The Project Gutenberg EBook of La guardia blanca, by Arthur Conan Doyle

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Title: La guardia blanca
       novela histrica escrita en ingls

Author: Arthur Conan Doyle

Translator: Juan L. Iribas

Release Date: June 17, 2011 [EBook #36453]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GUARDIA BLANCA ***




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En esta edicin se han mantenido las convenciones ortogrficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuacin presentes en el
texto. (nota del transcriptor)


             LA GUARDIA BLANCA

     _NOVELA HISTRICA ESCRITA EN INGLS_

                   POR

             A. CONAN DOYLE

         TRADUCIDA AL CASTELLANO

            POR JUAN L. IRIBAS

                NUEVA YORK
          D. APPLETON Y COMPAA
                 EDITORES
                   1896

              COPYRIGHT, 1896,

        BY D. APPLETON AND COMPANY.


_La propiedad de esta obra est protegida por la ley en
varios pases, donde se perseguir  los que la
reproduzcan fraudulentamente._




 QUIEN LEYERE.


En la moderna literatura inglesa, menos quizs que en ninguna otra,
espera encontrar el lector obras que por su carcter y forma le
recuerden las narraciones histricas de tipos caballerescos, empresas
aventuradas y altas hazaas, que han inmortalizado los nombres de
escritores espaoles, franceses  italianos. Dirase que esas novelas de
capa y espada, galanas y airosas, en las que palpita la vida entera de
hidalga tierra y se refleja el espritu de toda una raza, son patrimonio
exclusivo de otros pueblos y otros autores que los nacidos en la
nebulosa Albin.

De aqu la novedad y el buen xito merecidsimo de la obra de Conan
Doyle cuya traduccin castellana ofrecemos al pblico en este volumen.
Con erudicin y exactitud sorprendentes reproduce el escritor ingls en
_La Guardia Blanca_ una serie de episodios fidelsimos de la poca en
que se desarrolla el argumento de su novela. poca tan agitada como lo
fu para Inglaterra la segunda mitad del siglo XIV, en la que  pesar de
sus grandes y recientes victorias de Crcy y Poitiers y del tratado de
Bretigny, volva  encenderse, ms fiera y sauda si cabe, aquella lucha
interminable conocida en la historia con el nombre de Guerra de los Cien
Aos.

 imitacin de las famosas Compaas Blancas de Duguescln, personaje
que tambin figura en esta obra de muy pintoresca manera, la _Guardia
Blanca_ inglesa se lanza de lleno en la contienda y tras breve
permanencia en el Ducado de Aquitania, arrebatado por entonces  la
corona de Francia, entra en Espaa  la vanguardia del poderoso ejrcito
que Eduardo de Inglaterra pusiera  las rdenes del Prncipe Negro para
reinstalar en el solio de Castilla  su aliado Don Pedro el Cruel,  la
sazn destronado por su hermano Don Enrique de Trastamara.

Las proezas y aventuras de los expedicionarios ingleses y de su
indomable capitn, las descripciones interesantsimas de tipos y
costumbres de la poca, los mltiples incidentes de aquellas marciales
jornadas, ora sangrientos y hericos ora altamente cmicos, todo en
suma, est ideado y referido con tal naturalidad, con exactitud y gracia
tantas, que hacen de este libro una obra acabada y uno de los ms
preciados timbres de la fama literaria de su autor.

J. L. I.

HARTFORD, _Abril de 1896_.




LA GUARDIA BLANCA




CAPTULO I

DE CMO LA OVEJA DESCARRIADA ABANDON EL REDIL


La gran campana del monasterio de Belmonte dejaba oir sus sonoros
taidos por todo el valle y aun ms all de la obscura lnea formada por
los bosques. Los leadores y carboneros que trabajaban por la parte de
Vernel y los pescadores del ro Lande, suspendan momentneamente sus
tareas para dirigirse interrogadoras miradas; pues aunque el sonido de
las campanas de la abada era tan familiar y conocido por aquellos
contornos como el canto de las alondras  la charla de las urracas en
setos y bardales, los repiques tenan sus horas fijas, y aquella tarde
la de nona haba sonado ya y faltaba no poco para la oracin. Qu
suceso extraordinario lanzaba  vuelo, tan  deshora, la campana mayor
de la abada?

Por todas partes se vea llegar  los religiosos, cuyos blancos hbitos
se destacaban vivamente sobre el csped que cubra las avenidas de
nudosos robles. Procedan unos de los viedos y lagares pertenecientes 
la comunidad, otros de la vaquera, de las margueras y salinas, y
algunos llegaban, apresurando el paso, de las lejanas fundiciones de
Solent y la granja de San Bernardo. No les coga de sorpresa el
inusitado campaneo, porque ya la noche anterior haba despachado el abad
un mensajero especial  todas las dependencias exteriores del
monasterio, con orden de anunciar en ellas la proyectada reunin general
del da siguiente. En cambio el hermano lego Atanasio, que durante un
cuarto de siglo haba limpiado y bruido el pesado aldabn de bronce de
la abada, declaraba con asombro que jams haba presenciado convocacin
tan extempornea y urgente de todos los miembros de la comunidad.

Bastaba observar  stos para comprender la gran variedad de ocupaciones
 que se dedicaban y para formar idea, aunque incompleta, de los
inmensos recursos de la abada, centro de activsima vida. Vease aqu 
dos religiosos cuyas manos y antebrazos tea de rojo el mosto; ms all
otro, anciano y robusto, llevaba al hombro el hacha con que acababa de
cortar grandes haces de lea; seguale el hermano esquilador, cuya
ocupacin denunciaban las enormes tijeras que llevaba colgadas al cinto
y las vedijas de lana adheridas al sayal. Un numeroso grupo iba provisto
de azadas y layas, y los dos monjes que cerraban la marcha conducan con
trabajo una pesada cesta llena de carpas, truchas y tencas, pues siendo
el siguiente da de vigilia, haba que proveer al sustento de cincuenta
religiosos con un apetito  toda prueba. Verdad es que trabajaban de
firme, porque el venerable abad Fray Diego de Bergun era tan severo con
todos ellos como consigo mismo, que es mucho decir, y en su convento no
se toleraban holgazanes.

Mientras se reunan frailes y novicios el abad, cruzadas las manos y
preocupado el semblante, recorra de extremo  extremo la gran sala del
monasterio destinada  los actos solemnes. Sus delgadas facciones y
hundidas mejillas revelaban al asceta que ha sabido triunfar de sus
pasiones, no sin cruel y larga lucha, hasta dominarlas por completo.
Aunque de apariencia endeble, su mirada imperiosa y enrgica recordaba
que por sus venas corra sangre de famosos guerreros y que su hermano
mellizo, el capitn Bartolom de Bergun, era uno de los esforzados
campeones ingleses que haban plantado la cruz de San Jorge sobre los
muros de Pars. Apenas son la ltima campanada, se acerc el abad  una
mesa y toc el timbre que serva para llamar al hermano lego de
servicio, al cual pregunt en el dialecto anglo-francs usado en los
monasterios ingleses durante casi todo el siglo catorce:

--Han llegado los hermanos?

--Reunidos estn en el claustro mayor, reverendo padre, contest el
lego, que se hallaba en actitud humilde, cruzadas las manos sobre el
pecho y fija en el suelo la vista.

--Todos?

--Treinta y dos profesos y quince novicios. Fray Marcos, postrado por la
fiebre, es el nico que falta. Dice que....

--No hace al caso lo que l diga. Enfermo  no, importaba ante todo
acatar mi mandato. Domear su espritu rebelde, como lo har con otros
miembros de esta abada que necesitan severa disciplina. Y vos mismo,
hermano Francisco, estis en falta. Ha llegado  mis odos que habis
alzado la voz en el refectorio, mientras el hermano lector comentaba la
palabra divina. Qu contestis  esa acusacin?

El lego no chist, ni se movi siquiera.

--Mil avemaras y otros tantos credos rezados con los brazos en cruz
ante el altar de la Virgen, servirn para recordaros que el Supremo
Creador nos di dos orejas y una sola lengua, para que oigamos mucho y
hablemos poco. Enviadme aqu al hermano Maestro.

El atemorizado lego sali de puntillas, cerrando tras s la puerta, que
se abri algunos momentos despus para dar paso  un monje, corto de
estatura, robusto de cuerpo y cuya imperiosa mirada acentuaba la
expresin severa del semblante.

--Me habis llamado, reverendo padre?

--S, hermano Maestro. Deseo que el acto de hoy, que me impone un deber
dursimo, se verifique con el menor escndalo posible; y sin embargo, es
fuerza dar al culpable una leccin pblica, para ejemplo de los
restantes.

Dijo el abad estas palabras en latn, lengua en que de ordinario hablaba
 los religiosos  quienes por sus aos  por razn de su cargo  de sus
mritos, juzgaba dignos de especial deferencia.

--Es mi parecer que los novicios no presencien el juicio, observ el
hermano Maestro. En la acusacin figura una mujer y temo que prfidas
imgenes empaen la pureza de sus pensamientos....

--Mujer, mujer! murmur el abad. _Radix malorum_, que dijo el venerable
Crisstomo, definicin exacta y aplicable desde Eva hasta nuestros
das. Quin denunciar al pecador?

--El hermano Ambrosio.

--Casto y piadoso mancebo.

--Y modelo de novicios.

--Procdase, pues, al juicio de acuerdo con las prcticas tradicionales
de la orden. Ved que se admita y acomode  los profesos por orden de
edad y que  su tiempo comparezca el maleado Tristn de Horla, cuya
conducta exige ya medidas severas.

--Y los novicios?

--Esperarn en el claustro de la capilla, donde convendr que el lector
les refresque la memoria sobre el tema _Gesta beati Benedicti_. As se
evitar toda conversacin ociosa y toda ocasin de liviandad.

Una vez solo el abad, volvi  fijar sus miradas en las pginas
caprichosamente iluminadas de su breviario y permaneci en aquella
actitud basta que hubo entrado en la sala el ltimo de los monjes.
Tomaron stos asiento en los dos bancos de tallado roble que iban desde
el estrado hasta el extremo opuesto de la estancia, donde el hermano
Ambrosio y el Maestro de novicios ocuparon sendos sitiales. Era el
primero un joven enteco, alto y plido, que oprima nerviosamente entre
sus manos un enrollado pergamino. El abad contempl desde su asiento en
el estrado las dos hileras de monjes, cuyos rostros plcidos, rollizos y
bronceados por el sol, con raras excepciones, y cuya expresin
satisfecha, daban clara muestra de la vida tranquila y feliz que all
llevaban.

Fray Diego fij despus su penetrante mirada en el joven religioso
sentado frente  l y dijo:

--Sois el acusador, hermano Ambrosio. Quiera nuestro venerado patrn San
Benito concederos su gracia y dirigir nuestros juicios en esta ocasin,
para el bien de la comunidad y para la mayor gloria de Dios. Cuntos
son los cargos dirigidos contra el novicio Tristn?

--Cuatro, reverendo padre, contest el interpelado en voz baja y sumisa.

--Los habis enumerado y expuesto conforme lo manda nuestra santa
regla?

--Contenidos estn en este pergamino....

--Que entregaris al hermano relator para su lectura cuando llegue el
momento. Introducid al acusado.

Al oir aquella orden, un lego situado junto  la puerta la abri de par
en par, dando entrada  un joven novicio y  otros dos legos que hasta
entonces lo haban acompaado y vigilado en la antecmara. Era el
novicio Tristn de Horla mancebo de aventajada estatura y atlticas
formas, cuyos ojos negros contrastaban con el rojo cabello y cuyas
facciones, nada desagradables, revelaban de ordinario la franqueza y el
buen humor, si bien en aquel momento se reflejaba en ellas una expresin
de reto y enojo. Cada sobre los hombros la capucha, desabrochado el
hbito que mostraba el hercleo cuello, desnudos hasta el codo los
velludos brazos que tena cruzados sobre el pecho, salud reverentemente
al abad y se dirigi con toda calma al reclinatorio que le estaba
reservado en el centro de la sala. Sus negros ojos pasaron rpida
revista  los circunstantes y acabaron por fijarse, con expresin un
tanto irnica, en el hermano acusador.

Entreg ste el pergamino al relator de la orden, quien lo ley con voz
pausada y entonacin solemne, escuchado atentamente por todos los
religiosos all congregados. El documento deca as:

"Cargos formulados el da de la Asuncin, en el ao de gracia de mil
trescientos sesenta y seis, contra el hermano Tristn, antes llamado
Tristn de Horla y al presente novicio de la santa orden monstica del
Cster. Ledos el jueves siguiente  dicha fiesta de la Asuncin, en la
abada de Belmonte, ante el reverendo abad Fray Diego de Bergun y la
comunidad reunida en captulo. Los cargos aducidos son:

"Primero: Que habindose distribuido  los novicios determinada cantidad
de cerveza floja, como concesin especial con motivo de la precitada
festividad y en la proporcin de un azumbre por cada cuatro novicios, el
acusado se apoder violentamente del jarro y se bebi el azumbre de una
sentada, en detrimento de sus compaeros de mesa Pablo, Porfirio y
Ambrosio; quienes declararon que  duras penas pudieron comer los
arenques salados que formaron la refaccin de aquel da."

Al oir aquellos detalles el acusado se mordi los labios para disimular
una sonrisa y varios religiosos se miraron de soslayo; otros tosieron 
fin de no soltar la carcajada. Pero el abad permaneci impasible y
severo, mientras el relator continuaba su lectura:

"Segundo: Que como el Maestro de novicios castigase aquel desafuero
poniendo al culpable  pan y agua por tres das, en honor de Santa
Tiburcia, aquel pecador impenitente declar en presencia del novicio
Ambrosio que quisiera ver  una legin de demonios llevndose por los
aires al susodicho hermano Maestro.

"Tercero: Que amonestado por ste nuevamente, el acusado cogi  su
denunciador por el pescuezo y lo zabull en el estanque de la huerta,
por espacio suficiente para que la vctima de tamao atropello pudiera
acabar el credo que rez mentalmente con objeto de encomendar su alma 
Dios, creyendo llegada la ltima hora."

Las exclamaciones de sorpresa y censura que se oyeron en ambos bancos
indicaron que los miembros de la comunidad apreciaban la gravedad del
ltimo cargo; pero el abad impuso silencio, levantando su huesuda mano.

--Continuad, dijo al lector.

--"Y cuarto: Que poco antes de vsperas, el da de Santiago Apstol, se
vi al citado Tristn en el camino de Vernel, en conversacin con una
mujer, la llamada Mara Soley, hija del guardabosque de este nombre. Y
que despus de muchas risas y resistencias por parte de la susodicha
doncella, el acusado la tom en brazos y la condujo al otro lado del
riachuelo de Las Hayas, para evitar que aquella emisaria de Satn se
mojase los pies. Esta infraccin inaudita de nuestra santa regla fu
presenciada por tres miembros de la comunidad, con gran escndalo suyo y
con indudable regocijo de todo el infierno, que as vea caer en mortal
pecado  un novicio de nuestra orden."

El silencio profundo que sigui  aquellas palabras, aun ms que los
ademanes y el aspecto horrorizado de algunos religiosos, revel cun
profunda y unnime era la reprobacin de los oyentes.

--Quines son los testigos de tan enorme pecado? pregunt el abad con
voz que delataba su indignacin.

--Yo soy uno de ellos, dijo levantndose el hermano Ambrosio; y conmigo
lo presenciaron Porfirio y Marcos, el cual se afect de tal manera que
desde entonces se halla en la enfermera.....

--Y la mujer? continu Fray Diego. No prorrumpi en acongojado llanto
al presenciar aquella conducta de un hombre que vesta nuestro sagrado
hbito?

--No, reverendo abad. Antes bien sonri dulcemente cuando l la deposit
allende el vado y le di las gracias y le tendi su mano. Lo v con mis
propios ojos, como lo vi Marcos....

--Lo visteis, desgraciados! grit el abad. Y acaso no sabais que el
captulo treinta y cinco de los reglamentos de esta orden os lo prohiba
terminantemente? De cundo ac habis olvidado que en presencia de una
mujer debemos todos bajar la vista y aun volver la cara? Y si hubierais
tenido fija la mirada en vuestras sandalias, cmo ver las sonrisas y
mohines de aquel demonio disfrazado de mujer?  vuestras celdas, falsos
hermanos,  pan y agua hasta el prximo domingo, con dobles laudes y
maitines para que aprendis  obedecer las leyes que nos rigen!

Ambrosio y Porfirio, atemorizados ante aquella inesperada reprimenda,
cayeron temblando en sus asientos. El abad apart de ellos la vista para
fijarla en el principal culpable, quien lejos de mostrar temor 
inclinar la frente sostuvo con toda calma la mirada furibunda de Fray
Diego.

--Qu alegis en vuestra defensa, hermano Tristn?

--Poca cosa, padre mo, fu la contestacin del joven, dada con el
pronunciado acento sajn que por entonces caracterizaba  los campesinos
ingleses del Oeste. Por cierto que el inusitado acento llam mucho la
atencin de los religiosos, ingleses de pura raza en su mayora. Pero el
abad slo se fij en la tranquilidad y la indiferencia que la respuesta
del novicio revelaba y la indignacin colore su rostro enjuto.

--Hablad! orden golpeando con el puo el brazo del sitial.

--Pues cuanto  lo de la cerveza, observ Tristn sin inmutarse lo ms
mnimo, tngase en cuenta que acababa yo de llegar del trabajo en el
campo y que apenas empin el jarro ya le v el fondo y sin saber cmo lo
dej en seco. Grande debi de ser mi sed. Cierto es que perd los
estribos cuando el buen Maestro me mand ayunar, pero bien se explica
eso recordando que pan y agua es triste dieta para un cuerpo y un
apetito como los que Dios me ha dado. Tambin es verdad que le sent la
mano el cerncalo de Ambrosio, pero la zabullida de que se queja no pas
de un susto sin consecuencias. Y como no niego ninguno de los cargos
anteriores, tampoco puedo negar, si tal cargo es, el de haber ayudado 
la hija de Soley  pasar el vado de Las Hayas, en atencin  que la
pobre muchacha tena puestos zapatos y medias y su saya de los domingos,
al paso que yo iba descalzo y se me importaba un bledo remojarme los
pies. Y tengo para m que el no haberme portado cual entonces lo hice
hubiera sido una vergenza, para un novicio como para cualquier otro
hombre que se respete y que respete  la mujer....

Aquellas palabras colmaron la exasperacin del abad, sobre todo
pronunciadas como fueron con la sonrisa burlona que apenas haba
desaparecido un momento de los labios de Tristn desde el comienzo de su
perorata.

--Basta ya! exclam Fray Diego. Lejos de defenderse el culpado confiesa
y agrava su falta con sus livianas palabras. Slo me resta imponerle el
condigno castigo.

Al decir esto dej el abad su asiento y todos los monjes le imitaron,
dirigiendo temerosas miradas al irritado semblante de su superior.

--Tristn de Horla, continu ste, en los dos meses de vuestro noviciado
habis dado pruebas evidentes de perversidad y de que por ningn
concepto merecis vestir el blanco hbito smbolo de un espritu sin
mancha. Seris, pues, despojado de ese hbito y despedido de esta
abada, de sus tierras y pertenencias, sin renta ni beneficio de ninguna
clase y sin las gracias espirituales que gozan cuantos viven bajo la
tutela y especial proteccin de San Benito. Vuestro nombre ser borrado
de los registros de la orden y os queda prohibido volver  pisar los
umbrales de la abada y entrar en ninguna de las granjas y posesiones de
Belmonte.

Aquella primera parte de la sentencia pareci terrible  los monjes,
especialmente  los ms ancianos, acostumbrados como estaban  la vida
sosegada de la abada, fuera de la cual se hubieran visto tan
desamparados y desvalidos como nios abandonados  sus propias fuerzas.
Pero evidentemente la vida mundanal no tena terrores para el novicio,
antes le atraa y agradaba,  juzgar por la expresin regocijada con que
oy el anuncio de su expulsin. Su contento acrecent la iracundia de
Fray Diego, quien continu diciendo:

--Esto por lo que al castigo espiritual se refiere. Pero  los malos
servidores de Dios, de corazn empedernido, poco les duelen tales penas.
Yo s cmo castigaros de manera que lo sintis, ahora que vuestras
fechoras os han privado de la proteccin de la iglesia.  ver! Tres
hermanos legos, Francisco, Atanasio y Jos, apoderaos del truhn, atadle
los brazos y decid al hermano portero que le aplique unas cuantas
docenas de azotes con un buen rebenque!

Al acercrsele los robustos legos para obedecer las rdenes del abad,
desapareci toda la placidez del novicio, que asi con ambas manos el
pesado reclinatorio de roble y levantndolo en alto como una maza, grit
con voz potente:

--Teneos! Juro por San Jorge que al primero de vosotros que ose
tocarme le rompo la cabeza en mil pedazos!

La advertencia no poda ser ms clara ni ms enrgica, y unida  la
amenazadora actitud del novicio, cuyas fuerzas eran bien conocidas de
todos, bast para que los legos retrocedieran ms que de prisa y para
espantar  los religiosos, que se precipitaron en tropel hacia la
puerta. Slo el abad pareci pronto  lanzarse sobre el rebelde novicio,
pero dos monjes que junto  l se hallaban lo asieron por los brazos y
lograron ponerlo fuera de peligro.

--Est posedo del demonio! gritaban los fugitivos. Pedid socorro! Que
venga el hortelano con su ballesta, y llamad tambin  los mozos de
cuadra. Pronto, decidles que estamos en peligro de muerte! Corred,
hermanos! Ved que ya nos alcanza!

Pero el victorioso Tristn de Horla no pensaba en perseguirlos. Estrell
contra el suelo el reclinatorio, derrib de un revs  su delator
Ambrosio, que puso el grito en el cielo, y atropellando  los
aturrullados frailes que formaban la retaguardia, baj  escape la
escalera. El portero Atanasio vi pasar rpidamente una gigantesca forma
blanca y antes de enterarse de lo que aquello significaba y de la causa
del tumulto que en la escalera se oa, ya el indmito Tristn estaba
lejos de la abada y  grandes zancadas recorri el polvoriento camino
de Vernel.




CAPTULO II

DE CMO ROGER DE CLINTON EMPEZ  VER EL MUNDO


Los muros del antiguo convento no haban presenciado jams escndalo
semejante. Pero Fray Diego de Bergun tena en mucho la buena disciplina
de la comunidad para permitir que sta quedase bajo la impresin de la
rebelda triunfante del novicio; as fu que convocando nuevamente  los
hermanos les dirigi una filpica como pocas, comparando la expulsin
del iracundo Tristn  la de nuestros primeros padres del Paraso,
llamando sobre l los castigos del cielo y advirtiendo de paso  sus
oyentes que si algunos de ellos no mostraban ms celo y obediencia que
hasta entonces, la expulsin de aquel da no sera la ltima. Con esto
qued restablecida la calma y en buen lugar la autoridad de Fray Diego,
quien orden  los religiosos que volvieran  sus faenas respectivas y
se retir  su celda.

Apenas comenzadas sus oraciones oy que llamaban suavemente  la puerta.

--Entrad, dijo con voz en que se trasluca el mal humor; pero apenas
fij los ojos en el importuno que as le interrumpa, desapareci la
expresin ceuda del semblante, reemplazndola bondadosa sonrisa.

El que llegaba era un esbelto doncel, de facciones algo delgadas, rubios
cabellos, buena presencia y muy joven  juzgar por la expresin aniada
del rostro. Sus claros y hermosos ojos revelaban tambin un candor casi
infantil; su mirada era la del adolescente cuyo espritu se haba
desarrollado hasta entonces lejos de las emociones, de las penas y de
los combates del mundo. Sin embargo, las lneas de la boca y la
pronunciada forma de la barba indicaban un carcter enrgico y
resuelto.

Aunque no vesta el hbito monstico, su ropilla, calzas y gruesas
medias eran de obscuro color, cual convena  un morador de aquella
santa casa. De una ancha correa cruzada al hombro penda henchido zurrn
de los que por entonces usaban los viajeros; llevaba en la diestra un
grueso bastn herrado y en la otra mano su gorra de pao pardo, que
tena cosida al frente una gran medalla con la imagen de Nuestra Seora
de Rocamador.

--Veo que ests ya pronto  ponerte en camino, hijo querido. Y no deja
de ser coincidencia curiosa, continu el abad con aire pensativo, la de
que en un mismo da salgan de este monasterio el ms perverso de sus
novicios y el mancebo  quien todos consideramos como el ms digno de
nuestros jvenes discpulos y que es tambin el predilecto de mi
corazn.

--Sois demasiado bondadoso, padre mo, contest el doncel. Por mi parte,
si me fuese dado elegir, acabara mis das en Belmonte. Aqu he tenido
mi dulce hogar desde la infancia y al salir de esta casa lo hago con
verdadero pesar.

--Pruebas impuestas por Dios son esas penas, Roger, y cada cual tiene su
cruz. Pero tu partida, que  todos nos contrista, es inevitable. Yo
promet  tu padre que al cumplir los veinte aos saldras de Belmonte,
para ver algo del mundo y juzgar por t mismo si preferas seguir en l
 volver  este sagrado refugio. Acerca ese escabel y toma asiento.

Hzolo as Roger y el abad continu diciendo, despus de reflexionar
algunos momentos:

--Veinte aos hace que tu padre, el arrendador de la granja de Munster,
muri, dejando valiosos cortijos y terrenos  la abada y dejndonos
tambin  su hijo menor, nio de pocos meses,  condicin de criarlo y
educarlo en el monasterio. Hzolo as el buen hidalgo no slo porque
haba muerto tu santa madre, sino porque Hugo de Clinton, su hijo mayor
y nico hermano tuyo, haba dado ya pruebas de su carcter dscolo y
violento, y hubiera sido absurdo dejarte encomendado  l. Pero como
dije antes, tu padre no quera dedicarte irrevocablemente  la vida
monstica; la eleccin depender de t, y no has de hacerla ahora, sino
cuando tengas alguna experiencia de la vida, para resolver con acierto.

--Y no impedirn mi partida los cargos que he ejercido ya en la
comunidad, aparte de mis funciones de amanuense?

--En manera alguna. Veamos: has sido despensero y aclito?

--S, padre.

--Exorcista y lector despus?

--S, padre.

--Y obediente y piadoso como un hermano profeso, pero nunca has hecho
voto de castidad. No es cierto?

--As es, padre mo.

--Pues nada te impide entrar en el mundo y vivir en l tan libremente
como el que nunca ha pisado el claustro. Y puedo decir con placer que
esa nueva vida se abre ante t con buenos auspicios, porque adems de
los sanos principios que te hemos inculcado, eres hbil y puedes
bastarte  t mismo hacindote til  otros. Dime qu has aprendido
ltimamente; ya s que eres escultor de no mediano mrito y que pocos
mancebos de tu edad te ganan  tocar la ctara y el rabel. Y nada dir
de tu voz; nuestro coro pierde contigo el mejor de sus cantores.

Sonrise complacido el doncel y dijo:

-- la paciencia del buen hermano Jernimo debo tambin el oficio de
grabador, que he aprendido pasablemente y llevo hechos muchos trabajos
en madera, marfil, bronce y plata. Con Fray Gregorio he aprendido 
pintar sobre pergamino, metal y vidrio. S esmaltar, conozco algo el
tallado de piedras preciosas, puedo construir muchos instrumentos
msicos y cuanto  la herldica, no hay en Belmonte amanuense ni novicio
que la sepa mejor que yo.

--Pues no es corta la lista! exclam el superior con alegre acento. No
hubieras aprendido ms en el Real Colegio de Exeter. Pero qu me dices
de tus otros estudios, de tus lecturas y composiciones?

--Sin ser mucho lo que he ledo, el hermano Canciller os podr decir que
no he descuidado la biblioteca. Los Evangelios comentados, Santo Toms,
la Coleccin de Cnones....

--Bueno es todo eso, pero ms necesitas hoy otra clase de lecturas, algo
de ciencias naturales, geografa y matemticas. Veamos: desde esta
ventana se divisa la desembocadura del Lande y ms all unas cuantas
velas de barcos pescadores que han cruzado la barra y salido al mar.
Supongamos que en lugar de volver esta noche al puerto, continuasen esas
barcas su viaje por das y das en la direccin que ahora llevan. Sabes
 dnde llegaran?

--Tienen puesta la proa en direccin  Oriente, contest prontamente el
joven, y van en derechura hacia aquella regin de Francia que hoy forma
parte de los dominios de nuestro poderoso seor el Rey de Inglaterra.
Volviendo la proa hacia el sur llegaran  Espaa y por el nordeste
encontraran los estados de Flandes y ms all la gente moscovita.

--Cierto es. Y si despus de llegar  los dominios de nuestro rey en
Francia emprendiese un caminante la marcha en direccin  Oriente?

--Pues visitara las tierras francesas que todava estn en tela de
juicio y la famosa ciudad de Avignn, donde reside temporalmente Su
Santidad. Ms all se extienden los estados de Alemania, el gran Imperio
Romano, las tribus de los paganos Hunos y Lituanos y por ltimo la
ciudad de Constantino y el dominio de los odiados hijos de Mahoma.

--Bien, Roger. Y ms all?

--Jerusaln, la Tierra Santa y el caudaloso ro que tuvo sus fuentes en
el paraso terrenal. Despus... no s, padre mo; pero el fin del mundo
no andar muy lejos de aquellos lugares,  lo que imagino.

--No tal, mi buen Roger, y eso te probar que siempre queda algo que
aprender. Has de saber que entre los Santos Lugares y el fin del mundo
habitan muchos y muy numerosos pueblos, cuales son el de las amazonas,
el de los pigmeos y aun el de ciertas mujeres, tan bellas como
peligrosas, que matan con la mirada, como se dice del basilisco. Y al
oriente de todas esas naciones est el reino del Preste Juan, cuyas
vagas descripciones habrs hallado en los libros. Todo esto lo s de
buena tinta, por habrmelo asegurado y descrito un valiente capitn y
gran viajero, el seor Farfn de Setin, que descans en Belmonte  su
paso para Southampton y nos refiri sus viajes, descubrimientos y
aventuras en el refectorio, con detalles tan curiosos  interesantes que
muchos hermanos se olvidaron de comer por el placer de escucharle sin
perder una slaba de su relato.

--Lo que yo quisiera saber, padre mo, es qu hay al fin del mundo....

--Poco  poco, amiguito, interrumpi el abad. Lo que all hay  deja de
haber no es para preguntado. Pero hablemos de tu viaje. Cul ser tu
primera etapa?

--La casa de mi hermano en Munster. No slo deseo conocerlo, sino que
los informes desfavorables que siempre he tenido de su carcter y mtodo
de vida me parecen una razn ms para intentar reformarlo y atraerlo al
buen camino.

El abad movi la cabeza negativamente.

--Pronto se echa de ver tu inexperiencia. La mala reputacin del
arrendador de Munster data de antiguo, y quiera Dios que no sea l quien
logre apartarte del buen camino que has seguido hasta ahora. Pero ya
vivas con l ya te lleve la suerte por otros rumbos, desconfa sobre
todo de los falsos atractivos y de las artes de la mujer, el mayor
peligro que amenaza  los hombres de tu edad y sobre todo  los que como
t no han encontrado jams en su camino  ese enemigo de nuestra
tranquilidad. Adis, hijo mo. Abrzame y recibe la bendicin del cielo
que invoco sobre tu cabeza. Encomindote tambin fervientemente al
glorioso San Julin, patrn de los viajeros. Sea tu vida cristiana y
feliz.

Penosa fu la despedida de aquellos dos hombres, el uno animado por el
cario paternal que profesaba al hurfano y el otro por su gratitud
infinita hacia el bondadoso protector de toda su vida. Haca ms dura su
separacin la idea que ambos tenan formada del mundo, al que
consideraban desde su tranquilo refugio como centro de iniquidades,
peligros y rencores. Los monjes y novicios que no haban salido  sus
quehaceres esperaban  Roger en el prtico, donde se despidieron de l
con efusin, pues de todos era grandemente apreciado. Tambin le
hicieron algunos regalos; un pequeo crucifijo de marfil, un libro de
oraciones y un cuadrito que representaba la Degollacin de los
Inocentes, artsticamente ejecutado en pergamino. Todos aquellos
recuerdos de sus cariosos amigos quedaron pronto bien acondicionados en
el zurrn, sobre el cual el previsor hermano Atanasio coloc tambin un
paquete que recomend mucho  Roger y que segn descubri ste despus,
contena una hogaza de pan blanco, un magnfico queso y una botella de
buen vino.

Psose por fin en camino el conmovido joven, en cuyos odos resonaban
las bendiciones y las frases de despedida de los bondadosos monjes. Al
llegar  una altura vecina se detuvo para contemplar por ltima vez
aquellos lugares en los que se haba deslizado su vida tranquila y
dichosa. All el obscuro y monumental edificio de la abada, la
residencia de Fray Diego, con su capilla adjunta, los jardines y
huertos, iluminado todo ello por un sol esplndido. Ms all la
anchurosa ra del Lande, el vetusto pozo de piedra, la capilla de la
Virgen y en la esplanada frente al convento el grupo de blancos hbitos,
aquellos amigos de su adolescencia, que al verle detenido renovaron sus
saludos.

Dos lgrimas surcaron las mejillas de Roger, que suspir profundamente y
volvi  emprender su jornada.




CAPTULO III

DE CMO TRISTN DE HORLA DEJ AL BATANERO EN PERNETAS


Caso muy raro sera que un joven de veinte aos, lleno de salud y vida,
dedicase las primeras horas de absoluta independencia gozadas desde la
infancia  llorar la celda de su convento y la disciplina del claustro.
Sucedi, pues, que la emocin de Roger fu poco duradera y que aun antes
de perder de vista  Belmonte recobr la alegra propia de sus aos y
pudo apreciar en toda su belleza los primores del paisaje. Era una tarde
hermossima; los rayos del sol caan oblicuamente sobre los frondosos
rboles, trazando en el camino arabescos de sombras, alternados con
anchas franjas doradas. Entre los rboles y en cuanto alcanzaba la
vista, tupidos arbustos, amarilleando algunos al soplo del otoo. Al
perfume de las flores se unan las gratas emanaciones resinosas de los
pinares y slo el rumor de claros arroyuelos interrumpa de cuando en
cuando el murmullo de la brisa entre las ramas y el canto de los
pjaros.

Pero aquella soledad y quietud de los campos eran slo aparentes. La
vida se desarrollaba vigorosa y activa en ellos y en los vecinos
bosques. Insectos de brillantes colores zumbaban en torno de hojas y
flores; juguetonas ardillas suspendan sus escarceos para mirar al
inslito caminante desde lo alto de las ramas, y ya se oa el gruido
del fiero jabal en el matorral, ya el roce de las hojas secas pisadas
por el gamo, que hua  todo correr.

No tard el risueo caminante en dejar muy atrs  Belmonte y sus verdes
praderas y de aqu que fuera mayor su sorpresa al divisar sentado en una
piedra junto al camino  uno al parecer religioso de aquella comunidad,
 juzgar por los blancos hbitos que vesta. Pero al acercarse not
Roger que el rostro del fraile, desapacible y coloradote, le era
totalmente desconocido y que por sus ademanes y la expresin dolorida
del semblante ms pareca caminante desbalijado que otra cosa. De pronto
le vi incorporarse y correr camino arriba, recogiendo y levantando con
ambas manos el sayal, lo menos dos palmos ms largo de lo que peda el
cuerpo bajo y rechoncho del desconocido. Pero no tard ste en
detenerse, resoplando como si le faltara el aliento y acabando por
dejarse caer sobre la hierba. Roger se dirigi hacia l apresuradamente
y el otro le pregunt:

--Conocis, buen amigo, la abada de Belmonte?

--Mucho que s, de all vengo y en ella he vivido hasta hoy.

--Loado sea Dios, porque en tal caso podris decirme quin es un fraile
como un dragn, con la cara llena de pecas, los ojos negros y el pelo
rojo,  quien por mi mal acabo de encontrarme en este camino. Le
conocis? No puede haber otro tan grande ni tan malvado como l en la
abada.

--Por las seas es se el novicio Tristn de Horla. Qu os ha hecho?

--Pesia mi alma que lo hecho por l no lo hicieran conmigo salteadores
de camino! No sino que el menguado me quit cuanta ropa llevaba puesta
dejndome en gregescos y despus me enjaret este sayal blanco,
quedndome yo aqu corrido y sin atreverme  volver al pueblo y mucho
menos  presentarme  mi mujer, que si me ve en esta guisa pondr el
grito en el cielo, tratndome de borracho y correntn.

--Pero cmo fu eso? pregunt el amanuense, que  duras penas poda
contener la risa.

--Yo os lo contar de la cruz  la fecha, repuso el otro. Pasaba por
este mismo camino y muy cerca del lugar en que estamos, cuando me top
con el fraile bandido de la cabeza roja. Creyndolo un religioso como
Dios manda, entregado  sus oraciones, lo salud y segu mi marcha hacia
Lminton, donde vivo y me gano el sustento como batanero que soy. Pero 
los pocos pasos o que me llamaba; volvme y me pregunt si tena
noticia de la nueva indulgencia concedida  favor de los monjes del
Cster. "No," le contest. "Tanto peor para vuestra salvacin eterna,"
me dijo; y habl largamente de la gran estimacin de Su Santidad por las
virtudes del abad de Bergun y cmo en reconocimiento y recompensa de
las mismas haba resuelto el Papa conceder indulgencia plenaria  todo
pecador que vistiese el hbito cisterciense y lo tuviese puesto el
tiempo necesario para recitar los siete Salmos de David. Al oirlo me
arrodill  sus pies, rogndole que me dejase obtener tan grande gracia
prestndome su hbito,  lo que se avino despus de muchas splicas y de
entregarle yo doce sueldos para dorar la imagen del bendito San Lorenzo.
Quitdose que hubo esta vestimenta, tuve que prestarle mi buen jubn y
calzas de pao para que no le viese algn caminante en ropas menores y
aun me pidi el grueso par de medias que yo llevaba para preservarse,
dijo, del airecillo algo fro, mientras rezaba yo mis oraciones. Llegado
apenas al segundo salmo, acab l de arroparse y gritndome que
procurase conducirme cual cuadraba  un piadoso fraile, apret  correr
camino arriba como si lo persiguieran los demonios. Cuanto  m,
pecador, ni puedo correr metido en este saco harinero que por todos
lados me sobra, ni tampoco es cosa de quitrmelo y presentarme en el
pueblo sin ms vestimenta que una almilla rabona, unos gregescos
remendados y un par de zapatos. Ni siquiera medias. Por vida del fraile
ladrn!

--No os descorazonis, buen hombre, dijo el doncel, que bien podris
trocar vuestro sayal por un jubn en el convento, cuando no tengis ms
cerca algn conocido que os saque del paso.

--S tengo, repuso el batanero. Allende el seto vive un pariente de mi
mujer, pero la suya es lo ms mordaz y maldiciente que conozco y como mi
aventura llegase  oidos de aquella bruja no me atrevera  asomar la
cara fuera de mi casa en un mes. Pero si vos quisierais, mi buen seor,
podrais hacerme una grandsima merced con slo desviaros de vuestro
camino cosa de dos tiros de ballesta y....

--Eso har yo de muy buena gana, dijo Roger compadecido del pobre hombre
 quien en tan duro trance haban puesto las diabluras de Tristn, su
amigo del convento.

--Pues tomad aquel sendero de la izquierda, que no tardar en llevaros
 un claro del bosque, y all veris la choza de un carbonero. Decidle
que os d un par de prendas de ropa y que os enva con grande urgencia
maese Rampas, el batanero de Lminton. Razones tiene para no negarme eso
que en nombre mo vis  pedirle.

Hzolo Roger como se lo decan y hall muy pronto la cabaa y sola en
ella  la mujer del carbonero, por hallarse su marido trabajando en el
monte. Expuso su misin y complaciente la mujer comenz enseguida 
preparar el hatillo, mientras Roger la contemplaba con la curiosidad
natural en quien jams haba hablado  una mujer y mucho menos vstose
mano  mano con una hija de Eva en solitaria cabaa perdida en el
bosque. Observ que sus desnudos brazos eran de redondeadas formas,
aunque requemados por el sol y que llevaba modesta basquia parda y un
paoln cruzado y prendido sobre el pecho con enorme alfiler de cobre.

--Maese Rampas el batanero! repeta ella yendo de aqu para all en
busca de las ropas. Si fuese yo su mujer ya le enseara  dejarse
desbalijar en medio del camino por el primer perdulario que pase. Pero 
bien que l ha sido siempre un alma de Dios y que no he de ser yo quien
le ponga tachas ni le niegue un favor, que muy grande me lo hizo l
pagando de su bolsillo el entierro de Frasquillo, mi hijo mayor,  quien
tena de aprendiz en el batn y me lo llev la peste negra de hace dos
aos. Y quin sois vos, mi buen seor?

--Un caminante. Vengo de Belmonte y me propongo llegar  Munster esta
noche  maana.

--Y viniendo de Belmonte, me basta miraros para conocer que habis sido
discpulo de los monjes. Pero conmigo no hay por qu bajar los ojos ni
poneros rojo como un pimiento. Bah!  m qu? Buenas cosas os habrn
contado los frailes de nosotras las mujeres, y  fe que se dira que
ninguno de ellos ha conocido ni querido  su propia madre! Bonito
estara el mundo si los padres priores echasen de l  todas las
mujeres!

--No lo quiera Dios, dijo fervientemente Roger.

--Amn mil veces. Pero vos sois un gentil mozo y tanto ms me lo
parecis  m por lo mismo que sois  la vez modesto y comedido. Fcil
es ver tambin que no habis pasado vuestros pocos aos  la
intemperie, sufriendo las inclemencias del fro en invierno y quemado
por los rayos del sol en verano, como tuvo que sufrirlo mi pobre
Frasquillo, y eso que no haba cumplido los catorce cuando me lo llev
Dios.

--La verdad es que he visto muy poco del mundo, buena mujer, respondi
el joven.

--Tanto mejor para vos. Y ahora, aqu tenis el hatillo para el bueno de
Rampas y decidle que no se d prisa por devolver esas ropas. Cuando
buenamente pase por aqu cerca puede dejarlas en la cabaa. Virgen
Santa, cmo estis cubierto de polvo! Bien se ve que en los conventos no
hay mujer que os cuide. Os limpiar un poco. Vaya! Y ahora, dadme un
beso  id en paz.

Inclinse Roger para que ella lo besase, saludo muy en boga en
Inglaterra por aquella poca, y as lo hizo notar Erasmo mucho despus,
diciendo que el beso como saludo era ms usado en aquel reino que en
ningn otro pas. Pero la experiencia era nueva para Roger, y el
contacto de la villana le produjo una impresin para l desconocida
hasta entonces. Pensando iba en ello al dejar la casuca y record las
palabras del abad, acabando por preguntarse qu hubiera dicho y sentido
ste en caso parecido al suyo. Pero llegado de nuevo al camino vi Roger
un cuadro que le hizo olvidar todo lo restante.

El malhadado maese Rampas se hallaba  corta distancia del lugar donde
l lo dejara, gimiendo, pateando y desesperndose ms que nunca y lo que
era peor, sin el hbito, ni ms vestimenta que una cortsima almilla y
los zapatos.  lo lejos desapareca entre los rboles  todo correr un
hombrachn que llevaba un lo en una mano y apoyaba la otra sobre el
costado como si le dolieran los ijares de tanto reirse.

--Vedlo! aull el batanero. All va! Vos me sois testigo, para dar con
l en la crcel de Chester. Que se me lleva mi hbito!

--Pero qu ha pasado aqu? Quin es aquel hombre?

--Quin ha de ser, pesia m, sino vuestro Tristn el ladrn, Tristn el
bandido, que no contento con haberme dejado casi en cueros vivos, volvi
para llevrseme el sayal, como si un cristiano pudiera andar por el
camino pblico con este camisn. Me ha robado mi hbito, mi hbito!

--Perdonad, buen hombre, el hbito era suyo....

--Corriente, pues que se lo lleve todo. No tardar en volver para
despojarme de los zapatos y de este camisoln, que para lo que tapa....
Nuestra Seora de Rocamador me valga!

--Y cmo fu ello? pregunt Roger, lleno de asombro.

--Son sas las ropas que me trais? Dadme ac, por favor, que stas ni
el Papa me las quita, aunque le ayude todo el Sacro Colegio. Que cmo
fu? Pues apenas me dejasteis volvi corriendo don ladrn y como yo
empezase  apostrofarle me pregunt muy dulcemente si crea posible que
un buen religioso abandonase su sayal nuevecito y abrigado para vestir
el jubn y las calzas de un artesano. Empec  quitarme el hbito muy
regocijado, mientras l explicaba que se haba ausentado para que yo
dijera mis oraciones con mayor recogimiento. Tambin hizo como que se
desabrochaba mi jubn para devolvrmelo, pero no bien le entregu su
sayal apret  correr otra vez, dejndome con lo puesto, que no es mucho
que digamos. Habr tuno! Y cmo se rea el bigardn!

Roger escuch el relato de aquellas lstimas con toda la seriedad que
pudo. Pero cuando contempl al pobre hombre vestido con los guiapos del
carbonero y vi la expresin de dignidad ofendida que tenan el rostro
mofletudo y los ojillos saltones de maese Rampas, le fu imposible
contener la risa. Jams se haba reido tanta ni de tan buena gana, 
incapaz de tenerse de pie se apoy contra el tronco de un rbol, sin
poder hablar, saltndosele las lgrimas y rindose  todo trapo.

El batanero le mir gravemente; nuevos accesos de hilaridad retorcieron
el cuerpo de Roger y maese Rampas, viendo que aquello no llevaba trazas
de acabar, le hizo un ceremonioso saludo y se alej pausada y
altivamente, contonendose. Roger le mir hasta perderle de vista, y aun
despus de ponerse l mismo en camino se rea de todo corazn cada vez
que recordaba la facha y los visajes del batanero de Lminton.




CAPTULO IV

DE LA JUSTICIA INGLESA EN EL SIGLO CATORCE


El camino que segua Roger era poco frecuentado, mas no tanto que el
viandante dejase de encontrar de vez en cuando ya unos arrieros, ya un
pobre pedigeo, y otros viajeros tan cansados como l. Entre los que
hall Roger  su paso se cont tambin uno al parecer fraile, que
gimoteando le pidi algunos cornados para comprar pan, pues estaba
muerto de hambre. El joven apresur el paso sin contestarle, porque en
el convento haba aprendido  desconfiar de esos frailes vagabundos; sin
contar con que del morral que el pordiosero llevaba  la espalda vi
salir el hueso no muy mondo de una pierna de cordero que para s la
hubiera querido el buen Roger. No anduvo largo trecho sin oir las
maldiciones que le lanzaba el supuesto religioso; seguidas de tales
blasfemias que el caminante ech  correr por no oirlas y no par hasta
perder de vista al deslenguado fraile.

En los linderos del bosque descubri Roger  un chaln que con su mujer
despachaba un enorme pastel de liebre y un frasco de sidra, sentados
ambos al borde del camino. El brutal chaln lanz una exclamacin
grosera al pasar Roger, quien sigui su marcha sin darse por entendido;
pero como  la mujer se le ocurriese llamar  gritos al apuesto joven
invitndole  comer con ellos, su marido se enfureci de tal manera que
empuando la vara empez  dar de palos  su caritativa compaera. El
joven comprendi que lo mejor era poner tierra por medio, muy
apesadumbrado al ver que por todas partes slo hallaba violencias,
engaos  injusticias.

Pensando iba en ello y comparando aquellos episodios de su jornada con
la vida montona del convento, cuando detrs de un vallado que  su
derecha quedaba vi el ms raro espectculo que imaginarse pueda. Cuatro
piernas cubiertas con ajustadas medias de arlequinados colores y largos
borcegues de retorcidas puntas en los pies, se movan  comps, sin que
el matorral permitiese ver los cuerpos invertidos  que pertenecan
aquellas extremidades. Acercndose prudentemente oy Roger los sonidos
de una flauta y rodeando el vallado creci de punto su sorpresa al ver 
dos jvenes que, sin gran dificultad al parecer, se sostenan cabeza
abajo sobre la hierba y tocaban sendas flautas,  la vez que imitaban
con los pies los movimientos de la danza. Hizo Roger la seal de la cruz
y tentado estuvo de echar  correr; pero en aquel momento lo
descubrieron los msicos, que inmediatamente se le acercaron dando
saltos sobre sus cabezas, como si fueran stas de pedernal y no de carne
y hueso. Llegados  pocos pasos de Roger, doblaron sus cuerpos aquellos
rarsimos danzantes, y posando los pies en el suelo asumieron sin el
menor esfuerzo su posicin normal y se adelantaron sonrientes, con la
mano sobre el corazn, en la actitud de acrbatas  payasos saludando al
pblico.

--Sed generoso, prncipe mo, dijo uno de ellos tendiendo un birrete
galoneado que recogi del suelo.

--Mano al bolsillo, apuesto doncel, repuso el otro. Aceptamos toda clase
de moneda y en cualquiera cantidad que sea, desde una talega de ducados
 un puado de doblas, hasta un solo cornado, si no podis hacer mayor
ofrenda.

Roger crey hallarse en presencia de un par de duendes y aun procur
recordar la frmula del exorcismo; pero los dos desconocidos
prorrumpieron en grandes carcajadas al ver el espanto y la sorpresa
reflejados en su semblante. Uno de ellos di un salto y cayendo sobre
las manos comenz  andar con ellas, dando zapatetas en el aire. El otro
pregunt:

--No habis visto nunca juglares? Por lo menos habris odo hablar de
ellos. Tales somos, que no brujos ni demonios.

-- qu ese espanto, rubio querubn? pregunt el otro.

--No os extrae mi sorpresa, repuso por fin Roger. No haba visto un
juglar en mi vida y mucho menos esperaba contemplar en el aire dos pares
de piernas danzando misteriosamente. Pues y el saltar sobre vuestros
crneos? Bien quisiera saber por qu hacis cosas tan extraordinarias.

--Difcil es la respuesta, y  buen seguro que si de m dependiera no
volverais  verme andando cabeza abajo, tragando estopa encendida ni
tocando el lad con los pies, para entretenimiento de mirones y espanto
de tiernos pajecillos como vos.... Pero qu veo? Un frasco! Y lleno,
lleno "del rico zumo de las dulces uvas"! Decomiso!

Y haciendo y diciendo se apoder de la botella de vino que el hermano
despensero regal  Roger y que ste llevaba en el entreabierto zurrn.
Beberse la mitad del vino fu obra de un instante para el juglar, que
despus pas el frasco  su compaero. Apenas lo agot ste hizo ademn
de tragrselo, con tanta verdad que asust  Roger; despus reapareci
el evaporado frasco en la diestra del juglar, que lanzndolo en alto lo
recibi sobre la pantorrilla izquierda, de la cual pareci extraerlo
para presentrselo  Roger, acompaado de cmica reverencia.

--Gracias por el vino, mocito, dijo; es de lo poco bueno que hemos
probado en largos das. Y contestando  vuestra pregunta, os diremos que
nuestra profesin nos obliga  inventar y ensayar continuamente nuevas
suertes, una de las cuales y de las ms difciles y aplaudidas habis
presenciado. Venimos de Chester, donde hemos hecho la admiracin de
nobles y plebeyos y nos dirigimos  las ferias de Pleyel, donde si no
ganamos muchos ducados no nos faltarn aplausos. De m os aseguro que
dara buen nmero de stos por uno de aquellos.  por otro trago de
vuestro riqusimo vino. Y ahora, amiguito, si os sentis en aquella
piedra, nosotros continuaremos nuestro ensayo y vos pasaris el rato
entretenido.

Hzolo as Roger, quien not entonces los dos enormes fardos que
formaban el equipaje de los juglares y que por lo que dejaban ver
contenan jubones de seda, cintos relucientes y franjas de oropel y
falsa pedrera. Junto  ellos yaca una vihuela que Roger tom y empez
 tocar con gran maestra, mientras los acrbatas continuaban sus
sorprendentes ejercicios. No tardaron stos en tomar el comps de la
vihuela y era cosa de verlos con los pies en el aire, bailando sobre las
manos, con tanta presteza y facilidad como si toda la vida hubiesen
andado en aquella postura.

--Ms aprisa, ms aprisa! gritaban al taedor, que los complaca
rindose  carcajadas.

--Bravo, don alfeique! exclam por fin uno de los danzantes, dejndose
caer rendido sobre la hierba.

--Por vida de! Muy callado lo tenais, seor msico, dijo el otro
imitndolo. Dnde aprendisteis  taer de tal suerte?

--Lo que acabo de tocar lo aprend yo solo, sin msica ni maestro, por
haberlo odo varias veces all en Belmonte, de donde vengo.

--El diablo me lleve si no sois vos el auxiliar que nos hace falta!
dijo el juglar que pareca de ms edad. Tiempo hace que busco un
vihuelista, flautista,  lo que sea, que nos acompae y pueda tocar de
odo, y vos lo tenis magnfico. Venid con nosotros  Pleyel, que no os
ha de pesar, ni os faltarn algunos ducados, buena cerveza y mejor humor
mientras sigamos juntos.

--Sin contar con que jams hemos tenido cena sin una buena tajada de
carne en el plato y vos no seris menos. Por mi parte os prometo media
azumbre de vino los domingos, mientras estemos en poblado, dijo el otro.
Es gascn y del aejo, agreg guiando un ojo para dar ms valor  su
oferta.

--No, no puede ser, contest el joven. Otro es mi destino y si he de
llegar  l en sazn no puedo permitirme muchas paradas tan largas como
sta. Con Dios quedad.

Dicho esto se alej apresuradamente, sin atender  las repetidas ofertas
de los juglares, quienes por fin se despidieron de l desendole buena
suerte. La ltima vez que los vi, antes de doblar un recodo del
sendero, el ms joven de los saltimbanquis se haba subido sobre los
hombros de su compaero y desde aquella altura lo saludaba con dos
banderolas de chillones colores, que agitaba sobre su cabeza.

Roger les hizo un ademn de despedida y emprendi sonriente el camino de
Munster.

Extraos y en gran manera interesantes le parecan todos aquellos
variados incidentes de su jornada. Las pocas horas pasadas desde que
abandon el apacible claustro le haban procurado ms emociones que un
ao de vida en Belmonte. Se le haca increble que el fresco pan que iba
comiendo con placer fuese reciensalido de los hornos de la abada.

No tard en dejar el terreno montaoso cubierto de arbolado y se hall
en la vasta llanura de Solent, cuyos campos esmaltados de florecillas
multicolores presentaban aqu y all grupos verdes  bronceados de
ondulantes helechos.  la izquierda del viajero y no muy lejos
continuaba el espeso bosque, pero la senda diverga rpidamente de l y
serpenteaba por el valle. El sol prximo  su ocaso entre purpurinas
nubes, iluminaba con luz suave los alegres campos y rozaba de soslayo
los primeros rboles del bosque, poniendo entre las ramas toques
inimitables de oro y rojo. Admir Roger el bellsimo paisaje, pero sin
detenerse, porque segn sus informes lo separaba todava una legua larga
del primer mesn donde se propona pasar la noche. Lo nico que hizo fu
dar algunos mordiscos al pan y al apetitoso queso que llevaba de
repuesto.

Por aquella parte del camino se cruz el viajero con buen nmero de
personas. Vi primero  dos frailes dominicos de negros hbitos, que
pasaron sin mirarle siquiera, fija la vista en el suelo y murmurando sus
oraciones. Siguiles un obeso franciscano, mofletudo y sonriente, que
detuvo  Roger para preguntarle si no haba por all cierta venta famosa
por sus tortas de anguilas; y como el joven le contestase que siempre
haba odo poner por las nubes los guisos de anguilas de Solent, el
epicreo padre tom el camino de aquel pueblo relamindose de gusto.
Poco despus vi venir nuestro viajero  tres segadores que cantaban 
voz en cuello, con acento y jerga tan diferentes de cuanto hasta
entonces haba odo en su convento, que ms bien le parecieron hombres
de otra raza expresndose en lenguaje brbaro. Llevaba uno de ellos una
garza que haban cogido en la cinaga vecina y se la ofreci  Roger por
dos cornados. Excusse ste como pudo y se alegr de dejar atrs  los
cantantes, cuyos enmaraados cabellos rojos, afiladas hoces y risa
brutal los hacan nada gratos compaeros de viaje y menos para
encontrados al caer la noche en campo raso.

Ms peligroso que aquellos alegres campesinos demostr ser un macilento
pordiosero que le sali al encuentro poco despus, supliendo con una
muleta la pierna que le faltaba. Aunque endeble y humilde al parecer, no
bien hubo pasado Roger sin depositar en el grasiento sombrero la moneda
que le peda, oy el grito de rabia del miserable y una blasfemia atroz,
seguida de una pedrada que si hubiera acertado  nuestro hroe en la
cabeza habra puesto probablemente fin  sus aventuras. Por suerte la
piedra pas rozndole una oreja y fue  dar violentamente contra un
rbol cercano. Detrs de su tronco se guareci Roger de un salto y desde
all efectu su retirada ocultndose entre la maleza, sin volver al
sendero hasta que hubo puesto buen trecho entre su persona y el
andrajoso energmeno. bale pareciendo que en Inglaterra no haba ms
proteccin de vidas y haciendas que la que cada cual pudiese
proporcionarse con sus propios puos  con la ligereza de sus piernas.
Dnde estaba la ley, aquella ley de que haba odo hablar en el
claustro, superior  prelados y barones y de la cual no vea indicio ni
seal? Sin embargo, no deba de ocultarse el sol aquel da sin que Roger
viese por s mismo un ejemplo inolvidable de la ley dursima de aquella
poca y de la ms pronta distribucin de justicia que jams presenciaron
ojos humanos.

En el centro del valle haba una hondonada por la que corran las aguas
de cristalino arroyuelo.  la derecha del camino, en el punto donde
cruzaba el arroyo, vease un informe montn de piedras, acaso un antiguo
tmulo, que desapareca casi por completo bajo los brezos y helechos.
Buscando estaba Roger el vado cuando vi venir por el lado opuesto  una
pobre mujer cargada de aos y achaques, que por dos veces trat
intilmente de poner el pie sobre una ancha piedra plana colocada en
medio del arroyo. Roger la vi sentarse desalentada en el ribazo y
cruzando el vado se le acerc y le ofreci ayudarla.

--Venid, buena mujer; el paso no es tan difcil como parece.

--No puedo, doncel; la edad ha nublado mis ojos y aunque s que hay una
piedra en el vado, no acierto  verla.

--Pues por eso no ha de quedar, dijo Roger; y tomando en brazos  la
enjuta viejecilla la traslad prontamente  la otra margen. Muy dbil y
anciana parecis para viajar sola, continu cuando la vi vacilar y caer
de rodillas. Vens de muy lejos?

--De Balsain, donde dej mi arruinada casuca tres das h. Voy en busca
de mi hijo, que es montero del rey en Corvalle y me ha ofrecido cuidar
de m estos ltimos das de mi vida.

--Deber suyo es hacerlo, que vos cuidasteis de l en su niez. Pero
habis comido? Llevis provisiones?

--Tom un bocado al rayar el da, en el ventorrillo de Dunn.... Pero
all dej tambin la ltima moneda que me quedaba y por eso necesito
llegar esta misma noche  Corvalle, donde nada me faltar. Si vierais 
mi hijo, tan arrogante, tan generoso! Olvido mis tribulaciones al
figurrmelo con su verde sayo de montero, bordadas sobre el pecho las
armas del rey.

--Grande es la tirada de aqu  Corvalle, sobre todo para vos y ya casi
de noche. Pero aqu tenis un poco de pan y queso y tambin algunos
sueldos para que con ellos completis vuestra cena en el primer mesn. 
Dios quedad.

--l os guarde, generoso mancebo, dijo la viejecilla alejndose y
menudeando sus bendiciones.

Al volverse Roger para emprender la marcha descubri lo que hasta
entonces no haba reparado; que su breve entrevista con la pobre mujer
haba tenido testigos. Eran stos dos hombres, ocultos hasta entonces
entre los brezos que cubran el montn de piedras antes citado y que
abandonando su escondrijo se dirigan hacia la hondonada. Uno de ellos,
viejo de andrajosos vestidos, inculta barba y retorcida nariz, tena ms
apariencias de bandido que de caminante; el otro era uno de los pocos
negros que haba en Inglaterra por aquella poca, y Roger contempl
asombrado los abultados labios y grandes y blancos dientes que hacan
resaltar la negrura de la tez. Pero el aspecto de ambos desconocidos era
tan sospechoso que Roger crey prudente subir el ribazo y tomar el
camino  buen paso,  fin de evitar su encuentro. No le siguieron los
otros, pero antes de alejarse gran espacio oy las voces de socorro que
daba la vieja, detenida en medio del camino por ambos bribones, que la
despojaban apresuradamente de las monedas que l le haba dado, de su
mantn de lana y de la cestilla que en la mano llevaba. Solt Roger el
zurrn y empuando su herrado garrote volvi atrs, cruz el arroyo de
un salto y se dirigi  todo correr hacia el grupo que formaban los
salteadores y su vctima.

Pero aqullos no parecan dispuestos  ceder el campo, pues vindole
venir el negro, sac un reluciente cuchillo y lo esper  pie firme; el
otro empuo su nudoso bastn y entre amenazas y maldiciones invit 
Roger  acercarse. Ningn peligro hubiera detenido en aquel momento al
denodado joven, de ordinario tan comedido y pacfico, pero cuyo
semblante indicaba que la indignacin y la clera lo cegaban,
convirtindolo en temible adversario. Llegado frente al negro, le
descarg tan furioso garrotazo que solt el cuchillo y huy lanzando
gritos de dolor. Al verlo el viejo, se abalanz sobre Roger y rodendole
fuertemente la cintura con ambos brazos, grit al otro que apualeara 
su enemigo por la espalda. Acercse el negro, recogi su arma y Roger
crey llegada su ltima hora, si bien no dej de hacer vigorosos
esfuerzos para derribar  su adversario, cuya garganta apretaba con
furia mientras forcejeaban ambos de uno  otro lado del camino. En aquel
momento supremo se oy claramente el galope de numerosos caballos sobre
las piedras y casi al mismo tiempo una exclamacin de terror del negro,
que huy  todo correr y no tard en ocultarse entre la maleza. El otro
bandido, cuyos ojos delataban el miedo que se haba apoderado de l,
hizo esfuerzos desesperados por rechazar  Roger, pero ste logr al fin
derribarlo y sujetarlo firmemente, contando recibir pronto refuerzo.

Los jinetes llegaban  todo correr, precedidos por el que pareca ser
jefe de la partida, que montaba un hermoso caballo negro y vesta fino
sayo de vellor, cruzado el pecho por ancha banda de rojo color recamada
de oro y cubierta la cabeza con un birrete de blancas plumas. Seguanle
seis ballesteros, con jubones de pao buriel, cintos de baqueta,
capacetes sin plumas y  la espalda ballesta y saetas. Bajaron la
cuesta, cruzaron el vado y en pocos momentos llegaron al lugar de la
lucha.

--Aqu est uno de ellos! exclam el jefe, echando pie  tierra y
sacudiendo al bandido por el cuello.  ver las cuerdas, Pedro, y que lo
ates de pies y manos de manera que no vuelva  escurrirse. Le ha llegado
la hora y por San Jorge! que de esta vez las pagar todas juntas.
Quin sois, joven? pregunt  Roger.

--Un amanuense de la abada de Belmonte, seor.

--Tenis carta  papel que lo acredite? No seris uno de tantos
pordioseros como infestan estos caminos?

--H aqu las cartas del abad de Bergun. No necesito pedir limosna,
dijo el joven algo ofendido.

--Tanto mejor para vos. Sabis quin soy?

--No, seor.

--Yo soy la ley, soy el corregidor del condado y represento la justicia
de nuestro bondadoso soberano, Eduardo III.

-- tiempo llegis, seor, dijo Roger inclinndose ante el personaje.
Unos momentos ms y slo hubierais hallado aqu mi cadver y quizs
tambin el de esta pobre mujer.

--Pero nos falta el otro! exclam el corregidor. No habis visto  un
negro? Era el cmplice de ese ladrn y juntos huan....

--El negro escap en aquella direccin al oiros, dijo Roger sealando
hacia las piedras del desmoronado tmulo.

--Se esconde en la maleza y no puede estar lejos, dijo uno de los
ballesteros preparando su temible arma. Desde que llegamos he estado
vigilando los alrededores. l sabe que con nuestros caballos lo
alcanzaramos en un santiamn y se guardar de huir.

--Pues  buscarlo! Nunca se dir que un criminal de su laya escap al
corregidor de Southampton y  sus ballesteros. Dejad  ese bandido
tendido en el polvo. Y ahora, muchachos, formad en lnea,  bastante
distancia uno de otro, y empiece el ojeo; aprestad las ballestas y yo os
procurar caza como el mismo rey no puede tenerla. Norris, aqu,  la
izquierda; Jacobo el Rojo  la derecha. Eso es. Mucho ojo con los
matorrales, y un cuartillo de vino para el buen tirador que acierte  la
pieza.

El negro se haba deslizado entre los brezos hasta llegar al derruido
monumento, tras cuyas piedras se escondi; al poco rato quiso averiguar
lo que hacan  proyectaban sus perseguidores,  quienes vi separarse
formando extensa lnea y adelantar por la maleza en la direccin que l
haba tomado y que les haba indicado Roger. Aunque el fugitivo asom la
cabeza lo ms prudentemente posible, el ligero movimiento de unos
helechos bast para denunciar su presencia al corregidor, que en aquel
momento miraba fijamente la eminencia formada por las piedras y el
matorral que en parte las cubra.

--Ah, bellaco! grit el funcionario sacando la espada y sealndolo 
sus soldados. All le tenis!  pie firme, ballesteros! Ya abandona su
guarida y corre como un gamo. Tirad!

As era en efecto, porque al oir el negro las voces del corregidor y
verse descubierto, emprendi la fuga  todo correr.

--Apunta dos varas  la derecha, muchacho, dijo un ballestero veterano,
inmediato  Roger.

--No, apenas hay viento; con vara y media basta, contest su compaero,
soltando la cuerda de su ballesta.

Roger se estremeci, porque el acerado dardo pareci atravesar de parte
 parte al fugitivo. Pero ste sigui corriendo.

--Dos varas te digo, bodoque, coment el viejo ballestero, apuntando con
tanta calma como si tirase al blanco.

Parti silbando la mortfera saeta y se vi al negro dar de repente un
enorme salto, abrir los brazos y caer de cara al suelo, donde qued
inmvil.

--Debajo de la espaldilla izquierda, fu lo nico que dijo su matador,
adelantndose  recobrar su dardo.

-- perro viejo no hay tus tus. Esta noche podrs emborracharte con el
mejor vino de Southampton, dijo el personaje  su impasible ballestero.
Ests seguro de haberlo despachado?

--Tan muerto est como mi abuela, seor.

--Corriente. Ahora al otro bribn. No faltan rboles all en el bosque,
pero no tenemos tiempo que perder. Anda, Lobato, saca esa espada y
crtale la cabeza al canalla, como t sabes hacerlo.

--Por favor, concededme una gracia que os pido! suplic el sentenciado
dando diente con diente.

--Qu es ello? pregunt el magistrado.

--Antes confesar mi crimen. El negro y yo fumos, en efecto, quienes
despus de robar cuanto pudimos en la barca _Rosamara_ de la que l era
cocinero, asesinamos y despojamos al mercader flamenco en Belfast.
Pronto estoy  que me enviis all, ante mis jueces.

--Poco mrito tiene esa confesin y no te valdr. Es que adems de tus
fechoras en Belfast y en todas partes acabas de cometer un asalto en
despoblado dentro del territorio de mi jurisdiccin y vas  morir. Basta
de charla.

--Pero seor, observ Roger plido de emocin; no ha sido juzgado y....

--Vos, mocito, me complaceris grandemente no hablando de lo que no
entendis y menos os importa. Y t, belitre, continu dirigindose al
reo, qu gracia es esa que pides?

--Tengo en la bota del pie izquierdo un trocito de madera envuelto en
lienzo. Perteneci un tiempo  la barca en que iba el bendito San Pablo
cuando las olas lo arrojaron  la isla de Melita. Lo compr por tres
doblas  un marinero que vena de Levante. Os pido que me permitis
morir con esa reliquia en la mano, y de esta manera no slo obtendr mi
salvacin eterna sino tambin la vuestra, pues debindoos tan gran
merced, no dejar de interceder por vos un solo da.

 una seal de su jefe, el ballestero Jacobo descalz al malhechor y
hall en la bota la valiosa reliquia, envuelta en luenga tira de fino
cendal. Los soldados se santiguaron devotamente y el corregidor se
descubri al tomarla y entregrsela al sentenciado.

--Si sucediese que por los mritos del gran apstol San Pablo te fuesen
perdonados tus delitos y abiertas las puertas del Paraso, dijo el
crdulo magistrado, espero que no olvides la gracia que te concedo y la
promesa que me haces. Y ten tambin presente que toda tu intercesin ha
de ser por Roberto de York, corregidor de Southampton y no por Roberto
de York mi primo hermano, el condestable de Chester. Y ahora, Jacobo, al
avo, que todava tenemos una buena tirada de aqu  Munster y el sol se
ha puesto ya.

Con los ojos dilatados por el espanto contempl Roger aquella
conmovedora escena; el obeso personaje ricamente vestido, el grupo de
ballesteros que miraban indiferentes, teniendo asidas las riendas de
sus caballos; la viejecilla, tan espantada como l, que esperaba el
final del sangriento drama sentada  un lado del camino y por ltimo el
malhechor de pie, atados los brazos y plido como un muerto. El ms
viejo de los ballesteros se adelant en aquel momento y desenvain la
cortante hoja; Roger volvi la espalda y se retir apresuradamente, pero
 los pocos pasos oy un sonido sordo, horrible, que le hizo temblar,
seguido del golpe que di el cuerpo al caer en tierra. Momentos despus
pasaron trotando junto  Roger el corregidor y cuatro ballesteros,
habiendo recibido los otros dos la orden de cavar una fosa y enterrar
los cadveres. Uno de los soldados limpiaba la larga hoja de su espada
en las crines del caballo, y al verlo Roger le sobrecogi tal angustia
que arrojndose sobre la hierba prorrumpi en sollozos convulsivos.
"Mundo perverso, se deca, hombres de corazn duro, as los criminales
como los encargados de administrar una justicia brutal y cruenta!"




CAPTULO V

DE LA EXTRAA COMPAA QUE SE REUNI EN LA VENTA DEL PJARO VERDE


Haba cerrado la noche y brillaba la luna entre ligeras nubes cuando
Roger, cansado y hambriento, lleg al mesn de Dunn, famoso en diez
leguas  la redonda y situado fuera del pueblo, en la interseccin de
los tres caminos de Balsain, Corvalle y Munster. Era un edificio bajo y
sombro, cuya puerta sealaban al caminante y alumbraban de noche dos
hachones encendidos. De la ventana central proyectaba una larga barra 
manera de asta, de cuya punta penda enorme rama seca, seal cierta de
que el sediento viajero hallara en la venta toda clase de bebidas, y en
especial la dorada cerveza y el buen vino que tanto contribuan  la
justa fama del establecimiento.

 su puerta se detuvo el joven, contemplando distradamente un caballo
ensillado que all esperaba piafando, atado  una gruesa argolla fija en
la pared. Era la primera vez que el descendiente de los Clinton de
Munster entraba en un mesn y preguntbase qu clase de gentes seran
sus compaeros de hospedaje y qu recibimiento le haran. Pero pens
tambin que si la distancia  Munster no era larga, en cambio l no
conoca  su hermano, de quien tena los peores informes; y que lo
derecho era pasar la noche en el albergue de Dunn y presentarse de da
en casa de su pariente, que ni lo esperaba, ni saba de l, ni jams le
haba mostrado el menor inters.

La viva luz que iluminaba la puerta del mesn, las carcajadas que desde
ella se oan y el rumor de vasos entrechocados hicieron vacilar un
momento al inexperto viajero, que hasta entonces haba pasado sus noches
en la pulcra y callada celda del convento. Pero hizo un esfuerzo y
dicindose que era aquella una posada pblica en la que l tena tanto
derecho  entrar como cualquier otro, franque la puerta y se hall en
la sala comn.

Aunque era la noche una de las primeras del otoo y nada fra, ardan en
el hogar gruesos leos cuyo humo sala en parte por la chimenea y en
parte invada tambin la estancia y oprima las gargantas de cuantos en
ella se encontraban. Sobre el fuego se vea un gran caldero cuyo
contenido herva  borbotones y despeda el ms apetitoso olor. Sentados
en torno una docena  ms de toscos bebedores, quienes al ver  Roger
prorrumpieron en voces tales que ste se quedo indeciso, mirndolos 
travs del humo que llenaba el local.

--Otra tanda, otra tanda! grit un gandul zarrapastroso. Venga mi
cerveza y que pague la tanda el recienllegado!

--Esa es la ley del _Pjaro Verde_, aull otro. Cmo se entiende, ta
Rojana! Parroquiano nuevo y vasos vacos?

--Un momento, mis buenos seores, un momento. Si no he preguntado lo que
queris es porque ya lo s, y escanciando estoy la cerveza para los
leadores, aguamiel para el msico, sidra para el herrero y vino para
todos los dems. Llegaos aqu, buen hidalgo, dijo  Roger, y sed muy
bienvenido. Sabed que ha sido siempre costumbre del _Pjaro Verde_ que
el ltimo en llegar pague una convidada. Os conformis  ello?

--Me guardar yo de contravenir los usos de vuestra casa, seora
ventera. Pero no estar de ms decir que si mi voluntad es buena mi
bolsa no est muy henchida; sin embargo, dar con gusto hasta un ducado
por obsequiar  los presentes.

--Bravo! gritaron todos  una voz, chocando y vaciando sus vasos.

--Bien dicho, frailecico mo! exclam un vozarrn sonoro,  tiempo que
una pesada mano caa sobre el hombro de Roger. Volvise ste y vi  su
lado  Tristn de Horla, su compaero de claustro, expulsado de la
abada aquella maana.

--Por la cruz de Gestas! Malos das se le preparan  Belmonte,
continu el fornido exnovicio. En veinticuatro horas han dicho adis 
sus vetustos paredones dos de los tres hombres que haba en todo el
convento. Porque hace tiempo que te conozco, Roger amigo, y  pesar de
tu carita de mueca llegaras  ser todo un hombre. El otro  quien me
refiero es el buen abad. Ni l es mi amigo ni yo le debo favores, pero
tiene un corazn animoso y sangre de pura raza y vale mucho ms que la
partida de gansos que tiene  sus rdenes. No es as, Rogerito?

--Los monjes de Belmonte son unos santos....

--Santos calabacines, que slo entienden de darse buena vida y llenar el
buche. Crees t que estos brazos mos y esa cabeza tuya nos fueron
dados para llevar semejante vida? Mucho hay que hacer y que ganar en el
mundo, amigo, pero no para los que se encierran entre cuatro paredes.

--Pues entonces por qu te hiciste novicio?

--Justa es la pregunta,  fe ma y no difcil la respuesta. Porque la
rubia Margot, de la Granja Real, se cas con Gandolfo el Zurdo, un
pillete de siete suelas, dejando plantado  Tristn de Horla, no
obstante sus promesas y otras cosas que yo me s. Y estando dicho
Tristn enamorado como un bolonio, se meti en el convento, en lugar de
pedir al rey una alabarda  un arco y de dar al Zurdo un pie de paliza
como para l solo. Con la calma vino la reflexin, le pegu un susto al
sopln Ambrosio, hice que me quitaran el hbito blanco, se enfureci el
abad, y por l lo siento, dej para siempre el monasterio y aqu me
tienes ms contento que unas pascuas.

Echronse  reir sus oyentes,  tiempo que llegaba la patrona con dos
grandes jarros de vino y cerveza y tras ella una sirvienta con platos y
cucharas que distribuy  los parroquianos. Dos de stos que vestan el
verde sayo de los guardabosques retiraron el caldero del fuego 
hicieron plato  los restantes y todos atacaron con apetito el humeante
potaje. Roger se instal en un ngulo algo apartado del fuego, donde
poda comer y beber con sosiego  la vez que observar los hechos y
dichos de aquella extraa reunin, iluminada por la luz del hogar y tres
 cuatro antorchas colocadas en aros de hierro fijos en las ennegrecidas
paredes. Adems de los guardabosques y algunos robustos jayanes que
ganaban su vida carboneando y cortando lea en los vecinos montes,
vease all  un msico de rubicunda nariz,  un alegre estudiante de
Exeter, y ms all un sujeto de enmaraados cabellos y luenga barba,
envuelto en tosco tabardo y un joven, al parecer montero  paje, cuyo
rado jubn no reflejaba gran crdito sobre la munificencia de su seor,
quienquiera que fuese. Junto  l coma con apetito el alegre exnovicio,
 cuya derecha quedaban tres rudos mozos de labranza. En el rincn ms
apartado del hogar roncaba un parroquiano, rendido por las frecuentes
libaciones  que sin duda se haba entregado antes de la llegada de los
otros huspedes.

--Ese es Ferrus el pintor, dijo la ta Rojana sealando con el cucharn
al dormido bebedor. Y yo, tonta de m, que le cre y le d de beber
antes de que me pintara la muestra prometida y ahora me quedo sin
muestra y sin el vino que se me ha tragado ese perdulario! Figuraos,
continu la indignada ventera dirigindose  Roger, que Ferrus me
ofreci esta maana pintarme una ensea con un pjaro verde, nombre que
ha llevado por luengos aos esta honrada venta,  condicin de darle
todo el vino que quisiese durante su trabajo; y ved aqu lo que ese
farsante ha pintado y quiere que cuelgue yo  la puerta de mi casa!

Diciendo esto present la buena mujer un tablero en el que sobre fondo
rojizo y nada limpio se contoneaba una especie de gallina moribunda
pintarrajeada de verde, con un ojo saltn y amarillento colocado ms
cerca del pescuezo que del pico; era ste encorvado y enorme, y de l
penda un carteln pintado de blanco con esta inscripcin en letras
negras: _Al Pagaro Berde!_

Aquella obra maestra del pintor ambulante fu acogida con grandes risas,
y el mismo Roger no pudo menos de convenir con la ventera en que aquel
papagayo bizco y aquella ortografa fantstica perjudicaran  la buena
fama del mesn y moveran  risa  los seores que all se detuviesen 
descansar y refrescar durante sus frecuentes caceras.

--Sera la ruina de mi casa, exclam la ta Rojana.

--No os apuris, buena mujer, que yo espero mejorar algo el cuadro, dijo
Roger, si vos me dis los colores y pinceles del artista Ferrus.

--El cielo os prospere si as lo hacis, lindo seor, dijo ella
sorprendida y encantada con aquella oferta; y en un santiamn le llev y
abri el zurrn de Ferrus, admirando la prontitud y habilidad con que
Roger manej colores, paleta y pinceles y borrando el espantajo verde
comenz  pintar el fondo de la nueva muestra.

--El barn de Ansur tendr que arar l mismo sus campos, si quiere
grano, voceaba en tanto uno de los bebedores, con zamarra y gruesas
botas de cuero. Lo que es yo no vuelvo  poner el pie en sus tierras.
Doscientos aos hace que toda mi parentela suda la gota gorda para que
los seores de Ansur tengan buen vino en sus mesas y copas de oro en que
beberlo y brocados y sedas con que vestirse. Voto  tal que desde hoy
me quito la librea y no vuelvo  trabajar para esos seorones
holgazanes!

--Tened la lengua, Rodn, advirti la ventera.

--No, no, dejadle, dijo uno de los leadores. Lo que necesitamos es que
muchos villanos piensen como Rodn y sacudan el yugo. Medrados estamos
si hasta el hablar se nos niega. Por mi parte, aunque me corten las
orejas....

--Ved que eso de cortar orejas, tan bonitamente pueden hacerlo los
verdugos de los barones como los cuchillos de los leadores, aadi otro
de stos. Por San Jorge! De m s decir que prefiero vivir en el monte
 servir  un criado del rey.

--Yo no tengo ms amo que el rey, declar otro de los presentes, despus
de empinar un jarro lleno de cerveza.

--Y quin es el rey? aventur Rodn, que estaba ya entre dos luces. Es
por ventura un rey ingls cuando su lengua se niega  decir dos palabras
en nuestro idioma? Acordaos de su visita del ao pasado al castillo de
Malvar, donde se present con gran golpe de senescales, justicias,
condestables, monteros y guardas. En una de las caceras vigilaba yo la
verja de Glendale cuando hte al rey que me echa encima su caballo,
diciendo "_Ouvrez, ouvrez!_"  cosa parecida. Es ese el rey que ahora
tenemos los ingleses?

-- callar se ha dicho! grit de repente Tristn de Horla, dando un
tremendo puntapi al escabel que tena delante y lanzndolo contra los
troncos del hogar, que despidieron millares de chispas. Nadie insulte en
mi presencia al buen rey Eduardo, ni le nombre siquiera si no ha de ser
con el respeto debido. De lo contrario, por la cruz de Gestas!... Si no
sabe hablar ingls sabe combatir mejor que muchos ingleses, que pasaban
la vida atiborrndose de jugosa carne y buena cerveza mientras l daba y
reciba mandobles bajo los muros de Pars!

Tan enrgicas palabras, dichas por aquel nervudo mocetn, desalentaron 
los gruones, que desde aquel punto y hora hablaron menos y bebieron
ms. As pudo Roger oir lo que se deca en otro grupo compuesto, segn
le haba dicho al odo la agradecida ventera, de un sangrador, un
dentista ambulante y el msico de la encendida nariz.

--Una rata cruda es mi receta invariable contra la peste, deca
gravemente el medicastro; una rata cruda abierta en canal.

--No sera mejor asarla un poco, seor fsico? pregunt el sacamuelas.
Porque eso de comer ratas crudas....

--Quin habla de comerlas, maese Verdn? exclam con desdn el
discpulo de Esculapio. El animalito abierto en canal se aplica sobre la
llaga  sobre la inflamacin que precede  sta. Y siendo la rata animal
inmundo, atrae y absorbe por su propia naturaleza los malos humores,
libertando de ellos el cuerpo del paciente.

--Y con tal remedio se cura tambin la viruela? pregunt el msico,
despus de convencerse de que su jarro no contena gota de cerveza.

--Con tanta seguridad como la peste, afirm el fsico, limpiando su
plato con un mendrugo de pan.

--Pues entonces, continu el msico, me alegro de que vuestro
tratamiento no sea muy conocido, porque para mi santiguada que la
viruela y la peste son las mejores amigas del pobre en Inglaterra.

--Cmo es eso, amigo? pregunt Tristn.

--Escanciad un poco de cerveza de vuestro jarro en este cubilete y os lo
dir. Pues bien, muchas veces se me ha ocurrido que si la peste y otras
plagas se llevasen la mitad de la gente que hoy vive en los dominios del
seor rey Eduardo, los que quedasen podran habitar buenas casas,
trabajar poco  nada y vivir en la abundancia.

--Miren por dnde asoma el arpista! exclam maese Verdn. Pues ya que
tan duras entraas tenis, os deseo que cuando la plaga empiece  matar
ingleses se os lleve  vos el primero....

--Pesia m! Lo que  vos os duele, seor dentista, es que murindose
medio mundo os quedarais poco menos que sin trabajo, vos que slo
entendis de despoblar quijadas y apenas ganis hoy para pan y queso.

Renovse la risa  costa del buen Verdn y el msico se levant para
tomar de un rincn su arpa vetusta, que empez  taer con vigor.

--Paso al coplero! exclamaron los leadores; sentaos aqu junto al
fuego, y venga una tonada alegre, como las que tocasteis en la romera
de Malvar.

--Que toque "La Rosa de Lancaster"!

--No, no, "Las Nias de Dunn"!

--"El Arquero y la Villana!"

Sin hacer el menor caso de aquellas voces, el msico segua pulsando las
cuerdas, fija la mirada en el ahumado techo, como tratando de recordar
la letra de su canto. Lugo enton con ronca voz una de las canciones
ms obscenas de la poca, con visible aprobacin de la mayora de sus
oyentes. La sangre se agolp al rostro de Roger, que abandonando su
asiento, exclam imperiosamente:

--Callad! Qu vergenza! Vos, vos, un anciano que debera dar buen
ejemplo  los otros!

La sorpresa de todas aquellas gentes fu profunda.

--Por las barbas del rey de Francia! exclam uno de los monteros. El
estudiantino ha recobrado el uso de la palabra y va  echarnos un
sermn.

--Se ha ofendido la damisela, dijo un campesino. Venid ac, seor
fsico, y sangrad  este querubn antes que se nos desmaye.

--Seguid vuestra cancin, maese Lucas, que no hay tilde que ponerle!
Estamos en una venta  en el saln de mi seora la baronesa?

--Que me aspen si toco ni canto ms! deca malhumorado el msico,
enfundando su arpa. Pues qu esperaba vuesa merced, un himno sacro  la
letana? Desde cundo asustan  los pajecillos las trovas que entonan
todos los juglares del reino? Lo dicho, no canto ms.

--S haris, repuso uno de sus oyentes.  ver, ta Rojana, un jarro de
lo bueno para maese Lucas. Yo convido. Vengan trovas, y si al doncel no
le gustan, que se largue,  si no....

--Poco  poco, don valiente, interrumpi Tristn, ponindose delante de
Roger, como para protegerlo. Mi compaero ha reprendido al viejo
coplista porque ni ha odo jams las desvergenzas que os parecen
gracias, ni est en l creer que pueda decirlas sin protesta un hombre
de cabeza cana como la del maese, por ms que su nariz lo proclame
borrachn de oficio. Pero ya que este frailecico rubio no quiere oir
vuestras trovas, ni vos las cantaris hoy, ni vos, seor bravucn, lo
echaris  l de esta venta.

--Rayos de Dios, y qu justicia mayor nos ha cado hoy encima! exclam
ponindose en pie un ceudo campesino.

--Habis acaso comprado _El Pjaro Verde_? pregunt otro. Ved que no
slo el paje llorn sino vos tambin vis  dar de bruces en el camino.

--Tregua, Tristn! exclam Roger apresuradamente. Me voy, antes que ser
ocasin de una lucha.

--Cllate, muchacho, le contest su amigo, arremangndose y mostrando
los hercleos brazos. Mal ao para m si esta gentuza no ha dado con la
horma de su zapato. Hazte  un lado y vers cmo les arde el pelo....
Acercaos, mandrias! Venid  trabar conocimiento con los puos de
Tristn de Horla, bellacos!

Viendo que la cosa iba de veras, levantronse precipitadamente los
guardabosques y monteros para poner paz, mientras la ventera y el fsico
se dirigan ya  los campesinos y leadores, ya al brioso Tristn,
procurando aplacarlos con buenas palabras. En aquel momento se abri
violentamente la puerta del mesn, y la atencin de todos se fij en el
recienllegado que con tan poca ceremonia se presentaba.




CAPTULO VI

DE CMO EL ARQUERO SIMN APOST SU COBERTOR DE PLUMA


Era el desconocido hombre de mediana estatura, vigoroso y bien plantado;
moreno el rostro, afeitado cuidadosamente, y acentuadas y un tanto rudas
las facciones, desfiguradas en parte por tremenda cicatriz que cruzaba
la mejilla izquierda, desde la nariz hasta el cuello. Vivos los ojos,
con expresin de amenaza en su brillo y en la contraccin habitual de
las cejas. Su boca de duras lneas y apretados labios no suavizaba por
cierto la severidad del semblante, que revelaba al hombre familiarizado
con el peligro y dispuesto siempre  combatirlo. Su larga tizona y el
fuerte arco que llevaba  la espalda revelaban su profesin, as como
las averas de su cota de malla y las abolladuras del casco decan  las
claras que llegaba de los campos de batalla,  la sazn teidos en
sangre inglesa y francesa en la guerra que proseguan Eduardo III y su
hijo el Prncipe Negro contra el Rey Carlos V de Francia. Del hombro
izquierdo del arquero penda un ferreruelo blanco, con la roja cruz de
San Jorge en su centro.

--Hola! exclam guiando rpidamente los ojos, deslumbrados por la
brillante luz del hogar y de las antorchas. Buena lumbre, buena
compaa y buena cerveza! Dios os guarde, camaradas. Una mujer, por
vida ma! dijo al ver  la ta Rojana, que en aquel momento pasaba junto
 l con un par de jarros rebosantes de cerveza. Salud, prenda! y
rodeando con su brazo el talle de la ventera, estamp dos sonoros besos
en sus mejillas.

--_Ah, c'est l'amour, madame, c'est l'amour!_ tarare. Mal haya el
pcaro francs, que se me ha pegado  la lengua y voy  tener que
ahogarlo en buena cerveza inglesa. Porque habis de saber que no tengo
una gota de sangre francesa en las venas y que soy el arquero Simn
Aluardo, ingls de buena cepa y contentsimo de volver  poner los pies
en su tierra. As fu que al desembarcar de la galera en la playa de
Boyne bes la tierra, porque haca ya ocho aos que no la vea, como os
he besado  vos, bella ventera, porque de Boyne aqu apenas si he visto
media docena de buenas mozas, y ninguna tan apetitosa como vos.... Pero
por mi espada! que esos bribones se han largado con la carga, exclam
lanzndose hacia la puerta. Hola! estis ah? Entrad luego, truhanes!

 su voz entraron en la estancia tres cargadores con sendos fardos y
permanecieron alineados cerca de la pared.

--Veamos si me devolvis intacta mi hacienda, buscones. Nmero uno: un
cobertor francs de pluma finsima, dos sobrecamas de seda labrada de
damasco y veinte varas de terciopelo genovs.

--Aqu est todo, seor capitn.

--Qu capitn ni qu nio muerto!  ver, el segundo: un rollo de tela
de prpura, que no se ha visto matiz ms hermoso en Inglaterra y otro de
pao de oro; ponlo ah en el suelo junto al fardo del otro, y si algo
resulta manchado  averiado te corto las orejas. Nmero tres: una caja
cerrada que contiene broches de oro y plata, dos dagas de gran valor, un
relicario guarnecido de perlas y otros despojos, ganados por m con la
punta de mi fiel espada. Item ms, un paquete con un cliz y dos
crucifijos, todo ello de plata de ley y hallado por m en la iglesia de
San Dionisio de Narbona, durante el saqueo de aquella ciudad; objetos
que me apropi para evitar que cayeran en manos peores que las muy
limpias de un arquero del rey Eduardo. Corriente, monigotes! La cuenta
est completa. Aqu tenis dos sueldos por barba, que no debiera
droslos, sino dos puntapis  cada uno; y decid  la patrona que os
eche un trago, que yo pago.

Todos contemplaban y oan con inters al veterano, quien apenas aplac
la sed apurando un enorme cubilete de estao lleno de cerveza, volvi 
tomar la palabra:

--Y ahora,  cenar, _ma belle_. Un capn asado, un trozo de carne digno
de mi apetito y dos  tres frascos de buen vino gascn. Tengo doblas de
oro y cornados de plata en el bolsillo, y s gastarlos, como buen
soldado. Por lo pronto, cuantos me oyen van  tomar un trago de lo que
gusten conmigo.

La invitacin no era para rehusada; volvieron  llenarse los jarros y
bebieron  la salud del alegre arquero,  quien rodearon todos, 
excepcin de algunos leadores y pecheros que vivan lejos y muy  su
pesar tuvieron que abandonar la venta. El recienllegado se haba quitado
cota, casco y manto y pustolos sobre sus fardos, junto con la espada,
arco y flechas. Sentado frente al hogar, desabrochada la almilla y
asiendo con la fuerte y atezada diestra el asa de un jarro de buen
tamao lleno hasta los bordes, sonrea con expresin de profundo
contento. Los encrespados cabellos de castao color le cubran el cuello
y no pareca tener ms de cuarenta aos,  pesar de las profundas
huellas impresas en su rostro por las penalidades de sus largas campaas
y por los excesos del placer y la bebida. Roger haba suspendido la
pintura de la famosa muestra y contemplaba admirado aquel tipo del
guerrero de la poca tan nuevo para l, y que en corto espacio habase
mostrado duro y violento, galante, generoso, sonriente y apacible por
fin, seguro de su fuerza y satisfecho de s mismo. En aquel momento
acert  mirarle el arquero y vi la sorpresa y la curiosidad retratadas
en el rostro del joven.

-- tu salud, _mon garon_! exclam levantando su jarro y con sonrisa
que descubri dos hileras de firmes y blancos dientes Por mi espada,
que no has visto t muchos hombres de armas,  no me miraras como si
fuese yo un moro recienllegado de Espaa!

--Jams haba visto un soldado de nuestras guerras, confes Roger
francamente, aunque s odo y ledo mucho sobre sus proezas.

--Pues  fe que si cruzas el mar los vers ms numerosos que abejas en
la colmena. Hoy no podras disparar una flecha en las calles de Burdeos
sin ensartar arquero, paje, caballero  escudero de uno  otro bando. Y
no de los que estilamos por aqu, con justillo y manto, sino con cota de
malla  coraza.

--Y dnde habis hallado todas esas lindas cosas que ah tenis?
pregunt Tristn, sealando las riquezas amontonadas del arquero.

--Donde hay otras muchas y mejores esperando que vayan  recogerlas los
mozos bien plantados como t, que no deberan de seguir enmohecindose
aqu, esperando que el amo les pague el salario, sino ir  ganarlo y
cobrarlo por s mismos, all en tierra de Francia. Voto  tal, que es
aquella vida digna de hombres, noble y honrada cual ninguna! Ea, bebed
conmigo  la salud de mis camaradas,  la gloria del Prncipe Negro,
hijo del buen rey Eduardo y sobre todo  la del noble seor Claudio
Latour, jefe de la invicta Guardia Blanca!

--Claudio Latour y la Guardia Blanca! exclamaron  una voz los
presentes, casi todos conocedores de los altos hechos de aquel esforzado
capitn y del invencible cuerpo de su mando, los famosos Arqueros
Blancos, que haban tomando parte principalsima en las luchas contra
Francia.

--Bravo, camaradas! Volver  llenar vuestros cubiletes, por lo bien
que habis brindado en honor de los valientes que visten el coleto
blanco. Venga esa cerveza, ngel mo! y dirigindose  la ta Rojana,
que le miraba sonriente y complacida, enton una cancin blica, con
vozarrn tremendo y desafinando  todo trapo.

-- fe ma que ms entiendo yo de dar flechazos que de cantar trovas.

--La cancin esa me la s yo de la cruz  la fecha, y mi arpa la conoce
tan bien como yo, dijo el msico. Y si este seor predicador, aadi
mirando  Roger, no tiene en ello inconveniente, la tocar y cantar en
obsequio de este valiente arquero....

Muchas veces record despus Roger el animado y pintoresco cuadro que
presentaba la sala del _Pjaro Verde_ en aquellos momentos. En el centro
del corro el mofletudo y enrojecido rostro del juglar, cantando con
mucha expresin las populares estrofas; el grupo de oyentes, el arquero
Simn llevando el comps con la cabeza y con la mano, y el exnovicio
Tristn, que no era de los menos complacidos con el canto de maese
Lucas,  juzgar por la sonrisa que animaba su rostro bonachn.

--Por el filo de mi espada! exclam el arquero al terminar la cancin.
Muchas noches he odo esa misma trova en el campo ingls y cuenta que
le hacamos coro ms de doscientos soldados del rey; pero este viejo
bebedor deja muy atrs  los que tenemos por oficio manejar el arco, la
ballesta y la alabarda.

Entretanto, la ventera y una buena moza que la ayudaba haban colocado
sobre la maciza mesa de encina los apetitosos platos que formaban la
cena de Simn, acompaados de algunas enormes rebanadas de plan blanco.

--Lo que no entiendo, continu alegremente el arquero mientras se
preparaba  despachar su cena, es que mocetones como vosotros os
avengis  vivir pegados al terruo, doblando el espinazo y sudando el
quilo, cuando tan buena vida podrais llevar bajo las banderas del rey.
Miradme  m. Qu tengo que hacer? Lo que dice la cancin que acabis
de oir: la mano en la cuerda, la cuerda en la flecha y la flecha en el
blanco. Que es precisamente lo que vosotros hacis como distraccin y
pasatiempo los domingos, despus del rudo trabajo de la semana.

--Y la paga? pregunt uno.

--Pues ya lo estis viendo: como bien, bebo mejor, convido  quien me
place, no pido favores  nadie y le traigo  mi novia telas de seda y
brocado dignas de una princesa. Qu os parece la paga, _mes garons_?
Y qu del montn de chucheras y dijes que vis en aquel rincn? Todo
ello viene en derechura del sur de Francia, donde hemos hecho la ltima
campaa. Cundo esperis ganar vosotros la centsima parte de ese
botn?

--Rico es,  fe ma, dijo el sacamuelas.

--Y luego, la posibilidad de embolsarse un buen rescate. No sabis lo
que pas hace pocos aos en las batallas de Crcy y de Poitiers? No hubo
hombre de armas ni paje  escudero ingls que no hiciera prisionero por
lo menos  un rico barn, conde  alto caballero francs. Ah est mi
primo Roberto, un gan como hay pocos, que al empezar la retirada del
enemigo en Poitiers puso sus manazas sobre el paladn francs Amaury de
Chateauville, dueo y seor de cien villas y castillos, quien tuvo que
aprontar cinco mil libras de oro por su rescate, amn de dos caballos
soberbios con riqusimas preseas. Cierto que el zafio de Roberto no
tard en quedarse sin blanca, gracias  una mozuela francesa, linda como
una perla y ms lista que una ardilla. Pero esas son cuentas suyas, y
adems no se han hecho las doblas para gastarlas, sobre todo en
compaa de un buen palmito? Verdad, _ma belle_?

--Bien dicen que nuestros valientes arqueros vuelven al pas no slo
ricos sino corteses, replic la Rojana,  quien haban impresionado
vivamente la franqueza, el buen humor y la generosidad de su nuevo
husped.

-- vuestra salud, ojos de cielo! fu la rplica del galante soldado,
levantando su vaso y sonriendo  la ventera.

--Una cosa no veo yo muy clara, seor arquero, dijo el estudiante de
Exeter. Y es que habiendo firmado nuestro buen prncipe el tratado de
Bretigny con el soberano francs, despus de nuestras recientes y
grandes victorias, nos hablis de guerra con Francia y de rescates y
botines....

--Lo cual quiere decir que yo miento, barbilindo, interrumpi el
soldado, asiendo por las patas el enorme capn asado que delante tena,
como si fuese una maza de combate.

--Lbreme Dios de semejante atrevimiento, exclam apresuradamente el
jovencillo. De all vens vos, y quizs traigis nuevas nunca odas
todava en Inglaterra. La tregua con Francia no ha de ser eterna....

--Ni mucho menos. Pero aun cuando es muy cierto, como decs, que hoy por
hoy no estamos  rompernos los huesos con los soldados del rey Carlos,
vuestra pregunta prueba que sois novicio en achaques de guerra. Habis
de saber que en tierra de Francia continan los cintarazos, porque andan
como siempre divididos y en armas brabantinos, nanteses, gascones y
aventureros de todas clases, sin contar numerosas bandas de rufianes sin
bandera, que cercan y saquean ciudades y dan y reciben cuchilladas sin
cuento. Y malo sera que cuando cada quisque tiene la mano en la
garganta del vecino y cada baroncillo marcha al frente de su mesnada
contra el primero que se le ponga en el camino, no tuvieran medios de
ganarse la vida en aquel ro revuelto los quinientos arqueros ingleses
que forman la invencible Guardia Blanca. No son tantos ahora, porque el
caballero de Montclus se llev un centenar de ellos en su expedicin 
Miln contra el Marqus de Monferrato; pero cuento reclutar yo mismo
aqu no pocos muchachos ganosos de honra y provecho, y completar con
ellos las filas del cuerpo ms lucido que hoy campea bajo la bandera de
San Jorge. Lo nico que nos falta es que Sir Len de Morel se avenga 
dejar su castillo una vez ms y  empuar la espada, ponindose al
frente de nuestros arqueros.

--No sera poca fortuna para ellos, observ el fsico, porque
exceptuando  nuestro prncipe y al noble seor de Chandos, no hay en
todo el reino mejor lanza, ni valor ms probado que el de Sir Len de
Morel.

--Hablis como un libro, que yo le he visto batir el cobre y apenas hay
quien le iguale. Nadie lo dira, con su cuerpecillo de paje, sus
corteses maneras y su suave voz; pero por mi espada! desde que nos
embarcamos en Orvel hasta el sitio de Pars, y de esto hace ya casi
veinte aos, no hubo caballero ingls que diera mejor ejemplo, ni
escaramuza, emboscada, asalto  salida en que l no figurase en primera
lnea. En busca suya voy al castillo de Monteagudo, antes de reclutar mi
gente, para entregarle una carta de Sir Claudio Latour, rogndole que
ocupe el mando vacante por la partida de Montclus. Pero no quisiera
presentarme a l solo, sino por lo menos con un buen par de futuros
arqueros blancos.... Qu dices t  eso, ganapn? pregunt Simn
dirigindose  un atltico leador.

--Mujer y tres hijos tengo en mi cabaa, replic ste y no puedo
dejarlos por servir al rey.

--Y t, mocito?

--Yo soy hombre de paz, contest Roger, y adems tengo otra misin muy
distinta.

--No estis vosotros malas gallinas! Dnde estn los hombres de Dunn,
de Malvar, de Balsain? No hay ya ms que mujeres en Corvalle y Vernel?
Pues entonces rayos y truenos! por qu no vests guardapis y cofia y
os ponis  manejar la rueca, que no  beber con hombres?

En aquel momento cay una pesada mano sobre el hombro de Simn, la
manaza de Tristn de Horla,  quien se oy decir con gran calma:

--Sois un embustero de tomo y lomo, seor arquero, como lo prueban las
patraas que nos endilgis hace media hora; y sois adems un deslenguado
y os abofetear lindamente si repets las palabras que acabis de
decir.

--Bravo, _mon garon_! grit el arquero riendo  carcajadas. Ya saba
yo que de haber un hombre en el corro no me costara trabajo
descubrirlo. Conque t quieres abofetearme, eh? Pues mira, otra cosa te
propongo. Una lucha en regla. No  puadas, porque yo tengo mi plan y no
quiero echar  perder esa cara de pascua que Dios te ha dado. Nos
plantamos aqu en medio de la sala, nos agarramos cmo y por dnde
podamos, y si t me derribas te regalo aquel soberbio cobertor de pluma,
que gan en la toma de Narbona y que no tiene igual ni en la cmara del
rey....

--Qu me place, asinti Tristn, quitndose apresuradamente ropilla y
jubn y dejando ver los poderosos msculos de su cuello, pecho y brazos.
Venid, arquero; ya podis despediros de vuestro cobertor, y por lo menos
de un par de huesos que voy  romperos contra el suelo.

--Eres todo un hombre, cabeza roja, exclam el arquero con gran risa,
poniendo  un lado su jarro y apretando el ancho cinto de cuero.

--Esperad, un momento, dijo un montero. Ya sabemos lo que el soldado
apuesta; pero si vos perdis, amigo Tristn qu ganar con ello el
otro?

--Yo nada tengo que apostar, replic Tristn muy contrariado y mirando 
Simn.

--S tienes, gigante mo, s tienes, dijo ste. Si me derribas, te
llevas el cobertor de una princesa; pero si te derribo yo, me llevo tu
cuerpo, sin ser el diablo, y lo alisto por cuatro aos en la Guardia
Blanca, con otros mocetones como t que espero llevarme  Francia y que
si escapan con vida me lo han de agradecer.

--Eso es! Justa es la propuesta, exclamaron tres  cuatro voces.

--Aceptado, y basta de charla, dijo Tristn adelantando el pie
izquierdo, echando hacia atrs el cuerpo y abriendo y cerrando las
enormes manos.

El arquero, aunque de estatura mucho menor, tena msculos de acero y
era luchador experto. Acercse con cauto paso  su adversario, que le
miraba con ceo, erizada la roja cabellera y pronto  asirle entre sus
garras. Sonrise el arquero, y de pronto se lanz sobre su contrincante
con la velocidad del rayo, rode con su pierna la de Tristn y
enlazndole la cintura con sus nervudos brazos, procur hacer caer de
espaldas al gigante. Pocos hombres hubieran resistido aquel ataque
furioso, pero Tristn, sin perder pie, di al arquero una sacudida
terrible y lo arroj contra la pared como disparado por una catapulta.

--_Ma foi!_ En poco ha estado que te ganaras el cobertor y me hicieras
abrir con la cabeza una ventana ms en esta honrada hostelera, dijo el
sorprendido soldado, que  duras penas pudo conservar el equilibrio.
Probemos otra vez.

Y volviendo al centro de la estancia fingi repetir su ataque anterior;
inclinse Tristn para echarle mano, tomando as la actitud que deseaba
Simn, quien con rapidez increble lo asi por ambas piernas,  ms bien
se lanz contra ellas, obligando  Tristn  caer hacia adelante y sobre
las espaldas del arquero y de ellas de cabeza al suelo. Graves
consecuencias hubiera tenido el golpazo para nuestro exnovicio,  no
haberlo dado de lleno en la panza del malhadado pintor, que segua
durmiendo la mona en su rincn, ajeno  cuanto en la venta ocurra.
Despertse sobresaltado y dando grandes gritos, hicironle coro los
espectadores con sus carcajadas y bravos; pero sobre todo aquel
estrpito se oyeron las voces estentreas del vencido atleta, pidiendo
que continuase la lucha.

--Otra vez, otra vez! Venid, arquero y por San Pacomio que os he de
estrujar como un guiapo!

--No en mis das, replic Simn abrochando su coleto. Vencido ests en
buena lid y no eres t falderillo con quien se pueda jugar  menudo y
sin riesgo.

--En buena lid, decs? Ha sido una trampa infame....

--No trampa, sino una jugarreta muy conocida de los luchadores franceses
y que aadir un magnfico recluta  las filas de la Guardia Blanca.

--Cuanto  eso, repuso Tristn, no me pesa haber perdido, pues hace una
hora resolv irme con vos, que me placen vuestro talante y la vida de
soldado, para la que me creo nacido. Sin embargo, hubiera querido daros
una costalada y ganarme el cobertor de pluma.

--No lo dudo, _mon ami_, pero de t depende buscarte un par de ellos
donde abundan y con tus propios puos.  tu salud! Pero qu le pasa
al menguado ese, que tanto berrea?

Referanse estas ltimas palabras al dolorido pintor, que segua sentado
en su rincn y poniendo el grito en el cielo. De repente se levant y
mirando al corro con ojos espantados exclam:

--Dios me valga! No bebis! La cerveza, el vino... envenenados! y
llevndose ambas manos al vientre ech  correr, traspuso la puerta y
desapareci en la obscuridad, dejando  Simn, Tristn y dems bebedores
desternillndose de risa.

Poco despus se retiraron  sus casas algunos de stos y  sus no muy
blandos lechos los huspedes de la ta Rojana. Roger, cansado de cuerpo
y espritu, cay pronto en profundo mas no sosegado sueo y se imagin
presenciar ruidoso aquelarre en el que figuraban,  vueltas con sendas
brujas y trasgos, juglares, pordioseros, monjes, soldados y los muchos y
muy curiosos tipos congregados aquella noche en la posada del _Pjaro
Verde_.




CAPTULO VII

DE CMO LOS CAMINANTES ATRAVESARON EL BOSQUE


Al romper el alba estaba ya la buena ventera atizando el fuego en la
cocina, malhumorada con la prdida de los doce sueldos que le deba el
estudiante de Exeter, quien aprovechando las ltimas sombras de la noche
haba tomado su hatillo y salido calladamente de la hospitalaria casa.
Los lamentos de la ta Rojana y el cacareo de las gallinas que
tranquilamente invadieron la sala comn apenas abri aquella la puerta
de la venta, no tardaron en despertar  los huspedes. Terminado el
frugal desayuno, psose en camino el fsico, caballero en su pacfica
mula y seguido  corta distancia por el sacamuelas y el msico,
amodorrado ste todava  consecuencia de los jarros de cerveza de la
vspera. Pero el arquero Simn, que haba bebido tanto  ms que los
otros, dej el duro lecho ms alegre que unas castauelas, cantando 
voz en cuello _Los Amores de Albuino_, trova muy popular  la sazn; y
despus de besar  la patrona y de perseguir  la criada hasta el
desvn, se fu al arroyo cercano, en cuyas cristalinas aguas sumergi
repetidas veces la cabeza, "como en campaa," segn deca.

-- dnde os encaminis esta maana, moro de paz? pregunt  Roger
apenas le vi.

-- Munster,  casa de mi hermano, donde permanecer probablemente algn
tiempo, contest Roger. Decidme lo que os debo, buena mujer.

--Lo que vos me debis? exclam la ventera, que contemplaba admirada la
muestra pintada por el joven la noche anterior. Decid ms bien cunto os
debo yo, seor pintor. Este s que es un pjaro y no un mueco; venid
aqu, vosotros, y contemplad esta bella ensea!

--Calla, y tiene los ojos de color de fuego! exclam la criada.

--Y unas garras y un pico que dan miedo, dijo Tristn.

--Miren el nio, y qu callado lo tena, coment el arquero. Es ese un
gran pjaro y una bonita ensea para vos, patrona.

Complacido qued el modesto artista al oir aquellos espontneos elogios,
y no menos al pensar que en la vida no todo eran rencores, luchas,
crmenes y engao, sino que poda ofrecer tambin momentos de legtima
satisfaccin. La ventera se neg redondamente  recibir un solo sueldo
de Roger por su hospedaje, y el arquero y Tristn lo sentaron  la mesa
entre ambos, invitndole  compartir su abundante almuerzo.

--No me sorprendera saber, dijo Simn, que tambin sabes leer
pergaminos, cuando tan listo eres con pinceles y colores.

--Gran vergenza sera para m y para los buenos religiosos de Belmonte,
que yo no supiera leer, contest Roger. Como que he sido amanuense del
convento por cinco aos, y  los monjes debo todo lo que s.

--Este mozalbete es un prodigio! exclam el arquero mirndole con
admiracin. Y sin pelo de barba y con esa cara de nia! Cuidado que yo
le pego un flechazo al blanco, por pequeo que sea y  trescientos
cincuenta pasos, cosa que no pueden hacer muchos y muy buenos arqueros
de ambos reinos; pero que me ahorquen si puedo leer mi nombre trazado
con esos garabatos que vosotros usis. En toda la Guardia Blanca un solo
soldado saba leer y recuerdo que se cay en una cisterna durante el
asalto de Ventadour; lo que prueba que el leer y escribir no es para
hombres de guerra, por mucho que le pueda servir  un amanuense.

--Tambin yo entiendo algo de letra, dijo Tristn con la boca llena; por
ms que no estuve bastante tiempo con los monjes para aprenderlo bien,
que ello es cosa de mucho intrngulis.

--S? Pues aqu tengo yo algo que te permitir lucirte, repuso el
arquero, sacando del pecho un pergamino que entreg  Tristn. Era un
delgado rollo, firmemente sujeto con una cinta de seda roja y cerrado
por ambos extremos con grandes sellos de igual color. El exnovicio mir
y remir largo tiempo la inscripcin exterior, contradas las cejas y
medio cerrados los ojos.

--Como no he ledo mucho estos das, acab por decir, no estoy del todo
seguro de lo que aqu reza. Yo puedo creer que dice una cosa y otro
puede leer otra muy diferente. Pero  juzgar por lo largo de las lneas,
parceme que se trata de unos versculos de la Biblia.

--No ests tu mal versculo, camarada, dijo Simn moviendo la cabeza
negativamente. Lo que es  m no me haces creer que el seor Claudio
Latour, valiente capitn si los hay, me ha hecho cruzar el canal sin ms
embajada que una salmodia. Pasa el rollo al mocito y apuesto un escudo 
que nos lo lee de golpe.

--Pues por lo pronto, esto no es ingls, dijo Roger apenas ley algunas
palabras. Est escrito en francs, con muy primorosa letra por cierto, y
traducido dice as: "Al muy alto y muy poderoso Barn Len de Morel, de
su fiel amigo Claudio Latour, Capitn de la Guardia Blanca, castellano
de Biscar, seor de Altamonte y vasallo del invicto Gastn, Conde de
Foix, seor de alta y baja justicia."

--Qu tal? dijo el arquero recobrando el precioso documento. Vales
mucho, chiquillo.

--Ya me figuraba yo que deca algo por el estilo, coment Tristn, pero
me call porque no entend eso de alta y baja justicia.

--Vive Dios y qu bien lo entenderas si fueras francs! Lo de baja
justicia quiere decir que tu seor tiene el derecho de esquilmarte, y la
alta justicia lo autoriza para colgarte de una almena, sin ms
requilorios. Pero aqu est la misiva que debo llevar al barn de Morel,
limpios quedan los platos y seco el jarro; hora es ya de ponernos en
camino. T te vienes conmigo, Tristn, y cuanto al barbilindo  dnde
dijiste que ibas?

-- Munster.

--Ah, s! Conozco bien este condado, aunque nac en el de Austin, en la
aldehuela de Cando, y nada tengo que decir contra vosotros los de
Hanson, pues no hay en la Guardia Blanca arqueros ni camaradas mejores
que los que aprendieron  tirar el arco por estos contornos. Iremos
contigo hasta Munster, muchacho, ya que eso poco nos apartar de nuestro
camino.

--Andando! exclam alegremente Roger, que se felicitaba de continuar su
viaje en tan buena compaa.

--Pero antes importa poner mi botn en seguridad y creo que lo estar
por completo en esta venta, de cuya duea tengo los mejores informes.
Oid, bella patrona. Vis esos fardos? Pues quisiera dejarlos aqu, 
vuestro cuidado, con todas las buenas cosas que contienen,  excepcin
de esta cajita de plata labrada, cristal y piedras preciosas, regalo de
mi capitn  la baronesa de Morel. Queris guardarme mi tesoro?

--Descuidad, arquero, que conmigo estar tan seguro como en las arcas
del rey. Volved cuando queris, que aqu habris de hallarlo todo
intacto.

--Sois un ngel, _bonne amie_. Es lo que yo digo: tierra y mujer
inglesas, vino y botn franceses. Volver, s, no slo  buscar mi
hacienda sino por veros. Algn da terminarn las guerras,  me cansar
yo de ellas, y vendr  esta tierra bendita para no dejarla ms,
buscndome por aqu una mujercita tan retrechera como vos.... Qu os
parece mi plan? Pero ya hablaremos de esto. Hola, Tristn!  paso
largo, hijos mos, que ya el sol ha traspuesto la cima de aquellos
rboles y es una vergenza perder estas horas de camino. _Adieu, ma
vie!_ No olvidis al buen Simn, que os quiere de veras. Otro beso!
No? Pues adis, y que San Julin nos depare siempre ventas tan buenas
como sta.

Hermoso y templado da, que convirti en gratsimo paseo el camino de
los tres amigos hasta Dunn, en cuyas calles vieron numerosos hombres de
armas, guardias y escuderos de la escolta del rey y de sus nobles,
hospedados por entonces en el vecino castillo de Malvar, centro de las
reales caceras. En las ventanas de algunas casas menos humildes y
destartaladas que las restantes se vean pequeos escudos de armas que
sealaban el alojamiento de un barn  hidalgo de los muchos que no
haba sido posible aposentar en el castillo. El veterano arquero, como
casi todos los soldados de la poca, reconoci fcilmente las armas y
divisas de muchos de aquellos caballeros.

--Ah est la cabeza del Sarraceno, iba diciendo  sus compaeros; lo
cual prueba que por aqu anda Sir Bernardo de Brocas,  quien esas armas
pertenecen. Yo le v en Poitiers, en la ltima acometida que dimos  los
elegantes caballeros franceses y os aseguro que pele como un len. Es
montero mayor de Su Alteza y trovador como hay pocos, pero no iguala al
seor de Chandos, que canta unas trovas alegres con ms gracia que
nadie. Tres guilas de oro en campo azul; ese es uno de los Lutreles,
dos hermanos  cual ms esforzado. Por la media luna que va encima juzgo
que debe de ser la divisa de Hugo Lutrel, hijo mayor del viejo
condestable,  quien retiramos del campo de batalla de Romorantn con el
pie atravesado por un dardo. All  la izquierda campea el casco con
plumas rizadas de los Debrays. Serv un tiempo  las rdenes del seor
Rolando Debray, gran bebedor y buena lanza, hasta que la gordura le
impidi montar  caballo.

As continu comentando Simn, atentamente escuchado por Roger, mientras
su hercleo compaero contemplaba con inters los grupos de pajes y
escuderos, los magnficos lebreles y los mozos que limpiaban armas y
monturas  discutan sobre los mritos de los corceles pertenecientes 
sus seores respectivos. Al pasar frente  la iglesia se abrieron las
puertas de sta para dar salida  numeroso grupo de fieles. Roger dobl
la rodilla y se descubri, pero antes de que terminara su corta oracin
ya haban desaparecido sus dos compaeros en el recodo que ms all de
la iglesia formaba la calle del pueblo y Roger tuvo que correr para
alcanzarlos.

--Cmo! exclam. Ni siquiera un avemara ante las abiertas puertas de
la casa del Seor? As esperis que l bendiga vuestra jornada?

--Amigo, repuso Tristn, he rezado tanto en los ltimos dos meses, no
slo al levantarme y acostarme sino en maitines, laudes y vsperas, que
todava me da sueo al pensar en ello y creo que tengo rezos anticipados
para algunas semanas por lo menos.

--Nunca estn dems las oraciones, observ Roger con calor. Es lo nico
que puede valernos. Qu es, sino una bestia, el hombre para quien la
vida se reduce  comer, beber y dormir? Slo cuando se acuerda del
inmortal espritu que lo anima se eleva y se convierte en hombre, en
sr racional. Pensad cun triste sera que el Redentor hubiese
derramado en vano su preciosa sangre!

--Tate, y qu gran cosa es el muchacho ste, que se ruboriza como una
doncella y al propio tiempo sermonea como todo el sacro Colegio de
Cardenales! exclam el arquero. Y  propsito, ya que de la muerte de
Nuestro Seor nos hablas, juro que no puedo pensar en ello sin desear
que aquel bribn de Judas Iscariote, que por la cuenta debi de ser
francs, hubiese venido por estas tierras, para tener el gusto de
pegarle cien flechazos, desde los pies hasta la coronilla. Y no fueron
menos canallas los que crucificaron  Jess. Por mi parte, la muerte que
prefiero es la que se recibe en el campo de batalla, cerca de la gran
bandera roja con su len rampante, entre las voces de los combatientes,
el chocar de las armas y el silbido de las flechas. Pero eso s, mteme
lanza, espada  dardo, caiga yo  los golpes del hacha de combate 
atravesado por alabarda  daga; pero me parecera una vergenza recibir
la muerte de una de esas bombardas que ahora empiezan  usar gentes
cobardes, que derrengan  un valiente desde lejos y son ms propias para
asustar mujercillas y nios con sus fogonazos y estampidos que para
habrselas con hombres de pelo en pecho.

--Algo he ledo en el claustro sobre esas nuevas mquinas de guerra,
dijo Roger. Y  duras penas comprendo cmo una bombarda pueda lanzar
pesada esfera de hierro  doble distancia que la alcanzada por la flecha
del mejor arquero, y con fuerza suficiente  destrozar armaduras y batir
murallas.

--As es, en efecto. Pero tambin es cierto que mientras los noveles
armeros limpiaban sus bombardas y les hacan tragar un polvo negro que
debe de ser obra del diablo y les atacaban una de sus pelotas de hierro,
nosotros los arqueros blancos solamos atizarles hasta diez flechazos
cada uno, dejando ensartados y tendidos  buen nmero de aquellos
bellacos, que Dios confunda. Sin embargo, no negar que en el cerco de
una plaza  una fortaleza, las compaas de pedreros y bombardas prestan
magno servicio y abren  los verdaderos soldados la brecha que
necesitamos para ir  verle de cerca la cara al enemigo.... Pero qu
esto? Alguien gravemente herido ha pasado hace poco por aqu. Mirad!

Al decir esto sealaba y segua el soldado un rastro de sangre que tea
la hierba y las piedras del camino.

--Un ciervo herido, quizs....

--No lo creo. Soy bastante buen cazador para descubrir su pista, si
alguno hubiera pasado por aqu. Quienquiera que sea, no anda lejos.
Os?

Los tres se pusieron  escuchar. De entre los rboles del bosque llegaba
hasta ellos el ruido de unos golpes dados  intervalos regulares, el eco
de ayes y lamentos dolorosos y una voz que entonaba acompasado canto.
Llenos de curiosidad, se adelantaron rpidamente y vieron entre los
rboles  un hombre alto, delgado, que vesta largo hbito blanco y
andaba lentamente, inclinada la cabeza y cruzadas las manos. Abierto y
cado el hbito desde los hombros hasta la cintura, dejaba descubiertas
las espaldas, que aparecan crdenas y ensangrentadas, dejando correr
hilos de sangre que manchaban la tnica y goteaban sobre el suelo. Iba
tras l otro individuo de menor estatura y ms edad, vestido como el
primero y con un libro abierto en la mano izquierda, al paso que la
derecha empuaba unas largas disciplinas, con las que azotaba cruelmente
 su compaero al terminar la lectura de cada una de las oraciones que
en francs salmodiaba.

Asombrados contemplaban nuestros viajeros el inesperado espectculo,
cuando el azotador entreg libro y disciplinas  su compaero y
descubri sus propias espaldas, de las que muy pronto empez  correr la
sangre,  los zurriagazos furibundos que le daba su verdugo. Cosa
extraa y nueva aquella para Roger y Tristn, mas no para el arquero.

--Son los Penitentes, dijo; unos frailes que  cada paso encontrbamos
en Francia y muy numerosos en Italia y Bohemia, pero apenas conocidos
todava en Inglaterra, donde ciertamente no esperaba yo verlos. Aun los
pocos que aqu hay son todos extranjeros, segn me han dicho. _En
avant!_ Pongmonos al habla con esos reverendos que en tan poco estiman
su pellejo.

--Bastante os habis azotado ya, padres mos, les dijo el arquero en
buen francs al llegar junto  los penitentes. Largo es el reguero de
vuestra sangre en el camino. Por qu os maltratis de esa manera?

--_C'est pour vos pchs, pour vos pchs!_ murmuraron ambos, fijando
en los recienllegados sus tristes miradas. Y volvieron  manejar las
disciplinas tan vigorosamente como antes, sin atender  las palabras y
splicas de los desconocidos, quienes renunciaron  seguir contemplando
aquel triste cuadro ya que no podan impedirlo, y se pusieron
apresuradamente en camino.

--Por vida de los babiecas estos! exclam Simn. Si mis pecados
necesitan sangre que los lave, ms de dos azumbres de la que corre por
mis venas he dejado yo en tierra de Francia; pero perdida en buena lucha
y no friamente y gota  gota, como la derraman los penitentes sin ms ni
ms. Pero qu es eso, mocito? Ests ms blanco que las famosas plumas
del casco de Montclus, que nos servan para reconocerle y seguirle all
en Narbona. Qu te pasa?

--No es nada, dijo Roger. No estoy acostumbrado  ver correr la sangre
humana.

--Caso extrao es para m, dijo el veterano, que quien tan bien piensa y
mejor habla tenga el corazn tan dbil....

--Alto ah! exclam Tristn. No es flaqueza de nimo, que yo conozco
bien  este muchacho. Su corazn es tan entero como el tuyo  el mo; lo
que hay es que tiene en su mollera mucho ms de lo que t tendrs nunca
debajo de ese puchero de peltre que te cubre el crneo y por
consiguiente ve ms all y siente ms hondo que nosotros, y se afecta
con lo que no puede afectarnos.

--No hay duda que para mirar con indiferencia correr la sangre se
requiere aprendizaje, asinti Simn, despus de reirse de la
irrespetuosa salida de su recluta.

--Estos religiosos extranjeros me parecen gente muy santa, observ
Roger, pues de lo contrario no se impondran tan cruel martirio en
satisfaccin de pecados ajenos.

--Pues yo me ro de ellos y de sus azotes, salmos y melindres, dijo
Tristn.  quin aprovecha la sangre que derraman? Djate de simplezas,
Roger, que despus de todo esos frailes pueden ser muy bien como algunos
que t y yo conocemos, eh? Ms les valiera dejar tranquilas sus
espaldas y no meterse  redentores sino ser algo ms humildes, que  la
legua se les trasluce el orgullo.

--Por el rabo de Satans, recluta, jams cre que con esa cabeza color
de zanahoria pudieras t pensar cosas tan discretas! Diga lo que quiera
el sabio Roger, ni este arquero, ni por lo visto este mameluco rojo,
creern jams que al buen Dios le guste ver  los hombres, frailes  no
frailes, abrindose las carnes con un rebenque. De seguro que mira con
mejores ojos  un soldado franco y alegre como yo, que nunca ofendi al
vencido ni volvi la espalda al enemigo.

--Pensis como podis, y creis decir bien, repuso Roger. Pero acaso
imaginis que no hay en el mundo otros enemigos que los guerreros
franceses, ni ms gloria que la que pueda alcanzarse combatindolos? Vos
tendrais por esforzado campen al que en un solo da venciese  siete
poderosos rivales. Pues qu me decs del justo que ataque, venza y
subyugue  esos otros siete y ms poderosos enemigos del alma, los
pecados capitales, con algunos de los cuales ha de durar su lucha aos
enteros? Esos campeones que yo admiro son los modestos servidores de
Dios que mortifican la carne para dominar el espritu. Los admiro y los
respeto.

--Sea en buen hora, _mon petit_, y nadie te lo ha de impedir mientras yo
ande cerca. Para predicador no tienes precio. Como que me recuerdas al
difunto padre Bernardo, que fu un tiempo capelln de la Guardia Blanca
y que era un ngel con verrugas y cabellos canos. Por cierto que en la
batalla de Brignais lo atraves con su pica un soldado tudesco al
servicio del rey de Francia, sacrilegio por el cual obtuvimos que el
Papa de Avignn excomulgara al matador. Pero como nadie le conoca y
slo sabamos de l que era bajo y rechoncho y manejaba la pica como un
ariete, es de temer que la excomunin no le haya alcanzado,  lo que es
peor, que haya recado sobre algn otro maldito tudesco de los muchos
que dejan su tierra para dejar despus el pellejo en Francia.

Rise Roger de los fantsticos conocimientos cannicos del veterano, 
quien pregunt si la valiente Guardia Blanca haba llegado en efecto
hasta Avignn y doblado la rodilla ante el sucesor de San Pedro.

--No lo dudes, chiquillo, contest Simn. Dos veces he visto yo al Papa
Urbano con mis propios ojos. Es,  era, porque en el campamento se habl
hace poco de su muerte, un viejecillo chiquitn, con ojos muy grandes,
nariz encorvada y un mechn de pelo blanco en la barba. La primera vez
le sacamos diez mil ducados, pero grit y se enfureci de mala manera.
La segunda entrevista fu para pedirle veinte mil ducados ms, y te
aseguro que arm un cisco feroz. Tres das de reyertas y cabildeos nos
cost antes de que nuestro capitn nos llamara para recibir y conducir
las talegas que contenan las doblas de oro. Yo he credo siempre que
hubiramos salido mejor librados saqueando el palacio del Papa, pero los
jefes ingleses se opusieron  ello. Recuerdo que un cardenal vino 
preguntarnos si preferamos recibir quince mil ducados con una
indulgencia plenaria para cada arquero,  veinte mil ducados con la
maldicin de Urbano V. En todo el campo no hubo ms que una opinin:
veinte mil ducados. Sin embargo nuestro capitn acab por ceder y
recibimos la bendicin apostlica contra toda nuestra voluntad y un sin
fin de indulgencias. Quizs valiera ms as, porque bien las
necesitbamos los arqueros blancos por aquel entonces.

El piadoso Roger escuchaba horrorizado aquellos detalles. Las creencias
de toda su vida, su profundo respeto por la dignidad pontificia, la
veneracin que profesaba al jefe visible de la Iglesia, todo le
impulsaba  protestar contra la escandalosa irreverencia del soldado.
Parecale que con solo escuchar el impo relato haba pecado l mismo;
que el sol deba ocultar sus brillantes rayos tras negras nubes y trocar
el campo sus alegres galas por la desolacin y la tristeza del desierto.
Slo recobr un tanto la perdida calma cuando se hubo postrado de
hinojos ante una de las toscas cruces inmediatas al camino y orado
fervorosamente, pidiendo para el arquero y para s mismo el perdn del
Cielo.




CAPTULO VIII

LOS TRES AMIGOS


Tristn y Simn siguieron andando. Al terminar Roger sus oraciones
recogi bastn y hatillo y corriendo como un gamo no tard en llegar 
una cabaa situada  la izquierda del sendero y rodeada de una cerca,
junto  la cual estaban el arquero y su recluta, mirando  dos nios de
unos ocho y diez aos respectivamente; plantados ambos en medio del
jardinillo que cercaba la casa, silenciosos  inmviles, fija la vista
en los rboles del otro lado del camino y teniendo en la mano izquierda,
extendido horizontalmente el brazo, unos largos palos  manera de pica 
alabarda, parecan dos soldados en miniatura. Eran ambos de agraciadas
facciones, azules ojos y rubio cabello; el bronceado color de su tez era
claro indicio de la vida que hacan al aire libre en la soledad del
frondoso bosque.

--De tal palo tal astilla! gritaba regocijado el buen Simn al llegar
Roger. Esta es la manera de criar chiquillos. Por mi espada! yo mismo
no hubiera podido adiestrarlos mejor.

--Pero qu es ello? pregunt Roger. Parecen dos estatuas. Les pasa
algo?

--No, sino que estn acostumbrando y fortaleciendo el brazo izquierdo
para sostener debidamente, cuando sean hombres, el pesado arco de
combate. As mismo me ense mi padre y seis das de la semana tena que
aguantarme en esa posicin lo menos una hora por da, sosteniendo 
brazo tendido el pesado bastn herrado de mi padre, hasta que el brazo
me pareca de plomo. Hola, bribonzuelos! cunto os falta todava?

--Hasta que el sol salga por encima de aquel roble ms alto y nos haga
cerrar los ojos, contest el mayor.

--Y qu vis  ser vosotros? Pecheros, leadores?

--No, arqueros! dijeron ambos  una voz.

--Bien contestado, granujas! Ya se echa de ver que vuestro padre es de
los mos. Pero qu haris cuando seis soldados?

--Matar escoceses, dijo el chiquitn frunciendo el ceo.

--Acabramos! Y qu entuerto os han hecho los pobres sbditos del rey
Roberto? S que las galeras de Espaa y Francia no han andado muy lejos
de Southampton en estos ltimos tiempos, pero dudo que los escoceses
asomen por aqu ahora ni en muchos aos.

--Pues nosotros, insisti el mayor de los nios, aprendemos  manejar el
arco para matar escoceses, y no franceses ni espaoles, porque aqullos
fueron los que cortaron los dedos  nuestro padre, para que no pudiera
volver  manejar su arco.

--Muy cierto es eso, dijo una voz sonora detrs de los caminantes.

Era el que hablaba un rudo campesino de alta estatura, que al acercarse
levant ambas manos,  cada una de las cuales le faltaban el pulgar y
los dos primeros dedos.

--Por San Jorge! Quin os ha maltratado de esa manera, camarada?
pregunt Simn.

--Bien se echa de ver, repuso el otro, que sois nacido lejos de la
tierra maldita de Escocia y que aunque soldado, no os han conducido
nuestras banderas  las guaridas de aquellos lobos. De lo contrario
reconocerais desde luego en estas mutilaciones la barbarie de Douglas
el Diablo,  el Conde Negro, como tambin le llaman.

--Os hizo prisionero?

--S, por mi mal. Nac en el norte, en Beverley, cerca de la frontera
escocesa, y bien puedo decir que por muchos aos no hubo mejor arquero
desde Trent hasta Inverness. Mi fama me perdi, lo mismo que  otros
muchos buenos tiradores ingleses, pues cuando nuestras luchas nos
hicieron caer en manos de Douglas, aquella hiena, en lugar de matarnos,
nos hizo cortar tres dedos de cada mano para que no pudisemos
despacharle ms soldados  atravesarle  l mismo los hgados de un
flechazo. Quiera Dios que estos dos hijos mos paguen un da con creces
la deuda de su padre! Entre tanto, el rey me ha dado esa casita y
algunas tierras ac en el sur, y de su producto vivimos.  ver,
muchachos! Cul es el precio de los dos pulgares de vuestro padre?

--Veinte vidas escocesas, contest el mayor.

--Y por los otros cuatro dedos que me faltan?

--Diez vidas ms, dijo su hermanito.

--Total treinta. Cuando puedan doblar mi gran arco de guerra, los
enviar  la frontera, para que se alisten  las rdenes del invencible
Copeland, gobernador de Carlisle. Y os aseguro que como lleguen  verse
frente  frente de mi verdugo y  menos de cuatrocientos pasos, no
cortar ms dedos ingleses el viejo zorro de Douglas.

--As vivis para verlo, camarada, dijo Simn. Y vosotros, _mes
enfants_, tened presente el consejo de un arquero veterano y que sabe su
oficio: al tender el arco, la mano derecha pegada al cuerpo, para tirar
de la cuerda no slo con la fuerza del brazo, sino con ayuda del costado
y muslo derechos. Y por vuestra vida, aprended tambin  disparar
formando curva, pues aunque de ordinario la flecha va derecha al blanco,
os hallaris muchas veces atacando  gentes parapetadas tras las almenas
 en lo alto de una torre,   enemigos que ocultan pecho y cara con el
escudo y  quienes slo matan las flechas que les caen del cielo. No he
tendido un arco hace dos semanas, pero eso no quita que os pueda dar una
leccin prctica, para que sepis cmo taladrarle los sesos  un
escocs, aunque slo le veis las plumas de la gorra.

Diciendo esto, asi Simn el poderoso arco que  la espalda llevaba,
tom tres flechas y seal  los nios, que vidamente seguan todos sus
movimientos, un altsimo rbol y ms all, en un claro del bosque, un
tronco carcomido de un pie de dimetro y no ms de dos  tres de altura.
Midi el arquero la distancia con mirada de guila y en seguida lanz
las tres flechas una tras otra, con increble rapidez y apuntando  lo
alto. Las flechas pasaron rozando las ramas ms elevadas del rbol y dos
de ellas fueron  clavarse en el tronco de que hemos hablado,
describiendo una curva enorme y perfecta. La tercera flecha roz el
seco tronco y penetr profundamente en la tierra,  dos pulgadas de
aqul.

--Soberbio! exclam el mutilado arquero. Aprended, muchachos, que este
es buen maestro!

-- fe ma que si empezara  hablaros de arcos y ballestas no acabara en
todo el da, dijo Simn. En la Guardia Blanca tenemos tiradores capaces
de asaetear uno por uno todos los encajes y junturas de la armadura
mejor construida. Y ahora, pequeuelos, id  traerme mis flechas, que
algo cuestan y mucho sirven y no es cosa de dejarlas clavadas en los
troncos secos del camino. Adis, camarada; os deseo que adiestris ese
par de halconcillos de manera que un da puedan traeros buena caza y le
saquen tambin los ojos al pajarraco con quien tenis pendiente tan
grave cuenta.

Dejando atrs al mutilado arquero, siguieron la senda que se estrechaba
al penetrar en el bosque, cuyo silencio interrumpi de pronto el ruido
de una carrera precipitada entre la maleza. Un instante despus salt al
camino una hermosa pareja de gamos, y aunque los viajeros se detuvieron,
el macho, alarmado, salt de nuevo y desapareci  la izquierda del
camino. La hembra permaneci unos instantes como asombrada, mirando al
grupo con sus grandes y dulces ojos. Contemplaba Roger con admiracin el
soberbio animal, pero Simn no pudo resistir el instinto del cazador y
prepar su arco.

--_Tte Dieu!_ exclam en voz baja. No vamos  tener mal asado en la
comida.

--Teneos, amigo! dijo Tristn posando la mano sobre el arco de Simn, 
tiempo que el gamo desapareca  todo correr. No sabis que la ley es
rigorossima? En mi mismo pueblo de Horla recuerdo  dos cazadores 
quienes sacaron los ojos por matar esos animales. Confieso que no me
fuisteis muy simptico la primera vez que os v y o, pero desde
entonces he aprendido  estimaros y por la cruz de Gestas! no quisiera
ver el cuchillo de los guardabosques jugndoos una mala partida.

--Tengo por oficio arriesgar mi pellejo, repuso Simn encogindose de
hombros.

Sin embargo, volvi  poner la flecha en su aljaba, se ech el arco al
hombro y continu andando entre sus dos amigos. Iban subiendo una
cuesta y pronto llegaron  un punto elevado desde el cual pudieron ver 
la izquierda y detrs de ellos el espeso bosque y hacia la derecha,
aunque  gran distancia, la alta torre blanca de Salisbury, cuyas
alegres casitas rodeaban la iglesia y se extendan por la ladera. La
vegetacin poderosa, el aire puro de la montaa, el canto de multitud de
pajarillos y la vista de los ondulantes prados que ms all de Salisbury
se divisaban, eran espectculo tan nuevo como interesante para Roger,
que hasta entonces haba vivido en la costa. Respiraba con delicia y
senta que la sangre corra con ms fuerza por sus venas. El mismo
Tristn apreci la belleza del paisaje y el robusto arquero enton, 
por mejor decir, desenton algunas picantes canciones francesas, con voz
y berridos capaces de no dejar un solo pjaro en media milla  la
redonda.

Tendironse sobre la hierba y tras breve silencio dijo Simn:

--Me gusta el compaero ese que hemos dejado all abajo. Se le ve en la
cara el odio que guarda  su verdugo, y  la verdad, me placen los
hombres que saben preparar una venganza justa y mostrar un poco de hiel
cuando llega la ocasin.

--No sera ms humano y ms noble mostrar un poco de amor al prjimo?
pregunt Roger.

--Sermoncico tenemos, dijo Simn. Pero  bien que en eso de amor al
prjimo estoy contigo, padre predicador; porque supongo que incluirs al
bello sexo, que no tiene admirador ms ferviente que yo. Ah, _les
petites_, como decamos en Francia, han nacido para ser adoradas! Me
alegro de ver que los frailes de Belmonte te han dado tan buenas
lecciones, muchacho.

--No, no hablo del bello sexo ni de amor mundano. Lo que quise decir fu
que bien pudo el vengativo campesino tener en su corazn menos odio 
sus enemigos.

--Es imposible, contest Simn moviendo la cabeza negativamente. El
hombre ama naturalmente  los suyos,  los de su raza. Pero cmo puede
comprenderse que un ingls sienta el menor afecto por escoceses 
franceses? No los has visto t en una de sus correras, hendiendo
cabezas y sajando cuerpos de hermanos nuestros. Por el filo de mi
espada! preferira darle un abrazo al mismo Belceb antes que estrechar
la mano de uno de esos bergantes, aunque se llame el rey Roberto, 
Douglas el Diablo de Escocia,  sea el mismsimo condestable Bertrn
Duguescln de Francia. Voy sospechando, _mon garon_, que los obispos
saben ms que los abades,  por lo menos dejan muy atrs  tu abad de
Belmonte, porque yo mismo he visto con estos ojos al obispo de Lincoln
agarrar con ambas manos un hacha de dos filos y atizarle  un soldado
escocs tamao hachazo que le parti la cabeza en dos, desde la
coronilla hasta la barba. Con que si esa es la manera de mostrar amor
fraternal, t dirs.

Ante argumento tan irresistible como el hachazo del obispo se qued
Roger sin rplica y no poco escandalizado.

--Es decir que tambin habis hecho armas contra los escoceses?
pregunt por fin.

--Pues bueno fuera! El primer flechazo que tir desde las filas, y 
matar, fu all por Milne, un pedregal escocs lleno de caadas y
vericuetos. Nos mandaban Berwick y Copeland, el mismo que despus hizo
prisionero al rey de aquellos montaeses. Buena escuela, recluta, buena
escuela es aquella para gente de guerra, y siento que antes de llevarte
 Francia no hayas dado un paseo por aquellos riscos.

--Tengo entendido que son los escoceses buenos guerreros, observ
Tristn.

--Fuertes y sufridos; no adelantan durante el combate, pero tampoco
huyen, sino que se aguantan  pie firme, dando cada toque que saca
chispas de cascos y coseletes. Con el hacha y la espada de combate no
tienen igual, pero son muy malos ballesteros, y lo que es con el arco,
no se diga. Adems, los escoceses son por lo general muy pobres, aun sus
jefes, y pocos de ellos pueden comprarse una cota de malla tan modesta
como la que yo llevo puesta. De aqu que luchen con gran desventaja
contra nuestros caballeros, muchos de los cuales llevan encima yelmos,
petos, manoplas y cotas que representan el valor de cuatro  seis
mayorazgos escoceses. Hombre por hombre, con iguales armas, son tan
buenos soldados como los mejores de Inglaterra y de toda la cristiandad.

--Y qu nos decs de los franceses?

--Son tambin combatientes de gran pujanza. Nuestras armas han sido muy
afortunadas en Francia, mas no por eso hay que tener en menos  sus
soldados. Los he visto pelear en campo abierto y encerrados en sus
fortalezas, en asaltos, emboscadas, salidas, sorpresas nocturnas,
duelos, justas y torneos; y puedo aseguraros, muchachos, que tienen el
corazn valiente y el brazo duro. Entre los caballeros que seguan 
Duguescln podra citaros en este momento una veintena capaces de romper
lanzas, sin desventaja, con los ms brillantes paladines de Inglaterra.
En tanto el pueblo, agobiado con tributos y gabelas, sufre, trabaja y
calla, y vive como Dios le da  entender.

--Habis visitado otros pases? pregunt Roger,  quien aquellos
relatos  informes interesaban sobre manera.

--He estado en Holanda, en Flandes y el Brabante y creo que de esta
hecha Tristn tendr oportunidad de ver no slo buena parte de Francia,
sino tambin algo y aun algos de la hermosa tierra de Espaa. Del
holands os dir que es tardo y pesado, y que no desenvaina la espada
por los bellos ojos de una doncella ni por un qutame all esas pajas;
pero con justa causa y buenos capitanes, sabe defender su pas, ms
mojado que charca de ranas; y sobre todo, no toquis sus fardos de lana,
sus terciopelos de la antigua Brujas y dems mercaderas, porque
entonces se enfurece y hay que matarlo para hacerlo entrar en razn.
S, reos! Pues acordaos de lo que les pas  los franceses en
Courtrai, donde los gordinflones holandeses les ensearon que saban
manejar el acero tan bien como forjarlo.

--Qu pensis de los espaoles? pregunt Roger.

--Raza guerrera de veras. Como que  la fecha llevan seis siglos largos
de continua lucha con lo ms aguerrido de la gente rabe, que se
posesionaron de casi todo el pas y  lo que creo ocupan todava la
mitad de la Pennsula. Me las hube con los sbditos del rey de Castilla
en el mar, cuando su flota vino  retarnos en Chelsea, y all tuvimos
con ellos un zafarrancho de mil demonios, en el que participaron ochenta
naves inglesas y espaolas. Y ahora que he contestado  tus preguntas,
mocito, voy  hacerte una proposicin. Veo que te interesan mis relatos,
s que haras carrera en el ejrcito  pesar de que pareces un
alfeique, pero tienes buen consejo. Pues oye, elige uno cualquiera de
los objetos que dej en la venta, el que te parezca ms valioso, y te lo
regalo,  condicin de que te vengas con este zagaln y conmigo 
Francia, en cuanto termine la misin que me lleva al castillo de
Monteagudo.

--No puede ser, replic el joven. De mil amores ira con vos  Francia 
 cualquier otro pas, no slo porque me place escucharos, sino porque
fuera de Belmonte sois los nicos amigos que tengo en el mundo. Pero
debo acatar la voluntad de mi padre muerto y ver ante todo  mi nico
hermano. Lo que despus suceda est por ver, pero desde luego os digo
que harais conmigo una triste adquisicin para vuestra Guardia Blanca,
pues ni por temperamento ni por educacin sirvo yo para ese continuo
batallar en que vos vivs.

--Culpa es de mi parlera lengua! grit el arquero. No le doy suelta sin
que se ponga  hablar de flechazos y estocadas, como si nada ms hubiera
en el mundo. Pero ven ac, doctorcillo mo, y djame explicarte lo que
tengo en mientes. Has de saber que no slo necesitamos soldados y
ballestas. En primer lugar, por cada pergamino que se ve en Inglaterra
hay que escribir  descifrar veinte en Francia. Por cada estatua, por
cada piedra preciosa tallada, por cada blasn, escudo  divisa, moldura
y relieve que aqu pueda ocupar y dar de comer  un amanuense hbil y
discreto como t, hay all ciento. En el saco de Carcasona v yo
habitaciones enteras atestadas de pergaminos, sin que ninguno de
nosotros pudiera leer una palabra de tanto frrago. En Arls y Nimes hay
ruinas de arcos y palacios y santuarios, mosaicos, pinturas 
inscripciones, tan antiguos unos y tan primorosos otros, que multitud de
gentes van  admirarlos, no slo de toda Francia sino de otras naciones.
En tus ojos veo ya el deseo de contemplar tanta cosa buena. Vente con
nosotros y voto  tal que no ha de pesarte!

--Mucho deseara yo ver todas esas riquezas de la antigedad y esos
primores del arte, dijo Roger.

--Otra cosa. All he dejado yo ms de trescientos arqueros blancos que
desde hace dos aos no han odo una sola palabra de consejo, ni una
pltica religiosa y bien sabe Dios que nadie lo necesita tanto como
ellos. Si tienes deberes aqu, tampoco es mala misin la que te ofrezco.
Hasta ahora tu hermano se ha pasado sin t muy bonitamente y por Tristn
s que en veinte aos no se ha tomado una sola vez el trabajo de ir 
Belmonte para mirarte  la cara. Valiente hermanito vas t  buscar!

--No, pues y la fama que tiene en toda la comarca! aadi Tristn. Todo
el mundo sabe y de ello hemos hablado t y yo en el convento, que tu
pariente Hugo de Clinton es un bebedor sin tasa, pendenciero y jugador,
que ha dado escndalos maysculos y que probablemente har tanto caso de
t como de un perro, si es que no te maltrata.

--No puedo creerlo, repuso Roger. Y si tan malo es, mayor deber tengo
yo, su nico hermano, de darle algunos buenos consejos. No insistis,
amigos, que yo de buena gana os siguiera, si fuese libre mi eleccin. Y
ahora, separmonos. H all la torre cuadrada de Munster y aqu el
sendero que segn me explic el abad lleva directamente al pueblo.

--Dios te guarde, muchacho, exclam el arquero dndole un estrecho
abrazo. Soy pronto en odiar y en querer, y te aseguro que me duele
separarme de t.

--No sera bien aguardar aqu hasta ver qu recibimiento le hace su
hermano? propuso Tristn.

--No tal, dijo Roger. Bien  mal recibido, lo probable es que me quede
en la granja de Munster y esperarme aqu sera tiempo perdido.

--Sin embargo, observ Simn, por lo que pueda ocurrir bueno ser que
sepas dnde hallarnos, llegado el caso. Mira; Tristn y yo vamos 
seguir ese camino de la izquierda, dejando  la derecha el bosque y el
atajo que vas  tomar. Al caer la noche llegaremos al castillo de
Monteagudo, residencia antes del conde Guillermo de Salisbury, de quien
es condestable el barn de Morel que ahora habita aquel castillo. Te
acordars? Es muy probable que all permanezcamos alojados cosa de un
mes, hasta nuestra salida para Francia.

Gran esfuerzo cost  Roger separarse de aquellos dos buenos amigos,
sobre todo inclinado como estaba  la vida de viajes y aventuras que
tanto le atraa, no por los alicientes que en ella pudieran hallar
hombres como el arquero y su recluta, sino por el vasto campo que
ofreca  su vivo deseo de aprender, de ver el mundo y de aprovechar
prcticamente los variados conocimientos, oficios y artes adquiridos en
el convento de Belmonte. No se atrevi  mirar atrs por temor de que
flaqueara su resolucin, y slo cuando hubo andado buen trecho y
ocultdose entre los rboles arriesg una ltima mirada. El arquero
continuaba inmvil en el lugar mismo donde se haban despedido, cruzado
de brazos y mirando al suelo pensativamente. El sol haca brillar su
almete y las mallas de su cota y sobre el hombro se vea la extremidad
del enorme arco de guerra. Junto  l estaba el gigantesco Tristn,
llevando todava la raida vestimenta del batanero de Lminton. Momentos
despus siguieron ambos su camino y Roger tom  buen paso el de la
granja de su hermano.




CAPTULO IX

EN LA SELVA DE MUNSTER


Pasaba el sendero entre corpulentos y elevados rboles, cuyas ramas
formaban en muchos puntos verdes arcos sobre el camino, recubierto de
hierba y hojas secas. Pocas personas solan recorrerlo y el silencio era
completo; una sola vez oy Roger  lo lejos el agudo ladrido de los
perros de caza.

No sin alguna emocin recordaba el viajero que todo aquel bosque y gran
parte de las tierras colindantes haban pertenecido un da  la entonces
poderosa familia de Clinton. Conocedor de la historia de su casa, saba
que descenda de aquel Godofredo de Clinton, seor de las villas de
Munster y Bisterne cuando los normandos posaron por primera vez la
planta en territorio ingls. Pero las vicisitudes de la poca privaron 
sus descendientes de gran parte de aquellos dominios y por fin les fu
confiscado el seoro de Bisterne en provecho del patrimonio real, por
complicidad de uno de los Clinton en un alzamiento sajn. Las
depredaciones de grandes seores feudales siguieron aminorando la
propiedad, y no menos la redujeron algunas donaciones  la iglesia, como
la hecha por el padre de Roger, que abri  ste las puertas de
Belmonte. Convertido aqul en arrendatario de Belmonte, ocup hasta su
muerte la antigua casa seorial de Munster, habitada ahora por su hijo
mayor,  quien dej encomendado el cultivo de dos granjas y la propiedad
de algn ganado y parte del bosque. No ignoraba Roger que  pesar de la
decadencia de la familia, su hermano Hugo ocupaba todava una posicin
independiente y de relativa importancia en la comarca, y contemplaba con
orgullo aquellos gigantes del bosque perteneciente por tantas
generaciones  los Clinton de Munster. Absorto en sus recuerdos,
sorprendile la repentina aparicin de un hombre vestido como los
campesinos del pas, alto y vigoroso, que le intercept el paso
enarbolando largo y nudoso bastn.

--Ni un paso ms! grit el desconocido. Quin eres que as te atreves
 poner el pie en este bosque? Qu buscas y  dnde vas?

--Y quin sois vos para hacerme esas preguntas? dijo  su vez Roger
ponindose en guardia.

--Quien puede abrirte el crneo de un garrotazo si tienes tarda la
lengua, fu la brutal respuesta. Pero dnde he visto yo antes esa cara?

--Anoche, sin ir ms lejos, en la posada del _Pjaro Verde_, dijo Roger,
que acababa de reconocer  Rodn, el pechero amenazado por Tristn y que
tan violentamente se expresara contra el rey y sus nobles y en
particular contra su seor el barn de Ansur.

--Calla, pues es verdad! Y qu llevas en ese zurrn?

--Nada de valor, alguna ropa y media docena de libros.

--Eso es lo que t dices, pero lo que es  m, ver y creer. Venga el
zurrn.

--No lo esperis.

--Por los clavos de Cristo! No sabes, rapaz, que puedo descuartizarte
en un santiamn?

--Dado os hubiera las pocas monedas que poseo si me hubirais pedido en
nombre de la caridad. Pero amenazis como un bandido y sabr defenderme.
Sin contar que no escaparis  la venganza del arrendatario de Munster
cuando sepa la villana manera como tratis  su hermano en sus mismas
tierras.

--Nuestra Seora de Rocamador me valga! exclam asustado el malhechor
bajando su arma. Vos hermano de Hugo de Clinton? Cmo haba de
figurrmelo! No ser yo quien os robe ni os detenga un momento ms.

--Puesto que conocis  mi hermano, hacedme la merced de indicarme el
ms corto camino para su casa.

Antes de que pudiera contestar el bandolero se oyeron las sonoras notas
de una trompa de caza y vi Roger un hermoso caballo blanco que pas 
la carrera entre los rboles  corta distancia, seguido de la tralla y
de numerosos cazadores. Las voces de stos, el galopar de los caballos y
los ladridos de los perros resonaron ruidosamente en todo el bosque.
Oanse todava los gritos con que animaban  los sabuesos: "Sus,
Bayardo, Moro, Lebrel! Sus, Sus!" cuando reson de nuevo el trote de
los caballos y apareci un grupo de cazadores  pocos pasos de Roger.

Precedalos un hombre de cincuenta  sesenta aos de edad, de robusto
cuerpo y atezado rostro, bajo cuyas pobladsimas cejas brillaban dos
ojos de imperiosa y penetrante mirada. Llevaba larga barba entrecana y
todo en su aspecto y ademanes revelaba al hombre acostumbrado  mandar y
 ser obedecido. Manejaba el hermoso corcel con gracia soberana y vesta
rica tnica de seda blanca bordada de pequeas flores de lis de oro,
flotante de sus hombros luengo manto de prpura. Era imposible no
reconocer desde luego  Eduardo III, el invasor de Francia y
conquistador de la Normanda, al vencedor de Crcy, uno de los ms
brillantes guerreros entre los muchos y muy esforzados que haban regido
al pueblo anglo-sajn. Roger se quit la gorra reverentemente, pero el
pechero apoy ambas manos sobre su bastn y mir con expresin nada
amistosa al grupo de caballeros que seguan al rey.

--Hola! exclam Eduardo deteniendo su caballo en medio del camino y
mirando  Roger y su compaero. _Le cerf! Est-il pass? Non? Ici,
Brocas, tu parles l'anglais._

--Habis visto el ciervo, bergantes? pregunt imperiosamente un
caballero de la escolta. Si lo habis espantado y hecho desviar os
cuesta las orejas.

--Pas entre aquellos dos rboles, seal Roger, y los perros le seguan
de cerca.

--Bien est, dijo el monarca, que sigui hablando en francs, pues
aunque comprenda la lengua de su pueblo, jams lleg  poseerla bien,
ni quiso hablar lo que l llamaba idioma spero y brbaro. Os aseguro,
continu, volvindose en la silla hacia el grupo de caballeros, que 
mucho me engao  es un venado de seis puntas, el ms soberbio de
cuantos hemos levantado hoy. Adelante!

Tras l desaparecieron  carrera tendida guerreros y cortesanos, excepto
uno, el barn de Brocas, que haciendo dar un salto  su caballo,
levant el ltigo y cruz con l la cara del pechero, gritndole:

--Descbrete, perro! Descbrete siempre que tu rey se digne mirarte! Y
dando rienda al caballo se lanz en seguimiento de los cazadores.

El villano recibi el latigazo sin mover un solo msculo. Despus alz
el puo en direccin de su verdugo, y rugi:

--Te conozco, maldito cerdo gascn, y algn da la pagars! Malhaya el
en que dejaste tu pocilga de Rochecourt para pisar la tierra inglesa!
As te vea yo descuartizado y muertos de hambre  tu mujer y  tus
hijos!

--Tened la lengua, buen hombre, dijo Roger; aunque cobarde fu el golpe
y capaz de encender en ira al ms humilde. Dejadme buscar en mi zurrn
un ungento que llevo y que os ser de mucho alivio.

--No, una sola cosa puede calmar el dolor y lavar la afrenta, y esa el
tiempo quizs me la depare. Ah tenis vuestro camino, el atajo que pasa
entre aquel matorral y el rbol con la rama tronchada. Apresurad el
paso, que hoy tiene Hugo de Clinton una reunin alegre con sus
compaeros de francachela y no os traera cuenta retrasarle la fiesta ni
tampoco presentrosle en medio de ella. Yo tengo que quedarme aqu por
ahora.

Aparte del dolor que causaban  Roger aquellas repetidas alusiones de
todos  la vida licenciosa de su hermano, sorprendale y angustibale
tambin el odio ciego que notaba entre las clases que constituan la
sociedad de su tiempo. El trabajador maldiciendo  los poderosos, los
nobles tratando  los humildes como bestias de carga. Antes, cuando la
nobleza era el ms firme baluarte de la nacin, la toleraba el pueblo;
ahora, sabido ya que las grandes victorias obtenidas en Francia lo
haban sido no por la pujanza de tales  cuales barones, por la lanza de
este  aquel caballero, sino por el valor de los soldados, hijos del
pueblo de Inglaterra y Gales, haba desaparecido en gran parte el
prestigio de la nobleza militante y se protestaba contra sus exacciones
y se censuraba su arrogancia. Los hombres cuyos padres y hermanos haban
peleado como leones en Crcy y Poitiers y visto estrellarse lo ms
florido de la caballera europea contra los muros de hierro que formaban
los plebeyos disciplinados de Inglaterra, no conceban que un gran seor
pudiese infundirles temor y mucho menos respeto. El poder haba
cambiado de manos. El protector habase convertido en protegido y todo
el vetusto armatoste feudal vacilaba sobre sus carcomidos cimientos. De
aqu las continuas quejas y murmuraciones del pueblo anglo-sajn, su
descontento perenne, las asonadas locales, todo aquel malestar que
culmin algunos aos ms tarde en el gran alzamiento de Tyler. Aquello
que tanto inquietaba  Roger  medida que iba conociendo el estado de
los nimos en la comarca de Hanson, hubiera sorprendido igualmente 
cualquier otro viajero en todos los restantes condados del reino, desde
el Canal hasta los riscos y las lagunas de Escocia.

Los temores del doncel aumentaban  medida que se acercaba  la morada
de Hugo,  la casa paterna. Pronto se hizo menos espesa la arboleda y
por fin se present ante su vista una gran pradera en la que pastaban
hermosas vacas; ms all se divisaban numerosas piaras de cerdos y por
el centro del llano corra un ancho arroyo. Rstico puente conduca  un
camino que llevaba en derechura hasta la puerta de un vasto edificio de
madera que Roger contempl con emocin profunda. Una columna de humo
sala por la alta chimenea y  la puerta dorma tranquilamente un mastn
encadenado.

Rumor de voces sac de su contemplacin al viajero, que vi salir de
entre los rboles y dirigirse hacia el puente  un hombre y una mujer,
en animada conversacin. Llevaba el primero un traje de elegante corte,
aunque de obscuro color y sin los adornos y preseas que distinguan 
los seores de la escolta real. Largos y muy rubios el cabello y la
barba, contrastaban con la negra cabellera de la hermossima joven que
iba  su lado. Era alta y esbelta, de moreno y agraciado rostro. Llevaba
una gorra de terciopelo rojo coquetamente ladeada, rico y bien ceido
traje y en la enguantada diestra un pequeo halcn, cuyas erizadas
plumas acariciaba suavemente. Roger not que la hermosa desconocida
tena todo un lado del vestido manchado de lodo. Oculto  medias en la
sombra de un roble enorme, contempl embebecido aquella aparicin
radiante, aquel rostro puro y bello que le recordaba los de los ngeles
pintados y esculpidos en los altares de Belmonte.

Por fin la joven se adelant algunos pasos  su acompaante y ambos
cruzaron rpidamente el prado hasta llegar al puentecillo rstico, donde
se detuvieron y reanudaron la interrumpida pltica. Dos amantes? Tal
crey desde luego el nico testigo de aquella escena, mas pronto not
que el hombre interceptaba el paso del puente  la joven y que sta se
expresaba con gran animacin, llegando  tomar su voz algunas veces
acentos de amenaza y clera. De vez en cuando diriga una mirada hacia
el bosque, como en espera de auxilio por aquel lado y por fin tom su
rostro tal expresin de angustia que Roger, incapaz de resistir aquella
muda apelacin, abandon su escondite y se dirigi aceleradamente hacia
el puente. Llegado haba muy cerca de ambos personajes sin que stos
notaran su presencia, cuando el hombre enlaz repentinamente con su
brazo el talle de la joven y la estrech contra su pecho. Solt ella el
asustado halcn y lanzando un agudo grito abofete y ara el rostro del
rufin, procurando en vano desasirse.

--No os encolericis, linda paloma, dijo l con gran risa; slo
conseguiris lastimaros. Lo dicho, bella Constanza, estis en mis
tierras y no saldris de ellas sin pagarme el tributo de vuestra
hermosura.

--Soltad, villano! exclam ella. Es esta vuestra hospitalidad? Antes
la muerte que cederos! Soltadme,  si no!...  m, doncel! grit
desesperadamente al ver  Roger. Amparadme, por Dios!

--S har, exclam el joven acudiendo en su auxilio. Dejad libre  esa
dama, que vergenza debiera daros vuestra conducta!

El agresor dirigi  Roger una mirada centelleante, que denotaba su
furor. Al joven le pareci en aquel momento el hombre ms hermoso que
haba visto en su vida, por ms que la ira contraa sus facciones
acentuando su expresin algo siniestra.

--Miserable loco! exclam, sin soltar  la doncella, que se debata
intilmente. Osas darme rdenes? Sigue tu camino, aljate  toda
prisa, si no quieres que te arroje de aqu  puntapis! Largo, te digo!
Esta buena moza ha venido  visitarme y no quiero que me deje tan
pronto. No es as? dijo soltando el talle de la joven y asindola por
una mueca.

--Ments! grit ella,  inclinndose rpidamente clav los dientes en
la mano que la apresaba.

Soltla l, lanzando un rugido de dolor y la doncella corri 
guarecerse detrs de Roger.

--Fuera de mis tierras, vagabundo! grit furioso el otro. Por la pinta
y el traje me pareces uno de esos ratones de sacrista que engordan en
los conventos y no son ni hombre ni mujer. Largo de aqu, antes que te
corte las orejas, belitre!

--Decs que son estas vuestras tierras? pregunt vivamente Roger,
desoyendo amenazas  improperios.

--Pues de quin han de ser, farsante, sino mas? Por ventura no soy yo
Hugo de Clinton, descendiente de Godofredo y de todos los seores que ha
tenido Munster por ms de trescientos aos? Pretendes disputrmelo,
falderillo? Pero no, que t eres de una raza tan perezosa para trabajar
como cobarde para habrtelas con un hombre. Huye  te estrello!

--Por piedad, no me abandonis! exclam temblando la llorosa doncella.

--No lo temis, le dijo Roger resueltamente. Y vos, Hugo de Clinton, no
debirais olvidar, pues noble sois, que nobleza obliga. Deponed vuestro
furor y dejad partir en paz  esta dama, como os lo pide
encarecidamente, no un villano, sino un hombre tan bien nacido como vos.

--Mientes! No hay en todo el condado quien pueda pretender nobleza cual
la ma.

--Excepto yo, repuso Roger, que soy tambin descendiente directo de
Godofredo de Clinton y de todos los seores que ha tenido Munster en los
ltimos tres siglos. Aqu est mi mano, continu sonriendo; no dudo que
ahora me daris la bienvenida. Somos las dos nicas ramas que quedan del
noble y antiguo tronco sajn.

Pero Hugo rechaz con una blasfemia la mano que le tenda Roger y en su
rostro se dibuj una expresin de odio.

--Es decir que eres el lobezno de Belmonte? Deb figurrmelo y
reconocer en t al novicio hipcrita que no se atreve  contestar  la
injuria con la injuria, sino con melosas palabras. Tu padre,  pesar de
sus faltas, tena corazn de len y pocos hombres le hubieran mirado 
la cara en sus momentos de clera. Pero t! Sabes lo que le costaste
 l y lo que me has arrebatado  m? Mira aquellos pastos, y las
siembras de la colina, y el huerto inmediato  la iglesia. Sabes que
todo eso y mucho ms se lo arrebataron  tu padre moribundo los
insaciables frailes,  cambio de hacer de t un santurrn intil en su
convento? Por t me robaron antes y ahora vienes t en persona,
probablemente para pedirme con tus lloriqueos otro pedazo de mi hacienda
con que engordar  tus amigotes. Lo que voy  hacer es soltar los perros
para que te acuerdes toda la vida de tu primera y ltima visita 
Munster; y entre tanto, abre paso!

Diciendo esto empuj  Roger violentamente y asi otra vez el brazo de
su vctima. Pero toda idea de reconciliacin haba desaparecido de la
mente del doncel, que acudi rpido en auxilio de la joven y enarbolando
su grueso bastn grit:

-- m podris decirme lo que queris, pero hermano  no, juro por la
salvacin de mi alma que os mato como un perro si no respetis  esta
dama! Soltad,  os parto el brazo!

El movimiento amenazador del garrote y la mirada y la expresin de Roger
indicaban claramente que iba  hacerlo como lo deca. Era en aquel
momento el descendiente de los nobles Clinton, convertido en temible
paladn del honor de una dama. Su corazn lata con violencia y hubiera
combatido hasta la muerte, no con uno sino con diez enemigos. Hugo
comprendi inmediatamente con quin tena que habrselas. Solt el brazo
de la doncella y mir  uno y otro lado buscando un arma cualquiera, un
palo  una piedra; y no hallndolos, se lanz  la carrera en direccin
de la casa,  la vez que aplicaba un silbato  sus labios y lanzaba
prolongado y penetrante silbido.

--Huid, por Dios! exclam la joven. Ponos en salvo antes que vuelva!

--No sin vos, por vida ma! dijo resueltamente Roger. Dejad que llame 
cuantos perros quiera.

--Venid, venid conmigo, pues! Os lo ruego! insisti ella tirndole del
brazo. Conozco  ese hombre y s que os matar sin compasin....

--Pues bien, huyamos! y asidos de la mano corrieron en direccin al
bosque.

No bien haba llegado la nueva pareja  los primeros rboles, vieron que
Hugo sala de la casa apresuradamente; llevaba en la mano una espada
desnuda que brillaba  los rayos del sol, pero no le seguan sus perros
y se detuvo un momento  la puerta para soltar al mastn que all tena
encadenado.

--Por aqu, dijo la joven, que al parecer conoca perfectamente el
bosque. Por la maleza, hasta aquel fresno cuyas ramas se inclinan sobre
el agua. No os ocupis de m, que s correr tan ligeramente como vos. Y
ahora, por el arroyo. Nos mojaremos los pies, pero hay que hacer perder
la pista al perro, que probablemente es de tan mala ralea como su amo.

Diciendo esto, corra la hermosa doncella por el centro del arroyo,
llevando posado en el hombro su asustado halcn, apartando rpidamente
con las manos las ramas que le impedan el paso, saltando  veces de
piedra en piedra y ganando terreno con ligereza tanta que  Roger le
costaba trabajo seguirla. Admirbale aquella joven tan animosa, tan
bella,  quien haba salvado y que  su vez procuraba salvarle  l.
Larga fu su carrera por el lecho del tortuoso arroyo, y cuando  Roger
empezaba  faltarle el aliento, su hermosa gua se arroj palpitante
sobre la hierba, oprimiendo con ambas manos el agitado pecho. Roger se
detuvo.  los pocos momentos recobr la fugitiva su buen humor habitual,
y sentndose, casi olvidada del peligro reciente, exclam:

--La Santa Virgen me proteja! Ved cmo me he puesto de agua y lodo. De
esta hecha me encierra mi madre por una semana en mi cmara, hacindome
bordar maana y tarde la famosa tapicera de los Siete Pares de Francia.
Ya me amenaz con ello el otro da, cuando me ca en el estanque del
parque. Y eso porque sabe que no puedo sufrir la tapicera y que mi
gusto es correr por los campos y el bosque  pie   caballo.

Roger la contemplaba embelesado, admirando sus negros cabellos, el
perfecto valo de su rostro, los alegres y hermosos ojos y la franca
sonrisa que le diriga y que demostraba su confianza en l. Por ella
record Roger el peligro que los amenazaba.

--Haced un esfuerzo, dijo, y continuemos alejndonos. Todava puede
alcanzarnos y tiemblo, no por m, sino por vos.

--Ha pasado el peligro, contest ella. No slo estamos fuera de sus
tierras, sino que habindolo despistado tomando el arroyo, le es casi
imposible hallarnos en este inmenso bosque. Pero decidme; habindole
tenido  vuestra merced por qu no lo matasteis?

--Matar  mi hermano?

--Y por qu no? dijo la resuelta doncella con expresin de clera que
di nuevo encanto  su lindo rostro. l os hubiera dado muerte sin
vacilar. Qu infame! De haber yo tenido en la mano el garrote se, el
vil Hugo de Clinton se hubiera acordado de m.

--Demasiado siento lo que he hecho, dijo Roger sentndose junto  ella y
ocultando el rostro entre las manos. Dios me asista! En aquel momento
perd la serenidad, me olvid de todo, y si tarda un momento ms en
soltaros...  mi nico hermano, al hombre en cuya casa pensaba vivir y
cuyo cario ansiaba conquistarme! Cun dbil he sido!

--Dbil? repuso ella. No creo que mi mismo padre os creyese tal, y eso
que es severo cual ninguno en juzgar el valor y la entereza de los
hombres. Pero sabis que no es nada lisonjero para m el oiros lamentar
lo que habis hecho? Pensndolo bien, reconozco que una mujer, una
extraa para vos, no debe separar  dos hermanos; y si queris, volvamos
pie atrs y haced las paces con Hugo entregndole  vuestra prisionera.
Yo sabr deshacerme de l.

--Muy miserable y cobarde sera el hombre que tal hiciese. Lamento, s,
que vuestro agresor haya sido mi propio hermano, pero entregaros? Eso
nunca!

--Bien est, dijo la doncella sonrindose, y comprendo lo que os pasa.
La verdad es que os presentasteis tan repentinamente como lo hacen los
juglares en sus comedias; fuisteis el valiente campen que salva  la
afligida dama en los momentos en que va  devorarla el horrible dragn.
Pero venid, dijo incorporndose, llamando al halcn y arreglando como
pudo sus mojadas ropas. Salgamos al claro y es muy probable que
encontremos  mi paje Rubn con _Trovador_, mi palafrn,  cuya cada
debo yo todos mis percances de este da y el haberme visto en manos del
ogro de Munster. Pero hacedme la merced de darme el brazo; estoy ms
cansada de lo que crea y casi tan asustada como mi pobre halconcillo.
Mirad cmo tiembla. l tambin est indignado de ver  su ama tan
maltratada.

Roger oa con delicia la charla de la joven y la sostena con su brazo
todo lo posible, apartando las ramas y buscando en vano un sendero
practicable.

--Callado estis, seor campen, le dijo al fin su alegre compaera. No
queris saber quin soy ni oir mi historia?

--Si  vos os place contrmela....

--Oh, si tan poco os interesa, lo mejor ser guardrmela....

--No, por favor, dijo l vivamente. Contad, que me desvivo por saber
algo de vos.

--Pues bien, sabris la historia, pero no el nombre. Algo he de otorgar
al hombre que ha hecho de su hermano un enemigo, por culpa ma. Despus
de todo, Hugo dijo que vens derechamente del convento, de suerte que
ser esto  manera de confesin, como si fuerais un reverendo de barba
blanca eh? Sabed, pues, que vuestro pariente ha pretendido mi mano, no
tanto,  lo que imagino, por prendas que no tengo, sino por los caudales
que le aportara su matrimonio con la hija nica de... mi padre, porque
ya os he dicho que no sabris quin soy. No es mi padre excesivamente
rico, pero s hombre de alta alcurnia, valiente caballero, en verdad,
guerrero famoso,  quien las pretensiones de ese hombre grosero y
bellaco.... Perdonad! Olvid que llevis el mismo nombre.

--No importa; continuad, os lo suplico.

--De un mismo manantial suelen proceder arroyos muy distintos; turbio
uno, claro y cristalino el otro, dijo ella prontamente. Abreviando, os
dir que ni mi padre ni yo podamos tolerar tales pretensiones, y que
ese hombre violento y vengativo ha sido desde entonces nuestro enemigo.
Temeroso mi padre del dao que pudiera causarme, me tiene prohibido
cazar en toda la parte del bosque situada al norte del camino de
Munster; pero esta maana mi valiente halcn di caza  una garza enorme
y mi paje Rubn y yo olvidamos por completo el camino que seguamos y la
distancia recorrida, sin pensar ms que en las peripecias de la caza.
_Trovador_ tropez, por desgracia, lanzndome con violencia al suelo, y
echando  perder mi falda, la segunda que llevo desgarrada y manchada
esta semana, para mayor indignacin de mi madre y dolor de gueda, mi
buena aya....

--Y despus? pregunt ansiosamente Roger.

--Entre el tropezn, mi cada, el grito que d y las voces de Rubn, se
asust el caballo de tal manera que sali  escape, perseguido por el
paje. Antes de que pudiera levantarme v  mi lado al desairado
pretendiente, quien me anunci que estaba en sus tierras y me ofreci
cortsmente acompaarme hasta su casa, donde podra esperar con
comodidad el regreso del paje. No me atrev  rehusar, pero muy pronto
conoc por sus miradas y palabras que haba hecho mal; quise tomar por
el puente, me lo impidi descaradamente y despus Jess me valga! no
puedo pensar en sus soeces insultos sin estremecerme. Cunto os debo! Y
cuando recuerdo que yo.... Qu asco!

--Qu es ello? pregunt Roger admirado.

--Cuando recuerdo que mord su mano, que pos mis labios sobre la carne
del malvado, me parece haber sufrido el contacto asqueroso de una
serpiente. Pero vos cun animoso y enrgico ante tan temible enemigo!
Si yo fuera hombre me enorgullecera de actos como ese.

--Poca cosa cuando tan grande es el placer de serviros, contest Roger,
vivamente complacido al oir aquel elogio de tales labios. Y vos? Qu
pensis hacer ahora?

--Vis  lo lejos, all abajo, aquel enorme tronco, junto al rosal
silvestre? Pues  mucho me engao  no tardar en llegar  l Rubn con
los caballos, por ser ese el lugar donde me detengo  descansar en casi
todas mis excursiones por estos rumbos. Despus,  casa sin tardanza. Un
galope de dos leguas secar completamente pies y ropas.

--Pero qu har vuestro padre?

--No le dir una palabra de lo ocurrido. Si le conocierais sabrais que
no es posible desobedecerle sin atenerse  terribles consecuencias, y yo
le he desobedecido. l me vengara, es cierto, pero no es en l en quien
buscar vengador. Da llegar, en justa  torneo, en que un hidalgo
quiera llevar mis colores al palenque y yo le dir que hay una afrenta
pendiente, que su competidor est elegido y que es Hugo de Clinton.
Ofensa lavada y un corazn villano de menos en el mundo.... Qu os
parece mi plan?

--Indigno de vos. Cmo podis hablar de venganza y muerte, vos, tan
joven y cndida, en cuyos labios slo deberan oirse palabras de bondad
y perdn? Mundo cruel, que  cada paso me hace recordar el retiro y la
paz de mi celda! Cuando as hablis me parecis un ngel del Seor
aconsejando seguir al espritu del mal.

--Gracias mil por el favor, seor hidalgo, repuso ella soltando su brazo
y mirndole severamente. Es decir que no solo sents haberme encontrado
en vuestro camino sino que me llamis en suma diablo predicador? Cuidado
que mi padre es violento cuando se irrita, pero ni aun l me ha dicho
jams cosa semejante. Tomad ese camino de la izquierda, seor de
Clinton, que yo no soy buena compaa para vos. Y hacindole una seca
cortesa se alej rpidamente.

Sorprendido qued el doncel y lamentando su inexperiencia que por dos
veces le haba hecho decir  la bella cosa muy distinta de lo que
ansiaba expresar. Mirla tristemente, esperando en vano que se detuviera
 que con una mirada le anunciase su perdn; pero ella sigui bajando 
buen paso el pendiente sendero, hasta que slo se divis  trechos entre
las ramas su roja toquilla. Lanzando un profundo suspiro, tom Roger la
senda que ella le indicara y anduvo buen espacio con el corazn
oprimido, repasando en la memoria todos los incidentes de aquel
inolvidable encuentro. De pronto oy  su espalda ligero paso y
volvindose vivamente se hall cara  cara con la hermosa, inclinada la
frente, fijos en el suelo los ojos y convertida en imagen del ms
humilde arrepentimiento.

--No volver  ofenderos, ni siquiera  hablar, dijo la joven, pero
quisiera continuar en vuestra compaa hasta salir del bosque.

--Vos no podis ofenderme! exclam Roger alborozado al verla. Lejos de
eso, yo soy quien deb refrenar la lengua. Pero tened en cuenta, para
perdonarme, que he pasado mi vida entre hombres y mal puedo saber cmo
hablar  una mujer de suerte que ni aun ligeramente lleguen 
disgustarla mis palabras.

--As me gusta. Y ahora, completad vuestra retractacin; decid que tena
yo razn al querer vengarme de mi ofensor.

--Ah, eso no! contest l gravemente.

--Lo vis? exclam triunfante y sonriendo la joven. Quin es aqu el
corazn duro  inflexible, el predicador severo, el que se empea en que
continuemos reidos? Pues bien, ceder yo, porque lo que es vos habis
de seguir haciendo mritos hasta obtener, como os lo deseo, la mitra de
obispo  el capelo cardenalicio. Oidme; por vos perdono  vuestro
hermano y tomo sobre m toda la culpa de lo ocurrido, ya que yo misma
fu en busca del peligro. Estis contento?

--Cun dignas de vos son esas palabras! En ellas hallaris sin duda ms
placer que en vuestras primeras ideas de venganza.

Movi ella la cabeza en seal de duda y al mirar  lo lejos lanz una
ligera exclamacin que revelaba ms sorpresa que placer.

--Ah! dijo. All est Rubn con los caballos.

Tambin los haba visto el pajecillo, cuyos rubios y largos cabellos
rizados rodeaban el gracioso rostro. Cabalgaba alegremente, llevando de
la brida el blanco palafrn causa involuntaria de las aventuras de su
duea.

--Os he buscado en vano por todas partes, mi seora Doa Constanza!
grit agitando en el aire la emplumada gorra. _Trovador_ no se detuvo
hasta El Castaar, aadi echando pie  tierra y teniendo el estribo 
su ama; y aun as, trabajo me cost cogerlo. Os ha sucedido algo
desagradable? Estaris cansada verdad?

--Nada me ha sucedido, Rubn, gracias  la cortesa de este doncel,
dijo, mientras el paje miraba atentamente  Roger. Y ahora, seor de
Clinton, continu, tomando la rienda y montando ligeramente, no quiero
separarme de vos sin deciros que os habis conducido hoy como honrado
caballero y sin daros las gracias. Sois joven y no os creo rico; quizs
mi padre pueda serviros en vuestra carrera futura, cualquiera que sea.
Es respetado de todos y tiene amigos poderosos. No me diris cules son
vuestros proyectos, ahora que no podis contar con vuestro hermano?

--Proyectos? Ninguno; no puedo tenerlos. Slo dos amigos cuento fuera
de la abada de Belmonte y de ellos me separ esta maana. Quizs pueda
reunirme con ellos en Salisbury.

--Y qu han ido  hacer all?

--Uno de ellos, bravo soldado, lleva importante mensaje al castillo de
Monteagudo para el barn Len de Morel....

Una alegre carcajada de la hermosa hizo enmudecer al sorprendido joven,
que momentos despus se vi solo en medio del camino, contemplando la
nube de polvo que levantaban los caballos. Llegados  una pequea
eminencia, detuvo la dama su corcel y le envi amistosa seal de
despedida. All permaneci Roger inmvil hasta que perdi de vista  su
linda compaera. Despus tom lentamente el camino del pueblo, con ideas
y sentimientos muy distintos de los del inexperto mancebo, casi un nio,
que pocas horas antes haba dejado aquel mismo camino por el atajo del
bosque.




CAPTULO X

UN CAPITN COMO HAY POCOS


Pensando iba Roger que ni poda regresar  Belmonte en el trmino de un
ao, ni asomar por las inmediaciones de la casa paterna sin que su
atrabiliario hermano le echase los perros encima; y que por consiguiente
se hallaba en el mundo  la ventura, sin saber qu hacer y harto escaso
de recursos para continuar viajando y gastando, sin oficio ni beneficio.
Con los diez ducados de plata que el buen abad haba depositado en su
escarcela podra vivir escasamente un mes, pero no doce. Su nica
esperanza era reunirse cuanto antes  los dos camaradas por quienes
senta el afecto que ellos tambin le haban mostrado. Apret pues el
paso, y corri  trechos, comiendo el pan que llevaba en el zurrn y
apagando la sed en los cristalinos arroyos que hall  su paso.

Al cabo de una hora tuvo la fortuna de alcanzar  un leador que con su
hacha al hombro llevaba la misma direccin que l, lo que le evit
perder ms tiempo y aun extraviarse en los numerosos senderos que
cruzaban el bosque. No fu muy animada la conversacin entre ambos, pues
el leador slo platicaba sobre asuntos de su oficio, la calidad de
tales  cuales maderas y las reyertas entre trabajadores de ste  aquel
villorrio, al paso que Roger no poda apartar de su imaginacin el
recuerdo de la encantadora desconocida. Tan distrado y preocupado iba
que su compaero acab por callarse, hasta que torci  la izquierda por
el sendero de El Castaar, dejando  Roger en el ancho camino de
Salisbury.

Algunos pordioseros, un correo del rey, varios leadores y otras
personas que encontr en su camino le indicaron la proximidad del
poblado. Tambin vi pasar  un jinete corpulento, de luenga y negra
barba, que llevaba un rosario de gruesas cuentas en la mano y enorme
espadn pendiente del cinto. Por la forma y color del hbito y la
estrella de ocho puntas bordada en la manga reconoci en l  uno de los
caballeros hospitalarios de San Juan de Jerusaln, cuyo maestre resida
en Bristol. El joven viajero recibi descubierto y reverente la
bendicin del hospitalario, lleno de admiracin por aquella famosa
orden, sin saber que  la sazn haba adquirido ya gran parte de las
cuantiosas riquezas de los templarios y que los un tiempo humildes y
desinteresados caballeros de San Juan preferan ya las comodidades de
sus palacios  las aventuras y peligros de la campaa contra los
infieles del Oriente.

El sol se haba ocultado tras negras nubes y  poco empez  llover. Un
frondoso rbol cercano ofreca el mejor refugio y bajo sus ramas se
cobij Roger, aun antes de oir la cordial invitacin de dos viajeros que
le haban precedido y que sentados al pie del rbol tenan delante media
docena de arenques salados, un pan moreno y una bota que despus result
estar llena de leche fresca y no de vino. Eran dos jvenes estudiantes
de los muchos que por aquella poca se vean no slo en las grandes
ciudades sino en los caminos y ventorrillos de casi toda Inglaterra.
Disputaban ms que coman y saludaron alegremente al recienllegado.

--Venid aqu, camarada! dijo uno de ellos, bajo y rechoncho. _Vultus
ingenui puer._ No os asuste la cara de mi compaero, que como dijo
Horacio, _foenum habet in cornu_; pero es ms inofensivo de lo que
parece.

--No rebuznes tan fuerte, Cols, repuso el otro, que era enteco y alto.
Si  citar vamos  Horacio, recuerda aquello de _loquaces si sapiat_...
 como diramos en buen ingls, huye de los charlatanes como de la
peste. Y  fe ma, que de seguir todos el consejo habas de verte t
solo en el mundo.

--Buena lgica, buena! Como de costumbre, te enredas en tus propios
argumentos y te caes de bruces, dijo Cols con gran risa. Primera
premisa: los hombres deben huir de mi locuacidad. Segunda: t ests aqu
comiendo arenques mano  mano conmigo. _Ergo_, t no eres hombre. Que
es lo que se quera demostrar, Florin amigo, y lo que yo me tena muy
sabido; que eres un monigote y no un nombre.

Roger y Florin se rieron de buena gana y el primero se sent junto 
los polemistas.

--Ah va un arenque, compaero, dijo Florin; pero antes de participar
de nuestra esplndida hospitalidad, tenemos que imponeros ciertas
condiciones.

--La que  m ms me interesa, repuso Roger jovialmente, es que con el
arenque venga tambin una rebanada de pan.

--Lo ves, gandul? pregunt Cols al otro estudiante. No te he dicho
cien veces que el ingenio y la gracia en el decir me rodean como un aura
sutil y que nadie se me acerca sin dar  poco muestras evidentes de la
agudeza que en m rebosa? T mismo eras el mostrenco ms zafio que he
conocido en toda mi vida, pero en la semana que llevas conmigo has hecho
ya dos  tres juegos de palabras muy pasables y esta maana un
comentario asaz agudo, que yo no tendra inconveniente en aceptar por
mo.

--Como lo hars  la primera oportunidad, socarrn, para pavonearte con
plumas ajenas. Pero decidme, amigo, sois estudiante? Y sindolo vens
de las aulas de Oxford  de las de Pars?

--Algo he estudiado, contest Roger, pero no en esas grandes
universidades, sino con los monjes del Cster, en su convento de
Belmonte.

--Bah! poco y malo probablemente. Qu diablos de enseanza pueden dar
all?

--_Non cui vis contingit adire Corinthum_, observ Roger.

--Toma y vuelve por otra, hermano Florin! Pero dejmonos de
discusiones y  comer se ha dicho, que se _enfran_ los arenques y el
pan amenaza convertirse en guijarro y la leche en requesn.

Lo cual no impidi que mientras Roger coma renovasen los otros sus
argucias y que  poco menudeasen argumentos y sofismas y lloviesen las
citas latinas y griegas, escolsticas y evanglicas, silogismos,
premisas, inferencias y deducciones. Sucedanse las preguntas y
respuestas como los golpes de incansables espadas sobre fuertes
escudos. Por fin, aplacse un tanto Cols, mientras su compaero sigui
perorando, triunfante y engredo.

--Ah, ladrn! grit de pronto. Te has comido mis arenques!

--Y muy ricos que estaban, contest Cols con sorna. Pero eso es parte
de mi argumentacin, el esfuerzo final, la _peroratio_, que dicen los
oradores. Porque amigo Florin, siendo _cosas_ las ideas, como lo acabas
de dejar muy bien sentado y probado, no tienes ms que pensar  idearte
un par de arenques rollizos y conjurar un frasco de leche de dos
azumbres, con lo cual quedar tu estmago tan satisfecho y tan campante.

--Con que esas tenemos, eh? Buen argumento, bueno, pero hay que
contestarlo; y haciendo y diciendo atiz al rubicundo Cols una bofetada
que lo hizo caer de espaldas. Y ahora, continu, levantndose, imagnate
que no te has llevado ese revs y vers cmo ni te duele, ni vuelves 
robar arenques.

El estudiante santiguado agarr el garrote de Roger y en poco estuvo que
le rompiese un hueso  su compaero. Por fin consigui Roger ponerlos en
paz, y habiendo cesado la lluvia se despidi de aquellos divertidos
polemistas. No tard en divisar grupos de cabaas, campos cultivados y
una que otra granja; pero el sol se acercaba  su ocaso cuando el
viajero vi  distancia la elevada torre del priorato de Salisbury.
Alegrse de llegar al trmino de su viaje por aquel da, y mucho ms
cuando al rodear las tapias de un huerto descubri  Simn y Tristn,
sentados muy sosegadamente sobre un rbol cado.

Ninguno de ellos not su presencia porque dedicaban toda su atencin 
la partida de dados que tenan empeada. Acercse Roger muy quedamente y
observ con sorpresa que Tristn tena cruzado  la espalda el arco de
Simn y ceida la espada de ste y que entre los dos, como si fuese la
puesta de la prxima jugada, se hallaba el casco del arquero.

--Maldicin! exclam ste al mirar los dados. Uno y tres! No he tenido
suerte peor desde que sal de Rennes, donde perd hasta los borcegues.
_ toi, camarade._

--Cuatro y tres, dijo Tristn con voz de bajo profundo. Venga el
capacete. Y ahora te lo apuesto contra tu coleto, arquero.

--Apostado! Pero como siga la mala racha voy  llegar al castillo en
camisa. Voto  sanes! Bonita facha para un embajador. Hola! grit
levantndose apresuradamente al ver  Roger y echndole los brazos al
cuello; mira quin nos ha cado de las nubes, recluta.

No menos complacido que el arquero qued Tristn, pero se limit  abrir
la bocaza y entornar los ojos, que era su manera de sonreirse,
procurando con ambas manos ponerse el casco de Simn sobre la enorme
melena roja.

--Vienes  quedarte con nosotros, _petit_? pregunt el veterano, dando
golpecitos en la espalda de Roger.

--Por lo menos as lo deseo, respondi ste, conmovido ante la cariosa
acogida de sus amigos.

--Bravo, muchacho! Juntos iremos los tres  la guerra, y que el diablo
se lleve la veleta del convento de Belmonte. Pero dnde te has metido,
que vienes de barro hasta las rodillas?

--En un arroyo, dijo Roger; y tomando la palabra les refiri los
incidentes de su jornada, el ataque del bandolero, su encuentro con el
rey, la recepcin que le hizo su hermano y el rescate de la hermosa
cazadora. Escuchbanle los otros atentamente, pero no haba acabado su
relato, que haca andando entre los dos amigos, cuando Simn volvi pie
atrs y se alej dando resoplidos.

--Qu os pasa, arquero? grit Roger corriendo tras l y echndole mano
al coleto.  dnde vis?

-- Munster. Suelta, mueco!

--Pero qu vis  hacer all?

--Meterle seis pulgadas de hierro  tu hermanito en la barriga. Cmo!
Insultar  una doncella inglesa y azuzar los perros contra su hermano!
Pues para qu tengo yo esta espada? Digo, no, que la tiene el gandul
ese de Tristn y se la voy  quitar ahora mismo.

-- m, Tristn! chale mano! grit Roger riendo  carcajadas y
tirando de Simn. Ni ella ni yo sufrimos un rasguo. Venid, amigo! y
entre los dos lograron por fin ponerlo de nuevo en direccin de
Salisbury. Sin embargo, anduvo buen trecho con la cara hosca, hasta que
divis una fresca labradora y le envi con un beso una sonrisa.

--Pero vamos  ver, dijo Roger. Cmo es que el soldado no lleva ahora
consigo las herramientas de su oficio? Y t Tristn qu haces con arco,
espada y casco en tiempo de paz?

--Te dir. Es un juego que el amigo Simn se empe en ensearme.

--Y el bribn result maestro, gru el arquero. Me ha desplumado como
si hubiese cado en manos de los ballesteros del rey de Francia. Pero
por mis pecados! que me has de devolver esos trastos, amigo, si he de
cumplir la misin de Sir Claudio Latour, y te los pagar como nuevos, 
precio de armero.

--Aqu tienes todo lo que te he ganado y no hables de pagrmelo, dijo
Tristn. Mi nico deseo era llevar encima esos arreos por un rato, para
tomarles el peso, ya que en Francia y Espaa he de llevarlos  diario
por algunos aos.

--_Ma foi_, has nacido para soldado y buen compaero, exclam regocijado
Simn. Eso es hablar y portarse como se debe. Bien, recluta! Quin ha
visto jams arquero sin arco? Descuida, que yo te procurar uno tan
bueno como ste, all en el ejrcito. Pero mirad!  la derecha del
priorato se destaca la torre parda y cuadrada del castillo en la
eminencia, y aun  esta distancia me parece distinguir en la bandera que
all ondea el rojo corzo de las armas de Monteagudo.

--Rojo en campo blanco, dijo Roger, pero no s si es corzo, len 
guila. Qu es aquello que brilla sobre el muro? En la almena, debajo
de la bandera.

--El casco de acero de un centinela, contest Simn. Pero apretemos el
paso si hemos de llegar antes que la campana d la seal de vsperas y
el clarn la de alzar el puente levadizo; porque el barn de Morel, 
fuer de buen soldado, es lo ms exigente y riguroso en punto 
disciplina.

Pronto se hallaron los tres camaradas en la extensa poblacin construda
al pie de la antigua iglesia y del amenazador castillo. El barn de
Morel haba cenado aquella tarde antes de ponerse el sol, segn su
costumbre; visit despus las caballerizas, donde sus dos corceles de
batalla, _Daro_ y _Armorel_, descansaban de sus pasadas campaas, en
unin de otros buenos caballos y de los palafrenes de las damas, y por
ltimo dispuso que los monteros sacasen  los perros y los dejasen
correr y retozar en libertad por media hora en las avenidas del
castillo. Unos treinta contenan las perreras y no fu mal concierto de
ladridos el que armaron al precipitarse en tropel perdigueros y
lebreles, mastines, galgos, sabuesos y podencos, de todos tamaos y
colores. Detrs de los monteros y pajes que con sus voces aumentaban la
algazara, vease al noble seor de Morel, que contemplaba sonriente
aquel animado cuadro. Iba  su lado la buena baronesa y ambos siguieron
andando hasta el puente de piedra que separaba el pueblo del castillo.

Era el famoso guerrero de corta estatura y pocas carnes, y ni su aspecto
ni sus maneras revelaban en l al esforzado campen ingls cuyos altos
hechos andaban en lenguas de todos. Los aos haban encorvado algo su
cuerpo, aunque no pasaban de cuarenta y ocho los que tena; y en la
poca en que le conocemos sufra todava de la vista  consecuencia de
haberle vaciado encima una espuerta de cal viva los sitiados de
Bergerac, cuando el barn diriga el asalto de aquella plaza al frente
de los veteranos de Derby. El constante ejercicio de las armas y las
penalidades de su pasada vida de soldado lo haban conservado vigoroso y
activo como siempre; era delgado de rostro, de color moreno y llevaba el
retorcido bigote y larga perilla que por entonces estaban en boga entre
los caballeros del ejrcito. El chambergo de fino fieltro con airosa
pluma blanca, algo inclinado sobre la oreja derecha, ocultaba en parte
la cicatriz de una larga herida que parta desde la sien; la mitad de
aquella oreja se la llev una bala de bombarda all en Tournay, en las
guerras de Flandes. Vesta rico traje de terciopelo negro y capa corta
del mismo color, y usaba calzado de retorcida punta, aunque no tan
desmesurada como fu uso llevarla en el siguiente reinado. Ceale el
cuerpo un cinturn bordado de oro, en cuya ancha hebilla estaban
grabadas las armas de los Morel, cinco rosas gules en campo de plata.

 su lado y apoyada en el parapeto del puente, la baronesa pareca el
tipo acabado de las altivas castellanas de la poca. Ms alta que su
esposo, tena la mirada dominante y la robustez fsica que haba hecho
posibles las hericas proezas de Agnes Dunbar, de las condesas de
Salisbury y de Monfort y de otras damas inglesas que haban demostrado
ser tan animosas como sus nobles maridos llegada la ocasin, y poco
menos expertas que ellos en el manejo de la espada  del hacha de
combate. Pero muchas de aquellas heronas inglesas y otras que
pudiramos citar, como las de Monteagudo, Chandos y Belver, eran no slo
valerosas sino bellas, calificativo este ltimo que por ningn concepto
poda aplicarse  la baronesa de Morel.

--Os repito, barn, que una doncella como nuestra hija no debera pasar
su vida cazando y corriendo por campos y bosques, deca la imponente
dama  su esposo. Si la dejamos que siga rodeada de caballos y perros,
pajes, monteros y soldados, cuidando halcones y aprendiendo, la muy
taimada, trovas francesas, que tal haca cuando la sorprend ayer en su
cuarto, cmo ha de servir para esposa de un noble compaero y para
gobernar un castillo, cual lo he hecho yo en vuestras largas ausencias,
con un centenar de hombres de armas y sirvientes  sus rdenes, la mitad
de los cuales slo entienden de holgar y beber cerveza? Y cuenta que las
trovas de que os hablo, que ella escondi bajo la almohada al verme
entrar, se las haba prestado, segn confesin suya, el mismsimo padre
Cristbal, del Priorato. Es verdad que siempre me dice lo mismo.

--Muy cierto es todo eso, mi buena amiga, respondi el magnate, pero
tened en cuenta que es muy joven, llena de vida y salud, traviesa y
alegre como una nia y que tiempo hay para todo.

--Sus travesuras van siendo graves por dems y demandan de vos severa
correccin.

--No querris decir seguramente que llegue yo  levantarle la mano.
Jams lo he hecho con ninguna mujer y no exceptuar precisamente  la
que lleva mi sangre en sus venas. En vos confo para enmendarla, cuando
su conducta merezca enmienda; sobre todo en mi ausencia, querida ma,
pues si llevo largo tiempo de asueto en el castillo, slo por vos ha
sido, y os confieso que sin vuestra presencia no podra tolerar una
semana esta vida tranquila y regalona. Soldado nac y soldado he de
morir.

--Eso era lo que yo tema, exclam angustiada la baronesa. Creis que
no he notado vuestro desasosiego de estos ltimos tiempos, y la revista
que habis pasado  vuestras armas en compaa de Renato el escudero?
Nuestra Seora de Embrn me valga!

--No os aflijis. No se trata slo de inclinacin ma, sino de un deber,
de un llamamiento  nuestro honor. Bien sabis que la renovacin de la
guerra es cosa resuelta, que nuestras tropas se reconcentran en Burdeos
y por San Jorge! sera cosa de ver que junto  los leones del
estandarte real figurasen las armas de toda la nobleza inglesa, excepto
las rosas de Morel.

--No lo hubiera permitido yo misma diez  quince aos hace; pero no
habis servido al rey como el primero? No habis dado pruebas
brillantes de valor en diez campaas? Dganlo las heridas de vuestro
cuerpo y la fama de vuestro nombre. El mismo rey no espera de vos que
combatis hasta morir y el ms bravo soldado depone un da las armas y
regresa al hogar.

--No est en m el hacerlo, creedme. Cuando nuestro gracioso soberano se
apresura  vestir la armadura de combate  los setenta aos y el seor
de Chandos le imita  los setenta y cinco, con tantas campaas y heridas
como cuento yo, mal puede quedar en reposo la lanza del barn Len de
Morel. Mi propia fama me obliga, ya que tanto ms notada sera mi
ausencia. No, Leonor, debo partir. Sin contar que nuestra hacienda no es
tan grande cual yo por vos y por nuestra hija la quisiera, y que slo el
cargo de condestable que ejerzo aqu por merced de mi buen y poderoso
amigo el conde de Monteagudo, cuyo castillo habitamos, nos permite
sostener la posicin correspondiente  nuestro rango. Y bien sabis que
en la guerra es donde el noble y el bravo hallan hoy no slo honores,
sino riquezas. La recompensa regia, el rico botn y los rescates enormes
de esta guerra nos pondrn para siempre al abrigo de todo temor, por lo
que  nuestros bienes de fortuna se refiere.

--Rescates y botn soberbios habis ganado con vuestro esfuerzo, pero
sois tan generoso como valiente y otros se han aprovechado de vuestra
hacienda.

--Descuidad. No ms esplendidez  costa de la tranquilidad y el
bienestar de los mos. Cobrad nimos; la campaa no ser larga y anso
recibir noticias definitivas.

--Mirad, barn, cerca de la ltima casa del pueblo, aquellos tres
hombres que toman el camino del castillo. Soldado es uno de ellos.

Nuestros tres conocidos llegaban, en efecto, al trmino de su viaje,
cubiertos de polvo, pero sin seal de fatiga y platicando alegremente.
El barn se fij desde luego en el joven de rubios cabellos 
inteligente rostro, que observaba atentamente el castillo y sus
alrededores. Iba  su derecha un gigante pobremente vestido, que por lo
estrechos y cortos que le venan sus arreos decan bien claro no haber
sido cortados para l. El caminante de la izquierda era un veterano
robusto y de atezado rostro, con espada al cinto y largo arco  la
espalda; el abollado capacete y los desteidos colores del len de San
Jorge que llevaba cosido en el coleto no dejaban duda sobre la
procedencia del soldado, cuyo aspecto todo denotaba sus recientes
campaas. Llegados al puente, mir el arquero fijamente al noble
capitn, salud  la baronesa con una inclinacin respetuosa y dijo:

--Perdonad, seor barn, pero  pesar de los aos transcurridos os he
reconocido al momento, y eso que hasta hoy no os haba visto vistiendo
terciopelo, sino yelmo y coselete. Junto  vos he tendido muchas veces
mi arco en Romorantn, La Roche, Maupertuis, Auray, Nogent y otros
lugares.

--Y yo me felicito de verte, y darte la bienvenida al castillo de Morel.
Mi mayordomo os proporcionar en l buen lecho y buena mesa  t y  tus
compaeros. Espera, arquero; s, me parece recordar tu rostro, aunque ya
no puedo fiarme de mi vista como antes. Descansa un tanto y despus te
llamar para que me des noticias de lo que en Francia ocurre. Hasta aqu
han llegado rumores de que antes de terminar el ao ondearn nuestras
banderas al sur de las grandes montaas de la frontera espaola.

--Mucho se hablaba de ello en Burdeos  mi partida, repuso Simn, y  fe
que los armeros trabajaban sin descanso y que v llegar buen nmero de
soldados. Pero permitid que os entregue esta misiva que para vos puso en
mis manos el bravo caballero gascn Sir Claudio Latour. Y  vos, seora,
os traigo de l este joyero, que le fu presentado en Narbona y que os
ofrece con sus respetos.

El arquero se haba repetido muchas veces durante su viaje aquellas
palabras, que eran las mismas pronunciadas por su capitn; pero la
verdad es que la dama, aunque estimando el rico presente, no se fij en
las frases del arquero porque estaba tan absorta como su esposo en la
lectura del pergamino, que aqul le haca en voz baja. Roger y Tristn,
que se haban detenido  algunos pasos de distancia del arquero, vieron
que la baronesa palideca y que su esposo se sonrea satisfecho.

--Ya vis, seora ma, dijo, que no quieren dejar tranquilo al viejo
lebrel cuando se preparan  levantar la caza. Qu me dices, arquero, de
esta Guardia Blanca de que aqu me hablan?

--De lebreles hablasteis vos, seor barn, y os aseguro que no hay mejor
jaura que aquella Guardia en ambos reinos, cuando se trata de correr
caza mayor, sobre todo si los dirige un buen montero. Juntos hemos
estado en las guerras, seor, pero jams he visto cuerpo de arqueros ms
valientes ni ms temibles. Todos os queremos tener por capitn en esta
prxima campaa; y lo que la Guardia Blanca quiere quin lo impide?

--Pues me gusta! exclam el barn sin ocultar su contento. La verdad es
que si todos aquellos arqueros se os parecen, no hay jefe que no deba
sentirse orgulloso de mandarlos. Cmo os llamis?

--Simn Aluardo, del condado de Austin.

--Y el gigante ese?

--Es Tristn de Horla, un montas como hay pocos,  quien acabo de
alistar en la Guardia Blanca.

--Har un soldado excelente. Buenos puos, eh? Robusto y forzudo
pareces, arquero, pero estoy seguro de que ese buen mozo lo es ms
todava.  ver, Tristn, si avergenzas  todos mis ballesteros, ninguno
de los cuales pudo ayer hacer rodar aquella piedra y arrojarla al
torrente. Aunque me temo que ni tus brazos de hrcules puedan con ella.

Tristn se dirigi al peasco sonrindose. Era de enorme peso y hundido
en parte en la tierra; pero el coloso lo arranc de su hmedo lecho  la
primera sacudida, y no contentndose con hacerlo rodar lo levant del
suelo y lo lanz al agua. La noble pareja manifest su admiracin ante
aquel prodigio de fuerza, mientras Tristn se limpiaba el barro de las
manos, sin dejar de sonreirse bonachonamente.

--Esos brazos suyos me han rodeado una vez las costillas, dijo Simn, y
todava me parece oirlas crujir. Este otro compaero mo, continu al
notar que el barn miraba  Roger, ha sido hasta ahora amanuense en la
abada de Belmonte, donde deja el mejor recuerdo, como lo atestiguan las
letras del abad que consigo lleva. Y es tambin doncel de mucha ciencia,
aunque de pocos aos. Su nombre, Roger de Clinton y es hermano del
arrendatario de Munster.

--Mala recomendacin esta ltima, dijo el seor de Morel frunciendo el
ceo; y si  tu hermano te pareces por los hechos....

--Lejos de eso, seor, dijo vivamente el arquero. Puedo aseguraros lo
contrario, y  fe que hoy mismo lo amenaz de muerte su hermano y le
solt los perros.

--Perteneces tambin  la Guardia Blanca?  juzgar por tu rostro, edad
y porte, no has tenido mucha prctica militar.

--Quisiera ir  Francia con estos dos amigos, seor, dijo Roger. Pero no
s que sirva para soldado, porque he sido siempre hombre de paz;
estudiante desde que sal de la niez y tambin lector, exorcista,
aclito y amanuense en la abada.

--Eso no quita, observ el barn, y nunca est de ms que cada compaa
tenga su amanuense, alguien que entienda ms de leer un pergamino y de
redactar un informe que de andar  flechazos con el enemigo. Todava
recuerdo yo  un secretario que tuve en la campaa de Calais, llamado
Sandal, que era tambin trovador y juglar de mrito. Habais de oir las
rimas que compuso describiendo combates, asaltos y salidas, y cuantos
incidentes ocurrieron en el largo asedio de aquella plaza. Pero bastante
hemos hablado y hora es de regresar al castillo. Reposad, comed y bebed
con mis hombres de armas, que son gente de buena y alegre compaa.
Venid, seora, si gustis.

--S, que el aire ha refrescado mucho, dijo la dama, tomando el brazo
del barn.

Dirigise la noble pareja hacia el castillo, seguida de Simn, que se
alegraba de haber desempeado su misin y visto  su querido capitn de
otros tiempos, y de Roger, admirado de hallar en el afamado guerrero 
un hombre modesto y afable, sin sombra de la insufrible altivez de
muchos nobles. Slo Tristn pareca descontento y lo manifestaba con
sordos gruidos.

--Qu le pasa al mastuerzo ste? dijo Simn en voz baja, detenindose y
mirando  Tristn.

--Me pasa que me has engaado, que me prometiste hacerme servir  las
rdenes de uno de los ms grandes capitanes del reino y en su lugar
buscas para capitn de la Guardia Blanca  ese alfeique vestido de
terciopelo, con sus ojillos llorosos y que por lo flaco y desmedrado
parece no haber comido en tres das....

--Hola, con que ah es donde te duele! Pues mira, Sansn, procura que
no te oiga l, el chiquitn ese de los ojillos llorosos, porque slo
entonces conoceras t la fuerza de sus puos. Por lo dems, tres meses
de plazo te doy para cambiar de opinin. Al capitn Morel slo le
conocen los que lo han visto hilar por lo fino en la guerra. Ya vers,
ya vers.

En aquel momento se oy gran gritera en las calles del pueblo; hombres,
mujeres y nios corran de uno  otro lado de la calle central dando
voces y se refugiaban en las casas. Al otro lado del puente y corriendo
cuanto poda en direccin al castillo, apareci un hombre, que al ver 
la baronesa se lleg  ella y grit, sudoroso y jadeante:

--Huid, seora, huid! Salvadla! El oso, el oso!

En efecto, corriendo hacia ellos vena un oso negro enorme, de terrible
aspecto, entreabierta la boca y con un trozo de cadena atado al cuello.
En dos saltos se puso Tristn al lado de la baronesa,  quien levant en
sus brazos como si fuera una pluma, y con ella corri rpidamente fuera
del camino, hasta llegar  unos rboles vecinos. Roger solo acert  dar
algunos pasos en igual direccin y se qued mirando atnito al furioso
animal; entre tanto soltaba Simn una retahila de tacos franceses 
ingleses y preparaba su arco. Entonces, con sorpresa de todos, vieron
que el barn de Morel no slo no haba huido sino que se diriga en
derechura al oso con tranquilo paso, llevando en la mano el rojo pauelo
de seda que en ella tena cuando hablaba con Simn y sus amigos. El oso
lleg hasta l, di un sordo gruido, y alzndose sobre las patas
traseras, levant la poderosa zarpa.

--Hola, feo! Con que estamos de mal humor? dijo tranquilamente el
barn, cruzando por dos veces con su pauelo de seda el hocico del oso.

El animal, sorprendido, le mir un momento, cay sobre las cuatro patas
y gru de nuevo, mirando  derecha  izquierda como sin saber qu
resolucin tomar, mientras el barn,  dos pasos, lo contemplaba con
curiosidad, guiando sus irritados ojillos. En aquel momento llegaron
cuatro gaanes con gruesas cuerdas y en pocos instantes tuvieron
asegurado al fugitivo. El dueo del oso lleg tambin, temeroso del
castigo que pudiera aguardarle y descubrindose explic al barn que
haba dejado  la fiera bien encadenada  la puerta de una taberna
mientras l tomaba un vaso de cerveza, y que habiendo llegado de sbito
los perros del castillo, atacaron al oso, enfurecindolo y hacindole
romper la cadena. Lejos de castigarlo  reprenderlo el barn le di
algunas monedas de plata, con escndalo de la baronesa,  la que todava
no se le haba pasado el susto.

--Te pido perdn, camarada, dijo Tristn al arquero,  tiempo que
entraban por las puertas del castillo. El seor de Morel es todo un
hombre. Digo, qu calma y qu nervio! Por mi parte, no quiero ms jefe
que l.




CAPTULO XI

DEL CONVENTO  ESCUDERO Y DE DISCPULO  MAESTRO


Sobre el macizo arco que daba entrada  la fortaleza se vea el escudo
de los Monteagudo, un corzo gules en campo de plata, y junto  l las
armas del veterano condestable, las rosas de Morel. Al pasar el puente
levadizo le pareci  Roger que en una de las saeteras brillaba la
armadura de un soldado; y apenas estuvieron todos en el prtico, son un
clarn y el pesado puente se elev tras ellos como impulsado por manos
invisibles, con gran ruido de cadenas. El barn acompa  su esposa 
la sala del castillo y un obeso mayordomo se encarg de los tres
recienllegados,  quienes trat  cuerpo de rey. Satisfechos ampliamente
sus estmagos y refrescados con un bao en la cercana acequia, siguieron
Tristn y Roger al arquero, que examinaba atentamente la fortaleza con
la prctica de quien tantas haba visto en su vida.  sus dos
compaeros, que por primera vez se hallaban en un castillo, les parecan
aquellos gruesos muros del todo inexpugnables, y vean con asombro el
nmero de centinelas apostados en puertas, murallas y almenas, sin
contar los soldados del cuerpo de guardia situado cerca del puente
levadizo, que limpiaban sus armas, cantaban  hablaban con sus mujeres 
hijos en el ancho prtico.

--Me parece que un puado de rsticos podra defender esta fortaleza
contra diez compaas del rey, dijo Tristn.

--Lo mismo digo, asinti Roger.

--Pues bien os equivocis, _mes garons_, exclam el arquero. Mucho ms
formidables que sta las he visto yo rendidas en una sola noche. Por el
filo de mi espada! Pues y el castillo de Monlen, en Picarda, que
pareca un cerro y que batimos, tomamos y saqueamos los soldados de Sir
Roberto Nolles, antes de que existiera la Guardia Blanca? De all saqu
yo unos arreos de caballo, de plata maciza, que me valieron cien
ducados.

--Sois vos el arquero Aluardo? le pregunt en aquel momento un
ballestero que acababa de cruzar el patio del castillo.

--Simn Aluardo, para serviros.

--Pues mrame bien, camarada, y no tendr necesidad de nombrarme.

--Mala bombarda me parta si no es esa la cfila de Reno el arquero!
_Embrasse-moi_, camarada; y ambos amigos se estrecharon como dos osos.

--S, el arquero Reno, ahora ballestero al servicio del barn, y casi
olvidado ya de disparar ballesta  arco. Pero ven ac, viejo lobo; en la
sala de armas se habla de recorrer una vez ms la buena tierra de
Francia y aun se dice que el barn en persona....

--Las buenas noticias se saben pronto,  lo que veo, dijo Simn dando
una carcajada y guiando el ojo  Tristn.

--Bravo! grit Reno. Desde ahora ofrezco un cirio de dos libras  mi
santo patrn. Si supieras t lo que es pudrirse aqu la sangre, entre
cuatro paredes, para un soldado como yo! Vengan en buenhora aquellos
tiempos en que tenamos franceses que matar y saetazos que dar y
recibir, sin hablar de lo que siempre se gana y se divide con los
amigos.

--Qu me place verte tan bien dispuesto, repuso Simn. Pero oye, amigo
tan vaca est tu bolsa? Porque en tal caso, mientras entramos en el
primer campo, castillo  villa de Francia, aqu llevo yo mi vieja
escarcela de cuero al cinto y no tienes ms que meter en ella la mano.
Ya sabes que entre hermanos de armas no hay tuyo ni mo.

--No, amigo; aqu ni dinero se necesita. No es como en Francia, donde
andbamos siempre  puadas con los hombres y con la rodilla en tierra y
la mano abierta ante las mujeres. Qu tiempos aquellos! Con tal que
vuelvan pronto.... Y adems, se trata de saldar una cuentecilla
pendiente. T no lo sabes, pero mientras nosotros batamos el cobre en
Rennes, las galeras francesas hicieron un desembarco en Chelsea y
quemaron y mataron hasta cansarse y cuando volv  mi pueblo me
encontr con que entre las vctimas de sus alabardas se contaban mi
madre, mi hermana y sus dos hijos, dos chiquitines que apenas saban
hablar. Rayos de Dios! Cuando te digo que ardo en deseos de verme otra
vez frente  frente de aquella canalla....

--Pues descuida, Reno, que si bien parece que esta vez nos esperan en
Espaa ms que en Francia, andan las cosas tan revueltas que siempre
habr trabajo en todas partes y para todos los gustos. Desde luego
hallaremos por Castilla el famoso Duguescln, que con las mejores lanzas
francesas anda al servicio de un prncipe espaol, Don Enrique de
Trastamara, empeado en ponerlo en el trono, al paso que el monarca
legtimo Don Pedro, hermano del pretendiente, se ha dirigido  nuestro
rey Eduardo en demanda de auxilio y creo que el mismsimo Prncipe Negro
nos llevar al combate. Ya ves, pues, que habr ocasin de poner una
flecha tan pronto en un castellano como en un francs. Pero entre tanto,
amigo Reno, creo que tambin t y yo tenemos nuestra cuenta pendiente
y....

--Pesia m, que lo haba olvidado con la alegra de verte, camarada!
dijo Reno. Muy cierto es ello, y tambin que apenas nos habamos puesto
en guardia nos separaron el maldito preboste y sus hombres de armas.

-- quienes la peste se lleve por entremetidos. Pero como quedamos en
aclarar el punto en nuestra prxima entrevista, y veo que llevas puesta
la espada, en guardia, Reno amigo y  quien Dios se la d....

--Palabra empeada y cuestin de honra son cosa sagrada, dijo Reno
desenvainando el acero. La luz de la luna basta para vernos el bulto y
estos dos mozos servirn de testigos. Cuestin de honra, compaeros.

--Qu decs? exclam Roger. Qu cuestin de honra puede inducir  dos
amigos como vosotros  matarse  sangre fra? Tened! Pero no sabis
que eso es un pecado mortal, que el odio os ciega? Por favor, Simn!

--No hay odio ni cosa que se le parezca, frailecico mo, repuso
jovialmente Simn, mientras el otro veterano miraba sorprendido al
doncel. No hay sino una cuestioncilla no terminada  gusto nuestro. Ojo
 mi espada, Reno!

--Gurdate de la ma, Simn hermano, que hace meses no he tenido
ocasin de esgrimirla una sola vez y necesito esta escaramuza para
ejercitar la mueca.  ello!

--Pero qu espritu sanguinario os anima? No lo consentir y antes
tendris que matarme! grit Roger ponindose delante del arquero.

--Tampoco lo consentir yo, exclam el no menos sorprendido Tristn,
enarbolando un pesado tabln que vi apoyado contra el muro. Ea, basta
de broma! Al primero que mueva el chafarote lo aplasto como un sapo.
Pues no faltaba ms!

--Qu mala mosca ha picado  este par de gansos? pregunt Reno.
Cuidado, gigantn, no empiece yo por darte una sangra y te caiga encima
la tabla esa....

--Decidme, Simn, interrumpi vivamente Roger, la causa de vuestra
querella, para ver si ello admite honroso arreglo, antes de que os
degollis como enemigos implacables.

El arquero mir pensativamente al suelo y despus  la luna.

--La causa, muchacho? Y cmo quieres t que yo me acuerde de tal cosa,
cuando nuestra disputa ocurri all en Limoges hace ms de dos aos?
Pero ah est Reno, que te lo dir en un santiamn.

--No tal, dijo Reno bajando la espada. Desde entonces he tenido otras
muchas cosas en que pensar y aunque me rompa la crisma no lo recordar
nunca. Creo que estbamos jugando  los dados. No, creo que fu cuestin
de faldas. Eh, Simn?

--Dados  mujeres, creo que le andas cerca.  ver, en Limoges conocamos
... Calla! pues no te acuerdas de aquella Rosa tan frescachona, que
serva en el mesn de Los Tres Cuervos? _Aux Trois Corbeaux!_ Apuesto 
que ya no sabes una palabra de francs, animal. Qu chica aquella! Yo
me enamor como un bendito.

--Y yo, y otros muchos tambin, dijo Reno. No estoy seguro de que fuese
ella el objeto de nuestra reyerta, pero s muy bien que el mismo da que
bamos  batirnos desapareci de la venta en compaa de Ivn, el
arquero aquel de Gales te acuerdas? Un licenciado del ejrcito me dijo
despus que haban abierto una taberna, en no s qu ciudad del Garona y
que Rosa sigue haciendo de las suyas y l bebe tanto vino y cerveza
como diez de sus parroquianos.

--S? Pues aqu acaba nuestra querella, dijo Simn envainando la
espada. No se dir que por una chiquilla capaz de preferir  un desertor
y sobre todo  un hijo de Gales, se han dado de cuchilladas dos mozos
como nosotros.

--Ms vale as, repuso Reno envainando  su vez, porque el barn nos
hubiera odo  hubiera sabido el duelo y tiene pregonado que  los
duelistas de la guarnicin les har cortar la mano derecha. Y ya sabes
que cuando l dice una cosa....

--Como si lo dijera la Biblia, ya lo s. Ea, una visita al mayordomo,
que me parece buen hombre,  ver si nos da alguna cerveza con que
brindar por el barn.

Dirigironse los cuatro hacia las cocinas del castillo, pero al salir
del patio vieron  un gentil pajecillo que se dirigi  Roger
dicindole:

--El seor de Morel os espera arriba, en la saleta contigua  su cmara.

--Y mis compaeros?

-- vos solo.

Sigui Roger al paje, que le condujo por una ancha escalera al corredor
del primer piso y  una cmara cuyas paredes cubran tapices y
panoplias, donde le dej solo. Descubrise el doncel y no viendo  nadie
comenz  examinar las armas y los antiguos y macizos muebles de roble
tallado. Haba desaparecido la primitiva sencillez de las habitaciones
en los castillos, debido en parte al deseo de proporcionar mayores
comodidades  las damas y sobre todo al ejemplo de los cruzados, que
haban trado de Oriente el lujo y las riquezas incompatibles con la
vida incmoda y mezquina de las fortalezas feudales. Influencia no menos
poderosa haba sido despus la de las grandes guerras con Francia,
nacin que en el siglo XIV adelantaba en mucho  Inglaterra en las artes
de la paz y cuyos progresos y refinamientos dejaron huella marcadsima
en las costumbres inglesas de aquella poca.

Absorto estaba Roger en la contemplacin de los objetos de arte que
enriquecan la estancia, cuando oy la risa mal reprimida de una mujer.
Mir  todos lados sin ver persona alguna, repitise la risa y por fin
distingui detrs de la mampara que  su izquierda tena una blanca
mano que sustentaba un espejo con marco y mango de plata, puesto de
manera que reflejaba todos sus movimientos. Permaneci el joven por
algunos momentos inmvil, sin saber qu hacer y lugo vi que
desaparecan mano y espejo y que se adelantaba hacia l una hermossima
joven, con traje tan elegante como rico. En su rostro sonriente
reconoci Roger el de la doncella  quien aquella maana librara l de
las asechanzas de su hermano, y su sorpresa creci de punto.

--Veo que os admira hallarme aqu, dijo alegremente la encantadora dama.
Trovador quisiera ser para cantar cual se merece nuestra aventura de
ayer; el perverso Hugo, la cuitada doncella y el paladn esforzado que
la rescata de las garras del tirano. Mis trovas os haran clebre y
pasarais  la posteridad cual otro Percival  Amads famoso y gran
desfacedor de entuertos.

--Insignificante fu lo que yo hice para merecer tanto elogio, pudo
decir por fin Roger. Mas no sabis, seora, cunta es mi alegra al
volver  veros y saber que llegasteis sana y salva  vuestra morada,
suponiendo que lo sea este castillo.

--Lo es, y el barn Len de Morel es mi padre. Pude revelroslo al
despedirnos, pero como me dijisteis que era este el trmino de vuestro
viaje, prefer callarme y daros una sorpresa, antes de que volvis 
encerraros entre las cuatro paredes de vuestra celda. Pero ante todo, os
he hecho llamar para haceros un encargo, mejor dicho, para pediros un
servicio.

--Qu deseis?

--Cuan poco galante sois! Pero en fin, no me extraa. Un caballero ms
acostumbrado al trato de las damas se hubiera puesto desde luego  mis
rdenes, pero vos me preguntis qu os quiero. Pues bien, necesito que
corroboris con vuestro testimonio mis palabras. Voy  decir  mi padre
que os encontr en la parte del bosque situada al sur del camino de
Munster. De lo contrario, si averigua que le desobedec y puse la planta
en las tierras de Clinton, no escapo sin una encerrona atroz y lo menos
una semana de rueca y tapicera.

--Si el barn me interroga no le contestar.

--Cmo! Pero es que tendris que contestarle. Y asegurarle lo que os he
dicho,  lo pasar muy mal.

--Pero cmo he de poder decirle lo que no es cierto? Serais capaz de
hacerlo vos, sabiendo que estabais leguas al norte del camino?...

--Oh, me aburrs con vuestros sermones! Os negis? Pues yo s lo que
debo hacer.

--No os ofendis, por favor. Pensad en lo que me peds.... Pero aqu
est vuestro noble padre.

--Estadme atento y veris si soy  no buena discpula vuestra. Padre
mo, continu dirigindose al barn, que acababa de entrar; estoy
altamente obligada  este caballero,  quien encontr esta maana en el
bosque de Munster y que me prest un valioso servicio. Ocurri el hecho
 dos leguas justas al norte del camino de Munster y por consiguiente en
una propiedad donde vos me habais prohibido poner los pies.

--Ah, Constanza! repuso el seor de Morel, que daba el brazo  una
anciana dama; me cuesta ms hacerme obedecer de t que de aquellos
doscientos arqueros de la piel del diablo  quienes capitaneaba yo en el
sitio de Guiena. Pero silencio, nia, que tu madre estar aqu dentro de
un momento y no hay necesidad de que se entere. Por esta vez no
llamaremos al preboste y sus guardas eh? Pero retrate  tu cmara y no
vuelvas  las andadas. Sentos aqu, junto al fuego, madre ma, dijo 
la anciana cuando se hubo retirado su hija. Acercos, Roger de Clinton;
deseo hablaros, y en presencia de mi madre, sin cuyo buen consejo no
gusto de resolver siempre que puedo consultarla.

Roger, sorprendido, se inclin.

--Yo misma indiqu al barn que os hiciera llamar, dijo la noble dama,
porque tengo de vos los mejores informes y creo que merecis entera
confianza. Conozco algo vuestra historia; habis vivido en el claustro y
es bien que veis ahora algo del mundo antes de elegir entre uno y otro.
Precisamente, mi hijo necesita junto  s una persona como vos, que vele
por l, que lo atienda. Entre vuestros compaeros, si aceptis, veris
jvenes de la mejor nobleza del reino.

--Sois jinete? pregunt el barn.

--He cabalgado mucho en las posesiones de Belmonte.

--Sin embargo, tendremos en cuenta la diferencia entre la pacfica mula
de los frailes y el caballo de batalla. Sois msico?

--S cantar y toco la ctara, la flauta, el rabel....

--Bravo! Y en herldica? Leis blasn?

--Oh s, perfectamente! Lo aprend, como todo lo dems, en el convento.

--Pues en tal caso, interpretad aquellas armas; y el seor de Morel
seal uno de los escudos que ocupaban el testero de la habitacin.

--Plata; cuatro cuarteles, azul y gules; triple len rampante; la rosa
herldica, unida al blasn de la torre, plata sobre gules; brazo armado,
con espada doble; grifo, medio vuelo y casco de cimera.

--Olvidsteis que uno de los tres leones, el de mis deudos los Lutrel,
va tambin armado y los otros no. Pero bien est para un novicio. S que
adems leis y escribs bien, cosa muy til en ocasiones, cuando de un
mensaje secreto depende la vida de muchos, la suerte de una plaza y
quizs el xito de la guerra. Creis poder servir de escudero  un
noble en la campaa que vamos  emprender?

--Tengo buena voluntad y aprender lo que no sepa, contest Roger, 
quien llenaba de gozo la perspectiva de obtener aquel puesto cerca del
barn.

--Pues vos seris el escudero de mi hijo, agreg la anciana. Cuidaris
de sus efectos, de sus armas, de cuanto le haga falta y pueda contribuir
 su mayor comodidad, aunque nunca fu mucha la de los campamentos. Y
vos cuidaris tambin de su escarcela, porque mi querido barn es tan
generoso que probablemente la vaciara en manos del primer desdichado
que le diera lstima. No sera la primera vez. Muchos detalles del
servicio escuderil os son desconocidos, naturalmente, pero como decs
vos mismo, no tardaris en aprenderlos y creo que seris el mejor
escudero de cuantos hasta ahora ha tenido mi hijo.

--Seora, dijo el doncel muy conmovido, aprecio la alta honra que vos y
el seor barn me hacis, confindome cargo tan cercano  la persona de
uno de los ms famosos caballeros del reino. Al aceptar tan gran merced,
tanto ms bienvenida para m por las circunstancias y el aislamiento en
que me hallo, slo temo que mi inexperiencia me haga indigno de vuestro
favor.

--No slo instruido, sino modesto; cualidades bien raras por cierto en
pajes y escuderos, continu la bondadosa dama. Descansad esta noche y
maana os ver mi hijo. Conocimos y estimamos  vuestro padre y nos
place hacer algo por su hijo, si bien no podemos conceder nuestra
estimacin  vuestro hermano, uno de los espritus ms turbulentos de la
comarca.

--Nos ser imposible partir en todo el mes, dijo el barn, pues hay
mucho que preparar y tiempo tendris de familiarizaros con vuestros
deberes. Rubn, el paje de mi hija, est loco por seguirme, pero es aun
ms joven que vos, casi un nio, y vacilo en exponerlo  las penalidades
de esta guerra en lejanos pases.

--Puesto que no partiris en algunas semanas, observ la anciana, se me
ocurre que este joven puede prestarnos un buen servicio durante su
permanencia en el castillo. Entiendo que en la abada habis aprendido
mucho?

--He estudiado mucho, seora, pero aprendido slo una pequea parte de
lo que saben mis buenos maestros.

--Lo que sabis basta  mi propsito. Quisiera que desde maana
dedicseis un par de horas diarias  instruir en lo posible  mi nieta
Constanza, que bien lo necesita y no gusta de estudios. No parece sino
que aprendi  leer para devorar novelas sentimentales  intiles 
trovas insulsas. El padre Cristbal viene del priorato  ensearle lo
que puede, pero no slo es muy anciano sino que su discpula lo domina y
poco provecho saca de sus conferencias con el buen padre. Con ella y con
Luisa y Dorotea de Pierpont, doncellas de buena familia que con nosotros
residen, formaris una pequea clase. Hasta maana.

As se vi Roger convertido no slo en escudero del barn Len de Morel,
futuro capitn de la Guardia Blanca, sino en maestro de tres nobles
doncellas, cargo este ltimo en que jams soara. Pensando en ello y
gozoso del cambio ocurrido en su suerte, resolvi no omitir por su parte
esfuerzo alguno para complacer  sus bienhechores.




CAPTULO XII

DE CMO ROGER APRENDI MS DE LO QUE L PODA ENSEAR


En todo el sur de Inglaterra comenzaron simultneamente y con gran vigor
los preparativos de guerra. Las nuevas que Simn y otros emisarios de
los jefes del ejrcito en Francia haban llevado  la corte y  los
castillos del reino fueron recibidas con entusiasmo por nobles y
soldados, para quienes una nueva campaa en tierra ajena significaba
gloria y provecho. Seis aos de paz tenan impacientes  millares de
veteranos que haban participado en las jornadas de Crcy, Nogent y
Poitiers y para quienes no exista perspectiva ms risuea que la de
invadir el territorio de Francia  Espaa, mandados por el hijo de su
soberano, el famoso Prncipe Negro; y de uno  otro mar slo se hablaba
de aprestos blicos, de reclutamientos y de concentracin de fuerzas en
los puntos de antemano sealados.

Cada villa, cada aldea prepar y facilit su contingente sin tardanza, y
en todo aquel otoo y parte del siguiente invierno se oy de continuo
por los caminos el toque de los clarines, el trotar de los caballos y el
paso acompasado de los infantes, arqueros, ballesteros y hombres de
armas, ya en compaas organizadas ya en grupos aislados, que de todas
partes se dirigan  ste  aquel castillo  puerto.

El antiguo y populoso condado de Hanson fu de los primeros en responder
al llamamiento con gran golpe de soldados. Al norte ondeaban los
estandartes de los seores de Brocas y Roche, el primero con la cortada
cabeza de sarraceno en el centro del escudo y el segundo con el
histrico castillo rojo de la casa de Roche, seguidos ambos por
numerosos combatientes. Los vasallos de Embrn en el este y los del
potentado Juan de Montague en el oeste se unieron en pocas semanas  las
fuerzas levantadas por los seores de Bruin, Liscombe, Oliver de Buitrn
y Bruce, procedentes de Andover, Arlesford, Chester y York y marcharon
al sur, en direccin de Southampton. Pero el ms nutrido y brillante
contingente del condado fu el que se agrup en torno del estandarte de
Morel, gracias  la fama del barn. Arqueros de la Selva de Balsain,
montaeses y cazadores de Vernel, Dunn y Malvar, hombres de armas
veteranos y bisoos y nobles caballeros ganosos de prestigio, diriganse
todos  Salisbury, desde las riberas del Avn hasta las del Lande, para
alistarse bajo la bandera de las cinco rosas gules de Morel.

Sin embargo, no era el barn uno de aquellos acaudalados magnates que
podan mantener en armas numerosa hueste, y con dolor se vi obligado 
despedir gran nmero de voluntarios, que buscaron otros jefes,
limitndose l  seguir las instrucciones que le haba enviado su amigo
Claudio Latour, autorizndole para equipar cien arqueros y cincuenta
hombre de armas, que unidos  los trescientos veteranos de la Guardia
Blanca que quedaban en Francia, formaran un cuerpo cuyo mando podra
aceptar sin vacilacin tan gran capitn como el barn de Morel. Con el
auxilio de Simn, nombrado sargento instructor, Reno y otros veteranos,
eligi cuidadosamente sus hombres y  mediados de Noviembre tena ya
completa una fuerza escogida, cien de los mejores arqueros de Hanson y
cincuenta hombres de armas bien montados. Dos nobles amigos del barn le
encomendaron  sus hijos, jvenes y apuestos caballeros llamados Froiln
de Roda y Gualtero de Pleyel, para que compartiesen con Roger de Clinton
los honores, peligros y deberes del cargo de escuderos.

Las piezas de armadura para los hombres de armas y la mayor parte de las
espadas, hachas y lanzas aguardaban  los soldados de Morel en Burdeos,
donde podan procurarse mejores y mucho menos costosas que en
Inglaterra; mas no as los grandes arcos de combate, en cuyo material y
buena construccin los armeros ingleses superaban  todos los dems.
Tambin hubo que uniformar  hombres de armas y arqueros con el capacete
liso, cota de malla, blanco coleto sin mangas sobre la cota y con el
rojo len de San Jorge en el pecho, todo lo cual compona el uniforme de
la famosa Guardia Blanca que con tanto orgullo llevaba Simn Aluardo.
Soberbio aspecto presentaron las fuerzas de Morel cuando su veterano
capitn, montando su mejor caballo de batalla, les pas revista final en
el gran patio del castillo. De los ciento cincuenta hombres la mitad por
lo menos haban sido soldados, algunos toda su vida; entre los reclutas
llamaba la atencin el gigantesco Tristn de Horla, que cerraba la
marcha, llevando  la espalda su enorme arco de guerra.

El equipo de la compaa requiri algunas semanas y Roger y sus amigos
llevaban dos meses en el castillo cuando el barn anunci  su esposa
que todo estaba pronto para la marcha. Aquellos dos meses transformaron
por completo el porvenir de Roger, despertaron en l un sentimiento
desconocido y le hicieron ms grata la vida. Entonces aprendi tambin 
bendecir la previsin de su padre, que le haba permitido conocer algo
el mundo, antes de sepultarse para siempre en la soledad del claustro.
Cun diferente le pareca entonces la vida, cun exageradas las
palabras del Maestro de los novicios al describirle con los ms negros
colores la manada de lobos, como l deca, que le esperaban para
devorarle apenas abandonase los muros protectores de Belmonte! Junto 
los criminales y depravados haba hallado tambin hombres de corazn
valiente, amigos cordiales, un noble jefe cien veces ms til  su pas
y  sus compatriotas que el virtuoso abad de Bergun, cuya vida
transcurra olvidada y montona de ao en ao, en un crculo mezquino,
rodeado de aquellos monjes que rezaban, coman y trabajaban
sosegadamente, aislados del resto de los mortales y como si en el mundo
no hubiera ms habitantes que ellos ni ms horizontes que el de los
terrenos de la abada. Su propio criterio dijo  Roger que al pasar del
servicio del abad al del barn, lejos de perder haba efectuado un
cambio ventajoso. Cierto que su carcter apacible le haca mirar con
horror las violencias de la guerra, pero en aquella poca de rdenes
militares no era tan marcada como en nuestros das la separacin entre
el religioso y el soldado, unidos entonces con frecuencia en una sola
persona.

En justicia  Roger debe decirse que antes de aceptar definitivamente la
oferta del barn medit mucho y pidi consejo al cielo en sus oraciones;
pero el resultado fu que  los tres das eligi armas y caballo, cuyo
importe ofreci pagar con parte de lo que le correspondiese como botn
de guerra. Dedic desde entonces largas horas al manejo de las armas, y
como sobraban buenos maestros y l era joven, gil y vigoroso, no tard
en dirigir su caballo y esgrimir la espada muy diestramente, mereciendo
palabras de aprobacin de los veteranos y haciendo frente con su tizona
 Froiln y Gualtero, los otros dos escuderos de su seor.

Pero es casi innecesario decir que Roger tena otra razn muy poderosa
para preferir la carrera de las armas y despedirse del convento. La vida
le ofreca un atractivo irresistible, la presencia de la mujer amada. La
mujer, que all en el claustro representaba la suma de todas las
tentaciones, peligros y asechanzas mundanales, el escollo que ante todo
deba evitar el hombre para perseverar en el buen camino, el ser  quien
los monjes del Cster no podan mirar sin pecado ni tocar sin exponerse
 los ms severos castigos de la regla. En cambio Roger se vea
diariamente, una hora despus de la de nona y otra antes de la oracin,
en compaa de tres lindas doncellas, sus discpulas; y lejos de
parecerle la presencia de aquellas jvenes cosa reprensible ni
pecaminosa, sentase ms dichoso que nunca al instruirlas, contestar 
sus preguntas  sostener con ellas amena pltica.

Pocas discpulas como Constanza de Morel.  un hombre de ms edad y
experiencia que Roger le hubieran sorprendido,  irritado quizs, sus
rplicas, las sbitas alteraciones de su carcter, la prontitud con que
se ofenda algunas veces y las lgrimas y protestas con que se someta
otras  las indicaciones de su maestro. Si el objeto de la leccin la
interesaba, segua las explicaciones con entusiasmo sorprendente y
dejaba muy atrs  sus compaeras. Pero si el tema le pareca pesado y
rido, no haba medio de atraer su atencin ni de hacerle comprender 
recordar lo explicado. Alguna que otra vez se rebelaba abiertamente
contra Roger, quien sin la menor irritacin, con paciencia infinita,
continuaba su leccin; poco despus la rebelde discpula se arrepenta y
humillaba, acusndose  s misma, avergonzada de la injusticia hecha 
Roger con su conducta. En cambio no permita que sus otras dos
compaeras mostrasen el ms leve indicio de desatencin  rebelda; una
sola vez intent Dorotea contradecir  Roger, y fu tanta la indignacin
de Constanza y tales sus reproches, que la pobre nia abandon la
habitacin con los ojos llenos de lgrimas, lo que vali  Constanza la
ms severa reprensin que jams recibiera del joven profesor.

Pero pasadas las primeras semanas se not la influencia de Roger, de su
paciencia y dignidad inalterables, en la conducta de la noble doncella.
Comprenda que la rectitud y la elevacin de ideas de Roger eran un
ejemplo admirable y apreciaba los altos mritos del apuesto escudero. Y
Roger por su parte comprenda tambin que de da en da era mayor su
admiracin por aquella adorable joven, cuya imagen y cuyo recuerdo no le
abandonaban un instante. Decase tambin que era la nica hija del barn
de Morel y que mal poda poner los ojos en ella el pobre escudero, sin
un puado de plata con que pagar el caballo y las armas con que por
primera vez iba  buscar nombre y fortuna en la guerra. Pero su amor por
Constanza era su vida. Ninguna consideracin, ningn obstculo, podan
hacerle renunciar  l.

Era una hermosa tarde de otoo. Roger y su compaero Froiln de Roda
haban ido  Bristol para apresurar la terminacin y entrega de la
ltima remesa de arcos de repuesto que el barn tena encomendados  los
armeros de aquella ciudad. Acercbase el da de la partida. Los dos
escuderos, terminada su comisin, cabalgaban por el camino de Salisbury
y Roger not con sorpresa el inslito mutismo de su compaero. Froiln
era un muchacho alegre y decidor, encantado de dejar la tranquila casa
paterna por las aventuras y emociones del largo viaje que iban 
emprender y de la guerra futura. Pero aquel da lo vea Roger callado y
pensativo, contestando apenas  sus preguntas.

--Dime con toda franqueza, amigo Roger, exclam de pronto, si no te
parece como  m que la bella Doa Constanza anda estos das
entristecida y plida, cual si la atormentase ignorada cuita.

--Nada he notado, contest Roger sorprendido, mas bien pudiera ser como
lo dices.

--Oh, sin duda. Mrala sentada y pensativa hora tras hora,  paseando
por la terraza del castillo, olvidada de su halcn, de _Trovador_ y de
la caza. Sospecho, amigo Roger, que tanto estudio y tanta ciencia como
t le enseas sean tarea demasiado pesada para ella, que poco  nada
estudiaba antes, y la preocupen y aun puedan llegar  enfermarle el
nimo y el cuerpo.

--Orden es de la baronesa, su seora madre....

--Pues sin que ello sea faltarle al respeto, creo yo que mi seora la
baronesa estara ms en su lugar defendiendo las murallas del castillo 
mandando una compaa en el asalto de una plaza que encargada de la
educacin de su hija. Pero oye, Roger amigo, lo que  nadie he revelado
hasta ahora. Yo amo  Doa Constanza, y por ella dara gustoso mi
vida....

Roger palideci y guard silencio.

--Mi padre es rico, sigui diciendo Froiln, y yo su hijo nico y
heredero de los dominios de Roda. No creo que el barn tenga objecin
que hacer por lo que  caudal y nobleza se refiere.

--Pero y ella? pregunt Roger en voz baja y sin mirar al escudero para
que ste no notase su turbacin.

--Eso es lo que me desespera. Nunca he visto indiferencia como la suya y
hasta ahora tanto me hubiera valido suspirar ante una de las estatuas de
mrmol del parque de Roda. Recuerdas aquel finsino velo blanco que
llevaba ayer? Pues se lo ped como una merced para ponerlo en mi yelmo
en combates y torneos, cual emblema de la dama y seora de mis
pensamientos. Se limit  darme la negativa ms fra y ms rotunda,
agregando que si cierto caballero cuidaba de pedirle el velo, se lo
entregara; de lo contrario, no se lo dara  nadie. No tengo la menor
idea de quin sea ese mortal afortunado. Y t, Roger? Sabes  quin
ama?

--Ni lo sospecho siquiera, contest Roger; y sin embargo, al decir
aquellas palabras se despert en l una gratsima esperanza.

--Desde ayer me devano los sesos tratando de averiguarlo; no es Doa
Constanza doncella que oculte sus amores, si los tiene, y por
consiguiente el galn debe sernos conocido. Pero  quin ve y habla
ella, adems de sus padres, sus dos amigas y la servidumbre del
castillo? Te voy  dar la lista completa de los hombres que con ella han
hablado en estos dos meses: t y nuestro camarada Gualtero de Pleyel, el
padre Cristbal, del priorato, el pajecillo Rubn y yo. Sabes de algn
otro?

--No por cierto, respondi Roger; y ambos apuestos jvenes siguieron
cabalgando en silencio hasta llegar al castillo.

Durante la leccin de la maana siguiente not Roger que la hermosa
joven estaba, en efecto, plida y triste. Su rostro pareca adelgazado y
los bellos ojos haban perdido en parte la viveza y alegra que les
daban tan precioso atractivo. Terminada la hora de clase interrog el
joven profesor  las seoritas de Pierpont, sus otras dos discpulas.

--Constanza sufre, es muy cierto, le contest Dorotea con picaresca
sonrisa. Pero su enfermedad no es de las que matan.

--No lo quiera Dios! exclam Roger. Pero decidme, os ruego, qu mal la
aqueja?

--Uno que en mi opinin aqueja tambin  otra persona, cuyo nombre
podra decir sin temor de equivocarme, repuso  su vez Luisa de
Pierpont. Y vos que tanto sabis no adivinis su mal?

--No. Parece cansada y triste, ella siempre tan alegre....

--Pues bien, pensad que dentro de tres das partiris todos y quedar el
castillo poco menos que desierto y nosotras sin ver alma viviente, como
no sea un soldado  un rstico....

--Cierto es, exclam Roger. No haba pensado en que dentro de tres das
tendr que separarse de su padre....

--Su padre! dijeron ambas jvenes, lanzando argentina carcajada. Ah
s, su padre! Hasta la tarde, seor Roger! y se alejaron alegremente,
llamando  voces  su amiga Constanza.

Roger se qued absorto. Le pareca ver una insinuacin clarsima en las
palabras y en la risa de ambas jvenes, y sin embargo apenas osaba dar 
la tristeza y  los suspiros de Constanza la interpretacin que su amor
anhelaba.




CAPTULO XIII

DE CMO LA GUARDIA BLANCA PARTI PARA LA GUERRA


El da de San Andrs, ltimo de Noviembre, fu el designado para la
marcha.  hora muy temprana comenz el redoble de los atabales, que
llamaba  los soldados, seguido de los toques de clarn ordenando la
formacin de la Guardia Blanca en el patio de honor de la fortaleza.
Desde una ventana de la armera contemplaba Roger el interesante
espectculo; las filas de robustos arqueros y tras ellos el imponente
grupo de los hombres de armas, cubiertos de hierro  inmviles sobre sus
caballos, que piafaban impacientes. Mandbalos el veterano Reno, de cuya
lanza ondeaba estrecho y largo pendn con las cinco rosas; frente  los
infantes, el arquero Simn, orgulloso de la magnfica compaa que tena
 sus rdenes. Acudieron tambin al patio los sirvientes del castillo y
algunos hombres de armas que deban quedarse de guarnicin en la
fortaleza y queran despedirse de sus amigos. Admiraba Roger el marcial
talante de la tropa, cuando le sorprendi un sollozo que oy  su
espalda. Volvise vivamente y vi con asombro  Doa Constanza, que
plida y desfallecida se apoyaba en el muro de la habitacin y procuraba
ahogar con un pauelo posado sobre los labios los sollozos que agitaban
su pecho. Los hermosos ojos fijos en el suelo, estaban llenos de
lgrimas.

--Oh, no lloris! exclam Roger corriendo  su lado.

--Me hace dao la vista de todos esos valientes, cuando pienso en su
destino y en la suerte que  muchos de ellos aguarda.

--Quiera Dios que volvis  verlos  todos antes que transcurra un
ao! No os aflijis as, dijo el doncel atrevindose  tomarle una mano.

--Quisiera poder partir yo tambin, aadi Constanza, mirndole  travs
de sus lgrimas y sonrindose tristemente. Pero en tiempo de guerra slo
nos est permitido consumirnos de impaciencia entre los muros de una
fortaleza, hilando  bordando, mientras que all, en los campos de
batalla... Ah, de qu sirvo yo en este mundo!

--Vos! exclam Roger apasionadamente. Vos sois un ngel del cielo, mi
nico pensamiento, mi vida entera! Oh, Constanza, sin vos no puedo
vivir, como puedo dejaros sin una palabra de amor! Desde que os v por
vez primera todo ha cambiado para m. Soy pobre y no de vuestra
alcurnia, aunque de origen noble, pero os ofrezco un amor acendrado, una
adoracin constante y eterna. Decidme una sola palabra de afecto, ya que
no de amor y ella bastar para animarme y sostenerme en vuestra
ausencia, ms mortal mil veces que todos los peligros de la guerra. Pero
ay de m! os he atemorizado con mis palabras, ofenddoos quizs....

La conmovida doncella se haba llevado las manos al pecho y por dos
veces trat de replicar, pero intilmente. Al fin dijo con dbil voz:

--Me habis sorprendido, s, mas no ofendido. Completo y sbito ha sido
el cambio realizado en vos. No cambiaris otra vez en la ausencia?

--Cruel! Cmo dejar de amaros? Por favor, una sola palabra de
esperanza, una mirada, para atesorarla como un bien supremo y saber que
puedo seguir adorndoos! No os pido juramento ni promesa.... Decidme
solamente que no me prohibs amaros, que algn da tendris quizs una
palabra afectuosa para m....

Mirbale la joven con dulzura, entreabiertos los labios por una ligera
sonrisa y  Roger le pareca oir ya la anhelada respuesta; pero en aquel
momento reson en el patio del castillo una voz potente, seguida de gran
ruido de armas y pasos y el trote de los caballos. La columna se pona
en marcha.

--Os? exclam la joven, erguida, brillante la mirada. Van  partir. Es
la voz de mi padre. Vuestro puesto est  su lado, desde este momento
hasta su regreso, hasta el regreso de ambos. Ni una palabra ms, Roger.
Conquistad ante todo la estimacin de mi padre. El buen caballero no
espera recompensa hasta despus de haber cumplido su deber. Adis, y el
cielo os proteja!

El doncel, lleno de alegra al escuchar aquellas palabras, se inclin
para besar la mano de su amada. Retirla sta prontamente, al sentir el
contacto de los ardientes labios de Roger y sali presurosa de la
habitacin, dejando en manos del atnito y alborozado escudero el velo
blanco que en vano haba solicitado Froiln de Roda como preciadsima
presea. Oyse en aquel momento el chirrido de las cadenas que bajaban el
puente levadizo; los expedicionarios aclamaron  su jefe, que puesto al
frente de la columna haba dado la voz de marcha y Roger, besando
fervorosamente el fino cendal, lo ocult en el pecho y sali corriendo
al patio.

Soplaba un viento fro y el cielo empezaba  cubrirse de nubes cuando
los soldados de Morel tomaron el pendiente camino del pueblo.  orillas
del Avn los esperaban casi todos los vecinos de Salisbury, que vieron
en primer lugar  Reno, vistiendo armadura completa, caballero en negro
corcel y llevando majestuosamente el pendn de su famoso capitn. Tras
l, de tres en fondo, doce veteranos de las grandes guerras, que
conocan la costa de Francia y las principales ciudades, desde Calais
hasta Burdeos, tan bien como los bosques y villas de su tierra natal, el
condado de Hanson. Iban armados hasta los dientes, con lanza, espada y
hacha de dos filos y llevaban al brazo izquierdo el escudo corto y
cuadrado que usaban los hombres de armas de la poca.

Campesinos, mujeres y nios aclamaron con entusiasmo la bandera de las
cinco rosas y su arrogante guardia de honor. Seguanla cincuenta
arqueros escogidos, robustos y de elevada estatura, que llevaban el
casco sencillo, la cota de armas y sobre ella el coleto blanco con el
rojo len de San Jorge y calzaban recios borcegues anudados  la pierna
con luengas correa, todo lo cual constitua el equipo de los Arqueros
Blancos.  la espalda la bien provista aljaba de cuero y el arco de
combate, arma la ms terrible y mortfera de las conocidas hasta la
fecha y pendiente del cinto la espada, el hacha  la maza, segn la
eleccin de cada cual.  pocos pasos de los arqueros iban los atabales
y clarines, cuatro en nmero, y tras ellos diez  doce mulas con la
impedimenta de la pequea columna, tiendas, ropas, armas de repuesto,
batera de cocina, provisiones, herramientas, arneses, herraduras y
dems artculos indispensables  siquiera tiles en campaa. Un servidor
del barn conduca la blanca mula vistosamente enjaezada que llevaba las
ropas, armas y otros efectos de la propiedad del noble guerrero. Formaba
el centro de la columna un centenar de arqueros y cerraba la marcha el
resto de la caballera, es decir, los hombres de armas reclutados
recientemente, soldados escogidos todos ellos, aunque no veteranos como
sus compaeros de la vanguardia. Mandaba el grueso de los arqueros
nuestro amigo Simn y tras l, en primera lnea, descollaba Tristn de
Horla, un Alcides con capacete, cota de malla, arco, flechas y maza
descomunal.

Apenas desemboc la columna en la calle del pueblo comenz un fuego
graneado de chanzas, y menudearon las despedidas y los abrazos.

--Hola, maese Retinto! grit Simn al ver la nariz amoratada del
tabernero. Qu hars con tu vinagre y tu cerveza aguada, ahora que nos
vamos nosotros?

--Pues voy  descansar, porque t y tus compaeros os habis bebido
hasta la ltima gota de cuanto tena en casa, excepto el agua.

--Tus toneles estarn enjutos, pero tu escarcela repleta, truhn!
exclam otro arquero.  ver si haces buena provisin para cuando
volvamos.

--Trae t el gaznate ileso, que lo que es cerveza y vino no te faltarn,
arquero, grit una voz entre la multitud, respondindole grandes
carcajadas.

--Estrechar filas, que aqu la calle es callejuela, orden Simn. Por
vida de! All est Catalina, la molinerita, ms preciosa que nunca. _Au
revoir, ma belle!_ Aprieta ese cinturn, Guillermo,  el hacha te va 
cortar los callos. Y  ver si andas con un poco ms de vida, moviendo
esos hombros y alta la cabeza, como slo saben andar los arqueros
blancos. Y t, Reinaldo, no vuelvas  sacudirte el polvo del coleto. Si
creers que vamos  alguna parada? Aguarda, hijo, que antes de llegar al
puerto estars tan empolvado como yo, por mucho que te limpies.

Haba llegado la columna  las ltimas casas del pueblo cuando el seor
de Morel sali del castillo, caballero en el brioso _Ardorel_, negro
como el azabache y el mejor caballo de batalla de todo el condado.
Vesta el barn de terciopelo negro y birrete de lo mismo con larga
pluma blanca, sujeta por un broche de oro, y no llevaba ms armas que su
espada, suspendida del arzn. Pero los tres galanos escuderos que le
seguan bien montados llevaban, adems de sus propias armas, Froiln el
yelmo con celada de su seor, Gualtero la robusta lanza y Roger el
escudo blasonado. Junto al barn trotaba el blanco palafrn de su
esposa, pues sta deseaba acompaarle hasta la entrada del bosque. La
buena baronesa no haba querido confiar  nadie la tarea de elegir y
empaquetar cuidadosamente las ropas y efectos de su esposo; todo lo
haba dispuesto ella misma,  excepcin de las armas. Y eran de oir las
instrucciones que daba  Roger y  los otros escuderos, al encomendarles
la persona del barn.

--Creo que nada se ha olvidado, iba dicindoles. Te lo recomiendo mucho,
Roger. La ropa va toda en esa caja, al lado derecho de la mula. Las
botellas de Malvasa en el cestillo de la izquierda; le preparars un
vaso de ese vino, bien caliente, por las noches, para que lo tome antes
de acostarse. Cuida de que no permanezca horas y horas con los pies
mojados, porque lo que es l jams se acuerda de tal cosa. Entre la ropa
va un estuchillo con las drogas ms indispensables; y cuanto  las
mantas del lecho, han de estar bien secas, sobre todo en campaa....

--No os inquietis por m, dijo el barn rindose al oir aquella
enumeracin. Os agradezco en el alma vuestra solicitud, pero queris que
mis escuderos me traten ms bien como viejo achacoso que como soldado
aguerrido. Y t qu dices, Roger? Por qu tan plido? No te alegra el
corazn, como  m, el ver las cinco rosas sirviendo de ensea  tan
bizarros soldados?

--Ya te he dado la escarcela, Roger, continu impvida la baronesa, para
evitar que tu seor se quede sin blanca desde los primeros das de
marcha. Mucho cuidado con el dinero. Los borcegues bordados de oro son
exclusivamente para el da que el barn se presente  nuestro gracioso
soberano,  al prncipe su heredero, y para las reuniones de los
nobles. Despus los vuelves  guardar, antes de que el barn se vaya de
caza con ellos puestos y los destroce....

--Mi buena amiga, observ el seor de Morel, duleme en el alma
separarme de vos, pero hemos llegado  los linderos del bosque y no
debis ir ms lejos. La Virgen os guarde  vos y  Constanza basta mi
regreso. Pero antes de separarnos, entregadme, os ruego, uno de vuestros
guantes, que lo quiero llevar al frente de mi casco en torneos y
combates, como prenda de la mujer amada.

--Dejad, barn, que yo soy vieja y nada hermosa y los apuestos seores
de la corte se reiran de vos si os proclamaseis paladn de tan pobre
dama....

--Oid, escuderos! exclam el seor de Morel. Vuestra vista es mejor que
la ma, y quiero que si vis  un caballero, por noble y alto que sea,
menospreciar esta prenda de la dama  quien sirvo, le anunciis
inmediatamente que tiene que habrselas con el barn Len de Morel, 
caballo con lanza y escudo   pie con espada y daga, en combate 
muerte.

Dicho esto, recibi respetuosamente el guante que le tenda la baronesa
y lo asegur en su gorra, con el mismo broche de oro que sostena la
ondulante pluma. Despidise despus afectuosamente de la dama anegada en
lgrimas y poniendo su caballo al trote, seguido de los escuderos, tom
el camino del bosque.




CAPTULO XIV

AVENTURAS DE VIAJE


El barn permaneci algn tiempo cabizbajo; Froiln y Roger no iban
menos silenciosos y pensativos que l, pero el alegre Gualtero, que no
tena penas ni amores, se entretena en blandir la pesada lanza de su
seor, amenazando con ella  los rboles y dirigiendo grandes botes 
imaginarios enemigos, aunque cuidando mucho de que el barn no
advirtiese su belicosa pantomima. Iban  retaguardia de la columna, y 
veces oa Roger el paso acompasado de los arqueros y los relinchos de
los caballos.

--Venid  mi lado, muchachos, dijo el seor de Morel al pasar frente 
un cortijo, donde el camino se ensanchaba notablemente. Puesto que me
habis de seguir  la guerra, bueno ser que os diga cmo quiero ser
servido. No dudo que Froiln de Roda mostrar ser digno hijo de su
valiente padre, y t, Gualtero, del tuyo, el noble seor de Pleyel.
Cuanto  Roger, recuerda siempre la casa  que perteneces y el honor que
te hace y los deberes que te impone la larga lnea de los seores de
Clinton. No cometis el error, muy comn entre soldados, de creer que
nuestra expedicin tiene por objeto principal el de obtener botn y
rescates, aunque ambas cosas puede y suele conseguirlas todo buen
caballero. Vamos  Francia, y  Espaa segn espero, en primer lugar
para sostener el brillo de las armas inglesas y en segundo trmino para
hacer famosos nuestro nombre y nuestro escudo, ventaja inmensa del
caballero sobre el villano. Y ese prestigio puede obtenerse no slo en
combates y asedios sino en justas y duelos, para los cuales nunca falta
razn  pretexto. Pero en tierra extraa  en territorio enemigo ni
pretexto se necesita y basta desenvainar la espada  invitar
cortsmente  otro hidalgo  duelo singular. Por ejemplo, si
estuviramos en Francia dira yo ahora  Gualtero que se dirigiese al
galope hacia aquel caballero que all viene y que despus de saludarlo
en mi nombre lo invitase  cruzar conmigo la espada.

--Pues no se llevara mal susto el infeliz, exclam Gualtero, que miraba
atentamente al desconocido. Como que es el molinero de Salisbury,
caballero en su mula bermeja y probablemente atiborrado de cerveza,
segn costumbre.

--Por eso es que el escudero debe preguntar, en caso de duda, si el
pasante es  no caballero. Yo he tenido muchas y muy interesantes
aventuras de viaje, y una de las que ms recuerdo es mi encuentro  una
legua de Reims con un paladn francs con quien combat cerca de una
hora. Rota su espada, me di con la maza tan terrible golpe que ca
maltrecho y no pude despedirme como deseaba de aquel valiente campen,
ni preguntarle su nombre. Slo recuerdo que tena por armas una cabeza
de grifo sobre franja azul. En parecida ocasin recib en el hombro una
estocada de Len de Montcourt, con quien tuve la honra de cruzar la
espada en el camino de Burdeos. Fu aquella nuestra nica entrevista y
conservo de ella el ms grato recuerdo, porgue mi enemigo se condujo
como cumplido caballero. Y no olvidemos al bravo justador Le Capillet,
que hubiera llegado  ser un gran capitn de las huestes francesas....

--Muri? pregunt Roger.

--Tuve la desgracia de matarlo en un delicioso bosquecillo inmediato 
los muros de Tarbes. Aventuras parecidas las hallbamos en todas partes,
en el Languedoc, Ventadour, Bergerac, Narbona, aun sin buscarlas, porque
 menudo nos esperaba un escudero francs,  la vuelta del camino,
portador de corts mensaje de su seor para el primer caballero ingls
que quisiera aceptar el reto. Uno de ellos rompi tres lanzas conmigo en
Ventadour, en honor de su dama.

--Pereci en la demanda, seor barn? dijo Froiln.

--Nunca lo he sabido. Sus servidores se lo llevaron en brazos, aturdido,
desmayado  muerto. Por entonces no cuid de indagar su suerte porque yo
mismo sal de la lucha contuso y malparado. Pero all viene un jinete
al galope, como si lo persiguiera una legin de enemigos.

El viento barra el camino, que en aquel punto formaba suave pendiente.
Al otro lado de una hondonada volva  subir y se perda en un
bosquecillo, entre cuyos primeros rboles desapareca en aquel momento
la retaguardia de la columna. El jinete pas junto  sta sin detenerse
y empez  subir la cuesta en cuya cima estaban el barn y sus
servidores, hostigando incesantemente  su caballo con espuela y ltigo.
Roger vi que el corcel vena cubierto de polvo y sudor y que lo montaba
uno al parecer soldado, de duras facciones y con casco, coleto de ante y
espada. Sobre el arzn llevaba un paquete envuelto en blanco lienzo.

--Paso al mensajero del rey! grit al acercarse.

--Poco  poco, seor gritn, dijo el noble atravesando su caballo en el
camino. Tambin yo he sido servidor del rey por ms de treinta aos,
pero jams lo he ido pregonando  voces.

--Estoy de servicio y llevo conmigo lo que al rey pertenece. Me impeds
el paso  vuestra costa....

--Entre mis muchas aventuras tampoco me ha faltado la de toparme de
manos  boca con bergantes que encubran sus traidores designios
pretendiendo ser mensajeros de Su Alteza, insisti el seor de Morel.
Veamos qu credenciales os abonan.

-- la fuerza, entonces! grit el jinete echando mano  la espada.

--Si sois caballero, dijo el barn, continuaremos nuestra entrevista
aqu mismo. Si plebeyo, cualquiera de estos tres escuderos mos, aunque
de noble cuna, se dar por bien servido con castigar vuestra audacia.

El desconocido los mir airado y soltando el puo de la espada comenz 
desenvolver apresuradamente el paquete que sobre el arzn llevaba.

--Yo no soy caballero ni escudero, dijo, sino antiguo soldado y ahora
servidor de la justicia de nuestro prncipe. Queris credenciales? Pues
aqu las tenis; y present  los horrorizados caballeros una pierna
humana recincortada. Esta es la pierna de un ladrn descuartizado en
Dunn y que por orden del justiciero mayor llevo  Milton para clavarla
all en un poste donde todos la vean y sirva de escarmiento.

--Peste! exclam el barn. Hacos  un lado con vuestra carga. Seguidme
al trote, escuderos, y dejemos atrs cuanto antes  este ayudante del
verdugo. Uf! Os aseguro, continu cuando estuvieron en la ladera
opuesta, que los montones de muertos en un campo de batalla no me causan
tanta repugnancia como una sola de esas carniceras del cadalso.

--Pues  bien que no han faltado atrocidades en las guerras de Francia,
segn los relatos de nuestros soldados, observ Roger.

--Cierto es, contest el barn. Pero sabed que los mejores combatientes,
los verdaderos soldados, no maltratan jams  un hombre vencido y
desarmado, ni degellan y destrozan prisioneros, ni se encarnizan en los
dbiles en el saqueo de una plaza. Esa tarea cruel se queda para los
cobardes y los viles, que por desgracia nunca faltan y para esas turbas
de merodeadores que van como buitres en seguimiento de las tropas y en
busca de fciles presas. Si no me engao, all  la derecha del camino
hay una casa entre los rboles.

--Una capilla de la Virgen, dijo Froiln, y  su puerta un anciano
pordiosero.

El noble se descubri y deteniendo su caballo  la puerta de la modesta
capilla, rog en alta voz  la Reina de los Cielos que bendijese sus
armas y las de sus soldados en la prxima campaa.

--Una limosna, mis buenos seores, dijo entonces el mendigo, con voz
suplicante. Favoreced  este pobre ciego, que hace veinte aos no ve la
luz del da.

--Cmo perdisteis la vista, abuelo? pregunt el barn.

--Entre las llamas de un incendio, que me quemaron toda la cara.

--Grande es vuestra desdicha, pero tambin os libra de ver no pocas
miserias, como la que acabamos de contemplar nosotros en este mismo
camino, dijo el seor de Morel, recordando la ensangrentada pierna del
ladrn descuartizado. Dale mi bolsa, Roger, y apresuremos el paso, que
nos hemos quedado muy atrs.

Roger se guard muy bien de obedecer la orden de su seor y recordando
las instrucciones de la baronesa, tom una sola moneda de la escarcela
encomendada  su cuidado y se la di al mendigo, que la recibi
murmurando gracias y oraciones.

Desde una eminencia cercana vieron los viajeros el pueblo de Horla,
situado en el fondo de un valle y  cuyas primeras casas llegaba en
aquel momento la vanguardia de las fuerzas de Morel. ste y sus
escuderos pusieron los caballos al galope y muy pronto alcanzaron las
ltimas filas,  tiempo que se oy una voz estridente y estallaron las
carcajadas de los soldados. El barn vi entonces un gigantesco arquero
que marchaba fuera de las filas y tras l una viejecilla diminuta,
vestida pobremente y con una vara en la mano, con la cual sacuda
vigorosamente las espaldas del arquero  cada pocos pasos, sin dejar de
reirlo  gritos. La vctima de aquella novel ejecucin haca tanto caso
de los palos que reciba como si hubiesen sido dados en uno de los
robles del bosque.

--Qu es eso, Simn? pregunt el seor de Morel. Qu atropello ha
cometido el arquero? Si ha ofendido  esa mujer  apoderdose de su
hacienda, juro dejarlo colgado en la plaza del pueblo, aunque sea el
mejor soldado de mi compaa.

--No, seor barn, contest el veterano esforzndose por contener la
risa. El arquero Tristn es de este pueblo de Horla y la mujer es su
madre, que le da la bienvenida  su manera.

--Yo te ensear, holgazn, perdido, gandul! gritaba la vieja
esgrimiendo la vara.

--Poco  poco, madre, deca Tristn, que ya no ando de vago sino que soy
arquero del rey y voy  las guerras de Francia.

--Con que  Francia, bribn? Ms te valiera quedarte aqu, que yo te
dar toda la guerra que quieras, sin ir tan lejos.

--Eso no lo dudar yo, buena mujer, dijo Simn, que ni franceses ni
espaoles han de sacudirle el polvo como vos lo hacis.

--Y  t qu te importa, deslenguado? exclam la viejecilla volvindose
airada contra Simn. Bonito soldado ests t tambin, entrometido,
borrachn!

--Aguanta, Simn! dijeron los arqueos en coro, con gran risa.

--Dejadla en paz, camaradas, dijo Tristn, que ha sido siempre buena
madre y lo que la desespera es que yo he hecho mi santa voluntad toda la
vida, en lugar de trabajar como un forzado con los leadores de Horla.
Ya es hora de decirnos adis, madre, continu, levantando  la endeble
mujer como una pluma y besndola cariosamente. Quedad tranquila, que os
he de traer una saya de seda y un manto de terciopelo que ni para una
reina y decid  Juanilla mi hermana que tambin habr para ella buenos
ducados de plata cuando yo vuelva.

Dicho esto regres el arquero  las filas y continu la marcha con sus
compaeros. La mujer se qued lloriqueando, y al llegar junto  ella el
barn le dijo:

--Lo vis, seor? Siempre ha sido lo mismo; primero se meti  fraile
para holgazanear, y porque una mozuela no le quiso, y ahora se me marcha
 la guerra dejndome vieja y pobre, sin un alma de Dios que me traiga
un brazado de lea del monte....

--Consolos, buena mujer, que con la proteccin de Dios l volver sano
y salvo y no sin su parte de botn. Lo que siento es haber dado mi bolsa
 un mendigo all en el bosque....

--Perdonad, seor, dijo Roger; todava quedan en ella algunas monedas.

--Pues ddselas  la madre del arquero, orden el noble, poniendo al
trote su caballo, mientras Roger depositaba dos ducados en la mano de la
vieja, que olvidando su clera invoc las bendiciones del cielo sobre el
barn, Tristn y sus compaeros.

Llegada la columna al ro Lminton se di la voz de alto para comer y
descansar, y antes de que el sol empezara su marcha hacia el ocaso
reanudaron la suya los soldados, entonando alegres canciones. Por su
parte el barn deseaba vivamente llegar al trmino de su viaje y 
tierra enemiga, para cruzar la espada y romper lanzas una vez ms con
los adversarios de sus anteriores campaas. Pensando iba en ellas cuando
l y sus escuderos vieron venir por el camino  dos hombres que desde
luego llamaron toda su atencin. El que iba delante era un ser raqutico
y deforme, cuyos alborotados cabellos rojos aumentaban el volumen de
una cabeza enorme; cruel y torva la mirada de los hmedos ojos, pareca
lleno de terror y tena en la mano un pequeo crucifijo que alzaba en
alto, como mostrndolo  todos los pasantes. Iba tras l un sujeto alto
y fornido, con luenga barba negra, llevando al hombro una maza
claveteada que  intervalos alzaba sobre la cabeza del otro,
amenazndole de muerte.

--Por San Jorge, aventura tenemos! dijo el barn. Averigua, Roger, qu
gente es esa y por qu uno de los villanos as amenaza y espanta al
otro.

Pero no necesit adelantarse el escudero, porque los dos hombres
siguieron andando y pronto llegaron  pocos pasos del barn. El que
llevaba el crucifijo se dej caer entonces sobre la hierba y el otro
enarbol enseguida la pesada maza, con tal expresin de furor y odio que
en verdad pareca llegada la ltima hora del cado.

--Teneos! grit el barn. Quin sois y qu os ha hecho ese infeliz?

--No tengo que dar cuenta de mis actos  los viandantes que encuentro en
el camino, contest secamente el desconocido. La ley me protege.

--No es esa mi opinin, dijo el noble, que si la ley os permite amenazar
con esa clava  un hombre indefenso, tampoco me ha de impedir  m
poneros la espada al pecho.

--Por los clavos de Cristo, protejedme, buen caballero! exclam en
aquel punto el del crucifijo, ponindose de rodillas y tendiendo las
manos en ademn suplicante. Cien doblas tengo en el cinto y vuestras son
si matis  mi verdugo.

--Cmo se entiende, tunante? Pretendes comprar con oro el brazo y la
espada de un noble? Creyendo estoy,  fe ma, que eres tan ruin de alma
como de cuerpo y que tienes merecido el trato que recibes.

--Gran verdad decs, seor caballero, repuso el de la maza, que es ste
Pedro el Bermejo, salteador de caminos y con ms de una muerte sobre la
conciencia, terror por muchos meses de Chester y toda la comarca. Una
semana hace que mat  mi hermano alevosamente, persegule con otros
vecinos mos y acosado de cerca se refugi en el monasterio de San Juan.
El reverendo prior no quiso entregrmelo hasta que hube jurado respetar
la vida de este asesino mientras tenga en la mano el crucifijo que le
di en prenda de asilo. He respetado mi juramento hasta ahora como buen
cristiano, pero tambin he jurado seguir al miserable hasta que caiga
rendido y matarlo como un perro, tan luego se le escape de las manos la
santa cruz que aun le protege.

El bandido rugi como una fiera, acercsele amenazante el otro con la
maza en alto y los espectadores de aquella escena los contemplaron algn
tiempo en silencio, alejndose despus por el camino que llevaba la
columna.




CAPTULO XV

DE CMO EL GALEN AMARILLO SE HIZO  LA VELA


Los soldados de Morel durmieron aquella noche en San Leonardo,
repartidos entre las granjas, graneros y dependencias de aquel poblado,
perteneciente, como tantos otros,  la rica abada de Belmonte, que no
muy lejos quedaba. Roger volvi  ver con alegra el hbito blanco de
algunos religiosos all aposentados y record conmovido sus aos de vida
monstica al oir la campana de la capilla convocando  vsperas. Al
rayar el alba se embarcaron hombres de armas, arqueros y servidores en
anchas barcas que los esperaban en la ra del Lande y pasando frente al
pintoresco pueblo de Esbury llegaron  la rada de Solent y al puerto de
Lepe, donde deba de efectuarse su embarco en la galera del rey. En el
puerto vieron multitud de barcas y botes, y anclado  buena distancia un
buque de gran tamao que se balanceaba sobre las espumosas olas.

--Dios sea loado! exclam el barn. Nuestros amigos de Southampton han
cumplido su promesa y h all el galen pintado de amarillo que nos
describan y ofrecan enviarnos  Lepe en sus ltimas cartas.

--Amarillo canario, dijo Roger. Y  lo que parece, bastante grande para
recibir  bordo ms soldados que semillas tiene una granada.

--De lo cual me alegro, observ Froiln, porque  mucho me engao  no
haremos el viaje solos. No vis all  lo lejos, entre aquellas
casuchas de la playa, los colores de un gonfaln y el brillo de las
armas? Esos reflejos no proceden de remos de pescadores ni de ropilla de
villanos.

--Muy cierto es ello, contest Gualtero. Mirad, all va un bote lleno de
hombres de armas, con direccin  la nave. Tendremos compaa numerosa,
tanto mejor. Y por lo pronto nos dan la bienvenida; ved  los del pueblo
que vienen  recibirnos.

Grupos numerosos de hombres, mujeres y nios se dirigan al encuentro de
las barcas y agitaban desde la playa sombreros y pauelos, lanzando
alegres exclamaciones y vitoreando al famoso capitn. Apenas saltaron 
tierra los arqueros de la primera barca, mandados por el sargento Simn,
se acerc  ste un obeso personaje ricamente vestido, que llevaba al
cuello gruesa cadena de oro de la que penda sobre el pecho enorme
medalla del mismo metal.

--Sed bienvenido, alto y poderoso seor, dijo descubriendo una gran
calva y saludando profundamente  Simn. Sed bienvenido  nuestra ciudad
y aceptad nuestros humildes respetos. Dadme desde luego vuestras
rdenes, capitn ilustre, y decidme en qu puedo serviros,  vos y 
vuestra gente.

--Pues ya que tan atento lo ofrecis, contest Simn con sorna, por lo
que  m toca me contentar con un par de eslabones de esa cadena que
llevis al cuello, que ms gruesa no la he visto jams, ni aun entre los
ms opulentos caballeros de Francia.

--Sin duda os chanceis, seor barn, repuso admirado el personaje, que
no era otro sino el corregidor de Lepe. Cmo he de entregaros parte de
esta cadena, insignia del municipio de nuestra ciudad?

--Acabramos, gru el veterano. Vos buscis al barn de Morel, nuestro
valiente capitn, y all lo tenis, que acaba de desembarcar y monta el
caballo negro.

El corregidor contempl sorprendido al barn, cuya endeble apariencia
mal se avena con la fama de sus proezas.

--Sois tanto ms bienvenido, djole despus de repetir el respetuoso
saludo que antes haba dirigido al taimado arquero, por cuanto esta leal
ciudad de Lepe necesita ms que nunca defensores como vos y vuestros
soldados.

--Qu decs? Explicaos, exclam el seor de Morel, esperando
atentamente la respuesta del funcionario.

--Lo que pasa, seor, es que el sanguinario pirata Cabeza Negra, uno de
los ms crueles bandidos normandos, acompaado del genovs Tito Carleti,
ha aparecido ltimamente por nuestras costas, saqueando, incendiando y
matando. Ni el valor de nuestro pueblo ni las vetustas murallas de Lepe
ofrecen proteccin suficiente contra tan temibles enemigos, y el da que
se presenten por aqu....

--Adis Lepe, concluy Gontrn el escudero,  media voz.

--Pero tenis motivos para creer que atacarn vuestra villa? pregunt
el barn.

--Sin duda alguna. Las dos grandes galeras cargadas de piratas han
saqueado ya las vecinas poblaciones de Veymouz y Porland y ayer
incendiaron  Coves. Muy pronto nos tocar el turno.

--Pero es el caso, observ el seor de Morel poniendo su caballo en
direccin de las puertas de la ciudad, que el prncipe real nos espera
en Burdeos y por nada en el mundo quisiera verle en camino dejndome
rezagado. No obstante, os prometo dirigirme  Coves y hacer todo lo
posible para descubrir y castigar  esos bandidos por aquellas
cercanas, tratndolos de suerte que no piensen en nuevas expediciones
ni desembarcos.

--Mucho os agradecemos la oferta, repuso el magistrado, pero no veo cmo
podis triunfar con vuestro nico barco sobre las dos poderosas galeras
corsarias, al paso que con vuestros arqueros en los muros de Lepe fcil
os sera dar  los piratas una leccin sangrienta.

--Ya os he dicho mis razones para no detenerme aqu. Y por lo que hace 
la desigualdad de fuerzas, creed que me infunde gran confianza el
aspecto de aquel galen amarillo que all me espera, y que con mi gente
 bordo no temer los ataques de dos ni de tres barcos piratas. Hoy
mismo nos haremos  la vela.

--Perdonad, seor barn dijo entonces uno de los que acompaaban al
corregidor. Me llamo Golvn y soy capitn del _Galen Amarillo_,
destinado  conduciros. Marino desde la infancia, he peleado  bordo de
barcos ingleses contra normandos y genoveses, bretones, espaoles y
sarracenos, y os aseguro que la nave de mi mando es muy dbil para
atacar corsarios. Lo nico que conseguiris si dis con ellos ser el
degello de la mitad de vuestra gente y la perspectiva, para los que
sobrevivan, de ser vendidos como esclavos y pasar la vida remando en
galeras piratas  moras.

--Pues no creis, seor capitn, que me han faltado combates navales en
mi larga carrera de soldado, replic el noble, y por lo mismo que el
castigo de esos bribones presenta dificultades tanto mayor es mi deseo
de vrmelas con ellos y sentarles la mano.  pesar de vuestras palabras,
capitn, me parecis marino experto y valeroso y creo que conmigo
ganaris honra y provecho en esta empresa.

--He cumplido mi deber dicindoos francamente lo que de ella opino, en
las condiciones en que vis  emprenderla, dijo Golvn, lisonjeado por
las palabras del barn. Pero por Santa Brbara! marino viejo soy y no
s lo que es el miedo. Que nos hundamos  no, contad conmigo.  Coves os
he de llevar, y si  los amos del barco no les gusta el viaje, que
busquen otro capitn despus del zafarrancho.

Tras el grupo de jefes y escuderos entraron en la poblacin los soldados
de Morel, mezclados con multitud de gentes del pueblo en cuyos
semblantes se lea el contento que les causaba la llegada de aquellos
bizarros defensores. El tuno de Simn llevaba del brazo  dos robustas
muchachas,  las que juraba amor eterno, y entre las ltimas filas
descollaba la elevada estatura de Tristn, en cuyo ancho hombro se
sentaba una chicuela pescadora de quince abriles, que un tanto asustada
asa con ambas manos el casco del gigante.

Pensativo cabalgaba el corregidor junto  su ilustre husped y no not
que un caballero de obesidad portentosa y rubicundo semblante se abra
paso entre las filas de curiosos y se diriga precipitadamente  su
encuentro.

--Cmo se entiende, seor corregidor! grit el recienllegado con
esfuerzo tal que se le amorat el rostro. Dnde estn las ostras y
almejas prometidas para la comida de hoy?

--Calmaos, Sir Oliver, dijo el magistrado. Es muy posible que mi
mayordomo y mi cocinero hayan olvidado los ostras  no hayan podido
conseguirlas; pero no hay motivo para desesperarse por tal bicoca. No
faltar que comer.

--Bicoca? Pues me gusta! Una comida sin ostras, sin una miserable
almeja. Qu va  ser de m? Nunca me hubierais convidado  vuestra
mesa....

--Vamos, quedaos siquiera un da sin ostras, amigo Oliver, exclam el
barn rindose, que si hoy habis perdido vuestro plato favorito en
cambio volvis  ver  un amigo,  un compaero de armas.

--Por San Martn! grit el mofletudo personaje, olvidando toda su
clera. Vos, Sir Len, el paladn del Garona! Bienvenido seis! Ah,
con vos se renueva la memoria de aquellos buenos tiempos. Qu
aventuras, qu tajos y qu guerreros! Os acordis?

--S  fe ma. Felices das y gloriosos triunfos aquellos.

--Pero tampoco nos faltaron tribulaciones y pesares. Recordis lo que
nos pas en Medoc?

--No sera gran cosa, buen Oliver; alguna escaramuza que tuvisteis y en
la que no tom parte, pues recuerdo muy bien no haber desenvainado la
espada mientras en Medoc estuve....

--Siempre el mismo, furibundo Morel, fierabrs incorregible. No se trata
de dar ni recibir lanzadas y mandobles, sino de la calamidad
irremediable que nos sucedi en aquel fign, donde nos quedamos sin la
ms apetitosa empanada de liebre que he visto en mi vida porque el bruto
del posadero, en lugar de sal, la llen de azcar. Dios de justicia,
cmo olvidar tamao desastre!

--Ja, ja, ja! Veo que tambin vos segus siendo el mismo, Sir Oliver,
gastrnomo incomparable, cuyo apetito iguala  vuestro valor. Oh, s!
La posada de Medoc, en compaa de Lord Pomers y Claudio Latour, y
vuestra desesperacin al ver perdido el guisado, y cmo perseguisteis al
mesonero espada en mano hasta la calle y quisisteis pegar fuego al
fign. Ja, ja! Creedme, seor corregidor; mi amigo y compaero el noble
Oliver de Butrn es hombre peligroso cuando enristra la lanza y cuando
se queja su estmago, y lo mejor que podis hacer es procurarle cuanto
antes esos mariscos que tanto anhela.

--Antes de una hora los tendr en su plato, dijo el corregidor. Con la
alarma en que estamos no he podido pensar en nada y confieso que olvid
por completo la promesa que hice anoche  vuestro noble amigo de
proporcionarle uno de sus platos favoritos. Pero supongo, seor de
Morel, que vos tambin honraris mi pobre mesa.

--Mucho tengo que hacer todava, contest el barn, pues me propongo
embarcar  toda mi gente esta misma tarde. Qu fuerza mandis, Sir
Oliver?

--Cuarenta y tres hombres. Los cuarenta estn borrachos perdidos y los
tres entre dos luces, pero los tengo  todos seguros  bordo.

--Pues bueno ser que no beban un trago ms, porque antes de que cierre
la noche me propongo darles tarea cumplida, lanzndolos con mi gente
sobre esos piratas normandos y genoveses de quienes habris odo hablar.

--Y que llevan consigo buena provisin de caviar y finas especias de
Levante y otras golosinas apetitosas que me prometo gustar, dijo el
corpulento noble relamindose los labios. Sin contar el buen negocio que
puede hacerse con la venta de las especias sobrantes. Os ruego, seor
capitn, que cuando volvis  bordo mandis  los marineros que echen un
cubo de agua sobre cuantos soldados de mi mando estn todava
calamocanos.

Dejando  su noble amigo y  los personajes de la ciudad congregados
para el banquete, dirigise el barn con su Guardia Blanca  la playa,
donde comenz rpidamente el embarque de hombres, caballos y armas en
grandes barcas que los condujeron  bordo del galen. Tanta prisa les
di el barn y con tan buena maa los recibieron y acomodaron  bordo el
capitn y sus marinos, que se di la seal de levar el ancla cuando el
seor de Butrn estaba todava engullendo los delicados manjares que
cubran la mesa del corregidor. No es de extraar tanta presteza si se
recuerda que poco antes haba embarcado el Prncipe Negro cincuenta mil
hombres en el puerto de Orvel, con caballos, artillera  impedimenta,
hacindose la escuadra  la vela  las veinticuatro horas de comenzado
el embarque. En el ltimo bote que dej la playa de Lepe iban los dos
famosos capitanes, el barn Len de Morel y el caballero Oliver de
Butrn, formando por su aspecto el mayor contraste imaginable. Segualos
otra barca llena de grandes piedras que el barn haba ordenado llevar 
bordo. Poco despus se haca  la vela el enorme _Galen Amarillo_,
enarbolando el pabelln morado con una imagen dorada de San Cristbal en
su centro y saludado por las aclamaciones de la multitud que se agolpaba
en la playa. Ms all de Lepe se extendan los bosques de Hanson y tras
ellos las verdes colinas en lnea no interrumpida, formando un paisaje
risueo y pintoresco.

--Juro por mis pecados que bien vale la pena de pelear y morir por
tierra tan hermosa! exclam el barn, que de pie en la popa tena fijos
los ojos en aquella costa frtil y poblada cual ninguna. Pero mirad
all, Sir Oliver, entre aquellas rocas; no os ha parecido ver  un
jorobado?

--Nada puedo ver, contest el interpelado con melanclico acento, porque
con las prisas que vos nos dis siempre que se trata de ir  romperse el
alma con alguien, tengo atragantada una ostra como el puo y no puedo
olvidar la botella de vino de Chipre que tuve que dejar sobre la mesa,
sin ms que catarlo.

--Yo lo he visto, seor barn, dijo Froiln; el jorobado estaba sobre la
roca ms alta, mirando nuestro barco, y desapareci de sbito.

--Su presencia confirma los buenos augurios que he observado hoy, repuso
el barn. Al dirigirnos  la playa cruzaron nuestro paso un religioso y
una mujer, y ahora divisamos un jorobado antes de perder de vista la
costa. Presagio dichoso. Qu piensas t de ello, Roger?

--No s qu deciros, seor barn, contesto el doncel. Romanos y griegos,
con ser pueblos de gran ilustracin, tenan completa fe en esos
augurios, pero no faltan entre los modernos pensadores y hombres de
ciencia muchos que consideran tales signos como vanos y pueriles.

--No dir yo tal, observ el seor de Butrn, recordando en aquel
momento otro de los desastres gastronmicos que tanto lamentaba. Los
presagios nunca fallan, y si no dgalo todo el ejrcito del prncipe
Eduardo, que all en el paso de los Pirineos oy de repente un trueno
formidable en medio del da, sin que una sola nube ocultase el azul del
cielo. Todos sabamos lo que aquello significaba y que estbamos
amenazados de una gran calamidad; y en efecto, trece das despus
desapareci de la puerta de mi tienda un soberbio cuarto de venado y mis
escuderos descubrieron que se haban agriado seis botellas de vino
bearns que llevaba para mi mesa....

--Pues ya que de escuderos hablis, dijo el barn cuando ces la risa
provocada por los recuerdos de Sir Oliver, debo decir  los mos que hoy
mismo tendrn brillante ocasin de acreditar su valor y de imitar el
ejemplo que les han dejado nobles antecesores. Id  la cmara,
muchachos, y traedme mi arns; el seor de Butrn y yo nos armaremos
aqu, sobre cubierta, con vuestra ayuda. Despus aprestaos vosotros, por
lo que pueda ocurrir y decid  los oficiales que tengan hombres y armas
dispuestos  la primera seal. Quin de nosotros mandar en jefe, Sir
Oliver?

--Vos, amigo mo, vos. Yo soy guerrero viejo como vos y conozco mi
oficio, pero no puedo compararme con el gran capitn que fu un tiempo
escudero de Guillermo de Marny. Lo que hagis estar bien hecho.

--Corriente y gracias. Vuestro pabelln ondear en la proa y el mo 
popa. Os dar como vanguardia vuestros cuarenta hombres y otros tantos
arqueros mos. Cincuenta hombres ms con mis escuderos formarn la
guardia de popa. Los dems en el centro y  los costados del barco, 
excepcin de una docena armados de arcos y ballestas, que irn  las
cofas. Qu os parece la distribucin?

--Inmejorable. Pero aqu me traen mi armadura y el ponrmela es ya para
m tarea larga y difcil.

Entretanto se notaba gran movimiento  bordo, los arqueros y hombres de
armas formaban en grupos sobre cubierta, examinando aqullos sus arcos y
atendiendo  los consejos que les daban el sargento Simn y otros
veteranos, expertos en el manejo de la temible arma.

--Firmes, muchachos y que no se mueva nadie de donde yo lo ponga, iba
diciendo Simn de grupo en grupo. Mientras tengis un buen arco en la
mano no hay pirata que se acerque. Y sobre todo, no olvidis que en
cuanto se suelta una flecha ya debe estar la otra en la mano y en la
cuerda. Esta ha sido siempre la regla en la Guardia Blanca.

--Y digo yo, amigo Simn no es tambin regla el dar  cada soldado
medio cuartillo de vino mientras espera  los piratas con el gaznate
seco? pregunt Tristn de Horla.

--Eso vendr despus, borrachn, pero ahora hay que ganarlo. Cada uno 
su puesto, que  mucho me engao  apuntan por all dos mstiles, tras
las Agujas de Coves.

Arqueros y hombres de armas se tendieron sobre cubierta, en cumplimiento
de las rdenes del barn. Cerca de la proa colgaba de una robusta lanza
el escudo de armas de Butrn, una cabeza negra de jabal en campo de
oro, y en el centro de la proa Reno el veterano clavaba el estandarte
con las cinco rosas de Morel. Cubran el centro de la nave los atezados
marinos de Southampton, gente aguerrida toda, armada con hachas de
abordaje, mazas y picas. Su jefe el capitn Golvn hablaba con el barn
 popa, escudriando ambos el horizonte y vigilando el velamen y los dos
timoneles.

--Dad orden, dijo el barn, de que ningn soldado ni marino se deje ver
hasta que el clarn les mande tender los arcos. Conviene que esos
corsarios tomen al _Galen_ por un barco mercante de Southampton que
huye al descubrir sus naves.

--All estn! No lo dije yo? exclam el capitn volviendo apresurado
junto al barn despus de transmitir su orden. Ved las dos galeras
balancendose plcidamente en la baha exterior de Coves, y mirad
tambin en tierra, hacia el este, la humareda que levantan sus ltimos
incendios. Ah, perros! Ya nos han visto; las lanchas de los
incendiarios se apartan de la costa  todo remo, dirigindose  sus
galeras, que Dios confunda. Y qu multitud  bordo! Parece aquello un
hormiguero. Os repito, seor barn, que la empresa pudiera muy bien
resultar superior  nuestras fuerzas. Esos buques piratas son de primer
orden y sus tripulantes gente desesperada, que lucha hasta morir.

--Pues amigo, os envidio la buena vista que tenis, contest el seor de
Morel con imperturbable calma, guiando sus ojillos irritados. Por lo
pronto, hacedme la merced de decir  la gente que hoy no se da cuartel 
nadie. Tratndose de esas fieras, no quiero prisioneros. Tenis  bordo
un sacerdote  un religioso?

--No, seor barn.

--No importa. La Guardia Blanca se puede pasar sin ellos, porque los
tengo  todos bien confesados desde Salisbury y maldito si han tenido
ocasin de cometer fechoras desde que emprendimos la marcha. Pero  la
verdad, lo siento por el contingente de Vinchester que manda mi noble
amigo de Butrn, pues segn noticias y seales, es gente dscola y la
han corrido en grande estos das.  ver, dad orden de que recen todos un
padrenuestro y un avemara mientras esperan la seal de ataque.

No tard en oirse el prolongado murmullo de todas aquellas preces,
dichas con singular recogimiento por arqueros, marinos y hombres de
armas tan devotos como valientes. Muchos de ellos sacaron cruces y
reliquias que besaron fervientemente, tendidos sobre cubierta y sin
mostrarse al enemigo.

El _Galen Amarillo_ haba abandonado las aguas del Solent y se alejaba
de la costa  toda vela, cortando pesadamente las espumosas olas. En su
seguimiento se haban lanzado las dos naves piratas, pintadas de negro,
de corte estrecho y largo, que contrastaba con la mayor altura y rotunda
forma del galen  que daban caza. Parecan dos lobos hambrientos en
seguimiento de su presa.

--Pero decidme, seor barn. Esos perros han visto ya el escudo y pendn
que llevamos  proa y popa y saben que tenemos dos nobles  bordo, dijo
Golvn.

--Ya haba pensado yo en ello, pero no es de caballeros ni de jefes de
tropas reales el ocultar su presencia. Se dirn que os dirigs  Gascua
y habis recibido nobles pasajeros con destino al cuartel general de
nuestro prncipe. Cmo acortan la distancia!  juzgar por su aspecto y
el nuestro dirase que dos halcones se preparan  caer sobre inocente
paloma. Pero no es maravilla que nos alcancen tan pronto, con su triple
hilera de remos, al paso que nosotros slo tenemos las velas. Vis
alguna seal  bandera  bordo de esos barcos?

--En la vela mayor del de la izquierda hay pintada una enorme cabeza
negra, respondi el capitn.

--Es la galera del cruel pirata normando y la primera vez que la v fu
en Chelsea. Tambin lo v  l, _Cabeza Negra_, en medio del combate. Es
un gigante con la fuerza de seis hombres y los crmenes de sesenta sobre
la conciencia.

--Slo  un brbaro como l se le ocurrira entrar en combate con dos
infelices colgados de las vergas de su buque. Los vis?

--As es en efecto, replic el barn. La Virgen de Embrn me conceder
la merced de ahorcarlo tambin  l dentro de pocas horas. Qu insignia
es aquella en las velas del otro pirata?

--La cruz roja de Gnova.

--Lo que prueba que tenemos all al barbudo Tito Carleti, tan valiente y
casi tan malo como su compaero de pirateras. Ese genovs pretende que
no hay en el mundo arqueros ni soldados como los suyos y tenemos que
probarle lo contrario.

--Se lo probaremos, asinti el animoso capitn. Pero entre tanto, bueno
ser que los arqueros y ballesteros escogidos de antemano suban  las
cofas disimulando su presencia y su nmero lo ms posible. Las tres
anclas estn ya en el centro del buque, con veinte pies de cable cada
una y slidamente amarradas al palo mayor, con cuatro buenos marineros 
cargo de cada ancla. Segn vuestras rdenes, diez hombres distribudos 
lo largo de la cubierta, con pellejos llenos de agua, cuidarn de apagar
todo fuego que puedan producir las flechas incendiarias si las usan esos
bandidos. Las piedras estn tambin en las cofas, y los arqueros se
encargarn de aplastar con ellas  cuanto grupo de piratas se les ponga
 tiro.

--Enviadles  ms de las piedras cualquier otro objeto pesado que
tengis  bordo, dispuso el barn.

--Pues en tal caso lo mejor ser izarles  Sir Oliver, apunt Gualtero.

--Brava ocasin para chanzas! dijo el seor de Morel, con mirada tal
que hizo temblar al escudero. Adems, no se dir que un servidor mo ha
hecho burla de un noble en mi presencia sin el debido correctivo.
Despus de todo, continu reprimiendo con trabajo una sonrisa, demasiado
s que ha sido esa una chanza de muchacho, sin intencin aviesa. Sin
embargo, Gualtero, debo  vuestro padre Carter de Pleyel el ordenaros
que procuris refrenar la lengua.

--Ataque por babor y estribor  la vez, exclam el capitn Golvn,
viendo separarse los dos barcos enemigos. El normando tiene  proa un
pedrero y se preparan  disparar.

-- ver, Simn, tres arqueros, los mejores que tengas, orden el barn;
que elijan los arcos ms poderosos que haya  mano y den una leccin 
los artilleros apenas crean que no perdern sus flechas.

--Arnoldo, Renato y Jaime,  popa! exclam enseguida el veterano. Una
sangra al primer babieca que toque aquel pedrero. Trescientos cincuenta
pasos,  lo sumo. Arnoldo, hijo mo, t el primero y  ver si te luces.
Ves el canalla aquel con la gorra roja? Pues  ensartarlo, antes de que
disparen.

Los tres arqueros nombrados, fija la mirada en la proa del barco
enemigo, tendan lentamente la cuerda de sus enormes arcos, sin cuidarse
ya de si los vean  no los piratas. El numeroso grupo que stos
formaban se haba apartado del pedrero, dejando solos junto  l  dos
hombres encargados de dispararlo. El de la gorra roja se inclin para
apuntar, abri los brazos y cay de bruces con una flecha clavada en el
costado. Casi en el mismo instante recibi el otro pirata un dardo en la
garganta y otro en una pierna y qued retorcindose sobre cubierta.

Al grito de furor de los piratas respondieron las carcajadas de los
arqueros.

--Bien, muchachos! grit Simn. Pero ocultaos de nuevo tras la borda,
porque veo que han resuelto aprovechar la leccin y tienden red de malla
para protegerse contra nuestras flechas. Que nadie asome. No tardaremos
en oir silbar las piedras de esos jayanes.




CAPTULO XVI

DEL COMBATE ENTRE EL GALEN AMARILLO Y LOS DOS PIRATAS.


El supuesto barco mercante y sus dos perseguidores se dirigan
rpidamente hacia el oeste, dejando al norte la costa de San Albano. No
se divisaba otra vela en todo el horizonte. Roger permaneca cerca del
timn, mirando las galeras enemigas y recibiendo de lleno en el rostro
la fuerte brisa del mar que agitaba su rizado cabello rubio. Digno
descendiente de tantos famosos guerreros sajones, su corazn lata con
violencia y hubiera deseado llegar  las manos con los piratas sin ms
tardanza.

De pronto le pareci que una voz ronca le hablaba al odo, y volvindose
prontamente dirigi al timonel una mirada interrogadora. El marino,
sonriente, seal con el pie una gruesa saeta clavada profundamente en
un tabln  tres pasos de la cabeza de Roger. Pocos segundos despus el
timonel cay de bruces y Roger vi en su espalda el asta ensangrentada
de otra flecha. Inclinse para levantar al infeliz y oy el ruido de los
dardos que caan  bordo, semejante al que produce la lluvia de otoo
sobre las hojas secas del bosque.

--Redes de malla  popa! orden el barn.

--Y otro hombre al timn! dijo imperiosamente el capitn.

--T con diez arqueros entretn  los normandos, aadi el seor de
Morel dirigindose  Simn y que otros diez hombres de Sir Oliver hagan
lo mismo con los genoveses. No quiero revelarles todava toda nuestra
fuerza.

Diez arqueros escogidos mandados por Simn se apostaron enseguida en el
lado de la popa por donde avanzaba el barco normando, y los tres
escuderos vieron con admiracin la calma de aquellos veteranos en tales
momentos y la precisin con que obedecan las voces de mando, movindose
 la vez como si fueran un solo hombre. Sus compaeros, ocultos tras la
borda, no les escaseaban las chanzas y los consejos.

--Ms alto, Fernn, ms alto, que todava no suben al abordaje. Pgate
al arco, Renato; no parece sino que le tienes miedo  temes que la
cuerda te manche el coleto. Ten en cuenta el viento, y no desperdicies
flecha.

Entre tanto los dos pedreros enemigos haban tomado la ofensiva, bien
protegidos los servidores de ambas piezas por alta red de malla. La
primera piedra del genovs pas silbando sobre las cabezas de los
arqueros y cay al mar; la del pedrero normando mat un caballo y
derrib  varios soldados, otra abri un boquete enorme en la vela del
_Galen_ y la cuarta di en el centro de la proa y rebotando, arroj al
agua dos hombres de armas de Butrn. El capitn mir fijamente al barn.

--Se mantienen  distancia, dijo, porque nuestros veinte arqueros les
han causado grandes prdidas. Pero nos van  matar mucha gente con sus
pedreros.

--Pues una estratagema para que se acerquen, y el barn di brevemente
sus rdenes.

Trasmitidas que fueron stas, los arqueros empezaron  caer como si la
artillera y las flechas de los piratas causasen en ellos grandes
estragos. Muy pronto no quedaron ms que tres arqueros por banda y los
barcos enemigos se acercaron rpidamente, con las cubiertas llenas de
una turba horrible que lanzaba gritos de triunfo y blanda sables,
hachas, puales y picas.

--Acuden como peces al cebo, exclam el barn.  ellos, soldados, 
ellos! El estandarte aqu,  mi lado, y los escuderos  defenderlo.
Tened las anclas listas para lanzarlas  bordo de esos condenados.
Suenen los clarines y Dios proteja nuestra causa!

Una aclamacin unnime le respondi y las bordas del barco ingls
aparecieron repentinamente cubiertas de proa  popa por una doble lnea
de cascos. La turba enemiga lanz gritos de rabia, sobre todo al recibir
el nublado de flechas que lanzaron los arqueros ingleses en el centro
de aquella abigarrada multitud, compuesta de hombres de todas cataduras
y colores, normandos, sicilianos, genoveses, levantinos y moros. La
confusin  bordo de ambos piratas fu espantosa y grande la matanza,
pues los arqueros lanzaban sus flechas y dardos desde lo alto del enorme
_Galen_, que dominaba las cubiertas enemigas. Adems, en aquella masa
compacta, pronta al abordaje del que crean ser punto menos que
inofensivo buque mercante, no se perda una sola flecha y los piratas
caan  montones, muertos  heridos. En tanto los hombres de armas
destinados al efecto haban lanzado dos anclas  bordo de los buques
enemigos, para impedirles la retirada y las tres naves quedaron unidas
por doble lazo de hierro, cabeceando pesadamente.

Entonces empez una de esas luchas frenticas, sangrientas y hericas,
no referidas por ningn historiador, no cantadas por ningn poeta, de
las que no queda otra seal ni monumento que una nacin poderosa y feliz
y una costa no devastada por las depredaciones que un tiempo la
asolaran.

Los arqueros haban limpiado de enemigos la proa y popa de ambas
galeras, pero los piratas stos atacaron en gran nmero el centro del
_Galen_, cayendo con furia por ambos costados sobre los marinos y
hombres de armas y luchando con ellos cuerpo  cuerpo, en confusin tal
que los soldados y marineros situados en las cofas no se atrevan 
lanzar dardos ni peascos, temerosos de herir y aplastar  sus propios
compaeros. En aquella masa confusa de hombres slo se vea el brillo de
sables y hachas que caan con ruido estridente sobre cascos y armaduras,
derribando ingleses, genoveses y normandos, en medio de una gritera
espantosa, de un tumulto indescriptible. El gigante _Cabeza Negra_,
cubierto de hierro y con una tremenda maza, anonadaba  cuantos se
ponan  su alcance; cada golpe de su maza derribaba una vctima. Por
estribor se haba lanzado al abordaje con no menos mpetu el genovs
Carleti, bajo de estatura, pero cuyos anchos hombros, robusto cuerpo y
membrudos brazos denotaban su fuerza.  la cabeza de cincuenta italianos
escogidos y bien armados se abri paso casi hasta el mstil del barco
ingls y los marinos se vieron cogidos como entre dos muros de hierro
por sus fieros asaltantes, dando y recibiendo la muerte sin pedir
cuartel.

Pero en aquel instante supremo les lleg el auxilio que tanto
necesitaban. El seor de Butrn con sus hombres de armas y el barn
seguido de sus escuderos, de Reno, Simn, Tristn de Horla y otros
veinte, se lanzaron como leones contra las turbas que por ambos lados
haban invadido la cubierta y abrindose sangriento paso llegaron  lo
ms recio de la lucha. Roger no se apart de su seor un solo momento y
aunque mucho haba odo de sus proezas, nunca hasta entonces haba
tenido idea de su valor, de su calma en el combate y de la presteza de
sus movimientos. Saltaba de uno  otro pirata, derribndolos de una
estocada  un tajo, parando los golpes que le asestaban con el escudo y
la espada y llevando el terror entre sus enemigos. Uno de sus golpes
alcanz  Tito Carleti, hirindolo en el cuello y por fin el mismo
_Cabeza Negra_ resolvi concluir con aquel temible combatiente y
lanzndose  su encuentro alz sobre l la pesada maza. Inclinse el
barn para protegerse mejor con el escudo, al propio tiempo que paraba
los golpes del furioso genovs, pero en aquel instante resbal en un
charco de sangre y cay sobre cubierta. Roger atac al gigante normando,
pero un golpe de la maza de ste hizo pedazos su espada y lo derrib
sobre un grupo de muertos y heridos. Iba _Cabeza Negra_  repetir el
golpe, cuando sinti su mueca cogida como con unas tenazas de hierro y
vi  su lado  Tristn, el hercleo arquero, que doblando hacia atrs
el cuerpo del normando, haciendo gala de su increble fuerza, acab por
romperle el brazo y tenderlo cuan largo era sobre las tablas del puente.
Una vez derribado le puso el pual al rostro por entre las barras de la
visera y el temible pirata permaneci inmvil, nico modo de evitar la
muerte que tan de cerca le amenazaba.

Desalentados los normandos con la prdida de su jefe y acosados de
cerca, volvieron la espalda y abandonaron el _Galen_, saltando
atropelladamente sobre la cubierta de su barco, donde empezaron 
diezmarlos las flechas de los arqueros ingleses y los peascos que desde
las cofas les lanzaban los marinos. Adems, unido firmemente el barco
pirata al _Galen_ por el ancla de ste, pasaron  bordo del normando el
seor de Butrn y cincuenta veteranos, en persecucin de los fugitivos.

 estribor continuaba encarnizada la lucha. El genovs y sus secuaces
se defendan con vigor, retrocediendo paso  paso ante los furiosos
ataques del barn de Morel, Roger, Reno y sus arqueros. Carleti, ronco
de ira y de cansancio y cubierto de heridas de las que manaba la sangre
en abundancia, volvi  bordo de su buque con los piratas que le
quedaban, sin cesar de defenderse y perseguido por una docena de
ingleses que se lanzaron al abordaje de la galera. Entonces Carleti
abandon de un salto  sus compaeros, corri  lo largo de la cubierta
y regresando  bordo del _Galen_ cort de un tajo el cable del ancla
que retena  su barco. Hecho esto salt de nuevo sobre la cubierta de
su galera, cuyos remeros empezaron  impelirla y apartarla del _Galen_.

--San Jorge nos asista! grit Gualtero de Pleyel. El barn est en la
galera, peleando con los genoveses! Se lo llevan!

--Est perdido! grit  su vez Froiln de Roda. Saltemos, Gualtero!
Ambos jvenes, de pie sobre la borda del _Galen_, se lanzaron al
espacio. El desgraciado Froiln cay sobre los remos de la galera pirata
y desapareci entre las olas; ms afortunado Gualtero, alcanz la
cubierta del barco enemigo y se uni  los compaeros del barn. Roger
quiso seguir  sus dos amigos en defensa de su seor, pero Tristn de
Horla se lo impidi  la fuerza.

--Cmo has de dar ese salto de muerte, muchacho, si apenas puedes
sostenerte en pie? le dijo. Tienes la cabeza llena de sangre.

--Mi puesto est al lado del barn! rugi Roger, forcejeando
intilmente.

--Qudate aqu, te digo, y te quedars  las buenas   las malas.
Necesitaras alas para llegar  la galera. Esta se alejaba gradualmente.

--Mirad qu valor, cmo se defienden, cmo atacan! continu Tristn
siguiendo los detalles de la lucha  bordo del pirata. Los nuestros han
limpiado la popa de enemigos y adelantan, con el barn  la cabeza.
Bravo Simn, buen golpe! Reno se bate como un tigre. El genovs, aunque
bandido, es un valiente, no hay que dudarlo. Ha conseguido reunir  su
gente en la proa.... Por la Cruz de Gestas, ya cay un arquero, y otro!
Maldito Carleti! Pero all va el barn,  dar cuenta de l. Mira,
Roger!

--El barn ha cado....

--No, una de sus tretas. Ah lo tienes otra vez, ms brioso que nunca,
Qu espada! El jefe pirata retrocede, cae, atravesado de parte  parte.
Viva, viva! Los otros huyen, se rinden. All va Simn. Por vida de! Ya
arra la bandera de la cruz roja, ya iza la de Morel, las cinco
rosas.... Viva!

La muerte de Tito Carleti puso fin  toda resistencia y su galera,
cambiando de bordada, se dirigi de nuevo hacia el _Galen_, saludada
por los gritos de entusiasmo de los soldados. El barn y Sir Oliver no
tardaron en reunirse sobre la cubierta del barco ingls, y retirada el
ancla que lo aferraba  la galera del normando, se hicieron las tres
naves  la vela,  corta distancia una de otra. Roger, ms dbil  cada
momento que pasaba, oy con admiracin la voz tranquila del capitn que
segua mandando la maniobra con tanta calma como lo haba hecho durante
el combate.

--No deja de tener averas bastante graves nuestro pobre _Galen_, dijo
Golvn al seor de Morel apenas pudo hablarle. La borda destrozada, la
vela mayor hecha trizas. Qu dirn los armadores cuando me presente con
su barco en tan triste estado?

--Lo triste sera, dijo el barn, que fueseis vos  sufrir por causa
ma, sobre todo despus de la faena de hoy y de vuestro brillante
comportamiento. Nada, os llevis esas dos galeras como prueba de la
jornada y que las vendan los armadores. Con el importe se reembolsarn
de los perjuicios que haya sufrido el _Galen Amarillo_ y el resto que
lo guarden hasta mi regreso, para distribuirlo entre todos. No os
quejaris de vuestra parte. Por la ma, debo  la Virgen del Priorato
una imagen de plata de diez libras por haberme otorgado la merced de
vencer y matar al pirata genovs, cuyo valor y pericia en el manejo de
las armas soy el primero en reconocer. Y t, Roger? Herido?

--No es nada, dijo el doncel con voz dbil, quitndose el casco que
conservaba claras seales de la poderosa maza del normando. Pero apenas
se hubo descubierto, la sangre inund su rostro y cay desvanecido.

--Pronto volver en s, dijo el noble despus de examinarlo atentamente.
He perdido hoy un valiente escudero y mal puedo perder otro. Cuntas
bajas hemos tenido, Simn?

--Nueve arqueros, siete marinos, once hombres de armas y vuestro
escudero el joven seor de Roda.

--Y el enemigo?

--Slo queda con vida el jefe normando. Ah est, bien agarrotado. Vos
dispondris de l, seor barn.

--Ahrcalo sin tardanza. Hice el voto y hay que cumplirlo. Pero culgalo
de una verga de su propio barco, que tal fu mi promesa.

_Cabeza Negra_, aunque herido y con un brazo roto, se haba mantenido de
pie junto  la borda, entre dos arqueros. Al oir las palabras del barn
se estremeci y su rostro se contrajo violentamente.

--Ahorcado, yo? exclam en francs. Muerte de villano,  m?

--Pues segn noticias, dijo el seor de Morel, vos ahorcabais  cuantos
caan vivos en vuestras manos, sin distincin de nobles  plebeyos.
Adems he hecho voto de colgaros.

--Soy seor de Andelys y corre por mis venas sangre real....

--Sois un pirata desalmado, replic el barn volvindole la espalda, 
tiempo que dos marineros asan  _Cabeza Negra_ y le echaban el dogal al
cuello.

Al sentir la cuerda hizo el jefe pirata un esfuerzo supremo y rompi las
ligaduras que ataban sus manos, derrib  uno de los arqueros que le
guardaban y asiendo por la cintura con su nico brazo sano al marinero
que sujetaba la cuerda, lo levant y se arroj con l al mar.

--Se ha escapado! grit Simn, corriendo hacia el punto de la cubierta
por donde haba desaparecido _Cabeza Negra_.

--Decid ms bien que ha muerto, repuso el capitn. Ambos se han hundido
en las aguas como un plomo.

--No me pesa, dijo el barn; que si bien no he podido cumplir mi voto,
el tal pirata se ha portado como valiente en la lucha, ha muerto como
tal y hubiera sido lstima ahorcarlo cual si se tratara de uno de esos
menguados que lo acompaaban.




CAPTULO XVII

EN LA BARRA DEL GARONA


Por dos das naveg el _Galen Amarillo_  velas desplegadas, impelido
por vientos favorables del nordeste, dej atrs  Ouessant, punto ms
occidental de Francia y al tercer da pas frente  Bella Isla y avist
algunos transportes que regresaban  Inglaterra. Los dos nobles hicieron
colgar sus escudos de armas al costado del barco y observaron con el
mayor inters las seales con que respondan los transportes y que les
indicaban los nombres de aquellos caballeros  quienes las enfermedades
 las heridas hacan regresar  sus hogares en tan crticos momentos.

Por la tarde se notaron seales de prxima tempestad que alarmaron
profundamente al capitn Golvn, pues no slo haba perdido la tercera
parte de sus marineros sino que la mitad de los restantes estaban 
bordo de las dos galeras apresadas; y unido esto  las averas sufridas
por su propio barco, lo ponan en muy malas condiciones para arrostrar
las tempestades de aquella peligrosa costa. El viento sopl con
violencia toda la noche, imprimiendo al pesado transporte fuertes
balances. Roger, aunque debilitado por la prdida de sangre, subi sobre
cubierta al despuntar el da, prefiriendo que lo mojaran las olas 
continuar encerrado en los estrechos y obscuros camarotes, nauseabundos
y llenos de ratas. Asido  una driza, contempl con emocin el
espectculo del mar alborotado, cubierto de innumerables olas y
reflejando el negro color de las nubes. Las dos galeras apresadas
seguan al _Galen_  corta distancia, luchando tambin con el viento y
las olas.  la izquierda, entre la bruma, se vea la tierra de Francia,
aquella tierra donde sus antepasados haban derramado su sangre y
conquistado imperecedera gloria; Francia, patria de tantos famosos
caballeros, de tantas beldades, teatro de altos hechos inolvidables y
asiento de los grandes monumentos, del arte, el lujo y la riqueza. En
presencia de aquella costa francesa bes Roger el preciado velo que le
diera la bella Constanza de Morel, y besndolo hizo el juramento de
conquistar con su valor fama digna de tan noble dama,  perecer en la
demanda. Sacle de sus meditaciones la ronca voz del capitn, que
dominando el tumulto de los elementos, le grit:

--Mal gesto tenis, seor caballero, y no me extraa, que yo mismo con
haber navegado desde la infancia, no recuerdo haber visto nunca promesa
tan segura de una tempestad deshecha. Mal da y peor noche nos esperan.

--Otros eran mis pensamientos, dijo el escudero, muy ajenos  la
tempestad que nos amaga.

--Disponed de m, si en algo puedo serviros. Pero hablando de
pensamientos, no son menos negros los que me asaltan al figurarme las
dificultades de mi viaje de vuelta; vientos contrarios, la vela mayor
partida en dos, muertos la tercera parte de mis marineros, y el barco
con averas y boquetes por todos lados. Creo que antes de llegar de
nuevo  Southampton hemos de vernos convertidos en arenques salados, 
juzgar por la cantidad de agua que espero embarcar en cuanto ponga la
proa  Inglaterra.

--Y qu dice  ello mi seor?

--Abajo est, ayudando  su amigo  descifrar blasones. Lo nico que me
contesta es que no le hable de tales pequeeces. Pequeeces! Pues y
Sir Oliver? En cuanto le digo que me faltan marineros me contesta que
los guise  todos con salsa de Gascua. Me dirig  los arqueros. Que
si quieres! All se estn las horas muertas jugando  los dados,
presididos por el sargento Simn y Reno, y el gigantn cabeza roja que
le rompi el brazo al pirata. "Mirad que el _Galen_ ste se va  hundir
de un momento  otro," les digo. Y maldito lo que se les importa. "Esa
es cuenta vuestra, mal capitn," me dice uno. "Seis y blanco," grue
otro. Y ese Simn que Dios confunda acaba por mandarme al demonio.
Desde aqu se les oye, manada de tiburones!

En efecto,  pesar del rumor del viento y de las olas, llegaba hasta
ellos el eco de los juramentos y las carcajadas de los jugadores que
llenaban la proa.

--Si yo puedo ayudaros... propuso Roger.

--Bastante tenis que hacer con cuidar vuestra averiada cabeza,  lo que
de ella os queda gracias al capacete que aguant lo mejor del golpe.
Pero cuanto puede hacerse por ahora est hecho; tapada con velas y
cables entrelazados la brecha de estribor, slo falta ver lo que
suceder cuando cambiemos de rumbo para evitar las rocas y bajos de la
costa,  la cual nos vamos acercando demasiado. Aqu viene el barn y 
fe ma que llega  tiempo.

--No tomis  desaire mi distraccin, maese Golvn, dijo el caballero,
andando con dificultad  consecuencia de los balances del barco. Estaba
muy preocupado con una difcil cuestin herldica, sobre la cual
quisiera oir vuestra opinin, Roger. Se trata de los cuarteles del
escudo perteneciente  la familia de Sosire, cuyo jefe Sir Leiton es mi
to, casado con la viuda de Sir Enrique Oglander, de Nunvel. La
delimitacin de esos cuarteles ha sido cuestin muy debatida entre
cuantos entienden de blasones. Qu tal vamos, capitn?

--Me preocupa el estado de la nave, seor barn. Tendremos que orzar muy
pronto y en cuanto lo intente empezar el pobre _Galen_  embarcar
agua.

--Que llamen enseguida  Sir Oliver! grit el barn.

Poco despus llegaba  popa el obeso caballero, resbalando  cada paso,
agarrndose  la borda,  las drizas y  cuanto se le pona  mano,
abotargado el rostro y maldiciendo su suerte.

--Qu barco es ste, seor capitn, exclam entre dos balances, en el
que un honrado caballero no puede dar un paso sin exponerse  partirse
el alma? Si ha de continuar mucho tiempo esta danza, ponedme  bordo de
uno de esos piratas, que ms saltarines que vuestra nave no pueden ser,
 buen seguro. Cuando ya no poda tenerme de debilidad, me sent ante un
frasco de malvasa y un jigote de carnero, y al primer bandazo se me
vino encima el frasco, ponindome de perlas ropilla y calzas, y el guiso
fu  dar con salsa y todo en el santo suelo. All quedan mis pajes
corriendo tras l, como lebreles en seguimiento de una cierva. Rayos
del cielo, qu galera ni qu tarasca!... Pero me habis llamado, amigo
Morel?

--Para oir vuestra opinin, desgraciado y hambriento caballero. Aqu
tenis  maese Golvn temeroso de que si vira de bordo el _Galen_
empezar  hacer agua.

--Pues que no vire, la cosa es clara. Y con vuestra venia, barn, me
vuelvo  ver qu hacen aquellos tunantes de pajes....

--Pero es que si no viramos iremos  dar en las rocas antes que os
sentis de nuevo  la mesa, dijo el capitn.

--Pues entonces, virad, con mil de  caballo, gru el seor de Butrn.
Permits, amigo barn?

En aquel instante se oy la voz de los vigas: "Rocas  proa!" En el
centro de una ola enorme,  cien varas de distancia, aparecieron las
obscuras piedras de un arrecife, cubiertas de espuma. El capitn se
lanz al timn y comenz  dar voces de mando, los marineros practicaron
las maniobras sin perder momento, gir el botaln con prolongado
chirrido y el galen cambi de rumbo,  cortsima distancia de los
amenazadores peascos.

--No creo poder salvarlos  tiempo, rugi el capitn aferrado al timn.
San Cristbal nos valga!

--Pues en tan gran peligro estamos, quiero que ondee mi pabelln sobre
cubierta, dijo el barn tranquilamente. Id  buscarlo, Roger, y clavadlo
aqu.

--Y yo, exclam Sir Oliver, prometo  mi excelso patrn Santiago de
Compostela visitar su santuario all en Espaa, si me saca en bien de
este trance, y comerme una carpa ms cada da de vigilia, durante un
ao. Cmo ruge el mar! Qu decs, capitn?

--Pasamos, pasamos! grit Golvn, fija la vista en las rompientes ms
inmediatas  la proa.  la buena de Dios!

Siguieron unos momentos de espera y lugo se sinti en todo el barco el
roce de la quilla sobre las rocas. Una de stas, cuya punta proyectaba
oblcuamente, rasp con fuerza el costado del casco, arrancndole largas
astillas. Un momento despus el _Galen Amarillo_ completaba su
evolucin, el viento hinchaba las velas y escapaban todos al gravsimo
peligro, huyendo de la amenazadora costa, entre las aclamaciones de
marineros y soldados.

--Dios sea loado! exclam el capitn enjugando el sudor que le baaba
la frente. No volver  Southampton sin ofrecer un cirio de cinco libras
al buen San Cristbal en la capilla del convento.

--Vaya, pues me alegro, coment Sir Oliver, porque  la verdad prefiero
morir enjuto, por ms que despus de haber comido tanto pescado en esta
vida, sera muy justo que los peces me comiesen  m. Y ya que de comer
se trata,  mi cmara me vuelvo....

--Esperad algo ms, querido compaero, dijo el barn, porque si no he
entendido mal, escapamos de un peligro para caer en otro.

--Capitn! grit en aquel momento el contramaestre las olas se han
llevado las velas que cerraban el boquete de babor! El barco hace agua!

Tras el contramaestre aparecieron corriendo muchos marineros, anunciando
que el agua inundaba el interior del barco y que los caballos estaban en
inmediato peligro. Obedeciendo las rdenes enrgicas de Golvn,
afianzaron velas sobre el boquete abierto en el costado, operacin
dificilsima en aquellas circunstancias y que una vez terminada impidi,
aunque no totalmente, la entrada del agua. El _Galen_ se haba hundido
bastante y las olas barran la cubierta con frecuencia.

--No creo que resista en la direccin que llevamos, dijo el capitn,
pero si viro encallamos en la costa.

--Y amainando velas? sugiri el barn. No podramos esperar la calma
del mar y el viento?

--No, una y otro no tardaran en arrojarnos contra las rocas. En treinta
aos que llevo  bordo no me he visto en lance igual. Los santos del
cielo se apiaden de nosotros!

--Y muy particularmente confo yo en la proteccin del gran Santiago, en
cuyo da hago voto de comerme otra carpa, adems de la prometida ya para
todos los das de vigilia del ao....

Golvn mir en direccin de las dos galeras apresadas; veaselas  gran
distancia, ya saltando sobre las olas ya cayendo pesadamente entre
ellas.

--Si estuviesen ms cerca, dijo el marino, todava podramos salvarnos.
Por lo pronto, seor barn, convendra que os quitseis la armadura,
porque de un momento  otro podemos vernos en el agua.

--No acepto el consejo, respondi el caballero. No se dir que un noble
se desarma voluntariamente porque le amenazan Eolo y Neptuno. Lo que
har ser convocar sobre cubierta  la Guardia Blanca y aguardar con
ella la buena  mala suerte que el cielo nos depare. Pero qu es
aquello, maese Golvn? Por escasa que sea mi vista me parece no ser sta
la primera vez que contemplo aquellos dos promontorios, all  la
izquierda.

--Por San Cristbal bendito! exclam el marino con voz gozosa y mirando
vidamente en la direccin indicada. Es La Tremblade! Y yo que crea
no haber pasado de Olorn! All, frente  nosotros, est la
desembocadura del Garona, y una vez pasada la barra habr desaparecido
el peligro. Orza, muchachos! Timn  babor!

Movise otra vez el botaln, el viento cogi las velas  estribor 
impuls el asendereado barco en la nueva direccin que le ofreca tan
inesperado refugio. De uno  otro extremo de la anchurosa ra formaban
las olas movible barrera coronada de espuma que se extenda, por el
norte, hasta un elevado pico y por el sud hasta una punta baja y
arenosa. En el centro una pequea isla contra la cual se estrellaban
furiosas las olas.

--Entre la isla y el promontorio hay un canal, dijo el capitn; me lo
indic el piloto del prncipe real en persona. Veremos si el _Galen_
obedece  mi mano, cargado de agua como v y sumergido una braza ms de
lo que debiera.

--Adelante, maese, exclam el seor de Butrn; dos veces nos ha sido
favorable la fortuna en los inminentes peligros de este da, y si nos
protege ahora, hago voto al bendito Santiago de....

--Tened la lengua, Butrn amigo, que si segus ofrecindoos carpas
acabaris por atraernos la indignacin del santo....

--Os ruego ordenis  los soldados que se tiendan sobre cubierta y
permanezcan inmviles, dijo el capitn. Dentro de pocos minutos
estaremos salvados  habr llegado nuestra ltima hora.

Arqueros y hombres de armas obedecieron prontamente. Golvn se aferr
al timn y mir fijamente  proa, por debajo de la hinchada vela mayor.
Los dos jefes, inmviles  popa, contemplaban tambin la temida barra.
Por fin el _Galen Amarillo_ lleg  las rompientes, evit los
obstculos y en cortos momentos, dejando atrs todo peligro, surc las
tranquilas aguas del Garona.




CAPTULO XVIII

DE CMO EL BARN HIZO VOTO DE PONERSE UN PARCHE


Un viernes por la maana, el veintinueve de Diciembre, dos das antes
del de San Silvestre, ancl el _Galen Amarillo_ frente  la noble
ciudad de Burdeos. Grandes fueron el inters y la admiracin de Roger al
contemplar desde  bordo el bosque de mstiles, los numerosos botes que
cruzaban en todas direcciones y la hermosa ciudad extendida en forma de
media luna  orillas del ro, con sus altas torres y la multitud de
edificios de arquitectura y colores variadsimos. Nunca en su tranquila
vida haba visto ciudad de igual importancia, ni contaba Inglaterra, con
la sola excepcin de Londres, otra que pudiera comparrsele en extensin
y riqueza.  Burdeos llegaban por aquella poca los productos de todas
las frtiles comarcas baadas por el Dordoa y el Garona; los tejidos
del sud, las pieles de Guiena, los vinos del Medoc, para exportarlos
despus  Hull, Exeter, Dartmouth, Bristol  Chester, en cambio de las
lanas y lanillas inglesas. En Burdeos se hallaban tambin los famosos
hornos de fundicin y las forjas que haban dado  sus aceros universal
renombre y con los cuales se forjaban las espadas y lanzas mejor
templadas. Desde su galen vea Roger el humo que despedan las altas
chimeneas de las fundiciones y la brisa le llevaba de cuando en cuando
el toque de los clarines que resonaba en las murallas de la plaza.

--Hola, _mon petit_! dijo Simn acercndosele. Hete ya escudero hecho y
derecho y en camino de calzarte muy pronto la espuela de oro, mientras
que yo soy y ser sargento instructor de arqueros y nada ms. Apenas me
atrevo  seguir hablndote con la misma franqueza que cuando
trincbamos en los mesones de nuestra tierra. Sin embargo, todava puedo
servirte de gua por estos rumbos, nuevos para t y sobre todo en
Burdeos, cuyas casas conozco una por una, tan bien como conoce el fraile
las cuentas de su rosario.

--Demasiado me conocis tambin  m, Simn, para creer que pueda yo
menospreciar  un amigo como vos porque la fortuna parece sonreirme,
contest el doncel poniendo una mano sobre el hombro del veterano.
Siento que hayis pensado cosa semejante.

--No, camarada, ni pensarlo siquiera. Fu una prueba para ver si seguas
siendo el mismo, aunque no deb dudarlo un momento.

--Dnde estara yo hoy,  no haberos conocido en la venta de Dunn?
Desde luego no hubiera ido al castillo de Monteagudo, ni sera escudero
de nuestro valiente capitn, y probablemente no hubiera visto nunca
....

Aqu se detuvo ruborizndose, pero Simn no lo not, absorto como estaba
con sus propios recuerdos.

--Buen mesn el del _Pjaro Verde_ eh? Por el filo de mi espada!
Peores cosas podra hacer que casarme con aquella ventera tan fresca y
rolliza, cuando me llegue el da de trocar este coleto y la cota de
malla por la ropilla de pao.

--Pues yo crea que habais dado palabra de casamiento  una muchacha de
Salisbury.

-- tres, amigo Roger,  tres. Y mucho me temo no volver jams  aquel
pueblo,  fin de evitar un recibimiento ms caluroso que el que pudieran
hacerme tres escuadrones franceses en Gascua.... Pero mira aquella gran
torre donde flamea el estandarte de los leones de oro; es la bandera
real inglesa, con la divisa de nuestro prncipe. El edificio es la
abada de San Andrs, y all se hospeda con su corte hace ms de un ao.

--Y aquella otra torre gris?

--La iglesia de San Miguel, y  la izquierda la de San Remo. El casern
inmediato es el palacio de Berland. Mira tambin esas fuertes murallas,
con tres poternas hacia el ro y diez y seis en todo el circuito de
tierra.

--Y  qu el continuo sonar de tantos clarines?

--Mal puede ser otra cosa, cuando casi todos los grandes seores de
Inglaterra y Gascua estn aposentados detrs de esos muros y el que ms
y el que menos quiere que el clarn  su servicio se oiga tanto y tan
frecuentemente como el de su vecino.  fe ma que me recuerdan un
campamento escocs por la zambra que arman stos con sus gaitas. All
avanza un grupo de pajes que van  dar de beber  los caballos. Cada uno
de esos corceles indica la presencia de un caballero en Burdeos, porque
tengo entendido que los hombres de armas y arqueros han marchado ya con
direccin  Dax.

--Simn! llam el seor de Morel. Avisa  la gente que dentro de una
hora estarn aqu las lanchas y que lo tengan todo listo para el
desembarco.

El arquero salud y se dirigi apresuradamente  proa. Sir Oliver no
tard en reunirse  su amigo y ambos caballeros empezaron  pasear sobre
cubierta, observando y comentando la vista de la ciudad. Vesta el barn
un traje de terciopelo negro, con gorra redonda de igual material y
color, y sujeto  sta el guante de la baronesa, cubierto en parte por
rizada pluma blanca. Con la modestia aparente del rico pero obscuro
traje contrastaban los brillantes arreos de Sir Oliver, vestido  la
ltima moda, con justillo, calzn y capa corta de terciopelo verde,
acuchilladas de rojo las mangas y con birrete rojo tambin y de gran
tamao. Las puntas de su calzado, encorvadas _ la poulaine_, parecan
amenazar las piernas del rechoncho caballero.

--Una vez ms nos vemos frente  esta puerta de honor que en tantas
ocasiones nos ha franqueado el paso  los campos del combate y de la
gloria, dijo el barn contemplando la ciudad con brillante mirada. All
ondea el pabelln del prncipe y justo es que ante todo le rindamos
homenaje. Ya veo dirigirse hacia aqu las lanchas que deben de
conducirnos.

--No es maleja la posada inmediata  la puerta del oeste, contest el
glotn, y bien pudiramos aplacar el hambre antes de ir  saludar al
prncipe, porque la mesa de ste, aunque cubierta de brocado y plata, no
es gran cosa para gentes de mi apetito, ni Su Alteza tiene la menor
simpata por sus superiores....

--Sus superiores?

--En la mesa y con el tenedor en la mano, quiero decir. Dios me libre
de faltarle al respeto, pero le he visto sonreirse porque yo miraba por
cuarta vez al trinchante un da que nos sirvieron caza soberbia. Y en
cambio l me da lstima en la mesa, jugueteando con su cubilete de oro,
en el que bebe cuando ms un poco de vino aguado. Y os recuerdo lo del
mesn, amigo, porque la guerra y la gloria no bastan  un cuerpo como el
mo, ni es cosa de estrechar el cinto por la prisa de saludar  Su
Alteza.

--Casi todas las naves cercanas  la nuestra ostentan el escudo de algn
noble, continu el seor de Morel. H all el de los Percy,  inmediatos
los de Abercombe, Moreland, Bruce y tantos otros. Extrao sera que de
tal reunin de bizarros caballeros no resultasen notables hechos de
armas. Aqu est nuestra lancha, Butrn, y si es vuestro parecer iremos
directamente  la abada con nuestros escuderos, dejando  maese Golvn
al cuidado de armas y bagajes y de su desembarque.

Pronto quedaron instalados caballeros y escuderos en una de las lanchas
y sus caballos en una barcaza prevenida al efecto. Apenas lleg el barn
 tierra hinc la rodilla y elev al cielo ferviente splica. Despus
sac de su pecho un pequeo parche negro y ponindoselo sobre el ojo
izquierdo lo at firmemente, diciendo:

--Por San Jorge y por mi dama! Hago voto de no descubrir este ojo hasta
haber visto la tierra de Espaa y realizado en ella un hecho de armas
que redunde en honra de mi patria y de mi nombre. As lo juro sobre mi
espada y sobre el guante de mi dama.

--Al veros y oiros me siento rejuvenecer veinte aos, Morel, le dijo su
amigo cuando hubieron montado y pustose en camino hacia la Puerta del
Mar. Pero, por merced, si un caballero cegato como vos se quita
voluntariamente la mitad de la poca vista que le queda, no vis 
distinguir un arquero ingls de un capitn espaol. Parceme que no
habis andado muy cuerdo en la eleccin de vuestro voto.

--Sabed, seor caballero, repuso el barn con voz imperiosa, que siempre
ver lo bastante para distinguir la senda del deber y de la gloria,
camino en el cual no necesito gua.

--Medrados estamos, y no es mal humorcillo el que mostris apenas
llegado  tierra de Francia! exclam Sir Oliver. Pero  bien que si me
buscis querella, y con vos no he de tenerla, aprovechar la ocasin
para dejaros solo y visitar una vez ms la _Cabeza de Oro_ aqu cercana,
cuyos guisos de perdices adobadas han dejado en m eterna remembranza.

--No, amigo, dijo sonriente el barn. Nos conocemos y estimamos
demasiado para reir por palabra ms  menos, como dos pajecillos.
Creedme, venid conmigo  saludar al prncipe y despus buscaremos
alojamiento y mesa; aunque tengo para m que ver con pesar  tan buen
servidor como vos trocar la mesa del prncipe por la de un fign. Pero
quin viene ah? No es ese caballero que nos saluda el seor Roberto
Delvar? Dios sea con vos, buen Roberto! Y aqu est tambin De Cheney.
Qu grato encuentro!

Los cuatro caballeros continuaron juntos su camino, seguidos de Roger,
Gualtero y Juan de Norbury, escudero de Sir Oliver. Tras ellos iban Reno
y Verney, portaestandartes de Morel y Butrn. Norbury era un joven alto
y seco, que cabalgaba erguido y sin mirar  derecha ni izquierda, como
muy conocedor de la ciudad, donde ya haba estado pocos aos antes; pero
Gualtero y Roger, llenos de curiosidad, lo escudriaban todo, paseantes,
calles, edificios y blasones, llamndose mutuamente la atencin  cada
instante hacia cuanto les rodeaba. El joven de Pleyel no se cansaba de
oir la nueva lengua en que se expresaban los vendedores de los puestos
ambulantes y los grupos de gentes del pueblo.

--Pero has odo en tu vida cosa semejante? preguntaba  su compaero.
Lo raro es que no se les haya ocurrido aprender el ingls y hablar como
Dios manda, ahora que su tierra pertenece  la corona de Inglaterra. Y
por vida ma! que estas muchachas francesas valen un imperio. Mira esa
moza del zagalejo azul. Vaya un palmito!

No es maravilla que el aspecto de la ciudad produjera profunda impresin
en los que la contemplaban por vez primera. Rica, populosa, animadsima,
Burdeos se hallaba entonces en su apogeo. Adems de sus industrias,
armeras y gran comercio, las prolongadas guerras que haban arruinado 
tantas otras villas francesas la haban favorecido notablemente. En
Burdeos se acaparaba y se venda inmenso botn, procedente de batallas,
saqueos y presas martimas, cuyo producto en ella se gastaba casi
totalmente. Adems, la numerosa corte del Prncipe Negro all instalada
definitivamente, haba atrado  multitud de nobles ingleses con sus
familias y servidores, elemento fastuoso cuyo entretenimiento, fiestas y
grandes gastos contribuan no poco  la prosperidad de la noble villa
del Garona. Sin embargo, la reciente acumulacin de fuerzas numerosas
para la prxima expedicin  Espaa en auxilio de Don Pedro de Castilla
contra su hermano bastardo Don Enrique de Trastamara, haba producido
gran escasez y caresta de provisiones y el Prncipe Negro acababa de
enviar la mayor parte de sus tercios y escuadrones  la comarca de Dax,
en Gascua.

Frente  la abada de San Andrs se abra una gran plaza que  la
llegada de nuestros caballeros estaba ocupada por multitud de gentes del
pueblo atradas por la curiosidad, soldados, religiosos, pajes y
vendedores ambulantes. Algunos brillantes caballeros que se dirigan 
la morada del prncipe cruzaban la plaza  intervalos, separando con
dificultad los grupos de hombres, mujeres y chiquillos que se
precipitaban  su paso. Las enormes puertas de roble y hierro estaban
abiertas de par en par, indicando que el prncipe daba audiencia en
aquel momento; y una veintena de arqueros apostados frente al edificio
mantena las turbas  debida distancia, no sin distribuir de cuando en
cuando cintarazos sendos entre los curiosos ms osados. En el ancho
portal daban guardia dos caballeros armados de punta en blanco, calada
la visera y apoyados en sus lanzas; y entre ellos, sentado  una mesa
baja y atendido por dos pajes, se hallaba el secretario de Su Alteza,
encargado de anotar en el registro que delante tena el nombre y ttulos
de los nobles visitantes y en especial los de aquellos recin llegados 
la corte. Era aquel personaje hombre de avanzada edad, cuyos largos
cabellos y barba blancos le daban venerable aspecto, realzado por el
amplio ropaje de color prpura que lo cubra hasta los pies.

--Ah tenis  Roldn de Parington, secretario regio, dijo el seor de
Morel. Pobre del que trate de engaarle  de contradecir sus notas y
registros, porque es el hombre ms versado que existe en asuntos
genealgicos y tiene en la memoria los ttulos y blasones de cuantos
caballeros hay en Francia  Inglaterra y creo que tambin la historia
completa de sus alianzas y servicios. Dejemos aqu nuestros caballos y
entremos con los escuderos.

Llegados al portal y al secretario regio, hallronle en animado coloquio
con un joven y elegante caballero, muy deseoso al parecer de conseguir
entrada en la abada.

--Os llamis Marvel? deca Roldn de Parington. Pues me parece que no
habis sido presentado an.

--As es, contest el otro. Aunque slo llevo veinticuatro horas en
Burdeos, no he querido diferir la presentacin de mis respetos  Su
Alteza.

--Que no deja de tener otros muchos y muy graves asuntos  que atender.
Pero siendo Marvel por fuerza pertenecis  los Marvel de Normanton, y
as lo veo en efecto por vuestro blasn: sable y armio.

--Marvel de Normanton soy, afirm el joven tras un momento de
vacilacin.

--En tal caso vuestro nombre es Esteban Marvel, hijo primognito del
barn Guy del mismo apellido, muerto recientemente.

--El barn Esteban es mi hermano mayor, confes en voz baja el noble y
yo soy Arturo, el segundo de mi casa y de mi nombre.

--Acabramos! exclam el implacable secretario. Y siendo ello as
dnde est en vuestro escudo el crestn que lo denote? Para cundo es
la media luna de plata que debera de llevar vuestro blasn para indicar
que no es el del jefe de la familia, sino el de un segundn? Retiraos,
seor mo y no esperis ser presentado al prncipe hasta tener vuestro
escudo de armas muy en regla.

Retirse confuso el noble, siguile con la vista el secretario y not
casi en seguida el estandarte con las cinco rosas encarnadas que tan
orgullosamente portaba el veterano Reno.

--Por mi nombre! exclam Parington. Huspedes tenemos hoy aqu 
quienes no hay que preguntar si los abona nobleza de primer orden. Las
Rosas de Morel! Y digo, la cabeza de jabal de los Butrn! Ah!
Pendones son esos que podrn estarse aqu en fila, esperando turno, pero
que han figurado y figurarn siempre en primera lnea en los campos de
batalla. Bienvenidos, seores! Qu alegra la del canciller De Chandos
cuando vea y abrace  sus predilectos compaeros de armas! Por aqu,
caballeros. Vuestros escuderos son sin duda dignos del renombre de sus
seores.  ver las armas. Hola! aqu tenemos  un Clinton, de la
antigua familia de Hanson y  uno de los Pleyel, rancia nobleza sajona.
Y vos? Norbury. Los hay en Chesire y tambin en la frontera de Escocia.
Corriente, seores mos; vuestra admisin y presentacin tendrn efecto
al instante.

Los pajes abrieron una puerta inmediata que daba entrada  un amplio
saln, en el que nuestros caballeros hallaron congregados  otros muchos
nobles que como ellos esperaban audiencia. En el testero fronterizo  la
puerta de entrada haba otra guardada por dos hombres de armas. Abrase
 intervalos para dar paso  un funcionario que nombraba en alta voz al
noble designado por el prncipe.

Butrn y Morel tomaron asiento y Roger no tard en distinguir entre los
grupos de apuestos caballeros  uno que hacia l se diriga y  quienes
todos saludaban con respeto y miraban con evidente inters. Muy alto y
delgado, blanco el cabello y blancos tambin los desmesurados bigotes
que caan laciamente hacia el cuello, pareca conservar por su mirada de
guila, la viveza de sus ademanes y la gracia de su paso todo el vigor
de la juventud. Tena el rostro lleno de cicatrices, seal indeleble,
algunas de tremendas heridas, que lo desfiguraban por completo;
faltbale adems un ojo, y con tantas averas hubiera sido imposible
reconocer en l al bizarro doncel que cuarenta aos antes haba sido el
encanto de la corte inglesa por su valor, su fama y su presencia y el
caballero predilecto de las damas. Pero entonces como despus segua
siendo el canciller De Chandos honra y prez de la nobleza del reino, una
de sus mejores lanzas y el ms respetado de sus caballeros, el hroe de
Crcy, Chelsea, Poitiers, Auray y de tntos otros combates como aos
contaba su larga y gloriosa vida.

--Ah, por fin os encuentro, corazn de oro! exclam Chandos abrazando
estrechamente al barn de Morel. Tena noticias de vuestra llegada y no
he parado hasta dar con vos.

--Grande es el placer que me causa volver  ver al amigo querido y al
modelo de caballeros, dijo Morel devolviendo el abrazo.

--Y por lo que veo, aadi rindose el de Chandos, en esta campaa
seremos tal para cual, porque  m me falta un ojo y vos os habis
tapado uno de los vuestros. Bienvenido, Sir Oliver! No os haba visto.
Entraremos  saludar al prncipe cuanto antes, pero os prevengo que si
hace esperar  tales caballeros es porque est ocupadsimo. Don Pedro de
Castilla por una parte, el rey de Aragn por otra, el de Navarra, que
cambia de parecer de la noche  la maana, y lugo el enjambre de
seores gascones, aadi bajando la voz, con sus interminables
pretensiones, todo contribuye  que el prncipe no tenga una hora suya.
Cmo dejasteis  mi seora de Morel?

--Bien de salud, pero entristecido el nimo. Mucho me encarg que os
saludara en su nombre.

--Soy siempre su caballero y su esclavo. Y vuestro viaje?

--No pudiera desearlo mejor, contest el barn. La mar algo alborotada,
pero tuvimos la suerte de avistar unas galeras piratas,  las que
dijimos dos palabras.

--Siempre afortunado, Morel! Ya nos contaris la aventura esa. Pero
ahora, dejad aqu  vuestros escuderos, seguidme de cerca y creo que el
prncipe no vacilar en recibiros fuera de turno, cuando sepa qu par de
veteranos ilustres estn haciendo antesala.

Los seores de Morel y Butrn siguieron al de Chandos, saludando  su
paso entre los grupos de nobles  muchos antiguos compaeros de armas.




CAPTULO XIX

ANTE EL DUQUE DE AQUITANIA


Aunque no de grandes dimensiones, la cmara del prncipe estaba
amueblada y decorada con tanto gusto como riqueza. En el testero, sobre
un estrado, dos regios sillones con dosel de terciopelo carmes
esmaltado de flores de lis de plata. Sitiales tallados recubiertos de
damasco, tapices, alfombras y almohadones ricamente guarnecidos
completaban el mueblaje.

Ocupaba uno de los sillones del estrado un personaje de elevada estatura
y formas bien proporcionadas, plido el rostro y cuya mirada algo dura
daba al semblante expresin un tanto amenazadora. Era ste Don Pedro de
Castilla. En el silln de la izquierda se sentaba otro prncipe espaol,
Don Jaime, quien lejos de parecer aburrido como su compaero, mostraba
gran inters en cuanto le rodeaba y acoga con sonrisas y saludos  los
caballeros ingleses y gascones. Cerca de ambos y sobre el mismo estrado
ocupaba tambin un sitial ms bajo el famoso Prncipe Negro, Eduardo,
hijo del soberano de Inglaterra. Vestido modestamente, nadie que no le
conociese hubiera soado ver en l al vencedor de tantas y tan grandes
victorias, cuya fama llenaba el mundo. En su preocupado semblante se
reflejaba en aquellos momentos una expresin de enojo.  uno y otro lado
del saln vease triple fila de prelados y altos dignatarios de
Aquitania, barones, caballeros y cortesanos.

--H all al prncipe, dijo Chandos al entrar. Los dos personajes
sentados detrs de l son los monarcas espaoles para quienes, con la
ayuda de Dios y nuestro esfuerzo, vamos  conquistar respectivamente 
Castilla y Mallorca. Muy preocupado est Su Alteza, y no me asombra.

Pero el prncipe haba notado su entrada y placentera sonrisa anim su
rostro.

--Innecesarios son esta vez vuestros buenos oficios, Chandos, dijo
levantndose. Estos valientes caballeros me son muy bien conocidos para
necesitar introductor. Bienvenidos  mi ducado de Aquitania sean Sir
Len de Morel y Sir Oliver Butrn. No, amigos; doblad la rodilla ante el
rey mi padre en Windsor;  m dadme vuestras manos. Bien llegis, pues
cuento daros no poco que hacer antes de que volvis  ver vuestra tierra
de Hanson. Habis estado en Espaa, seor de Butrn?

--S, Alteza, y lo que ms recuerdo es aquella famosa y deliciossima
olla podrida del pas....

--Siempre el mismo,  lo que veo! exclam el prncipe rindose, lo
mismo que otros muchos caballeros. Pero descuidad, que una vez all
trataremos de que obtengis vuestro plato espaol favorito, preparado
con todas las reglas del arte. Ya ve Vuestra Alteza, continu
dirigindose al rey Don Pedro, que no faltan entre nuestros caballeros
admiradores entusiastas de la cocina espaola. Pero, dicho sea en honor
de Sir Oliver, tambin sabe pelear con el estmago vaco. Bien lo prob
all en Poitiers, cuando batallamos por dos das sin ms alimento que
unos mendrugos de pan y unos tragos de agua cenagosa; y todava recuerdo
cmo se lanz en lo ms recio del combate y de un solo tajo hizo rodar
por tierra la cabeza de un brillante caballero picardo.

--Porque se le ocurri impedirme el paso  un carro cargado de vveres
que tenan los franceses, observ Sir Oliver, con gran risa de todos los
presentes.

--Cuntos reclutas me trais? le pregunt el prncipe.

--Cuarenta hombres de armas, seor, contest Sir Oliver.

--Y yo cien arqueros y cincuenta lanzas, dijo el seor de Morel; pero
cerca de la frontera navarra me esperan otros doscientos hombres.

--Qu fuerza es esa, barn?

--Una compaa famosa, llamada la Guardia Blanca.

Con gran sorpresa del barn, sus palabras fueron acogidas con unnime
carcajada. El mismo prncipe y los dos reyes extranjeros participaron de
la hilaridad general. El barn de Morel mir tranquilamente  uno y
otro lado, y fijndose por ltimo en un fornido caballero de poblada
barba negra situado cerca de l y que se rea ms ruidosamente que los
dems, se dirigi  l y tocndole el brazo le dijo:

--Cuando hayis acabado de reros no me negaris la merced de una breve
entrevista, en lugar donde podamos entendernos cara  cara y espada en
mano....

--Calma, barn! exclam Su Alteza. No busquis querella al seor
Roberto Briquet, que tanta culpa tiene l como todos nosotros. La verdad
es que cuando entrasteis acabbamos de oir, y yo con enojo, noticias de
las fechoras cometidas por esa misma Guardia Blanca, tales y tntas que
jur ahorcar al capitn de esa compaa. Lejos estaba yo de hallarlo
entre los ms valientes y escogidos de mis jefes. Pero mi juramento es
nulo, en vista de que acabis de llegar de Inglaterra y ni sabis lo que
ha hecho vuestra gente por aqu, ni es posible exigiros por ello asomo
de responsabilidad.

--Que yo sea ahorcado es cuestin de poca monta, seor, contest al
punto el barn, si bien el gnero de muerte es menos noble de lo que yo
esperara. Pero lo esencial es que el prncipe de Inglaterra y modelo de
caballeros, no deje sin cumplir su juramento, por ninguna razn ni
pretexto....

--No insistis, barn. Al oir hace poco  un vecino de Montaubn, que
nos refera los saqueos y depredaciones de esos foragidos, hice voto de
castigar duramente al que en realidad los manda hoy. Vos y el seor de
Butrn quedis invitados  mi mesa y por lo pronto formis parte de los
caballeros de mi squito.

Inclinronse ambos nobles y siguiendo al seor de Chandos, llegaron al
extremo opuesto del saln, fuera de los apretados grupos de guerreros y
cortesanos.

--Muchos deseos tenis de que os ahorquen, mi buen amigo, dijo Chandos,
y por vida ma, en tal caso lo mejor hubiera sido dirigiros al rey Don
Pedro, que no hubiera tardado en complaceros, atendido  que vuestra
Guardia Blanca se ha conducido en la frontera como una manada de lobos.

--No tardar en meterlos en cintura, con el favor de San Jorge y una
buena cuerda para ahorcar  los ms dscolos. Y ahora os ruego, noble
amigo, que me digis los nombres de algunos de estos caballeros, pues
son muchas las caras desconocidas que me rodean. En cambio otras las
conozco desde que cio espada.

--Mirad ante todo aquellos graves religiosos, inmediatos  los regios
asientos. Es uno el arzobispo de Burdeos y el otro el obispo de Agn.
Aquel caballero de la barba entrecana, que sin duda ha llamado vuestra
atencin por su imponente figura y marcial aspecto, es Sir Guillermo
Fenton. Tengo la honra de compartir con l las funciones de la
Cancillera de Aquitania.

--Y los nobles situados  la derecha de Don Pedro?

--Son distinguidos capitanes espaoles que han seguido al monarca en su
destierro, y entre ellos he de nombraros  Don Fernando de Castro, el
primero junto  las gradas, modelo de caballeros y tan hidalgo como
valiente. Frente  nosotros estn los seores gascones, cuyo serio y
enojado aspecto revela el reciente disgusto que han tenido con Su
Alteza. El de elevada estatura y hercleo cuerpo es Captal de Buch,
nombre que habris odo con frecuencia, pues no hay en Gascua ms
famosa lanza. Habla con l Oliverio de Clisn, apellidado el
Pendenciero, pronto siempre  enconar los nimos y atizar la discordia.
Una cuchillada en la mejilla izquierda os sealar al seor de Pomers, 
quien acompaan sus dos hermanos y les siguen en lnea los seores de
Lesparre, de Rosem, de Albret, de Mucident y de la Trane. Tras ellos veo
numerosos caballeros procedentes del Limosn, Saintonges, Quercy, Poitou
y Aquitania, con el valiente Guiscardo de Angle en ltimo trmino, el
del jubn prpura y ferreruelo guarnecido de armio.

--Qu de los caballeros situados  este lado del saln?

--Son todos ingleses, unos del squito regio y otros, como vos,
capitanes de compaas auxiliares  del ejrcito. Ah tenis  los
seores de Neville, Cosinton, Gourney, Huet y Toms Fenton, hermano del
canciller Guillermo. Fijaos bien en aquel caballero de la nariz aguilea
y roja barba, que pone la mano sobre el hombro del capitn de moreno
rostro, dura mirada y modesto traje.

--Bien los veo, dijo el barn. Y jurara que ambos estn ms
acostumbrados  ceir la armadura y repartir mandobles que  figurar
entre cortesanos en la regia cmara.

-- otros muchos nos pasa lo mismo, Sir Len, repuso Chandos, y bien
puedo asegurar que el mismo prncipe respira ms  sus anchas en el
campo de batalla que en su palacio. Pero oid los nombres de aquellos dos
capitanes: Hugo Calverley y Roberto Nolles.

El seor de Morel se inclin para contemplar  su sabor  tan famosos
guerreros; uno capitn de compaas auxiliares y guerrillero
incomparable; el otro paladn renombrado, que desde muy modesta posicin
habase elevado hasta ocupar el segundo lugar despus de Chandos entre
las mejores lanzas inglesas, y conquistdose inmensa popularidad entre
los soldados de todo el ejrcito.

--Pesada mano la de Nolles en tiempo de guerra, continu el seor de
Chandos.  su paso por tierra enemiga deja siempre tras s rastro
sangriento y en el norte de Francia llaman todava "Ruinas de Nolles" 
los castillos desmantelados y pueblos destrudos que Sir Roberto dej en
aquellas asoladas comarcas.

--Conozco su nombre y no me disgustara romper una lanza con tan
principal y temido caballero, dijo el barn. Pero mirad, muy enojado
est el prncipe.

Mientras hablaban ambos nobles haba recibido Guillermo el homenaje de
otros recin llegados y odo con impaciencia las propuestas de algunos,
por lo general aventureros, que ofrecan vender su espada y las
reclamaciones de no pocos negociantes y armadores de la ciudad,
perjudicados, segn ellos, por los excesos de la soldadesca. De repente,
al oir uno de los nombres anunciados por el funcionario encargado de
presentar  los que solicitaban audiencia, levantse apresuradamente el
prncipe y exclam:

--Por fin! Acercaos, Don Martn de la Carra. Qu nuevas y sobre todo
qu mensaje me trais de parte de mi muy amado primo el de Navarra?

Era el recin llegado caballero de arrogante figura y majestuoso porte.
Su moreno rostro y negrsimos ojos, cabellos y barba indicaban su origen
meridional. Sobre el traje de corte llevaba luenga capa negra, de forma
y material muy diferentes de los usados en Francia  Inglaterra.
Adelantse con mesurado paso y saludando profundamente, dijo:

--Mi poderoso  ilustre seor, Carlos, rey de Navarra, conde de Evreux y
de Champaa y seor del Bearn, me ordena saludar fraternalmente  su muy
amado primo Eduardo, prncipe de Gales, duque de Aquitania,
lugarteniente....

--Basta ya, Don Martn! interrumpi impacientemente el prncipe.
Conozco los ttulos de vuestro soberano y ciertamente no ignoro los
mos. Decidme sin ms prembulos si se halla libre el paso por los
desfiladeros,  si vuestro seor opta por faltar  la palabra que me di
pocos meses h, en nuestra ltima entrevista.

--Mal podra el rey de Navarra faltar  su palabra, dijo el enviado
espaol con irritado acento. Lo nico que mi ilustre soberano recaba es
la prolongacin del plazo para el cumplimiento de lo pactado, as como
ciertas condiciones....

--Condiciones, aplazamientos! Habla vuestro rey con el prncipe real
de Inglaterra  con el preboste de una de sus villas? Condiciones! Yo
se las dictar bien pronto. Pero vamos  lo que importa. Entiendo que
hallaremos cerrados los pasos de la cordillera?

--No, Alteza....

--Libres, entonces, y expedito el paso?

--No, Alteza, pero yo....

--Nada ms digis, Don Martn! Triste espectculo en verdad el de tan
noble y respetable caballero abogando por causa tan mezquina. S lo que
ha hecho Carlos de Navarra, y cmo mientras con una mano reciba los
cincuenta mil soberanos de oro convenidos  cambio de dejarnos libre el
paso de la frontera, tenda la otra mano  Don Enrique el de Trastamara
 al rey de Francia, recibiendo en ella rica compensacin por
disputarnos la entrada. Pero juro por mi santo patrn que tan bien como
conozco yo  mi primo de Navarra me conocer l  m muy pronto.
Falso!...

--Seor, permitidme recordaros que si tales palabras fuesen
pronunciadas por otros labios que los vuestros, yo exigira retractacin
inmediata! dijo el de Carra, trmulo de indignacin.

Don Pedro frunci el entrecejo y mir saudo  su compatriota, pero el
prncipe ingls acogi aquellas palabras con aprobadora sonrisa.

--Bien, Don Martn! exclam, digno es de vos ese arranque! Decid 
vuestro rey que si cumple lo convenido entre nosotros, no tocar una
piedra de sus castillos ni un cabello de sus sbditos; pero que de lo
contrario, os seguir de cerca, llevando conmigo una llave que abrir de
par en par cuantas puertas l nos cierre. Y ay entonces de Carlos y ay
de Navarra!

Inclinse despus Su Alteza hacia los dos caudillos Nolles y Calverley,
que cerca tena, y habl con ellos breves instantes. Ambos nobles
salieron inmediatamente de la cmara con altanero paso y gozosa sonrisa.

--Juro por los santos del Paraso, continu el prncipe, que as como he
sido aliado generoso, sabr ser tambin enemigo implacable. Vos,
Chandos, dad las rdenes oportunas para que el seor de la Carra sea
tratado y atendido cual lo merece por su rango y por sus prendas.

--Siempre bondadoso, observ Don Pedro.

--Aun con los que se le muestran tan altivos como acaba de hacerlo ese
enviado, aadi Don Jaime.

--Decid ms bien que procuro ser siempre justo, repuso el prncipe
Eduardo. Pero aqu tengo noticias de inters para Vuestras Altezas; un
pliego de mi hermano el duque de Lancaster anuncindome su salida de
Windsor para traernos el refuerzo de cuatrocientas lanzas y otros tantos
arqueros. Tan luego mi esposa la duquesa recobre la salud, y espero que
no tardar mucho, emprenderemos nuestra marcha con la gracia de Dios,
para unirnos al grueso del ejrcito en Dax y poner  Vuestras Altezas en
posesin de sus estados.

Un murmullo de aprobacin acogi aquellas palabras y el prncipe
contempl con satisfaccin los rostros de todos aquellos capitanes,
ganosos de seguirle y distinguirse bajo sus banderas.

--El titulado rey de Castilla, Enrique de Trastamara, contra cuyas
fuerzas vamos  luchar, es un guerrero hbil y animoso y la campaa
proporcionar ocasin de conquistar lauros sin cuento.  sus rdenes
tiene cincuenta mil soldados castellanos y leoneses, con ms doce mil
hombres de armas de las compaas francesas que tiene  sueldo,
veteranos cuyo valor reconozco. Tambin es un hecho la misin del sin
par Bertrn Duguescln cerca del Duque de Anjou, para atraerlo  la
causa de Enrique y volver  Espaa con tercios numerosos reclutados en
Bretaa y Picarda. Y probablemente lo har como se propone, porque el
gran condestable es uno de los hombres de ms prestigio y energa de
nuestra poca. Qu decs  ello, Captal? Duguescln os venci en
Cocherel y esta campaa os ofrece la revancha.

El guerrero gascn acogi aquella alusin del prncipe con avinagrado
gesto y no hizo mejor gracia  los caballeros gascones que rodeaban 
Captal de Buch, pues les recordaba que la nica vez que haban atacado 
las tropas francesas sin el auxilio de Inglaterra les haba tocado en
suerte completa derrota.

--No es menos cierto, Alteza, dijo Clisn, que la revancha la hemos
obtenido ya, pues sin el concurso de las espadas gasconas no hubierais
hecho prisionero  Duguescln en Auray, ni quizs roto las huestes del
rey Juan en Poitiers....

--Muy alto pretende picar el gallo gascn, y apenas levanta del suelo un
palmo, interrumpi un caballero ingls.

--Cuanto ms pequeo el gallo mayores suelen ser los espolones, repuso
con fuerte voz Captal de Buch.

--Si no se los corta quien puede hacerlo, dijo el seor de Abercombe.

-- osados y altaneros nos ganis vosotros los ingleses, contest el
capitn Roberto Briquet. Pero gascn soy, y vos, Abercombe, me daris
cuenta de esas palabras.

--Cuando gustis, dijo el otro volvindole la espalda.

--Como vos me la daris  m, seor de Clisn, exclam  su vez Sir
Vivin Bruce.

--Ocasin inmejorable, se oy decir entonces al barn de Morel, para que
tan lucida lanza gascona como la del seor de Pomers me haga el honor de
cruzarse con la muy humilde ma.

Oyronse en pocos instantes una docena de retos, que revelaban la mala
voluntad y los rencores existentes entre gascones  ingleses.
Gesticulaban furiosos los primeros, contestbanles los segundos con
impasible desprecio y en tanto el prncipe Eduardo los contemplaba en
silencio, secretamente complacido de presenciar aquella escena tan
conforme con su espritu batallador. Sin embargo, la divisin entre sus
propios jefes ningn buen resultado poda darle y se apresur  calmar
los nimos.

--Haya paz, seores, orden extendiendo el brazo. Quienquiera de
vosotros que contine tan tonta querella fuera de aqu, tendr que darme
cuenta de ello. Necesito el concurso de todas vuestras espadas y no
permitir que las volvis unos contra otros. Abercombe, Morel, Bruce
dudis acaso del valor de los caballeros gascones?

--Eso no har yo, contest Bruce, pues demasiadas veces los he visto
pelear como buenos.

--Valientes son, sin duda, pero no hay temor de que nadie lo olvide
mientras tengan lengua para proclamarlo  todas horas, sin ton ni son,
dijo  su vez Abercombe.

--No os demandis de nuevo, se apresur  decir el prncipe. Si es de
gente gascona el decir en alta voz lo que piensan, tampoco falta quien
tache  los ingleses de fros y taciturnos. Pero ya lo habis odo,
seores de Gascua; los mismos que acaban de tener con vosotros una
querella pueril os reconocen el valor y las dotes de todo honrado
caballero. Captal, Clisn, Pomers, Briquet, cuento con vuestra palabra.

--La tiene Vuestra Alteza, respondieron los gascones, aunque sin ocultar
que lo hacan de psima gana.

--Y ahora,  la sala del banquete! prosigui Eduardo. Ahoguemos hasta
el ltimo recuerdo de esta contienda en unos cuantos frascos de buena
malvasa.

Volvindose entonces hacia sus regios huspedes, los condujo con toda
cortesa  los puestos de honor que les estaban reservados en la mesa
servida en la vecina estancia. Tras ellos siguieron los brillantes
caballeros de antemano invitados  la mesa del prncipe.




CAPTULO XX

DE CMO ROGER DESHIZO UN ENTUERTO Y TOM UN BAO


Recordar el lector que Gualtero y Roger se haban quedado en la
antecmara, donde no tard en rodearlos animado grupo de jvenes
caballeros ingleses, deseosos de obtener noticias recientes de su pas.
Las preguntas menudearon:

--Sigue nuestro amado soberano en Windsor?

--Qu nos decs de la buena reina Felipa?

--Y qu de la bella Alicia Perla, la otra reina?

--El diablo te lleve, Haroldo, dijo un alto y fornido escudero, asiendo
por el cuello y sacudiendo al que acababa de hablar. Sabes que si el
prncipe hubiera odo la preguntilla esa te podra costar la cabeza?

--Y como est vaca poco perdera con ella el buen Haroldo.

--No tan vaca como tu escarcela, Rodolfo. Pero qu demonios piensa el
mayordomo? Todava no han empezado  poner la mesa.

--Pardiez! En todo Burdeos no hay doncel ms hambriento. Si las
espuelas de caballero y los ricos cargos se ganasen con el estmago,
seras ya lo menos condestable.

--Pues digo, que si se ganasen empinando el codo, Rodolfito mo, te
tendramos de canciller hace aos.

--Basta de charla, exclam otro, y que hablen los escuderos de Morel.
Qu se dice por Inglaterra, mocitos?

--Probablemente lo mismo que al salir de ella vosotros, contest picado
Gualtero. Sin embargo, tengo para m que no se hablaba ya tanto como
cuando andaban por all muchos parlanchines....

--Hola! Qu quiere decir eso, moderno Salomn?

--Averiguadlo si podis.

--Medrados estamos con el paladn ste, que todava no se ha quitado de
los zapatos el barro amarillo de los breales de Hanson y ya viene
tratndonos de parlanchines.

--Qu gente tan lista la de esta tierra, Roger! dijo Gualtero con
sorna, guiando el ojo  su amigo.

--Cmo debemos tomar vuestras palabras, seor mo?

--Tomadlas por donde podis sin quemaros, respondi Gualtero.

--Otra agudeza!

--Gracias por el cumplido.

--Mira, Germn, lo mejor ser que lo dejes, porque el escudero de Morel
es ms despierto y ms listo de lengua que t.

--De lengua, lo concedo. Y de espada? pregunt Germn.

--Punto es ese, observ Rodolfo, que podr esclarecerse dentro de dos
das, la vspera del gran torneo.

--Poco  poco, Germn, exclam entonces un escudero de rudas facciones,
cuyo robusto cuello y anchos hombros revelaban su fuerza. Tomis los
insultos de esta gente con asombrosa calma, y yo no estoy dispuesto 
que me llamen parlanchn sin ms ni ms. El barn de Morel ha dado
pruebas repetidas de lo que puede y vale, pero quin conoce  estos
caballeritos? Este otro ni siquiera chista. Qu decs vos  ello?

Al pronunciar estas palabras pos su pesada mano sobre el hombro de
Roger.

-- vos nada tengo que deciros, respondi el doncel procurando
contenerse.

--Vamos, este no es escudero, sino tierno pajecillo. Pero descuidad, que
vuestras mejillas tendrn menos colorete y ms bros vuestra mano antes
de que volvis  guareceros tras el guardapi de vuestra nodriza.

--De mi mano puedo deciros que est siempre pronta....

--Pronta  qu?

-- castigar una insolencia, seor mo, replic Roger, airado el rostro
y centelleante la mirada.

--Pero qu interesante se va poniendo el querubn ste! continu el
rudo escudero. Vamos  ver si lo describo: ojos de gacela, piel
finsima, como la de mi prima Berta, y unos buclecillos tan luengos y
tan rubios... Al decir esto, su mano toc el rizado cabello de Roger.

--Buscis pendencia....

--Y aunque as fuera?

--Yo os dira que lo hacis como un patn, y no como hombre bien nacido.
Os dira tambin que en la escuela de mi seor no se aprende  buscar un
lance por medio de tan groseros modos....

--Y cmo habis aprendido  hacerlo vos, modelo de escuderos?

--No siendo brutal ni insolente, sino dirigindome  vos, por ejemplo,
para deciros cortsmente: "He resuelto mataros y espero que me hagis la
merced de designar hora y lugar donde podamos vernos cara  cara y
espada en mano." Y tratndose de un escudero comedido y digno de ese
nombre, me quitara el guante, como lo hago ahora y lo dejara caer 
sus pies; pero teniendo que habrmelas con un destripaterrones como vos,
se lo lanzara  la cara!

Y con toda su fuerza arroj el guante al rostro burln del escudero.

--Lo pagaris con vuestra vida! rugi ste, blanco de ira.

--Si podis quitrmela, repuso Roger con entereza.

--Bravo, muchacho! exclam Gualtero. Tente firme.

--Se ha portado como deba y puede contar conmigo, agreg Norbury,
escudero de Sir Oliver.

--T tienes la culpa de todo esto, Trnter, dijo Germn. No andas
siempre buscando pendencia  los recien llegados? Pues ah la tienes.
Pero sera una vergenza que el asunto pasase  mayores. El mozo no ha
hecho ms que contestar  una provocacin con otra.

--Imposible! exclamaron algunos. Trnter ha recibido un golpe! Tanto
valdra quedarse con una bofetada.

--Pues y los insultos de Trnter? No empez l por poner su mano en
los cabellos del otro? dijo Haroldo.

--Habla t, Trnter. Ha habido ofensa por ambas partes y bien podran
quedar las cosas como estn.

--Todos vosotros me conocis, dijo Trnter, y no podis dudar de mi
valor. Que recoja su guante y reconozca que ha hecho mal, y no volver 
hablar del asunto.

--Mala centella lo parta si tal hace, murmur Gualtero.

--Lo os, joven? pregunt Germn. El escudero ofendido olvidar el
golpe si le decs que habis obrado precipitadamente.

--No puedo decir tal cosa, declar Roger.

--Tened en cuenta que solemos poner  prueba el valor de los escuderos
recien llegados, para saber si debemos de tratarlos como amigos. Vos
habis tomado esa prueba como ofensa mortal y contestado con un golpe.
Decid que lo sents, y basta.

--No llevis las cosas  punta de lanza, dijo entonces Norbury al odo
de Roger. Conozco al tal Trnter, que no slo es superior  vos en
fuerza fsica sino muy hbil en el manejo de la espada.

Pero Roger de Clinton tena en las venas noble sangre sajona, y una vez
irritado era muy difcil aplacarlo. Las palabras de Norbury que le
indicaban un peligro acabaron de afirmarlo en su resolucin.

--He venido aqu acompaando  mi seor, dijo, y en la inteligencia de
que me rodeaban ingleses y amigos. Pero ese escudero me ha hecho un
recibimiento brutal y lo ocurrido es culpa suya. Pronto estoy  recoger
mi guante, mas por Dios vivo! no sin que antes me pida l perdn por
sus palabras y ademanes.

--Basta ya! exclam Trnter encogindose de hombros. T, Germn, has
hecho todo lo posible para sustraerlo  mi venganza. Lo que procede es
solventar la cuestin en seguida.

--Lo mismo digo, asinti Roger.

--Despus del banquete hay consejo de jefes y tenemos lo menos dos horas
disponibles, dijo un escudero de cabellos grises.

--Y el lugar del combate?

--Desierto est el campo del torneo, y en l podemos....

--Nada de eso; ha de ser dentro de los lmites de este edificio donde
reside la corte. De lo contrario, recaera sobre todos nosotros la
indignacin del prncipe.

--Bah! Conozco yo un lugar inmejorable para tales lances,  la orilla
misma del ro. Salimos de los terrenos de la abada y tomamos por la
calle de los Apstoles. En tres minutos estamos all.

--Pues entonces _en avant!_, dijo Trnter, echando  andar con gran
prisa, seguido de numerosos escuderos.

 orillas del Garona haba una pequea pradera limitada en dos de sus
extremos por altos paredones. El terreno formaba rpido declive al
acercarse al ro, muy profundo en aquel punto, y los nicos dos  tres
botes visibles estaban amarrados  gran distancia. En el centro del ro
anclaban algunos barcos. Ambos combatientes se despojaron prontamente de
sus ropillas y birretes y empuaron las espadas. En aquella poca no se
conoca la etiqueta del duelo, pero eran muy frecuentes los encuentros
singulares como el que describimos, y en ellos, as como en las justas,
habase conquistado el escudero Trnter una reputacin que justificaba
sobradamente la amistosa advertencia de Norbury. Roger no haba
descuidado por su parte el diario ejercicio de las armas y poda
considerrsele como tirador no despreciable, ya que no de los primeros.
Grande era el contraste que ambos combatientes presentaban: moreno y
robusto Trnter, mostraba el velludo pecho y la recia musculatura de
hombros y brazos, en tanto que Roger, rubio y sonrosado, personificaba
la gracia juvenil. La mayor parte de los espectadores prevean una lucha
desigual, mas no faltaban dos  tres lidiadores expertos que notaban con
aprobacin la firme mirada y los giles movimientos del doncel.

--Alto, seores! exclam Norbury apenas se cruzaron las espadas. El
arma de Trnter es casi un palmo ms larga que la de su adversario.

--Toma la ma, Roger, dijo Gualtero de Pleyel.

--Dejad, amigos, respondi el servidor de Morel. Conozco bien el peso y
alcance de mi espada y estoy acostumbrado  ella. Nada importa la
desigualdad. Adelante, seor mo, que pueden necesitarnos en la abada!

La desmesurada tizona de Trnter dbale, en efecto, marcada ventaja.
Bien separados los pies y algo dobladas ambas rodillas, pareca pronto 
precipitarse de un salto sobre su enemigo, al cual presentaba la punta
de su larga espada  la altura de los ojos. La empuadura tena una
guarda de gran tamao que protega bien mano y mueca, y al comienzo de
la cruz, junto  la hoja, una profunda muesca destinada  recibir y
retener la espada del adversario y  romperla  desarmarlo por medio de
un vigoroso movimiento de la mueca. En cambio Roger tena que confiar
por completo en su propia destreza; el arma que empuaba, aunque del
mejor temple, era delgada y de sencilla empuadura; una espada de corte
ms que de combate.

Conocedor Trnter de las ventajas que le favorecan no tard en
aprovecharlas y adelantndose de un salto dirigi  Roger una estocada
vigorosa, seguida de tremendo tajo capaz de cortarlo en dos; pero con no
menos rapidez acudi Roger al doble quite, aunque la violencia del
ataque le hizo retroceder un paso y aun as, la punta de la hoja enemiga
le desgarr el justillo sobre el pecho. Pronto como el rayo atac  su
vez, mas la espada de Trnter apart violentamente la suya y continuando
su giro descarg otro tajo terrible, que si bien fu parado  tiempo,
sobrecogi  los espectadores amigos de Roger. Pero el peligro pareca
atraer  ste, que contest con dos estocadas  fondo, rapidsimas, la
segunda de las cuales apenas pudo parar Trnter, y al trazar el quite su
espada roz la frente de Roger, tanto se haba aproximado ste. La
sangre brot abundante y cubri su rostro, obligndole  retroceder para
ponerse fuera del alcance de su enemigo, quien se detuvo por un momento
respirando agitadamente, mientras los testigos de aquella lucha rompan
el silencio que hasta entonces guardaran.

--Bien por ambos! exclam Germn. Sois tan valientes como diestros y
aqu debe terminar esta contienda.

--Con lo hecho basta, Roger, dijo Norbury.

--S, s! exclamaron otros; se ha portado como bueno.

--Por mi parte, no tengo el menor deseo de matar  este doncel, si se
confiesa vencido, dijo Trnter enjugando el sudor que baaba su frente.

--Me peds perdn por haberme insultado? le pregunt Roger sbitamente.

--Yo? No en mis das, contest Trnter.

--En guardia, pues!

Los relucientes aceros chocaron con furia. Roger cuid de adelantar
continuamente, impidiendo al enemigo el libre manejo de su larga tizona;
alcanzle sta levemente en un hombro y casi al mismo tiempo hiri l
tambin  Trnter en un muslo, pero al elevar su espada para dirigirle
otro golpe al pecho, la sinti firmemente trabada en el corte hecho con
ese objeto en la hoja del contrario. Un instante despus se oy el ruido
seco que haca la espada de Roger al romperse, quedndole tan slo en la
mano un pedazo de hoja de no ms de tres palmos de largo.

--Vuestra vida est en mis manos, exclam Trnter con triunfante
sonrisa.

--Teneos! se rinde! exclamaron  una varios escuderos.

--Otra espada! grit Gualtero.

--Imposible, dijo Rodolfo; sera contra todas las reglas del duelo.

--Pues entonces, Roger, tirad al suelo ese trozo de espada, aconsej
Norbury.

--Me peds perdn? repiti Roger dirigindose  Trnter.

--Estis loco? contest ste.

--Pues en guardia otra vez! grit Roger, renovando el ataque con vigor
tal que compens la pequeez de su arma.

Haba notado que la respiracin de Trnter era fatigosa y se propuso
hostigarle y cansarle, haciendo valer la propia agilidad. Su adversario
paraba como poda aquel diluvio de golpes, atisbando la oportunidad de
acabar el combate con uno de sus mortales tajos; mas ni la corta
distancia  que de propsito se mantena Roger, ni la prontitud de los
movimientos de ste le permitan usar su larga espada con ventaja. Pero
Trnter, duelista experto, saba que era imposible sostener dos minutos
ms aquel ataque violentsimo y fatigoso cual ninguno y que muy pronto
cedera el nublado de golpes que caan sobre su espada con rapidez
vertiginosa. As sucedi, en efecto; el cansancio paralizaba ya el brazo
de Roger, su adversario comprendi que haba llegado el momento de dar
un golpe decisivo y oprimiendo con fuerza el puo de su acero, salt
hacia atrs para ganar el espacio que necesitaba.... Aquel movimiento
salv  Roger; su adversario haba retrocedido sin cesar desde la
renovacin del combate y llegado sin saberlo  la misma orilla. Al
retroceder una vez ms le falt pie y se hundi en las aguas del
Garona.

Con una exclamacin general de sorpresa precipitronse todos en auxilio
de Trnter, que haba desaparecido por completo en las profundas y
heladas aguas del ro. Dos veces apareci sobre ellas su angustiado
rostro y en vano procur asir los cintos, espadas y ramas que sus
compaeros le tendan. Roger haba lanzado al suelo su rota espada y
contemplaba aquella dolorosa agona con profunda lstima. Todo su furor
habase disipado como por encanto. En aquel momento apareci por tercera
vez sobre las aguas el rostro contrado del escudero; su mirada se cruz
con la de Roger y ste, incapaz de resistir aquella muda apelacin,
apart violentamente  un escudero que delante tena y se lanz al
Garona.

Nadador experto, pocas brazadas bastaron para llevarle junto  su
adversario,  quien asi por los cabellos. Pero la corriente era
poderosa y muy pronto comprendi el animoso doncel la dificultad de
sostener  flote el cuerpo de Trnter y nadar al propio tiempo hacia la
orilla.  pesar de los ms vigorosos esfuerzos no pareca ganar una
lnea. Di con desesperacin algunas brazadas ms y un grito de jbilo
de cuantos estaban en tierra le anunci que haba salido de la peligrosa
corriente y llegado  un tranquilo remanso all formado por una
proyeccin del terreno. Momentos despus caa en su diestra mano la
extremidad del cinto de Gualtero, al que haba anudado ste los de
algunos otros escuderos. Asilo con fuerza, incapaz de seguir nadando un
momento ms, pero sin soltar  Trnter. Los escuderos los sacaron del
agua en un tris, depositndolos casi exnimes sobre la hierba.

Trnter, que no haba luchado como su adversario contra la impetuosa
corriente, fu el primero en salir de aquel letargo. Incorporse
lentamente y contempl  Roger, que no tard en abrir los ojos y en
sonreirse complacido al escuchar los elogios que todos  porfa le
prodigaban.

--Os estoy muy reconocido, seor mo, djole Trnter, con no muy
amistoso acento. Sin vos hubiera perecido en el ro, porque soy natural
de las montaas de Varn, donde se cuentan muy pocos que sepan nadar.

--No pido ni espero gracias, repuso Roger. Aydame  levantarme,
Gualtero.

--El ro ha sido hoy mi enemigo, continu Trnter, pero se ha portado
como bueno con vos, pues  l le debis la vida que yo iba 
arrancaros....

--Eso estaba por ver, repuso Roger.

--Todo ha concludo! exclam Germn, y ms felizmente de lo que yo
crea. Lo que no ofrece duda es que este joven, cuyo nombre me dicen es
Roger de Clinton, ha ganado brillantemente el derecho de pertenecer al
muy honrado gremio de los escuderos de Burdeos. Aqu est vuestra
ropilla, Trnter.

--Y vos, Clinton, echaos esta capa sobre los hombros y venid cuanto
antes.

--Lo que ms deploro es la prdida de mi buena espada, que yace en el
fondo del ro, suspir Trnter.

-- la abada! exclamaron varios escuderos.

--Un momento, seores! dijo entonces Roger, que haba recogido del
suelo su rota espada y se apoyaba en el hombro de Gualtero. No he odo 
este hidalgo retractar las palabras que me dirigi y....

--Cmo! Todava insists? pregunt Trnter sorprendido.

--Y por qu no? Soy tardo en recoger las provocaciones, pero una vez
resuelto  obtener reparacin la exijo mientras me quedan fuerzas y
alientos.

--_Ma foi_, pues bien pocos os quedan ya, exclam Germn bruscamente.
Estis blanco como la cera. Seguid mi consejo y dad por terminada la
cuestin, que no os podis quejar del resultado.

--No, insisti Roger. Yo no provoqu esta querella, pero ya comenzada,
juro no partir hasta haber obtenido lo que vine  buscar  perecer en la
demanda. No hay ms que hablar; dadme vuestras excusas  procuraos otra
espada y reanudemos el combate.

El joven escudero, plido como un muerto, extenuado con el tremendo
esfuerzo que acababa de hacer para salvar  su enemigo y con la prdida
de sangre que manchaba su hombro y su frente, probaba sin embargo con su
actitud, sus palabras y su acento que lo animaba una resolucin
inquebrantable. El mismo Trnter admir aquella energa invencible y
cedi ante la gran fuerza de carcter que acababa de demostrar el joven
hidalgo.

--Puesto que  tal punto llevis lo que debisteis de considerar como
inocente broma, me avengo  declarar que siento haberos dicho lo que
tanto os ofende, dijo Trnter en voz baja.

--Y yo deploro tambin la respuesta que  ello d, repuso prontamente
Roger. H aqu mi mano.

--Y con esta van tres veces que suena la campana llamndonos  comer,
exclam Germn mientras todos se dirigan en grupos hacia la abada,
comentando las peripecias del combate. Por Dios vivo! seor de Pleyel,
dad una copa de buen vino  vuestro amigo en cuanto lleguis, porque
est transido, sin contar que ha tragado dos azumbres de agua. Confieso
que  juzgar por su aspecto no hubiera esperado de l tanta entereza.

--Pues yo declaro que el aire de Burdeos ha trocado  mi compaero en
gallo de pelea, porque jams haba salido del condado de Hanson joven
ms apacible y modesto que l.

--S, eh? Pues tambin tiene fama de modesto y apacible como una dama
su seor el de Morel; y la verdad es que ni uno ni otro aguantan moscas.
Cspita con el mozo!




CAPTULO XXI

DONDE AGUSTN PISANO ARRIESGA SU CABEZA


Abundante y bien servida era la mesa de los escuderos en la abada de
San Andrs desde que el prncipe Eduardo estableci su corte en aquel
histrico edificio. All aprendi Roger lo que el lujo y el buen gusto
significaban, sobre todo al comparar aquellos festines con las frugales
comidas del convento y la parsimonia de la mesa de Morel. Cabezas de
jabal deliciosamente adobadas, faisanes asados, dulces y cremas nunca
gustados antes, prodigios de repostera, uno de los cuales representaba
en todos sus detalles el exterior del regio palacio de Windsor, tales
fueron algunas de las maravillas culinarias que sabore Roger en la
antigua abada francesa. Un arquero se apresur  llevarle ropas y traje
de los que  bordo del galen dejara, y despus de mudarse y lavar sus
heridas no tard en recobrar fuerzas y buen humor, olvidado por completo
de la fatiga de aquella maana. Un paje le anunci que su seor se
propona visitar aquella noche al canciller de Chandos y deseaba que sus
dos escuderos se alojasen en el hostal de la _Media Luna_, al fin de la
calle de los Apstoles. Al cual mesn se dirigieron Roger y Gualtero al
anochecer, despus de su larga comida y de oir los brindis y canciones
con que pasaron rpidas las horas en compaa de los otros alegres
escuderos.

Caa menuda lluvia cuando los dos camaradas empezaron  recorrer las
calles de Burdeos, despus de dejar bien cuidados sus corceles y el del
barn en las caballerizas del prncipe. No hallaban  su paso ms
alumbrado que el muy escaso de tal cual farol de aceite colgado en una
esquina   la entrada de las casas principales de la ciudad; pero ni la
semiobscuridad ni la lluvia impedan que las calles siguiesen casi tan
concurridas como en pleno da. Los transeuntes pertenecan  todas las
clases de aquella rica y por entonces blica ciudad. All el obeso
comerciante, cuyo rostro complacido y sonriente, traje obscuro de fino
pao y repleta escarcela pregonaban su riqueza y bienestar. Tras l
modesta sirviente, llevando la encendida linterna que indicaba  su amo
donde poner los pies sin grave tropiezo. En direccin contraria vease
un grupo de mocetones ingleses, arqueros del condado de Estpleton 
juzgar por el pelcano azul cosido sobre el coleto; gente alegre de
cascos y dura de puos, que beban  ms y mejor y cantaban  voz en
cuello y cuya presencia obligaba al mercader  apresurar el paso,
mientras su fmula ocultaba el rostro con el manto al oir los piropos
nada delicados de aquella turba. No escaseaban los soldados de la
guardia real, los pajes ingleses elegantemente ataviados, las mujeres
del pueblo cuyas agudas voces se oan  gran distancia, parejas de
frailes, filas de ballesteros y hombres de armas, marineros, soldados de
los cuerpos de guardia, caballeros gascones que vociferaban y
gesticulaban segn costumbre invariable, campesinos del Medoc, escuderos
ingleses y gascones y tantas otras gentes, que cruzaban en todas
direcciones  hablaban en grupos, empleando ya las lenguas inglesa,
francesa y del pas de Gales, ya el vascuence  los dialectos de Gascua
y Guiena.  veces se abran los grupos para dar paso  la litera de una
noble dama,   los arqueros que con antorchas encendidas precedan  un
caballero de alto rango camino de su alojamiento y procedente de los
festines de la corte. Las pisadas y el relinchar de los caballos, los
gritos de los vendedores ambulantes, el choque de las armas, las voces
de borrachos pendencieros, las carcajadas de hombres y mujeres, todo
aquel clamor se elevaba y se cerna, como la neblina en el pantano,
sobre las calles obscuras y atestadas de la gran ciudad.

La atencin de nuestros escuderos se fij particularmente en dos
personas que iban delante y en la misma direccin que ellos. Eran un
hombre y una mujer, alto, cojo cado de hombros el primero, que llevaba
debajo del brazo un objeto grande y plano envuelto en negro lienzo. La
mujer era joven y gracioso su andar, pero mal poda vrsele el rostro,
cubierto por tupido manto que slo daba paso  la brillante mirada de
unos ojos grandes y pardos y descubra uno  dos rizos de negrsimo
pelo. El hombre se apoyaba pesadamente en el brazo de la joven, y
procuraba proteger cuanto poda el envoltorio que llevaba, evitando el
encuentro de los transeuntes que con l pudieran tropezar en la
obscuridad. La ansiedad evidente de aquel hombre, que pareca llevar
oculta preciosa carga y el aspecto de su compaera despertaron el
inters de los dos jvenes ingleses que los seguan  dos pasos de
distancia.

--nimo, hija ma! exclam el desconocido en lo que pareca ser uno de
los dialectos de aquella regin. Cien pasos ms y lo ponemos en salvo.

--Cuidadlo bien, padre, y no temis ya, repuso la mujer en la misma
extraa habla.

--La verdad es que nos rodea una turba de brbaros, borrachos muchos de
ellos. Cincuenta pasos ms, Tita ma, y juro por el bendito San Telmo no
poner otra vez los pies fuera de casa hasta que el enjambre ste se
halle en Dax  donde lo lleven los demonios. Cmo empujan y aullan!
Procura apartarlos, hija, adelantando un poco el cuerpo. Dale un codazo
 ese animal. Ya es imposible andar. Buena la hemos hecho!

La multitud apiada que los preceda formaba all una barrera
infranqueable y tuvieron que detenerse. Algunos arqueros ingleses
repletos de cerveza se fijaron en la extraa pareja y empezaron 
examinarla con curiosidad.

--Por el rabo de Satans! exclam uno, mirad la arrogante muleta que
usa este viejo. No te apoyes tanto en la chica y ms en tus piernas,
abuelo.

--Cmo se entiende! dijo otro arquero. Los soldados del rey sin una
muchacha que los mire, porque los viejos franceses se las llevan de
paseo. Vente conmigo, reina!

-- conmigo, paloma. Por San Jorge! la vida es corta y lo mejor es
hacerla alegre. No vuelvan  ver mis ojos el puente de Chester si no le
digo dos palabritas  esta buena moza!

--Qu lleva el lagarto ese bajo el brazo? pregunt un tercero.

-- ver, manojo de huesos. Venga el envoltorio.

Los arqueros rodeaban  la pareja y el hombre, azorado, sin comprender
una palabra de lo que decan, oprima con una mano el brazo de la mujer
y con la otra apoyaba sobre el pecho el precioso paquete, dirigiendo en
torno miradas suplicantes.

--Ea, muchachos! exclam Gualtero de Pleyel con imperiosa voz,
apartando al arquero que ms cerca tena. Os portis como villanos.
Quedas las manos,  puede costaros caro!

--Tened vos la lengua  ms caro ha de costaros todava! respondi el
soldado ms ebrio. Quin sois vos para impedir que los arqueros
ingleses se diviertan?

--Un escudero palurdo, acabado de desembarcar, dijo otro. Bonito sera
que adems de nuestros jefes viniera  darnos rdenes el primer
muchachuelo que abandone  su mam y se aparezca en Aquitania!

--Por Dios, mis buenos seores! suplic la joven en mal francs
amparadnos! Impedid que estos hombres nos maltraten!

--Nada temis, seora, dijo cortsmente Roger. Suelta, rufin! orden
dirigindose  un arquero que haba enlazado con su brazo el talle de la
joven.

--No la sueltes, Bastin! aull un hombre de armas gigantesco, de
luenga barba negra, cuya coraza brillaba  la tenue luz del farol ms
prximo. Y vosotros, mozalbetes, cuidado con tocar esos espadines que
llevis  os hago tragar un palmo de hierro en menos que canta un gallo.

--Dios sea loado! exclam en aquel momento Roger, viendo venir hacia
ellos un casco enorme sobre roja melena, que descollaba entre la
multitud.  m, Tristn! Y tambin Simn.  m, compaeros, ayudadme 
proteger  una mujer y un anciano!

--Hola, _mon petit_! grit Simn con voz tonante, abrindose paso en un
santiamn y seguido del sonriente Tristn de Horla. Qu pasa aqu? Por
el filo de mi espada! te advierto, Roger, que si vas  proteger 
cuantos se hallen en apuro en esta tierra ya tienes tela cortada para
rato. Pero descuida, que al cabo de un ao de aprendizaje en la Guardia
Blanca hars menos caso de lo que digan y emprendan unos cuantos
arqueros calamocanos. De qu se trata, repito? Por ah viene el
preboste con sus guardias y es muy probable que si no tomis soleta
tendremos aqu un par de arqueros ahorcados en menos de diez minutos.

--Digo, pues si es este el viejo Simn Aluardo, de la Guardia Blanca!
exclam el hombre de armas que tan insolente se haba mostrado con los
escuderos. Un abrazo, Simn! Por vida ma, tiempo hubo en que desde
Limoges hasta Navarra no se conoca arquero ms pronto en conquistar 
una muchacha  derrengar  un enemigo.

--No lo dudo, amigo Carln, repuso Simn, y  fe que no creo haber
cambiado mucho desde entonces. Pero tambin sabes que ni tomo yo un beso
 la fuerza, ni ataco al enemigo por la espalda y diez contra uno. Al
buen entendedor....

Una mirada al resuelto rostro del sargento y  las manazas de Tristn
convenci  los arqueros de que all nada bueno podran sacar  la
fuerza. La mujer y su padre comenzaron  abrirse paso sin que nadie
intentase impedrselo y Gualtero y Roger fueron tras ellos.

--Un momento, camarada, dijo Simn  Roger. Ya s que esta maana has
hecho proezas en la abada; pero te recomiendo alguna prudencia en eso
de sacar la espada  relucir. Mira que he sido yo quien te ha metido en
estos los y que si te pasa algo lo sentir de veras, muchacho.

--Descuidad, Simn, ser prudente.

--No busques el peligro, _mon petit_, y espera  tener la mueca algo
ms slida. Oye; esta noche nos reuniremos algunos amigos en la _Rosa de
Aquitania_,  dos puertas de tu hostera de la _Media Luna_, y si
quieres vaciar un vaso en compaa de simples arqueros bienvenido!

Prometi el doncel reunirse con ellos si se lo permitan sus deberes de
escudero y deslizndose entre los grupos lleg  donde estaba Gualtero,
en conversacin con el viejo y la muchacha, en el portal de su casa.

--Gracias, valiente caballero! exclam el desconocido abrazando 
Roger. Cmo manifestaros mi gratitud? Sin vuestro auxilio y el de
vuestros amigos habra yo perdido la cabeza y sabe Dios qu suerte
hubiera cabido  mi pobre Tita....

--No creo que aquellos energmenos se hubieran propasado  tal extremo,
dijo el joven algo sorprendido.

--_Ah, diavolo!_ exclam el otro soltando la carcajada, no hablo de mi
cabeza sino de la que llevo aqu bajo el brazo.

--Quizs estos caballeros deseen entrar y reposar un momento en nuestra
casa, padre mo. Si seguimos aqu puede estallar otro tumulto de un
momento  otro.

--Tienes razn, hija! Entrad, seores. Una luz, Jacobo, pronto! Siete
escalones, eso es. Tomad asiento. _Corpo di Bacco_, qu susto me han
dado esos canallas! Pero no es extrao. Tomad un vndalo, un normando y
un alano, mezcladlos con el moro ms redomado, emborrachad al aborto
resultante de esa mezcla y ya tenis un ingls hecho y derecho.... Me
dicen que ahora estn invadiendo  Italia, mi patria, como han invadido
 Francia. Qu gente, Dios eterno! En todas partes se meten, menos en
el cielo.

--Padre mo, dijo la joven mientras ayudaba al anciano  sentarse en
cmoda poltrona, olvidis que estos buenos seores que nos han protegido
son tambin ingleses....

--Mil perdones! Pero quin lo dijera! Mirad, seores mos, estas obras
de arte que aqu tengo; quizs os interesen, aunque entiendo que all en
vuestra isla no se conoce ms arte que el de la guerra.

Cuatro lmparas iluminaban ampliamente la estancia de artesonado techo
en que se hallaban. Colgadas de las paredes, sobre los muebles, en los
rincones, por todas partes se vean placas de vidrio de diferentes
tamaos y formas, pintadas delicadamente. Gualtero y Roger miraron en
torno asombrados, porque jams haban visto juntas tantas y tan
magnficas obras de arte.

--Veo que os gustan, dijo el artista al notar la expresin de grata
sorpresa reflejada en los semblantes de ambos hidalgos. Lo cual me
prueba que no faltan ingleses capaces de apreciar tales frusleras.

--Nunca lo hubiera credo posible, exclam Roger. Qu colorido, qu
perfilado! Admira, Gualtero, este Martirio de San Esteban; no parece
sino que t  yo podramos coger esas piedras ah pintadas.

--Pues y este ciervo, con la cruz que sobre su cabeza destella como una
aparicin portentosa? Es perfecto; no he visto ciervos ms naturales en
los bosques de Bere.

--Mira la hierba, de un verde claro, que parece movida por el viento.
Por vida de! Cuanto he pintado hasta la fecha ha sido juego de nios.
Este hombre debe de ser uno de aquellos grandes artistas de quienes me
hablaba el hermano Bartolom all en Belmonte.

Una expresin de profundo contento anim el cetrino rostro del artista
al oir aquellos espontneos elogios. Su hija se haba quitado el manto
que hasta entonces cubriera sus hombros y cabeza y los dos jvenes
admiraron en ella uno de los tipos ms acabados de la belleza italiana,
que muy pronto atrajo toda la atencin y las miradas de Gualtero.

--Y qu me decs de esto? pregunt el anciano, desenvolviendo el
paquete que tantas zozobras le haba proporcionado.

Era una lmina de vidrio en forma de hoja enorme y pintada en ella una
cabeza de admirables lneas, rodeada de resplandeciente aureola. Era tan
natural el colorido, tanta la verdad y la expresin del rostro, que
pareca imagen viva, mirando dulcemente  los ojos de Roger. Este
palmote, con el entusiasmo que la belleza produce siempre en todo
verdadero artista.

--Es un portento! exclam; y me admira que hayis arriesgado por las
calles una maravilla tan frgil como sta.

--Confieso que fu grave imprudencia. Un frasco de vino, Tita, pero del
mejor, del florentino! Sin vuestro auxilio no s qu hubiera sucedido.
Examinad bien la tez;  m mismo me resulta muchas veces demasiado
obscura, enrojecida por haberse caldeado los colores,  plida y falta
de vida. Pero aqu se ven latir las sienes y se siente correr la sangre
bajo esa piel bronceada. La prdida de este trabajo hubiera sido para m
una calamidad irreparable. Est destinado  la iglesia de San Remo y
esta tarde fu con mi hija para ver si ajustaba bien en el marco de
piedra que all lo espera. Me demor ms de lo que esperaba, cerr la
noche y ya sabis lo que sucedi despus. Pero vos tambin, hidalgo,
parecis tener aficiones artsticas. Sois pintor?

--Apenas me atrevo  responderos afirmativamente despus de lo que aqu
he visto, contest Roger. Criado y educado en el claustro, no fu tarea
muy difcil la de manejar los pinceles mejor que los otros novicios.

--Ah tenis colores, pinceles y cartn, dijo el viejo artista, y no os
doy vidrio porque eso requiere conocimientos especiales y bastante
tiempo. Os ruego que me dis una muestra de vuestro trabajo. Gracias,
hija ma. Llena los vasos hasta el borde.

Gualtero sostena conversacin animada y al parecer muy interesante con
la hermosa doncella, expresndose l en una mezcla de francs  ingls y
ella en graciosas frases franco-italianas, lo cual no les impeda
entenderse perfectamente. El artista examinaba atento su ltima y
maravillosa creacin para ver si la pintura haba sufrido algn rasguo
y en tanto Roger manejaba rpidamente los pinceles, hasta dejar
bosquejadas las facciones y el torneado cuello de bellsima mujer.

--Bravo! exclam el maestro; sois pintor, no hay que dudarlo y podis
llegar  serlo muy bueno. Es la cara de un ngel!

--Decid ms bien la cara de mi seora Constanza de Morel, exclam
sorprendido Gualtero.

--Algo se le parece,  fe ma, dijo Roger un tanto confuso.

--Con que un retrato? Tanto mejor y ms difcil. Joven, soy Agustn
Pisano, hijo del maestro Andrs Pisano y os repito que tenis mano de
artista. Dir ms; que si os quedis en mi compaa os ensear el
secreto de la preparacin de esos trabajos sobre vidrio que ah vis; la
composicin de los pigmentos y sus mezclas, cmo espesarlos, cules
penetran el vidrio y cules no, el caldeado y glaseado de las placas, en
fin, todos los detalles del oficio.

--Mucho me placera practicar y aprender con tan gran maestro, dijo el
doncel, pero mi deber me obliga  seguir  mi seor, por lo menos
mientras dure la guerra.

--Guerra, guerra! Siempre lo mismo! exclam Pisano. Y por consiguiente
llamis hroes y grandes hombres  los que ms destruyen y matan. _Per
Bacco!_ para hombres notables, de verdadero mrito, dignos de toda
gloria, los artistas que tenemos en Italia, los que edifican en lugar de
destruir, los que han creado las bellezas artsticas de mi noble Pisa,
los que ennoblecen  toda la nacin, los Andrs Orcagna, Tadeo Gaddi,
Giottino, Stefano, Simn Memmi, maestros cuyos colores sera yo indigno
de mezclar. Y me ha tocado en suerte el contemplar con mis propios ojos
sus obras inmortales. He visto al anciano Giotto, discpulo  su vez del
gran Cimabue, con anterioridad al cual sostengo que no exista el arte
en Italia y hubo que importar artistas griegos para decorar la capilla
de los Gondi de Florencia. Ah, seores, esos son los grandes hombres,
los bienhechores de la humanidad, cuyos nombres vivirn eternamente!
Qu contraste con vuestros soldados, que aspiran  la gloria asolando
comarcas enteras, recorriendo la tierra  sangre y fuego!

--Pues tengo para m que tampoco estn de ms los soldados, observ
Gualtero. De otra suerte cmo podran esos artistas que nombris
proteger y conservar los productos de su genio?

--De los cuales tenemos no pocos  la vista, agreg Roger. Son todos
estos trabajos de vuestra mano?

--Todos. Notaris que algunos estn concludos en diferentes placas, que
unidas forman cuadros de gran tamao. Aqu en Francia tienen  Clemente
de Chartres y algunos otros artfices de mrito, dedicados  esta misma
clase de trabajos. Pero os? Ya suena otra vez el clarn blico para
recordarnos que vivimos bajo la mano frrea del conquistador y no en las
regiones donde impera el arte.

--Seal es esa tambin para nosotros, dijo Gualtero al oir el toque de
los clarines. Bien quisiera yo permanecer aqu ms largo tiempo, rodeado
de tantas cosas bellas--y al decirlo miraba con admiracin  la ruborosa
Tita--pero fuerza es volver  nuestra posada y eso antes de que  ella
regrese el seor de Morel.

Renovaron Pisano y su hija las demostraciones de gratitud, prometieron
los escuderos repetir tan grata visita y habiendo cesado la lluvia, se
dirigieron stos de la calle del Rey, donde viva el artista italiano, 
la de los Apstoles, en cuya esquina ostentaba su muestra la _Hostera
de la Media Luna_.




CAPTULO XXII

UNA NOCHE DE HOLGORIO EN "LA ROSA DE AQUITANIA"


--Has visto cara ms hermosa, Roger? pregunt Gualtero apenas se
apartaron de la puerta de Pisano. Qu ojos, qu perfil divino!

--No puedo negar que es bella. Pues y aquel color moreno de las
mejillas y los negrsimos rizos que circundan el valo perfecto de la
cara?

--Dnde me dejas los ojos? De mirada tan clara y tan profunda  la vez;
tan inocentes al par que tan expresivos....

--Si algn pero se le puede poner est en la barba.

--Pues no lo he notado....

--Graciosamente cortada, eso s.

--Una barbilla preciosa, Roger.

--Sin embargo no te parece que el conjunto hubiera ganado bastante con
medio palmo ms de bien poblada barba?

--Ave Mara Pursima! Pero de dnde has sacado t que Tita tenga
barbas?

--Tita? Quin habla de ella?

--Pues de quin demonios ests hablando?

--De la magnfica figura destinada  la iglesia de San Remo, no
recuerdas? Aquella cabeza de santo....

--Anda, anda! exclam Gualtero rindose. Miren con lo que nos sale
ahora. T s que eres un menjurje de vndalo, normando, alano y perro
moro, como nos llamaba  los ingleses el buen Pisano. Quin se acuerda
de cuadros ni pinturas cuando se tiene delante un ngel del cielo,
hechura del mismo Dios, como la incomparable Tita? Quin va!

--Me manda el sargento Simn, dijo un arquero acercndoseles
apresuradamente, para deciros que el seor barn ha resuelto pasar la
noche en el alojamiento del canciller de Chandos y no necesitar
vuestros servicios. Simn est en esa taberna con algunos camaradas y
dice que si quisierais trincar con nosotros....

-- fe ma, dijo rindose Gualtero, que con sus cantos y gritos hacen
bastante algazara para anunciar su presencia sin necesidad de guas ni
emisarios. Adelante!

 dos puertas se oa el estrpito de la francachela. Entraron por un
portaln bajo y al final de estrecho corredor se hallaron en una gran
sala iluminada por dos antorchas. Junto  las paredes, en casi toda la
extensin del local, montones de paja sobre la cual reposaban veinte 
treinta arqueros de la Guardia Blanca, sentados  reclinados sobre el
codo, sin capacetes, coletos ni espadas y con sendos recipientes de
cuero y estao llenos de cerveza  vino, segn el gusto de cada cual.
Dos toneles colocados en un extremo de la estancia indicaban que no
faltara con qu llenar de nuevo aquellos enormes cubiletes, cuantas
veces lo exigiese la sed de los arqueros. Junto  los toneles y como
presidiendo la reunin, hallbanse el portaestandarte Reno, Simn,
Tristn y otros tres  cuatro arqueros veteranos, amn del valiente
Golvn, capitn del _Galen Amarillo_, que haba ido  tomar unos tragos
en compaa de sus alegres compaeros de viaje antes de emprender el de
regreso  Inglaterra. Gualtero y Roger tomaron asiento entre Reno y
Simn, sin que su llegada acallara por un momento el bullicio.

--Cerveza  vino, camaradas! grit Simn. Que elija cada cual y no me
vengis con arrumacos, porque la mezcla emborracha y ha de ser una cosa
 otra. Aqu est tu cubilete, Rubn, rebosando vino generoso. Sabis
la noticia, barbilindos?

--No. Qu es ello? dijeron ambos escuderos.

--Pues que tendremos torneo.

--Bravo!

--S. El arrogante Captal de Buch se ha empeado en demostrarnos que l
y otros cuatro caballeros gascones pueden hacer morder el polvo  los
cinco mejores paladines ingleses de cuantos hay en Burdeos  la fecha.
Chandos acept el reto sobre la marcha, encargndose de elegir 
nuestros campeones; el prncipe ha prometido una hermosa copa de oro al
que ms altos honores obtenga y en toda la corte no se habla hoy de otra
cosa.

--Por qu han de ser los grandes seores los nicos que se diviertan?
pregunt Tristn de Horla. Bien pudieran abrirnos el palenque  los
arqueros y por la cruz de Gestas! que sera cosa de ver cmo
descoyuntbamos  cinco arqueros gascones.

-- cmo otros tantos hombres de armas baldbamos  igual nmero de
soldados de esta tierra, dijo Reno.

--Quines son los mantenedores ingleses? pregunt Golvn.

--Trescientos cuarenta y un caballeros tenemos hoy en Burdeos, y ya se
han recibido trescientos cuarenta carteles aceptando el reto. El nico
que falta es el de Sir Mauricio de Ravens,  quien la gota tiene clavado
en el lecho.

--Un arquero de la guardia me ha dicho que el prncipe quera romper una
lanza, pero que sus consejeros no se lo han permitido, porque habr ms
de combate que de torneo, tal estn que arden los seores gascones.

--Por lo pronto tenemos  Chandos.

--Su Alteza le ha prohibido tomar parte en la prxima justa. Chandos
ser juez del campo, en unin de Sir Guillermo Fenton y el duque de
Armagnac. Nuestros campeones sern los seores de Abercombe, Percy,
Beauchamp y Leiton, y el invencible barn de Morel.

--Viva! San Jorge le proteja! Buena eleccin! vociferaron los
arqueros.

--Buena, como hay Dios! exclam Simn. No hay para un soldado de buena
fibra honra mayor que la de tenerle por jefe. Ya veris  dnde nos
lleva, muchachos, y en qu aventuras nos mete. Noto que desde su llegada
 Burdeos anda con un parche en un ojo, lo mismo que hizo la vspera de
Poitiers. Pues ese parche va  costar mucha sangre, os lo digo yo.

--Cmo fu lo de Poitiers, sargento? pregunt un joven arquero.

--Cuntalo, Simn! exclamaron otros.

-- la salud de Simn Aluardo! dijeron muchos empinando el codo.

--Preguntdselo  ste, peneques, contest modestamente el veterano
sealando  Reno. l vi ms que yo, pero por los clavos de Cristo! no
dej de tomar tambin parte y buena en aquella tremolina.

--Gran da fu aquel, dijo Reno moviendo la cabeza y entornando los
ojos; como no espero volver  verlo. Muchos y muy buenos arqueros
cayeron tambin en la jornada.

--Buenos? Pues no hay ms que nombrar  Gofredo, Calvino, el Payo,
Nelson, que antes de caer para no levantarse ms se aferr  un gran
seor francs y le cort la cabeza  cercn. Mejores arqueros no los he
visto en mi pcara vida.

--Pero la batalla, Simn, la batalla! gritaron muchos. Cuenta, cuenta!

-- callar se ha dicho, moscones! berre el sargento. "Cuenta, Simn!"
Pues no hay cuento que valga hasta que me haya remojado el gaznate.
Buena cerveza! Era en el otoo de 1356; nuestro prncipe Eduardo tom
por Auvernia, el Berry, Anjou y Turena, y de Auvernia os dir que las
muchachas son zalameras y el vino agriado. En Berry dadle vuelta y
aprended que las mozas son hoscas y el vino una bendicin. Pero Anjou es
gran tierra para los arqueros decentes, porque all vino y mujeres son
unas mieles. Lo nico que saqu de Turena fu una descalabradura, pero
en Vierzn, en un monasterio de rdago, me hice con un copn de oro por
el cual me di treinta ducados un judo genovs. De all, anda que anda
hasta llegar  Bourges, donde me toc en suerte una tnica de seda
carmes labrada de oro y perlas, como vosotros no la veris jams, y un
par de borcegues con borlas de seda blanca, lo mismo que los del rey
nuestro seor.

--Los arrebaaste en alguna tienda, Simn?

--Se los quit de los pies  un caballero enemigo, so lagarto! Bien
pensado el caso, me dije que l no haba de necesitarlos ms, visto que
le sala por pecho y espalda una flecha ma de las gordas....

--Qu ms, qu ms?

--Nos dimos otra zampada de camino, y ramos lo menos seis mil arqueros
cuando llegamos  Isodn, donde tambin me favoreci la suerte.

--Otra batalla? Otro par de botas, Simn? se oy decir  los
arqueros.

--No, algo mejor que eso. En las batallas poco hay que ganar, como no
sean testarazos,  menos que se logre rescate por algn pjaro gordo. Lo
que hubo fu que en Isodn yo y otros tres muchachos de Gales nos
metimos en un casern muy grande que los otros camaradas pasaron por
alto y all descubr y me apropi un cobertor de finas plumas como slo
los estilan las duquesas de Francia. T lo has visto, Tristn, y sabes
si es rico y mullido. Lo acomod bien envuelto sobre una mula del
vivandero y all lo tengo en una venta cerca de Dunn, para el da en
que me case. Te acuerdas de la ventera, _mon petit_? pregunt  Roger,
guindole el ojo.

--Adelante! vocearon tres  cuatro arqueros.

--Eso es, continu el veterano. Que otros saquen las castaas del fuego
para que vosotros os estis como unos papanatas oyendo historias con la
boca abierta. Buena cerveza! Nuestros seis mil tunantes, el prncipe y
sus caballeros, yo y la mula con el cobertor de pluma salimos por fin de
Turena, dejando all sangrienta memoria. En Romorantn top con una
cadena y unos brazaletes de oro, pero top tambin con una mozuela como
un sol, que me los rob al da siguiente. Porque habis de saber que hay
gentes que no vacilan en apoderarse de lo ajeno....

--Al grano, Simn! Esa batalla!

--Todo se andar, cachorros, si me dejis respirar. Pues sucedi que el
rey de Francia, llamado Juan II, se puso al frente de cincuenta mil
hombres y nos persigui furiosamente. Pero lo bueno fu que cuando nos
alcanz, seguro de pasarnos  cuchillo, se hall con que no supo cmo
atacarnos ni cmo cogernos, porque lo esperamos esparcidos por los
vallados y viedos de unas alturas, hasta donde slo podan subir por
una ladera y eso al descubierto, ofrecindonos magnfico blanco. As
ocultos y protegidos, formaban nuestra derecha los arqueros, con los
hombres de armas  la izquierda, los caballeros en el centro y detrs de
ellos la mula del cobertor. Trescientos caballeros franceses se
dirigieron hacia ella en lnea recta, para empezar, y muy valientes y
apuestos parecan, pero los cogi en el camino tal nublado de flechas
que pocos escaparon con vida. Tras ellos subieron al ataque los soldados
tudescos al servicio del rey Juan y pelearon muy guapamente, tanto que
tres  cuatro se colaron por entre los arqueros y corrieron hacia la
preciosa mula. Pero trabajo intil, porque v  nuestro capitn, el sin
par barn de Morel, destacarse del grupo de nobles, con su parchecito
sobre un ojo como lo lleva estos das y despachar  aquellos perdularios
con toda calma. En seguida el barn se lanz contra el grueso de los
asaltantes, seguido de Lord Abercombe con sus cuatro escuderos del
Chesire y otros de igual temple, tras ellos Chandos y el prncipe y
detrs nosotros con espada y hacha, porque habamos agotado las flechas.
Muy imprudente fu aquella maniobra nuestra, porque no slo abandonamos
la proteccin del terreno sino que dejamos sin defensa  la mula del
vivandero y cualquier taimado francs  tudesco pudo hacerla prisionera
con el tesoro mo que llevaba encima. Pero todo sali bien, cayeron en
nuestro poder el rey Juan y su hijo, Nelson y yo descubrimos un carro
con doce barriles de vino generoso destinado  la mesa del rey... y no
s cmo fu, muchachos, pero os aseguro que no me acuerdo de lo que
sucedi despus, ni tampoco pudo recordarlo Nelson.

--Y al da siguiente?

--Como podis figuraros, no perdimos mucho tiempo por aquellos
andurriales, sino que tomamos al trote el camino de Burdeos,  donde
llegamos sin tropiezo con el rey de Francia y el cobertor de pluma.
Vend el resto de mi botn, _mes garons_, por tantas monedas de oro
como cupieron en mi bolsn de cuero y por siete das tuve doce velas
encendidas en el altar del bendito San Andrs, porque sabido es que si
olvidis  los santos cuando las cosas marchan bien es muy probable que
ellos se olviden de vosotros cuando los necesitis.

--Decidme, sargento, pregunt un mozalbete desde el extremo opuesto del
cuarto  qu cuento fu la batalla aquella?

--Ahora salimos con esas, rocn? Pues  qu cuento haba de ser sino 
dejar sentado una vez por todas quin haba de llevar la corona de
Francia?

--Bueno es saberlo. Creame yo que era para averiguar quin deba de
quedarse con vuestro cobertor de pluma....

--Mira, hijo, que si me llego  t con este cinto mo y empiezo  darte
zurriagazos lo vas  sentir de veras, dijo Simn entre las carcajadas de
todo el concurso. Pero se hace tarde, Reno, y cuando los polluelos
empiezan  piar contra gallos viejos como yo, es hora de que vuelvan al
gallinero.

--No, no, venga otra cancin! gritaron muchos.

--Que cante Sabas! Como l no hay otro en la Guardia Blanca. Que
cante, que cante!

--Alto ah! dijo entonces el capitn Golvn. Para entonar unas trovas
como Dios manda nadie mejor que el mocetn ste. Y al decirlo puso la
mano en el hombro de Tristn.

--Muy cierto es, que  bordo del galen pareca rugir la tempestad
cuando l cantaba "Las campanas de Milton."

-- "La Molinera de York." Anda, Tristn!

El exnovicio se pas el dorso de la mano sobre los labios y mirando  la
pared de enfrente enton la cancin pedida con un vozarrn tremendo. Al
concluir lo saludaron sus oyentes con una tempestad de aplausos y
gritos, y Tristn agarr el vaso de cerveza que hall ms cerca y lo
vaci de un tirn.

--La primera vez que cant "La Molinera," dijo modestamente, fu en la
taberna de Horla, cuando ni soaba ser arquero.

--Otro trago, camaradas! grit Reno sumergiendo su enorme recipiente de
cuero en el tonel.  la salud de la Guardia Blanca y de cuantos siguen
el estandarte de las cinco rosas!

--Por la guerra prxima y la victoria segura! brind el capitn Golvn.

--Por el montn de oro que aguarda  los buenos arqueros!

--Y por las muchachas bonitas! grit Simn. Y se acabaron los brindis,
canastos! aadi pegando tremebundo puntapi al tonel que tena ms
cerca.

Con cantos, risas y chanzas fueron desfilando los alegres arqueros, y no
tard en reinar completo silencio en la poco antes bulliciosa sala de
_La Rosa de Aquitania_.




CAPTULO XXIII

LAS JUSTAS DE BURDEOS


La fama y brillo de la corte que rodeaba al prncipe Eduardo desde su
instalacin como Duque de Aquitania, atraan  numerosos caballeros de
toda Europa y los torneos y justas eran por entonces espectculos que
con frecuencia presenciaban los vecinos de Burdeos. Con los ms afamados
paladines ingleses y franceses solan romper lanzas diestros justadores
de Alemania, caballeros de Calatrava, nobles portugueses  italianos y
aun formidables guerreros de la Escandinavia y otras regiones del norte
y del oeste.

Pero en la ciudad y en toda la comarca fu objeto del mayor inters y de
incesantes comentarios la noticia de que cinco caballeros ingleses entre
los ms esforzados haban dirigido un cartel de reto  otros tantos
nobles de la cristiandad, quienesquiera que fuesen. Haba gran
curiosidad por ver quienes lo aceptaran y sabase adems que aquellas
justas seran las ltimas por entonces, ya que el prncipe se aprestaba
 salir con toda su gente para la guerra de Espaa. La vspera del
torneo llegaron  Burdeos multitud de gentes de todo el Medoc, que
tuvieron que acampar fuera de las murallas, en el llano y  orillas del
Garona. Tampoco faltaron oficiales del ejrcito acuartelado en Dax, ni
nobles y burgueses de Blaye, Bourg, Libourne, Cardillac, Ryons y otras
muchas villas, que llegaron durante el da y parte de la noche anterior
al combate,  pie,  caballo y en vehculos de todas clases.

No fu pequea empresa la de elegir cinco caballeros por banda, cuando
tantos y tan valientes y ganosos de gloria los haba congregados all; y
en poco estuvo que la eleccin ocasionase una serie de duelos
preliminares que slo pudieron evitarse con la intervencin del prncipe
y de los nobles de ms edad y merecimientos. Hasta la vspera del da
fijado para el torneo no se fijaron en la liza, pendientes de sendas
lanzas, los escudos de los campeones, para que los heraldos y el pblico
supiesen sus nombres y tambin para que se presentase ante los jueces de
campo toda fundada querella  protesta contra la participacin de
cualquiera de ellos en el torneo.

Los dos aguerridos capitanes Roberto Nolles y Hugo Calverley no haban
regresado de la expedicin  Navarra que el prncipe les encomendara, lo
cual priv  los justadores ingleses de dos de sus mejores lanzas. Pero
eran tantas y tan buenas las que aun quedaban que los seores Chandos y
Fenton,  quienes en definitiva se encomend la eleccin, tuvieron que
discutir y pesar uno por uno los mritos y hazaas de muchos aspirantes;
decidindose por fin  favor de Morel de Hanson y Abercombe de Chesire,
renombradsimo el primero entre los nobles veteranos y hroe de Poitiers
el segundo. De los caballeros ms jvenes resultaron agraciados tres
brillantes paladines: Toms Percy, Guillermo Beauchamp y Raniero Leiton.
Desde luego aceptaron el reto ingls todos los caballeros gascones y la
eleccin, difcil de suyo, favoreci  Captal de Buch, Oliverio de
Clisn, Pedro de Albret, el seor de Mucident y un caballero teutn
llamado Segismundo de Bohemia. Al mirar aquellos diez escudos los
veteranos ingleses se prometan un torneo brillante cual ninguno, pues
eran los mantenedores hombres de gloriosa historia y de valor y esfuerzo
probadsimos.

-- fe ma, Chandos, dijo el prncipe mientras cabalgaba junto al
canciller por las estrechas y tortuosas calles de la ciudad, camino del
palenque; bien quisiera yo romper una lanza en estas justas, suponiendo
que los jueces de campo no me creyesen indigno de alternar con tan
famosos campeones.

--No hay en el ejrcito mejor ni ms digno paladn que vos, seor,
replic Chandos, pero dadas las circunstancias de este torneo, creedme,
no conviene que participis en l. No es de vuestro alto cargo el tomar
aqu partido  favor de ingleses contra gascones, ni poneros con stos
frente  aquellos, lanza en ristre  espada en mano. Demasiado
sobreexcitados estn ya los nimos.

--Siempre la razn de estado, Chandos, que vos sacis  relucir no slo
en la sala del consejo sino camino de fiesta tan alegre y lucida como
sta. Y qu piensan de ella mis hermanos de Castilla y Mallorca?
pregunt dirigindose  los prncipes espaoles, que  su derecha
cabalgaban.

--Mi opinin es que hoy presenciaremos no pocas proezas, dijo Don Pedro,
en vista de la fama y pujanza de los justadores.

--Por Santiago! observ Don Jaime, otra cosa va llamando mi atencin y
es el buen porte y mejores vestidos de esos burgueses de Burdeos que se
agolpan  mirarnos. Rica en verdad debe de ser esta gran villa y holgada
la condicin de sus moradores,  pesar de recientes guerras y
trastornos.

--Pues si el aspecto de los buenos burgueses os admira, repuso Don
Pedro, qu me decs de esos hombres de armas escogidos y de los bien
plantados arqueros? Difcil sera igualar y menos vencer fuerzas tan
apuestas y bien disciplinadas.

--Con esos soldados cuento, dijo el prncipe ingls, y con otros muchos
como ellos, para hacer entrar en razn  los usurpadores de Castilla y
Mallorca.

Sonrironse ambos pretendientes, revelando en sus semblantes la
satisfaccin y la confianza con que haban odo aquellas palabras.

--Y una vez hecha justicia, dijo Don Pedro de Castilla, uniremos las
fuerzas de Inglaterra, Aquitania y Espaa y mucho sera que de tal unin
no resultasen magnas consecuencias.

--Por ejemplo, agreg el prncipe Eduardo con evidente entusiasmo,
completar para siempre la expulsin de los infieles del territorio de
Europa. No creo que pudiramos acometer empresa ms grata para la Santa
Virgen, excelsa patrona de Aquitania.

--Ni ms aceptable para todo espaol. En tal empresa cuente Vuestra
Alteza con el apoyo absoluto de nobles y plebeyos, as en Len y
Castilla como en Asturias, Navarra, Mallorca y Aragn. Y aun para
perseguir  los moros allende el mar y combatirlos en sus guaridas del
frica y de Oriente.

--S, por Dios! exclam el Prncipe Negro. Ese ha sido uno de mis
sueos dorados, ver ondear el estandarte ingls sobre los muros y
mezquitas de la ciudad santa.

--La conquista de Jerusaln no puede parecer peligrosa ni ardua 
quienes han realizado la conquista de Pars.

--Ni me haba de contentar yo con eso, sino con el sitio y toma de
Constantinopla y la guerra  muerte contra el Sultn de Damasco. Y
vencido ste, todava podramos imponer tributo  las hordas trtaras,
otra amenaza de la cristiandad. Decidme, Chandos, no habramos de poder
llegar nosotros hasta donde lleg Ricardo Corazn de Len?

--Poder hacerlo es una cosa, replic el prudente consejero, y otra muy
distinta saber si conviene y debe hacerse. Desde luego, cuente Vuestra
Alteza con que el rey de Francia vera el cielo abierto el da que los
ejrcitos ingleses cruzasen el mar, en persecucin de los infieles de
Oriente.

--Os conozco demasiado, Chandos, para no saber que esas palabras os las
dicta vuestra razn, no el temor ni el cansancio de las guerras. Qu
enorme multitud! No recuerdo haber visto tantos curiosos desde el da en
que recorr las calles de Londres acompaando  mi prisionero el rey de
Francia.

Un mar de cabezas cubra por completo la vasta llanura que se extenda
desde la Puerta del Norte hasta los primeros viedos del este de la
ciudad y hasta las orillas del ro. Entre los obscuros tonos de aquella
multitud se destacaban ya las toquillas de vivos colores de las mujeres,
ya el casco de un arquero herido por los rayos del sol. En el centro de
la llanura, quedaba el espacio cercado que se destinaba  las justas,
con gradas y tribunas engalanadas con multitud de gallardetes y
banderas. Trabajo cost abrir estrecho paso  los prncipes y su squito
entre aquella masa compacta, que los salud con aclamaciones
atronadoras. Tras ellos fueron llegando numerosos nobles y damas
ricamente ataviadas y pronto quedaron llenas las tribunas, relucientes
de oro y pedrera. En el numeroso squito del prncipe y sus regios
huspedes figuraban capitanes y cortesanos de Gascua y Espaa, de
Inglaterra, el Lemosn y Saintonge. En los asientos y gradas encantaban
la mirada las morenas bellezas del Garona y junto  ellas las rubias
beldades inglesas, ostentando unas y otras sus mejores galas. De las
balaustradas de las tribunas colgaban ricos tapices y anchas franjas de
terciopelo en cuyo centro destacbanse, bordados en oro, plata y sedas
de vivos colores, los escudos de armas de cien nobles. No tardaron en
tomar stos asiento, la multitud y los soldados se acomodaron como mejor
pudieron y los pajes y palafreneros se encargaron de las armas y
monturas de sus seores.

Los mantenedores ocupaban la extremidad del campo ms cercana  las
puertas de la ciudad. Frente  sus respectivos pabellones se vean los
escudos de armas de los cinco campeones ingleses, sostenidos por otros
tantos escuderos; all las rosas de Morel, las barras gules de Leiton,
el len de Percy, los grifos de Abercombe y las plateadas alas de
Beauchamp. Tras los pabellones piafaban impacientes los grandes caballos
de batalla lujosamente enjaezados. La gran mayora de los arqueros y
hombres de armas ingleses se agrupaban en aquel extremo de la liza,
ganosos de contemplar y vitorear  sus famosos campeones, que sentados 
la puerta de sus tiendas, armados completamente y con el yelmo sobre las
rodillas, departan tranquilamente sobre el gran suceso del da en que
tan importante parte les tocaba desempear. Pero el pueblo gascn no
ocultaba su preferencia por Captal de Buch y sus compaeros, pues la
popularidad de los ingleses haba decado mucho desde las enconadas
contiendas originadas por la captura del rey de Francia y el destino que
deba de darse al regio prisionero. De aqu que no fueran generales,
aunque s muy nutridos, los aplausos que acogieron la proclamacin del
rey de armas, anunciando los nombres y ttulos de los caballeros
ingleses que estaban prontos, "por su Dios, por su patria, por su rey y
por su dama,"  combatir contra cuantos hidalgos les hiciesen la honra
de romper lanzas con ellos. Ms que aplausos, en cambio, fueron
aclamaciones ensordecedoras las que saludaron al heraldo que en el
opuesto extremo de la liza enumer los nombres popularsimos de los
justadores gascones.

--Comienzo  creer que tenais mucha razn, Chandos, al aconsejarme que
no tomase hoy partido ni enristrase lanza, dijo el prncipe en voz baja
al notar el estado de los nimos. Parceme, seor de Armagnac, que
nuestros amigos de Aquitania no veran con malos ojos la derrota de los
campeones ingleses.

--Bien pudiera ser, prncipe, como no dudo que en iguales circunstancias
el pueblo de Londres  Windsor favorecera  aclamara  sus
compatriotas.

--Y no est lejos la demostracin palpable de lo que decs, exclam
rindose el prncipe, porque all diviso unas veintenas de arqueros cuyo
vocero no cede al de la multitud. Mucho me temo que sufran amargo
desencanto si la copa de oro que he ofrecido al vencedor se queda en
Aquitania en vez de cruzar el mar. Cules son las condiciones, Chandos?

--Cada pareja justar no menos de tres veces y la victoria ser del
partido cuyos campeones hayan triunfado en mayor nmero de encuentros
singulares. El que ms se distinga entre ellos recibir el trofeo
ofrecido por Vuestra Alteza, y el ms diestro justador de los vencidos
un broche de oro y piedras preciosas. Doy la seal?

Contest el prncipe afirmativamente, sonaron los clarines y los
mantenedores fueron entrando en liza uno tras otro y arremetiendo  sus
contrarios, con varia fortuna para ambos bandos. As, Sir Guillermo
Beauchamp cay al poderoso golpe de Captal de Buch, pero Percy desarzon
al de Mucident; Lord Abercombe derrib  su vez al seor de Albret y por
fin el hercleo Oliverio de Clisn igual la suerte del combate con la
victoria que alcanz sobre Sir Raniero Leiton.

--Por Santiago! exclam Don Pedro, buenas lanzas y grande empuje, tanto
los seores gascones como los ingleses.

--Quin es el prximo adalid ingls? pregunt el prncipe con voz que
denotaba su viva emocin.

--El barn Len de Morel, de Hanson, respondi Chandos.

--Campen esforzado y diestro si los hay.

--Sin duda alguna, seor, pero su vista, como la ma, se halla muy
quebrantada tras largas campaas. Con su poderoso brazo gan en buena
lid la diadema de oro ofrecida como trofeo por la reina Felipa, augusta
madre de Vuestra Alteza, en las grandes justas con que se celebr en
Inglaterra la toma de Calais. En el castillo de Monteagudo, donde
reside, tiene un tesoro en premios y trofeos.

--Ojal vaya  reunirse con ellos la copa de este torneo, dijo el
prncipe en voz baja. Aqu tenemos al paladn alemn y por su aspecto
parece muy temible enemigo. Advertid al rey de armas que les permita
encontrarse por tres veces en la liza, ya que tanto depende ahora del
resultado de este combate.

Sonaron de nuevo los clarines, hizo el rey de armas la seal que
repitieron los farautes y se adelant el ltimo campen de los gascones
entre los vtores desaforados de la multitud. Era un guerrero de gran
talla y fornido cuerpo, con yelmo y armadura negros y escudo sin divisa,
pues prohiban tenerla los estatutos de la orden teutnica  que
perteneca. Flotaba  su espalda amplio manto blanco que tena bordada
en su centro la cruz negra orillada de plata de aquella orden. Manejaba
briosamente su soberbio bridn, negro como el azabache y de gran alzada;
y despus de saludar al prncipe volvi grupas y ocup su puesto  un
extremo de la liza.

Inmediatamente sali el barn de Morel de su tienda y se dirigi al
galope hacia el balconcillo regio, ante el cual detuvo sbitamente al
fogoso corcel con tal fuerza que lo hizo retroceder y alzarse de manos,
 tiempo que el jinete saludaba profundamente. Llevaba el barn
brillante armadura blanca, escudo blasonado y yelmo con largo y airoso
penacho de plumas tambin blancas. La gracia y viveza de sus
movimientos, el esplendor de su armadura y de los paramentos de su
caballo y los corveteos de ste hicieron estallar unnimes aplausos. El
barn salud otra vez con singular donaire y se dirigi al punto del
campo frontero al que ocupaba su contrario, haciendo caracolear al noble
bruto y ms como quien se dirige  una alegre fiesta que  fiero
combate.

Tan luego se hallaron frente  frente ambos campeones rein absoluto
silencio en todo el palenque. Del resultado dependa no slo la gloria
que pudiera caber al vencedor sino la victoria  la derrota del bando
que respectivamente representaban. Guerreros ambos de mucha nombrada,
sus proezas los haban llevado  muy distintos pases y campos de
combate, sin darles hasta entonces la oportunidad de medirse cuerpo 
cuerpo. Dise la seal, y puestas las lanzas en los ristres arremetieron
uno contra otro ambos combatientes, encontrndose con tremendo choque
frente  la regia tribuna. Aunque el teutn se estremeci al golpe
furibundo del caballero ingls, su lanza alcanz  ste en la visera con
fuerza tal que rompi las cintas que sujetaban el casco y ste cay
hecho pedazos, pero el barn continu su carrera, descubierta la calva
cabeza que brillaba  los rayos del sol. Millares de pauelos y gorras
agitados en el aire y un vocero inmenso acogieron aquella ligera
ventaja del caballero teutn.

Nada desanimado el de Morel, llegse  escape  su pabelln y se
present  los pocos momentos con otro fuerte yelmo, pronto para la
segunda justa. El resultado de sta fu tan igual para ambos que los
mejores jueces no hubieran podido adjudicar la victoria  uno ni otro.
As Morel como el de Bohemia resistieron impvidos el bote formidable
del contrario, que ambos recibieron de lleno en el pecho y sin perder la
silla. Pero en el tercer encuentro la lanza del barn se clav entre las
barras de la celada del contrario, arrancndole de golpe la visera, 
tiempo que el de Bohemia, con singular mala suerte, desviaba su lanza y
daba con ella fuerte golpe en el muslo de Morel, contra todas las reglas
del torneo, que prohiban herir al contrario de la cintura abajo y
declaraban vencido al que tal hiciera. Tambin daba  Morel aquel
malhadado golpe el derecho de apropiarse las armas y el caballo del
enemigo, si hubiera querido ejercerlo. Los aplausos y gritos delirantes
de los soldados ingleses y el silencio y los ceudos rostros del pueblo
anunciaron, antes que lo hicieran los farautes, el triunfo de los
primeros, que haban obtenido ventaja en tres encuentros, contra dos que
ganaran los gascones. Ya se haban congregado los diez combatientes
frente  la tribuna del prncipe para recibir dos de ellos el galardn
merecido, cuando el agudo toque de un clarn llam la atencin de los
presentes hacia un extremo del palenque, ganosos todos de ver al
inesperado caballero que as anunciaba su llegada.




CAPTULO XXIV

DE CMO EL ESTE ENVI UN FAMOSO CAMPEN


Dicho queda que las grandes justas de Burdeos, para las cuales era
estrecha y de todo punto inadecuada la plaza frontera  la abada de San
Andrs, se celebraban extramuros, en la vasta llanura inmediata al ro.
Al este de aquella se elevaba el terreno, cubierto de verdes viedos en
verano, por entre los cuales serpenteaba el camino que conduca al
interior, muy frecuentado de ordinario pero solitario aquel da en que
todos, as viajeros como habitantes de la ciudad, formaban parte de la
multitud espectadora.

Mirando en la direccin de aquel camino hubiera podido verse, aun mucho
antes de terminar el combate, dos puntos brillantes y mviles que fueron
acercndose hasta mostrar al observador que procedan del reflejo del
sol sobre los cascos de dos jinetes que se adelantaban al galope en
direccin  Burdeos. Era el primero de ellos un caballero armado de
punta en blanco, que montaba brioso corcel negro con blanca estrella en
la frente. Pareca el jinete de corta estatura pero robusto y ancho de
hombros, y llevaba calada la visera, sin empresa ni blasn sobre el
blanco arns ni el liso y bruido escudo. El otro era evidentemente su
escudero, sin ms armas ofensivas ni defensivas que su yelmo y la
poderosa lanza de su seor, que empuaba con la diestra mano. En la
izquierda, adems de las riendas de su propia montura, tena tambin la
brida de un soberbio alazn con lujosos paramentos que le llegaban hasta
los corvejones. Llegados ambos jinetes con los tres caballos  la
entrada del palenque, di el escudero aquel vibrante toque que tanto
sorprendi  los espectadores.

--Quin es ese caballero, Chandos, y qu desea? pregunt el prncipe
Eduardo.

-- fe ma, replic el canciller con no disimulada sorpresa, que  mucho
me engao  es un noble francs.

--Francs! exclam Don Pedro de Castilla. Qu os induce  creerlo si
no lleva blasn ni divisa que lo acredite?

--Me basta mirar la forma de su armadura, seor, ms redondeada en el
codo y las hombreras que cuantas proceden de Inglaterra  de Espaa.
Tambin podra ser arns de fabricacin italiana, sin la curva especial
del peto; y cuanto ms lo miro ms seguro estoy de que ese coselete ha
sido hecho por artfices de la parte de ac del Rin. Pero aqu viene su
escudero y no tardar Vuestra Alteza en saber qu lo trae por estos
rumbos.

Llegado el escudero ante el prncipe detuvo su caballo, toc por segunda
vez la bocina que llevaba suspendida del cinto y dijo con sonora voz y
marcado acento bretn:

--Vengo como heraldo y escudero de mi seor, noble y esforzado caballero
y sbdito fiel del muy poderoso rey Carlos de Francia. Sabedor de que se
celebraban estas justas, solicita mi seor la honra de medir sus armas
con un caballero ingls que quiera aceptar su reto, ya rompiendo lanzas,
ya combatiendo con espada y daga, maza  hacha de armas. Y me ha
ordenado muy expresamente declarar que su cartel va dirigido tan slo 
los nobles caballeros ingleses, no  los que sin serlo, ni ser tampoco
buenos franceses, hablan la lengua de stos y sirven bajo la bandera de
aqullos.

--Osado sois, voto  tal! exclam el de Clisn con voz tonante,  la
vez que otros seores gascones llevaban la mano  la espada.

--Mi seor, continu el enviado sin hacer caso de las palabras de uno ni
del ademn amenazador de los otros, est pronto  justar desde luego, 
pesar de que su caballo de batalla acaba de recorrer largo trecho sin
descanso, pues temamos llegar tarde al torneo.

--Tarde habis llegado, en efecto, repuso el prncipe, pues slo falta
adjudicar el premio  los vencedores. Pero no dudo que entre estos
caballeros mos los habr dispuestos  complacer al campen de Francia.

--Y cuanto al trofeo, dijo el barn de Morel, seguro estoy de
interpretar los deseos de estos seores al declarar que le ser
entregado,  pesar de su tardanza, si logra ganarlo en buena lid.

--Llevad, escudero, ambas respuestas  vuestro amo, dijo el prncipe, y
pedidle que nombre  uno de los cinco mantenedores ingleses que han
justado hoy para romper lanzas con l. Un momento; ese caballero no
lleva blasn ni divisa y necesitamos conocer su nombre.

--Mi seor ha hecho voto de no revelar su nombre ni alzar la celada
hasta pisar de nuevo la tierra de Francia.

--Pero entonces qu garanta tenemos de que no es un rstico diestro en
el manejo de las armas,  un palafrenero disfrazado con el arns de su
amo, cuando no un noble deshonrado con quien no se dignara combatir
ninguno de mis caballeros?

--No hay tal, seor, lo juro por lo ms sagrado! dijo el escudero con
vehemencia. Antes bien declaro que no hay en el mundo caballero que no
se tenga por muy honrado en cruzar la espada con quien aqu me enva.

--Arrogante es la respuesta del escudero, dijo el prncipe, pero
mientras no nos dis mejores pruebas de la noble calidad de vuestro amo,
no consiento que con l justen las mejores lanzas de mi corte.

--Rehusa Vuestra Alteza?

--Rehuso resueltamente.

--En tal caso, seor, el mo me ha autorizado para revelar secretamente
su nombre al muy ilustre seor de Chandos, y slo  l, para que declare
si Vuestra Alteza misma podra  no romper lanzas con mi seor, sin el
menor desdoro.

--Acepto la propuesta, dijo vivamente el prncipe.

Acercse Chandos al escudero, djole ste algunas palabras al odo y el
anciano canciller hizo un ademn de profunda sorpresa,  la vez que
miraba con curiosidad  inters evidentes al inmvil caballero que 
distancia esperaba el resultado de aquellas negociaciones.

--Ser posible? exclam.

--Es la pura verdad, seor, dijo el escudero. Lo juro por San Ivn de
Bretaa.

--Deb sospecharlo, agreg Chandos retorciendo los largos bigotes y
mirando fijamente al apartado caballero.

--Qu decs, Chandos? pregunt el prncipe.

--Seor, una gracia os pido. Permitid  mi escudero que me traiga arns
para revestirlo y tener la alta honra de cruzar la espada con el campen
francs.

--Poco  poco, mi buen Chandos. Tenis, y muy bien ganados, cuantos
lauros puede conquistar un hombre y hora es ya de que descansis.
Escudero, decid  vuestro amo que es muy bienvenido  mi corte, y que si
gusta de tomar algn descanso y refrescar en mi compaa antes de la
justa, pronto estoy  obsequiarle.

--Perdonad, seor, no puede beber con Vuestra Alteza.

--Que designe, pues, al caballero de su eleccin.

--Desea justar con los cinco mantenedores ingleses, y con las armas que
cada uno de ellos prefiera y elija.

--Grande es su confianza,  lo que veo. Pero no es bien prolongar su
espera ni tenemos ya mucho tiempo disponible, pues el sol se acerca al
ocaso.  vuestros puestos, caballeros, y veamos si este desconocido
iguala con la alteza de sus hechos la arrogancia de sus palabras.

Mientras duraron aquellos preliminares permaneci el incgnito campen
inmvil como una estatua de acero, erguido en la silla de su caballo de
batalla y apoyado en la robusta lanza. El ojo experto de nobles y
soldados adivinaba un adversario temible en aquel hombre de atlticas
formas  imponente aspecto. El arquero Simn, que figuraba en primera
lnea con Reno, Tristn y otros camaradas, no escaseaba sus comentarios
ms encomisticos sobre el talante del desconocido y la maestra con que
momentos antes haba manejado caballo y lanza.  fuerza de mirarle
pareci despertarse un confuso recuerdo en la memoria del veterano.

--Apuesto los bigotes del gran turco, dijo contrayendo las cejas,  que
yo he visto antes al buen mozo ese, aunque no recuerdo dnde. Fu en
Nogent, fu en Auray? Lo que os digo, muchachos, es que estis mirando 
una de las primeras lanzas de Francia, y cuenta que mejores no las hay
en el mundo y que yo s lo que me digo.

--Pues yo digo que todos estos torneos y melindres son pura niera,
gru Tristn de Horla. Por la cruz de Gestas! No sino dejad que me
vinieran  m con lancitas y puyazos....

--Pues cmo combatiras t, Tristn? preguntaron algunos.

--Varios modos hay de hacerlo, replic el gigante reflexionando; pero me
parece que yo empezara por romper mi espada.

--Eso es lo que todos procuran hacer.

--Ah, no! Pero es que yo no la rompera tontamente sobre el escudo del
otro, sino contra mi rodilla. Y as convertira lo que no es ms que un
pincho intil en una buena maza.

--Y despus?

--Dejara que el otro me clavase su espadn en una pierna  en el brazo,
 donde mejor le pareciese y luego y con toda calma le estrellara los
sesos con mi maza.

--Bravo, Tristn! Vamos, que dara yo mi cobertor de pluma por verte
suelto en la liza. Bonita manera de justar la tuya! exclam Simn.

--Pues  m me parece la mejor, dijo muy serio Tristn.  si no,
agarrara yo al otro por la cintura, lo arrancara de la silla quieras
que no y me lo llevara  mi tienda para no soltarlo hasta que me pagase
un buen rescate.

Grandes carcajadas acogieron aquella salida del valiente arquero y Simn
prometi hacer todo lo posible para que nombrasen  Tristn rey de armas
y pudiese llevar  la prctica sus peregrinas ideas sobre justas y
torneos.

--All viene Sir Guillermo Beauchamp, dijo Reno. Valiente caballero,
pero temo que no pueda resistir el bote que promete darle la lanza del
francs.

Y as fu, porque si bien Beauchamp asest  su contrario fuerte golpe
en el yelmo, recibi en cambio tan furiosa lanzada que lo sac de la
silla y lo hizo rodar por el suelo. No tuvo mejor suerte el de Percy,
que sac roto el escudo y desguarnecido el brazo izquierdo, amn de una
ligera herida en el costado. Abercombe dirigi su lanza  la cabeza del
desconocido y ste le imit, mantenindose firme y erguido en la silla
despus del choque, al paso que el ingls qued doblado hacia atrs,
medio cado sobre la grupa del caballo, que recorri la mitad del campo
antes de que el jinete recobrase su posicin normal. Leiton cay  los
golpes de maza del francs, arma elegida por el primero; sus servidores
lo llevaron en brazos  su pabelln. Aquellas rpidas victorias sobre
cuatro famosos guerreros llenaron de admiracin  los espectadores, y
as los soldados como las gentes del pueblo le prodigaron sus aplausos.

--Temible campen, coment el prncipe; pero ya se adelanta el bravo de
Morel,  pie y espada en mano, arma en que es quizs el ms diestro de
nuestro reino.

Los combatientes se acercaron llevando al hombro y asidas con ambas
manos las enormes espadas de combate. La lucha fu empeada y brillante;
se atacaban con denuedo y se defendan con destreza increble,
menudeando los golpes formidables que resonaban al chocar las espadas
entre s  sobre los fuertes arneses. Por fin levant el francs su arma
para descargar un tajo decisivo, pero aquel momento bast para que el
barn descubriera un punto vulnerable en la armadura del contrario, y
pronta como el rayo se clav su espada en el brazo del francs, en la
unin de aqul con el hombro. Poco profunda fu la herida, pero bast
para hacer brotar la sangre, que traz roja lnea sobre el bruido peto.
Aunque el desconocido pareca dispuesto  continuar la lucha, el rey de
armas lanz su dorado bastn  la liza y los combatientes bajaron las
espadas.

El prncipe dispuso inmediatamente que invitasen al campen francs 
permanecer algn tiempo en su corte, y si esto no fuera posible, 
sentarse  su mesa aquella noche y descansar algunas horas en Burdeos.
Oy el caballero el corts mensaje y se dirigi al trote de su corcel
hacia la tribuna regia, vendado el hombro con blanco pauelo de seda.

--Seor, dijo con firme voz, saludando al prncipe; no puedo sentarme 
vuestra mesa. Francs soy y por ende enemigo vuestro. El da ms feliz
de mi vida ser aquel en que vea desaparecer en el horizonte la ltima
de las galeras inglesas, llevndose al ltimo de los soldados
extranjeros que hoy pisan y dominan parte de esta tierra de Francia.
Duras os parecern mis palabras, pero os lo repito, soy vuestro enemigo.

--Y por las muestras que hoy habis dado, un enemigo valeroso y temible.
El rey de Francia puede enorgullecerse de tener servidores como vos.
Pero vuestra herida....

--Es insignificante y mi caballo puede hacer muy bien la jornada de
vuelta, que emprender ahora mismo. Con Dios quedad; y saludando de
nuevo se dirigi al galope  la entrada del palenque y desapareci
seguido de su escudero.

--Valiente, patriota y altivo, exclam el prncipe. Tengo para m que el
justador desconocido de hoy es un gran guerrero francs.

--No lo dudis, seor, dijo Chandos, y de los ms famosos.




CAPTULO XXV

DE UNA CARTA Y UNAS RELIQUIAS


Cuando Roger se present en la cmara del barn al siguiente da,
hallle muy ocupado en trazar sobre emborronado pergamino unos signos
retorcidos y enormes, que segn averigu despus eran un conato de carta
del barn  su esposa.

--Bien vienes, Roger, dijo alborozado apenas divis al joven. Confieso
que no soy muy fuerte en achaques de escritura, y aqu me tienes sudando
para contar  mi seora la baronesa muchas cosas que quiero decirle, con
unos garabatos que se empean en no salir derechos y que no los
entender ella, ni t, ni yo mismo.

Sonrise el fiel escudero, ofreci al barn escribirle en un santiamn
cuantas cartas quisiese y poco tard en quedar firmada y sellada la en
que el caballero refera ligeramente los principales episodios de su
viaje, el encuentro con los piratas, la desgraciada muerte del joven
escudero Froiln de Roda, su presentacin en la corte y cmo se propona
salir sin tardanza para Montaubn, donde el resto de la famosa Guardia
Blanca de su mando entretena sus ocios quemando y saqueando.

--Algo falta, seor, observ Roger, y si me lo permits....

--Escribe lo que gustes, Roger, y agrgalo  mi carta, que cuanto digas
habr de ser interesante y agradable para mi seora la baronesa.

Aprovechando el permiso, describi el doncel lo que por modestia callaba
el barn, la gloria alcanzada por ste en combates y justas; asegur 
la castellana de Morel que la salud del barn era inmejorable, que
todava quedaban en la escarcela confiada  su guarda muy buenos
ducados y duraran hasta llegar l con su seor  Montaubn, y por
ltimo rogaba  la baronesa que aceptase sus respetos y se sirviese
presentrselos muy rendidos  su hija la sin par Constanza.

--Muy bien expresado est todo eso, dijo el barn, moviendo satisfecho
su calva cabeza. Y ahora, Roger, si algo quieres escribir  tus
parientes de Inglaterra, lo enviar con el mismo mensajero que ha de
llevar mis cartas.

--No tengo parientes, seor, dijo Roger tristemente. Mi hermano es el
nico....

--S, recuerdo cmo os separasteis y te aseguro que no pierdes mucho.
Pero ya que no personas de tu misma sangre no tienes all alguien que
te sea querido?

--Oh, s, replic el joven, suspirando.

--Vamos, ya veo. Es hermosa?

--Bellsima.

--Buena?

--Como un ngel.

--Y no te ama?

--No puedo decir que ame  otro.

--En tal caso, tu deber es hacerte digno de su amor. S honrado y
valiente; sin humillarte ante el poderoso, mustrate afable y dulce con
el pobre y humilde, y  su tiempo te vers honrado con el amor de una
doncella pura y buena, el mayor galardn  que aspirar pueda todo
cumplido caballero. Es tu amada de noble alcurnia?

--De nuestra ms distinguida nobleza, seor.

--Cuidado, Roger, cuidado. No piques muy alto y recojas desengaos y
amarguras.

--Vos conocisteis  mi padre, seor barn, y sabis tambin lo que vale
el linaje de los Clinton de Hanson....

--Rancia  indiscutible nobleza y gloriosa historia. Mas no lo digo por
tus blasones, hijo mo, sino por tu carencia de fortuna. Si fueras t el
seor de Munster, en lugar de tu bullicioso hermano.... Pero,  mucho me
engao  los pasos que resuenan son los de Sir Oliver.

No tard en presentarse el rechoncho caballero, rojo de indignacin, con
la inaudita noticia de que acababa de enviar un cartel de desafo  los
seores de Chandos y Fenton, cancilleres del ducado de Aquitania y 
quienes el prncipe encomendara la eleccin de los caballeros que con
tanto lucimiento sostuvieron el honor de las armas inglesas en el torneo
de la vspera. Atnito el de Morel ante tamao desplante, averigu que
el seor de Butrn se senta ofendido por no haber figurado su nombre
entre los cinco elegidos y se propona pedir cuenta de aquel desacato 
Chandos y Fenton. Trabajo le cost al barn apaciguar  su alborotado
amigo, quien acab por confesarle que slo esperaba saborear un nuevo y
gustoso guiso que en aquel momento le preparaban, para enviar tambin un
cartel al mismo prncipe.

--Pero estis dejado de la mano de Dios? le pregunt el barn. Qu os
ha hecho el prncipe?

--Me tiene en poco, lo mismo que Chandos, y empieza  convertirme en
blanco de sus pullas y cuchufletas. Sabis la que me lanz anoche
despus del torneo? Alababa uno de mis amigos la fuerza de mi brazo y el
prncipe tuvo  bien decir que por fuerte que fuera el brazo nunca lo
sera tanto como el espinazo de mi caballo. Gracia sta que fu recibida
con gran risa por todos los presentes.

Rise tambin el barn, volvi  calmar  su pletrico amigo lo mejor
que supo y pudo, y vindolo ya ms dispuesto  gozar de sus guisos y
golosinas que  seguir lanzando retos  troche y moche, se despidi de
l hasta verse de nuevo en Dax. Sir Oliver se encargaba de mandar los
doscientos hombres de Morel y conducirlos  Dax en unin de sus
cincuenta ganapanes, mientras el barn anticipaba su salida de Burdeos
para dirigirse  Montaubn, tomar el mando del resto de la Guardia
Blanca que por all merodeaba y reunirse al grueso del ejrcito en Dax
antes de que el prncipe emprendiese la marcha con direccin  Espaa.

--T, Gualtero y el sargento Simn me acompaaris, y tambin otro
arquero que Simn elija para que cuide de mis armas y arns, dispuso el
barn.

Poco despus sala ste de Burdeos acompaado de Gualtero de Pleyel y
dos horas ms tarde se ponan en su seguimiento Roger, Simn y Tristn
de Horla, para quienes el primero tuvo que procurarse dos caballejos de
las Landas, de tan pobre apariencia como excelentes cualidades. Por el
camino iba pensando Roger, mientras sus dos compaeros departan
animadamente, en la conversacin que poco antes haba tenido con el
barn y se preguntaba si debi de haber completado su confesin
revelndole que no era otra su adorada que la bella heredera de Morel.
Cmo hubiera acogido ste semejante declaracin? Desde lugo, declarado
haba que por su nobleza poda aspirar  la mano de la ms linajuda
dama, sin otro obstculo en su camino que la falta de bienes de fortuna.
Por primera vez en su vida dese tenerlos, y aunque no dudaba del amor
de Constanza, saba tambin que la hechicera joven no le dara su mano
sin contar antes con la plena aprobacin de su padre.

--Dnde dijo el capitn que le encontraramos? pregunt  la sazn el
veterano arquero, volvindose hacia Roger y sacndolo de sus
meditaciones.

--En Marmande  Aiguilln, y aadi que no haba extravo posible porque
desde Burdeos hasta los dos pueblos nombrados no hay otro camino que
ste que seguimos.

--Y que yo conozco como la palma de mi mano, dijo Simn. Quiera mi buena
suerte que al regreso lo recorra tan bien provisto de botn como la
ltima vez que por l pas. Vis  lo lejos aquel pueblecillo con el
castillejo feudal? Pues es Cadillac, nombre y lugar que tengo en la
memoria gracias  la taberna que estas gentes llaman del _Mouton d'Or_ y
que yo llamara del buen vino, que probaremos muy pronto.  orillas del
Garona veremos despus el villorrio de Bazn, donde me detuve tres das
 mi regreso de la ltima campaa; y la culpa fu de las hijas del
talabartero del lugar, tres pimpollos  cual ms rozagante y  las
cuales d palabra de casamiento.

-- las tres?

--El diablo enred las cosas de manera que no hubo medio de dejar una 
dos buscando novio. Lo cual hubiera sido de muy mal gusto,  fe ma, y
ms tratndose de un arquero galante, porque son  cual ms bonita y el
diablo me lleve si hubiera yo podido preferir y elegir una de las tres.

--Pedigeo tenemos, dijo en aquel punto Tristn, sealando hacia un
rbol cercano  cuya sombra se sentaba un viejo, cubierto desde el
cuello hasta los descalzos pies con tosco sayal gris de triple esclavina
y llevando un grasiento sombrero de anchas alas con tres conchas
cosidas en hilera al frente de la copa.

--Dira que es un religioso  peregrino,  no ser por las extraas
mercancas que parece tener de venta, dijo Simn.

Acercndose vieron que sobre una tabla que delante tena se hallaban
colocados en lnea algunos trozos de madera, varias piedras y un clavo
de buen tamao.

--Socorred, seores,  un pobre peregrino, exclam el viejo, que perdi
la vista de sus ojos despus de contemplar con ellos los Santos Lugares
y que no prueba bocado desde hace dos das.

--Pues nadie lo dira al ver lo repleto y lucio que estis, buen hombre,
dijo Simn mirndole atentamente.

--Con esas ligeras palabras no hacis ms que aumentar mi pena, dijo el
ciego. Me vis repleto y obeso al parecer y por ende me creis bien
comido, cuando lo que en realidad me hincha y me mata es una hidropesa
incurable.

--Pobre hombre! murmur Roger.

--Mala centella me parta si vuelvo  decir palabra! exclam el arquero
arrepentido.

--No juris, dijo el peregrino, y por lo que  m toca os perdono de
corazn. Mis desgracias y mi desamparo han llegado  tal extremo que por
fin me veo obligado  deshacerme de mis tesoros para procurarme algunos
recursos con que terminar mi viaje. Voy al santuario de Nuestra Seora
de Rocamador y all espero acabar mis das.

--Y qu tesoros son esos de que hablis?

--Helos aqu, sobre esta tabla. Ante todo este clavo, uno de los que
contribuyeron al infame suplicio que tuvo por consecuencia la redencin
de la humanidad. Obtuve esta reliquia invaluable de los descendientes de
Jos de Arimatea, que viven todava en Jerusaln.

--Y esas piedras y maderas? pregunt Tristn, no menos sorprendido que
sus compaeros.

--Una astilla de la verdadera cruz, otra del arca de No y la tercera de
la puerta del gran templo de Salomn. De los tres cantos que aqu tengo,
el menor fu uno de los que le arrojaron  San Esteban sus crueles
verdugos, y los otros dos proceden de la torre de Babel. Mucho me ha
costado obtener estas preciadas reliquias y por todo el oro del mundo no
me hubiera separado de ellas; pero prximo  morir, porque siento que
mis das estn contados, os ofrezco las que queris, al precio que
vuestros recursos os permitan ofrecerme.

Transportado Roger y sin reflexionar gran cosa, se volvi hacia sus
compaeros dicindoles:

--Ocasin como esta no volver  presentrsenos en toda la vida. Sin el
clavo ese no me quedo, y se lo he de llevar y ofrecer  la abada de
Belmonte.

--Como yo le llevar  mi madre esa piedra que le arrojaron al santo,
dijo Tristn.

--Pues  mi vez prefiero la astilla de las puertas del templo, dijo por
su parte Simn, y aqu os entrego tres ducados, de cuatro que me quedan.

--Y aqu van dos ms, agreg Tristn.

--Y cuatro mos, dijo Roger.

Con lo cual se despidieron del piadoso y cuitado peregrino, llevndose
aquellas venerables reliquias tan impensada cuanto fcilmente
adquiridas.

Lo malo fu que  poco andar dieron con una herrera, donde se
detuvieron para atender al caballo de Simn, que mucho necesitaba los
servicios del herrero. En conversacin con ste, contle Simn su
reciente encuentro y la gran compra que haban hecho; ver el rstico las
reliquias y echarse  reir fu todo uno, y asiendo un cajn lleno de
luengos clavos se lo present  Roger.

--Mirad, le dijo, si vuestro clavo no es uno de estos y si los cascorros
y astillas del santo varn no proceden del montn aquel que est  mi
puerta y donde yo mismo se los v tomar no hace dos horas y meterlos en
su zurrn. El clavo me lo pidi l mismo y yo se lo d. Por vida de!
Sobrado crdulos sois para soldados.

Oir aquello y echar  correr en busca del tramoyista viejo fu todo uno.
 poco lo vieron en lo alto de una cuesta que formaba el camino, pero
tambin los divis l  buena distancia y suponiendo la embajada que
llevaban, prescindi de su ceguera y dejando el camino se meti por los
jarales y gan el bosque, dejando ms que mohinos  los tres amigos, tan
bonitamente burlados.




CAPTULO XXVI

DONDE SE AVERIGUA QUIN ERA EL MISTERIOSO PALADN


En Aiguilln,  donde llegaron aquella noche, los esperaban el barn de
Morel y el risueo Gualtero, cmodamente instalados en la hostera del
_Bton Rouge_. El noble ingls sostena interesante coloquio con un
afamado caballero del Poitou, Gastn de Estela, que acababa de llegar de
Lituania, donde haba servido con los caballeros teutones  las rdenes
del gran maestre de Marienberga. Complacidsimo el seor de Morel con
aquel encuentro, se pas las horas muertas hablando de campaas,
asedios, justas y aventuras y amaneca cuando se despidi del de Estela.
No le impidi esto ponerse en camino  la temprana hora que haba fijado
la vspera, y dejando en Aiguilln el curso del Garona, tom con sus
cuatro acompaantes por la orilla del Lot, no ya en direccin de
Montaubn sino de Villafranca, por donde, segn noticias recogidas en el
camino, andaban sueltos unos arqueros ingleses ms malos que Can y que
desde luego supuso eran los mismos  quienes buscaba y de quienes era
capitn. Numerosos indicios revelaban la agitacin y el estado de alarma
predominantes en aquella comarca y ms de una vez se vi cercada y
detenida la pequea cabalgata por numerosos grupos de vecinos armados, 
quienes tuvieron que dar cuenta del objeto de su viaje, so pena de
hacerse sospechosos y verse metidos en un mal lance.

--Bien se echa de ver que la paz de Bretigny no ha procurado gran
sosiego  esta regin, dijo el seor de Morel. En ella parecen haberse
congregado cuanto malsn y aventurero quedaron por Francia y Aquitania
despus de la guerra, gente sin fe ni ley que vive del despojo y la
violencia. Aquellas altas torres que all vis pertenecen  la villa de
Cahors, y ms all queda la tierra de Francia.

En Cahors descansaron los caminantes, sin incidente ni aventura que
merezcan relato aparte, y al dejar aquella poblacin se apartaron
tambin de las orillas del ro, tomando una senda estrecha y tortuosa
que atravesaba extensa y desolada llanura. Limitbala por el sur
frondoso bosque, al salir del cual anunci el barn  sus escuderos que
haban dejado atrs los dominios de Inglaterra y pisaban el territorio
francs. Por todas partes se vean montones de ruinas, rboles y campos
quemados, viedos cubiertos de piedras, puentes destrozados y aqu y
all un castillo  un monasterio convertidos en escombros; seales por
doquier del asolamiento y la rapia. Aquel espectculo contrist el
nimo de los viajeros y el barn empez  preguntarse con recelo si en
tal yermo hallara provisiones para su pequea tropa. Grande fu por lo
tanto la satisfaccin de hidalgos y arqueros al notar que el sendero
desembocaba en ancho camino y que  poca distancia del cruce se vea una
casa intacta, grande y cuadrada, una de cuyas ventanas ostentaba la
enorme rama seca que anunciaba un mesn  paradero.

--Ya era tiempo, vive Dios! exclam el barn regocijado. Adelntate,
Roger, y d al dueo de esa hostera  taberna  lo que sea que prepare
alojamiento para un caballero ingls y sus servidores.

Pic Roger espuelas  su caballo y lleg  la puerta de la casa, dejando
 sus compaeros  un tiro de ballesta. No viendo alma viviente, empuj
la entornada puerta, entr en el zagun y llam  gritos al mesonero. Ni
por esas; y como no era cosa de quedarse plantado all, el joven
escudero se col bonitamente en una gran pieza que  la izquierda
quedaba y en cuyo hogar chisporroteaban y ardan con alegre llama unos
gruesos troncos. Junto al fuego y sentada en un silln de baqueta de
altsimo respaldo, hallbase una dama cuya edad no pasara de los
treinta y cinco, y cuyos ojos, cejas y cabellos negrsimos contrastaban
con la extremada blancura de la tez. Pero ms que su hermosura llamaban
en ella la atencin su aire majestuoso y digno y la expresin grave y
pensativa del semblante. Sentado frente  ella en un escabel se hallaba
un hidalgo de robusta apariencia, cuyos anchos hombros cubra holgada
capa negra y que tena puesta una gorra de terciopelo negro tambin, con
rizada pluma blanca. Sobre la tosca mesa cercana se vean un jarro de
vino y un cubilete de estao, que el hidalgo llenaba y vaciaba de cuando
en cuando; al entrar Roger se ocupaba en partir y comer nueces, de las
que haba un plato lleno sobre la mesa y cuyas cscaras arrojaba entre
las llamas del hogar. Volvi un tanto el rostro para mirar  Roger y
ste contempl con sorpresa unas facciones deformes, cruzadas de
cicatrices, unos ojillos verdosos y la nariz abollada y torcida como si
hubiera recibido tremendo golpe.

--Sois vos el que as vocea? exclam con voz gutural y desabrido
acento. Habrse visto jovenzuelo con ms frescura y menos miramientos?
Ganas tengo de coger mi ltigo y daros una leccin que bien necesitis.

El asombro de Roger creci de punto, sobreponindose  su indignacin y
por algunos instantes permaneci inmvil, mirando al insolente caballero
y sin saber cmo contestarle en presencia de la dama. En aquel momento
llegaron  la puerta el barn, Gualtero y los dos soldados y echaron pie
 tierra; mas apenas oy el desconocido sus voces y la lengua en que
hablaban, enfurecisele el rostro y arrojando con fuerza al suelo el
plato de nueces empez  dar voces desaforadas llamando al hostalero.
Acudi ste plido y temblando y dirigindose  la puerta de la casa
dijo en voz baja  los recin llegados:

--No lo encolericis, mis buenos seores, por el amor de Dios lo pido.

--Qu decs? De quin se trata? pregunt el barn.

Antes de que Roger pudiera explicarse reson de nuevo la voz del
irritado husped:

--Pero qu sentina es sta? grit. No os pregunt al llegar, posadero
de los demonios, si estaba vuestra casa limpia de sabandijas, para que
pudiera alojarse en ella mi noble esposa sin asco ni molestias?

--Y os contest, poderoso seor, que est limpia como una patena,
replic el otro humildemente.

--Pues cmo se entiende, bellaco, que apenas llegados  ella oigamos ya
la charla de esos condenados ingleses? Qu peores ni ms dainas
sabandijas para un buen caballero francs? Que se larguen pronto,
maese, y de lo contrario, tanto peor para ellos y para vos!

No se lo hizo repetir el posadero, que sali corriendo de la estancia, 
tiempo que la dama protestaba dulcemente contra el violento lenguaje del
caballero.

--Por amor de Dios! dijo el atribulado posadero  los ingleses, hacedme
la merced de seguir vuestro camino. Villafranca no dista ms de dos
leguas y all encontraris cmodo alojamiento en la posada de Anjou.

--No har yo tal, dijo el barn de Morel, sin ver antes  quien as
habla y decirle dos palabras. Cules son su nombre y sus ttulos?

--Imposible nombrarle, seor, sin su permiso. Pero ved que si entris
montar en ira y entonces.... Creedme, mi buen seor; no sabis de
quin se trata! Discreto sois, avisado estis; seguid, por merced,
vuestro camino!

--Calle el ventero! exclam furioso ya el noble ingls.  mejor, id 
decir  ese tan formidable caballero que aqu est y aqu se queda el
barn Len de Morel, porque as le place y sin que l ni nadie sea osado
 impedrselo. Id!

Azorado el pobre hombre y sin saber  qu santo encomendarse, di
algunos pasos por el zagun, cuando se abri de golpe la puerta interior
y apareci el furibundo francs, cerrados los puos y las deformes
facciones convulsas por la ira.

--Todava estis ah, perros ingleses! grit. Mi espada, venga mi
espada! Pero en aquel instante se fijaron sus ojos en el escudo
blasonado del barn, sostenido por Tristn, y despus de contemplarlo un
instante suavizse la expresin de su semblante y apareci en sus labios
una sonrisa.

--_Mort Dieu!_ exclam, pues si es mi espadachn de Burdeos! Las cinco
rosas. Motivos tengo para recordarlas desde que las v, no hace tres
das, en las justas del Garona. Ah, seor Len de Morel, tengo
contrada con vos una deuda! y al decir esto seal su hombro derecho,
vendado con un pauelo de seda.

Pero la sorpresa del desconocido al ver al barn no pudo compararse con
la de ste. Mir fijamente al herido y por fin exclam con acento que
revelaba su profundo regocijo:

--Bertrn Duguescln!

--El mismo que viste y calza, replic el otro rindose. Bien hice,  fe
ma, en ocultar el rostro all en Burdeos, pues quien lo ve una vez
jams lo olvida. Yo soy, seor de Morel, y h aqu mi mano, que jams
estrechar otras manos inglesas que la vuestra y la de Chandos.

--No soy joven, repuso el barn, y las guerras han aadido algunos aos
 los que ya tengo, pero hasta ahora no me haba otorgado el cielo la
merced y la honra de cruzar mi espada con otra de tan limpia y merecida
fama como la que me opusisteis vos en la liza de Burdeos. Feliz yo mil
veces! Imposible me parece todava haber tenido tan alta honra.

--Voto ! Motivos me habis dado para no dudarlo, querido barn, dijo
el famoso guerrero con gran risa. Pero venid, y entren tambin vuestros
escuderos. No quiero privar  mi amada compaera del placer de ver en
vos  un modelo de nobles, aunque ingls, y  un guerrero famoso.

Recibilos la noble dama con bondadosa sonrisa y  los pocos minutos de
conversacin se haba conquistado ya todo el respeto y toda la
admiracin de Morel y sus escuderos. Con el aire de una reina y las
maneras de la ms aristocrtica dama, posea un tacto incomparable, un
encanto que  todos seduca. nase  esto el misterio de que la rodeaba
la creencia general de que posea una facultad sobrenatural, la de
adivinar y predecir lo futuro y se comprender la impresin vivsima que
produjo en los tres hidalgos ingleses.

El mismo Duguescln observaba con evidente satisfaccin el inters que
en ellos despertaban la conversacin amena de su esposa, sus puras y
elevadas ideas y la ilustracin nada comn de que daba clara muestra sin
la menor pesadez ni afectacin.

--Perdonad, dijo por fin el guerrero francs. Tan noble y grata compaa
merece digno albergue y este ventorrillo no puede ofrecroslo para pasar
la noche. Aprovechemos el poco tiempo que nos queda para montar 
caballo y llegar al castillo de Tristn de Rochefort, situado  una
legua de Villafranca y al cual nos dirigamos cuando resolvimos
descansar aqu algunas horas. Es el seor de Rochefort antiguo
compaero de mis campaas y hoy senescal de Auvernia.

--Y os recibir en palmas,  no dudarlo, dijo el barn. Mas qu pensar
el senescal de nuestra llaneza?

--Pues os bendecir cuando sepa que vens  limpiar la comarca de esos
tunantes uniformados que la devastan.  caballo, seores! Y vos, maese,
aqu tenis unas monedas de oro; si algo sobra, tendselo en cuenta al
primer caballero necesitado que por aqu aporte.

Momentos despus cabalgaban ambos seores y la dama entre ellos,
escoltados por el joven Pleyel. Habase retardado Roger en el mesn
llamando  los arqueros, cuando oy una voz angustiada pidiendo favor 
gritos. Acercse  la puerta de la estancia de donde procedan las voces
y se hall de manos  boca con Simn y Tristn, que se rean 
carcajadas y se dirigieron apresuradamente  la puerta del casern,
donde los esperaban sus monturas. Entr Roger en la habitacin y qued
atnito al ver que de un fuerte garfio de hierro pendiente del techo
colgaba un hombrecillo que era quien tan desaforadamente gritaba. El
garfio lo tena sujeto por el cinto y el infeliz manoteaba y perneaba
como un posedo.

--_ moi, mes amis!_ segua berreando, crdeno el rostro. Favor al
campen del Obispo de Montaubn! _ moi!_

Lleg el ventero en aquel instante, precipitse con Roger en auxilio del
colgado, para lo cual tuvieron que subirse sobre la pesada mesa de
encina en la que se vean los restos del refrigerio de ambos arqueros, y
no sin trabajo lograron desenganchar al campen del obispo.

--Se ha ido? pregunt apenas puso los pies en el suelo.

--Quin?

--El gigante, el monstruo de la cabellera roja.

--Ah, vamos! Tristn el arquero. S, se ha ido, dijo Roger.

--Y no volver?

--No.

--De buena ha escapado! exclam el hombrecillo dando un suspiro de
satisfaccin. Cobarde! Atreverse conmigo y huir! Ah, de haberme
esperado hubiera hecho con l un escarmiento, como hay Dios, para
ejemplo de pcaros!

--Permitidme, seor de Pelisier, dijo el ventero, que ponga  vuestra
disposicin mi caballejo, con el cual no tardaris en alcanzar al
descorts arquero.

--Ni pensarlo, exclam apresuradamente el fanfarrn. Tengo estropeada
una pierna desde el da en que mat  tres enemigos, en el combate de
Castelnau.

--Pues corro  buscarlo yo mismo, para que lo castiguis cual se merece
quien de tal suerte ofende  mi buen parroquiano, el seor Oscar
Reginaldo Bombardn de Pelisier!

--_Pas si vite, mon ami!_ Yo sabr buscarlo en su da. Imaginaos el
destrozo que sufrira vuestra hacienda si ese gigante y yo trabsemos
aqu descomunal combate.

En aquel momento se oy el trote de un caballo que se detuvo  la puerta
de la hostera, palideci el prudente Pelisier y se agazap bajo la
mesa,  tiempo que se oa la voz de Gualtero llamando  Roger. Dej ste
la venta con su compaero y pronto alcanzaron  los dos arqueros.

--Bonita manera de tratar al seor Bombardn de Pelisier, dijo Roger 
Tristn con fingida severidad.

--No lo hice adrede... comenz  decir el mocetn,  la vez que Simn
prorrumpa en sonoras carcajadas.

--Por el filo de mi espada! exclam. Fanfarrn ms insoportable no
espero volver  verlo en mi vida. Se neg  comer y beber con nosotros y
aun  dirigirnos la palabra. Despus empez  contar sus proezas  las
vigas del techo y acab diciendo que haba matado ms ingleses que pelos
tena en la cabeza. Iba yo  despanzurrarlo de un puntapie, cuando este
mameluco alarg su manaza y agarrando  Bombardn me lo colg del gancho
como un cochinillo  un trozo de cecina. Por vida de! Ja, ja, ja!

Reanse todava de la aventura los cuatro amigos cuando alcanzaron  su
capitn y poco despus llegaron todos al castillo de Rochefort, cuyas
puertas se les abrieron de par en par apenas oyeron los que las
guardaban el nombre de Bertrn Duguescln.




CAPTULO XXVII

VISIN PROFTICA


Tristn de Rochefort, senescal de Auvernia y seor de Villafranca, haba
encanecido peleando contra los invasores ingleses y desde que se firm
la paz no haba tenido punto de reposo, persiguiendo  las partidas de
aventureros, salteadores y vagos que infestaban la comarca de su mando.
De aquellas excursiones regresaba unas veces vencedor, con una docena de
prisioneros que no tardaban en aparecer ahorcados sobre los muros de la
fortaleza; y otras se le vea volver huyendo y perseguido de cerca por
desertores y bandidos de todas razas y cataduras. Odiado por sus
enemigos, lo era tambin por los mismos  quienes gobernaba y defenda,
pues aparte de su dureza y despotismo no le perdonaban los azotes y las
torturas con que les haba obligado  pagar su propio rescate, las dos
veces que los ingleses lo haban hecho prisionero.

Su residencia era una sombra fortaleza de slidas murallas y con alta
torre almenada en su centro. Numerosa era la guardia que nuestros
viajeros hallaron  la puerta del castillo, pero la doble guila de
Duguescln ofreca por entonces el mejor salvoconducto para viajar en
aquella turbulenta regin y era tambin llave de oro capaz de abrir
todas las fortalezas de Francia. El noble veterano acudi presuroso 
recibir  su amigo y compaero de armas; y fu grande su jbilo al saber
que el acompaante de Duguescln no tardara en librar al pas de
aquellos endemoniados arqueros ingleses que ms de una vez haban puesto
en fuga  los soldados del senescal enviados contra ellos.

Una hora despus tomaban asiento en torno de la bien servida mesa los
tres nobles guerreros y las damas de Duguescln y Rochefort, alegre y
amable esta ltima y mucho ms joven que su dueo y seor; otros dos
huspedes del senescal eran Amaury de Monticourt, de la orden de los
Hospitalarios y Otn Reiter, caballero bohemio de gran fama, y tambin
tomaron asiento con sus seores cuatro escuderos franceses, los dos de
Morel, Roger y Gualtero y el capelln de la fortaleza. Larga y alegre
fu la cena, sin que uno siquiera de los comensales se acordase de los
rencorosos y hambrientos pecheros que en aquellos mismos instantes,
ocultos entre la maleza, contemplaban desde lejos y con ideas de
venganza y muerte las ventanas iluminadas del castillo.

Levantados los manteles, tomaron cmodo asiento los huspedes del
senescal en torno de un gran fuego, porque estaba la noche desapacible y
fra. El seor de Rochefort manifest como de costumbre el desprecio que
le inspiraban los que l llamaba guardadores de cerdos y soeces
villanos; defendi el bondadoso capelln  las pobres gentes del pueblo;
comentse la osada creciente de los pecheros y su menguante respeto por
los privilegios de la nobleza y en amena pltica pasaron agradablemente
las horas. Rato haca que Roger contemplaba con inters y no sin alguna
alarma el rostro de la noble esposa de Duguescln, que hundida en su
silln pareca ltimamente ajena  cuanto en torno suyo se deca,
brillantes los ojos, fija la mirada y empalidecidas las mejillas. Not
Roger que Duguescln observaba tambin  su esposa, inquieto y trmulo.

--Qu tenis, esposa ma? le pregunt.

--Nada, Bertrn, dijo ella con voz apagada y sin apartar los ojos del
muro opuesto en que fijos los tena. Pero all... una visin....

--Me lo tema, dijo el clebre guerrero francs. Os debo una
explicacin, seores. Mi buena esposa est dotada de una facultad
proftica que se manifiesta en ella de tarde en tarde y le permite
predecir determinados acontecimientos futuros. Misterio es ste
incomprensible para m, pero ese poder extraordinario haba hecho ya la
admiracin de todos all en Bretaa, mucho antes de que yo viese por
primera vez  mi Leonor en Dinn. Lo que puedo aseguraros es que ese dn
suyo procede del cielo y no del espritu del mal, que es lo que
constituye la diferencia entre la magia blanca y la magia negra. Y por
indicios que me son harto conocidos, comprendo que mi buena compaera se
halla al presente en uno de esos momentos lcidos. La ltima vez que la
v en el mismo estado, la vspera de la batalla de Auray, me predijo que
el siguiente da sera fatal para m y para Carlos de Blois. Veinte y
cuatro horas despus haba muerto ste y veame yo prisionero del seor
de Chandos....

--Bertrn, Bertrn! llam la vidente con dulce voz.

--Decidme, amada ma, qu me reserva la suerte.

--Un peligro grande te amenaza, Bertrn, en este mismo instante.

--Bah! Un soldado est siempre en peligro, dijo el gran campen francs
con tranquila sonrisa.

--Pero tus enemigos se ocultan, se arrastran, te rodean en este momento.
Ah, Bertrn! Gurdate!

Tal expresin de terror manifestaban sus facciones descompuestas y los
ojos desmesuradamente abiertos, que Duguescln mir rpidamente en torno
de la sala, clav la vista por breves instantes en los tapices que
cubran las paredes y lugo en los anhelantes rostros de sus amigos.

--Esperar ese peligro si l no me espera  m, dijo. Y ahora, Leonor,
habla. Cul ser el trmino de la guerra de Espaa?

--Apenas puedo ver lo que all sucede. Espera.... Grandes montaas y ms
all una extensa y rida llanura, el chocar de las armas, los gritos del
combate. El fracaso mismo de tu misin en Espaa te dar el triunfo en
definitiva....

--Qu decs  eso, barn? Amargo y dulce  la vez,  como si dijramos,
un favor y un disfavor. No queris hacer vos mismo alguna pregunta?

--Si me lo permits. Os place decirme, seora, qu sucede all en el
castillo de Monteagudo?

--Para contestar  esa pregunta necesito posar mi mano sobre una persona
cuya memoria y cuya mente estn fijas de continuo en ese castillo de que
hablis. Vuestra mano? No, barn; otra persona hay aqu cuyo
pensamiento permanece fijo en Monteagudo aun con ms insistencia que el
vuestro....

--Me asombris, noble seora, balbuce Morel.

--Acercos, joven de los rubios cabellos rizados, dijo doa Leonor
extendiendo la diestra en direccin de Roger. Poned vuestra mano sobre
mi frente. As, esperad. Una niebla espesa de la cual se destaca enorme
torre cuadrada; la niebla se disipa, ya veo las murallas, la fortaleza
toda, en una verde colina, con el ro  sus pies, las olas del mar 
distancia y una iglesia  tiro de ballesta de las almenas. Junto al ro
se alzan las tiendas de los sitiadores.

--Los sitiadores! exclamaron  la vez el barn, Gualtero y Roger.

--S, que asaltan los muros con vigor. Ya plantan las escalas y disparan
un nublado de flechas. All su jefe, alto y hermoso, con luenga barba
rubia, lanza  sus soldados contra la maciza puerta. Pero los del
castillo se defienden valerosamente. Una mujer, s, una herona los
manda. Dos, dos mujeres sobre la muralla animan  las gentes de Morel,
que devuelven golpe por golpe y lanzan grandes piedras sobre sus
enemigos. Cay el jefe de stos y sus soldados retroceden, huyen, todo
se obscurece, nada ms veo ya....

--Por San Jorge! exclam el barn. Apenas puedo creer que Salisbury y
Monteagudo sean teatro de tales escenas; pero habis hecho tan exacta
descripcin del terreno y la fortaleza que me llenis de asombro y de
temor.

--Aprovechad los momentos si algo ms queris saber, dijo Duguescln.

--Cul ser el resultado de esta larga serie de luchas entre Francia 
Inglaterra? pregunt uno de los escuderos franceses.

--Ambas conservarn lo que es suyo, contest la dama.

--Luego nosotros seguiremos dominando en Gascua y Aquitania? pregunt
el seor de Morel.

--No. Tierra francesa, sangre y lengua francesas. De Francia son y ella
las reconquistar y conservar.

--Pero no Burdeos?

--Burdeos es tambin Francia.

--Y Calais?

--Tambin Calais.

--Negra estrella la nuestra si tal sucede! exclam el barn. Qu le
quedar entonces  Inglaterra?

--Permitid, barn; y vos, seora, decidme antes cul ser el porvenir
de nuestra amada patria? pregunt lleno de jbilo Duguescln.

--Grande, rica y poderosa.  travs de los siglos vola al frente de las
otras naciones, pueblo rey entre todos los pueblos, grande en la guerra
pero ms grande an en la paz, progresiva y feliz, sin ms monarca que
la voluntad de sus hijos, una desde Calais hasta los azules mares del
sur.

--Oslo, seor de Morel? exclam triunfante el caudillo francs.

--Pero qu de Inglaterra? pregunt tristemente el barn. La profetisa
pareca contemplar con profunda sorpresa un cuadro inslito, un
espectculo para ella inesperado.

--Dios mo! exclam por fin. De dnde proceden esos vastos pueblos,
esos estados poderosos que ante m se levantan? Y ms all otros, y
otros, allende los mares. Ocupan continentes enteros en los que resuenan
los martillos de sus fbricas y las campanas de sus iglesias. Sus
nombres, muchos, son ingleses y tambin la lengua que hablan. Otras
tierras, cercadas por otros mares y bajo diverso cielo, pero son tambin
tierras inglesas. La bandera de San Jorge ondea por todas partes, as
bajo el sol de los trpicos como entre las nieves del polo. La sombra de
Inglaterra se extiende al otro lado de los mares. Bertrn, Bertrn!
Nos vencen, porque el menor de sus capullos es ms hermoso que la mejor
y ms perfumada de nuestras flores!

La profetisa di una gran voz, alzse del asiento y cay desvanecida en
brazos de su esposo, que dijo conmovido:

--Ha terminado la visin, la hora sagrada y misteriosa que revela el
secreto de lo porvenir!




CAPTULO XXVIII

ATAQUE Y DEFENSA DEL CASTILLO DE VILLAFRANCA


Muy tarde era cuando Roger pudo retirarse  descansar, no sin dejar
antes cmodamente instalado al barn en la habitacin que le haba sido
destinada. La suya, situada en el piso segundo de la feudal morada,
contena un pequeo lecho para l y tendidos en el suelo dos colchones
en los que al entrar Roger dorman y roncaban Simn y Tristn. Rezaba el
joven sus oraciones cuando oy un discreto golpe dado  la puerta y casi
en seguida entr Gualtero con un candil, plido el rostro y temblorosas
las manos.

--Qu ocurre, amigo? le pregunt prontamente Roger.

--Apenas s qu decirte. Me asaltan los ms tristes presentimientos y
tiemblo sin saber por qu. Te acuerdas de Tita, la hija del artista de
Burdeos? Yo la requer de amores all en la calle de los Apstoles y le
d una sortija de oro que me prometi llevar siempre en recuerdo mo. Al
despedirnos me dijo que su pensamiento me seguira en las guerras y que
mis peligros seran tambin los suyos propios.... Pues acabo de verla.

--Bah! Ests sobreexcitado con las profecas y los espasmos de mi
seora Duguescln y se te antojan los dedos huspedes.

--Te digo que la he visto ahora mismo, al subir la escalera, tan
distintamente como veo  esos dos arqueros dormidos. Tena los ojos
anegados en lgrimas y sus manos se adelantaban como para protegerme....

--Mira, Gualtero, es tarde y necesitas descansar. Dnde est tu cuarto?

--En el prximo piso. Queda precisamente sobre ste. La santa Virgen
nos proteja!

Oy Roger las pisadas de su amigo en la escalera, y dirigindose despus
 la ventana contempl el paisaje iluminado por la luna. Por aquella
parte del castillo se extenda una ancha faja de terreno cubierto de
menuda hierba y algo ms lejos dos bosquecillos separados por un espacio
descubierto en el que slo crecan algunos matorrales, plateados por los
rayos de la luna. Mirbalos Roger distrado, cuando vi que un hombre
sala lentamente de entre los rboles de la derecha y cruzando con
rapidez el claro, inclinndose como si quisiera ocultarse, desapareci
en el bosquecillo de la izquierda. Tras l pas otro y despus otro, y
luego muchos ms, solos  en grupos, llevando no pocos de ellos unos
grandes bultos asegurados  la espalda. Absorto qued el joven escudero
por un momento, pero muy pronto se inclin y toc ligeramente el hombro
de Simn.

--Quin va? exclam el arquero levantndose de un salto. Hola, _mon
petit_! Cre que nos sorprenda el enemigo. Qu me quieres?

Llevle Roger  la ventana y djole lo que acababa de ver.

--Mira, mocito, fu la contestacin del veterano; en este endemoniado
pas yo ya no me admiro de nada.  bien que hay en l ms tunantes que
conejos en los sotos de Hanson, gentes desalmadas todas, que se pasean
de noche porque si lo hicieran de da no tardara en echarles mano el
verdugo. Mala centella los parta y  dormir se ha dicho! Pero antes no
estar de ms correr este cerrojo, que estamos en casa extraa.
Acustate y duerme.

Con esto se tendi el arquero en su jergn y  los dos minutos dorma
profundamente. Imitle Roger, pens que seran ya cerca de las tres de
la maana y dormitando se hallaba cuando le pareci que alguien empujaba
y haca crujir la puerta del cuarto, procurando en vano abrirla. Psose
 escuchar sobresaltado y oy pasos cautelosos que se alejaban de su
puerta y continuaban escalera arriba. Poco despus reson algo como un
grito ahogado, como un lamento de agona y cuando Roger se dispona 
saltar del lecho, dirigi la vista  la ventana y qued casi paralizado
de terror. Un cuerpo humano se balanceaba lentamente ante el hueco de la
ventana y de la parte exterior del muro. Penda de una cuerda anudada
al cuello y fija evidentemente por el otro extremo en la ventana del
piso superior. Una atraccin irresistible oblig  Roger  saltar del
lecho y acercarse,  tiempo que la luz de la luna daba de lleno en el
rostro del ahorcado. Era Gualtero de Pleyel, cobardemente sorprendido y
asesinado. Al tremendo grito de sorpresa y de dolor que lanz Roger se
despertaron sobresaltados los dos arqueros.

--El pedernal y la yesca, pronto, dijo Tristn con reposada voz. Esta
luz de luna es cosa de espectros. Aqu est el candil y ahora nos
veremos las caras.

--Es el pobre Pleyel, no hay duda, gru Simn. Pero que me aspen si no
le ajusto yo las cuentas  este senescal de los demonios por la manera
que tiene de tratar  sus huspedes!

--No, no, Simn, los asesinos son aquellos bandidos ocultos en el bosque
de que te habl antes. Y el barn, sabe Dios qu suerte le habr cabido.
Vuelo  su lado....

--Un momento, camarada, que yo soy perro viejo y s cmo se hacen estas
cosas. Lo primero es poner mi casco en la punta del arco. T abres la
puerta lentamente y yo presento el cebo  esos canallas, si por ventura
estn ah esperando degollarnos.

As lo hicieron, y no bien se abri la puerta y asom por ella el
almete, recibi ste un tremendo tajo y estallaron los gritos de los
asesinos. Pero antes de que pudieran repetir el golpe brill la espada
de Simn, y uno de sus enemigos cay atravesado de parte  parte.

--Adelante! Seguidme, y  ellos! grit Simn, y abriendo de par en par
la puerta se lanzaron los tres ingleses fuera del cuarto, atropellando
violentamente  dos hombres que hallaron  su paso y bajando las
escaleras  toda prisa.

Los gritos partan del piso inferior, cuyo vestbulo iluminaban
vivamente algunas antorchas clavadas en los trofeos que adornaban sus
paredes. Frente  una de las tres puertas que daban al vestbulo veanse
los ensangrentados cadveres del senescal y de su esposa, sta con la
cabeza separada del tronco y aqul atravesado el cuerpo por una pica.
Junto  ellos, muertos tambin, tres servidores del castillo,
destrozados  informes como si hubiera cado sobre ellos una manada de
lobos. En la puerta inmediata, Duguescln y el barn de Morel,  medio
vestir y mal armados, tenan  raya  los asesinos; en los ojos de ambos
guerreros brillaba con luz siniestra el fuego del combate y ante ellos
se amontonaban los cadveres enemigos. Un numeroso grupo de hombres
andrajosos, con horrendos visajes y armados de picas, hoces y chuzos,
arremeta de nuevo contra los dos caballeros, que hacan prodigios de
valor y destreza, en el momento en que les lleg el refuerzo de Roger y
los dos arqueros, cuyas espadas abrieron sangriento camino en la
vocinglera turba. Retrocedi sta con gritos de rabia, unironse y
adelantronse los cinco defensores del castillo y no tard en quedar
libre de enemigos el vestbulo. Tristn se apoder de los dos ltimos y
los lanz escaleras abajo, sobre las cabezas de sus compaeros.

--No los sigis! grit Duguescln. Si nos separamos estamos perdidos.
Poco me importara morir matando, pero tengo que proteger  mi pobre
esposa. Qu nos aconsejis, barn?

--Para consejos estoy yo, que todava no s  qu viene ni qu significa
esta matanza.

--Son esos perros bandidos del bosque, la ralea peor que se conoce en la
tierra. Se han apoderado del castillo. Mirad por esa ventana.

--El cielo me valga! Hay ms de un millar dentro de la fortaleza y
sobre las murallas. En aquel grupo con antorchas estn descuartizando 
un arquero. All arrojan  otro desde el muro. Por las abiertas puertas
entran ahora muchos con grandes haces de lea y ramaje....

--Justo, para pegar fuego al castillo.

--Quin me diera ahora mi Guardia Blanca! Pero dnde est Gualtero?

--Ha sido asesinado, seor.

--Dios acoja su alma! Y ahora,  defendernos y sobretodo  defender 
una dama que necesita de todo nuestro esfuerzo. Aqu llega quien quizs
pueda servirnos de gua por estos corredores y aun conducirnos fuera de
la fortaleza.

--En la cual no tardaremos en morir asados si no la dejamos pronto,
agreg Duguescln.

Los que llegaban bajando los escalones de cuatro en cuatro eran un
escudero francs y el caballero bohemio, con una herida en la frente el
ltimo.

--Habla, Godofredo, dijo Duguescln al escudero. Conoces alguna salida
libre?

--La nica es el subterrneo secreto que da al campo y por l han
entrado esos bandidos con el auxilio de algn traidor dentro de la
fortaleza. El caballero hospitalario, que vena delante de nosotros,
cay muerto all arriba de un hachazo en el crneo. La servidumbre y la
guarnicin han sido pasadas  cuchillo. Somos los nicos que han
escapado con vida hasta ahora. En mi opinin el nico recurso es
refugiarnos en la torre, cuyas llaves vis all, pendientes del cinto de
mi infortunado seor. Una vez en ella podremos defender con ms ventaja
la estrecha escalera; los muros de la torre son gruesos y el fuego
tardar mucho en consumirlos. Con tal que podamos conducir  la dama....

--Ir yo misma, se oy decir  la noble seora, que apareci plida y
grave  la puerta de la habitacin que con su esposo ocupara aquella
noche fatal. Estoy acostumbrada  los azares de la guerra, y si vuestra
proteccin, valientes caballeros, fuese insuficiente, jams caer viva
en manos de esos malvados.

Al decir esto, mostr en su diestra agudsima daga.

--Leonor, dijo Duguescln, os he amado siempre, pero en este instante
ms que nunca. Si la Virgen nos permite protegeros, hago voto de ofrecer
una corona de oro  Nuestra Seora de Rennes. Adelante, amigos!

Los asaltantes, cansados de matar, se dedicaban al saqueo. Slo un grupo
bastante numeroso atizaba el fuego y observaba en silencio los progresos
del incendio. Al pie de la escalera tortuosa por donde los gui el
escudero francs hallaron los fugitivos  un desarrapado centinela, de
quien di pronta cuenta una flecha disparada por la segura mano de
Simn. Pequea puerta los separaba del gran patio del castillo y al otro
lado de ella se oan las voces y carcajadas de multitud de enemigos,
ebrios de sangre y enloquecidos con su triunfo. Aun el hombre ms
animoso hubiera vacilado antes de salvar aquella frgil barrera, pero
Duguescln puso fin  toda indecisin abriendo de golpe la puertecilla.

--Hacia la torre,  la carrera! grit. Los dos arqueros delante, mi
esposa entre los dos escuderos y los seores de Reiter y Morel 
retaguardia, para contener  esa gentuza!

As lo hicieron y con tanta rapidez que haban recorrido ya la mitad del
gran patio del castillo, antes de que los sorprendidos villanos
comenzaran  atacarlos. Los arqueros derribaron en un abrir y cerrar de
ojos  los pocos que se pusieron en su camino, y los que llegaron 
perseguirlos de cerca mordieron el polvo, atravesados por las temibles
espadas de los tres nobles. Llegaron sin tropiezo  la puerta de la
torre y el escudero francs, que procuraba abrirla, lanz de repente un
grito de angustia y desesperacin.

--Esta no es la llave! exclam, y fuera de s di dos pasos en
direccin del ala del castillo que acababan de dejar, como si quisiera
ir  pedir al cadver de su seor la llave salvadora.

En aquel momento un hercleo campesino lanz contra l enorme piedra,
que le di de lleno en la cabeza y lo tendi sin sentido  los pies del
barn.

--Esta es para m la mejor llave! rugi Tristn; y levantando la pesada
roca la lanz  su vez con irresistible fuerza contra la puerta de la
torre.

Un momento despus acababa de echarla abajo el gigantesco arquero y los
fugitivos entraron por fin en aquel momentneo refugio.

--Vos arriba, seora! exclam el barn indicando  Doa Leonor la
escalera de piedra, en tanto que Duguescln y sus compaeros derribaban
malheridos  los cuatro agresores ms prximos.

Los dems retrocedieron vociferando y amenazadores siempre, pero
quedndose  prudente distancia, despus de destrozar el cuerpo del
infeliz escudero; acto de crueldad que veng Tristn abalanzndose sobre
la chusma y asiendo con sus nervudas manos  dos villanos, cuyas cabezas
golpe una contra otra con fuerza tal que ambos quedaron tendidos en el
suelo, sin dar seales de vida.

--Ahora organicemos la defensa de la torre, dijo Duguescln. El barn y
yo al pie de la escalera; Inglaterra y Francia pelearn hoy juntas
contra el enemigo comn. El seor Otn de Reiter y el joven escudero de
Morel ah, en el primer escaln; los arqueros algo ms arriba, para que
puedan manejar sus arcos. Atencin!

 la primera seal de ataque por parte de la furiosa multitud se oyeron
silbar dos flechas, lanzadas por Tristn y Simn, y los dos que parecan
jefes de los bandidos quedaron revolcndose en su sangre  la entrada de
la torre. Otros dos tuvieron igual suerte y entonces los sitiadores
desesperados se lanzaron en tropel al ataque. Poco hubiera durado la
resistencia sin la estrechez de la puerta y de la escalera, que impedan
los movimientos del enemigo, en tanto que cuatro espadas incansables
hacan tremendo estrago en aquella apretada masa de hombres mal armados.
Porfiada fu la lucha, pero termin con la retirada del enemigo, no sin
que los sitiados tuvieran que deplorar la muerte de Reiter, el caballero
bohemio,  quin alcanz en la cabeza un golpe de maza.

--Primera etapa, dijo tranquilamente Duguescln. Parece que por ahora
tienen bastante.

--Y no deja de haber entre esos perros algunos muy valientes y que se
baten bien, coment el seor de Morel. Pero qu hacen ahora?

--Nuestra Seora de Rennes nos valga! dijo el paladn francs. Se
proponen pegar fuego  la torre y asarnos en ella. Me lo tema. Duro en
ellos, arqueros, que ahora de nada nos sirven nuestras espadas.

Una docena de sitiadores se adelantaron escudndose con enormes haces de
lea y ramas secas, que colocaron contra los muros. Otros les pegaron
fuego con antorchas y pronto estuvo la torre rodeada en su base por un
crculo de llamas. El humo oblig  sus defensores  refugiarse en el
primer piso, pero pronto empezaron  arder las tablas del suelo, se
llen de humo espeso aquella estancia y  duras penas pudieron subir sin
ahogarse el ltimo tramo y llegar  lo ms alto de la torre.

Imponente era el cuadro que desde aquella elevacin se divisaba. Prados
y bosque iluminados dulcemente por la luz argentada de la luna; oase 
lo lejos el taido penetrante de una campana;  un lado de la torre se
desmoronaban los muros del castillo, presa de las llamas, y al pie de su
ltimo refugio agitbase con ademanes furiosos y roncos gritos la
multitud de sus enemigos.

--Por el filo de mi espada! exclam Simn. Parceme, amigo Tristn, que
de este viaje no veremos  Espaa; ni tampoco mi cobertor de pluma, que
por fortuna se halla en buenas manos. Trece flechas me quedan y que me
ahorquen si una sola de ellas no da en el blanco. La primera para el
maldito aquel que agita el manto de seda de la pobre castellana.
Ensartado por la cintura, un palmo ms abajo de lo que yo esperaba!
Nmero dos: regalo de despedida al condenado aquel que lleva una cabeza
clavada en la pica. Ya est tendido panza arriba. Buen flechazo tambin
el tuyo, Tristn! Has hecho caer  ese buen mozo de narices en el fuego.
All va otra!

Mientras ambos arqueros se despachaban  su gusto, Duguescln y su
esposa consultaban con el barn y Roger, y reconocan lo desesperado de
su situacin.

--Por ella lo siento, deca el famoso guerrero francs.

--No te apesadumbre mi suerte, contest la amante y valerosa dama, que
pues la muerte me amenaza, nunca tan bienvenida como recibindola
contigo  mi lado.

--Bien, seora, dijo el barn; esa es sin duda la respuesta que en
iguales circunstancias me hubiera dado mi inolvidable esposa, para quien
son mis ltimos pensamientos.

--Qu es esto, seor barn? exclam en aquel momento Roger con fuerte
voz, desde el lado opuesto de la terraza.

--Esto? Por San Jorge! dijo el barn acudiendo presuroso, un montn de
proyectiles para bombardas. Y aqu est la caja de hierro destinada  la
plvora. Ahora veris el destrozo que vamos  hacer en la canalla. T,
Tristn, levanta esa caja y ponla sobre el parapeto. Y t, Simn, alza
la tapa. Bien, est casi llena. Ahora dejad caer la caja al pie de la
torre, entre las llamas.

No bien qued cumplida la orden reson una detonacin espantosa. La
torre tembl y qued cuarteada, amenazando desplomarse de un momento 
otro. Los sitiados, plidos y mudos de terror, se asieron al parapeto y
contemplaron los estragos de la explosin. Desde el pie de la torre
hasta una distancia de cincuenta varas se vea una masa confusa de
cuerpos destrozados, de heridos que lanzaban pavorosos gritos, muchos de
ellos envueltos por las llamas que consuman sus harapos. Ms all de
aquella escena de destruccin numerosos grupos de gentes aterrorizadas
que huan  todo correr, ansiosos de alejarse cuanto antes de la funesta
torre y de sus temibles defensores.

--Una salida, Duguescln! grit el barn. Aprovechemos su confusin
para salir de aqu y huir si posible es.

Dicho esto desenvain la espada y comenz  bajar rpidamente la
escalera, seguido de sus compaeros, pero antes de llegar al piso
inmediato se detuvo, con el desaliento reflejado en el rostro.

--Qu pasa?

--Mirad. La explosin ha derribado la pared, cuyos escombros interceptan
por completo la escalera. Y ms abajo el fuego contina minando la
torre.

--Estamos perdidos, dijo Duguescln.

Volvieron todos lentamente  la terraza superior y apenas llegados lanz
Simn una exclamacin de alegra.

--Albricias! exclam. Os? Es el canto de guerra de la Guardia Blanca.
Antes de bajar me pareci oirlo tambin como un eco lejano, pero no
estaba seguro de ello. Nuestros amigos llegan. Oid!

Todos se pusieron  escuchar. La duda no era posible. Del valle se
elevaba un canto marcial y sonoro, ms grato para los sitiados que la
ms armoniosa meloda.

--All, all! prosigui Simn. Vedlos que salen del bosque y toman el
camino del castillo. Han visto las llamas y tambin la turba de esos
condenados y cantan como siempre que la Guardia Blanca se prepara  dar
y recibir testarazos. Ah, valientes!  m, Yonson, Roldn, Vifredo!

--Quin va? pregunt una voz potente.

--Simn Aluardo, voto  bros, que no quiere morir asado! Y aqu en la
torre tenis tambin una dama  quien rescatar, junto con vuestro
capitn el barn de Morel! Pronto, bergantes! La flecha y la cuerda,
Vifredo, como en el sitio de Maupertuis!

--Viva Simn! se oy gritar  los arqueros y poco despus la voz de
Vifredo, que deca: Ests pronto, camarada?

--Tira! contest Simn.

El arquero tendi su arco y la flecha cay dentro del parapeto. Atado 
su extremo tena un largo bramante del que Simn se apoder con avidez.

--Salvados! dijo, y lugo inclinndose hacia sus camaradas, grit:
Atad ahora la cuerda, larga y fuerte!

 los pocos momentos tena en sus manos la gruesa cuerda salvadora. Con
su auxilio bajaron primero  la noble dama y no tardaron en verse todos
al pie de la torre, rodeados de los valientes arqueros de la Guardia
Blanca.




CAPTULO XXIX

EL PASO DE RONCESVALLES


--Dnde est el capitn Claudio Latour? fu lo primero que pregunt el
barn de Morel, apenas sus pies tocaron el suelo.

--En nuestro campamento de Montpezat, seor barn,  dos horas de camino
de aqu, dijo respetuosamente Yonson, el sargento que mandaba  los
arqueros.

--Pues en marcha sin prdida de momento, muchachos, que quiero veros 
todos en el cuartel general de Dax,  tiempo para marchar  la
vanguardia del prncipe.

En aquel instante trajeron al seor de Morel y  Roger sus caballos, as
como los de Duguescln y su esposa, abandonados por los villanos en su
precipitada fuga. La despedida de los dos guerreros fu por manera
afectuosa.

--Gran ventura ha sido para m, dijo Duguescln, la de haber conocido y
tratado en tan excepcionales circunstancias al caudillo famoso cuyo
nombre tantas veces me anunciara la fama. Pero es fuerza separarnos,
porque mi puesto est al lado del rey de Espaa,  cuyas rdenes debo
ponerme antes de que vos crucis las montaas de la frontera.

-- la verdad, yo os crea en Espaa con el valiente Enrique de
Trastamara.

--All estuve, barn, y  Francia vine con la misin de reclutar gente
en su auxilio. En Espaa me hallaris, al frente de cuatro mil lanzas
francesas escogidas, para hacer  vuestro prncipe una acogida digna de
l y de sus valientes caballeros. Dios os guarde, amigo barn, y nos
permita volver  vernos en circunstancias ms propicias!

--No creo que exista caballero ms cumplido en toda la cristiandad, dijo
el de Morel mirndole alejarse en compaa de su animosa consorte. Pero
ests herido, Roger? Qu palidez es esa?

--Lo nico que tengo, seor barn, es pesar amargo por la desdichada
muerte de mi buen compaero de Pleyel.

--Ah, s! dijo tristemente el noble. Dos valientes escuderos he perdido
ya y me pregunto por qu la implacable suerte arrebata de mi lado  esos
jvenes de brillante porvenir, dejando intactas las blancas cabezas como
la ma. Pero no recuerdas, Roger, cmo Doa Leonor nos predijo todos
estos peligros y desgracias de la pasada noche?

--As es en efecto, seor.

--Lo cual renueva mis temores de ver cumplida tambin su otra visin
proftica sobre el asedio de Monteagudo. Pero no puedo creer que haya
llegado hasta Salisbury una fuerza enemiga francesa  escocesa bastante
numerosa para atacar el castillo. Convoca  esa gente, Simn, y en
marcha.

Al primer toque de clarn acudieron presurosos los arqueros blancos,
cargados de botn, y el barn no ocult una sonrisa de satisfaccin al
recorrer con su penetrante mirada las filas de aquellos aguerridos
soldados. Pocos jefes podan enorgullecerse de mandar una fuerza tan
temible y tan marcial como aquella. No faltaban all algunos veteranos
de las grandes guerras de Francia, pero en su mayora formaban la
Guardia Blanca jvenes arqueros, robustos mocetones ingleses, sobre
cuyos petos lucan ricas bandas de seda y oro y brillaban las piedras
preciosas, muestra evidente del abundante botn recogido en su larga
campaa del sur. Perfectamente armados y protegidos con sus cascos de
acero, cota de malla recubierta por el coleto blanco con la cruz roja de
San Jorge en el pecho, el largo arco  la espalda y la maza  el hacha
de combate colgada del cinto, sentase el barn capaz de grandes
empresas al frente de aquellos hombres denodados.

Dos horas de marcha por la orilla del Aveyron los llevaron al campamento
de la Guardia Blanca, formado por unas cincuenta tiendas, y entre los
primeros en acudir  su encuentro figuraba un jinete ricamente vestido,
que salud al barn con entusiasmo.

--Por fin! exclam estrechndole las manos. Ms de un mes hace que os
esperamos ansiosos, seor de Morel. Bienvenido seis! Recibsteis mi
carta?

--Slo  ella se debe mi presencia aqu. Pero me admira, en verdad,
seor de Latour, que no hayis tomado vos mismo el mando de estos
valientes arqueros.

--Imposible, mi noble amigo! exclam el jefe gascn. Ya sabis cmo son
estos ingleses y no hay medio de que acaten como jefe  quien no sea
compatriota suyo. Yo mismo no he podido conquistarme su confianza y
obediencia; tuvieron como de costumbre su concilibulo y los muy tercos,
dirigidos por ese cabeza dura que ah trais, Simn Aluardo, resolvieron
que habais de ser vos y no otro quien los mandara. Pero vuestro plan
era reforzar la Guardia con un centenar de reclutas, barn. Dnde
estn?

--Esperndonos en Dax, donde no tardaremos en reunirnos con ellos.

--Venid  mi tienda, donde descansaris y vos y vuestro escudero
repondris un tanto las fuerzas con lo poco que aqu puedo ofreceros.

En el curso de la conversacin no tard Claudio Latour en exponer su
proyecto de atacar  Montpezat y Castelnau, villas cercanas y mal
defendidas, en la primera de las cuales asegur al barn que hallaran
ms de doscientos mil ducados ocultos en la fortaleza, amn de otro
botn nada despreciable.

--Muy diferentes son mis planes, seor de Latour, dijo irritado el de
Morel. He venido aqu para capitanear  esos arqueros, ponindolos al
servicio del rey nuestro seor y del prncipe su hijo, que necesita de
todo nuestro auxilio para reinstalar  su aliado Don Pedro en el trono
de Castilla. Hoy mismo me propongo seguir la marcha en direccin  Dax.

--Pues por m, repuso Latour con evidente sorpresa y disgusto, estoy muy
satisfecho con la vida que aqu llevo, no tengo el menor inters en esa
guerra de que hablis y desde luego no me veris en Dax.

--En tal caso, seor mo, tendr el disgusto de ponerme al frente de la
Guardia Blanca sin vos.

--Si la Guardia os sigue, barn, cuando sepa que pensis sacarla de esta
comarca, donde vive en la abundancia, sin ms ley que su voluntad.

--Pues  averiguarlo en seguida, replic impetuosamente el barn. Si soy
su jefe, se vienen conmigo  Dax en este momento; y si no lo soy por mi
nombre! entonces no s qu hago yo en Auvernia, en vez de ocupar mi
puesto en la escolta del prncipe.

No tardaron en hallarse congregados los arqueros,  quienes el barn,
con voz firme y ademn enrgico, dirigi la palabra en estos trminos:

--Me dicen, arqueros, que os habis aficionado  esta regalada vida que
aqu llevis, hasta el punto de no querer salir de Auvernia. Pero por
San Jorge! que no he de creerlo de tan valientes soldados, sobre todo
cuando sepis que vuestro prncipe prepara una gran empresa y necesita
de vosotros. Me habis elegido por jefe y lo ser para guiaros  Espaa;
os juro que el estandarte de las cinco rosas ondear siempre all donde
haya ms lauros que conquistar. Pero si es vuestro deseo cambiar gloria
y renombre por vil lucro y seguir en esta comarca entre la molicie y el
saqueo, buscad otro jefe, que yo he vivido honrado y con honra he de
morir. Entre vosotros hay muchos hijos del condado de Hanson; que hablen
los primeros y digan si estn prontos  seguir la bandera de Morel.

Inmediatamente se destac de la columna un numeroso grupo de arqueros,
montaeses robustos de Hanson, que aclamaron al barn con entusiasmo.

--Por la cruz de mi espada, muchachos! grit en aquel punto Simn
saltando sobre un tronco cado. Sera una vergenza para la Guardia
Blanca permitir que el prncipe cruzase las montaas del sur sin que le
abrisemos camino con nuestros arcos! La guerra est declarada, el
estandarte real ondea al viento, y bajo sus pliegues se hallar al viejo
Simn, aunque tenga que ir solo hasta Dax....

--No, no! Viva Simn! Iremos todos! gritaron los arqueros, que en su
mayor parte no necesitaban del ejemplo dado tan oportunamente por el
popularsimo veterano.

--Que hable el capitn Latour! se oy decir en las filas.

--S, oigamos tambin al gascn! apoy otra voz.

--Soldados! exclam Claudio Latour sin hacerse de rogar. No har ms
que recordaros lo mucho y bueno que aqu dejis y la triste recompensa
que vis  buscar en lejana guerra. La libertad y el rico botn en
Auvernia, la severa disciplina y msera paga en el ejrcito. Ya sabis
lo que han ganado vuestros camaradas de la Guardia Blanca que fueron 
Italia; el saco de Mantua y el rescate de seiscientos nobles. Yo os
proporcionar aqu golpes de mano tan brillantes como ese....

--Que los convertirn en una gavilla de ladrones! vocifer Tristn,
furioso con aquella arenga.

--Sin embargo, no va del todo descaminado el capitn gascn, dijo
tmidamente un arquero de torva mirada.

--T has sido siempre un cobarde y un traidor, Marcos! rugi Simn
ensendole el puo.

--Haya paz, dijo el barn con voz tranquila. Los que prefieran servir al
seor de Latour, libres son de seguirle. Los dems, conmigo  donde nos
llaman el deber y el patriotismo.

Una docena de arqueros se deslizaron avergonzados en direccin  la
tienda del gascn, despedidos por la rechifla de toda la columna, que
poco despus se pona en marcha con el barn, camino del cuartel general
ingls.

En toda la comarca, de ordinario tan tranquila, que se extiende desde el
Adour hasta la frontera de Navarra, vivaqueaban los numerosos cuerpos
del magno ejrcito; por todas partes se vean las tiendas de jefes y
soldados de Aquitania, gascones  ingleses. Acababa de llegar de
Inglaterra el duque de Lancaster, hermano del prncipe, con squito de
cuatrocientos caballeros y numerosa fuerza de arqueros, ltimo refuerzo
que se esperaba y todo estaba pronto para la marcha.

Los desfiladeros de Navarra seguan en manos del vacilante Carlos, que
haba tratado de negociar  la vez con Enrique de Castilla y con Eduardo
de Inglaterra; pero la mano de hierro del Prncipe Negro le oblig 
ceder y dejar libres los pasos de la cordillera. Para conseguirlo
comision el prncipe al capitn Hugo Calverley, quien al frente de su
compaa entr rpidamente en Navarra y peg fuego  Puente la Reina y
Miranda. Aquel reto bast para que el rey Carlos desistiese de toda
oposicin al paso del fuerte ejrcito invasor por territorio navarro.

 principios de Febrero, tres das despus de la llegada del barn de
Morel y su Guardia Blanca  Dax, recibi el ejrcito ingls la orden de
marcha en direccin  Roncesvalles. Los primeros en obedecerla, por
disposicin expresa del prncipe, fueron los trescientos arqueros de
Morel, elegidos para abrir el camino y situarse en el ltimo tramo de la
cordillera,  fin {de} esperar y proteger all el paso de todo el
ejrcito. Orgulloso en verdad cabalgaba el barn  la cabeza de su
gente, armado de punta en blanco y seguido de Roger, Simn y Reno,
portando este ltimo el estandarte del famoso guerrero.

-- fe ma, Roger, dijo ste, que hubiera preferido ver  Carlos de
Navarra disputarnos el paso de esos montes, que tengo entendido fueron
teatro de un reido combate en el que perdi la vida cierto valeroso
Roldn.

--Si me lo permits, seor barn, repuso Reno, os dir que conozco bien
el pas por haber servido  las rdenes del rey de Navarra. Aquel
edificio cuyo techo vis entre los rboles es un asilo y monasterio y
seala el lugar donde pereci Roldn. El pueblo que  la izquierda mano
queda es Orbaiceta, tierra del buen vino.

--Y  la derecha veo un casero....

--Es el pueblo de Los Aldudes, y ms all los picachos de Altavista.

El barn hizo notar  Roger, que contemplaba admirado tan hermoso
cuadro, el contraste que desde aquella altura presentaban las ridas
llanuras gasconas del norte con las verdes praderas y las colinas
pintorescas de la tierra navarra. Tampoco dejaban de ver aqu y all, en
lo alto de las rocas  al torcer de un camino, pequeos grupos de
caballeros y soldados del rey Carlos, que los contemplaban en silencio;
vista que pona de muy mal humor al barn, quien hablaba nada menos que
de caer espada en mano sobre aquellos soldados neutrales. El veterano
echaba de menos los das en que, segn l deca, jams se compraba con
oro ni tratados el paso por tierra extranjera, sino que se ganaba 
punta de lanza  se pereca en la demanda. Por fin llegaron los arqueros
 un lugar de la sierra desde el cual se divisaban en el lejano
horizonte las torres de Pamplona, y all se detuvo la Guardia Blanca, en
cumplimiento de las rdenes del prncipe. Los altos montes estaban
cubiertos de nieve y los arqueros se acomodaron lo mejor que pudieron
en una aldea vecina. Roger dedic el resto de aquel da y parte del
siguiente,  ver desfilar el brillante ejrcito reunido para aquella
expedicin bajo las banderas del rey de Inglaterra. No tard en
reunrsele Simn, que tom asiento  su lado sobre una elevada roca.

--Hombres, caballos, armas y arreos, todo esto es magnfico, Roger, y
digno de la atencin que le dedicas, dijo el veterano. Nuestro valiente
capitn est furioso porque hemos cruzado los montes sin andar 
flechazos ni lanzadas, pero  mucho me engao  esta campaa de Castilla
le proporcionar tantas ocasiones de combatir como pueda pedirle el
cuerpo, antes de que volvamos  emprender la marcha hacia el norte.
Dicen en el ejrcito que Enrique de Trastamara puede lanzar contra
nosotros cuarenta mil soldados, sin contar las lanzas francesas de
Duguescln y que todos ellos han jurado morir antes que ver  Don Pedro
otra vez en el trono de Castilla.

--Pero nuestro ejrcito es tambin numeroso y aguerrido.

--Veinte y siete mil hombres por junto y en tierra extraa. Pero
atencin, _mon petit_, que aqu llega Chandos en persona con su compaa
y tras ella pendones y escudos entre los que reconocers  lo mejor de
nuestra nobleza.

Mientras hablaba Simn haba desfilado ante ellos fuerte columna de
arqueros, seguidos de un portaestandarte que llevaba en alto el pendn
de Chandos. Cabalgaba ste  corta distancia, revestido de armadura
completa  excepcin del casco con luengas plumas blancas, que sostena
sobre el arzn uno de los escuderos de su escolta. Cubra sus blancos
cabellos un birrete de terciopelo color de prpura y un paje le llevaba
la poderosa lanza. Sonrise complacido al ver el estandarte de las cinco
rosas que ondeaba sobre la aldehuela y con una seal de despedida tom
tras sus arqueros el camino de Pamplona.

 corta distancia de l iban mil doscientos caballeros ingleses, cuyos
almetes, petos y armas relucan al sol, formando deslumbrador escuadrn,
escoltado por Lord Audley en persona con sus seiscientos arqueros y los
cuatro renombrados escuderos que tamaa gloria conquistaran en Poitiers.
Doscientos jinetes pesadamente armados precedan al duque de Lancaster y
su brillante squito, en el que descollaban cuatro heraldos cuyos
luengos tabardos llevaban bordadas sobre el pecho las armas reales. 
uno y otro lado del joven prncipe cabalgaban los dos senescales de
Aquitania, Guiscardo de Angle y Esteban Cosinton, portando el primero la
bandera del ducado y el segundo la de San Jorge. Ms all, en cuanto del
camino abarcaba la vista, se extenda sin cesar columna tras columna,
como un ro de acero, dominado por airosas cimeras, gonfalones y
blasonados escudos.

Gran parte de aquel da permaneci absorto el buen Roger en la
contemplacin de los lcidos escuadrones y compaas que ante l
desfilaron,  la vez que escuchaba atento los nombres que citaba y los
interesantes comentarios que haca el veterano Simn, hasta que los
ltimos hombres de armas hubieron desaparecido en los profundos
desfiladeros de Roncesvalles, con direccin  los llanos de Navarra.

En compaa del duque de Lancaster llegaron  Pamplona, con la
vanguardia inglesa, los reyes de Mallorca y de Navarra y el impaciente
Don Pedro de Castilla. Tambin se contaban all apuestos caballeros
gascones, procedentes de Aquitania y de Saintonge, de La Rochelle,
Quercy, el Lemosn, Agenois, Poitou y Bigorre, con los pendones y
fuerzas de sus distritos respectivos. Y no es de omitir el numeroso
contingente del pas de Gales, bajo la bandera escarlata de Merln. All
tambin el anciano duque de Armagnac con su sobrino el seor de Albret,
los de Esparre, Breteuil y tantos ms.

Al cuarto da todo el ejrcito qued acampado en el valle de Pamplona y
el prncipe ingls convoc  sus jefes  consejo en el palacio real de
la antigua capital de Navarra.




CAPTULO XXX

LA GUARDIA BLANCA EN EL VALLE DE PAMPLONA


Mientras se celebraba el consejo de guerra en Pamplona hallbase
acampada la Guardia Blanca en las afueras de la ciudad, entre las
compaas del jefe gascn La Nuit y del flamenco Ortingo, y all se
divertan tirando la espada, luchando cuerpo  cuerpo como antiguos
gladiadores  mostrando su habilidad en el manejo del arco, para lo cual
les servan de blanco escudos colocados sobre las cercanas eminencias
del terreno. Los arqueros bisoos se adelantaban formados en filas y
tendan cuidadosamente los grandes arcos, en tanto que los veteranos
como Yonson, Reno, Simn y otros seguan con atencin el vuelo de las
flechas, comentando, aplaudiendo  corrigiendo los esfuerzos de los
tiradores. Tras ellos se agrupaban muchos ballesteros de La Nuit y del
Brabante, que observaban con inters el ejercicio  que se entregaban
sus aliados ingleses.

--Bravo, Gerardo! dijo el viejo Yonson  un mocetn de ojos azules y
rubio cabello que con labios entreabiertos y fija mirada, segua la
direccin de la flecha que acababa de lanzar. Ah la tienes en el centro
del blanco, y as lo esperaba desde que la v salir de tu mano. Buen
arquero, muchacho!

--Tirad siempre de la cuerda lentamente y por igual y soltad la flecha
sin mover la mano, pero de pronto, dijo Simn. Y acordaos de que esas
reglas son ley lo mismo cuando tiris al blanco que cuando tras del
escudo se os venga encima un jinete lanza en ristre  espada en alto,
dispuesto  partiros el alma. Pero quin es se que agarra el arco como
un cayado y que hace tantas muecas para apuntar?

--Es Sabas, de Bristol. Oye t, Sabas! grit Vifredo, no dobles el
espinazo, hijo, ni saques la lengua, que maldito lo que eso te ayudar
para poner la flecha en el blanco. Levanta esa cara tan fea que Dios te
ha dado, tente tieso, y extiende bien el brazo izquierdo, sin moverlo;
ahora tira despacio de la cuerda con la derecha.

-- fe ma, que ms entiendo yo de manejar la espada y la pica que el
arco, dijo Reno, pero he llevado tantos aos entre arqueros que recuerdo
haber presenciado prodigios. Buenos tiradores hay aqu, pero no como
algunos que recuerdo.

--Ves aquello? pregunt Yonson al veterano, extendiendo el brazo hacia
una bombarda que  no gran distancia se alzaba sobre su poco airosa
curea. Pues la culpa la tienen esos armatostes, con sus humaredas y sus
rugidos. Ante ellos van desapareciendo poco  poco los arqueros de la
buena escuela. Y es maravilla que tan gentil guerrero como nuestro
prncipe lleve consigo esas sucias mquinas, que ojal revienten todas
con mil demonios.

--Para arqueros de primer orden algunos que tenamos en el sitio de
Calais, observ Simn. Recuerdo que en una de las muchas salidas un
genovs levant el brazo y lo agit como amenazndonos. Diez de nuestros
muchachos le soltaron en el acto otras tantas flechas, y cuando
descubrimos despus su cadver se vi que tena ocho de ellas clavadas
en el antebrazo.

--Pues yo os dir, repuso Vifredo, que cuando los franceses nos cogieron
el galen _Cristbal_ y lo anclaron  doscientos pasos de la playa, dos
arqueros de marca, Robn y Elas, no necesitaron ms de cuatro flechas
para cortar el cable del ancla como con un cuchillo, de suerte que por
poco se estrella el galen contra las rocas y  los de  bordo los
asaeteamos de lo lindo.

--Buenos tiempos aquellos y mejores arqueros, en verdad, dijo Reno, pero
 bien que ah est Simn Aluardo, tan perito como el que ms; y cuanto
 t, Yonson, como si no te hubiera visto yo ganarte el buey gordo all
en Fenbury, cuando te lo disputaron en el tiro al blanco los primeros
arqueros de Londres.

Habalos estado escuchando muy atentamente, apoyado en su ballesta, un
robusto flamenco de penetrante mirada y atezado rostro, cuyo traje y
porte revelaban  un oficial subalterno de las tropas del Brabante.

--No comprendo, dijo dirigindose  los arqueros ingleses, por qu os
gusta tanto la percha esa de seis pies de largo, que os hace tirar y
esforzaros como mulos de carga, cuando yo con el molinete de mi ballesta
obtengo sin molestia los mismos resultados.

--Buenos tiros de ballesta han visto mis ojos, contest Simn, pero
permitidme deciros, camarada, que comparando vuestra arma con el arco me
parece una bicoca propia de mujeres, que pueden dispararla con tanta
facilidad y tanto acierto como vos.

--Mucho habra que decir sobre eso, repuso bruscamente el flamenco. Pero
desde luego aseguro que con mi ballesta hago yo lo que ninguno de
vosotros con el arco.

--Bien dicho, _mon garon!_ exclam Simn. El buen gallo canta siempre
alto. Pero  los hechos me atengo y como yo he practicado muy poco con
el arco en estos ltimos tiempos, ah est el viejo Yonson, que sabe
hacer bien las cosas y sostendr contra vos el honor de la Guardia
Blanca.

--Un galn de vino del Jura apuesto por el arco, dijo Reno, y por mis
barbas que preferira apostarlo de buena cerveza de Londres si tal
hubiera por estas tierras.

--Apostado! exclam el ballestero. Lo que no veo, continu mirando
rpidamente en derredor, es un blanco que merezca tal nombre, pues yo no
he de perder el tiempo tirando  esos escudos, buenos para ejercitar
reclutas.

--El to ese es el mejor tirador de las compaas aliadas, dijo en voz
baja  Simn un hombre de armas ingls. Esta misma maana o decir de l
que fu quien derrib malherido al condestable de Borbn.

--Respondo de Yonson,  quien he visto manejar el arco durante veinte
aos, contest Simn. Qu tal, viejo mo? Te resuelves  demostrar 
este camarada lo que vale un arco ingls?

-- buena parte vienes, Simn, como si para lances tales valiera ms un
arquero machucho, por bueno que haya sido, que uno de esos znganos
mozos con ojos de lince y puos de hierro. Pero en fin, djame tomarle
el tiento  ese arco tuyo, Roldn, que me parece de los buenos. Escocs
de construccin, no hay ms que verlo, ligero y flexible  la vez que
poderoso. No, esas flechas no; una de aquellas, tres plumas por banda y
punta estrecha y larga.

--Esas son las que  m me gustan, marrullero, dijo Simn.

--Estis pronto? pregunt el ballestero, poniendo cuidadosamente en su
arma un grueso dardo.

La noticia de la prueba que se preparaba haba cundido por el campo y
numerosos espectadores de las diferentes compaas formaban extenso
semicrculo detrs de los dos justadores. La mirada del ballestero se
fij de pronto en una cigea que trasponiendo lejana colina continu su
perezoso vuelo en direccin al campamento. Al acercarse divisaron todos
un punto negro que se cerna  grande altura, y que muy pronto
conocieron era un milano en seguimiento de su vctima. Aterrorizada la
cigea lleg  unos cien pasos de los arqueros y el ave de rapia
empez  trazar pequeos crculos, como si se preparase  caer sobre
ella, cuando el ballestero, apuntando rpidamente, atraves con su dardo
 la pobre cigea. Casi al mismo tiempo tendi Yonson su temible arco y
la flecha detuvo en su vuelo al milano, que empez  caer velozmente;
alzse gran clamoreo de los espectadores, que aplaudan ambas proezas;
pero la aprobacin de todos se troc en asombro al ver que Yonson pona
apresurado otra flecha en su arco apenas disparada la primera y
apuntando horizontalmente clavaba  su vez una saeta en la infeliz
cigea, casi en los momentos de dar sta con su cuerpo en el suelo. Un
grito unnime de los arqueros, resonante expresin de triunfo, acogi
aquella doble hazaa de su camarada,  quien abraz estrechamente Simn,
que danzaba de gozo.

--Ah, viejo lobo! grit. Esta la celebraremos juntos vaciando un
azumbre de lo bueno. No contento con el milano habas de ensartar
tambin la cigea. Por las barbas del gran turco! Otro abrazo!

--Buen tirador sois,  fe ma, dijo gravemente el ballestero, pero no
habis probado serlo mejor que yo. Apunt  la cigea y d en el
blanco; nadie hubiera podido hacer ms.

--No pretendo aventajaros como tirador, repuso Yonson, pues conozco
vuestra fama; pero s quera demostrar que con el arco es posible hacer
lo que no hubierais podido realizar con vuestra ballesta en igual
tiempo, dado el que necesitis para armarla y disparar por segunda vez.

--Cierto es ello, pero ahora me toca  m ensearos una ventaja de la
ballesta sobre el arco. Tended el vuestro cuanto podis y lanzad la
flecha lo ms lejos que alcance. Mi dardo la dejar muy atrs. Marca las
distancias, Arnaldo, clavando en tierra una pica  cada cien pasos y
esprate junto  la quinta para recoger y traerme mis dardos.

Hzolo as el soldado y momentos despus parta silbando la flecha de
Yonson.

--Ms all de la cuarta pica! grit Simn.

--Bravo, Yonson! exclamaron los arqueros.

--Cuatrocientos veinte pasos! dijo un ballestero que con Arnaldo
acababa de medir la distancia exacta y lleg corriendo al grupo.

--Pues ahora veris cmo vuela un buen dardo del Brabante, dijo
tranquilamente el ballestero.

--Por la cruz de Gestas! gru Tristn, ha cado cerca de la quinta
pica.

--No, ms all, ms all! gritaron entusiasmados los flamencos.

--Quinientos ocho pasos! voce Arnaldo y repitieron todos con asombro.

--Cul de las dos armas vence ahora? pregunt orgullosamente el
ballestero.

--En el tiro  distancia, la vuestra lleva la ventaja, lo confieso,
replic Yonson cortsmente.

--Poco  poco! grit en aquel punto nuestro amigo Tristn con un
vozarrn tremendo y adelantndose hasta llegar junto al engredo
ballestero. Este arco que aqu vis alcanza ms lejos que esa maquinaria
vuestra, con molinillo y todo, y os lo voy  probar ahora mismo.
Prefers tirar otra vez?

--Me atengo  los quinientos ocho pasos de mi ltimo dardo.

--Pues all va el mo camino de los seiscientos, dijo el gigantesco
arquero tendindose en el suelo, poniendo un pie en cada extremo de su
arco y tirando vigorosamente de la cuerda, despus de colocar en ella
largusima flecha.

--Vas  hacer un pan como unas hostias, gandul, le dijo Simn. De
cundo ac pretendes t superar  los arqueros veteranos?

--Calma, Simn, que esta es una treta ma y yo s lo que me hago.

--Bien por Tristn! Rompe el arco si es preciso, camarada! vocearon
los arqueros.

--Quin es aquel imbcil que est all plantado, camino de mi flecha?
pregunt Tristn alzando la cabeza y mirando hacia la ltima pica.

--Es mi soldado Arnaldo, que marca el lugar donde cay mi dardo y sabe
que all nada tiene que temer de vos, dijo el ballestero.

--No? Pues que Dios lo perdone! exclam Tristn tendindose de nuevo
en el suelo, afirmando los pies y tirando de la cuerda hasta hacer
crujir el arco. All va!

El silbido de la flecha se oy  gran distancia; el medidor del terreno
se arroj de cara al suelo y levantndose enseguida ech  correr en
direccin opuesta al grupo que formaban los tiradores.

--Aprieta, Tristn! Si no se tira al suelo no lo cuenta! Bien,
muchacho! exclamaron los arqueros.

--_Mon Dieu!_ No he visto jams proeza igual, dijo el de Brabante.

--Lo dicho, es una treta ma con la cual me he ganado muy buenos
cuartillos de cerveza all en las ferias de Hanson, repuso Tristn
levantndose y sonriendo satisfecho.

--La flecha ha cado  ciento treinta pasos ms all de la quinta pica,
dijeron varios arqueros y soldados.

--Seiscientos treinta pasos! Es un tiro descomunal, pero nada prueba 
favor de vuestra arma, robusto amigo, porque para llegar  tal distancia
os habis convertido vos mismo en arco y eso no era lo pactado.

--No deja de ser verdad lo que decs! asinti Simn rindose. Pero
probados ya el tiro al blanco y el de distancia, voy  demostraros  mi
vez cmo el arco gana  la ballesta en fuerza de penetracin. Vis
aquel escudo, en la altura? Es de roble recubierto de cuero. Clavad en
l vuestro dardo lo ms profundamente que podis.

--All va, dijo el ballestero,  quien imit Simn despus de ensebar
con cuidado la punta de su flecha.

--Treme el escudo, Elas, dijo Simn  un arquero.

Cariacontecidos quedaron los ingleses y grande fu la risa de los de La
Nuit y Brabante al ver que el slido escudo slo tena el dardo del
ballestero clavado profundamente y ni seales de la flecha de Simn.

--Por vida de los tres reyes! exclam el flamenco. Ni siquiera habis
dado en el blanco, seor ingls.

--No, eh? replic el veterano con sorna; y dando vuelta al escudo
seal en la cara interior de ste un pequeo agujero. Vis esto? Pues
es que ha sucedido lo que yo esperaba; vuestro dardo ha quedado
atarugado en el roble  poco de atravesar el cuero, en tanto que mi
flecha ha horadado el escudo de parte  parte.

El semblante del oficial revel su humillacin y su disgusto, pero antes
de que pudiera despegar los labios lleg al galope Roger, que
dirigindose  los arqueros les dijo:

--Nuestro capitn el barn de Morel me sigue de cerca y quiere hallar
reunidos  sus soldados para darles en persona una buena noticia.

Arqueros y hombres de armas se calaron  toda prisa los cascos,
endosaron cotas de malla y coletos, asieron sus respectivas armas y en
dos minutos qued perfectamente formada la Guardia Blanca. Poco despus
lleg el barn al trote de su brioso corcel y contempl con evidente
satisfaccin el marcial aspecto de su gente.

--Soldados, les dijo, vengo  anunciaros que la Guardia Blanca acaba de
ser objeto de un alto honor. El prncipe nos ha elegido para formar la
vanguardia y seremos los primeros en atacar al enemigo. Si alguno de
vosotros vacila en este momento....

--Os seguiremos hasta el ltimo! Viva nuestro capitn! gritaron  una
los arqueros.

--Bien est. Por San Jorge! no esperaba menos de vosotros. Nos
pondremos en marcha maana al despuntar el da, y montaris los caballos
de la compaa Loring, que por ahora queda incorporada  la reserva.
Hasta maana.

Los arqueros rompieron filas con mil exclamaciones de contento,
palmoteando y abrazndose como si acabasen de ganar una victoria.
Contemplbalos sonriente el barn cuando cay sobre su hombro una pesada
mano y volvindose hall el rostro coloradote y mofletudo de Sir Oliver
Butrn.

--Aqu tenis otro recluta, caballero andante! le dijo el rollizo
guerrero. Acabo de saber que seris el primero en marchar camino del
Ebro y con vos me largo aunque no queris.

--Bienvenido, Oliver! Vuestra compaa,  ms de gustosa, es honra para
m.

--Pero debo confesaros con franqueza que tengo para ello una razn
poderosa....

--S, vuestro deseo de hallaros siempre donde hay peligros que correr y
lauros que conquistar.

--No precisamente....

--Qu buscis, pues?

--Gallinas.

--Eh?

--Os explicar. Hasta ahora hemos debido de tener por vanguardia una
partida de gentes famlicas,  juzgar por la limpia de vituallas que han
hecho en todo el camino. Desde que salimos de Dax trae  la grupa mi
escudero un saco de exquisitas trufas, pero estad seguro de que no
hallaremos una sola gallina ni un mal pollastre con que comerlas
mientras no dejemos atrs  esos voraces merodeadores. Y h aqu por
qu, mi buen Len, me alisto desde ahora bajo vuestra bandera, con
trufas y todo.

--Siempre el mismo, Oliver! dijo el barn rindose de la salida de su
amigo  invitndolo  entrar en su tienda.




CAPTULO XXXI

DE CMO TRISTN Y EL BARN HICIERON DOS PRISIONEROS


Dos das de acelerada marcha llevaron al barn y su gente  la orilla
opuesta del rpido Arga y ms all de Estella, hasta dejar atrs los
valles y las caadas de Navarra y hallarse frente al anchuroso Ebro, en
cuyas riberas se alzaban numerosos caseros. Durante toda una noche
contemplaron los sorprendidos habitantes de Viana el paso del ro por
aquella tropa, que hablaba una lengua extraa  sus odos y cuyas armas
y equipo llamaban no menos poderosamente su atencin. Desde aquel
momento se hallaba la Guardia Blanca en tierra de Castilla y la prxima
jornada los dej en un pinar cercano  la ciudad de Logroo, en el cual
se detuvieron para tomar hombres y caballos el muy necesitado descanso,
mientras los jefes celebraban consejo presidido por el barn.

Tena ste consigo  los seores Guillermo Fenton, Oliver de Butrn,
Burley, llamado el caballero andante de Escocia, Ricardo Causton y el
conde de Angus, distinguidos todos ellos entre los primeros caballeros
del ejrcito. Componan el resto de la fuerza sesenta hombres de armas
veteranos y trescientos veinte arqueros. Don Enrique de Trastamara, rey
de Castilla, se hallaba acampado con su ejrcito  unas diez leguas de
distancia en direccin  Burgos, segn informes suministrados al barn
por numerosos espas. Por stos supo tambin que el monarca castellano
mandaba poderosa hueste de cuarenta mil infantes y veinte mil caballos.

Largas fueron las deliberaciones del consejo, y aunque Fenton y Burley
sostuvieron que la misin de la vanguardia quedaba bien cumplida por
entonces, pues haban averiguado la posicin y nmero del enemigo, y
que era temeridad continuar all con slo cuatrocientos hombres, entre
un ejrcito de sesenta mil y un caudaloso ro, prevaleci la opinin del
seor de Morel y otros caballeros, que no queran repasar el Ebro sin
ver  un solo enemigo ni intentar hazaa  aventura por arriesgada que
fuese.

Continuaron, pues, la marcha, protegidos por la obscuridad de la noche y
guiados por un pastor de cuya guarda se encarg Reno, empezando por
atarle slidamente una mueca con recia cuerda cuyo otro extremo asegur
al arzn de su silla. Momentos despus de amanecer, cuando ya el paso
por aquellas breas iba hacindose harto difcil, les anunci temblando
su gua que en la obscuridad haba perdido el camino; palabras que
indignaron  los arqueros ms prximos, sospechosos de una traicin y
que  punto estuvo de costar la vida al pastor, cuando repentino toque
de cornetas y tambores revel  los expedicionarios la inmediacin del
enemigo.

--Habla, villano! Qu significa ese rumor? pregunt en buen castellano
el seor de Fenton al tembloroso gua.

--Ya s dnde estamos! exclam ste. El ejrcito acampa en aquel valle.
Salgamos de esta caada y desde esa altura que  la izquierda queda
veris las tiendas del rey.

Tom Fenton ladera arriba, siguironle sigilosamente los otros y al
llegar  la cumbre miraron con precaucin el barn y los caballeros por
entre rocas y matorrales.

El cuadro que el inmediato valle ofreci  su vista los dej atnitos.
Frente  ellos se extenda una gran llanura cubierta de verde hierba y
por la que serpenteaban dos riachuelos. En todo el valle, hasta donde
alcanzaba la vista, millares de blancas tiendas, adornadas muchas de
ellas con enseas y pendones de los altivos seores castellanos y
leoneses.  gran distancia, en el centro de aquella improvisada ciudad,
una tienda mayor y ms vistosa que todas las restantes era sin duda la
vivienda del monarca. El toque que haban odo los ingleses era la
primera llamada matutina; el campamento despertaba, numerosos soldados
salan de las tiendas, dirigindose unos al riachuelo ms cercano y
preparando y encendiendo otros multitud de fogatas que empezaron 
desprender columnas de humo.

Largo rato continuaron en acecho los ingleses y vieron que algunos
grupos de nobles castellanos, montando sus hermosos corceles y seguidos
de pajes que llevaban halcones y azores adiestrados, se preparaban 
entregarse  su ejercicio favorito de la caza.  su lado corran y
saltaban grandes lebreles.

--Arrogantes galanes,  fe ma, dijo Simn  Roger, que olvidado de todo
contemplaba con embeleso espectculo tan nuevo para l.

--Lo que yo pienso, dijo  su vez Tristn, es que si pudiera apoderarme
de uno de aquellos alegres jinetes y hacerle pagar rescate, podra
tambin comprarle a mi madre un par de vacas....

--No seas cerncalo, Tristn, repuso Simn. D ms bien que con el
rescate podras comprar una hermosa granja inglesa y diez aranzadas de
terreno  orillas del Avn.

--S? Pues all voy  traerme uno de ellos, exclam Tristn haciendo
ademn de bajar al valle y en voz tan alta que llam la atencin de
Morel.

--Nadie se mueva, orden ste. Quitos los cascos y bajad las armas para
que el brillo del acero  los rayos del sol no llame la atencin del
enemigo. Aqu hemos de aguardar ocultos hasta la noche.

As lo hicieron, temiendo verse descubiertos y aniquilados de un momento
 otro, cosa que pareci inevitable cuando  eso de medioda vieron
subir por el sendero del valle  un apuesto caballero, ligeramente
armado, que montaba un caballo blanco y llevaba posado sobre el puo
izquierdo un halcn. El cazador sigui trepando hasta llegar  la
cumbre, oblig  su caballo  trasponer la valla natural que formaban
los arbustos y cuando menos lo esperaba se hall rodeado de los extraos
guerreros all ocultos. Lanzando una exclamacin de sorpresa y despecho
hizo volver grupas  su caballo, derrib ste  los dos arqueros que
intentaban detenerlo  iba ya  lanzarse al galope hacia el valle,
cuando caballo y caballero se vieron detenidos bruscamente por las
frreas manazas de Tristn. Un momento despus yaca el jinete derribado
en el suelo.

--Rescate tenemos, dijo Tristn.

--Si no me engao, arquero, dijo el barn adelantndose despus de mirar
atentamente al sorprendido cautivo, acabas de hacer prisionero al noble
caballero espaol Don Diego de lvarez,  quien tuve la honra de ver un
tiempo en la corte de nuestro prncipe.

--Don Diego soy, repuso el caballero, y preferira mil veces la muerte 
verme hecho prisionero en una emboscada y por las villanas manos de un
arquero.... Tomad vos mi espada, seor capitn.

--Poco  poco, caballero, dijo el barn. Sois prisionero del soldado que
os ha hecho cautivo, mozo valiente y honrado. Potentados de ms alto
rango que vos hanse visto antes de ahora prisioneros de arqueros
ingleses....

--Qu rescate pide ese hombre? interrumpi el castellano.

--Pues yo, dijo titubeando Tristn cuando le hubieron traducido la
pregunta, quisiera unas cuantas vacas, y una casita aunque fuese
pequea, con su huerto y....

--Basta, basta! dijo el barn con gran risa. Djame arreglar este
asunto por t, arquero. Todo lo que el soldado quiere, Don Diego, puede
comprarse con dinero, y creo que cinco mil ducados no es mucho pedir por
la libertad de tan renombrado caballero.

--Le sern pagados.

--Me veo obligado, eso s,  reteneros entre nosotros por algunos das,
y  pediros permiso para usar vuestra armadura, escudo y caballo en una
expedicin que proyecto.

--Mi arns, armas y caballo vuestros son por la ley de la guerra.

--Pero os sern devueltos. Coloca centinelas, Simn, ah en la entrada
del paso y una guardia de arqueros con armas preparadas por si algn
otro caballero nos visita.

Pasaron las horas y los ingleses siguieron vigilando todos los
movimientos de la gran hueste enemiga. Al caer la tarde se not gran
agitacin en el campo y lugo fuertes clamores y el toque de cien
cornetas. No tard en descubrirse la causa; por el camino ms lejano del
punto donde se hallaban agazapados los arqueros llegaba una fuerte
columna, nuevos refuerzos para el ejrcito castellano.

--El diablo me lleve, dijo por fin Burley, si al frente de esos
caballos no ondea el estandarte con la doble guila de Duguescln!

--As es, dijo el de Angus, y con l los caballeros franceses alistados
en Bretaa y Anjou.

--Cuatro mil jinetes lo menos, repuso Guillermo Fenton. Y all veo al
gran Bertrn en persona, junto  su bandera. El rey Enrique sale  su
encuentro con heraldos, caballeros y pendones. Vedlos que juntos se
dirigen hacia la tienda real.

En tanto el barn de Morel haba revestido la armadura de su prisionero
Don Diego y tan luego se puso el sol di orden  su gente de preparar
las armas.

--Seor de Fenton, dijo, he resuelto intentar no pequea empresa y os he
elegido para mandar  nuestros soldados en una salida y sorpresa al
campamento castellano. Antes saldr yo con direccin al centro del
campo, con slo mi escudero y dos arqueros. Caed sobre el enemigo cuando
me veis llegar  la tienda del rey. Dejaris veinte hombres aqu, en el
sendero que parte de la caada, y regresaris apresuradamente  este
mismo lugar despus de vuestro rpido ataque.

--Qu proyectis, Morel?

--Despus lo veris. Roger, me seguirs llevando por la brida un caballo
de repuesto. Que vengan con nosotros, bien montados, los dos arqueros
que nos acompaaron en nuestro viaje por Francia, y en quienes tengo
confianza absoluta. Dejarn aqu sus arcos y ni ellos ni t diris
palabra, aunque os hablen en el campo. Ests pronto?

-- vuestras rdenes, seor barn, dijo Roger.

--Y tambin nosotros! exclamaron Simn y Tristn, montando y
adelantndose  su vez.

--En vos confo, Fenton, dijo el barn. Si Dios nos protege hemos de
vernos reunidos otra vez aqu antes de una hora. Adelante!

Mont el barn el blanco caballo de Don Diego de lvarez, y sali
tranquilamente de su escondite seguido de sus tres compaeros. Llegados
al valle hallaron multitud de grupos de soldados y caballeros
castellanos y franceses que fraternizaban, por entre los cuales pasaron
sin que su presencia llamase la atencin, y deslizndose entre las filas
de tiendas no tardaron en hallarse frente  la que ostentaba el
estandarte real. En aquel momento estallaron grandes gritos de sorpresa
y terror  la izquierda del campo, hacia donde se dirigieron velozmente
millares de infantes y jinetes y muy pronto se oy  lo lejos el rumor
de furioso combate.  excepcin de algunos centinelas y pajes, cuantos
se hallaban cercanos  la tienda real haban desaparecido, voceando y
arma en mano, en direccin al lugar de la lucha.

--He venido aqu  apoderarme del rey! dijo entonces el barn  los
suyos; y lo conseguir  perecer en la demanda.

Roger y Simn cayeron en seguida sobre los hombres de armas que
guardaban la puerta y los tendieron  los pies de sus caballos.
Desmontaron rpidamente, como ya lo haba hecho el barn y los tres se
precipitaron en la tienda espada en mano, seguidos un momento despus
por Tristn que se haba encargado de asegurar los cinco caballos cerca
de la puerta. Oyronse gritos y choque de armas dentro de la tienda y 
los pocos instantes volvieron  salir los audaces guerreros, tintas en
sangre las espadas y llevando Tristn  cuestas el cuerpo ricamente
ataviado de un hombre desvanecido  muerto, que en un abrir y cerrar de
ojos qued asegurado sobre el caballo de repuesto. Poco cost al barn y
sus soldados, una vez montados, dispersar  los pajes y servidores del
rey que los rodeaban, y se lanzaron al galope en direccin  la colina
donde esperaban refugiarse.

El inesperado y furioso ataque de Guillermo Fenton con sus cuatrocientos
arqueros haba llevado  medio campamento una confusin espantosa y
sembrado la muerte  su paso. Multitud de jinetes castellanos corran en
todas direcciones, sin hallar al enemigo, confundindolo en la
obscuridad con sus aliados los franceses. En tanto el barn, Roger y los
dos arqueros con su cautivo salan del campo por otro lado, sin hallar 
su paso ms que dos  tres grupos de soldados, que sorprendieron y
dispersaron fcilmente. Los pocos que dieron en perseguirlos
retrocedieron  toda prisa al llegar  la caada y oir las cornetas y
atabales que all tocaban furiosamente los veinte arqueros emboscados al
efecto. Los perseguidores, como lo haba previsto el barn, creyeron que
una gran fuerza inglesa, quizs todo el ejrcito del Prncipe Negro,
haba tomado posesin de aquellas alturas. Lo mismo sucedi cuando poco
despus llegaron  escape y perseguidos los jinetes mandados por Sir
Guillermo Fenton, sin que el enemigo se atreviera  continuar la
persecucin en la espesura, donde evidentemente se hallaban emboscados
los ingleses en considerable nmero.

--Contemplad mi conquista, Morel! grit apenas llegado Oliver de
Butrn, agitando sobre su cabeza un enorme jamn que haba arrebatado al
enemigo. Os convido, amigo barn, aunque es lstima que no tengamos una
botella de buen vino con que rociarlo....

--Ms tarde hablaremos, Oliver, dijo el barn jadeante. Por ahora lo que
importa es marchar  toda prisa hacia el Ebro, por lo ms cerrado del
bosque.

--Paciencia! dijo el seor de Butrn. Pero quin es ese individuo que
ah trais?

--Un prisionero que acabo de hacer en la tienda real y que  juzgar por
su ropaje y el escudo con las armas de Castilla bordado sobre el pecho
espero sea el mismsimo rey Don Enrique.

--El rey! exclamaron asombrados sus oyentes, rodeando al desconocido.

--Os engais, barn, dijo Fenton, que miraba atentamente al cautivo.
Dos veces he visto al de Trastamara y este hombre en nada se le parece.

--Pues entonces por el cielo! juro volver ahora mismo al campo y
traerme al rey, vivo  muerto.

--Sera una temeridad intil, barn. El campo enemigo est todo sobre
las armas. Quin sois vos? pregunt bruscamente Fenton en castellano,
dirigindose al desconocido. Y cmo no siendo el rey ostentis el
escudo de Castilla?

El prisionero haba vuelto en s del desmayo que le ocasionaran los
vigorosos puos de Tristn, que le haban apretado el pescuezo sin
compasin ni miramientos.

--Formo parte, dijo, de la guardia de nobles encargados de velar por la
persona del rey. Mi soberano se hallaba por fortuna en la tienda
destinada  Duguescln cuando vos me sorprendisteis. Soy Don Sancho de
Penelosa, caballero aragons al servicio de su alteza Don Enrique de
Castilla y pronto estoy  pagar el rescate que se me exija.

--Guardaos en buenhora vuestro dinero, dijo el barn, profundamente
disgustado con el fracaso de su atrevida empresa. Libre estis. Decid 
vuestro seor que un noble ingls, el barn Len de Morel, ha hecho esta
noche todo lo posible, aunque intilmente, por ofrecerle sus respetos en
persona. Otra vez ser. Y ahora, amigos mos,  caballo y en marcha!
Haba credo poder quitarme esta noche el parche que cubre mi ojo, pero
por lo visto tengo que llevarlo puesto algn tiempo todava. En
marcha!




CAPTULO XXXII

DONDE EL SEOR DE MOREL CUMPLE SU VOTO


La maana siguiente, desapacible y fra como muchas del mes de Marzo en
aquellos contornos, hall  nuestros arqueros en un terreno pedregoso y
al pie de elevadsimas rocas, cuyas cimas empezaba  dorar el sol
naciente. En uno de los grupos que apresuradamente disponan el desayuno
figuraban Reno, Simn y Yonson, ms atentos  preparar sus flechas y
afilar sus espadas que  vigilar el guiso, del cual cuidaba solcito el
voraz Tristn. Roger y Norbury, el silencioso escudero de Sir Oliver,
procuraban calentar al fuego de la hoguera sus manos ateridas.

--Ya hierve el guisote! exclam Yonson poniendo  un lado el espadn.
 comer, antes de que nos den la orden de marcha  nos caiga encima un
nublado de castellanos y franceses!

--Por vida de! dijo Simn mirando  su amigo Tristn, ahora que este
cerncalo est en vsperas de recibir el cuantioso rescate de su
prisionero desdear quizas comer con pobres arqueros. Eh, Tristn? No
ms cubiletes de cerveza ni medias raciones de cecina, cuanto te veas
otra vez en Horla, sino vino gascn  diario y carne asada hasta que te
hartes.

--Lo que en Horla har, sargento, si all llego otra vez, est por ver;
lo que s s es que por ahora voy  meter mi casco en esa caldera y 
comer cuanto pueda, por si no volvemos  ver un guiso en todo el da.

--Bien dicho, muchacho! Ea, cada cual para s!  quin buscas, Robn?

--El seor barn desea veros en su tienda, dijo  Roger un joven
arquero.

Apenas llegado Roger  presencia de su seor entregle ste un abultado
pergamino, diciendo:

--Acaba de trarmelo un mensajero de Su Alteza, quien me dice que fu
portador de ese y otros pergaminos un caballero recienllegado de
Inglaterra al cuartel general.

--Est dirigido  vos, seor barn y escrito, segn aqu reza, "de mano
de Cristbal, siervo de Dios y Prior del monasterio de Salisbury."

--Lee pronto, Roger.

El joven escudero recorri con la vista las primeras lneas, palideci y
lanz una exclamacin de sorpresa y dolor.

--Qu es ello? pregunt el barn. Vas  darme malas noticias de la
seora baronesa  de mi hija Constanza?

--Mi hermano, mi desgraciado hermano! exclam Roger. Hugo ha muerto!

--Te trat en vida como  mortal enemigo, Roger, y no veo fundado motivo
para que tanto sientas su muerte.

--Era el nico pariente que me quedaba en el mundo. Pero qu noticias!
Cunto inesperado desastre! Oid, seor barn.

El prior escriba que poco despus de la partida de Morel se haba
congregado en la granja de Munster y pustose  las rdenes del dscolo
Hugo de Clinton numerosa fuerza compuesta de aventureros, bandidos y
gente perdida de toda la comarca, quienes despus de derrotar  las
gentes de justicia y soldados del rey enviados contra ellos, haban
puesto sitio al castillo de Monteagudo, habitado por la esposa  hija
del barn. Que la baronesa, lejos de entregar la fortaleza, haba
organizado y dirigido la defensa con tantos bros y acierto tal que al
segundo da, despus de empeados y mortferos asaltos, haba perdido la
vida Hugo, el jefe de los sitiadores, y hudo y dispersdose stos. La
carta terminaba dando las mejores noticias sobre la salud de ambas damas
 invocando sobre el barn las bendiciones del cielo.

--La profeca! dijo el barn tras larga pausa. Recuerdas, Roger lo que
nos dijo aquella noche memorable y fatal la esposa de Duguescln? El
asalto del castillo, el jefe de la barba rubia, todo, todo. Es
portentoso! Y  propsito, Roger; nunca te he preguntado por qu la
noble profetisa dijo de t que tenas el pensamiento puesto en el
castillo de Monteagudo con ms constancia y cario que yo mismo....

--Quizs tuviera tambin razn al decirlo, seor, replic el escudero
ruborizndose, porque os confieso que en aquel castillo pienso todo el
da y con l sueo de noche.

--Hola! exclam el barn. Y cmo es eso, Roger?

--Debo confesroslo. Amo  mi seora Doa Constanza, vuestra hija, con
el ms puro y profundo amor....

--Me sorprendes, doncel, dijo el barn frunciendo el ceo. Por San
Jorge! sabes que es muy noble nuestra sangre y muy antiguo nuestro
nombre?

--Tambin lo es el mo, seor barn, y muy noble la sangre heredada de
mis mayores.

--Constanza es nuestra nica hija y cuanto tenemos le pertenecer algn
da.

--Tambin soy yo ahora el nico Clinton, y muerto sin hijos mi hermano
soy dueo y seor de Munster.

--Cierto es. Pero cmo no me has hablado antes del caso?

--No poda hacerlo, seor barn, porque ni aun s si vuestra hija me ama
y no media entre nosotros oferta ni promesa.

Quedse pensativo el famoso guerrero y por fin se ech  reir.

--Juro por San Jorge no tomar cartas en el asunto! exclam. Mi muy
amada hija es rbitra de su eleccin, pues la juzgo muy capaz de mirar
por s misma y elegir con acierto. La conozco, amigo Roger, y si como me
figuro est ella pensando en t como t en ella, ni Enrique de
Trastamara con sus sesenta mil soldados puede impedir que mi Constanza
haga su voluntad y deje de amar  quien ame. Lo que s me toca recordar
aqu es que siempre he deseado para esposo de mi hija  un caballero
valiente y cumplido. T, Roger de Clinton, ests en camino de ser una
brillante lanza si Dios te protege. Sigue haciendo mritos y
conquistando lauros. Pero basta de este asunto, que volveremos  tratar
cuando veamos otra vez las costas de Inglaterra. Nos hallamos en
situacin gravsima  importa salir de ella cuanto antes. Hazme la
merced de llamar al seor de Fenton, con quien deseo conferenciar antes
de que nos alcance el enemigo en esta desventajosa posicin.

Obedeci Roger inmediatamente y sentndose despus sobre apartada roca
trat de recordar una  una las palabras del barn y su propia
confesin; compar tambin las desfavorables circunstancias que le
rodeaban cuando por primera vez vi  su amada, novicio indigente y sin
hogar, con la holgada posicin que le creaba la prematura muerte de su
hermano. Adems, haba sabido ganarse el aprecio y la confianza del
barn, sus compaeros de armas lo consideraban como valiente entre los
valientes de la Guardia Blanca,  pesar de sus pocos aos, y sobre todo,
el barn acababa de oir la revelacin de su amor ms complacido que
enojado. El resultado de sus meditaciones fu la resolucin de no
abandonar aquellas montaas sin conquistar lauros brillantes, que
acabaran de hacerle digno de merced tan alta y felicidad tan cumplida
cual poda prometerse el futuro esposo de la encantadora Constanza de
Morel.

En aquel instante oy Roger, tres veces repetida, la nota penetrante de
un clarn, y saltando de la roca en que estaba sentado vi que los
arqueros empuaban sus armas y se dirigan apresuradamente hacia los
caballos. Lleg en pocos momentos al grupo que formaban los jefes y oy
al seor de Fenton que deca:

--No me queda duda, es el toque del clarn enemigo. Pero es imposible
que las tropas de Enrique nos hayan dado alcance tan pronto.

--Olvidis, dijo el barn, los informes del villano  quien sorprendimos
anoche. Un hermano del rey castellano, nos dijo, se haba adelantado al
grueso del ejrcito para hostigar  nuestras avanzadas con un cuerpo de
seis mil jinetes y mucho me temo que nuestra precipitada marcha nos haya
alejado de un peligro para hacernos caer en otro.

--As es, en efecto, dijo el de Angus. Qu hacer?

--Tomar posiciones en aquella altura y vender caras nuestras vidas, 
salvarlas si nos llegan refuerzos. La ms alta de aquellas colinas, de
difcil subida por todos lados y con una planicie bastante extensa en la
cumbre, nos ofrece una admirable fortaleza natural. Dad, Fenton, la
orden de marcha sin perder momento. Conservad, seores, vuestros
caballos, pero que abandonen los suyos los soldados. Si vencemos nos
sobrarn caballos del enemigo. Puesto que el jefe castellano nos ha
descubierto y no se oculta, ensemosle tambin los colores de nuestra
bandera. Nuestras almas estn en manos de Dios, nuestros cuerpos al
servicio del rey. Desenvainemos las espadas, por San Jorge 
Inglaterra!

El entusiasmo del barn se comunic  sus soldados, y la Guardia toda
escal con resuelto paso la ladera menos pendiente, erizada de peascos
y cubierta de rocas sueltas que rodaban  su paso  iban  perderse,
rebotando, en el fondo del valle. La altura  que por fin llegaron los
arqueros ingleses constitua en efecto una posicin fortsima, un enorme
cono truncado desde cuya base superior podan barrer con sus flechas el
pendiente camino que ellos acababan de recorrer con gran dificultad, al
paso que por los otros lados la roca cortada  pico haca la posicin
inexpugnable.

La niebla que hasta entonces cubriera el valle comenz  disiparse,
flotando en grandes jirones que rozaban por un momento las copas de los
rboles y lugo se elevaban desvanecindose en el espacio. El sol
ilumin entonces los alrededores de la roca convertida en fortaleza y
nobles y arqueros contemplaron con admiracin la vasta fuerza que los
cercaba. Brillaban los cascos y corazas de numerosos escuadrones y las
voces que dieron y el toque de las cornetas y atabales indicaron tambin
que haban descubierto el refugio de sus enemigos y que se preparaban
para el ataque. El barn y sus jefes se reunieron ante los cuatro
estandartes de su fuerza, que eran el de las armas inglesas, el de Morel
y los de Butrn y Merln, ensea este ltimo de unos sesenta arqueros
del pas de Gales.

--Vis, barn, aquella hermosa bandera bordada de oro que ondea al
frente de las otras? pregunt Fenton. Pues es la de los famosos
caballeros de Calatrava, y no lejos de ella la de la Orden de Santiago.
En el centro el estandarte real, y  mucho me engao  hay tambin en
esa fuerza muchos caballeros franceses. Qu decs  ello, Don Diego?

El prisionero de Tristn de Horla contemplaba con alegra y entusiasmo
las brillantes cohortes de sus compatriotas.

--Por Santiago! exclam. Vos y vuestros amigos vis  caer al empuje de
los ms afamados caballeros de Len y Castilla. Manda esa fuerza un
hermano de nuestro rey, y sin contar los gloriosos pendones de Calatrava
y de Santiago, veo all los de Albornoz, Toledo, Cazorla, Rodrguez
Tavera y tantos otros, amn de los de muchos nobles aragoneses y
franceses.

No se hizo esperar el ataque. Los brillantes escuadrones de las dos
grandes rdenes militares se adelantaron en formacin perfecta, y cuando
ya los arqueros preparaban sus armas vieron con sorpresa que sus
enemigos se detenan, blandiendo lanzas y espadas, y que de sus filas se
adelantaban dos guerreros armados de punta en blanco, caladas las
viseras y con grandes penachos blancos que sobre los relucientes yelmos
ondeaban al viento. Alzados ambos sobre los estribos y blandiendo las
lanzas, era evidente que dirigan un reto  los caballeros ingleses.

--Un cartel, por vida ma! grit el barn, brillndole el nico ojo que
tena descubierto. No se dir que el barn de Morel ha rehusado tan
corts propuesta. Y vos, Fenton?

La contestacin del caballero ingls fu saltar sobre su caballo, y
empuando, como el barn, la lanza y embrazando el escudo, ambos jinetes
descendieron con peligrosa rapidez la enhiesta pendiente, en direccin 
los dos campeones castellanos, que  su vez les salieron al encuentro.
Era el contrincante de Guillermo Fenton un apuesto caballero, joven y
vigoroso en apariencia, cuya lanza di en el escudo del ingls tan recio
golpe que lo parti en dos,  tiempo que la acerada lanza de Fenton le
atravesaba la garganta, derribndolo moribundo. Impulsado Sir Guillermo
por el entusiasmo del triunfo y el ardor del combate, sigui su furiosa
carrera y desapareci entre las apretadas filas de los caballeros de
Calatrava, que en un abrir y cerrar de ojos dieron cuenta del valeroso
campen ingls.

El barn en tanto haba hallado un competidor digno de su esfuerzo y
bros en guerrero tan famoso como Don Sebastin de Gomera, lanza
escogida de los caballeros de la Orden de Santiago. Acometironse con
tal furia que al primer encuentro quedaron rotas ambas lanzas, y
empuando los aceros se atacaron con denuedo sin igual. Largo fu el
combate, brillantes los golpes y paradas que demostraron la pericia de
ambos, hasta que impaciente el de Santiago hizo saltar  su caballo
hasta tocar al del ingls, y abalanzndose sobre el barn le rode el
cuerpo con sus brazos. Cayeron al suelo ambos enemigos estrechamente
unidos, logr el castellano dominar  su adversario, de cuerpo ms
endeble que el suyo, y posndole una rodilla en el pecho alz el brazo
armado para poner de una estocada fin al furioso combate. Pero nunca
lleg  dar el golpe mortal. La espada del barn, rpida como el rayo,
entr oblcuamente por debajo del levantado brazo de su enemigo, y ste
cay pesadamente en tierra, lanzando ahogado grito. Confusa gritera de
aplauso y de despecho se dej oir en uno y otro bando y el barn,
saltando sobre su caballo, se lanz hacia la altura,  la vez que los
sitiadores emprendan el ataque de la posicin inglesa.

Los arqueros los recibieron con una granizada de flechas que hicieron
morder el polvo  filas enteras de los asaltantes. Intiles fueron los
esfuerzos denodados de stos por llegar hasta la altura; la estrechez y
la pendiente del camino y los obstculos que aadan  su paso los
cuerpos de hombres y caballos hacinados y revolcndose en sangrientos
montones slo les permitan avanzar lentamente, hacindolos fcil blanco
de las flechas enemigas, y muy pronto se oy el toque de retirada.

Felicitbanse los arqueros cuando descubrieron otro enemigo aun ms
temible que las impotentes lanzas de los jinetes. Numerosos honderos
castellanos haban tomado posesin de otras alturas cercanas y desde
ellas lanzaron mortferas piedras, con fuerza y acierto tal que en pocos
momentos quedaron tendidos sin vida el veterano Yonson y algunos otros
arqueros y malheridos quince de stos y seis hombres de armas.
Parapetronse los ingleses lo mejor que pudieron detrs de los peascos,
tendironse muchos en el suelo y dirigieron sus certeras flechas contra
los honderos.

--Barn! exclam en aquel momento el seor de Burley; acaba de decirme
Simn que no nos quedan ms de doscientas flechas por junto. Qu hacer?
En mi opinin ha llegado la hora de parlamentar  de morir casi
indefensos.

--Por lo pronto, contest el barn de Morel arrancndose el parche que
por tanto tiempo cubriera su ojo izquierdo, creo haber cumplido mi voto
dando muerte en leal combate  uno de los ms pujantes y famosos
caballeros enemigos! Y ahora  morir matando!

--Lo mismo digo, asinti tranquilamente Oliver de Butrn, enarbolando
pesada maza.

--Disparad hasta vuestra ltima flecha, arqueros! grit el de Morel.
Entonces os quedarn todava espadas y hachas para vender caras
vuestras vidas!




CAPTULO XXXIII

"LA ROCA DE LOS INGLESES"


Como si el enemigo hubiera odo  adivinado las palabras del intrpido
jefe, alzse entonces en todo el valle y en las cumbres vecinas el grito
de venganza y exterminio de aquella raza aguerrida, que llevaba siglos
enteros de lucha con los rabes y que preparaba el anonadamiento de otro
puado de invasores, no menos odiados que los sectarios de Mahoma.
Cruenta y terrible fu la lucha, tan larga, tan encarnizada que aun hoy
da conserva memoria de ella la tradicin y entre los montaeses de la
comarca se conoce el teatro de la hecatombe con el nombre de la "Roca de
los Ingleses."

Mas no cedieron stos al segundo asalto. Agotadas muy pronto las flechas
de los arqueros, lucharon desesperadamente con espadas, picas, hachas y
mazas, aprovechando todas las ventajas de su posicin. Por fortuna, el
combate cuerpo  cuerpo impidi  los honderos castellanos continuar su
obra de destruccin. Sitiadores y sitiados luchaban confundidos en el
nico punto del camino por donde poda escalarse la altura y all
acudieron, dando el ejemplo  sus soldados, los pocos nobles ingleses
que rodeaban al barn. Momentos hubo en que ste, Roger y Butrn
hubieran perecido sin el oportuno refuerzo del escocs Burley al frente
de los veteranos de Gales, que cayeron sobre el enemigo con furia sin
igual, obligndole  retroceder buen trecho. Pero las prdidas de los
sitiados eran irreparables, al paso que los castellanos tenan
escuadrones y compaas enteras de reserva en el valle, imposibilitados
unos y otras de tomar parte en la lucha hasta entonces por las
condiciones del terreno.

Un gigantesco caballero de Santiago lleg  escalar los ltimos
peascos, y derribando  tres arqueros de otros tantos golpes blanda de
nuevo la tajante espada, cuando le asi entre sus nervudos brazos el
animoso Sir Oliver. Forcejeando furiosamente ambos enemigos, y rodando
por el suelo en mortal abrazo, llegaron al borde de la elevada planicie
y cayeron despeados en el horrendo precipicio. La espada de Simn y la
enorme hacha de Tristn brillaban al sol y golpeaban incesantemente
sobre las cabezas enemigas, en primera lnea. Reno cay  su lado,
malherido, y tambin pereci all Sir Ricardo Causton. El seor de
Morel, cubierto de sangre, haca prodigios de valor, acudiendo  todas
partes, animando y dirigiendo  sus soldados, seguido de cerca por
Roger, que devolva golpe por golpe, ms ganoso de proteger  su seor
que  s mismo. Por ltimo, los arqueros y hombres de armas que formaban
 derecha  izquierda del lugar donde era ms encarnizada la lucha,
hicieron un esfuerzo supremo y precipitndose sobre los sitiadores,
persiguindolos y atacndolos con desesperacin, hicieron retroceder un
tanto aquella incesante columna enemiga, en la que parecan no hacer
mella las incesantes bajas.

Mientras se rehacan las fuerzas castellanas y consultaban sus jefes,
aquella retirada parcial proporcion  los ingleses que aun quedaban con
vida el descanso que tanto necesitaban. Grandes haban sido sus
prdidas. De los trescientos setenta hombres que contaban al emprender
la defensa de aquella altura, no quedaban en pie ms de ciento
cincuenta, heridos muchos de ellos. Entre los muertos se contaban ya los
valientes nobles Burley, Butrn y Causton y los veteranos Yonson y Reno.
Ni fu completo el respiro de los sobrevivientes, porque apenas
deslindados los campos reanudaron el ataque los honderos posesionados de
las cumbres inmediatas.

--Ahora ms que nunca me enorgullezco de mandaros, dijo el barn
contemplando con amor al puado de hroes que le rodeaba. Qu es eso,
Roger? Ests herido?

--Un rasguo, seor barn, contest el escudero restaando la sangre de
un tajo que le cruzaba la frente.

--Deseo hablarte, Roger, y tambin  vos, Norbury, dijo el barn
dirigindose al escudero de Sir Oliver.

Los tres se encaminaron al extremo opuesto de la elevada planicie, bajo
la cual se vea la roca cortada casi  pico, con algunos peascos
salientes de trecho en trecho.

--Es indispensable, continu el seor de Morel, que el prncipe tenga
noticia exacta de lo ocurrido. Podremos quizs resistir otra acometida
porque no pueden atacarnos todos  la vez, pero el fin no est lejano.
En cambio, la llegada de auxilios oportunos permitira prolongar la
defensa de esta posicin y salvar la vida de los que an quedasen
defendindola. Vis aquellos caballos que pastan all bajo, entre las
rocas?

--S, seor barn, contestaron los escuderos.

--Y aquel sendero que se pierde ms lejos entre los rboles y parece
conducir al otro extremo del valle? Un jinete resuelto podra quizs
llegar hasta el campo del prncipe,  cruzarse en el camino con las
fuerzas de Sir Hugo Calverley, que no deben de estar muy lejos, y
procurarnos el ansiado socorro. H aqu una cuerda suficientemente larga
y fuerte para que uno de vosotros pueda bajar hasta los primeros
peascos de la hondonada. Qu decs?

--Digo, seor, replic Roger, que estoy pronto  obedeceros ahora mismo.
Pero cmo apartarme de vos en estas circunstancias?

--Para servirme mejor y quizs para salvarme, Roger. Y vos, Norbury?

Por toda respuesta el escudero, no menos animoso que Roger, asi la
cuerda y empez  asegurarla firmemente en torno de una saliente roca.
Despus se quit algunas piezas de la armadura, ayudado por Roger, que
hizo lo propio con la suya, mientras el barn continuaba, dirigindose 
Norbury:

--Si el prncipe ha pasado ya con el grueso del ejrcito, indagad como
podis el paradero de Chandos, Calverley  Nolles. Dios os proteja!

El barn y Roger, profundamente conmovidos, siguieron con la vista,
inclinados sobre las rocas, el peligroso descenso del joven escudero.
Llegado haba ste  corta distancia y trataba de apoyar el pie en una
hendidura de la roca, cuando recibi la primera descarga de los honderos
enemigos. Una de las piedras le alcanz de lleno en la sien y
extendiendo los brazos cay desplomado al abismo.

--Si Dios no me da mejor fortuna que  ese infeliz, dijo Roger al barn,
hacedme la merced de decir  vuestra hija que he muerto pensando en ella
y con su nombre en los labios.

Las lgrimas asomaron  los ojos del noble guerrero, que poniendo ambas
manos en los hombros de Roger lo bes cariosamente. El joven corri 
la cuerda y se desliz por ella con gran presteza; las piedras lanzadas
por las hondas enemigas se estrellaban contra la roca, una le roz los
cabellos y por fin otra le alcanz en un costado, ocasionndole vivsimo
dolor. Llegado, sin embargo, al extremo de la cuerda, se dej caer desde
no pequea altura sobre la cumbre del ms alto risco, que quedaba al pie
de la formidable roca donde se hallaban sitiados sus amigos. Tan alta
era sta que todava tuvo que descender Roger ms de veinte varas, por
una escarpada pendiente que apenas le ofreca punto de apoyo.
Aferrndose desesperadamente  las plantas silvestres que crecan en las
hendiduras de las rocas, poniendo los pies en ligersimas depresiones
del inclinado plano,  en piedras que con frecuencia se desprendan y
amenazaban arrastrarlo consigo, expuesto  morir diez veces, lleg por
fin  terreno firme y saltando de roca en roca  corriendo entre los
matorrales, se vi sano y salvo en la planicie que desde arriba le haba
mostrado el barn y donde pacan algunos caballos. Tenda ya la mano
para asir la brida de uno de ellos, cuando recibi en la cabeza fuerte
pedrada que lo derrib aturdido.

El hondero autor de aquella hazaa, viendo  Roger solo y exnime y
juzgando por el aspecto y traje del joven que se trataba de un caballero
ingls, comenz  bajar precipitadamente de la colina donde se hallaba
apostado con otros, ansioso de despojar  su vctima y sabedor de que
los arqueros haban agotado todas sus flechas. Pero no contaba con
Tristn de Horla, que levantando con sus forzudas manos pesado peasco
lo dej caer  plomo sobre el hondero, al pasar ste al pie de la roca,
con tanto tino que le destroz un hombro, derribndolo al suelo, donde
empez  dar grandes gritos. Al orlos se incorpor Roger, mir en
derredor como atontado, y de pronto vi uno de los caballos que  pocos
pasos de l estaba. Un momento le bast para ponerse en la silla y
lanzarse al galope por el sendero que deba conducirlo fuera de aquel
valle fatal. Pero bien pronto conoci que iban  faltarle las fuerzas;
sinti en el costado un dolor atroz, nublse su vista y haciendo un
esfuerzo supremo se inclin sobre el cuello del caballo, lo estrech
fuertemente entre sus brazos y cerr los ojos, casi insensible ya 
cuanto le rodeaba.

Nunca supo Roger lo que dur aquella carrera desenfrenada. Cuando volvi
en s se hall rodeado de soldados ingleses que le prestaban solcitos
cuidados. Era un destacamento de doscientos arqueros y hombres de armas
mandados por el temible Hugo de Calverley, quien  las primeras palabras
de Roger despach mensajeros con direccin al cercano campamento del
prncipe y ponindose al frente de sus soldados se lanz al galope en
auxilio del barn de Morel. Con l fu tambin Roger, atado sobre el
caballo que le conduca, casi exnime por la prdida de sangre, los
golpes recibidos y las peripecias de aquella tremenda jornada.

Llegados los ingleses  una altura que dominaba en parte el valle
divisaron en la cima de la roca convertida en fortaleza la bandera
castellana. El enemigo se haba apoderado por fin de aquel baluarte con
tanto herosmo defendido. Pero la lucha no haba cesado por completo; en
un extremo de la elevada planicie opona todava dbil resistencia un
puado de ingleses. Aquel espectculo arranc un grito de furor  Sir
Hugo y sus soldados, que clavando las espuelas en los ijares de sus
caballos se lanzaron, ciegos de ira, contra los escuadrones enemigos.

El furioso ataque sorprendi  stos sobre manera,  ignorantes del
nmero de sus enemigos y creyendo que los rodeaba el grueso del ejrcito
ingls que se hallaba por aquellos contornos, dieron la seal de
retirada, apresurndose  dejar el valle en busca de posicin ms
favorable para la defensa.

Los ingleses no pensaron en continuar su ataque ni en perseguirlos. Su
principal anhelo era llegar  la altura donde esperaban rescatar 
algunos de sus amigos. Triste cuadro se ofreci  su vista; montones de
muertos y heridos castellanos y leoneses, franceses  ingleses; y mas
all, al pie de una roca, siete arqueros, con el indomable Tristn de
Horla en el centro, heridos todos pero no vencidos todava, blandiendo
las ensangrentadas espadas y saludando  sus salvadores con un grito de
bienvenida.

--Tremenda lucha y defensa herica la vuestra! exclam Sir Hugo,
contemplando con asombro aquella escena asoladora. Pero qu es eso?
Tambin habis hecho prisioneros? continu diciendo al ver  Don Diego
de lvarez desarmado entre los arqueros.

--Slo uno, y me pertenece, respondi Tristn. Lo he custodiado y
defendido cuidadosamente, porque representa mi fortuna y la de mi
viejecita madre si vuelvo  verme algn da en Horla....

--Tristn, dnde est el barn de Morel? interrumpi Roger
ansiosamente.

--Creo que ha perecido, como casi todos. Yo v al enemigo poner su
cuerpo sobre un caballo. Estaba desvanecido  muerto y se lo
llevaron....

--Dios del cielo! Y Simn?

--Tambin le v arrojarse espada en mano sobre los captores de nuestro
seor, y no s si lo mataron  lo hicieron prisionero.

--Den los clarines la orden de marcha! grit Sir Hugo con voz tonante.
Maldicin! Volvamos al campo, y os prometo que antes de tres das
habremos vengado al barn de Morel! Cuento con vosotros, valientes, y
desde ahora quedis incorporados  mi escuadrn predilecto.

--Somos arqueros y pertenecemos  la Guardia Blanca, seor, se aventur
 decir Tristn.

--Ah, s! La famosa Guardia Blanca! repuso el gran guerrillero ingls,
mirando tristemente en torno. Pero la Guardia ya no existe; la muerte se
ha encargado de desbandarla. Cuidadme bien  ese valiente escudero,
porque temo que no vuelva  ver la luz del sol, aadi sealando  Roger
desfallecido. En marcha!




CAPTULO XXXIV

REGRESO  LA PATRIA


Nos hallamos en Inglaterra, en una hermosa maana de Julio, cuatro meses
despus de los sucesos que quedan relatados. Por el camino que conduca
derechamente  la antigua ciudad de Vinchester y  no muy grande
distancia de ella iban dos jinetes, joven, apuesto y ricamente ataviado
el uno, con las espuelas de oro del caballero, al paso que el otro,
hercleo mocetn, tena ms trazas de gan que de soldado,  no revelar
su profesin la formidable espada que al cinto llevaba. Sobre la grupa
de su caballo vease un saco que contena, entre otras cosas, los cinco
mil ducados que pagara por su rescate Don Diego de lvarez. Intil es
decir que era el jinete nuestro jovial amigo Tristn de Horla, elevado
recientemente  la dignidad de escudero de Sir Roger de Clinton, seor
de Munster,  cuyo lado cabalgaba en aquel momento.

Roger haba sido armado caballero por el Prncipe Negro en persona, con
aplauso de todo el ejrcito que le consideraba como uno de los ms
brillantes soldados del reino. Aquella defensa inaudita, aquel esfuerzo
supremo de la Guardia Blanca haba sido referido y ensalzado en toda la
cristiandad y el prncipe heredero, en nombre del soberano, haba
colmado de honores  los escasos sobrevivientes de tan honroso hecho de
armas. Por ms de un mes fluctu Roger entre la vida y la muerte, y tan
luego triunf su juventud y ces el delirio, supo que haba terminado la
guerra y que nada se haba podido averiguar sobre el paradero ni la
suerte del barn de Morel. Recibi las felicitaciones y alabanzas que le
prodig en persona el prncipe, y tan luego se hall en disposicin de
soportar el viaje  Londres se embarc acompaado de su fiel Tristn.
Inmediatamente que llegaron  aquella ciudad emprendieron el camino de
Hanson, pues Roger careca de toda noticia desde la carta del prior que
le anunci la muerte de su hermano.

Tristn comentaba con admiracin y entusiasmo cuanto vean en el camino,
la verdura y lozana de los campos, los matices de las flores y la
hermosa apariencia del ganado.

--Bien est que te regocijes, amigo Tristn, le dijo el joven caballero,
pero cuanto  m jams pens volver  la patria con tanta amargura en el
corazn. Lloro por mi seor y por el valiente Simn Aluardo, y no s
cmo atreverme  comunicar la prdida del primero  la baronesa y  su
hija, suponiendo que no tengan ya noticia de su desgracia.

--Ay de m! exclam Tristn dando un gemido que espant  los caballos.
Duro es el trance en que os vis y tambin yo lamento la muerte de
ambos. Pero descuidad, que la mitad de estos ducados que aqu llevo se
la dar  mi madre y la otra mitad la agregaremos  los dineros que vos
tengis, para comprar el _Galen Amarillo_ que nos llev  Burdeos y con
l saldremos en busca del barn.

--Buen Tristn! dijo Roger sonrindose. Pero ah! que si el barn
viviese ya hubiramos tenido nuevas suyas. Qu villa es esa? pregunt
poco despus.

--Romsey! La conozco bien. All est el monasterio con su vieja torre
parda. Permitidme que d una moneda al venerable ermitao que all vis,
sentado en aquella piedra junto al camino.

Suspendi el anciano sus preces para aceptar la ddiva del arquero.

--Soldados sois  lo que veo, hijos mos, y mis oraciones os acompaarn
en vuestras empresas.

--De Espaa venimos, reverendo padre, dijo Tristn.

--De Espaa decs? Ah! Infortunada expedicin en la que tantos bravos
ingleses han sacrificado las vidas que Dios les concediera. Hoy mismo he
dado mi bendicin  una noble dama que ha perdido cuanto amaba en esa
cruel y lejana guerra.

--Qu decs? pregunt Roger con vivo inters.

--S, una joven y principalsima dama de esta comarca, tranquila y
dichosa cual ninguna pocos meses hace y que se prepara  tomar el velo
en el convento de Romsey. No habis odo hablar, mis buenos caballeros,
de una compaa llamada la Guardia Blanca?

--Oh, s, mucho! dijeron ambos  la vez.

--Pues el padre de la dama de que os hablo era el jefe de esa valiente
fuerza, y su prometido era escudero del famoso capitn. Lleg aqu la
nueva de que ni un solo miembro de la Guardia haba sobrevivido  una
serie de cruentos combates y la pobre doncella....

--Acabad! grit Roger. Hablis de Doa Constanza de Morel?

--La misma.

--Constanza monja! Qu decs? Tan terrible efecto le ha causado la
prdida de su padre?

--De su padre y del gallardo mancebo de rubios cabellos  quien adoraba.
La muerte de este ltimo es la que en verdad abre para ella las puertas
del claustro....

-- escape, Tristn!  Romsey! grit Roger espoleando  su caballo,
que parti como una flecha.

Grande haba sido la alegra de las monjas de Romsey al saber que la
noble cuanto hermosa Constanza de Morel haba pedido ser recibida como
hermana suya, tras corto noviciado. Hechos estaban todos los
preparativos para la solemne ceremonia, decorado el templo, cubierto de
flores el altar y numerosos grupos de gentes del pueblo se hallaban
congregados en el atrio  se encaminaban hacia la iglesia inmediata al
monasterio, ansiosos de presenciar el imponente acto. Ya haban visto
pasar  la venerable abadesa con su gran crucifijo de oro, seguida de
las hermanas, del clero y los aclitos con los humeantes incensarios y
de unas hermosas nias que iban alfombrando de flores el suelo, al paso
de la novicia. Segualas sta entre cuatro compaeras suyas, cubierta de
la cabeza  los pies por el blanco velo, y centro de todas las miradas.

Aquella solemne procesin lleg  las puertas del templo y se dispona 
entrar en l cuando se not sbita confusin en uno de los ngulos de la
plaza, de donde pronto partieron grandes clamores. La multitud oscil
primero y abri luego paso  un jinete,  un joven caballero cubierto de
polvo, que sin miramientos lanzaba su corcel sobre la compacta masa del
pueblo. Era el mensajero de la juventud y del amor, que llegaba 
tiempo de arrancar al claustro una vida que por ningn concepto le
estaba destinaba. Llegado  los escalones que conducan al atrio salt
de su caballo, y apartando bruscamente  la sorprendida abadesa,
dirigise el doncel al punto donde se hallaba la novicia y extendiendo
hacia ella sus brazos, exclam con amoroso acento, en el que palpitaba
profundsima emocin:

--Constanza!

--Roger!

La novicia iba  caer desvanecida, pero Roger la recibi en sus brazos y
la estrech amorosamente, con gran escndalo de la abadesa y con no
menor admiracin de las veinte monjas y novicias que presenciaban tan
inesperado desenlace. Pero Constanza y Roger no se daban cuenta de lo
que en torno de ellos suceda, perdidos como estaban en mutua
contemplacin, embriagados con la felicidad inmensa de verse reunidos
despus de una separacin que ella haba credo eterna. Tras los amantes
quedaba el obscuro arco de entrada del templo; frente  ellos la vida
entera, llena de luz, de alegra y felicidad. Su eleccin qued hecha en
un momento y se dirigieron, entrelazadas las manos, hacia la luz, en
busca del amor, abandonando ella para siempre el claustro, olvidados
ambos por el momento de sus pasadas tristezas.

El anciano padre Cristbal bendijo poco tiempo despus su unin en la
iglesia del Priorato de Salisbury. Los nicos testigos de la tierna
ceremonia fueron la baronesa, Tristn de Horla y una docena de arqueros
y servidores del castillo. La animosa seora de Morel, tras largos meses
de ansiedad y amargos sufrimientos, dudaba todava de la muerte del
barn; parecale imposible que habiendo regresado de tantas y tan
mortferas campaas, hubiese sonado para l la hora suprema en aquella
ltima expedicin, lejos de su hogar, privado del amor de los suyos y de
los solcitos cuidados de su amante esposa. Desde luego manifest el
deseo de ir  Espaa en persona y agotar todos los recursos para
averiguar el paradero del barn. Disuadila Roger de su proyecto,
convencindola de que  l le tocaba emprender aquel viaje, debiendo
quedarse ella acompaando  su hija y al cuidado de los mltiples
intereses que supona la administracin de las vastas propiedades de
Munster, unidas  la del castillo de Monteagudo y sus dependencias.

Flet Roger el _Galen Amarillo_, mandado por el mismo valiente capitn
Golvn, y un mes despus de su boda parti el joven seor de Munster
para Sorel, acompaado de su fiel Tristn,  fin de averiguar si haba
llegado de Southampton el para ellos inolvidable galen. Poco antes de
llegar  Sorel se detuvieron en Dalton, pueblecillo de la costa, donde
not Roger la presencia de una pequea galera recienllegada,  juzgar
por el nmero de botes y lanchas que la rodeaban para conducir  tierra
su cargamento.

 un tiro de ballesta del pueblo haba un pequeo edificio, entre mesn
y taberna, hacia el cual se dirigieron los dos viajeros.  una ventana
del primero y nico piso de la casita se asomaba un individuo que
pareca contemplarlos con curiosidad. Mirndole estaba Tristn cuando
sali corriendo del mesn una robusta moza, rindose  carcajadas y
perseguida de cerca por un truhn que muy pronto desapareci, lo mismo
que la muchacha, entre los rboles del huerto. Echando pie  tierra los
jinetes, ataron sus caballos  la cerca y apenas tomaron por el sendero
que  la casa conduca se detuvieron atnitos, contemplndose en
silencio, presa de profunda emocin.

--Ah, _ma belle!_ deca una voz sonora. Con que as tratas  un viejo
soldado que hace tiempo no ha visto tan siquiera una buena moza inglesa?
Por el filo de mi espada! aguarda un poco y en lugar de un beso te dar
media docena....

Una exclamacin de alegra se escap de los labios sonrientes de Roger y
Tristn. Era Simn, no caba duda! Simn bueno y sano, que apenas
puesto el pie en tierra volva  las andadas. Iban  precipitarse en su
busca,  llamarle  gritos, cuando oyeron otra voz que parta de la
ventana.

--Qu ocurre, Simn? deca. Si me necesitas, no pido cosa mejor que
empuar la espada y desentumecer un poco el brazo, metiendo en cintura
al primero que se desmande y nos busque pendencia, aunque sea en tierra
propia.

Apareci Simn al oir la voz de su seor y en un instante se vi asido
por los formidables brazos de Tristn, de los que pas  los de Roger.
No haba vuelto de su sorpresa el buen Simn cuando se present en la
puerta el barn de Morel, espada en mano y guiando ms que nunca sus
ojillos, en busca de imaginario enemigo. Renovronse entonces los
abrazos, que el barn y el veterano no tardaron en devolver con creces,
posedos de inmensa alegra.

Durante el viaje de regreso oyeron sus amigos el relato de sus
portentosas aventuras. Hechos prisioneros ambos en la homrica lucha,
all en Espaa, vironse cautivos de un noble aragons, que tras largo
viaje los condujo  la costa, donde los embarc con rumbo  unas
posesiones que por all tena. Sorprendida su embarcacin en alta mar
por los piratas berberiscos, se acrecentaron sus sufrimientos bajo el
yugo brbaro de su nuevo amo; pero llegados  un puertecillo africano,
el indomable barn hall modo de matar al capitn pirata en la barca que
 tierra los conduca y arrojndose despus al agua seguido de Simn
ganaron  nado la tierra y tras mil penalidades lograron embarcarse en
la galera que acababa de llevarlos  Inglaterra, no sin rico botn
arrebatado con astucia  sus crueles enemigos. Intil es hablar de su
recepcin en el castillo de Monteagudo, y de la inmensa ventura que
llen aquel dichoso hogar, poco antes tan agobiado por la tristeza y el
dolor.

El barn Len de Morel vivi todava largos aos, colmado de honores,
tranquilo y feliz. La dicha de Roger de Clinton y su esposa adorada fu
tambin completa. Dos veces guerre l en Francia, conquistando
preciados laureles y altsima fama. Concedisele distinguido puesto en
la corte y por muchos aos ejerci brillantes cargos en los reinados de
Ricardo y de Enrique IV, quien le confiri la orden de la Jarretiera y
le honr como  uno de los primeros caballeros y ms valientes campeones
de su tiempo.

Cuanto  Tristn de Horla, se cas con una linda muchacha de Dunn y
all se estableci definitivamente, gozando del prestigio que le daban
sus proezas y los cinco mil ducados tan briosamente ganados all en
tierra de Espaa. l y su inseparable amigo Simn animaron
frecuentemente con su presencia y su alegra perenne las bulliciosas
veladas del _Pjaro Verde_. Simn acab por ofrecer su amor y su nombre
 la buena ventera que tan fielmente le guardara su botn de anteriores
campaas. As vivieron aquellos hombres, rudos si se quiere, como la
poca que los vi nacer y morir, pero francos, honrados y valientes,
dejando  las generaciones venideras un ejemplo digno de imitacin y
aplauso.

FIN.


GEOGRAFAS, MAPAS, CARTAS, ETC., PUBLICADAS POR LA CASA EDITORIAL DE D.
APPLETON Y CA., Nueva York.


I.

     _=La Geografa Cientfica.=_ Un tomo de 171 pginas, con mapas y
     diagramas; encartonado y uniforme con nuestra serie de Cartillas de
     las cuales forma parte. Precio, 30 centavos.

La Cartilla que hemos publicado bajo este ttulo, por GROVE, es la
primera de su clase en los pases espaoles  hispanoamericanos. No es
la geografa de este  de aquel pas,  de tal  cual estado, sino la
geografa propiamente dicha, la Geografa como ciencia; y bajo este
punto de vista, no est lejano el da en que se comience  ensear  los
jvenes LA GEOGRAFA CIENTFICA. Sin el conocimiento de los rudimentos
de esta ciencia, cmo se podr jams llegar con provecho al estudio y
menos an, al conocimiento de la geografa patria ni de la universal?


II.

     _=Geografa Elemental, la Novsima, de Cornell.=_ Traducida por
     VEITELLE, corregida y adicionada recientemente por varios
     profesores. Un tomo en 4 menor, 71 pginas, con nuevos mapas,
     muchas lminas. Undcima edicin corregida. Encartonada. Precio, 30
     centavos.

Obra adoptada como texto en las escuelas de varias repblicas
hispanoamericanas.

La undcima edicin, es ms completa que todas las anteriores. Lleva al
fin un _Cuestionario_ de mucha utilidad prctica; y se la ha mejorado
generalmente en la parte material.

En grandes cantidades, la facturamos  precios _netos_.


III.

     _=Geografa de Smith,  Primer Libro de Geografa Elemental=_,
     dispuesto para los Nios. Adornado con cen grabados y catorce
     Mapas. Por ASA SMITH. Traducido del ingls y adaptado al uso de las
     Escuelas de la Amrica del Sur, las Antillas y Mjico, con
     Adiciones, por TEMSTOCLES PAREDES. La nueva edicin est adornada
     con ms de 100 grabados, 18 mapas y un cuadro cromo-litogrfico de
     las banderas de todas las Naciones. La obra ha sido enteramente
     refundida y arreglada por varios profesores. Es la nica que
     conserva el plan original del autor y la ortografa Castellana
     moderna de la Academia. La nueva edicin se vende  50 centavos.

Esta obrita se ha preparado expresamente para el uso de las Escuelas
Primarias. Examinndola, se hallar sumamente simple y fcil. Las
definiciones de las divisiones naturales de la superficie de la tierra,
son breves; las ilustraciones atractivas, los mapas claros y hermosos y
el todo arreglado  la capacidad de los jvenes estudiantes.

Los libros de Geografa de Smith que se han publicado en ingls, son las
obras ms populares para los nios en los Estados Unidos.

     _La Geografa de Smith publicada por esta casa, es la nica
     autorizada por el autor._ Multitud de ediciones inferiores y
     fraudulentas, se han hecho de ella; pero ninguna ha logrado los
     resultados que la nuestra, de la cual hemos publicado ya numerosas
     ediciones y cuya impresin se hace por millones de ejemplares.

     La edicin especial para la Repblica Argentina, contiene un cuadro
     cromo-litogrfico de Prohombres de aquel pas.

     IMPORTANTE.--Esta Geografa, si se ordenan grandes cantidades, se
     factura  precio _neto_.


IV.

     _=Nociones de Geografa Fsica.=_ Por ARCHIBALDO GEIKIE. Un tomo de
     unas 150 pginas, con lminas. Encartonado y uniforme con nuestra
     serie de CARTILLAS de las cuales forma parte. Precio, 20 centavos.


V.

     _=Nociones de Geografa Antigua  Clsica.=_ Por TOZER. Un tomo
     encartonado y uniforme con nuestra serie de CARTILLAS de las cuales
     forma parte. Precio, 30 centavos.

Aunque de sta como de otras muchas de nuestras CARTILLAS, se han hecho
traducciones y reimpresiones que abundan en el mercado  precios
sumamente bajos; en nuestro deseo de completar la serie de CARTILLAS,
que venimos publicando desde hace muchos aos, y de hacer una edicin
legtima y completa, de una buena traduccin castellana, hemos dispuesto
llevar  cabo la de sta obrita, que est ilustrada con mapas y
arreglada  los Planes de Estudios de Espaa y de la Amrica espaola.


VI.

     _=Libro Segundo de Geografa Descriptiva.=_ Por D. RAMN PEZ.
     Destinado  seguir al PRIMERO DE SMITH. Adornado con doce grandes
     Mapas enteramente nuevos y multitud de grabados. Forma un tomo de
     unas 100 pginas grandes, y la NUEVA EDICIN DE 1886, no obstante
     las grandes mejoras, se vende al mismo precio de $1.25.

Edicin Enteramente Nueva, corregida y aumentada, conforme  los ltimos
datos estadsticos y cambios polticos, y arreglada al uso de las
escuelas hispanoamericanas.


VII.

     _=Geografa Superior Ilustrada de Appleton.=_ "_La mejor de cuantas
     se conocen hasta ahora en espaol._" Un hermoso tomo de 156 grandes
     pginas, con numerosos grabados y mapas coloreados, impreso en
     papel fino y satinado. Precio, $2.00.

El libro ha sido escrito con un espritu imparcial para los PASES DE
AMRICA  QUE EST ESPECIALMENTE DESTINADO, y ni las antigedades de sus
primeras pocas, ni las maravillas y riquezas tiles de su suelo, ni su
inters actual y porvenir, fueron desatendidos un solo momento en su
preparacin, compuesta en estricta obediencia con los adelantos de la
_educacin moderna_.


VIII.

     _=Geografa Fsica Superior de Appleton.=_ (GEOGRAFA FSICA
     UNIVERSAL.) Un tomo de 120 grandes pginas, con numerosos grabados,
     mapas de colores, diagramas, etc. Impreso en papel satinado fino y
     bien encuadernado. Precio,----.

Esta obra, escrita en ingls por los ms notables profesores de la
materia en los Estados Unidos, encierra todos los descubrimientos y
adelantos hechos hasta el da en sta ciencia. Est  la altura de las
mejores obras de su clase escritas en otras lenguas, ventajosamente
puede competir con todas, y _es la mejor que en su gnero se ha
publicado en castellano_.


IX.

     _=Mapas Mudos de Cornell.=_ Juego de 13 Mapas Mudos, con los Lugares
     marcados con nmeros en vez de sus nombres. Precio, $15.00.

No. 1. MAPAS MUDOS (Pliego-doble), comprendiendo los Hemisferios
Occidental y Oriental, Diagramas de los Meridianos y Paralelos, Trpicos
y Zonas, los Hemisferios del Norte y del Sur, y las Alturas de las
Montaas principales.

No. 2. LA AMRICA DEL NORTE.

No. 3. LOS ESTADOS UNIDOS Y CANAD.

No. 4. LOS ESTADOS OCCIDENTALES Y CENTRALES, con planos grandes de las
ciudades de Boston y Nueva York y sus alrededores.

No. 5. LOS ESTADOS DEL SUR.

No. 6. LOS ESTADOS OCCIDENTALES.

No. 7. MJICO, AMRICA CENTRAL, Y LAS INDIAS OCCIDENTALES, con planos
grandes del istmo de Nicaragua y las Grandes Antillas.

No. 8. LA AMRICA DEL SUR.

No. 9. EUROPA.

No. 10. LAS ISLAS BRITNICAS.

No. 11. EUROPA CENTRAL, MERIDIONAL Y OCCIDENTAL.

No. 12. ASIA, con planos grandes de la Palestina y las Islas de
Sandwich.

No. 13. FRICA, con planos grandes de Egipto, Liberia y la Colonia del
Cabo.

    _Cada juego va acompaado de una cartera y una clave._

     =CLAVE DE LOS MAPAS MUDOS DE CORNELL.= Para uso del Maestro. Un tomo
     de 59 pginas en 12. Precio, 50 centavos.

     =MAPA MUDO, NO. 14, DE LA REPBLICA ARGENTINA=, con Clave especial
     Precio, $1.00.


X.

     _=Mapa General de la Repblica Argentina=_ y Pases Limtrofes. El
     ejemplar en papel cartulina, artsticamente coloreado, $12.00.


XI.

     _=Mapa-Carta de la Isla de Cuba.=_ Con el mar y las divisorias
     provinciales en color, papel cartulina, $8.50. El mismo, forrado en
     tela, barnizado, ribeteado, montado en caas, $10.00.


XII.

     _=Mapas para Escuelas y para Oficinas en General.=_ Proyectados por
     Colton y Ca., Publicados por D. Appleton y Ca.

     I. HEMISFERIO ORIENTAL cuyo tamao es de 40 por 35 pulgadas.
    II. HEMISFERIO OCCIDENTAL, de tamao y condiciones iguales 
        los del precedente.

Estos mapas contienen, no solamente el dibujo principal, sino otros
accesorios, colocados en los ngulos y espacios libres, cada cual
completo en su gnero; como los Hemisferios Norte y Sur, los de agua y
tierra, los del Atlntico y del Pacifico y otros que determinan las
corrientes del Ocano, las cuencas de desage, vientos dominantes,
temperaturas, productos principales, etc.

     III. EUROPA--cuyo tamao es de 40 por 40 pulgadas.
      IV. ASIA--de iguales dimensiones que el anterior.
       V. FRICA--de 40 por 35 pulgadas.
      VI. AMRICA DEL NORTE--de tamao igual al del precedente.
     VII. AMRICA DEL SUR--de idnticas dimensiones que los anteriores.
    VIII. AMRICA CENTRAL--abraza los tres canales  vas interocenicas.

Cada uno de estos mapas de las grandes divisiones del mundo, lleva
perfiles que presentan las principales alturas de cada pas, y otros
hechos en analoga con la materia, todos ellos sobre la misma escala
vertical para facilitar la comparacin.


XIII.

     _=Cuadros Murales=_, compuestos por MARCIO WILLSON y N. A. CALKINS,
     pudiendo usarse, bien por separado, bien como complemento del
     MANUAL DE ENSEANZA OBJETIVA de Calkins. La coleccin, montados en
     cartn. Precio, $14.00.

Son trece cuadros de _Dibujo y Perspectiva_, _Lneas y Medidas_, _Formas
y Slidos_, _Colores_, _Escala Cromtica_ (de los Colores), _Zoologa_:
partes 1, 2, 3, y 4; y _Botnica_: partes 1, 2, 3, y 4. Todas
las figuras de estos cartones, estn coloreadas y sombreadas, y  su
incuestionable utilidad reunen las cualidades de adorno y belleza en los
planteles de enseanza. Son un medio eficaz para iniciar  los jvenes
en el conocimiento elemental de estas Ciencias, despertar en ellos el
amor  estudios ms completos de cada una de ellas y muy particularmente
de la Zoologa y de la Botnica.


XIV.

     _=Cartones de Appleton=_ para el Estudio y Prctica del Dibujo de
     Mapas. Arreglados para ser adaptados  cualquiera geografa y muy
     especialmente  la Superior Universal de APPLETON. La coleccin de
     cartones y diagramas con instrucciones completas, todo colocado en
     una cartera de papel, 75 centavos.

La serie se compone de seis diagramas con instrucciones para dibujar los
mapas de la Amrica del Norte, Amrica del Sur, Europa, Asia, frica y
Australia, y quince cartones en los cuales los paralelos y meridianos,
estn calculados para construir los mapas siguientes:

    1. HEMISFERIO OCCIDENTAL.
    2. HEMISFERIO ORIENTAL.
    3. AMRICA DEL NORTE.
    4. ESTADOS UNIDOS.
    5. MJICO.
    6. AMRICA CENTRAL.
    7. LAS ANTILLAS.
    8. AMRICA DEL SUR.
    9. COLOMBIA, VENEZUELA Y GUAYANAS.
    10. ECUADOR, PER Y BOLIVIA.
    11. REP. ARGENTINA, URUGUAY, PARAGUAY Y CHILE.
    12. EUROPA.
    13. ASIA.
    14. FRICA.
    15. OCEANA.

Los diagramas, se han preparado con instrucciones para levantar las
lneas de construccin, y en los cartones, los meridianos y paralelos
estn calculados para los mapas de las cinco partes del mundo; y el
resto, para los de los pases principales de Amrica. Despus de haber
hecho dibujos aproximados, pueden los alumnos, provistos de ellos,
reunir los resultados de sus estudios en Geografa construyendo mapas
completos de cada Continente y de pases especiales, y llenarlos con
tanta minuciosidad como juzguen oportuna.


OBRAS DE HISTORIA NATURAL

PUBLICADAS POR

LA CASA EDITORIAL DE D. APPLETON Y CA.,

Nueva York.


I.

     _=El Reino Animal para Nios.=_ Por el Doctor JUAN GARCA PURN.
     Instruir Deleitando. Serie de Libros Primarios de EL REINO ANIMAL
     PARA NIOS. Arreglados para la instruccin gradual y progresiva de
     la infancia, en las escuelas y en la familia. Cada cuaderno,
     contiene 6 hermosas lminas de colores, yendo en cada una numeradas
     las figuras de los varios animales; y 8 pginas de lectura amena,
     variada y progresiva, con una cubierta iluminada. En paquetes de
     una docena surtida (dos ejemplares de cada nmero). El paquete,
     $2.00.

La serie se compone de seis libros  cuadernos:

    No. 1. ANIMALES DOMSTICOS.
    No. 2. AVES MAYORES.
    No. 3. ANIMALES DE CAZA.
    No. 4. ANIMALES SALVAJES.
    No. 5. AVES MENORES.
    No. 6. CUADRUMANOS Y PEQUEOS CUADRPEDOS.

Recomienda Rollin que se ensee  los nios la Historia Natural; pero
del modo que conviene  su edad. "Llamo, dice, _Fsica de los nios_, 
un estudio de la Naturaleza que no requiere sino _vista_, y que por lo
mismo est al alcance de toda clase de personas, hasta de los nios.
Desde la ms temprana edad se les puede imponer  los nios; pero
proporcionndolo  sus pocos aos, y llamando su atencin sobre lo que
est ms  su alcance, ya sea en lo referente  hechos, ya acerca de las
reflexiones  que estos den ocasin. Parece increble el nmero de
conocimientos agradables y tiles con que ese ejercicio continuado desde
los primeros aos y metdicamente, llenara el espritu de los
nios...." Un maestro cuidadoso, encuentra en este estudio el medio de
formar el corazn de sus discpulos y de guiarlos  la verdad y el bien
valindose de la misma Naturaleza.

"El primer libro para instruir  la infancia, dice Figuier, debe versar
sobre la Historia Natural; y en lugar de llamar la atencin de las
jvenes inteligencias hacia las fbulas y cuentos sin doctrina, es
necesario dirigirlas hacia los sencillos y verdicos espectculos de la
Naturaleza; tales como la estructura de un rbol, la composicin de una
flor, los rganos de los animales, la perfeccin de las formas
cristalinas de un mineral,  la disposicin interior de las capas que
componen la tierra que hollamos con nuestra planta." Tal es el objeto
con que el autor ha preparado estos libros, en los que ha reunido la
instruccin, los ejemplos de moral y el deleite de la infancia.


II.

     _=Nociones de Botnica.=_ Por J. D. HOOKER. Precio, 20 centavos.

Esta pequea obra, que forma parte de nuestra serie de CARTILLAS
CIENTFICAS, contiene una serie de lecciones elementales sobre los
carcteres generales de las plantas que dan flores; trata de la clula y
los tegidos, del alimento y desarrollo de la semilla y de la planta, de
la raiz, el tallo, las yemas, las hojas, la flor, el cliz, la corola y
de multitud de otros asuntos presentados de un modo fcil y sencillo. Se
ocupa de los Jardines Botnicos para colegios, y da modelos para
ejercicios de lecciones con hojas y flores.


III.

     _=Libro Primero de Zoologa.=_ Por el Doctor JUAN GARCA PURN. _Obra
     adoptada de texto en Espaa y varios pases Hispano-Americanos._
     Forma un tomo uniforme con la BOTNICA y la MINERALOGA del mismo
     autor; est ilustrado profusamente con hermosos grabados
     intercalados en el texto y elegantemente encuadernado. Precio, 70
     centavos.

EL LIBRO PRIMERO DE ZOOLOGA que ofrecemos al pblico, est considerado
como el mejor de cuantos se conocen, y el nico de su gnero en
castellano. El autor, elevndose  las necesidades de la poca y  los
adelantos de la ciencia moderna; ha puesto su obra  la altura de los
tiempos y al alcance de la juventud. Conduce gradualmente, _de lo
conocido,  lo desconocido por medio de lo semejante_, despertando el
inters del joven, y  la ves deleitndolo con el estudio. No existe un
libro tan ameno  interesante, ni tan apropsito para el estudio del
reino animal; al que no slo da  conocer en todas sus fases, sino que
inspira en los nios el amor hacia los animales.


IV.

     _=Libro Primero de Botnica.=_ Por el Doctor JUAN GARCA PURN. _Obra
     adoptada de texto en Espaa y varios pases Hispano-Americanos._
     Precio, 80 centavos.

En esta obra, la BOTNICA est tratada desde el punto de vista del
_estudio objetivo_, que tanto facilita  los jvenes el conocimiento de
dicha ciencia. Como en la ZOOLOGA y la MINERALOGA del mismo autor, el
plan seguido en la Botnica, es _llegar  lo desconocido por medio de lo
conocido y lo semejante_; empleando para ello, el estudio de lo que ms
pueda interesar y grabarse en la imaginacin de los nios.

La obra, est ilustrada con numerosos grabados; tiene una excelente
impresin sobre papel satinado y muy bien encuadernada; circunstancias,
que como complemento  su selecto contenido cientfico, la hacen sin
rival en su gnero. Es un tomo uniforme con los de ZOOLOGA y
MINERALOGA.


V.

     _=Libro Primero de Mineraloga.=_ Por el Doctor JUAN GARCA PURN.
     _Obra adoptada de texto en Espaa y varios pases
     Hispano-Americanos._ Precio, 80 centavos.

Este tratado de MINERALOGA, que con las de ZOOLOGA y BOTNICA por el
mismo autor, forma un _Curso Completo de Historia Natural_; adems de
tratar extensamente de todo lo que atae directamente  la Mineraloga,
propiamente dicha, estudia las relaciones entre sta y la _Geologa_, y
por lo tanto trata de los fsiles,  sea de la _Paleontologa_;
siguiendo los principios ms modernos en su parte didctica.

La obra tiene numerosos grabados intercalados en el texto; es rica en
estilo y asuntos interesantes, y se halla impresa en magnfico papel
satinado y empastada en uniformidad con la BOTNICA y la ZOOLOGA.

       *       *       *       *       *

Los _=Cuadros Murales=_ de WILLSON y CALKINS adems de otros asuntos,
tratan tambien de la

    ZOOLOGA en las partes 1, 2, 3, 4, y de la
    BOTNICA en las 1, 2, 3, 4.

La coleccin de trece, artsticamente sombreados, coloreados y montados
en cartn. Precio, $14.00.


LAS AVENTURAS DEL VICARIO DE WAKEFIELD.

Por OLIVERIO GOLDSMITH.


VERSIN castellana hecha con sumo esmero y la nica completa en nuestra
lengua, de esta famossima obra, considerada universalmente como
CLSICA.

Un tomo de unas 300 pginas, bien impreso, con preciosos grabados y
encuadernado artsticamente.

Edicin econmica 50 centavos. De medio lujo 75 centavos.


EL VICARIO DE WAKEFIELD.--"La novela ms interesante en lengua
inglesa."--LORD BYRON.

EL VICARIO DE WAKEFIELD.--"Excelente, interesante, lo mejor de cuanto se
ha escrito como novela domstica."--GOETHE.

EL VICARIO DE WAKEFIELD.--"Lo ms delicado de cuanto la inteligencia
humana ha producido en su gnero."--WALTER SCOTT.

EL VICARIO DE WAKEFIELD.--"Ningn otro escritor ha logrado con tan buen
suceso llegar  los fines del moralista. Pensamientos, humoradas y
agudezas abundan en cada pgina."--WASHINGTON IRVING.


La nica versin espaola del VICARIO DE WAKEFIELD, completa y correcta
es la publicada por

    D. APPLETON Y COMPAA,
           EDITORES,
          NUEVA YORK.





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both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

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effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
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that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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