The Project Gutenberg EBook of Oriente, by Vicente Blasco Ibez

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Title: Oriente

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: July 9, 2012 [EBook #40182]

Language: Spanish

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Nota del transcriptor: En esta edicin se han mantenido las convenciones
ortogrficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuacin
presentes en el texto.




ORIENTE


OBRAS DEL MISMO AUTOR

=En el pas del arte= (viajes).

=Cuentos valencianos.=

=La condenada= (cuentos).

=Arroz y tartana= (novela).

=Flor de Mayo= (novela).

=La barraca= (novela).

=Entre naranjos= (novela).

=Snnica la cortesana= (novela).

=Caas y barro= (novela).

=La Catedral= (novela).

=El Intruso= (novela).

=La Bodega= (novela).

=La Horda= (novela).

=La maja desnuda= (novela).

=Sangre y arena= (novela).

=Los muertos mandan= (novela).

=Luna Benamor= (novela).

=ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS=

OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR

TERRES MAUDITES (Traduccin de G. Hrelle), Pars.

FLEUR DE MAI (Traduccin de G. Hrelle), Pars.

BOUE ET ROSEAUX (Traduccin de Maurice Bixio), Pars.

CONTES ESPAGNOLS (Traduccin de G. Menetrier), Pars.

DANS L'OMBRE DE LA CATHDRALE (Traduccin de G. Hrelle), Pars.

TERRAS MALDITAS (Traduccin de Napoleo Toscano), Lisboa.

A CATHEDRAL (Traduccin de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa.

DIE KATHEDRALE (Traduccin de Josy Priems), Zurich.

FLOR DE MAYO (Traduccin de Josy Priems), Zurich.

ERDFLUCH (Traduccin de Wilhelm Thal), Berln.

SCHILF UND SCHLAMM (Traduccin de Wilhelm Thal), Berln.

DER EINDRINGLING (Traduccin de J. Brout), Berln.

DE VLOEK (Traduccin del doctor A. A. Fokker), Haarlem.

WAAR ORANJEBOOMEN BLOEIEN (Traduccin del Dr. A. A. Fokker), Amsterdn.

CHALUPA (Traduccin de A. Pikhart), Praga.

MARN CHLOUBA (Traduccin de A. Pikhart), Praga.

AH, IL PANE!... (Traduccin de F. Gelormini), Palermo.

HVAD EN MAND HAR AT GOVE (Traduccin de Johanne Allen), Copenhague.

VINNYI SKLAD (Traduccin de M. Watson), Petersburgo.

BODEGA (Traduccin de K. G.), Petersburgo.

PROKLIATAC POLE (Traduccin de M. Watson), Petersburgo.

SOBOR (Traduccin de M. Watson), Petersburgo.

DUOYOY VISTREL (Traduccin de M. Watson), Petersburgo.

GELEZNODOROGNOY ZAIAZ (Traduccin de M. Watson), Petersburgo.

NALOGUIZA OBNAGENNAIA (Traduccin de M. Watson), Petersburgo.

ARNES SANGLANTES (Traduccin de G. Hrelle), Pars.

LA HORDE (Traduccin de G. Hrelle), Pars.

A CORTEZAN DE SAGUNTO (Traduccin de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa),
Lisboa.

O INTRUSO (Traduccin de Carvalho), Lisboa.




Vicente Blasco Ibez

ORIENTE

28.000

F. SEMPERE Y COMPAA, EDITORES

Calle de las Germanas, F S

Sucursal: Mesonero Romanos, 42

VALENCIA MADRID

_Esta Casa Editorial obtuvo Diploma de Honor y Medalla de Oro en la
Exposicin Regional de Valencia de 1909 y Gran Premio de Honor en la
Internacional de Buenos Aires de 1910._

_Derechos de traduccin reservados en todos los pases, incluso Suecia y
Noruega._

Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.--VALENCIA

       *       *       *       *       *

_Este libro--algunos de cuyos captulos aparecieron antes en_ EL LIBERAL
_de Madrid_, LA NACIN _de Buenos Aires y_ EL IMPARCIAL _de Mxico--va
dedicado al ilustre periodista_

                       =Miguel Moya=

_claro talento, voluntad enrgica, poderoso reformador de la prensa
espaola._

       *       *       *       *       *




CAMINO DE ORIENTE




I

La peregrinacin cosmopolita


Recuerdo que en cierta ocasin tuve en mis manos un ejemplar de la
_Gaceta Imperial_ de Pekn, y al revolver sus finas hojas de papel de
arroz, entre las apretadas columnas de misteriosos caracteres, slo
encontr dos anuncios comprensibles por sus grabados: el que llaman
vulgarmente _to del bacalao_,  sea el marinero que lleva  sus
espaldas un enorme pez, pregonando las excelencias de la Emulsin Scott,
y una botella de largo cuello con la etiqueta Vichy-tat.

Pocas empresas en el mundo habrn hecho la propaganda que la Compaa
Arrendataria de las aguas de Vichy.

Circulan por las calles de la pequea y elegante ciudad francesa los
pesados carromatos cargados de cajones, camino de la estacin del
ferrocarril. Marchan las botellas alineadas en apretadas filas al salir
de Vichy, para luego esparcirse como una esperanza de salud. Adonde
van?... La fama de su nombre les asegura el dominio del mundo entero.
Una botella ir  morir, derramando el lquido gaseoso de sus entraas,
en una aldea obscura de las montaas espaolas, y la que cabecea junto 
ella no se detendr hasta llegar  alguna poblacin sueca, cubierta de
nieve, vecina al Polo; y la otra ir  Australia; y la de ms all
arrojar su burbujeante contenido, bajo el sol del frica, en un
campamento de europeos, de estmago quebrantado por las escaseces de la
colonizacin.

Y as como el agua de Vichy se esparce por el mundo, para llevar 
remotos pases sus virtudes curativas, los mdicos de toda la tierra por
un lado, y la moda por otro, empujan hacia aqu  las gentes ms
diversas de aspecto y de lengua.

Pars, con ser la ms cosmopolita de las ciudades, por la atraccin que
ejercen sus placeres y sus elegancias, no ofrece el aspecto mundial que
el pequeo Vichy, con sus miles de extranjeros. En las primeras horas de
la maana, la muchedumbre que llena el Parque y se agolpa en torno de
las fuentes, hace recordar los muelles de Gibraltar  ciertos puertos de
Asia, que son como encrucijadas martimas, en los que se tropiezan y
confunden todos los pueblos y todas las lenguas.

La gente europea, igual y montona al primer golpe de vista, muestra su
infinita variedad de trajes, gestos y actitudes bajo los paseos
cubiertos del Parque. Desfilan los ingleses con la cara impasible bajo
su pequea gorra, moviendo al andar sus anchos calzones cortos sobre las
pantorrillas enfundadas en medias escocesas; pasan los alemanes con
sombrerillos tiroleses rematados por enhiesta pluma; los espaoles y
americanos, de corbatas vistosas y conversacin  gritos; los italianos,
que copian con exagerado servilismo las modas britnicas; los franceses,
todos con una roseta  una cinta en la solapa. Las mujeres se exhiben
envueltas en velos como odaliscas, con el rostro sombreado por el panam
 el sombrero enorme, de alas cadas y cargado de flores, copiado de los
retratos de los pintores ingleses. Las blusas de encajes transparentan
en su trama sutil rosadas desnudeces; las faldas, cortas y blancas,
dejan en su revoloteo una estela de perfumes. Confundidos en esta
avalancha de tonos uniformes, pasan los egipcios y turcos, de levita
clara y elevado fez; los chinos, de tnica azul y bonete negro con rojo
botn sobre el trenzado pelo de rata; los malayos, de blancos calzones,
con femeniles trenzas arrolladas en torno de su rostro amarillo y
simiesco; los persas, vestidos  la europea, pero coronando su bigotuda
cara con un gorro de astrakn; dos  tres _rajahs_ indios, de albas
vestiduras, graves, hermosos y perfumados, como sacerdotes de una
religin potica que tuviese por deidades  las flores; judos srdidos,
cubiertos de sedas tan brillantes como sucias, y moros ricos de Argel y
Tnez, _jeiques_ de tribu, que ostentan sobre el ntido albornoz la
mancha roja de la Legin de Honor y unen  su arrogancia tradicional la
satisfaccin de hallarse en su propia casa, como sbditos de la
Repblica francesa. Y juntos con estas gentes extraas se muestran los
franceses exticos, los militares venidos de lejanas Francias, los
oficiales del ejrcito colonial, que llegan  reponerse de las fiebres
de los pantanos tonkineses, del sol que devora  los hombres en las
casas de tierra de Tombouctu, en los puestos avanzados del Sahara  en
las factoras del Senegal y del Congo; spahis y cazadores de frica, de
teatrales uniformes; marinos y coloniales con traje blanco y casco
ligero de lienzo y corcho.

El agua turbia y burbujeante que salta en las fuentes, bajo una gran
cpula de cristal, es la que realiza el milagro de reunir gentes tan
diversas y de origen tan lejano en esta pequea ciudad del centro de
Francia, que hace menos de tres siglos di  conocer la pluma de Mad.
Svign.

Nada hay nuevo en el mundo. Lo mismo que la gente viene ahora  las
estaciones termales de las que es reina Vichy, iba hace tres mil aos,
con un fin religioso y de curacin al mismo tiempo,  pequeas ciudades
de Grecia, famosas por sus aguas y sus profetisas, buscando  la vez la
salud del cuerpo y la certeza del porvenir.

No hay aqu ninguna Pitonisa que, montada en un trpode sobre la fuente
de la _Grand Grille_  de los _Celestinos_, profetice nuestra vida
futura; pero diarios y prospectos anuncian la presencia en Vichy de
acreditadas profesoras de cartomancia y magia, venidas de Pars para
rasgar los sombros misterios de lo futuro,  razn de veinte francos
por consulta.

No se encuentra una Frin que se muestre desnuda en medio del Parque,
como la irresistible cortesana griega, despojndose de sus velos ante
los peregrinos enfermos de Delfos para alegrar su miseria con la regia
limosna de la exhibicin de sus gracias; pero las Frins vestidas son
legin; se cuentan  centenares: unas hablan francs, otras espaol,
otras ruso; son ortodoxas, heterodoxas, hebreas  simplemente impas;
las hay rubias, morenas, amarillas y hasta negras, y repitiendo  puerta
cerrada la suerte de la bella ateniense, ahorran para la campaa de
invierno en Pars  Marsella, Argel  Madrid.

Los graves sacerdotes, majestuosos y sibilinos, de este moderno
santuario de la salud universal, son los mdicos. Ochenta y cuatro he
contado en la lista que figura por todos lados, en las esquinas, en los
programas de los conciertos, en las cartas de cafs y restaurants, y
hasta en las paredes de los mingitorios, para recordar  todas horas al
olvidadizo viajero que estos imponentes personajes son los verdaderos
soberanos de Vichy, y no debe nadie beber una gota de agua sin previa
consulta.

Siendo  modo de grandes sacerdotes, intil es decir que ocupan las
mejores casas de la ciudad, lujosos hoteles, sonrientes _villas_
rodeadas de flores, cuyos salones de espera estn siempre llenos de
clientes.

Con las aguas de Vichy no se puede jugar. Los graves hombres de la
ciencia hablan de ellas como si fuesen terribles venenos. Cada vez que
hay que aumentar la dosis en un sorbo, conviene consultarles
previamente, con un luis de oro en la mano. Causa admiracin la
sabidura, el tino con que estos respetables arspices de la ciencia
combinan la toma de las aguas de las diversas fuentes, armonizando unas
con otras.

--Un vaso de la _Grand Grille_  tal hora; luego uno de _Celestinos_ 
tal otra. Ms adelante variaremos y sern _Chomet_ y _Hpital_. Sobre
todo, nada de prisas. La curacin debe seguir su marcha.

Nada de prisas!... Lo mismo que los graves doctores piensan los
hoteleros de Vichy, los dueos de cafs, los empresarios de teatros,
hasta las Frins del Parque, y esta unanimidad de pareceres convence al
viajero, que no sabe cmo agradecer el inters que todos muestran por
retenerle  su lado.

En torno de las fuentes, los bebedores de agua, apurando lentamente sus
vasos, se preguntan  veces por sus dolencias. Uno tiene enfermo el
hgado, otro la garganta, el de ms all sufre diabetes; una seora
calla y enrojece, pensando en la tristeza de los rboles, que mueven
sus copas sin llegar nunca  dar fruto... Y todos beben lo mismo!

La humanidad, que desprecia la salud mientras la posee, guarda su fe ms
ciega para los que la consuelan y entretienen en la gran cobarda de la
dolencia.




II

Aguas y msica


El sol de las primeras horas de la tarde, filtrndose al travs del
follaje del Parque de Vichy, extiende un manto tembln de harapos de
sombra y retazos de luz sobre la muchedumbre sentada en sillas de
hierro, en torno del kiosco de la msica. La orquesta, acompaada de
lejos por las bocinas de los automviles que pasan veloces, por el
vocero de los vendedores de peridicos que pregonan las ltimas hojas
llegadas de Pars, y por los gritos de los cocheros que invitan 
pintorescas excursiones por las riberas del Allier, puebla el espacio
con los lamentos de las ondinas del Rhin, llorando el mgico tesoro
arrebatado por el maligno Nibelungo, con el melanclico adis de
Lohengrin al alejarse de Elsa,  con la romntica _Cancin de la
Estrella_ que entona Wolfram, el grave trovador, contemplando el astro
del atardecer.

Vichy es la ciudad de la msica. Los viajeros que ocupan los hoteles
inmediatos al Parque, despiertan, apenas comenzada la maana, arrullados
por el primer concierto del da. El _Sigur_, de Reyer, lanza sus blicos
apstrofes,  la _Thais_, de Massenet, se entrega  su mstica
meditacin, arrepintindose de sus desrdenes de cortesana, mientras el
viajero se viste y se lava y va  beber el primer vaso del da en la
fuente de la _Grand Grille_. Luego,  las once, empieza otro concierto
en el caf de la Restauracin, con aditamento de cantantes, y  ste
sigue el grande de la tarde, en pleno Parque, que dura hasta las cinco,
sin que entre las piezas existan otros intermedios que brevsimos
instantes de descanso, como si la orquesta se avergonzase de su inaccin
y Vichy no pudiese vivir sin una meloda interminable vibrando en su
ambiente. Y  las siete, despus de la comida, empiezan  la vez, para
durar hasta media noche, tres grandes conciertos en los tres casinos
importantes,  ms de una representacin de pera en el Gran Teatro y
los innumerables concertistas que _actan_ en los cafs y _music-halls_.

Parece como que todos los instrumentistas de Francia vengan  Vichy,
durante la temporada termal, para entretener el ocio del pblico
cosmopolita, que digiere las famosas aguas al arrullo de las orquestas.
Toda la msica del mundo es devorada por el enorme consumo meldico de
esta poblacin, que llaman orgullosamente los franceses la _Reine des
Villes d'Eaux_. Desde el _Fuego encantado_, de Wgner, hasta la _Jota
Aragonesa_ y la _Marcha Real_, la msica de todos los tiempos y de todos
los pases halaga los odos de la muchedumbre extranjera, tropel de aves
de paso que llena Vichy durante algunas semanas; y tan pronto suenan las
graves notas de una composicin de Bach, como se desarrollan picarescos
y juguetones los cantos del _gnero chico_ espaol, y se contonea
chulescamente el diablico tango, haciendo murmurar  los graves seores
condecorados: _Oll, oll!_ y moverse los pies de las seoras, que
exclaman: _Comme c'est joli!_

Msica y aguas  todo pasto. Y los enfermos?... Los enfermos no se ven
en ninguna parte.  Vichy se viene  descansar. Adems, la mayor parte
de las enfermedades que curan estas aguas son de larga espera: males
de estmago, diabetes, etc., y los dolientes no se diferencian, en su
aspecto exterior ni en su gesto, de los sanos. De vez en cuando se ve un
seor que, escuchando el concierto, deposita un pie hinchado, enorme,
elefantaco, sobre la silla que tiene delante; pero las bandas de
franela y la pantufla son lo nico que revela su enfermedad al
contrastar con el otro pie calzado de charol. Pasan algunas seoras
sentadas en sillones de ruedas, de los que tiran mozos de cordel; pero
van pintadas y compuestas como las dems mujeres, con tal estiramiento
elegante en su enfermedad y tal respeto de s mismas, que hacen pensar
si en Vichy morir la gente vistiendo traje de _soire_ al arrullo del
ltimo vals de moda.

En los bailes del Gran Casino se ven jvenes con muletas,  muchachas
que cojean ligeramente, esforzndose por ocultar la flojedad de sus
huesos, triste herencia de las diversiones de sus progenitores; pero el
frac de los unos y las _toilettes_ escotadas de las otras, parecen
borrar la gravedad de sus dolencias, y todos sonren, con un deseo
vehemente de divertirse. Cuando suena la orquesta, el que puede bailar,
baila, y el que se ve imposibilitado de hacer esto, se mete en la sala
de juego.

Vichy se divierte: los enfermos malhumorados, que alborotan en sus casas
y llevan  mal traer  los suyos, sonren aqu, y  las seis de la tarde
visten su traje de ceremonia. Venir  tomar estas aguas sin traer un
_smoking_ en la maleta equivale  un sacrilegio.

Hay que descansar, y aunque una gran parte de los que llegan  Vichy son
favoritos de la fortuna, que no conocen la rudeza del trabajo, descansan
y descansan, bebiendo dos vasos de agua por da y charlando durante el
curso de tres  cuatro conciertos diarios.

Las buenas relaciones entre Francia y Espaa, su accin comn en
Marruecos, han infludo para dar mayor boga  nuestra msica. Los mismos
compositores de segundo orden, que hace algunos aos escriban danzas
rusas y melodas moscovitas en honor de la Doble Alianza, producen ahora
la _Marche des gitanos_, la _Marche des Aficionados_ y otras obras de no
menos color, con fragmentos de la _Marcha Real_ en sordina, repiqueteo
de castauelas, tintineo de tringulo y golpes de pandero.

La msica del gnero chico, tangos dislocantes, pasacalles alegres, dos
de ligera pasin y jotas alborozadas, al alternar con las obras de los
maestros ms famosos, alcanza un xito que no consiguen stos muchas
veces.

Yo respeto y admiro el llamado _gnero chico_. De sus libretos, dramas
comprimidos  sainetes coloristas, apenas si me acuerdo una semana
despus de haberlos visto. Pero la msica de esas obras es una de las
manifestaciones artsticas ms respetables y ms grandes de la Espaa
actual. Se ha hablado mucho de la necesidad de una pera espaola. Para
qu? Espaa ya tiene su msica, que no puede ser ms suya.  los pueblos
no hay que forzarlos para que produzcan artsticamente en determinada
direccin, sino aceptar lo que den espontneamente y celebrarlo, siempre
que tenga una individualidad marcada.

El ilustre maestro Bretn se ha pasado gran parte de su vida batallando
y penando por crear y afirmar la pera espaola. Yo he viajado por
varios pases de Europa sin oir en ninguna parte fragmentos de sus
peras, que pudiramos llamar solemnes  grandes, y en cambio, he
escuchado y he visto aplaudir en Francia y en Italia _La verbena de la
Paloma_, y la he odo canturrear  gentes de los Estados Unidos.

En Npoles (pas de los concursos de romanzas, que cada ao da al mundo
una cancin de moda) los msicos callejeros y las orquestas de los cafs
no tienen otra msica amada que la de Caballero, Chap, Chueca y otros
espaoles.

En Venecia, la de las serenatas romnticas, he visto las gndolas
cargadas de cantores y orladas de luces, navegar por el Gran Canal, bajo
las ventanas de los hoteles, poblando el silencio de la noche con la
Marcha de los marineritos de _La Gran Va_.

Cada pas debe alegrarse por lo que tiene, sin detenerse  desentraar y
aquilatar su mrito, pues peor es no poseer nada y no despertar la
atencin ms all de las fronteras.

La fama de hermosura y gracia de la mujer espaola la sostienen hoy,
desde Pars  San Petersburgo, todas esas muchachas que, con apodos ms
 menos extraos, bailan  cantan cosas de la tierra. Slo cuando
aparece en la escena un mantn con flecos y un pavero ladeado sobre un
moo con claveles se acuerda el gran pblico de que existe Espaa.
Cuando las orquestas acarician los nervios de la muchedumbre con la
msica fcil, alegre y bizarra del llamado _gnero chico_, se enteran en
Europa de que existe un arte espaol y de que en la Pennsula nos
dedicamos  algo ms que  matar toros.

 muchos les parecer un sacrilegio lo que voy  decir, pero no por esto
es menos cierto. La msica de _La Gran Va_ la tocan ms en el mundo y
es ms conocida que la de _El anillo del Nibelungo_. Ya sabemos que
Chueca no es Wgner. Pero la inmensa mayora de los que escuchan
conciertos en el extranjero, aunque fingen por _snobismo_ una admiracin
de personas correctas hacia las obras consagradas, prefieren en su
interior el Caballero de Gracia  todos los caballeros del Santo
Graal.




III

Las mesas verdes


El Casino de Vichy es una construccin enorme y blanca, con adornos
serpenteantes de arte nuevo. Contiene un teatro esplndido, en el que
todas las noches se cantan peras  actan las estrellas de la Comedia
Francesa y del Oden, que hacen su _tourne_ anual: sala de conciertos,
grandes salones de baile, gabinete de lectura, una rotonda con espejos
colosales, y el oro chorreando por todas las tallas y adornos de los
muros... Es, en fin,  modo de una catedral moderna, dedicada  toda
clase de diversiones.

De da se forman elegantes grupos de claros colores, bajo las
marquesinas de sus terrazas   la sombra de los pltanos de sus
jardines; de noche brilla como un palacio de leyenda, marcando con
innumerables bombillas elctricas, sobre la lobreguez del espacio, las
lneas de sus cornisas, la esbeltez de sus columnas y las armnicas
curvas de su cpula central.

En este santuario de las diversiones, al que acude todo Vichy, existe
como capilla predilecta un saln blanco, enorme y de alto techo, que
tiene sus fieles inconmovibles y fijos desde las primeras horas de la
tarde hasta las ltimas de la madrugada, y en el que se entra con cierto
recogimiento, bajando el tono de la voz y aminorando el ruido de los
pasos. Imponentes criados de empaque principesco indican al abrir la
cancela de cristales que hay que despojarse del sombrero, y el visitante
avanza respetuosamente despus de esta advertencia, pisando muchas veces
las colas de los vestidos femeniles y pidiendo perdn  todas las
espaldas que empuja  su paso.

Aglomrase la gente en torno de una docena de mesas verdes. Junto 
ellas estn sentados los jugadores de importancia, graves, mudos, con
caras de palo y ojos inexpresivos, moviendo las manos cargadas de
billetes y fichas sobre los cuadros marcados en la bayeta verde, 
llevndoselas al pelo con lentos rascuones que delatan la emocin.
Contra sus dorsos se empuja y se aplasta la turba de los mirones, que
_apunta_ de tarde en tarde y sigue con inters anhelante las peripecias
del juego; seoras maduras y pintarrajeadas, cubiertas de joyas de
empaado brillo; _cocottes_ de perfil hebraico; correctos seores
condecorados con un _tic_ de maniticos en sus hoscas facciones. Todos
se empujan con una vehemencia febril. Brilla en las miradas un fuego
malsano. Los ojos, que siguen el vaivn de los azules billetes, entre
la paletada del banquero y las manos de los jugadores, son ojos que se
ven en los juicios orales  en la primera plana de los peridicos cuando
relatan un crimen sensacional. Pero el aspecto de esta gente no puede
ser ms correcto y honorable. Ellas, aventureras de incierta
nacionalidad y edad misteriosa, descotadas y con grandes sombreros;
ellos, elegantes, ostentando en la solapa del _smoking_ condecoraciones
de raros colores, son hombres de una gallarda profesional que hace
recordar  las mundanas retiradas del pecado, y todava caprichosas, que
aparecen una maana degolladas en su lecho, con la caja de las alhajas
vaca.

En Vichy son muchos los que confiesan su llegada sin motivo alguno de
enfermedad. Vienen _pour s'amuser_, segn declaran con maliciosa
sonrisa. Unos, sencillos en sus gustos, encuentran diversin sobrada en
el gran rebao femenino que atrae la fama de Vichy. Otros, ms
complicados en sus pasiones y temibles en sus apetitos, se encierran
tarde y noche en la sala de juego del Casino. Los exticos, los venidos
de muy lejos, son los que con ms asiduidad se sientan junto  la bayeta
verde.

Todas las noches contemplo en un extremo de la mesa donde se juega ms
fuerte  un fantasma blanco  inmvil. Es un jeique de Argel. Plido,
con una palidez de hostia, entre la blancura de sus tocas y la orla
nevada de su barba, el viejo jeique parece una figura de cera. Sus ojos
brillan, inmviles, como si fuesen de vidrio, fijos en las manos del
banquero. Esa frialdad musulmana, desdeosa y altiva, que permite  los
rabes contemplar impasibles las mayores grandezas de nuestra
civilizacin, mantiene al venerable moro inmvil y sin pestaear.
Pierde, pierde siempre, y su vida parece concentrarse en sus manos, que
se ocultan bajo las blancas vestiduras, escarabajean en el sitio donde
la Legin de Honor se marca como una gota de sangre sobre el ntido
albornoz, y vuelven  crujir, estrujando azules papelillos que arrojan
ante ellas.

Pobre jeique!... Veo praderas abrasadas por el sol junto  un riachuelo
africano casi seco. Los grupos de palmeras se destacan en negro sobre el
horizonte rojo y oro de la tarde. Los perros flacos y lanudos ladran y
corretean en torno de las tiendas; las mujeres, con el rostro cubierto
por un trapo blanco, van y vienen, llevando sobre su cabeza un cntaro
derecho,  hunden sus brazos gordos y tostados en la harina amasada,
preparando el pan para el da siguiente y haciendo sonar  cada
movimiento los pesados brazaletes de cobre. Los pequeuelos, panzudos,
de color de ladrillo, con la cabeza rapada y un pincel de pelos en el
cogote, corren persiguiendo  los saltamontes. El jefe est ausente; el
amo se fu, y una tristeza de orfandad pesa sobre la tribu. El mdico
del inmediato puesto militar le recomend unas aguas milagrosas de la
lejana Francia, pas de maravillas, y all vive el gran jefe, mientras
el campamento parece ms solo, ms triste. Estn lejos los das en que
los hombres de la tribu hacan galopar sus caballos y disparaban sus
fusiles en alborazada _fantasa_, para recibir al personaje de kepis
rojo, que en nombre del gobernador general de Argel coloc sobre el
pecho del jefe la cinta encarnada con la estrella de cinco puntas,
motivo de envidia y respeto para las dems tribus del contorno!...

Comienza  morir el sol en el rpido crepsculo africano; lzase en el
horizonte la nube de polvo de los rebaos; yese el trote de los
caballos; ladran los mastines, y los jinetes pastores, al echar pie 
tierra ante las tiendas, luego de encerrar sus lanudos tesoros, formulan
todos la misma pregunta, sin despojarse del fusil ni haber hecho la
oracin de la tarde: Nada de Francia?... Nada! Y cuando cierra la
noche, los hijos, los yernos, los sobrinos y nietos del ausente, todos
los hombres de la tribu, se duermen envueltos en su albornoz pensando en
el jefe, interpretando su silencio como una seal de grandezas, que les
llenarn luego de orgullo al ser relatadas junto  las hogueras del
invierno. Creen en su sencillez que el jeique condecorado alcanza en el
lejano pas de las maravillas los honores que corresponden al venerado
jefe de un centenar de arrogantes centauros. Y  la misma hora, las
manos finas y plidas, manos de cera, dejan sobre la mesa verde, de
minuto en minuto, con la regularidad de un reloj que suena la desgracia,
la fortuna y el bienestar de los que suean en el lejano campamento
africano, bajo la luz difusa de las estrellas, entre el pataleo de las
bestias, el ladrido de los perros y el montono canto de los grillos. Un
puado de papeles azules representa una parte de los corderos que se
aprietan durante su sueo, como si presintiesen en el obscuro horizonte
la bestia carnicera que ronda; otro, un caballo de larga crin, narices
de fuego y patas finas, orgullo de la tribu. Todo lo que el jeique deja
en el montn del banquero significa la esperanza perdida de aplacar 
Nathn   Samuel, el prestamista hebreo, cuando, al llegar el invierno,
se presenta en la tienda del jefe  hablar de negocios.

Salgo de la sala de juego, y en la rotonda central, entre brillantes
_toilettes_, veo dormitando en un divn  una mujer obesa y morena. Es
una juda, relativamente joven, pero con su belleza ahogada bajo una
marea ascendente de grasa. El vientre, libre de cors, se marca como una
cpula bajo la falda de seda de anchas y vistosas rayas; el rostro,
moreno y abultado, con los ojos perdidos en bullones de carne y unas
cejas gruesas y unidas como una barra de tinta, asoma en el marco de un
rebozo de seda y oro, tan majestuoso como sucio. Contempla impasible las
miradas de curiosidad de las mujeres, y vuelve  adormecerse, ansiando
que llegue el instante de regresar al hotel. Su marido est en la sala
de juego, y la buena Rebeca  Miryam, sumida en su coraza adiposa,
aguarda horas y horas, viendo en sus cortos ensueos, como ngeles de
luz, algunos nuevos billetes y luises de oro que vengan  unirse al
capital que amasan los dos con una avidez de raza.

En todas partes, los usureros, los prestamistas, los adoradores de la
fortuna, son los fieles ms fervientes del juego. Parece una
incongruencia, pero cuanto ms se ama el dinero, llegando en esta
adoracin hasta la mana, ms dispuesto se est  arriesgarlo  un azar,
con la locura de la ganancia rpida. En Espaa, los principales
consumidores de billetes de la Lotera Nacional son avaros que apenas
comen. En las timbas y casinos, los _puntos_ ms asiduos son
prestamistas y usureros, capaces de cometer una mala accin por una
peseta y que pierden mil sin desesperarse, bajo la ilusin de una
prxima ganancia.

Los artistas, los escritores, hombres poco prcticos, faltos de
habilidad para conservar el dinero, y que parecen despreciarlo por la
prisa que se dan en separarse de l, apenas se sienten tentados por el
juego, y eso que no pretenden pasar por ejemplos de virtud. Son muchas
veces alcohlicos; el eterno femenino complica y desordena los das y
las horas de los ms; hasta los hay que en sus pasiones y gustos
desobedecen las rdenes de la Naturaleza... pero jugadores tenaces y
convencidos yo no conozco ninguno.

Todo jugador es un avaro que desea el dinero de los dems y siente la
fiebre de quitrselo sin arrostrar persecuciones de la justicia. En
fuerza de adorar al dinero, el jugador acaba por no saber para lo que
sirve, y slo lo admira como una divinidad majestuosa de la que no puede
sacarse provecho alguno.

Yo he conocido un viejo famlico y haraposo, que dorma durante la
maana en los bancos del Retiro y pasaba la tarde y las noches en las
casas de juego. Coma las sobras de los otros jugadores, asista con
preferencia  los crculos donde le obsequiaban con algn caf, como
_punto fuerte_, y cuando perda, que era las ms de las veces,
ocultbase por unos instantes en el lugar ms nauseabundo de la casa, y
extraa billetes de Banco de sus zapatos rotos, del sudador del
grasiento sombrero, de las ropas haraposas, esparciendo sobre el tapete
verde una parte de sus pegajosos habitantes.

--El dinero se ha hecho para jugar--deca sentenciosamente--. Y lo que
quede, si queda algo... para comer.




IV

La ciudad del refugio


Bandas de cisnes, unos blancos, otros negros, cortan, con majestuosa
natacin, las atropelladas aguas de un ro ancho y azul; casas enormes,
de puntiagudos techos, asoman por encima de la arboleda de los muelles;
ms all, las verdes colinas se abren, mostrando por el ancho desgarrn
una superficie glauca y ligeramente ondulada, como un pedazo de mar; ms
all an, cierra el horizonte una muralla de montaas, esfumadas por la
distancia, y entre dos de sus cumbres se ve algo as como un
amontonamiento de nubes que  ciertas horas, bajo la luz anaranjada del
sol, toma las formas de un bloque inmenso de cristal, con agudas
aristas. El ro en que nadan los cisnes es el Rdano, que acaba de
nacer; la ciudad es Ginebra; el pedazo de mar, el azul lago de Leman, y
el cristalino amontonamiento que parece flotar en el espacio, ms all
de las montaas, el famoso Mont-Blanch.

En Ginebra la realidad no responde  las ilusiones y simpatas que trae
el viajero como producto de sus lecturas. Quin no ha amado  la
tranquila ciudad suiza, la _Roma protestante_, que durante dos siglos
fu el refugio de todos los rebeldes de Europa, en guerra con los papas
y los reyes? El respeto  la libertad humana fu y es an un dogma
religioso del pueblo ginebrino. Teniendo que luchar siglos y siglos
contra los duques de Saboya y contra sus propios arzobispos soberanos
para conseguir la independencia, los ginebrinos, conocedores de lo que
cuesta la libertad, la respetaron siempre en la persona del extranjero.
Aqu se refugiaron los rprobos perseguidos por la Inquisicin espaola
 por los reyes de Francia; aqu encontraron un asilo, en la Repblica
cristiana, gobernada por el asctico Consistorio, todos los que por
desear una conciencia libre no encontraban en Europa tierra donde
colocar sus pies y una piedra en la que descansar la cabeza; todos menos
nuestro compatriota Miguel Servet, vctima de los rencores de Calvino.
Aqu vinieron los fugitivos de Francia luego de la revocacin del edicto
de Nantes, y en los modernos tiempos Ginebra di asilo  los romnticos
defensores de la moribunda Polonia,  los revolucionarios italianos, 
los revolucionarios espaoles,  los apstoles de _La Internacional_ y 
los nihilistas y anarquistas, acosados y arrojados de otras tierras como
perros rabiosos.

Esta ciudad liberal y clemente, que abre sus puertas en el centro de
Europa, como los antiguos templos poseedores del derecho de asilo,
ofrece el ms rudo contraste entre sus habitantes y su historia. Parece
que debiera ser una ciudad de pensadores y de artistas, una repblica de
hombres de estudio, llegados  la suprema tolerancia por la elevacin de
su pensamiento, y es una poblacin burguesa, llana y montona, en la que
no creo exista una mediana imaginacin: un Estado de relojeros
pacienzudos y vendedores de peletera, que come bien, fabrica excelentes
cronmetros, despacha tabaco barato y da gracias  Dios, cantando lo ms
desafinadamente que puede, al son de un mal rgano, en el interior de
los desnudos templos calvinistas  en grandes mtines religiosos al aire
libre.

En varios siglos de libertad y horizontes sin lmites para el
pensamiento, Ginebra no ha producido un gran artista ni un escritor
clebre. Toda su gloria intelectual se concentra en Rousseau, ginebrino
de ocasin, bohemio inquieto, complicado y enfermizo, que se honr con
el ttulo de ciudadano de Ginebra, siendo lo ms contrario del pacfico
y tranquilo burgus de la ciudad del Leman.

 Ginebra le basta para su esplendor intelectual con la gloria de las
ilustres personalidades que se refugiaron en ella buscando reposo: desde
el batallador espaol Servet que, huyendo del brasero inquisitorial
encendido en nombre de Cristo, cay aqu en la hoguera, iluminada en
honor de la Biblia, hasta Voltaire, Rousseau, madame Stael y los
modernos revolucionarios, como Bakounine, Mazzini, etc.

El recuerdo de Rousseau llena la ciudad de Ginebra, y el de Voltaire
sale en los alrededores al encuentro del viajero.

Los cisnes blancos, que mueven su cuello sobre las aguas como serpientes
de marfil, y los cisnes negros de pico de escarlata, se refugian tras
una isleta que marca el lmite donde el lago Leman se convierte en el
impetuoso Rdano. Es la isla de Rousseau. Hoy est convertida en pulcro
paseo, con una estatua del pensador, y ocupa el verdadero corazn de la
ciudad. Hace siglo y medio era un apacible retiro, algo agreste, donde
el artista meditaba sentado en la hierba, bajo la sombra de los grandes
lamos, con los ojos fijos en el azul horizonte del lago.

En este paisaje sonriente y dulce, que parece exhalar un intenso amor 
la Naturaleza, inspirando nuevos entusiasmos por la vida, se comprende
la originalidad artstica de Rousseau y su poderosa influencia
literaria, que aun dura y durar por los siglos de los siglos. Rousseau
introdujo la Naturaleza en la literatura; fu el padrino que tuvo en sus
brazos al arte moderno en el instante de su nacimiento.

Antes de l, slo apareca el hombre como nico protagonista en novelas
y poemas. Rousseau infundi vida  cosas hasta entonces inanimadas, y
gracias  su poder de evocacin, los pjaros, las flores, las montaas,
el cielo, entraron como nuevos personajes en el escenario de la
literatura.

Al relatar su infancia introdujo por primera vez como elemento artstico
el revoloteo y el canto de una alondra, y este canto--como dice
Sainte-Beuve--salud el nacimiento de la literatura moderna, con sus
descripciones que hacen de la Naturaleza el primer protagonista. Sus
hijos fueron primeramente Chateaubriand, y luego Vctor Hugo con toda la
escuela romntica, que infundi el alma de los hombres  las cosas,
haciendo hablar  las viejas catedrales. Sus nietos son los modernos
naturalistas, y su posteridad acabar cuando perezcan la vida y el arte.

Ginebra y su lago infundieron  Rousseau este amor  la Naturaleza. El
gran artista sentimental soaba rodeado de obesos comerciantes y
tranquilos relojeros, incapaces de sentir otros anhelos que los de una
buena mesa y una familia sana.

Sus _Confesiones_ hablan con ternura de la paz de Ginebra, de la belleza
del lago, de su tranquilo refugio en Vevey, en la posada de La Llave.
Su _Nueva Elosa_ tiene  Clarens por escenario, con la superficie azul
del lago, y enfrente las verdes y sombras cumbres de los montes
saboyanos.

Cuando los azares de su existencia errante le arrancaron de Ginebra,
otro husped ilustre, pero ms rico y ostentoso, vino  ocupar su sitio.
Era un artista, un bohemio como l, pero en esferas ms altas, con un
egosmo sonriente que le permiti extraer de la vida sus mejores
dulzuras. Rodaba de palacio en palacio, as como el otro iba de hostera
en hostera. Sus acreedores eran reyes y duques; sus amantes, damas de
la corte, mientras las de Rousseau eran infelices criadas  burguesas. 
su puerta llegaban con extica curiosidad lores y boyardos, deseando
conocer al rbitro de los elegantes cinismos y de la gracia francesa.
Era Voltaire.

Su vejez quebrantada busc refugio en los alrededores de Ginebra,
establecindose en la pequea aldea de Ferney, donde adquiri la
majestad de un patriarca sonriente. El contacto con la Naturaleza hizo
tierno, sentimental y bondadoso al terrible burln de los salones de
Versalles,  infundi una religiosidad desta  su escepticismo.

Los ltimos aos de su vida, en medio del campo,  la vista de las
inmensas montaas, fueron de bondad y filantropa. Educ  los
campesinos, pleite y escribi por librarles de las gabelas feudales,
estableci riegos y escuelas y expuso su tranquilidad por defender  los
Dreyfus de su tiempo. Viva como un prncipe en Ferney. Habitaba un
gracioso palacio en el fondo de un parque, y all escriba  sus buenos
amigos Federico de Prusia y Catalina de Rusia,  reciba las visitas de
todos los grandes seores que pasaban por Suiza.

El palacio de Ferney es hoy una de las peregrinaciones obligatorias de
los viajeros que visitan Ginebra. Los salones se conservan como en
tiempos de su ilustre dueo, con muebles de estilo rococo y cuadros que
recuerdan  los soberanos y las beldades que distinguieron con su
amistad al poeta.

En un extremo del parque se eleva una pequea iglesia de aldea,
construda por el impo autor del _Diccionario filosfico_ en sus
ltimos aos.

_Dea erexit Voltaire_, dice una dedicatoria grabada en la fachada.
Esto, que parece una blasfemia, fu una de tantas humoradas del anciano
de Ferney.

--Esta iglesia que he construdo--deca Voltaire--es la nica de todo el
universo elevada en honor  Dios. Inglaterra tiene iglesias construdas
para San Pablo; Roma, para San Pedro; Francia, para Santa Genoveva;
Espaa, para innumerables vrgenes; pero en todos esos pases no hay un
solo templo dedicado  Dios.

En el saln principal del palacio, sobre una enorme chimenea, se ve un
pequeo mausoleo que guard el corazn del poeta poco despus de su
muerte.

Su corazn est aqu, pero su espritu est en todas partes, dice una
inscripcin.

Esto es verdad, pero no por completo. El espritu que est en todas
partes no es el de Voltaire, sino el de su siglo. Voltaire fu como esas
estrellas solitarias que anuncian con su fra luz un amanecer ardoroso.

Sus burlas destructoras no bastaban para preparar una revolucin. El
plebeyo y dolorido Rousseau, si resucitase, encontrara su espritu
difundido en la sociedad moderna, mucho ms que el aristocrtico
patriarca de Ferney.




V

El lago azul


Desciende el viento de las montaas sobre la inmensa copa del lago. Las
aguas, de un azul celeste, se obscurecen al rizarse, con una opacidad
semejante  la del mar, y blancos vellones ruedan sobre las ondas, como
rebaos dispersos por el pnico trotando hacia las lejanas riberas. Las
barcas destacan su doble vela latina sobre las colinas verdes, moteadas
de rojo por las techumbres de los _chalets_ y coronadas por la diadema
negra de los bosques. Los grandes vapores de pasajeros ensucian por un
instante el puro azul del cielo con su penacho de humo. La soberbia
cadena del Jura alza en la orilla francesa sus colosales moles, y en la
ribera de enfrente, las montaas suizas alinean sus declives cubiertos
de viedos, de bosquecillos y de casitas que parecen extradas de una
caja de juguetes, lo mismo que las vacas que pastan en sus prados y los
aldeanos vestidos como los coros de una pera cmica. En el ltimo
trmino de la azul extensin, las montaas se aproximan, las riberas se
estrechan hasta desaparecer, las cumbres descienden casi verticalmente
sobre las aguas, entenebrecindolas con su densa sombra, y todo adquiere
un carcter spero y bravo.

Es el Leman, el lago azul, el ms famoso de los pequeos mares
interiores de Europa, el amado de los poetas  idealizado mil veces por
el pincel de los artistas. En sus riberas puso Rousseau las aventuras
sentimentales de sus mejores novelas: aqu imagin madama Stael las
desventuras amorosas de su Corina, que fu una _superhembra_ de su
poca; por estas aguas vag la barca de lord Byron, y en nuestros
tiempos han visto pasar sus orillas las merovingias melenas y la fina
sonrisa de Alfonso Daudet, preocupado en el arreglo de las aventuras
alpinas de su Tartarn,  han presenciado la lenta agona de un anciano
de spera barba, robusto y rudo, que llevaba en su entrecejo la
desesperada obstinacin de todo un pueblo moribundo, y se llamaba Pablo
Krger.

Las aguas azules, rizadas y espumeantes, parecen las de una inmensa
baha. La imaginacin, olvidando las alturas del macizo pas suizo,
forja, al travs de las montaas, invisibles y lejanos estrechos que
ponen al Leman en comunicacin con el Mediterrneo, del cual tiene el
color de las aguas. Pequeos puertos frente  cada poblacin del lago
revelan en sus escolleras de peascos la irritacin de que es
susceptible este potico lago cuando llega el invierno y las rfagas
que descienden de los montes mueven en espumoso revoltijo este mar
encajonado, batiendo las riberas con el martilleo de su ola corta 
incesante. En estos puertos, el cisne majestuoso que parece haber
presenciado las ms remotas leyendas, y la barca de dobles velas igual 
la de los tiempos de la independencia helvtica, se rozan y mezclan con
el yate de vapor de los millonarios y las canoas automviles que
revuelven las aguas con un hervor de tempestad.

La orilla francesa y la suiza, Thonon y Evian  un lado, y enfrente
Lausana, Vevey y Montreux, son iguales en su aspecto exterior: risueos
bosques, hoteles enormes como ciudades, todas las alturas coronadas por
palacios destinados al hospedaje y orquestas malas  las puertas de los
cafs, bajo las arboledas de los muelles y sobre las cubiertas de los
buques.

Las diferencias entre ambos pases, con ser de poca monta, resultan de
gran inters.

En la orilla francesa se ven mujeres hermosas y elegantes, rodeadas de
hombres que las siguen y las envuelven en las ms respetuosas
atenciones, como sagradas vestales. Son _cocottes_ que poseen el chic,
ese espritu indefinible y misterioso que nadie sabe en qu consiste,
santo _tabou_ que hace caer de rodillas  los salvajes de la imbecilidad
elegante.

En la orilla suiza se ven mujeres solas, de ademanes sueltos y aire
decidido, que van de un lado  otro con la ms tranquila audacia. Son
seoras decentes, que pueden moverse con entera libertad, sin miedo 
verse confundidas con una clase que no existe,  caso de existir,
excepcionalmente, se ve repelida por la hostilidad del ambiente
protestante.

 un lado del lago campea el anuncio francs, gracioso y ligero; damas
escotadas, con grandes sombreros y las piernas al aire, que pregonan las
excelencias de un chocolate  unos baos. En la ribera suiza, el cartel
de macizos colores representa siempre una nia ordeando una vaca, una
osa dando el bibern  un osezno,  un _chalet_  cuya puerta bebe
glotonamente la tranquila familia el licor de sus rebaos. La leche y el
oso (animal amado de los suizos y smbolo de su pas) son los dos
principales elementos artsticos de este pueblo, que es siempre pesado y
slido cuando se propone _hacer_ imaginacin.

El lago Leman tiene en un extremo ms cerrado y abrupto una joya
histrica, un lugar de peregrinacin, al que acuden todos los
extranjeros.

El castillo de Chilln vale tanto para los suizos como el recuerdo de
Guillermo Tell. Hasta tiene sobre ste la ventaja de que, siendo muchos
los que dudan de la existencia del hroe suizo, nadie puede dudar de la
del castillo, pues ah est, cuidadosamente conservado y restaurado,
hundiendo sus cimientos en las aguas profundsimas del Leman y
destacando sobre el verde de las montaas las caperuzas rojas de sus
torres.

Cada pas ama lo que no tiene y se lo apropia inventndolo. El plcido
montas suizo, que vive en plena libertad, en el tranquilo equilibrio
de una buena digestin, sin conocer brujas ni temer nimas en pena, en
medio de un paisaje sonriente y gracioso, necesita salpimentar su
existencia con algo terrorfico y espeluznante.

As como Espaa se esfuerza en demostrar que la Inquisicin y las
expulsiones de judos y moriscos no fueron tan terribles como se ha
dicho, y Francia arregla  su modo lo de San Bartolom y las Dragonadas,
y todos los pases se sacuden como pueden las ferocidades del pasado, el
buen suizo amontona horrores sobre horrores en el castillo de Chilln,
especie de Bastilla helvtica, con vistas al lago y las montaas, lo
mismo que cualquier hotel de los alrededores, en los que se paga con
generosidad principesca el honor de vivir alojado. La prisin de
Bonivard, un patriota ginebrino, mrtir igual  inferior  los miles de
miles de mrtires que suman todas las patrias de este planeta, ha
servido de punto de partida  los suizos para cargar al pobre y
sonriente Chilln con toda clase de crmenes.

Entris en el castillo, confundidos en un rebao de viajeros ingleses, y
la guardiana, una suiza peliblanca, seca y de ojos claros, que da
vueltas  una enorme llave introducida en uno de sus ndices, os seala
un hecho espeluznante  cada paso, con una voz monjil, como si estuviera
cantando el domingo en la capilla de lo que llaman religin nacional.

Ve una viga y os dice al momento: De aqu colgaban los duques de Saboya
 sus enemigos. Ante un montn de piedras: Aqu dorman los condenados
 muerte su ltimo sueo. En un cuartucho, sin otros muebles que unos
cofres viejos: Esta era la cmara de tormento donde despedazaban  los
hombres. Frente  una poterna que se abre sobre el lago: Por aqu
arrojaban los cadveres de los condenados. Cien metros de fondo, seores
mos. En la cocina del castillo, su indignacin patritica, no sabiendo
qu inventar, seala la chimenea, afirmando que en ella se asaban bueyes
enteros, para que el buen auditorio se diga escandalizado: Pero qu
tos tan brutos eran los duques de Saboya!...

Y mientras se suceden las horripilantes explicaciones, en los llamados
subterrneos, que tienen grandes ventanas por las que penetra  raudales
la luz,  en las altas cmaras, con miradores por los que se ve el
mgico espectculo del lago, el castillo sonre, hundidos sus pies en el
azul y su cabeza rodeada de un nimbo. Y la hiedra que escala los gticos
ventanales, movindose al soplo de la brisa, como con un ademn
negativo, las ondas que susurran al morir dulcemente contra los fuertes
bastiones, el sol que colora con un tono naranja las vetustas piedras,
dndolas palpitaciones de vida, todo parece decir  gritos: No la
creis; mentira! todo es mentira! Su oficio es dar una sensacin
emocionante  los viajeros, para que  la salida le suelten medio
franco.

Lord Byron fu quien inmortaliz este castillo con sus versos El
prisionero de Chilln. El pobre Bonivard le debe la inmortalidad.

Pero ay! el ridculo mata las mayores sublimidades, y despus que el
poeta ingls grab su nombre en una columna del _subterrneo_ de
Chilln, otro artista ha pasado por l, mezcla de bayadera y de
pilluelo parisin, como dijo Zola, y poseedor de esa gracia grotesca
que los hijos del Medioda franceses comunican  cuanto tocan.

Desde que  Alfonso Daudet se le ocurri encerrar al desventurado y
heroico Tartarn en el castillo de Chilln, se acab su romntico
encantamiento. Adis, pobre Bonivard! Es intil que la guardiana
salmodie con su voz de beata calvinista:

--En esta columna estuvo atado seis aos Bonivard, hroe de la libertad
de Ginebra.

Por encima del organismo esculido y haraposo, y de la cabeza de Cristo
del patriota cantado por Byron, aparece el cuerpo rechoncho y la fiera
cabezota morena y barbuda del intrpido hijo de Tarascn, nieto
ilegtimo de Don Quijote  incansable cazador de leones... y de gorras.




VI

Los osos de Berna


Cuando llegan los extranjeros  la capital de la Confederacin
Helvtica, su primer deseo es siempre el mismo.

--Llveme usted  ver los osos--dicen al cochero  al gua del hotel.

Y al extremo de un puente, en el fondo de un foso circular, semejante 
una pequea plaza de toros cuidadosamente enlosada, encuentran  los
hijos favoritos de Berna,  los famosos osos, que figuran en el escudo
nacional, sirven de adorno  los monumentos y se exhiben como motivo
decorativo en las fachadas y salones de los edificios pblicos.

Numeroso gento ocupa siempre la balaustrada del gran redondel, hablando
de lejos  los pesados animales, excitndolos con gritos cariosos,
envindoles una nube de mendrugos y frescas zanahorias. En torno del
foso hay una pequea feria, con puestos en los que se venden vituallas
para la bestia amada y tarjetas con los retratos de estos personajes
populares. De vez en cuando uno de ellos se encarama por las ramas
transversales de un viejo tronco plantado en el centro del redondel, y
el gento se entusiasma ante la gracia y la agilidad del pesado animal.

Los osos de Berna son ricos. Han heredado un sinnmero de veces, pues
ciertas solteronas patriticas les legan al morir una parte de su
fortuna. Viven en opulenta abundancia, soberbiamente alimentados, como
el pueblo suizo, del cual son  modo de un smbolo; y como si no les
bastase la manutencin que les da el municipio berns, administrador de
sus bienes, la admiracin popular los acosa y abruma bajo un espeso
aguacero de regalos.

Ahora son seis nada ms. Sentados sobre las patas traseras, ventrudos,
enormes, con lanas cuidadosamente lavadas, miran  lo alto, contestando
con sonrientes colmillos al gritero de la fila circular de admiradores.
Ahtos hasta la inmvil pesadez, cogen al vuelo la zanahoria  el pan
untado con miel, que les viene directamente  la boca; pero si el
donativo resbala ante sus colmillos y cae  sus pies, no hacen el menor
esfuerzo por recogerlo. Nuevos regalos llueven en torno de ellos, y
dejan lo que cae para sus compaeros de foso, para los parsitos que les
acompaan en su agradable cautiverio, centenares y tal vez miles de
pjaros del inmediato parque, que saltan sobre las losas buscando
migajas en los intersticios,  picotean en el vientre y las patas de los
enormes camaradas, animando su lanudo volumen con inquietos aleteos.

Cada pueblo, en los albores de su vida, cuando aun balbucea el infantil
lenguaje de la tradicin, simboliza su carcter y su existencia en un
animal. La Roma antigua, vida y feroz, escogi  la loba; Francia tiene
al gallo fanfarrn, arrogante y belicoso; los Estados del Norte ostentan
guilas de pico rapaz y estmago insaciable; Espaa es el len solemne
hasta en su decadencia, cuando los piojos invaden sus flcidas melenas y
la consuncin de la vejez amenaza romper el pellejo con las aristas del
esqueleto; Suiza es el oso.

El fundador de Berna, que segn la tradicin se dej guiar por uno de
estos animales, escogi, tal vez sin saberlo, la ms exacta
representacin del carcter de sus conciudadanos.

Es intil repetir una vez ms las glorias pacficas de la Repblica
Helvtica. Todo el mundo las conoce. En cada ciudad, y hasta en la ms
pequea aldea, los dos mejores edificios son siempre la escuela y la
casa de correos. La gente come bien y tiene un aspecto saludable; slo
se ven soldados en tiempo de grandes maniobras, cuando el gobierno
federal convoca  las reservas; en campos y caminos apenas se encuentran
gendarmes; la polica es escasa en las calles; la suprema graduacin en
el ejrcito es la de coronel, y el que ms sabe entre todos ellos toma
el mando supremo; la gran mayora de los suizos no conoce el nombre del
presidente de la Repblica, que slo ejerce el cargo un ao, y este
presidente, que cobra poco ms que uno de nuestros subsecretarios, sale
en las maanas de verano del magnfico palacio del Gobierno en Berna y
va  tomar un vaso de cerveza en el caf Federal, alegre tabernilla que
est enfrente. En los _cabarets_ berneses se sienta uno al lado de un
seor vestido descuidadamente, con sombrero de paja viejo, el chaleco
abierto, la panza en libertad, mientras lee un peridico de apretados
caracteres alemanes, y resulta luego que es un ministro federal  un
presidente de cantn venido  Berna para hablar mano  mano con los
gobernantes centrales. Cada uno hace lo que quiere y vive como quiere,
con la tranquilidad de que le avisarn apenas estorbe  perjudique  los
otros, y de que su carcter pacfico, simple y disciplinado, le
aconsejar obedecer, sin el ms leve intento de protesta.

Un pas dichoso la Confederacin Helvtica! La mejor de las
repblicas!... Realmente, la nacionalidad ms apetecible del mundo es
ser ciudadano de Suiza... pero habiendo nacido suizo.

Yo creo firmemente que esta paz del pas helvtico, esta tranquilidad,
este orden, es una condicin de raza. As como en la vida individual los
seres ms felices y satisfechos son los que piensan menos y slo se
inquietan de lo que toca directa  inmediatamente  sus apetitos y
necesidades, en la vida de los pueblos los que alcanzan existencia ms
tranquila y ordenada son los que carecen de imaginacin.

El suizo slo contempla lo presente. Su pensamiento, tardo, pesado y un
tanto espeso, pero de paso seguro (las mismas condiciones del animal
favorito), no va ms all de lo que le rodea. La vida pblica se
concentra para l en el municipio,  cuando ms en el cantn. Ni
siquiera llega  preocuparse de lo que ocurre en Berna. Encuentra
aceptable lo que le rodea, y esto basta para que no sienta deseos de
novedad.

Si de la noche  la maana los suizos se convirtiesen en franceses, una
parte de la poblacin fijara su entusiasmo en el coronel Tal  Cual,
viendo en su rostro los rasgos de un Bonaparte; se enardecera con el
redoble de los tambores, creyendo que el ejrcito helvtico estaba
llamado  grandes glorias, y en odio  la variedad y el fraccionamiento,
borrara cantones, unificando la nacin como bajo un rasero, y
convirtiendo  Berna en un Pars, depositario de toda la vida suiza.

Que los suizos se convirtiesen en espaoles, y antes de un mes los
catlicos de Friburgo, cantn que tiene ms conventos y ms frailes de
todos colores que cualquiera ciudad nuestra, declararan deshonroso para
su cuerpo y peligroso para su alma el hacer vida comn con los cantones
que son protestantes, y las plcidas montaas verdes se llenaran de
partidas capitaneadas por curas, y la causa del Dios verdadero
intentara convencer  tiros  los herejes para que no persistiesen en
el error.

Que fuesen italianos todos los habitantes de la libre Helvecia, y sin
perjuicio de atraer y desvalijar en sus hoteles  los extranjeros, los
insultaran con su desprecio de pueblo escogido, llamndolos _barbari_.

Pero los habitantes de Suiza son suizos, estn bien donde se
encuentran, reconocen como muy aceptable su vida presente, y no piensan
nada nuevo ni se sienten agitados por originales aspiraciones.

Viendo de cerca  Suiza, hay que decir: Benditos los pueblos que
carecen de imaginacin! De ellos sern la tranquilidad y las virtudes
vulgares! La falta de individualidad permite mantener  los hombres en
el goce de sus completas libertades, sin miedo  que abusen de ellas
salindose del nivel comn. La carencia de imaginacin evita el peligro
de que los ms inquietos y audaces tiren impacientes de las riendas de
la ley, turbando la marcha lenta, ordenada y mecnica de este pueblo,
que por su carcter montono ha hecho de la relojera un arte nacional.

Todas sus aspiraciones hacia lo desconocido, lo inesperado y novelesco,
se cifran en la servidumbre. En otro tiempo se vendan como soldados 
los reyes de Europa, y los hijos de la libre Helvecia formaban los
regimientos suizos, favoritos de las cortes, que se encargaban de
acuchillar  los pueblos para que se mantuviesen por el miedo sometidos
 los dspotas. Verdaderos mercenarios, pasaban del servicio de unos
Estados  otros, y esto haca que en los combates se batiesen sin
entusiasmo, con ciertos miramientos, convencidos de que en las filas
enemigas figuraban hermanos suyos igualmente  sueldo.

Ahora se dedican  fondistas y cafeteros, y corren el mundo para servir
platos  bocks, lo mismo en California que en Australia  el Cabo, pero
siempre con el pensamiento fijo en las verdes montaas y los azules
lagos, imgenes que les siguen en su peregrinacin, sin que logren
borrarlas nuevos espectculos.

Yo creo que ningn suizo suea cuando duerme. Su obligacin al cerrar
los ojos es dormir: un ensueo sera un desorden intil de la loca de
la casa, que no tiene aqu amigos ni adeptos.

En Ginebra he comido todos los das en un modesto restaurant, donde
entr casualmente al llegar  la ciudad. Una irresistible simpata me
atrajo  este establecimiento.

El reloj, una soberbia pieza con la hora de Pars, la hora de la Europa
Central y todas las horas del mundo, estaba siempre parado.

Un reloj parado en Ginebra, la Salamanca del muelle real, la Sorbona de
la rueda catalina!... Un suizo  quien no importa saber qu hora es,
ni se preocupa del buen orden de su vida!

Me he ido de Ginebra sin conocer al dueo del restaurant, pero estoy
convencido de que es un poeta que se pierde Suiza.




VII

El lago y el Concilio


Escribo junto  una ventana, por cuyo amplio rectngulo se ve, en primer
trmino, el follaje de los rboles y la saliente redondez de un pequeo
torren; ms all una superficie azul, tranquila y tersa, que se pierde
hasta juntarse con el cielo, y en esta lnea indecisa del horizonte, una
bruma que no consiguen disipar los rayos del sol de la maana, y en la
que se dibujan vagamente obscuras siluetas, que tan pronto parecen nubes
rastreras como altivos montes.

La ventana es del _Insel Htel_, antiguo y famoso convento de dominicos,
situado en una isla, entre soberbios jardines, y convertido por los
artistas alemanes en uno de los ms hermosos hoteles del mundo; la
torrecilla es la prisin en la que vivi Juan Huss antes de ser
conducido  la hoguera; la inmensa extensin azul, el tranquilo lago de
Constanza, lmite entre Suiza y Alemania, y los obscuros perfiles
esfumados por la niebla, los lejanos Alpes del Tirol.

Hace unas horas he abandonado la tranquila, burguesa y antiptica
Zurich, convertida, por las maniobras militares de verano, en una ciudad
belicosa, con las calles llenas de suizos uniformados, arrastrando el
sable; me he detenido en Schaffhouse para ver el _Rheinfall_, la
prodigiosa cada del Rhin, dividindose en dos soberbias cascadas al
chocar con una isleta saliente, que parece imposible pueda resistir el
mpetu de las espumas hirvientes y ruidosas, y despus, salindome del
camino que habitualmente siguen los viajeros, he venido  la tranquila
ciudad de Constanza, penetrando en los dominios del gran duque de Baden.

Suiza acaba en la misma estacin de Constanza. Para seguir el viaje 
Munich hay que volver al territorio helvtico, embarcarse en Romanzhon y
atravesar el lago hasta Lindan, entrando de nuevo en Alemania. Cuatro
aduanas, con otros tantos registros de equipaje en el transcurso de unas
cuantas horas.

Constanza, antigua ciudad episcopal, venerable y plcida, fu libre
durante muchos siglos. Los espaoles la atacaron en el siglo XVI. Los
austriacos la hicieron suya, matando la repblica protestante que se
haba organizado dentro de sus muros, y perteneci  los emperadores de
Viena hasta 1806, en que entr  formar parte del gran ducado de Baden.
Hoy es un resto de aquella Alemania anterior  los triunfos militares,
pacfica, alegre y potica, con sus costumbres patriarcales y su
tranquila libertad. Se ven pocos soldados en su recinto. Las calles
venerables, con edificios de puntiagudos techos y puertas blasonadas,
resuenan de tarde en tarde bajo los pasos de los transeuntes. En los
muelles, limpios y sombreados por los tilos, pasean las muchachas de
trenzas rubias, brazos sonrosados y ojos de un azul clarsimo.  las
puertas de las cerveceras, bajo la frondosa parra, apuran lentamente
los ciudadanos el jarro de barro blanco chorreante de espuma.

Es una ciudad vieja, en la que la vida se desliza sin sentir, falta de
intensas alegras, pero limpia de grandes dolores. Los ciudadanos de
Constanza hacen recordar la plcida existencia de _El amigo Fritz_, y es
indudable que cuando suean bajo la parra, con el estmago lleno de
cerveza, canta en sus cerebros la satisfaccin de vivir, con una
lentitud majestuosa, semejante  la del _Himno  la alegra_, de
Beethoven. Es una de esas ciudades en las que se entra como en un lugar
amigo que no se ha visto nunca, pero que evoca confusamente simpatas y
familiaridades de una misteriosa existencia anterior. El viajero parte
con pena, prometindose volver, y piensa en la felicidad de pasar en
ella el resto de sus das, apartado del mundo, si las exigencias de la
vida no le obligasen al movimiento, tirando de l hacia otro pas.

Sin embargo, esta ciudad de vida placentera debe su celebridad  un gran
crimen. Este paisaje sonriente, este lago tranquilo y casi desierto, con
gaviotas que rizan bajo el contacto de sus plumas las tranquilas aguas,
y bandas de gorriones que caen sobre las barcas solitarias, han
presenciado uno de los conflictos que trajo ms revuelta  la humanidad
y fu motivo de guerra y otros males.

El _Mnster_, la gran Catedral gtica de Constanza, el _Kaufhaus_,
casern de los Museos histricos de la ciudad, las casas venerables de
sus calles, y hasta el antiguo convento de dominicos, cuyas ruinas se
han utilizado para el hotel en que vivo, todo recuerda la gran gloria y
la gran vergenza de la tranquila ciudad: el famoso Concilio que lleva
su nombre y el suplicio de Juan Huss con su compaero Jernimo de Praga.

Cuatro aos dur el tal Concilio. Nunca atraves el cristianismo una
crisis tan ruidosa y aguda. Tres papas tena  un tiempo la Iglesia:
uno, vagabundo por Catalua, Aragn y Valencia, el testarudo espaol
Luna; otro, en Italia; otro, en Alemania, y de continuar la anmala
situacin, los sumos pontfices iban  multiplicarse hasta el punto de
que el Espritu Santo, con toda su divina sapiencia, no podra bastarse
para atender  la tarea de tan numerosas inspiraciones.

De 1414  1418 dur la gran reunin de autoridades eclesisticas y
laicas, convocada en Constanza para poner remedio  tales males. El
emperador Segismundo, primer soberano de la tierra en aquellos tiempos,
y gran _mtomentodo_ de la poca (algo semejante al kaiser actual),
presida el Concilio, rodeado de toda la pompa de su majestad: guerreros
bigotudos de Bohemia, rubios barones alemanes, feudatarios cubiertos de
hierro, de la Europa Central. Frente  su trono, guardado por los cuatro
grandes dignatarios, uno con la corona en un almohadn, otro con el
cetro, el de ms all con la espada y el ltimo con el globo de oro,
smbolo de universal grandeza, alinebanse los cardenales, vestidos de
rojo, con su perfil de pjaro sombreado por el ancho sombrero escarlata
de pendiente borlaje; los prelados venidos de todas las naciones
cristianas y los frailes multicolores, que lean horas y horas
interminables rollos de pergamino  peroraban en latn, con una facundia
pesada, para sostener las pretensiones de sus respectivos partidos. Cada
personaje llevaba detrs un squito interminable. El emperador traa con
l un verdadero ejrcito y todo cardenal arrastraba tras su cola roja un
pequeo pueblo de familiares, pajes, cocineros y reposteros, caballos y
acmilas. Los prncipes de la Iglesia, rivalizando en lujo, haban
acudido  la cita seguidos de interminable mesnada, y la pequea
Constanza no saba cmo contener y guardar todas las grandezas
terrenales, llegadas  su seno para examinar y fallar el gran pleito
surgido en el arreglo de la herencia de Cristo.

Un vasto campamento rodeaba la ciudad. Miles de caballos agitaban por
las maanas las riberas del lago al baarse en sus aguas; las barcas,
cargadas de vveres y forraje, iban en interminable rosario de una
orilla  otra; en las calles, repletas de gento, sonaban todos los
idiomas de Europa, y cada semana se vean llegar nuevas gentes de pases
lejanos: frailes de Espaa, venidos  pie de convento en convento, para
sostener las pretensiones de su pontfice; sacerdotes procedentes del
fondo de la Bohemia  de las lejanas riberas del Bltico, que parecan
traer con ellos un olor de hereja y eran los precursores de la Reforma,
 la que slo le faltaba un siglo para nacer.

Transcurra el tiempo, y el concilio no adelantaba en sus decisiones.
Todo acuerdo exiga una informacin en lejanos pases  provocaba
protestas, y mientras tanto, el pequeo mundo aglomerado en Constanza se
aburra, sumindose en los mayores pecados por culpa del tedio. Los
mercenarios del emperador correteaban  las muchachas en los
bosquecillos inmediatos al lago; la cerveza y el vino del Rhin rodaban 
torrentes; los santos cardenales cerraban bajo llave  los pajecillos
italianos, para librarles de incurrir en pecado con gentes que no fuesen
eclesisticas, y para general distraccin y derrota del diablo tentador,
se organizaban procesiones ostentosas, amenizadas con la quema de algn
que otro miserable judo.

He visitado el _Kaufhaus_, enorme edificio, vecino al puertecillo
actual, en el que se celebraron las sesiones del Concilio. Es un casern
de piedra, con las puertas negruzcas, de ojiva chata, rematadas por
groseros relieves gticos. El ltimo piso, de madera carcomida, est
rematado por un techo de barraca, de ruda pendiente, igual al usado en
todos los pases donde abunda la nieve.

Un da, el Concilio, reunido en el saln que ocupa todo el piso
superior, vi comparecer  un sacerdote de gran barba rubia y ojos
azules, vestido de rada sotana y cubriendo con un cuadrado bonete sus
cabellos ensortijados. Era Juan Huss.

Traa revuelta  Hungra con sus predicaciones. La muchedumbre marchaba
tras sus pasos, y el sacerdote detenase en los caminos, predicando al
pie de los rboles sus nuevas doctrinas. La gran masa, ansiosa de
rebelin, adoraba al profeta. El emperador Segismundo le haba invitado
 venir al Concilio, para explicar sus creencias, dndole un
salvoconducto y empeando su palabra imperial para convencerle de que su
vida no corra peligro. La espada del Imperio velaba sobre l. Su
existencia era sagrada.

Al verle aparecer y escuchar su voz, corri un estremecimiento por la
santa asamblea, semejante al que agita  la jaura cuando huele la caza.

Los hbitos negros y blancos de los dominicos palpitaron de emocin;
las cabezas severas y duras de los frailes alemanes, intolerantes y
rudos, y de los frailes espaoles, sus discpulos y herederos,
agitronse con aullidos de muerte.

El sacerdote bohemio se explic tan claramente, que,  los pocos das,
estaba preso, y para mayor seguridad, en el convento de los dominicos,
en este torren que puedo tocar con slo extender el brazo fuera de mi
ventana. El emperador se olvid de l y de la palabra dada, ejemplo de
villana repugnante que no sigui Carlos V cuando un siglo despus
compareci Lutero ante la Dieta de Worms.

La muchedumbre reunida en Constanza goz al fin de una gran fiesta. Los
padres del Concilio, que llevaban tanto tiempo sin hacer nada y se vean
desobedecidos en sus acuerdos, pensaron satisfechos en que iban  hacer
algo sonado.

Una maana, el prisionero del convento de la Isla fu sacado del
torreoncillo, por cuyas estrechas ventanas contemplaba la extensin azul
del lago buscando las montaas de su lejano pas. Cruces en alto;
blandones encendidos; largas filas de monjes encapuchados; un canto
lgubre, que contrasta con el pido de los pjaros y el susurro del lago
al morir en la orilla. Como representantes del brazo secular, los
barbudos _lansquenetes_, oliendo  cerveza, empujan al sacerdote, lo
amarran, lo visten con una mitra y una tnica pintadas de diablos y
serpientes y la procesin de muerte emprende el camino hacia el arrabal
de Brlh, donde hoy se alza una roca cubierta de inscripciones en honor
del mrtir. Otra procesin igual surge en el camino conduciendo 
Jernimo de Praga, el fiel compaero y discpulo.

La gloria de la cristiandad, lo ms selecto  ilustre de la poca, ocupa
la llanura de Brlh. El emperador no ha osado contemplar su obra, pero
all estn, junto al montn de lea seca, rematada por dos postes, los
cardenales  caballo, con sus squitos de prncipes; los nobles
guerreros y las hermosas damas alemanas, rubias, blancas y pechonas,
montadas en vistosas hacaneas y avanzando todo cuanto pueden para no
perder nada del interesante espectculo.

Prodigios de la fe! El inmenso montn de lea ha sido trado
voluntariamente pieza  pieza, por la piedad de los fieles, por el buen
populacho, que desea la quema de estos dos hombres,  los que no conoce,
pero cuya maldad le parece indudable.

Empiezan  crepitar las llamas, asomando sus lenguas rojas entre los
leos. Surge el humo de las ropas carnavalescas que cubren  los
condenados como un ltimo insulto.

De pronto se abren las filas de soldados sonrientes, y sonren tambin
las hermosas damas, los prncipes eclesisticos y los jinetes de
luciente coraza.

Una vieja, arrugada y casi ciega, miserable andrajo humano, avanza,
encorvada bajo un pequeo haz de sarmientos. Viene de muy lejos, y teme
haber llegado tarde para depositar su ofrenda, perdiendo la ocasin de
hacerse grata  Dios. Al arrojar su haz en la hoguera, suspira
satisfecha, como si librase su alma de un gran peso.

Juan Huss tambin sonre. Sus ojos azules, de dulce profeta,
lagrimeantes por el humo, miran al cielo. Su barba rubia, que empieza 
chamuscarse, muvese  impulsos de una admiracin lastimera.

--_Oh sancta simplicitas!_--gime.

Las ltimas palabras del mrtir fueron para la santa y eterna
imbecilidad de los simples, que creen lo que les ensean, odian lo que
les sealan, y con la sencillez de la inconsciencia, matan  persiguen,
creyendo realizar una gran hazaa,  los que se preocuparon de su
suerte, trabajando y sufriendo por ellos.




VIII

La Atenas germnica


Munich es una de las capitales de Europa de fundacin ms moderna, y sin
embargo, muy pocas le igualan en el aspecto, majestuosamente venerable.

En el siglo XII, cuando eran viejas ya las grandes ciudades europeas,
Munich se compona de un puente sobre el Isar, con algn casero y un
fuerte convento. _Forum ad Monachos_ la llamaban entonces, y de aqu su
nombre actual, Mnchen (Monje), y el fraile que figura en su escudo de
armas, y los pequeos y graciosos encapuchados que se ven en todas
partes como smbolos de la ciudad, en los escaparates de juguetes, en
los adornos de las esquinas, en los toneles de cerveza y en las jarras
de las _braseras_.

Munich, por sus edificios, por sus escuelas, por el respeto oficial de
que rodea  las artes, es la Atenas germnica. No significa esto que sus
habitantes, morenos, catlicos, habladores y ruidosos, que hacen de la
Baviera una especie de Andaluca alemana, formen una democracia
intelectual y refinada como la ateniense. Aqu los verdaderos artistas
han sido los prncipes--simpticos desequilibrados que se entregaron al
culto de la Belleza con un fervor rayano en la mana--, y el buen
pueblo, obedecindoles con ciega disciplina germnica, les sigui en sus
deseos.

La pintura, la poesa y la msica han sido las grandes manifestaciones
de la vida de Munich, y sus habitantes admiran, como dioses tutelares, 
los clebres artistas protegidos por los reyes. Wgner figura en todos
los escaparates: su perfil de bruja pensativa adorna hasta las muestras
de las tiendas. Goethe y Schiller, coronados de laurel y semidesnudos
como griegos, yerguen sus cuerpos de bronce en grandes plazas,
acompaando  monarcas y prncipes de la casa bvara, cuyos hechos
fueron superiores  los de Mecenas. El lujoso estudio del pintor Lenbach
se visita como un templo, y un culto igual recibe la memoria de
Cornelius, Kieuze y todos los dems pintores y escultores que desde los
tiempos de Luis I  los del infortunado Luis II (el Lohengrin coronado),
contribuyeron en menos de un siglo al embellecimiento de la ciudad.

Los palacios ostentosos, los museos, los arcos de triunfo, los teatros
monumentales, ocupan casi una mitad de Munich. Los reyes de Baviera
trabajaron sin descanso. Su mana de embellecimiento no les dejaba
dormir. El demonio de la construccin turbaba sus das con nuevas
sugestiones. La caja del Estado estaba abierta para todo el que se
presentaba con una idea nueva. Los favoritos de la corte fueron artistas
alemanes, que no haban nacido en Baviera, y sin embargo, llegaron hasta
 intervenir en la vida poltica y aconsejar  los soberanos. Un msico
silbado en Pars, de costumbres bizarras y humor intratable, llegaba 
ser  modo de un virrey, derrochando la fortuna pblica en la ereccin
de extraos teatros y organizando misteriosas representaciones que slo
presenciaba el monarca. ste era casi un actor, bajo las rdenes de su
amigo Wgner, imperioso artista contra el cual grua el pueblo, prximo
 sublevarse como aos antes se alz contra Lola Montes. El entusiasmo
dilapilador del abuelo por la bailarina espaola, reina bvara de la
_mano izquierda_, lo sinti el nieto por el autor de _El anillo del
Nibelungo_. No existe ms diferencia entre ambas pasiones que el amor
fsico regal joyas y dej como nica huella un gran escndalo
histrico, mientras el amor intelectual cre teatros y monumentos,
haciendo nacer las mayores obras musicales de nuestra poca.

Cuando Wgner, olvidado momentneamente de la msica, se dedic 
filosofar,  hizo una confesin de creencias, dijo que sus dos dioses
eran Cristo y Apolo, inventando para la humanidad del porvenir una
religin, mezcla de cristianismo y helenismo, en la que se unen y
confunden la humilde piedad hacia el semejante con la adoracin de la
soberbia belleza.

Cristo y Apolo fueron tambin los dioses de los soberanos bvaros, y
todava imperan juntos, partindose equitativamente el dominio de este
pueblo.

Munich, capital de la Alemania catlica, tiene unos veinte templos que
son como catedrales, y cuyo interior ostentoso recuerda el de las
iglesias espaolas, as como el exterior es puramente italiano. Al lado
de estos monumentos de Cristo, lzanse majestuosos, con la autoridad de
un origen ms antiguo, las innumerables obras de los monarcas bvaros 
la gloria de nuestra madre Grecia: los museos de la Pinacotheca antigua
y la Pinacotheca nueva; la Glyptotheca; los Propyleos; el Templo de la
Gloria con su estatua colosal de la Bavaria, predecesora de La Libertad
iluminando al mundo, de Nueva York; el palacio de la Residencia; los
varios teatros griegos con sus frontones, en los que danzan las Musas al
son de la lira de Apolo; las vastas salas en las que brilla
discretamente el mrmol ambarino de las estatuas clsicas, y se exhiben
fragmentos de templos trados de Egina y otros lugares helnicos. La
columnata drica alnea su bosque de piedra en las fachadas de los
palacios  encierra en su armnico cuadriltero jardines, grandes como
bosques. El rojo de los vasos griegos, con sus pequeos cuadros de
figuras negras  polcromas, cubre muros interminables, cortado 
trechos por las manchas blancas de bustos y caritides.

Asombra el trabajo realizado por los reyes de Baviera en menos de un
siglo. Sus buenos sbditos de la ciudad de Munich han debido de vivir
aos y aos entre andamios, tragando yeso y oyendo  todas horas el
choque del martillo sobre la piedra. La mana constructora de los reyes
debi constituir su gloria y su suplicio.

El arte se muestra en amontonamiento, como creado de real orden, en
pocos aos, ejecucin admirable, pero sin la originalidad y la noble
armona que es producto de los siglos. Se ve que todo est hecho de una
sola vez, que ha surgido del suelo en una sola pieza, falto de esas
capas de sucesiva formacin que va secretando el paso de las
generaciones.

El aspecto monumental de Munich--una vez desvanecida la primera
impresin de asombro por lo grandioso de la obra--causa igual efecto que
esas sinfonas cuyos motivos agrandan  conmueven, al mismo tiempo que
la memoria se estremece con la sensacin de haber odo antes los mismos
sonidos.

--Esto no es nuevo--se dice el viajero al contemplar la ciudad--. Todo
me parece haberlo visto en otras partes.

Indudablemente los monumentos griegos nada tienen de originales, y en
esto consiste su mrito. Son reconstrucciones ingeniosas, evocaciones
sabias de las obras que han llegado hasta nosotros, mutiladas 
indecisas. Pero y los otros monumentos?

 los pocos das de estar en Munich, van surgiendo en la memoria
imgenes del pasado, recuerdos de viajes por otros pases. El aire de
familia se marca cada vez ms en las cosas, como en esos rostros que nos
parecen extraos al primer instante y acaban por ser de antiguos amigos.
Unas iglesias recuerdan las de Florencia; tal vivienda real es el
palacio Pitti; tal otro un palacio de Roma; la Logia de los Mariscales
es una copia de la Logia de Orcagna en la capital toscana; los mstiles
enormes, ante la Residencia, son hijos de los mstiles de la Repblica
en Venecia, y as todo.

Hasta los palomos que aletean en los frisos y descienden al pavimento,
animndolo con el reflejo de sus plumas metlicas, son palomos
traducidos del italiano, que no pueden menos de saludar como
venerables abuelos  los que contemplan el Adritico desde los aleros de
mrmol de la plaza de San Marcos  saltan en la columnata florentina
junto al Arno.

Munich no tiene de original ms que dos cosas: la cerveza y la msica.

Las famosas _braseras_ de estilo germnico, con sus frontones agudos,
rematados por complicadas veletas, y sus fachadas de pesados balconajes
y torrecillas salientes, valen ms que todos los templos griegos que
llenan las plazas de Munich.

De la msica ya hablaremos. La capital bvara est celebrando, en estos
momentos, el Festival Wgner. Por las tardes la muchedumbre se agolpa 
ambos lados de la enorme avenida del Prncipe Regente, para presenciar
el paso de los que van  escuchar _El anillo del Nibelungo_, lo mismo
que el vecindario de Madrid se congrega en la calle de Alcal en un da
de toros.

Cuando el viajero se familiariza con Munich, su entusiasmo por las
glorias artsticas de la ciudad va restringindose hasta el punto de que
slo queda erguida una sola admiracin: Wgner y su obra.

Pobre Atenas germnica! De sus monumentos nada malo puede decirse. Son
notables reproducciones del arte griego: la sabidura artstica luce en
ellos, pero son fros y repelentes como cuerpos sin alma. Es Atenas sin
atenienses y sin el cielo de la tica. En verano, el espacio se muestra
azul y brilla un hermoso sol. Pero el invierno germnico, duro y cruel
en Baviera, muerde con sus dientes negros estos monumentos que nacieron
en la tibia atmsfera del archipilago, favorable  la desnudez.

El mrmol en el pas del sol se dora en el curso de los siglos, tomando
el majestuoso matiz anaranjado del oro viejo. Aqu, en unos cuantos
aos, se ennegrece, con una opacidad antiptica de ceniza de carbn.

Los dioses olmpicos, los hroes coronados de laurel y ligeros de ropa,
parecen temblar en pleno verano, recordando los largos meses de fro. El
rojo griego del interior de las columnatas se destie con las lluvias.
Los frescos se esfuman y desaparecen. Todo se vuelve gris y opaco.

S; esta ciudad es una Atenas... Pero pasada por cerveza.




IX

El Festival Wgner


Un peridico satrico de Munich publicaba hace cuarenta aos una
caricatura de Wgner, saliendo del hermoso palacete en que le tena
alojado el rey Luis II de Baviera.

--Voy al teatro--deca el gran maestro--y de paso entrar en palacio 
dar un golpe  la caja del amigo Luis.

Nunca se ha conocido una proteccin tan generosa como la que el monarca
bvaro dispens  Wgner. La prodigalidad de Luis II tom el carcter de
una locura. Este _rey virgen_, que creaba en su palacio de la Residencia
una galera de bellezas clebres, y sin embargo, prohiba que asistiesen
damas  las fiestas ntimas de su corte, fu un Nern, pero Nern
tranquilo, que construy en vez de quemar, y semejante al dspota de
Roma, puso sus amores musicales y poticos por encima del orgullo de su
majestad.

Sus caprichos y aficiones costaron muy caros  Baviera, y sin embargo,
el pueblo le recuerda y le respeta. Fu un monarca que, en fuerza de
excentricidades, prest un gran servicio al arte, logrando al mismo
tiempo que la atencin del mundo entero se fijase en Baviera.

Por l vienen todos los aos aqu, en artstica peregrinacin, los
intelectuales de remotos pases. Su retrato est en todas partes.
Baviera le compadece con maternal ternura y guarda su memoria. Tambin
la tumba de Nern, veinte aos despus del suicidio del imperial
cantante, apareca muchas maanas cubierta de rosas, ofrenda del popular
recuerdo.

Famosa poca la de la amistad de Luis II y Wgner. El monarca, llena la
mente de los dioses germnicos y de los hroes cuyas hazaas pona su
amigo en rotundos versos, acompandolos de prodigiosa orquestacin,
apartbase cada vez ms de la existencia real, viviendo como un
sonmbulo, en medio de legendarios ensueos. Odiaba el traje moderno y
hasta sus uniformes  la prusiana, por parecerle vulgares y
antiartsticos. Los cortesanos ocultaban su turbacin al verse recibidos
por l, vestido como un gran seor del Renacimiento. Las verdes aguas
del lago Stanberg cruzbalas en barcas doradas, con ninfas y quimeras en
la proa, y grandes paos de escarlata arrastrando sobre la estela.
Durante las noches de invierno, corra los campos de nieve, en veloces
trineos con luces elctricas, pasando entre resplandores como una
aparicin fantstica. Una orquesta invisible sonaba en la famosa _Gruta
Azul_ del castillo de Linderhof, mientras Luis, vestido de Lohengrin,
pasebase erguido sobre un esquife de ncar. Un da acab este ensueo,
ahogndose el simptico perturbado en una laguna del castillo de Bergi.

El gran msico le haba precedido algunos aos en su salida del
escenario mundanal; pero mucho antes de que Wgner muriese, ya haba
dado la generosidad de Luis todo lo necesario para la realizacin de los
ensueos del maestro.

Wgner ansiaba un teatro suyo, con arreglo  su genio inventivo y
revolucionario, el cual no slo realiz innovaciones en la msica, sino
en la escenografa y en la construccin. El coliseo de Bayreuth fu su
obra. Luego Munich, siguiendo los mismos planos, ha elevado el teatro
del Prncipe Regente, dedicndolo  la representacin de las obras de
Wgner. Hoy el _Prinz-Regenten-Theater_, de Munich, celebra todos los
aos un Festival Wgner que atrae  una muchedumbre cosmopolita, y
triunfa sobre Bayreuth por el esmero con que presenta las obras. Su
maquinaria escenogrfica es muy superior  la de los tiempos de Wgner,
que aun funciona en el primitivo teatro.

Gentes de todos los pases de Europa y de mucha parte de Amrica, se
encuentran en Munich, con motivo del Festival. Intil describir lo que
es este teatro con sus novedades y misterios, pues todo el mundo conoce
las innovaciones introducidas por Wgner en la representacin de sus
obras. La orquesta es subterrnea  invisible, lo que llamaba el maestro
el abismo mstico de donde surgen las melodas como si viniesen de
otro mundo, sin ver el espectador  los msicos, que sudan y gesticulan,
y al director, que se mueve como un loco. El teatro est completamente 
obscuras. Las puertas de los pasillos se cierran al empezar cada acto,
sin que exista poder terrenal capaz de abrirlas antes de que aqul
termine. La disciplina alemana reglamenta el curso del espectculo; el
programa marca las horas y minutos que se invertirn, tanto en el
conjunto de la obra como acto por acto. Las trompetas, sustituyendo 
los toques de campana, hacen correr  los espectadores lo mismo que
reclutas que temen faltar  la lista.

Las representaciones del Festival Wgner empiezan  las cuatro de la
tarde y acaban  las nueve y media de la noche. El ltimo entreacto es
de media hora, para que el pblico pueda cenar en los grandes comedores
del teatro. Una admirable igualdad reina sobre el pblico. Todos los
asientos son iguales y cuestan lo mismo, veinte marcos (veinticinco
pesetas). El teatro, aparte de los seis palcos del fondo, destinados 
la familia real y  los potentados extranjeros, slo se compone de
butacas que se alnean en peldaos, subiendo desde la concha circular,
que cubre el foso de la orquesta, hasta lo ms alto de la sala. Todos
ven el espectculo de frente. Las dos paredes laterales son lisas, sin
otros adornos que las portadas de salida y unas hornacinas con vasos
griegos.

 qu hablar de _El anillo del Nibelungo_?... Wotan, Brunilda,
Sigfrido, todos los dioses, los hroes, las beldades desventuradas, los
gigantes espantosos y los nibelungos enanos, que figuran en esta serie
de peras, con su fantstica Historia Natural de dragones que cantan,
pjaros que aconsejan y serpientes y osos, son personajes conocidos del
pblico y no ofrecen ya novedad. La _Walkyria_ y el _Sigfrido_ los
cantan en Munich lo mismo que en el Real de Madrid,  tal vez un poco
peor. Todos los artistas de lengua alemana tienen empeo en cantar en
este Festival, porque _da cartel_. Algunos proceden de Nueva York, y
creo que hasta despus de trabajar gratuitamente, dan dinero encima.

Adems, en este teatro, donde no se admiten manifestaciones del pblico,
el artista puede atreverse  todo, sin ese miedo que inspiran los
espectadores exigentes de Italia y Espaa, los cuales llevan  la pera
algo del espritu de la gente que asiste  una corrida de toros. Total,
que al lado de buenos artistas, encanecidos en el culto wagneriano,
aparecen otros indignos de cantar en su compaa. Por fortuna, la
orquesta, las maravillas del decorado y la escrupulosidad y atencin en
el juego escnico, justifican el largo viaje que ha tenido que realizar
una gran parte de este pblico, hbrido en su aspecto exterior, y tan
interesante casi como las obras de Wgner.

La uniformidad militar del teatro contrasta con la variedad infinita de
los espectadores. En lugar alguno de Europa puede encontrarse un pblico
tan heterogneo. Una amable libertad impera en el vestido. Las damas
alemanas y algunas francesas se presentan en traje de ceremonia; los
oficiales marchan tiesos, en sus apretadas levitas de alto cuello,
arrastrando el sable; los _herr_ germnicos llevan frac y se cubren la
cabeza con fieltros de anchas alas; pero revueltos con estas gentes
elegantes, pasan inglesas y americanas, vistiendo blancos trajecitos de
falda corta; viajeros con su terno gris  grandes cuadros, los gemelos
en bandolera y la gorrilla en la mano; gruesos y rubicundos sacerdotes
catlicos, con levita y pechera negras, que, recordando lo que acaban de
oir, mueven los dedos como si estuviesen ya ante los rganos de sus
catedrales; vrgenes de lacias faldas, con el exange rostro asomado
entre dos cados cortinajes de pelo; jvenes melenudos, que estiran la
afeitada cara sobre las innumerables roscas de una corbata obscura;
muchachas enfurruadas, que al llegar tarde y encontrar las puertas
cerradas, se tienden en las escalinatas de los pasillos, ansiando oir un
eco del lejano misterio por debajo de los pesados _portiers_, junto 
las piernas de los impasibles acomodadores; mujeres con cierta
originalidad en su traje y sus maneras, que son grandes cantantes en
vacaciones  famosas concertistas; viejos condecorados, de cabellera
gris y cara arrugada, que inspiran un vago recuerdo de retratos vistos
en ilustraciones extranjeras.

Es un pblico de sorpresas. Todos presienten en el vecino que pueda ser
_alguien_. La mayora est formada de artistas, de escritores, de gentes
que gozan celebridad en sus pases, pero que pasan inadvertidas en esta
reunin universal, que slo dura algunos das.

Esta importancia del pblico que parece presentirse, como si flotase en
el ambiente, obliga  una extremada sencillez  los grandes de la
tierra.

Yo me he codeado, del modo ms irreverente, al pasear por las galeras,
con una seora joven, tan elegante como granujienta y fea. Un poco ms
all dos viejas damas, cargadas de brillantes, pusieron al verla una
rodilla en tierra, con esa sumisin germnica, al lado de la cual el
cortesanismo espaol resulta de costumbres democrticas.

--Alteza! Alteza!...

Y le besaron la mano como si llevase en ella el Santsimo Sacramento.
Era una hija  una nieta (no me enter bien) del emperador de Austria. Y
de igual categora que sta, aunque ms simpticas por su modestia,
encontr en los pasillos  otras altezas, cuyo nombre no necesit
preguntar por serme sus caras bien conocidas.

Cuando termina el espectculo, la gran mayora del pblico sale en
silencio; pero algunos manifiestan su fervor  gritos.

--Sublime! Inmenso!

Casi siempre son espaoles, italianos  franceses los que gritan
entusiasmados. Pero sus voces suenan  falso, y parece que gritando
intentan convencerse  s mismos.

Han odo hablar del Festival Wgner como de algo extraordinariamente
misterioso; han venido atrados por la curiosidad, creyendo en lo
sobrenatural del espectculo, y salen de l dudando de la sensatez de su
viaje, sintiendo cierta sospecha de haber sido engaados, dicindose
que, aparte de la sala  obscuras y de la orquesta subterrnea, nada
nuevo han visto.




X

El "Mozarteum"


Al ir de Munich  Viena, la primera poblacin que se encuentra, pasada
la frontera austriaca, es Salzburgo, famosa desde hace siglos como uno
de los lugares ms hermosos de la vieja Alemania.

Es una ciudad episcopal que hasta principios del siglo XIX estuvo regida
por un prncipe-arzobispo, y slo en 1816, despus que el Congreso de
Viena, repartindose los despojos del vencido Napolen, rehizo el mapa
de Europa, pas  incorporarse  Austria. Construda en las dos orillas
del Salzach, que corre entre verdes montaas, la poblacin extindese
por ambas laderas, rompiendo los densos bosques y asomando  trechos su
edificacin roja y negruzca y sus altas torres sobre el verde follaje.
Una catedral gtica recuerda el gobierno de los prncipes mitrados; un
castillo, el Hoen, domina uno de los panoramas ms hermosos del mundo.

Pero Salzburgo no es famosa por su belleza y su antigedad.  pesar de
las glorias histricas de sus arzobispos, de la hermosura de sus
paisajes y de haber habitado en ella el famoso mdico Teofrasto
Paracelso, hoy dormitara olvidada, como muchas poblaciones de la
antigua Alemania, sin que un viajero curioso descendiese en su estacin
y sin otra vida que el trompeteo del regimiento acuartelado en el
castillo y el arrastre de sables de los oficiales bajo los tilos del
paseo. Un nio nacido en Salzburgo en 1756 ha bastado para dar una
celebridad universal  imperecedera  la pequea poblacin alemana.

El prncipe-arzobispo de dicha poca, amante de la msica, como todos
los seores alemanes, tena  su servicio un maestro de capilla, pagado
miserablemente y abrumado por un continuo trabajo.

Este pobre msico ocupaba un cuarto piso en una calle estrecha de
Salzburgo; una casa de vecindad, con su escalera en forma de tnel y sus
galeras, dando acceso  innumerables puertas. Un da el necesitado
maestro vi aumentarse sus apuros con el nacimiento de un nuevo hijo. Le
pusieron los nombres de Wolfgan Amadeo y el obscuro apellido de su
padre, llamado Leopoldo Mozart.

Los vecinos del viejo casern vivan en continuo concierto. Por las
tardes, cuando terminaban sus ocupaciones en la catedral  en el palacio
del arzobispo, los msicos de la capilla, tan pobres y entusiastas como
el maestro, reunanse en la casa de ste. No tenan dinero para ir  la
cervecera, y se juntaban trayendo sus instrumentos, para deleitarse
mutuamente con interminables conciertos, en los que ejecutaban las obras
de su gusto, sin tener que seguir los caprichos del seor. Llegaban con
sus radas casacas negras, de largos faldones, sus pelucas de un blanco
rojizo, las medias con puntos sueltos, los zapatos viejos, y se
agrupaban vidos en torno del bondadoso Leopoldo, que les aguardaba con
un voluminoso cuaderno en la mano, ltima novedad musical enviada por el
_kapells-meister_ de algn otro principillo alemn.

Sentbase al piano el maestro, geman los violines, roncaba el
contrabajo, extenda el violoncello la caricia aterciopelada de su
varonil suspiro, lanzaba la flauta sus trinos de alegra pastoril, y la
vieja casa pareca rejuvenecerse con esta alma meldica que corra por
las arterias de sus escalas y corredores. La mujer del maestro, la
hacendosa y dulce Ana Mara Pertlin, cosa con los ojos bajos y el odo
atento; la hija mayor, Mariana, de pie junto  su padre, segua con
admiracin el desarrollo de la msica; el pequeo Amadeo,  gatas por la
habitacin, interrumpa con sus balbuceos el sonido de los instrumentos.
Cuando apenas saba hablar se quej amargamente viendo que llegaba un
amigo de sus padres con las manos vacas.

--Hoy no traes tu violn de manteca!--exclam con acento de decepcin.

La manteca era para el pequeo salzburgus lo ms fino y ms dulce del
mundo.

No saba an modular palabras con su boca y haca ya hablar al piano;
los signos del solfeo los aprendi antes que los caracteres del
alfabeto. Mariana dominaba la msica lo mismo que l. En Salzburgo,
todos se hacan cruces del nio prodigioso, que  los seis aos tocaba
el piano como un concertista. El mismo prncipe-arzobispo se dign
llamarlo al palacio, admirando la habilidad del hijo de su maestro de
capilla, pero sin ocurrrsele aumentar el sueldo de ste en unas cuantas
_coronas_.

Las necesidades de la vida impulsan de pronto  Leopoldo  una
resolucin digna de nuestros tiempos. Despirtase en l una avidez de
empresario. Un da, el pequeo Amadeo, ante los ojos llorosos de la
madre, que ve prxima una separacin, contmplase en un espejo, ridcula
y graciosamente vestido como un gran seor, con casaca galoneada, blanca
peluca de corte y una espadita al costado. Va  correr el mundo con su
padre y su hermana, dando conciertos, y empieza sus peregrinaciones
penosas de corte en corte, durmiendo en malas posadas  en palacios de
potentados _dilettanti_; teniendo que tocar unas veces ante reyes, y
otras ante muchedumbres que discuten con Leopoldo el precio de la
entrada. En la corte de Viena, le tratan como un prncipe y juega con
la archiduquesa Mara Antonieta, futura reina de Francia. En Versalles
le besan y lo adormecen sobre sus grandes faldas las beldades amigas de
Luis XV. En Italia, la muchedumbre fantica de Npoles, asombrada de su
precocidad, cree que el msico nio ha hecho pacto con el diablo y le
obliga  tocar quitndose una pequea sortija que lleva,  la que
atribuye la supersticin un poder mgico. En Miln compone una pera 
los nueve aos, dirige la orquesta la noche del estreno, y el pblico le
saca en hombros, gritando: _Eviva il maestrino!_

Muere el padre; la hermana, simple compaera de ejecucin musical,
vuelve al lado de la madre; Mozart, hecho ya hombre, se ve sumido en la
obscuridad que llega de pronto para los artistas precoces, cuando
pierden el encanto de la infancia. Empieza entonces su vida en Viena de
luchas y miserias. Es un innovador, y la corte prefiere  los msicos
italianos que llenan la capital austriaca. El mismo emperador le
aconseja pedantescamente que imite al primer msico de la poca, el hoy
olvidado Sallieri. Para vivir, escribe sus graciosos _minuettos_, por
unos cuantos florines, cada vez que un gran seor da un baile en su
palacio. Los rivales abusan de su carcter bondadoso y dulce, acosndolo
con insultos, dificultando su trabajo con toda clase de intrigas. Entre
la nube de msicos y poetas de todos los pases, cada sobre Viena por
la atraccin que ejerce una corte aficionada  las artes, encuentra
pocos amigos. Su dulce debilidad slo halla apoyo y consuelo en el
espaol Vicente Martn, un msico procedente de Valencia, autor de
peras olvidadas y que figura en la historia de la msica como inventor
del vals. Tambin son sus amigos el italiano Daponte, abate bohemio y
licencioso, que escribe los versos de sus _libretos_ en plena
embriaguez, y un alemn feo, sombro y malhumorado, incapaz de intrigas
y de numerosos afectos, llamado Luis Beethoven.

Las peras que escribe gustan  lo ms selecto del pblico, pero no le
dan dinero. Cuando se casa con Constanza Wber, sus amigos Martn y
Daponte van  visitarle en su pobre casita, al da siguiente de la boda,
y le encuentran bailando con la mujer.

--Hace tanto fro y la lea cuesta tan cara, que nos calentamos
as--dice el maestro sonriendo.

Y contina el baile, moviendo su cuerpo dbil, elegante y gracioso, que
haca de l uno de los ms distinguidos danzarines de la poca.

En Praga, con el estreno de _Don Juan_, empieza para l la celebridad.
Tiene dos hijos, su mujer puede reunir algn dinero; los empresarios le
piden nuevas obras; la corte fija su atencin en l y le encargan misas
 contradanzas... y cuando el bienestar entra en la casa, se introduce
igualmente la muerte siguiendo sus pasos.

Un da, un seor vestido de negro y de aspecto siniestro llega  la
vivienda de Mozart, y entregndole como adelanto una bolsa llena de oro,
le encarga que escriba cuanto antes una misa de muertos.

Es el testamentario de un gran seor fallecido en el campo, pero 
Mozart, rodo por la tisis y perturbado por las supersticiones que
acompaan  toda enfermedad, le parece que el hombre vestido de negro es
la misma Muerte que viene  anunciarle su prximo fin, y se lanza 
escribir la famosa _Misa de Requiem_ convencido de que se estrenar en
sus propios funerales. Las noches de cruel insomnio, con la certeza de
que toda nota trazada es un segundo menos de vida, de que avanza el
temido final con cada nueva hoja aadida  la partitura, amontonando
sobre el pentagrama lgrimas y melancolas!... Su vida iba
extinguindose as como avanzaba su obra. Casi moribundo, quiso oirla, y
con un esfuerzo supremo cogi en sus manos el papel del tenor.

Un discpulo se sent al piano; otros se encargaron de las diversas
partes de la obra; Mozart, hundido en un silln, con el papel ante los
ojos, cantaba con una voz trmula y dulce, como el cisne de las leyendas
antes de morir. Al llegar al _Lacrimosa_, su voz se cort con un gemido.

--No, no puedo ms!

Y ech la cabeza sobre el respaldo, para no levantarla nunca, entre las
lgrimas de amigos y discpulos, y los alaridos de Constanza, que, al
fin, poda dar expansin  su dolor.

Al da siguiente fu el entierro, da tempestuoso y gris que arrojaba
sobre Viena un verdadero diluvio.

Gran concurrencia en la casa mortuoria: todos los msicos de Viena,
algunos grandes seores de la corte y delegaciones de la Masonera,
agradecida  Mozart por su _Cantata de los fracmasones_, que aun se toca
en muchas logias.

El fnebre cortejo emprendi la marcha bajo la lluvia torrencial. El
agua saltaba furiosa sobre los rojos paraguas de ballena; los zapatos de
hebillas y las negras medias de los acompaantes hundanse en los
arroyos fangosos. Hay que conocer Viena, enorme ciudad, para darse
cuenta de lo penoso de una marcha hasta el cementerio, por calles
interminables. En una esquina se quedaba un grupo del cortejo,
dicindose que ya haba acompaado bastante al difunto camarada en un
da como aquel; ms all desertaban otros; las carrozas de los seores
haban desaparecido; los ms valientes y ms fieles llegaron hasta las
afueras. Total, que al anochecer, con los caballos chorreando y  un
paso vacilante, en la penumbra del crepsculo, lleg al cementerio un
coche fnebre... sin que lo siguiese nadie.

Algunas semanas despus, cuando la viuda quiso saber dnde estaba el
cuerpo de Mozart, nadie supo contestarle. Ninguno del cortejo haba
presenciado el entierro. Los sepultureros no supieron explicarse, ni
pudieron nunca ponerse de acuerdo. Se entierra tanta gente durante un
solo da en una ciudad enorme!... La Nada trag para siempre el cuerpo
del maestro, y la Duda le sirvi de lpida mortuoria. Se sabe de cierto
que sus restos estn en el cementerio viejo de Viena, y esto es todo.

La ciudad de Salzburgo ha convertido en museo la vieja casa del maestro
de capilla Leopoldo Mozart, donde naci el prodigioso compositor. El
_Mozarteum_ contiene en sus pobres habitaciones, de techo bajo y
pavimento de vieja madera, todos los recuerdos de la vida del maestro:
instrumentos, retratos, vestidos y hasta cartas. En una vitrina figura
un crneo... El crneo de Mozart! El catlogo no lo asegura, pero el
conserje lo afirma bajo su palabra, y los ms de los visitantes admiran
la cpula sea bajo la cual nacieron tantas bellas melodas.

Si el alma es inmortal y se entera de lo que ocurre en este mundo, tal
vez  estas horas algn antiguo mozo de cordel de Viena estar riendo en
el Paraso, al ver que atribuyen  su pobre calavera la paternidad del
_Don Juan_.




XI

Viena la elegante


Desde Munich  Viena los hombres del pueblo, y aun muchos burgueses,
bien sean bvaros  austriacos, muestran todos tres aficiones comunes:
aman el canto, se agujerean las orejas para llevar pequeas monedas 
guisa de pendientes, y no pueden usar un sombrero sin adornarlo con una
pluma  un grupo de flores silvestres.

Los pequeos chambergos de felpa verde  acaramelada, con el ala cada
sobre el bigotudo rostro, estn siempre rematados por enhiestas plumas
de gallo, que se cimbrean junto al cogote. El pueblo de la Baja Alemania
siente una gran simpata por el Tirol y sus pintorescos montaeses,
nicos que en das de desgracia para la patria supieron resistir  la
invasin napolenica, imitando  los guerrilleros espaoles.

La _tirolesa_, cancin robada al gorjeo de los pjaros, hace oir sus
trinos desde Munich  Viena, en caminos y ferias, teatros y montaas.
En el _Theresien-Wiese_, de Munich, extensa explanada frente  la
estatua de Bavaria, se verifica  fines de verano la feria anual de los
tiroleses, y de la maana  la noche trina el ruiseor, canta el mirlo y
gorjea la alondra, no con notas vagas, sino intercalando en sus escalas
versos que hablan de amores y luchas en las montaas verdes, coronadas
de nieve.

La msica es una necesidad para los pueblos de la Baja Alemania. Cuando
se les ve de cerca se comprende que las estatuas de grandes
compositores, compatriotas suyos, llenen calles y plazas. No hay caf
que no tenga orquesta, ni restaurant al aire libre sin banda militar. En
Munich, el pblico de las cerveceras canta  coro, acompaado por los
violines y chocando los bocks como los bebedores de Goethe en el
_Fausto_. En Viena, la patria de Strauss y de Supp, el vals lnguido y
elegante  la marcial retreta suenan en todos los establecimientos
pblicos.

El catolicismo austriaco es el ms armonioso de la cristiandad papal.
Una simple misa rezada en la catedral de San Esteban,  en cualquier
otro templo de Viena, es en los domingos un verdadero concierto. Suena
el rgano un ligero preludio, como para dar el tono; los fieles,
hombres, mujeres y nios, tiran del librito que les sirve de gua para
recordar los versos de los himnos, y la misa se desarrolla en medio de
un coro de centenares y aun de miles de voces, sin que ni una sola
desentone, siguiendo todas instintivamente el ritmo, sin necesidad de
direccin, con un ajuste maravilloso. Las voces graves acompaan con
artsticas disonancias el canto femenino  infantil, y este coro, de
msica difcil, suena durante una hora como el del mejor teatro de
pera.

En Viena, la msica es algo nacional, que constituye el orgullo del
pueblo. Las bandas de los regimientos austriacos son verdaderas
orquestas. Cuando Austria dominaba la Alta Italia, los patriotas
venecianos y milaneses ocultbanse en sus casas para no ver  los
abominables invasores; pero as que sus bandas sonaban en las calles,
abran instintivamente las ventanas, confesndose que los malditos
_tedescos_ manejaban como ngeles sus instrumentos.

Viena ha visto ella sola nacer ms obras musicales de fama universal que
todo el resto del mundo. En modestas callejuelas vecinas al Palacio
Imperial y al teatro de la pera, vivieron Mozart, que escriba
_minuettos_ originales para cada baile que se celebraba en Viena, y
Beethoven, que compona una cantata por cada victoria de los ejrcitos
aliados,  produca todas las semanas algo nuevo para los conciertos y
fiestas de los grandes plenipotenciarios, arregladores de Europa, en el
famoso Congreso de 1815.

Viniendo de Alemania, se presenta Viena como una ciudad encantadora,
resumen de toda clase de bellezas y elegancias. Las tiendas de modas
del imperio germnico, en su deseo de aislar  Francia crendola el
vaco, pretenden ignorar que existe un Pars, al que las mujeres de todo
el mundo piden el ltimo tipo de elegancia. _Modelo de Viena_, dicen en
los escaparates alemanes las etiquetas de los sombreros y vestidos.

Si fuera posible colocar juntos  Pars y Viena, para abarcarlos en una
sola ojeada, es seguro que la capital austriaca saldra vencida de la
comparacin. Pero Viena est muy lejos, y para llegar  ella hay que
atravesar las ciudades alemanas, con sus mujeres vestidas como
institutrices pobres, de malfachada gordura, y que para colmo de
desdicha, por un patritico orgullo de su exuberante maternidad,
raramente usan cors.

Por eso la elegancia de Viena causa mayor impresin, desde el primer
momento, que la que se siente en Pars cuando se llega  ste procedente
de Espaa  de Italia.

Hay que confesar tambin que las vienesas son fsicamente superiores 
las parisienses, y su fama universal de belleza no es usurpada. La
espaola hermosa es muy superior  la vienesa; pero en las calles de
Viena se encuentra mayor nmero de mujeres guapas que en las calles de
Madrid. Las nuestras las vencen por la calidad, pero ellas son
superiores por la variedad y el nmero.

Austria es la verdadera frontera de la Europa central... y _europea_.
Ms all, hacia el Oriente, estn acampados pueblos que, aunque de
aspecto semejante al nuestro, son de origen asitico y han sido
depositados en el lugar que ocupan por el oleaje de las invasiones. Por
dos veces lleg la avalancha turca hasta el pie de los muros de Viena.
Los doscientos y pico de pueblos que constituyen hoy el imperio
austriaco, con su carnavalesca variedad de colores, lenguas, trajes y
costumbres, unos rubios, como los germanos ms septentrionales, otros
obscuros  amarillentos, cual las tribus del interior de Asia, han
producido con sus cruzamientos extraos tipos de belleza. En esta tierra
ha ocurrido el ltimo choque de Oriente y Occidente. Hasta aqu lleg el
supremo empujn del Asia invasora, y como ncleo de un pueblo perdido en
las remotas lobregueces de la historia, viven en Austria los _tzganos_
 bohemios, de los que son ramas sueltas los gitanos y _romanicheles_
que vagan por Europa.

Conjunto de mil caracteres extraos  su raza, es la mujer vienesa. Su
color resulta incierto. Puede ser morena y de ojos de brasa como una
gitana,  rubia y de mirada azul como si hubiese nacido en Berln. Es
devota como una espaola, y al mismo tiempo alegre como una italiana, y
elegantemente desenvuelta cual la parisin. La blanca piel de las razas
del Norte no tiene en ella la fra pasividad germnica, pues parece
caldeada por la voluptuosa sangre de la odalisca.

El amor no la enloquece,  juzgar por los conflictos de su vida, que se
reflejan en el teatro y la novela.

El lujo, el deseo de parecer aun ms hermosa la dominan tan
imperiosamente, que en su alma no queda espacio para otras pasiones.

En Viena todos visten bien, hombres y mujeres. En ninguna capital de
Europa se ve  la gente mejor presentada. Los hombres parecen recin
salidos de la tienda del sastre. Las mujeres elegantes son incontables.
Todas, aun las ms modestas, si son hermosas, parecen escapadas de las
lminas de un peridico de modas.

Algunas son ricas; una gran parte slo gozan de cierto bienestar; la
inmensa mayora son pobres, como en los dems pases. Y sin embargo,
Viena, por lo mismo que es una ciudad elegante, resulta muy cara y exige
grandes gastos para el sostenimiento de lo superfluo!...

La emperatriz Elisabeth, asesinada en Ginebra, odiaba  Viena, donde
haba pasado la mayor parte de su vida. Para no verla, iba errante por
Europa, viviendo tan pronto en las islas griegas como en las montaas
suizas, hasta que la hiri el pual anarquista en las riberas del Leman.

--Viena...--deca con indignacin--. La ciudad bella y engaosa! El
lugar ms corrompido de la tierra!...

Hoy la soberana de las tristezas errantes, la infatigable lectora de
Heine, poeta de las inmensas amarguras, se pudre en el panten
imperial, con todas sus decepciones y protestas.

En calles y jardines siguen sonando las valses; las enaguas revolotean
en las aceras con rtmica marcha que deja tras los graciosos pies una
estela de perfumes; los lujosos carruajes, tirados por caballos
hngaros, corren por las avenidas del Prater;  la entrada del clebre
paseo, en el _Wurst el Prater_  Prater del Polichinela, el buen
pueblo, satisfecho de su emperador, baila y se emborracha con cerveza,
esperando la noche para fabricarle nuevos sbditos al soberano, y por
encima de los tejados de Viena suenan  todas horas las campanas de cien
iglesias y conventos, lo mismo que en una ciudad espaola.




XII

El subterrneo de los emperadores


El fraile capuchino, un arrogante mocetn de barba rubia, agita sus
brazos blancos y fuertes fuera de las mangas del hbito, al mismo tiempo
que me habla en alemn. La expresin negativa de su voz me hace
comprenderle. Es domingo, y hasta el da siguiente no se abre el Panten
Imperial. Estoy en la sacrista del _Capuzinekirche_, templo en cuya
cripta reposan los cadveres de los emperadores de Austria.

--El caso es que maana no podr volver--digo yo por contestar algo al
fraile.

--Es usted francs?--balbucea l en dicho idioma, al mismo tiempo que
sonre, mirando  una de mis solapas, en la que llevo la roseta de la
Legin de Honor, como si tuviese cierta satisfaccin en molestarme.

--No seor; soy espaol.

Su rostro parece iluminarse. El azul de sus ojos toma una ternura
acariciadora.

--Ah, espaol!...

Puede correrse Europa entera sin que la condicin de espaol despierte
en hoteles y ferrocarriles otro inters que la vaga curiosidad que
inspira un pas novelesco y lejano. Pero all donde se tropieza con un
fraile, bien sea italiano, francs, alemn  austriaco, la nacionalidad
espaola atrae inmediatamente la ms graciosa de las sonrisas, como si
Espaa fuese el pueblo feliz elegido de Dios, algo as como las doce
tribus depositarias del Arca Santa, que no tenan otro quehacer que
alabar al Seor y engullirse el man cado del cielo.

--Espaol! espaol!--repite en su francs balbuciente el hermoso
capuchino.

Y despus de descolgar una llave, me invita con bondadosa proteccin 
seguirle por los corredores que conducen al Panten Imperial. Siendo
espaol, soy catlico de primera clase y nada puede negrseme.

De pronto se detiene para decirme con amigable confianza, como si
hubiese encontrado un nuevo parentesco entre los dos:

--La reina de usted es de Viena. La conozco mucho... y  su madre, la
seora archiduquesa, tambin. Nos distinguen mucho  los capuchinos.

Cruzamos otro pasadizo y vuelve  detenerse para comunicarme sus
impresiones.

--Yo he estado en Espaa; un da nada ms. Fui  Lourdes y pas  San
Sebastin para ver  la reina. Me regal un pequeo Cristo muy
milagroso: el Cristo de... de...

Y se calla, con el pensamiento embrollado y la lengua torpe, no pudiendo
recordar el nombre de la famosa imagen y mirndome con ojos suplicantes
para que eche una mano  su memoria.

--No s--murmuro algo avergonzado de mi escandalosa ignorancia--. Hay
tantos all!... Tantos!...

El tambin adopta un tono vago, como si contemplase una bella y remota
visin.

--Espaa! Mucho gusto en volver  verla... Pero tan lejos!

Hace girar una llave de luz elctrica y descendemos por una escalera,
recta y abovedada como un tnel, cubierta de azulejos blancos. Al final
de ella entramos en unas cuevas mal enjalbegadas, con un resplandor gris
de bodega que penetra por los tragaluces. Unas cuantas verjas oxidadas;
dos tumbas monumentales con estatuas yacentes, y en todas las cuevas del
imperial subterrneo cajones de cinc, muchos cajones, unos ciento
cuarenta, con breves rtulos en la tapa superior y esparcidos al azar,
lo mismo que los bultos depositados en un almacn. Un olor nauseabundo
de humedad de siglos y podredumbre encerrada, apesta el ambiente. Este
es el ltimo asilo de los orgullosos emperadores de Austria, que han
reinado sobre media Europa y dado reinas  la otra media.

El subterrneo de los Capuchinos era slo para la tumba de Mara Teresa,
hembra gloriosa que vale en la historia por todos los emperadores de
Austria. Pero despus de muerta ella, sus descendientes han venido 
sumirse en la nada cerca de su tumba, y faltos de espacio para tener
mausoleo propio, estn encerrados en atades de plomo y de cinc,
pudrindose en su propia corrupcin, sin el contacto de la madre tierra,
que limpia y consume al envolvernos en su caricia.

La dinasta imperial de Austria, como si pretendiese vencer  la muerte,
se resiste  desaparecer en las entraas del suelo, y est como de
cuerpo presente dentro de su panten. Es algo semejante  su imperio,
que en la geografa poltica representa un cuerpo enorme que un da
vivi, pero cumplida ya su misin, abruma  Europa con la pesadez de un
cuerpo muerto, en que se notan prximas descomposiciones, origen de
nuevas vidas.

Este vulgar subterrneo, almacn sin grandeza de la muerte, con sus
cajas metlicas, feas y pesadas, tiene, sin embargo, un ambiente
trgico.

Una implacable maldicin parece gravitar sobre esta familia
todopoderosa, la ms catlica y la ms venerable de todas las reinantes.
Por ella conserva el Vicario de Dios una enorme parte de Europa.

La revolucin protestante hubiese arrebatado  Roma sus mejores Estados
espirituales,  no ser por la casa de Austria. Los reyes de Espaa,
despus de largas guerras, slo pudieron conservar fiel al Papado la
catlica Blgica. Los emperadores de Austria, con la espada implacable
de Wallestein y los horrores de la guerra de los Treinta Aos,
mantuvieron sumisos al Pontfice enormes Estados.

Este buen servicio  la causa de Dios ha sido pagado al pueblo austriaco
con toda clase de derrotas, hasta el punto de que sus ejrcitos, con ser
muy valientes, parecen sin otra misin en la historia que la de ser
vencidos por franceses, alemanes  italianos. Sus monarcas han sido
objeto de toda clase de infortunios, como si el Todopoderoso les
distinguiese con especial antipata.

La cripta de los Capuchinos recuerda los subterrneos de las
terrorficas novelas de Ana Radcliffe, donde cada tumba encierra una
tragedia, vagando entre ellas espectros ensangrentados. En menos de un
siglo se han amontonado en este lugar los despojos de las ms tristes
historias.

Dos fretros de plomo, cubiertos de coronas, rasgan, con la brillantez
de los colores de sus cintas y el oro de sus franjas, la penumbra gris
del subterrneo. Uno de ellos guarda los restos de la emperatriz
Elisabeth, la esposa del emperador actual, asesinada en Ginebra. Vagaba
por el mundo de riguroso incgnito, como una viajera cualquiera. Nadie
la conoca; ella misma deseaba olvidar su rango de emperatriz;
transcurran aos sin que volviese  sus dominios; pero sin embargo, la
fatalidad, que respeta  los monarcas ostentosos rodeados de la pompa de
su investidura, hizo que una mirada feroz se fijase en la modesta
viajera, vestida de negro.

En la otra caja est su hijo Rodolfo, el heredero de uno de los ms
grandes Estados de Europa, muerto misteriosamente en un drama de alcoba,
como un protagonista de Crnica de sucesos, dejando, al abandonar el
mundo, la duda entre un suicidio voluntario, una monstruosa amputacin 
un asesinato bestial, perpetrado en la locura de la embriaguez.

Unos atades, sin adorno, oxidados por los aos, encierran los dos
ltimos pensamientos de Napolen. En uno est Mara Luisa, graciosa y
casquivana archiduquesa, esposa del primero de los guerreros modernos,
entregada cobardemente por su padre  un sublime advenedizo, ansioso de
ennoblecerse histricamente tomando mujer de la casa austriaca, antiguo
y acreditado centro de exportacin de reinas. Ser esposa amada de un
Napolen, sentir en sus sienes la mayor de las coronas, y al llegar la
hora de las gloriosas desgracias y las tristezas ennoblecedoras,
abandonar al marido sin un recuerdo, ahogando su memoria con amorcillos
vulgares y muriendo en un ridculo principadillo italiano... qu final
puede hallarse ms triste!

Junto  ella duerme el _rey de Roma_, el _Aiglon_, el joven paliducho,
soador y vacilante, que Napolen di al mundo, como esas ramas faltas
de savia que echan los rboles gigantescos cansados de producir. La
sangre de la madre atrajo sobre su cabeza el eterno infortunio de la
dinasta austriaca. Sus ojos, al abrirse  la luz, vieron en torno de
l, como servidores,  los hombres ms poderosos de la poca: brazos que
conquistaban reinos se emplearon en pasear su infancia; el imperio de
Europa figuraba en su canastilla al nacer; los primeros guerreros del
mundo sentan rodar lgrimas por los canos mostachos al contemplar su
retrato en los nevados campamentos de Rusia; y sin embargo, cuando le
sorprendi la muerte en las habitaciones de Schoenbrunn (un palacio en
el que se instal su padre como conquistador y que habit l como nieto
pobre, portador de un apellido odioso), este engendro triste del genio y
la sangre rancia slo dej como recuerdo de su paso por el mundo un
melanclico vals. La ltima vez que le vi el pueblo de Viena fu
mandando un piquete en el entierro de un general obscuro. El hijo de
Napolen escoltando el cadver de un militar sin nombre, que ms de una
vez habra corrido ante su padre!...

Un atad aislado, junto  una pilastra, guarda otra tragedia. El nombre
de _Queratarus_, que figura en la inscripcin latina de la tapa, hace
surgir el recuerdo de Mjico y la fantstica tentativa de un imperio
americano, derrumbada al estampido de un fusilamiento. En esta caja
est Maximiliano I y ltimo de Mjico, que llev al otro lado de los
mares el destino fatdico de su familia.

El pensamiento abandona el fnebre subterrneo para esparcirse por el
mundo, y abarca  los innumerables archiduques errantes sobre la tierra,
como si quisieran huir de las glorias terrenales de su familia, que
equivalen  una maldicin, y olvidar un apellido famoso, que parece
atraer la muerte  la locura. El fantstico Juan Ort desaparece como un
hroe de novela en la punta ms avanzada de la Amrica meridional; otro
archiduque vive como un labriego en una isla del Mediterrneo; otro
reniega de su apellido para ser capitn mercante; otro ms se casa con
una cmica, ansioso de aplebeyarse y que todos olviden su origen... La
desesperacin  la locura guan los pasos de estos descendientes de la
ms catlica y rgida de las monarquas.

La familia se deshace. Quin sabe la suerte de su vasto imperio, simple
expresin geogrfica, sin cohesin de razas ni de espritu, que
lgicamente debe fraccionarse, dando vida  organismos ms homogneos!

La densa humedad del subterrneo, su vulgar desnudez, cargada de hedores
de corrupcin y moho, me hace ansiar la vuelta  la luz y al aire libre.

Al llegar arriba, el capuchino mira su reloj, y espontneamente me
indica qu templo debo escoger para oir misa.

--Cuando usted vuelva  Espaa--aade con tono insinuante--, si ve usted
 la reina...

--Gracias! No la conozco, no la trato...--digo modestamente, ante su
mirada de asombro.

Y al irme, para agradecerle sus molestias y que no pierda el alto
concepto que tiene de los espaoles (los primeros de los catlicos!),
le alargo una peseta austriaca.




XIII

Hermoso Danubio azul!...


De Viena  Budapest se va en cuatro horas por el tren y en trece horas
por el Danubio. Escoger entre ambos modos de locomocin no ofrece duda
para los ms de los viajeros. Sin embargo, yo me embarqu  las siete de
la maana en un vaporcito, frente al muelle del Prater, y dije adis 
Viena, envuelta todava en las neblinas del amanecer.

_Hermoso Danubio azul!_... como cantan en el famoso vals. Lo de azul es
una exageracin patritica del msico Strauss, pues yo no lo he visto de
tal color un solo instante, ni en los muelles de Viena, de reciente
construccin, ni en las revueltas de su curso, que forma ms de cien
islas, ni en las inmediaciones de Budapest, donde muge al tropezar con
altivos y negros promontorios, que son como estribaciones avanzadas de
los montes Karpatos. Su color es un blanco gris y luminoso, semejante al
reflejo del acero pulido.

Pero hermoso s que lo es el clebre ro, de una belleza majestuosa,
imponente y algo salvaje, que bien merece los versos y los suspiros de
violn dedicados  su gloria.

Cerca del puente del Brnn transbordamos  un vapor grande, y empieza la
navegacin ro abajo, moviendo el buque las ruedas en una corriente
veloz que acelera su marcha.

Famoso viaje! Sobre la cubierta agrpase una multitud pintoresca y
abigarrada, que parece resumir el amontonamiento de pueblos del imperio
austriaco: gitanas bronceadas, envueltas en mantones y con un pauelo
sombreando los ojos de brasa, lo mismo que las que se ven en Madrid
cerca del puente de Toledo; aldeanas con blancas camisetas de mangas de
farol y faldelln corto y hueco, como el de las bailarinas, que al menor
descuido deja ver la carne sonrosada y maciza ms all de las medias
atadas bajo las rodillas; campesinos hngaros de fiero bigote y
encintado sombrerillo, moviendo al andar los pantalones blancos de
campana y la blusa ceida por una faja multicolor; soldados azules con
las piernas ajustadas en un _colant_ que les da aspecto de gimnastas, y
mezclado con todo este mundo un revoltijo de fardos, cestos, cuerdas y
maletas, un oso y varios monos de una banda de bohemios y una cantidad
regular de perros enormes, que se espeluznan y ensean los dientes cada
vez que llega hasta nosotros un ladrido de las lejanas orillas.

El vapor danubiano es un arca de No por el amontonamiento de personas,
animales y lenguajes. Cada grupo habla diferente idioma, y sin embargo,
de la proa  la popa no hay quien entienda una palabra de francs, ni
menos de espaol. El capitn, lobo fluvial de rudas maneras, sabe que
existe en el mundo un pueblo italiano, y conoce vagamente de su lengua
hasta media docena de palabras: esto es todo. En el comedor del barco,
donde slo entran los contados pasajeros de primera, los dos criados
puestos de frac sonren estpidamente, encogiendo los hombros, y hay que
emplear con ellos el ms universal de los _esperantos_, el idioma de la
sea. En la cubierta, el pasaje, abigarrado y movedizo como un coro de
pera, me habla con palabras extraas, y yo contesto con la misma
sonrisa de los mozos del comedor.

El Danubio, al alejarse de Viena, ensancha su superficie y toma un
aspecto ms majestuoso, libre ya de las cadenas de piedra en que le
aprisiona la gran ciudad. En ambas orillas se extiende una ancha faja,
deshabitada, desnuda de cultivos y arboleda, sin otra vegetacin que
espesos juncos, caas y matorrales enmaraados. Es el terreno reservado
 las crecidas del gran ro, que ste invade durante el invierno. De vez
en cuando, agtase la silvestre vegetacin y surgen de ella, como
espantados por los bramidos del buque, rebaos de toros blancos  de
color de canela, con los cuernos enormes, pero tmidos y mansos como
vacas.

Ms all de este Danubio en seco, los bosquecillos, de rboles delgados,
pero de apretado follaje, dejan ver en sus claros campos, de intenso
cultivo, granjas en torno de las cuales agtanse hombres y mujeres
vestidos de blanco, aldeas de casitas rojas, agrupadas en torno de la
iglesia, como una pollada alrededor de la madre.

El curso del ro, uniforme y grandioso, se bifurca y parece borrarse al
travs de innumerables islas. Vamos por canales que tienen muchos
kilmetros de longitud. Las orillas estn prximas; se oyen los gritos
de los labriegos en los campos, el ladrido de los canes, el canto de un
gallo, el tintineo de las campanas en las aldeas. Una de ellas se llama
Essling, otra se llama Wagram. Las dos no son ms que dos puados de
casitas, y sin embargo, sus nombres corren por el mundo, figuran
esculpidos en uno de los arcos de triunfo ms grandes de la tierra, y
han servido para bautizar grandes bulevares de Pars.

Hace prximamente un siglo, un hombrecillo de levitn plomizo y pequeo
tricornio, montado en una yegua blanca, encontr magnficos estos campos
para hacer pelear, en condiciones ventajosas,  los miles de hombres que
le seguan, contra otros miles de hombres que intentaban defender sus
familias y sus medios de vida,  sea lo que se llama la patria. Aqu
ocurrieron las famosas batallas que aseguraron  Napolen su dominio
sobre Austria. Nada recuerda en las tranquilas aldeas estos sucesos
_gloriosos_ que las hacen inmortales. Un perro de pastor ladra sobre una
altura que tal vez sirvi de pedestal durante unas horas al gran
conductor de pueblos. Un rebao blanco rumia la hierba en el mismo suelo
que conmovieron hace noventa y ocho aos, con pataleos de rabia  de
agona, numerosos rebaos de hombres. Brilla el acero de unas guadaas
en los campos, cortando algo que no puedo ver, pero que seguramente
sirve para el sustento de la vida y es producto de la corrupcin de
quince  veinte mil hombres que se mataron sin conocerse y sin odiarse.

En las alturas inmediatas al ro, van apareciendo, fuera del ddalo de
islas, viejas iglesias gticas, ruinosos castillos, pueblos con antiguas
fortificaciones. Es el Austria venerable y heroica, que data de las
correras de los turcos, y logr contener y esterilizar ante los muros
de Viena el empuje oriental, librando al centro de Europa de una
invasin que hubiese cambiado el curso de la Historia. Sobre una colina
elvase una pirmide de tierra, de 19 metros, llamada el _Htelberg_,
que conmemora la expulsin definitiva de los otomanos. Su nombre
proviene de que la tierra la llevaron los habitantes de los alrededores
en sus sombreros (_hte_).

Al llegar  la desembocadura del Morava en el Danubio, acaba el
territorio austriaco y empieza el de la autnoma Hungra, que tiene por
rey al emperador de Austria, pero se gobierna aparte, con toda la
altivez de un pueblo de vieja historia.

Hasta Budapest, todas las poblaciones de la ribera del Danubio tienen un
nombre alemn y otro magyar.

Presburgo, la segunda ciudad hngara, que un tiempo fu la capital, la
llaman los magyares Pozsony. Su catedral, donde antiguamente se
coronaban los reyes de Hungra, levanta por encima de los tejados una
aguja de piedra con calados que transparentan el azul del cielo.

Gran movimiento de personas y fardos en el muelle de desembarque. Frente
al vapor suena una alegre msica. Es una orquesta de zngaros, negros y
melenudos, que saludan  los pasajeros, haciendo sonar sus instrumentos,
al mismo tiempo que ruedan los ojos y sonren con una expresin
inquietante, como si la msica les inspirase proposiciones deshonestas.
Son los violinistas de los cafs de Pars, los famosos _tzganos_ de
todos los restaurants elegantes del mundo, pero al natural, sin casacas
rojas ni peinado brillante de pomada, servidos en su propia salsa de
andrajos y suciedad. No llegan  diez y parecen una orquesta enorme por
el terreno que ocupan y la _autoridad_ con que tocan.

En primera fila estn los pequeos, abiertos en extensa guerrilla y casi
ocultos tras el violn; mucho ms lejos, los padres, y todos tocando la
_cazarda_, de ritmo desigual, endiablado y loco, con el busto echado
atrs, el vientre saliente y la mirada perdida en lo alto, como si
fuesen  desmayarse  impulsos de desconocida voluptuosidad. Es la
actitud tradicional, el gesto de Rigo, que trastorn algo ms que el
seso  la inflamable princesa de Caramn-Chimay.

Al alejarnos de Presburgo  de Pozsony, la navegacin adquiere una
hermosura montona; siempre ante la proa una extensin de ro enorme,
con el horizonte cerrado por una revuelta, que lo convierte
aparentemente en mansa laguna. En las riberas se ven colinas cubiertas
de cepas, que producen los vinos rojos de Hungra y el famoso _Tokay_, 
enormes peones, cuyas cimas coronan castillos arruinados.

Empiezo  arrepentirme de la larga navegacin. Cae la tarde. El sol no
es ya ms que un charco de oro, que parece hervir en el horizonte entre
montones de nubes negras. Su agona se refleja en el Danubio, poblando
de impalpables peces de fuego las aguas que rebullen en torno de las
paletas de las ruedas. La fatiga de una navegacin entre orillas que
parecen siempre iguales, como si el ro se repitiese  cada revuelta,
empieza  apoderarse de m. Qu mala idea venir por el ro! Fatal
aficin  lo raro, que hace preferir los viajes difciles siempre que
sean extraordinarios y no los hagan los dems.

Una isla cierra el horizonte. Entramos en un canal entre ella y la
orilla. En la ribera opuesta, sobre una altura, empiezan  surgir
blancos grupos de casero y torres puntiagudas.

Budapest!... Nunca he experimentado sorpresa tan grande. La decepcin
de poco antes se cambia en alegra. Bendita idea la de venir por el
Danubio y llegar embarcado  la capital de los magyares. Budapest es
sencillamente la ciudad ms hermosa de Europa al primer golpe de vista.
No lo digo yo: lo afirman todas las guas y todos los viajeros.

 la derecha del ro, Buda, la ciudad antigua, extendiendo sobre una
cadena de alturas sus recuerdos histricos. En la ribera izquierda,
Pest, la poblacin enorme, donde estn los edificios recientes y las
industrias modernas. Enormes puentes colgantes unen una orilla  otra,
siendo como el guin que junta el nombre doble de la ciudad: Buda-Pest.

Nos detenemos en la isla Margarita, que parte al ro en una regular
extensin antes de penetrar ste entre las dos ciudades.

En una colina inmediata, rodeada de jardines, existe una pequea
mezquita de forma octgona. Llama la atencin este templo musulmn,
blanco y escrupulosamente cuidado, en el catlico Budapest, que ostenta
junto al Danubio la iglesia de San Matas, semejante  un castillo.

La mezquita guarda bajo su blanca cpula la tumba de Gl Baba, santn
turco, que sus compatriotas juzgaron sacrlego llevarse  Constantinopla
al evacuar  Budapest. La obligacin de conservar en buen estado la
tumba del santo musulmn, figura en un artculo del Tratado de paz de
Carlowitz, entre Austria y Turqua, en el siglo XVII, y los austriacos
respetan el antiguo compromiso.

Esta huella de la dominacin turca me hace recordar que estoy ya en las
puertas del imperio de Oriente.




XIV

La ciudad de los magyares


De noche parece Budapest una poblacin de ensueo. La doble ciudad
refleja en el Danubio--que tiene cerca de medio kilmetro de
anchura--los fuegos de su esplndida iluminacin. Desde los muelles de
Pest, que es la ms grande por estar en el llano, se contempla enfrente
 Buda, enroscando sus rosarios de luces de gas por las sinuosidades de
las colinas y sembrando las rocas de faros elctricos, que brillan como
lunas.

Por las negras aguas pasan las linternas de los vaporcillos invisibles,
borrando momentneamente, con el remolino de su marcha, los temblones
reflejos de las luces de los muelles.

De los cafs, que brillan como bocas de horno en la orilla opuesta,
llegan  intervalos, con los soplos de la brisa, suspiros de violines 
el rugido metlico de una banda militar. En los paseos, campesinas de la
Galitzia austriaca  de Transilvania, con trajes pintorescos, que
recuerdan las invasiones turcas  las guerras de Mara Teresa, van de
restaurant en restaurant, llevando sobre el vientre grandes cestos de
frutas. La sanda, casi desconocida en los pueblos del centro de Europa,
se muestra aqu y parece sonreir amigablemente con su purprea y redonda
boca, anunciando que el Oriente est cerca. Los violines bohemios suenan
tras los verdes arbustos de las terrazas, y las canciones melanclicas
de Rumania sorprenden con sus palabras de origen latino, que hacen
recordar al glorioso espaol Trajano, fundador y civilizador de dicho
pueblo.

De vez en cuando truena el suelo de los muelles y pasa un carruaje
tirado por caballos hngaros, incomparables animales que marchan siempre
al trote largo, como si ste fuese su paso natural, y unen el vigor y la
corpulencia  la esbelta ligereza del corcel rabe.

Cuando los esplendores del sol disuelven el negro misterio, moteado de
luces, que envuelve  la doble ciudad, se muestra sta monumental y
grandiosa. En el moderno Pest, los grandes hoteles, los edificios del
Estado, los templos de diversas religiones y los establecimientos de
enseanza, asoman sus masas arquitectnicas por encima del casero. En
el antiguo Buda, ciudad de alturas, hay una larga colina, que es como el
Capitolio del pueblo magyar, pues la extensa meseta soporta los
principales monumentos de su vida poltica. Sobre la ondulada cresta,
cubierta de profundas manchas de jardinera, est el San Matas, templo
del siglo XV, fortificado como un castillo.  sus naves tuvo que venir
 coronarse, como rey de Hungra, el actual emperador de Austria, entre
las corvas cimitarras de los seores magyares, vestidos con el dolmn
tradicional, haciendo sonar las espuelas de sus botas de cuero rojo, y
ondulando sobre su gorro de hsar el blanco penacho sujeto con un joyel.

Al lado de San Matas extiende sus innumerables cuerpos arquitectnicos
el _Kirlyi palota_, palacio real, en el que no ha vivido ningn rey
desde hace ms de un siglo, pero que no por esto respetan menos los
hngaros como un smbolo de su relativa independencia. Ochocientas
sesenta habitaciones tiene este palacio, que comenz  construir Mara
Teresa, todas lujosas, todas deshabitadas, y muchas de ellas con muebles
modernsimos que nadie ha usado. El palacio, con su ostentosa frialdad
de mansin vaca, tiene algo de tumba; pero los hngaros lo adoran,
viendo en l una prueba de que en nada dependen del grandioso alczar
que se alza en el corazn de Viena.

El palacio real, el Parlamento y la Academia, son los tres orgullos de
los ciudadanos de Budapest. Los rudos seores magyares, que en el campo
llevan an una vida casi feudal, que no poseen otra ciencia que la
hpica, educando los caballos en los pantanos inmediatos al Danubio, y
cuando quieren obsequiar  un compatriota ilustre, pianista  poeta, le
regalan... _un sable de honor_, hablan de la Academia de Budapest con el
respeto supersticioso que inspira lo desconocido. La Academia hngara
es una institucin particular, fundada hace aos por el conde Szechenyi,
quien la instal en lujoso palacio y la leg un excelente museo.

Compuesta de trescientos miembros, se dedica, segn los estatutos que
dict su fundador, al estudio de la historia y la lengua hngaras, y al
de todas las ciencias, menos la Teologa. Su biblioteca la forman medio
milln de volmenes; su museo de Pinturas tiene mil cuadros, de los
cuales unos cincuenta (los mejores) son de la escuela espaola,
figurando  la cabeza cinco de Murillo.

Pero de todos los edificios pblicos, el que ms entusiasma  los
magyares es el Parlamento. Los hijos y nietos de aquellos hngaros
revolucionarios que en 1848 fundaron la Repblica, presidida por Kosuth,
ya que no pueden lanzarse al campo sobre veloces caballos de batalla,
vestidos con su uniforme tradicional de hsar y blandiendo el corvo
sable contra los opresores austriacos, se han refugiado en el
Parlamento, el _Uj Orszaghaz_, como en un lugar de combate, donde dan
expansin  sus resentimientos histricos.

El edificio, de construccin reciente, es digno de la importancia que
atribuyen los hngaros  la vida parlamentaria, ltima manifestacin,
por el momento, de su antigua rebelda.

Visto este palacio por primera vez, asombra  intimida con su grandeza.
Examinado ms despacio, parece un disparate arquitectnico, una
fanfarronada de piedra, con centenares de habitaciones y alas enteras
que para nada sirven. El deseo de los hngaros fu poseer un Parlamento
ms grande que el de Viena y todos los del mundo; algo que por su
inmensidad estuviera en relacin con la importancia de sus aspiraciones
polticas, y construyeron como gigantes.

El palacio ocupa una superficie de 15.000 metros cuadrados; su cpula
central tiene 106 metros de altura; su coste ha sido de 36 millones de
coronas.

El exterior, mezcla de gtico y bizantino, ofrece cierta semejanza con
San Marcos de Venecia, pero considerablemente amplificado. Su interior
tiene algo que recuerda las doradas filigranas del decorado rabe.

--Esto se parece  la Alhambra--afirman con irresistible conviccin los
hngaros entusiastas, que jams han estado en Espaa ni han visto del
palacio rabe ms que alguna tarjeta postal.

Nada tienen de la Alhambra sus salones; pero algunos recuerdan vagamente
las cmaras del Alczar de Sevilla.

Bajo la gran cpula central, al trmino de una escalinata de mrmol
construda para colosos, est la rotonda de oro y mrmoles polcromos
titulada Saln del Trono. En ella, al abrirse el Parlamento, se reunen 
escuchar el discurso del invisible rey de Hungra, que vive en Viena,
los 450 individuos de la Cmara de Diputados y los 300 de la Cmara de
los Seores, todos vistiendo el uniforme nacional, cargados de
cordones, con cinturn y collares de pedrera, la pelliza flotante sobre
un hombro, el sable haciendo sonar las losas con el tintineo de su vaina
de bronce, prolijamente cincelada; la mayora con ojos belicosos,
prontos  tirar del acero, como sus remotos abuelos se presentaron  la
abandonada emperatriz de Austria para gritar: _Moriamo pro regem
nostrum Maria Teresa!_; pero stos si desean morir por alguien, es por
la independencia de Hungra.

El partido llamado independiente cuenta con ms de la mitad de los
individuos del Parlamento, acaudillados por el hijo de Kosuth, el hroe
magyar. Los amigos incondicionales de Austria no llegan  cincuenta. Los
misioneros viven gracias  la desdeosa proteccin del partido de la
independencia, que aun no cree llegada la hora de moverse, por miedo 
la Alemania aliada del emperador austriaco. Cuando muera el anciano rey
de Hungra  cuando surja un conflicto en Europa que distraiga las
fuerzas de la Triple Alianza, los hngaros harn indudablemente algo ms
que asistir  las sesiones de su Parlamento.

Mientras tanto, procuran dar  stas la mayor amenidad posible, para
entretenimiento del pueblo magyar, y que no se pierda la tradicional
acometividad de la raza.

Los hngaros no son hermosos, arrogantes y bigotudos, como los pintan
generalmente, con sus uniformes de fiesta. Los hay pequeos, con una
amarillez asitica, pmulos salientes y mirada salvaje, que parecen
verdaderos kalmucos. Las tradiciones magyares hablan de Atila como de un
hroe del pas, y atribuyen  los hunos la fundacin de Buda. En el
techo de uno de los salones del Parlamento aparece el temible guerrero
Azote de Dios, en compaa de Wotan, Sigfrido y dems hroes
mitolgicos.

Cuando los diputados magyares se enfurecen contra el gobierno, tratan su
magnfico palacio como una ciudad tomada por asalto. Rompen bancos y
pupitres en el saln de sesiones y arrojan los pedazos  la cabeza del
presidente del Consejo y sus ministros, si stos son tan inocentes que
aguardan  pie firme la contundente rociada.

Despus se restaura el mueblaje, se reparan las estatuas descabezadas,
se muestran ms blandos y tolerantes los amigos de Austria, y... hasta
que llegue la hora en que las escenas interiores del Parlamento se
repitan fuera,  lo largo de las riberas del Danubio, donde piafan los
caballos salvajes, y los pastores, con capas de pieles, hablan de la
corona de San Esteban y de los hroes de su raza, desde el valeroso rey
Matas Corvino hasta el abogado Kosuth, convertido en general, que dijo
adis  la patria y prefiri morir en suelo extranjero, tras larga y
obscura ancianidad, antes que verla gobernada por austriacos.




EN ORIENTE




XV

Los Balkanes


El tren deja atrs Kiskrs, patria de Petofi, el famoso poeta hngaro,
y la ciudad de Carlowitz, clebre por su tratado de paz entre Austria y
Turqua y por ser cuna del poeta servio Branko Radichevi.

En los corredores de los vagones suena un ruido de sables, y un capitn
del ejrcito servio, seguido de varios gendarmes, va pidiendo el
pasaporte  los viajeros. Salimos de la verdadera Europa. En adelante,
imposible viajar, ni aun moverse, sin exhibir  cada momento el
pasaporte, contestando  bulto las preguntas del polica,  quien no
entendis y que no os entiende.

Empieza el Oriente, al que sirven de avanzada los Balkanes, con sus
pequeos y revoltosos Estados. Pasamos el Save, amplio afluente del
Danubio, por un puente largusimo, y la ciudad de Belgrado, capital de
la Servia, aparece sobre un promontorio, dominando con su antigua
ciudadela turca la confluencia de los dos ros.

Al apearme en la estacin, gran extraeza de los viajeros, todos los
cuales van directamente  Constantinopla, y de los mismos servios que
llenan el andn: gendarmes, policas de uniforme  de paisano, simples
curiosos habituados  ver pasar los trenes de Oriente sin que  ningn
extranjero se le ocurra detenerse en su capital.

Es de noche, hace fro y llueve. En la Aduana vuelven  examinar mi
pasaporte varios oficiales de gendarmera y un comisario joven, de largo
gabn, con perfil de ave de presa, que hace adivinar bajo el sombrero un
crneo puntiagudo y pelado. Es el sabio de la compaa. Despus de
examinar largamente el papel, atina con la nacionalidad.

--_Spaniske!_--exclama con cierto asombro.

Un espaol en Belgrado!... Y la pregunta, que parece reflejarse en los
ojos de los oficiales servios, la formula el polica en una jerga mezcla
de italiano y servio. Les asombra mi propsito de entrar en Belgrado, y
aun se extraan ms al enterarse que es slo un capricho, una curiosidad
de viajero.

Me abstengo prudentemente de decir que mi detencin no tiene otro objeto
que ver de cerca el Konak, el trgico palacio donde, hace cuatro aos,
fueron asesinados en la cama el rey Alejandro y la reina Draga por los
oficiales sublevados.

Los nuevos gobernantes de Servia viven en perpetuo recelo. Bien se nota
en las precauciones de la polica y en su deseo manifiesto de aislar al
pas del resto de Europa. El nuevo rey, Pedro, cuenta con el ejrcito,
que le di inesperadamente la corona cuando ms desesperanzado viva en
un tercer piso de la ciudad de Ginebra, sufriendo grandes estrecheces;
pero  pesar de este apoyo, no olvida que existe en Constantinopla un
hijo natural de Milano, hermano, por consiguiente, del asesinado
Alejandro, al cual educan para pretendiente, y que, cualquier noche, un
grupo de oficiales que se juzguen ofendidos pueden reunirse en el Casino
Militar, inmediato al Konak, y entrar en ste sable en mano, como
entraron hace cuatro aos.

Al fin, el bicho raro, el _spaniske_, puede penetrar en la ciudad,
dentro de un coche de alquiler que salta sobre el suelo mal empedrado y
pendiente de las calles empinadas. Las casas son bajitas; las calles,
obscuras.  grandes trechos farolas de electricidad, como para fingir
una civilizacin occidental; pero su luz turbia se pierde en las
tinieblas de Belgrado, haciendo aun ms palpable la lobreguez. La
capital de Servia tiene por la noche cierto aspecto de ciudad espaola;
algo as como un gobierno civil de quinta clase,  una de esas
poblaciones episcopales, sin otra vida que la que le proporcionan el
palacio del prelado y el seminario. Aqu, el obispo que da importancia 
la ciudad es un rey.

Ni un transeunte en las calles. Son las diez de la noche y Belgrado est
muerta. Cada cien pasos, inmvil bajo un cubertizo  en el quicio de una
puerta, veo un gendarme. No existe en Europa ciudad mejor guardada. El
gendarme servio da una alta idea del pas, con su aire arrogante de
funcionario bien mantenido y su uniforme azul obscuro con vueltas
encarnadas, altas botas y gorra de plato. Son jvenes, con una expresin
insolente de bravura en sus duros ojos. Ciertos objetos tienen una
fisonoma y un alma lo mismo que las personas, y el revlver que llevan
al cinto los gendarmes servios parece suelto y vivo dentro de su funda,
con deseos de saltar y hacer fuego por s solo, sin mirar contra quin,
por un exceso de recelo y de fervor monrquico. Los que piensen
conspirar contra el anciano Pedro Karageorgewitch, tienen que pasarlas
muy duras.

Encuentro abrigo en el Hotel de los Balkanes, especie de posada, 
pesar de su pretencioso ttulo, en cuyo piso bajo, al travs de una
espesa nube de tabaco, veo bebiendo cerveza  media docena de popes
griegos, sacerdotes morenos, melenudos y barbones, de expresin feroz,
con la aceitosa cabellera coronada por un gorro en forma de bellota. Ms
all llenan varias mesas como dos docenas de oficiales de diversos y
vistossimos uniformes, blancos, rojos, grises  azul celeste,
excelentes jvenes con un perfil de ave de rapia semejante al de su
rey, que mueven sables y hacen sonar espuelas con cierta delectacin,
como saboreando la omnipotencia de su fuerza, que les permite cambiar de
monarca al final de una cena. En las otras mesas, simples paisanos,
acompaados de sus mujeres  hijas, beben con cierto encogimiento
respetuoso y sonren cuando logran cambiar alguna palabra con los
sacerdotes y los soldados.

Son tenderos judos  griegos, que saben venerar  estos firmes pilares
de la sociedad, y por esto el Seor bendice sus negocios y hace que
prosperan  costa de los pobres campesinos servios.

Muchos de ellos se animan al conocer mi nacionalidad, y hablan un
castellano fantstico, mezcla de palabras anticuadas y de voces
orientales.

--Yo espanyol... Los mayores, de all... Espanya terra bunita.

Abren los ojos desmesuradamente al decir esto; sonren sealando al
vaco, como si viesen  los mayores en su xodo doloroso al ser
expulsados de la _terra bunita_, y acaban por mirarme con la misma
expresin de humildad sonriente que  los popes y  los fierabrs
uniformados, cual si la vista de un espaol les abriese las carnes con
amenazas de hogueras y degollinas. Pero su atvico terror de raza
acobardada por luengos siglos de palos y despojos, no impide  estos
dulces _espanyoles_ que al da siguiente le suelten al compatriota
moneda falsa en sus tiendas,  le hagan pagar doble el paquete de
cigarros  la tarjeta postal.

En la plaza del mercado, poco despus de la salida del sol, puede
apreciarse el carcter pintoresco que aun guarda el pueblo servio.
Llegan los campesinos de los alrededores de Belgrado, llevando al hombro
largos palos, de los que penden en balanza verduras, frutas  volatera.
Los hombres, de ojos salvajes y bigotes felinos, llevan el gorro
nacional, una tiara de felpa, y por debajo de su chaleco de colores caen
unas faldillas blancas que ocultan los bombachos y dejan al descubierto
unas polainas de piel de cordero, ceidas por las correas de puntiagudas
abarcas. Las mujeres tapan sus trenzas con pauelos puestos  la
oriental, encierran el busto en una chaqueta redonda de amplias mangas,
y sobre la ropa interior, de dudosa blancura, llevan arrollada,  guisa
de falda, una pieza de tela gruesa de anchas fajas de colores semejante
 un pedazo de alfombra. Son an los campesinos de la dominacin turca,
el pueblo formado con los sedimentos de innumerables invasiones
guerreras. En vano ofrece Belgrado cierto aspecto de civilizacin
occidental, con sus tranvas, su alumbrado, sus tiendas, sus peridicos
y su nico teatro. El pueblo servio no es ms que una tribu belicosa que
cultiva la tierra.

La tragedia del Konak debi parecerle el suceso ms natural del mundo.
Matar  unos reyes para poner  otros en su sitio todava caliente, es
un hecho vulgarsimo en Servia. Alejandro no fu el primer soberano
asesinado, ni ser, ciertamente, el ltimo.

Los vecinos de Belgrado aprecian como un gran honor el ir por las calles
al lado de un oficial  de un pope. Los sacerdotes son innumerables, y
en cuanto  militares, se ven, relativamente, ms en Servia que en
Alemania. Hay sotanas negras, verdes y azules, popes con faja y sin
ella, con grandes pectorales  con una simple cruz, y los uniformes
militares son tan incontables que, dada la pequeez de Servia, hay que
creer que cada regimiento usa traje distinto. Pero todos los servios,
vistan como vistan, lo mismo los que imitan las modas occidentales con
la exageracin propia de una ciudad de provincias, que los que siguen
fieles  los antiguos usos; as los sacerdotes, los militares, los
estudiantes saturados de teologa ortodoxa y los altos empleados del
Estado, como las damas que copian las novedades de Viena y Pars, todos
tienen algo de inquietante, de rudo, de oriental y violento,
adivinndose que una ligera raspadura en su moderno exterior basta para
dejar al descubierto al brbaro, al servio belicoso de otros tiempos,
que fu el ms implacable de los guerreros.

Mi curiosidad me lleva ante el Konak, un palacio no ms grande que
cualquier hotel de la Castellana. Esta monarqua, que slo lleva
cuarenta aos escasos de existencia y ha tenido que improvisar todos los
servicios de la vida moderna, manteniendo, adems, por halagar el
sentimiento nacional, un gran ejrcito, no permite  sus soberanos
grandes lujos.

Recuerdo que cuando fueron asesinados Alejandro y Draga, al hacerse el
inventario de la _aventurera_, de la _Mesalina_ odiada por el pueblo, su
ajuar result ms insignificante que el de una mediana _cocotte_. Creo
que, entre nuevos y usados, sus vestidos no pasaban de media docena. Su
dormitorio lo tena adornado con esas baratijas que regalan en los
cotillones, lo mismo que una seorita pobre. Sobre la mesa de noche se
encontr abierta una novela de Anatole France, que estaba leyendo en el
instante que entraron los oficiales sable en mano para hacer pedazos 
ella y  su esposo, como una pareja de bestias dainas. Seguramente que
este volumen era el nico libro francs que exista en Belgrado.

Paso un da entero aburridsimo en la capital de Servia, aguardando la
noche para tomar otra vez el tren de Oriente. Amortiguada la primera
impresin de novedad, Belgrado me parece una odiosa poblacin de
provincias. Militares por todas partes, con su aire de perdonavidas, de
bravos sin instruccin, que tienen metido en el puo  su pas; popes
que van de caf en caf empinando el codo con una sed insaciable;
seoritas de ojos asiticos y sombreros copiados de Pars, que pasean
por la calle principal seguidas de estudiantes y cadetes; una banda de
msica que toca en el jardn de la Ciudadela, en una plazoleta rodeada
de bustos de servios ilustres...

Salgo de la ciudad con el propsito de visitar, en una llanura lejana,
la famosa Torre de los Crneos. Los turcos, para intimidar  los
belicosos hijos del pas, que les molestaban con una incesante lucha de
guerrillas, elevaron la torre, cubriendo sus paredes con crneos de
servios desde los cimientos  las almenas. Hoy los crneos han sido
enterrados por la veneracin patritica, pero la torre sigue en pie,
mostrando en su argamasa los innumerables alvolos que contenan las
calaveras.

Al ir  la estacin y ver por ltima vez las calles de Belgrado, paso
ante el pequeo teatro Real, que exhibe en su portada los anuncios de la
funcin del da. Por ellos me entero con sorpresa de que estamos  24 de
Agosto, cuando yo crea vivir en el 6 de Septiembre. El calendario de la
religin ortodoxa griega me regala trece das ms de vida al pasar por
el pas de los Balkanes.




XVI

Los turcos


Un ro, el Maritza, el Hebro de los antiguos, padre  abuelo por el
nombre de nuestro ro aragons, y en cuyas orillas destrozaron las
Furias al dulce Orfeo, corre con grandes tortuosidades por el territorio
de Servia y Bulgaria, cruza la Rumelia y penetra en la Turqua europea.
All donde alcanza la benfica influencia de sus aguas, el suelo
balknico es frtil y bien poblado. Frondosos bosques orlan las orillas
de los torrentes, en cuyos cauces brama y se despea una agua roja que
arrastra la envoltura de tierra de las montaas. En los extensos prados
pacen salvajes potradas  rebaos de bueyes con las astas echadas atrs,
en compaa de corderos enormes, de cuernos retorcidos como caracoles, y
tan extraordinaria y majestuosamente voluminosos, que se comprende que
los artistas de la antigedad los escogieran para el adorno decorativo
de palacios y altares.

En los terrenos pantanosos de la Bulgaria y la Rumelia crece el arroz;
en los campos secos amarillea el maz; por las pendientes esprcense las
vias que producen el vino de los Balkanes, nico que beben los
cristianos y judos del imperio turco. Las aldeas apenas si sobresalen,
con dbil relieve, sobre el fondo rojo de los montes, faltas de
campanarios  de minaretes, con la llana monotona de la religin
griega, que no siente el menor deseo de escalar el espacio y dirigir sus
plegarias  las nubes.

Sofa, la capital de Bulgaria, es otro Belgrado, aunque sus habitantes
parecen de carcter ms dulce. Su gobierno, dirigido por un prncipe de
origen francs, que ha vivido largas temporadas en Pars, muestra gran
empeo en asimilarse los progresos de otros pueblos. Los dos mejores
edificios de Sofa son la Escuela de Medicina y la Imprenta Nacional, de
donde salen importantes publicaciones. Esto, en un pas como el de los
Balkanes, significa algo notable.

En Filoppolis, capital de la Rumelia oriental, todava se ven los
uniformes blgaros; sables pendientes del hombro, altas botas, bonetes
de astracn copiados de los rusos, grandes protectores del pas; pero
las mezquitas cortan el horizonte, incendiado por la puesta del sol, con
la lnea blanca y esbelta de sus alminares sutiles y puntiagudos como
agujas. La huella de la dominacin turca no se borra fcilmente.

Cambia de pronto el personal del tren: los empleados de amplia gorra 
la alemana son sustitudos por otros con fez rojo. Este gorro otomano,
de color uniformemente purpreo, empieza  verse por todas partes, dando
 la muchedumbre vestida de obscuro el aspecto de una aglomeracin de
botellas lacradas. Suben  los vagones los aduaneros, arrastrando el
corvo sable y llevndose para saludar una mano  la frente y otra al
corazn. Gran registro de maletas, para no tocar nada ms que los libros
y los papeles. Luego se presenta la polica, graves seores de barba
negra, plidos y tristes como ascetas, con algo de clerical en sus
levitas negras y sus gorros rojos  inmviles.

Examinan los pasaportes con cierto aire de cansancio, sin hablar apenas,
y se van lo mismo que han venido, despus de copiar los nombres en
caracteres turcos, desfigurndolos al capricho de su pronunciacin
gutural.

Estamos en el imperio otomano, en la estacin de Adrianpolis, segunda
capital de la Turqua europea, que sigue en importancia 
Constantinopla. Los andenes estn llenos de militares, con sus sombros
y elegantes uniformes europeos, semejantes  los de Alemania, pero
rematados invariablemente por el fez rojo.

Adrianpolis es la gran poblacin militar de Turqua. Un ejrcito de
80.000 hombres est acuartelado en la ciudad y sus alrededores. Los
rusos, la ltima guerra con Turqua, llegaron  Adrianpolis y
acamparon en su recinto. Quin sabe si tardarn mucho, los mismos
extranjeros  otros, en vivaquear en esta ciudad de hermosas mezquitas y
enormes fortificaciones!...

Turqua es el gran enfermo de Europa, segn una frase mil veces
repetida, y los pueblos importantes que no osan asesinarlo, por cerrarse
el paso unos  otros, aguardan  que el enfermo se muera para repartirse
sus bienes, procurando cada uno asistirle traidoramente en su dolencia,
para familiarizarse con los secretos y costumbres de la casa y escoger
con ms seguridad cuando llegue el momento de la rebatia general.

Yo soy de los que aman  Turqua y no se indignan, por un prejuicio de
raza  religin, de que este pueblo bueno y sufrido viva todava en
Europa. Todo su pecado es haber sido el ltimo en invadirla y estar, por
tanto, ms reciente el recuerdo de las violencias y barbaries que
acompaan  toda guerra. Si slo debieran vivir en Europa los
descendientes directos de sus remotos pobladores, expulsando  las razas
invasoras que llegaron despus procedentes de Asia  frica, nuestro
continente quedara desierto.

Yo amo al turco, como lo han amado, con especial predileccin, todos los
escritores y artistas que le vieron de cerca. Diez y nueve razas pueblan
el vasto imperio otomano. Mahometanos, judos y cristianos, divididos en
innumerables sectas, forman esta aglomeracin de seres, distintos por
orgenes y tradiciones, que lleva el nombre de Turqua, y sin embargo,
como dice Lamartine, el turco es el primero y el ms digno entre todos
los pueblos de su vasto imperio.

Existe una concepcin imaginaria del turco, que es la que acepta el
vulgo en toda Europa. Segn ella, el turco es un brbaro, sensual, capaz
de las mayores ferocidades, que pasa la vida entre cabezas cortadas 
esclavas que danzan desplegando sus voluptuosidades de odalisca. Con
igual exactitud piensan sobre nosotros los viejos de Holanda  los
Pases Bajos, los cuales no pueden oir hablar de Espaa sin imaginarse
un pas de implacables inquisidores, capaces de quemar por una simple
errata en una oracin, y donde todos los ciudadanos somos duros 
inexorables como el antiguo duque de Alba.

Los turcos han sido crueles porque han guerreado mucho, y la guerra
jams ha sido ni ser escuela de bondades y de dulces costumbres. Otros
pueblos civilizados, que llevan en los labios el nombre de Cristo, han
tratado por medio de sus caones y fusiles  los indgenas de frica y
Asia peor que los turcos  las poblaciones de los Balkanes.

Todos los escritores que han viajado por Turqua, se irritan contra la
injusticia con que es apreciado este pueblo. El turco es bueno y franco.
Su dulzura se manifiesta por un gran respeto  los animales. Jams se le
ve maltratarlos.

La injusticia y la traicin son los dos resortes que disparan su clera.
Esto hace que aunque el turco oculte, bajo las formas de una exquisita
cortesa, su pna por las injurias  las humillaciones sufridas,
aproveche la primera ocasin para saciar su resentimiento.

La hospitalidad es la ms visible de sus virtudes. No hay aldea en
Turqua, especialmente en Asia, donde la falta de aglomeracin de
europeos aun no les ha enseado lo que somos, que no tenga en todas sus
casas la habitacin para viajeros, el _mussafir odassi_, donde todo
viandante encuentra abrigo por una noche, sin tener que pagar nada y sin
que el dueo muestre el ms leve empeo en saber quin es y cules son
sus opiniones.

El turco es el ms religioso de los hombres. Su fe es inquebrantable: ni
la menor sombra de duda viene  turbar sus creencias. Est convencido de
que posee la verdad; pero no siente el afn de los occidentales por
imponer esta verdad  los otros, despreciando  escarneciendo lo que el
vecino piensa. Podr creerse superior  los dems por ser musulmn y
tener su religin como la nica verdadera; pero no hace el menor
esfuerzo por imponerla  nadie. El fanatismo mahometano del moro de
frica no lo conoce el turco. En sus ciudades funcionan diversos cultos,
y sacerdotes y templos son respetados con el escrpulo que inspira  los
otomanos todo lo que representa la fe en Dios.

Su prudencia silenciosa y un tanto altiva da en Constantinopla grandes
muestras de tolerancia. Jams entran los turcos en los templos
catlicos, en las capillas protestantes, en las sinagogas  las iglesias
griegas  turbar el culto de los fieles. En cambio, fervientes
mahometanos, tienen que irse  las mezquitas de los arrabales  hacer
sus plegarias, pues en las cntricas y famosas se ven molestados por las
bandas de europeos y europeas que entran con el _Baedecker_ en la mano y
el gua al frente de la expedicin, tocndolo todo, queriendo verlo
todo, rindose de las ceremonias y de la cara en xtasis de los fieles,
y apostrofndolos algunas veces porque siguen las creencias de sus
padres y no quieren conocer la verdad descubierta por los padres de los
otros.

Las matanzas de _cristianos_ que ocurren de vez en cuando en Turqua, no
tienen nada de religioso.  ningn turco se le ocurre matar porque la
plegaria ordenada por el Profeta sea mejor que la misa de los armenios.
En tal caso, dirigira sus ataques contra los templos. Esas matanzas de
cristianos, que explotan en Europa el fanatismo religioso y el inters
poltico, desfigurando su carcter, son simples conflictos por el pan;
choques sociales semejantes  las sangrientas peleas que ocurren  veces
en Marsella entre trabajadores franceses  italianos,   los asesinatos
de chinos que perpetran los trabajadores de los Estados Unidos cuando
ven que, por la concurrencia terrible de los asiticos, pierde su
precio la mano de obra.

El armenio, que es en Turqua el cristiano por excelencia, se atrae las
mismas cleras populares que el judo de la Edad Media. El turco, seor
del pas, no puede moverse sin tropezar con el armenio, raza vencida que
aprieta el dogal  sus dominadores con un odio de siglos. Los armenios
son los comerciantes, los tenderos, los prestamistas, los ricos que poco
 poco se apoderan de todo, consumiendo con las artimaas de la usura la
vida entera del pobre osmanl, que trabaja y trabaja sin verse libre
nunca de la esclavitud del dinero. De propietario pasa insensiblemente 
ser msero arrendatario de la tierra que cultiva; si toma una industria,
el armenio le empobrece fingiendo protegerle; si, acosado por el hambre,
quiere hacerse _hamal_ y cargar fardos en los puertos turcos, su
enemigo, ms musculoso y listo que l, le quita el sitio, trabajando por
menos dinero.

Caballeresco hasta en sus defectos, el turco gusta mucho de proteger 
los dems y es magnnimo en sus ddivas; pero por esto mismo resulta
vido de dominacin y la resistencia le vuelve cruel. Sus odios se
condensan, su orgullo de raza se subleva ante estos antiguos siervos que
se convierten astutamente en sus amos, y entonces apela  la espada,
suprema razn del Profeta.

Pobre Turqua! Vindola de cerca se la ama ms, porque se aprecian
mejor sus cualidades y se ven con mayor claridad los peligros que la
amenazan.

Al llegar  ella, sorprndese el nimo viendo los enormes territorios
que ha perdido casi recientemente.

En nuestros das ha sido expulsada del Montenegro, de la Bosnia y la
Herzegovina, de Servia, Bulgaria y Rumania, y recientemente de la
Rumelia. Esos despojos de su antigua dominacin forman reinos.

La Europa Occidental suea con arrojar  los turcos al otro lado del
Bsforo, arrebatndoles los territorios que poseen en el continente,
enormes todava, pero insignificantes comparados con sus dominios del
pasado.

Algunos ven en esto una gran victoria histrica, un desquite de la vieja
Europa, que devuelve el territorio asitico  los invasores que tanto
miedo la hicieron sufrir.

Error: el turco ya no es asitico, como nosotros no somos latinos, 
pesar de que nos agrupamos bajo este nombre. Ningn pueblo del mundo
merece con justicia el origen que ostenta.

Los turcos del Asia Central, que aun existen en el territorio de los
Mongoles, son hermanos de estos otros que les abandonaron para marchar
hacia Occidente como una ola devoradora. Los turcos asiticos son de
raza amarilla. Los turcos del imperio otomano, los que todos conocemos,
son ya caucsicos como nosotros. Sus incesantes cruzamientos con la
raza blanca y los azares de la guerra con sus alborotadas mezcolanzas,
han fundido y hecho desaparecer el primitivo elemento tnico.

Ir por una calle de Constantinopla es casi lo mismo que por una calle de
Madrid. Cada cara recuerda un nombre.  veces se duda, al cruzar la
mirada con los ojos de un transeunte, y se lleva la mano al sombrero
para saludar. Se cree uno en Carnaval y dan ganas de decir:

--Amigo Lpez...  amigo Fernndez: basta de broma! Qutese el gorrito
rojo, que le he conocido!




XVII

Constantinopla


Cuando Constantino hizo de Bizancio la capital del imperio y la llam
_Nueva Roma_, estaba lejos de imaginarse que su propio nombre
prevalecera como ttulo de la enorme ciudad.

No hay poblacin que pueda compararse, por su belleza topogrfica, con
la famosa Constantinopla, compuesta de tres ciudades. Pera y Galata,
formando una sola agrupacin urbana; Stambul, que ocupa el solar de la
antigua Bizancio, y Scutari, en la ribera asitica.

Para dar una idea aproximada de la situacin de esa triple ciudad, hay
que imaginarse una inmensa Y de forma irregular. El tronco de la Y es el
final del mar de Mrmara y la entrada del Bsforo; la rama de la
izquierda, el famoso Cuerno de Oro, profundo brazo de mar que atraviesa
la ciudad y se pierde tierra adentro; la rama de la derecha, la
continuacin del Bsforo, hasta dar con el Mar Negro.

En el espacio comprendido entre el tronco de la Y y el final de la rama
izquierda, est Stambul. En el espacio que existe entre las dos ramas, 
sea en la pennsula limitada por el Cuerno de Oro y el Bsforo, se
hallan asentadas Galata y Pera.  lo largo del Bsforo,  sea en todo el
lado derecho de la Y, desde la base de la letra  su remate superior,
estn Scutari y dems poblados que pertenecen igualmente 
Constantinopla. El lado izquierdo de la Y y el espacio comprendido entre
las dos ramas, es Europa: todo el lado derecho de la letra, es Asia. Dos
piastras (que son unos 60 cntimos) bastan para que un vigoroso remero
turco, gran maestro en el arte de sortear las corrientes que van y
vienen por el enorme callejn acutico, entre el mar de Mrmara y el mar
Negro, os lleve en unos cuantos minutos de un continente  otro.

Las tres ciudades ms importantes en la historia de la humanidad son
Atenas, Roma y Constantinopla.

Grecia ense  los hombres el arte de pensar, el culto de la belleza, y
aun hoy vivimos de sus lecciones. Las leyes y usos de Roma regulan
todava la vida moderna. Constantinopla fu la intermediaria
indispensable entre el mundo antiguo y el actual, hasta el punto de que
si ella no hubiese existido, el mundo verase privado de su ms noble
herencia, ignorando lo que filsofos, poetas y artistas pensaron y
produjeron para nosotros hace tres mil aos.

Es de uso corriente despreciar  Bizancio y desconocer la importancia
histrica del imperio de Oriente.

Es cierto que la existencia del llamado Bajo Imperio fu poco noble, por
su historia de miserias, crmenes y disensiones religiosas, que acababan
siempre en derramamientos de sangre. El populacho, capitaneado por
monjes brbaros y falsos profetas, mataba  mora defendiendo sutilezas
teolgicas que no le era dado entender. Por si los templos cristianos
deban tener imgenes  privarse de ellas, por si el Hijo era ms 
menos que el Padre y el Espritu Santo superior  los dos, el pueblo de
las discusiones bizantinas, saturado de nimias sutilezas de la
decadencia griega, andaba  palos y cuchilladas en las callejuelas de
Bizancio. Adems, el Hipdromo, con los mil incidentes de sus carreras
de carros, monopolizaba toda la vida nacional. El color de los dos
bandos de cocheros, el verde y el azul, divida al pueblo bizantino en
dos grandes partidos, y _verdes_ y _azules_ ocupaban el poder  fuerza
de revoluciones, derrocando emperadores y convirtiendo el circo en campo
de batalla.

 todas estas desgracias se unieron las grandes hambres, los incendios,
la peste y los continuos ataques de los blgaros durante los mil aos
que sobrevivi el decado Bajo Imperio.

Pero  pesar de su larga agona. Constantinopla, centro del imperio de
Oriente, tuvo su grandeza y sirvi noblemente  la civilizacin. Ella
guard las tradiciones del arte griego, la legislacin romana, los
monumentos literarios, toda la antigedad; y cuando en el siglo XI
surgi el primer intento de Renacimiento, y en el XV lleg  ser un
hecho el hermoso despertar de la Humanidad, de su seno salieron los
hombres y las ideas que realizaron en Italia el retroceso bendito hacia
la antigedad clsica. Adems, durante la Edad Media fu Constantinopla
la gran muralla que contuvo el empuje de las invasiones asiticas.
Europa, defendida por este puesto avanzado, pudo constituirse lentamente
 su abrigo. La cristiandad se di cuenta de la importancia de
Constantinopla cuando despus de caer sta en poder de los turcos, los
vi avanzar en unos cuantos aos hasta el corazn de Europa, siendo
precisa una accin comn para atajarlos junto  los muros de Viena y en
las aguas de Lepanto.

Grecia, aunque mutilada por los siglos y los hombres, guarda grandezas
de su pasado en el Partenn y otros monumentos; Roma conserva el
esqueleto de su gloria en ruinas, casi enteras, de termas, templos y
circos; pero de la antigua Bizancio apenas quedan vestigios. El turco lo
arras todo, ms que por barbarie, por afn de dominacin, por celos del
pasado, por su deseo de que ninguna obra antigua pudiera rivalizar con
las del perodo de gran esplendor que vino tras la conquista. Si respet
Santa Sofa fu para convertirla en una mezquita, borrando de ella todo
signo del cristianismo griego.

Otros conquistadores no menos temibles que los turcos cayeron sobre la
ciudad. En 1204 los cruzados creyeron ms cmodo y lucrativo conquistar
la gran metrpoli cristiana que pelear con los musulmanes de Asia, y su
asalto fu terrible. En la ciudad de Constantino y Justiniano no qued
piedra sobre piedra. Los guerreros de la Cruz robaron templos y palacios
y los marinos genoveses y venecianos que conducan en sus galeras la
expedicin, se cobraron el pasaje de la cruzada llevndose  sus
repblicas lo mejor de Constantinopla. Los famosos caballos de Lissippo,
los cuatro corceles de bronce dorado que se encabritan en la fachada de
San Marcos de Venecia, son un recuerdo de este gran saqueo. Cuando,
expulsados al fin los cruzados, volvi  restablecerse el imperio
griego, la ciudad conservaba sus famosos monumentos, pero empobrecidos
por el despojo, y antes lleg la conquista de los turcos que el nuevo
florecimiento de Bizancio.

Nada queda en Constantinopla del pasado; pero cun hermosa es con su
aspecto musulmn! No existe ciudad que pueda comparrsela en grandeza.
Londres  Pars son ms enormes, pero el viajero se convence de esto
porque as lo dicen los libros, no porque lo vean sus ojos. Es imposible
encontrar en ellas una calle  una plaza que proporcione la sensacin
exacta de la grandeza de la ciudad. Constantinopla, en cambio, puede
abarcarse de un solo golpe de vista. Basta colocarse en mitad del Cuerno
de Oro sobre un caique, ligero y movedizo como una piragua,  en el Gran
Puente, para admirar toda la importancia de la metrpoli musulmana.
Ninguna ciudad del mundo, al decir de viajeros famosos, tiene tal
aspecto de inmensidad. Su vecindario es de milln y medio de seres, pero
cualquiera puede atribuirle cuatro  cinco millones.

 lo largo del Cuerno de Oro, en ambas riberas, el casero ondula
apretado sobre las colinas. En primer trmino se ven dos ciudades,
siguiendo las tortuosidades de las orillas, y sobre stas aparecen
otras, en alturas que se alejan, y ms all contina el casero hasta
esfumarse en el horizonte, azuleando como las montaas remotas. Y cuando
la vista, cansada de esa inmensidad de edificios, se vuelve hacia la
extensin de agua azul, ve al travs de un bosque de mstiles una ribera
que cierra el horizonte, la de Asia, y en ella nuevas agrupaciones
urbanas, que cubren llanuras, escalan montaas y son tambin
Constantinopla.

La torre de Galata, pesada y enorme, mira desde lo alto de su pennsula
al viejo Stambul, erizado de minaretes, sutiles y blancos como la
plegaria del buen creyente, y en cuya cima tiembla la flecha como una
llama de oro. Las grandes mezquitas son amontonamientos de plomizas
cpulas que ascienden en torno de la cpula central, rematada por una
media luna que arde bajo los rayos del sol.

El atardecer de mi primer da en Constantinopla!... Vena yo de
contemplar,  cierta distancia, la santa mezquita de Eyoub, donde jams
ha puesto su pie ningn cristiano. Eyoub es un arrabal, en el fondo del
Cuerno de Oro, que se conserva como lo ms turco y creyente de
Constantinopla. Su mezquita viene, en rango de santidad, detrs de la
Meca. Las viejas del barrio, envueltas en su manto negro, escupen  los
pies de todo cristiano que encuentran al anochecer en sus calles, y le
desean  gritos las mayores desgracias.

La corriente del Cuerno de Oro empujaba el caique dulcemente, y el
remero slo tena que dar dbiles paletadas para seguir el viaje. Haba
desaparecido el sol. Los minaretes de Constantinopla cortaban con su
blanca lnea un cielo suave, teido de rosa y violeta. Una estrella
centelleaba en este intenso teln de seda, como un brillante perdido. En
lo alto del cielo brillaba un fragmento de luna en creciente, como la
que se muestra en el escudo otomano: la media luna de los turcos.

La enorme ciudad apareca partida en diversos trminos, como los
bastidores de un teatro. Los barrios inmediatos  la ribera, negros y
levemente moteados de rojo por las luces de las ventanas iluminadas; los
de segundo trmino, ligeramente sonrosados por los reflejos del
atardecer; los remotos, marcndose, azulados  indecisos, como
montaas, reflejando con fulgores de incendio los ltimos rayos de un
sol invisible en los cristales de los miradores, y sobre esta
aglomeracin, envuelta en el misterio del crepsculo, los bosques de
marfil de los agudos minaretes, los enormes huevos blanquecinos de las
cpulas de las mezquitas.

Un silencio sagrado descenda del cielo, esparcindose en compaa de la
sombra sobre la ciudad y las aguas. Pasbamos entre buques de guerra,
anclados en el puerto militar: acorazados grises de triple chimenea,
cruceros de una sola cofa, esbeltos avisos, yates imperiales que
aguardan la visita del sultn, el cual no los ha visto nunca.

De pronto, la roja bandera con la media luna blanca comenz  descender
de los mstiles. Sobre las cubiertas veanse agrupadas las
tripulaciones, con el fez, que iguala  oficiales y marineros. En el
cuartel del Almirantazgo, la infantera de marina extenda sus pelotones
 lo largo del muelle, destacndose en la penumbra la lnea roja de sus
cabezas alineadas.

 un mismo tiempo se conmovi la calma majestuosa del crepsculo con
gritos que parecieron rasgar el espacio como disparos cruzados. En los
balconcillos circulares de los minaretes, hombres liliputienses, con
turbante blanco, agitaban los brazos, acompaando estos movimientos con
las modulaciones de un chillido sobrehumano. Sobre los puentes de los
buques de guerra, un hombre entonaba un canto majestuoso y triste,
semejante  las saetas de la Semana Santa en Andaluca.

_La Ilah il Allah ve Mohammed resoul Allah!_ cantaban con melancola
religiosa, en el misterio del crepsculo, los hombrecillos semejantes 
hormigas, sobre los puentes de los acorazados. Los centenares de gorros
alineados  lo largo de las bordas, entre las bocas de los enormes
caones y las torres blindadas, rugan al contestar como un estampido:
_Allah! Allah!_ Y al ver esa fe de los desiertos asiticos, este ardor
fervoroso de los jinetes errantes de otros tiempos, repetirse  bordo de
los buques acorazados, ltima expresin de los adelantos cientficos que
repelen y destruyen con sus bocas de acero las fantasmagoras del
pasado, tuve una visin exacta de lo que es la Turqua moderna: europea
exteriormente, pero cuando escucha la voz del Profeta, siente
despertarse en ella la misma alma de los que llegaron tras el caballo de
Mahomed II  la conquista de Constantinopla.




XVIII

El Gran Puente


Para el que desea conocer en conjunto la variadsima poblacin de
Constantinopla, el mejor punto de observacin es el Gran Puente, que va
de Galata  Stambul.

Tiene medio kilmetro de extensin, y su piso de maderos desiguales, en
los que tropieza el transeunte, est asentado sobre pontones
insumergibles, pues la profundidad del Cuerno de Oro, que en algunos
lugares tiene cerca de cien metros, no permite sostenes ms slidos.

 un lado descuella, sobre el casero en pendiente, la maciza torre de
Galata, empavesada con los pabellones de las grandes potencias, que
parecen proteger los barrios europeos. En el extremo opuesto, como si
cerrase el paso por la parte de Stambul, alza la mezquita de la Sultana
Valid sus esbeltas torrecillas y sus cpulas con medias lunas de oro,
cual una construccin de _Las mil y una noches_.

Desde el centro del puente se abarca en todo su esplendor el espectculo
del Cuerno de Oro, grandioso puerto que lleva tal nombre por su forma
curva, rematada en punta, y por las riquezas incalculables desembarcadas
en l.

Navos de todos los pases forman una segunda ciudad flotante  ambos
lados del puente. En las primeras horas de la madrugada se abre una
parte de ste para dar paso hacia el Bsforo  los grandes navos de
guerra y los vapores comerciales que anclan en el fondo del Cuerno de
Oro. Los vaporcillos de viajeros para los pueblos del Bsforo; las islas
de los Prncipes  Brussa, parten con gran frecuencia de los muelles del
Puente. Cada cuarto de hora sale uno agitando sus ruedas, con la doble
cubierta repleta de gorros rojos. Braman las sirenas, humean las
chimeneas, tiemblan los pontones con el encontronazo de los veloces
cascos, y sobre las aguas verdosas, agitadas naturalmente por las
corrientes y que el continuo paleteo de ruedas y hlices conmueve con
violento oleaje, pasan los caiques, ligeros como flechas, con una
inestabilidad que les hace danzar locamente, volcando  la menor
imprudencia del viajero, que debe conservarse en la popa inmvil y medio
tendido.

Los bergantines turcos, de arcaica forma, que recuerda  las galeras de
la piratera, extienden sus velas amarillentas y salen cabeceando como
venerables mendigos entre las elegantes parejas de yates y la revoltosa
 inquieta granujera de vaporcitos _moscas_ y botes automviles, que
parecen burlarse de estos ancianos del mar, pasando y repasando ante sus
tardas proas. Las barcas griegas despliegan sus velas triangulares
hacia los puertos del Mrmara: los buques del Occidente europeo van
hacia el Mar Negro en busca de trigo y de petrleo. Grandes bandas de
gaviotas, ebrias de sol y de azul, flotan inertes sobre las violentas
ondulaciones del agua, hasta que una proa las despierta con su revoltijo
de espumas cortadas, y todas ellas levantan el vuelo con ruidoso crujir
de plumas. Una niebla de humo de carbn flota sobre el Cuerno de Oro en
los das de calma, y por encima de esta nube parda,  la que da el sol
doradas transparencias, aparecen las cpulas y minaretes del viejo
Stambul, blanco y rojo, como una ciudad de ensueo flotando en el
espacio.

Para ser capitn de buque  simple remero de caique en el Cuerno de Oro
y el Bsforo, se necesita tanta habilidad como para ser cochero en
Constantinopla, donde las callejuelas se abrieron con el propsito de
que pasase por ellas cuando ms un carruaje, y sin embargo, circulan dos
en distinta direccin.

La primera vez que se navega por los citados callejones martimos, el
alma parece subirse  la garganta. El caique, msero cascarn que apenas
puede sostenerse, se pega con la mayor tranquilidad  las ruedas  las
hlices de los vapores, que le hacen danzar locamente. Otras veces pasan
los caiques ante la proa de un gran buque en movimiento con una precisa
exactitud para no ser alcanzados. Un instante ms y desapareceran. Los
vaporcillos se van sobre los barcos de vela, y cuando parece inevitable
el abordaje pasan por su lado rozndolos, pero sin choque alguno.

Los buques, tanto de vela como de vapor, tienen que marchar en zig-zag,
sorteando un obstculo  cada instante, navegando con la misma atencin
que le es precisa al viajero al transitar por primera vez las calles de
Constantinopla. El capitn ve cerrado su derrotero por otros buques que
vienen hacia l  que oblicuan su marcha cortndole el camino, y  esto
hay que aadir el enjambre de caiques que trasladan pasajeros de una
orilla  otra; de vaporcillos _moscas_, que llevan en su popa banderas
de todas las naciones; de largas gndolas blancas y doradas, con remeros
negros, en cuya popa se muestran damas misteriosas, cubiertas con
antifaces y capuchones que slo dejan visibles los pintados ojos. Gritan
los barqueros en todas las lenguas; saltan de un barco  otro las malas
palabras de todos los idiomas; chillan los silbatos, rugen las sirenas;
arrastra el viento asfixiante vedijas de humo sobre el corto y violento
oleaje; lzanse unos remos contra otros con impulso homicida para vengar
un descuido, un choque insignificante;  cada momento parece inevitable
una colisin, y sin embargo, nadie se ahoga ni ocurren naufragios ms
que muy de tarde en tarde.

 lo largo del Gran Puente han ido extendindose, como hongos adheridos
 l, un sinnmero de casuchas flotantes, muelles y pequeos cafs, todo
miserable, de maderas carcomidas por la lluvia y el aire salino, pero
con esa alegra dorada que el sol oriental comunica  las mayores
suciedades.

Estos hijos del Puente cabecean con el continuo movimiento del agua
removida por los buques, y parecen temblar con las palpitaciones de la
extensa plataforma de medio kilmetro, por la que pasa toda
Constantinopla, tronando la madera bajo las ruedas de los carruajes. Los
cafetines flotantes tienen terrazas embreadas,  las que una lnea de
macetas de flores dan el aspecto de pensiles. Viejos turcos, sentados 
la oriental y con la barba descendiendo hasta el abdomen, fuman el
_narghil_ y pasan las cuentas de su rosario de mbar, gozando al
permanecer impasibles  indiferentes en medio de este movimiento loco y
ensordecedor. El tropel de gorros rojos y de mujeres encapuchadas como
mscaras, se precipita en los muelles salientes que dan acceso  los
vapores de viajeros. El suelo, inseguro, es de tablones desiguales, por
entre los que puede pasar un pie, y adems, estn cubiertos de residuos
de frutas.

 ambos lados de estos muelles amarrados al Gran Puente, hay casuchas
que ocupan los vendedores de comidas y bebidas. Judos que hablan un
espaol extravagante, van de un lado  otro pregonando rosarios
musulmanes, sorbetes, rollos de pan espolvoreados de ajonjol, y
bizcochos,  los que llaman en Constantinopla pan de Espaa. En las
puertas de los tenduchos se elevan pirmides de melones amarillos y
enormes sandas con su verdor cortado por blancas inscripciones en
rabe. En los cafetines se exhiben en primera fila las ventrudas
botellas de limonada  naranja con un limn por tapadera, y ms adentro
humean las pequesimas tazas de caf turco, lquido pastoso digno de
los dioses. Los perros vagabundos, que son en Constantinopla algo as
como una institucin pblica venerada y popular, pasan por entre las
piernas del gento, mansos, corteses y silenciosos, buscando su comida.

Los extranjeros se mueven desorientados en este torbellino de gente, y
si desean tomar un barco siempre llegan tarde.

Hay dos problemas en Constantinopla que el viajero no resuelve nunca y
mira como un misterio: la hora y la moneda.

En Constantinopla hay dos horas: la hora _ la franca_, que es la de los
relojes de la Europa occidental, y la hora _ la turca_, que es por la
que se rigen vapores, tranvas, etc.; todo lo que depende del municipio
y del gobierno.

La jornada empieza para el turco al ponerse el sol, y de aqu que todos
los das los buenos otomanos tengan que arreglar su reloj, sin que ni
aun ellos mismos sepan ciertamente en ningn momento cul es la hora
exacta. La medida del tiempo cambia por da y por estacin. Cuando
nuestro reloj _ la franca_ marca el medioda, el turco dice
tranquilamente que son las cinco  las seis, as como unos meses despus
dir que son las tres  las cuatro.

No hay en esto otro dao que el llegar tarde  todas partes, perdiendo
trenes y vapores,  verse obligado  largas esperas: pero lo de la
moneda trae mayores perjuicios.

En Turqua hay _buena moneda y mala moneda_, y segn se recibe un pago
en una  en otra, la cantidad vale ms  menos. Hay tambin moneda
borrosa, que nadie toma, pero que todos procuran dar al viajero; hay
papel emitido por el gobierno otomano, llamado _kaim_, que carece de
valor, y otros misterios crematsticos que requieren un largo estudio.
Pero lo ms original es el cambio. Exceptuando algunos cafs y
restaurants europeos, nadie cambia gratuitamente una moneda.

En las calles importantes de Constantinopla, junto al Gran Puente, cerca
de los tranvas y muelles de embarque, en el Gran Bazar y en todos los
lugares de algn trnsito, existen numerosos puestos de cambiadores de
moneda, antiguos compatriotas nuestros, que siguen fieles  Abraham y
Moiss.

En Constantinopla, el que no lleva  mano _moneda menuda_, aunque guarde
en su bolsillo oro y billetes  puados, como si no llevase nada. El
cochero  el conductor de tranva le hace bajar para que vaya al
cambiador ms inmediato, y el que despacha billetes en una taquilla 
cobra peaje en el Puente, le enviar al judo ms prximo, sin dejarle
pasar.

Cambiis una moneda de oro, y el cambiador os da el dinero en
_medjidis_ de plata, especie de duros turcos, quedndose por el cambio
con una piastra, que es aproximadamente lo que un real en Espaa.
Despus se os ofrece cambiar uno de los _medjidis_, y el cambiador os
entrega _cuartos de medjidi_, que son como las pesetas turcas, y se
queda otra piastra. Luego cambiis en otro sitio una de esas pesetas y
se quedan otra piastra... y as, de cambio en cambio, de cada veinte
francos el cambiador se queda con uno  ms. El que conoce esta
costumbre cambia de golpe una pieza de oro en _pequea moneda_, y tiene
que ir con los bolsillos repletos de piastras y _paras_, monedas ms
pequeas que botones de camisa.

La moneda de oro tomada de un judo, es prfida y peligrosa. No pasa por
sus manos que no la lime hbilmente para arrancarle un poco de polvo de
oro, y as, de rascun en rascun, juntando limaduras, se gana doce 
quince francos _extraordinarios_, segn las piezas que toca durante el
da. Despus, en los Bancos y dems establecimientos pblicos donde
conocen la artimaa, someten las monedas al peso, y el incauto que las
ha tomado pierde dos  tres francos.

La discusin con el _compatriota_ que intenta estafaros, es interesante
por la fogosidad con que se expresa y los ademanes dramticos que
acompaan  su castellano especial.

--Que por mis hixos que no te engao, seoreto... Que toma la pieza, que
yo soy un buen trocador de dinero... Que la tomes como si fuese una
alahaxa... Que por mis viexos te lo juro, que antao vinieron de all,
como t vienes agora; porque yo, seoreto, tambin soy espanyol.




XIX

Los que pasan por el Gran Puente


Unos mocetones, con la gordura musculosa de los turcos, vistiendo largas
blusas blancas, semejantes  camisones de mujer, cortan el paso al
transeunte, extendiendo una mano. Son los cobradores del puente, que
exigen el peaje: diez _paras_.

Toda Constantinopla pasa por el Gran Puente. Los turcos del viejo
Stambul necesitan ir  Galata y Pera, donde estn los Bancos, los
consulados, las embajadas, los grandes almacenes, y los habitantes de
estos dos barrios europeos se ven obligados  pasar  la ciudad turca,
porque en ella se encuentran los centros administrativos del gobierno
otomano, la Sublime Puerta, con sus ministerios  innumerables
dependencias.

No hay en las grandes calles de Londres ni en los bulevares de Pars
lugar alguno tan concurrido como el Gran Puente. La plataforma de madera
tiembla bajo el rodar de los carruajes y el paso de millares de
transeuntes. Aturde y ensordece el vocear de este pueblo polglota,
donde el que menos habla cinco idiomas, y son mayora los que poseen ms
de doce. Asombra y deslumbra la carnavalesca variedad de los trajes.

Al entrar en el puente, parece ste un campo interminable de rojos
geranios. Miles de gorros oscilan al marchar, sirviendo de remate lo
mismo  tocados puramente turcos que  trajes europeos. Los marinos
otomanos completan su uniforme, igual al de todas las marinas del mundo,
con el fez, que da una gracia extica  su aspecto de navegantes
europeos. Los oficiales, con sus insignias  la inglesa, enguantados de
blanco, calzados de charol y el sable bajo el brazo, cubren tambin su
cabeza con el gorro turco, que es obligatorio para todo sbdito otomano
y para todo extranjero dependiente del gobierno.

El ejrcito de tierra, uniformado  la alemana, guarda tambin el
cubrecabezas nacional, y el mismo fez escarlata sirve al ltimo soldado
que al pach, que se muestra en caballo brioso, con dorada silla,
saltando sobre sus hombros el oro de las pesadas charreteras al comps
del galope.

Sobre la nota obscura y dorada de los uniformes militares, destcase la
muchedumbre variadsima de Constantinopla, formada de diez y nueve
pueblos distintos, que aun guardan sus usos y sus trajes tradicionales.
Pasan los rabes del lejano Yemen  los moros africanos de la
Tripolitania con sus chilabas pardas y la cuerda de pelo de camello
anudada  las sienes; los croatas, que sirven de porteros en las grandes
casas de Constantinopla, vestidos de rojo y azul, con gran profusin de
galones y bordados, un bonetillo redondo sobre la bigotuda cabeza y un
enorme revlver de Eibar atravesado en la faja; los albaneses y
macedonios, con faldillas blancas, planchadas y encaonadas, sobre el
traje oriental; los judos, con la tnica  rayas de los das de fiesta,
y encima un gabn de pieles, aunque sea verano; los armenios, con un
pauelo de hierbas anudado en torno del gorro; los griegos, vestidos 
la europea, pero con una palidez aceitunada y unos ojos como tizones,
que revelan su origen; el clero innumerable, de _imanes_, _soffas_ y
derviches, unos con el turbante blanco, otros con el turbante verde,
recuerdo de su peregrinacin  la Meca; algunos con gorros de grotesca
forma, y todos ellos con el rosario de mbar en la mano, repitiendo 
cada cuenta la montona alabanza  Allh.

La muchedumbre tiene que apartarse, abriendo sus filas  cada momento,
para dejar paso  los carruajes, que avanzan veloces,   las sillas de
mano, que todava son aqu de uso corriente; aparatosas literas, dentro
de las cuales van las damas turcas  sus visitas en los estrechos
callejones.

Un pelotn de jinetes, carabina en mano, escolta  un coche que todos
saludan. Es el Gran Visir que va  la Sublime Puerta. Tras l pasan
varios cargadores armenios, no menos temibles que un vehculo, pues
marchan abrumados por pesos inauditos que no les permiten mirar ni
apartarse.

En Constantinopla es donde se ve con asombro hasta dnde pueden llegar
las fuerzas del hombre. Por algo dice el proverbio fuerte como un
turco. La estrechez de las calles y el respeto amoroso que siente el
otomano por los animales, son causa de que en Constantinopla se haga
todo  brazo: el comercio, las mudanzas, etc. Se ven venir por el Gran
Puente pilas de cajas que parecen marchar solas, pues apenas si se
distinguen entre ellas y el suelo unos pies entrapajados y un fez, tras
el cual suena un bufido de asfixia. Yo he visto  un cargador armenio
echarse un piano  la espalda, en una mudanza, y emprender la marcha
vacilante bajo el peso, pero sin detenerse un momento. Los hombres,
abrumados por este esfuerzo sobrehumano, caminan  ciegas, y el pblico
tiene que huir de sus fatales encontronazos.

Por el centro del puente se abren paso de pronto, con las manos cruzadas
sobre el estmago, en una actitud frailuna de mansedumbre, varios
seores vestidos de negro. Llevan la elegante levita de corte, llamada
_stambulina_, sin solapas y cerrada como una sotana, que es aqu el
traje de ceremonia. Tras ellos marcha lentamente una carroza que todos
saludan, y en su interior se ven varias damas envueltas en velos
blancos,  un caballero de gorro rojo, con bigotes  lo _kaiser_. Son
seoras del harem imperial que vienen  comprar  la ciudad, con un
squito de empleados palatinos,  alguno de los innumerables hijos,
hermanos  sobrinos del sultn.

Con aire de superioridad, se abren paso  codazos unos negros
elegantemente vestidos del mismo color de su piel, con la _stambulina_
de ceremonia y el fez muy recto sobre las pasas de la crespa cabeza.
Tienen las piernas largusimas; el cuello es enorme, y en su rostro
chato  insolente hay algo de infantil y meticuloso, que hace imaginar
una vida de chismorreos, intrigas y murmuraciones. Cuando abren la boca
sale de sus gruesos labios un chillido estridente, semejante al del pavo
real; algo extrahumano, falso y grotesco, que hace reir  irrita al
mismo tiempo. Son personajes que viven aparte, y  los que mira la gente
con cierto respeto; son eunucos del palacio imperial  de los haremes de
los grandes pachs, que, habituados  su existencia entre beldades
misteriosas y grandes magnates, parecen tristes y descontentos cuando se
dejan ver en las calles de Constantinopla.

Algunas veces van sentados en el pescante de un coche de lujo, en cuyo
interior ren y comen dulces cuatro beldades turcas, vestidas con trajes
parisienses de la _rue de la Paix_, y con el rostro cubierto por una
finsima nube de gasa, que realza engaosamente sus facciones pintadas.
Estas mujeres de pach, que van  las grandes tiendas de Pera, son
turcas modernas que hablan francs  ingls, tocan el piano, leen
novelas _psicolgicas_ con cubierta amarilla tradas de Pars y conocen
todas las seducciones de la vida europea... todas menos el adulterio,
que es aqu imposible, no por falta de ganas, sino por la vigilancia
brutal, continua  incorruptible, que nadie consigue vencer, por ms que
digan  inventen poetas y novelistas.

Las turcas ms modestas, esposas de musulmanes pegados  la tradicin
que viven en Stambul,  las simples mujeres del pueblo, van  pie,
vistiendo amplios trajes semejantes  domins de gruesa seda adamascada,
negra, roja, verde  azul. Por las amplias mangas de esta envoltura
asoman los brazos de la blusa interior, encintada y vaporosa. Las manos
enguantadas sostienen la sombrilla y el bolso. La abertura del capuchn
que corresponde al rostro tiene un teloncillo de seda negra  modo de
mscara, que en unas es tupida  inaccesible  toda mirada, y en otras
difana y atrayente, como una invencin de la coquetera.

La calidad de estas mascarillas permite apreciar el valor de lo que se
oculta detrs, aun antes de verlo. Regla general: todo velo espeso
esconde una vieja dama  una fea desfigurada por las horribles
enfermedades de Oriente. Al travs de los velos claros se encuentra
siempre alguna cara de criadota espaola  de monja fresca, con triple
barbilla, carrillos de luna arrebolados por el colorete y unos ojos
hermosos, de vaca tranquila, agrandados por tiznajos negros.

La moral y la decencia son frgiles invenciones humanas, que cambian con
la mayor facilidad, segn los tiempos y los pueblos. Estas damas turcas,
para las cuales es una indecencia levantarse el velo ante otro hombre
que su legtimo seor, y  las que vigila en todas partes la terrible
polica otomana para que no cambien una palabra con el extranjero, se
arremangan la faldamenta hasta ms arriba de la rodilla, aunque no
llueva, y muestran con la mayor naturalidad sus pantorrillas enormes,
con medias  rayas, multicolores y chillonas, que, segn dicen los
comerciantes de aqu, proceden de Catalua.

Estas mscaras, encapuchadas y misteriosas, bajo la luz del sol, que
caldea los maderos del Gran Puente, dan un atractivo novelesco  la
multitud. Las mujeres circulan entre el gento con la mayor
tranquilidad, sabiendo que nadie osar mirarlas, que todo musulmn
bajar la vista para no verlas, como el que evita una accin vergonzosa,
y por esto, cuando se encuentran sus ojos con los ojos audaces del
europeo, unas, las ms hermosas, sonren con cierta turbacin, y otras
crispan su cara, indignadas, encabritndose su fealdad bajo el acicate
religioso.

De toda la multitud cosmopolita que diariamente circula por el Gran
Puente, el ms simptico y corts es el turco. Yo no entiendo su lengua,
pero los ademanes constituyen un idioma inteligible y claro para el
extranjero que, privado del habla, observa con mayor atencin. Adems,
los que conocen el turco, elogian con entusiasmo la cortesa y mesura de
este pueblo, grave, un tanto triste, pero bueno y generoso. No hay
idioma, segn ellos, que contenga iguales expresiones de afecto. La
madre turca habla siempre  sus pequeos dndoles el nombre de flores 
graciosos animales; el hombre tributa al extranjero  al amigo los ms
extremados elogios, al par que le da hospitalidad y proteccin.

La caridad cristiana de los pueblos occidentales, que tiene las calles
llenas de mendigos y deja morir de hambre  muchos infelices, es bien
poca cosa considerada desde Constantinopla. Aqu los pobres son
muchsimos miles, y sin embargo, slo se encuentran pordioseros en el
Gran Puente  en los alrededores de alguna mezquita, y stos nunca son
turcos, sino griegos y judos. El pobre es sagrado para el turco, y no
se contenta con darle unos cntimos, abandonndolo despus, satisfecha
la conciencia, sino que le abre su casa y le da cuanto necesita. En este
pueblo generoso, que tiene la noble mana de la proteccin, todos los
pobres estn _colocados_; todos cuentan con una casa  la que se
adhieren como si fuese suya.

De los actos exteriores del otomano, el que ms admiro, como suprema
expresin de nobleza, es el saludo. Los europeos no sabemos saludar.
Cogemos el sombrero, lo levantamos con ms  menos rudeza, sonremos, y
ya est todo hecho. El turco es un verdadero artista de la cortesa. Su
gorro rojo es inconmovible. Se lo pone al levantarse y no se despoja de
l, ni un instante, hasta la noche. Descubrirse la cabeza es la mayor
descortesa y algo as como una blasfemia religiosa. Quitarse el
cubrecabezas para saludar significara lo mismo que si un europeo se
despojase de un zapato para dar la bienvenida  una seora. Esta
necesidad de mantener el fez recto  inmvil sobre la cabeza, como si
estuviese metido  tornillo, ha confiado  la mano y  los ojos todo el
saludo.

La noble dignidad oriental de los turcos al encontrarse!... La mano,
que parece hablar, desciende  la rodilla, y de all se remonta al
corazn, pasando luego  la frente, al mismo tiempo que el cuerpo se
inclina con majestad y los ojos expresan el respeto y la alegra del
encuentro, con un arte y una gracia que ningn europeo puede imitar.

De vez en cuando, entre esta muchedumbre que transcurre por el Gran
Puente, se ven ojos negros de mirada inquietante, perfiles de aves de
presa, sonrisas melosas que hacen llevar las manos  los bolsillos,
gentes corteses que infunden pavor.

Constantinopla es el gran vertedero del continente. Aqu se ocultan y
se pierden los ms temibles aventureros. Turqua es un pan blando, en el
que vienen  hincar el diente los lobos ms temibles del mundo.

Esos turcos de aspecto inquietante, que slo son turcos por el fez que
llevan en la cabeza, inspiran miedo con sobrado motivo... Son europeos,
y el europeo es lo peor de Turqua.




XX

El Gran Visir


Mi amigo Mizzi es un abogado ingls notabilsimo, que desde hace treinta
y cinco aos vive en Constantinopla. Habla y escribe con la mayor
facilidad doce idiomas, y en un mismo da perora ante el tribunal
consular de Inglaterra, hace una defensa en turco, escribe una demanda
en griego  en ruso y acaba su jornada en el consulado espaol
expresndose en castellano.

Desde Constantinopla ha ido  defender pleitos  Siberia. Otra vez fu 
Bagdad y  Bassora, pases de leyenda, para intervenir como abogado en
una herencia de prncipes rabes, que se disputaban sacos de diamantes,
de rubes y esmeraldas. Slo en Oriente pueden encontrarse estos
litigios de cuento fantstico.

Mizzi es ingls porque naci en Malta; pero su madre era espaola, y l
siente un gran afecto por Espaa. Es consejero legista de casi todas las
embajadas y consulados; condecoraciones y ttulos llueven sobre l de
las ms importantes naciones de Europa, y sin embargo, lo que ms
aprecia es su nombramiento de vicecnsul de Espaa. _The Levant Herald_,
el diario ms grande de Constantinopla, es propiedad suya, y en l
trabaja diariamente, dando al pblico una informacin del mundo entero.
Ir con Mizzi por las calles de Pera y Galata, es asistir  un desfile de
popularidad. Saludo  un turco en su lengua, conversacin con un griego,
dilogo con un francs  un italiano, sombrerazos, apretones de manos,
frases cariosas; un curso completo de idiomas.

Una maana me lleva Mizzi  saludar al Gran Visir, antiguo amigo suyo de
la juventud.

El Gran Visir!... Este nombre evoca visiones de inmenso poder; hace
recordar las lecturas de la niez, los mgicos cuentos de _Las mil y una
noches_; presenta ante la imaginacin un imponente personaje de luenga
barba y turbante blanco enorme como un globo, con una majestuosa cohorte
de esclavos, ejecutores, escribas y fanticos santones.

El Gran Visir de Turqua, que es ms que nuestros jefes de Gobierno
(algo as como el vicesultn), resulta uno de los personajes ms
importantes del mundo. Gobernar naciones como, por ejemplo, Espaa,
puede hacerlo cualquiera. Con tener una mayora en las Cmaras, todo
est asegurado. Ningn peligro exterior amenaza al pas, y la vida
interior se desarrolla plcida y entretenida al travs de chismes y
comadreos,  los que se da el nombre de poltica, entendindose todos
al final, pues la estrechez de horizontes impone la vida en familia 
unos y  otros.

Para llegar  Gran Visir hay que ser un hombre extraordinario. Sustentar
unidas y en paz las diez y nueve razas del imperio separadas por odios
histricos y radicales diferencias religiosas; gobernar desde
Constantinopla el lejano Yemen, poblado de fanticos que se irritan al
ver que Turqua hace una vida europea,  Bagdad, alejada de la capital
por un viaje de cincuenta y cuatro das (casi tantos como se necesitan
para dar la vuelta al globo), y al mismo tiempo hacer frente con engaos
y energas al tropel de lobos de las grandes potencias europeas, que ya
han arrancado miembros enteros del cuerpo otomano, y cada vez aullan ms
fuerte, pidiendo nueva carnaza, todo esto es empresa que requiere la
inteligencia y la firme voluntad de un hombre superior.

Vamos  visitar al Gran Visir en su casa, antes de que se traslade  su
despacho de la Sublime Puerta, en las primeras horas de la maana, pues
este personaje, sobre cuya inteligencia pesa todo un imperio, es un gran
madrugador.

Llegamos al palacio, situado en las afueras de Pera, cerca de un gran
campo de maniobras, donde galopan, en traje de campaa, varios
escuadrones de caballera. Un cuerpo de guardia, con numerosos
centinelas, se eleva frente  la vivienda del Gran Visir, precaucin que
no es superflua en este pas, donde han sido frecuentes los atentados
contra el sultn y sus ministros.

El palacio no tiene nada de oriental. Es una gran casa, con amplias
escaleras de mrmol. El fez de los empleados y servidores, que van de un
lado  otro, y la falta de alumbrado elctrico, son los nicos detalles
que recuerdan  Turqua.

Entramos en una pequea antesala, saludamos  otros visitantes que
aguardan, y ellos nos contestan con la grave cortesa oriental,
inclinndose, llevando su diestra de las rodillas al corazn y  la
frente. Son turcos de correcto exterior, con el fez muy planchado y
erguido y la negra levita militarmente abrochada; _imanes_ jvenes, de
luenga barba, elegantes y limpios, que para entretener la espera pasan
entre sus dedos, con vertiginosa rapidez, las cuentas del rosario. Nos
distraemos fumando cigarrillos orientales, hasta que un oficial del Gran
Visir viene  advertirnos que Su Alteza nos espera, recibindonos antes
que  los dems visitantes. Estos aguardarn con su paciencia turca, que
ignora el valor del tiempo y del nmero.

Mizzi me advierte que debo llamar Alteza al Gran Visir. En Turqua,
fuera de la familia del sultn, no hay ms que dos altezas: el Gran
Visir... y el Gran Eunuco del harem imperial.

Pasamos ante un saln de enormes proporciones, que parece un almacn de
muebles por la gran cantidad que contiene de silleras, lmparas,
cuadros, cojines y espejos, todo europeo. Son regalos de los gobiernos
extranjeros al primer ministro turco, y que ste amontona en el saln
destinado  las fiestas diplomticas. Los objetos de Europa, con su
abigarrada y rica variedad, quedan en la pieza destinada  recibir  los
europeos. Ms all, est la vida ntima, la vida turca.

Me veo de pronto en un pequeo gabinete. Tres hombres estn de pie, con
levita negra, calado el fez, la mirada en el suelo y las manos cruzadas
sobre el abdomen, en actitud rgida y respetuosa. Otro hombre, tambin
de levita, avanza hacia nosotros, sonriendo, con una mano tendida. Creo
estar en una antesala, desde la cual van  anunciarnos al poderoso
personaje... Pero no: estoy en el gabinete del primer ministro de
Turqua, y el hombre que sonre y nos tiende la mano es el propio Gran
Visir.

Me siento desconcertado por esta sencillez. El gabinete es una pieza de
paredes blancas y desnudas, sin otro adorno que una fotografa del
Sultn. En un extremo, dos pequeas libreras con cristales de colores.
Unos divanes bajos, de sedas obscuras, son los nicos muebles, y junto 
una ventana que encuadra un pedazo de cielo y de jardn, acaba de tomar
asiento el poderoso personaje.

Nada hay en l que recuerde _Las mil y una noches_. Ni su aspecto ni su
habitacin revelan el poder inmenso de que est investido. Parece un
seor europeo que, por extico capricho, se ha calado el fez como gorra
casera. Viste de negro, y por entre las solapas de su levita asoma un
rico chaleco de seda oriental. Al colocar una pierna sobre otra, la boca
del pantaln deja ver en el interior de ste una alta bota  la turca,
unico detalle que desentona en su aspecto europeo.

Tomamos asiento junto  l y empieza  hablarme en francs, con acento
claro y sonoro, dando  sus palabras una majestad natural,  la que
acompaan los ms nobles ademanes.

Realmente, Ferid-Pach, Gran Visir de Turqua desde hace nueve aos,
perodo de gobierno que no alcanza ningn poltico de Europa, es un
hombre extraordinario. Me siento subyugado por la majestad de sus
maneras de gran seor, por la sonoridad potica de su voz de bartono,
por el fuego de su mirada, que quiere hacer amable, y sin embargo, es
imperiosa y firme: la mirada del Visir en los cuentos orientales.

Es un hombre de gran estatura, fuerte y musculoso, sin dejar de ser
delgado, y con una hermosa barba negra que empieza  blanquear. Tendr
poco ms de cincuenta aos, y en sus ojos brilla el fuego entusiasta de
la primera juventud. Sobre su rostro europeo se destaca la nariz, como
un signo de raza, una nariz de turco peleador, encorvada como pico de
combate, con les aletas anchas y palpitantes.

Ferid-Pach, con esa benevolencia protectora de los otomanos, me sonre
y muestra inters por conocer mis impresiones sobre Constantinopla y si
me es grata la estancia en ella.

Mientras l habla, yo le contemplo y evoco rpidamente su historia.
Ferid-Pach es un albans, un turco que ha nacido cerca de Italia y de
Grecia. Su juventud en la Universidad de Janina fu brillantsima. El
futuro gobernante asombr  los profesores griegos con sus profundos
estudios sobre los poetas de la antigedad. Luego vino  Constantinopla,
entrando en la administracin pblica, donde escal con rapidez los
primeros puestos. Fu gobernador de lejanos pueblos de Asia (algo as
como los antiguos virreyes americanos), hasta que su talento poltico
llam la atencin del Sultn, que le hizo su Gran Visir.

Al mismo tiempo que le escucho, mis ojos vagan por la habitacin,
admirando su sencillez. Sobre una librera porttil, vecina al gran
personaje, hay un busto de mrmol, el nico que adorna el gabinete. Yo
conozco esta cara arrugada, de vieja maliciosa; pero me desorienta su
crneo pelado. Yo la he visto en muchos sitios, y sin embargo, no puedo
recordar su nombre. Quin es?... Quin es?...

La hermosa voz de Ferid-Pach toma una expresin ms grave, la temblona
majestad del _imn_ que declama su plegaria, y dice as:

--De todos los pueblos con los que vive Turqua en excelentes relaciones
de amistad, Espaa es uno de los que amamos ms sinceramente. Ningn
mal hemos recibido de ella; siempre la amistad y el cario guiaron
nuestras relaciones; sus desgracias las sentimos como nuestras, pues
aunque vivimos alejados, existe algo inexplicable entre los dos pueblos
que los une con sincera amistad.

Hasta aqu su expresin era de majestuosa cortesa; pero de pronto cerr
enrgicamente la mano derecha, y aadi con sincero entusiasmo:

--Ah, Espaa! Qu tenacidad para vivir! Qu fuerza para levantarse
cuando tropieza! Admiro  vuestra nacin, ms an por su enrgica
voluntad en tiempos de paz que por su valor en la guerra. Todo un siglo
de calamidades ha pesado sobre su historia: guerras civiles,
revoluciones, prdidas de territorios, y sin embargo, se ha levantado de
tantas cadas, y sigue su camino, y resucita cuando la creen muerta, y
desarrolla sus riquezas naturales. Ah, Espaa, noble pueblo de la firme
voluntad de vivir!...

Y al hablar de territorios perdidos, de guerras desgraciadas y de la
voluntad de vivir, por encima de toda clase de infortunios, sus ojos
miraron en torno de l con cierta tristeza.

En el fondo de la habitacin seguan en fila y de pie los tres
subordinados, como testigos mudos, con las manos cruzadas sobre la
levita y las cabezas inclinadas hacia el suelo.

El Gran Visir recobra su majestuosa frialdad y empieza  hacerme
preguntas, aprovechando la ocasin para enterarse de un lejano pas.

--Vuestra flota la vais  rehacer ahora?

--Eso dicen, Alteza.

--Bien, muy bien. Una gran nacin necesita barcos. Pero creo que  los
espaoles les ocurre lo que  los turcos. Les gusta ms pelear por
tierra que por mar... Quin es ahora el generalsimo de vuestro
ejrcito?

Yo le digo que en Espaa no hay generalsimo, y que el ejrcito lo
dirige el ministro de la Guerra. Su Alteza frunce el ceo como para
recordar un nombre.

--Y Weyler, qu hace ahora?

--Es un general como los otros.

--Martnez Campos muri, no es as?... Aquel era un hombre.

Y Ferid-Pach sonrie y vuelve  cerrar el puo con expresin de energa.

Me hace otras preguntas sobre Espaa, y yo, mientras las contesto, sigo
mirando el busto. Pero de quin ser?...

--Conocis  _monsieur_ Moret? Es abogado nuestro. Nos lo ha
recomendado el emperador de Alemania para que intervenga en un asunto de
Turqua.

Y Ferid-Pach, con una expresin triste, me cuenta en breves palabras el
asunto. Uno de tantos abusos de la rapacidad europea: grandes empresas
de Occidente que vienen  establecerse en Turqua con el pretexto de
civilizarla, y luego de enriquecerse engaando la sencillez otomana,
todava se fingen perjudicadas y exigen enormes indemnizaciones al
gobierno.

Su Alteza sigue hacindome preguntas sobre mi pas, y yo contino
mirando el busto con excitada curiosidad.

--Y vuestro rey?--pregunta sonriendo el Gran Visir.

No s qu contestar  esta breve interrogacin, y el personaje aade con
dulce sonrisa:

--Qu actividad! Qu exuberancia de vida! Oh, la juventud!... Vuestro
rey nos inspira grandes simpatas. Viaja, se entrega  los _sport_, le
gusta ser soldado, se divierte... Hace bien, hace bien.

Luego aade con expresin sentenciosa:

--Los monarcas deben divertirse. Para eso tienen servidores fieles que
se encargan de gobernar por ellos, sufriendo las amarguras del poder.

Llega el momento de despedirnos con solemnes saludos orientales. Al
pasar junto al busto lo reconozco de pronto y me explico mi torpeza.
Estaba acostumbrado  ver con peluca esta cabeza de mono malicioso.

Es Voltaire.




XXI

El palacio de la Estrella


El marqus de Campo Sagrado, nuestro ministro en Constantinopla, es el
ms conocido de los representantes diplomticos. Hasta los turcos
modestos de Stambul conocen su nombre. Nueve aos de permanencia en
Turqua y un carcter franco y bondadoso de gran seor, que para
inspirar respeto no necesita imitar  ciertos embajadores, altivos 
inabordables como reyes, han dado al marqus una gran popularidad en
Constantinopla.

Cuando se citan los nombres de los representantes de Europa, el de
Constans, embajador de Francia, y el de Campo Sagrado, son los primeros
que acuden  la memoria de los turcos. Al pasar yo la frontera otomana,
apenas dije  los encargados de los pasaportes que iba recomendado al
embajador de Espaa, todos, funcionarios y viajeros del pas, le
designaron por su nombre.

--Su Excelencia el marqus de Campo Sagrado!... Un gran seor muy
simptico. Lo conocemos: le vemos muchas veces en su carruaje por la
gran calle de Pera.

Hasta las damas turcas que parecen vivir aisladas del mundo cristiano y
fingen ignorar la existencia de _infieles_ en Constantinopla, conocen
todas al representante de Espaa, y cuando le ven, sonren amablemente
bajo sus velos.

Es un excelente embajador para un pas como el nuestro, que tiene pocas
relaciones con Turqua. Ya que le faltan ocasiones para ejercitar su
accin diplomtica, mantiene el prestigio de Espaa  honrosa altura con
su generosidad y su cortesa, condiciones que alcanzan profundo respeto
en este pueblo oriental, amigo de imponentes exterioridades.

Cuando llegu al palacio que tiene Espaa en Buyuk-Der, en la ribera
del Bsforo, cerca del Mar Negro, vi avanzar  Campo Sagrado, sonriente
y corpulento, con un aire animoso de segunda juventud, tendindome su
fuerte diestra de cazador asturiano. Este Nemrod infatigable, luego de
perseguir al oso en sus montaas natales, ha pasado muchos aos en las
estepas rusas cazando con el zar y los grandes duques, y ahora acosa 
los venados turcos en compaa de los pachs ms poderosos. Cuando el
sultn conversa con l, se entera con inters de sus hazaas venatorias.

--Est usted en su casa--dice el marqus con graciosa amabilidad--. Esta
es la casa de Espaa.

Y nos da un almuerzo, en el que figura como plato de circunstancias un
buen arroz  la valenciana.

El almuerzo es bueno; al final se brinda por la lejana patria... pero
ms notable es an el comedor. Por un lado, las ventanas dejan ver el
parque de la legacin, que extiende su arboleda cuesta arriba por la
ribera europea. En el lado opuesto, las arcadas de una logia sirven de
marco al mgico espectculo del Bsforo y  las verdes montaas de la
vecina costa de Asia. Por la extensin azul pasan caiques con remeros
vestidos de blanco, y sentadas en el fondo de estas ligeras
embarcaciones, damas turcas, que slo dejan ver encima de la borda su
cabeza encapuchada, teniendo frente  ellas esclavas negras, libres de
velos. El sol del medioda hace temblar las aguas con chisporroteos de
oro. Un viento fro, que viene del Mar Negro, aligera la ardorosa
temperatura estival.

--Ver usted en Constantinopla muchas cosas interesantes--dice el
ministro de Espaa--. Pero crame usted  m, que llevo en esta tierra
algunos aos; los dos espectculos extraordinarios, lo que no puede
verse en ninguna otra parte, son el Bsforo y el Slamlik.

El Bsforo ya lo haba visto yo, en toda su extensin, al dirigirme  la
legacin de Espaa. Me quedaba por ver el Slamlik, cosa difcil para la
gran mayora de los extranjeros, pues se necesita para ello la
recomendacin de un embajador. Pero Campo Sagrado es incansable cuando
se trata de favorecer  un compatriota, y  pesar de encontrarse un
tanto enfermo, me acompa en persona  la ceremonia palaciega.

Todos los viernes, al medioda, el sultn va con gran pompa  hacer su
plegaria  la mezquita Hamidi, vecina  su palacio. Es el nico momento
en que se deja ver pblicamente.

Abdul-Hamid poda prescindir de esta ceremonia, especialmente desde hace
tres aos, en que estuvo prximo  perecer, por la explosin de una
mquina infernal,  la salida de la mezquita. Pero el Comendador de los
Creyentes quiere cumplir sus deberes de supremo jefe religioso, y en
treinta y cinco aos slo dos viernes, por causa de enfermedad, ha
dejado de presentarse en el Slamlik.

Esta asistencia voluntaria  una fiesta en la que ha sido objeto de
atentados, demuestra que Abdul-Hamid no vive sometido  locos temores ni
le trastorna una mana persecutoria, como han hecho creer los armenios
que escriben desde Pars.

El sultn vive ms all de los arrabales de Constantinopla, en Yildiz
Kiosk  Palacio de la Estrella, extensin amurallada, como diez  doce
veces Madrid, en la que hay un lago donde pesca y navega  vapor,
caminos por los que corre en automvil, bosques plagados de caza y unos
cincuenta palacios, que habita y abandona  su capricho, mudando su
residencia varias veces en una misma semana. Con una instalacin tan
completa se comprende que el majestuoso seor no sienta ningn deseo de
visitar Constantinopla. Slo una vez por ao entra en la gran ciudad;
pero es por mar, atravesando el Bsforo en dorado caique, para hacer una
visita religiosa al Viejo Serrallo, donde se guardan como milagrosas
reliquias el manto y el estandarte del Profeta.

Todos sus caprichos y deseos puede cumplirlos sin salir del inmenso
jardn que le sirve de palacio. Entre esposas legtimas, odaliscas y
parientas, su harem guarda unas trescientas mujeres.

No por esto hay que suponer al sultn entregado  pecaminosas
diversiones. Hombre de gran actividad para los negocios pblicos, quiere
saber todo lo que ocurre en sus vastos dominios, y le falta el tiempo
para tantos estudios, consultas y audiencias. Su harem numerossimo es
puro aparato; necesidad de seguir las tradiciones musulmanas,
Abdul-Hamid repite--segn dicen--, con la certidumbre de la experiencia,
que el hombre slo debe acordarse de tarde en tarde de las mujeres, para
no ser un esclavo.

Cinco mil personas forman su servidumbre alta y baja. Las cocinas
imperiales dan de almorzar y de comer diariamente  cinco mil bocas, con
la generosidad propia de una vivienda imperial. Imagnese el lector los
carros de pan, los rebaos de ovejas y carneros, los cargamentos de
hortalizas, las tinajas de miel y otras vituallas que diariamente
entran en las despensas del palacio.  los cinco mil servidores hay que
aadir los regimientos que acampan en el recinto de Yildiz Kiosk, lo que
forma un total de diez mil personas.

El intendente del palacio es un importante personaje; pero el Gran
Eunuco es superior  l, y exhibe con orgullo su ttulo de Alteza. En
realidad, es el ms poderoso de los funcionarios de una monarqua
absoluta, pues conoce de cerca las debilidades del seor, y esto crea
siempre cierta confianza.

Tena grandes deseos de ver de cerca  este extrao personaje, y amigos
influyentes preparaban nuestra entrevista. Despus he desistido. Para
qu? El Gran Eunuco iba  recibirme en su casa, una casa  la europea,
con muebles seguramente trados de Viena, que sern su orgullo. Adems,
slo habla turco. Para ver la coleccin de blondas artsticas que est
formando y que exhibe  los extranjeros, no vale la pena de molestarse y
llamar Alteza  este grotesco y triste personaje.

No es fcil el acceso al Palacio de la Estrella. El da del Slamlik
los embajadores, que son en Turqua los personajes ms respetados
despus del sultn, se quedan fuera del palacio en un elegante y
grandioso pabelln de dos pisos, entre el Yildiz Kiosk y la mezquita
Hamidi. All, en un palacio anexo, recibe el sultn  los embajadores,
despus de la ceremonia religiosa, si es que tiene algo que preguntarles
 comunicarles.

Cuando por algn asunto urgente entran los representantes diplomticos
en el interior del inmenso jardn, siempre los recibe Abdul Hamid en un
palacio  kiosco distinto.

Los banquetes en Yildiz Kiosk son algo semejante  las fiestas de _Las
mil y una noches_. El convidado se ve en un saln con gruesos
candelabros de oro de la altura de dos hombres. Los platos son de oro
trabajado  martillo; los cubiertos, de oro; de oro las botellas y hasta
las argollas de las servilletas.

Casi siempre estos banquetes son de treinta  cuarenta cubiertos; pero
hace poco se di en palacio una comida  la oficialidad de la flota
inglesa (unas doscientas personas) y el servicio fu de oro, tan
completo como siempre, sin que se notase la menor falta por el excesivo
nmero de convidados. Este palacio de misteriosas riquezas es
inagotable. Comeran mil  la mesa del sultn, y es posible que  nadie
le faltase su pila de platos de oro y su ureo cubierto.

En Turqua, la riqueza ostentosa resulta aplastante. El viajero se
marcha hastiado para siempre de las piedras preciosas, enormes hasta la
ridiculez, y tan exageradamente ricas, que se acaba por perderlas todo
respeto.

Algo semejante ocurre con las condecoraciones. El sultn, al darlas,
regala las insignias en brillantes. Los _matres_ que dirigen el
servicio en un banquete del sultn, llevan el pecho cruzado de bandas y
constelado de estrellas de diamantes. El Gran Seor condecora tambin 
las damas turcas, hijas  parientes de los pachs, y muchas de las
encapuchadas que pasan en carruaje por las calles de Stambul, yendo 
visitas y fiestas, llevan bajo el misterioso domin bandas multicolores
y estrellas y medias lunas de brillantes.

       *       *       *       *       *

Trotan los escuadrones de jinetes por las fangosas calles vecinas al
Bsforo, camino de Yildiz Kiosk; pasan en sus carruajes imponentes
pachs, bordados, galoneados y con pesadas charreteras de oro; desfilan
los batallones, precedidos de una msica con alegres chinescos;
presentan las armas los cuatro centinelas de cada cuartel  los coches
de los diplomticos, que llevan en el pescante al _cabs_, criado que
sirve de insignia  toda la legacin, con su uniforme de oficial turco,
completado por el sable corvo y el revlver de funda dorada.

La Constantinopla oficial y vistosa, el ejrcito, los pachs, la
diplomacia, los jefes rabes venidos de los lejanos _vilayetos_
asiticos, todos marchan en la misma direccin.

Vamos al Slamlik.




XXII

El Slamlik


Desde el kiosco destinado al cuerpo diplomtico, contemplo el ms
asombroso de los panoramas que ofrece Constantinopla.

En el horizonte, el mar de Mrmara une su azul intenso con el azul del
cielo, blanqueado por el sol, y extiende la corriente del Bsforo entre
la ribera asitica, cubierta de bosques y palacios, y la ribera europea,
que desaparece como abrumada bajo el casero de Constantinopla. El
oleaje de tejados rojos y negruzcos se pierde de vista, siguiendo las
ondulaciones de las colinas y los ngulos entrantes y salientes de la
costa.

Los agudos minaretes, con balconcillos circulares, semejan los mstiles
con cofas de blancos navos encallados  invisibles en la inmensa masa
de la ciudad. En la azul extensin del mar, se destacan, cual dormidos
insectos, los buques de guerra, negros  inmviles, con manchas de
vivos colores temblando junto  sus colas. Sus banderas de las grandes
potencias que ondean en la popa de los buques _estacionarios_,  el
pabelln otomano, rojo, con media luna y estrellas blancas, que se
exhibe en las vergas de varios yates imperiales que el sultn no ha
visto nunca,  de modernos navos que envejecen sin levar sus anclas.

De la ventana del kiosco diplomtico se domina el mar, las colinas y la
ciudad. Desde las hondas orillas del Bsforo remntanse, formando
distintas mesetas, las barriadas y los jardines, hasta las alturas en
que se halla situado el palacio de la Estrella. Un ancho camino pasa por
debajo de la ventana. Es el que conduce desde la puerta del palacio  la
mezquita Hamidi: un trayecto de unos cuatrocientos metros en suave
pendiente. En este espacio, que ocupa toda la cumbre de la colina de
Orta-Keni, se verifica todos los viernes la ceremonia del Slamlik.

Van llegando las tropas. No existe ejrcito de exterior ms impotente
que el turco. Contra todas las precauciones que puede inspirar la
aficin de los orientales  lo vistoso y abigarrado, las tropas turcas
ofrecen un aspecto sombro y grave. Sus uniformes obscuros slo estn
animados por los vivos toques del rojo de las bocamangas y del fez.
Visto desde lo alto, este ejrcito no ofrece ninguna distincin de
categoras. El mismo gorro llevan los generales, y aun el mismo Sultn,
que el ltimo soldado. El fez, cobertera uniforme de todos los
otomanos, unifica las filas. No hay aqu la diversidad de penachos,
galones y cascos de los ejrcitos occidentales, que clasifica  los
guerreros segn el aspecto de las cabezas. Hay que mirar de cerca  los
militares turcos para reconocer en los dorados de sus hombreras las
diferencias de categoras.

Desfilan al son de estrepitosas bandas de brbara marcialidad los
regimientos de lnea, vestidos de obscuro azul, llevando al frente  sus
jefes, montados en pequeos caballos turcos, que aun parecen ms
diminutos bajo la obesidad de sus jinetes. Los batallones rabes se
distinguen, en esta aglomeracin de cabezas rojas, por sus turbantes
verdes, color religioso exaltado por el Profeta. Los albaneses, vestidos
de blanco,  la zuava, forman en la puerta del palacio como tropa de
preferencia, encargada de la guarda del sultn. Llegan los marinos de la
escuadra, con sus oficiales  caballo: unos marinos de altas botas, que
llevan al cinto por toda arma el ancho sable de abordaje. Al pie de la
colina de Orta-Keni, ondean las rojas banderolas de los lanceros. Los
regimientos de caballera tienen bandas de msica, y se ve  los
trombones, enroscados al cuerpo de los jinetes, como enormes serpientes
de metal, saltar bruscamente  impulsos de los botes de los caballos,
ocultos tras un pliegue del terreno.

El aspecto imponente de estas tropas se debe  la edad de los soldados.
El ejrcito turco es un ejrcito _duro_. No se ven en sus filas
muchachos barbilampios y  medio formar, como en los ejrcitos de
Europa. El soldado turco es hombre de veinticinco  treinta aos,
fuerte, macizo, bigotudo, en todo el esplendor de su desarrollo. Unase 
esto la fe ciega del mahometano, ese fervor religioso que inspira
respeto por su ingenuidad aun  los ms escpticos, y se comprender lo
que es una masa de siete  ocho mil soldados otomanos. Despus de
verlos, nada puede asombrar de cuanto se diga sobre su resistencia ante
el enemigo y su fiera conformidad ante la muerte. Se lo imagina uno mal
dirigido en los campos de batalla, y dejndose matar, sin retroceder un
paso. Pero volviendo la espalda, no hay quien se lo figure.

Al detenerse y extender sus filas  lo largo del camino, descansan sus
fusiles en tierra con un golpe seco y uniforme, y quedan inmviles, con
una inmovilidad que parece de ensueo.

Nadie dira que al pie de la ventana hay formados algunos miles de
hombres. Ni un susurro, ni una palabra, ni una tos. Hasta los caballos
permanecen inmviles, sin el ms ligero relincho. Parece una inmensa
exhibicin de figuras de cera. La brisa mueve las borlas de los gorros,
el oro de las charreteras, las gualdrapas de los caballos; pero esto es
todo lo que se agita y parece tener vida en la enorme aglomeracin de
hombres. Los cuerpos no se mueven; los ojos, vagos y como de vidrio,
miran sin ver; las bocas, cerradas, no parecen respirar.

Un silencio absurdo lo envuelve todo; un silencio de pesadilla, un
silencio ms profundo que el de la noche, reproducindose bajo la luz
del sol.

En el kiosco, los embajadores y las grandes damas del cuerpo diplomtico
hablan con entera libertad; pero, sin embargo, sus voces suenan con
cierta sordina, como cohibidas instintivamente por el silencio exterior.
Campo Sagrado, con su hidalga cortesa espaola, cumplimenta  las
seoras; Constans, el famoso embajador de la Repblica francesa, habla
en correcto espaol, recordando sus aos juveniles de Madrid: todo un
mundo de oficiales extranjeros, puestos de gran uniforme, agregados
diplomticos, secretarios, dragomanes y elegantes damas, rodea  los
embajadores europeos, que son en Constantinopla algo as como
semidioses, con ms poder que el mismo sultn, pues muchas veces amargan
sus das con enrgicas reclamaciones y turban su sueo.

Las palabras, las risas y los cuchicheos caen de las ventanas, como
involuntarias irreverencias, sobre la muchedumbre guerrera, silenciosa 
inmvil. Ni una mirada se eleva; ni un rostro se contrae. No ven, no
oyen; estn como muertos bajo la doble mortaja de la disciplina militar
y el fervor religioso. Esperan al _Padich_, nombre que dan los turcos 
su emperador. El ttulo de _Sultn_ slo lo emplean los rabes.

La conversacin y la risa de los europeos tampoco conmueven  los
ayudantes de campo del emperador, cubiertos de oro, y  los empleados
palatinos, de negra _stambulina_, que permanecen erguidos  inmviles en
las puertas y ventanas de los salones del kiosco. Imposible moverse sin
tropezar con ellos. Levantis un cortinaje, y vuestra mano tropieza con
el pecho de un coronel, inmvil como un adorno del saln, y que no
cambia de lugar ni os mira. Vais  una ventana,  inmediatamente
percibs la sensacin de que alguien est detrs: un seor de levita y
gorro, con un rosario de mbar en las manos, que jams fija sus ojos en
los vuestros, como si ignorase vuestra presencia.

El sultn recibe  sus huspedes con la mayor cortesa, envindoles
orientales saludos de amistad. Estis como en vuestra casa; los esclavos
negros ofrecen cigarrillos; bajo tapices de seda, con flores doradas,
llegan las humeantes tacitas de caf y los vasos de oro llenos de
confitura de rosas; pero no podis dar un paso sin que unos ojos os
sigan; no podis sentaros sin que alguien se siente cerca de vosotros;
no podis hablar sin que un seor de uniforme  de levita venga 
situarse  pocos pasos, volvindoos la espalda, para mayor disimulo. Al
asomaros  una ventana, debis arrojar antes el cigarro. Nadie puede
llevar nada en las manos. Las seoras deben abandonar sus sombrillas,
aunque las tueste el sol. Una maquinilla fotogrfica es un crimen que
se paga con la expulsin. El alto espionaje, que consume con enormes
sueldos una gran parte de la renta pblica, vela por la existencia del
_Padich_ con una meticulosidad ridcula.

Un crujido de arena, bajo la marcha acompasada de muchos pies, turba el
profundo silencio exterior.

Me asomo  la ventana. Dos filas de pachs descienden la cuesta, camino
de la mezquita, con el sable en una mano enguantada de blanco, y
moviendo la otra al andar con una regularidad de simples soldados. Son
los generales que tienen empleo palatino  estn en los ministerios.
Salen del palacio y van  la mezquita, agrupndose en la puerta de sta
para recibir al seor. Sobre sus levitas de obscuro azul, adornadas con
grandes charreteras de oro, brillan condecoraciones de un esplendor
fantstico; estrellas de brillantes, soles de rubes y esmeraldas, todas
las insignias que puede regalar un monarca oriental de fabulosa
generosidad.

Estos pachs son la flor del imperio. Los hay viejos, tostados y secos,
con grandes barbas blancas y gafas de oro, antiguos generales que
pelearon con los rusos en las orillas del Danubio y resistieron en
Plewna con la tenacidad inconmovible del musulmn. Otros, jvenes,
morenos y obesos, son altos oficiales por la voluntad del Gran Seor;
generales por nacimiento, que nunca han mandado tropas; almirantes
hereditarios que jams pisaron el puente de un acorazado.

El silencio se agranda. En las muchedumbres occidentales, la emocin se
manifiesta con empujones de impaciencia y sordos rugidos. Los turcos, al
llegar el momento esperado, lo anuncian con una inmovilidad mayor, con
un silencio absoluto, absolutsimo; con la ausencia de todo signo de
vida.

En el balconcillo del minarete de la mezquita Hamidi aparece un hermoso
_imn_, de barba negra y turbante blanco. Visto de lejos, parece un
muequillo asomado  un balcn de encajes. Extiende, como alas de
murcilago, las grandes mangas negras de su sotana, y un canto plaidero
y dulce, semejante  una _saeta_ andaluza, rasga el denso silencio,
descendiendo hasta nosotros, como si viniera del cielo.

Empiezan  bajar carrozas por la enarenada cuesta, camino de la
mezquita. Son las sultanas y odaliscas del harem imperial; unas cuantas
nada ms, pues de ir todas en el cortejo, durara ste horas enteras.

Los eunucos negros, con las manos cruzadas sobre el vientre, marchan
formando un crculo en torno de cada coche. En unos van las hermanas 
hijas del _Padich_; en otros, sus tas; en los que rompen la marcha,
las odaliscas preferidas. Entre los generales y almirantes que, sable en
mano, forman un grupo ante el kiosco, hay hijos y hermanos del
emperador. Lo mismo pueden llegar un da al trono, que morir desterrados
en una provincia de Asia,  amanecer con las venas cortadas y unas
tijeras junto  la cama, para que todos crean en un suicidio.

Al travs de los vidrios de las carrozas se ven blancos velos, ojos
pintados de negro, joyas enormes, mantos bordados de oro con una
suntuosidad oriental... y vestidos parisienses, chillones y de mal
gusto, de esos que los costureros de Pars guardan, segn ellos dicen,
para las damas turcas y las millonarias de Amrica.

Un rugido feroz corre al frente de las filas. Los soldados presentan las
armas. Un _landeau_ sencillo, tirado por seis caballos de una belleza
inexplicable, como slo puede poseerlos el soberano de la Arabia, avanza
lentamente. Delante de l y  los lados marchan, en revuelta confusin,
guardias albaneses con el fusil al hombro y la bayoneta calada; pachs
que se codean y pisotean con los simples soldados; palafreneros de
dalmtica bordada, gruesa como coraza de oro; simples dignatarios de
palacio vestidos de negro; jefes rabes, de ntido albornoz, venidos del
Yemen para saludar al descendiente del Profeta. Los grupos de generales
y almirantes situados al paso se unen  este grupo que corre en torno
del carruaje, oprimindose contra sus ruedas y agrandndose por
momentos.

Solo en el _landeau_, con la capota cada, se muestra el emperador, el
hombre omnipotente, el _Padich_, el Sultn, el Comendador de los
Creyentes, rey y pontfice  un mismo tiempo de muchos millones de
hombres.

Al pasar ante el kiosco diplomtico, levanta los ojos hacia las ventanas
y saluda levemente, con gravedad musulmana. Es un hermoso tipo
masculino; una figura de guerrero y de creyente. Sin duda va pintado
como las mujeres de su harem.  juzgar por los aos que ocupa el trono y
su anterior juventud, debe estar en los setenta, y sin embargo, la
luenga barba es de un negro intenso y el rostro tiene un aspecto de
juventud. Este hombre, que es seor de una parte considerable de Asia y
de una de las primeras capitales de Europa, que posee tesoros como los
de _Las mil y una noches_, que es rey de Bassora, la de las perlas, y de
Bagdad, la de las fantsticas riquezas, se muestra simplemente vestido
de negro, sin un adorno, sin una alhaja, con algo de clerical y severo
en su indumentaria.

Lo que se admira al momento en l es la tranquilidad, la resignacin
valerosa del musulmn. Este hombre no tiene miedo ni puede tenerlo, 
pesar de cuanto han dicho los periodistas franceses. Es un fatalista. Si
est escrito que le maten, le matarn de todas maneras, por ser as la
voluntad de Allh. Y  pesar de que en el Slamlik intentaron
asesinarle, valindose de un vehculo cargado de dinamita, va  l todos
los viernes, y pasa bajo las ventanas del kiosco diplomtico, desde las
cuales se le puede alcanzar fcilmente, y se exhibe ms all, ante una
muchedumbre que aguarda bajo el sol, contenida por las filas de la
tropa.

Las bandas de msica hacen sonar el himno imperial, una especie de
mazurca alegre; los gritos del _imn_ llegan de lo alto durante las
breves pausas del himno; los soldados lanzan por tres veces una
aclamacin feroz, un grito de guerra que es un viva.

El sultn penetra en la mezquita. Fuera, en el gran patio, aguardan las
damas del harem, dentro de sus carrozas, con los caballos
desenganchados, por una precaucin tradicional. Todas las tropas vuelven
el frente  la mezquita para no estar, ni aun  gran distancia, de
espaldas al emperador.

Cuando media hora despus, terminada la plegaria del Slamlik, vuelve el
sultn al palacio, el regreso parece menos ceremonioso y ms entusiasta.
El Comendador de los Creyentes, dejando partir las carrozas de las
mujeres, los caballos de respeto que llevan de la brida los dorados
palafreneros, toda la pompa de su corte, avanza en un ligero cochecillo
de dos ruedas, tirado por un tronco de hermosas bestias que l mismo
gua, acaricindolas con el ltigo. Su hijo favorito, vestido de
almirante, se sienta al lado de l.

El tumulto de generales, dignatarios y simples soldados de la guardia,
se hace mayor en torno del ligero cochecillo. Corren jadeantes los
pachs y los oficiales, pisotendose y aclamando al emperador. Suenan
otra vez las msicas; pero apenas se oyen, sofocadas por el gritero de
muchos miles de hombres.

Los soldados, silenciosos antes como estatuas, rugen al presentar las
armas y ver de cerca  su emperador: Larga vida al _Padich_!

No son los fros vivas de ordenanza de otros pases. Las aclamaciones
del turco vienen de adentro, de lo ms hondo.

En este pas es intil soar con reformas y revoluciones.

Turqua podr desaparecer; pero cambiar... nunca! Slo puede ser como
es, y as vivir  morir.

El buen musulmn jams discute  su soberano. El _Padich_ es algo ms
que un rey de la tierra: es representante de los poderes del cielo.
Cuanto l hace, bueno  malo, lo hace Dios, y el turco es el ms
religioso y resignado de los hombres.

Aun en sus mayores desgracias, al verse en la miseria  ante el cadver
de un ser amado, nunca tiene una lgrima ni una palabra de protesta. Le
basta, para consolarse, suspirar melanclicamente:--Allh lo ha
querido!




XXIII

Los perros


Antes de conocer Constantinopla, cuando yo evocaba en la imaginacin la
gran ciudad oriental, reconstruyndola con arreglo  ciertas lecturas,
lo primero que vea eran los perros, los famosos perros de la metrpoli
turca.

Muchas cosas que amaba por los libros, no las he encontrado al llegar
aqu. Unas han desaparecido bajo las huellas del tiempo; otras eran
mentiras poticas, que jams tuvieron realidad. Pero los perros, los
clebres perros, aqu estn, como en otros siglos, llenando las calles,
obstruyendo las aceras, dificultando el paso de los vehculos, sin casa,
sin amo, sin otro medio de subsistencia que el respeto tradicional y la
ternura que siente el turco por todos los animales.

Quin no ha odo hablar de los perros de Constantinopla? Hasta hace
pocos aos eran la nica polica urbana de la gran ciudad; el cuerpo de
limpieza pblica, encargado de que las calles no quedasen totalmente
obstrudas por carroas de animales y montones de estircol. Ahora, la
influencia europea ha logrado que la triple ciudad de Constantinopla, 
sea Stambul, Pera y Scutari, tengan tres municipios, compuestos
exclusivamente de ciudadanos turcos, que velan  su modo por la limpieza
de las calles. Hay barrenderos indolentes y carretillas de riego para
las principales vas; mas no por esto los perros han perdido sus
antiguos privilegios. Al anochecer, de todas las casas arrojan  la va
pblica el estircol y los desperdicios; acuden los perros; la noche
entera pasa entre ladridos, mordiscos y estrpito de lucha en torno del
festn, y  la maana siguiente, los barrenderos quitan la mesa,
llevndose lo que no han podido devorar estos pupilos de Constantinopla.

Venecia tiene sus palomas, que han vivido y procreado durante siglos 
expensas de la Repblica, como una institucin nacional.

Constantinopla tiene sus perros, respetados por el turco con cierta
supersticin, como si su suerte fuese unida  los destinos del pueblo
otomano en el suelo de Europa.

Vinieron, segn la tradicin, desde el fondo del Asia, siguiendo al
ejrcito turco. Cuando ste tom  Constantinopla, los perros se
aposentaron en las calles y en las ruinas, considerando  la enorme
ciudad como conquista propia. Eran perros vagabundos y guerreros,
acostumbrados  toda clase de privaciones; perros de soldado, sin dueo
fijo, acariciados y mantenidos por todo un ejrcito; animales de
campamento hechos  la vida comn,  buscarse el sustento por s mismos.
Dentro de Constantinopla continuaron su vida de vivac. Su parte de
gloria en la gran hazaa turca, su muda colaboracin en la marcha de
siglos, desde el centro de Asia  las bvedas de Santa Sofa, la cobran
estos animales con el respeto de todo un pueblo, con una consideracin
popular que parece elevarlos casi al nivel del hombre.

Yo me los imaginaba feos, hirsutos, flacos, amenazantes, con colmillos
babosos de rabia y ojos amarillentos de fiebre: una especie de leopardos
urbanos, que hacan peligroso el trnsito por las calles de
Constantinopla. Me sorprend al verlos por primera vez, gordos,
lustrosos, de una belleza ruda y silvestre, con hocico y gestos de lobo,
pero de buen lobo, corts y juguetn, con un pelo de color de miel,
lavado por las lluvias. Son de regular alzada; muestran unos colmillos
de espeluznante blancura; casi os derriban cuando se alzan sobre las
patas traseras para acariciaros, y sin embargo,  nadie inspiran miedo.
Pelanse entre ellos con encarnizamiento de fieras: todos llevan en su
cuerpo seales de mordiscos; un combate de dos perros es algo horrible
que pone en conmocin  toda una calle, y  pesar de esto, basta que un
nio les amenace con un palo, para que se retiren, basta que un turco
les largue una patada, para que huyan sin revolverse, pasando del
rugido feroz al lamento lacrimoso. Saben que su subsistencia depende del
hombre, y lo respetan como  un dios que dispone de sus vidas. Rara vez
atacan  las personas; nunca se ha conocido la enfermedad de la rabia en
estos vagabundos, y cuando muerden, muy de tarde en tarde,  los
transeuntes, casi siempre son mujeres las vctimas de sus ataques.

Cuntos perros vagabundos existen en las calles de Constantinopla?
Nadie lo sabe. Los ms parcos en sus clculos dicen que 80.000. Otros
los hacen ascender  centenares de miles. Un comerciante francs ofreci
al gobierno otomano una enorme cantidad para exterminar los perros y
aprovechar sus pieles. Un buen negocio industrial, segn parece. El
vecindario turco se indign. Matar sus perros! Exterminar  los fieles
camaradas de los conquistadores de Constantinopla!...

Los extranjeros van por las calles con grandes pedazos de pan, para
obsequiar  estos pupilos de Turqua. As como en la plaza de San Marcos
las damas viajeras tienden sus manos llenas de trigo  los palomos
venecianos, desapareciendo envueltas en una nube de plumas palpitantes y
picos acariciadores, aqu se las ve, hundidas hasta las rodillas, entre
pelos rojizos, hocicos babeantes y rabos inquietos, partiendo un
mendrugo con los enguantados dedos y arrojando pellizcos de pan  las
fauces glotonamente abiertas.

Causa admiracin el orden de esta repblica perruna, falta de
gobernantes y de leyes escritas, pero sometida, por el instinto de
vivir,  una disciplina social. Muchas veces, al abandonar yo el comedor
del hotel, recolecto en todas las mesas los pedazos de pan olvidados,
tarea en la que se me adelantan con frecuencia otros viajeros. Salgo 
la calle y me rodea un grupo de perros estacionados frente  la casa; la
familia  tribu  la que corresponde por derecho tradicional este trozo
de va. Ni ladridos ni empujones de impaciencia. El jefe de grupo, el
patriarca, el guerrero, alcanza en el aire el primer pedazo, y va 
situarse lejos de los suyos, vigilando la calle para evitar que ningn
intruso se ingiera en el banquete. Mientras tanto, la familia va
cogiendo al vuelo los otros pedazos, siguiendo un turno riguroso, sin
que  nadie se le ocurra adelantarse  otro y arrebatarle su parte. De
vez en cuando se aproximan otros perros, azuzados por el hambre,
queriendo introducirse en el grupo, y una ruidosa batalla pone en
conmocin  la calle entera.

El guerrero, erguido sobre las patas traseras, hace frente  los
invasores, y pelea l solo, mientras la tribu come. Aullidos, mordiscos,
lucha  brazo partido; pues los perros de Constantinopla combaten
ponindose de pie y agarrndose como hombres, al mismo tiempo que
dirigen  la cara del enemigo las acometidas de sus colmillos. Cuando el
peleador sale ensangrentado del encuentro, se tiende en el arroyo, y
toda la familia le rodea, con aulladora gratitud, lamiendo horas y
horas sus heridas.

Marchis por una callejuela seguido de varios perros que os husmean las
manos y se empinan hasta vuestros bolsillos, con la esperanza del pan.
De pronto, os veis solo. Los perros quedan atrs, y no os seguirn por
ms que intentis atraerlos con silbidos y exclamaciones cariosas.
Estn en los lmites de su jurisdiccin: han llegado al trmino del
trozo de calle que les pertenece, y no pasarn de all. Otros perros os
salen al encuentro, os acarician, os siguen, hasta llegar al trmino de
su territorio, y all os dejan rodeados por una nueva tropa canesca.
As, de escolta en escolta, podis correr por la noche toda
Constantinopla. Cuando estalla una tempestad de ladridos, es que un
grupo ha osado introducirse en terreno enemigo. Cuando una ria feroz
conmueve el barrio, es que un perro vagabundo, sin familia y sin
domicilio, es atacado por los burgueses de la raza, gente de bien, amiga
del orden, que no puede tolerar tales faltas de disciplina social. El
bohemio canino que vaga por Constantinopla, acaba inevitablemente sus
das asesinado y devorado por las familias honradas de su especie.

Segn es la calle, as es el aspecto de los perros acampados en ella. En
las vas modernas ms elegantes de Pera y Galata, donde estn las
grandes tiendas de bisutera, ropas, muebles y libros, los perros
ofrecen un aspecto lamentable; flacos, piojosos y lanudos, mirando
melanclicamente  las enormes lunas de los escaparates, tras los cuales
se exhiben cosas hermossimas, pero que no sirven para comer. En las
callejuelas turcas, llenas de inmundicias y de pequeos puestos de
comestibles alineados en el arroyo, el perro es alegre, juguetn y de
sano aspecto.

Dice un antiguo refrn turco: Si mirando se aprendiese un oficio, todos
los perros seran carniceros.

No hay carnicera de Constantinopla que no tenga ante la puerta unos
veinte  treinta perros, todos en fila, sentados sobre el cuarto
trasero, silenciosos, con una gravedad de gentes bien educadas, fijos
sus ojos en el dueo, con expresin de splica, y abriendo la roja
garganta  impulsos de insinuantes bostezos. Aguardan lo que caiga, y lo
que cae las ms de las veces es una mano de latigazos, pues el carnicero
turco acaba por enojarse con esta tertulia muda que obstruye la puerta
de la tienda y hace tropezar  los parroquianos.

En medio de las bandas de perros que corretean por las calles  la cada
de la tarde y duermen enroscados en las aceras  la hora del sol, se ven
animales grotescos y repugnantes, tristes caricaturas de su especie.
Unos llevan los ojos saltados; otros el lomo partido por sanguinolentas
dentelladas  el hocico medio devorado y con un morro pendiente. Son
recuerdos de sus batallas con los compaeros de raza. Otros caminan 
saltos, con una pata rota vuelta hacia arriba,  arrastran por el suelo
su inmvil parte trasera, como si fuesen extraos lagartos. Las ruedas
de un vehculo les han dejado as,  pesar del respetuoso cuidado con
que los turcos tratan  los animales. El cochero de Constantinopla antes
prefiere volcar que aplastar  los perros. Los carruajes se detienen 
cada instante  dan bruscos rodeos para salvar sus vidas. Pero estos
animales, habituados  un respeto tradicional, abusan de l, durmiendo
tranquilamente en mitad de las calles de ms trnsito.

Cuando una perra lanza su prole en plena va pblica, el buen turco saca
un cajn, un tonel, un gran cesto lleno de paja, y lo coloca en mitad de
la acera para que sirva de cuna  los reciennacidos. La gente tiene que
dar un rodeo y bajarse de la acera desafiando el peligro de los coches;
la circulacin se dificulta  interrumpe, pero nadie protesta ni mueve
el obstculo. Slvense los animales, aunque perezcan las personas.

Las primeras noches de estancia en Constantinopla son horribles. Los
viajeros buscan en los hoteles las habitaciones interiores, lejos de la
calle. Ladridos toda la noche; batallas en torno de los montones de
estircol; concierto de aullidos cada vez que pasa un trapero con un
farol,  cuando un transeunte les parece sospechoso. Las noches de luna,
Constantinopla se estremece con ruidosas y feroces contorsiones. Hasta
las piedras parecen ladrar al astro de la noche. Al fin, el viajero
adquiere odos turcos, y se duerme arrullado por esta tempestad de
ladridos, como podra dormir bajo el susurro de las olas  la brisa
perfumada de un jardn lleno de ruiseores.

Las obscuras tragedias que se desarrollan en esta sociedad animal,
regida por el misterioso idioma de la mirada y el ladrido! Las leyes
crueles  inexorables de esta repblica de los perros!...

Una tarde fu al santo barrio de Eyoub en un vaporcito, siguiendo el
Cuerno de Oro en toda su extensin. Un perro flaco, triste, de mirada
dulce, pasaba y repasaba durante el viaje, entre las piernas de los
viajeros. Al abordar al pontn de Eyoub, intent deslizarse, oculto
entre el gento, pero un estrpido horripilante estall de pronto,
asustando  las buenas turcas encapuchadas que salan del vapor. Ms de
una docena de perros se arrojaron sobre el recin llegado como bestias
feroces, mordiendo de veras, tirndose  matar, buscando su cabeza con
los agudos colmillos. El pobre can, como si esto no le sorprendiese,
como si fuera algo esperado, corri  refugiarse en el barco que volva
 Constantinopla.

Pas la tarde en Eyoub. Al anochecer esper en el pontn la llegada del
barco que iba  hacer su ltimo viaje  la ciudad. Lleg el vapor, y
entre la avalancha de viajeros intent pasar el mismo perro. Pero otra
vez salieron  su encuentro los enemigos, con terrible acometida de
aullidos y mordiscos, y tuvo que refugiarse de nuevo en la cubierta.

El triste regreso hacia Constantinopla! En vano di pan al msero
animal. Coma con avidez de hambriento, pero sus ojos iban hacia Eyoub,
que se perda en el fondo del Cuerno de Oro, con sus cristales
inflamados por la agona del sol; hacia Eyoub, al que le atraa el
instinto, y en el que no poda desembarcar. Cuando llegamos, ya de
noche, al Gran Puente, el pobre perro se alej  la luz de las
estrellas, para refugiarse entre dos tablones y esperar el primer vapor
de la maana, emprendiendo de nuevo su viaje. Y al da siguiente
comenzara su triste peregrinacin, sin otro resultado que mordiscos y
una fuga vergonzosa; y al otro y al otro lo mismo; y aun estoy seguro de
encontrarle si emprendo el viaje; y as vivir hasta que muera  le
maten; empujado hacia la santa barriada de Eyoub por un buen recuerdo
del pasado, y detenido siempre por la ferocidad implacable de unos
enemigos que ladran y muerden, tal vez  impulsos de una antipata de
raza, de una venganza de familia  de un obscuro drama de animalidad
inferior... Quin sabe!




XXIV

Los Derviches Danzantes


El muro oriental de la mezquita de Bakari, en las afueras de Eyoub,
est rasgado por grandes ventanales con celosas encristaladas, y 
travs de ellas, mientras llega la hora de los oficios, veo cabrillear,
bajo la lluvia de oro del sol del medioda, las aguas azules, densas y
como muertas del Cuerno de Oro, all donde ste se confunde con las
llamadas Aguas Dulces de Europa.

De vez en cuando, como una visin cinematogrfica, pasa por la extensin
azul que tiembla ms all de los ventanales una lancha de vela con un
cargamento de mujeres,  un caique blanco y dorado, con damas envueltas
en obscuro domin, llevando como escolta de honor, junto  los remeros
sudorosos, una esclava negra.

Adivino que desembarcan en el muelle de la mezquita, invisible para m.
Despus pasan otra vez estas mujeres misteriosas, ante los ventanales,
pero  pie, siguiendo lo largo del muro, como actrices que cruzan el
fondo de una escena dejndose ver slo por los huecos de la decoracin.

 cada entrada de stas crece el zumbido de conversaciones y risas que
se escapa de todo un lado del piso superior de la mezquita, galera
cerrada con espeso enrejado, tras el cual asisten  la fiesta las
mujeres turcas.

Yo estoy en lo que pudiera llamarse el coro de la mezquita; una tribuna
de madera, sobre la puerta de entrada, frente  los ventanales que dan 
la ra azul, y al lado de la galera enrejada, tras cuyas celosas se
adivinan vagamente los mismos bultos blancos y negros,  iguales
movimientos de curiosidad misteriosa que en una iglesia de monjas.

Es mircoles y la respetable cofrada de los Derviches Danzantes va 
celebrar la fiesta en Bakari, que es su templo ms importante en
Constantinopla. Los viernes dan otra _representacin_ en pleno barrio de
Pera, en una mezquita perdida entre edificios europeos, rodeada de cafs
y tiendas modernas, interrumpida muchas veces la solemnidad del rito por
el pitar de los tranvas y los gritos de los vendedores de peridicos.
Es una fiesta para los extranjeros de paso; algo semejante  las
diversiones pintorescas que organiza la Agencia Cook para que los
viajeros se enteren de las costumbres tradicionales de un pas,  tanto
por ejecutante.

En Bakari la fiesta religiosa no tiene otro pblico que los devotos, y
asiste  ella el Cheik, sacerdote jefe de los Derviches Danzantes.
Bakari slo atrae  las gentes del pas. Es una mezquita perdida entre
risueos cementerios y jardines abandonados en las afueras de Eyoub,
barrio extremo de Constantinopla, donde no vive ningn europeo, donde
subsiste la santa mezquita cerrada  inabordable  todo infiel durante
siglos, donde es molesto  ciertas horas transitar por las tortuosas
callejuelas, pues las viejas fanticas, encapuchadas de negro, escupen
con entusiasmo religioso  los pies del cristiano y le siguen con un
barboteo senil de palabras incomprensibles, en las que slo se adivina
la palabra _perro_ seguida de misteriosas maldiciones.

En el coro de la mezquita de Bakari no hay otro europeo que yo. Me
siento como avergonzado por las cien miradas de curiosidad desdeosa que
adivino tras las espesas celosas y por el gesto impasible de los
msicos sentados junto  m, que parecen no haberse enterado de mi
presencia. Ocupo una silla mugrienta, algo coja y con el asiento de paja
prximo  desfondarse, nico mueble europeo que el sacristn, tras larga
rebusca, ha podido encontrar en la mezquita. Los msicos se sientan en
el suelo, con las piernas cruzadas sobre esteras de fresca y amarilla
limpieza, y todos ellos visten el traje de los derviches danzantes;
largas tnicas de pesado pao rojo, verde, blanco  azul, y sobre ellas
un manto negro. Sus caras barbudas, bronceadas, feroces, de cejas
hirsutas y ojos con manchas de color de tabaco, parecen empequeecerse,
abrumadas bajo la enormidad del respetable gorro que sirve de distintivo
 la cofrada: un cono truncado de fieltro gris, sin alas y sin otro
saliente que un ligero reborde circular. Algo as como una maceta de
flores, de barro cocido, puesta boca abajo. Unos tienen en sus manos la
flauta turca y soplan en ella ligeramente, haciendo sordas escalas para
convencerse de la bondad del instrumento; otros colocan junto  ellos
los _darboukas_, pequeos timbales que sirven de acompaamiento. Los
cantores abarcan entre sus rodillas unos catrecillos de madera que
sustentan el libro abierto, de amarillento papel, con caracteres negros
y rojos.

Miro al fondo de la mezquita. Las columnas de madera que sostienen las
galeras superiores estn unidas por una barandilla blanca y roja. Entre
esta barandilla y los muros se hallan las tumbas de los derviches de la
cofrada que murieron en olor de santidad, catafalcos de pao verde,
apolillado por el polvo de los siglos, y con enormes turbantes que
usaron en vida los varones bienaventurados. Entre las tumbas, sobre
frescas esteras de junco, se sientan en cuclillas  se arrodillan
descansando el cuerpo en los talones todos los fieles que acuden  la
fiesta; gruesos tenderos de Eyoub, burgueses venidos en barca desde
Constantinopla, jardineros de las cercanas, marinos de los acorazados
turcos eternamente inmviles en el Cuerno de Oro, todos con los zapatos
en la mano y el fez erguido sobre la frente.

Las barandillas de las cuatro columnatas cierran el centro de la
mezquita, formando  modo de un gran saln de baile con el pavimento de
madera, limpio, encerado y brillante. All estn aguardando su hora los
sagrados ejecutantes de la fiesta, los derviches acurrucados en el
suelo, formando tres filas, frente al Cheik, que ocupa l solo la parte
de Oriente, sentado en una piel de cordero. Envueltos en sus mantos
negros, que forman en torno de ellos amplio embudo,  inclinando 
impulsos de la meditacin el alto gorro que cubre su cabeza, parecen
extraos insectos que se repliegan para saltar de pronto sobre una presa
invisible.

Un cantor se ha puesto de pie y avanza con el libro abierto hasta la
barandilla del coro. Su manto, al entreabrirse, deja descubierta una
gruesa tnica anaranjada, de pliegues rgidos: una prenda venerable, con
la respetabilidad de varias generaciones sacerdotales, y que parece
tejida al mismo tiempo de lana y de plegarias. Es un joven barbilampio
y rubio. Su pescuezo blanco se hincha y colorea de sangre con los
esfuerzos de la voz de falsete. Una ruda protuberancia del cuello, la
nuez de la garganta, se agita convulsa, sube y baja, marcando las
modulaciones de la voz.

La plegaria tiene el ritmo de un canto oriental, montona, soolienta,
de misteriosa lentitud, retardndose cada palabra con reflexivas pausas,
prolongndose con repeticiones  interminables gorjeos, como ciertas
canciones de Andaluca.

Los derviches, abajo, con la frente en una mano y el codo en la rodilla,
parecen soar replegndose cada vez ms dentro de sus embudos negros,
empequeecindose con el reconcentramiento de la meditacin.

Qu dice la plegaria?... Nada. Interminables alabanzas  Allh
invisible, seor del universo, misterioso justiciero sin forma material
ni otra imagen que los dorados caracteres rabes de elegantes rabos que
lucen en la mezquita sobre el fondo verde de redondos escudos; nombres
de sultanes que, agrupados en lista cronolgica, son como la historia
del pueblo turco. Y sin embargo, esta oracin, cuyas palabras carecen de
mrito literario y slo tiene el encanto de la msica adormecedora,
causa en el auditorio un efecto de recogimiento sincero que rara vez se
encuentra en los ritos occidentales. La voz del cantor parece hipnotizar
 los oyentes. Los fieles, con la mirada perdida y el cuerpo rgido,
empiezan  moverse sobre su cintura, siguiendo con un vaivn cada vez
ms enrgico las palabras del derviche. Los rostros se colorean como si
reflejasen las llamas de una combustin interior. Las narices se dilatan
y en los ojos brilla como chispa perdida un punto de luz azulada y
misteriosa. De vez en cuando un rudo suspiro se escapa de estos pechos
contrados por la emocin religiosa. El europeo, solo y aislado en esta
mezquita lejana, entre la vehemencia silenciosa de unas ceremonias que
parecen resucitar siglos lejanos, brbaros y belicosos, se siente
invadido por la inquietud.

Calla el cantor, cierra el libro, se retira remontando sobre sus hombros
anaranjados el negro aleteo de su capa, y una msica tenue y dulce, un
suspiro pastoril se extiende en el silencio profundo de la mezquita,
donde los hombres parecen cuerpos sin alma.

Es una flauta. La media hora de meditacin que precede  la danza
sagrada la llena el gorjeo de este instrumento buclico. El msico,
inmvil entre sus compaeros en cuclillas, que parecen maniques, hincha
sus carrillos, enrojece, suda con el continuo esfuerzo, pero al mismo
tiempo sus ojos mates, perdidos en xtasis, delatan el fiero orgullo de
tener pendiente de su soplo el fervor de los fieles y de los santos
hermanos de cofrada.

El tierno vagido del instrumento parece enardecer  los orientales,
creyentes de una religin, en la cual la ausencia de estatuas y pinturas
litrgicas obliga al devoto  un continuo esfuerzo imaginativo para
representarse los poderes ultraterrenos. Los fieles de la mezquita de
Bakari suean en pleno medioda, bajo la luz de las ventanas llenas de
azul y de sol, mecidos suavemente por los lentos trinos de la flauta.

Qu ven en sus ensueos? Huspedes nada ms del continente civilizado,
europeos de paso, obligados  soportar una vida moderna extraa  sus
costumbres y su tradicin, su pensamiento va al ms viejo de los mundos,
 la venerable y misteriosa Asia, cuyas montaas casi pueden
contemplarse desde los ventanales de la mezquita. El pastoril
instrumento les hace ver los amarillentos rebaos escalando lentamente
las colinas tostadas de la Siria y ramoneando sus hierbas olorosas; el
fresco pozo del desierto al que llega el rudo jinete, mezcla de pastor y
de pirata de la llanura, saludando  la doncella envuelta en velos que
extrae el cubo con sus brazos redondos, en los que tintinean anillos de
bronce; los arenales del Yemen, obscuros  la cada de la tarde, por
cuyo horizonte pasan las filas de camellos, como cabeceantes y gibosos
monstruos, sobre el cielo inflamado de rojo; los grupos de palmeras que
ondean sus penachos de verdes plumas en los oasis que marcan el camino
solitario hacia la Santa Meca; las tumbas venerables de Medina,
cubiertas de polvo secular y ostentando entre andrajos de oro las
pesadas cimitarras de los guerreros de Dios: las plcidas callejuelas de
Damasco, de hmeda sombra y cerrados jardines; las rojizas y pedregosas
colinas de Jerusaln, sobre las cuales parece haber pasado el soplo de
hoguera del Gran Implacable; Bagdad, con sus mezquitas de cpulas
partidas y sus bazares como pueblos, adonde acuden las caravanas
portadoras de fantsticas riquezas; Bassora, cuyos marineros desnudos
pescan la perla: toda la gloria y todo el esplendor, latentes an, de la
raza semita, despreciada  perseguida por los hombres modernos, y que
sin embargo, un da, siguiendo las palabras de paz de Jesuh, el hijo
del carpintero, se hizo duea de medio mundo y siglos despus,
repitiendo los gritos de Mohamed, el hijo del camellero, se enseore
del otro medio.

Un nuevo espectador de la fiesta se sienta junto  m. Es un oficial de
la escuadra turca, un joven teniente de navo, con su uniforme ingls
modificado nicamente por el gorro rojo que cubre su cabeza. Los galones
de oro de la bocamanga, rematados por un valo, brillan sobre el pao
azul obscuro de la levita. Entre el alto cuello de inmaculada blancura,
que refleja los objetos inmediatos como un espejo, y la ntida pechera
de su camisa, resalta la corbata anudada de seda negra, con una gruesa
perla. Lleva en la mano sus zapatos de charol y sus pies huellan la
alfombrilla de junco con sus calcetines de seda. Al pasar, parece
sonreirme con los ojos, como  una persona que no se conoce, pero que se
ha visto con frecuencia. Todas las noches le encuentro en el barrio
europeo de Pera, en el teatro de Petits-Champs, donde acta una compaa
de opereta francesa. Unas veces lleva su uniforme, otras viste de
_smoking_, y mientras se atusa los empinados bigotes  lo kaiser, mira
amorosamente,  travs de sus lentes de oro,  las _cocottes_ de
diversas nacionalidades que pululan en Constantinopla, y habla con ellas
en diversos idiomas. Se adivina que ha vivido en Pars y en Londres, que
es un marino de largos viajes... en tierra, un secretario de comisiones
internacionales, un agregado militar de embajadas. Qu extraa
curiosidad le guiaba  la mezquita de Bakari?...

Se sent en el suelo, cruzando sus piernas, oprimindolas con las manos
para aproximarlas ms al tronco. Escuch inmvil la plegaria del cantor,
y poco  poco su cuerpo empez  moverse con un balanceo creciente, lo
mismo que los otros fieles. Luego el susurro de la flauta le sumi, como
 los dems, en profunda meditacin.

Cuando volv  mirarle, sus lentes haban cado sobre el pecho. Un
arrebol de sangre coloraba su rostro, antes plido. Su pelo, lustroso y
plano  los dos lados de la raya central, pareca alborotado por un
espeluznamiento de clera. Su ancha nariz turca, nariz de caballo leal y
arrogante, ensanchbase palpitante como si oliese plvora. Sus ojos
miopes, al encontrarse con los mos, reflejaron una extraeza hostil y
salvaje. El azul uniforme, con sus insignias europeas, pareca despegado
de su cuerpo.

Aquel marino era la personificacin de la Turqua europea que se
apropia los inventos modernos, copia la organizacin alemana, habla
todos los idiomas de los pueblos civilizados, y adopta las modas de
Pars... pero guardando bajo este exterior su alma asitica.

Me imagin al amigo de las _cocottes_ de Petits-Champs, al marino casi
ingls, al elegante agregado de embajada, al que yo crea un escptico y
alegre vividor, escuchando  un _imn_ que proclamase la guerra santa; y
vi al asitico despojndose de golpe de su complicado disfraz de europeo
y agitando en una punta del sable una cabeza cortada, lo mismo que los
grandes capitanes de Mohamed blandan sus cimitarras tintas en sangre
para demostrar la unidad de Dios.

       *       *       *       *       *

En el coro de la mezquita de Bakari, el flautista sagrado sigue
improvisando trinos  lanza agudas y gimientes notas, mientras abajo,
acurrucados sobre el lustroso pavimento, meditan los derviches
danzantes.

De pronto suena un golpe sobre la madera. Es el Cheik, que ha salido de
su inmovilidad dejando caer las dos manos sobre el suelo, como si fuese
 desplomarse. Un sonoro redoble contesta  este movimiento. Todos los
derviches dejan caer igualmente sus manos  un mismo tiempo, quedando 
gatas, con el enorme gorro junto al suelo.

Al gemido de la flauta se unen los _darboukas_, que baten una marcha
lenta, cortada por endiablados repiqueteos, y al comps de esta marcha,
los derviches se yerguen y emprenden un lento paseo  lo largo de las
barandillas. Al erguirse han dejado caer los mantos obscuros, y quedan
al descubierto sus trajes de ceremonia, cada uno de uniforme color, pero
abarcando en su variado conjunto todas las tintas del iris.

Extraa vestimenta que hara reir en otro lugar, y  la que da cierto
respeto el gesto solemne de las barbudas cabezas, iluminadas por el
fuego hostil de unos ojos de fantico!... De cintura arriba son hombres,
con chaquetilla  la turca, alto chaleco y faja rayada. De cintura abajo
son mujeres, arrastrando una falda amplsima de rgidos pliegues, que
roza el entarimado con crujidos de pesadez.

Avanzan descalzos, contonendose ligeramente al comps de la marcha, con
los brazos cruzados sobre el pecho y las manos extendidas junto  los
hombros. El Cheik camina al frente de la hilera, marcando las ceremonias
del lento paseo. Al llegar junto al Mirab, gira sobre sus talones y
saluda profundamente al derviche que le sigue, con tan profunda
inclinacin, que las dos caperuzas de fieltro se tocan. Los dems
repiten el mismo saludo. Al pasar ante la barandilla, tras la cual estn
las tumbas de los santos varones de la orden, se reproduce igual
ceremonia.

Tres veces da vuelta  la sala la procesin de los derviches, y este
desfile dura mucho tiempo, con la rgida lentitud que es para los
orientales el signo ms imponente de la majestad. Los pies, descalzos,
se mueven incesantemente al comps de la msica, pero sin adelantar
apenas. Por fin, el Cheik, al pasar por tercera vez ante el Mirab, queda
inmvil en el centro del muro oriental, con los brazos en el pecho,
destacando su figura sobre los vidrios iluminados de una gran ventana.

Los derviches, formados en larga fila, parecen bailarinas que se
preparan  lanzarse, haciendo piruetas, hasta el borde de un escenario.
Poco antes, al despojarse de los mantos sombros y aparecer en todo el
esplendor de sus vestiduras deslumbradoras, recordaban  las danzarinas
de ciertas peras que surgen de entre bastidores como negras brujas, y
de pronto, abandonando sus disfraces, mustranse luminosas, envueltas en
gasas y colores rosados.

Los instrumentos del coro adoptan un ritmo semejante al del vals, y al
repiqueteo de los tamborcillos y el dulce ganguear de las flautas, se
unen las voces de los cantores, que entonan una salmodia bailable,
montona y chillona, sin otra variacin que el cambio de tono al final
de cada estrofa.

Avanza un derviche hacia el gran sacerdote, lo saluda con reverente
inclinacin, como pidiendo su venia, el Cheik le contesta con ligero
gesto, y el sagrado danzarn empieza  girar sobre sus talones, con una
velocidad cada vez mayor, aadiendo  este vertiginoso movimiento de
rotacin otro ligersimo de traslacin, que le hace avanzar lentamente,
siguiendo el contorno de la sala. La falda pesadsima arremolina sus
pliegues en torno de las piernas, y poco  poco, con la velocidad, toma
aire y se hincha... se hincha, adquiriendo proporciones gigantescas.
Primero es un enorme paraguas  medio abrir, luego un globo, despus un
paracadas, y el pao pesadsimo se extiende casi horizontal, girando
con loco vrtigo sobre las piernas desnudas, que dan vueltas y vueltas
como una peonza loca.

Al comenzar su movimiento de rotacin, el derviche lleva los brazos
cruzados sobre el pecho, en actitud sacerdotal. Poco  poco los despega,
los extiende sonriente, con gracioso desperezo de bailarina, hasta que
al fin los mantiene rgidos, en cruz, ayudndole esta tensin  la
rapidez de su volteo. Apenas se sume en esta embriaguez rotatoria, ya no
sonre. Sus ojos quedan vidriosos y vagos, su rostro palidece y se
contrae con un gesto de estupidez exttica, de voluptuosidad dolorosa.

Tras el derviche vestido de blanco, empieza  girar otro verde; luego
otro azul; despus otro rojo, y as van saliendo en ruidosa ondulacin
circular faldas rosadas, azules, vinosas, amarillas y naranja, con esa
intensidad profunda de color que es la gloria de los tintoreros
orientales.

La mezquita se llena de peonzas vistosas que giran y giran, dando al
espectador el mareo del vrtigo. En las raras pausas de la msica se oye
el aleteo del pesado pao cortando el aire y el roce de los pies. El
espectculo es original, obsesionante, con el extrao poder que ejerce
la mezcla de lo bello y lo ridculo. Son flores gigantescas que bailan,
rematadas por hombres feos y barbudos. Rosas fantsticas que giran
llevando hundidos en el centro de su corola unos gnomos de rostro feroz
coronados por un gorro de fieltro.

Los cantores aceleran el ritmo, gritando cada vez ms fuerte; los
_darboukas_ repiquetean con redobles de trueno; las flautas saltan y
balan como cabras locas, y los danzantes giran y giran con tal rapidez,
que sus brazos y piernas son plidas sombras, borrosas por la velocidad,
y las faldas cortan el aire como sierras horizontales... Cunto tiempo
dura la sagrada danza?... No lo s. Siento,  pesar de mi inmovilidad,
los efectos del vrtigo: mi vista se deslumbra y marea con este continuo
girar de colores. Creo estar rodando por una pendiente que no termina
nunca. La msica infernal y el volteo de los derviches embriaga  los
fieles. Encogidos en el suelo, mueven sus cuerpos al comps de la
msica, y la mezquita parece una enorme caja de juguetes donde
centenares de monigotes mecnicos, con gorro rojo y cara de palo, se
balancean impasibles  los sones de un cilindro de msica.

El Cheik hace un gesto; cesa el coro; los derviches contienen su
rotacin; van descendiendo sus faldas con la falta de movimiento; se
deshinchan; dejan de ser un paraguas para convertirse en un embudo;
luego se achican ms an, surgen los pesados pliegues, que acaban por
rozar el suelo, y los sagrados bailarines vuelven  formarse en fila, 
un lado del templo. Sus rostros brillan con el gotear del sudor: los
ojos vidriosos tienen an la locura del vrtigo. Agtanse sus pechos
como fuelles con el jadear de la fatiga. Algunos, mareados por la
repentina inmovilidad, se tambalean como ebrios. Pero  pesar de esto
todos miran al Cheik, esperando un gesto suyo para pedir de nuevo la
venia y reanudar la loca danza.

Los cantores entonan durante el descanso una especie de himno litrgico,
lento y solemne, pero sus voces vuelven pronto  adoptar el ritmo del
sagrado baile, y otra vez las peonzas animadas tornan  girar en el
centro de la mezquita.

Por tres veces bailan los derviches, y durante una hora larga giran y
giran, con un movimiento vertiginoso, que agotara las fuerzas, la razn
y aun la existencia de cualquier occidental. Al fin cesan de voltear, y
vacilando sobre sus congestionados pies salen para despojarse de los
trajes de ceremonia en una casa ruinosa, inmediata  la mezquita,
atravesando el huerto de nopales y palmeras que rodea  sta.

El Cheik hace su oracin ante el Mirab, se prosterna varias veces sobre
la piel de cordero, extiende los brazos invocando el nombre de Allh y
se retira tambin.

La ceremonia ha terminado... Ridcula!... Los que la vieron desde
pequeos, cuando su razn comenz  abrirse  las cosas del mundo
aceptndolas tal como las encontraron, asisten  ella con sincero fervor
y la consideran como el ms noble y potico de los cultos... Quin sabe
lo que un oriental, entusiasta de los derviches danzantes, pensar al
ver por vez primera las ceremonias litrgicas de los occidentales? Todos
los pueblos del misterioso Oriente, tierra natalicia de dioses, han
danzado ante las potencias celestes, haciendo del baile una ceremonia
religiosa. La danza es seguramente un acto ms elevado y menos material
en honor de la Divinidad que beber vino, aunque sea en copas de oro.

De todas las cofradas musulmanas de Oriente, la de los derviches
danzantes es la ms aristocrtica. Sus afiliados gozan de general
respeto. El Sumo Sacerdote, al que pudiramos llamar el Papa de los
derviches, reside en Konia, la gran ciudad turca de Asia, hogar de las
tradiciones otomanas, adonde no ha llegado an la influencia europea que
atrofia y envilece  la vieja Turqua.

Cuando muere el sultn y hay que consagrar un nuevo Comendador de los
creyentes, el jefe supremo de los derviches viene desde Konia  la Santa
Mezquita de Eyoub, donde se verifica la ceremonia de investir al
emperador. Este no tiene corona. El signo visible de su majestad y su
poder es el sable del Profeta, que se guarda en la famosa mezquita de
Eyoub. El gran derviche cie la venerable cimitarra de Mohamed  la
cintura del nuevo soberano, y Turqua entera aclama  su _Padich_.

La Santa Mezquita de Eyoub es el nico lugar que guarda el misterio y el
aislamiento religioso del pueblo turco. Ningn cristiano ha pisado ni
siquiera las losas de sus patios interiores. Los viajeros, al pasar ante
ella, procuran no mirar por las puertas y rejas de los muros que rodean
sus patios y jardines.

Al salir yo de Bakari, buscando la ribera del Cuerno de Oro para que
una embarcacin me condujese  Constantinopla, me perd en unas
callejuelas inmediatas  Eyoub, formadas por blancos panteones, kioscos
funerarios al travs de cuyas rejas se ven tmulos de sultanes y santos,
coronados de turbantes y cubiertos de terciopelo y oro.

Al final de un callejn vi una gran arcada con la verja abierta. Me
aproxim. Enfrente, un patio solitario y fresco; ms all una arcada; en
ltimo trmino, una gran extensin inundada de sol y cerrada por
murallas, en cuyo centro, como un monstruo vegetal, alzbase la
enormsima pilastra de un pltano de quinientos aos, con el ramaje
invisible. Cantaban las fuentes en la sombra de los claustros de
azulejos, desgranando sus surtidores sobre tazas de verde mrmol;
centenares de palomos obscuros aleteaban en los capiteles de las
columnas, cortando con sus arrullos el silencio animado por el gotear
del agua. En el ltimo patio jugueteaban varios grupos de pilluelos casi
desnudos, y permanecan acurrucadas viejas horribles, esperando una
limosna.

Eran los patios de la Santa Mezquita, del templo inabordable para el
cristiano, donde no pudo entrar ni el mismo emperador de Alemania en su
visita  Constantinopla.  un lado una fachada misteriosa, de azulejos
verdes y negros, con un fanal turco pendiente ante el arco de herradura.

Apenas asom mi cabeza, un _zapethie_, gendarme turco, vino hacia m.
Los pilluelos inclinaron sus gorros al suelo como si buscaran piedras,
chillando y manoteando con belicosa alegra: _Giaour_! _Giaour_!
(Un cristiano!)

Me alej prudentemente, pero la rpida visin del patio solitario con
sus palomos y sus chorros de agua, y de la fachada verde y negra, de
feroz misterio, no se borrar fcilmente de mi memoria.

Qu habr en el interior de la Santa Mezquita de Eyoub?...




XXV

El heredero de Las mil y una noches


La punta de Stambul, que avanza ante Galata formando de un lado la
entrada del Bsforo y del otro la embocadura del Cuerno de Oro, la ocupa
el palacio del Serrallo, enorme como una ciudad, y que hace muchos aos
dej de servir de residencia  los soberanos de Constantinopla.

Los occidentales confunden con frecuencia el serrallo con el harem.
Serrallo es simplemente un palacio: slo el harem (_lugar sagrado_) es
el departamento destinado  las mujeres.

Este extremo de Stambul forma una altura desde la cual se abarca el ms
asombroso de los panoramas.  un lado la azul extensin del mar de
Mrmara, infinita  la vista, con las deliciosas islas de Prinkopo, que
parecen inmviles bajeles, de casco sonrosado y velas verdes: enfrente
la ribera asitica de montaas rojas, con el Bsforo que oculta en sus
revueltas los veleros de blancas lonas y los buques modernos de negro
penacho: al lado opuesto, Constantinopla, extendiendo en pendiente su
casero por ambas riberas del Cuerno de Oro, que tiene sus aguas casi
invisibles bajo los cascos de toda una ciudad flotante.

En esta colina, que avanza como un cabo, estuvo situada la acrpolis de
la antigua Bizancio. Aqu, el maravilloso palacio de la emperatriz
Placidia, las mansiones de los personajes ms importantes del imperio,
las termas de Arcadio, la iglesia de la Madre de Dios Hodgetria
(conductora de los ciegos) y el alczar de los emperadores bizantinos,
monumento de monstruosa grandeza, mezcla de harem y de convento, donde
las vastas salas destinadas  la orga y  la muerte estaban decoradas
con escenas bblicas sobre fondos de oro.

Cuando Mohamed II conquist Constantinopla, sus construcciones de gusto
oriental se elevaron sobre los escombros de los palacios del vencido, y
en esta colina vivieron los _Padichs_ hasta los primeros aos del siglo
XIX. Los motines de Constantinopla y las amenazas de la milicia de los
jenzaros, hicieron levantar el campo  Mahmoud II. El Serrallo era una
vivienda demasiado grande para que el Comendador de los creyentes
pudiese subsistir con entera seguridad. Enclavada en el corazn de
Stambul, dominadas sus murallas por edificios pegados  ellas, el pueblo
sublevado  los pretorianos descontentos podan invadirlo con gran
facilidad. El sultn abandon el antiguo Serrallo en 1808, trasladndose
 la otra ribera del Cuerno de Oro, y desde entonces los emperadores
viven en plena campia, apartados de su ciudad y rodeados de un pueblo
fiel de guardias y cortesanos que ellos mismos se forman.

Slo algunas sultanas viejas, con su corte olvidada y pobre de parientas
del emperador, viven como monjas en los abandonados palacios del antiguo
Serrallo.

ste se halla dividido en tres partes: los jardines, el Patio de los
Jenzaros y los palacios  kioscos esparcidos caprichosamente en la
meseta de la colina. Los jardines son viejos, con todo el encanto de la
vegetacin secular abandonada  la libre expansin de sus fuerzas;
terrazas en escalones con enormes cipreses  seculares pltanos; rosales
que crecen y se enmaraan como bravas malezas, y en medio de este
oleaje de verde sombro, kioscos de simples lneas y amarillenta
blancura. Un cinturn de murallas rojas, con puntiagudas almenas y
gruesos torreones, cierra el recinto del Serrallo, como una ciudad
aparte dentro del antiguo Stambul.

Lo ms notable que encierra es el tesoro de los sultanes, la coleccin
de riquezas histricas de estos soberanos del fabuloso Oriente, que
conquistaron Bagdad y guerrearon con la opulenta Persia. Para visitarlo
se necesita una invitacin del sultn, y aun as la visita no est al
alcance de todos. Yo mismo, despus de recibir la invitacin, tuve que
aguardar durante muchos das la oportunidad de que otros viajeros
sintiesen el mismo deseo.

Para visitar el Tesoro se moviliza en el antiguo palacio un verdadero
ejrcito de criados, funcionarios de corte, ayudantes del sultn, pachs
depositarios de las llaves, soldados de la guardia, en total unos
trescientos hombres, y como en Turqua es natural y corriente la
costumbre del _batchis_  propina, y nadie cree envilecerse tomndola,
la tal visita cuesta unos setecientos francos, y los viajeros, para
realizarla, se reunen, ponindose  escote.

Dos personajes de Rumania venidos  Constantinopla para una conferencia
con el gobierno turco sobre las minas de petrleo, recibieron la
invitacin de visitar el Tesoro al mismo tiempo que yo, y junto con
ellos y sus esposas, entr en este depsito de fabulosas riquezas,  las
tres de la tarde, precedido de una doble fila de eunucos negros y
personajes plidos de espesa barba y ojos tristes, todos con levita
_stambulina_ y gorro rojo, marchando con la frente baja y las manos
cruzadas sobre el vientre.

As atravesamos el extenso Patio de los Jenzaros, pasando bajo la
Puerta Augusta, un arco de mrmol blanco y negro con columnas de jaspe
verde.  cada lado de la puerta hay un nicho que aun conserva seales
de escarpias. De estas escarpias se colgaban para terrible ejemplo las
cabezas de pachs cortadas por orden del Gran Seor.

Nuestros conductores nos entran en un kiosco blanco, cuyos grandes
ventanales dan sobre una terraza que domina la entrada del Bsforo. Una
alfombra sedosa de finos colores, mbar y rosa, se hunde bajo nuestros
pies. Grandes espejos nos reflejan con toda nuestra escolta de empleados
palatinos y negros eunucos. Los muebles (oh anacronismo!) son de estilo
Luis XV, aunque enormes y en extremo dorados, como para satisfacer el
gusto oriental, amigo de exuberancias. Desde la terraza se admira el
agua azul y mansa que bate silenciosamente el pie de la colina del
Serrallo. La roca, casi cortada  pico, da al Bsforo en este lugar una
gran profundidad: cien metros, Los misterios que guarda esta superficie
lmpida, dbilmente rizada por la brisa que viene del mar de Mrmara, y
en la que tiemblan como pedazos de espejo los suaves rayos del sol de la
tarde!... Aqu caan en el eterno misterio, con una piedra al cuello,
los hermanos de los sultanes, estrangulados para evitar  Turqua una
guerra civil; aqu desaparecan para siempre los pachs ambiciosos y en
desgracia; aqu acababan las perfumadas sultanas y las odaliscas de
voluptuosos ojos, sospechosas de infidelidad, cosidas dentro de un saco
de cuero, antes de rodar  las tenebrosas profundidades.

Entran nuevos criados en el kiosco, portadores de grandes bandejas
cubiertas de tapices de seda con bordados de oro. Es el obsequio del
sultn  los extranjeros que visitan su antigua residencia.

El maestro de ceremonias tira de las ricas envolturas. Dos eunucos
sostienen una bandeja de bronce cincelado, enorme como un escudo, y en
ella se yergue majestuosa una compotera de cristal y oro llena de
confituras de rosas y flanqueada de cucharillas del mismo metal. Es el
eterno presente de toda visita turca. Un criado circula una bandeja con
vasos de agua y tras l llega otro con un gran incensario dorado lleno
de brasas, en el que humea una cafetera. Las minsculas tacitas de
porcelana persa se llenan de caf espeso como pasta, y el perfume
intenso del negro y delicioso brebaje se une al olor de rosa que
impregna el ambiente. El maestro de ceremonias manda ofrecer los
cigarrillos de dorada boquilla, y todo el grupo de invitados, hombres y
mujeres, sentndonos en divanes de rayada seda, contemplamos durante un
cuarto de hora las espirales de humo en los cuadros de puro azul (azul
de cielo y azul de mar),  los que sirven de marco las ventanas del
kiosco.

Otra vez en marcha, precedidos de la procesin de servidores de negra
levita y gorro rojo, que parece haber aumentado considerablemente. Son
ya ms de cien.

Atravesamos un patio extenso,  ms bien una llanura cerrada por un
sinnmero de claustros, kioscos sueltos y palacios ruinosos, en los
cuales se abren los muros bajo el peso de los siglos, de los mantos de
hiedra y de las parras trepadoras.

Junto  una puerta de arco, y bajo un porche de tejas viejsimas,
cubiertas de moho y desunidas por las races de plantas parsitas, estn
formados los soldados de una compaa de infantera, en cuatro filas,
dos  cada lado del espacio por el que debemos pasar. Un oficial de
marina con cordones de ayudante avanza hacia nosotros, una mano en la
empuadura del sable y la otra en el fez, saludando con una rigidez
alemana. Puesto que somos europeos  invitados del sultn,
indudablemente debemos ser grandes personajes en nuestro pas. Los
soldados, al pasar nosotros, lanzan el rugido de ordenanza, elevando sus
fusiles y presentndolos. Despus vuelven  aullar con unidad atronadora
y los dejan caer al mismo tiempo, conmoviendo con las culatas las viejas
losas, en cuyos intersticios crece la hierba.

Estamos en la entrada del _Hasn_, del famoso Tesoro, puerta venerable
de cedro, roda por los aos, con clavos oxidados y cerraduras que
parecen olvidadas durante siglos y de imposible funcionamiento. Junto 
ella aparecen nuevos personajes como si surgiesen de la tierra. Son
viejos pachs de miembros trmulos y barbillas blancas, arrugados
personajes con el pao del dorso de la levita tirante sobre la
curvatura de la espina dorsal. Cada uno saca su llave pesada y
brillante; se abre con estridente _cric-cric_ un enorme candado, giran
con doloroso gemido los pernos de las cerraduras y se quejan los
cerrojos al ser arrancados de la inmovilidad de su sueo. Los
respetables gnomos del Serrallo van de un lado  otro trabajando en su
penosa obra, y al fin giran chirriantes las hojas de cedro en el
silencio conventual del Serrallo, y de la penumbra surge una bocanada de
aire hmedo y espeso, una respiracin de lugar cerrado, de antigua
bodega.

Todos los criados que nos preceden entran apresuradamente, mientras
nosotros, contenidos cortsmente por el ayudante y el maestro de
ceremonias, permanecemos en la puerta. Se oyen sus precipitadas carreras
en el interior, el roce de sus sordas babuchas, la rpida confusin del
grupo que penetra de golpe y se desgrana inmediatamente, encontrando
cada cual el sitio que tiene designado con anticipacin.

Cuando entramos, cada mesa, cada vitrina, ofrece como nuevo adorno una
pareja de hombres inmviles, tan inmviles como las estatuas y los
maniques que contiene el Tesoro, las manos sobre el vientre y sin
respirar apenas, pero que os siguen con ojos fijos en todas vuestras
evoluciones. Imposible moverse sin tropezar con ellos. Se adosan  los
descansos de las escaleras, se introducen en el hueco entre armario y
armario, se empequeecen y disimulan para no ocultar con su cuerpo la
vista de ningn objeto, pero ni por un instante podis encontraros ms
all del fuego cruzado de sus miradas.

Todos los visitantes deben ser excelentes personas, ya que el Comendador
de los creyentes los honra con su invitacin, pero los pachs
guardadores del Tesoro conocen el impulso tentador de Eblis y dems
potencias infernales, y desconfan de la codicia del hombre y de la
demencia de la mujer ante el oro que embriaga y la piedra preciosa que
enloquece.

El Tesoro del sultn, dueo desde hace siglos de la prodigiosa Bagdad!
La coleccin de riquezas de este heredero de _Las mil y una noches_!...

Al abarcar con la vista el amontonamiento de objetos preciosos,
experiment una profunda decepcin. Los objetos estn guardados como en
un museo europeo, pero las vitrinas palidecen bajo el polvo, y los
vidrios se enturbian, dando  todo un aspecto de pobreza y falsedad.
Ocurre aqu como en los tesoros de las catedrales catlicas, donde los
siglos y la inercia dan al oro un tono miserable de cobre, y convierten
los diamantes en vidrio y las perlas en gotas de cera.

El Tesoro del sultn (que no ha visto nunca el sultn actual ni
visitaron jams muchos de sus antecesores) parece una enorme tienda de
anticuario, abandonada. Hasta los vidrios de las ventanas estn rotos en
parte, y las goteras del techo hacen caer en grandes desconchados el
enlucido del cielorraso. Polvo, telaraas y vejez por todas partes.

Este abandono y la enormidad absurda de las riquezas que contiene, hacen
dudar en el primer momento del valor del Tesoro.

--Todo mentira!--murmuran en nuestro interior la malicia y la
desconfianza--. Baratijas orientales para deslumbrar al pueblo de otros
siglos! Esto no es posible: es demasiado sobrehumano para que pueda ser
verdad.

Y sin embargo, es verdad, por ms que la razn se subleve ante lo enorme
de semejantes riquezas. Por algo los poetas de todos los tiempos, cuando
han querido cantar magnificencias fabulosas, han vuelto sus ojos 
Oriente.

Un trono es el primer objeto que se encuentra al entrar en el Tesoro; un
trono para descansar en l con las piernas cruzadas, bajo y casi tan
grande como un lecho. Lo robaron los turcos  los persas en el siglo
XVI, durante la guerra del sultn Selim contra el sha Ismail. Es de oro
macizo, y sus cortas patas, al descansar en el suelo, dan una sensacin
de ruda pesadez. El precioso metal slo es visible en pequesimos
espacios. Un mosaico de fina labor, formado con riqusimos materiales,
cubre todas sus caras, hasta las que son poco visibles, como la parte
inferior del asiento. Son millares y millares de perlas, de esmeraldas,
de rubes, todos de igual tamao, que se repiten formando flores y
hojas. La razn, que parece rebelarse ante tanta magnificencia y duda de
su autenticidad, slo se convence tras largo examen de la riqueza de
este mueble.

En otra sala se encuentra el verdadero trono de los sultanes, semejante
 un plpito de musulmn. Es  modo de una garita de bano, dentro de la
cual se sentaba el _Padich_ con las piernas cruzadas. De cada ngulo
del asiento se levanta una columna sosteniendo el techo en forma de
cpula, y en el centro de sta se eleva un joyel de inverosmil
magnificencia, un ramillete de diamantes tan enormes, que parecen
simples pedazos de empaado cristal. Todo este pequeo edificio de bano
y sndalo est incrustado de ncar, concha, plata y oro. Por todas sus
caras interiores y exteriores corre un dibujo de plantas fantsticas en
ncar, y el centro de cada flor est formado de grandes cabujones de
rubes, esmeraldas, zafiros y perlas. En su interior pende del techo una
cadena de oro que vena  caer sobre la cabeza del sultn. La cadena
sostiene un corazn tambin de oro y de ste cuelga una esmeralda de
forma irregular, pero de un tamao inaudito, gruesa de cinco centmetros
y grande como una mano abierta.

Las esmeraldas del sultn! Despus de visitar el pabelln del Tesoro se
hace igual caso de esta piedra preciosa que de los guijarros de un
camino.

Apenas se entra, el maestro de ceremonias os lleva ante una vitrina,
donde sobre el fondo de terciopelo polvoriento se ven tres pedruscos
planos de un verde obscuro, algo as como tres adoquines de vidrio
opaco. Son esmeraldas!... Las tres ms grandes que existen en el mundo.
Una de ellas pesa cerca de tres kilos.

Y  lo largo de las otras vitrinas empieza el aturdidor espectculo de
las riquezas amontonadas por el heredero de _Las mil y una noches_:
armas que son verdaderas joyas; yataganes y grandes sables con la vaina
cubierta de perlas y rubes y la empuadura formada de brillantes y
esmeraldas: armaduras antiguas de gruesas placas de oro, con dibujos de
brillantes y topacios; telas de seda de brocado y terciopelo, en cuyo
bordado se mezclan con los brillantes hilos centenares y miles de
piedras preciosas; vasos de cristal de roca, de jade, de onix; copas y
frascos de cincelado oro persa; joyas indias de sutil labor; cofrecillos
de menudas incrustaciones en maderas perfumadas  ricos metales, que
reproducen escenas al borde del Eufrates, en las riberas del Ganges 
sobre las mesetas del Isphan llenas de rosas, donde cantaron los poetas
Shadi y Ferdussi.

Una gualdrapa de caballo (la del corcel favorito de los antiguos
sultanes) llena todo el fondo de una vitrina. Tiene dos metros y medio
de ancha y casi tanto de larga. Es de terciopelo carmes y est bordada
con miles de perlas, todas exactamente del mismo tamao, que es el de
un garbanzo grueso. El color de la tela apenas se deja entrever como un
rojo arabesco entre el apretado mosaico de granos preciosos.

La armadura que Mourad IV llev  la toma de Bagdad en el siglo XVII,
deslumbra majestuosa frente  dos ventanas. Es una cota de mallas de oro
con placas damasquinadas, y  su lado est la cimitarra, con la guarda y
el puo cubiertos de brillantes en forma de tablero de ajedrez, todos de
la misma dimensin y de trece milmetros de grueso.

En una galera superior est lo ms interesante del Tesoro: las
vestiduras de gala, los trajes de aparato de los antiguos sultanes,
desde Mohamed II, que conquist Constantinopla, hasta Mahmoud, que muri
en 1839. Estas vestiduras estn puestas sobre maniques, sin cabeza,
coronadas por un turbante de aparato, enorme como un globo. Cada
turbante est rematado por un penacho sujeto con un joyel magnfico, y
en la faja de todo maniqu luce un pual, que es obra maestra de
cincelado y un alarde de fantstica riqueza. Los hay que parecen
trabajados por Benvenuto Cellini. La empuadura de una daga est formada
de una sola esmeralda. Otra se compone simplemente de cinco brillantes:
dos en cada cara del puo y el restante sirviendo de pomo.

La profusin de pedreras sobre las armas y en los penachos de los
turbantes, deslumbra y confunde. Uno de los joyeles que retienen estos
ramilletes de plumas, est formado de dos esmeraldas y un rub, que
tienen pulgada y media de gruesos. Las tnicas son de brocado magnfico,
tan cubierto de bordados y de oro, que pueden sostenerse derechas sin el
apoyo interior del maniqu. Las fajas de rica seda, sustentan los
puales, y cada uno de ellos representa una enorme fortuna; maravillosos
smbolos de la majestad de estos soberanos, para los cuales era la daga
lo que el cetro para los monarcas de Occidente.

La larga fila de sultanes, inmviles y sin cabeza, cubiertos de las
mayores magnificencias de la tierra, encierra la historia del pueblo
turco. Dentro de estas rgidas y deslumbrantes tnicas vivieron hombres
respetados como dioses, que se hacan obedecer desde las orillas del
golfo Prsico hasta los muros de Viena y obligaban  temblar  toda la
cristiandad, en perpetuo escalofro de miedo, turbando el santo reposo
del Vicario de Cristo.

La imaginacin, entre estas vestiduras pesadas y deslumbrantes como
corazas y los hinchados turbantes faltos de cabeza, evoca rostros
barbudos y morenos, de picuda y ancha nariz, de ojos sensuales 
imperiosos. Bastaba un gesto de estas caras entristecidas por el exceso
de poder y las harturas del harem, para que centenares de galeras
aparejasen en el Cuerno de Oro y miles y miles de arqueros negros y
jinetes turcos emprendiesen la marcha por las riberas del Danubio,
queriendo llegar conquistadores hasta sus fuentes.

Que baja el turco!, gritaba pavorosamente la cristiandad desde Viena
 Lisboa, desde Cdiz  Londres, y la vida pacfica quedaba en suspenso,
y las naves mercantes de Venecia, Gnova y Espaa convertanse en barcos
guerreros, hacindose  la vela para salir al encuentro del enemigo en
los mares de Grecia, y los monarcas de Europa alistaban ejrcitos, y el
continente entero quedaba inmvil, en angustiosa espera, sin saber
ciertamente si haba llegado su ltima hora  si tendra an derecho 
seguir existiendo.

Los hechos que en la historia parecen ms lejanos y faltos de relacin,
estn unidos por el misterioso engranaje, generador del movimiento de
avance que desde hace siglos empuja  la humanidad. Sin los sultanes de
Constantinopla, fanticos koranistas ansiosos de someter Europa entera 
la ley del Profeta, la Reforma religiosa iniciada por Lutero habra
perecido, lo mismo que otros intentos anteriores, y tal vez el Norte
europeo seguira  estas horas con la conciencia sometida al gran
sacerdote de Roma.

Los reyes catlicos de Europa (especialmente nuestro Carlos V), 
instigaciones del Papa, hubiesen acabado por entrar  sangre y fuego en
Alemania, sometiendo con mano frrea  los pequeos seores germnicos
partidarios de la nueva doctrina, como siglos antes haban sido
vencidos los provenzales herticos y los hngaros entusiastas de Huss.
Pero el miedo al turco no dejaba espacio para pensar en esto. El peligro
exterior no permita al catolicismo ocuparse de los asuntos internos de
su casa. Como si los dspotas de Oriente estuviesen de acuerdo con los
partidarios de la Protesta religiosa, cada vez que los soberanos
europeos,  impulsos de una paz momentnea, volvan los ojos hacia el
hogar de la hereja, en Constantinopla se armaba una nueva expedicin y
el grito pavoroso corra por todo el continente: Que baja el turco!

La cristiandad necesitaba combatientes, Alemania era un plantel
inagotable de soldados, y el Papa y los monarcas catlicos, para salir
del peligro inmediato, procuraban no ver la rebelin espiritual del pas
que les ayudaba en la santa empresa militar de impedir los avances de
los infieles. Cuando el turco, escarmentado en Lepanto y en las llanuras
del centro de Europa, ya _no baj_ ms, era tarde para el catolicismo
romano. La hereja, fcil de matar en la cuna, haba crecido
desmesuradamente. La necesidad de hacer frente al turco cost  Roma la
prdida de media Europa.

       *       *       *       *       *

Salgo del Tesoro con un deslumbramiento en los ojos, con el mareo de una
borrachera de riquezas. Dentro del pabelln vetusto se pierde la nocin
del valor de las cosas. La retina, habituada al brillo del oro y al
centelleo de las piedras, como si esto fuese un espectculo ordinario,
experimenta una gran extraeza al reflejar la desnuda miseria que existe
fuera del pabelln.

Tardo un buen rato en volver  la realidad al salir del _Hasn_. En los
primeras momentos me extraa que los fusiles de los soldados formados
junto  la puerta no sean de oro; que sus tristes y viejos uniformes no
estn rgidos, bajo una capa de preciosos bordados, como las tnicas que
quedan all dentro; que la hierba de las losas no est formada de
esmeraldas, y que no sean brillantes las gotas de agua que cantan y
ruedan en un tazn al final del patio.

Al fin logro serenarme, y me habito al nuevo ambiente, como el que pasa
de un saln iluminado con vivas luces  una callejuela lbrega. Adis,
esplendores absurdos, riquezas turbadoras  inauditas de _Las mil y una
noches_, que quedis invisibles, sumidas en el polvo y la penumbra, tras
la venerable puerta de cedro que vuelven  cerrar los gnomos de barbilla
blanca, con chirridos de herrumbre!... Slo el recuerdo me llevo de
vosotros, pero juro que en adelante no habr escaparate parisin de la
_rue de la Paix_ que me haga detener el paso con asombro, y que sonreir
como hombre que est en el secreto cuando en noches de gala vea en la
Grande Opera  en el Real de Madrid el desfile de la centelleante
pedrera sobre los hombros desnudos.

En el centro del patio del Tesoro vemos el _Kafess_, un kiosco enrejado,
una prisin que casi es una jaula, dedicada antiguamente  los hermanos
de todo sultn, prncipes infelices, esclavos de la razn de Estado, que
as haban de vivir para no turbar el sueo del soberano con amenazas de
rivalidades. Esta prisin en pleno Serrallo casi resultaba para ellos
una felicidad. Peor era que un da su augusto hermano, no satisfecho del
encarcelamiento, les hiciera cortar las arterias, colocando despus unas
tijeras junto al lecho ensangrentado para hacer creer en un suicidio.

Al otro lado del patio del Tesoro est la sala del Trono, el famoso
_Divn_. Aqu reciban los sultanes  los embajadores de la cristiandad,
bajo un techo, que aun subsiste, de dorados arabescos. En el fondo de la
sala est el trono, en forma de divn, lecho enorme con un toldo de
viejo terciopelo sostenido por columnas incrustadas de piedras
preciosas. Existe una ventana enrejada junto al _Divn_, y tras ella
escuchaba el _Padich_  los embajadores, que ocupaban una pieza
inmediata. Merced  tal precaucin, los sultanes, que vivan en continuo
miedo al asesinato, y las ms de las veces no acababan sus das en la
cama, creanse  cubierto de una agresin de parte de los enviados
extranjeros,  los que apenas conocan.

Cerca de la ventana hay una fuente. El sultn, apenas comenzada la
entrevista, la haca correr, y el murmullo del agua ensordeca y apagaba
la conversacin para que no la oyesen los familiares de los dos
squitos.

Los caprichos de estos dspotas, ahtos de poder, y semejantes en sus
bromas terribles  los emperadores romanos de la decadencia!...

Cierto da un duque francs, embajador de Luis XIV, fu admitido como
gran honor en el mismo saln del Trono, mantenindose de pie ante el
divn en el que estaba tendido el _Padich_.

--Mira lo que tienes al lado--dijo el dspota sonriendo, con una malicia
infantil en la mirada.

El embajador mir  la derecha, mir  la izquierda, y sin la ms leve
emocin, continu el discurso, exagerando ms an su actitud rgida y
tranquila.

Dos fieros leones estaban junto  l, frotando la melena alborotada
contra sus piernas, rugiendo de extraeza, mirando al intruso y mirando
 su amo, como si slo esperasen un ademn de ste para caer sobre l.
El sultn experiment una gran decepcin al no poder divertirse con el
miedo del extranjero. El embajador termin su conferencia y sali
dejando aturdidos  todos con su serenidad.

Un hroe el tal embajador: un diplomtico que saba sobreponerse  las
terribles emociones. Pero despus, al llegar al palacio de la embajada,
cuenta el duque modestamente en sus Memorias que se apresur 
despojarse de la vistosa casaca cubierta de condecoraciones y bandas,
que se quit los calzones de terciopelo... y llam  la lavandera, para
entregarla su ropa interior.




XXVI

Santa Sofa


Estoy en el gran patio de la mezquita Aya Sophia (la famosa Santa
Sofa de los bizantinos), sentado bajo las ramas de un pltano
venerable, ante una mesilla en la que humean dos tazas de caf, y
aspirando el perfume de sndalo de un rosario musulmn que acabo de
comprar  un mercader sirio.

 mi lado est Nazim-Bey, joven capitn de caballera que ha viajado por
toda Europa, y ostenta sobre el pecho los cordones de oro de los
oficiales del cuarto militar del emperador.

Lo que me cost entrar en Santa Sofa!... Todos los viajeros que han
visitado Constantinopla hasta hace unos meses, han podido verla con
entera libertad. Aya Sophia estaba abierta  todo el mundo, como las
dems mezquitas. Pero una comisin de jefes del Yemen, rabes fanticos,
habituados  la vida de los desiertos arenales, que no entienden de
relaciones internacionales y desprecian  los infieles, vino 
Constantinopla  visitar al _Padich_, y al entrar en la ms famosa de
las mezquitas, todos ellos se indignaron viendo el poco respeto con que
la frecuentaban los cristianos, viajeros en su mayora, que iban de un
lado  otro hablando fuerte y con el _Baedeker_ en la mano.

Pocos extranjeros entrarn ya en ella. El sultn, para dar gusto  los
revoltosos jefes del Yemen, ha prohibido el acceso  los infieles, y yo
tuve que invertir ms de quince das en ruegos, visitas y gestiones casi
diplomticas para visitar la famosa mezquita. Irse de Constantinopla
sin conocer Santa Sofa!... Al fin, una tarde,  la hora en que escasean
los fieles en el templo, y acompaado de un ayudante del sultn, pude
entrar en la antigua baslica.

Sentados en un cafetucho del patio, junto  las fuentes de abluciones,
que chorrean incesantemente, aguardamos  que un servidor del templo nos
avisase el momento ms propicio para la visita, despus de la salida de
ciertos devotos rezagados y antes que los _muezines_ se asomaran  los
balconcillos de los cuatro alminares llamando  los fieles  la oracin
de la tarde.

Por fin, entramos... Inolvidable impresin! No todos los das puede
pisarse un pavimento fabricado por hombres que vivieron hace mil
cuatrocientos aos; no se respira con frecuencia bajo unas bvedas que
cuentan catorce siglos de antigedad.

Intil es describir Santa Sofa. Su atrevida cpula, agujereada por
estrechas  innumerables ventanas, sus nobles y grandiosas proporciones,
sus tribunas sostenidas por columnatas de jaspe verde, y desde las
cuales se ven como enormes insectos pender sobre el suelo las lmparas,
los huevos de avestruz y dems adornos de la religiosidad musulmana, son
conocidos en todo el mundo. El grabado antiguo, la fotografa y la
tarjeta postal han popularizado el interior de este monumento, que es el
ms antiguo de la cristiandad europea, y puede ser llamado el Partenn
del arte bizantino.

La luz que penetra por las ventanas de la cpula toma una densidad
amarillenta de mbar. La capa de pintura con que han cubierto los turcos
las imgenes de los muros, contribuye  colorar el ambiente de este tono
suave. La repugnancia religiosa de los musulmanes  toda representacin
de la forma humana, ha borrado los deslumbrantes mosaicos bizantinos, en
los cuales santos y emperadores de rostro puntiagudo y miembros
alargados, destacbanse con rigidez hiertica sobre un fondo de oro.

Es el nico vandalismo que se han permitido los otomanos. Las hermosas
columnas, los arcos de graciosa majestad, los huecos de las capillas,
las balaustradas de jaspe, todo se mantiene lo mismo que en tiempo de
los emperadores de Bizancio. La costra de pintura amarilla se ha cado
en algunas partes del muro, y el mosaico antiguo brilla con una luz mate
y discreta, como una venerable armadura de oro al travs de los
desgarrones de una capa vieja. Unos cartelones verdes de diez metros de
dimetro, con inscripciones gigantescas en honor de Allh, y cuatro
ngeles pintados en el arranque de la bveda, son todos los adornos que
el arte turco ha osado aadir al templo erigido por Justiniano. Los
ngeles son convencionales. Cada uno de ellos est representado por
cuatro alas en forma de rueda. La pintura musulmana no puede ir ms
all.

Un interminable susurro, un batir incesante de plumas, llena el ambiente
ambarino y crepuscular de la mezquita, unindose al crepitar de las
lmparas y  la cantinela montona de los aprendices eclesisticos, que,
encogidos sobre las rodillas, balancean el cuerpo cantando de memoria
_suras_ enteras del Korn, mientras un efebo, con el libro entre las
piernas, sigue con la mirada el texto, para corregir el ms leve olvido.
Centenares de palomos obscuros, con plumas de metlicos reflejos,
aletean en las bvedas, descansan en capiteles y cornisas,  descienden
hasta las cabezas de los fieles, inmviles como estatuas en su oracin,
posndose por unos instantes en sus brazos. Con frecuencia abandonan
desde lo alto sus superfluidades digestivas, y los servidores de la
mezquita tienen que limpiar continuamente la fresca estera del
pavimento, sobre la cual marchan los fieles descalzos y con los pies
limpios, para que despus el buen creyente, al prosternarse, pueda
besarla sin contagio alguno.

Ocurre en este grandioso monumento, al contemplarlo por primera vez, lo
que en San Pedro, de Roma. La vista lo abarca todo sin extraeza alguna.
Un templo poco ms grande que los otros... y nada ms. Slo cuando se
avanza, y la perspectiva va prolongndose  cada paso, es cuando se da
cuenta el visitante de la enormidad de proporciones que van surgiendo de
esta armona general. Lo que de lejos parecan esbeltas columnas, son
troncos enormsimos de piedra, junto  los cuales el hombre se iguala 
la hormiga: las distancias entre una arcada y otra se prolongan
mgicamente, como si el templo fuese creciendo y estirndose  cada paso
que se avanza.

La antigua baslica es enorme, abrumadora, soberbia, y sin embargo, da
una impresin dulce, de suave ligereza.

Su historia es tan accidentada como la de una nacin.

Santa Sofa no fu elevada en honor de una santa de este nombre, como
muchos creen. _Sancta_ _Sophia_ es una invocacin  la Santa Sabidura,
y en honor de la Sabidura divina elev Constantino la primera baslica,
en el mismo lugar que ocupa la actual. Cien aos despus la quem el
populacho, creyente y revoltoso, excitado por el destierro de San Juan
Crisstomo. Teodosio II la volvi  construir, y en 532 la incendi de
nuevo el pueblo de Bizancio, amotinado esta vez, no por un santo, sino
por una cuestin de Circo, el motn de los _Victoriatos_, en los
primeros tiempos de Justiniano.

Fu este emperador legista, manso marido de la interesante Teodora,
mezcla de voluptuoso tirano oriental y austero telogo, quien cre el
monumento que aun hoy subsiste, y que vivir siglos y siglos.

Quiso en sus ambiciones de gloria que el templo  la Santa Sabidura
fuese la obra ms magnfica que se hubiese visto despus de la
creacin, y en todas las partes del vasto imperio de Oriente hizo
recoger los materiales ms preciosos: mrmoles, columnas y esculturas.
Los monumentos de la antigedad griega fueron saqueados. feso le envi
las columnas de jaspe verde de su famoso templo de Diana; Roma, las que
haba robado del templo del Sol en Helipolis,  igualmente fueron
puestos  contribucin los santuarios de Atenas, Delos, Cizica  Isis y
Osiris, en Egipto. Dos arquitectos griegos, los mejores de la poca,
Antemio de Tales  Isidoro de Mileto, se encargaron de la direccin de
los trabajos; pero la credulidad popular, ansiosa de lo maravilloso,
propal que un ngel haba entregado  Justiniano los planos del
monumento con el dinero necesario para construirlo.

Diez mil obreros, dirigidos por cien maestros alarifes, trabajaron  la
vez. Una capa de betn de veinte varas de espesor, que lleg  adquirir
la dureza del hierro, sirvi de base al edificio. Los alfareros de Rodas
hicieron los ladrillos para la bveda de una tierra tan ligera, que doce
de ellos no llegaban  pesar lo que un ladrillo ordinario. Todos ellos
llevaban una inscripcin: Es Dios quien me ha fundado y Dios me
socorrer.

La construccin fu una mezcla de esfuerzos arquitectnicos y ceremonias
religiosas. Los sacerdotes bendecan los materiales, acompaaban con
plegarias la ereccin de cada columna, y al elevarse los muros, los
albailes introducan en la argamasa huesos de santos y otras reliquias.

Sumas inmensas se consumieron en este alarde arquitectnico, y
Justiniano se vi en los mayores apuros, y recurri  los medios ms
criminales para conseguir dinero y terminar la casa de la Santa
Sabidura. Por fin, en 537 la obra qued acabada. Despus de una marcha
triunfal por el Hipdromo, con todo el esplendor de su corte bizantina,
y de prdigas distribuciones al populacho, hambriento de pan y ahto de
disputas teolgicas, Justiniano inaugur el monumento.

--Gloria  Dios, que me ha juzgado digno de terminar esta obra!--grit
al entrar--. He vencido  Salomn!

Catorce das duraron las plegarias, los festines pblicos y las
distribuciones de dinero.

La Santa Sapiencia vivi siglos en una relativa tranquilidad, sin otros
accidentes que los que sufren los monumentos gigantescos, eternos
enfermos necesitados de cuidados y reparaciones. Toda la vida del
imperio de Bizancio se reconcentr en ella. Bajo sus bvedas se
consagraron aquellos emperadores que se asesinaban unos  otros, se
sacaban los ojos,  degollaban en masa  sus sbditos, por si el Hijo
era igual al Padre, y otras sutilezas teolgicas, que tomaron el
carcter de verdaderos programas polticos.

El da que los turcos sitiadores acabaron por penetrar en
Constantinopla, una muchedumbre de sacerdotes, mujeres y combatientes
fugitivos se amonton en la santa baslica, que tena ya cerca de mil
aos de antigedad. El caudillo victorioso entr  caballo hasta el
altar mayor, y grit agitando su cimitarra: No hay ms Dios que Dios, y
Mohamed es su Profeta.

Se acab la Santa Sapiencia! Las cruces rodaron por el suelo, los
sables se enrojecieron hundindose en la muchedumbre cristiana, y el
saqueo y la matanza dentro de la baslica duraron tres das.

En el momento de la entrada de los turcos, un sacerdote celebraba la
misa, y huy del altar con el sagrado cliz, desapareciendo por una
puertecilla practicada en una de las galeras. Inmediatamente la puerta
se cerr milagrosamente, con una pared de piedra que nadie pudo
distinguir del resto del muro. El da que Santa Sofa sea devuelta al
culto cristiano y los turcos huyan expulsados de Constantinopla, volver
 abrirse la puerta y el mismo sacerdote acabar su misa interrumpida.

Esto lo s por mi gua Stellio, un honrado griego, verdico y creyente,
que me acompaa  todas partes, discurriendo el medio ms rpido y
seguro para extraer el dinero de mis bolsillos.

Los historiadores de Santa Sofa dicen que esto es una leyenda; pero
Stellio se re de su ignorancia.

Todas las viejas del barrio del Fanar, residencia de las antiguas
familias griegas, piden  Dios que no las llame  su seno sin haber
visto antes  ese pobre sacerdote, que aguarda entre paredes, durante
cuatro siglos y medio, el momento de terminar su misa.




XXVII

El Papa griego


El barrio del Fanar es Bizancio que se sobrevive. Los griegos, antiguos
seores de la gran ciudad, se refugiaron en este barrio despus de la
conquista turca, y all continan, en viejos palacios adosados 
murallas medio derrudas del tiempo de los Palelogos.

Los guerreros bizantinos se hicieron comerciantes despus de la derrota,
 mejor dicho, continuaron sindolo, pues en tiempo de su imperio
siempre fueron mercaderes, dejando la defensa de su pas confiada 
bravos mercenarios comprados en Asia  en Bulgaria.

La fama de los comerciantes _fanariotas_ ha sido universal. Durante
siglos, el oro de todo el mundo se amonton en este barrio del Fanar.
Los turcos belicosos, ocupados en hacer la guerra  la cristiandad,
dejaron  los griegos, vencidos y astutos, el manejo de sus riquezas, y
el _fanariota_ fu el intermediario entre Asia y Europa, el mercader de
los objetos preciosos de Oriente, y al mismo tiempo el proveedor y
prestamista de sus seores otomanos. Este barrio del Fanar ha sido
durante siglos una Venecia, una Gnova, de poderoso movimiento
comercial. Una gran flota mercante movase en los mares de Oriente y en
todo el Mediterrneo, siguiendo las inspiraciones de sus mercaderes. El
Cuerno de Oro, que lame con sus aguas las piedras verdosas de los
edificios del Fanar--palacios obscuros con balcones bajos, que casi se
tocan con la cabeza--, vease cortado incesantemente por las galeras que
llegaban de las escalas de Siria y el Mar Negro y partan hacia los
puertos de Npoles y Marsella.

Hoy el Fanar est solitario y tranquilo. Junto  sus muelles no se ven
ms que viejas barcazas en reparacin, y enfrente, al otro lado del
brazo de mar, los navos de guerra turcos, los buques antiguos que
sirven de pontones, y el palacio del Almirantazgo rodeado de las
innumerables construcciones del Arsenal. Mas los _fanariotas_ aun viven
tan ricos y poderosos como en otros tiempos. Los nuevos puentes que
dificultan la navegacin en el Cuerno de Oro, el gran calado de los
buques modernos y las exigencias del comercio, les han obligado 
trasladar sus oficinas  Galata, cerca del Bsforo, en medio de los
chorros de vapor, rugidos de sirena, chirriar de gras y ensordecedora y
negra actividad de un puerto de nuestros das.

Pero las venerables casas del Fanar son, como en otros siglos,  modo
de un ttulo de nobleza para los que las habitan, y en ellas siguen
viviendo las familias de estos griegos, ms griegos que los que habitan
Atenas, y que hacen remontar sus orgenes en lnea recta  los tiempos
gloriosos del imperio bizantino.

El pequeo reino actual de Grecia se nutre de la rica savia del Fanar.
Todos estos helenos de Constantinopla son grandes patriotas, con el
entusiasmo nacional excitado por largos siglos de servidumbre y
desgracia. Son riqusimos, pero no tienen una patria. Fingen sumisin al
turco,  quien explotan, pero su pensamiento va  todas horas  la
pequea nacionalidad formada en torno de la acrpolis ateniense, viendo
en ella como un huevo del que resurgir un pasado glorioso.

Atenas! Constantinopla!... Estos dos nombres de gran sonoridad excitan
 todas horas su entusiasmo. Todos conocen en el Fanar los misterios del
porvenir. Grecia volver  ser lo que fu: se apoderar de la Macedonia,
se extender por las riberas de Asia, pasar un da los Dardanelos, y la
antigua Bizancio ser otra vez helena, brillando sobre la cpula de
Santa Sofa la cruz del Santo Snodo, en vez de la media luna de oro. Y
enardecidos por una fantasmagora tan generosa, no hay sacrificio que no
hagan estos comerciantes avaros, capaces de los mayores crmenes en el
curso de los negocios, y que, sin embargo, desparraman el dinero  manos
llenas en empresas patriticas.

Los griegos del archipilago vuelven sus ojos al Fanar cada vez que
intentan moverse. La sublevacin de los isleos de Canda, las
guerrillas macednicas, la misma guerra turcohelena de hace pocos aos,
que tan grotesco y vergonzoso final tuvo para los nietos de Temstocles,
y la agitacin presente, que convierte las fronteras griegas en perpetuo
campo de combate, todo es obra del dinero _fanariota_, que corre
prdigamente, como sangre vivificadora del patriotismo. El griego de
Constantinopla es un buen sbdito del sultn, incapaz de provocar ningn
disturbio. Procura separarse del armenio revoltoso, que intenta
revoluciones dentro del imperio, pero trabaja y sacrifica su fortuna por
crear  ste en el exterior toda clase de conflictos.

No slo piensa en su pequea patria para lanzarla  la guerra contra el
pas en que vive. Sabe que los pueblos son grandes por algo ms que las
armas y que la fama imperecedera de la antigua Grecia no se asienta en
los ruidosos triunfos sobre los persas, sino en las enseanzas y las
inspiraciones de los filsofos, poetas y artistas, gloriosos abuelos de
la presente humanidad. La grandeza intelectual de su raza preocupa  los
_fanariotas_ hasta el punto de que en Grecia es insignificante la
instruccin pblica costeada por el gobierno, en comparacin con la que
sostiene la iniciativa particular. No muere un griego rico de
Constantinopla que no deje fuertes legados para las escuelas de su
pas. Muchos han dejado dos y tres millones de francos. Innumerables
escuelas del archipilago, grandes universidades, valiosas bibliotecas
se sostienen con herencias de patriotas del Fanar, que pasaron su vida
explotando  turcos y cristianos y dando las ms fieles muestras de
adhesin al sultn que aborrecen.

Adems, el Fanar es para todos los griegos del mundo el barrio santo, la
tierra sagrada donde tiene puesto un pie Dios: algo semejante  lo que
es para el catlico el barrio de Roma inmediato al Tber, donde alza la
baslica de San Pedro su enorme cpula y se alnean perforando la piedra
las innumerables ventanas del Vaticano.

En el Fanar est el palacio del Patriarcado, la residencia del Papa
griego, llamado vulgarmente Patriarca de Constantinopla.

Este representante de Dios es un personaje poderossimo, un sacro pastor
que extiende su cayado de oro sobre millones de msticas ovejas. Si el
Papa de Roma no tuviese al otro lado del Atlntico la antigua Amrica
espaola, su colega de Constantinopla sera tan poderoso como l.
Grecia, Bulgaria, Servia, Rumania, Montenegro, los cristianos ortodoxos
de la enorme Turqua, que son millones, y la inmensa Rusia, que aunque
autnoma religiosamente, respeta, sin embargo, al sumo sacerdote de
Constantinopla, forman el feudo espiritual de este pontfice que vive en
el barrio del Fanar y una vez al ao bendice toneladas y toneladas de
aceite, convirtindolo en leo santo que enva  los metropolitanos y
popes de sus Estados.

El patriarca actual es Joaqun II. Un amigo suyo, que  la vez lo es
mo, me invita  visitar al Pontfice, ensalzando la llaneza de su trato
y costumbres. Por qu no?... El amigo aade que ya ha hablado de m 
Su Santidad, y una tarde  las dos, llegamos juntos al palacio del
Patriarcado.

Es un enorme casern sin adorno alguno, situado en la cumbre de una
colina vecina al Cuerno de Oro. Una tapia alta cierra los patios
exteriores, y ante la triple puerta de entrada hay un cuerpo de guardia.

Su Santidad es despus del Gran Imn el primer funcionario religioso del
Imperio. El sultn lo recibe con frecuencia y vive en las mejores
relaciones con l, temiendo la influencia que puede ejercer sobre varios
millones de almas que forman parte del pueblo otomano. Los soldados
turcos, fervorosos musulmanes, velan, bayoneta en el fusil, sobre la
existencia y el reposo de este sacerdote extrao  sus creencias, lo
mismo que en Jerusaln montan la guardia cerca del sepulcro de Cristo.
Adems, Su Santidad recibe del sultn una paga enorme, uno de esos
sueldos inauditos que slo puede concebir la prodigalidad de un soberano
oriental.

Joaqun II es bueno y tan generoso al repartir como el sultn al dar.
Vive sin aparato, como en los tiempos que era un pobre telogo en una
universidad de Grecia, y su enorme asignacin la devora el populacho del
Fanar, que descansa en sus tugurios como una nube de langosta en torno
del Patriarcado.

Entramos en ste por una puerta lateral. El arco del centro est
cerrado, y slo se abre, con largos intervalos de aos, en las grandes
conmemoraciones religiosas.

En el interior encontramos unos criados, bigotudos y morenos, semejantes
 los piratas antiguos del archipilago, y popes jovencitos que deben
ser familiares de Su Santidad. Subimos una escalera de madera con
esterilla de junco. Las paredes estn adornadas con pinturas de imgenes
bizantinas y retratos de patriarcas. Entramos en un saln de espera
igualmente modesto, con la misma esterilla  idnticos retratos de
patriarcas: cabezas venerables y barbudas, con la mitra cuadrada y
lbrega envuelta en una gasa fnebre que pende sobre los hombros y la
cruz de oro destacndose sobre el pecho negro.

Se abre una puerta, y avanza unos pasos en la inmediata habitacin un
pope de estatura enorme, un venerable gigante que mueve los brazos
invitndonos  entrar.

Hermoso hombre. Yo, que no soy bajo de estatura, tengo que echar atrs
la cabeza para verle bien. Tiene blancas, con una nitidez de nieve, las
barbas luengas y ensortijadas; blancas igualmente, las guedejas que se
escapan de su alto gorro, semejante  un sombrero de copa sin alas. Pero
el rostro es joven, y aunque algo demacrado, da una impresin de fuerza
y salud, por el lustre de la tez, de un moreno rojizo, y la solidez sea
de la faz. La nariz, un tanto grande y demasiado aguilea, es sin
embargo hermosa por su pureza de lneas, sin la ms leve desviacin. Los
ojos, grandes  imperiosos, ojos de mando que se esfuerzan por ser
dulces, parecen gotas de densa tinta, brillando un pequesimo punto de
luz en su negra intensidad.

Este gigante, blanco, fuerte y majestuoso como un Padre Eterno, se agita
al andar con enrgicos movimientos y encorva la espalda para ponerse al
nivel de los que llegan. Mi amigo se inclina al coger su diestra y besa
un gran anillo. Entonces reparo en la faja de seda que cie la sotana
del arrogante sacerdote y en la cruz que brilla sobre su pecho, con un
suave fulgor de oro antiguo. Es Joaqun II.

Mi amigo le habla en griego brevemente, y yo adivino por las miradas que
hace mi presentacin.

--Ah, Blascos!--dice el Patriarca con una voz sonora de bartono, al
mismo tiempo que me coge una mano y tira de m para que avance--.
Blascos Ibaides!...

Cualquiera dira que Su Santidad se haba pasado la existencia no oyendo
otro nombre que el mo. Es la amabilidad superior de los soberanos, de
los grandes personajes que fingen conocer  todos los que llegan y
parecen recordar sus nombres, que les han dicho momentos antes. Y
repitiendo mi apellido desfigurado  la griega, con una expresin
satisfecha, como si no conociera otra cosa, me empuja con su volumen de
coloso, me hace sentar en un divn redondo en el centro de la pieza, y
l vuelve al silln dorado y viejo que ocupaba momentos antes.

La sala, larga y estrecha, es una galera cerrada con cristales. Al
travs de ellos, se ve abajo parte del casero del Fanar, y ms all de
los tejados, una mitad del Cuerno de Oro, los navos de guerra, el
Arsenal, y los montes desnudos de la ribera de enfrente, con abandonados
cementerios turcos, en los cuales las blancas fichas de las tumbas dan
la sensacin de lejanos corderos rumiando inmviles en las laderas.

El Patriarca est sentado de espaldas  los cristales, con el cuerpo en
la sombra y rodeado de un nimbo de luz que forma el sol de la tarde en
torno de su alba cabellera. Junto  l sonre un joven pequeo, vestido
como un _gentleman_, el monculo brillante sobre el rostro afeitado y el
pelo rubio y lustroso partido por una raya central en dos bands que
caen sobre la frente cual lacios cortinajes. Es el secretario de la
legacin de Grecia, que est en conferencia con el Patriarca y juntos
pasan el tiempo hablando de los asuntos del amado pas.

Joaqun II habla en su idioma, de sonora armona, ininteligible para
m, y al terminar mi amigo, que parece emocionado en presencia del
Patriarca y apenas osa levantar los ojos, me dice en francs:

--Su Santidad est muy contento de verle, y dice que le es usted
simptico... Adems le desea una estancia muy feliz en Constantinopla.

--Su Santidad es muy amable. Dele usted las gracias.

Quedamos los cuatro en profundo silencio, mirndonos, como es de buen
tono en toda visita oriental, donde la conversacin animada no surge ms
que tras largusima pausa luego de haber tomado el caf.

El Patriarca ha dado sus rdenes con una voz de marino que ordena una
maniobra, y aparecen los criados trayendo el inevitable obsequio de toda
visita.

El caf no es gran cosa, los cigarrillos son comunes y el servicio de
porcelana de lo ms vulgar. Joaqun II vuelvo  repetir que vive
pobremente, como un hombre de escasas necesidades. Nos ofrece las tazas
y los cigarrillos con ademanes de graciosa cortesa, pero l no bebe ni
fuma. Slo la confitura es magnfica: un dulce de exquisitez monacal,
formado de diversos y misteriosos aromas: un regalo tal vez de lejano
convento,  de algunas griegas devotas, enclaustradas voluntariamente en
algn ruinoso palacio del Fanar.

El Patriarca, sin dejar de mirarme, habla al joven que tiene al lado.
Este sacude su actitud indolente, se desenrolla en el interior de su
silln, y avanza la cabeza, en la que parece pegado el monculo,
sonrindome con diplomtica calma. Su Santidad slo habla el griego y el
turco, pero desea conversar conmigo. Es la primera vez que ve  un
espaol. l me traducir en francs lo que diga Su Santidad y 
continuacin le comunicar en griego lo que yo responda.

--Puede preguntar Su Santidad lo que guste.

Y Joaqun II se lanza  hablar apresuradamente, con un mpetu de orador
tribunicio, rodando como truenos los prrafos sonoros, en los que
abundan las armoniosas onomatopeyas.

Cuando el Papa se calla, el diplomtico hace la traduccin,
acompandola de fina sonrisa.

--Su Santidad dice que siente muchsimo las desgracias de Espaa; que
durante la guerra con Amrica, dedic muchas veces sus oraciones 
vuestro pueblo, que le es muy simptico, y que comprende que en vuestro
pas aun estar vivo el dolor por tan grandes prdidas.

La lstima bondadosa de Joaqun II me irrita un poco.

--Dgale  Su Santidad que no hay para qu lamentarse de lo pasado; que
en mi pas ya nadie se acuerda de eso, y que habiendo perdido hace un
siglo casi toda la Amrica, no haba razn para conservar unas cuantas
islas que eran en cierto modo un bagaje pesado.

El Patriarca, de ojos imperiosos, es un intuitivo, de rpida
penetracin. Mirndome fijamente parece adivinar mis palabras, mueve la
cabeza como si me entendiese, y cuando el secretario hace su traduccin,
l se adelanta completando las ideas.

Contina el dilogo entre Su Santidad y yo, con la mediacin del
elegante intrprete. Joaqun II se entera con gran inters de las
costumbres espaolas, de las que tiene una vaga y fantstica idea, y me
pregunta especialmente por nuestra literatura nacional.

l, gran erudito en letras clsicas, comentador de Homero, como todo
griego ilustrado que se respeta un poco, no conoce nada de Espaa. Hace
muchos aos, cuando no era en Atenas ms que un simple pope dedicado 
enseanzas teolgicas, vi un drama espaol traducido al griego, un
drama de un seor que se llamaba... se llamaba...

Y el patriarca y el diplomtico se consultan con la mirada, al mismo
tiempo que pugnan por pronunciar un hombre, sin llegar  completarlo en
sus dudas.

--Echegaray--digo yo, adivinando sus balbuceos.

Su Santidad sonre moviendo la cabeza. Eso es, Echegaray. El Patriarca
guarda un hermoso recuerdo de la obra. Indudablemente fu la nica vez
que asisti al teatro el austero sacerdote.

--Vive an _monsieur_ Echegaray?--pregunta Su Santidad con gran
inters por mediacin del secretario.

--Vive, y  pesar de sus aos es animoso como un muchacho y no descansa.

Su Santidad vuelve  sonreir, como si bendijese con el gesto al lejano
poeta que alegr con la magia del arte algunas horas de su existencia. Y
yo sonro tambin, pensando en el ilustre don Jos, muy ajeno 
imaginarse que el Papa griego es uno de sus ms sinceros admiradores,
con esa admiracin del que slo ha ido una vez al teatro y se acuerda
del magno suceso durante toda su vida.

El Patriarca, despus de esto, habla de la literatura griega
contempornea. Hay en Atenas poca produccin; escasos dramas y muy
contadas novelas. Los literatos, antes de dedicarse al trabajo, viven
enzarzados en interminable disputa sobre si deben escribir en griego
antiguo  en el griego vulgar que hoy se habla en el archipilago. Esta
disputa apasiona  la nacin entera, dividida en dos partidos.

--Su Santidad pregunta qu opina usted sobre esto--dice el secretario.

--Pues dgale  Su Santidad que si novelas y dramas tienen por
protagonistas  personajes de ahora, lo natural es que hablen el griego
moderno, aunque no sea puro. Un mozo de cordel del Pireo no va 
expresarse como el Aquiles homrico.

El Patriarca acoge mis palabras con un gesto corts, pero deja adivinar
en sus ojos que piensa todo lo contrario.

La conversacin languidece y yo me preparo  marcharme. Llevo ms de
media hora con Su Santidad  indudablemente muchos fieles de importancia
aguardan en la antesala.

El Pontfice de Constantinopla es un Papa _constitucional_. Ni es
infalible por s solo, ni puede tomar una resolucin en materias de fe.
Dos veces por semana se reune bajo su presidencia el Santo Snodo,
compuesto de eclesisticos y laicos influyentes, y esta asamblea es la
que legisla, dejando al Patriarca el poder ejecutivo.

Voy  abandonar mi asiento, cuando Joaqun II emprende una larga arenga
dirigida al secretario, en la que percibo varias veces la palabra
_democraticn_. El Patriarca parece poner un gran inters en lo que
dice, y cuando al fin calla, el diplomtico me habla gravemente.

--Su Santidad pregunta si en Espaa los sacerdotes son muy respetados,
si la religin tiene el mismo prestigio que en otros tiempos, si los
reyes son queridos, y sobre todo, si existen partidos democrticos como
en otras naciones desgraciadas, y si el pueblo, movido por malas
enseanzas, intenta levantarse contra sus mayores.

Quedo indeciso algunos momentos. Qu contestar al buen Patriarca?...
Despus de tan buena acogida, siento cierto escrpulo de decirle la
verdad. Para qu discutir con l? Para qu desvanecer la santa
ignorancia de este sacerdote, que ya no volver  acordarse de Espaa y
jams podr influir en nuestra suerte?...

--Dgale  Su Santidad que all no hay partidos democrticos ni nada de
esas pestes modernas que como l dice hacen la infelicidad de los
pueblos. Los reyes velan por nuestra dicha; los sacerdotes son
veneradsimos; todos los espaoles somos catlicos...

Joaqun II sonre, adivinando otra vez mis palabras, y mueve sus melenas
blancas y su gorro negro, como diciendo: Muy bien.

--Su Santidad--aade el diplomtico al poco rato--dice que se alegra
muchsimo de las palabras de usted, que stas son para l un inmenso
consuelo, y que Espaa ser siempre grande si no se aparta del buen
camino.

Me levanto, despidindome del Papa con una solemne inclinacin. Su
Santidad est alegre, parece encantado por mis afirmaciones, y me
acompaa hasta la puerta, repitiendo mi nombre con paternal sonrisa.

--Blascos! Ah, Blascos! Blascos Ibaides!...

No me entrega su mano  besar como  los otros. Respeta mis escrpulos
de buen catlico espaol, pero me acompaa, dndome cariosos golpes en
un hombro con sus manos fuertes, y la ms paternal de las sonrisas
contrae las ondas de nieve de su barba.

Cuando llego  la puerta le parece poco esta despedida, y eleva la
diestra con su gran sortija de oro... y me bendice.

Salgo del Patriarcado admirando la espontnea solidaridad de todos los
que viven  la sombra de la cruz. Extraa y poderosa fracmasonera de
los hombres de sotana! Durante siglos y siglos, el Vicario de Dios en
Roma y el Vicario de Dios en Constantinopla se han insultado con baba
rabiosa, llamndose hijos del diablo, asquerosas vboras y dems
insultos inventados por el rencor eclesistico, maldicindose con
acompaamiento de cirios llama abajo y cnticos de muerte. Ahora fingen
no conocerse, ignoran mutuamente su existencia, viven vueltos de
espalda, asumiendo cada uno la verdadera herencia de Cristo, y sin
embargo, por encima de tantos siglos de abominacin y de odio, se entera
cada uno de la existencia del otro, y celebra que sta sea prspera y
fuerte. Lo mismo hacen los comerciantes cuando preguntan con inters por
los negocios de los colegas, y se alegran de que marchen bien, aunque
nada les produzcan, viendo en ellos una prueba de que el mercado no se
debilita, de que sigue la demanda y de que mientras los clientes no se
llamen  engao habr ganancia para todos.

       *       *       *       *       *

Algunos das despus, al volver al centro de Europa, el tren que me
conduca choc con otro de mercancas en las inmediaciones de Budapest.
Cinco muertos y un nmero enorme de heridos. Yo sal ileso.

Luego en Pars recib una carta del amigo que me haba presentado al
Patriarca.

Su Santidad, al leer la noticia en los diarios griegos de
Constantinopla, haba celebrado mucho la inspiracin que tuvo al
bendecirme, y repeta sobre mi cabeza el gesto pontifical,
recomendndome de nuevo en sus oraciones.

Leyendo esto me expliqu mi buena suerte.

En adelante, siempre que vaya  un pas donde exista Papa, pienso no
salir de l sin la correspondiente bendicin.




XXVIII

Turcas y eunucos


Cuando un occidental relata su viaje  Turqua, la curiosidad, excitada
por todo lo que es extrao y misterioso, le interrumpe siempre con las
mismas preguntas:

--Y las turcas? Y la vida del harem?... Y los eunucos?

Las turcas!... Se las ve en todas partes; pasean por los cementerios,
frondosos como jardines; entran tapadas  hacer sus compras en las
lujosas tiendas  la europea, van en la buena estacin  solazarse en
las Aguas Dulces de Asia, lugar de moda  orillas del Bsforo; salen en
carruaje,  transitan  pie por el Gran Puente; se visitan unas  otras;
gozan de ms libertad que las europeas; salen  la calle tanto como
stas, y sin embargo, no hay en Constantinopla nada tan misterioso 
inabordable como las mujeres.

Viviendo aqu, se convence el europeo de la frescura con que han mentido
los novelistas y los poetas al describir amores entre turcas y
cristianos. En otros tiempos, tal vez pudo ser esto. Durante el reinado
de Abdul-Aziz, loco generoso, Nern oriental, que condecoraba  sus
gallos de pelea con las mismas bandas usadas por los generales, y se
diverta arrojando al populacho espuertas de monedas de oro, tal vez
podran desarrollarse estos amores internacionales. Abdul-Aziz,
apasionado romntico de la emperatriz Eugenia, debi ser tolerante con
las pasiones de sus sbditas.

El actual emperador Abdul-Hamid, austero creyente que se encierra en la
tradicin y el aislamiento de raza para defenderse de la codicia
europea, muestra empeo en evitar que la mujer musulmana tenga contacto
alguno con el cristiano, y vela sobre ella con una minuciosidad de
dspota curioso y activo, que lo mismo ansa conocer el pensamiento del
emperador de Alemania que las intrigas del harem del ltimo de sus
pachs.

Las damas turcas marchan encubiertas por las calles de Pera,
contemplando al travs del velo  los europeos, que las siguen con ojos
vidos. Aburridas por la soledad del harem y la indiferencia de un seor
en el cual el exceso de cantidad embota y debilita todo afecto, cuntas
veces su pequeo cerebro de nia, apenas educada, experimenta la
embriaguez del deseo, viendo en este barrio cristiano la gran abundancia
de hombres, venidos solos del otro extremo de Europa, y  los que un
celibato forzoso da audacias y ademanes de lobo carnvoro!...

Viven libres, sin ver al esposo ms que de tarde en tarde; pueden entrar
y salir de su casa sin otra vigilancia que la del eunuco, fcil de
sobornar; disponen de su tiempo mejor que una europea, y sin embargo, la
intriga amorosa es dificilsima para ellas, por no decir imposible.

Que levanten un poco el velo sobre su rostro para dejarlo visible al
hombre que pasa, y al momento, un otomano, que parece distrado en medio
de la acera tomando el aire, seguir sus pasos cautelosamente, para
saber en qu termina la inusitada audacia. Que se permita un gesto, una
mirada significativa  volver la cabeza, y el polizonte avisar en el
mismo da al marido  al padre.

La polica y la fuerza tradicional de las costumbres velan sobre la
mujer turca, la rodean  todas horas, dejndola en completa libertad
para todo... para todo, menos para lo que ella deseara.

Una tercera parte del presupuesto del imperio se consume en servicio
policaco. Un importante personaje de la corte es el jefe de los espas,
y  su vez hay espas de los espas... y as hasta lo infinito. Todas
las clases de Turqua figuran en el inmenso cuerpo de la delacin. Los
policas se reclutan lo mismo entre los mozos de cordel de los muelles
que entre los grandes personajes. Algunos cobran un sueldo mucho mayor
que el de un ministro de Europa. Lo que cuesta al sultn este servicio,
representa ms que lo invertido por algunos Estados en ejrcito, marina,
administracin y obras pblicas. Muchos de los seoritos turcos que
pasean en caique, llenan los cafs y teatros de Pera y son clientes de
los sastres europeos, luciendo empinados bigotes  lo kaiser, bajo el
erguido fez, no tienen otro medio de existencia que lo que cobran por
repetir al ministro de Polica cuanto ven y cuanto oyen.

Adems, para las mujeres, todo turco es un agente que vigila por las
buenas costumbres. El europeo no puede mirar mucho tiempo, y con marcada
atencin,  las mujeres que pasan. Imposible seguir sus pasos, como
ocurre en las ciudades europeas. Si es en el barrio puramente turco de
Stambul, corre peligro de recibir como aviso una pedrada  un palo. Si
es en las demarcaciones europeas de Pera y Galata, cualquier respetable
_effendi_ que pasa junto  l le preguntar cortsmente si es forastero,
ya que le ve faltar tan abiertamente  las costumbres del pas.

La mujer, sitiada por la vigilancia del polica y el fanatismo nacional
de todo compatriota, obligada  no hablar con otro hombre que el que
tiene en su casa, se venga de este aislamiento con un orgullo rencoroso,
que la hace antiptica las ms de las veces. En las aceras empuja al
hombre con soberano desprecio para que le ceda el paso. Cuando van en
carruaje se ren del transente europeo con una insolencia de colegialas
en libertad.

La mujer pobre  de la clase media sigue fiel al domin de pesado
damasco y  la cortinilla de gruesa seda que le sirve de antifaz. As se
la ve pasar, como mscara misteriosa, llevando en una mano la sombrilla
cerrada  tirando de un turquito cabezudo, y sosteniendo con otra la
crujiente faldamenta, que deja ver las pantorrillas enormes, hinchadas,
elefantacas, por ir encerrados, dentro de las medias, los extremos de
los calzones interiores.

Pero las grandes damas, las elegantes esposas de los pachs y los turcos
ricos, las moradoras de los haremes lujosos, hace tiempo que, valindose
de la moda, han acabado con los trajes tradicionales, que recluan  la
mujer en obscuro incgnito. Bajo el gabn oriental, semejante  una
_salida de teatro_, llevan trajes de Pars recargados de adornos y en
extremo vistosos. Se cubren el pelo y parte del rostro siguiendo las
exigencias de la costumbre religiosa, pero lo hacen con el _yachmaks_,
velo tenue y transparente como una nubecilla, suspiro de seda casi
impalpable, que sirve para dulcificar su rostro, pintado de rosa y
adornado con lunares artificiales, para dar mayor realce  sus ojos,
agrandados por una aureola negra de _kool_. Ocupando grandes carrozas
con ruedas doradas, y bajo la escolta de eunucos negros,  los que la
perturbacin del sexo hace luchar con las seoras en chismes, odios 
histricas rabietas, van  las tiendas  visitan  las amigas de otro
harem, situado  tres  cuatro horas de distancia, al final del Bsforo.

Algunas veces un harem se traslada  la orilla de Asia para ver  las
compaeras de un gran seor amigo del suyo. La visita dura tres  cuatro
das, y esposas y odaliscas, libres de velos y escrpulos, en el
misterio de las habitaciones privadas, hacen en comn sus comiditas de
muecas, abundantes en dulce, duermen juntas, tocan y cantan, y sobre
todo, hablan... hablan mucho, con una verbosidad de prisioneras  de
monjas, repitiendo los chismes del silencioso Stambul, donde las casas
parecen crceles, con sus puertas siempre cerradas y sus ventanas de
celosa, tras las cuales espa  todas horas la curiosidad maligna, la
sospecha calumniosa, como en una muerta ciudad de provincias.

Estas damas, mujeres opulentas  los diez y seis aos, saben pintarse
las mejillas de carmn, los ojos de negro y las uas de rojo, y en esto
invierten la mayor parte del da. Adems, las mejor educadas saben
fabricar agua de rosas, dulces de varias clases y  veces hasta bordan
gruesas flores de oro sobre telas de seda.

Hablar, con una charla interminable de pjaro loco, embriagndose en sus
propias palabras, hablar bien de ellas y mal de sus amigas, es su mayor
placer. Se comprende que el buen turco, temiendo pasar el resto de su
vida frente  frente con una sola de estas hermosas muecas, vaca de
crneo y expedita de lengua, multiplique su nmero para encontrar
alivio. Pero esta variedad, cuando todo el harem ha perdido el encanto
de lo nuevo, slo sirve para aumentar el tormento.

Los turcos modernos, que han viajado por Europa amoldndose  nuestras
costumbres, slo tienen una mujer y sonren cuando les hablan del harem.
Estn enterados de lo que es la poligamia y compadecen  los turcos 
estilo antiguo,  los tradicionalistas, que por seguir la costumbre
tienen varias esposas.

Slo un pach del viejo rgimen poseedor de una paciencia inagotable 
aficionado  murmuraciones y futilidades como una mujer, puede soportar
durante toda su vida el contacto con el rebao femenino del harem.

Es un error generalizado en Europa creer que la mujer turca, porque se
compra las ms de las veces, es una esclava, un objeto, un ser sin
derechos y sin libertad, fuera de las leyes. La religin del Profeta
nunca habl con desprecio de la mujer, ni vi en ella un ser impuro, un
aborto del demonio, como los Padres de la Iglesia cristiana. El hombre
tiene sin disputa un alma superior, porque es el guerrero y pesan sobre
l los ms rudos deberes de la vida, pero la mujer es igual  l en toda
clase de derechos. La ley musulmana slo es implacable y feroz en caso
de infidelidad conyugal. Conoce la escasa solidez de estos seres
adorables y sin seso, y presiente que si abriese la mano y no se
impusiera por el terror, ningn musulmn podra llevar su turbante sobre
la frente con entera comodidad.

En los antiguos haremes de Turqua figuraban sobre la puerta dos versos,
que poco ms  menos dicen as:

      Nada iguala
    la astucia de la dama.

El encierro (que no es tal encierro, pues la turca sale  todas horas, y
ellas y los eunucos se entienden con la fraternal solidaridad del
inters comn) y la prohibicin de hablar con los hombres, son las dos
nicas tiranas que pesan sobre las mujeres de alta clase. Pero junto 
esto, qu insoportables derechos, exagerados por la susceptibilidad
femenil, gravitan sobre el infeliz otomano, que entusiasta de las
glorias de la vieja Turqua, se empea en mantener un harem, como alarde
de patriotismo!...

Si hace un regalo  una de sus esposas, por costoso que ste sea, las
otras tienen derecho  otro igual, y pueden llevarlo  los tribunales
para exigrselo. Si una rie con sus compaeras y declara que le es
imposible seguir viviendo en el harem, la ley turca obliga al marido 
que le construya una casa aparte; igual, absolutamente igual, hasta que
satisfaga los gustos de la esposa. Y se han visto pleitos que han durado
aos y aos, sin darse nunca por contenta la reclamante al visitar la
nueva vivienda, exigiendo unas veces que tuviese igual nmero de
ventanas que la antigua, pretextando otras que las lmparas eran menores
en nmero, que los muebles no estaban tapizados con la misma seda, que
las alfombras no eran antiguas, y as hasta lo infinito de una histeria
caprichosa, agravada por la rivalidad femenina.

Y  ms de esto, el amontonamiento de hijos que se forma en pocos aos
en un harem rico, donde las esposas y odaliscas son un par de docenas y
el Seor, poderoso personaje falto de ocupaciones, se queda en casa los
fros das de invierno, y nicamente sale los viernes para ver al sultn
en el Slamlik.

Yo he conocido  un viejo pach, entusiasta de las tradiciones, que
tiene trescientos cuarenta y dos hijos. Es un hombre virtuoso, dado 
los estudios teolgicos, poco amigo de pecados carnales, y que desprecia
 los europeos, como seres inferiores que  todas horas tienen el
pensamiento puesto en la mujer.  pesar de la extensa prole, yo no creo
en su concupiscencia. En la vida del harem no hay golpe perdido, y
aunque los olvidos de la virtud sean poco frecuentes, todos tienen
consecuencias por la variedad y el nmero de la colaboracin, llegando
el respetable padre  no conocer  sus hijos ni saber sus nombres, 
pesar de que viven bajo el mismo techo.

La poligamia es un lujo de personajes, y pocas fortunas la soportan.
Los hijos son ms costosos an que las mujeres, pues hay que darles
colocacin. Cada sultn se basta l solo para fabricar la mayor parte de
los gobernadores, generales y altos funcionarios de su imperio, y las
dems plazas las proveen, con su fuerza reproductora, los personajes que
viven junto  l.

El harem imperial y el de los grandes pachs son incubadoras de altos
empleados que no dejan lugares libres  los turcos de ms bajo origen.
Por algo se transmite el imperio de Turqua de hermano  hermano y no de
padre  hijo, como en las monarquas europeas. Si la sucesin imperial
fuese por este ltimo sistema, Turqua vivira en eterna guerra civil,
siendo centenares los pretendientes al trono que se combatiran, con una
saa de hermanos, cada uno de distinta madre.

Los turcos modernos y jvenes ren y ren del viejo harem. La
poligamia! Tonta inutilidad del pasado!... Ellos viven con slo una
turca,  con ninguna, admirando los grandes adelantos de la civilizacin
europea, la ms perfecta de todas para la satisfaccin de las
necesidades humanas, y cuando sienten el deseo de la variedad, pasan los
puentes y suben  Pera, y all encuentran en las calles un harem suelto
y por horas, de rumanas, italianas, austriacas y judas.

       *       *       *       *       *

La aficin de ciertos personajes  los progresos modernos, ha creado una
clase de turcas ms infelices y dignas de compasin que la antigua dama
otomana, devota y contenta de su vida, satisfecha de sus visitas y sus
lujosos trajes, sin otro ideal que una joya nueva  una banda con placa
de brillantes, regalo del sultn, sin otros horizontes que las montaas
de la ribera asitica, ni otros deberes que incubar nuevos turcos.

Los grandes pachs que envan sus hijos  correr Europa, han trado
institutrices ingleses y francesas para sus hijas. Muchas de las tapadas
que pasan en carruaje, delatando bajo sus orientales velos la frescura
esbelta de los pocos aos, la delgadez de una mujer en formacin,
desprecian las confituras, odian como perfume vulgar el aceite de rosas
y consideran el bordado como obra de esclavas, sonriendo ante las obras
de juventud que les ensean con orgullo sus obesas madres. Tienen en una
pieza del harem donde nacieron un piano de cola, en el que tocan los
valses melanclicos de Chopn  el ltimo _couplet_ de moda en Pars, y
cerca del sonoro Erard una biblioteca llena de novelas inglesas y
francesas. Algunas hasta han roto con la preocupacin religiosa de la
raza, que prohibe la reproduccin de las formas vivas, y pintan
acuarelas con palomos, flores  barquitos.

Conozco  una francesa vieja, que vive hace muchos aos en
Constantinopla de dar lecciones de su idioma y entra diariamente en
ricos haremes. Las confidencias de estas pobres jvenes, que han de
vivir como las mujeres del tiempo de Mohamed II, y por la imprudencia de
sus padres llevan bajo las vestiduras orientales la misma alma que una
muchacha de Pars  Londres!...

--Sabemos francs, sabemos ingls--dicen  la vieja confidente--.
Tocamos el piano, cantamos, pintamos. Para qu todo esto?... La mujer
aprende para lucir sus conocimientos, para hacer vida de sociedad...
para hablar con los hombres.

Y la pobre turca de moderno estilo slo podr hablar con uno, el que les
designe su padre como esposo. Un da la adornarn de piedras preciosas y
se casar con un joven turco, al que slo habr visto de lejos, al
travs de una celosa, y con el que cruzar la palabra por vez primera
en el momento de ser su esposa. La llevarn  una casa nueva, en la que
vivir como nica seora si su marido no ama las costumbres antiguas, 
en la que se confundir con otras, iguales  ella en derechos, distintas
 ella en alma, como si fuesen de otro planeta. Su madre se extraar de
sus lgrimas y melancolas. As vivi ella, as vivieron sus abuelas y
todas las honradas damas temerosas de Dios. Pero la madre era feliz,
abroquelada en su santa ignorancia: no la haban hecho morder el fruto
embriagador de la cultura occidental... Y la infeliz reclusa de las
tradiciones de su pueblo, asustada ante el porvenir, y mientras llega
el momento del matrimonio, se consuela con la lectura, y devora las
novelas francesas que llenan los escaparates de las libreras de la gran
calle de Pera.

Sus autores favoritos son los mismos de las damas europeas; novelistas
elegantes y discretos que creen en Dios y slo describen personajes con
buenas rentas, faltos de ocupacin y dedicados al amor. La pobre turca
admira  la duquesa rubia y _espiritual_, que en cada captulo luce un
traje nuevo de Paquin  de Doucet; se crispa con los dulces dilogos
entre ella y el conde  el artista de moda; se conmueve ante las crisis
de alma que obligan  la noble seora  cambiar de amante todos los
aos; la sigue palpitante de emocin cuando  la cada de la tarde va
cautelosa al estudio   la _garonnire_ de su nuevo dolo, cubierta
con espeso velo (lo que llaman los grandes modistos _velo de
adulterio_); desfallece con la descripcin de los sabios besos, en el
saloncito caldeado discretamente por la chimenea, sobre cuyo mrmol hay
rosas, muchas rosas, como es de ritual en toda cita novelesca de
personas que se respetan... y la pobre turquita acaba por abandonar el
libro sobre sus rodillas, y queda con sus ojos de gacela pensativos y
lacrimosos.

Esa es, indudablemente, la vida de las europeas: no puede ser otra, pues
todos los libros dicen lo mismo. Ella sabe ingls y francs; ella toca
en el piano cosas sentimentales; ella hablara tan bien como la duquesa
y la sentara igual  tal vez mejor el misterioso velo de la cada de la
tarde. Y tiene que acabar su vida en un harem, murmurando con las
esclavas zafias y el eunuco negro, de risa infantil! Y todos sus viajes
sern al Bsforo asitico,  cuando ms  Brussa, en el mar de Mrmara!
Y el conde de sus ensueos, el artista de complicadas pasiones, ser un
seor con el fez eternamente calado, que vivir en una mitad de la misma
casa ocupada por ella, que entrar y saldr por distinta puerta, que
tendr diferente servidumbre, como si fuese un husped, y slo una  dos
veces por semana vendr  tomar con ella varias tazas minsculas de
caf, y fumar cigarrillo tras cigarrillo, pensando en el ltimo gesto
del Gran Seor y en las intrigas del Yildiz Kiosk!...

La virgen musulmana siente que un impulso de rebelda rompe la costra de
su mansedumbre oriental, y tiende sus brazos con un crispamiento de
inmensa angustia, como si llamase en su auxilio el misterioso poder que
convierte en paraso la tierra maldita del Profeta, donde viven los
_giaoures_.

--Oh Europa!... Pars! Pars!

Algunas, ms audaces  afortunadas, llegan  consumar la rebelda. Las
hay que han conseguido librarse por procedimientos novelescos de esta
tierra, donde para entrar y salir se necesita pasaporte. Viven en el
Paraso soado, en Pars, y repiten  la inversa la aficin poligmica
de sus ascendientes. En Constantinopla nadie quiere hablar de esto, como
no sea para negarlo. El Gran Seor sufre enormes disgustos con estas
fugas.

Hace poco tiempo, en un mitin feminista de Suiza, al que asistieron
mujeres de todas las naciones, subi  la tribuna una joven de ojos
orientales, que hablaba con facilidad varios idiomas, y se expres con
reconcentrado odio contra la tirana masculina.

Era una parienta del sultn fugada del harem imperial.

       *       *       *       *       *

En Turqua todava existe la venta de esclavas.

Yo quise cndidamente ver un mercado. No existe mercado. Desde que
Inglaterra y otras potencias intervinieron en la vida interna de
Turqua, se acab la trata de esclavas. Los antiguos caravanserrallos,
enormes posadas de vastos claustros donde hace cincuenta aos se
exhiban libres de velos los lotes de carne juvenil llegados de la
Circasia, slo estn ocupados hoy por mercaderes de Trebisonda y Bagdad,
que fuman su _narghil_ exhibiendo pacientemente los rollos de tapices y
los cofrecitos repletos de piedras preciosas.

Las esclavas se guardan y se venden en las casas de los particulares.
Todo turco  la antigua tiene una irresistible tendencia  la mercadera
de carne femenil. Es una aficin atvica heredada de sus ascendientes,
invasores de reinos y bandidos del mar. Cuando un personaje de Stambul
tiene un crdito por cobrar en las provincias de Asia, las ms de las
veces le paga ste con una pareja de nias flacas, mal comidas, pero de
esplndidos ojos, que  su vez ha adquirido de los padres, mseros
montaeses de la Georgia.

Las pequeas sirven de criadas de lujo en la casa de Stambul, hasta que
la pubertad empieza  hinchar sus formas y el seor propone la mercanca
 sus conocidos, verificndose la venta amigablemente, sin intervencin
alguna de los representantes de la ley.

Cuando se visita la morada de un turco  la antigua, salen  vuestro
paso, en el departamento de los hombres, pequeas nias sin velo, con
anchos calzones y la trenza colgando sobre la espalda, que os toman el
sombrero y el bastn, dndoos la bienvenida como si fuesen hijas del
dueo. Son las esclavas que esperan su hora para ser vendidas  que
acaban por pasar al harem del seor convertidas en esposas.

Las agentes de carne conocen las casas donde existen gneros, y todos
los das hacen sus negocios. No slo venden para los ciudadanos ricos de
Constantinopla y de todos los _vilayetos_ de Turqua, sino que mantienen
negocios continuos con clientes de Egipto, Tnez y Marruecos. La
circasiana y la georgiana siguen siendo, como en otros tiempos, el
adorno elegante de todo harem respetable, y el gnero, impulsado por una
continua demanda, parece multiplicarse con arreglo  las exigencias.

Ningn miedo acerca del porvenir, ningn terror futuro se transparenta
en la lmpida mirada de estas hermosas bestiezuelas, delgados capullos
que esperan para esparcirse la tibia y cerrada atmsfera del harem. Son
esclavas porque han costado dinero  los dueos, pero su suerte es igual
 la de todas las mujeres turcas que nacieron libres. Siempre las compra
algn otomano viejo, para unirlas al batalln de sus antiguas esposas 
para darlas  un hijo tan joven como ellas. Por poca influencia que
ejerzan sobre el dueo, ste las convierte en mujeres legtimas, deseoso
de establecer cierta igualdad entre sus hembras, medio seguro para
conseguir en la casa una paz relativa. Muchas sultanas comenzaron siendo
esclavas.

Los precios de estos animalillos de lujo, que viven alegres con una
inconsciencia infantil hasta los das de la vejez fumando rubios
cigarrillos en un divn, tragando confituras y haciendo danzar las
babuchas amarillas sobre los pulgares de sus pies sonrosados, varan
segn los mritos del gnero.

Una muchacha defectuosa y de miembros secos puede adquirirse por
quinientas pesetas. Las de buena dentadura, largo pelo, ojos grandes, y
que prometen ensancharse de formas, hasta llegar  una gordura blanca,
firme y sedosa, valen dos mil  dos mil quinientas.

Un caballo turco, de escasa alzada, largas crines, cabezn y con
inquietos remos, cuesta mucho ms.

       *       *       *       *       *

Los eunucos son ms caros.

En realidad no sirven para nada. Son seres de lujo, signos de poder y de
riqueza para el amo. Equivalen  los lacayos que se exhiben majestuosos
en los pescantes de los coches de Europa. Estorban al cochero las ms de
las veces, se pasean sin que los dueos necesiten casi nunca de sus
servicios, molestan con su presencia estirada y solemne, pero ninguna
persona rica puede pasarse sin ellos.

En otros tiempos, el turco celoso confiaba en la vigilancia de su
eunuco, feroz guardador de las mujeres. Hoy es escptico, sabe que estos
hombres-hembras, por un irresistible impulso de su naturaleza neutra,
aunque rian con la mujer por celos femeniles acaban entendindose con
ella y prestndose  toda clase de terceras. Sin embargo, el eunuco
negro sigue en favor, como una manifestacin de poder y de riqueza. Es
algo as como el blasn de armas de la casa, y los seores rivalizan en
tenerlos agasajados y bien vestidos. Un harem no puede salir  la calle
si no marcha escoltado por un par de eunucos de seorial aspecto.
Cuando las mujeres van en carroza, los negros trotan junto  las
portezuelas, jinetes en los mejores caballos del amo. Si de noche sale
el rebao femenil  hacer visita  otro harem, ellos marchan  la
cabeza, por las solitarias calles de Stambul, garrote en mano y con
grandes farolones que trazan en el camino una danza de plidos
resplandores y gesticulantes sombras.

El eunuco es el administrador que corre con los gastos de la casa; el
intermediario obligado entre las esposas y el marido. El da el dinero
para las compras, regatea con las mujeres, se muestra quisquilloso,
avaro y grun, como no lo es nunca el turco. El esclavo chilla  las
seoras, las empuja, es un gallo sin cresta que picotea continuamente 
las habitantes del gallinero, y stas, que temen sus delaciones y su
malhumor, lo acarician como un nio grande, y acaban por reirse de l.

Slo el sultn y los grandes personajes de la corte tienen un numeroso
cortejo de eunucos. Los turcos de cierta posicin se contentan con dos 
con uno solo.

Un eunuco cuesta casi una fortuna, pues escasean mucho.

Antes se fabricaban con mayor facilidad, y la abundancia rebajaba los
precios.

En esta monstruosa deformacin del hombre, ha habido sus modas. El arte
de formar el eunuco ha progresado, pero extremando su crueldad. El
refinamiento del turco en sus sospechas y sus celos, ha sido fatal para
estos infelices negros, lgubres mamarrachos, enormes como colosos, de
rostro fiero, y con una vocecilla estridente y crispadora, semejante al
chasquido de una caa que se rompe.

Antes les bastaba para cumplir su oficio con verse libres de las
preciosas superfluidades cuya ausencia motiva, segn dicen, la anglica
voz de los cantores del Papa.

Pero algo quedaba en ellos, despus de la monda, que constitua un
motivo de perpetua alarma para los seores turcos. La mujer, ociosa y
triste en el encierro, discurre mil diabluras: la eterna presencia del
eunuco, nico hombre compaero de clausura, la inspiraba segn parece
los ms refinados ardides. Y echando mano  lo que aun podan encontrar,
las malditas pasaban horas y horas recrendose en un entretenimiento sin
fin, tranquila la conciencia porque no aumentaban ilegtimamente la
prole del seor, pero faltando  la fidelidad descaradamente en el
sagrado del hogar.

Los turcos, escamados por estos abusos, extreman actualmente la humana
poda. Sobre los pobres negros, guardianes del honor, se abate una furia
semejante  la de los leadores de bosques vrgenes, que nada perdonan,
echando abajo ramas y tronco. Su obscura piel es campo roturado y liso,
en la que no queda el ms leve rastro de frutos humanos.

La espeluznante operacin la realizan los crueles fabricantes en negros
de pocos aos, all en los arenales de Africa. Los cuerpos los hunden en
el suelo hasta la cintura, y as permanece el operado semanas y meses,
entre sus verdugos que le cuidan y le alimentan, hasta que la arena
cicatriza la cuchillada atroz  se les va por ella la sangre y el alma.

El noventa y cinco por ciento de los eunucos muere tras la cruenta
amputacin.

Por esto los que quedan son personajes posedos de su importancia,
influyentes en la vida turca, caprichosos  irresistibles, lo mismo que
una tiple que se considera indispensable y precisa.




XXIX

Los derviches aulladores


En la orilla asitica de Constantinopla, entre el barrio puramente turco
de Scutari, en el que no vive ningn europeo, y el cementerio que lleva
el mismo nombre, vasta extensin bordeada de kioscos funerarios y
sombreada por pltanos seculares, est la mezquita del Roufat, donde
todos los jueves,  las dos de la tarde, celebran su ceremonia religiosa
los derviches aulladores.

Esta mezquita no es grande y luminosa como la de Eyoub, donde los
derviches danzantes voltean, como flores, sus pesadas faldas. La secta
de los aulladores es sombra y feroz, y parece guardar en sus extraos
ritos el alma fantica  implacable del antiguo turco, terror de Europa.
Una sala baja y casi obscura, con el techo sostenido por columnas de
madera, y desnuda de todo adorno arquitectnico, es el lugar de la
ceremonia. En las paredes, algunos cartelones, con versculos del Korn,
y unos negruzcos panderos. Sobre el tapiz que cubre el Mirab, una
panoplia de armas antiguas, turcas  indias: espadas onduladas,
cimitarras venerables, hachas de curva entrante y mazas erizadas de
clavos.

Sobre la piel de cordero tendida en este sitio de honor, se sienta, con
las piernas cruzadas, el _imn_, el gran sacerdote de los derviches
aulladores, que ostenta en su turbante blanco la arrollada faja verde de
los que se tienen por descendientes del Profeta.

Este _imn_ es un rabe que goza de gran popularidad, aparte de su poder
de hacer milagros, por ser el hombre ms hermoso de Constantinopla. No
he visto tipo ms perfecto de la belleza semita. De regular estatura,
parece, sin embargo, muy alto, por la gallarda de su cuerpo enjuto y
gil, en el cual el esqueleto slo est revestido de los tejidos
indispensables para la vida. Las facciones son de un moreno brillante,
entre rojizo y verdoso; el mismo tono de los bronces florentinos. La
nariz, aguilea y fina, avanza sobre una barba clara y rizosa, de un
negro azulado, y los ojos, enormes y misteriosos, tienen una veladura de
color de tabaco en sus crneas, que hace resaltar el fuego de las
luminosas pupilas. Es un jinete de los desiertos arbigos, un pirata del
mar de arena, un caballero andante de las soledades asiticas,
majestuoso y melanclico, que se ha dedicado  sacerdote y vive en la
civilizada Constantinopla, rozndose con los europeos.

Las viajeras que ocupan las galeras de la mezquita contemplan con
admiracin  este Apolo rabe; pero l permanece inmvil en la piel de
cordero, envuelto en su sotana negra, por cuya abertura luce un rico
chaleco de seda, de rayas menudas y multicolores. No s por qu
presiento que el jefe de los derviches aulladores, que forman la
cofrada ms fantica de Constantinopla, es un hombre _enterado_, sin
ninguna fe en las ceremonias que preside. Tiene la expresin demasiado
inteligente para creer en tales cosas. Un da, hablando de l con
Constans, el embajador de Francia, ste rompi  reir, con la
irreverencia de un viejo republicano:

--Le conozco mucho. Un _blagueur_. Lo que ustedes llaman un guasn. Un
hombre inteligente que se amolda  las circunstancias.

Pero aunque este rabe majestuoso engae  los suyos, no teniendo fe en
los mismos ritos que ejecuta, hay en sus actos una gran nobleza. Es un
buen turco, que cree necesario para la vida de su pueblo el
mantenimiento de las tradiciones, y las sigue con solemne gravedad, sin
creer en ellas.

Frente  l estn los derviches, formados en fila, llevando sobre la
cabeza, como distintivo de la cofrada, un solideo de fieltro, semejante
 media corteza de coco. Unos son negros, medio desnudos, de lanuda
cabellera y ojos diablicos; otros, blancos, que conservan el traje de
calle y parecen tenderos del inmediato barrio de Scutari.

Todos ellos repiten  coro una especie de letana montona, y balancean
su cabeza adelante y atrs, como si estuviera muerta sobre los hombros,
doblando al mismo tiempo el cuerpo por la cintura. Este vaivn continuo,
acompaado de un canturreo semejante al de los nios en la escuela,
acaba por dar una especie de vrtigo. El sudor rueda por el cuerpo de
los negros, cubrindolos de una capa hmeda y goteante. Los blancos
pierden por momentos su correcto exterior de burgueses. Los cuellos de
camisa se arrugan y ennegrecen como trapos; las corbatas se esparcen
deshechas; las cadenas de reloj saltan locas sobre el vientre, como si
fuesen  romperse.

_La Ilah il Allah_!, cantan los derviches con un furor creciente,
extremando su loco vaivn de muecos mecnicos, y el gran sacerdote los
contempla inmvil, como un maestro que preside su escuela, y cuando el
movimiento parece debilitarse, hace una imperceptible seal  uno de sus
aclitos, encogido junto  l, y ste grita y palmotea para acelerar el
curso de la oracin.

Formando una larga cadena, y apoyado cada uno en el hombro del vecino,
los derviches se mueven, como un pndulo humano,  un lado y  otro, con
montona regularidad. Este balanceo, y la repeticin montona de su
plegaria, parece embriagarles. Unos tienen los ojos casi salidos de las
rbitas, con una expresin feroz. Otros los cierran, como si estuviesen
dormidos, movindose y cantando en pleno ensueo. Los derviches
empiezan  justificar su ttulo de aulladores. La letana se corta con
gritos estridentes, verdaderos ladridos, que espeluznan de horror  los
espectadores europeos. La movible cofrada semeja una aglomeracin de
fieras amaestradas. Sus voces no tienen ya nada de humano. Hay momentos
en que parece que van  saltar las barandillas para morder  los
occidentales curiosos, agrupados detrs de ellas.

De pronto, un golpe ensordecedor sobre la madera del pavimento. Un
cuerpo que se desploma. El auditorio se estremece como ante la cada de
un cadver. Es un negro grande y enjuto, cubierto de sagrados harapos,
que se revuelca en el suelo con los miembros torcidos, la boca espumosa
y los ojos en blanco por un estrabismo loco. Segn cuentan, este negro,
que dentro de la mezquita parece un mendigo fantico, es capitn de
caballera en el ejrcito del sultn. De su pecho oscilante sale un
rugido, que es al mismo tiempo una queja de dulce agona. _Allah
hou_!... Y en la crispacin de su rostro lustroso, en su mirada
completamente blanca, hay algo de xtasis, como si contemplase  su Dios
asomando entre esplendores de oro sobre las tiendas celestiales, en
cuyas aberturas aguardan las hures de redondas formas y hmedos ojos 
los guerreros fieles del Profeta.

Tras el negro cae otro derviche, y luego otro. Ruedan sobre el
entarimado los cuerpos, convulsos por la embriaguez hipntica, lanzando
aullidos espeluznantes. Las viajeras occidentales huyen desfallecidas,
ocultando los ojos en el pauelo, sintiendo que ellas tambin van 
desplomarse  impulsos del excitado histerismo de su sexo; y mientras
tanto, los derviches que aun se mantienen de pie se agitan cada vez con
mayor mpetu y desfiguran sus voces hasta convertirlas en ladridos.

Cerca de una hora dura esta pesadilla feroz, esta escena que parece de
otro mundo.

Al fin, el gran sacerdote se mueve, hace un gesto y se rompe la fila de
los derviches. Los que aun se mantienen de pie salen de la sala con paso
vacilante, en pleno vrtigo, para ir  secarse el sudor y tomar aliento
en una pieza vecina. Los que estn inertes en el suelo, como si
durmiesen, son sacados  brazos.

Un ayudante del gran sacerdote entra en la mezquita llevando de la mano
larga fila de nios y nias. Todos se arrodillan ante el _imn_,
esperando el momento de la curacin. Vienen de los barrios ms apartados
de Constantinopla, han pasado el Bsforo, para llegar  la mezquita de
los derviches aulladores. El gran sacerdote, descendiente del Profeta,
venido de la misteriosa Arabia, donde reside toda sabidura, cura con el
soplo de su aliento y el contacto de sus pies. Unos  otros se
transmiten, con el alto sacerdocio, este divino poder. Esto lo saben
desde el sultn hasta el ltimo _hamal_ de los muelles del Cuerno de
Oro.

Las criaturas se tienden boca abajo en el suelo de la mezquita. El
hermoso _imn_ se yergue despojndose de las babuchas, y apoyado en uno
de sus ayudantes camina lentamente sobre los riones de las criaturas.
Poco debe pesar el enjuto y esbelto rabe, pero aun as parece imposible
que no revienten estos cuerpecillos, que forman un pavimento animado
bajo sus pies. El noble y sereno gesto de resignacin del hermoso
sacerdote! Su triste gravedad al volver  repasar sobre los cuerpos de
los pequeos!...

stos se levantan, se sacuden, salen riendo y empujndose, como
criaturas acostumbradas  venir todas las semanas, y para las cuales el
viaje es una verdadera fiesta. No presentan ninguna enfermedad exterior.
Parecen sanos y robustos. Sus padres quieren curarlos de embrujamientos
 inapetencias, males de los que triunfa casi siempre el santo _imn_...
con ayuda del tiempo. Despus se prosternan ante l, implorando la
huella de sus pies, hombres de todas clases; viejos cargadores, soldados
y marineros.

Cerca de m est sentado un joven turco, elegantemente vestido  la
europea, con alto cuello, vistosa corbata y un gabn ingls  rayas. El
fez es lo nico que delata su nacionalidad. Tiene cara de alegre
vividor, falto de escrpulos; sus ojos son de fra insolencia; en su
rostro lleva marcas recientes de enfermedades irrevelables. Cmo reir
este turco ultramoderno de la credulidad de sus compatriotas!...

El _imn_, ocupado en marchar sobre los riones de los fieles, lanza
rpidas miradas  unas celosas tras las cuales se adivina cierta
agitacin, acompaada de sordo zumbido. Son las damas turcas que se
impacientan. El sacerdote debe subir para la curacin de las enfermas en
una pieza aparte.

Acurrucado en la piel de cordero, se prepara  hacer su oracin ante el
Mirab antes de partir, cuando llega el ltimo enfermo. Es el joven turco
vestido  la inglesa, el elegante del gabn rayado, que se arrodilla
compungido, brillantes de fe los audaces ojos.

El _imn_ escucha con un gesto de inmensa misericordia la corta
confesin de sus pecados y enfermedades. Le abraza, le sopla varias
veces en los ojos y en la boca, sin perder su noble gravedad, y luego
pasa varias veces sobre l, mantenindose derecho en sus riones con la
calma de un filsofo, convencido de que la humanidad cobarde quiere ser
engaada en sus dolores, y que la mentira es buena cuando puede servir
de consuelo.




XXX

Libertad religiosa


En ninguna ciudad del mundo existe la libertad religiosa que en
Constantinopla.

Los que confunden  todos los mahometanos en un concepto comn, y creen
que el fantico y cruel marroqu es semejante al turco, se extraarn de
esta afirmacin; y sin embargo, nada ms cierto. En Constantinopla viven
todos los cultos con entera libertad y todos sus ministros gozan de
igual respeto. El patriarca griego, el patriarca armenio, el gran
rabino, el arzobispo armenio catlico y el arzobispo catlico romano,
todos son funcionarios del imperio, iguales en respeto al gran _imn_ y
retribudos por el emperador con generosa largueza, segn el nmero de
adeptos que cada religin cuenta en sus Estados.

Es ms: el Comendador de los creyentes, el heredero del Profeta, que
muchsimos occidentales se imaginan como un mahometano feroz 
intolerante, tiene en su Consejo de Estado y entre los altos pachs que
le rodean hombres de todas las religiones para poder atender  los
diversos servicios sin lastimar las creencias de sus sditos.

Si ha de nombrar el gobernador del Lbano, elige siempre  un pach
catlico, por ser sta la religin de los pobladores de dicha provincia;
si se trata de Samos  cualquiera isla turca vecina al archipilago,
designa  un pach griego; y as hace en los dems _vilayetos_ de su
vasto imperio.

Los turcos no sienten la fiebre del proselitismo.  sus imanes no se les
ocurre jams catequizar  nadie. Es ms: desprecian al _renegado_, y
miran con inquietud al hombre que cambia de religin, aunque sea para
abrazar la suya. Lo que ellos aman es el poder poltico, la dominacin
conquistadora, y les basta con que los hombres se sometan  su autoridad
y sus leyes, sin importarles el secreto de su conciencia.

Siempre hablan con respeto de las religiones ajenas.

--Estn equivocados--dice el viejo turco con superioridad bondadosa--.
No conocen la verdad; pero al fin creen en Dios, que es lo importante, y
le honran y glorifican  su manera, lo mismo que nosotros.

Los turcos slo tienen un odio religioso, irracional y feroz: el odio al
persa, musulmn que es para ellos un conjunto de todas las herejas y
abominaciones: lo que el protestante para un catlico rancio.

Los musulmanes de Persia, partidarios de la secta chita, que creen en
el Profeta, pero le dan distintos descendientes, inspiran un odio
irreductible al buen turco.

--Esos perros!--exclaman cuando ven un rostro de verde aceitunado,
cubierto con gorro de astracn--. Los _giaoures_ (los cristianos) no son
culpables de sus errores. Siguen la religin que les ensearon sus
padres. Pero esos persas, que conocieron la verdad y se apartaron de
ella!...

Un desprecio invencible separa al turco del persa. Los numerosos
sbditos del sha que viven en Constantinopla se ven rodeados de la
general animadversin. Las guerras con Persia han sido siempre
popularsimas en Turqua. Si no existiese la vigilancia de las grandes
potencias y el llamado equilibrio de las naciones, hace tiempo que el
ejrcito del _Padich_ habra entrado vencedor en los palacios de
Tehern.

Pero  pesar de este odio, que resulta implacable por lo mismo que se
desarrolla entre prximos parientes, el persa goza en Constantinopla de
una libertad absoluta. Cuando llega su cuaresma--cuaresma asitica,
sanguinaria y salvaje--, los fieles se reunen pblicamente para
entregarse  crueles fiestas. Se azotan con ltigos de hierro; se
atraviesan las carnes con puales; se hieren, al comps de los himnos,
con agudos sables, hundiendo siempre las hojas entre los labios de la
misma herida; danzan haciendo ondular sus blancas tnicas manchadas de
sangre, aullan como posedos, y el turco les contempla impasible, sin
intervenir jams en su delirio, alabando  Allh omnipotente, que
castiga  los enemigos con tales errores y locuras.

En los pases que monopolizan el ttulo de civilizados, en las naciones
de mayor tolerancia religiosa, Inglaterra y los Estados Unidos, por
ejemplo, los diversos cultos gozan de libertad, pero ven limitados sus
derechos cuando intentan salir  la va pblica.

En Constantinopla la libertad es ms completa, pues ni siquiera existe
dicha limitacin. La Gran Calle de Pera podra titularse la calle de las
religiones. En la misma acera, y casi tocndose, existen una mezquita de
derviches danzantes, la iglesia de San Antonio de los frailes franceses,
el pequeo convento de franciscanos espaoles de Jerusaln, dos
sinagogas, un templo armenio, una capilla evanglica alemana y otra
inglesa. El paseante ve al travs de las grandes rejas de un ventanal
tmulos venerables de viejo terciopelo, coronados de enormes turbantes y
alumbrados por tenues lmparas; ms all un patio con claustros y una
cruz en medio,  la sombra de rboles seculares: y al mismo tiempo que
suena la campana del templo catlico, se escapa por ciertas ventanas el
coral luterano, lento y solemne, de los que cantan la gloria de Jess
libre de las corrupciones de Roma, y llega hasta la calle el ruido
montono de flautas y tamboriles que acompaa el baile de los derviches.

El turco, tolerante con todas las creencias, se detiene  la puerta de
los templos, y por poco que insista el celo catequizador del sacristn 
el empleado que est  la entrada, penetra en ellos con una gravedad
respetuosa. No se quita el fez, porque esto sera en l seal de
menosprecio, y cubierto, asiste  las ceremonias de un culto que no es
el suyo, con una rigidez respetuosa, sin parpadear, sin darse cuenta de
la curiosidad que despierta entre los fieles.

Hay que oir hablar  un turco de sus visitas  los templos extraos,
para darse cuenta de la gravedad con que trata la fe ajena. All no est
Mohamed, el amado Profeta, pero hay algo de Allh, poderoso seor cuyo
poder reverencian los infieles, aunque indirectamente.

No hay miedo de que el contacto con las otras religiones perturbe la
conciencia del turco, convirtindole. Si l no se preocupa de catequizar
 los infieles, considerndolo tarea intil, es porque los juzga con
arreglo  su fe, inconmovible y  prueba de seducciones. Si  un turco
llegan  convencerle de lo irracional de sus creencias, vivir en
completo escepticismo, ser ateo, pero jams se le ocurrir reemplazar
con una nueva religin las doctrinas muertas. La apostasa tiene para l
una importancia ms que religiosa: es renegar de la raza, de los padres
y del nacimiento; una descalificacin por toda la vida; una abyeccin
incompatible con el honor.

Jams mezcla el turco la religin del enemigo en los odios que le
impulsan contra ste. Le combate y le extermina porque cree que desea
apoderarse de su territorio, porque amenaza con quitarle el pan, porque
es valeroso y arrogante como l y no pueden subsistir juntos; pero nunca
porque adore  un Dios distinto del suyo. Tiene en poco aprecio al
judo, porque es rapaz y de mala fe en sus tratos,  pesar de lo cual
los hijos de Israel gozan aqu de una ciudadana que les negaron en el
resto del mundo. Ha degollado recientemente al armenio en las calles de
Constantinopla, porque ste, ms malicioso y activo, le arrebataba la
hacienda y adems soaba con trastornar la sedentaria vida turca
arrojando bombas de dinamita en mezquitas y calles. Le extermin por
rivalidad econmica y por librarse de las angustias del terrorismo; no
porque fuese cristiano. Mira con desconfianza al griego porque la
religin cismtica es la del ruso, eterno peligro de su patria, y porque
tras sus melosas cortesas oculta el deseo de una sublevacin general en
los pases de la antigua Grecia. Pero  pesar de todos estos odios, ms
 menos justificados, jams el populacho de Constantinopla, en sus
terribles motines, ha penetrado en las sinagogas ni en los templos
griegos y armenios. Mata al enemigo en las calles y se detiene
respetuoso ante los umbrales de las iglesias, convencido de que all,
como en todos los lugares donde se reverencie  Dios, vive Allh con
distinto nombre.

Su fe religiosa, sincera, profunda, inconmovible, nicamente se permite
cierta irona despectiva ante la fe de los judos y cristianos. Su
pensamiento, un tanto primitivo, discurre en salvaje lnea recta, sin
desorientarse entre esas concesiones que enmaraan y retuercen nuestros
razonamientos de civilizados.

Ellos tienen sus lugares santos en la Meca y Medina, y las dos ciudades
venerables son suyas. Jams un lugar donde puso sus pies el Profeta
caer en poder de los _giaoures_: antes morirn todos los creyentes.
Europa se burla de la pobre Turqua, la explota, la escarnece, pero
Turqua guarda su herencia de Dios. En cambio los pueblos civilizados
hablan  todas horas de Cristo. Sus religiones, sus costumbres, sus
leyes, todo est moldeado en el nombre y conforme al espritu de un
judo que hace muchos siglos vivi en Jerusaln... Y Jerusaln, Beln y
todos los lugares por donde pase el hombre-dios, seor ahora de los
pueblos ms poderosos del planeta, siguen en poder del Comendador de los
creyentes, del soberano de Constantinopla! Para qu los grandes barcos
que escupen fuego y muerte, los enormes ejrcitos, las mquinas de
mgico poder, las inmensas riquezas de los banqueros judos, si la tumba
del Dios de los unos y la ciudad santa de los otros contina bajo el
dominio del sucesor del Profeta?... El buen turco, pensando esto,
sonre, y cree firmemente en la grandeza de su religin y de su raza, ya
que conserva en cautividad de siglos la cuna religiosa de los pueblos
ms fuertes de la tierra.

Su tolerancia, producto del carcter ms que de la imposicin de las
leyes, es una manifestacin de la bondad orgullosa con que el turco
protege siempre al que considera dbil. Nada le importa que las
religiones extraas se establezcan junto  las mezquitas y que salgan en
sus ritos  las calles de Constantinopla. Las considera con la benvola
sonrisa del guerrero que durante su descanso contempla un juego de
nios; y las religiones se aprovechan de esta benevolencia, gozando de
una libertad que no tienen en ninguna parte.

Desde la ventana de un hotel del barrio de Pera, he asistido al desfile
de todas las religiones de Europa. Suenan graves cantos litrgicos,
acompaados de una calma repentina en los rudos de la calle. Me asomo.
Los carruajes de alquiler se han detenido junto  la acera: los turcos 
caballo tiran de las riendas  sus cabalgaduras y se alnean  lo largo
de la calle: los _hamal_, encorvados bajo sus cargas, y los simples
transeuntes se agolpan junto  las paredes, formando dos masas de gorros
rojos. Es un entierro. Al frente avanza la cruz, entre candelabros
sostenidos por monaguillos, lo mismo que en los pueblos catlicos.
Detrs vienen en dos filas barbudos frailes, cantando el oficio de
difuntos. Luego se agolpan, con grandes blandones encendidos 
disputndose el honor de llevar en hombros el fretro, un sinnmero de
sbditos otomanos, todos con el fez en la cabeza. Unos son catlicos,
otros no lo son, pero todos acompaan con fraternal piedad al amigo
muerto, y se unen  los sacerdotes y los smbolos de la que fu su
religin. Al pasar la cruz, los turcos parecen saludarla con sus ojos
graves. Algunos se llevan una mano  la frente, acogindola con el
solemne saludo oriental.

Tras el entierro catlico, pasa una boda griega, con su charanga al
frente, y el pope barbudo sentado junto  los novios; y el cortejo
fnebre de un nio de la misma religin, en el que marchan los parientes
con sacos de bombones para obsequiar  los amigos cuando termine el
sepelio; y un casamiento armenio, en el cual llevan los contrayentes
enormes cirios labrados, verdaderos monumentos de cera, con rizadas
volutas y prolijos capiteles. Y todas estas manifestaciones de los
diversos cultos, con sus sacerdotes y sus ritos, slo producen en la va
pblica un movimiento de curiosidad, acompaado de corts benevolencia.

La fiesta semanal de cada religin se observa con entera libertad. Los
turcos, seores del pas, son los que menos ocupan la atencin de los
otros: los que menos molestan  sus conciudadanos. El viernes (que es
su domingo) pasara inadvertido,  no ser por el movimiento de tropas y
funcionarios que acompaan al _Padich_ en la fiesta del Slamlik. El
sbado, fiesta de los judos, se cierran las principales tiendas de
Constantinopla, ms de la mitad de los puestos del Gran Bazar, y queda
en suspenso una buena parte de la vida comercial. El domingo repican las
campaas de los numerosos templos catlicos de Galata y Pera, suena el
armnium en las capillas evanglicas, cirranse bancos y tiendas, y las
gentes, endomingadas, van  misa   los oficios, lo mismo que en
Europa, ante la mirada benvola del turco, que supeditado al poderoso
occidental, se ve obligado  observar un nuevo da de fiesta.

De todas las religiones que existen en el imperio, la cristiana es la
que parece ms allegada  la simpata del turco. Este habla de Jesuh
como de un profeta algo inferior al suyo, pero igualmente venerable: una
especie de segundn de Mahoma. Es ms: como el turco sabe poco de
historia y su pensamiento espeso no tiene una nocin clara de los aos y
la distancia, cree de buena fe que los dos vivieron  un mismo tiempo,
que fueron grandes amigos y trabajaron juntos en la obra de Dios, aunque
al final cada uno tom distinta direccin.

En Constantinopla es popular la ancdota de un soldado turco, que entr
en un templo catlico durante la Semana Santa.

El soldado turco es lo ms leal, lo ms noblote, y al mismo tiempo lo
ms salvaje y duro de mollera que existe en el imperio. El servicio de
las armas pesa nicamente sobre los otomanos musulmanes, y como 
Turqua le quedan pocos territorios en Europa, comparados con los que
posea hace medio siglo, su ejrcito se nutre de reclutas extrados de
las entraas del Asia, de las lejanas y brbaras provincias. Son
mocetones semisalvajes, silenciosos, de facciones rgidas y ojos
inmviles, como si estuviesen abstrados continuamente en una laboriosa
reflexin para comprender lo que les hablan. La ruda disciplina  la
alemana y la severidad de unos oficiales que no se andan en
contemplaciones, mantienen  estos soldados semibrbaros en una
subordinacin automtica. Slo as, bajo las amenazas del castigo,
pueden vivir en una gran ciudad estos asiticos, en cuyo interior
dormita el alma de los hombres primitivos. En los tiempos en que se
amotinaba el ejrcito turco, la soldadesca al correr libre por las
calles de Constantinopla, violaba  las mujeres con una lubricidad
feroz, excitados por la privacin en el seno de una sociedad que
mantiene recludas  las hembras, y haca sufrir  los hombres odiosos
ultrajes, ms que por vicio por menosprecio de raza. Hoy, que viven
acuartelados y obedientes, sin el ms leve intento de rebelda, aun se
permiten tmidos desmanes  impulsos de su ardorosa naturaleza oriental
y del hambre del celibato. La mujer que es de su raza les inspira
respeto y miedo, pero en las calles de Constantinopla se aprovechan de
la confusin y el trnsito para tentar con brbara galantera el dorso
de todas las seoras vestidas  la europea.

Junto con este salvajismo, tienen una noble franqueza para confesar sus
delitos. Jams ha habido que castigar en masa  un regimiento. Cuando
los oficiales, enterados del crimen de un soldado, preguntan  su gente
quin es el autor y la amenazan con penas generales, el delincuente sale
de las filas para marchar tal vez al cuadro de fusilamiento, resignado 
morir antes de que sufran por su culpa los compaeros inocentes.

Este salvaje, disciplinado y uniformado  la alemana, es de una
credulidad y de una ignorancia que hacen reir  las gentes. Deslumbrado
por las maravillas de Constantinopla al llegar de su lejana aldea de
Asia, todo lo cree posible, y escucha sin pestaear las ms estupendas
mentiras, limitndose  un mugido de asombro. Sobre su puro cerebro,
surgen como dbiles eflorescencias muy contadas ideas. Slo indiscutible
considera que Mohamed es el Profeta de la verdad, el _Padich_ el
monarca ms poderoso de la tierra, y los turcos los hombres ms
valerosos del mundo. Fuera de estas creencias, inconmovibles, lo dems
lo acepta sin discusin, con la indiferencia de un pensamiento que no
quiere darse el trabajo de funcionar.

Un Viernes Santo, cierto soldado turco, falto de distraccin, sintise
atrado por una gran puerta del barrio de Pera. Entraba y sala el
gento europeo al travs de ella, y en el fondo brillaban luces, como
estrellas rojas en un cielo negro. Era un templo catlico. El soldado
entr, erguido el fez sobre la frente, llevndose  l una mano con
expresin de respeto y examinando impasible los altares enlutados y el
traje sombro de los fieles.

Un europeo, de carcter alegre, conocedor del idioma turco, se uni  l
para gozarse en su estupefaccin y su ignorancia.

--Quin es ese?--pregunt el soldado sealando un cadver tendido en
rico lecho, cerca del altar mayor.

--Ese es Jess que ha muerto. T conoces  Jess?... Jesuh, el amigo
de Mohamed, el hijo de Mara.

El mocetn, tras larga pausa reflexiva, movi la cabeza.

--Ah!... Jesuh... hijo de Miryam... amigo de Mohamed... Conozco--dijo
al fin, con la concisin del idioma turco.

Se acerc para contemplar de ms cerca el sagrado cuerpo, y as
permaneci mucho tiempo en rgida actitud de respeto, como si estuviese
en presencia de su coronel. Sus ojos parecieron conmovidos al fijarse en
las heridas sangrientas.

--Lo han matado?--pregunt.

--S; lo han matado.

--Quines?...

--Los judos.

El buen osmanl hizo un gesto como si no le sorprendiese la noticia.
Los judos! Las gentes malditas que viven all en el barrio de Galata!
Quines otros podan ser?...

--Pobre Jesuh!... Y cmo fu?

El europeo, animado por la grave credulidad del turco, crey del caso
aumentar aun ms su estupefaccin.

--Iban juntos de camino, Mohamed y Jesuh, predicando la gloria de Dios.
Salieron los judos  su encuentro. Mohamed pudo huir, pero el pobre
Jesuh, como era ms dbil, fu asesinado, y ah le tienes.

Qued en silencio el soldado.

--Y los judos queran matar  Mohamed?...

El europeo lo afirm varias veces, gozndose en las exclamaciones de
asombro del crdulo mocetn.

--Ah! Mohamed! Querer matarle!

Cansado de contemplar el cadver de Jesuh y las gentes que se
arrodillaban para besarle los pies, el soldado sali  la calle.

Los turcos tienen un sentido especial para reconocer al judo, aunque se
vista  la europea. Lo olfatean, lo adivinan al travs de toda clase de
disfraces.  los pocos pasos tropez con un israelita. Impvido, con su
flema de oriental, levant el puo, y rod el judo por el suelo con el
rostro lleno de sangre. Un puetazo de osmanl es terrible. Fuerte
como un turco, dice el proverbio.

Se arremolin la gente, surgieron en un instante numerosos
correligionarios del cado, pues los israelitas estn en todas partes
para ayudarse, y la polica militar se apoder del agresor, llevndolo
al cuartel entre las vociferaciones y lamentos de la muchedumbre juda.

En el cuarto de banderas, los oficiales se asombraron del suceso. Un
buen soldado, que nunca haba dado motivo de queja! Por qu has hecho
eso?

El mozo, intimidado en presencia de sus superiores, balbuce como el que
repite una leccin:

--Mohamed y Jesuh iban juntos... Salieron judos y mataron  Jesuh...
Mohamed huy porque es fuerte y tiene buenas piernas. Pero si llegan 
alcanzarlo!...

Y como los oficiales rompieran  reir, asombrados de tanta simplicidad,
el soldado aadi con la fe del buen creyente:

--Yo lo s... Yo lo he visto.




XXXI

Restos de Bizancio


La _At Meidan_,  Plaza de los Caballos, es el antiguo Hipdromo de
Bizancio. Antes que el sultn Mahmoud reformase la vida turca 
principios del siglo XIX, aqu venan los _itchoglans_  pajes del
Serrallo  ejercitarse en el manejo de la jabalina. Aqu tambin, en
esta plaza, teatro tantas veces de las revueltas de los jenzaros, acab
el enrgico sultn con la terrible milicia que despus de haber salvado
 Turqua haca imposible su existencia. Fu en 1826. Mahmoud di  los
jenzaros un gigantesco banquete en la Plaza de los Caballos, y  los
postres cerrronse todas las bocacalles con regimientos fieles y
numerosas bateras. Los caones vomitaron metralla sobre la plaza, y en
unos cuantos minutos perecieron aquellos guerreros feroces que haban
hecho temible en Europa el nombre de Turqua.

La plaza es un rectngulo prolongado, que comunica por uno de sus
extremos con otra plaza ms pequea, donde est Santa Sofa.

_At-Meidan_ es el Agora del viejo Stambul. En los cafetuchos y pequeos
puestos de la plaza se reunen  charlar tomando caf  pasando las
cuentas del rosario los turcos ms turcos de la ciudad; los
tradicionalistas de grueso turbante y caftn multicolor, los derviches
silenciosos de capa parda y gorro de fieltro, los imanes jvenes, de
rostro asctico, vestidos de negro, que permanecen con la mirada fija en
el espacio, como si contemplasen la gloria de Allh.

Todo un lado de la gran plaza lo ocupan un gran cuartel y el palacio de
Justicia, flanqueado de sombras prisiones. En el lado opuesto est la
mezquita del sultn Ahmed, la ms grande de Constantinopla por el
terreno que ocupa, rodeada de muros con rejas que dejan ver los patios y
jardines interiores, y coronada por seis minaretes blancos, altsimos y
sutiles, con remates de oro.

En el centro de la plaza, siguiendo una lnea que marca la divisoria de
las antiguas arenas del Hipdromo, mantinense en pie tres monumentos
interesantes de la antigedad: el Obelisco de Teodosio, la Columna
Serpentina y la Pirmide Murada.

El Obelisco de Teodosio es padre venerable del de la plaza de la
Concordia de Pars y de todas las agujas egipcias que adornan jardines
en Inglaterra y los Estados Unidos. Fu el monarca bizantino el primero
 quien se le ocurri aprovechar para su propia gloria los monumentos
con obscuros jeroglficos extrados del misterioso Egipto. Este
Obelisco, enorme aguja de granito rosa, fu trado de Helipolis y
erigido en el centro del Hipdromo, sobre una base esculpida en honor de
Teodosio. La base aun subsiste con sus altos relieves, que apenas han
sufrido desgaste despus de una existencia de diez y seis siglos. Las
lluvias y el aire, ms que la irreverencia de los hombres, han rodo los
salientes de las figuras, achatando sus rostros. Las escenas de la vida
pblica de Bizancio hace mil seiscientos aos reviven en este monumento.
En una de sus caras, Teodosio, con su esposa y sus hijos Arcadio y
Honorio, mustrase rodeado de toda la pompa oriental. Los cortesanos se
prosternan  sus pies, y en el fondo, como espeso bosque, agrpanse las
lanzas de los pretorianos. En otra cara aparece erguido en el palco
imperial, presidiendo los juegos del Circo. En otra recibe el homenaje
de los enviados extranjeros. Y junto  estas escenas de la vida
bizantina, vense esculpidas las mquinas, las gras, los primitivos 
ingeniosos artefactos que sirvieron en aquella poca para erigir la
pesada mole.

Algunos metros ms all lzase la Pirmide Murada, triste ruina que hace
sonreir cuando se piensa en su pretencioso origen. El emperador
Constantino Porfirogente, al erigirla, la llam el Coloso, afirmando que
era digno rival del de Rodas; pero hoy del pobre Coloso slo queda un
obelisco de piedra vulgar, sin adorno alguno. En otros tiempos estaba
revestida, desde la base hasta el vrtice, de gruesas lminas de bronce,
que ciertamente le daran un aspecto deslumbrador. Pero llegaron los
guerreros de la cuarta Cruzada, soldados de Dios que hicieron ms dao 
Constantinopla que los turcos, y tomando el bronce por oro, despojaron 
la pirmide de su envoltura, dejndola en su desnudez actual.

De los tres monumentos del Hipdromo, el ms antiguo  importante es la
llamada Columna Serpentina. Maltratada por los hombres y los siglos;
reducida  una tercera parte de su altura, rota y casi informe como un
andrajo del pasado, da sin embargo la impresin de esos monumentos
venerables en los que se admira ms lo que no se ve que lo todava
visible. El suelo del Hipdromo, con las ruinas de la ciudad, el paso de
los siglos y los temblores de tierra, se ha elevado ms de tres metros,
y la columna famosa, lo mismo que los otros monumentos del Hipdromo,
est  cierta profundidad, en el fondo de un hoyo rodeado de barandilla.

Esta columna es el monumento ms autntico  importante que poseemos de
la antigedad griega. Fu fundida en Atenas para conmemorar la victoria
de Platea sobre los persas, y la colocaron en el templo de Delfos,
frente al gran altar. Representaba tres serpientes de bronce enlazadas
tan estrechamente, que formaban  modo de un solo reptil, con tres
cuerpos y tres cabezas. Los nombres de todas las ciudades griegas que
tomaron parte en los gloriosos combates de Salamina y Platea, figuraban
grabados en ella. Un trpode de oro consagrado  Apolo reposaba sobre
las cabezas de las tres serpientes. Este trpode fu robado por los
focios, pero la columna mantvose intacta en Delfos hasta los tiempos de
Constantino, en que ste la arranc de la tierra sagrada de Grecia para
embellecer su nueva ciudad del Bsforo.

Las mutilaciones de la Columna Serpentina datan de muchos siglos. El
fanatismo cristiano de los bizantinos se ensa en el monumento, viendo
en las tres serpientes una obra del demonio. Varias veces el populacho
la atac con palos y piedras. En tiempos del emperador Tefilo, el
patriarca de Constantinopla vino cauteloso una noche, y  martillazos
rompi las cabezas de los reptiles. Solamente pudo destruir dos. Siglos
despus la supersticin musulmana reemplaz al fanatismo cristiano.

Al entrar Mohamed II vencedor en Constantinopla, sobre su caballo
ensangrentado, ebrio de clera y de matanza, lleg  la plaza del
Hipdromo, detenindose ante la triple serpiente,  la que tom por un
dolo de los vencidos. Pueblo execrable de infieles, adoradores del
demonio!... Y lanz su maza de guerra con tal fuerza contra la bestia,
que parti la nica cabeza que aun se mantena intacta. Despus de este
acto--segn cuenta la tradicin turca--, una invasin de serpientes
vivas se esparci por Constantinopla, y el pueblo, posedo de
supersticioso terror, respet y repar el monumento. Pero los ladrones
acabaron la obra destructora de la supersticin. La columna tent su
codicia, se dedicaron  robar fragmentos de ella, y fu vendido como
vulgar metal el bronce contemporneo de Temstocles, que aun conservaba
legibles los nombres de las treinta ciudades griegas que tomaron parte
en la guerra contra los persas, las mismas que menciona Plutarco.

Para encontrar otros vestigios de la dominacin bizantina en esta
Constantinopla modificada por los turcos, hay que salir de ella y seguir
el extenso recinto de sus murallas.

Ms de ocho kilmetros de longitud tienen las antiguas fortificaciones
de Bizancio. Se sale de Stambul en ferrocarril, y el tren atraviesa
extensas campias con pueblos que no son ms que barrios apartados de
Constantinopla. Desde la ventanilla del vagn se ven tierras desoladas,
pedazos de desierto, cementerios que se pierden de vista con sus
pequeas tumbas blancas y apretadas, como un rebao inmvil que en vano
busca un hierbajo en la tierra rida. Y todo este suelo muerto, hollado
muy de tarde en tarde por los pies del hombre, fu la antigua
Bizancio!...

El tren, despus de detenerse en varias estaciones, llega al lugar de
donde arrancan las murallas,  orillas del Mrmara, para extenderse
hasta las riberas del Cuerno de Oro, formando una lnea de ocho
kilmetros en la parte ms ancha de la pennsula triangular.

Al descender del vagn el viajero cae en una soledad de cementerio.
Mseros bancales mal cultivados vegetan  la sombra de las murallas, que
son enormes, rojizas, con profundos socavones, ms semejantes  restos
de un cataclismo geolgico que  obra de los hombres. Los torreones que
antiguamente la flanqueaban son informes montculos por los que trepan
las plantas parsitas huyendo del matorral que rodea sus bases como una
inundacin sombra y pinchosa. Sobre sus plataformas, semejantes  bocas
viejas, en las que slo queda el diente aislado de algunas almenas,
crecen higueras salvajes, rboles silvestres que tienen siglos, parias
de la vegetacin que hunden sus races en sillares y argamasa y viven de
chupar el jugo de la piedra; parasoles verdes y frondosos que agitan su
cpula bajo el viento de la estepa, en esta soledad, libres del hombre.

La llamada Torre de Mrmol descuella en la confusin de escombros rojos
y obscura hojarasca, con el brillo de su ntida blancura. Est en la
orilla del mar,  ms bien dicho, en el mismo mar. La emanacin
salitrosa del agua azul, el paso de los siglos, las inclemencias del
cielo no han conseguido empaar ni modificar su blancura. La torre
parece sonreir al reflejarse invertida en la glauca entraa del Mrmara
que riza sus blancos contornos. Los sillares son de pilastras de remotos
templos, de columnas griegas, de lpidas sagradas. Vista de lejos
parece de una sola pieza. De cerca revela el origen de sus materiales,
en las inscripciones, los capiteles y las estras arquitectnicas que
aun se marcan en sus diversos sillares. Parece el fantasma gracioso de
Bizancio surgiendo entre la destruccin, obra de siglos, y el
aniquilamiento, obra del invasor. Su cspide est limpia de melenas
vegetales. Las semillas silvestres no han encontrado jugo vital en el
pulido mrmol. Abajo los blancos cimientos se hunden en las aguas
profundas y las algas agarradas al mrmol forman una cabellera verde y
ondulante. _Chap!... chap!_ susurran las olas del Mrmara, con lento
comps, al batir esta torre desde hace ms de mil aos; y los largos
filamentos verdes se rizan estremecidos  cada vaivn de las aguas, y
arriba responden las cigarras y los abejorros rozando sus chirriantes
litros en la rumorosa soledad. Y as vivir an, siglos y siglos, la
Torre de Mrmol, blanca como un panten, olvidada de los tiempos en que
lucan  sus pies las lanzas de los guerreros bizantinos, entraban en
sus cmaras las damas del Bajo Imperio arrastrando tnicas bordadas, con
escenas bblicas. Apenas si presume ya este venerable monumento que
existe el hombre. La vida humana slo va  su encuentro de tarde en
tarde, en forma de algn pelotn de viajeros que la fotografa de lejos.
Ninguna nave atraca junto  sus muros, que aun guardan vestigios de
anillas de bronce. Los barcos modernos son para ella leves manchas de
humo que resbalan por el lomo remoto del mar solitario.

Cmo describir la gigantesca y aplastante monotona de las murallas que
partiendo de aqu van  buscar las aguas azules al otro lado de
Stambul?... Media jornada se invierte en el viaje  lo largo de este
recinto que un da fu la ms imponente de las fortificaciones de la
tierra, y hoy, visto de lejos, da la sensacin de una barda de corral
arruinada. Se marcha durante horas y horas viendo siempre  la derecha
el muralln rojizo, flanqueado de torres.  trechos, la obra est entera
y ofrece un aspecto majestuoso: ms all cae en ruinas, y por las
brechas se ven terrenos yermos  blancos cementerios. Las puertas
antiguas que aun abren paso entre los dos desiertos,  un lado y  otro
de la muralla, parecen gargantas del vaco. La soledad y la muerte por
todas partes.  la izquierda, la tierra es una inmensa necrpolis. Los
turcos ricos buscan su tumba en la santa colina de Eyoub, en los
cementerios prximos al Bsforo  en el inmenso de Scutari. Aqu vienen
 pudrirse los pobres, los esclavos, los griegos, los armenios, todos
los que no tienen fortuna  una familia que vele por ellos.

Inmenso el cementerio, sin tapias que lo limiten ni escaseces de terreno
que obligan  amontonar un cadver sobre otro, cada muerto goza como
dueo absoluto su pedazo de tierra; cada ficha funeraria marca slo un
cuerpo, y la necrpolis se extiende hasta perderse de vista,
confundiendo sus mojoncillos de piedra con la lnea del horizonte.
Parece que un ejrcito incalculable, superior  toda imaginacin,
millones y millones de muertos, envuelven en apretado bloqueo  la
ciudad antes de asaltar sus muros.

Los cementerios turcos!... En el corazn de Constantinopla, en el mismo
barrio europeo de Pera, existen an, sin que el transeunte se sienta
impresionado al pasar junto  ellos. La muerte no tiene en Turqua el
aspecto horripilante que en los pases occidentales. Los que sobreviven
recuerdan al difunto amado  todas horas, le lloran, pero nunca se les
ocurre visitar la tumba que guarda sus despojos y cubrirla de adornos
repugnantes. Este pueblo sabe que el ser perdido no est ya en la
tierra, que su verdadera esencia no es lo que se pudre en el suelo, y
olvida la tumba, no imitando  las gentes cristianas, extraos
espiritualistas, falsos charlatanes de la inmortalidad del alma, que
rinden  la materia en descomposicin y al pelado esqueleto un culto
casi igual al que los egipcios tributaban  sus momias.

Este olvido de los cuerpos da  los cementerios turcos el majestuoso
encanto de la verdadera soledad. Los de Constantinopla y Stambul se ven
frecuentados, porque sus arboledas y kioscos los convierten en lugares
de recreo; pero los cementerios de los grandes muros son el verdadero
campo de la muerte, el desierto de la nada. Se caminan leguas sin
encontrar un ser viviente. Hasta los pjaros huyen espantados por la
falta de vegetacin: hasta los lagartos emigran de esta tierra seca,
donde apenas crecen hierbas. Sobre el suelo no se ven ms que tumbas y
tumbas, todas semejantes, todas pequeas, con una sobriedad serena y
tranquila que despoja  la muerte de su aparato terrorfico. Son simples
lminas de mrmol, anchas y semicirculares por arriba, y estrechas
abajo, clavadas en el suelo: una especie de corazones muy prolongados.
El remate de cada uno de estos mojones indica el sexo y la calidad del
cadver. Las tumbas de las mujeres tienen esculpido en lo alto un grupo
de flores; las de los sacerdotes un turbante; las de los simples
ciudadanos un fez. Cuando la tumba es reciente, las flores estn
pintadas de oro y los gorros de rojo: las inscripciones de plcida
resignacin brillan doradas sobre un fondo verde, pero esto dura poco.
Las lluvias y el viento devoran los colores, nadie viene  repararlos, y
todos, pobres y ricos, santos y pecadores, hombres y mujeres, toman la
amarillez uniforme del mrmol en el gran abandono de la muerte.

Nadie transita en este bosque bajo, de ptreos matorrales, que se pierde
de vista. De tarde en tarde se columbra, en lo ms remoto del horizonte,
el negro hormigueo de un grupo humano. Es un entierro. Bajarn el
cadver  la fosa, plantarn el mojn fnebre y volvern las espaldas
para no acordarse ms del lugar donde dejaron los restos del muerto
querido, cuya memoria llevan siempre en el pensamiento.

La soledad por todas partes: una soledad absoluta, sin huellas humanas,
sin cantos de pjaros, sin estremecimientos de hierba, sin roce de
insectos; un silencio de esterilidad y de muerte, como no se encuentra
jams en un paisaje europeo.

Este vaco fnebre hace que la visita  las grandes murallas sea la
nica excursin de Constantinopla en la que se recomienda al viajero la
necesidad de llevar armas. Cuando se tropieza con seres vivientes, el
encuentro es ms inquietante que la soledad. En un torren acampan
familias de zngaros, de aspecto salvaje: diez  doce torres ms all,
unos cclopes han instalado su fragua bajo un trozo de cpula bizantina,
pero sus ojos inquietantes de bandido revelan que viven de algo ms que
de batir el hierro. En las ruinas de los que fueron palacios de
Palelogos y Comennos, pululan los ms inquietantes ejemplares de la
mendicidad oriental; gentes rodas por la miseria y desfiguradas por las
ms atroces enfermedades; leprosos con media cara devorada por la
putrefaccin; ciegos que muestran sus rbitas sin globos, rojizas,
piltrafosas, rodeadas de zumbantes moscardones; mujeres esquelticas,
comidas de piojos, que ensean entre los harapos el flcido pellejo de
sus pechos.

De hora en hora se ve en las murallas el tnel de una gran puerta. En
otros siglos fueron esplndidos arcos de triunfo. Uno de ellos se llam
la _Puerta Dorada_. Aun quedan en el muro vestigios de guilas
imperiales. Hoy nadie entra ni sale por ellas, y su profundo arco,
ennegrecido por las hogueras, sirve de refugio  los vagabundos de las
ms extraas nacionalidades.

Tristes restos que nada guardan de su pasado, son tambin las famosas
_Siete Torres_, el _Heptapyrgin_ de los emperadores griegos. Cuando
llegaron los turcos era ya una ruina, y Mohamed el Conquistador lo
reedific, haciendo de l algo semejante  lo que fu la Bastilla para
los reyes de Francia. Este castillo, en cuyos restos acampan hoy, como
fieras ahuyentadas del trato humano, los mendigos y los vagabundos, era
una de las fortalezas ms famosas de Europa. Aqu encerraban los
sultanes  los embajadores de Europa cuando entraban en guerra con sus
naciones. Aqu permanecieron aos y aos los enviados de Venecia y
Gnova. Los jenzaros, omnipotentes pretorianos de la vieja Turqua,
encerraban aqu  los sultanes destronados,  los degollaban en el gran
patio. Siete sultanes murieron en las _Siete Torres_, y es incontable el
nmero de grandes visires y pachs cuyas cabezas se pudrieron
enganchadas  las escarpias de las almenas. En uno de los patios del
antiguo castillo, que es hoy una extensin de malezas limitada por
ruinas, est el llamado _Pozo de la sangre_, donde se suman los
cuerpos de los decapitados. Otro patio se titulaba la _Plaza de las
cabezas_, y los crneos iban apilndose en l, despus de las
ejecuciones, hasta que el lgubre montn llegaba  la altura de las
almenas.

Nos alejamos de las _Siete Torres_ siguiendo el montono camino,  lo
largo de las murallas, siempre entre ruinas y cementerios. Llevamos
muchas horas de marcha. El recinto fortificado se extiende como una
cinta roja sin fin, subiendo y bajando con las ondulaciones del terreno.
Una puerta abandonada recuerda la muerte de Constantino Dragecs, el
ltimo emperador de Bizancio, valeroso  infortunado combatiente, que
cay de los muros y sigui luchando con su hacha de armas hasta
desaparecer bajo un montn de cadveres. Otro lugar evoca la muerte de
Eyoub, el santo portaestandarte del Profeta, el compaero de Mohamed el
Conquistador, que pereci en el sitio de la ciudad y di su nombre al
barrio del Cuerno de Oro.

Vamos aproximndonos al trmino de nuestro viaje. Aparecen en la
desolada extensin grupos de habitaciones humanas, y entramos 
descansar en el pequeo monasterio de Balouki. En sus criptas surge la
fuente milagrosa de Zootocos, cuyas aguas obran prodigios, segn los
griegos. Es una cisterna, bajo cpula sombra, en cuyo lquido nadan
muchos peces rojos.

El monje griego que nos la ensea, relata la historia de la prodigiosa
fuente; el famoso milagro de los peces.

En el mismo instante que los turcos entraban por asalto en
Constantinopla, un monje de este convento estaba friendo unos pescados.
Otro monje, consternado por el suceso, se present en la puerta dndole
la terrible noticia.

--Bah!--repuso el primero no admitiendo que Bizancio pudiera ser
tomada--. Creer en eso cuando vea  mis pescados saltar de la sartn.

Y los pescados saltaron, medio rojos y medio negros, pues slo estaban
fritos por un lado, y fueron  refugiarse en el agua de la cisterna,
donde nadan an.

El barbudo monje de ahora nos cuenta esta leyenda, simple hasta la
estupidez, con grandes aspavientos dramticos para demostrar su fe: pero
indudablemente cree en ella lo mismo que nosotros.

Despus, siguiendo la costumbre, nos hisopea con el agua prodigiosa, 
guisa de bendicin, y... tiende la mano.

He aqu el verdadero milagro de los peces. Este s que es indiscutible.

Convertir en monedas las gotas de agua de la santa cisterna.




XXXII

La Noche de la Fuerza


Va  comenzar el Ramadn, el mes sagrado de los musulmanes, la extraa
Cuaresma que es, mientras luce el sol, ayuno y angustias, y as que
cierra la noche, una orga sin trmino.

Constantinopla brilla en la sombra, coronada de luces. La piedad
musulmana cubre con guirnaldas de fuego los balconcillos de los
minaretes y los arcos de las mezquitas, al mismo tiempo que la fidelidad
al _Padich_ y  las tradiciones ilumina los palacios, los puentes,
todos los edificios oficiales y las viviendas de los personajes.

En tiempos normales, Constantinopla es una ciudad discreta y recatada
que se entrega al descanso apenas se oculta el sol. El turco se acuesta
pronto para levantarse antes del alba, y fuera de los barrios europeos,
donde teatros y cafs prolongan la vida hasta pasada media noche, la
gran metrpoli tiene sus calles obscuras, sin otra luz que el plido
resplandor de las lmparas transparentando por los ventanales de
mezquitas y kioscos funerarios, ni otros transeuntes que los perros
vagabundos y el sereno que marca las horas con fuertes garrotazos en el
suelo.

Al llegar el Ramadn, Pera y Galata continan su vida nocturna de
siempre, pero el viejo Stambul, Scutari y todos los distritos turcos,
sobrepujan durante la noche en luz y movimiento  los barrios europeos.
Apenas suena el caonazo de la puesta del sol, el musulmn, que ha
pasado el da sin comer, sin fumar y hasta privado del agua, se abalanza
como bestia famlica  los bodegones y cafs, asaltndolos. Es la orga
de toda una ciudad. No comen, tragan: no beben, sino cuelan; y este
devorar feroz, va acompaado de risas, aullidos, danzas y peleas. El
turco no prueba el vino, pero la comida parece embriagarle, y ciertos
lquidos fermentados acaban por dar  su borrachera una alegra bestial
y peligrosa.

Mientras abajo, en las tortuosas calles donde brillan como bocas de
infierno las puertas de bodegones y cafs, aulla el populacho turco,
arriba lucen las coronas de fuego de las mezquitas, y la luna, smbolo
del pueblo musulmn, rueda por el cielo de suave azul, presenciando con
cara bonachona la ruidosa orga de sus amigos.

Las iluminaciones de Constantinopla!... Esta ciudad europea, que aun
vive privada de la electricidad, por orden del emperador, y no conoce
otro gas que el de los macilentos faroles de las calles, muestra un
gran talento artstico, una rara habilidad, al iluminar sus fiestas. El
farolillo de aceite  la linterna con buja, le bastan para realizar las
ms asombrosas combinaciones de su imaginacin oriental. El da que el
foco incandescente y los rosarios interminables de bombillas elctricas
aparezcan en Constantinopla, sta habr perdido una de sus mayores
originalidades; el encanto de sus fantsticas iluminaciones. No tienen
el estallido deslumbrante y brutal de las luces modernas; son reflejos
dulces, velados, discretos; una iluminacin de ensueo, un esplendor
vagoroso y potico, semejante al de las fiestas de _Las mil y una
noches_.

Vistas de cerca, las iluminaciones en palacios y templos son miles y
miles de vulgares linternas colgadas en clavos, en andamios de madera.
Contempladas de lejos, se convierten en maravillosas luces de color de
oro, que forman las ms extraordinarias visiones: flores fantsticas,
lunas, estrellas, soles, arcadas areas, un mundo de encantamiento, que
parece flotar impalpable, ligero y sin realidad, en la negrura del
ensueo, para disolverse apenas despertemos.

La luna rompe sus reflejos en las inquietas aguas del Bsforo, trazando
un extenso tringulo de luz, y junto  los peces de plata que rebullen
en su enorme estela, nadan enjambres de peces de oro, al reproducirse
invertidos los palacios iluminados de ambas riberas.

Una noche alquilo un caique de un solo remero para recorrer el Bsforo 
la luz de la luna. Es noche de fiesta extraordinaria dentro del Ramadn:
la llamada Noche de la Fuerza. Necesito llevar conmigo una
autorizacin de la polica, pues al ocultarse el sol est prohibido
circular sin permiso de una  otra orilla, y la vigilancia es tan grande
sobre el agua como en tierra.

La inolvidable excursin por el mar encajonado y silencioso! Al seguir
el Bsforo contra la corriente, la barca queda envuelta de pronto en un
nimbo de luz, vindose como una figura de oro viejo el remero casi
desnudo, que jadeante mueve sus brazos junto  la proa. Es el resplandor
de un palacio de la orilla. El agua tiembla luminosa en torno de la
embarcacin con ondulaciones doradas, como si transparentase una fiesta
de ondinas en las profundas entraas del Bsforo. Despus la barca
vuelve  sumirse en la sombra; las aguas son negras, casi invisibles,
adivinndose por los violentos vaivenes que imprimen  la ligera
embarcacin y por el sordo chirriar de su corriente chocando con la
quilla y los remos. Y as, pasando de la sombra  la luz y del
resplandor  la obscuridad, vamos Bsforo arriba, bogando en lo
desconocido con cierta emocin al pensar en la profundidad de las aguas,
agrandada por el misterio, y en la fragilidad del esquife, balanceados
como una pluma por el sombro elemento que se abre siempre ante nosotros
en la pavorosa lobreguez. En las lejanas orillas brillan luces, suenan
msicas y se adivina la presencia del gento, como si las rfagas
rumorosas de la brisa nos trajesen su respiracin. En lo alto brilla la
luna, plida y anmica al contrastar con las guirnaldas de oro de los
edificios.

De tarde en tarde, entre los palacios del Bsforo con sus estrellas y
sus lunas de colores, se adivina un edificio vagoroso que hunde en el
misterio azul sus tentculos blancos. Es una mezquita. La discreta luz
de la lmpara del Mirab tiembla como una lgrima amarilla en las opacas
vidrieras, que parecen de un panten.

La embarcacin salta y gime en ciertos parajes, chapoteando su proa en
las aguas invisibles. Son las rudas corrientes del Bsforo que rugen en
los recodos y los estrechos. El remero sigue adelante con la confianza
del que ejerce su oficio. De pronto un ojo deslumbrante surge de la
obscuridad. Un haz de vivos resplandores viene de l, pasendose sobre
las aguas,  las que da una blancura funeraria. Es el reflector
elctrico de un buque que marcha al Mar Negro. Pasa el monstruo obscuro
 corta distancia, con ojos deslumbrantes en las antenas, y otros ojos
rojizos y ms tenues formando doble lnea en sus flancos negros, donde
estn los camarotes. El agua que desplaza su gigantesco vientre
arremolnase en este callejn martimo, formando unas cuantas olas,
seguidas, cortas y violentas, que crecen y se prolongan hasta las
orillas, para morir en ruidoso asalto.

El caique, que parece de papel, salta y se acuesta en este remolino
negro, amenazando zozobrar. Ya hay bastante! Ser tragado por el
Bsforo,  la vista de palacios iluminados, oyendo msicas y el ruido de
una muchedumbre que no puede enterarse de lo que ocurre en las aguas
obscuras,  cincuenta metros de distancia, es un final inaceptable.
Todas las semanas se traga vctimas este Bsforo de enorme profundidad y
orillas cortadas como  pico. De da, gentes que caen en los
desembarcaderos, aturdidas por el empuje de las muchedumbres que asaltan
los vaporcillos  tranvas acuticos; de noche caiques que zozobran. Y
estos turcos, familiarizados con el brazo de mar, que es la primera de
sus calles, no prestan atencin  tales sucesos, y los peridicos apenas
si le dedican dos lneas... Atrs!

Vamos ahora Bsforo abajo, siguiendo el impulso de la corriente. El
remero descansa, dando slo de vez en cuando alguna paletada para no
abordar  la orilla. Otra vez saltamos de la luz  la sombra y de la
sombra  la luz, pasando ante los palacios de los parientes del sultn,
de los grandes pachs y de los buques de guerra otomanos, con sus
guirnaldas de luces que marcan todos sus contornos, bordas, palos y
chimeneas.

Nos aproximamos al palacio del ministro de Marina. La muchedumbre llena
el muelle. Grupos de mujeres con cerrado manto que van como colegialas
en ruta, haremes enteros, pasean entre el gento, en esta noche de
libertad y de fiesta. Los vendedores de bebidas gritan pregonando sus
mercancas. La banda de msica de un crucero toca bajo las ventanas de
Su Excelencia, y el pblico parece entusiasmado. No baila como en las
fiestas de Europa, pero su alegra infantil se desborda  impulsos de la
msica amada, de la msica popular, _La Mascota_, y sobre todo _La Gran
Va_, de la cual el coro de los marineritos es insustituble para el
populacho de Constantinopla.

Nos alejamos Bsforo abajo. Va amortigundose el movimiento en las
orillas; las iluminaciones lucen solitarias en los muelles abandonados.
Una hora despus desembarco, siguiendo  pie las calles pendientes que
conducen  las alturas de Bechik-Tach, donde estn los palacios de los
principales personajes de Turqua.

Soledad completa. Todos los edificios estn iluminados, las calles
envueltas en un resplandor rojizo que expulsa la sombra hasta de los
ltimos rincones. En ambas aceras se elevan andamios con miles y miles
de linternas, formando dibujos inabarcables de cerca. Luces y luces,
hasta donde alcanza la vista!... Y nadie: ni un hombre, ni un perro. Las
bestias vagabundas, acostumbradas  la lobreguez, han huido de la luz y
de la momentnea limpieza, buscando los callejones y solares donde se
amontona el estircol.

Los pasos despiertan en las losas una sonoridad fnebre. Se marcha como
en un ensueo. Pueden surgir facinerosos en esta soledad luminosa, y ser
uno asesinado, sin que de los palacios esplendorosos y mudos salga el
menor auxilio. Parece que los turcos, despus de cubrir la ciudad de
luces, la han abandonado para siempre.

Todo buen musulmn se ha encerrado en su casa, aislndose del mundo. Es
la gran noche, la ms dulce de las noches. La Noche de la Fuerza!

El sabio Mohamed pens en todo al legislar para su pueblo. Predic la
guerra como elemento indispensable para sostener la vida; prohibi
manjares y lquidos incompatibles con la salud en un clima oriental;
elev la limpieza y el agua  la categora de dogmas, conociendo el amor
ancestral de la bestia humana  la suciedad y el abandono; y para que
sus pueblos no decreciesen, como les ocurre  ciertas naciones modernas,
decret en nombre de Allh la Noche de la Fuerza.

En esta noche, todo musulmn que tiene su compaera no debe dormir, sino
velar mientras le queden alientos. El buen creyente, con el pensamiento
puesto en Allh y en la reproduccin de su raza, debe gustar todos los
frutos que guarda su harem... mientras tenga dientes para ello. La
prescripcin religiosa es severa  ineludible. El amor por orden del
Profeta: el supremo escalofro como grata oracin  Dios. Nadie se
escapa  este supremo mandato. El viejo trmulo, exprimido y seco por
largos aos de poligamia, debe probar  cumplirlo (con probar nada se
pierde); el adolescente recibe la iniciacin del misterio de la vida,
por obra de alguna esclava de la casa, y entusiasmado con la dulce
novedad de la ceremonia repite sus oraciones hasta que cae extenuado; el
hombre en plena virilidad hace un llamamiento  sus fuerzas y ora toda
la noche en diversos altares, con la conviccin de que ser grato  Dios
si el sol le sorprende ocupado todava en tales ritos.

La piedad musulmana se exalta y sobrepasa en esta noche, queriendo cada
cual ir lo ms lejos posible, para satisfaccin de Allh y orgullo de
las propias fuerzas. Y todos corren y corren por el camino del santo
deber, sin ms pausa que la de los relevos, cambiando de montura para
enardecer su energa con el incentivo de la novedad, y llegando en el
sacro deporte  lmites donde slo pueden alcanzar el entusiasmo
religioso y el apasionamiento oriental.

Esta Noche de la Fuerza es la de la Ceremonia del Pauelo en el Yildiz
Kiosk. Es vulgar la creencia de que los sultanes, desde hace muchos
siglos, cada vez que desean hablar aparte con una de sus innumerables
mujeres, la avisan arrojndola un pauelo. Nada hay de esto. La
ceremonia del pauelo existe, pero es slo una vez por ao: la Noche de
la Fuerza. Las tradiciones ordenan que en esta noche el Comendador de
los Creyentes, para cumplir el deber religioso como todas sus sbditos
musulmanes, sacrifique una doncella.

En un saln del harem imperial se alnea, bajo la mirada del Gran Eunuco
y sus tropas de negros, un centenar de vrgenes. Unas son esclavas de la
Circasia enviadas como regalo por los gobernadores de los _vilayetos_
asiticos; otras, hijas de pachs, entusiastas del emperador, que
aprovechan esta ocasin para introducir la influencia de su familia en
los departamentos secretos del Yildiz Kiosk. Todas, esclavas y seoras,
confundidas en la igualdad femenil de las costumbres turcas, que no
reconocen ms que dos rangos, la belleza y la fealdad, aguardan trmulas
la presencia del Gran Seor, sabiendo que en breves instantes puede
decidirse su suerte.

Aparece el _Padich_. Con ojos impasibles examina la fila, el Gran
Eunuco secretea en su odo, y al fin arroja con indiferencia el
pauelo... Cualquiera! Su tranquilidad es igual  la del catlico que
todos los domingos va  misa, sabiendo que es un espectculo santo, pero
sin emocin alguna. La ha odo tantas veces, que no encuentra en ella el
encanto de la novedad.

Pobre Abdul-Hamid! Augusto Comendador de los Creyentes, con sus
sesenta aos bien contados!... Me lo imagino en esta noche,  puerta
cerrada con la virgen, hermoso potro, bello y salvaje, con el fuego de
los pocos aos y el deseo de agradar, excedindose en toda clase de
iniciativas. El majestuoso _Padich_, que tal vez lleva ocupado el
pensamiento por alguna nueva reclamacin de los embajadores de las
potencias, tiene que pasar una noche, por deber religioso, junto  esta
primavera ardiente, que vela junto  l, excitada y nerviosa. Sus
preocupaciones de gobernante, sus pensamientos de Felipe II, papelista
enterado minuciosamente de todo lo que ocurre en su vasto imperio, le
preparan mal indudablemente para estas encerronas, ordenadas por el
Profeta. La soberana de una noche sonre invitadora con sus labios
coloreados de carmn, levanta la mirada de sus ojos agrandados por la
pintura negra, saca incitante las curvas de su cuerpo en celo... pero al
tender sus manos encuentra ay! el nimo del Gran Seor flcido y
desmayado, como el pauelo simblico.

Pensando en estos desastres y tormentos, impuestos por el deber
religioso, que no tiene en cuenta edades ni circunstancias, sigo las
calles iluminadas y silenciosas, acompaado nicamente del eco de mis
pasos. Nadie! Siempre ante m la soledad, roja y brillante! Pueden
robarme, pueden matarme sin que al sonar mis gritos se abra una ventana
 una puerta de estos palacios luminosos. Sus habitantes estn demasiado
ocupados para fijarse en lo que ocurre en la calle.

El palo del sereno chocando contra las baldosas no altera esta noche el
silencio profundo del barrio seorial. Tambin para l, musulmn
fervoroso, es esta noche la de la Fuerza. Los ladrones, los vagabundos
deben igualmente estar dedicados  la santa ceremonia. All lejos, en la
depresin del terreno por donde corren las aguas del Cuerno de Oro, el
cielo tiene resplandores de incendio y se eleva un zumbido de colmena
gigantesca. El populacho sigue divirtindose en Stambul y Galata.

Voy hacia all, por las calles abandonadas, muertas y luminosas, como si
marchase por una ciudad fantstica, mirando con despecho las puertas
cerradas, pensando con cierta amargura en la fra cama del hotel que me
espera, lamentando mi condicin de msero _giaour_, de despreciable
cristiano, que me hace vagar triste  intil en esta noche de la
abundancia hasta el desfallecimiento: la santa Noche de la Fuerza.




XXXIII

La entrada en Europa


Adis, Constantinopla!

En plena noche atravieso por ltima vez el Gran Puente, sintiendo como
caricias amistosas de despedida los estremecimientos y saltos que
imprimen al carruaje los tablones de la plataforma. El Cuerno de Oro es
una zanja profunda y brumosa, en la que brillan los ojos inflamados de
las embarcaciones. Enfrente, el venerable Stambul recorta su silueta
negra de cpulas y minaretes, sobre un cielo esfumado, en el que brilla
plida la luna menguante. Las luces del Ramadn parecen flotar en el
espacio como constelaciones perdidas.

Adis!

Hace ms de un mes que vivo en estos lugares  los que nada me une, ni
el nacimiento, ni la raza, ni la historia, y sin embargo, la partida es
melanclica y penosa.

Cuando se viaja se abandonan las ciudades, por gratas que sean, con un
sentimiento de alegra. Es la curiosidad que se despierta de nuevo, el
instinto ancestral de cambio y movimiento, que llevamos en nosotros como
herencia de nuestros remotsimos abuelos, nmadas incansables del mundo
prehistrico. Qu habr ms all? Qu nos espera en la prxima
etapa?...

Pero al partir de Constantinopla, este sentimiento alegre y curioso se
amortigua y desvanece. Por interesante que sea lo futuro, no llegar 
serlo tanto como el presente. La Europa occidental, con sus ciudades
cmodas y uniformes, seguramente que no puede borrar el recuerdo de esta
aglomeracin de razas, lenguas, colores, libertades inauditas y
despotismos irresistibles, que ofrece la metrpoli del Bsforo.

Adis!... Y  la melanclica despedida se une la incertidumbre del
porvenir, la sospecha de que no volver  contemplar estos lugares
amados, de que las circunstancias de mi vida harn que sta se extinga
antes de poder cumplir mi deseo.

Al recuerdo de Constantinopla va unido el del mar de Mrmara con sus
aguas tranquilas y verdes, por cuyas transparentes entraas pasan
flotando las medusas como un desfile de paraguas de ncar. Recuerdo
tambin las poblaciones del Asia Menor, que acabo de visitar, Mudania y
Brussa, ciudades puramente turcas, donde vive el musulmn sin nada de
europeo que desfigure y envilezca su existencia. Algn da hablar de
Brussa, la de la Mezquita Verde, edificada por alarifes de la Andaluca
musulmana: Brussa, la de las sedas brillantes como oro, la Granada
turca, dormitando al pie del Olimpo de Bitinia, frente  una vega
situada  muchos centenares de metros sobre el nivel del mar y
eternamente frondosa, lo que hace que los otomanos la llamen con orgullo
_Brussa la Verde_. Y tambin hablar, en una novela, del barrio de
Galata en Constantinopla, el barrio de los espaoles, como lo titula
la topografa popular, donde veintiocho mil judos que se apellidan
Salcedo, Cobo, Hernndez, Camondo, etc., emplean en el seno de la
familia un castellano arcaico que es la lengua sagrada, el medio de
comunicacin para librarse de la vigilancia de los enemigos.

--Ah, Espania! La bella Sin de Occidente! Los mos, los viexos,
baxaron de all.

Los cuentos que entretienen  la familia en las noches de sbado,
leyendas de enormes tesoros enterrados, tienen siempre por escenario la
lejana Espaa, pas fantstico del que hablan los patriarcas  los nios
con grave misterio, como hablamos nosotros de Bagdad, la de _Las mil y
una noches_. Y en las fiestas israelitas, las viejas descuelgan los
panderos y entonan con sus bocas desdentadas villancicos del siglo XV,
aprendidos por sus abuelas en Toledo, que fu como el Pars del mundo
judo.

Abandono Constantinopla despus de pasar por las innumerables
ceremonias del pasaporte, que son aqu tan precisas para salir del pas
como para entrar. Rueda el tren durante la noche por las desoladas
llanuras de la Tracia. Al amanecer estamos en Rumelia y despus en
Bulgaria. Se acabaron los gorros rojos. Los soldados que ocupan los
andenes de las estaciones  acampan en tiendas grises al pie de alguna
loma, van vestidos  la rusa. Los campesinos, con una tiara negra de
piel de oveja y rudas abarcas, marchan por los caminos amarillentos,
ante los tardos bueyes que arrastran unas carretas chirriantes de ruedas
macizas. Al cerrar la noche atravesamos Servia, y al lucir de nuevo el
sol estamos en tierra hngara.

Nos aproximamos  Budapest,  las verdaderas puertas de la Europa
europea.

Es la hora del almuerzo. En el vagn restaurant, que va  la cola del
tren, nos juntamos los viajeros del exprs de Constantinopla, gentes de
diversas nacionalidades. Ocupo una mesa con dos viajeros desconocidos y
una seora rubia y elegante, sentada frente  m. Silencio absoluto 
lacnicos ofrecimientos de platos, con esa reserva corts y fra de los
que van por el mundo y no saben quin pueda ser su compaero de mesa. El
almuerzo toca  su fin. Tomamos el caf. Por el cristal de la ventanilla
veo pasar barriadas de casas blancas con grandes anuncios. Se adivina la
proximidad de una enorme poblacin. Debemos estar en las afueras de
Budapest. Veo un cartel de teatro, impreso en magyar, del cual slo es
inteligible para m el ttulo de la obra, _Carmen_.

De pronto un choque, un tropezn gigantesco contra un obstculo. Luego,
la milsima de un segundo, que nos parece un siglo, y durante este
espacio nos contemplamos todos con los ojos desmesuradamente abiertos, y
en ellos una expresin loca de espanto.  continuacin el rudo
movimiento de retroceso que lo desordena todo, que lo rompe todo, que
nos hace saltar y rodar en medio de una lluvia y un estrpito mortales.
Es medioda; luce el sol; el cielo es azul, sin una nube, y sin embargo,
nos sentimos ciegos, como si hubisemos cado en plena noche.

La mesa en que estamos rompe con la violencia del retroceso los goznes
de bronce que la unen  la pared del vagn. Rueda sobre m con sus
platos, tazas y cafeteras y me arroja al suelo. Siento sobre el pecho su
doloroso filo,  ms del peso de la seora de enfrente y otros cuerpos
que se agitan con el pasmo del terror.

Pasan unos instantes brevsimos, pero la imaginacin los llena
vertiginosamente, poblndolos de miedos y esperanzas como si fuesen
aos. Estar herido? Qu se habr roto en mi organismo? Ir  morir
pasado el primer aturdimiento? Qu encontrar en m cuando llegue 
incorporarme?...

Me levanto. Un pie se me hunde en una cosa blanda y elstica, envuelta
en pao azul con botones de oro. Es el vientre del camarero que nos
serva momentos antes. Est de espaldas, con los brazos en cruz, los
ojos agrandados por el espanto, y no se mueve del suelo  pesar de mi
pisotn.

Frente  m se incorpora la seora, que parece haber envejecido en unos
instantes; plida, con amarillez de cirio; los rubios cabellos en
desorden, el sombrero aplastado, las facciones afiladas y trmulas por
la emocin.

--No somos ms que una porquera--dice en francs.

Tal vez fu la influencia del momento, pero juro que jams he odo una
frase tan _profunda_ y tan justa.

Al mirar en torno no conozco el comedor. Todo roto, todo demolido, como
si un proyectil de can hubiese pasado por l. Cuerpos en el suelo,
mesas cadas, manteles rasgados, lquidos que chorrean, no sabindose
ciertamente lo que es caf, lo que es licor y lo que es sangre; platos
hechos trizas y todos los cristales del vagn, los gruesos cristales,
partidos en lminas agudas, esparcidos como transparentes hojas de
espada.

Instintivamente arranco de la espalda de la seora una especie de pual
de vidrio clavado en su cors. Es un fragmento de la luna que estaba
detrs de ella. Un poco ms arriba, y queda degollada en el sitio.

Sin saber cmo, me veo pisando tierra, corriendo  lo largo de la va,
junto  un talud altsimo. Otros viajeros corren tambin, tropezando en
los guijarros. Un hervor gigantesco llena el espacio de humo, vindose
entre sus vedijas el casero blanco de Pest en una montaa. El vapor se
escapa con un chirrido de sartn enorme. Llegamos  la cabeza del tren,
que parece haberse desdoblado, y vemos dos locomotoras cadas y
mugiendo, como dos toros que acaban de embestirse, desplomndose
moribundos. A un lado nuestro tren; al otro lado un largo rosario de
vagones de mercancas. El encuentro ha sido en lo ms hondo de un
desmonte, bajo un puente de madera que desaparece entre la humareda de
las dos mquinas heridas de muerte. Unas vagonetas cargadas de
materiales de construccin se han roto, esparciendo  ambos lados de la
va, entre las ruedas sueltas y retorcidas, una cascada de yeso y de
ladrillos.

Los dos primeros vagones de nuestro tren ya no existen. Son  modo de
acordeones cerrados por el choque, con pliegues trgicos que dan un
escalofro de terror. Como ocurre casi siempre... de tercera clase. El
furgn de los equipajes es un amasijo de maderos y hierros, que  cada
estremecimiento del tren moribundo vomita maletas y cofres. Hombres
sangrientos que aun no se han dado cuenta de sus heridas, corren
excitados por la emocin y gritan en magyar, en alemn, en servio, en
turco. Los empleados se mueven, queriendo servir de algo, pero sin saber
ciertamente por dnde empezar. Siguiendo el impulso de los dems,
intento subir  los vagones demolidos. Al poner el pie en la rota
plataforma chapoteo en algo negro, que es lquido y slido  un tiempo.
Una mosca revolotea ansiosa sobre este banquete de sangre y piltrafas,
anunciando la llegada de sus compaeras. Para qu aadir el horror  la
emocin sufrida?...

Recojo mis dos maletas y subo el talud, para salir cuanto antes de esta
zanja maldita. Al verme arriba me asombro de la fuerza nerviosa que da
la emocin, de la ligereza con que he subido cargado por la ruda
pendiente.

Me siento al borde del declive sobre mi equipaje y quedo en una
insensibilidad estpida, aturdido, sin saber qu hacer, contemplando los
restos de la catstrofe, viendo cmo el humo rojizo de las locomotoras
empieza  incendiar el puente de madera.

Por todos los caminos de la campia llegan corriendo grupos de hngaros
melenudos. De las casas inmediatas salen mujeres. Abajo aumenta el
nmero de los que se agitan junto  los dos trenes y penetran en los
vagones demolidos.

Una catstrofe estpida. En la estacin de Budapest han dejado salir un
tren de mercancas  la hora en que diariamente llega el tren de
Constantinopla. Esto pasa en la Europa central, la de los grandes
ferrocarriles organizados militarmente, y nadie parece indignado... Y
despus hablamos de las cosas de Espaa!...

Veo de pronto sombras que se interponen ocultndome la luz del sol. Son
mujeres hngaras, con sus chiquillos: buenas mozas, gordas, morenotas y
ventrudas, que visten batas de percal y llevan el pauelo de seda
formando visera sobre los ojos, lo mismo que las chulas de Madrid.

Sienten la curiosidad de los grandes sucesos, la necesidad de rozarse
con alguien que ha visto el peligro de cerca, y me hablan en su idioma
ininteligible, mirndome con simptica compasin. Adivino que me
preguntan si estoy asustado; se asombran al verme entero, sin un
rasguo, sin una gota de sangre. Una joven se empea en hacerme beber un
vaso de agua. Una vieja, arrugada y negra como una gitana, me pasa las
manos por el rostro con sonrisa de bruja bondadosa.

El puente es una gran llama que esparce intenso hedor de madera vieja.
La muchedumbre se agita con vaivenes de audacia y de miedo. Estupendas
noticias la conmueven, hacindola huir talud arriba en espantoso
desorden. Que las locomotoras van  estallar!... Que el tren contiene
dinamita!... Se esparcen con pnico de rebao, pero transcurridos
algunos minutos, la curiosidad tira de ellos otra vez, y descienden la
cuesta para mezclarse con los empleados y trabajadores, dificultando las
operaciones de salvamento.

Ha transcurrido cerca de una hora. Por un camino se ve avanzar al galope
un escuadrn de caballera. Por otros se presentan compaas de
infantera y escuadras de polizontes. Llegan carruajes cerrados, con el
escudo de la Cruz Roja. Empiezan  descender camillas por la cuesta del
desmonte.

De los fnebres acordeones de abajo salen grupos de hombres arrastrando
bultos innimes. Uno... dos... tres... cuatro... cinco. Cundo acabar
esa extraccin horripilante! Junto  m pasan hombres y mujeres
sostenidos en brazos y con la cabeza entrapajada. Unos la dejan pender
sobre los hombros vecinos con mortal desmayo; otros gimen con palabras
extraas que no puedo entender.

La caballera da una carga  la muchedumbre curiosa, para limpiar los
alrededores. Los infantes austracos entran  la bayoneta, con furiosos
gritos de los oficiales y victorioso tremolar de sables.

Las mujeres se apelotonan en torno mo, como si mi calidad de vctima
las sirviese de amparo para permanecer en su sitio... Por qu sigo
aqu? De qu sirve mi presencia?

Me restriego el pecho, contusionado por el choque de la mesa y el peso
de mis vecinos. El costillaje me duele cada vez ms, al desvanecerse el
primer aturdimiento de la emocin. Escupo sin cesar, pensando medroso en
el color prpura... No; no hay nada roto.

Empleando el idioma universal de la mirada y la sea, coloco una de las
maletas en la cabeza de un muchacho, me defiendo galantemente de las
mujeres que quieren encargarse de la otra, y escoltado por estas amigas,
que hablan y hablan sin descorazonarse ante mi silencio, emprendo la
marcha, al travs de campos recin labrados y movedizos, hacia un camino
por el que veo pasar un tranva elctrico.

Para qu permanecer aqu, donde  nadie conozco y nadie me entiende?
Voy  Budapest  tomar otra vez el tren, que me inspira un pnico
invencible.

Y as entro en la verdadera Europa,  pie, al travs de los campos,
llevando mi hato al hombro, lo mismo que un invasor oriental de hace
siglos, atrado por los esplendores de Occidente.

FIN

Agosto-Noviembre 1907.




INDICE

                                                                    Pgs.

CAMINO DE ORIENTE

I.--La peregrinacin cosmopolita.                                      9

II.--Aguas y msica.                                                  16

III.--Las mesas verdes.                                               23

IV.--La ciudad del refugio.                                           31

V.--El lago azul.                                                     39

VI.--Los osos de Berna.                                               46

VII--El lago y el Concilio.                                           54

VIII.--La Atenas germnica.                                           64

IX.--El Festival Wgner.                                              72

X.--El _Mozarteum_.                                                   80

XI.--Viena la elegante.                                               89

XII.--El subterrneo de los emperadores.                              96

XIII.--Hermoso Danubio azul!.                                       105

XIV.--La ciudad de los magyares.                                     114

EN ORIENTE

XV.--Los Balkanes.                                                   123

XVI.--Los turcos.                                                    132

XVII.--Constantinopla.                                               142

XVIII.--El Gran Puente.                                              151

XIX.--Los que pasan por el Gran Puente.                              160

XX.--El Gran Visir.                                                  170

XXI--El palacio de la Estrella.                                      180

XXII.--El Slamlik.                                                  188

XXIII.--Los perros.                                                  200

XXIV.--Los Derviches Danzantes                                       210

XXV.--El heredero de _Las mil y una noches_                          229

XXVI.--Santa Sofa                                                   249

XXVII--El Papa griego                                                258

XXVIII.--Turcas y eunucos                                            275

XXIX.--Los derviches aulladores                                      296

XXX.--Libertad religiosa                                             304

XXXI.--Restos de Bizancio                                            319

XXXII.--La Noche de la Fuerza                                        334

XXXIII.--La entrada en Europa                                        346

       *       *       *       *       *

Estas correcciones hizo el transcriptor del texto electronico:

cisnes negros de pico de escarleta=>cisnes negros de pico de escarlata

al que acuden todos los extranjeroe=>al que acuden todos los extranjeros

cabeza rodeaba de un nimbo=>cabeza rodeada de un nimbo

para que   la salida le suelten medio franco=>para que  la salida le
suelten medio franco

pasando entre resplandores como una aparicin fantsticas=>pasando entre
resplandores como una aparicin fantstica

sus acupaciones en la catedral=>sus ocupaciones en la catedral

trina el ruiseor, canta si mirlo=>trina el ruiseor, canta el mirlo

clase de iufortunios=>clase de infortunios

todas lujosas, todas deshabitatas=>todas lujosas, todas deshabitadas

Podr creerse superior  los dems=>Podr creerse superior  los dems

arrendatario de la tierra que cultima=>arrendatario de la tierra que
cultiva

poserlos el soberano=>poseerlos el soberano

todas las mesas las pedazos de pan olvidados=>todas las mesas los
pedazos de pan olvidados

Eran los patios de la Santa Mezquita, del temblo?>Eran los patios de la
Santa Mezquita, del templo

volvan los ojos hacia al hogar=>volvan los ojos hacia el hogar

para hacer creer en una suicidio=>para hacer creer en un suicidio

el mansjo de sus riquezas=>el manejo de sus riquezas

enclaustradas voluntamente=>enclaustradas voluntariamente

el gesto pontifical, recomendnme=>el gesto pontifical, recomendndome

institutrices ingleses y franceses=>institutrices ingleses y francesas

envuelto en su sotana uegra=>envuelto en su sotana negra

creencias de sus sdditos=>creencias de sus sditos

abrazar al suya=>abrazar la suya

lminas de bronce, qne ciertamente=>lminas de bronce, que ciertamente






End of the Project Gutenberg EBook of Oriente, by Vicente Blasco Ibez

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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

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electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
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Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
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number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


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Literary Archive Foundation

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