a su marido al Chaco o a
Misiones, Inesita se muere. Cmo se separa de l? Ni pensarlo! Y cmo
va ella al desierto? Qu esperanza! En fin, hijita, un conflicto, mejor
dicho, tres conflictos. Tendremos que cargar con todos en casa. Ya se lo
he dicho a Eleuterio. La casa es grande y caben todos. Pero, aunque mis
yernos son buenos y las muchachas lo mismo--ya sabes lo bien que las he
educado--pues, claro, nunca faltarn desavenencias, disgustillos,
incompatibilidades de carcter; porque, naturalmente, donde hay tanta
gente, cmo entenderse todos bien? Te aseguro, Marianela, que no s qu
hacer; si traerlos a todos a casa o dejarlos que se las compongan como
puedan, ayudndolos, eso s, cmo no va una a ayudar a sus hijos? con
algunos pesos, no muchos, porque, la verdad, tampoco nosotros andamos
muy boyantes; pues Eleuterio se meti los otros aos, cuando el barullo
de los terrenos, en algunas especulaciones, y al venirse todo barranca
abajo, como l es as, ha pagado a todo el mundo y nos hemos quedado
medio en la calle. Yo le deca que hiciera como los dems; pero qu
esperanza! Siempre me responda lo mismo: Ante todo el deber, Petrona.
Claro que el deber es el deber; pero tambin quedarse medio fundidos
cuando los dems, hijita, hacen lo que hacen, tratando de salvarse,
aunque haya que clavar a medio mundo...

--No te apures, Petrona; todo se ha de arreglar.

--Hijita, no s cmo. Si Eleuterio fuera a Agricultura, s, se
arreglara todo; porque estando l en el gobierno nadie se atrevera a
mover a mis yernos. Pero, hijita, no se sabe nada; no hay manera de
saber nada. Qu cosa! no? Es una cosa tremenda! Luego, Eleuterio es
as; no da un paso; no hace ninguna gestin; espera tranquilo. Cuando yo
le hablo del asunto mueve la cabeza con incredulidad. Pero si todo el
mundo lo dice, agrego yo. Y l responde: En nuestro pas, todo el
mundo es el Presidente. Y no dice ms. Se encierra y se pone a leer
unos libros muy grandes en que hay pintadas plantas de trigo y de maz,
ovejas, vacas y caballos, arados y mquinas. Bueno, Marianela, me voy.

Petrona se pone el abrigo y se dispone a salir.

--Todo se arreglar--repito, por va de consuelo.

--Tiemblo, hijita, tiemblo. No se sabe nada; no hay manera de saber
nada. Y es terrible esto de no poder averiguar nada en ninguna parte.




PEQUEA DEFENSA DE LA MURMURACION


Toda la humanidad condena la murmuracin y toda la humanidad la ejerce
con gusto y la sufre con disgusto. Nadie puede decir que no ha murmurado
en su vida; nadie tampoco puede asegurar que se vi libre de la
murmuracin de los dems. En esto somos todos, simultneamente,
victimarios y vctimas, roedores y rodos. La condicin murmuradora debe
tener races muy hondas en el espritu humano cuando ha resistido la
crtica de los filsofos y moralistas de todos los siglos y sigue
resistiendo con toda lozana la condenacin general.

La murmuracin es, ante todo, una cosa agradable. No hagan aspavientos
ni remilgos mis lectoras. A todas nos gusta murmurar: todas murmuramos,
y la vida sin murmuracin sera aburridsima y tediosa. Quedamos, pues,
en que es agradable murmurar. Ahora bien: es conveniente? Yo creo que
s. No se escandalicen mis lectoras. La murmuracin (no confundirla con
la maledicencia, que es cualidad ruin) es una forma de crtica leve
ejercida en tertulia sobre el carcter, gustos, aficiones y manera de
conducirnos en sociedad. La idea de ser motivo de murmuracin influye
poderosamente en nuestro espritu para corregirnos de muchas ridiculeces
y tonteras, de muchas vanidades, de muchos pequeos defectos. Ella es
un freno para dominar los impulsos de nuestro carcter, para medir
nuestras palabras, para ordenar nuestras ideas, para componer
armnicamente nuestras maneras y gestos. A la murmuracin se debe casi
todo el progreso de las costumbres y el refinamiento del trato social.
La misma moda le debe su armona; todo el mundo teme exagerar, ajustando
su gusto a las convenciones generales. Suprimid la murmuracin, y los
impulsos individuales harn imposible la vida de relacin. La
murmuracin nos pule, nos corrige, nos afina. El grado de perfeccin
ntima que vamos alcanzando lo debemos, ms que a nuestro propio
esfuerzo, a la crtica de los dems, a la murmuracin. Su mismo carcter
discreto, silencioso, en voz baja, hace que sea ms eficaz. Una crtica
franca, clara, en voz alta, nos exaltara, inducindonos a la rebelda,
ms que a corregirnos. A pesar de su ndole cautelosa, la murmuracin
corre mucho. Don Quijote dice que la murmuracin en voz baja tiene un
alcance mucho ms prodigioso que la bocina de Rolando, que se oa desde
Roncesvalles hasta Zaragoza. Don Quijote rechaza la murmuracin, sin
duda por ser el nico Caballero perfecto que ha existido en la tierra y
no merecer su conducta el menor reproche. Sin embargo, fu objeto en
vida de grandes murmuraciones y se murmura mucho an de su santa
memoria.

La justicia de la murmuracin salta a la vista, teniendo en cuenta que
ella, por abundante que sea, es siempre inferior al nmero de nuestros
defectos. Con tener la murmuracin ojos de lince, nunca los ve todos.
De manera que, siendo exacto este principio, en vez de desear su
abolicin, debemos fomentarla. Se murmura poco todava...

El otro da, hallndome en una fiesta social, me refera un amigo
erudito esta frase de Pascal: Si los hombres supieran lo que dicen unos
de otros, no habra cuatro amigos en el mundo. No habr muchos ms. Mi
amigo, como todo erudito, es algo inocente y cree que los hombres no
saben que todos murmuran de todos.

Metastasio era ms profundo que Pascal en cuanto atae a la psicologa
del murmurador. En su Clemencia Tito, dice lo siguiente: Si le mueve
la ligereza, no le hago caso; si es la locura, le compadezco; y si slo
son sus mpetus de malicia, le perdono.

He ah una sabia posicin contra los murmuradores. Pero y si la
murmuracin es justa, como sucede casi siempre? Claro que el murmurado
tiende a creer que es injusta, suponindola muy justa cuando l se
convierte, a su vez, en murmurador.

La civilizacin tiene su origen en un vasto conjunto de temores, desde
las leyes escritas hasta las prcticas sociales. Al temor a la
murmuracin debemos en gran parte la lenta y trabajosa perfeccin de
nuestra conducta. El ejercicio de la murmuracin tiene sus dificultades:
hay que ser espiritual, ingenioso, prudente, observador, hbil de
expresin. De lo contrario el murmurador, en lugar de crucificar a los
dems, se crucifica a s mismo.

Muchas personas se alaban de no ser murmuradoras. Yo no creo que exista
absolutamente nadie que no haya murmurado alguna vez. Las que murmuran
poco no suele ser por virtud, sino por falta de ingenio. Adems, no hay
tal virtud en no murmurar, ya que de la murmuracin general, como hemos
demostrado, surge el progreso de las costumbres, como de la crtica
esttica dimana el progreso de la belleza. El mundo todo es un continuo
rumor murmurador. Dios lo hizo en seis das y lo entreg a la
murmuracin de sus hijos por los siglos inacabables.




LOS SECRETOS


El abate Delille, traductor de las Gergicas y autor de Los jardines
y de un ditirambo para la fiesta del Sr Supremo, en los turbulentos
das de la Revolucin Francesa, era un hombre dulce e ingenioso. Un da
quiso sorprender a la Academia Francesa, en la cual entr en 1774,
leyendo unos versos de carcter virgiliano. El buen abate deseaba
mantener el secreto de esta lectura hasta el momento de realizarla; pero
le costaba mucho contenerse. La vspera de la recitacin encontrse con
un amigo y le expres as sus temores sobre su pequeo y potico
secreto: Quisiera que nadie lo supiese de antemano; pero temo decrselo
a todo el mundo.

En estas pocas e ingenuas palabras del abate Delille est encerrado el
secreto de la propagacin de los secretos.

Por qu nos cuesta tanto guardar un secreto? Muchas son las causas
psicolgicas que nos impulsan a la revelacin. La primera de todas
estriba en que un secreto es una especie de carga, de la cual slo nos
libramos soltndola en otros odos. La misma razn que tuvo quien nos
trasmiti el secreto la tenemos, a nuestra vez, para trasmitirlo. Se lo
digo a usted en secreto. Esta frase tan generalizada es una verdadera
paradoja, pues una vez comunicado deja de existir el secreto en nuestra
conciencia. En realidad, un secreto es un pequeo martirio, un pequeo
cilicio, un leve hormigueo de la memoria, una ligera y constante
inquietud del espritu. En medio de la multiplicacin de nuestras ideas,
de sus vuelos y revuelos, de nuestros anhelos diarios, de nuestros
quehaceres, de nuestras tristezas y alegras, el secreto est clavado en
nuestro cerebro, ocupando una gran parte de su actividad. Esta fijeza,
esta permanencia concluye por ser molesta. Necesitamos desembarazarnos
de este estorbo. Y ello no se logra ms que con el olvido. Ahora bien:
para olvidar una cosa, el nico medio eficaz es comunicarla. As, pues,
los secretos van corriendo de boca en odo por la necesidad psicolgica
de olvidarlos. La reserva, la incomunicacin, hace que el secreto acabe
por convertirse en idea fija, en obsesin, en mana. Los mismos
criminales prefieren la crcel y la horca al peso de su secreto. De ah
que acaben siempre por declarar su barrabasada. Edgard Poe tiene un
cuento espeluznante sobre este punto. Un marido ha emparedado a su
mujer; pasan muchos aos; nadie sospecha que haya cometido tal delito.
Un da el propio marido seala a la polica el muro donde se halla el
esqueleto de su cnyuge. El hombre no poda aguantar por ms tiempo su
propio secreto.

La variedad de los secretos es infinita. Y los que ms cuesta guardar
son aquellos de carcter pintoresco, aquellos cuya revelacin sabemos
que ha de regocijar a quienes los trasmitimos. La idea de divertir a los
dems implica cierto altrusmo que disculpa la divulgacin. El prurito
de mostrarnos enterados nos induce otras veces a lanzar la noticia que
nos comunicaron con toda reserva. La comunicamos tambin
reservadamente, y, poco a poco, de reserva en reserva, la noticia
acaba por convertirse en el secreto del Polichinela. Frecuentemente, el
deseo de dar una prueba de amistad nos impulsa a romper el sigilo que
prometimos. Como con la familia no debe haber secretos, he ah otro
motivo justificado para la revelacin. Siempre, en fin, hallamos una
causa aprobatoria de nuestra indiscrecin. Pero, en realidad, el
verdadero origen radica, como hemos dicho, en que un secreto abarca una
zona excesiva de nuestra memoria y de nuestro espritu, acabando por
sernos insoportable su peso. La comunicacin, aunque sea a una sola
persona, con las reservas del caso, nos liberta de esa especie de
tirana que el secreto ejerce en nuestra conciencia. Una vez soltada la
noticia, parece que nuestro espritu y nuestra memoria se aligerasen,
como si se levantara la piedra que obstrua el aleteo de nuestra vida
interior. Respiramos...

Un secreto nunca se trasmite como se recibe. Siempre se le agrega algo.
Aqu el arte se complica con el problema moral. Porque toda persona es
un artista de sus propias narraciones. Al trasmitir un secreto,
conservando lo fundamental, le aadimos el cmulo de nuevos detalles que
nos sugiere la fantasa. Y as, de trasmisor en trasmisor, de cuentero
en cuentero, o de chismoso en chismoso, la noticia o secreto llega a
trasfigurarse casi en absoluto. Por esto en la Historia, que es, como
dice Galds, la destilacin del rumor de los siglos, todo es discutible.
Cada historiador, con unas cuantas verdades--si acaso las halla--arma su
cuento como le parece. Yo entiendo poco de este vastsimo problema por
la insuficiencia de mis conocimientos y mi alicorta reflexin; pero mi
marido, que gusta leer a los filsofos, dice que hay uno--no recuerda
cul--que no cree en la historia antigua, desde que ha visto escrita la
historia moderna.

Por virtud de los agregados, un secreto divulgado puede volver a ser un
secreto perfecto. No hay paradoja. Me explicar. Un secreto, un
verdadero secreto, supone un hecho cierto, un suceso ocurrido. Los
agregados que cada indiscreto le va poniendo pueden alterar
completamente el hecho, trasformarlo en absoluto. Con esta alteracin
radical de la verdad, el hecho vuelve a quedar en secreto. Ms claro:
los secretos vuelven a serlo por la mentira armada entre todos los
reveladores. De manera, pues, que cuanto ms se divulga un secreto
mayores son las probabilidades de que sea guardado. Cuanto ms se
propala ms se conserva, porque al fin queda sepultado bajo la balumba
de agregados embusteros. Y as, en suma, el mayor secreto es el secreto
a voces.

Hay muchas personas propensas a convertirlo todo en misterio. Al
trasmitir la ms insignificante noticia exigen reserva. Proceden as por
miedo. Son seres pusilnimes que temen verse comprometidos a cada
instante. La recomendacin de guardar reserva tiene siempre por origen
la cobarda. Pero es verdaderamente curioso que los espritus timoratos
y dbiles son precisamente los menos capaces de guardar un secreto.
Parece natural que el temor a comprometerse deba hacerlos ms
reservados. La psicologa humana es tan complicada, que ocurre
justamente lo contrario. Un espritu fuerte, resuelto, exento de
temores, guarda mejor un secreto que un espritu pusilnime y medroso.

Me han sugerido estas pequeas disquisiciones sobre la psicologa de los
secretos dos cartas que he recibido de mis amigas Rosala y Petrona.
Recordarn mis lectoras la carta de Rosala desde Los Carpinchos,
contndome su vida y milagros. Yo la publiqu en estas columnas, porque
todo cuanto me deca mi excelente amiga constituye un ejemplo de buen
juicio, de fortaleza espiritual y de perfecta casada. Segn me dice
Rosala, le han escrito muchas amigas felicitndola por su buena
conformidad en su reclusin voluntaria en la estancia, ayudando a su
marido, con la gracia de su presencia, a reconstruir la fortuna,
perdida, o muy quebrantada, en especulaciones y lujos excesivos. Parece
que algunas amigas la llaman la divina pastora. Opina Rosala que deb
eliminar de la publicacin algunos detalles ntimos de su carta; pero yo
los dej intencionalmente, por la pintoresca vivacidad que daban al
relato. Rosala, en resumen, est conforme con que yo haya revelado el
secreto de su vida.

En cambio, Petrona est enojadsima por haber publicado su conversacin
conmigo. Yo siento mucho perder la amistad de esta muy querida amiga. La
poltica no da ms que disgustos... cuando se cultiva
desinteresadamente. Petrona dice que he abusado de su confianza al decir
que su marido, Eleuterio, aspira a la cartera de Agricultura en el
prximo gobierno. Me parece que Petrona est un poco ofuscada. Yo creo
que lo primero, para que un hombre llegue a ser ministro, es que se sepa
que quiere serlo. Y, sobre todo, que conozca este deseo quien ha de
nombrarlo. En tal sentido me parece que he hecho un favor a don
Eleuterio en vez de causarle un perjuicio. Su deseo era un secreto; ya
no lo es para nadie. Todo el mundo, segn mi ex amiga Petrona, desea que
su marido sea ministro. Pero todo el mundo no saba si don Eleuterio
estaba dispuesto a dar gusto a todo el mundo. Yo he aclarado este punto,
llevando a conocimiento del pas lo que necesitaba saber con toda
urgencia, esto es: que don Eleuterio est dispuesto a consagrar sus
luces, que son focos extraordinarios, a la agricultura y a la ganadera,
puntales de la economa pblica. Por otra parte mi patriotismo me
obligaba a revelar el secreto de don Eleuterio, pues hubiera podido
ocurrir que por desconocer su deseo quien ha de nombrarlo, que es hombre
tambin de mucho secreto, perdiera el pas la colaboracin de un
estadista que puede ser la lumbrera del futuro gobierno. Ya ve Petrona
que en vez de una charlatana, como ella me llama en su colrica carta,
he sido prudente y he obrado con suma discrecin, velando por los
intereses, siempre sagrados, de la patria. Lo inconveniente, por lo
tanto, hubiera sido guardar el secreto, ocultando que los deseos de todo
el mundo y de don Eleuterio son felizmente coincidentes.

Adems, en poltica no hay secretos; todo acaba por saberse, aunque
confusamente; y es casi seguro, aunque yo no lo hubiera dicho, que todo
el mundo habra concludo por saber, o por sospechar, al menos, que don
Eleuterio est dispuesto a ser ministro. Yo no he hecho ms que ahorrar
trmites, ganar tiempo, difundiendo la grata noticia de que el marido de
Petrona aceptar la cartera de Agricultura. La misin esencial del
periodismo es secundar la obra del gobierno, contribuyendo a su slida
organizacin. Y nada ms slido que don Eleuterio.

El resto de mis revelaciones careca de importancia. Me limitaba a decir
que, segn Petrona, nadie sabe nada; todo es un secreto. Los secretos
perfectos estriban precisamente en que nadie sepa nada, porque en
cuanto alguien sabe algo, pronto lo sabe todo el mundo, hasta que,
alterado el hecho de revelacin en revelacin, todo el mundo vuelve a no
saber nada.

Estoy afligida. La poltica me ha hecho perder una excelente amiga.
Maldigo de la poltica, y juro que nunca he de volver a meterme en ella.




LA DESVENTURA DE LUISA


Mi amiga Luisa est desconsolada. Ayer estuvo en mi casa, y, al contarme
sus cuitas, rompi en llanto. Su gran desconsuelo no est en relacin
con la causa que lo produce. Mi amiga tiene fciles lgrimas, y no menos
fcil tiene la risa. Con esto queda dicho que es muy sensible a todas
las emociones. Se cas hace un ao con Daniel; una boda por amor, muy a
gusto, adems, de ambas familias, que pertenecen al cogollito de nuestra
haut. El noviazgo fu un idilio ante el cual palidecen los deliquios
de Romeo y Julieta. En los salones, fiestas y saraos no se separaban un
instante. Un escritor francs, un poco irnico siempre que habla de
amor, dice que la causa de que los enamorados no se fastidien de estar
juntos consiste en que siempre estn hablando de s mismos. Luisa y
Daniel, en el trascurso de su noviazgo, no lograron agotar el tema. Su
adhesin espiritual superaba cuanto ha imaginado el ms excelso poeta
lrico. Pero todo ha terminado, si nos guiamos por las copiosas lgrimas
de Luisa.

--Ay, Marianela, qu desgraciada soy!

--Tanto, tanto?

--Mucho, mucho!

--Pues qu te pasa?

--Que Daniel me abandona.

--Cmo! Qu dices?

--S, me abandona. Ya no soy para l lo que antes era. As son los
hombres!...

--Oye, Luisita; las mujeres hablamos mal de los hombres en general, y
los amamos en particular. Este es nuestro error principal; error al
cual se debe nada menos que la vida del universo.

--Bueno, bueno: no me vengas con historias, ni con filosofas. Lo que te
digo es que yo soy muy desgraciada.

--Por qu?

--Porque me abandona... no te lo he dicho? no lo has odo? Me
abandona, me deja sola. Vuelve a casa a las cinco y a las seis de la
maana; de da casi todos los das. Y las noches que se queda en
casa--muy pocas--yo s por qu se queda. Ah, le conozco! Pero casi
siempre se marcha.

--Y a dnde va?

--Dice que al Jockey; pero quin sabe a dnde ir! Y esto es lo que me
mortifica y me desespera.

--Pero t no tienes medios de saber si realmente va o no va al Jockey?
Para cundo est el telfono? El telfono es el mejor fiscal de los
maridos distrados en devaneos.

--S, ya pregunto; y, realmente, siempre est all. En cuanto llamo,
viene l mismo al aparato. Me dice unas cuantas tonteras--porque, eso
s, es de lo ms galante--pero, hijita, se queda all.

--Entonces, tus celos...

--Tengo celos del Jockey. Porque si el Jockey est antes que yo, que se
hubiera casado con el Jockey! No te parece?

--No, no me parece. Es ms: yo creo que si no fuera al Jockey, t no le
querras tanto. Un marido un poquitn calavera--un poquito nada ms
eh?--es ms seductor, tiene ms sal. La absoluta santidad masculina no
suele hacernos absolutamente felices a las mujeres. Los
santos--suponiendo que los haya--no estn bien ms que en el cielo.
Aqu, en la tierra, los calaveras--claro, con medida--son ms amados que
los ngeles. Un ngel terrestre est un poco fuera de su sitio.

Luisita, inundados sus ojos de lgrimas, se re al mismo tiempo, y
traduce as mis argumentos:

--Bueno; yo no querra que mi marido fuera un zonzo...

--No he dicho zonzo; he dicho ngel.

--S, s, ya te comprendo, y t tambin a m. Las noches que se queda en
casa, vieras, hijita, qu alegra! Pero se queda tan pocas!...

--Si se quedara muchas, la alegra sera menor. Si estuviera siempre a
tu lado, quiz te entrara el tedio, que es el mayor enemigo del amor y
la verdadera desgracia de las personas felices. Reflexiona sobre tu
desazn y vers que no hay motivo para que sea tan grande.

--La verdad es que l es galante, carioso, esplndido. Mira qu collar
me regal el da de mi santo.

Luisita me muestra la sarta de perlas que lleva al cuello. Pero Daniel
no es bueno--agrega--porque me abandona.

--Magnfico collar!--exclamo.--La mayor parte de los hombres son ms
capaces de grandes acciones que de acciones buenas. Este regalo es una
gran accin. Contntate. Luisita, con tener un marido que, si no hace
buenas acciones yndose al Jockey todas las noches, hace grandes
acciones regalndote collares como ste. Es posible que ambas acciones
sean malas; pero esto pertenece al dominio de los economistas, donde no
quiero meterme.

--Yo no quiero collares, yo no quiero perlas, yo no quiero ms regalos
que l mismo, su presencia, su compaa, que es para m el mayor regalo.
Pero se va se va todas las noches y me deja sola! Y es que ya no le
intereso!

--No, Luisita, no. Cmo no has de interesarle!

--O le interesa ms el Jockey.

--Tampoco. El hombre comparte ambas seducciones: tu compaa y el trato
de los amigos. Quiz distribuye mal el tiempo. Y el que lo distribuya
mejor tiene que ser obra tuya.

--Y cmo?

--Disputndoselo al Jockey, procurando sustraerle de ese centro hpico.
Te enojas mucho cuando llega tarde?

--Y cmo no he de enojarme?

--Mal hecho. Es cuando debes ser ms amable, ms cariosa. La primera y
ms importante cualidad de una mujer es la dulzura, una dulzura
constante, inalterable, eterna. Oye, Luisita: nada hay ms duro que una
piedra; nada hay ms blando que una gota de agua; pues bien: la gota de
agua acaba por ablandar a la piedra. No seas roca, aunque tengas razn
para ello, sino gota de agua, y acabars por vencer. Nada de ira, nada
de altercados y peleas. No es de hierro la mejor cadena, sino aquella
que forman los blandos eslabones de nuestros brazos. La brusquedad no
retiene: ahuyenta. Cuanto ms tarde llegue Daniel, ms tierna y ms
solcita debes ser con l. No hay mejor apoyo para la mujer que la
propia blandura de su corazn. Esto, que parece nuestra debilidad, es
nuestra fuerza. Un da Daniel reconocer que obra mal: le remorder la
conciencia, y el grato recuerdo de tu bondad le arrancar del Jockey
Club. Cultiva adems tu espritu y tu ingenio con buenas lecturas, de
modo que tu conversacin sea ms vivaz y entretenida que la de sus
amigos del Jockey, cosa que no te ser muy difcil con poco empeo que
en ello pongas. El arte de la vida es hacer de la vida una obra de
arte. Este concepto es de uno de mis poetas predilectos, a quien debo,
en buena parte, la formacin de mi pobre espritu. Por lo dems,
Luisita, el matrimonio es una serie de concesiones. En l, cada uno
quiere, por medio del otro, alcanzar un fin personal; pero siendo el
amor y el matrimonio la ms espiritual combinacin de egosmos, la
excesiva esclavitud o sometimiento de uno de los dos, refluye sobre el
otro, en virtud de la fusin de las almas; de manera que tanto siente la
esclavitud la esclava como la esclavizadora. Del conocimiento intuitivo
de esta condicin del amor, nace la tolerancia, el mutuo ceder, hasta
que los egosmos se convierten en recproca generosidad. Cuando se
quiere mucho se transige mucho.

--Ay, hijita, le quiero!... t no sabes cmo le quiero! Y con todo
transijo, menos con que se quede toda la noche en el Jockey. Con eso no
transijo, no transijo y no transijo!

--Est bien, Luisita. No debes transigir. Pero la transigencia, como la
intransigencia, tiene sus mtodos. Se puede ser intransigente con
bondad, con dulzura, con suavidad. No te pongas nunca furiosa; no seas
agria, dscola, violenta. La clera es el peor de los mtodos.

--Cuando llega estoy lo ms enfadada. Pero slo con verle se me pasa el
enojo. Su presencia es para m lo que para los pjaros la aurora. Luego,
ya sabes cmo es de gracioso y ocurrente. Hijita, empieza a hablar y a
embromarme y... bueno, al ratito no ms, ya me estoy riendo como una
loca. No tengo carcter y, claro, hace lo que quiere.

--Tienes que disputrselo al Jockey.

--S, s; pero, cmo? cmo? El otro da, no sabiendo ya qu hacer, me
fu al Socorro, a pedirle a la Virgen que me ayude a sacarle del club.

--Y se lo dijiste luego a l?

--S. Y sabes lo que me contest? Que otro da le pida a la vez que
gane el premio internacional Torbellino, un caballo que ha comprado y
con el cual suea a todas horas. Ay, Marianela, yo no s qu va a ser
de m! Ese Jockey!... Ojal se hunda! Ojal se quiebren las patas
todos los caballos de carreras!...

Con estas maldiciones hpicas y un abrazo se despide mi amiga Luisita,
que tiene fciles las lgrimas y no menos fcil tiene la risa.




DESAVENENCIA TRASCENDENTAL


Alguna vez os he hablado de mi excelente marido y de mi felicidad
inalterable desde el da en que el amor nos uni con la bendicin del
altar y la sancin de la ley. Por cierto que he recibido algunas cartas
en que, si no censura, haba cierta extraeza por hablar yo de mi
marido en estas crnicas superficiales, deleznables y pasajeras. Por
qu la extraeza? Falta de costumbre en las lectoras, sin duda. Yo creo
que lo que mejor se observa y sobre lo que mejor se discurre no es sobre
lo extrao y lejano, sino sobre lo que est ms cerca, sobre cuanto nos
rodea y nos es propio. Como mejor se ven las cosas no es con telescopio
ni con microscopio, sino con los ojos de la cara, directamente. Todo
cristal para prolongar la vista deforma los objetos. As, pues, estoy
convencida de hablar de mi corazn con ms acierto que sobre el corazn
de los dems, y tengo tambin la evidencia de que comprendo y expongo
mejor lo que pasa en mi recogido hogar que aquello que est sucediendo
en los dilatados mbitos del universo. Creo adems que, partiendo de lo
particular e inmediato, se ve mejor lo general, mientras que,
procediendo a la inversa, quiz no logremos ver ni lo uno ni lo otro, ni
lo general ni lo particular. Y en ltimo caso procedo as porque mi
alicorta inteligencia carece de vuelo para generalizar. Mis pequeas
facultades de observacin no pasan del reducido mundo que me rodea, de
mi casa, de mis amigas y del centro social en que--por dicha ma--me ha
tocado nacer y vivir. Pero abandonemos este tema. Creo que lo dicho
basta como respuesta al punto a que se refieren mis discretas y amables
comunicantes. Y vamos a nuestro asunto.

Jorge, mi marido--lo dir una vez ms,--es un hombre adorable. Toda
palabra humana es plida para revelar la intensidad de mi cario. Ante
su presencia mi corazn es un altar encendido para adorar su bondad, su
nobleza y su inteligencia. Sin embargo, la otra noche, en la mesa, hemos
disputado por primera vez, amablemente, eso s, pues no poda esperarse
otra cosa de la cultura de Jorge y del respeto que, aun estando en
desacuerdo, me inspira siempre la palabra corts y discreta de mi
marido.

La causa de la discusin fu nuestro hijo, Jorgito, un nio de cuatro
aos, que es el doble eslabn de nuestra eslabonada vida, un eslabn de
rulos rubios que nos da la sensacin de unir apretadamente nuestros
corazones aqu, en la tierra, mientras dure nuestro aliento mortal, y
all, en el cielo, cuando nuestras almas se desprendan de la materia
transitoria.

Estbamos en los postres. El nio jugaba con una manzana, hacindola
rodar, una vez en direccin hacia su padre, otra vez hacia m. La
diversin del chico consista en engaarnos, amagando hacia m y
dirigindola hacia Jorge, o viceversa. Nosotros nos dejbamos engaar,
resonando en nuestras almas las risas alborozadas de Jorgito. Mi nio se
re como deben reirse los ngeles cuando salen en el cielo las auroras.
De pronto dijo mi marido:

--Se va a parecer a m, en carcter y en todo.

--No lo creo--respond.

--No lo crees, o no lo quieres?

--Ni lo creo ni lo quiero.

--Entonces quieres decir que no soy yo un modelo digno de seguirse.

--No quiero decir eso. Yo creo que t eres un modelo; para m, al menos,
lo eres; quiz para otra no lo fueras, a pesar de tu bondad ingnita y
de todas las condiciones morales con que prendaste mi corazn. Pero los
gustos no son iguales y hasta se dan muchos casos de aberracin en el
gusto, gustando lo peor. Hay hombres de cualidades detestables que son
muy amados por mujeres inteligentes. La psicologa humana, la femenil
sobre todo, es un arcano de complicaciones. Hay mujeres que aman ms
profundamente cuanto ms irregular es la conducta del marido. El
martirio es para ellas un estimulante espiritual. La perfeccin les
produce tedio. Slo hallan la felicidad por contraste con los disgustos.
Un marido un poco calavera, algo donjuanesco, un poco embrolln en sus
justificaciones, tiene para ellas una seduccin misteriosa. Son
imaginaciones perturbadas, una manera de ser que no se vence con la
educacin ni con ninguna pedagoga. Ya ves que para una de stas t no
seras un modelo, aunque para m lo eres, que es lo principal.

--No comprendo cmo, tenindome t por un modelo de hombre, no deseas
que nuestro hijo se me parezca.

En este momento Jorgito rompi a llorar, porque no hacamos caso del
rodar de su manzana. Ambos le cubrimos de besos. Luego quiso sentarse en
mis rodillas, como de costumbre, despus de cenar. Levant sus ojitos
hasta los mos, en una tiernsima mirada de despedida, precursora del
sueo, y recostando su cabeza sobre mi pecho, se qued dormido. Su
pequeo corazn lata sobre el mo, fundidos ambos en ritmo de amor
inefable.

--Es ilusin de todos los padres querer que sus hijos se parezcan a
ellos. Este deseo lo sienten igualmente los esposos modelos, los padres
ejemplares, como t, que aquellos otros que carecen de estas virtudes.
Pero esta ilusin sale siempre frustrada, tanto para aquellos que
pudieran erigirse en ejemplo, como para los que estn muy lejos de ser
modelos dignos de imitacin. La paternidad, como la maternidad, anhela,
no slo la reproduccin de su imagen fsica, sino tambin de la
espiritual. Ello es una quimera. La Naturaleza no se repite; nada hace
igual; la ms absoluta variedad es su principio creador. Yo, en mi
ignorancia, no s dar una explicacin cientfica; posiblemente no habr
ninguna ciencia que lo explique. Pero sin auxilio alguno de los libros
sabios, a simple vista no ms, podemos ver esta milagrosa variedad de
los seres. Y bastan unos simples rasgos para producirla. El rostro
humano se compone de tres elementos: unos ojos, una nariz y una boca. Y
cada ser que integra la humanidad es distinto. No cabe con menos
recursos una diferenciacin mayor. Ni con los siete colores del prisma,
ni con las siete notas del pentgrama, en sus combinaciones innmeras,
se puede producir en los colores y en los sonidos una variedad tan
asombrosa como la existente en las fisonomas humanas. En la misma
manera de andar, en el aire, nos diferenciamos. Las aves de una misma
especie se diferencian igualmente; cada tero, cada chimango, tiene
personalidad en su vuelo; cortan el aire y cruzan el espacio de una
manera propia, haciendo giros y piruetas que caracterizan la
particularsima idiosincrasia de sus alas y la gracia individual del
espritu que en el mbito azul las mueve.

Jorge se re de este pequeo, emprico y trivial curso de historia
natural.

--Pero hablbamos--me dice--del orden moral.

--Ocurre otro tanto. El espritu y la razn tienen tantos grados y
diferencias como criaturas existen en el mundo. Tampoco hay caracteres
iguales, como no hay un timbre de voz igual a otro, ni una mirada igual
a otra mirada. Nuestras almas son tan distintas como nuestros rostros.

--Yo no he hablado de una identidad absoluta entre Jorgito y yo, sino de
un parecido moral. Por qu no quieres que se me parezca?

--Porque quiero que sea original, nico. Yo deseo que sea bueno, tan
bueno como t, pero con una bondad propia, con la suya. Porque as como
hay muchas maneras de ser malo, hay tambin muchas de ser bueno. En
todos los libritos de mstica, en todos los devocionarios, leers estas
sencillas palabras: las vas del Seor son innmeras, queriendo
expresar con ello que los caminos para llegar al cielo son infinitos;
que hay, en fin, muchas formas de ser buenos y de practicar el bien. Y
yo quiero que Jorgito tenga su camino propio, hecho por la huella de su
alma, como deseo que tenga en el mundo un puesto digno, conquistado por
su propio esfuerzo, aunque, claro est, nosotros hemos de ayudarle; pero
quiero decir que mi deseo es que en su lucha por la vida tenga armas
propias, suyas, originales, obtenidas por medio de una interpretacin
personal del mundo. Y si Dios, en su infinita bondad, se dignara
concedernos la suprema merced de besarle en la frente e iluminar su
inteligencia con los destellos del genio, deseara igualmente que fuera
la suya una genialidad nica, personal, sin parecido alguno con las
dems lumbreras que han florecido en la tierra. Quiero, pues, que sea un
modelo, pero no imitado ni imitable. Deseo para l el don de la mxima
personalidad.

--T no sabes que los seres muy originales no suelen ser los ms
felices?

--Yo creo que lo ms desdichado es no tener personalidad.

--Ya que no quieres que se parezca a m, supongo que, en algo, desears
que se parezca a t.

--En una sola cosa. Deseo que cuando se case tenga por su compaera la
intensidad de amor que yo siento por t. Es algo difcil...

--No, no; en esto no transijo. Quiero que su amor sea como el mo por
t.

--Bueno: arreglemos este punto; que acumule en el suyo el de los dos.
Vaya una suerte que espera a la futura!...

Jorgito segua dormido con placidez encantadora. Le llevamos a acostar.
Su padre arregl el almohadn de la cuna. La cabecita de rulos rubios
pareca una rosa dorada. Nos quedamos mirndole, mudos y conmovidos.

--Despus de todo lo que hemos hablado--dijo Jorge--quin sabe la suerte
que le espera en el mundo.

--Ay, s, quin sabe, quin sabe! Que Dios te proteja, alma de mi
alma!...




LAS REINAS EN LA GUERRA


En medio de la tragedia de los pueblos, los reyes continan en perfecta
salud. Y esto es lo principal, como decan los cortesanos de Versalles
en tiempos de Luis XIV.

La salud del rey, en momentos de hondas perturbaciones y cataclismos
sociales, es de una importancia fundamental. En las guerras, como en el
ajedrez--que es el remedo ms perfecto de las batallas,--el desastre
definitivo est en el jaque-mate al rey. Mientras no se pierden ms que
alfiles, peones, caballos, torres, o la dama, la partida, con todos sus
accidentes, tropiezos, errores tcticos y estratgicos, no est an
perdida. Pero, cuando se pierde el rey, cuando sufre jaque-mate, todo se
acab de una manera irremediable y definitiva.

Despus del mate al rey, sigue en importancia desastrosa el jaque a la
reina. En la defensa del rey y la reina se cifra, por lo tanto, toda la
estrategia del ajedrez. Pero aunque la similitud entre el ajedrez y las
batallas humanas, poltico-militares, es muy grande, existe, sin
embargo, la radical diferencia que hay entre la vida y el puro mecanismo
de unos muecos de madera. Aclaremos un poco el punto. En el ajedrez, el
rey y la reina se mueven con el mismo propsito: dar jaque-mate al otro
reinado; es la lucha del matrimonio de monarcas blancos contra el
matrimonio de monarcas negros. La lucha es clara, simple, aparte la
complejidad de los accidentes de la batalla ajedrecista. No ocurre as
en la vida. En una conflagracin de muchos tronos y de muchos pueblos,
puede ocurrir--ocurre con frecuencia--que los deseos y simpatas del rey
y de la reina no sean coincidentes por razones de parentesco, de raza,
de educacin, hasta de capricho, pues no hay que olvidar que los
monarcas tienen las mismas pasiones que los dems mortales, pequeo
detalle que nos hace dudar de su origen divino. A veces sus pasiones son
inferiores a las ms comunes y vulgares. Por eso ha dicho un clsico
escritor francs, gran ironista, que es ms fcil estar por encima de
los reyes que a su altura. Ahora bien: el rey y la reina tienen su
crculo palatino: polticos, militares, gentilhombres, azafatas,
cortesanos, etc., los cuales se dividen entre los anhelos de la reina y
los anhelos del rey. He aqu embarullada, confundida, anarquizada la
partida de ajedrez; pues si unos alfiles, caballos, torres y peones
tiran para un lado y otros para otro, la batalla ordenada se torna en
encrespado bochinche civil. Ya la Santa Biblia, con su gran sabidura,
alude en el Eclesiasts a estas desavenencias reales: Los pecados y
errores de los prncipes destruyen y trastornan los Estados y los hacen
pasar a manos extranjeras. (Perdonadme que mezcle el ajedrez, los reyes
y la Biblia. Las personas de poca erudicin, como yo, hacemos siempre
un pequeo baturrillo con lo poco que sabemos.)

Todas las monarquas son de origen cosmopolita. Ningn rey, ninguna
reina, tienen la sangre pura del pueblo en que reinan. Como se casan
solamente entre s, porque la ley prohibe el matrimonio morgantico,
resulta que los verdaderos extranjeros en todo pueblo son el rey y la
reina. As, pues, en vez de sangre azul, puramente azul, la tienen de
todos los colores. La pureza sangunea est mejor fijada en los caballos
de carreras.

El diverso origen del rey y de la reina hace que sus tendencias, deseos,
ideas, gustos, sentimientos, humor y emociones sean distintos. Los
prncipes reinantes de cada pas derivan de los diversos tronos
conflagrados. Y as, al tratarse de entrar o no entrar en la guerra, la
reina puede preferir un grupo de beligerantes y el rey otro. En las
cuatro monarquas balknicas, en ese trgico tute de reyes, ha debido
ocurrir algo de esto. La historia lo aclarar, si es que la historia
aclara algo.

Desde luego, el rey manda: pero el rey, al mismo tiempo que rey, es
marido, sujeto, por lo tanto, a las mismas influencias, peripecias y
contingencias, buenas y malas, de todo marido. En los palacios reales
pasan las mismas cosas que en otra casa cualquiera, y a veces peores.
Napolen, por ejemplo, el nico emperador por derecho propio, que pas
los Alpes, los Pirineos, la Selva Negra, las montaas austracas y
rusas, no hubiera podido pasar un tnel. Si entonces hubiesen existido
tneles. El aditamento que sus dos mujeres, Josefina y Mara Luisa, le
pusieron en su cabeza, genial y estratgica, se lo hubiera impedido.

Con estas premisas llegamos al nudo de la cuestin. En qu grado una
reina puede cambiar la historia de un pueblo, influyendo sobre el nimo
del monarca? Ello depende de muchas causas. El alcance de esta
influencia se relaciona, en primer trmino, con el amor. Si el rey est
muy enamorado, la reina har lo que quiera. Y reinando sobre el rey, la
reina reinar sobre el reino. Porque el hombre, que se cree el rey de
creacin, no suele ser, cuando est enamorado, ms que el esclavo de la
mujer. En la historia universal, desde Troya hasta ahora, el amor ha
jugado un papel importantsimo, usurpando con frecuencia su lugar a la
majestad de la lgica para llevar por el mundo el soplo de la locura.
Los investigadores e intrpretes de la historia antigua y moderna deban
atenerse siempre al popular aforismo francs: Cherchez la femme.

La influencia de la reina puede estar basada tambin en que el rey sea
tonto, cosa muy posible, pues la tontera es muy democrtica y se mete
en cualquier cabeza, sin respetar jerarquas. Puede suceder asimismo que
el monarca sea un ignorante, porque si se reina por derecho divino, no
se estudia ni se aprende sino por esfuerzo propio, quemndose las
pestaas como cualquier simple mortal. Un rey ignorante es un asno con
corona, segn siglos hace dijo uno de ellos, Alfonso V. El estudio es
un trabajo plebeyo, y no est bien que los reyes desciendan a
ocupaciones propias de los vasallos. Alfonso V mereca, por su
sentencia, ser destronado.

Pues bien: ya por estar muy enamorado, ya por ser tonto o ignorante, la
prerrogativa real cae, de hecho, en manos de la reina. Ella impone sus
deseos al rey y, por consecuencia, al pueblo, este colosal organismo
infantil a quien siglos de experiencia tornan cada da ms nio. Intil
me parece sealar ejemplos. Bastar decir que no pocos de los grandes
sucesos que conmovieron al mundo nacieron en las cmaras reales.

Y he aqu cmo las reinas hacen la historia, o, por lo menos, las
historias. Sometido el rey al influjo de la voluntad de la reina, puede
sta llevar al pueblo a un campo guerrero contrario a las conveniencias
nacionales, cambiando as el curso de su historia y hacindole infeliz
en vez de venturoso, aunque la ventura colectiva quiz no sea ms que un
puro sueo abstracto. No quiere esto decir que las reinas yerren con
ms frecuencia que los reyes, los cuales, aunque de origen divino, pocas
veces tienen la divina gracia del acierto humano. Slo quiero establecer
que el juego de las influencias dentro de los matrimonios, reales o
plebeyos, es siempre el mismo, aunque sus consecuencias, claro est, son
muy distintas en trascendencia histrica. Estos inconvenientes de los
reinados no tienen, segn mi pobre juicio poltico (ya sabis que yo no
entiendo de estas cosas), ms que un remedio: suprimirlos. En tal
sentido nuestra Amrica, tan atrasada, segn los europeos, ha resuelto
el problema en toda su extensin continental. Segn Eleuterio, el marido
de mi ex amiga Petrona, que es, como sabis, hombre muy grave y
reflexivo, los pueblos europeos acabarn por adoptar las instituciones
republicanas de los americanos, con las cuales es posible que se maten
con ms frecuencia, pero ser por propia iniciativa y gusto propio, y no
por mandato del rey o por antojo de la reina.

En los magnos sucesos histricos, la reina se diferencia del rey por su
menor sensibilidad ante lo que podemos llamar sentimiento responsable. A
la reina, como mujer, apenas le preocupa la posteridad. El rey, en
cambio, suele ser muy sensible al juicio de los siglos futuros. A la
reina lo que ms le importa es el triunfo inmediato de sus ideas y
deseos, sobre todo, de sus deseos. El hombre es un fatuo del porvenir:
la mujer rara vez pasa de vanidosa presente. Y quiz la mujer se halle
en esto mejor orientada. La posteridad se compone de las gentes que an
no han nacido. Y conociendo a las que ahora existen, no es de suponer
que sean mejores ni ms sensatas las que aparezcan sobre la tierra en
las futuras edades. La reina, ms instintiva siempre que el rey, tiene
un juicio ms exacto de la posteridad.

Resultar un poco extrao a mis habituales lectoras que yo trate esta
materia de psicologa palatina. Debo sobre este punto una explicacin
reveladora del origen de mis conocimientos. En realidad, yo no he pisado
en mi vida un palacio real ni he conocido nunca a ningn monarca ni a
ninguna reina. No he estado en Europa. Desciendo de un vasco remoto que
en el primer tercio del siglo pasado empez a apoderarse de la tierra
por centenares de leguas. Por diversos entronques familiares, he venido
a pertenecer, al cabo de un siglo, al patriciado de mi pas y a su alta
sociedad. El nombre y la opulencia--ms aun la opulencia--determinaron
que fuese elegida de la comisin de damas para recibir y obsequiar,
cuando el Centenario, a una altsima dama, nacida en alczar. Me hice
muy amiga de ella, honrndome mucho con su intimidad. Y en nuestras
conversaciones, a fin de satisfacer mi curiosidad, tuvo la complacencia
de hablarme frecuentemente de las cortes europeas que ella conoce tanto,
de sus costumbres y hasta de sus secretos. As, pues, este pequeo
ensayo sobre reyes y reinas est hecho con el auxilio de las
reminiscencias de aquellas parlas interesantsimas...




FRIVOLIDAD Y TILINGUISMO


El jueves ltimo d en mi casa una fiesta sin pretensiones de sarao, una
pequea reunin en obsequio de mis sobrinas, Carmen y Luca, hijas de mi
hermana mayor. Invit a las amigas de las muchachas y a varios jvenes,
pertenecientes, unas y otros, a nuestro gran mundo.

La fiesta tena por objeto principal presentar a mis sobrinas en
sociedad. Debo deciros sobre ellas algunas palabras. Carmen y Luca son
mellizas, muy lindas ambas y bastante vivaces, sobre todo Luca, mi
ahijada. Apenas cuentan 16 aos. A Estefana, mi hermana, le urga mucho
esta presentacin. Yo la deca con frecuencia que me pareca pronto para
lanzar a las nias al torbellino del mundo. Hcela sobre este punto
algunas reflexiones, censurando la costumbre, ya tan difundida en Buenos
Aires, de presentar a las nias en sociedad cuando apenas han salido de
la infancia. Ello me parece un grave error. A esa edad ni el espritu
ni la mente tienen, no ya madurez, ni siquiera aquel grado de equilibrio
elemental que se necesita para frecuentar los salones y actuar en la
sociedad. Claro est que la experiencia del mundo slo se adquiere
andando en el mundo. Pero bueno es llegar a l con todas las cautelas
que sugiere la razn formada; porque el mundo, al decir de un santo que
tengo en gran devocin, es un pomposo bajel sobre procelosos mares. Al
da siguiente de ponerlas de largo ya se quiere lucirlas en sociedad.
Pero, para entrar en los procelosos mares a que alude el santo, no
basta llevar los vestidos de largo; se requiere que sea no menos largo
el entendimiento. Para la salud misma no es conveniente experimentar las
impresiones del mundo cuando apenas se ha iniciado la pubertad. Su
cerebro pueril y la infantilidad de su espritu hacen que se hallen
cohibidas, llenas de cortedad, incapaces de sostener una conversacin,
ni siquiera de comprenderla cuando los conceptos son un poco sutiles. De
ah que las pobrecitas, a todo cuanto se les dice, respondan
maquinalmente con esta insustancial muletilla: Ha visto? qu cosa!
no? Qu cosa! no? ha visto?...

Como viera que todas estas razones contrariaban a mi hermana en su prisa
por lucir a sus hijas, acced al punto a sus deseos. No quera yo que
ella interpretara mis observaciones como disculpa para eludir las
molestias y an las crticas a que da ocasin toda fiesta. Mi hermana
deseaba que la presentacin tuviera lugar en mi casa, por haber en ella
amplios salones y ser el hogar tradicional de la familia, donde tuvieron
lugar memorables fiestas en los antiguos tiempos de la castiza sociedad
portea. Nosotras, nuestra madre, nuestra abuela, tres generaciones
femeninas, en una palabra, fueron presentadas al mundo en estos vetustos
salones. Aunque la casa es ma exclusivamente, por haberla preferido en
el reparto de la herencia a otros bienes de mayor valor, siempre creo
que pertenece a toda la familia para estos fines de lucimiento comn,
para mantener el apellido y honrar a nuestra estirpe. As, pues, estaba
descontado que la presentacin de Carmen y Luca tuviera lugar en mi
casa. Mis reparos se referan solamente a su corta edad. Jorge, mi
marido, concluy por acallar mis escrpulos. Tu hermana lo quiere;
djala! Hazla el gusto. Qu te vas a meter t a reformar las
costumbres! Mi marido dice que el mundo est dirigido por la insensatez
y que es intil oponerse a este hecho evidente. Como Jorge discurre muy
bien y sabe mucha filosofa, justifica su aserto con razones que por ser
muy atinadas y, sobre todo, por ser suyas, a m me parecen definitivas.
Yo creo a mi marido con amor, que es la forma de credulidad ms
profunda.

A las once comenzaron a llegar las amigas de mis sobrinas, un grupo de
muchachas presentadas en sociedad este mismo ao o el anterior. Muy
lindas, muy elegantes todas ellas. Notbase que su principal
preocupacin era su propio atavo. Poco despus llegaron los jvenes:
Pedrito, Carlos, Ral, Enrique, Evaristo, otros varios. Estos donceles
merecen prrafo aparte.

Llegaban como recin salidos de la sastrera, planchados, engomados,
prensados, rgidos, encorsetados! La raya del pantaln, perfecta, como
hecha con tiralneas. Me han dicho que usan ahora una jareta en el
talle, con cuyos cordones se obtiene esta rigidez del pantaln, como si
estuvieran puestos sobre un maniqu de madera. Usan el saco entallado,
con vuelo de miriaque, como nuestras abuelas. Gastan calcetines de
colores muy vivos; azul-ail, verde-esmeralda, rojo de aurora, prendas,
en fin, propias de las bailarinas de la Opera. Llevan el pantaln
remangado, y cuando estn en coro con las muchachas, los colores se
confunden, no distinguindose los sexos. Entre todos forman un arco
iris. Pero lo interesante es lo externo de la cabeza de estos mozos, su
peinado. Parece que es obra lenta y minuciosa el tocado de sus testas.
Comienza con un lavatorio con agua de lino; luego se pasan media maana
con la toalla rodeada a la cabeza, a manera de turbante oriental, hasta
que el pelo se seque. Por ultimo, comienza el peinado: esencias
odorferas, propias de una odalisca, mucho cosmtico. El agua de lino
apelmaza el cabello en forma compacta, convirtindolo en una pasta como
de cemento armado, que defiende el cerebro contra la penetracin de toda
idea. Si se les toca con los nudillos, su cabeza suena a hueco, como un
coco despus de sacarle la pulpa. Todo es liso en la cabeza de estos
jvenes, por dentro y por fuera. Dcenme que es muy elegante llevar as
el cabello, largo y empastado, como una peluca natural, si caben juntos
los dos trminos. Para terminar el tocado se ponen una espesa capa de
vaselina, a fin de que brille mucho el pelo, nica cosa brillante en sus
cerebros. Despus, cuando van de visita, dejan en los respaldos de los
sillones y almohadillas la huella de sus peinados. Estn poniendo
perdidos los muebles de todas las casas que frecuentan.

Al poco rato se generalizaba la conversacin. Pedrito, uno de los
jvenes, hablaba con una nia, refirindose a otra ausente. Comentaban
un principio de relacin entre esta seorita, llamada Pilar, y un amigo
de Pedrito, relacin que se haba cortado apenas iniciada. La nia
pregunt a Pedrito: Y cmo va el apunte de Pilar y su amigo?

--Forfey--repuso Pedrito.

Como yo no entendiera, pregunt a mi marido lo que haba dicho.

--Forfey--me dijo Jorge--es una palabra inglesa para significar que un
caballo se ha retirado de la carrera.

--Qu horror! Vaya una manera de hablar con las nias que tienen estos
jvenes!

En otro grupo se comentaba una gran fiesta dada ltimamente. Mi sobrina
Luca pregunt:

--Estuvieron las de Garca Njera, Clotilde y Sofa?

--No entraron en el marcador--respondi el joven Evaristo.

Aludiendo al noviazgo fracasado de otra seorita, dijo Ral, uno de los
ms frvolos de mis invitados: Esa carrera no se corre.

Se habl luego de si Clotilde era o no era elegante. Es cache--dijo
Enriquito, que entiende mucho de modas.

Todos los fragmentos de conversacin que escuch eran parecidos. Los
jvenes se expresaban por medio de vocablos hpicos para significar
cualidades morales y episodios de los saraos, tertulias y reuniones. No
logr oir una sola frase espiritual, un concepto agudo, una palabra
verdaderamente fina y elegante. La funcin parlante de los mozos era
puro ejercicio de la campanilla y la laringe, sin intervencin del
espritu ni del cerebro, cuya masa gris est tan apelmazada, compacta y
oscura como el pelo. Estos pobres mozos de nuestra haut desconocen los
deleites que procura una mente docta, nutrida de lectura selecta, un
espritu iniciado en las altas emociones del arte y de la poesa. Para
sus ojos mentales el mundo est vaco; no hay en l ms que unos cuantos
caballos algeros, un sastre y un poco de agua de lino para convertir su
cabeza en un ciprs.

No es suya toda la culpa. Se han educado en la blandura de nuestras
riquezas improvisadas, repentinas, y son incapaces del menor esfuerzo,
de la menor constancia, de la menor fatiga. Y como el ignorar no cuesta
nada, poseen una necedad que est contentsima de s misma. El menor
estudio les produce neuralgias, y as renuncian los pobrecitos a la
adquisicin de todo tesoro intelectual, que es el tesoro de los tesoros,
prefiriendo el otro, el tesoro amonedado de pap, para derrocharlo en
forma dispendiosa en los clubs, en las carreras, en otras cosas peores
an, y acabar, a la postre, siendo unos desdichados. Qu sern stos
mocitos cuando lleguen a viejos? Sin hbitos de trabajo, sin capacidad
de adquisicin, sin habilidad comercial, sin cultura universitaria ni de
otro gnero alguno, qu ser de stos viejecitos? Felizmente para
ellos, pocos llegarn a octogenarios.

Qu diferencia con la generacin anterior, la de sus padres! Estos
saban, y saben trabajar, estudiaban, se afanaban por ser algo en el
mundo. Haba en ellos energa, vigor, constancia, empeoso esfuerzo. Y
as, durante su juventud, lo mismo sujetaban un rodeo con espritu
varonil que dirigan con sencilla elegancia un cotilln. Bajo el guante
blanco advertase la vitalidad de las manos dominadoras de toros. En
aquellas manos vea la mujer un firme apoyo y en aquellos corazones una
inalterable y noble constancia. Pero de estos seoritos gticos como
dicen en Espaa, qu apoyo puede esperar una mujer?

Entre las nias que asistan a la fiesta estaba Ins, hija de mi
excelente amiga Clotilde, cuya situacin econmica es bastante precaria.
Ins ha recibido una educacin esmerada y es, adems, muy inteligente y
muy espiritual. Yo siento por sta interesante y bella criatura hondo
afecto. Deseara hacer por ella lo que hara por una hija. Y as, en
todas las fiestas que doy y en todas aquellas en que intervengo o tengo
alguna influencia, hago que asista mi protegida. En una palabra: deseo
casarla bien. Los jvenes de cabeza de ciprs que asistan a la fiesta,
al saber que Ins era pobre, huan de ella como de la peste. Estos
tigrecitos buscan, no nias interesantes, sino estancias y mucha plata.
Ins permaneca silenciosa y cohibida entre aquella coleccin de
mentecatos y tilingos. La llam aparte: Ests triste, hija ma; por
qu no te diviertes, por qu no conversas, t, que eres tan espiritual y
tan ingeniosa?--No--me respondi;--no me atrevo, ni me conviene,
porque en seguida la hacen a una reputacin de sabihonda, de
marisabidilla, y la aislan a una ms. Hay que ser superficial, frvola,
y como a m no me gusta eso, pues... me callo.--Bien hecho--la
dije,--no te aflijas, hija ma; yo te buscar un novio digno de t. No
te aseguro que sea rico; pero s inteligente y espiritual y culto y muy
hombre, merecedor, en una palabra, de los tesoros de tu alma. Inesilla
se conmovi profundamente. El agua de las lgrimas bailaba en las
pupilas de sus ojos azules, en que se mezclan la vivacidad y la ternura.

Aceler cuanto pude el fin de la fiesta. Quera librar mi casa de
aquella atmsfera de majadera. Los cipreses acabaron por serme
molestos. No vea la hora de verlos desfilar a la calle. Todos ellos
ostentaban apellidos prestigiosos en nuestra historia poltica o en
nuestra breve historia econmica. Pero con el linaje de estos mocitos
ocurre lo que dicen los franceses, refirindose a las patatas: lo bueno
est debajo de tierra. Mi hermana, en cambio, se hallaba encantada con
la reunin y le satisfaca mucho el papel que haban hecho las nias,
sobre todo Carmencita, que es la ms frvola.

Cuando logr poner punto final a la fiesta, llev a mis sobrinas a una
salita retirada y les dije: No busquis novio, hijas mas, entre estos
tilingos que tienen la cabeza ms vaca que un farol. Estos mocitos de
la haut bonaerense no valen nada, ni valdrn nunca nada. Fijaros ms
bien en esos muchachos pobres que llegan del interior, de los rincones
provincianos, a estudiar en las Facultades de la capital, haciendo su
carrera en medio de las mayores estrecheces, librados exclusivamente a
su esfuerzo propio. Esos tienen porvenir; esos sern algo, y podris
sentir el orgullo de ir colgadas del brazo de verdaderos hombres. De
aquellos rincones de nuestras provincias salieron los espritus
luminosos que hicieron la patria: Sarmiento, Alberdi, Rawson, los Gallo,
Vlez Srsfield, Avellaneda, etc. Llegaron pobres como las nimas
benditas, y a fuerza de estudio, de virtud, de sobriedad, se
convirtieron en los directores de nuestra sociedad naciente, en los
escultores de un nuevo pueblo; y luego, ya muertos, fueron, son y sern,
por los siglos infinitos, los dioses penates de la patria. Fijaros en
esos provincianitos pobres que estudian, que sufren y se desvelan; que
antes de figurar en los salones, prefieren conquistar un puesto en las
actividades intelectuales del pas. En sus manos caern un da las
cosas, el mando, el poder, el prestigio, todo lo que tiene un alto y
permanente valor en la vida y en la historia. Estos otros jvenes que
habis conocido son ahora ricos en dinero, que no en ideas ni en
espiritualidad; tampoco lo sern maana en dinero, pues su vida
dispendiosa y absurda lo har volar. Junto a tales hombres la vida de
una mujer inteligente es aburrida, tediosa, y su porvenir negro. Huid
de ellos, huid de esas cabecitas de ciprs en que todo es oquedad,
insustancia, vacua mentecatez, tilinguismo huid, huid!...

Mis sobrinas se retiraron cabizbajas y un tanto mohinas. No s si me
harn caso. Lo dudo...




INES Y LOS CIPRESES


Al da siguiente de la fiesta que d en mi casa para presentar en
sociedad a mis sobrinas, vino Inesilla, mi protegida, a visitarme y a
darme las gracias por haberla invitado.

--Qu dices, muchacha!--exclam--las gracias te las debo a t por
haber asistido y haber honrado mi casa con tu graciossima presencia!

Y la di un apretado beso, expresin efusiva de mi hondo cario.

--No diga usted eso, seora.

--Ya te he dicho muchas veces que no me llames seora; llmame
Marianela, con absoluta confianza, como si fuera una hermana mayor. Yo
comparto mi cario entre mi marido, mi hijo y t. Ya lo sabes.

--Yo tambin la quiero a usted mu...

La pobrecilla no pudo terminar. Se abraz a m, dicindome con su
congoja lo que no pudieron expresar sus labios.

--Vamos, vamos... sintate. Hijita, eres sensible como una flor del
aire. No se te puede decir nada. Y el caso es que yo tambin... Bueno,
bueno, sintate. Charlemos alegremente sobre la fiesta de ayer. Vamos a
murmurar un poquito. Qu te parecieron los cipreses?

--Por qu los llama usted cipreses?

--No te parece bien puesto el nombre?

--S, muy bien; realmente parecen cipreses: su peinado apelmazado, liso,
compacto, pegadito, imita la copa de ese rbol funerario. Tambin se
parecen a l por el cuerpo rgido, atiesado, derechito. El ciprs no
parece una obra de la Naturaleza, sino de la mecnica. Los dems
rboles, aunque sean de la misma especie, son variados en sus formas, en
la estructura de sus ramas y horcajos. Cada rbol tiene su personalidad,
su aire propio, su figura individual. Los cipreses, por el contrario,
son todos iguales. Visto uno, vistos todos.

--Como ellos.

--S, s; pero en el orden moral... El ciprs es un rbol triste,
melanclico; sugiere ideas de muerte, de tumbas, de soledad; evoca el
sentimiento del vaco y de la nada.

--Oye, Inesita: mucho ms an que en lo externo, se parecen esos jvenes
en lo moral a los cipreses. Vers... El ciprs no produce nada, ni
siquiera bellotas, que es el fruto de los rboles ms humildes en la
jerarqua vegetal. Tampoco esos mocitos de la haut producen cosa
alguna; por lo tanto el parecido en este punto es idntico. El ciprs es
triste y melanclico; ello proviene, no del lugar en que se halla, sino
de su propia forma; puesto en un parque de rosas es igualmente triste.
Este carcter lamentable procede de la monotona de sus lneas,
profundamente aburridoras. Lo mismo ocurre con los cipreses humanos,
atildados, recortaditos y fililis como los cipreses vegetales. Estos
ltimos nos producen el sentimiento del vaco y de la nada. Y acaso los
otros, los cipreses humanos, no producen el mismo sentimiento de la
vaciedad y de la nada? El rbol simboliza la muerte: junto a l la
tumba. Esos jvenes, ayunos de espiritualidad, de cultura, de
ilustracin, sin inquietudes intelectuales, de voluntad desmayada,
ablicos, son, en una misma pieza, tumba y ciprs. Ya ves, pues, que en
lo moral se parecen tanto o ms que en su forma externa. La nica
diferencia consiste en que unos son cipreses plantados y los otros
semovientes. Pero hablemos de otra cosa: bailaste mucho?

--Todo lo que quise. Ya advert que se preocupaba usted de m. Una vez
que me qued sentada, por cansancio, vi que hablaba usted con Evaristo;
el ciprs se dirigi en seguida hacia m y me invit a bailar. Yo se lo
agradezco a usted...

--Ests equivocada. Fue iniciativa suya. T no necesitas que la duea de
casa se ocupe de t, porque siempre ests solicitada.

--Lo dice usted por consolarme.

--Siempre tan suspicaz, hija ma. Tu precoz espritu crtico no hace ms
que martirizarte. Este agradecimiento tuyo, injustificado en este caso,
me recuerda un gracioso episodio que te voy a contar. Hace dos aos di
otra fiesta en mi casa. Invit a mi ex amiga Petrona (ya sabes que se ha
enojado conmigo) y a su cuada Pepa. Los jvenes atendan a sta muy
poco. Ello se explica; la pobre est ya muy metida en aos (pasa de los
35), y no es muy agraciada. Petrona ha hecho cuanto ha podido para
casarla y... nada imposible! La criatura es incolocable. Verdad es que
Petrona, con esos humos aristocrticos que tiene, la ha perjudicado ms
que nadie. Todo le pareca poco. Y ella misma, la misma Pepa, crea que
por ser hermana de un ministro, iba a calzar con un Anchorena, como dice
Del Campo en el Fausto. Ilusiones... Pues bueno: como te digo, los
jvenes no la atendan, no la sacaban a bailar. Para una duea de casa
es un martirio que una seorita planche. Habl a unos y otros; me ayud
tambin Jorge, mi marido, que recurra a su hermano Ral, cuando ya no
sabamos a quin endosrsela. As logramos que bailara casi toda la
noche. Al da siguiente vino Petrona a visitarme, y como es tan ingenua
y tan pintoresco su lenguaje, exclam, dndome un abrazo: Ay,
Marianela, muchas gracias por haber hecho girar a la Pepa!.

Ins se re del dicho de Petrona, pero noto que al punto vuelve a
quedarse ligeramente triste. Trato de animarla:

--Y qu tal la conversacin de los cipreses? Muy interesante, eh?...

--Mucho. Pedrito me habl de las carreras; lleva la cuenta de los
minutos y segundos que emplea cada caballo en dos mil metros.

--Qu interesante! Estaras muy divertida con tal conversacin?

--Pues me divert. Me di por hacerme la entendida en carreras. Le habl
de las teoras de Barey, el clebre cuidador ingls, segn el cual una
palabra colrica aumenta el pulso de un caballo en diez pulsaciones por
minuto. Luego, ya por mi cuenta, le dije que para correr sus caballos
debe elegir un jockey que tenga voz de tenor, porque las vibraciones
de este timbre son un estmulo mayor para los animales que la voz
baritonal. No se di cuenta del titeo. Por el contrario, se qued
asombrado ante mis conocimientos y me comprometi para otras dos piezas.
Qu galante!...

--Graciossimo, muchacha, graciossimo!--exclam, rindome;--ya not
que te asediaba mucho y que estaba lo ms obsequioso contigo.

--Era por los caballos. Les debo el honor de dos valses con Pedrito.

--Y los otros cipreses, qu te dijeron?

--Evaristo me habl tambin del hipdromo; critic mucho que la pista de
Palermo no tenga csped, como las pistas de Pars y de Londres. Asegur,
en tono desdeoso, que aqu estamos muy atrasados en estas cosas, que
son tan importantes en todo pas civilizado. Crame, seorita--agreg
con gravedad imponente:--despus de haber estado en Longchamps y en
Epsom, en los grandes hipdromos de Pars y Londres, no se puede ir a
Palermo. Vuelve uno lleno de polvo, hecho un asco impresentable! A
Evaristo no le llaman la atencin los caballos; le interesa la pista, y,
sobre todo, el verde. Est deseando que se acabe la guerra para volverse
a Europa, porque aqu, sin csped en la pista de Palermo, ya no puede
vivir.

--Y Enriquito, qu te dijo?

--Ay, no me hable! Es el ms frvolo y el ms insulso de todos.

--S, hijita, ese es el arquetipo del tilinguismo.

--No me habl ms que de modas femeninas y de si tal muchacha es ms
elegante que tal otra. Cree que la moda vuelve otra vez a la poca de la
Pompadour. Est conforme en principio con la adopcin de aquel traje,
pero previas algunas reformas que me explic con gran riqueza de
detalles. Hizo la crtica de los vestidos que llevaban varias nias el
da del premio del Jockey Club. Parece que Clotilde se present con un
sombrero un tanto estrambtico. Me pregunt si la haba visto. Y como le
dijera que no, exclam al punto: Era un sombrero digno! de verse.

--Y Carlitos Nuezvana, estuvo muy espiritual?

--Ese me habl de modas masculinas. Estaba muy disgustado porque, debido
a la guerra, no puede hacer venir sus trajes de Londres, de donde los ha
trado siempre. En Buenos Aires no hay sastres: son talabarteros. Se
hallaba molestsimo con el traje de frac que le haban hecho aqu. Vea
usted este frac; el corte es imposible; las solapas no se plegan, los
faldones son cortos, estoy ridculo! Le dije que el secreto de la
elegancia no est en que lo que uno se pone le mejore a uno, sino en
mejorar uno lo que uno se pone. Pero no entendi el sentido de esta
definicin de la elegancia. Entonces le dije que es el aire de la
persona y no el vestido lo que la hace ser naturalmente elegante. Y le
agregu que l era muy airoso, que era todo aire, de pies a cabeza. Me
di las gracias. Por ltimo agreg: Estoy lo ms contrariado por estos
inconvenientes de la conflagracin.

--Y con Ernesto, cmo te fu?

--A Ernesto le da por la aristocracia. Slo me habl de si eran o no
eran conocidas las personas que asistieron a las diversas fiestas dadas
este invierno. La calidad de las gentes que concurren a las reuniones
constituye su preocupacin. El hombre es de un aristocratismo
completamente empingorotado. Parece que hubiera nacido en medio de la
corte de la casa de Austria. El pobrecito es ms hueco que una caa de
pescar. Se me ocurri hablarle de poltica, preguntndole: Vot usted
por los radicales?--Qu esperanza!--me respondi;--no es gente
conocida...

--De manera que te aburriste en grande?

--No, eso no. La tontera tiene siempre algo de divertida.

--Tienes razn, hijita. Adems la tontera es tan variada como la
inteligencia. Hay tontos de muchsimas clases, como hay inteligentes de
muchas maneras. Pero el tonto es siempre ms perfecto como tonto que el
inteligente como inteligente. La Naturaleza, cuando crea un inteligente,
le deja siempre alguna falla, alguna tontera. En cambio, cuando crea un
tonto, la Naturaleza es maestra; lo crea completo, sin pero, perfecto,
redondo. Dios te libre, hijita, de uno de stos.

--Pues hay uno que...

--Te persigue? No me digas! Le conozco yo?

--S; estaba aqu anoche.

--Qu me dices! Cuenta, cuenta...

--Otro da. Ahora tengo que irme. Van a venir a buscarme. Ya le contar,
porque necesito su consejo. Mam--ya la conoce usted--en siendo rico y
persona conocida... Pero yo no quiero no quiero! Y habr lucha. Y tiene
usted que ayudarme, porque yo no me caso con un tilingo, por mucha plata
que tenga y por muy conocido que sea. Eso no, eso no!...

Vinieron a buscarla y se fu. Pero quedamos en que vendr a verme uno de
estos das y me expondr su problema. Me ha dejado llena de curiosidad y
un poco intranquila.




LA FIESTA HPICA


Una tarde clarsima, luminosa, radiante; el cielo azul, altsimo,
lmpido, traslcido. La primavera ha cubierto de verde follaje la
desnuda vegetacin invernal. Se oyen entre la enramada pos de amor.
Todo es vitalidad, alegra, florescencia.

La muchedumbre urbana invade el hipdromo, a presenciar la gran carrera
del ao. La tribuna popular forma una masa compacta, densa, apretada,
inmvil casi por falta de espacio para moverse, rebullendo sobre s
misma. En el otro extremo, en la tribuna del paddock la clase media
ofrece su nutridsimo concurso a la fiesta. En medio, entre el vasto
tinglado para el pueblo y el paddock de los pudientes, la tribuna del
Jockey, atestada igualmente de selecto pblico: aristocracia, alta
burguesa, sportsmen, clubmen, dandys, numerosos cipreses,
embajadores extranjeros que han venido a presenciar la trasmisin del
mando presidencial, los cuales llevarn a sus respectivos pases,
tendidos a lo largo del Continente, la impresin de la brillante vida
bonaerense. De retorno en Lima, Asuncin, La Paz, Ro, Mjico, etc.,
estos embajadores contarn las maravillas de nuestra rpida evolucin
social y econmica, el refinamiento de nuestra vida, nuestros progresos
sorprendentes. En los crculos sociales y polticos de sus respectivos
pases--un poco remisos al progreso, lentos en su desarrollo, un poco
estrechos en su economa, trgicos en su poltica, caticos y confusos
en su total existencia--narrarn lo que vieron en Buenos Aires, dando a
sus oyentes la sensacin de haber contemplado en el Sur el foco
civilizador del Continente, un foco en que, por virtud del progreso, de
la cultura y de la riqueza colectiva, por la tolerante convivencia de
todas las ideas, en slida y arraigada paz, es ya su luz fija y segura,
irradiando sobre todos los pueblos que moran en lamentable turbulencia
entre el mar Caribe y el ro de la Plata.

Tambin asisten a las carreras dos miembros de nuestro flamante
gobierno, en representacin, segn me dicen, del excelentsimo seor
Presidente de la Repblica, hombre poco dado a lo ostentatorio de los
grandes festivales, sobrio en sus costumbres, un tanto cartujas. El
hecho de esta representacin oficial se comenta favorablemente entre los
socios del Jockey, interpretndose como un puente de plata entre las
tres tribunas o tinglados que dividen las clases sociales en el
hipdromo. El suceso se interpreta como un indicio de que no ser
modificado el rgimen existente, ni se producir, como en Babel, una
deplorable confusin de las gentes. La ligera intranquilidad de los
clubmen ha desaparecido con la presencia de la representacin oficial.

Un rumor sordo, de muchedumbre lejana, llega de las tribunas populares
a las del Jockey: un vocero compacto de emocin, de alegra, de
ansiedad, al ver cruzar los corceles algeros, raudos como flechas
disparadas por arcos a mxima tensin.

Los gorriones, tranquilos moradores del tejaroz o alero de las tribunas,
han saltado al centro del campo que circunda la pista. Estos animalitos,
los ms sabios de la fauna voltil, han descubierto el secreto de
combinar su libertad salvaje con su integracin en la sociedad humana.
Son domsticos hasta donde quieren y libres sin limitacin. Al poco
rato, volando sobre la muchedumbre, vuelven a los aleros, solicitados
por tierna prole, amor que les infunde coraje para cruzar a ras del
aliento y de la gritera de cien mil personas. All, en el tejado,
giles y voluptuosos, disponiendo de la casa del hombre y del cielo
azul, se ren de toda aquella muchedumbre pendiente de las patas de los
caballos, inferiores a la ligereza de sus alas.

En la explanada y tribunas del Jockey daban la nota de su gracia y de su
belleza numerosas damas y seoritas ataviadas con trajes primaverales,
de vistosas muselinas, espumillas y otras telas ligeras. No haba lujo
excesivo ni ostentoso. Cierta parquedad en el adorno personal denotaba,
al par de un gusto depurado, los efectos de una crisis un tanto
pertinaz. El buen gusto y la economa tienen ntima relacin. Al
estrecharse un poco los presupuestos destinados al atavo, la mujer
aguza su ingenio para suplir con el arte los adornos costosos. Y
entonces est mejor, porque no consiste la elegancia en gastar mucho,
sino en gastar bien. El nico lujo ostentoso que se vea el domingo era
el de los cipreses. Estos pintureros y pisaverdes examinaban
atentamente los trajes de las seoritas. A uno de ellos muy presumido le
o decir, refirindose a una nia cuya elegancia no se ajustaba a sus
cnones: es cache!. El pavipollo revole la varita y sigui al
encuentro del rey de los cipreses, de Carlitos Nuezvana.

Los dos motivos de conversacin general eran las carreras, sus
accidentes y sorpresas, y los puestos de significacin poltica que an
faltan por llenar. Se hablaba al mismo tiempo de Vadarkblar y del
futuro intendente, de Saint Emilion y del nuevo jefe de polica, de
Sangre Azul y del que llenar la vacante de la direccin de Correos.
La carrera tras de estos puestos era, segn el decir de la gente, tan
competida y disputada como la que dentro de unos momentos se realizara
en la pista entre los aristcratas de la sangre hpica. En una y otra
carrera haba favoritos. Pero entre los corceles esta condicin de
favoritos dimanaba exclusivamente de su valer, demostrado en carreras
anteriores, mientras que en la carrera tras de los puestos no era el
valer demostrado la condicin esencial para ser favoritos, sino otras
circunstancias humanas, en que el mrito deriva de los codos para
abrirse camino en las competencias de la poltica.

Las damas y seoritas ponan gran inters en las carreras, examinando el
programa, las cotizaciones, los dividendos de las ya corridas, y
pidiendo y dando plpitos para las que iban a correrse. En un grupo,
una seorita muy espiritual ofreca un plpito a un mozo, ligeramente
atezado, miembro de la embajada del Brasil. Muito obrigado--repuso
ste, agregando, con el fino y galante romanticismo de su pas--; pero a
ese plpito prefiero, hermosa seorita, el rgano con que usted
palpita.--Ay, qu gracioso!--exclam la muchacha--Es una
declaracin en toda regla!--aadieron a coro los del grupo, celebrando
aquel rasgo espiritual.--Aceptado! aceptado!--deca ella, rindose y
siguiendo la broma. El fino y gentil brasileo, dirigindose
alternativamente a la nia y al grupo, repeta: Obrigado, muito
obrigado....

Pas un seor muy elegante, con traje gris, galera gris, polainas
blancas, muy expresivo en sus ademanes y gestos. Quin es?--pregunt
a mi marido.

--El Payo.

--El payo Roqu?

--El mismo que viste y calza.

--Viste y calza muy bien.

Evoqu recuerdos de mi infancia, ya un poco lejana. Con todo, el Payo
estaba an resplandeciente, conservando su ingnita gallarda y aquel
garbo propio de los buenos mozos.

Cruz el Ministro de Agricultura. Y me acord al punto de mi ex amiga
Petrona. Su marido, Eleuterio, se ha quedado sin cartera. Siento cierto
remordimiento pensando en que quiz aquella malhadada croniquilla que
escrib, relatando la conversacin que tuvo conmigo, haya podido influir
en la postergacin de un hombre de los mritos agrcolas de Eleuterio.

En el buffet, Julia Elena, como esposa del presidente del Jockey, hace
los honores de la casa, con la discrecin, la finura y el buen gusto en
ella habituales. Los embajadores y diplomticos besan su mano al entrar.
Esta costumbre, tan arraigada en los altos crculos sociales europeos,
es objeto de controversia entre el elemento argentino que circula por
los pasillos. Yo no me atrevo a dar una opinin definitiva sobre este
punto. Me parece, sin embargo, que no arraigar entre nosotros esta
forma de rendir homenaje a la mujer.

La gran carrera va a empezar. En el marcador aparece favorito
Vadarkblar. Existe un detalle que hace subir la cotizacin. Su dueo
ha asistido siempre a las carreras con indumentaria democrtica, de saco
y sombrero flexible. Hoy ha venido de jaquet y galera, con el empaque
elegante de quien est seguro de concentrar las miradas. Esta
paquetera en un hombre habitualmente sencillo y demcrata, aunque
adversario de Lisandro, es objeto de abundantes comentarios. Vadarkblar
ganar--repite todo el mundo;--el jaquet y la galera del propietario
son prendas de seguridad. Corre la voz, y, en vista de estos signos
infalibles, la cotizacin sube como la espuma. Es una fija. Yo me fijo
tambin en el distinguido propietario, y ante su aire de ganador, me
animo con unos boletitos que le hago sacar a mi marido. Siento cierto
remordimiento, pues me parece que los del Jockey jugamos con ventaja
sobre los de la tribuna popular, porque ellos no han visto, como
nosotros, al propietario, y les falta, por lo tanto, este dato seguro
del jaquet y la galera, infalibles detalles de ganador que nos ofrece
nuestro distinguido y simptico consocio. Pero en las carreras, como en
los dems juegos, es difcil no prevalerse de cualquier circunstancia
favorable, de cualquier ventaja ms o menos legal. Tiendo mi vista con
lstima a toda la colosal muchedumbre de la tribuna popular.
Pobrecitos, no saben nada! Slo aqu, en la tribuna del Jockey, estamos
en el secreto. Yo acaricio mil boletos entre la mano y el guante.
Vamos a ganar, Jorge, vamos a ganar! Y haciendo una confusin
lamentable entre poltica y carreras, aado: No hay que hacerle; los
radicales se lo llevan todo por delante! No se puede con ellos!

Ay, nuestro favorito derrotado! Vadarkblar slo da que hablar como
perdedor. He estrujado mis boletitos. Y yo que crea tan seguro el
dato del jaquet y la galera!...

Al salir para tomar nuestro automvil nos cruzamos con un amigo. Y...
cmo les fu?

--Al tacho!--responde mi marido.

Yo le aprieto el brazo y le digo: Jorge, qu palabra tan
inelegante!...




LAS ANGUSTIAS DE MI PROTEGIDA


Mi protegida Inesilla--ya os he hablado varias veces de ella--vino a
verme la otra tarde. Apenas entr en casa, not en su gracioso semblante
cierta turbacin, un estado de inquietud y desasosiego que me alarmaron.

--Ay, Marianela, mi buena amiga, mi querida protectora, las cosas que a
m me pasan no le pasan a nadie!...

Y rompi a llorar sobre mi hombro en forma acongojada y angustiosa.

--Muchacha! Me alarmas! Sosigate, Qu te pasa?...

--Es horrible, horrible! Quisiera no haber nacido!...

--No digas eso, criatura! El mundo hubiera perdido la gracia de tu
presencia en l. Pero clmate, no te sofoques, no te aflijas. Sintate
y... cuenta, cuenta. Qu te sucede?

--Que se me ha declarado... ay de m!...

--Ay de t? Ay de l, en todo caso!... Pero quin?

--Quin ha de ser! El rey de los cipreses...!!

--Hijita!... Me habas asustado. Cre que se trataba de alguna
desgracia.

--Y le parece a usted poca desgracia?--dijo llorando y riendo a un
tiempo, momento de transicin en que mi protegida se torna
verdaderamente divina.

--No creo que la declaracin de un rey, de un rey nada menos! sea causa
de afliccin. Ninguna mujer llora ante un matrimonio morgantico.

--S, rase usted...

--Es un honor que haya descendido un rey hasta tus plantas.

--Gracias, gracias.

--Pero, vamos, cuenta, cuenta, hija ma, con ese graciossimo pico que
Dios te ha dado. Me tienes impaciente. Cmo fue la cosa!...

--Pues ver usted. Se acuerda de la conversacin que tuvimos al otro
da de la fiesta que di usted para presentar en sociedad a sus sobrinas
Carmen y Luca?

Hago memoria. Ante la suspensin de mi mente, Ins agrega con verba
rpida:

--No recuerda usted que, al irme, la dije que haba un ciprs que me
persegua y que...?

--S, hijita! Cmo no? Ahora caigo. Estaba trascordada. Me haba
olvidado, porque cre que era una broma tuya.

--S, s... broma... no est mala broma. Bromazo ha resultado.

--Pero... vamos a ver: Quin es el rey de los cipreses?

--No lo sabe usted?...

--Hay tantos que pueden aspirar a esa corona!... Entre los cipreses,
como todos son iguales, cualquiera puede ser el rey.

--Pues es Carlitos Nuezvana.

--No me digas! Est bien puesto el nombre. Merece el cetro. Y se te ha
declarado? Cundo? Dnde? Cuenta, muchacha, cuenta...

--La cosa empez la noche de la fiesta que usted di, dedicada a sus
sobrinas. Comenz por insinuaciones, no muy ingeniosas. Ya sabe usted
que el pobrecito carece de sal en la cabeza.

--S, hijita; no tiene ms que agua de lino y cosmtico, con cuyos
elementos se plancha el pelo. Por dentro y por fuera, todo es plancha.
Sigue...

--Las insinuaciones fueron muy directas, por dos razones. La primera,
porque sus recursos de palabra son muy pobres.

--El mozo tilinguea en cuanto abre la boca. Claro; no estudia, no lee,
no cultiva su espritu y...

--Y la segunda... La segunda razn es la que ms me hiere. El hombre...

--El ciprs.

--Bueno. El rey de los cipreses no puso cautela ni parsimonia en sus
insinuaciones, porque crea... as me pareci a m... que me haca un
honor ofrecindome su amor.

--Y as es, hijita; se trata del rey nada menos, de Nuezvana I...

--Como lleva un apellido tan conocido y es adems tan rico, pues...
claro... no se imagina que alguien pueda decirle que no, y mucho menos
yo, que en apellido le puedo igualar, pero en plata...

--El apellido, hijita, vale cuando se sabe elevarlo. El que no sabe
abrillantarlo, o, por lo menos, mantener su brillo, valdra ms que no
lo hubiera heredado. Y en cuanto a la plata, no se necesitan millones
para ser feliz.

--Tena la seguridad absoluta de que yo le aceptara encantada. Y por
eso me hablaba con un descaro fro, sin esa emocin que en tales trances
produce la duda. Sus galanteras, exentas de espiritualidad, me
produjeron un efecto deplorable. Bailbamos un vals, y me pareci que
iba enlazada a un mueco que le haban dado cuerda. Le miraba el pelo
renegrido, hecho una pasta, como un casco de alquitrn. No se le mova
un cabello, y no pude menos de pensar que su inteligencia y su espritu
eran lo mismo, inmviles.

--Pero cmo se te declar? qu te dijo?

--Despus de elogiar mi elegancia (ya sabe usted que no habla ms que de
elegancia) me dijo que l estaba dispuesto a iniciar relaciones
conmigo. Luego agreg que se atreva a suponer que no sera rechazado.
Esto lo dijo con un airecito de seguridad impertinente, en el cual
adivinaba yo este pensamiento: qu he de ser rechazado!...

--Y t... qu le dijiste?

--Estuve por darle all mismo unas calabazas ms redondas y ms duras
que su cabeza. Pero me contuve. Me daba cierta lstima apabullarle en su
doble orgullo de rico y de aristcrata. Slo me limit a decirle: No
hay atrevimiento en su pretensin. Y agregu, con cierto retintn que
l no poda pescar; ya que usted est dispuesto (recalqu mucho esta
frase) ver si yo me dispongo. En estos casos las disposiciones deben
ser mutuas. Y aunque usted me honra mucho con su inclinacin, necesito
pensarlo...

--Muy bien, hijita, muy bien dicho.  Si eres ms viva!... Y l, qu
dijo ante esa filigrana de respuesta?

--Dijo que l no lo haba pensado; que...

--Claro! qu va a pensar l!...

--Que yo le haba gustado por mi elegancia y por mi belleza y que no
necesitaba pensar ms. Se me ocurrieron varias respuestas irnicas (qu
sereno y agudo tiene una el entendimiento cuando no ama!); pero me
limit a decirle: pues yo s, necesito pensarlo, porque es para m
asunto de capital importancia.

--Y cmo termin la escena?

--Pues termin dndome un plazo de ocho das para contestarle.

--As, imperativamente, como un rey, como el rey de los cipreses?

--As, as... El mozo tiene su arranque, a pesar de su tilinguismo y de
su mentecatez. Mis discretas evasivas enardecan el espritu del ciprs.
En el resto de la noche le elud por completo. Bail con el cuado de
usted, con Ral. Qu diferencia!...

--Eh?...

--Pero mi conflicto ahora no es con Carlitos, sino con mi propia
familia. Mam lo ha sabido. Y ya la conoce usted... Claro: ella quiere
mi felicidad. Y mi felicidad la ve en el apellido de Carlitos, en las
estancias de Carlitos, en las casas de Carlitos, en las herencias que le
van a caer a Carlitos de su abuela, de sus tas, de sus tos, de no s
quin ms... campos aqu y all, media avenida Alvear, otro tanto en
Callao y Florida, cien mil vacas, un milln de ovejas... qu s yo!
Mam ve la felicidad en los campos y en las estancias y en las casas y
en las vacas y en las ovejas; en todo esto ve la felicidad, menos en el
propio Carlitos, es decir, en mi unin con Carlitos. Yo no digo nada por
no irritarla; me limito a monoslabos...: s... no... qu s yo... Mis
hermanas me atosigan: qu ms quieres? Mis cuadas creen que me ha
tocado la lotera. Mi hermano es amigo de Carlitos, y se le figura que
tengo una suerte loca. Si pap viviera... ah!... l no vera ms que mi
corazn, pobre viejo!...; riquezas, estancias, apellido, todo estaba de
sobra si mi corazn no era feliz. Era un criollo a la antigua,
romntico, bravo, generoso, altivo. Saba ser pobre. Ay, Marianela, la
gran miseria de nuestros das es no saber ser pobres!...

La muchacha rompi a llorar: Si viviera mi viejo!...

--Aqu estoy yo para sustituir a tu viejo! No llores, criatura. No
parece sino que se hubiera desplomado el cielo. Con decirle que no,
estamos del otro lado.

--S, s, eso es fcil decirlo. Pero... viera usted cmo estn todos en
casa! Las tas de Carlitos han rodeado a mam. No les cabe en la cabeza
que su sobrino pueda ser calabaceado. Su amor propio sufrira...
figrese usted!... con el orgullo que tienen! Sera un campanazo en
todo Buenos Aires. Adems... esto es lo triste... parece que hay por
medio deudas, favores, pagars, hipotecas... qu s yo!... Y, claro,
con la boda todo se arreglaba.

--Naturalmente! Todo, menos lo tuyo.

--Pero, no debo yo sacrificarme por todos?

--No, hijita; eso nunca! Todo se arregla, deudas, hipotecas, pagars,
todo: lo que no tiene arreglo posible es un matrimonio sin amor, a
disgusto.

--Y mucho menos an queriendo a otro. Esto es horrible!...

Inesita volvi a arrojarse en mis brazos, llorando a lgrima viva.

--Cmo? qu dices? quieres a otro?

--Con toda mi alma!...

--Le conozco yo?

--S. Es pariente cercano de usted; le ve usted todos los das...

--Mi cuado?... Ral?

Por toda respuesta, la muchacha me ech los brazos al cuello. No se
agarran los nufragos a su leo con mayor firmeza.

--Pero l?...

--Tambin l...

--Pero... vamos por partes... se te ha declarado?

--Casi.

--Con casi no hacemos nada... claridad! claridad!...

--Bueno... s... se me ha declarado.

--Y t, qu le has respondido?

Inesita casi me ahoga entre sus brazos: Que s!!...

Mi alegra no tiene lmites: Inesita de mi vida, angelito, hermana
ma, no sabes lo feliz que me haces! Con Jorge, con Jorgito, contigo,
con Ral... todos juntos! qu lstima que la vida no sea eterna!
Nuestra dicha no va a caber en el mundo: va a necesitar todos los
espacios del cielo!...

Abro el piano y toco una marcha nupcial. No s qu nuevos sonidos
arranca mi alegra a las teclas. Con esta marcha me cas yo; con esta
misma te casars t.

--S, s, ay de m!--dice tristemente mi dulce hermanita:--antes de
llegar a esa marcha, buena lucha nos espera con mam, con mis cuadas,
con las tas de Carlitos, con la abuela del rey de los cipreses!--y que
no es orgullosa la seora!--; con los pagars, con las hipotecas, con...

--Con el diablo a cuatro! Va a ser la guerra de los capuletos y
montescos, agramonteses y beamonteses, federales y unitarios, una guerra
civil encarnizada. Pero venceremos. Tenemos de aliado al amor, que es
como tener de nuestra parte a Dios. Hay que hablar con Jorge y con Ral
esta noche misma. Hay que trazar la batalla con nuestro estado mayor.
Reclamo en esta guerra el puesto de capitana. Inesita, mi vida, qu
feliz soy! Pero, scate esas lgrimas; que no te vea yo llorar.
Firmes!...




LA INUTILIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA


Cubierto de crudas pieles de camello sujetadas por tosca correa que, al
andar de los siglos, haba de llamarse cngulo en la liturgia catlica,
el Bautista inici en las orillas del Jordn el sacramento a que diera
su nombre inmortal: el bautismo. Seducidos por su elocuencia sencilla y
conmovedora, comenzaron a caer a las orillas del ro algunos judos
propensos a las alucinaciones, para escuchar las homilas de aquel
girvago fluvial. Bautista era un moralista espontneo, vale decir
sincero, sin sistema tico ni dogma filosfico; lo que se dice un buen
hombre. Y, como tal, censur la unin de Herodes Antipas con su cuada y
sobrina Herodas, esposa de Filipo. El tetrarca Herodes Antipas (no hay
que confundirle con el otro, con su padre, el degollador de los
inocentes), era hombre que no aguantaba crticas a su conducta privada,
ni a sus procederes polticos, y as el austero censor, el buen
Bautista, vino a dar con sus huesos en la crcel. Herodas, por su
parte, cobr al creador del bautismo un odio mortal, de mujer herida en
su dignidad. Poco despus Salom, hija de Herodas y graciossima
bailarina, cautivaba el corazn de Herodes Antipas, danzando en su
presencia; y seducido el magnate oligarca por tan perfecto arte
coreogrfico, ofreci a Salom cuanto ella pidiera. Herodas aprovech
la coyuntura para vengarse en la forma ms cruel que puede idear el
rencor femenino; y sugestionando a su hija, pizpireta inconsciente, como
toda bailarina, hizo que pidiera al tetrarca, en premio a sus bailes, la
cabeza del pobre Bautista, que al punto le fu ofrecida en un azafate o
canastillo de mimbres, y no en plato o bandeja, como se presenta en la
pera de Strauss, en medio de una confusa e inarmnica trompetera
orquestal.

La intervencin en un problema familiar y privado cost a Bautista la
vida, trgico episodio que nos debe ensear a ser cautos, no metindonos
nunca en los asuntos de la casa ajena.

Pero la institucin del bautismo triunf de una manera absoluta. Tan
grande y pleno fu este triunfo, que las palabras bautizar y
cristianar se hicieron sinnimas. Y no hay cristiano sin bautismo. Por
eso, sin duda, los exgetas llaman a Bautista el precursor, pues fu el
que di la primera norma de todo buen cristiano, por medio de esta
ablucin que haba de limpiarnos del pecado de haber nacido.

El Estado moderno, vanidoso y absorbente, quiere tener la prioridad
sobre el baptisterio, obligando a que los sbditos recin llegados al
mundo sean inscriptos en sus registros antes de acercarlos a la santa
pila para sealarlos con la sal y los leos. Apenas nacemos, ya el
Estado comienza a hacernos vctimas de sus coacciones autoritarias en
nombre de un orden que, la verdad, no aparece por ninguna parte. Pero,
aunque el Estado quiera tener esta prioridad, lo cierto es que su
bautismo civil es una pobre imitacin, sin gracia ni belleza, del
primitivo y legtimo que Bautista inici en las orillas del Jordn,
adonde buena falta hara llevar los registros, los libros y todas las
cuentas del Estado. Y es que aquellos remotos judos tenan fantasa,
espritu creador, rodendolo todo de grave pompa e imponente solemnidad.

Una vez nacidos, sin que se nos consulte sobre un hecho tan fundamental
para nosotros, nos ponen nombre en la pila bautismal y nos inscriben en
el registro civil. Con este nombre, los hombres tratan y contratan. Las
mujeres tambin tratamos y contratamos, con ciertas restricciones
impuestas por los hombres, porque ellos solos han hecho las leyes.
Ellos, en sus cdigos, determinan cundo las mujeres somos capaces y
cundo incapaces, habiendo resuelto que seamos menos capaces cuando
estamos a su lado, ya que las casadas no pueden comprar, ni vender, ni
contratar, ni comprometerse, como las solteras mayores de edad. De
manera que la mujer disminuye sus aptitudes junto al hombre, se vuelve
ms incapaz, ms tonta, suposicin que, la verdad, no honra mucho a los
hombres. Generalmente ocurre lo contrario; los hombres se vuelven ms
tontos junto a las mujeres. Los cdigos, sin embargo, no lo creen as, y
este error esencial de la legislacin hace que los cdigos sean unos
libros mucho ms divertidos que las novelas. Pero dejemos este punto
para otra oportunidad.

Gracias al nombre que nos dan en la pila y en el registro, el mundo
tiene cierta apariencia de orden. El encasillamiento bautismal establece
las diferencias individuales en la vasta edicin humana que hace la
Naturaleza. Anotados al nacer, el resto de nuestra vida no es ms que
una serie de anotaciones. Nuestras relaciones con las dems personas
bautizadas, con el Estado, con la Iglesia, con el registro de la
propiedad, con la polica, etc., es una anotacin continua. Se anota a
las personas al nacer, al obligarse entre s, al pagar los impuestos, o
al no pagarlos--porque de todo hay,--al casarse, al reproducirse y al
morir. Es una anotacin constante, desde la cuna al sepulcro. Por ltimo
se inscribe el nombre en la losa de la tumba, con una serie de adjetivos
encomisticos que dicen, no lo que el difunto fu en vida, sino lo que
debiera haber sido. Lo caracterstico de la criatura humana, lo que la
diferencia del resto de los animales, es su resistencia a la
desaparicin del nombre; pero, al fin, se borra, se va, retorna al reino
infinito de la nada. El ensanche de ciudades y pueblos invade los
cementerios; se levantan losas y monumentos; y, al fin, no queda
recuerdo alguno de la humanidad soterrada o reducida a polvo. Del
bisabuelo para atrs no recordamos a nadie, ni nos importa un ardite su
remota existencia, salvo que los ascendientes difuntos hayan fundado
aristocracia y sirvan para dorarnos, en cuyo caso guardamos sus nombres
en unos pergaminos vetustos, para darnos corte a costa de sus cenizas
heroicas o venerables, por cualquier concepto. Pero aun esto mismo se
olvida; todos los nombres, en fin, acaban por yacer en el olvido, la
muerte de la muerte, que dijo un poeta muy romntico y ms triste que
un sauce.

Creo haber dejado establecida la importancia del bautismo, de ese
santsimo sacramento nacido en las orillas del Jordan y adoptado con un
xito evidente por toda la humanidad a travs de los siglos.

Ahora bien (pase el giro parlamentario): en Buenos Aires est corriendo
gran peligro la institucin bautismal. No es que la gente deje de
bautizarse y de inscribirse en el registro civil; pero el nombre puesto
por la Iglesia y por el Estado, en completo acuerdo, sufre luego una
trasformacin radical. Un mote familiar y carioso puesto en el hogar o
por los amigos, sustituye al nombre civil y de pila. Entre la joven
poblacin masculina ya nadie se llama Pedro, Juan, Diego, Carlos,
Enrique, Joaqun, Jaime, Jorge, Ral, Roberto, etc.

Los nombres sustitutos son stos: Cucho, Chocho, Cacho, Gogo,
Gog, Tito, Toto, Tot, El chino, Baby, El Bebe, Nenn,
Charln, El gordo, El flaco, Nono, Fito, El rubio, El
negro, Perucho, El gringo, El mono, Taco, Cotaco, El
alemn, El ingls, El vasco, El Tuerto, Pototo, Poroto,
Lalo, El nene, Peringote, Piringo, El gallo, El gato. En
fin... cuento de nunca acabar. Y entre las seoritas ocurre otro tanto:
Mangacha, Mecha, Mechita, Cochonga, Chucha, Cocha, Coca,
La gringa, Neneite, Nenana, La Negra, Fifa, Tina, Tinita,
Mim, Nini, Nina, Sisi, Potota, Chiveta, Matesa, La
gata, Lol, etc., etc.

Como se ve, el bautismo ha desaparecido. El sacramento no vale un
sacramento, y pase lo irreverente de la expresin popular en gracia a la
exactitud. Y ocurre preguntar: para qu llevar a los recin nacidos a
la pila bautismal e incribirlos en el registro civil, si luego hemos de
llamarlos de un modo distinto de lo convenido con la Iglesia y con el
Estado? Esto, francamente, no es serio. No es serio burlarse as de dos
instituciones como la Iglesia y el Estado, sobre cuyos seculares
cimientos reposa toda la chapitelera de la civilizacin. Si no gustan
ya a la gente los nombres cristianos, los que figuran en el santoral,
hgase un nuevo calendario con los motes familiares trascriptos. Todo es
aceptable, menos bautizar a la gente de una manera y llamarla de otra,
pues ello origina una confusin anrquica por la cual se viene abajo
todo el casillero en que los libros parroquiales y los registros civiles
han ido metiendo pacientemente la filiacin de las personas.

Yo no creo que los nombres de los santos sean tan desdeables para caer
en semejante desuso y relegarlos al olvido, sustituyndolos por apodos
caprichosos. Por otra parte, tanto la Iglesia como el Estado son
sumamente tolerantes y admiten cualquier nombre, a gusto del consumidor.
No pocos de stos desean para sus hijos nombres sonoros, gloriosos e
inmortales, y as van algunos por el mundo cubiertos de ridculo con
esta etiqueta bautismal y civil: Epaminondas Prez, Aristteles
Rodrguez, Scrates Gonzlez. Tambin se convierten en nombres algunos
apellidos clebres. Ejemplos: Wshington Martnez, Franklin Gutirrez.
Las instituciones civiles y eclesisticas admiten cualquier nombre,
fuera del santoral: pero, una vez bautizado con el nombre de
Epaminondas, es depresivo llamarle Poroto; si se le ha puesto el
nombre de Scrates, resulta ridculo y ofensivo para la antigua Grecia
filosfica llamarle El mono; y si, en fin, se le puso el nombre de
Washington, o de Franklin, es inadmisible llamarle Piringo o El
gringo.

Hay quien sostiene que los apodos son ms lgicos que los nombres.
Cuando el mote alude a una condicin moral, a un rasgo del carcter, a
una modalidad particular del espritu, tiene, indudablemente, una
determinacin ms apropiada que el nombre. Es el bautismo
correspondiente a la idiosincrasia del sujeto. Existe cierta lgica en
esperar a que el individuo acuse su personalidad para luego aplicarle la
denominacin correspondiente; porque si el individuo es tmido como un
conejo casero, resulta paradgico ponerle el nombre de Napolen. Pero el
bautismo no tiene por objeto calificar con precisin a los nacidos, sino
absolverlos del delito de nacer--porque se delinque naciendo--y evitar
que, en el caso de nacer y morir simultneamente, frecuente desventura
doble, vayamos al Limbo, mansin dedicada a los que no se han estrenado
en la vida con ningn acto molesto para los dems.

El mote tiene, pues, cierta lgica cuando caracteriza al individuo. Pero
los apodos transcriptos no dicen nada, no determinan las condiciones
morales de las personas: son palabras sin sentido, verdaderas oeras,
que no pueden suplantar a los nombres bautismales, de tan rico y remoto
contenido filolgico.

Como se ha visto, corre entre nosotros gran peligro el sacramento
instituido o iniciado en el Jordn por aquel santo varn, girvago
fluvial, que perdi la cabeza por el raro capricho de la bailarina
Salom.




SIN PRESIDENTA


La intervencin de varias y bondadosas amigas ha influido de modo
decisivo para que Petrona y yo hagamos las paces, despus de unos meses
de enojo y distanciamiento por parte de ella, pues, por lo que a m
toca, nunca dej de considerarla como amiga; porque, dicho sea en
secreto entre los doscientos mil lectores de La Prensa, aunque Petrona
padece cierto tilinguismo verboso, yo siempre la consider una dama
excelente, perfecta esposa y madre amantsima, no ya slo de sus hijas,
sino tambin de los maridos de sus hijas; lo que se dice, en fin, una
buena mujer, cosa difcil, porque, segn un filsofo (me lo ha dicho mi
marido, que lee filosofa) la mujer es un hombre imperfecto.

Las bondadosas gentes que hacen a mis escritos la merced de sus ojos
recordarn la causa del enojo de Petrona. Debise a una malhadada
croniquilla ma en que relataba las inquietudes de mi amiga ante el
hermtico silencio que precedi a la composicin del actual ministerio.
Yo dije que, segn Petrona y segn todo el mundo, inclusive yo misma,
partcula diminuta del universo, pero con derecho opinante--que un
grillo es un grillo y se le oye--el hombre sealado para la cartera de
Agricultura por todo el mundo, includos los grillos, era Eleuterio, el
marido de mi amiga, notable cultor de las ciencias agrarias y
especialista, sobre todo, en el mejor aprovechamiento del maz, que
debe, segn su doctrina, trasformarse en carne, sirviendo para ello de
agente digestivo cierta especie de la fauna domstica, cuyo nombre no
debe estamparse en esta pgina dedicada a la elegancia. Y bien (pase el
galicismo): mi amiga se enoj mucho, empecinada en que yo haba puesto
en ridculo a un hombre tan eminente y de tan slida reputacin agrcola
como Eleuterio. Intiles fueron mis excusas. Cuando una cosa no se
entiende como es debido, es porque en ello interviene ms la voluntad
que el entendimiento. Por lo dems, cabe en lo posible que mi
inexperiencia periodstica, en vez de un buen servicio, se lo hiciera
flaco. Pero mi intencin, tratando de hacer atmsfera a la candidatura
de Eleuterio, fu buena, inmejorable; y los actos no han de juzgarse por
los resultados, siempre contingentes y problemticos, sino por la
intencin que los gua, teniendo en cuenta que quien escribe no puede
evitar las interpretaciones torcidas de la malicia humana, que siempre
es mucha.

Felizmente, las paces estn hechas, aunque haya costado casi tanto como
concertar la paz europea. Las paces--djelo ya otra vez--son ms
difciles de concertar que la paz. Es cierto que en este caso las
negociadoras han sido muy eficaces, especialmente la viuda de Esquiln,
muy unida a Petrona por su comn aficin a la poltica. No menor
influencia han tenido dos cartas, una para m y otra para Petrona, dos
chispeantes y graciosas epstolas de Rosala Arregui del Moral de Prez
y Gmpora, dirigidas desde Los Carpinchos, de donde no se mueve
Rosala, va ya para dos aos, quieta junto a su pastor en la soledad de
los campos, persistente en ayudarle con la gracia de su presencia a
reconstruir la fortuna, alegre, feliz, y viviendo, en fin, entre
corderillos, recentales y aves domsticas, con arreglo a los clsicos
preceptos de las gergicas de Virgilio.

Urgan estas explicaciones, un tanto menudas, pero necesarias, para que
no crean mis lectoras, al verme otra vez amiga de Petrona, que soy una
veleta tornadiza que hago y deshago amistades por simple capricho,
incapaz de aquella serena constancia y ponderado equilibrio de humor
que, dentro de las naturales destemplanzas de los nervios femeniles y de
la extremada sensibilidad de nuestras vanidades diarias, ya sealadas
por el viejo Salomn, han de ponerse en el cultivo de las relaciones y
de los afectos.

Y basta de prlogo, que ninguno largo fue bueno.

       *       *       *       *       *

Para iniciar las paces ofrec la otra tarde un t en mi casa, principio
del tratado que pensamos ratificar con una comida. Como slo se trataba
de un armisticio, celebrado con infusin de la China, no asistieron ms
que Petrona y la viuda de Esquiln; esta ltima en calidad de
intermediaria para entregarnos, en medio de la infusin, a la efusin
del primer abrazo reconciliatorio.

Roto el hielo y reanudada la amistad, charlamos mucho. Como antes va
dicho, ambas tienen gran aficin a la poltica, en su aspecto, claro
est, femenino, pues ni ellas ni yo poseemos luces para tratar el tema a
fondo, suponiendo que en el tema poltico haya fondo y reinen alguna vez
las luces. Pero esta aficin es distinta en cada una de mis amigas. La
de Esquiln quedse viuda muy temprano; es rica y no tiene hijos. Perdi
el marido, el doctor Esquiln, en una provinciana trifulca electoral.
Era un orador abundante, como un grifo suelto, y cuando vi que la
palabra no bastaba, porque los adversarios llevaban los gauchos en
silencio a las urnas, el doctor Esquiln enmudeci y ech mano de las
ms desaforadas violencias. Se discute an si el tiro parti de la
comisara, o de los amigos, o de los contrarios, o de un asesino suelto,
enemigo personal por esto o por aquello. Probablemente no se sabr nunca
la causa; la verdad est ya tan soterrada por tal cmulo de versiones
contradictorias e interesadas, que nunca se lograr desenterrarla. Lo
nico cierto es que el tiro se llev la vida del doctor Esquiln,
privando al pas de una de las laringes mejor organizadas para emitir
sonidos articulados que, a veces, parecan conceptos para hacer felices
a los pueblos. Todo termin con una placa de bronce heroico sobre su
sepulcro, dedicada por sus amigos, con unas lneas laudatorias,
resistentes a las lluvias, al sol y a la accin corrosiva del tiempo,
que al fin acabar con ellas. Margarita, la viuda, quedse sola,
admirando en silencio el bro de su joven marido y su exaltado fervor
poltico para defender, si no las ideas, unos cuantos electores con unas
cuantas papeletas ms o menos limpias. Con razn dice mi esposo que el
sufragio universal cuesta ms de lo que vale. Margarita llor mucho.
Pero, al fin, todo tiene fin, hasta las lgrimas. Joven, linda y rica,
la vida, pramo a raz de la muerte del pobre Esquiln, perdi, poco a
poco, su aspecto desolado, recobrando sus muchos encantos y seducciones.
Hoy Margarita se ha devuelto al mundo, con evidente deseo de vivir, y
hasta ofrece un continente risueo, cierta alegra discreta,
disciplinada por la viudez, que aumenta la gracia de su rostro
hechicero. Hace activa vida social: viste con elegancia; usa atavos de
colores discretos; conversa con soltura y cierta abundancia, que se le
peg, sin duda, del malogrado orador; y pasa, en fin, entre las nias,
por otra ms experimentada, gozando entre las matronas de aquella tierna
simpata que merecen siempre los infortunios prematuros. Resumen de todo
lo dicho: es muy simptica la viuda de Esquiln.

Su gusto por la poltica dimana del inters que le merecen las luchas de
los hombres, las competencias del talento, los anhelos de florecimiento,
los empeos de amor propio, los esfuerzos por la popularidad. Las ideas
polticas la interesan muy poco; apenas las distingue unas de otras.
Verdad es que quiz no se distingan en nada. Lo que la apasiona es el
juego de las actividades partidistas, la maa de cada cual para
triunfar, el deporte poltico, en una palabra. La tragedia de su marido
parece que fuera un estmulo de este gusto, consecuencia, sin duda, de
haber estado unida, aunque por poco tiempo, a un excelente deportista, a
un luchador poltico.

Petrona, por el contrario, tiene de la poltica un concepto utilitario.
Le interesan los polticos, los que mandan o los que estn a punto de
mandar, por lo que puedan influir en la seguridad de los empleos de sus
yernos y, ante todo y sobre todo, por las probabilidades que el juego
poltico, en su trabajoso ajetreo, ofrezca a Eleuterio para acercarse a
la anhelada y merecida cartera de Agricultura, para resolver--ya es
hora--eso del maz.

       *       *       *       *       *

--Hace ya tiempo--digo a Petrona, para halagarla y tambin por
justicia--que Eleuterio deba ser ministro. Un hombre que sabe
tanto!...

--Qu quieres, Marianela: as son las cosas! En este pas no se sabe
apreciar a los hombres; el que se mata a estudiar en silencio, se queda
atrs, y el que charla, sigue viaje...

--Para nosotras, para las seoras--salta la de Esquiln--la poltica
est aburridsima en estos momentos que, segn dicen, son histricos. Yo
no s qu falta, pero algo falta.

--Falta la presidenta--dice Petrona.--elemento necesario,
imprescindible, de toda presidencia completa.

--Cierto, Petrona!--exclama la joven viuda, dndose una palmadita en la
tersa frente;--ahora caigo. Yo pensaba y pensaba: Pero, seor, qu
falta aqu, qu falta? Y no caa. Es claro: falta la presidenta. Por
eso no hay fiestas, ni recepciones, ni nada. Est resultando esto ms
triste y ms lgubre que una capilla protestante.

--Se dice que los del gobierno son lo ms ahorradores--apunta Petrona.

--Y para qu quieren la plata? Todos los ahorradores son gente muy
triste--agrega Margarita.--Adems, no se necesita mucha plata para que
el gobierno d algunas fiestas en que las seoras podamos divertirnos,
murmurar algo, chismear un poquito y enterarnos de cmo andan las cosas
de los polticos, hablar con ellos, que son, hijita, ms chismosos que
nosotras. La presidencia se debi inaugurar con un gran baile. Como yo
he dejado ya el luto--las cosas ay! no tienen remedio--es la fiesta que
ms me hubiera gustado. Qu diferencia con Senz Pea!

--Ah, Roque...!--exclama Petrona.

--Tan culto, tan ilustrado, tan espiritual, tan rumboso!--dice la de
Esquiln.--Di a la presidencia cierta majestad amable, un tono que
nunca tuvo, una distincin suprema, entre aristocracia de corte y
aristocracia de estancia. Senz Pea se ocup siempre mucho de las
seoras.

--Mi familia por parte de padre--dice Petrona--siempre fue roquista;
pero yo, ltimamente, me hice roquera. Y as logr meter a Bernadito, a
mi yerno, en la diplomacia. En cuanto le habl, una noche en el Coln,
concedido, concedido, me dijo; recurdemelo, Indalecio--aadi,
dirigindose al doctor Gmez, que tambin es muy fino.

La viudita tiene un golpe de erudicin que nos deja asombradas a Petrona
y a m. Senz Pea saba que el hombre reina y la mujer gobierna, como
dice Ponson du Terrail.

--Si Eleuterio me hubiera hecho caso--afirma Petrona, siempre atenta al
positivismo poltico--otro gallo nos cantara; pero se fue con los
cvicos y... qu iba a hacer con los cvicos? Buena gente, eso s, muy
respetable, digna, dignsima; pero, hijita, estn siempre esperando que
vayan a buscarlos con palio a su casa y que les lleven la presidencia en
una bandeja de plata.

--En poltica hay que moverse--dice la de Esquiln--; si no, no se saca
nada.

--Claro!--asiente Petrona.--Luego, Eleuterio fu de traspi en traspi;
primero se fu con Benito, que slo gana las elecciones del Jockey;
despus, con Lisandro, que en sacndole del Rosario... se acab! Yo
siempre le deca a Eleuterio: Hijito, ests obsesionado con el maz, y
no ves la realidad. Pero, nada, no consegu nada: que la lealtad, que
los principios, que los amigos son los amigos... As nos ha ido.

--Los hombres, algunas veces, deban de hacer caso de las
mujeres--afirma con aire sentencioso la de Esquiln.

--Siempre--sostiene con firmeza Petrona.--Pero lo cierto--agrega--es que
falta la presidenta. Por medio de ella y de su crculo, las seoras,
aunque de modo indirector, intervenimos en la poltica, sabemos lo que
ocurre entre telones, recogemos rumores, los lanzamos y, sobre todo,
siendo amiga de la presidenta, puede una hacer algo por los suyos.
Porque, claro, el presidente no puede negarle liada a la presidenta.

--As debe ser--digo yo, que, aun cuando nada me interesa la poltica,
deseo congraciarme del todo con Petrona;--as debe ser: el presidente
preside al pueblo y la presidenta preside al presidente.

--Deba ser como las monarquas--agrega la de Esquiln;--que no hay rey
sin reina. Yo hablaba mucho de esto con la infanta Isabel cuando el
Centenario. Nos hicimos lo ms amigas. Me dijo que a los reyes les
obliga a casarse no s quin; creo que la Constitucin. Parece que la
gente del pueblo, o la Constitucin--no s bien--exige que se asegure la
sucesin de la corona.

--En las monarquas--dice Petrona--todo marcha sobre seguro. En cambio
aqu, nadie estt seguro; siempre est una pensando: si destituirn a
este yerno, si lo echarn al otro; en fin, una intranquilidad terrible.

La viuda de Esquiln, en su poltica de altura, no hace caso de estas
angustias y sigue evocando sus' gratos recuerdos de la infanta: Me
deca doa Isabel que, una vez casado el rey, forma ste su crculo
palaciego, mientras la reina forma otro. La reina madre, cuando existe,
tambin organiza el suyo. La madre de la reina, que no es la reina
madre, forma otro. Los prncipes y las princesas constituyen otros
crculos menores. Qu lindo! El palacio arde en pasiones. Intrigas,
preferencias, luchas sordas por el favor real: los polticos y sus
seoras andan de un crculo en otro, en competencia de predominio; unas
veces arrimados a la reina, otras veces al rey, otras a los prncipes,
segn el giro de las influencias. Grandes bailes, grandes saraos, en
salones suntuossimos; las seoras vestidas de corte, los caballeros
cubiertos de casacas; los diplomticos relumbrantes de oro galonado; los
militares con ms cruces que un cementerio. Pasa el rey.... unos se
inclinan, otros se yerguen militarmente, que es una forma de inclinarse.
Pasa la reina..., reverencia general hasta el suelo. Se estudian, se
analizan las sonrisas del rey y de la reina, deduciendo preferencias.
Eso, eso es poltica!--termina la joven viuda, asfixiada por la emocin
descriptiva.

Cobra ligeramente aliento y prosigue: En cambio aqu, como el
presidente llega a la meta ya viejecito, la presidenta suele ser otra
viejecita ya cansada, concluida, reumtica, cuyo mayor deseo es que la
dejen tranquila. Y luego hablan de las jvenes repblicas! La juventud
est en las monarquas. Puede ser viejo el rey, como el de Austria, pero
est siempre llena toda Austria y toda Hungra de prncipes y princesas,
de infantes y de infantas, de archiduques y archiduquesas, de juventud
monrquica, en una palabra.

--Y menos mal--arguye Petrona--cuando, aunque viejita, hay presidenta.
Pero ahora...

--Tampoco la haba--me atrevo a insinuar--cuando mandaba don Victorino.

--Cierto--dice la de Esquiln;--pero era distinto que ahora; entonces
estaban Mara Rosa y Teresa, que son muy discretas y muy distinguidas, y
saban muy bien sustituir la falta de presidenta en las fiestas
sociales. Ellas daban tono al gobierno con su ingenio y con su
conversacin espiritual. Don Victorino poda estar tranquilo: haba
presidentas. Yo soy muy amiga de ambas y constantemente hablbamos de
poltica.

--Pues yo--dice Petrona,--cuando quera saber algo de candidaturas
ministeriales y altos empleos me vala de Anita. Claro que yo no soy
amiga de Anita, de una ama de llaves; me lo impide mi condicin social;
pero me hice muy amiga de una familia modesta que tiene relacin con
Anita y, por ah, lo saba todo. De algn medio hay que valerse para
estar enterada. Pero ahora qu cosa! no? no hay forma de saber nada.

Me canso de esta labor taquigrfica para tomar al pie de la letra una
sesin poltica tan importante y trascendental. Y hago punto. Slo
agregar mi satisfaccin y contento por haber hecho las paces con
Petrona, tan buena y tan amante de los suyos...




LA ABUELA DEL REY DE LOS CIPRESES, O EL ORGULLO ANCESTRAL


El portero me trae una tarjeta: Es una seora vie-jita--dice--, y
pregunta si la seora puede recibirla. Leo: Melchora Ponce del Ebro de
Nuezvana.

Ordeno que la hagan pasar a un saloncito. Dganla que tenga la bondad
de esperarme un momento. Y en seguida llamo a mi doncella para que me
ayude a ponerme un traje de circunstancias, un vestido negro, de cierta
severidad, pues me parece que la entrevista va a ser grave.

Mientras me visto procuro dominar el desasosiego que me ha invadido al
leer la tarjeta. Misia Melchora en mi casa! Es necesario dominar los
nervios y ordenar las ideas. Seguramente viene a hablarme de la
pretensin de su nieto, Carlitos Nuezvana, el rey de los cipreses,
respecto a Inesita, mi querida protegida, mi futura hermana. Quiz me
proponga que la ayude a concertar el matrimonio. Pobre seora! No sabe
lo que ocurre.

Confieso que la entrevista me resulta un poco imponente. No es para
menos. Misia Melchora es lo ms alto entre lo ms eminente o
empingorotado de nuestra sociedad. Sus apellidos, as los propios como
el de su consorte, fallecido 25 aos hace, significan doble tradicin,
colonial y patricia. Un Nuezvana fue virrey del Per, caballero
ostentoso que imitaba en Lima el boato borbnico, segn cuenta Ricardo
Palma en sus apologas de aquellos magnates. Otro Nuezvana fue obispo y
dio lustre con sus austeras virtudes a la iglesia naciente de
Chuquisaca. Oidor de Charcas fue otro Nuezvana. Ignoro lo que oira en
Charcas este oidor. La fama de los Ponces y de los Ebros data an' de
ms antiguo. Uno de los Ponces vino de piloto en la expedicin de don
Pedro de Mendoza. Luego pas al Paraguay y fund varios pueblos que
siguen casi lo mismo que cuando l puso la primera piedra. Un Ebro fue
capitn de una de las naos de Gaboto. Otro acompa a Alonso de Vera y
Aragn en las exploraciones del ro Bermejo, y se intern en el Chaco,
creyendo que eran de oro los quebrachos. Por espacio de tres siglos
figuran estos apellidos, llevados por frailes, navegantes, militares,
corregidores, adelantados, oidores, etc., en los cronicones de los
diversos virreinatos de la era colonial, advirtindose su andariega
presencia desde Mjico hasta la Asuncin, pues el antiguo espaol
aprenda la geografa andando.

Despus, en la edad moderna, los Nuezvanas, Ponces y
Ebros--descendientes, naturalmente, de los anteriores--alcanzaron tanto
o mayor esplendor que sus tataradeudos. Un Ponce fue coronel de la
independencia y brill por su bizarra en Ayacucho. Un Nuezvana,
licenciado en derecho cannico, orador ampuloso y ergotista, figura
entre los que proclamaban la necesidad de una restauracin monrquica
como rgimen argentino. Los Nuezvanas siempre fueron algo fastuosos. Un
Ebro, militar aguerrido, tuvo gran importancia en las guerras gauchas,
combatiendo al Chacho y a Facundo Quiroga.

Hubo tambin, as en los tiempos antiguos como en los modernos, otros
Nuezvanas, Ponces y Ebros insignificantes y oscuros; pero misia Melchora
slo considera como suyos a los que figuran en la historia. Y existe en
su espritu, en cuanto a legtimo orgullo, cierta dualidad: suele
gloriarse a veces de su rancio abolengo y timbres hispnicos; y otras,
en cambio, envancese del justo honor dimanado de sus ascendientes
patricios. Como los nombres son los mismos, originarios unos de otros,
la gloria de misia Melchora asume cierto carcter de guerra civil,
familiar y casi domstica, en la cual los manes heterogneos libran gran
trifulca e histrica zarabanda. Pero misia Melchora aviene y concilia
las memorias, atribuyendo a todos sus ascendientes por lnea propia y
marital, ya sean personajes coloniales, ya proceres argentinos, las
cualidades de la hidalgua castellana, llena de soberbia altivez y de un
orgullo cuyos lmites alcanzan a los cuernos de la luna.

Uno de los motivos de envanecimiento de misia Melchora es la existencia
actual del duque de Nuezvana, que tiene el derecho, como grande de
Espaa, de presentarse cubierto ante los reyes. Pertenece a los
Nuezvanas que no salieron nunca de la pennsula, esperando los tesoros
de los Nuezvanas indianos y medrando polticamente con los mritos de
sus conquistas, exploraciones y hazaas en los desiertos de Indias. Por
todas estas circunstancias, misia Melchora, a semejanza del grande, de
Espaa, viene a ser la grande de Buenos Aires.

Pero todos estos timbres valdran muy poco socialmente en nuestra
democraca si no estuviesen fortalecidos por una fortuna colosal. Y esta
fortuna se debe precisamente a un Nuezvana oscuro y a un Ponce y un Ebro
insignificantes. En tiempos de Carlos III, este Nuezvana grs y opaco se
apa, por concesin real, los mejores campos, ah no ms, junto a las
casas de Buenos Aires. Un Ponce fu abastecedor de los ejrcitos que
realizaron la conquista del desierto. El estado le pag en tierras que
despus han valido un dineral; se adue de media Pampa Central. Y un
Ebro, casi contemporneo, hombre de matemticas, educado en Inglaterra,
obtuvo, al iniciarse las empresas ferroviarias, diversas concesiones de
caminos de hierro, que luego cedi a los ingleses por sendas libras
esterlinas. Este Ebro no construy ningn camino, pero hizo el suyo
admirablemente.

Las tres ramas--Nuezvana, Ponce y Ebro--fueron poco fecundas y todo vino
a caer en manos de mi distinguida visitante y de dos hermanas estriles,
ya difuntas, a quienes hered misia Melchora. Esta excelente seora hubo
de su matrimonio un hijo, padre de Carlitos Nuezvana, y varias hijas,
casadas con lo mejorcito de nuestra sociedad. As, pues, misia Melchora
es archimillonaria. Sus estancias no tienen fin. Mi cuado Ral, a quien
le da por hacer ironas con las matemticas, ha hecho un clculo, segn
el cual, puestos en lnea recta los alambrados de los campos de misia
Melchora, resultan ms largos que las vallas de alambre electrizado de
las trincheras europeas, que llegan desde Blgica hasta el Danubio.

Por lo dems, misia Melchora es una distinguidsima matrona. Su defecto
principal, el orgullo, est, en parte, justicado por su grande y doble
abolengo y el resto, que es mucho, procede de la atmsfera de
adululacin en que vive, pues tanto sus hijas (su nico hijo, el padre
de Carlitos, muri) como sus nietos y yernos--sobre todo los yernos--se
desviven por complacerla, persiguiendo, segn malas lenguas, que nunca
faltan, el quinto testamentario, que constituye un pico superior al de
la Mirndola. Todo esto ha estropeado un poco el carcter de misia
Melchora, hacindola adquirir una idea desmesurada de s misma. Por
Carlitos siente verdadera idolatra, entre otras razones, por ser el
nico nieto que lleva el apellido de Nuezvana, ilustrado por un virrey
del Per, por un obispo de Chuquisaca, por un oidor de Charcas, por un
duque y grande de Espaa y por la propia misia Melchora.

Calculad ahora mi inquietud ante esta entrevista. Yo la conozco un poco;
pero he mantenido siempre con ella un trato ceremonioso. Acabada de
vestir, me doy un par de vueltas en el espejo, ensayando gestos y
posturas de cierta gravedad; procuro, a la vez, serenarme, y me dirijo
al saloncito con paso firme, no exento de parsimonia.

--Misia Melchora! qu sorpresa!...

--La sorprende a usted mi visita?

--Me sorprende y me halaga que usted se haya servido honrar mi casa con
su presencia.

--Muchas gracias, Marianela.

--Est usted cada da ms joven--la digo, aunque, en realidad, parece
una pasita, pero encendida y vibrante an por el calor del orgullo.

--No me diga, Marianela; estoy ya concluyndome, llena de achaques,
hecha una ruina. Por un lado, los aos--76, Marianela!--; por otro, los
disgustos, que nunca faltan.

--Disgustos, usted, misia Melchora?...

--Disgustos, s, hija ma, disgustos. Precisamente vengo a hablar con
usted de un asunto que me trae profundamente disgustada. Y es ms: vengo
a pedirla que me ayude a resolver el problema.

--Si tiene solucin y yo puedo, cuente usted conmigo, misia Melchora.

--Puede usted... es decir... yo creo que puede ayudarme. Y vamos al
asunto. Sabe usted, como yo--mejor que yo quiz--que Carlitos, mi nieto,
se ha enamorado como un loco de Inesita, la nia de Clotilde Rodrguez
de Garaizbal. Mi nieto no vive, no duerme, ni descansa, pensando en
ella. Est desesperado, aunque ello sea impropio de la compostura y
serenidad propias de los Nuezvanas. Pero el amor es el amor, y avasalla
y enloquece a todas las clases sociales. Imagnese cmo estar el
muchacho, que ya ni se peina, que era antes su principal cuidado. No
sale de casa, y se pasa el da en sus habitaciones, en pijama y
desgreado. Apenas come; ha perdido no s cuntos kilos. Est plido
como la cera y tiene un mirar entre loco y moribundo, unas veces
lnguido, otras furioso. Yo no s ya qu hacer. Me he asustado mucho,
porque... le viera usted!... da pena; se ha quedado como un hilo. He
llamado a Gemes; pero qu va a hacer Gemes en esto! Despus de verle,
al irse, me ha palmeado a m--ya sabe usted que Gemes es lo ms
carioso--y me ha dicho, rindose, que el diagnstico lo hara, mejor
que l, alguna muchacha, y que la ms eficaz medicina para Carlitos est
en el sacramento con msica de marcha nupcial.

--El doctor Gemes no slo es un gran clnico, sino tambin un gran
psiclogo.

--Est en todo, hijita. Qu hombre! En cuanto le ha visto, le ha
adivinado el mal. Pero, claro, es un mal en que l no puede hacer nada.

En los ojitos apagados de misa Melchora tiemblan dos lgrimas.

--Y ella?--pregunt.

--Pues ah est el cuento. No le ha desairado del todo. Pero no le hace
tanto caso como al principio. Ahora parece que le rehuye. Qu
pretender esa nia? No tiene en qu caerse muerta y...

--Todos tenemos en qu caernos muertos, seora. Si no dnde iramos a
parar? Y el desinters, sobre todo en esta poca, es una virtud
bastante rara.

--Ya s que la quiere usted mucho.

--Cierto; la quiero; es una nia muy interesante.

--Y que la protege usted.

--Yo, seora, puedo proteger muy poco. Adems, Inesita no necesita
proteccin. La protegen su propia belleza y su alma incomparable.

--Pues yo protejo a toda su familia. Si no fuera por m, ya estaran
fundidos. Cierto que Clotilde y sus hermanas, las tas de Inesita, me
corresponden, haciendo cuanto pueden por vencer la resistencia de la
muchacha y arreglar esta boda en que se halla comprometido mi amor
propio y el de toda mi familia. Ningn Nuezvana ha sido nunca desdeado
en la sociedad de Buenos Aires. Carlitos podra dirigirse a la principal
nia argentina, a la primera fortuna y al primer apellido, en la
seguridad de que no sera rechazado. Pero se le ha metido en la cabeza
que ha de ser con esa muchacha, O ella, o la muerte!--me ha dicho con
una firmeza que me ha dejado aterrada. Yo no s qu hechizo, qu
seducciones, qu encantos encuentra en esa nia.

--Ah, es encantadora!...

--S... no es fea; pero, vamos, no es ninguna cosa del otro mundo.

--No, seora, es de este mundo; una belleza mortal, pero digna de ser
inmortal.

--Adems, carece de fortuna.

--El poco caso que hace Dios de la plata se nota por la gente a quien se
la concede--respondo gravemente y un poquito amostazada; pero misia
Melchora no comprende este concepto mstico, escudo con que los pobres
se defienden contra la vanidad de los ricos.

--Carece, igualmente, de apellido.

--No, misia Melchora, eso no; lleva uno muy bonito, muy sonoro, muy
armonioso: Garaizbal. Adems, con cualquier apellido es posible la
vida. La aristocracia, bien mirada, es lo mismo que la democracia. Todo
surge de la nada y vuelve a la nada, misia Melchora.

--Pero mientras se vive, conviene ser alguien en el mundo.

--Nacemos, sufrimos, morimos y nos olvidan. He ah todo. El resto es
espuma, aire, humo, ruido. Pero, Inesita es alguien. Y si no,
pregnteselo usted a su nieto.

--El amor es loco, Marianela.

--Es la nica locura sensata. Hay otras, el orgullo el envanecimiento,
la soberbia, que son mucho ms insensatas. Pero todos padecemos estos
defectos. Ahora bien: debemos aplicar la reflexin a reprimirlos todo lo
posible; porque, si la vanidad de los dems resulta intolerable cuando
lastima la nuestra, pasa igual a los otros cuando la nuestra lastima la
suya. El trato social se hace posible a fuerza de limarnos todos un
poquito.

--Bien, Marianela. Volvamos a nuestro asunto.

--Volvamos, misia Melchora.

--Mi nieto es bueno; usted le conoce. Yo le he educado muy bien, en
Inglaterra y en Francia. Es un muchacho sin vicios. No ha estudiado una
carrera porque, gracias a Dios, no la necesita. Comenz a ir a la
Facultad; pero le daban vahdos, sobre todo cuando estudiaba derecho
romano. Entonces yo le dije que lo dejara. De todos modos, no haba de
defender pleitos. As que, para qu estudiar? Luego, el pas est lleno
de doctores, y ya es ms distinguido no serlo. Desde entonces se dedic
a leer novelas francesas; las conoce todas. Y as ha completado su
educacin, que no deja nada que desear. Yo haba pensado, si se casara
con esa nia, regalarles Los Chajales, un campo de veinte leguas, con
quince mil vacas; esto para sus gastos, aunque no gastaran nada, porque
yo deseara que vivieran conmigo, en mi palacio de la Avenida Quintana,
pues no quisiera que mi nieto saliera de mi casa. De todo esto he
hablado con Clotilde y est encantada de la idea. Yo necesito compaa,
Marianela, y, claro, aunque quiero profundamente a todos mis nietos,
siento cierta preferencia por Carlitos, porque es el que ha de perpetuar
un gran apellido; es un Nuezvana, y con esto est dicho todo: Por otra
parte--ya se lo he dicho a Clotilde,--una vez casados los muchachos,
todas nuestras cuentas quedaran arregladas; todo se quedara en casa,
unidas para siempre las dos familias. Clotilde me asegura que su hija se
casar con mi nieto. Ella, claro, hace todo lo que puede, por respeto a
m y porque, realmente, le parece bien la boda. Pero... no s... me
parece que la muchacha no est decidida. Y yo quiero salir de una vez
del paso. Por eso he venido a verla a usted.

--Y qu puedo hacer yo?

--Clotilde me ha dicho que usted tiene mucha influencia sobre su hija.

--Ignoro la influencia que pueda yo ejercer en esto sobre ella. Y diga
usted, misia Melchora: si Clotilde, a viva fuerza, quieras que no
quieras, obligara a su hija a casarse, usted aceptara para su nieto un
matrimonio as formado?

--Todo, menos un campanazo; todo, menos que mi nieto, un Nuez vana,
quede desairado y en ridculo.

--De manera que usted cree que es ms ridculo que Ins no acepte a su
nieto, suponiendo que no le quiera, pues yo no lo s, que casarse con l
no querindole?

--Yo no puedo aceptar una situacin ridcula ante todo Buenos Aires.

--Y qu culpa tiene Ins en ello?

--Es cierto; no tiene ninguna culpa. Pero, en fin, yo he venido a verla
a usted, por consejo de Clotilde, para que influya sobre la voluntad de
la muchacha. Quiere usted hacerme este favor? Le parece a usted mi
nieto digno de ella?

--Dignsimo, misia Melchora. Por lo dems, yo slo prometo a usted
hablar a Inesita y contarla todo lo que usted me ha dicho, lo de Los
Chajales, que es seductor, y lo de vivir con usted una vez casada, que
aun es mucho ms seductor que Los Chajales. Respecto a influir en su
espritu, ya no respondo; eso es muy delicado, pues si no fuera todo lo
feliz que merece, mi tormento durara toda mi vida.

--Y cree usted que existe alguna nia que no sea feliz con el apellido
y con la fortuna de un Nuezvana?

--S, seora, lo creo; es posible, aunque parezca absurdo. Porque nos
casamos, antes que con el apellido y la fortuna, con la persona. El
matrimonio es, ante todo, un negocio espiritual, y puede haber apellido
y fortuna, y no haber espritu.

--Si ha existido espritu en los Nuezvanas, la historia lo dice.

--S... pero Inesita no se va a casar con la historia, con un Nuezvana
pasado, sino con uno viviente, que acaso no llegue a entrar en la
inmortalidad, como sus antepasados.

--Bueno; lo que deseo, en resumen, es una respuesta definitiva, porque,
con Clotilde, ya no me entiendo; no s a qu atenerme; ella dice que s,
lo desea, lo s; pero nunca me trae la respuesta de la muchacha. Y esto
es lo que yo deseo. Se compromete usted a darme esta respuesta?

--Me comprometo. Hablar con Ins, y la sacar a usted de dudas.

--Gracias, Marianela.

--No hay de qu, misia Melchora. Tengo el mayor gusto en servirla a
usted en esto y en todo lo poco que yo pueda.

--Gracias, gracias.

Poco despus sala de mi casa la excelente seora, habiendo dejado en
ella cierta atmsfera de tradicin secular, de enhiesto orgullo, de
olmpica y desmesurada soberbia.




DESAHUCIADO!!


Seora doa Melchora Ponce del Ebro de Nuezvana.

Mi distinguida y muy respetable amiga: Escribo a usted afligida por el
resultado adverso de las gestiones a que me compromet cuando tuvo usted
la benevolencia de honrarme con su visita. Dimana esta afliccin ma
del sufrimiento moral que a usted y a su nieto, excelente joven, lleno
de merecimientos, han de causarles estas lneas, triste revelacin de
mis frustrados deseos de servir a usted colmando los suyos. Habl con
Inesita. Hcela una narracin de cuanto usted me dijo. Cuando oy lo de
Los Chajales con las quince mil vacas y lo de vivir con usted, la nia
rompi a llorar de gratitud. Es adorable la criatura! Pero su
desconsuelo no tuvo lmites cuando supo el estado adolorido, mustio y
desfalleciente en que se halla Carlitos. Como no terminara su llanto,
pedla se sosegase y me expusiera su verdadera intencin con claridad y
sin temor. Y rompi la pobrecita a parlar a borbotones, a saltos, sin
precisa ilacin coherente, entrecortarlas las palabras por la congoja y
los sollozos. De usted y de su nieto me dijo cosas tan honrosas y justas
como ustedes se merecen. Me habl luego del alma, del corazn, de la
vida, de la direccin de sus sentimientos, del matrimonio. En medio de
su verbosidad atropellada, fruto del aluvin tumultuario de sus
emociones, djome algunas cosas fundamentales y henchidas de un
espiritualismo conmovedor. Como no es posible que yo traslade aqu todo
cuanto ella me dijo en el seno de la ms ntima confianza, la aconsej
que, una vez tranquilizada y recogida en su casa (la entrevista tuvo
lugar en la ma), ordenara sus ideas en una carta dirigida a m, y en la
cual, con su habitual discrecin, pusiera las cosas en su punto. Accedi
a mi deseo. Y hoy he recibido la esquelita que le adjunto para que usted
y su nieto sepan a qu atenerse. Aunque usted, misia Melchora, no
necesita consejos, pudiendo, por el contrario, darlos muy atinados y
oportunos, me atrevo a insinuar la conveniencia de comunicar con
precaucin a Carlitos la fatal noticia, pues en el estado de melancola
a que le ha conducido su amor desconsolado, pudiera tener el mismo fin
de Werther, de aquel doncel alemn tan sentimental, tan tierno, el cual
no hubiera servido para trompeta de rdenes de Hindenburg, pero que nos
ha dejado, en cambio, el eco elegaco de su dolor, espejo perdurable y
eterno modelo de los dolores de amor.

Observara usted que Inesita me llama en su carta hermana. Sera por mi
parte una deslealtad ocultar, a usted el significado de este sustantivo.
Inesita est enamorada de mi cuado Ral y creo que ambos se han
comprometido, sin ms autorizacin que la de sus propios corazones. La
familia de Inesita no lo sabe an. Ahora bien: como Clotilde, la madre
de Inesita, las tas y las hermanas de sta son partidarias decididas de
que la muchacha se case con Carlitos, hme metida en un conflicto, pues
comprender usted que el fuero de familia me compele y obliga--a pesar
de mi carcter poco dado a la lucha--a defender a mi cuado en una
pretensin que juzgo justa. As, pues, mi respetable y querida misia
Melchora, esa criatura, esa Inesita, tan rebelde a que nadie gue su
corazn, ha venido a este mundo para constituir el tormento de usted y
el mo, sin contar el de Carlitos. El de usted ha terminado; el mo
empieza; porque no ha de escapar a la fina penetracin de su
inteligencia los malos ratos que me esperan frente a la oposicin de
Clotilde y de sus hermanas, de las tas de Inesita, de las hermanas y
cuados de sta, de sus primos y primas, de toda la familia, en fin, la
cual es natural que prefiera para Inesita el apellido y la fortuna de un
Nuezvana antes que el oscuro nombre y la casi pobreza de mi pariente.

Por lo tanto, compadzcame, misia Melchora. La vida tiene imposiciones
penosas y es menester afrontarlas. Como si todo esto no fuera bastante,
agregue usted que mi cuado, desde el instante en que la nia le ha dado
el s, se ha puesto como loco y se le ha acrecentado el valor, (ya era
de suyo grande), de una manera extraordinaria. Est dispuesto a
atropellarlo todo si alguien tratase de violentar la voluntad de la
muchacha y la suya propia, que, en este caso, forman una sola. Y dos
voluntades sumadas por el amor son invencibles. Los muchachos me han
convertido en amaparadora de su ideal, y no negar a usted que este
papel de potencia protectora ha hecho surgir cierta exaltacin valerosa
en mi espritu naturalmente apocado. El origen del valor est en la
calidad de la misin que lo suscita y promueve.

Una vez ms lamento lo ocurrido. Con el respecto de siempre y con afecto
mayor que nunca saluda a usted su humilde amiga.

=Marianela.=

Queridsima hermana ma. Marianela de mi alma: Todo puedes exigirlo de
m, menos que ordene mis ideas en medio de la turbacin y de las
inquietudes en que vivo. Yo no tengo ideas: todo se ha convertido en m
en sentimiento inexpresable, cuya nica manifestacin son las lgrimas.
Por qu habr nacido, Dios mo? Mi existencia slo sirve para hacer
sufrir a los dems, sin culpa ma, bien lo sabes. Ay, Marianela! Te
escribo desde mi cuartito, a las dos de la maana. Todos duermen en
casa. Se han pasado el da atosigndome con sus planes, que no son los
mos. La ventana est abierta. Las estrellas me envan sus resplandores.
En medio del divino y luminoso ramo celeste fulgura mi estrella, la del
Norte, remedo vivo de la fijeza de mi corazn. El astro adquiere figura
de rostro humano... y a l van mis ojos imantados por su atraccin
irresistible. Perdona si al hablarte del estado de mi espritu recurro a
las gloriosas alturas. Ello slo indica que me faltan los medios de
expresin humana. Cuando no podemos desahogar el alma de las cosas
confusas y sin nombre que en ella laten, a travs de los ojos de la
carne, inundados de lgrimas, los ojos del espritu se levantan al
cielo, al gran misterio, y all quedan posados en muda contemplacin,
suspenso el tiempo, suspensa la vida misma. Yo no s lo que te digo,
Marianela, porque la onda de mis emociones me anonada y confunde,
haciendo imposible todo discernimiento claro y ordenado. Acumula todos
los amores que han merecido el canto sublime de los poetas y de los
genios, y no sern, reunidos, plido reflejo del que yo siento por quien
t sabes. El cielo, mi cielo, el universo, el mo, la eternidad, mi
eternidad, la gloria de las glorias, la ma, todo se concentra en l: y
todos los caminos, los de esta vida y los de la otra, son calvarios y
sendas de espinas sin su compaa y sin el brazo suyo para conducirme.
Mi alma ya no es ma; est trasfundida en otra. Mi corazn ha perdido su
ritmo propio para latir a comps de otro. Mis ensueos navegan por el
mar infinito de la eternidad, dulcemente sometidos a la brjula que Dios
me ha dado. Si estas palabras no sirven para revelarte el estado de mi
espritu, inventa t las que quieras para reflejarlo, en la seguridad de
que no existe en el vocabulario trmino alguno que alcance a reflejar mi
xtasis, el arrobamiento de este amor mo.

Pocas palabras ms. Crees t que en tal estado de espritu puedo ni
debo engaar a nadie, ni a m misma? Yo deploro la actitud de toda mi
familia. Mi pobre madre, mis tas, mis hermanas, mis cuados, todos
quieren que yo sea feliz, quin no duda! Pero no se es feliz a la
manera de los dems, sino a la propia manera. Yo creo en el desinters
de todos y que en realidad se persigue mi dicha exclusivamente, sin
preocuparse de que, de soslayo, alcance tambin a otros. Ahora bien: la
casada he de ser yo, y nadie mejor que yo misma puede entender mi dicha.

Respecto a Carlitos, no puedes imaginarte cunto siento no poder
corresponder a la vehemencia de su pasin, que nada hice--bien lo sabe
l--por alentar ni infundir. Es un joven distinguidsimo, bueno, lleno
de mritos; y, en virtud de estos mismos merecimientos, no debe ser
engaado con una correspondencia fingida de que yo soy incapaz. Se
curar de su pasin, me olvidar. Con su apellido, su fortuna, su
generoso espritu y bello carcter, que valen ms que apellido y
fortuna, encontrar otra ms digna que yo de los tesoros de su amor. Yo
no puedo ofrecerle ms que mi simpata y mi gratitud por haber
descendido a poner su ideal en mi humilde persona.

Por lo que toca a misia Melchora, me conmueve su generosidad. Los
Chajales constituyen un verdadero reino; pero yo sera all una reina
intrusa, puesto que no puedo dar, en cambio, mi corazn, que ya no me
pertenece. No merece tampoco misia Melchora ser engaada. Yo no puedo
entrar en aquella casa, llena de tradicin caballeresca, de noble
altivez, de epopeya histrica. Me sentira confundida ante los retratos
que sirven de ornamento sagrado a los salones. El virrey, los
conquistadores, el obispo de Chuquisaca, el oidor de Charcas, los
patricios de la Independencia, el grande de Espaa, todos los Nuezvanas,
Ponces y Ebros que honran con sus virtudes las pginas de la historia,
cobraran vida en sus cuadros para mirarme airadamente y decirme: Sal
de aqu, falsaria, mentirosa, hipcrita, codiciosa!. Y tendran razn.
Yo andara por aquellos salones azorada, aturdida, llena de vergenza. Y
las voces seguiran: has venido aqu por dorar con los nuestros tu
apellido oscursimo; te has casado con Carlitos para apoderarte de Los
Chajales y de toda la fortuna que nosotros legamos a nuestros
descendientes; t no ests enamorada de Carlitos, sino de sus tesoros:
eres una prfida, una ambiciosa vulgar, una mujer despreciable, indigna
de llevar nuestro nombre hidalgo y heroico!. Ay, qu miedo, sobre todo
cuando me mirara monseor Nuezvana, el obispo de Chuquisaca, y me
amenazara con el infierno, bien merecido por cierto!

La misma mirada de misia Melchora no podra resistirla cuando
escudriara mis verdaderos sentimientos. No, no!; pobreza, oscuridad,
fatiga, todo es preferible a este remordimiento, a verse interrogada por
tantos varones ilustres que fueron espejos de santidad y cifra y
compendio de todas las virtudes caballerescas.

Yo espero que misia Melchora, heredera de toda esta tradicin, que ella
sabe mantener tan dignamente, hallar buenas mis razones y guardar un
poco de simpata para esta pobre muchacha.

Te abraza con todo su corazn.

=Ins=

Indudablemente, esta Inesilla no vive en nuestra poca. Y ello nos va a
proporcionar a todos bastantes disgustos.




LA VIUDA DE ESQUILN VA A MAR DEL PLATA


Pocas veces sufro de tedio. Mi propia vida interior, cuando la externa
no ofrece inters, basta para entretenerme. Sin embargo, sentme ayer
tarde acometida por invencible melancola. Qu hacer?--me dije--. Y
para combatir la murria, ocurriseme ir a visitar a mi amiga Margarita,
la viuda de Esquiln, en quien la sensibilidad y estado de nimo
constituyen siempre un divertido espectculo. Ped el automvil y part,
rumbo a la Avenida Quintana, donde vive mi amiga en su magnfico
palacete.

Entr de rondn en la casa. Todo estaba en ella revuelto, con ese
desorden precursor de una mudanza. Los armarios de par en par, y por
todas partes bales abiertos, grandes y pequeas cajas, enseres de todo
linaje. La servidumbre iba y vena de un lado a otro, trasladando ropas,
sombreros y trebejos diversos. Saliendo de una habitacin interna,
apareci Margarita, envuelta en una ligersima bata, sofocada, jadeante,
encendida. Me tendi sus torneados y blancos brazos.

--Marianela!!!...

--Pero qu barullo es ste? Levantas la casa? Te mudas?

--Preparndome para Mar del Plata. Hace una semana, hijita, que estoy
trabajando como una negra, preparndolo todo, y nunca se acaba. Las
modistas se han demorado, y, por fin--ay, gracias a Dios!--hoy han
trado lo que faltaba.

--Pues no llevas poco equipaje!

--Catorce bales y veinte cajas. No se puede meter todo en menos
espacio. Vienes admirablemente, Marianela, con una oportunidad que...
ni que te hubiera llamado, hijita! Porque quiero consultarte, sobre
algunos vestidos... y tambin quiero que veas los sombreros...; a ver
qu te parecen...; yo confo mucho en tu gusto...; tienes que ver
tambin cuatro trajes de bao distintos... son preciosos... es decir,
veremos lo que te parecen.

Margarita habla atropelladamente, como si las sensaciones y las ideas
no dieran lugar, en su afluencia vertiginosa, a la ordenacin y
concierto de la palabra.

--Me voy a poner el cors--dice--para probarme los trajes: yo me los
pruebo y t apruebas o desapruebas. Te parece? Conforme? D que s!

--S, mujer, s. No me dejas hablar. T te lo dices todo.

--Bueno... voy a ponerme el cors.

--Quieres que te ayude?

--Como quieras; pero estoy muy gil; un poco fatigada no ms por los
bales; porque no me fo de las muchachas; a lo mejor, se olvidan de lo
ms esencial. Y luego le hacen hacer a una el gran papeln.

La ayudo a ponerse el cors. No necesita este entallamiento artificial,
porque su cuerpo es perfecto, armonioso, de lneas correctsimas, dignas
de los cinceles que inmortalizaron el arquetipo de la belleza clsica.

--Ests lindsima, hijita!--exclamo, mientras corro los cordones del
cors.

--Como si no me hubiera casado--dice ella, resumiendo en esta frase todo
cuanto se puede decir de la frescura de su cuerpo.

Nos vamos a una salita, donde hay un espejo de cuerpo entero. La
doncella y las sirvientas comienzan a traer trajes. Los hay de todos
colores y formas: blancos, azules, marrones, grises, color de lirio, de
violeta, de rosa; estn todos los matices de la flora; unos muy
escotados, otros poco, otros nada. Cada vez que se pone un traje me
seala las medias, los zapatos, los sombreros y las aigrettes
correspondientes. Los zapatos estn en fila sobre un largo estante; ms
de cuarenta pares; los hay de todos los colores; altos, bajos, ni altos
ni bajos. Las medias forman como un iris, con todas sus infinitas
combinaciones.

Todos los trajes le quedan admirablemente. Precioso, hijita,
precioso!--exclamo cada vez que se pone uno;--todo cuanto te pones te
cae maravillosamente. Eres el prototipo de la elegancia, la cifra,
compendio y resumen de la gracia femenil.

Con presteza y soltura de actriz, la viudita se viste y se desnuda; dse
vueltas en el espejo, torna la cabecita, rubia y rulosa, hacia los
hombros, para contemplarse el perfil; se arregla el busto; sus manos
vuelan ligeras, raudas, del pelo al talle, del talle a la falda, en
toquecitos rpidos, a los cuales obedecen las prendas con no s qu
docilidad animada, como dichosas de servir de ornato a tan retrechera y
remonona criatura.

De pronto se pone un traje negro, severo y elegante a la vez.

--Y ste?--pregunto.

--Para ir a misa a Stella Maris. Te gusta?

--Lindsimo, muy grave, muy chic!...

--Oh, la gravedad chic es lo ms chic de la gravedad! Hay que recordar,
de vez en cuando, que una, es viuda.

En la salita, colgado en alto, hay un retrato al leo. Es un mozo de
rasgos enrgicos, de bigote negro, con cierto aire tribunicio, de
mitinero electoral, a cuya aficin ay! debi su triste fin, ya
relatado en otra ocasin. La viuda vuelve hacia l sus grandes ojos
azules, de Dolorosa de Rubens, y suspira: Ay, Arturito, qu felices
fuimos!...

Dos lgrimas resbalan por las mejillas de Margarita. El doctor Esquiln,
inmortalizado en el leo, adquiere en su mirada una ternura
indescifrable. La viuda sigue llorando y arreglndose los lazos de un
traje color crema que se ha puesto para que yo vea cmo le queda.

--Ya no tiene remedio, hijita--la digo para consolarla y ahuyentar la
triste visin.

--Era muy bueno, Marianela, muy bueno. Qu energa, qu bro! Yo creo
que hubiera ido lejos!...

--Pobre!...; ms lejos de lo que se ha ido...; pero es necesario,
Margarita, olvidar. No te vas a encerrar, no te vas a recluir.

--Eso digo yo. Tengo 24 aos; viuda a los 20: es horrible! Qu te
parece este traje?...

--Precioso!...

--Viuda a los 20...: qu hago yo en el mundo? He guardado luto riguroso
cuatro aos...; las medias de este traje son aqullas... y aqullos los
zapatos...; encerrada a los 24 aos; suponiendo que viva 70, son... yo
no s cuntos...

--Cuarenta y seis.

--Cuarenta y seis de encierro. He llorado estos cuatro aos... t no
sabes cmo he llorado... te gusta aquella aigrette?...; ya no me
quedan lgrimas.

--Mucho, me gusta mucho.

--Nunca tuvimos un disgusto. Era lo ms complaciente...; aquel abrigo
te gusta?; es una salida de baile que imita al capote del kronprinz en
campaa...; muy bueno era Arturo. No le puedo olvidar, hijita. En balde
trato de distraerme... aquel gorrito qu mono! no? es para la
playa...; le tengo siempre presente, y no creo que pueda volver a querer
a nadie como...

--Y estos palitroques?--pregunto, sealando unas varas que veo sobre un
bal.

--Para el golf. En Mar del Plata hay que ir todos los das al golf. Me
han hecho cuatro trajes para este deporte.

--Irs tambin al Club?

--No; slo pienso ir al Ocean... Y, claro, al Brstol. Ya mi
administrador ha escrito a don Pedro Mugaburu para que me reserve un
departamento en el anexo, frente al mar. Tambin me guardan mesa en el
comedor, en el mejor sitio, a la derecha del caminito del centro, que es
donde se coloca la haut, toda la gente conocida. Es muy difcil
conseguir este sitio; todos quieren estar all, aunque no sean
conocidos...

--Para serlo.

--Claro; as se va sabiendo que existen. Por fin, despus de muchas
cartas, don Pedro parece que lo ha arreglado todo; le ha contestado a mi
administrador que est tranquila, que tendr la mejor mesa, junto a la
terraza y al lado del caminito para ver entrar y salir la gente.

--Y para que te vean?

--No, eso no me importa. Quin se va a fijar en m, en una pobre viuda?

--Vamos... no sea hipcrita conmigo. Piensas bailar?

--Ah tienes un problema que me est dando muchos dolores de cabeza. No
s qu hacer. Lo pienso y lo pienso da y noche y... no s, no s si me
animar a bailar. A t qu te parece?

--Que debes bailar; no mucho, pero un poquito.

--Es que si empiezo... no s si me detendr; porque, hijita, a pesar de
mis penas y de mis amarguras... es una cosa, Marianela, que bailo sola.

--La juventud, Margarita, los fueros de la Naturaleza que se imponen a
toda concepcin triste de la vida.

--No he querido ir en carnaval por eso, porque no saba qu hacer.

--El primer baile de una viuda me parece mejor en semana santa; est ms
en carcter. La primera noche un par de vueltas nada ms, muy discretas,
como cediendo a un compromiso muy insistente y muy inevitable. Luego,
poco a poco, te vas lanzando.

--Lo que ms me preocupa es el primer baile; empezar; no s cmo
empezar, hijita; siento una cosa... as... vamos... que no s cmo
empezar.

--No te preocupes; ya se encargar alguno de allanarte el camino, de
iniciar el modo de dar las primeras vueltas.

--Sabes lo que estoy pensando? Me gustara bailar el primer baile
contigo; que fuera como una humorada tuya. As se rompa el hielo. Por
qu no vienes a Mar del Plata? Anda, vamos...

--No puedo; estoy metida en un berenjenal, hijita, que no s cmo voy a
salir.

--Por...?

--Por lo de Inesita. Sabes que se casa con Ral, con mi cuado?

--S, ya me lo han dicho, Pobre Carlitos Nuezvana! Creo que est
desesperado, que ya no se pone agua de lino en la cabeza, ni siquiera se
peina. A lo que ha venido a parar el rey de los cipreses! Qu
destronamiento terrible!

--Pues aqu me tienes luchando con todos, con Clotilde, con sus
hermanas, con misia Melchora...

--Pobre misia Melchora! Para su orgullo es un golpe terrible. Hijita,
los Nuezvanas lo llenan todo en Buenos Aires! Luego, claro, su cario de
abuela; verle as, tan desesperado al pobre chico. En fin, para la vieja
es un golpe tremendo.

--Y qu hacerle?

--Ah, claro!; no hay qu hacerle. Si Inesita no quiere... no hay qu
hacer. Y por qu no te llevas a los muchachos, a Ral e Inesita, a Mar
del Plata? Invitas tambin a Clotilde, a la mam de Inesita, y nos
juntamos all todos. La aparicin de los muchachos en el Brstol sera
todo un xito. Un noviazgo tan sonado...! Entraran como los Reyes
Catlicos. En los salones del Brstol los noviazgos adquieren una
solemnidad, una importancia que no tienen en ninguna otra parte.
Figrate los comentarios, despus de lo que ha pasado! En fin... un
exitazo para Ral y para Ins! Vamos a Mar del Plata.

--No s lo que har. Quiz en marzo, si logro arreglar las cosas. Ya se
lo he dicho a Jorge y est conforme.

--Hijita, tienes un marido ideal.

--As es, gracias a Dios. Pero hablemos de t. T llevas algn plan a
Mar del Plata.

--Marianela!... Ninguno, qu cosas tienes!...

--No seas gazmoa, Margarita. Qu tiene ello de particular? Es la cosa
ms natural. Eres joven, linda, rica. Vas a vivir sola toda la vida?
No es justo, no es lgico que formes una familia? Ya sabes que yo soy
buena amiga, discreta, que si te puedo ayudar en algo...

--Ay, Marianela, demonio malo, que me estas sonsacando lo que no quiero
decir...! No me tires de la lengua, no me tires, no me tires...!

--Vamos... no seas tonta. Si quieres que vaya a Mar del Plata y bailemos
el primer baile, me tienes que contar... a ver, habla.

--Pues, bueno; no hay nada; pero... puede haber. Qu bien me vendra
que me acompaaras a Mar del Plata!

--Flirteo?... Principio?... Ir si me necesitas.

--Bueno; entonces te contar. Aunque ya te puedes imaginar...

--No digas ms, Margarita, no digas ms!... Ha vuelto? Era de ley!

--Ya sabes lo que pas. Yo vacil entre Arturo Esquiln y l; al fin me
decid por Esquiln, que ya haba terminado la carrera. Y el otro,
hijita, se qued soltero, triste, aplanado; para l no haba otra. Me
conmueve y arranca lgrimas esta fidelidad!...

--Me lo explico, Margarita. Buen mozo, y tiene porvenir en la poltica.
Hijita, te da por los polticos! Creo que habla muy bien.

--En pblico y en privado; y... sobre todo al odo... Da gusto orle...

--Qu es?

--Muy guapo.

--No, mujer, digo en poltica.

--Ah!... conservador de la provincia; ugartista, mejor dicho. Hijita,
los ugartistas no sern muchos, pero todos son lo ms vivos, lo ms
inteligentes. Pero no hay nada, te digo que no hay nada todava...

--Est ya l en Mar del Plata?

--No; va el sbado.

--No hay nada, y sabes cundo va...

--No me sofoques, Marianela, no me sofoques!...

--Y t cundo vas?

--El martes.

--Y l lo sabe?

--S...

--Y dices que no hay nada!...

--Vete, Marianela, vete; te echo, te echo!...

Margarita me abraza y me besa en medio de un alborozo en que palpita a
brincos su joven corazn.

--Vendrs, Marianela? Mira que me haces mucha falta...

--Ir. Despus de arreglar lo de Inesita, ir a arreglar lo tuyo. Yo me
desvivo por estos arreglos, en que se trata de hacer felices a quienes
merecen serlo. Van a ser mis dos grandes obras del ao. A ese ugartista
lo pescamos, Margarita, lo pescamos en Mar del Plata! Ir, ir, adis,
adis...!










End of the Project Gutenberg EBook of Crnicas de Marianela, by Anonymous

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CRNICAS DE MARIANELA ***

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