Project Gutenberg's Papeles del doctor Anglico, by Armando Palacio Valds

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Title: Papeles del doctor Anglico

Author: Armando Palacio Valds

Release Date: May 4, 2012 [EBook #39613]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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En esta edicin se han mantenido las convenciones ortogrficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuacin presentes en el
texto. (nota del transcriptor)




D. ARMANDO PALACIO VALDS

TOMO XVI

PAPELES

DEL

Doctor Anglico

MADRID

Librera general de Victoriano Surez.

Calle de Preciados, nmero 48.

1921


OBRAS DE PALACIO VALDS

4 PESETAS TOMO


EL SEORITO OCTAVIO, un tomo.

MARTA Y MARA, un tomo. Traducida al francs, al ingls, al sueco, al
ruso y al tcheque.

EL IDILIO DE UN ENFERMO, un tomo. Traducido al francs y al tcheque.

AGUAS FUERTES (novelas y cuadros, un tomo). Traducidas al francs, al
ingls, al alemn, al holands, al sueco y al tcheque. Edicin espaola
con notas y vocabulario en ingls.

JOS, un tomo. Traducida al francs, al ingls, al alemn, al holands,
al sueco, al tcheque, al dans y al portugus. Edicin espaola con
notas en ingls para el estudio del espaol en Inglaterra y E. U. A.

RIVERITA, un tomo. Traducida al francs.

MAXIMINA (segunda parte de _Riverita_), un tomo. Traducida al ingls.

EL CUARTO PODER, un tomo. Traducida al francs, al ingls y al holands.

LA HERMANA SAN SULPICIO, un tomo. Traducida al francs, al ingls, al
holands, al ruso, al sueco y al italiano. Edicin espaola con notas y
vocabulario en ingls.

LA ESPUMA, un tomo. Traducida al ingls.

LA FE, un tomo. Traducida al francs, al ingls y al alemn.

EL MAESTRANTE, un tomo. Traducida al francs y al ingls.

EL ORIGEN DEL PENSAMIENTO, un tomo. Traducida al francs y al ingls.

LOS MAJOS DE CDIZ, un tomo. Traducida al francs, al holands y al
noruego.

LA ALEGRA DEL CAPITN RIBOT, un tomo. Traducida al francs, al ingls,
al sueco, al holands y al italiano. Edicin espaola con notas y
vocabulario en ingls.

LA ALDEA PERDIDA, Un tomo.

TRISTN O EL PESIMISMO, un tomo. Traducida al ingls.

SEMBLANZAS LITERARIAS _(Los oradores del Ateneo, Los novelistas
espaoles, Nuevo viaje al Parnaso)_, un tomo.

PAPELES DEL DOCTOR ANGLICO, un tomo. Traducidos al alemn.

AOS DE JUVENTUD DEL DOCTOR ANGLICO, un tomo.

LA NOVELA DE UN NOVELISTA, Un tomo.

LA HIJA DE NATALIA, un tomo.

SANTA ROGELIA, un tomo.




Papeles del doctor Anglico

OBRAS DE PALACIO VALDS


CUATRO PESETAS TOMO

=El seorito Octavio.=--Un tomo.

=Marta y Mara.=--Un tomo. Traducida al francs, al ingls, al sueco, al
ruso y al tchque.

=El idilio de un enfermo.=--Un tomo. Traducida al francs y al tchque.

=Aguas fuertes= (novelas y cuadros).--Un tomo. Traducidas al francs, al
ingls, al alemn, al holands, al sueco y al tchque. Edicin espaola
con notas y vocabulario en ingls.

=Jos.=--Un tomo. Traducida al francs, al ingls, al alemn, al holands,
al sueco, al tchque y al portugus. Edicin espaola con notas en
ingls para el estudio del espaol en Inglaterra y Estados Unidos de
Amrica.

=Riverita.=--Un tomo. Traducida al francs.

=Maximina= (segunda parte de _Riverita_).--Un tomo. Traducida al ingls.

=El Cuarto Poder.=--Un tomo. Traducida al francs, al ingls y al
holands.

=La Hermana San Sulpicio.=--Un tomo. Traducida al francs, al ingls, al
holands y al sueco.

=La espuma.=--Un tomo. Traducida al ingls.

=La Fe.=--Un tomo. Traducida al francs, al ingls y al alemn.

=El Maestrante.=--Un tomo. Traducida al francs y al ingls.

=El origen del pensamiento.=--Un tomo. Traducida al francs y al ingls.

=Los majos de Cdiz.=--Un tomo. Traducida al holands.

=La alegra del capitn Ribot.=--Un tomo. Traducida al francs, al ingls
y al holands. Edicin espaola con notas y vocabulario en ingls.

=La aldea perdida.=--Un tomo.

=Tristn, o el pesimismo.=--Un tomo. Traducida al ingls.

=Semblanzas literarias= (_Los oradores del Ateneo_, _Los novelistas
espaoles_, _Nuevo viaje al Parnaso_).--Un tomo.

=Papeles del doctor Anglico.=--Un tomo. Traducidos al alemn.

=Aos de juventud del doctor Anglico.=--Un tomo.




OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDS

TOMO XVI

PAPELES

DEL

Doctor Anglico

MADRID

Librera general de Victoriano Surez.

Calle de Preciados, nmero 48.

1921

Grficas Reunidas, S. A. Madrid.

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PRLOGO DEL EDITOR


I

Por qu le llambamos doctor Anglico? Porque era ya doctor en Ciencias
cuando nosotros cursbamos an el ao preparatorio de Jurisprudencia, y
porque se llamaba Angel, Angel Jimnez. Una bromita de chicos que l no
tomaba a mala parte porque era la bondad personificada.

La primera impresin que Jimnez produca era de desvo, casi de miedo.
Unas barbas aborrascadas, unos cabellos crespos, un color cetrino, unos
ojos negros ligeramente hundidos, de mirar insistente y duro; no
exagerara diciendo agresivo. Pocos hombres seran capaces de resistir
aquella mirada. Pero en los aos que nosotros contbamos todava no se
tiene miedo a los hombres, y nuestra fuerza de afinidad no ha sufrido
menoscabo. Adems, Jimnez era doctor, nos llevaba cinco o seis aos de
edad, y en aquel perodo de la vida tales diferencias constituyen una
superioridad a la cual rendamos tributo, perdonando sus palabras
sarcsticas y sus modales bruscos.

El primero que se convenci de que aquel hombre no era un ser
atrabiliario fu yo. Pasebamos una maana emparejados por los
corredores de la Universidad esperando la hora de clase, pues Jimnez,
que aspiraba a hacerse doctor tambin en Filosofa y Letras, cursaba
aquel ao las mismas asignaturas que nosotros. Le narr, por incidencia,
cierto rasgo de abnegacin llevado a cabo por un individuo de mi
familia, y al pasar por delante de una ventana, como la luz le diese de
lleno en el rostro, observ que sus ojos estaban rasados de lgrimas,
aunque sin perder su habitual dureza.

Aquella seal de sensibilidad me lo hizo simptico, y me ligu a l con
franca amistad. Detrs de m fueron todos. A los pocos das el doctor
Anglico fu estimado como mereca y alcanz cariosa popularidad, no
slo entre nosotros, sino entre todos los alumnos de la Facultad de
Derecho. Seguro estoy de que no vive alguno de mi poca que no le
recuerde.

Nuestra amistad, sin embargo, no pasaba del compaerismo de los
corredores. Cuando nos encontrbamos en la calle, solamos saludarnos y
charlar un rato, y alguna que otra vez me invit a entrar en un caf y
beber una botella de cerveza. Pero ni yo saba nada de su vida, ni l de
la ma. l callaba; yo tambin.

Al terminar la carrera entr en el Ateneo como socio, y all volv a
encontrarle y nuestra amistad se hizo ms estrecha. Entonces pude
obtener casualmente algunos datos biogrficos, gracias a un paisano
suyo, socio tambin de aquel Centro.

Jimnez era hijo de un comerciante y banquero que resida en un pueblo
importante del norte de Espaa. Cuando termin la segunda enseanza, su
padre, lisonjeado por las notas y premios que haba obtenido, y ms an
por los elogios que se hacan de su inteligencia, consinti en enviarle
a Madrid para seguir la carrera de Ciencias. Mas, una vez concluda,
quiso que se restituyese al pueblo y le ayudase en sus negocios. Se iba
haciendo viejo, estaba fatigado, y, sobre todo, no vala la pena de que
su hijo obtuviese, al cabo de largos estudios, una ctedra dotada con
tres o cuatro mil pesetas anuales. Jimnez logr, aunque con trabajo,
que le permitiese seguir la carrera de Filosofa. Lleg a graduarse al
fin, y entonces su padre le hizo saber perentoriamente que, o vena a
trabajar al escritorio, o no contase con l para nada.

Ahora bien, Jimnez odiaba de muerte el escritorio de su padre, no tanto
por el olor de las pieles curtidas que all haba, como por la vista de
las cifras. Una vez puesto en tal disyuntiva, como era tozudo y
orgulloso, rompi por todo y se qued en Madrid. Se qued a la clemencia
de Dios y de la patrona.

Pas aquel chico una _cruja!_ As exclamaba su paisano cuando me
refera estos datos. En efecto, yo recordaba haberle visto en dos o tres
ocasiones mal trajeado y sucio; pero lo achacaba a desidia. Acometile
tambin por aquella poca una fiebre tifoidea que le retuvo en cama
cerca de dos meses. Hubiera ido al hospital, seguramente, sin la caridad
excepcional de su patrona, que le prodig los tiernos cuidados de una
madre.

Por fin, terminaron relativamente sus desdichas cuando entr de redactor
en un diario de la maana, con doscientas pesetas mensuales de sueldo.


II

ste era su medio de vida cuando volv a encontrarle en el Ateneo. En su
biblioteca pasaba las tardes devorando libros y sin tomar parte casi
nunca en nuestras discusiones ruidosas de los pasillos.

--Mucho lees, Jimnez--le decamos alguna vez ponindole la mano sobre
el hombro.

--Es que no tengo dinero--replicaba tranquilamente sin levantar la
cabeza.

Bien adivinbamos que aquello no era cierto. Su pasin por el estudio
era nativa, no accidental. En su peridico y en algunas revistas
cientficas comenz a publicar artculos que llamaron sobre l la
atencin del mundo literario.

Una tarde, el mismo paisano que me comunicara los datos antecedentes,
lleg a m afectando misterio, y me dijo al odo:

--Sabr usted que el padre de Jimnez le ha girado quinientas pesetas.
Parece que el buen seor, halagado con el nombre que su hijo se va
haciendo en las letras, ha vuelto sobre su acuerdo.

--Me alegro--repliqu.

--Pues no se alegre usted, porque se las ha devuelto.

Qued estupefacto. El paisano se desat en recriminaciones contra l,
llamndole necio y orgulloso repetidas veces. Yo le escuch distrado, y
qued largo rato pensativo.

Posteriormente supe que, por mediacin de uno de sus tos, se haba
reconciliado con su padre y haba aceptado al fin la pensin. Dej el
peridico donde trabajaba, y dej de colaborar en los dems. No volv a
leer su nombre en letras de molde. Entonces pudo advertirse claramente
que no era la falta de recursos lo que le impulsaba al estudio, porque
su aficin arreci con tal motivo.

Seguimos siendo buenos amigos, aunque su carcter, profundamente
reservado, no permita ciertas expansiones que la amistad arrastra
consigo, particularmente entre jvenes. Pasebamos juntos muchas veces,
nos juntbamos otras en el Ateneo o en el caf; pero nada que fuese
personal e ntimo sala de sus labios.

En aquella poca comenc yo a escribir novelas y a darlas a la estampa.
El nico amigo que no me habl de ellas fu Jimnez. Este silencio
afectado hiri mi amor propio y me caus una sorda irritacin que estuvo
a punto de enfriar nuestras relaciones y aun de darlas al traste.
Propenso estuve a achacarlo a miserables celos de oficio. Por fortuna,
obr pronto en m la reflexin como blsamo bienhechor. Me persuad de
que Jimnez estaba por encima de tales ruines pasiones; que era un
hombre de carcter noble, de puras y rectas ideas, aunque un tanto
excntrico. Haba que perdonarle esas y otras extravagancias.

La muerte de su padre le arranc de aqu. No le vi durante largos aos.
Supe que se haba casado, y volv a hallarle establecido en Madrid. Poco
despus qued viudo y se march de nuevo. Por fin, ya viejo y bastante
quebrantado de salud, vino otra vez aqu, y entonces nuestras relaciones
se anudaron an ms cordialmente. Jimnez hua de todo el mundo, menos
de m. Esta preferencia me lig a l de corazn.

Alquil una casita aislada con jardn en uno de los barrios extremos de
Madrid. All habitaba, servido por un ama de gobierno y algunos criados,
y en aquel nido fro y solitario le visitaba una que otra vez, y
charlbamos de nuestros buenos tiempos de Universidad y de Ateneo, y
bebamos una botella de cualquier cosa. No pas, sin embargo, mucho
tiempo sin que su salud, ya vacilante, empeorase hasta el punto de
inspirar alarma. Decay rpidamente. Ignoro si era el hgado, o el
pulmn, o el corazn, pero el doctor Anglico tena alguna vscera
daada. Con este motivo, yo sola menudear mis visitas y acompaarle
largos ratos.

Pocos das despus de una memorable conversacin que sirve de eplogo a
este libro, se present en mi casa su criado.

--Seorito, el doctor est muy malito. Por la noche se nos quiso morir
y, en cuanto amaneci, di orden para que viniese a buscarle.

Comprend que haba llegado el instante supremo.

--Y qu opina el mdico?--pregunt hondamente afectado.

--No s decirle; pero, a juzgar por la cara triste que tiene doa Pepita
(el ama de gobierno), no debe de hallarle bueno.

Tom un coche y nos trasladamos al hotelito. Hall a Jimnez con el
semblante terriblemente descompuesto. La muerte estaba ya impresa en l.
Doa Pepita cerr con mano temblorosa la puerta y nos dej solos.

--Qu es eso, doctor?--dije acercndome a su lecho y afectando alegra
para ocultar mi emocin--. Empiezas a ser mimoso como una solterona?

Al mismo tiempo fij la vista involuntariamente en la reproduccin al
leo de una de las vrgenes de Murillo que penda sobre su cama. Sujeto
al marco haba un magnfico ramillete de flores, recientemente
colocadas all, a juzgar por su frescura.

Jimnez advirti la mirada, y dijo sonriendo:

--Ya lo ves! El doctor Anglico termina como el doctor Fausto; a los
pies de la Virgen Mara.

--Pero has tomado la resolucin de terminar?

--Ha llegado el _cese_, querido... Acrcate un poco... Es posible que te
inspire pavor la muerte... Cuando llegue el momento, ya vers cmo no es
tan fiera como la pintan.

Al pronunciar estas palabras sonrea dulcemente. Yo sent el corazn
oprimido. Hizo una pausa, y con trabajo sigui diciendo:

--Te he nombrado mi testamentario... Perdname: no tengo hoy otro amigo
ms ntimo... Lo que se ha de hacer con mi fortuna ya lo vers en el
testamento... Toma esos papeles que hay sobre la mesa, y llvatelos a tu
casa...

Sobre la mesa, en efecto, vi dos grandes legajos amarrados con una
cuerda.

--Entre ellos--prosigui--, los hay puramente literarios. Srvete de
ellos como quieras, o qumalos... Pero si publicas algo, que no sea con
mi nombre... Al mundo no le importar mucho que haya existido un tal
Jimnez que ha dicho bastantes tonteras y una que otra cosa regular...

En vano trat de infundirle esperanza de curacin. Estaba absolutamente
convencido de que mora, y este convencimiento le dejaba tranquilo, como
si fuese a cambiar de domicilio. Comprend que se fatigaba hablando, y
me resolv a dejarlo. Embargado por la emocin, me marchaba sin los
papeles. El me llam para recordrmelos.

--Volver a la tarde--le dije.

--No; no vuelvas hasta la noche--me respondi.

Al salir al jardn con los legajos y montar en el coche no pude ya
reprimir las lgrimas.

Saba que iba a morir antes de llegar la noche? Ahora creo que s.

El criado vino a avisarme al obscurecer de que su amo se marchaba por
momentos. Cuando llegu, el doctor Anglico haba dejado de existir. En
torno de su cadver, an caliente, se hallaban el mdico, un sacerdote y
doa Pepita.

El mdico, plido y triste, exclamaba:

--Era un nombre!

El sacerdote murmuraba gravemente:

--Era un cristiano!


III

Los papeles de Jimnez necesitaban, como los jeroglficos egipcios,
prodigios de atencin y perseverancia para ser descifrados. Adems de su
letra perversa y abreviaturas, se hallaban escritos con lpiz unos,
otros con tinta, en todos los tamaos y formas imaginables: tan pronto
pliegos en folio semejando memoriales a la Alcalda, como esquelitas
diminutas de las que se envan a la tienda de comestibles. La mayor
parte redactados en espaol; pero los haba tambin en francs y en
ingls.

No me decid, por lo pronto, a ser el Champollin de aquella brbara
escritura. Los dej dormir largo tiempo en un armario. Pero habiendo
resuelto no escribir ya para el pblico, y careciendo de otras
ocupaciones que me distraigan, emprend, pasados algunos aos, la tarea;
y despus de algunos esfuerzos he logrado, en parte, llevarla a cabo.
Digo en parte, porque los papeles que ahora se publican no son todos los
que me entreg.

Indudablemente, algunos de ellos parecan destinados a la publicidad por
la forma en que estn escritos. La gran mayora, no obstante, son
apuntes o notas rpidas sugeridas por algn incidente de la vida o por
sus lecturas, y desde luego se puede asegurar que slo los escriba para
descargarse de sus impresiones, necesidad absoluta que experimentan
todos los solitarios.

Mi obra no ha sido de interpretacin solamente, sino tambin de arreglo.
He juntado las notas cuando me ha parecido bien, o las he fraccionado;
tambin las he completado en ocasiones y las he puesto ttulos. Adems,
he suavizado algunos conceptos, sobradamente decisivos, porque entiendo
que, de haberlos l publicado, hubiera hecho lo mismo. No se habla en
pblico como se habla solo.

Estos papeles, tomados en conjunto, resultan una biografa, aunque ms
interna que externa. Por ellos se ver con bastante claridad qu clase
de hombre era el doctor Anglico; se comprender su espritu, su
ingenio, sus aficiones, sus odios, sus amores, sus opiniones y sus
manas. Al terminar mi tarea me hice cargo de que no haba descifrado
unos manuscritos, sino un carcter. Le haba tratado con intimidad
bastante tiempo, y, sin embargo, no haba logrado penetrarle por
completo.

Acaso se me moteje por no haber respetado su ltima voluntad, dndolos
con su nombre a la publicidad. He pensado que, de haberlos impreso bajo
el velo del annimo o con nombre supuesto, no habra de faltar quien me
los achacase. No quiero ufanarme con plumas ajenas, ni ser tampoco
responsable de las opiniones que acerca de muchas cosas divinas y
humanas se hallarn estampadas en las siguientes pginas. Por otra
parte, no puedo menos de sentir alegra y consuelo difundiendo y, si
fuera posible, perpetuando el nombre de un amigo querido. El lector
decidir si vala la pena de sacarlo del olvido.

_A. P. V._

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LA SORPRESA


MS de una vez me acaeci despertar, tras un corto sueo durante el da,
tan sorprendido de mi existencia como si realmente naciese en aquel
instante.

Qu es esto, qu es esto? Qu soy yo? Por qu estoy en el mundo?
Qu es el mundo?, me preguntaba estremecido. Tan grande era mi
estupefaccin, que me costaba trabajo el no romper en gritos de terror y
admiracin. El velo de lo infinito temblaba delante de m como si fuera
a descorrerse. Un relmpago iluminaba el misterio. Mi alma en aquel
instante no crea ms que en s misma; pensaba vivir en el seno del
Todo; no se daba cuenta de que ya estaba desprendida, y rodaba como una
hoja que el huracn arrastra. Estas formas que veo--me deca--son
extraas a mi ser; yo no pertenezco a ellas, ni ellas a m. Ser verdad
que mi alma suea los cuerpos? La muerte me pareca tan inconcebible
como la nada. El relmpago descubra un horizonte indeciso, inmenso,
azulado. En los confines luca una aurora. Mi sitio est all: all
quiero ir. Pero mis ojos podrn recibir los rayos de ese sol cuando se
levante?

Aquel despertar antojbaseme un sueo, y apeteca dormir para despertar
realmente. S; quera despertar para comprender, para vivir; quera
romper los muros de mi propio ser y asomarme a lo eterno. Cmo rea el
espritu en aquel momento del _protoplasma_, la _generatio spontanea_,
la _teora celular_, la _evolucin_, y de todas las dems explicaciones
que se han dado de lo inexplicable!

Vivimos sobre una pequea hoja como el gusano, la recorremos lentamente,
descubrimos sus pequeas vetas, que nos parecen caminos maravillosos;
pensamos conocer los secretos del Universo porque conocemos sus partes
blandas y duras. Llega el relmpago, y los ojos, aterrados, descubren la
miseria de nuestra ciencia. Oh pequea hoja del saber humano, cun
pequea eres!

Pas el momento de la sorpresa; me levanto del silln donde he
dormitado; voy a la cervecera; veo al mozo echarme unas gotas de coac
en el caf; oigo a mi lado discutir a unos autores sobre el estreno de
la noche anterior, si ha sido un xito teatral, o puramente literario. Y
me parece que el mundo no tiene nada de particular.

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La muerte de un vertebrado


ENTRE los concurrentes asiduos a la Cervecera Escocesa, donde
acostumbraba a tomar el caf hace aos, se contaba el coronel Barrios.
Era un hombre corpulento, de facciones correctas y enrgicas, gran
bigote entrecano y grandes ojos negros. Hablaba poco y acertado, y no
sola mezclarse en nuestras discusiones literarias, que escuchaba
sonriendo; pero cuando se tocaban puntos de ciencia o de filosofa,
echaba su cuarto a espadas, demostrando que conoca las ciencias
naturales y que meditaba sobre sus problemas. Mis apartes con l eran
frecuentes, porque me placa mucho su grave amabilidad, la correccin de
sus modales, la calma y la fuerza que transpiraba toda su persona.

Una tarde se discuti en la cervecera la cuestin de la inteligencia de
los animales. Los unos, sostenan su diferencia cualitativa con la del
hombre; los otros, su diferencia cuantitativa solamente. Haba sido
fuerte la disputa, y altas las voces. Cuando, al cabo, se deshizo la
tertulia, quedamos solos delante de la mesa Barrios y yo. Aqul haba
tomado parte en la discusin, pero no en los gritos, pues aun en los
momentos de mayor exaltacin no le abandonaba la mesura. No obstante, a
pesar de su calma y correccin, sostuvo, como de costumbre, ideas
extremas. Porque Barrios era francamente materialista, a la moda
antigua, sin paliativos ni distingos, como Vogt, como Bchner, como
Haeckel. Quedamos los dos solos, repito, y permanecimos largo rato
silenciosos. El coronel pareca hondamente preocupado por las ideas
vertidas durante la discusin. Al cabo, sacando un cigarro puro y
encendindolo, comenz a hablarme en voz baja:

--Jams se me ha pasado por la imaginacin, despus que fu hombre, que
nuestro planeta, como todos los dems astros, sea otra cosa que una
momentnea y efmera condensacin de la materia imponderable que
llamamos ter. Es imposible tomar en serio la idea de un Dios consciente
y providente. La causa suprema del Universo no es una, sino dos: la
fuerza de atraccin y la de repulsin. Con estas dos fuerzas, que obran
lo mismo en los astros que en los tomos elementales, se explica
perfectamente todo, desde el nacimiento de un cristal hasta el de un
pensamiento luminoso. Una actividad creadora, sobrenatural, una fuerza
que exista fuera de la materia, es pura imaginacin potica. Adems,
repito que la considero intil, porque la creacin y la extincin de los
mundos y de la vida que en ellos se desenvuelve, se explica de un modo
perfectamente satisfactorio por las causas mecnicas naturales, por las
fuerzas inherentes a la materia...

Barrios qued algunos instantes pensativo, y, al cabo, prosigui en voz
an ms baja:

--Y, sin embargo, en medio de esta perfecta claridad que ilumina a todos
los fenmenos vitales, y a despecho de la lgica inflexible que ha
introducido la doctrina del transformismo en la historia de la creacin,
de vez en cuando asoma la oreja una duda, un punto negro, como si
dijramos, la garra del fantasma teolgico que, antes de escapar
envuelto en su velo mtico, nos quiere hacer un pequeo araazo en la
piel... Yo he sentido este araazo, y an lo siento, y es lo raro que
cada vez me penetra ms en la carne. Fu all en Cuba, durante la
guerra. Era yo capitn y mandaba una columna volante, y puedo decir a
usted que era una vida de perros, no de hombres, la que llevbamos.
Meses y meses corriendo la manigua con un calor sobrenatural, padeciendo
el hambre, la sed, los tiros de los insurrectos y, lo que era an peor,
las picaduras de los mosquitos. En dos aos no he dormido una docena de
veces bajo techado. Pues bien, en cierta ocasin, como en tantas otras,
sin que visemos al enemigo, sentimos de improviso una descarga. Dos
soldados cayeron heridos. Nos lanzamos furiosamente en persecucin de
los agresores, y logramos darles alcance: hubo un ligero tiroteo, pero,
al fin, como de costumbre, se me escaparon de las manos, dispersndose.
Cuando llegu, jadeante, a un claro de la manigua, el sargento me dijo:

--Mi capitn, aqu hay un hombre herido; qu hacemos?

Dirig la vista hacia el sitio que me sealaba, y vi un hombre como de
treinta aos tendido en el suelo, que se incorporaba trabajosamente
apoyndose en una mano. Entonces la guerra se haca con extraordinaria
crueldad, y ni ellos nos perdonaban a nosotros, ni nosotros a ellos.
As, que respond sin vacilar:

--Remtalo.

Al oir mi respuesta aquel hombre no pronunci una palabra; pero me
dirigi una mirada..., qu mirada, amigo Jimnez! Yo sent algo, aqu
dentro del pecho, muy extrao. El sargento instantneamente apoy el
can del fusil sobre su frente, y le deshizo la cabeza. Fu tan rpida
su accin, que, aunque yo quisiera, no habra podido volver sobre mi
resolucin. Volvera si me hubiese dado tiempo para ello? No lo s. De
un lado, la excitacin que produce la lucha, por otro, el deber de no
flaquear delante de los inferiores, me habran obligado quizs a
mantenerla. Lo nico que puedo decirle es que, despus de muerto aquel
hombre, me sent profundamente triste. Olvid por completo el incidente
mientras dur la guerra; pero al volver a Espaa empec a recordarlo, y
siempre con vivo malestar. Transcurren los aos, y cuanto ms viejo me
hago, con ms persistencia lo recuerdo. Temo, en verdad, que llegue el
da en que no pueda apartar de m los ojos de aquel hombre.

Guard silencio el coronel unos instantes, sacudi la ceniza del
cigarro, y aadi despus con leve entonacin colrica:

--Todo esto es pueril, no hay que dudarlo, y me lo repito cien veces al
da. Los hombres no podemos ahuyentar jams por completo los fantasmas
con que nos han hecho miedo en nuestra infancia... Porque, en ltimo
resultado, qu tena yo que ver con aquel hombre? l y yo no ramos
otra cosa que una agregacin de tomos, y luego de clulas, que, por
leyes mecnicas y fatales, se unen para formar un organismo. Las fuerzas
que a ello han contribudo son eternas, y en el tiempo infinito han
formado otros seres ms rudimentarios y los formarn ms perfectos. Qu
importa que aquel hombre muera, ni que muera yo, ni que muramos todos?
La hormiga que aplastamos con el pie en el camino es una maravilla de
perfeccin tambin. El mismo trabajo le ha costado a la Naturaleza
formar una hormiga que un vertebrado superior; esto es, ninguno. Y, sin
embargo, aplasta usted una hormiga, y ninguna emocin experimenta, corta
usted la cabeza de un vertebrado superior, de un ave o de un mamfero, y
ya comienza usted a sentir cierto sacudimiento nervioso vecino del
remordimiento. Pero mata usted voluntariamente al vertebrado llamado
hombre y la tristeza, ms tarde o ms temprano, se apodera de usted y no
le deja ya en toda la vida. Se invoca la ley de la solidaridad, es
cierto. Damos un puntapi a un perro, chilla, y los dems se ponen a
ladrar. Pero esta emocin tiene por causa el miedo, no el afecto o la
compasin. Lo mismo allan si ven alzado el palo sobre ellos. Se dir
que en el remordimiento interviene tambin el miedo a los castigos de la
vida futura. Y el que est perfecta, absolutamente persuadido, como yo,
de que no existe vida futura? Verdad que es extrao, amigo Jimnez?

--En efecto, es un poco extrao.

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LAS LEYES INMUTABLES


El hombre del mundo que yo pensaba menos expuesto a volverse loco era mi
amigo Montenegro.

Era un ser tmido, reflexivo, metdico, lector asiduo de _La poca_,
apuntador incansable de todos sus gastos, hasta de las cajas de cerillas
que compraba.

Y, sin embargo, cay repentinamente en una espantosa demencia.

Una tarde le encontr en el Retiro, y me pidi un milln de pesetas para
la canalizacin del ro Manzanares. Se trataba de un negocio que
importara, aproximadamente, cincuenta millones; l se haba suscrito ya
por veinticinco: le faltaba la mitad; pero contaba con los banqueros ms
importantes de Madrid, y conmigo, por supuesto.

Para llevar a feliz trmino este proyecto grandioso, le pareca muy
conveniente, se puede decir indispensable, hacerse diputado. Ya ves, en
Espaa la poltica lo absorbe todo... Si uno no es diputado, etc., etc.

Montenegro lo fu. Es decir, no lo fu; pero como si lo fuese. Una tarde
se present en el Congreso poco antes de abrirse la sesin; hizo avisar
al presidente de que un seor diputado electo deseaba jurar. El
presidente orden todo lo necesario para tan solemne acto, el crucifijo,
los Evangelios, etc.

Se di la voz: Un seor diputado va a prestar juramento.

Los que estaban en los escaos se pusieron en pie, y Montenegro, vestido
de etiqueta y escoltado por los maceros, se present en el saln y
avanz majestuosamente hacia la Presidencia.

Por qu re todo el mundo a carcajadas? Es que Montenegro llevaba un
zapato negro de charol y otro de color. El presidente le pregunta su
nombre, se entera de que no es diputado, sospecha que se trata de un
loco, y lo hace retirar.

Ms adelante se present en el Palacio Real, di el nombre de un ex
ministro del tiempo de la Repblica poco conocido personalmente en
Madrid, y logr llegar de esta suerte hasta la cmara regia. Averiguada
en el momento la superchera, le agarrotaron como un paquete postal y lo
enviaron a la crcel. Cost un trabajo increble a su familia persuadir
a las autoridades de que no se trataba de un espeluznante complot
anarquista. Convencidas, al fin, lo entregaron, a condicin de que se le
recluyese en un manicomio.

As se efectu. Mi buen Montenegro pas algunos meses en un
establecimiento de alienados de Carabanchel. Pero como no haba motivo
para tenerle encerrado, porque era el hombre ms sensato del mundo, el
director lo restituy a su familia, manifestando que se hallaba
completamente curado.

Despus le encontr en la calle muchas veces, y solamos charlar un
rato. Algunas veces me convid a almorzar, y luego nos dbamos un paseo
en coche por el Retiro.

Precisamente durante uno de estos paseos salt nuestra conversacin a la
metafsica. Montenegro haba ledo bastante, y era hombre que le gustaba
investigar la causa de las cosas y sorprender los secretos de la
Naturaleza. Sostuvo aquella tarde una opinin que a m me pareci al
pronto paradjica, a saber: que la pretendida diferencia entre las leyes
morales y las leyes fsicas no era ms que una ilusin del entendimiento
humano.

--No existe ley alguna, amigo Jimnez, que no dependa de una voluntad,
y, por tanto, que no sea moral. Primitivamente, ste fu el concepto de
la ley: una orden, una limitacin dictada en nombre de una autoridad.
Ms tarde, pasando de la esfera moral a la fsica, este concepto se
desnaturaliz. Un hecho se reproduce invariablemente y de un modo
inevitable mediante ciertas circunstancias, y lo llamamos ley, esto es,
una orden o prohibicin. Nuestros primeros padres as lo comprendieron,
y por eso vean detrs de cada fenmeno de la Naturaleza el agente
secreto o el dios que lo produca. No haba leyes inmutables para
ellos, porque todas pendan de una voluntad libre que poda cambiar.
Pero nosotros al observar que el fenmeno se reproduce incesantemente, y
que el agente no se hace visible jams, deducimos que no existe,
abstraemos los fenmenos de la voluntad y les damos existencia propia...
La ley, la ley! Qu es la ley? Para m, sin la voluntad, es una
palabra vaca.

--Querido Montenegro--le respond--, me parece que equivocas los
trminos. Existen dos clases de fuerzas. Unas tienen conciencia de s
mismas y obran con intencin: son los agentes libres de que t hablas.
Pero hay otras que no tienen conciencia de s mismas: son los agentes
ciegos del mundo material. De aqu la necesidad de reconocer dos clases
de leyes, las leyes del orden moral y las leyes del orden fsico.

--Ah est el error! Esa separacin es puramente arbitraria. T ves que
dos bolas de billar se aproximan y chocan. De aqu deduces que hay un
hombre que ha herido una de ellas con un taco. Pero ves que dos astros
en el cielo se aproximan tambin y chocan, y en vez de deducir que
existe un ser que los ha lanzado el uno contra el otro, te satisfaces
con decir: Ese choque se ha efectuado en virtud de una ley inmutable.
Yo digo: esa ley no es ms que una abstraccin. Si t no ves los agentes
inteligentes y libres que producen los fenmenos, yo tampoco veo los
agentes ciegos de que me hablas. Agentes ciegos! Qu significa esto?
Si las leyes del mundo moral no pueden aplicarse al mundo fsico, ni las
de ste al primero, fuerza es remontarse ms alto y concebir un mundo
que los abrace y los comprenda a los dos. Y en este mundo tiene que
existir la inteligencia y la voluntad, porque no puede existir algo en
la parte que no se d en el todo. Por todos lados veo que eso de la
inmutabilidad es una quimera.

As continuamos discutiendo hasta que los coches comenzaron a desfilar
hacia la villa. Montenegro me invit a tomar el t en su casa. Cuando
hubimos terminado, me dijo, no sin cierto aparato de misterio y
solemnidad:

--Voy a darte una prueba de confianza, Jimnez. Voy a demostrarte
prcticamente la verdad de lo que antes te he dicho acerca de las leyes
del Universo.

Altamente sorprendido, me dej conducir desde el comedor hasta su
gabinete de trabajo. Desde all, por una puertecita de escape, me hizo
entrar en otro gabinete, en cuyo centro haba un gran aparato semejante
a una esfera armilar. El sol era un globo de cristal esmerilado,
iluminado en su centro por una bombilla de luz elctrica. En torno suyo
giraban, por medio de una mquina de relojera, hasta una docena de
esferas ms pequeas y opacas, las cuales, como los planetas, no slo
tenan movimiento de traslacin, sino tambin de rotacin. Habitando en
estas esferas opacas, me hizo ver gusanos en unas, escarabajos en otras,
y en otras, por fin, grillos.

--He aqu el Universo!--dijo sonriendo.

Yo empec  mirarle con recelo.

--Por medio de este aparato que aqu ves--continu--y al cual yo,
haciendo de Providencia, me encargo de dar cuerda cada ocho das, estas
esferas giran acompasadas y en orden eternal--como decs los
literatos--las unas en torno de las otras. Los insectos que las pueblan
estn acostumbrados, porque han nacido aqu, a que el sol luzca doce
horas seguidas. Yo me encargo de apagarle cuando acabo de cenar, y
entonces enciendo estas estrellitas, que son unas cuantas bombillas de
diferente color. Yo los alimento, los limpio, les refresco la vivienda
cuando hace falta, o se la caliento... En fin, soy un Dios mucho ms
benvolo que el nuestro.

Empec a mirarle con ms recelo an.

--Pero esta vida tranquila y feliz no puede durar eternamente, porque te
repito que eso de las leyes eternas es una guasa. Soy un Dios benvolo
en la apariencia, malo en el fondo, que les tiene preparada una sorpresa
dolorosa, como a nosotros el nuestro, si hemos de dar crdito a San Juan
Evangelista. El da menos pensado...

Qued unos instantes suspenso, y sus ojos comenzaron a girar de extraa
manera.

--Ese da ha llegado!--prorrumpi al fin con acento solemne--. Yo, que
soy su Dios, as lo quiero. Empecemos por los signos precursores.

Y acto continuo, por medio de adecuada manipulacin, hizo que las
esferas comenzasen a girar en sentido contrario.

--Qu asombro el de estos pequeos seres--exclam--al observar que el
sol camina hacia su levante! Pero an lo ser mayor ahora.

Y por medio de otra manipulacin hizo que las esferas se moviesen como
pndulos, en vez de girar circularmente.

--Adis ley de la gravedad!--profiri soltando una gran carcajada.

Yo me hallaba cada vez ms desconfiado, y con unas ganas horribles de
marcharme.

--Pero esto no es nada!... Ahora van a ver estos pequeos mortales
cosas mucho ms asombrosas.

Apag repentinamente el foco del globo y, despus de una pausa, encendi
otro de un color rojo subido. A su lado encendi otros focos del mismo
color.

--El cielo toma un color de sangre! Se acerca el fin del mundo!

Inmediatamente hizo chocar uno de estos globos contra otro, y lo redujo
a polvo.

--Comienza el cataclismo!... En este momento se hacen rogativas entre
los escarabajos para desviar de su cabeza la clera del Eterno... Pero
el Eterno no quiere; lo os bien? El Eterno no quiere!--exclam a
grandes gritos--. El Eterno quiere pulverizaros, en castigo de vuestros
pecados...

Hizo estallar otro globo, y despus otro y otro, y as sucesivamente.

--El cielo ya no es ms que un montn de ruinas, un caos! El Creador
reduce a la nada lo que de la nada ha sacado... Ahora os toca a
vosotros, miserables pigmeos, que habis osado muchas veces dudar de la
omnipotencia divina y blasfemar de mi providencia. Ahora os toca a
vosotros!

Yo estaba aterrado, y dirig una mirada de angustia a la puerta, que,
afortunadamente, no estaba lejos.

--El ngel del Seor se va a encargar de destruiros!

Agarr una trompeta que tena sobre la mesa, la llev a los labios, y
produjo un sonido horrsono. Luego tom un martillo y se puso a dar
golpes furiosos sobre las esferas opacas, hacindolas pedazos en pocos
momentos. Y a grandes gritos comenz a proferir:

--El juicio final! Lleg vuestro da!... Morid, rprobos, morid!...
El Apocalipsis!... Pero dnde est la bestia? Dnde est la bestia
del Apocalipsis?... Ah, ya la veo!--exclam dirigindome una mirada de
extravo--. All est... All est la bestia con sus siete cabezas y con
sus diez cuernos, semejante a un leopardo, blasfemando contra m, contra
el Creador de todas las cosas. No blasfemes, malvado; no blasfemes
contra tu Dios... Yo soy el Primero y el ltimo, el que era, el que es,
el que ser. Mi mano omnipotente te va a pulverizar...

Y diciendo y haciendo, se lanz hacia m con el martillo levantado. Pero
yo, que estaba prevenido, me puse de un salto cerca de la puerta y sal
gritando:

--Socorro! Socorro!... Sujetad al loco!

A mis voces salieron los criados y un hermano de Montenegro, le
arrojaron a los pies una silla, y le hicieron tropezar y dar de bruces
en el suelo. Entonces lograron sujetarlo, y yo escaparme, jurando no
volver a tener conexin en la vida con los que alguna vez han sido
locos.

       *       *       *       *       *

Sin embargo, la compasin me arrastr un da a visitarle en el manicomio
de Carabanchel. No me permitieron hablarle, pero le pude ver paseando
por el jardn con otros enfermos. El doctor, que era un eminente
alienista, me dijo que Montenegro segua empeado en que no existen
tales leyes inmutables, y, en apoyo de su tesis, proyectaba construir un
universo con dos solas dimensiones.

El doctor me refera estas cosas sonriendo. Yo, que estaba preocupado y
an lo estoy con este problema metafsico, le dije con acento reflexivo,
como si hablara conmigo mismo:

--Oh, las leyes inmutables!... Nos remos de Montenegro; pero, en
ltimo resultado, quin sabe?... Hay mucho que hablar acerca de la
eternidad de las leyes.

El doctor se puso serio y fij en m una mirada profunda y escrutadora.
Yo me puse un poco colorado y me apresur a despedirme.

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SOCIEDAD PRIMITIVA


La verdad es que para indemnizarme de los juegos de los hombres grandes,
no encuentro nada ms agradable que los juegos de los pequeos. Los de
los primeros son pesados, nocivos, melanclicos, particularmente la
poltica; los de los segundos, alegres, expresivos, llenos de profundas
enseanzas.

Por eso, cuando paseo en el parque del Retiro, acostumbro a sentarme en
cualquier banco de madera (nunca de piedra, por razones que me reservo),
y paso momentos bien gratos contemplando el bullicio de los nios.

En este pequeo mundo, como en el otro, existen toda clase de pasiones,
desde la envidia rastrera hasta el sublime herosmo; el amor, los celos,
la arrogancia, el valor y el miedo. Pero todas ellas son adorables,
encantadoras, porque todas son naturales. La Naturaleza no produce cosas
feas. Es nuestra infame reflexin quien las introduce en la vida.

Luego, aquellas escenas que presencio me transportan a las primeras
edades del mundo y a los comienzos de la sociedad humana. Qu santa
libertad para anudar y deshacer relaciones! La amistad cordial, el odio
franco, la envidia declarada, la vanidad ostensible, el miedo confesado.
Es una sociedad primitiva; es el ser humano independiente y libre,
dominador de la existencia y recrendose en ella.

Una nia cruz por delante de m con paso lento, casi solemne,
dirigiendo miradas de atencin complaciente a todas partes. Era una
preciosa criatura de seis a siete aos, rubia como una mazorca. Su
mam, sin duda, era aficionada a las flores. Ella las miraba y remiraba,
parndose delante de una y de otra, acaricindolas alguna vez con su
manecita, tan blanca, tan primorosa, que no desmereca de ellas. Su
mam era inteligente en jardinera? Pues ella tambin lo era, y lo
demostraba cortando con unas tijeritas las hojas que les sobraban.

Y que no estaba ella poco ufana de sus tijeritas, que pendan de una
cinta azul de seda sujeta a su cintura! Con qu placer las contemplaba
balancearse al comps de su marcha! Qu alegra se pintaba en sus ojos
azules al recortar delicadamente con ellas las hojitas que sobraban a
las flores!

Pero, les sobraban realmente a las flores aquellas hojitas? Es lo que
se permiti dudar un guarda de grandes bigotes negros, que le grit con
voz formidable:

--Eh, nia, cuidado con tocar a las flores, porque te llevar a la
Direccin y te encerrar en el calabozo!

La nia qued plida, yerta. Virgen de Atocha! La Direccin, el
calabozo! Y no ver ms a su mam, ni a Melita, ni a _Chich!_...
Afortunadamente, lleg corriendo la Pepa, su vieja ama seca, que la
zarande por un brazo.

--Angelina! Qu es lo que has hecho? Tonta, retonta, atrevida! No
sabes que las flores no se tocan?...

Indudablemente, ni aquel guarda tan feo ni la Pepa saban una palabra de
jardinera, porque su mam cortaba a menudo las hojas de las flores de
la terraza.

Se alej el guarda descontento, se alej la Pepa descontenta, y ella se
qued descontenta tambin. Pero no tard en contentarse. Olvid
instantneamente su crimen, y deplorando, como es justo, la falta de
instruccin agrcola de ciertas personas, prosigui inspeccionando las
ltimas plantaciones del Municipio, dejando a sus tijeritas inactivas.

Un poco ms lejos haba un grupo de chicos, ninguno de los cuales
pasara de los diez aos, que se ocupaban ardorosamente en inflar un
globo de pequeas dimensiones. Lo haban suspendido a la rama de un
rbol, y quemaban papeles que introducan en l hasta que se consuman,
y volvan a introducir otros, y as sucesivamente. Qu frvola
ocupacin!, qu niera! Angelina, desde lo alto de sus facultades
estticas, les diriga una que otra mirada de lstima.

Entre aquellos soplaglobos, el que ms se fatigaba y el que pareca
dirigir la operacin, era un nio de robusta complexin, con grandes
ojos negros y fieros, cabellos negros tambin que le caan en rizos
sobre su frente sudorosa, y vestido con traje marinero. Por sus ademanes
imperiosos, por sus miradas terribles, por su gravedad, era un dspota
oriental en miniatura. Los dems le obedecan sin replicar.

Angelina, siempre inspeccionando sus flores, acert a pasar cerca de
ellos. Uno la mir con el rabillo del ojo, sonri y dijo algunas
palabras al odo del que tena ms cerca, que tambin sonri y habl al
odo del de ms all. Todos suspenden sus trabajos y contemplan
sonrientes a la pequea hada del jardn. Es decir, todos, no: el
caudillo de la tribu le clav una mirada altiva, e inmediatamente la
apart para continuar su tarea.

Angelina sinti sobre su frente el peso de aquellas miradas burlonas, y
se ruboriz.

Pero qu es lo que se dicen?, qu es lo que proyectan aquellos
revoltosos? Angelina no lo sabe, pero observa que se hablan sin dejar de
mirarla, y adivina que se urde una trama contra su persona. Echa una
mirada inquieta en torno suyo, y advierte con espanto que la Pepa se
halla muy lejos y distrada en conversacin con otras domsticas. Todo
poda esperarse de aquellos seres primitivos, en los cuales apuntaba
solamente el alba de la conciencia tica.

Y, en efecto, sin darle tiempo a huir, se encuentra rodeada sbitamente
por ellos; la estrechan, lanzan gritos salvajes, ren brutalmente, como
los hroes de la Odisea, y, por fin, llevan su osada hasta poner sus
labios en el rostro de la preciosa nia.

La indignacin pudo en ella ms que el miedo, como ha sucedido siempre
con todas las doncellas cristianas.

--Que os pincho!, que os pincho!--comenz a gritar blandiendo sus
tijeritas.

Pero no lleg a hacerlo, porque se hallaba mucho ms alta en la escala
de la evolucin, y la horrorizaba verter una gota de sangre de su
prjimo.

Los brbaros se aprovechan lindamente de aquel delicado sentido moral, y
uno tras otro besan riendo sus cndidas mejillas.

Mas he aqu que la justicia del cielo, revistiendo la forma corporal y
perecedera de la Pepa, cae inopinadamente sobre ellos. Bofetada de aqu,
pescozn de all, estirn de orejas a uno, de pelos a otro, en mucho
menos tiempo de lo que tarda en decirse, pone en dispersin a aquella
canalla. Y en virtud del impulso adquirido (nos complacemos en
suponerlo), arremete tambin contra Angelina, y planta dos bofetadas en
aquellas rosadas mejillas, un instante antes tan besuqueadas.

Lloran los salvajes, llora su vctima y, caso admirable!, llora tambin
la justicia celeste. De ira? De remordimiento?

Un minuto despus, all no haba pasado nada. Los salvajes, satisfechos
a medias de su correra, vuelven a la tarea de inflar el globo, y
Angelina es arrastrada al tribunal de las domsticas para ser juzgada.
No se encontr ni sombra de culpabilidad en su conducta. Por tanto, fu
absuelta libremente, con todos los pronunciamientos favorables.

Limpiados sus ojos, restregadas sus mejillas hasta el rojo subido para
borrar las huellas de aquellos besos groseros, Angelina vuelve, como un
pajarito alegre y petulante, a inspeccionar las flores. Poco a poco se
va aproximando nuevamente al aduar de los bohemios, y pasa repetidas
veces por delante de ellos. Oh coquetera femenina, que ya estalla en
un corazoncito de siete aos!, exclamarn ustedes filosficamente. Eso
pens yo, naturalmente; pero pronto me convenc de que infera una
ofensa a la simptica nia.

Lo que la empujaba otra vez hacia el terreno de la tribu no era la
coquetera, sino un vivo sentimiento de justicia.

A pesar del aturdimiento y angustia en que la haba puesto la agresin
de los brbaros, pudo observar que el jefe de ellos, aquel hermoso nio
de ojos y cabellos negros, no haba tomado parte en la algarada. Se
haba mantenido en su sitio, contemplando con mirada burlona y desdeosa
la fechora de sus compaeros.

Angelina, al pasar por delante del grupo, le diriga miradas
penetrantes de curiosidad y gratitud. La vi vacilar, dar un paso hacia
l, volver atrs; por fin, se acerca con ademn resuelto y le dice:

--A ti, porque has sido bueno, a ti te doy un beso.

Y, efectivamente, puso sus labios de coral en la atezada mejilla del
caudillo. ste se deja besar inmvil como una estatua, le dirige una
larga y orgullosa mirada, y, haciendo un mohn de desdn, vuelve con el
mismo afn a su tarea.

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UN TESTIGO DE CARGO


Hay personas que no pasean jams sino por calles cntricas. Hay otras
que gustan de las excntricas y solitarias, en los barrios extremos de
Madrid, lindantes con la campia. Las hay, por fin, que no pasean ni por
unas ni por otras, y slo encuentran alegra midiendo el pasillo de su
casa a trancos, y acercndose de vez en cuando a la estufa para
calentarse las manos.

Pues bien; declaro que yo pertenezco a la segunda categora, aunque
tambin me agrada recorrer una y otra vez mi pasillo con las manos en
los bolsillos, particularmente cuando llueve, y dar unas cuantas vueltas
por las calles de Alcal y de Sevilla a las horas de ms trnsito.
Cuando esto ltimo acaece, procuro que mi rostro vaya fruncido y
aborrascado para adaptarse al medio ambiente; pero es contra mi gusto,
bien lo sabe Dios, porque mi fisonoma, por naturaleza, es plcida y
sentimental.

As, que experimento ms placer en pasearme por las afueras, donde
encuentro rostros alegres que me miran sin hostilidad. Slo all me
desarrugo y soy exteriormente lo que Dios quiso hacerme. Y he pensado
algunas veces que si trasladsemos las caras de las afueras al centro, y
las del centro las envisemos a paseo, Madrid ofrecera a los ojos de
los extranjeros un aspecto ms hospitalario, ms risueo y, sobre todo,
ms humano que el que ahora tiene.

No sucede lo mismo con los perros. Encuentro, generalmente, los del
centro apacibles y corteses; los de los barrios extremos, agresivos,
quimeristas y mucho ms descuidados en el aseo de su individuo. Sin
duda, la cultura, que ejerce una influencia tan triste en la raza
humana, suaviza y mejora la canina.

Ignoro si el perro con quien tropec cierto da en una de las calles ms
extraviadas del barrio de Chamber era quimerista y agresivo como sus
convecinos; pero s puedo dar fe de su escandalosa suciedad.

Flaco, lanudo como esos bohemios que no se recortan jams la barba y la
dejan crecer por donde salga, cubierto de polvo y con un pegote de barro
en cada pelo, se acerc a m este repugnante animal moviendo el rabo y
mirndome con ojos humildes.

Yo d un salto atrs, porque la experiencia me ha enseado que se puede
mover el rabo humildemente y ser en el fondo malsimo sujeto. Pronto me
convenc de que no haba nada que temer. Aquel pobre perro haba venido
tan a menos, se hallaba tan desamparado y abatido, que los ltimos
rescoldos de su carcter agrio, si alguna vez lo haba tenido, se haban
apagado por completo.

Hice sonar con los dedos una leve castaeta, correspondiendo al meneo
vertiginoso de su rabo, y me dispuse a proseguir mi camino. Pero l
agradeci aquella fra castaeta como nadie me agradeci en la vida el
saludo ms cordial y carioso. Comenz a brincar delante de m, y a
retorcerse, y a lanzar suaves e insinuantes aullidos, expresando tanto
gozo como gratitud.

No se agradecen as los saludos en este bajo mundo--me dijo nuevamente
la experiencia--si no se teme o se espera algo. Este perro no tiene amo,
o ha sido arrojado por l de su casa. Pobre animal! Me interes su
desgracia, y de nuevo hice sonar la castaeta con alguna mayor efusin,
y l con esto renov las seales de gratitud hasta querer descoyuntarse.

Inmediatamente tom la resolucin de seguirme hasta el fin del mundo.

Yo le vea detrs varias veces, dndome escolta; otras, delante,
sirvindome de heraldo. Por momentos se detena; levantaba hacia m su
hocico peludo, y me miraba con afectuosa sumisin, cual si me quisiera
decir que estaba dispuesto a obedecerme como amo y seor. La desgracia
de aquel animal me conmovi. Era tan feo, que no haba motivo para
admirarse de que su dueo le hubiese abandonado.

Y, sin embargo, yo he visto algunas seoras ricas que acariciaban y
mimaban con apasionados transportes de amor a otros perros ms feos que
ste, y he visto tambin a algunos jvenes elegantes acariciar y mimar a
estas mismas seoras, ms feas an que sus perros.

Me representaba a aquel pobre animal, arrojado ignominiosamente de su
casa, volviendo a ella a demandar gracia, aullando tristemente a la
puerta; le vea marchar errante y hambriento por aquellas calles
solitarias, introducirse en alguna tienda en busca de una piltrafa,
salir de ella molido a palos, seguir a los transeuntes hasta que stos
le despedan a puntapis o pedradas.

La compasin se filtraba en mi pecho, y cuando el animal se paraba a
mirarme, le haca una sea de afectuosa consideracin. Entonces se
acercaba a m rebosando de agradecimiento, y yo, sin temor a mancharme
las manos, como los santos caritativos de la leyenda, le acariciaba la
cabeza.

Pero a medida que transcurra el tiempo, se apoderaba de m un vago
malestar. Qu iba a hacer de aquel desdichado? A un perro no se le
puede dar una limosna, ni recomendarle a un concejal amigo para que le
coloque de pen en los trabajos de la villa. Necesitaba llevrmelo a
casa. Esto era grave. Qu dira el portero, qu diran los vecinos, qu
dira, sobre todo, mi familia al ver entrar aquel bicho feo y asqueroso?
Vaya unas protestas, vaya una zambra, vaya una risa que se armara en
mi casa! Se me puso la carne de gallina.

Comprend inmediatamente todo lo falso de mi situacin.

Entonces hice con aquel perro lo que conmigo hacen los amigos cuando mi
presencia les molesta; me hice el distrado. Cuando me miraba con sus
ojos afectuosos, volva la cara hacia otro sitio; si se acercaba a m,
frunca el entrecejo como si no le viese, y segua mi camino. En fin,
adopt un continente tan glacial como significativo. Pero l no vi la
significacin, o no quiso verla. Sin darse por enterado, persista en
sus muestras de adhesin incondicional, tenindose siempre por mi
protegido.

Una de las veces que mi mirada se cruz con la suya, vi en sus ojos una
expresin de sorpresa y de splica tal, que el corazn se me apret. Sin
embargo, lo que peda no era posible.

Mi inquietud iba en aumento, y ya pensaba en la barbarie de arrojarlo de
mi lado violentamente, cuando observo que viene hacia nosotros un
tranva. Entonces, cautelosamente me agarro a l y monto. Desde la
plataforma veo a mi perro que camina tranquilo y confiado, vuelve de
pronto la cabeza, queda sorprendido, olfatea el aire con desesperacin,
y, por fin, baja de nuevo su cabeza hacia la tierra resignado, como los
seres que han conocido todo el dolor de este mundo y saben lo que se
puede esperar de la existencia.

Jams pude olvidarlo. Y al acordarme de l, no puedo menos de pensar que
cuando algn da me vea ante el supremo tribunal de Dios, y se juzguen
todos los actos de mi vida, y se cuenten mis faltas y desaciertos, he de
verle aparecer, con su hocico peludo y su aspecto dolorido, a dar fe de
mi cruel egosmo.

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Opacidad y transparencia


Hay pocos hombres con los cuales me agrade tanto el encontrarme como con
el doctor Mediavilla. Es afable, despreocupado, culto, observador,
ingenioso y siempre ameno. No es frecuente que nos tropecemos, pues
gravitamos en rbitas distintas; pero cuando esto sucede, pasamos largo
rato departiendo en medio de la acera, o bien me invita a entrar en el
caf ms prximo, y bebemos una botella de cerveza.

Slo tiene para m una desventaja su conversacin. Nunca discurre acerca
de lo que ms sabe y pudiera instruirme, de las ciencias fsicas y
naturales, en las cuales est reputado como sabio eminente. O por la
necesidad de reposarse de estos estudios y cambiar momentneamente la
direccin de sus ideas, o impulsado por una cortesa mal entendida,
suele hablarme de literatura y de poltica. Lo hace muy bien, mejor que
muchos literatos y polticos de profesin; pero no hay duda que sera
para m ms provechosa si la pltica versara acerca de las ciencias que
cultiva.

Otro reparo pudiera acaso oponer a su amensima charla. El doctor
Mediavilla es un pesimista convencido, y presiento que si le tuviera
siempre a mi lado concluira por fatigarme. A largos intervalos, y
sazonado por un ingenio sutil y penetrante, su pesimismo interesa y
convence.

No hace muchos das, la casualidad me hizo dar con l no muy lejos de la
puerta de su casa, hacia la cual se encaminaba. Caan algunas gotas de
lluvia, y no habiendo por all ningn caf prximo, y no queriendo
privarse del gusto de charlar un rato, me invit a subir a su domicilio.
Resist un poco: las presentaciones a la familia me molestan.
Comprendilo l, y me asegur que no entraramos en sus habitaciones,
sino que subiramos directamente al laboratorio que tena instalado en
el cuarto tercero de la misma casa.

Era sta suntuosa: portero de flamante librea, amplia y tapizada
escalera, etc. Bien se echaba de ver que el doctor posea una extensa y
opulenta clientela. Pero una buena parte de las ganancias que sus
visitas le reportaban serva para el sostenimiento de su famoso
laboratorio.

--Mi mujer odia de muerte el laboratorio--deca mientras ascendamos
lentamente la escalera--. Yo odio de muerte las visitas y consultas.
Para las mujeres, todo lo que no se traduzca inmediatamente en especies
sonantes, es, sencillamente, aborrecible. Temblando estoy que el da
menos pensado suba y haga pedazos mis frascos e instrumentos. Aunque
ustedes los poetas no se harten de llamarlas ngeles y cantar su
idealismo, yo no conozco nada ms prosaico y mezquino que el alma de una
mujer.

--Las mujeres no son poetas ni comprenden casi nunca la poesa, es
cierto; pero consiste en que son ellas mismas poesa. El conocimiento no
puede conocerse a s mismo.

--Hombre, tiene gracia la explicacin!--exclam riendo--. Sin embargo,
mi mujer ha dejado ya de ser poesa por dentro y por fuera.

Llegamos al tercero, apret el timbre, y sali a abrirnos un joven flaco
metido en un blusn que le llegaba a los pies.

--Seor doctor! Buenos das, seor doctor!--balbuci deshacindose en
genuflexiones.

Mediavilla apenas se dign responderle. Pasamos por delante de l,
entramos en un amplio saln cuyas paredes estaban guarnecidas por
armarios con puertas de cristal, al travs de las cuales se vean
redomas, frascos, alambiques y no pocos instrumentos de fsica;
atravesamos luego otro semejante, y penetramos, al cabo, en un gabinete
lindamente amueblado, donde el doctor se despoj de su levita y
sombrero de copa, vistindose en su lugar una bata chinesca y un gorro
turco.

--Es increble lo que contribuyen estos dos sencillos aditamentos--dijo
sonriendo maliciosamente--para infundir veneracin a mi fmulo.

--Qu fmulo?

--Ese que usted acaba de ver. Tambin yo tengo mi Wagner como el doctor
Fausto, tan sediento de ciencia, tan pedante y tan crdulo. Cuando me
pongo esta bata y este gorro, me juzga capaz de levantar todos los velos
de la Naturaleza y de evocar los espritus activos y misteriosos que
trabajan dentro de ella.

Le dirig una mirada, y no pude menos de excusar el respetuoso temor del
fmulo; porque Mediavilla, de aquella forma ataviado, con sus gafas de
oro y su barba tallada en punta, semejaba, en efecto, un nigromntico.

--Ea, charlemos un rato--dijo arrellanndose frente a m en una
butaca--. Qu me cuenta usted del drama de Romillo?... Un tiro,
verdad? Estos jvenes satnicos concluirn por quitar tambin a Satans
la opinin de listo.

--Doctor--respond yo un poco vacilante--, perdone usted..., pero en
este momento..., dentro de un laboratorio y al lado de un hombre de
ciencia tan notable, no puedo menos de sentir alguna curiosidad
cientfica. Si usted fuese tan amable que me mostrase alguna
preparacin... o me hiciese presenciar cualquier experimento!...

Mediavilla se puso serio repentinamente, me mir con sorpresa y
atencin, y exclam, al cabo, sacudiendo la cabeza:

--Hombre, un literato!... Vamos, usted es como mi fmulo, sabe muchas
cosas, pero deseara saberlo todo.

Luego, alzndose de la butaca y abriendo la puerta, grit:

--Morlesn!

--Seor doctor.

--Qu estaba usted haciendo cuando entramos?

--Estaba filtrando las ondas lumnicas.

--Y para qu haca usted eso?

Morlesn tard algunos instantes en responder.

--Me preocupa mucho la constitucin de la materia--dijo al cabo--.
Quisiera saber lo que hay dentro de los tomos.

--Lo sabr usted.

--Cree usted, seor doctor...?

--S, s; lo sabr usted.

Y gravemente pas por delante de l, invitndome a seguirle.

--Es un experimento antiguo, pero siempre curioso--me dijo--. Fsica
recreativa... Morlesn, haga usted delante del seor el experimento.

El fmulo se apresur a obedecer. Cerr los balcones, y con una pequea
lmpara de arco voltaico produjo el espectro, haciendo atravesar el rayo
luminoso por un prisma de cristal. Entonces pude ver cmo el espectro se
extenda ms all de los lmites del rojo, haciendo subir el termmetro,
y ms all del violeta, haciendo surgir la luz en un papel impregnado de
sulfato de quinina. Los rayos invisibles tenan, pues, una eficacia
superior a los visibles. Despus, por medio de soluciones adecuadas, me
mostraron la causa determinante de los colores. Unos cuerpos absorben
ciertas ondas luminosas, y dejan pasar libremente las otras. Estas
ltimas son las que prestan su color a los cuerpos. Por fin, pude
observar que este poder de eleccin que los cuerpos tienen para las
ondas luminosas, no solamente se extiende al espectro visible, sino
tambin al invisible. El agua, por ejemplo, era perfectamente
transparente para la luz, y opaca para los rayos calorferos. Otros
lquidos, viceversa, eran opacos para los rayos visibles, y dejaban
pasar los invisibles ultrarrojos o ultravioletas.

Morlesn, rojo y hasta ultrarrojo de placer, me di una explicacin
acabada de estos fenmenos. El ter lumnico, substancia imponderable e
infinitamente elstica que llena los espacios interestelares, penetra en
todos los cuerpos, rodea los tomos, que nadan en l como nuestra tierra
nada en la atmsfera. Las vibraciones de este ter son la causa de la
luz y del calor. Estas vibraciones u ondulaciones del ter difieren en
el perodo de duracin. Las ms cortas son las ultravioletas, que se
llaman tambin rayos qumicos, porque su rapidez las hace ms aptas
para la descomposicin de los cuerpos; las ms largas, las ultrarrojas,
generadoras del calor. Pues la causa de la opacidad o transparencia de
los cuerpos para unas u otras ondas consiste en que el movimiento de
estas ondas coincida o no con el movimiento de los tomos. Si el perodo
de vibracin de una onda coincide con el perodo de vibracin de los
tomos que componen un cuerpo, los dos movimientos se acumulan, y el
cuerpo absorbe aquella onda, o, lo que es igual, resulta opaco para
ella. En cambio, dejar pasar libremente las otras.

Mediavilla, que haba escuchado con sonrisa burlona la disertacin de su
fmulo, exclam:

--Ya ve usted que el amigo Morlesn habla de las cosas que pasan ah
dentro como si fuese un gnomo testigo de todas las operaciones
misteriosas de la madre Naturaleza.

Morlesn di las gracias ruborizado. El doctor me ech el brazo por la
espalda y me llev de nuevo a su gabinete.

--Acaba usted de presenciar un experimento de fsica--me dijo--. Quiere
usted ver este mismo experimento transportado al mundo psquico?...

--No entiendo...

--S; esta misma filtracin de las ondas lumnicas al travs de los
cuerpos, voy a hacrsela a usted ver al travs de las almas.

Le mir con estupefaccin, sin comprender. Mediavilla, sin explicarse
ms, se acerc a un aparato telefnico que tena cerca de la mesa y
llam a su casa.

--Est la seorita Luisa?--pregunt al criado--. S?... Pues dile que,
si no le sirve de molestia, tenga la bondad de subir un momento.

--Es mi hija mayor--dijo colgando el auditivo--. Tiene veintids aos.
Ser la redoma al travs de la cual vamos a filtrar la luz de esta
lmpara.

Y llev la mano a un estante de su biblioteca y sac de l un libro. Yo
le miraba cada vez con mayor sorpresa.

No tard en aparecer una joven ms baja que alta, ms gruesa que
delgada, de rostro fresco y sonrosado. El doctor me present a ella como
gran literato, y le endilg la patraa de que estaba escribiendo un
libro sobre el arte de la lectura, y tomaba notas y haca observaciones
en cuantos sujetos me era posible, hombres, mujeres, jvenes, nios y
viejos.

--Si t fueses tan amable que leyeses en alta voz un captulo de esta
novela!

--Oh! Yo leo muy mal!--exclam la joven ponindose encarnada como una
cereza.

--No es exacto. Pero aqu no se trata de la mayor o menor perfeccin en
la lectura, sino de ciertas observaciones que el seor est efectuando
acerca del acento, del timbre de la voz, del ritmo, etc., etc.

Luisa tom ya sin replicar el libro de manos de su padre, y se puso a
leer en el sitio que ste le design.

Era una novela histrica de los tiempos primeros del cristianismo en
Roma. En el captulo sealado por el doctor se describa con brillantes
colores y lujo de detalles la mansin de un patricio. Ley la joven la
descripcin de los suntuosos peristilos de mrmol, las estatuas, los
bronces, las pinturas, las alfombras de Persia, las sederas de la
China, las telas bordadas de la India, con indiferencia y entonacin
montona. Pero al llegar a una escena en que la hija del patricio,
altiva e irascible, disputa con una esclava cristiana, la cubre de
burlas y denuestos porque cree en la inmortalidad del alma, y, por fin,
la hiere cruelmente con un pualito, la voz de la lectora se mud
ostensiblemente, la respiracin se le cort varias veces, y sus ojos se
rasaron de lgrimas. Luego, la orgullosa patricia, arrepentida al ver
correr la sangre en abundancia, manda curar a la esclava y le regala en
compensacin un rico anillo de esmeraldas. Mas al domingo siguiente el
precioso anillo apareci en una iglesia entre las limosnas recogidas
para los pobres. Este ltimo rasgo hizo brillar los ojos de la lectora
con alegra y admiracin.

--Est bien, hija ma. Muchas gracias. Puedes bajar cuando gustes; y si
tu hermana Consuelo est desocupada, dile que suba un instante.

Despidise la primognita de Mediavilla besando a su padre y alargndome
la mano con timidez y cordialidad al mismo tiempo.

--Ya ve usted que mi hija mayor deja pasar libremente las ondas
luminosas de corto perodo, los brillantes colores del iris, y slo
absorbe las vibraciones invisibles ultrarrojas, las que engendran calor
en los corazones.

--Lo he observado con placer. Dichoso el hombre que tropieza en el
mundo con uno de estos seres, cuya alma slo vibra con el amor y el
perdn!

--S; pero desgraciados estos seres si tropiezan con un hombre
deslumbrado, cuyos ojos no son capaces de percibir las ondas preciosas e
invisibles que remueven su alma!--repuso el doctor mientras una arruga
surcaba su frente.

Comprend que aquella joven era la hija preferida de su corazn, y que
su felicidad le inspiraba un cuidado ansioso y vigilante.

Consuelo, su hija segunda, se present. No pude menos de sentirme
subyugado inmediatamente. Un rostro blanco, ovalado, cabellos negros,
ojos rasgados de largas pestaas, alta, flexible y area como una hada.
Me salud con la soltura un poco impertinente de las jvenes persuadidas
de su hermosura y que la ven celebrada. Su padre le repiti la misma
demanda que haba hecho a Luisa, ponindole el libro delante. La hermosa
joven me dirigi entonces una penetrante mirada de curiosidad, donde se
mezclaba la inquietud y la burla. Luego se puso a leer, y su voz era
tambin de timbre delicioso. Cuando la Naturaleza decide formar un ser
bello, parece que muestra empeo en no olvidar ningn toque.

No tard en advertir que la descripcin de las riquezas acumuladas en la
casa del patricio romano lograba interesarla; que tanta obra de arte,
tanta joya y tanta elegancia le causaban profunda admiracin. En cambio,
cuando lleg a la escena de la disputa entre la esclava cristiana y la
seora pagana, su tono se hizo ms indiferente y montono. Ni aun logr
alterarlo el brbaro castigo que sta la infligi. Sus ojos brillaron,
no obstante, cuando la patricia regal a su esclava el magnfico anillo
de esmeraldas. Pero al leer que este anillo se haba encontrado al
domingo siguiente en el cepillo de los pobres, qued un instante
suspensa sin comprender. Luego hizo una imperceptible mueca de desdn, y
se puso seria.

--Como usted habr advertido--me dijo su padre cuando parti--, acabamos
de operar con una substancia muy diversa. Esta absorbe todos los rayos
lumnicos y brillantes del espectro visible; pero deja pasar libremente
las ondas ms amplias del calor.

Baj la cabeza sin responder. No me pareci delicado apoyar lo que
deca, pues se trataba, al cabo, de una hija suya.

--Entre los fenmenos del mundo fsico y los del mundo
moral--prosigui--descubrimos alguna vez una estrecha relacin, una
simetra que hace pensar involuntariamente en la _armona
preestablecida_ de Leibnitz y en las _causas ocasionales_ de
Malebranche...

El doctor comenz a disertar gravemente, sabiamente, como tena por
costumbre. Yo le escuchaba con atencin y placer, pues su palabra clara,
sus variados conocimientos y su ingenio prestaban verdadero encanto a su
discurso. Mas hete aqu que cuando nos hallbamos enteramente abstrados
en nuestra pltica metafsica, hizo irrupcin en la estancia un chico de
diez y ocho a veinte aos, vivaracho, ruidoso, que guardaba
extraordinario parecido con el doctor.

--Adolfito... Mi nico hijo varn--dijo aqul presentndomelo.

Traa unos cuantos libros debajo del brazo, y me enter de que estaba
terminando la carrera de Filosofa y Letras, con todas las notas de
sobresaliente y muchos premios. Luego que se hubieron cambiado algunas
frases, qued el doctor suspenso un instante, y me dijo en voz baja:

--Todava podemos hacer otro experimento.

Y acto continuo invit a su hijo en la misma forma, esto es,
anuncindole mi libro imaginario sobre el arte de la lectura, a que
leyese el captulo de la novela que ya haban ledo sus hermanas.

Adolfito tom el libro y comenz a leer admirablemente, como quien desea
lucirse. Pero de pronto levanta la cabeza y exclama:

--Hombre, esta descripcin me parece muy amanerada! El autor acumula en
una casa todos los cachivaches que se hallan descritos en los manuales
de antigedades romanas.

--Bien... Sigue, sigue--repuso su padre sonriendo.

Al llegar a la disputa filosfica entre la patricia y su esclava, de
nuevo se interrumpe para afirmar:

--Todo esto es de una inocencia paradisaca. Una esclava que habla como
un profesor de metafsica!

--Sigue, sigue, hijo mo--le dijo su padre, hacindome al mismo tiempo
un guio malicioso.

Lleg al final del captulo, y al leer lo del anillo regalado a la
esclava, y entregado despus por sta a los pobres, cerr el libro con
ademn desdeoso.

--Bah! Bah!... Este golpecito de efecto es de lo ms pueril y ridculo
que he ledo en mi vida.

El doctor Mediavilla dej escapar entonces una sonora carcajada, y
exclam dirigindose a m:

--Amigo mo, por esta redoma pasan libremente todas las ondas del
espectro, menos las ultravioletas, que son los rayos qumicos... Los
rayos de descomposicin!

Adolfito, amoscado por la risa de su padre, se levant de la silla, y,
haciendo un fro saludo, sali de la estancia.

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IDEAS CADVERES


Todo hombre tiene derecho a ser feliz como mejor le parezca, deca
Federico _el Grande_. O lo que es igual: todo hombre est facultado por
los dioses para entregarse a la mana que le plazca, siempre que no haga
dao a los dems. Corrales tena la suya, no perjudicaba a nadie, y, sin
embargo, nosotros le tratbamos como si nos infiriese con ella alguna
ofensa. Todas las noches alusiones picantes, bromitas de mejor o peor
gnero, sonrisas desdeosas, etc., etc.

Corrales era un hombre de _sport_. Haba escrito y publicado en las
revistas del ramo artculos muy luminosos sobre los caballos sementales
ingleses y sobre la caza del zorro; era el encargado en un peridico de
dar cuenta a sus lectores de las carreras de automviles y velocpedos;
el ao anterior haba dado a luz un tratado de _Gimnstica racional_,
con profusin de grabados en el texto, y tena escrito, y en prensa ya,
un libro sobre _El juego de la espada_.

Pero Corrales era un ser raqutico y patizambo que en su vida se haba
subido a un _trapecio_ o a unas _paralelas_, que no haba montado ningn
caballo ni velocpedo, ni disparado una carabina, ni asido ninguna
espada francesa o espaola. Y he aqu lo que despertaba nuestra
indignacin y nos tena sobresaltados y furiosos.

El pobre diablo reciba nuestros sarcasmos con humilde sonrisa,
procuraba suavemente desviar la nube hacia otro lado, y cuando no
poda, nos dejaba entender a medias palabras que todo el mundo
necesitaba vivir, y que l se ganaba la vida escribiendo artculos y
libros sobre los juegos atlticos. Pero nosotros no escuchbamos sus
gemidos, y, cada da ms implacables, le tirotebamos con refinada
crueldad: Corrales, el conde de Rebullida tiene un potro que no puede
hacer carrera de l. Yo le habl de un amigo que en cuanto le echase los
calzones encima le dejara como una seda, y maana nos espera en la
cuadra. Corrales, me ha sorprendido no ver tu nombre en el programa
del asalto del Crculo Militar. Corrales, no es cierto que t
levantas setenta kilos a pulso con un brazo? Ayer me lo negaba un chico
del gimnasio de la calle de la Reina.

Lleg un da, no obstante, en que, acorralado como una fiera antes de
morir, nos ense las uas.

He aqu cmo sucedi:

Haca ya una hora larga que le disparbamos las saetas ms envenenadas
de nuestro carcaj, cuando le vimos ponerse plido y dibujarse en su boca
una sonrisa amarga.

--Pero vamos a cuentas: soy yo el primero que no vive con arreglo a sus
ideas o teoras? T, Jimnez, eres un cristiano convencido, un creyente
severo de todos los dogmas de la Iglesia. Cuntas veces te confiesas y
comulgas? Cunto tiempo pasas en oracin cada da? Qu penitencias son
las que haces? Has presentado la mejilla izquierda alguna vez cuando te
abofetearon la derecha? Practicas la caridad, la humildad y la
pobreza?... T, Olivares, eres un poltico, un representante del pas.
Hablas mucho de decadencia y de corrupcin administrativa en el
Congreso, truenas contra los abusos del caciquismo, y sostienes con gran
calor que mientras los funcionarios pblicos no sean inamovibles y no
haya pureza en las elecciones Espaa no podr regenerarse. Y, sin
embargo, yo veo que recibes todos los das una balumba de cartas de tu
distrito, y corres por los Ministerios con la lengua fuera recomendando
a los hijos de tus electores para que les den algn destino, sin pararte
a investigar si pueden desempearlo o hay que dejar cesante a un
desgraciado que cumple con su obligacin, influyendo para que adjudiquen
ciertas marismas a uno que no tiene derecho a ellas, obligando al
Tesoro a que pague a tus amigos crditos que no paga a otros acreedores
ms antiguos, solicitando el indulto para cualquier bribn que est
merecidamente en presidio, etc., etc.... T, Jacinto, presumes de
filsofo; pero en vez de retirarte del mundo para meditar sobre los
grandes problemas metafsicos, paseas tus cabellos perfumados y tu
_monocle_ por todas las reuniones aristocrticas, cenas en el _Ideal
Room_ con las damas elegantes, asistes a las tertulias de los hombres
polticos, aspiras a que te den un distrito, y mientras tanto aceptas la
cruz de Isabel la Catlica, te irritas y vociferas cuando hacen ministro
a cualquier zascandil o cuando la prensa elogia a cualquier majadero. Yo
haba odo decir que los filsofos son los hombres que miran las
pequeeces de este mundo desde lo alto y con desdn superior... Y t,
Rivera, eres un poeta. Qu vida potica haces? Dnde estn tus
aventuras romnticas? Dnde estn esos viajes por el Oriente sobre un
camello? Dnde estn esas gndolas venecianas, y esas noches de luna, y
esas dagas damasquinas? Te levantas tarde, generalmente; la patrona te
sirve la consabida tortilla de finas hierbas y el conocido _beefsteak_
con patatas; vienes al caf, fumas dos tagarninas, dices algunas
chirigotas; vas a la redaccin y dices otras cuantas; despus a comer
los garbanzos soadores; despus, al caf otra vez; luego, a escuchar
una piececita en Lara o en Apolo, y a la cama. Vaya una existencia
baada de luz y de color!

Quedamos estupefactos. Aquella inesperada y briosa acometida nos dej
callados y suspensos por algunos instantes. Olivares fu el primero que
rompi el silencio.

--Venga esa mano, Corrales--dijo alargndole la suya--. Sea enhorabuena.
Cuatro veces te has tirado a fondo, y las cuatro has tocado en el pecho.
De hoy en adelante nadie podr decir que no conoces la esgrima. Yo
acepto la leccin y te la agradezco; pero me vas a permitir que te diga
una cosa, y es que lo mismo t que nosotros somos unos infelices, porque
las ideas que no se viven, slo sirven, en ltimo resultado, para
escribir algn artculo.

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EL AMO


Tengo un amo, tengo un tirano que, a su capricho, me inspira
pensamientos tristes o alegres, me hace confiado o receloso, sopla sobre
m huracanes de clera o suaves brisas de benevolencia, me dicta unas
veces palabras humildes, otras, bien soberbias. Oh, qu bien agarrado
me tiene con sus manos poderosas! Pero no me someto, y sa es mi dicha.
Le odio, y le persigo sin tregua noche y da. l lo sabe, y me vigila.
Si algn da se descuidase!... Con qu placer cortara esta funesta
comunicacin que mi alma, que mi yo esencial mantiene con la oficina
donde el dspota dicta sus rdenes! Quisiera ser libre, quisiera escapar
a esos serviles emisarios suyos que se llaman nervios. Mientras ese
momento llega, me esfuerzo en dominarlos. Los azoto con agua fra todas
las maanas, les envo oleadas de sangre roja por ver si los asfixio, y
me desespero observando su increble resistencia. Cuantos proyectos
hermosos me trazo en la vida, tantos me desbaratan los indignos. He
querido ser manso y humilde de corazn, y hasta pienso que empec la
carrera con buenos auspicios. Me pisaban los callos de los pies, y, en
vez de soltar una fea interjeccin, sonrea dulcemente a mis verdugos;
cuando alguno ensalzaba mis escritos, me confunda de rubor; sufra sin
pestaear la lectura de un drama, si algn poeta era servido en
propinrmela; lea sin reirme las reseas de las sesiones del Senado;
ejecutaba, en fin, tales actos de abnegacin y sacrificio, que me crea
en el pinculo de la santidad. Mis ojos deban de brillar con el suave
fulgor de los bienaventurados. Me sorprenda que tardara tanto en bajar
un ngel a ponerme un nimbo sobre la cabeza y una vara de nardo en la
mano. Pero, oh dolor!, bast que un oficial de peluquera me dijese
con sonrisa impertinente que esta barba apostlica que gasto era cosa ya
pasada de moda y cursi, para que le respondiese con denuestos gritando
como un energmeno, y estuviese a punto de arrancarle las tijeras de la
mano y arrojarme sobre l como un lobo hambriento. Mi santidad se disip
en un instante como el humo. El tirano tuvo la culpa; el tirano, que
aquel da, segn mis noticias, tena el estmago sucio. Ser necesario
que el hombre, antes de decidirse a ser virtuoso, se mire la lengua al
espejo?

Aun para los goces ms honestos y ms puros he necesitado contar siempre
con mi amo. Cul ms honesto y ms sencillo goce que el de levantarse
un da de madrugada, ir de paseo a los Cuatro Caminos y comer all una
tortilla presenciando la salida del sol? Pues bien: jams me lo ha
consentido el infame. Pareca natural que, siendo del temperamento de
Satans, su poder terminase a la entrada del templo. Tampoco es as.
Muchas veces me he acercado al altar de Dios lleno de fe, con el corazn
contrito, y a los pocos momentos, con el ftil pretexto de que le dolan
las rodillas, o senta debilidad, o le crispaban las muecas del
monaguillo, me arranc de all a viva fuerza. Entonces me acord de
Jess. Tambin Nuestro Seor quiso someterse por nosotros al capricho
del tirano; tambin sinti la cruel impresin de sus garras en el huerto
de Getseman y en el Calvario. Este recuerdo endulza mi pena y
humillacin. Sin embargo, confieso que siento un placer maligno en darle
de vez en cuando un susto. Cuando paso por el viaducto de la calle de
Segovia, suelo decirle, guiando un ojo: Eres muy arrogante y te
consideras bien seguro de tu poder; pero si yo quisiera en este momento,
eh?... Ya sabes... Y el tirano, que es cobarde como todos los tiranos,
se estremece y tiembla.

Hasta he pensado que si la misericordia de Dios, olvidando mis muchos
pecados, me llamase a S despus de la muerte y me diese a escoger un
puesto en el cielo, yo le dira, confundido de temor y respeto: Hgase
siempre tu voluntad, Seor; pero, si es posible, no me des la naturaleza
anglica, porque los ngeles tienen alas, y temo que un da me duela una
de ellas y no pueda libremente volar hacia Ti, soberano Rey de los
cielos.

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La unidad de conciencia


Mi padre acostumbraba a decir que las conciencias de los hombres eran
tan diferentes como sus fisonomas. Yo tena pocos aos entonces, y no
era capaz de discutir tal opinin. Ahora tengo muchos, y tampoco s bien
a qu atenerme.

Porque esta sencilla proposicin arrastra consigo nada menos que el gran
problema del bien y del mal. Un grano de ans!

Si no existe la unidad de la conciencia en el gnero humano, dicho se
est que la justicia, el honor, la caridad, son cosas convencionales que
se hallan a merced de la opinin, que cambian con el transcurso de los
aos como cambian las mangas de las seoras, unas veces estrechas,
otras, anchas. En otro tiempo era de moda el asesinato. Ahora ya no lo
es. Quizs maana vuelvan otra vez las mangas anchas.

Estoy seguro de que mi padre no se daba cuenta de las graves
consecuencias metafsicas que sus palabras engendraban. De todos modos,
no era hombre que emitiese sus opiniones en abstracto como un profesor
de filosofa, sino que, invariablemente, las apoyaba en algn ejemplo
bien concreto. Para sostener la proposicin enunciada, tena siempre a
mano varios casos interesantes. Pero el que usaba ms a menudo era el
caso de don Robustiano.

Don Robustiano era un notario que viva en la casa contigua a la
nuestra; un hombre alto, anguloso, blanco ya como un carnero. A mi
hermano y a m nos inspiraba un terror loco. Jams le habamos visto
sonreir. Tena tres hijos de la misma edad, poco ms o menos, que la
nuestra, a los cuales trataba con despiadada severidad. Se deca que los
azotaba con unas correas hasta hacerles saltar la sangre. En efecto,
raro era el da en que no oamos lamentos al travs de la pared. Y una
vez en que, por casualidad, me llev uno de sus hijos hasta el cuarto de
su padre, vi colgadas de un clavo las fatales disciplinas, que me
hicieron dar un vuelco al corazn.

Qu diferencia entre aquel plido demonio y mi buen padre, tan
carioso, tan tierno, tan indulgente!

Mas el terror que inspiraba a todos los chicos de la poblacin no era
comparable al que infunda a los labriegos de los contornos. As que se
mentaba el nombre de don Robustiano, no haba paisano que no quedase
repentinamente serio, por alegre que se hallase.

Haba motivo para ello.

Cuando haba cerrado los ojos un labrador medianamente acomodado, si la
particin no se haca a puertas cerradas, y bien cerradas, esto es, si
algn malaventurado heredero tena la torpeza de no conformarse y daba
lugar a que don Robustiano se presentase en la casa, ya podan todos
ellos decir adis a los mejores prados y tierras del difunto. Don
Robustiano era el guila que caa sobre aquel rico velln y lo
arrebataba por los aires. Mejor, era el lobo hambriento que penetraba en
la casa y no sala hasta saciarse.

De este modo y de otros haba logrado hacerse considerablemente rico.
Era dueo de bienes territoriales en casi todas las parroquias del
contorno. Sus colonos, modelos de exactitud en el pago. Quin sera
osado a no pagarle la renta el mismo da que venciera?

Cuando algn tunante posea una finca indebidamente, y su dueo legtimo
se dispona a reclamrsela, ya saba que no tena ms que traspasarla
por la mitad de su valor a don Robustiano, y el pleito quedaba segado en
flor. No haba en todo el partido judicial un valiente que se atreviese
a pleitear con don Robustiano.

Aquel hombre exprima a sus semejantes, como si fuesen manzanas, hasta
la ltima gota. En cierta ocasin tuvo una idea feliz. Se le ocurri
vender todas sus propiedades a los mismos arrendatarios. No haba que
apurarse; se las pagaran en dos plazos: la mitad, de presente, la otra,
a los cuatro aos, con el rdito consiguiente. Los infelices cayeron en
el lazo: buscaron dinero para pagar el primer plazo; pero al llegar el
segundo, muchos de ellos, o se descuidaron, o no hallaron quien se lo
diese, y don Robustiano se qued otra vez con sus propiedades y con el
dinero percibido. De este paso heroico sali con las costillas molidas
cierta noche al retirarse a casa.

Otra vez omos altas voces en la calle; nos asomamos al balcn y vimos a
un hombre que sala de casa del escribano con las manos en la cabeza,
gritando: Oh, qu ladrn!, oh, qu ladrn! La gente se agolp en
torno suyo, le haca preguntas; pero l, convulso, horrorizado, no saba
ms que repetir: Oh, qu ladrn!, oh, qu ladrn! Despus supimos
que era un hermano de don Robustiano, a quien ste haba seducido para
que pusiese a su nombre una finca heredada de sus padres con objeto de
librarle de un embargo. As que la vi a su nombre, se qued con ella.

Sin embargo, sta fu la nica ocasin en que las hazaas de don
Robustiano hicieron ruido en la calle. Generalmente, desollaba vivas a
sus vctimas, o las asaba en parrilla, apagando cuidadosamente sus
gritos. Era un hombre decoroso en todos los actos de su vida, decoroso
en su marcha, en sus saludos, en su pechera almidonada y en sus botas de
campana.

Para este hombre decoroso lleg, no obstante, el fin, como llega para
todos los que tienen o no tienen decoro.

Un da fuimos sorprendidos con la noticia de que le iban a traer el
Vitico. No sabamos que se hallaba enfermo. Verdad que nuestras
relaciones de amistad no eran muy estrechas. A pesar de eso, mi padre se
dispuso a recibir a Nuestro Seor a la puerta de la calle con un cirio
en la mano, me hizo tomar otro, y le acompaamos hasta el cuarto mismo
del moribundo.

Jams olvidar aquella espantosa visin. Don Robustiano, ordinariamente
feo, plido y anguloso, estaba ahora, a punto de dejar la vida, tan
horrible, que recuerdo su figura como una pesadilla que no puede
borrarse de la imaginacin.

En torno suyo se hallaban su mujer y sus hijos y unos cuantos vecinos.
Se incorpor con entereza para recibir la comunin, y dijo las oraciones
con voz firme, sin asomo alguno de miedo. Cuando el sacerdote hubo
partido, dijo, paseando su mirada siniestra por todos nosotros y
fijndola despus en sus hijos:

--Vais ahora a ver cmo muere un cristiano. Traedme ese crucifijo...

Se hizo como peda, se abraz al crucifijo de metal, y comenz a repetir
oraciones, unas en latn, otras en castellano. Al cabo de media hora
dej de pronunciar palabras, comenz el estertor, y poco despus expir.

Yo estaba asombrado de no ver en torno suyo las consabidas sabandijas y
alimaas de los cuadros que representan la muerte del pecador.

--Muere como un santo!, muere como un santo!--o murmurar a un vecino.

Y he aqu por qu mi padre sostena que cada cual tiene una conciencia
para su uso particular.

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PRAGMATISMO


El sol se puso rojo. La negra, horrible nube se acerc, y las tinieblas
invadieron el cielo, momentos antes sereno y transparente.

Entonces los camellos se arrodillaron, y los hombres se volvieron de
espalda y se prosternaron tambin. Los caballos se acercaron temblando a
los hombres, como buscando proteccin.

El furioso khamsin comenz a soplar. No hay nada que resista al
impetuoso torbellino. Las tiendas, sujetas al suelo con clavos de
hierro, vuelan hechas jirones, y la arena azota las espaldas de los
hombres; sus granos se clavan en los lomos de los cuadrpedos,
hacindoles rugir de dolor.

Aguardaron con paciencia por espacio de dos horas, y la espantosa tromba
se disip. Entonces el sol volvi a lucir radiante; el aire adquiri una
transparencia extraordinaria.

Los pacientes camellos se alzaron con alegra, los caballos relincharon
de gozo, y los hombres lanzaron al aire sonoros hurras. Estaban
salvados.

Haban salido de Ro de Oro haca algunos das, y, audaces exploradores,
se lanzaron por el desierto lbico para alcanzar el pas de los rabes
tuariks. Les faltaba el agua; pero esperaban llegar aquel mismo da al
gran oasis de Valatah. As lo pensaba y lo prometa su gua Beni-Delim,
un hombre desnudo de medio cuerpo arriba, de tez rojiza, nariz aguilea,
cabellos crespos y mirada inteligente.

--Beni-Delim! Beni-Delim! Dnde est Beni-Delim?

Beni-Delim haba desaparecido.

Entonces la consternacin se pint en todos los semblantes. El traidor
haba aprovechado los momentos de obscuridad y de pnico para huir,
dejndolos en el desierto sin gua. Estaban perdidos.

El jefe de la expedicin, un italiano hercleo de facciones enrgicas y
agraciadas, les grit:

--No hay que acobardarse, amigos! Cuando ese miserable ha hudo, el
oasis no debe de estar lejos. En marcha!

Caminaron todo aquel da, sufriendo horriblemente; pero la noche se
lleg, y no haba seales del oasis. Se tendieron sobre la arena
silenciosos, esperando que el sueo les librara por algunas horas de
aquel tormento.

Cuando amaneci el jefe di la orden de marcha. Algunos le dijeron:

--Pietro, djanos aqu. No podemos ms. Ms vale morir de una vez que
prolongar algunas horas nuestra agona.

El italiano lanz un juramento espantoso y les oblig a levantarse
pinchndoles con su cuchillo.

Y volvieron a caminar jadeantes y silenciosos bajo un sol abrasador.
Poco tiempo despus un hombre cay al suelo. El jefe le vi caer; pero
sigui caminando como si no le hubiera visto; los dems hicieron como
l. Una hora despus cay otro; luego, otros dos. La caravana segua
marchando, mejor dicho, segua arrastrndose sobre la candente arena. El
sol comenzaba a declinar. De pronto suena entre ellos un grito de
alegra:

--Mirad! El oasis!, el oasis!

En efecto, el oasis se hallaba enfrente de ellos. No muy lejos se
divisaban las crestas azuladas de sus montaas. Los exploradores se
abrazan llorando de alegra.

--Animo, compaeros!--grita Pietro--.Un esfuerzo ms, y estamos
salvados!

Pero en aquel instante un hombre enjuto, de barba rala y canosa y ojos
penetrantes revestidos de gafas, avanza algunos pasos sobre la arena,
saca de su mochila unos gemelos de mar, y escruta el horizonte por todos
lados. Era el sabio de la expedicin.

--Esperad! No os alegris tan pronto, desgraciados! Eso que percibs
no es el oasis, sino la imagen de las montaas que dejamos muy atrs. La
capa de aire en contacto con la arena se hace, por el calor que sta
irradia, menos refractiva que las que estn sobre ella. Los rayos de los
objetos distantes, que caen oblicuamente sobre esta capa, no la
atraviesan sino que resbalan antes de penetrarla, y se reflejan
totalmente a lo alto. Ese fenmeno de espejismo ha sido fatal a muchos
en el desierto.

Estas palabras alzaron un coro de lamentos e imprecaciones en la
caravana. Pietro le ensea los puos, gritando:

--Maldito seas, sabio!, maldito seas!--Y dirigindose a sus amigos,
les dice:--Ya lo os: no nos queda ninguna esperanza. Sepamos morir como
hombres, y ya que tenemos en nuestras manos la carga de plvora que
puede librarnos de algunas horas de agona, utilicmosla en nuestro
provecho.

--Todava no!--grit una voz alegre.

Era un estudiante aficionado a la filosofa, que se haba unido a ellos
por el gusto de viajar y hacer observaciones psicolgicas.

--Efectivamente--continu--, all no hay oasis: la ciencia lo demuestra.
Mas por qu abatirse? Caminad como si lo hubiera, y esa esperanza os
sostendr largo rato todava. Durante algn tiempo viviris consolados,
no lo pasaris del todo mal, y, quin sabe!, tal vez, al cabo, tengamos
la buena suerte de tropezar con una fuente.

Los exploradores quedaron un instante suspensos. El jefe dej escapar
una carcajada, y los dems le imitaron. Por algunos momentos rein la
alegra en aquella gente infeliz.

--Gracias, filsofo!--exclam Pietro--. Gracias por el buen rato que
nos has hecho pasar antes de morir.

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LAS BURBUJAS


    Un hombre puede obrar como un insensato
    en los desfiladeros de un desierto,
    pero todos los granos de arena parecen
    verle.
                  EMERSON.

El guapo Curro Vzquez, de tierra de Jan, tuvo ocasin de comprobar
estas palabras del filsofo americano hace ya bastantes aos.

Curro Vzquez, aunque no tena corazn, estaba enamorado. Es sta una
paradoja que se repite con frecuencia gracias a la confusin lamentable
en que al Supremo Hacedor le plugo dejar lo fsico y lo moral.

Pepita Montes, su novia, estaba completamente engaada respecto a l. Le
vea joven, hermoso, sonriente, humilde, rendido; y de esto deduca que
era un ngel sin alas. Le am a despecho de sus padres, que apetecan
para ella un labrador acomodado, y no un msero dependiente de un
chaln. Porque Curro era un pobrecito muchacho que haca tiempo haba
tomado a su servicio Francisco Caldern, el famoso tratante de caballos
de Andjar. Lo recogi, se puede decir, del arroyo cuando slo tena
catorce o quince aos, le hizo su criado, y ltimamente haba llegado a
ser su hombre de confianza. Le pagaba con verdadera esplendidez, le
haca frecuentes regalos, y gustaba de que vistiese con elegancia y
fuese bienquisto de las bellas.

Curro se aprovechaba de estas ventajas y las enamoraba, y las
abandonaba despus de enamorarlas. Mas al llegar a Pepita Montes, qued
preso de patas como una mosca en un panal de miel. Cmo hacer para
casarse con ella, dada la oposicin violenta del bruto de su padre? Este
era el objeto de sus meditaciones ms profundas desde haca tres o
cuatro meses.

Al cabo de ellas, no pudo sacar otra cosa en limpio ms que la necesidad
imprescindible de hacerse rico, salir de su estado de criado ms o menos
retribudo, negociar por su cuenta, etc.

Cuando un hombre siente la necesidad imperiosa de hacerse rico pronto, y
no tiene corazn, est expuesto a hacer lo que hizo Curro Vzquez.

Era una tarde lluviosa de primavera. Francisco Caldern y su criado
regresaban de la feria de Crdoba y atravesaban la sierra sobre sus
jacos, envueltos en capotes de agua. Caldern estaba de alegrsimo humor
porque haba vendido cinco caballos a buen precio. De vez en cuando
desataba el zaque que llevaba pendiente del arzn de la silla, bien
repleto de amontillado, beba largamente, y daba de beber a Curro. Como
la lluvia arreciase, y pasasen cerca de una concavidad de la pea,
determinaron detenerse all unos momentos y esperar a que escampase.
Descendieron de sus monturas, guarecindolas tambin del mejor modo
posible. Curro desat su carabina de dos caones y la puso cerca.

--Para qu has bajado la carabina?--le pregunt su amo sorprendido.

--Ya sabe usted que _el Casares_ y su partida merodean por aqu.

--_El Casares, el Casares!... El Casares_ merodea muy lejos de aqu, y
en su vida se le ha ocurrido venir por estos sitios.

Caldern ri a carcajadas del miedo de su criado.

Se sentaron, y fumaron tranquilamente un cigarro. Cuando Curro tir la
colilla, se puso en pie, tom la carabina, se la ech a la cara, y,
apuntando a su amo, le dijo tranquilamente:

--Seor Francisco, preprese usted a morir.

Caldern respondi que no le gustaban bromas con las armas de fuego.

--Rece usted el credo, seor Francisco.

--Qu ests diciendo?--exclam tratando de alzarse. Un tiro en el pecho
le hizo caer de espaldas.

--Me has matado, miserable!

--Todava no; pero voy a hacerlo--profiri Curro avanzando hacia l.

--Asesino, a ti te matarn tambin!

--Si hubiese testigos, no lo dudo.

--Las burbujas del agua sern testigos de este... Otro tiro le cerr la
boca para siempre.

Curro le registr los bolsillos, se apoder de todo el dinero que
llevaba, carg de nuevo su carabina, mont a caballo y se alej al
galope.

Cuando hubo llegado a un sitio conveniente, se ape de nuevo y enterr
cuidadosamente el dinero, dejando seal para encontrarlo. Despus
atraves su sombrero de un tiro, se descerraj otro en la parte blanda
del muslo, y se present en el primer pueblo con seales de terror. La
partida del _Casares_ los haba sorprendido cuando descansaban y se
disponan a emprender otra vez el camino. l estaba ya montado, y
gracias a eso haba podido escapar. Su amo estaba an a pie: no saba si
le haban matado: haba odo muchos tiros: a l mismo le haban herido
en su huda, etc.

Todo aquello di que sospechar al juez, y, despus de curado en el
hospital, se le encarcel. Pero como no se le hall ningn dinero, y no
haba testigos, al cabo se le puso en libertad.

Pidi prestada una cantidad a un chaln de Sevilla, segn dijo, y se
puso a trabajar en el mismo trato que su amo, y comenz a prosperar.
Algo se murmuraba, y no faltaba quien sospechase la verdad; pero esto
acontece muchas veces en los pueblos, sin que tenga transcendencia.

Y como, en realidad, ya no haba motivo que justificase la oposicin, el
padre de Pepita Montes consinti al fin en la boda. Se celebr con
pompa, y la esplendidez del novio concluy de captarle la benevolencia
pblica.

El comercio march viento en popa. En poco tiempo Curro se hizo un
chaln de importancia, porque era inteligente y activo; pero saciada su
pasin bestial, fu con la hermosa Pepita lo que era en realidad, un
perfecto infame. Sin motivo alguno, comenz a maltratarla cruelmente de
palabra y de obra.

La pobre nia soport aquel cambio ms sorprendida que indignada. Como
estaba perdidamente enamorada de l, los cortos momentos de buen humor y
de expansin conyugal la indemnizaban de sus amarguras.

Pero estos momentos fueron cada da ms cortos, y la vida de Pepita se
hizo al cabo insoportable. En uno de ellos pas lo que sigue:

Curro haba hecho una magnfica venta de un jaco. Haba engaado como a
un chino a un ingls. Estaba de alegrsimo temple, aunque el da fuese
de los ms tristes que pueden verse en la Andaluca, encapotado y
lluvioso como si estuvisemos en Santiago de Galicia. Haba hecho traer
dos botellas de manzanilla, y haban almorzado, y haban retozado y
charlado por los codos. Curro encendi un tabaco y vino a apoyarse en el
alfizar de la ventana. Pepita, enternecida y mimosa, vino a apoyarse
junto a l. Ambos, con los ojos brillantes y el rostro inflamado,
miraban caer la lluvia pausadamente. Del techo de la casa corran
fuertes goteras, que formaban ampollitas en el pavimento de la calle.

Curro dej escapar resoplando una risita burlona.

--De qu te res?--le pregunt su mujer.

--De nada--respondi con el mismo semblante risueo.

--S, s, guasn; te ests riendo de m.

Y al mismo tiempo le di con mimo un pellizquito carioso.

--Escucha, Pepa--sigui l, riendo--. Te parece que las burbujitas del
agua pueden ser testigos en algn asunto?

--Qu ocurrencia!

--Pues el seor Francisco Caldern lo crea.

--El seor Francisco! Qu tiene que ver aqu el seor Francisco?

--S; antes de rematarlo de un tiro me dijo que las burbujitas del agua
seran los testigos que me acusaran.

--Pero has sido t?...

--Debiste de haberlo presumido, hija. Piensas que las monedas que estn
en el bolsillo de un hombre pasan al bolsillo de otro por s mismas,
como en las funciones de escamoteo?

Y, acometido de sbito e irresistible deseo de confesin, narr a su
esposa el crimen con todos sus detalles.

La mujer estaba horrorizada; pero supo disimular su turbacin. Por un
lado el miedo, por otro la pasin frentica que aquel hombre todava le
inspiraba, lograron acallar los gritos de su conciencia. Curro describa
la escena de su horrible crimen con la misma tranquilidad que si
refiriese los incidentes de una cacera.

Transcurrieron los das, y Pepita haca enormes esfuerzos por olvidar
aquel terrible secreto, que semejaba para ella una pesadilla. Era
imposible. Curro, por su parte, pesaroso de haberlo dejado escapar, la
miraba receloso y sombro. Un abismo pareca abierto entre los dos.

La cortsima aficin que por ella conservaba se haba hudo con el
temor. Lleg a aborrecerla cordialmente. Sin embargo, se abstuvo desde
entonces de maltratarla.

Una noche, estando en la cama, sac la navaja que tena debajo de la
almohada, le puso la punta en el cuello, y le dijo:

--Si se te escapa una palabra de _aquello_, puedes estar segura de que
te siego el cuello como a una gallina.

Pepita no pensaba en semejante cosa.

Pero el odio hizo al cabo su tarea. Cierto da, por un pormenor
insignificante de la comida, Curro se arroj sobre su esposa, la apale
brbaramente, y tal vez hubiera acabado con su vida (lo que en el fondo
de su alma sin duda deseaba), si la desgraciada no hubiera logrado
escapar de sus manos, lanzndose a la calle y refugindose en casa de su
cuado.

Este, al verla en tal estado, no pudo menos de exclamar:

--Pero ese bandido quera matarte!

--S; quera matarme, como al seor Francisco Caldern!

--Ah! Le ha matado l?

--S, s; le ha matado...

Y narr puntualmente la escena, tal como se la haba descrito. Despus
quiso volverse atrs; pero ya no era tiempo. Su cuado, que aborreca
de muerte a Curro, la dej encerrada en su habitacin y se fu desde
all a ver al juez.

Se le encarcel de nuevo.

El juez, cuyas sospechas, nunca desaparecidas, se trocaban ahora en
certidumbre, trabaj el asunto con tanto celo y energa, que al fin le
oblig a cantar de plano.

Algunos meses despus suba al patbulo en la plaza de Sevilla. Cuando
se le puso al cuello la corbata fatal, murmuraba sin cesar:

--Las burbujas! Las burbujas!

Los que le rodeaban crean que el terror le haca desvariar.

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EL MINUTO FATAL


Hay horas para m negras, amargas como la del huerto de Gethseman. Al
contemplar la lucha incesante y cruel de todos los seres vivos, al
tropezar dondequiera con la hostilidad y el egosmo, me siento
desfallecer como el Hijo del Hombre. Entonces, en este minuto aciago de
desaliento y de duda, cuando miro caer pieza por pieza y derrumbarse ese
mundo que la fe en Dios y el amor entre los hombres haba levantado en
mi conciencia, no me bastan los filsofos, no me bastan los poetas. Las
palabras, por hermosas y concertadas que sean, no penetran en mi
corazn. Quiero or el acento de Dios, quiero ver su mano poderosa. Y me
refugio en los conciertos de Weber o en las sinfonas de Beethoven, o
bien corro al Museo y me coloco delante de los cuadros de Rafael y de
Tiziano. Si esto no puedo, saco del armario un precioso grabado que all
guardo y representa un naufragio. Un buque de alto bordo, repleto de
pasajeros, se va a pique por momentos. Los tripulantes, locos de terror,
se encaraman por la borda sobre el aparejo y tratan de apoderarse todos
al mismo tiempo de un bote salvavidas. Los ms fuertes consiguen tocarlo
ya con sus manos. Pero en aquel momento vacilan y vuelven la cabeza
hacia un grupo de mujeres y nios que elevan hacia ellos sus dbiles
brazos suplicantes. Debajo de este admirable grabado hay estampadas en
ingls las siguientes palabras:

NIOS Y MUJERES, DELANTE!

Es el grito generoso que se alza en aquel momento por encima de las olas
y los vientos embravecidos. Es la voz que se escucha sobre esta prfida
y brutal Naturaleza, que nos tritura sin piedad, prometindonos la
inmortalidad. Es nuestra carta de nobleza, rubricada por la mano de
Dios.... Contra ella no hay Epicuros y Lucrecios que valgan. Este grito
penetra en el fondo de mis entraas como una revelacin. Mi inteligencia
se ilumina. Las piezas de aquel mundo derrumbado vuelven a juntarse. Mis
ojos se llenan de lgrimas. Me siento repentinamente tranquilo, y,
enjugando mi sudor de agona, prosigo sereno el camino que el Cielo me
ha trazado en este mundo.

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INTELIGENCIA Y AMOR


Si mi amigo Aldama no me hubiese animado con empeo, y al cabo no se
hubiese brindado a acompaarme, nunca me atrevera a visitar al poeta
Rojas, estoy seguro de ello. Envidio la osada de esos mancebos que,
apenas llegados a Madrid, llaman a la puerta de un grande hombre, le
interrumpen cuando est tomando su chocolate, le dan la mano con toda
franqueza y le asan con preguntas impertinentes. No era yo de sos, no,
aunque arda en deseos de conocer a algunos.

En Madrid existan entonces, como ahora, muchos grandes hombres, pero yo
no senta curiosidad de conocerlos a todos, sino a tres o cuatro
solamente. Y entre stos, el poeta Rojas era el que ms me fascinaba.
Sus leyendas incomparables, sus versos fragantes y armoniosos me haban
enloquecido. Saba muchos de ellos de memoria, y me placa recitarlos a
la cocinera cuando mi madre, aburrida, se marchaba a la cama... Es ms,
en las horas de estudio, cuando mi padre me vea absorto delante del
libro de texto, yo estaba muy lejos con el pensamiento del libro de
texto, porque compona versos imitando los de Rojas, y los apuntaba con
lpiz en un papel que tena para el caso oculto entre sus hojas.

Por eso cuando mi amigo Aldama tir de la campanilla con la misma
negligencia que si tirase de la de su casa, yo pens desfallecer de
emocin.

Sali a abrirnos una criada vieja que salud a mi amigo como a antiguo
conocido y nos pas sin ceremonia al despacho del gran hombre. Era una
pieza pequea, triste, amueblada con refinada vulgaridad.

Pase atnito la mirada por ella, y cre encontrarme en el escritorio de
algn honrado almacenista de la calle de Toledo.

Pero sali Rojas del gabinete contiguo, y aquel pensamiento ttrico se
desvaneci. No que apareciese vestido con gregescos acuchillados,
valona y sombrero de plumas; todo lo contrario. Vesta el poeta un
chaquetn de color indefinible, gorra de pao y zapatillas suizas. Pero
estos prosaicos atavos quedaban ennoblecidos y sublimados por aquella
cabeza de bardo medioeval que la naturaleza, secundada por el arte,
haban asignado al poeta Rojas.

Nos acogi con exagerada alegra, abraz a mi amigo Aldama
estrechamente, y le dedic una porcin de piropos a propsito de sus
ltimos artculos en _El Imparcial_, de sus versos, de su elegante gabn
y de su vistosa corbata. Porque el poeta Rojas haba nacido para
esparcir piropos por doquier, y cuando no poda echrselos a una nyade
o a una ondina, se los echaba al primero que llamaba a su puerta.

Yo me senta cohibido a pesar de todo, porque pensaba en las octavas
reales y en los romances inimitables que aquel hombre del chaquetn y de
la gorra haba hecho. Poco a poco, sin embargo, los fu olvidando, entr
en confianza y perd el miedo, de tal manera, que a la media hora de
estar all, slo faltaba que le llamase Luisillo y le posase la mano
sobre el hombro.

Pero l se encarg de recordrmelos y anonadarme y volverme a la tmida
admiracin de mi adolescencia. Instado por Aldama, comenz a recitarnos
la leyenda de _El encapuchado_ con una maestra en la diccin, con tal
voz insinuante y armoniosa, que no podr olvidarlo mientras viva.

An no se hallaba a la mitad de la leyenda cuando hizo irrupcin en la
estancia una seora con los cabellos grises, ms bien gruesa que
delgada, ms bien baja que alta, que debi ser hermosa en su tiempo. Nos
hizo un saludo afectuoso inclinando la cabeza, y, pidindonos perdn al
mismo tiempo, se encar con el poeta, dicindole:

--La Juanita se acaba de ir. Ha venido a decirme que aquella cocinera de
que me ha hablado ya est colocada.

--Y qu le vamos a hacer, hija?

--Es una verdadera contrariedad, porque, al parecer, era lo que nos
convena. Yo lo siento por ti.

--Pues no lo sientas; ya nos arreglaremos sin ella--repuso alegremente
Rojas.

Y de nuevo cogi el hilo de su leyenda, y la termin felizmente.

Su esposa, que le haba escuchado ms distrada que interesada, se
despidi de nosotros cortsmente.

Entonces yo me atrev a suplicarle que nos recitara su famosa
composicin titulada _La barca a pique_. Lo mismo que l, me la saba yo
de memoria, pero quera tener el gusto y el honor de oirla de labios del
mismo poeta que la haba forjado. Cedi a ello amablemente. El que no
haya odo recitar a Rojas _La barca a pique_, no sabe lo que es poesa
ni msica. Antes de terminarla, de nuevo entr en la estancia su esposa,
esta vez sofocada, roja de emocin, casi saltndosele las lgrimas.

--Perdonen ustedes, seores, que les interrumpa... Sabes lo que acaba
de hacer la Mariana, Luis?... Pues ha roto una taza del juego de Svres
que estaba sobre el aparador. Le haba prohibido que tocase a esa
porcelana, porque conozco sus manos; pero como es ms testaruda que una
mula, bast que se lo prohibiese para que se empeara en limpiarla.

--Vaya, no te sofoques, hija ma... Qu se va a hacer?... No vale esa
taza el disgusto que t te tomas--respondi dulcemente Rojas.

Aldama y yo cambiamos una mirada de sorpresa y de burla. Rojas
sorprendi esta mirada y, cuando su mujer hubo salido, nos dijo
sonriendo:

--Qu mujer tan vulgar!, verdad? Parece mentira que el poeta Rojas
est casado con ella.

--Don Luis!...--exclam Aldama.

--No me lo nieguen ustedes: eso se estaban diciendo a s mismos en este
momento, y se lo comunicaran uno a otro en cuanto bajaran la
escalera... No me sorprende. Pero es el caso que donde ustedes observan
vulgaridad, yo veo encantadora inocencia; donde ustedes encuentran
rudeza, yo encuentro graciosa espontaneidad; donde ustedes ven prosa, yo
veo poesa... Saben ustedes por qu? Pues por una razn muy sencilla,
por la nica que existe en el mundo para explicar todas las cosas
buenas: porque la amo. Y como la amo, la comprendo. Adoro su increble
candidez, su ternura, sus cleras infantiles, sus caprichos, hasta su
indiferencia por el arte. Tal como era a los veinte aos, lo es ahora
que tiene sesenta. Como la amo, he penetrado su esencia angelical, y
vivo unido a ella en perpetua y beata adoracin. Para comprender
cualquier cosa en este mundo, amigos mos, es necesario amarla. Sin
amor, no hay comprensin, no hay inteligencia. Vosotros tenis madres,
que para vuestros amigos acaso aparecern como seres vulgares; pero
vosotros sabis bien que no lo son. Y cuando vais de paseo con vuestro
padre, que no ha escrito libros, ni dramas, ni poesas, ni siente la
pasin del estudio como vosotros, caminis a su lado con ms alegra que
si fueseis con un sabio o con un poeta eminente, acogis sus palabras
con respeto, aprobis sus observaciones, res con sus chistes...
Quines son los equivocados, los que juzgan a nuestros padres y a
nuestras esposas como seres insignificantes, limitados, indignos de
parar la atencin en ellos, o nosotros, que los veneramos y admiramos?
Indudablemente, ellos. La esencia divina, la bondad y la belleza
inmortales se hallan esparcidas por todos los seres humanos, y aquel se
acerca ms a Dios y participa de su inteligencia soberana, quien se une
a sus criaturas con ms amor... Nadie puede ahondar en una ciencia sin
amarla; nadie puede descollar en las bellas artes sin ser su apasionado.
Para ser devoto, es necesario amar la religin. Cuando yo lea el
_Camino de perfeccin_ de Santa Teresa, recuerdo que me pareci pueril
aquel encargo que hace de no hablar ni oir hablar con desprecio de
ninguna cosa que se refiera a la religin. Ms tarde comprend que
estaba en lo cierto. No es posible ver el lado obscuro de una cosa y
ligarse a ella de corazn. Cuando una mujer empieza a encontrar defectos
a su marido, es que ya no le ama. Y, en realidad, tenemos defectos los
seres humanos?, me he preguntado muchas veces. Es posible que las
criaturas salgan malas de las manos de su Creador? El defecto, como la
misma palabra indica, no es algo substancial, sino negativo; es un _no
ser_. Nuestro verdadero ser, lo que hay de substancial en nosotros, es
siempre bueno. Por eso, repito, el que ama a otro, es quien sabe lo que
este otro es, quien penetra su esencia. O lo que es igual, el amor no
quita el juicio como el vulgo supone, sino que lo da... Pero, sin darme
cuenta de ello--aadi riendo y cambiando de tono--, les estoy espetando
un sermoncito. Menos mal que no es de pasin, sino de resurreccin!...
Vamos otra vez a _La barca a pique_.

Y don Luis de Rojas termin de recitar su hermosa poesa. Pero yo le
escuch distrado.

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BIENAVENTURANZA


En la plaza de la villa se celebraba el mercado semanal los lunes. All
se congregaban las campesinas de los contornos con sus cestas repletas
de huevos y frutas y manteca. Gritaban las aldeanas ofreciendo sus
mercancas, gritaban ms alto an las obreras y domsticas de la villa
ofreciendo por ellas precios irrisorios, piaban las gallinas, gruan
los cerdos, mugan los terneros, relinchaban los potros. Todos estos
ruidos envueltos llegaban hasta m como un sordo rumor que me produca
somnolencia.

Los lunes por la tarde no tenamos escuela a causa del mercado. El
Municipio dejaba generosamente al maestro todo este tiempo para
proveerse de comestibles. No necesitaba tanto.

En casa no queran que saliese a la calle, por miedo a los coches, a los
borrachos, a las brujas, etc. Tampoco queran retenerme dentro de ella,
porque molestaba con mis juegos ruidosos. Adoptbase un justo medio; me
enviaban al _almacn_.

Era ste una vasta pieza vaca y polvorienta, con ventana abierta al
soportal, pues la calle era de arcos, como otras muchas de la villa en
que habitbamos. Prohibicin absoluta de saltar por esta ventana al
soportal. Llevaba, pues, mi pelota, mi peonza, mi escopeta de muelles, y
me entretena lo mejor posible en aquellas largas horas vespertinas. De
vez en cuando me acercaba a la ventana, apoyaba los codos en el
alfizar, y miraba cruzar a los transeuntes.

El nico que me interesaba entre ellos era Nabor, mi amigo Nabor, un
nio rechoncho y mofletudo que pasaba tristemente hacia su clase de
latn con los libros bajo el brazo. Slo tena un ao ms que yo, y
haba asistido conmigo a la escuela hasta haca poco tiempo; pero,
debiendo partir en breve al Colegio de Artillera, sus padres le haban
sacado de ella para que aprendiese latn, convencidos tal vez de que sin
entender a Virgilio no disparara jams bien un can.

La ctedra de latn funcionaba los lunes por la tarde. Nabor recordaba
con pesar su tiempo de escuela a causa de esta circunstancia. Por eso,
al cruzar cabizbajo por delante de mi ventana, me miraba enternecido y
me deca con acento pattico: Adis, Angelito!--Adis, Nabor!,
responda yo lleno de compasin.

Pero alguna vez se detena, cambibamos algunas palabras, y yo le
sugera diablicamente la tentacin de abandonar la ctedra y quedarse
all conmigo. El mofletudo Nabor vacilaba presa de horrible
incertidumbre, acometido de negros presentimientos. Tena miedo de que
le viesen el to Agapito, o el to Esteban, o el to Hermene, o el to
Borja, etc. Porque posea una ristra interminable de tos paternos y
maternos, todos los cuales indefectiblemente haban de pasar por all,
en su opinin. Por ltimo, me deca:

--Si cierras la ventana, me quedo contigo.

Sin oponer ningn inconveniente, yo cerraba la ventana, y quedbamos en
completas tinieblas. Nos sentbamos en el suelo, y entre los dos
ponamos una lata vaca de petrleo, sobre la cual tocbamos con sendos
palitroques marchas guerreras. Yo las cantaba al mismo tiempo; pero l
se guardaba bien de hacerlo. Quin sabe si el to Agapito, el to
Esteban, el to Hermene, el to Borja, etc., estaran all fuera con el
odo pegado a la cerradura?

Cuando nos fatigbamos de tocar el tambor, nos entregbamos a las ms
dulces confidencias. Nabor me contaba su triunfo sobre Pepn, el hijo
del carnicero, a quien haba logrado hinchar las narices, metindole
adecuadamente para ello la cabeza debajo del brazo izquierdo, y
ejecutando tan delicada operacin con la mano derecha. Yo le describa
las tres batallas descomunales que haba sostenido contra Manoln, el
hijo del chocolatero, de las cuales haba ganado las dos primeras y
perdido la ltima, porque, traidoramente, me haba echado la zancadilla.
O bien, explorando con nuestra imaginacin lo por venir, nos veamos ya
tenientes del Ejrcito, luego capitanes, luego coroneles y generales.
Nabor sera artillero, pero yo estaba resuelto a pertenecer al arma de
Caballera.

--Escucha, Nabor--le deca, metindole la boca por el odo--; cuando t
seas capitn y mandes una batera, yo mandar tambin un escuadrn. Si
te encuentras en algn apuro, si los moros se echan sobre ti (para
nosotros no existan ms enemigos que los moros) y quieren arrancarte
los caones, gritars: Aqu, Angelito! Nabor te necesita! Entonces
cargar como un rayo sobre ellos con mis jinetes, y, zis, zas!, por
aqu, zis, zas!, por all, cortaremos cabezas con nuestros sables hasta
que t puedas revolverte y poner en salvo los caones.

Nabor, conmovido por esta prueba de amistad y de valor, me abrazaba con
efusin y me anunciaba profticamente que por aquella hazaa me daran,
sin duda alguna, la cruz laureada de San Fernando. Yo, a mi vez, estaba
persuadido de que a l no podan dejarle sin la cruz roja del Mrito
Militar.

Una vez condecorados, nos ponamos a engullir el pan y las ciruelas
pasas que me haban dado para merendar. Despus volvamos a empuar los
palitroques, y otra vez a las marchas blicas: espaoles valientes, a
vencer o a morir!

Qu dulces momentos! Qu ntima y pura felicidad! Qu obscuridad tan
luminosa! Si echo una mirada al curso de mi vida, no encuentro en toda
ella un minuto de dicha ms perfecta que la que experimentaba en aquel
polvoriento almacn con las ventanas cerradas. Por eso tal vez no he
podido representarme jams el cielo sino en tinieblas. No hay quien me
saque de la cabeza que el da en que me muera, si Dios me tiene en su
gracia, nadar solo por los espacios tenebrosos hasta que un ngel se
acerque a m, roce mi frente con sus alas, me eche los brazos al cuello,
me bese y me invite dulcemente a tocar el tambor.

[imagen decorativa]




INTERMEDIO DEL EDITOR


En los ltimos tiempos de su vida, cuando ya se advertan en su rostro
las huellas de la enfermedad que le llev al sepulcro, solamos pasear
algunas tardes por las cercanas de su hotel, situado en la parte
oriental de Madrid, cerca del barrio de la Prosperidad. No es un paisaje
riente ni variado el que por all se descubre; pero la vista se extiende
sin obstculo por la llanura, el pecho se dilata, hay un derroche de luz
y de aire que infunde alegra. All a lo lejos se divisan las crestas
azuladas del Guadarrama.

En una de estas tardes caminbamos silenciosos, el uno en pos del otro,
por el sendero que bordeaba un campo de trigo. Habamos hablado
bastante, y este silencio forzado a que nos obligaba la angostura del
camino, nos serva de descanso. De pronto, al pasar cerca de un grupo de
casas, o, por mejor decir, chozas, donde se albergaban los que recogen
por las maanas la basura de la capital, escuchamos desgarradores
lamentos. En el mismo instante, una criatura de seis o siete aos sali
de la casa corriendo, y vino a abrazarse a mis rodillas gritando:

--Perdn, perdn!

Casi en el mismo instante que ella sali un hombre en su seguimiento con
un manojo de cuerdas en la mano. Ruga como un tigre hambriento, y
soltaba por la boca palabras ms nauseabundas que la basura que apilaba
cerca de su vivienda. Al acercarse a nosotros la nia, presa de
indescriptible terror, y volviendo hacia l sus ojos extraviados,
gritaba:

--Perdn, padre, perdn! Es que me he cado, padre! Es que me he
cado!

El brbaro, sin aplacarse, trat de apoderarse de la criatura, que
segua cogida a mis rodillas. Entonces Jimnez se interpuso, ponindole
las manos sobre el pecho.

--Quin es usted--vocifer aquel salvaje--para impedir que castigue a
mi hija?

Un muchacho de catorce o quince aos, que pasaba a la sazn con unas
vasijas de leche en la mano y se haba detenido a mirar, le hizo signos
negativos a Jimnez por detrs del enfurecido trapero.

--Pero es hija de usted?--le pregunt Jimnez clavndole una mirada
severa.

--S, seor, es mi hija.

El chico le hizo nuevos y ms enrgicos signos negativos a espaldas del
otro.

--Fjese usted bien en lo que dice... Es hija de usted?--repiti
Jimnez mirndole con mayor severidad.

--Bueno, como si lo fuera... Es mi hijastra--repuso visiblemente
turbado.

El chico continu haciendo signos negativos.

--Tampoco eso es cierto. Est usted casado con su madre?

--Pero a usted qu mil rayos le importa? Djeme usted pasar, o le
atropello.

Mientras tanto, yo haba observado que la nia tena una herida en la
mejilla, de la cual manaba abundante la sangre, y sus tiernas manecitas
cubiertas de terribles cardenales.

--No le dejes paso, Jimnez. Ese hombre es un criminal, y tendr que dar
cuenta a la polica.

Al escuchar esta ltima palabra, el feroz trapero se aplac un poco y
quiso venir a las buenas, hacindonos saber que haba enviado a aquella
chica a la taberna por una botella de vino, y se la haba roto.

--Es que me he cado, padre!, es que me he cado!--grit la nia con
angustia.

--Te has cado, eh, buena pieza? Yo te ensear a tenerte sobre los
pies.

--Bueno, por lo pronto, a esta nia hay que llevarla a la Casa de
Socorro, y usted vendr con nosotros--manifest Jimnez.

El trapero volvi a encresparse al oir esto, y no slo se neg a ir con
nosotros, sino que trat de arrebatarnos la nia violentamente; pero
como ramos dos y vi nuestra actitud resuelta, y temiendo acaso
empeorar su situacin porque dos mujeres que pasaban a la sazn se
detuvieron a presenciar la escena y tomaron parte por nosotros, la dej
al fin marchar. Mas no sin proferir terribles blasfemias y amenazas, que
a nosotros no nos impresionaron, pero s muchsimo a la criatura.

La colocamos entre los dos, llevndola de la mano, y caminamos hacia las
primeras casas del barrio de Salamanca, que no estaban lejos. La bamos
haciendo preguntas mientras tanto, a las cuales apenas saba contestar;
pero se encargaba de hacerlo por ella el chico, que a par de nosotros
marchaba.

El trapero era un licenciado de presidio. Estaba amancebado con su
madre. Esta era an ms cruel que l con su hija. Los vecinos que
habitaban en aquel grupo de casas, y tambin los que se hallaban ms
lejos, estaban enterados de los malos tratos que la nia sufra, pero no
daban parte a la autoridad por temor a la venganza del trapero. La nia
no tena seis o siete aos, como nosotros pensbamos, sino diez: su
desmedro provena de falta de alimentacin. Ha pasado ms hambre esa
chica que un perro de ciego!, nos deca el muchacho. Las mujeres que
con nosotros marchaban corroboraban este aserto.

Por fin llegamos a la Casa de Socorro, y Jimnez y yo subimos con la
nia. El chico y las mujeres ya nos haban dejado. El mdico le cur
inmediatamente la herida de la frente. En cuanto a las manos, cubiertas
de cardenales recientes hechos con las cuerdas, fu necesario
envolvrselas con rnica.

--Tienes alguna otra herida?

La nia se quej de un agudo dolor en un brazo. El mdico levant la
manga, y quedamos horrorizados viendo una llaga bastante extensa.

--Con qu te han hecho esto?

--Me lo ha hecho mi madre con una plancha.

--Es necesario reconocer a esta nia--manifest el mdico--. Hay que
ponerla desnuda.

Nosotros nos salimos a la habitacin contigua. Al poco rato nos llam el
facultativo, en cuyo semblante advertimos la clera y la indignacin.

--El cuerpo de esta nia est literalmente cubierto de cicatrices, unas
recientes, otras tan antiguas, que se remontan a algunos aos.
Inmediatamente voy a dar parte al Juzgado, y ustedes tendrn la
amabilidad de dejar aqu su nombre y las seas de su domicilio.

La nia no quera hablar, porque se hallaba bajo la impresin del
terror, y tema volver a manos de sus verdugos. Cuando la hubimos
persuadido, con no poco trabajo, que eso ya no poda ser, que la
autoridad iba a encargarse de ella y quedara depositada en un asilo,
nos refiri balbuciendo una historia de espanto, algo que pareca una
horrible pesadilla; por lo menos, yo crea algunas veces que estaba
soando. Los martirios a que haba sido sometida aquella nia evocaban
la imagen del infierno, y aquellos sus dos diablos atormentadores eran
de lo ms refinado que en l pudiera hallarse. Mientras dur el relato,
las lgrimas corran por las mejillas de Jimnez, y mis ojos no estaban
mucho ms secos.

Al fin nos despedimos, prometiendo volver al da siguiente para
enterarnos de las disposiciones del juez.

Salimos silenciosos de las calles, y silenciosos entramos en plena
campia, caminando la vuelta de la casa de Jimnez. El cielo estaba
lmpido, el sol ya declinaba envuelto en un cendal rojizo. Las crestas,
todava nevadas, del Guadarrama despedan irisados destellos. Algunas
columnitas de humo flotaban tranquilas sobre las viviendas esparcidas
por la vasta llanura. Mi alma estaba henchida de tristeza y de horror a
la vida.

--Verdad, Jimnez--dije posando mis ojos en aquellas columnitas--, que
si la materia csmica no se hubiera condensado en la va _lctea_ para
formar este puntito obscuro que llamamos Tierra, no se hubiera perdido
gran cosa?

Guard silencio un instante, dirigi tambin su mirada vaga hacia el
horizonte, y repuso lentamente:

--S; se habran perdido las lgrimas que t y yo acabamos de verter.

--Entiendo lo que quieres decir. La efusin de nuestras lgrimas te
parece algo precioso y sagrado, como revelador de un sentimiento que
hace felices a los hombres por momentos. No te lo disputo. Hay algo en
la vida digno y hermoso; los dilogos de Platn, la respuesta de
Lenidas, la novena sinfona de Beethoven, los besos de nuestra madre...
Pero no son ms que rayos de luz que esclarecen un instante las
tinieblas en que estamos sumergidos; parecen los sueos de oro que
atraviesan un instante el cerebro de un condenado a muerte. Despus,
todo miseria, todo horror. No vale ms permanecer sumergidos en la
dulce inconsciencia de la planta? Compensan tales instantes de
admiracin y de dicha la tristeza abrumadora de nuestra existencia? Por
qu estos instantes no son todos los instantes? El que nos hace felices
un momento, pudo habernos hecho felices todos los momentos. Por qu no
lo hizo?

--Es la misma pregunta que a Dios diriga el viejo Job hace algunos
miles de aos: Cundo existencia te pidi la nada?... Razn tena el
patriarca judo; la existencia no tiene valor alguno si no la acompaa
la felicidad. Pero qu es la felicidad? Lo que debe ser. No hay
definicin que me parezca mejor que sta. Existencia y felicidad son dos
ideas tan estrechamente unidas, que all en el fondo de nuestra
inteligencia las juzgamos una misma, y al encontrarlas separadas en la
prctica, nunca dejamos de experimentar sorpresa.

--Pues ya debamos ir acostumbrndonos--repuse yo de mal humor.

--Jams, jams nos acostumbraremos. El hombre busca la alegra como la
razn de su existencia, y cuando tropieza con obstculos que se la
arrebatan piensa que estos obstculos no debieran existir, que su
verdadera existencia queda vulnerada, que se ha introducido un desorden
en el plan de la creacin.

--Pero esos obstculos existen siempre, y existen en abundancia. Cul
es la razn de su existencia?

--Henos aqu llegados de un salto al ncleo de la cuestin: el origen
del mal. Hay sabios antiguos y modernos que niegan su existencia. Dicen
que, no siendo el mal otra cosa que la negacin del bien, no tiene
realidad, puesto que es una idea negativa.

--Con la misma razn podemos afirmar que el bien no tiene realidad,
puesto que consiste en la negacin del mal.

--As es; el moderno apstol del pesimismo, Arturo Schopenhauer, as lo
sostiene. La afirmacin de aquellos sabios es tan sofstica como pueril.
No basta negarse a ver una cosa para borrar su existencia. Los antiguos
y modernos optimistas se parecen a esos animales que, al ver al cazador,
cierran los ojos y se creen ya lejos de l. El mal es una realidad. El
juicio de los hombres sobre la vida es triste, y ha arrancado de la lira
de los poetas sones bien desesperados. Despus de la felicidad suprema
de no haber nacido, la suerte mejor del que ha venido al mundo sera
morir en el instante mismo, afirmaba la antigua sabidura; y la moderna
repite idnticas palabras. Pero hay una corriente filosfica que se
niega a repetirlas, y pretende demostrar que el mal es necesario. Si es
necesario de una necesidad absoluta, si hace parte de la naturaleza
misma de las cosas, debe existir; si debe existir, es bueno... Ah!
Desgraciados los que llaman al mal bien, y al bien, mal!, exclamaba
el profeta Isaas. No; el mal es mal, el mal es una realidad; pero el
mal no es necesario! El mundo no sera menos perfecto sin la existencia
del mal, como afirma Plotino, sino mucho ms perfecto; el mal no es una
parte del bien, un elemento del mundo primitiva y eternamente necesario,
como sostiene Hegel. Yo imagino que el mundo sera mucho mejor si a los
hombres no se les arrancase el corazn para ofrecerlo palpitante en el
altar de un dolo de piedra; si no se les cortase la lengua y se les
introdujese plomo derretido en la boca para que no contraren nuestras
opiniones; si no se martirizase a los nios porque no pueden defenderse.

--Por qu, por qu todo eso, querido Jimnez?--exclam
impetuosamente--. Por qu esos saqueos incesantes en la Historia, por
qu esos nios degollados, por qu esas vrgenes violadas, por qu esos
sabios torturados, por qu ese ltigo vibrando siglos y siglos sobre las
espaldas de seres inocentes?

--Por qu?, por qu?--repiti Jimnez con voz ronca--. He aqu el
problema de los problemas, el problema pavoroso junto al cual todos
pierden importancia...

Guard silencio unos momentos. Nuestros pasos sonaban a comps sobre la
tierra dura del sendero. Las sombras invadan lentamente la campia. Al
fin comenz a hablar en voz baja:

--Hubo un hombre entre los modernos, el ms grande y el ms sabio de
todos ellos, que se llam Leibnitz. Este atleta del pensamiento hizo
esfuerzos vigorosos, desesperados, por abrir paso a la luz entre las
tinieblas que envuelven este problema... O Dios no ha sabido impedir el
mal, o no ha podido, o no ha querido. Entonces, no es Providencia. O ha
sabido, ha podido y ha querido. Entonces, cmo explicar la existencia
del mal? La respuesta de Leibnitz es que el origen del mal debe buscarse
en la naturaleza ideal de la criatura, en tanto que esta naturaleza se
halla encerrada en las verdades eternas que existen en el entendimiento
de Dios, independiente de su voluntad.

--Respuesta bien obscura!

--S, bien obscura. Leibnitz ha querido decir que el origen del mal es
metafsico, y que depende de la imperfeccin de la criatura. Por tanto,
es de absoluta necesidad. Volvemos al mismo dilema. Si es de absoluta
necesidad, no es mal, sino bien... Pero es cierto que el mal no es otra
cosa que imperfeccin? Es cierto que quien dice ser imperfecto, dice
ser desgraciado? Habra que probarlo. Nuestra Tierra no es desgraciada
por no ser tan grande como Jpiter, sino por otras causas diversas;
Jpiter no es desgraciado por no ser tan grande como el Sol; el Sol no
es desgraciado por no ser tan grande como Sirio. Esto sera confundir la
idea de bien y mal con la de ms y menos. Cada ser, en su sitio
jerrquico, tiene un destino que cumplir; es feliz si este destino se
cumple sin obstculos, y desgraciado si no logra cumplirlo. Si para ser
felices necesitramos ser perfectos, entonces, slo llegando a ser Dios
seramos felices... Yo soy una criatura bien limitada, bien imperfecta,
y, sin embargo, hubo un tiempo en que no envidiaba, no dir al Ser
infinito, pero ni aun a cualquier otra criatura colocada ms alta que
yo. En mi pobre hogar caminaba con el corazn satisfecho, libre de todo
deseo: me bastaba mi pequea cocina, mi pequeo comedor, mi pequea mesa
cubierta con tosco mantel de algodn. Fuera, los das se sucedan, unos,
serenos, baados de sol, otros, obscuros, aborrascados; soplaba unas
veces el dulce cfiro primaveral, otras estremeca mis cristales el
furioso vendaval; chocaban contra ellos la nieve, la lluvia, las ramas
embalsamadas de las acacias, las alas negras de las golondrinas. Todo me
era igual, todo contribua a mi dicha. Yo no soaba entonces con que
necesitaba ser perfecto para ser feliz, yo no senta el ansia de lo
infinito, sino la de seguir caminando en aquel pobrecito hogar,
arreglado por la mano ms dulce que ha creado Dios...

La voz de Jimnez tembl al proferir estas palabras. Se detuvo un
instante, y, haciendo un esfuerzo para dominar su emocin, prosigui:

--El argumento de Leibnitz es un sofisma. Llamar a la imperfeccin _mal
metafsico_ para deducir de ella los dolores de este mundo, es un abuso
de la razn. El mismo, arrepentido, dice que este mal metafsico no
puede ser llamado exactamente mal, sino un _menor bien_. Ya lo sabes;
los martirios que ha sufrido esa pobre nia no son un mal, sino un menor
bien... Si Leibnitz no me convence, menos me persuaden aquellos
espiritualistas refinados que ven en nuestro cuerpo el origen del mal.
Pobre cuerpo! l, en s mismo, no es malo ni bueno, sino la condicin
necesaria para que la vida se produzca. No concibes un cuerpo que,
lejos de estorbar tu felicidad, contribuya poderosamente a ella? Yo, no
slo lo concibo, sino que he visto en m mismo realizado ese fenmeno.
Cuando all en mi juventud al primer rayo de sol saltaba del lecho y
corra al castaar que circundaba mi casa, embalsamado por el olor del
heno fresco y alegrado por el canto de los mirlos, o bajaba a la ribera
y, empuando los remos, me lanzaba con mi lancha en medio de la mar,
azul y tranquila como un lago, una felicidad inexplicable inundaba mi
corazn. La frescura del cielo, los rumores del aire, la transparencia
del agua, los peces que dentro de ella se deslizan silenciosos, todo me
atraa, todo me agitaba con una dulce embriaguez. La hermosa Naturaleza
pareca soportarme con amor en su seno; yo me dejaba balancear por ella
contemplando los picos azulados de las montaas, que convidan a soar.
No, no! Entonces no necesitaba despojarme de mi cuerpo para ser
dichoso. Lo nico que podemos decir con verdad es que en muchos casos el
cuerpo estorba al espritu, que la relacin entre ambos est viciada por
la enfermedad o la flaqueza; pero, no slo concebimos que esto puede no
ser as, sino que no debe ser as. El mal no es esencial al cuerpo.
Podemos suponerlo siempre en estado normal, o compuesto de una materia
flida e incorruptible como el oxgeno.

Jimnez hizo una pausa, detuvo el paso y, cruzando los brazos sobre el
pecho, profiri mirando a lo lejos:

--Eliminemos, pues, el cuerpo. Cul es la causa del mal?

--Acaso sea el gobierno--dije yo.

--No te figures que es la pobre gente del campo quien solamente piensa
as--repuso Jimnez riendo--: sa es, poco ms o menos, la tesis de
Rousseau. El hombre, fuera de la sociedad, es bueno; la sociedad le
corrompe, las instituciones le hacen desgraciado. De aqu los esfuerzos
de Fourier, de Saint-Simon y otros para hacerle feliz por medio de
instituciones adecuadas que vienen a ser los _falansterios_ en una u
otra forma. Todo eso est bien desacreditado. No cabe duda que las
instituciones pueden favorecer el desarrollo del bien o del mal entre
los hombres, que hay instituciones injustas, como la esclavitud o la
guerra, que desenvuelven los sentimientos de tirana y de odio. Pero
son las instituciones la raz de estos sentimientos? Para que se
desarrollen, no es necesario que su germen haya existido en el corazn
del hombre? Cul es la razn de la existencia de ese germen? El
problema permanece en pie.

--Y si no hubiera razn alguna?--pregunt yo.

--Qu quieres decir?

--Si el mal llevara en s mismo la razn de su existencia? Si el mal
fuese lo positivo, lo esencial en la vida, y lo que llamamos bien, un
accidente, una tregua, una negacin momentnea de la irremediable
desgracia? Esta doctrina es tan antigua como el mundo; ha contado y
cuenta an entre los humanos mayor nmero de proslitos que ninguna
otra; es la que, transportada del Asia por Schopenhauer, domina todava
en la Europa culta. He aqu la verdad santa sobre el dolor--deca el
Budha en el clebre sermn de Benars--: el nacimiento es dolor, la
vejez es dolor, la enfermedad es dolor, la muerte es dolor, la unin con
lo que no se ama es dolor, la separacin con lo que se ama es dolor.
Ah, desgraciada juventud, que la vejez debe destruir! Ah, desgraciada
salud, que tantas enfermedades amenazan! Ah, desgraciada vida, donde el
hombre permanece tan pocos das!

--Fcil es el recuento de los dolores de este mundo, y negarse a verlos
es gran demencia. Desde que se abren nuestros ojos a la luz hasta que se
cierran para siempre, la adversidad nos espa, nos persigue... Pero si
el mal es absoluto en la existencia, cmo explicar el bien? Dnde se
encuentra el manantial de nuestras inefables alegras? Prometeo,
encadenado a la roca, escuchaba un suave rumor de alas, senta un
perfume indefinible que llegaba hasta l. Era el coro de las ninfas
Ocenidas que, sobre un carro alado, al travs de la bruma helada
exhalada por la nieve, llegan para sentarse a sus pies, le calman, y le
consuelan, y le infunden esperanza. Nosotros tambin, encadenadas a
nuestra roca, sentimos alguna vez ese batir de alas mgicas, percibimos
ese suave perfume embriagador; nosotros tambin tenemos nuestras
Ocenidas consoladoras, seres dulces, adorables, que no temen pincharse
al arrancar las espinas de nuestra vida, almas celestiales que nos hacen
vivir por momentos en un paraso. Las ninfas consoladoras de Prometeo
venan del Ocano. Pero las nuestras de dnde vienen? Yo no puedo
resignarme a pensar que tu buen padre, modelo de hombres justos, o mi
adorada esposa, hayan sido puras y abstractas negaciones de algo
fundamental y positivo... Y si el mal fuese la verdad, y el bien la
mentira, por qu habamos de hacer sacrificios a ste, y no a aqul?
Satans sera la nica realidad para el creyente, y a l iran sus
oraciones; Dios, slo una efmera y vergonzante negacin de su majestad
infernal.

--Sin embargo, Jimnez, la doctrina pesimista se impone al espritu de
un modo avasallador. Ofrece tantas pruebas en el curso de la vida! Por
otra parte, su mximo filsofo en Europa es un escritor de genio que
posee un vigor y una flexibilidad maravillosos. Tomo sus libros en las
manos, e inmediatamente me siento fascinado, me envuelve, me sujeta en
los frreos lazos de sus razonamientos impecables, me alegra con sus
punzantes epigramas, me deslumbra y me arrastra con los arranques
briosos de su estilo. Y, al cabo, soltando el libro, me digo siempre:
Todo esto es verdad!, es verdad!

--No te avergence lo que te ocurre con ese gran filsofo y estilista. A
m me ha pasado lo mismo con l y con otros varios. Todas las obras
maestras de la filosofa me han convencido. Yo he sido alternativamente
idealista y materialista, epicuresta y estoico, optimista y pesimista,
discpulo de Platn y de Aristteles, adepto de Spinosa y de Kant, y de
Hegel y Schopenhauer, y de Spencer. Todos los grandes espritus de la
Humanidad me han dominado, al menos mientras he estado en comercio con
ellos. No sin amarga tristeza me di cuenta, al cabo, de este fenmeno. Y
aunque no soy modelo de humildad, reconoc humildemente que no posea
dotes de pensador. Me faltaba originalidad; no tena fuerza para oponer
mi pensamiento al del escritor que estudiaba, era incapaz de convencerme
de una vez y para siempre. Finalmente, diputbame en mi interior por un
ser inconsistente y sugestionable, como suelen serlo las mujeres, por
una naturaleza realmente femenina... No te sorprender que este adjetivo
me escociese en el alma de un modo insufrible. As que, no por amor a la
ciencia precisamente, sino para sacudirlo de mi imaginacin, me puse a
estudiar el asunto. La clave para salir de tal incertidumbre me la di
el mismo Schopenhauer, ese filsofo a quien admiro casi tanto como t.
El arte de persuadir, segn l, reposa en la desnaturalizacin de las
relaciones que existen entre los conceptos. El artificio a que se
recurre de ordinario es el siguiente: cuando la esfera del concepto que
se medita no se halla comprendida ms que _parcialmente_ en otra
distinta, se la da por contenida _totalmente_ en una u otra, segn el
inters de aquel que habla. De aqu se desprende que el error en un
sistema o en una demostracin cualquiera no se halla en las premisas,
sino en las deducciones. Sea con premeditacin, o de un modo
inconsciente, el orador o escritor que aspira a convencernos se
transforma casi siempre en un escamoteador. Y el escamoteo de las ideas,
lo mismo que el de las pesetas, consiste siempre en hacer ver que se
hallan en sitio distinto de donde estn realmente. Cuando el
escamoteador es hbil, esto resulta a maravilla. Schopenhauer ofrece un
ejemplo muy sugestivo en aquel cuadro esquemtico que t recordars,
donde el concepto de _viajar_ resulta, por medio de una serie de
deducciones, malo y bueno al mismo tiempo. Confieso que este cuadro,
donde se observa grficamente de qu modo las esferas de los conceptos,
penetrando las unas en las otras, aunque sin contenerse totalmente, nos
consienten pasar de una nocin a otra, y al cabo deducir conclusiones
por completo diversas, me impresion profundamente. Desde entonces, en
cuanto tomo un libro entre las manos y me pongo en relacin con un
pensador cualquiera, me coloco en la actitud recelosa del paleto cazurro
que asiste a un espectculo de prestidigitacin. Por dnde le
descubrir yo a este seor la trampa? Y no dejo jams de aplicarle el
famoso cuadrito de Schopenhauer. Con lo cual he llegado a convencerme de
que todos los filsofos tienen razn, y ninguno la tiene... Pero he aqu
que se me antoj dar al maestro cuchillada. Un da le apliqu al propio
Schopenhauer su cuadrito, y result que l tambin haba usado de igual
escamoteo para deducir su pesimismo. Con otro cuadro semejante al suyo
he podido comprobar que la vida puede ser considerada como buena y como
mala al mismo tiempo.

--De suerte que has llegado al escepticismo? Te encuentras en la
cmoda situacin del buen Montaigne?

--Todo lo contrario: yo pienso que en el fondo de todo sistema
metafsico se oculta una gran verdad... pero una gran verdad exagerada.
Todo hombre en posesin del poder--deca Montesquieu--, tiende a abusar
de este poder. Pues yo digo: todo hombre en posesin de una verdad,
tiende a abusar de esta verdad. Es una pendiente fatal por la cual nos
deslizamos sin sentirlo. No busques otro origen al error. Debajo de
cada uno de ellos, hasta de los ms monstruosos, vive una pobre verdad a
medio asfixiar. Y, cosa singular!, es el poder mismo del genio quien la
tiene sofocada. Los hombres de genio en este mundo son aquellos que ven
con extraa y maravillosa intensidad una parte de la verdad. Gracias a
esta visin original, logran dar un paso en el mundo de las ideas y
plantar un jaln en el camino de la ciencia; pero, ay!, el fulgor de
esta verdad parcial les oculta no pocas veces las dems verdades que
cerca de ella viven. Por eso, aunque te parezca mi asercin extraa, no
tengo por seguros guas para la orientacin de nuestras ideas a los
grandes pensadores, sino ms bien aquellos otros dotados de fino
espritu crtico y recto sentido...

--A los que tienen una linterna ms chica?

--Eso es; a los que recorren el campo de la verdad sin estar ofuscados
por ninguna. El pesimismo es una gran verdad, y pienso que, despus de
Sakyamuni, nadie la ha visto con ms sorprendente intensidad que Arturo
Schopenhauer... pero es slo _una_ verdad, no es _toda_ la verdad. El
pesimismo se halla en terreno firme dentro de la crtica. En efecto, en
nuestro mundo pululan muchos males, muchos, muchos; mas al llegar a la
explicacin, no sabe decir sino _Atman_, con el asceta Gotama, o
_Voluntad_, con Schopenhauer. Y qu es el Atman?, qu es la Voluntad?

--Schopenhauer responde que la Voluntad, no estando sometida al
principio de razn, no puede ser conocida. Lo mismo sucede con cualquier
fuerza elemental, con la electricidad, con la gravedad, de las cuales no
podemos preguntar la causa.

--Si es la fuerza primitiva del Universo, desde luego no puede ser
conocida en s misma. Los cristianos dicen lo mismo respecto a Dios.
Pero ser conocida por sus atributos, como l. Veamos estos atributos.
Un esfuerzo sin fin..., un esfuerzo ciego.... Pero es esto realmente lo
que se observa en el mundo? Hay que probarlo. Si la causa del mundo es
un esfuerzo ciego, cmo tenemos vista? Si la esencia del Universo es
ininteligencia, cmo existe dentro de l la inteligencia? En ltimo
resultado, querido amigo, un pesimista, como cualquier otro filsofo,
no es ms que un hombre que, tendiendo la vista por el mundo, se pone a
meditar sobre su esencia o sobre su causa. El pesimista dice que no
tiene causa, que slo hay en l esencia, y que su esencia es el mal.
Esto es ya cuestin de hecho; y lo mismo que su experiencia le dice que
slo hay mal en el mundo, a otros les dice que slo hay bien, y a otros,
como a m, les dice que hay de todo. Vale la pena demostrar tanto
desprecio al materialismo, como hace Schopenhauer, para terminar
afirmando que en el fondo del Universo slo se oculta una fuerza
estpida que quiere por querer, y sin saber lo que quiere, y que jams
consigue lo que quiere? Los empricos y materialistas tendran en ese
caso razn contra l. Comer, beber, aprovecharse de la vida; y cuando
sta no produzca ya placeres, salir de ella por medio de una pistola o
de una cuerda.

--Schopenhauer condena severamente el suicidio.

--Lo s. Es una de sus flagrantes inconsecuencias. El pesimismo antiguo,
fiel a s mismo, se guardaba de condenarlo; solamente lo crea casi
siempre innecesario. Pero Schopenhauer se encontr en medio de una
civilizacin que lo rechaza, y no atrevindose a chocar abiertamente con
el sentimiento general, para no ser arrollado, ide el siguiente
artificioso razonamiento: El suicidio no es la negacin del
querer-vivir. El que se da la muerte quisiera vivir; no est descontento
sino de las condiciones en que la vida se le ofrece. Por tanto,
destruyendo su cuerpo, no es al querer-vivir, sino a la vida a lo que
renuncia. Pero aqu ocurre inmediatamente preguntar: si la vida fuese
buena para todos los humanos, habra alguno que renunciase
voluntariamente a ella? Tendra razn de ser la negacin del
querer-vivir? Sera pesimista el mismo Schopenhauer? Habra siquiera
pesimismo en el mundo? Quien renuncia a la vida, sea quien fuere, si le
ofreciesen otra buena y feliz, la tomara inmediatamente.

--No obstante, en el sermn de Benars se aconseja la extincin de todo
deseo para terminar con la sed de la vida.

--Ese es un consejo metafsico que nadie ha practicado jams, porque
sale fuera de los lmites de nuestra naturaleza. Los budhistas, que se
tienden delante del carro de los dolos para ser aplastados, lo mismo
que los que se suicidan lentamente en el desierto privndose del
alimento y del movimiento necesarios, no lo hacen por una necesidad
metafsica de extinguir el principio de la vida en el Universo, sino con
la esperanza de pasar a otra vida mejor.

--Y el Nirvana?

--El Nirvana, que en el cerebro del fundador o fundadores del budhismo
significaba el aniquilamiento absoluto, se transform inmediatamente
para los adeptos en un cielo, en otra vida feliz. En el _Dhammapada_ se
dice: Aquellos que practican el mal, van al infierno; los que son
justos, van al cielo. En el _Udanavarga_: Aquel que practicando su
deber causa alegra a los otros, encontrar alegra en el otro mundo.
En las inscripciones sobre la roca de _Asoka_ se lee: Y cul es el fin
de todos los esfuerzos que yo hago? Es pagar la deuda que tengo
contrada con todas las criaturas, hacerlas felices en esta vida, y
hacerlas ganar el cielo en la otra. Y as sucesivamente encontrars
parecidos pensamientos en los monumentos ms antiguos del budhismo, lo
mismo en Ceiln que en el Tibet. Y es que Sakyamuni, como Schopenhauer,
cedi a la tentacin del sueo metafsico, a la vanidad que acomete a
todo pensador de _recrear_ el Universo. Pero los hombres exigimos en la
solucin del enigma del Universo que se halle conforme con nuestra razn
y nuestra naturaleza: si sale de estos lmites, la volvemos la espalda,
por ingeniosa y sutil que parezca. Si el hombre, como afirman el Budha y
Schopenhauer, no es otra cosa que voluntad, si la voluntad agota toda
nuestra esencia, el hombre que odia en l la voluntad, odia su propia
esencia. Esto es ms que irracional, es monstruoso. Cmo la esencia del
mundo se objetiva o se individualiza para odiarse a s misma, la razn
humana no slo no puede imaginarlo, pero ni siquiera puede concebirlo.
Un Dios creador, omnipotente, padre de todos los seres, no se le
comprende, pero se le concibe. Una fuerza nica, primitiva y elemental,
que se individualiza, que se hace inteligente para aborrecerse, ni se
comprende ni se concibe.

--Y, sin embargo, doctor, el Budha ha proferido sentencias admirables
de caridad universal. Ama a todas las criaturas vivas, ama hasta el
sacrificio absoluto de tu ser, aunque t no debieras recoger ms que
dolor. El insensato que me hace mal, yo se lo devolver protegindole
con mi amor: cuanto ms mal vendr de l, ms bien vendr de m. As
hablaba el Budha a sus discpulos.

--En efecto, es una moral pura la que se expone en la mayor parte de los
monumentos del budhismo; pero esta moral flota en el aire sin fundamento
alguno... Digo mal; su fundamento se halla en lo que los Santos Padres
de la Iglesia cristiana llamaban _razn seminal_, derivada del Verbo.
Todo lo que de bueno ha sido enseado por los filsofos, nos pertenece
a nosotros los cristianos, deca San Justino. Todos los hombres
participan del Verbo divino, cuya simiente se halla implantada en su
alma, deca San Clemente. Es posible explicarse de otro modo la pureza
de la moral bdhica, fundada en el atesmo, en una metafsica absurda y
monstruosa? Si la fuerza primitiva, si la Voluntad, como la denomina
Schopenhauer, que reside en nosotros, que es nuestra propia esencia, es
digna de ser aborrecida, debe serlo lo mismo en nosotros que en los
dems. Un cristiano puede respetar y amar a su semejante porque ve en
l, aunque alterada y borrosa, la imagen de su Dios, de un Dios santo,
puro y amoroso. Pero un budhista o un discpulo de Schopenhauer, por
qu han de amar a su prjimo si no ven en l otra cosa que una
manifestacin de esa Voluntad perversa que anima el Universo para su
desgracia, un caso ms de la irracional sed de vida que a todos nos
tiene amarrados a ella? Ama a tu prjimo, ama a todos los seres
vivos--deca el Budha--, porque _t eres eso_. Porque _yo soy eso_ le
aborrezco--debiera contestarse--, puesto que yo debo aborrecerme a m
mismo.

--En el Kempis se dice lo mismo: Nigate a ti mismo, aborrcete a ti
mismo.

--Esas palabras, en boca de un cristiano, no significan que debamos
aborrecer o negar nuestro ser esencial, nuestra alma, sino las impurezas
que la manchan. Ama a Dios sobre todas las cosas, y a _tu prjimo como
a ti mismo_, dice el catecismo cristiano. Luego el amor de s mismo se
prescribe tambin. Pero lo que en nosotros debemos amar no es nuestro
ser efmero, manchado de vicios, sino nuestra alma inmortal, que no se
disolver en la substancia divina como un grano de sal en el mar, sino
que permanecer en su ser eternamente, eternamente ser nuestra, gozando
de una alegra sin fin... Por lo dems, Schopenhauer se aprovecha
deslealmente de los msticos y ascetas cristianos para la confirmacin
de sus doctrinas. Ningn mstico cristiano imagin jams que, al negarse
a s mismo, negaba al propio tiempo el principio de su existencia, la
Voluntad soberana que le haba sacado de la nada. El santo cristiano que
se inmola por el amor de Dios siente en ello alegra, porque sabe que va
a gozar de este amor eternamente. Pero qu alegra puede penetrar en el
corazn del que se sacrifica sin ms objeto que renunciar a _toda vida?_
Por sutiles que sean las razones con que se lo disfrace, esto no es ms
que un suicidio. Nadie lo ha hecho; nadie lo har. Esta clase de
inmolacin slo ha existido en el cerebro de los filsofos. Los
budhistas, como los cristianos, como los mahometanos, como todo el
mundo, creen en la felicidad, creen que el hombre puede y debe ser
feliz. Es un instinto universal y permanente de nuestra naturaleza, y
los instintos universales y permanentes responden siempre a la realidad.

-Queda todava una solucin, amigo Jimnez. Si el Universo hubiera sido
formado por el concurso de dos principios igualmente necesarios y
eternos? Si entre estos dos principios existiera total independencia?
En la Naturaleza encontramos siempre esta profunda divisin, la
obscuridad y la luz, el fro y el calor, el macho y la hembra, la
electricidad positiva y la negativa, etc. Parece que un dualismo
primitivo e irreductible tiene dividido en dos partes a nuestro
Universo.

--S; Ormuz y Arimn. Ese dualismo ha sido dogma religioso entre los
persas en la apariencia. En realidad, por encima de estos dioses
personales estaba Zerwano Akereno, el tiempo infinito, que los haba
sacado a entrambos de su seno. En la metafsica griega tambin se halla,
no en lo que al bien y al mal se refiere, sino para la explicacin del
origen mismo y naturaleza del Universo. Al encontrarse en presencia del
dualismo primitivo y radical que se observa en nuestro propio ser,
proclamaron para la formacin del Universo dos esencias diferentes, la
materia y el espritu. Pero estos dos principios, como los dioses Ormuz
y Arimn, se excluyen entre s, y en la mente de los filsofos, como en
los espacios cerleos, el uno concluye por vencer al otro. Si la materia
es una fuerza nica esparcida por todo el Universo, una fuerza necesaria
e infinita de la cual los cuerpos no son ms que expresiones fugitivas,
entonces no habra necesidad de otro principio, no hay necesidad de
espritu, porque ella misma contendra todos los atributos de la
inteligencia, inseparables de la fuerza infinita. Mas si concebimos la
materia con las mismas cualidades de los cuerpos, entonces es extensa,
divisible, mltiple, y no puede formar un principio nico, sino un
agregado de principios de infinita diversidad. Por eso el dualismo, que
no es ms que una ilusin de los sentidos, no ha podido sostenerse, y la
historia de la filosofa hace ver que ha cado prontamente, o en un
pantesmo materialista, o en un pantesmo idealista. La idea de la
existencia de dos principios eternos ha desaparecido de la gran
corriente del pensamiento humano. Nuestra razn, por su misma primordial
naturaleza, busca siempre la unidad en la multiplicidad; es su fondo, es
su ley, y en vano pretenderemos oponernos a ella.

Call Jimnez, y call yo tambin. Proseguimos silenciosos nuestra
marcha por algunos instantes. Yo le pregunt al cabo:

--De suerte que no hay solucin para el problema? Jams sabremos qu
viento arrastra la nube sombra del dolor sobre nuestras cabezas? Jams
sabremos el por qu de nuestros sufrimientos?

El doctor Anglico no respondi. Todava proseguimos algn tiempo
nuestra marcha silenciosos.

--Hay una solucin; s--dijo al fin, volviendo su rostro hacia m--.
Pero esta solucin, la nica accesible a nuestro entendimiento, la
rechazan hoy los llamados intelectuales, porque viene envuelta en un
dogma, en las enseanzas de una doctrina religiosa. El hombre no quiere
reconocer lmites a su razn, huye irritado de quien se los seala, y
buscando con anhelo la razn, cae con frecuencia en la sinrazn....
Existe el mal, no es posible negarlo; el mal es esencial a nuestra
condicin. Pero es necesario? He aqu el verdadero problema. Si lo es,
hay que declararse ateo, como los primitivos budhistas o los modernos
pesimistas. La idea de un Dios consciente es incompatible con la
presencia eterna del mal. Si Dios existe, el mal no puede ser otra cosa
que un castigo...

--Un castigo!--exclam sorprendido--. Cmo es posible, si acabas de
decir que es esencial a nuestra condicin?

Jimnez sonri, diciendo:

--Efectivamente, la tesis es paradjica y desde el primer momento parece
inadmisible; pero ten la bondad de escuchar un momento... El castigo
supone siempre una voluntad libre, por una parte, y por otra, una
obligacin. Pero existe la voluntad libre?, existe la obligacin?

--Demos eso por supuesto, aunque sea largo y difcil de probar. El
pecado, que es a lo que t te refieres, es la calificacin de un acto, y
todo acto no puede ofrecer duda a nadie que es individual. Por tanto, el
pecado supone siempre un agente libre, y es cosa incomprensible que
pueda pertenecer, no a nuestra voluntad, sino a nuestra naturaleza.

--S, s; no te esfuerces ms en mostrar la paradoja: ya he convenido yo
en ella... Mas si existiese un elemento de pecado en la naturaleza
humana independiente de las voluntades individuales!... Parece
monstruoso, verdad? Examnate a ti mismo, sin embargo; escruta los
senos de tu conciencia, y hallars que cometes algunas faltas sin darte
cuenta precisa de ellas, que eres arrastrado a cometerlas, no por un
acto firme y deliberado de tu voluntad, sino por un impulso que te
parece irresistible de tu corazn, en realidad, por la fuerza del
hbito. Qu es lo que llamamos en el terreno moral _un pecador
empedernido_? Un hombre que, por la costumbre de practicarlo, no puede
resistir ya a la fuerza del mal. Aqu tenemos, pues, una naturaleza
viciada, esto es, una naturaleza en la cual el mal que se produce no
proviene directamente de la voluntad. Pero si no proviene directamente y
en cada momento, su origen se halla, no obstante, en ella. Es un acto
primitivo de su libertad quien lo ha engendrado; el mal ha penetrado en
su alma porque voluntariamente le ha dejado la puerta abierta, y una vez
entrado, se ha apoderado de l y de su misma voluntad. No hay duda,
pues, que es posible la existencia de una naturaleza corrompida. La
voluntad no es siempre el origen de nuestros actos.

--Pero como tales actos provienen de un acto primitivo engendrado por la
libertad individual, resulta que ha habido siempre un agente libre, y
que a ste se le puede exigir la responsabilidad. No es ste el caso de
la responsabilidad exigida por los actos ejecutados por otro.

--Desde luego que no es el mismo caso. Lo nico que quera dejar sentado
es que no somos totalmente responsables de nuestros actos en muchos
casos, sino solamente de un modo parcial y relativo, o, lo que es igual,
que en el curso de nuestra vida solemos ser esclavos de nuestras
tendencias y aficiones. Que tales tendencias hayan sido provocadas por
el uso anterior de nuestra libertad no impide que formen parte ya de
nuestra naturaleza. Pero no existen en nuestra naturaleza otras
tendencias que las engendradas por el uso de nuestra libertad? Recuerda
a tu padre, y dime sinceramente si en tu modo de proceder en la vida, si
en tus aficiones o en tus manas no existe en tu naturaleza una gran
parte de la de l. Tu padre podra decir lo mismo del suyo, tu abuelo
igual, y as sucesivamente. El pecado, pues, sin dejar de ser pecado,
esto es, el acto de un agente libre, es transmisible. El pecado, aunque
proceda de un acto de libertad, se halla incorporado a nuestra
naturaleza. Y que nuestra naturaleza est viciada, no puede ofrecer
duda. En todos los pases y en todos los tiempos que nosotros podamos
recordar, el hombre, si sale inocente del vientre de su madre, no tarda
mucho en mostrar su tendencia al mal, en afirmar su miserable _yo_,
desconociendo el derecho de los dems seres. Proceder esta tendencia
perversa de la constitucin misma de nuestra naturaleza? Entonces el mal
es necesario, y ya no ser mal, sino bien; porque lo que no puede ser de
otro modo que lo que es no debe ser designado por una negacin, sino
por una afirmacin; entonces el mal no es el desorden, sino el orden, y
la naturaleza misma nos abre el camino para que sigamos francamente por
l, sin cuidarnos de otra cosa. Procedern las malas tendencias de
nuestro corazn de un acto primitivo de libertad? Quin ha realizado,
entonces, este acto, mediante el cual nuestra naturaleza se ha
corrompido? Necesariamente ha de ser un agente libre, y ste ha de ser
un individuo humano. Pero este individuo humano, habr sido como
nosotros? Desde luego, pero al mismo tiempo necesitaba ser distinto de
nosotros, porque si no hubiese en l ms que una naturaleza individual,
la responsabilidad exigida a los dems por sus actos sera una
monstruosa injusticia. Para que tal responsabilidad tenga lugar,
necesario es que ese agente libre sea la raz misma del gnero humano;
que no sea un individuo en el sentido corriente que damos a esta
palabra, sino un individuo primitivo que encierre dentro de si el germen
de todos los dems individuos que componen la Humanidad. Sus actos no
eran solamente individuales, sino universales, porque en l estaba
presente la Humanidad entera. Existe, pues, un desorden esencial,
fundamental, en la Humanidad, que es el origen del mal; este desorden es
el efecto de una cada, de una degradacin; esta cada es la obra de
nuestros primeros padres.

--Es difcil, doctor, que podamos resignarnos al castigo de un acto
ejecutado por otros. El hombre encuentra repugnancia en sentirse ligado
a otros hombres de tal modo, que su alma forme parte de la suya.

--Y, sin embargo, cun cierto es, querido amigo! Nosotros formamos una
gran unidad; millones de hilos invisibles y misteriosos nos ligan los
unos a los otros; nadie puede aislarse, nadie puede decir: Este acto es
mo, absolutamente mo. Para el Ser Supremo, la Humanidad entera es un
solo ser en aquel que los ha engendrado a todos. Lo que te estoy
diciendo no es un producto de la especulacin, un dato de la razn, sino
de la experiencia. Gritamos que la responsabilidad debe ser siempre
individual, pero de hecho aceptamos humildemente la colectiva. No hay
hombre que en el fondo de su corazn no se sienta en cierto grado
responsable, no slo de los actos de su raza, sino tambin de los de su
nacin, y hasta de los de la sociedad de que forma parte o de los del
cuerpo a que pertenece. No hace muchos das que un pobre fraile, recin
llegado de Filipinas, me narraba sus desdichas en las jornadas
desastrosas de hace algunos meses. Le cogieron prisionero los naturales
insurrectos, le maltrataron brbaramente, le tuvieron encerrado en un
lugar infecto, le hicieron trabajar cargndole como un mulo, y hasta,
cosa inaudita!, como un mulo le engancharon a una carreta. Pues bien,
este fraile me deca, bajando tristemente la cabeza: Ha sido un castigo
justo del Cielo, porque habamos cometido muchos excesos. Lo cual
quiere decir que este pobre religioso, que es un santo, incapaz de
cometer el ms pequeo exceso, aceptaba resignado la responsabilidad de
los cometidos por sus hermanos de religin... Una de dos, pues, amigo
mo: o el mundo est fundado sobre una monstruosa injusticia, o existe
la responsabilidad colectiva, porque de hecho pagamos siempre las faltas
de los otros. O hay que aceptar la unidad del gnero humano, o hay que
decir adis a la idea de justicia, y entonces, de dnde nos viene esa
idea?

--De todos modos, doctor, la solucin que me propones es un dogma, no es
una doctrina filosfica.

--Es un dogma que encierra una doctrina filosfica. No te dir que
satisfaga por completo a todas las exigencias de nuestra razn. Los
dogmas no se identifican con la razn, porque entonces no habra
necesidad de ellos. Pero bscame otra doctrina que menos la contrare.

--El dogma del pecado original supone la procedencia de una sola pareja,
y el darwinismo, que es la ltima palabra de la ciencia, considera al
hombre como el coronamiento de una larga evolucin del reino animal.

--Yo no s, ni puede saberlo nadie, si el hombre es el resultado de una
evolucin. Es verosmil..., acaso sea verdad. Pero si el hombre, con los
caracteres de tal, se ha desprendido del animal, tuvo que ser en un
momento determinado del tiempo. Pues bien, en ese instante feliz y
supremo en que un ser inteligente y libre parece sobre nuestro planeta,
pudo efectuarse el funesto acto de libertad que le ha degradado,
hacindole perder su inocencia... Por lo dems, ni el darwinismo ni
ninguna otra de las conquistas de la ciencia podr daar jams a la
verdad cristiana si no es momentneamente. Todas estas conquistas, que
principian oponindose a ella ferozmente, terminan convirtindose en
leales servidores. Echa una mirada a la Historia... La nave del
cristianismo acababa de salir de los mares de la hereja. Sus velas,
mojadas por los chubascos, pendan flojas y desmayadas de los mstiles.
La tripulacin, rendida por la lucha prolongada contra las sutilezas y
sofismas de la Edad Media, dorma esparcida sobre cubierta... Fuerte
sacudida los despert a todos. Haban entrado sin sentirlo en el mar de
la ciencia. Una ola negra, alta y temerosa avanzaba sobre ellos,
amenazando sepultarlos. Era _la nueva cosmogona de Coprnico_
pregonando el movimiento de la tierra. La tripulacin lanz un grito de
espanto, creyndose perdida. Pero la ola bati con furor los costados de
la barca, ech algn agua dentro, y pas sin hacerla zozobrar. Apenas
repuestos del susto, llega otra: la _antigedad de la Tierra_. El
Gnesis va a quedar deshecho. Los telogos de la tripulacin se
alborotan y gritan. La ola pas tambin y dej la nave intacta. Detrs
viene otra: la _pluralidad de los mundos habitados_. Oh cielo! Cmo
explicar la existencia de otras tierras habitadas con el acto de la
redencin? Los telogos experimentan nueva consternacin. Pero la ola
pasa como las otras. El sol de la fe luce ms radiante. La redencin es
un acto voluntario de Dios, y lo mismo puede producirse habiendo muchos
mundos habitados, que habiendo uno solo... Ya llega bramando otra; la
teora darwinista de la _descendencia del hombre_. Qu grande es, y qu
negra, y qu aterradora! Infeliz navecilla, de sta no escapars! Y, en
efecto, la barca queda sepultada en el obscuro abismo de la ola como en
las fauces siniestras de un monstruo. El Cristianismo ha muerto...
Quin lo ha dicho? Mira, mira hacia arriba! Cabalgando sobre la ola
negra y rugiente, ya asoma de nuevo la velita blanca. Acabo de leer el
libro de un sabio darwinista americano, John Fiske, en que demuestra,
por medio de las teoras de Darwin, que el hombre es el fin de la
creacin, y que jams habr sobre la tierra un ser ms elevado que el
hombre. El libro termina con estas palabras, que parecen de un telogo
ms que de un naturalista: La revolucin operada por Darwin ha colocado
a la Humanidad en el pinculo ms alto de cuantos ha ocupado. El sueo
de los poetas, las instrucciones de los sacerdotes y profetas y la
inspiracin de los grandes msicos se confirman a la luz del moderno
conocimiento. Del mismo modo que nos congregamos para el trabajo
material de la vida, debemos esperar que pronto lo estaremos en un
sentido ms verdadero; cuando llegue a ser este mundo el reino de
Cristo, y reine para siempre como Rey de los reyes y Seor de los
seores.

--Ests elocuente, y hasta un si es no es potico--dije sonriendo.

Pero Jimnez, sin hacerme caso, continu:

--Y es que el hombre jams, jams podr desprenderse de esta verdad,
adquirida de un modo sobrenatural y sellada con tanta sangre. La
existencia de un Dios perfecto y de un mundo imperfecto, de una bondad
infinita y omnipotente con las miserias de la vida, es, sin disputa, el
problema de los problemas. Los filsofos destas ms grandes, Platn,
Aristteles, Plotino, Descartes, Leibnitz, se han esforzado vanamente en
hallar una explicacin satisfactoria. Los mismos telogos, cuando,
sostenidos tan slo por su inteligencia, lo abordan, se les ve
claramente vacilar, el terreno se hunde bajo sus pies, y, al cabo de
sabias disquisiciones, nos dejan sumidos en las mismas tinieblas. Mas el
grande, el pavoroso problema, que no quiere ser resuelto en la
inteligencia de los grandes filsofos, entrega, no obstante, su secreto
al corazn de los justos. Pregntale a un hombre de corazn sencillo, a
un espritu encendido en la llama de la caridad, pregntale si halla
incompatible la bondad de Dios con las imperfecciones de este mundo, y
te mirar lleno de asombro. Para l semejante problema no existe. Y es
que l no contempla la esencia del mundo desde fuera, como nosotros, no
es un _espectador_ curioso, sino un _actor_ profundamente interesado en
la representacin del gran misterio de la existencia. Su alma est
amasada ya, fundida en el alma divina, participa de su sabidura
infinita, y sabe absolutamente que lo que es, es lo que debe ser, que lo
que l quiere, es lo que quiere Dios. Sabe que su espritu ha salido ya
del limbo obscuro de la posibilidad para convertirse en acto, y que el
acto es perfeccin. Es un colaborador del hecho universal; sabe que
viene del amor y que marcha hacia el amor, y sabe que el mundo es lo
mismo que l. En el espritu del justo lo inteligible y lo real se
confunden, porque su razn est ntimamente unida a la esencia de las
cosas; en l se unen el pensamiento y el ser para constituir la
verdadera ciencia, la ciencia completa, que en los dems est
fraccionada. Nuestra alma est hecha de la misma masa de la verdad. Slo
cuando dudamos de ella nos hundimos en el error, como se hunda San
Pedro, el pescador, marchando sobre las aguas, cuando senta vacilar su
fe.

       *       *       *       *       *

Call Jimnez, y call yo tambin. Mil pensamientos se atropellaban en
mi cerebro y lo turbaban. Senta el vigor de sus razonamientos, pero al
propio tiempo senta el empuje de otros muy contrarios, y la lucha
entablada dentro de mi alma me haca caminar ms aprisa, dejando atrs a
mi compaero. Cuando alc la vista del suelo columbr la choza del feroz
trapero que haba sido causa ocasional de nuestra conversacin, y,
temiendo que nos encontrsemos con l, propuse a Jimnez torcer a la
derecha, a fin de no pasar por delante de su casa.

Pocos pasos habamos andado en esta direccin, cuando vimos a lo lejos
un golpe de gente que hacia nosotros vena apresuradamente y con visible
agitacin. No tardaron en llegar a nuestros odos algunos lamentos e
imprecaciones. Avanzamos rpidamente hacia el grupo para saber lo que
significaba, y pronto nos acercamos. En el centro de l llevaban entre
dos hombres, sobre unas parihuelas improvisadas, a un chico cubierto de
sangre. Inmediatamente reconocimos al chico que haba caminado con
nosotros despus de la repugnante escena del trapero y la nia, y nos
haba enterado de todas las particularidades de su vida. sta debi ser
la causa de su desgracia, por lo que en seguida pudimos colegir, pues
aquel bandido marchaba detrs, amarrado codo con codo, custodiado por
una pareja de la Guardia civil y seguido por un tropel de curiosos. La
madre del chico caminaba al lado exhalando gemidos desgarradores.

Nadie saba entre ellos el motivo por el cual el trapero haba apualado
al chico, porque ste no poda hablar. Nosotros lo explicamos
prontamente, con lo cual la indignacin popular creci de un modo
imponente, y, a no ser por los guardias, no lo hubiera pasado bien el
asesino. Estallaron, sin embargo, las imprecaciones, y cada cual contaba
en voz alta alguna de sus fechoras. Como nos dijeran all que aquella
desgraciada madre careca de recursos para vivir, y que aquel nio la
ayudaba a sustentarse repartiendo leche por las casas, lo mismo Jimnez
que yo nos despojamos de casi todo el dinero que llevbamos y se lo
entregamos. En esta generosidad tena parte tambin la inquietud de la
conciencia, pues, aunque inocentes por la intencin, nosotros habamos
sido la causa de aquella agresin cobarde.

Pero ya los guardias ordenaban a los hombres de las parihuelas que
prosiguiesen su camino y empujaban hacia adelante al bandido. ste no
nos haba quitado los ojos de encima en los cortos momentos que all
estuvieron detenidos, unos ojos cargados de odio y amenazas. Cuando la
comitiva se puso de nuevo en marcha, despleg los labios para decirnos:

--Cuando salga de la crcel ya nos veremos las caras.

Ni a Jimnez ni a m nos hizo efecto la amenaza. Nos hallbamos tan
indignados y conmovidos, que el miedo no caba en nuestro corazn.
Parados e inmviles, seguimos con la vista por algn tiempo al grupo que
se alejaba, y, al cabo, nos pusimos de nuevo en marcha.

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La matanza de los znganos.


I

Vivan mis primas en el fondo del valle: su casa estaba situada en una
meseta de la colina, a trescientos pasos del camino. Por detrs se
elevaba un gran bosque de castaos y robles: por delante descenda una
hermosa huerta bien provista de frutales, y despus una vasta pomarada
cuya cerca de piedra serva de linde al camino.

Pobres chicas! La Providencia les haba dotado de un rostro nada
halageo y de una madre menos halagea aun. Era terrible aquella doa
Teresa, fuerte como un gan y spera hasta cuando acariciaba, como la
lengua de una vaca. Y, sin embargo, qu hubiera sido de ellas si
aquella madre no fuese tan hombruna y enrgica? Su difunto padre, uno de
los propietarios ms ricos de la comarca, les haba dejado casi por
completo arruinadas. Primero jugando y derrochando en la capital,
despus, en los ltimos aos de su vida, degradndose hasta pasar las
noches en las tabernas, vendi cuanto tena, menos la posesin donde
habitaban y que tena por nombre la _Rebollada_.

Qued doa Teresa con sus tres hijas Griselda, Erundina y Berenice,
todas tres pasando de los veinte aos, y con un chico, Tefilo, que no
contaba an los quince. No se arredr la vieja. A trabajar, a trabajar!
Se trabaj duro, se trabaj como jumentos; pero se comi, se visti y se
pagaron algunas deudas. La posesin daba bastante para alimentarlos, y
se haca algn dinero enviando a la criada con fruta al mercado de los
jueves, con queso y con manteca. Para esto ltimo era necesario que
tomasen la leche descremada, llamada en aquella regin _leche fra_. La
madre daba el ejemplo: no se di el caso durante algunos aos de que
bebiese la leche con toda su manteca, ni aun hallndose enferma. Slo
tenan una criada a su servicio, una moza fuerte y paciente como una
mula, que cuidaba las vacas, traa el agua, la lea, era cocinera,
doncella y mozo de labranza. Las faenas agrcolas de importancia, como
la siega, la recoleccin de las castaas y, sobre todo, la fabricacin
de la sidra, venan a ejecutarlas gratuitamente los vecinos. Doa Teresa
les facilitaba un blsamo de su confeccin para las heridas y
quemaduras, agua curativa para los ojos, les enviaba tortas de miel en
la Nochebuena y _monas_ en la Pascua, les recomendaba, cuando les haca
falta, al alcalde y al escribano. Por estos pequeos favores, y tambin
por el respeto y cario que siempre haban inspirado en la comarca los
seores de la Rebollada, todos se crean obligados a acudir cuando doa
Teresa los llamaba.

Vinieron buenos aos de sidra, buenos aos de avellana, y doa Teresa no
slo se desembaraz de deudas, sino que empez a economizar dinero, que
guardaba en los agujeros del desvn o enterraba en el establo y en otros
sitios aun ms inaccesibles y fantsticos. Pero las nias no se casaban.
Las nias se aproximaban a los treinta, y no pareca una mano masculina
que se tendiera para demandar la suya. Con un labrador no podan
casarse, porque aunque ellas lo fuesen tambin de hecho, no lo eran de
derecho. Para un caballero, aunque fuese de menor cuanta, no ofrecan
atractivos: ni eran ricas, ni eran bellas, ni posean una educacin
esmerada. Adems, aquellos nombres eran tan ridculos! Su padre, que
haba sido tan aficionado a las novelas romnticas como a las
francachelas, logr ponrselo valindose de la impotencia de su esposa.
La viril doa Teresa le deca desde la cama con voz quejumbrosa:

--Mira, Perico, te prohibo que pongas a la nia un nombre de novela.
Quiero que se llame Juana, como mi hermana.

Sonrea don Pedro traidoramente, y cuando delante de la pila bautismal
el cura le preguntaba qu nombre se deba poner a la criatura,
responda:

--Erundina, pngale usted Erundina.

Doa Teresa ruga entre las sbanas cuando se le daba la noticia. El
nombre astronmico de Berenice, particularmente, le produjo tal
sofocacin, que en todo el curso de su vida no pudo pronunciarlo sin
rechinar un poco los dientes.

Hacia el fin de ella comenz a producirle algunos disgustos la conducta
de su hijo menor, Tefilo. Era ste un muchacho espigado y robusto, ms
holgazn aun que su padre, pero menos inteligente. Le envi su madre al
Seminario con el piadoso deseo de que fuese sacerdote y amparase a sus
hermanas. De all fu arrojado por su mala conducta y falta de
aplicacin. Pretext que no estudiaba por carecer de vocacin para el
sacerdocio, y, haciendo un esfuerzo heroico, la diligente madre le envi
a la Universidad para que fuese abogado. Idntico resultado. En el
primer curso logr engaarla falsificando la nota de aprobacin; pero en
el segundo se descubri la trampa. Doa Teresa cogi el palo de la
escoba y le moli las costillas, de tal manera, que en algunos das no
pudo levantarse de la cama. Despus, a trabajar el terruo como un
siervo de la gleba.

Las faenas agrcolas no arrancaron, sin embargo, a Tefilo por completo
el sello de su nacimiento seorial. Aunque durante la semana se
distinguiese muy poco por su indumentaria del resto de los labradores,
cuando llegaba el domingo se pona para ir a misa camisa almidonada con
cuello alto, corbata de seda, un traje de americana color canela y
sombrero hongo. Adems, se haba dejado para adorno de la cara unas
patillas largas y sedosas que contribuan en gran manera a separarle de
los paisanos, todos humildemente rasurados. Se le llamaba don Tefilo; y
como estaba privado de los placeres dispendiosos, porque su madre no le
daba ms que un par de pesetas los domingos, se entreg en cuerpo y alma
al amor. Penetr en las enramadas, sorprendi los caseros, traspas los
cerros, ocup el llano, y en todas partes dej, como un torbellino de
fuego, seales aciagas de su paso.

Doa Teresa sonrea cuando le venan a noticiar algn resultado
fehaciente de sus empresas galantes. Pero cuando le hicieron saber, por
medio de algunas cartitas, que Tefilo haba contrado deudas en las
tabernas del concejo, no se dibuj sonrisa alguna en su rostro severo.
Antes comenz a rodar sus ojos de un modo siniestro, lanz algunas
imprecaciones temerosas, y, empuando el consabido mango de la escoba,
lo puse inmediatamente en contacto con la piel del voluptuoso mancebo.

Pero he aqu que un da el buen Tefilo, escarbando por casualidad en el
establo, tropez con un bote de hoja de lata, y en l guardadas algunas
monedas de oro. Hay que dejar bien sentado que fu por casualidad, a fin
de que los futuros cronistas de aquella regin no caigan en el
lamentable error en que cay la familia y todo el vecindario, afirmando
que el buen Tefilo no escarb en aquel sitio casualmente, sino buscando
el precioso bote.

De todos modos, no se crey en el caso de comunicar con su familia el
descubrimiento. Acaso haya padecido un error en este punto; pero no hay
que reprochrselo demasiado, porque todos estamos sujetos a equivocarnos
en este mundo. Lo que no ofrece duda es que hizo mal en convidar a sus
amigos en las tabernas, dando en pago con cierta ostentacin monedas de
oro. Porque no se pasaron muchas horas sin que llegase la especie a los
odos de doa Teresa. Subi sta como una flecha al desvn, inspeccion
sus tesoros, y los hall intactos; baj a la huerta, escarb debajo del
montn de la lea, y pudo cerciorarse de que all tampoco haba andado
nadie; levant despus uno de los ladrillos del horno, y el mismo
satisfactorio resultado. Pero se le ocurre ir al establo, cava debajo
del pesebre, y...

Justamente en aquel instante penetraba en el establo nuestro Tefilo
silbando dulcemente, descuidado y alegre como un mirlo. Doa Teresa
salt sobre l como una pantera. Pocos segundos despus, una de las
rubias, sedosas patillas del mancebo haba desaparecido de su rostro.
Convertida en asqueroso puado de pelos, tremolaba siniestra en la mano
derecha de su madre. A los gritos de la vctima y a los rugidos de la
fiera acudieron la buclica Griselda y la astronmica Berenice, que,
secundadas por un vecino que a la sazn cruzaba, lograron, aunque a
duras penas, que Tefilo no sufriese la extirpacin de su otra patilla,
pues su madre mostraba vivo inters en realizar esta obra de simetra.
Por qu esforzarse tanto en impedirla? No la afeit inmediatamente el
mismo interesado?

Fue la ltima operacin quirrgica llevada a cabo por la respetable
viuda. Aquella misma tarde sufri un ataque de apopleja, y unos das
despus se extingua en los brazos de sus hijas.


II

Lo mismo en vida de su madre que despus de fallecida, sola hacer
alguna visita a mis primas durante el verano. Generalmente eran dos: una
cuando llegaba a aquel mi valle natal en el mes de julio, y otra en
septiembre, cuando regresaba a la capital. Por impulso adquirido, tal
vez por la fuerza del hbito, que tiene ms fuerza en los espritus
limitados, o, lo que es an ms probable, porque lo llevasen en la
sangre, mis tres primas eran otras tantas doa Teresa pocos aos despus
de fallecida sta. No la imitaban ciertamente en la energa; pero la
igualaban, y aun la superaban, en la avaricia.

Me acuerdo que uno de los ltimos das de septiembre mont a caballo por
la tarde y me dirig a la Rebollada, que distaba de mi casa poco ms de
una legua. Griselda, Erundina y Berenice me acogieron, como siempre, con
dulces sonrisas y palabras cariosas. Hasta, si mal no recuerdo, una de
ellas me abraz y me bes en la frente. Debi de ser Griselda, la ms
vieja y la ms fea, porque siempre tuve la misma fortuna con las damas.
Pero no pas de ah, esto es, nadie me ofreci otra cosa, ni un vaso de
vino, ni un poco de mermelada. Ya lo saba, y por eso cuando iba a
visitar a mis primas de la Rebollada, llevaba, como hombre prevenido,
una onza de chocolate en el bolsillo.

Despus de los primeros momentos de expansin vinieron lamentaciones
sin cuento, amargas reflexiones, suspiros, gemidos, furiosas
exclamaciones de clera y dolor. El gran Tefilo, una vez libre y sin
aprensin por la integridad de sus patillas, pasaba una vida dulce y
regalada como la de un cannigo. No es ma la comparacin, sino de
Berenice. Yo la hice observar que los cannigos estaban obligados a
guardar las horas cannicas y ciertas abstinencias, cannicas tambin, a
las cuales no se sujetaba su hermano. Convinieron todas conmigo, y me
hicieron saber que desde la muerte de su madre no haba tocado en un
instrumento de labranza ni se cuidaba apenas del ganado. Haba tomado su
parte de dinero, del dinero escondido por doa Teresa, haba comprado un
jaco, y andaba de feria en feria, sin parecer a veces en quince das por
casa. Lo que no me dijeron fu que gracias a Tefilo pudieron hallar
este dinero, y que sin su habilidad de zahor para adivinar los agujeros
hubieran perdido ms de la mitad. Pero no haban parado ah las cosas,
sino que, despus de derrochado todo este dinero, les haba vendido su
parte de la posesin y se la gast alegremente tambin, y despus de
gastada sigui comiendo y durmiendo en la casa de sus hermanas, como si
nunca hubiera dejado de ser la suya. Tampoco haban parado aqu las
cosas, y esto es lo que haca estremecer las entraas de las tres
vrgenes, sino que Tefilo haba descubierto ya varios agujeros donde
guardaban el fruto de sus economas, y se los haba dejado limpios. No
haca an quince das que les haba sustrado dos mil reales en monedas
de cinco duros. Mis primas lloraban a hilo mientras narraban este ltimo
crimen de un modo tan desesperado, que si no fuera porque me acometieron
ganas de reir, me hubiera echado tambin a llorar, seguramente.

Por ltimo, Tefilo haba profanado de otro modo el santuario del hogar.
Aquella criada mixta de dama de compaa y mozo de labranza que ellas
guardaban haca aos como preciado tesoro en su casa, fu corrompida por
l, y a la hora presente se hallaba encinta. Como yo la vea por all
desempeando sus tareas tranquilamente, pregunt sorprendido:

--Y cmo no la habis despedido ya?

Las vi un poco confusas para responder, y deduje que la avaricia haba
vencido a la delicadeza. Por el corto salario que la daban no hallaran
una moza tan fuerte y trabajadora.

Cuando se hubieron calmado un poco salimos a la huerta y me mostraron la
gran riqueza de legumbres y frutas que all haba. En verdad que en
pocas partes haba visto tierra tan feraz y bien cultivada. Griselda me
ofreci dos grandes peras..., pero de las que se hallaban cadas en el
suelo. Bajamos a la pomarada, donde haba manzana aquel ao para llenar
cincuenta pipas. Una verdadera riqueza, pues cada pipa vala diez duros.
A la vista de tan esplndida cosecha se seren la fisonoma de mis
primas y comenzaron a mostrarse joviales. Me llevaron por fin al sitio
de las colmenas. Recogan de ellas todos los aos ms de doscientas
libras de miel y bastante cera, que vendan a los cereros de la capital.

Nos acercamos con alguna precaucin y estuvimos un rato entretenidos
mirando. Mis primas, aunque apicultoras, saban poco acerca de la vida
de las abejas. Yo, que siempre sent aficin hacia estos maravillosos
insectos, les fu dando a conocer algunos de sus secretos; cmo se
construan su ciudad, cmo se distribuan el trabajo entre ellas, cmo
se entienden entre s por medio de un lenguaje que eternamente ser para
nosotros un secreto. Gracias a l, no slo se comunican lo necesario
para realizar sus complicadas operaciones, sino que tambin se
participan las noticias favorables y adversas, la prdida de la madre,
la entrada de una reina intrusa o de un enemigo, el descubrimiento de un
tesoro, esto es, de algunas nuevas flores o de algn tarro de miel. Pero
la maravilla de las maravillas es la produccin de la cera. La miel se
transforma en material de construccin por un misterioso procedimiento
qumico que se realiza en el cuerpo de estos animalitos. Son las abejas
ms jvenes las que proporcionan la cera. Cuando llega el instante de
construir su fbrica, stas escalan las paredes del tronco nuevo de
rbol donde generalmente edifican, otras las siguen y se sujetan por las
patas, formando largas columnas o guirnaldas, y as permanecen inmviles
horas y horas, hasta que por un misterio admirable empiezan a sudar esa
materia blanca que se llama cera. Con ella construyen rpidamente su
gran falansterio, cuyas celdas tienen invariablemente una forma
hexagonal. Hay cuatro clases de celdas: las celdas reales, las grandes
celdas, destinadas a la cra de los machos y para almacenar las
provisiones cuando abundan las flores, las celdas pequeas, que sirven
de cuna a las obreras y de almacenes ordinarios, y las celdas de
transicin, que sirven para enlazar las grandes a las pequeas.

Mis primas me escuchaban con inters, y no se hartaban de hacerme
preguntas. Cuando llegamos a la tragedia que anualmente se representa en
aquellos pequeos mundos, a la matanza de los znganos, les expliqu
cmo despus de la fecundacin de las reinas la presencia de los machos
en la colmena no slo es intil, sino muy perjudicial, porque, sin
trabajar, devoran las provisiones, interrumpen los trabajos, ensucian
las celdas, obstruyen el paso y se conducen de un modo grosero e
intolerable. Las abejas los toleran todava algn tiempo; mas, perdiendo
al cabo la paciencia, un da circula entre ellas la orden, sin saber
quin la da, y se preparan a hacer sangrienta justicia. Una parte del
enjambre no sale aquella maana al trabajo. Son los verdugos. Mientras
los pobres znganos duermen tranquilos, se prepara silenciosamente su
ruina. Al despertarse se encuentran rodeados cada uno de tres o cuatro
de sus enfurecidas hermanas, que framente los despedazan, les cortan
las alas, les atraviesan el vientre con sus dardos venenosos, les
amputan las antenas y los dejan en un estado tan lamentable, que a
cualquiera movera a piedad. Pero aquellas crueles obreras no la
sienten; los persiguen por todas partes, y cuando, heridos y maltrechos,
un grupo de ellos se refugia en algn rincn, lo bloquean y le hacen
morir de hambre. Muchos de ellos consiguen escapar; se lanzan al campo;
pero cuando a la cada de la tarde, acosados por el fro y el hambre,
tratan de ganar su casa, se encuentran con la puerta cerrada, son
rechazados por las inflexibles centinelas, y perecen aquella noche
implorando en vano abrigo y alimento.

--Sabis una cosa?--les dije cuando termin mi relato--. Si vosotras
fueseis abejas en vez de ser mujeres, ya habrais matado a vuestro
hermano Tefilo.

Las tres soltaron una carcajada.

--Qu ocurrencia! Es de veras gracioso! Siempre sers el mismo,
Angel!

Y rean mis primas con tanta gana como si las hubiera ledo el captulo
ms chistoso del _Quijote_. Todava despus que volvieron a casa, y
pasado largo rato, recordaban mis palabras y se renovaban las
carcajadas.


III

Aquel invierno supe que la criada de mis primas haba dado a luz un nio
en la misma casa, y que aqullas haban guardado a la madre y al hijo,
en vez de ponerlos en la calle. El sujeto de la Rebollada que me di la
noticia aadi que a la hora presente se hallaban tan entusiasmadas con
el chiquillo, que eran para l otras tantas madres. Me alegr por la
inocente criatura y por ellas tambin. Al fin, tena un sentido su
existencia. El instinto de la maternidad, tan vivo en todas las mujeres,
hallara satisfaccin y las hara felices.

Pero he aqu que pocos meses despus me dieron otra noticia mucho ms
desagradable; la del fallecimiento de mi primo. El buen Tefilo haba
muerto repentinamente. Una noche haba cenado en perfecto estado de
salud y se habla acostado. Poco despus se sinti indispuesto, llam a
la campanilla, acudieron en su auxilio, se le prodigaron algunos
remedios caseros, se expidi un propio a caballo en busca del mdico, y
se llam al cura. ste lleg a tiempo para darle la absolucin; pero
cuando lleg el mdico ya haca una hora que haba fallecido el enfermo.

Cuando supe la noticia, acudieron a mi memoria las ltimas palabras que
les haba dirigido, y de pronto naci en mi mente una sospecha terrible.
Esta sospecha me caus impresin tan profunda y tal repugnancia, que no
pude escribirlas dndoles el psame.

Al mes siguiente, que era el de junio, fu a Suiza, y slo pude pasar
unos das del mes de octubre en mi valle natal, que aprovech para hacer
una visita a la Rebollada. Cierto remordimiento me atenaceaba desde
haca algn tiempo el espritu. No poda desechar de l las palabras que
por burla haba pronunciado el ao anterior. Quin sabe si tal burla
habra sido causa ocasional de un crimen! Trat de salir de dudas,
poniendo para ello en prctica los medios que me parecieron ms
conducentes.

Hall a mis primas enlutadas, pero nada tristes. Me recibieron
jovialmente, y acto continuo se pusieron a narrarme las gracias
increbles de Periquillo, que as se llamaba el nio de la criada y de
su difunto hermano. Pude convencerme en seguida de que aquella criatura
de pocos meses les tena sorbido el seso. No se hartaban de ponderar su
robustez, su blancura, su dulce mirada, su voracidad, su picarda, su
tico humorismo.

--Vers, Angel--me deca la astronmica Berenice con ojos brillantes de
alegra--. Por la maana temprano, cuando su madre va al molino, me deja
a Periquillo. A veces tarda ms de una hora, y el chiquillo tiene
hambre. Empieza a llorar, y yo, para acallarle, le paseo y le meto mi
lengua en la boquita, que chupa como si fuese el pecho de su madre. Pero
al cabo se convence de que no puede sacar nada, y llora mucho ms
fuerte. Pero hoy, cuando fu a hacer la misma operacin, levant hacia
m sus ojitos sonrientes como diciendo: Ya estoy al tanto de la
burla!

Griselda y Erundina rieron con el mismo placer que ella, y se hicieron
lenguas del prodigioso talento de aquel chiquillo.

Salimos, como siempre que las visitaba, a la huerta, recorrimos la
pomarada, y despus me encamin resueltamente al sitio de las colmenas.
Nos acercamos a ellas, y not que mis primas se pusieron repentinamente
serias. Guard largo rato silencio, en actitud de observar la entrada y
salida de las obreras, y de pronto, volvindome hacia mis primas y
clavando en ellas una mirada penetrante, les pregunt bruscamente:

--Habis matado ya a los znganos?

Las tres se pusieron plidas, y en el primer momento no acertaron a
contestar. Al cabo, Griselda, la ms vieja, respondi con sonrisa
forzada:

--Qu pregunta! Los habrn matado ellas!

--Eso quise decir. Vosotras no sois abejas, sino mujeres. Los
procedimientos desalmados quedan para los seres que no tienen alma.
Porque estos insectos, tan previsores, tan inteligentes en la
apariencia, tan maravillosos en sus costumbres, carecen de alma y,
porque carecen de alma, carecen de moralidad. En esas colmenas que
tenis delante reina la fatalidad: lo que hoy hacen esos insectos lo han
hecho hace diez mil aos y lo haran exactamente igual dentro de otros
diez mil si el hombre, nico ser libre en la creacin, no interviniera
modificando con destreza sus costumbres y sealando nuevas direcciones a
su actividad. Las abejas no recuerdan el pasado ni se representan el
porvenir; sus movimientos todos estn regulados por las fuerzas
inconscientes de la materia. Si observaseis con un microscopio la
formacin de un cristal dentro de cualquier lquido que se cuaja,
advertirais cmo acuden de un lado y de otro las partculas, con qu
inteligencia se combinan, cmo aceptan todo aquello que puede
convenirles para la construccin de su prodigioso artefacto, cmo
rechazan todo lo que les estorba. En el cristal existe algo que nos
parece inteligencia, como en la abeja. Pero el cristal, la abeja, los
animales todos no son ms que los heraldos del espritu, son las
apariencias de aquello que slo tiene realidad, los peldaos obscuros de
una escalera que conduce a la luz. El mundo se ha hecho para el
espritu, y el espritu se ha hecho para el amor... Esas abejas que ah
veis, tan previsoras, tan inteligentes, no aman, y porque no aman no
viven en la realidad sino en la apariencia. Nunca me han inspirado
admiracin. Las estudio con curiosidad, como estudio las combinaciones
de los cuerpos elementales de la qumica; pero no las admiro. Reservo mi
admiracin para los seres libres, que son los nicos que viven
realmente; porque para m slo existe una cosa real y digna de respeto
en este mundo: la caridad... Figuraos por un momento que al salir de
vuestra casa, y caminando para la ma a la orilla del ro, veo que un
hombre cae en l y que la corriente lo arrebata y est a punto de
ahogarse. Salto del caballo, me arrojo a socorrerlo, y con riesgo
inminente de mi vida, despus de luchar desesperadamente con la
corriente, logro salvarlo. Y figuraos que en aquel momento oigo una voz
en lo alto del cielo que me grita: Has hecho mal! Yo respondera
inmediatamente sin vacilar a esa voz: He hecho bien! Y aunque viera
despus que la tierra temblaba, que los rboles se desgajaban, que las
piedras rodaban de las montaas para aplastarme, y que delante de m se
abran bocas de fuego para tragarme, yo seguira diciendo
obstinadamente: He hecho bien! Y despus de muerto y pulverizado,
todava mis cenizas seguiran gritando: He hecho bien!, he hecho
bien!... Por el contrario, figuraos que hay en mi casa o fuera de ella
una persona que me estorba, que me perjudica en mis intereses y atenta a
mi bienestar. Me decido a hacerla desaparecer de este mundo, y una
noche, cobarde y alevosamente, la asesino por medio del pual o del
veneno. Pues aunque en aquel instante una voz del cielo me gritase:
Has hecho bien!, yo estoy seguro de que esa voz me sonara como la
voz del demonio, que no volvera a disfrutar una hora de tranquilidad en
esta vida, que la imagen de mi vctima se alzara constantemente delante
de m como un espectro aterrador, que el sueo huira de mis prpados y
la alegra de mi alma, y que, al cabo, para sustraerme a tan atroces
tormentos, quizs acercase a mi sien el can de una pistola, a fin de
caer de una vez y para siempre en el Infierno...

A medida que iba hablando observ que mis primas se ponan cada vez ms
plidas. Cuando llegu a estas ltimas palabras, Berenice, la menor de
las hermanas, se llev la mano al pecho y cay al suelo privada de
sentido. Acudimos a socorrerla, la transportamos a la cama, le rociamos
las sienes con agua fra, le hicimos oler un frasco de esencia
aromtica, y a los pocos minutos logramos que recobrase el conocimiento.
Yo aprovech la ocasin para montar de nuevo a caballo y trasladarme a
mi casa. Jams volv a parecer por la Rebollada.

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El pecado de la amabilidad


Era yo joven y me hallaba de visita en casa de una seora anciana de
singular discrecin. Entr un caballero de porte elegante, de arrogante
figura. La seora nos present el uno al otro. Entablse conversacin, y
yo hice cuanto fu posible por mostrarme amable y hacerme simptico a
aquel desconocido. Hubo unos momentos de alegra cordial, de charla
jocosa, de verdadera expansin. Sin embargo, cuando, al cabo, aquel
caballero se levant para irse, despus de saludar con exquisita y
familiar cortesa a la dama, dirigime a m una fra y casi impertinente
inclinacin de cabeza que me dej enfadado. La seora comprendi lo que
por m pasaba, y, mirndome fijamente con ojos risueos y maliciosos, me
pregunt:

--Me permite usted que le haga una observacin acerca de su carcter?

--Cuantas guste.

--Pues bien, amigo mo; debo manifestarle que es usted demasiado amable
para hombre.

--Qu quiere usted decir, seora?--repuse ponindome un poco colorado.

--No se asuste usted ni se ofenda. No quiero decir que posea usted un
temperamento femenino. Slo me atrevo a indicarle que exagera usted un
poco la nota de la amabilidad, y que esto ha de ocasionarle ms de un
disgusto en la vida.... Porque, bien mirado, nosotras, las mujeres,
necesitamos a toda costa agradar; es nuestro destino; es la condicin
ineludible de nuestra existencia. Pero la de ustedes se puede deslizar
admirablemente sin ella. Ustedes tienen inters en hacerse respetables,
temibles...; agradables, para qu?

--Exceptuando con ustedes.

--Exceptuando con nosotras, desde luego.... Y, sin embargo, todava hay
mujeres a quienes seducen las formas brutales. Pero son las _refinadas_
y estn en minora.

--De modo que me aconseja usted ser grosero?

--No tanto; lo nico que aconsejo a usted es que en el comercio de los
hombres no olvide nunca eso que llaman ustedes personalidad, y que a
ratos la deje sentir tambin un poquito.

--Vamos, me recomienda usted el orgullo.

--No se lo recomiendo, porque sera intil. Se habla mucho del orgullo
de los hombres. En el curso de mi vida, que ya va siendo larga, no he
tropezado ms que con humildes. Los hombres que me han sealado por su
orgullo no tendran inconveniente en humillarse ante cualquiera en
secreto, con tal de obtener alguna preeminencia ante el pblico; seran
capaces de sentarse como lacayos en el pescante de un coche si los dems
creyramos que iban dentro.

--Muchas gracias, en lo que a m se refiere.

--No puedo referirme a usted. Hemos convenido en que su amabilidad es
exagerada, y aspiro a corregirle de ella.

--Pero la amabilidad, en el fondo, es un acto de caridad con el prjimo.

--Perfectamente. Sea usted amable por caridad, y no tendr jams motivo
para arrepentirse de ello, como hace un momento. Porque, aunque usted no
lo piense, nuestra intencin se trasluce siempre; somos ms
transparentes para los dems de lo que nos figuramos. Si su interlocutor
advierte (y repito que lo advertir inmediatamente) que es usted amable
con l por caridad, porque le respeta y le ama como prjimo, no como don
Fulano, hombre adinerado, o senador o general, entonces todo marchar
bien. Don Fulano, en el fondo, se sentir un poquito humillado; pero
esta humillacin es saludable para l y le obligar a no abrir las
puertas a la vanidad. La vanidad! Aqu est el toque de todo. Usted es
un joven que comienza a distinguirse en el mundo literario.

--Muchas gracias; esta vez sin irona.

--Pues bien; en las relaciones con sus compaeros, a lo menos en las de
pura cortesa, no tropezar usted con graves dificultades. Los literatos
tienen un temperamento delicado, su inteligencia est cultivada, saben
disimular sus impresiones. Adems, si usted logra hacerse un nombre en
las letras, poco o mucho, sus compaeros le respetarn, porque saben
que, al respetarle a usted, se respetan a s mismos. Pero los dems? El
mundo literario es un grano de mostaza dentro de esta gran bombonera en
que vivimos. En el mundo hay mucha gente ruda, incapaz de ocultar sus
pasiones o, por mejor decir, su vanidad; porque sta es la pasin
dominante, la que las resume todas. Particularmente los advenedizos, los
recin llegados a la riqueza o al poder, no se andan con melindres para
tirrsela a la cabeza a los otros: tienen casi todos la insolencia del
esclavo emancipado y guardan el rencor de los puntapis recibidos por
ellos o por sus padres. Son gente peligrosa para las naturalezas
susceptibles... Figrese usted que traba conocimiento con uno de stos,
con un banquero, con un indiano opulento, con un rentista. En la primera
etapa, su nuevo conocido, cediendo a los instintos de sociabilidad que
todos tenemos, y un poco halagado quizs por hacer amistad con una
persona estimada del pblico, se mostrar afectuoso y amable. Mas al
cabo de algn tiempo, no mucho, su flamante amigo le tropezar en la
calle, y volver la cabeza sin saludarle. Se encontrarn de nuevo, y de
nuevo pasar sin hacerle caso, o quizs le dirija a usted una fra
mirada desdeosa. Usted queda estupefacto: no comprende lo acaecido en
el espritu de aquel hombre, suponiendo que aquel hombre tenga espritu.
Pues es muy sencillo. Es que ha nacido en su cerebro la siguiente
terrible sospecha: Este seor a quien me han presentado es posible que
se considere, porque ha ledo muchos libros y le aplauden los
peridicos, superior a m, que tengo cuenta corriente en tres Bancos
distintos y soy senador vitalicio. Y atenaceado por tan infernal
pensamiento, sin pararse a averiguar si a usted se le ha pasado por la
imaginacin semejante monstruosidad, le dedicar desde entonces un odio
mortal.

--Un odio mortal?

--S, un odio mortal. En la mayora de los corazones hay tal vaco que,
en cuanto se le hace un pequeo agujero, el odio se precipita dentro
silbando. Importa, pues, que usted se precava contra estas molestias,
que para los hombres sinceros y afectuosos llegan a ser disgustos. No
sea usted hurao, pero tampoco amable. En una sociedad ruda y grosera el
amable queda sumergido. Cuando usted anude relacin con cualquier
persona del sexo masculino, sea quien sea, lo primero que debe
proponerse es hacerle comprender que no la necesita, que no espera nada
de ella.

--Vamos, que no pretenda emplearla como _medio_, que dira Kant.

--No conozco a Kant, ni estudi filosofa; pero yo me entiendo, y usted,
al parecer, me entiende. Para ello, le repito, es necesario que no se
muestre excesivamente corts. Los hombres no atribuyen jams una gran
amabilidad a la efusin natural de un corazn bondadoso, sino al deseo
de captarse su simpata con algn fin. De aqu que inmediatamente se
pongan en guardia. Un poquito fro, un poquito despegado siempre;
naturaleza de anguila, que se deslice de las manos fcilmente. Hgase el
distrado alguna vez en la calle, no sea usted puntual a todas las
citas, no devuelva todas las visitas... Se re usted? En efecto,
comprendo que stas son minucias despreciables. Las mujeres no sabemos
otra cosa. Pero una chinita introducida entre el calcetn y la bota es
tambin una minucia..., y ya sabe usted lo que ocurre.

Todava me di la buena seora otros consejos y me hizo multitud de
observaciones que ahora no recuerdo. Han pasado desde entonces muchos,
muchos aos. En el transcurso de ellos tuve no pocas veces ocasin de
exclamar:

--Oh, Soln, Soln!

Pero no; aquella vieja saba mucho ms que Soln.

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Una intervi con Prometeo


El amigo Esteve era un amigo intermitente. A temporadas asista con
puntualidad a la cervecera donde nos reunamos a tomar caf algunos
literatos con ms o menos letras. De pronto se eclipsaba, y no pareca
por aquel centro cientfico de murmuracin en tres o cuatro meses.

Se hacan supuestos graves o ridculos, pero siempre temerarios, entre
nosotros. Unos decan que le tena secuestrado su patrona y amarrado a
una argolla sobre un felpudo; otros aseguraban que andaba por las
tabernas de los barrios bajos conspirando contra las instituciones
vigentes; otros, en fin, afirmaban que haba empeado toda su ropa y se
vea obligado a guardar cama desde haca cuarenta y dos das.

Cuando menos lo pensbamos apareca nuestro Esteve a la hora del caf
con su eterna sonrisa y su cigarro de diez cntimos, casi tan eterno, en
la boca. Y todos le recibamos con alegra cordial y algazara. Bravo,
Esteve! Sintate aqu, Esteve! No; aqu, a mi lado; tengo que
contarte. Pues yo quiero que l me cuente.

Porque era el amigo Esteve famoso charlatn y compaero amensimo. No he
conocido otro hombre de imaginacin ms pintoresca ni embustero ms
consecuente. Era tal el calor de su fantasa, que funda todas las
verdades y las converta en mentiras, o acaso en verdades ms altas y
perfectas, ya que, segn afirman los ltimos filsofos, el mundo es una
pura representacin de nuestra mente.

Sin embargo, haba entre nosotros un sujeto que maldeca de aquellas
mentiras pintorescas y nutra en el fondo de su corazn un odio brbaro
por tan amable embustero. Pero este sujeto era un lobo disfrazado de
cordero. Desempeaba el cargo de tenedor de libros en una casa de
comercio, y haba sido trado a nuestro crculo por un poeta que le
deba algunas pesetas y hall medio de aplacar sus iras recrendole con
la dulce y amena murmuracin de una tertulia literaria.

Martnez, que as se llamaba este personaje, pensaba estar all como el
pez en el agua, y haba llegado a persuadirse de que la literatura, en
sus diversas manifestaciones, poesa pica, lrica y dramtica, no
consista en otra cosa que en morderse y zaherirse mutuamente los que
escribamos, y que, fuera de esto, todo lo dems era secundario y de
escaso valor. Y como l saba morder y zaherir y ultrajar como el mejor,
se crea ya, por esta razn, a la altura de cualquier poeta antiguo o
moderno.

Nos odiaba a todos cordialmente, estoy seguro de ello; pero dedicaba
particular atencin en este respeto al amigo Esteve; primero, por la
poca atencin que ste le dedicaba a l, y segundo, porque,
desapareciendo con frecuencia de nuestro horizonte, haba ms espacio y
acomodo para quitarle el pellejo.

El amigo Esteve haba ido agregado el ao anterior a una Comisin
enviada por el Gobierno a la Exposicin de Amberes. Aquel viaje de tres
meses, fundido, machacado y estirado por su calurienta imaginacin,
haba llegado a transformarse en una expedicin maravillosa, como la de
los Argonautas o la de Vasco de Gama.

--Estando yo en Viena...--comenzaba algunas veces.

--Vamos, ya salt a Viena!--murmuraba entre dientes Martnez.

Otro da dijo:

--Al llegar a San Petersburgo...

--Arrea!-gru el irascible tenedor de libros--. Nada menos que en San
Petersburgo!

Por fin, una tarde en que el buen Esteve se hallaba de vena, comenz
tranquilamente su relato de este modo:

--A los dos das de estar en Sebastopol me aburra soberanamente...

--Rayo de Dios! Sebastopol... Esto es intolerable!--rugi Martnez.

Esteve levant la cabeza sorprendido y dirigi una vaga mirada a su
interruptor, sin comprender. Este baj la suya, y entonces el amigo
Esteve sigui, con la misma tranquilidad:

--Me aburra soberanamente. Un oficial ruso con quien trab conocimiento
en el hotel me dijo: Estoy destinado a la fortaleza de Soukhoum-Kaleh.
Maana me voy. Quiere usted hacer este viaje conmigo? El mismo barco
que nos lleva le puede a usted traer. Es cosa de ocho das la excursin,
y se divertir y ver cosas nuevas. Dicho y hecho; al da siguiente me
embarco en un mal vapor, y en dos das llegamos al puerto de
Soukhoum-Kaleh, en la Abkhasia. Caballeros, qu vegetacin! Qu
lozana, qu atmsfera clida y hmeda! Todo era all exuberante y
salvaje, lo mismo la tierra que el hombre. Igual impresin produce la
Abkhasia que los alrededores de Ro Janeiro...

--Pero, oye, camarada, cundo has estado t en Ro
Janeiro?--interrumpi uno de los tertulios.

Esteve fingi no oir, y sigui imperturbablemente:

--Se encuentran los mismos rboles que en las regiones ms clidas de
Amrica; pero los naturales, que son verdaderos salvajes, no aprovechan
aquel suelo privilegiado, y slo cultivan el arroz, la cebada y
verduras. Confieso que a los dos das de estar all me aburra an ms
que en Sebastopol. Maximitch, que as se llamaba mi compaero, no sala
del caf, y me obligaba a beber aperitivos sobre aperitivos. Qu hombre
aquel Maximitch! Pasaba la vida abriendo el apetito, y no se cuidaba de
cerrarlo jams. Curaao, _bitter_, _vermouth_, ajenjo, _amer Picn_,
etc., etc. Era un erudito en materia de estimulantes y, cuando llegaba
la hora de comer, prefera quedarse en el caf abriendo el apetito. Le
pasaba lo que a aquellos catedrticos que tuvimos despus de la
revolucin de septiembre, que dejaban transcurrir el ao explicando la
introduccin al estudio de la asignatura, y llegaba el fin del curso y
todava no habamos entrado en ella. Pues, como digo, me aburra, y para
entretenerme hasta la salida del vapor propuse a Maximitch...

Es de saber que cuando Esteve pronunciaba el nombre de Maximitch,
Martnez lanzaba un quejido apagado, como si le tirasen un pellizco.

--Propuse a Maximitch que hicisemos una excursin por el pas. El
clebre monte Elbrons no estaba muy lejos, y aunque no llegsemos a la
cima, por lo menos visitaramos sus vertientes, que son muy dignas de
verse. Maximitch accedi de mala gana, pero accedi al fin. Montamos en
un mal carricoche, y nos lanzamos por aquel hermoso pas, donde crecen,
como en Npoles, el laurel, el almendro, el limonero, el albaricoquero y
el moral. Dormamos en las cabaas, hechas de tablas, de algunos de
aquellos brbaros, que nos hubieran asesinado por cristianos si no fuese
por el terror que les inspiran los rusos. Segn nos acercbamos al
Elbrons, la vegetacin iba cambiando. Ya no se vean ms que encinas y
chopos y pltanos. Por fin tuvimos que dejar el carricoche, porque los
caminos ya no lo consentan, y montamos en burros para realizar la
ascensin del monte. A las pocas horas de subida ya no se vean en torno
nuestro ms que bosquecillos de pinos, abetos y lrices. Encontramos
aguas minerales de muchas clases que aqu seran una riqueza inmensa: el
prfido verde y encarnado asomaba por todas partes...

Por qu estos detalles instructivos ponan tan fuera de s a Martnez?
No acierto a explicrmelo, pero es exacto que bufaba y se espeluznaba
como los gatos acosados en un rincn. Esteve le diriga de vez en cuando
una mirada de curiosidad benvola, sin sentirse ms ni menos turbado por
sus gestos inslitos.

--Subimos hasta una altura muy respetable, pero no nos decidimos a
alcanzar la cima, porque la ascensin era demasiado penosa. Maximitch ya
la haba llevado a cabo otras dos veces, y comprend que no tena gana
de repetir. Nos detuvimos en una miserable aldea enclavada en la sierra,
y, resueltos a pasar all la noche, nos metimos a descansar en una
casucha de donde, previamente, Maximitch haba arrojado a puntapis a su
dueo. Nos sentamos a una tosca mesa, y Maximitch sac de las alforjas
una botella de ajenjo, y nos pusimos a beber, a fumar y a charlar.
Aquel bruto se beba casi puro el ajenjo: yo le echaba bastante agua.

--Cerca de estos sitios--le dije al cabo de un rato--fu donde el
tonante Jpiter encaden al titn Prometeo a una roca, castigando la
audacia de haber robado el fuego al cielo.

--Ya lo s--respondi Maximitch chupando un cigarro--. Conozco a
Prometeo.

Yo le mir sin comprender. Maximitch me mir a su vez con ojos
chispeantes de malicia, gozando algunos instantes de mi sorpresa.

--S; conozco a Prometeo, y conozco el sitio donde se halla todava
encadenado. En menos de dos horas puede un hombre de buenas piernas
trasladarse all.

Os juro, compaeros, que al escuchar tales palabras sent como si una
nube pasara por dentro de mi cabeza, y tem caerme. Deb de mirarle con
ojos tan espantados, que Maximitch solt a reir como un loco. Entonces
yo, loco tambin de clera, me levanto de la silla y le grito:

--Miente usted!

Los ojos de Maximitch brillaron con una luz siniestra. Se alz a su vez
y ech mano al revlver que llevaba en la cintura; pero, haciendo un
esfuerzo, se contuvo y, asindome de un brazo, me dijo secamente:

--Maximitch Ivanitch no miente, y pronto te lo probar. Ven conmigo!

Sali de la cabaa, y yo le segu entre amedrentado y curioso. El sol
se estaba poniendo. Habamos estado charlando ms tiempo del que yo
supona. Caminamos por un sendero spero, rodeamos un lomo pedregoso de
la montaa, dimos vista a un valle negro, profundo. Sobre este valle
parecan colgados los bosques de pinos y abetos, que se retorcan con
extraas contorsiones, como en los paisajes dantescos.

--Es necesario bajar a este valle--me dijo Maximitch.

--Bajemos--respond yo resueltamente.

All abajo haca noche ya. Por encima de nuestras cabezas, las montaas
se amontonaban afectando formas fantsticas, que se destacaban en el
azul del cielo como gigantes sombros y amenazadores. Seguimos la
orilla de un riachuelo helado, y, despus de caminar largo trecho,
hallamos cerrado el paso por un enorme peasco. Maximitch se detuvo un
momento vacilante, y comenz despus a buscar algo por los contornos del
peasco, yendo y viniendo como un perro que olfatea la caza. La noche
haba cerrado: all en el pedazo de cielo que las montaas dejaban al
descubierto, flotaba la luna, amarilla y triste, suspendida como una
lmpara sepulcral. Por fin, Maximitch, separando con esfuerzo las ramas
de los abetos, me hizo ver una abertura de la pea bastante grande para
que pudiera pasar un hombre.

--Te atreves?--me pregunt sealando a la cueva y mirndome con ojos
burlones.

Yo no me atreva, estaba ms muerto que vivo; pero la honrilla, la
negra honrilla, me hizo responder con voz apagada:

--S; me atrevo.

Maximitch penetr en la cueva, y yo le segu. La cueva, estrecha al
principio, se ensanchaba despus. La obscuridad era absoluta, pero el
pavimento suave, como formado de arena. Maximitch me haba dado el cabo
de su bastn, y, asido a l, marchaba sin temor a quedarme atrs. Cuando
hubimos caminado ms de media hora en esta forma mi compaero se detuvo.

--Aqu hay un paso muy estrecho--dijo--. Es necesario echarse al suelo
y pasar a rastras. Voy a hacerlo yo y, en cuanto est del lado de all,
te llamar.

Sent que me dejaba y se echaba a tierra. A los pocos instantes o su
voz:

--Ya estoy del otro lado. Al suelo!, al suelo!

Me ech, en efecto, boca abajo, y penetr por un estrecho agujero, y
comenc a arrastrarme penosamente. Aquello pareca el tubo de una
caera. Mas he aqu, amigos mos, que al llegar a cierto sitio, o
porque se estrechara ms el tubo, o por el gran miedo que yo llevaba,
observo que no puedo avanzar. Aterrado por tal observacin, quiero
retroceder, y tampoco puedo hacerlo. Qu angustia horrorosa! Comenc a
sudar por todos los poros de mi cuerpo, pero un sudor fro, el sudor de
la muerte, que vi ms cerca que os veo a vosotros. El instinto de
conservacin se revel en m, sin duda, y dando un grito, y haciendo un
supremo esfuerzo, consegu arrastrarme, y al instante ca en los brazos
de Maximitch, que me esperaba a la salida. Me pregunt por qu haba
gritado; se lo expliqu y not que se rea, y no me hizo gracia.
Caminamos todava largo rato por el tnel, en tinieblas. Al fin not en
el rostro vivo fresco, y Maximitch me dijo:

--Estamos cerca de la salida.

Salimos, en efecto, pero fuera haca casi tan obscuro como dentro: la
luna haba desaparecido: slo brillaban en el cielo algunas estrellas.
Iba a dar un paso, pero Maximitch me retuvo fuertemente por el brazo. Me
explic que estbamos al borde de una profunda sima.

--Ves ese picacho que tenemos ah enfrente?--me pregunt--. Pues en
esa roca est amarrado Prometeo.

Yo me deshaca los ojos, pero no vea ms que la enorme y obscura masa
de un monte. Por encima de nuestras cabezas revolotearon con medroso
rumor algunos pajarracos. Maximitch me dijo al odo que eran las guilas
encargadas de roer las entraas a Prometeo, y que se remudaban sin cesar
en esta feroz tarea. Sent un escalofro de terror correr por todo mi
cuerpo, y quise suplicar a mi compaero que disemos la vuelta y
dejsemos tales horrores; pero en aquel instante lleg a mis odos un
ruido formidable, como el de un trueno, de una voz y de un aullido al
mismo tiempo. Qued yerto: los cabellos se me erizaron.

--Escucha; Prometeo est hablando!--me dijo Maximitch apretndome
nerviosamente una mueca.

Escuch; pero no logr percibir ms que unos sonidos confusos y
brbaros. Not que eran articulados, pero su significacin me escapaba
por entero. Al fin cre coger una palabra: era una imprecacin. Despus
percib otras cuantas, y acostumbrado mi odo, logr entender que el
titn hablaba en griego. Maximitch puso los dedos en la boca y lanz un
silbido penetrante. Ces la voz sobrenatural, pero al momento volvi a
sonar, haciendo una pregunta que no entend. Maximitch, que saba un
poco de griego, respondi gritando en francs:

--Dos hombres estamos aqu.

--Ah, sois dos efmeros!-replic tambin en francs la voz
formidable--. De dnde vens?

--Yo soy oficial ruso--grit Maximitch.

--Yo soy corresponsal de _El Pueblo Libre_--grit con todas mis
fuerzas, que eran pocas.

--No conozco ese peridico... Hay tantos!, tantos!... Esa preciosa
conquista me la debis a m, como todas las dems. Gracias a la prensa,
los mortales os ponis en comunicacin espiritual al travs de las
distancias, conocis vuestras miserias y tratis de remediarlas,
denunciis las injusticias, difunds las felices invenciones de los
sabios... Yo estaba orgulloso cuando vi, hmeda todava, salir la
primera hoja peridica de vuestros trculos. Me aplaud y me felicit de
haber robado al Olimpo la sagrada chispa que pone en movimiento vuestras
mquinas... Pero ay!, el tirano del cielo, el brutal Jpiter, sabe
desbaratar todos mis planes y los vuestros, y trueca con su mano
vengativa lo til en pernicioso... Esa maravillosa invencin os mantiene
en perpetuo afn, estimula noche y da la soberbia, la envidia, la
clera, fatales _eumnidas_ que no os dejan un instante de reposo.
Destinada por m a difundir entre vosotros la verdad y la justicia, hoy
parece dedicada a sembrar la frivolidad y la inquietud. La fiebre de la
publicidad os aniquila. Los frutos de la sabidura no maduran ya en
vuestros jardines, porque con mano ansiosa los recogis verdes para
nutrir vuestra vanidad. Y esos frutos cidos os envenenan y
enflaquecen...

--Prometeo, la prensa es quien llama la atencin del pblico hacia el
mrito!--grit yo ms irritado que medroso.

--La prensa no es una corona ya, sino un rasero. El verdadero mrito
corre a esconderse para no ser confundido con las eminencias que
fabricis a diario con indiferencia inconsciente, no con amor, como yo
esculpa mis estatuas, infundindoles un soplo de vida... Cuntos
dolores me habis costado, cuntos!

--A ti te debemos, glorioso titn, la chispa del fuego que ha
transformado la tierra por medio de las artes industriales. Nuestro
bienestar, la civilizacin del gnero humano, dependen de ese precioso
don que t nos has hecho--le grit entonces para halagarle.

Prometeo guard silencio unos instantes, y al cabo exclam, con voz an
ms temerosa:

--Las artes industriales!... S; sealadas estaban en mi pensamiento
para emanciparos del yugo cruel de las fuerzas, que Plutn y Neptuno
manejaban en vuestro dao. Desde esta roca desolada segu con ansiedad y
alegra vuestros primeros esfuerzos, coronados, como siempre, de xito
feliz. Fuisteis seores de los mares; pusisteis riendas a los vientos,
dirigindolos dcilmente; arrancasteis a Plutn parte de sus tesoros y
calentasteis vuestros das ateridos; aprisionasteis los vapores de la
atmsfera y los hicisteis servir a vuestros menesteres como esclavos de
brazos poderosos; llegasteis a evocar esa otra fuerza indmita y
misteriosa, creadora y destructora de los mundos, y esa fuerza, cediendo
a vuestra ardiente splica, consinti en iluminar vuestras viviendas con
la clara luz del sol, en transportar vuestro pensamiento y vuestra voz
al travs de las montaas y los mares... Por ltimo, llegasteis a lo que
nosotros, los inmortales, jams logramos conseguir, a burlar la clera
de Jpiter, desviando de vosotros su rayo abrasador... Cun orgulloso
estaba yo de vuestros progresos! Qu risa inextinguible me acometa
contemplando la inquietud de Jpiter y los celos de los dioses! Mas,
ay!, que no es de vuestra condicin el detenerse en la hora que el
tiempo ha sealado, ni tampoco fijar un lmite al insaciable deseo. Yo
os haba iniciado en la alta ciencia de los nmeros, la que engendra la
armona entre las cosas creadas, pero vosotros muy pronto la
olvidasteis. Arrastrados por ciego frenes, no comprendisteis que de
esas artes yo os haba hecho el don para elevaros cada da ms alto.
Rompisteis las cadenas que os sujetaban a la tierra, pero en vez de
remontar el vuelo, os revolcis groseramente en ella. Vuestras
prodigiosas invenciones no las utilizis para penetrar el misterio que
os rodea, para depurar y fortificar vuestro espritu con la belleza y la
verdad, para gozar la gran felicidad que en mis sueos os tena
reservada, la de amar y vivir los unos para los otros... No; si
arrancis a la Naturaleza sus secretos, es para aumentar y refinar
vuestro deleite, es para dar gusto a ese vientre, que amenaza tragaros
el cerebro. Ah, las artes industriales sirven para embruteceros, no
para deificaros!... Sois felices? Decdmelo. No; la molicie jams har
dichosos a los efmeros. Sedientos de goces y blanduras, erris al
travs de la tierra como la triste Io, la virgen calenturienta y
encornada, que, picada del tbano, salvaba los ros y las montaas, sin
reposarse jams...

--Pero hemos conquistado la libertad social, Prometeo!--me atrev a
gritarle.

--Nosotros la estamos conquistando!--grit Maximitch con orgullo.

--La libertad social!--respondi el titn--. S; algunos ya la habis
logrado... Yo fu quien os prest el ms eficaz socorro, infundiendo en
vuestros pechos el entusiasmo y el desprecio de la vida. Cun poco la
habis aprovechado! Os ha servido para desterrar la injusticia, para
vivir en paz unos con otros? Por un miserable puado de oro llevis la
desolacin a los pueblos que viven inocentes y tranquilos, bien
apartados de vosotros; por el derecho de sacrificarlos, los que os
llamis civilizados os destrozis en el campo de batalla con ms furor
que los tigres en el desierto. He querido libertaros de la tirana de
Jpiter, y los unos habis cado en la de una mayora inconsciente y
grosera, los otros bajo la opresin de una oligarqua de polticos
rapaces..., Sabis lo que pienso?... Que si a m no me es posible
impetrar ya nada, vosotros an podis reconciliaros...

--Reconciliarnos con quin?--pregunt Maximitch.

Al llegar aqu en su maravilloso relato el buen Esteve, levantse
bruscamente Martnez de la silla, haciendo caer una copa y rompindola
en pedazos.

--Vive Dios que tales barbaridades ninguna persona formal puede
escucharlas! Este hombre est borracho!

Y se dirigi a la puerta como un rayo. Antes de salvarla, Esteve le
respondi con energa:

--No estoy borracho, no, seor mo!--pero inmediatamente aadi,
bajando la voz y guindonos un ojo:--En aquella ocasin es posible que
lo estuviese, porque Maximitch y yo amanecimos tumbados en el campo,
bien lejos de la aldea donde debimos pernoctar.

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RESISTE AL MALVADO


Me hallaba sentado en uno de los bancos del paseo del Prado. Delante de
m jugaban unos nios. Hubo disputa entre ellos, y uno ms fuerte
maltrat a otro ms dbil. Este, llorando desesperadamente, se fu a
buscar a otros amigos que jugaban un poco ms lejos; vino con ellos, y
entre todos tomaron cumplida satisfaccin del agresor, golpendole
rudamente.

He aqu el compendio de la sociedad humana--me dije--, he aqu sus
fundamentos. El delincuente, la vctima; despus, la justicia
reparadora. Este nio, si hubiera podido devolver los golpes recibidos,
no habra acudido a sus compaeros, los cuales, en este caso, no
significan otra cosa ms que una prolongacin de sus brazos vengadores.
Qu es la justicia humana con sus tribunales, sino una fuerza que se
aade a la nuestra para que tomemos venganza de quien nos ha hecho dao?
Por eso el conde Tolstoi, grande y escrupuloso lector del Evangelio,
sostiene que no deben existir los tribunales de justicia. No resistis
al malvado; no juzguis a vuestros hermanos; presentad la mejilla
derecha cuando os hayan herido en la izquierda, etc., etc.

Pero ocurre preguntar: si los hombres no volviramos mal por mal, y si
no lo hubiramos devuelto en una larga, serie de siglos, existira la
sociedad humana? Existira el Cristianismo? Evangelizara a los rusos
el conde de Tolstoi desde su finca de Moscou? El mensaje de Cristo es
para la eternidad, y El mismo afirm que los tiempos no estaban an
maduros para que fructificase su semilla. Arrojada en un campo inculto,
queda asfixiada instantneamente por las malas hierbas. Un tipo de
sociedad, y de sociedad bien organizada, es necesario para que los
hombres comprendan y acepten la tica del Evangelio.

Cierto que el ejemplo tiene poder sobre los hombres, pero es a condicin
de que el medio en que se produce sea adecuado. Un misionero todo
dulzura y mansedumbre va a predicar moral evanglica a un pas de
antropfagos, y se lo comen; otro va despus, y pasa lo mismo. Y aquel
estado de antropofagia se prolonga varios siglos. Pero enva Inglaterra
un buque de guerra, dispara unos cuantos caonazos, establece una
factora, y, al cabo de pocos aos, aquella tribu de hombres feroces se
transforma en una ciudad cristiana.

Esta es la historia de la Humanidad. La palabra de Cristo se dirige al
hombre, no al bruto. Para que el reino de Dios venga a nosotros, es
necesario que la espada lo prepare. Domesticar al bruto es la obra de la
civilizacin, y quien a ella se oponga, no quiere el reinado de Dios. A
la Humanidad no le interesa mucho que exista un San Francisco de Ass,
si en su misma atmsfera alentaban cien mil verdugos. Lo que
verdaderamente le importa es que exista un medio social en que estos
verdugos no sean posibles. La religin obtendr en este mundo la ltima
palabra, pero el gnero humano ha pronunciado antes, y todava, ay!,
debe pronunciar, otras bien amargas.

Oh, Maestro Divino!, triste es confesarlo, pero hay que confesarlo:
para subir a la Montaa en que has pronunciado aquel sermn de amor
necesitamos un ferrocarril funicular. Las sublimes palabras que
balbuceaste desde la Cruz no llegan a nuestros odos si no vienen
precedidas del estampido del can.

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PERICO EL BUENO


Nuestros ideales no siempre se armonizan con las tendencias secretas de
nuestra naturaleza, como afirman los filsofos moralistas. Por el
contrario, he visto en muchos casos producirse una disparidad
escandalosa.

He conocido avaros que admiraban profundamente a los prdigos, que
hubieran dado todo en el mundo por parecrseles..., menos dinero. Haba
un comerciante en mi pueblo que pas toda su vida contndonos lo que
haba derrochado en un viaje que haba hecho a Pars, sus francachelas,
la cantidad prodigiosa de _luises_ que haba esparcido entre las
bellezas mundanas. Se le saltaban las lgrimas de gusto al buen hombre
narrando sus aventuras imaginarias.

Voy a contar ahora la de _Perico el Bueno_. Ni yo ni nadie en el pueblo
saba de dnde le vena este sobrenombre. Pero menos que nadie lo saba
l mismo, a quien enfadaba lo indecible. No haba en el Instituto un
chico ms dscolo y travieso. Era la pesadilla de los profesores y el
terror de los porteros y bedeles. En cuanto surga en el patio un motn
o una huelga, poda darse por seguro que en el centro se hallaba _Perico
el Bueno_; si haba bofetadas, era Perico quien las daba; si se
escuchaban gritos y blasfemias, nadie ms que l los profera.

Parece que le estoy viendo, con un negro cigarro puro en la boca,
paseando con las manos en los bolsillos por los prticos y arrojando
miradas insolentes a los bedeles.

--Seor Baranda--le deca uno cortsmente--, tenga usted la bondad de
quitar ese cigarro de la boca: el seor Director va a pasar de un
momento a otro.

--Dgale usted al seor Director que me bese aqu--responda fieramente
Perico.

El bedel se arrojaba sobre l; le agarraba por el cuello para
introducirle en la carbonera, que serva de calabozo. Perico se
resista; acuda el conserje: entre los dos, al cabo de grandes
esfuerzos, se lograba arrastrarlo y dejarlo all encerrado.

Parece que le veo tambin en la clase de _Psicologa, Lgica y tica_
disparando saetas de papel y hacindonos reir con sus muecas. El
profesor era un hombrecillo redondo y bondadoso que gustaba de los
smiles.

--Seor Baranda, a la manera que la manzana podrida se separa de las
otras para que no las contamine, me har usted el favor de apartarse de
sus compaeros y sentarse en aquel rincn de la derecha.

Perico no se mova una pulgada de su puesto.

--Seor Baranda, hgame usted el favor de separarse--repeta el
profesor.

--Que se separen las manzanas sanas!--responda Perico alzando los
hombros con ademn desdeoso.

El profesor insista, trataba con razones y amenazas de persuadirle.
Todo era en vano. Al cabo nos deca, un poco avergonzado:

--Vaya, vaya; tengan ustedes la bondad de separarse y dejarlo solo.

Y henos aqu a los treinta o cuarenta muchachos que componamos la clase
levantndonos de nuestros asientos y apartndonos algunos metros del
rebelde.

Por supuesto, estoy en fe de que no se le formaba consejo de disciplina
y se le arrojaba para siempre del Instituto por respetos a su padre, don
Pedro Baranda. Este seor era un industrial que posea una fbrica de
ladrillos en las afueras de la poblacin, excelente persona y, adems,
uno de los jefes del partido republicano. Como nos hallbamos en plena
revolucin, ningn profesor osaba malquistarse con l.

Perico sufra horriblemente cada vez que se oa llamar _el Bueno_.
Rechinaba los dientes, y si era algn chico de su edad quien le
injuriaba de este modo, se arrojaba sobre l y le hinchaba las narices.
Porque es de saber que Perico era bravo, y, aunque no muy fuerte,
prodigiosamente gil y diestro en toda clase de ejercicios. Nadie le
aventajaba en la carrera ni en el salto, ni nadie jugaba como l a las
_puentes_ y al _pido campo_. Recuerdo que una tarde en que por
instigacin suya hicimos novillos y, en vez de asistir a la clase de
Retrica y Potica, nos fuimos a poetizar al campo, como nos alejramos
demasiado y se llegara el crepsculo, tuvimos miedo de no estar al
Angelus en casa, como nuestros padres nos tenan prevenido. Nos
hallbamos cerca del puente por donde cruzaba la va frrea. Perico ve
llegar el tren a toda marcha y, sin decirnos palabra, se encarama sobre
la barandilla y se arroja sobre una de las plataformas, logrando ganar
sano y salvo la poblacin en pocos minutos.

Por qu no he de confesarlo? Yo le admiraba, y fu su amigo sincero. l
me mostr siempre tambin particular predileccin, y desahogaba conmigo
sus penas. Una de las mayores era aquel ridculo apodo que sobre l
pesaba. Le pareca el colmo de la degradacin.

--Mira t--me deca algunas veces sonriendo, con amargura--que llamarme
a m Perico _el Bueno_, cuando soy ms malo que un dolor a media noche!

No poda sacarse esta espina del ojo.

Cuando nos hicimos bachilleres le perd de vista. Yo me vine a Madrid, y
l se qued en el pueblo. Algunos aos despus le hall completamente
transformado. Haba muerto su padre, y se haba puesto al frente de la
fbrica, y se haba metido en poltica. Era un hombre grave, silencioso,
pero siempre enrgico y dispuesto a encolerizarse por cualquier
bagatela. Sus ideas polticas, exageradamente radicales, casi
anarquistas, y cuando llegaba el momento, las expresaba con una
violencia y un cinismo que pona en suspensin y espanto a los pacficos
habitantes de nuestra villa. De religin no haba que hablar: Perico se
haba declarado enemigo nato del Supremo Hacedor, y al final de
cualquier francachela con sus amigos hablaba, como cosa natural y
sencilla, de beber la sangre del ltimo rey en el crneo del ltimo
sacerdote.

Y, sin embargo, en la poblacin segua nombrndosele _Perico el Bueno!_
Claro est que era por la espalda, pues cara a cara nadie hubiera osado
darle este apodo infamante.

Pronunciaba conferencias en el Centro Obrero y arengaba a las masas en
todas las manifestaciones republicanas con mucho ms calor que
elocuencia. Su espritu no se nutra ms que de los artculos de fondo
de los peridicos radicales y de los libros de los filsofos
materialistas de ltima hora. El de Bchner _Fuerza y materia_ era su
evangelio. Pero en los ltimos tiempos, poco antes de llegar yo al
pueblo, haban cado en sus manos algunas obras de Federico Nietzsche y
las haba devorado con verdadera glotonera, y sin digerirlas muy bien,
haca uso de ellas para aterrar a sus convecinos. Todas las virtudes
eran para l objeto de feroces sarcasmos: la bondad no significaba ms
que impotencia; la humildad, bajeza; la paciencia, cobarda. Exaltaba,
en cambio, la crueldad, la astucia, la audacia temeraria, el carcter
agresivo, como instintos preciosos que aumentan nuestra vitalidad y
hacen la vida ms bella y ms intensa. Es menester decir s al mal y
al pecado!, repeta a cada instante en el Casino, en medio de la
estupefaccin de los inocentes burgueses que le escuchaban. Hablaba de
demoler los hospitales, los asilos y hospicios, como centros de
putrefaccin donde se guarda con esmero la podredumbre humana, que luego
se esparce y nos envenena a todos; se entusiasmaba con la costumbre
espartana de despear a los nios mal configurados, y hasta hallaba
razonable la de sacrificar a los viejos e impotentes... En fin, un
verdadero horror.

Si alguno de los circunstantes quera atajarle y responder a tales
atrocidades, Perico se encrespaba, y chillaba tanto y tan alto, que
haba que dejarle.

Cierta tarde, en el Casino, se complaca en atacar y burlarse de la
santidad, repitiendo las paradojas del filsofo que le haba sorbido el
seso.

--Existen ciertos hombres--deca--que sienten una necesidad tan viva de
ejercitar su fuerza y su tendencia a la dominacin, que, a falta de
otros objetos, o porque han fracasado siempre, concluyen por tiranizar
alguna parte de su propio ser. La santidad, en ltimo trmino, es
cuestin de vanidad.

Un ilustrado profesor del Instituto tuvo la mala ocurrencia de
replicarle:

--Pero, seor Baranda, hay hombre alguno sobre la tierra, tan
desprovisto de fuerza, que no pueda hacerla sentir de algn modo a sus
semejantes? Yo he conocido mendigos tullidos, enfermos, seres sumidos en
las ms profunda abyeccin, que dejaban cerillas encendidas en los
pajares y ponan cristales en los caminos para que se hiriesen los
transeuntes.

Perico reprimi con trabajo su clera y trat de hablar con calma.

--Le digo a usted que es cuestin de vanidad y, adems, de pasin. Bajo
la influencia de una emocin violenta, el hombre puede determinarse, lo
mismo a una venganza espantosa, que a un espantoso aniquilamiento de su
necesidad de venganza. En un caso o en otro, slo se trata de descargar
la emocin.

--Pero la pasin no es ms que la exaltacin del sentimiento--manifest
el catedrtico--. Para que exista la emocin religiosa capaz de producir
el ascetismo, es necesario que haya existido antes el sentimiento
religioso. No es, pues, la pasin religiosa la que usted nos debe
explicar, sino el sentimiento de donde procede. Que el hombre, acometido
y dominado por una excesiva emocin, puede determinase a obrar de un
modo monstruoso y hasta contrario, no ofrece duda. Pero el porqu y el
cmo se ha producido tal emocin es lo que debemos investigar. Si en
algunos casos los efectos del amor y del odio pueden ser los mismos,
porque el fuego de la exaltacin consuma y borre las diferencias, no por
eso dejarn de ser radicalmente sentimientos distintos y contrarios.

--Bien; pues aunque no fuese cuestin de vanidad y de pasin, yo no
puedo menos de despreciar profundamente a esos castrados--repuso con
tono y gesto despectivo Perico--. Despus de todo, esos eunucos,
incapaces de gozar de la vida, slo tratan de hacerla ms llevadera
sometindose vilmente a una voluntad extraa o a una regla. Son en el
fondo unos epicurestas, aunque bien ridculos.

--Rara manera de hacer la vida dulce el obedecer a un superior
caprichoso, colrico o estpido!--exclam el profesor--. Y aunque por un
esfuerzo de la voluntad lograsen no sentir el resquemor de las
humillaciones, cmo evitar el sufrimiento que producen las
incomodidades fsicas? Es ms ligera la vida para el que no tiene un
instante suyo, a quien se obliga a comer manjares que le repugnan, velar
cuando tiene sueo, dormir cuando no lo tiene, viajar cuando se halla
fatigado y reposar cuando siente necesidad de movimiento, que quien
dispone libremente de su actividad? El filsofo Epicuro se maravillara,
ciertamente, de que considerasen discpulos suyos a San Antonio y San
Francisco. Porque si para l la serenidad intelectual y moral
significaba el placer ms grande de la vida, juzgaba igualmente el
bienestar fsico como condicin para la tranquilidad moral, y los
placeres del cuerpo, sobre todo el del vientre, como raz de los
placeres del alma.

Los tertulios se pusieron de parte del catedrtico, y con esto Perico se
enfureci y comenz a disputar a gritos y a soltar interjecciones
soeces, como tena por costumbre desde nio. De tal modo, que su
interlocutor, impacientado, al fin, alz los hombros con desdn y no
quiso continuar la discusin.

Pocas semanas despus de esto, hallndose bastante gente paseando por la
acera de la plaza de la Constitucin, se declar un violento incendio en
el Crculo Tradicionalista. Ocupaba ste en la misma plaza una casa que
constaba de un solo piso. A esta hora, que era la del crepsculo, haba
pocos socios, que se echaron a la calle prontamente. El conserje haba
salido a un recado. La multitud se api delante del edificio y
comenzaron los trabajos de extincin, que se redujeron a que subiesen
algunos a los tejados contiguos con cntaros de agua para impedir que el
fuego prendiese a las otras casas. Se esperaba a los bomberos, pero no
acababan de llegar.

El fuego era terrible, y las llamas salan ya por las ventanas. De
pronto se escuchan lamentos desgarradores en la calle. Una mujer
desgreada, plida como una muerta, corra hacia la casa, gritando:

--Mis hijos!, mis hijos!

Era la esposa del conserje, que habitaba en los altos de la casa. Nadie
se haba dado cuenta de que en ella haba encerradas cuatro criaturas,
la mayor de siete aos. Quiso lanzarse a la puerta, pero la sujetaron
algunas manos: la escalera estaba ya invadida, y marchaba a una muerte
cierta.

--Dnde estn sus hijos?--le pregunt Baranda, que la tena agarrada
por un brazo.

--All!, all!--gritaba la infeliz mujer, sealando a la derecha del
edificio--. Soltadme, por Dios!

Perico Baranda la solt, pero fu para lanzarse a las ventanas enrejadas
del cuarto bajo y escalar con la agilidad de un mono los balcones del
primero. Se le vi desaparecer: un minuto despus apareca con una nia
entre los brazos. De la muchedumbre parti un grito de alegra. Se
arrim una escala, y varias manos recogieron a la criatura.

Perico se lanz de nuevo intrpidamente al interior. Poco despus sala
con otra nia. Se le vi con la ropa chamuscada, el rostro ennegrecido.

--Refrescadme, voto a Dios! Refrescadme, refrescadme!--grit con voz
ronca.

Desde los tejados contiguos se le arrojaron algunos cubos de agua, pero
no llegaron a l. Un hombre subi por la escala con una herrada, y se la
verti sobre la cabeza.

Perico se lanz otra vez al interior, a pesar de que las llamas salan
ya por todas partes y era inminente el derrumbamiento del techo.

Poco despus asomaba con otro nio.

--Refrescadme, refrescadme!

Esta vez vena tan desfigurado, que apenas se le podra reconocer. A
simple vista se notaba que tena heridas las manos y el rostro. Pareca
que iba a caer exnime.

--Refrescadme, refrescadme!

--Basta, Perico, basta!--gritaron algunos.

--No basta, mal rayo que os parta, que hay un nio dentro
todava!--rugi Perico.

Y en cuanto le echaron otra herrada de agua sobre la cabeza, se lanz de
nuevo al interior.

Terrible momento de angustia! Todos los corazones latan con violencia.
Un segundo ms...

Se escuch un ruido espantoso. El techo se haba venido abajo, y Perico
no volvi a aparecer. Un grito de dolor sali de todos los pechos, y las
lgrimas corran por todas las mejillas.

Al da siguiente se encontr su cadver carbonizado abrazado al de una
criatura de pocos meses.

Se depositaron aquellos preciosos restos en un atad dorado. La
poblacin entera, viejos y jvenes, mujeres y nios, lo siguieron al
cementerio. El atad, cubierto de coronas, marchaba detenindose a cada
instante, porque los hombres se disputaban el honor de llevarlo sobre
los hombros aunque fuese un minuto.

Cuando lleg, qued literalmente sepultado entre flores.

El instinto popular no se haba engaado. El alcalde de la villa,
interpretndolo, hizo grabar sobre su tumba estas sencillas palabras:

AQU YACE PERICO EL BUENO.

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LA TIERRA ES UN NGEL


La Tierra es un ngel: yo he ledo eso en alguna parte--me deca el
doctor Mediavilla cierta tarde paseando por la Moncloa--. Ah!, s, ya
me acuerdo; era un filsofo alemn llamado Fechner quien lo afirmaba. Y
en este momento estoy tentado a darle la razn. Vea usted qu luz
irisada se esparce por el cielo!, qu transparencia en el aire!, qu
crestas azuladas aquellas del Guadarrama!, qu dulce sosiego en toda la
campia! Considerando la Tierra como un ser cuyas vastas dimensiones
exigen un plan de vida completamente distinto del nuestro, no ofrece
duda su inmensa superioridad sobre nosotros. La Tierra no tiene piernas
ni brazos: para qu los necesita, puesto que posee ya dentro de s
todas aquellas cosas tras de las cuales nosotros corremos anhelantes?
Necesita de piernas para caminar con la espantosa velocidad de treinta
kilmetros por segundo? No tiene ojos; pero sigue su camino por el
espacio insondable sin extraviarse. Para llevar su preciosa carga en
todos los momentos, en todas las estaciones--dice aquel ingenioso
filsofo--, qu forma podra ser ms excelente que la suya, puesto que
es al mismo tiempo el caballo, las ruedas y el carro? Hay que pensar en
la belleza de este globo luminoso, cuya mitad alumbrada por el sol es
azul, mientras la otra mitad se baa en la noche estrellada. Hay que
pensar en esta cristalina esfera, que gira baada en luz, como deca
nuestro gran Espronceda; hay que pensar en sus aguas transparentes, en
esos millones de luces y de sombras por las cuales los cielos se
reflejan en los pliegues de sus montaas y en los repliegues de sus
valles. Este globo sera un espectculo sublime para quien lo viese de
lejos. En l se encuentran a la vez todos los contrastes y todas las
armonas; es decir, todo lo pintoresco, todo lo que puede producir la
emocin esttica, la desolacin y la alegra, la riqueza, la frescura,
los vvidos colores, los aromas delicados. Envuelta en su atmsfera azul
y en sus nubes, como una desposada en su velo, la Tierra marcha por el
espacio feliz y gloriosa como un ngel.

--Todo eso estara muy bien--respond--si la Tierra tuviera conciencia
de s misma.

--Y por qu no ha de tenerla? No ser una conciencia individual como la
nuestra, pero la tendr colectiva. Habituados nosotros a la relacin y
al choque con las conciencias individuales, y observando la unidad que
en nuestro interior se ofrece, nos cuesta enorme trabajo suponer que
existe otro gnero de conciencia. Y, sin embargo, a cada momento se nos
presenta en la vida. Por qu separamos en una sociedad la intencin de
ella de la de los individuos que la componen, y decimos, como aquel
ingls, la cabilda, mala; la canniga, buena? Y con la nacin inglesa
constantemente hacemos la misma distincin: decimos que los ingleses
suelen ser hombres generosos, caritativos, rectos en su proceder,
mientras Inglaterra es la ms egosta y prfida de las naciones. Pero
an hay ms; esta conciencia individual que en nosotros observamos, y de
la cual estamos tan ufanos, acaso sea, en ltimo trmino, tambin una
conciencia colectiva; porque as como nuestro cuerpo se halla compuesto
por innumerables clulas, que todas tienen su voluntad y su iniciativa,
as nuestro espritu puede haberse formado por la agregacin de muchos
espritus. La experiencia parece que nos lo est diciendo. En el
carcter de cada hombre se hallan unidos los rasgos del carcter de sus
abuelos; en los instantes sucesivos de su vida parece que todos ellos
van asomando la cabeza uno en pos de otro. Cada ser, segn su
importancia, tendr una conciencia ms o menos vasta. No negamos que una
sociedad tiene su conciencia, que una nacin la posee, pero nos irrita
que se diga lo mismo de un planeta. Figurmonos que un ser inmensamente
mayor que nuestra Tierra la haya venido observando desde que se
desprendi del Sol en estado gaseoso, y la siga observando hasta que
perezca, bien por virtud de una catstrofe, o porque la vida desaparezca
de ella, y su materia, por incesante radiacin, se pierda en el ter.
Figurmonos que este ser guarda la misma relacin con nosotros que un
naturalista con un pequeo y efmero animal. Cuando nuestro planeta
hubiera desaparecido, este ser, este gran naturalista, no guardara de
l un recuerdo claro y preciso, como el pequeo naturalista lo guarda
del pequeo animal? No podra definir su carcter, sus tendencias, el
lugar que ocupa en el escalafn de los seres, su grado de
espiritualidad, sus cualidades y sus deficiencias? Las conciencias de
los seres que existen dentro de nosotros forman nuestra conciencia,
nuestras conciencias forman la conciencia de nuestra raza, las
conciencias de nuestras razas forman la del planeta, las de los planetas
forman la del sistema solar..., y as sucesivamente hasta llegar a la
conciencia absoluta, que no puede ser otra que la del gran Universo. La
constitucin de este Universo es idntica en toda su extensin. As como
en nosotros, no slo cada sensacin, sino cada conciencia de una
sensacin contribuye a formar una mayor conciencia que llamamos _yo_,
as nuestras conciencias individuales contribuyen a formar la conciencia
de nuestro pas, la de nuestra raza, la de nuestro planeta.

--De modo que usted cree en el Absoluto de la filosofa alemana?

--S; yo creo en un absoluto, pero en un absoluto que pueda
mascarse--repuso riendo--; no en un absoluto sobre el cual no se pueda
hincar el diente. Es decir, que en materia de absolutos prefiero el
slido al gaseoso, y estoy ms por el gnero ingls que por el alemn.
Hago una excepcin en favor de Fechner. Por lo menos, el absoluto ngel
o animal de este filsofo tiene rganos, que somos todos los seres
vivos, y siente y acta por medio de ellos, mientras el otro, encerrado
en s mismo, como el _Atman_ de los indios, deja transcurrir la
eternidad pensando: Si yo fuese varios! Yo creo que el absoluto debe
ser algo ms rico, ms sustancioso que esa abstraccin indigente que nos
ofrece, por lo comn, el monismo idealista.

--Y dgame usted, doctor: cmo estas experiencias psicolgicas que
residen en el interior de cada hombre se combinan para formar la
experiencia psicolgica de ese Absoluto?

Mediavilla solt una carcajada.

--Veo, amigo Jimnez, que no se anda usted por las ramas, y que de golpe
se lanza usted sobre la raz del tronco... Confieso que eso no es tan
claro como fuera de desear. La filosofa de lo absoluto explica la
relacin de nuestros espritus con el espritu eterno afirmando que
nuestras experiencias psicolgicas se combinan libremente y se separan
de igual modo, guardando intacta su identidad. El Absoluto, dicen, crea
el mundo por un acto de conocimiento indiviso y eterno. Existir es,
pues, ser tales como l nos piensa. Nuestra existencia real es sta;
pero fuera de ella hay otra aparente, por la cual cada uno de nosotros
aparece a s mismo como distinto de los otros. Mas la creencia en esta
vida aparente significa ignorancia: nosotros, en el fondo real de
nuestro ser, formamos uno con el Absoluto, somos sus partes orgnicas, y
no existimos sino en tanto que nos hallamos implicados en su ser. Los
filsofos de lo Absoluto comparan esta ignorancia que nos aisla los unos
de los otros, a la que un individuo experimenta sobre muchas de sus
sensaciones que pasan para l inadvertidas por falta de atencin. Estas
sensaciones inadvertidas son con relacin a nuestro espritu individual
lo que nuestros espritus individuales son con relacin al espritu
absoluto. Tambin comparan nuestras existencias a las slabas, a las
palabras y a las proposiciones, que forman una frase gramatical cuyo
verdadero sentido slo comprende el que las pronuncia. Unos no son ms
que slabas en la boca de Dios, otros, palabras, y otros, en fin,
proposiciones; pero todos formamos parte del pensamiento eterno... Vea
usted cmo pudiera explicarse igualmente la conciencia del planeta que
habitamos con relacin a nuestras conciencias individuales.

--Pero, doctor, si, como usted me acaba de decir, el Absoluto nos crea
por un acto de conocimiento, y no tenemos otra existencia que la que
nos comunica este acto, cmo podemos existir de otro modo que como l
nos conoce? Existir, en el caso presente, vale tanto como ser conocido.
Ahora bien, nosotros nos conocemos de otro modo que como nos conoce el
Absoluto, puesto que nos conocemos distintos, aislados... Luego
existimos de otro modo. Me habla usted de slabas y palabras cuyo
sentido slo conoce la persona que las pronuncia. Pero las slabas y las
palabras no se conocen a s mismas como nosotros. Nosotros, que somos
sus partes integrantes, nos hallamos agitados siempre por dudas, por
inquietudes e ignorancias, y, sin embargo, l posee en toda la eternidad
la ciencia y la calma. El Dios del cristianismo crea los seres
proyectndolos fuera de s, dotndoles de una substancia: por tanto,
tienen existencia propia. Pero si estos seres slo son objeto del
pensamiento, slo son reales para el espritu que los piensa y en la
manera que l los piensa, cmo es posible que puedan vivir y pensar de
otro modo que como l los piensa? Es como si los personajes de una
novela--dice un filsofo moderno--saliesen de las pginas del libro y se
pusieran a caminar por el mundo y a vivir por su propia cuenta, fuera de
la imaginacin del autor.

--Ya le he confesado a usted que el asunto no est claro, y que la
solucin del problema ofrece ms de una dificultad. Sin embargo, estas
dificultades no destruyen mi conviccin de que debe ser as. Yo no puedo
comprender ahora cmo sea posible que lo que es realmente uno sea
efectivamente tantas cosas. Porque si nuestros espritus finitos
formasen, por ejemplo, mil millones de hechos, el ser omnisciente
formara con ellos un universo constitudo por mil millones de hechos
ms uno. O hay que admitir un agente distinto de unificacin, es decir,
un Dios personal, lo cual para m es absurdo. Pero debe ser as, lo
repito. Si hallamos que una cosa debe ser necesaria, y es posible, no
cabe duda que existe. El Absoluto, el gran Todo debe resolver estas
dificultades que se nos presentan por vas secretas que le son
peculiares y que nosotros no somos capaces de adivinar, ni aun de tratar
de adivinar.

--Sabe usted, doctor, que no deja de ser cmoda esa manera de resolver
los problemas? Y luego se burlan ustedes de Bossuet porque, hablando de
la predestinacin, se contentaba con tener asidos los dos cabos, uno el
de la libertad del hombre, otro el de la omnisciencia de Dios, sin saber
dnde y cmo estaban unidos!

En aquel momento omos no muy lejos el toque spero de una corneta. Nos
volvimos a la vez, y vimos a un guarda que nos invitaba a volver a la
senda de donde, distrados, sin duda, nos habamos salido.

--La trompeta del juicio final!--exclam Mediavilla riendo.

--Cuando suene de verdad esa trompeta--repuse yo bromeando tambin--,
llegar el momento de que resolvamos de una vez estos problemas que
tanto nos atormentan.

Mediavilla se puso serio, y dijo despus de una larga pausa:

--Tengo la desgracia de no creer en otra vida.

--Pues yo tengo la felicidad de no creer en sta.

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MERCI, MONSIEUR


    No es bueno que el hombre est solo.
           DIOS.

Cuando un hombre habita en un pueblo de provincia y no tiene hijos y
goza de algunos medios de fortuna, si hay Exposicin Universal en Pars,
qu remedio le queda ms que ir?

--Supongo, Jimnez, que dar usted una vuelta por la Exposicin?

--Estar usted preparando la maleta, de seguro?

--Qu feliz es usted, don Angel!

--Qu me traer usted de la Exposicin, don Angel!

No pude resistir ms, y me met en el tren, y me plant en Pars. Yo no
tena deseo alguno de visitar la Exposicin; las artes industriales no
ejercen sobre m gran influencia. Menos lo tena an de que me encajasen
en un sexto piso, dentro de un cuarto con vistas a la bveda celeste,
chiquito, bajito de techo, calentito.

As fu, no obstante, y afirmo, con la mano puesta sobre el corazn, que
hubiera preferido la habitacin amplia de mi casa que da sobre el
jardn, mis siestas sobre el viejo sof y mi chocolate elaborado a brazo
con cacao superior.

Pero el hombre se debe a sus conciudadanos, y los mos me han exigido
ste y otros sacrificios. Todos los das bajaba de aquel nido encumbrado
a la llanura para trasladarme a la Exposicin; ocho o diez kilmetros,
que recorra unas veces a pie, otras en mnibus.

Uno por uno iba inspeccionando todos aquellos pabellones que no
despertaban en m el menor inters. Una sala llenita, hasta el techo de
botas de montar, luego otra de cables enrollados, en seguida otra de
faroles de coche, y as sucesivamente.

Religiosamente las iba visitando, pues comprenda que ese era mi deber.
Cmo presentarme en el pueblo sin poder afirmar que haba visto la
instalacin de frenos automticos, o la de sopas italianas, etc., etc.?

El tedio se iba apoderando de mi corazn. Cuando, al llegar la noche,
suba a mi cuarto y me dejaba caer rendido en la cama, slo Dios sabe
qu ideas negras cruzaban por mi cerebro. La existencia, vista al travs
de aquellas enormes instalaciones de abonos minerales o de ladrillos
refractarios, me pareca, como a Schopenhauer, un monstruoso error de la
Voluntad.

El viento que soplaba en mi sotabanco haca an ms horrible mi
situacin. Toda la noche le oa zumbar, amenazando destruir los frgiles
tabiques y lanzarme al espacio.

Por fin, cierta maana, al despertarme, un instinto feroz de rebelin se
apoder de todo mi ser. Lanc un juramento terrible y exclam en voz
alta: Hoy no he de ver ni los cables, ni los frenos, ni las sopas
italianas, as me...!

Silencio! El hombre dice a veces cosas muy feas cuando est solo y
desesperado.

Me vest y me acical lenta, muy lentamente, con esa rabia concentrada
del hombre que quiere persuadirse a s mismo de que es dueo y seor de
su voluntad.

Baj a la calle, y me puse a dar vueltas por los bulevares como el
azotacalles ms desocupado que hubiese en aquel momento en Pars. Mi
actitud era la del que repentinamente vuelve la espalda a todos los
deberes sociales, una actitud insolente, agresiva, una mirada que deca
a los que cruzaban: A m, qu?

Sin embargo, el remordimiento bulla sofocado en mi alma, como un pjaro
a quien se aprieta en la mano.

Entr en un caf y ped un ajenjo. En qu otra bebida poda ahogar
mejor mi amargura?

Por contraste, en una mesa contigua beba leche a menudos sorbos,
mojando de vez en cuando bizcochitos en ella, una linda francesita de
nariz remangada, de frente estrecha, de ojos picarescos. A su lado haba
dos hombres canosos, uno de los cuales deba de ser su padre, a juzgar
por el parecido que con ella guardaba. Los viejos charlaban animadamente
sobre asuntos industriales. La nia se aburra horriblemente.

Ahora bien, cuando una francesita de nariz remangada se aburre, es capaz
de mirar con inters a un esqueleto, si el esqueleto pertenece al sexo
masculino. Por eso me mir a m, que, a Dios gracias, an no lo era.

Me sent de pronto inflamado, pronto a morir por ella. Mi corazn,
cerrado tantos das por la angustia y la impaciencia, se abri como el
cliz de una flor al rayo de sol de la maana. Algo extrao me corri
por la sangre, y todas mis tristezas huyeron, unas por la puerta, otras
por la ventana, como diablos perseguidos con agua bendita.

Eran sus ojos quienes la esparcan, sus ojos dulces, rientes, en los
cuales beba gota a gota el nctar del amor. Discretamente los mos
cantaban sus alabanzas, la ilusin de sus cabellos ondeados, la blancura
de su rostro, el encanto de sus labios, la gracia picante de su naricita
remangada. Qu inteligencia animaba aquel semblante divino! Era
perfecta, y ella lo saba.

Pero no abusaba de su perfeccin. Satisfecha de sus ojos, de sus
cabellos, de su naricita, entregaba todo ello a la admiracin del
extranjero, y se ingeniaba para hacerle feliz.

Posaba los labios en el borde del vaso, y, alzando al mismo tiempo sus
ojos, me deca con ellos: Ya s, joven extranjero, que te complacera
aplicar la boca a este mismo sitio para saber mis dulces secretos. No es
ma la culpa si no puedes hacerlo. Otras veces se aliaba ligeramente
los cabellos. Tambin s que seras feliz jugando con estos rizos
dorados, de los cuales vive en este momento suspendido tu corazn.
Otras, en fin, extenda su manecita blanca y delicada como un capullo de
rosa, y la colocaba sobre el respaldo de una silla, muy cerquita de m.
Te agradara besar esta mano breve y tersa, verdad? Pues bsala,
joven extranjero, bsala con el pensamiento, ya que no puedes con los
labios.

Y yo la besaba obediente, la besaba una y otra vez con ardor, hasta que
ella la retiraba al cabo, levemente ruborizada.

Oh nia preciosa, de ojos picarescos, de naricita remangada; yo
quisiera volar contigo all lejos, donde florecen los claveles, bajo los
bosques de tilos baados de sol! Una casita blanca, una pradera que se
extiende delante de ella, un arroyo cristalino que la circunda, las
esquilas del ganado, el canto de los mirlos... Ven, nia ma, ven!

La nia se levant, en efecto, pero no fu a mi conjuro, sino al de los
dos viejos, que pagaron al mozo para irse.

Al cruzar por delante de m retir galantemente la silla, a fin de que
pasase con toda comodidad. Sus ojos risueos me dirigieron una mirada, y
sus labios murmuraron dulcemente:

--_Merci, monsieur_.

Gracias, Seor!--murmur yo tambin, elevando mi pensamiento al
Cielo--. Esta nia se va, y no volver a verla ms, pero ya ha cumplido
la misin que T la encomendaste.

Sent mi corazn baado de frescura, penetrado de dulce sumisin. Todos
mis deberes me parecieron fciles de cumplir, y, llena mi alma de una
santidad agradecida, sal a la calle y mont en el mnibus para ver de
nuevo los frenos automticos y los cables enrollados.

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ARTE ARCAICO


Por qu hablaban los espritus libres del Arte? Hay arte posible
arrancando al artista la nocin del bien y del mal? Si se exceptan tal
vez la escultura, las artes todas tienen por base esas _telas de araa_
que se llaman Dios, alma, bien, verdad. La arquitectura sin religin no
sera arte bella, sino de pura utilidad, una arquitectura de castor. La
msica, si quedase plenamente demostrado que no existe ms mundo que el
de los fenmenos, si no despertase en nuestra alma dulces y vagos
presentimientos de otra patria, ejercera encanto alguno? Una vez
persuadidos, absolutamente persuadidos de que su influencia es puramente
fisiolgica, que no tiene otra finalidad que la de activar las funciones
vitales por medio del ritmo, acelerando la digestin o la circulacin de
la sangre, huiramos como de un veneno de la msica de Beethoven.
Buscaramos algn wals de Strauss o un pasodoble de Chueca a ttulo
solamente de licor estomacal.

Y si consideramos el arte por excelencia, el arte de la poesa, no
hallaremos en todas sus manifestaciones ms que esa lucha profunda,
desesperada, trgica y cmica a la vez, entre los ciegos apetitos de
nuestra naturaleza animal y las aspiraciones elevadas de nuestro ser
espiritual.

Figurmonos por un momento que los espritus libres vencen en toda la
lnea. Queda absolutamente demostrado (de un modo indudable para todos
los hombres, grandes y pequeos) que los llamados valores superiores, el
Ser infinito y eterno, el bien y la verdad, son puros fantasmas, un
sntoma de la vida declinante; el amor, la compasin, el sacrificio por
los otros, enfermedades cerebrales que aparecen cuando los instintos
sanos se debilitan. Qu cantarn ya los poetas? Dnde estn los
himnos, los dramas y las novelas? Excluda la lucha interior, la lucha
del mundo moral, la tierra ofrecera un aspecto tan siniestro como
montono. Obrando slo la voluntad de vivir o la voluntad de dominar, no
pudiendo considerarse como cosas serias ni el amor, ni la lealtad, ni la
abnegacin, la trama de la vida, tan rica y hermosa, quedara reducida a
una serie de peripecias de orden material engendradas por la diferencia
de fuerza.

Trasladmonos con la imaginacin a esos tiempos amenos de la
transmutacin de valores. Ya no hay Dios, ni alma, ni compasin, ni
moral, ni nada. No hay ms que superhombres. Supongamos que stos
conservan todava la antigualla del teatro (en algo se han de divertir).
No s a punto fijo si predomina el gnero grande o el chico, pero hay un
gnero predominante. El cual, como acontece casi siempre, comienza a
aburrir a los espritus difciles. Entonces a un truchimn teatral se le
ocurre la feliz idea de exhumar (arreglndola, por supuesto) una obra de
dos mil aos de antigedad, _El rey Lear_, de un tal Shakespeare. Los
espectadores encuentran un poco burda, pero graciosa, la escena en que
Lear reparte el reino entre sus hijas, y la aplauden. Es original la
locura de aquel hombre, que desea ser amado a todo trance. Los
caracteres de Goneril y de Regania, desembarazndose ms tarde del loco
de su padre, les parecen nobles, aunque vulgares. Cordelia es un
personaje estpido, que sirve, no obstante, para realzar la nobleza de
sus hermanas. Pero la obra no tarda en aburrirles. La locura del rey se
hace pesada. Sus imprecaciones a los elementos desencadenados hacen reir
un momento, mas concluyen por fatigar. El auditorio se distrae; luego
tose. Los reventadores taconean. Sin embargo, hay algo que logra
interesarles. La escena en que Regania y Cornuailles arrancan los ojos
al anciano Gloncester les cautiva. Bravo!, bravo! Jams se ha
expresado con ms vigor la sagrada voluntad de potencia. El final les
parece igualmente noble y grandioso. Todos aquellos asesinatos y
envenenamientos son del mejor gusto moderno. Pero queda destruda su
fuerza por la ltima escena, cuando Lear entra con su hija muerta entre
los brazos. Un loco y una idiota no son personajes para cerrar
dignamente el drama. Luego, aquel duque de Albania, personaje de
extremada debilidad, apunta ideas de moralidad tan anticuadas, que no
pueden menos de repugnar al noble auditorio. _El rey Lear_ no tuvo un
xito lisonjero, pero se hizo seiscientas cincuenta y nueve veces.
Cubri los gastos y proporcion algn dinero al arreglador, quien, por
consejo de la crtica, suprimi la escena final.

Animado con esto, otro truchimn ms arcaico desentierra una obra que no
tiene dos mil aos de antigedad, sido cuatro mil: _La Orestiada_, de
Esquilo. La primera parte, _Agamenn_, alcanz xito brillante. El
parricidio de Clitenmestra agrad sobremanera. La segunda parte, _Las
Coforas_, agrad an ms. El parricidio de Orestes era an ms
sangriento y conmovedor. Mas la tercera parte, _Las Eumnidas_, oh
dolor!, vino al suelo con estrpito. Aquel hijo, despus de hundir su
pual en el seno de la que le di el ser, se ve acometido por los
remordimientos, que revisten la forma de Furias. El auditorio, como es
natural, se indign. Un crtico deca al da siguiente:

Cmo? Qu antigualla nos ha desenterrado el seor Lpez? Antes de
llevar una obra a las tablas, aunque est defendida por su alta
antigedad, debiera meditar si esa obra puede herir en lo vivo los
sentimientos nobles de nuestra sociedad. Hay enfermedades tan
repugnantes, que si en los libros se pueden describir, en la escena no
se deben presentar. Quien ataque las bases de la noble moral de nuestros
tiempos, no lo har impunemente. Sentir remordimientos, no slo es
inmoral, sino indecente.

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ASCETISMO


Si el ascetismo es consubstancial con el Cristianismo, o, en otros
trminos, si la mortificacin del cuerpo es un derivado indeclinable del
Evangelio, yo no soy capaz de decidirlo. Muchos catlicos y otros que no
lo son, como Schopenhauer y Tolstoi, lo afirman resueltamente; otros,
como San Francisco de Sales, Feneln, Dupanleup y el telogo protestante
Harnack, lo niegan. Hay pasajes en el Evangelio que parecen dar la razn
a los primeros: Si tu mano te hace pecar, crtala; si tu ojo te hace
pecar, arrncalo. Anda, vende lo que posees y dalo a los pobres, y
poseers un tesoro en el Cielo. Si viene a M alguno y no aborrece a
su padre, a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus
hermanas, y aun a su propia vida, no podr ser discpulo mo.

Pero otras mximas de Jess, las reglas de vida que daba a sus
discpulos, y aun su propia vida, indican, por el contrario, que
conceda poca importancia a la penitencia corporal: Como Juan viniera
sin comer ni beber, decan ellos: es un hombre endemoniado. El Hijo de
Dios ha venido comiendo y bebiendo, y ellos dicen: ste es un tragn y
un bebedor de vino. Nuestro Seor saba, pues, que se le juzgaba de
este modo, y no le importaba. Pareca poner empeo en no distinguirse de
los dems exteriormente y en huir del tipo del asceta tradicional.
Visitaba a los ricos como a los pobres, asista a banquetes y bodas, se
dejaba perfumar con esencias olorosas. En suma, el Redentor no peda a
nadie que abandonase su estado; a todos peda nicamente amor y
abnegacin.

Imposible negar, sin embargo, que la idea de la mortificacin corporal
va unida en la mente de una gran parte de los cristianos a la de la
santidad, muy principalmente entre la gente indocta. Un santo para los
obreros y campesinos significa siempre un hombre que se priva de comer y
de beber, que duerme en el suelo y que se azota furiosamente. Por eso no
sorprender a nadie que Pachn de la _Quintana de Arriba_ profesase con
toda su alma esta verdad, y que permaneciese dolorosamente sorprendido
al observar cun lejanos andaban de las instrucciones de Nuestro Seor
Jesucristo muchos clrigos que l conoca, sobre todo, los cannigos de
Oviedo.

La _Quintana de Arriba_ no era una ciudad muy populosa; se compona de
siete casas, la mejor de las cuales perteneca a Pachn. Los siete
vecinos vivan casi exclusivamente del pastoreo, porque en aquellas
alturas la tierra no produca ms que heno.

Pachn dispona lo menos de una docena de cabezas de ganado mayor y de
algunas docenas de ovejas. No viva mal; haba en su casa borona para
todo el ao, judas, cecina y longaniza. Pero vivira mejor,
seguramente, si no debiera pagar todos los aos cinco fanegas de trigo
al Cabildo catedral de Oviedo por el derecho de pastoreo que ste le
conceda en aquellas tierras de su dominio.

La renta venca a mediados de noviembre, pero Pachn la pagaba
ordinariamente en diciembre, y la pagaba en dinero, no en especie,
porque don Luis Barreiro, el cannigo administrador del Cabildo, as se
lo consenta. Peda el caballo prestado a Martinn, el tabernero de
Entralgo, sala de madrugada de la Quintana, y tornaba a la noche con el
bolsillo vaco y el corazn satisfecho.

Diremos que con el estmago repleto tambin? S, tambin podemos
decirlo, porque doa Tomasa, el ama fiel del cannigo, jams le dejaba
comer solamente la pobre vitualla que traa para el caso. Le sentaba en
la cocina con los dems criados, y gozaba como ellos de los relieves de
la esplndida mesa del prebendado.

Y vaya si era esplndida! All el mero con guisantes, all el salmn
con salsa verde, all la sopa con tropiezos de jamn, all las perdices
estofadas y la compota de peras de don Guindo y las manzanas de reineta.
Pachn engulla como un lobo; pero no poda menos de pensar al mismo
tiempo que la salvacin de don Luis Barreiro era bastante problemtica.
Haba odo exclamar en un sermn al capelln de Rivota: Y vosotros,
miserables glotones, qu habis de comer en el infierno? Pobre don
Luis!

En cierta ocasin se descuid algo ms de la cuenta para restituirse a
su casa: haba tenido que hacer un encargo del seor cura de Loro y
otro del capitn de Entralgo. De tal suerte, que cuando vino a
despedirse de doa Tomasa, sta le dijo:

--Pero, criatura, dnde vas ahora, si muy pronto obscurecer, y tienes
que andar siete leguas por esos malos caminos, de noche? Mejor ser que
te quedes a dormir aqu, y maana salgas por la fresca.

Pachn no supo resistir a tan amable ofrecimiento, y se qued.

Despus de cenar, la misma doa Tomasa le puso una palmatoria en la
mano, le llev a un cuarto desocupado, y mostrndole una gran cama que
all haba, le invit a descansar.

--Esta es la cama donde duerme el seor magistral de Covadonga cuando
viene a Oviedo. No tengo otra en este momento... Pero que no lo sepa el
amo, Pachn!

La cama estaba cubierta toda ella con una gran colcha de percal. Pachn
no comprendi que era necesario despojarla de esta colcha y meterse
entre sbanas. La contempl con admiracin unos instantes, y se dej
caer sobre ella con alegra, con gratitud y con respeto. Dios, qu
blandura! Si pareca hecha de manteca! Y se durmi como un santo.

Dos horas despus se despert, transido de fro. Dios, qu fro hace
aqu! Ech una mirada en torno, por ver si haba algo con qu taparse,
pero nada hall para el caso. Largo rato estuvo sin poder conciliar el
sueo. La luz se hizo en su espritu en estas horas de insomnio. De
repente vi con admirable claridad cun equivocado haba estado al
juzgar a los sacerdotes, y particularmente a los cannigos, por las
apariencias. Verdad que coman bien y beban segn sus deseos; pero,
ay!, de sobra estaban compensados estos regalos con la penitencia que
hacan por la noche.

Rez un padrenuestro fervorosamente para que Dios le perdonase tanto
malo pensamiento como haba tenido, y trat de dormirse. Imposible. El
fro arreciaba por momentos, y l no estaba acostumbrado, como el seor
magistral de Covadonga, a estas terribles austeridades.

Nada, nada, no poda resistir ms tiempo. Se levant de la cama y,
aunque era todava noche bien cerrada, baj a la cuadra con gran cautela
para no despertar a nadie, aparej el caballo, y se sali bonitamente de
la casa del cannigo, emprendiendo el trote hacia Laviana. El
remordimiento le segua atenaceando.

Y sucedi que aquella noche Pachn se hallaba entre los suyos cenando
alegremente al amor de la lumbre. No faltaba all buen rescoldo de lea
de haya, porque el monte estaba cerca, y los madreeros, cuando tumbaban
un rbol, apenas aprovechaban ms que una parte del tronco, dejando lo
dems para el que quisiera cogerlo. No faltaba tampoco un buen pote de
berzas con tocino y sendas escudillas de leche. Pachn saboreaba estos
regalos con mayor placer que nunca haba sentido en su vida. Ya saba a
qu atenerse sobre los placeres del clero. Cspita si lo saba!

Antes de irse a la cama quiso ver el estado del cielo. Abri la media
puerta superior de su cabaa, y un soplo hmedo y glacial le di en el
rostro. Haca un tiempo horrible. Caa la nieve copiosamente, y el
viento la arremolinaba formando torbellinos en la altura antes de caer
sobre el valle. Si segua unas cuantas horas as, los vecinos de la
Quintana tendran que hacer un agujero en la nieve para salir al da
siguiente de sus casas. Pachn se apresur a cerrar la puerta, y
mientras la atrancaba dej escapar un suspiro, exclamando:

--Pobrecitos cannigos, qu fro pasarn esta noche!

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La procesin de los santos


Ms de una vez me aconteci penetrar en la vieja catedral gtica a la
cada de la tarde. All en el fondo hay una obscura capilla solitaria, y
all en el fondo un Cristo solitario abre sus brazos doloridos entre dos
cirios que chisporrotean lgubremente.

En pie frente a El, le contemplo, le imploro y muchas veces tambin le
interrogo: Quin te ha enseado esas dulces palabras que salieron de
tus labios? Por qu te has dejado matar? Por qu no has luchado, por
qu no has herido y triunfado? Eres Dios, o eres un iluso? Por qu no
has sido egosta y vano y cruel como yo lo he sido?

El me escucha y murmura palabras de consuelo, y algunas veces sus ojos
se clavan en m con severidad, y alguna vez me sonren.

Una tarde, de rodillas, apoy la frente sobre el pedestal de la cruz.
Ignoro el tiempo que as estuve. Al cabo sent que una mano se apoyaba
sobre mi hombro. Alc la cabeza, y vi la figura blanca y radiosa de un
hombre por cuya frente corran algunas gotas de sangre. El Cristo haba
desaparecido de la cruz.

--Sgueme--me dijo con voz que penetr hasta lo ms profundo de mi
corazn.

Al mismo tiempo, por detrs del altar surgieron otras figuras de hombres
y mujeres, y en un momento se pobl la capilla. La capilla era pequea,
pero la muchedumbre era grande.

--Seguidme todos--dijo el Seor.

Y nos lanzamos a la puerta en pos de l los que all estbamos.

--Vamos al cielo!, vamos al cielo!--oa murmurar a los que tena
cerca.

Salimos al campo. La luna baaba con su luz tibia los rboles, las
mieses, las praderas. La figura blanca del Cristo se destacaba ms pura
y ms bella que la de la luna. Marchaba delante, y sus pies pareca que
no tocaban la tierra. Cercanos a El caminaban algunos hombres y mujeres
cuyas figuras crea reconocer. Ese es Agustn, se es Bernardo, sa es
Teresa, me deca. Pero tan cerca de El como stos marchaban otros
hombres y mujeres completamente desconocidos para el mundo.

La campia era de plata; el cielo, de oro. Los rboles inclinaban sus
penachos al paso del Seor, murmurando plegarias. El viento dorma. Nada
se escuchaba, ni el ladrido de un perro, ni el canto de un gallo, ni el
rumor lejano de la mar. La procesin caminaba en silencio.

Transponamos las colinas, trasponamos los valles. La campia era cada
vez ms amena. Una brisa suave se alzaba del suelo cargada de aromas.
Las rosas abran sus clices fragantes; las estrellas dejaban caer sobre
ellos sus luces temblorosas.

Pero algunos bamos quedando rezagados.

De vez en cuando el Seor se detena, volva su rostro hacia nosotros y
nos haca sea para que nos diramos prisa. Los dems cumplen sus
rdenes, pero yo cada vez voy quedando ms atrs. El cansancio se
apodera de mi cuerpo, y me place detenerme a menudo para contemplar la
belleza de una flor, para escuchar el canto de un pjaro.

Voy quedando solo. Entonces me salen al encuentro hombres guerreros, de
labios blasfemos, de ojos sarcsticos, que me cierran el camino. Lucho
con ellos; logro vencerlos. La procesin se aleja, y pienso con horror
que muy pronto la perder de vista.

Pero el Seor no se olvida de m. A menudo se detiene, se empina sobre
sus divinos pies para verme, y, por encima de las cabezas de la
muchedumbre, me insta con la mano para que camine.

--Maestro--le grit--, te sigo de lejos, pero te sigo!

Entonces una sonrisa bondadosa ilumin su rostro. El Seor sonrea de mi
petulancia y me hizo con la cabeza un signo de aprobacin, permitindome
seguirle del modo que pudiera.

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ESTETICISMO


Era yo en otro tiempo un furioso esteticista. La belleza fu mi gua, mi
sostn, el nico objetivo de mi vida; el mundo, una gran obra de arte en
la cual el Alma Suprema se conoce y se goza. Nuestras almas, rganos de
Ella, existen nicamente para la felicidad de esta contemplacin. Goethe
estaba en lo cierto. Nada hay en la existencia digno sino el culto de la
belleza: nuestra educacin debe ser esencialmente esttica.

As, juraba yo con fervor, como Heine, por Nuestra Seora de Milo, me
descubra al pasar por delante de _Las hilanderas_ de Velzquez, y
recorra doscientas leguas para ver unos retratos de Franz Hals. Los
campos y las montaas hacan mis delicias. Oh felices excursiones a las
ms altas cimas cantbricas! Los ojos no se saciaban jams ante aquellos
panoramas esplndidos. El espectculo de la mar me embriagaba, y el del
cielo estrellado me causaba vrtigos. Las horas se deslizaban divinas
espiando el vaivn de las olas, los vivos cambiantes de sus volutas
verdes, los destellos de sus crestas rumorosas. Ser posible--me
deca--hartarse de contemplar el mar, de escuchar el canto del ruiseor,
de ver los cuadros de Velzquez y los mrmoles helnicos?

Pues bien, s, me he hartado, me he hartado. En vano hago supremos
esfuerzos de imaginacin para representarme con toda su intensidad la
belleza de los objetos, que tan viva emocin me causaba. Esta emocin no
viene. Me coloco frente al mar, y me distraigo mirando el quitasol rojo
de una inglesa que recorre descalza la playa: voy al Museo del Prado, y
ms que las _madonnas_ de Rafael me interesan las nias flacas que las
estn copiando: me siento a la orilla del arroyo, bajo los castaos
frondosos, y me sorprendo al cabo de unos instantes limpindome
cuidadosamente el polvo de los pantalones: hace pocos das sent nuseas
escuchando un nocturno de Chopin que en tiempos lejanos me produca
espasmos de placer.

Pas el dichoso perodo de iniciacin. El resorte se ha gastado. Cuanto
he visto hasta ahora me deja indiferente y fro, no por otra razn sino
porque lo he visto demasiadas veces. Me fatiga el mar, y los ros, y las
montaas, y los cuadros notables, y las mieses, y la primavera, y las
bellas romanzas de las peras, porque todo es igual, siempre igual!
Necesito otro arte; necesito una nueva Creacin.

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UN PROFESOR DE ENERGA


Sola poner ctedra en un banco de piedra del paseo de la villa llamado
el _bomb_, contiguo a la ra. En aquel banco y otros adyacentes se
sentaban indefectiblemente por las tardes hasta una docena de indianos,
que contemplaban fumando y silenciosos el escaso trajn del muelle, o
bien departan animadamente narrando historias de sus aos de comercio
en las islas Antillas. Todos ellos haban estado en Cuba o Puerto Rico,
y, unos ms, otros menos, todos haban labrado un capital que
disfrutaban holgando de aquella guisa. Eran hombres que pasaban, en
general, de los cincuenta, fornidos, rechonchos, algunos apoplticos,
con enormes cadenas de oro, para sujetar el reloj, pendientes del
chaleco.

Pero el que sola llevar la palabra ms a menudo entre ellos no era
fornido ni rechoncho, sino un viejecito seco que se acercara a los
setenta, de nariz aguilea, finos labios descoloridos, ojos de duro
mirar y espesas cejas ya canosas. Don Pancho Surez, que as se llamaba,
haba llegado a la villa haca ms de veinte aos con un buen capital,
que haba duplicado, al decir de sus compaeros, porque estaba soltero y
era hombre de cortas necesidades y ahorrador. Muy respetado entre ellos
por rico y por filsofo moralista.

Su filosofa era sencilla y expeditiva; su moral, fuerte y audaz. No una
moral de mujer, sino una moral hecha para los hombres y comprendida por
ellos solamente. Cuando don Pancho hablaba, los compadres se guiaban el
ojo y decan en voz baja: Es fino el viejecito!; verdad, amigo?

Mi padre sola pasear por aquellos sitios en las horas de la tarde, y
tena gusto en llevarme y charlar conmigo de cosas serias, aunque yo no
contase ms de doce o catorce aos de edad. Tal vez que otra se detena
delante del crculo de los indianos, los saludaba, y descansbamos un
rato entre ellos.

Cuando nos aproximamos una tarde y tomamos asiento, don Pancho hablaba a
sus compaeros de esta suerte:

--Yo he llegado a esta villa antes de cumplir los cuarenta aos, con un
capital de doscientos mil pesos. Vosotros habis venido despus de los
cincuenta. No s lo que habis trado, ni me importa, pero habis
llegado viejos, y si os casasteis con mujeres jvenes, no fu por
vuestra hermosa figura, sino por vuestro repleto bolsillo. A m me
hubiera querido cualquier muchacha sin dinero cuando desembarqu en
Cdiz.

--Don Pancho, usted deba de ser lindo cuando joven--apunt melosamente
uno de los tertulios.

--Lindo? Cuando tena veinticinco aos, mi cara era la de un
querubn--respondi gravemente el viejo.

Y sigui de esta manera:

--Pero yo siempre me he dicho: por qu partir lo que est entero?
Cuando seamos ms, tocaremos a menos. Ms barato me saldr tirar los
calcetines cuando estn rotos, que no poner sombrero y pendientes a una
seora que me los zurza. Luego la botica, las comadres, la escuela del
nio... Nada, nada, bien se est San Pedro en Roma... Pero si no
llegasteis como yo, fu por vuestra culpa. Lo que se hace en un ao, se
puede hacer en once meses si se aprieta un poco; y si se aprieta otro
poco, en diez, o en nueve, o en ocho. La cuestin es arrear, y no ser
asno para que le arreen los dems. Yo nunca admit znganos en mi casa:
el que a m me ha servido, tena que andar ms listo que una rata y
dormir con un ojo abierto. Todava me acuerdo de un dependiente gallego
que tuve cuando estaba establecido en Santa Clara. El buen hombre era
listo, y en los primeros meses cumpli como ninguno, trabajaba como un
camello; pero en cuanto se crey asegurado, se hizo remoln. Yo le vi
venir, y dije para m: No sabes con quin has tropezado, precioso! Le
dej algunos das despacharse a su gusto, y una noche, cuando estaba en
el primer sueo, fu a su cuarto, le quit la ropa, que yo le haba
comprado, y le puse de patitas y en camisa en medio de la calle.

--En camisa?--exclam uno.

--A las doce de la noche.

--Y no tena usted miedo que se acatarrase, don Pancho?--pregunt otro
soltando una carcajada.

--Sin duda, quera usted que no lo comiesen los mosquitos--dijo otro
riendo tambin.

Don Pancho no replic, y prosigui gravemente de esta suerte:

--Las cataplasmas sirven, cuando le duelen a uno las muelas. A un hombre
que no vale para el caso, se le echa a la basura como un trapo sucio. Si
hubierais hecho como yo, y no hubierais andado en miramientos, antes
habrais venido a disfrutar de vuestro trabajo. Todos vosotros
recordaris a aquel desdichado Perico Barrios, hijo del marqus de Santa
Filomena. Haba heredado un bonito capital, y lo deshizo prestando a
este y al otro amigo, que _estaban en un apuro_. Regla general: cuando
uno tiene dinero, los amigos estn todos apurados. Ultimamente no le
quedaba ya ms que el ingenio de Chirivitas, y vino a m para que le
diese algn dinero sobre l. Se lo d; lo gast; vino otra vez; le d
ms, lo gast tambin. Al fin no tuve ms remedio que quedarme con el
ingenio. Pues este majadero, despus que tir la ltima peseta y anduvo
rodando por todas las zahurdas de la poblacin, lleg un da a mi casa
medio desnudo y muerto de hambre a pedirme cinco pesos para comer. Yo le
respond que no estaba dispuesto a mantener vagos. El hombre se enfad y
hasta quiso ponerse un poco bravo, y me dijo que me haba quedado con el
ingenio por sesenta mil pesos y que vala ms de cien mil, y otra
porcin de necedades. Yo llam al criado, y le dije: Anda, hijo, ve a
buscar un guardia, que este sujeto se pone bravo, y no s si viene a
robarme. All le vierais marchar echando por la boca espumarajos...

--Yo creo que el ingenio de Chirivitas vala, en efecto, ms de cien mil
pesos--manifest uno.

--S que los vala--replic don Pancho--; pero Dios no manda a nadie ser
jumento. Si vala cien mil, por qu lo solt en sesenta mil? Porque era
un mentecato, y cuando un hombre es un mentecato, debe dejar paso a los
que no lo son. La finca era buena, pero estaba muy descuidada. La
negrada, no tan mala como acostumbrada a la holganza y la buena vida.
Perico Barrios tena all de mayordomo un pariente que poco le faltaba
para dar bizcochos a los morenos y sentarlos a la mesa. En cuanto me
hice cargo de la finca, comprend que era necesario poner aquello en
orden. Desped a los mayorales y contrat otros dos, los ms avispados
que pude encontrar en todo el departamento. Uno de ellos, sobre todo,
llamado Vicente, era fino, fino!, que apeteca comrselo. Donde aquel
hombre pona el ltigo ya se saba que levantaba la piel. Un mozo
simptico y gracioso. Mientras arreaba a la gente les improvisaba coplas
que a ellos mismos les haca reir. Recuerdo que sola mascullar con voz
cavernosa:

      Dijo el sabio Salomn,
    con su msica cantando:
    El c... que quiere fuete,
    por s mismo lo est buscando.

Y tras la copla vena... el diluvio!

--Por su madre, mayoral!--gritaba el negro.

--Cada azote que te doy, le quito un da de purgatorio--responda l.

--_Et_ bueno ya, mayoral!

--No est bueno todava; te he de dar hasta que huelas a ajo.

Con aquel hombre se poda ir a cualquier parte. Cuando lleg la poca
de la zafra, le llam y le dije:

--Vicente, es necesario que la primera caja de azcar que salga para
Nueva Orleans sea del ingenio de Chirivitas, aunque reventemos.

--Pierda usted _cuidao_, mi amo; ninguna otra ir por delante.

Y, en efecto, cumpli su palabra: despachamos una partida de cajas seis
das antes que todos los dems ingenios de la isla. Habamos calculado
que enterraramos seis u ocho hombres: enterramos diez. Pero, echadas
las cuentas y descontadas estas prdidas, me quedaron aquel ao doce mil
pesos limpios.

--No ha estado mal!--exclam uno con admiracin.

--Usted lo entiende, don Pancho!--exclam otro.

Todos aplauden las palabras viriles y admiran el espritu libre de aquel
anciano.

Despus de una pausa, uno de ellos pregunt, haciendo un guio malicioso
a sus compaeros:

--Y qu fu de aquella morena con quien usted estaba enredado
ltimamente, don Pancho?

--La Pepa?... La vend a Manuel Rodrguez cuando me vine... Lloraba la
pobre que daba pena verla!

--Era una buena mujer, limpia y hacendosa, y le cuidaba a usted
perfectamente.

--Ya lo creo que lo era! La hubiera trado si no fuese que aqu se
haca libre... Adems, ya sabes que las negras asustan en Espaa.

--Me parece que tena usted dos hijos con ella.

--He tenido tres... Los vend tambin, cuando me vine, a Rafael Alonso.

--Hombre, los ha vendido usted a ese bruto?

--Qu quieres, amigo!--repuso don Pancho riendo--. Tena prisa, y era
necesario liquidar lo ms pronto posible.

Mi padre se levant y se despidi cortsmente, llevndome consigo.

Aqulla fu mi ltima ctedra de energa, porque desde entonces, cuando
pasbamos por all, no volvimos a sentarnos entre los indianos.

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UNA MIRADA A LO ALTO


I

En las primeras horas de la noche me place discurrir por las calles
cntricas. Uno tras otro los arcos volticos se encienden, y mantienen a
distancia las tinieblas que la huda del sol convida a descender. Los
coches regresan del paseo, y los nobles brutos que los arrastran se
muestran impacientes ante la muchedumbre que obstruye la va.

Crepsculo hermoso el de la gran ciudad! Que otros vayan a gozarse
melanclicamente al bosque silencioso, y que miren al sol ocultarse
detrs de los montes lejanos, y que escuchen con placer las esquilas del
ganado y los dulces sones de la flauta pastoril; que corran a la playa
desierta y se deleiten contemplando el romper de las olas espumosas. Yo
gozo mirando las telas y las joyas deslumbrantes que se ostentan en los
escaparates. Pero gozo ms cuando alguna bella, desde lo alto de un
coche, como una diosa sobre su trono mvil de seda, me lanza una mirada.
Avergonzaos, ricas telas, ocultaos, joyas deslumbrantes!; el sol, al
partir, ha dejado en aquellos ojos toda su luz como en depsito sagrado.

Con tranquilo placer mis pasos errantes se deslizan por la calle. La
muchedumbre se aprieta en torno mo. Escuchad, escuchad esos gritos
gozosos; ved esa larga fila de carruajes que llevan sobre sus ruedas la
belleza, la juventud y la alegra de la villa! Mirad a ese joven
tembloroso que se acerca, embargado de emocin, al borde de la acera, y
recoge al pasar la sonrisa de su amada y una seal de su mano adorada,
de esa mano que l besa furtivamente cuando en el Retiro la dama de
compaa se distrae..., o se hace la distrada! Mis canas me preservan
ya de estos temblores, mas, ay!, no puedo menos de acordarme de ellos.

El tumulto crece por momentos. Todo se agita, todo se mueve. Los
caballos piafan de impaciencia, y las mams, ms impacientes an,
quisieran estar ya delante de la mesa, donde humea la sopa confortable.
El ro de la vida serpentea por las calles.


II

Sbito me lanzo sobre la plataforma de un tranva que pasa. Este tranva
me conduce al extremo oriental de la ciudad. Doy unos cuantos pasos ms,
y me encuentro en plena campia obscura y silenciosa. Mi alma se haba
alejado de m en la agitacin febril de la vida, y all se acerca para
decirme al odo algunas palabras misteriosas debajo de la gran bveda
estrellada. Me siento sobre una piedra, y mis ojos se pasean por el
firmamento, escrutando sus profundos senos.

All va la _Lira_ a ocultarse en las lejanas del Poniente. Oh dulce
_Vega_ de inmarcesible luz; t fuiste el astro virginal de mis ensueos
infantiles! Cuntas veces, al regresar a casa de la mano de mi padre,
mis ojos se levantaban hacia ti! T me decas algo divino e
inexplicable, mi pequeo corazn palpitaba, mi alma se llenaba de blanca
claridad como la tuya, y algunas lgrimas temblaban en mis pupilas.
Ahora con velocidad desciendes, arrastrada por tus corceles azulados, y
pronto desaparecers. Mi infancia, ay!, largo tiempo ha que se ha ido.
Pluguiera a Dios que al morir volase directamente a t, y en alguno de
los mundos que iluminas volviese a hallar los dulces sueos que me
agitaban cogido de la mano de mi padre.

En lo alto del cenit brilla la hermosa _Capella_, la estrella de mi
adolescencia. Esparce su luz tranquila sobre la tierra, y, vestida de
rayos luminosos, lleva en su seno tesoros de amor. Mi frente plida se
alzaba hacia ti en otro tiempo bien lejano, y all ansiaba ir con la
nia de ojos azules, de cabellera de oro, que levantaba la punta de la
cortina de su ventana cuando yo vena de mi ctedra con los libros
debajo del brazo. All quisiera tambin ir cuando me muera.

_Aldebarn_ famoso avanza con rapidez y despliega su cabellera
resplandeciente entre las _Hiadas_. Su ojo fogoso placa a mi juventud,
porque le prometa las emociones cambiantes y violentas que ansa un
espritu altanero. Yo amaba entonces las armas y la lucha, y soaba con
la corona del vencedor. Ardiente como t, avanzaba por la vida
arrebatado y sorprendido de m mismo. De dnde vena aquella embriaguez
que me impulsaba a destruir y crear al mismo tiempo? Por qu temblaba
de ira, y un minuto despus temblaba de amor? Quizs t, desde lo alto
del espacio, enviabas a mi alma esa divina inquietud, ese tormento
delicioso que consuma mi corazn y lo haca florecer. Entonces las
crestas azuladas de los montes murmuraban alegras para m, los rumores
del bosque y el silencio de la noche me infundan ansias locas de
voluptuosidades desconocidas, ardores insensatos de amor y de muerte.
All quisiera tambin ir.

Descansando sobre el horizonte, el gigante _Orin_, amo del cielo,
ostenta con calma el tesoro de sus luces. Invencible y generoso _Orin_,
t fuiste la envidia de mi edad viril: a ti demandaba el valor y la
abundancia, la paz y la sabidura de que estaba sediento. Opulento y
feliz, gozas de la afluencia gloriosa de tus astros, posees todos los
bienes del cielo y conduces tu carro cargado de riquezas, alumbrando la
obscuridad de los espacios insondables. T eres el primero entre los
gigantes que cruzan el firmamento, y tus brazos poderosos se extienden a
una distancia que la mente humana apenas puede imaginar. Naces y brillas
en diferentes hogares, desarrollas tu inmortal podero entre millones de
globos, y, animado siempre del mismo vigor, eres el smbolo de lo que ha
sido mi ms constante anhelo en este mundo, eres el smbolo de la fuerza
en el reposo.

Pero ya se huy tambin mi edad viril. Mi frente fatigada se inclina
hacia la madre tierra, mis fuerzas decaen, las luces de este mundo
palidecen, mis ojos se preparan a dormir. Qu debo esperar cuando
despierte? Un sol mucho ms grande, ms santo, ms luminoso que el que
nos alumbra, un sol maestro de pureza que no ilumine la traicin, que
desvanezca la mentira, que acaricie al inocente y abrase al malvado, un
sol de amor y de justicia cuyo aliento enve a sus hijos una eterna
primavera que derrita los hielos del egosmo y de la envidia. Helo all
ese sol en la regin lejana enganchando ya sus corceles para subir!
Debajo de _Orin_, el claro _Sirio_ comienza a rasar con sus fuegos el
horizonte. All quisiera ir, por fin.


III

Pero la noche agita ya sus alas rpidas, y a las sublimes emociones que
me embargan sucede el gozoso recuerdo de mi hogar. Me levanto y busco de
nuevo el tranva, que me conduce rpidamente a l. Subo la escalera de
mi casa y abro silenciosamente la puerta; entro en mi gabinete de
trabajo, y en medio de l me detengo, contemplando con profundo
sentimiento de piedad el retrato de mis padres. Voy al dormitorio de mi
hijo, y le veo dormir, y escucho con placer el soplo sosegado de su
pecho. Despus me dirijo al comedor. Mi esposa inclina su dulce rostro
infantil sobre la costura debajo de la lmpara. Por algunos momentos la
contemplo en silencio. En ella reposa mi corazn, y la paz serena del
amor me inunda de alegra en su presencia. Entonces me acuerdo de
aquellos astros suspendidos en el espacio, donde mi espritu ansiaba
volar. Un estremecimiento de horror agita mi cuerpo. Oh, no; no quiero
peregrinar solo por esos mundos resplandecientes, no quiero pasar a
vuestro lado, seres adorados, sin amaros, tal vez sin conoceros, no
quiero otras vidas siderales, no quiero ser el favorito de los dioses! A
vuestro lado he gozado horas felices que me envidiaran todas las
estrellas del cielo. O con vosotros, amados de mi alma, o a la negra
fosa, y dormir all para siempre!

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TERAPUTICA DEL ODIO


Estoy persuadido de que lo nico que degrada realmente al hombre es el
odio, porque es lo nico que le hace retroceder velozmente hacia la
fiera. El hombre experimenta al sentirlo el dolor por excelencia, el
dolor de los dolores. Como que es la ruina de todas sus ilusiones de
grandeza, la prdida de sus fueros ms venerados!

El negocio ms importante de nuestra vida debe ser, pues,
desembarazarnos del odio. Cuanto trabajemos en este sentido, ser
ganancia para nuestra felicidad.

No basta que nos digan: Ah tenis la religin, ah tenis los divinos
preceptos del Evangelio. Ama a tu prjimo como a ti mismo, s generoso,
s humilde, s caritativo, y te desembarazars del odio. Esta es una
peticin de principio. Desembarzate del odio, y te desembarazars del
odio. Pero cmo? He aqu el problema. Si se nos otorga lo que el
Cristianismo llama la _gracia_, bien al nacer, o bien por un cambio
brusco, por un verdadero cataclismo operado en nuestro espritu, todo
est resuelto. Y si no se nos da? Debemos implorarla. Tal creo yo
tambin; pero mientras llega, debemos empuar todas las armas de que
disponemos para combatir al enemigo de nuestra dicha.

Tampoco es suficiente apartar los obstculos que se interponen entre
nosotros y el amor, esto es, los pecados. Se puede vencer la avaricia, y
la lujuria, y la gula, y, no obstante, por una disposicin enfermiza de
nuestra naturaleza, por una depresin invencible de nuestro sistema
nervioso, sentir aversin hacia nuestros semejantes, herir y ser herido
por ellos. Un hombre humilde y casto y sobrio y liberal, si no tiene
los nervios bien equilibrados, cae con frecuencia en arrebatos,
suspicacias, antipatas, recelos y rencores que aniquilan su paz
interior y le hacen desgraciado. En el transcurso de mi vida he conocido
bastantes hombres de recto y generoso corazn que no gozaban de paz
interior. La misma religin se convierte en idea fija para las
naturalezas dbiles, y las hace caer en tristes aberraciones, en
verdaderas pesadillas.

Cules son, pues, las armas que debemos empuar para combatir el odio?
Las que tenemos ms al alcance de la mano: nuestras mismas pasiones. Si
no podemos vencerlas y ser santos, debemos encauzarlas por medio del
principio inteligente que en nosotros reside. Voy, pues, a proponer
algunos recursos contra esta inmensa desgracia que los griegos, y
nosotros con ellos, llamamos _misantropa_. Son los mos, son los que a
m me han servido. Antes de desdearlos, que cada cual los ensaye en s
mismo.

Lo primero que debemos hacer es observar nuestro carcter con atencin e
imparcialidad. Y as como para resolver una ecuacin se simplifican los
trminos reduciendo unos a otros, de modo igual debemos esforzarnos en
reducir nuestras pasiones a una sola: _el orgullo_. El orgullo es, en
efecto, la cabal posesin de s mismo, una absoluta confianza en el
propio valer. Con un poco de perseverancia y astucia, lo mismo la
vanidad que la ambicin, la envidia, la ira, etc., pueden fundirse en
aquella nica pasin. El orgullo engendra legtimamente el desdn, y el
desdn es un antdoto poderoso contra el odio.

Cmo? Combatir el odio con el desprecio? S: _simillia simillibus_.
Todo el mundo habr observado que aquellos hombres llamados orgullosos,
los que estn ntimamente persuadidos, con razn o sin ella, de su
excelencia y superioridad, son mucho ms propensos a proteger que a
odiar. Nunca os ha posado el brazo sobre los hombros alguno de estos
seres superiores y os ha protegido? Pues a m s, y confieso que nunca
ha acaecido esto sin que me dijera: Por qu no ser yo como este
imbcil? Por qu no he de tener, como l, completa, absoluta confianza
en m mismo?

He aqu, pues, cmo el orgullo puede ser, si no remedio, un paliativo
eficaz contra el odio. Gran parte de los hombres, para no ser
aborrecida, necesita ser despreciada.

Pero este remedio es inmoral! El desprecio es una falta de caridad, es
un pecado.

Despacio. La raza de los hombres, antes de ser moral, ha sido inmoral.
Por tanto, las etapas del camino que el gnero humano ha seguido para
pasar de la inmoralidad a la moralidad, no pueden llamarse con justicia
inmorales. Son pasos necesarios, pasos trabajosos, donde la fiera
primitiva ha ido limando sus dientes y sus uas. Ni Zamora se hizo en
una hora, ni la moral tampoco. Y como la historia de la Humanidad se
reproduce infinitas veces en cada individuo (sentir que esto pueda
parecer una idea fija, pero yo la veo en todas partes), el hombre que
por la gracia divina no haya tenido la dicha de nacer con moralidad,
necesita conquistarla a costa de grandes esfuerzos, empleando para ello
todos los recursos con que la Naturaleza le ha dotado. Histricamente,
no ofrece duda que el sentimiento poderoso de la independencia,
generador del desprecio de los dems, ha precedido al sentimiento de la
caridad. No es necesario apelar a los griegos y romanos. El mismo pueblo
de Israel no consideraba prjimo sino al compatriota, ni pensaba que
Jehov pudiera proteger al extranjero. El pueblo elegido tena el
orgullo de s mismo y de su Dios.

El orgullo nos har _solitarios_. Otra condicin inapreciable para no
sentir odio. Petrarca y los que han seguido sus huellas en este punto
consideraban la soledad como nico remedio contra la misantropa. No hay
que llegar a tanto; en muchos casos la soledad ejerce una accin
deprimente. Mas tomada en dosis cortas y de un modo intermitente, puede
contribuir con eficacia a mejorarnos.

El orgullo nos har indiferentes a la simpata y la antipata de los
dems. Es la mayor felicidad que puede proporcionarnos. Estoy
ntimamente persuadido de que si cien veces sentimos odio, noventa y
nueve ser ocasionado por el secreto despecho de no haber logrado
hacernos amables, o simpticos, o respetables. Quien logra sobreponerse
al fallo de los dems porque se tiene fallado ya a s mismo con
sentencia firme, vive exento de rencores. Si, pues, el orgullo es un
pecado, no ofrece duda que es un pecado menor que el odio. En la
necesidad imprescindible de elegir entre uno y otro, el ms severo
moralista no dejar de aconsejarnos que elijamos el primero.

Voy a proponer ahora otro remedio que nadie, seguramente, tachar de
inmoral. No slo no es inmoral, sino que es el principio y raz de toda
moralidad. Como que es la esencia misma del Cristianismo! Me refiero a
la piedad. Qu es el Cristianismo, en su esencia, sino un estado de
alma, una disposicin perpetua a la piedad?

Si quieres no padecer la enfermedad del odio, compadece. Muchos
fisilogos modernos y filsofos tan grandes como Aristteles y Espinosa
aseguran que la piedad es un sentimiento deprimente. No hay que
pensarlo. Todos los sedantes son deprimentes en cierto sentido, pero
necesarios para que el dolor no aniquile el organismo. Ves ese hombre
que acaba de inferirte una ofensa o de robarte algn bien? Considralo
atentamente, examina las circunstancias de su vida, y te persuadirs de
que no es feliz, sino un desgraciado como t, acaso mucho ms que t. O
es pobre y necesita luchar por la existencia, o su mujer le es infiel, o
le martiriza con su carcter, o tiene un hijo dscolo o prdigo o
enfermo, o l mismo padece una enfermedad crnica y dolorosa, o ha visto
morir a los seres ms queridos de su corazn, o ha experimentado graves
quebrantos en su hacienda, o sufre, en fin, las mordeduras de su
temperamento atrabiliario o de un carcter altanero y envidioso.

Y si, por rareza, nada de esto existiese, evoca con la imaginacin la
hora de su muerte. Mralo tendido en el lecho del dolor, tendido para
siempre. El rostro amarillo, la nariz afilada, los ojos hundidos y
aterrados. Comienza el estertor de la agona. Dentro de un instante
traspasar los umbrales de la muerte para no volver jams. Jams! No
sientes en tu conciencia que aquel hombre merece compasin? Qu ha
ganado con haberte herido? Si disfrut de los bienes de este mundo, en
cambio, muri atormentado por la ambicin, por el odio y por la envidia.
Y si hay algo ms all de esta vida... Oh!, entonces... Pobre
hombre!, pobre hombre! Ninguno existe que, bien considerado, no merezca
piedad. Y la piedad es el principio del amor, es el amor mismo. Si
logras compadecer, toda tu saa se fundir inmediatamente, como la nieve
al influjo de un rayo de sol.

Tal es la cura antisptica que propongo contra la lcera del odio.

Recomiendo adems la esponja empapada en agua fra al levantarse de la
cama.

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VIDA DE CANNIGO


Las ideas de mi to don Sebastin acerca del ascetismo de los cannigos
eran mucho ms decididas que las de Pachn de la Quintana de Arriba.
Nada de vacilaciones en este punto: ya saba a qu atenerse. Para l la
imagen de un cannigo evocaba un sinfn de representaciones cmodas,
deleitosas y suculentas.

No es extrao. Si se hablaba de un vino aejo bien confortable, le oa
llamar vino de cannigo; si se trataba de un chocolate exquisito,
chocolate de cannigo; si de un colchn blando y relleno, colchn de
cannigo; etc.

Toda su vida haba sentido una envidia ruin por el alto clero, y
deploraba amargamente que su padre no le hubiese dedicado al estado
eclesistico, en vez de dejarle al frente del comercio de ferretera que
tenan en la planta baja de la casa. Porque si le hubiese enviado al
Seminario, tal vez a estas horas sera cannigo. Por qu no? No lo era
su primo Gaspar, que pasaba por un zote en la escuela? Y nada menos que
arcediano de la santa iglesia catedral de Len!

Verdad era que el trato que sus hermanas le daban no era a propsito
para ahuyentar de su carne los apetitos concupiscentes. Eran feroces
aquellas dos hermanas que su padre le haba dejado con el comercio de
ferretera. No se sabe si se haban propuesto hacerse ricas a costa de
las susodichas carnes de su hermano, o es que pensaban con terror en la
muerte de ste y en la necesidad de traspasar el comercio, o, quin
sabe!, tal vez en su matrimonio. Porque, si bien mi to don Sebastin no
haba mostrado jams veleidades matrimoniales el da menos pensado
poda atraparle cualquier pelafustana. La mujer que se casa con un
hombre que tiene dos hermanas solteronas, siempre es una pelafustana. De
todas suertes, estas dos hermanas le escatimaban el pan, la carne y el
vino, el betn para las botas, las toallas para secarse, y hasta el agua
para lavarse.

Y as haban traspasado los tres la edad de cuarenta aos. Don
Sebastin, a quien la Naturaleza haba dotado de un temperamento muelle
y voluptuoso, se autorizaba cuando poda, a escondidas de aquellas dos
fatales eumnidas, algunos regalos. Un da se iba con don Hermenegildo,
el piloto, al Moral para comerse una cesta de percebes y beberse algunos
litros de sidra, otro se colaba bonitamente a las once en la tienda de
la Cazana y tomaba una rosquilla rellena y media botella de vino de
Rueda, o bien entraba por la tarde en el caf Imperial y peda un
sorbete de fresa.

Pero de todos estos atentados tenan noticia al da siguiente las dos
vrgenes agrias. Su polica era ms exacta y ms fiel que la del Sultn
de Turqua. Cielos, qu escndalo!, qu pataleo!, qu imprecaciones
temerosas! En cierta ocasin, una de ellas lleg a darle un formidable
escobazo en la cabeza.

De todos estos ultrajes supo vengarse bien y de una vez mi to don
Sebastin. No tenis ms que preguntarlo a cualquier viejo de la
poblacin, y os lo contar medio sofocado por la risa. El caso fu como
sigue:

Un da subi don Sebastin de la tienda con una carta en la mano. Era
del primo Gaspar. En ella le deca que se hallaba en Oviedo pasando una
temporada con el seor obispo que, antes de ser preconizado, haba sido
su compaero y amigo ntimo en Len; al mismo tiempo le haca saber que
en la diligencia del da siguiente ira a hacerles una visita y pasar un
par de das con ellos.

La turbacin que esta noticia produjo en las dos solteronas fu
indescriptible. Tener por husped al arcediano de Len, a un amigo
ntimo del seor obispo, a cuya mesa se sentaba y a quien tuteaba en
secreto, segn se deca! Ya no se acordaban de aquel primo Gaspar a
quien recosan los pantalones para que su madre no le zurrase la badana
si llegaba con ellos rotos a casa y a quien haban dado bastantes
pescozones llamndole animal. Para ellas ya no exista ms que un
personaje eminente rebosando de teologa y respetabilidad.

Pasada la primer impresin de estupor, hizo explosin en ambas
solteronas una cantidad imponente de actividad domstica. Se quitaron el
cors, se liaron un pauelo a la cabeza, y dieron comienzo por s mismas
a la limpieza y arreglo del cuarto de respeto. La gran cama de
palosanto, con pabelln y colcha de damasco encarnado, fu objeto de un
minucioso reconocimiento. Se bati bien el colchn de miraguano y las
almohadas de pluma, se le pusieron sbanas de fina batista, bordadas,
que jams de memoria de hombre haban salido del armario, y a su lado un
hermoso tapiz que les haba trado de Manila otro primo ya fallecido.

La criada fu expedida en diferentes direcciones. A la confitera de
Nepomuceno, para encargar una tarta, mitad de almendra y borraja, a casa
de Facunda, la pescadera, para que buscase algunas docenas de ostras y
se las llevase a las once en punto de la maana, a la fbrica de
vidrios, para recabar de don Napolen, el contramaestre, que saliese de
madrugada a cazar unas arceas, etc., etc.

Mi to don Sebastin segua estos preparativos con respetuosa atencin,
pero sin osar emitir ninguna palabra. Bastara la ms corta frase para
oirse llamar ganso, y no tena deseo alguno de servir de pretexto a este
smil zoolgico.

Al da siguiente por la maana se acical convenientemente, y a las once
y media sali a esperar la diligencia de Oviedo, que llegaba siempre a
las doce. La mesa estaba ya puesta; una mesa deslumbrante, con antigua y
rica vajilla atestada de confites y frutas en almbar. A las doce y
cuarto lleg don Sebastin con la cabeza baja, diciendo que el primo
Gaspar no haba llegado en la diligencia de Oviedo. El abatimiento ms
profundo se pint en el rostro de las dos hermanas. Transcurrieron
algunos instantes de silencio doloroso. Al cabo, don Sebastin profiri
con tono fnebre:

--Yo pienso que habr perdido la diligencia de la maana. Seguramente,
llegar en la de tarde...

Bastaron estas sencillas y razonables palabras para que sus dos hermanas
se encarasen con l como dos fieras y le llamasen... A qu decir cmo
le llamaron?

De todos modos, no hubo ms remedio que sentarse a la mesa y comer. Don
Sebastin lo hizo lindamente. Sus hermanas charlaban como dos cotorronas
que eran, haciendo sobre el caso los ms disparatados comentarios. l
engulla en silencio, pausada y sabiamente, alegrando los bocados
exquisitos con un trago de vino de las Navas. Despus de los postres se
levant de la silla como si hubiese cumplido con un penoso deber, y
sali, como siempre, para el Casino. As que di la vuelta a la esquina
de la calle encendi un cigarro puro de los que haba comprado para el
arcediano y, chupndolo voluptuosamente, se fu a jugar su partida de
tresillo.

En la diligencia de las siete tampoco lleg el cannigo. Don Sebastin
comunic la infausta nueva a sus hermanas con la misma cara que si les
leyese la sentencia de muerte. La consternacin les paraliz a todos la
lengua. No hubo comentarios, no hubo protestas y lamentaciones. Un
silencio funeral cay sobre aquella afligida familia.

Pero la mesa estaba puesta. Salmn, arceas estofadas, riones al jerez,
pechuga de gallina a la besamela, compota de membrillo, bizcochos
borrachos, fresas con crema. Don Sebastin diriga miradas furtivas y
ansiosas a tales riquezas. Las hermanas, presas de muda desesperacin,
no daban seales de acercarse a ellas.

--Vaya, vamos a cenar... De todos modos, el gasto est ya hecho...

Estas palabras provocaron una crisis de lgrimas, pasada la cual se
sentaron los tres a la mesa. Ellas coman a la fuerza y exhalando
suspiros dolorosos. l coma con fuerza y absorbiendo tragos exquisitos.

Cuando se levantaron, don Sebastin se tambaleaba. El dolor suele
producir estos efectos deprimentes. Para esparcirlo un poco, dijo que
iba a dar una vuelta por el muelle. Cuando dobl la esquina volvi a
encender otro de los magnficos habanos destinados al arcediano, y fu a
sentarse en uno de los bancos del parque, donde se estuvo hasta que el
fresquecillo le ech hacia casa.

Sus hermanas se haban encerrado ya en el dormitorio. La casa estaba
silenciosa y triste, cual si se hallase bajo el peso de una desgracia.

Mi to don Sebastin se desnud lentamente pero, en vez de meterse en su
cama, tom la palmatoria en la mano, se asom con ella al pasillo, y,
despus de cerciorarse de que nadie le vea salv con gran sigilo la
distancia que le separaba del cuarto de respeto y se desliz dentro
del gran lecho de palosanto.

Oh dulce y blando colchn!, oh tiernas almohadas!, oh sbanas
finsimas!

Mi to don Sebastin se senta inundado de una felicidad celestial. Di
un soplo a la luz, cerr los ojos, y murmur sonriendo a las tinieblas:

--Ya no me muero sin saber lo que es la vida de cannigo.

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GLORIA Y OBSCURIDAD


Acaece a los hombres que han gustado las dulzuras de la gloria lo mismo
que a los que frecuentan las salas de juego. stos ya no encuentran en
el mundo nada que les complazca, sino las fuertes emociones de ganar o
perder dinero. Aqullos ya no pueden vivir sino siendo a todas horas y
por todos lisonjeados. Cuando las lisonjas no llegan, se va a buscarlas
con mil artificios y violencias. Se adula a los seres ms despreciables
para obtenerlas; se urden intrigas; se hacen favores a aquellos a
quienes se odia; se escuchan dramas soporferos y se leen libros
indigestos; se sube a las buhardillas y se baja a los stanos; se
practican todas las obras de misericordia sin misericordia. Se vive,
ltimamente, en un estado de perpetua inquietud y vigilancia. Todo para
cazar la gacetilla arrulladora!

Esta es la _vida feliz_ que disfrutan la mayora de los llamados grandes
hombres. Voltaire, Vctor Hugo, Lamartine, Chateaubriand, Castelar, no
han llevado otra.

Y es que el manjar de la gloria tiene un sabor tan pronunciado, que
quita el gusto a todos los dems platos.

       *       *       *       *       *

Siempre y en todas partes la envidia se ha cebado en los hombres de
verdadero mrito. Por lo cual ocurre preguntar: Cmo es posible que
los necios hayan visto tan claro, siendo necios, el mrito de los
hombres superiores? Solamente porque la envidia es una pasin que en
vez de turbar el cerebro, como las otras, lo esclarece. Gracias a ella,
cualquiera puede sin esfuerzo separar el oro del similor en los dominios
de la inteligencia.

       *       *       *       *       *

Sucede a los escritores muy agasajados de la prensa lo que a los nios
mimados. Cuando se les deja solos o no se les hace caso, se afligen
horriblemente. stos chillan como desesperados. Aqullos se lanzan de
nuevo a la publicidad, con la esperanza de llamar nuevamente la
atencin, y escriben la serie de frusleras que todos conocemos.

       *       *       *       *       *

Cuando un hombre aspira a elevarse, con razn o sin ella, sobre los
dems, puede tener la seguridad de que se ha captado el odio de todos.
Este odio, o se manifiesta brutalmente, o se disimula; pero el que tenga
dotes de observador, lo percibir en los ms finos matices de la
conversacin. Unas veces se mostrar trayendo la pltica a algn asunto
donde no estis fuertes o donde hayis sufrido algn revs. Otras el
interlocutor tratar de mostraros su superioridad en algn respecto.
Otras afectar absoluta indiferencia por los asuntos que os ocupan, o
aprovechar hbilmente la ocasin para manifestar su desprecio hacia
aquellos que ejercen la misma profesin que vosotros. Por ltimo, cuando
no pueda de otro modo, verter su gotita de hiel mirndoos con inquietud
y fijeza:

--Hombre, me parece que est usted ms delgado que la ltima vez que le
he visto!

       *       *       *       *       *

Cun engaado vive el que imagina que por alejarse de los hombres y
abandonarles la parte de botn, gloria o dinero que nos corresponde, se
les aplaca! Si esto hacis, todo el mundo se dar a pensar que es por un
motivo secreto, que obedece a un plan estratgico para atacarles por
otro lado y sacarles ms ventaja. Y si al cabo de algunos aos se
convencen de que no exista tal plan, como vuestro desinters o modestia
os ha captado la estimacin de una parte del pblico, todava os odiarn
mortalmente por este beneficio.

       *       *       *       *       *

La gran dificultad que necesita vencer un literato novel es la de
convencer a sus compaeros de que es tonto. Los guardianes de la
repblica de las letras son desconfiados. A veces tardan aos en
reconocer la completa inepcia y poner el marchamo. Pero una vez puesto,
las murallas se abaten, las montaas se allanan, los ros quedan en
seco, y el escritor, ostentando su preciosa contrasea, penetra en los
jardines perfumados por la lisonja, escala los puestos ms codiciados, y
sigue su marcha triunfal escuchando los coros de los querubines de la
prensa, que eternamente cantan sus alabanzas.

       *       *       *       *       *

Por qu enfadarse cuando observamos la reputacin inmerecida de un
artista o de un escritor? Hay que comprender que la mayora de los
hombres es reata. Basta que un burro suene el cencerro para que los
dems marchen detrs.

       *       *       *       *       *

Se dice, generalmente con amargura, que la sociedad no recompensa a los
poetas ni a los filsofos. Por qu ha de recompensarles? Slo merece
recompensa la pena; y el trabajo de los poetas y filsofos es placer.
Juzgo, pues, que estn suficientemente recompensados con que se les deje
cantar o disparatar.

Nunca he podido concebir que la filosofa, la poesa o el sacerdocio
fuesen profesiones. Y de hecho no lo han sido nunca hasta los tiempos
modernos. Todos ellos se han credo remunerados con el gozo que se
procuraban y procuraban a los dems, con el renombre, con la aureola
divina que les acompaaba a todas partes. Y si extendan la mano para
recibir la ddiva del rico, era para sustentarse, no para adquirir
comodidades que deben repugnar a un ser espiritual.

Admiro al sacerdote asceta, al que se lanza a remotos y mortferos
climas para iluminar las almas, al que entrega su capa al pobre y su
vida al impo; pero me inspira desdn el que aguarda en la antesala de
un poderoso para obtener una canonja o una mitra. Me hace gozar el
espectculo de los rapsodas homricos, de los trovadores de la Edad
Media atravesando solitarios los campos para posarse lo mismo en los
palacios que en las chozas, y cantar all, y recibir solamente el
preciso abrigo y sustento; pero me indignan aquellos que hacen de su
musa una muidora de elecciones y una buscona de destinos. Me
entusiasman, por fin, los filsofos druidas recorriendo medio desnudos
en el invierno los bosques de la Galia en busca del _murdago sagrado_;
pero no puedo comprender a los filsofos modernos recorriendo los
Ministerios en busca de la _nnima_.

       *       *       *       *       *

Hubo un santo que se finga idiota para que se burlasen de l, y ganar
de este modo un puesto en el cielo. El procedimiento me parece
inmejorable para ganar tambin un puesto en la tierra.

       *       *       *       *       *

El que vive en la obscuridad, aunque no consiga deshacerse enteramente
de enemigos, les puede huir ms fcilmente, porque son menos en nmero y
menos encarnizados. El hombre famoso no puede: los tiene siempre delante
de los ojos. Esta continua presencia excita sus nervios, le obliga a
aborrecer, y concluye por desmoralizarle.

       *       *       *       *       *

Sir Nicols Bacon, padre del clebre filsofo de este nombre, hizo
grabar sobre la puerta de su casa de campo esta divisa: _Mediocria
firma_.

En efecto, slo quien no aspira a sobresalir y renuncia a las ventajas
materiales de poder y de riqueza, consigue dar un fundamento _firme_ a
su felicidad.

Lord Francis Bacon se encarg de comprobar bien tristemente la ensea
paterna.

       *       *       *       *       *

El amor a la soledad, cuando no se exagera, nos conviene, porque
engendra la meditacin, madre de todos los progresos. Cuando se lleva
ms all de sus justos lmites indica, si no aversin, por lo menos
temor de los hombres, y el verdadero sabio ni debe temer ni debe ser
temido de los hombres, como se dice en el _Bhagavad-Gita_.

Huir de los hombres en el tiempo presente es casi imposible. No slo
necesitamos aniquilar para ello el instinto de sociabilidad que en todos
existe; pero, dadas las condiciones en que ahora se desenvuelve la vida,
casi todos los hombres, por su profesin, se ven obligados a
relacionarse entre s. Por otra parte, y esto es lo ms importante, slo
en contacto con ellos se les puede hacer bien. Lejos, nicamente el
escritor o el sabio.

No huyamos, pues, de ellos, pero guardmonos de despertar su envidia.
Pasemos a su lado haciendo el menor ruido posible. Procuremos no ser
presa apetitosa para su paladar. Debilitmonos sistemticamente;
soltemos las carnes para que su olor no despierte el apetito de la
fiera.

Apenas existe en la Historia hombre elevado a un gran podero que haya
podido sostenerse hasta el fin. Los grandes conquistadores mueren en las
batallas que les suscitan o en el destierro; los ricos perecen
asesinados; los favoritos de los reyes suben al patbulo. Aun aquellos
que en la obscuridad disfrutan de cierto bienestar, que no se descuiden.
Una ligera tentacin de vanidad, un instante de desvanecimiento les
puede costar enormemente caro.

Oid la historia triste del pobre Fargues. Fargues era un francs que
haba tomado parte activa y principal en los disturbios de la Fronde
contra la Corte y el cardenal Mazarino durante la minora de Luis XIV.
No fu ahorcado, aunque no faltaron deseos de hacerlo. Su partido, aun
temible, guard su vida: fu comprendido en la amnista. Temeroso, no
obstante, de la venganza de la Corte, decidi retirarse al campo y pasar
en la obscuridad el resto de su vida. Transcurrieron bastantes aos, el
cardenal Mazarino haba fallecido; pero nuestro hombre, siguiendo los
consejos de la prudencia, permaneca retirado. Viva, pues,
tranquilamente en su castillo, no muy lejos de Saint-Germain, al amparo
y a la fe de la amnista, cuando un suceso imprevisto vino a sacarle a
luz. Acaeci que en una cacera en que tomaba parte el Rey, cuatro o
cinco seores de los que le acompaaban, enardecidos en la persecucin
de una pieza, se extraviaron en el bosque. Cerr la noche, y se hallaron
sin saber adnde dirigirse. Al fin divisan una luz, marchan hacia ella,
y se encuentran con una casa de recreo; piden hospitalidad, y el dueo
se la ofrece cortsmente. No se limita a esto, sino que los atiende con
real esplendidez: exhibe su rica vajilla, su mesa bien provista, su
excelente vino, sus lechos de pluma, etc. Los cortesanos quedaron
sorprendidos, encantados, llenos de gratitud. Cuando al da siguiente
regresan a Saint-Germain, refieren delante del Rey su aventura y se
hacen lenguas de la amabilidad y esplendidez de su husped.

--Cmo se llama?--pregunta el Rey.

--Fargues.

--Fargues, Fargues!... Me suena ese nombre.

No vuelve a decir otra palabra. Pasa a las habitaciones de la Reina
madre; comprueba que el husped de sus cortesanos es el antiguo y famoso
revolucionario amnistiado, y se irrita grandemente de que viva tan cerca
de su palacio. Llama al primer presidente, y le encarga que inquiera si,
revolviendo los antiguos procesos de la Fronde y examinando la conducta
de Fargues, se hallara medio legal de castigar su insolencia de vivir
tranquilo, feliz y opulento prximo a la Corte.

El primer presidente, cortesano vido y rastrero, resuelve complacerle.
Desentierra los procesos, y encuentra medio de complicar a Fargues en
un asesinato cometido en Pars durante los disturbios. Se le prende, se
le acusa. l se defiende perfectamente, y alega adems la amnista
concedida. No le vali de nada. Los nobles que haba alojado en su casa
hicieron toda clase de esfuerzos para salvarle. Todo fu intil. Fargues
fu condenado, y sus bienes confiscados en favor del presidente que
dirigi el proceso. Un ligersimo descuido, un poco de imprudencia o de
vanidad bast para que aquel anciano saliese de la tranquilidad y las
comodidades de su casa para subir al patbulo.

       *       *       *       *       *

Luchamos con empeo por alcanzar la notoriedad, por hacernos populares,
conocidos de la multitud. Y, sin embargo, qu ventaja positiva nos
ofrece esto? Cuando en otro tiempo tropezaba en mis paseos solitarios
con algn hombre pblico, escritor famoso o magnate, y nuestras miradas
se cruzaban, la superioridad estaba siempre de mi parte. Sus ojos, al
clavarse en m, no expresaban ms que una vaga e impotente curiosidad.
Los mos, en cambio, le decan: Te conozco; s tu historia; estoy al
tanto de tus triunfos y de tus flaquezas, de tu talento y de tus
ridiculeces, del origen de tu fortuna y de tus humillaciones domsticas.
T, en cambio, nada, nada sabes de m.

       *       *       *       *       *

No slo las obras literarias despiertan mortal envidia. Tambin las de
cal y canto. Quien haya tenido medios y gusto de edificar una casa, o
aun de reformar la que posee, habr tropezado con los obstculos
pequeos o grandes que la envidia le opone.

Conoc en otro tiempo a un caballero de Madrid que iba a pasar los
veranos en un pueblecillo de la costa septentrional de nuestra
pennsula. Transcurridos algunos aos, cuando se hubo cerciorado de que
el sitio le agradaba enteramente, de que el clima era sano y los
habitantes honrados, se decidi a fabricar una mansin para pasar
tranquila y dichosamente los ltimos aos de su vida. Compr terreno
adecuado, y edific un lindo hotel con todas las comodidades
imaginables. En su frontispicio hizo esculpir, al estilo francs, esta
inscripcin: _Mi reposo_.

Apenas el marmolista haba terminado de formar la leyenda, y como si el
ltimo golpe del martillo despertase enfurecido al Destino, un vecino le
promovi pleito sobre luces. Interesse el amor propio de nuestro
caballero: se encendi ms y ms el pleito. El vecino tena numerosos
parientes y amigos, que tomaron parte por l: el forastero, influencia
sobre los jueces. Hubo injurias y amenazas, y luego palos y pedradas, y
hasta un desafo en que el forastero sali con la cara acuchillada.

Por ltimo, despus de tres o cuatro aos de esta vida _reposada_,
nuestro caballero se vi necesitado a malvender su finca y retirarse de
nuevo a Madrid con el hgado enfermo y la cabeza llena de canas.

       *       *       *       *       *

Los autores se ven necesitados a empujar el carro de su propia fama,
ha dicho el poeta Leopardi.

Es cierto, pero a condicin de hacerse invisibles, que no sean caballo,
sino electricidad.

       *       *       *       *       *

Cuando un escritor principia a comerciar con su ingenio, no tarda en
suspender los pagos.

       *       *       *       *       *

Cuando se apura de un trago la copa de la gloria, suele subirse a la
cabeza. A veces tambin produce vmitos. Pero si se la bebe a pequeos
sorbos, conforta la existencia, y es fuente de alegra.

       *       *       *       *       *

Los libros son como los hijos; se engendran con placer; luego dan
disgustos: por fin amparan la vejez.

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EL VIAJE DE LA MONJA


El da de Santa Irene fu a felicitar, como todos los aos, a doa
Irene, esposa de mi amigo Requejo. Es ste un mdico militar retirado,
alegre, bondadoso, gran jugador de tresillo. Doa Irene, una seora
igualmente bondadosa, menos alegre y detestable jugadora de tresillo.
Esto ltimo era la nica causa visible de divorcio que pudiera existir
entre los cnyuges. Porque los dos viejos se amaban con pasin
idoltrica, sobre todo desde que su nica hija Rita les haba abandonado
para ingresar en la comunidad de las _Hermanitas de los Pobres_. Yo no
gusto de estas nias que dejan a sus padres ancianos para cuidar a otros
ancianos que no son sus padres, pero la verdad me obliga a declarar que
Ritita, a quien conoc desde su infancia, era una criatura angelical,
tan dulce, tan inocente, que no pareca hecha para este mundo. Por qu
esta nia, alegre como su padre y tierna como su madre, se haba
decidido a hacerse religiosa? No por un desengao de amor, como
bastantes lo hacen, sino porque su alma pura arda en caridad y ansia de
sacrificio. La vida regalada al lado de sus padres, tan mimada por ellos
y tan festejada por todos, inquietaba su conciencia. Un verano en que
Requejo se traslad con la familia a Vitoria, huyendo los calores de
Madrid, la chica comenz a frecuentar el asilo de ancianos, que estaba
prximo a su casa, trab amistad con las hermanas, tuvo ocasin de
prestarles algunos servicios, y concluy por ayudarlas en muchas de las
tareas de su ministerio. A medida que penetraba ms adentro en esta vida
de caridad y de servidumbre voluntaria, su alma fervorosa iba gozando
delicias ignoradas, transfigurbase su rostro, al decir de sus mismos
padres, sus ojos brillaban con una luz celestial. Por fin, cierto da
dej una cartita sobre la mesa de noche de su pap, suplicndole, en
trminos humildes, que la permitiese ser hermanita de los pobres.
Requejo mont en clera, amenaz con hacer y acontecer, pero fu ms
fcil de pelar que la mam. sta, con sus lgrimas y sus ataques
nerviosos, logr parar el golpe. Regresaron a Madrid; Ritita pareci
resignada, pero se la vi pronto triste, aptica y notablemente
descaecida en su rostro. Requejo se alarm, tuvo una secreta conferencia
con ella, y sali de la estancia exclamando:

--Haz lo que quieras! Cada mujer no es ms que un capricho con piernas
y brazos!

Efectivamente, aquel verano fueron de nuevo a Vitoria, y all se qued
nuestra Ritita, en el convento, tan gozosa, que a pesar de la mala
alimentacin y de su trabajosa vida, no tard en ponerse gorda y
colorada como una manzana. El buen Requejo sacuda la cabeza riendo,
pero doa Irene no cesaba de verter lgrimas. Aquel rostro marchito, que
lejos de ella se haba vuelto sonrosado, le causaba celos y pena. Dos
aos haca que la nia estaba en el convento, y sus padres haban pasado
los dos veranos en Vitoria, cerca de ella.

Los esposos Requejo habitan un pisito confortable en la calle del Pez.
Cuando entr en su casa, el marido se hallaba fuera. Recibime doa
Irene con su acostumbrada dulzura. Es una seora gruesa, apacible, que
habla con extraordinaria lentitud. Sentados en dos butaquitas, uno
frente a otro, en su gabinete, hablamos--de qu habamos de hablar?--de
Ritita. La pobre madre no tena otra conversacin.

--Ver usted, Jimnez, cuando mi marido me despert esta maana, sala
de un sueo delicioso. Soaba que mi Ritita abra la puerta de la alcoba
y se acercaba a mi cama. Estaba preciosa con el hbito de monja, con su
cofia blanca ceida a la cara. Sonrea dulcemente, y acercndose a m me
echaba los brazos al cuello y me besaba con ternura. Yo, apretndola
contra mi pecho, le pregunt: Cmo ests aqu, hija ma? Ella me
respondi: He venido a darte los das con permiso de la superiora. No
me sorprendi mucho, porque crea estar en Vitoria, y no en Madrid. En
seguida me invit a levantarme, y me ayud a vestir como haca en otro
tiempo. Despus me dijo: Ahora voy a peinarte (porque antes nadie me
peinaba ms que ella, sabe usted?) Pero, hija ma, no podrs con el
hbito! Oh, ya vers como s! Y quitndose la capa, y dejndola
sobre una silla, me oblig a sentarme frente al espejo, y comenz a
peinarme riendo y charlando alegremente. Yo senta palpitar mi corazn
de gozo. Cuando termin, me dijo: Ahora me dars una batatita de Mlaga
escarchada, verdad? No las he comido desde que tom el hbito, pero hoy
son tus das, y Dios me perdonar el exceso. Es la nica golosina con
que sueo alguna vez. Fu al comedor, le traje una bandeja de dulces,
tom una batata, bebi una copita de jerez, y sacando su relojito de
acero, dijo: Ya son las nueve; me voy. Y tom la capa de la silla y se
la ech encima de los hombros. Pero, hija, te vas sin aguardar a tu
pap? No puedo esperarle; no tengo permiso por ms tiempo... Adems,
mamata, esta visita ha sido para ti, exclusivamente para ti. Y
abrazndome otra vez, me di un sinfn de besos: luego, ponindose de
rodillas, me pidi la bendicin, y sali de la alcoba, y todava,
teniendo alzado el portier con una mano, me tiraba besos con la otra...
Al ruido que hizo la puerta me despert. Era mi marido que entraba, y
que se ri no poco con mi sueo...

--Ya lo creo que me he redo!--exclam Requejo, que entraba en aquel
instante, apretndome la mano--. No sabe usted qu cara de beatitud
tena esta mujer cuando entr a despertarla esta maana. El placer y el
dolor se reparten el mundo de los dormidos como el de los despiertos.
Vendr usted a almorzar con nosotros?

Acept la invitacin. Al cabo de unos instantes nos trasladamos al
comedor y nos sentamos a la mesa, bien provista y aderezada. Requejo,
muy tolerante en los dems rdenes de la vida, se transforma en feroz
intransigente as que se acerca a la cocina. Di comienzo el almuerzo, y
una vez ms tuve ocasin de advertir y de interesarme por el contraste
que ambos esposos ofrecan. El marido charlaba, gesticulaba, rea,
gritaba sin cesar: la esposa hablaba con suavidad quejumbrosa, poniendo
los ojos en blanco y elevndolos al cielo.

Antes de llegar a los postres, son el timbre de la puerta. La muchacha
entr con una carta que doa Irene reconoci de lejos.

--Es de Ritita! La esperaba!

Se apresur a abrirla pidindome permiso, aunque su marido la represent
que, por bien del apetito y la digestin, nunca deben abrirse las cartas
mientras se come.

Doa Irene se puso roja leyendo la epstola de su hija, y, dejando el
papel sobre la mesa, junt las manos con ademn de asombro y alz los
ojos al cielo, exclamando:

--Lo estoy viendo y no lo creo!

Requejo tom el pliego y se puso a leer, y el asombro tambin se pint
en su semblante.

--Vaya un caso extrao!... Tome; lea usted esa carta.

Y me la alarg por encima de la mesa. La carta deca como sigue:

Mamata de mi alma: Maana son tus das, y no quiero dejar de
felicitarte; pero no me contento con hacerlo por carta. Maana, despus
de misa, pedir permiso por una hora a la superiora y me trasladar por
los aires a Madrid; te ir a despertar, mamata, porque t siempre has
sido dormilona, te dar muchos, muchsimos besos, te ayudar a vestir, y
despus te peinar, como haca siempre cuando estaba a tu lado, y
charlar y reir hasta que te ponga alegre. Luego t, en recompensa, me
dars una batatita confitada; verdad que me la dars? Y despus de
besarte mucho otra vez, sin que se entere pap, se vendr por donde se
ha ido tu hija ms sumisa, que te quiere con todo su corazn en el
Sagrado y Amoroso de Jess Nuestro Seor,

RITA.

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THEOTOCOS


Fu una criadita guipuzcoana quien me sugiri la idea de visitar el
santuario de la Virgen de Arnzazu. Haba nacido en sus cercanas, y en
su infancia apacent un rebao de ovejas en aquellos montes. Cuando nos
daba cuenta de su vida montona, inocente, al pie de la mole de piedra
que guarda la milagrosa imagen, su palabra sonaba dulce, intermitente,
como las esquilas del ganado, me traa a la imaginacin el amable
sosiego y los aromas de la montaa.

--Nunca se te apareci la Virgen en alguna gruta, como a Bernardetta en
Lourdes?--le pregunt yo con sonrisa de burla.

--Oh, no!... La Virgen a m no quiere... Mala que soy--responda
ruborizndose.

Vaya si la quera! No tard mucho tiempo en arrastrarla a un convento y
hacerla fiel servidora de sus altares.

--Si alguna vez voy a tu pas, te prometo visitar el santuario de
Arnzazu y rezar una salve delante de la Virgen.

--Oh, seor!... Hgalo, hgalo...--exclam con los ojos brillantes de
alegra--. Quin sabe! Usted ver algn milagro.

--Soy viejo ya para ver milagros--respond con poca delicadeza.

--La Virgen es Madre de todos--replic alzando con gravedad los ojos al
cielo.

Pasaron algunos aos. La casualidad me llev un da a las montaas de
Guipzcoa, y en ellas me asalt el recuerdo de la monjita guipuzcoana
que haba sido mi criada, y de la promesa que le haba hecho. Amigo
tanto como Rousseau de los campos y de las excursiones a pie, resolv ir
a Arnzazu, no por la carretera, sino por trochas y senderos al travs
de los montes.

Cuando sal de Mondragn, poco despus de almorzar, me hallaba en un
estado de sobreexcitacin intelectual y sensible que pareca alzarme
considerablemente sobre mi ser normal. Lo que pensaba, pensbalo con
sorprendente claridad; lo que senta, penetraba en mi corazn con fuerza
avasalladora. Entre cada una de las horas de nuestra vida--dice
Emerson--hay una diferencia de autoridad y de efecto subsiguiente.
Nuestra fe nos ilumina por intervalos; nuestro vicio es habitual; sin
embargo, hay en estos breves momentos tal profundidad, que nos vemos
forzados a atribuirles ms realidad que a todas las otras experiencias.

Estaba en una de esas horas de interna iluminacin. Fatigado de tanto y
tanto voltear en los abismos de la metafsica, mi alma se inclinaba
hacia la fe de Cristo. El Evangelio me apareca con una nueva luz; los
vulgares argumentos de la incredulidad antojbanseme tristes y
ridculos: por milagro y favor de la Providencia, en plena madurez de
juicio, cuando ms sano me encontraba de cuerpo y de alma, volva a
creer como un nio.

Vigoroso y alegre, pues, como jams lo estuviera, marchaba flanqueando
las verdes caadas que los montes formaban, procurando ganar la altura.
Cuando tropezaba con un campesino, le preguntaba para cerciorarme del
camino. El camino era largo, pero la tarde lo era tambin. Fiaba en mis
piernas, y tena seguridad de llegar al santuario antes del crepsculo.

Cmo reiran mis amigos del Ateneo--iba pensando--si ahora me viesen
caminando como un peregrino para rezar una salve a la Virgen de
Arnzazu! Podra responderles que Descartes, el padre de la moderna
filosofa, hizo una peregrinacin al santuario de Nuestra Seora de la
Saleta, como accin de gracias, cuando termin una de sus obras. Pero
no; no les respondera nada. Cuando somos felices, nos parecen locos
los que argumentan contra nuestra felicidad. Yo era feliz creyendo en la
Virgen Mara.

Por qu asombrarse?--exclamaba en mis adentros--. No ha dicho Goethe,
con aplauso de todos, que el Eterno Femenino nos atrae al cielo? Pues el
Catolicismo cristiano haba expresado ya esto mismo, ensendonos que la
Virgen Mara nos conduce a Dios. El eterno femenino, que es la esencia
de la pureza y la humildad, se halla en el corazn de la Santa Virgen
elegida por Dios para madre del Verbo, y cuantas mujeres hay en el mundo
puras y humildes llevan en su pecho un pedazo del corazn de Mara. Si
Cristo es el alma de la religin, Mara es el perfume, es la perpetua
revelacin de una verdad que ha flotado siempre en el espritu humano, a
saber: que, en el Universo, la suprema piedad se identifica con la
suprema justicia.

As marchaba distrado, envuelto en una nube de pensamientos suaves.
Poco a poco, los caseros iban hacindose ms raros: caminaba ya en
plena montaa, y no encontraba ms seres vivientes que los pjaros. Mi
dulce monlogo prosegua. Me sent cansado al fin, y me dej caer sobre
el csped. La ola de mis pensamientos piadosos creca, me inundaba de
dicha. Record la bella efigie de Mara Inmaculada que mi madre haba
colgado a la cabecera de mi lecho infantil, y sacando la cartera, trac
las siguientes palabras:

Un estremecimiento de alegra corre por los cielos y la tierra. Los
vientos se callan. Las nubes se arrebolan. Los hombres caen de rodillas.
Por el ambiente se esparce aroma embriagador. De lo alto llega una
armona dulce y solemne.

Qu pasa?

Es que cruza la Virgen Mara. Legiones de ngeles la acompaan
extasiados de dicha. Sobre su inmaculada frente brilla una corona, y
todo su cuerpo va envuelto en radiosa luz.

Pero sus odos no escuchan las msicas celestiales, ni sus ojos ven ms
que al Eterno Padre, a quien se dirige. El Universo entero canta su
gloria. Slo Ella, en su profunda humildad, la ignora.

       *       *       *       *       *

Me levanto despus, marcho algunos minutos, y me doy cuenta de que he
perdido el camino, que no s adnde dirigirme. La tarde declinaba
velozmente, y si la noche me sorprenda en aquellos parajes corra
riesgo de no reposar en lecho blando. Qu importa!--me dije, sin la
menor inquietud--. La Virgen me acompaa. Por ella dormir con placer a
la intemperie.

Y, ms alegre todava que antes, prosigo mi marcha al travs de la
montaa. Al doblar un pequeo repecho vi una zagalita de catorce a
quince aos que se ocupaba en cortar ramaje para cama del ganado.

--Nia--le dije acercndome--, cul es el camino de Arnzazu?

Alz sus ojos serenos y dulces y comenz a hablarme en vascuence.

--No entiendo; no entiendo tu lenguaje.

De nuevo me habla en vascuence.

--No entiendo. Voy a Arnzazu.

--Ah! Bay, bay... Arnzazu.

Y cerrando su navajita, y guardndola en la faltriquera, me hizo sea de
que la siguiese.

Me emparej con ella y me puse a mirarla con curiosidad. Su perfil era
de una pureza virginal, como muchas veces suele verse en las imgenes
pintadas o esculpidas, aunque pocas en la realidad: llevaba un paolito
azul ciendo al estilo vizcano sus cabellos rubios; camisa de lienzo
tosco, y sobre ella, tapndole el pecho y la espalda, otro pauelo de
colores: la falda corta y los pies desnudos.

Yo la examinaba de reojo. Ella miraba al suelo. Intent hablar otra vez,
mas no siendo posible hacerme entender, me determin a caminar en
silencio. Pero aquel silencio me fascinaba, llenbame de una suave
inquietud, sin que acertase a comprender por qu me hallaba tan gozoso y
tan conmovido al mismo tiempo. Atravesamos bosques, donde ya comenzaba a
estar obscuro, subimos por senderos escarpados y solitarios. Y aquella
nia caminaba a mi lado confiada, segura, como si una legin de ngeles
la guardase. Un respeto profundo se iba apoderando poco a poco de m. El
corazn me palpitaba fuertemente. Qu pensamientos alados comenzaron
entonces a revolotear en mi cerebro? Perdonad que no os lo diga.

Despus de media hora de marcha, la zagala se apart bruscamente de m,
subi un poco ms arriba por la ladera y, extendiendo su brazo hacia una
cruz que se divisaba a lo lejos, dijo solamente:

--Arnzazu.

Me encamin hacia el santuario embargado por viva y extraa emocin, que
estaba a punto de rendirme y hacerme caer al suelo. Mis labios
murmuraban:

--Salve, Estrella de la maana! Salve, Madre Inmaculada!...

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LAS DEFENSAS NATURALES


EL toro, tiene cuernos para defenderse, o se defiende con los cuernos
porque los tiene? Goethe se atiene a lo ltimo, y con l casi todos los
naturalistas. En cambio, los providencialistas creen lo primero. El
asunto vale la pena de ser dilucidado, pero yo no tengo tiempo en este
instante.

Lo nico que dir es que no slo nuestras cualidades, sino tambin
nuestros defectos nos son tiles en algunas ocasiones.

Los animales todos utilizan los medios que poseen, fuertes o dbiles,
para la lucha con la Naturaleza animada o inanimada. El asno tira coces
porque no tiene garras, el corzo utiliza sus pies ligeros para huir, el
calamar su tinta para enturbiar el agua y ocultarse, y los insectos, que
no poseen otro medio de defensa, se hacen los muertos.

Por eso, nada tiene de extrao, digan lo que quieran, que Morales haya
utilizado en cierta ocasin la mala fama de que gozaba entre sus vecinos
y conocimientos.

Era andaluz, y haba llegado al pueblo en compaa de un ingeniero,
sirvindole de criado y de ayudante en sus trabajos de campo. Cuando el
ingeniero parti de la comarca, Morales se qued en ella. Logr que le
hiciesen sobrestante en las obras de una carretera, luego fu
destajista; gan algn dinero. Pronto fu un hombre conocido y hasta
importante entre el paisanaje. En diez leguas a la redonda no haba
quien bebiese, quien hablase ni quien mintiese tanto como l. Denunci
una mina de carbn, y se asoci con un pequeo propietario del pas
para beneficiarla. Dos aos despus los trabajos quedaron interrumpidos
y el propietario arruinado. Pero a Morales le vimos tan boyante despus
de la catstrofe. Compr un hermoso caballo de silla y comenz a hacer
una casa. Este fu el primer golpe serio que recibi su reputacin.

No mucho despus denunci otra mina de hierro. Hizo un viaje al
extranjero, y volvi en compaa de dos blondos ingleses que venan a
reconocerla antes de constituirse la sociedad que haba de explotarla.
Los ingleses eran expertos y la reconocieron con toda minuciosidad.
Morales no era tan experto, pero logr engaarles. Los obreros que los
acompaaban, amaestrados por l, llevaban en los bolsillos magnficos
ejemplares de mineral de hierro. Cuando los ingleses les ordenaban
arrancar en los diversos parajes de la mina algunos trozos, al
entregarlos, saban, como hbiles prestidigitadores, sustituirlos por
los otros.

Sin embargo, aquellos extranjeros comenzaron a dudar de la buena fe de
Morales, o porque advirtiesen sus procedimientos falaces, o porque algn
traidor se los denunciase. Arrojaron los pedazos de mineral extrados al
ro, y una maana, ellos mismos, provistos de pico y azada, se
dirigieron a la mina, arrancaron los trozos que juzgaron oportuno, los
metieron en un saco, lo precintaron escrupulosamente y se lo llevaron a
la fonda donde se alojaban. Morales se puso al habla con una de las
criadas, le di un billete de cinco duros, y pudo penetrar de noche en
el cuarto donde se hallaba el saco encerrado. Lo descosi por debajo,
sac las piedras minerales, introdujo otras, y de nuevo lo cosi.

Cuando el saco lleg a Londres en compaa de los emisarios, y fu
examinado por los tcnicos su contenido, caus profunda admiracin la
riqueza de aquel mineral, y desde luego qued constituda la sociedad
que haba de beneficiarlo. Se envi un director facultativo, y Morales
fu nombrado administrador gerente.

Grandes preparativos, mucha maquinaria, planos inclinados, pequeas vas
frreas para la traccin, lavaderos, cargaderos, etc., etc. Todo esto
dur ms de un ao. Cuando comenzaron los verdaderos trabajos de
explotacin no tard en averiguarse que aquella mina se compona de
pequeas bolsas, y que si el mineral era rico en alguna de ellas, en la
mayora vala muy poco. El resultado fu que, algn tiempo despus, la
sociedad se vi necesitada a suspender los trabajos, y los ingleses se
retiraron a su pas con enormes prdidas.

Perdi tambin Morales? Lejos de eso, se advirti claramente que su
fortuna haba crecido como la espuma. Compr un coche con dos caballos,
y viva como un hombre opulento. Los campesinos tasaban su capital en
ms de cien mil duros. Es posible que no fuese tanto. De todos modos,
con tal motivo, Morales fu considerado, no slo en el pueblo, sino en
toda la provincia, como uno de los hombres ms inmorales que jams se
hubieran visto. Fu unnimemente aborrecido y despreciado, pero se le
quitaba el sombrero de lejos.

As vivi feliz y respetado en la apariencia algunos aos. Pero las
leyes morales, vulneradas por su homnimo, exigan una reparacin, y al
cabo se les fu otorgada. Nuestro flamante capitalista tena un espritu
inquieto y ambicioso; no le bastaba el dulce bienestar que tan
inmerecidamente disfrutaba: apeteca ser un millonario. Vi la ocasin
de conseguirlo, quiso aprovecharla, y sucumbi.

A pocas leguas del pueblo donde habitaba exista un coto minero
compuesto de varias pertenencias que an se hallaban por explotar. Todo
el mundo se haca lenguas de aquel coto: se deca que eran las ms ricas
minas de carbn que haba en la provincia: los ingenieros y capataces
corroboraban este aserto. Morales supo que se hallaban a la venta y que
sus propietarios las tasaban en quinientas mil pesetas. No tena
bastante dinero para comprarlas, pero se traslad a la capital de la
provincia, habl con Miranda y con Ulloa, los dos banqueros ms ricos,
les hizo ver claramente las ventajas del negocio, y despus de repetidos
viajes y conferencias se decidi que las compraran entre los tres.
Morales aport doscientas mil pesetas, y ciento cincuenta mil cada uno
de los banqueros.

Miranda y Ulloa no eran dos cndidas palomas. Si algn smil pudiramos
extraer para ellos del reino animal, ms bien pudiramos compararlos a
dos zorros viejos. As, que a todo el mundo sorprendi que se asociaran
con aquel aventurero tan desacreditado y peligroso. Ellos sonrean
bondadosamente cuando se hablaba del asunto, y respondan que Morales no
era tan pcaro como la gente lo pintaba.

Sin embargo, no le concedieron la administracin del negocio, como
haban hecho los ingleses. Nombraron para este cargo a un yerno de
Ulloa. Adems, qued estipulado en el contrato de sociedad que cada uno
de los socios aportara, para comenzar los gastos de explotacin,
cincuenta mil pesetas, y otras cincuenta mil en el caso de que los
beneficios no bastaran a cubrir los gastos.

Ahora bien, setenta mil duros era todo el capital que posea Morales.
Lo saban Miranda y Ulloa? Hay que suponer que lo saban. Porque,
concludo el segundo dividendo pasivo, como las minas no diesen an lo
suficiente para cubrir los gastos de explotacin, se negaron a facilitar
ms dinero y suspendieron las obras.

Morales se mesaba los cabellos. Aquello era un absurdo. Todos los
tcnicos afirmaban que no haba otras minas ms ricas en la cuenca
carbonfera. Era seguro que antes de un ao comenzaran a rendir enormes
ganancias. Miranda sacuda la cabeza con un gesto escptico.

--Desengese usted, Morales. Hemos hecho un mal negocio. Confesemos que
nos hemos pasado de cndidos prestando confianza a los ingenieros. Los
negocios parecen siempre bien sobre el papel, pero en el terreno son
distintos. No hay ms que cerrar el portamonedas, y a pensar en otra
cosa.

Cerrar el portamonedas! Demasiado saban Miranda y Ulloa que el
portamonedas de Morales lo mismo poda estar ya abierto que cerrado.
Pero aparentaban ignorarlo y le trataban como uno de sus pares, esto es,
como un hombre que tuviese en reserva algunos millones. Si l quera
proseguir la explotacin por su cuenta, se celebrara entre ellos un
nuevo contrato, y les dara por tonelada extrada el tanto por ciento
que se conviniese.

Morales no quiso confesar su situacin. Hipotec la casa que haba
construido, y prosigui durante un corto tiempo la explotacin. Pidi
dinero despus en todas partes, y en todas partes le cerraron las
puertas. Las obras quedaron al fin definitivamente en suspenso.

Entonces Miranda le llam a su despacho, y en nombre suyo y en el de su
compaero Ulloa le propuso... (Cuesta trabajo decirlo! Pocas veces se
habr visto en el mundo una burla tan escandalosa.) Le propuso comprarle
su participacin en las minas por la cantidad de diez mil duros!
Morales quiso arrojarse sobre l: los dependientes del banquero se lo
impidieron. No pudieron estorbar que soltase por la boca todos los
eptetos que la fantasa andaluza y su educacin plebeya le sugirieron
en aquel instante. Como haba testigos, se le poda procesar por
injuria; pero Miranda era un hombre prctico y fro. Prefiri esperar, y
tomar una venganza ms sabrosa. Despus de todo, aquel desdichado tena
razn para enfadarse. Acababa de invertir, entre la compra y los
trabajos, ms de setenta mil duros.

Entonces comenz para Morales una poca bien aciaga. Sin dinero, sin
reputacin, sin amigos, pasaba la vida del uno al otro caf del pueblo
vociferando contra Ulloa y Miranda, narrando sus infamias. La gente le
escuchaba guindose el ojo. Todo el mundo comprenda que aquel hombre
haba cado en un pozo. En cuanto volva la espalda, soltaban a reir
alegremente.

Descaeci notablemente en su aspecto fsico. Andaba plido, ojeroso,
sucio, y ltimamente empez a darse a la bebida. Lleg a faltarle lo
necesario para vivir, y apel entonces a subterfugios y trampas que
estuvieron a punto de dar con l en la crcel. Si alguien le insinuaba
la idea de que aceptase los diez mil duros que le ofrecan Miranda y
Ulloa, eran de or sus blasfemias e imprecaciones!

Sin embargo, Ulloa y Miranda, cuando se les hablaba del asunto, dejaban
escapar una risita burlona y mostraban completa seguridad de que no
tardara mucho en venir a ellos con el sombrero en la mano demandando
las cincuenta mil pesetas.

Mas antes de que esto se realizase, lleg a la provincia un mster
Burke, representante de una poderosa Compaa inglesa, acompaado de su
secretario, llamado mster Smith, y recorrieron toda la cuenca
carbonfera. Cuando lo hubieron hecho minuciosamente, decidieron comprar
el coto de Santa Brbara, que era el de nuestros asociados, y se
presentaron a Miranda y Ulloa.

Miranda y Ulloa abrieron el ojo, presintiendo un buen negocio.
Comenzaron negndose a enajenar las minas. Eran las mejores que existan
en toda la provincia: no necesitaban decrselo, puesto que l mismo las
haba reconocido como tales por el hecho de gestionar su compra.
Terminaron pidiendo por ellas tres millones de pesetas.

Hubo largas conferencias, consultas a la casa, regateos y amenazas de
abandonarlo todo y marcharse. Ulloa y Miranda se mantuvieron firmes. Por
fin, mster Burke acept el precio. Se convino en celebrar el contrato
tres das despus, cuando la casa hubiera girado el milln y medio de
pesetas del primer plazo, pues haba de pagarse en dos, uno de presente
y otro a los seis meses.

Pero aquella misma tarde, antes que Ulloa y Miranda hubieran avisado a
Morales (y lo hacan con harto dolor de su corazn!), mster Burke les
llam a la fonda, y con semblante hosco y en espaol chapurrado les
dirigi este discurso:

Seores, tengo el sentimiento de anunciar a ustedes que nuestras
negociaciones quedan definitivamente rotas. Acabo de enterarme
casualmente de qu clase de persona es el socio que representa el
cuarenta por ciento en la propiedad de las minas. La casa cuyos
intereses gestiono no me perdonara jams el haberla rebajado hasta el
punto de celebrar contratos con un hombre que sin escrpulo alguno la
arrastrara a un pleito o la molestara por cuantos medios se le
ocurrieran. Nosotros estamos acostumbrados a tratar con personas
honorables, y desde el instante en que tenemos duda de la buena fe de
alguna nos apartamos inmediatamente de ella. Aqu no hay duda ninguna.
El socio de ustedes goza de una reputacin psima, se acumulan contra l
cargos gravsimos. Lo que ha hecho hace tiempo con algunos compatriotas
mos le hubiera imposibilitado, en cualquier otro pas que no fuese
Espaa, para seguir habitando en l.

Ulloa y Miranda quedaron consternados. En vano trataron de demostrarle
que, una vez celebrado el contrato, la casa nada poda temer de Morales.
Mster Burke se hizo el sordo. Se hallaba resuelto a abandonar el
negocio, con tanto ms gusto, cuanto que las minas seguan parecindole
carsimas.

Entonces los banqueros, en el colmo de la desesperacin, le ofrecieron
arreglar el asunto, quedndose ellos como nicos propietarios del coto
de Santa Brbara, si dilataba su marcha cuatro das. Mster Burke se lo
otorg. Le pidieron asimismo que no hablase con nadie del asunto durante
estos cuatro das. Mster Burke se lo otorg igualmente.

Enviaron acto continuo un emisario a Morales, con orden de traerle, si
fuese necesario, por los pelos. No fu indispensable. Morales se
present al da siguiente en el despacho de Miranda tan sucio y tan
torvo como sola andar en los ltimos tiempos. Miranda le acogi con
sonrisa afectuosa y campechana.

--Vamos a ver, Morales, nos hemos enterado de que usted persiste en la
idea de que Ulloa y yo hemos querido arruinarle intencionadamente, para
aprovecharnos de su ruina y quedarnos con las minas por un pedazo de
pan. Nos han dicho que en todas partes y ocasiones nos recrimina usted
con palabras insultantes. Es preciso que esto concluya de una vez.
Juzgamos el negocio malo, y hemos ofrecido a usted una cantidad que, en
realidad, parece irrisoria. Tal vez nos hallemos equivocados, y el coto
tenga un gran porvenir. El presente, bien lo sabe usted, no puede ser
ms desastroso. De todos modos, como usted ha hecho sacrificios enormes,
y para arrancar a usted de la cabeza la idea de que hemos pretendido
arruinarle, estamos dispuestos a sacrificar nuestros intereses
entregando a usted la cantidad que por las minas ha dado; esto es,
doscientas mil pesetas.

Morales permaneci silencioso y movi la cabeza lentamente, haciendo un
signo negativo.

--No acepta usted?--pregunt Miranda con sorpresa.

El mismo silencio y el mismo signo negativo.

Hubo una pausa.

--Pues qu es lo que usted quiere por su parte en el coto?

--Dos millones de pesetas--repuso Morales en el tono ms natural del
mundo.

Miranda se puso plido.

Este bribn lo sabe todo, se dijo inmediatamente. Por unos segundos se
miraron ambos a la cara en silencio y con los ojos muy abiertos.

--Si es broma, puede pasar--dijo al cabo el banquero riendo--. Ya s que
ustedes los andaluces las gastan muy alegres.

--Hablo en serio, don Rafa; usted no sabe lo que son esas minas, don
Rafa--repuso Morales en tono candoroso--. Si usted supiese qu tesoro
tenemos en ellas, no hubiera usted hecho lo que hizo, abandonar los
trabajos y dejar que algunas galeras se viniesen abajo y las mquinas
se echasen a perder. Yo estoy completamente seguro de que ms tarde o
ms temprano ese coto nos ha de hacer ricos a todos.

Miranda le clav una mirada penetrante, tratando de investigar si aquel
sujeto se estaba burlando, o nada saba de lo ocurrido.

El aspecto tranquilo, inocente, de Morales le asegur, aunque no por
completo.

--Vamos, no sea usted nio, Morales. Slo con una imaginacin tan
exaltada como la que usted tiene se pueden concebir esas locas
esperanzas. Deje usted la fantasa, vuelva a la razn, y acepte usted el
negocio que le proponemos, porque si ahora lo rehusa, acaso no vuelva
para usted la ocasin.

--Le repito, don Rafa, que usted no sabe lo que son esas minas. Hay
que haber odo a los capataces!, hay que haber visto trabajar a los
mineros!... Una seda!, un tarro de manteca, don Rafa!

ste sacuda la cabeza riendo, como si se tratase de las palabras de un
nio o de un loco.

De pronto el semblante de Morales cambi de expresin. Su frente se
contrajo, sus ojos relampaguearon, su voz temblaba de indignacin.

--Parece mentira, don Rafa, parece mentira que usted y su compaero
Ulloa sean dos personas apreciadas y respetables! Despus de haberme
dejado en la miseria, despus de haberme puesto entre la espada y la
pared, ahora que Dios quiere sacarme de la ruina y hacerles a ustedes
tambin un favor, todava intentan ustedes engaarme miserablemente y
despojarme de lo que me pertenece!... Que eso lo hiciese un petate como
yo, poda pasar; pero un senador!, un millonario!

Miranda tena la cara dura, pero as y todo le salieron los colores a la
cara.

--Puesto que usted lo sabe todo--manifest al cabo con enfado--, no hay
ms que hablar. Sin embargo, debo advertirle que la casa inglesa que
desea adquirir las minas no quiere tratos con usted.

--Es igual--repuso tranquilamente Morales--. O conmigo tiene que tratar,
o no puede adquirirlas. Por tanto, ustedes me darn los dos millones de
pesetas.

A pesar de su calma habitual, Miranda experiment una terrible
sofocacin, que contrajo y encendi su rostro de modo alarmante. Por un
momento pudo temerse que le iba a dar una apopleja. Dej escapar unas
cuantas interjecciones que no suelen oirse en el Senado; pero, al fin,
logr dominarse y discutir el asunto con relativa tranquilidad.

Morales no insisti mucho tiempo en los dos millones de pesetas. Despus
de disputar algunos minutos se avino a percibir el cincuenta por ciento
del precio, esto es, milln y medio. Y como esta cantidad no la
recibira sino en dos plazos, porque as entregara el precio la casa
adquisidora, se convino, por fin, en que Ulloa y Miranda le comprasen su
parte por un milln doscientas mil pesetas, entregado en el acto de
celebrarse el contrato.

Celebrse ste en la maana del da siguiente. Morales cobr el cheque
del Banco y se parti.

Ulloa y Miranda se dirigieron acto continuo a la fonda donde se alojaba
mster Burke. El dueo del hotel les enter de que mster Burke y mster
Smith, despus de pagar su cuenta, haban salido en el rpido de las
once.

Esta vez la apopleja no se content con amagar. Miranda cay al suelo.
Le transportaron a casa, y aunque sali del ataque, toda su vida renque
un poco de la pierna derecha y habl con ms dificultad. Ulloa, que no
era sanguneo, sino bilioso, pag el disgusto solamente con un fuerte
clico.

Ambos eran envidiados y aborrecidos en la ciudad, como suele serlo todo
el que se eleva sobre los dems. As, que el ingenioso artificio de
Morales, o el _timo del ingls_, como se deca, produjo en toda ella una
risa indescriptible. Han pasado veinte aos desde entonces, y yo creo
que todava estn riendo.

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PITGORAS


Entre los muchos filsofos con quienes tropec en las casas de huspedes
que he recorrido mientras segu la carrera de Ciencias, ninguno ms
enamorado de la Filosofa que mi amigo Amors. Puede decirse que no
viva ms que para esta dama de sus pensamientos. El duro catre de la
patrona, sus garbanzos no mucho ms blandos, sus albondiguillas, sus
insolencias, eran para l sabrosas penitencias que ofreca en holocausto
a su adorada Metafsica. Los dems murmurbamos; a veces rugamos de
dolor e indignacin: l sonrea siempre, no comprendiendo que se diese
tanta importancia a que las sbanas nos llegasen a la rodilla o un poco
ms abajo, que el agua de la jofaina tuviese cucarachas, y otras
nieras por el estilo.

Primero faltara el sol en su carrera que l a sus ctedras de la
Universidad, y el que quisiera poner el reloj en hora no tena ms que
atisbar sus entradas y salidas en el feo y sucio portal de la Biblioteca
Nacional. Unas veces lea a Platn, otras a Aristteles; pero el mayor
filsofo, a su entender, que haba producido el mundo era Krause, porque
haba resuelto el problema de armonizar el pantesmo con el tesmo por
medio de una lenteja esquemtica, que nos mostraba posedo de profunda
admiracin. Intil es decir que a los que estudibamos Derecho, o
Ciencias, o Farmacia, nos despreciaba, mejor dicho, nos dedicaba un
desdn compasivo que a algunos haca reir, y a otros montar en furor.
Porque ramos seis o siete los que, bajo el yugo ominoso de doa Paca,
estudibamos en aquel cuarto tercero de la plaza de los Mostenses
diversas carreras liberales. De su desdn nos vengbamos llamndole
siempre Pitgoras, negndole la existencia del espritu, y pellizcando
en su presencia a la domstica que nos serva a la mesa. Esto ltimo era
lo que ms desconcertaba al bueno de Amors, que era casto como un
elefante y se enfureca de que se tomase a la Humanidad como medio, y no
como fin.

Hay que decir que el pobre Pitgoras haba tenido que padecer graves
persecuciones de la familia por esta su mana de filosofar. Destinbalo
su padre all en Pamplona, donde resida, al noble arte de la
peluquera, que l mismo cultivaba, no sin brillo. Amors se neg con
obstinacin a rapar barbas y cabellos, creyndose destinado por la
Naturaleza a investigar los principios esenciales de las cosas. Ni los
ruegos de su madre, ni las burlas de los parroquianos, ni los
zurriagazos de su padre lograron disuadirle. Arrojronle de la casa:
vag algunos meses medio desnudo y hambriento por la ciudad. Por fin,
una prima de su padre, mujer devota que posea algunos ahorros, lo
recogi, y oyendo que su sobrino tena ganas de estudiar, y ser hombre
de carrera, se oblig a pagrsela, envindole a Madrid, pero a condicin
de que, una vez licenciado, tomara las rdenes y se hara sacerdote.

De lo que menos se acordaba Amors era de la promesa que haba hecho a
su ta. Estudiaba firme, es cierto, pero slo por el placer de averiguar
quin haba hecho el mundo, cmo y por qu lo haba hecho, y, en ltimo
resultado, si este mundo tena una realidad absoluta, o slo relativa.
En cuanto a lo de vestir sotana, parecale que era hacer traicin al
librepensamiento y romper de una vez y para siempre con Krause. Nadie le
hara cometer tal felona.

Mas si el sobrino no se acordaba de la promesa que haba hecho a su ta,
sta la recordaba admirablemente. Y como ya haca cuatro aos que le
pagaba su cortsima pensin (imposible vivir con ella otro hombre que no
fuese Amors), y como nada hablaba de seminario ni de rdenes, empez a
desazonarse, vino a Madrid, averigu que su sobrino, aunque de conducta
intachable, era grande amigo de algunos profesores herejes que enseaban
en la Universidad, entre ellos de un cura apstata, y, alarmada y
enfurecida hasta un grado indecible, se volvi a su pueblo despus de
maldecirle.

Aquella noche observ que Amors haba llorado. Era hombre sensible, de
nimo apocado, y las consecuencias de tal escena harto graves para
cualquiera. Su ta alz la pensin: no le quedaba al msero otra
disyuntiva que fenecer de hambre o irse a Pamplona a pelar barbas. Se
pasaron varios das. Amors se hallaba profundamente triste y
preocupado, pero no por eso dejaba de asistir puntualmente a sus
ctedras. Cuando lleg el fin del mes, escuch en su cuarto fuertes
gritos de doa Paca, que, sin duda, le reclamaba el pupilaje. Al otro
da escuch gritos ms altos an, y al otro, cuando llegu a las once de
mi ctedra de Qumica, vi un corro de gente delante de la casa y algunos
guardias. Pitgoras se haba dado un tiro en su cuarto con el revlver
de un teniente que con nosotros se hospedaba. Sub la escalera a saltos,
y me encontr a mi pobre amigo yacente en su lecho y rodeado de los
huspedes, del mdico y de doa Paca, que se port en aquella ocasin
mejor de lo que hubiramos presumido. Amors, segn la declaracin del
mdico y lo que pudimos observar, no estaba muerto: respiraba y dejaba
escapar dbiles gemidos, pero no recobr el sentido hasta algunas horas
despus. La bala estaba alojada en los huesos del crneo; una vez que
cediese la fiebre, se le podra salvar mediante una operacin. Doa Paca
no quera que lo llevasen al hospital, pero el mdico la convenci de su
necesidad, porque la operacin era costosa y los cuidados harto
delicados para una casa de huspedes.

Lo llevaron, pues, al hospital, y yo puse un telegrama pattico a su
ta, que se present dos das despus. La pobre mujer, juzgndose
causante de aquella desgracia, estaba inconsolable, y no me cost
trabajo persuadirla de que siguiese concediendo la pensin a su sobrino,
sobre todo cuando le insinu la amenaza de que ste volvera a darse
otro tiro en el caso de que no lo hiciese. Tanto le espant la idea, que
hasta me prometi subirle el sueldo. A menudo iba a verle, y nosotros
tambin, y slo cuando la operacin se efectu felizmente, y estaba ya
en plena convalecencia, se decidi a regresar a Pamplona.

Dos meses despus Pitgoras se hallaba entre nosotros disfrutando de los
amenos garbanzos de doa Paca. Pero Pitgoras ya no era Pitgoras, esto
es, ya no era un hombre que mirase al lado permanente de las cosas. Su
enfermedad le haba arrancado, no solamente la aficin al estudio, sino
tambin aquel respeto acendrado y veneracin que profesaba a la
Metafsica y a todos los que con brillantez la haban cultivado. Empez
rindose de los profesores krausistas de la Universidad, y concluy por
ir con el teniente de jolgorio por las noches. Por fin, un da me
declar en la mesa que estaba resuelto a dejar la carrera de Filosofa y
Letras y emprender la de Veterinaria, para lo cual contaba ya con la
autorizacin de su ta.

Aquel repentino cambio de sus ideas y conducta nos sorprendi a todos,
pero ms a m que a ninguno. Aunque profano a la Metafsica, me agradaba
orle cuando disertaba sobre los problemas capitales de la existencia,
porque hablaba correctamente y pareca versado en todas las ciencias, y,
adems, tenan sus discursos un dulce sabor idealista conforme con mis
tendencias. Por eso, una tarde que estbamos en el caf bebiendo una
botella de cerveza mano a mano, me aventur a preguntarle:

--En qu consiste, amigo Amors, que te veo tan cambiado de poco tiempo
a esta parte? Antes asistas a tus ctedras con puntualidad, y ahora
pareces muy descuidado. Antes pasabas las horas en la Biblioteca
tragando libros, y ahora te agrada ms venir con cualquiera de nosotros
al caf. No hace siquiera tres meses idolatrabas a tus profesores de la
Universidad, y ahora te burlas de ellos.

Amors se encogi de hombros y dej escapar un leve bufido displicente.

--Psch... Estoy cansado de la Filosofa...

--Y ese cansancio, te ha acometido repentinamente?

--S, repentinamente.

--Es extrao!

Amors qued silencioso, como si le molestasen mis preguntas, y cambi
de conversacin. Pero no tard en quedar otra vez silencioso y
taciturno. Al cabo de un momento, me dijo con cierta solemnidad, que me
sorprendi:

--Si me prometes guardarlo fielmente, te confiar un secreto que hasta
ahora no ha salido de mis labios.

--Puedes estar seguro...

--Sobre todo a los compaeros de la casa, entiendes?... Bastante se han
redo de m.

Yo me llev la mano al pecho, prometiendo eterno silencio.

Amors bebi lo que quedaba en el vaso y, limpindose los labios con el
pauelo, comenz a hablar de esta suerte:

--Has de saber, amigo, que yo he estado en el otro mundo... (Si haces
esas muecas, dejar de hablar...) No s cunto tiempo he estado, pero
certifico que he estado. Cuando me d el tiro en la frente perd el
conocimiento, como todos sabis, y estuve unas cuantas horas sin l...
En efecto, no o el disparo siquiera, pero al cabo de un instante
despert trabajosamente de mi sopor y pude darme cuenta de que estaba
vivo y pensaba, pero me hallaba en completa obscuridad. Ya podrs
comprender el terror y la angustia que se apoderaran de m. Quera
gritar, y no poda; quera moverme, y tampoco. Por fin, al cabo de algn
tiempo, percib una luz lejana, muy lejana, all en lo profundo, y
entonces me fu dado levantarme y bajar hacia ella. Oa al mismo tiempo
un dbil rumor de voces extraas que tan pronto semejaban las notas de
un piano, como palabras de clera, risas y lamentos... Entonces me dije
sin vacilar: Estoy en el otro mundo. Por caso extrao, esta idea, ni
me horroriz, ni me entristeci siquiera. Me puse a caminar, como te
digo, hacia aquella luz tan lejana, y observ que, segn iba
descendiendo, las voces extraas que haba odo se iban haciendo ms
distintas. Era un rumor de muchedumbre que se agita y habla, pero no
como se agitan y hablan las muchedumbres en la tierra, sino de un modo
musical; pareca como si recitasen al piano alguna poesa. Acerqume
ms; la luz se iba haciendo cada vez ms intensa, y al cabo de un
momento llegaron a mis odos algunas palabras sueltas; despus, frases
enteras. No somos nada; no somos nada!, o repetidas veces...

Al llegar aqu Amors, me cost trabajo contener la risa, pero la
contuve. Doa Paca, cuando su husped estaba yacente, sin dar seales de
vida, haba repetido diferentes veces la misma exclamacin mientras un
pianillo tocaba en la calle los aires de las zarzuelas ms conocidas.

--El camino que yo llevaba se iba esclareciendo. Era un tnel estrecho
cubierto de estalactitas que brillaban como diamantes. Por fin
desemboqu en una gruta inmensa, de una techumbre cuya altura me pareca
prodigiosa. Esta techumbre era toda fosforescente y esparca una
claridad suave por el recinto, cuyos lmites no alcanzaba a distinguir.
Vi unos hermosos jardines adornados de fuentes y estatuas, bosquecillos
de naranjos y limoneros, y percib un aroma embriagador, en el que
predominaba la violeta...

(No pude menos de recordar que doa Paca le haba rociado las sienes con
esta esencia.)

--Una muchedumbre hormigueaba por aquellos jardines, paseando unos,
formando corro otros, y todos hablando. Vestan los all congregados de
muy diverso modo: haba persas, hebreos, griegos, egipcios, romanos,
caballeros de la Edad Media y ciudadanos de la presente. Pareca un
baile de trajes. Me acerqu a dos rabes que venan discutiendo con
calor, y les pregunt cortsmente: Estoy en los Campos Elseos,
verdad? As es, amigo--me respondi uno de ellos--, y sta es la
morada feliz de los filsofos. Ms all se extienden los jardines de los
poetas y los msicos. En efecto, a lo lejos se oa siempre msica
deliciosa. Una alegra inmensa se apoder de m. Me hallaba para siempre
en los Elseos, y el Eterno me haba colocado en el sitio que yo hubiera
elegido. Frotndome las manos de gozo, me puse a recorrer aquellos
encantadores campos, siempre verdes, esmaltados de flores, ricos en
amenas florestas y en sazonados frutos, que pendan de los rboles
dulces y perfumados, ostentando vivos colores. Todos los rostros que
encontraba expresaban dulce serenidad, y en todos los ojos brillaba una
dicha inmortal. Como ya te he dicho, los filsofos formaban a veces
corrillos ms o menos grandes, y, por lo que pude observar, era para
escuchar la palabra de alguno ms sealado. Me acerqu prontamente al
corro que me pareci ms numeroso, y vi en seguida que se compona de
griegos en su mayor parte. Todos escuchaban con atencin y aplaudan a
un hombre que hablaba sobre un pequeo pedestal. Tena este hombre el
torso atltico, la frente espaciosa, la mirada imponente. Su palabra
flua sosegada y majestuosa de su boca, y con tal gracia y correccin
que en cuanto escuch algunas me dije sin vacilar: Este es Platn.
Abrme paso como pude hasta aproximarme a l, y escuch.

--Acaso, hijos mos, pensarais que lo intelectual puede separarse de
lo corporal? Jams, jams esto puede acaecer, porque lo intelectual y lo
corporal son dos aspectos de la naturaleza humana obrando y reobrando
profundamente el uno sobre el otro. El antagonismo artificial que una
falsa filosofa dualstica y teolgica haba creado entre el espritu y
el cuerpo, entre la fuerza y la materia, ha desaparecido ante el
progreso de las ciencias naturales. Esa alma de que nos sentimos tan
orgullosos no viene de un falso cielo mitolgico en quien nadie cree ya;
tiene un origen animal, se desenvuelve necesariamente con el cuerpo, y
es el resultado de una larga evolucin de los elementos primordiales de
la materia. La aparicin en la Naturaleza de un nuevo cuerpo, ya sea un
cristal, un infusorio o mamfero, no significa otra cosa sino que
diversas partculas materiales, que preexistan bajo cierta forma, han
adoptado, a consecuencia de modificaciones sobrevenidas en las
condiciones de su existencia, una nueva forma, otro modo diverso de
agruparse. Nosotros no conocemos el origen de esta materia, pero s
sabemos de un modo evidente que ni una sola molcula puede aadirse o
arrancarse a ella, y que por s misma es el origen de todo lo que vemos,
de todo lo que tocamos, de todo lo que pensamos y de todo lo que
sentimos...

--Este no es Platn!--exclam yo entonces en voz alta, sin darme
cuenta de lo que haca.

--Silencio, silencio!--o gritar por todas partes--. Dejad hablar al
divino Platn!

Y cien miradas iracundas se clavaron en m. Aljeme de aquel sitio, y
me dirig a otro crculo menos numeroso, donde peroraba un viejo de
aspecto noble, vestido con sencillez a la moda del siglo XVII.

--Es preciso que os persuadis, seores--deca el viejo--, de que el
conocimiento metafsico, esto es, el conocimiento de la esencia y de la
ltima razn de las cosas, no es posible sino por las ideas, y que el
problema de las ideas es el problema fundamental de la ciencia. No
examinemos este problema desde el punto de vista puramente psicolgico,
porque esto sera mutilarlo. Buscar el origen de las ideas en la
sensacin conduce indefectiblemente al materialismo ms grosero.
Tratemos de averiguar lo que significan las ideas, cul es su valor
ontolgico y objetivo, sea que se las considere en s mismas, o en su
relacin con las cosas. Yo os afirmo, seores, que sin el idealismo no
hay verdadera ciencia. Toda doctrina que no sea idealista, concluye
necesariamente en la negacin del conocimiento. Cul es la condicin
esencial de la ciencia sino el estar fundada sobre leyes inmutables,
sobre principios necesarios y absolutos? Que se supriman los principios,
y no quedar ms que el fenmeno, esto es, un elemento contingente,
relativo, que, no bastndose a s mismo, tampoco puede proporcionar una
base firme e invariable al conocimiento...

--Quin es este viejecito tan simptico?--pregunt en voz baja a uno
que tena cerca.

--Cmo! No conoce usted a mster Locke, al ms grande de los
filsofos ingleses?

--Locke!--exclam yo a mi vez, en el colmo de la sorpresa. Y me alej
de all persuadido de que aquel viejo era un farsante como el otro que
haba suplantado a Platn.

En el centro de otro grupo numeroso vi a un hombre, anciano tambin,
con el pecho cubierto de bandas y condecoraciones, que peroraba con
palabra solemne. Hablaba en latn, como el otro. Ya sabes que yo conozco
regularmente esta lengua, y, por tanto, nada tiene de particular que
comprendiese lo que decan. Pero Platn, o el falso Platn, hablaba en
griego, y, a pesar de no tener ms que un conocimiento muy superficial
de este idioma, le entenda igualmente a la perfeccin. Esto es
maravilloso, y me convence ms y ms de que, en realidad, me he hallado
en la regin de los muertos.

--El solo hecho psicolgico--deca el anciano de las
condecoraciones--que sea primitivo e irreductible, es la sensacin. La
idea no es ms que una sensacin continuada o debilitada. La volicin no
es ms que un movimiento producido por la sensacin dominante. La
libertad, esto es, el poder determinarse a s mismo, pura ilusin; todo
se encadena en nosotros segn las leyes de sucesin uniformes. La
espontaneidad y la actividad slo son apariencias que se reducen a
sensaciones sucesivas. Cuando creemos percibir en nosotros una accin
motora de nuestros rganos no percibimos, en realidad, ms que una
sensacin de movimiento que sucede a un sentimiento de deseo.
Igualmente, cuando pensamos ejecutar un acto de voluntad independiente
no hay en nosotros sino un deseo ms fuerte o una idea ms poderosa
seguida de ejecucin. Siendo, pues, la esencia de la vida sensacin, y
nada ms que sensacin, los fenmenos placer y dolor es lo nico que en
ella importa. Sensaciones dolorosas o placenteras, sta es nuestra vida,
sta es la vida del mundo. Pero el placer es negativo, mientras el dolor
es positivo. El placer se origina de una necesidad satisfecha, esto es,
de la desaparicin de un dolor; pero como la satisfaccin que el ser
experimenta con esta desaparicin no puede ser permanente, pues apenas
satisfacemos una necesidad otra nace en seguida, podemos afirmar que el
dolor es la verdadera esencia del mundo. El mundo ms perfecto es aquel
en que las sensaciones son ms complicadas y ms intensas; luego el
mundo ms perfecto ser el ms doloroso. El ltimo mundo, creado por
Dios, ser, pues, el peor de todos. Nosotros, en la tierra que ya
dejamos, hemos vivido en el peor de los mundos posibles...

No necesit escuchar ms, supuesto lo que me haba acaecido con los
otros. As, que dije al que tena a mi lado:

--Este es el barn de Leibnitz.

--Justamente--me respondi.

 Apartme de aquel grupo, cada vez ms confuso y asombrado, y comenc a
dar vueltas por los amenos jardines, sin pretender acercarme a ningn
otro. Viendo cruzar a mi lado un griego, de rostro agradable y franca
mirada, me aventur a dirigirle la palabra (en griego, por supuesto).

--Amigo, si tienes espacio y no te molesta conversar con un recin
llegado, yo te ruego que me saques de la confusin y perplejidad en que
me hallo. Acabo de escuchar a tres de los ms grandes filsofos que
hemos tenido all en la Tierra, y los tres han expresado ideas
contrarias a las que en vida sostenan. Qu significa esto?

--Con todos te pasar lo mismo--me respondi sonriendo--. Los filsofos
que aqu llegan, cambian de opinin y se pasan resueltamente a la
opuesta en un perodo que flucta entre los ochenta y cien de vuestros
aos. Algunos, mucho primero. Ah tienes un poco ms lejos a
Schopenhauer, que, recin venido, no cesa de cantar himnos a la vida y
de narrarnos prolijamente lo bien que lo pasaba en ella con su flauta,
con sus libros y sus fciles conquistas.

--Te digo, en verdad, que esto es asombroso.

--Pues en verdad te digo tambin que no hay motivo para que te
asombres. Qu; no has observado all entre los mortales cmo los
filsofos, si Dios les otorga larga vida y acomodo para filosofar, van
modificando lentamente sus ideas? No hablemos de los nuestros, que
apenas conocis, si se exceptan Platn y Aristteles. Dirige una mirada
hacia los tuyos. Es lo mismo Kant en sus primeros tiempos que en los
ltimos? Pregntaselo a Schopenhauer. Es el mismo Fichte en la
_Doctrina de la Ciencia_ que en el _Mtodo para la vida feliz?_ No ha
modificado Schelling profundamente sus opiniones en los ltimos
escritos? Y Goethe, hablando en su vejez con tal benevolencia del
Cristianismo, es el furioso irreconciliable enemigo de la Cruz que en
su juventud? Por fin, vivo est todava el filsofo ms notable que hoy
tenis, Herbert Spencer, y sabes bien que ya no es, ni mucho menos, el
materialista intransigente de sus primeras obras. As, pues, amigo, deja
de admirarte de que aqu esos grandes filsofos hayan cambiado de
opinin hasta pasarse a la contraria, porque en la Tierra, de haber
continuado viviendo, hubiera acaecido otro tanto ms tarde o ms
temprano. Si hay cambio, si hay modificacin, por leve que sea, a la
larga, los resultados sern enormes. Ya ves que el alzamiento de una
pulgada en el espacio de un siglo en el fondo del mar ha causado la
aparicin de nuevos y grandes continentes... Mira--aadi con su fina
sonrisa enigmtica--, se es el nico ser que no cambia jams.

 Volv los ojos hacia donde me sealaba, y acert a ver una gran
estatua de bronce que representaba la Fe sobre alto pedestal. En las
gradas de este pedestal vi tambin algunos hombres que parecan dormir.

--Qu hacen ah esos hombres tumbados a los pies de la
estatua?--pregunt a mi interlocutor.

--Esperan tranquilamente a que se le caiga la venda de los ojos;
esperan que llegue el da en que, como dice vuestro Malebranche, la fe
se convierta en inteligencia.

A m me atac en aquel instante un fuerte deseo de dormir tambin. Me
acerqu a ellos, me acost a su lado, y qued traspuesto... El vivo
dolor que me produjo la sonda del mdico al hacerme la cura fu lo que
me despert, trayndome de nuevo a la vida.

Call Amors, y yo tambin guard silencio, meditando sobre su relato.
Al cabo, mi compaero profiri, alzando los hombros con ademn
desdeoso:

--Para qu estudiar Metafsica a sabiendas de que lo que hoy juzgas
verdad te parecer maana mentira?

No repliqu, porque me hallaba profundamente preocupado. Al fin, dej de
pensar en aquellas arduas cuestiones, y le pregunt maliciosamente:

--Dime: tu gran maestro Krause, haba cambiado tambin de opinin?

--Krause!--exclam mirndome con los ojos muy abiertos--. Sabes que he
preguntado a mucha gente, y nadie me ha dado cuenta de l? Nadie le
conoca!... Es curioso, verdad?--aadi soltando una carcajada.

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EXPERIENCIAS Y EFUSIONES


Los nios escuchan con prevencin y hostilidad los consejos de los
maestros. En cambio, una palabra sensata, vertida por un compaero en
medio de sus juegos, suele hallar eco en su alma.

Sern distintos los hombres? No lo s; pero yo, cuando quiero insinuar
una verdad, lo hago ponindoles familiarmente la mano sobre el hombro y
dicindosela al odo.

       *       *       *       *       *

Nuestra sociedad est hecha de una materia tan fluida, que los cerebros
llenos se van al fondo. Slo pueden flotar los huecos.

       *       *       *       *       *

Si con sinceridad se observa uno a s mismo, conviene fcilmente en que
el mvil interesado es el ms poderoso, el ms absorbente, el que unas
veces presentndose con la cara descubierta, otras ocultndose detrs de
velos espesos, decide de _casi_ todas nuestras acciones. Pero en este
_casi_ se encuentra la llave que nos abre el santuario de la verdad. Por
dicha, hay actos que, como valerosos pajaritos, se escapan y burlan
algunas veces las garras del buitre y vuelan al cielo. Y cuando uno de
estos pajaritos logra burlar al ladrn, los genios invisibles que
guardan y presiden nuestra vida estallan en aplausos. Todo hombre los
escucha y su corazn late alegre y triunfante.

       *       *       *       *       *

El pasado no nos pertenece; el porvenir, tampoco. Agarrmonos al
presente, que es nuestra propiedad. Si gozamos, pensando que es _por
algo_; si sufrimos, pensando que es _para algo_.

       *       *       *       *       *

Hay que respetar en todo hombre la _posibilidad_, no la _realidad_, que
en la mayora de los casos no existe.

       *       *       *       *       *

Cuando nos hayamos elevado a nosotros mismos, podremos elevar a los
dems. Cuando nos hayamos hecho felices a nosotros mismos, podremos
hacer felices a los dems. Y todava es condicin precisa que nuestra
accin sobre ellos no sea violenta y afanosa.

El poeta Shelley, de naturaleza ardiente y generosa, aspiraba a hacer
felices a los hombres a toda costa. Lucha impetuosamente contra las
preocupaciones e injusticias, esparce su actividad y derrocha sus
fuerzas sin conseguir resultado alguno. Por el contrario, en el fragor
de la batalla escandaliza y hiere a muchas buenas almas; hace derramar
lgrimas a las personas ms queridas: ltimamente, su misma esposa,
abandonada por l, se suicida en un acceso de celos.

El poeta Goethe, de temperamento ms egosta, por su actividad continua
y serena, por el hbil aprovechamiento de las facultades con que Dios le
haba dotado, sin pensar mucho en los dems, les hace, sin embargo, ms
felices. Su influencia benfica no slo se ejerce sobre los que le
rodean, sino que se extiende al travs de las generaciones.

       *       *       *       *       *

La vida es un misterio; pero tiene un resorte por donde se descubre,
como los tesoros de los cuentos rabes. El hombre bueno aprieta el botn
sin vacilar y penetra en el palacio encantado. El egosta pasa la vida
tanteando y no logra dar con el secreto.

       *       *       *       *       *

He observado que los que son locos en las palabras lo son menos en las
acciones, y viceversa, los que parecen cuerdos en sus discursos, obran
algunas veces como dementes.

Ser que a todos los humanos nos haya tocado una cantidad igual y
determinada de locura, que cada cual distribuye a su modo?

       *       *       *       *       *

No tomes demasiadas posiciones en la vida, porque de todas te arrojar
pronto el enemigo. Clava tu tienda en cualquier paraje y espera
tranquilo el toque de retirada.

       *       *       *       *       *

El hombre serio es quien triunfa _en_ la vida; pero el hombre que no es
serio es quien triunfa _de_ la vida.

       *       *       *       *       *

Asciende si puedes con la inteligencia y el corazn a las ms altas
cimas, pasate sobre las crestas nevadas, comuncate con las nubes y las
aves del cielo. Para vivir escoge la falda de la montaa.

       *       *       *       *       *

En la guerra contra la estupidez es menester conducirse como hbil
general. Atacndola de frente, hay seguridad de ser arrollado. Se toman
posiciones, se combinan movimientos, se la ataca por los flancos, se la
pica por la retaguardia, y entonces es posible obtener buen resultado.

       *       *       *       *       *

Conoc a un general a quien, despus de hallarse largos aos
obscurecido, se le confi de pronto un mando importante. Rebosando de
alegra y entusiasmo se viste el uniforme para dar las gracias a la
reina. Mas de pronto observa que apenas puede marchar: una viva
molestia en los pies le advierte de que la gota le tiene encadenado.

--Oh, Dios mo!--exclama, dejndose caer en un silln--. Qu
desgracia! Mi carrera ha concludo!, Pobre de m, que viva confiado
sin saber que tena ya al enemigo dentro de la plaza!

Y maldice de su suerte, vomita imprecaciones contra la gota fatal, y se
lamenta en altas y terribles voces.

La familia desolada rodea su silln sin atreverse a proferir una
palabra. De pronto uno de sus ayudantes, que tiene la vista fija en sus
pies, exclama:

--Pero, mi general, si lleva usted las botas cambiadas!

En efecto; el general se descalza, pone las botas en su sitio, y se
siente de nuevo feliz y triunfante.

A todos los hombres nos pasa en la vida algunas veces lo que a este
general. Cualquier circunstancia adversa nos abate, nos sume en la
desesperacin o en el tedio. Pero cambiamos de postura, nos vamos a otro
lugar, hablamos con un amigo que nos demuestra que nuestra desgracia es
pura aprensin, depende de la fantasa, y repentinamente el tedio se
disipa, y nos encontramos otra vez satisfechos y activos.

       *       *       *       *       *

Para estimar a un hombre, es menester que l no se estime demasiado a s
mismo.

       *       *       *       *       *

El principio de variedad en el Universo, considerado en s mismo, no
slo es una desgracia, sino que resulta odioso. No de otro modo podemos
explicarnos la vergenza que acompaa siempre a los placeres venreos.
Considerado como medio de volver a la unidad y producir la armona, es
infinitamente bello y amable. El nio, que apenas parece desprendido de
las manos del nico, nos conmueve, nos interesa de extraa manera: su
egosmo nos causa alegra. Unido todava irremediablemente a las
fuerzas generales de la Naturaleza, se considera el ser total y
absoluto. Mas cuando averiguamos que no somos todo, sino partes
infinitamente pequeas y despreciables, seguir amndonos a nosotros
mismos eso es lo ridculo y lo odioso. Por eso el egosmo del viejo nos
parece repulsivo. A ste le exigimos que sacrifique su independencia
volviendo los ojos a la eterna Unidad. El nio es la meloda que se
lanza al espacio pura y vibrante. El viejo es el acorde que resuelve el
sublime contraste volviendo al tono fundamental.

       *       *       *       *       *

Toda msica, en el fondo, no es ms que la expresin de un sentimiento
religioso. Si no lo expresa, no merece llamarse msica; y si lo expresa
y le aaden palabras impuras, como en ciertas peras, se realiza una
triste profanacin. Es una vestal a quien por fuerza se introduce en un
lupanar.

       *       *       *       *       *

En los momentos crticos de la vida una mana puede salvarnos.

Fu a visitar en cierta ocasin a un personaje poltico que acababa de
perder a su hijo. Era hombre sensible y cariossimo padre: su dolor,
inmenso, desesperado. Le rodeaban en aquellos momentos aciagos amigos
ntimos y compaeros de Parlamento. Pues, sin saber cmo, lleg a
entablarse una discusin poltica, y le vi tomar parte en ella con
extraordinario calor, olvidndose en un punto de que el cadver de su
hijo an no haba salido de casa.

Conoc otro hombre de negocios que, aunque tena para ellos disposicin
maravillosa, perdi en una operacin burstil toda su fortuna. El da en
que se declar la quiebra se hallaba por la noche en el comedor de su
casa con su familia y los pocos amigos que fuimos a verle. Se comentaba
el amargo suceso. Los individuos de su familia se mostraban abatidos y
silenciosos; l estaba locuaz y quera a todo trance persuadirnos de
que el negocio estaba perfectamente calculado, y que l haba tomado
todas las disposiciones conducentes para que saliese bien. Sac papel y
un lpiz, y por ms de una hora estuvo trazando cifras y ejecutando
operaciones matemticas. Cuando nos hubo demostrado que no haba habido
equivocacin por parte suya, y que el negocio haba fallado nicamente
por un cmulo de circunstancias fortuitas, su faz resplandeca de
satisfaccin: pidi la cena, y nunca le vi comer con ms apetito.

Por ltimo, tropec una vez en la calle con un amigo mo, famoso
escritor y trabajador infatigable. Vena conducido por un criado, pues
haba tenido la inmensa desgracia de perder la vista haca poco tiempo.

Pens hallarle afligidsimo y desalentado; mas con verdadera
estupefaccin observ que estaba tranquilo y contento. La razn era
porque haba averiguado que poda dictar sus libros, y que eso, en vez
de producirle molestia, le facilitaba el trabajo.

Sin embargo, por mi parte, en las grandes tristezas de la vida no
apetezco que me consuelen la poltica, ni los negocios, ni el arte. Otro
numen ms alto quisiera que guardase mi alma de la desesperacin.

       *       *       *       *       *

Con el corazn podemos unirnos a todos los hombres. Cualquier ser humano
puede ser amado. Aun podramos decir que cualquier ser creado, pues nos
encariamos con las bestias. Mas con la inteligencia slo podemos
unirnos a un nmero reducidsimo de personas. Los juicios de la inmensa
mayora de los hombres son absolutamente despreciables.

Y, sin embargo, por un misterio inescrutable, de todos estos juicios
despreciables se forma al cabo el nico juicio apreciable. As la
sabidura divina transforma sin cesar el lodo en hombre y el hombre en
lodo.

       *       *       *       *       *

Marcho por el spero camino sombreado de hayas de la campia vasca con
un peridico en la mano. Un peridico bien provisto de crmenes y de
intervies! Suena una carreta: levanto la cabeza. Delante de las vacas
uncidas marcha un hombre con la aijada en la mano: a su lado la esposa
con una cesta al brazo. Oh, qu bien cargado va el carro de hierba
crujiente y olorosa, tesoro del labrador! Pero no; el tesoro del
labrador est ms arriba. All en lo alto, medio hundidos en el heno,
aparecen dos nios que inclinan sus cabecitas para verme. Adis!, me
dicen. Adis!, respondo. La carreta pasa rechinando y deja en pos de
s una estela perfumada. Me detengo y la miro alejarse. Mi corazn va
con ella.

Es la hora del crepsculo. La campana de la iglesia lejana deja escapar
un taido melanclico. El padre detiene la carreta y se despoja de la
boina: la madre deposita su cesta en el suelo: los nios se arrodillan
sobre la hierba y rezan el _Angelus_.

--He aqu--me digo--el emblema de la dicha humilde: paz, salud, trabajo,
esperanza, amor. He aqu los seres amados de Dios y necesarios a los
hombres.

El peridico bien repleto de crmenes y de intervies se desprende de
mis manos. No me bajo a cogerlo.

       *       *       *       *       *

Los contemporneos se ponen siempre del lado de los enfticos. Pero la
posteridad pertenece a los sinceros.

       *       *       *       *       *

Los moralistas nos dicen que debemos perdonar las ofensas y ser
tolerantes y pacficos, porque nuestro ejemplo influir favorablemente
en los dems, y, por tanto, en la obra de la civilizacin.

No se puede aceptar esto de un modo absoluto. Para que el ejemplo de un
hombre tolerante y pacfico influya beneficiosamente en la sociedad, es
necesario que se le considere _capaz de obrar el mal_; y cuantos mayores
medios se le supongan para realizarlo, tanto ms influir en los dems
su ejemplo. Un hombre bondadoso, pacfico, humilde, pero dbil, esto
es, sin medios interiores ni exteriores para hacer dao, influye ms
bien perniciosamente, porque se le desprecia, y al despreciarle a l se
desprecia el bien que reside en su persona. Adems, por arcano y
horrible misterio se observa que en el mundo los hombres buenos, pero
dbiles, provocan la crueldad de sus semejantes. No recordis todos que
en la escuela siempre haba un pobrecito nio sobre el cual caan las
burlas ms pesadas y odiosas de sus compaeros? Pues eso mismo acaece en
el mundo.

Esto hace pensar desde luego que la libertad es el don precioso sin el
cual nada valen los otros en el hombre. San Bernardo deca: Sin la
libertad nada puede ser salvado. Nosotros podemos afirmar tambin: Sin
la libertad nada puede ser estimado.

       *       *       *       *       *

Si quieres ser feliz, aparenta ser desgraciado.

       *       *       *       *       *

Cuando vuelvo la vista atrs, y repaso el tejido de mi existencia,
observo con sorpresa que no son los instantes llamados dichosos las
horas de ruidosa alegra las que me atraen y cautivan. En esas horas de
placer me acompa siempre un sentimiento vago, inexplicable, de miedo;
una voz misteriosa pareca resonar dentro de mi corazn anuncindome su
fragilidad. Creo haber sido ms feliz en los das de hasto, cuando
meditaba, cuando soaba, cuando vea claramente la vanidad de la
existencia y no esperaba nada de ella. Me senta melanclico, abatido,
pero tranquilo.

Hay indudablemente en este abatimiento y resignacin cierta dulzura;
sentimos que estamos pisando terreno seguro, que no nos hallamos ya a
merced de los vaivenes bruscos de la fortuna y hemos dejado un mar
cambiante y proceloso por la tierra firme.

Concluir de aqu que la nica felicidad que puede gustarse en este
mundo se halla en la tristeza?

       *       *       *       *       *

Por qu despreciar tanto la materia? De la materia se han formado los
hombres y se formarn los ngeles.

       *       *       *       *       *

ltima vanidad de los hombres vanidosos: disponer en el testamento que
no se pongan coronas sobre su fretro.

       *       *       *       *       *

Pensis que no hay nada ms frgil que el rico cristal de Bohemia?
Decid a un fraternal amigo que no tiene ortografa.

       *       *       *       *       *

Los hombres slo son dignos de amor cuando padecen.

       *       *       *       *       *

La religin nos hace ver la deficiencia de nuestra naturaleza. El arte
nos hace ver su belleza. Por eso no comprendo ni una religin optimista
ni un arte pesimista.

       *       *       *       *       *

Los hombres que no recelan de nadie, los que creen en la bondad de sus
semejantes, inspiran siempre gran simpata. Pero se les ama por
inocentes, como se ama a los nios. En el fondo, todo el mundo sabe que
viven engaados.

Yo confieso que los nios me seducen, pero no tanto los hombres-nios.
Prefiero aquellos que, no confiando en los dems, conociendo todo el
egosmo y maldad que existen en el mundo, tienen nimo para proceder
rectamente y suficiente grandeza de alma para devolver bien por mal.
Jess amaba mucho a sus discpulos, pero no crea en su lealtad. En
verdad te aseguro--responda a las fervorosas protestas de Pedro--que
t, hoy mismo, en esta noche, antes que el gallo cante segunda vez, tres
veces me has de negar.

       *       *       *       *       *

Todo hombre, por menesteroso que sea, guarda en el fondo de su arca un
pequeo gato de amor y belleza. Es necesario sacrselo: es necesario ser
ladrones del espritu.

       *       *       *       *       *

El hombre es un ser tan maravilloso, su naturaleza es tan excelente, que
cuando se la considera serenamente, las diferencias entre unos y otros
hombres aparecen bien pequeas. Del mismo modo que los altos y los bajos
de nuestro planeta desaparecen al mirarlo de cierta distancia.

       *       *       *       *       *

Admirar una obra de arte es participar del talento de quien la ha
producido, como admirar una obra de caridad es compartir la bondad del
ser humano que la ha ejecutado. Quien admira de corazn un hermoso
cuadro, se hace digno de pintarlo. Quien siente sus lgrimas correr al
relato de un acto de herosmo, virtualmente ya ha ejecutado aquel acto.

       *       *       *       *       *

El que se juzga amado, acaba por ser amado. El que se juzga perseguido,
acaba por ser perseguido. Somos los hombres copartcipes de la esencia
divina, somos rayos refractados del mismo sol, y nos acompaa tambin su
poder de hacer el mundo a nuestra imagen y semejanza.

       *       *       *       *       *

Vive solitario; vive solitario... No vivas demasiado solitario.

       *       *       *       *       *

Cuando jvenes, somos siempre ms o menos paganos. De viejos somos ms o
menos cristianos. Es que cuando jvenes pensamos que el mundo es
nuestro. Luego advertimos que no es nuestro, sino de Otro.

       *       *       *       *       *

Oh dulce Nio! Oh Madre feliz! Cmo se regocija ella en l y l en
ella! Qu voluptuosidad despertara en m esta noble imagen, pobre y
todo como soy, si no me fuera preciso mantenerme frente a ella
piadosamente como el santo Jos!

As exclama Goethe, en hermosos versos, ante un cuadro de la Santa
Familia.

Oh dulce nio! Oh madre feliz! Cun poco significarais para m si
no fueseis ms que la hembra que da de mamar a su cachorro; si no
hubiese algo de divino en vosotros!

As exclamara yo, que soy infinitamente ms pobrecito, ante una familia
que no es la Santa.

       *       *       *       *       *

Dme, amigo; si reniegas de Dios y del alma, a qu te ha sabido el beso
que te di tu madre al morir?

       *       *       *       *       *

El arte es la forma ms noble de vivir para s. Por eso, ni aun el arte
puede darnos la dicha.

       *       *       *       *       *

En un estado de egosmo completo no puede existir el arte. En un estado
de abnegacin absoluta, tampoco. El arte refleja el estado de transicin
entre la ausencia y la presencia de la ley moral, las interesantes
peripecias de la lucha entre el ngel y la bestia que en el hombre
coexisten.

De aqu se infiere que el artista, trabajando por espiritualizar la
naturaleza humana, trabaja por la destruccin del arte.

       *       *       *       *       *

Aconsejarnos que en medio de los goces de este mundo amemos a nuestros
semejantes, es intil. Nuestro egosmo es un rbol demasiado frondoso
para consentir que otra planta prospere cerca de l. Podemos primero el
rbol, descargumosle de su ramaje, y entonces el sol del amor podr
pasar a vivificarla.

       *       *       *       *       *

Si no existe algo psquico fuera de la conciencia humana, la vida ms
pura como la ms perversa me producen un efecto cmico.

       *       *       *       *       *

Cuando un hombre deja de ser un dios para su esposa, puede tener la
seguridad de que ya es menos que un hombre.

       *       *       *       *       *

Para ser un buen literato es necesario no ser literato, esto es, se
necesita vivir todas las vidas posibles, excepto la vida literaria.

       *       *       *       *       *

Como no voy al Parlamento hace aos, pregunt a un diputado amigo mo
por los oradores que hoy hacen ms figura.

--Qu tal N***?

--Oh, N***! Es un hombre de mucho talento, perspicaz, erudito..., pero
carece de sonoridad.

--Y X***?

--X*** ya tiene ms sonoridad, y logra algunos xitos.

--Y Z***?

--Oh, Z***! Ese es un inmenso orador. Admirable de sonoridad,
encantador, avasallador!

Y mi amigo arqueaba las cejas y elevaba las manos al cielo en accin de
gracias.

Yo tambin las elev para bendecirlo porque, al fin, haba un pas en el
mundo en que la poltica se rige, como haba soado Pitgoras, por las
leyes sublimes y matemticas de la msica.

       *       *       *       *       *

La grandeza de los hombres depende de una monstruosidad espiritual, de
una protuberancia o joroba en su inteligencia. Son grandes hombres
aquellos que han visto con exagerada intensidad una verdad parcial,
hasta el punto de no ver otra cosa ms que ella en el campo del
pensamiento. Pero el espritu general, que es ms seguro, hace entrar
cada verdad en sus lmites, admirando, sin embargo, el ingenio soberano
de quien le ha sacado de ellos.

De aqu deduzco que los hombres razonables no pueden nunca ser grandes
hombres.

       *       *       *       *       *

Los que defienden su vida a tiros y los que la entregan voluntariamente
a las fieras, como los primeros cristianos, quieren por igual
_perseverar en el ser_, obedecen al instinto de conservacin. Los unos
quieren conservarse unos cuantos das ms. Los otros quieren conservarse
eternamente. Lo primero es mucho ms seguro, pero ms limitado. Lo
segundo, ms halageo, pero ms incierto.

Tan slo en aquellos que renuncian a toda vida, a sta y a la otra,
falta por completo el instinto de conservacin. Pero existen tales
seres? O lo que es igual, si a estos hombres fatigados del vivir, que
_no pueden ms_, se les pusiera en la mano una vida feliz, la dejaran
escapar?

Y aun suponiendo que tal milagro acaeciese, no es el instinto del
reposo lo que les empujara a ello? Y qu es el reposo sino una
necesidad fisiolgica del ser, que aspira a acumular nuevas fuerzas para
vivir?

       *       *       *       *       *

En cierta ocasin preguntaba yo a un novelista amigo mo cmo era que,
profesando principios religiosos tan arraigados, no combata por ellos
abiertamente en sus novelas.

Me respondi sonriendo:

--Yo no arrojo el arpn a las almas, como a las ballenas, para
desangrarlas. Me contento con sonar la flauta para atraerlas. Adems, el
arte es un pas neutral: en cuanto se entra en l, hay que entregar las
armas.

       *       *       *       *       *

No basta hacer bien en el mundo: es menester hacer el bien con
prudencia. Esto no es apartarse de la doctrina cristiana ni falsificar
el imperativo categrico de la conciencia. Es, sencillamente, aplicar la
idea de arte a la ejecucin del bien. Y el arte es aplicable a toda
nuestra actividad. Debemos procurar que el bien se extienda, que cada
bien engendre otro bien. Tampoco esto significa que el fin justifica los
medios, sino que, al cumplir con los mandamientos de la conciencia, que
son absolutos y apremiantes, tenemos el deber, por el hecho de ser
inteligentes, de que nuestra actividad se produzca mediante las leyes de
la razn.

       *       *       *       *       *

Desde que se cesa de luchar por ella, la vida ya no tiene sabor.

       *       *       *       *       *

Por ms que se aprieten, los hombres como los tomos, no consiguen jams
tocarse.

       *       *       *       *       *

Donde empieza el odio, empieza el error.

       *       *       *       *       *

Cuenta Camila Selden en su libro _Les derniers jours de Henri Heine_
que al terminar ste sus memorias, poco tiempo antes de morir, solt una
carcajada de cruel satisfaccin.

--Los tengo!, los tengo!--exclam levantando la cabeza--. Muertos o
vivos, ya no me escaparn. Ay del que lea estas lneas si se ha
atrevido a atacarme! Heine no muere como un cualquiera: las garras del
tigre sobrevivirn al tigre mismo.

Penosa impresin causan estas palabras. Aquel moribundo, postrado en el
lecho desde haca varios aos como tumba anticipada, y atormentado de
dolores, todava escupe hiel contra sus enemigos. Es el ejemplo ms
triste de la influencia venenosa que los ataques de la envidia producen
sobre los temperamentos exaltados, por ms que nativamente no sean
malos. Heine era un poeta: por tanto, un hombre de corazn delicado,
piadoso, capaz de todas las emociones buenas.

       *       *       *       *       *

Los que slo admiten en el hombre la naturaleza bestial, no dejan de
exigir alguna vez a sus esposas y a sus amigos la naturaleza angelical.

       *       *       *       *       *

Ni los hombres ni los dioses se entregan sino al que persiste.

       *       *       *       *       *

Ver el aspecto afirmativo de las cosas, es, sin disputa, ms noble, ms
espiritual y santo, tal vez ms razonable, y desde luego mucho ms
higinico, que ver el aspecto negativo. Pero est en nuestra mano? No
depende del grado de viveza de nuestra imaginacin, de la constitucin
misma de nuestro cuerpo?

En todo caso, debe uno esforzarse porque as sea.

       *       *       *       *       *

Una tarde, paseando por el parque del Retiro, me par a escuchar a un
ruiseor que cantaba sobre un rbol. Poco despus otro paseante
solitario como yo detuvo el paso tambin; luego otro tambin, y otro, y
otro. Al poco rato formbamos un grupo, casi un pblico. El ruiseor,
como se sintiese admirado, redoblaba sus trinos y los haca cada vez ms
dulces y armoniosos. Los paseantes nos mirbamos los unos a los otros
extasiados y sonreamos con admiracin. Uno de ellos no pudo reprimirla
ms tiempo, y exclam: Bravo! Otros exclamaron tambin: Bravo!; y
estall un aplauso.

El ruiseor call repentinamente y se alej volando, y no volvi a
parecer por all.

Fu el nico artista modesto de verdad que he conocido en mi vida.

       *       *       *       *       *

Algunas veces la soberbia individual se transforma en colectiva, y
entonces se llama patria.

Yo soy un desdichado que habita el barrio ms sucio y ms infecto de
Londres. Slo tengo harapos por vestido; carezco de alimento y de
lumbre. Pero mi pas es el ms rico y poderoso de la tierra. Donde la
Gran Bretaa pone el peso de sus libras, all est la victoria.

Yo soy un comisionista de vinos de Bordeaux. No tengo en el cerebro ms
que ideas vulgares y ramplonas. Toda la ciencia, toda la literatura y
toda la filosofa que poseo las he aprendido en _Le Petit Journal_...
Pero Francia es la maestra de las naciones. Pars es el cerebro del
mundo.

Yo soy un escribiente con mil pesetas anuales en el Ministerio de
Hacienda. Todo el mundo se re de m por lo infeliz que soy. Mi mujer me
llama _calzonazos y Juan Lanas._ Das pasados un compaero en la oficina
me di una bofetada, y me qued con ella... Pero hay que ver la
Infantera espaola! Qu sobriedad!, qu coraje!, qu cargas a la
bayoneta!

No lo dudes, lector: la patria es el man maravilloso que la
misericordia divina ha enviado para los desheredados de la gloria, para
los que en este mundo padecen hambre y sed de adulacin.

       *       *       *       *       *

Repaso los crmenes, las iniquidades de que est llena la historia del
gnero humano, contemplo la profunda tristeza, la duda, la miseria, la
perfidia que por todas partes nos rodea, y mi corazn desfallece, y
encuentro la existencia absurda y odiosa.

Me acuerdo de las alegras de mi infancia, me acuerdo de los sueos
hermosos de mi adolescencia, veo de nuevo ante m el rostro de aquellos
seres que he adorado, leo en su corazn; y el mo, medio asfixiado,
salta otra vez alegre en el pecho, como un pobre pajarillo que en su
jaula recibe un rayo de sol.

As mi espritu se columpia sin cesar, pasando del ms alto optimismo al
pesimismo ms desesperado.

       *       *       *       *       *

Asegura un filsofo que nuestras existencias no son ms que sueos de la
Divinidad.

Si as fuese, qu dulce sueo el de Dios, amor mo, mientras t has
pisado la tierra!

       *       *       *       *       *

Cuando era muy joven, viendo al bueno morir y al malo vivir, al bueno
padecer y al malo gozar, observando la cruel indiferencia con que la
Naturaleza tritura lo mismo al inocente que al malvado, me hice esta
reflexin: O la bondad, la inocencia y el herosmo no son ms que
ilusiones que los dbiles se han forjado para contrarrestar la fiereza
de los fuertes y hacer ms llevadero su dolor, o esta misma Naturaleza
es una ilusin, un smbolo que oculta una realidad superior.

Ya soy viejo, he ledo muchos libros, he pasado por muchas ctedras, y
todava no he podido salir de esta alternativa.

       *       *       *       *       *

Me dediqu con ahinco al estudio: mi cuerpo se debilit, mis nervios se
alteraron, huy de m la felicidad. Quise ser bueno: cada paso que daba
en el camino de la virtud vigorizaba mi cuerpo, inundaba de paz mi
corazn, acreca mi dicha.

Esto me hizo pensar que yo he nacido para conocer pocas cosas y para
amarlas todas.

Ignoro si a los dems les suceder otro tanto, aunque presumo que s.

       *       *       *       *       *

Vivo placenteramente en medio de la indiferencia de los que me rodean.
Vivira inquieto con su admiracin y su aplauso. Pero la vida me sera
insoportable con su hostilidad.

       *       *       *       *       *

Hay hombres en los cuales lo mismo simpata que antipata, cario que
aversin, engendran fatalmente odio, porque no cabe otra cosa en su
pecho.

Los hay en quienes tanto el amor como el odio despiertan amor, porque su
alma sublime no puede vibrar con otro sentimiento.

Ambas categoras son excepcionales. En la inmensa mayora de los hombres
el amor engendra amor, y el odio, odio.

Y en este promedio vulgar se encuentra, por desgracia, este pobre hombre
a quien llaman _el doctor Anglico._

       *       *       *       *       *

Porque no voy al caf ni a las libreras ni a los saloncillos de los
teatros a desollar a mis amigos y compaeros me llaman misntropo. Yo
pensaba que eso era ser filntropo.

       *       *       *       *       *

El mundo no es ms que un inmenso deseo de vivir y un inmenso disgusto
de vivir, afirma Herclito.

Ignoro si eso ser el mundo, pero puedo asegurar que eso soy yo.

       *       *       *       *       *

Dios est en todas partes, es verdad, pero yo tengo la desgracia de no
verlo ms que en el alma de los seres nobles.

       *       *       *       *       *

El alma se une al cuerpo slo para contemplar la Naturaleza y
conocerla--dice el filsofo indio Kapila--. Una vez adquirido este
conocimiento, el alma ya nada tiene que hacer en este mundo. Puede
permanecer en l como la rueda del alfarero sigue dando vueltas algn
tiempo despus que cesan de impulsarla; pero ya ha cumplido su destino.

Esto ser verdad para los otros; pero yo s, hermosa ma, que slo he
nacido para unirme a ti. Y si t te murieses!... Oh, entonces s que
mi vida dara vueltas sin objeto como una rueda loca!

       *       *       *       *       *

Slo sent la certidumbre cuando me he sacrificado.

Cuando res, veo brillar en tus ojos el amor, la felicidad y la
inocencia. Qu son el amor, la felicidad y la inocencia ms que el
mismo Dios? Cuando res, Dios se asoma a tus ojos, y me llevo la mano al
sombrero como si exhibieran el Santsimo.

       *       *       *       *       *

En la fraseologa religiosa de los Vedas los dioses son llamados _Dva_,
que en snscrito significa _brillante_, por ser la luz el atributo que
mejor les convena en la imaginacin de los poetas vdicos. La reforma
de Zoroastro hizo empalidecer el brillo de estos dioses; an ms, los
obscureci por completo para dar paso a Ormuz, divinidad ms pura y
espiritual. En el Zend-Avesta la palabra _dva_ significa _espritu
maligno_. Los sectarios de Zarathustra miraron con horror los dioses del
Rig-Veda. Pero llega al cabo la reforma del Budha, ms profunda, ms
serena, ms piadosa, y los _dvas_ ya no son dignos de horror, sino
seres legendarios, hroes fabulosos, a quienes se mira con tranquila
benevolencia, porque no son ya ni temidos ni adorados.

Tal acaeci a mi corazn. Alc en la juventud dolos brillantes, ante
los cuales me prostern desfallecido de amor y entusiasmo. Luego, en la
edad madura, mir con horror y desprecio estos dolos, porque mi
espritu, depurado de la sensualidad juvenil, tenda a elevarse a
regiones ms altas. Ahora llega ya la vejez, y, volviendo tranquilamente
la vista atrs, dejo de avergonzarme de aquellos _dvas_ radiantes y
falaces de mi juventud. Un sentimiento de piedad hacia ellos invade mi
alma. Mis ojos, fatigados, se iluminan con una sonrisa, y despus de
contemplarlos un instante sin amor y sin miedo, los guardo de nuevo en
el corazn como hroes legendarios de la aurora de mi vida.

       *       *       *       *       *

Vivo contigo, y tus palabras, tus gestos, tus caprichos, tus caricias y
tus cleras brotan tan espontneas, que vivo en xtasis profundo, como
si asistiese a la perpetua creacin de un alma.

       *       *       *       *       *

Hay una pequea iglesia en el ensanche de Madrid adonde suelo encaminar
mis pasos cuando el sol declina. Es pequea, recogida, solitaria. En el
fondo, una estrella de luces alumbra la Sagrada Hostia. Postrado de
rodillas, la adoro en silencio. Cerca de m, a la tenue claridad,
distingo algunas figuras tambin postradas: una seora lujosamente
ataviada, un obrero, un caballero joven, otro anciano, una pobre mujer
del pueblo con su cesta delante. Son los de siempre. Suena una hora en
el reloj. Djanse oir desde el coro las notas suaves de un pequeo
rgano, y una voz de timbre claro, dulcsimo, eleva una plegaria al
Seor. El anciano sacerdote, all junto al altar, responde con voz
apagada. Un coro entona el himno del Sacramento. El sacerdote lo exhibe
con manos temblorosas. Suena la campanilla. Todo queda de nuevo en
silencio. Nos alzamos; salimos del templo cuando la noche ha cerrado ya,
y nos apartamos en distintas direcciones. La gran metrpoli nos traga.
No nos conocemos: apenas nos vemos. Sin embargo, seres desconocidos, a
la hora de mi muerte quisiera teneros al lado de mi lecho.

       *       *       *       *       *

En los viajes que he realizado--dice Confucio--no he hallado ningn
objeto precioso: la piedad y el amor de los padres ha sido lo nico que
encontr de precioso.

Yo he hallado adems otra cosa preciosa. Te acuerdas de aquel beso que
te rob mientras tapaba los ojos a tu hermanito?

       *       *       *       *       *

La hostilidad, la envidia y hasta la aversin de los hombres,
manifestada en los pormenores ms insignificantes de la vida, me han
causado mucha pena. El nico pensamiento que pudo aliviarla es el de que
todos los hombres padecemos desde la cuna una enfermedad crnica, _la
enfermedad del yo_. En unos aparece con ms gravedad que en otros, pero
a todos nos atormenta y amarga durante los cortos das de nuestra
existencia. Los pinchazos del envidioso son caprichos de enfermo que
debemos perdonar.

       *       *       *       *       *

Mi fe, mi esperanza y mi caridad penden de un hilo bien delgado; pero si
Dios lo tiene, es bastante fuerte.

       *       *       *       *       *

Como la aguja imantada seala al Polo Norte, as mi alma seala al bien.
Pero, ay!, la proximidad de una insignificante raspadura de acero la
perturba y la hace cambiar de direccin.

       *       *       *       *       *

Pas por la vida pidiendo con afn la felicidad a cuantos tropezaba en
mi camino. Como ninguno poda drmela, me enfureca, me desesperaba, los
llenaba de injurias.

A la nica persona que pudiera hacerme ese favor la he dejado tranquila.

       *       *       *       *       *

Ayer, pasando por delante de una tienda de estampas, vi en el escaparate
una que representaba a Jess yacente sobre blanco sudario. A sus pies
estaban la corona de espinas y el cetro de caa.

Una mujer lujosamente ataviada, que, sin duda, quera representar a la
santa Mara Magdalena, se inclinaba sobre l y le daba un beso
apasionado en los labios.

Sent un vivo estremecimiento de horror y de pena. Y vi como a la luz de
un relmpago que mi alma no podra jams dejar de ser cristiana.

Entr en la iglesia ms prxima, me hinqu delante de una imagen del
Dios-Hombre crucificado, y le dije con el corazn, ms que con los
labios:

--Clavaron tus manos, Seor, clavaron tus pies; pero faltaba clavar tu
boca. Ya ves que tambin lo han hecho. Clavado a la cruz ests, y bien
clavado. Gracias, Seor. T guiaste mis pasos para que hoy te viese en
lo ms profundo de tu abyeccin. Jams te olvidar ya. Ese beso maldito
clav mi alma a la tuya para siempre.

       *       *       *       *       *

Cuando pienso en utilitario, me digo: Los amigos son como las ramas de
los rboles: en cuanto dan la ms leve seal de sequa, hay que
apresurarse a podarlas para que salgan otras nuevas y mejores.

Cuando pienso en cristiano, exclamo: Tu hermano se hiela, tu hermano
est en peligro; corre a salvarlo; calintale a tu pecho, y acaso le
vuelvas a la vida!

       *       *       *       *       *

Alma ma, ya que no puedes otra cosa, pon la proa al bien, que Dios se
encargar de hinchar las velas.

       *       *       *       *       *

La razn nos conduce hasta la puerta del santuario; la virtud da la
vuelta a la llave; el amor nos cierra dentro.

[imagen decorativa]




El gobierno de las mujeres


I

Si el domingo llueve, suelo pasar la tarde en el teatro, y si en los
teatros no se representa nada digno de verse, me encamino a casa de mi
vieja amiga doa Carmen Salazar, la famosa poetisa que todo el mundo
conoce.

Habita un principal amplio y confortable de la plaza de Oriente, en
compaa de su nico hijo Felipe y de su nuera. No tiene nietos, y puede
creerse que sta es la mayor desventura de su vida, porque adora a los
nios.

Nadie ignora en Espaa que la Salazar (como se la llama siempre) ha
obtenido algunos triunfos en el teatro y que sus poesas lricas merecen
el aplauso de los doctos, que se aproxima a los ochenta aos, y que hace
ms de treinta que ha dejado de escribir. Pero slo los amigos sabemos
que a pesar de su edad y de ciertas rarezas, por ella disculpables,
conserva lcida su inteligencia, y que esta lucidez, en vez de mermar,
aumenta gracias a la meditacin y al estudio, que su conversacin es
amensima, y nadie se aparta de ella sin haber aprendido algo.

Hice sonar la campanilla de la puerta y ladr un viejo perro de lanas
que siempre afect no conocerme, aunque estuviese harto de verme por
aquella casa. Sali a abrirme una domstica, reprimi con trabajo los
mpetus de aquel perro farsante, que amenazaba arrojarse sin piedad
sobre mis piernas, y con sonrisa afable me introdujo sin anuncio en la
estancia de la seora. Era un gabinete espacioso con balcn a la plaza;
los muebles, antiguos, pero bien cuidados; libreras de caoba charolada,
butacas de cuero, una mesa en el centro, otra volante cerca del balcn,
arrimada a la cual lea doa Carmen.

Al sentir ruido, alz la cabeza, dej caer las gafas sobre la punta de
la nariz, y una sonrisa benvola dilat su rostro marchito.

--El amigo Jimnez no desmiente jams su galantera--dijo tendindome su
mano; y aadi en seguida:--Es galantera que por recaer en una vieja
setentona traspasa lo bello y toca en lo sublime.

--Doa Carmen, por Dios!--respond yo confundido--. Los seres
privilegiados como usted no tienen edad.

--Ni sexo, verdad?

--Sexo, s, y el sexo arroja sobre el privilegio del talento destellos
que le hacen an ms envidiable.

--Eso ya no es galantera. Veo que participa usted de la opinin
corriente. Las mujeres son seres destinados a no tener sentido comn.
Cuando Dios les otorga un poco, hay que caer en xtasis como delante de
una maravilla.

--No he querido expresar tal cosa. Para m los espritus tienen sexo
como los cuerpos. El talento en la mujer es ms amable que en el hombre.

--Ama usted el talento femenino?

--Amo lo femenino en el talento.

Me haba sentado frente a ella en otra butaca, y tenamos la mesa entre
los dos. Doa Carmen se despoj enteramente de sus gafas y me mir con
expresin de sorpresa.

--Cun grande el contraste entre lo que usted dice y lo que estaba
leyendo hace un instante! Schopenhauer, que es el autor de este libro,
dice que somos el sexo de las caderas anchas, de los cabellos largos y
las ideas cortas, y aade que en vez de llamarnos el bello sexo debieran
decir el sexo inesttico. Esto en cuanto a lo fsico. En lo moral,
asegura que la inclinacin a la mentira y la picarda instintiva e
invencible es lo que nos caracteriza. No perdona al Cristianismo por
haber modificado el feliz estado de inferioridad en el cual la
antigedad mantena a la mujer. Los pueblos del Oriente estaban en lo
cierto y se daban mejor cuenta del papel que debe representar que
nosotros con nuestra galantera y nuestra estpida veneracin, resultado
del desarrollo de la historia germanocristiana... Lindos piropos los que
nos echa este filsofo, verdad, amigo?

--Seora, deploro que Schopenhauer haya cado en tal aberracin. Es uno
de los escritores que ms admiro y respeto por la sinceridad y el vigor
de su pensamiento. Este caso es una advertencia saludable para los que
buscan la verdad en los libros, y no en su propio espritu; porque las
opiniones de los autores no slo vienen teidas por su temperamento
fsico, por inclinaciones invencibles de su ser, sino que muchas veces,
y esto es lo peor, se producen determinadas por los azares de su vida.

--Acontece ahora lo que usted dice?

--Ya lo creo! Schopenhauer, hombre de razn poderosa, sincero y sin
preocupacin de ninguna clase, rehusa a las mujeres toda capacidad
superior, las considera destinadas por la Naturaleza a vivir en perpetua
domesticidad; es el _sexus sequior_, el sexo segundo bajo todos los
aspectos, creado para mantenerse siempre aparte y en segundo trmino. El
respeto que en la sociedad actual se le tributa es ridculo y hasta
degradante. Abomina, como usted habr visto, de la monogamia, y hace la
apologa del concubinato... Pues bien, Stuart Mill, hombre de razn
poderosa tambin, y sincero, y an ms despreocupado que Schopenhauer,
aboga con calor por la igualdad de los sexos, se prosterna ante la
superioridad espiritual de la mujer, y la tributa un culto casi
quijotesco. Pero la causa de tan encontradas opiniones es bien conocida.
Schopenhauer tuvo una madre sin ternura, pedante, enloquecida por una
ridcula vanidad literaria; y, como clibe y libertino, pas toda su
vida entre cortesanas. Stuart Mill, por el contrario, alcanz la dicha
de unirse a una esposa nobilsima, tierna, inteligente...

--Graciossima razn!, es cosa de exclamar parodiando a Pascal, que un
encuentro en una tertulia o en un teatro hace variar por completo de
rumbo.

--No hay que maldecir de la razn, doa Carmen. La verdad, como est
desnuda, exige que nos presentemos desnudos delante de ella para obtener
sus favores.

--Pero lo que usted dice es una obscenidad! Gracias a que una anciana
es quien le escucha--exclam doa Carmen riendo.

--El eterno espritu de verdad vive en nosotros. Si a l nos entregamos
de corazn, si no escuchamos la voz de nuestro _yo_ inferior y ponemos
siempre el odo a la que mora en la altura de nuestro propio ser,
alcanzaremos la suprema sabidura.

--Eso ya es demasiado sublime. Pasa usted, amigo Jimnez, de un extremo
a otro en los abismos cerleos con la velocidad del relmpago.

--Observar usted que a los hombres de genio los juzgamos los hombres
sin genio, y los juzgamos con justicia, y vemos ms claro que ellos. No
prueba esto que la verdad reside en todos?

--Probar lo que usted quiera, pero en este caso concreto estoy tentada
a colocarme del lado de Schopenhauer. Abrigo bastantes dudas en lo que
se refiere al talento femenino.

--Cmo!--exclam, en el colmo de la sorpresa--. Duda usted del talento
de la mujer, usted que es una prueba viviente, irrecusable de que
existe?

Doa Carmen dej escapar un suspiro, y qued un momento pensativa y
seria.

--S, amigo mo; precisamente el examen imparcial y desinteresado de
todo cuanto yo he producido me ha conducido al borde del desencanto. Mis
obras fueron aplaudidas y celebradas ms de lo justo, y lo fueron por lo
mismo que soy una mujer.

--Y si hubiesen sido escritas por un hombre, igual--profer yo
impetuosamente.

Doa Carmen alz los hombros, y respondi melanclicamente:

--No me forjo esa ilusin. Convengo en que me encuentro por encima del
trmino medio de los que actualmente manejan la pluma, pero he respirado
siempre lejos de la atmsfera en que alientan los grandes escritores...
Y lo que digo de m, lo digo de todas, absolutamente de todas mis
compaeras antiguas y modernas. No se asombre usted de esta afirmacin
paradjica, ni la crea hija de un rapto de mal humor o de un deseo
vanidoso de singularizarme. Est bien meditada. El arte no ha sido, ni
es, ni ser jams, patrimonio de la mujer. Se supone que, siendo la
sensibilidad la propiedad ms desarrollada en el ser femenino, est
llamada la mujer al cultivo del arte. Es un profundo error, desmentido
por la historia del gnero humano. Dnde est el Shakespeare, el Dante,
el Cervantes o el Goethe femenino? Dnde est el Miguel Angel, el
Rembrandt, el Tiziano? Se citan algunas rarsimas excepciones; Safo, por
ejemplo. Ignoramos el mrito de Safo. Hay que creer en l bajo la fe de
las tradiciones, no siempre dignas de crdito. Los fragmentos que de
ella se conservan no me parece que tienen gran valor; son gritos
erticos ms que sana e inspirada poesa. En cambio, conocemos
perfectamente a las literatas de nuestros tiempos...

--Y qu? Madame Stael...

--Madame Stael... Toda la obra literaria de madame Stael es de reflejo,
y hoy la encontramos de una afectacin insoportable. Quin lee
actualmente la _Delfina_ y la _Corina_? Su talento era muy grande, pero
de un orden distinto.

--Y madame Sand?

--Un buen estilista que no ha producido obras duraderas. Sus novelas son
declamatorias, inverosmiles, sin caracteres y sin inters. Tampoco se
leen actualmente.

--Qu dureza, doa Carmen!

--Eso mismo exclamaba Camila Seldem oyendo a Enrique Heine llamar a la
autora de _Indiana_ _bas bleu_, a lo cual replic el gran poeta
sonriendo: Bueno, _bas rouge_, si usted lo prefiere. El talento de
Jorge Sand era inmenso tambin; pero, lo mismo que el de madame Stael,
era ms adecuado a otra cosa que a la literatura... Pero, en fin, aun
concediendo que lo fuese, cuntos nombres de artistas femeninos puede
usted citarme? Qu originalidad ha ofrecido su talento?

--Observe usted que la mujer no ha tenido jams una educacin adecuada
para que sus facultades intelectuales y sus aptitudes artsticas se
desenvolviesen. Se la ha obligado a vivir apartada de la alta cultura
intelectual.

--S, se es el razonamiento de Stuart Mill. Para m tiene poco valor.
Cierto que hasta ahora no se ha dado a la mujer una educacin literaria
y artstica; pero muchos de los grandes poetas que el mundo admira
tampoco la han tenido. Cuando el alma est preparada para beber, con
pocas gotas basta. Adems, advierta usted que en la antigedad, y
tambin en la Edad Media, han existido mujeres muy instrudas, tanto en
filosofa como en literatura. Por qu, pues, si encontramos en todas
las pocas mujeres sabias, no se cita entre ellas poetas inspirados o
filsofos originales?... Por lo dems, usted sabe perfectamente que,
desde hace ya mucho tiempo, a la mujer se le da una educacin
intelectual semejante a la del hombre, y en cuanto a la artstica, ms
esmerada an. Apenas hay nia bien educada a quien no se ensee la
msica, el dibujo, la pintura, y a algunas la escultura tambin. Piensa
usted que si naciese entre nosotras un Beethoven o un Rossini, se
contentaran con teclear el piano o sacudir las cuerdas del arpa?
Escribiran, como es justo, peras y sinfonas. En todo el siglo XIX a
la mujer no le ha faltado pluma y papel. Si no ha escrito _Las noches_,
de Musset, _Las meditaciones_, de Lamartine, ni las _Leyendas_, de
Zorrilla, es porque no ha podido.

--Quizs exista, doa Carmen, una razn metafsica para ello. As como
el conocimiento puede conocerlo todo, menos a s mismo, de igual modo la
actividad de la mujer se puede aplicar a cualquier cosa, menos a la
poesa, porque ella misma es la poesa. La mujer es la primera materia
para el trabajo potico. No parece absurdo que acte de poeta? Es como
si un paisaje se pusiese a hacer el boceto del pintor.

--Bueno--replic doa Carmen riendo--, esos piropos metafsicos no me
los diga usted a m. Djelos para las jvenes y hermosas..., como esta
que ahora entra.


II

La que entraba en aquel momento era su hija poltica, una hermosa mujer,
en efecto, aunque tallada en colosal, y, por tanto, no enteramente de mi
gusto. Alta y corpulenta, con grandes ojos de ternera como la Juno
homrica, la nariz aquilina, los cabellos negros y ondeados, los labios
rojos y un poco colgante el inferior, dondequiera que iba lograba atraer
sobre s la atencin de los hombres. Yo encontraba su fisonoma
demasiado inmvil, una falta de expresin en ella que acusaba
desproporcin entre el cuerpo y el alma. Pasaba ya de los treinta aos,
y, no obstante, su ingenuidad era proverbial, rayaba en la tontera.
Doa Carmen la adoraba, tal vez por esto mismo, porque tena un espritu
enteramente infantil. Dentro de aquel cuerpo gigante lata el corazn de
una nia de doce o catorce aos.

Se acerc a su suegra y la bes cariosamente despus de saludarme. En
pos de ella entraron dos caballeros. Uno de ellos, muy conocido mo y de
todo el mundo, era el ilustre Pareja, el sabio antroplogo y socilogo,
cuya levita le ha hecho famoso en todo Madrid. El sombrero de copa viejo
y despeinado en la mano, el alto y huesudo torso inclinado
ceremoniosamente hacia adelante, el rostro contrado por una sonrisa de
suficiencia condescendiente, dejando caer sus palabras como otras tantas
piedras preciosas destinadas a enriquecer y adornar la existencia del
gnero humano.

--Embargado de emocin al poner el pie en el templo del arte, saludo a
la estrella ms brillante del firmamento potico, y hago votos porque su
luz no se extinga jams.

La voz era resonante; el ademn, pedaggico; la sonrisa antropolgica;
el acento, sociolgico; la forma de retorcer el cuerpo, dejando
inmviles las piernas, completamente evolucionista.

Doa Carmen le tendi la mano con sonrisa donde se trasluca ms burla
que satisfaccin.

--Esta estrellita de octava magnitud saluda con tmido centelleo al
Jpiter de la sociologa tnica y de la pedagoga evolucionista.

Con esto las contorsiones del sabio antroplogo fueron tantas y tan
variadas, que doa Carmen se vi obligada al cabo a preguntarle si haba
sufrido recientemente algn ataque a los riones.

Detrs de l vino a estrechar la mano de la poetisa su gran amigo y
contemporneo don Sinibaldo de la Puente, abogado eminente, senador por
no recuerdo qu Universidad, a quien el Pontfice Romano haba otorgado
un ttulo haca poco tiempo.

Los dos visitantes se haban encontrado casualmente en la escalera. Sus
ideas eran demasiado contrapuestas para que fuesen amigos.

Raimunda (que as se llamaba la nuera de doa Carmen) se despoj del
sombrero y vino a sentarse en una butaquita, formando con nosotros
crculo.

--Y bien, qu hay de nuevo?--pregunt Pareja apoyando sus manos
huesudas en las huesudas rodillas y encarndose con doa Carmen en tono
de protectora admiracin y disponindose a bajar de su pedestal, aunque
slo por breves momentos--. Esa flor de poesa, que Espaa guarda como
su ms preciado tesoro, se niega todava a embalsamar el ambiente
literario con su perfume?

--No hable usted de literatura en estos momentos a doa Carmen--dije
yo--. Precisamente cuando ustedes llegaron, estaba poniendo verdes a las
literatas antiguas y modernas de todos los tiempos y pases.

--Cmo?

--Doa Carmen no cree en la literatura de las mujeres.

--Oh, querida amiga!--exclam el ilustre Pareja echndose hacia
atrs--. Nadie menos que usted tiene motivo a dudar de ella. Si es
cierto que en el curso de la evolucin literaria la mujer no ha
contribudo a ella con un copioso contingente, no es menos seguro que
desde sus orgenes se sealan en ella esas dotes. Entre los _papues_ del
frica negra ocenica, que representan un tipo de sociedad primitiva, se
suele encontrar en cada pueblecillo una poetisa, a la cual se acude
para embellecer con sus cantos las fiestas o cualquier acontecimiento de
importancia, como la llegada de un extranjero o la botadura de una
canoa.

--Pues soy de opinin de que dejemos que las poetisas canten en la
Paupasia las botaduras de las canoas. Ac en Europa las mujeres tenemos
otras cosas ms serias que hacer.

--Mucho me complace, Carmita, escuchar en labios de usted semejantes
palabras--manifest don Sinibaldo, hombre grave, correcto, melifluo--.
Dejando a salvo su prodigioso talento literario, que es una excepcin,
no hay que dudar que, por su naturaleza misma, la mujer no est
destinada al cultivo de las letras y las bellas artes, sino al
embellecimiento de nuestro hogar, a formar el tierno corazn de sus
hijos, inspirndoles el temor de Dios, a consolar las tristezas de su
marido, a alegrar sus triunfos, a suavizar sus reveses, a ayudarnos, en
suma, a tirar del carro de la vida, que muchas veces es demasiado
pesado...

--A reproducir eternamente el viejo _clich_ del _ngel del hogar_,
verdad?--interrumpi impetuosamente doa Carmen--. Ya estamos al tanto
de lo que eso significa. En el fondo no es otra cosa, hablando en los
trminos claros en que se expresa un filsofo contemporneo, que debemos
ser para siempre lo que hemos sido al comienzo de las civilizaciones,
_el descanso y el recreo del guerrero_. Hoy tambin se lucha y se
combate en la vida, y a estos modernos luchadores, la mujer, con su
gracia y su belleza, debe indemnizarles de sus fatigas. Hablemos en
trminos ms claros an; la mujer debe seguir siendo el consabido
instrumento de placer.

--Oh, Carmita, por Dios!--exclam el pudibundo don Sinibaldo ponindose
rojo--. Usted interpreta de un modo torcido mis palabras. Cuanto he
dicho, ha sido para honrar a la mujer, no para denigrarla.

--Pero, en fin--apunt yo--, si la mujer no tiene capacidad para las
artes bellas y la poesa...

--Puede usted darlo por seguro. La mujer es un ser esencialmente
prosaico--interrumpi doa Carmen.

--Cmo!, cmo!... Eso que est usted diciendo es una abominable
hereja--exclam don Sinibaldo.

--Es una verdad que todo el mundo puede comprobar. En el fondo, a la
mujer le interesan poco o nada las bellezas de la Naturaleza o del Arte.
Cuando se encuentra frente a un paisaje, o una estatua, o un cuadro,
hace lo que puede por entusiasmarse, pero no lo consigue, y sus
alabanzas suenan a falso. Cun diferente su actitud estudiada y frvola
de la profunda emocin que se advierte en los hombres!

--Pues, querida amiga, yo he observado siempre que las mujeres se
conmueven en el teatro ms fuertemente que los hombres.

--No es la belleza lo que las conmueve, sino el principio moral, ms o
menos humillado o amenazado en el curso de la obra. De aqu que las
mujeres lloren ms con los melodramas que con los dramas, con las
antiguas novelas sentimentales que con las realistas de ahora. Crean
ustedes que las bellezas de una obra de arte, sus proporciones, su
elegancia, su pureza de diccin, no le importan. Lo que le tiene con
muchsimo cuidado son los eclipses pasajeros que la bondad y la justicia
experimentan en ella.

--Acaso est en lo cierto--dijo en tono concentrado don Sinibaldo.

--Eso es otra cosa. Yo no quiero discutir ahora la primaca de la bondad
sobre la belleza: slo hago constar un hecho.

--Pero, en fin--dije yo, volviendo a la carga--, si la mujer no tiene
capacidad para las artes bellas, la tiene muy grande para las artes
tiles. Esas labores tan necesarias en las casas, el arreglo y la
comodidad del nido, a ella est encomendado. Qu sera de nosotros si
las mujeres no se encargasen de coser, de planchar, de bordar nuestra
ropa, de mantener en orden y dignidad nuestra vivienda?

--El amigo Jimnez, como se halla en vsperas de casarse, ambiciona ya
una _petite mnagre_--dijo doa Carmen sonriendo; y aadi en seguida
ponindose seria:--Qu sera de ustedes?... Pues lo pasaran a las mil
maravillas, porque los hombres cosen, y planchan, y bordan, y guisan, y
limpian, y lavan mejor que las mujeres. No hay oficio de los
encomendados ordinariamente a la mujer que el hombre no llegue a poseer
con mayor perfeccin. Hasta en la confeccin de los mismos trajes
femeninos nos aventajan. Ya saben ustedes que las grandes modistas de
Pars no son _modistas_, sino _modistos_.

Pareja solt una estridente y pedaggica carcajada.

--No cabe duda; nuestra insigne poetisa odia a su propio sexo, y no le
encomienda otro empleo que el de la perpetuidad de la especie.

--Pues s cabe duda, amigo Pareja--replic doa Carmen un poco picada--.
Su profunda intuicin en este caso ha hecho quiebra. No slo amo a mi
sexo, sino que su suerte futura es mi constante preocupacin desde que
he renunciado a la literatura.

--Pero si no sirve para nada, qu quiere usted que hagan los hombres
con ese sexo ms que perpetuar la especie?

--Yo no he dicho que no sirviese para nada.

--No tiene aptitud para las ciencias, para la literatura y las artes; no
la tiene tampoco para la industria, ni aun para los menesteres de la
casa: qu clase de tarea quiere usted encomendar a la mujer?

--Una sola, pero muy importante.

--Cul?

--La poltica.

Don Sinibaldo di un salto en su butaca. Pareja abri los brazos como un
derviche de la India, y yo no pude menos de dar muestras de sobresalto.
Tan slo Raimunda permaneci inmvil y en estado de perfecta calma.

--No se asusten ustedes... Qu es la poltica en el fondo? El arte de
relacionarse los hombres unos con otros sin perjudicarse. Pues yo
sostengo que este arte lo conoce la mujer por intuicin mejor que el
hombre.

--Oh, Carmita!--exclam don Sinibaldo--, me es imposible suponer que
habla usted en serio. La mujer, por su naturaleza, por la historia del
gnero humano, por las palabras de las Santas Escrituras, por la opinin
de los Santos Padres y la de los grandes filsofos que la Humanidad
respeta, es un ser subordinado, se halla destinado a obedecer, y no a
mandar.

--Pues yo creo todo lo contrario, que es el hombre quien est destinado
a obedecer... Y de hecho as sucede en cuanto ustedes dejan de ser
brbaros. Esta ley natural convengo en que se ha contrariado hasta ahora
casi sistemticamente, pero es una ley, y as que se apartan los
obstculos que se oponen a su libre funcionamiento, se pone en marcha de
nuevo.

--No se ofender usted, Carmita, si le digo que San Juan Damasceno
afirma que la mujer es una mula traidora, una horrible tenia que busca
su guarida en el corazn del hombre.

--A m no me ofenden las citas, me aburren.

--Y de que San Juan Crislogo la llame fuente del mal, autor del pecado,
piedra del sepulcro, puerta del infierno..., y San Gregorio el Magno la
niegue el sentido del bien.

--Tampoco.

--Platn, el divino Platn, tiene tan en poco el sexo femenino que
trueca en mujer en la otra vida al hombre que haya pecado en sta.

--Platn ha dicho cosas muy sublimes, pero ha dicho tambin enormes
tonteras. Que me diga el amigo Pareja, gran autoridad en la materia,
qu concepto tiene formado de la sociologa de Platn.

El ilustre Pareja se esponj y arque el espinazo como un gato a quien
se acaricia.

--Seora, la sociologa de Platn se halla perfectamente desacreditada
entre los sabios. Su concepto del Estado, que es el mismo de toda la
antigedad, no resiste al ms somero anlisis...

--Dejemos a Platn--interrumpi doa Carmen, sin permitirle comenzar su
anlisis, por si no era tan somero como anunciaba--. Hablemos de los
Santos Padres, a quienes respeto ms en estos asuntos de moral... Para
m es absolutamente seguro que los Santos Padres, al hablar en trminos
tan duros y despreciativos de la mujer, slo se referan a las mujeres
que la depravada sociedad griega y romana ofrecan a su vista. Si
hablasen en un sentido general, si sus dardos acerados fuesen
directamente al corazn del sexo femenino, a la mitad del gnero humano,
se pondran en abierta contradiccin con el pensamiento y la doctrina
del divino fundador del Cristianismo. En el Evangelio la mujer es
perdonada, es respetada, es iniciada en los misterios de la religin,
sigue a Jess como los hombres en sus peregrinaciones, escucha sus
palabras y las propaga. Muerto Jess, ella es la que se encarga de
revelar su gloriosa resurreccin. Despus..., despus..., cuando llega
el momento de confesar su fe ante los verdugos, a pesar de su naturaleza
frgil y sensible, sufre crueles martirios con idntico valor que los
hombres, y sabe morir como ellos. Es posible que los Santos Padres,
teniendo en la memoria a las santas Mara Magdalena y Vernica, a Santa
Olimpia, a Santa Paula, a Santa Mnica y a tantas otras sublimes
mujeres, hablasen de nuestro sexo con tanta ira? La Iglesia catlica no
distingue entre santos y santas, y en sus oficios celebra con igual
veneracin el da de una humilde doncella que el de un sabio doctor. Y,
por fin, mi querido amigo la Puente, no olvide usted que por encima de
todos los santos la Iglesia ha colocado una mujer.

--S, ya sabemos que el Catolicismo tiene una diosa!--exclam Pareja en
un tono burln, que contrajo fuertemente el rostro de don Sinibaldo.

--Una diosa, no--repuso doa Carmen--. Eso queda para la gentilidad.
Dios es algo incomprensible e inefable que se halla a infinita distancia
de la separacin de los sexos. Pero lo que la humana inteligencia puede
concebir de ms puro y de ms excelente despus de Dios, est encarnado
en la Virgen Mara, esto es, en una mujer.

--Considere usted, Carmita, que Dios ha hecho a la mujer ms dbil de
cuerpo, y tambin de inteligencia, indicndole con esto su papel
subordinado.

--Dios no la ha hecho ms dbil ni de cuerpo ni de alma; han sido
ustedes.

--Nosotros!--exclam don Sinibaldo, en el colmo de la estupefaccin.

--S, ustedes!... Dirija usted una mirada al mundo de la animalidad,
del cual, segn se afirma, proceden, los seres humanos, cosa que yo no
discuto ahora. Si la subordinacin de la hembra al macho fuese una ley
universal y esencial a la separacin de los sexos, en este mundo
debiramos encontrarla. Nada de eso acontece. En un gran nmero de
especies animales la hembra es superior al macho por el tamao y por la
fuerza, en otras es igual, en otras inferior, pero en ninguna el macho
considera a la hembra como subordinada, sino que viven en un estado de
perfecta igualdad. Las hembras no son oprimidas y maltratadas
sistemticamente; al contrario, los machos las ayudan, las protegen
cuando necesitan proteccin, las respetan, las miman y las seducen, no
por la fuerza, sino por la esttica.

--Sin embargo, considere usted, mi buena amiga--manifest el seor de la
Puente--, que apenas aparece en la tierra la Humanidad, se inicia esta
subordinacin.

--Tampoco es exacto. Tratndose de tiempos prehistricos, necesitamos
atenernos a las conjeturas. Pues bien, de lo que acaece en el mundo
animal podemos conjeturar que en la Humanidad primitiva, tan prxima a
l, debiera pasar algo semejante. La mujer primitiva, por la agilidad y
por la fuerza no debiera ceder mucho al hombre.

--Y, entonces, cmo explica usted su inferioridad actual?

--No es otra cosa que una consecuencia de la guerra. Mientras los
hombres vivieron en paz...

--Pero cree usted, seora, que los hombres vivieron alguna vez en
paz?--pregunt yo.

--S que lo creo. Para m ha existido en la historia del gnero humano
un largo perodo de inocencia y de paz. Las tradiciones de todos los
pueblos y el testimonio de nuestras Santas Escrituras as nos lo
asegura. El hombre ha comenzado por ser fructfero, y los animales
fructferos no se pelean. Adems, si, como la ciencia antropolgica
afirma, la _ontogenia_ no es otra cosa que un resumen de la
_philogenia_, el gnero humano debi de haber atravesado un largo
perodo de infancia.

--Bravo!, bravo!--grit Pareja batiendo las palmas--. Me siento
inundado de gozo al ver que nuestra ilustre amiga, a la par que a las
musas, rinde culto a la ciencia contempornea. Permtame, sin embargo,
hacerle observar que el perodo de infancia es un perodo de
iniciacin, y, por tanto, deficiente e incompleto.

--Quin sabe!, quin sabe!--murmur la poetisa con melancola--. Por
lo pronto, fisiolgicamente, el nio est ms alejado del animal que el
hombre.

--De todos modos, mi querida amiga, es un hecho demostrado que en los
_clans_ ms rudimentarios, aquellos que se han hallado en la Australia y
en la Paupasia, los cuales lindan estrechamente con la animalidad, y que
por su posicin aislada no han debido ser alterados por otras
influencias, la condicin de la mujer es subordinada, y aun puede
decirse horriblemente subordinada.

--Los _clans_ de la Australia y la Paupasia! Y quin es capaz de
demostrar que se es el comienzo del gnero humano? Como usted sabe
mejor que yo, todo en este mundo evoluciona o cambia, para bien o para
mal, espontneamente, por virtud de una fuerza interior y automotora.
Esos _clans_ pueden muy bien no ser los tipos primitivos de la sociedad
humana, pueden haber degenerado y ser ms bien residuos o excrecencias,
tipos rezagados, y no primitivos. Si la teora de usted fuese exacta,
como quiera que en la mayor parte de las islas del Pacfico hemos
hallado la antropofagia, debemos deducir lgicamente que el hombre ha
empezado siempre por ser antropfago, lo cual es una monstruosidad que a
nadie se le ocurre sostener.

--Tiene usted razn, seora--manifest yo--; la Geografa y la Historia
proporcionan armas para todas las causas. Los negros del Africa
meridional maltratan a las mujeres, las convierten en bestias de carga.
La condicin de la mujer all es horrible. Los negros del Africa
septentrional, los etipicos, muy superiores a ellos como raza, respetan
y consideran de tal modo a la mujer, se le otorga all tales
privilegios, que a las ms ardientes de nuestras feministas les
pareceran excesivos. No slo disponen de su persona y de sus bienes
libremente, sino que no estn obligadas a contribuir al sostenimiento de
la familia en el matrimonio. Son, por tanto, ms ricas que los hombres.
En tiempo de guerra son intangibles, circulan por el campo de batalla y
por los pueblos enemigos sin que nadie ose poner la mano sobre ellas.
En Madagascar, una isla tambin como esas que cita el amigo Pareja, los
franceses, al conquistarla, hallaron que en el cdigo malgache el
adulterio del hombre se castigaba con ocho meses de prisin; el de la
mujer, con cuatro.

--Tanto es cierto lo que usted dice, amigo Jimnez--observ doa
Carmen--, que no hace muchos das lea yo que los exploradores que
descubrieron en el siglo pasado los archipilagos de la Polinesia, se
encontraron all con seres humanos que vivan todava en la edad de la
piedra pulimentada. Pues bien, en estas sociedades rudimentarias la
mujer era igual al hombre. Exista all un feudalismo grosero, pero la
mujer ejerca el poder lo mismo que el hombre. Segn los relatos de los
viajeros, cuando una de estas seoras se presentaba, los hombres se
ponan en cuatro patas..., lo mismo que hacen ustedes ahora cuando ven
al ministro de Fomento.

--Seora, yo no me pongo en cuatro patas cuando veo al ministro de
Fomento!

--Bueno; quien dice usted, dice el seor Pareja.

--Oh, doa Carmen; bien se conoce que ha nacido usted en
Mlaga!--exclam Pareja.

--Qu?... No se pone usted, as? Pues adelantar poco en su carrera.

--De modo que el amigo Jimnez no cree en la Geografa, ni en la
Historia, ni en la Etnografa?--manifest el sabio antroplogo echndose
atrs en la silla y dirigindome una mirada entre arrogante y compasiva.

--No siempre.

--Pues yo le aseguro que todas esas bellas cosas en que l cree, virtud,
trabajo, valor, inteligencia, amor, no son, en el fondo, ms que
cuestin de longitud y latitud.

--Permtame mi ilustre amigo que lo dude. En todas las longitudes y
latitudes se encuentran los mismos vicios y las mismas virtudes. Los
rabes, hombres del Medioda, fueron obreros activos, industriales
inteligentsimos; los rusos, hombres del Norte, han sido hasta ahora
perezosos y rudos. Los romanos fueron los guerreros y legisladores del
mundo viviendo en un pas clido; los chinos son dulces y tmidos y
obedientes en un pas fro... Pero dejemos estos asuntos, porque me
interesa saber cmo doa Carmen explica que los hombres hayamos hecho a
la mujer ms dbil de cuerpo y de inteligencia...

--Perdone usted, Jimnez; yo no he dicho que fuese ms dbil de
inteligencia. La inteligencia de la mujer, aun actualmente, es distinta,
pero no inferior a la del hombre. Su inferioridad fsica depende de que
los hombres han vivido en perpetua guerra desde hace muchos miles de
aos, mientras la mujer se mantuvo apartada de la lucha; no porque la
mujer no fuese apta para ella...

--Opina usted que la mujer es apta para la guerra?

--Mucho ms apta que el hombre; tanto, que si las guerras no se
suprimiesen, a ellas debieran encomendarse. Pero se suprimirn, porque
la mujer quiere que se supriman, y no ejerceremos otro oficio militar
que el de la seguridad y el orden pblico.

Los ojos de don Sinibaldo se abrieron desmesuradamente.

--Oh, querida amiga! Usted delira.

--No delira, no--exclam Pareja riendo--; es que doa Carmen se acuerda
esta tarde ms que nunca de aquella regin feliz donde florecen los
limoneros.

--Hablo completamente en serio. Aun en la actualidad, al cabo de miles
de aos de vida sedentaria, que ha producido nuestra evidente
inferioridad fsica, si ustedes toman mil nias de cuatro o cinco aos,
si las fortifican con una gimnasia adecuada, si las obligan a sufrir los
rigores de la intemperie, el fro, el calor, el hambre, la sed, las
marchas forzadas, a escalar las montaas y a atravesar los ros a nado,
si las adiestran ustedes en todos los ejercicios militares, cuando
lleguen a los veinticinco aos habrn ustedes obtenido un batalln tan
fuerte y tan ligero como si estuviese formado de hombres, y desde luego
mucho ms intrpido.

--La mujer es ms valiente que el hombre?

--Muchsimo ms! La mujer es valiente por naturaleza: ustedes lo son
por vanidad. La mujer es valiente a tiempo: ustedes lo son a destiempo.
Cuando se trata de salvar su hogar, de defender a sus hijos y a sus
ancianos padres, cuando corre peligro la independencia de la Patria, las
mujeres luchan con denuedo y mueren con la sonrisa en los labios, sin
esperar condecoraciones y galones ni sueltos en los peridicos. Ah
estn las mujeres de Zaragoza y Gerona para probarlo. Aun en el da
existen ejemplos notables de amazonismo. No ignorarn ustedes que en el
Dahomey el nervio de su ejrcito lo componen dos cuerpos de amazonas.
Cuantos viajeros y misioneros los han visto aseguran que no es posible
llevar ms alto el espritu militar, esto es, la disciplina ciega, la
fuerza, la agilidad, el valor intrpido. No hay quien no les reconozca
ventaja sobre el ejrcito masculino: y estas mujeres se hallan tan
persuadidas de su superioridad, que si en medio del combate alguna de
ellas flaquea, las otras le gritan con desprecio: Quita all, que no
vales ms que un hombre!

--Carambita; cun dulces esposas harn esas seoras!--exclam don
Sinibaldo.

--Ah est el toque de todo!--respondi doa Carmen dejando escapar un
suspiro--. A esas mujeres les est prohibido el matrimonio mientras no
queden intiles para el servicio militar. La maternidad es nuestra dicha
y nuestro tormento, nuestra emancipacin y nuestra cadena. La hembra del
animal slo por algunos das prodiga cuidados a sus hijuelos, que pronto
se pueden valer por s mismos. La infancia del hombre se prolonga
bastantes aos, y en esta prolongacin de la infancia ven algunos
filsofos el origen causal de la familia, y, por consecuencia, de toda
sociedad humana y de la civilizacin. Pero esta prolongacin ha
ocasionado la subordinacin fsica de la mujer, y despus la
subordinacin moral. Para que el hombre existiese, fu necesario que la
mujer abandonase la caza y la guerra y se hiciese sedentaria y casera.
Perdi sus aptitudes guerreras, y cay en la esclavitud. Oh, qu
historia tan triste la historia de la mujer! Cunto dolor, cunta
lgrima, cunta infame depravacin! Es un largo martirologio que ha
durado miles de aos y que an no ha concludo. Somos madres antes que
nada, y los hombres se han aprovechado cobardemente de nuestro amor
maternal para hacernos descender a la categora de animal domstico.
Pero esta monstruosa villana no ha quedado sin castigo. Las mujeres han
derramado muchas lgrimas, pero los hombres tambin las derraman por
ellas. Los dolores ms agudos de vuestra alma la mujer es quien los
causa, los dolores sin nombre, las noches de insomnio, la agona que
lleva a la sien el can de una pistola. El alma femenina, desconocida,
ultrajada, se venga de vosotros. Pagad, cobardes, pagad nuestras
lgrimas, pagad nuestra esclavitud!...

La voz de doa Carmen vibraba con indignacin: sus plidas mejillas se
tieron de carmn.

--No es constante, mi ilustre amiga, la esclavitud de la
mujer--manifest Pareja, sin duda para calmarla--. La noble raza
berebere, la que primero pobl las costas del Mediterrneo, hasta que no
sufri la influencia del Islamismo, se mostr siempre extremadamente
respetuosa con la mujer. Y en el antiguo Egipto, la ms grande
civilizacin que conocemos, cuna de todas las otras mediterrneas, el
predominio de la mujer ha sido evidente.

--Oh noble pueblo, maestro de todos los otros! S, ya s que durante
miles de aos la mujer fu venerada a las orillas del Nilo como el ser
ms prximo a la divinidad. Los hombres buscaban en ella la inspiracin,
el honor, la felicidad de su vida. Su alma era respetada desde la
infancia, y nadie osaba tocar a su independencia. Ama a tu
mujer--repetan sin cesar los padres y los maestros--, alimntala,
adrnala, perfmala, hazla feliz durante toda tu vida: es un tesoro que
debe ser digno de su poseedor. Cun infieles han sido sus discpulos
los griegos, y sobre todo los romanos, a estas nobles enseanzas!

--Los romanos, mi buena amiga--manifest el seor de la Puente--, han
sido los fundadores de todo el derecho. Nadie hasta ahora ha superado,
ni aun igualado, a sus jurisconsultos...

--Sabe usted lo que le digo, amigo la Puente?--profiri con vehemencia
la Salazar--. Que no me hable usted de esos bandidos! Han sido el
pueblo ms fro, ms sistemticamente brutal que se registra en la
Historia. Los detesto! Ellos son los que impusieron a la Europa ese
negro fantasma que se llama _pater familias_, ese odioso tirano que
absorbe en s todos los poderes, que dispone de la suerte y de la vida
de sus hijos, que mantiene a la mujer en degradante tutela.

--Degradante, no, Carmita; necesaria, absolutamente necesaria! La mujer
sala de la _manus_ del padre y entraba in _manu_ de su marido y,
gracias a ello, se hallaba constantemente protegida. La mujer, por su
naturaleza, no es apta, como el hombre, para dirigir las relaciones
exteriores de la familia, para sostener sus derechos cuando son
vulnerados. Cmo quiere usted que una mujer desenrede la madeja de un
pleito? Cmo quiere usted que se presente sola ante los tribunales?

--Ya lo creo que quiero! Quiero que la mujer sea quien nicamente se
presente en los tribunales, que stos se hallen formados exclusivamente
por mujeres, que sean mujeres los abogados y procuradores..., y quiero
que, mientras tanto, se queden ustedes en casa, sin meterse en cosas que
no les incumben.


III

Esta bomba explosiva no produjo todos los efectos desastrosos que eran
de esperar por la entrada sbita de dos caballeros. El uno era Felipe,
hijo de la poetisa, hombre que frisaba en los cuarenta aos, corpulento
al tenor de su esposa, de fisonoma franca y jovial, un poco torpe en
sus movimientos, como si se hubiese criado en el campo, y no muy
esmerado en el alio de su persona. Pasaba por arquitecto distinguido,
ganaba mucho dinero y respetaba de tal modo a su madre que apenas se
atreva a emitir una opinin en su presencia.

El otro era su amigo ntimo Roberto Medina, conde de Sobeyana, que
contaba algunos ms aos que l, disimulados con maravilloso arte. Alto,
delgado, de noble porte y desenvueltos modales, vistiendo con refinada
pulcritud, era el reverso aparente de su amigo, y quizs por esta
oposicin se mantena firme su amistad. Antiguo diplomtico, hombre de
mundo, de palabra irnica y temperamento disimulado, procurando siempre
hacerse agradable, y consiguindolo slo a medias.

Doa Carmen le recibi con afectada cortesa, no con la franqueza
cariosa que usaba con sus amigos predilectos. Se sentaron formando
crculo con nosotros, y observ que el conde maniobr hbilmente para
colocarse al lado de Raimunda.

--La insigne poetisa--manifest Pareja as que hubieron cesado los
saludos--acaba de estremecernos con una de sus habituales e ingeniosas
paradojas. Deca que los tribunales de justicia debieran hallarse
formados exclusivamente por mujeres. Escuchemos su explicacin, que
seguramente nos sorprender y nos encantar, como todo lo que sale de
sus labios.

--No trato de asustar ni sorprender a nadie, querido amigo. Estoy
persuadida de que eso que usted califica de paradoja, en el transcurso
del tiempo ser un hecho, porque debe serlo. El espritu de justicia le
ha sido otorgado por el Cielo a la mujer con mayor abundancia que al
hombre: la prctica de la justicia en este mundo a ella debe ser
encomendada. Un jurado compuesto de mujeres sera siempre ms
clarividente que si lo fuese de hombres, porque el alma femenina,
inspirada por el soberano Espritu de Sabidura, sabe penetrar ms
profundamente en los abismos de la conciencia, y distingue con mayor
claridad en ella lo responsable de lo irresponsable. Oh!, si nosotras
juzgsemos, cuntos hombres y mujeres que gimen en las crceles
andaran sueltos por la calle! Cuntos que andan sueltos por la calle
gemiran en las crceles!

--Desde luego--profiri el conde sonriendo irnicamente--. Si ustedes
juzgasen, ya se sabe, no quedara un seductor por la calle.

--Es posible--respondi doa Carmen mirndole fijamente.

Luego, quedando un instante pensativa, aadi:

--Este verano, en la aldea de Asturias donde acostumbro a pasar los
calores, una pobre mujer que yaca en la miseria, desesperada oyendo a
sus hijos pedirle pan, hace saltar la cerradura de una casa, y, en la
ausencia de sus dueos, hurta un pan y algunas viandas. Pues bien,
acabo de saber que esta mujer ha sido condenada a tres aos de presidio.
Este verano tambin se habrn ustedes enterado de que un hombre tena
secuestrada a su mujer y a sus hijos desde haca algunos aos, que les
obligaba a vivir en una atmsfera meftica, y que, entregado al juego y
a la crpula, descargaba el mal humor que le causaban sus reveses o sus
hastos sobre la infeliz esposa, atormentndola refinadamente con las
ms extraas y crueles torturas, arrojando sobre ella cubos de agua fra
en las noches de invierno, obligndola a dormir sobre los ladrillos del
pavimento, privndola de alimento durante das enteros, etc., etc. Pues
bien, acabo de saber, igualmente, que este hombre ha sido condenado a
unos meses de prisin. Son stas justicias de Dios? No; son justicias
de los hombres; mejor dicho, son justicias del diablo.

--Es deplorable, en efecto--respondi el seor de la Puente--, que sobre
esa infeliz mujer haya cado todo el peso de la ley, pero era forzoso
que as acaeciese. Se trataba de un robo con fractura, se trataba de un
allanamiento de morada. Dnde iramos a parar si la sociedad no
castigase esta clase de crmenes?

--Crmenes?... Yo no conozco ms que un crimen en este mundo... La
crueldad!

--Pero la justicia, Carmita...

--La suprema justicia es la suprema piedad. El mundo moral, como el
mundo fsico, se reduce a leyes simplicsimas: amor y odio, atraccin y
repulsin. El secreto del amor lo posee la mujer; a ella pertenece,
pues, el mundo moral; ella es quien debe juzgar.

--Tambin hay en el mundo mujeres despiadadas, doa Carmen--apunt el
conde de Sobeyana dirigiendo una mirada maliciosa a Raimunda.

Doa Carmen no observ esta mirada, y replic vivamente:

--El sentimiento de la piedad no se extingue jams en el corazn de la
mujer por degradada que se halle, por brbaro y feroz que sea el medio
en que viva. Entre los negros antropfagos de la Australia y del Africa,
all donde la mujer no es ms que una bestia de carga, que el hombre
considera inferior al ganado, all donde las golpean, las mutilan y las
matan a su capricho, all donde un viajero blanco afirma que en los
muchos aos que pas en Africa jams ha visto a un negro mostrar la
menor ternura, hacer la ms leve caricia a una mujer, all, sin embargo,
los viajeros han encontrado corazones femeninos tiernos y compasivos. La
crueldad de que eran vctimas desde largos siglos no haba podido
sofocar la llama del amor. No es sta una prueba irrecusable de que en
la mujer es donde reside el principio moral? El hombre es,
principalmente, un ser intelectual; la mujer, un ser moral. Por tanto,
repito, la direccin de las costumbres y la poltica a ella debe ser
encomendada.

--Usted lo ha dicho, ilustre amiga!--exclam Pareja con sonrisa
mefistoflica--. Desde el punto de vista intelectual, la mujer es un ser
inferior. Forzoso es acudir a la ciencia antropolgica para resolver el
problema de la superioridad intelectual del hombre sobre la mujer. Hay
que interrogarla con confianza, porque slo la ciencia puede darnos
respuestas categricas. Ahora bien, la ciencia responde con implacable
precisin que el cerebro del hombre pesa, aproximadamente, ciento
treinta gramos ms que el de la mujer.

--Yo no he negado la superioridad intelectual del hombre en muchos
aspectos. La prueba es que no reconozco a la mujer grandes aptitudes
para las artes, para la literatura y aun para la filosofa. Lo nico que
sostengo es que la mujer es ms apta para la poltica, esto es, para
todo lo que se relaciona con la moral y las costumbres. Tal superioridad
la puede poseer aunque su cerebro pese menos que el del hombre... Pero
es seguro, amigo Pareja, que el peso del cerebro sea causa de
superioridad intelectual?

--Ignoro si es causa o efecto, pero son dos fenmenos correlativos.

--Voy a demostrarle a usted que no son tan correlativos.

La poetisa se alz con algn trabajo de su butaca, fu derecha a una de
las bibliotecas, sac de all un folleto, y, despus de sentarse de
nuevo, se cal las gafas y comenz a hojearlo.

--Aqu tiene usted los ltimos datos respecto al peso cerebral; el del
gato, veintiocho gramos; el del perro, ochenta; la oveja, ciento veinte;
el len, doscientos cincuenta; el gorila, cuatrocientos; el buey,
quinientos; el caballo, seiscientos cincuenta; el hombre, mil
trescientos sesenta; la ballena, dos mil ochocientos; el elefante,
cuatro mil seiscientos... Me parece que estos datos no necesitan
comentarios!

--Observe usted, querida amiga, que no es en absoluto el peso del
cerebro lo que determina la capacidad intelectual, sino ms bien la
riqueza de sus circunvoluciones.

--Tampoco es un criterio exacto. Cierto que, en general, el cerebro de
los animales superiores presenta ms circunvoluciones que el de los
inferiores; pero existen algunos de inteligencia notable, como el
castor, que tienen un cerebro absolutamente liso, sin circunvolucin
alguna... Y el del elefante presenta ms circunvoluciones que el
nuestro!

--Tiene razn doa Carmen. Qu nos importan esas
circunvoluciones?--exclam el conde--. La mujer se puede pasar muy bien
sin ellas. Usted, amigo Pareja, creera una desgracia irreparable si
perdiese algunas; pero yo, cuando amo y admiro a una mujer, no intento
averiguar el nmero de sus circunvoluciones. Es un asunto que no me
concierne.

Doa Carmen reprimi un gesto de desagrado que aquella insolente ayuda
le produjo, y continu, dirigindose a Pareja:

--Demos por sentada esa inferioridad. Qu implica para el acto de
juzgar de la bondad o de la maldad de las acciones? Cuando forman
ustedes la lista de jurados, escogen ustedes en una ciudad los hombres
ms sabios y ms inteligentes? Los llaman ustedes a todos por igual, y
puede acaecer, y de hecho acaece muchas veces, que un tribunal se
componga de hombres zafios y majaderos... Y quien dice un tribunal, dice
tambin un parlamento.

--Cmo?, cmo?--exclam don Sinibaldo--. Va usted demasiado lejos,
Carmita.

--No rebaso los lmites de la verdad. Por ventura eligen ustedes
diputados a los hombres ms cultos de la nacin? Cuando voy a la tribuna
del Congreso y echo una mirada a los escaos, no puedo menos de
estremecerme. Yo estoy segura, absolutamente segura, de que el da en
que nosotras nos encarguemos de la poltica no elegiremos representantes
a las necias, a las disipadas, a las tramposas, a las perdidas...
Nosotras guardamos siempre en el fondo del alma respeto a lo que debe
respetarse. La mujer no cae jams por completo en la abyeccin como el
hombre. Dirase que permanece sobre ella suspendida, sin que sus manos
ni sus pies la toquen. La mujer impura ama y venera en el fondo de su
corazn la pureza. El ideal de bondad, de belleza y de justicia jams se
desvanece delante de sus ojos. Al contrario de lo que sucede con el
hombre, aun sumida en la ms profunda degradacin, cree siempre en su
propia alma. Quizs por eso las mujeres se absuelven tan pronto de sus
pecados, porque saben que estos pecados no atentan al pudor inmaculado
de su ser.

--Esas ltimas palabras son una preciosa confesin, ilustre amiga--dijo
Pareja--. La mujer se absuelve pronto de sus pecados porque es un ser
tornadizo en el cual las impresiones no arraigan. Me perdonar usted si
le digo que tiene adems un entendimiento superficial? Observe usted que
las mujeres, salvo rarsimas excepciones, slo aprecian el talento por
el xito que alcanza en el mundo...

--Y los hombres no?

--La mujer es nepta para los negocios delicados y para la poltica,
porque carece, en general, de reflexin. Es un ser impulsivo, casi
infantil...

--Mejor que sea infantil. Ustedes no son amables ms que de nios.
Jesucristo lo ha dicho: O nios, o como nios. Me alegro de que
aumente la inteligencia, y de que aumente hasta lo infinito, que se
apodere de todas las fuerzas de la Naturaleza, y de todos los secretos
del Universo; pero dejad que el corazn permanezca nio, que sea dulce,
espontneo, inocente y libre. Entonces la Humanidad habr tocado a la
meta del ms alto progreso que se pueda realizar en esta vida, el
reinado de Dios habr bajado a este mundo, el cielo y la tierra se
habrn confundido.

--Todo eso es fascinador y romntico--manifest el seor de la Puente
con amable sonrisa de condescendencia--. Nuestra amiga no puede
sustraerse al fuego de la inspiracin potica, que, a pesar de sus aos,
arde todava en el fondo de su alma. De ello debemos felicitarnos y
felicitar al mundo, que aun puede esperar de este sol que se acuesta
muchas esplendorosas llamaradas... Pero la poltica, querida amiga... la
poltica es una cosa muy seria.

--Precisamente por eso debe encomendarse a la mujer, que es el ser serio
por excelencia, el nico que sabe poner toda el alma en su actividad, el
nico que cree en los resultados de ella... Una fila de seores con
levita y sombrero de copa ser un espectculo muy serio en la
apariencia; en realidad es bien cmico.

--Encuentro esas observaciones exactas--hube yo de manifestar--; pero,
al mismo tiempo, teniendo en cuenta la atraccin irresistible que sobre
la mujer ejerce el crculo de la familia, no sera de temer que,
dedicada a la poltica, trabajase ms por el bien de su hogar que por el
pblico?

--Y los hombres, no hacen otro tanto, amigo Jimnez?...
Efectivamente--aadi con sonrisa maliciosa y bajando la voz--, a veces
no trabajan por su hogar, sino por el de sus queridas.

--Pero, doa Carmen--repliqu yo--, esas ideas trastornan y hacen
cambiar radicalmente la direccin de la sociedad contempornea!...
Cuando todos los pensadores convienen en la necesidad de vigorizar el
organismo social, cuando no se escucha otro grito que el de: Hay que
virilizar la raza!...

--Virilizar la raza? Para qu? Lo que hay que hacer es afeminarla. O
lo que es igual, hay que volverla un poco menos brutal y egosta; hay
que infundirla las cualidades femeninas de la fe, de la piedad y del
valor...

--Del valor?--exclam el conde--. No habamos convenido en que la
mujer es un ser tmido?

--Doa Carmen no cree en la timidez de la mujer--respondi Pareja
riendo.

--Siempre he pensado lo mismo, pero no es esa la opinin general. La
mujer es tmida por coquetera. Que se trate de aparecer bella, y ser
capaz de arrojarse desde la Giralda de Sevilla.

--Quin tiene la culpa de esa coquetera?--profiri doa Carmen con
viveza--. Desde hace largos siglos, ustedes no le han asignado otro
papel que el de agradar. O agradar al hombre, o vivir y morir
despreciada: tal es su destino. El mundo, para la mujer, no es ms que
un vasto harn disfrazado.

--Y cul destino ms noble, seora, que el de amar y el de ser amada?
Mientras los hombres, espoleados por la necesidad y la ambicin, nos
fatigamos hasta caer rendidos, luchamos hasta perder la vida, la mujer,
en el recinto de su gabinete, sigue con mirada ansiosa nuestra carrera y
se ofrece como premio a nuestros esfuerzos. La mujer es la estrella que
nos gua en las lbregas noches de nuestra existencia, es la flor
perfumada que guardamos en el jardn de nuestra alma. Cmo quiere
usted, seora, que la expongamos a los vendavales furiosos de la
poltica? Sus bellas manos delicadas no estn hechas para mezclarse en
esos juegos, muchas veces sucios y casi siempre peligrosos.

--Sea usted franco, conde, la mujer ha sido, es y debe ser siempre la
eterna odalisca.

--No la quiero odalisca, pero tampoco la quiero transformada en senador
vitalicio como mi amigo la Puente. Es demasiado prosaico!... Perdn,
don Sinibaldo: no he querido decir que sea usted prosaico... Pero las
tareas encomendadas a un senador no son, en verdad, de las ms poticas.
Figrese usted, seora, que una hermosa mujer dijese a su marido:
Perdona, hijo; hoy no puedo entretenerme demasiado contigo, porque
necesito prepararme para una interpelacin que tengo maana en el
Congreso sobre la reforma del arancel... Es horrible!

--Por qu horrible? Encuentran ustedes horriblemente prosaico que las
mujeres discutan la cuestin de tarifas o la conversin de la Deuda. Es
ms potica cuando toma la cuenta a la cocinera: tanto de arroz, tanto
de chorizos? O cuando llama a la lavandera y apunta la ropa sucia:
tantas enaguas, tantos calzoncillos? En cuestin de esttica, no veo
gran diferencia. Por el contrario, la administracin del Tesoro
pblico, por su magnitud y por su transcendencia, imagino que es una
tarea ms elevada.

--Oh cielos! El da en que sean ustedes diputados y senadores, ser un
espectculo bien divertido el presenciar cmo se arrancan los moos.

--No lo ser ms que cuando ustedes alzan los puos en el Congreso y se
dirigen injurias soeces acompaadas de frases de carretero... Pero no,
las mujeres, si no respetamos los recintos, respetamos los sentimientos
justos y los nobles proyectos. Recientemente se ha organizado una magna
asamblea de seoras en Versalles. Pues bien, aquella asamblea celebr
varias sesiones con la mayor mesura, discuti sus acuerdos y lleg a
formular sus conclusiones con perfecta correccin. Slo unos cuantos
caballeros feministas all admitidos desentonaron, y fueron llamados al
orden por la presidenta... Y sin ir tan lejos, todos los das en Madrid
se renen en asamblea muchas seoras con objetos benficos, se organizan
en comisiones, discuten, ponen en prctica sus decisiones, y todo pasa
sin los lamentables incidentes que suelen ocurrir en las asambleas
masculinas. No les hablo de los institutos religiosos, porque demasiado
saben ustedes que los de mujeres, por el espritu de abnegacin, de
disciplina y de armona, son muy superiores a los de los hombres, y lo
seran an mucho ms sin la inoportuna intervencin de los clrigos que
las dirigen.

--De dnde procede, entonces, que en tertulias, en bailes, en teatros y
conciertos armen ustedes insoportable algaraba? Cul es la causa de
que ustedes se detesten tan cordialmente, y en los paseos se miren
ustedes como se miraban los gelfos y gibelinos?--manifest el conde.

--Por la razn que antes he dicho, por el miserable papel que hasta
ahora nos han obligado ustedes a representar. La mujer viene de la
esclavitud, y viene con todos los defectos que la esclavitud engendra,
la timidez, la mentira, la hipocresa, la ligereza. Pero levantadla a
otros destinos ms altos, y su alma recobrar su celestial herencia, se
abrir al espritu de justicia. La mujer es un ser nacido para la
poltica, porque la poltica toca a las costumbres, y en todos aquellos
pueblos que han alcanzado cierto grado de cultura es la reina de las
costumbres. De hecho bien saben ustedes que ha intervenido siempre de un
modo capital en ella...

--Ah est la historia para mostrarnos que no lo ha hecho bien--dijo
Pareja.

--Ni mejor ni peor que los hombres. Desean ustedes saber por qu ha
intervenido algunas veces perniciosamente en los negocios pblicos?
Porque careca de responsabilidad, porque la poltica ha sido hasta
ahora para ella un juego. Le est vedado pensar en la transcendencia de
sus actos, pero se le permite, como a los nios, satisfacer sus
caprichos. La du Barry haca saltar sobre la mesa, delante de Luis XV,
unas naranjas, gritando y riendo: Salta, Choiseul!, salta, Praslin!
Y con estas travesuras hizo caer al primer ministro, su enemigo. Aquella
pobre mujer era considerada como un animal hermoso destinado al recreo.
Pero aquella mujer guardaba en el fondo del alma un tesoro de bondad
admirable; era noble, generosa, inocente. Si en vez de degradarla se la
hubiese elevado con una educacin adecuada, si en vez de un ser
irresponsable la hubieran hecho un ser responsable, no hara saltar a
Choiseul por capricho o por venganza..., aunque tal vez le hubiera
destitudo por traidor.

--De todos modos, mi querida amiga, yo no puedo resignarme a ver la
poltica y las leyes en manos de las mujeres. Son harto frgiles para
cosas tan pesadas--apunt don Sinibaldo.

--No se resigna usted? Pues parece usted bien resignado. Al frente de
la poltica y las leyes espaolas se encuentra hoy una mujer, y usted la
obedece y la acata, y no duda, como nadie duda en Europa, de que su
juicio sereno, sus rectas intenciones, el amor que siente por su pas
adoptivo, son prenda segura de paz y prosperidad para la nacin. Largo
tiempo ha que nuestra Patria no ha sido regida con tal claridad y
justicia, y que una mano tan suave y firme a la vez haya empuado el
cetro espaol. El prestigio de esta augusta seora aleja del Trono toda
sospecha odiosa, la intriga poltica huye avergonzada, los malvados se
esconden, y el ciudadano laborioso vive tranquilo y confiado en su
hogar.

--Oh Carmita, por Dios!--salt don Sinibaldo con sntomas de
sofocacin--. Nadie ms que yo admira las dotes incomparables de nuestra
Reina Regente. A ella he dedicado mi obra sobre el censo enfitutico en
Asturias y Galicia, y tuve la dicha de escuchar de sus augustos labios
frases de aliento que no se borrarn jams de mi corazn.

--Pues si usted no duda de que una mujer, no escogida, sino llevada por
la casualidad del nacimiento a la direccin poltica de un pas, es apta
para gobernarlo, tiene discernimiento bastante para decidir nada menos
que de la paz y de la guerra, para poner su veto a las leyes que los
representantes del pas han votado, para elegir a todos los funcionarios
pblicos, por qu no quiere usted otorgar a las mujeres elegidas entre
las mejores del pas aptitud suficiente para contribuir a la elaboracin
de las leyes y para decidir de lo justo y de lo injusto?

--Pero, en suma, mi ilustre amiga--manifest Pareja--, si es verdad que
hasta ahora han representado ustedes un papel miserable, cul es el que
usted quiere que representemos nosotros el da en que el Parlamento, los
Tribunales de justicia y la Hacienda pblica se hallen en manos de
ustedes?

--Ah me duele, amigo Pareja, ah me duele!--exclam doa Carmen
dejando escapar un suspiro--. Quizs piense usted, como todos los
hombres, que, al arrebatarles esas cosas, les privamos del mayor tesoro
de la existencia. Vive usted engaado. La poltica no es un tesoro, sino
una carga. El progreso la har cada da ms ligera, pero hoy es bien
pesada. La poltica no es algo substancial, no pertenece al fondo y a la
esencia de la vida, a ese fondo divino que la presta sentido y valor.
Slo es un medio para que la Humanidad pueda gozar de ese tesoro los
breves das que el Cielo nos permite alentar sobre la tierra. Al
entregarnos la poltica, ustedes son quienes nos arrebatan el fruto
verdaderamente sabroso de la existencia, nos condenan irremisiblemente a
un papel secundario. El culto a la Divinidad, el arte, la ciencia, la
industria, eso es lo que ennoblece la vida, no la gestin de los
presupuestos ni la polica de las calles... Observen ustedes la vida de
un sabio o de un artista. Si Dios les ha concedido una esposa prudente,
a ella entregan la administracin de sus intereses, y sus das se
deslizan serenos y felices en la evocacin de hermosas imgenes o en la
investigacin de las sublimes leyes de la Naturaleza... Ah tienen
ustedes a mi hijo... No sabe el dinero que hay en la casa, ni lo que en
ella gastamos. Entregado a sus proyectos y dibujos, se ha desentendido
de tal modo de todo lo dems que ni de su ropa de vestir se ocupa.
Querrn ustedes creer que para que se haga un traje es necesario que
Raimunda llame al sastre, escoja el pao y le tomen las medidas por
sorpresa? Pues eso que hacen muchos de ustedes dentro de su casa
particular, con el tiempo lo harn todos dentro de la casa pblica.
Entonces no seremos nosotras las esclavas que se arrastran temblando a
los pies de su seor, ni tampoco esos dolos caprichosos a quienes en el
norte de Amrica se rinde un culto que resulta irnico, esas mquinas
imponentes de gastar dinero que necesitan los millonarios anglosajones
para deslumbrar a la muchedumbre. Queremos solamente el papel que la
providencia de Dios nos ha asignado en este mundo; la guarda de la casa
y el cetro de la justicia. Ustedes, a debatir los altos problemas de la
metafsica, a sondear las profundidades de la teologa, a escribir
poemas inspirados, a modelar estatuas y pintar lienzos inmortales, a
conquistar las fuerzas de la Naturaleza y hacerlas esclavas sumisas de
nuestro bienestar. Nosotras, pobrecitas, a cuidar de la hacienda, a
perseguir a los malvados, a recompensar a los buenos, a dar a cada uno
lo que le pertenece, a limpiar de abrojos el camino del sabio, del
explorador y del artista. Para vosotros, el goce inefable de la
conquista; para nosotras, el trabajo y el peligro sin la gloria. Una
bella aurora luce en el horizonte. El eje del mundo, desviado de sus
polos diamantinos, se endereza. La claridad desciende al cabo del cielo,
y una felicidad desconocida inunda a los mortales. Un nuevo imperio se
descubre a nuestra vista, el imperio de la paz y la justicia. Luchemos
hasta morir por conseguirlo; esperemos que el Espritu de Infinita Paz
nos lo conceda...

Doa Carmen se interrumpi sbitamente, y sus ojos, que parecan
arrobados en delicioso xtasis, cambiaron de expresin. Comprend la
causa, porque los mos no se haban apartado desde haca algn tiempo
del conde de Sobeyana. Le haba visto estrechar la distancia que le
separaba de Raimunda, haba observado sus miradas insistentes y las
palabras que en voz baja le diriga alguna vez, como si quisiera trabar
ntima conversacin con ella. Por fin, le vi extender el brazo, apoyarlo
en el respaldo de la butaquita donde la hermosa nuera de la poetisa se
sentaba, y acercar demasiadamente la mano a su cabeza.

Raimunda no pareca darse cuenta de tal asedio galante. El caso no era
raro tratndose de aquella Juno colosal, cuya alma se paseaba demasiado
a sus anchas por el cuerpo.

Por fin, cre notar que el conde rozaba con sus dedos los cabellos de la
joven, y tembl pensando que su marido, que se hallaba del otro lado,
poda volver hacia all los ojos y observarlo. Era mucha la osada de
aquel hombre.

Pero aun fu mayor. Hbil y rpidamente, como un perfecto escamoteador,
vi que tiraba de un peinecillo de concha que sujetaba por detrs los
cabellos de la hermosa, lo tena un instante entre los dedos, y lo meta
con pasmoso disimulo en el bolsillo. Esto fu lo que hizo cambiar de
expresin instantneamente los ojos de doa Carmen. Raimunda sinti que
el adorno se le desprenda de la cabeza, se incorpor, y se llev la
mano a ella, exclamando en voz baja:

--Se me ha cado un peinecillo!

Se puso en pie, corri la butaca y comenz a buscar.

--No lo busques: ya parecer maana--dijo doa Carmen con voz un poco
cambiada.

--Por qu no? Si debe de estar aqu. En este momento se me ha cado.

Su marido se puso en pie para ayudarla. Otro tanto hicieron el conde,
don Sinibaldo y Pareja. Yo les imit, y comenzamos a buscar encendiendo
cerillas.

--No muevan ustedes las sillas. Si tiene que estar aqu! Qu cosa ms
extraa!--repeta Raimunda.

--Djalo, hija ma. Esos seores se estn molestando. Ya parecer
despus--dijo doa Carmen, cuyo rostro haba empalidecido.

--Es que si lo pisan, se romper, de seguro, y es un regalo que me ha
hecho Felipe hace unos das.

--Bueno, ya te regalar otro.

--Si ha cado, aqu tiene que estar. No es un objeto tan pequeo para
ocultarse en el pelo de la alfombra--profiri Felipe en tono desabrido
que me hizo temblar.

Seguamos buscando, y comenzaba a invadirnos a todos un extrao
malestar. El rostro de doa Carmen se iba poniendo cada vez ms plido,
y sus ojos expresaban una viva inquietud. Vi que el de su hijo se iba
obscureciendo, y tem las consecuencias. Por un impulso irreflexivo me
inclin hacia el conde, que aparentaba buscar con el mayor afn, y le
dije en voz muy baja, pero en tono imperativo:

--Dme usted ese peinecillo.

Le vi ponerse plido tambin, llev la mano al bolsillo, y dej en el
suelo el objeto que buscbamos. Yo me apoder de l, y exclam
enderezndome:

--Ya pareci!

Celebrse el hallazgo, y los semblantes de doa Carmen y su hijo se
serenaron. Prosigui la conversacin, pero yo me desped por si el conde
quera seguirme y exigirme satisfaccin del atrevimiento. Felizmente, no
lo hizo. Sin duda, comprendi que yo no haba tenido intencin de
ofenderle, sino de evitar a aquella familia y a l mismo un disgusto. Al
despedirme, doa Carmen me apret con fuerza la mano.

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ltimo paseo del doctor Anglico


Aunque la enfermedad haba hecho ya progresos terribles, y era grande su
debilidad, todava se obstinaba Jimnez en pasear. En uno de los ltimos
das fu a su casa, y, como siempre, me invit a dar una vuelta por los
contornos. Era ya bastante tarde; as que no pudimos alejarnos mucho.
Cuando regresamos, la noche estaba cerrando: slo all en el horizonte
se adverta una dbil claridad crepuscular que haca ms negra la
llanura. Nos aproximbamos a las casas del barrio habitado por mi amigo,
cuando vimos venir hacia nosotros una mujer que con grandes voces
festejaba a un nio de pocos meses que llevaba entre los brazos: Quin
es el sol de mi vida? Quin es el rey de la tierra? Di, lucero!, di,
clavel! A quin adora su madre? Quin es la alegra?, quin es la
gloria?

Y tales gritos iban seguidos de sonoros besos y fuertes zarandeos que el
tierno infante soportaba pacficamente, agradecindolos en el fondo de
su corazoncito, pero sin manifestarlo de un modo ostensible. Y cuanto
ms reservado se mostraba el infante, ms arreciaba la madre con sus
gritos y zarandeos. Cruz a nuestro lado sin vernos; tal era su
entusiasmo. Jimnez y yo nos detuvimos y la seguimos con la vista
sonrientes y satisfechos. A larga distancia todava se escuchaban sus
gritos amorosos.

--Contempla a esa madre con su hijo entre los brazos--profiri
Jimnez--. Qu fuerte magnetismo los atrae! Cmo suenan sus besos!
Cun ciertos estn de su amor!... Ah!, si en esta breve y msera
existencia slo estamos ciertos de lo que amamos, amando a Dios, no
dudaramos de que existe.

--Pero cmo amar a Dios, Jimnez, suponindole autor o causa de
nuestros dolores?

--Esa es la pregunta que acude a los labios de todo el que no siente el
amor de Dios. No es posible amar a lo que es causa de algn dolor?
Entonces, por qu se ama a un hijo invlido, que desde su nacimiento no
ha causado a su padre ms que constante afliccin, noches en vela y
lgrimas abundantes? No suelen decir sus padres que porque les ha hecho
verter tantas lgrimas, por eso le aman? Estudia el amor en todas sus
manifestaciones, desde la ms alta a la ms baja, y te penetrars de que
siempre va acompaado de la idea de sacrificio, esto es, de una
negacin, pequea o grande, de nuestra individualidad. El ser amado,
llmese esposa, o hijo, o amigo, exige siempre esta negacin.

--Mas esos seres amados, aunque son causa de nuestros dolores, no son
causa voluntaria.

--Tambin pueden serlo. Vamoslo. Un padre enva voluntariamente a su
hijo a lejanas tierras, y le obliga a permanecer all trabajando algunos
aos. Sufre el padre y sufre el hijo con esta separacin, pero, lejos de
enfriarse su amor, crece y se afirma. Para que el amor se afirme, ser
inevitable la separacin? Esta pregunta envuelve un profundo problema
metafsico, que, siendo la base del Cristianismo, es al propio tiempo la
clave y la razn de la existencia del Universo. Por ltimo, aparece la
grave y suprema objecin de que hablamos otro da. Si Dios existe, puede
habernos hecho felices desde luego. Por qu no lo ha hecho? Antes de
preguntarlo debiramos saber qu es o en qu consiste la felicidad. La
experiencia nos la presenta siempre como la satisfaccin de una
necesidad. De tal suerte, que si todas ellas, inmediatamente sentidas y
transformadas por el alma en deseos, fuesen satisfechas, seramos
felices. Pero la necesidad es un dolor. Luego para conocer la felicidad
es necesario conocer el dolor. O lo que es igual, para ser felices
precisa ser antes desgraciados. Toda nuestra existencia temporal es as.
Para gozar la suprema felicidad, o sea la unin con Dios, es necesario
estar antes separados de Dios... Sumerge una mirada profunda en el
ocano de nuestros males. Penetra dentro!, muy adentro!, ms adentro
todava! Entonces percibirs que nuestros males tienen su causa en una
separacin, una misteriosa separacin que es el misterio de los
misterios, la separacin del individuo y del Unico. La verdadera
desgracia del hombre es no ser Dios. Pero Dios concluye con nuestra
desgracia sumndonos a su felicidad. No nos hace felices de una vez,
porque esto concluira tambin de una vez con nuestra felicidad, sino
felices _eternamente_. Medita y saborea esta palabra! El Unico no
quiere la separacin: es el individuo quien la quiere; es el individuo
quien se encarga de ensanchar cada vez ms el abismo entre l y Dios...

Permanec silencioso meditando como l me peda. Aquellas palabras
despertaron el enjambre de pensamientos que dormitaban haca tiempo en
mi cerebro, apercibidos a salir al menor toque. Comenzaron a revolotear
por l furiosamente, se cruzaban, se atropellaban y se combatan.
Marchaba, sin embargo, tranquilamente. Jimnez, a mi lado, pareca que
me observaba con el rabillo del ojo. Una paz extraordinaria, una dulzura
penetrante y deliciosa reinaba en aquel momento en el ambiente.

De pronto las campanas de la iglesia del barrio sonaron suaves y
melanclicas con el toque de la oracin. Jimnez se despoj del sombrero
y avanz algunos pasos delante de m. Comprend que iba orando, y no le
interrump. Pocos minutos despus nos hallbamos frente a la verja del
jardn de su hotelito. Era ste, si no lujoso, elegante y cmodo. Las
flores estaban cuidadas con esmero; haba tambin algunos rboles
crecidos en el jardn, y en uno de los rincones un bello cenador
guarnecido de via virgen y madreselva. Jimnez tena por servidumbre un
ama de gobierno, una cocinera y un criado.

Antes de tirar de la cadenita de la campanilla me invit para que
entrase a descansar un rato. Acept de buen grado, porque me hallaba
hondamente preocupado y aspiraba a obtener de l algunas ideas y
explicaciones de las cuales estaba, en verdad, necesitado. No quise,
sin embargo, entrar en la casa; prefer que nos sentsemos unos momentos
en el cenador. Entonces Jimnez hizo que el criado nos trajese una
botella de cerveza, y nos sentamos cmodamente en unos sillones rsticos
de mimbre a la mesa de piedra que all haba. Mi amigo sac un cigarro,
y me ofreci otro diciendo:

--El mdico me prohibe fumar; pero hoy he ganado bien este cigarrillo,
no te parece?

--Ya, ya!--repuse yo distrado; y entrando sin prembulos en materia,
en la materia que ocupaba mi mente en aquel instante, comenc a decir
lentamente, sin mirarle a la cara--: All en los comienzos del siglo
pasado, al cual t y yo tenemos la honra de pertenecer, apareci en
Francia una escuela de poetas o de cristianos sentimentales. Estos
poetas, a cuyo frente se hallaba el clebre Chateaubriand, por la
nobleza del sentimiento y por la elevacin del espritu, tanto como por
la brillantez de su estilo, despertaron en su tiempo frvidos
entusiasmos, y aun hoy merecen, en mi opinin, el sufragio de la
posteridad. Pero el Cristianismo de que estaban empapados sus poemas y
novelas, a ciertos crticos descontentadizos les pareca sobrado dulzn
y teatral; y como en muchos de estos poemas y novelas se echaba mano del
recurso de las campanas sonando en la campia en la hora del crepsculo,
di en llamarse a su religin _la religin de las campanas_.

--Te veo, amigo, te veo!--exclam Jimnez riendo.

Permaneci luego unos instantes silencioso, di algunos profundos
chupetones al cigarro, y comenz a hablar de esta manera:

       *       *       *       *       *

--Desde que Rousseau, por boca del Vicario _saboyano_, ha dicho: Dios
no pide otro culto que el del corazn; no quiere ser adorado ms que en
espritu y en verdad; no se cuida ni de las vestiduras del sacerdote, ni
de las palabras, ni de los gestos, ni de las genuflexiones; el culto
externo es puramente un asunto de polica, no han cesado de repetirse
las mismas ideas en una o en otra forma, engendrando otra escuela frente
a la que t mencionas, y que ha sido llamada la escuela de la _religin
natural_. Quiero creer que todos los que la siguen proceden con absoluta
buena fe. Yo mismo he repetido muchas veces esas ideas, y no me remuerde
la conciencia de haber faltado a la sinceridad. Pero al cabo he llegado
a persuadirme de que casi ninguno de los que as hablan, empezando por
Rousseau y concluyendo por m, han dedicado a Dios el culto del corazn,
le han adorado en espritu y en verdad, como aqul aconseja.
Prescindimos del culto externo, pero no practicamos tampoco el interno.
Slo nos acordamos de Dios cuando tenemos que hablar de l, o acaso
cuando nos aflige alguna desgracia. Esto me hizo dudar si lo que
manifestaba el famoso vicario sera toda la verdad, o nada ms que una
parte. El culto externo, en efecto, parece algo material y, por tanto,
indigno de la Divinidad. Pero hay algo en el hombre que no se exprese
de un modo material? Cierto que la existencia de Dios se nos revela en
la conciencia, pero esta conciencia, existira sin nuestro cuerpo, esto
es, si no fusemos individuos, partes separadas del todo? El Universo
entero no es ms que el smbolo infinito que oculta una verdad infinita.
De esto se deduce que el smbolo penetra en toda la existencia, como que
es el fondo mismo de ella. El saludo que hago en la calle a un amigo, ya
le dirija una sonrisa, o le diga adis con la mano, o le quite el
sombrero, no es, en la apariencia, ms que un acto corporal, un
movimiento de la materia; pero este movimiento es el revelador necesario
de un estado de amor, de amistad o de respeto en mi alma.

--Dios no necesita revelador, porque aprecia directamente el estado de
tu alma.

--Pero si Dios no lo necesita, lo necesito yo; lo necesitan los dems
para vivir unidos a m en una creencia. Si no exteriorizsemos lo que
pasa por nuestra conciencia seramos espritus puros; el Universo
dejara de existir. Esto suceder el da en que rompamos las cadenas con
que el tiempo y el espacio nos tienen sujetos. Mientras permanezcamos en
ellas, nuestros actos obedecern a la ley del smbolo que preside a la
existencia. Por otra parte, siendo el hombre un ser espiritual y
corporal a la vez, y llevando cada uno de sus actos el sello de ambas
procedencias, nadie ignora la influencia que ejercen unos sobre otros.
El espritu ordena..., pero el cuerpo tambin. Para que la calma renazca
en nuestra alma agitada basta muchas veces adoptar una posicin cmoda y
tranquila y permanecer en ella algn tiempo. Para agitarnos y
enfurecernos repentinamente slo es necesario ejecutar algunos
movimientos corporales violentos y descompasados. Del mismo modo, slo
los que han pasado por ello se dan cuenta de lo que influyen los actos
corporales del culto externo en la animacin de nuestros sentimientos
piadosos. Esos que sonren y exclaman: para qu?, cuando ven a un
hombre besar con xtasis los pies de un crucifijo de madera o tocar con
la frente en el suelo al levantarse la Hostia santa en el templo, no
han abierto jams con mano trmula el cajn donde se guardan los
recuerdos de un ser querido?, no los han besado repetidas veces?, no
los han mojado con sus lgrimas?... Para qu? Ni esos pedazos de lienzo
o de oro significan nada por s mismos, ni el ser adorado a quien
pertenecieron puede escuchar ya sus besos... Si este mundo es, pues, un
puro smbolo de algo mucho ms alto, djame, djame que en las horas de
angustia me abrace a un crucifijo de madera, djame que all en el campo
el taido de una campana me haga llevar la mano al sombrero y me acuerde
de Dios!

       *       *       *       *       *

Jimnez haba dejado caer el cigarro al suelo; sus ojos brillaban; sus
plidas mejillas se haban teido de carmn. Repuesto instantneamente,
prosigui con calma:

--La vida es un combate: no ese combate bestial de que tanto se habla, y
que, ms que lucha por la vida, debiera llamarse lucha por la muerte.
Hablo del combate por el bien, que es la verdadera vida del hombre. Es,
ms que combate, una liberacin, una ascensin, la conquista del cielo.
Todo hombre aspira, consciente o inconscientemente, a despojar su ser
espiritual de la piel de la bestia. As como al poner el odo al tronco
del rbol en la poca propicia escuchamos los repetidos golpes de la
crislida, que trabaja anhelante por salir a la luz transformada en
mariposa, as los habitantes del cielo escuchan el buceo de nuestra
alma, que se remueve buscando la luz. La Humanidad sale algunas veces de
la onda obscura y baa su frente con los rayos de la belleza y el bien,
pero, ay!, no tarda en sumergirse de nuevo. Quiero decir que su
ascensin no es continua. El mundo--deca Goethe en los ltimos aos de
su vida a su confidente Eckermann--no debe alcanzar su objeto tan pronto
como lo pensamos y lo deseamos. La Humanidad jams dejar de encontrar
obstculos que la embaracen y miserias que la impidan desenvolver sus
fuerzas. Llegar a ser ms prudente, ms sabia, pero mejor y ms feliz,
eso no lo esperemos ms que por momentos. As hablaba el gran optimista
de los tiempos modernos.

--He ledo, doctor, que el feto humano recorre en el claustro materno
todas las etapas de la animalidad, o, como expresan los naturalistas,
la _ontogenia_ no es ms que un resumen de la _filogenia_. Suceder
algo anlogo por lo que se refiere a nuestro ser espiritual? El hombre,
en los primeros aos de su infancia, es un ser en quien obran solamente
las fuerzas generales de la Naturaleza. Cuando se desprende del mundo
exterior y afirma su personalidad, lucha irreflexivamente por alcanzar
todo lo que cree adecuado para su existencia; apetece los espectculos,
los ejercicios corporales, ama la Naturaleza y el Arte. El enigma de su
ser se le aparece envuelto en sueos poticos, con cierta misteriosa
sensualidad. Con la juventud llega el amor, y a menudo ste le arrastra
a la depravacin. En la edad madura ama el dinero, para obtener con l
las comodidades y el lujo, y satisfacer la pasin ms irresistible de su
ser, la que compendia y resume de una vez la afirmacin de la vida, la
pasin de la dominacin... Pero asoma al cabo la vejez, y entonces se
convence de que la dicha es imposible en este mundo. Aquella afirmacin,
a la cual se asa con todas las fuerzas de su cuerpo y de su alma, no
tiene otro paradero que la tristeza, la debilidad y, por fin, la muerte.
Los seres vulgares luchan todava, se desesperan y se rinden al cabo
estpidamente. Los espritus elevados comprenden que han errado el
camino, vuelven los pasos atrs, se niegan a s mismos, y afirman a Dios
como nica raz de su existencia... Estas mismas etapas, que todo
hombre recorre, son las de la Humanidad. Cualquiera puede convencerse
leyendo su historia. Hoy parece que el gnero humano sale de la juventud
y entra en la madurez. Quiere gozarlo todo, y acude a la ciencia, al
industrialismo, a la diplomacia. Acaso dentro de algunos centenares o
millares de aos, convencido de que no ha dado un paso en el camino de
la dicha, se produzca una gran reaccin religiosa, esto es, acuda al
centro de toda vida y toda felicidad, y concluya santificndose.

--No es una pura fantasa de tu mente lo que acabas de decir. Hay en
ello mucho de cierto, pero hay tambin bastante de falso. La idea que
acabas de verter es un teorema que da por sentado el axioma de la
fatalidad. El desenvolvimiento del hombre es necesario en tal sentido;
el de la Humanidad, lo mismo. Al hablar as, acaso no te des cuenta de
que proscribes la libertad, an ms, de que la asestas un golpe mortal.
Volvemos al _fatum_ inflexible de la antigedad pagana. No puede ser. La
moral del Destino ha expirado el da en que naci Jess. La libertad es
nuestro patrimonio, constituye la esencia misma del hombre, sin ella no
existira la Humanidad. Ni el hombre sigue esas etapas inflexiblemente,
ni la Humanidad tampoco. Hay muchos hombres, en efecto, que slo se
desengaan en la vejez, pero los hay tambin que convierten su corazn
en la edad madura, y tambin quienes parecen nacer ya desengaados, y
desde su infancia apartan su espritu de las cosas efmeras y se dirigen
a las eternas. Y en la historia del gnero humano hay pocas en que ste
se acerca ms a Dios, y respira su vida infinita, y goza de su
felicidad, y las hay en que se aparta voluntariamente de l, marcha
apresuradamente hacia la nada, y se siente desgraciado. Porque cuando la
Humanidad pierde de vista el centro de su existencia y, obedeciendo a la
fuerza centrfuga, se aleja del sol que la ilumina, por ms que haya
alcanzado un alto grado de civilizacin, y haya sometido a su imperio
las fuerzas de la Naturaleza, y se embriague con una actividad febril, y
parezca gozar de sus conquistas, en el fondo se siente desgraciada.
Sospecho que durante la Edad Media los hombres fueron ms felices en
Europa que en la edad presente... Te asombras? Pues eres el ltimo que
debiera hacerlo porque te he odo algunas veces decir que si se
inventase un termmetro o graduador que, introducido por la boca de los
hombres, acusase exactamente el grado de su dicha, se observaran cosas
que nos dejaran estupefactos. Tal hombre rico, joven y robusto, no
hara subir la columna termomtrica hasta el cero; tal otro, mendigo
andrajoso, la mantendra muchos grados por encima. Pues bien, la
Humanidad, durante la Edad Media, es con respecto a nosotros un mendigo
andrajoso; careca de toda comodidad para la vida del cuerpo, se hallaba
expuesta constantemente, como el mendigo, a las inclemencias de la
Naturaleza y de los hombres..., pero tena la fe. No todos la tenan,
porque ya creo haberte dicho que la mayora de los hombres ha sido, es y
acaso sea siempre, sensualista; mas aquellos en quienes haba prendido,
la posean plenamente y la gozaban. Y la alegra de la fe, querido
amigo, no puede compararse con ninguna otra; si los hombres de mundo la
sospechasen--dice el Kempis--, se estremeceran de envidia... Tienes
razn, sin embargo, al afirmar que el pecado ha llegado en la poca
actual a su perodo de madurez. En pocas anteriores, en los pueblos
antiguos y tambin en la Edad Media reinaba la violencia, pero a su lado
reinaba el herosmo. El hombre era un nio no desprendido bien todava
de la Naturaleza. La fuerza sorda de la animalidad le tena sumergido en
una atmsfera espesa de pecado y miseria. Pero luchaba ardientemente por
salir de ella; alguna vez asomaba la cabeza, senta alegra, y entonaba
el cntico sublime del espritu emancipado. Ahora el hombre no es mejor.
El hombre, en la edad madura, no mejora generalmente; se hace ms
cobarde. El egosmo impera como nunca, pero se ha hecho ms refinado,
ms hipcrita. Conocemos la verdad, nos hemos asomado a la luz, pero nos
volvemos voluntaria y complacientemente a sumergir en la atmsfera
espesa del pecado. sta, sin embargo, no es una etapa fatal de la
Humanidad, como pretendes. Yo tambin he vivido deslumbrado por esas
grandes sntesis que nos daban nuestros maestros en la ctedra y que se
admiran en algunos libros que han alcanzado inmensa boga. No hay duda
que son seductoras, que nos ahorran el trabajo de pensar ms en nuestra
suerte, que las hay para todos los gustos, unas materialistas, otras
idealistas, furiosamente reaccionarias y desesperadamente anarquistas;
en unas se nombra la Providencia, en otras la vida integral o la
felicidad del gnero humano; de todos modos, es la fatalidad quien
preside a la marcha del gnero humano: la libertad del hombre
desaparece. Desde el momento en que nuestro destino se halla trazado de
antemano, no hay ms que lanzarse a la corriente y dejar que las cosas
paren donde deben parar... Por fortuna, mi cerebro ha vivido poco tiempo
de esas sntesis. Pronto he comprendido que, a pesar de su idealismo
aparente, nos precipitan en el pantesmo, y ms tarde en el pesimismo.
La esencia de la Humanidad es la libertad, y el mismo Dios no prev sus
destinos en el tiempo: lo que hace es verlos en la actualidad, porque el
Ser Supremo se halla por encima del tiempo. La Humanidad, como el
hombre, puede subir y bajar o estacionarse, empeora unas veces, otras
mejora, se eleva, se degrada, y, al fin, puede salvarse, pero puede
tambin condenarse.

--Entonces, para qu ha servido la sangre de Cristo?

--La sangre de Cristo nos da la posibilidad de salvarnos, pero no nos da
la seguridad de salvarnos.

       *       *       *       *       *

En aquel instante Jimnez fu atacado de un violento acceso de tos. A la
escasa luz que all haba, le vi ponerse plido. Tristemente
impresionado, porque el estado de su salud era verdaderamente
deplorable, le dije:

--Retrate, doctor: el fresco de la noche te est haciendo dao para la
tos.

--No hablemos de mi tos--repuso sonriendo--. O ella concluye, o concluyo
yo. Ambos somos cosas temporales. Sigamos hablando de las eternas... La
vida es un combate por el bien, te he dicho. En este combate, marchamos
solos a la pelea?, podemos por nosotros mismos y sin ayuda alcanzar la
victoria? Eso nos asegura el estoicismo. Pero sus promesas son vanas,
porque slo en un nmero reducido de hombres la voluntad es poderosa
para no desviarles del recto camino. Y si examinas de cerca esa
voluntad, observars que est compuesta en muchos casos de orgullo y
terquedad. Alguien ha dicho que la filosofa estoica no es ms que el
herosmo romano reducido a sistema. Acaso se pudiera sustituir la
palabra orgullo a la de herosmo en innumerables ocasiones. La serenidad
estoica est hecha de egosmo: es el arte de ser feliz en medio de la
desgracia de los otros. El estoicismo excluye el amor, y el amor es el
alma y el motor del mundo, es el nico medio de hallar felicidad en esta
vida. Cierto que alguna vez, por virtud o bajo el impulso de un
sentimiento exaltado, puede el hombre obrar cosas maravillosas, pero
esos estados no son normales, son patolgicos; son, como dice Pascal,
movimientos febriles que la salud no puede imitar. Para obrar de ese
modo se necesitara hallarse agitado siempre por el entusiasmo, y la
razn, por s sola, no produce el entusiasmo; las ideas no operan como
mviles de nuestra conducta si no se transforman previamente en
sentimientos. No basta afirmar que el dolor fsico o el dolor moral no
son males para dejar de sentirlos. El hombre no es todo razn ni todo
sensibilidad. Los estoicos, como los epicreos, mutilan la naturaleza
humana.

--En efecto, doctor--respond--; los estoicos atribuyen a nuestra
voluntad un poder incontrastable, lo cual es evidentemente falso:
nuestra voluntad, por s sola, no puede hacernos felices. Pero los
cristianos, no merman demasiado el imperio de esta voluntad? Si todo
cuanto de bueno poseemos, si todas nuestras disposiciones para seguir el
camino del bien dependen de la gracia de Dios, qu se ha hecho de
nuestra libertad?

Jimnez tard unos instantes en responder. Luego dijo gravemente:

--En el fondo, mi buen amigo, la libertad del hombre slo se manifiesta
de un modo: acercndose a Dios, o alejndose de Dios. En nuestra alma
existen dos fuerzas, una centrfuga y otra centrpeta, y, al revs de lo
que pasa en la naturaleza corporal, disponemos libremente de ambas
fuerzas. Pero as como los cuerpos celestes que llamamos cometas al
acercarse al sol ganan vida y velocidad, y cuando se alejan decaen y se
amortiguan y andan cerca de caer en la nada, as nuestro espritu,
cuando se aproxima al Soberano Ser y vive de su vida, se ilumina como
los cometas y participa de su felicidad y de su poder. Por eso afirma el
Cristianismo que la verdadera libertad del hombre consiste en marchar
hacia Dios, porque ste es su aspecto positivo; el otro es negativo. He
dicho que nuestro espritu ganaba poder, y he aqu la clave de nuestra
existencia y del Universo entero. El fin de todo cuanto existe no es
otro que ganar poder. Repara cmo sbitamente me pongo de acuerdo, al
menos por un instante, con los positivistas, con los materialistas y con
los llamados espritus libres. Ganar poder! Este es el deseo que
palpita en el corazn de todos los seres creados, ste es el hecho
capital de nuestra existencia; todos deseamos el poder, que es la
alegra y es la paz. Ahora bien, dnde se halla este poder? En
nosotros mismos? No, porque no podemos menos de reconocernos como seres
finitos, dbiles, sujetos a la necesidad y al dolor. La fuente del poder
no mana en nuestro cuerpo ni en nuestro espritu, ambos limitados, sino
en el Ser Infinito, autor y causa de todo cuanto existe. En l se cifra
la plenitud del poder, y a l debemos dirigirnos para obtenerlo. En el
grado en que logremos acercarnos a l y recibamos su influjo, en ese
grado seremos poderosos, libres y felices, porque l es la salud, la
paz y la vida, y el que le sigue no anda en tinieblas. Son las mismas
palabras que el sol podra dirigir a sus cometas cuando empiezan a
helarse all en los lejanos y obscuros abismos del cielo. Y el cometa
escucha, y acude al principio perezoso, luego raudo, a esta voz que le
llama. Pero el hombre, ay!, no pocas veces permanece sordo, y concluye
por helarse enteramente.

--T lo has dicho. El hombre est sordo muchas veces. Y cmo abrirle
los odos? He aqu el problema, Jimnez. Suponiendo que el hombre se
dirija al bien, libremente, por medio del ejercicio, puede fortificar su
voluntad. En el ambiente que le rodea flotan ideas generosas que le
confirman en su resolucin, existen amistades que le solicitan a
perseverar en ella, suenan palabras que exaltan y acaloran sus
sentimientos... Pero cuando no existe esa voluntad, quin se la presta?

--Se la presta el mismo Dios; y se la presta por medio de la oracin.
Como el oxgeno del aire mantiene por medio de la respiracin el calor
en nuestro cuerpo as la oracin perseverante mantiene el calor en
nuestra alma y la impide que se hiele. Este retorno del alma al centro
de su vida, esta conversacin amorosa de la criatura con su Creador, es
el momento ms sublime que puede aparecer en el tiempo y el espacio; es
ya, por s mismo, una imagen de la eternidad. Los indios, con admirable
instinto, hacan de la oracin el hecho capital de la existencia,
aunque, extraviados luego, confundan a Dios con la oracin. Brahma es
la palabra santa, y por esta palabra se ha hecho y se conserva el mundo.
Si el hombre comprende que en este insondable abismo de la creacin no
se encuentra solo, ya est salvado. Le basta volver los ojos al sol de
su espritu, y este sol se encarga, con el magnetismo de sus rayos, de
traerle a la dicha.

--El momento sublime de que acabas de hablar, cuntas veces, doctor, se
convierte en un momento ridculo y despreciable! Los unos se postran
ante Dios y le piden dinero, los otros le piden fama, otros le invitan a
que extermine a sus enemigos, y hasta ha habido bandidos en Andaluca
que oraban para que Dios les deparase viajeros ricos a quien poder
desvalijar.

--El hombre manifiesta en esas oraciones su depravacin y las reliquias
del pecado en que fu engendrado. Ese desorden es inherente a la
Humanidad, y aparece en todas las regiones del globo, en todos los
tiempos y en todas las clases sociales. El cielo de nuestra conciencia
slo puede teirse de dos colores: el rojo del egosmo y el azul de la
caridad. Estas dos tintas se mezclan y confunden en l de tal manera que
parece imposible a veces distinguirlas. Las almas verdaderamente
cristianas, por humilde que sea su inteligencia, no se equivocan. En
cada momento de la existencia apuntan sin vacilar al sitio donde se
halla Dios y al sitio donde se esconde el diablo. Pero los dems
encontramos una dificultad insuperable para arrancar las plantas
malditas que hace crecer el egosmo entre la cosecha celestial de
nuestras ideas. Unidos en el mismo dogma, cada cual se forma de Dios la
idea que le permite el grado de espiritualidad o de elevacin moral que
haya podido alcanzar. De aqu que el nombre de Dios haya servido en la
Historia de salvaguardia a las acciones ms execrables derivadas del
odio, del orgullo y la venganza. En nombre de Dios, que es caridad, se
han infligido los tormentos ms espantosos. El nombre de Dios nos sirve
todava para proteger los extravos de nuestro inters, ignorancia y
sensualidad... Recuerdo que era yo adolescente, y en la comarca
montaosa en que nac y sola pasar el verano, haba un molinero cuyo
hijo, espigado, majadero, vicioso y tumbn, era su castigo. En el pueblo
se le trataba con el desdn que mereca. Su padre adelantaba poco o nada
calentndole de vez en cuando las espaldas con un garrote. A despecho
del mo, que no le miraba con buenos ojos, trab amistad con l.
Corramos a todas horas los caminos y senderos, los bosques y los
caseros, jugbamos a los naipes, jugbamos tambin malas tretas a los
vecinos: en fin, aquel zngano nada bueno me enseaba. Mas he aqu que
la guerra carlista, iniciada en las provincias vascas, prendi tambin
en la nuestra. Alzronse algunas partidas de gente armada, y nuestro
valle comenz a ser el centro de concilibulos y preparativos. Un da,
estando yo en el balcn de mi casa, veo aparecer por el camino de la
fuente a mi compaero, con boina blanca y un enorme fusil sobre el
hombro. Como cruzaba serio y arrogante sin decirme nada yo le grit:
Adnde vas, Pachn? Sin levantar la vista ni detener el paso, me
respondi con una severidad que me dej helado: Voy a poner a Dios en
su santo trono.

--Conozco otros casos ms curiosos an del concepto del amor divino. O
contar que all en la isla de Cuba un sacerdote, al instruir a los
negros en la doctrina cristiana, tratando de acomodarse a su rudsima
inteligencia, les deca: Escuchad, hijos mos: Dios es muy bueno, y en
el cielo los pobrecitos negros no trabajan, viven contentos, nadie les
azota y comen tocino. El diablo es muy malo, y en el infierno el trabajo
es mucho ms duro que aqu, se les azota con varillas de hierro, se les
quema la carne con carbones encendidos y se les da una racin muy corta
de harina de maz. De suerte, amados hijos, que dnde quisirais ir
mejor, al cielo o al infierno? Y los negros respondan a coro:
Queremos tocino!... Otro ejemplo. Aqu no se trata de infelices
negros, sino de una persona de gran categora. Exista en Madrid hace
algunos aos una condesa ya vieja, a quien acompaaba constantemente un
sacerdote. Y manifestaba a sus ntimos que mantena a este clrigo y le
asignaba un pequeo sueldo para que, si la muerte la sobrecogiese,
hubiera a su lado quien le diese la absolucin de sus pecados. Y
exclamaba con lstima alzando los ojos al cielo: Dios mo, no
comprendo cmo hay personas de buena posicin y tan avaras que por tres
pesetas cincuenta cntimos diarios se exponen a ir al infierno!... Otro
ejemplo todava. Y aqu ya no se trata ni de seres rudimentarios ni de
ricos egostas, sino de una mujer excepcional por su alta inteligencia.
Hace poco lea en una novela de Jorge Sand estas palabras edificantes
que una esposa infiel diriga a su amante: Oh, mi querido Octavio!,
jams dormiremos una noche juntos sin arrodillarnos antes y orar por
Santiago. Este Santiago era el esposo engaado.

--Gracioso!, gracioso de verdad!--exclam Jimnez soltando una
carcajada--. Se haba hecho a Dios soberbio, susceptible, estpido,
cruel, sobornable y hasta almacenista de comestibles. Estaba reservado a
la famosa novelista el hacerlo alcahuete.

Se puso grave al fin, y profiri con firmeza:

--No hay ms que una oracin. Esta oracin es la espiritual, la que se
resume en una peticin de fuerza para obrar el bien. Pedir que la
voluntad de Dios se cumpla, porque sabemos que esta voluntad es idntica
al bien; pedir que por esta razn el nombre de Dios sea santificado;
pedir el sustento corporal necesario para trabajar por el advenimiento
del reino de Dios sobre la tierra; pedir el perdn de nuestros pecados y
que nos libre del mal: he aqu la substancia de toda nuestra
conversacin con el Altsimo.

--Pero cmo pensar, Jimnez, que los planes divinos se modifiquen por
nuestras peticiones? No es un puro antropomorfismo suponer que Dios
est esperando nuestra ofrenda para decidirse a obrar en un sentido o en
otro? Por ventura Dios ha dejado en suspenso su obra? No es eterna su
voluntad? No es invariable? Desde el comienzo del mundo todo est
fijado, y no nos pertenece a nosotros, miserables criaturas, la facultad
de alterar el curso de la voluntad divina.

--El mundo ha sido creado y se conserva por la fuerza omnipotente de
Dios. Si esta fuerza le pudiera faltar, el mundo volvera en el mismo
instante a la nada. Pues bien, desde el comienzo del mundo est para
siempre fijado tambin que las criaturas libres creadas por Dios,
unindose a l, se unen a su fuerza y participan de ella. No se trata,
como supones, de hacer cambiar por medio de la oracin el curso de los
sucesos, sino de ver en ellos el curso mismo de la voluntad divina,
aceptarla y amarla cual si fuese nuestra propia voluntad. Y en realidad
lo es. El hombre santo es el que identifica su querer con el de Dios.
Desde este momento queda libre ya de todo mal, se deifica y pone un pie
en la eternidad.

--Vamos a cuentas, sin embargo, doctor, y no seamos hipcritas con
nosotros mismos. En resumen, lo que pedimos siempre en nuestras
oraciones es nuestra felicidad. Ya sea por medio de los goces
corporales, ya por virtud de los xtasis msticos, ansiamos obtener la
dicha. Nuestro individuo asoma siempre la cabeza; el fondo de todo,
absolutamente de todo en el mundo, es el egosmo.

Tard algunos instantes en responder Jimnez: luego dijo con la vista
fija en la mesa:

--Es una objecin sta que jams ha dejado ni dejar de hacerse un
hombre sincero. Ese fantasma sarcstico y cruel que t evocas, tambin
lo he evocado yo, y me ha causado en la vida vivos tormentos. Cuando en
otro tiempo doblaba las rodillas, y me pona en oracin, sola sentarse
a mi lado. Era un plido demonio de ojos penetrantes. Mientras duraba la
plegaria no los apartaba de m. Y unas veces aquellos ojos de
indescriptible fulgor expresaban hondo y provocativo regocijo, otras una
compasin infinita. Al levantarme me pona su mano descarnada sobre el
hombro, y me deca en voz apenas perceptible: Sabes lo que has hecho?
S; elev mi corazn a Dios. Y sabes por qu lo has hecho? Porque
deseo ser bueno. Y sabes por qu deseas ser bueno? Porque sa es
la aspiracin profunda de mi alma; porque slo siendo bueno podr unirme
a Dios en la hora de la muerte. Los ojos de aquel diablo chispeaban
maliciosamente, y sus labios se plegaban con sonrisa desdeosa. Eres un
hipcrita, o, por lo menos, tratas de engaarte a ti mismo. Escruta los
senos ms recnditos de tu alma, y dime _sinceramente_ si en esa tu
oracin no hay un deseo egosta. La Naturaleza te ha dotado de un
sistema nervioso excesivamente delicado. Tienes un temperamento
reflexivo y ardoroso a la vez. Quieres descubrir el enigma de la
existencia, como todos los hombres que se inclinan a la meditacin; pero
tu querer es violento, mordaz, rabioso. La duda no slo te causa
tormentos morales, sino fsicos. Apeteces con ansia el reposo, y por un
acto de voluntad, no de inteligencia, afirmas a Dios, en quien piensas
hallarlo. Cuando crees, pues, unirte a Dios msticamente, obedeces a un
grosero instinto de conservacin. Por otra parte, los sentimientos
dulces de piedad y de amor a que la religin os invita, cuadran
admirablemente a tu naturaleza sensible. Fuera de ellos te sera
imposible encontrar felicidad ni sosiego. Qu hay, pues, en tus
oraciones y en tus lgrimas de arrepentimiento que no sea el amor de ti
mismo, un deseo vivo de conservarte y de ser feliz? Estas crueles
palabras contristaban mi alma. Alzbame turbado y confuso; viva despus
en perpetua inquietud; nada me aprovechaban las pobres oraciones que
elevaba al cielo. Pero lleg un da en que os rebelarme. Alc la
frente, y mir cara a cara a aquel despiadado demonio. Y, posedo de una
clera que haca vibrar todo mi cuerpo, le dije: Tienes razn, s.
Quiero mi felicidad. Por ventura, no la quiere Dios tambin? El inters
personal es un sentimiento que ni Dios mismo puede arrancar de nuestra
alma mientras exista, porque es, en ltimo trmino, lo que constituye su
ser. Suprimir el inters, el anhelo de la dicha, es suprimir la misma
forma individual. Y esto puede apetecerlo un brahmn o un budhista, no
el cristiano. En la doctrina evanglica, que es la palabra de Dios, no
se habla de semejante supresin. Lo que he visto es una dislocacin del
inters. Cristo nos ordena cifrar nuestro inters en otra cosa que en la
satisfaccin de los apetitos carnales, porque la carne no es la esencia
de nuestra persona. Los animales son carne, tienen forma corporal, pero
no son personas. La intensidad de la nuestra se halla en razn directa
del grado de espiritualidad que hayamos alcanzado. San Francisco,
abrasado en el amor divino, es ms hombre, tiene ms personalidad que su
padre, negociante abrasado de codicia. Dios, en el Evangelio, no nos
exige que renunciemos a _nuestra felicidad_; al contrario, nos intima a
que la busquemos con todas las fuerzas de nuestro ser. Lo nico que nos
dice es que no la busquemos en los goces efmeros del mundo, en la
satisfaccin de nuestras mezquinas pasiones, porque no la hallaremos. Y
sta es una verdad tan evidente que no hay hombre en el mundo, cristiano
o no cristiano, que, al cabo, no la reconozca en el fondo de su corazn.
Para dar a nuestra felicidad una base firme es preciso colocarla en lo
nico que existe firme. Razn tienes, s! El desinters no existe.
Cuando me dices que ser desinteresado es no tener ms que un inters
ideal, y que el que se sacrifica es el que subordina todo a una
voluntad, a una pasin, ests en lo cierto. Es cierto, s, que toda
pasin es interior, y, por tanto, no hay acto alguno que pueda llamarse
totalmente desinteresado. Pero el fin de la pasin unas veces es
interior, cuando lo constituye el sujeto mismo, esto es, su goce
exclusivo, individual; otras veces es exterior, cuando lo constituye un
ideal independiente, Dios, la Humanidad, la ciencia, etc. Y entonces es
cuando puede llamarse el hombre desinteresado. Cuando oro, pues, cuando
aspiro con ansia a la bondad y a la santidad, no dejo de amar mi bien y,
si t quieres, mi persona. Mas, por lo mismo que la amo, no quiero
dedicarla a la muerte. Quiero ensancharla ms y ms; aspiro a hacerla
vivir en la Eternidad. Para ello no veo otro camino que el que Jess me
ha trazado con su palabra y con su vida: el amor de Dios y del prjimo.
Desde aquel da el fantasma no vino ya a sentarse a mi lado.

--De todos modos, doctor, cuesta trabajo pensar que esta Naturaleza,
donde todo se halla fatalmente determinado, pueda alterarse por nuestro
deseo, o que por la oracin cambien los designios de Dios.

--Ya te he dicho que por la oracin no se trata de cambiar los designios
de Dios. Dios, crendonos libres, nos ha hecho partcipes de su poder,
quiere que seamos obreros con l, como afirma el apstol San Pablo. Lo
mismo cuando oramos que cuando trabajamos no modificamos sus planes,
sino que los cumplimos. As como al aplicar nuestra actividad a la
Naturaleza no alteramos sus leyes, sino que las aprovechamos, de igual
modo cuando oramos no cambiamos la voluntad de Dios, sino que bebemos la
fuerza en la fuente de donde mana. La oracin es un poder, y todos los
hombres tienen el instinto de la oracin, como tienen el instinto de la
eficacia de su actividad. Es cierto que hay muchos hombres que no oran,
como los hay tambin que no trabajan, pero no debemos dudar que el
hombre est organizado para la oracin, como lo est para el trabajo.

--Pero si el hombre se halla dotado de ese poder, como afirmas, si puede
ponerse en comunicacin directa con Dios, y de El extraer la fuerza que
necesita, entonces la mediacin de Jesucristo, en quien crees, resulta
intil.

--Has puesto el dedo en nuestra llaga--replic sonriendo--, que es, al
mismo tiempo, la llaga de Jesucristo. Para creer en l no basta la
razn, es preciso elevarse por encima de ella a otro conocimiento
superior que la complete sin contrariarla. El que posee ese conocimiento
superior contempla con lstima a los que yacen prisioneros en las redes
del razonamiento discursivo. Por ste jams llegaremos a una conviccin
perfecta; su trmino ordinario es el escepticismo, mejor o peor
disfrazado. La razn comn nos ordena elegir, pero esa otra razn
suprema que se llama fe rechaza la eleccin, porque la eleccin supone
la posibilidad de otra creencia. La fe no elige, se precipita con amor
sobre la idea que a sus ojos brilla, de tal modo, que obscurece cuanto
se encuentra en torno suyo. La fe es esencial a la vida. Sin ella, ni
podramos pensar, ni podramos existir. Lo demostrable segn las leyes
lgicas es muy poco. Adems, queda siempre por demostrar la
demostracin.

--De modo que crees en los dogmas?

--Y t tambin, y todos los humanos. El mundo vive y se sostiene por
los dogmas, o sea, por aquellas verdades que no pueden ser objeto de una
demostracin lgica, ni comprobadas inmediatamente por la experiencia.
T sabes que ha existido un emperador que se llam Caracalla, y una
reina que se llam Mara Estuardo, pero no lo sabes ni por la razn ni
por la experiencia, sino bajo la fe de un testimonio ajeno... Pero
dejemos estas sutilezas. La fe, en ltimo trmino, acaso no sea otra
cosa que la confianza que el hombre presta a su razn cuando su razn le
revela de un modo inmediato la verdad, no por medio de una serie de
silogismos. As creo yo en Jesucristo. Mi razn me dice que esta pobre
Humanidad envilecida necesita un ser puro que la represente ante Dios, y
esto que me dice mi razn se lo dice tambin a todos los hombres si
prestasen el odo a ella. Yo veo venir--deca Goethe a Eckermann en los
ltimos das de su vida--, yo veo venir el tiempo en que Dios no
encontrar ya ninguna alegra en la Humanidad, y en que le ser preciso
de nuevo destruirla y rejuvenecer la creacin. Es lo mismo que afirma
el Cristianismo, aadiendo que este rejuvenecimiento se opera sin cesar
por medio de la sangre y de la palabra de Cristo. Ya ves que no cito a
ningn santo padre de la Iglesia, sino a un filsofo pagano que, por
confesin propia, aborreca la Cruz.

--Pero la doctrina evanglica no ha sido una revelacin para la
Humanidad. Antes que Cristo viniese al mundo se expresaba y se
reverenciaba esa misma moral en la filosofa y en algunas religiones,
como la budhista.

--Desde luego; la moral evanglica est escrita en el corazn de los
hombres como ley natural, aunque slo en la palabra de Cristo se haya
expresado de un modo perfecto. Jesucristo no ha venido al mundo para
revelar la moral, sino para reanudar la alianza entre el hombre y Dios,
rota por el pecado, para revelar la doctrina del Padre y nuestra unin
amorosa con l. Esta doctrina del Padre Celeste jams haba acudido a la
mente de los hombres, ni hubiera podido venir sin la aparicin de
Jesucristo sobre la tierra. Su revelacin, pues, no es una revelacin
moral, sino metafsica. Ningn conocimiento ha venido a Jess--dice
Fichte--ni de la especulacin ni de la tradicin: esto quiere decir que
reciba de su ser mismo toda su doctrina. Ya ves que tampoco cito otro
santo padre, sino a un filsofo racionalista ajeno a toda religin
positiva... Y, sin embargo, esta gran revolucin operada en la vida de
la Humanidad, qu comienzos tan humildes ha tenido! Lo primero que
llama la atencin, cuando se estudian los orgenes del Cristianismo, es
la perfecta insignificancia del punto inicial. No aparece, como el
budhismo, o como la religin de Zoroastro, o como el socratismo, o como
la filosofa de Confucio, en medio de un pueblo poderoso y como
resultado de una civilizacin brillante. El fenmeno histrico de ms
importancia que registran los anales del mundo se produce en un rincn
de la tierra, en medio de un pueblo, no dominador como los otros, sino
casi siempre dominado, extrao a las ciencias y a las artes y a los
regalos de la vida civilizada. Su fundador no se distingue por nada de
lo que suele seducir a los hombres: no es un filsofo, no es un
conquistador, no es un hroe, no es un iluminado, no es un asceta. En la
apariencia es un hombre como todos los dems. En los rasgos de su vida
exterior, apenas se separa del comn de los mortales. Con razn pudo
decir Rousseau que Jess era un hombre de buena sociedad; no hua ni
los placeres ni las fiestas; iba a las bodas, hablaba con las mujeres,
jugaba con los nios, gustaba de los perfumes, coma con los hombres de
negocios; su austeridad no era enfadosa. En suma, esto quiere decir que
nuestro Redentor, durante su vida temporal, no tuvo lo que los franceses
llaman _pose_. La tuvo a la hora de morir? Tampoco. En el comienzo de
su pasin confiesa a sus discpulos que _su alma estaba triste hasta la
muerte_. Ms tarde, clavado ya en la cruz, exclama: Dios mo, Dios mo,
por qu me has abandonado? Compara esta muerte con la de Scrates. El
filsofo concluye su vida haciendo prodigiosos alardes de serenidad,
pronunciando discursos, profiriendo sentencias. No hay para todo
espritu observador en la famosa escena descrita por Platn un poco de
afectacin? S; la hay! La hay en la vida y en la muerte de cuantos han
pretendido difundir una doctrina e influir en los destinos de la
Humanidad; la hay hasta en las torturas sufridas por algunos mrtires.
Casi siempre, acompaando al herosmo, aparece unas veces la locura,
otras la rigidez, otras la exaltacin caprichosa; en todas partes creo
descubrir la _pose_ maldita, signo de nuestra flaqueza nativa. Slo en
Jess veo una grande, una santa, una perfecta sinceridad. Jess no es un
hombre expresando la verdad, es la verdad misma expresada. Por eso es el
ideal. Por la sinceridad es por lo que el hombre se hace semejante a
Dios, decan los antiguos persas. Pero esta sinceridad perfecta y
divina no puede ser comprendida por los espritus llenos de s mismos.
Voltaire habla con desprecio del sabio que antes de morir haba tenido
sudores de sangre. Voltaire, a los ochenta y cuatro aos, viva an
atormentado por la sed de gloria y escupiendo hiel contra sus enemigos.
Slo cuando el hombre deja reposar un poco su inquieta voluntad ve con
claridad en el alma de los otros y en la suya. Tal impresin de sorpresa
me produjo el planeta que habitamos cuando estudiaba Astronoma. Nuestra
tierra, dentro del sistema solar, no se distingue por nada. Ni es el
planeta ms grande ni es el ms chico, ni el ms lejano ni el ms
prximo al sol, ni su eje de rotacin es el ms inclinado sobre el plano
de su rbita ni el menos; ni su atmsfera es la ms densa ni la ms
fluida, ni sus mares y sus tierras se hallan mejor distribudos que en
los otros ni peor, ni es el ms veloz en caminar por el espacio ni el
ms tardo. El globo en que habitamos tampoco tiene _pose_. Y, sin
embargo, pudiera tenerla! Acaso sea el nico recinto habitado en el
vasto Universo que contemplan nuestros ojos. Los sabios empiezan a
sospecharlo despus de haberse entregado largo tiempo a la creencia
contraria. Por qu tal sorpresa?--me pregunt al cabo--. Dentro del
orden divino, todo el Universo es un smbolo: la apariencia no tiene
realidad en s misma. La cada de una hoja suena lo mismo no habiendo
odos que las explosiones del sol. Dios todo entero se halla en todas
partes. Este grande y bello Universo no es ms que una idea suya, y por
l, nuestra tambin.

--Como a ti, la insignificancia del punto inicial en el Cristianismo me
ha sorprendido siempre. Me acordar de la estupefaccin con que le por
primera vez en el Evangelio aquellas palabras de San Mateo: Los
prncipes de los sacerdotes y los fariseos fueron juntos a Pilatos al
otro da, y le dijeron: Nos acordamos, seor, que dijo aquel impostor
cuando viva: Resucitar despus de tres das. Jess, para aquella
gente, no era ms que un vulgar impostor a quien se ejecuta como a otro
criminal cualquiera, y al cual se olvida pocos das despus.

-S; quin les dira a aquellos notables de Jerusaln la revolucin que
iba a operar en el mundo! Quin les dira que, despus de muerto, iba a
conquistar el imperio colosal de Roma! Quin les dira que la
pesadumbre de los siglos no ha logrado desplomar su obra, y que lo mismo
los reyes que los mendigos, los sabios que los ignorantes, siguen
postrndose para besar los pies ensangrentados de aquel impostor
ejecutado una tarde en las afueras de Jerusaln!

--Amable es, en efecto, la doctrina contenida en la palabra de Jess, y
es la nica que parece conciliarse con las necesidades de nuestro
corazn; pero nuestro entendimiento, que jams deja de hacer objeciones
a cuanto se presenta en el campo de sus dominios, formula la siguiente:
la moral de la humildad y la resignacin es incompatible con el progreso
del gnero humano. Si los hombres estuviesen todos dispuestos a
acatarla, el mundo se convertira en un paraso; pero como los hay entre
ellos perversos, stos, aun hallndose en minora, conseguiran
fcilmente la dominacin, aprovechndose de la pasividad resignada de
sus hermanos. Siguiendo a la letra el precepto evanglico que nos ordena
ofrecer la mejilla izquierda, cuando nos hayan herido en la derecha, la
tierra caera prontamente en la barbarie.

--Es grave esa objecin, la ms grave tal vez que se haya formulado
contra el Cristianismo. Los que la hacen, sin embargo, no suean con que
su argumento implica una reclamacin. Estn pidiendo, sin darse cuenta
de ello, un poder regulador y ponderador de la doctrina evanglica. La
palabra de Jess es eterna, pero su aplicacin se realiza en el tiempo y
el espacio, o lo que es igual, se desenvuelve, no es instantnea. El
poder divino y humano a la vez que regula este desenvolvimiento se llama
Iglesia. La Iglesia admite entre sus preceptos la legtima defensa, y
nos estimula a reivindicar nuestros derechos y nuestra libertad cuando
han sido hollados por algn tirano. Cuantas herejas han aparecido en la
Historia se apoyaron en el Evangelio, pero, si prevaleciesen, hubieran
dado al traste con l. Estas herejas no han cesado ni cesarn. Hoy
mismo, aunque parezca increble, un novelista ruso, apoyndose en el
precepto evanglico que nos prohibe juzgar a nuestros hermanos, pide que
se supriman los tribunales de justicia.

--Y cmo concilia la Iglesia, querido Jimnez, la legtima defensa y la
reivindicacin de nuestros derechos con los preceptos categricos y
apremiantes del Evangelio?

--Todos los preceptos del Evangelio pueden reducirse a uno solo: la
caridad. El hombre que se ve injustamente acometido por otro puede, por
amor mismo de su enemigo, dejarse maltratar y aun matar. Sabe que este
acto de amor y abnegacin se registra en el cielo. Mas al proceder en
caridad con su enemigo falta a la que debe a todos sus hermanos, puesto
que aquel hombre criminal, si quedase impune, seguira ejecutando con
ellos otros crmenes. Aun por amor mismo de nuestro enemigo debemos
desear y contribuir con nuestras fuerzas a que se le castigue, pues la
pena es necesaria para nuestra regeneracin.

--Pensando algunas veces en la posibilidad de que el Cristianismo llegue
a imperar, no en las palabras, como ahora, sino prcticamente entre los
hombres, no puedo menos de imaginar que la vida perdera mucho de su
atractivo. Supongamos que todos los hombres lleguen a ser igualmente
buenos, generosos, humildes, etc., y que ya no exista conflicto alguno
entre ellos. No te parece que ese mundo estable, beato y de una pieza,
sera un poco aburrido? La vida es una lucha entre el principio del bien
y el del mal, entre nuestro ser espiritual y el corporal, entre el ngel
y la bestia. Esta lucha engendra en todos los tiempos y pases un drama
que la hace interesante. Temo que el da en que el drama se termine la
vida pierda su sabor. Cerrado el teatro, los espectadores desean
entregarse al sueo.

--Esa es una objecin de literato!--exclam Jimnez rendo--. Tienes
miedo de que el mundo llegue a tal estado de perfeccin que ya no se
preste para llevarlo a la escena, y no encuentres en la vida argumentos
para escribir tus novelas, no es cierto?... Yo no s si sera una gran
desgracia que desapareciesen los dramas y las novelas. Presumo que no.
Perdona, amigo, este supuesto! Lo nico que puedo decirte es que,
cuando en mis cortos viajes he hallado en un pueblo amigos cordiales y
generosos, pas algunos das bien felices reducido exclusivamente a su
trato. Aquel estrecho crculo de seres buenos duraba despus largo
tiempo en mi memoria como un paraso. No me ha acaecido otro tanto
cuando me vi obligado a residir entre hombres violentos o apasionados y
tuve que asistir a sus luchas. Y es porque el drama es bueno para ser
visto, pero no para ser vivido. Adems, t como yo, y como todos los
hombres que poseen alguna imaginacin, habrs sentido la dulzura
inexplicable de ciertos instantes en que la Naturaleza y la sociedad se
nos ofrecen como una visin celeste. Instantes de embriaguez en que
todo brilla a nuestros ojos con luz irisada! Un vago rumor agita el
aire, y un perfume misterioso se esparce por l. Qu frescura en el
cielo!, qu luz dorada en las crestas de las montaas!, qu llanura
risuea cubierta de flores! La Naturaleza resplandece luminosa, los
hombres se agitan vibrantes de amor y de dicha, la creacin entera surge
ante nosotros como una esfera de luz. Nadie como nuestro Espronceda
alcanz a expresar con ms felicidad ese momento de gozosa embriaguez:

      Gorjeaban los dulces ruiseores,
    el sol iluminaba mi alegra,
    el aura susurraba entre las flores,
    el bosque mansamente responda.
    Murmuraban las fuentes sus amores,
    ilusiones que llora el alma ma.
    Oh, cun suave reson en mi odo
    el bullicio del mundo y su rdo!

Dime, no quisieras prolongar ese instante? No quisieras vivir
eternamente ese sueo de oro? Y, sin embargo, en nuestros sueos de oro
no existe el drama.

Hubo una pausa. Al cabo, le dije bruscamente:

--Todo eso est bien, Jimnez, pero hablemos claro, y no seamos
hipcritas con nosotros mismos. T eres cristiano catlico en la
actualidad, porque has nacido en una nacin catlica; si hubieses nacido
en Inglaterra, seras protestante, si nacieses en Turqua, musulmn, y
en la India, budhista.

Jimnez sonri dulcemente y repuso:

--Soy un soldado, y no discuto los planes del general en jefe... Pero,
en fin--aadi ponindose serio--, yo s muy bien que habiendo nacido en
una nacin musulmana, budhista o idlatra, si me hubiese instrudo
convenientemente, si mi entendimiento alcanzase el grado de desarrollo
que hoy posee cualquier europeo culto, estoy absolutamente seguro de que
notara la superioridad de la doctrina evanglica. Por tanto, si
permaneciese adherido a la religin de mi pas, sera por ignorancia
invencible, y no sera de ello responsable... En cuanto a las sectas
cristianas disidentes slo te dir que la Iglesia cristiana es una, y
que todos los que creen en Cristo pertenecen al alma de esta Iglesia, si
no a su cuerpo. Yo soy feliz por pertenecer, no slo a su alma, sino
tambin a su cuerpo. Amo mi religin como he amado a mi madre, sin ver
en ella sombra ni mancha. Donde algunos pretenden advertir errores o
deficiencias, yo contemplo grandezas y perfecciones. El culto de la
Virgen Mara, la confesin auricular, la autoridad espiritual del Sumo
Pontfice, que tanto se critica por los disidentes, para m son signos
de su divinidad y medios poderosos para nuestra salvacin.

--No hace muchos das que he ledo un libro asctico del famoso
novelista ruso a que antes aludas, en el cual se examina con gran
minuciosidad los pecados, o sea, los obstculos que impiden al hombre
alcanzar la virtud evanglica y, entre las seducciones que nos mantienen
en el pecado, incluye el culto externo y aun la creencia en cualquier
dogma.

--Idea extravagante! Segn eso, los innumerables santos y mrtires del
Cristianismo lo fueron a pesar de haber credo en los dogmas y haber
tributado culto externo a Dios; y si no hubieran credo en los dogmas,
ni hubieran asistido a los templos, sin duda hubieran sido ms santos y
ms mrtires de lo que fueron... Existen espritus generosos y
penetrantes, como el de ese escritor, que, aceptando todas las verdades
del Evangelio, y considerando como nico fin de esta vida el amor y la
fraternidad entre los hombres, se esfuerzan, no obstante, en destruir la
fe positiva y las prcticas del culto. Acaso no se manifiesta esta
fraternidad mejor que en parte alguna en el templo? Ancianos y nios,
humildes y poderosos, todos confundidos, doblan la rodilla y elevan su
plegaria al Dios de los cielos. Adems, cmo alzarle de un vuelo a la
virtud evanglica, a esa vida de amor que constituye la paz y la
felicidad del alma? Hasta ahora no he conocido hombre alguno que haya
reformado de un modo notable su conducta, que se haya transformado
moralmente, convirtindose de soberbio en humilde, de egosta en
caritativo, por medio de la filosofa. Desde que Espinosa ha dicho
aquello de vivir _sub specie aeternitatis_, y los filsofos germnicos
lo parafrasearon elocuentemente, son muchos los que hablan de vivir para
la eternidad, muy pocos los que lo consiguen. Estos pocos se esconden en
los templos, no envan artculos a los peridicos, ni se dejan retratar
descalzos. Nuestra flaqueza exige un apoyo, nuestra fuga un ncora de
sostn. Los hombres necesitamos prcticas constantes, una disciplina, un
culto, algo, en suma, que enderece nuestra imaginacin y mantenga alerta
nuestra conciencia, las cuales, de otro modo, se disiparan presto en el
torbellino de las sensaciones mundanas. Al lado de estos espiritualistas
extraviados, como el novelista ruso que has citado, hay otros hombres,
partidarios de la ciencia positiva, que aceptan y defienden las teoras
de Darwin y su escuela, que se creen perfectos experimentalistas, y, sin
embargo, en el fondo de su corazn son ardientes cristianos. En cuanto
observan una injusticia o un atentado contra la caridad, all corren a
sostener la ley divina con su alma y con su vida. Un gran novelista
francs nos acaba de dar ejemplo de ello lanzndose al socorro de un
condenado injustamente, y sacrificando por l su gloria, su hacienda y
la seguridad de su vida.

--Pero ese novelista profesa la religin de la Humanidad.

--La religin de la Humanidad!--exclam Jimnez con acento
sarcstico--. La religin de la Humanidad ha sido siempre para m el
libro de los siete sellos. Qu es la Humanidad si Dios no existe? Un
conjunto de seres efmeros, dbiles, ignorantes y enemigos, como es
lgico, los unos de los otros. Por qu nos hemos de sacrificar a la
Humanidad actual si somos seres radicalmente distintos que venimos de la
nada y marchamos a la nada? Ms absurdo an sacrificarnos a la Humanidad
futura, que no conocemos, y cuya existencia tampoco est asegurada. A
los que ahora pisamos la tierra poco puede interesarnos el bienestar de
los que la han de pisar dentro de mil aos. Ni hay seguridad de que los
hombres, dentro de mil aos, gocen siquiera de mayor bienestar que
nosotros, porque eso mismo pudieron pensar los griegos, y, sin embargo,
mil aos despus de Pericles los hombres vivan peor. Y aunque gracias a
nuestros esfuerzos gozasen de mayores comodidades, no por eso les
habramos hecho ms felices. Todos sabemos por experiencia que, apenas
acostumbrados a cualquier regalo, ya no lo apreciamos, ni siquiera lo
sentimos, sino al perderlo. Mientras no se aplaque el resquemor que nos
causan la vanidad, la ambicin y la envidia, mientras no se disipe el
dolor de ver sufrir y desaparecer a los seres ms queridos, nada hemos
adelantado.

--Eso es de lo que se trata precisamente; de hallar un medio dentro de
la esfera del poder humano para que se respete la justicia, para que los
hombres no nos atormentemos los unos a los otros y vivamos en paz.

--Ese medio no existe sino dentro de la fe. Montones de libros se han
escrito para ensearnos cmo debemos proceder con los hombres, cmo
podemos evitar los efectos de su malquerencia y sus asechanzas. Entre
ellos los hay prodigiosamente escritos, y no son los menos admirables
_Los proverbios morales_ de nuestro rabb don Sem Job y el _Criticn_ de
Baltasar Gracin. He ledo con ansiedad muchos de estos tratados. Poco
me han aprovechado. Figrate que a un hombre cuyas entraas se abrasan
le dices: Estse usted tranquilo. Muvase usted a comps. No grite
usted. No arrugue la frente. T comprenders que sera intil. Pero
estos efectos los conseguiras prontamente si sobre la hoguera en que se
abrasa vertieses caritativamente algunos jarros de agua fresca. Es lo
que hace el Cristianismo... Pero, en fin, quiero concedrtelo todo,
quiero convenir en que, merced al trabajo incesante de las generaciones,
llegue un momento en que la Humanidad sea feliz, no slo fsica, sino
tambin moralmente. Ay!, como nuestro planeta es un individuo, y todo
individuo est destinado a perecer, esta felicidad morir tambin. El
calor del sol, que sostiene la vida, disminuye sin cesar. La tierra
perder al cabo, en plazo ms o menos largo, sus condiciones de
habitabilidad. El gnero humano, si no fenece de golpe, ir
desapareciendo lentamente, arrojado por el fro y la esterilidad. Quizs
volver al estado de barbarie antes de morir. Y cuando, al fin,
concluya, y esta pobre tierra, sin un ser pensante que la habite, gire
solitaria y triste en torno de un sol moribundo, para qu habrn
servido nuestros esfuerzos?, dnde habrn ido a parar tantas lgrimas
como se han derramado?

Quedamos silenciosos despus de estas palabras. Jimnez me mir a los
ojos largamente, y, como si penetrase en mis pensamientos, comenz a
decir con lentitud solemne:

-Algunas veces llama Dios a las puertas de nuestro corazn. Escuchamos
distintamente su voz; aspiramos con ansia a reformar nuestra conducta;
queremos ser buenos, castos, generosos y gozar de la alegra de una
buena conciencia. Y nos encaminamos al templo. Mas al llegar a sus
umbrales nos detenemos, vacilamos, nos preguntamos llenos de zozobra:
Este templo donde voy a penetrar, alojar al verdadero Dios, o
solamente un dolo? Quin me asegura que es sta la Iglesia que se
halla en posesin de la verdad, y no otra?... Preguntas tan impas como
estriles. Lo nico que debemos preguntarnos es: La religin en que
Dios ha querido hacerme nacer, me ofrece medios para lograr lo que
deseo, para ser justo, para santificarme? S? Pues adentro!

--Pero doctor!--exclam con angustia--, piensas que es cosa fcil
pasar de la incredulidad a la fe?

--S, para los hombres en quienes an no se ha extinguido por completo
la llama de la vida espiritual. _Donde est tu corazn_, _all est tu
tesoro_, dice la palabra divina; o lo que es igual, donde est tu amor,
all est tu creencia. Dime lo que amas, y te dir lo que crees. Quien
ame el goce de los sentidos, slo creer en los sentidos. Quien ame los
goces del espritu, creer en el espritu. No es el gnero humano
solamente quien se divide para marchar en estas dos opuestas
direcciones: en cada hombre existe la misma divisin. Hay horas en que,
entregados al placer sensual, slo creemos en la vida de la materia: las
hay tambin en que, heridos por el sufrimiento de un semejante, por las
caricias de una madre, por una sinfona de Beethoven, entramos en el
mundo moral y lo amamos. En la historia de la Humanidad, a toda
revolucin intelectual ha precedido una revolucin moral. A la
revolucin filosfica que engendr la sofstica en Grecia precedi el
relajamiento de las costumbres y la invasin del egosmo. En los tiempos
del Imperio romano acaeci otro tanto. Lo mismo en el siglo XV. Lo mismo
en el siglo XVIII. Lo que se observa en el mundo se encuentra tambin en
este mundo abreviado que se llama hombre. Al perodo de escepticismo en
cada uno de nosotros precede indefectiblemente otro perodo de
depravacin moral, de egosmo. Si no le precede, ser porque el hombre
es de natural perverso. Nuestro ser intelectual nunca ser otra cosa que
el reflejo de nuestro ser moral. En el hombre no hay ms que un
desenvolvimiento, que es el desenvolvimiento de su alma. Este
desenvolvimiento es una ascensin. A medida que vamos subiendo,
descubrimos nuevos paisajes. Pensamos que los ojos de nuestra
inteligencia se esclarecen. No; slo vemos ms porque estamos ms altos.
Los hombres no pensamos con la razn solamente, sino con todo nuestro
ser. El orgulloso piensa con el orgullo, el lujurioso con la lujuria, el
iracundo con la ira. Por eso, mientras no se rompa nuestro orgullo o se
amortige nuestra lujuria, no podemos entender ni creer en la caridad.
La Providencia nos ha dado el pensamiento para _comprender_ lo que
existe dentro de nosotros, no para _crearlo_. O lo que es igual, el acto
primordial de nuestra naturaleza no es el pensamiento, sino la
tendencia, la inclinacin, el amor hacia alguna cosa. En el orden de los
fenmenos vitales, el corazn precede a la cabeza. Se cree lo que se
quiere creer, y se piensa lo que se quiere pensar. Detrs de todo
sistema filosfico se esconde siempre un acto de voluntad. Por eso no
estoy de acuerdo con los que suponen que las opiniones (cuando son
sinceras) nada dicen respecto al valor moral de la persona, y que es
indiferente tener _buenas o malas ideas_ para el aprecio que nos
merezca. Las ideas son, por el contrario, la expresin fiel de nuestro
ser moral. El que se ama a s mismo por encima de todas las cosas, es
pagano. El que guarda en su corazn un tesoro de amor para los dems, es
cristiano. Lo que hay es que no pocas veces nos equivocamos respecto a
nuestras propias ideas. Cuando juzgamos poseer unas, las que poseemos en
el fondo de nuestra alma son las contrarias. Tal le ha sucedido al
famoso novelista de que antes hablamos. Pero el tiempo se encarga de
desengaarnos. As acaece que hombres que en sus actos y sus palabras
hacan gala de escpticos y materialistas, repentinamente se convierten
a la fe de Cristo, y han sido el resto de su vida modelos de virtud. Por
el contrario, hemos visto con dolor algunos sacerdotes cristianos
abandonar su religin y convertirse a las ideas de la filosofa
materialista. En el fondo, no se trata aqu para nada de ideas ni hay
cambio alguno, sino un retorno a la normalidad. Por eso, cuando tengamos
noticia de una de estas conversiones, debemos preguntar, parodiando a
nuestro rey Carlos III: Quin es _l_?

Un nuevo golpe de tos acometi a Jimnez al terminar estas palabras. Le
vi, con profunda pena, ponerse ms plido an que antes y llevarse la
mano al pecho. Cuando termin el acceso, sonri tristemente, exclamando:

--Mal anda esto!

Yo debiera levantar la sesin en aquel momento y obligarle a retirarse,
pero me hallaba turbado hasta lo indecible; quera escuchar ms, quera
saber ms. Cuando se hubo sosegado por completo, le dije:

--Lo que acabas de decirme me consuela y me desconsuela al mismo
tiempo. Es un consuelo suponer que se halle en el radio de nuestra
voluntad la creencia religiosa, pero es un desconsuelo el pensar que tal
vez por nuestro perverso natural o por nuestros vicios arraigados, nos
est vedado el obtenerla. Y desarraigar los vicios es empresa difcil,
aunque no imposible; pero transformar el natural! Quin ser osado a
creerlo?

--Yo lo creo; yo! No slo creo que nuestro carcter puede modificarse
lentamente por los esfuerzos repetidos e incesantes de nuestra voluntad,
sino que puede transformarse repentinamente por obra de la gracia
divina. La vida nos ofrece numerosos ejemplos. Algunos lo atribuyen a la
explosin repentina de los combustibles almacenados en el campo de esa
_conciencia inconsciente_ que llaman _subliminal_, otros al
aniquilamiento sbito de nuestra voluntad de vivir bajo el golpe de una
desgracia irreparable. Para m es un rayo de luz que Dios enva a
nuestra alma a fin de esclarecerla. De todos modos, ha existido y
existe, y lo que existe para unos puede existir para otros.

--Y crees sinceramente que hay otra vida ms que sta?

--Lo creo como creo en mi propia alma; lo creo, porque si no hubiese
otra vida, sta me sera absolutamente incomprensible. Como Espinosa, yo
no puedo concebir que ningn ser pueda caer en la nada. El mundo de la
belleza, el del bien, el de la verdad, se hallan truncados en este
suelo, necesitan un complemento. La hora de la verdad y de la justicia
debe sonar alguna vez y en alguna parte. Si no sonase, debiramos
retorcer el cuello a nuestros hijos al nacer, para que no viesen este
absurdo bestial, esta infame mentira que se llama mundo. Y cmo
sabramos que es absurdo, y que es infamia y mentira, si no existiese en
alguna parte la justicia y la verdad? Nuestro destino no se cumple aqu
abajo. Todo hombre lo siente dentro de su corazn, y apela, en presencia
de los horrores que se ve obligado a contemplar, a otro mundo ms alto,
donde se restaan las heridas y se enjugan las lgrimas. Ah, si no
existiese! Si no existiese, yo te juro que no sera un cobarde como los
hombres que no creen en l y viven; yo te juro que no aguardara los
pocos das que me quedan de vida: ahora mismo subira a mi cuarto en
busca del libertador de seis tiros que tengo en la mesa de noche.

--Pero crees en la persistencia individual despus de la muerte? Porque
sta choca con la experiencia sensible de todos los das; pero hay otra
clase de inmortalidad perfectamente compatible con ella. En el vasto
Universo nada perece, todo se transforma...

--S, s, no digas ms; esa es la inmortalidad que poticamente ofreca
un brahmn a su esposa: Lo mismo que el agua se convierte en sal, y la
sal se convierte en agua, as nacemos nosotros del Espritu divino y
volvemos a l. Hoy se explica la misma doctrina ms prosaicamente, por
medio de la circulacin de la materia. Respondo a esa doctrina lo que la
esposa responda al brahmn: Qu me importa lo que no puede hacerme
inmortal! Fuera de la conciencia, nada tiene valor alguno.

--Todava hay otra inmortalidad que nos ofrecen algunos de los ms
grandes metafsicos modernos. Nuestro ser individual no perece, porque
no ha nacido; nuestras almas son manifestaciones de la existencia de
Dios, fuera del cual nada existe. La luz divina se refracta en infinitos
rayos, y nuestras existencias son esos rayos de luz increada y eterna.
Esta vida terrestre no es ms que una de las infinitas formas en que
nuestro espritu se objetiva. El alma asciende o desciende segn
adquiere o pierde la conciencia de su unidad con Dios. La muerte es una
apariencia; no significa otra cosa que una transformacin de nuestro
ser; y el alma, principio de la vida, no hace ms que cambiar de
condicin exterior. En virtud de esto, al morir, subimos o descendemos
segn el valor que por nuestro esfuerzo espiritual hemos adquirido.
Nosotros fabricamos nuestra propia suerte: los males sensibles que nos
afligen no son ms que la consecuencia inevitable del mal moral cometido
en una existencia anterior.

--Reconozco de buen grado la grandeza de esa concepcin, que, en el
fondo, no es otra cosa que la antigua metempscosis un poco
perfeccionada y tambin un poco disfrazada. Aqu ya no circula la
materia, sino la vida. Aunque no choca directamente con la razn, como
el escueto materialismo, tampoco la satisface. Si nuestra existencia
individual no ha sido creada, o lo que es igual, no ha tenido principio,
si detrs de nosotros hay un infinito, no ofrece duda que hemos agotado
ya todas las formas posibles de vida. Si hemos dispuesto de un tiempo
infinito para perfeccionarnos, no debiramos ser tan imperfectos. Se
dir que el hombre sube y baja sin cesar al travs de las existencias
infinitas. Entonces no hay ms que cruzarse de brazos y renunciar a toda
actividad, ya que nuestros esfuerzos jams pueden impedir que nos
degrademos. Pero an ms que la razn, vulnera esa teora nuestros
sentimientos. Estamos dedicados a la muerte: si nacemos infinitas veces,
morimos infinitas veces. Estamos destinados a anudar infinitas
relaciones de amor con otros seres, y otras tantas a romperlas
bruscamente. La muerte nos separar sin tregua por toda la eternidad de
los seres ms queridos. Esa esposa que adoras, ese padre que veneras,
ese hijo que duerme dulcemente entre tus brazos, morirn para ti
infinitas veces. Qu horrible pesadilla, querido amigo! Comprendo el
ansia y la alegra con que la muchedumbre se agolpaba en torno del
Budha, all en la India. Alegraos!, alegraos!--gritaban sus
apstoles--, la muerte est vencida! El Nirvana, que es el reposo
absoluto, rompa la cadena de las existencias temporales y las libertaba
para siempre de la esclavitud de la muerte. No; el amor exige la
eternidad: cuando amamos, queremos amar siempre. Ese cielo cristiano
exttico y beato, que sirve de burla a los escpticos, es el nico que
da satisfaccin a nuestros ms hondos sentimientos. El hombre, desde
cualquier punto que se contemple, no es ms que un caso de amor. En el
amor queremos lo inmutable. Por eso en cada criatura que amamos queremos
ver a Dios. Nuestra alma huye con horror de lo efmero; en todo ser
finito buscamos con ansia el principio inmutable que le ha de hacer
eterno. Nunca ms--exclama el duque de Ganda en presencia del cadver
de la Emperatriz--, nunca ms servir a un amo que se puede morir! El
ser finito que no puede saciar el amor en s mismo, que no puede
saciarlo tampoco en las criaturas finitas como l, se arroja a la gran
aventura; se arroja en busca de Dios.

     Ay, quin podr sanarme!
    Acaba de entregarte ya de vero.
    No quieras enviarme
    de hoy ms ya mensajero
    que no saben decirme lo que quiero,

exclama San Juan de la Cruz, a quien no poda sanar ya, en efecto, el
amor de ninguna criatura. Y a quin en este mundo le podra sanar?...
Pero las criaturas son mensajeras de Dios. Como tales, deben ser amadas.
Dichoso el que en su camino por la tierra ha tropezado con alguno de
estos mensajeros divinos, con un padre justo, con una esposa amante, con
un amigo fiel! Mientras pisan el barro de este suelo nos hablan un
lenguaje aprendido de Dios, y cuando parten para siempre se llevan al
cielo la mitad de nuestra alma, y desde all nos hacen seas que nos
esperan para vivir unidos en el eterno Amor.

La emocin con que Jimnez pronunci las ltimas palabras me gan a m.
Me senta conmovido hasta lo profundo del alma. La voz de aquel hombre,
cuya fosa estaba ya abierta, sonaba en mis odos como bajada del otro
mundo.

Permanecimos silenciosos algunos instantes. Al cabo me levant
bruscamente y, alargndole la mano, le dije:

--Adis, Jimnez. Gracias por el bien que me has hecho con tus palabras.

--Hztelo t a ti mismo pensando algo ms en estos asuntos, que tanto
nos interesan--me respondi estrechando mi mano y levantndose al mismo
tiempo.

Me acompa hasta la puerta del jardn. Cuando la hube traspuesto, le
dije todava al travs de la verja:

--Adis, Jimnez. Pide a Dios que me d la fe que t tienes.

Observando mi emocin, repuso sonriendo:

--No necesito pedirla, porque ya la tienes.


FIN




NDICE

                                  Pgs.
PRLOGO DEL EDITOR                   5

La sorpresa                         13

La muerte de un vertebrado          15

Las leyes inmutables                19

Sociedad primitiva                  25

Un testigo de cargo                 31

Opacidad y transparencia            35

Ideas cadveres                     45

El amo                              49

La unidad de conciencia             51

Pragmatismo                         55

Las burbujas                        59

El minuto fatal                     65

Inteligencia y amor                 67

Bienaventuranza                     73

Intermedio del editor               77

La matanza de los znganos         103

El pecado de la amabilidad         115

Una intervi con Prometeo          119

Resiste al malvado                 129

Perico el Bueno                    131

La Tierra es un ngel              139

_Merci, monsieur_                  145

Arte arcaico                       149

Ascetismo                          153

La procesin de los santos         157

Esteticismo                        159

Un profesor de energa             161

Una mirada a lo alto               167

Teraputica del odio               171

Vida de cannigo                   177

Gloria y obscuridad                183

El viaje de la monja               191

Theotocos                          195

Las defensas naturales             201

Pitgoras                          211

Experiencias y efusiones           223

El gobierno de las mujeres         245

ltimo paseo del doctor Anglico   279


Traducciones de Palacio Valds

       *       *       *       *       *


=Marta y Mara.=

Traducida al francs por Mme. Devismes de Saint-Maurice. Publicada en
_Le Monde Moderne_.

Traducida al ingls por Mr. Haskell Dole.--Un tomo.--New-York.

Traducida al sueco por A. Hillman.--Un tomo.--Stokolmo.

Traducida al ruso por M. Pawlosky.--Publicada en el _Diario de San
Petersburgo_.

Traducida al tchque por O. S. Vetti.--Un tomo.--Praga.


=El idilio de un enfermo.=

Traducida al francs por M. Albert Savine.--Publicada en _Les Heures du
Saln et de l'Atlier_.

Traducida al tchque por M. A. Pikhart.--Un tomo.--Praga.


=Aguas fuertes.=

Traducidas y publicadas la mayor parte de estas novelitas por _La
Independencia Belga_, _El Diario de Ginebra_, _El Correo de Hannover_,
_Hlas Nroda_, _Lumir_ y otros peridicos y revistas.

Edicin espaola con introduccin y notas en ingls para el estudio del
espaol en Inglaterra y Estados Unidos, por W. T. Faulkner.--Un
tomo.--New-York.


=Jos.=

Traducida al francs por Mlle. Sara Oquendo.--Publicada en la _Revue de
la Mode_.--Pars.

Traducida al ingls por C. Smith.--Un tomo.--New-York.

Traducida al alemn y publicada en _Unterhaltungs-Beilage_.

Traducida al holands por M. Hora Adema, y publicada en _Het Nieuws van
den Dag_.--Amsterdam.

Traducida al sueco por A. Hillman.--Un tomo.--Stokolmo.

Traducida al tchque por A. Pikhart.--Un tomo.--Praga.

Traducida al portugus por Cunha e Costa.--Publicada en _Revista da
Semana_.--Ro de Janeiro.

Edicin espaola con prefacio y notas en ingls para el estudio del
espaol en Inglaterra y Estados Unidos, por el profesor Mr.
Davidson.--Un tomo.--New-York.--London.


=Riverita.=

Traducida al francs por M. Julien Lugol.--Publicada en la _Revue
Internationale_.


=Maximina.=

Traducida al ingls por Mr. Haskell Dole.--Un tomo.--New-York.


=El Cuarto Poder.=

Traducida al francs por B. d'Etroyat.--Publicada en _Le Temps_.--Pars.

Traducida al ingls por Miss Rachel Challice.--Un
tomo.--New-York.--London.

Traducida al holands por M. Hora Adema.--Un tomo.--Amsterdam.


=La Hermana San Sulpicio.=

Traducida al francs por Mme. Huc, con prefacio de Emile Faguet, de la
Academie Franaise.--Un tomo.--Pars.

Traducida al ingls por Mr. Haskell Dole.--Un tomo.--New-York.

Traducida al holands y publicada en _El Correo de Rotterdam_.

Traducida al ruso por Mme. Karminvi.--Un tomo.--San Petersburgo.

Traducida al sueco por A. Hillman.--Un tomo.--Stokolmo.

Traducida al italiano por Angelo Norsa.--Un tomo.--Miln.


=La espuma.=

Traducida al ingls por Clara Bell.--Un tomo.--London.

=La Fe.=

Traducida al francs por M. Jules Laborde.--Un tomo.--Pars.

Traducida al ingls por I. Hapgood.--Un tomo.--New-York.

Traducida al alemn por Albert Cronan.--Un tomo.--Leipzig.


=El Maestrante.=

Traducida al francs por J. Gaure, con estudio preliminar de M.
Bordes.--Un tomo.--Pars.

Traducida al ingls por Miss Challice.--Un tomo.--London.


=El origen del pensamiento.=

Traducida al francs por M. Dax Delime.--Publicada en la _Revue
Britannique_.

Traducida al ingls por I. Hapgood.--Publicada en _The Cosmopolitan_,
con ilustraciones de Cabrinety.


=Los majos de Cdiz.=

Traducida al francs por M. A. Glorget.--Publicada en el _Journal des
Dbats_.

Traducida al holands por Mary Hora Adema.--Un tomo.--Amsterdam.


=La alegra del capitn Ribot.=

Traducida al francs por C. du Val Asselin.--Un tomo.--Pars.

Traducida al ingls por Minna C. Smith.--Un tomo.--New-York.

Traducida al sueco por A. Hillman.--Un tomo.--Stocolmo.

Traducida al holands por A. Fokker.--Un tomo.--Amsterdam.

Edicin espaola con notas en ingls y vocabulario para el estudio del
espaol, por los profesores Morrison y Churchman. Un
tomo.--New-York.--London.


=Tristn.=

Traducida al ingls.--Publicada en _Transatlantic Tales_, volumen
XXXII.--New-York.


=Papeles del doctor Anglico.=

Traducidos al alemn por Franz Hausmann.--Un tomo.


OBRAS DE PALACIO VALDS


CUATRO PESETAS TOMO

=El seorito Octavio.=--Un tomo.

=Marta y Mara.=--Un tomo. Traducida al francs, al ingls, al sueco, al
ruso y al tchque.

=El idilio de un enfermo.=--Un tomo. Traducida al francs y al tchque.

=Aguas fuertes= (novelas y cuadros).--Un tomo. Traducidas al francs, al
ingls, al alemn, al holands, al sueco y al tchque. Edicin espaola
con notas y vocabulario en ingls.

=Jos.=--Un tomo. Traducida al francs, al ingls, al alemn, al holands,
al sueco, al tchque y al portugus. Edicin espaola con notas en
ingls para el estudio del espaol en Inglaterra y Estados Unidos de
Amrica.

=Riverita.=--Un tomo. Traducida al francs.

=Maximina= (segunda parte de _Riverita_).--Un tomo. Traducida al ingls.

=El Cuarto Poder.=--Un tomo. Traducida al francs, al ingls y al
holands.

=La Hermana San Sulpicio.=--Un tomo. Traducida al francs, al ingls, al
holands, al ruso, al sueco y al italiano.

=La espuma.=--Un tomo. Traducida al ingls.

=La Fe.=--Un tomo. Traducida al francs, al ingls y al alemn.

=El Maestrante.=--Un tomo. Traducida al francs y al ingls.

=El origen del pensamiento.=--Un tomo. Traducida al francs y al ingls. =
Los majos de Cdiz.=--Un tomo. Traducida al francs y al holands.

=La alegra del capitn Ribot.=--Un tomo. Traducida al francs, al ingls,
al sueco y al holands. Edicin espaola con notas y vocabulario en
ingls.

=La aldea perdida.=--Un tomo.

=Tristn, o el pesimismo.=--Un tomo. Traducida al ingls.

=Semblanzas literarias (_Los oradores del Ateneo_, _Los novelistas
espaoles_, _Nuevo viaje al Parnaso_).=--Un tomo.

=Papeles del doctor Anglico.=--Un tomo. Traducidos al alemn.

=Aos de juventud del doctor Anglico.=--Un tomo.





End of the Project Gutenberg EBook of Papeles del doctor Anglico, by 
Armando Palacio Valds

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK PAPELES DEL DOCTOR ANGLICO ***

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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
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Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
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Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
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To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
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The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
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Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
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809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
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information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

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     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


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Literary Archive Foundation

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spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
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States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
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where we have not received written confirmation of compliance.  To
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particular state visit http://pglaf.org

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