The Project Gutenberg eBook, Salta, by Juan Carlos Dvalos


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Title: Salta


Author: Juan Carlos Dvalos



Release Date: July 28, 2012  [eBook #40358]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SALTA***


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SALTA

       *       *       *       *       *

Libros publicados por la Cooperativa Editorial "Buenos Aires"


     I--FERNNDEZ MORENO.--_Ciudad._

    II--HORACIO QUIROGA.--_Cuentos de Amor de Locura y de Muerte._

   III--CARLOS IBARGUREN.--_De nuestra tierra._

    IV--MANUEL GLVEZ.--_La sombra del convento_ (novela).

     V--ERNESTO MARIO BARREDA.--_Las rosas del mantn_
        (Andanzas y emociones por tierras de Espaa).

    VI--CARLOS MUZZIO SENZ-PEA.--Versin castellana de _La cosecha
        de la fruta_ de Rabindranath Tagore.

   VII--ARTURO CAPDEVILA.--_El libro de la noche._

  VIII--RICARDO JAIMES FREYRE.--_Los sueos son vida._

    IX--LUISA ISRAEL DE PORTELA.--_Vidas tristes._

     X--PEDRO MIGUEL OBLIGADO.--_Gris._

    XI--MARIO BRAVO.--_Canciones y Poemas._

   XII--JUAN CARLOS DVALOS.--_Salta._


    PRXIMAMENTE:

  XIII--ALFONSINA STORNI.--_El dulce dao._

   XIV--ALVARO MELIN LAFINUR.--_Literatura contempornea._

       *       *       *       *       *


JUAN CARLOS DVALOS

SALTA

Prlogo de MANUEL GLVEZ







[Decoracin]

"BUENOS AIRES"
SOCIEDAD COOPERATIVA EDITORIAL LIMITADA
AVENIDA DE MAYO 791
1918




                                            A MANUEL GLVEZ.

_El defecto capital de este libro es su personalismo._

_Su mejor cualidad es la espontaneidad._

_Esto proviene de que los artculos que lo componen fueron escritos en
diferentes pocas, sobre temas asaz diversos, y nunca con el propsito
de hacer un libro._

_Al reunirlos en un volumen me propongo dar una idea de lo que es
Salta; y de lo que puede ocurrrsele en Salta a un hombre que observa,
aislado, y sin ambiente literario alguno. Representa, pues, un
esfuerzo intelectual, no s si estimable o necio._

_Usted que conoce al autor y su medio provinciano, es el llamado a
prologar este libro, y hacrselo comprender al pblico del pas._

_Sin un comentario previo de usted, no deseo que el libro vea la luz._

_As apreciar usted cunto le estima como amigo y como escritor su
afmo. y S. S._

                                        JUAN CARLOS DVALOS.




PRLOGO

Hace diez aos, era Salta una ciudad colonial. La visitaba yo entonces
por primera vez; y no necesito exagerar, si afirmo que ninguna ciudad
de nuestra tierra me haba producido una igual impresin de carcter y
de poesa. En Crdoba, en Santa Fe, encontramos algunas viejas casas
caractersticas. En Salta lo eran todas por aquella poca. Con sus
techos de tejas, sus ventanas y sus puertas de formas coloniales, y
sus altos balconetes de madera y de hierro, que parecan colgados de
los aleros, las casas de Salta evocaban encantadoramente la vida
argentina de hace un siglo.

Pero no eran slo las casas lo que entonces recordaba el tiempo que
fu. Eran tambin las calles, las iglesias, las gentes, las
costumbres. No olvidar nunca las sensaciones que me causaron ciertas
cosas, tan exticas para m: el llanto trgico de la quena que un
indio platero taa maravillosamente; el reidero, con su pblico
heterogneo y sus escenas pintorescas; y un baile de arrabal, donde
silenciosos indios, calzados de ojotas y emponchados, miraban, con
asombro estpido y tenaz, cmo bailaban la chacarera y la zamba, al
son de un arpa vieja y al ritmo de los versos quchuas que cantaba el
msico ciego, las mujerzuelas y los hombres de diversas clases
sociales que atestaban el rancho.

Poco de esta Salta queda ahora. Sus casas no fueron derribadas, pero
un absurdo y mal entendido espritu de modernidad reform las ventanas
y las puertas, suprimi los aleros y ocult los techos de tejas
levantando las paredes delanteras. Pero a pesar de todo, permanece en
Salta lo suficiente para que miremos a esta ciudad como la ms
completa y bella imagen del pasado argentino.

En aquella Salta apacible hice amistad con Juan Carlos Dvalos. El fu
mi mejor gua, sobre todo en el sentido espiritual que podemos dar a
esta palabra. Dvalos me refera leyendas y tradiciones, y me hablaba
de la vida provinciana, cuyas cosas y cuyos tipos caractersticos
conoca profundamente, juzgndolos con su humorismo benvolo y
original.

Dvalos me recit algunos de los pocos versos que hasta entonces
llevaba escritos y me ley varias de las pginas que componen este
volumen. Convencido de las facultades de Dvalos, le incit con
entusiasmo a que escribiera; y creo haber contribudo en buena parte a
su dedicacin literaria. Su conocimiento de la vida en aquella comarca
saltea, tan argentina y tan ignorada en el resto del pas, colocaba a
Dvalos en una situacin excepcional. El joven poeta amaba la
tradicin y la comprenda tan hondamente, que era lgico esperar de su
talento, robusto y realista, pginas del ms fuerte sabor vernculo.

Su primer libro, _De mi vida y de mi tierra_, prologado elogiosamente
por Carlos Ibarguren, fu para Dvalos un buen xito. Su lenguaje,
original, con algo de arcaico, su sentimiento personal y potico de
las cosas del campo, y sus descripciones eficaces y vigorosas,
sorprendieron. Luego ha escrito un interesante drama histrico. Y
ahora realiza mi deseo de que publicara un libro en prosa, evocando la
vida de aquella Salta, colonial y apacible, que tal vez pronto
desaparecer completamente; recordando leyendas y tradiciones;
retratando los tipos caractersticos de la ciudad y de los campos y
hacindonos ver, con su talento descriptivo, escenas pintorescas del
arrabal, de la montaa y de la selva.

Juan Carlos Dvalos tiene dos grandes cualidades literarias: humorismo
y aptitud para describir.

El humorismo de Dvalos no es trascendental sino excepcionalmente, y
en pequeo grado. No contiene amargura ni desilusin. En lugar de
ejercerse sobre los defectos morales de los hombres, se aplica a las
caractersticas materiales. Pero sin hacer apenas crtica, ni intentar
corregir el mundo.

Si Dvalos desarrolla esta cualidad de observar el ridculo en los
hombres y en las cosas, puede llegar a realizar notables caricaturas.
Advierto que digo esto en su elogio, porque hay quienes imaginan que
la caricatura es un defecto y se halla fuera del arte. Los grandes
noveladores del siglo pasado son prodigiosos caricaturistas. As
Dickens y Thackeray en Inglaterra; Prez Galds y Palacio Valds, en
Espaa; Daudet, Flaubert y a veces Zola en Francia; y Ea de Queiroz,
en Portugal. Conviene recordar que no es preciso hacer reir para ser
caricaturista. Hay tambin caricaturas trgicas, de las que son
ejemplos algunos personajes de Dostoiewsky y de Balzac.

La aptitud descriptiva de Dvalos se muestra a la vez en los tipos, en
las escenas y en los paisajes. He aqu como presenta a un jugador de
taba: "... es un hombrn taciturno, un poco alcoholizado. Parece all
un toro, parado en dos pies entre la tropa. Usa enorme sombrero blanco
y se alza el poncho del pescuezo para que le vean su charro cinturn
de bolivianas de plata. Va quinientos pesos a su mano. Se escupe con
calma las manos, refriega las palmas en el suelo, guia el ojo
izquierdo como si fuera a apuntar con escopeta, mira bien la taba con
el otro ojo, la blande, la sopesa varias veces, echa un desafo a la
redonda. Los espectadores, atnitos, se apartan. La taba vuela; la
siguen con la vista, da tres vueltas justas y se clava".

Igualmente eficaces son los retratos del gaucho Cruz Guez, del
Serapio Guantay, de la duea de la casa donde se celebra el baile de
villorrio, de la Juana Figueroa. Entre los tipos que en dos palabras
describe al pasar, nos impresionan particularmente los opas, esos
pobres imbciles que tanto abundan en el norte. En el capitulito _La
decadencia de los opas_, ttulo del ms fino humorismo y que
constituye un admirable hallazgo, se refiere, en un estilo lleno de
gracia, a varios de ellos, que eran populares en Salta. Pero en otros
captulos nos habla tambin de aquellos infelices. As en _El baile de
villorrio_, donde nos pinta uno en esta forma: "En el patio, un opa de
ojos clarsimos y cara plida y gorda, que haba bebido en demasa,
mascaba asnalmente un bollo, y serva de diversin a unos
muchachos...".

Como narrador, Dvalos muestra tambin notables cualidades. Hay en su
libro escenas de una gran belleza: la de los burritos leateros, que
pasan lentamente por las calles, curiosendolo todo y metindose
dentro de las casas; la de la ria de gallos, que tiene tanto
movimiento y tanto color como las descripciones anlogas de Sarmiento;
y aquella en donde cuenta los amores del Serapio Guantay, pgina
penetrada de la honda poesa de las montaas salteas y que basta para
revelar en Dvalos las aptitudes de un gran escritor.

Sus paisajes son generalmente muy breves, simples anotaciones hechas
al pasar. Pero en todo el libro est latente el aspecto de la ciudad y
de la naturaleza. He aqu una de las mejores descripciones, donde
recuerda la vieja Salta que l debi conocer en su niez: "Evocad el
Salta de sesenta aos atrs, con su pobre y pesada arquitectura
colonial; con sus tejados de alero volado a la calle; con sus enormes
portales cuadrados y recios; con sus altas veredas, entre cuyas lajas
desiguales brotaba el pasto del campo; con sus hondas y tortuosas
calles de piedra bola. De noche, arda en las esquinas del centro un
candil de sebo. El sereno, encargado de varias manzanas, pasaba
lentamente, cantando la hora y el aspecto del tiempo. En las casas
donde haba quedado alguna luz, revoloteaban encandilados, sobre los
anchos patios, murcilagos errantes y siniestras lechuzas".

Dvalos aparece en este libro como un espritu multiforme y una
sensibilidad compleja. Algunos de sus relatos son ms que trgicos,
macabros; otros humorsticos, otros sentimentales y poticos. Con la
misma eficacia descriptiva con que nos relata una proclamacin
poltica en el arrabal o reconstruye la ria de gallos, nos evoca la
vida de las montaas. Nos hacen reir sus siluetas de los cocheros, su
desfile de los opas; nos estremece de terror y de misterio el recuerdo
de aquella noche en que muri su amigo apodado el Chivo Pedro; y nos
hace comprender el alma de la raza vencida, impregnndonos de honda
emocin territorial, en los prrafos donde describe a un indio que
desciende de la montaa haciendo sonar el erque.

Pero en todas estas pginas de ndole tan diversa, Dvalos, como
escritor moderno que es, demuestra que busca en las cosas, no una
belleza ms o menos convencional, sino su carcter. Sus paisajes, sus
escenas, sus cuadros, sus tipos son llenos de individualidad y nos
revelan uno de los pedazos ms interesantes y originales de la tierra
argentina.

He mencionado sus relatos macabros, y quiero dar mi interpretacin de
ellos. Los cuentos espeluznantes de Dvalos no nos hacen dao ni nos
desagradan. Nos producen, s, la sensacin completa que el autor
pretendi producir, pero al acabar de leerlos no quedamos
impresionados, disgustados, hasta enfermos, como despus de leer
ciertos cuentos de Quiroga. Tal vez contribuya a esto, los detalles
humorsticos que Dvalos encaja hbilmente en medio de sus
terrorficas narraciones. El caso es que estas pginas nos hacen el
efecto de una broma, de una broma bien hecha, por otra parte. Parece
que el autor se hubiera dicho: "Voy a escribir unos cuantos cuentos
espantables para que vean que soy capaz de escribirlos, y, sobre todo,
para rerme pensando en el efecto que producirn en las gentes
pacficas".[1] Y los ha escrito, pero permaneciendo l sano, fuerte,
sereno, y sin ennegrecer el nimo del lector. Porque una de las
caractersticas de Dvalos es su sanidad de espritu. Y es un escritor
sano, no solamente porque nada hay en l de enfermizo, sino porque
tiene todas las cualidades morales que acompaan a la perfecta salud
espiritual.

Juan Carlos Dvalos posee verdadera imaginacin, profundo sentimiento
potico, comprensin de la realidad y, ms que nada, sensibilidad.
Pero no una sensibilidad como la de cualquier escritor distinguido,
sino una sensibilidad como slo la tienen los verdaderos artistas. Me
permitir mi amigo que revele al pblico cierto detalle un poco
ntimo, pero que demuestra su valer? Bien: yo he visto a Dvalos
emocionarse hasta las lgrimas ante una lectura, y no por tratarse de
cosas tristes o impresionantes, sino por la sola belleza de lo que se
lea.

Dvalos es tambin un psiclogo. Pero como todos los temperamentos
realistas, revela el alma de los seres por medio de sus gestos y de
sus actos. Es muy interesante su psicologa de los opas, de los
gauchos, de los indios y de los perros.

Su estilo es incorrecto y a veces duro. A m me place, no obstante sus
defectos, porque se acerca a la palabra hablada y porque hay en l
color y movimiento. Tiene escasa armona, salvo en ciertos raros
instantes, pero mucha sencillez y sobriedad. Estilo corto, escueto,
muy preciso y vigoroso, es excelente para las descripciones de escenas
y de cuadros realistas. Pero cuando se habla de una cosa potica se
torna potico. Y segn el asunto, es hondo, emotivo, florido,
brillante o melanclico, y cobra, cuando el relato adquiere vuelo, una
penetrante elocuencia. He aqu cmo empieza a narrar los amores de un
pastor y una vaquera: "El azar los haba puesto cerca; el instinto los
junt. Y en el filo de una loma, sobre el pastizal oliente a berbena y
ans, la india, ms aviesa, lo inici al indio, ms ingenuo, en el
raro misterio que cumplen las cabras y las vacas, que trajina el polen
en las patas diminutas de las abejas, que puebla el soto de inquietas
y esmaltadas mariposas, y que hace cada primavera florecer el amancay
blanco y la begonia escarlata entre las breas. Desde aquella tarde
los dos indios volvieron a encontrarse siempre, y juntos divagaron por
los cerros, descubriendo el encanto de los callados sitios, oyendo al
eco repetir sus gritos en las altas barrancas, mirando rodar por los
precipicios las gruesas galgas que aflojaban al borde, triscando a la
par de los chivos en las paradas laderas, o escondindose a veces de
algn viajero que cruzaba, all abajo, en su mula, el spero pedregal
del torrente".

Pero trate de un asunto o de otro, la prosa de Dvalos es siempre
viviente, moderna, muy argentina y sin afectaciones de ninguna ndole.
Dvalos, felizmente, se encuentra libre de _literatismo_, ese veneno
del que no logramos desprendernos los que hemos sido educados en la
literatura francesa contempornea.

Sin afectaciones, dije, e insisto en ello. Porque no faltar quien
acuse al autor de _Salta_ como afectado de arcasmo. La prosa de
Dvalos est matizada de palabras que nos parecen viejas o demasiado
castizas. Pero no son palabras que Dvalos haya aprendido en los
libros. Las ha adquirido del pueblo, del campesino salteo, que habla
un hermoso castellano, un castellano con algo de rancio y a la vez
algo de quchua. Al usar, pues, aquellas voces, Dvalos, lejos de
mostrar afectacin, hace obra rigurosamente argentina.

Ahora, slo falta que el revelador de la tierra saltea ponga su
talento y su corazn al servicio de una obra ms orgnica que la
presente. Tiene todas las cualidades para ser un verdadero novelista.
Reclammosle, para bien del pas, que lo sea muy pronto.

                                               MANUEL GALVEZ

FOOTNOTE:

[1] Algunos de los personajes de los cuentos a que me vengo
refiriendo, son amigos de Dvalos. El autor los hace morir en forma
trgica y horrorizante.




I

LA CIUDAD




LOS BURRITOS LEATEROS


Ellos traen a la ciudad modernizada un poco de la paz de los campos,
la sobriedad rural, la lentitud de los das siempre iguales y hermosos
bajo el infinito azul, en las praderas apacibles.

Con su pasito tcito, su leita a la espalda, y su peluda ropa de
anacoretas, arreados por un muchacho que monta una triste jaca cerril,
pasan lentamente por la calle los burritos leateros.

Son las nueve de la maana.

En una puerta asoma una mujer, y trata con el muchacho por la lea.

Los burros siguen viaje. A ellos, qu les importa el negocio? Lo que
les gusta es andar, curiosear, ver novedades.

El muchacho corre a toparlos, y ellos, adrede, trotan calle arriba. Un
auto los ataja en una bocacalle. El muchacho se les planta por
delante: silba, grita, les pega ponchazos, y la recua vuelve frente a
la vecina que espera la lea.

Mientras el muchacho desata la lea, los borricos merodean.

Uno, se cuela por un zagun, raspando al pasar, los reboques con los
torcedores. En el patio, una sirvienta lo baraja a escobazos. El burro
ceja, y al salir, muy despacio, tumba una maceta.

Alguno se acuesta a descansar en media calle, lanzando resoplidos de
desaliento, al pensar que a l no le toca el turno todava.

Hurga otro, con su belfo suave y azulado, el cordn de la vereda,
donde una cscara de banana se adhiri a la piedra. Despus se come
una cscara de naranja, mientras un camarada, ms feliz en hallazgos,
se empea en tragar un diario abandonado, envoltorio de cocinera,
saturado de oliente y sabrosa grasa.

_Durmiendo los ojos_ beatamente, un burrito ensaya lamer un hilo de
agua inmunda que mana de un albaal.

En un grupo, alguno, carioso y prolijo, le rasca con los dientes a un
congnere la sarncula del apolillado pescuezo.

Le toca luego el turno al que se ech: el muchacho lo quiere hacer
levantar para descargarlo; pero el burro no quiere. Se siente tan
cmodo!

El muchacho, impaciente, la emprende a puntapis. El burro se limita a
menear la cabeza y pestaear, hasta que el dolor de la tunda le llega
al alma. Entonces, cachaciento, ayudado por el muchacho, se incorpora.

El lento paso de la tropilla, su mansedumbre, el ligero vaivn
incesante de las colillas exguas, las cabezas pensativas, los dulces
ojos, las tranquilas orejas, hacen del burrito leatero la nota ms
simptica de la calle saltea.

Ay! pero no cuando uno de estos animalejos deja oir un brbaro
rebuzno.

El buclico encanto se rompe de pronto ante esa desapacible
resonancia, ante las grandes quijadas abiertas en la plenitud de la
bestialidad, y ante el brutal regocijo que sacude el msero y flaco
cuerpo del asno, en espasmos de un grosero naturalismo.




UNA PROCLAMACION


Un mes antes de la eleccin el arrabal pulula en el comit. Y una
noche, a son de bombas, se hace la proclamacin del candidato. Es la
noche cvica, merienda de negros, aquelarre, agrio candombe.

Cuando los adherentes se congreguen, y desborden por los cuartos y
patios del comit, que es siempre un despacho de bebidas, en medio de
la gente se mostrar el candidato, y hablar; y hablarn los amigos
del candidato.

Ansioso esperaba el arrabal la noche de la proclamacin. No bastaba el
haber sorbido, durante veinte das seguidos, el vino del candidato.
Ahora que la eleccin se acerca es preciso tambin oir la palabra de
los polticos, que pagan la fiesta; de los blancos, de los ricos
cholos, de los eternos explotadores del Juan Pueblo, como dijo cierto
gringo que habl en el teatro, y que se fu.

Y esta noche, siendo de estruendos, y de discursos y de cerveza, hay
que aprovecharla, y beber por el triunfo del partido.

El triunfo!... palabra imprecisa, mero rudo verbal en la cabeza del
elector.

       *       *       *       *       *

Entremos en el club poltico la noche de proclamacin, en el momento
de los discursos. Es en el patio entoldado de una pulpera de arrabal.

Parado sobre una mesa, enguantado, bien vestido, el candidato inicia
la tanda de los discursos.

La multitud escucha: trescientos y tantos ciudadanos, de los cuales
doscientos por lo menos estn beodos.

El candidato infunde respeto. Su galano estilo, su clara diccin,
caen, como lluvia de rosas en un lodazal, sobre un apeuscamiento de
cabezas hirsutas, sobre un campo de bocas abiertas en rictus
alcohlico, sobre un oscuro lago de miradas atnitas.

Pero el espectculo sugiere al punto esta reflexin: el respeto no es
a las ideas, que no se alcanzan. Es el respeto atvico al blanco, es
decir, al amo ancestral; es el respeto a los guantes, al jaquet, al
botn de charol; es el respeto fetichista del indio por las cosas que
su instinto presiente como signos de excelencia.

Un borracho aprueba con amplios gestos los prrafos del orador. Y
exclama en alta voz:--claro!... eso es!... Me gusta!...

Lo veo esforzarse por fijar la atencin. La mona, en su estrabismo, le
muestra dos oradores, y l se obstina en mirar uno. Luego, cansado,
vuelca la cabeza sobre el pecho impotente, y la sonrisa del arlequn
que hay en todo borracho, divaga por el rostro enorme, moreno, pinge
de grasa y de sudor.

En medio de este grotesco silencio, en medio de esta trgica atencin
de beodos, aqu y all se sofoca un juramento, se contiene una rplica
inconsulta, se acalla un intempestivo monlogo. Entre tanto, algunos
se desprenden furtivamente del grupo, para ir a beberse una copa ms
en el mostrador. Qu diablos!... Lo nico positivo es el vino; el
vino que permite olvidar el crimen del ocio y de la ignorancia.

El candidato acaba su discurso entre palmoteos y alaridos. Todos se
mueven, algunos quieren verle, tocarle. Y la multitud al revolverse
apesta ms, como si se hurgase la basura. El alcohol se espande en
vaho con los gritos, la roa se embravece con el calor y el roce.

Despus del candidato habla un estudiante. Su palabra es vehemente,
vibrante, sincera. Se imagina que el pueblo es quien le escucha; el
pueblo terico de los libros. Y le habla de deberes cvicos, de
libertad, de honor ciudadano, de justicia social y regeneracin
poltica. Pero l no conoce al pueblo: es un ingnuo.

Le han dicho que en ese comit hay muchos tocados por el otro partido,
y que esos vienen slo a embriagarse, y que votarn en contra, a pesar
de hallarse afiliados.

Y exclama con gran nfasis oratorio:

"Es posible, es creble, ciudadanos, que entre vosotros existan
trnsfugas, que vengan aqu nada ms que a beber nuestro vino y comer
nuestra empanada, y que maana nos den la espalda en el _cuarto
oscuro_? Es posible que haya aqu uno, uno solo tan... sin
vergenza?"

Una voz aguardentosa replica a gritos:

--Uno?... Varios! Aqu hay varios, s seor! Varios sinvergenza!
Sabe?...

Lo obligan a callar. No se debe interrumpir al orador. Los borrachos
dicen siempre la verdad.

Este _club_ contaba con trescientos cincuenta adherentes. Pero en el
da de la eleccin, ms de la mitad vot contra su partido.

As es el mulato, la canalla abyecta, borrachona, pechadora, que
aprovecha la ocasin poltica. Son la hez de la ciudad, el desecho de
las faenas rurales, el desperdicio de los gremios honrados, la resaca
de las pequeas industrias laboriosas y probas. Son seiscientos, quiz
mil gandules que determinan la suerte de los partidos, poniendo del
lado adonde los vuelca el acaso, el peso vil de la cantidad.

Es la carga de papas en la cala, capaz de tumbar el buque.

Y en presencia de tales espectculos viene a la mente un recuerdo
irnico: "El pueblo no delibera ni gobierna", etc.




EL REIDERO


En el Salta de antao el reidero era una diversin popular. Aunque en
decadencia, la de las rias es an una mana en mucha gente, por lo
comn ricos doctores y acomodados artesanos.

Ya no encuentra uno como antes por la calle algn distinguido seor
con un gallo bajo la chapa, pero si vamos un domingo al reidero
comprobaremos la existencia de una verdadera pasin organizada en
garlito, con su edificio apropiado, especie de templete de redondo
techo adonde van los sabios galllogos a parar por un gallo hasta la
camisa.

El reidero est en un barrio excntrico. Es un corraln con varias
dependencias: pulpera, reidero y cancha de taba. La entrada permite
el acceso a cualquiera de ellas.

La reunin empieza a las dos de la tarde. Un negro invlido, gordo y
barrign, cobra el boleto en la puerta. Individuos de toda catadura
van y vienen por el gran patio de tierra y el viejo corredor de
ladrillos.

En un extremo del patio una mulata hornea la primera tanda de
empanadas. Aunque hay mucha gente que se mueve, lo hace con grave
cachaza: uno pesa un gallo en una romana colgada del techo por un
alambre; en un grupo se concierta una ria; un opa amarillo, paldico,
de barbas ralas, afirmado a un pilar, escucha estpidamente las
condiciones que se estipulan; algunos revisan en las galleras sus
gallos, les dan los ltimos toques, los acarician, los hablan; otros
limpian y pulen un juego de chuzas de acero; por ah, disparatando, se
bambolea el eterno beodo de todos los domingos; y sobre este desacorde
rumor humano, continuamente irrumpe, vibrante, marcial, el sonoro
cocoric de los gladiadores ansiosos de ir a la arena.

La preparacin de un gallo es una ciencia. Se pesa y pela el trigo; se
mide la dosis de agua y maz; se le despluma al animal el trasero para
ver cundo est robusto, en cuyo caso esta parte se le enciende en
intenso rojo de pimiento. Hay que separarlo de las gallinas para que
no se ponga cailn y flojo. Hay que baquetearlo, o sea hacerlo topar
con otros gallos para que tome estilo. Si es demasiado picador se le
pone una piquera en el pico, estuche de cuero que le permite
entrenarse sin morder, hasta que se acostumbre a pelear a revuelos.

Si el gallo est capioso, es decir, si no tiene buena pluma, se lo
ensambla, lo que significa una obra de paciencia china, pues se hace
preciso cortar las plumas de la cola y alas al canuto, y encajar en
ste, pegndolas con goma, nuevas plumas largas y tersas, con lo que
el gallo obtiene agilidad en el asalto, ya que las plumas lo
equilibran.

Adems, a fin de fortificar los pulmones y las patas, hay que
corretearlo metdicamente una hora diaria; y hay que sacarlo a tomar
sol por la maana; y si se sofoca y agita mucho, hay que zamparle agua
a buchadas por la cabeza y bajo las alas. Todo esto se practica a
diario, fuera de las precauciones y medidas que aconseja la
taumaturgia profesional cuando se quiere ganar con trampas una ria.

El nmero de tongos no tiene lmites. Gallero hay que le embadurna de
sebo a su gallo la cabeza para que el del contrario se despique al
morder; algunos al desgolillarlo le cortan en escalera la golilla, lo
que produce el resultado dicho, si el gallo contrario gusta de morder
la golilla y no la cabeza.

Es gallo ligado si le amarran tan fuertemente las chuzas que el pobre
animal camina apenas apuando la pata. Es gallo desvelado cuando le
hallan en los ojos cierta espumita, que prueba que para debilitarlo lo
han hecho pasar una noche atado a la estaca entre dos luces. Muchos le
untan al gallo en las axilas grasa de zorro, pues profesan la
superchera de creer que por este medio el contendiente dispara,
avisado por el instinto.

Todo esto y mil detalles ms debe conocer y lo conoce al dedillo el
juez del reidero, quien cuida de que las rias sean legales y se
respeten los compromisos.

Bajo el techo circular est la arena, circular tambin, rodeada de una
gradera de tablas, que sube en anfiteatro hasta el techo.

Suena una campanilla.

Ms de cien jugadores se precipitan a las gradas. Se instalan. Tosen,
esgarran, escupen. El circo tiene una barda enana de madera, bordeada
por un colchado de trapo rojo. El juez se para a la puerta. Agita su
campanilla. La ria va a empezar.

Los dos largadores contrarios, sostienen cada uno su gallo por el
pecho, le friegan las patas y le dan el ltimo vistazo.

El momento es solemne. Las apuestas se cruzan, breves y seguras.
Algunos que apostaron ya, estn callados, la mano puesta en el mentn,
y as estarn hasta que acabe la ria. Los conocedores observan; los
botarates elogian y desafan. Los dueos de los gallos guardan un
digno silencio, prueba de sendos temores.

La campanilla suena de nuevo. Se larga la ria.

Un gallo da dos pasos, se para, se iergue y canta. El otro lo v y lo
embiste. Las rojas cabezas se agachan, los cogotes se estiran,
arrogantes; los dorados, pequeos ojos bravos brillan; las alas
semiabiertas se aprestan al salto. Primero es el saludo bizarro de los
dos picos, frente a frente, en lnea recta, arriba, abajo,
cautelosamente; despus es el revuelo formidable, y en fin, la
seguidilla, el entrevero, la ria; la ria tenaz, obstinada, furiosa,
de una belleza ejemplar, de un denuedo heroico.

Cada ria es un poema pico: los sucesos, naturalmente, difieren; la
heroicidad es la misma.

A veces un gallo queda ciego. Entonces el silencio de los espectadores
se vuelve absoluto. El animal pelea a odo: se lo v inclinar la
cabeza, mas no para huir, sino para esperar escuchando al adversario.
De nuevo lo halla, lo pica, se afirma, se solivia en las alas y le
encaja con fragor las chuzas en el crneo.

El adversario se abate lentamente, las alas ajadas, el pico abierto.
El triunfador, ciego, se para tambaleante en la arena y lanza a las
tinieblas su trgico, su titnico cocoric!

Se di una vez el caso de dos gallos que cayeron muertos, primero el
uno, el otro en seguida. El uno tena traspasada una arteria junto al
corazn: el otro no presentaba heridas, pero los entendidos dijeron
que haba muerto de rabia.

El papel de los entendidos es admirable. En cuanto el gallo cae a la
arena, en cuanto se mueve un poco, ya saben si est ido, es decir si
est acobardado, vencido al empezar la pelea.

Despus de la ria sobreviene una febril agitacin: los perdedores,
resignados, oblan. Un ganador cruza el patio con un montn de billetes
en la mano. Un individuo lava un gallo, le busca prolijamente las
heridas, se las cura. Otro se come una empanada recin salida del
horno. Quien pondera aqu las condiciones del paraguayo; quien
sostiene all que al giro tal le mordieron el pico antes de largarlo.
Y junto al pozo, un individuo le chupa un ojo a su gallo para que no
se haga tuerto y procede despus a sangrarlo de la pata contraria,
segn una prudente cbula profesional.




LA TABEADA


En un canchn contiguo al reidero est la tabeada. Siendo juego menos
noble que las rias, la taba tiene entre los decentes sus adeptos
vergonzantes. La ria es como una ciencia, la taba es como un arte.

Depende del pulso y en parte de la cancha. Existe un canchero que
prepara la tierra y la roca de modo que ni se haga barro ni est
dura. Los lmites opuestos los marca un cordel hundido en tierra. Dos
hileras laterales de bancos de tabla son los asientos de los jugadores
que esperan turno.

Reina en el corro, grande algaraba. Mientras un individuo pulsa la
taba en una punta, el contrincante aguarda el tiro en la otra.

Formlanse las apuestas entre el tabeador y su contrario, entre el
tabeador y el pblico, y el pblico entre s, por fas y por nefs, por
cara o culo, con ventaja o sin ella: es un enredo de trminos y dichos
especiales, tan claros para el profano como si fuesen griego.

En media cancha han ido amontonando el dinero de las apuestas,
apretado bajo una piedra para que no se vuele. Algunos empuan rollos
de billetes ajados y mugrientos. Los ya desplumados, se sientan a
mirar, como fascinados, el manoseo de la plata.

De varias partidas atrs, un chaqueo emponchado mantiene la taba: es
un invencible. Ha pelado a muchos. Ahora "la va derecho" con un
mulatn compadre y hablador.

El invencible es un hombrn taciturno, un poco alcoholizado.
Reconcentra en su juego favorito toda su grande alma de animalote.
Parece all un toro parado en dos pies entre la tropa.

Usa enorme sombrero blanco y se alza el poncho al pescuezo para que le
vean su charro cinturn de bolivianas de plata. Va quinientos pesos a
su mano.

Se escupe con calma las manos, refriega las palmas en el suelo, guia
el ojo izquierdo como si fuera a apuntar con escopeta, mira bien la
taba con el otro ojo, la blande, la sopesa varias veces, echa un
desafo mudo a la redonda. Los espectadores, atnitos, se apartan. La
taba vuela: la siguen con la vista, da tres vueltas justas y se clava.

--Culo!... Culo clavado! El primer culo!

La agitacin es intensa. Algunos juran. Otros se preparan a recibir su
plata. Hay quien comenta a gritos las alternativas de aquella "mano".

El chaqueo saca un paoln colorado y se limpia el sudor del seboso
rostro. Echa luego mano al bolsillo y paga de un grueso puado de
billetes. Ha sido un "batacazo". Quinientos a la olla! Ju pucha!
Pero no es nada; l puede jugar hasta diez mil pesos. Este hombre
tiene quince mil cabezas en el Chaco.

La concurrencia es de un cmico abigarramiento. Vense galeras,
guantes, bastones, botas, alpargatas y hasta patas peladas: la ancha
pata plida y roosa del opa que atisba una moneda, del tpico opa
salteo, del infaltable de todas las aglomeraciones.

Vense levitas verdinegras. Una casaca con dos botones al rabo, que
muestra que en sus tiempos fu jaquet; chalecos multicolores de una
antigua moda, camisas que rebalsan y pechos pelados al descubierto.

Tampoco se libra de la mana el turco extico, que ladra el idioma,
pero que se hace entender y juega; ni el gringo, el delicioso gringo
que masca tabaco y dice insolencias con la mayor soltura; ni tampoco
faltan el mulatillo amanerado y compadrn del centro y el honrado
maestro de escuela que viene a echar una cana al aire.

Adems, en la tabeada merodea el "colero", furtivo borrachn que
simula entusiasmarse por el juego y traba apuesta con este y con el
otro, para abrirse a su hora, con cualquier pretexto. Lo que le
interesa al colero es la bebida que circula a rodo, el desperdicio de
las ganancias. Agradece antes de que le brinden. Su afabilidad
comunicativa es una ganza; su entusiasmo por el juego un taparrabo de
la impudicia.




LOS PERROS


En las grandes ciudades los perros son objetos de adorno o de lujo,
cuando no seres esclavizados por el egosmo del hombre, y que sirven
en las tiendas para cazar ratones, o en las policas para perseguir
malandrines.

En las grandes ciudades los perros pertenecen a alguna raza definida;
y hasta los hay de abolengo.

Existe all el perro de alcurnia, mimado y regalado; el galgo raro, el
San Bernardo, el terranova, el fox-terrier, etc., etc. La montona
vida de estos perros no tiene all sino un aspecto ms o menos
sentimental o decorativo, o francamente utilitario.

Para apreciar el papel de los perros en estado libre, de los perros
como partido zoolgico, disputando al hombre sus derechos a la vida,
hay que venir a verlos en Salta.

Es un da de verano, a la hora de la siesta, en un suburbio casi
desierto del pueblo. El sol reverbera blanco en las piedras de la
calle y en las veredas de laja: es la hora de los perros.

No se ve ms que perros, como si una universal metempsicosis hubiese
substitudo los habitantes por perros.

Por las entornadas puertas de calle, asoman sus hocicos. Las puertas
de calle, donde la gente sale a tomar fresco al caer la tarde.

La perrilla de la esquina congrega los pretendientes del barrio.
Primero es el festejo, el contoneo afable, el menear de rabos y el
olerse. Y despus la gresca galante que acaba en dispersin y derrota,
cuando la mulata, duea de la joven coqueta, asoma escoba en mano.

Un inquieto perdiguero, que los domingos suele ir de caza con el
albail, se ha escapado con la piola al cuello, y pasa, trotando al
sesgo, al viento las narices, que recuerdan por lo largas el can de
una escopeta.

Bajo el tropical ardor del da, entornados los ojos, la lengua afuera,
cruzan por la calle grupos de perros de todos tamaos.

Uno que los mira pasar desde su puerta, se avispa, y sale a toparlos:
se cambian los saludos de regla.

Se huelen, se gruen; la pandilla sigue viaje, y el de la puerta
vuelve lento sobre sus pasos, y alza la pata, desdeoso, contra la
pared corroda...

Los grupos circulan por todas direcciones. A ratos viene el rumor de
una algaraba lejana. Alguna pedrada, alguna dentellada. Y los
corridos huyen hacindose los rengos.

En los das patrios y festividades populares los perros no saben
dnde meterse. La gente de Salta padece la monomana de las bombas. En
cuanto se reunen doscientos manifestantes, sueltan innmeras bombas.
Entonces los perros, muertos de miedo, huyen a buscar un escondrijo,
por entre las piernas del pueblo.

Al amanecer, desde las campias cercanas invaden la ciudad pandillas
de perros. Vienen en alegre turbamulta a escarbar los cajones de
basura que los sirvientes colocan en la vereda para que los levante el
basurero municipal.

No hay casa arrabalera que no albergue tres perros por lo menos. Y
qu perros! Son perros de annimas, azarosas razas, monstruosas
combinaciones anatmicas, a veces espectrales y desconcertantes.

Vnse perros largos y chatos, en forma de locomotoras. Otros, lanudos,
pequesimos, llamados cuzcos, que al trotar parecen con cuerda. Vnse
los pilas, es decir, unos que carecen en absoluto de pelos.

Y esos tres tipos fundamentales al entreverarse en las cruzas, forman
la interesante poblacin perruna de mi pueblo.




DEFENSA DE UN PERRO


Mister Oscar Asterplat es un ingls que no me conoce, pero sabe que yo
escribo, y ha venido a casa para encargarme un pequeo trabajo.

El otro da, un bruto de chauffeur atropell al bull-dog de M.
Asterplat, y ste desea que yo escriba un artculo en favor de su
perro, y contra los automovilistas.

Accediendo gustoso a tan justo pedido, he mandado a un diario las
siguientes lneas:

Seor director: persigamos a las vizcachas que arrasan los sembrados;
matemos a las ratas que comen documentos y propagan la pulmona y la
peste; organicemos ejrcitos langosticidas; fumiguemos los rboles
arrugados por la diapsis pentgona, y hagamos guerra a los gatos
ardorosos que gritan en los tejados. Todo eso es razonable y bueno. La
vida es una eterna lucha del hombre contra los viles engendros de la
naturaleza.

Pero pidamos al pblico que respete a los perros!

A los pobres, a los buenos, a los leales, a los nobles, a los dignos
perros, estos amigos prehistricos de nuestra malvada especie; que en
el fondo de sus ojos, siempre despiertos, tienen un destello de luz
para cada caricia, y un rayo de rebelda para cada injuria.

El activo perdiguero que por las calles husmea sin descanso una
escopeta; el airoso, elegante pila, juicioso en la iglesia, y caliente
en el lecho de la viejecilla reumtica; el miserable caschi que en las
maanas de invierno brinca delante de la cocinera, camino del mercado;
el can flaco del pastero que a la sombra del carro va, paso a paso,
del campo a la ciudad y de la ciudad al campo; el perro sucio del
pordiosero, comensal en la olla de mendrugos, y lamedor cirujano de
incurables lacras; el cuzquito centinela de los ranchos sin puerta; el
perro del rico y el perro del pobre, el de la casa y el de la calle,
cada cual llena un vaco en nuestros caprichos, en nuestras
necesidades, en nuestros achaques, en nuestros infortunios. Ningn
perro est de ms en el mundo!

Estas reflexiones, seor Director, me las sugiere el atentado de que
fu vctima, el domingo de tarde, en la avenida Sarmiento, el perro
"oso" de M. Oscar Asterplat, por parte de un miserable manejante de
automvil.

Este bruto le ha hecho pasar las ruedas por la barriga, y lo ha
dejado extrachato, en media calle!

Yo protesto de semejante atentado, ante el pblico, en nombre del
seor Asterplat y en el mo propio.




LA CONDENADA


Hace mucho aos, andaban de boca en boca, entre la gentuza de mi
pueblo, relatos extraordinarios acerca de una luz ambulante que vagaba
por avenidas y caminos urbanos.

Precisamente, en las noches ms tenebrosas, veasela pasar, con
diferencia de minutos, tan luego por las inmediaciones del cementerio
como por los arrabales prximos al ro.

La velocidad hasta entonces no vista que la animaba, y el intenso
fulgor rojizo que despeda, dieron pbulo a la medrosa fantasa
popular, que acab por atribuirle sobrenatural origen.

Y a las viejas supercheras de duendes y mulas nimas y viudas y almas
en pena, vino a incorporarse la misteriosa leyenda de la condenada.
As haban dado en llamarle a la luz, sin duda porque se crey que el
panten era su morada. Y sala de all a deshora de la noche para
emprender sus locas, desaforadas carreras, que espantaban a los malos
y horripilaban a los inocentes.

Una noche, camino de la Caldera, iba un pobre indio paso a paso en su
mancarrn, con las alforjas cargadas de bote en bote, cuando en un
recodo top de repente con la luz infernal. Indecible pavor hizo presa
de jinete y cabalgadura, que, dando cara vuelta, fueron a sujetarse,
perdiendo alforjas y calchas, a la plaza "9 de Julio".

Contaban que una negra que viva cerca del cementerio mantena
macabras relaciones con la condenada, y esto, y el aislamiento en que
sus ntimos la dejaron, motiv el trastorno mental de la infeliz
catinga, sospechosa de brujera.

Una noche la polica tuvo noticia de una descomunal parranda en el
barrio de _tucumancito_. Enviado un vigilante al lugar del desorden,
se le apareci la condenada, se le espant el caballo, y el porrazo y
el susto fueron tales, que el cobarde policiano sufri un desmayo de
varias horas.

El nmero de perseguidos y preocupados era muy grande.

El cochero de un amigo mo tena su cuarto lejos del centro, por el
barrio del matadero, y aunque _no era manco pa las cosas de este
mundo_, las del otro le inspiraban serias desconfianzas, por lo que
prefera, si no haba luna, quedarse a dormir acurrucado en los
almohadones del carruaje.

Las nieras les contaban a los chicos, hacindoles poner los pelos de
punta, las fechoras de la condenada; y las viejas beatas de
correveidile averiguaban del cura si cometan pecado creyendo en ella.

Hasta entonces haba limitado el espectro sus andanzas a los
arrabales; pero hte aqu que una noche, como a las doce, se presenta
en plena plaza Belgrano, desierta a esa hora, donde se pone a dar
vueltas en persecucin del nico mortal que a la sazn la atravesaba;
el cual, en fuga despavorida, logr saltar las barandas que cercaban
la plaza, y llegar sin resuello a guarecerse en la tienda donde era
dependiente.

Y no adivinas, lector, quin y qu pudo ser aquella condenada que en
mi pueblo meti tanto susto?

Pues era el ms pacfico de los hombres: un relojero italiano, el que
llev a Salta la primera bicicleta.

Fatigado del trabajo del da, montaba por la noche en su aparato,
encenda la linterna fuera de la ciudad, y comenzaba su pedaleo de la
manera ms divertida del mundo.




LA CRECIENTE


Don Ventura Perdigones era un gallego verdulero que haba en Salta.

Desde Vaqueros, donde tena su hortaliza, llevaba todas las maanas al
pueblo una arganada de verduras frescas para vender por las calles.

Vaqueros es un lugar que dista dos leguas de la ciudad, y est situado
en la margen izquierda del ro de ese nombre.

Y digo ro, porque se llaman as en mi tierra, mal que pese al
estricto sentido del vocablo, los que en invierno apenas parecen
arroyos apacibles, y en verano se tornan, con las lluvias, en
formidables avalanchas de barro y piedras.

Una maana vena el Vaqueros _por dems_ crecido, como dice la gente
de mi provincia. La noche anterior haba cado una tormenta en los
cerros, y, con tumultuoso estrpito, las turbias aguas arrastraban
gruesos troncos y pesados pedrones.

A lo largo de la orilla, numeroso paisanaje a caballo esperaba que
pasase lo recio de la crecida para atravesarlo.

Perdigones, encaramado en su asno, estaba all, con las rganas
repletas de repollos y lechugas. Quera pasar cuanto antes, sin
atender a los consejos de algunos que le sealaban el peligro; y
porfiadamente taloneaba a su bestia, y se paraba en los estribos a ver
por dnde se lanzara.

Y Perdigones que s, y el jumento que no, bruto y hombre pugnaban por
hacer cada cual su gusto, con grande regocijo y mofa de los presentes.

--No dentre Don Ventura. Mire que la creciente lo va a trapiar,--deca
uno.

--De ande lo han de convencer, si este gallego es ms porfiau que una
clueca,--gritaba otro.

--Asojites bien, no sea que pierda los _yolis_,--vociferaba un
tercero.

--Vaya, vaya hombre!--contestaba Perdigones.--Parceme a m que no
hay motivo pa tanta alharaca. Pero lo que es ste, a m no me
gana,--deca del asno, y le mola de firme.

Al fin triunf Perdigones, si bien ms le valiera no haber triunfado,
porque zamparse el burro, desquiciarse de la montura los _yolis_, y
hacerse una balumba de hombre y bestia y arreas y verduras, todo fu
uno. La rpida corriente los arrastraba.

Los gauchos armaron al punto sus lazos, y se los arrojaron al infeliz
Don Ventura, que a manotones y zambullidas y vueltas de carnero en
medio del agua, ni pudo ni atin con los auxilios.

Y mal acaba el lance, si no logra prenderse, con todas las fuerzas que
le restaban, a las races de un sauce ribereo.

Y ya en tierra firme, pasado el susto, un paisano le dice al gallego:

--Velay pues, o Ventura aura que se ha salvao, d gracias a Dios,
porque esto ha sido un milagro.

Y el gallego, malhumorado y tiritando, le contest:

--Hombre, d t gracias al sauce, que las intenciones de Dios fueron
ahogarme.




LA DECADENCIA DE LOS OPAS


Como se ha cumplido para la historia del arte el "esto matar
aquello", de Vctor Hugo, se ha cumplido en Salta esta otra frmula:
el progreso ha matado al opa.

Y no hablamos aqu de los opas que seguirn existiendo pese a todos
los progresos, sino "del opa" como gnero social, del opa como factor
social.

Todo ha conspirado, desde unos aos a esta parte, contra los opas.

El advenimiento de las cloacas los ha emancipado de ciertos oficios de
acarreo, que les era propio.

Despus, un jefe de polica los ha expatriado en vagones y ha sembrado
las vas, Salta afuera, con nuestros opas. As fueron a parar, en este
movimiento centrfugo de reaccin colectiva: "Leche de Burra" a La
Quiaca, el "Coto Zapallo" a la tumba, "Ripitipi" a Buenos Aires...

Y en nuestros das, apenas si al paso del opa Panchito, con su cara de
macho alfalfero, su andar vacilante y sus inmensas alpargatas, nos
asalta un recuerdo borroso de los opas de otros tiempos, de aquellos
que apedreamos siendo nios. El opa de hoy es como el espectro del opa
de entonces...

El opa de hoy, ha tomado carta de ciudadana y hasta se le ha visto
votar en las elecciones. Y luego, se le respeta, o quiz se le
compadece; y se ha vuelto mendigo, como "Achoscha" y como Enredadera,
o masitero como Panchito.

Pero antes, antes los opas eran algo muy nuestro, muy popular, muy
tpico, y a ellos les debemos buenos modismos, que han quedado
estratificados en la memoria social. As decimos de un tonto
cualquiera; es un "Chupa-charqui". Y del que se contenta con falsas
promesas: est Fulano como el opa del cura Arias, aquel opa famoso,
excelente servidor, pero luntico, cuyo sabio amo, conocindole su
pasin por la ropa nueva, lo mandaba a lo del sastre a que le tomasen
la medida, en cuanto lo notaba de mal talante.

El opa de las procesiones ha desaparecido. No haba procesin sin su
opa a la cabeza, provisto de un rebenque de carrero, espanto de
muchachos y perros. Y es que no haba iglesia sin opa, fiel criado del
cura y auxiliar devoto de la sacrista. Quasimodo es as un tipo
universal de campanero. Slo un opa poda repicar con toda el alma,
bajo la campana, sin temor de romperse las orejas.

No hay quien no haya asistido en Salta a la escena estruendosa de una
misa o un sermn edificante, interrumpido por una _trocatinta_ de
azotes a los perros que asistan a la iglesia. Los aullidos
repercutan por las bvedas sagradas con sonoridad apocalptica. Era
el decoro de las cosas santas defendido a rebencazos. En cuanto un
perro ultrapasaba la linde de la compostura, se le vena el opa al
humo, rebenque en mano; y hubo el caso de una vieja que result
zurrada por demasas de su pila. Y era cosa corriente en aquellos
tiempos que la beata llevase su pila escondido bajo el manto.

Pero el jubileo, la apoteosis de los opas salteos tena lugar el da
del lavapis.

En el patio de la Catedral, esa maana, junto al pozo, el sacristn
les arreglaba las barbas, cuando la tenan, les daba un traje nuevo,
de piel azul, y el opa, dignificado y elevado a la categora de
apstol, ocupaba su trono de honor al pie del altar.

En una de aquellas ceremonias, en que el opa Viborn haca de apstol,
es fama que los muchachos le trazaban vboras en el aire, con el dedo,
y el infeliz, olvidando su sagrado papel, se descolg del entarimado,
presa de inaudita clera.




LOS COCHEROS


Al mirarlos pasar desarrapados, blandiendo el largo flajelo de
verdugos sobre los lomos enjutos del mancarrn placero, se dira que
son asesinos que se escapan y no aurigas que pasan.

Estos son los ms zaparrastrosos cocheros del mundo. No pretendemos,
no, que vistan de gala, as quedaran!, pero que, al menos, adopten
en su pescante traza de cristianos. Ora es un gigante doblado en tres,
con las canillas fuera del pescante, los botines rotos, el sombrero
increble, las barbas desparramadas; el judas de La Merced, el opa
Viborn de cochero. O es un mico, un mequetrefe, metido hasta la nuca
bajo la capota, llevndose por delante las vacas lecheras y la chinita
que corre al mensaje. Pero todos, o casi todos precisan una lavada de
cara.

Por qu no se les exige un mnimum de compostura personal? Si el
traje hace a la persona, tal vez as se los hara gente.

Aqu es til ser medio psiclogo, hasta para tomar coche. Primero hay
que semblantearlo al cochero y no meterse con los que tengan cara
colorada, porque esos andan mal de la mollera y habr que pelear a la
hora del arreglo.

Sobre todo, cuando se os ocurra viajar a San Lorenzo, fijaos si
vuestro cochero no est con los ojos irritados y la nariz roma, pues
al fin de la fiesta, cuando volveis por los precipicios de las lomas,
l estar ms borracho que Baco y os sepultar en alguna zanja, con
vuestros deudos queridos. Y lanzar a los vientos, levantando las
piernas a la luna, en cada barquinazo, un juramento que har ruborizar
a las seoras. Habeis puesto la vida a merced de un energmeno, y slo
Dios y la buena suerte podrn salvaros. Que no es cosa simple
contratar un cochero.

Y si al salir de un baile o del teatro llueve, y hay que tomar coche,
ya no ser dado elegir, porque los coches del servicio nocturno estn
que d grima. Subs y empieza el calvario. Si no se zafa una rueda,
media cuadra ms all la jaca que os arrastra cae extenuada. Y
entonces, en el silencio de la calle, sin testigos, sin misericordia,
comenzar el martirio zoolgico de la pobre bestia, que a cada
puntapi que recibe, de su gua, en el crneo, gime con gemido
profundo, mil veces ms triste que el sollozo humano. Y la gloria del
baile o del festival se disipa de vuestra mente, y el cuadro de la
miseria de todo lo que vive se os impone al punto.

Y cochero y verdugo son una sola y misma cosa. Verdugo vuestro, porque
pagais la hora con exceso, del sudor de la frente, y verdugo de los
flacos, de los inocentes, de los desgraciados caballos que caen en sus
manos.

       *       *       *       *       *

_Nota._--Este artculo produjo en el gremio un efecto extraordinario.
Hubieron concilibulos y discutieron si me daran o no una paliza. Yo
esperaba ansioso los resultados. Al fin publicaron una protesta que
deca as, poco ms o menos: "Habindonos reunido los conductores de
carruajes a deliberar sobre el temperamento a seguir contra el
insolente articulista que as nos detracta en el diario "La
Provincia", hemos acordado no adoptar medidas violentas por tratarse
de un loco irresponsable, cuya familia, sin embargo, nos merece
consideracin y respeto".




UN BAILE DE VILLORRIO


No me olvido de aquel baile que congreg tanta "gente bien" en casa
del comisario.

En un rincn de la sala, zahumada por el grueso tufo de kerosene de
las lmparas, un msico, trado ex-profeso de Salta, galopaba sin
piedad un viejo valse, sobre el no menos viejo y desvencijado piano.

En los ngulos restantes de la sala haba frgiles mesitas de felpa
calva, atestadas de ramos de flores de papel, cuajadas de pintitas
negras, obra evidente de las moscas.

Contra las paredes, hileras de sillas de variadas formas y tamaos,
donde descansaba la numerosa concurrencia; y en el suelo, mal
disimulando las asperezas del brbaro enladrillado, retazos de
alfombras descoloridas.

En el techo de caizos, sustentados por ciclpeas tijeras, techo hondo
y lbrego, tejan en silencio las domsticas araas. Y en las alturas
adonde no llegaba la luz de abajo, algunos murcilagos absortos
comentaban con chillidos a la sordina la inusitada animacin de la
fiesta.

La concurrencia daba vueltas flemticamente a la sala, al comps
meloso y cursi de esa musiquilla de aldea, triste y desorejada. La
duea de casa, orondamente sentada en su sof, contemplaba con aire
satisfecho el desfile de las parejas.

Era una vieja robusta y ancha como una olla de chicharrn, que sudaba
a mares y se haca viento con uno de esos monstruosos abanicos de
satn negro, que ms parecen alas de Satans que abanicos. A la vieja
nadie le diriga la palabra; pocos la conocan. Pues como se trataba
de un baile de suscripcin y ella haba cedido su casa por pura
condescendencia, nadie tena nada que ver con ella.

Bien pronto me expliqu aquella cortesa, cuando v que una chinita
escamoteaba furtivamente las botellas de cerveza compradas por la
comisin organizadora.

Algunas seoritas que confundan la sencillez con la vulgaridad,
lucan trajes ajados y sucios, que hubiese rechazado una sirvienta. Y
tal era el entusiasmo del da, que no haban tenido tiempo de
arreglarse los cabellos ni quitarse el barro de las cabalgatas.

El "cllese, no sea atrevido!", el "vean esto, por Dios!" el
"pucha", el "velay", las mil ordinarieces que florecen en las
vendimias, se mezclaban, ensordeciendo el aire, en una sola chchara
vulgar y aturdida.

Una chinita zaparrastrosa y mugrienta se paseaba por entre las
parejas, brindando cerveza en copas tres veces sucias; y un muchacho
"quiscudo" como un cepillo, luchando por no dormirse, ofreca en una
frutera caramelos chupados de antemano, a medias, quiz, por los bebs
de la casa, y "tortitas de leche" partidas aritmticamente a cuchillo.

En un extremo del corredor, alumbrado por una lmpara sombreruda, en
derredor de una mesa, conversaban parejas de enamorados que nunca
acababan de barajar sandeces. En el otro extremo, escondidos en la
penumbra, los bebedores del pueblucho hacan su agosto en complicidad
con los sirvientes, mientras parecan acalorados en una disquisicin
acerca de las virtudes del cura.

Por todos lados iban y venan los mosqueteros abribocas, o se
acumulaban junto a las puertas, estorbando el paso.

En el patio, un opa de ojos clarsimos y cara plida y gorda, que
haba bebido en demasa, mascaba asnalmente un bollo, y serva de
diversin a unos muchachos...




EL DUENDE


La creencia en el duende era, quiz, la ms arraigada en la ciudad,
hasta hace treinta aos. Demonio familiar y burlesco, ms molesto que
terrible, la plebe, y en particular los sirvientes y criados de las
viejas casas, tenanle por espantajo familiar.

Para explicarse aquella superchera, fomentada sin duda por la
ignorancia, se hace preciso recordar la arquitectura de los caserones
coloniales.

Casi no haba casa patricia que no fuese un verdadero laberinto de
cuartos, pasadizos, altillos y corredores, intrincados y oscuros.
Ocupaban los fondos, el corral, el gallinero, la huerta, las
pesebreras y los cuartos destinados a la gente que traa de las
estancias abastos y provisiones para varios meses.

En muchas casas, se carneaban reses en el corral.

El duende merodeaba en las cocinas y despensas; escondase en los
tunales y silbaba a los que iban al corral; dorma entre las petacas
de cuero crudo, en zarzos y altillos; y aun a las veces ponase a
frangollar en el mortero, a media noche.

Un anciano seor, ya chocho, y adems clebre por sus mentiras, sola
contar a sus relaciones--en alguna tertulia ntima de barrio, cabe la
estufa monumental del comedor,--los trajines y fechoras del duende.

--Una vez--deca el anciano,--determin mudarme de casa con mi
familia; pues el duende no nos dejaba en paz. Apedreaba a hurtadillas
a quien quiera que entrase en la huerta, volcaba las ollas en ausencia
de la cocinera, haca pudrir el charqui y engusanaba los quesos del
zarzo... Habamos trasladado a la nueva casa muchos muebles, cuando
entr una tarde en la despensa para ver lo que todava quedaba por
acarrear. En esto se me presenta el duende, cargando el mortero, y me
dice, con tamao descaro:

--Y a dnde nos mudamos?...

Era un hombrecillo enano y cabezudo. Provena de algn ignorado
infanticidio; o era el alma de un nio muerto a los siete aos, sin
bautizar.

Usaba enorme sombrero y tena una mano de fierro y la otra de lana.
Aparecase a los malos y desobedientes, a los pendencieros y
mentirosos, y les preguntaba entonces, con potente y ahuecada voz:

--Con qu mano quieres que te pegue?... Con la de hierro?... Con la
de lana?...

Y al vivo que elega la de lana, le asentaba terrible mojicn con la
contraria.

El duende era compadre y amigo del gato. Nadie sabe si el par de
ojazos fosforescentes que vi en la noche seran los del duende o los
del gato. Que tambin suceda que el duende, convertido en gato, se
echaba a dormir en el rescoldo del fogn.

Apadrinaba l, solcito, las gangolinas y grescas de los tejados, que,
en noches de luna, ponan en la mente de los desvelados, terrores de
la otra vida.

Caminaba con pesados y resonantes pasos a deshora, en los corredores,
como si un grueso pisn golpeara los ladrillos.

Haba, sin embargo, un medio para librarse de l. Sabido era que su
finsimo olfato no toleraba los ingratos olores. Y quien quisiera
andar seguro de noche, haba de llevar preparada en los bolsillos
cierta porquera...




LA VIUDA


Por todo el valle de Lerma se crea en la viuda; pero es cerca de la
ciudad donde he recogido la leyenda de boca de unos indgenas.

Las supersticiones tienen, como caracterstica, esa indeterminacin de
las versiones annimas. Y asumen, segn el sujeto que las refiere,
contornos ms definidos y reales, o se diluyen y esfuman hasta no ser
ms que una idea fantstica o una emocin de misterio.

Ignoro si sea sta una leyenda saltea de origen y si el decir vulgar:
"salirle a alguno la viuda" se usa en otras provincias, como aqu,
para denotar el contraste imprevisto con que topamos en una empresa
inadecuada a nuestras fuerzas.

Pero abandonemos los circunloquios y oigamos al indio viejo que me la
cont:

"Una noche tormentosa y muy oscura, cuando yo era muchacho, el patrn
me mand a La Isla, con un recado urgente para don Nicanor Vallejos.

La Isla es una finca, a legua y media de Salta, entre el ro Arias y
el Arenales.

Yo conoca bien el camino, que no era de coche, como ahora, sino una
senda angosta que atravesaba pequeos bosques de tuscas y algarrobos,
harto tupidos a trechos.

El terreno es bajo y pantanoso y en algunas partes haba que ser
baqueano para no hundirse en los fangales.

Aunque nunca he sido flojo para las cosas de este mundo, no me senta
entonado para las del otro aquella noche, lo confieso. As que en
mitad del viaje, y en un punto en que ms cerrado estaba el monte, al
caer la senda a un bajo, puse el caballo al tranco y empu el
cuchillo, que lo llevaba en el guardamonte, colgado de la vaina.

Al acercarme a unos sauces llorones que estn ah todava, de un
costado del camino, donde principia la bajada, se me atraves como
sombra un perrazo negro...

El caballo se avisp, buf; y se peg una tendida que casi me larga de
hocico.

Por serenarme, mord la hoja del cuchillo, la hice "tincar"[2] en los
dientes y me afirm en el apero, tiritando... En esto, ya sent que un
bulto me saltaba a las ancas y me echaba los brazos al cuello.

El caballo, entonces, mand un par de patadas, se estremeci enterito,
y se agach a la furia, como alma que se la lleva el diablo.

As salv el pantano. Y apenas gan la opuesta banda, un alarido fiero
y triste como llanto de mujer raj la noche y se apag en el monte...

Y fu a sujetar en casa de don Vallejos.

Tuvieron que bajarme del caballo. Me manaba, del sofocn, sangre de
las narices.

Esa haba sido la viuda, pues, seor... Diz que as se presenta. Que a
ocasiones en forma de perro negro o de pjaro; a ocasiones es un
burrito que est como pastando, al disimulo... Y no bien lo ventaj
el jinete, ya tambin se le trep en las ancas y le ech los
brazos!"

FOOTNOTE:

[2] Tincar no es castellano. Pero es una preciosa onomatopeya,
inventada por los gauchos, y que da mejor que ninguna otra palabra, la
nota, tn... del acero, que ellos tienen la costumbre de hacer
vibrar entre los dientes cuando sienten vacilar su coraje. Adems,
emplean continuamente el cuchillo para abrirse paso, hachando gajos en
la maraa; y de ah proviene sin duda la palabra.




LA MULA ANIMA


Es una leyenda del bajo pueblo que va perdiendo su cariz fantstico.

Evocad el Salta de sesenta aos atrs, con su pobre y pesada
arquitectura colonial; con sus tejados de alero volado a la calle; con
sus enormes portales cuadrados y recios; con sus altas veredas, entre
cuyas lajas desiguales brotaba el pasto del campo; con sus hondas y
tortuosas calles de piedra bola.

De noche, arda en las esquinas del centro un candil de sebo. El
sereno, encargado de varias manzanas, pasaba lentamente, cantando la
hora y el aspecto del tiempo.

En las casas donde haba quedado alguna luz, revoloteaban
encandilados, sobre los anchos patios, murcilagos errantes y
siniestras lechuzas.

La vida estaba llena de incertidumbres y peligros. Las guerras civiles
llevbanse mucha gente a otras provincias. Los largos y penosos viajes
a Chile y al Per, que los jvenes de la mejor sociedad emprendan,
arreando valiosas recuas de mulas y caballos, dejaban en invierno los
hogares hurfanos de esparcimientos familiares.

A la terquedad del carcter espaol, a la intensa religiosidad de la
poca, a la constante zozobra de la ausencia y la espera, que hacan
montona y solemne la existencia, sumbase en los largos conticinios
el horror de las iglesias, cuyos atrios y recintos servan de
enterratorio a los decentes.

Slo en aquel ambiente melanclico pudieron formarse leyendas como la
de la mula nima.

A media noche se le apareca de repente, en el panten de una iglesia,
al mulato que volva ebrio de alguna timbirimba o al medroso y
fantico palurdo que ignoraba los peligros del sitio.

Era una mula enfrenada, que arrojaba chispas por boca y narices, y que
bufaba, encabritada, sobre el suelo fofo de las sepulturas.

Era un nima en pena. Y para librarla del purgatorio haba que
consumar una hazaa fabulosa: haba que sacarle el freno a la mula.

Aquel endriago provena de un pecado sacrlego, pues se lo supona
engendro del cura con su barragana.

Las beatas supersticiosas examinaban con aires de misterio, al salir
de misa, al alba, los ladrillos del atrio, donde, a las veces, la mula
nima estampaba su casco de fuego.

En el veredn de la antigua Catedral, que ya no existe, vease, hace
aos, una laja que tena marcada una herradura: era el rastro de una
mula nima.




LA JUANA FIGUEROA


Camino de "La Soledad", pasando el "puente blanco", en la esquina de
un rastrojo y al pie del cerro, est el sepulcro de la Juana Figueroa.

Es el santuario de una superchera popular, con todo el prestigio de
una leyenda trgica.

Al borde de una zanja vse un humilde tmulo de adobes, que remata en
una ruinosa cruz de palo.

Por sobre la verdura de los cercos mranse las torres y cpulas de la
ciudad, ms all las lomas de San Lorenzo, y en el fondo la azul
lejana de las montaas, que parecen encerrar en un perenne crculo de
encanto la inmensidad del valle.

El sepulcro de la Juana Figueroa es el santuario de una devocin
torcida y pecaminosa para la ortodoxia del cura; para la bastarda
emotividad de la plebe, es un lugar bendito, santificado por el
martirio.

Los pobres del suburbio, las muchachuelas paldicas de los "cuartos"
excntricos, las cocineras de casas pobres, las alcahuetas
supersticiosas, acuden todos los lunes a depositar como voto ante la
milagrosa herona, una vela de sebo, un medio boliviano, un
corazoncito de plata.

De da y de noche, arde continuamente en el sitio un centenar de
velas. Para que el viento no las apague, la devocin, prolija,
resguarda las fervorosas llamas, bajo un abigarrado techo de latas de
tarro.

Es una peregrinacin annima, pero obstinada y constante. Nunca se
encuentra en el lugar bendito esas aglomeraciones un poco profanantes
de la multitud. Cada cual a su hora, en un momento de angustia, de
miseria, porta su ofrenda. Y slo la muchedumbre de las velas
patentiza la zozobra de las almas.

A veces, al atardecer, vse llegar por el "carril" de "La Soledad"
alguna mujer del pueblo, demacrada y enferma, con una criatura en
brazos. Camina por la tierra polvorienta arrastrando la pollera, que
al andar se pliega sobre los talones con blandura de harapo.

Cuando est segura de que no la observan, se acerca al humilde tmulo,
se arrodilla y ora en silencio.

Despus ofrece una vela encendida y se aleja a pasos largos.

       *       *       *       *       *

En aquellos parajes viva, hace treinta aos, un pacfico mulato
carpintero, casado con una joven mulatilla, bonita y alegre. Tenan un
hijo.

El hombre se marchaba temprano al pueblo, donde tena el taller. La
mujer y el pequeo lo esperaban hasta la hora de la comida.

El hombre trabajaba mucho, pero ganaba poco; apenas para vivir.

La esposa soport bien durante el primer tiempo de casada la escasez
de medios, halagada por el cario al hijo y el amor del hombre.

Alentaban la esperanza de poder un da salir de aquel lugar sombro,
enfermizo, vecino de la "zanja del Estado" y del panten, aislado
entre un monte de algarrobos, melanclico en sus largos das y sus
desolados atardeceres. Pensaban irse a vivir al pueblo. Y as,
pensando, se pasaron los meses.

La mujer fu cambiando, poco a poco. En ausencia del marido
frecuentaba el trato de algunas comadres y vecinas que tomaban mate a
costa de la ingenua mujer del carpintero.

Varias veces, al volver del pueblo, el hombre no haba encontrado a su
mujer. Pero entonces habala esperado, habala recriminado con
dulzura, para entregarse a los ntimos deleites del pobres hogar y al
encanto del pequeo.

La mujer, confiada en el ascendiente que ejerca sobre su marido,
nunca hizo mucho caso de sus reclamos. Y pronto las amigas la
atrajeron a las borracheras del arrabal, donde la estpida galantera
del "tomo y obligo" afloja las vacilantes austeridades y da al traste
con la compostura y decencia del artesano.

El carpintero jams quiso acompaar a su mujer a tales diversiones, y
la dej ir sola, cediendo a las instancias de las amigas y a las
seguridades de una fidelidad probada asaz duramente.

Y cuando el hombre vi al fin mermado aquel cario, y cuando supo en
el pueblo--l, el ltimo,--la traicin de la hembra ingrata y
tornadiza, se dej llevar a la deriva de la suerte, con la indolencia
fatalista de los dbiles y quiso, todava ms ciego, el caro amor que
se le escapaba, aferrado a la ilusin de reconquistarlo de nuevo, todo
para s. Y fu manso, tolerante, imbcil; bueno como las tablas de
fragante cedro que pula en el taller. No dijo nada...

Pero al volver del trabajo, una tarde, una vecina le cont que su
mujer haba pasado el da, en su propio hogar, con otro hombre. El
carpintero lleg a su casa taciturno, pero tranquilo y amable como de
costumbre. La mulatilla lo recibi en sus brazos.

El hombre le propuso dar un paseo. La mujer lo sigui, y marcharon
juntos, tambin el chiquillo, de la mano de su madre.

Fueron hasta el "puente blanco", por el camino de "La Soledad".

Se sentaron en el poyo del puente.

El hombre no hablaba. No poda tampoco, aunque quisiera. Slo
acariciaba los crespos cabellos de la mulatilla, bonita y alegre.

Empezaba a oscurecer. Era un crepsculo de otoo, lloviznoso y gris.
Levantbase al espacio el chillido inmenso, crepitante de los grillos.
A largos intervalos iguales cantaba un crespn en la arboleda. Vena
lenta, en el viento, la voz baja y solemne del campann de San
Francisco. Algn "ataja-camino" revoloteaba agorero en la penumbra; y
bajo el arco de piedra del puente, ya ruinoso, abrase, entre las
malezas, el reposo de las aguas paradas, sin vida, sin reflejos,
hondura lbrega, insalubre, hedionda...

Ante el mutismo prolongado del hombre, la muchacha estuvo un instante
sorprendida; luego alarmada e inquieta.

Ella lo habl, lo interrog, trat de explicar algo.... l,
acercndose mucho, la mir en los ojos hasta el alma.

Al verle as, la mujer, por la primera vez, le temi. El la estruj,
brusco, colrico. Ella grit. Quiso fugarse, abandonando al hijo.

Pero el hombre la alcanz, la pill, le ajust las manos crispadas
sobre el cuello, y la ahog sin misericordia.

El hombre, al huir con el hijo en los brazos, oy tras s lamentos y
gemidos. Entonces, ensaado, volvi a la carga, y empuando un fierro
hallado por ah, le machac la cara, le revent el crneo, y la tir
despus sobre las aguas muertas de la zanja.

As fu el asesinato de la Juana Figueroa.

Por qu venera el bajo pueblo su memoria? Porque fu--dice,--una
santa mrtir. Y es que el delito de adulterio no existe en la
promiscuidad monstruosa de la chusma.




DON MATIAS LINARES Y SANZETENEA

OBISPO DE SALTA


Hay en la vida del anciano ilustre, cuyo fallecimiento ha conmovido a
la sociedad de Salta, una singular contradiccin entre las ntimas
tendencias espirituales que lo solicitaron, y la elevada misin
pblica que desempe.

El sacerdocio es, o al menos debe ser, una funcin militante.

Exige el ejercicio de las cualidades positivas del carcter; el fervor
de la prdica; el espritu de lucha, de propaganda y de polmica; el
conocimiento de los hombres; el continuo trato con el mundo; la
fulminacin del mal y del error. As, el tipo del sacerdote es Iigo
de Loyola.

Pero monseor Linares fu, ms que un sacerdote, un asceta, en la
medida que su destino se lo permitiera; y ms que un apstol, fu un
santo.

Su carcter jams se avino con su cargo. Y, por la sola fuerza
prodigiosa de la virtud, el hombre era superior al cargo.

Se impuso, quiz sin quererlo, seguramente sin ambicionarlo, a la alta
estima y consideracin de su grey y de su pueblo, por el ejemplo ms
que por la accin; por la tolerancia, ms que por la represin; por el
amor y la templanza ms que por el mando. Su notable poltica result,
as, una consecuencia de su temperamento, no una obra de su clculo.

Y aquel justo vivi, sin duda, constantemente perplejo entre su Ideal
cristiano y sus ineludibles obligaciones de gobernante.

La accin acaso sea incompatible son la santidad.

La equidad, la justicia, la virtud, no son sino eternas aspiraciones
al bien absoluto. Procurad imponerlas entre los hombres como ley, y
los bajos intereses de la vida os rechazarn, como a Jess y como a
Scrates. Desde tal punto de vista, todo juez es injusto, y todo
apstol es exclusivista...

Abstenerse de fallos definitivos; rehuir a las implacables
condenaciones; renunciar, por amor a la verdad, a la posibilidad de
equivocarse; olvidar la perptua contradiccin entre lo real y lo
ideal, atormentado por el temor de ser alguna vez injusto o inhumano;
buscarse, esperar en silencio, ms all de la mezquina existencia
mortal el advenimiento del Reino de Dios: he aqu el ideal del asceta,
es decir, del justo, del santo, del puro cristiano.

Y en pocas de discusin, de examen, de transmutacin de valores
morales, este tipo superior de religioso es tanto ms admirable,
cuanto menos posible en la moderna sociedad.

No consultar, acaso, como pastor las necesidades materiales de su
causa, ni dar a su misin el esplendor de un principado, influyente y
mundano; pero ser, como hombre, un alto exponente de la dignidad
humana, toda vez que el Ideal marque una meta de perfeccin a la
conducta.




II

LOS CAMPOS




EL ERQUE


El erque es una flauta travesera de caa, larga hasta de tres metros,
que remata en una bocina arqueada de cola de vaca unas veces y otra en
un gran cuerno.

Desde la embocadura hasta el punto en que se apoya la mano, la flauta
va forrada de unos listones de suncho amarrados con hilo de lana. As
se asegura la rigidez del instrumento y se le aisla un poco del
contacto para que vibre mejor. Es de industria indgena y la fabrica a
su gusto el mismo que la toca.

Usan el "erque" los naturales de las quebradas y altiplanicies
andinas, pastores y leadores que salen de madrugada para los cerros,
caminan el da entero por abras y breas y a la tardecita vuelven
tocando el "erque" con la majada delante y el haz de lea a la
espalda.

La naturaleza sin el hombre que la puebla es cosa muerta. La poesa de
la montaa no slo radica en la grandiosidad agreste del paisaje, en
la blandura lejana de las nieves, el salvaje rodar de los torrentes, o
el florecimiento encantador del amancay y la berbena.

Sobre todo eso que es tan hermoso, hay algo ms hermoso todava,
porque nos ayuda a interpretar y a sentir; y es el hombre: el indio,
hijo de la tierra, su hechura y su trasunto y su emocin.

Podrn las gentes de sangre europea vivir cien aos ms en estos
montes, y aun amar la tierra que conquistaron los abuelos espaoles;
pero el secreto vnculo del suelo con su raza, nos estar vedado hasta
quien sabe cundo: acaso para siempre.

No estamos hechos de la misma sustancia que nutre el amancay y la
berbena; no conocemos el semblante de cada rincn de cielo en cada
valle; las humildes hierbas de los campos no alivian nuestros males;
los cndores no vienen a saltear nuestros rebaos en las cumbres; no
sabemos cmo se corta una quirusilla en un despeadero sin que se
enoje el cerro; jams podramos cazar una vicua con la mano o con un
simple hilo; nada nos dice de antiguo y legendario el eterno zumbar
del viento en los cardones; somos intrusos en esta tierra sagrada de
razas milenarias que se extinguen; la naturaleza nos es casi hostil;
el indio, su primognito, desconfa siempre del blanco metalizado y
codicioso.

Una noche de luna yo comprend todo eso. Fu en el campo.

Un indio baj de una quebrada con su perro. Vena a vender su leita
en el casero. Bajaba tocando el erque.

El, al toparme en su camino, se call, pero yo le rogu que
continuase.

Y a la vera de un arroyo, en la honda quebrada, mientras rielaba la
luna por el azul infinito, el erque larg a los vientos su msica
salvaje.

Pero aquello no es precisamente una msica. Es el origen de la msica.
Es la congoja humana ensayando en un rstico tubo el ritmo de su
primer estremecimiento. Es el gemido transformndose en acorde.

Escuchndole de cerca se percibe el hen!... penoso del llanto: En la
embocadura de la flauta se siente sollozar al indio; en la bocina se
siente la vibracin profunda del sollozo. En la embocadura es aun la
emocin, el alma individual del indio; en la bocina es ya el alma de
una estirpe que muere.

No puede darse una msica ms orgnica, ms expresiva, ms conmovedora
en su crudeza.

El indio toca de pie, con la mano izquierda sostiene la caa por la
embocadura, con la derecha la mantiene de travs, estirando el brazo.

Segn la nota, la flauta sube o baja, o va de un lado al otro. Es una
esgrima particular. Si la nota es grave, la tosca bocina se abate
rasando el suelo, abarcando con mayor o menor lentitud el aire, segn
lo requiera la intensidad del tono. Si la nota se aguza, si va
subiendo, la caa va levantndose en amplio crculo, hasta apuntar al
cielo; y la nota se refuerza en sonoridad cuando se opone al curso del
viento.

De esta suerte, la tierra madre y el aire fiel participan, ayudan,
alientan, dan cuerpo al grito del corazn; acogen el ntimo dolor del
hombre, se lo apropian y lo difunden en alas del eco por las
concavidades de la montaa.

Y mientras el hombre toca, el perro se aduerme a sus pies, como
arrobado en la misma tristeza del amigo.

El indio es un viejo de puro tipo incsico. Est vestido con el burdo
cordillate de los telares montaeses, calzado con la ojota ligera del
pastor, cubierto con el amplio sombrero blanco de ovejn del lugareo.
Nada en esto es extico. En cada detalle hay el sello de una tradicin
y de una raza.

Y al conjuro de esta msica tan genuinamente amarga, parecen despertar en
los senos desiertos de la montaa los genios tutelares de un pasado
remoto y desconocido, el espectro inconsolable de los guerreros-pastores,
vencidos y conquistados, que vagan por las abras al blanco y melanclico
fulgor de la luna.




EL FANTASMA DEL REMATE


El Serapio Guantay era puestero de cabras en el cerro del Remate, en
el fondo de la quebrada del Ro Blanco. En lo alto de una meseta de
aluvin cortada a pique por las crecientes, estaba el rancho, humilde
y rstico, semejante a una pequea mancha parduzca, perdida en la
verdura agreste del paisaje. En aquel sitio la quebrada se encajona
entre desfiladeros bordeados de queoas y de alisos, el declive se
pronuncia, y el torrente salta sobre un cauce de pedrones desiguales,
pulidos por el eterno trabajo del agua.

Dos cuadras ms abajo, al borde casi del talud, alzbase el ranchito
de la Leona Abracaita, la vaquera, la ahijada de la adivina, vieja
harpa que curaba por secreto, haca quesos y sembraba papas en un
bolsn del cerro.

Para la Candelaria, para San Juan y la Pascua, y aun si haba velorios
y casamientos, la bruja y su ahijada bajaban a los caseros y
negociaban sus productos. Hospedbanse en casa de alguna comadre,
junto al camino por donde van las remesas de Chile. Juntbanse all
las mujeres y los barraganes y al montono toque de la caja, se
entregaban por das al holgorio del baile y de la chicha.

El Serapio Guantay era zamarro como el venado arisco que nace en las
abras. Dos o tres veces al ao se presentaba en la "sala", para
frangollar su abasto de maz en el molino y rendirle al patrn la
cuenta de las pariciones, que se las repartan por mitad, conforme al
uso de las fincas.

Hurao y taciturno, poco se daba el Serapio con sus vecinas nicas. Y
para su vida frugal de pastor era bastante el avo de harina tostada,
la chuspa de coca y el locro chirle que se cocinaba l mismo, avivando
el rescoldo, al caer por las tardes a su rancho.

Encerraba sus cabras en el corralito de pircas, tumbbase al calor del
hogar en el suelo limpio, y se dorma como tronco, hasta que lo
despertaba el fulgor del amanecer.

Ninguna extraa inquietud vena a turbar su montaraz adolescencia, y
no conoci ms fiestas que el retozo bellaco de las cabras, el brillo
del padre sol y la matinal algaraba de los pjaros.

Pero una tarde la Leona y el Serapio se toparon, como al acaso, en una
mesada. La vaquera apacentaba su ganado; andaba el pastor cuidando el
suyo. La vaquera iba hilando un velln, girando en el aire la rueca.
El pastor llevaba el avo a la espalda y la honda en la diestra.

El azar los puso cerca; el instinto los junt. Y en el filo de una
loma, sobre el pastizal oliente a berbena y ans, la india, ms
aviesa, lo inici al indio, ms ingnuo, en el raro misterio que
cumplen las cabras y las vacas, que trajina el polen en las patas
diminutas de las abejas, que puebla el soto de inquietas y esmaltadas
mariposas, y que hace cada primavera florecer el amancay blanco y la
begonia escarlata entre las breas.

Desde aquella tarde los dos indios volvieron a encontrarse siempre, y
juntos divagaron por los cerros, descubriendo el encanto de los
callados sitios, oyendo al eco repetir sus gritos en las altas
barrancas, mirando rodar por los precipicios las gruesas galgas que
aflojaban al borde, triscando a la par de los chivos en las paradas
laderas, o escondindose a veces de algn viajero que cruzaba, all
abajo, en su mula, el spero pedregal del torrente.

Y cuando vino el carnaval con sus jineteadas y sus zambras y su chicha
de oro; cuando vino el carnaval con el boato de sus cintas
multicolores y el montono retumbo de sus cajas y la msica doliente
de sus largos erques, el Serapio tras la Leona baj para el casero.

Pero la Leona, inconstante como buena hembra nmade, se mezcl en las
borracheras con otros mozos ms _churos_ y ms ricos; y el mircoles
de ceniza, muy al alba, lo hallaron al Serapio los peones de la finca,
tendido boca abajo, borracho, a la orilla del camino.

El indio se march esa maana al puerto del Remate. Se fu cantando,
embrutecido, con el acerbo amargor del primer desengao en el pecho,
sonndole en las orejas todava el comps de la caja y una copla:

      _Tengo mi chacrita,
    tengo mi sandial,
    tengo una morocha
    para carnaval..._

La vieja adivina maquin sin duda, con sus malas artes, contra el
pobre pastor en la parranda; y en adelante la Leona tuvo compaa y
hubo en el rancho quien pudiese labrar con ms vigor que la vieja los
sembrados del cerro.

Pero el Serapio Guantay era zamarro como el venado arisco, obstinado
como el toro, astuto como el puma. Tena en los ojos mansos la
pasividad, y en el corazn y en el msculo dormida la fiereza
ancestral de la raza...

Y como se alza la bestia herida, se alz l a los cerros, para errar
cantando por las cumbres la estrofa alegre, mirando siempre en el
fondo el ranchito de la Leona:

      _Tengo mi chacrita,
    tengo mi sandial,
    tengo una morocha
    para carnaval..._

La quebrada, casi seca en invierno, despliega en verano todo el lujo
de su flora tropical. En das despejados el sol ardiente, blanco,
violento, pone en las herbosas laderas ricos matices de fiesta.

Pero en horas de tormenta la quebrada se vuelve sombra y amenazante
bajo las nubes plomizas que el huracn empuja y hace encallar en las
cimas. El rayo parte las peas metlicas como a golpes de hacha; las
laderas empapadas se desbarrancan con estruendo en los caadones; el
viento retuerce y quiebra los frgiles alisos y las fornidas tipas; el
oscuro cielo se desfonda en lluvia, y el agua rpida, enloquecida,
elstica, socava las peas y arrea cauce abajo piedras enormes que son
para el torrente ligeras como la arena para el embate de la ola.

Y en una de esas noches espantosas en que el fragor de la tormenta
sacuda las montaas, el Serapio Guantay, frente a su puesto del
Remate, se puso a forcejear con un monolito que vacilaba en su quicio,
carcomido por el agua.

El indio volc la piedra. La corriente, desbordada, cambi de madre.
El aluvin tap ms abajo el rancho de la bruja. Y el sol ardiente y
blanco del siguiente da ilumin con resplandores de fiesta el lujo
tropical del paisaje solitario y desierto.

       *       *       *       *       *

Han transcurrido muchos aos. En el lugar donde se alzaba el rancho de
la bruja hay una cruz. El puesto del Remate es una ruina. Y a veces,
andando en noche tormentosa por el lugar, a la crdena luz de un
relmpago, el viajero ve un hombre que, de pie sobre una pea, alza
los brazos como en una pavorosa imprecacin de duelo.

Dicen algunos que no es ms que un rbol seco, una rugosa queoa: para
muchos, es an el genio trgico de una venganza, el fantasma
inconsolable del pastor.




EL GAUCHO SALTEO


Quince leguas adentro del Rosario de la Frontera, en viaje a las
Mercedes, hicimos alto para almorzar en un puesto que estaba en una
falda, en pleno monte, al otro lado de un arroyo, que costeaba el
camino. El dueo, un gaucho de tipo morisco, nos acogi con toda clase
de atenciones. Adems, como la subida a la casa presenta ciertas
dificultades para unos compaeros mos que venan en araa, el gaucho
le grit a su hijo, luego de hacernos pasar a la cocina:

--A ver, muchacho! Mostrles el camino a esos seores. Y te has de
sacar el sombrero!

Y mientras de pie, en el patio completamente barrido, comamos un
asado a la caucana, gozbamos del sabroso y chispeante decir de
nuestro husped. Burlbase l de la porfa de las gallinas que
picoteaban las migas de pan en medio de nuestras piernas; rease de
los perros flacos y _garrapatientos_, que laman vidamente el sebo de
los guardamontes recin sobados, y amenazaban quitarnos la comida de
las manos.

--A ver, muchacho!--grit el gaucho.--Agarr pues esa lonja, pegles
una _variada_ a los perros!

Enarbol el muchacho la lonja, volaron cacareando las gallinas al
algarrobo y al techo del rancho, apartronse rehacios los perros hasta
el guardapatio, y el gaucho reanud su pintoresca charla, sentndose
en una robusta silla de _tientos_ (tiras de cuero crudo), bajo el aro
donde charlaba sin cesar el loro, excitado por el repentino bullicio
de la casa.

Por el patio se arrastraba un chico invlido, tullido.

--Qu tiene este muchacho?--pregunt.

--Si as no ms ha _quedao_, con media res _cida_, desde un empacho.

Bajo la ramada que cubra la nica puerta del rancho, envuelta en un
negro rebozo, acurrucada en su catre de tientos, la abuela padeca una
jaqueca implacable. Nosotros le dimos unos sellos de aspirina y al
rato mejor.

Al tiempo de irnos hubimos de discutir para que el gaucho nos aceptase
paga por el caldo y el breve hospedaje. Se mostr agradecido por
algunas pequeas provisiones que le dejamos. Dijo que l no poda
correspondernos de otro modo que no cobrando.

Esta generosidad del fronterizo contrasta con la tacaera de los
indios de la quebrada del Toro y de los valles calchaques, acaso
porque las exigencias de la vida agrcola y precaria de las montaas
aguzan en el incsico un sentido de la economa, que el gaucho,
exclusivamente pastor, mejor favorecido por el clima, no posee.




LA SELVA DE ANTA[3]


Una maana salimos en busca de una anta que _paraba_, segn decan,
como a seis leguas de la casa. El animal haba sido notado haca poco,
en los dominios del puestero o Ventura. Este deba guiarnos monte
adentro, al capataz y a m, hasta dar con el anta, lo que no result
tan sencillo. Me facilitaron una cabalgadura gaucha, incluso
guardamontes, cuchillo y coleto; tres cosas sin las cuales no hay
tampoco gaucho[3]. El guardamonte protege las piernas, el coleto el
cuerpo, el cuchillo la cara del jinete, contra la maraa, espessima y
brava a veces. Adems el gaucho, para correr en el monte, se cala
guantes de cuero fabricados por l mismo, y un sombrero retobado de
cuero por toda la copa. Para ver mejor es preciso abotonar sobre la
frente el ala en la copa del sombrero; esto es chotearse el ala. As
armado, sin olvidar el barbijo, el gaucho arremete a todo galope por
la selva, seguido por los perros, si tiene que repuntar hacienda o
pillar un toro enmoscado.

A o Ventura le ofrecimos un winchester de los que nosotros
llevbamos; pero dijo que l no necesitaba de _garabinas_, y que para
armas, su cuchillo y su lazo eran bastantes.

Entramos en la quebrada de los Noques por una senda que haba que
desbrozar en parte a cuchillo, pues slo la frecuentaba el ganado. La
senda, bajo un palio de enramadas, costeaba el arroyo, cruzndolo de
trecho en trecho. El bosque permanece verde todo el ao, vivificado
por abundantes manantiales que sueltan desde los cerros su agua clara
y rica. A medida que nos internamos en la quebrada, se presentan con
mayor frecuencia grandes extensiones sombras cubiertas de enormes
helechos, tan altos como nosotros a caballo. Se percibe el olor
particular del humos. Las plantas parsitas cubren todos los troncos y
todas las ramas; todo lo invaden los helechos, los musgos, las
enredaderas. Una quina gigante se abre paso hacia arriba, hasta
dominar con su copa la sombra espesura. Un cedro ancho y rugoso
oprime como un abuelo, entre sus recias rodillas, el tronco blanco y
fino de un chalchal. El arrayn, generoso, difunde su grato olor. Las
tipas, sociables, siempre en grupos, son las centenarias matronas del
bosque. A veces, sobresalen del suelo blando, que suena a hueco,
speros filos de roca, lobanillos geolgicos, dura osamenta de la
selva. Cien metros en torno, slo se mira un entrevero de tallos
verdes y de hojas, por donde se filtra intensa la luz del sol.
Andbamos escuchando. Ningn rumor, ningn sonido lejano haca suponer
en el monte la presencia de animal alguno.

Si hacamos un alto, los perros, conscientes de nuestro sigilo,
habituados al acecho, husmeaban cautelosos y paraban las orejas,
conteniendo el aliento.

Habamos andado as media maana, quebrada arriba, por las ensenadas
de bosque de una y otra margen, cuando sentimos _achar_ los perros,
una cuadra delante, en un grupo de tipas. Prepar el rifle, apur el
caballo, me met en el monte, perd el sombrero; me pic una ortiga
brava en un dedo, y al fin llegu donde ladraban los perros. Era una
pandilla de monos!

Me descolgu temblando del caballo, rod por una ladera hasta una
zanja enlodada, y empec a escupir balas.

Hice ms de treinta tiros sin matar nada. Entre tiro y tiro los
monitos me espiaban agazapados, abrazados a los gapos, y emitan su
gritillo particular de afliccin. Los vi dar saltos prodigiosos y
desaparecer entre las lianas, mientras los perros se hacan pedazos en
las espinas, al tratar de alcanzarlos. Era una familia de _cebs
fatuellus_, o mono de los organistas, especie muy abundante en Anta y
en todo el Chaco salteo.

Estos monitos se alimentan en invierno de una planta epfita de los
grandes rboles, llamada _carda_ por los gauchos. Contienen estas
plantas agua en la base de las hojas. Hallando pues, comida y bebida
en las copas de los rboles, los monos jams bajan al suelo por su
gusto. Y as, de rama en rama caminan leguas, monte adentro,
sirvindoles de puentes las intrincadas lianas que ligan las copas de
los rboles.

A propsito de los monos, o Ventura me cont lo siguiente: mientras
unos peones de la estancia desmontaban un rastrojo destinado a maizal,
en pleno bosque virgen, los perros descubrieron a cuatro monitos en un
grupo de rboles que los hachadores dejaran aislados del monte. Ante
la furia de los perros sitiadores del reducto, los pobres monitos
dieron tales pruebas de espanto, que los peones se compadecieron.
Venan presurosos hasta las ramas bajas desde donde, comprobada la
gravedad del caso, se encaramaban chillando a las altas ramas. Los
hombres, enternecidos por aquellos patticos gestos, renunciaron a
pillarlos, y pusieron en libertad a los monos, ahuyentando antes a los
perros.

Despus del intil tiroteo hemos seguido el camino, rastreando el
anta. Yo miraba a donde lo vea mirar a o Ventura, y esperaba
descubrir de improviso los ojos negros de una corzuela asustada,
brillando con salvaje curiosidad entre las hojas; o crea ver en las
cortezas recin lastimadas el rastro de algn len, y lo buscaba entre
los yuyarales, donde lo sospechaba agazapado. Y observaba en o
Ventura que iba delante, la completa identificacin, la
compenetracin, puedo decir, del gaucho y la selva. El la auscultaba
cauteloso, hasta muy lejos; y cuando se paraba a escuchar, o Ventura
tena actitudes de gato. Sus sentidos descubran en el suelo, en las
hojas, en las ramas, huellas invisibles para m. Parado en los
estribos, estirado el cuello, apoyadas las manos al borde del
guardamonte, pareca balconear la espesura. Al paso del caballo, y aun
a media rienda, ha adquirido el hbito del cuerpeo entre el ramaje; su
cintura flexible se quiebra, su cuerpo repta, deslizndose entre las
zarzas con facilidad de serpiente, sin que las piernas, naturalmente
apretadas a los flancos, se muevan siquiera, porque va en el caballo
encajado ms que montado.

Y no hay para qu concluir este relato, si algo grfico he contado de
la selva y del gaucho. o Ventura, en una de esas, se ape y se larg
cerro arriba, lazo en mano, cuchillo al cinturn: pero nos fu
imposible seguirle a pie. Haba encontrado en un caaveral rastros
frescos del anta. Como se estuviese por entrar el sol, me volv con el
capataz a la casa. Aquel da habamos caminado diez leguas en los
cerros. o Ventura, se present, a la siguiente tarde, con el cuero
del anta cazada. La encontr--dijo--bandose en un pozo del arroyo,
le ech los perros, dos de los cuales murieron, ahogados. Despus la
enlaz y la apuale. El cuero es el ms fuerte que se conoce, para
riendas y dems prendas de apero.

FOOTNOTE:

[3] Anta es un departamento de la provincia de Salta. Tambin se llama
as al _tapir_.




CRUZ GUIEZ

_Estancia del Rey, en Anta; Mayo de 1912._


Yo deseaba conocer a o Cruz Guez, puestero del Campo Azul. Ayer
tarde hemos ido a visitarlo a su rancho. En el patio hemos hallado al
hombre, montado en un trozo de rbol, cosindole las mangas a su
coleto. Muy cortsmente nos ha recibido; nos ha invitado a echar a pie
tierra. Despus ha soportado con cachaza las bromas de un amigo mo,
empeado en estimular el ingenio del gaucho.

--Dicen que usted ha cazado tigres por estos lugares?

--Velay, en ese algarrobo estn colgadas las cabezas,--contest Cruz,
mostrndonos un montn de calaveras en que lucan magnficos
colmillos.

--No creo que haya tigres por ac,--observ mi amigo.--Estas cabezas
deben ser del gato de monte. Los fronterizos tienen fama de contar
buenos cuentos...

Pero el gaucho respetuoso e impasible a la vez, con el absoluto
dominio de s propio y la confianza en el propio valer que infunde la
vida libre, sonrea dulcemente al percatarse de la intencin de las
bromas, y no responda ms que a las preguntas en que podra instruir
a los amigos del patrn,--hombres puebleros,--sobre las cosas del
campo. Nos ha mostrado la piel del ltimo tigre, oreada, recin sacada
de las estacas. Meda ms de metro y medio del hocico a la base de la
cola. Despus nos ha explicado ciertos detalles de una cacera.

Un da que sali a campear al cerro, haba encontrado los restos de un
ternero, mal tapados con tierra y palos por el tigre, que acostumbra
esconder la presa. Y algunos das despus, Cruz haba cado en la
huella del _bicho_, junto con dos puesteros vecinos suyos. Llevaban
entre los tres como cuarenta perros, _livianitos_ y _con la guata
floja_. Aqu no se concibe un puestero sin perros. Cualquiera posee
diez o doce, brutos la mayor parte, flacos, hambrientos, feos, pero
insuperables en los trabajos del pastoreo.

Y a fuerza de rastrearlo al tigre por montes y breales, al fin lo
hallaron los perros, y cuando estuvo empacado de espaldas a un cedro
enorme, o Cruz Guez le meti en la cabeza una bala de su _garabina_;
una bala, de las dos que consigo llevara; y como el bicho no muriese
todava, hubo de ensartarle el otro plomo en el corazn.

--Esta es la calavera de ese;--deca o Cruz, mostrndonos el crneo
fresco an.--Yo le apunt al codillo, pero le pegu en la quijada,
aqu. Entonces le tuve que hacer el otro tiro. Peg un bramido fiero
y se tumb _antarca_, despaletndome un perrito de un manotazo. Varios
perros quedaron, por confianzudos, con las tripas al aire; y otros
andan por _hi_, lastimados, con la gusanera. A ocasiones el tigre
desloma un caschi de un zarpazo. Por esto se deja ver que es animal de
mucha potencia. Cuando uno le apunta lo mira frente a frente y a la
vez de errarle el tiro, no s pues lo que le espera al cazador. Cuando
brama enfurecido, en la pelotera, acosado por los perros ms
baqueanos, los cuzcos chicos se sueltan llorando con el rabo entre las
piernas y los caballos tiritan, como si estuviesen con la tembladera.

Pero el gaucho no hace alarde de su arrojo. Narra, simplemente, su
caso y os invita para que le acompais en la prxima batida. No sabe
lo que es el miedo. Sus msculos, fuertes como el guayacn, nunca
tiemblan ante el _bicho_, seor de la selva, salteador del ganado; y
con la misma tranquilidad con que sonriendo recoge a brazadas el lazo,
dispara la nica bala de su carabina sobre la temible fiera.

Cruz Guez es el prototipo del gaucho fronterizo. Alto, de contextura
atltica, ingenuo rostro, negros y apacibles ojos, de movimientos
fciles como el gato del monte, y de nimo alegre, como el cantar
jubiloso de las chuas que en la linde del bosque salvaje saludan el
alba.




III

HISTORIETAS Y CUENTOS





UN VIAJE RARO


Seran las 11 de la noche del 13 de Febrero de 1905, (fecha memorable
en los anales del crimen), cuando mont a caballo y part de casa,
rumbo a la Calderilla.

Veraneaba en la Calderilla mi amigo U... con su familia, y era yo su
husped y acompaante.

Y digo acompaante, porque no haba all otros pantalones que U... y
el paraje es solitario y asaz aislado.

Recostada en la falda de una loma, la casa de U... domina la ancha
playa del ro Caldera. Veinte cuadras al frente, costeando la banda
opuesta, corre el camino a Jujuy. Un espeso bosque de tuscas y
algarrobos cubre los terrenos adyacentes al ro. Cruzando el de
Wierna, como quien va de Salta a la Caldera, el monte se tupe, y hay
un largo trayecto deshabitado, guarida frecuente de coyas cuatreros o
de malhechores.

En dos ocasiones la _sala_ de la Calderilla ha sido asaltada, aunque,
felizmente, sin resultado.

El peligro de un viaje nocturno por la regin no es, pues, tan
remoto; y slo la irreflexin propia de la juventud nos vedaba
temerlo.

As, a cualquier hora, caballeros en nuestras estudiantiles jacas,
entecas y flojas, pasbamos sin pizca de miedo las playas speras y el
enmaraado monte.

Luego de atravesar aquella noche, al galope, la ciudad, me sujet ms
all de la estacin, y puse el caballo al tranco. Haba luna, pero un
grueso y oscuro nublado encapotaba el valle de cumbre a cumbre, y slo
a ratos la blanca claridad se difunda por los campos. El ambiente
pesado y hmedo amagaba lluvia.

Bien sujeto el revlver al cinturn, me requint el chambergo para
mejor ver; puse un _acullico_ de coca y un trago de ginebra, y
aadiendo acullicos a tragos y tragos a acullicos, dime a pensar en
cosas indiferentes. Y avanzaba entre el clamor confuso de ranas y
sapos y sabandijas, que de los charcos, y de los yuyos y de todos los
vericuetos, levantan por la noche en las campias su obstinado,
infinito vocero.

Sin otra novedad que algunos perros bravos que me salieron al paso,
qued Vaqueros a mi espalda. En Wierna entr a comprar fsforos en el
boliche de Medina.

Reanudada la marcha, y no muy lejos an del boliche, me sorprendi el
galope de un jinete que vena en sentido contrario por mi camino y
que, antes de enfrentarme, se precipit en el monte. Al otro lado del
ro Wierna me detuve. Un silbido agudo haba hendido el aire. El ruido
atronador del agua me haba impedido apreciar de dnde vena el
silbido.

--Qu ser?...--me dije. Y segu viaje, algo receloso, todo ojos y
odos.

En aquel momento la oscuridad aumentaba, as es que me cost un poco
hallar el camino a la Calderilla, donde el monte es ms denso. De
cuando en cuando el viento traa de lejos el retumbo de una caja, o el
acento salvaje de un canto indgena; y a veces, el mujido melanclico
de algn toro perdido en las caadas pasaba en alas del eco sobre el
pavoroso silencio de la noche.

Hubo de hacer entretanto la ginebra su efecto, con lo que a poco me
sent valiente y despreocupado. As es que no me asust el bulto de un
jinete plantado en medio camino, con quien casi me estrello.

El hombre deba estar dormido, porque lo habl y no contest, y
borracho adems, porque, llegndome a l cuanto pude, vi que tena
inclinado el cuerpo sobre el cogote de su cabalgadura, que era una
mula. El animal se haba quitado el freno, aprovechando del sueo de
su amo; y le quedaba de rienda la piola del bozal enredada a unas
ramas. No poda, pues, disparar, aunque lo intent cuando me acerqu.

Dime cuenta del peligro que el pobre borracho corra, a discrecin de
una mula maera, y de a caballo desenred la piola, decidiendo
llevarme al jinete a lugar seguro. La mula, impaciente al principio,
concluy por acostumbrarse al tiro, se oli con mi caballo y se me
puso a la par.

El jinete marcaba con descomunales flexiones de cintura las
desigualdades del camino. Clavbase de cabeza, a un lado y al otro, y
en las subidas se tiraba atrs, como un mueco, tocando el anca con el
sombrero, pero mantena las piernas apretadas a los ijares de la mula,
de lo cual deduje que sera buen domador.

Sin cuidarme poco ni mucho del individuo, yo iba recitando unos versos
adecuados a la hora, cuando se me ocurre pararme, para encender un
cigarrillo. Observ que el borracho haba perdido el sombrero y
continuaba echado hacia atrs.--Eh, amigo!--le grit al raspar el
fsforo.

Y entonces, a la claridad amarillenta del fsforo, vi una cara de
muerto! Una cara de muerto, ensangrentada, horrible! Una cabellera
revuelta en mechones, una boca entreabierta, unos ojos opacos!

La mula, con el fsforo, se tendi de costado y a todo correr
desapareci en lo espeso del monte.

Tan grande fu mi sorpresa que me qued clavado en el sitio. Pero la
ginebra, el amor propio y el revlver me templaron la fibra, y logr
rehacerme y reflexionar.

Y me acometi una sospecha terrible.--Habra habido aquella noche un
nuevo asalto en la Calderilla? Sera, quizs, el difunto, algn pen
de mi amigo U...? El jinete del boliche sera acaso un asesino que
hua? El silbido habra sido una seal de alarma, para avisar que
alguien cruzaba el ro?

En tal caso, me haban espiado y me aguardaba una muerte inminente! Y
me imagin despanzurrado, como es de uso, entre dos lazos echados de
improviso, a un tiempo, desde los opuestos bordes del camino.

S! Ya no me cupo duda! Desenfund el revlver, y con el ardor de
las supremas aventuras, arranqu al trote. Pronto pas el ro de la
Caldera. La casa de la Calderilla se present a mi vista. Ya oa
claramente los ladridos de los perros! Pero en la casa no se vean
luces, y este detalle aument mi ansiedad.

De repente, sent por el camino un tropel de galopes, luego un alarido
salvaje, y dos jinetes sofrenaron sus caballos frente a frente de m,
cortndome el paso.

Uno de ellos, con ademn calmoso, se tir el poncho al hombro, sac
debajo una cosa que relumbraba y la alz en alto.

Me ech al suelo en un amn, y parapetado en mi caballo, le apunt a
mampuesta! Iba a amartillar mi revlver, cuando el hombre dijo con
seca y aguardentosa voz:

--Srvase compaero!--y me alcanz una botella.

Exasperado, le respond con una maldicin, y montando de nuevo, llegu
a la casa, donde mi amigo U... me esperaba.

Djome que aquella noche haba reinado en la casa la ms completa paz.

Sin embargo, dos das despus, supimos el brbaro exterminio de la
familia Quipildor, perpetrado en un ranchito de Wierna, la noche del
13. El difunto que yo encontr result ser don Onofre Quipildor, el
jefe de la familia, que haba sido amarrado a la mula por los
bandidos, con el fin de sembrar el terror.

Los asesinos nunca fueron tomados. Pero es casi seguro que se trataba
de una de tantas fechoras del famoso Juan Jimnez, y sus cmplices
Polo y Cejador.




EL ULTIMO VUELO


Fu la noche del 25 al 26 de Enero.

A travs del espeso nublado, se tamizaba, en tenue resplandor grisceo
y uniforme, la luz de la luna llena. A ratos garuaba.

Excitados por el caf, agobiados por la miseria y el aburrimiento,
compelidos por el deseo de lo inslito, resolvimos excursionar hasta
la cumbre del cerro.

La media noche sera cuando empezamos a trepar, paso a paso, por el
empinado y tortuoso camino de la quebrada seca que divide al San
Bernardo en dos gigantescas moles.

La mojazn de la tierra untuosa y resbaladiza dificultaba ms el
ascenso, ya de suyo pesado, y a nuestros zapatos la greda se adhera
ponindoles un reborde embarazoso y grotesco.

Hacia la mitad de la cuesta, desde un punto donde la pendiente se
hincha en agrio declive, alzndose sobre las caadas laterales,
tenebrosas y quietas, pudimos admirar en la planicie la fantstica
simetra de las luces de la ciudad, brillando en el fondo del valle
cual las bujas innumerables que en el cuento oriental mostraba la
muerte como prontas a extinguirse, al espritu atribulado del
agonizante.

El poeta Pealva sudaba a mares, lo que no le impeda incurrir en
rebuscadas metforas dantescas, con aquellos sus desmesurados ojos
absortos de hipnosis y aquella hirsuta melena aventada por la locura.

Kolbenheyer, jovial, alucinado, irrealista, jadeaba en la ascensin
difcil, al aspirar el hmedo vaho de la tierra: el autor de _El falso
hijo de la Beltraneja_ reconstrua mentalmente los monstruos
terciarios cuyos fsiles tal vez hollbamos, y que poblaran en
remotos siglos el paraje.

Llegamos a una explanada donde el camino forma un recodo para ascender
en mansa pendiente hasta la estatua del Redentor.

Bajo el denso nublado que tapaba todos los rumbos del horizonte,
contemplbamos a nuestra derecha, all abajo, a travs del fino
follaje de los cebiles, el resplandor de la ciudad adormecida. Veamos
a la izquierda la hondonada profunda que, a espaldas del San Bernardo,
se extiende, boscosa y desierta, sin una sola luz de rancho, sin un
rumor de vida, prolongada en inmensa melancola crepuscular, hasta el
valle de la Caldera.

All nos detuvimos a descansar. El silencio nocturno era imponente. El
dilogo, animado al principio, haba decado hasta el soliloquio.

El poeta Pealva permaneca de pie, al parecer abismado en la
contemplacin del panorama. En cierto momento vi que alzaba los brazos
y haca un extrao ademn de vuelo. Pareca un cuervo, inmvil en la
piedra sobre la cual se haba detenido.

Kolbenheyer, de cara a la ciudad, acaso pensaba en la leyenda
oriental, al ver apagarse, de cuando en cuando, las luces de la
lejana.

Yo me haba tumbado en tierra y procuraba localizar en el cielo, a
travs de las nubes, la posicin de la luna.

Transcurri un tiempo largo, durante el cual no se habl palabra.

Despus, me incorpor un poco; Kolbenheyer se haba echado a su vez
boca arriba. Pealva segua de pie. Su silueta inmvil me impresion.
Me levant, me acerqu a l. Lo llam en voz baja. Como no
respondiese, lo toqu en el hombro, pero tampoco se movi. Entonces,
mirndole los ojos comprob que estaba dormido: dormido en sueo
hipntico, las pupilas desmesuradamente abiertas.

Mi sensacin fu de angustia. He aqu, me dije, las resultas de esa
mana de autosugestionarse, de mi extravagante amigo.

En vano Kolbenheyer acudi en mi ayuda. Intiles fueron los esfuerzos
para despertarle.

--Bueno, est enviciado,--dijo Kolbenheyer.--Y como ni usted ni yo
sabemos de hipnotismo, dejmoslo aqu hasta que despierte, pues slo
l podra despertarse. Entre tanto vmonos hasta el Cristo, a
contemplar la ciudad desde esa altura. All tocaremos la campana;
quiz con el ruido se despierte.

Acced, y nos alejamos por el cerrado camino. As anduvimos largo
trecho, sin hablarnos.

La solemnidad de la noche se complicaba con aquel incidente, un tanto
raro, un tanto cmico. Dos cuadras ms all, Kolbenheyer, cogindome
del brazo, balbuce:

--Estara muerto?...

Aquella pregunta me impresion vivamente, la emocin ahog mi voz, las
lgrimas me saltaron a los ojos:

--Imposible!--dije, aferrndome a la lgica, pero atrado por la
violenta fascinacin de lo sobrenatural.

Luego, movidos por el mismo impulso, arrastrados por la misma
torturante duda, echamos a correr cuesta abajo, para ver al poeta.

Al llegar al sitio donde le habamos dejado, Kolbenheyer, que iba
delante, grit:

--Eh, brbaro! No est! No est aqu!

Las piernas se me aflojaron. Interrogu con los ojos extraviados al
cebilar negro y mudo, y grit a mi vez:

--Pealva, Pealva!...

Y el eco devolvi las ltimas slabas desde el caadn vecino:
alba!... alba!

Y Kolbenheyer y yo, atnitos ante la piedra que momentos antes
sirviera de peana a nuestro loco amigo, nos interrogamos mutuamente,
desconcertados.

Haban transcurrido algunos minutos. El silencio era en aquel
instante, aterrador. La hondonada abierta a nuestros pies era una sima
impenetrable.

Y de pronto, de ah cerca, de muy cerca, acaso a tres metros de
nosotros, del fondo de la maraa tenebrosa y brava, se alz en el
aire, viol el silencio, un aleteo lento, un chapoteo lgubre; y un
enorme vampiro, un monstruo absurdo como una creacin de delirio, se
alej volando.

Arturo Pealva haba muerto.

En el mismo sitio le hallamos descalabrado, al pie de un cebil.




LA CACERIA DE PATOS


Aconsejo a las seoras mams que no les permitan a sus hijos salir de
caza los domingos por la maana.

Cuando el nio toma la escopeta y se mete cincuenta cartuchos en el
tirador, tenga por cierto la mam que algn desastre se prepara.

Si alguna vez, lector, te sucede la desgracia de tener un nio,
cralo, te lo aconsejo, entre algodones; y cuando le toque ir a la
escuela, t en persona has de acarrearlo, para evitar las malas
compaas. Porque es necesario saber de una vez que todo nio es
bueno, y que son las malas compaas las que lo echan a perder. A
causa de ello empiezan a volverse respondones y desobedientes.

En mi niez he sido de angelical naturaleza, hasta que en quinto grado
escolar contraje amistad con el gringo Burela y el fiero Garnica, par
de cachafaces que me ensearon a hacer la rabona, y a los cuales, dado
mi precoz espritu de emulacin, no tard mucho en sobrepasar.

Con ese nobilsimo compaerismo de la infancia que se fortifica hasta
el sacrificio en cuatro barrabasadas hechos de consuno, amaba yo al
gringo Burela y al fiero Garnica ms que a mis padres.

Mi alma inquieta y ansiosa de libertad slo hallaba en la casa donde
se desvivan por educarme, los odiosos sermones consuetudinarios, las
penitencias de narices a la pared, y los coscorrones, agudos como
aleznas, de mi madre. Por eso me gustaba la escuela, pues en ella al
menos me era dado embromar a gusto. Qu diferencia con el hogar!

All reinaba yo, en las camorras de los recreos, compartiendo el botn
de trompos y bolillas, con esos dos amigos, bravos proslitos, cuya
compaa hubo de costarme tantas lgrimas.

Llevbanme ambos tres o cuatro aos en edad, y el fiero Garnica la
cabeza en estatura. En cuanto al gringo Burela, que en paz descanse,
ya lo describ cuando relat su ominoso asesinato.

El hecho es que un domingo, al alba, me escap de casa para irme con
mis dos amigos a cazar patos a la Lagunilla.

Durante los coloquios de nuestras rabonas, habamos acariciado, desde
meses atrs, esta cacera, que asuma en mi imaginacin de lector de
Calleja, brillantes perspectivas de aventura.

Qu hermoso, irse solo al campo, cuando no se conocen todava ni los
suburbios de la villa natal!

Mis camaradas me haban hablado de una vasta extensin de aguas
profundas, donde bogaba un bote a vela, y a la que venan a asentarse
inmensas bandadas de patos.

Era el fiero Garnica un jastial largo y desgarbado, tutado de
viruelas, con una gran frente, elevada y plana como una pared. Habase
conseguido, no s cmo, una escopeta antigua, de chispa, de un solo
cao, amn de un tarro de plvora y otro de municin gruesa. A falta
de tacos de fieltro, nos serviran unos pedazos de papel secante que
habamos de mascar para cargar el arma.

En el camino, la contemplacin de aquel vetusto y herrumbrado
instrumento, que el fiero Garnica sostena en el hombro con porte
marcial, nos hizo prorrumpir en acaloradas manifestaciones de jbilo.

Un troncho de dulce seco, un poco de pan y otro de queso, formaban
nuestro avo, que el gringo Burela sustentaba en la punta de un palo,
colgado de una bolsa; esto sin olvidar la sal y los fsforos para
comernos los patos asados a la caucana.

Impelidos por la acucia de la aventura, marchbamos de prisa, con el
vago temor de vernos alcanzados por la polica, si en mi casa se
hubiesen percatado de mi fuga y recomendado mi captura.

El fiero Garnica marchaba a vanguardia. Burela y yo mirbamos con
cierto respeto la escopeta, cuyo complicado mecanismo no
comprendamos. Y en la delictuosa escapatoria del hogar, mi instinto
de conservacin me haca considerar el misterioso peligro de tales
pirotecnias.

As, andando, andando, al rayo del sol, pronto estuvimos a la orilla
de la laguna.

Entonces tuvo lugar la operacin de cargar el arma. Burela y yo
mascbamos el papel secante. Garnica ech con un cartucho la plvora
por el cao.

Habamos alcanzado a divisar unos veinte patos. Garnica, muy nervioso,
acab de cargar de un baquetazo. Nosotros nos echamos al suelo de
bruces: l avanz al sesgo entre unos matorrales, agazapado, en un
furtivo rodeo estratgico.

Al fin, anhelantes, ansiosos, le vimos enderezarse, apuntar un buen
rato, y pum!

Fu una hecatombe! La escopeta se parti en dos. La parte de la
culata vol lejos, y un pedazo del cao se le clav en la frente a
Garnica. Este, con el feroz culatazo, se cay de espaldas.

Corrimos, lo levantamos, lo palpamos. No le sala sangre! Tampoco le
dola nada! Al contrario, se rea, y tena clavada media vara de cao
en la frente!

No haba que perder tiempo. Antes que le viniese el dolor lo tumbamos
de espaldas, y el gringo Burela se le subi encima y le apret el
pecho. Yo me agarr del cao, le puse la rodilla en la frente, hice
un esfuerzo terrible y consegu arrancarle el hierro!

Jams operacin quirrgica di mejor resultado!

El paciente se incorpor, se pas la mano por el agujero de la frente,
ensangrentada, extendi el brazo y seal la laguna. En el agua
flotaba un tendal de patos.

Y as acab la cacera.

Hubo que venir al pueblo por un coche. A m me aplicaron una
reprimenda. Al gringo Burela lo sobaron en su casa.

Y al inmortal fiero Garnica, pocos das despus lo daban de alta en el
hospital del Seor del Milagro.




EL CABALLO QUE PERDIO LA LENGUA


Andbamos de cabalgata una tarde por las lomas de La Caldera, en el
verano del 98. Hallbame enamorado de una preciosa nia, delicada y
pura como una azucena. Haca yo por entonces mis primeros ensayos
poticos, y no preciso declarar que la encantadora chica era la
vctima inocente de tales ensaamientos.

Esa tarde de Enero mi amor haba levantado presin, y marchbamos paso
a paso, a retaguardia de la cabalgata; a la par nuestros corceles, y
nuestros corazones al unsono.

Ya no recuerdo qu de cosas le dije, lo cual es una suerte para el
lector, que se encontrar harto de leer declaraciones amorosas en
prosa y verso.

Viajbamos de Caldera a Calderilla, y, como hubimos de salir muy
temprano, contbamos con regresar antes del anochecer. La tarde estaba
hermosa. El sol al ponerse tea los cielos de anaranjados matices y
desde la altura podamos espaciar la vista hacia los remotos
horizontes montaeses.

Mientras mi lengua de enamorado infatigable se desataba en melfluas
expresiones del ms charro gusto, bajaba mi compaera pdicamente los
ojos, sin atreverse a mirarme: actitud que despus he sabido que en la
mujer, a veces, significa; "es usted un tonto".

No digo que la chicuela me tuviese por tal, ni mucho menos, pues su
experiencia de los hombres era escasa, pero s pienso que los
requiebros la atormentaban. No hay duda que el panorama le resultaba
ms interesante que yo.

He dicho que la nia era delicada y pura como una azucena y aadir
que adems posea la exquisita sensibilidad de una mimosa.

Una de sus amigas iba montada en un caballo que acababa de perder por
completo la cola en un accidente de carruaje, y la vista de la
repugnante y fresca mutilacin la aterr hasta el punto de que casi se
descompuso de slo mirarla.

El encuentro de un sapo la produca carne de gallina, y si algn
spero escarabajo vena volando a golpear torpemente su blanqusimo y
pulido cuello, gritaba y zapateaba, la melindrosa, a fin de que la
librasen del atrevido monstruo.

Yo montaba un caballejo que me prestara un to mo al comenzar las
vacaciones, y aunque el animal era manso y tranquilo como un cordero,
esa tarde lo vena sintiendo alborotado y quisquilloso como un potro.

Me haba errado algunos cabezazos a la nariz, y con el objeto de
reprimir sus intempestivos bros, y como que yo luca mi ecuestre
pericia, lo espoleaba de trecho en trecho y lo sujetaba, despus, de
un tirn, con lo que el animal se quedaba un rato quieto. Pero hasta
que llegamos al patio de la Calderilla, donde le pegu la postrera
soba y una sofrenada magna, el mancarrn no acab de sosegarse.

Entonces nos toc apearnos y ayudar a las nias. Cada cual bajaba su
pareja. Cambibanse saludos de cumplido con los dueos de casa, los
que en seguida nos invitaron a descansar en el corredor y a tomar
algn sorbete.

Cumplida la galante tarea, me acerqu tirando los dos caballos, el de
la chica y el mo,--para atarlos a un poste del guarda-patio, cuando
not que a mi caballejo le chorreaba un hilo de sangre por los labios.

Miro al suelo, busco y, oh cosa tremenda! Mi caballo haba perdido la
lengua. Este adminculo yaca por tierra, envuelto en polvo. Le haban
colocado el freno del revez, al infeliz. El freno le haba cortado la
lengua.

Mi pobre caballo, mudo, naturalmente, no pronunciaba ni una queja. Mas
de sus grandes y lnguidos ojos manaban espesas lgrimas.

Oh cruel insensatez, oh ceguera del amor! Y el ridculo que me
esperaba si mi caballo se caa muerto! Yo lo observaba, pero l no
demostraba dolor. Me qued estupefacto, con la lengua en la mano, a
la espera de un desenlace fatal; y tuve que metrmela de prisa en el
bolsillo, pues en aquel momento lleg mi chica, y bajaron al patio los
de la cabalgata y dieron la voz de regreso.




LA TRANSMIGRACION


Nunca he podido creer en aparecidos ni en cosas del otro mundo,
gracias a mi costumbre de buscar con afn, aun en los hechos
irresolubles a primera vista, la natural explicacin que, en rigor,
todo misterio debe encerrar.

Sin embargo, en el fondo de lo inconsciente, el hombre menos
supersticioso conserva en forma larvada, como patrimonio psquico de
sus antepasados, un terror instintivo por lo inexcrutable, muy difcil
de vencer con la razn, cuando el caso concreto se presenta.

Y bien. Yo he sido vctima de ese terror en la ocasin que paso a
referir. Pero, ante todo, har constar que nicamente lo
extraordinario del suceso pudo poner en tan ruda prueba la firmeza de
mis convicciones.

El verano del ao pasado volv una noche muy tarde a casa.

Me hallaba preocupado con la enfermedad de mi amigo el seor H. que
tena el apodo de _Chivo Pedro_. Ciertamente, aquel seor de cara
morena y larga, cabellos y barbas grises, recortadas en rectngulo,
con dos lobanillos en la torva frente y unas manos nudosas como palos
de parra, se pareca de un modo alarmante a un chivato. Acentuaban
adems estos rasgos, ciertas gesticulaciones, y unos resoplidos
nasales, cortos y bruscos, a modo de estornudos breves. De donde el
inevitable apodo.

Aquella noche vena yo de su casa. Los mdicos haban perdido la
esperanza de salvarle.

Cuando cerr tras de m la puerta de calle, con estrpito, el golpe
rod a lo lejos por el casern vaco. Yo era su solo habitante, pues
mi familia estaba en el campo.

Al pasar la puerta cancel me volv, con la impresin de que haba
alguien en el zagun. Y no del todo tranquilizado, atraves el patio
silbando, y entr en mi cuarto.

Encend la vela que estaba sobre el escritorio, me mir al espejo, me
quit el sombrero, y observ cmo el espejo ahondaba la obscuridad del
patio. Haba en este detalle una inquietante obstinacin de tinieblas
y de silencio.

Me sent a escribir, de espaldas a la puerta, abierta de par en par.

No tena sueo, y me haba propuesto acabar un soneto maldito en que
me engolfara la noche anterior. Pero no daba en la tecla. Las musas me
abandonaban visiblemente, a mi despecho; y los ojos de la hermosa
ingrata que me inspirara, bailbanme en el magn una danza macabra,
junto a los ojos saltados del agonizante.

Con la estril cabeza entre las manos, imagin que estaba sosteniendo
un zapallo.

De pronto, un inusitado aleteo me crisp los nervios. Era un
murcilago que revolote encandilado en torno del techo, y, rocindome
de paso, desapareci con un dbil chillido.

La preocupacin que hasta ese momento haba logrado alejar de mi
espritu, empez a dominarme de nuevo. Hubiera querido cerrar la
puerta. Pero no me atrev a volverme en el silln giratorio en que
estaba sentado. Me asustaba la idea de que el silln, falto de aceite,
se pusiese a chillar.

Sent entonces que el silencio me agobiaba, me abrumaba, me impona su
mutismo; ese mutismo extrao que nos revela a veces, en las cosas y en
los objetos que nos son familiares, un aspecto insospechado y nuevo.

Con el odo absorto, auscultaba los rumores indefinidos de la noche.

Ya no pensaba en nada. Solamente oa.

Una mosca, zumbando torpemente, me peg en la cara. Y yo escuchaba. El
grito estridente de una lechuza errante sobre la casa, me puso el
corazn en desrden.

Un papel arrastrado por sigiloso viento cruz el patio, se estrell
contra una pared y se dobl con ruido desigual.

Algo iba a ocurrir! Algo sobrenatural!

Y me suspend casi en el aire, horripilado, cuando, en ese preciso
instante, un presuroso tac, tac, tac, de tacos breves reson en el
patio y avanz en direccin a mi cuarto.

Alguien haba transpuesto mi puerta, y se haba plantado en media
habitacin!

Inmediatamente, comprend yo esto; aquellos pasos no eran, no podan
ser de gente!

Luego, con infinita angustia, di vuelta lentamente la cabeza, y mir:
un chivo negro, barbudo, diablico, estaba all! Inmvil, me
observaba, rumiando con espantosa impavidez.

Son entonces un aldabonazo en la puerta de calle. La bestia,
asustada, di cara vuelta, y, con un corcovo prodigioso, desapareci
en la sombra.

Otros aldabonazos tremendos me arrancaron del estupor en que me haba
sumido. Y cuando abr la puerta, me encontr con el muchacho de la
panadera vecina, que vena a reclamarme el chivo de su propiedad,
escapado mientras horneaban, por una tapia baja que separa la huerta
de casa de la panadera.

Por la maana, supe la muerte de _Chivo Pedro_, acaecida esa noche.




EL SUICIDIO DE BURELA


El invierno pasado trepaba yo casi todas las maanas por el camino del
cerro, que conduce al Redentor.

Era un excelente deporte que me endureca las piernas, y que me brind
la ocasin de revolucionar mis nervios cierta vez.

He aqu el caso:

Una maana iba por el camino, muy despacio, detenindome de trecho en
trecho a respirar y a mirar el horizonte que la niebla permita
descubrir, y estaba ya en mitad del cerro, frente a la cueva del viejo
Castro, cuando vi en un banco, a la izquierda, sentado un hombre.

No me extraara el encuentro si el individuo no me habla.

--Hola, Dvalos!--me dijo.--Qu ands haciendo?

Le observ, asombrado, de hito en hito, y oh, prodigio! era el gringo
Burela. Pude reconocerlo a travs de una capa de roa que lo
enmascaraba, en complicidad con unas barbas rubias en despatarro, y
una cabellera exuberante y dura como copa de churqui, que irrumpa por
un agujero apical del incoloro chamberguito.

Bajo el cachete derecho, hinchado como un tmulo, rotaba lentamente un
monstruoso "acullico" de coca.

Dos ojillos verdes, de prpados enrojecidos por el insomnio y el
vicio, se asomaban en el fondo de aquella cara patibularia.

Era mi amigo de la infancia, mi antiguo condiscpulo, mi camarada
inseparable y vecino de barrio.

Con l hice las primeras rabonas de la escuela normal. Conoca l un
escondrijo al pie del cerro, adonde jams pudo llegar el ojo alerta de
_Caranchito_, el regente, que desde la azotea espulgaba con un
telescopio las arrugas del terreno en busca de alumnos vagos.

Con l, con ese gringo Burela, que estaba ah, habamos apedreado a
los transeuntes escondindonos tras el parapeto en los tejados; con l
le habamos prendido fuego a un pobre gato empapado en aguardiente;
con l azotbamos a los perros, atbamos a las viejas, manto con
manto, en las procesiones; nos farsbamos de los opas que trotaban por
la calle, y robbamos naranjas de los boliches; y con l un da
concluyeron por fin mis relaciones, previa disputa por un trompo y un
ladrillazo feroz que casi me rompe la cabeza.

--Yo voy all arriba--le contest.--Y t, qu te hacs ahora? Qu te
hacs aqu? Por qu tienes esa facha?

Sin cesar de masticar su acullico, me respondi en tono cnico:

--Soy socio de Vago Hermanos y Ca...

Luego me cont que l nunca haba sentido ganas de trabajar, y que,
sin saber cmo ni cmo no, se haba vuelto borrachn y perdulario.

--No tengo casa en el pueblo--aadi.--Van dos meses que vivo aqu en
el cerro. Duermo en la cueva del viejo, all enfrente.

Hubo una pausa. Y sacando a brazadas una piola del bolsillo del
pantaln:

--Estoy dispuesto a no sufrir ms--me dijo, hablando con calma.--Ayer
traje esta piola para ahorcarme...

Se puso de pie, vivamente excitado. Me mir de soslayo, y se sorbi un
sollozo harto hmedo.

Era el mismo: petizo, brazos largos, piernas chuecas, manos sucias,
uas negras y crecidas.

--Cspita!--exclam.--Y porqu no te ahorcaste ayer?

--No quiero morir de noche,--contest con melancola.

Lanz un suspiro, y declar que le faltaba nimo, aunque le sobraban
deseos de acabar con sus das. Entonces, un pensamiento diablico me
roz el cerebro, como una ala negra.

--Hombre--le dije.--Puesto que tu voluntad es morir, yo, amigo, te
ayudar, prestndote la energa ejecutiva que te falta. En efecto, no
puedes hacer cosa mejor que ahorcarte. Venga esa piola!

Examin los alrededores. Me convenc de que estbamos solos.

--Ahora a buscar un rbol.

--All!--respondi la vctima, con los ojos extraviados, sealndome
uno. Su acento firme pona en evidencia su resolucin mortal.

Bajamos a la quebradita, subimos por la opuesta ladera, y llegamos al
pie de un cebil que se inclinaba sobre rpida pendiente.

El gringo Burela, ansiosamente, divis por ltima vez el cielo azul,
el cerro, el valle de Lerma; se persign despacio y tir el
chamberguito barranca abajo.

Con semblante afligido me estir la puerca mano, en seal de despedida
y prenda de gratitud.

Le hice un nudo corredizo en el pescuezo, pas la piola por una
horqueta, me colgu de la otra punta, y el gringo Burela, como por
roldana, salt al aire.

Lanz un silbido ronco, sac una cuarta de lengua, se le amorat la
cara, se le desorbitaron los ojos, y, tras breve pataleo, pas de sta
a la eterna vida.

Sereno, at yo la piola al tronco y me alej del macabro espectculo.

El ahorcado se balanceaba dulcemente suspendido en el vaco.

Yo haba cumplido un deber de amistad.




EL CASO DEL ESQUELETO


Existen en la naturaleza fuerzas cuyo modo de actuar nos es
totalmente desconocido, y cuyos efectos podemos, sin embargo, percibir
en nosotros, o en el medio que nos rodea, en ciertas circunstancias
raras, o en ciertos anormales estados psquicos?

Hay, fuera del mundo material, ms all de lo que nuestra
inteligencia puede someter a medida, una existencia aparte, un modo
distinto, un diferente aspecto de lo real?

El que algunos animales posean sentidos cuyo funcionalismo se nos
escapa, por ejemplo, las lneas laterales de los peces, parecera,
desde luego, confirmar la presencia de tales fuerzas.

Por otra parte, a veces, iguales rganos, en un tipo zoolgico,
presentan enormes diferencias de sensibilidad, en el desempeo de una
misma funcin. As, mientras algunos mamferos son sordos, o poco
menos, las mulas poseen una agudeza de odo muy superior a la del
caballo. Y aun es de creer que la facultad que el vulgo les atribuye,
de presentir los peligros, provenga de un sexto sentido,
correspondiente a un orden desconocido de la energa csmica.

Aparte del natural temor que la noche infunde en casi todos los seres,
puesto que les priva de las percepciones visuales, tan importantes en
la lucha por la vida, tengo por indudable que despus de la puesta del
sol entran efectivamente en accin aquellas fuerzas.

Fu a la hora crepuscular cuando la mula de un amigo mo, muy mansa,
no se dej quitar el freno con el potrerizo de la finca; el cual, una
hora despus caa muerto en la cocina de los peones... Qu vi la
mula en la cara del hombre, o qu oli en l, o qu sinti?...

Desde luego, se sabe que el estado elctrico de la atmsfera cambia
del da a la noche, y que estos cambios influyen directamente sobre el
mundo orgnico, y hasta modifican el funcionamiento de ciertos
aparatos.

Por una flagrante contradiccin entre lo que hay en m de razonador y
cientfico, por una parte, y de instintivo y atvico por otra, nunca
he logrado, a pesar de una larga cultura intelectual, sustraerme a la
influencia inquietante de la noche.

Sin creerme un cobarde, ni ser un neurtico visionario, confieso que
un panten o un bosque desierto, a media noche, pesan en mi corazn
con todas las angustias del presentimiento; y esa prodigiosa bveda
celeste que no acaba nunca sobre mi cabeza, me abisma en un horror
increble al vaco infinito y negro, en el cual, siempre que estoy
solo de noche, y a cielo descubierto, tengo la sensacin de caer y
caer vertiginosamente, boca arriba.

Muchas veces se me han erizado los cabellos en tales momentos! Y
cuntas he sentido cerca de m la presencia, en las tinieblas, de
_algo_ que no es _alguien_, pero que existe, que _es_! Acaso la
condensacin de esas fuerzas?... Acaso el espectro de las cosas?...

Qu s yo!...

Y bien. Tenis derecho de reir, vosotros, los sanos y los
equilibrados. Me llamaris loco; pero lo que os voy a contar es tan
absolutamente cierto, que a fin de convenceros de mi veracidad, habr
de confesaros toda la verdad, toda la triste verdad.

Yo me haba enviciado en el whisky, y la coca... y esta circunstancia
explica en parte el inusitado suceso de que fu actor.

En aquella poca de mis excesos alcohlicos, una noche, muy tarde, me
fu a dormir, impresionado con la muerte de un pariente que agonizara
desde medio da.

(Tengo en mi cuarto un esqueleto, propiedad del colegio nacional, en
el que suelo estudiar.)

En cuanto abr la puerta de mi cuarto, (debo hacer constar que en casa
no haba nadie), tuve la sensacin de la presencia de ese alguien...
Con gran cuidado cerr la puerta y encend prestamente un fsforo.

Al dar un paso hacia mi cama para encender la vela que estaba en el
velador, vi que el esqueleto alzaba una mano y la asentaba sobre un
libro; uno de los libros que haba en la mesa junto a la cual estaba
colgado el esqueleto.

Encend la vela.

Al darme cuenta de todo eso, realic un poderoso esfuerzo de voluntad
para dominar el miedo que me ahogaba; y sereno, impasible, lgico, me
propuse llevar el anlisis del caso hasta el ltimo lmite.

Y pens: puesto que el esqueleto se ha movido, sepamos por qu causa
se ha movido.

Abr el libro, sobre el cual se apoyaba la mano, que era la derecha, y
le el ttulo: "El crimen y la locura", por A. Maudsley. Conoca yo la
obra. Contiene historias de criminales y su estudio patolgico. El
autor es ingls. Se refiere a crmenes cometidos en Inglaterra y en
Francia. El esqueleto era preparado en Francia. Tena una placa:
"Jules Talric, preparador". Sabido es que las prisiones suministran a
estos industriales el material....

Durante mi ausencia, habra estado leyendo el esqueleto, en el libro,
quiz su propia biografa? Pues segn los promedios antropomtricos el
esqueleto haba pertenecido a un asesino.

Sin embargo, mirndole de cerca, me fu imposible descubrir signo
alguno de vida en sus rbitas vacas, y comprob que la caja torcica
permaneca trasparente entre las costillas.

Luego, vigilndole siempre, anduve en cuatro pies, mirando debajo de
los muebles, a fin de constatar si no sera algn gato el agente del
hecho inexplicable.

Formul la hiptesis de una corriente elctrica que, imantando de
golpe las articulaciones de hierro, hubiese determinado la
contraccin del brazo; pero mi incompetencia en fsica volva intil
la teora.

Otra vez me enfrent al esqueleto. Yo senta una desesperacin rabiosa
por investigar y aclarar el misterio; yo senta que me estaba
trastornando poco a poco el horrible misterio; y en un acceso
violento, irresistible, lanc una descomunal carcajada que reson por
la casa desmantelada y oscura; y empujndole como a un pndulo, hice
oscilar al esqueleto en su perno. Y el eco de mi risotada, y el seco
chocar de los huesos, llevaron al paroxismo mi exaltacin nerviosa.
Oh!... Cundo estis a media noche solo en vuestro cuarto, lanzad, si
podis, una carcajada, os lo ruego.

--O, yo te har confesar la verdad o me matars!--le grit al
esqueleto.

S. Era preciso, era urgente, apurar todos los medios de prueba, pues
iba de lo contrario a enloquecerme.

Con un ardor febril lo destornill de su pedestal, lo vest con un
pantaln y un saco, lo sent de codos a la mesa, en mi propio silln,
y le acomod mi revlver en la mano derecha, hacindolo apuntar a la
puerta, con el gatillo alzado, y el dedo ndice sobre el resorte del
gatillo.

Retroced un paso para contemplarlo.

Pero el miedo me venci. Y entonces, agazapndome, retrocediendo,
vigilndolo siempre, agarrndome a la mesa para no caer, intent de un
salto ganar la puerta. El esqueleto me apunt y son un tiro!...

Aquella maana me bajaron del tejado. Me haba quedado catalptico,
abrazado a una chimenea.




LA COLA DE GATO


Don Roque Prez es el hombre ms flemtico de Salta. Tiene cuarenta
aos. Hace veinte que est empleado en una oficina de la casa de
gobierno. Es soltern, metdico, cumplidor y beato.

Su vida es simple y redundante, como el rodar montono de los das
provincianos, o bien como la marcha circular y pacfica de un macho de
noria.

La historia de este hombre contiene dos etapas, separadas entre s por
un acontecimiento trascendental que dej en su espritu una
perplejidad perdurable.

La primera etapa comprende su juventud, los diez aos que pas de
dependiente en la tienda de Don Pepe Sarratea. La segunda etapa
comprende su madurez, sus veinte aos de empleado pblico.

Con una sonrisa indefinible y calmosa, mientras fuma un cigarrillo,
Don Roque Prez cuenta su caso a un grupo de oficinistas.

Cuando l era dependiente, dorma en la trastienda. El negocio de
Sarratea ocupaba una vieja casuca que todava existe en una esquina de
la plaza.

El dependiente barra la vereda todas las maanas, plumereaba los
estantes, y aguardaba al patrn que se presentaba a las ocho.

Sarratea despachaba personalmente, detrs del mostrador; pero si haba
que bajar alguna pieza de un alto estante, colocaba la escalera y el
dependiente se encaramaba por ella.

A las nueve de la noche, Sarratea despeda a sus contertulios del
barrio, guardbase el dinero en el bolsillo y se marchaba a su casa.
Entonces el dependiente trancaba las dos puertas de la tienda, rezaba
su rosario y se meta en cama.

Una noche entre las noches, Roque Prez, despus de acostarse, dirigi
la vista al techo, y vi que colgaba una cola de gato por una rotura
del caizo.

El agujero quedaba perpendicularmente sobre su cabeza, y la cola de
gato apuntaba, naturalmente, a sus narices.

--Qu ser eso?--pens el dependiente.--Qu ser?...

Apag la vela y se durmi.

Varias noches despus del descubrimiento, Roque Prez volvi a mirar
la cola de gato. Al cabo de una hora de contemplacin, pensaba: qu
ser esa cola?... Y se deca: maana voy a poner la escalera para ver
lo que es... Y apagaba la vela y se dorma.

Todas las maanas, al despertar, Roque Prez se desperezaba y miraba
la cola de gato. La miraba todas las noches al acostarse. Y siempre
pensaba: en uno de estos das voy a poner la escalera.

Pero Roque Prez era indolente, con esa profunda indolencia de los
pueblos paldicos. El haba tenido una idea: aquella cola de gato
deba ser _algo_. Para saber qu era, haba tiempo.

As pasaron dos aos, y pasaron cinco aos, y pasaron diez aos!...
El seor Sarratea muri de tabardillo; los herederos liquidaron el
negocio; Prez tuvo que abandonar la vieja casuca.

Sali de all con quinientos pesos de sueldos economizados y se
contrat en la tienda de enfrente.

A poco de esto, alquil la casa de Sarratea un boticario alemn que
llegara a Salta con su mujer.

Lo primero que hizo el boticario, naturalmente, fu preocuparse de la
limpieza del chirivitil, para instalar su botica.

Un da el boticario entr en la trastienda, y al revisar las paredes y
los techos, vi la cola de gato. El alemn llam a su mujer y le
mostr aquello. Pidieron prestada una escalera en la tienda de
enfrente. Roque Prez, en persona, trajo la escalera. El boticario,
ayudado por Prez, la afianz sobre un cajn para que alcanzase al
techo, y se trep.

Mientras el pobre Roque sostena la escalera, el boticario, all
arriba, asi de la cola, tir, y cay al suelo una moneda de oro. Tir
ms, y cayeron algunos cascotes y varias monedas. Luego, metiendo el
brazo en el agujero del techo, sac un zurrn lleno de onzas de oro, y
se lo arroj a su mujer. Busc ms, y encontr otro zurrn, y cargando
el pesado fardo, baj al suelo.

--Bueno,--dijo el alemn todo sofocado, entregndole a Prez una
monedita.--Aqu tiene Vd. su propina. Y gracias por la escalera.

Ahora, Don Roque, ante la rueda de empleados, da un chupn formidable
a su cigarrillo, sonre con calma, y con las barbas llenas de humo,
dice:

--Entonces fu cuando comprend que mi destino era ser empleado
pblico.




EL SALTO ATRAS


--Escalandrini, pseme el frasco de las araas,--le dije al
ayudante.--Vamos a separar los diferentes ejemplares en lotes
adecuados.

El hombre puso el frasco en la mesa y prepar los lentes, las pinzas,
el alcohol y dems cosas necesarias.

--Examinemos primero la araa negra... Veamos. Es una especie nueva
para nuestro museo, y hay que clasificarla. Tngame usted el frasco a
contraluz.

En vano busqu. Entre aquel locro de bichos no estaba la araa negra.

--Es singular!--objet,--pues ayer mismo la estuve mirando en el
fondo. Habrn entrado ayer aqu los muchachos despus de clase?

--_Non signore!_

--Bueno. Conviene que cuide usted mejor el gabinete... Resulta que los
alumnos burlan su vigilancia y se roban los bichos.

La prdida me contrariaba de veras. Tratbase de cierta araa del
Chaco, muy rara, muy difcil de pillar. Se la deb a la gentileza de
Don Tadeo Amaya, lenguaraz de una toldera de junto al Bermejo.

Algunos das despus de este pequeo incidente, Escalandrini vino a
buscarme a casa con el fin de entregarme unos portaobjetos del
microscopio. Apenas se me acerc le sent un tufillo inconfundible a
caa. Y confirm mis sospechas del alcoholismo del ayudante, una noche
que lo encontr por una calle haciendo eses.

No haca mucho que se haban abierto los cursos, y pens que an era
tiempo de buscar otro ayudante. Aquel hombre me haba inspirado desde
el primer da una invencible repulsin; as es que me alegr cuando le
descubr su vicio. Slo aguardaba una buena oportunidad para hacerlo
saltar del Colegio.

Aunque italiano, Escalandrini tena tipo de negro. Ostentaba una
cabellera lanuda, apelmazada, y que tiraba a rubio. Tena la tez
amarillenta, los ojos pequeos y huraos, y era bajo de estatura. Era
barbilampio, jetn, dentudo, y tena pmulos salientes y brazos muy
largos para su estatura: en resumen, un aire sub-humano, sobre todo si
se lo examinaba de cerca, por cierta expresin esquiva y bestial de
tristeza en la mirada.

Y sin embargo, como ayudante no puedo negar que era competente y
experimentado.

Haba venido al Colegio Nacional, recomendado por el naturalista
Timperton, y haba sido auxiliar de zoologa en un museo de Turn, y
despus miembro de una expedicin entomolgica en la colonia Eritrea.

Ahora bien; un da que yo sealara a la clase un tema sobre las aves,
entr antes de hora en el gabinete y me puse a revisar una coleccin
de voltiles que deba utilizar en mi conferencia. Escalandrini
hallbase a la sazn ocupado en disecar, en un extremo del saln, un
loro barranquero que l mismo cazara con tal objeto.

Al revisar las colecciones de los armarios not que faltaban algunas
piezas. Despus advert un excesivo desperdicio de alcohol, pues las
tablas de los estantes estaban mojadas de este lquido.

--Tenga usted ms cuidado, Escalandrini--, le dije al
ayudante.--Derrama usted demasiado alcohol en la remuda de los botes.

Pero un detalle bien curioso me llam la atencin. En un estante, como
escondida detrs de unos frascos, yaca una cabeza de _crtalus_, que
sin duda haba sido separada del tronco, no por cuchilla de cortes, ni
por bistur, sino a tirones, pues los tejidos presentbanse
desgarrados.

--Yo quisiera dar _cun_ los traviesos _qui_ me _facen_ un _batituque
dil_ gabinete--, gru Escalandrini, que se haba vuelto en su silla y
expiaba mis movimientos. Pero la fisonoma del individuo no acusaba la
expresin correspondiente al tono con que pronunciara tales palabras;
circunstancia que no dej de impresionarme.

Quiz se haba fijado ms en m que en sus propias palabras.

Luego descubr, dispersas en las tablas, algunas gotas de estearina.

Como en el gabinete no haba luz elctrica, supuse que alguien se
entrara de noche, y con vela.

No pregunt nada.

En lo sucesivo el gabinete me pareci ya mejor cuidado. Sin embargo,
buscando a lente, siempre hallaba en el suelo, o en la mesa, o en los
estantes, gotas de estearina que haban sido raspadas,--se conoca--,
con sumo cuidado.

Entonces fu cuando empec a concretar mis sospechas...

Y un suceso lamentable vino a precipitar el desenlace de esta intriga,
a develar el misterio de un temperamento.

En el aserradero de Perutti, la tarde del 6 de Abril, un obrero se
cort la mano derecha con una sierra sin fin. Se le haba enganchado
la manga en el trozo que aserraba, y a pesar de los sobrehumanos
esfuerzos del infeliz, el trozo le arrastr el brazo, la sierra pas
de travs, y el hombre qued manco.

Fu una espantosa confusin. Los compaeros del taller acudieron a
auxiliarlo, pues se iba en sangre. Lo llevaron a la Asistencia Pblica
y all le contuvieron la hemorragia.

Cuando el pobre obrero estuvo en sus cabales se acord de su mano.
Pregunt por ella. Los compaeros fueron a buscarla entre el aserrn,
pero no la hallaron. La mano se haba extraviado.

Poco despus del accidente la mujer de un obrero haba visto varios
perros que olfateaban la sangre...

Tuvieron que ir a contarle al dueo de la mano la verdad:

--Parece que un perro se la ha comido...

       *       *       *       *       *

La noche del 16 de Abril, bien madurado mi plan, me introduje con gran
sigilo en el Colegio; atraves de puntillas los largos claustros,
llegu a la puerta del gabinete, y espi por el ojo de la llave...

Frente a frente de la puerta, ante la mesa de conferencias, alumbrado
por un pucho de vela, Escalandrini perpetraba un horrible banquete.

De un frasco de araas en alcohol echaba a pecho grandes tragos. En
eso, sac del bolsillo una mano muerta y empez a devorarse el dedo
mayor.

El monstruo pareca borracho. Sus ojos relampagueaban, ebrios de
alcohol y de gula bestial.

Despus, con una pinza, extrajo una araa pollito, y de una dentellada
le cercen el abdmen.

       *       *       *       *       *

Escalandrini era un caso tpico de regresin o salto atrs. Una vuelta
a los trogloditas antropfagos.

Ribot, en su _Herencia_, habla de un neozelands educado en Londres,
que se comi viva a una nia de cinco aos.




LA MUERTE DEL MUERTO


La fechora que voy a confesar pesa sobre mi conciencia de un modo
abrumador, y su recuerdo me es tanto ms doloroso, cuanto menos
preconcebida fu la conducta que en este caso observ, al dejarme
arrastrar por el perverso apetito del crimen, que parece ser el
estigma de mi existencia.

Qu conseguira yo suplicando al lector que procure encontrarme
atenuantes o justificativos en esta infamia? Nada.

Y as, desde que escap a la accin de la justicia humana (y aun
espero escapar de la divina), le saco provecho a la verdad,
escribiendo mis barrabasadas, no sin escndalo, me consta, de ciertos
timoratos.

Y ya me dejo de rodeos, y contar las cosas tal cual pasaron,
fielmente.

Yo estudiaba cuarto ao secundario en el colegio del Carmen, de la
calle Estados Unidos, de Buenos Aires.

Tenamos un profesor de ingls que se llamaba mster Moore.

Era un hombre como de sesenta aos, muy alto y de porte grave.

Su rigor en el cumplimiento del deber era tal, que, en diez aos de
profesorado, apenas cuatro veces habia faltado a clase. Nunca hablaba
sino lo estrictamente necesario, ni tuvo nunca con sus alumnos una
frase de expansin o de confianza.

Mster Moore nos infunda, pues, ese respeto mezclado de lstima que
inspiran la soledad y la digna reserva de las personas que sufren.
Porque nosotros suponamos que el pobre profesor sufra, y sufra en
silencio, con su cara displicente de clown jubilado, toda rasurada, y
bajo su levita de incierto color azul, nica, perpetua, humilde y
respetable.

Por lo dems, poco sabamos de sus rarezas. No cultivaba relaciones
ntimas, viva en una pensin de la calle Rivadavia, y coma en su
pieza, por librarse de la gente.

Cuanto a su enseanza, daba buenos resultados, aunque no conmigo, que
siempre merec calabazas en ingls.

Aquel ao la salud de Mr. Moore decaa visiblemente, a juzgar por la
palidez progresiva de su rostro y el aire taciturno de su andar.

No hubimos de extraarnos, pues, cuando una tarde de junio, el
director nos dijo en clase que Mr. Moore acababa de morir de un
sncope, al tomar el tranva para venir al colegio.

Los alumnos de cuarto ao hubimos de encargarnos de las diligencias
previas al entierro. Y as, nos trasladamos a la pensin de la calle
Rivadavia, donde, en su cama, encontramos al excntrico serenamente
dormido en la eternidad.

El vigilante de la esquina lo haba recogido y llevado a la casa.

Seis velas sobre seis sillas en torno del catre, y un crucifijo entre
las manos del difunto, cuya religin no conocamos, bastaron para el
arreglo fnebre, y all nos quedamos hacindole compaa.

Pero a media noche los discpulos resolvieron pasarla en un cafetn,
en lugar de guardar a Mr. Moore. Yo rechac la invitacin, y no sin
agrado me qued solo, pues la situacin favoreca el maquinamiento de
cierto poema que pensaba escribir.

Era la del velorio una habitacin espaciosa, y tena una puerta a un
pasillo estrecho con baranda de hierro, en el piso alto, sobre el
patio.

Haba otras dos puertas que comunicaban con piezas contiguas, pero
estaban tapadas con roperos, disposicin sta que me vali mucho,
ahogando el ruido, como habr de verse luego.

Ocupaba la cama el centro del cuarto, los pies hacia la puerta, y la
cabecera contra la pared del fondo.

Junto a un ropero, a la izquierda de la cama, me instal en un
confortable silln, al lado de la mesa de trabajo, donde yacan una
Biblia y algunos libros ingleses.

Desde mi sitio, como a cinco pasos, poda yo ver, indistintamente, la
cara esculida del muerto; y al cabo de un cuarto de hora, la
sugestin irresistible del cuadro, dispersando mis poticos
pensamientos, me haba impuesto, en cambio, su pavoroso misterio.

Cunta ignota pena, cunta desolacin, cunto abandono, contempl en
aquella vida desgraciada que acababa de apagarse!

Pobre viejo! Llevbase l a la tumba, con su eterno spleen, quin
sabe qu nostalgias, quin sabe qu recuerdos!

Y a la luz amarilla de las velas, me pareci ver dibujarse una sonrisa
de paz en aquella boca rgida que jams haba sonredo.

Hay en la llama plida de esas velas de muerto, algo as como un
afligente fervor de splica; un intangible soplo las consume, y se
agitan inquietas en el silencio como anmulas simblicas del dolor.

Aquella era en verdad una hermosa mscara. La nariz alta sostena, con
elegancia de columnata corintia, el doble arco de la frente, abierto y
noble. Los labios eran delgados, y el mentn saliente, con firme
decisin de voluntad.

De pronto, un escalofro me crisp los nervios. Los ojos de Mr. Moore
se haban abierto...

Sera posible?...

Trat de tranquilizarme. Incorporndome con un sigilo ansioso, me
acerqu de puntillas al lecho. Pero los ojos estaban cerrados.

Me expliqu. Las velas, sobre su cara brillante, jugaban con reflejos
y sombras.

Volv a mi sitio, y por distraerme abr la Biblia, procurando
intilmente leer. Con la imaginacin en desorden, y el corazn al
galope, ya no fu dueo de m mismo; entonces sobrevino la crisis!

Y la incurable neurosis que padezco se desbord en mi cerebro con
imgenes descabelladas, con ideas incoherentes y estrafalarias.

En estos ataques agudos, el cerrar los ojos, o el quedarme en
tinieblas, no me da resultado. Desfilan ante mis pupilas, en
vertiginosa balumba, todas las furias del infierno. Rostros de
mujeres, de viejos, de locos, de perros, de burros, se transforman, se
sustituyen, se mezclan y se esfuman en una semioscuridad extravagante,
absurda. Y la crisis slo tiene un remedio: correr, o saltar, o
gritar, o matar!... hacer, en fin, algn esfuerzo muscular intenso,
que despilfarre mis anormales energas de un modo sbito y violento.

Y con la mirada clavada en el muerto, exaltado, enajenado, anhelante,
fronterizo de la demencia, en el paroxismo de la atencin, lo
vigilaba, lo acechaba, lo espiaba, con la sospecha inaguantable de que
no estaba muerto, de que estaba hacindose el muerto, de que pretenda
asustarme, sorprenderme, burlarse de m...

Y en ese instante la cosa se produjo. Mr. Moore haba levantado una
pierna en el aire, una pierna peluda y flaca, de araa gigante; un pie
descarnado, repugnante, amarillento, de largos dedos abiertos en
abanico!

Mr. Moore se haba despertado de la muerte, y Mr. Moore, por fin,
rgido, esculido, con los ojos fuera de las rbitas, mirndome
impertrrito, desnudo, espantosamente desnudo, se haba puesto de pie
junto a la cama!

No pude ms!

Posedo de un acceso formidable de energa, de alegra brbara, de
terror loco; gil como un demonio, salt sobre l y le pegu una
bofetada tal, que lo acost patas arriba sobre su lecho de muerte.

Despus, maquinalmente, lo acomod en la posicin primitiva; y poco a
poco, al recobrar la serenidad y la razn, dime clara cuenta del
peligro que corra, si, como era posible, alguien en la casa hubiese
odo el ruido.

Presa de inmensa angustia, auscultaba el nocturno silencio. Pero nadie
acudi.

Mi delito quedaba impune para siempre!

Y por la maana, en la Chacarita, en torno a la fosa, junto a mis
condiscpulos, ech como ellos mi palada de tierra sobre el cadver de
Mr. Moore, cuyo asesino no dej traslucir ni un asomo de emocin.

Muchas veces he pensado con horror en una autopsia de la que hubiera
resultado esta frmula concisa y fatal: "Sonambulismo catalptico
acabado en la sepultura por una conmocin cerebral enorme."




IV

HUMORISMOS Y FILOSOFIAS





TEDIO


Triste cosa es hallarse obligado a trabajar, y no ser como este pato
del lago que estoy mirando, mientras escribo, paradito en una pata, de
ocioso, calentndose al sol, al sol que es la esterlina y la estufa de
los que no trabajan.

La ociosidad es la madre del pesimismo. Y hoy me siento pesimista.

Por qu vienen das tontos, das en que se aflojan los resortes del
carcter, das en que nada, nada, nos parece digno de ser tomado en
serio; das de aburrimiento, de nirvana, de desaliento, en que las
menudencias que forman la diaria urdimbre de la vida nos acosan, nos
hastan y nos hartan?

El noventa por ciento de nuestros actos diarios se producen bajo el
imperio de la rutina, de ridculas preocupaciones, de perjuicios
pueriles.

Si me junto en la plaza con algn petizo mi compaa le avinagra, y me
pide que lo deje caminar por el centro para aparecer ms alto.

Hay quien asiste al baile con un frac viejo de su to, y averigua cmo
est su figura. Y cmo ha de estar!

--Pero si te queda muy bien,--afirma un papanatas que no se resuelve a
entrar en el saln, porque se le descompuso la onda del peinado.

Y los preguntones?... esos abombados que interrogan sin ton ni son. Y
usted les responde, y de su respuesta se les d una higa! Lo que
ellos saben es preguntar, no importa qu. Y vuelven a la carga, tanto
ms reciamente, cuanto menos cara le ven a uno de responder.

Gentes hay que no molestan de cerca, pero que saludan perdonando la
vida. Y an os dicen: "Adis amigo", y en el fondo os estn deseando
una apoplega.

Lbrenos el demonio de los charlatanes que se creen ingeniosos y
espirituales e hilvanan viejos chistes con nuevas simplezas y son
testigos o hroes de todos los sucesos del pueblo y juran y se
acaloran a base de macaneo. Y lbrenos de los murmuradores que todo lo
denigran, como si poseyesen ellos solos el cetro de la justicia.

Quin no se sinti harto alguna vez de las pequeeces, de las
importunidades, de las indiscreciones de los otros, y ha deseado
escapar a mil leguas de la tierra, lejos de sus congneres?

Quin no ha deseado el suicidio, la grata compaa de los muertos,
que son los mejores prjimos, acaso porque ya no hablan?

Oh si nos fuese dado morir con la facilidad con que se ingiere un
vaso de _vermouth_!

Sin embargo, los que se matan llevan a cabo una tontera ms
considerable que todas las que en vida cometieron, porque al fin y al
cabo algo de bueno ofrece la existencia, fuera de estos ratos de
tedio. Y an en stos gozamos la libertad de detractarla, sentados en
el parque, bajo los pinos, tomando el aperital, acariciada la frente
por una brisa cordial de otoo. Y siempre ser sublime la puesta del
sol.

La naturaleza nos reconcilia con la vida.




LA TRISTEZA


Es el anochecer de un da de otoo, y de la vecina iglesia viene el
son de una campanita que tae, tae, difundiendo en el espacio la
inquietante premura de su llamada mstica. Por la calle, las mujeres
pasan, una que otra, hacia la iglesia: una vieja, otra vieja, otra,
que va como pisando cascotes, cucurucha, toda arrebosada. Dichosa
vieja! Cuando se postre ante el cura, invocar, egosta, el favor
divino, confiar en la salvacin. En su absoluta, supersticiosa f, no
comprendera ella la amarga duda del crucifijado, el _lama sabactani_.
Y por este orden de ideas, he venido a parar en la tristeza.

He ido a cortar rosas al jardn. Entre el sutil encaje de las hojas,
las rosas parecan meditar, abiertas las corolas, absortas bajo el
firmamento. Haba tristeza y reposo. La luz y el movimiento evocan la
vida; el reposo es como el signo de la muerte. Cuando la brisa mueve
las flores, sus leves balanceos arrullan nuestros ensueos, pero el
absoluto reposo crepuscular infunde una dulce tristeza. Sobrevienen
en la naturaleza y en las almas, delicados instantes as, en que
parece que _algo est ocurriendo_, misterioso, invisible. Es cuando se
han abierto ventanas que miran a lo eterno, y la tristeza que entonces
vemos en las cosas y en los seres es como la fatiga, como la parada,
en medio del infinito devenir.

Sobre los campos silenciosos, todos los das al cerrar la noche, la
inmensidad se ahonda, la eternidad se acerca, se establece una como
normalidad del prodigio. A tal hora, nadie, estando solo, podr
sentirse alegre a menos de ser un vulgar espritu. La tristeza reside,
ms honda que en las almas, en la naturaleza. Es verdad que la
naturaleza es toda movimiento, pero el movimiento est sujeto a las
leyes del ritmo y para cada orden de movimientos rigen la suba y la
baja; la mxima intensidad y el reposo relativo sucedindose siempre.
Por instantes o por siglos, la naturaleza, tal como nosotros, se
aquieta y se arroba en un vasto recogimiento, como si ansiara
descansar y comprenderse... Y de esta ntima necesidad, nunca colmada,
de penetrar el secreto de la existencia, emana la tristeza que notamos
a veces en los seres y en las cosas.

La melancola del asno inmvil junto a la tapia del corral; la oscura
mole de las montaas, cerrando el horizonte; la serenidad de las
flores; la cadencia de la campanita; no son distintas, no son ajenas a
mi tristeza. Hay en todo esto el estupor de la eternidad que pasa
sobre nosotros, asoladora, y siempre impenetrable y magnfica.




AMOR DE ARAAS


En la evolucin de las especies, corresponde a los insectos y a los
arcnidos un grado de inteligencia relativamente elevado. El
comepiojos (mamboret) que al ser molestado levanta con arrogancia sus
patas manducadoras y nos mira con sus pequeos ojos escarlatas; la
avispa que nos persigue, si la molestamos, para clavarnos su aguijn;
la vinchuca, que se esconde con pasmosa astucia al sentirse
perseguida, nos proporcionan abundantes ejemplos de actividad
voluntaria y consciente.

En cuanto a las araas, he tenido ocasin de presenciar no ha mucho un
hecho que prueba una complejidad mental realmente admirable en estos
artrpodos. Era una araa del gnero argironeta, que son las ms
hermosas, por los matices plateados que las adornan. La encontr una
maana en el patio de casa, entre dos hojas de cica, inmvil, en el
centro de su tela perpendicular, brillando al sol como una joya. No
sabra la pobre que estaba en casa de un zologo, y es lstima,
porque en cuanto la v la pesqu y la encerr en un frasco de vidrio.
En el ancho tapn abr un agugero a fin de poder conservarla viva y
remitrsela al Dr. Holmberg, al siguiente da. Pero comet la
chambonada de dejarla esa noche en una maceta, al aire libre. Aquella
maana, en el fondo del frasco slo hall la cscara del infeliz
animalejo. Mil diminutas hormigas coloradas estaban a la sazn
ocupadas en devorar lo que quedaba. Y aunque la culpa del asesinato
era ma, sent contra las hormigas una clera terrible. Me imagino los
tormentos que sufrira la araa, al pensar en el inmenso nmero de
mordiscos que recibira de esos belicosos demonios. En fin, indignado,
mat las hormigas con agua hirviendo.

Pero la noche haba escondido una tragedia todava ms intensa; porque
hall un hilo de araa tendido del frasco a la pared, y en una
hendidura del reboque, inmvil, al desgraciado amante de mi gentil
cautiva, como dira un literato. Era el macho. Alrededor del frasco,
en la maceta, yacan cientos de hormigas, partidas en dos por sus
formidables mandbulas. No cabe duda que en el silencio nocturno,
despus de haberla buscado en la tela, debi de lanzar un hilo desde
la pared a la maceta, y ni ms ni menos que un caballero junto a la
torre de su dama, libr al pi del frasco un combate heroico, vindose
al fin obligado a poner pies en polvorosa, rendido y abrumado por el
nmero.

No consegu apoderarme del hroe, cuyas cenizas hubiese yo conservado
con respeto en aguardiente. Pero era muy pequeo, como todos los
_araos_. Cubra sus desnudeces una fina capa de terciopelo marrn,
un poco burda, en tanto que su amada luciera en vida una armadura de
escamas de plata.

Era imposible interpretar de otro modo los hechos observados. Y,
teniendo en cuenta las costumbres sexuales de las araas, el caso
resultaba hermosamente romntico. Se sabe que el casamiento de las
araas termina con la muerte del flamante marido. Durante el da,
mientras la araa hilaba su tela, el macho la acechara, desde su
escondrijo del reboque. As meditaba, preparando su asalto para la
noche, aprovechando el reposo de su voraz amada. Esta operacin se la
facilitan sus ocho ojos, cuatro de los cuales son para ver de noche.
As se explica que pudiese hallar el frasco; y es que la buscaba con
la tenacidad propia de los enamorados.

Qu diferencia existe entre este drama de araas y los trgicos
amores de cualquier pareja de novela? Una simple diferencia de grado.
Aunque en ciertos sujetos, como los opas, la emotividad y la
inteligencia estn menos desarrollados que en las araas.




EL SAPO


El sapo es el solitario del albaal. Su domicilio subsolar se abre a
la calle, ante la puerta de una casa.

Los ruidos del da lo confinan en una grieta hmeda, estrecha, y ah
permanece, chato y fro, absorbiendo agua por todos los poros,
asimilado a las piedras pardas.

Huye del sol. El astro voraz hara evaporar en un amn el jugo de sus
pstulas, y dejara su cuerpo seco y hueco, cual un viejo zapato
arrojado al basural.

A media noche sale de su escondrijo, y atisba, sentado tranquilamente
en cuclillas, las mariposas que el foco de la calle atolondra.

Ah, las mariposas! Cmo fascinan al sapo esas miriadas de alas,
revolvindose frenticas en el campo de luz del arco voltico!

Y las mariposas caen en continua lluvia; y los colepteros caen
zumbando de cabeza, como si quisieran taladrar el suelo. Atento, el
sapo espera.

Cuando est cierto del xito, inicia el ataque a cortos saltitos. Se
detiene. El corazn le late en la tensa membrana blanca de la
garganta. Despus avanza gateando ridculamente; con gran cautela se
acerca al bicho, y zs!

El bocado no es siempre una sedea mariposa. A veces hay que tragar un
escarabajo ms spero que un nudo de alambres. En tal caso, siente un
pataleo en el esfago. Pero el muy comiln no se arredra, y se ayuda a
dos manos, empujando la presa hasta el estmago.

Otras veces, por un lamentable error, atrapa el pucho encendido que un
transeunte arroj de su boquilla, y hay que verlo retroceder y poner
la cara fea!




PASEOS ZOOLOGICOS


Ayer fuimos al campo con el ayudante, en busca de insectos. Aunque no
tenamos red, hemos perseguido algunas mariposas.

Despus hemos hallado unas moscas de nueva especie, asentadas
pesadamente, en gran nmero, en unos chaares pequeos. La hoja del
chaar d una substancia melosa que sin duda atraa las moscas. Algo
ms delgada que la mosca comn, la nueva especie distnguese en que
presenta en las alas bandas transversales blancas, sobre fondo pardo
oscuro y en la cabeza un par de antenas corniformes.

Pero en el mismo tubito hemos encerrado una liblula y sus speras
alas han destrozado a las moscas. Maana volveremos a buscarlas. La
constancia es la primera virtud del naturalista.

En el campo no hay que descuidar los pequeos detalles. A veces una
hormiga que corre a esconderse bajo una mata, proporciona valiosas
enseanzas. De pronto, el ayudante se larga al suelo, de cabeza. Con
el ojo pegado al tubito de cazar, examina un precioso dptero
cubierto de blanco bello. Se trata de otro raro ejemplar, y el pobre
bicho cae al fondo lbrego de mi bolsillo.

En la falda del cerro, en unos matorrales cuajados de flores
amarillas, descubrimos un nuevo tipo de araa verdosa, muy chica y
vivaz. En seguida fu al tubo.

En esta poca,--fin del otoo--la mayor parte de los insectos han
muerto ya, dejando sus larvas; y los nidos de mil estilos que
construyen para dormir el sueo invernal, son casi siempre obras de
arte, dignas de estudio. En el suelo, en el tronco de los rboles, en
los tallos, en las lajas, bajo las piedras, en los pantanos resecos,
encontramos innumerables formas de capullos. A cada especie
corresponde un modelo determinado y una ubicacin particular. Los ms
fuertes estn a la vista, pendientes de las ramas desnudas de los
arbustos. Unos son estuches de una especie de pergamino, aglutinacin
de hilos de seda; otros estn recubiertos de espinas que los pjaros
tienen que respetar; algunos, en los tallos leosos de los matorrales,
son concreciones calcreas, dursimas, fuertemente adheridas. Los
menos protegidos imitan el color o la forma de la rama o piedra donde
se pegan. Otros se enquistan en los tallos, hipertrofian los tejidos y
originan agallas que al retornar la primavera se abren, dejando
escapar un insecto. En todos predomina el instinto de conservacin de
la especie. Y de todos esos escondites, de todos esos refugios, cuando
vengan las lluvias y caliente el sol, irrumpir la vida, mltiple,
bulliciosa, policroma.

El cielo estaba magnfico. Haba una insensible gradacin de colores,
desde el armio y el palo hasta el rojo de cobre bruido. Una larga
nube, cuyo borde se apoyaba en los cerros del oeste, divida el cielo
en dos con una banda oscura que se apagaba en el cenit. En un rincn
del San Bernardo, poblado de cebiles, pona la hora su tono
melanclico. Reinaba en las hondonadas verdinegras de follajes maduros
una quietud inmensa, y la tristeza de la tarde se atenuaba al cortarse
en el cielo celeste la lnea ondulante de la arboleda, tendida y
crespa, como un festn de encajes.




BATRACOFOBIA DE LOS RENACUAJOS


Una maana de marzo andaba yo con mi curso de 2 ao por el parque San
Martn. Los alumnos, repartidos en grupos de cinco, recorran el
terreno en busca de alimaas. Cada uno deba escribir una composicin,
el relato del paseo y la observacin de algn bicho. Asi, en las
primeras clases del ao, podra el profesor juzgar del grado de
observacin original, individual de sus alumnos.

Marchaba yo entre un grupo de alumnos por una avenida macademizada, al
fondo de la cual se ve una fuente de cemento y bronce, especie de
centro de mesa, con que se adornan nuestros pobres parques de tierra
adentro. Alguno dijo que no era la media calle el camino ms propicio
a la busca de dichos, y aprovech la coyuntura para hacer resaltar, no
sin irona, la comodidad del profesor.

"Amigos mos--objet ste:--no es preciso trepar al cerro para hallar
bichos. No hay un centmetro cbico en la superficie del planeta, que
no presente algn fenmeno de vida, capaz de interesar al estudioso.
Si yo tuviese un miscroscopio, demostrara mi aserto, analizando aqu
mismo la fauna y flora de un milgramo de tierra de la calle,
previamente disuelto en una gotas de agua. Esto en cuanto a la vida
microscpica. Pues la vida _macroscpica_ no es menos abundante en la
avenida. Alzad la vista un poco, y mirad las turbas de mosquitos
provenientes de los lamos, que se arremolinan sobre vuestras cabezas;
las moscas de mil clases que zumban a ras del suelo, sobre el
estircol del aristocrtico caballo que ayer tarde arrastraba el coche
de una dama, y las variadas zabandijas que nadan en los charcos de la
calzada, como los tiburones en el mar. Las cuestiones que suscitara
el estudio de cualquiera de estos seres son tan vastas, que su
exposicin exigira el concurso de muchas ciencias.

Supongamos, que un sabio elige el mosquito del lamo. Tendr que saber
botnica si quiere explicarse la formacin de las agallas, en la
vagina de las hojas; qumica, si desea averiguar las causas de
formacin de las agallas; entomologa especial de los dpteros, si
quiere determinar la especie del insecto. El vuelo de ste, le llevar
a la fsica mecnica; el zumbido, a la fsica acstica. Si quiere
saber el nmero de vibraciones de las alas por segundo, ambas cosas
concurrirn a darle la cifra; y con esto, habr venido a parar a las
matemticas. Sin contar con que, en ltimo anlisis, todo fenmeno, es
susceptible de examinarse desde el punto de vista de la cantidad; de
cuya constancia resultan nicamente las leyes naturales. No hay ley
sin nmero. No hay fenmenos que no pueda esquematizarse en nmeros.
Y as, hemos venido, un poco desordenadamente, del mosquito a las
concepciones ms abstractas".

Entretanto habamos llegado a la fuente, cuyo contenido era una agua
verdosa, rica en algas. All cazamos crustceos, pequesimos, pulgas
de agua y cclopes, transparentes como cristal, en el microscopio.
Algunas araas haban tendido sus telas en las gradas de la columna
que emerga del centro de la fuente.

Entre dicha columna y el borde de la fuente, descansaban en cuclillas
sobre soportes de cemento, como en cuatro islas, cuatro angelitos
equidistantes de bronce, que contemplaban el agua, pensando quiz en
lo verde y sucia que estaba, y lamentando acaso no poder taparse las
narices con sus manos metlicas.

Bogaba en el agua una galleta. Sobre la galleta estaba sentado un
sapito nuevo, y alrededor, una turba de renacuajos chupaban el dulce
zumo de la pequea isla alimenticia.

En seguida not, entre los pies de los ngeles, una multitud de
sapitos nuevos. Adems, en el agua, flotaban cadveres de otros
sapitos, a los cuales iban adheridos por la trucha los renacuajos.

En el agua, no haba ningn sapito vivo.

Despus de un rato de contemplacin, el profesor orden silencio a sus
discpulos, y, al rayo del sol, les di una leccin de biologa. Los
muchachos se sentaron al borde de la fuente y le escucharon con
inters.

"He aqu, amigos mos--dijo--una maravillosa oportunidad de aplicar
la inteligencia a la explicacin de los hechos.

He aqu, que acabo, tal vez, de descubrir el porqu del paso de los
peces a los anfibios, en la evolucin de las especies.

Notad que esta fuente no tiene salida. Es una laguna con cuatro islas.
En la laguna, algunas sapas depositaron sus huevos, de los que
salieron miles de renacuajos. Unos han evolucionado ms pronto que
otros. Se ven aqu batracios en todos los grados de desarrollo, desde
el huevo al estado adulto, y por tanto, desde que respiran por
branquias hasta que respiran por pulmones.

Pero es el caso que los ya pulmonados, se han visto forzados a
refugiarse, _bajo pena de muerte_, en las islas. Lo prueban los
cadveres de sapitos que sirven, como veis, de alimento a los
renacuajos, mucho ms grandes, fuertes y vivaces por ser el agua su
medio apropiado dada su respiracin branquial.

La batracofobia de los renacuajos es, pues, un hecho indiscutible. Y
lo particular es que tal hecho explica, segn creo, el origen de los
anfibios. Bastara suponer en ciertos charcos del mundo primitivo, una
superabundancia enorme de una forma dada de peces, que, habiendo
desalojado a otras especies, empezaron a comerse entre ellos.
Establecida as la lucha, se salvaban nicamente de la carnicera los
que podan ganar tierra y resistir ms tiempo al nuevo ambiente, hasta
que las branquias se adaptaran al aire y se convirtieran en pulmones.
El hbito y la herencia fijaron el nuevo carcter especfico, y el
atavismo reproducira la forma primitiva acutica. Y como la duracin
de las condiciones fsicas del medio sera de miles de aos,
tendramos repetidas las causas y los efectos en millones de
generaciones sucesivas, y por lo tanto fijada una especie intermedia,
entre peces y reptiles.

De los peces a los batracios, no slo ha cambiado la respiracin, sino
la alimentacin. Los renacuajos se alimentan por succin. Los sapos,
son insectvoros. Al comenzar la existencia terrestre, no les fu muy
difcil cambiar de rgimen alimenticio, como lo probara la poca
variacin que exige un aparato bucal chupador (renacuajo) para
convertirse en captador (sapo).

Si se compara la organizacin de los peces superiores con la de los
batracios anuros que por ahora nos ocupan, se nota que los peces son
ms complicados. Los batracios no derivaran, pues, de los peces
superiores, sino tal vez de los branquiostomas, o de una forma
intermedia entre stos y los ciclstomos, cuya organizacin es ms
rudimentaria.

Pronto estudiaremos la organizacin interna de los batracios, y, en su
metamrfosis, la transformacin del aparato circulatorio en
correlacin con el respiratorio. Entonces os har notar cmo, la
respiracin cutnea, tan intensa en los batracios, y propia de
organismos inferiores, ha hecho tal vez posible al conservarse el paso
de la respiracin branquial a la pulmonar.

Antes de terminar, amigos mos, libertemos a los sapitos, que estn
condenados a morir de hambre en estas islas de cemento, al pie de los
ngeles indiferentes. Ayudemos as al cumplimiento de las leyes
naturales. Arrojemos los sapitos entre la hmeda gramilla del parque,
para que se coman las larvas corrosivas y los insectos que atacan las
plantas de los jardines."

--Libertemos al nufrago refugiado en la galleta!--grit un muchacho.
Pero en aquel momento, cuando una mano amiga se le acercaba, el
pequeo sapo salt al agua, y un renacuajo vivaz y ventrudo se apoder
de su presa al instante.

As hemos ledo, en un charco, una hermosa pgina escrita hace
millares de siglos por el azar de la evolucin.




LA INMORTALIDAD


La desagregacin del protoplasma por la mineralizacin creciente no se
manifiesta en los unicelulares. Dado un ambiente propicio, un
protozaorio no muere nunca, puesto que alcanzada la dimensin normal
en la especie, el individuo se parte en dos y del ser nico derivan
dos individuos nuevos, continuando en cada uno de ellos los procesos
de asimilacin y desasimilacin que determinan el crecimiento y la
divisin consecutiva, completndose as el ciclo evolutivo.

A medida que la estructura orgnica se complica, disminuye la
resistencia normal del individuo en su medio, en razn de la mayor
conexin y subordinacin de unas funciones con otras en el organismo.

En los protozoarios la divisin experimental del ncleo no impide la
regeneracin de cada parte.

En los metazoarios inferiores, cada fraccin regenera las que faltan.
(Hidras).

Algunos escalones ms arriba, la divisin experimental del individuo
por su eje de simetra, ya no permite la reconstitucin de cada mitad.
(Asteroideos).

En los grados ms avanzados de complejidad estructural, de los
artrpodos a los cordados, la capacidad regenerativa del protoplasma
trnase de ms en ms problemtica.

En los anfibios, la vitalidad de los principales rganos (por ejemplo,
del corazn), separados del cuerpo, es mayor que la de los mamferos.

Un protozario partido en dos, por su ncleo, contina viviendo; un
mamfero lesionado solamente hasta su red arterial, tiene muchas
probabilidades de morir.

Cuanto ms avanza la diferenciacin progresiva de las formas, ms
acrece la posibilidad de la muerte.

Viniendo a un punto de vista ms general; no existe solucin de
continuidad en la materia viva, desde la mnera que aparece en el limo
del ocano pre-geolgico, hasta las especies que pueblan en la
actualidad la tierra. Negarlo supone aceptar creaciones particulares
de todas las especies, en cada poca.

Ahora bien. Pensando en la muerte con datos as, objetivos, sin
recurrir a los conceptos absolutos creados por la imaginacin, se
ilumina de pronto la mente con la esperanza de una inmortalidad menos
egosta.

Pongamos nuestra fe en la ciencia.

Ella nos dice que durante algunos siglos todava estaremos condenados
a morir; pero somos inmortales como partculas orgnicas de la
especie, puesto que las generaciones venideras, perfeccionadas de
continuo en su mecanismo de pensar, por el esfuerzo adaptativo de las
que las precedieron, irn acumulando el aprendizaje de la experiencia,
para alcanzar acaso el ideal de los ideales: la existencia infinita,
individual y especfica del hombre.

Como si la muerte durante siglos fuese nuestro tributo a la
inmortalidad futura, la naturaleza, al perfeccionar su mejor
instrumento, el hombre, le ha hecho quiz el ms endeble y el ms
delicado de los seres.

No en vano la eternidad es la obsesin de todos los tiempos. El hombre
tiende al azul desde que aprendi a pensar. Interroga siempre al gran
enigma infinito suspendido sobre su cabeza.

Obstinado, aborda su problema.

Ante el microscopio y ante el telescopio; ante el animal y la planta;
ante el microbio y el astro; ante el mineral y el flido intangible;
junto a las mquinas, junto a los crisoles, junto a las retortas;
sobre los libros, sobre los terrenos, sobre los aires, sobre los
mares, en todos sentidos y en todas direcciones, escarba en lo
desconocido, con un apetito insaciable de ms all, que es ansia de lo
eterno, su parte de Verdad, de Belleza y de Bien.

Perecer la civilizacin sin que algn ser humano haya transpuesto
los lmites de la atmsfera?

Ser inacabable el misterio?

La inteligencia, la ciencia, el progreso, todo lo noble y todo lo
grande que vamos alcanzando, a trueque de sacrificio y de dolor, no
pesar nada en la balanza del devenir?

Todo eso no ser ms que combinaciones peregrinas del azar, efmero
aleteo, ensueo quimrico de algo perdurable, de algo absoluto?

Llegar da en que ninguna pupila humana pueda escrutar la sombra?

La naturaleza parece responder: "Hombre, vale ms tu inteligencia
complicada, sutil, poderosa, rpida, vale ms que una hormiga o una
flor? Eres una onda del ro que va desde lo que no tiene principio
hacia lo que no tiene fin. Envancete. Sin embargo, para m que soy la
energa ciega, la casualidad indiferente, no hay bueno ni malo, fcil
ni difcil, mejor ni peor; pues a m no me cuesta trabajo el cerebro
de Newton que el vuelo de los astros".

Y yo he soado con una humanidad ms perfecta, ms buena y ms sabia,
remontndose por medios mecnicos a los espacios estelares.

La ciencia vencer a la muerte.

Siendo infinita la duracin de la vida, no habr porqu desdear un
viaje de siglos por el universo.

Magnfico espectculo el del hombre atravesando los espacios
interplanetarios en expresos ms veloces que la luz.

La conquista del infinito ser precedida de una agitacin jubilosa
como la que anuncia el vuelo de las colmenas.

Abandonando su viejo casco, libador de la eterna belleza, el hombre
remontar su vuelo por aquel jardn que tiene por flores las
estrellas.




INDICE


                                            Pgina

    A Manuel Glvez                              5
    Prlogo                                      7

LA CIUDAD

    Los burritos leateros                      19
    Una proclamacin                            23
    El reidero                                 27
    La tabeada                                  33
    Los perros                                  37
    Defensa de un perro                         41
    La condenada                                43
    La creciente                                47
    La decadencia de los opas                   51
    Los cocheros                                55
    Un baile de villorrio                       59
    El duende                                   63
    La viuda                                    67
    La mula nima                               71
    La Juana Figueroa                           73
    Don Matas Linares y Sanzetenea             79

LOS CAMPOS

    El erque                                    85
    El fantasma del remate                      89
    El gaucho salteo                           95
    La selva de Anta                            97
    Cruz guiez                                 103

HISTORIETAS Y CUENTOS

    Un viaje raro                              109
    El ltimo vuelo                            115
    La cacera de patos                        121
    El caballo que perdi la lengua            127
    La transmigracin                          131
    El suicidio de Burela                      135
    El caso del esqueleto                      139
    La cola de Gato                            145
    El salto atrs                             149
    La muerte del muerto                       155

HUMORISMOS Y FILOSOFIAS

    Tedio                                      163
    La tristeza                                167
    Amor de araas                             169
    El sapo                                    173
    Paseos zoolgicos                          175
    Batracoforia de los renacuajos             179
    La inmortalidad                            185




       *       *       *       *       *




Notas del Transcriptor:

Se han corregido algunos errores tipogrficos presentes en el
original. Las vacilaciones en algunas grafas se han mantenida como en
el original.

P. 138: "el cielo azul, el cerro, el valle de Lerma; se persign"--En
el original, este frase fu despues de las palabras "en el pescuezo,
pas la"



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