The Project Gutenberg EBook of La aldea perdida, by Armando Palacio Valds

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Title: La aldea perdida
       Novela-poema de costumbres campesinas

Author: Armando Palacio Valds

Release Date: July 1, 2011 [EBook #36573]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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LA ALDEA PERDIDA




ARMANDO PALACIO VALDS

LA

ALDEA PERDIDA

NOVELA-POEMA DE COSTUMBRES CAMPESINAS

MADRID

IMPRENTA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNNDEZ

Libertad, 16 duplicado.

1903

ES PROPIEDAD DEL AUTOR




INVOCACIN


Et in Arcadia ego.

S, yo tambin nac y viv en Arcadia! Tambin supe lo que era caminar
en la santa inocencia del corazn entre arboledas umbras, baarme en
los arroyos cristalinos, hollar con mis pies una alfombra siempre verde.
Por la maana el roco dejaba brillantes gotas sobre mis cabellos; al
medioda el sol tostaba mi rostro; por la tarde, cuando el crepsculo
descenda de lo alto del cielo, tornaba al hogar por el sendero de la
montaa y el disco azulado de la luna alumbraba mis pasos. Sonaban las
esquilas del ganado; mugan los terneros; detrs del rebao marchbamos
rapaces y rapazas cantando  coro un antiguo romance. Todo en la tierra
era reposo; en el aire todo amor. Al llegar  la aldea, mi padre me
reciba con un beso. El fuego chisporroteaba alegremente; la cena
humeaba; una vieja servidora narraba despus la historia de alguna
doncella encantada, y yo quedaba dulcemente dormido sobre el regazo de
mi madre.

La Arcadia ya no existe. Huy la dicha y la inocencia de aquel valle.
Tan lejano! Tan escondido rinconcito mo! Y sin embargo, te vieron
algunos hombres sedientos de riqueza. Armados de piqueta cayeron sobre
ti y desgarraron tu seno virginal y profanaron tu belleza inmaculada.
Oh, si hubieras podido huir de ellos como el almizclero del cazador
dejando en sus manos tu tesoro!

Muchos das, muchos aos hace que camino lejos de ti, pero tu recuerdo
vive y vivir siempre conmigo. Y an no te he cantado, hermosa tierra
donde vi por primera vez la luz del da! Mi musa circul ya caprichosa y
errante por todo el mbito de nuestra patria. Naveg entre rugientes
tempestades por el ocano; pase entre naranjos por las playas de
Levante; subi las escaleras de los palacios y se sent en la mesa de
los poderosos; baj  las cabaas de los pobres y comparti su pan
amasado con lgrimas; se estremeci de amor por las noches bajo la reja
andaluza; elev plegarias al Altsimo en el silencio de los claustros;
cant enronquecida y frentica en las zambras.

Y an no ha cantado  los hroes de mi infancia! An no te ha cantado,
magnnimo Nolo! Ni  ti, intrpido Celso! Ni  ti, ingenioso Quino!
An no ha cado  tus pies, bella Demetria, la flor ms esplndida que
brot de los campos de mi tierra! Hora es de hacerlo antes que la parca
siegue mi garganta.

Viajero, si algn da escalas las montaas de Asturias y tropiezas con
la tumba del poeta, deja sobre ella una rama de madreselva. As Dios te
bendiga y gue tus pasos con felicidad por el principado.

Y vosotras, sagradas musas, vosotras  quien rend toda la vida culto
fervoroso y desinteresado, asistidme una vez ms. Coronad mis sienes que
ya blanquean con el laurel y el mirto de vuestros elegidos, y que este
mi ltimo canto sea el ms suave de todos. Haced, musas celestes, que
suene grato en el odo de los hombres y que, permitindoles olvidar un
momento sus cuidados, les ayude  soportar la pesadumbre de la vida.




I

La clera de Nolo.


De un modo  de otro, menester es que los de Riomontn y de Fresnedo
peleen esta noche con nosotros. Ya sabis que parte de la mocedad de
Villoria y de Tolivia an no ha venido de la siega. De Entralgo y de
Canzana tambin hay algunos por all. Podis estar seguros que de
nuestros contrarios no faltar uno solo. Los de Loro y Rivota andan muy
engredos desde la paliza del Obellayo. Los del Condado estn avisados
por ellos y no faltarn tampoco. Si ahora nos quedamos sin la gente de
los altos, temo que nuestras costillas vayan hoy molidas  la cama. El
jueves, en la Pola, tropec en la taberna del Colorado con Toribin de
Loro y Firmo de Rivota, y despus de ofrecerme un vaso de sidra, me
dijeron con sorna: Adis, Quino: que no faltes el sbado de Entralgo.

As hablaba Quino de Entralgo, mozo de miembros recios y bien
proporcionados, morena la tez, azules los ojos, castaos los cabellos,
el conjunto de su fisonoma agraciada y con expresin de astucia. Vesta
calzn corto y media de lana con ligas de color, chaleco con botones
plateados, colgada del hombro la chaqueta de pao verde, sobre la cabeza
la montera picona de pana negra y en la mano un largo palo de avellano.

Si no por el valor indomable, resplandeca en las peleas por su consejo,
cuerdo siempre y atinado, por la astucia y el artificio de sus trazas.
Resplandeca tambin en los lagares y esfoyazas por la oportunidad y
donaire de su lengua; en las danzas por su extremada voz y el variado
repertorio de sus romances, en los bailes por la destreza de sus
piernas, por su aire gentil y desenvuelto. Pero mejor que en parte
alguna resplandeca en cualquier rincn solitario al lado de una bella.
Ninguno supo jams apoderarse ms pronto de su corazn, ninguno ms
rendido y zalamero ni ms osado  la vez, pero tampoco ay! ninguno ms
inconstante. Ms de una y ms de dos podan dar en el valle de Laviana
testimonio lamentable de su galanura y su perfidia.

--Parceme, Quino--respondi Bartolo,--que se te ha ido la lengua y has
hablado ms de lo que est en razn. Bien est que vayamos  Fresnedo y
 la Braa  dar satisfaccin  los amigos; pero de eso  decir que los
de Loro nos han de moler las costillas hay lo menos legua y media de
distancia. Mientras  Bartolo, el hijo de la ta Jeroma, no se le rompa
en la mano este palito tan cuco de fresno, ningn cerdo de Loro le
moler nada.

--Vamo, hombre, no seas guasn!--exclam Celso, que por haber estado en
el servicio militar tres aos haba llegado al pueblo hablando en
andaluz.-- ti te molern lo que tengas que moler, como  too Mara
Santsima. Si pensars que te han de dar ms arriba del cogote!

--Yo no s dnde me darn, pero s certifico puo! que antes de darme
he de dejar dormidos  muchos de ellos.

--S,  fuerza de sidra.

-- fuerza de palos, puo! Cundo me has visto brincar atrs 
esconder el cuerpo al empezar la bulla?

--Al empezar no, pero al concluir te han visto muchos entre los pellejos
de vino  detrs de las sayas de las mujeres.

--Mientes, puo! Mientes con toda la boca! El da del Obellayo si no
es por m, que di la cara  Firmo, os llevan los de Rivota de cabeza al
ro.

--La cara no la diste  Firmo, sino  la mata de zarzas y ortigas donde
te sepultaste cuando l te buscaba... Eso me contaron el jueves en la
Pola.

--Si ha sido Firmo quien te lo ha contado, yo le dir esta noche  ese
cerdo quin es Bartolo de Entralgo. Este palo tan majo que cort en el
monte ayer nadie lo estrena ms que l.

Celso solt una carcajada y tomando en la mano el palo de Bartolo lo
examin con curiosidad unos instantes.

--Lindo palo, en verdad! Bien pintado; bien trabajado. Si Firmo le echa
la vista encima, milagro ser que no lo pruebe sobre tus espaldas.

Con esto se encresp de nuevo Bartolo y comenz  vociferar tantas
imprecaciones y bravatas, que su primo Quino se impacient al cabo.

--Calla, burro, calla! Arrea un poco ms y no grites que me duele la
cabeza.

Bartolo vesta al igual que Quino, el calzn corto, el chaleco y la
montera, pero todo ms viejo y desaseado. Era un mocetn robusto, de
facciones abultadas y ojos saltones. Su modo de andar tan torcido y
desvencijado que pareca que le acababan de dar cuatro palos sobre los
riones. Era Celso ms bajo y ms delgado que los otros, pero suelto y
brioso y con un aire vivo y petulante que acusaba su estancia en tierras
ms calientes que la de Asturias. Vesta igualmente el chaleco con
botones de plata, la chaqueta de pao verde y la montera de pico; pero
en vez del calzn corto y la media, gastaba an el pantaln largo y
encarnado que haba trado del ejrcito, aunque remontado ya de pana
negra por trasero y muslos. Los dos primeros, primos hermanos, habitaban
en Entralgo. El segundo en Canzana, lugar de la misma parroquia.

Caminaban los tres la vuelta de Villoria un sbado del mes de Julio,
vspera de la romera del Carmen. En vez de seguir el camino real que
por el fondo de la estrecha caada conduce  aquel lugar, haban tomado
por el monte arriba entre castaares y robledales, no tanto para
guardarse de los rayos del sol como de las miradas de los indiscretos.
Porque es de saber que los tres mozos llevaban  Villoria una embajada
extraordinaria, una misin delicadsima que exiga tanto sigilo como
diplomacia. Sus convecinos los haban diputado para dar satisfaccin 
los mozos de Riomontn, de Fresnedo y de la Braa. stos, como todos los
de la parroquia de Villoria, eran sus aliados, pero estaban con ellos
desabridos desde haca algn tiempo. El motivo del desabrimiento no
poda ser ms justo. En una romera que se celebraba en lo alto de los
montes que separan los concejos de Laviana y Aller los vecinos de
aquellos altos vinieron  las manos con los de Aller por cuestiones de
pastoreo. Algunos mozos de Entralgo, que all estaban, no quisieron
tomar parte en la reyerta: se retiraron dejando solos y apaleados  los
de Fresnedo. Desde entonces stos no quisieron tomar parte con los de
abajo en sus rias con los de Loro. Su ausencia haba ocasionado ya ms
de una derrota  los de Entralgo. Porque si no sumaban mucho los de
Fresnedo y Riomontn, eran sin duda los ms recios y esforzados.

Salieron por fin  las cumbres desnudas despus de caminar buen rato
entre el follaje de la arboleda. Detuvironse un instante  tomar
aliento y volvieron la vista atrs. Desde aquella altura se descubra
gran parte del valle de Laviana, que baa el Naln con sus ondas
cristalinas. Por todas partes lo circundan cerros de mediana altura como
aquel en que se hallaban, vestidos de castaares y bosques de robles,
tupidos unos, otros dejando ver entre sus frondas la mancha verde, como
una esmeralda, de algn prado. Por detrs de estos cerros se alzan hasta
las nubes las negras moles de la Pea-Mea  la derecha con su fantstica
crestera de granito, de la Pea-Mayor  la izquierda, ms blancas y ms
suaves aunque no menos enormes. Por el medio del grandioso anfiteatro
corre el ro.  entrambas orillas se extiende una vega ms florida que
dilatada, donde alternan los plantos de maz con las praderas; unos y
otros cercados por setos de avellanos que salen de la tierra semejando
vistosos ramilletes. El Naln se desliza sereno unas veces, otras
precipitado formando espumosa cascada; pero en todas partes tan puro y
cristalino que se cuentan las guijas de su fondo.  ratos se acerca  la
falda de los montes y en apacible remanso medio oculto entre alisos y
mimbreras les cuenta sus secretos;  ratos se adelanta al medio de la
vega y marcha soberbio y silencioso reflejando los plantos de maz.

--Mirad, mirad cmo ahuma el techo de mi casa--exclam Bartolo sealando
al fondo.

--Sin duda la ta Jeroma te prepara la borona. As te has criado t tan
rollizo--repuso Celso bromeando.

Entralgo estaba en efecto  sus pies. Era un grupo de cuarenta 
cincuenta casas situado entre el ro Naln y el pequeo afluente que
vena de Villoria,  la entrada misma de la caada que conduce  este
pueblo. Por todas partes rodeado de espesa arboleda en medio de la cual
parece sepultado como un nido. Sobre el pequeo cerro que lo domina, en
una meseta, est Canzana, lugar de ms casero, rodeado de rboles,
mieses, prados y bosques deliciosos. Slo vean de l las manchas rojas
de sus tejados; tanto le guarnecen los emparrados de sus balcones y los
frutales de sus huertas. Estos dos lugares, con otros cuatro  cinco
pequeos caseros distribudos por los cerros colindantes, constituan
la parroquia.

El concejo de Laviana est dividido en siete. La primera, segn se viene
de la mar por los valles de Langreo y San Martn del Rey Aurelio, es
Tiraa, la segunda la Pola, capital y sede del Ayuntamiento; enfrente de
sta Carrio, ms all Entralgo y detrs de l, en los montes limtrofes
de Aller, Villoria, la ms numerosa de todas. Por ltimo, en el fondo
del valle,  cada orilla del ro, estn Loro y Condado. All se cierra
y slo por una estrecha abertura se comunica con Sobrescobio y Caso.

La juventud de las cuatro ltimas rivalizaba desde tiempo inmemorial en
gentileza y en nimo. De un lado Entralgo y Villoria: del otro, Loro y
Condado. Las tres primeras estaban descontadas: Tiraa por hallarse
demasiado lejos; la Pola porque sus habitantes, ms cultos, ms
refinados, se crean superiores y despreciaban  los rudos montaeses de
Loro y Villoria; Carrio por ser la ms pobre y exigua del concejo.

Despus de reposar un instante los tres embajadores prosiguieron su
camino por las cumbres que seorean el riachuelo de Villoria. Bartolo
iba delante con marcha tortuosa y derrengada.

--Mralo, mralo!--exclamaba Celso con extico acento.--Qu morrillo
sabroso luce el maldito! qu buenas piernas! qu nalgas!... Bien se
conoce que la ta Jeroma no tiene otro pichn que cebar... Vaya un
pimpollo!... Me han dicho que todas las maanas le unta de manteca
fresca para que est suave y reluzca...  ver, Bartolo...

Y se acercaba  l y le pasaba con delicadeza la mano sobre la cerviz.
Bartolo grua.

Estaba Celso en vena de humor jocoso y bromeaba imitando, en cuanto le
era posible, el acento, la desenvoltura y el donaire que haba admirado
en sus compaeros de cuartel all en Sevilla. Era su dulce mana. Desde
que llegara del servicio, haca ya cerca de un ao, haba mostrado tanto
apego  los recuerdos de su vida militar, como horror y desprecio  las
faenas agrcolas, en que por desgracia haba vuelto  caer. Hasta
afectaba haberlas olvidado y desconocer el nombre de algunos
instrumentos de labranza. Por esto sufra encarnizada persecucin de su
abuela. Terrible mujer la ta Basilisa! Un da, porque se le olvid el
nombre de la hoz, le rompi el mango sobre las costillas. Y hasta la
misma guitarra portuguesa con un gran lazo verde que haba trado de
Crdoba corri grave peligro de ir al fuego entre las astillas si 
tiempo no la esconde en casa del to Goro, su vecino. No hay para qu
decir que Celso odiaba de muerte los puches de harina de maz, el pote
de nabos, las castaas, y en general todos los alimentos de la tierra,
que consideraba harto groseros para su paladar meridional. En cambio
chasqueaba la lengua con entusiasmo al referir  sus amigos los
misterios sabrossimos del gazpacho blanco, las _poles_ con azcar, las
aceitunas _alis_, las naranjitas y la mojama.

--Mal rayo!--prosigui escupiendo por el colmillo como un gitano de
pura sangre.--Sabes, nio, lo que yo hara en tu caso el da que la ta
Jeroma cerrase el ojo?... Pues metera en un cinto esa gran calceta de
peluconas que tiene guardada, comprara un jaco extremeo y no parara
hasta dar vista  la Giralda. Y all venga de caitas de manzanilla, y
venga de pescado frito, y de aceitunitas y alcaparrones!... y venga de
aqu! _(batiendo las palmas)_ y venga de all! _(moviendo las piernas)_
y sobre todo venga de serranitas _sals_ como las pesetas. Yo te
certifico, grandsimo zngano, que antes de un mes no te pesaran tanto
las nalgas como ahora... Ay, nio, si hubieses conocido  la
Carbonerilla!... Gach, qu mujer!... Vena con su madre  recoger la
ropa de la compaa porque eran lavanderas. El sargento la echaba
piropos y el furriel de mi escuadra no la dejaba ni  sol ni  sombra.
Pero ella prefera al gallego... El gallego era yo, sabis? All nos
llaman gallegos  los de ac. Un domingo por la tarde salimos juntitos
orilla del Guadalquivir por aquellos campos y merendamos en un
ventorrillo, y yo me puse como una uva. Vaya una tardecita _aprovech!_
Cuando volvamos nos tropezamos en el camino con el furriel. Ya podris
presumir cmo se le pondra el hgado. El hombre nos salud muy corts y
se acerc  nosotros; pero al poco rato, como necesitaba escupir la
bilis, sobre si yo haba dejado por la maana las tablas del camastro
arrimadas  la pared  en el suelo, me larg una bofetada... All
vierais  la Carbonerilla hecha una leona fajarse con l  pescozones.
Pin pan! de aqu, Pin pan! de all... En fin, que el hombre se vi
negro para librarse de sus uas...

 Celso se le haca la boca agua contando estas aventuras romnticas y
las enjaretaba una tras otra sin dar paz  la lengua. Sin embargo, Quino
marchaba preocupado, distrado. Nunca haba concedido mucho valor  la
charla de su amigo. Era hombre prctico, saba adaptarse al medio y
donde el otro no vea ms que tristeza y pena saba l libar la dulce
miel de la voluptuosidad. Pero ahora, bajo el temor de una paliza,
encontraba las mentiras de su compaero mucho ms insustanciales.

--Sabis lo que os digo?--profiri al cabo levantando la cabeza.--Que
si Nolo de la Braa no quiere esta noche manejar el palo, podemos
encomendar nuestras espaldas al Santo Cristo del Garrote.

--La verdad es, chiquillo--repuso Celso ponindose serio tambin,--que 
Nolo le zumba el alma con el palo en la mano.

--Que si le zumba!--exclam Quino aceptando, sin comprenderlo, el
lenguaje pintoresco de su amigo.--Habas de verlo desenvolverse como yo
le he visto el ao pasado en la romera del Otero. Tena seis hombres
encima de s y no de los peores de Rivota. Pues no les volvi la cara,
ni creo que la hubiera vuelto aunque fuesen doce. Qu modo de
revolverse! qu modo de brincar! qu modo de dar palos! Veis un oso
cuando los perros le acometen despus de herido, y al primero que se le
acerca le da un zarpazo y lo tumba y los otros ladran sin atreverse 
entrar hasta que uno ms atrevido se lanza y vuelve  caer? Pues as
estaba Nolo en medio de aquellos mozos... Pero el palo restalla y se le
quiebra en las manos... Ya est perdido... Ahora si que le van  moler
las costillas!... Ca!... Ms de prisa que te lo cuento da un salto
adelante, arranca el palo  un mozo, vuelve  saltar atrs y empieza 
sacudirlo como si fuese un junco del ro. Muchachos, en verdad os digo
que era gloria el verlo!... Yo estoy en fe de que en toda la parroquia
de Villoria no hay ahora ninguno capaz de ponerse delante de Toribin de
Loro ms que l... y por qu no hemos de ser francos? tampoco en la de
Entralgo.

Bartolo dej escapar un bufido dubitativo.

--Qu grues t, burro, qu grues?--exclam Quino con rabia.--Acaso
piensas t ponerte delante de Toribin?

--No sera la vez primera.

Quino y Celso cambiaron una mirada y sacudieron la cabeza entre
irritados y alegres.

--No sera la vez primera--repiti Bartolo sin advertirlo.--Una noche
que fu  cortejar  Muera tropec con l cerca de Puente de Arco. Al
revolver el camino vi  los pocos pasos un bulto muy grande, como si
fuese un buey puesto en dos pies...--Alto!--me grit tapando el
camino.--Quin eres y adnde vas?--Soy el hijo de mi padre--respond--y
voy adonde me da la gana.--Pues por aqu no pasa nadie que no se quite
la montera y d las buenas noches.--Pues ahora va  pasar uno sin
quitarse la montera.--Quin va  ser?--Mi persona... Y revolviendo el
garrote le doy con toda mi fuerza en el brazo y le hago soltar de la
mano el suyo. En seguida le arrim tres  cuatro vardascazos en el
cogote.--Toma, para que te acuerdes del hijo de la ta Jeroma.--Pero
eres t, Bartolo?... Perdona, hombre, no te conoca. Y viene y me da la
mano dicindome:--Yo contigo nunca tuve sentimiento alguno. Siempre te
estim aunque seas de Entralgo, porque los mozos plantados y valientes
como t se estiman... vamos... y parecen bien donde quiera que
vayan.--Eso est bien hablado, Toribio--le contest,--y si hubieras,
hablado siempre as yo no hubiera alzado el garrote.

Quino y Celso, que le haban estado mirando con estupor durante el
relato, soltaron al cabo una estrepitosa carcajada. Bartolo volvi la
cabeza.

--De qu os res?

--De qu ha de ser? De ti!--respondi su primo.

--Sabes lo que te digo, Bartolo?--manifest Celso con mucha calma.--Que
si Toribin te sopla as _(y le sopl en el cogote)_ te apaga como la
luz de un candil.

Haban llegado ya  las alturas que dominan el lugar de Villoria. La
caada se ensanchaba un poco all y en las amenas praderas que el
riachuelo dejaba  entrambas orillas estaba asentado el pueblo, el ms
grande y poblado despus de la capital. No quisieron bajar  l, porque
de la fidelidad de sus campeones estaban seguros. Prosiguieron su camino
por las cumbres hacia Fresnedo, que se hallaba mucho ms alto. El sol
descenda ya un poco del cenit cuando llegaron  l.

Estaba colgado ms que plantado el casero en las estribaciones de la
gran Pea-Mea. Era tambin extendido, aunque no tanto como Villoria.
Antes de penetrar en l nuestros embajadores conferenciaron brevemente,
decidiendo ir derechos  casa de Jacinto, no tanto por ser uno de los
mozos ms recios y valientes que all habitaban, como por el parentesco
que le ligaba con Nolo de la Braa. Pero antes de trasponer las primeras
casas tropezaron con el mismo Jacinto que vena guiando un carro de
yerba. Era un hombre por la estatura, un nio por la frescura y la
inocencia esparcidas por su rostro; los ojos azules, el cabello rubio,
el cutis terso y brillante como el de una zagala. Y con esta apariencia
afeminada uno de los guerreros ms bravos de la comarca.

Detuvo el carro que chirriaba de un modo ensordecedor, y delante de los
bueyes, apoyado con entrambas manos en la vara larga que traa para
aguijarlos, escuch sonriente y benvolo la proposicin de los de
Entralgo.

--Por m ya sabis que no se queda nada. Subid  la Braa, y si mi primo
Nolo est conforme, yo tambin lo estoy.

Se dieron la mano, el carro volvi  rechinar y los embajadores
comenzaron  subir la empinada senda que conduca  la Braa. Se
encontraban ya en plena montaa. Delante la gran Pea-Mea que pareca
echrseles encima; detrs verdes praderas en declive, torrentes
espumosos, gargantas estrechas, sombra, frescura, gratos olores, un
silencio augusto y solemne que slo interrumpan de vez en cuando las
esquilas del ganado  el lejano chirrido de alguna carreta. La brisa,
cargada de aromas, templaba el rigor de los rayos solares. Repartidos
por los montes, en las mesetas y hondonadas, algunos caseros rodeados
de castaos y nogales.

Los tres viajeros se detenan  menudo  tomar aliento y se sentan
gozosos. El olor penetrante del heno les embriagaba, les haca sonreir.
El mismo Celso, enamorado de la tierra del sol y las aceitunas, no poda
sustraerse al hechizo de aquellas montaas frescas y virginales. Y la
perspectiva de lograr su propsito contribua ms que nada  ponerles
alegres.

Al cabo llegaron  la Braa. Slo se compona de tres casas asentadas
sobre una pequea meseta al pie mismo de la Pea-Mea. Cuando el to
Pacho, padre de Nolo, se haba ido  vivir all con su mujer, haca
treinta aos, no haba ms que una msera cabaa de madera. Gracias al
esfuerzo tenaz, incansable, rabioso de los dos cnyuges, aquello haba
prosperado lindamente. El to Pacho se quebraba los riones cercando y
rompiendo terreno comunal para ponerlo en cultivo, plantando avellanos,
construyendo almadreas; la ta Agustina, su mujer, cuidando el ganado,
hilando, fabricando quesos y mantecas que llevaba los jueves  vender 
la Pola. Y sin permitirse ni uno ni otro el ms insignificante regalo,
ni una copa de aguardiente, ni una onza de chocolate. Aquella vida de
esfuerzos y privaciones tuvo al fin su recompensa. Los vecinos del
llano, que disfrutaban frtiles vegas y praderas riqusimas de regado,
se dieron un da cuenta con asombro de que el to Pacho de la Braa era
el paisano ms rico de Villoria. Posea ms de treinta cabezas de ganado
mayor, casa, huerta, algunos campos extensos, muchos castaares y sobre
todo un nmero tan considerable de emparrados de avellana que le haca
recoger algunos aos cuarenta cargas de esta fruta. Y en aquella poca
vala la carga veinte duros! As que, al casarse su hijo mayor, el to
Pacho construy una casa de piedra al lado de la suya para que se
acomodase. Hizo otro tanto al casar  su hija. Y cuando  su tercer
hijo, Nolo, le toc en suerte el ir de soldado, el viejo aldeano mont 
caballo y alegre como si fuese  una romera deposit en las oficinas de
Oviedo trescientos duros en doblones de oro para redimirle del servicio.
La abundancia y la alegra reinaban en aquellas tres casas. Se trabajaba
tan firme como en los primeros tiempos; pero al soltar la azada  la
guadaa, los hombres encontraban sobre el lar la comida sazonada y
humeante, el jamn aejo, el queso fresco, la sidra espumosa. Despus de
la cena se reunan todos en casa del padre, y mientras los cuatro
hombres, sentados en tajuelas frente al fuego, departan gravemente
sobre la faena del da siguiente, la madre y la hija, hilando un poco
ms all, no perdan de vista  los nios que correteaban por la vasta
cocina. Al cabo se rezaba el rosario. Cada cual se iba despus para su
casa y tranquilos y felices dejaban caer sus miembros fatigados sobre
dos blandos colchones, tan blandos y esponjados como pudieran tenerlos
el juez de la Pola  el capitn de Entralgo.

Los enviados rodearon la huerta y desembocaron en una espaciosa
corralada abierta delante de las tres casas. En medio de ella, en mangas
de camisa y con la cabeza descubierta, estaba Nolo partiendo lea. Al
sentir el ruido de los pasos enderez el cuerpo, se apoy con una mano
sobre el hacha y los mir sorprendido. Era un mozo de veintids aos, de
elevada estatura y gallarda presencia, la tez blanca, las facciones
correctas, los cabellos negros y ensortijados, los ojos grandes y negros
tambin y de un mirar franco no exento de fiereza. Por debajo de la
abierta camisa se vea un pecho levantado de atleta. Los brazos,
redondos y vigorosos, acusando tanta flexibilidad como fuerza. Su
actitud noble y tranquila, su belleza imponente traan al recuerdo la
imagen del dios Apolo cuando desterrado del Olimpo sirvi de pastor en
casa de Admeto, rey de Tesalia.

--Bien venidos seis, amigos. Qu os trae por estos sitios tan
altos?--dijo, y arrimando el hacha al copudo castao debajo del cual
trabajaba vino hacia ellos y les apret la mano.

--El gusto de verte no vale la pena de subir tan alto?--respondi
Celso.

--No en verdad, sobre todo con tanto calor--replic Nolo.--Pero de todos
modos, bien venidos seis, os digo, porque aunque un poco enfadado con
los de Entralgo,  vosotros os estimo como  mis vecinos.

--Gracias, Nolo; sobre eso mismo te venimos  hablar--manifest Celso.

--Bien est; pero no ser mejor que antes bebamos unos vasos de sidra y
os refresquis un poco?

Los enviados cedieron con gratitud. Nolo entr en la cocina de su casa y
sali con algunas tajuelas. Sobre ellas se acomodaron los viajeros  la
sombra del rbol. No tard en llegar la ta Agustina con un jarro de
sidra.

--Madre, triganos usted tambin pan y queso y algunos chorizos, porque
stos son amigos  quienes yo estimo por encima de todos los del llano.

La ta Agustina los salud cariosamente. Cediendo  las instancias de
su hijo, se present inmediatamente con un enorme pan de escanda tan
oscuro como sabroso, y poco despus un queso fresco y chorizos,
fabricado todo de sus manos.

Cuando hubieron comido y bebido segn su apetito, Quino, el ms prudente
y el ms ingenioso de los hijos de Laviana, tom la palabra y dijo:

--Dios te guarde, Nolo, y  tus padres y  tus hermanos. San Antonio
guarde tambin al ganado que tenis en la cuadra. Amigos somos desde que
ni t ni yo levantbamos una vara del suelo y nos metamos en los
zarzales buscando nidos y cortbamos caas de saco para hacer
tira-tacos mientras nuestros padres aserraban algn haya para hacer
madreas. Que t lo eres nuestro tampoco hay que dudarlo. Slo  los
amigos se les recibe y se les convida del modo que acabas de hacerlo.
Por eso nos duele mucho que desde hace una temporada no nos ayudes en
las romeras y dejes que los de Loro nos lleven por delante, y no slo
 nosotros, sino  tus mismos vecinos de Villoria y Tolivia, que en la
funcin del Obellayo ya sabes que corrieron tanto  ms que nosotros. No
hay un solo mozo en la parroquia de Entralgo que no est en fe de que si
vosotros hubierais entrado en la gresca no se hubieran redo de
nosotros. Porque, te lo digo en conciencia, te lo digo en verdad, los de
Fresnedo y Riomontn sois la nata de Villoria, y t, Nolo, vales ms que
ninguno de ellos.

Qu respondiste t, valeroso Nolo,  tan hbil y halageo discurso?

Rechazaste con un gesto de modestia aquellas merecidas alabanzas y con
amable sonrisa, pintndose en tus ojos una suave irona, dijiste:

--Mucho me admira, amigos, que los mozos del llano, tan plantados y tan
galanes, los que cantan en las esfoyazas y echan _ijujs!_ en las
romeras y ponen el ramo  las mozas y se cran tan rollizos con las
truchas del Naln y la carne de los terneros, se acuerden siquiera de
estos pobretes de los altos. Si ellos, criados con tajadas y vino de
Toro, no pueden contener el empuje de los de Loro, cmo han de poder
estos mseros aldeanos criados con castaas y borona y el suero de la
leche?

--Lo mismo los del llano que vosotros los del monte todos conocemos el
gusto de la borona y las castaas--replic Quino.--No est bien, Nolo,
que te burles de nosotros, pues all todos te estimamos. Los de
Fresnedo, los de Riomontn, los de las Meloneras y las Bovias, lo mismo
que los de Villoria y Tolivia, todos habis sido siempre unos con
nosotros. Juntos han peleado nuestros abuelos, juntos nuestros padres y
juntos hemos estado tambin nosotros siempre cuando llegaba el caso de
andar  garrotazos. Por qu ahora andamos apartados? Por un pique que
no merece la pena de mentarse, por una miseriuca...

Qued serio repentinamente Nolo. Sus ojos adquirieron una expresin
altiva y desdeosa, y mirando por encima de las cabezas de los enviados
hacia lo alto profiri con voz firme:

--No has faltado  la verdad, Quino, cuando has dicho que siempre hemos
estado juntos en las bullas. Los del alto nunca echamos el cuerpo fuera
mientras se reparta lea y  nosotros nos ha tocado tanta  ms que 
vosotros. En la romera de Loro el ao pasado molieron sobre m unos
mozos como si estuvieran trillando trigo. En ms de una semana no pude
hacer labor alguna porque estaba derrengado.  mi primo Jacinto le
dejaron en Rivota ms blando que un higo. Ni para dar ni para recibir
garrotazos hemos tenido duelo de nuestros huesos... Pero s has faltado
 la verdad al decir que estamos apartados por una miseria. Cmo? Es
una miseria el dejar  uno solo cuando ms necesita de la ayuda de los
amigos? Al comenzar la jarana con los de Aller haba sobre la campera
ms de veinte mozos de Entralgo y Canzana. Un minuto despus ya no haba
ninguno. Dnde se metieron? Si os llamis amigos nuestros, por qu no
lo demostris cuando llega el caso? Pensis que los palos de los de
Aller no duelen como los de Lorio?  es que solamente somos amigos
cuando nos encontramos all  la orilla del ro, y ac sobre los picos
ya no nos conocemos?

A medida que hablaba, Nolo se haba ido exaltando. Las mejillas se le
haban encendido, los ojos brillaban: la ira haca estremecer sus
labios.

No las razones sutiles y el arte y el ingenio de Quino, no las bromitas
saladas de Celso ni las splicas ardientes del temerario Bartolo
consiguieron aplacar la clera del hroe de la Braa. Estaba resuelto 
no tomar parte ahora ni nunca en las contiendas de los de abajo.

--Pero si t no quieres ayudarnos, tampoco querrn los de
Fresnedo--apunt Quino.

--Yo hablo por m. Los dems que hagan lo que les parezca--repuso Nolo
alzando los hombros con desdn.

Guardaron silencio los enviados. Al cabo, profundamente tristes, se
vieron obligados  despedirse. Antes de partir, Nolo les ofreci otro
vaso de sidra que bebieron pensativos y callados.

--De todos modos--manifest aqul sonriendo de nuevo--hasta luego!

--Se supone! Ya tienes en la lumbrada quien te aguarde, grandsimo
zorro--exclam el chispeante Celso metindole el palo por el vientre 
guisa de caricia.




II

La lumbrada.


Cuando los diputados llegaron  Entralgo, el sol haba traspuesto ya las
colinas por el lado de Canzana. Reinaba extraa y gozosa animacin en el
lugar. Linn de Mardana, uno de los criados del capitn, acababa de
traer la ltima carga de tojo y rgoma. El montn, situado en uno de los
ngulos de la plazoleta, era en verdad enorme, imponente. En torno de l
saltaba y voceaba un enjambre de chiquillos.

La casa del capitn, que aquellos cndidos aldeanos solan llamar
palacio, era un gran edificio irregular de un solo piso con toda clase
de aberturas en la fachada, ventanas, puertas, balcones, corredores,
unos grandes, otros chicos; de todo haba. Pareca hecho  retazos y por
generaciones sucesivas. Los corredores, con rejas de madera, estaban
adornados con sendas cortinas de pmpanos entre los cuales maduraban
unas uvas dulces y exquisitas que D. Flix estimaba ms que  las nias
de sus ojos. La plaza que se abra delante de este edificio era el sitio
ms amplio y desahogado del pueblo. Y por eso y por el respeto carioso
que su dueo inspiraba el destinado desde tiempos antiguos para los
recreos del vecindario.

Sentados bajo los corredores  recostados contra la tapia de la pomarada
haba ya muchos grupos de hombres y mujeres.  uno de estos grupos,
compuesto de jvenes de veinte  veinticinco aos, se acercaron los tres
embajadores para comunicarles la negativa inflexible de Nolo de la
Braa. Sus corazones se llenaron en seguida de tristeza y consternacin,
presagiando horribles desastres.

Por el medio cruzaban  cada instante buhoneros, tenderos, vendedores de
vino y sidra que, alojados ya en las casas de algunos vecinos, llevaban
sus mulas  beber al ro. Y entre las mozas trashumantes y los jvenes
indgenas se cambiaban frases ms  menos galantes y bromitas ms 
menos ingeniosas. Sobresala entre todos por la malicia, tanto como por
el donaire, un hombre que se hallaba sentado  la puerta misma de la
casa. De treinta y cinco  cuarenta aos de edad, flaco, rasurado al
estilo campesino, dejando no obstante unas cortas patillas por bajo de
las sienes para sentar que no lo era, de ojos pequeos y aviesos que
bailaban constantemente de un lado  otro en busca de alguna vctima, de
pelo ralo y labios finos contrados por sonrisa burlona. Su traje no era
de aldeano ni de caballero: chaqueta de pana, pantaln largo, botas
altas y sombrero de fieltro: colgando por encima del chaleco una gran
cadena de plata para el reloj. Llambase Pedro Regalado. Proceda de
Villoria: haba ido al servicio: lleg  sargento: cuando vino hizo la
corte al ama de llaves del capitn: se cas con ella: D. Flix le hizo
su mayordomo. Gracias  esta posicin gozaba de preeminencia entre el
paisanaje, al cual perteneca por el nacimiento y al cual no trataba con
excesiva consideracin. Galanteador sempiterno, rendido adorador del
bello sexo, su digna esposa la buena D. Robustiana sufra con l la
pena negra, necesitando vivir noche y da alerta para desbaratar sus
planes artificionos de seduccin. El tiempo que le dejaban libre sus
ocupaciones, que era la mayor parte del da, pasbalo sentado  la
puerta de la casa en la misma forma que ahora, recrendose en dar vaya 
cuantas personas cruzaban por delante  en piropearlas si el transeunte
acertaba  ser alguna zagala fresca y sonrosada. Por eso se le tema y
se le hua como  mosca de cuadra. Algunos, vindole de lejos, solan
volver los pasos atrs y dar un rodeo para ir al ro   la fuente.

--Eh! eh! mozos--grit desde su silla al grupo de jvenes que se
hallaba enfrente al lado de la tapia de la pomarada.-- que os huele la
cabeza hoy  roble   espino?

Los chicos, entre los cuales se hallaban Quino, Celso y Bartolo, le
dirigieron una mirada de soslayo y no se dignaron contestar.

--Sabis lo que yo hara en vuestro caso ahora mismo?--prosigui en
alta voz.--Pues me ira  casa, comera los puches, orinara y me
metera en la cama......Porque es triste que le anden  uno con las
costillas en da tan sealado. Si maana fuese da de trabajo, vaya con
Dios. Que segara el diablo por uno! Pero teniendo que mascar la torta
por la maana y las rosquillas por la tarde y ponerse el chaleco
floreado y la montera de los das de fiesta, no parece bien llevar las
espaldas rameadas de vardascazos. T, Quino, cmo te vas  presentar
delante de Telva con un chichn en la frente? Y t Bartolo, con qu
garbo vas  bailar en la romera si te dejan ms derrengado de lo que
ests?

Iba  responder ste, acometido de sbita indignacin, pero Quino,
ilustre siempre por su prudencia, le sujet por la manga de la camisa
diciendo en voz baja:

--Djalo! djalo! Es peor.

Se hicieron, pues, los suecos. Regalado prosigui su monlogo que haca
volver la cabeza y sonreir  los que estaban cerca. Afortunadamente
para los mancebos acert  cruzar por all con un caldero en la mano
Maripepa. Era sta una mujer de cuarenta aos lo menos, fea, coja,
desdentada,  pesar de lo cual no haba en Entralgo zagalilla ms pagada
de su beldad. Regalado se finga enamorado profundamente de sus gracias,
la segua, la requebraba y  veces le daba tambin serenata  la puerta
de su casa con la flauta, pues era diestro taedor de este instrumento.
Maripepa haba llegado  creer en su pasin, y aunque no la alentaba,
porque el mayordomo de D. Flix era casado, la agradeca mostrndose con
l afectuosa y compasiva. Los vecinos encontraban la broma sabrosa. En
vez de desengaar  la pobre mujer, la enredaban ms en ella. Fcil es
que aunque tratasen de impedirlo no lo consiguiesen; porque la
presuncin y simpleza de la coja eran realmente increbles.

--Aqu est lo que yo esperaba!--exclam Regalado en alta voz.--Nada
ms que para esto he pasado tres horas sentado, dejando mis labores
abandonadas. Pero todo lo doy por bien empleado porque al cabo logr ver
 la gracia de Dios.

--Vaya, vaya, djeme usted en paz que tengo prisa. Pero no se mova.
Plantada en medio de la plazoleta, con el cuerpo entornado por la cojera
tanto como por el peso de la vasija, estirado el cuello rugoso y la
oscura boca abierta para sonreir, pareca aquella mujer un endriago.

Regalado se levant de la silla y vino hacia ella y comenz  hablarle
en voz baja para mostrar reserva. Maripepa, agradecida,  esta
deferencia, le responda en voz baja tambin. Parecan dos enamorados
abstrados del resto del mundo. Todos los rostros estaban vueltos hacia
ellos. En cada grupo se comentaba con reprimida algazara aquel coloquio
de amor.

Pero he aqu que de uno de ellos sale una voz gritando:

--Maripepa, que ah viene Pacha!

Oirlo aqulla y emprender rauda carrera, todo lo rauda que le consenta
su pierna defectuosa y el peso que llevaba, fu todo uno.

En efecto, una mujer de bastante ms edad, aunque no tan fea, vena
corriendo hacia ellos. Era su hermana mayor, la cual crea tambin en la
pasin de Regalado, pero que lejos de alentarla se mostraba exasperada,
furiosa. Pas como un torbellino en persecucin de la incauta doncella
gritndole con acento amenazador:

--Aguarda, aguarda; yo te arreglar, grandsima pcara!

Los vecinos se retorcan de risa. Nadie saba cul de las dos mujeres
era ms simple. Solteras ambas, vivan juntas, mantenindose de una
escasa labranza y del trabajo de Maripepa que era habilsima tejedora.
Todo lo que hilaban las mujeres en Entralgo y Canzana lo converta ella
en tela. Pacha, que le llevaba diez  doce aos, cosa por las casas y
ejerca el mando de la suya. Pero lo que le daba ms que hacer, lo que
la tena inquieta siempre y recelosa era la guarda de Maripepa, una nia
que no acababa de sentar la cabeza. Siempre vigilante, siempre detrs de
ella  fin de que no cayese en las redes que por todas partes le tendan
sus apasionados. Porque no slo era Regalado quien osaba turbar su
cndido corazn. Otros haba que, guiados del mismo frenes, le ponan
claveles en la ventana, plantaban ramos delante de su casa y le cantaban
al odo lisonjas y requiebros Dios sabe con qu torpes fines.

El jocoso mayordomo iba  caer de nuevo sobre el grupo de jvenes
guerreros cuando por el camino del ro, desembocando ya en la plazuela,
vi llegar  Eladia con una herrada sobre la cabeza. Era una joven de
tez morena y no desprovista de gracia.

--Adis, Eladia, hija ma. Saluda  los amigos, mujer. No s por qu te
pones tan seria cuando est Quino delante.

--Adis. Yo no me pongo seria--manifest la joven ponindose no slo
seria sino encrespada.

--Si ests enojada porque haya salido hoy del pueblo, puedes
tranquilizarte. No ha tomado el camino de Canzana: yo mismo le he visto
seguir el de Villoria.

La joven se puso roja como una amapola y con semblante airado respondi
encarndose con el mayordomo:

-- m no me importa el camino que toman los dems. Eso queda para usted
que pasa la vida fisgando cuanto entra y cuanto sale y averiguando lo
que hay y lo que no hay.

Quino haba festejado por mucho tiempo  aquella joven, su vecina, y an
segua festejndola con intermitencias; pero su corazn inconstante
volando hacia cuantas bellas acertaba  encontrar le causaba mil
tormentos. Ultimamente se haba prendado de una nia de Canzana, llamada
Telva, y por ella la tena casi olvidada. El dardo de Regalado la haba
herido, pues, en lo ms vivo.

--No te enfades, mujer. Porque te quiero bien y me pesa que tomes
disgustos sin motivo es por lo que te he prevenido. No faltara alguno
que te fuese con el cuento desfigurando lo que ha pasado...

--Vuelvo  decirle--replic la joven con ms ira todava,--que todo lo
que usted me cuenta me tiene sin cuidado. Ms que pasar la vida sentado
en una silla metindose con todo el que pasa, le estara mejor ocuparse
en sus labores... Pero como est usted ocioso, bien comido y bien
bebido, salta y brinca como el ganado cuando tiene lleno el pesebre.
Ah, Cristo, si usted majara terrones como en otro tiempo, qu poco se
cuidara de los que van  su trabajo!...

D. Robustiana, que haba odo las ltimas palabras de la chica, se
present  la puerta de la casa.

--Pero, hombre, que siempre te has de entretener en mortificar 
cuantos cruzan por aqu!... No le hagas caso, Eladia, hija ma; cuanto
ms enfadada te vea, ms gusto le has de dar.

--Ya, ya!... Todo es que est muy holgado. Cuando el diablo no tiene
qu hacer, con el rabo espanta las moscas.

Regalado se mostraba gozoso al ver tan irritada  la muchacha. Los dems
rean.  D. Robustiana le costaba trabajo igualmente reprimir una
sonrisa. Le hacan mucha gracia las bromas de su marido, aunque por
naturaleza fuese mujer de carcter apacible y bondadoso. Tena alguna
ms edad que l y era gorda y vesta al mismo tenor, un traje intermedio
ni de seora ni de aldeana.

Alejse Eladia murmurando. Quino haba desaparecido. Poco  poco tambin
fueron abandonando la plazoleta cuantos en ella haba, pues la noche iba
cerrando y la cena les esperaba. Al cabo Regalado se levant y tomando
la silla se introdujo con ella en casa y cerr la puerta.

Por espacio de una hora todo qued en silencio. De pronto se oy del
lado de all del ro en el camino de la Pola el estampido de un cohete.
Un estremecimiento de jbilo cruz por las casas del lugar. Los nios
saltaron de sus asientos sin querer terminar la cena: los grandes
salieron tambin  la puerta con el bocado en los dientes. No tard en
percibirse el dulce, lejano son de la gaita.

--Ya estn pasando la barca!--gritaban los chiquillos.

Para comunicarse con la Pola el pueblo de Entralgo no tena puente. Se
necesitaba subir dos kilmetros ro arriba para hallar uno de piedra de
antiqusima construccin. Y como era molesto el rodeo, los vecinos de la
parroquia y tambin los de Villoria utilizaban una barca.

El estampido de los cohetes se fu aproximando y los sonidos de la gaita
hacindose ms claros. Cuando el grupo de gente de la Pola, en cuyo
centro venan el gaitero y el tamborilero, desembocaron en la plazuela,
se hallaba ya sta poblada de hombres, de mujeres y nios, aunque
todava predominasen stos. Linn de Mardana se dirigi con su tridente
 la gran pirmide de rgoma, tom de ella una razonable cantidad, la
coloc en el centro y di fuego. Una inmensa hoguera se produjo
instantneamente. Sus chispas volaron por el aire como estrellas
filantes. Un grito de entusiasmo se escap de todos los pechos.  este
grito se uni el redoble del tambor y las agudas notas de la gaita. Los
rostros iluminados por aquella viva luz resplandecan de placer. Todos
hablaban, todos rean formando gozosa algaraba. Al poco rato comenzaron
 desembocar por el camino de Canzana numerosos grupos de este pueblo
que se unan  los de abajo: las mozas buscaban  las mozas: los viejos
 los viejos. Algunos jvenes comenzaron  saltar bravamente por encima
de la hoguera valindose de sus largos palos. Unos lo hacan bien y eran
aplaudidos: otros se chamuscaban un poco y excitaban risa y algazara.

Pronto se organiz el baile. Prximos  la lumbrada se colocaron en dos
filas los mozos y las mozas y viva y concertadamente cada cual frente 
su pareja comenzaron  bailar. Entre ellas y ellos haba extremados
bailarines. Mas entre todos como el roble entre los maces descollaba
nuestro famoso Quino. Qu garbo! qu bro! qu variedad increble de
figuras! Los ojos una vez posados sobre l, no queran apartarse. Pero
quin es su pareja? Quin ha de ser? Telva, Telva de Canzana, que
orgullosa de su triunfo no le cae la sonrisa de la boca, mientras su
afligida rival, la pobre Eladia, se mantiene oculta en el rincn ms
oscuro de la plazuela!

En torno del baile se haba agrupado mucha gente. Para hablarse
necesitaban gritar, porque el ruido del tambor y la gaita y las
castauelas era ensordecedor. De vez en cuando se produca viva
llamarada en uno de los ngulos de la plazoleta, suba un cohete y
estallaba en el aire. Era Celso, quien, despreciando el bailoto por
grosero y prosaico, se entretena en dispararlos rodeado de nios. Tanto
ruido y algazara fu causa de que no se advirtiese en un principio la
llegada de la juventud de Loro y Condado. Se presentaron en gran
nmero, silenciosos, fatdicos. En vez de acercarse  la lumbrada y
tomar parte en el regocijo se mantuvieron lejos, en la sombra, formando
una espesa falange cuya cola  retaguardia se perda en el camino fuera
ya de la plazuela. Apoyados con ambas manos en sus largos palos de
avellano, inmviles, las picudas monteras alzando sus puntas negras y
siniestras  los resplandores de la hoguera, ofrecan un aspecto
pavoroso. Si cupiera el pavor en un corazn magnnimo, diramos que
Quino lo haba sentido. Porque al volver los ojos en una de sus
graciosas volteretas y percibir la falange de sus contrarios, dej caer
los brazos con abatimiento. Sus movimientos fueron desde entonces ms
lentos y desmayados. Pero ingenioso siempre y frtil en intrigas,
aprovech un momento de respiro en el baile para dirigirse al grupo de
sus enemigos y en tono franco y afectuoso les dijo:

--Amigos, no queris bailar? Sentadas por ah se ven todava muchas
guapas mozas que no tienen pareja. Y si os faltaran, nosotros estamos
dispuestos  cederos las nuestras.

Los de Loro respondieron con un sordo murmullo negativo. Y
permanecieron en la misma actitud retrada, imponente.

No desmay por esto el prudente Quino. Su cerebro artificioso le sugiri
al instante nuevo recurso. Pretextando un quehacer cedi la pareja  su
primo Bartolo, y hacindose escanciar dos vasos de sidra por Martinn el
tabernero, que haba colocado debajo del corredor de D. Flix algunos
garrafones para el servicio del pblico, se dirigi con ellos  Toribin
de Loro y  Firmo de Rivota, que se hallaban en primera fila y
cortsmente les invit  beber.

--Gracias--respondieron con marcada displicencia.--No tenemos sed ahora.

Entonces Quino comprendi que el asunto se pona serio. Ech una mirada
en torno. Vi que de Villoria haba acudido poca gente: de los altos,
ninguna: de Canzana mismo faltaban los ms aguerridos. Y sinti cierto
malestar muy explicable, que nadie por supuesto confundir con el miedo.

Pocos en aquel jolgorio gozaban tanto, sin embargo, como el capitn D.
Flix, cya era la casa ante la cual arda la lumbrada. Bajo y menudo de
cuerpo, facciones agraciadas, cabellos grises y ojos extremadamente
vivos, podra juzgrsele por hombre de cincuenta aos, aunque pasaba
bien de sesenta. Con risa y ademanes verdaderamente juveniles, andaba de
grupo en grupo animando  las doncellas y ofrecindoles confites,
embromando  los viejos, comunicando  todos la franca alegra que
rebosaba de su alma. Cuando Linn se descuidaba en atizar la hoguera, l
mismo le arrebataba el tridente de la mano y echaba sobre ella una gran
porcin de rgoma. Cuando el gaitero y el tamborilero desmayaban, haca
qu sus criados les sirviesen vino; y algunas veces tambin corra al
sitio donde se hallaba Celso y disparaba en su lugar algunos cohetes con
tal precipitacin que no andaba lejos de abrasarse y abrasar  los que
estaba cerca. Porque era extraa y sorprendente la impetuosidad que
aquel caballero imprima  sus movimientos. Vesta levita de pao
oscuro, pantaln ceido con trabillas, chaleco de terciopelo labrado y
alto cuello de camisa con corbatn de suela: sobre la cabeza un gorro de
terciopelo.

All lejos, arrimadas  la puerta de su huerta, acert  ver dos zagalas
 quienes la luz de la hoguera iluminaba el rostro de lleno. Ningn otro
alumbraba ms hermoso en aquel momento. Una de ellas era alta y
corpulenta, los cabellos rubios, la tez blanca, donde lucan unos
grandes ojos negros como dos lmparas milagrosas. Sus facciones de
pureza escultrica, su hermosa frente erguida con arrogancia y la grave
serenidad de su mirada, no exenta de severidad, traan  la memoria la
clebre cabeza de la Juno de Ludovisi. Ceale la garganta triple sarta
de corales que manchaban de rojo su pecho de nieve. Vesta dengue de
pao negro con ribetes de terciopelo[1], justillo encarnado y camisa de
lienzo blanco. La otra formaba con ella vivo y gracioso contraste.
Bajita, morena, sonriente, con unos ojos que le bailaban en la cara y
tan sueltos ademanes que su cuerpo no tena punto de reposo.

Estaban cogidas de la mano y se hablaban con extraordinario afecto,
abstradas enteramente de la algazara que en torno suyo reinaba. La
primera se llamaba Demetria: era de Canzana, hija de la ta Felicia, que
all se encontraba sentada con otras mujeres, y del to Goro, que fumaba
tranquilamente su pipa departiendo con algunos vecinos. La segunda se
llamaba Flora: era de Loro: no tena padres: viva con sus abuelos,
molineros y colonos del capitn,  quien ste otorgaba bastante
proteccin. Mantena desde muy nia amistad con D. Robustiana, y tanto
por esto como por la que  sus abuelos profesaba D. Flix, sola pasar
algunas temporadas en Entralgo. Demetria  pesar de su estatura no tena
ms que quince aos. Flora haba cumplido ya diez y ocho. Ni la
diferencia de edad ni la oposicin de caracteres haban impedido que
estuviesen unidas por tiernsima amistad. Tal vez el contraste mismo de
su naturaleza la favoreciese. Flora aprovechaba cuantas ocasiones se le
presentaban para subir  Canzana y visitar  Demetria. sta haca
frecuentes excursiones  Loro. Y cuando otra ocasin no se ofreca,
veanse los jueves en el mercado de la Pola.

Cerca de ellas, sentadas en el suelo, haba un corro de cuatro
mujerucas, las cuales cuchicheaban desaforadamente, dirigiendo miradas
penetrantes  todos lados. Eran las _sabias_ del lugar. La ta Jeroma,
madre de nuestro diputado Bartolo; la ta Brgida, su prima hermana y
madre del prudente Quino; Elisa, joven de veinticinco aos, recin
casada, con temperamento y aficiones de vieja, y que por tenerlas todas
hasta fumaba como ellas cigarrillos envueltos en hojas de maz; por
ltimo, la vieja Rosenda, una mujer que viva sola en un hrreo[2] y que
algunos tenan por bruja. Todas las vidas, todos los sucesos hasta los
ms nfimos de la parroquia pasaban uno  uno por el tamiz de aquel
corro y salan desmenuzados y cribados, reducidos casi al estado
atmico. Varias veces haban entornado la vista hacia nuestras zagalas,
y despus de hablarse al odo sonrean con malicia. Al fin la vieja
Rosenda les dirigi la palabra.

--Flora!

--Qu deca usted ta Rosenda? respondi aqulla volvindose con la
presteza que la caracterizaba.

--Digo que es gusto ver cmo las zagalillas que se parecen se juntan y
se quieren.

--Y en qu nos parecemos, ta Rosenda?--pregunt Flora con tonillo
sarcstico.

--Anda! Si no os parecis en la cara, os parecis en la historia.

La graciosa morenita hizo un gesto desdeoso y se volvi hacia su amiga
sin dignarse responder.

--Qu dice esa bruja?--le pregunt aqulla.

--Que nos parecemos en la historia.

--Y por qu dice eso?

--Qu s yo!--replic con enfado Flora.

El corro de mujerucas, mientras tanto, rea.

D. Flix, que haba entrado en su casa y haba salido rpidamente con
dos envoltorios de papel en las manos, se acerc  las jvenes en aquel
momento.

--Vengo  ofreceros estos cartuchitos de caramelos y lo hago con cierto
temor, porque no estoy seguro de que os gusten. Es tan raro que  las
nias les agraden los dulces!

Flora y Demetria tomaron riendo los cucuruchos que les ofreca el
capitn y le dieron las gracias.

D. Flix las contempl un instante con admiracin y exclam sacudiendo
la cabeza:

--Qu hermosas sois, hijas mas! qu hermosas sois! Quin se volviera
 los veinte aos!

Las doncellas se ruborizaron.

--Y cmo es que estas rosas del valle, estas cerecitas maduras, no
quieren bailar en una noche como esta?

--Nos agrada ms charlar un poco, ya que pocas veces tenemos el gusto de
vernos reunidas--replic Demetria apretando tiernamente la mano de su
amiga.

--Es dulce y agradable para una zagalita el contar  otra sus
secretillos y aun las menudencias de su vida... Has lavado ayer?...
Cundo te has comprado esos corales?... Estuvo _aqul_ en tu casa el
sbado?... Pero es mucho ms agradable bailar un rato con el galn
preferido.

--Hasta ahora es usted, D. Flix, el primer galn que se ha acercado 
nosotras, y aunque nos ha regalado con caramelos, no he visto que nos
convidase  bailar--replic Flora con desenvoltura.

--Qutame cuarenta aos de encima de los hombros, querida, y hasta que
el gallo cante me tendrs dando vueltas como un trompo alrededor de
ti... Pero no me quites nada... Vas  ver si con los que tengo 
cuestas todava puedo moverme. Andando, prenda!

Y tomando de la mano  la desenvuelta morenita la llev hasta la fila de
los bailarines, en los cuales se produjo un movimiento de sorpresa y de
gozo.

--Viva D. Flix!... Viva el capitn!--exclamaron muchos.

Y las viejas que estaban acurrucadas se pusieron en pie y los viejos que
departan all lejos se acercaron.

El capitn se coloc en fila con los dems y se puso  bailar con tal
primor y tan concertadamente que pocos entre los jvenes pudieran
competir con l. Y en verdad que era espectculo raro y gozoso  la vez
el contemplar  aquel anciano moverse con tal agilidad y donaire.
Ninguno ms suelto y elegante. La precisin y cadencia de sus pasos eran
tan perfectas que en esto, ya que no en el bro, sacaba ventaja  los
dems. Los jvenes palmoteaban.  algunos viejos se les saltaban las
lgrimas recordando sus tiempos de juventud. El to Goro deca
sentenciosamente dando chupetones  su pipa:

--ste es el baile antiguo, muchachos!... As se bailaba en nuestro
tiempo. Miradlo bien... Reparad los pasos... Eh, qu tal?... Pierde
alguna vez el comps don Flix? La moda que habis trado de Langreo
ser muy linda en verdad, pero  m no me agrada porque con tanto salto
y tanto taconeo ms que bailando parece que estis trillando la mies.

As habl el to Goro de Canzana, y el coro de viejos y viejas que le
escuchaba aplaudi calurosamente su discurso.

Sin embargo, el anciano capitn sudaba ya por todos los poros del
cuerpo. Sus fuerzas mermaban  ojos vistas. Mas antes que confesarlo
hubiera cado exnime  los pies de su pareja. sta vino en su ayuda con
gracioso disimulo.

--D. Flix, ya no puedo ms. Busque otra pareja porque he trajinado
todo el da y mis pobres piernas se estn llamando  engao.

El capitn agradeci la hipocresa y tomndola cariosamente de la mano,
la condujo otra vez al lado de Demetria. Entonces fu cuando acert 
ver entre la muchedumbre la negra silueta de D. Prisco, el cura de la
parroquia. Se fu como un cohete hacia l.

--Pero estaba usted aqu y no me avisaba! Vamos all.

--Vamos all--respondi sordamente el clrigo, que era un hombre de poca
menos edad que l, bajo, rechoncho, nariz gorda y ojos saltones.

Y sin decirse otra palabra, ambos se introdujeron en la morada del
capitn, subieron  su gabinete, encendieron un gran veln de dos
mecheros, cerraron cuidadosamente la puerta, se sentaron  una mesa
cubierta con tapete verde y, poniendo sobre l una baraja, anudaron la
partida de brisca que haca ya ms de veinte aos tenan comenzada. Todo
el mundo conoca aquella partida en el valle de Laviana. Antes dejara
el ganado de pacer sobre las verdes pradreras de Entralgo, antes las
nubes de rodar sobre la cresta de la Pea-Mea que D. Prisco y D. Flix
dejasen de ponerse el uno frente al otro con las cartas en la mano. No
era, sin embargo, la avaricia lo que les empujaba, aunque ambos pecasen
un poco por este lado. La cantidad que se cruzaba era insignificante: al
cabo de unas cuantas horas las ganancias  las prdidas sumaban cuatro 
cinco pesetas. Pero ambos presuman de consumados jugadores y lo eran en
efecto. Las fuerzas se hallaban tan equilibradas que si el militar
ganaba un da era casi seguro que al siguiente el clrigo llevara la
ventaja. Tal igualdad en la destreza les desesperaba, les enardeca,
constitua el verdadero incentivo de su incesante pelear.

Mientras ellos batallaban  solas, nuestra vivaracha Flora se vea de
nuevo expuesta  los ataques insidiosos de la vieja Rosenda.

--Mucho te quiere el capitn, Florita--le deca aqulla con sonrisa
ambigua; la misma sonrisa que se pintaba en el rostro de las otras tres
mujeres que con ella estaban sentadas.

--Por qu me ha de aborrecer? Nunca le hice dao--respondi la joven
con presteza.

--Tampoco yo le he hecho dao, y no me quiere tanto.

--Ser porque no le ha cado usted en gracia. Como dicen que se ocupa
usted en fisgar todo lo que sucede en su casa, quiz por eso no la
quiera tanto.

El dardo fu certero y lanzado con vigor. En efecto, el hrreo de la ta
Rosenda, prximo  la morada de don Flix por la parte de atrs, era
cmoda atalaya desde donde la vieja espiaba noche y da. Una verdadera
pesadilla para el capitn. Ms de cien veces haba querido comprrselo:
le ofreci un precio exorbitante; le ofreci construirle una casa. La
bruja no consinti jams en trasladarse. Aquel espionaje constitua el
mayor, quiz el nico atractivo de su vida.

Se mordi los labios con ira y respondi:

--Por eso, porque lo fisgo todo sin duda he sabido que te regala
pendientes de perlas y te da palmaditas cariosas en la cara.

La morenita se revolvi como si la hubiese picado una avispa.

--Mire usted lo que dice, ta bruja, porque si usted vuelve 
insultarme, aunque tenga pacto con el demonio y salga los sbados 
chupar la sangre de los nios, le juro por la ma que le arranco la
lengua.

Las mujeres se apresuraron  intervenir para calmarla. Demetria tambin
hizo lo posible.

--No lo tomes por donde quema, mujer--manifest Elisa, la joven sabia
que posea el arte de persuadir.--Se pueden hacer regalos y caricias sin
ninguna mala intencin. Todos sabemos en Entralgo que D. Flix te quiere
como una hija.

La compostura no agrad  la irritada zagala, que iba  responder con
acritud; pero en aquel momento dos mozos gallardos se aparecieron de
improviso, dando cortsmente las buenas noches. Jacinto de Fresnedo
estaba delante de ella y Nolo de la Braa frente  Demetria. Detrs se
perciban esfumadas en la sombra las siluetas de quince  veinte
monteras que cobijaban las cabezas de otros tantos jvenes de los altos
de Villoria. Su llegada produjo cierta sensacin en los grupos cercanos,
pero muy particularmente en nuestras zagalas, que hicieron un movimiento
de sorpresa.

--Jess, qu diablos de hombres! Me habis asustado!--exclam Flora
pasando instantneamente del enojo  la risa.

Demetria no dijo nada, pero clav sus grandes ojos lmpidos en Nolo con
expresin amorosa. ste la mir tambin con tmida adoracin. Ambos se
ruborizaron y en un rato no supieron qu decirse.

--Habis llegado un poco tarde--dijo al cabo la nia suavemente.--Ms de
la mitad de aquel montn de rgoma se ha quemado ya en la hoguera: Celso
ha disparado una nube de cohetes y los bailarines andan cerca de
rendirse.

Su voz era dulce, pastosa: su modo de hablar grave y sosegado,
trasmitiendo  los dems la calma que reinaba en su espritu.

--Desde la Braa hasta aqu hay algunos pasos--respondi Nolo con
parecido sosiego.--Tuve que bajar de la cabaa un carro de yerba y
cenamos tarde... Adems, mi madre tampoco hoy quiso dejarme marchar sin
el rosario.

--Ha hecho bien. Faltar  las oraciones por divertirse es doble
pecado... Y tu madre y tu hermana vendrn maana?

--Las dos me encargaron para ti muchos recuerdos. Mi hermana quera
venir  la misa, pero tiene  su nio un poco enfermo y acaso no podr.
Me ha dado este escapulario para que le hagas el favor de tocarlo  la
Virgen.

Demetria tom el rollito de papel donde vena envuelto y lo guard en su
seno.

Y hablaron del nio enfermo y de la faena de la yerba que haba
terminado en aquella semana y del ganado del to Pacho que Demetria
conoca como el suyo, y del perro que lo guardaba y que la quera y
agasajaba como si fuese de la familia: hablaron de cien menudencias,
pero ni una palabra de amor.

Y sin embargo, cunto se amaban! Su cario era antiguo. Databa de
cuando Demetria, nia de nueve  diez aos, iba con su padre  Pea-Mea.
Porque el to Goro posea en aquellos campos, no lejos de la Braa, una
cabaa con su establo y alrededor un prado cercado. All sola llevar
parte de sus vacas en los meses de calor: pacan el prado y las yerbas
pertenecientes  los pastos comunales del concejo de Laviana:
retirbalas al llegar el mes de Octubre. Generalmente sola dejar  su
cuidado un criadillo, pero una  dos veces por semana iba l all 
enterarse de lo que ocurra y llevar provisiones de boca al pastor. En
estas excursiones le acompaaba alguna vez Demetria cuando tena menos
aos. Ningn placer ms grande para la nia que salir con su padre antes
que rayase el alba, pasar el da entero jugando sobre aquellas montaas
y regresar  la noche cargada de zampoas, jaulitas para grillos y
huevos de buitre. Todas estas cosas y otras ms le proporcionaba Nolo,
que apacentaba las vacas de su padre cerca de las del to Goro. El
mancebo de diez y seis aos y la nia de diez se trabaron con estrecha y
cariosa amistad. Ella gozaba siguindole cuando se meta por entre los
zarzales en busca de nidos  cortaba ramas de saco para hacer flautas 
varitas finas de salguera para fabricar jaulas. l gozaba vindola
seguir con atencin el trabajo de sus manos y aplaudindolo con gritos
de entusiasmo cuando se hallaba terminado. Sentados el uno al lado del
otro sobre el menudo csped de las alturas  la sombra de alguna pea,
dejaban pasar las horas en silencio, preocupados exclusivamente del
artefacto que Nolo tena entre manos.

El ms alto goce que Demetria experimentaba era cuando el to Goro se
decida  pernoctar en la cabaa. Un da ms! Aquello de dormir vestida
entre la yerba, porque all no tenan camas, y de cocer las judas y
sazonarlas y batir los puches  picar la sopa, causaba  la doncellita
una felicidad inexplicable. El to Goro, vindola tan feliz, sonrea y
se olvidaba de que las judas no tenan sal y los puches estaban medio
crudos.

Nolo la preparaba de vez en cuando alguna sorpresa, un mirlo con su
jaula, un jilguerito, una pareja de palomas torcaces. Pero lo que le di
ms alegra, lo que hizo realmente poca en su vida, fu el regalo de un
corzo de cra que el zagal haba logrado cazar. Al ver  aquel animalito
tan lindo, tan tierno y vivo al mismo tiempo, Demetria perdi la
chabeta, daba saltos y gritos, le alzaba entre sus brazos, le besaba en
el hocico, no poda separarse un punto de l ni tena ojos para otra
cosa. De tal suerte que Nolo, al verse tan pospuesto, no saba si
alegrarse  arrepentirse de habrselo regalado. Fu gran trabajo para el
to Goro llevarlo hasta Canzana. El animalito no quera  no poda
andar: la nia no bastaba  conducirlo en brazos. Pero cuando estuvo en
Canzana se alegr de su fatiga al contemplar la dicha que embarg  su
hija durante algunos das. S, algunos das nada ms! El ingrato corzo,
alimentado con leche recin ordeada como el hijo de un caballero y
renuevos tiernos de zarzamoras que la nia iba recogiendo todo el da
por los caminos, agasajado y mimado como ningn infante lo fuera, pues
hasta se le di derecho de dormir en la misma cama que ella, quin lo
dira! se huy una tarde  los montes y no volvi  parecer ms. La pena
de Demetria no puede describirse. Su llanto, su desesperacin hubieran
conmovido  aquel monstruo de ingratitud si hubiera podido verlos, le
hubiera hecho tal vez aceptar de nuevo un yugo tan dulce. Pero no vi
nada. En aquellos momentos triscaba solitario por el monte en espera de
la noche tenebrosa y con ella de algn lobo cruel que castigara su
perfidia.

Fu el gran dolor de su vida hasta entonces; el nico quiz, pues sus
padres la criaban con melindres y regalos inusitados. Pocos das despus
experiment otro, sin embargo. Nolo, cortando una rama de castao, se
di un tajo terrible en la mano y solt mucha sangre. Demetria al verla
empalideci; concluy por desmayarse. Y cuando al salir del desmayo
observ que el joven, sin hacer caso de su herida, la haba llevado
hasta la fuente y le empapaba las sienes con agua, comenz  sollozar
perdidamente. Nolo sonrea.

Pero al acercarse el verano en el ao anterior, Demetria, que cumpla
catorce, experiment grandiosa trasformacin. La nia de formas
graciosas pero indecisas se convirti durante aquel invierno en una
joven de elevada estatura, de gallarda y noble presencia. Nolo qued
sorprendido y confuso al verla. No supo hablarle como antes. Al cabo,
irritado consigo mismo, concluy por pretextar una ocupacin y
retirarse. Demetria no volvi  parecer por la Braa. En vano el zagal
la aguard una y otra semana con valiosos regalos adquiridos  costa de
no pocos trabajos y riesgos. El to Goro apareca siempre solo. El joven
le ayudaba con solicitud en todos los menesteres que el ganado y el
cuidado de su campo exigan, procurando captarse su afecto, pero no
osaba preguntarle por ella. Poco  poco el deseo de verla se fu
convirtiendo en anhelo, luego en afn irresistible. No saba lo que le
pasaba; ni tena aliento para trabajar ni para divertirse en las
romeras. Dejaba trascurrir el tiempo tumbado sobre el csped mirando
pacer el ganado  acariciando distrado la cabeza del mastn.

Por fin lleg el otoo. El to Goro retir sus vacas. Nolo no pudo
resistir ms. Un sbado por la noche sali de casa, baj rpidamente el
camino de Entralgo, subi  Canzana y despus de rodear algunas veces la
casa del to Goro y cerciorarse de que an estaban levantados, llam
quedo  la ventana de la cocina y comenz  hablar disfrazando la voz,
como hacen all los mozos cuando salen de noche  galantear.

El to Goro se haba retirado  descansar. No estaban en la cocina ms
que Felicia hilando y Demetria concluyendo de limpiar la vajilla y
colocarla en su sitio.

--Calla!... Ya tenemos quien nos ronque  la puerta?--exclam Felicia
levantando la cabeza sorprendida y mirando  su hija con sonrisa
maliciosa.

sta se puso encarnada y replic con enfado:

--Qu est usted diciendo, madre! Ser algn vecino que se haya
equivocado.

--No, no; es  ti  quien han llamado.

--Demetria, Demetria--dijo la voz de afuera.

--Lo oyes?... Abre, hija ma, abre  ese galn, que acaso venga de
lejos y tenga necesidad de descansar un rato--manifest la madre
rebosando de orgullo.

--Yo no abro, madre. El que est ah afuera sin duda quiere reirse de m
porque soy nia.

--Demetria, abre y dame un poco de agua, que tengo sed y estoy
rendido--dijo Nolo con vozarrn de falsete.

--Pobrecillo! Por qu no le hemos de abrir?--exclam Felicia. Y
levantndose de su tajuela y con la rueca sujeta  la cintura  guisa de
lanza, se dirigi  la puerta y la abri.

--Nolo!... Pero eres t?... Cmo habamos de pensar!...

Demetria, de pie en medio de la cocina, se puso tan colorada que pareca
imposible ponerse ms. Sin embargo, Nolo se puso an ms que ella. La
ta Felicia los mir  entrambos con gozo y fu  sentarse de nuevo en
su tajuela. Los jvenes se sentaron  la par en el escao y en voz baja
y con largos intervalos de silencio comenzaron  hablarse, uno y otro
tan tmidos que en la hora que as estuvieron no se miraron una vez  la
cara.

Al sbado siguiente volvi Nolo tambin, y al otro, y al otro; en fin
todos los sbados. No hubo necesidad de declaracin de amor: el amor se
haba declarado por s mismo.

Cierta noche, al despedirse  la puerta, Demetria entreg al mancebo un
pequeo envoltorio de papel y le dijo con voz temblorosa:

--Toma; pero jrame que no has de abrirlo antes que llegues  la Braa.

Nolo jur y cumpli su juramento. Llega  su casa media hora antes, sube
 su cuarto, enciende el candil y abre el envoltorio. Dentro estaba la
cinta del justillo de Demetria, una cinta encarnada con sus herretes
dorados en los cabos. Este es el grande y tierno testimonio que las
nobles doncellas asturianas suelen dar de su amor. Nolo, embargado de
emocin, durmi con l debajo de la almohada y en la primera romera
llev la preciada cinta colgada de los botones de su chaleco.

Jacinto no era tan afortunado en sus amores. La vivaracha Flora le haca
sufrir crueles tormentos; mostrbase con l indiferente, desdeosa;
rechazaba con empeo todos los obsequios que el amartelado mancebo le
prodigaba.

-- ti no te parecer, como  Demetria, que hemos llegado
tarde--manifest Jacinto dirigindose  ella con sonrisa triste.

--T lo has dicho.  m me parece que habis llegado demasiado pronto.
Toda la tarde me han picado las moscas.

--Es que yo soy una mosca, Flora?

--No, t eres un moscn; no picas pero zumbas, zumbas sin cesar y me
mareas.

--Quieres entonces que me est callado?

--S, estate calladito y no me digas las simplezas que me ensartaste el
da pasado en Rivota.

Jacinto baj la cabeza y permaneci en pie y silencioso. Su rostro terso
de adolescente expresaba profunda tristeza. Ambos, callados y
taciturnos, contemplaron largamente la hoguera que Linn atizaba
pausadamente.

Pero la morenita concluy por impacientarse de este silencio.

--Por qu no bailas, Jacinto?

--Porque  m slo me apetece bailar contigo.

--Pues entonces puedes sentarte y esperar, porque va para largo.

--No me quieres por pareja?

--S, pero ms tarde... el da en que principies  afeitarte.

--Qu picante eres, Flora!--exclam el zagal ponindose colorado.

--No ves, querido--manifest la muchacha soltando una carcajada,--que
con esa carita tan blanca y sonrosada va  parecer que bailo con otra
mujer disfrazada?

El mancebo se sinti herido en lo profundo del alma y guard silencio.
Al cabo de un rato Flora le clav una mirada entre compasiva y maliciosa
y dijo sacando de la faltriquera un puado de avellanas tostadas y
ofrecindoselas:

--Toma: come esas avellanas,  ver si se te quita el enfado.

Jacinto las rechaz con digno ademn.

--No las quieres?... Bien, pues hars que coja un empacho, porque llevo
ya comido un celemn de ellas.

Y se puso  cascarlas con sus blancos y menudos dientes.

--No s por qu te enfadas--prosigui al cabo de un instante.--Ya debas
estar acostumbrado  mis cosas... T, Jacinto, te empeas en comer los
higos cuando estn verdes y claro! no tiene ms remedio que saberte
agrios.

--Eres tan despreciativa, Flora!

--Mejor que mejor! No has odo cantar  los ciegos esta copla:

       _Morena tiene que ser_
    _la tierra para claveles,_
    _y la mujer para el hombre_
    _morenita y con desdenes?_

Y riendo como una loca se puso  charlar con su amiga Demetria, dejando
al buen Jacinto afligido y hechizado al mismo tiempo.

Las horas se iban deslizando. Algunas familias de Canzana comenzaron 
desfilar. La ta Felicia vino  proponer  Demetria la marcha porque ya
era tarde y adems le pareca que no tardara en haber _bulla_. Al cabo
de un instante tambin se present D. Robustiana, el ama de gobierno
del capitn, con la misma cancin, que iba  haber _bulla_. Y se llev
apresuradamente  Flora.

Por qu iba  haber bulla? Por lo de siempre, por la iniciativa de los
ms ruines y cobardes. Jams se diera el caso de que Firmo de Rivota, ni
Toribin de Loro, ni Nolo de la Braa ni Celso de Canzana, ninguno, en
fin, de los hroes gloriosos que brillaban en los combates provocase la
pelea. Esta odiosa misin pareca encomendada  algn chicuelo
insolente,  algn despreciable zagal que despus de prender fuego  la
mecha sola desaparecer como si le hubiese tragado la tierra.

Y esto sucedi entonces. Un mancebillo de Rivota salt al cabo por
encima de la hoguera y despus de saltar grit con voz recia: Viva
Loro!

Un estremecimiento de susto corri por toda la plazoleta. La inquietud y
el malestar se pintaron en todos los semblantes.

Otro chicuelo de Canzana hizo inmediatamente lo mismo y grit con voz
ms recia an: Viva Entralgo!

--Vmonos! vmonos!--exclam Felicia cogiendo  su hija por el brazo.

El to Goro ya estaba all tambin.

--Adis, Nolo, hasta maana.

--No: yo voy acompandoles un rato hasta Canzana.

Y seguido de sus compaeros se alej del campo y fu dndoles escolta
por la empinada cuesta que conduca al lugar. Demetria se alegr
vivamente, se felicit de que su amante estuviese picado con los de
Entralgo.

En un instante no qued mujer alguna delante de la casa del capitn.

De nuevo salt el mancebillo de Rivota gritando: Viva Loro! Y otra
vez le sigui el de Canzana contestando impetuosamente: Viva
Entralgo!

Entonces de las filas espesas y amenazadoras de Loro sali una voz
varonil que dijo secamente: Muera!

Fu la seal. Ms de cien garrotes se levantaron al mismo tiempo para
caer inmediatamente sobre otras tantas cabezas. Y el ruido que hicieron
al caer semejaba al chasquido de los guijarros del ro cuando ste en
una de sus furiosas avenidas los remueve, los sacude contra las peas de
la orilla.

Peas eran sin duda los crneos de aquellos jvenes valerosos cuando no
se quebraron ni se abollaron siquiera. Ni uno solo vino  tierra. Como
si tales garrotazos fuesen solamente toquecitos de llamada para
despertarlos de su letargo, se irguieron todos bravamente y comenzaron 
vibrar sus palos nudosos. La pelea se generaliz. Los guerreros de Loro
se lanzaron sobre los de Entralgo con furiosos gritos. stos, aunque
menos en nmero, resistieron el choque  pie firme sin pensar en huir.
Cruja el aire con la violencia de los palos; restallaban stos y se
quebraban algunas veces en las manos de los hroes; sonaban los golpes
de unos y de otros con fragor en el silencio de la noche: escuchbanse
gritos, lamentos, amenazas: todo formaba infernal algaraba de muerte.
Los resplandores de la hoguera alumbraban aquella lucha en que por ambas
partes se peleaba con furia insaciable.

Sin embargo, el magnnimo Quino, frtil en astucias, temiendo que la
ventaja del nmero diese rpidamente la victoria  los de Loro, con
algunos de sus compaeros rode la casa del capitn para sorprender 
aqullos por la retaguardia. Y en efecto llev  cabo la maniobra con
habilidad y presteza. Cay de improviso sobre las filas de los enemigos,
causando en ellas crueles estragos, produciendo gran confusin y alarma.
Pero fu momentnea. Repuestos prontamente, se lanzaron sobre l ms de
treinta mozos del Condado  cuyo frente se hallaba el impvido Lin de la
Ferrera, que ocupaba la retaguardia de la hueste y le obligaron 
replegarse con sus diez  doce compaeros hacia el Barrero, sitio ms
elevado del lugar.

Por otra parte, Toribin de Loro, el de las recias espaldas y de la voz
de bronce, que gritaba tanto como veinte hombres juntos, y el bravo
Firmo de Rivota celebraron consulta rpidamente en medio de la pelea.
Convinieron en que, desembarazados de la gente de Villoria, los de
Entralgo, por s solos, no tardaran en ceder. Dejando, pues,  algunos
de los suyos el cuidado de combatir  stos, se lanzaron ambos con el
ncleo de su fuerza sobre Ramiro de Tolivia y Froiln de Villoria, que
capitaneaban escasas pero aguerridas huestes. Estos nobles guerreros, 
pesar de su audacia y su fuerza, no pudieron resistir mucho tiempo el
esfuerzo de aquellos hombres indomables. Poco  poco fueron
retrocediendo por el camino que desde la casa del capitn conduce al
riachuelo de Villoria. All se abre un campo donde los vecinos juegan 
los bolos y  la barra. En este campo lucharon todava un rato,
protegidos por las sombras de la noche. Al cabo, mal de su grado, se
vieron necesitados  replegarse, y volviendo la espalda, huyeron por la
estrecha caada sombreada de avellanos. Los de Loro y Rivota los
persiguieron largo trecho hasta los confines de la parroquia. Luego se
volvieron apresuradamente para desbaratar  los que luchaban todava en
el pueblo.

Hijos animosos de Entralgo, Toribin de Loro y Firmo de Rivota han
conquistado el campo de batalla! En vano t, magnnimo Quino, luchaste
con denuedo en lo alto del Barrero, aprovechando lo fuerte de la
posicin y las paredes de las casas que te guardaban las espaldas. Al
cabo, viendo crecer siempre el nmero de tus enemigos y sintiendo tus
fuerzas agotadas, supiste como hbil guerrero salir del campo de batalla
sin ser notado y refugiarte entre los espesos castaares. Los dems
buscaron asilo en las casas.

En vano t, fatal Bartolo... Pero no... Bartolo no estaba all... Dnde
estaba Bartolo? Al comenzar la batalla quiso arrojarse en ella poniendo
su fuerza inmensa al servicio de su patria; pero la ta Jeroma, la ms
noble de las mujeres, le sujet indignamente por la cabellera y 
pescozones le encerr mal de su grado en casa, privando  Entralgo de
uno de sus guerreros ms perniciosos y matando en flor mucha hazaa
memorable.

En vano t, heroico Celso, sostuviste con bravura el combate en medio de
la plaza, asistido solamente de quince  veinte guerreros de Canzana. Tu
valor desesperado, tu fuerza y tu coraje en aquella noche necesitaran
varios cantos para ser narrados y otra lira ms sonora que la ma para
ser entregados  la admiracin de los hombres. Tus compaeros,
atemorizados por la ola impetuosa que avanzaba sobre ellos, te dejaron
al cabo solo y pidieron refugio como ruines mujeres en la casa del
capitn. Y t, guerrero infatigable, luchaste solo, solo en medio de
las espesas filas de tus enemigos! Por fin, caste. Los hijos feroces de
Loro descargaron an sobre ti su furia moliendo tu cuerpo como si
fuese el trigo de las eras.

La victoria qued por Loro. Las falanges de Entralgo se disiparon como
las brumas  los rayos del sol. Unos se escondieron entre los maizales
de la vega, otros entre los castaares, los ms se guardaron en sus
casas. Los vencedores pasearon las calles del lugar celebrando con
gritos de jbilo su triunfo, llamando en cada puerta y dirigiendo  los
vencidos sangrientos insultos.

--Ya os vemos, valientes, ya os vemos. Estis hilando... Eso debierais
hacer siempre!... Fregad tambin las escudillas y amasad la borona...
Cuidado que salga bien cocida... No os olvidis de echar  remojo las
habichuelas y lavar los paales del chico...

Tales y ms crueles an eran las palabras que salan de la boca de
aquellos guerreros orgullosos. Yo las o desde mi lecho infantil, donde
manos maternales me haban confinado contra mi voluntad desde bien
temprano. Las o y mi corazn qued traspasado de dolor porque he nacido
en Entralgo, vergel precioso que dos ros fecundan. Las lgrimas
saltaron de mis ojos y morda las sbanas con rabia, ansiando llegar 
hombre para vengar la afrenta de los mos.

Tambin las oy Nolo, el intrpido y glorioso guerrero de la Braa.
Bajaba con sus compaeros de retorno la cuesta de Canzana.

--Escuchad--dijo quedando inmvil con el odo atento.--No os los
gritos y risotadas de esos peleles? Seguro es ya que han logrado meter 
los de Entralgo en sus casas.

Y permaneciendo un instante pensativo, aadi:

--Aunque estemos picados con los de Entralgo, al fin son nuestros
compaeros y lo han sido siempre. Queris que vayamos  esperar  esa
canalla y les calentemos un poco las espaldas?

--S, Nolo!--clamaron todos  una voz.

--Adelante!--grit entonces el mozo de la Braa lanzndose con mpetu
por la calzada pedregosa.

Como se ve las sombras del crepsculo descender velozmente por las
montaas ennegreciendo el valle, as bajaron sombros y rpidos los
guerreros de Villoria. Los clavos de sus zapatos chocando con los
pedernales despedan luces fatdicas. Fiero y erguido marchaba  su
frente el intrpido Nolo. Su montera puntiaguda se alzaba sobre las
dems semejante  una nube que avanza cargada de rayos por el
firmamento.

Cruzaron el puente sobre el riachuelo de Villoria, entraron en el Campo
de la Bolera, pero en vez de atravesar el pueblo saltaron las tapias de
la pomarada de D. Flix y salieron por el extremo opuesto, en el camino
ya de Loro. Avanzaron  marcha forzada por l, y llegando  la pea de
Sobeyana se detuvieron. Era el sitio ms  propsito para la siniestra
emboscada que preparaban. Ocultos entre los avellanos y nogales que
guarnecan el camino esperaron. No se tard media hora sin que llegasen
 sus odos los ijujs! de los del Condado, que regresaban los primeros
 sus casas henchidos de alegra y orgullo. Los dejaron pasar. Y
cargando repentina y furiosamente sobre ellos los ponen en dispersin al
instante: se hartaron de machacarles los riones: les persiguieron largo
trecho. Volviendo luego como un relmpago sobre sus pasos, tropezaron
con el grupo de Rivota que marchaba igualmente cantando, riendo,
lanzando gritos de triunfo. Nolo no se amedrenta por el nmero, aunque
era mucho mayor que el de los suyos. Lleno de fuerza y audacia se arroja
sobre ellos, dejando escapar de su garganta terribles gritos. Tal como
un len que sale del bosque hambriento y cae sobre un rebao de ovejas
devastndolo en sus garras poderosas, as el mozo de la Braa se
introdujo en la falange de Rivota, causando en ella la consternacin y
el estrago. Los dems le siguen con igual ardor. Rompen las primeras
filas. Los del alto de Villoria, hbiles en manejar el palo nudoso,
repelen  sus enemigos dispersndoles. Entonces, temiendo ser envueltos,
porque la oscuridad de la noche les haca imaginar que sus enemigos eran
ms numerosos, los de Rivota retrocedieron por el camino de Entralgo
para unirse  sus compaeros. Los de Villoria los persiguieron algn
tiempo. Al cabo Nolo, cuya alma estaba llena de valor y de prudencia, se
detiene.

--Basta ya, compaeros. Los de Rivota se van  unir pronto  los de
Loro y vendrn sobre nosotros. Es menester que se encuentren solamente
con los rboles para saciar su rabia.

Y seguido de sus amigos se lanz por el monte arriba. Largo rato se
oyeron sus gritos de triunfo. El eco de las montaas los repiti hasta
los confines del valle.




III

Demetria.


Los mirlos que dorman en las higueras y cerezos de la huerta del to
Goro estallaron en un trino formidable al despuntar la aurora. Demetria
abri los ojos y una sonrisa divina se esparci por su rostro. Se puso
velozmente de rodillas sobre la cama y juntando las manos dijo su
oracin matinal. Ci luego con prisa las enaguas, se ech un paolito
sobre el pecho y abri el corredor emparrado. La luz tibia y rosada del
amanecer penetr en la estancia. La brisa fresca de la montaa colore
las mejillas de la doncella. Desde aquel corredor emparrado se descubra
ms de la mitad del valle de Laviana. All abajo, en el ngulo que forma
el Naln con su pequeo confluente, Entralgo rodeado de pomaradas.
Enfrente, del lado de all del ro, un grupo mayor de casas blancas: la
capital. Ro arriba los Barreros, Pea-Corvera; ro abajo Iguanzo,
Puente de Arco. Y derramados por las faldas de las colinas algunos
pequeos caseros sepultados entre bosquetes de castaos y avellanos. El
gran ro cristalino herido por los rayos de la aurora pareca una
franja de plata. Los maizales que bordan sus orillas salan del sueo de
la noche esperezndose blandamente al soplo de la brisa. El tenue,
blanco vapor, que los cubra se perda en la claridad del aire. Un rayo
de sol vivo, refulgente, hiri la cabeza de la Pea-Mea tindola de
color naranja. Una nubecilla arrebolada, nadando por el cielo azul, vino
 besarla y despus de darle largo y prolongado beso sigui ms alegre
su marcha. Los pmpanos de la parra, sacudidos por la brisa, azotaron
suavemente el rostro de Demetria. Un mirlo de corazn osado salt de la
higuera ms prxima  la baranda del corredor, mir descaradamente  la
nia ladeando repetidas veces la cabeza, tuvo manifiestas intenciones de
dar un picotazo en sus mejillas pensando con razn que eran ms frescas
y ms dulces que la cereza que acababa de comerse. Pero Demetria le
clav una mirada tan severa! Su pequeo corazn se encogi de susto, y
avergonzado volvi  ocultarse entre el follaje.

La luz creca por momentos.  los trinos aflautados de los mirlos
responda el grito estridente de los gallos. En el establo mugieron las
vacas. All lejos, entre la espesura de las pomaradas, ladraron los
perros guardianes. Las sombras corran perseguidas por las faldas de los
montes  guarecerse en el fondo oscuro de las caadas. El ambiente
adquira una trasparencia radiosa. El paisaje se iba tiendo lentamente
de un verde claro sobre el cual se destacaban las masas oscuras de los
castaos. De la montaa vena un aire vivo; el fresco aliento de los
bosques que pasaba por las sienes de la nia refrescndolas. Del valle
suba olor de heno recin segado, aroma de flores y frutas maduras.

De pronto un rayo de sol cay sobre la punta ms alta del cerezo
plantado delante de la casa de la ta Basilisa; volte un momento sobre
las hojas y salt  otra rama ms baja dejando tras s una estela de
esmeralda. Otro salto ms y se plant en la higuera ms prxima  la
casa del to Goro. Dentro de ella se agit gozosamente como una llama
feliz que aspira  curiosearlo todo. Zas! otro salto, y al alero del
tejado. Despus, con precauciones, solapadamente, descendi por el
ramaje de la parra y oculto detrs de los pmpanos contempl algn
tiempo el rostro peregrino de Demetria. Es claro, le apeteci besarlo!
Lo mismo le haba pasado al mirlo. Pero ms animoso que ste, despus de
corta vacilacin, se dej caer de golpe sobre lo que ms le agradaba:
sobre los ojos. Cerrlos la hermosa y sonri de nuevo dejndose
acariciar por l con suave condescendencia. Al cabo hizo un gracioso
mohn de impaciencia y se retir al interior.

Cielo santo, cunto tena que hacer! Lo primero, por supuesto, era
ordear las vacas, como haca todos los das. Baj  la cocina, tom una
vasija y se fu derecha al establo. Pero all oh sorpresa! se encontr
con que el to Goro ya se le haba anticipado.

--Padre, por qu se ha levantado usted?

--Hija--respondi Goro gravemente,--hoy es el da de la Virgen y tendrs
demasiado que hacer.

S, era el da de la Virgen, el da ms esperado del ao, el que sala 
relucir en todas las conversaciones de los zagales en Entralgo. Para el
to Goro, que frisaba en los cincuenta, no tena el mismo atractivo. Sin
embargo,  pesar de su gravedad y de su ilustracin, guardaba an cierto
misterioso encanto que con todo cuidado procuraba disimular.

El to Goro de Canzana era un hombre solemne, instrudo, que fumaba en
pipa y dejaba crecer la barba por el cuello  guisa de corbatn. Hablaba
poco, como todos los hombres que reflexionan mucho, pero sus palabras
eran orculos, sobre todo para su digna esposa la se Felicia. No tena
ms que una pasin en su vida: la lectura. Durante la semana no poda
satisfacerla: las faenas agrcolas en que se ocupaba lo impedan. Pero
as que llegaba el domingo sola darse un hartazgo que le dejaba
consolado y esclarecido hasta el domingo siguiente. Despus que sala de
misa se pasaba por casa del capitn. ste le daba un libro, el primero
que le vena  las manos, _El ao cristiano_, _El perfecto licorista_,
_Tratado de fortificaciones martimas_, en fin, cualquiera, pues al to
Goro le bastaba su cualidad de libro para respetarlo ms que  las nias
de sus ojos. Y llevndolo entre sus manos pecadoras con la misma uncin
que si fuese portador del sagrado cliz, marchaba hacia el _Campo de la
Bolera_. All se tumbaba sobre algn madero y en voz baja comenzaba 
descifrar con regodeo las clusulas misteriosas del impreso, mientras
sus convecinos se deleitaban en jugar  los bolos   la barra   los
naipes  en otros ftiles entretenimientos indignos del sabio. Cuando se
llegaba la hora de comer iba  depositar el venerado mamotreto en casa
de su dueo: pero ms de una vez sucedi no acordarse de comer y pasar
la tarde tambin devorando una  una las slabas que se le ponan
delante de los ojos. Como D. Flix se cuidaba tan poco de la eleccin de
libros, cuando no tena alguno  la mano le entregaba un paquete de
nmeros atrasados del _Boletn Oficial_. No hay para qu repetir que el
to Goro los iba paladeando con igual felicidad.

Pues  pesar de tan vasta lectura era hombre sencillo, buen labrador,
buen padre y buen esposo. Sin embargo, es necesario confesarlo todo, el
to Goro tena una debilidad; la de que su hija Demetria se presentase
en las romeras ms lujosa y ataviada que las otras doncellas. Si tal
debilidad naci en l espontneamente  haba sido infundida por su
digna esposa, no es fcil decirlo. Algo pudiera haber de todo. Lo cierto
es que no iba jams  Langreo   las ferias de Oviedo con ganado que no
trajese en las alforjas algn pauelo  pendientes  sarta de corales
para su hija idolatrada. Y es lo curioso que aunque siempre compraba lo
ms lindo y magnfico que el comerciante le presentaba,  la ta
Felicia nunca le pareca el regalo bastante rico.  tal punto
rivalizaban ambos cnyuges en agasajar  su hija.

Demetria se volvi  la cocina, que ocupaba toda la planta baja de la
casa. Slo en un ngulo haban fabricado con tabiques de tabla un
cuartito para el pastor. En otro de los ngulos haba un gran montn,
que llegaba al techo, de lea. De all tom nuestra zagala algunos
maderos, los junt adecuadamente sobre el lar, puso entre ellos algunas
ramas de rgoma y encendiendo un misto les di fuego. Brot la llama con
fuerza: pronto se extingui cuando el rgoma qued consumida. Entonces
Demetria, acercando el rostro cuanto poda, se puso  soplar el fuego
con todo el aliento de su pecho. Oh, cun hechicera estaba la zagala
inflando sus carrillitos amasados con rosas y leche! Si aquel mirlo
tmido de la parra la hubiera visto ahora, sin remedio la hubiera
picoteado pese  su vergenza.

Ya est encendido el fuego. Toma un enorme pan, lo corta en sopas, las
alia y las pone  cocer. Sube arriba. La planta alta de la casa
constaba de una salita y cuatro dormitorios, todos ellos con ventana al
campo. Se dirige al de sus hermanos Pepn y Manoln.--Sus! Arriba,
holgazanucos, arriba!--Los nios antes de levantarse se hacen besuquear
y acariciar largamente por su hermana. El primero tena diez aos, el
segundo ocho; ambos gordos y sonrosados que daba envidia verlos. Una vez
en pie, conduce al primero de ellos al corredor y en una jofaina
trasvertiendo de agua cristalina le mete la cabeza, le refriega los
hocicos hasta dejarlos bien limpios y todava ms colorados. En seguida
venga de peine para desenredar aquellas greas rizadas. Pero he aqu que
al hacerlo observa que algunos cabellos estn unidos por un cuajarn de
sangre.

--Qu es esto, chico? Cmo te has hecho esta herida?

--Fu Tomasn--respondi el nio confuso.

--Qu Tomasn?

--El de la ta Colasa.

--Y por qu te la ha hecho?

--Nos pegamos.

--Y por qu os pegasteis?

Pepn baj la cabeza sin responder.

--Vamos, nio, d, por qu os pegasteis?--repiti Demetria sacudindole
por el brazo con impaciencia.

Pepn vacil todava algunos instantes: al cabo profiri titubeando:

--Porque... porque... porque dijo que t no eras mi hermana... que t
eras del hospicio.

Toda la sangre de Demetria fluy al corazn: qued plida como un cirio.
No pudo articular palabra. Despus de algunos instantes prosigui en
silencio y con mano temblorosa su tarea.

No era la primera vez que haba sonado en sus odos tal noticia. Cuando
ms nia, alguna compaera maligna le haba injuriado de este modo. No
le haba hecho caso; ni siquiera haba pensado en ello. Por qu ahora
le produca tan viva impresin? Quiz por ser el da de la Virgen y
tener el alma inundada de alegra, quiz porque slo entonces cruz por
su mente la idea de que pudiera ser cierto.

--S, me dijo que t eras del hospicio--prosigui Pepn imaginando que
el silencio de su hermana significaba aprobacin.--Yo entonces... yo
entonces le dije: Eso es mentira. l entonces dijo: Es verdad, que lo
dijo mi padre. Yo entonces dije: Pues es mentira. l entonces quiso
pegarme, pero yo con el puo as cerrado le di un golpe en las narices y
empez  sangrar. Entonces l cogi una piedra y me la tir  la cabeza
y ech  correr. Yo corr tras de l, pero no pude atraparle porque se
meti en casa. Recontra, en cuanto le coja solo le voy  dar unas
cuantas as por debajo!...

Demetria le dej explayarse sin despegar los labios. Terminado el aseo
principi el de Manoln, que se llev  cabo con el mismo silencio. Y
despus que los hubo vestido se baj  la cocina de nuevo, tom la leche
que haba quedado de la noche anterior, la verti en el odre y sali de
casa dirigindose  la fuente para mazarla[3].

Estaba la fuente un poco apartada del pueblo. Se iba  ella por
estrechos caminos sombreados de avellanos. Al aproximarse hay que subir
un senderito labrado en el csped por los pasos de los vecinos. Al pie
de una gran pea que la cobija, rodeada por todas partes de zarzas y
espinos y madreselva, menos por la estrecha abertura que sirve de
entrada, brota de la piedra un chorro de agua lmpida, se desparrama
sobre ella en hilos de plata, cae formando burbujas en un recipiente de
granito, se trasvierte luego y fluye en menudos cristales y resbala por
el csped. Cbrela  modo de bveda el ramaje que sale de la pea, al
cual se enreda la madreselva del suelo formando toldo espeso. Los rayos
del sol se filtran por l con trabajo bandola de una claridad suave y
misteriosa.

Demetria se sent en uno de los bancos de piedra que all haba, aplic
la boca  la abertura del odre y lo infl; lo amarr luego velozmente y
lo dej caer en la taza de la fuente para que la leche se enfriase. Con
las manos cruzadas sobre las rodillas y la cabeza inclinada sobre el
pecho aguard. Una tristeza profunda oprima su corazn. Debajo de
aquella frente alta y pura de estatua helnica batallaban la duda, el
temor, la esperanza, el despecho. Escrut con ansia su pasado, record
algunas insinuaciones malvolas, bastantes palabras sueltas, muchas
sonrisas que  ella le indignaban ms an que las palabras. Virgen
Mara! sera cierto aquello? Pero si era efectivamente de la Inclusa y
los que tena por padres no lo eran, por qu la amaban ms an que 
los dos nios? No, no poda ser. Todo era una calumnia. Las chicas del
pueblo la envidiaban porque sus padres la regalaban y la vestan mejor
que  ellas. Haban inventado esta mentira para humillarla... Mas...
cmo se les haba ocurrido semejante cuento?... Por qu haba recado
sobre ella y no sobre alguna otra?

Sac el odre del agua y se puso  zarandearlo. El ruido de la leche
dentro hizo coro al _glu glu_ de la fuente.

Dios mo, del hospicio!... Era horrible pensarlo. Y ella que adoraba 
aquellos padres!... Y ella que era tan orgullosa!... Qu dira Nolo
cuando llegase  saberlo? Por supuesto la dejara, porque un mozo tan
galn y tan rico no poda en ley de Dios casarse con una pobrecita
hospiciana...

Aqu los sollozos ahogaron  la cndida doncella. Dej caer de nuevo el
odre, y con la cara entre las manos estuvo llorando largo rato. Al cabo
prosigui su tarea; pero las lgrimas no dejaban de resbalar por sus
mejillas escaldndolas. El aleteo y el piar de unos pajaritos la
distrajeron un momento. Eran dos jilgueros que tenan all su nido.
Apenas se le vea como un punto negro en la espesura del follaje, pero
se oa el dbil piar de los polluelos cuando sus padres con agitacin
iban y venan para cebarlos. Qu alegra la de aquellos animalitos al
verles llegar con un mosquito en el pico! Qu gozo triunfal expresaba
el trino de los padres luego que depositaban el alimento en la boca de
sus pequeos!

Cuando los hubo contemplado un rato, baj de nuevo los ojos al cristal
de la fuente y se dijo llorando otra vez copiosamente: Ellos tienen
padres: yo no los tengo. Yo fu criada por lstima!

Al cabo la leche qued mazada: la pelota de manteca bata ya con fuerza
las paredes del odre. Lo desat, extrajo el aire y anudndolo otra vez y
lavndose despus los ojos para borrar las huellas del llanto, emprendi
la vuelta de su casa.

Ya estaba en pie Felicia cuando lleg  ella.

--Por qu no me has llamado como siempre, picarona?--le pregunt,
dndole una palmadita cariosa en la mejilla.

--Porque ayer se ha acostado usted tarde y quera que
descansase--respondi Demetria besndole la mano.

--Has mazado tambin, hija ma! Para qu te has tomado ese trabajo? Yo
lo hubiera hecho mientras te arreglabas.

La ta Felicia, que era una mujer gruesa, mofletuda, sonrosada y tersa
como si tuviese veinte aos, crey advertir algo extrao en el rostro de
su hija. La mir con fijeza y profiri asustada:

--T has llorado!

--Llorar, por qu?

Felicia la tom por la mano, la condujo hasta el corredor y repiti con
ms fuerza:

--S, s: t has llorado.

--No, madre, no: se engaa usted--respondi Demetria sonriendo.

--No me lo niegues, hija. Te ha regaado tu padre?

--Mi padre?--replic la zagala con asombro.--Mi padre no me regaa
nunca.

--Es verdad... Pues t has llorado... Algo te pas entonces en la
calle... Cuntamelo, hija ma... No tienes confianza en tu madre?

Y al mismo tiempo le pas los brazos al cuello y la bes con efusin.
Demetria se sinti enternecida y rompi  llorar perdidamente.

Felicia qued estupefacta.

--Cmo? Qu es esto?... Qu te pasa, hija querida?

Y la buena mujer, con el rostro contrado por el asombro y el dolor, le
sacuda la mano para instarla  que hablase. Al fin, con voz
entrecortada por los sollozos, Demetria habl:

--Me han dicho que no soy... que no soy hija de usted... que soy del
hospicio.

Lo mismo que le haba pasado  su hija poco antes, toda la sangre de la
buena Felicia fluy al corazn. Qued igualmente plida y sin poder
articular palabra.

--Quin te ha dicho eso?--logr proferir al cabo.

--Pepn.

--Ah pcaro!... Le voy  arrancar las orejas!--exclam cambiando
sbito su emocin en furor. Y ya se dispona  ir en busca del criminal,
pero Demetria la retuvo.

--No, madre, no sali de l... Fu Toms el de la ta Colasa quien se lo
dijo y por eso se pegaron.

--El hijo de Colasa?... Esa bruja haba de ser! Desde que Goro la
quit de pacer su vaca en el castaedo del Regueral no nos puede ver ms
que al diablo. Ya sabes cmo para vengarse meti sus cerdos entre
nuestro maz. Goro quera llevarla al juzgado y que pagase el dao, pero
yo consegu calmarlo y que la perdonase porque me daba lstima... Pues
en vez de agradecerlo la picarona el otro da en la fuente me tir unas
indirectas tan picantes... Qu indirectas, hija ma!... Que si yo era
una holgazana, una comedora, que haca trabajar  mi marido como  un
burro, que echaba sobre ti el peso de la casa... que os mataba de hambre
mientras yo me coma  solas magras de jamn y torta... No s cmo me
contuve y no la arranqu los pocos pelos que tiene en el moo! Y todo
porque uno defiende lo que es suyo. Por m hubiera pacido su vaca toda
la vida en el castaedo, pero Goro me dijo: Mujer, eso no puede
permitirse. Si la vaca se comiera slo los yerbajos y la maleza, anda
con Dios; por un poco ms  un poco menos de rozo no habamos de reir;
pero se come tambin la cra de los rboles... ya ves t, mujer, la
cra! La cra hasta los criminales la respetan, cuanto que ms los
hombres. Yo qu le iba  decir entonces? Entonces le dije: Goro,
tienes razn...

Trazas llevaba la buena mujer de no terminar en toda la maana su
alegato, pero advirti que Demetria no pareca escucharla: sollozaba
cada vez con ms desesperacin.

--Por qu lloras de ese modo, hija? Por un dicho, por una niera?...
Deja  esa deslenguada que la coma la envidia!

--Es que yo, madre--profiri la nia con trabajo,--yo quisiera saber...
si ese dicho era cierto... porque ya lo he odo otras veces, aunque
nunca se lo dije hasta ahora.

Felicia en vez de responder rompi  llorar hilo  hilo como su hija, de
tal modo que sta se vi al cabo necesitada  consolarla.

--Nunca pensara, Demetria, que me habas de dar un disgusto tan
grande!--articulaba entre sollozos que la rompan el pecho.

Demetria atribulada la besaba y la abrazaba con anhelo.

--Perdneme, madre... yo no quera disgustarla... No llore, madre, no
llore!

Felicia se calm; pero Demetria se qued sin obtener respuesta
satisfactoria  su pregunta.

--Anda, hija ma, v  lavarte los ojos para que no conozcan que has
llorado. Yo voy  hacer lo mismo. Arrglate tambin, que el tiempo pasa
y habr que vestir el ramo. Tu padre ya baj  Entralgo... Quin le
quita  l su rato de tertulia en el atrio de la iglesia antes de entrar
en misa?

Demetria hizo como se le mandaba. Cuando se estaba baando los ojos con
agua fresca lleg  sus odos el penetrante son de la gaita y el redoble
del tambor. Borrse sbita la melancola de su rostro. Una dulce sonrisa
volvi  esparcirse por l, y sin terminar de secarse sali
apresuradamente al corredor. El gaitero con su gaita adornada con cintas
de colores y el tamborilero desembocaban ya frente  la casa seguidos de
un enjambre de nios. All se pararon para tocar la alborada. Los
vecinos salan  las ventanas y  las puertas pintndose en todos los
rostros la alegra.

Tambin sali Celso, el heroico Celso, con la frente vendada para dar
testimonio de la descomunal batalla que haba librado la noche anterior;
fresco, no obstante, y esplndido como una rosa. Avanz hasta el medio
de la calle y despojndose de la montera y agitndola en la mano como si
fuese  brindar la muerte de un toro profiri dirigindose  Demetria:

--Bendita sea tu sandunga, chiquita, y el cura que te puso la sal y la
comadre que te cant el _ro ro_ y hasta el primero que te dijo por ah
te pudras, serrana! Bendito sea tu salero y esos negros bozales que
tienes en la cara que cuando los veo me hace _po po_ el alma como si
tuviese escondido un ruiseor aqu dentro!

--Qu ests diciendo, Celso? No entiendo una palabra!--exclam riendo
la zagala.

Los dems tambin rean sin comprender. Iba el flamenco  proseguir en
sus piropos exticos aprendidos all en la tierra de Mara Santsima
entre tragos de _manzanilla_ y bocados de gazpacho blanco, cuando una
voz bronca grit desde el corredor vecino:

--Celso! Celso!

Y apareci el rostro espantable de la ta Basilisa.

--Y el verde para el ganado, grandsimo holgazn? Todava no lo has
segado?

--Ahora mismito, abuela.

--Anda listo, zngano, comedor, porque si no voy all y te estrello en
la cabeza la sartn.

El hroe agit la cabeza con desesperacin; rechin los dientes. Su alma
se inund de amargura. Cruel humillacin para un hombre que haba
corrido tantas juergas  orillas del Guadalquivir!

Mir al corredor y cerciorndose de que la vieja se haba ya retirado,
exclam con voz sorda:

--Ande all, abuela, que tiene usted la cara ms fea que la papeleta de
la contribucin!

Y se encamin  la casa en busca de la guadaa acompaado de la risa y
algazara de los espectadores.

Felicia sali con un vaso y una botella en las manos: escanci el rojo
licor de Castilla y lo ofreci liberalmente al gaitero y tamborilero.

--Que usted la goce muchos aos, ta Felicia, y que esa manzanita
encarnada que est al balcn no se la coma ningn pcaro, sino un hombre
de bien como el to Goro... La Virgen del Carmen las proteja... Adis...
adis...

La gaita y el tambor se perdieron por las retorcidas callejuelas de la
aldea.

Demetria, disipada ya por entero la nube de tristeza que sombreaba su
alma, corri  vestirse. Delante de un espejillo fementido pein su
cabellera soberbia; la cubri despus  medias con un pauelo de seda
azul, cuyos flecos le caan graciosamente por la frente: colg de las
orejas los pendientes de aljfar que su padre le haba trado
recientemente de Oviedo; ci su garganta con tres sartas de corales;
apret su talle con el justillo de cien flores y cordones de seda
torzal; se puso el dengue de pana, la saya negra de estamea, la media
blanca, el zapato de becerro fino... Ea, ya est lista la zagala!

Ahora  casa de Telva  vestir el ramo. De Canzana deban salir tres.
Eran unos armatostes de palo  modo de jaulas, alrededor de los cuales
se colgaba una razonable cantidad de panes, que vendidos luego servan
para el culto de la Virgen. Iban adornados con flores y cintas de
colores. Slo mozos muy robustos y remudndose podan soportarlos hasta
la iglesia.

 las diez se form la procesin en la ms amplia abertura que la aldea
tena. En torno de cada ramo se agruparon las zagalas cuyas familias lo
costearan. Todas iban engalanadas como el da de ms fiesta del ao. Sus
pauelos de cien colores agitndose producan mgico efecto en los ojos;
pero sus rostros frescos de nieve y rosas y sus gargantas amasadas con
puras natas hacan latir de felicidad el corazn. Colocaron  la
novilla delante, la novilla ofrecida  la Virgen por el pueblo de
Canzana. Era un hermoso animal de pelo rojo y brillante. Adornaron sus
cuernos con papel dorado: cieron su cuello con cintas de diversos
colores. Un mozo designado por la suerte la llevaba amarrada por los
cuernos.

Ya se pone en movimiento la comitiva; ya comienza  descender por el
spero tortuoso sendero de la montaa sombreado de castaos. Las zagalas
agitan sus panderos, cantan  coro, y sus voces puras bajan en alas de
la brisa hasta el valle. El tambor redobla alegremente; la gaita grita;
la novilla ofrecida  la Virgen brinca y juguetea haciendo sonar la
esquila que lleva al cuello.

Delante de todos disparando cohetes marcha el valeroso Celso. El humo de
la plvora le embriaga; los cantos le alegran; un vrtigo delicioso se
apodera de su magullada cabeza y por un momento se borran de su mente
las dulces memorias de la Btica.




IV

La misa.


Yo no apruebo las ideas de mi sobrino Antero. Hasta ahora hemos vivido 
gusto en este valle sin minas, sin humo de chimeneas ni estruendo de
maquinaria. La vega nos ha dado maz suficiente para comer borona todo
el ao, judas bien sabrosas, patatas y legumbres no slo para
alimentarnos nosotros, sino para criar esos cerdos que arrastran el
vientre por el suelo de puro gordos. El ganado nos da leche y manteca y
carne si la necesitamos: tenemos castaas abundantes que alimentan ms
que la borona y nos la ahorran durante muchos das; y esos avellanos que
crecen en los setos de nuestros prados producen una fruta que nosotros
apenas comemos, pero que vendida  los ingleses hace caer en nuestros
bolsillos todos los aos algunos doblones de oro. Para qu buscar
debajo de la tierra lo que encima de ella nos concede la Providencia,
alimento, vestido, aire puro, luz y lea para cocer nuestro pote y
calentarnos en los das rigurosos del invierno?

As hablaba el capitn D. Flix sentado en el prtico de la iglesia
antes de celebrarse la misa. Se hallaban all tambin sentados D. Csar
de las Matas de Arbn, su primo, vecino y propietario de Villoria, quien
jams en su larga vida haba dejado un ao de oir la misa del Carmen en
Entralgo, el to Goro de Canzana, Martinn el tabernero, Regalado el
mayordomo y algunos otros vecinos de la misma gravedad aunque no tan
sealados.

--Qu antiguallas ests ensartando ah, querido primo?--exclam el Sr.
de las Matas con sonrisa irnica.--Que somos felices con nuestras
castaas y nuestro ganado! No sueltes, por Dios, tales ideas delante de
esos seores de la Pola que capitanea tu sobrino Antero, porque no
concluirn de reirse de ti. Qu valen nuestros tupidos castaares, ni
tus rebaos lucidos, ni este aire puro de la montaa, ni esta luz
radiosa que el cielo nos enva delante de esas altas chimeneas que tien
de negro sin cesar la tierra y el firmamento?...

Los tertulios sonrieron. D. Flix dej escapar un bufido desdeoso. El
Sr. de las Matas qued pensativo unos instantes. La sonrisa que contraa
su boca se extingui. Al cabo exclam con voz sorda y tono proftico:

--Ay de los pueblos que corren presurosos en busca de novedades! Ay de
los que, olvidando las pristinas y sencillas costumbres de sus mayores,
se entregan  la molicie! Ay de los aqueos! ay de los dorios! El
rgimen austero, la vida sobria y sencilla que form  los hombres de
Maratn y las Termpilas desaparecer muy presto. Los productos
refinados de la industria, las modas y los deleites corrompern nuestras
costumbres, debilitarn luego nuestros cuerpos y no quedarn al cabo ms
que hombres afeminados y corrompidos, miserables sofistas, despreciables
parsitos que escucharn temblando el chasquido del ltigo romano.

Esto dijo D. Csar de las Matas, el hombre ms docto que haba producido
jams el valle de Laviana. Vesta frac azul con botn dorado, chaleco
floreado, pauelo de seda negro enrollado al cuello, pantaln ceido
con trabillas y el sombrero blanco de copa alta. Contara setenta aos
de edad, alto, enjuto, aguileo, rasurado.

Todos guardaron silencio respetuoso y miraron con asombro  aquel varn
profundo, honra de la comarca que le vi nacer.

--Sin embargo, aqu el seor capitn va  recibir un buen bocado de
indemnizacin, si como aseguran se abre, para explotar esas minas de
Carrio, una va de hierro. D. Flix tiene ah muchas propiedades, y no
dejarn de cortarle alguna--manifest Martinn el tabernero, hombre de
cuarenta  cincuenta aos, espantosamente feo, de ingenio stil,
disputador eterno.

--Aunque me las cubriesen de monedas de plata no quisiera que tocasen en
ellas. El da que escuche silbar por los castaares de Carrio los pitos
de esas endiabladas mquinas que llaman locomotoras, ser uno de los ms
tristes de mi vida.

--Alto all, D. Flix! Esos seores que abren las minas traen muy bien
repleta la bolsa al decir de la gente. Bueno ser que repartan un poco
entre los pobres que aqu estamos. Porque si usted no necesita de ese
dinero, hay por aqu muchos infelices  quienes les vendr muy bien.

--Y piensas t, botarate--exclam el capitn con mpetu,--que esos
seores van  traer unos cuantos sacos de doblones y  toque de campana
los repartirn como si fuesen avellanas? Ten entendido que cada peseta
que aqu dejen os costar bastantes gotas de sudor... Y entre sudar
debajo de la tierra   la luz del sol, es preferible esto ltimo.

--No estoy conforme, D. Flix; no estoy conforme con eso--exclam
Martinn disponindose placenteramente  entablar la discusin.--El
trabajo dentro de una mina, lo he odo decir en Langreo, es menos duro
que fuera. En el invierno est all dentro mucho ms caliente; en el
verano, ms fresco. Quin no tiene miedo en los meses crudos del ao 
salir  la intemperie?  quin no le da pena ver en este tiempo  esos
pobres segadores debajo de un sol abrasador?

--Pero estn seguros de que no les cae encima la montaa y los entierra
como hormigas, y de que el aire no se encender para quemarles la cara y
las manos. No sern solamente gotas de sudor lo que derramaris dentro
de poco, sino lgrimas, lgrimas bien amargas. Dichosos los que
tranquilamente reposan de su trabajo  la fresca sombra de un rbol y
comen un pedazo de borona con alegra!

--En efecto--apunt gravemente el Sr. de las Matas,--el trabajo expuesto
y penoso de las minas no es propio de los hombres libres, tengan  no
derecho de ciudadana. Pienso que es solamente adecuado para los
esclavos tracios y paflagonios, y aun si se quiere, para los periecos,
gente ruda por lo regular y cuyas vidas no tienen mucha estimacin. Pero
t, amado primo--aadi sonriendo--no eres un hombre de estos tiempos.
Debiste nacer en las montaas de la Arcadia feliz, y dejar que tu vida
se deslizase lejos del trfago y estruendo de las ciudades, sonando el
dulce caramillo y rindiendo culto  Pan y  las ninfas, coronada la
frente de mirto y roble.

--No quiero otras montaas que esas que me han visto nacer, la Pea-Mea,
la Pea-Mayor, el pico de la Vara--replic el capitn extendiendo el
brazo y apuntando  todos los puntos del horizonte.--Pensando en ellas
mi corazn se apretaba de angustia al comenzar las batallas, pensando en
ellas maldeca de los teatros y los cafs cuando me hallaba de
guarnicin en Madrid. Todava recuerdo una noche en que sentado en la
butaca de un teatro escuchando cantar cierta pera me preguntaba el
amigo que tena  mi lado:--Te gusta?--No--le respond con
rabia;--preferira ahora estar sentado debajo del corredor emparrado de
mi casa oyendo ladrar los perros. Tambin recuerdo otra noche en que
al salir del caf y retirarme  casa tropec con tres hombres que iban
cantando una de nuestras baladas ms conocidas, la del _galn d'esta
villa_. No os podis figurar, amigos, la alegra y la tristeza que sent
al mismo tiempo. Los segu como un tonto por ms de una hora al travs
de las calles, y cuando acord en m tena las mejillas baadas de
lgrimas.

Un murmullo de aprobacin corri por el prtico de la pequea iglesia.
Todos se alegran de que el capitn no los haya abandonado por los
deleites de la ciudad, como haban hecho otros propietarios de Laviana.

D. Flix Cantalicio Ramrez del Valle vesta en aquel momento su gran
uniforme de teniente coronel de la Guardia Real. Es hora ya de decir que
el capitn de Entralgo no era capitn. Aquellos sencillos campesinos le
apellidaban as porque despus de general no haba para ellos otra
categora ms elevada en el ejrcito. Ramrez del Valle se haba batido
como cadete durante la guerra de la Independencia, haba cado
prisionero; lo trasladaron  Francia; se fug; ascendi  oficial;
sirvi despus en la Guardia Real, y  la muerte de Fernando VII y
estallar la guerra civil, cuando iba  ser ascendido  coronel, tuvo el
capricho de pedir la licencia absoluta. No haba cumplido cuarenta aos
ni representaba ms de treinta. Por qu haba adoptado semejante
determinacin? La repugnancia  tomar parte en una lucha fratricida,
deca l: el amor entraable  la tierra y la inclinacin  la vida del
campo, deca todo el mundo. D. Flix no tena de militar ms que la
bravura. Exacto, metdico, econmico, aborreciendo las bromas y
francachelas de sus compaeros, siempre haba hecho entre ellos papel
poco airoso. Una vez retirado, se cas con una seorita de Oviedo deuda
suya. Muri sta tres aos despus, de afeccin pulmonar, dejndole un
nio y una nia. Consagrado  ellos y ahorrando y adquiriendo cuanta
tierra poda, vivi sin salir de Entralgo ms que tal vez  Oviedo 
Len para vigilar la venta de su ganado. Poco ms de dos aos haca
experiment el inmenso dolor de ver morir tsico tambin como la madre 
su hijo Gregorio, de edad de diez y ocho aos. Era un joven de fisonoma
agraciada y claro talento, estudioso, simptico,  quien todo el
paisanaje adoraba. Falleci en Oviedo, donde estudiaba la carrera de
leyes. Su hija Mara, que contaba  esta fecha la misma edad, no
congeniaba con l. Aborreca lo que D. Flix amaba, esto es, el campo,
el trato de los paisanos, los placeres y los alimentos rsticos; amaba
lo que l aborreca;  saber, la vida de ciudad, el boato, la etiqueta.
Por esta razn y por lo endeble y vacilante de su salud pasaba slo
cortas temporadas en Entralgo. La mayor parte del ao viva en Oviedo en
compaa de unas tas solteronas hermanas de su madre, cuyo carcter se
compadeca  maravilla con el suyo. Pagadas de su linaje, austeras,
inflexibles en la etiqueta, con la cabeza atestada de rancias
preocupaciones, las dos seoritas de Moscoso haban procurado infundir
en la hija de D. Flix sus manas y sus humos aristocrticos y lo haban
logrado  la perfeccin. El capitn unas veces se burlaba de sus cuadas
y de su hija, otras se enfureca contra ellas. De todos modos, para
evitar choques, procuraba estar el menor tiempo posible en su compaa.

--Tu conducta, primo, me hace recordar la del emperador Diocleciano.
Despus de abdicar voluntariamente la corona del Universo en Maximiano,
se retir tranquilamente  su fundo de Salona y se entreg al cultivo de
rboles y plantas. Cuando de nuevo vinieron  rogarle que empuase el
cetro respondi sonriendo: No hablemos de eso. Si hubieras visto las
lechugas que produjo mi huerto este ao!... Mas yo no soy de tu
temperamento. T eres dado  los goces campestres, te recreas con
pastores, ganados, danzas rsticas, zampoas y labores agrcolas: yo
gusto ms de los placeres que proporcionan las artes imitadoras, el
trato de las personas cultas y estimables, la cartula, los paseos
formados por el arte, las bibliotecas y los jardines.

Estas palabras profiri el Sr. de las Matas de Arbn, dejando, como
siempre, asombrados y confusos  sus oyentes, que casi nunca medan el
alcance de su discurso, concertado y elegante.

Mi primo Csar es un pozo de ciencia, sola decir el capitn. Y en
efecto, lo era; no hay que dudarlo. Para cerciorarse de ello no hay ms
que echar una ojeada  su folleto titulado _Nuevas luces acerca de las
causas generadoras de la guerra del Peloponeso_, impreso en los trculos
de Oviedo haca ya bastantes aos. No eran muchos, desgraciadamente, los
que lo haban ledo por completo. La edicin casi entera yaca debajo de
tres dedos de polvo en el desvn de un cannigo grande amigo y admirador
de D. Csar. En cambio, pocos eran los mozalbetes de la capital que no
supiesen de memoria algn prrafo del clebre folleto, no para admirar
su entonacin severa y su lenguaje proftico, sino para tornarlos en
irrisin.  tal punto de vituperable impudencia y frivolidad haba
llegado la juventud asturiana!

Martinn el tabernero no se daba por vencido. Jams haba llegado el
caso. Su espritu era frtil como ninguno de la parroquia en argumentos.
La dialctica poderosa de que haca gala le colocaba  gran altura sobre
los paisanos, aunque no todos le reconocan de buen grado esta eminente
cualidad. Iba  tomar la palabra y rebatir con intrincada y feliz
argumentacin las ideas de D. Flix; pero en aquel instante por el
camino cortado en la colina que domina la iglesia aparecieron Nolo de la
Braa y su primo Jacinto de Fresnedo.

--Ah est el hijo del to Pacho de la Braa--dijo un vecino.--Esta
noche los de Loro metieron en casa  nuestros rapaces, pero no llegaron
 la suya riendo. Nolo y los de Fresnedo los alcanzaron cerca de la pea
de Sobeyana y les calentaron bien las espaldas.

Todos levantan la cabeza y admiran el porte gallardo de entrambos
jvenes.

--Bravo mozo!--exclam D. Flix mirndole con complacencia.

--No hay otro ms real ni ms valiente desde el Condado  los
Barreros--manifest el vecino que haba hablado.--Si no estuviese picado
con nuestros chicos hace una temporada, ni hubiera pasado lo del
Obellayo ni lo de ayer tampoco...Te acuerdas, Goro, cuando t y yo
solos al pie del puente de Arco detuvimos  nueve mozos de Rivota, dando
tiempo para que los nuestros pasaran el ro y los cogieran por la
espalda?

El to Goro de Canzana sonre, da una chupada  la pipa y responde:

--Era el da de Nuestra Seora de Setiembre. T y yo habamos pasado 
Muera acompaando  unas rapazas. Cuando venamos ya  casa nos
tropezamos en el puente con los de Rivota. Yo te dije: No corramos,
Manuel; los nuestros estn cerca; hace poco les o gritar. Entonces,
uno  cada lado del puente, nos meneamos como pudimos.  ti te dieron un
palo en la cabeza y quisiste caer, pero alzndote en seguida empezaste 
repartir garrotazos que daba miedo verte.  m me molieron tambin los
hombros, pero hice soltar el palo  dos de ellos. Vamos, vamos que
aqu nos matan! dijiste.--Aguarda un poco, te respond, porque haba
visto las monteras de los nuestros. Y gracias  Dios llegaron  tiempo!

El to Goro de Canzana sonre siempre, pero sus ojos se humedecen al
recordar los tiempos heroicos de su juventud.

--Eso est bien--manifest otro vecino--y no es faltar  la ley el que
los rapaces se den alguna vez dos vardascazos; las manos se sueltan y el
pellejo se endurece. Pero qu decir de lo que pasa en Langreo, donde
por un pique cualquiera echan mano  la navaja barbera, cuando no sacan
esas pistolas de seis tiros como la que trajo de Oviedo el seor
capitn?

--El que saca una navaja no es mozo leal ni regular. No se degella 
los hombres como  las reses--repuso el to Goro con la profundidad que
le caracterizaba.

El estallido lejano de un cohete les hizo  todos levantarse de sus
asientos y salir fuera del prtico.

--Ah estn los ramos!--gritaron los chicos.

La pequea iglesia de Entralgo se halla situada en la falda de la colina
y dista del pueblo dos tiros de piedra. Desde el campo que hay delante
se domina bastante bien el valle. Por la falda de la colina opuesta,
donde est asentada Canzana, bajaba ya la procesin de los ramos
llevando  su frente al valeroso Celso. Sonaban lejos las notas agudas
de la gaita y el sordo redoble del tambor. Poco despus se escucha el
ruido de los panderos y el cntico de las mozas. Por fin, entre los
rboles que  modo de bveda sombrean la calzada pedregosa se divisan
los pauelos de cien colores de las zagalas y los ramos de pan
guarnecidos de flores y cintas y la novilla juguetona y empenachada. Los
de Entralgo tiran sus monteras al alto saludando con alegra la
pintoresca comitiva. Cuando llega salen  recibirla y se cambian entre
unos y otros cordiales saludos.

El glorioso Bartolo aprovecha la confusin para acercarse  Nolo y le
dice:

--Ya s que esta noche en la pea de Sobeyana habis zurrado la piel 
esos cerdos de Loro. Todos te lo agradecemos, Nolo. En este pueblo
siempre tendrs guardadas las espaldas.

--Muchas gracias, Bartolo--responde el hroe mientras en sus labios se
dibuja una sonrisa altiva.--Nada s de eso que me dices. Desde aqu nos
hemos ido  la cama. Ya sabes que la pea de Sobeyana no est en el
camino de Villoria.

--Aunque lo niegues es igual. Hasta los gatos saben en el pueblo lo que
habis hecho: yo mejor que ninguno porque estaba en los maizales de la
vega esperando  ver si quedaban algunos pocos rezagados para
abollarles los cascos.  m no me han metido en casa, puo! Hasta que
no pude ms estuve arreando lea detrs del palacio del capitn, y
cuando ya me vi cercado por ms de treinta salt la cerca de la Pedrosa
y me met en la vega. El palo se me haba roto en dos cachos sobre la
mollera de Firmo de Rivota y tuve que sacar un brgano de la sebe para
defenderme. Esta maana todava estaban en el mismo sitio los dos
pedazos del palo:... aqu los traigo para que nadie me llame embustero.

Y el glorioso hijo de la ta Jeroma sac por debajo de la chaqueta que
llevaba sobre el hombro los dos cachos del garrote, mudos testigos de su
valor indomable. Nolo los contempla con expresin irnica y dice riendo:

--Lstima de palo! No volvers  tener otro tan majo, Bartolo. Me
alegro de que haya sido mentira lo que me dijeron.

--Qu te dijeron?--pregunt un poco turbado el valiente.

--Que la ta Jeroma te haba llevado por las orejas  casa antes de
comenzar la gresca.

--Quin dijo eso, puo? Sultalo en seguida, porque quiero meterle
estos cachos del garrote por los dientes--exclam hecho una furia el
hijo de la ta Jeroma.

Nolo se esquiv riendo y se introdujo entre la muchedumbre  ver si
tropezaba con Demetria. sta, otras dos mozas de Canzana, Rosaura y
Telva, y Eladia de Entralgo haban sido designadas por el seor cura
para llevar en procesin la imagen de la Virgen. Tal resolucin sirvi
para que el festivo Regalado se proporcionase un rato de maligno placer
 costa de Maripepa.

--Oyes, chica--exclam as que acert  verla.-- todos nos ha
sorprendido y disgustado que el seor cura no te llamase para llevar 
la virgen. Porque,  la verdad... eso de haber elegido tres mozas de
Canzana y slo una de Entralgo no est bien.

--Ya lo creo, como que las de Canzana le traen los jarritos de leche
caliente, la manteca fresca, la morcilla y el queso! Yo como soy una
pobrecita no puedo traerle nada!--exclam con acento de rabia Maripepa.

--Eso ser, porque t eres tan buena como las dems para llevar la
Virgen; y aunque no eres rica sabes vestirte como la primera.

La coja con tales lisonjas se esponj lo indecible. Acometida de un
furor orgulloso, solt por su boca desdentada mil improperios contra el
prroco y contra las zagalas de Canzana que la perseguan cruelmente con
su envidia. Esto caus el regocijo no slo de Regalado, sino de cuantos
la escuchaban.

Pero ya al son de la gaita y el tambor y con el estampido de los cohetes
sala la sagrada imagen de la Virgen del Carmen por la puerta de la
iglesia. Rodebanla las mozas con sus panderos. Delante marchaba el
capitn, portador del gran farol tradicional. Su uniforme
resplandeciente causaba el asombro de aquellos campesinos,
particularmente de los nios que se amontonaban en torno suyo
devorndole con los ojos. Todos los aos gozaban del mismo espectculo y
cada ao les pareca ms nuevo y sorprendente. Detrs venan seis  ocho
sacerdotes, casi todos los que contaba el concejo. Dieron la vuelta al
templo y sobre el altar porttil levantado  sus espaldas colocaron la
imagen. All se celebraba la misa al aire libre el da de la fiesta. La
pequea iglesia no poda contener  la muchedumbre de los fieles.
Derramados por el frondoso bosque de castaos que en declive se extiende
por detrs estaban ahora todos, la mayor parte de Entralgo, pero muchos
tambin de las dems parroquias del valle.

Comienza la misa. Las capas de tis de oro de los sacerdotes oficiantes
resplandecen al sol. Suena la gaita acompaando  los cantores desde una
tribuna improvisada. La muchedumbre arrodillada sobre el csped asiste
recogida y silenciosa al santo sacrificio mientras la brisa de la
montaa agita las hojas de los rboles y refresca suavemente sus sienes.

Demetria, de pie como sus tres compaeras al lado de la Virgen, haba
encontrado los ojos de Nolo posados sobre ella. En vez de sonrerle como
siempre baja los suyos avergonzada; sus frescas mejillas se tien de
rojo. La fatal palabra de su hermano vuelve  penetrar en su alma y 
turbarla. Ella era una pobrecita recogida, una hospiciana; estaba casi
segura. Nolo no poda casarse con ella. Tal idea aferrada  su mente la
traspasaba de angustia, oprima su pecho hasta impedirle la respiracin.
Hubo un instante en que la vista se le turb y estuvo  punto de caer.
Entonces, elevando sus ojos  la sagrada imagen, murmur con fervor:
Virgen Mara, assteme!

La Virgen la asisti. Repentinamente qued tranquila y se dijo con firme
resolucin: Antes de que llegue  descubrirlo dejar la casa y me ir 
servir un amo en Oviedo  Gijn.

Cuando la misa termina vuelve la procesin en el mismo orden dando la
vuelta  la iglesia. Las campanas redoblan alegremente; estallan los
cohetes; cantan los clrigos; el anciano capitn se pone en marcha y sus
placas de oro, ganadas en el campo de batalla, despiden vivos destellos.
Entonces un estremecimiento corre por la multitud. Todos, grandes y
nios, volvemos los ojos hacia la Virgen del Carmen, nuestra madre y
nuestra protectora, que marcha lentamente sobre los hombros de las
cuatro hermosas zagalas.

Dos de estas zagalas son rivales: el apuesto Quino las festeja
alternativamente; pero saben disimular sus celos con arte femenino.
Eladia sonre de vez en cuando  Telva. sta le devuelve su sonrisa.
Ambas se esfuerzan en aparecer serenas y confiadas.

La procesin entra en la iglesia. Poco despus la muchedumbre sale y se
esparce por el pequeo campo de delante y el castaar de detrs. Quino
se acerca  Telva y con frase insinuante la requiebra y la felicita.
Arrimados  una columna del prtico departen en voz baja mientras
Eladia, con la muerte en el alma, les dirige miradas fulgurantes. Pero
Flora, la gentil zagala de Lorio, se acerca  ella y procura distraer su
pena con su charla siempre alegre y graciosa.

--Deja que me esconda detrs de ti. Jacinto me persigue y me sofoca.

--Tanto te disgusta que te quiera?--respondi Eladia sonriendo
tristemente.

--No me disgusta, pero hace demasiado calor. En vez de miel yo
necesitara ahora un poco de agua de limn.

En efecto, el pobre Jacinto haba buscado y haba hallado  su adorada
Flora, pero sta le haba hudo como siempre. Tambin Nolo haba querido
acercarse  Demetria. Y con gran sorpresa, pues no estaba acostumbrado 
ello, observ que la nia rehua su encuentro. Por algunos instantes
permaneci exttico, sin saber qu pensar de tal conducta; pero antes de
que recobrase su serenidad y se resolviese  seguirla y pedirle una
explicacin se oye gritar por todas partes: La despedida, la
despedida! Una nube de nios avanza hasta el prtico de la iglesia.
Detrs de ellos vienen los grandes. Todos se colocan en fila  entrambos
lados de la puerta, dejando una calle regularmente espaciosa. Por ella
marchan las zagalas de Entralgo y Canzana cantando y agitando los
panderos y en esta forma penetran en el templo. Se arrodillan al entrar,
se levantan despus y  los cuatro pasos se arrodillan otra vez y otra
vez se levantan. De esta manera llegan hasta los pies de la Virgen y
all se despiden cantando largo rato. Luego, caminando hacia atrs, sin
volver la espalda, doblando las rodillas cada pocos pasos y alzndose
despus, salen de la iglesia sin dejar de cantar y de sonar los
panderos.

Fuera se diseminan. Todas llevan colgado al cuello el santo escapulario
tocado  la Virgen. Los mozos avanzan hacia ellas y se los piden para
besarlos.

Telva y Eladia salan juntas. El bizarro Quino las ve y se encamina
hacia ellas. Va  demandar  Telva su escapulario; pero con arranque
caprichoso  tal vez para mostrar su omnipotencia, lo pide  Eladia.
Esta enrojece como una amapola y temblando de emocin se lo entrega,
mientras la desairada Telva se muerde los labios plida de clera.

Nolo se acerca  Demetria y le hace igual peticin. La nia se lo tiende
con sonrisa melanclica. Luego, emparejados, se alejan departiendo entre
los rboles.

Qu hacas t mientras tanto, linda y burlona morenita? El enamorado
Jacinto llega  tu presencia y con voz apagada te pide el escapulario.
Entonces, empujando  Maripepa que iba  tu lado, le dices: Dale el
tuyo, querida, que el mo ya lleva sobrados besos. Jacinto se ve
obligado  besar el escapulario de la horrible coja, mientras t res
malignamente.




V

La romera del Carmen.


En la pomarada del capitn, debajo de los rboles, se haba colocado una
mesa  la cual se sentaban hasta una docena de comensales. Procedan
casi todos de la Pola. Sin embargo, haba un ingeniero de Madrid y un
qumico belga. Pocos das haca que haban llegado  Laviana para
dirigir los trabajos de las minas recin abiertas sobre la aldea de
Carrio. Los haba acompaado  Entralgo y los haba presentado  D.
Flix su sobrino Antero, promovedor incansable de los intereses de
aquella regin y apstol elocuente del progreso. Recibilos el Sr.
Ramrez del Valle con afable hospitalidad y les invit  su mesa, pero
no sinti alegra de verlos. Ya sabemos que su corazn no estaba abierto
 la influencia de las maravillas industriales.

Antero era un joven de carcter franco y fisonoma simptica, locuaz,
ilustrado, arrogante. Se haba recibido de licenciado en Derecho haca
pocos aos. No diremos que se creyese un genio, pero s estaba seguro de
que poda competir con los jvenes ms distinguidos de la provincia. En
cuanto  su valle natal, ningn otro osaba hablar de poltica y
literatura delante de l. Conoca bien la historia de la revolucin
francesa, especialmente la de los Girondinos; estaba versado en Economa
poltica, haba ledo la _Profesin de fe del siglo XIX_ de Pelletan,
algunos versos de Vctor Hugo y tres volmenes de la Historia Universal
de Csar Cantu. Adems, cuando se hallaba entre amigos de confianza,
osaba poner algunos reparos al texto de las Sagradas Escrituras, en el
cual encontraba ciertas contradicciones de bulto. Hasta se deca que en
cierta ocasin, de sobremesa con varios sacerdotes, los haba puesto en
grave aprieto hablando del Gnesis. Por estas razones y otras que omito,
Antero Ramrez era lo que pudiera llamarse un grande hombre regional.

Sin embargo, D. Flix no le reconoca de buen grado sus cualidades
sobresalientes. Entre to y sobrino exista una disimulada antipata,
que  veces no se disimulaba. Antero pensaba que su to era una buena
persona, un militar valiente, pero algo arrimado  la cola. D. Flix
consideraba  su sobrino,  pesar de los triunfos acadmicos que
ostentaba, como un joven superficial, uno de tantos abogados charlatanes
como produca la universidad de Oviedo. Qu diferencia entre estos
mocosos que hablaban de todo con impertinente suficiencia y aquellos
varones antiguos como su primo Csar, tan reposados, tan profundos, tan
macizos!

Estaban all tambin el alcalde, hombre de mediana edad, afable y
alegre, que sola decir frases chistosas y rea con ellas hasta toser y
tosa hasta reventar. El recaudador, bilioso, taciturno, lleno de
prudencia, excepto cuando beba ms de veinte vasos de sidra. Al beber
el veintiuno comenzaba  recordar sus triunfos universitarios, los
sobresalientes que le haban dado en Derecho cannico y Disciplina
eclesistica, el _accsit_ que haba ganado en la Licenciatura con
notoria injusticia, pues nadie dudaba que mereca el premio (uno de los
jueces se haba negado  firmar el acta considerndolo as). Al pasar de
treinta venan  su memoria las imgenes flotantes de las mujeres que
haba seducido y se extasiaba recordando los dulces pormenores de sus
amoros: una de aquellas mujeres abandonadas se hallaba  la hora
presente en un convento; otra se haba tragado una caja de fsforos. Por
ltimo, cuando introduca en su estmago ms de cuarenta vasos, se
iniciaba el perodo del herosmo. El recaudador resultaba entonces, 
pesar de su pecho hundido y esculidas piernas, un hombre terrible, un
ser cruel que haba pasado su juventud hinchando las narices  sus
condiscpulos y apaleando  los serenos; el terror de la ciudad de
Oviedo, donde haba quedado memoria perdurable de sus proezas.
Felizmente para l (porque en tales ocasiones se haca impertinente y
agresivo y sola encontrarse con alguna bofetada), llegaba pocas veces 
cifra tan elevada. Una gastralgia crnica le obligaba, mal de su grado,
 mantenerse en la sobriedad y moderacin.

El escribano D. Casiano no padeca ninguna clase de gastralgia ni aguda
ni crnica. Por eso no se crea en el caso de usar de la moderacin del
recaudador. Beba como un buey y orinaba como otro buey y tena un
vientre mayor que el de dos bueyes reunidos. Por su complexin ciclpea,
por su faz de escarlata, la fuerza de sus jugos digestivos y la eterna
risa que brotaba de su pecho como un torrente que se despea, perteneca
 otra edad remota, no  la presente. Era digno de sentarse en algn
festn pelsgico  cuando menos de asistir  la famosa hecatombe que
Nestor, rey de Pylos arenosa, celebr en honor de Neptuno, y comerse uno
de aquellos bueyes  medio asar. Sin embargo, este D. Casiano, cuando se
encerraba en el cuartucho polvoriento y fementido que le serva de
despacho y se colocaba delante de su mesa atestada de expedientes, no
resultaba un hombre primitivo, sino bien refinado. Sus narices de
ventanas dilatadas no le servan para olfatear el jabal  el oso que
cruzaban por el bosque, sino las pesetas que poda devengar el proceso
que tena entre las manos. Y vengan providencias, y notificaciones y
resmas de papel sellado cuando los procesados eran personas solventes 
posean al menos un pauelo de tierra  una yunta de vacas. La tierra,
los establos, las vacas, los enseres de la casa y hasta los pucheros del
lar, todo pasaba al instante por el esfago del escribano troglodita. Lo
mismo acaeca con las herencias. Muriese testado  intestado, todo
paisano poda estar seguro de que una buena parte de su hacienda, cuando
no toda, pasara irremisiblemente al vientre de D. Casiano.

Acudi igualmente aquella tarde  Entralgo el farmacutico Teruel,
hombre profundo, inventor de ciertas pastillas contra las lombrices que
eran el asombro y el orgullo del concejo. De todos los rincones de
Asturias solan venir demandas de estas famosas pastillas. En Madrid
mismo, donde las import una seora de Oviedo, adquirieron proslitos.
Haban salvado de la muerte  la esposa de un diputado asturiano, el
cual en recompensa haba hecho condecorar al benemrito boticario con la
cruz de Isabel la Catlica. Mas despus de este esfuerzo qumico tan
prodigioso el ingenio de Teruel se haba agotado  haba dormido para
siempre.  considerando tal vez vanas y engaosas las glorias humanas,
haba decidido renunciar  toda labor cientfica. Lo cierto es que desde
haca largos aos estaba dedicado  pescar truchas con caa en el ro y
 beber sidra en los lagares. Quin regentaba la botica en su ausencia
casi continua? Su digna esposa D. Teresa. sta haca los emplastos,
mola las drogas y despachaba cuantas recetas llegaban  la oficina.
Teruel haba resuelto al mismo tiempo varios problemas sabrosos: no
trabajar, no pagar dependientes y tener  su mujer ocupada.

Irritaba esto la clera del mdico D. Nicols, quien consideraba
degradante que una hembra interpretase sus prescripciones. Murmuraba
agriamente de la holgazanera del boticario; hablaba de poner en
conocimiento del subdelegado de farmacia aquella ridcula y ofensiva
sustitucin. No habra en su indignacin una migaja de envidia? Los
vecinos decan que s. Porque D. Nicols, lejos de poseer una esposa
bella, laboriosa, inteligente, como Teruel, tena por compaera un
endriago. Le llevaba diez  doce aos de edad, era fea, achacosa,
impertinente, ridcula. Y  cambio de estas cualidades exiga que se la
adorase, que el bueno de su marido la mimase todo el da, le prodigase
las caricias ms subidas y exquisitas. Y se descuidaba de hacerlo, eran
de oir sus protestas y recriminaciones! No pasaba da sin que la casa
del mdico no resonase con voces colricas, gritos y lamentos. D.
Nicols, para imponer la paz y aplacar la clera de aquella vbora
pisada, se vea necesitado unas veces  emplear medios coercitivos poco
compatibles con su educacin, otras  humillarse  ciertas condiciones
que le repugnaban y fatigaban tristemente. De todos modos, su vida era
amarga y contrastaba con la muelle y regalada que llevaba su compaero
Teruel.

Aunque ms agitada, no dejaba de ser dulce y sabrosa la que llevaba el
capelln D. Lesmes. Rasurado con primor, ms bien delgado que grueso, de
tez sonrosada, nariz aguilea, ojos pequeos y vivos y no poco pcaros,
de cuarenta aos de edad. No tena ms rdenes que la _prima tonsura_
impuesta para que pudiese disfrutar las pinges rentas de una capellana
de familia. Le estaba vedado por lo tanto contraer justas nupcias. Pero
no pensaba que le estuviesen vedadas igualmente las injustas. En todo el
valle no exista hombre ms enamorado ni que poseyese armas amorosas de
ms alcance. Sus conquistas se contaban por docenas. Habitaba en el
casero de Iguanzo, del lado de all del ro, frente por frente de
Entralgo. Desde este punto estratgico situado en el centro del
concejo, D. Lesmes haca constantes correras por todo l, dejando  los
hombres, pero no perdonando hembra alguna, ni por fea ni por vieja.
Nadie conoci jams un caballo de tan buena boca. Si se pudiesen poner
en ristra las vctimas de sus hechizos, impondran terror por la calidad
tanto como por la cantidad. Hay que hacerle justicia, sin embargo: nunca
haba atacado las plazas de sus pares, esto es, de los hidalgos de
Laviana. Solamente  las del paisanaje llevaba la ruina y devastacin.
Por eso quiz disfrutaba an de la luz del sol, tan cara  los mortales.

Todos estos seores y los dems que se sentaban  la mesa del capitn
compartan las ideas del joven Antero. Todos crean que Laviana, por el
nmero y riqueza de sus minas de carbn, se hallaba destinada 
representar pronto un papel importante, no slo en la provincia, sino en
la regin cantbrica. Deseaban que aquellos tesoros subterrneos
saliesen pronto  luz; estaban vidos de que en la Pola, capital del
concejo y partido judicial, se introdujesen reformas y mejoras que la
hiciesen competir dignamente con Sama, capital del vecino concejo de
Langreo. En Sama se encendan por las noches faroles de petrleo para
alumbrar  los transeuntes. En la Pola ni soarlo siquiera. En Sama se
coma carne fresca todos los das. En la Pola, salada todo el ao,
excepto cuando  algn vecino se le antojaba sacrificar una res y vender
una parte de ella. En Sama haba ya un _caf_ con mesas de mrmol. En la
Pola slo algunas tabernas indecorosas. Por ltimo, y esto era lo que
causaba ms admiracin y envidia entre nosotros, en Sama se haba
abierto recientemente nada menos que un paseo con docena y media de
castaos de Indias puestos en dos filas y ocho  diez bancos de madera
pintados de verde, donde los _particulares_ se repantigaban todos los
das para leer las gacetas de Madrid. Para llegar  tal grado de
civilizacin era necesario que los lavianeses _aunaran_ sus esfuerzos.
Esto se repeta sin cesar en la Pola.

Los nicos que en aquella tertulia pensaban mal de las minas y no
ansiaban las reformas,  ms del capitn, eran su primo Csar, el seor
de las Matas de Arbn y el prroco D. Prisco. El primero por su espritu
clsico y temperamento drico, el segundo porque era un gran filsofo.
D. Prisco slo hallaba dos cosas dignas de atencin: el cielo estrellado
y la _brisca_. En consecuencia,  rezando  jugando: sta era su vida.
Todo lo dems estaba comprendido en dos palabras, las predilectas, quiz
las nicas que salan claras de los labios de aquel hombre memorable.
_Miseria humana!_ stos eran los dos vocablos que abrazaban la creacin
entera y sus mltiples relaciones. Unas veces proferidos con admiracin,
otras con lstima, otras con resignacin  con irona  con desdn,
segn las circunstancias, para todos los casos servan por espinosos que
fueran. Cuando algn feligrs vena  contarle una lstima   exponerle
quejas de su mujer  de sus hijos, un murmullo ronco sala de las
profundidades del pecho del prroco. En aquel murmullo slo se perciba
distinta la profunda sentencia, compendio y resumen de toda la sabidura
de D. Prisco.

Comieron el capn asado, las truchas salmonadas, las olorosas judas con
morcilla y lacn, la rica empanada de anguilas, todo aderezado y servido
por las manos primorosas de D. Robustiana,  quien serva en esta
ocasin de azafata la vivaracha Flora. Bebieron el espeso vino de Toro
trado en odres desde Castilla al travs de las montaas que separan 
esta regin de las Asturias por el propio Martinn que ahora lo serva
loando sin cesar su pureza y sus virtudes. Bebieron an con ms placer
la sidra de la pomarada de D. Flix. El lagar estaba all prximo: una
de sus puertas se abra sobre la pomarada; la otra sobre el Campo de la
Bolera, donde en aquel instante se celebraba parte de la romera.

Y cuando llegaron los postres, el joven Antero se levant con la copa en
la mano y habl de esta manera:

--Amaneci al cabo el da por nosotros tan ansiado, el da de que
nuestro valle salga de su profundo y secular letargo. Aquellos tesoros
que nuestros padres pisaron siglos y siglos sin sospechar su existencia,
para nosotros los amonton la naturaleza debajo del suelo: para nosotros
y para nuestros hijos. Los desgraciados habitantes de esta regin que
apenas pueden,  costa de grandes esfuerzos, llevar un pedazo de borona
 la boca, dentro de pocos das, gracias  la iniciativa de una poderosa
casa francesa que va  sembrar aqu sus capitales, encontrarn medios de
emplear sus fuerzas, ganarn jornales jams soados por ellos. Y con
estos jornales se proporcionarn muy pronto las comodidades y los goces
que embellecen la vida. Porque el hombre no est destinado  vegetar
como un hongo tomando de la tierra lo estrictamente necesario para no
fenecer de hambre; tiene otras necesidades. Dentro de nuestro corazn
existe un impulso que nos hace apetecer nuevos y variados elementos de
vida, cambios incesantes que nos ofrezcan formas ms y ms interesantes
de existencia. Qu sera el mundo si todos nos limitsemos  recibir
los usos de nuestros padres y  guardarlos como un tesoro intangible y
precioso? Para que el hombre se eleve, para que exista el progreso es
necesario que prescindamos de ese respeto exagerado  la costumbre, que
no temamos crearnos necesidades. Las necesidades son acicates que
sacuden nuestra indolencia. Es necesario que nos relacionemos con los
pases extranjeros para hacernos partcipes de sus adelantos, que
apetezcamos siempre algo nuevo y mejor y que hagamos esfuerzos
incesantes por conseguirlo. Dentro de pocos meses oiris resonar por
estas montaas el agudo silbido de la locomotora. Es la voz del vapor
que nos llama  la civilizacin.

Todos acogen con hurras y palmadas este sensato discurso. Slo D.
Flix, D. Csar y D. Prisco permanecen silenciosos y taciturnos.

Al sentarse el sobrino del capitn se levant el ingeniero que haba
llegado de Madrid. Era un joven de fisonoma inteligente y agraciada.

--Brindo--dijo--por que en breve plazo quede desterrado del hermoso
valle de Laviana ese manjar feo, pesado y grosero que se llama _borona_.
No podis imaginar con qu profunda tristeza he visto  los pobres
labradores alimentarse con ese pan miserable. Entonces he comprendido la
razn de su atraso intelectual, la lentitud de su marcha, la torpeza de
sus movimientos, la rudeza de todo su ser. Quien introduce en su
estmago diariamente un par de libras de borona no es posible que tenga
la imaginacin despierta y el corazn brioso. Procuremos todos en la
medida de nuestras fuerzas que pronto desaparezca de aqu  al menos que
se relegue  su verdadero destino, para alimento de las bestias, que
pronto se sustituya por el blanco pan del trigo. Con l, no lo dudis,
despertar la inteligencia, se aguzar el ingenio, crecern los nimos y
por fin entrarn en el concierto de los hombres civilizados los
habitantes de este pas.

Mucho se rieron y celebraron las palabras del joven ingeniero. El
actuario D. Casiano se levant de su silla y le apret contra su vientre
de tal modo que el ingeniero deca ms adelante que por un momento se
crey dentro de l como Jons dentro de la ballena. Y sin embargo, D.
Casiano se coma con rematado placer media borona migada en leche! Pero
se guard bien de confesar esta flaqueza. Hubiera negado  la borona, no
tres veces como San Pedro  su maestro, sino trescientas. Todos la
negaron, todos! aunque haba nutrido la infancia de la mayora de
ellos. Slo el seor de las Matas de Arbn se levant de su silla y con
reposado y noble ademn avanz su copa hasta chocar con la del ingeniero
y dijo:

--Hubo un tiempo, seor, en que delante de estos rudos campesinos,
alimentados con castaas y bellotas como las bestias, corran
desbandadas las guilas romanas enviadas por Augusto. Ms tarde las
huestes sarracenas que haban paseado en triunfo todo el orbe, vinieron
 estrellarse contra los pechos de un puado de labriegos ah, un poco
ms arriba, en la sacra montaa de Covadonga. Pasaron muchos siglos,
empezaron  alimentarse con borona, y otras guilas tan brillantes, las
del Csar Napolen, cayeron sobre nuestro pas. Estos campesinos
segndolas el cuello por montes y barrancos probaron que con la borona
no haban perdido el ardimiento. Y en las luchas de la inteligencia, en
los nobles certmenes de las ciencias y de las artes muchos asturianos
criados con borona alcanzaron, seor, honra imperecedera. Su voz ha
resonado con elocuencia en la tribuna, su pluma ha trazado pginas
brillantes que admira el extranjero, su cincel ha dado eterna vida  la
piedra y la madera... No me sorprende en verdad que usted haga ascos 
este manjar grosero hecho con la harina del maz. Dionisio de Siracusa
tambin los hizo cuando le dieron  probar aquella sopa negra de los
espartanos fabricada con sal y vinagre, manteca de puerco y pedacitos de
carne. Es detestable! exclam.--Le falta algo, respondi el
cocinero.--Qu le falta?--Que te hubieses baado en el Eurotas y
hubieses hecho todos los ejercicios de la palestra. Del mismo modo,
seor, para conocer el gusto de la borona le ha faltado  usted baarse
en el Naln y haber pasado el da cavando la tierra con la azada.

Toc  su vez al capitn el levantarse y abrazar estrechamente  su
primo. El ingeniero contempl aquella figura estrafalaria y escuch
tales palabras con asombro. Los dems le hicieron disimuladamente seas
de que se trataba de un excntrico.

--Bien est lo que mi venerable amigo el seor de las Matas de Arbn
acaba de manifestarnos--dijo Antero levantndose de nuevo.--Los
alimentos por groseros que sean no privan al hombre de sus aptitudes,
sobre todo de aquellas que le son comunes con las fieras, las de luchar
y defenderse. Mas yo pregunto: para qu servira su actividad si no
arrancase  la naturaleza sus secretos si no fuese gustando de todos los
recursos que la Providencia puso  su disposicin? Si la situacin del
hombre, si sus alimentos, si sus vestidos no hubieran de cambiar jams,
esas artes, esas ciencias de que nos hablaba D. Csar seran intiles y
aun me atrevo  decir que imposibles. Comprendo el amor y el respeto que
mi querido to D. Flix y el seor de las Matas de Arbn sienten por el
pasado; pero no quisiera que ese amor les arrastrase  privar  este
valle de lo que tiene derecho  alcanzar, mayor bienestar para sus hijos
y un puesto en la civilizacin. Por eso en este momento me atrevo 
suplicar  mi buen to que no se oponga  que por sus propiedades de
Carrio cruce la va frrea necesaria para transportar los minerales. Su
oposicin, aunque fuese vencida por la ley, al cabo dilatara algn
tiempo la prosperidad de nuestro pas.

--Me opongo y me opondr con todas mis fuerzas!--exclam el capitn
airado.--Yo no creo que esa prosperidad traiga  este valle dicha
ninguna. El ejemplo de Langreo, que tenemos bien cerca, me lo confirma.
Los hombres trabajarn ms que antes y no  luz del da y respirando la
gracia de Dios como ahora, sino metidos en negros, inmundos agujeros.
Las mujeres lavarn ms ropa sucia, cuidarn ms enfermos, quedarn
viudas primero. Los nios escucharn ms blasfemias, sufrirn ms
golpes. Yo me ro de esa prosperidad y la maldigo. Qu me importa que
traigis un puado ms de oro si con l llega el vicio, el crimen y la
enfermedad?

Quiso Antero discutir con su to; probarle que estas lacerias no son
consecuencia obligada de la industria y las minas, sino perturbaciones
accidentales que al cabo quedan suprimidas por s mismas cuando los
obreros se hacen ms cultos por la enseanza y el trato. Pero don Flix
se neg  escuchar. Colrico cada vez ms y respondiendo  las razones
de su sobrino con frases violentas  desdeosas, tanto lleg  exaltarse
que el alcalde, el boticario y otros comensales creyeron prudente
intervenir. Encauzaron la conversacin hacia otros asuntos y procuraron
alejar al to del sobrino. Se haban levantado ya todos de la mesa. Se
diseminaron por la pomarada formando grupos. La viva disputa de D. Flix
con Antero haba producido cierto malestar. Se deploraba en voz baja que
aqul tuviese un carcter tan violento.

Al cabo renaci la calma, terminaron los comentarios, y la alegra y la
franqueza volvieron  reinar sobre los convidados. Algunos se acercaron
al lagar, penetraron en l y departieron con los labradores que all
estaban; otros pasearon debajo de los rboles hasta los confines de la
pomarada. El seor de las Matas fu uno de ellos. Enfrascado en sus
meditaciones clsicas y repitiendo en voz baja la hermosa gloga primera
de Virgilio camin paso entre paso por la finca. Y como llegase  una
rinconada umbra, se tendi _sub tegmine fagi_ recitando cada vez con
ms fervor los versos del cisne de Mantua. Se senta feliz. La sidra le
pona siempre en una disposicin potica tan lejana del furor bquico
como del grosero sopor de los esclavos. En otro tiempo, cuando esto
acaeca, sola ver cruzar por el bosque  Diana cazadora con su cortejo
de ninfas medio desnudas y tenda hacia ellas sus brazos anhelantes. Ya
haca aos que haban cesado estas imaginaciones erticas. Ahora en
tales ocasiones ya no vea ninfas, sino nforas llenas hasta el cuello
del chispeante vino de Chipre  de Rodas. Se hallaba, pues, reposando
dulcemente como Ttiro, cuando acert  oir cerca y detrs de los
rboles rumor de conversacin. No hubiera hecho alto en ello si no
percibiese bien claro entre aquella charla su nombre. Se alz, acercse
ms y escuch. Hablaban all tendidos sobre el csped Antero, el
ingeniero espaol y el qumico belga.

--Es un tipo verdaderamente notable--deca Antero.--Deben ustedes
estudiarlo. Para l no existe nada digno de aprecio fuera de las
Thermpilas y Maratn. Odia  los medos y  los persas ms que  los
chicos que le roban la fruta.

--Es curioso!--exclamaba el ingeniero.

--Pero su enemigo mortal es Pericles.

--Cmo?

--S, se ha empeado en destruir su gloria, y busca y rebusca por todas
partes algo que pueda socavarla. Le echa la culpa de la ruina de Atenas
y de todo lo malo que all ha pasado, le niega el talento, le niega la
elocuencia y le persigue con la misma saa que si le hubiera estafado.
No tienen ustedes ms que sacarle la conversacin del _olmpico_, como
l lo llama con sorna, y le vern ustedes deshecho. Por lo general, es
hombre pacfico y comedido; mas en cuanto se le habla de Pericles sale
de sus casillas y suelta horrores por la boca. Hace algunos aos
escribi un folleto fulminante contra l. En todo Asturias se conoce
este documento, que es chistossimo. Oigan ustedes algo:

 buena fe, Pericles;  buena fe, don traidor, suspiros y lgrimas asaz
engendrar vuestra desbocada ambicin. La ley no es bien guardada, la
ley positiva de los tiempos heroicos de la Hlade. El gran aparejo y
atavo con que ornis la ciudad de Teseo ms le har tuerto que derecho.
Holgados y descansados queris  vuestros compatriotas, dolientes y
cobardes los hallaris  la hora de la batalla...

--Graciossimo!--exclam el ingeniero, riendo  carcajadas.

--C'est tonnant!--profiri el qumico, que apenas poda comprender una
palabra de aquel lenguaje.

--En otro tiempo se le ocurri a mi to y a otros seores hacerle
alcalde. Crean ustedes que ha dejado memoria perdurable de su paso por
el ayuntamiento. Cuando presida las sesiones se crea en el gora. Una
vez en que se trataba de la limpieza de los pozos negros de la Pola
comenz su discurso diciendo: Setecientos mil dracmas gastaron los
dorios en dotar de alcantarillas  Esparta... Desde entonces le
llamamos por aqu el _dorio_.

--Oh, que c'est drle!

--Pero ese caballero es un loco!

--De atar!--respondi el joven Antero.

El seor de las Matas sinti al escuchar tales palabras que la sangre se
le agolpaba al cerebro. Estuvo por avanzar unos pasos y confundir 
aquel mancebo frvolo. Tuvo, sin embargo, fuerzas para dominarse: porque
haba estudiado en el Prtico y tena grabadas en su mente las
enseanzas de Zenn. Con nobleza verdaderamente estoica se alej, pues,
despreciando tanta injuria.

Mientras esto ocurra en la pomarada del capitn, el castaar en declive
que casi circunda la pequea iglesia de Entralgo herva de gente y
regocijo. Al lado de los rboles se haban colocado bastantes tenderetes
para vender vino y sidra: en torno de ellos departan bebiendo los
hombres maduros. En la parte ms llana se haba organizado un animado
baile al son de la gaita y el tambor. All luca de nuevo su primor y
gentileza Quino, el ms prudente y astuto de los hijos de Laviana. Su
pareja ya no era Telva, como la noche anterior, sino Eladia. Con este
arte maligno de tira y afloja tena  las dos zagalas rendidas,
deshechas de amor. Pero en aquel instante ms que de su pareja se
cuidaba de mirar con recelo la actitud de los de Loro. Andaban stos en
pandillas retozando por la romera, riendo, gritando, sin querer tomar
parte en los bailes, como si otra vez tuviesen gana de gresca.

En medio del campo, en el espacio ms abierto, se haba formado una gran
danza, los hombres  un lado, las mujeres  otro, unos y otros cogidos
por el dedo meique. Cantaban una antigua balada asturiana. Primero las
mujeres entonaban un par de versos. Los hombres respondan con otros
dos; y as se iba desenvolviendo la historia.

Bien presente est en mi memoria! Para que pudiese penetrar en el corro
alzabais amablemente vuestros brazos. En medio del crculo segua con
los ojos extticos vuestros acompasados movimientos. Escuchaba vuestros
cantos inocentes, que penetraban en mi corazn infantil, inundndolo de
una felicidad que nunca ms ay! ha vuelto  sentir.

No toda la gente estaba en el castaar de la iglesia. En las calles de
la aldea haba tambin alguna, y en el _Campo de la Bolera_ ms todava.
Aqu se ejercitaban los hombres en el juego de bolos, combatiendo seis
mozos de la Pola con otros tantos de Entralgo. Los dems, interesados en
la partida, miraban sentados en los maderos que por all haba
diseminados. Entre ellos estaba una cuadrilla de mineros que de luengas
tierras haba trado la empresa que comenzaba  beneficiar los ricos
veneros de Laviana. Se les reconoca por sus boinas encarnadas que
contrastaban con las negras monteras puntiagudas de los hijos del valle:
se les reconoca an ms por sus rostros macilentos, donde el agua no
haba logrado borrar por completo las manchas del carbn. Hablaban entre
s y dirigan miradas insolentes, provocativas  todos los que all
haba. Parecan sentir profundo desprecio por aquellos aldeanos y sus
juegos. Delante de la puerta del lagar de D. Flix haba un numeroso
grupo de hombres. Entre ellos estaba Jacinto de Fresnedo rodeado de sus
amigos los montaeses de Villoria, que se haban bajado del castaar
poco haca por consejo de Nolo. Tema ste con razn, vista la actitud
de los de Loro, que hubiese pronto ria, y persistiendo en su orgulloso
retraimiento no quera tomar parte en ella. Se hallaba sentado al lado
de Demetria, debajo de uno de los grandes nogales que circundan el
campo. Otras muchas zagalas, unas con sus galanes, otras sin ellos, se
haban bajado tambin de la romera cansadas de bailar, y andaban por
all diseminadas  la sombra de los rboles. Entre ellas se hallaba
Flora, la linda y desdeosa morenita huspeda de D. Robustiana.

El infiel esposo de esta seora, nuestro amigo Regalado, sali del
lagar, ech una mirada por el campo y dirigindose  los jvenes que
all haba, en el tono zumbn  impertinente que le caracterizaba les
habl de esta manera:

--Lleg el momento, mozos valerosos, de que probis vuestra enjundia
delante de las hermosas de Entralgo. Mi amo D. Flix me ha entregado
este reloj de plata con su cadena para que lo regale al tirador que ms
lejos clave la barra de hierro de quince libras. Y como de mis manos no
ha de parecerle tan bien el regalo como de las de alguna chavalita, el
mozo que gane el premio queda autorizado para elegir la que mejor le
parezca entre las presentes para que se lo cuelgue del chaleco.

Instantneamente se deshizo el juego de bolos. Todos examinan con
admiracin el grande reloj de plata y su cadena, echando clculos
fantsticos acerca de su valor. Regalado di orden  Linn de Mardana
para que trajera de casa la barra de hierro. No tard mucho el adusto
servidor en presentarse con ella. La gente se separa, dejando espacio
libre  los tiradores. De los parajes ms lejanos del campo acuden
hombres y mujeres  presenciar la lucha. Tambin D. Flix sale por la
puerta del lagar con sus comensales. Se les deja el sitio ms elevado y
cmodo para verla.

El primero que empua el hierro cilndrico es Pachn de los Barreros. La
barra parte de sus manos, se cierne en el aire y cae  larga distancia
de sus pies con admiracin del concurso. Inmediatamente sale  la
palestra Matas, famoso tirador del valle de Langreo, deja caer la
montera, toma la barra, afianza los pies, se revuelve con pausa y
maestra y lanza el hierro al alto. Se clav una cuarta ms all que la
del mozo de los Barreros.

--Hurra!--grit la muchedumbre.

Pachn no se da por vencido. Toma de nuevo la barra y consigue ponerla
dos pulgadas ms all que Matas. Pero ste la coge con prisa, hace un
esfuerzo supremo y la enva media vara lo menos ms lejos que su rival.
Entonces, henchido de orgullo, desgaja una ramita del nogal ms cercano
y la planta en aquel sitio donde se hinc su barra, exclamando:

--Este es el tiro que ha hecho Matas de Langreo.  ver si hay en
Laviana un mozo que lo haga cambiar de sitio.

Una tristeza profunda se esparce por el rostro de los lavianeses. Pachn
empua con rabia la barra, pero no logra ponerla ms all que la vez
anterior. Otros hijos del valle, los unos de Entralgo, los otros de la
Pola, ensayan tambin sus fuerzas. Nadie consigue acercarse ni con mucho
 la orgullosa ramita de nogal. Entonces todos los ojos se vuelven hacia
Nolo de la Braa, que all lejos segua departiendo con Demetria sin
acercarse al teatro de la lucha.

--Nolo--le grita uno,--Matas de Langreo nos ha vencido  todos.
Quieres probar tu fuerza?

--Si os ha vencido  todos, por qu no ha de vencerme  m?--replica
con orgullosa malicia el hroe de la Braa.

Todos deploran que no tome parte en el certamen. Porque Nolo pasaba por
el mejor tirador de barra de toda la ra del Naln caudaloso.

Entonces Jacinto de Fresnedo, aguijado por el deseo de honrar al dueo
de su albedro ms que de mostrarse vencedor en el juego, sale al medio
del corro. Rpidamente se descuelga la chaqueta de pao verde, se
despoja del chaleco floreado, tira la montera y agarrando la barra
afianza sus pies en el tiro y se yergue. No hay nadie que no admire la
gentileza de aquel mozo imberbe. Su musculatura atltica contrasta con
las lneas puras, delicadas de su rostro de adolescente.

La barra se escapa de sus manos, vibra en el aire con zumbido temeroso,
roza al caer la rama de nogal plantada por Matas y va  clavarse ms
lejos.

Viva! Viva! grita la muchedumbre frentica.

El mozo de Langreo se muerde los labios de despecho, toma de nuevo la
barra y la hace partir. No logra mejorar su tiro. Segunda vez pide al
jurado permiso para probar fortuna y lo obtiene. Mas ahora, agotadas sus
fuerzas, la barra se queda ms atrs de la rama.

Entonces, de aquella multitud ebria de entusiasmo se eleva un clamoreo
inmenso.

Viva Laviana! Viva Villoria! stos son los gritos que resuenan sin
cesar por el Campo de la Bolera. Todos quieren abrazar al gallardo
mancebo.

Regalado se aproxima con el reloj en la mano y abandonando su
acostumbrada irona le dice con visible emocin, pues al cabo tambin l
haba nacido en Villoria:

--El jurado te declara vencedor, Jacinto. Elige la moza que ha de
entregarte el reloj.

Jacinto tarda algunos instantes en responder. Al cabo haciendo un
esfuerzo pronuncia muy quedo el nombre de Flora.

--Ven ac, Florita--grita Regalado.--T eres la elegida. Toma el reloj y
entrgaselo.

--Yo no tengo nada que entregar, puesto que nada es mo--responde con
acritud la doncella.

--Pero has sido elegida por el vencedor, nia. Ningn trabajo te cuesta
entregarlo.

--Si me cuesta  no trabajo no lo sabe usted. Lo que le digo es que no
quiero.

En vano fu que la instaran muchos de los presentes.  todos sus ruegos
y razones responda cada vez con mayor energa: no quiero! no
quiero! El mismo capitn fu desairado.

--Perdneme usted, D. Flix--le respondi con resolucin la altiva
zagala.--Todo cuanto usted me mande lo har menos eso.

--Dejarla! dejarla!--exclam Jacinto con voz alterada.--No la
molestis ms. Ya no quiero esa prenda de sus manos. Que me la entregue
quien no me desprecie.

Y colgndose de nuevo la chaqueta del hombro tom el reloj que le di el
mismo capitn, volviendo en seguida la cabeza para ocultar las lgrimas
que saltaban  sus ojos.

--Bendita sea tu sandunga! No te parece, Plutn, que ha hecho bien la
morenita en negarse  dar el reloj  ese palurdo?--dijo uno de los
mineros de la boina colorada  otro de sus compaeros.

--Y que lo digas, Joyana!--respondi el interpelado dirigiendo sus ojos
 Nolo y Demetria que all lejos proseguan su pltica amorosa.

--No sera lstima que un caramelo tan rico cayese en la boca de este
zngano de la cara de pan?--volvi  decir Joyana apoyando su
proposicin con una blasfemia.

--Ms lstima que aquella paloma blanca caiga entre las uas del zote
que tiene  su lado!--replic Plutn devorando con los ojos  la hermosa
Demetria y remachando sus palabras con otra blasfemia.

Joyana y Plutn, as llamados el primero por el pueblo en que naci, el
segundo por mote que le puso un ingeniero, eran dos mineros hbiles que
haba trado consigo el director. Llevaban ya bastantes aos en el
oficio y haban recorrido algunas provincias mineras de Espaa
ejercindolo. De casi todas haban sido arrojados por su natural
dscolo, propenso  bullas y reyertas. Plutn haba estado ya dos aos
en presidio. Joyana unas cuantas veces en la crcel. Eran temidos por
sus compaeros. Los capataces los mimaban por su destreza y acaso
tambin por miedo. Ambos eran bajos de estatura y no muy corpulentos.
Sin embargo, Plutn, aunque de piernas flacas, tena el torso robusto,
los brazos largos, la mirada dura, insolente, denotando su estructura de
mono bastante agilidad y fuerza.

Nolo de la Braa pag la mirada agresiva y sarcstica de los mineros con
otra de curiosidad no exenta de desprecio. Alzando su arrogante figura
de atleta frente  la de aquellos _gorilas_ los estuvo contemplando
largo rato sin pestaear. Despus, como su odo experto le dijera que
all en la romera haba algn tumulto, hizo sea  sus compaeros y
despidindose de Demetria se alej con ellos atravesando el puente y
dirigindose  Villoria por la margen izquierda del riachuelo.

Ya era tiempo de que lo hiciera. All en la romera,  espaldas de la
iglesia, los de Loro, despus de provocar con pesadas palabras y
acciones groseras la clera de los de Entralgo, haban logrado al cabo
despertarla. Sin considerar su inferioridad numrica, pues muchos de los
combatientes haban bajado ya  la Bolera, se precipitaron  la lucha.
La desesperacin les prest una fuerza incontrastable. Animndose los
unos  los otros, lograron contener en los primeros momentos el empuje
de los de Loro. Chasqueaban los palos, arremolinbase la gente, rodaban
las cestas de fruta por el castaar abajo, volcbanse las mesas de los
confiteros ambulantes, quebrbanse vasos y botellas. Todo era confusin
y alarma y gritera y polvo en el campo de la romera. Las mujeres, los
nios y los pocos hombres de edad madura que haban quedado buscaban
refugio en el prtico de la iglesia. Desde all seguan con ojos
ansiosos las peripecias del combate. Los nios enardecidos alentbamos
con gritos  los nuestros. Costaba gran trabajo  las mujeres sujetarnos
para que no volsemos al medio de la pelea.

Prosigui sta encendida  indecisa bastante tiempo. Por una y otra
parte se peleaba con vivo ardor. Los de Loro, engredos por sus
victorias pasadas y confiados en sus fuerzas, se lanzaban con impetuoso
alarde sobre los de Entralgo. stos, con el alma sangrando de coraje y
despecho, se defendan sin retroceder una pulgada, inmviles en su
sitio, como si estuviesen clavados  la tierra. All vi  Angeln de
Canzana repartiendo garrotazos con tanta furia y clera que nadie se
pona al alcance de su palo que no sintiese pronto sus efectos
perniciosos. Este palo era un regalo primoroso que le haba hecho un
pastor de Sobrescobio. Buscaba ste por los montes de Raigoso una
ternera que se le haba perdido. Angeln, que all estaba apacentando
sus vacas, le ayud en la tarea durante largas horas: por este servicio
le hizo presente de aquel magnfico garrote pintado y esculpido
finamente, con su correa para sujetarlo  la mano, adornado en la porra
con lucientes clavos dorados. All estaba Simn de Mara, llamado el
Cojo de Mardana que, aunque lisiado de nacimiento, se revolva mejor que
los que estaban bien completos. El garrote pesado de acebuche pareca
una paja entre sus manos indomables. No lejos de l combata
furiosamente Tanasio de Entralgo, que en vez de garrote liso empuaba un
cayado enorme con el cual llevaba la ruina y el estrago  las huestes
enemigas.

Mas quin fu el bravo que brillaba en la batalla como un astro
refulgente que hace empalidecer  los que fulguran  su lado? Celso, el
animoso y magnnimo nieto de la ta Basilisa. Celso, anhelando tomar
venganza, se lanzaba impetuosamente dando gritos horribles sobre los de
Loro. No consideraba que sus fuerzas estaban mermadas por los estacazos
de la noche anterior. Ni su cabeza vendada y dolorida ni sus riones
derrengados podan abatir su coraje. En cada uno de sus asaltos
desesperados haca rodar por el suelo  algn enemigo, de tal modo que
Lzaro del Condado, dejando su puesto, se lanz  toda la carrera hacia
aquel ms lejano donde peleaba Toribin de Loro.

--Toribio--le dijo,--por qu te entretienes aqu sacudiendo  esta
morralla que no vale una castaa asada, cuando all abajo el nieto de la
ta Basilisa, ms furioso que un jabal, est volcando los mozos como si
fuesen pucheros de barro?

El grande y fuerte Toribin escucha estas palabras y sin responder
abandona prontamente aquel sitio y se precipita al paraje en que Celso
peleaba con gloria imperecedera. Delante de l huan los mozos de
Entralgo y Villoria como los corzos al aproximarse el cazador. En
aquella carrera furiosa sacudi un garrotazo  Gabriel de Arbn que le
hizo morder el polvo, machac las costillas  Pepn de Solano y alcanz
tambin con un palo en la cabeza al bravo Angeln de Canzana, que se vi
necesitado  retirarse del combate. Antes de llegar cerca de Celso ste
le sali al encuentro. El insensato! No saba que Toribin le
aventajaba mucho en valor y en fuerzas. El poderoso mozo de Loro rompe
las filas de los suyos y aproximndose  Celso, antes que ste hubiera
tenido tiempo  levantar su palo, le sacudi con ambas manos un
garrotazo en medio de la cabeza que le hizo venir al suelo sin
conocimiento. Cuando el ingenioso Quino pudo verle as extendido por
tierra, un violento dolor oscureci sus ojos. Y mezclndose
cautelosamente entre los combatientes sin ser percibido por Toribin
arrastr  su amigo fuera de la pelea y echndoselo luego sobre los
hombros lo condujo hasta el prtico. All las manos piadosas de las
mujeres le rociaron la cara con agua fresca hasta volverle al sentido,
oprimieron los tolondrones, tamaos como huevos, que tena en la cabeza
con monedas de cobre de dos cuartos y restaaron la sangre de sus
araazos con telaraas que recogieron en la iglesia.

Sin embargo, el valiente y artificioso Quino, despus que dej  su
amigo en seguro, se lanz otra vez  la refriega. Observando que los
suyos, antes tan animosos, cedan al empuje poderoso de Toribin y
perdan terreno gradualmente, una tristeza profunda le traspas el
corazn. Entendi claramente que no tardaran en darse  la fuga.
Entonces se acerc  ellos en cuatro saltos y les grit con voz
penetrante:

--Haba de daros vergenza, mastuerzos! Esta maana tanta ronca en el
lagar y que habais de hacer y acontecer y comeros crudos cada uno 
siete mozos de Loro, y ahora vais  volver el culo delante de un hombre
solo. Dnde estn vuestros hgados? Es que no servs ms que para
mascar la torta al pie del lar y asar las castaas?

As dijo; y dando ejemplo de herosmo se precipit como un jabal lleno
de audacia sobre los enemigos. Pero frtil siempre en astucias, en vez
de atacarlos por donde combata Toribin, se lanz por el sitio en que
las filas le parecan ms flacas. Y en efecto, las rompi fcilmente.
Los de Entralgo, picados del ejemplo y an ms de las palabras de su
compaero, redoblaron sus esfuerzos. Combatieron con tanto coraje que en
pocos minutos lograron ganar el terreno perdido y aun hicieron
retroceder  los de Loro. Entonces Toribin, vindoles flaquear, quiso
reanimar su valor y les grit con voz fuerte:

--Amigos, compaeros, mozos del Condado y de Loro, arread firme  esa
canalla! Semos hombres  no semos hombres? Acordaos de la romera del
Obellayo cuando estos pobretes corran delante de nosotros como una
manada de carneros. Acordaos de ayer noche cuando  estacazo limpio los
metimos en sus casas y los dejamos acurrucados en la cocina debajo de
las sayas de sus madres y hermanas. Si sois hombres y sabis tener el
palo, no tardarn mucho tiempo en volver el culo. Arrea, Lzaro!
Arrea, Firmo!

Con estas palabras reanim el valor de sus amigos. Al cabo lograron
rechazar  los de Entralgo hacia el camino de Villoria. As como un
len confiado en sus garras se precipita sobre un rebao de bueyes y
desgarra  uno y  otro y  todos los aterra, del mismo modo Toribin,
lleno del sentimiento de su fuerza, se abandona  todo su furor con el
palo en la mano. Los de Loro y Condado  su vista se arrojan con ms
bro sobre los de Entralgo y Villoria y redoblan su valor y sus
esfuerzos. Ni el coraje indomable de Angeln de Canzana, que despus de
refrescarse un poco la cabeza con agua haba vuelto  la pelea con ms
ardor que antes, ni el esfuerzo heroico del Cojo de Mardana ni el cayado
fulminante de Tanasio de Entralgo fueron bastante  detener el retroceso
gradual de los suyos.

Sin embargo, all enmedio del campo, lejos ya de sus amigos, combata el
magnnimo Quino. Delante de su palo asolador caan los mozos de Rivota y
Loro. Pero arrastrado de su ardimiento haba ido demasiado lejos.
Cuando menos lo pensaba se encontr solo. Entonces, al echar una mirada
en torno y verse rodeado enteramente de enemigos, flaque su corazn y
olvid su fuerza indomable. Tres veces grit con voz penetrante
demandando socorro  sus amigos. Cinco mozos de Rivota y tres de Loro
le tenan envuelto y acosado como jaura de perros  un jabal feroz.
Quino, rodeando con la chaqueta su brazo izquierdo  modo de escudo,
paraba y contestaba con habilidad los garrotazos que le dirigan, pues
era diestro esgrimidor de palo. Lleg un instante, sin embargo, en que
los golpes menudeaban de tal manera que le fu imposible pararlos.

Entonces hubiera sucumbido ciertamente si Tanasio de Entralgo no oyese
sus gritos. Se bata ste en retirada al lado del Cojo de Mardana, pero
en buen orden y causando grandes estragos en las filas enemigas, cuando
lleg  sus odos las voces de auxilio de su enemigo.--Simn--le dijo
al Cojo,--oigo la voz de Quino. Me parece que est en mucho aprieto all
arriba. Si pronto no le ayudamos estoy en fe que le van  poner esos
cerdos como un higo. Ambos se lanzan en socorro suyo, animados de un
valor intrpido. Llegan al crculo de enemigos que acorralaban al
industrioso Quino. Tanasio, para romperlo, se vale de su enorme cayado
cortado en el monte Raigoso. Con l tira velozmente de las piernas 
tres  cuatro mozos de Rivota y los hace caer de bruces. Gracias  la
confusin que origina con tal estratagema logran romper las filas,
arrancan  Quino de las manos de sus adversarios. Unidos los tres se
baten con arrojo y cuando ven la ocasin propicia vuelven la espalda y
se dan  la fuga.

Los de Loro quedaron otra vez dueos del campo. Una parte de ellos
persigue  los fugitivos por el camino de Villoria; otros siguen  los
que huyen por la calzada de Entralgo. Toribio desdea esta persecucin.
Con el garrote en alto y dando feroces gritos, que resuenan
temerosamente en el valle pasea su furor y su triunfo por todo el campo
de la iglesia.

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VI

Bartolo.


Media hora despus no quedaba un ser viviente en este campo. La noche
haba cerrado, y todo el mundo se retir  sus casas. Los confiteros,
las fruteras, los taberneros ambulantes haban levantado y plegado sus
brtulos, los haban acomodado sobre sendos borricos y caminaban la
vuelta de sus casas comentando la aciaga jornada de los de Entralgo. En
la Bolera tampoco haba nadie. Slo dentro del lagar de D. Flix,
esclarecido por un candil, departan amigablemente cinco  seis paisanos
apurando vasos de sidra. Martinn les escanciaba. Haca aos que haba
contratado con el capitn la venta de la sidra, y aunque no tena la
taberna all, sino en su propia casa, situada en el centro del pueblo,
los das festivos sola trasladarse al lagar y hacer en l su comercio;
porque la Bolera era el campo acostumbrado para los recreos del
vecindario.

Martinn era un hombre famoso y popular, no slo en la parroquia, sino
en todo el valle de Laviana. Y aun no diramos mentira si afirmsemos
que su fama se extenda  los concejos limtrofes de Sobrescobio y
Langreo. Nadie recordaba haberle visto triste jams. En medio de las
mayores tribulaciones, conservaba el humor jovial, los chascarrillos,
las grotescas salidas de payaso  las cuales daba realce su cara
espantosamente fea, surcada de costurones causados por la viruela.
Tampoco le abandonaba su genio filosfico, inclinado  buscar las causas
de todos los efectos y escudriar las ocultas relaciones de las cosas.
Su fuerte era la dialctica. Recoger una idea vertida por cualquiera en
la conversacin, examinarla en todos sus aspectos, darle vueltas,
tirarla al alto, jugar con ella  la pelota y luego arrojarla  las
narices del que la haba soltado, tal era el mayor, el nico placer de
su vida. Porque Martinn coma poco y slo beba por complacer  algn
parroquiano que se empease en ello. En cuanto  los goces del hogar,
eran nulos para l. No tena hijos. Estaba casado con una mujercilla fea
y vieja y de genio tan desapacible que nadie podra sufrirla si no
poseyese la inagotable alegra de su consorte. Pero ste no slo la
sufra, sino que la amaba.  todos sus regaos y asperezas responda con
alguna salida jocosa, y cuando esto no bastaba, un abrazo. Guardaba para
ella las caricias ms tiernas, los regalos, los eptetos ms apasionados
que emplean los amantes. Apellidbala medio en serio medio en broma
estrella, botn de rosa, lucero, clavel. De tal modo que la
gente de la parroquia di en llamar  esta desagradable mujeruca
_Clavel_, y no se la conoca por otro nombre. Cmo va _Clavel_? le
preguntaban los parroquianos  Martinn al entrar en la taberna. Tan
buena--responda.--All est en la cocina amasando la torta.

Viva con este matrimonio una sobrina, aquella Eladia simptica que ya
conocemos. No sufra por cierto con tanta paciencia los rigores y
asperezas de su ta. Responda  veces de mal talante; haba disputas
frecuentes, gritos, amenazas y hasta golpes. Costbale  Martinn mucho
trabajo poner paz entre ellas. Cuando despus de una de estas reyertas
quedaba la pobre Eladia llorosa y con algn rasguo en las mejillas,
sola tomarla su to de la mano y conducirla  un rincn para emplear
con ella las fuerzas dialcticas con que Dios le haba dotado.

--Vamos  ver, nia, respndeme. Quin ha hecho  tu ta?

Eladia le miraba estupefacta sin despegar los labios.

--Vamos, respndeme, quin ha hecho  tu ta?... La has hecho t?

--Yo no.

--Entonces quin?

--Ser Dios--responda la joven con mal humor.

--Ah, Dios!--exclamaba triunfante Martinn.--Y si t la hubieras hecho,
no la habras dado un genio ms suave, ms alegre?

--Ya lo creo!

--Luego t eres capaz de hacer las cosas mejor que Dios, no es cierto?

--Vaya, vaya, to, djeme en paz!--replicaba la chica exasperada y
saliendo como un huracn por la puerta.

Esto mismo le acaeca  Martinn con todos los que aprisionaba en las
redes de su lgica. En vez de declararse rendidos y confesar que no
tenan sentido comn,  se marchaban,  se mofaban de l,  le
insultaban.

El descrdito de Martinn, como el de los grandes filsofos alemanes,
proceda de que no siempre lograba ponerse al alcance de las
inteligencias vulgares. Como Kant y Hegel sola abroquelarse detrs de
un tecnicismo extrao, incomprensible, brbaro, que  muchos haca reir
y  otros indignaba. Haba, por ejemplo, en sus discursos una _fuente
hipervertical_ de la cual manaban _rayos convergentes_ que nadie saba
qu mil diablos significaba ni de dnde la haba trado, aunque la
emplease como soberano recurso en las disquisiciones ms profundas.
Haba tambin unas _nsulas metdicas_ y unas _gravitaciones
intermitentes_ que dejaban estupefactos  inquietos  sus oyentes. Pero,
en general, se debe confesar que Martinn no se suma en estas
obscuridades de la lgica sino cuando algn paisano tena la mala
ocurrencia de hacerle beber quieras que no unas copas de aguardiente.

Formaban la base de su sistema ciertos axiomas que consideraba fuera de
discusin. El primero y principal era ste: Todo lo justo no puede
ser, al cual serva de corolario este otro: Lo justo no cabe por
ninguna parte. Despus haba otros de menos importancia, pero
igualmente inflexibles; por ejemplo: Con un _s_ me planto yo en
Pekn. El _cundo_ no exista al comenzar el mundo. De aqu que
Martinn no admitiese en la discusin ni _ses_ ni _cundos_, lo cual
como debe suponerse haca extremadamente embarazosa y molesta la
posicin de sus contrarios. No es maravilla, pues, que stos llegasen
alguna vez  exasperarse y que el filsofo tropezase en ms de una
ocasin con ms de una bofetada de cuello vuelto. Pero no turbaba
bofetada ms  menos la admirable serenidad de su espritu. Seguro de
que realizaba una obra de redencin persuadiendo  su adversario de que
era un asno, prosegua su tarea con nuevo ardor hasta ponerlo por
completo en evidencia.

Una cosa sorprendente.  pesar de su vocacin metafsica y de la
atencin intensa que necesitaba para desenvolver sus intrincados
razonamientos, jams se equivocaba en el nmero de vasos de sidra  vino
que escanciaba  los parroquianos. Al llegar la hora de retirarse y
hacer la cuenta, Martinn deca sin vacilar: Manuel tiene diez y siete;
el to Goro trece; Pepn treinta y cuatro, etc. Maravilloso cerebro
que aun elevndose  las ms altas esferas de la filosofa no abandonaba
la inspiracin matemtica!

En este momento se debata la cuestin de las minas y del ferrocarril
proyectado para extraer sus productos. El asunto preocupaba hondamente 
los labradores. Vagamente todos sentan que una transformacin inmensa,
completa, se iba  operar pronto en Laviana. El mundo antiguo, un mundo
silencioso y patriarcal que haba durado miles de aos, iba  terminar,
y otro mundo, un mundo nuevo, ruidoso, industrial y traficante, se
posesionara de aquellas verdes praderas y de aquellas altas montaas.
Corra por todo el valle un estremecimiento singular, el ansia y la
inquietud que despierta siempre lo desconocido. En los lagares, en las
tierras, en los senderos de las montaas y en torno del lar no se
hablaba de otra cosa. Los paisanos en general, aunque un poco recelosos,
se mostraban satisfechos. Esperaban tomar algn dinero, ya sea de los
jornales de sus hijos, pues se aseguraba que admitan en la mina hasta
los nios de diez aos, ya de la venta de las frutas, huevos, manteca,
etc. Pero las mujeres aparecan unnimemente adversas  la reforma. Su
espritu ms conservador les haca repugnar un cambio brusco. Luego
aquellos hombres de boina colorada y ojos insolentes, agresivos que
tropezaban por las trochas de los castaares les infundan miedo. Luego,
y esto era lo principal, teman por sus hijos. La idea de que al padre
le acomodase enviarlos  la mina y quedasen sepultados  quemados
dentro, como se deca que pasaba en otras partes, las haca estremecer.

Todo eso para qu?--decan acercando con mano trmula los pucheros al
fuego.--No habis vivido hasta ahora sin necesidad de hurgar la tierra
como los topos? Os ha faltado un pedazo de borona y un sorbo de leche?
Qu ms queris? Servid  Dios y morid en vuestras camas como
cristianos y no como perros en esas cuevas de infierno!

Los maridos, sentados alrededor del fuego y picando sus cigarros en
espera de la cena, rebatan tales argumentos. Era necesario beneficiar
lo que Dios haba puesto debajo de la tierra. Si en aquel valle haba
lea en otras partes no, y necesitaban el carbn para calentarse y
guisar su comida. Adems, pasar toda la vida con borona, leche y judas
era bien duro. Puesto que debajo de los pies tenan el dinero necesario
para procurarse algunas comodidades, por qu no recogerlo? En otras
partes los jornaleros coman pan blanco, tomaban caf, beban vino y en
vez de aquellas camisas de hilo gordo que ellos gastaban se ponan 
raz de la carne unas camisetas de punto suaves, suaves, como la pura
manteca.

Los nios estaban de parte de sus padres. stos les prometan comprarles
un tapabocas y unas botas altas como gastaban los mozalbetes en Langreo,
as que ganasen por s mismos algunos cuartos. Con tal perspectiva no
les arredraba bajar  la mina. Hasta preferan esto  la escuela,
orgullosos de la precoz independencia que su calidad de obreros les
proporcionaba.

En Canzana y en Carrio, parajes donde se haban hecho las primeras
excavaciones y donde se proyectaba trazar el ferrocarril para mejor
beneficiarlas, el viento de la ambicin haba levantado los cerebros.
Fuera del to Goro, que por su cualidad de hombre letrado se crea en el
caso de opinar siempre como el prroco y el capitn de Entralgo, apenas
quedaba un individuo del sexo masculino que no se hallase excitado por
la idea de enriquecerse. Y como de Carrio y Canzana eran los cinco 
seis paisanos que en el lagar quedaban rezagados, no es maravilla que
todos estuviesen conformes en celebrar los nuevos acontecimientos y en
vaticinar enormes prosperidades para el concejo.

Martinn, que por la maana pensaba lo mismo y quiso discutir con D.
Flix, ahora haba dado la vuelta. Espritu dialctico ante todo y
aficionado  las batallas intelectuales por el placer que esto le
produca y los triunfos que alcanzaba, jams vea aparecer en el
horizonte una idea, una opinin cualquiera, que no desprendiese de su
carcaj una saeta para encajrsela. Todos contra l. l contra todos. Los
labriegos, bien cargados ya de sidra, voceaban, se descomponan,
mientras el tabernero, con la cabeza siempre despejada y bien repleta de
argumentos (quiz tambin de sofismas) sonrea con desdn.

--Dices, Juan, que las minas sern nuestra felicidad.

--Eso! eso digo!--exclamaba el paisano con furor.

--Pues yo te digo que acaso, acaso sern nuestra desgracia.

--Martinn, eres un burro!--grit otro paisano que all en un rincn
libaba silenciosamente el jugo de la manzana.

--Te digo que acaso sean nuestra desgracia y voy  probrtelo--expres
Martinn con calma sin hacer caso de la interrupcin.--T bien sabes que
en las minas se matan algunas veces los hombres... no me lo negars?...

--Y eso qu importa?--profiri Juan ms enfurecido.--Porque un
pelafustn se muera va  dejar el concejo de aprovechar la riqueza que
tiene bajo tierra?

--Pero me lo niegas?

--No te lo niego.

--Pues bien, por la muerte de un hombre se pierde una familia. Ya sabes
que cuando falta el padre se marcha el pan; la mujer y los hijos
perecen. No me lo negars?

--No te lo niego: adelante!

--Por la ruina de una familia se pierde un casero; tampoco me lo
negars. Ya ves lo que sucedi en las Llanas. En cuanto el to Roque
cerr el ojo, los rapaces vendieron al capitn los prados y las tierras
y embarcaron en Gijn para la Habana: las rapazas se fueron  servir 
Oviedo: el to Meregildo, que mientras vivi su hermano fu buen
paisano, comenz  dormir en las tabernas hasta que hundi lo que
tena... En fin, ya lo sabes; all ya no hay ms que unos cuantos
establos.

--Bien, bien, qu quieres decir con eso? Arrea un poco.

--Ten paciencia, hombre, ten paciencia! Vers qu pronto todo lo que t
has dicho se lo lleva el viento.

--Martinn, eres un burro!--volvi  gritar el borracho recalcitrante
desde su rincn.

Martinn se volvi tranquilamente hacia l y le dijo:

--Si soy un burro, mndame maana una fanega de cebada y te dar las
gracias.

Los paisanos rieron  carcajadas. Todos le abrazan hechizados por tan
espiritual salida.

Martinn, henchido de orgullo y regodendose anticipadamente con la
derrota de aquellos bobalicones, iba  proseguir y cerrar su victorioso
_sorites_, cuando de pronto se abre con estrpito la puerta que daba 
la Bolera y aparece Bartolo, el hijo belicoso de la ta Jeroma, con el
rostro espantosamente plido, sin garrote en las manos y sin montera en
la cabeza. Ech una mirada torva y ansiosa por el recinto, y antes que
los presentes pudiesen decirle una palabra, corri  un tonel vaco y se
meti de cabeza por la pequea compuerta, desapareciendo como un
relmpago. No haban pasado cinco segundos cuando se dibuj en la puerta
la silueta de Firmo de Rivota.

--Buenas noches, amigos.

--Buenas las tengas, Firmo.

--No ha entrado aqu hace un momento Bartolo el de la ta Jeroma?

Martinn, dando prueba brillante de diplomacia y corazn, le respondi:

--S; acaba de entrar, pero ha salido sin detenerse por la otra puerta y
se ha metido en la pomarada.

Firmo quiso seguirle. Martinn le dijo:

--Es intil que le busques. La pomarada est ms oscura que una cueva y
t no la conoces como l. Antes que dieras muchos pasos en ella ya l la
habr saltado y estar en su casa.

El mozo de Rivota se encogi de hombros con clera y desdn y profiri
sordamente:

--Bueno... otro da ser. chame un vaso de sidra, Martinn.

El tabernero se apresur  cumplir la orden. Firmo se arrim para
beberlo al tonel mismo en que estaba escondido Bartolo. Al cabo de unos
momentos de silencio uno de los paisanos le pregunt sonriendo:

--Queras decir un recado  Bartolo?

--S, una palabrita al odo nada ms--respondi el mozo fijando sus ojos
airados en el techo.

Nuevo silencio. Todos le contemplan con atencin y curiosidad.

--Si tienes mucha prisa, esta misma noche antes de retirarme pasar por
su casa y se lo dir--manifest con sorna Martinn.

--No--replic Firmo,--es menester que yo le vea.--Y despus de vacilar
un poco aadi:--Es que quiero que me ensee los pedazos de un
garrote...

--Toma, y por eso tienes tanta prisa?--exclam Martinn riendo.--De
noche se ve mal. Djalo para cuando haga da claro... Adems, para qu
diablos quieres ver un palo roto?

--Es que dice que lo ha roto ayer en mis espaldas y anda por ah
enseando los cachos  todo el mundo.

-- todo el mundo menos  ti?

--Claro!... Y ya ves t, quin ha de tener ms gusto que yo en ver
cmo ha quedado ese vardasco?

Los paisanos celebraron la ocurrencia. El mozo se humaniz y bebi
sonriendo otro vaso.

--Acaso te habrn engaado, Firmo--manifest uno de ellos.--Bartolo es
un infeliz, incapaz de hacer dao  nadie.

--Bartolo es un burro!--profiri el mozo volviendo  encresparse.--Y
ms cobarde que una liebre. Entre todos los mozos de Entralgo no hay
ningn zampatortas ms que l. Por eso es el nico que chilla. Siempre
relatando hazaas y en cuanto tocan  repartir lea ya se est
escondiendo...

--Cmo escondiendo?--exclam Martinn.--Ests equivocado, Firmo. Nunca
supe yo que Bartolo se haya escondido.

Los paisanos prorrumpieron en grandes carcajadas.

--Siempre, siempre!--dijo Firmo con mpetu.--En la romera del Obellayo
se acurruc en una mata de zarza y all se estuvo mientras hubo palos.
Ayer noche, al comenzar la gresca, busc la puerta de su casa y se
tranc. Y hoy, antes que le alcanzara ningn vardascazo, se ech por el
castaar arriba, camino de las Llanas, para venir ahora.

--Y cmo diste con l?

--Llegbamos unos cuantos amigos de correr  los de Villoria, cuando
vimos un mozo saltar al camino delante de nosotros. As Dios me salve
si aqul no es Bartolo, dije yo en seguida. Le conoc, aunque la noche
no est muy clara, por lo derrengado. Me echo  correr detrs y le
grito: Aguarda, aguarda un poco, Bartolo! Ay, amigos! Quin le vea
escapar por el prado del seor cura abajo!... Bien podis creerme que
perda el culo.

--Todo no, pero un poco no le vendra mal perderlo--asegur un paisano.

--S; an le quedara bastante--replic Firmo.

--Pero yo no puedo creer que Bartolo se esconda, vamos!--dijo otro,
recalcando el chiste de Martinn.

--Pues que se esconda  no se esconda--profiri Firmo,--en cuanto le vea
le salto todas las muelas. Podis decrselo  ese zote. Y adis, que me
esperan.

Pag los dos vasos y terciando la montera para dar testimonio visible de
aquella resolucin, tom el garrote que tena arrimado al tonel y
traspuso majestuosamente la puerta.

Los tertulios esperaron  que Bartolo saliese de su escondite; pero
viendo que no daba cuenta de s y temiendo que le hubiera ocurrido algo
malo, uno de los labriegos llam con el garrote sobre el tonel.

--Bartolo, Bartolo.

El rostro del hijo belicoso de la ta Jeroma apareci en la compuerta.

--Ya escap ese cerdo?--pregunt paseando una mirada siniestra por el
lagar. Y como le respondiesen que s, se apresur  desempaquetarse. Una
vez en pie, bramando de ira, se arroja sobre el garrote de uno de los
paisanos, se lo arranca de las manos, lo empua con las suyas indomables
y se lanza  la puerta rugiendo:

--Puo! repuo! Tanto insulto no lo aguanta el hijo de mi madre.
Aunque se esconda debajo de la tierra he de atrapar hoy  ese puerco y
le he de abrir la cabeza!

Los tertulios, claro est, se apresuran  detenerle. Le sujetan.
Forcejea l desesperadamente, soltando espumarajos de clera por la
boca. Al cabo logran que se siente y despus que beba un vaso de sidra y
se calme, evitando de esta suerte una noche aciaga para Rivota.

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VII

Ninfas y stiros.


La Aurora dejaba el lecho del bello Titn para esclarecer el frondoso
valle de Laviana cuando Regalado dej el de su esposa D. Robustiana, la
ms noble de las mujeres. Inmediatamente anuncia su propsito de marchar
 Langreo, donde tiene que perseguir algunos deudores morosos de su
principal. Va  la cuadra, hace limpiar al Gallardo, su caballo tordo,
preside al acto solemne de enjaezarlo, y despus entra de nuevo en casa
y prepara con gran cuidado las alforjas.

En el corazn magnnimo de D. Robustiana se cuela de rondn una extraa
inquietud que le quita el aliento para tomar el chocolate habitual.
Pregunta con voz trmula  su marido si necesita alguna vitualla.
Responde l negativamente: se propone pasar all dos  tres das y
alojar en la clebre posada de la Gardua. Ella duda. El da anterior
le vi en la romera hablando quedo y aparte con Celedonia, una viuda
hermosa del valle de Bimenes. Y se alarma pensando si su esposo correra
como otras veces  olvidar el lecho nupcial en los brazos de aquella
sirena engaadora. Aprovechando un instante en que el mayordomo sale de
casa para dar otra vuelta por la cuadra, examina las alforjas, que ya
tena preparadas, mete la mano en ellas y tropieza con algunas libras de
chocolate, dos botellas de vino de Jerez y un tarro de _cabello de
ngel_, lo ms exquisito que ella misma haba fabricado aquel ao. Su
alarma crece. Mete la mano ms adentro y tropieza con el estuche de la
flauta. D. Robustiana palidece, queda consternada. Un torrente de
lgrimas se desprende al fin de sus ojos. Aquel pormenor musical acaba
de aniquilarla.

En esta triste situacin la sorprendi Flora al entrar para darle los
buenos das. Vuela hacia ella, la abraza y le pregunta anhelante qu le
sucede. D. Robustiana, temiendo que llegue su marido, la toma de la
mano y la conduce al cuartito que ocupaba la zagala, y all desahoga en
ella su pecho. Un tarro de dulce! tres libras de chocolate! botellas
de Jerez!

--Seora, ya sabe usted que el chocolate es malo en las posadas.

--Y para qu quiere tres libras?

--No sabr el tiempo que necesite permanecer en Langreo.

--Y la flauta! la flauta? Para qu necesita la flauta? Les va 
tocar  los colonos alguna polka para hacerles pagar la renta?--exclama
la buena seora con desesperacin.

D. Robustiana no conoca la mitologa; no estaba por lo tanto enterada
de que el tracio Orfeo haba llevado  cabo empresas mayores con su
lira. Como tampoco lo estaba Flora, no pudo tranquilizar su espritu con
esta cita histrica. Qued, pues, silenciosa y perpleja mientras la
atribulada seora se entregaba cada vez ms reciamente al llanto. Pero
al cabo naci una idea en su frentecita morena, debajo de sus ricitos
negros. Y sin comunicarla  su protectora sale de la estancia, baja las
escaleras de la casa, se detiene delante de la habitacin de D. Flix y
llama suavemente con la mano. Nadie responde. Vuelve  llamar ms
fuerte.

--Quin es?--pregunta con aspereza una voz.

--Soy yo, D. Flix... Si no le molestase...

--Ah! Eres t, hija ma?...--responde otra voz mucho ms suave.

Inmediatamente se escuchan unos pasos; suenan cerrojos y cadenas; se
abre la puerta y aparece el capitn envuelto en una bata que haba sido
verde esmeralda, luego fu verde malva y ahora era gris plomo. En los
pies babuchas y en la cabeza un gorro de terciopelo negro con borla de
seda.

--Qu te ocurre, hija ma?

Antes de responder Flora pasea una mirada de infantil curiosidad por la
estancia, cosa que al capitn le hace poca gracia. En vez de ocupar una
de las grandes habitaciones del piso principal el seor Ramrez del
Valle dorma, se lavaba y lea y haca sus cuentas en un pequeo cuarto
de la planta baja que tena su entrada por el portal y una ventana
enrejada  la calle. Si no coma all tambin era porque las migajas
atraan los ratones. En este cuarto haba una cama de madera con
cortinas de damasco de lana, un lavabo de hierro, una mesa y una pequea
librera. Lo dems todo armas; armas en los rincones, armas colgadas de
las paredes, armas sobre la mesa, armas en la librera y hasta armas
debajo de la cama y entre sus colchones. Trabucos, carabinas de chispa,
carabinas de pistn, de un can, de dos caones, pistolas de arzn,
cachorrillos, sables, puales, navajas. Sera que el capitn,  pesar
de su pregonado amor  la paz y sus instintos buclicos, guardase all
en los repliegues del corazn grato recuerdo de su vida de guerrero? No
por cierto. Aquel repleto arsenal responda tan slo al constante temor
en que viva de los ladrones. Los haba en Laviana? Tampoco, pero los
haba en Castilla, desde donde haban llegado cierta noche formando una
partida montada y salvando la cadena de montaas  robar  su pariente
D. Zacaras de Bello en el concejo limtrofe de Aller. Como D. Zacaras
l tambin ahuchaba doblones de oro en botes de hoja de lata y los
esconda en el desvn. Nada tendra de extrao que aquellos bandidos se
tomasen la molestia de andar un poco ms para recogerlos. Antes que esto
acaeciese, D. Flix estaba resuelto  defenderse hasta quemar el ltimo
cartucho. En este caso, durara el fuego lo menos quince das. Haba
pensado tambin fortificarse ms colocando un can en la azotea de la
casa; pero los albailes le dijeron que se quebraran las paredes si
alguna vez lo disparase y desisti. De todos modos, aquel cuarto con
rejas de hierro en la ventana y triple cerrojo en la puerta era una
fortaleza inexpugnable.  menos que el capitn hiciese una salida
temeraria, no lograra el enemigo apoderarse de ella.

--Si no le molestase...--volvi  decir Flora.

--No, no me molestas--respondi con dulzura y sonriendo el capitn.

--Regalado se va ahora mismo  Langreo. Le enva usted all?

El capitn se puso serio repentinamente.  pesar de la predileccin que
senta por aquella chiquilla, no pudo menos de reconocer que la pregunta
era atrevida  indiscreta.

--Pchs! Negocios... negocios de hombres--murmur sordamente.--Anda, v
 decir en la cocina que me hagan el chocolate.

--Es que D. Robustiana est llorando y dice que su marido no va 
Langreo, sino  Bimenes en busca de una viuda que se llama
Celedonia--manifest con graciosa entereza la chica.

D. Flix abri los ojos sorprendido y al instante brill en ellos una
sonrisa maliciosa.

--Este Regalado!--exclam sacudiendo la cabeza con amable
condescendencia.

Las flaquezas amorosas de su mayordomo le causaban ms gracia que
disgusto. Se las perdonaba de buen grado porque l mismo haba cado en
ellas y an pareca dispuesto  caer si la ocasin se ofreciese. En
cambio ya se guardara de equivocarse en dos pesetas al rendir cuentas:
le habra arrojado el tintero  la cabeza.

--Bueno, bueno--aadi sin dejar de sonreir;--v  tranquilizar al ama.
Ya arreglaremos eso.

Y en efecto, hizo llamar al mayordomo y le dijo que aquella tarde era
preciso ir  Villoria  ver un castaar que le proponan en venta. Con
esto se deshizo por entonces la maquinacin seductora de Regalado, quien
se fu  la cocina con las orejas gachas. Sospechando en seguida por
ciertos signos de dnde proceda el obstculo, mientras engulla el
almuerzo silenciosamente, arrojaba miradas furiosas sobre su esposa y
Flora. En cuanto termin se levant con violencia del escao, sac la
flauta de las alforjas y se fu camino del molino, donde haba una
molinera obesa con quien tambin daba celos  D. Robustiana. Pero sta,
adivinando que aquellos amoros no interesaban ya su corazn
inconstante, qued sosegada y tard poco en recuperar su buen humor
habitual.

Flora quera ir  lavar al ro. As lo haba convenido con Demetria para
juntarse las dos y pasar algunas horas de charla. Sin manifestar lo
ltimo  D. Robustiana, le propuso lo primero. Cedi en seguida la
mayordoma: la ropa blanca era su dulce mana. Subieron al piso alto,
amontonaron la ropa sucia en una gran cesta, pero antes de colocarla
sobre la cabeza de la doncellita, D. Robustiana tuvo la
condescendencia, para ella siempre sabrosa, de mostrarle una vez ms los
armarios de la ropa. La emocin con que un sacerdote mstico abre el
sagrario donde se guarda el Sacramento no es comparable al gozo inefable
y al respeto con que D. Robustiana abra las puertas de aquellos
grandes, vetustos armatostes de nogal, donde se guardaba la ropa blanca
de la noble casa de Ramrez del Valle. En cuanto daba la vuelta  las
llaves y los goznes rechinaban, el resto del mundo desapareca no slo
para sus ojos, sino para su memoria. Ya podan all abajo morir los
reyes y desquiciarse los imperios, hundirse las islas y abrirse los
volcanes, D. Robustiana, arrobada en la contemplacin de tantas y
tantas docenas de sbanas bordadas y manteles adamascados, no saldra,
bien seguro, de su xtasis feliz. Por ventura all en Madrid la reina
tendra en sus armarios tanta ropa? Quiz. D. Robustiana, sin embargo,
se autorizaba el dudarlo.

Luego que con mano trmula hubo expuesto  la vista de la joven aquellos
mgicos tesoros de hilo y la obligara por medio de un silencioso
recogimiento  penetrarse de su grandeza, la ayud por fin  colocarse
la cesta sobre la cabeza y la despidi dndole un sonoro beso en la
mejilla.

--Anda, hija ma... No te mojes mucho... No te pongas al sol... No batas
demasiado la ropa contra la piedra... No gastes mucho jabn.

Y all va Flora camino del ro con mucho ms peso en la cabeza que las
damas que pasean sus sombreros _dernire creation_ por el Retiro, pero
acaso con menos en el corazn. El sol baaba por completo la aldea; se
derramaba por el csped ocupndose en deshacer las gotas de roco;
brillaba rojo en los tejados; penetraba en las copas de los rboles
trasformndolos en enormes globos de trasparente esmeralda. All va
Flora! El camino estrecho que conduce desde la casa de D. Flix  la
Bolera, tapizado por entrambos lados de zarzamora, est solitario. Mas
una legin de ninfas y de amores que retozan en aquel instante por la
pomarada de D. Flix asoman su cabeza por encima de las paredillas y de
las zarzas que la recubren para contemplar  la gentil aldeana, sealan
con el dedo sus labios de cereza, sus ojos negros brillantes, su marcha
airosa, cuchichean y sonren. All va Flora! El Cfiro, recordando los
encantos de su esposa inmortal que llevaba el mismo nombre, cree verlos
reproducidos y se estremece de gozo, tiembla en sus labios, acaricia con
suavidad sus mejillas tersas, se introduce entre sus rizos negros y los
agita blandamente sobre la frente.

Al desembocar en el Campo de la Bolera, cuyo borde lame el riachuelo de
Villoria, tiene un encuentro. El capelln D. Lesmes vena de este pueblo
caballero en una jaca torda, linda y briosa. Era D. Lesmes, como ya
sabemos, hombre apuesto, se hallaba en la flor de la edad y era adems
fachendoso, y sobre todo galn y enamorado. No es maravilla, pues, que
al ver  la aldeana hiciese parar en firme  su caballo y pusiera cara
de pascua.

--Buenos das, Florita, buenos das. No esperaba yo antes de llegar 
casa tan feliz encuentro. Pero Dios es muy bueno y cuando menos se
piensa favorece  sus criaturas.

--Qu criaturita de Dios!--exclam Flora riendo con malicia.

--De Dios soy, hija ma, pero tambin quisiera ser tuyo.

--Virgen! Y qu iba  hacer yo con usted si fuese mo?

--Cuanto quisieras, hermosa. Ningn corderito de ocho das sigue  su
madre con ms afn que yo te seguira.

--Balando y todo?

--Balando tambin--respondi el tonsurado despus de titubear un
instante.

--Pues principie usted ahora,  ver cmo lo hace.

--Oh, qu mala! qu mala eres, Florita!--exclam acariciando al mismo
tiempo con la punta de su ltigo la mejilla de la joven.--Vas al ro?

--Al ro voy.

--Quin fuera trucha para morderte una pantorrilla y chupar esa
sangrecita dulce! Quin fuera anguila para deslizarme entre tu ropa y
registrar tus secretos!... Pero no... Quin fuera ratn para ir ahora
mismo  tu cuarto y esperarte all y salir por la noche para soplarte al
odo!

--Madre ma!--dijo la aldeana riendo.--Pues no quera usted ser pocos
animales: cordero, trucha, anguila, ratn!... ni el arca de No!

Es posible que Flora no supiera todo lo linda que era. Es posible
igualmente que lo supiese demasiado bien. Pero lo que no puede dudarse
es que D. Lesmes qued en aquel instante tan profundamente convencido de
ello que se puso serio de repente, dej escapar un suspiro y acariciando
con su mano temblorosa el cuello de la jaca exclam:

--Ay, Florita, qu hermosa... qu hermosa eres!... Estars muchos das
en Entralgo?

--Algunos todava.

--Pues cuando menos lo pienses vendr por la noche  llamar  tu
ventana... Adis, Florita; adis, botn de rosa... adis, clavel de
Italia, adis! adis!

Y D. Lesmes descarg su emocin hincando las espuelas  la jaca, que
bot como una pelota y se alej brincando con fragor por la calzada
pedregosa.

Flora permaneci un instante inmvil contemplndole con ojos risueos y
triunfantes. Luego, haciendo un gracioso mohn de desdn, se volvi y
emprendi de nuevo su camino.

Cuando se hubo acercado al riachuelo tendi la vista  ver si haba
llegado Demetria. No la vi por all. Entonces sigui un instante por
sus orillas, sombreadas de avellanos, hasta el paraje ms oculto y
umbro, donde solan lavar las doncellas de Entralgo cuando en el verano
los rayos del sol quemaban demasiado. All la encontr. Acababa de
llegar y tena depositado en tierra su cesto de ropa sin haberlo tocado
todava. Flora hizo lo mismo con el suyo, y despus de haber cambiado
algunos besos cariosos, charlando alegremente, comenzaron su tarea.
Sacan todo aquel lienzo, lo sueltan en el remanso que el arroyuelo
haca, se despojan de la falda, de los zapatos y las medias, del
pauelo; se quedan medio desnudas con el blanco seno y los brazos al
descubierto. Y tomando de aquel montn de ropa flotante cada cual una
prenda empiezan  sacudirla,  frotarla,  estrujarla y tambin por
intervalos  azotarla contra la piedra lisa que cada una tena delante.
La charla no se interrumpe ni cuando oprimen la ropa, ni cuando la
empapan en jabn ni cuando la sueltan para que el agua la bae. Pero
cuando se hace ms ntima, ms discreta es en los cortos momentos de
respiro, cuando las nobles doncellas se yerguen para hacer descansar sus
brazos y sus piernas entumecidas. Entonces se hablan al odo y sonren
mientras el arroyo cristalino besa con placer sus pies desnudos.

Mas he aqu que Demetria se va quedando grave sin saber por qu, grave y
pensativa. Flora lo advierte y le pregunta el motivo. Tarda en responder
la zagala. Al cabo desahoga su pecho y le cuenta sus inquietudes, sus
tristezas engendradas por las palabras que se le escaparon  su hermano
Pepn el da del Carmen. Verdad que estas palabras llovan sobre mojado.
Por eso sin duda le haban causado impresin tan honda.

Flora se apresur  tranquilizarla. Todo aquello no era ms que envidia,
cuentos y chismes que deba despreciar. Y en ltimo resultado, aunque
fuese, verdad por qu se apuraba tanto? Lo de la Inclusa no tena visos
de ser cierto por ningn lado que se mirase. El to Goro y la ta
Felicia, siendo jvenes y esperando todava familia, no estaban
necesitados en aqulla poca  sacar de la Inclusa una nia para
adoptarla. En todo caso lo probable sera que fuese la hija de algunos
seores que la hubieran dado  criar  personas de su confianza.

Deca esto Flora porque haca ya tiempo que tena sospechas vehementes
del origen de su amiga.  sta no la consolaban, sin embargo, tales
palabras. Amaba tanto  los que siempre haba llamado padres que la
idea de que no lo fuesen la llenaba de dolor.

Flora tambin qued silenciosa al cabo. Ambas prosiguieron un buen rato
su tarea sin decirse palabra. Al cabo aquella levant la cabeza y
sonriendo maliciosamente exclam:

--Si ser verdad lo que dijo la ta Rosenda, la noche de la lumbrada!

Demetria ya no se acordaba; la mir sorprendida.

--S, que t y yo nos parecemos en la historia... Porque yo tambin
sospecho que no soy lo que parezco--aadi ruborizndose.

Demetria, profundamente interesada, olvidndose en un punto de s misma,
la inst para que se explicase. La gentil morenita se hizo de rogar. Le
daba mucha vergenza manifestar quin sospechaba que fuese su padre.

--Acirtalo, acirtalo!--le deca  su amiga riendo.

--Pero cmo?--exclamaba sta.

--Vers... voy  darte las seas... Es un caballero, no es un aldeano...
guapo... rico... T le conoces.

Demetria permaneci un instante pensativa.

--D. Antero?--pregunt al cabo inocentemente.

Flora solt una carcajada.

--Pero, nia, t no ests sana de la cabeza! Si don Antero tendr unos
treinta aos y yo voy  cumplir diez y ocho... Me haba de tener  los
doce?

Demetria se puso colorada.

--Es ms viejo que D. Antero--prosigui Flora--y es ms rico tambin...
y ms llano... y ms campechano y amigo de los pobres...

--Es de Laviana?

--S, de Laviana.

--Es de la Pola?

--Anda! Si te digo eso ya lo tienes acertado... Pero, en fin, te lo
dir, pues de otro modo llevas traza de no acertarlo en la vida... No,
no es de la Pola.

Demetria volvi  quedar pensativa. Dibujndose al cabo una sonrisa en
sus labios de coral, pregunt tmidamente:

--El capitn?

Flora baj la cabeza sin responder y se puso  restregar con furia la
prenda que tena entre las manos. Ambas permanecieron silenciosas. Al
fin Flora, sin levantar su rostro y con voz un poco temblorosa, di
cuenta  su amiga de los motivos que tena para sospechar que era hija
de D. Flix. Jams haba odo el nombre de su padre. Saba que su madre
la haba dado  luz en Castilla, pero haba ido all en cinta ya. Era
soltera. Si algn labrador fuese su padre, tendra que ser de Laviana y
no dejara de saberse... Luego, una vez, siendo nia, estando en la
cama, oy hablar  sus abuelos, que la crean dormida, y por ciertas
palabras vino  sospechar que reciban dinero del capitn  causa de _la
nia_. La nia no poda ser ms que ella... Luego, D. Flix la trataba
con tal afecto...

La linda morenita se entretuvo largo tiempo  contar pormenores, la
mayor parte de ellos pueriles. Mas no por eso los escuchaba Demetria con
menos atencin.

Cuando ms embebidas se hallaban en su pltica novelesca suena
fuertemente el emparrado de avellanas que las resguardaba. Aparecen de
improviso en aquel recinto dos negras y siniestras figuras, las de
aquellos dos mineros que ya conocemos, Plutn y Joyana. Flora da un
grito penetrante y corre desalada por la margen del riachuelo. Demetria
queda inmvil y plida y clavndoles una mirada colrica les pregunta:

--Quines sois y qu vens  hacer aqu?

--Somos dos lobos y venimos al olor de la carne--responde cnicamente
Plutn clavando una mirada codiciosa en el alto pecho de la doncella.

sta se apresur  abrochar la camisa y respondi con acento de soberbio
desdn:

--Si no sois lobos, no parecis hombres con esas caras negras de
infierno.

En efecto, los dos compadres acababan de salir de la mina y venan
embadurnados de carbn.

Flora, avergonzada de su cobarda, viendo  Demetria hablar con ellos,
volvi sobre sus pasos.

--Qu diablo de hombres!--exclam riendo.--Me habis asustado.

--De poco te asustas, morena--dijo Joyana acercndose  ella para saciar
mejor sus ojos lbricos. Y ponindose almibarado, aadi:--T s que me
tienes  m asustado y encogido y muerto con esa carita de cielo y ese
garbo y esa sal que derramas...

--Que derramo sal?... Prueba esta agua y vers cmo no est
salada--repuso la traviesa nia tomando un poco del ro con el hueco de
la mano.

Joyana quiso probarla, en efecto, pero antes que lo efectuase Flora se
la arroj  la cara. Con esto el minero se alegr mucho ms y sonrea
haciendo muecas de mono.

--Oye, Plutn: no es verdad que apetece comerse esta manzanita colorada
sin mondarla siquiera?

--Ay, Plutn!--exclam Flora soltando una estrepitosa carcajada--Ay,
Plutn! qu gracia!... Toma, Plutn!... aqu, Plutn!

Y se retorca de risa, dndose en las rodillas con las palmas de las
manos.

--De qu te res t, bestia!--profiri el designado por aquel nombre
mirndola iracundo.

Flora no hizo caso alguno de su clera y sigui riendo  boca llena. Por
fin dijo:

--Me ro porque D. Flix tuvo hace algunos aos un perro que se llamaba
como t... Por cierto que rabi y Regalado le mat de un tiro.

--Pues yo, sin rabiar, si te descuidas te voy  clavar los
dientes--manifest Plutn echndole una mirada torva.

--No seas tan valiente--respondi la nia sin perder un punto de su
alegra.--Y por qu te llaman Plutn? Ese no es nombre de cristiano.

--Porque les da la gana--respondi el minero secamente.

La verdad que l mismo no saba el origen mitolgico de su mote. Su
padre, que era guarda de herramientas en la mina de Arnao, cerca de
Avils, tena en el fondo de ella una caseta de madera donde sola
dormir. All sorprendieron los dolores de parto  su madre y all le
ech al mundo. Mr. Jacobi, ingeniero alemn, director de la explotacin,
hombre letrado y no poco bromista, comenz  llamarle Plutn por haber
nacido debajo de tierra, y Plutn le qued.

--Parece--sigui despus el minero, mirndolas  entrambas con sus ojos
de fiera traidora--que no os gustan las caras manchadas de carbn... Os
alegran ms las que estn salpicadas de leche y borona como las de
aquellos zotes que os acompaaban en la lumbrada del Carmen...

--Podan no gustarnos ms!--exclam con desenfado Flora.--Aqullos son
hombres... y vosotros unos micos.

--Pues  ese zngano que te corteja--profiri Plutn dirigindose
bruscamente  Demetria--nadie le corta el pescuezo ms que yo.

Demetria le mir estupefacta con ms sorpresa que indignacin. Flora
volvi  dar suelta  su risa.

--Sabes lo que digo?--manifest al cabo encarndose con Plutn.--Que si
Nolo te coge con un dedo te manda dando volteretas por encima de aquel
monte que all ves y se llama Pea-Mea.

--Lo veremos!--profiri el minero con voz ronca.

--S, te veremos por el aire y te vern los paisanos del concejo de
Aller cuando all caigas--replic la traviesa zagala con la misma risa
burlona.

Joyana se acerc  su compaero y le habl unas palabras al odo. Los
ojos sangrientos de Plutn brillaron con gozo malicioso. Luego se
acercaron un poco ms  las jvenes, Joyana hacia Flora, Plutn hacia
Demetria. Y hacindose una sea se arrojaron de improviso sobre ellas
sujetndolas fuertemente y aplicando al mismo tiempo sonoros y lbricos
besos en sus mejillas.  pesar de los rabiosos esfuerzos de las zagalas
para desasirse, de sus gritos y de sus insultos, los infames stiros las
estuvieron besando hasta que se saciaron. Y cuando se hubieron saciado
las soltaron y se alejaron riendo, mientras ellas, sacudidas por una
violenta clera, agarraban del ro enormes pedruscos y se los lanzaban
con una fuerza que slo la indignacin y la vergenza pueden prestar.

Desaparecieron al cabo de su vista por detrs del espeso matorral de
mimbreras y avellanos. Quedaron las zagalas un momento inmviles. Al
encontrarse despus sus ojos, se dejaron caer una en brazos de otra
sollozando amargamente. Desahogada por el llanto su afliccin, notaron
que tenan el rostro manchado. Y por un movimiento simultneo comenzaron
 tomar apresuradamente agua del ro y  frotarse con tal ahinco que al
poco tiempo sus cndidas mejillas quedaron ms rojas que las cerezas.

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VIII

El capitn.


Don Flix Cantalicio Ramrez del Valle descansaba en la fortaleza
blindada que tena por dormitorio pocos das despus del suceso que
acabamos de narrar. Haban sonado ya las dos de la noche en el reloj con
msica del saln de arriba, se hallaba en la cama desde las once; y sin
embargo slo haba logrado echar un sueecito de media hora. Le acaeca
esto muchas veces. El capitn era hombre de poco dormir, al menos de
noche. De da sola echar siestas repentinas y fantsticas donde menos
pudiera imaginarse, en el establo cuando iba  inspeccionar el ganado,
en la iglesia oyendo misa, y hasta montado  caballo cuando recorra los
caminos pedregosos del concejo. Tal molesto trastorno en las horas del
reposo le enfadaba mucho consigo mismo, pero infinitamente ms con
cualquiera que osase ponrselo de manifiesto. Aunque se le viese dormido
por el da no haba que hacer de ello mencin. D. Flix tomaba cualquier
advertencia acerca de este punto como un insulto.

Haba encendido la luz ya tres  cuatro veces y tomado entre las manos
un tomo de la Historia sagrada; haba credo conciliar el sueo otras
tantas; pero en cuanto daba un soplo al veln volva  quedar
despabilado. Al fin se resign  permanecer en esta forma con los ojos
abiertos dejando vagar su pensamiento por aquellos asuntos que ms le
interesaban. Lo que ms le interesaba por el momento eran las
indemnizaciones que iba  tomar pronto por los terrenos expropiados en
Carrio. Al fin no haba tenido ms remedio que ceder ante la fuerza
mayor. Las tierras iban  ser partidas por el ferrocarril minero, y un
puado de oro iba  caer en sus manos. Lo agrio con lo dulce. Porque si
D. Flix amaba apasionadamente sus tierras, no amaba con menos pasin el
oro. Bastante de este precioso metal tena escondido dentro de las
paredes del desvn y en los ngulos oscuros de sus vigas.

Tambin le preocupaba en aquel instante Flora que deba partir por la
maana para Loro. Aquella aldeanita risuea, cariosa, traviesa se le
iba metiendo por el corazn adentro; le costaba cada vez ms trabajo
prescindir de ella. Sera cierta la sospecha que la zagala haba osado
comunicar con su amiga orilla del ro? S; era cierta. D. Flix, poco
despus de quedar viudo, haba tenido por criada  una muchacha hija de
unos arrendatarios de Loro. Y aunque embargado todava por el dolor de
la prdida de una joven esposa y adorando su memoria, su temperamento
ardiente y exuberante le arrastr  seducir  aquella domstica. Qued
en cinta. D. Flix, para evitarle la vergenza envila  Castilla
facilitndole todo lo necesario. Muri all. El capitn hizo que se
trasportase la criatura  Loro, donde fu criada por los abuelos, 
quienes desde entonces protegi con eficacia si no muy ostensiblemente.

Mientras sus hijos legtimos fueron nios, el fruto de su desliz le
preocup poco: lo vea rara vez, porque el amor de ellos llenaba su
corazn. Mas al fallecer su hijo Gregorio en Oviedo y al partirse para
all Mara, la imagen de Flora fu adquiriendo mayores proporciones en
el crculo de sus pensamientos. Ya no se limitaba  asentir cuando D.
Robustiana le propona llamarla  pasar unos das en Entralgo: l mismo
se arrojaba  proponerlo  buscaba ocasin para ello. El ama de llaves
fomentaba esta inclinacin porque Flora era con ella tan tierna como
respetuosa.

 D. Flix le pesaba, pues, de su marcha; tanto, que ya buscaba en su
cerebro algn pretexto para llamarla de nuevo as que trascurriesen
algunos das. Embebido en estas imaginaciones se hallaba cuando sonaron
en la puerta dos golpecitos discretos. Di un salto en la cama y
pregunt despavorido:

--Quin va?

El capitn era bravo, pero viva con la perpetua pesadilla de los
ladrones. Un da  otro esperaba el asalto.

--Soy yo, seor, soy yo--dijo una voz de falsete al travs de la
cerradura.

--Ah! eres t, Robustiana. Qu hay?

--Seor, hay ladrones en casa!

El capitn di un salto mucho mayor y qued de pie sobre el pavimento.
Al fin haba llegado el momento supremo; haba sonado la hora del
combate.

Sin encender luz introdujo la mano por entre los colchones y sac un
enorme fusil de pistn. Despus se acerc  la puerta y posando los
labios sobre la cerradura pregunt en voz de falsete tambin:

--Dnde estn?

--Un hombre salt la tapia de la huerta; le sent caer sobre el montn
de lea que hay all arrimado. Me asom y le vi acercarse  la casa y
escalar la pared--respondi D. Robustiana por el mismo procedimiento.

--Despertaste  Regalado?

--S seor, y espera armado con su escopeta  que usted le ordene qu ha
de hacer.

D. Flix medit algunos momentos el plan de batalla. Senta en aquel
momento una viva emocin que acaso no fuera enteramente desagradable. La
perspectiva de un combate despus de tantos aos de paz despertaba sus
dormidas energas de soldado. Se crey, pues, en el caso de apelar  sus
conocimientos militares. Halllos un poco polvorientos all en un rincn
de su cabeza. De buena gana hubiera abierto el antiguo tratado de
estrategia que tena en su librera ms polvorienta an: pero no haba
tiempo.

--D  tu marido--manifest al cabo con autoridad militar como si se
dirigiera  un ayudante de rdenes--que suba al corredor de la parra por
si se intenta el asalto por entrambas fachadas. Despierta inmediatamente
 Manolete y le das este fusil y que suba al corredor de la cocina de
arriba para que, en todo caso, sus fuegos se crucen con los de Regalado.
Despierta tambin  Linn y dale este trabuco y que me siga  la huerta.
Yo voy en descubierta para ver si flanqueo al enemigo y le tomo por
retaguardia.

--Ay, madre ma del Carmen, amparadnos!--exclam D. Robustiana
temblando fuertemente con las dos armas en la mano.

--Silencio!... T y Flora y la criada os encerraris en el gabinete de
atrs y arrimad los colchones al balcn por si alguna bala atraviesa la
madera.

--Ay, santo Cristo de Cands!

--Silencio, te digo!... Despierta  Linn sin hacer ruido... No le
chilles... sacdelo.

D. Robustiana se alej en la oscuridad. El capitn se dirigi  tientas
 uno de los rincones, tom otro fusil y sali al portal. De all
penetr en la gran cocina de los jornaleros, abri con sigilo la puerta
de la huerta y entr en ella. En cuanto di unos pasos y ech una mirada
 la casa, pudo ver  la escasa claridad de las estrellas el bulto de un
hombre encaramado en el balcn del cuarto que ocupaba Flora. Acercse
solapadamente hasta ponerse debajo de l y oy que llamaba suavemente y
deca muy quedo: Flora... Florita...

--As Dios me mate si no es D. Lesmes!--dijo para s D. Flix
reconociendo, en el colmo de la sorpresa y la indignacin, al capelln
de Iguanzo.

Tan inesperado desenlace le llen de despecho; porque en aquel momento
no le hubiera pesado de andar  tiros. Se crey en ridculo y desairado.
Adems encontraba altamente ofensiva para l la conducta de aquel
sujeto. As que, sin vacilar, sac la baqueta del fusil y aproximndose
y empinndose cuanto pudo le aplic un par de palos en las piernas con
toda su fuerza. D. Lesmes reprimi un grito y se dej caer al suelo. El
capitn le atiz con igual rabia otros tres estacazos en las espaldas
sin proferir una voz. Sin quejarse tampoco los recibi el capelln, y en
cuanto pudo se di  correr como un gamo hacia la tapia y la salt con
agilidad increble.

En aquel momento lleg Linn con su trabuco y en calzoncillos. D. Flix
le meti la boca por el odo para decirle:

--Es un mozo que vena  galantear  Flora.

El adusto Linn sonri en la oscuridad.

--Ya s quin es: el hijo de la ta Javiera de Fresnedo--manifest con
su habitual sagacidad.

D. Flix no quiso desengaarle, ni tampoco  Regalado y su mujer, con
quienes inmediatamente se reuni. No le pareci bien divulgar la
calaverada de un personaje eclesistico, por ms que slo de un pelo
estuviese colgado de la santa madre Iglesia. As, el pobre Jacinto de
Fresnedo carg de modo real con la culpa de D. Lesmes y de un modo ideal
con los palos. Florita se prometi hacerle pagar cara la vergenza y la
molestia que le hizo experimentar.

Terminada de tal modo feliz aquella aventura temerosa, cada cual se
volvi  la cama.

--Zngano! ms que zngano! pendejo! rijoso!... Para qu quieres
t  esta nia? Para casarte? No, porque si sueltas las rentas de la
capellana te mueres de hambre. Para seducirla y reirte de ella despus
como has hecho con otras, verdad?... Yo velar, yo velar, tunante!...

Y en estas disposiciones protectoras, el capitn, en vez de velar, se
durmi como un santo.

Eran ya bien las ocho de la maana cuando se despert. Lo primero que
pens al mirar el reloj fu que Flora pudiera haberse marchado sin
despedirse y llam en alta voz  D. Robustiana. No, Flora an estaba en
su cuarto arreglndose. D. Flix, cuando se hubo retirado el ama de
gobierno, abri su armario, acerc  l una silla, se encaram sobre
ella, sac algunos legajos y tom un bote de hoja de lata que haba
detrs de ellos. Lo abri, y despus de contemplar con emocin su
contenido, sac de l una moneda de oro de ocho duros y volvi 
colocarlo en su sitio y  cerrar el armario. En seguida silenciosamente
subi arriba y fu al cuarto de Flora.

--Pensaba que te habas marchado sin despedirte de m, nia--dijo
suavizando de un modo sorprendente su voz.--Me despert tarde contra mi
costumbre...

--Haba de marchar sin decirle adis, seor!... Qu idea tiene de
m?--exclam la zalamera morenita anudando sobre la cabeza su paolito
de seda encarnada y retocndose los rizos frente  un espejillo mal
azogado.

--Bien... bien... me alegro--repuso D. Flix algo acortado (porque
empezaba  sentir cierta cortedad frente  esta muchacha).--Has de
decirle  tu abuelo que si uno de los molares est casi intil, como me
mand  decir, puede renovarlo y que me lo ponga en cuenta. Y que no
permita al colono de D. Casiano que tome agua de la acequia, que no
tiene derecho  ello. Y que si necesita cortar algn roble para arreglar
el estanque puede hacerlo... No te olvides, eh?...

No, no se olvidara. Tampoco se olvidaba de colocarse bien sobre la
garganta la triple sarta de corales y colgarse de las orejas los
pendientes de perlas regalo del capitn y estirar con la punta de los
dedos los cabos del pauelo  fin de que cayesen con gracia sobre las
sienes.

--Mira, Florita... te voy  hacer un regalo, hija ma... pero no se lo
digas  nadie--sigui el capitn con voz levemente alterada.

Y al decir esto llev mano al bolsillo. Pero en el mismo instante ech
una mirada  la calle por el balcn medio abierto y vi  la vieja
Rosenda que desde lo alto de su hrreo los espiaba.

--Ya est aquella bruja fisgando!--exclam ponindose serio.--Ven ac,
Florita, ven  mi cuarto.

Y enderezando los pasos hacia la escalera la baj seguido de la joven y
se entr en su cuarto.

--Toma esta media onza--dijo sacando al cabo la moneda de oro del
bolsillo.--Es para ti... para ti nada ms, para que te compres cintas...
confites... lo que quieras. No digas nada  tus abuelos, porque ya
sabes, llorando miserias te sacaran los cuartos... Verdad que no?...

Flora haca signos negativos con la cabeza, pero en el fondo de su alma
estaba diciendo: Qu cosas tiene este D. Flix! Cmo voy  negar el
dinero  mis abuelos si veo que lo necesitan!

--Bueno, ahora adis, hija ma. Has de volver pronto, eh?... cuando
recojamos el maz y haya _esfoyaza_. Ya te avisar Robustiana... Linn
te habr puesto jamugas en el caballo, verdad?... No?... Bien, bien,
ya s que montas perfectamente, pero ten cuidado, hija, no vayas 
caerte. Que te acompae Manolete de espolista para traer luego el
caballo... Adis, hija, adis... No te des atracones de avellanas; ya
sabes que te hacen dao...

El irascible capitn no slo pareca un padre en aquel momento, sino una
madre tierna y cuidadosa. No se atrevi  darla un beso aunque buenas
ganas se le pasaron, pero tom su linda barba entre los dedos y la
acarici. Mas como al hacerlo volviese los ojos, por ese secreto
instinto que nos advierte el peligro, hacia la ventana, observ que
cruzaba por delante Rosenda. La vieja haba dado rpidamente la vuelta 
la casa, vi lo que quiso ver y sonri.

--Maldita bruja que Dios confunda! Un da la mato! la descerrajo un
tiro!--exclam el capitn plido y paseando sus ojos airados por la
habitacin como si buscase el arma homicida. Flora se haba puesto como
una amapola.

Al fin se parti para Loro y D. Flix qued solo y contra su costumbre
un poco melanclico. Vino  sacarle de su tristeza la llegada sbita 
inesperada del ganado que tena pastando en los montes de Raigoso. Este
ganado no bajaba definitivamente  invernar hasta los primeros das de
Octubre y estbamos en los de Agosto, pero solan traerlo  Entralgo una
vez durante el verano para que su dueo viese por sus ojos el estado en
que se hallaba y si era necesario dejar alguna res en casa  venderla.

La entrada triunfal de aquel lindo rebao, compuesto de cuarenta 
cincuenta vacas con sus cras, era siempre un acontecimiento magno en la
pequea aldea. Al oir sonar de lejos ya las grandes esquilas que
llevaban las reses colgadas al cuello, la turba infantil de la poblacin
se estremeca; dejaba sus juegos  las faldas de sus madres y corra al
encuentro de la vacada. Luego la segua con gritos de alegra hasta la
plazoleta donde se alzaba la casa de D. Flix.

Huysele  ste por completo la tristeza del alma al escuchar las
esquilas y los mugidos de su ganado. Sali  la puerta con faz sonriente
y comenz  examinar sus vacas y  charlar animadamente con los dos
zagalones que las conducan, hacindoles mil preguntas y encargos. En un
momento se reuni all medio pueblo.

--Mira la Cereza, qu gorda viene!--exclamaba un chico.

--Mira la Garbosa; ya tiene una cra--deca otro.

--Mirad, mirad la Morica, qu grande se ha puesto! Era una becerra y ya
parece una novilla--apuntaba un tercero.

Todos conocan  las vacas por sus nombres y saban sus cualidades y sus
defectos como si fuesen propias.

--No te acerques  la Parda, que es muy traidora!--Veris, veris la
Garbosa cmo empieza  hacer de las suyas; ya le est metiendo los
cuernos por el vientre  la Salia!

Y no slo los pequeos, sino tambin los grandes de la aldea rodeaban el
rebao y daban su opinin con voz sorda y ademn recogido y suficiente,
no  gritos descompasados como la plebe menuda. El ganado muga, se
agitaba tropezndose  menudo. Las terneras se empeaban en mamar  sus
madres; los criados las arrancaban prontamente de la teta. El capitn,
en medio, acariciando el testuz de las vacas, tomndolas por los cuernos
 pasndoles la palma de la mano por el lomo, gozaba ms en aquel
instante que Csar en medio de sus legiones victoriosas. Y los dos
grandes perros mastines, _Manchego_ y _Navarro_, trados cachorros de
Castilla, caracoleaban en torno suyo solicitando tambin una caricia.

Pero era necesario llevar aquellos animalitos  reposarse. D. Flix di
orden  los vaqueros para que los condujesen  Cerezangos y l tambin
march con ellos. Cerezangos es una gran pradera distante menos de un
kilmetro de la casa. Est asentada en la falda de una de las colinas
que aprietan la estrecha garganta por donde corre el riachuelo de
Villoria. Por debajo linda con ste y  su orilla tiene un hermoso soto
de avellanos y tilos. Por arriba y por ambos lados se extiende la colina
vestida de frondosos castaares. Aquel campo abierto, aquella mancha de
un verde claro, contrastando con el ms negro de su cinturn selvtico,
espaciaba la vista y la alegraba. Aquel campo era la finca predilecta
del capitn, su regocijo y sus amores. En cuanto pona los pies en l
senta un extrao fresco en el cuerpo y el alma; se le disipaban
inquietudes y penas. No se pasaba da alguno en que no le hiciese su
visita. Muchas veces dorma all su siesta debajo de un tilo, arrullado
por el _glu glu_ del riachuelo. Otras veces cuando el sol traspona por
encima de la colina sola tenderse de espaldas sobre el csped y pasar
largo rato contemplando los abismos azules del cielo. Entonces se
acordaba de su joven esposa, de su hijo Gregorio, muerto en la flor de
la edad, crea verlos nadar en el ter sonrindole, y algunas lgrimas
resbalaban suavemente por sus mejillas.

Los criados encerraron el ganado en el establo que haba en lo cimero
del prado y le dieron pienso. D. Flix asisti con el debido respeto 
este acto solemne. Luego di orden para que se retirasen y volviesen
poco antes de ponerse el sol  fin de conducir de nuevo el rebao al
monte. l permaneci todava un rato en el establo examinando y
acariciando  sus vacas, hablndoles como si fuesen personas y no seres
irracionales. Cuando se hubo cansado de ellas, sali por la puerta
trasera del establo que se alza sobre un estrecho camino de la montaa,
salt la paredilla de un castaar de su propiedad tambin, y pico arriba
ascendi por l lentamente entre los enormes, copudos castaos que le
daban sombra. En lo ms tupido y frondoso de este bosque haba una
fuente que manaba del suelo y formaba hoyo. La opinin de D. Flix,
explcitamente declarada en pblico y en privado, era que no haba agua
ms fina, ms clara ni de mejor paladar en todo el concejo. Ay del que
osase impugnar directa  indirectamente esta asercin!

Sentse  su vera; repos all el calor un poco. Cuando le pareci
conveniente se alz, y despus de sacar del bolsillo su enorme reloj de
plata con estuche de concha, comenz  descender con el mismo sosiego la
vuelta de su casa. Era ya muy cerca del medioda. El sol brillaba en lo
alto enfilando el pico de la Pea-Mea. Como su resplandor era demasiado
intenso, el capitn en vez de bajar por medio del prado  Entralgo
prefiri seguir la calzada estrecha que lo rodeaba sombreada de
avellanos y castaos. Por ella caminaba tranquilo y alegre cuando
delante de l se apareci de improviso D. Lesmes caballero en su briosa
jaca.

--Hola, amigo D. Lesmes! Qu encuentro tan feliz! Cmo  estas horas
por aqu?--exclam en tono jovial y un si es no es burln.

El capelln se puso colorado hasta las orejas.

--Voy  ver al seor cura de Villoria que me han dicho se encuentra un
poco enfermo.

--Siempre practicando obras de misericordia!... Y qu tiene el seor
cura?

--Pues segn parece es un enfriamiento. Dice su sobrino que una de estas
noches, sintiendo demasiado calor en la cama, se sali al corredor y se
estuvo all un rato en mangas de camisa... Ya ve usted qu
imprudencia!--replic D. Lesmes reponindose instantneamente, porque
era hombre avisado y corrido.

--Ya, ya!... Ha sido una temeridad... Desengese usted, D. Lesmes, hay
que andarse con mucho tiento en eso de ponerse  los balcones, aunque
sea en estas noches calurosas.

El capelln enrojeci de nuevo. Para disimular su turbacin comenz 
dar palmaditas en el cuello  la jaca, narr con cierta incoherencia los
pormenores de la enfermedad del prroco, tales como se los haba odo 
D. Nicols el mdico la tarde anterior en la Pola. La conversacin se
prolong algn tiempo. Hablaron tambin de las minas de Carrio y del
ferrocarril, cuyos trabajos estaban comenzando. Mas por muchos esfuerzos
que haca no lograba D. Lesmes adquirir aplomo. Entre ambos
interlocutores flotaba como una nube el recuerdo de la paliza de la
noche, y este recuerdo alegraba maliciosamente los ojos del capitn y
entristeca y avergonzaba los suyos.

Por fin se despidieron. El capitn prosigui su camino con cara de risa
murmurando:

--Vaya unos baquetazos lindos que te has ganado esta noche! Vuelve por
otros, tunante!

El capelln lo sigui con torvo semblante y rechinando los dientes
deca:

--Maldita sea tu estampa! Algn da me las pagars, viejo estpido!

Al atravesar el puente y entrar en el Campo de la Bolera, tropez D.
Flix con Maripepa que iba con un jarro de barro negro  la fuente.
Estaba tan alegre que la detuvo y se puso  charlar con ella. Pero la
coja no se hallaba de tan buen humor. Al instante comenz  llorar hilo
 hilo quejndose amargusimamente de su hermana Pacha, que aquella
noche la haba castigado con inusitado rigor en su misma cama, slo
porque Regalado haba ido  tocar la flauta delante de su casa.

--Unos azotitos, verdad?--pregunt D. Flix pugnando por no reir.

--No; azotes no--respondi inocentemente la coja.--Me ha tirado del
pelo, me ha dado de bofetadas y me ha pellizcado los brazos.--Mire
usted, mire usted qu verdugn me ha hecho.

Y remangndose la camisa mostr en efecto en su brazo negro y rugoso una
mancha morada.

--Tanto no; es un exceso!--manifest D. Flix;--pero unos azotitos de
vez en cuando no te vienen mal porque eres una chica muy coquetuela.

--Que no, D. Flix, que no!--exclam la coja rebosando ya de
gozo.--Nunca he sido coqueta... Si los hombres vienen detrs de m,
tengo yo la culpa? Cmo voy  impedir que me digan alguna tontera al
pasar  que se planten delante de casa por la noche?

--Pero t les echas unas ojeadillas muy provocativas, y claro! ellos
acuden  la miel.

--Nada de eso. Les miro sin intencin ninguna, bien puede usted
creerme!

Con la sonrisa de vanidad triunfante que contraa su boca desdentada,
Maripepa estaba tan horrible que don Flix necesit volver la cara y
proseguir rpidamente su camino para no soltar la carcajada.

En esta disposicin alegrsima lleg  su casa. Delante de ella, sentado
bajo el corredor emparrado, con el sombrero en la mano y sudando como lo
que era, como un buey, estaba el actuario D. Casiano. Cerca de l
Regalado. Alzse rpidamente al ver al capitn, adelantse  l y lo
estrech contra su pecho ciclpeo como sola hacer este cclope con los
individuos de la raza humana, ms dbil que la suya, cuando quera
demostrarles su benevolencia. Al mismo tiempo estallaba siempre sin
saber por qu en sonoras, brbaras carcajadas; quiz para dar algn
desahogo al aliento todopoderoso de sus pulmones. D. Flix se dej
abrazar con ms resignacin que otras veces, y antes de enterarse de lo
que all le traa di orden  Regalado para que hiciese traer unas
botellas de sidra. Observ que el rostro de ste, contra su costumbre,
no estaba alegre, sino sombro; pero no hizo alto en ello. Tampoco el de
D. Robustiana, que acompa  la criada cuando vino  servir la sidra,
expresaba como otras veces un humor jovial y sereno. Entonces sospech
que algn disgusto haba ocurrido entre los cnyuges. Pero le llam la
atencin el que Manolete, Linn, la criada, todos cuantos por all
andaban se mostrasen serios y hasta airados.

--Y qu es lo que le trae  usted por Entralgo con este calor, D.
Casiano?--pregunt el capitn cuando hubieron bebido el primer vaso.

--Qu diablo! qu diablo!... Vaya con D. Flix! Y qu bueno est! No
pasan das ni aos por l.

Pronunciando estas palabras, quiso de nuevo abrazarle; pero D. Flix,
que empezaba  sentirse vagamente inquieto, rehuy el abrazo. Ambos
estaban en pie. Las botellas y los vasos descansaban sobre el poyo de
piedra que rodeaba el nacimiento de la parra.

--Por supuesto  algn negocio lucrativo, eh? Desgraciado el paisano
que caiga en poder de tal _lupus rapax_!

--Oh! oh! oh! Qu mala idea tiene usted de nosotros, D. Flix!... No
soy _lupus_, sino _agnus Dei_...

Y riendo se escanci bonitamente tres  cuatro vasos de sidra, y uno en
pos de otro dndose casi la mano los introdujo en las inmensas oquedades
de su vientre, donde apenas se not su presencia.

El capitn empez  sentirse ms inquieto. Ya sabemos que era hombre de
poco aguante. Antes que don Casiano se llevase  la boca el vaso lleno
que tena en la mano le dijo con mpetu:

--Pero vamos  ver, hombre, acabe usted de una vez, qu diablo le trae
 usted por aqu?

El actuario bebi el vaso de sidra con toda calma, lo deposit
igualmente en el poyo, sac el pauelo y se limpi la boca tres  cuatro
veces con ms sosiego an bajo la mirada impaciente de D. Flix.

--Usted habr odo hablar de una sociedad establecida en Gijn que se
llama _Unin Carbonera_...

--No seor ni gana--respondi el capitn con su acostumbrada viveza.

--Es una sociedad muy respetable, compuesta de personas de posicin, que
se dedica  la explotacin de minas...

--S, de minas y tontos... Todas esas sociedades son pillera.

--No! no, D. Flix!--exclam el actuario inflando los carrillos y
abriendo mucho los ojos.--sta es muy respetable.

--Bueno, es una pillera respetable. Adelante.

--Pues esa sociedad--prosigui D. Casiano, no sin sacudir antes con
severidad su cabeza de troglodita--tiene denunciados hace aos dos cotos
mineros en Laviana, uno en Tiraa y otro en la cuenca del ro de
Villoria... Y es el caso que ahora quiere empezar la explotacin de este
ltimo ampliando la lnea frrea de Carrio hasta Villoria...

D. Casiano se detuvo.

--Adelante, hombre, adelante--exclam con impaciencia D. Flix.

--Para ello es necesario entenderse con los dueos de las fincas que
atraviese, comprarlas...  indemnizarles de los perjuicios causados...

Otra vez se detuvo.

--Adelante! adelante!

--Y al parecer, la lnea debe pasar por el medio de su finca de
Cerezangos...

El capitn salt como si le hubiesen clavado un alfiler.

--Qu est usted diciendo?

--El ingeniero as lo ha manifestado  la sociedad y sta me ha
comisionado  m para que me entendiese con usted--expres el actuario
con alguna vacilacin--observando el efecto desastroso que sus palabras
haban causado  D. Flix.

--Pues yo le digo que me ro de esa sociedad, de ese ingeniero y de
usted que me viene con semejantes embajadas!--exclam aqul, aunque sin
reirse como afirmaba, sino presa de un furor insano.

--Yo no hago ms que cumplir un encargo, D. Flix... La sociedad
quisiera entenderse con usted en buena armona...

--Le digo  usted que me ro de esa sociedad!--grit D. Flix
enteramente descompuesto.

D. Casiano, que estaba en pie, se dej caer sobre el asiento turbado y
abatido.

--Sernese usted, D. Flix... Sernese usted y hablemos en
razn--articul trabajosamente.

--Estoy sereno! perfectamente sereno!... Cundo me ha visto usted
perder la serenidad?--vocifer el capitn echando espumarajos por la
boca.

--La empresa antes de acudir  la expropiacin forzosa... est
dispuesta... est dispuesta  dar  usted mucho ms de lo que vale.

--Dgale usted  la empresa que se meta todo su dinero donde le
quepa!...

--Es que...

--Es que nada! Hemos hablado ya bastante.

D. Flix hizo un gesto perentorio para imponer silencio y empez  dar
paseos por la plazoleta con la violencia de fiera enjaulada. De vez en
cuando salan de su boca temerosas interjecciones y de su nariz
resoplidos ms temerosos an. Regalado, los criados y algunos vecinos
que por all cruzaban le contemplaban con asombro y respeto. De vez en
cuando dirigan miradas de odio al insolente que le haba puesto en tal
estado, al msero D. Casiano. ste con la cabezota baja maldeca
interiormente del instante en que haba aceptado semejante comisin.

D. Flix se detuvo repentinamente delante de l y tomndole por la
solapa y sacudindole le grit con frenes:

--Sabe usted lo que le digo?... Que antes que un hidepu.. de esos
ponga un pie en Cerezangos le meto quince balas de plomo en la cabeza!

Si algn cetceo supo alguna vez lo que era el miedo, fu D. Casiano en
aquella ocasin.

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IX

Los hidalgos.


Aunque se sent  la mesa no pudo comer. La clera se le trasverta de
tal modo que no haba lugar para que pasase el alimento.  duras penas
pudo D. Robustiana lograr que sorbiese una taza de caldo. Se alz de la
silla, baj  su cuarto, atolondrado, confuso, sin saber qu partido
tomar ante aquel alud que se le vena encima, aquella gran desgracia.
Porque tal consideraba la profanacin de su retiro ameno y deleitoso.

El capitn era ms expedito de corazn que de inteligencia. Por eso,
despus de pasar cerca de una hora prensndose la cabeza, no hall
arbitrio mejor en aquel aprieto que ir  consultar el caso con su primo
Csar, uno de los pocos sabios que en el mundo han sido, el octavo de
la Grecia,  no haberse retrasado algunos siglos su nacimiento.

Tom, pues, su bastn, se despoj del gorro sustituyndolo con un
sombrero blanco de fieltro y sin querer que ensillaran el caballo,
porque su extrema agitacin le impela  caminar, emprendi el viaje de
Villoria seguido del fiel Taln. Este Taln era un perrillo de color
canela, nada grande, nada bello, nada inteligente, pero ms impetuoso
an y casi tan magnnimo como su amo. Fu siempre su humor caprichoso y
fantstico y por l se haba dejado arrastrar  simpatas injustificadas
y  antipatas ms injustificadas an que ocasionaran no pocos disgustos
en la casa. Pero con la edad, pues era ya un viejo can, este humor se
haba exacerbado de modo increble. Sus manas se haban convertido en
verdaderas chocheces. En el pueblo se murmuraba bastante de l. En
realidad no faltaba motivo para ello. Porque si bien jams haba sido
confiado y carioso, hasta los ltimos tiempos no llev sus recelos al
extremo ridculo de no consentir que la persona que hablase con su amo
moviese poco  mucho los pies. Como si meditase que los enemigos
declarados no haba que temerlos, pues el capitn dara buena cuenta de
ellos, pero haba que vigilar mucho  los que se presentaban con cara de
amigos, as que uno de stos se acercaba  D. Flix y le estrechaba la
mano y se pona  conversar con l, ya estaba Taln con ojo avizor. Se
colocaba cerca de su amo, con la mirada fija en los pies del
interlocutor. En cuanto ste descuidadamente los mova, se arrojaba
sobre ellos y le hincaba los dientes desgarrndole el calzado y algunas
veces la piel. Puede imaginarse el susto del buen hombre y el brinco que
dara. D. Flix montaba en clera, arrimaba un puntapi al indecente
perro, le llenaba de denuestos, le arrojaba de su presencia. Todo
intil:  la primera ocasin, Taln se mostraba igualmente suspicaz y
grosero.

Pues ahora caminaba delante con las orejas hacia atrs y el rabo tieso,
mirando  menudo  su amo con ojos donde  la alegra natural que le
producan las excursiones se juntaba cierta extraa inquietud. Lo mismo
le acaeca siempre que  su amo se le antojaba ir  Villoria. Y haba
motivo para ello. El perro del mayordomo del marqus era su enemigo
desde haca largo tiempo. No poda pasar por delante del palacio, fuese
de da  de noche, sin que se arrojara sobre l como un tigre hircano.
Taln no pensaba haberle dado pretexto para un odio tan encarnizado. En
otro tiempo haban sido amigos. Sin saber por qu, de la noche  la
maana la amistad se troc en aborrecimiento. Este cambio brusco,
inesperado, le llen de asombro y dolor. Porque si bien entre los
hombres es frecuente, entre los perros no lo es tanto. Y no slo se le
declar enemigo irreconciliable, sino que logr arrastrar  otro sujeto
con quien no haba tenido en la vida reyerta alguna, el perro de Tomasn
el molinero. Tanto le odiaba el uno como el otro. No sorprender, pues,
que Taln caminase nervioso como su amo, aunque por diferente motivo.

La estrecha caada por donde corre el riachuelo de Villoria es de una
belleza encantadora. Las colinas que la forman verdes, cubiertas 
trechos de rboles. El ro desciende tan pronto suave como rumoroso,
pero siempre lmpido. El camino sombreado de avellanos. Algunas veces la
caada se ensancha un poco, y entonces entre el camino que sigue pegado
 la falda de la colina y el ro queda cierto espacio que se prolonga
formando una pradera ms larga que ancha. Todas estas praderas
pertenecan al marqus de Camposagrado y eran los pedazos de tierra ms
frtiles de la comarca. D. Flix las admiraba: se le haca la boca agua
cuando pasaba cerca de ellas: hubiera dado tres veces su valor por
adquirirlas. Pero an ms las admiraba y las veneraba su criado
Manolete. Ninguno ms aficionado que l  los prados feraces entre los
bpedos y acaso entre los cuadrpedos. Cuntas veces haba insinuado 
su amo que tratase de comprar estos prados! Imposible: el marqus no
pensaba en venderlos.

Con poco ms de media hora de camino di nuestro capitn en el lugar de
Villoria.  Taln le temblaban las carnes de pasar por delante de la
casa del marqus. Pero al fin pasaron y oh dicha! nadie se meti con
l. Su enemigo dorma  no estaba en casa. Cuando salieron por el otro
extremo de la aldea comenz  correr alegremente y dando brincos sin
pensar en la vuelta. Mas he aqu que unos cien pasos ms all, al
revolver de la colina, divisa en un maizal  sus dos enemigos. Y es lo
peor que tambin ellos le divisaron y en cuanto le divisaron
emprendieron hacia l una carrera vertiginosa. Taln por su parte apret
los pies de tal modo que por mucho que corrieron aquellos bandidos no
lograron darle alcance. Volvironse mohinos al cabo de algn tiempo y al
tropezar con el capitn su despecho les incit  gruirle; pero ste
alz el bastn de modo tan airado que huyeron sin realizar su propsito.
Para bromitas estaba nuestro hidalgo!

Un poco ms all de Villoria dej la orilla del ro y tomando un
caminito de montaa, capaz slo para las carretas del pas, comenz 
subir la colina en direccin  Arbn. La cuesta era agria, pero no muy
larga. Antes de un cuarto de hora tropez con las tapias de la pomarada
de su primo. Sigui pegado  ella algn tiempo y di pronto con la casa
que estaba en lo ms alto.

La posesin de D. Csar no era grande ni feraz. Los terrenos de las
colinas no son como los del valle, regados por todas las aguas que de
ellas bajan. Pero estaba tan admirablemente cuidada, que alegraba la
vista y daba mayores rendimientos que las mejores del llano. Y esto no
por otra causa sino porque su dueo era el agricultor ms inteligente de
Laviana y aun de todo su partido. Quin lo dira de un hombre tan
aficionado  los placeres urbanos y  las artes imitadoras! La necesidad
hace ley. D. Csar, nacido para los salones y las academias y los
teatros, nunca haba posedo medios de vivir en la capital. Su hacienda
era corta; la posesin de Arbn y pocas ms fincas en Villoria que le
rentaban algunas fanegas de trigo. Por eso se aplic con ahinco al
cultivo de sus tierras, alcanzando pericia envidiable. Su pomarada, con
ser ms pequea que la del capitn, produca doble cantidad de sidra: su
huerta era rica como ninguna en frutas sazonadas, en legumbres y
hortalizas. Venda la sidra  los taberneros de la Pola y Langreo y
venda tambin los sobrantes de la huerta. Hasta tena tiempo y humor
para cultivar un nmero crecido de flores que eran el asombro y regocijo
de las doncellas de Villoria.

Al poner el pie en la plazoleta que haba delante de la casa, dos perros
salieron furiosos ladrando.

--Quieto, Fan! quieto, Safo!--grit el capitn.

Los perros helnicos comprendieron que no era un brbaro quien osaba
pisar el suelo sagrado de la Hlade, lo reconocieron y le rindieron
acatamiento moviendo el rabo. Al mismo tiempo Taln se acerc  ellos y
cambi con Fan un saludo amical rozndole el hocico. Fan jams haba
sentido celos de Taln, quiz porque la figura de ste no poda
inspirarlos, quiz tambin porque ya estuviese hastiado de su ardiente
amiga y meditase abandonarla.

La casa del seor de las Matas era de piedra amarillenta y carcomida,
cuadrada, de un solo piso; grandes balcones de hierro forjado, enorme
puerta claveteada formando arco; ms antigua y ms seorial que la de
don Flix, pero tambin ms pobre. En una de sus esquinas tena el
escudo y en el centro sobre la puerta de entrada una hornacina donde en
otro tiempo, segn los viejos, haba estado un guerrero de piedra. D.
Csar lo haba sustitudo por otra estatua de piedra tambin que le
haba regalado su amigo el cannigo de Oviedo. Esta escultura
representaba un hombre barbado y vestido de larga tnica con un libro
abierto en una mano y un comps en la otra. Era el conocido personaje
emblemtico que simboliza la Arquitectura; pero nuestro hidalgo quiso
que representase  Scrates y le puso este nombre encima y debajo el
siguiente dstico:

    _Aunque la ingrata patria tus afanes no premie_
    _Al comps de tus obras siempre atiende_.

Bien saba D. Csar que Scrates no haba escrito obra ninguna, pero se
vala de este ardid retrico para expresar la influencia que los altos
pensamientos del filsofo haban ejercido, justificando de paso los
objetos que tena en las manos.

Traspuso D. Flix la puerta y no viendo  nadie subi la escalera sin
llamar, como quien tiene derecho  ello. Hall  su primo sentado en
viejo silln de cuero con un libro en la mano, esto es, en su posicin
natural de sabio. En el momento de sorprenderle, sus labios finos se
plegaban en una sonrisa irnica. Pero al levantar los ojos y ver  su
primo, aquella expresin maliciosa se troc en otra de cordial alegra.
Alzse vivamente del asiento y vino  abrazarle.

--Salud, primo; soldado valeroso en otro tiempo, hoy rico propietario de
esta comarca. Largo tiempo hace que esta humilde morada no ha tenido el
honor de cobijarte.

D. Flix correspondi de buen grado  tan carioso saludo haciendo
esfuerzos por sonreir.

--Estabas leyendo... Te he interrumpido, verdad?

--Un deudo de tu vala no es importuno jams. El libro que tena en la
mano puedo tomarlo y dejarlo cuando se me antoje; pero  ti, primo
querido, slo te tomo cuando te quieres dar... Lea en este momento los
_Acarnianos_ de Aristfanes y me rea viendo de qu modo el poeta pinta
 Pericles lanzando como Jpiter rayos y relmpagos que van  trastornar
la Grecia. Ya Cratinos le llamaba humorsticamente el padre de todos
los dioses.

--T gozas siempre que encuentras alguna palabra contra el _Olmpico_.
Me parece que llevas el odio demasiado lejos. Pericles, aunque disip
los tesoros de Atenas y contribuy  su corrupcin, me ha dicho el cura
de la Pola que viva con modestia y frugalidad, retirado de la sociedad,
renunciando  los placeres; y que en los cargos que le confiaron mostr
un desinters y una probidad inalterables.

El capitn era tambin enemigo de Pericles. D. Csar haba logrado
arrastrar en su odio  todos sus parientes y amigos ntimos. Pero la
disposicin colrica en que ahora se hallaba le impuls  llevar la
contraria  su primo.

--Pura comedia!--exclam ste exaltndose.--Su reserva, su exterior
modesto y su andar pausado eran un papel aprendido y bien desempeado
para embaucar al pueblo de Atenas,  ese _Demos_ bobalicn que pinta
Aristfanes en los _Caballeros_, como un viejo irascible y sordo que se
deja conducir por los charlatanes... Frugalidad!... desprecio de los
placeres!... Que se lo pregunten  la milesiana Aspasia!... Pericles
fu un corruptor en todos los rdenes, un tirano que saque indignamente
 los aliados para recrear  los atenienses y tenerlos propicios... Ya
s... ya s!--aadi con voz sorda y temblorosa--que se ha dicho por
ah que yo era partidario de los _peloponesos_... Es una vil calumnia!
Jams he pertenecido  la Liga ni tuve conatos de acercarme  ella. Yo
no hubiera firmado la vergonzosa paz de Antlcidas aunque me cortasen la
mano derecha... Puedes decrselo as al seor cura de la Pola que de
poco tiempo  esta parte encuentra tan admirable  Esparta--aadi
sarcsticamente.--Y puedes recordarle tambin las sangrientas palabras
de Plutarco: Por la batalla de Leuctres haba perdido la
preponderancia; mas por la paz de Antlcidas perdi el honor.

No quiso D. Flix llevar ms adelante la contraria  su primo vindole
irritado. No tena inters en ello porque era, como se ha dicho, ms
bien enemigo que amigo de Pericles, aunque slo de odas conociese al
_Olmpico_. Saba medianamente el latn y conoca un poco la historia de
Roma, pero la de Grecia ni saludarla siquiera.

--Bueno, dejemos  los griegos y vengamos  los espaoles. Yo tena que
consultar contigo un asunto y para eso he subido hasta aqu.

D. Csar se seren de pronto. Era el hombre ms apacible de la tierra
siempre que no se tocase  su enemigo.

--Me gusta tu franqueza!--exclam riendo.--No puedes negar que eres un
veterano de la Independencia. Tienes la misma pasta que los vencedores
de Maratn y de Platea. Mas por Jpiter, que no te dejo hablar otra
palabra si no consientes en reposar un poco el calor y tomar algn corto
refrigerio.

Cedi de buen grado D. Flix, porque se hallaba un poco cansado y
hambriento. El seor de las Matas llam con las palmas de la mano. No
tard en presentarse una zagala, ni hermosa ni limpia, que le serva
para aderezarle la comida, cuidar y ordear su nica vaca, llevar el
rocn  beber y darle pienso, etc., etc. Porque nuestro hidalgo no tena
otro servidor. La huerta y la pomarada l las cuidaba con sus propias
helnicas manos. Cuando necesitaba ayuda se la peda  algn vecino que
por corto estipendio, y  veces sin l, se la prestaba.

Por eso la sala en que ahora estaba leyendo dejaba mucho que desear en
cuanto al aseo. Los muebles antiqusimos y polvorientos, el suelo
desigual y polvoriento, los libros rugosos y polvorientos tambin.
Posea D. Csar un nmero considerable de volmenes, aunque ninguno
haba salido de los trculos menos de dos siglos antes. Pero nuestro
hidalgo los amaba como si se hallasen en la frescura de su juventud.

Tard poco la mozuela, que no se llamaba Amarilis, ni Mirtale sino Pepa,
en traer un tarro de miel, un queso, pan moreno de la tierra y vino de
Castilla. La miel era de las colmenas que cerca de la casa posea D.
Csar. ste sostena que era ms dulce y ms fragante que la del Himeto,
cosa que nadie se cuidaba de poner en duda en Laviana.

Cuando el capitn hubo comido segn sus deseos, que ya los tena vivos,
su primo le ayud  beber la botella de vino blanco de la Nava, no sin
antes dejar caer algunas gotas al suelo en honor de los dioses. Era su
costumbre siempre que libaba. Sorprenda un poco  los que con l se
hallaban; pero D. Csar nunca di explicacin de este proceder, quiz
por temor de que lo echasen  broma, quiz tambin por el desprecio real
que senta hacia los brbaros.

Salieron por fin de casa y entraron en la huerta. All tuvo ocasin una
vez ms D. Flix de admirar la habilidad y profundos conocimientos de su
primo en materia de horticultura. Qu orden! qu cuadros de coles
rozagantes y frescos! qu esparraguera deleitosa! qu primor de
albaricoqueros y cerezos colocados en espalera! No se hartaba el buen
capitn de examinarlo todo y de hacer preguntas y preguntas, aspirando
con ansia  penetrarse de aquel arte supremo, pero bien persuadido de
que jams lo lograra. Responda el seor de las Matas con amable
condescendencia y la misma conviccin. Porque sabido de antiguo tena
que su primo era un excelente ganadero, pero nada ms que mediano
hortelano.

De la huerta pasaron  la pomarada y an fu mayor la alegra y la
admiracin de D. Flix al verse entre aquellos manzanos tan finos y
peinados como elegantes damiselas. No eran como los suyos enormes,
frondosos; pero en cambio soportaban en cada rama cuantas manzanas
podan, y stas eran ms fragantes y azucaradas. D. Csar los trataba
con una severidad inflexible que pasmaba  su primo. Les exiga siempre
la misma  mayor cantidad de fruto; y si alguno se descuidaba  se
mostraba reacio, conclua por arrancarlo de cuajo y plantar otro en su
lugar.

Subieron  lo ms alto de la finca. En aquel paraje haba construdo D.
Csar un templete circular sostenido por columnas. No eran stas de
mrmol desgraciadamente porque los recursos del hidalgo no lo
consentan, pero estaban enjalbegadas primorosamente y de lejos
producan el mismo efecto. Desde aquel templete abierto se disfrutaba
una vista deleitosa. Un gran crculo de colinas y montaas.
Desparramados sobre sus faldas multitud de caseros. En lo ms alto  la
izquierda la gran Pea-Mea. En el fondo  la derecha el pueblecito de
Villoria, un grupo de casas blancas donde se destacaba la iglesia y el
oscuro palacio medio derrudo de los marqueses de Camposagrado.

Cuando se hubieron sentado en los toscos sillones que all haba, el
capitn expuso  su primo el objeto de su visita. Qued pensativo D.
Csar algunos momentos. Al cabo profiri con su majestad acostumbrada:

--Nada hay para el hombre ms pesado que advertir cmo le arrebatan
cuando menos lo imagina aquellos bienes que constituyen su dicha, el
nico recreo de sus das. No dudo, primo querido, que ser para ti asaz
doloroso verte privado de esa hermosa finca donde tenas puestos tus
amores, donde jugaste de nio, donde reposas de viejo, donde los rboles
que tu mano ha plantado se yerguen soberbios en el espacio, y las reses
que t criaste pacen con sosiego sus hierbas aromticas... Pero sta es
la ley fatal del Universo. Nada hay estable en l. Un fuego esparcido
por la naturaleza lo consume y lo renueva sin cesar. Todo corre, todo
marcha, nada se detiene--dice Herclito.--No se baja dos veces por el
mismo ro. En vano es que nuestras dbiles manos quieran detener la
rueda de la vida. Pasaron los griegos, pasaron los romanos y pasaremos
nosotros... Hace ya tiempo que siento el ruido de la ola que nos ha de
arrebatar. Desde que comenz la explotacin de las minas de Langreo
comprend que nuestra vida patriarcal, nuestras costumbres sencillas
iban  fenecer. Y en efecto, amado primo, te lo dir con franqueza:
Demetria ha muerto!...

--Cmo que ha muerto?--exclam el capitn alzndose con su
acostumbrada presteza y dirigiendo  su primo una mirada de
consternacin.--Ayer la he visto buena y sana...

--No, no es la hermosa zagala de Canzana por quien t te interesas la
que ha muerto--repuso D. Csar con sonrisa benvola.--Es la gloriosa
Demetria, la diosa de la agricultura, la diosa que alimenta, como la
llama Homero... sa que vosotros los latinistas llamis Ceres--aadi
con cierta inflexin desdeosa. Demetria ha muerto y se prepara el
advenimiento de un nuevo reinado, el reinado de Plutn. Saludmosle con
respeto, ya que no con amor... Con amor no! Yo no puedo amar  ese dios
subterrneo que ennegrece los rostros y no pocas veces tambin las
conciencias. La Arcadia ha concludo. Esta raza sencilla y belicosa de
nuestros campos desaparecer en breve y ser sustituda por otra criada
en el amor de las riquezas y en el orgullo. Ya conozco esa raza! Las
pocas veces que algn negocio me lleva  Oviedo, al atravesar la comarca
de Langreo, mi pantaln de trabillas, mi frac, mi sombrero de felpa y el
pobre rucio que monto excitan la risa de aquellos ricos mineros. Desde
sus viviendas suntuosas unos hombres de la nada, hijos de labriegos y
menestrales, me sealan con el dedo  sus vecinos haciendo escarnio de
mi figura y mi pobreza. Qu vamos  hacer! La lucha es imposible, amado
primo.  la aristocracia sucede la plutocracia. Pero sta pasar
tambin, consolmonos con ello. Sufre, pues, con paciencia que profanen
tu hermoso asilo. Eurpides lo ha dicho: Contra el destino y la
necesidad no existe refugio.

--Pero contra los bandidos y canallas existen los trabucos, y yo tengo
en mi casa algunos cargados hasta la boca!--exclam exasperado el
capitn.

No fu posible convencerle. El Sr. de las Matas se esforz en vano en
traerle  la razn representndole la inutilidad y los peligros de
cualquier oposicin.  todo responda con palabras descompuestas y
furiosas, agitado por un frenes de clera que no le permita ni ver
claro ni hablar con coherencia. Por ltimo, se despidi, dejando  su
primo inquieto y melanclico, y emprendi la vuelta de Entralgo en un
estado de exaltacin que no predeca nada bueno.

El msero Taln volvi  sus inquietudes no tanto por advertir la
excitacin de su amo como por la necesidad de pasar nuevamente por
Villoria. Y en efecto, aunque procur refugiarse entre las piernas de
aqul al cruzar por delante del palacio del marqus, no le vali. El
perro del mayordomo cay sobre l con tal mpetu que  poco le
descuartiza. Gracias  que D. Flix le socorri prontamente descargando
recios garrotazos en el lomo del pirata, logr escapar de sus garras. Y
cuando salieron del pueblo por largo trecho el buen Taln fu resoplando
unas veces, otras gimiendo, otras blasfemando en un estado de agitacin
slo comparable al de su dueo.

El sol declinaba. El camino, ms fresco y ms umbro que antes, el aire
embalsamado con los aromas del campo, el dulce murmullo del ro no
lograban calmar  nuestro hidalgo. Pero al revolver de una de las
sinuosidades de la caada vi de pronto el rostro mofletudo de D. Prisco
y sbito descendi la calma  su espritu. Siempre le acaeca lo mismo.
La cara del prroco de Entralgo, sin saber por qu, ejerca un efecto
sedante bien definido sobre sus nervios. Vena ste caballero en un
rucio mataln enjaezado con albarda.

--Hacia dnde caminamos, D. Prisco?--pregunt ya alegremente el capitn
teniendo del ramal al burro.

--Villoria--manifest aqul con su acostumbrado laconismo.

--Va usted  dormir all?

--S. El cura est enfermo. Maana San Roque.

--Ah, no recordaba! Cierto, cierto... maana San Roque... De modo que
hoy no podemos echarla?

--Aguardando toda la tarde.

--S, s... lo creo... No me fu posible. Tuve que hacer una visita  mi
primo Csar--manifest D. Flix ponindose de nuevo sombro.

--Si usted quiere... Aqu traigo baraja--gru don Prisco llevando la
mano con vacilacin  las alforjas.

--Hombre, bien!--exclam el capitn tornando  serenarse.--Es una buena
idea... Tres jueguecitos nada ms, verdad?

--Nada ms--mascull el cura.

Echse un poco hacia atrs ste hasta quedar sentado sobre el trasero
del borrico, dejando un buen pedazo de albarda al descubierto. Y sobre
este pedazo  guisa de mesa colocaron la baraja y comenzaron su brisca,
D. Prisco montado, el capitn en pie con los codos apoyados sobre la
montura.

Despus de los tres juegos echaron otros tres y despus otros tres...
Otros tres en seguida... Hasta que la noche los sorprendi en tan
interesante situacin. Cuando ya no vieron las cartas las soltaron y se
despidieron hasta el da siguiente.

[imagen decorativa]




X

La torga.


En los das siguientes la clera del capitn en vez de calmarse se fu
exacerbando de un modo imponente. No hablaba de otra cosa. El da y la
noche se los pasaba vociferando contra los mineros y especuladores,
jurando, amenazando. Que siga, que siga ese expediente de expropiacin
forzosa. Cuando llegue el momento de que alguno de esos canallas ponga
el pie en Cerezangos, ya ver cmo se le recibe. Y ya tena formado su
plan estratgico y distribudas las fuerzas: Linn y Celesto en lo
cimero del prado; l con Manolete en lo fondero; los dos criados
pastores en el centro como fuerza de reserva. Todos los vecinos de
Entralgo estaban inquietos, sacudan la cabeza con tristeza vaticinando
una catstrofe. Porque todos conocan el carcter violento, arrebatado
del capitn. No dudaban que, exasperado como estaba, pudiera cometer una
accin que ocasionase su ruina.

La Providencia no quiso que un tan bravo caballero fuese  morir en una
crcel. Se encarg de sacarle aquella espina del corazn con otra mayor.
Tres das despus de la visita  D. Csar recibi carta de su cuada
Beatriz en que le noticiaba que su hija Mara haba sufrido un vmito de
sangre. El mdico no le haba concedido gran importancia, pero s haba
manifestado que urga llevarla  Panticosa  tomar sus aguas
salutferas. Esperaban por l para acompaarla. Aquella noticia desgarr
su corazn. S, s; como su madre, como su hermano! El buen hidalgo
solloz cual si ya la hubiese perdido. Arregl su equipaje con presteza,
dej encargo  Regalado para que lo enviase  Oviedo en un mulo, y
montando  caballo parti l delante acompaado de su criado Manolete.

La nueva caus en la aldea dolor. Todos amaban  aquella familia y
deploraban que D. Flix quedase  su edad enteramente solo y su noble
casa sin herederos. Se haban forjado la ilusin de que la seorita
Mara casase con algn caballero de Oviedo  Gijn y viniese 
establecerse  Entralgo y lo alegrase con tertulias y fiestas  que era
tan inclinada. Pasados algunos das, el suceso trascendi  todo el
concejo y lleg  odos de Flora que habitaba con sus abuelos un molino
apartado un tiro de carabina del pueblo de Loro. Y as como lo supo
quiso hacer una visita  su amiga D. Robustiana y enterarse de si era
tan grave la enfermedad como la pintaban. Una tarde, despus de comer y
haber terminado con todos los menesteres de la casa, se encamin  pie
hacia Entralgo. Encontr al ama de gobierno muy afligida y se enter de
que D. Flix haba salido ya de Oviedo para Panticosa con la seorita
Mara. La buena de D. Robustiana, como los dems vecinos, tampoco
conceba grandes esperanzas: pensaba que la seorita estaba herida de
muerte. Cuando hubieron charlado largamente, Flora se despidi de ella
prodigndole cuantos consuelos pudo. La mayordoma quera que se quedase
unos das en Entralgo, pero la joven le hizo presente que el lunes era
da de colada  lavado en su casa y no poda aceptar la invitacin. Le
prometi, sin embargo, venir pronto  acompaarla.

Al salir Flora tropez reunidas ms all del Barrero, en el camino que
domina la vega,  las tres _sabias_ del lugar, la ta Jeroma, madre del
glorioso Bartolo, Elisa y la vieja Rosenda. Departan segn su
costumbre, fumando cigarrillos envueltos en hojas de maz y sentadas en
el suelo orilla del camino. Al verla se alzaron muy solcitas y le
hablaron con agasajo inusitado. Se enteraron de las noticias que haba
de D. Flix y su hija y las comentaron largamente, con la garrulera
bien sabida de las comadres. Flora se despidi al cabo. Cuando se hubo
apartado unos pasos Elisa la llam.

--Florita.

--Qu decas?

--Ves esa hermosa tierra que tanto produce?--manifest con sonrisa
maliciosa apuntando  la Vega sembrada de maz que se extenda debajo
del camino.--Pues ms tarde  ms temprano ser tuya.

--Ma?

--S, tuya... Y cuando lo sea, acurdate de estas pobrecitas amigas y no
les subas la renta.

Las otras dos mujerucas le clavaban igualmente sus ojos sonrientes,
maliciosos.

Flora entendi y una ola de sangre le subi al rostro y le apret la
garganta. Ella, tan charlatana, no pudo proferir una palabra. Volvise
rpidamente y se alej  paso vivo.

El rubor no la dej en todo el camino. Marchaba en un estado de
confusin y vergenza que la impeda ver el suelo que pisaba. De vez en
cuando sus labios se movan murmurando:

--Qu brujas, Dios mo, qu brujas!

Pero debajo de aquella vergenza lata un pensamiento dulce ms
vergonzoso an. Y Flora, que era una excelente muchacha, haca esfuerzos
intiles por sofocarlo, por volverlo al infierno, de donde sin duda
haba salido.

Era sbado.  la noche, luego que hubieron cenado, se puso  limpiar y
frotar los utensilios de la cocina mientras su abuela devanaba en el
argadillo algunas madejas de hilo y su abuelo compona una nasa de
mimbre para pescar truchas en la presa del molino. ste se compona de
cuatro estancias separadas por tabiques de varas de avellano
entrelazadas y recubiertas de cal y arena; una mucho ms grande que las
otras, donde rodaban las tres muelas dentro de sendos cajones de madera;
la cocina, de menor tamao, pero tambin grande, y dos pequeos
dormitorios. En la ventanita de uno de ellos, el destinado  Flora, son
un golpe. Levantaron los tres la cabeza con sorpresa, pero observando
que no repetan, la bajaron otra vez. Imaginaron que sera el viento. Al
cabo de un rato son otro golpe. Entonces Flora se dirigi resuelta  su
cuarto y pregunt:

--Quin anda ah?

--Soy yo, Flora--respondi la voz de Jacinto de Fresnedo.--Puedes
abrir?

La joven tard unos instantes en contestar como si vacilara.

--Perdona, Jacinto. Nos bamos en este momento  acostar, porque ya es
un poco tarde.

--Nia!--exclam desde la cocina el abuelo.--Eso no est puesto en
razn. En mi tiempo nunca se dej marchar  un mozo que viene de lejos
sin convidarle  descansar. Abre  ese muchacho.

Flora atraves la estancia de los molares y abri la puerta que se
hallaba en el fondo. Jacinto tard unos segundos en acudir porque tuvo
que dar la vuelta al edificio. Flora le condujo sin despegar los labios
 la cocina.

--Santas noches, ta Blasa. Dios le guarde, to Lalo.

Los viejos recibieron con agrado al joven porque les gustaba y tenan en
estima  su familia. Se informaron de ella con inters: tambin del
ganado. Jacinto les notici que la Pinta haba parido haca tres das un
jato. El to Lalo torci el hocico: aquella vaca no les daba ms que
becerros.

--Es verdad--repuso Jacinto,--pero en cambio la Morica ya nos di tres
jatas seguidas y vyase lo uno por lo otro.

El joven se sent enfrente de los viejos al otro extremo de la cocina en
una tajuela dejando en el medio el lar sobre el cual ya no haba fuego.
Flora despus de vacilar un poco vino  sentarse  su lado.

--Habis metido ya toda la yerba en la tenada?--pregunt el to Lalo.

--Est toda dentro desde el mircoles.

--Mucha?

--Poca, poca. Nuestro terreno es de secano y este ao ha cado poca
agua.

--Verdad. Pero en ese terreno cunde mejor la avellana que en el nuestro.
Estoy en fe que tu padre no apa menos este ao de diez  doce cargas.

--Diga usted quince, to Lalo, y dir la verdad--replic el chico
sonriendo triunfalmente.

--Lo ves t!

El to Lalo se puso  loar las tierras de secano por lo mismo que las
suyas eran de regadio.

Al cabo, observando que Jacinto tena deseos de hablar aparte con Flora,
cerr la boca y sigui componiendo la nasa mientras la abuela haca
rodar el argadillo tambin en silencio.

El mozo de Fresnedo murmur algunas frases al odo de la joven con su
timidez acostumbrada. Flora le respondi con displicencia, con mayor
displicencia de la que sola usar con l, aunque siempre haba usado
bastante. Jacinto qued confuso. Torn  hablarle y ella  responderle
con igual aspereza. Entonces permaneci silencioso. Al cabo de algunos
momentos Flora le interpel con violencia acerca de su visita nocturna
en Entralgo. Aquello estaba muy mal hecho. Deba de comprender que no
hallndose en su casa era indecente el ir  llamar de noche al balcn de
su cuarto. D. Flix lo haba odo y sali pensando que era un ladrn.
Todos en la casa se levantaron; un verdadero escndalo. Aquello no se lo
perdonaba.

Jacinto oy la filpica estupefacto. Neg rotundamente que hubiera
estado en Entralgo ni menos que se hubiera atrevido  llamar en el
balcn de su cuarto. Flora no quiso creerlo. Sin embargo, tanto jur y
perjur y tan sofocado se puso que la irritada zagala no pudo menos de
rendirse al calor de sus palabras, aunque quedndole todava alguna
duda. Guardaron silencio prolongado. Jacinto con la cabeza baja y el
semblante triste jugaba con su garrote esparciendo las cenizas del lar.
Flora con la cabeza baja tambin y el rostro ceudo enredaba con su
delantal hacindole pliegues. Al cabo de largo rato, sin levantar los
ojos y conmovido, habl el mancebo de este modo:

--Bien lo veo, Flora; bien lo veo hace tiempo. Para ti yo no soy nada;
soy menos que una castaa pilonga  que una cereza negra. Por ms que
trabajo para darte gusto, para que me mires con algn apego, no puedo,
en verdad, lograrlo. Ni te agrada ninguna de mis palabras ni reparas
siquiera en las penas que por ti estoy pasando. Si te digo algo de lo
que aqu dentro del pecho tengo, sueltas  reir como una loca y cambias
en seguida la conversacin. Si me ves con claveles prendidos  la
montera (que slo para ti los prendo yo), entornas los ojos  otro lado
como si no quisieras verlos porque yo no te los ofrezca. Si te traigo de
la romera rosquillas no las quieres; si te doy un puado de avellanas
las tomas por compromiso, cascas una entre los dientes y das las otras 
las amigas... En fin, que mi persona te apesta y mis palabras te cansan,
ms que el chillar de un carro... Si quieres que no venga ms por aqu
dlo de una vez y no volver. Ni me vers ms en las romeras  tu
lado, ni te sacar  bailar, ni volver  plantar el ramo delante de tu
ventana la noche de San Juan... Y si tambin lo mandas no volver 
decirte siquiera adis, Flora! cuando pases  mi vera. Pasar cerca de
ti como si no te conociese, aunque el corazn me quiera salir por la
boca. Ni sufrirs tampoco mucho tiempo la pena de encontrarme por esta
tierra. All en la Habana tengo un to que es hermano de mi madre y que
ya escribi muchas veces para que fuese con l alguno de nosotros. Pues
bien, en el mes de Octubre, despus que ayude  mi padre  cortar el
maz y sacudir la castaa, me embarcar en Gijn y no me vers ms...
nunca ms!... El pobre Jacinto all morir solo y sin consuelo... T
csate, csate, Flora, csate con un mozo ms guapo, ms rico que yo, y
que Dios te haga con l muy feliz... Pero cuando vayas  la iglesia y te
arrodilles delante del Cristo de la Misericordia, acurdate del pobre
Jacinto que tanto te quiso y reza por su alma un padrenuestro...

Al pronunciar las ltimas palabras se le anud la voz en la garganta al
mancebo, las lgrimas saltaron  sus ojos y trat de levantarse para
marchar. Pero Flora le detuvo tirndole por la manga de la camisa.
Tambin ella estaba llorando.

--No, Jacinto, no soy tan dura como piensas--articul quedo y con
trabajo.--Mi corazn no es de piedra, pero soy rapaza todava y no s
bien lo que hago. Sin querer te habr ofendido ms de una vez, y si es
as, perdname. Si t me quieres como dices, yo nunca dej tampoco de
quererte... Pero las mozas no podemos decir lo que nos pasa aqu dentro
del pecho como vosotros... Ni est bien que lo digamos; t bien lo
sabes. La vergenza nos traba la lengua y el miedo  que os riais de
nosotras nos hace ariscas aunque estemos por dentro ms derretidas que
una manteca... No llores, Jacinto, no llores, porque me partes el
alma... Vive seguro de que si algn mozo logr hasta ahora que le
tuviese ley fuiste t. Te lo juro por esta cruz bendita...

Y al decir esto Flora bes conmovida sus propios dedos que haba puesto
en cruz.

Jacinto vi de repente todos los ngeles y arcngeles, serafines y
querubines, tronos y dominaciones del cielo. Y vindolos desfilar tan
hermosos, tan brillantes y risueos, permaneci atnito, arrobado con
tal expresin de estpido embeleso, que si Flora no estuviese tan
conmovida y hubiese vuelto hacia l su rostro, le suelta sin remedio una
carcajada.

--Quieres ms, zarrampln, quieres ms?--exclam ella al cabo de un
rato entre risuea  irritada limpindose con el delantal las lgrimas
que corran de sus ojos.--Ya me sacaste del alma lo que tena all
guardado, gran zorro!

Y al mismo tiempo le aplic en el brazo un soberano pellizco. Jacinto lo
recibi con ms gusto que si todos aquellos ngeles y serafines que vea
cruzar radiantes le hubiesen besado en la mejilla. Pero an estuvo
algunos momentos sin poder articular una palabra. Al fin se les desat 
ambos la lengua. Ella, vencida ya aquella vergenza que la obligaba 
parecer desdeosa, mostr en seguida la travesura y alegra de su genio.
l tard ms tiempo en recobrarse y nunca se recobr del todo porque su
timidez era congnita.

--Cmo has venido esta noche por ac?--le preguntaba ella.--Yo pens
que estaras en la lumbrada de la Pola.

--Ya sabes que no me gustan las lumbradas.

--No digas eso: d que te tiraba ms la querencia hacia Loro, aunque
sea mentira--replicaba ella clavndole una mirada enloquecedora.

--Oh, no es mentira!

--S, es mentira, embustero, es mentira... Ves cmo te pones
colorado?... Porque es mentira!

Y al mismo tiempo le propinaba otro brbaro pellizco que el
bienaventurado Jacinto reciba con el mismo xtasis y recogimiento.

--Viniste por Entralgo?

--No, vine por el monte  caer sobre Rivota.

--Has hecho bien, porque podas tropezar con los mozos de este pueblo
que son muy burros.

El joven se encogi de hombros con profundo desprecio.

--Los mozos de Loro no me hacen  m dao. Ya sabes que los de Fresnedo
estamos apartados hace tiempo de toda bulla.

--No te fes, son muy burros!

Apuntada por segunda vez esta opinin tan poco favorable al
desenvolvimiento psquico de sus compatriotas y contraria enteramente 
la ley de la evolucin, Flora se crey en el caso de dar otro pellizco 
Jacinto, aunque ms suave que los anteriores, y decirle que era un
grandsimo cazurro y que hiciese el favor de no provocarla ms. Jacinto
no sospechaba que la hubiese provocado, pero lo di por bueno y sonri
con toda la malicia de que era capaz, que no era mucha. Visto lo cual
Flora persisti en tomar venganza de sus zorreras, pellizcndole sin
piedad y dndole fuertes empujones que le hacan tambalearse en la
tajuela.

Los viejos mientras tanto silenciosos proseguan su obra, pero el sueo
empezaba  acometerles y daban alguna que otra cabezada. La acequia que
corra por debajo del molino con su murmullo sordo y el ruido montono
que hacan los molares de piedra al rodar en los cajones convidaban 
dormir. La charla de los jvenes en voz baja era cada vez ms ntima.

Un gato gris con rayas amarillas comenz  restregarse contra las faldas
de Flora y concluy por saltar  su regazo. La joven le acarici
distradamente pasndole suavemente la mano por el lomo. Mas he aqu que
Jacinto, acometido de sbita ternura por el animalito, quiere tambin
acariciarle, pero se equivoca, y en vez de pasar la mano por su lomo, la
pasa por la de Flora. No hay para qu aadir que esta equivocacin
lamentable le cost un buen zurriagazo.

La noche avanzaba y el mozo de Fresnedo, que antes haba mostrado tal
prisa de marcharse, ahora estaba pegado con pez  la tajuela. Flora,
viendo que sus abuelos daban cada vez ms frecuentes y ms largas
cabezadas le insinu la idea de que se fuese, pero l se hizo el sueco.
Al poco rato torn  insinurselo de un modo ms perentorio.  otra
puerta. Jacinto sigui incrustado en el asiento como si all hubiera
nacido y cridose. Pasaron algunos minutos ms, y observando que el to
Lalo estaba ya dormido con las narices sobre la nasa y  la ta Blasa se
le haba cado el ovillo, le dijo con impaciencia:

--Rapaz, mrchate ya!

Y al mismo tiempo le di un fuerte empujn que le hizo perder el
equilibrio y caer con la tajuela. Qu risa la de Flora! Qu risa la de
Jacinto! Al ruido se despertaron los viejos, los miraron con asombro y
prosiguieron su tarea. Naturalmente, era necesario otro cuarto de hora
para celebrar la ocurrencia; y as se cumpli  la letra.

--Vaya, vaya, ya ests aqu de ms, Jacinto--dijo al cabo ella haciendo
esfuerzos intiles por ponerse seria.--Si no te vas en seguida te
restrego la cara con ceniza.

Ca! No hara ella eso: no se atrevera  tanto.

--Que no me atrevo? Ahora vers!

Y tomando un puado de ceniza se lo arroj  la cara. Jacinto comenz 
toser y estornudar porque se le haba metido por boca y narices. Y venga
de sacudirse con el pauelo y venga de reir  carcajadas uno y otro. Con
esto levantaron de nuevo la cabeza los viejos ms atnitos que antes. Y
claro! fu necesario otro cuarto de hora para celebrar tan peregrina
bromita.

Mas al fin oh dolor! no hubo ms remedio que levantarse. Jacinto lo
hizo con todas las precauciones imaginables como si se hallase atacado
de un reuma agudo y no pudiese soportar el ms leve movimiento.
Despidise de los abuelos que medio dormidos le dieron las buenas noches
y muchas memorias para sus padres. Flora desprendi el candil que
colgaba de la campana de la chimenea y le acompa hasta la puerta. Una
vez all le invit  que tuviese un momento la luz mientras ella iba 
su cuarto por un recado. Al instante volvi y con mano temblorosa,
esforzndose en aparecer severa, le colg de los botones de plata del
chaleco los cordones con herretes de su justillo.

--Para que los luzcas maana en la romera de Nuestra Seora del
Otero--le dijo bajito, muy bajito.

Y no pudiendo soportar la vergenza di un soplo al candil, un empelln
 Jacinto y atranc la puerta apresuradamente. El mozo de Fresnedo torn
 ver las visiones de antes, pero mucho ms brillantes, mucho ms
deslumbradoras. Y como estaba deslumbrado comenz  marchar trompicando
por el camino pedregoso en direccin  su pueblo.

Los viejos se haban ido  la cama. Flora hizo lo mismo. Pero antes
abri la ventana de su cuarto porque se hallaba harto sofocada. Mir al
valle. Qu hermoso estaba, baado por la dulce claridad de la luna! La
presa del molino como una cinta retorcida de plata corra hacia el ro
entre dos filas de avellanos. Jirones de tenue niebla colgaban de la
punta de los altos olmos y abedules. Mir al cielo. Cmo brillaba la
luna all en lo alto, serena, majestuosa! Qu guios maliciosos le
hacan las estrellitas azuladas!

Faunos, ninfas y amores que la vsteis desde la pomarada de D. Flix,
venid ahora! Venid  contemplar el rostro de Flora encendido en pura
grana!

All se oa el ruido de los zapatos claveteados de Jacinto que se
alejaba. La voz del mozo rompi el silencio de la noche cantando:

    _Ay, que su amigo la espera!_
    _Ay, que su amigo la aguarda!_
    _Al pie de una fuente fra,_
    _al pie de una fuente clara._

Una sonrisa divina ilumin el semblante de la nia y cant tambin muy
quedo siguiendo el romance:

    _Que por el oro corra,_
    _que por el oro manaba._

Dejaron de sonar los pasos del joven. Su voz se fu perdiendo en las
encrucijadas del camino. Flora permaneci todava algunos instantes  la
ventana pensativa y sonriente. Al fin la cerr, se desnudo  toda prisa
y se meti en la cama. Murmur sin dejar de sonreir las oraciones
acostumbradas, y sonriente, siempre sonriente, se qued dormida. Ah, si
supiera!...

Jacinto marchaba con paso ligero hacia Fresnedo por el camino llano de
Entralgo, en vez de tornar por el monte como haba venido. Era ms
largo, pero no tena prisa de llegar  casa. Su corazn necesitaba
narrar su dicha  los rboles y al ro, al valle y  los montes,  la
luna y  las estrellas. Y como adivinaba que la tarea iba  ser larga,
procur dar un rodeo para ganar tiempo. Marchaba cantando, y mientras
cantaba iba recordando y mientras recordaba iba soando despierto.

Antes de llegar  Rivota, en un recodo del camino sombro y temeroso oy
una voz que grit:

--Alto!

Y  pocos pasos delante de s distingui los bultos de unos cuantos
mozos que sin duda venan de la lumbrada del Otero.

--Quin me da el alto?--pregunt con arrogancia el joven.

--Yo soy Jacinto, yo soy--respondi la voz de Toribin de Loro con la
misma altivez.

--Y qu me quieres, d?

--Quiero que grites viva Loro!  que pagues el portazgo.

--Ni yo grito viva Loro ni t eres capaz de hacerme pagar el
portazgo--replic el mozo dando un paso atrs y blandiendo su garrote.

--Ahora lo veremos--rugi Toribin lanzndose sobre l.

Chasquearon los garrotes. Jacinto resisti briosamente el mpetu de
aquel coloso, y esquivando con destreza sus golpes pudo alcanzarle con
ms de un garrotazo. Pero los amigos que con l venan le secundaron
innoblemente. Todos alzaron los palos. En vano brincando hacia atrs con
increble ligereza y haciendo molinete con su palo se defenda de la
lluvia de golpes. Al fin se vi perdido y comprendi que era necesario
volver la espalda y huir; mas al hacerlo se vi sujeto por las manos de
un mozo que cautelosamente y aprovechando la oscuridad se haba
deslizado hasta ponerse detrs. Otras manos cayeron sobre l al instante
y le aprisionaron. Le arrancaron el palo y con l, para ms ignominia,
le sacudieron las costillas.

--Qu hacemos ahora?--pregunt al cabo Toribin.--Le dejamos marchar?

--No; debemos torgarlo para que no vuelva  cortejar fuera de su
quintana--manifest un mozo que haba rondado  Flora algn tiempo sin
resultado.--Los otros tres (pues eran tres los que acompaaban 
Toribio) quisieron oponerse. Sin embargo, Toribin se puso de parte del
primero.

-- torgarlo!  torgarlo!--exclam soltando brbaras carcajadas.--Que
vaya  contar  los de Villoria cmo tratamos  los que no quieren
gritar viva Loro.

Toribin senta celos de aquel bravo mozo que osaba resistrsele. Adems
era primo de Nolo,  quien tema y aborreca al mismo tiempo.

Y en efecto, lo torgaron; esto es, le amarraron su propio palo por la
espalda  los brazos con las correas de los zapatos. Una vez as
crucificado le soltaron el botn de los calzones, que cayeron  los
pies, sirvindole de grillos. Y riendo de la gracia y dirigindole
groseros sarcasmos, siguieron hacia Loro, dejndole en medio del camino
en tal triste y bochornosa disposicin.

Era punto menos que imposible caminar de aquel modo. El estorbo de los
calzones haca que sus pasos fuesen tan menudos que para salvar corto
trecho necesitaba largo tiempo. Por otra parte, aunque quisiera tomar el
camino del monte, la forma en que llevaba los brazos no lo consenta,
pues era estrecho y desigual y se expona  caer y no poder levantarse.
Se resign  seguir el de Entralgo. Bien avanzada la noche lleg  este
pueblo. Tuvo intento de llamar en una puerta para que le librasen de
aquel martirio; pero al hacerlo le acometi tal vergenza que renunci 
ello y prefiri seguir hasta Villoria. Cuando alcanz  ver las primeras
casas era ya muy cerca del amanecer. Se dirigi  la de uno de sus tos
que all viva, quien le desat al cabo, le consol y le ofreci una
cama para descansar. Harto lo necesitaba el desesperado mancebo.

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XI

Madre  hija.


Una viajera en aquella misma hora asciende con fatiga por la cuesta de
Canzana. El sol todava no asomaba su disco resplandeciente por encima
de las montaas. La fresca brisa de la maana juega con sus cabellos
grises, levanta el fino chal de seda con que se envuelve. Su figura es
arrogante; su rostro marchito conserva las huellas de una hermosura
singular; su tez es blanca, sus labios finos, sus ojos altivos.

Es D. Beatriz de Moscoso, de la clara estirpe de los Moscosos, prxima
deuda del capitn. Haba llegado la noche anterior  Entralgo sobre un
caballo con jamugas y acompaada de un solo criado espolique. La
sorpresa de D. Robustiana fu inmensa al verla entrar por casa.

--Seorita!--exclam con voz angustiada y plegando sus manos.

--No; no ha muerto--respondi gravemente la seora comprendiendo la
tcita pregunta que aquella exclamacin significaba.--Han llegado
felizmente  Panticosa y parece que no est peor.

No dijo ms. La mayordoma no os preguntarle tampoco porque bien
conocido tena el genio altivo de las cuadas de su seor.

Cuando hubo cenado, antes de retirarse  descansar pregunt dnde se
hallaba el pueblecillo de Canzana. Regalado y su esposa se lo
explicaron. Informse despus de si habitaba en l un cierto sujeto
llamado Gregorio que tena por esposa una mujer llamada Felicia.
Efectivamente all vivan tales sujetos. Nada ms pregunt. Di las
buenas noches y se retir  la habitacin que D. Robustiana le haba
preparado.

Cuando sta y su consorte se encontraron solos mirronse con ojos donde
brillaba la sorpresa y el triunfo.

--Ella es!--exclam Regalado con voz de falsete.

--Ella es!--respondi D. Robustiana sin alzar ms la voz.

S, ella era! Cunto tiempo, cunta astucia, cunta saliva haban
gastado para averiguar aquel secreto sin conseguirlo! Y ahora se les
vena  las manos cuando menos lo imaginaban. Haban sido de los
primeros en sospechar que Demetria no era hija del to Goro y la ta
Felicia. stos tenan efectivamente una nia de pocos meses que estuvo 
punto de morir de un ataque de epilepsia. La ofrecieron al Cristo de
Cands y se salv. Y como la fiesta de esta veneranda imagen se
efectuaba en aquellos mismos das, la llevaron  all. Cuando volvieron
observaron los vecinos que la nia no pareca la misma, pues si bien en
el tamao no se diferenciaba gran cosa, estaba mucho menos adelantada,
como si en vez de tener tres meses fuese slo nacida de algunos das.
Nadie, sin embargo, os formular ninguna sospecha de sustitucin hasta
que Regalado pudo observar que entre D. Flix y el to Goro mediaba
alguna relacin oculta. Una vez les vi hablar con animacin y en voz
baja en el prtico de la iglesia, callndose inmediatamente cuando l
se aproxim. En otra ocasin, al pasar por delante del dormitorio de su
seor, observ que ste conversaba tambin en secreto con el to Goro;
escuch un momento y pudo convencerse de que D. Flix le entregaba
dinero. Naci en su mente la idea de que la nia Demetria era hija de su
seor: se lo comunic  su esposa en secreto: sta, con igual reserva,
lo puso en conocimiento de una de las comadres ms adictas  su persona.
En poco tiempo y en reserva se lo comunicaron unos  otros los vecinos
de la parroquia y vino  saberse en toda ella.

Dur esta creencia  presuncin algunos aos. Sin embargo, al cabo, por
algunas circunstancias que  su atencin se ofrecieron, Regalado vino 
sospechar que se hallaba en un error, que Demetria, si bien no era hija
del to Goro, tampoco lo era del capitn. Busc, investig, cavil. Todo
fu intil. El resto de los vecinos, como no tenan los motivos que el
mayordomo para cambiar de opinin, siguieron aferrados  la antigua.

Poco despus de amanecer D. Beatriz sali de su habitacin vestida, se
desayun cambiando pocas palabras con D. Robustiana y volvi 
enterarse del camino que conduca  Canzana. El ama de gobierno la
invit  asomarse  uno de los balcones y le mostr all sobre la meseta
de la colina el pintoresco pueblecillo y medio oculto entre los rboles
el camino que desde Entralgo llevaba  l. Aunque Regalado trat de
acompaarla y guiarla, D. Beatriz se opuso resueltamente  ello. Sali
sola de casa, lleg al Campo de la Bolera, salv el puente de madera
echado sobre el riachuelo y comenz  ascender lentamente el sendero de
la montaa.

Su fisonoma serena, impasible no denotaba la agitacin que en su alma
reinaba. Jams haba soado en tomar la resolucin que ahora estaba
realizando. Cuando aquel bandido la enga, su orgullo padeci an ms
que el corazn. Entreg con absoluta indiferencia el fruto de sus
amores y jur interiormente no verlo ms en la vida. D. Flix, que se
hallaba  la sazn en Oviedo, lo recogi y se encarg de llevarlo 
criar  la montaa. Pero la casualidad hizo que sus convecinos el to
Goro y Felicia pudieran prohijar aquella desgraciada nia. La suya se
haba muerto de un segundo ataque de epilepsia al pasar por Oviedo de
regreso de Cands.

Fu un capitn del batalln de Pontevedra el autor de aquel fiero
desaguisado. Festej rendido  D. Beatriz mientras estuvo de guarnicin
en Oviedo; gan tambin el favor de su madre D. Leonor, viuda de
Moscoso, y de D. Rafaela su hermana. Porque era el oficial hombre
galn, afable y divertido y se haca querer de cuantos le trataban.
Entraba en casa y se le consideraba como un hijo. Cuando vino
repentinamente la orden al batalln de trasladarse  Vitoria, la noticia
cay como una bomba en aquella casa tranquila y conventual. El capitn
solicit de D. Leonor el permiso de casarse en secreto con su hija
antes de partir, pues de otro modo era imposible  causa de las muchas
diligencias que se necesitaban. Cedi la viuda: efectuse la ceremonia
en casa de la novia: bendijo  los desposados el capelln del batalln:
asistieron slo tres compaeros del capitn. Finalmente, ste se parti
y al cabo de dos  tres meses se supo que estaba casado ya haca aos en
Sevilla y separado de su esposa. Puede calcularse la estupefaccin, el
dolor, la indignacin de aquella noble familia. D. Beatriz estaba en
cinta. Su madre adoleci tan gravemente que antes de un mes pas  mejor
vida. Le aconsej  la traicionada joven que hiciese perseguir al
criminal y lo enviase  presidio lo mismo que  sus cmplices, pero ella
se neg resueltamente  ello. El orgullo, ms que la piedad, fu parte 
mantenerla en una actitud de soberbio desdn. En bastantes aos no puso
el pie en la calle. Ni con su misma hermana cambi una palabra acerca de
la nia que haba llevado  criar D. Flix. Slo de vez en cuando
entregaba  ste en silencio algn dinero. En silencio tambin lo
reciba su cuado y lo entregaba despus  quien iba destinado.

La compaa de su sobrinita Mara, que comenz  pasar largas temporadas
en Oviedo y por ltimo casi vino  vivir enteramente, alegr aquella
casa sepulcral. La nia pareca tenerles amor y acomodarse bien  sus
costumbres y manas. Pero aquella sbita enfermedad, aquel vmito de
sangre heraldo siniestro de una muerte cierta, caus profunda impresin
en el alma de las linajudas damas. D. Beatriz en particular sinti su
corazn desgarrado, y en virtud de la gran turbacin que de ella se
apoder comenzaron  punzarle los remordimientos. Imagin que Dios le
enviaba aquella severa advertencia por el abandono cruel en que haba
dejado  su hija. Cavilosa y triste durante algunos das y consultada
con su confesor y con su hermana, resolvise  recoger el fruto de sus
amores, llamarla hija y hacerla su heredera. El mdico haba aconsejado
que Mara pasase el invierno en Mlaga. D. Flix acat tal consejo y
decidi no volver  Asturias hasta el verano siguiente. Pocos das
despus de su partida D. Beatriz emprendi el camino de Entralgo.

La cuesta de Canzana es agria. La dama, sometida desde haca largos aos
 una clausura casi completa, la sube con trabajo. A menudo se detiene y
derrama una mirada por el valle que se extiende  sus pies. No su
incomparable hermosura la cautiva, no la brisa matinal suave y fragante
la embriaga. Una arruga profunda surca su frente, signo de intensa
preocupacin, de temor y de anhelo. Su faz, ordinariamente blanca, se
tie ahora de carmn por la fatiga.

Cuando menos lo esperaba, en una de las revueltas del retorcido camino
se encontr con las primeras casas de la aldea.

--Conoces  un hombre que se llama Gregorio?--pregunt  un nio que
jugaba en la calle.

El nio la mir con asombro y no respondi.

--Vamos, d, conoces  un hombre que se llama Gregorio, que tiene por
mujer  una que se llama Felicia?--volvi  preguntar con impaciencia.

El mismo asombro y el mismo silencio por parte del chico.

Pero una mujer que estaba en un corredor tendiendo ropa y haba odo la
ltima pregunta, respondi por l.

--S, seora, s; el to Goro y la ta Felicia viven en aquella casa que
tiene un rbol grande delante. Vea usted; ahora sale el to Goro con un
jarro  ordear.

D. Beatriz se dirigi  la casa sealada. El to Goro ya haba entrado
en el establo. Acercse  la puerta, que como de costumbre en el campo
estaba abierta, y manifest su presencia con el saludo tradicional,
exclamando en alta voz:

--Ave Mara Pursima!

--Sin pecado concebida--respondi desde arriba Felicia bajando acto
continuo.

Al encontrarse enfrente de la dama fu grande su sorpresa.

--Me conoce usted?--pregunt D. Beatriz con lacnica severidad.

El semblante de Felicia se cubri de intensa palidez.

--S seora, la conozco.

No la haba visto ms que una sola vez en su vida y apenas haba tenido
tiempo para grabar sus facciones en la memoria. Pero ahora ms que la
memoria se lo deca el corazn.

--Me sorprende y me alegro de que usted me reconozca. No quise que nadie
me acompaase desde Entralgo. Cuanta menos gente se entere, mejor. Ya
adivinar usted  lo que vengo...

Felicia la mir con intensa atencin sin despegar los labios.

--Vengo por Demetria... Dnde est?

Felicia se puso todava ms plida.

--Arriba est--dijo con voz apenas perceptible. Repentinamente se haba
quedado ronca.

--Llmela usted.

--Demetria, baja--quiso gritar la pobre mujer. Pero su voz sali tan
dbil que apenas pudo llegar arriba.

Sin embargo, Demetria, que haba odo rumor de conversacin, bajaba ya
la escalera. Al ver una seora se detuvo sorprendida.

Hubo unos momentos de silencio. Aquellas tres personas se miraron sin
despegar los labios. Al cabo Felicia con voz temblorosa dijo:

--Demetria, acrcate... Esta seora viene  buscarte... Lo que te han
dicho era la verdad... Aqu tienes  tu madre; yo no lo soy...

Al pronunciar las ltimas palabras estall la pobre mujer en sollozos y
ocult el rostro entre las manos. El de Demetria se cubri tambin de
palidez y mir de frente  la dama con ojos donde no se lea el amor
filial.

--Acrcate, nia, acrcate--profiri D. Beatriz dulcificando su
voz.--Yo soy tu madre... Las circunstancias han hecho que hasta ahora no
haya podido darte el nombre de hija; pero Dios no ha querido que muera
privada de ese placer... Acrcate, hija ma.

Demetria baj todas las escaleras y se aproxim  la seora.

--Me das un beso?--dijo sta tomndola de la mano y con voz donde se
trasluca la emocin.

La joven se aproxim an ms y gravemente puso los labios en el blanco
rostro de su madre.

Si aquel beso tuvo propsito de llegar al corazn, cosa que debe ponerse
en duda, se qued en la mitad del camino. La noble dama no lo sinti
llegar. Su frente se arrug. De sus ojos se borr la expresin de
enternecimiento.

--Est bien--profiri adquiriendo sbito aquel acento altivo,
indiferente que la caracterizaba.--Me complazco en ver que aunque vistes
de aldeana y te has criado como si fueses tal, por tu rostro y tu
figura manifiestas que has nacido seora y que mereces la posicin en
que te voy  colocar. Djanos ahora un instante, pues tengo que hablar
cosas secretas con los que hasta hoy has credo tus padres.

Demetria se dirigi en silencio al sitio de las herradas, tom una y fu
hacia la puerta. Pero antes de llegar se volvi, acercse  Felicia que
segua sollozando, separ sus manos del rostro y estamp en l un largo
y nuevo beso. Llegara por casualidad aquel beso al corazn? S, s; no
hay duda que lleg. D. Beatriz tuvo noticia de ello en seguida. Baj
los ojos y la arruga que cruzaba su frente se hizo ms profunda.

Mientras en casa del to Goro se celebraba la conferencia que iba 
decidir de su suerte, Demetria caminaba  paso lento hacia la fuente.
Antes de llegar tropez con su ntima amiga Telva, que ya volva con la
herrada llena sobre la cabeza. Algo extrao debi de observar aquella
zagala en el rostro de la hija del to Goro.

--Qu te pasa, Demetria? Parece que vienes descolorida.

--Nada me pasa--respondi la joven con un acento que demostraba bien
claro todo lo contrario.

--S; algo te pasa. Dmelo, nia. No te he contado yo siempre mis
secretos?

La tom de la mano y la mir con ojos escrutadores. Demetria baj la
cabeza y permaneci silenciosa.

--Vamos, d, nia--repiti la zagala sacudindole la mano.

--Ya lo sabrs, Telva. Ahora no puede ser--profiri Demetria
sordamente.--Pronto, pronto lo sabrs... Lo nico que puedo
decirte--aadi despus de una pausa--es que en este momento me
alegrara de estar cuidando cabras en los montes de Raigoso y no bajar
jams al llano.

Dos gruesas lgrimas rodaron por sus mejillas. Y sin decir otra palabra
se apart con presteza, prosiguiendo su camino. Telva, asombrada, la
sigui unos instantes con la vista: luego se encamin hacia el pueblo
atormentada por la curiosidad. Justamente cuando pasaba por delante de
la casa del to Goro sala ste y su esposa acompaando  una seora.
Telva se dirigi resueltamente  ellos y los salud.

--Han tenido ustedes alguna desgracia, ta Felicia?--pregunt viendo 
sta con los ojos hinchados de llorar.

--Para m bastante desgracia, Telva!--exclam la buena mujer rompiendo
de nuevo  sollozar.--Demetria se nos va...

--Pues?

Felicia guard silencio. Pero el prudente Goro le habl de esta manera:

--Las cosas de este mundo, Telva, no estn siempre en el mismo ser. Un
hombre era rico ayer y hoy amanece pobre,  porque las vacas se le
mueren de peste,  porque el ro le lleva la tierra  la siembra de
guijarros. Cuando ms segura tenemos la cosecha, llega una nube de
piedra y nos deja sin nada. Cuando esperamos que una vaca nos d en San
Juan cra, echa un mal paso en el monte y se despea y se la comen los
buitres. As va todo. Ayer, Telva, tenamos una hija y hoy nos quedamos
sin ella. Esta seora viene  buscarla porque es su madre verdadera,
aunque nosotros la hayamos criado.

Telva mir con sorpresa  D. Beatriz. Despus dijo:

--Ya maliciaba yo que algo les pasaba. Encontr  Demetria camino de la
fuente y vi que iba llorando.

El rostro de la seorita de Moscoso se contrajo al escuchar estas
palabras. El to Goro dirigi una mirada de reprensin  la indiscreta
zagala.

Cuando sta se hubo alejado, D. Beatriz se despidi sin consentir que
nadie la acompaase, dejando ordenadas todas las medidas necesarias para
que Demetria se trasladase en breve plazo  Oviedo.

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XII

El desquite.


Cuando un mensajero enviado de Villoria anunci  Nolo la humillacin
que los mozos de Loro haban infligido  su primo, en el primer momento
se resisti  creerlo. Rendido, sin embargo,  la evidencia, fu
acometido de un furor insano que puso en huida al zagal que le trajo la
noticia. Se arrancaba los cabellos, pateaba el suelo como un potro no
domado, bata contra las paredes de su casa los aperos de la labranza,
lanzaba terribles imprecaciones y amenazas. Al fin cay en una calma ms
terrible an que su furor. Qued plido y profundamente sosegado. Subi
 su cuarto para vestirse el traje de los das de fiesta, el calzn
corto de pao verde con botones dorados de filigrana, el chaleco
floreado, la blanca camisa de lienzo que la ta Agustina haba hilado
con sus manos primorosas; ci  sus pies los borcegues de becerro
blanco, cubri su cabeza con la montera picuda de terciopelo, ech en
seguida sobre sus hombros la chaqueta; tom su palo. As ataviado se
puso en marcha y baj  Fresnedo. Llam en una de las primeras casas;
pregunt por uno de sus amigos; le dijo algunas palabras al odo. El
semblante del mozo se contrajo. Nolo le hizo una pregunta en voz baja.
Respondi el mozo con un signo de afirmacin. Nolo se despidi. En esta
forma recorri las casas de los ms bravos guerreros de Fresnedo. Luego
envi emisarios  las Meloneras,  los Tornos y  Navaliego. Despus
baj  oir misa  Tolivia.

 las tres de la tarde se reunan en las afueras de esta aldea hasta
cincuenta mozos de los altos de Villoria, la flor de la juventud
montaesa del valle de Laviana, y emprendieron la marcha hacia la
romera del Otero. Por qu tan tarde?  la hora en que llegaris,
galanes, la romera estar muy cerca de deshacerse: las hermosas zagalas
buscarn ya con la vista  sus parientes para reunirse  ellos y tomar
el camino de su casa. No importa. Hoy no es da de festejar  las
rapazas.

Marchaban fieros y graves, el rostro contrado, la mirada fija. Ninguna
chanza alegre se escuchaba entre ellos como otras veces: ni una palabra
sala de sus labios. Sus pasos sonaban huecos y lgubres por la calzada
pedregosa. As os vi cruzar por Entralgo con vuestras monteras sin
flores, con vuestros palos enhiestos como una nube que avanza negra por
el cielo para descargar su fardo de clera sobre alguna comarca prxima!
Mi corazn infantil palpit y desde el corredor emparrado de mi casa os
grit:

--Nolo, vais  zurrar  los de Loro? Llvame contigo!

Yo te vi sonreir, intrpido guerrero de Villoria. Alzaste la mano y me
enviaste un gracioso saludo.

En vez de cruzar la barca, subieron un poco ro arriba y lo salvaron por
un vado descalzndose previamente.  toda costa no queran llamar la
atencin y caer sobre la romera de improviso. Una vez en el camino de
la Pola ascendieron por la montaa hacia el santuario del Otero no
siguiendo el camino trillado, sino por senderos extraviados.

El campo donde la fiesta se celebraba era un prado casi circular y llano
sobre la misma colina. Ms de la mitad de l, por la parte superior,
estaba rodeado de un espeso bosque de robles. Los de Fresnedo se
ocultaron all sin ser vistos de la gente de la romera.

Hallbase sta en todo su esplendor. Herva el campo con rumor gozoso de
cantos y risas y plticas ruidosas. Una muchedumbre vestida de da de
fiesta discurra por l entrando y saliendo de la iglesia, parndose
delante de los puestos de bebidas, comprando frutas y confites 
agrupndose en torno de los bailarines. Debajo de un hrreo prximo al
templo sonaban la gaita y el tambor y all ms de dos docenas de mozos y
mozas se entregaban con furor al baile. Ms lejos, en paraje
descubierto, danzaban otros formando enormes crculos que giraban
cadenciosamente al comps de sus cantos.

--Florita, dnde tienes  Jacinto?--pregunt una joven de la Pola  la
gentil molinerita de Loro.

Ambas se hallaban prximas al hrreo contemplando el baile.

--Madre! Es algn gato Jacinto que se trae y se lleva en una
cesta?--respondi Flora enseando para reir las perlas de sus dientes.

--Si no lo es, alguna vez quisiera convertirse, aunque no fuese ms que
para saltarte sobre el regazo.

--Calla, tonta! Pronto le dira zape! Los gatos dejan muchos pelos en
la ropa--exclam la zagala dando un carioso empujn  su amiga que por
poco le hace caer de espaldas.

--Vaya, que antes ya le pasaras la mano sobre el lomo!... Pobrecito!
pobrecito menino!

--Fu! fu! Zape!--gritaba la nia emprendindola  pellizcos con la
burlona y retorcindose de risa.

Sin embargo, al cabo qued seria. Estaba sorprendida y despechada al
mismo tiempo de no ver  su novio en la romera. Se ira  hacer el
desdeoso aquel zarrampln despus de haberle arrancado la confesin de
su amor? Esta idea inquietaba su orgullo y arrugaba su frentecita.

--Lo ves cmo te quedas seria?--le dijo su amiga mirndola con ojos
maliciosos--No puedes ocultar que ests chaladita perdida por Jacinto.

Hizo un mohn de desprecio la linda morenita.

--Yo perdida por ese cachorro!... No me conoces, Carmela.

Y para demostrar lo contrario llam  uno de sus primos que por all
andaba y le invit  bailar. Bailaba con sobrado coraje la molinera de
Loro para que no dejase sospechar que haba en ello ms jactancia que
alegra.

Sin embargo, la romera iba cerca de su fin. El sol se acercaba
lentamente  las cumbres de la Vara, encima de Canzana: pronto les dara
el beso de despedida. Andaban por el campo de la fiesta bastantes mozos
de Villoria y Tolivia y algunos de Entralgo, pero desparramados, mustios
y con apariencia de hudos. Las repetidas victorias de los de Loro los
tenan acobadados y recelosos, sin gana alguna de emprender nueva
quimera, aunque sus enemigos les daban para ello sobrado motivo. Es
indecible el grado de orgullo y de insolencia  que stos haban
llegado. No slo con miradas y gestos provocativos les quemaban la
sangre, sino tambin con picantes indirectas y con insultos groseros les
ponan en el trance  cada instante de perder la paciencia y
experimentar una nueva y vergonzosa derrota.

Pero el ms insolente, el ms provocativo, el ms fachendoso de todos
era Toribin de Loro. Imposible mirar solamente  aquel hombre sin
sentir el corazn henchido de rabia. Por eso los de Entralgo y Villoria
se apartaban cuanto podan de los parajes en que el jefe poderoso de
Loro relampagueaba de orgullo y de jactancia.

Jams se le viera ms alegre y fanfarrn que aquella tarde. Con la
montera terciada y el garrote empuado por el medio iba de un lado 
otro sonriente, provocativo, embromando  unos, injuriando  otros como
si el campo de la romera fuese suyo  no hubiera en dos leguas  la
redonda ms rey ni ms amo que l.

Y en verdad que no pareca en toda la comarca mozo ms fornido... Su
padre, labrador rico de Loro, lo haba criado no con nabos y castaas,
sino con sabrosos torreznos de jamn y cecina, con pan de escanda y
buenos tragos de vino de Toro que los arrieros de Castilla acarrean por
el puerto de San Isidro. Por eso era capaz de alzar sobre los hombros un
carro de yerba; por eso nadie osaba competir con l ni en la siega ni
partiendo lea. Llevaba aquel da envuelta la cabeza, por mayor gala, en
un pauelo floreado de seda y la montera encima; apretaba sus piernas
membrudas de gigante fino calzn de Segovia; colgaban de la botonadura
de su chaleco los cordones del justillo de Flora que haba arrancado la
noche anterior al infortunado Jacinto.

Cuando se hart de caracolear por los diversos grupos decidise  entrar
en la danza. Su presencia caus disturbio y malestar entre los mozos.
Porque Toribin, no slo con los enemigos, sino con los suyos se
mostraba intemperante. Ahora daba terribles empellones  los mozos que
tena ms prximos hacindoles vacilar cuando no caer de bruces, ora se
gozaba en apretarles la mano hasta hacerles exhalar gritos de dolor.
Rea, gritaba, cantaba y hablaba  destiempo.

--Dnde estn los pollos de Entralgo y de Villoria?--profera riendo 
carcajadas.--Hace ya mucho tiempo que no oigo su _po po_. Andan de
rama en rama los pajaritos  estn todava en el nido esperando  que su
madre los cebe?... Dicen que los espanta el milano... Cua! cua!
Corred, corred, pollitos, que all va el milano!... Cua! cua!

Y extenda los brazos y chillaba imitando el grito de las aves de
rapia. Y su risa era tan grande que el exceso de alegra baaba sus
mejillas de lgrimas.

--Ijuj!--concluy gritando con su voz de bronce.--Viva Loro!

Un hombre salt en aquel momento en medio del corro y grit con voz
estentrea:

--Muera!

Aquel intrpido guerrero era el hijo del to Pacho de la Braa.

--Muera!... muera!... muera!

Tres veces repiti el mismo grito. Su voz poderosa lleg hasta los
ltimos confines de la romera produciendo en ella un estremecimiento de
terror. Corrieron los nios  refugiarse entre las faldas de sus madres,
desbandronse los hombres, chillaron las mujeres, volcronse las mesas
de confites y las cestas de fruta. Un miedo pnico se apoder de aquella
muchedumbre tan alegre momentos antes.

Toribin de Loro empalideci tambin; pero reponindose presto se lanz
sobre su rival soltando espumarajos de clera. Alz su garrote enorme
como una tranca que slo l era capaz de manejar y lo descarg con tal
mpetu sobre la cabeza de Nolo que se la hubiera partido si ste no
hubiera evitado el golpe esquivando el cuerpo.

--Has errado el golpe, Toribin--profiri con voz entera el hroe de la
Braa.--Si tuvieses las manos tan ligeras como la boca pronto daras
buena cuenta de m. Pero confo en que ahora vas  pagar tu fachenda de
siempre y la marranada de ayer. Muera el cerdo de Loro!

Ambos combatientes se arrojaron el uno sobre el otro con el corazn
henchido de un furor salvaje.

Nolo, aunque de la misma estatura que el caudillo de Loro, era menos
corpulento; mas lo que le ceda en cuerpo se lo ganaba en flexibilidad y
ligereza. Se haban arrollado la chaqueta al brazo izquierdo para que
les sirviese de escudo. El palo de Nolo era corto, de acebuche, pintado
al fuego y sujeto  la mueca por una correa. El de Toribio largo y
pesado de roble.

Los mozos de Loro se haban aproximado de una parte, los de Entralgo y
Villoria de otra. Pero los dos bandos se mantuvieron apartados por
tcito acuerdo, dejando amplio trecho para que sus hroes ms famosos
saldasen solos y cara  cara la cuenta que tenan pendiente.

Toribin, as que hubo errado el golpe, levant de nuevo la tranca; pero
antes que tuviese tiempo  descargarla se le anticip con increble
presteza el de la Braa y le atiz un estacazo en la cabeza que le
oblig  tambalearse. Reponindose instantneamente volvi sobre su
adversario como un len hambriento  un jabal que necesita abrirse
paso. Nolo pudo parar su golpe con el brazo izquierdo que aun con la
almohada de la chaqueta se resinti bastante. Lanz un rugido de dolor
el guerrero de la Braa y acometido de rabia homicida comenz  brincar
en torno de su enemigo como un tigre sediento de sangre, atacndole por
todas partes con incansable furor. Temblaba la tierra bajo los pies de
tan formidables guerreros, crujan sus palos al chocarse, escuchbase de
lejos su resuello temeroso. Todo el campo de la fiesta se estremeca
pendiente de aquella descomunal batalla.

Por fin el hijo del to Pacho alcanz el brazo derecho de su contrario
con un garrotazo. Salt el palo de la mano de Toribin y qued inerme
frente  su adversario. Entonces, vindose perdido, no hall otro
recurso que volver la espalda y darse  correr moviendo con ligereza sus
piernas. Pero el valiente Nolo le segua de cerca lleno de confianza en
sus pies rpidos. Dos veces dieron la vuelta entera al campo de la
romera. Como un galgo persigue al travs de la verde llanura  la
liebre que acaba de levantar entre la maleza, as el hroe de la Braa
segua y apretaba cada vez ms al ilustre guerrero de Loro. Los de uno
y otro bando se mantienen suspensos y anhelantes contemplando la
carrera de sus jefes, el uno fugitivo, el otro corriendo sobre sus
pasos.

La mala ventura de Toribin quiso que al hacer la tercera vuelta se le
enredasen los pies entre un helecho y cayese de bruces. Alzse
rpidamente, pero antes que pudiera emprender de nuevo la carrera un
garrotazo de Nolo le hizo dar con su pesado cuerpo en el suelo. Entonces
el irritado mozo saci sobre l su furor descargando sobre sus espaldas
algunos garrotazos, mientras le deca lanzndole una mirada feroz: Echa
roncas ahora, pelele, echa roncas! Te creiste que porque Dios te ha
dado mucha fuerza los dems somos de manteca? Si ayer noche fuera yo con
Jacinto no lo hubierais torgado, gran cerdo. Toma por ladrn! Toma por
cerdo!

Los de Loro, viendo  su compaero as cado y golpeado, volaron al fin
 su socorro. Mas los de Entralgo y Villoria, animados con la presencia
de Nolo y su buen suceso, les salieron al encuentro. Cuando los de uno y
otro bando se hubieron encontrado, son un formidable clamor. Los
hombres chocaron con los hombres, los palos con los palos. Escuchronse
 la vez gritos de triunfo y lamentos, imprecaciones y vivas. Como dos
ros impetuosos que caen de la montaa y sus aguas se tropiezan en el
valle con fragoroso estruendo que se oye  lo lejos, as los dos
ejrcitos rivales cayeron el uno sobre el otro. Igual furor los anima:
el mismo deseo de gloria agita sus corazones.

Sin embargo, los de Entralgo eran menos numerosos, y ante la avalancha
formidable de sus enemigos no tardaron en ceder terreno. Entonces Nolo
de la Braa se sali un instante del sitio de la lucha y lanz un
silbido penetrante. Los cincuenta guerreros de Fresnedo, Meloneras y
Navaliego, al oir aquella seal, surgieron de improviso del bosque donde
se hallaban ocultos y cayeron como buitres hambrientos lanzando gritos
horrsonos sobre los mozos de Condado y Loro. Quin pudiera resistir
el mpetu de aquella juventud magnnima? Una tromba de agua y pedrisco
no causara ms dao en un sembrado: la mar alborotada arrojando sobre
la tierra sus espumas amargas no infundira ms espanto. Todo cae, todo
huye, todo grita delante de su furor indomable. Los de Loro, aterrados,
apenas pueden resistir breves instantes. En vano el valeroso Firmo de
Rivota los anima con grandes voces al combate y dando el ejemplo se
arroja con temerario coraje en medio de la pelea. El msero sucumbe al
fin bajo el garrote de Jacinto de Fresnedo; cae aturdido y es pisoteado.

Musas, decidme los nombres de los guerreros que all cayeron  salieron
descalabrados bajo los garrotazos de los hijos magnnimos de Entralgo,
porque yo no acierto  contarlos! T, bizarro Angeln de Canzana,
tumbaste de un estacazo en medio de la cabeza, al esforzado Luisn de la
Granja, hijo del to Ramn, famoso domador de potros. Confiado en sus
fuerzas extraordinarias, quiso hacerte frente; pero lograste pronto
volcarle y fu pisoteado. El valeroso Ramiro de Tolivia midi varias
veces las espaldas con su garrote  Juan de Pando, afamado en todo el
valle, no slo por su valor, sino por la habilidad en el baile. Ninguno
con ms primor ejecutaba las mudanzas y saltaba delante de su pareja: en
esta ocasin no le valieron sus giles piernas: aunque corra como un
gamo por el monte abajo, Ramiro le alcanz repetidas veces con su palo.
Froiln de Villoria desarm y apale sin piedad  Pin de Boroes,
sobrino del cura del Condado,  quien su to estaba enseando latn para
enviarlo al seminario de Oviedo y ordenarlo _in sacris_ por la carrera
abreviada. Antes que el obispo lo consagrase, Froiln logr hacerle un
buen chichn en la corona. Pero ms que todos stos se distingui en
aquella jornada memorable Tanasio de Entralgo. Su cayado fulminante,
cortado en el monte Raigoso, abata cuanto encontraba delante.
Imposible contar el nmero prodigioso de bollos y tolondrones que aquel
mortfero instrumento caus en breve tiempo. No era un arma en sus
manos, sino rayo fragoroso, resonante, que sembraba el terror y la
alarma por doquiera que pasaba.

 quin sacrificaste t, impetuoso Celso, honor y gloria de mi
parroquia? Bajo tus acometidas invencibles cayeron muchos y bravos
guerreros de Loro y cay tambin el ms ilustre de los hijos del
Condado, el famoso Lzaro, que despus de Toribin y Firmo era tenido
por el ms esforzado de los enemigos de Entralgo. No le vali su garrote
nudoso de acebuche ni le valieron sus saltos prodigiosos. T derribaste
de un garrotazo su montera adornada de claveles y luego le tentaste
varias veces la cabeza y las costillas.  quin inmolaste t,
industrioso Quino, el ms galn y ms prudente de los hijos de Entralgo?
Bajo tu palo gimieron muchos bravos en aquella aciaga jornada y por fin
tuviste el honor de ver huir delante de ti al valeroso Lin de la
Ferrera. Si no le diste alcance no fu porque te faltasen piernas, sino
porque no quisiste que los mozos del Condado te cortasen la retirada.

Pero en aquella ocasin por su fuerza y por su audacia se distingui
Nolo, el hijo del to Pacho de la Braa, entre todos los hijos de
Villoria y Entralgo y gan gloria imperecedera. Parecido  una llama
impetuosa penetra entre las filas de los contrarios sembrando en ellas
el pavor. Tan pronto est en un sitio como en otro: aqu tumba  un
mozo, ms all desarma  otro, en otra parte persigue  un fugitivo.
Imposible averiguar  qu campo perteneca, si peleaba del lado de Loro
 de Entralgo. Como un ro impetuoso se despea en el invierno sobre el
valle y rompe los diques que las manos del hombre le han opuesto y
arrastra los rboles y las casas y destruye las ms florecientes
heredades, de tal modo el hijo del to Pacho penetra en las espesas
falanges de los de Loro introduciendo en ellas el desorden y el
espanto.

Dnde estabas t, belicoso Bartolo, dnde estabas t en aquel momento
de perdurable memoria para nosotros? Habas llegado tarde  la romera y
te habas acercado al hrreo donde los zagales y zagalas se entregaban
al baile. All tropezaste con un amigo que te invit  beber unos vasos
de sidra. Y descuidadamente, sin pensar que los de Entralgo iban 
necesitar pronto de tu invencible brazo, te entretuviste alegremente
narrando amores y combates. En vano te dijeron: Bartolo, parece que hay
palos en la romera. T no hiciste caso, acostumbrado como estabas 
despreciar los peligros, y enardecido por la pltica y la sidra seguiste
relatando la historia maravillosa de tus hazaas. Cuando al cabo algunos
fugitivos vinieron  refugiarse bajo el hrreo y pudiste cerciorarte de
que la bulla no era niera, con terrible calma cubriste tu cabeza con
la montera, pediste otro vaso de sidra, lo bebiste y despus de haberte
limpiado repetidas veces los labios con el dorso de la mano dijiste con
sosiego aterrador: Vamos  ver lo que quieren esos pelafustanes. Y
saliste arrojando miradas homicidas  todos lados.

Pero ya la victoria estaba declarada por los de Entralgo. Los de Loro y
Condado corran desbandados y seguidos de cerca por los primeros. Las
mujeres, los nios y los hombres pacficos se haban refugiado en el
prtico y en los alrededores de la iglesia. El campo de la romera
estaba poco menos que desierto. Sembrados por l y aturdidos por los
garrotazos yacan algunos guerreros. Uno de ellos se levant y
derrengado, sin palo y sin montera enderez sus pasos trabajosamente
hacia la iglesia. Era el famoso Toribin, el caudillo ilustre de Loro.
Bartolo lo vi y animado de un valor intrpido salt sobre l como un
len y de un par de estacazos le hizo de nuevo medir el suelo.

--Ya caste entre mis uas, Toribin--exclam con sonrisa
diablica.--Mucho tiempo haca que tena gana de verme cara  cara
contigo. Cuando te levantes marcha  Loro y cuenta  tus compaeros
cmo te ha hecho morder la tierra el hijo de la ta Jeroma de Entralgo.

Despus, sereno, majestuoso, semejante  un dios recorri el campo de la
fiesta sin que nadie se opusiera  su marcha triunfante.

Hartos de apalear y perseguir  los de Loro, no tardaron en llegar los
zagales victoriosos de Entralgo y de Villoria lanzando gritos de
triunfo. De nuevo se puebla el campo de romeros y por algn tiempo reina
la misma animacin. Los mozos vencedores, ebrios de alegra, quieren
depositar su triunfo  los pies de las rapazas y les ofrecen sus
monteras llenas de confites y avellanas tostadas. Sonren ellas, se
hacen las melindrosas; insisten ellos y  pesar de su fuerza indomable
se muestran ruborosos y humildes como nios.

Jacinto se acerca  Flora. Su rostro an est contrado, sus manos
tiemblan, todo su cuerpo manifiesta extraa agitacin.

--Qu mosca te ha picado, Jacinto?--le pregunta la linda morenita
mirndole con una risa maliciosa.

--Sabes lo que han hecho ayer noche conmigo tus vecinos?--exclama
rudamente el mozo.

Flora le mira sorprendida.

--Pues en cuanto sal de tu casa, antes que llegase  Rivota, entre
Toribin y otros tres me torgaron.

Un relmpago de ira pas por los ojos de la zagala.

--No te dije que no te fiases de ellos, Jacinto? Que eran muy burros!
muy burros!

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XIII

Adis.


As fu como los de Entralgo lograron el desquite, ganando inmensa
gloria. Pero el hijo intrpido del to Pacho de la Braa no pudo
saborearla porque no hall en la romera  Demetria, aunque largo tiempo
la busc por todas partes. Nadie le daba noticia de ella, ni del to
Goro ni de Felicia. Pregunt  Flora y sta tampoco saba por qu su
amiga dejara de asistir  fiesta tan renombrada. Con el corazn lleno de
tristeza el hroe de la Braa iba y vena de un grupo  otro, siempre
con la esperanza de hallar en alguno  su dueo bien querido. Cuando se
lleg la noche y aquella muchedumbre se fu dispersando tom la
resolucin de ir  Canzana y as lo comunic  sus compaeros. Pero el
prudente Quino le habl de esta manera:

--Yo no dudo, Nolo, que vayas  Canzana esta noche, aunque bien sabes
que los de Loro no dejarn de esperarte en el camino. Si todos los
hemos agraviado ahora,  nadie ms que  ti guardarn rencor. Grande
alegra les daras si pudiesen saciar en ti su venganza, porque t
fuiste quien les prepar la gardua en que cayeron. Mi parecer es que
dejes la visita hasta maana y que la hagas  la luz del da, cuando
todos esos mozos estn en el trabajo. Y si es que no quieres dejarla,
entonces nosotros te acompaaremos despus hasta Villoria.

El hijo del to Pacho lanzndole una mirada feroz le respondi:

--Pasmrame  m que no salieses con alguna de las tuyas. Quin sino t
pudiera meterme miedo con esos mamones que todava estn corriendo y no
pararn hasta esconderse debajo del escao de su casa? Tienes el corazn
de liebre y vales ms para comer la torta y la leche al pie del lar que
para sacudir garrotazos en las romeras. Gurdate, gurdate en casa esta
noche, que yo no necesito que nadie me d escolta.

El industrioso Quino sinti que el calor suba  sus mejillas y replic
encolerizado:

--Nada te he dicho, Nolo, que merezca que me insultes de ese modo, y no
es de mozos criados en ley de Dios hacer ofensa  los amigos que se han
portado bien. Si yo como la torta al pie del lar, t la comes tambin,
porque no te mantienes del aire, y si t das garrotazos en las romeras,
garrotazos sacudo yo cuando se tercia. Vete solo si quieres, que no ser
Quino de Entralgo quien te lo estorbe.

Iba  contestar Nolo con otras pesadas palabras; pero el intrpido Celso
de Canzana, temiendo que la disputa llegase  pelea, se apresur 
intervenir.

--Ya que lo veo necesario, Nolo, voy  decirte lo que s y que segn las
trazas nadie ha querido contarte hasta ahora. Esta maana se present en
Canzana una gran seora y pregunt por el to Goro y la ta Felicia.
Entr en su casa, habl con ellos y tambin con Demetria y se fu en
seguida. All se dice que esta gran seora es la madre de tu rapaza, y
que se la lleva para Oviedo  Gijn. Ahora ya sabes por qu no ha
venido esta tarde  la romera. Si quieres ir  Canzana puedes hacerlo,
y si  la Braa, lo mismo. De todos modos, los mozos de Entralgo estamos
siempre para lo que gustes mandar.

Qued Nolo suspenso y acortado al escuchar estas palabras. Una gran
tristeza inund su corazn y empalidecieron sus mejillas. Apenas pudo
murmurar las gracias. Repuesto un poco, al cabo se despidi de sus
amigos manifestando que iba derecho  su casa.

Se acost en la cama, pero no pudo gozar de las dulzuras del reposo.
Todas sus ilusiones se huan. Aquel amor profundo, el primero y el nico
de su vida, se disipaba como un sueo. Lo que tenazmente se susurraba
haca tiempo y haba llegado varias veces  sus odos resultaba cierto.
Demetria no era hija de aldeanos, sino de seores, y seora ella misma
por lo tanto. Cmo se acordara en las alturas de su nueva posicin de
la bajeza de aquel aldeano que la amaba? Oh, cunto la amaba! El pobre
Nolo daba vueltas en su lecho cual si tuviese espinas.

Por la maana pens en comunicar con su madre tan tristes noticias, pero
no pudo hacerlo. La voz no quiso salir de su garganta; tema echarse 
llorar como un nio. Sali  trabajar, pero en vez de hacerlo dejse
caer bajo un rbol, y as se estuvo toda la maana inmvil, con los ojos
extticos. Un deseo punzante le acometi, el de ver por ltima vez 
Demetria y despedirse. Quiz no se hubiese marchado an. Si se haba
marchado, quera ver siquiera aquella casa en que ella respir y
sentarse en la misma tajuela y hablar con los que siempre haba tenido
por padres. Comi apresuradamente y sali con disimulo sin decir una
palabra.

Baj  Villoria. Una vez all, en vez de tomar el camino real de
Entralgo,  la derecha del riachuelo, sigui la margen izquierda, por la
falda de la montaa,  la altura de Canzana.

Tampoco Demetria logr dormir aquella noche. Haba pasado todo el da
sumida en profunda tristeza, llorando  ratos amargamente, haciendo, sin
embargo, penosos esfuerzos por mostrarse serena  fin de no aumentar el
dolor de la buena Felicia que estaba inconsolable. Lo que ms
contristaba  la zagala era que sta perdiera aquella confianza maternal
para tratarla y reprenderla. Se mostraba,  par que afligida, un poco
confusa en presencia de la que ya no poda llamar hija.

Esper con ansia la noche para ver  Nolo, pues no dudaba que ste, no
hallndola en la romera, viniese  Canzana. Amargo desengao
experiment al observar que se llegaba la hora de irse  dormir sin que
el mozo de la Braa llamase  su puerta. Y el mismo punzante deseo que 
Nolo le acometi  ella: el de despedirse y darle testimonio de su
constante amor.

Al da siguiente toda la maana emple en los preparativos de su viaje.
Efecturonse stos en silencio y tristemente. La casa estaba como si
hubiera muerto alguno. Despus de comer manifest que iba  Loro 
despedirse de Flora; la avergonzaba mucho manifestar su verdadero
designio. Baj la calzada de Entralgo, pero antes de trasponer el puente
sigui la margen izquierda del ro, pas por lo cimero de Cerezangos y
se dirigi  Villoria.

Los caminos eran de montaa: unas veces senderos en los prados, otras en
los bosques de castaos, otras, en fin, calzadas estrechsimas entre
paredillas recubiertas de zarzamora y madreselva. En el recodo de una de
estas calzadas se encontr de improviso con Nolo. Ambos quedaron
sorprendidos y sonrieron avergonzados sin pronunciar palabra. Fu
Demetria quien primero rompi con franqueza el silencio:

--Iba  la Braa, Nolo.

--Y yo  Canzana, Demetria.

--Tena que hablarte.

--Yo  ti tambin.

Demetria le mir sorprendida.

--Sabes algo?--le pregunt vacilante.

--S... Ayer me dijeron lo que haba pasado por la maana en tu casa.

Los dos guardaron silencio. Se haban arrimado  la paredilla, el uno al
lado del otro. Demetria arranc un retoo verde de la zarza y lo deshizo
entre los dedos con la mirada fija en el suelo. Nolo con los ojos
abatidos igualmente daba golpecitos con su nudoso garrote sobre las
piedras del camino.

--Nunca estuve ms descuidada y alegre que ayer por la maana--profiri
al cabo en voz baja la joven.--Haba lavado y vestido  mis hermanos y
tena mi ropa extendida sobre la cama para ponrmela cuando volviese de
la fuente... Pensaba en la romera... Pensaba en bailar hasta caer
rendida... Pensaba en ver  Flora... Cuando baj la escalera encontr 
mi madre llorando. Delante estaba una seora tan alta como yo, seria,
con el pelo casi blanco. Llevaba pendientes que relucan como si
tuviesen fuego dentro y en las muecas unos anillos grandes con piedras
verdes que relucan tambin... Cuando mi madre me dijo:--Demetria, esta
seora es tu madre; yo no lo soy--pens que me vena el techo encima.
Qued sin gota de sangre. Despus me dijeron que iban  llevarme 
Oviedo y vestirme de seora...

--Y no te alegras de eso?--pregunt Nolo sin levantar los ojos.

--No--respondi secamente la zagala.

Hubo una pausa. Nolo volvi  preguntar tmidamente:

--Ser por el to Goro y la ta Felicia? Te han criado como padres y t
los quieres como si lo fuesen...

--S, por ellos es... y por ti tambin--aadi rpidamente y en voz ms
baja.

Un estremecimiento sacudi el cuerpo del mozo de la Braa.

--Oh, por m!... Bien te acordars cuando seas seora y vistas de
seda y cuelgues de las orejas pendientes que reluzcan como candelas de
este pobre aldeano que all en la Braa destripa terrones!

--Calla, Nolo, calla--profiri ella con acento severo.--No me obligues 
decir lo que no debo. Lo que soy ahora lo ser siempre para ti. Ya
pueden ponerme los vestidos que quieran: debajo de ellos siempre estar
Demetria, la misma rapaza para quien hacas zampoas y buscabas nidos
all en el monte, la misma que acompaaste en las romeras tantas veces.

El mozo de la Braa escucha estas nobles palabras con alegra y guarda
silencio paladeando su sabor delicioso.

--Si en Canzana hubieran querido--aadi la joven despus de un rato con
acento no exento de amargura--nadie me sacara de casa.

--Qu iban  hacer los pobres, si no son tus padres!--murmur Nolo.

--Ellos nada, pero dejarme  m que lo hiciera.

--Bien sabes, Demetria, que eso no puede ser. Ni tenan razn para ello,
ni se habrn atrevido  aconsejrtelo.

Call la zagala, comprendiendo que Nolo tena razn, que su queja era
injustificada.

--De todos modos--profiri despus con resolucin,--si ahora me marcho,
algn da volver. Nadie me quitar de venir  ver  mis padres... Y si
me lo quitan, ya sabr lo que he de hacer.

--Cundo te marchas?

--Maana. Regalado, el mayordomo de D. Flix, qued encargado de
llevarme.

Acerca del viaje y sus preparativos, de la afliccin de sus padres y de
sus pequeos hermanos departieron todava un rato. Ni una palabra
volvieron  hablar de s mismos. La pltica corra lnguida y apagada.
Debajo de sus palabras indiferentes se trasparentaba una tristeza
profunda. Ambos tenan la voz levemente enronquecida y temblorosa. Al
cabo, despus de una larga pausa, Demetria dej escapar un suspiro y
como si saliese de un sueo exclam:

--Bueno, Nolo: es hora ya de separarnos. No s si tendr tiempo de ir 
Loro  despedirme de Flora y volver antes de la noche.

--S lo tienes. Mira; el sol est muy alto todava.

Demetria guard silencio y permaneci inmvil mirando por encima de la
paredilla  las altas montaas de _Mea_. Y sin apartar de ellas los ojos
profiri:

--Vendrs maana  despedirme?

--No--respondi el mozo con firmeza.

--Haces bien. Para qu llamar la atencin de la gente?

Y despus de una pausa aadi tendindole la mano:

--Adis, Nolo, que Dios te proteja como hasta ahora, que proteja  tus
padres y  tus hermanos y al ganado que tenis en la cuadra.

--Adis, Demetria. l te guarde tan buena como eres y te traiga pronto
por ac.

Se estrecharon las manos, se miraron con amor  los ojos unos instantes
y se apartaron con el corazn desgarrado, pero grandes, serenos como la
naturaleza que los rodeaba, hermosos y castos como dos mrmoles de la
antigedad.

--Oye, Demetria--dijo l volvindose repentinamente.

Demetria tambin se volvi.

--Toma esos claveles--aadi quitndose la montera y arrancando de ella
los que llevaba prendidos.--Si pasas por la iglesia de Entralgo djalos
 la Virgen del Carmen. Es nuestra madre y ella nos juntar otra vez.

Tomlos la zagala sin decir una palabra. Ambos se alejaron con paso
rpido. Ella lloraba. l con los ojos secos y la mirada altiva marchaba
erguido y arrogante, aunque llevase la muerte en el alma.

En vez de seguir el mismo camino y pasar  Entralgo por el puente del
campo de la Bolera, Demetria baj al ro, lo atraves por unas grandes
piedras pasaderas que debajo de Cerezangos hay y sigui la margen
derecha hasta dar pronto en la iglesia de Entralgo. Empuj con mano
trmula la puerta y entr. Se hallaba el templo solitario en aquella
hora. La zagala se postr ante la sagrada imagen de la Virgen, y
sollozando, con palabras fervorosas pidi proteccin para ella y para
Nolo: bes repetidas veces el ramo de claveles que ste le haba dado y
lo dej  los pies de la Madre de los desconsolados.

Al salir tropez cerca del prtico con la ta Brgida y la ta Jeroma,
aquellas venerables hermanas que tuvieron la dicha de dar al mundo al
prudente Quino y al pernicioso Bartolo, de fama inmortal. La haban
visto desde un prado prximo entrar en la iglesia y picada su curiosidad
bajaron rpidamente  esperarla. Ambas quedaron fuertemente sorprendidas
al hallarla con los ojos enrojecidos por el llanto.

--Quin dira, hermosa, al verte con los ojos llorosos, que ha cado
sobre ti la bendicin de Dios!--exclam la ta Brgida ponindole cara
halagea.--Todos los vecinos estamos alegres ms que las pascuas, al
ver cmo la fortuna te ha entrado por las puertas. Porque no hay ninguno
que no te haya estimado por la rapaza ms guapa, ms limpia, ms honrada
de nuestra parroquia. T sola eres la triste, Demetria. Cmo es eso?

--Bah! lgrimas de un da--exclam la ta Jeroma.--Bien se acordar de
llorar cuando maana se vea en Oviedo sentada en un silln que se hunde,
tomando chocolate con bizcochos y con una criada detrs para que le
espante las moscas.

Demetria permaneci grave y silenciosa. Las comadres trataron de tirarle
de la lengua, pero fu intil. Sus esfuerzos se estrellaron contra la
actitud fra y reservada que siempre haba caracterizado  la hija del
to Goro de Canzana.

Despidise presto y se encamin velozmente  Loro. Flora llor
primero, ri despus, volvi  llorar y trat de consolarla. Cunto
habl aquella vivaracha criatura en poco tiempo! Pues an no
parecindole bastante resolvi acompaar  su amiga hasta Entralgo,
dormir all y despedirla al da siguiente. Y as se efectu y no hay
para qu decir que durante el camino no cerr la boca. Demetria la
escuchaba embelesada y de vez en cuando aplicaba un sonoro beso en sus
mejillas de rosa.

No fu mucho tampoco lo que pudo dormir la zagala aquella noche. Aguard
sin embargo  que su padre la llamase y se visti como si fuesen 
conducirla al suplicio. Cuando se asom al corredor vi delante de la
casa  todas sus compaeras, quince  veinte zagalas de Canzana que
haban resuelto bajar  despedirla. Un torrente de lgrimas se escap de
sus ojos. Su padre, el irreprochable Goro, la tom de la mano y le dijo:

--Parceme, Demetria, que lleg la hora de decirte algunas palabras
instrudas; porque la sabidura, no lo olvides, hija, es la mejor
cosecha que un hombre puede recoger. Vale ms que el maz y que el trigo
y si es caso vale ms que el mismo ganado. Ahora que vas  Oviedo y
tratars con seorones de levita, instryete, hija, aprende lo que
puedas, lee por todos los papeles que se te ofrezcan y si se tercia
agarra tambin la pluma. Pero luego que ests bien aprendida no
desprecies  los pobres ignorantes, porque buena desgracia tienen ellos.
Adems el orgullo no sienta bien  ningn cristiano. Yo que com ms de
una vez  la mesa con los clrigos te lo puedo certificar. Y el Espritu
Santo ha dicho: Si te ensalzas te humillar, y si te humillas te
ensalzar.

As habl el hombre ms profundo que guardaba entonces el valle de
Laviana y quiz las riberas todas del Naln caudaloso.

--Padre, padre! por qu me dice usted eso?--exclam Demetria
angustiada.

Sin embargo, pronto se llega la hora de partir. La desdichada Felicia
no tiene fuerzas para acompaar  su hija y queda en casa exhalando
gemidos. Un grupo numeroso de zagalas y en medio de l Demetria
desciende por la calzada de Entralgo. Detrs marchan tambin algunos
hombres que rodean al to Goro.

En Entralgo los esperaba ya Regalado con los caballos enjaezados.
Demetria abraza  todas sus amigas y sube al que tiene las jamugas. El
mayordomo monta en el suyo brioso.

--Adis, adis!

El to Goro, plido como la cera, se acerca todava  su hija, le
estrecha las manos, se las besa y le vierte al odo estas memorables
palabras:

--Aprende, hija, aprende  leer por los papeles, que la persona que no
sabe semeja (aunque sea mala comparanza)  un buey.

Luego se retira demudado como si fuera  caer.

Adis, adis!

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XIV

Trabajos y das.


Lleg el otoo. Las vegas comenzaron  ponerse amarillas; el ganado baj
del monte; los paisanos se aprestaron  cortar el maz. As que lo
cortaron, despus de tenerlo algunos das en la vega en pequeas
pirmides que llaman _cucas_, lo acarrearon  las casas. Reinaba en la
aldea gran animacin. Chillaban los carros por los caminos; derrambase
la gente por las eras; cantaban los mozos en los castaares sacudiendo
con sus varas largas el erizado fruto; ahumaban los hogares. Una brisa
fresca perfumada de trbol y madreselva corra por el campo. Unos iban
al ro y con los calzones remangados entraban en l y pescaban con
atarraya  con caa las sabrosas truchas salmonadas, las anguilas y
lampreas; otros sacudan los castaos y amontonaban los erizos en un
cerco hecho de piedra para que all se pudran y dejen suelto el fruto;
otros aguijaban los bueyes delante del carro; otros fabricaban madreas
debajo de un hrreo. Las mujeres los ayudaban, y unas veces en las eras,
otras en casa amasando y cociendo la borona, otras por fin en el ro
lavando su ropa manchada por el polvo y el sudor, riendo y cantando
siempre, esparcan por el valle la alegra. Cuando la noche se llega,
los rapaces que apacentan el ganado por las colinas bajan al pueblo
taendo silbatos hechos de caa de saco y las montaas repiten
dulcemente sus sones acordados. Las fuentes murmuran, los sapos cantan,
la brisa se calla y un manto negro recamado de estrellas se extiende al
cabo sobre la campia feliz.

Por la noche sola haber _esfoyaza_, la faena de descubrir las mazorcas
y atarlas en ristras. Cada da acudan los vecinos  casa de uno de
ellos para ayudarle; generalmente eran los jvenes. Reunidos en una
estancia mozos y mozas  la luz de un candil pasaban la velada
alegremente bromeando, cantando, requebrndose mientras poco  poco las
doradas espigas salan de su envoltura y se enristraban para adornar
despus los corredores y los hrreos.

Pero Entralgo era celebrado en todo el pas por sus bellas, frondosas
pomaradas. La fabricacin de la sidra era aqu un asunto de capital
inters. Primero se recoge la manzana de los rboles, y en esta tarea no
hay quien aventaje  las zagalas de mi pueblo natal. Nadie desprende con
ms cuidado el fruto y lo coloca con delicadeza en su delantal, ni
distingue con ms fina perspicacia la _reineta_ del _repnaldo_, el
_balsan_ de la _balvona_, ni sabe cantar mientras trabaja coplas ms
divertidas, ni retoza con tanta gracia, ni re de mejor gana, ni muestra
al reir unos labios ms rojos, unos dientes ms blancos.

Regalado preside  esta faena en la gran pomarada de D. Flix por
ausencia de ste. Sentado bajo el rbol ms copudo, rodeado de hermosas
jvenes y taendo la flauta con destreza, semeja al dios Pan entre sus
ninfas. Mas  veces deja la flauta abandonada y entonces las ninfas se
ponen en guardia, porque siempre es con algn fin siniestro. Quiere
probar si la carne de alguna de aquellas manzanitas coloradas es tan
dulce y sabrosa como parece, y suele encontrarse con un mojicn de
cuello vuelto  con algn empelln que le hace dar con sus huesos en el
mullido csped. Porque es hora ya de manifestar, aunque con la debida
reserva, que el mayordomo de D. Flix haba perdido bastante de su
prstina fortaleza en el comercio de las bellas, segn se aseguraba.
Tena las piernas temblonas y estaba ms averiado que un visir.

Ea! ya est formado el montn. Se aguarda unos das  que siente el
fruto, y mientras tanto, brrese el lagar, se revisa y arregla la
prensa, la viga, el huso, friganse los toneles y barricas y se renuevan
los arcos que han perdido. Un grato aroma de manzana madura se esparce
por todo el lugar. Llegado el momento de pisarla, Regalado enva recado
 Nolo de la Braa y Jacinto de Fresnedo, hijos de sus primos Pacho y
Telesforo, avisa  algunos inteligentes labradores de Canzana, entre
ellos al to Pepn, padre de la hermosa Telva, que ya conocemos, y
ayudado de Quino, Bartolo y otros mozos de Entralgo se comienza
solemnemente la fabricacin de la sidra. Los mozos, empuando sendos
mazos, machacan el fragante fruto en duernos de madera. Despus de
machacado se trasporta  la prensa, y cuando hay bastante se oprime.

Mientras dura esta faena no cesan los cnticos y las bromas. El grande,
oscuro lagar dormido, despierta y retumba con risas y gritos. Quien
menos re y menos grita es el belicoso Bartolo, porque es el que ms
trabaja. Si alguien pusiera en duda esta verdad, ogale  l.

--Callad, haraganes, callad! No hacis migaja de labor. Toda la fuerza
se os marcha por la boca y no valis la comida que os dan. Los gritos
quedan para las lumbradas y los hgados para el trabajo. Puo! si no
fuese por m, no concluais de pisar el fruto en ocho das.

Los mozos, en vez de enojarse, reciben con estampidos de risa los
discursos de Bartolo. Nadie quiere admirar  aquel zagal esforzado, que
lo mismo en la paz que en la guerra ostenta su constancia y su
fortaleza. Algunos se propasan  embromarle, se burlan de su cerviguillo
luciente, de sus caderas un poco derrengadas, de su marcha tortuosa y
vacilante. Bartolo calla, porque es tan prudente como intrpido. Pero
hay uno que lleva su increble osada hasta  hacer una clara alusin al
tonel en qu nuestro hroe estuvo guardado cuando fu perseguido por
Firmo de Rivota, y entonces puo! el hijo de la ta Jeroma salta como
un leopardo de los bosques, levanta su mazo... y habra la de
Roncesvalles si no intervienen Regalado, el to Pepn y otros
caracterizados personajes all presentes.

Sin embargo, su primo Quino no se muestra aquel da tan ingenioso y
locuaz como otras veces. Es que pesa sobre su espritu atormentado una
grave preocupacin. Haba llegado  los veintisis aos y esta edad era
ya ms que suficiente para tomar estado en un pas donde los hombres
suelen casarse  los veinte. Empezaba la gente  hacerle cargos y
algunas zagalas le llamaban viejo. Comprenda que se haca necesario
abandonar aquella vida feliz de mariposa gentil, si no quera ser la
burla y el desprecio de sus convecinos. Dos mujeres le amaban en aquel
momento, Telva de Canzana y Eladia de Entralgo. All en las
profundidades de su corazn resolvi casarse con una de ellas, pero
ilustre siempre por su prudencia, pesaba con escrupuloso cuidado las
ventajas de una y otra antes de elegir. Las cualidades personales
estaban  la vista: no haba, pues, que preocuparse por ellas. Lo que
absorba toda su atencin  inquietaba su espritu eran otras
condiciones ocultas y sustanciosas que un mozo tan sealado por su
ingenio no poda perder de vista. El to Pepn era un labrador rico, y
aunque tena tres hijos,  los tres los dejara bien acomodados; todo el
valle lo saba. Pero igualmente saba todo el valle que el to Pepn,
mientras viviera, no soltara ni un cntimo, ni una cabeza de ganado, ni
un pauelo de tierra. Como las patatas, slo dara el fruto dentro de la
tierra. En cambio, los tos de Eladia eran de condicin ms esplndida.
Martinn no cultivaba la tierra, pero haba agenciado bastante dinero
con su taberna, compr fincas que tena arrendadas y ganado que haba
dado en parcera. Lo mismo l que su esposa tenan hecho testamento 
favor de su sobrina, segn se deca de pblico. Adems Martinn, si no
con palabras claras, de un modo indirecto haba hecho saber  nuestro
hroe que si casaba con su sobrina le dara cuatro mil reales en dinero,
una pareja de novillas y un prado que posea camino de Canzana que
produca seis  siete carros de hierba.

Quino deseaba saber si unindose con Telva podra obtener las mismas 
mayores ventajas. Decidise, pues,  hablar con el to Pepn. Para
efectuarlo se coloc  su lado mientras pisaban la manzana. En un
momento de descanso le dirigi estas palabras afectando ruda franqueza:

--Entonces, to Pepe, me da usted  Telva  no me la da?

Rascse Pepn el cogote sin contestar, sac su petaca mugrienta de
cuero, tom una hoja del librillo de papel y la sujet entre los labios
por una esquina, luego se ech una polvarada de tabaco sobre la gran
palma callosa de su mano y ofreci otra  Quino. Las molieron mejor que
lo estaban entre las palmas, liaron los cigarros en silencio, encendi
el to Pepe la yesca despus de dar veinte golpes al pedernal con el
eslabn, y cuando comenzaron  fumar, sin otros prembulos le meti el
puo por el vientre al mozo de Entralgo y exclam riendo:

--V por ella cuando quieras, pillo!

Quino agradeci la caricia tanto como la gentil respuesta. Una sonrisa
feliz y socarrona  la vez se dibuj en sus labios.

--Pero no ser de vaco, verdad?

--Ah gran tuno, ah te duele!--profiri Pepn sin dejar de reir y
metiendo de nuevo el puo por el estmago  su futuro yerno, que se
dobl como un arco. Luego aadi gravemente:--Eso no se pregunta
siquiera, Quino. Yo no soy rico, pero mientras estis en mi compaa no
os faltar la borona y el potaje. Comeris de lo que haya como nosotros.
Y el da que os marchis, porque la familia os cunda, Telva llevar un
ajuar de ropa como la primera de la parroquia y t podrs trabajar 
medias conmigo alguna de las tierras y segar algn prado.

La perspectiva no le pareci muy risuea al industrioso Quino. Apagse
la sonrisa que contraa su rostro y qued ms serio que un regidor.
Despus de dar algunas profundas chupadas al cigarro, signo de intensa
meditacin, pregunt mirando  las vigas del techo:

--Y de cuartos, nada?

--Ni un ochavo--respondi Pepn ponindose ms serio que l, si
cabe--Telva tiene el dote en la cara.

Hubo una pausa. Quino da otros cuantos chupetones al cigarro.

--Pues Martinn me da cuatro mil reales si caso con Eladia.

--Pues yo no te doy nada--respondi Pepn con firmeza.

--Pues entonces hasta otra, to Pepe.

--Hasta otra, Quino.

Ambos empuaron de nuevo los mazos y se pusieron  trabajar sin volver 
dirigirse la palabra.

Por la noche hubo _esfoyaza_ en el palacio del capitn. Se efectuaba en
una amplia estancia que haba en la parte trasera y que llamaban el
granero. Regalado, en su cualidad de divinidad campestre, presidi
tambin  esta faena agrcola, y ms rumboso que los dems vecinos, en
vez del acostumbrado candil colg del techo un veln de cuatro mecheros.
Reunironse casi todos los mozos y mozas de Entralgo. Vinieron tambin
algunos de Canzana. Y en cuanto las doradas mazorcas comenzaron 
descubrirse dieron comienzo igualmente los cnticos, las risas, las
bromas y los gritos. Ellas tiraban de las hojas y arrancaban las que
sobraban: ellos trenzaban las espigas en largas ristras que suban luego
al desvn.

Jacinto se sent al lado de Flora, que desde haca ya algunos das
acompaaba  D. Robustiana y la ayudaba en las faenas del otoo. Quino
hizo lo mismo al par de Eladia. Resuelto ya desde aquella tarde  favor
de la sobrina de Martinn el pleito que haca tiempo arda en su cabeza,
festejbala empleando en ello todos los recursos de su claro ingenio.
Maestro consumado en el arte de galantear, tena  la pobre zagala
suspensa de sus discursos artificiosos, confusa y ruborizada.

Algunas otras parejas amarteladas haba diseminadas por los rincones
oscuros del recinto. Pero la gran mayora departa bromeando unas veces
y otras cantaba. Regalado, espritu sarcstico, llevaba la voz en todas
las bromas.

--Resuelto estoy de una vez--deca desde su silla con voz compungida--
arrepentirme del cario que hasta ahora sent por una rapaza de esta
parroquia. Estoy casado; el cura me regaa; tuve ms de un disgusto con
la mujer. Creo que harto escndalo di ya y que es hora de echar algunas
paletadas de tierra en la hoguera que me consume... Pero dgolo en
verdad, por nada de este mundo quisiera que la rapaza cayera en poder de
algn zorrocloco que no tuviera para mantenerla, que la matara de hambre
 le diese mala vida. Por eso he pensado en buscar para ella un mozo
rico, guapo, valiente, formal y trabajador. Y quin reune en Entralgo
estas cualidades? Nadie ms que el mozo que tengo  la vera, mi amigo
Bartolo.  ver si hay alguno que le ponga el pie delante en el trabajo
ni que se atreva  saludarle el hocico en la romera!... Adems la ta
Jeroma no le dejar marchar de casa sin su porqu; y como la moza es
limpia y honrada, si se tercia tambin la meter en casa y los mantendr
 cuerpo de rey...

--Vaya, vaya, Regalado, si quiere divertirse llame al gato--interrumpi
la ta Jeroma con acritud.

Hay que saber que  sta le pareca aquel noviazgo cosa ridcula como 
todo el mundo, porque aparte la espantable fealdad de Maripepa, su hijo
contaba quince aos menos; pero tal idea tena de su juicio y de su
gusto que todo era de temer, y viva sobresaltada desde que  Regalado
se le haba metido en el magn casarlo con la coja.

Maripepa se haba puesto colorada, porque en el fondo no le pareca mal
para marido aquel joven derrengado. Bartolo dejaba escapar gruidos de
disgusto. Cuanto vena de la boca de Regalado le pareca execrable. El
coro rea.

--No s por qu se enoja la ta Jeroma--repuso el mayordomo.--Tiene
algo que decir de la novia? No es limpia? no es honrada? no tiene
manos de oro para el trabajo?

--Tendr todo eso y mucho ms; yo nunca se lo he negado; pero ella se
est bien en su casa y mi Bartolo en la suya. Nada se deben y por lo
tanto nada tienen que pagarse.

--Ya lo pienso yo que nada se deben!--exclam desde un rincn la severa
Pacha.--Mi hermana no debe nada  nadie; y si tratara de buscar mozo,
mejor que se encontrara.

--Ni mejor ni peor, bobalicona! No ves que Regalado quiere divertirse
 vuestra costa y hacer reir  la gente?--exclam con mpetu la
avinagrada Jeroma.

Respondi Pacha con otras palabras no menos resquemantes y comenz una
batalla de sarcasmos y denuestos que Regalado procuraba atizar para que
no se extinguiese tan presto. La alegre tertulia gozaba en el
altercado. Maripepa lloraba y Bartolo dejaba escapar cada vez resoplidos
ms incorrectos. Al fin, comprendiendo que estaban sirviendo de befa,
callaron las irritadas comadres y se cambi de conversacin.

Pero Pacha rebosaba de ira todava. La ta Jeroma igual. Como de algn
modo tenan que desahogarla, la primera llam con violencia  su hermana
so pretexto de que estaba muy cerca de Regalado.

--Maripepa, ven aqu ahora mismo y sintate  mi lado.

La dcil y vetusta zagala obedeci y alzndose de su asiento pas por
delante del mayordomo y Bartolo. Entonces el primero al cruzar la
pellizc en una pierna. Maripepa lanz un grito. Regalado, con increble
malicia, se volvi hacia Bartolo y le amonest severamente.

--Cuidado, Bartolo! No hagas esas cosas, que todava no tienes derecho
 ello.

Oir estas palabras la ta Jeroma y lanzarse sobre su hijo y propinarle
un soberbio bofetn todo fu uno. El inocente mozo puso el grito en el
cielo y protest de tamaa injusticia con tan fieras voces que pareca
llegado el da del juicio final. Mientras tanto Pacha administraba una
buena dosis de pellizcos y repelones  su hermanita por rebelde! por
mentecata! y sta protestaba tambin, aunque no con gritos, sino de un
modo virginal con sentidos sollozos y lgrimas. Todo lo cual se
celebraba en la tertulia con algazara.

Cuando sta se hubo calmado llegaron  renovarla unos cuantos mozos de
la Pola que entraron en la _esfoyaza_ con ms ganas de retozar y
divertirse que de enristrar espigas. Los de Entralgo les siguieron el
humor y por espacio de media hora aquel recinto fu una Babel. Se
chillaba, se rea, se arrojaban las mazorcas unos  otros, se tiraba de
los pauelos  las zagalas, se defendan ellas dando algunos vigorosos
empujones que no pocas veces hacan caer de bruces  sus contrarios.
Todo se haca menos trabajar. De tal modo que Regalado, adivinando que
de seguir as las cosas no se terminara la faena ni  la media noche,
se puso serio y les llam al orden repetidas veces. Pero no logr nada.
Hasta que se hartaron de retozar no se dieron cuenta de que las mazorcas
estaban all para otra cosa que para servir de proyectiles amorosos.

Justamente en aquel instante fu cuando apareci en la esfoyaza D.
Lesmes, el apuesto capelln de Iguanzo. Pasaba de Villoria, oy la
algazara y se ape para disfrutar de ella algunos momentos. Y en cuanto
entr sin ms prembulos se sent al par de Flora y comenz en voz baja
 requebrarla, sin darle un comino por Jacinto que se hallaba del otro
lado. Desde la paliza nocturna que el capitn le propin haba crecido
su aficin  la zagala. Donde quiera que la tropezase nunca dejaba de
mostrrsela con palabras bien melosas  con palmaditas en el rostro no
menos insinuantes. Flora rechazaba las ltimas con energa, pero
escuchaba las primeras con benvola sonrisa. Era traviesa y un tanto
coqueta la rapaza y era el capelln peritsimo en las lides de amor. As
es que en cuanto se hallaban juntos comenzaba un tiroteo gentil donde si
l luca su destreza y sus recursos galantes, ella mostraba su fcil
palabra y su ingenio picaresco.

Al pobre Jacinto no se le ocultaban las intenciones del capelln porque
las pona bien de manifiesto, pero era harto inocente para saber
contrariarlas: ni aun se atreva  quejarse. En cuanto D. Lesmes entr
en la esfoyaza se puso ms triste que la noche: as que comenz 
departir con su novia qued repentinamente mudo y sombro. Al fin, no
pudiendo vencer su desconsuelo, con pretexto de ir  beber agua se
levant y sali de la estancia. No hizo mucho alto en ello Flora, pero
como se tardase demasiado hubo de inquietarse. Al cabo tambin ella se
levant con el mismo pretexto y se dirigi  la cocina de los
mayordomos.

Se hallaba sta solitaria y esclarecida dbilmente por un candil que
penda de la campana de la chimenea. Jacinto reposaba sobre uno de los
bancos al pie del lar y tena la cabeza metida entre las manos.

--Qu te pasa, Jacinto? qu tienes, rapaz?--le pregunt acercndose 
l sonriente.

Jacinto separ las manos y alz los ojos tambin sonriente; pero sus
mejillas estaban baadas de lgrimas. Entonces la sonrisa de Flora se
apag.

--Cmo! Lloras, rapaz?... Y por qu?

--No lo s, Flora--respondi dulcemente el mozo de Fresnedo.

Flora qued un instante pensativa y replic colrica:

--Pues yo si lo s! Es porque tienes celos de ese capellanzaco que
lleve el diablo... Mira, Jacinto, si te ofende que hable con l no lo
har ms; pero aunque te ofenda me dejars que te diga una cosa... y es
que eres un papanatas.

Y acompa esta reflexin de un pellizco tan elocuente que Jacinto no
tuvo ms remedio que darse por convencido.

En un instante quedaron hechas las paces. Pero trascurri ms de un
instante primero que saliesen de la cocina y entrasen de nuevo en la
esfoyaza. El capelln quiso proseguir su obra de seduccin sentndose
otra vez al lado de la graciosa morenita; pero sta hizo pedazos sus
redes con un desdn tan manifiesto que irritado y mohino no tard en
despedirse de la reunin, montar  caballo y emprender la vuelta de
Iguanzo.

En vez de vadear el ro prefiri dar un rodeo yendo por Puente de Arco.
No era nuestro capelln hombre osado ms que con las bellas. Antes de
llegar al puente tropez con un grupo de mozos. Bien comprendi en
seguida que era una cuadrilla de mineros, pues los mozos de Laviana no
blasfemaban del modo que aqullos lo venan haciendo en altas voces. Un
poco se sobrecogi porque aquellos cafres no se distinguan por un
respeto exagerado al clero y la nobleza. Por eso al pasar dijo en alta
voz y muy finamente:

--Buenas noches nos d Dios.

Algunas risotadas indecentes fueron la nica respuesta  tan corts
saludo. D. Lesmes qued acortado, pero dijo para su capote: Menos malo
si paso con esto. Pero no pas. Antes que se hubiera alejado muchos
pasos una piedra hiri  su potro y lo hizo botar, otra le hiri  l en
la espalda y  entrambos lados cay una nube de ellas. El capelln,
encomendndose de todo corazn al Santo Cristo de Tanes, hinc las
espuelas al caballo y logr ponerse en poco tiempo fuera de tiro. Los
mineros, riendo de su hazaa, siguieron hasta Entralgo. Al pasar por
detrs de la casa del capitn oyeron el ruido de la _esfoyaza_, y 
Plutn que los capitaneaba no se le ocurri cosa ms divertida que
agarrar una piedra del camino y arrojarla contra la ventana del granero
donde se celebraba.

No fu pequeo el susto que esto produjo en el elemento femenino de la
reunin. Los mozos se pusieron serios y quisieron salir para castigar al
insolente; pero Quino, ilustre siempre por su prudencia, les previno que
tal vez fuese una piedra extraviada y no dirigida  aquel sitio y que
sera mejor aguardar  que secundasen. Todos escuchan con respeto estas
juiciosas palabras y las aprueban. Pero el belicoso Bartolo, sediento
siempre de pelea, no pudo contenerse.

--Puo!--exclam arrebatado de furor.--No sois ms que unas ruines
mujeres. Vais  dejar que ese cerdo se vaya riendo de la gracia? No
ser mal rayo! mientras Bartolo de Entralgo tenga cinco dedos en cada
mano.

Y alzndose con toda la presteza que le consenta la magnitud de su
trasero, se dirigi  la puerta y la abri con violencia. Mas apenas
haba sacado la cabeza fuera recibi, sin saber de dnde le viniera, el
ms soberano, el ms concienzudo bofetn que pudo verse desde que el
ser humano dej de servirse de las uas como los animales y supo dar
bofetadas. La incgnita mano, al tropezar con el moflete de nuestro
famoso guerrero, produjo un estallido pavoroso. Los mozos y mozas de la
esfoyaza dieron un salto de sorpresa. Bartolo qued unos instantes sin
saber si estaba en este mundo  en el otro, pero volviendo en su acuerdo
supo con admirable serenidad mantener su dignidad y el prestigio de su
glorioso nombre.

--Anda, cochino!--exclam apresurndose  cerrar la puerta.--Corre,
corre, que ya llevas bastante por hoy!

Y marchando  colocarse de nuevo  su sitio aadi resoplando como un
buey:

--Era un mozaco de Rivota. Puo, qu bofetn le di! Pens que me
quedaba la mano all!

Todos le miran con sorpresa y admiran su valor intrpido y la fuerza
incontrastable de sus manos. Pero Quino, en quien por desgracia el
escepticismo haba hecho presa haca ya largo tiempo, le clav una
mirada escrutadora y dijo con sorna:

--Sabes, Bartolo, que esa bofetada que soltaste me parece que di la
vuelta antes de llegar  su sitio?

--Por qu lo dices, puo?--pregunt encrespndose el hijo glorioso de
la ta Jeroma.

--Porque tienes la cara como si antes de llegar hubiese rebotado.

--No sabes, burro, que mi madre acaba de pegarme en ella?--exclam cada
vez ms fosco su primo.

Quino no pudo menos de rendirse  la evidencia.

Mas he aqu que al odioso Regalado se le ocurre efectuar una nueva
investigacin en el rostro del hroe. Como resultado de ella manifiesta
con sonrisa diablica.

--Est bien eso, Bartolo, pero tu madre te peg en el carrillo derecho y
el que tienes hinchado es el izquierdo.

--Verdad! verdad!--exclam la reunin en masa. Y se arm una de
carcajadas tan estruendosas, que era imposible oir la voz estentrea del
guerrero de Entralgo que protestaba rebosando indignacin de aquel
gratuito supuesto.

Pero en aquel momento en que la alegra brotaba de todos los pechos y
flua de todas las bocas en francas, interminables carcajadas, un
estampido horrible la cort repentinamente.

Plutn, por divertirse, haba colocado un cartucho de plvora de los que
sirven en las minas para los barrenos sobre el alfizar de la ventana y
le haba dado fuego.

La ventana salt hecha pedazos. Los cuatro mecheros del veln se
apagaron. Un grito de espanto sali de aquel antes apacible recinto. 
las carcajadas sucedieron las voces de terror y los lamentos, que haca
ms tristes an la oscuridad en que quedaron sumidos.

Por fin Regalado encendi un fsforo. Nadie haba salido herido. Los
mozos, repuestos del susto, se arrojaron  la calle resueltos  castigar
el atentado.

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XV

Carta de Demetria.


Lleg el invierno. La Pea-Mayor al norte la Pea-Mea al sur envolvieron
su cabeza en toca de nubes para no dejarla ver si no tal cual da
sealado. Y comenz la lluvia suave, pertinaz y fertilizante que deba
trasformar el valle en ameno vergel all en la primavera. Ni una teja,
ni una rama de rbol, ni una brizna de yerba sin su gotita de agua. El
ganado rumiaba la yerba seca en el fondo de los establos; los paisanos
mascaban las castaas al amor de la lumbre y slo salan cuando
escampaba para abrir y limpiar las pequeas acequias de los prados, 
revisar las paredillas y setos que las cierran. Tambin solan ir al
monte  cortar lea  en busca de helecho y rgoma para hacer cama  las
reses. Pero muchos das slo ponan el pie fuera para llevar el ganado 
beber; lo ordeaban y de nuevo al pie del lar, donde se entretenan unas
veces en tallar mangos para los aperos de labranza  los enseres del
carro, otras en fabricar quesos  bien en tejer y remendar las atarrayas
para pescar las truchas. Y mientras ejecutaban estas menudas labores
departan  narraban cuentos para que se estuviesen quietos los
pequeos.

El to Goro de Canzana, cuando no trabajaba, aprovechaba el tiempo para
aumentar el caudal ya prodigioso de sus conocimientos leyendo por
cuantos papeles impresos llegaban  sus manos. Quien le viese sentado en
su escao de madera ennegrecido por el tiempo y el humo, con un libro
entre las piernas y el candil pendiente sobre su cabeza, no podra menos
de sentirse sobrecogido de respeto. Acaso algn filsofo antiguo 
moderno le haya sobrepujado por la viveza del ingenio, por la visin
rpida y clara de los grandes problemas de la ciencia, pero ninguno tuvo
jams un rostro ms grave, ms absorto, ms genuinamente cientfico que
el to Goro cuando de las ocupaciones manuales pasaba  las
intelectuales. Ningn sabio tampoco logr la dicha de poseer una
compaera que con ms diligencia supiese aplicar adecuados coscorrones 
la familia para que no turbasen sus meditaciones.

Mas, aparte de esta preciosa cualidad, hay que confesar que la esposa
del to Goro no se mostraba digna de l en la mayora de las ocasiones.
Especialmente en todo lo que tocaba  la expansin de los sentimientos
mostraba una libertad censurable, una falta de moderacin por completo
antifilosfica, que contrastaba con la actitud siempre admirable de su
marido. As, por ejemplo, mientras ella no cesaba de verter lgrimas y
lamentarse y hasta llegar  veces  la desesperacin por la ausencia de
su hija adoptiva, el to Goro mostraba un semblante profundo y tranquilo
y reprima con dulzura y severidad  la par los mpetus de su esposa.

--Pero mujer, repara que Demetria se est _destruyendo_!

--Ya lo veo, Goro, ya lo veo! pero yo no puedo vivir sin ella, no
puedo!... Aqu se podra _destruir_ tambin...

--Loca ests  lo que entiendo, Felicia. Quieres comparar  los
maestros de esta aldea con los de Oviedo? Es lo mismo, pongo por caso,
que si comparases un carnero con un buey.

--Pues el seor maestro de Entralgo ensea muy bien: todo el mundo lo
dice.

--El seor maestro de Entralgo tiene gran cabeza y ha aprendido mucho
por los libros, pero es un carnero, Felicia, no lo dudes, es un carnero
al par de los maestros de Gijn  de Oviedo.

La ta Felicia renda al cabo su juicio dbil ante el poderoso de aquel
hombre superior, pero no lograba consuelo sino con las cartas que de vez
en cuando reciba de su hija. No eran muy frecuentes. Al parecer D.
Beatriz, su madre verdadera, no lo consenta y hasta procuraba con todas
sus fuerzas que Demetria olvidase  la aldea de Canzana y  sus
habitantes. Pero no consegua su propsito. La hermosa zagala, sin
comprender lo que deba al rango de aquella familia esclarecida con que
el cielo inesperadamente la haba dotado, se aferraba en acordarse de
los rudos labradores que la haban criado y en amarlos. Es ms, en vez
de sentirse lisonjeada con su nueva posicin, semejaba despreciarla. No
solamente no admiraba los modales distinguidos de las seoritas de
Moscoso ni la severa etiqueta que se usaba en aquella noble mansin,
sino que la infringa  cada instante con inocente osada. Le haban
puesto maestros y maestras; gramtica, historia, francs, msica,
labores, todo esto queran las nobles seoras que aprendiese en poco
tiempo. Adems, el profesor de msica y baile lo era al propio tiempo de
urbanidad: le enseaba  saludar y hacer reverencias,  sonreir con
gracia y  comer con cuchillo. Pero Demetria no quera reconocer la
trascendencia de aquellas sonrisas y reverencias. Sus modales, siempre
rsticos, confundan  indignaban  su mam y  su ta. En particular
esta ltima se mostraba altamente desabrida con su sobrina y declaraba
con dolorosa emocin  sus conocidos (en voz baja para no causar ms
pena  su hermana) que aquella muchacha nunca dejara de ser una zafia
aldeana aunque la colocasen entre las mismas azafatas de la reina.

Este pronstico reservado alarmaba mucho  las visitas de la gran casa
de Moscoso, pero casi nada  la nueva huspeda y heredera. Su
inclinacin campestre se delataba  cada instante. Si la llevaban de
paseo por los alrededores de la ciudad, detenase  contemplar con
xtasis las tierras plantadas de maz y daba su opinin en voz alta
sobre el resultado de la cosecha; lanzaba gritos de admiracin delante
de algn prado feraz; saltbansele las lgrimas si oa el taido lejano
de la gaita. Y cuando por las carreteras tropezaban con alguna vacada,
mientras su madre y su ta corran asustadas  refugiarse detrs de
cualquier seto, ella marchaba resueltamente hacia aquellos animales, los
tomaba por los cuernos, les acariciaba la cabeza y hasta oh colmo de
indecencia! llegaba,  palparles la ubre. Ms an. Al menor descuido,
Demetria se escapaba  la cocina y departa familiarmente con las
criadas y aun retozaba con ellas. La misma D. Beatriz, por sus propios
ojos, la vi pellizcar  la cocinera y recibir de sta en cambio algunos
azotes y liarse y triscar como becerras, todo entre groseras carcajadas
y gritos reprimidos. Por cierto que la noble seora estuvo  punto de
caer desfallecida  influjo de impresin tan penosa.  duras penas pudo
llegar hasta su habitacin y meterse en el lecho.

Como consecuencia de este suceso trgico qued decidido que Demetria
pasase  un colegio y all permaneciese algn tiempo,  ver si lograban
desasnarla. Con esto, las cartas que de vez en cuando escriba 
Canzana eran cada vez ms tristes. Y caso extrao! cuanto ms tristes
eran, ms alegraban  la ta Felicia. All en el fondo de su corazn la
buena mujer se deca: no me olvida! No, no la olvidaba, ni tampoco 
Nolo para quien daba siempre cariosos recuerdos en sus cartas. El mozo
de la Braa senta, cada vez que la ta Felicia  el to Goro se los
transmitan, un ntimo gozo mezclado de tristeza.  pesar de aquellos
recuerdos comprenda que Demetria se alejaba de l cada vez ms. Por eso
se esforzaba en borrarla de su memoria, aunque sin conseguirlo. Tan poco
lo consegua, que en cuanto le era posible hallar un mnimo pretexto se
escapaba  Canzana para visitar  los padres de su novia y hablar de
ella. stos, que siempre le haban querido bien, ahora le agasajaban con
ms entraable amor si cabe, le retenan en su compaia cuanto podan,
le regalaban y mimaban como un hijo. As que el to Goro tena algn
trabajo extraordinario que ejecutar en su hacienda, nunca dejaba de
llamar  Nolo para que le ayudase.

En el mes de Febrero se le resquebraj el horno al honrado labrador de
Canzana, por efecto de las fuertes heladas que cayeron. Ya estaba viejo
tambin: era pequeo: pens en hacer otro mayor. Llam para ello  un
cantero de oficio y  Nolo tambin para que le ayudase  arrancar la
piedra, trasportarla, batir la cal, etc. Tres das haca que el zagal de
la Braa estaba en Canzana, cuando un vecino que haba ido  la Pola 
pagar la contribucin entreg al to Goro una carta que haba para l en
la estafeta. Era de Demetria. El to Goro la tom gravemente y se la
meti en el bolsillo. Juzgando que todo lo que guardaba relacin con las
letras, fuesen impresas  manuscritas, mereca que se tratase con el
debido respeto consagrndole tiempo y espacio suficientes, nunca lea
las cartas cuando se las entregaban. Aguardaba la noche y despus de
cenar y rezar el rosario y meter en la cama  los pequeos, se
desplegaba solemnemente el documento y se lea en alta voz con igual
calma y aparato que si fuese un rescripto imperial. Tratndose de las de
Demetria, la ta Felicia protestaba, aunque tmidamente, del
aplazamiento, pero no le vala de nada. Su marido, con la
inflexibilidad propia del hombre de ciencia, rechazaba toda ingerencia
profana en los asuntos que ataan  la manifestacin grfica del
pensamiento. Nolo tambin hubiera deseado ardientemente que se leyese en
seguida, pero no se atrevi siquiera  proponerlo.

Lleg por fin la noche de aquel da que  la ta Felicia y  Nolo les
pareci el ms largo del ao. Reunise en la cocina la familia con los
jornaleros y Felicia se dispuso  darles de cenar. El to Goro y Nolo se
sentaban en el escao que tocaba con el lar. Debajo de ellos y entre sus
piernas los dos pequeos. Enfrente y en sendas tajuelas el cantero y el
zagal del ganado. En cuanto  Felicia, andaba de un lado  otro sin
sentarse jams, ni aun despus de hacer plato  todos. Era su costumbre
comer en pie para mejor atender  las necesidades de los otros.

Al dar comienzo  la cena llamaron  la puerta. Era Celso, el impetuoso
guerrero de Canzana. Se le acogi con agrado. Todos amaban  aquel joven
valiente y leal y le perdonaban de buen grado el corto apego que tena 
su tierra. La ta Felicia en cuanto le salud subi  la sala y no tard
en bajar con una guitarra entre las manos que le entreg en silencio.
Era una guitarra portuguesa con gran lazo colorado que Celso haba
trado del servicio. La guardaba en casa del to Goro porque su abuela,
la ta Basilisa, tena amenazado romprsela en las costillas si alguna
vez le encontraba tocndola. El pobre mozo, obligado  ocultar sus
aficiones flamencas, slo les daba suelta por las noches cuando su
abuela y su madre se iban de _fila_  casa de algn vecino. Entonces,
aprovechando su ausencia, iba en busca del adorado instrumento y  solas
y  oscuras en la cocina de su casa se daba un hartazgo de malagueas,
peteneras y soleares, mientras su buen padre, otro aherrojado como l,
roncaba como un bendito all arriba.

Como estaba all su grande amigo Nolo, se qued un rato de tertulia
mientras cenaban. Al hacer plato la ta Felicia, Celso no pudo reprimir
una sonrisa irnica acompaada de un resoplido despreciativo. Y mirando
con estupefaccin aquel manjar despreciable murmur por lo bajo:

--Mal rayo! Nabos y berzas!

Lo mismo que si no los hubiera visto en su vida, aunque su abuela se los
haca tragar la mayor parte de los das. Pero cada vez era ms grande su
aborrecimiento y desprecio por el sistema alimenticio del pas que le
vi nacer.

Despus del potaje vinieron los puches de harina de maz.

Celso volvi  sonreir y  resoplar.

--Redis, farrapas!

Y escupiendo por el colmillo al uso gitano les propuso que ya que tenan
la desgracia de alimentarse con tal basura le echasen siquiera un
poquito de azcar y de canela. Todos soltaron la carcajada como si
hubieran odo un gran disparate. Lo que es la ignorancia! Entonces
despleg ante su vista el cuadro mgico de la comida andaluza, el
gazpacho caliente, el gazpacho fro, la sopa del cuarto de hora, el
pescado frito, las bocas de la Isla, etc., etc. Y la lengua se le pegaba
al paladar y los ojos se le humedecan al recuerdo de aquel rgimen
nutritivo digno de eterna veneracin. Las dulces memorias de la Btica
vivan siempre en su corazn y slo moriran cuando ste cesase de
latir. Un da en un rapto de expansin le dijo  su abuela: Abuela,
conoce usted el pas donde florecen los limoneros, lo conoce usted?
Ay, all quisiera que usted me llevase! Por cierto que la ta Basilisa
en vez de compadecer  aquel Mignon de montera y calzn corto le
respondi alzando el garabato sobre su cabeza y dicindole que donde le
iba  llevar era  la cuadra por burro y por holgazn.

Cuando hubieron terminado la cena se despidi. Rezaron despus el
rosario y concludo Felicia subi  acostar  los pequeos. Cuando
volvi tom la rueca y se puso  hilar. El cantero y el zagal se fueron
 la cama. Entonces el to Goro, despus de colocar su pipa
delicadamente sobre el escao, despleg con ms delicadeza an el
precioso documento que guardaba en el bolsillo y lo acerc bien al
candil:

Mis queridsimos padres...

--Ven ac, Nolo; arrepara qu modo de plumear tiene mi cordera... Qu
te parece esta M? Vaya una letra maja! Y estas otras menudicas que le
siguen van bien  no van bien? Te digo, rapaz, que ni el seor cura ni
el seor maestro las dibujaran mejor.

Nolo arda de impaciencia, y aunque admiraba de buena voluntad los
progresos caligrficos de su novia, hubiera deseado que el to Goro no
se extasiase tanto con ellos. Al cabo sigui repitiendo el comienzo:

Mis queridsimos padres: Me alegrar que al recibo de esta carta se
encuentren ustedes buenos y Pepn y Manoln tambin y el ganado
igualmente. Yo tengo salud gracias  Dios, aunque no tanta como en sa.
Muchos das no tengo ganas de comer y dicen que me he quedado ms
delgada. Las _seoras_ se alegran de ello porque dicen que as estoy
menos ordinaria, pero ustedes no se alegraran porque siempre deseaban
verme gorda...

--Ya lo creo que no nos alegraramos!--exclam la ta Felicia sofocada
por los sollozos, dejando caer el huso y llevndose las manos  la
cara.--Ay mi clavelina encarnada, quin te volviera  ver por aqu,
como eras, hermosa como la flor de Mayo, con tus sartas de corales y tu
melena dorada! Ay mi cerecina cuca, qu penas me ests dando!

El to Goro suspendi la lectura y mir  su mujer con ojos severos,
donde se trasluca la emocin con trabajo reprimida. Nolo se haba
puesto plido y miraba al suelo fijamente.

--Bueno... basta, mujer...

Al cabo sigui la lectura.

...porque siempre deseaban verme gorda. Pues sabr, madre, cmo las
_seoras_ me han trado  un colegio, porque dicen que en casa aprendo
poco. Yo bien lo entiendo que aprendo poco, aunque no es por falta de
voluntad, pero no me entran en la cabeza tantas cosas como me ensean.
Sin duda la tengo muy dura. Cada da que pasa me acuerdo ms de Canzana.
Qu vida tan descansada llevaba ah, madre! Cmo me gustaba amasar con
usted el pan  la borona! Cmo me gustaba ir al ro  lavar la ropa y
sallar con mis amigas el maz y por la noche hilar al par del fuego!
Pero de estas cosas no se puede hablar aqu. Las seoras se enfadan si
hablo de Canzana y no quieren que me acuerde de ustedes ni que la llame
 usted madre. Pero esto no puede ser. Usted siempre ser mi madre y mi
padre ser mi padre y Pepn y Manoln sern mis hermanos, y me estoy
acordando de ustedes todo el da y  veces tambin toda la noche, porque
no duermo tan bien como dorma ah. Tambin me acuerdo mucho de las
visitas que nos haca Nolo los sbados por la noche. Si viene por
Canzana...

--Arrepara, Nolo, arrepara esta C. Parece talmente dibujada por un
escribano. Qu rasgos, eh! qu plumeo!

El pobre Nolo no tuvo ms remedio que admirar aquella artstica letra en
el momento crtico en que deseaba comerse las que seguan.

...Si viene por Canzana dganle que no lo olvido ni lo olvidar
mientras viva... Pues, madre, sabr cmo estas maestras son buenas para
m y la directora tambin, pero las nias me provocan mucho. Todas son
ms pequeas que yo y  pesar de eso todas se burlan de m. Me llaman
aldeana, me pintan en los cuadernos de escritura con saya corta y con
dengue y me ponen una azada en la mano. Si se me escapa una palabra al
uso de esa tierra, al instante sueltan la carcajada y la repiten todas 
un tiempo y en muchos das no me llaman por otro nombre. Sobre todo se
burlan de mis manos porque son grandes y duras, y cuando me las tocan se
ponen  gritar como si se pincharan. No sabe, madre, la broma que gastan
estas nias con mis pobres manos. Yo lloro mucho, pero es cuando estoy
en mi cuarto, porque si lo hago delante de ellas se ren ms y se
alegran. Pero lo que ms siento todava no es esto, sino que la
directora me tiene prohibido escribir  ustedes. Esta carta la empec ya
ms de una docena de veces y la escribo  escondidas. Luego la mandar
al correo por una criada que es de Langreo y se ha hecho muy amiga ma.
Cuando me contesten manden la carta  la posada de Felisa, en la Puerta
Nueva, que all la recoger la muchacha. Adis, queridos padres. Muchos
besos, muchos, muchos.

    DEMETRIA.

Un silencio profundo interrumpido solamente por los sollozos de la ta
Felicia sigui  la lectura de esta carta. El to Goro y Nolo quedaron
largo rato inmviles con la cabeza baja y mirando al suelo. Al cabo el
mozo de la Braa alz la suya. Por sus mejillas se deslizaba una
lgrima, pero en sus ojos altivos se lea una firme resolucin cuyo
fruto pronto hemos de ver.

Se despidieron tristemente para ir  la cama. Mas antes de llegar  ella
oyeron gran tumulto en la casa vecina, que era la de la ta Basilisa,
gritos, lamentos, imprecaciones. Asustados todos salieron  la calle y
se precipitaron  ver lo que tanto ruido significaba. La puerta de la
ta Basilisa estaba abierta y por ella vieron  la terrible vieja
tratando de desasirse de su hija y de su yerno para arrojarse sobre el
desgraciado Celso que tena la guitarra metida en la cabeza hasta el
cuello y forcejaba por arrancrsela. Su feroz abuela, viniendo de la
_fila_ ms presto de lo que l pensaba, le haba sorprendido en plena
zambra andaluza entonando con voz quejumbrosa una seguidilla gitana:

      Cuando yo me muera
    mira que te encargo
    que con la trenza de tu pelo negro
    me ates las manos.

Y sin conmoverse por lo dulce del canto ni respetar el encargo fatdico
que su nieto diriga al travs de los montes  una lavandera sevillana,
cay sobre l como una pantera, le arranc la guitarra de las manos y se
la rompi en la cabeza. No satisfecha con esto, todava aspiraba 
desembarazarse de las manos que la sujetaban, sin duda para
despedazarlo. No pudiendo llevar  cabo tan inhumano proyecto, dejaba
caer sobre la cabeza, con guitarra y todo, del sin ventura Celso las ms
tremendas maldiciones de su repertorio, que era muy variado.

Con pena lograron Goro, Felicia y Nolo apaciguarla un poco. Sacaron 
Celso de su cepo, le curaron con sal y vinagre algunos araazos y cuando
le hubieron enviado  la cama y vieron sosegada  la abuela se volvieron
 casa.

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XVI

Martinn el filsofo.


Los anhelos del sobrino de D. Flix caminaban con paso rpido hacia su
realizacin. El valle de Laviana se trasformaba. Bocas de minas que
fluan la codiciada hulla manchando de negro los prados vecinos;
alambres, terraplenes, vagonetas, lavaderos; el ro corriendo agua
sucia; los castaares talados; fraguas que vomitaban mucho humo espeso
esperando que pronto las sustituiran grandes fbricas que vomitaran
humo ms espeso todava. Bien lo deca el joven Antero en una de las
cartas que cada poco tiempo enviaba al _Eco de Asturias_: El sol de la
industria ilumina ya este valle, antes tan oscuro, y esparce sus rayos
vivificantes sobre estos pobres campesinos subviniendo  sus
necesidades, llevando  su fro hogar el alimento y el bienestar, etc.,
etc.

La primera parte de esta metfora no era rigurosamente exacta; porque el
antiguo sol iluminaba bastante bien el valle cuando no lo ocultaban las
nubes, y el nuevo no poda hacerle la competencia en punto  claridad.
Pero la segunda no hay duda que estaba ms ajustada  la verdad. Corra
dinero entre el paisanaje. Las cuadrillas de mineros y operarios tradas
de otros puntos alojaban en casa de los labradores de Carrio, Entralgo y
Canzana y dejaban all parte de su salario. Verdad que los huspedes no
eran cmodos. Agresivos, pendencieros, alborotadores, tenan siempre con
el alma en un hilo  los vecinos. Adems, no cesaban de proferir unas
blasfemias tan horrendas que los cabellos de los inocentes campesinos se
erizaban de terror. Sobre todo las mujeres sentan indignacin tan
profunda que sin temor la dejaban estallar en su presencia. Pero esto
les haca reir y no les correga.

Poco  poco aquellos mineros ensearon su oficio  los zagales de Carrio
y Canzana. Muchos padres enviaron sus hijos  la mina. Al principio
ganaban corto jornal: pronto subi ste y en las casas de aquellos
pobres labriegos entr un chorro no despreciable de dinero. Con esto la
alegra de los paisanos fu grande. Sin embargo, no poco se amortigu al
ver que con el oficio los mineros ensearon  los zagales sus vicios.
Aquellos mozos antes tan parcos y sumisos se tornaron en pocos meses
dscolos, derrochadores y blasfemos. No solamente cambiaron su
pintoresco traje aldeano por el pantaln largo y la boina, sino que se
proveyeron casi todos de botas de montar, bufanda, reloj y lo que es
peor, de navaja y revlver. Con esta indumentaria se creyeron en el caso
de visitar las tabernas como sus maestros, alborotar en ellas y sacar de
vez en cuando la navaja  relucir. Al poco tiempo hubo en aquel valle
atrasado tantos tiros y pualadas como en cualquier otro pas ms
adelantado. El juzgado comenz  trabajar de lo lindo y los actuarios,
particularmente el troglodita D. Casiano, se quedaban entre las uas no
slo con las quincenas de los hijos sino tambin con las vacas de los
padres.

Slo un vecino de la parroquia de Entralgo toc las dulzuras de la
invasin minera sin percibir el amargor, recogi las flores sin
pincharse con las espinas. Tal mortal afortunado fu nuestro amigo
Martinn. Este incansable polemista iba en camino recto de hacerse rico.
El consumo de su taberna haba crecido de modo tan prodigioso que ya no
le bastaba el vino y aguardiente que por el puerto de San Isidro le
traan los arrieros de Len; l mismo se vi necesitado  hacer algunos
viajes  Palencia y traer algunos carros bien cargados. Con lo cual
ganaba ms an, pues negociaba el gnero ms barato y se ahorraba la
comisin de los arrieros.

Da y noche la taberna de Entralgo resonaba con cnticos desacordados,
disputas y blasfemias y da y noche penetraba en el cajn del mugriento
mostrador una cascada de monedas de cobre y plata. Con esto el buen
humor proverbial del filsofo se haba hecho ms alegre si cabe. Sus
facultades dialcticas se haban desarrollado de modo tan desmesurado
que nadie osaba hacerle frente  no ser que estuviese borracho perdido.
Por lo cual muchas veces se vea obligado  forjarse un adversario
mentido con quien contenda en voz alta. Era por lo general alguno de
los que se haban quedado dormidos sobre un banco de la taberna. Despus
que todos haban salido Martinn ejercitaba sobre l sus frreos
silogismos respondiendo y replicando por los dos: T me dirs: el
hombre que no come no puede vivir.--Yo te responder: el que come lo que
no le conviene se pone enfermo y pierde en pocos das toda la carne y
toda la sangre que ha ido guardando en medio ao.--T me dirs entonces:
pero ven ac, Martinn, burro, cmo quieres que sepamos lo que nos
conviene antes que haya hecho operacin en el cuerpo?--Yo te responder:
alto, amigo, poco  poco! Por qu no lo sabes? porque no lo has
visto? Y has visto la Extremadura? Y entonces por qu sabes t que hay
la Extremadura?...

Despus que le dejaba bien convencido le despertaba y le echaba  la
calle para cerrar la tienda.

Igualmente haba contribudo  aumentar su jovialidad el prximo
matrimonio de su sobrina Eladia con Quino. El mozo le gustaba; tena
buena idea formada de su capacidad. Entre todos los paisanos que
frecuentaban la taberna era el nico que saba desprenderse de la
apretura de sus silogismos y se escapaba de vez en cuando sin pagar.
Tales cualidades le haban hecho digno de respeto para nuestro
tabernero. Fijse la boda para la primavera y Quino en virtud de esto
frecuentaba la casa con toda confianza y aparentaba ser en ella ya un
copartcipe de las ganancias. Por lo menos atenda con ms
escrupulosidad si posible fuera que su futuro to  los vasos y copas
que cada parroquiano consuma y si en cualquier rara ocasin al buen
Martinn se le pasaba sin cobrar alguno, Quino se lo recordaba al odo.
Con esto la estimacin que el filsofo le profesaba creca algunos
palmos. No dudaba que el hijo de la ta Brgida hara enteramente feliz
 su sobrina.

Por ausencia de Martinn estaba una noche Quino ayudando  Eladia en el
despacho. Detrs del mostrador desatando los pellejos de vino y
escanciando y cobrando semejaba ya el asociado afortunado del afortunado
Martinn. La taberna estaba llena de paisanos y mineros. Martinn se
haba levantado aquel da muy de madrugada para ir  Cabaaquinta 
comprar una vaca, haba vuelto por la tarde bastante fatigado y se haba
tendido un poco  descansar en la cama. Pero no tard mucho en
levantarse. Se present desperezndose en la taberna cuando sta herva
de parroquianos, los cuales le acogieron con algazara. Casi todos los
hombres cuando duermen la siesta se levantan de mal humor. Con Martinn
no rezaba esta miseria fisiolgica: se levantaba ms alegre que nunca,
fresco y risueo como una maana de primavera.

--Mralo, mralo qu fresco y qu colorado se levanta ese zorro de la
cama!--exclam uno.

--Como un clavel de la Italia--manifest gravemente Martinn, abriendo
una boca de  cuarta para bostezar y haciendo la seal de la cruz sobre
ella.

--Y Clavel, cmo est?--pregunt otro aludiendo  su esposa, que como
ya sabemos todos conocan por este nombre qu el propio Martinn le
haba puesto.

--Esa, como una rosa de Alejandra!

--Que el diablo me lleve si no ha engordado este bribn de pocos meses 
esta parte--dijo el paisano.

--Cmo no--apunt un minero--si todo lo que sudamos pasa al cajn de su
mostrador? No habis reparado que cuanto ms gana este ladrn peor vino
nos da?

--De eso debis estar agradecidos--respondi el tabernero.--Yo lo hago
por vuestro bien,  ver si se os quita ese maldito vicio de la
borrachera. Pero ni por esas! Aunque os diese petrleo con pimentn
vendrais aqu  dejarme la quincena.

--Que el diablo te coma el alma, bandido!--exclam el minero irascible,
mientras los dems rean.

Otro que estaba ya borracho levant la tapa del mostrador y se aproxim
al tabernero diciendo con palabra estropajosa:

--Martinn, ests gordo; djame tomarte en peso.

--Vamos, abajo esas patas!--dijo Martinn rechazndole.

El borracho insisti tratando de abrazarle por las piernas para
levantarle.

--Quieto, Melchor,  te voy  dar agua de aceitunas para quitarte la
borrachera!

--Hombre, vas  quitarme en un instante lo que tanto dinero me ha
costado?

Paisanos y mineros celebraron con grandes carcajadas la ocurrencia del
borracho. ste, animado por los aplausos, se arroj de golpe  abrazar 
Martinn y lo alz del suelo y lo sac por la abertura del mostrador
donde se hallaban los parroquianos. Mas antes que llegasen al centro de
la taberna tropez y ambos dieron con sus cuerpos en el suelo. Gran risa
y algazara entre los tertulios.

--Eso! eso! Retoza, grandsimo holgazn, comedor. Toda la tarde
roncando y ahora en vez de ordear las vacas, de jarana--dijo una
vocecita aguda.

Quien profera estas speras razones era la avinagrada esposa del
tabernero, una mujerzuela bajita, menuda, rugosa, de frente ceuda y
ojos pequeos y fieros.

Martinn se levant del suelo riendo.

--Bendito sea tu pico, palomita--exclam dirigindose  su mujer.--Nada
dices, mi alma, que no est puesto en razn. Ahora mismito voy 
ordear. Eladia, enciende el farol.

--Vamos, djate de palabras necias y arrea.

--Que viva, eh!--deca Martinn guiando el ojo  los tertulios.--Vaya
una mujercita despachada! Os digo en conciencia que es una bendicin de
Dios tener una mujer que todo lo vea en la casa, que todo lo arregle y
que de vez en cuando le arree  uno cuando se haga tumbn. Ven ac,
Clavel, no te marches sin darme un abrazo, que lo necesito como los
chotos la teta.

Clavel le arroj una mirada despreciativa y se dispuso  salir, pero su
marido la ataj antes de que pudiese penetrar en lo interior.

--Que no! que no te vas sin darme un abrazo! No quieres?... Pues te
lo dar yo  ti...

Y diciendo y haciendo la estrech tiernamente entre sus brazos y la
aplic un par de sonoros besos en las mejillas. Enfurecida la mujeruca
se desasi violentamente cubrindole de dicterios y se meti en el
interior de la casa. Martinn, sin preocuparse de su clera, sonrea
beatficamente y le enviaba besos con la punta de los dedos. Los
parroquianos aplaudan riendo.

--Quin habr ms feliz que yo, decdmelo?--exclamaba restregndose las
manos de placer.--En jams de la vida me ha dado el ms pequeo
disgusto esta mujercita que Dios bendiga. Qu hacendosa! qu
ahorradora! qu limpia!... Los chorros del oro, muchachos!... Que
tiene el genio vivo... que es un poco gruona, y qu?... Eso consiste,
amigos, en que el alma no le cabe dentro del cuerpo. Los bueyes tardos
necesitan quien les aguije. Seguro estoy que en esta parroquia no hay
uno que no me envidie  Clavel...

Iba  proseguir en su monlogo venturoso, pero en aquel instante
entraron en la taberna Joyana y Plutn y sin dar siquiera las buenas
noches pidieron dos cuartillos de aguardiente. Martinn se apresur 
servir por s mismo  los mejores parroquianos que tena. Como eran sin
disputa los mineros ms hbiles que hasta entonces trabajaban en el coto
de Carrio, ganaban mucho ms que los otros, y como no tenan familia,
ms de la mitad de su quincena entraba en el cajn de Martinn.

Sin embargo, la entrada de los dos mineros produjo, como siempre,
malestar en la taberna. Se les tema y se les odiaba generalmente. Hasta
sus mismos compaeros de trabajo les hablaban con cierto cuidado. Todo
el mundo saba que ambos haban estado en presidio, que eran insolentes,
agresivos y que tanto les importaba sacar las tripas  un hombre como
matar una gallina.

Slo Martinn les hablaba con libertad filosfica.

-- que no sabes, Plutn--dijo ponindole familiarmente una mano sobre
el hombro,--por qu bebes tanto aguardiente?

El minero, que se haba sentado y acababa de vaciar una copa, mir  su
compaero Joyana y ambos soltaron una grosera carcajada.

--Pues por hacerte un favor.

Los tertulios rieron tambin. Martinn no se desconcert y con mayor
jovialidad repuso:

--Gracias, Plutn; no esperaba menos de tus buenos sentimientos.

--Y de paso porque me gusta.

--Hombre, tienes talento!... Pero no hagas tantos esfuerzos de
inteligencia, porque te van  saltar los sesos.

El feroz minero dej de reir y le lanz una mirada torva. Los
parroquianos rieron discretamente y admiraron el valor de Martinn. ste
prosigui cada vez ms alegre:

--Lo bebes porque te gusta, verdad?... Y por qu te gusta?... Porque
lo necesitas... Y por qu lo necesitas?... Porque consumes en la mina
el calor que todos los animales tienen dentro de su cuerpo.

--Vaya, vaya, ojo con lo que hablas, porque si te descuidas te va 
quedar la lengua fuera de los dientes.

--Qu! te ofendes porque te comparo con los animales? Pues, querido,
lo mismo t que yo todos tenemos algo, mayormente, del animal. Ser en
las uas? No... Ser en los dientes? Tampoco...

Entrando en el terreno filosfico, que era su fuerte, Martinn se
hallaba en el colmo de la alegra. Entablse una acalorada disputa. El
dialctico tabernero llev, como es natural, la mejor parte. Al cabo
deshizo, pulveriz  su adversario. Por medio de una habilsima treta
dialctica le demostr tambin que si todos los hombres tenan algo
comn con los animales, l (Plutn) guardaba ms relacin con el asno
que otro alguno. Como hubo murmullos de aprobacin y risa comprimida, el
minero qued fuertemente desabrido. Martinn, una vez derrotado su
adversario, ya no se acord ms de l y se mezcl  otro grupo buscando
nuevo contendiente.

--Por qu no sangras  ese cerdo?--dijo Joyana al odo  su amigo.

Plutn guard silencio. Se escanci dos copas de aguardiente y se las
verti en el estmago una tras otra. Luego se alz del asiento y se
acerc con indiferencia al grupo en que se hallaba Martinn.

--Jess!--exclam ste ponindose plido.--Me han herido!

Se llev ambas manos  la cintura, vacil un instante y cay desplomado.

--T le has herido, Plutn!--exclamaron varios encarndose con el feroz
minero.

--Yo!--profiri ste fingiendo con admirable serenidad la sorpresa.

--S, t!--dijeron los paisanos que se hallaban cerca.

--Con qu arma?... Aqu tenis mi navaja--respondi sacndola del
bolsillo y presentndola.

Plutn, como criminal experto, llevaba siempre dos navajas. La que haba
herido al tabernero estaba en el suelo ensangrentada.

Mientras unos recriminaban al asesino, otros atendan al herido. Eladia
exhalaba penetrantes lamentos. Su ta acudi corriendo y al enterarse,
en vez de verter lgrimas, comenz  increpar  su marido:

--Lo ves, burro, lo ves? Ves lo que te est pasando por esa aficin al
palique, por no hacer caso de m?... Si hubieras ido  ordear las
vacas no te hubiera pasado nada!

Martinn,  quien conducan entre varios al interior de la casa, todava
tuvo fuerza para sonreir y decir con voz apagada:

--Tienes razn, mujer... Si hubiera estado ordeando las vacas no me
hubieran ordeado  m.

Los dems paisanos en tanto quisieron sujetar  Plutn y llevarlo  la
presencia del juez en la Pola; pero navaja en mano y ayudado de su
compaero Joyana logr tenerlos  raya y evadirse.

Sin embargo, no falt quien diese parte  la autoridad y  la media
noche se present la guardia civil en Canzana y prendi al criminal en
su alojamiento. No estuvo ms de dos meses en la crcel. Los paisanos,
temerosos de la venganza, no dieron declaraciones muy explcitas.
Martinn, cuya herida cicatriz antes de los treinta das, no por temor,
sino por motivos puramente dialcticos, tampoco quiso declarar contra
su agresor.

--Qu gano yo con que l vaya  presidio? Lo sufrido no est sufrido?
Podr alguien quitrmelo?... Pues entonces!...

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XVII

Miseria humana.


Por fin silb, s, silb la locomotora (Dios la bendiga!) por encima de
Entralgo. Cruz soberbia abriendo enorme brecha en los castaares que lo
seorean, taladr con furia  Cerezangos, aquel adorado retiro del
capitn, y sigui triunfante, vomitando humo y escorias, hasta Villoria.
Arrastraba una plataforma engalanada donde se acomodaban los conspicuos
de la Pola, el alcalde, el recaudador, el joven Antero, el farmacutico
Teruel; el mdico D. Nicols, D. Casiano el actuario, dos ingenieros, el
qumico belga y el personal administrativo de la empresa. Todos iban en
pie contemplando con satisfaccin orgullosa los prados y los rboles,
los campesinos y los ganados que dejaban tras s. Mas los prados, los
rboles y los seres vivientes que se agitaban en aquel delicioso paisaje
no reciban con igual satisfaccin la visita del husped. Sus
penetrantes silbos estremecan la campia. Volaban los pjaros, corran
las reses hasta despearse, huan los nios, ladraban los perros en los
caseros, como si en vez del bienestar y la riqueza les trajese aquel
glorioso artefacto la oscuridad, la maldicin y la guerra! Y los
conspicuos, al ver la general desbandada, rean llenos de lstima y
excitaban al maquinista para que hiciese ms ruido, gozndose como los
antiguos conquistadores con el espanto que su paso produca.

Sentado all en el templete griego de su fundo de Arbn, entre Pan y las
Ninfas, D. Csar de las Matas tambin oy el ronquido estridente de la
mquina. Dej caer el libro que tena entre las manos y las llev  la
cara murmurando:--Desgraciado Flix!--No pens en s mismo. Antes que
el fragor de la industria viniese  turbar sus arrobos clsicos en las
alturas de Arbn transcurrira bastante tiempo, y l no contaba vivir
mucho. Pensaba en el dolor de su buen primo cuando al volver hallase
profanado, destrudo el agreste retiro donde tanto se placa.

Los conspicuos, al regresar de Villoria, se detuvieron frente  Entralgo
y bajaron al lagar de D. Flix, donde les tenan preparado un banquete.
Se festejaba con l la feliz inauguracin del ferrocarril minero. Decir
que al final hubo brindis calurosos, cnticos desafinados, discursos
filosfico-sociales del joven Antero, y que stos produjeron tal emocin
en algunos comensales que lloraban berreando como nios, casi parece
intil. Pero no lo es aadir que en algunos el exceso de la emocin fu
tan grande que no pudiendo sobreponerse  ella arrimaron su cabeza
febril  la pared y arrojaron por la boca toda la sidra que haban
bebido, mientras otros caan desplomados debajo de la mesa para no
levantarse hasta el da siguiente. No falt tampoco quien, como el
farmacutico Teruel, permaneci algunas horas en pie al lado del tonel,
firme, inconmovible como una estatua de bronce acercando por intervalos
regulares el vaso  sus labios mientras se dibujaba en ellos una sonrisa
de lstima.

--Todo, todo lo tiene este hombre! Salud inmejorable, una esposa
modelo, hijos robustos, fama de sabio; hasta una cabeza privilegiada que
no se marea con cien vasos de sidra!--exclamaba el mdico D. Nicols,
cuya envidia disimulada brotaba groseramente en estas ocasiones.

La misma envidia le impuls  buscar quimera al inofensivo boticario.
Hubo muchos gritos y algunos pescozones. Pero el recaudador, que andaba
ya cerca del perodo heroico, separ con toda la energa de sus msculos
 los contendientes, aunque al hacerlo el exceso mismo de su energa,
sin duda, le hizo dar con el cuerpo en el suelo. ste fu el nico
incidente desagradable que se registr en aquel gran banquete
conmemorativo.

Sofocados al cabo y con deseo de respirar el aire libre salieron (los
que se hallaban en disposicin de salir) al campo de la Bolera. Y all
prosiguieron los cnticos, los brindis y los discursos filosfico-sociales
de Antero. Mas he aqu que cuando ms vivo era su entusiasmo y mayor el
ruido, ven aparecer de lejos la figura estrafalaria del seor de las
Matas de Arbn. Vena D. Csar montado en un jamelgo esculido.
Esculido, s, porque toda la yerba que segaba el buen hidalgo era poca
para la vaca, y al rocn lo enviaba  la gramtica por las callejas y
trochas de los contornos. Vesta el imprescindible frac, el pantaln
abotinado con trabillas, la corbata de suela que mantena su cabeza
siempre erguida y el sombrero alto de felpa gris. Los alegres comensales
contemplaron  D. Csar con sorpresa y curiosidad como si no le hubieran
visto en su vida. Sin duda la sidra y el vino les haban borrado el
recuerdo.

--Cielos, el dorio!--dijo uno.--El ingenioso hidalgo!--manifest
otro.--El enemigo de Pericles!--apunt un tercero.

Y todos se guian el ojo con maliciosa alegra y se prometen un sainete
divertido para fin de la fiesta.

Mientras tanto el seor de las Matas avanzaba al paso lento, majestuoso
de su rocn. Cuando estuvo cerca de la reunin se llev la mano al
sombrero y les hizo un gentil saludo, mezcla de la exquisita urbanidad
de la corte de Luis XIV con la afable gravedad de los tiempos heroicos
de la Grecia. Aquellos brbaros no comprendieron su delicadeza y les
produjo risa. D. Csar hizo un signo imperativo  Regalado para que se
acercase.

--Qu noticias hay de los seores?--le pregunt.

Regalado, que estaba alegrsimo y tena en el cuerpo una razonable
cantidad de sidra, quiso poner la cara triste de repente; pero no
result ms que una mueca odiosa, inadmisible, que no poda convencer 
nadie.

--Muy malas, D. Csar, muy malas. La seorita se ha puesto tan grave que
mi amo no ha querido que muriese en Mlaga y la ha trado  Oviedo. All
estn desde hace seis das, segn creo. Se espera de un momento  otro
una desgracia.

D. Csar se llev la mano  la frente con abatimiento y al cabo de unos
instantes de silencio exclam:

--As es la vida Regalado, as es la vida!--Oh raza de mortales!
Miserable generacin de un da, hijos del acaso y la fatiga. Razn tena
el sabio Sileno. Lo mejor para vosotros en primer lugar es no haber
nacido: en segundo lugar morir pronto.

Regalado no estaba tan desengaado de la existencia, pero quiso
mostrarse amable y elev los ojos al cielo en seal de asentimiento. El
hidalgo apret de nuevo las riendas y trat de dar la vuelta  su casa,
pues no  otra cosa haba venido que  saber noticias de su primo y
sobrina. Pero los alegres conspicuos que vean frustrada su esperanza no
lo consintieron. Cinco  seis manos acudieron solcitas  tener al rocn
por el freno y ms de veinte bocas comenzaron  instar  D. Csar para
que se apease un momento. Hzolo as al cabo por no desmentir su
proverbial cortesana, pero se mostr grave y reservado. Como esto no
convena  los amigos, hicieron esfuerzos por tirarle de la lengua. Nada
consiguieron en un principio. Al cabo unos cuantos vasitos de vino
traidoramente administrados lograron su propsito.

D. Csar comenz por sonreir con extraa benevolencia. Sus ojos pequeos
se hicieron ms pequeos an y brillaron dulcemente; su nariz aquilina
enrojeci sbito; sus labios finos se plegaron con irona clsica. Y al
cabo, extendiendo la mano, echando atrs la cabeza y cerrando sus
ojillos, profiri con pausa acadmica:

--Ignoro, seores mos todos y muy queridos amigos algunos, si esos que
llamis progresos industriales van tan estrechamente unidos  la causa
de la civilizacin como os complacis en suponer. El genio del hombre,
excitado por la necesidad  irritado por los obstculos, se arroja  la
conquista de la tierra y descubriendo sus secretos los utiliza para su
alivio. Mas con frecuencia oh amigos y seores mos! va ms all de lo
que le dicta la santa naturaleza. sta le dice come, y el hombre
encuentra placer en comer. Le dice vstete, y el hombre encuentra
placer en vestirse. Quiero decir que lo que se nos ha dado como un medio
lo convertimos en fin. De aqu se origina siempre un grave
desequilibrio, que engendra la corrupcin y los vicios. Entonces la
sabia naturaleza, que vela por los destinos del hombre, dice: basta!.
Y las naciones corrompidas degeneran y se extinguen y las ciudades
opulentas perecen. Otra humanidad ms inocente renace, pueblos jvenes y
vigorosos sustituyen  los viejos, y la obra de Dios, que pareca un
momento interrumpida, prosigue su marcha sublime al travs del tiempo y
el espacio. Todo con medida, ha dicho el genio helnico; todo con
medida, nos repite sin cesar el universo en que habitamos. El exceso se
paga ms tarde  ms temprano. No se hizo el espritu para el mundo,
sino el mundo para el espritu. Temo en conciencia oh seores mos! que
confundis lamentablemente la civilizacin con el industrialismo. Yo s
de pases muy industriales donde la cultura del espritu no corre
parejas con las comodidades y refinamientos de la vida. Penetrad en una
de las ciudades fabriles de Francia  de Inglaterra. Cun suntuosas son
aquellas viviendas! cun delicados los manjares que all se gustan!
cun blandos los lechos! cunto pormenor delicado que halaga la vida
corporal!... Pero escuchad  aquellos hombres en sus refectorios, en sus
cafs y en sus teatros, y tengo por seguro que no quedaris maravillados
ni de la agudeza de su ingenio, ni de la elevacin de su espritu.
Francos por aqu, libras esterlinas por all: tal es el alimento
ordinario de su inteligencia. Sus artes son siempre imitadoras, su
literatura igualmente, su filosofa reproduce las hiptesis de la India
y de la Grecia; hasta sus costumbres y sus fiestas son eco y remedo de
las costumbres y fiestas del paganismo clsico. Ninguna invencin
peregrina, ningn rasgo feliz; todo vulgar, todo abatido, todo
triste!... Pero venid conmigo ahora al gora, al Liceo   los jardines
de Academo. Los hombres que all veis paseando y departiendo se
alimentan con manjares que rechazaran hoy nuestros obreros; duermen
sobre pieles tendidas en el suelo; visten una tnica y un manto que no
querra para s un mendigo de nuestras ciudades; no caminan en
ferrocarril ni trasmiten su pensamiento por telgrafo, no conocen la
inmensa variedad de nuestros utensilios... Pero aquel puado de hombres
miradlos bien, seores mos! aquel puado de hombres ha creado en poco
tiempo el arte, la filosofa, la ciencia y las costumbres de que an
vivimos, es decir, ha creado la civilizacin. Un arte y una filosofa
jams sobrepujados, una ciencia estudiada no con un fin industrial, sino
espiritual, no para regalo del cuerpo, sino del alma; unas costumbres
tan bellas y originales que slo cuando las imitan adquieren las
nuestras alguna nobleza... Salid conmigo de Atenas, salgamos por la
puerta Dipila, atravesemos los Cermicos y entremos en los jardines de
Academo. Quin es aquel anciano de cuerpo robusto y un poco cargado de
espaldas, de frente espaciosa y grave mirada, que marcha con tal
majestad y decoro? Es Platn, es el divino Platn... Quin es aquel
joven flaco y seco de ojos pequeos y centellantes, tan acicalado en el
vestir, que marcha junto  l? Es Aristteles, el ingenio ms portentoso
que ha producido el mundo. Cmo se llama aquel otro joven que camina
ms all, plido y enteco, que mueve de vez en cuando los hombros de un
modo particular? Se llama Demstenes...

       *       *       *       *       *

Al llegar aqu la risa que retozaba en los labios de los prceres de la
Pola desde el comienzo de la oracin estall en francas, sonoras
carcajadas. Quien primero la dej escapar fu el troglodita D. Casiano.
Se arrim  uno de los nogales y durante buen rato salieron de su boca
ciclpea profundos, temerosos estallidos mientras su vientre se agitaba
como la montaa de un volcn en erupcin. Dejadlo, dejadlo... no poda
ms!... Aquello era lo ms gracioso que haba odo en su vida. Tambin
el alcalde, arrimado  otro rbol, rea y tosa hasta querer reventar. Y
los otros, con ms  con menos discrecin, todos se entregaban  una
cordial y envidiable alegra.

D. Csar qued sorprendido. Los mir unos instantes estupefacto y al
fin, dejando caer su mano que tena levantada, sonri con expresin
humilde.

--Bien comprendo que mis palabras suenen mal en vuestros odos, no
avezados  escuchar los ecos de la sabia antigedad. De igual modo los
ostrogodos y longobardos rean cuando los filsofos y retricos del
Lacio pretendan doctrinarlos. Pero no es menos cierto que vuestra
alegra inocente me alegra y que ruego de todo corazn  los dioses para
que la prosperidad que hoy celebrais sea tan prspera como apetezco.

Pronunciadas estas palabras, que el concurso acogi con un redoble de
hilaridad, el noble seor de las Matas de Arbn se llev la mano  su
sombrero de felpa, hizo un saludo digno del mariscal de Richelieu y
montando de nuevo en su jamelgo di la vuelta hacia su casa solariega.

Aquella noche hubo _fila_, como todas, en el palacio del capitn. D.
Robustiana se placa mucho en reunir  las comadres del pueblo y pasar
entre ellas la velada oficiando de seora. Tambin Regalado gustaba de
dar rienda suelta  su temperamento jocoso y maleante  costa de las
mujerucas. Por eso, aunque era ya bien entrada la primavera, se
persista en aquellas tertulias nocturnas propias del invierno. Hombres
asistan pocos y eran los que celebraban con algazara, los donaires del
humorista mayordomo. Se hallaba ste de vena esta noche, sin duda como
residuo de la alegra de la tarde y de los vasos de sidra que tena
entre pecho y espalda, cuando de pronto retumbaron en el gran casern
solariego dos fuertes aldabonazos. Todos levantaron con sorpresa la
cabeza. Pero el ms sorprendido fu Regalado. Ningn paisano poda
llamar en aquella hora en tal forma imperativa. Alzse de la silla y se
dirigi al balcn en medio de la curiosidad y expectacin del concurso.
Sali al corredor de la parra y esforzndose en penetrar las tinieblas
de la calle pregunt:

--Quin llama?

--Abrid... es el seor--dijo con voz recia Manolete, el fiel criado que
haba acompaado al capitn  Mlaga.

Gran movimiento en la sala. Todos se levantan. Regalado toma el veln de
la mesa y se precipita  la escalera y detrs de l algunos tertulios y
tambin el perro Taln que alla de un modo lamentable. Se abre la
puerta y  la luz del veln se ve al capitn, cuyo rostro plido,
demudado les dice bien claramente lo que haba acaecido. El perro se
arroja  acariciarle y cae al suelo accidentado por vejez y exceso de
alegra. Don Flix, sin pronunciar palabra, entra en el portal y sube al
saln. Nadie osa preguntarle, pero D. Robustiana y todas sus comadres
estallan en sollozos. El capitn se lleva la mano  los ojos y permanece
algn tiempo inmvil y silencioso. Ya no era aquel viejo apuesto,
vigoroso, que en fuerzas y agilidad poda competir con cualquier joven.
En pocos meses se haba trasformado en un anciano caduco.

--Gracias, gracias--murmur con voz dbil.--Dejadme solo.

Llorando y en silencio fueron saliendo todos los tertulios. Cerrronse
las puertas y D. Flix, sin querer tomar nada de lo que D. Robustiana
le ofreca, se retir  su habitacin. Manolete en la cocina de abajo
estuvo largo rato narrando  los mayordomos y  la servidumbre los
incidentes de la enfermedad y muerte de la seorita.

Al da siguiente D. Flix no quiso salir de su cuarto ni recibir 
nadie. Sin embargo, antes de ponerse el sol deslizse furtivamente sin
que nadie se percatase de su marcha y lleg hasta su finca de
Cerezangos. Era una curiosidad insana la que le arrastraba hasta all;
un deseo de aadir ms dolor  su dolor y encenagarse por completo en
l. El hermoso, florido campo que tanto amaba haba sido partido,
destrozado. Una trinchera bien ancha separaba las dos mitades: por medio
de la trinchera cruzaba la va frrea. El encanto silencioso, la dulzura
agreste, la amable soledad de aquel retiro haban desaparecido. D. Flix
lo rode todo lentamente. Apoyndose en su bastn miraba con terrible
insistencia aquella brecha que la piqueta del progreso haba abierto en
su campo. Otra brecha mayor an acababa de abrir la muerte en su
corazn. Cuando lleg  lo ms alto se detuvo, apoy los codos en la
paredilla y metiendo la cabeza entre las manos permaneci largo rato en
contemplacin exttica, con los ojos secos y fijos mirando quizs ms 
su alma dolorida que al cuadro que tena delante.

Una mano le toc suavemente en el hombro. Experiment fuerte sacudida y
se volvi con su peculiar viveza. D. Prisco, el prroco de Entralgo,
estaba frente  l. Ambos abrieron los brazos  un tiempo y quedaron
estrechamente enlazados. Largo rato estuvieron de este modo. El viejo
militar sollozaba: el sacerdote le encomendaba silenciosamente  Dios.
Al fin se apartaron y D. Prisco, llevndose el pauelo  los ojos para
enjugar una lgrima, murmur sordamente:

--Miseria humana, D. Flix, miseria humana!

El capitn baj la cabeza resignado. En aquel momento se oy el silbo
prolongado de la locomotora que cruz rauda con infernal estrpito. Uno
y otro la miraron con ms estupor que clera. D. Prisco al cabo sacudi
el brazo  su amigo y le dijo:

--Vamos.

El capitn le sigui obediente. D. Prisco se apart de aquellos sitios y
se intern cuesta arriba en las frondosas arboledas de castaos y
robles. Por trochas escondidas caminaron en silencio uno en pos de otro.
Al fin llegaron  un delicioso paraje donde manaba una fuente oculta
entre espinos y avellanos rodeada de menudos cspedes. Se sentaron. D.
Prisco sac de las profundidades de su balandrn una fiambrera que
contena tortilla de jamn, luego un pedazo de queso envuelto en muchos
papeles, pan y un frasco de vino. Todo ello lo exhibi con sosiego ante
los ojos atnitos de su amigo. Hizo la seal de la cruz, rezaron un
padrenuestro y se pusieron  merendar en silencio, pero tranquilo ya el
corazn. El sol descenda rpidamente hacia el ocaso. Sobre sus cabezas
cantaba el ruiseor.

Cuando hubieron dado buena cuenta de la tortilla y el queso, D. Prisco
bebi un nmero prodigioso de vasos de agua. Era su mana y su vicio. El
capitn slo algunos sorbos de vino.

Entonces D. Prisco volvi  meter la mano en las profundidades del
balandrn y sac la baraja.

--Una brisquita?

--Bueno--respondi el capitn.

--Tres juegos nada ms.

--Nada ms.

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XVIII

La hija del capitn.


El capitn paseaba de un ngulo  otro por el vasto saln de su casa en
la maana siguiente. Andaba encorvado y  paso lento. Alguna vez se
detena frente al retrato al leo de su hija Mara. Un artista famoso
que viajaba por Asturias lo haba pintado el ao anterior. Lo
contemplaba con atencin anhelante algunos instantes, se llevaba el
pauelo  los ojos y prosegua su paseo.

D. Robustiana entreabri la puerta y asom tmidamente la cabeza.

--Seor, ah abajo est Flora que viene  darle el psame.

D. Flix se estremeci, ech una rpida mirada de angustia al retrato de
su hija y despus de una pausa dijo con voz insegura:

--No puedo... Dgale usted que no puedo recibirla ahora... Que venga
otro da.

El ama de gobierno retir su cabeza y baj para trasmitir la nada grata
respuesta. El capitn sigui midiendo el saln tristemente.

Por espacio de tres  cuatro das slo con D. Prisco cambi algunas
palabras. Pero su temperamento vivo y locuaz no tard en levantar la
cabeza. Comenz  departir con la gente y  mezclarse entre los grupos
de aldeanos buscando conversacin. Algunos das montaba  caballo y se
iba  la Pola y all visitaba  los amigos y conversaba con ellos
largamente. Mas  pesar de esta nueva explosin de vida, el hidalgo
descaeca visiblemente; su espalda se doblaba, sus mejillas se hundan,
sus ojos iban perdiendo el brillo. Hasta en su locuacidad extraordinaria
haba algo de anormal que inquietaba  los conocidos. El tema de su
conversacin casi siempre era el mismo,  saber, el ningn deseo que
tena ya de aumentar su riqueza, ni aun de cuidar de su hacienda.
Llegaba un paisano y le propona la compra de algn trozo de terreno. D.
Flix se pona encrespado como si le hiciese alguna ofensa.

--Ven ac, necio, para qu quiero yo ahora tierras ni prados? No sabes
que ya no tengo  quin dejarlos? No sabes que esta misma casa se halla
destinada  servir de nido  los pjaros?

Y tanto se exaltaba que el campesino marchaba haciendo cruces y deca 
sus amigos que el capitn no estaba enteramente bueno de la cabeza.

En ocasiones, cuando algn caballero de la Pola vena  visitarle,
repentinamente comenzaba  dar furiosos paseos en su presencia, y
parndose de improviso y sealando con extravo  las paredes y al techo
de la estancia exclamaba:

--Ve usted este saln? Pues los pjaros no tardarn mucho tiempo en
anidar aqu!

Es de advertir que tal idea extraa le persegua sin cesar. Por qu
senta tanto horror  que los pjaros anidasen en su domicilio? Supuesto
que estos animalitos  todos parecen bellos  inofensivos, por qu el
capitn se fijaba en ellos en sus vaticinios sombros y no se acordaba
de los ratones, de las araas  de las cucarachas, animales ms feos y
temerosos? Imposible sera explicar este fenmeno si no se conociese el
antiguo y profundo resentimiento que D. Flix guardaba hacia los
gorriones, los cuales todos los aos le coman la simiente de las coles.
Haba vestido un maniqu con frac y tricornio para espantarlos; pero
estos desvergonzados voltiles se posaron  su lado sin temor alguno,
comieron tranquilamente la semilla y llevaron su osada hasta picotear
el tricornio del maniqu. Tal desprecio haba llegado  lo ms vivo  D.
Flix. Desde entonces les declar guerra  muerte y los persegua
cruelmente  tiros cargando con mostacilla un enorme fusil de chispa que
proceda de la guerra de la Independencia.

Al comps de su amo, tambin descaeca Taln y tambin se agriaba su
carcter. Aquel perrillo siempre grun y fantstico se haba hecho
ahora insoportable. Algunas raras veces sola mostrarse amable y
retozn, pero muy pronto caa en un acceso sombro de bilis: gustaba de
la soledad y pasaba largas horas acostado en las inmediaciones del
cementerio, como si ya sintiese la nostalgia de la tumba. Sobre todo, le
descompona, le pona fuera de s el sonido de la flauta de Regalado.
Mientras D. Flix estuvo de viaje lo sufra  regaadientes; comprenda
que el mayordomo ejerca la suprema autoridad en la casa y que era
insensato malquistarse con l. Mas desde el momento en que regres no se
crey en el caso ya de tolerarlo. Lo mismo era ver  Regalado con el
odioso instrumento en la mano que un vrtigo de clera se apoderaba de
su cabeza, ladraba hasta reventar y en poco estaba que no se arrojase
sobre l. En cuanto comenzaba el dulce son acordado, Taln se sentaba
sobre las patas traseras, alzaba sus ojos al cielo clamando venganza y
despeda de su boca tan horribles, fatdicos aullidos que el mayordomo
indignado, no atrevindose  castigar la insolencia, desarmaba con
violencia la flauta y jurando amenazas la guardaba en el bolsillo.

Trascurrieron bastantes das. Flora no pareci por Entralgo. Sin duda la
repulsa sufrida la haba herido y no quera exponerse  otra. Un da que
D. Flix despus de comer se hallaba de mejor humor y departa
amigablemente con los mayordomos debajo del corredor emparrado, D.
Robustiana se aventur  decirle:

--Maana es da de amasijo, seor, y adems tengo que colar la ropa de
dos semanas... Quiere que mande un aviso  Flora para que venga 
ayudarme?

Los ojos del capitn se oscurecieron, fruncise su frente y dijo
sordamente:

--No hay necesidad de avisar  nadie... Arrglate con las criadas como
has hecho otras veces.

D. Robustiana qued confusa y triste. No volvi ya  mentarle el nombre
de su gentil amiguita.

Pero  los pocos das el mismo D. Flix se acerc  ella y rpidamente y
en voz baja, como si la vergenza le embarazase, dijo:

--Cuando quieras puedes avisar  Flora... Acaso la necesitemos... porque
la faena de la yerba va  comenzar pronto...

El ama de gobierno vi el cielo abierto.

--S seor, s; va  comenzar pronto... Ya lo creo que comenzar!...
Como que el tiempo se echa encima de un modo!...

No era cierto. Faltaban an ms de quince das para pensar en la siega;
pero D. Robustiana no vacil en mentir con tal de facilitar el viaje de
su protegida.

Lleg Flora. El capitn la recibi con afabilidad, pero sin gran calor.
En los das siguientes, aunque se mostraba traba atento con ella, no
buscaba su conversacin como otras veces; antes hua de las ocasiones de
hablarla en particular. La zagala no pudo menos de sentir tal frialdad,
y un da con lgrimas en los ojos le dijo  D. Robustiana que se iba,
que su presencia en la casa no era grata al amo. La mayordoma trat al
instante de disuadirla.

--Eres tonta, rapaza! No comprendes que el amo est bajo el peso de
una desgracia, que para l se ha concludo el mundo, que todo lo ve
ahora negro? Deja que trascurra el tiempo y ya vers cmo todo vuelve 
su ser, cmo al cabo se ir calmando su pena y sers para l lo que
siempre fuiste. No te apures ni te disgustes, querida ma, pues el mismo
amo fu quien envi  llamarte.

Flora se dej convencer y permaneci en la casa. Cierto suceso
imprevisto vino  dar la razn  la mayordoma. Nuestra linda morenita,
en su deseo de agradar  todos en la casa y hacerse simptica, sola
agasajar hasta al mismo Taln, le llamaba rico mo, precioso,
salado, aunque bien sabemos que Taln no mereca en conciencia estas
lisonjas. Cuando reciba de regalo alguna golosina se apresuraba 
compartirla con l. El bilioso can no acoga con gratitud tales pruebas
de consideracin. Coma lo que le daban, pero inmediatamente se alejaba
con grosera frialdad de su bienhechora y si sta quera pasarle la mano
y acariciarle comenzaba  gruir como si no la conociese. Esta conducta
tena sorprendida y disgustada  Flora. Porque si bien el perro de D.
Flix no haba brillado nunca por su amabilidad, tampoco se haba
mostrado con ella  tal punto desabrido.

Una tarde en que se hallaba D. Flix hablando con Regalado en la sala
grande, lleg Flora con encargo de D. Robustiana para traer una cesta
de ropa. Al pasar vi  Taln durmiendo enroscado sobre una silla. Y con
la mayor inocencia se acerc  l y le puso la mano encima para
acariciarle. El neurastnico perro gru irritado. D. Flix volvi la
cabeza y dijo:

--No tengas miedo, que no hace nada.

Entonces la zagala, ms por obedecer  D. Flix que por deseos de seguir
acaricindole, volvi  pasarle la mano sobre la cabeza. Taln dej
escapar otro gruido ms spero, abri la boca y le clav los dientes.
Flora di un grito: la mano qued al instante manchada de sangre. Verlo
D. Flix y volverse loco fu cosa de un instante. Se arroj como un len
sobre el ingrato perro, le hart de puntapis y maldiciones y, no
contento an, agarr el bastn que tena arrimado  una esquina y le
moli  palos. Taln chillaba, aullaba como un condenado viendo su
muerte cercana. Al cabo, Regalado abri piadosamente la puerta de la
sala y el desgraciado pudo huir sustrayndose  la negra parca.

Cuando se vi lejos de las iras de su amo, sin dejar de exhalar gemidos
lastimeros tuvo espacio para reflexionar. Aquello era muy extrao!
mucho! Por qu tal clera insensata? Ni cuando se comi el arroz con
leche que D. Robustiana tena destinado al marqus de Cotorraso, un da
que ste le visit, ni cuando mordi los zapatos morados de su
ilustrsima el obispo de Oviedo, que vino  girar la visita pastoral 
Laviana y aloj en su casa, le vi tan descompuesto. Cosa ms extraa!
Taln comenz  sospechar que all exista un gran secreto de familia.
No saba qu era, pero lo haba, vaya si lo haba! En su consecuencia
determin acomodarse mejor al giro de los sucesos, capear el temporal y
ver en qu paraba aquello. Desde entonces no slo prescindi de todo
gruido irrespetuoso con Flora, sino que procur, sin arrastrar su
dignidad por los suelos, con algunos adecuados meneos de rabo, hacer
olvidar su desmn.

El capitn, por su parte, en cuanto vi al perro fuera del alcance del
palo corri hacia Flora, la llev al gabinete de su hija Mara, llam 
gritos  D. Robustiana y mientras sta llegaba l mismo le lav la
herida. Se hizo traer hilas, extendi un ungento que para casos
anlogos posea, lo puso sobre la herida y ci la mano con un paolito
de seda; todo con tanta habilidad y delicado esmero que pareca un
cirujano y una madre cariosa al mismo tiempo. Despus de un rato le
dijo  Regalado, no sin cierta vergenza que se le trasluca en la voz:

--Hoy tienes que ir  la Pola, verdad?

--S seor,  entablar la demanda de reconocimiento del foro de Pieres.

--Pues si ves  D. Nicols explcale lo que ha pasado y dle que me
alegrara de que diese esta tarde una vuelta por aqu.

El mayordomo qued petrificado. Llamar al mdico para una sencilla
mordedura de perro! Esto marcha viento en popa! le dijo  su mujer.
D. Robustiana sonri con perspicacia.

Desde aquel da, en efecto, cambi mucho ya la actitud de D. Flix con
la zagala. Sin embarazo alguno fueron tantas y tan vehementes las
pruebas de afecto que le prodig que Flora qued tan admirada como
conmovida. En casa la hablaba y la mimaba: cuando sala  dar algn
corto paseo por el contorno la invitaba para que le acompaase, aunque
tuviese que abandonar alguna faena domstica, le mostraba sus haciendas
y comunicaba con ella sus planes de reforma. Nada de esto escapaba al
ojo avizor de los campesinos que al paso de ellos se dirigan miradas y
sonrisas de inteligencia.

D. Flix en aquellos das hizo un viaje  Arbn y celebr largas y
frecuentes conferencias con el prroco de la Pola, persona muy avisada y
de letras. Por ltimo, una maana, poco antes de comer, dijo  D.
Robustiana:

--Pon dos cubiertos hoy en la mesa que espero un convidado.

Hzolo as el ama de gobierno, pero viendo que sonaban las doce mostr
su extraeza.

--Ya es el medioda y ese seor no parece.

--Puedes poner la sopa que no tardar en llegar.

Mientras D. Robustiana se preparaba  dar cumplimiento  la orden, no
sin salir con frecuencia al balcn y echar ojeadas al camino por ver si
divisaba al husped, D. Flix llam aparte  Flora y la condujo por la
mano al gabinete ms lejano de la cocina. Cerr sigilosamente la puerta
y plantndose delante de ella y volviendo  tomarle la mano, dijo con
voz alterada:

--Flora, ya sabes quin ha sido tu madre; pero tu padre, sabes quin
es?

La zagala se puso roja como una amapola: tard algunos momentos en
contestar. Al cabo, bajando los ojos al suelo articul con voz dbil:

--No lo s... pero lo presumo.

Entonces el capitn abri los brazos y el padre y la hija quedaron
estrechamente enlazados. As estuvieron largo rato llorando dulcemente
en silencio. Al cabo don Flix se apart y secando con su pauelo las
lgrimas de la joven y besndola repetidas veces en la mejilla, le dijo
al odo:

--Que no turbe, hija ma, la alegra de este momento un pensamiento de
dolor. Ya s que mantienes amores hace tiempo con un muchacho de
Fresnedo. Pues bien, no temas que al darte mi nombre y mi fortuna
arranque tus ilusiones y contrare las inclinaciones de tu corazn.
Csate con quien mejor te plazca; csate con un aldeano; yo me alegro de
ello... S, me alegro--aadi en voz ms alta--porque quiero que se oree
esta casa... Basta de tsicos!... Quiero que corra por mi descendencia
sangre nueva y generosa; quiero morir rodeado de nios frescos,
sonrosados.

Flora, embargada por la emocin, se apoder de una mano de su padre y la
bes.

--Basta, basta ya!--exclam ste.--Ahora vamos  comer.

Se limpiaron de nuevo los ojos y salieron del gabinete. Justamente en
aquel momento llegaba D. Robustinana diciendo en alta voz:

--Seor, seor, que la sopa ya est fra.

Al verlos cogidos de la mano y con los ojos enrojecidos qued
sorprendida.

--Robustiana, aqu tienes  mi hija--manifest el capitn presentndola.

La mayordoma pas instantneamente de la sorpresa  la alegra.

--Oh, seor, todos lo sabamos!... y todos ansibamos que llegase
pronto este momento.

Luego abraz y bes  Flora con entusiasmo y la felicit de todo
corazn.

--Que sea por muchos aos. Dios y la Virgen del Carmen le d, seor,
larga vida para gozar el cario de una hija tan buena y tan hermosa.

As pasaron al comedor llevando  Flora en el medio. Una vez all, se
dibuj en los labios del ama de gobierno una sonrisa maliciosa y
profiri dirigindose  Flora:

--Sintese, seorita; sintese frente  su padre.

Flora se dej caer en sus brazos ruborizada.

--Oh, por Dios, no me hable usted as!

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XIX

Seorita y aldeana.


Nolo haba tenido tiempo  meditar su resolucin. De da y de noche no
pensaba en otra cosa. Se llegaban las ferias de la Ascensin en Oviedo y
pocos das antes manifest  su padre el deseo de dar una vuelta por
all y comprar, si lo hallaba razonable, una yegua para cra. Como el
proyecto era aceptable y Nolo jams haba estado en la capital, tanto
por inters como por dar un respiro  su hijo, el to Pacho cedi de
buen grado y le facilit los medios para realizarlo. El mozo de la Braa
encarg en la Pola un traje de pantaln largo hecho de pana gris, merc
un sombrero de anchas alas y unos borcegues de piel amarilla. As
ataviado y con su faja de seda encarnada  la cintura y camisa fina con
botones de plata, ms pareca un chaln segoviano que un rstico de las
montaas de Asturias. Y en verdad que no desmereca su gallarda figura
con el nuevo atavo; antes bien resaltaba. Iba tan suelto y airoso como
si toda la vida lo llevase puesto.

Cuando lleg el da sealado, una hora antes de amanecer mont en su
jaco tordo, que l haba criado con mimo y al cual haba puesto por
nombre Lucero, y baj por el camino de Villoria hasta el llano. Cuando
pas por Entralgo an no haba amanecido. Dirigi una mirada  Canzana y
estuvo por subir  despedirse del to Goro y la ta Felicia, pero
llevaba l ciertos proyectos en la cabeza... Quin sabe, quin sabe!
Mejor era guardarlos en el corazn. Vade el ro, sigui hasta la Pola y
pas inadvertido como l deseaba. Entr en la carretera de Langreo y
cuando lleg  Sama ya estaba el sol haca rato sobre el horizonte.
Muchas fbricas, mucho carbn, muchas chimeneas despidiendo columnas de
humo negro y espeso. Nolo miraba con ojos torvos todo aquello y tena
vivos deseos de dejarlo atrs. Ya lo dej, ya camina por la carretera
llamada Descolgada  causa de sus agrias pendientes, ya pasa por delante
de Villa. Hermosas praderas, hermosas pomaradas, hermosas nias con su
cesta sobre la cabeza por la carretera. Ms de una volvi la cara para
seguir con la vista al mancebo de cabello ensortijado y ojos altivos.
Cuando di vista  Oviedo eran bien sonadas las diez de la maana.

Cmo lati su corazn al contemplar por vez primera aquella ciudad que
guardaba el ms caro tesoro de su existencia! La torre de la catedral
con sus festones primorosos, con sus calados de encaje, se alzaba ante
sus ojos atnitos como una maravilla. Entr por el arrabal de la Puerta
Nueva, pregunt por la posada de la Felisa y no tard en dar con ella.
Esta Felisa, mientras le frea un par de huevos y algunas lonjas de
jamn, le enter de todo lo que quiso y lo que no quiso. Supo cmo
Demetria haba dejado ya el colegio y estaba otra vez con su mam y con
su ta, supo cmo se llamaba la calle en que stas habitaban y las seas
que la casa tena, y supo tambin el nombre de todos los hijos de la
seora Felisa y el temperamento especial que cada uno de ellos tena,
as como las pruebas brillantes de ingenio que el penltimo, Joaquinn,
haba dado en ms de una ocasin de su existencia, aunque slo contaba
cuatro aos y cinco meses. Tambin se enter por separado de ciertas
costumbres poco correctas del seor Ramn, marido de la propia Felisa,
cuando regresaba al hogar por la noche con algunos vasos de vino en el
cuerpo. Fuera de estas ocasiones era un bendito, un pedazo de pan
candeal, incapaz de levantar la mano  nadie, ni siquiera de aplastar
una mosca.

Y as que almorz se fu  dar una vuelta por la ciudad y por la feria.
Una y otra estaban bien animadas. Pululaban los forasteros por las
calles en muchedumbre apretada y en mucho mayor nmero piafaban los
caballos all en el real de la feria. Mas ni la muchedumbre, ni los
monumentos, ni los escaparates de las tiendas, ni siquiera los hermosos
jacos de cuatro y cinco aos lograron llamar la atencin de nuestro
aldeano. Pasaba por delante de todo ello como si no lo viese. Del
encargo de su padre ni se acord siquiera: no tena ojos ms que para el
oscuro y vetusto casern de Moscoso. Qu negra era aquella casa! qu
grandes y severos los balcones de hierro! qu imponente aquel casco de
piedra que coronaba el escudo esculpido sobre la fachada! La impresin
que en Nolo produjo fu de pena, casi de terror. Le pareca que Demetria
deba de estar all cautiva como en una crcel y sometida  crueles
tormentos. Examin con profunda atencin el edificio, que estaba situado
en la calle llamada de Traslacerca y formaba esquina  una callejuela
solitaria, lo rode repetidas veces, escrut sus balcones y ventanas,
pero no consigui _divisarla_. En las horas que all permaneci,
disimulndose en un portal  detrs de algn carro, slo vi salir dos 
tres mujeres que parecan criadas y entrar y salir un sacerdote. Mas
cuando ya pensaba en retirarse se abri un balcn de la fachada
principal y apareci una seorita. Qu rico vestido! qu peinado
extrao! qu blanca, qu majestuosa! Quin ser?... Virgen sagrada
del Carmen! es _ella_! ella, s!... Nolo sinti un fro intenso en el
corazn. Las sienes comenzaron  latirle fuertemente y se apoy en la
pared para no caerse. Luego, pegado  ella, se desliz cautelosamente
temblando de ser reconocido y cuando estuvo lejos se di  correr
locamente hacia su posada. Subi al mezquino cuarto que le haban
destinado y se dej caer sobre el lecho llorando como un nio. No,
aquella seorita tan rica, tan hermosa, tan elegante, quiz no
recordara ya al pobre aldeano de la Braa, quiz se avergonzara si le
recordasen que haba correspondido  su amor y en prueba de l le haba
regalado los cordones de su justillo.

Sinti la necesidad de marcharse, de huir de aquel sitio donde todo le
avergonzaba, de volver otra vez  su rincn de la Braa. Alzse
resueltamente, se lav los ojos y baj  la cuadra  enjaezar su jaco.
Mientras ejecut esta operacin se fu tranquilizando. Ya estaba
avanzada la tarde y consider que, saliendo  tal hora de Oviedo, slo
muy entrada la noche podra llegar  su casa. Temi asustar  sus padres
y no saber explicar su vuelta intempestiva. Mejor sera aguardar  la
maana siguiente. Volvi  quitar el aparejo al caballo y sali 
refrescar un poco su cabeza calenturienta. Camin  la ventura huyendo
de aproximarse  la casa de Moscoso. El sol acababa de ponerse y
comenzaba el crepsculo. Di algunas vueltas por las calles principales,
pase por el parque de San Francisco y al cabo not con sorpresa que
estaba perfectamente tranquilo. Aquel amor no haba sido ms que un
sueo. Pero si una seorita tan encopetada no poda amar  un rstico,
tambin pens que era hacerle una ofensa el sospechar que se
avergonzara de conocerle. Las cartas cariosas que enviaba  Canzana no
podan infundir semejante recelo. Poco  poco y haciendo justicia al
carcter de Demetria se puso  imaginar que si sta le viese no
apartara de l los ojos, antes le saludara afectuosamente, si no como
amante, al menos como un buen amigo suyo y de sus padres adoptivos.

Y cuando menos lo pensaba se encontr de nuevo frente  la severa y
herldica casa de Moscoso. Acababa de oscurecer y empezaban  encender
los faroles. Discurra alguna gente, no mucha, por aquella calle
apartada del centro. Nolo, fingiendo ser un mozo que torna alegre de la
feria, pas por delante de la casa entonando en alta voz este cantar,
que hemos repetido alguna vez cuantos nacimos en el valle de Laviana:

    Dicen que tus manos pinchan,
    para m son amorosas.
    Tambin los rosales pican
    y de ellos nacen las rosas.
          _No llores, nia,_
      _no llores, no;_
      _no llores, nia,_
      _que aqu estoy yo_.

Se detuvo en la esquina, aguard algunos momentos y al cabo repiti en
voz ms alta el estribillo:

        _No llores, nia,_
    _no llores, no;_
    _no llores, nia,_
    _que aqu estoy yo_.

Chirri un balcn; se asom una cabeza.

--Nolo!

--Demetria!

--Da la vuelta  la esquina y arrmate  esa ventana de rejas.

El joven hizo como se le mand. Entr en la estrecha callejuela y se
acerc  la ventana. Un minuto despus una linda frente coronada de
cabellos rubios se apoyaba en la reja.

--Cmo ests aqu?

--He venido  la feria para mercar una yegua.

--Qu salto me di el corazn cuando o tu voz! Tema engaarme. Por
esa aguard  que cantases otra vez, pero te haba odo muy bien la
primera. Y cmo han quedado todos all arriba?

--Buenos y recordndote sin cesar... No sabes cunto llora la ta
Felicia!

--No ser ms que yo!--exclam sordamente la joven.

Hubo algunos momentos de silencio.

--Cundo piensas marcharte?

--Maana bien temprano.

--Y te ibas sin darme aviso de que estabas aqu?

Nolo vacil y dijo sonriendo melanclicamente:

--Pensaba que no te importara mucho el verme.

--Y por qu pensabas eso?--pregunt con inocencia Demetria.

--Porque... porque t eres una seorita y yo no soy ms que un pobre
aldeano.

--No esperaba eso de ti, Nolo!--exclam ella cerca de romper 
llorar.--Te he dado algn motivo para sospechar que no te estimaba como
antes? Has sabido de alguno de por all  quien no le haya hablado como
siempre cuando le vi por aqu? Piensas que soy seorita, que visto este
traje por mi gusto?... No, si pudiera no lo vestira... Desde que vine
 este pueblo soy tan desgraciada!... Si supieras, Nolo, qu
desgraciada soy!

Y no pudiendo ms tiempo retener sus lgrimas las dej correr.  Nolo se
le humedecieron tambin los ojos por el acento verdaderamente
desesperado con que la joven pronunci las ltimas palabras. Cuando sta
se hubo desahogado un poco dijo en voz baja secndose las lgrimas.

--Bien est, Nolo; vete con Dios. Cuando veas  mis padres... cuando
veas  mis padres dles que el da menos pensado me planto en Canzana,
que un da  otro me escapar porque no puedo sufrir ms...

--Es de veras eso?--exclam Nolo en el colmo de la sorpresa.

--Y tan de veras!... No lo he hecho ya porque no he tenido ocasin para
ello.

El mozo permaneci silencioso. Al cabo pregunt con timidez:

--Te atreves  venirte conmigo?

Demetria guard silencio tambin. Despus profiri con firmeza:

--S; me atrevo.

--Pues ya est dicho todo--exclam el mancebo recobrando su carcter
resuelto.--Maana bien temprano tomamos el camino de Laviana.

--Maana no; esta noche. De da llamaramos demasiado la atencin y nos
detendran.

Nolo qued admirado, aunque ya conoca el valor y la firmeza de su amada
en los casos difciles.

--Espera--sigui ella,--esta noche voy con mi ta Rafaela  un baile en
casa de Valledor... un caballero que vive frente  la Fortaleza en el
paseo de Porlier... Cualquiera te podr dar razn de la casa... Iremos 
las diez, poco ms  menos. Esprame en el portal. Yo buscar un
pretexto cualquiera para salir del saln y tomar la escalera... Ten el
caballo aparejado donde mejor te parezca... Crees que podr llevar 
los dos?

--Ya lo creo que podr! Es el Lucero.

--Ah, es el Lucero!--exclam ella con alegra.--Adis, que ya me estn
buscando. No faltes... Aunque tarde mucho, aguarda siempre en el
portal... Adis, hasta luego.

Nolo se apart de la ventana lleno de gozo y de zozobra al mismo tiempo.
No se le pas por la imaginacin que aquel paso arriesgado pudiera tener
consecuencias graves para ambos: era demasiado valeroso para pensar en
el resultado de sus acciones. Lo que tema era que Demetria se volviese
atrs despus que hubiera reflexionado  que le fuera imposible realizar
lo que proyectaba.

Corri  la posada, cen apresuradamente, manifest  su huspeda que
necesitaba partir aquella misma noche con unos amigos de su parroquia,
pag la cuenta y baj  enjaezar el caballo. Pero una vez que lo enjaez
con toda prolijidad y esmero (como que iba  sentarse all Demetria!)
qued vacilante y confuso frente  l. Qu iba  hacer ahora? Dnde
dejarlo? Aunque medit largo rato, ninguna inspiracin pudo obtener de
su cerebro. Al cabo, aburrido de tanta perplejidad, resolvi dejarlo en
la cuadra bien cerca de la puerta para poder tomarlo al instante cuando
le pluguiese. Antes de salir le di pienso. Lucero qued maravillado de
la enorme cantidad de cebada que le ech en el pesebre. Este chico se
va  arruinar! Con tanta cebada haba para seis veces.

Se ech  la calle y di vueltas en todos sentidos esperando las diez.
Cunto tardaban en sonar! Media hora antes se situ frente al palacio
del prcer. Desde all vi entrar muchas seoras y caballeros; ellas
rebujadas en largos abrigos con faldas resonantes de seda, ellos con
botas de charol y sombrero de copa alta ms reluciente an que las
botas. Al cabo tambin _ella_ vino. La reconoci por su estatura, por
sus cabellos; de otro modo en nada se pareca aquella arrogante dama 
la aldeana de Canzana. Pero la vi volver la cabeza  uno y otro lado
hasta que le divis, y su corazn experiment un consuelo indecible. Su
ta era ms baja. Detrs de ellas marchaba un criado que se retir en
cuanto llamaron  la puerta y les abrieron.

Una hora de espera. No se atrevi  meterse en el portal porque de vez
en cuando todava llegaba algn tertulio. Pero sonaron las once, y como
haca ya rato que nadie acuda, decidi colocarse  la puerta como le
ordenaron. Sonaron las once y media; las doce menos cuarto. Nada. La
impaciencia de Nolo iba degenerando en tristeza profunda.

No menos impaciente se hallaba Demetria. Ni el brillo del saln la
seduca, ni las notas del piano la alegraban, ni conseguan llamar su
atencin las sonrisas burlonas de las damas ni las miradas codiciosas de
los caballeros. Porque es de saber que aqullas la encontraban ordinaria
hasta el extremo, una verdadera moza de cntaro, y se rean de su
encogimiento y rudeza; pero stos la consideraban un bocado exquisito,
un pimpollo, y chasqueaban la lengua y ponan los ojos en blanco siempre
que de la nia de Moscoso se hablaba. Por eso, aunque slo haca un mes
que Demetria asista  los bailes semanales que se celebraban en aquella
casa, ya tena una muchedumbre de adoradores que giraban en torno suyo
zumbando lisonjas y ansiando libar la miel de tan esplndida rosa. Mas
su ingenuidad y simpleza los desconcertaba no pocas veces. Uno de
aquellos pisaverdes contaba noches atrs en el Casino, coreado por las
carcajadas de sus amigos, cmo en el momento crtico de estar espetando
una sentida declaracin de amor  la gentil aldeanita, sta se baj
repentinamente para llevar la mano  un pie exclamando: Dios mo, qu
dao me est haciendo este zapato! No importa.  pesar de eso todos
convinieron en que con su rusticidad  cuestas se quedaran de buen
grado con ella.

Despus de largo vacilar Demetria se resolvi al cabo. Pretextando una
necesidad urgente sali del saln. Se dirigi  uno de los criados que
haba en la antesala y le dijo:

--Deme usted el abrigo.

--Va  salir la seorita?

--S; voy  casa.

--Pepe--volvi  decir el criado dirigindose  otro,--enciende un farol
y acompaa  la seorita.

--Es intil--repuso sta con la presencia de espritu que caracteriza 
las nias enamoradas en los momentos ms difciles.--Mi criado debe
aguardar en el portal porque tena orden para ello... Venga usted, sin
embargo,  ver...

El domstico la sigui por la escalera y adelantndose luego abri la
puerta de la calle.

--Verdad es... Aqu aguarda--manifest divisando la silueta de Nolo.

--Retrese usted... muchas gracias... adis--se apresur  decir ella.

El criado cerr la puerta. Demetria avanz por el portal y sali  la
calle, pasando por delante de Nolo sin dirigirle la palabra. ste la
sigui, emparejndose con ella.

--Dnde est el caballo?

--Lo tengo en la posada... porque no saba dnde dejarlo--manifest el
mozo con timidez.

--No importa, vamos all... Retrate un poco hacia el arroyo para que
parezcas mi criado... Perdona, rapaz, pero no hay ms remedio... Tira
ese garrote.

Con harto sentimiento dej Nolo su nudoso palo de acebuche arrimado  la
pared de una casa y se apart un trecho de la elegante seorita,
caminando sin embargo  su lado. Ella le gui al travs de las calles
hacia la Puerta Nueva. Pocos transeuntes cruzaban  la sazn, y los que
cruzaban se contentaban con dirigir una mirada  la dama, sin curarse
para nada del criado.

Cuando llegaron al alojamiento de Nolo, ste se adelant unos pasos para
ver si haba alguien en el portal. No haba nadie. Entraron. Nolo fu 
la cuadra y sac el caballo  la calle y cerciorndose de que ningn
transeunte cruzaba  la sazn, llam en voz baja  Demetria. En un
instante la subi sobre el potro, mont l detrs de un salto, y arre,
Lucero!

Como se hallaban en un arrabal de la ciudad pocos instantes tardaron en
salir al campo. Subieron  galope tendido por la carretera de Castilla
hasta el paraje en que se bifurca con la de Langreo. Entonces volvieron
por primera vez la cabeza atrs. La noche era oscura y caliente. All
abajo las luces de Oviedo brillaban como una gran constelacin,
destacndose sobre ella la silueta de su torre: all arriba, espesos
nubarrones tapaban casi por completo el firmamento, dejando solamente
algunos mviles agujeros por donde se vislumbraba el centelleo de las
estrellas.

Arre, Lucero! up! up! La gallarda pareja marcha al travs de la noche
sombra. Up! up! El Lucero botaba, corra como si en vez de dos
cuerpos robustos llevase sobre el lomo un hacecillo de paja. Y
resoplando furiosamente pareca decirles: No tengis cuidado, queridos,
que por m no quedar! Nadie pareca por la desierta carretera. Los
rboles, las granjas, las ventas quedaban atrs, como si no valiesen
nada, como si no significasen nada para aquel potro valeroso. Un perro
que sali furioso  ladrarle no logr aminorar su escape y se retir
pronto mohino jurando que jams en su vida haba visto correr de aquel
modo  un caballo con dos jinetes. Lejos ya tropezaron una carreta
tirada por dos bueyes. El carretero, que dorma tendido sobre la carga,
al sentir el galope del caballo levant la cabeza, los mir cruzar
raudos y la dej caer de nuevo como diciendo: No tengis cuidado:
hud, que por m no quedar!

Up! up! Lucero galopa cuesta abajo como cuesta arriba. Sin embargo,
Nolo, previsor, comprende que en aquella forma no podra resistir las
cinco leguas que los separaban del valle de Laviana. Determina apearse.
Mas no por eso se amengua mucho la rapidez de su marcha. Arrimado al
caballo, que slo monta Demetria, y deslizndose velozmente por la
cuesta abajo, parece que los lleva  ambos sobre sus hombros hercleos.
Atrs, atrs los rboles, las casas y los hrreos, los maizales, las
pomaradas, masas informes, terribles en medio de la noche tenebrosa! Mas
he aqu que cuando menos lo soaban la luna asoma su disco argentado por
encima de una colina. Sbito la campia se ilumina, brillan las aguas
del ro, tiemblan los rboles y los maizales: todo parece un espejo
donde se repiten hasta el infinito sus imgenes. Nolo y Demetria se
estremecen y piensan con terror en que estn ya cerca de Langreo. Pero
no; la luna los mira un instante y se oculta en seguida detrs de negros
nubarrones Hud, hud, hijos mos, que por m tampoco quedar!

Sin embargo, las nubes no se mostraron tan propicias. Comienzan  caer
algunas gotas enormes de lluvia y poco despus un aguacero torrencial.
Se refugian debajo de un hrreo y aguardan bastante tiempo. Demetria
quera seguir, pero Nolo se opone porque teme, que una mojadura le haga
dao. Al cabo salen del cobertizo y emprenden con ms gana su carrera.
Atraviesan la villa de Sama. Las altas chimeneas como negros fantasmas,
ni aun en aquella hora avanzada de la noche, dejan de vomitar vapores
infernales. Nolo y Demetria las contemplan con horror y se muestran
satisfechos cuando las dejan atrs. Llueve de nuevo y de nuevo se
refugian bajo el corredor de una casa. Por fin llegan  la Pola, siguen
 Entralgo y para vadear el ro se ve necesitado Nolo  mojarse hasta la
cintura porque teme que el caballo resbale con los dos y d con ellos en
el agua. As, montada slo Demetria y llevando l  Lucero por el
diestro, se salvan de un percance. Cuando tocan en las casas de Entralgo
comienza  llover con violencia. Debajo del corredor emparrado de la
casa del capitn se guarecen. Era ya cerca del amanecer.

Al verse en su parroquia, tan prxima  su casa, se le dilata el pecho 
Demetria y se le suelta la lengua. Qu ajena estara su madre de la
sorpresa que iba  darle! Cmo dormiran los pobrecitos de sus
hermanos! Era necesario aguardar all  que rayase el alba para no
darles un susto. Nolo hall bueno el pensamiento y abriendo el establo
de D. Flix meti y amarr el caballo dentro. Para ir  Canzana no lo
necesitaban ya. Sentronse en el famoso canap de piedra, delicia de su
amo. La lluvia bata con montono son la gran pomarada que tenan
delante y repicaba sobre la parra.

--Esta agua es una bendicin para el maz, Nolo--profiri Demetria al
odo del mozo.--Cmo est la siembra de mi padre?

--Buena; levanta ya ms de un palmo.

--Oh, es que mi padre sabe trabajar la tierra y sabe abonarla!--exclam
con arrogante alegra.--Y vuestra escanda y vuestro centeno?

--Tampoco marcha mal... Nuestra tierra es peor que la de tu
padre--aadi sonriendo.

--S, s, pero vosotros cogis un caudal de avellana y nosotros muy
poca... Adems, criis un ganado!... Qu ganado, Virgen! En ninguna
parte lo he visto tan lucido.

Nolo se resista  concederlo por modestia. Ella insista, preguntaba
por todas las vacas que conoca perfectamente, se interesaba por las que
haban parido y quera saber el sexo de la cra y si estaban gordas 
flacas. Tambin se inform de las de sus padres y qued sorprendida
cuando Nolo le dijo que haban vendido la Sala.

--Cmo! Han vendido la Sala y no me han avisado?--exclam con
despecho.

Nolo le manifest que la venta era muy reciente y que no haban tenido
tiempo. Se tranquiliz, pero de todos modos lo senta. Cuntas veces la
haba ordeado! Qu noble era! qu lechar, qu mantequera! No
adivinaba la razn que su padre habra tenido para desprenderse de ella.

La lluvia segua redoblando sordamente sobre los pomares y la parra.
All en el establo, detrs de ellos, se oan de vez en cuando los
mugidos del ganado.

Sin embargo, una dbil claridad comenzaba  esparcirse por el Oriente.
Era necesario pensar en marcharse. Aguardaron todava algunos minutos y
cuando observaron que la lluvia ceda un poco se lanzaron fuera del
techado y  paso rpido llegaron al Campo de la Bolera, atravesaron el
riachuelo sobre el puente de madera y comenzaron  subir por el
retorcido y pintoresco sendero que conduca  Canzana.

No se fatigaba, no, aquella gallarda pareja por lo agrio de la cuesta!
Sus piernas la conocan bien y cada piedra poda dar testimonio de la
presin de sus pies. Los de Demetria iban calzados ahora de un modo bien
distinto, con zapato de baile. No importa, las piedrecitas los
reconocan perfectamente y les daban la bienvenida.

--Algunas veces he subido y bajado este camino con un cesto bien grande
de ropa sobre la cabeza cuando vena  lavar con Flora--profiri
alegremente la joven.

--Flora est en Entralgo.

--Est en Entralgo? Habr venido  ayudar  doa Robustiana... Como
ahora ya est el amo ah... No se alegrar poco de verme!

--Pero no sabes lo que ha pasado hace pocos das?

Demetria no saba nada. Entonces Nolo le notici lo que haba ocurrido
dos das antes de su salida para Oviedo, el reconocimiento de Flora por
hija del capitn y lo satisfechos que estaban todos los paisanos con
aquella seorita criada entre ellos. Demetria dej escapar tambin
exclamaciones de alegra. Ya lo creo que se alegraba! Estaba segura de
que Flora, aunque rica y seorita, sera su buena amiga.

--Pero t tambin eres seorita!--apunt Nolo en voz baja y sonriendo.

El semblante de la joven se oscureci.

--Calla! calla! No hables de eso.

Llegaron por fin  las primeras casas de Canzana. Cmo le lata el
corazn  Demetria! Se acercaron  la del to Goro. ste se hallaba ya
en el establo ordeando. Nolo le llam desde la puerta. El hombre ms
sabio de Canzana qued altamente sorprendido de verle en aquella hora
por all. Mas cuando sali y se encontr frente  Demetria de aquel modo
ataviada se puso densamente plido y dej caer al suelo el jarro con la
leche. Demetria le abraz sollozando. Pocas explicaciones bastaron para
darle cuenta de la escapatoria. El to Goro se vi tan perplejo en
aquella ocasin que  pesar de su reconocida profundidad no supo decir
una palabra y se content con llorar como cualquier ignorante.

Era necesario prevenir  Felicia que an dorma. El to Goro subi las
escaleras y la llam dicindole que se vistiese de prisa, que la
necesitaba. Pero Demetria no esper  que bajase: en cuanto oy sus
pasos en la sala sin poder contenerse subi la escalera gritando:

--Madre! madre!

--La buena mujer cay en sus brazos.

--Madre! madre! madre! Ya estoy aqu! Madre! madre! madre!

Demetria abrazada  ella repeta con frenes este sagrado nombre como si
quisiera indemnizarla del tiempo en que no haba podido drselo. Manoln
y Pepn saltaron de la cama en camisa y se abrazaron  sus faldas
gritando de alegra. Demetria los cogi al fin y elevndolos del suelo
los bes con arrebato infinitas veces. Dejndolos luego exclam:

--Traedme mi vestido! Traedme mi dengue, mi saya de estamea, mis
corales!... No quiero ms estos trapos!

Y con tal mpetu comenz  despojarse de su rico traje que en vez de
quitrselo lo desgarraba. La seda cruja entre sus dedos robustos de
paisana. Al cabo entr en su cuarto y pocos instantes despus sali
vestida de aldeana. Nolo sinti latir su corazn con violencia y un rayo
de alegra ilumin su semblante. La ta Felicia, sofocada por el llanto,
no supo ms que exclamar:

--Cunto ms hermosa ests as!, mi reitana.

Pero el to Goro supo al fin encontrar en lo recndito de su cerebro una
sentencia adecuada.

--La verdadera hermosura, Felicia, no est en el cuerpo, sino en el
alma.

Sin embargo, un paisano que cruzaba  la sazn se enter de lo que
ocurra en casa del to Goro y le falt tiempo para comunicarlo  las
vecinas que ya se haban levantado. La noticia circul como una chispa
por el pueblo. Pocos minutos despus se amontonaba delante de la casa
del to Goro un grupo bien compacto de mujeres deseando ver  Demetria y
saludarla. sta se asom al corredor y fu victoreada como un diputado.
Pero sus amigas no se contentaban con esto: fu necesario que bajase y
se dejase abrazar y besar por todas y cada una.

Mientras tanto Nolo, que senta vergenza entre tanta gente, se desliz
sin despedirse, prometindose volver en seguida por si algo ocurra.

Las amigas de Demetria, aunque se mostraban alegrsimas y no cesaban de
pellizcarla y empujarla para dar testimonio de ello, ocultaban no
obstante en el fondo de su alma una amarga decepcin. Todas haban
contado hallarla vestida de seorita. Mientras haba permanecido por
all haban corrido en la aldea, entre el elemento femenino, rumores de
gran sensacin, noticias estupendas. Se hablaba de una cola larga,
larga, de terciopelo que dos pajes llevaban cuando Demetria sala  la
calle, de una ristra de brillantes como avellanas que se pona  guisa
de corales en el cuello, de unos zapatos con tacn de oro y de otras
maravillas innarrables que sobresaltaban la fantasa de las zagalas
hasta un punto imposible de describir. Una de ellas no pudiendo
contenerse al cabo le dijo tmidamente:

--Demetria, si no te incomoda, has de ponerte luego para que la veamos
la cola de terciopelo... Nosotras te la llevaremos en lugar de los
pajes.

Demetria la mir estupefacta y soltando una gran carcajada se abraz 
ella besndola.

[imagen decorativa]




XX

Rapto de Demetria.


Naturalmente la noticia lleg al instante hasta Entralgo. Naturalmente
Flora acuda pocos minutos despus  Canzana tan roja por el placer como
por lo agrio de la pendiente, abrazaba estrechamente  Demetria, la
besaba, la pellizcaba y la morda. Y lo que es menos natural, pero no
menos cierto, poco despus convenca  su padre de que deba montar
inmediatamente  caballo y trasladarse  Oviedo y manifestar  sus
cuadas que _aquello_ ya no tena remedio. El capitn hizo como se le
mandaba. En cuatro patas se hubiera puesto si Flora se lo hubiera pedido
en aquellos das. No fu tan difcil su comisin como tema. Las
seoritas de Moscoso se hallaban profundamente irritadas contra
Demetria; no queran verla ms delante de sus ojos. D. Flix se guard
de decirles que la interesada estaba resuelta  secundar de todo corazn
su deseo. Pero se aprovech para sacarles  cambio de tanta crueldad
algn dinero para constituir una dote  Demetria. Este dinero no era
mucho en la ciudad, pero en la aldea representaba una suma fabulosa.
Satisfecho de su astucia y alegre por causar un placer  su hija, di la
vuelta nuestro hidalgo para Laviana. Las noticias que traa llenaron de
gozo  todos. Pero Flora todava tena otra cosa que pedir. Cundo
cerrara el pico aquella vivaracha nia? Quera  todo trance que la
boda de Demetria se celebrase cuando la suya, en los primeros das de
Agosto. As se convino.

Comenzaron los das felices. Era ya entrada la primavera: su hlito
fragante corra por el valle de Laviana tindolo de todos los verdes
imaginables, desde el ms claro hasta el ms oscuro. Caan las flores de
los rboles y caan sin tristeza, porque en su puesto dejaban pequeos
botones que muy pronto se trocaran en sazonados frutos. Los pjaros
principiaban su certamen de amor modulando canciones en el bosque.
Murmuraba el ro batiendo los cristales de sus aguas contra los
pedruscos que interceptaban el camino; rean las fuentes discretamente
bajo su emparrado de avellanos; saltaban los chotos en la pradera de
esmeralda; las altas montaas se desembarazaban majestuosamente de su
cendal y exponan la blanca cabeza al sol para que la derritiese.

Todo esto suceda cada ao, es verdad, pero en ste no eran ms verdes
los prados, no eran ms claras las fuentes, no corra ms lmpido el
ro, no cantaban ms dulcemente los mirlos y los jilgueros? No lo s,
pero si as no era, debiera ser as. Porque de algn modo estaban en el
deber de celebrar la prxima unin de tan gallardas parejas. De todos
modos, digmoslo con entereza, importara poco aquel ao que el soplo de
la primavera corriese  no corriese por el valle de Laviana. Bastaran
los ojos incomparables de Demetria para iluminarlo todo bien claramente;
bastara la risa argentina de Flora para tornarlo alegre y regocijado
como ningn otro valle de la tierra.

Sin embargo, mucho negro haba en el valle de Laviana este ao. Las
bocas de las minas vomitaban cada da ms carbn, las fraguas despedan
ms humo, la locomotora dejaba ms escorias  su paso al travs de los
campos. Pero lo ms negro de todo lo negro que haba en Laviana era
Plutn. Aquel hombre ya no era hombre, sino un pedazo de carbn con
brazos y piernas. Desde Carrio donde se alojaba se haba venido 
Canzana, donde un incauto vecino le recibi por husped. Lo fu tan
molesto que  los pocos das de buena gana le hubiera echado. Pero no se
atrevi  hacerlo porque al instante le inspir un gran terror, como 
todos los que se le acercaban. Lo mismo le importaba  aquel malvado dar
una pualada que beberse una copa de aguardiente. Demetria le tropezaba
de vez en cuando, unas veces en la aldea, otras camino de la fuente y
siempre que le vea no poda menos de estremecerse. El recuerdo del
agravio que aquel hombre asqueroso la haba hecho  orilla del ro
asaltaba su imaginacin y siempre estaba temiendo que se repitiese. Pero
no; Plutn se contentaba con dirigirle largas miradas entre codiciosas y
burlonas sin dirigirle la palabra. Una vez, sin embargo, al asomarse al
corredor por la noche, crey ver en la calle relucir unos ojos entre las
tinieblas, mirndola fijamente. Se retir con presteza y en toda la
noche no pudo conciliar el sueo. Otra vez al entrar  la hora
acostumbrada en la glorieta de la fuente  llenar su herrada le encontr
all dentro sentado sobre el banco de piedra. Corriendo di la vuelta 
casa sin llenar la herrada.

De estos recelos y sobresaltos no daba cuenta  nadie. Era la zagala
reservada y valerosa, y por otra parte imaginaba que si Nolo se enteraba
podra buscar quimera al minero. Dios sabe lo que entonces sucedera.
Porque era un traidor aquel hombre, un diablo del infierno! Pero una
tarde, como viniese emparejada con su novio de la Pola,  donde haba
ido  comprar algunos enseres de cocina, se cruzaron con algunos
mineros que, lejos de saludarles al uso tradicional de la tierra, los
miraron con burlona curiosidad. Caminaron algunos instantes en silencio,
heridos de aquella hostilidad inmotivada. Demetria exclam de pronto:

--No quisiera vivir ms en Canzana, Nolo! Llvame  la Braa, llvame
lejos de estos hombres blasfemos y malditos!

Nolo alz los hombros con desesperacin.

--Donde quiera que vayamos, Demetria, nos seguirn. Dentro de poco
tiempo no quedar en este valle ningn sitio sin agujerear.

Haba sido convenido que Nolo, despus de casado, viniese  habitar 
Canzana con Demetria y sus padres. El to Goro se haca ya viejo y
necesitaba quien le ayudase  cultivar las tierras: su labranza era
mucha: sus hijos tan pequeos, que en largo tiempo an no deba contar
con ellos. Por otra parte, el capitn haba resuelto comprar con la dote
de Demetria algunos prados y tierras labradas en la parroquia de
Entralgo para que all se asentasen. Flora rogaba por Dios y por la
Virgen que no la apartasen de aquella amiga tan querida que por afinidad
era ya prxima deuda de su padre.

Al da siguiente de este insignificante suceso se amasaba la borona en
casa del to Goro. Felicia sola enviar  sus chicos  los castaares 
buscar hoja para cubrir la pasta y echar el rescoldo encima. Demetria
quiso hacerlo por s misma esta vez, pues los chicos iban  perder la
escuela. Sali  la tarde provista de una pequea hoz de mango corto y
se intern por los bosques de castaos que rodean  Canzana, buscando
uno que era propiedad de su padre. Se hallaba bastante lejos: era
necesario bajar al fondo de la garganta por donde corra un arroyo que
separaba la parroquia de Entralgo de la de Carrio y subir luego un
trecho ms. As lo hizo y en esto se placa mucho. Su corazn, despus
de la estancia en la ciudad estaba ansioso de la libertad de los
bosques, del canto de los pjaros, de aquella luz tan suave, de aquella
brisa fragante que recordaba con dolor mientras estuvo prisionera en
Oviedo.

Lleg por fin  su castaar, que no haba visto hara cerca de un ao, y
se sinti enternecida. Conoca los rboles y tena de cada uno algn
recuerdo. Al pie de ste hicimos una hoguera Telva, Rosaura y yo y
asamos castaas. De este tan alto se cay Celso el de la ta Basilisa,
antes de ir al servicio del rey, y no se hizo dao ninguno... qu susto
nos di!... En ese otro escribi Juann de Mardana mi nombre... aqu
est!... Tales recuerdos dilataron su corazn. Comenz  cortar algunas
pequeas ramas, aquellas que no hacan falta  los rboles, y mientras
tanto solt el torrente de su voz cantando una de las baladas del pas.
En Oviedo no poda cantar de aquel modo con todo el aliento de su pecho.
Siempre el horrible solfeo, el aburrido piano! En cuanto daba una voz
ms alta que otra chut, chut, silencio!

Aunque estaba bien distrada al cabo de un rato crey percibir detrs
leve ruido y se volvi. Frente  ella y bastante prximo se hallaba
Plutn, negro y endemoniado como un tizn y con su lmpara encendida
colgada del brazo como si acabase de salir de la mina.

Se puso plida, pero no di un paso atrs.

--Buenas tardes, Demetria--dijo l.

--Felices--respondi ella secamente.

--Por qu no sigues cantando?

--Porque no tengo ganas.

--Soy yo quien te las quito?

--Quiz.

Hubo una pausa. Plutn dijo avanzando un paso hacia ella:

--Pues ms que las rosquillas de Santa Clara baadas de azcar, ms que
el vino de Rueda y el aguardiente de sobre-mar me gusta oirte  ti...
Canta, Demetria!

--Te digo que no tengo gana... No te acerques!

Y retrocedi algunos pasos asustada.

--Si no es para hacerte dao, mujer!--profiri l detenindose.--Slo
quiero decirte dos palabras al odo... dos palabras solamente.

--Pues yo no quiero oirlas... No te acerques!

Plutn avanz algunos pasos y ella retrocedi otros tantos blandiendo en
su mano derecha la hoz.

--En cuanto te las diga me marcho--manifest l sonriendo
diablicamente.

--No te acerques!--exclam de nuevo retrocediendo.

Esto era lo que apeteca Plutn. Detrs de ella,  dos pasos nada ms,
se hallaba una chimenea  boca de respiracin de la mina que l mismo
haba concludo de abrir el da anterior y que nadie conoca.

--Por qu no quieres escucharme?

--Porque no!... Vete!

Retrocedi los dos pasos que le faltaban y cay en el agujero. Pero ya
Plutn haba dado un salto prodigioso y antes que desapareciese la
agarr por el brazo. No la alz, sin embargo, sino que, tenindola
suspendida, l mismo se precipit en el agujero, y con su agilidad de
mono y adiestrado en bajarlo y subirlo, descendi con su carga
velozmente, apoyndose con los pies en las escalerillas que su mano
haba tallado.

Bajaron hasta la galera de la mina y all cayeron. Plutn de pie,
Demetria de espalda. Aqul quiso ayudarla  levantarse, pero ella se
alz bravamente en seguida y recogiendo precipitadamente la pequea hoz
que brillaba en el suelo porque la haba dejado caer en su descenso, se
alej de l blandiendola con su mano crispada. Se hallaban casi en
tinieblas. Por el largo y estrecho agujero por donde haban descendido
apenas penetraba un tenue rayo de luz.

--Ests en mi poder, Demetria. No te escapes, porque es intil--dijo el
minero sordamente recogiendo del suelo su lmpara que se haba apagado.

Se oa la respiracin anhelante de la joven que no respondi una
palabra.

--Me tienes miedo, verdad?... Pues dentro de poco llorars por m,
pichona. Te parezco feo, verdad? Pues no tardars en besar esta cara
tan fea y tan negra. Y no temers mancharte acercando  ella la tuya,
blanca como la leche y suave como la manteca. Ya vers cmo debajo de
esta capa de carbn hay un hombre que sabe tratar como se merecen  las
nias bonitas...

Aqu Plutn solt una formidable carcajada. Su triunfo le embriagaba.
Demetria estaba muda.

--Quin te haba de decir, hermosa, cuando arrastrabas hace poco la
cola por Oviedo, que tan pronto habas de llegar  pedir perdn  este
pobre minero y  besarle los pies?... Porque has de besrmelos, sabes?
De otra suerte no saldrs ms de aqu. No quisiste ser seorita,
preferiste ser aldeana. No te aplaudo el gusto y menos que lo hayas
hecho por amor  ese zote de Villoria. Pero no creas que me opongo  que
te cases con l. Sigue tu camino. Lo nico que quiero es que ntes me
pagues el portazgo...

Volvi  soltar Plutn otra satnica carcajada, enteramente seguro de
que Demetria sucumbira  su deseo.

--Vamos, ven ac, cacho de cielo... Algo bueno nos haba de tocar una
vez siquiera  estos pobres que nos pasamos la vida dentro de la tierra
como los topos comiendo y respirando carbn... T no sabes, palomita,
que estoy envenenado desde que te rob aquellos besos junto al ro? T
no sabes que me he pasado muchas noches en vela pensando en ti? No
sabes que aqu dentro del pecho todo el gas que tena se ha inflamado de
pronto y estoy ardiendo en vida por ti?... Ven ac, rosa temprana!...
ven, cerecita dulce!

Plutn avanz unos pasos con los brazos extendidos. Demetria, cuyos ojos
se haban acostumbrado ya  la oscuridad, le vi venir y retrocedi por
la galera.

--No te acerques, granuja, malvado!

--Qu! nos hacemos remolones? De nada te valdr, princesa--dijo el
monstruo.--Escucha, Demetria. Has cado en una ratonera. En esta galera
nadie trabajar ni nadie pasar hasta que yo abra otra chimenea, y
tardar lo menos quince das. Figrate si hay tiempo para que se pudra
ese cuerpecito amasado con rosas y leche! Gritars y no te oirn;
tratars de salir y te extraviars cada vez ms, porque no conoces ni
los pisos ni las galeras y marchars  oscuras... As, pues, allnate 
ser un poco dulce,  me marcho y te dejo aqu sepultada en vida...

--Mrchate ya, bandido. Djame morir, que si no las pagas en este mundo
las pagars en el infierno.

--El infierno!--exclam Plutn riendo.--Ests en l, querida! No has
aprendido en la doctrina que el infierno est debajo de la tierra? Pues
debajo te encuentras y nada menos que en compaa del diablo mayor. Pero
este diablo que t aborreces, cuando est enamorado es ms blando que un
cordero y sabe hacer caricias como los ngeles... Ya vers, ya
vers!... La sangre que corre debajo de esta corteza de carbn es
encarnada como la de ese palurdo de la Braa y es ms caliente... Ya
vers, ya vers!... Nadie nos oye, nadie nos ve... Al fin saldrs de
aqu, te lavars... y como si no hubiera pasado nada... Plutn se
quedar en el infierno y t volvers al cielo... Ven  mis brazos,
terrn de azcar! ven, pedazo de gloria!...

Plutn avanz rpidamente y quiso echar mano  la zagala; pero sta,
arrojndose atrs con igual presteza, alz la pequea hoz y la descarg
con toda la fuerza de su brazo sobre la cabeza del traidor. Cay al
suelo. Demetria le vi inmvil y crey ver tambin la sangre que le
cubra el rostro. Pens que le haba matado y huy despavorida por la
mina y qued envuelta al instante en completa oscuridad. Sin embargo,
marchaba, marchaba siempre. No pensaba en su situacin, sino en la
muerte que acababa de cometer. Pero las tinieblas se espesaban y sus
pies iban dando tropezones, hasta que al fin cay. Alzse y sigui
marchando y volvi  caer y torn  levantarse. Al cabo crey percibir
un tenue rayo de luz  lo lejos. March hacia l con la esperanza de
hallar salida. Pero la luz proceda de una chimenea como aquella por
donde haban descendido. Di gritos  la boca de ella. Nadie le
respondi. Grit hasta que qued sin voz. Slo entonces se di cuenta de
su situacin horrible. Intent volver sobre sus pasos al sitio donde
haba estado; pero las piernas se negaron  obedecerla. Vea  aquel
hombre tendido y manando sangre: sus cabellos se erizaban de terror.
Sigui avanzando. Y otra vez cay y otra vez se alz: tropezaba con las
paredes, con los puntales de sostn. Caminaba con las manos extendidas
siguiendo el trayecto de la galera. Algunas veces penetraba en el hueco
de un tajo, pero se encontraba sin salida y volva atrs y de nuevo
segua el curso de la mina. Al cabo volvi  percibir otro rayo de luz.
Su corazn se dilat con la esperanza de hallar salida. Pronto se disip
no obstante: la luz proceda de otro respiradero. Sin embargo, al
acercarse  l observ que era menos largo que los otros. All en lo
alto se divisaba un puntito de cielo. Entonces, con las pocas fuerzas
que le quedaban grit hasta romperse la garganta. Nadie respondi.

Quiso seguir, pero comprendi que ya era intil. Un sudor fro baaba su
frente. Mirando aquel puntito claro de cielo permaneci largo rato con
los ojos muy abiertos. Poco  poco aquel puntito tambin se fu
oscureciendo. La tarde declinaba. Pronto se borr por completo. Qued en
tinieblas. Entonces cay de rodillas y or con fervor, pidiendo  la
Virgen su salvacin. Or hasta que no pudo ms y al cabo cay deshecha
sobre el duro suelo y qued dormida. Y so en poco tiempo multitud de
cosas. Crea estar en Oviedo en los salones de Valledor. De pronto se
abra la puerta, apareca un hombre y preguntaba por ella. Todos la
miraban con sorpresa. Aquel hombre era su confesor. La sacaba del saln,
la llevaba  la catedral y la encerraba en un confesonario: luego se
marchaba, y las puertas del templo se cerraban. Qu angustia! qu
desesperacin!... Pero  fuerza de golpes lograba romper la puerta, y
sin saber cmo se encontraba en medio del campo... Un golpe de gente
vena hacia ella gritando: Huye, Demetria, huye! Ah viene! ah
viene!--Quin viene?--preguntaba ella.--Un lobo! un lobo que est
rabioso! Y ella se daba  correr; pero no poda: las piernas le pesaban
como si fuesen de plomo: los dems corran y ella no poda seguirles. Y
detrs se escuchaba el jadear de la fiera. Se volvi para mirarla; el
lobo tena la cabeza de Plutn. Lanz un grito y despert...

Al principio no se di cuenta de su situacin: crea estar en la cama
como todos los das y mostr alegra al verse libre de aquella pesadilla
horrible. Pero cuando se recobr y se hizo cargo de dnde se hallaba, un
estremecimiento de terror paraliz sus miembros. No pudo gritar ni
moverse. Al cabo se incorpor: sus labios murmuraron: Jess,
assteme! Comprendi que era necesario morir y pidi al cielo que no le
hiciese sufrir mucho tiempo. Se despidi con el pensamiento de sus
padres, de sus hermanos, de sus amigas, de Nolo... Y un sollozo que se
haba ido formando poco  poco dentro de su pecho estall al cabo como
una nube cargada de agua. Llor largo rato, llor copiosamente. Las
lgrimas baaban su rostro, caan sobre sus manos y las escaldaban.
Cuando ya no pudo llorar ms sinti una sed abrasadora. Pero gotas de
agua filtraban por las paredes y por el techo. Con el hueco de las manos
recogi  tientas algunas de estas gotas y las bebi. Saba el agua 
carbn, pero no importaba. Al cabo su sed se calm. Volvi  orar con
todo fervor, se encomend  Dios de todo corazn y de nuevo qued
dormida.

Al despertar penetraba ya la luz por la chimenea. De nuevo sinti una
sed abrasadora y otra vez volvi  calmarla con el agua sucia que manaba
de las paredes. Mir por el agujero y vi el puntito de cielo. Esta
vista infundi en su pecho un ansia loca de vivir. Se levant haciendo
un esfuerzo y quiso proseguir su marcha buscando la salida. Mas apenas
haba dado algunos pasos sus piernas se doblaron y no pudo seguir. Cay
desfallecida. Un sudor fro, el sudor de la agona volvi  correr por
su frente. Pero en aquel instante crey oir una voz que llegaba  ella
de la tierra por el respiradero. Se alz, se aproxim ms  l y con ms
claridad oy la voz de un hombre que cantaba all arriba. El canto no
era del pas sino playera andaluza. Entonces arrimando la boca al
agujero grit con todas las fuerzas que le quedaban: Celsoo! Fu un
grito horrible, extrao, semejante  un aullido. Como si con l exhalara
toda la vida que an tena, despus de lanzarlo cay al suelo desmayada.

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XXI

Purificada.


Demetria tardaba mucho en venir con la hoja. Felicia impaciente despach
al zagalillo que tenan para el ganado en su busca. Volvi diciendo que
no la haba visto por ninguna parte. Entonces la buena mujer hizo llamar
 su marido, que estaba en la huerta, y le envi al castaar, ya con
algn cuidado. Tampoco el to Goro encontr all  su hija aunque la
llam repetidas veces en alta voz. El agujero de la chimenea recin
abierta estaba disimulado por la maleza y no pudo verlo. Di la vuelta 
casa. Tanto l como su esposa comenzaron  sentir zozobra. Baj 
Entralgo por si acaso su hija se hallaba con Flora. No la hall ni
supieron darle razn de ella. Entonces sigui  Carrio, porque el
castaar donde haba ido  cortar hoja no estaba lejos de este pueblo.
En Carrio nadie la haba visto. Desde all, atravesando el ro por la
barca, se traslad  la Pola. Tampoco nadie la vi por all.

Mientras tanto la ta Felicia haba despachado  toda prisa al zagal 
la Braa, sospechando que hubiera podido ir  hablar con Nolo. ste
qued muy sorprendido de la noticia y se vino  toda prisa con el zagal
 Canzana. Cuando lleg poco despus el to Goro y les di cuenta del
resultado infructuoso de sus viajes quedaron consternados. Un mismo
pensamiento les haba asaltado  los tres, aunque no se atrevan 
manifestarlo. Demetria se haba ido de nuevo  Oviedo. La vida de la
aldea se le hizo sin duda aborrecible despus de ser seorita y, por
vergenza de explicarse, se haba escapado. Los tres guardaron silencio
sin comunicarse sus sospechas. El da haba tocado ya  su trmino y era
noche cerrada.

El to Goro baj de nuevo  Entralgo y comunic sus sospechas con el
capitn. Este no quiso confirmarlas; le costaba mucho trabajo suponer
que Demetria, despus de lo acaecido, tuviese deseos de volverse 
Oviedo. Sin embargo, hizo montar  caballo  su criado Manolete y le
envi  all con objeto de averiguarlo. Felicia, enloquecida y
acongojada, quiso marcharse al monte y buscar por todas partes  su
hija. Nolo trat de disuadirla. En aquella hora no era posible que la
encontrasen aunque le hubiera pasado algn accidente. Adems el mozo de
la Braa dudaba que le hubiera acaecido nada malo; se inclinaba ms bien
 creer en la huida  Oviedo. Su amor era grande pero receloso, y,
aunque Demetria nunca le diera motivos para dudar de l, le pareca bien
extraordinario que se allanase  ser aldeana pudiendo ser seorita. No
le fu posible persuadir  la ta Felicia. sta sali de Canzana antes
que el to Goro volviese de Entralgo. Nolo no quiso que fuese sola y la
acompa. Tomaron un farolito y se lanzaron al campo y comenzaron 
recorrer escrupulosamente, todos los caminos y senderos prximos al
pueblo y  registrarlos. Hicieron lo mismo con los que conducan al
castaar. Anduvieron por los contornos de Carrio; subieron al monte.

Nada; sus registros resultaban siempre intiles. La desventurada
Felicia lloraba sin cesar. Nolo haca esfuerzos por animarla. Pero tanto
como ella necesitaba l de alientos, aunque por diferente motivo. l se
afirmaba cada vez ms en que Demetria se haba marchado  Oviedo. Ella,
ms perspicaz porque la amaba con corazn de madre, se aferraba en que
le haba acaecido un percance.

Ms por complacerla que por esperanza de obtener resultado alguno, Nolo
consinti en recorrer los montes que dominaban el castaar del to Goro.
Vagaron por ellos  la ventura sin tropezar ser viviente. Al cabo
divisaron entre los rboles una luz.

--Dnde estamos?--pregunt Felicia que con la pena y tanto paseo se
haba mareado.

--Cerca de la cabaa de Pepa la Pura.

Esta Pepa la Pura era una mujer  quien, apenas muertos sus padres,
cuando contaba veinte aos, sus dos hermanos varones arrojaron de casa.
La desgraciada, en vez de expatriarse  ponerse  servir de criada,
prefiri marcharse al monte. Y dando pruebas de una energa maravillosa,
casi sobrenatural, construy por s misma  ayudada solamente de algn
vecino caritativo una choza para guarecerse: se puso  cultivar la
tierra balda. Con esto y con algn jornal que sola ganar en Canzana
ayudando en sus labores  los vecinos se haba podido mantener. Aunque
habitaba enteramente sola y cuando joven era bella supo defender su
honestidad tan bravamente que los mozos de la parroquia le pusieron por
sobrenombre la Pura y este apodo le qued. Ahora ya era vieja, aunque no
tanto como aparentaba. Los rudos trabajos, las privaciones y la accin
de la intemperie haban arrugado su rostro antes de tiempo.

Al acercarse  su choza pudieron verla al travs de la puerta
entreabierta. Estaba lavando la pobre escudilla en que haba cenado y
disponindose para acostarse en el msero camastro que ocupaba la mitad
de su vivienda. Felicia la llam.

--Quin va?-pregunt ella sin mostrar susto alguno y dirigindose  la
puerta.--Ah, eres t, Felicia!... y t tambin, Nolo!... Qu viento
os trae por aqu?

La pobre Felicia se ech  llorar sin responderle. Nolo dijo:

--Demetria ha desaparecido desde esta tarde y nadie sabe dnde se
encuentra. Sabes t algo?

--No, no... yo no s nada.. Cmo quieres que sepa?--respondi con
agitacin.

--El castaar donde fu por hoja no est lejos de aqu: pudieras bien
haberla visto...

--No, no... yo no la he visto... Yo estuve todo el da sallando el maz
ah arriba... No la he visto, no!...

Si Nolo estuviera dotado de ms perspicacia  malicia no le hubiera
pasado inadvertido el aturdimiento de la Pura. Pero nada ech de ver y
cuando aqulla les invit  descansar un momento acept y entraron. La
ta Felicia tena en verdad necesidad de reposo. Pepa la agasaj y la
consol cuanto pudo. Se comprenda que las lgrimas de la desdichada
madre le hacan dao. Se haba puesto plida y temblorosa. Cuando al fin
salieron de la choza les acompa un rato. Felicia quera proseguir sus
investigaciones, mas Nolo se opuso resueltamente  ello: sobre ser
intil, el estado de fatiga en que se hallaba no lo permita. Por la
maana bien temprano volveran  comenzar.

Segn caminaban por el monte abajo, la Pura se haba ido quedando un
poco rezagada. Tir un poco de la manga de la camisa  Nolo y
acercndose  su odo cuanto pudo le dijo en voz apenas perceptible:

--Tengo que hablarte... Vuelve en seguida.

Turbado qued el mancebo. Acompa en silencio hasta Canzana  la que
pronto deba de ser su madre y se despidi de ella  la puerta de casa.
Cmo? Eso no poda ser! Felicia quera  todo trance retenerle y que
durmiese aquella noche en Canzana. Nolo se obstin en volverse  la
Braa, pretextando que nada haba dicho  sus padres y podan estar con
cuidado. Maana al amanecer volvera para continuar la busca de
Demetria. No fu posible  la buena mujer convencerle. Se despidi de l
llorando y de este modo entr en la casa.

Nolo permaneci un instante fuera. Luego, en vez de tomar el camino de
la Braa, se sali de la aldea  toda prisa por el extremo opuesto.
Busc el sendero del monte y se embosc por los castaares que en
aquella hora estaban lbregos y medrosos. El mozo los atravesaba con
paso vivo y resuelto, ms emboscado an en sus propios pensamientos y
recelos. La primavera, prdiga siempre en aquel valle, amontonaba la
hoja en los rboles y la fronda de los helechos en el suelo, de tal modo
que ni un rayo de luz penetraba en los parajes que recorra. Pero Nolo
era hombre de las montaas y si no conoca los senderos los adivinaba.

Cuando sali de los castaares y se encontr en el monte descubierto, el
resplandor plido de las estrellas le pareci una gran iluminacin. Con
paso an ms rpido ascendi en poco tiempo hasta divisar la cabaa de
la Pura. No vi luz y le sorprendi, porque contaba que le estuviese
esperando. Se acerc: la puerta estaba cerrada. Detvose, un momento
lleno de confusin y al cabo llam dando un golpe.

--Quin est ah?--pregunt la mujer como si despertase sobresaltada.

--Soy yo, Pepa.

--Quin es?--volvi  preguntar como si no le reconociese.

--Soy yo, Nolo.

--Perdona, Nolo, pero ya estoy en la cama.

--No acabas de decirme que volviese en seguida? Pues ya estoy aqu...
Abre!--profiri el mozo irritado.

--Aguarda un momento--respondi ella con acento de mal humor.

Se ech sus pobres vestidos encima, encendi el candil y abri la
puerta.

--No me has dicho hace un momento que tenas que hablarme? D!

--Ya no me acordaba, rapaz!... No era ms que una chanza...--respondi
ella, humilde al ver el rostro contrado del mancebo.

--Cmo chanza?--exclam l rebosando ya de clera.--Esto no es asunto
de chanza. Demetria ha desaparecido y t debes de saber algo de ella.
D lo que sepas ahora mismo!

--No s de ella ni la he visto hace tres das--respondi la Pura con voz
temblorosa.

--Entonces por qu me has mandado venir?

--Ya te he dicho que era una chanza.

El rostro del mozo se contrajo an ms terriblemente. Clav una larga
mirada amenazadora en Pepa que abati la suya al suelo. Luego,
encogindose de hombros, dijo sordamente:

--Est bien... Desde aqu voy  la Pola  despertar al seor juez para
que enve por ti... Ya dirs en la crcel lo que sabes.

El rostro de la Pura se cubri de intensa palidez y balbuce:

--Haz lo que quieras... Yo nada s...

--Pues adis... Hasta pronto!

Nolo di unos cuantos pasos precipitados monte abajo...

--Ven ac!--le grit Pepa.

Torn  subir y acercndose  ella con semblante airado le pregunt:

--Quieres hablar?

La Pura guard silencio unos instantes; luego dijo:

--Si te doy alguna noticia, me juras que no dirs de quin la has
sabido, que nunca saldr de tu boca mi nombre?

--Lo juro.

--Por qu lo juras?

--Por lo que t quieras.

--Jralo por la salud de tus padres.

--Lo juro por la salud de mis padres.

--Que no te cases jams con Demetria ni vuelvas siquiera  verla.

--Que todo eso suceda si llego  declarar tu nombre.

La Pura vacil todava. Le parecan pequeos aquellos juramentos. Al fin
encontr otro ms terrible.

--Que se os muera de la peste todo el ganado que tenis en la cuadra!

--Que se nos muera!

--Pues bien... te dir que esta tarde, mientras recoga un poco de
rgoma para encender el fuego, vi en el castaar del to Goro  Demetria
cortando hoja... Luego vi que se acercaba  ella Plutn... ese minero
tan malo que ya conocers...

--S, s; adelante!

--Pues hablaron algunas palabras y mientras yo me entretuve en atar la
carga desaparecieron... No volv  ver ni  uno ni  otro. Pens que
haban tomado por el monte abajo y se haban ido  Carrio... Me admir
porque no crea que Demetria tuviese amistad con ese pcaro...

Guard silencio. Nolo, inmvil y plido, esper todava algunos
instantes  que prosiguiese.

--Es eso todo?

--Todo.

--No sabes ms?

--Nada ms.

--Bien... pues muchas gracias y hasta la vista.

La Pura le retuvo cuando se dispona  marchar y le dijo temblando:

--Acurdate, Nolo, del juramento que me has hecho. Mira, hijo mo, que
si ese malvado llega  saber lo que te he dicho, cualquier noche viene
ac y me asesina.

--Pierde cuidado: vuelvo  jurarte que nada sabr.

Baj de nuevo  saltos por el monte y se intern por los castaares. 
despecho de la agilidad y soltura con que marchaba, llevaba el corazn
oprimido, muy oprimido. Se representaba, aunque vagamente, cosas
horrendas. Aquel bandido era muy capaz de abusar de ella y asesinarla.

Lleg  Canzana agitado, convulso. Sin pasar por casa del to Goro 
noticiar lo que saba se dirigi  la del vecino que albergaba  Plutn.
Estaba cerrada y todos durmiendo. No se arredr por eso. Llam
suavemente en el ventanillo que estaba contiguo  la cocina, donde
supuso que dormira el minero. No respondieron. Llam de nuevo y oy la
voz del to Jos, el dueo de la casa:

--Quin anda ah?

--Soy yo, to Jos.

--Quin eres t?

--Nolo de la Braa. Vengo de parte del to Goro  decirle  usted dos
palabras. Es cosa muy urgente.

Se abri el ventanillo, que adems de la compuerta tena una reja de
hierro, y asom las narices el to Jos, un paisanuco viejo y narigudo.

--Qu ocurre?--pregunt con sorpresa.

--Ya sabr usted--respondi Nolo bajando cuanto pudo la voz--que
Demetria ha desaparecido...

--S, eso me han dicho antes de acostarme.

--Pues bien, dicen que la han visto hablando con Plutn. Tenemos miedo
que le haya sucedido algo malo... Ya sabe usted quin es!

--Descuida, Nolo--respondi el to Jos bajando todava ms la voz.--Eso
que dices no puede ser. Plutn estuvo todo el da trabajando en la mina:
por cierto que le cay una piedra sobre la cabeza y le hizo bastante
dao. Tuvo que ir  la Pola y se cur en la botica: lleg bastante tarde
y se acost en seguida. Arriba est durmiendo... No le despiertes porque
tiene malas pulgas el hombre, como sabes... y pudiera ocurrir cualquier
chascarrillo.

--No, no le despertar--replic Nolo con sonrisa irnica.--No sea cosa
de que nos mate  los dos. Aguardar  maana para decirle dos palabras.
Adis, to Jos; buenas noches.

Se alej el mozo y cuando se vi solo acudieron  su mente mil dudas.
Era extrao aquel percance de Plutn! Mas por otra parte, si haba
estado en la mina trabajando todo el da, la noticia de la Pura
resultaba falsa.

En estas cavilaciones enfrascado estuvo algn tiempo. Mir al cielo; vi
que era tarde ya para ir  la Braa y volver  la maana: tampoco quiso
llamar en casa del to Goro. Entonces, resuelto  pasar la noche en
Canzana, escal la primer tinada que hall al paso, se meti en ella y
se acost sobre la yerba.

Cuando la luz del da le di en el rostro se alz precipitadamente y
salt  la calle. Procur que no le viesen y se puso  rondar la casa
del to Jos. En efecto, como esperaba, vi salir al cabo  Plutn con
la frente vendada y la lmpara colgada del brazo en disposicin de
marchar  la mina. Se adelant  l sin ser visto y en cuatro saltos
baj por los prados  un sendero por donde forzosamente tena que pasar
el minero. Se ocult detrs de un rbol y esper. Pocos momentos despus
pasaba Plutn. Nolo le sali al paso y ponindole una mano sobre el
hombro le dijo:

--Hola, amigo; buenos das.

Plutn di un salto atrs y lanzndole una mirada de odio y de recelo
contest sordamente:

--Yo no soy tu amigo ni tengo gana de serlo.

--No importa. Aunque no quieras que seamos amigos, vamos  hablar un
instante como si lo furamos. Vamos  hablar de Demetria.

Si el feroz minero no tuviese el rostro como siempre embadurnado se le
hubiera visto palidecer. Se repuso pronto, sin embargo, y exclam:

--Vaya, vaya, parece que tienes gana de reir. Ya sabrs que no soy
aficionado  chanzas. Djame en paz antes que otra cosa sea.

Nolo le dirigi una larga mirada de curiosidad. Era gracioso el tono
amenazador que aquel renacuajo usaba frente  l.

--No es broma, amigo--dijo lentamente apoyando sobre cada una de sus
palabras.--Es que Demetria ha desaparecido de casa y quiero que me digas
si sabes algo de ella.

--Quieres, quieres!... No s nada de ella; pero aunque supiese, lo que
menos me importara  m es que t quisieras  dejaras de querer...

Una ola de indignacin subi al rostro del mozo y lo ti de carmn. Sus
ojos chispearon y clavando en el monstruo una mirada irritada le dijo:

--Sabes que me est apeteciendo agarrarte por las piernas y batirte la
cabeza contra ese rbol?

--Prueba  hacerlo!--replic el minero llevando la mano al bolsillo.

--No lo hago porque siendo malo como eres tendra que pagarte por
bueno... S que has hablado con Demetria ayer. Si algo malo le ha
sucedido y eres t quien se lo ha hecho no tengas miedo de ir  la
crcel... Ya me encargar yo de impedirlo! Adis.

--Al diablo, grandsimo zopenco!... Si creers, palurdo, que por ser
tan espigado te tengo miedo! Los rboles ms altos son los que caen con
ms facilidad cuando sopla el viento recio.

Nolo, que ya se haba alejado unos pasos, se volvi y dijo:

--Al caer este rbol te aplastar como lo que eres, como un
escarabajo!... Cuenta conmigo si le ha pasado algo  Demetria.

--Y t conmigo!--le grit Plutn.

Cuando el mozo de la Braa lleg  casa del to Goro haba ya en
derredor un tropel de gente. Se comentaba con calor la desaparicin de
Demetria. Todas las comadres hablaban  un tiempo y nadie se entenda.
Dentro se hallaba la ta Felicia hecha un mar de lgrimas.  su lado
estaba Flora hecha un mar mucho mayor an. Y era cosa en verdad que
impresionaba ver llorando  aquella criatura traviesa y vivaracha,
nacida para la risa. Ni ella ni ta Felicia queran aceptar el supuesto
de que Demetria se hubiera fugado. Entre las comadres de la aldea
tampoco hallaba gran aceptacin semejante idea. Pero los hombres en
general se inclinaban  pensarlo. El mismo D. Flix, que estaba rodeado
por el to Goro y otros cuantos paisanos, aunque con las debidas
reservas para no causar pena al padre adoptivo de la joven, tambin
manifestaba sus sospechas de que se hallase ya en Oviedo. Era menester
aguardar, sin embargo,  Manolete. Suponiendo que llegase  la capital
antes de amanecer y diese la vuelta en seguida como se le haba
ordenado, al medioda deba de estar en Entralgo.

En el grupo de los hombres encontrbase tambin el intrpido Celso. ste
no dudaba: se le conoca perfectamente en la sonrisa de mordaz irona
que vagaba por sus labios.  l no se la daba nadie. Un hombre que haba
estado en Sevilla y haba recorrido las provincias de Badajoz y de
Cceres y haba entrado un poco tambin en la de Salamanca, no era fcil
que creyese en la virtud y en la inocencia de las mujeres. Bueno que
aquellos infelices que no haban visto ms tierra que la que se divisaba
desde el pico de la Vara se tragaran la castaa; pero l! Celso! un
militar! un macareno que haba corrido ms juergas orilla del
Guadalquivir que pelos tena en la cabeza!... Vamo, hombre! Y escupa
por el colmillo con pesimismo tan desolador que el mismo Budha se
hubiera estremecido si le viese.

Cuando se hubo hartado de escupir, de sonreir y de lanzar resoplidos
escpticos en torno de los grupos estacionados ante la casa del to
Goro, entr en la suya, tom la macona y la guadaa y se march al
prado de la Tejera  segar el verde para el ganado. Estaba el prado
lejos y mientras caminaba hacia all no cesaba de pensar en el lance
murmurando con la penetracin que le caractirizaba:

--Redis! Lo siento por Nolo, porque al fin y al cabo es un amigo y un
mozo cabal. Pero quin que tuviera los sesos en su sitio haba de
pensar que Demetria pudiera comer con gusto ya las farrapas y los
nabos?... Vamo, hombre!... Al que prueba las tajadas se le hincha la
barriga con el verde... Y mayormente que no semos caballeras para jamar
tanto forraje... Luego la chavalilla pa qu ms de la verdad? mereca
otra cosa que un paisano. Quedndose en Oviedo no le faltara algn
seorn de levita que la tuviera en casa como una imagen comiendo
caramelos y haciendo calceta. Y si  mano viene, acaso podra casar
hasta con un teniente... Redis, un teniente!... Hay que ver lo que es
un teniente!... Un gach que manda sobre diez escuadras de hombres!...
Casi na!...

Y silbando fagina y despus retreta lleg hasta el prado, dej la macona
en el suelo y se puso  segar el verde. Pronto se le olvid el caso de
Demetria y volvieron  su imaginacin las dulces memorias del pas donde
florecen los naranjos. Una _sole_ muy gitana se le escap de la
garganta. Y como all no poda oirle su abuela, cant con todo el
aliento de sus pulmones.

      _ mi me gusta, me gusta_
    _entrarme por las tabernas._
    _Vengan caas de Sanlcar!_

Mas apenas haba salido de sus labios la ltima palabra de la copla
cuando oy un grito extrao que llegaba del fondo de la tierra por un
respiradero que la empresa de las minas haba abierto en el prado. Por
cierto que el tal boquete le haba valido  su abuela ms de trescientos
reales. Haban pronunciado su nombre y la voz era de mujer. Qued
estupefacto. Se acerc al boquete y grit  su vez repetidas veces:
Quin llama? quin llama? Nadie le respondi. Entonces sospech que
se trataba de una broma que algn minero quera darle imitando voz
femenina. Se alej del agujero y tom de nuevo la guadaa. Pero en aquel
instante una idea terrible cruz por su mente. Crea reconocer la voz:
se pareca  la de Demetria. Y el grito que haba sonado ms que de
alegra era de angustia. Fu de nuevo al boquete y llam con toda la
fuerza de sus pulmones: Demetria, Demetria! Tampoco obtuvo respuesta.
Sin embargo, la creencia de que la voz que haba sonado era la de la
hija del to Goro penetraba cada vez con ms fuerza en su espritu. Dej
la guadaa y la macona en el prado y emprendi una carrera veloz hacia
Canzana.

Todava se hallaba mucha gente delante de casa del to Goro. Entre los
hombres divis  Nolo. Se acerc  l y le dijo algunas rpidas palabras
al odo. El mozo se puso horriblemente plido. Y sin responderle se fu
recto al to Goro y le habl tambin al odo. El desgraciado padre
empalideci tambin igualmente.

--Vamos! vamos!--grit con voz ronca.

Y seguido de los dos mozos se lanz,  la carrera.

--Qu hay?... qu sucede?--gritaron varias voces.

Celso, sin dejar de correr, volvi la cabeza y dijo:

--Demetria se ha cado  la mina por un pozo.

Entonces de aquella muchedumbre sali un grito de dolor. Hombres,
mujeres y nios, todos se lanzan detrs de los tres hombres, que les
llevaban ya bastante delantera. Nolo y Celso saltaban como corzos por la
montaa. Pero el to Goro no se quedaba atrs: la fuerza que faltaba 
las piernas sobraba al corazn.

Pronto llegaron al prado de la ta Basilisa. Llamaron de nuevo  la
joven por el boquete. Ninguna voz fuerte ni dbil les respondi. Algunos
dudaron de las palabras de Celso; pero ste, cada vez ms firme en su
conviccin, propuso descender  la mina. No quisieron que expusiese su
vida, pues slo los mineros muy expertos eran capaces de bajar por los
pozos. Alguien propuso avisar al capataz. Todos aprobaron la idea. Se le
fu  buscar: se hallaba en la herrera, no lejos de all. Vino en
seguida; le acompaaron algunos mineros. Uno de ellos descendi por el
respiradero. Hubo algunos minutos de silencio. Al cabo se oy la voz del
minero llamando  su jefe.

--Ruperto!

--Manuel!

--La rapaza est aqu, pero muerta.

Nadie oy estas palabras ms que l y los mineros que se hallaban
inclinados sobre la misma boca del pozo.

El capataz se alz del suelo con el rostro contrado y sin responder 
nadie, seguido de sus hombres, se lanz por la pendiente abajo en busca
de la boca de la galera que se hallaba prxima al pueblo de Carrio. Un
estremecimiento de terror corri por aquella muchedumbre. Todos
adivinaron algo terrible y los siguieron. Slo la ta Felicia, Flora y
algunas mujeres permanecieron en el prado. La desgraciada madre, al
comprender lo que pasaba, cay atacada de un sncope. Largo tiempo les
cost hacer que recobrara el sentido. Quisieron llevarla  casa. La
infeliz se neg  apartarse de aquella boca maldita, como si esperase
ver surgir por ella la adorada figura de su hija.

Pero he aqu que cuando ya la haban convencido y se disponan 
alejarse de aquellos sitios llega un chico jadeante y le grita:

--Demetria vive! Acaban de sacarla de la mina!

En efecto, Demetria, que slo estaba desmayada, en cuanto la sacaron al
aire y le rociaron las sienes con agua volvi  la vida. Se observ con
estupor que no estaba magullada siquiera. Se le hicieron numerosas
preguntas, pero no quiso satisfacerlas. Ya dira ms adelante lo que le
haba pasado. Llevronla  casa y se acost y estuvo dos das enferma.
Manifest  su madre que se haba cado casualmente por el respiradero
abierto en el castaar y cuya existencia ignoraban todos. No dijo una
palabra de Plutn. Crea haberle matado y esta idea la llenaba de
terror. Cuando supo casualmente que estaba vivo, su corazn se dilat 
tal punto que rompi  llorar, se deshizo en un mar de lgrimas. Gran
sorpresa caus esto en los presentes; pero D. Nicols el mdico, que
tambin se hallaba all y conoca al dedillo los resortes del organismo
humano, manifest profundamente que no haba que alarmarse, que aquello
no era ms que una crisis nerviosa.

Desde entonces comenz Demetria  mejorar tan rpidamente que  los
cuatro  cinco das estaba ya como si no le hubiera pasado nada. Anudse
de nuevo la felicidad de aquellas horas que haban de terminar pronto en
la de su boda. Slo turbaba su dicha el recuerdo que alguna vez le
asaltaba de la escena con el bandido Plutn. Cuando le vea, aunque
fuese de lejos, el corazn le daba un vuelco. Tema su venganza. Sin
embargo,  nadie daba cuenta de sus recelos.

Al cabo se descubri el secreto. Comenz  correr por la aldea el rumor
de que Demetria no haba cado por el pozo, sino que haba estado dentro
de la mina porque Plutn la haba llevado. Slo los mineros creyeron
semejante patraa. En Canzana nadie la daba crdito. Pero Plutn se
jactaba entre sus compaeros y amigotes de haberla tenido algunas horas
en su poder y esta noticia lleg  odos de Nolo. Qued el mozo aturdido
ms que si le hubieran dado con un mazo en la frente. Por desgracia,
aquello tena visos de verosimilitud. La cada de Demetria no poda
explicarse. Aunque ella deca que haba quedado suspendida poco antes de
llegar al suelo de uno de los postes y que esto amortigu
considerablemente la violencia, sin embargo costaba trabajo creerlo. Por
otra parte, cuando la sacaron de la mina se neg  dar pormenores de su
accidente. Adems, aquellas lgrimas cuando se habl de Plutn... No se
le ocurri al mancebo que ste pudiera rivalizar con l en el amor de
Demetria, porque sera monstruoso. Pero que engaada pudiera llevarla al
fondo de la mina y all abusara de su situacin le pareca bien creble.

Desde que tal idea penetr en su mente no volvi por Canzana. El primer
da se le ech de menos porque todos vena; pero el segundo caus
verdadera sorpresa su ausencia. La ta Felicia tuvo miedo que se hubiera
puesto enfermo y propuso enviar un recado  la Braa. Demetria se opuso:
tena el presentimiento de lo que haba ocurrido. No se tard mucho en
que quedase confirmado. Un paisano que vena de Villoria les dijo que
haba visto  Nolo. Trascurrieron algunos das. Lo mismo el to Goro que
la ta Felicia sintieron gran indignacin cuando observaron que el mozo
no pareca y se hicieron cargo de que renunciaba al matrimonio
proyectado. El to Goro quiso ir  la Braa  pedirle explicaciones,
pero Demetria se mostr tan contraria  este paso y le rog con tanto
calor para que desistiese de l que su padre no se atrevi  ejecutarlo.

La misma sorpresa y casi tanta indignacin que en casa del to Goro
produjo en todo Canzana la conducta de Nolo, por ms que muchos saban 
qu atribuirla. En Entralgo lo mismo. Flora se hallaba tan enfurecida
que no hablaba de otra cosa y calentaba las orejas al pobre Jacinto de
un modo que ste casi maldeca ya de su parentesco con el ingrato mozo
de la Braa. Slo Demetria se mostraba en apariencia tranquila. Su
silencio y su palidez denunciaban, sin embargo, lo que pasaba en su
alma.

As estaban las cosas cuando una tarde Flora pas recado  Demetria para
que bajase  Entralgo y le hiciese merced de acompaarla  la Pola,
donde tena que comprar algunos objetos. Era un pretexto que la
traviesa zagala tomaba para distraer  su amiga. Obedeci sta sin
gusto, slo por complacer  la que tantas pruebas le haba dado siempre
de cario. Cuando regresaron  casa iba  comenzar el crepsculo.
Detuvironse orilla del ro en un paraje sombreado de avellanos, donde
se tomaba la barca, y esperaron que sta volviese de la otra orilla. De
improviso se present en aquel sitio Nolo, que tambin quera atravesar
el ro. Al verlas se inmut visiblemente, se puso colorado hasta las
orejas y vacil en dar la vuelta  quedarse. Al fin se qued y pronunci
las buenas tardes. En aquel momento llegaba el barquero. Flora sinti
que la clera le suba  la garganta y dijo en voz baja  su amiga:

--Voy  hablar  este mequetrefe... Vers cmo le ajusto las cuentas.

Pero Demetria, que tena el rostro demudado, la retuvo con fuerza de la
mano.

--Djame  m!

Flora cedi de buen grado. Saltaron los tres  la barca y aqulla fu 
situarse en la proa para dejar solos  los novios. Nolo hubiera querido
quedarse en tierra, hubiera querido ir tambin  la proa, hubiera
querido que la barca se hundiese; todo menos quedarse mano  mano con
Demetria. Pero no hubo remedio. El barquero en pie empujaba la barca por
medio de la maroma tendida de una  otra orilla.

Demetria clav sus ojos grandes, lmpidos, inocentes en Nolo y le dijo:

--Qu tienes conmigo, Nolo? Te he hecho algo malo?

El mozo, turbado hasta lo indecible y sin osar mirarla  la cara,
balbuci:

--Nada me has hecho, Demetria... pero hay cosas... hay cosas...

--Qu cosas? d!--articul impetuosamente la zagala.

--Corren por el valle unos rumores...

--D cules son. Dlo pronto!

Nolo vacil; movi los labios repetidas veces sin articular ninguna
palabra. Luego profiri rpidamente:

--Se dice que no has cado  la mina; que Plutn te ha llevado engaada
y que all hizo contigo cuanto quiso.

--Y t lo crees?

El mozo guard silencio.

--Pues bien, yo te juro que eso no es cierto. Plutn no me ha llevado
engaada: me ca yo y l me sostuvo, pero en vez de sacarme baj conmigo
por la chimenea. Dentro de la mina quiso aprovecharse, pero le sali
caro, porque le di con la hoz en la cabeza y le tumb en el suelo...
Cre que le haba matado; escap por la mina y me perd...

Nolo guard silencio unos momentos; luego dijo:

--Y por qu no has hablado as cuando saliste de la mina?

--Te he dicho que pens haberlo muerto. Tema que me llevasen presa...

Nolo, cejijunto, sombro, se obstin en callar. Demetria le mir
largamente.

--De modo que no me crees?

--No! No te creo, Demetria!--manifest impetuosamente el joven.

El rostro de la doncella se cubri de intensa palidez. Permaneci
algunos instantes inmvil y muda. Luego dijo con voz enronquecida:

--Pues bien, Nolo, mi vida dar testimonio de la verdad que te he dicho.
Adis.

Y sin que el mancebo pudiera evitarlo porque estaba mirando  otro lado
se dej caer hacia atrs en medio del ro. La corriente la arrastr
velozmente. Nolo se precipit en pos de ella. Flora gritaba y quera
arrojarse igualmente, pero el barquero la retuvo.

La corriente en aquel sitio, aunque viva, no era impetuosa. Nolo nadaba
con todas sus fuerzas para alcanzar  su amada antes que llegase al
sitio donde el ro se precipitaba en torbellino semejante  una cascada.
En efecto, la alcanz; pero al tocarla con la mano ya no pudo sostenerse
l mismo y ambos rodaron envueltos entre las rugientes espumas del agua.
Felizmente Nolo no perdi el conocimiento. Cuando llegaron  otro
remanso pudo  costa de grandes esfuerzos acercarse  la orilla y asirse
de la rama de un rbol, teniendo sujeta  Demetria con la otra mano.

La sac del agua sin sentido y la dej sobre el csped esperando  que
llegasen Flora y el barquero. Pero antes que esto acaeciese Demetria
abri los ojos y dibujndose en ellos una sonrisa triste dijo:

--Me crees ahora, Nolo?

--Te creo, Demetria.

Y por primera vez el mozo de la Braa estamp un tierno beso en su
rostro de azucena.

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XXII

La envidia de los dioses.


Voy  terminar. La tarde declina y mi mano cansada se niega  sostener
la pluma. Oh valle de Laviana! oh ros cristalinos! oh verdes prados
y espesos castaares! Cunto os he amado! Que vuestra brisa perfumada
acaricie un instante mi frente, que el eco misterioso de vuestra voz
suene todava en mis odos, que vuelva  ver ante mis ojos las figuras
radiosas de aquellos seres que compartieron las alegras de mi infancia.
Voy  daros el beso de despedida y lanzaros al torbellino del mundo. Mi
pecho se oprime, mi mano tiembla. Una voz secreta me dice que jams
debierais salir del recinto de mi corazn.

Era llegada de nuevo la fiesta de Nuestra Seora del Carmen. Dos das
antes se haba celebrado en la pequea iglesia de Entralgo la unin de
Jacinto y Flora, de Nolo y Demetria. Con tan fausto motivo el capitn
invit el da de la romera  todos los prceres de la Pola y  algunos
tambin de Langreo. Debajo de los manzanos frondosos de la pomarada se
colocaron varias mesas. El nmero de convidados, entre indgenas y
forasteros, pasaba de ciento. Para proveer al banquete se mataron
algunos corderos y muchos pollos y gallinas, se cazaron algunas docenas
de perdices y se pescaron salmones y truchas en abundancia.

D. Csar de las Matas de Arbn encontraba poco todo aquello. Atacado de
un vrtigo de grandeza heroica, deca que para celebrar suceso de tal
magnitud era menester una _hecatombe_, el sacrificio de cien bueyes 
por lo menos de cien carneros.

Una banda de gaitas acompaada de tamboriles amenizaba el festn,
haciendo sonar los aires del pas. Y delante del lagar, en el campo de
la Bolera, otra banda mucho ms numerosa de zagales y zagalas bailaba
con todo el mpetu de su juventud lanzando  cada momento hurras y vivas
 los novios.

stos eran objeto de todas las miradas y todas las atenciones de los
comensales. Nunca ni en ninguna parte se viera ms hermosas parejas.
Nolo y Jacinto vestan el traje de ciudadanos, el pantaln largo y el
sombrero de fieltro de anchas alas. Ellas haban querido conservar su
traje tpico de aldeanas, aunque rico y suntuoso: el dengue de
terciopelo, la saya de fino merino, los zapatos de tafilete, las medias
de seda. Colgaban de sus orejas ricos pendientes de diamantes y hechos
tambin de piedras preciosas eran los collares que adornaban sus
gargantas.

Y el capitn? Quien le viera en aquel da moverse de un lado  otro
como si estuviese atacado de la tarntula, reir, beber y bromear, apenas
pudiera reconocerle. Pareca cosa de magia la trasformacin que en poco
ms de dos meses se haba operado en aquel caballero. Estaba tan alegre
que abrazaba,  cuantos venan  felicitarle, sin exceptuar el ingeniero
de Madrid y el qumico belga. Y es fama que cuando ste se acerc  l
le dijo en voz baja: Monsieur, tienen ustedes razn: hay que extraer la
riqueza que se halla oculta en este valle. Yo no la necesito ya, pero
pronto he de tener nietos y quiero dejarlos bien acomodados. Cuenten
ustedes con mi dinero para cualquier empresa lucrativa. Por supuesto
que nadie tom en serio tales palabras y las achacaron al mareo del
vino.

Hubo brindis en prosa y en verso, discursos y epitalamios; se ri, se
cant y se disparat. Un soplo de alegra desenfrenada corra por la
pomarada levantando todas las cabezas, enronqueciendo todas las
gargantas. Tan slo el seor de las Matas de Arbn se mostraba taciturno
y reservado. All en el extremo de una mesa,  solas con una botella de
jerez, libaba el nctar andaluz pausadamente sin tomar parte en la
algazara. Hasta creyeron ver algunos que una lgrima se deslizaba de sus
ojos y caa sobre la mesa.

--Miren ustedes el _dorio_--exclam el troglodita don Casiano.--Pues no
est llorando! En mi vida he visto un hombre ms gracioso.

El alcalde, Antero y otros varios se acercaron  l.

--Qu es eso, D. Csar? Cmo estamos tan melanclicos en momento como
ste?

D. Csar se llev la mano  la frente con abatimiento y exclam con voz
temblorosa:

--Seores mos, dispensadme. La alegra desenfrenada que en torno mo
contemplo me causa sobresalto. La excesiva prosperidad en los humanos
rebaja la dignidad de los inmortales. Nuestra felicidad, aunque sea
merecida, parece que les humilla y apenas nacida se disponen  acabar
con ella. Perdonad, seores mos... En este momento no puedo sentirme
alegre porque temo, en verdad, la envidia de los dioses.

Una carcajada estrepitosa acogi tan severas palabras. Imposible,
imposible encontrar en el mundo un hombre ms chistoso que el _dorio_!

La ta Felicia, que estaba roja como un tomate y unas veces rea y otras
lloraba y otras abrazaba  todo el que se pona al alcance de sus
brazos, quera lucir  su hija  todo trance, quera presentarla en la
romera. La ta Agustina, que tambin deseaba lucir  Nolo, secund
calurosamente este proyecto. Nadie se opuso  l. Los novios se alzaron
de la mesa y seguidos de los comensales salieron al campo de la Bolera.
Fueron recibidos con estruendosos vivas. Una muchedumbre se api en
torno de ellos. Todos queran hablarles y apretarles la mano. All
estaba el ingenioso Quino que casado recientemente con Eladia,
encontraba ya harto pesada la dialctica de su to Martinn y slo la
soportaba porque algn da la tragara la tierra y dejara encima
algunos doblones. All estaban Maripepa y su hermana Pacha, convencidas
ambas de que antes de mucho tiempo se celebrara otra fiesta parecida
para festejar la boda de la primera. All estaban la ta Brgida, la ta
Jeroma, Elisa y la vieja Rosenda, que deseando hacer olvidar sus
desacatos antiguos, se inclinaba sonriente y melosa delante de Flora y
le besaba las manos.

Detrs del enorme corro de la gente, con el rostro ceudo y sombro,
hallbase el homicida Bartolo. No poda participar de la alegra
insensata de sus convecinos porque, como siempre, su alma se hallaba
inflamada por un torbellino de sentimientos belicosos. Pocas noches
antes los mineros haban maltratado  dos mozos de Entralgo que venan
de cortejar en Tiraa. Desde entonces no respiraba ms que venganza y
exterminio. Los mineros puo! se las haban de pagar  dejara de ser
Bartolo el hijo de la ta Jeroma de Entralgo.

-- la romera!  la romera!--se grit.

El numeroso cortejo se puso en marcha.  su frente el impetuoso Celso
dando fuego  los cohetes. Era su especialidad. Amaba los cohetes porque
su olor y su estampido le recordaban la vida militar, hacia la cual
profesara hasta la muerte amor entraable.

--Vivan los novios! La pequea aldea de Entralgo se estremeca de
jbilo. Chillaban las gaitas, redoblaban los tambores, estallaban los
cohetes, los hurras atronaban el espacio. Vivan los novios! Nadie
poda ver cruzar aquellas gallardas parejas sin exhalar este grito del
fondo del corazn. Marchaba Flora encarnada y brillante como una rosa de
Alejandra, marchaba Demetria blanca y esbelta como una azucena de Mayo.

Cierro los ojos, miro hacia adentro y an os veo cruzar por delante de
mi casa llenas de atractivos como dos estrellas descendidas de la regin
azul del firmamento para iluminar mi valle natal. An veo vuestros ojos
brillantes de dicha, an veo vuestros labios de coral plegados por una
sonrisa divina. Mis manos infantiles batieron las palmas y grit con
toda la fuerza de mi pecho: Vivan los novios!--Adis! me dijisteis
envindome un beso.

Y partisteis. Ay, pluguiera al cielo que no dierais un paso ms!

El cortejo nupcial cruz el pueblo y ascendi por el estrecho camino de
la iglesia sombreado de avellanos. Al desembocar en el campo de la
romera sta se hallaba en todo su apogeo. Pero la entrada de tan grande
y lucido concurso no caus en ella el movimiento natural, porque en
aquel momento se iniciaba una reyerta formidable entre mineros y
aldeanos.

Tiempo haca que palpitaba el odio entre unos y otros. En los caminos
por la noche, en las esfoyazas y romeras se haban producido repetidos
choques. Pero los mineros llevaron siempre la mejor parte porque
empleaban las armas blancas y alguna vez tambin las de fuego, mientras
se valan slo de sus palos los montaeses. Lleg un instante sin
embargo en que stos, exasperados, resolvieron combatirles con los
mismos medios. Algunos zagales de Villoria, de Tolivia y Entralgo se
proveyeron de navajas, otros de pistolas compradas en Langreo. Se
aguardaba con impaciencia la romera del Carmen para tomar la revancha
de tantos y tan injustificados agravios.

Y en efecto, apenas llegados los novios y sus acompaantes al campo de
la iglesia estall la lucha terrible, sangrienta, como jams se viera ni
pensara verse en aquel pacfico valle. La muchedumbre se arremolinaba,
las mujeres exhalaban lamentos desgarradores, se oan tiros,
imprecaciones, blasfemias horrendas. El alcalde comprendi que era
intil intervenir sin disponer de fuerza para ello y mand retirarse.
Iban  hacerlo todos hacia el pueblo cuando Jacinto vi que uno de sus
parientes caa herido y se lanz en su auxilio. Mas antes que llegase al
sitio un minero de baja estatura, de msero aspecto, aquel Joyana amigo
y compaero de Plutn se le plant delante y le descerraj un tiro en el
pecho dejndole muerto. Nolo brinc como un len dejando abandonada 
Demetria. En aquel momento una mano criminal, la mano de Plutn, avanz
por encima del hombro de aqulla y le di una terrible cuchillada en la
garganta.

Cay desplomada la hermosa doncella. Un grito de horror sali del pecho
de cuantos la rodeaban. Algunos corrieron en persecucin de los
criminales, que huan por el monte arriba. Otros acudieron  socorrerla.
Demetria se revolcaba en el suelo soltando torrentes de sangre que
enrojecan el alabastro de su cuerpo y el verde de la pradera. D. Prisco
se dej caer de rodillas  su lado, para recoger su ltimo aliento y
enviarlo  Dios con el perdn de sus pecados. El capitn, teniendo  su
hija desmayada entre los brazos, lloraba como un nio.

En aquel momento, el noble hidalgo D. Csar de las Matas de Arbn se
irgui arrogante en medio del campo. Y trmulo de indignacin, con sus
blancos cabellos flotando, los ojos chispeantes, los puos crispados se
dirigi al grupo de los prceres de la Pola gritndoles.

--Decs que ahora comienza la civilizacin... Pues bien, yo os digo...
odlo bien!... yo os digo que ahora comienza la barbarie!

FIN




NDICE


                                       _Pginas._
INVOCACIN                                     1

I.--La clera de Nolo                          5

II.-- La lumbrada                             21

III.--Demetria                                51

IV.--La misa                                  65

V.--La romera del Carmen                     79

VI.--Bartolo                                 104

VII.--Ninfas y stiros                       115

VIII.--El capitn                            129

IX.--Los hidalgos                            145

X.--La torga                                 158

XI.--Madre  hija                            172

XII.--El desquite                            181

XIII.--Adis                                 193

XIV.--Trabajos y das                        203

XV.--Carta de Demetria                       217

XVI.--Martinn el filsofo                   228

XVII.--Miseria humana                        238

XVIII.--La hija del capitn                  249

XIX.--Seorita y aldeana                     258

XX.--Rapto de Demetria                       274

XXI.--Purificada                             285

XXII.--La envidia de los dioses              304


NOTAS:

[1] Especie de manteleta  chal estrecho de picos largos que cubre el
pecho y parte de la espalda, anudndose  sta por la cintura, dejando
descubiertos enteramente los brazos y parte del tronco. Lo usan todava
las aldeanas en Asturias.

[2] Caseta cuadrada de madera apoyada sobre cuatro columnas de piedra
que la aislan del suelo y sirve ordinariamente de granero. Cuando es
cuadrilonga y tiene seis  ocho columnas se llama _panera_.

[3] Golpear la leche para separar la manteca.






End of Project Gutenberg's La aldea perdida, by Armando Palacio Valds

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ALDEA PERDIDA ***

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electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
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Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
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Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
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501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
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Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
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The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
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809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


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Literary Archive Foundation

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