Project Gutenberg's La araa negra, t. 2/9, by Vicente Blasco Ibez

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Title: La araa negra, t. 2/9

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: May 30, 2014 [EBook #45830]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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 En esta edicin se han mantenido las convenciones ortogrficas del
 original, incluyendo las variadas normas de acentuacin presentes en
 el texto. (la lista de los errores corregidos sigue el texto.)




                         VICENTE BLASCO IBAEZ

                            LA ARAA NEGRA

                                NOVELA

                             TOMO SEGUNDO

                        [Illustration: colofn]

              EDITORIAL COSMPOLIS APARTADO 3.030 MADRID

      Imprenta Zoila Ascasbar. Martn de los Heros, 65.--MADRID.




             PARTE SEGUNDA EL PADRE CLAUDIO (CONTINUACIN)





VI

Fiat Lux


A las ocho de la maana el conde de Baselga andaba con paso indeciso por
las calles de la coronada villa.

Si las gentes de poca monta que a aquella hora iban a sus quehaceres a
paso apresurado y soplndose las manos para ahuyentar el fro, se
hubieran fijado en el marcial comandante de caballera de la Guardia,
les habra llamado la atencin el desorden con que llevaba el uniforme y
la nerviosidad que se marcaba en su rostro plido y cejijunto.

A aquellas horas otros militares se dirigan al regio Palacio o a los
cuarteles para cumplir sus deberes, erguidos y sonrientes, y a su lado
el conde ofreca el aspecto de un hombre que ha pasado la noche en
tormentosa orga y que se retira a su domicilio ebrio y luchando con el
alcohol y el cansancio que entorpecen todos sus miembros.

Pero Baselga, en vez de dirigirse a su casa se alejaba de ella, y no iba
ebrio, sino dominado por una indecisin que le haca sufrir cruelmente,
obligndole a vagar por las calles.

La noche anterior haba salido del despacho del padre Claudio dispuesto
a no ocuparse ms del asunto de su esposa, dejando a cargo del jesuta
lo que hubiese de verdad en las prfidas insinuaciones de la duquesa de
Len. Pero, quin es capaz de cortar el curso de los celos una vez se
apoderan stos del corazn del hombre?

Baselga, como de costumbre, no pudo dormir en toda la noche. La
posibilidad de que su esposa le engaase y que l fuese objeto de oculta
mofa entre las gentes de Palacio y sus compaeros de armas, le produca
tan extremada excitacin, que en algunos momentos crea volverse loco.

Toda la noche la pas de claro en claro, y cuando poco despus de
amanecer un criado le entreg una carta que acababa de dejar en el patio
un mandadero pblico, sin saber por qu se apresur a levantarse de la
cama y a leerla.

Bien recordaba Baselga el contenido del papel que ahora estrujaba
furiosamente en lo ms hondo de un bolsillo.

Iba sin firma; pero el conde conoca de antiguo aquellas letras
enrevesadas, agrupadas con arreglo a una ortografa fantstica que tena
para su uso la duquesa de Len.

"Tengo ya las pruebas. Ven cuando quieras, que desde este momento te
aguardo. Marido infeliz, tarda cuanto quieras en convencerte."

Ira de Dios! Una carta as era para encender la sangre de cualquier
cristiano o moro, y ms si era tan ardiente y pronta a entrar en
ebullicin como la del enrgico Baselga.

Con la rapidez de una exhalacin se visti ste y se arroj a la calle,
marchando en lnea recta hacia el casern solariego de la duquesa, que
estaba en los alrededores de Palacio; pero cuando se encontraba ya muy
cerca de l, retrocedi, pues como todos los que se ven prximos a la
desgracia, tuvo miedo de llegar y saber toda la verdad.

Ocurre siempre al que est prximo a convencerse de algo, que le produce
inmenso dolor, que semejante al nufrago que al hundirse para siempre en
el abismo busca instintivamente algo slido a que asirse, en el
convencimiento de su desgracia apela a la duda, y antes de recibir el
golpe procura retardarlo, consolndose con la posibilidad de que no
resulte cierto el mal que le amaga.

Esto mismo suceda a Baselga. El da anterior, y aun momentos antes de
salir de su casa, senta una impaciencia sin lmites por convencerse de
su deshonra, y el no conocer sta con certeza le produca inmenso
desasosiego; pero ahora que poda ver y tocar su deshonra, ahora que una
mujer celosa y desdeada se ofreca a mostrarle su desgracia con toda
claridad, senta miedo de seguir adelante y hubiera dado diez aos de su
vida o su caballo favorito, y hasta se hubiera hecho liberal nicamente
porque el padre Claudio le saliera al paso gritndole:--No sigas, hijo
mo. No es necesario que vayas a visitar a la duquesa de Len. Todo lo
he averiguado y tu mujer es inocente.

El se hubiera convencido o no. Lo ms regular es que al da siguiente
hubiera vuelto a sus antiguos celos, a sospechar ms tenazmente de su
esposa y a desear las pruebas de su deshonra; pero al menos por el
momento se habra librado del terrible trance de saber la verdad,
experimentando un bienestar semejante al que producen ciertos
medicamentos que calman momentneamente los sufrimientos aunque
inflamando ms las heridas.

Esto parece absurdo, pero es perfectamente humano.

Baselga, seguro ya de convencerse de la culpabilidad de su esposa, por
extraa observacin quera forjarse la esperanza de que sta resultare
inocente, as como el da anterior, cuando aun era problemtica su
fidelidad, se empeaba en tenerla por culpable.

Buscaba afanosamente en su imaginacin todas las probabilidades que
racionalmente podan aceptarse para creer a Pepita inocente, y casi se
inclinaba a tenerla por un dechado de virtud y fidelidad. Porque...
vamos a ver: no poda ser muy bien que aquella duquesa a quien l
conoca perfectamente y que era una dama alegre, poco escrupulosa y tan
amiga de amoros como de intrigas, furiosa de que su antiguo amante la
abandonase, hubiese forjado una calumnia con visos de verdad para
vengarse de l y perder a una mujer ms hermosa y ms joven que ella?
Esto tambin poda ser y era probable que se pretendiera exagerar
cualquier ligereza insignificante, propia del vivo carcter de Pepita,
para hacer ver lo que no exista.

Pero apenas la imaginacin de Baselga formulaba tales optimismos, la
duda le morda cruelmente, y tal era la fuerza con que la sospecha se
apoderaba de l, que hasta le pareca que algunos transentes le miraban
con ojos compasivos, como adivinando su desgracia.

El recuerdo de la noche en que sorprendi al rey en ntima conversacin
con Pepita, el desvo que sta le mostraba desde poco despus de casarse
y algunas palabras sin importancia que muchas veces se escapaban en su
conversacin, pero que ahora eran apreciadas por su instinto celoso como
claros indicios de culpabilidad, pasaron rpidamente por la imaginacin
de Baselga y acabaron de convencerle de que su esposa haba atentado
contra su honor y se haba burlado de l hacindolo su marido para
ocultar mejor sus devaneos.

Pensando en esto ltimo, la susceptibilidad de Baselga, ya de suyo
irritable, se excit hasta un lmite inconcebible, y semejante al
desesperado que tiene prisa en acabar su existencia, murmur
sombramente:

--Lo que haya de ser, que sea pronto! No tardes en convencerte de tu
deshonra!

Emprendi Baselga apresuradamente la marcha hacia el palacio de la
duquesa, y al atravesar el anchuroso patio, recibi un respetuoso saludo
del portero, que ces de barrer y sigui con ojos asombrados la
ascensin del seor conde por la vetusta y anchurosa escalera, no
pudiendo explicarse cmo el antiguo amante de su seora, de quien sta
echaba pestes delante de los criados, volva a la casa tan
inesperadamente y a tales horas.

Cuando Baselga entr en las antesalas de la duquesa, a pesar de su
preocupacin, detvose algo sorprendido al ver sentado en un banco, con
rostro macilento y ojos hinchados, a un sujeto a quien l conoca mucho.

Era el negro Pablo, el mismo que Pepita haca buscar en aquellos
instantes por la Polica.

Tena todo el aspecto de un hombre que ha estado ebrio por mucho tiempo
y que todava lucha con la postrera y abrumadora influencia del alcohol.

Al otro extremo de la antecmara, y como evitando todo contacto con el
embriagado negro, estaba una mujer vestida con limpia pobreza, pero en
cuyo rostro demacrado lease una larga serie de padecimientos.

La sorpresa de Baselga al encontrar al negro fu ms grande que la que
ste experiment al verse ante su antiguo amo.

Apoyndose sobre los pies, vacilantes e inseguros, irgui el negro su
gigantesco cuerpo, y con estropajosa lengua comenz a murmurar algunas
excusas, que ni l mismo pudo entender.

Baselga, dominado como estaba por un loco furor, necesitaba descargarlo
contra alguien; as es que aprovech la ocasin que le deparaba la
presencia del negro, y levant la mano para golpearle; pero en el mismo
instante, y cuando la mujer se levantaba ya asustada, como buscando por
dnde huir, abrise una puerta inmediata y asom un colosal peinado a la
moda, y despus un rostro que en otro tiempo habra sido hermoso, pero
que ahora, para presentarse, necesitaba una gruesa mscara de colorete.

--Ah! Ests ah! Entra, conde; tenemos mucho que hablar.




VII

El jesuta pierde la partida


Estaba el padre Claudio, de vuelta de casa de los condes de Baselga,
sentado a la gran mesa de su despacho y manejando un sinnmero de
papelotes con una atencin posible nicamente en un hombre como l, para
quien la vida slo era un eterno y enrevesado negocio.

Cuando su reverencia papeleaba, ya se saba en la casa que quedaba como
aislado del mundo, y el portero o cualquiera de los novicios escogidos
que servan en la casa en calidad de ayudantes, se guardaban muy bien de
entrar a estorbarle, aunque fuera para darle un recado del Papa o del
mismo general de la Compaa, que es como si dijramos del
vicepresidente del cielo.

El hermano Antonio era el nico que, por ser como el "alter ego" de su
reverencia, tena el privilegio de entrar en el despacho estando el
padre ocupado, aunque con la condicin de no hacer ruido ni dirigirle
pregunta alguna.

Justamente, aquella maana el "socius" del padre Claudio falt a la
consigna escandalosamente, pues entr en el despacho sin recatarse de
hacer ruido, y arrojando furiosamente su sombrero de teja sobre una
silla, fu audazmente a colocarse junto a la mesa, donde, respirando
jadeante, comenz a limpiarse, con un sucio pauelo de hierbas, el
sudor, que, a pesar de la fra estacin, corra por sus mejillas, ms
arreboladas que de costumbre.

El padre Claudio, al notar la sombra que sobre los papeles proyectaba el
cuerpo del recin llegado, levant rpidamente la cabeza y, con las
cejas fruncidas y el gesto avinagrado, dijo al irreverente secretario:

--Qu hay? Por qu entras de un modo tan impetuoso?

El hermano Antonio fu a hablar, y tantas cosas pareca querer decir de
una vez, que no saba por dnde iniciar su discurso; pero al fin
exclam, con voz trmula:

--Reverendo padre: todo se ha perdido.

--Qu se ha perdido?

--El asunto de la condesa de Baselga.

El jesuta irgui su cuerpo nerviosamente al or esto. La zozobra, que
le era cosa casi desconocida, se pint en su rostro y dijo, lanzando al
secretario una mirada terrible:

--Has visto a tu madre, como te encargu?

--De ello vengo, y he podido saber que la duquesa de Len nos ha ganado
la mano y que el conde de Baselga lo sabe todo ya.

El padre Claudio quedse por algunos instantes fatalmente impresionado,
y dijo al azorado Antonio:

--Calma, hermano. Te desconozco al verte tan impresionado por una mala
noticia. Recobra la calma y dime, clara y brevemente, el resultado de tu
comisin.

--Cuando fu a casa de mi madre, sta haba salido ya haca ms de dos
horas, segn me dijeron unas vecinas. Por los informes de stas
comprend que haba ido a casa de la duquesa de Len y all me dirig
apresuradamente. A la misma puerta la encontr cuando ella sala, y
juzgue vuestra reverencia cul sera mi sorpresa y mi irritacin al ver
que comenzaba a llorar apenas le indiqu la necesidad de que no dijera
una palabra de lo mucho que saba sobre el parto de la condesa de
Baselga. Entre lgrimas y suspiros me cont la escena que haba ocurrido
momentos antes en las habitaciones de la duquesa, y yo qued tan
irritado como sorprendido de la habilidad y paciencia con que esta mujer
sabe preparar sus venganzas. Figrese vuestra paternidad que, para
convencer al conde de las infidelidades de su mujer, no slo se ha
valido de mi madre (de la que ahora me convenzo que puede disponer a su
antojo), sino que durante mucho tiempo, por medio de su mayordomo, ha
estado conquistando a uno de los negros que doa Pepita trajo de Mjico,
incorregible borrachn que, por dinero y por convites, ha consentido en
huir de su casa para ir a la de la duquesa y all servir de testigo a
las afirmaciones de sta. El conde ha ido hace pocas horas a casa de la
duquesa...

--El conde?...--interrumpi con extraeza el jesuta.

--S, reverendo padre. El conde ha acudido obedeciendo un aviso que le
envi la duquesa, de buena maana.

--Parece imposible!--murmur el padre Claudio--. Y yo, que crea ser
dueo de su voluntad!

--Los celos, reverendo padre, cambian mucho a los hombres. El le
prometi a usted, anoche, permanecer impasible, dejando a vuestra
reverencia el encargo de averiguar la conducta de su esposa; pero han
sobrevenido las prfidas insinuaciones de la duquesa, y sta ha podido
ms que los consejos del director espiritual.

--Contina, hermano Antonio.

--La duquesa, con gran abundancia de detalles, ha relatado a Baselga
todas las aventuras de su esposa, y para evitar toda duda ha empleado
como testigos a mi madre y al negro. El conde ha sabido que doa Pepita
era la querida del rey antes de casarse, y que despus ha seguido
sindolo, y la duquesa no ha querido tampoco que ignorara las relaciones
con el frailecito y con el "baronet" de la Embajada inglesa. La
paternidad de la nia tampoco ha quedado en el misterio, y sta es la
ms cruel pualada que ha sufrido el conde, pues hay que confesar que
amaba a la nia con delirio. Para demostrar que sta es hija del rey, y
que naci dos meses despus de lo que Baselga crea, la duquesa se vali
de mi madre, que declar el da y la hora en que asisti a doa Pepita
en el parto, diciendo que si la partida de bautismo apareca escrita en
abril o sea dos meses antes, era por obra de la influencia de la
condesa, que compr al cura de la parroquia. Ha sido una suerte que ni
mi madre ni la duquesa, que son dos imprudentes, hayan mezclado para
nada el nombre de nuestra Orden en las revelaciones, ni hayan dicho que
fu vuestra reverencia quien arregl todo lo referente al bautizo. En
cuanto a las actuales relaciones con sir Walace, el negrazo se ha
encargado de decir la verdad. Primero tuvo cierto reparo de hablar ante
su amo, al que teme con razn; pero esa duquesa, de tal modo se ha
apoderado de su nimo, que al fin le hizo hablar; y el muy villano,
deseoso de vengarse de su antigua ama, que, como a todos los criados, lo
trataba a latigazos, ha contado, con todos sus pelos y seales, cmo,
siempre que el conde estaba de guardia o de servicio en Palacio, entraba
en la casa el arrogante "baronet", y hasta le ha entregado una carta
lacnica, pero comprometedora, que la condesa le haba dado para que la
llevase a la Embajada inglesa.

--Y el conde?--pregunt, con encubierta ansiedad, el padre Claudio--.
No sabes lo que hizo el conde al convencerse de su deshonra?

--Mi madre, cuando habl conmigo, estaba todava asustada por la
terrible explosin de clera de Baselga. Cuando el conde se convenci de
que su esposa le haca traicin, sali corriendo de casa de la duquesa,
murmurando maldiciones y amenazas, con todo el aspecto de un loco.

--Esto es grave!--murmur el padre Claudio y, presa de nerviosa
agitacin, levantse del asiento y comenz a pasear con aire
meditabundo.

--Cunto tiempo hace--pregunt al hermano Antonio--que el conde sali
de casa de la duquesa?

--No lo s ciertamente; pero calculo que pronto har una hora.

--No hay tiempo que perder. Est enganchado el coche?

--S, reverendo padre. Es ya la hora en que vuestra reverencia
acostumbra a ir a Palacio.

--No se trata de eso. Voy inmediatamente a casa de Pepita. El conde es
un brbaro, como ya te dije, capaz de toda clase de violencias cuando se
encuentra furioso. Quin sabe si a estas horas estar haciendo alguna
de las suyas?

--Malos celos tiene el seor Baselga, pero creo que no hara mal vuestra
reverencia en dejar a doa Pepita completamente sola en manos de su
esposo. Es una rebelde que, desde que est en lo alto, desprecia a la
Orden, que tanto la ha favorecido, y se niega a obedecerla.

--Quin te mete a ti a dar consejos? Pepita ha vuelto al redil, y nos
conviene defenderla para que siga prestndonos buenos servicios. Adems,
en sus tormentosas explicaciones con el conde puede ser que para
sincerarse, delate nuestra complicidad en sus relaciones con el rey, con
lo que cesaramos de dirigir la voluntad del conde. Es preciso que yo
vaya pronto all, y el Corazn de Jess quiera que no llegue tarde.




VIII

La clera de Baselga


No era operacin trivial el peinado de una dama en aquella poca.

En todos tiempos ha sido el tocado de las cabezas femeninas empresa
dificultosa que ha necesitado mucho tiempo y no pocas meditaciones, pero
en la ltima poca del reinado de Fernando VII, la tirnica moda llev
el peinado a la ms estupenda exageracin en punto a complicado y
gigantesco.

Pepita estaba ante el espejo de su gabinete, ocupada en arreglar sus
cabellos con el mejor arte posible, cuando oy agitados pasos en la
habitacin vecina, y, poco despus, la puerta de la estancia, que estaba
entornada, tembl al recibir un fuerte empujn, y, girando rpidamente,
fu a chocar contra la pared, con atronadora violencia.

Volvi la bella Condesa la cabeza, asustada por tal estrpito, y vi,
parado en medio de la puerta, al gigantesco Baselga, que tena un
aspecto poco tranquilizador.

Pepita estaba tan acostumbrada a tratar despectivamente a su esposo, y
tan grande era su conocimiento del dominio que ejerca sobre su
voluntad, que no se inmut al notar la expresin horrible de aquel
rostro ceudo, en el cual destacbanse horriblemente los ojos
centellantes, sanguinolentos y que parecan prximos a salirse de sus
rbitas.

Hizo la hermosa un mohn que lo mismo poda expresar sorpresa que
desprecio y volviendo a mirarse en el espejo, dijo, con su tono meloso e
indolente:

--Pero, hijo mo, qu te sucede para que tan descortsmente penetres en
el gabinete de tu mujer? Las costumbres del cuartel te roban tu antigua
buena crianza, y ser preciso que tu esposa te eduque como si fueras un
nio.

El conde pareci no oir estas palabras. Tal seduccin ejerca aquella
mujer sobre su nimo, que, a pesar de la indignacin que le dominaba y
de los terribles proyectos de venganza que se haba forjado desde casa
de la duquesa a la suya, se detuvo, como asombrado, cual si por primera
vez viera a su esposa y quedara subyugado por el incentivo de sus
gracias.

Baselga, a pesar de su carcter enrgico, por no decir brutal, careca
de una voluntad firmsima, y la indecisin se apoderaba continuamente de
su nimo.

Algunos momentos antes pensaba en asombrosas venganzas, y se senta con
mpetu para exterminar, no ya a Pepita, sino a todo el gnero humano:
pero desde el momento que contempl a su esposa sintise de nuevo
vctima de aquel predominio que sta saba ejercer sobre su carcter, y
permaneci un buen rato como atontado, mientras que la hermosa mejicana
segua peinndose tranquilamente.

La calma de su esposa y el desdn que sta manifestaba sacaron a Baselga
de su contemplacin de idiota, y, avanzando al centro del gabinete,
dejse caer sobre un divn, diciendo con voz cavernosa:

--Pepita, tenemos mucho que hablar. Sintate aqu y mirmonos frente a
frente.

--Habla cuanto quieras--contest la hermosa, con su tonillo indolente--;
habla, que ya te oigo y no es necesario que deje de peinarme para
escucharte.

--A sentarte..., y pronto! Yo lo mando.

Volvi su cabeza la mujer con aire de asombro al ver que el antiguo
esclavo se rebelaba demostrando tener voluntad; pero fu para ella tan
extraa la impresin que vi en su rostro que, obedeciendo a un impulso
de conservacin, abandon su peinado y fu a sentarse en el extremo del
divn que le indicaba Baselga.

--Ahora--dijo ste con terrible calma--que los dos nos encontramos
frente a frente, vamos a repasar nuestra pasada vida para que yo me
convenza mejor de que he sido un imbcil y usted, seora, una
tremenda...

Y Baselga di a su esposa un calificativo tan justo como duro, cuya
crudeza disculpaba su inmensa indignacin.

Pepita estaba asombrada y no saba dnde aquello ira a parar; pero como
sobre su conciencia pesaban motivos suficientes para tener miedo a su
esposo, y como ste se mostraba por primera vez con voluntad propia y en
toda la plenitud de su carcter feroz, de aqu que la alegre condesita,
a pesar de su despreocupacin y su descoco, comenzara a perder la
serenidad.

--Seora: lo s todo. No son ya un misterio para m los deshonrosos
amoros que usted ha sostenido antes y despus de nuestro casamiento, y
aun los que hoy tiene con cierto individuo de la Embajada inglesa, al
que muy pronto ajustar las cuentas.

La condesa, a pesar del imperio que tena sobre s misma, no pudo menos
de estremecerse, detalle que no pas desapercibido para Baselga.

--Hace usted bien en temblar. A un hombre como yo no se le engaa
impunemente, pues antes quiero morir o matar, que ser objeto de burla
para nadie.

--Te han engaado, Fernando mo--dijo Pepita con tono zalamero--. Todo
eso que dices de amantes y de deshonra son tremendas mentiras que sin
duda te han imbudo personas que desean mi perdicin.

--Me han engaado, infame? Vas a llevar tu cinismo hasta el punto de
negar lo que he visto casi por mis propios ojos? Bien sabes t que
mientes. Para demostrarme lo contrario, sera preciso que me
convencieses de que no existe un "baronet" llamado sir Walace, agregado
a la Embajada inglesa, y de que es falsa esta carta escrita de tu letra
y en la cual le das una cita para esta misma noche, en que he de entrar
de guardia en Palacio.

Y al decir esto, Baselga arroj en el regazo de su esposa el papel que
poco antes le haba entregado el negro en casa de la duquesa.

Pepita no lo mir. Para qu! Demasiado lo conoca ella, y estaba
convencida desde el primer instante de aquella escena de que su esposo
lo saba todo.

--No contestas? Atrvete ahora, infame, a negar que eres la querida de
Walace, as como tambin de la persona a quien hasta hace poco respetaba
tanto como a Dios, y que ahora no s si mirar con desvo o con odio.
Ah, mujer miserable! Ah, infame ramera! Cmo te habrs redo con el
rey, con ese ingls, y aun con cierto joven fraile, de la mansedumbre de
tu ignorante esposo! Ira de Dios! Qu de burlas habris dirigido
contra el imbcil marido que tan ciego estaba!

El conde, diciendo esto, se haba levantado y se paseaba como una fiera
enjaulada por el reducido gabinete. Sus mejillas, a fuerza de palidecer,
tomaban un tinte cadavrico, y en cambio sus ojos estaban inflamados y
ribeteados de rojo, cual si fuesen de cristal y transparentasen dos
grandes cogulos de sangre.

Recordando el infeliz Baselga su deshonra, e imaginndose el ridculo
papel que por tanto tiempo haba desempeado, l, que dos aos antes se
bata por una mala mirada, indignse hasta el punto de parecer un loco;
sus dientes rechinaron, una oleada de densa sombra pas rpidamente ante
su vista, y sinti una necesidad tan imperiosa de desahogar su furor,
que alarg instintivamente su fuerte diestra, y al pronunciar las
ltimas palabras, descarg un tremendo bofetn sobre Pepita.

La fresca mejilla se amorat bajo tan fuerte golpe, la huella de la mano
qued marcada en la tersa tez, y la condesa, a pesar de ser fuerte y
robusta, vacil, llegando casi a doblarse sobre el asiento.

Pepita, llevndose las manos a la parte dolorida, psose a llorar
silenciosamente, y el conde pareci que despertaba de un horrible sueo.

Nunca Baselga se hubiese credo capaz de golpear a una mujer, y, al
contemplar su obra, sinti tal desesperacin que casi estuvo tentado de
pedir mil perdones a aquella misma mujer que tanto le haba ofendido.

En uno de sus brutales arranques llevse la diestra a la boca para
morderla furiosamente, como en castigo a su desacato, y sigui paseando
por el gabinete, mientras que la condesa lloraba con aire resignado, sin
perjuicio de pensar en su interior que una bofetada era poca cosa si con
ella sola lograba salir de tan tremenda situacin.

Por mucho tiempo permanecieron callados los dos esposos y paseando el
conde agitadamente; fu borrndose poco a poco de su cerebro la
expresin de lstima que le haba producido su propio desacato, y
nuevamente los celos y la indignacin excitaron su carcter violento,
hasta el punto de que volvi a reanudar el penoso dilogo con su esposa.

--No llore usted. Las mujeres que faltan a sus deberes deben tener el
suficiente valor para sufrir las consecuencias de sus crmenes, y, ya
que son malvadas, que lo sean de veras sosteniendo toda la
responsabilidad que sobre su conciencia se han echado.

Luego aadi, riendo sarcsticamente:

--Yo la crea a usted de ms valor. Hasta hace poco estaba sometido a su
voluntad, tenindola por una mujer de gran entereza; pero ahora veo que
es usted un tiranuelo sin energa, que ni aun tiene la grandiosidad de
sostener sus crmenes. La crea a usted de ms valor, y me alegraba.
Quera ver si usted, defendiendo sus crmenes, mostraba gran energa,
hasta el punto de fingir un nimo varonil, para entonces hacerme yo la
ilusin de que trataba con un hombre y exterminarla, que es lo nico que
usted merece.

Al hablar de exterminio, Baselga se acerc a su esposa, y sta
incorporse, asustada, gritando con temblorosa voz:

--Fernando mo, por Dios! Perdname; piensa que tienes una hija y que
yo soy su madre.

Dur algunos instantes Baselga entre extender sus brazos contra aquella
mujer  separarse de ella, y, por fin, al oir que hablaba de su hija,
prorrumpi en una interminable carcajada, de sonido tan raro, que
crispaba los nervios.

--Conque yo tengo una hija? Por ella te he de respetar?

--S, Fernando mo; piensa en tu hija y en que yo soy su madre, y as me
perdonars. Te han engaado, han mentido para perderme..., esa carta es
falsa..., yo no conozco a ese ingls..., yo no conozco a nadie...
Quieres que traiga aqu a tu hija?

--No la traigas--grit con voz tonante el conde--. La pobre criatura es
inocente y no debe pagar las faltas de nadie. Si la trajeras, sera
capaz de estrellarla contra la pared, con toda tranquilidad, pues no hay
en su sangre una sola gota de la ma.

--Que no es tu hija?--exclam Pepita, con un asombro que le hubiera
envidiado la ms consumada actriz.

--Mira, Pepita: no sigas mintiendo, o de lo contrario no respondo de m.
Te he dicho que lo s todo, y as es la verdad. Esa criatura no es hija
ma. Ah est para atestiguarlo la mujer que te asisti en el parto, la
cual confiesa que la nia naci dos meses despus de la fecha que t me
anunciaste. T sabrs quin es su padre, pues no se habr borrado an de
tu memoria el recuerdo del hombre a quien te entregaste despus de mi
partida.

Pepita, al conocer que su esposo estaba tan bien enterado, experiment
mayor turbacin, y slo supo decir, con la inconsciencia de un autmata:

--Mentira; todo lo que te han dicho es una falsedad. Alguien me quiere
perder.

--S; alguien te pierde, pero es tu misma desvergenza. Mira esa carta
que an tienes sobre las rodillas, examina bien la letra, y despus
atrvete a negar que la has escrito t misma para un amante que hace
tiempo absorbe tus sentidos, hasta el punto de olvidarte de tu esposo y
de tu hija.

La condesa, no sabiendo qu contestar, apel a la suprema razn de la
mujer, y volvi a llorar, ocultando el rostro entre las manos.

Mucho tiempo pas Baselga paseando por la habitacin con aire
meditabundo, y, al fin, se par ante su mujer, exclamando con voz
cavernosa:

--Seora: es necesario que esto concluya. S bien que ante los ojos de
Dios, que es enemigo del pecado, tengo yo derecho a exterminar a la
mujer que tan vergonzosamente ha mancillado mi honor, pero un valiente
no se ensucia jams con la sangre de un ser dbil. Hace poco me senta
capaz de estrangularla entre mis manos, pero ahora me felicito de no
haber adoptado tan extrema resolucin, que vendra a aadir nueva
vergenza a mi deshonra. Otra ser mi venganza y cual corresponde a un
caballero que tiene derecho a llevar alta la frente.

Dijo Baselga estas ltimas palabras con tanta firmeza, que Pepita
levant, asustada, la cabeza y pregunt con ansiedad:

--Qu piensas hacer?

--Hoy mismo, seora, quedaremos separados y buscar a ese ingls, al que
usted tanto ama, para cambiar algunas balas o darnos de estocadas; pero
antes ir a Palacio, pues nuestro divorcio no ha de quedar en el
misterio, ni un conde de Baselga ha de abandonar a su esposa sin que
todo el mundo sepa la causa. Hablar con la reina Amalia para que sepa
la conducta de su esposo y la de una dama de su servidumbre de honor, y
usted, seora, no podr ya volver a Palacio y la alta sociedad le
repudiar de su seno. S perfectamente que entre las gentes de Palacio
hay muchas seoras que slo de tal tienen el nombre y que proceden con
sus maridos tan infamemente como usted con el suyo; pero eso no
aminorar la pena que yo la destino, pues en ciertas esferas el
escndalo es lo que mata, y las ms culpables y dignas de castigo son
las que ms se apresuran a abrumar con su desprecio a la compaera de
pecado que no ha sabido impedir que fueran conocidas sus faltas. Soy
joven; hasta hace poco era un imbcil; pero el dolor y la venganza han
operado en m una transformacin y hoy veo claro cuanto me rodea, y
conozco que, para un carcter altanero y soberbio como el de usted, el
peor castigo es verse abandonada de todos y despreciada por las mismas
mujeres cuyos celos y envidias provocaba hasta hace poco. Todo Madrid
sabr que la baronesa de Carrillo es una prostituta sin vergenza, una
mujer infame, que su marido, el conde de Baselga, la ha abandonado por
conservar limpio su honor, y quiere que todo el mundo lo sepa.

Efectivamente; deba de ser para Pepita muy terrible el castigo que le
prometa su esposo, por cuanto temblaba y mostraba ms miedo que
momentos antes cuando Baselga la golpeaba.

Este miraba fijamente a su esposa, adivinando el efecto que en ella
causaban sus palabras, y para hacer mayor su tormento, aadi con cierta
complacencia:

--Todo Madrid sabr quin es usted y la escupir en el rostro. Las altas
damas de Palacio le negarn la entrada en sus casas, y cuando la
encuentren en la calle, si se dignan fijar en usted sus ojos, ser para
dirigirla miradas de desprecio; los hombres, si la hablan, ser para
dirigirla palabras capaces de ruborizar a la pecadora ms perdida; toda
persona virtuosa y de honor huir de usted, y hasta los buenos padres
de la Compaa, esos santos varones que dirigan su conciencia, se
negarn en adelante a ser el sostn de una ramera con ttulo de
baronesa.

--No! Eso no!...--exclamo Pepita involuntariamente al or el nombre de
la Orden y fu a seguir hablando, pero de pronto palideci, y bajando la
cabeza sumise en el silencio.

La condesa, al ver includo entre sus castigos el desprecio de los
jesutas, experiment la involuntaria tentacin de hablar, y hasta su
lengua fu a decir que ellos eran los principales causantes de su
infidelidad conyugal; pero en tal instante el recuerdo del misterioso
poder de la Orden y de lo que sta era capaz para castigo de los
imprudentes, pas rpidamente por su imaginacin y crey prudente
callar, exponindose a un castigo problemtico, como era el manifestado
por su esposo, para librarse del castigo de la Compaa, que era mas
cierto.

--Cmo que no?--pregunt Baselga apenas su esposa dijo tales
palabras--. Duda usted acaso de que los jesutas abandonarn a una
esposa adltera e infame? La Compaa de Jess es una religin de
hombres virtuosos y humildes, que sienten horrible antipata contra el
crimen y la deshonestidad, y que la abandonarn a usted apenas se
convenzan de sus terribles faltas. Ve usted al buen padre Claudio,
siempre tan atento y deferente? Pues tengo la seguridad de que apenas
sepa que es usted una esposa adltera, se llenar de santo horror, y su
indignacin no tendr lmites cuando yo le cuente que usted ha sido la
querida del rey, logrando con sus infernales tentaciones que el monarca
ungido de Dios cayese en el pecado.

Si la condesa no hubiera tenido el rostro oculto entre sus manos, tal
vez se la hubiera visto sonreir sarcsticamente mientras su esposo
hablaba de las virtuosas indignaciones del padre Claudio.

La rabia que senta el violento Baselga, aquel afn de venganza brutal
que no poda desahogar por miramientos de sexo, producan en el
gigantesco comandante una angustia terrible, que al fin le oblig a
dejarse caer en un silln, donde permaneci mucho tiempo con los ojos
entornados y respirando jadeante como si fuera vctima de mortal
congoja.

Pepita, a pesar de que haca tiempo miraba con indiferencia a su esposo,
senta hacia l cierta atraccin desde que lo vi tan magnfico e
imponente durante la terrible y brutal explosin de su rabia, y adems
necesitaba calmar su enojo por medio de caricias. Por esto comenz a
mirar con inquietud al conde, que pareca prximo a ser vctima de una
congestin que pusiera en peligro su existencia.

Mucho rato permaneci Baselga inmvil y como abstrado, hasta que por
fin di seales de ir serenndose, y abriendo sus ojos los fij en su
esposa con extraeza.

--An est usted aqu? Quiere usted acaso continuar mintiendo por ms
tiempo y engaarme con sus miserables embelesos? Salga usted
inmediatamente de aqu y que no la vea durante las pocas horas que
permanecer en esta casa; de lo contrario, podra caer nuevamente en la
tentacin de hacerme la justicia por mi mano. Diga usted a mis
asistentes que preparen mi equipaje para poder salir hoy mismo de esta
casa.

Con tal imperio dijo Baselga estas palabras que la condesa se vi
forzada a obedecer, y a paso lento se dirigi hacia la puerta; pero al
llegar a sta se detuvo, y adoptando una actitud resuelta, volvi al
centro de la habitacin.

Baselga la mir con cierto asombro.

--Yo no puedo permitir que t te vayas--dijo, mirando a su esposo con la
misma expresin incitante que horas antes haba empleado con el padre
Claudio.

--Cmo! Qu quiere decir eso?

--He dicho que no te vas, y no te irs.

--Y quin puede impedir que yo te abandone?

--Yo!, o mejor dicho, mi amor.

--Tu amor!--exclam Baselga con extraeza, e inmediatamente rompi a
reir con lgubres carcajadas.

--Con que me amas, Pepita ma!--dijo con acento sarcstico--. No es
mala la treta para abusar una vez ms del marido bonachn, del bestia
ridculo de quien tantas veces te has redo. Sin duda, temes las
consecuencias del castigo con que te he amenazado, y te propones
evitarlas intentando resucitar en mi pecho el ascendiente que hasta hace
poco tuviste.

--Di lo que quieras; insltame cuanto gustes, llmame perdida, golpame
como a un perro, que todo esto no impedir que te ame tanto como el
primer da que nos conocimos.

Aquella mujer era una actriz tan perfecta, que su marido lleg a dudar
de la falsedad de sus palabras.

Tal pasin se retrataba en sus ojos y con tanta ingenuidad hablaba, que
Baselga, atrepellando la lgica de los hechos y lo decisivas que eran
las pruebas que tena para considerar a Pepita como a una mujer malvada
y viciosa, crey por un momento que sta haba ido al deshonor
arrastrada por su carcter caprichoso y que todava le amaba, por lo que
l casi se senta dispuesto a perdonarla.

Tanto adoraba a su esposa aquel hombre tan brutal como sencillo.

Pepita, como de costumbre, adivinaba el efecto que sus prfidas palabras
producan en el nimo del conde, y no queriendo desaprovechar tan
favorable ocasin, apel a todos sus recursos escnicos, y dijo con la
entonacin melanclica de una mujer que ve sus ilusiones prximas a
desvanecerse:

--Yo, Fernando mo, te amo y te he amado siempre. Reconozco, si as lo
quieres, que he sido traidora, que he faltado a la fe jurada; pero esto
no me impide el considerar como la mayor de las desgracias verme alejada
de ti, que eres mi mayor ilusin. Qu ganar tu honor con que nos
separemos pblicamente y el mundo sepa mis faltas y tu deshonra?
Quedaremos los dos solos, abandonados, como si estuviramos en el centro
de un desierto; yo ser muy desgraciada porque te amo, y t sufrirs
gran pena porque me adoras, Fernando; yo as lo reconozco, a pesar de
que t haces cuanto puedes por ocultar tu pasin. El tiempo es un buen
remedio para borrar de la memoria los recuerdos penosos, y no pasarn
muchos meses sin que, dando al olvido el pasado, volvamos a amarnos como
en ms felices tiempos. Qu ganas con huir de esta casa?

--Lo que t temes--dijo el conde con expresin sarcstica--es el
escndalo y el desprecio pblico que caern sobre ti apenas publique yo
tu deshonra.

--No, esposo mo; lo que yo temo es verme alejada de ti. Si tal
sucediera, cree que la vida sera para m terrible carga.

Di la condesa tal acento de sencillez a estas palabras, que Baselga se
sinti ya casi desarmado. Una infame y deshonrosa conformidad comenzaba
a apoderarse de su nimo.

Los primeros impulsos de su terrible furor se haban desvanecido ya, y
casi se senta inclinado a transigir con su deshonra. Amaba a Pepita
como a nadie, y comenzaba ya a pensar en lo pesada y montona que sera
para l la vida as que se viera alejado de su esposa y tuviera que
mirarla en la calle como una mujer extraa y de posesin imposible.

La astuta condesa, que saba la mgica influencia que ejercan sus
gracias corporales sobre aquel gigante, que en su corpachn encerraba
los insaciables apetitos de un stiro, apel a las seducciones de obra
para reforzar sus cariosas palabras, y reclinndose en el divn dej
que algo ms que sus lindos pies asomara por bajo la desordenada falda,
al mismo tiempo que haca ondular su incitante pecho al impulso de una
respiracin agitada y angustiosa.

No tard Baselga en fijarse en tan seductores detalles, y mientras
pareca reflexionar, fijos sus ojos en los encantos de Pepita, sta le
deca con el tonillo zalamero que tanto efecto causaba en sus
adoradores:

--Qu ganaras, hijo mo, con huir de m? Yo comprendo que he sido muy
malvada y debes castigarme. Lo deseo, lo exijo y me considerar feliz si
extremas conmigo tu venganza hasta el punto de que quedes tranquilo y
vuelvas a ser el mismo de antes. Estando junto a m podrs desahogar tu
justa rabia, tratndome como un ser odioso, mirndome con completa
indiferencia. Este, Fernando mo, ser mi mayor castigo, porque yo te
amaba antes mucho; pero ahora te quiero hasta el delirio. Eres soberbio
y sublime como un len cuando te enfadas, y te aseguro que hace un
instante, cuando me abofeteabas, senta tentaciones de besarte. Ninguna
mujer hubiera dejado de adorarte al verte amenazante y magnfico como un
dios. Pgame cuanto quieras, condname a los mayores castigos que puedas
imaginar; pero mame, pues de lo contrario yo misma me dar muerte.

Slo le faltaba aquello al sencillo Baselga para que inmediatamente su
terrible furor viniera al suelo como un castillo de naipes.

Quera permanecer algn tiempo afectando un odio irreconciliable; pero
en su interior estaba ya resuelto a perdonar, y por eso, instintivamente
y sin darse exacta cuenta, avanz algunos pasos hacia su esposa sin
poder ocultar en su rostro la impresin que senta favorable para
Pepita.

Esta, que fingindose distrada por su apasionamiento se fijaba en
cuanto haca su esposo, comprendi que haba ya ganado su afecto, y
continu hablando para asegurarse por completo su tranquila pasividad.

--No dudes en permanecer unido a tu esposa. T amas la gloria, aspiras a
ser un personaje en el Ejrcito, cosa muy justa y nada te perjudicara
tanto en tu causa como un escndalo que redundara en desprestigio de las
personas reales. Piensa que si permanecieras como hasta hoy cumpliendo
tus deberes y no haciendo nada que pudiera desagradar al rey, llegaras
a general dentro de pocos aos.

Detvose Pepita algunos momentos como para estudiar el efecto que sus
palabras causaban en el conde, y creyendo que la promesa de un porvenir
glorioso en su carrera le deslumbraba, acabando de desvanecer todos sus
escrpulos, continu:

--Adems, por qu has de ser t de diferente carcter que la mayor
parte de los que contigo se codean en los salones de Palacio? T dices
que conoces bien a las gentes palaciegas; pero ni con mucho tienes
formado un exacto concepto de su carcter y sus costumbres. Si supieras
cuntos ciegos voluntarios hay entre los cortesanos! Si vieras los
muchos que ven ms de lo que les conviene y, sin embargo callan! Es
porque saben vivir y comprenden que a la sombra de un trono hay que
pasar por muchas cosas para poder medrar. Imtalos t, Fernando mo, y
no te empees en diferenciarte de los dems a ttulo de algunas
preocupaciones que slo alcanzan crdito entre la canalla popular.
Permanece al lado de tu esposa y no te opongas a los caprichos del rey,
que yo me encargo de que dentro de pocos aos seas general. Nada puede
costarte este pequeo sacrificio. Cuando eras soltero, no consentas
que ese vejestorio que lleva el ttulo de duquesa de Len atendiera a
todas tus necesidades, a pesar de ser esto deshonroso? Pues confrmate
ahora a ser un poco complaciente y algo ciego, y piensa que, a pesar de
lo que diga la gente, ser querida de un rey es honor que no todas
alcanzan. Debes pensar en que podemos encumbrarnos bajo la proteccin
del monarca y en que muchos envidiarn tu suerte, pues quisieran tener
una esposa que manejase a su gusto la voluntad del amo de Espaa.

La condesa no pudo seguir. Haba avanzado demasiado haciendo a su esposo
tal proposicin, y no tard en sufrir las consecuencias.

Aquellas cnicas palabras causaron a Baselga el efecto de otros tantos
latigazos.

Quedse como asombrado por la audacia de su esposa, y pareci dudar de
la realidad de lo que oa.

La vergonzosa proposicin, penetrando hasta lo ms recndito del corazn
de Baselga, removi los restos que en l quedaban de dignidad y de
honor.

El pasado surgi luminoso y terrible ante la interna vista del conde, y
un intenso rubor se extendi como una oleada de fuego por sus mejillas,
hasta entonces plidas.

Baselga, que rara vez se acordaba de sus antepasados y que, a pesar de
sus preocupaciones polticas y sociales, no se cuidaba de hacer alarde
de los mritos de sus ascendientes, al escuchar tan infame propuesta vi
desfilar por su imaginacin las figuras de sus progenitores, tristes,
cabizbajas y llorosas, como condolindose de aquella tremenda ofensa que
se ofera a su descendiente.

La impresin era demasiado fuerte para un hombre tan enrgico e
irascible como Baselga.

Sinti que la sangre suba en ardorosa erupcin al interior de su
cerebro, producindole terribles escalofros; sus ojos se oscurecieron,
distinguiendo nicamente en la densa sombra que ante ellos se extendi,
millares de chispas azuladas que bailoteaban con la infernal y
caprichosa ligereza de los duendes en el aquelarre; los brazos avanzaron
con arrollador e instintivo impulso y los crispados dedos agarraron algo
carnoso, suave y tibio, estrujando con brbara complacencia la finura de
su superficie.

Era la garganta de Pepita.

Cuando sta sinti sobre su cuello aquellas frreas tenazas movidas por
feroz impulso, grit agitada por el instinto de conservacin; pero la
voz clara y vibrante, pugnando por salir, se extingui antes de llegar a
los labios, convirtindose en un rugido horrible que tena mucho del
estertor de la agona.

A pesar de la robustez del cuerpo de la condesa, Baselga, oprimindola
el cuello con salvaje complacencia, la levant hasta separar sus pies
del suelo y la agit en el espacio zarandendola como el verdugo que en
la horca se apresura a poner fin a la vida del sentenciado.

Aquella escena tena un carcter tan horrible como repugnante.

El conjunto que formaban aquellos dos cuerpos tan terriblemente unidos
agitbase furiosamente por la habitacin. La condesa, en el estertor de
la agona, agitbase desesperadamente queriendo librarse de la argolla
de hierro que la estrangulaba, y agitando furiosamente los pies en el
vaco, tan pronto golpeaba los muebles, como daba furiosas patadas en
las piernas de su esposo. Este, pugnando instintivamente por librarse de
tales golpes y de los araazos que en su rostro hacan las hermosas
manos de la condesa, iba de un lado a otro de la habitacin con su
pesada carga, sin dejar de oprimirla la garganta, lanzando al mismo
tiempo espantosos juramentos y rugidos con los que desahogaba la salvaje
ansia de destruccin que de l se haba apoderado.

Esta extraa situacin slo dur algunos momentos. De pronto el cuerpo
de Pepita se estremeci de los pies a la cabeza; un suspiro horrible que
semejaba un rugido sali de sus labios, y el conde sinti al mismo
tiempo algo hmedo, caliente y repugnante, que chocaba contra su rostro.

La nueva sensacin le trajo a la realidad, y como si sintiera un asombro
sin lmites ante su propia obra, solt el cuello de la condesa, cuyo
cuerpo cay inerte y sin vida sobre la alfombra.

En la mirada de Baselga se retrat un asombro abrumador. Llevse la mano
a su rostro y la contempl llena de sangre, y al alzar la mirada
asustse al verse retratado en el frontero espejo de un modo horrible.
Su figura tena la expresin siniestra de un asesino, y su rostro estaba
desfigurado por una mscara de negruzca sangre que haca brillar con ms
intenso fulgor sus ojos, semejantes a los de un len cuando va a
despedazar la bestia ya inmolada a sus furores.

Entonces fu cuando se di exacta cuenta de lo que haba ocurrido, y
cuando se convenci de que acababa de dar muerte a su esposa.

Baselga no experiment ninguna sensacin al darse cuenta de su delito.

Era tan grande el hecho, que por su misma inmensidad no caba el
arrepentirse de l inmediatamente, y cay en un estado de estpida
inercia, contemplando con la cabeza baja y fijeza idiota el cadver de
Pepita, cuyos labios, amoratados y henchidos de sanguinolenta espuma,
daban un siniestro carcter a su rostro, que an pareca ms hermoso con
la palidez de la muerte.

Baselga no pudo darse cuenta de cunto tiempo permaneci en la imbcil
contemplacin. De pronto oy sonar pasos en el corredor vecino, y
levantando la cabeza, vi entrar precipitadamente en el gabinete a un
sacerdote.

Era el padre Claudio.

Mucho dominio tena el hermano jesuta sobre sus impresiones, y no eran
pocas las escenas terribles que haba presenciado en su vida; pero a
pesar de esto, al abarcar con una rpida mirada el cuadro que ante sus
ojos se ofreca, no pudo impedir el volver atrs instintivamente.

Vi a Pepita tendida en el suelo con las ropas en desorden, impresas en
el cuello las crdenas seales de unos dedos, y junto a ella, impasible,
pero amenazante, la tremenda figura de Baselga, por cuyo rostro corra
la sangre, destilando gota a gota por el extremo de sus patillas.

Aquel espectculo tan horrible como inesperado logr conmover al
sectario de Loyola y al mismo tiempo que se desvaneca su eterna
sonrisa, su rostro tornbase plido por primera vez en la vida.

Era que senta miedo ante el iracundo Baselga y tema que la condesa
antes de morir hubiese revelado a su esposo la gran participacin que la
Orden tena en muchas de sus faltas.




IX

La moral jesutica.


Al da siguiente entraba el padre Claudio en su despacho donde, como de
costumbre, estaba el hermano Antonio encorvado sobre la gran mesa,
ocupado en la inmensa labor que producan los informes y anotaciones
secretas de la terrible Compaa.

El jefe de los Jesutas, al entrar en aquella vasta pieza, que era como
el templo erigido en honor del podero de la Orden, exhal un suspiro de
satisfaccin, semejante al del peregrino que vuelve a su hogar despus
de un largo viaje.

El secretario, a pesar de su habitual impasibilidad, levant su cabeza,
y con aire de ansiosa interrogacin contempl a su superior.

--Por fin--exclam el padre Claudio--me veo aqu tranquilo y libre ya de
tremendos compromisos. Ay hermano Antonio, si supieras cunto he tenido
que trabajar por culpa de la ligera condesita, a quien Dios tenga en su
gloria, y de la duquesa de Len con la cual cargue el diablo! Supongo
que ya tendrs noticias de lo ocurrido en la casa de los condes de
Baselga.

--S, reverendo padre. Recib vuestro recado, en el que me manifestabais
el triste fin que ha tenido doa Pepita.

--Y qu se dice por Madrid del terrible suceso?

--Nada de particular, reverendo padre. La gente cree que la condesa ha
muerto de un accidente repentino, y que su esposo est desconsolado, sin
que haya quien pueda inspirarle la resignacin suficiente para
sobrellevar la prdida.

--Veo que no lo hemos hecho del todo mal y que he logrado evitar que el
escndalo haga presa del tal suceso. Bastante me ha costado, pues a
pesar de los grandes medios de que dispone la Orden, he tenido que
agitarme mucho para poder conseguir el arreglo de este asunto.

--Y qu dice el conde, reverendo padre?

--El conde es ya uno de los nuestros; la independencia de su voluntad se
ha desvanecido para siempre, y en adelante ser un instrumento
inconsciente de nuestra Orden, y tendr que obedecer a nuestros
mandatos, so pena de caer en manos de la justicia humana.

--Se ha ligado, acaso, a nuestra Orden con alguno de nuestros votos?

--Ha hecho ms todava. Ha firmado un papel con el que somete su
porvenir y su honra a nuestras manos. Toma, hermano Antonio, lee este
papel y gurdalo cuidadosamente en la nota referente al conde de
Baselga. Con tal declaracin su suerte est en nuestras manos y podemos
manejarlo como un instrumento que obedecer ciegamente cuanto la
Compaa se digne mandarle.

El padre Claudio, sacando del bolsillo de su sotana un pliego
cuidadosamente doblado, lo entreg a su secretario, quien ley
rpidamente lo siguiente:

     "Yo, el abajo firmado, D. Fernando de Baselga, conde de Baselga,
     gentilhombre de Palacio y comandante de la Guardia Real de
     Caballera, declaro con espontnea voluntad y ante la presencia de
     Dios, que nos ha de juzgar a todos y que me castigar si miento,
     que he dado muerte violenta a mi esposa, doa Josefa Carrillo,
     baronesa de Carrillo, estrangulndola en un rapto de furor. No
     intento disculpar mi crimen, y por si algn da le place a la
     divina Providencia el descubrirme y castigarme, escribo la presente
     declaracin de mi puo y letra, y la firmo confindome a la
     misericordia de Dios.

Fernando de Baselga."



El hermano Antonio, as que termin la lectura del documento, fij la
vista en su superior y con acento de admiracin, que procuraba extremar
para hacerse ms grato al padre Claudio, exclam:

--Cun grande es vuestra reverencia y qu sabia y expertamente sabe
procurar por los intereses de la Orden! Cmo ha logrado vuestra
paternidad apoderarse de la persona del conde?

--Cuando contempl el terrible espectculo que se haba desarrollado en
casa de Baselga, pens inmediatamente en nuestra mxima, de que es
preciso sacar del mal todo el bien posible, y me propuse, ya que la
suerte de Pepita no tena remedio, el hacer todo lo posible para que no
lo perdiramos todo. Qu hubiramos granado con dejar al conde de
Baselga completamente abandonado en tan terrible situacin permitiendo
que su crimen se descubriera y que la Justicia humana se ensaar con l
como en un vulgar asesino? Hubiera resucitado por esto Pepita? Y, por
otra parte, si el conde hubiese sido juzgado por los Tribunales, no nos
habramos expuesto a que siendo averiguadas las causas del crimen
hubiese aparecido nuestra complicidad en los devaneos de la condesa? Por
esto he credo ms acertado el proteger a Baselga, no descuidando de
paso el hacer de l un agente de la Compaa. S muy bien que al
presente sus servicios no nos sern de gran utilidad, pues es casi un
imbcil; pero como perro de presa no tiene precio, y el da en que la
revolucin vuelva a levantar la cabeza y necesitemos hombres que
defiendan con valor los privilegios de la Iglesia y de nuestra Orden, el
conde ser un excelente combatiente, lo mismo que si por la fuerza de
las circunstancias tuviramos que dar nuestro apoyo a los que ya piensan
en sustituir al rey don Fernando por el infante don Carlos.

--Efectivamente, reverendo padre, el conde es un excelente soldado y de
seguro que algn da tendremos que recurrir a su espada y quin sabe si
con el tiempo llegar a ser el campen armado de la Compaa de Jess.
Pero cunteme vuestra reverencia, si con ello no falto al respeto que se
merece, cmo fu lo que sucedi cuando visteis al conde ante el cadver
de su esposa.

El padre Claudio, que haba ocupado su silln habitual, frunci el ceo
ante aquella muestra de curiosidad que daba su subordinado y que tan
contraria era a las reglas de la Orden; pero senta, a pesar de su
carcter, gran deseo de relatar lo que haba ocurrido, pues la enormidad
de aquella tragedia inesperada haba trastornado por completo su
carcter y modo de ser.

--Satisfar tu indiscreta curiosidad, aunque slo sea por una vez. El
conde estaba en un estado casi rayano al idiotismo, y cuando yo, ante el
cadver de su esposa, le increp lleno de santa indignacin llamndole
asesino, pareci no entenderme ni darse exacta cuenta de la enormidad de
su crimen; pero de repente, y cuando ms extremaba yo mis acusaciones,
sali de su ensimismamiento y llorando como un nio el infeliz se arroj
a mis plantas pidiendo a gritos que le salvara de aquella situacin
terrible en que le pona el resultado de su furor. Las consideraciones
que antes te he expuesto pasaron rpidamente por mi imaginacin y
determin salvarle, pero antes le exig que para ponerse bien con Dios y
pedirle perdn por su crimen escribiera este documento que te acabo de
entregar. Habamos pasado a una habitacin contigua a aquella donde se
haba verificado el crimen, y Baselga comenz a escribir cuanto yo le
dict, sin oponer ninguna resistencia, y es ms, sin comprender cuanto
iba diciendo, pues el infeliz estaba en tal estado que de seguro a estas
horas apenas si comprender an la importancia del documento, con el que
se ha ligado eternamente a la Compaa.

--Y qu hicisteis para salvarle cuando el importante documento estuvo
en vuestro poder?

--Lo primero era evitar que se supiera cmo la condesa haba muerto a
manos de su esposo, y yo mismo fu a buscar a uno de nuestros hermanos
de hbito corto, el famoso doctor Rodrguez, a quien, como t sabes,
hemos convertido, merced a nuestra influencia y poder, en una eminencia
cientfica, a pesar de su ignorancia, y de que yo antes me dejara morir
que permitirle me tomara el pulso.

--Y qu le hizo el doctor Rodrguez?

--Me obedeci como un buen hermano apenas me present en su casa y me
sigui a la de la condesa, donde a pesar del gran imperio que sobre sus
impresiones tiene y de su reconocida dureza de corazn, no pudo menos de
conmoverse. Te digo que el espectculo que ofreca el cuerpo de la
condesa tendido en medio de su gabinete era para aterrorizar al hombre
ms feroz.

A pesar de esta afirmacin, el padre Claudio hablaba con completa
tranquilidad, y su voz meliflua no se alteraba con el recuerdo de
aquella sangrienta escena.

Realmente el jesuta no tena de qu condolerse. El negocio no haba
sido del todo malo. Bien era verdad que la Compaa, con la muerte de
Pepita, haba perdido uno de sus ms tiles auxiliares, pero este
accidente haba servido para ligar ms a la Orden a un Hrcules que
poda prestar en adelante muy buenos servicios.

El hermano Antonio tampoco se conmova gran cosa. Aquella relacin de un
suceso espantoso estaba en armona con sus malvadas aficiones, y pareca
oirla con deleite y hasta con gustosa impaciencia, pues fijaba sus ojos
en el rostro de su superior para adivinar las palabras. En algunos
pasajes del relato revolvase nerviosamente en su asiento y agitaba su
cabeza como olfateando el espacio. Haba en l mucho de la fiera que
dilata su hocico al husmear en el viento las emanaciones de la sangre.

El "socius" estaba horrible escuchando con tanto placer la descripcin
del repugnante aspecto que ofreca el cadver de la condesa, y el padre
Claudio contemplaba con agrado el espritu infernal que se
transparentaba tras los ojuelos del mastn ensotanado que le serva de
secretario.

--Era necesario, como antes he dicho--continu el lindo jesuta--, hacer
ver que Pepita haba muerto naturalmente, y el doctor Rodrguez, una vez
repuesto de su primera impresin, determin que la muerte de la condesa
fuese a causa de una congestin cerebral. El tinte violceo que la
estrangulacin haba dejado en el hermoso rostro daba algn fundamento a
la suposicin de tal enfermedad.

--Y el conde? Qu haca entretanto, reverendo padre?

--Lloraba como un nio y se mostraba tan dbil que casi no poda andar
sin descansar a cada instante su cabeza sobre mi pecho. Cuando volv yo
con el doctor Rodrguez, tuvimos que separarlo a viva fuerza del cadver
de su esposa, al que estaba abrazado como un loco dndole furiosos
besos.

--Y de qu modo acab vuestra paternidad por dar un carcter natural al
suceso?

--Sabes que a m, aunque humilde siervo del Seor, me sobran los medios
para salir triunfante de todos los conflictos, y en el de ayer he tenido
pericia suficiente para no dejar un solo cabo suelto ni desperdiciar el
menor detalle que delatase la verdad de todo lo ocurrido. Lo primero y
ms urgente era el dar un aspecto de fallecimiento natural al cadver de
Pepita, e inmediatamente pusimos manos a la obra el doctor y yo. Baselga
nos dejaba hacer, mirndonos con estpida indiferencia, y todo su empeo
consista en acercarse al cadver, lo que nosotros procurbamos evitar.

--Y los criados? Dnde estaban? Qu decan?

El hermano Antonio hizo estas preguntas con el acento de un genio
postergado que pilla a un colega en grave falta de distraccin.

--Hermano Antonio--dijo el superior con aire de ofendido--, eres un
ignorante tan presuntuoso, que algunas veces te olvidas de tu posicin
miserable hasta el punto de querer elevarte al mismo nivel de tus
superiores. La culpa la tengo yo, que te concedo libertades que no te
mereces Y te relato por pura condescendencia cosas que no debas saber.
Porque te he dicho algunas veces que siguiendo como hasta el presente
podras algn da ocupar altos puestos en la Orden, te has engreido y
abusas de mi confianza; pero ten presente que as como puedo elevarte
puedo convertirte en polvo, y casi me dan tentaciones de abandonar al
que se muestra como un soberbio e incorregible charlatn.

Baj la cabeza el "socius", anonadado por tal reprimenda, y se apresur
a desvanecer con un nuevo rasgo de rastrera adulacin el mal efecto que
en su superior haban causado sus palabras.

--Reverendo padre, perdn, en nombre del dulcsimo Jess, de cuanto haya
podido decir en ofensa de vuestra reverencia. No soy yo quien ha
hablado, sino el demonio, que muchas veces me impulsa a ser soberbio y
olvidar mi humilde posicin. Perdn, padre mo, perdn, que yo con toda
mi alma me arrepiento de mi soberbia.

Y el secretario se puso de rodillas ante su superior, imitando la
actitud de un nio que tiembla ante el castigo.

Aquello poda resultar degradante, rastrero y vergonzoso para la
dignidad de un hombre; pero deba gustar mucho al padre Claudio, por
cuanto de su rostro se borr la ceuda expresin de desagrado y se dign
extender su blanca y cuidada diestra sobre la mugrienta cabeza del
"socius", dicindole con su dulce voz al mismo tiempo que le bendeca:

--Levntate, hermano; yo te perdono en nombre de Dios, a quien has
ofendido dudando de mi pericia. Porque por centesima vez te repito que
los actos que nuestra Orden realiza responden a la inspiracin del
Eterno, y, por lo tanto, peca el que pone en duda su eficacia, pues as
como Dios no se equivoca nunca, jams pueden equivocarse los directores
de la Compaa, que es la gloriosa milicia de Cristo. Tu dices que eres
creyente y por esto siempre debes creer en nuestra santa institucin.
As confo que ser "per omnia secula seculorum".

--"Amn"--contest el secretario con acento contrito, y levantndose del
suelo, volvi a ocupar su asiento.

El padre Claudio, como si estuviera conmovido por tan edificante escena
y no quisiera perder tan buena ocasin para estar algn rato en
comunicacin con Dios, cruz ambas manos con expresin serfica, y
llevndolas a su boca de femenil contorno, al mismo tiempo que entornaba
graciosamente los ojos, quedse en perfecto recogimiento y como
abstrado en la contemplacin de celestiales visiones.

El hermano Antonio no era nombre capaz de dejarse engaar por tales
xtasis y conoca que lo que se propona el padre Claudio era desesperar
con la larga oracin su impaciencia por saber todo lo ocurrido en casa
de la condesa.

Habituado el "socius" a la obediencia, esper pacientemente que su
superior terminase la oracin, y cuando sta acab, no hizo la menor
demostracin de curiosidad, seguro de que de este modo el padre Claudio
continuara su relato.

El secretario conoca perfectamente a su superior, pues ste sigui
diciendo:

--Lo primero que hicimos fu colocar a la condesa en su lecho. El doctor
Rodrguez tiene gran prctica en el manejo de los cadveres, y
aprovechando que el de la condesita estaba todava caliente, y
manejndolo sin ninguna contemplacin y sin fijarse en el crujido de los
huesos, cada uno de los cuales haca palidecer a Baselga, consigui
darle el aspecto de un cuerpo que no estaba contrado por los horrorosos
espasmos de una muerte violenta. El rostro de Pepita tornbase por
instantes de un color espantoso. El color crdeno habase convertido en
negruzco; los ojos parecan prximos a saltar de las rbitas, y la
lengua asomaba rgida por entre los labios; pero Rodrguez no es manco
para esta clase de trabajos, a los que ms de una vez lo hemos dedicado,
y con todo el cuidado de un artista, fu transformando y retocando
aquella espantosa fisonoma. Los ingredientes del tocador de la condesa,
hbilmente usados, nos prestaron un gran servicio. La blanca pasta que
en los saraos haba embellecido el rostro de Pepita, sirvi en tal
ocasin para cubrir las repugnantes manchas de sus mejillas; otros
afeites lograron dar una palidez dulce a sus amoratados y sanguinolentos
labios; cerramos sus ojos, arreglamos sus espeluznados cabellos, y
cuando subimos el embozo de la cama hasta no dejar al descubierto ms
que una parte de la cabeza, quedamos satisfechos contemplando nuestra
obra. La condesa no tena a la vista la ms leve seal de haber muerto
violentamente.

El hermano Antonio crey del caso hacer un gesto de admiracin, para
adular a su superior, y ste sigui diciendo con expresin de hombre
satisfecho:

--Entonces fu cuando llam a los criados. Estos se hallaban en la
antesala, confusos y alarmados, pues ya momentos antes haba yo salido
para manifestarles que su seora estaba muy grave y enviar a uno de
ellos a la botica con una receta que a toda prisa escribi Rodrguez, y
en la cual peda los primeros medicamentos que se le ocurrieron. Cuando
manifest a toda aquella chusma que su duea acababa de morir y les
mostr su cuerpo en la cama, hubo los llantos y lamentaciones propios
del caso; pero yo no les dej mucho tiempo entregados a los arranques de
mercenario dolor, pues fu enviando a cada uno a cumplir las comisiones
necesarias en aquella situacin. Al poco rato las campanas de la
parroquia tocaban a muerto, en Palacio se saba ya por orden ma el
inesperado fallecimiento de la condesa de Baselga, vctima de una
congestin cerebral, y tenamos ya en la casa un lujoso atad, un hbito
y todo lo necesario para el tocado fnebre de la difunta. Mientras todo
esto se haca por mis disposiciones, Rodrguez lavaba al conde la sangre
que an tena en el rostro, haca desaparecer de ste los araazos que
le haba hecho Pepita y extenda la partida de defuncin con todos los
requisitos de legalidad.

--Y quin amortaj a la condesa?

--El doctor y yo. Llegaron al poco rato a la casa gentes encargadas del
fnebre servicio, pero yo, tanto a ellas como a los criados, los desped
diciendo que la condesa, momentos antes de expirar, se haba confesado
conmigo, manifestndome con gran empeo que no quera que su cuerpo
fuese profanado por manos mercenarias, por lo que rogaba al doctor y a
m que la vistiramos el hbito de religiosa de la Virgen de la Merced y
la colocsemos en el atad.

--Admiro el talento de vuestra paternidad.

--Vestimos al cadver el tal hbito, cubrimos su cabeza con la blanca
toca, y cuando lo colocamos en el atad presentaba un aspecto tal, que
el ms hbil observador no hubiese adivinado la terrible tragedia que se
ocultaba bajo aquella fnebre estamea. El cuello de la toca ocultaba
las manchas amoratadas que la estrangulacin haba dejado en la garganta
y la parte superior de la blanca caperuza, sombreando los ojos impeda
fijarse en lo abultados que stos parecan bajo los prpados. Al
anochecer nuestra obra estaba concluda y habamos borrado en aquella
casa todo vestigio del crimen.

--Y, aunque os parezca demasiado audaz mi curiosidad, que hicisteis
despus, padre mo? No haba ya terminado vuestra misin?

--Oh, alma ignorante! Y eres t el que en ciertos momentos te atreves
a darme lecciones? Imposible parece que a una penetracin tan exquisita
como quiere ser la tuya se le escapen ciertos detalles. Los vestigios
del crimen se haban borrado ya en la casa, como te he dicho, pero
estaban permanentes y acusadores sobre el cuerpo de la condesa. Figurate
que durante la noche se le hubiera ocurrido a cualquiera de los
encargados de velar el cadver levantar un poco la toca o examinar el
cuerpo de la difunta. Inmediatamente se habra descubierto la terrible
verdad, y aunque nuestra Orden tiene medios para librarse de peligros
an mas grandes, no por esto se hubiera evitado el escndalo. Reconoce,
pues, que yo obr sabiamente al permanecer toda la noche velando el
cadver y sin perder de vista a los que me acompaaban en tan santa
operacin. As se ha podido lograr que prevaleciera el benfico engao y
que nadie se acercara al cadver de Pepita. De seguro que t, soberbio
fatuo, hubieras olvidado tan saludable precaucin.

El hermano Antonio hizo con la cabeza una seal afirmativa, aunque en su
interior no consideraba al padre Claudio tan listo como l mismo se
crea.

Entre tanto, el hermoso jesuta, sacando un bordado pauelo de batista,
se frotaba la cara con fruicin, como si la frescura del trapo
desvaneciese el ardor de su epidermis, y deca con voz lastimera:

--Si supieras cun cansado estoy! Las agitaciones del da anterior y la
contemplacin del cadver de Pepita, a quien ayer maana vi rebosando
salud y vida, no me han permitido cerrar los ojos en toda la noche, y a
pesar de que soy fuerte como el hierro, como t mil veces has podido
apreciar, me siento quebrantado y necesito descansar inmediatamente.

--Esta madrugada--continu el jesuta despus de larga pausa--mi primera
ocupacin ha sido avistarme con el conde de Baselga. El dolor le haba
rendido y estaba inerte sobre un sof de su cuarto, respirando
angustiosamente. El conde debe de haber pasado una noche ms dolorosa
an que la ma. Como comprenders, convena a los intereses de la Orden
el que explorase nuevamente la voluntad de ese fiero, unindolo an ms
estrechamente a nuestra santa Compaa. Te confieso que ms que los
peligros que pudiera proporcionarnos la inesperada muerte de Pepita, me
preocupaba lo que dira ese len furioso al despertar de su delirio del
da anterior y darse cuenta exacta de su situacin examinando las cosas
con frialdad.

--La conversacin sera larga.

--Muy larga, hermano Antonio, y te aseguro que en los primeros momentos
el conde me caus miedo. Las terribles impresiones y la dolorosa crisis
que acababa de sufrir, haban cambiado su carcter y sus facultades
hasta el punto de que yo qued asombrado al orle expresarse con una
energa tan culta y un acento de tan dramtica indignacin, que me
record a alguno de aquellos oradores liberales que alborotaba en las
Cortes durante el maldecido perodo constitucional.

--Eso es un milagro de Dios tratndose de un hombre tan rudo y poco
ilustrado como lo es el seor conde.

--El dolor y los terribles desengaos operan algunas veces en el hombre
asombrosas transformaciones.

--Realmente en el nimo del conde debe de haberse efectuado una
verdadera revolucin.

--Cuando yo comenc a dirigirle las primeras palabras de consuelo,
Baselga pareci despertar. Cada una de mis expresiones fu desvaneciendo
una parte de las nieblas que envolvan su cerebro y, al fin, como el
ciego que de repente ve la luz, se pint en su rostro una expresin de
asombro y de sorpresa y di un suspiro que tena mucho de rugido.
Acababa de darse cuenta exacta de su situacin. Su figura nada tuvo de
tranquilizadora cuando los recuerdos fueron agolpndose en su memoria.
Pasebase furiosamente por la habitacin y con voz entrecortada fu
dando salida a los pensamientos que en tropel acudan a su memoria.
Cmo recordar yo ahora lo que all dijo aquel infeliz para desahogar su
furor! Habl hasta contra el mismo Dios; y al rey, a pesar de todas sus
aficiones realistas, lo puso como un trapo, apurando todos los adjetivos
malsonantes que haba podido recoger en las cuadras de los cuarteles. Te
digo que pareca un tribuno de aquella "Fontana de Oro", de triste
memoria.

--La verdad es que el seor conde tiene motivos sobrados para hablar mal
de S. M.

--As es; pero si hubiera podido orle Chapern o cualquiera otro
director del moderno Santo Oficio, te aseguro que Baselga, a pesar de
todos sus servicios a la causa del absolutismo, estara a estas horas en
la crcel y maana pataleara en la horca de la plaza de la Cebada. Mira
con qu calor hablara, que hasta yo mismo me conmov un poco. Con qu
acento tan lastimero declamaba contra el rey, en cuya defensa haba
derramado su sangre, y que corresponda a tan grandes servicios
arrojando la deshonra sobre su cabeza! Dijo que los reyes eran todos
iguales: bestias miserables que no reparaban en deshonrar a sus ms
fieles vasallos turbando la paz de sus hogares, y acab en su furor
hasta por decir que ya se iba convenciendo de que los revolucionarios
tenan razn, y que los franceses del 93 haban obrado muy cuerdamente
cortando las cabezas de los monarcas.

--Eso dijo!--exclam el secretario con afectado asombro--. No cabe
dudar de que el conde deliraba a impulsos del dolor. Esas palabras slo
se comprenden en un loco.

--Has acertado; el conde estaba loco y aun me afirmo ms en ello cuando
recuerdo que habl de lo dispuesto que estaba a dar una pualada al rey
apenas lo viese, o al menos darle de latigazos as que encontrara
ocasin.

--Eso es horrible, padre Claudio.

--Vamos, hermano Antonio. Finge un asombro menos vivo y con menos
afectacin. A ti, que ests enterado de los secretos de la Orden y sabes
los medios de que sta se vale a veces, no te cuadra el mostrarte
escandalizado del mismo modo que un imbcil realista. Piensa que si
algunas veces el rey don Fernando no quisiera obedecer nuestras
indicaciones y se opusiera a nuestro desarrollo y esplendor, no nos
vendra mal un conde de Baselga, que con su acero y su furor nos
librara de tan temible enemigo. Acurdate de Juan Chatel y de Jacobo
Clemente.

Esta leccin, dicha en tono severo, quit al "socius" el deseo de seguir
fingiendo dramticos asombros, y el padre Claudio continu hablando:

--Por fin, el conde pareci calmarse, aunque sin abandonar por esto sus
propsitos de venganza. Yo le habl entonces con bastante acierto de lo
necesario que era la resignacin y la caridad cristiana en tales casos,
y l no pareci conmoverse mucho con mis palabras.

--Difcil situacin, reverendo padre.

--No desespero yo por tan poco. Tena en mi bolsillo lo necesario para
hacer que el conde desistiera de su hostilidad contra el rey, as como
de su propsito de desafiar a sir Walace y darle muerte.

--Se refiere vuestra referencia al papel denunciador firmado por el
conde?

--Eso mismo. No necesit ms que apuntar el recuerdo de que yo posea
pruebas comprometedoras, para que Baselga se mostrase dispuesto a
obedecerme. Adems, yo ejerzo gran ascendiente sobre su nimo, y l est
profundamente agradecido por el gran inters que me he tomado en ocultar
su crimen. Le pint el peligro que corra su persona tan slo con que
fuera a desafiar al "baronet" de la Embajada inglesa, y le convenc
inmediatamente, hacindole ver que todo el mundo se preocupara de tal
duelo, que el escndalo se encargara de propalar que haba sido
motivado por las infidelidades de la condesa, y que esto podra ser
causa de que muchos curiosos, con sucesivas averiguaciones, llegasen a
adivinar todo lo ocurrido, haciendo pblica la muerte violenta de la
condesa.

--Y qu dijo el conde?

--Se convenci, aunque tardando mucho; pero, al fin, prometi que nada
intentara contra el rey y contra el "baronet".

--Segn eso, seguir formando parte de la alta servidumbre de Palacio
como hasta el da.

--No. Para un carcter violento como el de Baselga, es una prueba
demasiado ruda ver a todas horas al hombre a quien odia y cuya muerte
desea, teniendo que doblar en su presencia la cabeza.

--Pues qu piensa hacer?

--Pedir licencia a SS. MM. por conducto mo, y se retirar a su casa
solariega. All piensa vivir entre los recuerdos de una familia a la que
apenas conoci, y espera que por este medio su dolor se disipe algn
tanto.

--Entonces perderemos tan apreciable instrumento?

--Por qu le hemos de perder? Ese brazo de hierro lo tendremos como en
reserva en un rincn de Castilla; pero el da en que le necesitemos para
dar un golpe en secreto o que la Iglesia se vea precisada a hacer la
guerra a la maldecida libertad, bastar un simple aviso en mi nombre
para que inmediatamente venga a ponerse a las rdenes de la Compaa, a
la que adora. El infeliz est tan abatido por las desgracias y tan
desilusionado de la vida, que considera a la Orden como una segunda
madre.

--Y la nia? Y la hija de doa Pepita y el Rey?

--El conde no ha querido verla. Cuando una camarera, al conducirla al
saln para que contemplara por ltima vez el cuerpo de su madre, la pas
por frente al conde, ste volvi la cabeza, tanto por no mirarla, como
por ocultar en su rostro una expresin poco tranquilizadora. Me temo que
Baselga sera capaz de cometer otra barbaridad si quedara alguna vez a
solas con la nia. Es demasiado vivo su deseo de vengarse del rey.

--Entonces, qu es lo que va a ser de la criatura?

--Por encargo de su padre, la encerrar en un convento de confianza y
adicto a nuestra Orden, donde se encargarn de su educacin.

--Y cundo es el entierro de la condesa?

--Dentro de pocas horas. El cadver va a ser conducido ahora mismo a la
iglesia parroquial, donde se le dir una misa con toda la solemnidad
propia de una persona de tan elevada posicin. No tardar mucho la
tierra en ocultar para siempre en su misterioso seno el crimen de
Baselga. Todo est en regla. El cura de la parroquia ha extendido el
acta de defuncin sin hacer preguntas impertinentes. Le ha bastado saber
que el confesor de la finada y encargado de su entierro era el vicario
general de la Compaa de Jess en Espaa, para que inmediatamente
llenase todas las formalidades necesarias sin hacer la menor pregunta ni
la ms leve objecin. Mucho he trabajado, pero me ha servido de consuelo
apreciar de cerca la gran influencia que ejerce nuestra Orden.

El padre Claudio qued algunos minutos silencioso, en la actitud de
quien piensa en lo que todava le queda por hacer, y dijo despus con
acento imperioso a su secretario:

--Preprate a tomar unas notas. Voy a ir inmediatamente a Palacio para
hablar con el rey, y quiero que a la vuelta estn ya extendidas las
comunicaciones que te indicar, para poder firmarlas.

--Reverendo padre, necesitis descanso. Por qu no dejis la visita al
rey para otro da? Perdonadme la libertad que me tomo al haceros esta
indicacin, pero es hija del inters que siento por vuestra preciosa
salud.

--Es muy urgente lo que tengo que decir al rey. Nadie se burla
impunemente de nuestra Orden, y es preciso que caiga un castigo terrible
sobre los miserables que han osado desobedecernos.

--Hacis muy bien, reverendo padre. Castigad con mano fuerte a los que
no nos sirvan; es el nico medio de sostener el podero de la Orden.

--Voy a aconsejar al rey que castigue con destierro de la corte a la
intrigante duquesa de Len. Esa vieja lasciva tiene la culpa de todo
cuanto ha sucedido. Le dir al rey que Pepita muri de una congestin
cerebral a causa de la pesadumbre que le produjo el saber que la duquesa
haba revelado a Baselga todas sus relaciones con el monarca.

--Reverendo padre, os felicito por la idea. La gente de Palacio
adivinar de dnde viene el golpe y as respetar ms a nuestra Orden.

--Ahora, hermano Antonio, toma notas, y a ver si cuando vuelvan estn ya
extendidas dos comunicaciones dirigidas al brigadier Chapern, como
presidente de la comisin militar ejecutiva encargada del exterminio de
revolucionarios y conspiradores.

Preparse el secretario a anotar, y el padre Claudio, con la seguridad
del que dicta una cosa bien pensaba, comenz a decir:

--La primera es pidiendo a Chapern que prenda inmediatamente a un negro
llamado Juan, criado de la difunta condesa de Baselga, y lo someta a
proceso como complicado en una conspiracin contra los sagrados derechos
del rey y a favor de la Constitucin de Cdiz. Encargarle que si no
halla mritos para enviarlo a la horca, lo meta al menos en presidio
para toda la vida. Si necesita testigos falsos que depongan contra l,
que avise, que ya le enviar yo tres criados de nuestra casa profesa.

El hermano Antonio tom rpidamente algunas notas.

--Ya sabes quin es ese negro--le dijo el padre Claudio--. Es el que
suministr a Baselga por orden de la duquesa, la prueba ms concluyente
de su deshonra.

--Conviene castigarle, y adems, sabe demasiado sobre las interioridades
de la vida de la condesa, y con sus revelaciones poda dar algn indicio
que por el tiempo descubriera al conde. Y ya que estamos puestos a
trabajar, incluye igualmente en esa delacin al otro negro que est
todava en casa de los condes. Con la prxima marcha de Baselga quedar
l completamente libre, y sabe tambin mucho de nuestras entradas y
salidas en la casa y de las relaciones que la condesa tena con los
jesutas. Que Chapern se encargue de los dos morenos convertidos de
repente en terribles conspiradores y los enve a la horca o a presidio.

El "socius" anot aquella nueva orden de detencin, sin que en su
rostro se notara la menor impresin producida por tan estupendas
arbitrariedades.

--Ya est, reverendo padre--dijo a su superior.

--Bueno; ahora toma nota de otra comunicacin, que enviars al mismo
tribunal, pidiendo el procesamiento y el envo a la galera, por unos
cuantos aos, de una partera de esta capital, llamada Manuela Gmez.

Entonces el secretario no permaneci impasible, pues su rostro palideci
hasta tomar un tinte amarillento y mir con asombro y alarma a su
superior.

--Escribe--dijo ste con tono imperioso--. Qu es lo que te detiene?

--Padre mo!--exclam el "socius" con trmula voz--. Esa mujer es mi
madre!

--Un jesuta no tiene ms madre que la Orden.

--Es el ser que ms ha hecho por m en el mundo. Perdn para ella,
padre mo! Perdn para mi madre!

--T lo has dicho no hace mucho rato; Hay que ser inexorable y castigar
con mano ruda a todo el que estorbe y desbarate los planes de la
Compaa. Esa mujer, con sus revelaciones, ha producido la tragedia de
ayer y es preciso castigarla. S, pues, consecuente, y obedece.

El miserable "socius" causaba lstima.

Aquel canalla de sotana mugrienta, por lo regular tan repugnante y
antiptico, estaba transfigurado con el cario filial. Nunca haba amado
gran cosa a su madre y sta haba sufrido continuos desdenes del sr
criado a costa de tantos sacrificios; pero en aquel momento, al verla en
peligro, el instinto filial se sublevaba momentneamente en su
conciencia, borrando, aunque slo por un instante, las criminales
aficiones que le dominaban.

Con el rostro plido, la vista extraviada y el ademn suplicante, el
hermano Antonio pareca implorar compasin de su superior, que le
contemplaba sonriente afectando no comprender la causa de tal situacin.

Hubo un instante en que el "socius" pareci dispuesto a arrodillarse
ante el padre Claudio, pero se detuvo al ver que ste le diriga una
mirada fra y desdeosa.

--Hermano Antonio--dijo el jesuta con altivez y lentitud--, sois mi
secretario y tenis el deber de hacer cuanto yo os diga. Si es que no
estis dispuesto a obedecerme, libre encontraris la puerta. Ni la Orden
ni yo necesitamos hombres ligados al mundo por ftiles preocupaciones.
Veo que me he engaado y que no sois lo que yo crea.

El espritu de maldad que encerraba el cuerpo del "socius" se agit
furiosamente al contacto de tal latigazo y todo el afecto filial se
desvaneci rpidamente.

La diablica ambicin resucit en el hermano Antonio, sus ojos
brillaron, y agitando la cabeza como para arrojar muy lejos tristes y
abrumadores pensamientos, psose a escribir.

El padre Claudio mir por encima de los hombros de su secretario lo que
ste escriba, y al ver que anotaba la orden para enviar a su madre a la
crcel, sonri con expresin mefistoflica y dijo, al mismo tiempo que
golpeaba amistosamente su espalda:

--Estoy satisfecho. T irs muy lejos, pues eres de la pasta de los
grandes hombres. Dentro de poco hars el cuarto voto y la Compaa
reconocer en ti un modelo de jesutas.




TERCERA PARTE

EL SEOR AVELLANEDA




I

El hombre de la rue Ferou


Todos los vecinos del barrio de San Sulpicio, el distrito levtico de
Pars, conocan en 1842 al extranjero que habitaba en la rue Ferou, casi
desde tiempo inmemorial.

Largos aos de residencia en la misma calle le haban dado en el barrio
el carcter de una institucin, y lo mismo las porteras y las vendedoras
de esquina que los cocheros de punto en la plaza de San Sulpicio y los
traficantes en imgenes y objetos de culto, conocan perfectamente a
"monsieur l'espagnol" y podan dar cuenta de todo lo que haca al da,
pues su existencia, a travs del tiempo, se desarrollaba con la
impasible y mecnica exactitud de un reloj.

A pesar de esto, en los primeros aos nadie saba en el barrio a ciencia
cierta el porqu de la estancia de aquel extranjero en Pars; pero todos
presentan que aquella residencia en extrao suelo era forzosa y que
algo haba en su patria que se opona a su paso y le cerraba las puertas
de la frontera.

Como dice Vctor Hugo, "los volcanes arrojan piedras y las revoluciones
hombres".

Aquel hombre era una piedra que las convulsiones de Espaa haban
arrojado de su seno, y que errante por el espacio, fu a caer en Pars.

Nada ms metdico que su vida.

A la una de la tarde remontaba con paso tardo, el cuerpo algo encorvado,
las manos a la espalda y el aspecto meditabundo, la estrecha calle
Ferou, no parando hasta el jardn del Luxemburgo, en una de cuyas
alamedas ms solitarias tomaba asiento en un banco y all, arrullado por
el susurro del ramaje, el piar de los pjaros, los gritos de los nios
que en las inmediatas plazoletas se entregaban a sus juegos, el montono
redoble del tambor de los teatrillos mecnicos y el rumor de la gran
ciudad que semejaba el cansado resuello de un lejano monstruo, se
dedicaba a la lectura de peridicos o permaneca horas enteras abstrado
y meditabundo, siguiendo con vaga mirada los caprichosos arabescos que
el sol, filtrndose a travs del movible follaje, trazaba sobre el
suelo.

La tarde entera permaneca el viejo en el Luxemburgo, y al llegar la
noche volva, siguiendo el mismo camino, a su vivienda de la rue Ferou,
enorme casern perteneciente en otros tiempos a un cortesano de la
antigua nobleza, pero que en tiempos de la Revolucin haba venido a ser
propiedad de un especiero.

En el ltimo piso de dicha casa tena el extranjero su habitacin,
compuesta de dos pequeas piezas que, tres veces por semana, limpiaba la
portera, vieja auvernesa, medio imbcil a fuerza de ser crdula y
devota.

La nica seal que daba a entender a los dems habitantes de la casa la
existencia de aquel hombre metdico y misterioso, despus de la vuelta
del paseo, era la rojiza luz que baaba los vidrios de las dos ventanas
de su cuarto, en las cuales marcbase algunas veces la sombra angulosa
del inquilino, movindose acompasadamente de un lado a otro.

Haba en aquel hombre algo misterioso, capaz de excitar el olfato de la
polica francesa, siempre en busca de conspiradores y revolucionarios, y
de mover la curiosidad de las gentes del barrio; pero el extranjero
tena en su favor un aspecto de honradez y de noble humildad que
desarmaba a los ms tenaces en averiguar vidas ajenas.

A pesar de esto, en el barrio sabase punto por punto todo cuanto haca,
as como ciertos detalles de su pasada existencia.

Una de las porteras, ms hbil en llevar de memoria el registro de los
sucesos ocurridos en el barrio de San Sulpicio, recordaba que el da de
San Juan, de 1814, fu el primero que el espaol durmi en la casa que
ocupaba, y que en aquella poca, durante el imperio llamado de los Cien
Das, una maana sali a la calle, vistiendo un uniforme extrao
adornado con muchas condecoraciones extranjeras, y tomando en la cercana
plaza un coche de punto, se dirigi a las Tulleras, donde Bonaparte
reciba a sus amigos y defensores, en conmemoracin de su vuelta
victoriosa de la isla de Elba.

Este suceso fu muy comentado en el barrio, y agrandado convenientemente
por la imaginacin de sus habitantes, que eran furibundos realistas y
enemigos del Emperador.

Pero, a pesar de esto, no dej de darle cierto prestigio a los ojos de
las porteras de la calle, que, por espritu de compaerismo y por el
honor de la vecindad, se empearon en considerarlo como a un elevado
personaje cado en la desgracia.

Al quedar definitivamente restaurada la dinasta borbnica, la polica
vigil cuidadosamente a aquel extranjero que haba tenido relaciones con
el emperador, y que algunas veces escriba a Jos Bonaparte, ex rey de
Espaa; pero pronto se convenci de que poco se poda conspirar contra
la legitimidad monrquica pasndose las tardes en el Luxemburgo,
completamente solo y las noches encerrado en la habitacin, paseando o
discutiendo con la portera la compra del da siguiente.

Algunas veces el hombre se decida a romper la montona uniformidad de
su existencia, y en vez de ir al Luxemburgo, se encaminaba al
Palais-Royal, despus de almorzar, en cuyo jardn encontraba a otro
extranjero, a otro espaol como l, cuyo traje estaba tan rado y era
llevado con tan noble altivez como el suyo.

Aquel amigo desterrado tena algunos aos ms; pero se mantena robusto
y con cierta frescura. En el Palais-Royal era tan conocido de vista, por
las nieras y los muchachos, como el hombre de la rue Ferou en el
Luxemburgo.

Algunas de las mujeres que se sentaban en los bancos inmediatos a hacer
calceta y a hablar de los tiempos de la Revolucin, que haban
presenciado siendo nias, le llamaban "monsieur Emmanuel", y siempre
miraban con cierta curiosidad una sortija de oro y brillantes que
ostentaba, formando rudo contraste con su humilde traje.

Era, sin duda, un resto de pasada opulencia, que tena la virtud de
disipar las tristezas que a su dueo acometan en la miserea.

Quin era "monsieur Emmanuel"? Sin duda, otro hombre como el de la rue
Ferou, arrojado de su patria por las convulsiones revolucionarias.

Las buenas comadres que diariamente concurran al Palais-Royal, no
recordaban, ciertamente, quin haba credo descubrir el incgnito que
rodeaba a aquel hombre misterioso; dudaban si fu un veterano que haba
sido ayudante en Madrid del mariscal Murat, o un emigrado espaol que
haba tenido que huir de Navarra, con el ilustre Mina, despus de una
tentativa en favor de la libertad; pero lo cierto es que, a mediados de
1818, circul entre ellas la noticia de que aquel "monsieur Emmanuel"
era el mismo Manuel Godoy, prncipe de la Paz, generalsimo de los
ejrcitos espaoles, ministro universal, amigo inseparable de Carlos IV
y amante consecuente de la reina Mara Luisa, el cual, desde la cumbre
de la mayor grandeza, haba sido arrojado a la ms absoluta miseria,
vindose obligado a vivir en Pars de una pensin mezquina que le daba
el rey de Francia, y a remendarse por su propia mano los pantalones,
para poder presentarse pblicamente con aspecto decente.

Las viejas, claro est que no creyeron tal patraa. No porque el aspecto
msero de aquel hombre fuera impropio de un prncipe en la desgracia,
sino porque era imposible adivinar a un ser, en otros tiempos
omnipotente, en aquel viejo alegre, simptico y con aire de rentista
arruinado, que se pasaba las tardes viendo jugar a los nios y
sufriendo, tranquilo y sonriente, sus inocentes impertinencias.

Aquellas buenas gentes ignoraban que la desgracia convierte en humildes
a los orgullosos potentados y hace aparecer la sonrisa benvola en
rostros antes contrados solamente por el gesto del orgullo.

Cuando el hombre de la rue Ferou visitaba a su compatriota, los dos
extranjeros parecan felices hablando de su patria, y, al separarse,
despus de algunas horas de conversacin, llevaban en el rostro esa
expresin bondadosa que produce una necesidad satisfecha.

Aqul era el nico amigo que hasta 1818 se le conoci en Pars al
espaol del barrio de San Sulpicio.

Otro detalle de su existencia era que, una vez al mes, la portera le
suba una carta que, por las marcas exteriores, demostraba proceder de
Espaa.

Aquella tarde la pasaba el hombre en el Luxemburgo, leyendo innumerables
veces dicha carta, y quedndose horas enteras con aire meditabundo; y,
por lo regular, dos das despus llevaba a la administracin de Correos
del barrio un abultado pliego en contestacin a la misiva.

Por la carta mensual saban los vecinos que el seor espaol se llamaba
D. Ricardo Avellaneda, y sacaban la consecuencia de que no estaba solo
en el mundo, pues en Espaa haba quien se interesaba por l y, sin
duda, le remita dinero.

En la poca ya citada, el seor Avellaneda se mantena en un estado
fsico aceptable.

Tena cuarenta aos, pero estaba algo envejecido por los disgustos, y su
espalda encorvada y sus ademanes desalentados le daban cierto aspecto de
decrepitud.

Era de mediana estatura, enjuto de carnes y moreno, hasta tener cierto
tinte cobrizo. Llevaba el rostro totalmente afeitado, conforme la moda
de su juventud, y sus cabellos, ahora canosos, pero, a trechos, de un
negro brillante con reflejos azulados se escapaban en rizada madeja por
bajo las alas de su sombrero.

Tena el rostro algo arrugado, pero sus ojos, grandes y negros, cuando
no miraban distraidamente, brillaban con todo el fuego de la juventud.

El seor Avellaneda, tipo legtimo del rastro que en la poblacin
espaola dej el paso de la raza musulmana, poda pasar en Pars por un
hombre de hermosura original.

Si algunas veces, al salir del Luxemburgo, atravesaba el inquieto Barrio
Latino, y se mezclaba en la inquieta poblacin de estudiantes,
ocurranle lances que arrojaban una vivaz chispa en la sombra de su
montona existencia.

Un da, en el paseo, una griseta del barrio, con aficiones literarias a
fuerza de rozarse con estudiantes y poetas, dijo, mirndole
descaradamente, al mismo tiempo que tocaba en el brazo a su compaera:

--Ese hombre es viejo, pero tiene la cabeza artstica. Mrale bien;
parece Otelo; te digo que no tendra inconveniente en ser su Desdmona.

Estas cosas tenan la rara virtud de hacer sonreir un poco al
melanclico seor Avellaneda.




II

La familia del seor Avellaneda.


El mismo ao ya citado, el caballero espaol alquil el piso principal
del casern que habitaba, y baj a l los escasos muebles de su cuarto
con honores de buhardilla, unindolos a otros, ms nuevos y elegantes,
que un almacenista del otro lado del Sena trajo en varios carromatos.

Aquello fu motivo de admiracin y causa de interminables comentarios
para la portera de la casa y sus congneres de la calle, que, reunidas
en el patio, vean pasar, con ojos codiciosos, las flamantes silleras,
las relucientes bateras de cocina, los espejos deslumbrantes y esas
valiosas e intiles chucheras de adorno que produce la industria
parisin; entretenindose, a estilo de buenas y entremetentes comadres,
en poner precio a cada uno de aquellos objetos.

Durante una semana entera fu motivo de todas las conversaciones, en la
rue Ferou y las inmediatas, aquel cambio radical en las costumbres del
seor Avellaneda, as como tambin la transformacin fsica que ste
haba experimentado.

El emigrado pareca rejuvenecido, pues caminaba erguido, con la mirada
brillante y sonriendo con expresin de hombre satisfecho.

Aquel aspecto desalentado, indolente y melanclico que le caracterizaba
haba desaparecido completamente.

Debilitbase ya la curiosidad, cesaban los comentarios y las aventuradas
suposiciones, cuando una maana, con gran acompaamiento de campanillas
y cascabeles, chasquidos de ltigo y chocar de ruedas, entr en la calle
una empolvada silla de posta, que fu a detenerse frente a la casa
nmero 6, que era la habitada por el seor Avellaneda.

Cuando el zagal del coche fu a abrir la portezuela, ya haba ocupado su
puesto el inquilino de la casa, que, en traje bastante descuidado, sali
corriendo del patio y, profiriendo algunas exclamaciones de sorpresa y
alegra, tir del dorado picaporte, asiendo inmediatamente una mano
blanca y femenil.

Las numerosas caras que asomaban a las puertas, ansiosas de conocer
quin iba en aquel coche que tan inesperadamente vena a turbar la
tranquilidad de la calle, vieron saltar al suelo, con toda la pesadez de
un cuerpo alto y robusto, a una mujer vestida con traje de viaje, y que
inmediatamente se arroj en brazos del seor Avellaneda.

Hubo besos y abrazos, pero los curiosos no pudieron contarlos, con gran
pesar suyo, pues les llam inmediatamente la atencin una moza, de
aspecto bravo y de rostro atezado, que vesta un traje tan pintoresco
como desconocido en Pars, y que baj torpemente del carruaje mirando a
todas partes con azoramiento y asombro.

Las dos mujeres eran seora y criada. Formando un grupo la recin
llegada y el seor Avellaneda, y llevando como apndice a la asombrada
sirvienta, que miraba a todas partes con alarma y pareca querer
confundirse con las faldas de su ama, entraron en la casa, mientras la
vieja auvernesa, sonriendo y haciendo seas de inteligencia a los
curiosos, iba amontonando en el patio los paquetes que el postilln
sacaba de la cubierta y del interior del carruaje.

Aquella misma tarde saban los vecinos de la calle que la recin llegada
era la esposa del seor Avellaneda, que haba estado separada de l, por
muchos aos, por ciertas divergencias de carcter, pero que ahora iba a
buscarle en la desgracia, dispuesta a vivir siempre con l.

Con el cambio de habitacin y la llegada de su esposa, el seor
Avellaneda mud por completo de carcter.

En adelante, las gentes del barrio le vieron salir solo muy pocas veces,
pues iba a todas partes llevando del brazo a su esposa, y no paseaba ya
melanclicamente por el Luxemburgo.

Madame Avellaneda era de carcter muy distinto al de su esposo, y a los
pocos meses consigui trabar ms relaciones en el barrio que su esposo
en algunos aos.

Hablando un francs detestable, pero procediendo con una franqueza
distinguida, que le vala grandes simpatas, trab amistad con los
vecinos e hizo salir a su esposo de aquella existencia de hurn, en la
cual su carcter melanclico le haba sumido hasta poco antes.

Las costumbres de aquella seora gustaban mucho a los devotos habitantes
del barrio de San Sulpicio, y ratificaban sus ideas sobre Espaa, pas
altamente catlico.

Todas las maanas, ostentando una airosa mantilla de blonda, prenda
entonces ms desconocida en Pars que en el presente, iba a oir misa en
la cercana iglesia de San Sulpicio, y dos veces al mes se confesaba con
un cura espaol, emigrado, que en 1808 se haba afrancesado reconociendo
el Gobierno de Jos Bonaparte.

Esta religiosidad no impeda que el seor Avellaneda siguiera
manifestndose tan impo como antes, y que a pesar de que mostraba
empeo en no separarse un instante de su mujer, la dejara ir sola a la
iglesia.

Madame Avellaneda no era hermosa a los cuarenta aos, ni en la primavera
de su vida haba sido gran cosa, pero tena una agradable presencia y
cierta majestad realzada por el gracioso andar propio de una espaola.

Su esposo pareca amarla mucho, y en su presencia guardaba cierto aire
de inferioridad, propio de un adorador.

Tomasa, la criada que trajo de Madrid madame Avellaneda, era una tosca
aragonesa que no lograba aclimatarse en extranjero suelo, y que aun
cuando mostraba una asombrosa facilidad para aprender un idioma extrao,
tena la cualidad de destrozarlo de un modo inverosmil, produciendo la
risa de todas las sirvientas del barrio con su lenguaje hbrido, mezcla
confusa de locuciones espaolas y palabras francesas equvocamente
pronunciadas.

Por tan dificultoso conducto las gentes del barrio fueron enterndose de
que el seor Avellaneda era uno de los espaoles llamados afrancesados,
que por amor a las ideas de la gran Revolucin se haba unido a la causa
de Napolen, y que en la corte de su hermano Jos haba desempeado
altos cargos, llegando a ser su principal confidente y consejero.

Su esposa, en cambio, haba sido defensora apasionada de la causa de la
Independencia, y esto haba motivado el rompimiento de relaciones entre
los dos esposos, y la consiguiente separacin.

Cuando los franceses y sus partidarios tuvieron que evacuar la Pennsula
ibrica, la seora de Avellaneda dej que su esposo fuera completamente
solo a sufrir las tristezas de la proscripcin; pero le amaba tanto, que
al poco tiempo, sabiendo que se hallaba en la miseria, no pudo menos de
escribirle prometindole el envo de una cantidad mensual para atender a
sus cortas necesidades.

Aquella mujer, a pesar de sus preocupaciones de patriota intransigente y
de su odio a los afrancesados, "gente perdida que quera la ruina de la
religin", no poda olvidar su amor, aquel amor que, quince aos antes,
le haba hecho contraer matrimonio a ella, que era nica heredera de
una de las casas ms ricas de Andaluca, con un pobre estudiante que
sala de las aulas salamanquinas con el ttulo de doctor en leyes y la
cabeza atestada de las ms originales ideas, pero que no tena otro
medio de vivir que un msero sueldo en la Oficina de Interpretacin de
Idiomas, que diriga el clebre Moratn.

La correspondencia mensual que sostenan ambos esposos fu poco a poco
formalizndose.

Primero fu fra, indiferente, como de dos personas agitadas por
antiguos resentimientos y que se tratan ms por deber que por cario;
pero poco a poco la antigua pasin fu renaciendo, frases inocentes
sirvieron para recordar pasadas felicidades, y si el seor Avellaneda
pas muchas noches en vela atenazado por el recuerdo de su esposa y
deseando una reconciliacin, su esposa, completamente sola en Madrid, y
casi divorciada del trato social, no sinti con menos fuerza la
necesidad de reunirse con su marido.

Poco a poco las antiguas diferencias fueron desapareciendo; la cantidad
enviada mensualmente creci rpidamente, y, por fin, un da, doa Mara
se decidi a escribir a su esposo que hiciese todos los preparativos
necesarios para una decente instalacin en Pars, pues ella iba a
ponerse en marcha inmediatamente.

De este modo, despus de diez aos de separacin, volvan a unirse
aquellos dos seres que se amaban, pero a quienes haban divorciado las
desdichas de la patria y sus caracteres independientes.

Transcurri ms de un ao sin que nada viniera a turbar la felicidad de
Avellaneda.

El infeliz haba sufrido tanto en su poca de soledad y abandono, que
ahora, al verse acompaado del nico ser a quien amaba, y rodeado de
todas las comodidades que proporciona la riqueza, crea soar.

Si alguna vez iba al Palais-Royal a hacer un rato de compaa a su amigo
Godoy, aunque siempre solo, pues su esposa odiaba ferozmente al
arruinado prncipe de la Paz, contemplaba con lstima al desgraciado
personaje, y en su aspecto, miserable y desalentado, se contemplaba a s
mismo tal como era algn tiempo antes.

Pareca que la fortuna tena empeo en resarcir a Avellaneda de lo mucho
que haba sufrido.

Un hijo era su eterno deseo. Cuando se vea pobre y solo y pasaba las
horas reflexionando melanclicamente, en lo ms desierto del paseo, se
imaginaba la gran felicidad que le proporcionara tener a su lado un
pequeo ser, inocente y alegre, que disipara las tristezas del padre con
infantiles carcajadas, y muchas noches se haba dormido contemplando,
con los ojos de la imaginacin, una cabecita sonrosada, mofletuda y
picaresca, coronada de blonda cabellera.

Ahora el desterrado iba a ver realizado su sueo. Ya no estaba solo;
tena a su lado a aquella esposa, algo dominante, pero en extremo
cariosa, y a aquella ruda sirvienta que, asustada de verse a tantas
leguas de su patria, concentraba todo su cario en sus seores; no se
hallaba ya, como su amigo Godoy, solitario y abandonado, pero no por
esto llegaba en mal hora el fruto de amor, ni resultaba extemporneo el
embarazo de doa Mara, pues el seor Avellaneda haba sufrido demasiado
y senta tanta sed de cario, que poda amar a dos seres a un mismo
tiempo.

El embarazo de madame Avellaneda fu un suceso de importancia para el
sacristn de San Sulpicio y el cura espaol que la confesaba, pues la
opulenta seora, que por primera vez se vea en tan apurado trance, no
vacil en mostrarse rumbosa con la corte celestial, y pocos fueron los
santos del almanaque que quedaron sin misas ni novenas, pagadas a buen
precio.

Cuando lleg la hora del parto, don Ricardo encontrse padre de una nia
que, aunque raqutica y dbil, parecile digna de ser tomada como modelo
de belleza.

Aquel suceso produjo en la casa una verdadera revolucin.

Como si la familia hubiese experimentado un considerable aumento
entraron en la casa dos criadas francesas, y Tomasa, la rstica
aragonesa, tom posesin de la nia, y de tal modo la retena, que slo
cuando lloraba pidiendo el pecho decidase a soltarla.

La infeliz muchacha, por una absurda serie de ideas que se formaban en
su imaginacin, crea tener entre sus brazos a la lejana patria cuando
agarraba a la nia; y hasta comenzaba a mirar con ms simpata a sus
conocidas, las criadas del barrio, porque de vez en cuando, cuando ella
sacaba a paseo a la pequea Marujita, hacan alguna caricia a
"mademoiselle beb".

En cuanto a don Ricardo, intil es decir que se consideraba como un
hombre feliz, puede ser que por primera vez en su vida.




III

T sers su madre!


Creci la pequea Mara del mismo modo que las dems criaturas, y si, al
tener cinco aos, se distingui en algo de las otras nias que con ella
jugaban en el Luxemburgo, fu en lo plida y enfermiza.

Atendiendo a su cualidad de hija nica, ya que sus padres estaban en
edad madura, fcil es imaginarse los cuidados de que stos la rodearan.

Tena la pequeuela en sus padres dos ayos insoportables, a fuerza de
ser cariosos y solcitos, y una esclava en la ruda Tomasa, a quien
bastaba oir a la nia toser dos veces, para pasar en vela toda una
noche.

Apenas la pequea pudo correr y sinti la necesidad de movimiento y
agitacin propia de todos los nios, el padre la llev al Luxemburgo,
con lo que fu cayendo poco a poco en sus antiguas costumbres.

A las dos de la tarde, cuando mayor era la agitacin en el clebre
paseo, gigantesco pulmn del Barrio Latino, compuesto entonces de
callejuelas angostas y malsanas, atravesaba su verja el seor
Avellaneda, erguido, con el rostro plcido y el paso lento, llevando de
una mano, a la pequea Mara, y detrs, como indispensable apndice
atento y solcito, a la bonachona Tomasa, que ya comenzaba a encontrarse
bien entre los "franchutes", y de quien se deca (no sabemos con qu
fundamento) que perfeccionaba sus conocimientos del francs, echando
largos prrafos, al ir al mercado, por la maana, con cierto gendarme
bigotudo, que siempre sala a su encuentro.

Don Ricardo gozaba ahora de un Luxemburgo que en su pasada poca de
soledad le fu totalmente desconocido.

No iba ya a sentarse en las sombras y desiertas alamedas que antes le
eran tan conocidas, sino que se mezclaba entre la gente que se agolpaba
alrededor del quiosco donde una banda militar conmova el espacio con
armoniosos acordes de sonora trompetera, o se colocaba en las
inmediaciones del estanque, donde, con una alegra tan infantil como la
de su hija, segua con la vista la accidentada navegacin de los veleros
barquichuelos que arrojaban desde la orilla las turbas de bulliciosos
muchachos.

El pap sentbase en una silla, confundido entre varias respetables
seoras que, con el cestillo de costura sobre el regazo hacan labores,
acariciadas por los rayos del benfico sol del invierno, mientras que
sus nios jugaban, e inmediatamente Tomasa se alejaba con Marujita,
ayudndola a voltear una gruesa pelota, a rodar un aro o a tirar de un
carretoncito lleno de tierra que la nia arrancaba con su pala.

Doa Mara acompaaba pocas veces a su esposo y a su hija al paseo. Como
si al haber dado a luz a la nia hubiese cumplido en la tierra toda su
misin, la buena seora mostrbase quebrantada y aun algo huraa,
habiendo desaparecido aquel carcter franco y resuelto que tan simptica
la haca.

Mientras la nia estaba en casa no se preocupaba ms que de ella, pero
apenas sala con su padre, doa Mara dirigase a la cercana iglesia de
San Sulpicio, donde pasaba las horas muertas, arrodillada en un
reclinatorio que el cura prroco la haba concedido para su exclusivo y
privilegiado uso. Haba que tener contenta a tan rumbosa parroquiana del
buen Dios.

En aquella seora haban renacido con ms fuerza que nunca las aficiones
devotas, y a pesar de la tranquilidad que reinaba en su hogar, y del
cario con que la trataba su esposo, se consideraba infeliz y crea que
tena sobrados motivos para estar a todas horas solicitando la
proteccin de Dios.

Doa Mara era una de las mujeres que necesitan para vivir de una
continua preocupacin, y, a falta de desgracias, inventarse una para
poder condolerse de ella a todas horas. A guisa de buena catlica, crea
que a Dios le era repulsiva la felicidad de sus criaturas, y que una
poca de bienestar en la tierra era signo de prximos castigos, as es
que temblaba, no por ella, sino por su esposo, que era un impo; que en
ms de veinte aos no haba entrado en una iglesia ms que el da de su
casamiento y el del bautizo de su hija y solicitaba de Dios un milagro
tan grande como era que abriese los ojos de don Ricardo a la luz de la
fe.

Las aficiones religiosas de la madre pugnaban muchas veces con la
indiferencia del padre en punto a la educacin de la nia.

Tena sta poco ms de tres aos, y ya doa Mara la arrebataba muchas
veces de manos de su esposo, que se dispona a llevarla al Luxemburgo, y
la conduca a San Sulpicio, y algunas veces a la iglesia de Nuestra
Seora, siempre que haba gran fiesta religiosa. All pasaba la
raqutica nia algunas horas, fastidiada y nerviosa de permanecer
siempre inmvil y en actitud encogida, tosiendo por el humo de los
cirios y del incienso.

La pequea Mara, hay que confesar, a pesar de las piadosas ilusiones
que se haca su madre, que se avena mal a aquellas duras prcticas
religiosas, y que, si bien le distraan un poco las doradas casullas y
las imgenes sonrientes y brillantes, propias de la seductora industria
francesa, una vez pasada la primera impresin, le resultaba molesto
permanecer en aquel inmenso local, hmedo y obscuro, y pensaba con
placer que, al da siguiente, ira con su padre a jugar en el lindo
paseo, henchido de pjaros y flores.

La asiduidad con que doa Mara frecuentaba los templos le hizo contraer
relaciones de amistad con varios de sus empleados, y all, a principios
de 1823, comenz a hablar mucho en casa y ante su esposo, que la oa con
aire indiferente, de un seor Garca, santo varn que haba hudo de
Espaa por no presenciar los desmanes de los liberales y que gozaba de
cierta influencia sobre el clero de San Sulpicio, cuya iglesia visitaba
todos los das.

Don Ricardo se mostraba por entonces demasiado preocupado por lo que
hara el Gabinete francs en los asuntos de Espaa, y si se decidira a
invadir la Pennsula, y por esto no fij mucho la atencin en cuanto
deca su esposa, ni di las muestras de extraeza que en otras ocasiones
hubiera hecho cuando aqulla le anunci que el santo varn ira uno de
aquellos das a visitarlos.

El seor Garca, de quien ms adelante hablaremos, se present, por fin,
en la casa, y a pesar de toda su santurronera, no result antiptico a
Avellaneda, por la razn de que aparentaba ser un tipo vulgar e
insignificante, incapaz de causar agrado ni repulsin.

Aquel santo de levitn rado era tan humilde, obsequioso y sufrido, que
poco a poco fu hacindose necesario en la casa, y ni aun el mismo dueo
pudo prescindir de l.

Las aficiones de todos encontraban en l un buen compaero. Con doa
Mara iba a la iglesia; al seor Avellaneda lo acompaaba al Luxemburgo,
y hasta algunas veces corra por divertir a la nia, cosa que produca
en el agradecido padre profunda emocin, y a la Tomasa le hablaba de
las rondallas de su tierra, de la Virgen del Pilar y de las fiestas de
Zaragoza, recuerdos que muchas veces hacan llorar a la sencilla criada.

Un ao despus de haber terminado la revolucin espaola comenz a
hablarse en la casa de la rue Ferou de la posibilidad de volver a la
patria.

El constitucionalismo haba muerto, Fernando VII imperaba otra vez como
rey absoluto, los obispos y los frailes eran los verdaderos dueos de la
nacin y los afrancesados no eran ya mirados con tanto odio, por lo que
bien poda volver a su patria el seor Avellaneda.

Adems, doa Mara, por pertenecer a una familia emparentada con la ms
rancia nobleza, tena bastante influencia en la nueva situacin poltica
de Espaa, y ya la iba cansando el permanecer en un pas a cuyas
costumbres no lograba amoldarse.

El que menos deseos mostraba de volver a Espaa era el seor Avellaneda.
Senta la nostalgia de la patria y, especialmente, en lo ms crudo del
invierno, en esos das parisienses tristes y montonos, que pasan
veloces entre un cielo amasado con niebla y un suelo cubierto de nieve,
recordaba el sol de Espaa y los verdes y risueos campos; pero volver a
un pas, despus de muchos aos de ausencia, para encontrarlo ms
brbaro y atrasado que cuando se le dej, es un tormento que no puede
sufrir con calma un hombre que cree en el progreso y que odia la
tirana.

A pesar de esto, el seor Avellaneda no se opona al regreso a Espaa.

Su esposa se dispona a sacudir su calma religiosa y aquella inercia
hija de la devocin, para hacer todos los preparativos de viaje, cuando,
una tarde de invierno, al salir de San Sulpicio, una rfaga de viento
helado se col hasta el fondo de sus pulmones, congestionndolos
mortalmente.

La enfermedad fu tan corta como terrible.

Cuando algn tiempo despus evocaba el seor Avellaneda aquel terrible
suceso, apenas si se acordaba de l, pues en su memoria apareca con la
vaguedad de un sueo.

En menos de dos das la vida de doa Mara fu desvanecindose, y cada
mdico que era llamado a la cabecera de su cama pareca marcar un nuevo
avance de la enfermedad.

Don Ricardo estaba desesperado y como loco, y de seguro que, a no estar
all Tomasa y el imprescindible seor Garca, la enferma no hubiera
muerto rodeada de tan prontos y solcitos cuidados.

Ellos fueron los que la sostuvieron erguida para que no respirara con
tanta angustia en la larga y horrible agona, y ellos los que le
cerraron los ojos cuando la vida qued extinguida en tan robusto cuerpo.

Mientras el seor Garca llevaba a cabo todos los preparativos para el
entierro, don Ricardo, en un rincn de la sala, en cuyo centro estaba el
cadver de su esposa, lloraba como un nio, recordando lo mucho que le
haba amado aquella mujer, a pesar de las diferencias de carcter y
aficiones.

Cuanto Tomasa, tan desconsolada como su amo, aunque mostrando una
entereza ms varonil, entr en la habitacin llevando a la nia de la
mano para que viera por ltima vez a su madre, el seor Avellaneda se
arroj sobre su hija y comenz a besarla desesperadamente como si
temiera que la muerte fuese a arrebatrsela.

Pasado aquel primer mpetu del cario, el infeliz esposo mir a la
atolondrada criada, que lloraba silenciosamente, y le dijo con acento de
fraternal ternura:

--De hoy en adelante los dos estaremos solos para criarla. T sers su
madre!




IV

Crislida.


La vida de Mara fu transcurriendo sin tropezar con ningn incidente
notable.

La muerte de su madre apenas si haba causado mella en su nimo.

Es la muerte un fenmeno fatal que apenas si tiene algn valor para los
seres que acaban de pasar las puertas de la vida.

Sin poseer el cario de su madre ni conservar de sta otro recuerdo que
la imagen confusa de una seora solcita y dulce que la tena en la
iglesia por espacio de muchas horas, Mara fu creciendo al lado de
aquella fiel criada que no poda hablar de su difunta ama sin derramar
lgrimas, que se apresuraba a enjugar reemplazndolas con una sonrisa
para que no turbasen la apasible calma de la nia.

En aquella casa don Ricardo era quien haba experimentado mayor
impresin con la muerte de doa Mara.

Hasta el terrible momento en que el cuerpo de su esposa sali para
siempre de la casa, el infeliz no comprendi lo mucho que amaba a
aquella mujer que de vez en cuando le abrumaba con impertinentes
consejos y sostena empeadas discusiones por el motivo ms balad.

Don Ricardo era un hombre de carcter dbil. Las creencias que se haba
formado con el estudio las mantena firmes e indestructibles en el
interior de su cerebro, pues en la vida social era flojo y dctil hasta
el punto de que su voluntad se doblaba a impulsos del primero que le
hablaba.

Por esto aquel proscripto, que haba pasado en su patria por hombre
perverso y de ideas diablicas, al morir su esposa sinti profundo
desconsuelo, pues necesitaba el genio enrgico e indomable que
esclavizaba continuamente su voluntad.

Adems, don Ricardo, haba sido durante algunos aos ms feliz que nunca
al lado de su esposa, y acostumbrado a tal dicha no poda avenirse a
vivir sin otro amor que el de su hija.

Mientras vivi su esposa, la parte mayor de su cario la dedic a aquel
pequeo ser, cuyas sonrisas le producan inmensa felicidad; pero como es
condicin del hombre adorar todo aquello que resulta imposible de
conseguir, as que muri doa Mara comenz a adorar su memoria con
verdadero fanatismo, y en su corazn ocup la difunta esposa un lugar
ms preferente que la nia.

El seor Avellaneda al quedar viudo cay en un ensimismamiento que daba
cierto tinte ttrico y sombro a su carcter.

La melancola de los tiempos de soledad volvi a reaparecer, pero esta
vez revesta un carcter fnebre.

El recuerdo de la esposa le domin tan completamente, que comenz a
entregarse a ciertas demostraciones de dolor algo extravagantes, y las
cuales hasta hicieron que dudasen de su razn las pocas personas que le
trataban.

Apenas cerraba la noche metase en su antigua habitacin matrimonial,
donde pasaba muchas horas contemplando una miniatura de su esposa que la
representaba tal como era a los veinte aos, o leyendo las cartas que
ella le escribi durante el noviazgo, y que l guardaba con escrupuloso
cuidado; y todas las maanas encaminbase al cementerio del Padre
Lachaise donde permaneca hasta medioda sentado en el zcalo del
pequeo panten y contemplando con expresin estpida la inscripcin
dorada que campeaba en la pirmide que le serva de remate.

Algunas veces la nia y la criada le acompaaban en esta excursin, y
era un espectculo extrao ver cmo Mara corra por las fnebres
alamedas de cipreses, persiguiendo una pelota, o para cargar su carrito
remova con la pala aquella tierra impregnada del zumo de un mundo de
cadveres.

Sin embargo, eran muy contadas las veces que la nia asista a ese
extrao paseo, pues prefera ir al Luxemburgo, donde se diverta bajo la
vigilancia de Tomasa y del seor Garca, que formaban una pareja
inseparable.

Desde la muerte de doa Mara, aquel hombre humilde y bondadoso haba
aumentado su intimidad en la casa. La desgracia haba estrechado los
lazos que le unan con aquella familia de compatriotas.

El seor Avellaneda le miraba con ms simpata, apreciando sus continuas
muestras de dolor por la muerte de su esposa, y le juzgaba
indispensable, a causa de la atencin con que cuidaba de la pequea
Mara y la paciencia con que sufra sus impertinencias infantiles.

A cambio de esto, don Ricardo transiga con que el santo varn
continuara en su casa la tradicin devota y llevara todos los das a
Mara a las iglesias donde haba fiesta importante y a ciertos conventos
de monjas.

Qu humildad tan simptica la del seor Garca! Con qu sencillez
saba hacer los mayores favores!

Su cara rubicunda y de belleza frailuna, su cabecita sonrosada y blanca
y su cuerpo encogido, que se mova al comps de un paso vergonzoso y
leve, como si temiera causar dao a la tierra con sus pies, le daban el
aspecto de un ser inocente y virgen de todo mal pensamiento,
justificando el epteto de "santo varn" que siempre le haba aplicado
la difunta doa Mara.

Tanta era la humilde solicitud que mostraba con el seor Avellaneda, y,
sobre todo, con la hija, que no pareca sino que haba nacido
exclusivamente para servirles.

Su complacencia con la pequea llegaba al ltimo lmite. Con la
sonriente impasibilidad de un esclavo sufra todas sus impertinencias,
al par que su maestro era su juguete, y muchas veces, a pesar de toda su
dignidad, propia de un hombre que era ntimo amigo del cura de San
Sulpicio, visitante del arzobispo de Pars y asiduo concurrente a un
casern de la rue Vaugirard, donde se murmuraba que viva el jefe de los
jesutas en Francia, no tena inconveniente en montar sobre sus lomos a
la pequeuela y recorrer a gatas las diferentes piezas de la casa de don
Ricardo, espoleado por la nia, que le golpeaba las caderas con sus
pies.

Estas bondadosas condescendencias valanle al seor Garca el afirmar
ms su prestigio en la casa y adquirir en ella una dulce autoridad, de
la que apenas se daban cuenta sus amigos, pero que no por esto resultaba
menos eficaz.

La educacin de la nia estaba confiada al vejete, que por su mtodo
suave iba instruyendo a aquel pequeo ser enfermizo y de carcter
caprichoso, que tan pronto se mostraba salvajemente hurao como carioso
con exageracin.

Haca prodigios el seor Garca para ir iniciando dulcemente en aquella
inteligencia, lo mismo atenta que distrada, los principios de una
instruccin que ms que a enriquecer el cerebro con gran caudal de
conocimientos, se diriga a despertar el sentimiento mstico e idealista
y a crear una exagerada devocin religiosa que degenerara en fanatismo.

La nia aprenda a leer en lindos libritos de cantos dorados y
encuadernados en tafilete, donde con estilo melifluo y empalagoso se
relataban estupendos milagros y se hablaba del amor a Dios, empleando
mundanas comparaciones que hubieran hecho ruborizar a Mara, a tener ms
aos y menos inocencia.

Aquella continua lectura y las entretenidas relaciones del seor Garca,
que saba mezclar en la conversacin vidas de santos y santas, narradas
en forma novelesca y en las que el diablo desempeaba siempre el papel
de traidor de melodrama, trastornaba el cerebro de la nia, que a los
diez aos soaba en hermosas princesas que moran en el martirio antes
que abjurar de su fe, y en bellsimos ngeles con armaduras de oro y
rodeados de deslumbrantes resplandores que, aprovechando el silencio de
la noche, descendan del cielo para depositar un casto beso, sobre la
frente de las vrgenes cristianas.

Conforme transcurra el tiempo y creca la nia, don Ricardo sumase en
su melancola y descuidaba la educacin de su hija confiando en la
fidelidad de Tomasa y la amistad del seor Garca, y ste,
aprovechndose de aquella apata y del cario que le profesaba Mara,
proceda como un verdadero padre, disponiendo de su voluntad a su
antojo.

La aversin que la pequea mostr en otro tiempo a permanecer mucho
tiempo en la iglesia, habase trocado, merced a las sugestiones del
carioso protector, en cotidiano y celestial placer, siendo los momentos
ms felices para Mara aquellos en que, arrodillada con todo el aire de
una seora mayor, estaba en la iglesia arrullada por las melodas del
rgano y contemplando aquellas imgenes que con sus ojos de vidrio la
miraban fra e indiferentemente.

Mayor placer le causaban todava las visitas a los conventos.

Tena el seor Garca grandes amistades con las superioras de algunos de
ellos, y all iba una vez por mes acompaado de la nia, que ansiaba
penetrar en aquellas destartaladas habitaciones impregnadas de ese olor
"sui gneris" mezcla de humedad y de incienso, propio de las casas de
religin.

Su viejo preceptor quedbase en el locutorio; pero para ella se abran
las puertas del claustro y pasaba de los brazos de una a otra monja,
siendo acariciada por todas, y volviendo a casa con los bolsillos
atestados de escapularios y golosinas.

La imagen del convento iba grabndose fuertemente en su cerebro.

Los trajes extraos de aquellas mujeres, su gnero de vida, el ambiente
potico de su vivienda, y sobre todo la egosta consideracin de que
encerrndose all ganaba el cario de Dios y se conquistaba el cielo,
causaban gran impresin en el nimo de la nia, y an venan a aumentar
la fuerza de tales sentimientos las palabras del seor Garca, que
estaba elocuente al descubrir las delicias del claustro y lo bien vistas
que eran en el cielo cuantas personas renunciaban al mundo encerrndose
en aqul.

Hay que advertir que el santo varn, despus de estas insinuaciones, se
apresuraba a decir que tal gnero de vida no era para seoritas, que,
como ella, tenan un padre a quien obedecer y cuidar y una gran fortuna
de que disponer; pero tratndose de un carcter impresionable y terco
como era el de la nia, tales cortapisas solo servan para exagerar sus
propsitos y afirmar ms en ella las primitivas ideas.

A los doce aos Mara ya tena adoptada su resolucin.

Saba, porque as se lo haba dicho su preceptor, que el mundo era muy
malo y estaba decidida a huir de l para encerrarse en uno de aquellos
conventos donde podan vestirse trajes teatrales que no se usaban en
las calles y comer golosinas deliciosas que no se encontraban en ninguna
confitera de Pars.

Era aqulla una vocacin ridcula, propia de una cabeza infantil en la
que predominaba la imaginacin; pero el seor Garca deba de tenerla
por muy verdadera, ya que manifestaba cierta satisfaccin y slo haca a
la nia muy dbiles objeciones.

El viejo devoto, a fuerza de bondadosas humillaciones y de serviles
complacencias, haba acabado por hacerse omnipotente en aquella casa.

A la hija la dominaba por la educacin y el sentimiento, y al padre por
la actividad.

La melancola que se haba apoderado de don Ricardo debilitaba su
voluntad, hasta el punto de impedirle el ocuparse de sus negocios.

Poseedor de una colosal fortuna, cuyos bienes radicaban en Espaa, y que
tena el deber de cuidar, pues pertenecan a su hija, causbale inmensas
molestias el tener que ocuparse de la administracin de las fincas, de
los cobros y de la correspondencia con los arrendatarios, y crey muy
natural el confiar esta misin a su amigo el seor Garca, quien se
encarg de ella despus de varias excusas, negativas y salvedades
propias de una conciencia escrupulosa.

Despus de este encargo, el poder del viejo en la casa fu ya inmenso.

Viva fuera, en un pequeo cuarto amueblado de la calle de los Santos
Padres; pero exceptuando las horas de dormir, pasaba el resto del da al
lado de aquella familia, que se haba acostumbrado a considerarlo como
un ser al que estaba ligada por lazos naturales e indestructibles.

Pona el viejo devoto el mayor cuidado en la administracin de los
bienes de su amigo, y ste tena tal confianza en l, que apenas si
diriga una mirada indiferente a los extractos de cuentas que
mensualmente le entregaba.

Aquel hombre era la personificacin de la modestia y el desinters. Don
Ricardo sacuda algunas veces su apata para admirarle.

Era pobre; viva tan modestamente que casi estaba en la indigencia; no
contaba con otro medio de subsistir que los auxilios pecunarios que le
daban los amigos y protectores que tena en el clero, y a pesar de esto
no quiso admitir la esplndida retribucin que por sus servicios le daba
el seor Avellaneda, conformndose, al fin, en aceptar un mezquino
sueldo que l mismo se seal.

Don Ricardo, admirado de aquel ser modelo de virtud, senta decrecer en
su nimo la animadversin que de antiguo experimentaba contra las gentes
devotas, y por no dar un disgusto al santo varn que tan noblemente se
portaba, guardbase de oponerse a aquella educacin exageradamente
religiosa que daba a su hija.

Esta encontrbase ya en el momento crtico en que la savia de la vida
rompe el capullo de la infancia y la nia se convierte en mujer.

Era la crislida prxima a transformarse en mariposa y revolotear en la
risuea primavera de la vida.

Todo sonrea a aquel pequeo y delicado ser, que no conoca las
amarguras de la vida ms que por las rutinarias arengas de su preceptor.
Era rica, estaba mimada hasta la exageracin y acariciaba una dulce
esperanza que alegraba su porvenir.

Mara sonrea de felicidad al pensar que algn da ira a aquel pas
para ella misterioso que se llamaba Espaa, que Tomasa le describa con
tanto entusiasmo y cuya lengua hablaba en el seno de la familia,
causndole sus palabras el efecto de una armona arrulladora.




V

Mariposa.


El perodo hermoso de su vida empez para Mara el da en que su
juventud fu declarada oficialmente, o sea aqul en que tom la primera
comunin.

Don Ricardo admir su traje blanco y su velo de desposada, derram
copiosas lgrimas, producidas tanto por la alegra como por el recuerdo
de su esposa, y lo mucho que sta habra gozado viendo a su hija de tal
modo, y no se le ocurri acompaarla a San Sulpicio, dejando como
siempre que cumplieran con este encargo su fiel amigo y la criada.

Con qu profunda uncin recibi Mara, confundida entre un tropel de
nias con blancas vestiduras, aquel nuevo sacramento de la Iglesia!

Record lo que haba dicho el seor Garca sobre tan importante acto, y
pensando que era nada menos que Dios quien iba a alojarse en su cuerpo,
procur engullirse con la mayor delicadeza el pegajoso cuerpo de Cristo,
que envuelto en saliva baj con solemne parsimonia al fondo de su
estmago.

Aquel acto result conmovedor para los fieles amigos de Mara.

Su segunda madre, la cariosa Tomasa, lloraba ruidosamente, tapndose el
rubicundo rostro con el blanco delantal, y en cuanto al seor Garca,
crea que a falta de lgrimas era muy propio del caso suspirar
angustiosamente, frotndose los ojos con las puntas de su pauelo.

Desde aquel da todo vari en la vida de Mara.

Vistironla de largo y ya no le fu permitido el correr ni jugar en las
alamedas del Luxemburgo, teniendo que resignarse a pasear con aire grave
y los ojos bajos al lado de su padre o de su preceptor.

Se acab para siempre el correr mezclada entre nios, con la cabellera
suelta y ondeante bajo el mal seguro sombrerillo, pues en adelante tuvo
que peinarse horriblemente e ir adquiriendo, por indicacin de su
preceptor, todo el aspecto rgido y antiptico de una doncella que odia
las pompas mundanas y slo piensa en entrar en el cielo.

El seor Garca tena sus planes acerca de su discpula. Era el buen
hombre tan modesto que se juzgaba incapaz de continuar la educacin de
la nia y aconsejaba a su padre la pusiera a pensin en un convento de
confianza, que ya se encargara l de designar; pero Avellaneda, siempre
tan complaciente con su amigo y administrador, sacudi su indiferencia
al escuchar tal proposicin y se neg enrgicamente a separarse de
Mara, y menos a consentir que entrara en un convento, aun en calidad de
educanda.

Aquello molest mucho al virtuoso administrador, pero como su cualidad
distintiva era la humildad, sufri con paciencia el fiero arranque de su
amigo y se conform a que Mara no fuese al convento.

La nia no experiment la menor contrariedad con la negativa de su
padre.

La halagaba la idea de permanecer algunos aos en el convento, llevando
la misma vida espiritual y contemplativa de las religiosas, mas no por
esto detestaba el mundo con la misma energa que algunos aos antes.

Mara llevaba la misma vida que en un convento, y en verdad que con ella
no resultaba muy simptica y alegre la existencia.

Para la nia, los teatros, las "soirs" y las innumerables diversiones
de la juventud eran cosas desconocidas; pero con la edad haba adquirido
gran instinto de observacin y en cuanto la rodeaba adivinaba que en el
mundo exista una vida llena de placeres y de inesperadas impresiones,
muy distintas a la montona y triste que ella arrastraba.

Muchas veces, cuando cerrada ya la noche regresaba a su casa seguida de
sus inseparables amigos, tena que detenerse para dejar paso a veloces
carruajes en cuyo interior se distinguan hermosas damas esplndidamente
vestidas que se dirigan al teatro o al baile, aquellas dos diversiones
desconocidas por la nia, pero que en su cerebro producan un cmulo de
aventuradas y fantsticas suposiciones.

Aquel vago deseo que en el corazn de la joven producan las pompas
mundanas ocupaba su imaginacin durante noches enteras, dejando tras s
amargos rastros, pues Mara juzgaba tales pensamientos obra del demonio,
que quera apartarla de la senda del bien, y para conjurar al infernal
enemigo, saltaba de la cama y pona sus rodillas desnudas sobre el fro
suelo, pidiendo a Dios que no la desamparase y que le diese fuerzas para
desechar tan horribles seducciones.

Mas, por desgracia para la joven devota, el mundo, que es muy pcaro,
pareca complacerse en hacer desfilar ante sus ojos, cada vez con mayor
magnificencia, todas sus seductoras grandezas, y su espritu mujeril se
conmova profundamente con las hermosuras del arte, del lujo y de la
vida elegante.

En el interior de Mara formbanse dos distintas personalidades que
rean empeadas batallas. Los sentimientos de mujer vulgar y de devota
iluminada desarrollbanse en ella en continua lucha.

Durante el da la grandeza mundana ejerca sobre ella seductora
influencia, y contemplando en el paseo las elegantes damas que paseaban
del brazo de sus maridos, senta algo semejante a la envidia; pensaba
con placer en que algn da poda llegar a ser una de ellas y se
propona no encerrarse en un convento, donde la vida resultaba an ms
montona que la que en la actualidad haca; pero as que por la noche
se encerraba en su cuarto y quedaba completamente sola, el silencio
nocturno le causaba inmenso pavor, parecale que el diablo iba a salir
por debajo de la cama gritando entre dos estridentes carcajadas: "Eres
ma", y miraba avergonzada, como solicitando auxilio, las estampas de
vrgenes y santos que adornaban las paredes, acabando por llorar
desesperadamente y pedir perdn por pecados tan horrendos como eran
haber deseado un vestido elegante y un marido guapo, iguales a los que
ostentaban las majestuosas seoras que paseaban por el Luxemburgo.

Aquella interminable lucha que libraban los naturales instintos y los
temores pueriles y ridculos engendrados por una educacin fantica,
causaba gran quebranto a la naturaleza fsica de Mara, que viva febril
y sobreexcitada, con gran alarma de cuantos la rodeaban, los cuales no
podan explicarse sus ratos de meditabunda melancola y sus arranques de
exagerada devocin.

Tomasa casi lleg a creer en algunos instantes que la hija se haba
contaminado del mal del padre y que aquella meditacin tenaz y dolorosa
a la que de vez en cuando se entregaba la conduca en lnea recta a la
locura.

El nico remedio que la joven encontraba para librarse momentneamente
de lo que ella llamaba "prfidas seducciones del diablo" era la lectura,
y con el ansia del nufrago que encuentra un punto slido al que asirse,
lea aquellas obras devotas, de las que tena gran provisin, gracias al
cuidado del seor Garca.

Pero, ay!, que aquellos libros al poco tiempo no produjeron el efecto
apetecido por Mara, pues en vez de afirmar sus aficiones devotas, la
empujaban al mundo y a sus seducciones.

A fuerza de leer comprendi que todas aquellas apasionadas declamaciones
resultaban huecas por lo indefinido de su objeto y porque no lograban
interesar a su corazn, y en los captulos en que se hablaba del amor a
Dios y se dirigan a ste frases como "dulce esposo mo!", "Seor de
mi alma y de mi cuerpo!", la joven senta que en su interior se
despertaba algo nuevo y extrao y repeta distrada y automticamente
las apasionadas palabras con el pensamiento puesto, no en el hombre
desnudo de miembros negruzcos, pecho sangriento y cabeza greuda que
penda de la infamante cruz, sino en cualquiera de aquellos mozalbetes
rizados, vestidos a la ltima moda, con el cigarrillo en la boca y el
lente bailando sobre el chaleco que todas las tardes vea en el
Luxemburgo.

Gustbanle mucho aquellas frases amorosas de los libros devotos; pero el
demonio la tena tan aprisionada entre sus garras a los catorce aos,
que le parecan mas hermosas si iban dirigidas a un hombre de vil
materia que a una de aquellas imgenes de leo santificado.

El diablo hace caer a las dbiles criaturas de la tierra en tan
tremendos absurdos.

La aficin a la lectura fu creciendo de tal modo en Mara, que lleg a
alarmar al bueno del seor Garca.

Parecanle ya fros y montonos los libros de devocin a aquella
imaginacin despierta, y un da, cansada de tan inspida lectura, se
decidi a tomar en sus manos una de las obras que su preceptor llamaba
profanas.

Las dos criadas francesas que estaban en la casa bajo la direccin de
Tomasa eran el perfecto tipo de la domstica en la nacin vecina:
sentimentales, fantsticas y grandes aficionadas a enterarse de las
dramticas aventuras de Alfredos y Arturos y a derramar lgrimas de
ternura en vista de las grandes peripecias que stos haban de sufrir en
el curso de la novela.

Para dar pasto abundante a sus aficiones de impertrritas lectoras,
tenan siempre sobre la mesa de la cocina abundante provisin de novelas
econmicas y folletines poticos, cuyos fragmentos ms interesantes
declamaban en alta voz acompaadas del hervor de los pucheros y del
estrpito de la loza en el fregadero.

A aquella biblioteca acudi Mara, y excusado es decir el efecto que en
su imaginacin romancesca causaran tales obras, que eran brillantes
apologas del amor y en las cuales se pintaban con colorido exagerado
las innumerables pasiones que encrespan tempestuosas el ocano de la
vida.

Ocurra esto en 1832, justamente cuando la revolucin de julio,
derribando la estpida tirana de los Borbones y creando una monarqua
ciudadana sobre las ensangrentadas barricadas, quitaba toda traba al
pensamiento humano, que corra con el atolondramiento y el ciego impulso
de un nio a quien abren las puertas de un triste colegio.

El gusto romntico venca al fro clasicismo, y la imaginacin se
enseoreaba del mundo dominando en el cerebro humano a las dems
facultades.

Dos jvenes que entonces hacan gran ruido y que haban de pasar a ser
inmortales, eran los dueos de la situacin, y Francia entera se
entusiasmaba leyendo las "Orientales" y las "Odas y baladas", del hijo
de un antiguo general bonapartista llamado Vctor Hugo, o se conmova
repitiendo las melodiosas "Contemplaciones" de un provinciano llamado
Lamartine.

Chateaubriand, el cantor del realismo y de las glorias de los hijos de
San Luis, vea pateadas con desprecio sus obras por la triunfante
Revolucin, que levantaba con sus robustos brazos para exponerlos a la
pblica adoracin a aquellos jvenes bardos amamantados en la frrea
leche de sus pechos.

Los primeros libros que cayeron en manos de Mara fueron las obras de
aquellos dos poetas.

Cmo describir la grandiosa impresin, la tremenda revuelta que
causaron en ella tan seductoras obras!

Anhelos hasta entonces no explicados adquirieron forma completa en su
imaginacin; comprendi, por fin, lo que era el amor y lo que esto
significa, y experiment idntica impresin que el pjaro que, al fin,
puede volar, y abandonando por primera vez el nido, se lanza a los
campos embellecidos y caldeados por la vivificante primavera.

Lea y relea con una avidez sin lmites los inmortales cantos de
aquellos genios, hasta que las estrofas quedaban grabadas en su memoria,
y por la noche dormase repitindolas con entonacin melanclica,
mezclando muchas veces los versos con los suspiros.

Los crepusculares cantos de Lamartine conmovan su alma y le producan
idntica impresin que si una mano poderosa la levantara del suelo para
mecerla entre los dorados celajes de la cada de la tarde, y muchas
veces tena que suspender la lectura para llorar sin motivo alguno y
nicamente por dar salida a la dulce melancola que se acumulaba en su
pecho.

Vctor Hugo produca en su nimo un efecto an ms radical y abra ante
su imaginacin nuevos e infinitos horizontes. Aquellas odas apasionadas
le hablaban del amor como de una cosa santificada a la que se deba la
existencia del mundo y la suprema felicidad de la vida, y Dios no
apareca en ellas como un ser irascible, vengativo y envidioso a quien
le producen accesos de rabia la dicha de sus criaturas, sino como un
viejo filsofo, bondadoso y dulcemente jovial, que sonre plcidamente
al contemplar las inocentes travesuras de la apasionada juventud.

Aquella manera de representar al autor del Universo agradaba a Mara,
que no poda menos de estremecerse al recordar el Dios descrito a cada
momento por su preceptor, ser omnipotente que slo admita en su
presencia a las criaturas que renegaban de la naturaleza humana, que
despreciaban los puros goces de la vida, que modificaban sus
sentimientos y que aceleraban la llegada de la muerte, encerrndose en
la tumba del claustro, cuando ms exuberantes estaban de salud y fuerza.

Las poesas orientales despertaban en Mara otra clase de pensamientos,
y sin darse cuenta de ello, iba convirtindose en una joven romntica y
de pasiones fantsticas, como la mayor parte de las de aquella poca.

El poeta la hablaba de Espaa, de aquella patria querida que adoraba sin
conocer; y con atencin mezclada de asombro iba leyendo aquellas
musicales estrofas que describan a los nobles abencerrajes y a las
espaolas sultanas; las serenatas entonadas en voz queda frente a los
afiligranados ventanales de la Alhambra, los vistosos y dramticos
torneos, las citas en frondosos jardines y a la luz de la luna, y las
empresas heroicas que horripilaban, pero que llevaban a cabo los
paladines con el nombre de su amada en los labios.

Ante aquel mundo nuevo que surga de los armoniosos versos, Mara
experimentaba idntica impresin que el nio que ve por primera vez en
la noche obscura una quema de fuegos de artificio.

Su nico pensamiento, la idea que con ms fuerza se fijaba en su
cerebro, era que ella quera ser una de aquellas heronas e inspirar una
loca pasin a un hroe que por su amada fuera capaz de los mayores
sacrificios.

Quera ser la amada de un paladn moderno y hasta morir por l si fuera
preciso.

La idea del convento no por esto se apartaba de su memoria, pero se
haba modificado mucho con la continua lectura.

Ella no ira inmediatamente a un monasterio a llorar faltas que no haba
cometido ni a odiar a un mundo que no conoca. Antes de renunciar a la
vida quera saber por s propia lo que sta era, gozar sus dichas y
sufrir sus desengaos y aspirar el intenso perfume de un amor novelesco.
Despus entrara en un convento, pero sera para llorar paseando por los
claustros desiertos, y con todo el aspecto de una herona de poema, el
recuerdo del amante muerto en el campo de batalla a manos de una
venganza inspirada por los celos.

En aquella linda cabecita se encerraba una imaginacin propiamente
espaola, que, una vez se echaba a galopar por el dilatado campo de lo
desconocido, no respetaba obstculo ni traba y recorra con complacencia
el terreno de lo absurdo.

Un amante, un hroe, agonizante de amor, que sobreviviera despus de la
terrible catstrofe como en el ltimo acto de una tragedia, y al final,
el convento con toda su monotona y esa calma sepulcral que sirve de
dulce blsamo a las almas despedazadas.

Esto era en todas sus partes el deseo constante de Mara, aspiracin en
la que tropezaba el seor Garca siempre que apuntaba a su discpula la
antigua idea de la clausura religiosa.

El preceptor vea con tranquilidad que Mara no se manifestaba contraria
a tomar el velo; pero no dejaba de producirle cierta alarma el notar que
la joven no mostraba tan fogoso entusiasmo como algn tiempo antes, y
tena cierto empeo en reducir las plticas de devocin, dejando siempre
para ms adelante el hablar a su padre seriamente de su vocacin
religiosa.

La transfiguracin moral de aquella joven pasaba desapercibida para
cuantos la rodeaban.

El seor Garca, con ser tan listo, no llegaba ni aun a sospechar lo que
ocurra en el nimo de su discpula, y en cuanto a Tomasa, como no saba
leer ni crea que en el mundo hubiese otros libros que los dedicados a
la devocin, al ver a su seorita entregada a todas horas a la lectura
con una extrema avidez, sentase conmovida por aquello que ella crea
amor a las doctrinas religiosas.

La juvenil mariposa, al llegar a los dieciocho aos, estaba totalmente
transfigurada.

Por la noche, cuando el cansancio comenzaba a cerrar sus ojos, ya no
soaba en ngeles deslumbrantes ni en demonios horribles. Otras eran las
imgenes creadas por su fantasa.

Muchas veces extenda sus brazos, pues le pareca ver a la cabecera de
su cama un apuesto paladn de ojos melanclicos y de negra cabellera
que, cubierto de limpia armadura, como aquellos hroes de las leyendas,
estaba en actitud de velar su sueo.




VI

Mentor y Telmaco


En el mes de enero de 1840, el invierno, por no perder su anual
costumbre y ser tenido como inconsecuente y caprichoso por los buenos
vecinos de Pars, haca que stos anduvieran por las calles soplndose
las manos o frotndose la nariz, so pena de sufrir graves deterioros en
partes tan integrantes de la belleza fsica.

Haca un fro de dos mil demonios, segn la elocuente expresin de la
criada del seor Avellaneda.

Cuando no soplaba un viento huracanado y punzante, caa una lluvia
torrencial con estrpito escandaloso; y si ambas explosiones de la ira
de la naturaleza cesaban de azotar la gran ciudad y pareca
restablecerse la calma en el espacio, comenzaba a descender desde los
plomizos celajes del cielo una inmensa sbana de nieve que se
enseoreaba de todo: lo mismo de los tejados y sus aleros que del
pavimento de las calles, llegando a filtrarse al fondo de las cuevas por
los angostos respiraderos.

Los copos de nieve parecan un infinito enjambre de blancas moscas
deseosas de devorar la gran metrpoli, y los transentes mostrbanse
molestados por la picadura fra, pegajosa y espeluznante de aquellos
insectos de invierno.

Los parisienses saban que cruzaba diariamente el espacio una cosa
llamada sol, pero haca ya algunos meses que no apareca sobre los
tejados de la gran ciudad, pues pasaba de largo, embozado en la densa
capa de nubes, y se hablaba de l con el mismo acento de incertidumbre
que si se tratara de un ser mitolgico engendrado por la imaginacin.

En una de aquellas maanas que Pars despertaba al contacto de las
sbanas de nieve que cubran su lecho, y cuando el reloj de San Germn
de los Prados daba las siete, el seor Garca, que pareca inalterable
por los aos y que conservaba su eterno aspecto humilde, bondadoso y
sonriente, desperezse en su pobre cama all arriba en el ltimo piso
de una casucha de la calle de los Santos Padres, y despus de algunas
vacilaciones, se decidi a abandonar el camastro.

Se visti y lav con gran detenimiento; despus de haberse persignado
devotamente, tomando agua bendita de una pililla que tena a la
cabecera, le rez tres padrenuestros a una estampa de Jess que adornaba
su cuarto y que era una obra maestra del arte religioso, pues
representaba al Hijo de Dios, acicalado y rizado como si saliese de una
peluquera y en actitud como de desabrocharse el chaleco para mostrar su
corazn flamante, de color de hgado fresco, y as que termin la
oracin, sac de un armario un panecillo y una pastilla de chocolate,
que comi junto a la ventana, estremecindose de fro, pues por las
rendijas de la vieja vidriera se filtraba el helado resuello del
invierno.

Cuando el anciano termin de masticar el desayuno y se hubo convencido
de que no quedaba sobre su rado traje la ms leve migaja, psose una
larga hopalanda, que tena mucho de sotana, y el viejo sombrero, cuya
figura se confunda en la memoria de Mara con los primeros recuerdos de
la niez. Despus, sali a la calle, llevando bajo el brazo un paraguas
rojo.

El seor Garca, a pesar de sus aos, andaba con cierta viveza juvenil y
evitaba que sus gruesos zapatos claveteados resbalasen sobre la nieve de
las aceras, prxima a solidificarse.

Atraves el barrio de San Germn y el de San Sulpicio, pas por la
desembocadura de la rue Ferou, dirigiendo una mirada distrada a la casa
del seor Avellaneda, y lleg a la larga calle Vaugirard, detenindose a
poco menos de su mitad junto a la puerta de una negruzca y larga tapia,
sobre la cual y a alguna profundidad, vease el cuerpo superior de un
pequeo palacio construdo con arreglo a la arquitectura frvola y
seductora del pasado siglo; pero al cual, la furia destructora del
tiempo haba dado un aspecto vetusto. Los apuntados tejados de pizarra
haban perdido su primitiva brillantez: los moldeados tragaluces de las
buhardillas estaban algo destrozados por la lluvia y la nieve, y en los
huecos de las molduras que adornaban los muros, as como en las
hornacinas, que en otro tiempo debieron de contener estatuas, crecan
verdes cabelleras de plantas silvestres, que el viento agitaba
acompasadamente.

Aquel edificio, aunque viejo, de perfiles seductores, asomando su faz
sobre una tapia negruzca, y que por tener sobre la puerta una gran cruz
de madera pareca la cerca de un cementerio del campo, causaba el mismo
efecto que un puado de rosas marchitas puestas en las vacas cuencas de
una calavera.

El seor Garca tir rudamente de una cadenilla que penda junto a la
puerta, y all dentro son el repiqueteo de una campana. Le abri un
viejo de aspecto igual al suyo, y el seor Garca, contestando con una
inclinacin de cabeza al saludo que le dirigi el fmulo, atraves el
vasto patio existente entre la tapia y el edificio, y en el cual crecan
algunas plantas raquticas alrededor de una fuentecilla que tena en el
centro una imagen de la Virgen, cubierta de moho verde, as como la
parte exterior de la taza de mrmol.

El vejete, subiendo algunos peldaos, penetr en el piso bajo, atraves
algunas antesalas, contestando con genuflexiones a los saludos que le
dirigieron varios curas que estaban sentados esperando; entreabri una
mampara negra, y por el resquicio pas parte de la cabeza, preguntando
con humildad si se poda pasar.

--Entrad! Adelante, querido hermano--contest una voz varonil.

El seor Garca entr en aquella pieza, que era un vasto despacho, casi
igual al del padre Claudio en Madrid, sin que faltasen los colosales
estantes repletos de legajos y carpetas rotuladas.

Sentado en un gran silln, junt al hueco de una ventana, estaba el
padre Fabin Renard, superior de los jesutas de Francia, o ms bien
dicho, vicario en dicha nacin del general de la Compaa, que resida
en Roma.

El estar el buen padre encogido en su asiento, no impeda que fuese
apreciada su estatura y robustez de granadero, completadas por una
cabezota rubicunda, de rostro granujiento, hinchado y velloso en
demasa. Unos ojillos vivos, audaces y escudriadores, que brillaban con
cierto reflejo metlico bajo la espesa almohadilla de grasa que formaba
la frente, completaban el retrato fsico de aquel hombre, que haba
prestado grandes servicios a la Compaa, pero que en el registro
secreto que para su uso especial llevaba el general de la Orden, estaba
anotado del modo siguiente:

     "_Fabin Renard._--Perfecto instrumento de la Orden. Ha hecho
     buenos negocios. Buen jefe de pelea, mal director. Vivo y
     arrebatado de sobra. Falta de constancia, de paciencia y de
     cautela. Prefiere el valor y la audacia a la astucia. Ha sido
     soldado. Quisiera arreglar las cosas ms difciles en media hora.
     Es un verdadero francs!"

El padre Renard era uno de tantos aventureros que sin otra gua que la
audacia ruedan de un punto a otro, agitados por la ambicin, sin ninguna
idea fija, y dispuestos a venderse lo mismo a Dios que al diablo.

En su juventud haba pertenecido al ejrcito de Napolen, y fu soldado
porque entonces estaba en moda serlo, y las armas eran el nico medio
para hacer carrera.

Se bati con valor y ascendi lentamente hasta capitn, pero lleg la
restauracin de los Borbones con todas sus inevitables consecuencias. La
Iglesia volvi a dominar, los curas fueron los hroes de la situacin, y
el joven capitn entr en la Compaa de Jess, donde se hizo ms
justicia a sus facultades de hombre audaz y de ancha conciencia,
llegando, despus de realizar varios "negocios" de importancia, a ser
encargado de la Orden en su patria.

Su carcter estaba descrito con tanta concisin como verdad en las
anotaciones del general, pues en la Compaa se estudiaba imparcialmente
la naturaleza moral de cada individuo y se archivaban despus los
apuntes sin temor a equivocaciones.

No estaba solo el padre Fabin cuando entr en su despacho el seor
Garca.

Frente a l, y ocupando otro silln, se encontraba un caballero vestido
con cierta marcial elegancia y cuyo rostro bronceado y varonil le
delataba como perteneciente a una raza meridional.

Este desconocido, al entrar el viejo, se levant para saludarle, pero el
padre Fabin le empuj cariosamente para que volviera a sentarse, y le
dijo en espaol, dificultosamente pronunciado:

--Sentaos, seor conde. Este seor es un amigo, un hermano de gran
confianza. Es don Jos Garca, hombre virtuoso y de gran religiosidad,
que en 1820 se vi obligado a huir de Espaa, por no sufrir las
persecuciones de los malditos revolucionarios. Despus, ha querido
volver a su patria, especialmente cuando en el 24 qued restablecido el
orden y el respeto a la religin; pero asuntos muy graves y de gran
inters para la Compaa, le retienen aqu, y el buen hermano se
sacrifica. No es as, seor Garca?

--As es, reverendo padre--contest el vejete, muy satisfecho del tono
amable y jovial con que le hablaba tan elevado personaje.

--Sentaos, seor Garca, sentaos. Justamente hace un momento os
recordaba y hablaba de vos al seor conde. A propsito: sabed que este
seor es un compatriota vuestro, el conde de Baselga, coronel de un
regimiento de caballera carlista, que no ha imitado a esos traidores,
que con Maroto se entregaron en Vergara, y que a vivir en la opulencia,
reconociendo a la ilegtima Isabel II, ha preferido seguir al verdadero
y desgraciado soberano Carlos V, pasando la frontera y viniendo a Pars
a sufrir las tristezas de la emigracin. Es un hroe de la buena causa.

El seor Garca salud con una sonrisa al hroe, y con una respetuosa
reverencia al conde, y despus se sent modestamente y a alguna
distancia de los dos personajes, como si quisiera demostrar que no era
de los que deseaban la supresin de castas.

--Yo--continu diciendo el jesuta francs, que entre sus defectos tena
el de ser excesivamente charlatn cuando estaba entre los suyos--me
encuentro perfectamente cuando hablo con espaoles. Conservo muy buenos
recuerdos de aquel pas donde el cielo es eternamente azul y tan
hermosas son las mujeres. Eh! Qu es eso? Torcis el gesto, seor
Garca? Comprendo que a un santo, como vos lo sois, os causan mal efecto
estas palabras, pero... qu queris!, antes de sacerdote he sido
soldado y la sotana no borra nunca las huellas que dejan las costuras
del uniforme. Aqu est un bravo militar, que por el mero hecho de
serlo, sabr dispensarme mejor mis faltas y comprender ms bien mi
carcter.

Baselga sonrea encantado por la franqueza de aquel jesuta, y
comparndolo con el simptico, pero misterioso padre Claudio, le
encontraba muy superior a ste.

--Qu tiempos aqullos!--continuaba diciendo el padre Fabin--An veo
como si ocurriera en este instante, cuando yo era sargento en la columna
del general Hugo, el padre de ese coplero impo y revolucionario, que
tanto ruido mete ahora, y perseguamos a aquel diablico "Empecinado",
que tan pronto se nos desvaneca entre las manos, como nos atacaba
inesperadamente. Reconozco que los espaoles no tienen rival en esas
guerras de montaa, y tanta es la simpata que me inspiran, que desde
aqu he ido siguiendo con inters todos los incidentes de esa contienda,
civil, en la que tanto os habis lucido, seor conde, al frente de
vuestro regimiento de lanceros.

Baselga salud con aire satisfecho, y el seor Garca crey del caso
agradecer con una amable sonrisa aquellas lisonjas dirigidas a sus
compatriotas.

--Vuestra llegada, seor Garca--continu el jesuta--, no puede ser ms
oportuna. El seor conde visita Pars por primera vez; apenas si conoce
el idioma y necesita un hombre de confianza, un buen amigo que le
acompae a todas partes y le sirva de gua en esta Babel. Nadie mejor
que vos puede hacer este favor, y yo os estaba nombrando momentos antes
de que entraseis.

--Reverendo padre--contest el viejo--, estoy muy agradecido por la
bondad que me dispensis, y en cuanto al seor conde, prometo servirle
tan bien como pueda. Baselga tendio su mano al vejete en muestra de
agradecimiento.

--Dnde vive usted, seor conde?--pregunt Garca, con solcita
curiosidad.

--Estoy alojado en la fonda de "El Len de Oro", en la rue Saint-Honor.
Vivimos aqu algunos jefes emigrados, en amistosa comunidad, pero deseo
mudar de domicilio e instalarme en una habitacin que, aunque decente,
no me cueste tan cara.

--A usted le convendra vivir en un barrio retirado y serio como el de
San Germn, o el de San Sulpicio. En aquella parte de Pars, donde usted
habita, el escndalo y la corrupcin tienen su asiento, y ninguna
persona catlica puede vivir con tranquilidad. Si usted me lo permite,
le buscar nueva habitacin.

--Apreciar mucho ese favor.

--Vivir usted en la misma casa que yo. Soy pobre y no tengo otro
remedio que vivir en una buhardilla que basta para mis necesidades; pero
en el piso primero hay desalquilada una habitacin de soltero, bastante
aceptable, en la que el seor conde podr vivir con comodidad. Es en la
calle de los Santos Padres. Le conviene a usted mi proposicin?

--Aceptada. Adems, viviendo cerca de usted, tendr la ventaja de poder
utilizar a todas horas sus amables servicios.

--Todo est corriente--dijo el padre Fabin--. Telmaco y Mentor
vivirn unidos, y as se complementarn mejor. Y ahora, que ya estn
ustedes convenidos, les suplico que me dejen solo. Crean que tengo un
verdadero placer en conversar con ustedes, pero mis obligaciones son
muchas y tengo la seguridad de que en la antesala me esperan un buen
nmero de amigos y solicitantes. Eran muchos cuando habis entrado,
seor Garca?

--Reverendo padre, pasaban de diez los sacerdotes que estaban en la
antesala.

--Ya lo veis, seor conde. Esto es insufrible. No tengo un momento mo;
pero esto no impedir, indudablemente, que me honris a menudo con
vuestra visita. Siempre encontraremos tiempo suficiente para conversar
con buenos amigos; vos, recordando vuestras antiguas glorias, y yo
pensando en los tiempos que arrastraba sable. Un recomendado del padre
Claudio es para m una persona digna de las mayores atenciones.

El conde agradeci con respetuosas inclinaciones de cabeza los
ofrecimientos del jesuta, y despus de besar su mano se dispuso a salir
acompaado del seor Garca.

Este procur quedarse algo rezagado, y cuando Baselga estaba ya en la
puerta, volvise rpidamente adonde se hallaba el padre Fabin, que le
miraba fijamente como adivinando que tena algo que decirle.

--En aquella casa todo sigue lo mismo, reverendo padre.

--Y la nia?

--No se niega a ser monja, pero tiene cierto empeo en retardar la
entrada en el convento.

--Hay acaso amoros de por medio?

--No, reverendo padre. Si tal hubiese, lo sabra yo.

--Mirad que los viejos no tenemos buen ojo para apercibirnos pronto de
estas cosas.

--Tengo absoluta certeza de que Mara no piensa en amores.

--Pues ved de emplear todos los medios para que la nia se decida en
favor de la religin.

--As lo har, reverendo padre.

--Y el seor Avellaneda?

--Sigue tan loco y meditabundo como siempre.

--Eso es menester--dijo sonriendo el jesuta.

l seor Garca bes devotamente la velluda mano que le tenda el padre
Fabin, y se reuni en la antesala con el conde de Baselga, cuya
apostura marcial y tez bronceada llamaba la atencin de los clrigos
franceses que aguardaban la audiencia del superior de los jesutas.

Los nuevos amigos marcharon directamente a la calle de los Santos
Padres, y la portera del seor Garca, vieja devota muy agradecida a
ste, no por las propinas, sino por continuos regalos de estampas,
medallas y escapularios milagrosos, les ense la habitacin del primer
piso, que estaba desalquilada.

Baselga manifest que le agradaba la pieza y sus muebles, y aquella
misma noche durmi en ella.

Cuando el seor Garca, que se haba encargado de traer el equipaje del
conde desde la fonda "El Len de Oro", fu a retirarse a su cuarto,
despus de desear felices noches a su nuevo amigo, se detuvo junto a la
puerta, y tras algunas vacilaciones, pregunt al conde con marcada
curiosidad:

--Perdone usted mi impertinencia. Pero tiene usted muy intimas
relaciones con los jesutas de Espaa?

--El padre Claudio es mi mejor amigo, es mi protector, casi mi padre.

--Celebro que as sea, pues de este modo podr ser ms ntima nuestra
amistad. Yo creo que nosotros, salvo la debida distincin de clases y el
respeto que yo profeso siempre a mis superiores en la sociedad, somos
algo ms que amigos, pues bien poda ser que resultsemos hermanos.

--Creo que s.

El vejete sonri, y desabrochndose su rado chaleco, entreabri la
camisa, mostrando sobre una sucia almilla de franela un escapulario, en
el que estaba bordado en vivos colores un corazn sangriento y flameante
rodeado de una corona de espinas.

El conde le imit, y desabrochando sus ropas, ense un escapulario
igual.

--Perfectamente--exclam el viejo sonriendo con alegra--. Los dos somos
hermanos, y aunque sin votos, pertenecemos a la gloriosa Compaa de
Jess. De hoy en adelante nos trataremos con la confianza que debe
existir entre dos buenos hermanos, entre dos soldados de Cristo, a los
que la sociedad impa y revolucionaria llama "jesutas de hbito
corto".




VII

Lo que haba sido de Baselga


Qu haba sido del conde de Baselga despus del da en que su
matrimonio termin de un modo tan inesperado y trgico?

Por consejo del padre Claudio, dise de baja en la Guardia Real y fu a
vivir en un rincn de Castilla, en aquel casern seorial donde se
haban deslizado los primeros aos de su infancia y del cual apenas si
se acordaba.

El complaciente superior del jesuitismo en Espaa era para Baselga una
especie de ngel bueno que velaba por l, y de aqu que atendiera todas
sus indicaciones para cumplirlas con la sumisin inconsciente de un
autmata.

Enterrado en aquel lugarejo, donde haba nacido, Baselga viva alejado
del mundo, y si alguna vez saba algo de la que ocurra en la corte, era
por conducto del padre Claudio, que le escriba todos los meses, dndole
muy buenos consejos y excitndole a la oracin, exhortaciones que no
hacan gran mella en su nimo.

Su hija estaba en un convento de Madrid, y el buen jesuta velaba por
ella con tanto inters como administraba la mediana fortuna de la
difunta Pepita Carrillo, cuyas rentas divida anualmente en dos mitades.
La ms insignificante se dedicaba al mantenimiento de Baselga, que
mensualmente reciba una cantidad que, unida al sueldo de comandante de
cuartel que perciba, permitale llevar una existencia de potentado en
aquel msero lugarejo, y la parte mayor y ms cuantiosa se la embolsaba
el padre Claudio por los gastos de administracin y educacin de la
nia, verdadera duea de aquellos bienes.

Baselga era casi feliz en su nueva habitacin. Cazaba la mayor parte del
da, por las noches echaba largos prrafos con el cura del lugar, ms
ignorante que l pues le reconoca gran superioridad intelectual y
trataba a palos a los labriegos siempre que estaba de mal humor, ni ms
ni menos que si se encontrase en plena Edad Media y todava fuesen un
derecho los abusos feudales.

Algunas veces aquella tranquilidad que le proporcionaba la vida
campestre desapareca, pues los recuerdos del pasado venan a remover
los vestigios de ambicin que todava quedaban adormecidos en su
pensamiento.

El conde recordaba su feliz mocedad, cuando soaba en llegar a general y
adquirir gran renombre y cuando se crea prximo a realizar sus
ilusiones, y al verse ahora postergado, solo, sin otro apoyo que el de
los jesutas y en lo mejor de su edad, casi en la misma situacin de un
veterano inservible, sentase dominado por tremenda melancola, y
maldeca la memoria de la mujer que de tal modo haba truncado su
porvenir.

En aquella continua soledad, y rompiendo el obstculo de una tenaz
monotona, el recuerdo de tres seres surga en su memoria causndole
diversos y encontrados sentimientos.

Pepita apareca algunas veces en su imaginacin, hermosa, atrayente y
seductora, y su recuerdo produca en Baselga el despertar de adormecidos
deseos, y el que resucitase aquella pasin que por tanto tiempo le haba
dominado.

El conde amaba todava a su esposa, y si en algunas ocasiones maldeca
su memoria, eran ms las que se abismaba con placer en los recuerdos del
pasado, y saboreaba su perdida felicidad.

La nia, aquel pequeo ser inocente que a los ojos de la sociedad pasaba
por su hija, excitaba tambin algunas veces sus recuerdos; pero hay que
confesar, en favor de los sentimientos de Baselga, que la pequeuela, a
pesar de su odioso nacimiento, no lograba inspirar al vengativo conde
otra impresin que una tranquila indiferencia. No as el otro ser que
continuamente ocupaba su pensamiento, y que era el mismo rey don
Fernando, tipo odioso para el conde y que mereca toda la furia de su
rencor.

Cada vez que Baselga pensaba en su soberano senta que la sangre se
agolpaba en su cerebro y crispaba las manos como disponindose a
estrangularlo, cual si lo tuviera en su presencia.

Pensando en el rey se arrepenta de haber obedecido a su estimado padre
Claudio, abstenindose de dar un escndalo y tomar tremenda venganza;
pero ya que en el momento le era imposible dar rienda suelta a su furor,
proponase tomar la revancha as que se le presentara ocasin no slo
contra el amante de su esposa, sino contra sus descendientes, si es que
llegaba a tenerlos.

As transcurrieron algunos aos sin que el olvido que lleva consigo el
tiempo lograra borrar de la memoria de Baselga tan tristes y tenaces
recuerdos.

El primer da de cada ao y el de su santo reciba el conde dos cartas
de felicitacin escritas por su hija, con un estilo dulzn y afectado,
que delataban la carencia de espontaneidad y daban a entender que la
educanda copiaba lo dictado por la superiora del convento.

Aquellas cartas no proporcionaban a Baselga ningn consuelo, y despus
de leerlas las arrojaba con indiferencia, dedicndose de nuevo a su vida
montona y despojada de todo sentimiento que no fuese el de venganza.

Aquella vida uniforme en un hombre nacido para la agitacin y la lucha,
en vez de debilitar el recuerdo de sus desgracias, slo serva para
excitar ms en l las memorias del pasado y sumirle en una feroz
melancola.

Cuando lleg a aquel lugarejo de Castilla la noticia de la muerte de
Fernando VII, Baselga sinti una impresin semejante a la de aquel a
quien roban una cosa que considera prxima a adquirir.

Acariciaba la esperanza de que algn da la casualidad le pondra en
camino de vengarse por su propia mano del hombre que le haba
deshonrado. El no saba cmo podra realizarse tal milagro, pero tena
la certeza de ste, y por ello experiment una tremenda decepcin cuando
supo que la muerte acababa de robarle su presa.

No tardaron en sobrevenir con gran rapidez nuevos acontecimientos.

Pocos das despus de la muerte del rey recibi una abultada carta del
padre Claudio, en la cual haca ste un llamamiento a su amistad.

Los partidarios del infante don Carlos defendan con las armas en la
mano, en las provincias del Norte, la causa de la iglesia.

La esposa y la hija de Fernando VII parecan decidirse en favor de la
libertad, y usurpaban los "sagrados derechos" de Carlos V. Era preciso
que todos los soldados de Cristo, todos los militares que fuesen fieles
guardadores de su honor y amantes de la legitimidad monrquica,
acudiesen en auxilio del desgraciado infante, que andaba errante y
proscripto por pases extranjeros.

Adems, la Orden (esto lo repeta vanas veces en su carta el padre
Claudio) exiga a todos sus amigos que tomasen parte en aquella campaa,
que era en favor de Dios y de la religin.

No necesitaba de tantas excitaciones el conde de Baselga. Bastaba que el
padre Claudio le mandase una cosa, sin explicacin de ninguna clase,
para que l la cumpliera inmediatamente, y adems, la nueva guerra le
proporcionaba ocasin para hacer dao a los descendientes del hombre que
tanto haba aborrecido.

Baselga transformse repentinamente y volvi a ser el soldado audaz y
ambicioso de otros tiempos.

La gloria militar apareci otra vez radiante y magnfica en su
imaginacin, y corri a donde le empujaban sus pasiones y el mandato de
aquella Institucin a la que estaba ntimamente unido.

El padre Claudio haba recomendado bien a su protegido y ste mereci en
las filas carlistas un agradable recibimiento.

Zumalacrregui le di el mando del primer escuadrn de Caballera que
pudo organizar, y Baselga, procediendo unas veces como buen soldado y
otras como un loco de fortuna, fu adquiriendo renombre entre los suyos
y lleg a ser considerado como el coronel ms valiente del ejrcito
carlista.

Eterno adorador de la monarqua absoluta y de los reyes de derecho
divino, profes tanta veneracin a don Carlos como odio haba sentido
contra su hermano, y al ajustarse el Convenio de Vergara, fu de los que
no quisieron ceder y aconsejaron al Pretendiente la resistencia a todo
trance; pero en vista de que ste no quiso acceder a sus belicosos
deseos, se conform a pasar por vencido, y trasmontando la frontera,
entr en Francia en compaa de su desalentado soberano.

Seis aos de continuo guerrear no le haban proporcionado otra cosa que
las efmeras satisfacciones producidas por algunas hazaas; pero, a
falta de la gloria soada, aquella campaa haba servido para amortiguar
la melancola de otros tiempos y devolverle gran parte del buen humor,
la osada y la satisfaccin de s propio, que tanto le distinguan
cuando era subteniente de la Guardia Real.

Al establecerse en Pars y trabar amistosa relacin con el seor Garca,
en la forma que ya hemos visto, era el conde de Baselga un hombre,
aunque maduro, de agradable presencia.

La guerra haba fortalecido su cuerpo de atleta, y al broncear sus
facciones, pareca haber petrificado, hacindola inmodificable por el
tiempo, aquella hermosura varonil.

Su cojera (recuerdo eterno del 7 de julio), en vez de afear su figura,
contribua a darla un aspecto ms militar.

Baselga resultaba el tipo del soldado espaol, y con su marcial apostura
recordaba a los guerreros del siglo XVII, aquellos arcabuceros ceudos,
atezados y fieros que formaban al frente de los tercios de Figueras y
Requesens.




VIII

Realizacin de un sueo


Pasaron muchos das antes de que Mara, reponindose de la impresin
experimentada, pudiera darse exacta cuenta de lo que la ocurra.

Fu en una tarde hermosa, risuea y de cielo despejado cuando vi por
primera vez a aquel hombre.

En el Luxemburgo se realiz el encuentro, y fu tan rara aquella
impresin, que a la joven le pareci que el paseo estaba transformado
por arte repentina y mgica.

Aquella tarde le acompaaba su padre en el paseo. Por una inesperada
rareza, el seor Avellaneda, que pasaba semanas enteras metido en su
casa, y que si sala era tan slo para visitar la tumba de su esposa en
el cementerio del padre Lachaise, se empe en visitar su antiguo y
favorito paseo y acompa a su hija en unin del seor Garca.

Aquellos tres seres, al entrar en el Luxemburgo, ofrecan el aspecto de
un extrao tringulo. El vrtice era la juventud, la vida y la frescura,
representadas por Mara, que, a pesar de sus trajes obscuros, monjiles y
de horrible forma, estaba radiante de belleza, y detrs de ella, con
acompasado y tardo paso, marchaban las dos fases de la vejez: la
senectud risuea, sana y gil del seor Garca, y la quebrantada,
enfermiza y macilenta de don Ricardo Avellaneda, que, a pesar de tener
menos edad, pareca mucho ms viejo que su devoto amigo.

El encuentro se verific en las inmediaciones del estanque.

Mara, que caminaba distrada, embebida en aquellos pensamientos
romnticos que tenan su imaginacin en perpetua ebullicin, se fij de
pronto en un hombre que estaba a la misma orilla del estanque, siguiendo
con mirada distrada el incesante rizado con que el vientecillo agitaba
la superficie del agua.

Nada tena de extrao aquel hombre para llamar la atencin, y, sin
embargo, Mara, desde que puso en l sus ojos, no logr apartarlos, sin
que pudiera explicarse el porqu de tal carencia de voluntad.

La joven, con el paso lento que le obligaban a guardar sus ancianos
acompaantes, iba acercndose al punto ocupado por aquel hombre que, por
estar casi de espaldas, no dejaba ver su rostro.

Mara segua mirando con atencin aquella figura gallarda y colosal, que
a no ser por su melena a la moda y su levita verde botella, hubiera
podido confundirse con la de una estatua clsica, y sin poder explicarse
el porqu, deseaba ardientemente que volviera el rostro para poder
apreciar si estaba en armona con el cuerpo.

Ninguno de los "dandys" ni de los estudiantes melenudos que diariamente
concurran al paseo tenan el aire especial de aquel hombre a quien ella
vea por primera vez en el Luxemburgo.

Pocos instantes faltaban para llegar a la orilla del estanque y, sin
embargo. Mara se impacientaba por el paso tardo de sus acompaantes,
que de vez en cuando se detenan para dar ms firmeza a sus palabras con
expresivos braceos. Un inters tan repentino por conocer a aquel hombre
era propio de una joven nerviosa, caprichosa y muy dada a curiosear, sin
duda por la vida casi monstica que observaba forzosamente.

Estaba ya la joven como a cincuenta pasos del desconocido, cuando cruz
el espacio que se extenda entre ambos un muchacho elegantemente vestido
y de piernas vacilantes que, sonriendo como un pillete que hace una de
las suyas, hua de la niera que vena corriendo algo lejos, queriendo
remediar con una exagerada solicitud un anterior descuido.

De pronto el nio vacil en su impetuosa carrera, y... catapln!, cay
como una pelota, siendo acompaado en su cada por los gritos que
lanzaron algunas personas sentadas en los inmediatos bancos.

Mara, por involuntario impulso, corri a levantar del suelo a aquel
audaz pequeuelo que, con la cara sobre la arena, vociferaba y pataleaba
desaforadamente; pero cuando ya se inclinaba para coger al nio, unos
brazos robustos agarraron a ste levantndolo del suelo con la misma
facilidad que un elefante levantara una nuez.

Cuando Mara volvi a erguirse vi frente a s al hombre que tanto le
haba interesado y que, con el nio en brazos, se entretena en
limpiarle con su pauelo las lgrimas y el polvo, dndole de vez en
cuando un beso para que callara.

La joven no se ocup del nio y fij su atencin en el hombre, que, en
cambio, pareca preocuparse ms del muchacho que de la seorita que
tena delante.

Crey Mara del caso decir algunas palabras de consuelo al nio, y
pregunt al hombre si le conoca, pero vi con sorpresa que ste haca
esfuerzos como para entenderla, y al fin, en un francs ininteligible, y
haciendo inauditos esfuerzos, contest negativamente, diciendo que era
extranjero y que le vea por primera vez.

En esto, nuevos individuos se unieron al grupo. Era la niera, que por
una parte llegaba jadeante y sofocada, y que tom apresuradamente el
nio en sus brazos, y por otra los dos viejos acompaantes de Mara.

Aquel hombre, al ver al seor Garca, sonri placenteramente y se llev
la mano al sombrero para saludar a don Ricardo.

--Usted por aqu, seor conde?--exclam el viejo devoto--. No crea
encontrarle en el paseo. Me imaginaba que usted estara al otro lado del
Sena, en el caf donde acuden sus compaeros de armas.

Mara, al or llamar seor conde al desconocido, que le hablaban en
espaol y que le conoca su preceptor, pens en las novelas que
continuamente lea, y tuvo cierta satisfaccin en ver que muchas veces
pasa en la vida lo misma que en los libros.

--Seores--continu el vejete con aire oficioso--: celebro haber
encontrado una ocasin para que ustedes se conozcan mutuamente. Don
Ricardo, este seor es el mismo de quien he hablado a usted varias
veces: el seor conde de Baselga, coronel del ejrcito carlista, hroe
de la pasada guerra, que ha tenido que emigrar. Vive en mi misma casa.

Avellaneda salud con toda la amabilidad que le permita su extrao
carcter, y el seor Garca continu:

--Seor conde, aqu se encuentra usted entre compatriotas y frente a un
emigrado de diversa clase. Este seor es don Ricardo Avellaneda, ex
secretario espaol del rey Jos, y esta seorita, su hija Mara.

La presentacin estaba hecha en toda regla y Baselga contest a ella con
un marcial saludo que produjo en Mara una simptica sonrisa.

Conque aqul era el espaol emigrado que habitaba en la misma casa que
el seor Garca? Nunca se lo haba imaginado as la joven.

Su preceptor haca ms de un mes que le hablaba del conde de Baselga,
pero como deca que su edad pasaba de cuarenta aos, que cojeaba, que
estaba muy desfigurado por las fatigas de la campaa, que tena una hija
en Espaa que casi era casadera, y que a pesar de ser militar se
mostraba muy temeroso de Dios y aficionado a las prcticas del culto.
Mara se imaginaba que el tal conde era una especie de seor Garca,
aunque acostumbrada a llevar uniforme, y tan fantico, rancio y
empalagoso como ste.

Cun grande era ahora su sorpresa al encontrarse con aquel hombre que,
aunque no era un jovencito, atraa por su varonil hermosura, su mirada
franca y algo fiera y su tipo caballeresco!

Mara, fijndose con infantil atencin, especialmente en el bigote a la
borgoona y la perilla romntica de Baselga, recordaba a los hroes de
capa y espada de las novelas de Dumas, entonces tan en boga, y
comprenda que a una joven hermosa y apasionada (ella, por ejemplo) no
le viniera mal ser cortejada por un hombre que pareca el smbolo de la
fuerza y de la hidalgua.

La presentacin slo interrumpi el paseo breves instantes y el
primitivo tringulo se deshizo, marchando ahora en fila los cuatro:
Mara, silenciosa, y los tres hombres, hablando con cierto calor.

Al seor Avellaneda no le haca mucha gracia tratar con un emigrado
carlista; pero ya haba transigido con ser amigo de un devoto santurrn
como el seor Garca, y ms simpata le inspiraba aquel conde que
proceda y hablaba con esa noble y natural franqueza propia del militar
espaol.

Adems, aquella tarde don Ricardo se mostraba ms expansivo y hablador
que de costumbre, y cuando tal suceda se agarraba con ansia al primero
que encontraba ms cerca para molerlo a preguntas, que se repetan sin
aguardar contestacin y exponer sus peregrinas teoras, que algunas
veces hacan dudar de la solidez de su cerebro.

El tema de su conversacin, siempre que se encontraba locuaz, era
regularmente los asuntos polticos de Espaa.

Baselga, que era tambin algo hablador, especialmente desde que se
encontraba en Pars, donde pasaba muchas horas sin ms compaa que las
paredes de su cuarto, entr de lleno en la conversacin, y obedeciendo
las indicaciones de su compatriota, expuso lo mejor que pudo su
criterio sobre la poltica espaola.

Avellaneda no estaba conforme con l. Qu haba de estar! El era muy
liberal, s, seor, y por lo mismo que lo era se haba ido en 1808 con
los franceses, que llevaban a Espaa el espritu democrtico y
regenerador de la Revolucin; pero ahora estaba ya desengaado y crea
que la libertad era buena para todos los pueblos menos para el suyo.

--Ah, los espaoles!--exclamaba mirando a Baselga con aire de
superioridad--. Crame usted a m, somos mala gente, ralea de perdidos y
de vagos incapaces de ser hombres, y que slo estamos bien cuando
tenemos un amo, que despus de robarnos nos sacude buenos garrotazos.
Aquel pas est perdido, y por eso no quiero volver a l. All slo
tiene razn de ser el Gobierno de las coronas; all slo se cree la
gente feliz cuando obedece a un canalla que lleva corona de oro o cuando
aprende a ser imbcil oyendo los sermones de un granuja que ostenta
corona eclesistica en el cogote. Espaa est dada a todos los diablos.
Los espaoles somos una horda de hijos de fraile, y aunque Dios se
empeara, nunca llegaramos a ser un pueblo. Si al menos la degollina
de frailes de 1834 se repitiera cada ao!

El conde absolutista oa con extraeza tan terribles palabras, dichas
con una sencillez abrumadora, y el seor Garca subrayaba la mayor parte
de aquellas frases con su risita de conejo y alguno que otro guio que
haca a su amigo como indicndole que no hiciera gran caso de las
expresiones de Avellaneda.

Mara se aburra lindamente oyendo por centsima vez aquellas teoras de
su padre, que no entenda ni le importaban gran cosa.

Lo que a ella no le pareca muy bien es que Baselga se mostrara
preocupado por la conversacin hasta el punto de olvidarse de que junto
a l iba una seorita joven y no mal parecida, y que cumpliendo su deber
de caballero bien educado, haba de dirigirla alguna galantera y
desvanecer con amable conversacin el fastidio de aquel montono paseo.

Por desgracia, el conde no pareca hacerla gran caso, y la conducta que
observaba con ella no pasaba de una respetuosa galantera.

La joven no causaba gran mella en el nimo de Baselga.

La nica impresin que la presencia de Mara despert en su nimo, fu
que dentro de poco tiempo tendra casi su mismo aspecto la hija de
Pepita, aquella nia que a los ojos de la sociedad pasaba por suya y
que estaba acabando su educacin en un convento de Madrid.

Aquella tarde fu tan corta como todas las del invierno. Al debilitarse
la luz del sol, comenz el vientecillo a ser helado en demasa, y la
gente, cubrindose con los abrigos que llevaba al brazo, comenz a
abandonar el paseo al mismo tiempo que el tambor de la guardia del
Luxemburgo, con marciales redobles, anunciaba en las frondosas alamedas
que las verjas del paseo iban a cerrarse.

Aquel grupo que conversaba con esa fraternal intimidad de los
compatriotas que se encuentran en extrao suelo, se dirigi a una de las
salidas del paseo y entr en la rue Vaugirard, con direccin a la de
Ferou, donde habitaba Avellaneda.

La acera era estrecha, no permitiendo el paso de frente ms que a dos
personas, y era peligroso andar por el arroyo, pues los faroles no
estaban an encendidos y haba gran movimiento de coches.

Avellaneda se agarr a su viejo y devoto amigo, y Baselga, con aquella
galantera caballeresca que en su juventud tan buena acogida le haba
valido en los salones de Palacio, ofreci su brazo a Mara, que marchaba
delante.

Qu sensacin tan profunda la que experiment la joven! Con qu
arrollador impulso afluy un torrente de sangre a su corazn! Cmo se
colorearon despus sus mejillas!

Era la primera vez que se apoyaba en un brazo varonil que no era el de
su padre, y en los primeros instantes tembl nerviosamente como si
estuviera cometiendo una grave falta.

La tranquilidad de don Ricardo, que iba detrs hablando de su eterno
tema y echando pestes sobre Espaa y los espaoles, le devolvi la calma
e hizo que fijara toda su atencin en lo que le deca Baselga con cierto
tonillo paternal propio de un hombre maduro que se dirige a una nia.

El conde la preguntaba cosas indiferentes, sin duda para no caminar
silencioso y con gravedad ridcula. No le importaba gran cosa lo que
Mara pudiera hacer, ni si le gustaba mucho Pars, ni menos si deseaba
volver a Espaa; pero Baselga, para pasar el tiempo, juzgaba
indispensable hacerla tales preguntas, a las que la joven contestaba con
palabras entrecortadas y con voz temblorosa.

Aquellas timideces de la nia hicieron que el conde fijara ms en ella
la atencin. Es difcil que un hombre se muestre indiferente sintiendo
sobre su brazo el contacto de otro mrbido y femenil y teniendo a poca
distancia de sus ojos una cabeza de perfil artstico e interesante, y
esto fu lo que sucedi a Baselga, quien, contemplando fijamente a Mara
a la dudosa luz del crepsculo, la encontr muy hermosa y digna de
que... l no, sino un tenorio de veinte aos, hiciera por ella toda
clase de locuras.

Mara, a pesar de su inexperiencia, guiada por ese instinto natural en
toda mujer, adivinaba lo que pensaba su acompaante contemplndola y se
ruborizaba, sintiendo al mismo tiempo que el corazn le saltaba en el
pecho con la febril agitacin de un pjaro en la jaula.

Baselga, para ocultar su naciente curiosidad, haca las preguntas en un
tono jocoso, y cada vez se mostraba ms interesado en conocer los
secretos de la nia.

Mara se alarmaba con aquel carioso interrogatorio. Haba deseado
hablar con aquel hombre, y ahora tena miedo de continuar la
conversacin, aunque este temor no estaba exento de placer.

El pudor de Mara, aquellas preocupaciones de nia algo gazmoa y
apegada a las prcticas monjiles se sublevaban ante las galanteras
mundanas del antiguo palaciego. Ay, Dios mo! Qu era aquello que le
preguntaba? Qu si tena novio?

--No, seor conde, no. Yo no pienso en esas cosas. Soy muy joven, y
adems...

Aqu se detuvo Mara. Tena reparo en decir a Baselga que el seor
Garca, contando con su seguro consentimiento, pensaba hacerla monja.
Esta era la verdad; pero ella..., vamos!, no lo deca, aunque la
mataran. No era caso de que aquel hombre tan simptico, tan hermoso, que
cojeaba tan graciosamente y que tena el aspecto romntico de un hroe
de leyenda, creyndola dominada por el puro amor a Dios y las aficiones
a la vida monstica, fuera a dejar de cortejarla, considerndola en
adelante como una santurrona, amiga de tratar nicamente con gentes de
sotana. Ella sera monja, porque as se lo haba prometido a la Virgen y
al seor Garca; pero antes, no le vena mal saber cmo era aquello que
llamaban amor y qu placer causaba escuchar los juramentos de eterno
cario de un hombre acostumbrado a las furiosas cargas de Caballera y
andar a cuchilladas a cada momento.

Baselga slo supo que la nia no tena novio, pero ignor el "adems"
que Mara dej en suspenso.

Cuando iba a preguntarla nuevamente el porqu de aquella causa para no
amar, llegaron a la puerta de la casa que habitaba Avellaneda, y la
pareja tuvo que deshacerse, entrando entonces, entre don Ricardo y el
conde, la parte de ofrecimientos de habitacin, apretones de mano e
invitaciones de subir a descansar, cortsmente rehusadas.

--Ya lo sabe usted, seor conde. Aqu es su casa, y crea que este
ofrecimiento es sincero. El seor Garca me conoce bien y sabe la
franqueza con que procedo, adems de que, entre compatriotas, debe
existir verdadera fraternidad. Apreciar que usted venga a menudo a
visitarnos y que sea para nosotros tan ntimo como su viejo amigo. Venga
usted cuando quiera; especialmente por la noche, y al calor de la estufa
echaremos algn parrafillo sobre las cosas de Espaa. Yo, si no me da el
maldito dolor de gota, suelo ser muy tratable, y cuando estoy enfermo,
siempre quedan en el comedor la nia, el seor Garca y Tomasa, una
aragonesa bestia y fiel como la primera. Vaya, seor conde, buenas
noches! Ya sabe usted dnde encontrar siempre amigos, una taza de caf
y un rato de conversacin.

Baselga contest a la charla de Avellaneda, prometiendo que al da
siguiente, por la noche, ira a visitar a sus nuevos amigos, y despus
de oprimir con alguna expresin la temblorosa mano de Mara, salud a
don Ricardo y al seor Garca, que, como de costumbre, se quedaba all a
comer, y fu a hacer lo mismo en su restaurante de la plaza de
Saint-Michel.

Aquella noche durmi Mara con una dulce tranquilidad.

Algo tuvo que luchar para que el sueo se posara sobre sus ojos, pues la
imaginacin andaba como gato suelto por el interior de su cabecita,
trastornndolo todo y despertando a zarpadas los ms absurdos
pensamientos.

La joven goz largamente en pasar revista a todos los sucesos de la
tarde. Pens detenidamente en aquella perilla romntica, en los bucles
de la negra cabellera, en el pantaln gris perla y la levita verde, y
experiment un regular disgusto al no poder recordar cuntos botones
tena sta sobre el pecho.

Cuando el sueo comenz a entonar sus ojos, apareci en pie, junto a la
cabecera de la cama, aquella fantstica figura de paladn novelesco,
creada por su imaginacin al calor de las poticas lecturas.

Pero aquella figura no tena vagos contornos ni facciones indeterminadas
como antes, pues su rostro era, en aquella noche, el mismo de Baselga;
el cual, procediendo como un redomado pcaro, se haba introducido sin
ms prembulos en el corazn de la nia, tomando posesin de l como
dueo y seor.




IX

La pasin y el sentido comn.


Muy bien le pareci a Tomasa aquel nuevo amigo de la casa.

Y parecindole bien a Tomasa, acab de parecerle inmejorable a todo el
mundo, pues la rstica domstica que, con la edad y el dominio que la
daba la exclusiva direccin de la casa, se haba hecho arisca y
dominante, era la verdadera autoridad en aquel recinto, dentro del cual
el dueo, o sea el seor Avellaneda, no tena ms valor que el de una
sombra.

La aragonesa senta irresistible simpata por aquel seor, no se sabe si
por esa tendencia inconsciente que las domsticas sienten hacia todo
hombre de espada, o porque encontraba cierta similitud en su porte
marcial y autoritario con el de aquel gendarme bigotudo que le hizo el
amor cuando Mara lactaba todava en los pechos de su madre.

--Vaya un seorn--deca Tomasa cada vez que visitaba la casa el conde
de Baselga--. Basta mirarle la cara para conocer que es todo un
personaje acostumbrado al trato de las gentes finas. Con qu distincin
hablan esos que son ttulos! Tiene el mismo aspecto que el marqus de
Melci, un seorn de mi tierra que iba vestido de general en la
procesin del Corpus, y que llamaba la atencin de todos por su seriedad
y empaque majestuoso. No te gusta a ti, Mara? No encuentras que es
muy simptico don Fernando? Ahora, nuestra tertulia de por la noche est
ms alegre, pues antes slo hablbamos con el seor Garca, que es casi
un santo, pero que resulta muy empalagoso con sus historias viejas y su
miedo a las bromas un poco alegres.

Excusado es decir que Mara asenta a todas las afirmaciones de su
antigua criada y que no tena inconveniente en manifestar que Baselga
era hombre muy simptico, por lo cual aguardaba siempre su llegada con
gran impaciencia.

Alrededor de la gran mesa del comedor, y junto a la estufa ventruda que
ocupaba un ngulo de la pieza, formbase todas las noches la tertulia,
que evitaba a Baselga largas horas de aburrimiento en su casa o en el
caf, y constitua ya para l una cotidiana necesidad.

A las ocho entraba en la casa el emigrado carlista, e invariablemente,
el comedor ofreca a sus ojos todas las noches el mismo espectculo.

Sobre la gran mesa, que acababa de ser despojada del mantel y los restos
de la comida, Tomasa colocaba en correcta formacin las tazas de caf,
la azucarera y una botella de ron; junto a la estufa, Mara se
entretena en hacer labor, levantando de vez en cuando la cabeza, en la
que se vea una expresin de impaciencia mal disimulada; el seor Garca
arreglaba mentalmente las cuentas de su administracin, o se entretena
en canturrear, golpeando una taza con la cucharilla, y don Ricardo se
paseaba en el reducido espacio que quedaba entre la mesa y la pared, con
las manos en los bolsillos, tropezando a cada paso con las sillas.
Aquello era, segn la grfica expresin de Avellaneda, para que la
comida se bajara a los talones.

La entrada de Baselga produca una verdadera revolucin en aquella
pieza, sobre la que pareca pesar una atmsfera de monotona y fastidio.

Mara se ruborizaba, y con una prontitud que en vano pretenda ocultar,
corra su silla hasta la mesa, procurando colocarse cerca del recin
llegado, como si temiera perder una sola de sus palabras; el seor
Avellaneda rompa su forzado mutismo, y, como si se tratara de un
parisin enterado de todos los chismes de la gran ciudad, entraba en
conversacin, preguntndole, con el rostro animado, qu se deca por
Pars, y Tomasa acababa de reir en la cocina con las dos criadas
francesas, y despus de servir el caf ocupaba su puesto en el comedor,
preparndose a saludar con tremendas risotadas el ms insignificante
chiste de aquel hombre tan simptico.

Baselga no poda explicarse la atraccin que para l tena aquella casa,
pero lo cierto es que eran muy pocas las noches que faltaba a ella.

Sus compaeros de emigracin, nobles como l, incapaces de mezclarse con
gentes que no fuesen de su clase, le haban presentado en varias casas
del barrio de Saint-Germain cuyos habitantes, descendientes en lnea
recta de los cruzados, daban una vez por semana recepciones, a las que
asista lo ms florido de la antigua nobleza y del partido legitimista.

En dichas reuniones, su ttulo de conde y el valor con que se haba
batido a favor del absolutismo, le valan grandes consideraciones y el
contraer importantes amistades; pero esto no evitaba que se aburriera en
aquellos salones vetustos, cuyo artesonado contaba siglos, y que
prefiriese la sencilla tertulia de Avellaneda con toda su tranquilidad y
monotona y las audaces franquezas de la criada, que se mostraba ms
impertinente cuanto ms cariosa.

El conde estaba transformado, y las necesidades de la guerra, el
continuo roce de las gentes de la montaa, que formaban su hueste,
haban modificado completamente su carcter, acostumbrndole a tratar
con marcial fraternidad y superioridad bondadosa a las gentes sencillas.

El, que en su juventud negaba el saludo, en Palacio, a los ministros de
la poca constitucional, por ser plebeyos, sin otro blasn que el del
talento, y que crea que los criados eran gente inferior, digna
nicamente de ser tratada a palos, sufra ahora todas las impertinencias
de la francota Tomasa, y, hasta algunas veces, se dignaba decir algo
para ella, con el solo propsito de que abriera su bocaza y diese salida
a una de aquellas carcajadas que hacan temblar el techo.

Se encontraba tan bien el conde en aquel comedor! Se respiraba en l
tal ambiente de paz y de sosiego!

Baselga no poda explicarse el por qu, pero siempre que se sentaba
junto a aquella mesa, acudan a su memoria los recuerdos ms felices de
su vida, y con los ojos de la imaginacin se contemplaba tal como era
despus de casarse con Pepita, cuando pasaba las noches en el gabinete
de su esposa, bailoteando sobre las rodillas la pequeuela que crea
suya.

El haba nacido para la vida de familia. Le gustaban la guerra, la
agitacin, los accidentes inesperados, pero esto era tan slo por una
temporada ms o menos larga; pero terminado el perodo de lucha,
consideraba como una gran felicidad tener una familia y seres a quienes
amar y que le correspondiesen.

Ah! Si Pepita no le hubiese engaado! Si aquella mujer no hubiese
procedido tan villanamente, y si l no tuviese el genio tan feroz y
arrebatado! Qu feliz hubiese sido!

Adems (segua pensando el emigrado), ya se iba haciendo viejo,
cualquier da perdera aquel aspecto, todava juvenil, que le haca ser
mirado con inters por las mujeres, no pensaba volver a Espaa, se
quedara para siempre en un pas extrao, y si no constitua una
familia, corra el peligro de arrastrar una vejez solitaria, triste y
dolorosa; se expona a ser un seor Garca, aunque con menos conformidad
y valor, y morir una noche, en su cuarto, sin tener un alma caritativa
que le auxiliase.

Estos pensamientos pasaban atropelladamente por la mente de Baselga,
justamente cuando hablaba con ms jocosidad o entretena a sus amigos
con el relato de sus campaas.

Aquella casa tena el privilegio de despertar en l los instintos
sociables y la aficin a la familia.

Adems, cuando, a media noche, se vea completamente solo en su
habitacin, senta miedo y comprenda que era imposible vivir dentro de
la sociedad tan independiente y aislado como en un desierto.

Cuando, despus de su viudez, viva solo en el casern de sus padres,
tena al menos la ventaja de estar rodeado de gentes que le respetaban
como a seor, o que le queran por haberle visto nacer; pero all no
tena ms amparo ni ms amistad que la del seor Garca, viejo que, por
su vida solitaria, era en extremo egosta: o la de la portera, que
refunfuaba as que transcurra una semana sin propina.

Decididamente, las cosas no podan continuar as. Si fuera joven, si
todava no hubiera llegado a los treinta aos, como algunos de sus
compaeros de emigracin, se dedicara con ellos a la vida alegre y de
crpula, tan hermosa en Pars, y que tanto distrae; pero este remedio a
su soledad le resultaba imposible. Era ya demasiado maduro para
entregarse a las locuras de la juventud, haba sufrido demasiado para
distraerse todos los das con los besos de las rameras y los vapores del
vino, y, sobre todo no poda resistir tal gnero de vida, porque era
pobre. La administracin de los bienes de su hija deba ser asunto muy
enrevesado y costoso, pues el padre Claudio se limitaba a remitirle una
cantidad mezquina, que apenas si bastaba a cubrir, en Pars, las
necesidades de una vida modesta.

El recuerdo de su hija vino a iluminar repentinamente el cerebro de
Baselga, una noche que se revolva en su cama impresionado por el
ambiente de familia que respiraba cotidianamente en casa de Avellaneda.

Ya haba encontrado la solucin, y se extraaba de no haber dado antes
con ella. Ya no estara solo ni carecera del cario y del cuidado cuya
necesidad se siente con ms fuerza que nunca cuando se vive alejado de
la patria.

Sacara a su hija del convento y hara que viniese a Pars a vivir con
su padre. El bueno del padre Claudio se encargara de esta comisin, y
el asunto era cosa de poco tiempo. Dentro de un mes estara ya la nia
en aquella habitacin, o en otra ms grande y cmoda, pues como no
habra que pagar la pensin en el convento, el padre gozara del
producto ntegro de sus bienes.

Quin podra oponerse a esto? Nadie: l era el padre, y poda obrar
como mejor le pareciese.

Baselga saboreaba ya su dicha y se felicitaba por su buena idea, cuando
un pensamiento desconsolador vino a fijarse con tremenda tenacidad en su
cerebro.

Qu cario podra encontrar en aquella nia que no era su hija? Cmo
iba a amar a aquel ser, producto de la liviandad de su esposa? No le
estara recordando a todas horas aquella mujer que tan tristemente haba
infludo en su porvenir, y al regio amante a quien tanto aborreci?

No; era una verdadera locura traer la nia a Pars. Bien estaba en el
convento, lejos, muy lejos del que ella crea su padre, y el cual nunca
poda amarla.

Pero apenas Baselga adopt esta resolucin, que pareca salvarle de un
peligro tan grave como era volver a las melancolas que le produca el
continuo recuerdo de su pasada vida, surgi nuevamente y con ms fuerza
el temor de seguir viviendo completamente solo en el seno de una ciudad
que, aunque populosa, resultaba para l un desierto.

No; l no se resignaba a seguir por ms tiempo en tan anormal situacin.
Necesitaba tener a su lado un ser a quien adorar y hacer partcipe de
sus alegras y de sus tristezas. Dnde buscarlo? He aqu el problema.

Al llegar Baselga a este punto en su nocturna meditacin, una maldita
idea, con la viveza de un duende, surgi del almacn de los pensamientos
absurdos y se puso a danzar en su cerebro. Tanta impresin caus al
conde aquel pensamiento inesperado, que no pudo menos de turbar el
silencio de su alcoba, lanzando una ruidosa carcajada.

Vaya una idea diablica! Pues no acababa de ocurrrsele el casarse? Y
con quin? Haba que reirse!... Nada menos que con una mujer que poda
ser su hija: con aquella Mara Avellaneda, que tena ms aire de futura
monja que de seora de su casa.

Buena pareja haran! De seguro que, a realizarse tal idea, la fidelidad
conyugal aadira un ataque ms a los muchos que continuamente sufra en
el mundo.

A Baselga le pareca imposible que hubiera podido ocurrrsele tal idea,
y se avergonzaba de ella, lo que no impeda que siguiera acaricindola
como si gozase en apreciar toda la cantidad de absurdo que encerraba.

Qu diran sus compaeros de emigracin y sus amigos jesutas al saber
que l pensaba semejantes barbaridades!

Tanto rumi el conde aquella loca idea, que al fin comenz a encontrarla
cierta naturalidad. Bien considerado, no ocurran todos los das
casamientos tan desiguales como el que l se imaginaba?

Adems, l no estaba viejo. Las penalidades de la guerra no le haban
quebrantado mucho, y tena una salud a toda prueba. Alguna que otra cana
indiscreta comenzaba a marcarse en su cabeza; pero todo lo compensaba su
figura, que no deba de haber desmejorado, a juzgar por la atencin que
mereca entre las francesas de vida galante.

Pensando en el asunto, Baselga comenz a recordar detalles en que hasta
entonces no haba fijado la atencin; y pens, aun a riesgo de resultar
presuntuoso, que a Mara no le era indiferente. Y si no, por qu
mostraba tal alegra por sus visitas? Por que le diriga tmidas
reconvenciones cuando dejaba de asistir una sola noche a la tertulia del
seor Avellaneda?

El conde, a fuerza de deducciones, lleg a considerar que la idea de
casarse con Mara no era del todo descabellada; pero como el sentido
comn presentaba fuertes objeciones a sus propsitos, decidi entregarse
al sueo, dejando para ms adelante la resolucin de aquel asunto.

Desde aquella noche Baselga no ces de pensar en Mara.

Aqulla, que hasta entonces haba sido para l una nia, a la que
trataba con dulce indiferencia, fu agrandndose ante sus ojos y
cobrando importancia, llegando a absorber todo su pensamiento.

El preocupado conde fu descubriendo en ella nuevas e inesperadas
cualidades, y su hermosura, considerada ya a travs de un prisma
amoroso, le impresion hasta el punto de proporcionarle un continuo
insomnio.

Baselga comenzaba ya a sentirse enamorado, pero notaba que su pasin
era muy distinta de la que en otro tiempo haba sentido por su difunta
esposa.

La presencia de Mara no le ocasionaba aquel escalofro de excitacin
carnal que en pasadas pocas le arrancaba la incitante belleza de
Pepita, y, bien sea porque la edad haba envejecido la bestia insaciable
que el conde llevaba dentro de s, o porque la hermosura de la seorita
Avellaneda era ideal, lo cierto es que Baselga senta por ella una
pasin dulce y tranquila, menos arrebatadora que la anterior, pero mucho
ms firme.

Al emigrado no le caba ninguna duda de que estaba verdaderamente
enamorado de Mara, y de que era difcil que se desvaneciera tal pasin;
pero a pesar de esto, la idea de casarse le produca un sinnmero de
conflictos interiores y de continuas perplejidades.

Semejante a aquel padre de la Iglesia que deca sentir dentro de s dos
distintas y contradictorias naturalezas, Baselga sentase agitado
continuamente por dos diversas tendencias que le causaban un perpetuo
malestar.

La pasin y el sentido comn libraban en su interior una continua
batalla.

El Baselga enamorado entregbase a las ms risueas ilusiones; por ms
que buscaba, no encontraba ningn obstculo serio que pudiera oponerse a
la felicidad soada, y se vea ya casado con Mara, y hasta padre de
hijos ms legtimos que aquella nia que estaba en el convento de
Madrid; pero tales pensamientos no prevalecan mucho tiempo, pues
inmediatamente surga el Baselga hombre prctico, conocedor del mundo y
desengaado de l, que se echaba en cara su propia tontera y, para
desengaarse, exageraba la diferencia de edad y todo cuanto pudiera
oponerse al soado matrimonio.

A qu lado decidirse? Esta era la continua preocupacin del conde, que
a cada momento acariciaba un pensamiento distinto, acabando por no
adoptar resolucin alguna.

As fu transcurriendo mucho tiempo, y en casa de Avellaneda nadie se
apercibi de lo que ocurra en el interior de Baselga.

Mara, con ese instinto especial de las mujeres, comprenda que el
emigrado experimentaba una continua preocupacin; pero estaba muy lejos
de imaginarse que era ella el objeto de tales pensamientos.

Ya no se condola el conde de su soledad, ni pensaba en casarse
nicamente por tener a su lado un ser que le hiciera ms llevadera la
emigracin.

Lo que a l le impulsaba hacia Mara era el amor, y como la verdadera
pasin logra siempre acallar toda clase de preocupaciones, Baselga se
decidi a declararse a la joven, aun a riesgo de caer en ridculo y
sufrir una negativa que desvaneciera todas sus ilusiones.

El amor triunfaba del sentido comn.




X

Declaracin.


Cmo supo Mara que era amada por el hombre cuya imagen no la
abandonaba ni aun durante el sueo?

Fu en una tarde de primavera y en aquel paseo del Luxemburgo, que haba
sido el mudo y carioso testigo de todos los juegos y alegras de su
infancia.

Hermosa decoracin, digna de la amorosa escena. El lindo paseo sacuda
el manto de fra esterilidad con que el invierno le haba aprisionado, y
en las entraas de su fresca tierra despertaban de su sueo de seis
meses los fructferos grmenes que, estallando hacia arriba, se
disponan a ver la luz en forma de verde follaje o de olorosas flores.

La savia, cuajada, comenzaba a bullir en las venas de los rboles, y,
rompiendo la dbil puerta de las tiernas yemas, cubra el ramaje hasta
entonces negro, escueto y casi fnebre, de verdes hojas que filtraban la
luz fantsticamente y que, a la menor caricia del viento, se conmovan
como una arpa elica cantando, con interminable susurro, la embriagadora
cancin de la primavera.

Los perfumes de las primeras flores invadan el espacio y bajaban hasta
el fondo de los pulmones, vidos de aspirar las primicias de los besos
de la hermosa estacin, y los pjaros, cobijados hasta entonces en los
aleros de los tejados, tmidos y medrosos, huyendo siempre del furioso
viento, o recelando de la traidora nieve, bajaban ahora al paseo y,
ebrios por los efluvios de la desbordada naturaleza, volaban en
caprichosas evoluciones, posndose tan pronto en lo ms alto de la
balanceante rama, para saludar al sol con su balbuciente canto de nio,
como descendiendo a los andenes del paseo, para acompaar con sus
graciosos saltos la lenta marcha de los paseantes.

Aquella tarde, Mara llevaba por acompaantes a Tomasa y al seor
Garca, pues su padre haba querido aprovechar el buen tiempo para ir al
cementerio del Padre Lachaise y colocar una corona de flores sobre la
tumba de su esposa.

Baselga marchaba al lado de la joven, que, de vez en cuando, fingiendo
distraccin, le miraba con el rabillo del ojo.

Mara esperaba que en aquella tarde ocurriera algo que fuese para ella
de gran importancia.

Era extrao, y digno de llamar la atencin, el que Baselga, que no
asista ms que de noche a su casa, se hubiese presentado aquella tarde
con el pretexto de buscar al seor Garca, mostrando gran empeo en
invitarla a un paseo por el Luxemburgo, a pesar de que a ella le pareca
mejor quedarse en su habitacin.

Adems, el emigrado no tena el aspecto de costumbre.

Mostraba cierta agitacin desde que la criada y el preceptor quedaron
algo ms atrs, dejndolo solo al lado de Mara, y hablaba con aire
distrado, como si le agobiaran importantes pensamientos, o estuviera
fraguando un plan de gran trascendencia.

Pobre Baselga! Que le sucediera eso a l cuando ya contaba cuarenta
aos y estaba cansado de saber lo que es el mundo!

El conde se encontraba desconocido. El, que tanto se haba distinguido
en los salones de Palacio, en Madrid; l, que haba hecho el amor ms
por costumbre que por pasin, y haba intentado la conquista, en su
juventud, de cuantas mujeres hall a su paso, sentase ahora
impresionado ante aquella chicuela, ignorante y sencilla, que no tena
la astucia ni la doblez de las damas palaciegas.

Varias veces fu el emigrado a abrir la boca para espetar su declaracin
de amor: una solicitud muy bien pensada, pues no era caso de que un
hombre de su edad y categora fuese a declararse como un cadete, y otras
tantas tuvo que detenerse, pues los pensamientos se borraron de su
cerebro y no encontr palabras para expresarse.

Haba ms an. El conde, que no era hombre capaz de sentir cortedad en
ninguna ocasin, temblaba ahora al pensar que haba de hablar de amor a
aquella criatura que pareca tan distante de pensar en cosas terrenales.

Qu significaba aquello? Miedo a ser correspondido, a contraer
compromisos y a casarse, no poda ser. El haba pensado detenidamente el
asunto, el matrimonio le era indispensable, y una boda con la hija de
Avellaneda le convena bajo todos los aspectos, hasta tratndose de
conveniencia material, pues la joven era inmensamente rica, segn l
saba por su amigo Garca y por el mismo padre.

De qu provenia, pues, aquel temor? El conde no poda explicrselo de
un modo claro, y nicamente llegaba a comprenderlo adquiriendo la
certidumbre de que estaba realmente enamorado, de que senta una pasin
de muchacho, de esas irreflexivas, melanclicas e infinitas que, aun a
trueque de caer en el ridculo, se desahogan en forma de suspiros y
versos.

Recordaba la pasin que en otro tiempo le haba inspirado Pepita
Carrillo, y comprenda que lo que experimentaba ahora era el verdadero
amor. Al lado de Mara no senta aquellas punzadas de brutal pasin que
le acometan junto a su difunta esposa, y se abismaba en la
contemplacin de la serena belleza de la joven sin que la bestia
carnvora le hiciera sufrir el menor estremecimiento.

Era aquello un amor romntico, una de aquellas pasiones que la
literatura dominante obligaba a fingir a las gentes de moda, pero que
Baselga senta ingenuamente.

El emigrado conoca las aficiones poticas de Mara, lo imbuda que
estaba del espritu romntico, y tema desagradarla con una declaracin
prosaica que diera a su persona un carcter vulgar.

Mara, por su parte, con esa percepcin femenil tan delicada y atenta,
adivinaba cuanto pensaba Baselga, y esperaba ansiosamente su
declaracin.

El conde se decidi, al fin. Qu diablo! Pecho al agua... Adems,
aquella cortedad era indigna de un hombre de su clase.

Justamente Mara estaba hablando de lo feliz que se senta aquella
tarde, al ver que comenzaba a renacer la hermosa estacin, tan adorada
por ella a causa de su aficin a las flores.

--Y se considera usted completamente feliz, seorita?

--Hoy, don Fernando, me siento muy contenta.

--Luego la felicidad de usted slo es momentnea.

--Ay, don Fernando! Para ser yo feliz, para que mi dicha fuese
perpetua, sera necesario que viviera mi madre y que mi padre gozase ms
salud.

--Es verdad. Est usted muy sola en el mundo. Su padre es viejo, no
tiene ms amigos que su criada y un anciano, pero esta misma falta de
apoyo me ha hecho pensar detenidamente en usted y en su porvenir.

--Cmo! Piensa usted en m algunas veces?

Mara dijo estas palabras con alegre acento que anim a Baselga, el
cual, mostrando cierta extraeza por que la joven ignorase la fuerza con
que le haba obsesionado, contest con melanclica voz:

--S, Mara. Pienso mucho en usted, y me preocupa su porvenir. Cmo no
he de pensar?... Ah! Si usted supiera!...

Por poco no se detiene Baselga y deja su declaracin para ms adelante,
a causa de aquella cortedad que le dominaba; pero una mirada
interrogante de Mara mat su silencio e hizo que el conde siguiera
adelante.

--S, Mara. Yo me intereso por su persona ms de lo que usted se cree.
Es usted, por sus prendas fsicas y morales, de las personas que
inspiran inters a cuantos las conocen, y yo faltara a mi deber de buen
amigo si no procurara aliviar sus penas; y la pena ms grande que usted
sufre es la soledad en que vive y que maana puede ser su peligro. No
puede morir pronto su padre? No puede usted quedarse hasta sin el apoyo
de su preceptor, ese viejo amigo de la casa? Necesita usted un sostn,
un hombre que la adore y la defienda, y ese hombre...

Otra interrupcin de Baselga. Aquella lengua siempre tan expedita y que
aquel da estaba vacilante y estropajosa, causaba la desesperacin de
Mara, que aguardaba ansiosa el trueno final.

Por fin, el hombre sigui adelante y, lo que es ms, habl con varonil
resolucin.

--Mara, yo no soy ms que un soldado y tal vez me explique mal; pero
tengo el mrito de hablar con noble franqueza. Ese hombre de quien hablo
soy yo, que la amo hace ya mucho tiempo. En una palabra: quiere usted
casarse conmigo?

La joven baj la cabeza con cierta confusin que no era fingida, pues la
ltima parte de la declaracin desbarataba todos sus pensamientos.

Aquello era ir demasiado lejos. Ella quera amar y ser amada; deseaba
ser protagonista de una novela romntica con personajes de carne y
hueso; pero lo de casarse le pareca demasiado y muy digno de pensarse.

Tanta era su preocupacin potica, que no haba pensado en que los
amores firmes y consecuentes terminan siempre en la vicara, y ahora se
senta confusa al pensar que Baselga no solicitaba nicamente ser su
adorador, sino su marido.

Haba que pensar aqullo, porque si ella se casaba, cmo iba a ser
monja, tal como se lo haba prometido a la Virgen y al seor Garca?

Mara estuvo mucho rato con los ojos bajos, ruborizada y mostrando
confusin, al mismo tiempo que pensaba la respuesta que haba de dar a
Baselga.

El amor pudo en ella ms que sus compromisos religiosos.

La posibilidad de que una respuesta negativa alejase para siempre a
aquel hombre de su lado la alarm de tal modo, que apresuradamente hizo
con la cabeza una seal afirmativa y despus se ruboriz an con ms
fuerza, como avergonzada de su audacia.

El emigrado se consider feliz con tal demostracin, y fu tanta la
alegra que le produjo ver aceptado su amor por Mara, que a no ser por
lo prximos que iban los dos acompaantes de la joven, dejndose
arrastrar por sus impulsos, hubiera estrechado sus lindas manos hasta
estrujarlas.

Cuando aquella misma noche, despus de la tertulia, Baselga y el seor
Garca volvieron a su casa de la calle de los Santos Padres, el viejo
not en su amigo una agitacin y unas demostraciones de alegra que le
parecan extraas.

--Qu! Hay buenas noticias de Espaa? Ha sabido usted algo de su
hija?

--No es eso, seor Garca; es que estoy alegre... porque s.

El viejo devoto estaba muy lejos de imaginar la verdadera causa de la
felicidad que se retrataba en el rostro de su amigo.

Los amores de Mara y Baselga comenzaron siendo iguales a todos los que
se desarrollan en idnticas condiciones.

Miradas apasionadas, cartas de amor deslizadas cautelosamente al ir a
tomar el sombrero en la antesala y apretones de manos expresivos hasta
el punto de descoyuntarse los dedos.

A Baselga gustbale aquel amor inocente y misterioso que le
rejuveneca; pero en ciertas ocasiones tena por ridculos e indignos de
su carcter todos aquellos tapujos y hablaba a Mara de abordar
directamente la cuestin pidiendo su mano al seor Avellaneda.

Pero la joven, como si todava fuese una nia temerosa de los azotes
paternales, temblaba al escuchar tal proposicin y se opona a que su
padre tuviera noticia de sus amores, dejando siempre para ms adelante
tal revelacin.

Lo nico que Baselga adelant fu participar a la omnipotente Tomasa sus
relaciones con Mara, y desde entonces la criada fu la medianera y
protectora de aquellos amores.




XI

En el despacho del padre Fabin.


--Entrad, seor Garca, entrad. Tengo grandes deseos de hablaros.

--Reverendo padre--dijo el viejo espaol, penetrando en el despacho
despus de haber anunciado su visita, sacando la cabeza por el resquicio
de la entreabierta mampara--, me habis mandado llamar y aqu estoy,
como siempre, fiel a vuestras rdenes.

--Yaya, sentaos y encareced menos vuestra puntual fidelidad, pues si os
dejan hablar os tendrn por el primer servidor de la Compaa, siendo
as que, aunque con mucha voluntad, pecis de descuidado.

--Por qu decs eso, reverendo padre?

--Tenemos que hablar mucho sobre vuestro negocio en la casa de la rue
Ferou. Cmo est aquello?

--Como siempre, reverendo padre. Todo marcha bien. El asunto sigue
presentndose magnfico.

--Magnfico!, magnfico!--repuso con acento irnico el padre Fabin
Renard--. Parece imposible que un hombre de vuestra edad y vuestra
experiencia hable con la ligereza de un muchacho atolondrado y prometa
facilidades donde slo hay dificultades. Cmo est el seor Avellaneda?

--Tan supeditado como siempre a su amigo y administrador. Su voluntad es
ma, o ms bien dicho, es nuestra.

--Y su hija?

--Sigue tan aficionada, como siempre, a la vida religiosa, y es seguro
que profesar en el convento que nosotros le indiquemos.

--Y por qu no lo ha hecho ya?

--Porque... porque..., francamente, reverendo padre!, esa joven
experimenta lo que todas a los veinte aos. Tiene aficiones monsticas;
pero las pompas del mundo le atraen un poco y est dudando entre el
diablo y Dios, para decidirse, al fin, por este ltimo. Bueno es que
dude, pues as el desengao ser mayor y se acoger con ms fe a la vida
religiosa.

--Seor Garca, sois un mentecato. Yo soy quien sabe por qu esa joven
no entra en el convento.

--Por qu, reverendo padre?--contest el vejete, que corresponda al
insulto del superior con aduladoras sonrisas.

--Porque est enamorada.

--Enamorada!--exclam verdaderamente sorprendido Garca--. Y de quin?

El padre Fabin mir de pies a cabeza a su subordinado, hizo un gesto de
desprecio y, sin hacer caso de su sorpresa ingenua, continu
preguntando:

--Visita el conde de Baselga muy a menudo la casa de Avellaneda?

--Va casi todas las noches. Se encuentra solo, no sabe pasar sin m y
adems en dicha casa encuentra una tertulia de buenos amigos y honesta
conversacin.

--Sois vos quien lo presentasteis en la casa?

--S, yo fu, reverendo padre; creo no haber faltado con ello a vuestras
instrucciones.

--Imbcil! Y quin os manda relacionar al conde con la familia de
Avellaneda?

--Reverendo padre, permitidme que os diga que fu vuestra reverencia
quien me encarg ser el gua del conde en Pars, y no creo haber faltado
a vuestras instrucciones presentndolo en dicha casa, tanto ms cuanto
que el seor Baselga deseaba tener amigos.

--Pues bien; sabedlo, hombre obcecado. Mara y el conde se aman y se
cortejan en vuestras propias narices.

El vejete experiment tan tremenda impresin como un devoto a quien el
Papa le dijera que no hay cielo.

Quedse estupefacto por algunos instantes, pero fcilmente se repuso y,
con sonrisa de incrdulo, contest a su superior:

--Permtame vuestra reverencia que le diga que lo han engaado. Ser tan
imbcil como vuestra reverencia quiera, pero a un hombre como yo no le
pasa desapercibida una cosa de tanta importancia.

--Seor Garca, conocis bien los estatutos de nuestra Orden? Sabis
de qu modo realizamos nuestros negocios?

--Creo que s. No soy nuevo en la Compaa.

--Cuando a un hermano se le encarga un negocio, qu es lo primero que
hacemos?

--Designar a otro hermano que sea desconocido por el primero para que le
vigile y d cuenta del modo cmo lleva a cabo el asunto y si procede con
acierto.

--Perfectamente. En esta ocasin, como en todas, el ojo de la Compaa,
que ve hasta en las mayores tinieblas, os ha vigilado mientras
trabajbais "para la mayor gloria de Dios" en el seno de la familia de
Avellaneda, y por este medio nos hemos convencido de vuestros
desaciertos y vuestros descuidos. La vigilancia del hermano encargado de
espiaros ha penetrado hasta el interior de la casa de Avellaneda, y por
una de las domsticas, de nacionalidad francesa, hemos sabido que el
conde y la nia se aman, que aprovechan la menor ocasin para hablarse
solos y sin testigos y que diariamente y a la hora de despedirse cambian
una carta ante vuestros ojos de topo. Ya veis que estos datos no admiten
rplica, y para avergonzaros ms, aun faltando al sigilo que recomienda
la Orden, os digo el medio por el cual hemos adquirido tales noticias.

--Reverendo padre--dijo el viejo con desaliento, aunque con el deseo de
no pasar por vencido--, eso puede ser muy bien un chisme propio de una
sirvienta.

--Si esa domstica ha mentido no puede hacer lo mismo el hermano
encargado de espiaros, y ste declara que varias tardes ha visto pasear
en el Luxemburgo a Baselga y a la seorita Avellaneda muy amartelados,
mirndose con la empalagosa dulzura de los amantes, mientras que vos,
con aire de estpido que os es el ms propio, bais a pocos pasos de
distancia hablando majaderas con el padre o la criada.

--Permitidme que os diga que ese hermano, a quien no conozco, puede
haberse equivocado y que su deseo le habr hecho ver cosas que slo
existen en su imaginacin.

Crea el seor Garca que con esto lograba desbaratar todas las
acusaciones de su superior, pero se qued fro cuando ste exclam con
acento colrico:

--An encuentra vuestra imbecilidad objeciones que oponer! Pues para
que os confundis puedo ensearos las palabras amorosas que nuestro
hermano ha sorprendido, paseando con aire indiferente al lado de los
amantes, y que tengo apuntadas en este legajo.

Y al decir esto golpeaba ruidosamente con su diestra una carpeta repleta
de papeles que tena sobre la mesa y en cuya tapa se lea este rtulo.
"Familia Avellaneda. Vale quince millones".

El seor Garca qued anonadado, y su superior, gozndose en su
confusin y completa derrota, continu diciendo con colrica voz:

--Ya estis satisfecho? Os falta algo para convenceros de que sois un
imbcil completamente inservible? En otro tiempo podris haber sido muy
bueno, pero ahora me parecis uno de esos perros viejos que han perdido
el olfato. Pensad en las consecuencias de vuestra inadvertencia, en el
peligro en que habis puesto los intereses de la Orden, y ste ser
vuestro mayor castigo.

El viejo baj la cabeza como avergonzado por aquella justa reprimenda, y
durante algn tiempo nada turb el silencio en aquella habitacin.

Reflexion un buen rato el seor Garca, y arrojndose por fin a los
pies del jesuta, exclam con acento dramtico:

--Castigadme, reverendo padre. Haced de m lo que queris. Soy un
miserable que he descuidado los sagrados intereses de la Orden, y
merezco un severo correctivo.

El padre Fabin mir con altivez a aquel viejo que se humillaba a sus
pies con el aspecto de resignada vctima que espera el golpe, y con una
brutalidad soldadesca, dijo:

--Vaya, amigo mo; levantaos del suelo y no sigis haciendo
demostraciones de un arrepentimiento que no s si sents. Ya sabis que
no gusto de comedias.

Garca se levant del suelo con aire humilde, y el superior continu
hablando:

--Afortunadamente, el asunto todava tiene remedio. El conde es hombre
de mundo que sabe bien lo que se hace; pero la hija de Avellaneda no
pasa de ser una chicuela a la que os resultar fcil convencer siempre
que apelis a ciertos medios. Eso es el primer amor y su fragilidad la
conozco por experiencia. Una pasioncilla que pasar como nube de verano
al soplo de la primera desilusin. Quien me inspira cuidados es Baselga,
que me parece un tuno redomado. Vamos a ver si en estos amores tiene su
parte el inters. Habis hablado alguna vez al conde de la fortuna de
Avellaneda?

--Ese seor sabe por m que don Ricardo es rico, o ms bien dicho, su
hija.

--Pero sabe a cunto asciende su fortuna?

--Creo que no. Baselga no se imagina, ni remotamente, que Avellaneda sea
millonario.

--Acordaos bien de todos mis encargos. Ante todo, es necesario saber con
absoluta certeza si el conde sospecha de lo cuantiosa que es la fortuna
de Mara.

--Lo sabr, reverendo padre.

--Despus, es preciso averiguar si Baselga est enamorado de la joven, o
si, tal como yo me lo figuro, la quiere nicamente por atrapar sus
millones.

--Difcil es eso, pues el conde, aunque vive conmigo con cierta
intimidad, no me habla con entera confianza y slo dice aquello que
quiere. A pesar de esto, averiguar lo que me ordena vuestra reverencia.

--Baselga es un noble espaol tan cargado de pergaminos como falto de
dinero. No tiene para vivir otros recursos que una parte de las rentas
de la hija que tiene en Espaa, y nada tendra de extrao que quisiera
enriquecerse merced al efecto que su gallarda figura haya podido causar
en esa chicuela.

--Efectivamente, reverendo padre; tal vez sea lo que decs.

--Es necesario tambin que en un plazo breve estis enterado de un modo
cierto del estado en que se hallan las relaciones amorosas y de si esta
pasin es fuerte y digna de inspiraros cuidado. Os exijo que seis un
lince, ya que hasta ahora habis sido un bestia; que espiis a los dos
amantes y que no paris hasta penetrar en lo ms recndito de sus
pensamientos. Difcil es la tarea para un hombre de tan cortos alcances;
pero ste es el nico medio para que la Compaa os perdone el peligro
en que la habis puesto con vuestras distracciones.

--Har cuanto pueda, reverendo padre--contest el vejete sonriendo con
cierta malicia--, y de seguro que no quedaris descontento en esta
ocasin.

--Considerad el inmenso perjuicio que causis a la Compaa si por
vuestra ineptitud Mara se casa, y su fortuna, esos millones que la
Orden cuenta ya como suyos, pasa a manos de su marido. La religin est
en peligro, la impiedad la ataca sin tregua y para sostenerse necesita
dinero, mucho dinero que le preste nueva vida. Si por culpa vuestra se
pierde ese negocio, perjudicis la causa de Dios, y ste en la hora de
vuestra muerte os arrojar al infierno.

El seor Garca, al escuchar estas palabras, no pudo ahogar una
sonrisita burlona que rpidamente contrajo sus descoloridos labios, y
que no pas desapercibida a la inquisitorial mirada del padre Fabin:

--No creis en el infierno?... Bueno, pues yo tampoco. Deba castigaros
por vuestro escepticismo, pero me sois simptico porque tenis sentido
comn. Esas farsas slo son buenas para la turba imbcil que nos adora.

--As es, reverendo padre.

--Pero si no creis en el infierno--continu el padre Fabin con el
acento con que se diriga a un camarada--, convendris en que
necesitamos mucho dinero para llevar nuestra obra adelante, y que llegue
un da en que la Compaa de Jess tome posesin del mundo, y que todos
cuantos formamos parte de ella seamos los reyes de la tierra.

--Oh! Eso s, reverendo padre--dijo el viejecillo apresuradamente,
mientras que sus ojos se iluminaban con una chispa de soberbia ambicin.

--Pues bien; esos millones de Avellaneda son un nuevo grano de arena que
aportamos a nuestra grandiosa obra de la dominacin universal. Adems,
vos sois como un hijo de la Compaa; entrasteis en ella en vuestra
juventud, en su seno habis crecido, la consideris como vuestra
verdadera familia, y ninguna gloria os ser tan grata como el que la
Orden, en vista de que la proporcionis quince millones, os considere
como uno de sus hijos ms tiles, laboriosos y digno de eterno recuerdo.

--S, reverendo padre; sa es toda mi ambicin.

--Excuso, pues, deciros lo mucho que habis de trabajar para conseguir
el hermoso resultado de que la fortuna de Avellaneda entre en nuestro
tesoro. Ya sabis el plan. Que Mara no se case, que entre en un
convento y que haga donacin a nuestro favor de todos sus bienes. La
Compaa en la actualidad es pobre. Apenas si pasa de ochocientos
millones lo que en la actualidad poseemos en el mundo, y el general
desde Roma sigue con mirada atenta este negocio del que depende vuestro
porvenir y mi crdito. Qu gloria si aumentramos de golpe con quince
millones el capital de la Orden!

El seor Garca sinti un escalofro de felicidad al pensar en la
grande honra que le proporcionara el buen xito de aquel negocio, y
dijo con aplomo:

--Lograremos nuestro propsito; no lo dudis, reverendo padre.

--En esta clase de negocios ya sabis cul debe ser siempre nuestra
conducta: separar todos los obstculos que se opongan a la consecucin
del fin. Slo los imbciles reparan en sus empresas en la legitimidad de
los medios.

--Soy de esa misma opinin.

--Quin nos estorba? Baselga? Pues le apartaremos buenamente de
nuestro camino, y si no se puede por los medios pacficos...

--Se usan otros ms convenientes. Lo s, reverendo padre.

--No olvidis que igual conducta debe seguirse con el seor Avellaneda,
con la domstica y con toda persona que intente perjudicar nuestros
sagrados intereses.

--As debe ser, reverendo padre. Ante todo la Compaa.

--No; ante todo Dios y nosotros, que somos sus verdaderos
representantes.

Aquellos dos hombres al hablar de obstculos y de medios para llegar al
fin, tenan impresa en el rostro una expresin horrible.

Parecan cuervos disputndose a graznidos la posesin de una prxima
vctima.

Cuando el seor Garca, aquel santo varn, se despidi de su superior,
ste le dijo con tono de amenaza:

--Recordad que yo fu quien os encargu este negocio para que os
lucierais y el que hice todo lo necesario para que el confesor de la
difunta seora de Avellaneda os recomendara eficazmente, facilitndoos
la amistad con la familia. La Compaa confa en vos. No la hagis
sufrir una decepcin, porque el castigo sera terrible.




XII

Espionaje de jesuta


Psose en campaa el seor Garca para averiguar todo lo referente a los
amores de Baselga con Mara, y comenz por sonsacar diestramente a todos
cuantos servan en casa del seor Avellaneda.

El examen de los dos amantes lo dej para despus. Si es que stos
queran espontanearse con l, siempre tendra ocasin para enterarse de
sus secretos.

Las dos criadas francesas fueron las que primeramente abord el seor
Garca, en la confianza de que una de ellas, que al decir del padre
Fabin, estaba en relaciones con un individuo de la Orden, le
proporcionara las noticias que l necesitaba.

Nada de nuevo supo el seor Garca, pues las revelaciones en nada se
diferenciaron de lo que ya haba manifestado el superior de los
jesutas: que la seorita y el conde se entendan, que todas las noches
cambiaban una cartita en la antesala, que parecan estar muy
enamorados...; he aqu todo.

El seor Garca se convenci de que por aquella parte no podra adquirir
ms noticias, y adopt la resolucin de dirigirse directamente a Tomasa,
pues sospechaba que sta forzosamente haba de saber mucho de lo que
ocurra entre su seorita y el conde.

Al principio de su conversacin con la aragonesa, la encontr muy
reservada; pero sus dulces palabras hicieron mella en su tosca
inteligencia, y al fin Tomasa dud, acabando por decidirse a revelar a
su viejo amigo todo cuanto saba.

Por qu no haba de enterarse el seor Garca de los amores de la
seorita? Aquel viejo no era una buena persona que amaba a Mara casi
tanto como ella? No haba all nada malo, y adems, el santo varn poda
prestar un buen servicio a Baselga sirviendo de intermediario a ste, ya
que pensaba pedir al padre cuanto antes la mano de Mara.

Ella no era egosta en aquella ocasin, ni quera atribuirse a su
persona el mrito exclusivo del casamiento; as es que charl por los
codos, revelando al viejo todo cuanto saba, y rogndole que procurase
hacer todo lo posible para que el seor consintiese el matrimonio de
aquella pareja tan enamorada, que, segn la expresin de Tomasa, se
coma con los ojos.

El seor Garca, oyendo a la criada, se convenci de que, efectivamente,
era un imbcil, tal como le deca el padre Fabin. Cuatro meses tenan
ya de existencia aquellos amores, sin que l se apercibiera, por s
mismo de nada, y Baselga llevaba sus asuntos tan apresuradamente, que un
da de aqullos, tal vez maana, pensaba pedir al seor Avellaneda la
mano de su hija.

El viejo devoto estaba asombrado. Diablo! Aquel conde, a pesar de su
aspecto de soldado algo rudo, saba hacer las cosas bien y despistar aun
a los ms allegados. Con justicia figuraba en la Compaa de Jess.

Propsose Garca impedir el rpido desarrollo de aquellos amores y
comenz por exigir a Tomasa el ms absoluto secreto de cuanto haban
hablado.

--Que no sepan el conde ni la seorita--deca el viejo con la ms amable
de sus sonrisas--que t me has revelado el secreto de sus amores. Si
ellos ignoran que nosotros nos entendemos, las cosas marcharn mejor, y
yo podr con ms facilidad conseguir el consentimiento de don Ricardo.
Hay que proteger a ese par de enamorados. Con que la seorita ya no
quiere ser monja y piensa en casarse!... Vaya!, estas nias del da son
el mismo demonio....

Y el vejete sonrea tan bondadosamente, que Tomasa se senta dominada
por aquel hombre tan amable y simptico, acabando por prometerle que no
dira una palabra de todo lo tratado entre los dos.

En la tertulia de aquella noche el seor Garca ejerci un espionaje
digno de acreditarle como hombre astuto y reservado.

Afectando entregarse a ratos a absorbente meditacin o sosteniendo
discusiones sin objeto con el seor Avellaneda, espiaba a Mara y
Baselga, que estaban sentados junto a una ventana del comedor, logrando
sorprender rpidas miradas y otros signos de amorosa inteligencia que
hasta entonces le haban pasado desapercibidos.

El viejo estaba irritado por su torpeza, y la rabia que le produca no
haber adivinado aquella pasin que se desarrollaba en su presencia la
haca caer sobre los dos amantes que, sin darse cuenta de ello, se
haban burlado de l ocultando tan maestramente su afecto. El seor
Garca odiaba a aquella pareja como si se tratara de tremendos enemigos,
y tena cierto placer en pensar que desbaratara su felicidad aunque
tuviera que apelar a los medios ms extremos.

Cuando lleg la hora de retirarse y el conde, seguido del viejo, sali
de la casa con direccin a la calle de los Santos Padres, ninguno de los
dos hombres pronunci la menor palabra. Caminaban silenciosos, como
abstrados en sus pensamientos.

De vez en cuando Baselga miraba rpidamente a su acompaante, siempre
cabizbajo, y en sus ojos se notaba la expresin interrogante del que
duda en confiar un secreto importante.

Haban entrado ya los dos en la habitacin del primer piso, y el seor
Garca, con la palmatoria en la mano, se dispona a subir a su
buhardilla despus de desear al conde muy buena noche, cuando ste le
detuvo con un ademn, y dijo con acento que intentaba hacer indiferente:

--Si usted no tuviera mucha prisa en subir a su cuarto, hablaramos un
poco.

--Como usted guste, seor conde. Yo siempre estoy a sus rdenes. Diga
usted, que ya le escucho.

Y el vejete, dejando su palmatoria sobre una mesa, se sent sonriendo
amablemente.

Rein un largo silencio. Ninguno de los dos hombres deseaba ser el
primero en hablar; Baselga tena miedo de exponer su pensamiento y el
seor Garca no tena prisa y aguardaba pacientemente a que el otro
dijera lo que l ya saba.

Por fin el conde rompi el silencio.

--No me dijo usted una vez que Mara quera ser monja?

--S, seor. Esa es su vocacin.

--Y cundo entra en el convento?

--No se ha fijado an la fecha, pero ello ser ms pronto o ms tarde.

--Y est usted seguro de que a ella le gusta la vida del convento?

--Oh!--exclam el seor Garca por contestar algo--. Eso nadie lo puede
decir mejor que la interesada.

--Y no podra suceder que a Mara le gustase ms ser como todas las
mujeres, casndose con un hombre a quien amase?

--Todo puede ser en este mundo--contest el seor Garca, y mir a
Baselga con aire interrogante como animndole a que se franqueara ms.

Pero el conde pareca arrepentido del sesgo que l mismo haba dado a la
conversacin, y se alarm al considerar que haba estado a punto de
hacer pblico su secreto.

No; el seor Garca no deba de saber nada. Ms adelante, cuando el
padre hubiese dado su consentimiento y estuviera todo arreglado para la
boda, el viejo sabra lo ocurrido; pero ahora no convena y su instinto
le haca adivinar un peligro en el seor Garca.

Haba que cortar aquella conversacin iniciada por l y que comenzaba a
hacrsele pesada.

--Vaya, querido seor! Es ya muy tarde, usted madruga y estoy
imprudentemente quitndole lo mejor de su sueo. A descansar, que usted
tendr para maana mucho trabajo. Ir usted por la tarde a casa del
seor Avellaneda?

El vejete no pudo por menos de hacer un guio instintivo al or aquella
pregunta. Ya comprenda l lo que aquello quera decir. El conde pensaba
sin duda ir al da siguiente a pedir a don Ricardo la mano de su hija.

--Ir, s, seor. Tengo que arreglar con el seor Avellaneda las cuentas
de administracin del pasado mes. Adems, el pobre seor est, como ya
ha visto usted, con sus dolores, y no puede salir de casa, lo que le
tiene muy fastidiado. Desgraciadamente, yo slo estar con l hasta las
cuatro, pues tengo que despachar algunos asuntos urgentes al otro lado
de Pars.

Y luego aadi con ingenuidad asombrosa:

--Si usted no tiene maana ocupaciones precisas poda ir a acompaarle
un rato. El pobre lo agradecera tanto! Adems, mil veces me ha dicho
que le gusta mucho discutir con usted, a pesar de que odia a los
carlistas.

El conde prometi que ira a acompaar al seor Avellaneda, y el vejete,
despus de repetir sus buenas noches!, comenz a subir los noventa y
cuatro escalones que separaban su buhardilla del primer piso.

Cuando poco despus el mugriento levitn quedaba colgado en la percha
junto a la cama y el seor Garca se quitaba los tirantes, mascullando
al mismo tiempo, por la fuerza de la costumbre, algunos padrenuestros al
ngel de la Guarda, cediendo a la necesidad de hablar alto, que algunas
veces le acometa, exclam interrumpiendo sus palabras con nasales
risitas:

--Maana ser el trueno gordo. Descuida, conde arruinado!, que cuando
t vayas a hablar con don Ricardo, ya lo habr yo arreglado de modo que
te eche a puntapis de su casa! Pues no faltaba ms sino que ese conde
hambriento viniera con sus manos lavadas a apoderarse de los quince
millones que tanto tiempo perseguimos! Ese dinero es de la Orden, que
cuenta ya con l, y el que intente ponerle la mano, que se prepare a
recibir nuestros rayos. Buena se va a armar maana! Je, je, je!...




XIII

La clera de Avellaneda


Fu inmensa la impresin que experiment Avellaneda cuando su amigo y
administrador le revel los amores de Mara.

Aquel anciano viva fuera de la realidad. Sus manas y preocupaciones,
que algunas veces hacan dudar de su razn, daban cierto espritu vago y
fantstico a sus ideas; todo lo miraba por el prisma de su propia
personalidad; porque se encontraba dbil y viejo no crea que en el
mundo hubiera juventud y nunca se le haba ocurrido pensar que Mara
pudiese casarse.

Era su hija, y, por lo tanto (en concepto de Avellaneda), lo natural es
que Mara viviese ntimamente unida a l sin conocer otro cario que el
filial.

Jzguese cul sera su impresin al escuchar aquella tarde las
revelaciones del seor Garca.

Despus del almuerzo, y mientras Mara, junto a los rosales de una
ventana lea las seductoras "Orientales", el viejo devoto se encerr con
don Ricardo en el despacho de ste, y comenz a llevar poco a poco la
conversacin adonde l deseaba.

Present las cuentas de su administracin en el pasado mes, papelotes
que Avellaneda apenas si mir, y despus el taimado viejo comenz a
hablar de lo rica que era Mara y de la necesidad de evitar que su
fortuna sirviera de cebo a algn hombre egosta y vicioso.

Don Ricardo no manifestaba afectarse gran cosa por tal peligro.
Valiente susto le producan a l aquellos temores que Garca pareca
tener empeo en exagerar! Acaso Mara no era su hija? Quin poda
venir a separarlo de ella; a llevrsela con el propsito de su riqueza?
Eso eran absurdos que nicamente se le podan ocurrir a su devoto
administrador, enemigo del mundo y empeado en exagerar sus maldades.

Pero el bueno de don Ricardo se qued fro al or que su viejo amigo
quera revelarle un secreto que estaba pesando sobre su conciencia, y
con tanta atencin como pudo fu siguiendo las revelaciones del seor
Garca, que eran bastantes embrolladas y dificultosas, sin duda para
hacerlas ms interesantes.

Lo que sac en limpio Avellaneda, haciendo el resumen de una charla que
dur ms de media hora, es que el seor Garca, por el hecho de haber
presentado en la casa al conde de Baselga, no quera cargar con ninguna
responsabilidad, y se apresuraba a poner en conocimiento del padre que
el tal seor haba conseguido enamorar a Mara y que sta estaba loca de
pasin por aquel noble que, bien considerado, por su pobreza y su
expatriacin forzosa no pasaba de ser un aventurero.

Era tan enorme aquello, que el seor Avellaneda se resista a creerlo.
Mara enamorada! Mara dispuesta a casarse!

Bah!, seor Garca--dijo el afrancesado despus de una larga
meditacin--. Tal vez est usted en un error y su exagerado celo por la
nia le haya hecho ver un peligro donde no le hay.

--Don Ricardo, puedo asegurarle a usted, y aun jurrselo por lo ms
sagrado, que Mara y el conde se aman.

--Amores propios de una chiquilla. Caprichos que desaparecern a la
menor reprimenda del padre.

--Est usted equivocado. La cosa es ms seria. Mara est enamorada como
una herona de las novelas que ahora lee ocultndose de nosotros.

Avellaneda, al ver la seguridad con que hablaba su amigo, comenz a
dudar.

--Lo ms acertado ser llamar a Mara para que confiese francamente lo
que ocurre. Ella no sabe mentir, y as sabremos las cosas con certeza.

--No haga usted tal, pues nada adelantaremos. Mara negar como todas
las nias hacen en su caso. Adems, quiere usted convencerse?, pues
dentro de poco tiempo, tal vez esta misma tarde, vendr el conde a
pedirle la mano de su hija. Lo s de cierto, pues leo perfectamente en
el pensamiento de Baselga.

Aquello di al traste con la paciencia de Avellaneda, que se indign, y,
a pesar de su carcter bondadoso y de los dolores que le obligaban a
permanecer quieto en su silln, comenz a moverse y a proferir palabras
entrecortadas por bufidos de furor.

--Esa es buena! De modo que ese caballerete tiene el atrevimiento de
querer venir a mi propia casa para robarme mi hija... Canalla! Quisiera
ser ms joven para imponerle un correctivo, y aun as no s si podr
contenerme y dejar de darle de bofetadas. Bueno va esto! Se ha lucido
usted presentando en mi casa a ese conde del demonio. No, y mil veces
no. Mi hija no se casa ni con l ni con nadie. Para eso la he criado
yo? Para que me la robe el primer zascandil que se presente?...

Y Avellaneda daba furiosos puetazos sobre los brazos de su butaca,
hacindose la ilusin de que machacaba la hermosa cabeza de Baselga.

El seor Garca contemplaba con aire satisfecho aquel acceso de furor;
pero temiendo al fin una complicacin, crey del caso intervenir, y
aconsej a su amigo que tuviese calma.

--Ya ve usted, seor Avellaneda, que no es razonable irritarse de tal
modo porque a un mequetrefe se le ocurra hacer una barbaridad.

--Dice usted bien--contest don Ricardo, y su rostro fu serenndose
hasta quedar en apariencia tranquilo algunos minutos despus.

Transcurri bastante tiempo sin que hablase ninguno de los dos viejos,
hasta que, por fin, don Ricardo exclam dolorosamente:

--No imaginaba yo que mi hija me diese tan gran disgusto. Crea que me
amaba lo suficiente para no pensar nunca en separarse de m, pero ahora
veo que viva engaado.

--Las mujeres son muy inclinadas a las locuras, y Mara no ha podido
librarse de esa enfermedad amorosa que acomete a todas las jvenes.

--Siempre me haba parecido un mal hombre ese Baselga. Confieso que lo
miraba con recelo. Mire usted de quin va a enamorarse mi hija! De un
hombre que casi puede ser su padre, de un noble matachn ignorante como
un lego, y por aadiduda carlista.

Y el seor Garca, aunque torciendo el gesto, tuvo que aguantar una
verdadera rociada de denuestos que Avellaneda arroj sobre todos los que
defendan la monarqua absoluta, el fanatismo religioso y el
restablecimiento de la inquisicin.

Cuando don Ricardo termin de desfogar su indignacin, el viejo devoto,
que por inconsciente instinto de servilismo iba apoyando con
inclinaciones de cabeza todas las palabras, dijo a su amigo:

--Hace usted perfectamente en oponerse a las pretensiones del conde.
Mara no debe casarse. Pero para impedir ese matrimonio tendremos que
luchar mucho, pues esa nia est muy enamorada.

--Yo sabr impedir esos amoros.

--Lo veo difcil mientras Mara est aqu.

--Arrojar a ese hombre de mi casa tan pronto como se presente.

--Con eso nada impedir usted; Baselga es hombre ducho en amores, y
siempre encontrar medios para comunicarse con Mara animando cada vez
ms su pasin, Si usted hiciera caso de mis consejos!...

--Qu quiere usted proponerme?

--El mejor medio, para lograr que se extinga en el pecho de Mara esa
pasin que hoy la domina, es sacarla de aqu, romper todos los lazos que
la unen al conde y hacer que no viva en el mismo lugar donde ha visto
nacer y desarrollarse su amor.

--Y dnde quiere usted que la llevemos?

--A una santa casa, a un convento de nuestra confianza cuya superiora me
aprecia mucho. Mara en sus tiempos de nia ha tenido grandes aficiones
a la devocin y all, disfrutando la paz angelical del claustro, se
borrar por completo de su memoria la imagen del hombre a quien hoy
tanto ama. Oh! Tranquilcese usted, don Ricardo! No se trata de que su
hija sea monja. Permanecer poco tiempo en el convento; nada ms que el
suficiente para que olvide esa malaventurada pasin.

El seor Garca deca ests palabras con la maligna y atrayente dulzura
de la serpiente bblica cuando tentaba a la primera mujer.

Haba que seguir la tctica jesutica e ir haciendo las cosas poco a
poco. Primero, Mara entrara en un convento por una temporada; despus
ya se encargara l de que se perpetuase el encierro, despertando en la
joven sus tendencias al romanticismo religioso y haciendo que
pronunciara los severos votos claustrales. Lo importante y ms preciso
era que el padre diese la aprobacin para que ella entrase en un
convento.

Don Ricardo al or aquella proposicin qued mirando fijamente a su
amigo, y despus de un largo silencio, dijo con voz agresiva:

--Vaya usted al diablo! Le parece a usted que yo soy partidario de los
conventos? No quiero ver a mi hija en tales sitios, y antes que verla
monja sera capaz de entregarsela a ese mentecato de Baselga.

El golpe haba fallado y el seor Garca baj la cabeza con resignacin.

Quedaron silenciosos largo rato los dos ancianos; pero Avellaneda, que
en su afn de padre egosta no poda comprender cmo se atreva un
hombre a querer arrebatarle su hija, volvi otra vez a su tema, o sea a
hablar contra aquel amante audaz.

--Mire usted que es atrevimiento! Venir a solicitar la mano de mi hija
un hombre que en realidad no s quin es. Porque vamos a ver! Usted
sabe quin es Baselga? Cul ha sido su antigua vida? No s por qu me
figuro que debe haber hecho mucho mal en este mundo.

--Mucho, don Ricardo; no se equivoca usted. Yo s de l cosas horribles,
y tenga usted la seguridad que a saberlas antes, no lo hubiera
presentado en esta honrada casa.

--Y qu se dice de l?--pregunt Avellaneda con curiosidad.

--De un modo cierto, nada. Pero se murmura que a su esposa, la baronesa
de Carrillo, la estrangul en un rapto de celos. No conozco el suceso
detalladamente, pero puedo enterarme y adquirir datos.

--No, no es necesario. Nada me importa lo de ese hombre; al fin, tan
pronto como se presente aqu, lo arrojar a la calle.

--Har usted perfectamente.

El seor Garca sigui con gran habilidad haciendo odioso a aquel hombre
que viva en su misma casa y al que manifestaba en todas ocasiones un
cario admirablemente fingido.

El senta mucho tener que hablar contra el conde, pero la amistad y la
honradez ante todo, y no quera que por culpa de sus afectos, viniese a
sufrir crueles decepciones un amigo tan querido como lo era el seor
Avellaneda.

Este, agitndose continuamente por las punzadas de dolor que senta en
sus huesos, iba siguiendo con atencin las peroraciones del vejete, y se
senta impulsado a abrazar a aquel santo varn, que tanto se interesaba
por el honor y el bienestar de la familia.

Cuando al dar las cuatro los relojes de la casa, el seor Garca se
dispuso a marcharse para atender a sus ocupaciones de hombre devoto,
Avellaneda quedaba ya convencido de que Baselga era un conde aventurero
que, al enamorar a Mara, nicamente buscaba sus millones y de que deba
ponerlo en la puerta sin ningn miramiento, como si se tratase de una
bestia daina que quera introducir la desgracia en aquel hogar.

No haba transcurrido un cuarto de hora desde que el mugriento levitn
del devoto haba desaparecido tras el cortinaje de la puerta, cuando
entr Tomasa secndose las manos con su delantal, y con la ruda
franqueza que le daba su dominio en la casa, anunci a su seor que
acababa de llegar el conde de Baselga.

--Viene a hacerle un rato de compaa. Qu bueno es ese seorn!

Avellaneda hizo una mueca al escuchar las ltimas palabras de la
domstica, la cual, sin esperar contestacin, volvi a salir para llamar
al recin llegado.

Cuando entr Baselga saludando a don Ricardo con aquella cortesa franca
y distinguida que le haca tan simptico, ste apenas si contest con
unos cuantos gruidos, casi imperceptibles.

Tena delante al traidor, al monstruo infame que pretenda robarle su
hija, y l, tan pacfico y tan humilde, senta no ser fuerte y gil como
en su juventud para arrojarse sobre aquel mequetrefe y molerlo a palos.

La conversacin fu lnguida e incolora. Baselga, como si deseara
retardar todo lo posible el entrar en materia, hablaba del tiempo y se
enteraba minuciosamente del estado del enfermo, no logrando de ste
otras respuestas que secos monoslabos y gestos de mal humor.

El conde adivinaba en su viejo amigo un disgusto, cuyo motivo no
comprenda, y estaba temeroso de que en tal ocasin sus pretensiones
iban a experimentar un tremendo fracaso.

Vacilaba el emigrado como el da en que declar su pasin a Mara; pero
all se trataba de un hombre, y Baselga experiment cierto rubor por su
cobarda, decidindose acto seguido a explanar sus pretensiones.

--Don Ricardo: yo no soy viejo. Los rudos accidentes de mi vida me han
marchitado algo, pero por mi edad y por mi vigor, todava estoy lejos de
la vejez. No le parece a usted as?

Avellaneda hizo un gesto de indiferencia, como para demostrar que nada
le importaba aquello.

--La soledad en que vivo aqu, me ha impulsado a refugiarme en el seno
de la familia de usted, buscando afectos y atenciones que nunca
agradecer bastante, y este continuo roce ha engendrado en m una pasin
de la que en vano pretendo librarme.

Si Baselga no hubiera tenido inclinada su cabeza, de seguro que se
hubiera intimidado ante el relmpago de ira que pas por los ojos del
anciano; pero no lo vi, y sigui hablando.

--En resumen, seor Avellaneda, Mara me ama tanto como yo a ella, y
vengo a pedir su mano.

El golpe estaba ya dado, y Baselga, libre, al fin, de su carga, levant
la cabeza para mirar ansiosamente al viejo, esperando la contestacin.

Avellaneda esperaba aquella demanda, y a pesar de esto, se qued
estupefacto como si le sorprendiera la peticin de Baselga.

Tanto le obsesion aquello, que l llamaba atrevimiento inaudito, que
por algunos minutos no supo qu contestar; pero, al fin, dijo con fosca
voz:

--Caballero, eso que usted me pide es imposible. Mi hija no es para
usted. Acaba de darme un gran disgusto y le ruego se retire.

Entonces le toc mostrarse estupefacto al conde. Cmo! El padre de su
amada le rechazaba de tal modo! Y por qu?

Baselga estaba transformado. Aquella despedida, dicha en tono grosero,
le haba producido el efecto de un latigazo y resucitaban en l sus
instintos caballerescos, sus susceptibilidades de matachn. El no se
ira de all hasta que le fueran explicadas tales palabras, y as se lo
manifest de un modo enrgico a don Ricardo.

Este tambin haba ido excitndose rpidamente y las exigencias de
Baselga le pusieron fuera de s.

--Cree usted que me asusta, seor conde, con ese aire de matn! Ay,
si yo fuera ms joven y no estuviera enfermo! Quiere usted
explicaciones? Pues bien, sepa que no le concedo la mano de mi hija
porque no me da la gana; ya est usted enterado. Soy el dueo de mi casa
y no tengo que explicar mis actos a quien no vive en ella.

--Pero eso es una indignidad--arguy Baselga con gran calor--; Mara me
ama y usted no tiene derecho para hacerla infeliz.

--Quin la hara ms feliz, yo, negndome a que se case con usted, o el
conde de Baselga, siendo su esposo? Yo no s quin es usted. Mis
noticias se reducen a saber que usted fu casado hace ya algunos aos
con la baronesa de Carrillo. Pero me puede asegurar alguien que careci
de dramticos y repugnantes accidentes su matrimonio?

Baselga se estremeci. Aquel diablo de viejo haba dicho sus ltimas
palabras con tan marcada intencin, que el conde tembl, creyendo que
don Ricardo conoca en todos sus detalles el dramtico fin de Pepita
Carrillo. Pero poco tard en tranquilizarse. No; aquella triste pgina
de su vida slo la conoca el padre Claudio y era imposible que ste la
hubiese revelado a nadie.

--Seor Avellaneda, permtame usted que le diga que se engaa al creer
que Mara no puede ser feliz conmigo. Donde hay amor desaparece la
desgracia, y yo amo a Mara hasta llegar a la demencia.

--Caballero, basta de farsas. Usted es un noble arruinado y lo que ama
son los millones de mi hija.

Aqul s que fu un golpe duro para Baselga. Estaba lejos de esperar un
insulto tan atroz disparado a bocajarro y se estremeci de la cabeza
hasta los pies, como si una pesada mole acabara de caer sobre su crneo,
dejndole aturdido con el golpe.

Por algunos instantes qued inmvil, como si no se diera cuenta exacta
de lo que acababa de or; pero despus se levant de su asiento con la
rpida rigidez de un resorte que se escapa y avanz algunos pasos.

Don Ricardo le miraba con aire insolente, como desafindole a que en su
propia casa intentase la menor violencia; pero pronto volvi la vista
para ver quin entraba en la habitacin.

Mara, con el cuerpo trmulo, el rostro plido y demostrando una gran
agitacin, acababa de entrar lanzando una mirada suplicante a su padre y
al conde.

--Ah! Eres t, hija ma? Sin duda, nos escuchabas escondida tras la
cortina. No est muy bien tal curiosidad; pero me alegro, pues as
habrs podido enterarte de lo que le digo a este caballero. Lo despido,
prohibindole que entre ms en esta casa. No te parece bien?

Mara baj la cabeza como anonadada por aquel acento sarcstico que
nunca haba conocido en su padre. Miraba a ste todava con el mismo
temor instintivo que en sus primeros aos, y no sabiendo qu contestar,
encontr ms propio romper en copioso llanto.

Aquello acab de poner furioso a don Ricardo, y como si Baselga fuese el
culpable de las lgrimas de su hija, se encar con l, gritndole:

--Caballero, ah tiene usted su obra; esas lgrimas las produce usted,
gcese en ellas. Antes que el demonio le condujese a usted a esta casa,
todo era felicidad y mi hija nunca lloraba; ahora ya ve usted las
consecuencias de su amor. Mrchese usted pronto, o de lo contrario har
que venga la Polica para que lo arroje de esta casa.

Baselga no quiso permanecer por ms tiempo all sirviendo de blanco a
los insultos del viejo.

Lentamente se encamin a la puerta, y al llegar a sta, dijo a don
Ricardo con voz firme y tranquila:

--Hace usted mal en oponerse a nuestra felicidad. Mara y yo nos amamos,
y toda la oposicin de usted no lograr hacer que nos olvidemos. Poda
usted ser feliz teniendo a su lado dos hijos cariosos, y se empea en
labrar su soledad y su desgracia. No alcanzar usted nada, pues yo le
aseguro que, por mi parte, jams desistir de ser esposo de Mara.

--Ah! Fatuo, ridculo--exclam Avellaneda.

Pero no pudo decir ms en vista de que Baselga haba desaparecido,
oyndose al poco rato un fuerte portazo en la escalera.

Padre e hija permanecieron mucho tiempo en un silencio embarazoso.

Avellaneda fu el primero en hablar, y con voz cariosa y tranquila,
como si no hubiese ocurrido momentos antes el ms leve incidente, dijo a
su hija:

--Ya has odo que ese hombre asegura que t le amas. Es verdad, hija
ma?

Mara dud en contestar; pero por fin, con el aspecto de una nia
vergonzosa que se ve interrogada por su maestra y con la voz conmovida
por los sollozos, contest:

--S, seor; le amo.

--No me parece mal la franqueza. Pero al menos hars caso de los
consejos de tu padre y olvidars a ese hombre que te quiere por tu
dinero. Olvidars a ese hombre, hija ma?

Esta vez no tard Mara en dar su contestacin. Ces de llorar, secse
los ojos con sus manos y, fijando en su padre unos ojos en que se
retrataba una energa salvaje, por lo inquebrantable, dijo
resueltamente:

--No, seor; jams le olvidar.

Tomasa, que comprendiendo lo que all se trataba, andaba husmeando cerca
de la puerta de la habitacin, oy un fuerte golpe que conmovi
sordamente el pavimento.

Cuando la fiel domstica entr en la habitacin vi a don Ricardo
tendido a los pies de su butaca, convulso, con la vista extraviada,
rugiendo sordamente de dolor y arandose el pecho encima del corazn.

Mara le contemplaba con asombro, y completamente aturdida no saba qu
hacer ni dnde dirigirse.




XIV

El padre Fabin y el conde de Baselga


--Dispnseme vuestra reverencia mi tardanza. He estado dos das fuera de
casa, viviendo al otro extremo de Pars con un compaero de armas, y
hasta esta tarde no he sabido que haba usted enviado repetidas veces a
buscarme.

--Yo mismo he estado esta maana en la calle de los Santos Padres.

--Usted, padre Fabin? Vuestra paternidad ha olvidado sus importantes
ocupaciones por venir a buscarme en mi pobre vivienda?

--S, seor conde. Tengo que tratar un asunto de gran importancia, en el
que es necesario saber la opinin de usted. Sintese, que la
conversacin no ha de ser corta.

Baselga, que tena el rostro plido y ojeroso, y que mostraba en el
traje cierto desorden, ocup el silln que le sealaba el padre Fabin,
y tom la atenta posicin del que se prepara a escuchar.

--Lo s todo--dijo el jesuta sonriendo bondadosamente y guiando un
ojo.

--Y qu es lo que vuestra paternidad sabe?--pregunt Baselga con cierta
desconfianza.

--Es intil el disimulo. S todo lo ocurrido hace dos das en casa del
seor Avellaneda entre ste y usted.

--Lo habr contado, sin duda, el seor Garca.

--El mismo.

--Ah, ya! El buen seor se toma mucho inters en este asunto. Ms, tal
vez, del que deba.

El emigrado dijo estas palabras con tal intencin, que el padre Fabin
se apresur a contestar:

--Parece que usted duda de la sinceridad de nuestro amigo, y hace muy
mal. El seor Garca le quiere a usted mucho y est inconsolable por la
decepcin que usted acaba de sufrir.

No pareci Baselga muy decidido a creer en la sinceridad de aquel
cario; pero call, dando a entender con un gesto que despus de todo lo
sucedido le importaba muy poco cuanto pudiese hacer el seor Garca.

--Tena grandes deseos--continu el jesuta--de ver a usted para reirle
por su falta de franqueza. Varias han sido las veces que he conversado
con usted amistosamente en esta habitacin, y nunca se ha dignado
manifestarme el amor que le dominaba. Es que usted desconfa de un
amigo como yo?

--Reverendo padre; las cuestiones de amor no se revelan a nadie, y menos
a hombres que son representantes de Dios y, por tanto, estn muy por
encima de las cosas terrenales.

--Bah!, querido conde; eso no pasa de ser una excusa como otra
cualquiera para disculpar su falta de franqueza. Si usted no hubiese
procedido conmigo con una reserva que no creo merecer, yo le habra dado
algunos consejos para evitar esa situacin desairada en que usted estuvo
al pedir al seor Avellaneda la mano de su hija.

--Cmo!, reverendo padre; acaso habra encontrado ayuda en vuestra
paternidad para lograr lo que tanto deseo?

--No es eso; no me ha entendido usted. Quiero decir que con tiempo le
hubiera dado un buen consejo para que olvidase a esa joven, que es para
usted imposible.

--Olvidarla!, jams!

Dijo Baselga estas palabras rotundamente, con el mismo acento enrgico
y vibrante que si estuviese mandando un regimiento.

El jesuta le mir fijamente, y como para estudiar concienzudamente la
fuerza de su pasin, hacindole hablar, dijo con lentitud:

--Segn eso, la ama usted mucho.

--Mire usted, padre; voy a hablarle con tanta franqueza como si me
confesara con usted. Es imposible que yo olvide a esa mujer. Ay, si
pudiera, si lograra borrar su imagen de mi memoria, crea usted que sera
completamente feliz! Estoy enamorado con toda la fuerza del primer amor
y comprendo que acabo mi juventud por donde otros la empiezan. Usted ha
sido soldado como yo y sabe que un hombre de nuestra clase siente ms un
insulto que una estocada mortal. Pues bien; el otro da me dej insultar
por ese viejo sin protesta alguna; le respet slo porque era el padre
de Mara, y en vez de olvidar inmediatamente a una mujer que tales
humillaciones me proporciona, su recuerdo se ha aferrado an con ms
fuerza a mi memoria.

--Eso pasar, hijo mo. Conozco bien el corazn humano y s que el
tiempo tiene fuerza para destruir los recuerdos ms tenaces.

--Se engaa vuestra paternidad. Mara no se apartar nunca de mi
memoria. Durante dos das me he entregado a la vida tormentosa que la
juventud alegre arrastra al otro lado del Sena. Deseando olvidar mi
humillacin y el amor de Mara, he vivido con un compaero de armas,
calavera incorregible; he bebido como un loco, me he emborrachado como
un miserable, me he sumido en el vicioso lecho de las cortesanas y,
nada, reverendo padre, ni el alcohol ni los estremecimientos frenticos
de la carne, han logrado que se borrara en mi cerebro la plida cabecita
de Mara. Oh! Esa nia, ha sabido agarrarme bien y comprendo que nadie
podr hacrmela olvidar.

Y el conde, conmovido por su impotencia para librarse de tal amor, baj
la cabeza quedando sumido en profunda reflexin.

--Debe usted procurar, querido conde, librarse de esa obsesin amorosa.
Es una locura acariciar lo imposible.

--Y por qu ha de tener usted por imposible que Mara sea mi esposa?

--Porque ella tiene contradas sagrados compromisos que ha de cumplir.

--Ama acaso a otro?--pregunt Baselga con ansiedad.

--S; ama a Dios, y ante la imagen de la sagrada Virgen ha prometido mil
veces entrar en un convento para ganar el cielo con sus oraciones.

--Bah!--dijo sonriendo el emigrado--. Eso fu una niera sin
importancia; un capricho de joven devota. Muchas veces me ha hablado,
rindose, de la tendencia que en otros tiempos haba tenido a hacerse
monja.

--Seor conde--repuso el jesuta con severidad--; las promesas que se
hacen a Dios nunca deben considerarse como niadas ni como casos de
risa. Mara ser monja.

--Pero si ella me ama!

--Ese amor es un capricho pasajero, una locura de nia; lo verdadero, lo
cierto, lo que no admite rplica, es que Mara est hace ya mucho tiempo
ligada a Dios.

--Yo no paso por eso--dijo Baselga con resolucin.

--Pues har usted mal en oponerse, seor conde.

Esto lo dijo el jesuta sonriendo con una expresin tan extraa, que
hubiera amedrentado a otro menos tenaz y enamorado que Baselga.

--Mara me pertenece y yo no he de cejar por un capricho de su testarudo
padre.

--Pues tendr usted que conformarse con abandonarla. Hay alguien que
puede, no ya ms que usted, sino que todas los enamorados de la tierra
juntos.

--Y quin es se? Quisiera saberlo.

La pasin volva insolente y audaz a Baselga, hasta el punto de hacerle
mirar con expresin de reto a un personaje tan temible como era el padre
Fabin.

Este, ante las preguntas del conde, mostrse indeciso, pero al fin dej
caer con lentitud estas palabras:

--Es la Compaa de Jess.

--Cmo! La Compaa se opone a mi felicidad? Y por qu motivos?

--Somos los representantes de Dios y hemos de procurar que ste no sufra
menoscabo en sus intereses. Mara ha prometido ser su esposa y sera un
grave pecado que nosotros favoreciramos esta infidelidad contra el
Seor de todo lo creado.

Baselga qued anonadado.

Por experiencia propia saba hasta dnde alcanzaba el poder de la Orden
y se senta atemorizado al saber que tendra ahora que luchar con ella
para lograr la realizacin de sus ensueos.

El padre Fabin comprendi su desaliento y se propuso aprovechar tal
situacin para decidirle a olvidar su amor.

--Vamos, camarada--le dijo con acento amistoso golpendole familiarmente
en un hombro--. No hay que entristecerse tanto porque se pierda la
esperanza de ser dueo de una cara bonita. Al fin y al cabo, sobradas
mujeres hay en el mundo, y de seguro que ni usted ni yo bastamos para
todas. Qu gana usted con ponerse lnguido y triste como un amante de
novela? Hay que divertirse. Qu diablo!, la vida es la alegra, y un
hombre puede vivir contento siempre que tenga a su disposicin una mujer
hermosa. Usted puede encontrarlas ms bellas que esa seorita de
Avellaneda, y es, por tanto, una bobada empearse en un amor que resulta
imposible y que adems choca abiertamente con los intereses de la Orden.

El conde, a pesar de su preocupacin, no pudo menos de extraarse ante
aquellos consejos que hacan salir a la superficie el cinismo que
indudablemente amontonaba en el pensamiento del jesuta.

Y aqullos eran los representantes de Dios! Aqullos los que
trabajaban por poner todo el mundo bajo su direccin! Lo que en el
asunto buscaban indudablemente eran los millones de Mara!

Baselga no pudo seguir en sus dolorosas reflexiones que derrumbaban sus
ms firmes creencias, pues el padre Fabin sigui dndole cariosas
palmaditas y le dijo con melifluo acento:

--Conque quedamos en que usted olvidar a esa joven y vivir en adelante
como si no la hubiese conocido. Estamos conformes, amigo mo?

El emigrado mir fijamente al jesuta, y lentamente, como para dar ms
fuerza y valor a sus palabras, contest:

--No, seor.

Entonces el rostro del rubicundo padre experiment una radical
transformacin. Desapareci la seductora y bonachona sonrisa, siendo
reemplazada por la impenetrable serenidad de una esfinge.

--Pues entonces, seor conde, siento manifestar a usted que en vista de
su conducta deplorable y de su tenaz resistencia, la Compaa tendr
necesidad de apelar a ciertos medios.

Baselga levant los hombros con expresin de desprecio, pero el padre
Fabin no pareci hacer caso y sigui diciendo:

--Hablar con franqueza. Permaneciendo usted en Pars, la seorita de
Baselga sufrir una continua tentacin que podr apartarla del santo
camino del claustro, y, por tanto, interesa a la Compaa que usted
abandone cuanto antes esta poblacin. No dude usted que saldr pronto de
Pars.

--No adivino el medio, y me ro de la amenaza. La Compaa no reina en
Francia, y como yo soy un individuo pacfico que en nada llamo la
atencin de la polica, no es fcil que la autoridad me conduzca a la
frontera.

--Saldr usted de Pars, no lo dude. En todas partes tenemos amigos y el
mismo embajador de Espaa se encargar de pedir al Gobierno francs que
lo conduzcan a usted a Inglaterra, a Suiza o a otra nacin fronteriza,
acusndole de conspirador carlista y pintndolo como un continuo peligro
para el Gobierno espaol. Si usted no quiere que la Polica le pille
desprevenido puede ir haciendo la maleta.

Dijo estas palabras el padre Fabin con tal expresin de omnipotencia,
que Baselga no dud de que las amenazas se cumpliran inmediatamente,
pero a pesar de esto, por pasin y por despecho, continu la
resistencia.

--Haga la Orden lo que quiera, que yo no por esto desistir de mi
propsito ni prometer una cosa que no puedo cumplir.

El conde manifestaba una resolucin inquebrantable. Saba que la
Compaa poda causarle mucho dao, pero a pesar de esto, mantenase
firme, prefiriendo sufrir una persecucin feroz antes que resignarse a
olvidar su pasin.

El jesuta no pareca intimidarse por aquella resistencia. La horrible
sonrisa, smbolo de la Orden, contraa cada vez con mayor violencia sus
facciones, y mirando a Baselga con expresin de lstima, le dijo:

--Veo que es usted un valiente a quien no intimidan las amenazas. Pero,
sin embargo, la Orden an cuenta con medios para obligarle a lo que ella
quiera, sin necesitar valerse de la polica francesa.

--Quisiera saber qu medios son esos--contest con sorna el emigrado.

--Conde, hace usted mal en burlarse. Tratndose de la Compaa de Jess,
slo puede bromear un loco o un imprudente. Tal vez se arrepienta usted
demasiado pronto de saber que tengo en mis manos una prueba terrible
contra usted. De seguro que esto no le dejar conciliar el sueo con
tranquilidad.

--Vuelvo a repetir que quisiera ver esa prueba. Ya sabe usted, reverendo
padre, que no es muy fcil asustarme.

--Pues bien, spalo usted. De Espaa acaban de remitirme un documento
firmado por usted, en el que confiesa claramente haber estrangulado a su
esposa, la baronesa de Carrillo.

Baselga estaba lejos de esperar aquel golpe. Nunca se le haba ocurrido
que tal documento pudiera salir de la cartera del padre Claudio, al que
consideraba como su mejor amigo; as es que qued anonadado y no supo
qu contestar.

El padre Fabin le miraba con ojos de guila, y como para gozarse mejor
en su desgracia, le pregunt con sorna:

--Vamos! No contesta usted nada? Cree ahora que la Compaa tiene
poder para anonadar a los que le estorban? No es usted ese seor
asesino que firma el documento?

Transcurrieron algunos minutos, sin que Baselga contestase, y al fin
repuso con balbuciente voz:

--No, no es posible! El padre Claudio no puede haberme hecho tan
tremenda traicin.

--El padre Claudio es, como yo, un buen servidor de los intereses de
Dios y un fiel agente de la Orden, y los documentos que se confan a
nuestras manos no son nuestros, sino de la Compaa, y todos los
jesutas pueden hacer uso de ellos, siempre que as convenga a los
negocios de la comunidad.

El conde se convenci. Era verdad: el padre Claudio no era ms que un
jesuta, y resultaba estpido buscar en aquel hermoso autmata, movido
por los hilos de una inmensa trama, los humanos sentimientos de amistad
y de honor.

La sorpresa que en Baselga produjo el anuncio de aquel documento, que ya
casi haba olvidado, fu poco a poco amortigundose, pues el emigrado
pens en la inutilidad de aquella prueba acusadora, hallndose l en
territorio extranjero.

Aquel crimen, del que l no era el nico culpable, se haba cometido en
Espaa, y por el momento no corra ningn peligro de que la polica
francesa, a instigacin de los jesutas, lo redujese a prisin.

Pero el padre Fabin pareca leer en su pensamiento por cuanto,
adivinando sus reflexiones, le dijo:

--S lo que usted piensa, y se engaa sobre el uso que la Compaa se
propone hacer de tal documento. No ignoro que, por el momento, para nada
servira si yo lo presentase a los tribunales franceses.

--Pues qu es lo que usted piensa hacer de l?--pregunt con acento de
burla el emigrado.

--Ahora lo sabr usted. Por ltima vez. Accede usted buenamente a
olvidar a la seorita Avellaneda?

--No! Eso no lo conseguira nadie; aunque me matasen.

--Pues bien; maana mismo una persona de confianza se encargar de
ensear a esa mujer que tanto ama usted, el documento en que confiesa
ser el asesino de su esposa.

Esta vez el golpe fu certero, pues lleg rectamente al corazn. Un
verdadero golpe de jesuta.

Baselga experiment un estremecimiento de horror. Aquello nunca haba
llegado a imaginrselo; era el colmo del sufrimiento. Cmo! Revelar a
Mara el espantoso drama con que termin el matrimonio de su amante?
Hacer que sta supiera que el hombre amado era un asesino que
estrangulaba mujeres? No; imposible; antes rugir de pena al considerar
imposible la realizacin de su amor, que pasar por la inmensa vergenza
de que Mara conociera aquella sucia pgina de su vida.

Ahora conoca lo terrible que era aquella Orden, a la que estaba ligado;
ahora aparecan justificados para l los incesantes ataques que en todo
el mundo se dirigan contra la Compaa de Jess.

Se necesitaba la fuerza de un gigante para vencer aquella sombra y
colosal institucin, ante la cual resultaba un pigmeo obligado a
transigir.

Era ya intil la resistencia, y haba que confesarse vencido, anonadado,
y dar an las gracias a aquella tirana con sotana que no levantaba el
pie para pulverizarlo de un golpe.

Como el hombre que despus de luchar con una fiera siente agotadas sus
fuerzas y al fin cae entre sus garras deseoso de terminar cuanto antes
el terrible combate y de morir, as Baselga se resign a ser devorado, y
con voz fosca, murmur:

--Estoy dispuesto.

--Lo celebro mucho, hijo mo--contest el jesuta con voz meliflua--. Ya
sabe usted lo que la Orden desea. Procure usted olvidar que existe en el
mundo la seorita Avellaneda.

--Lo olvidar.

--En cambio, nosotros olvidaremos por nuestra parte ese documento, que
tanto le compromete.

--Gracias.

--Y qu... No est usted contento con la Compaa? Cree usted que con
estas dulces exigencias le causa algn dao?

El tonillo melifluo con que fueron dichas estas hipcritas palabras,
produjo a Baselga un estremecimiento de clera.

Temi dar de bofetadas a aquel canalla que tena su reputacin en sus
manos, y lanzando una mirada de feroz odio sobre el jesuta, sali de la
habitacin ciego de ira y tambalendose como un borracho.

El padre Fabin segua sonriendo.




XV

El jesuta prximo a triunfar


En casa del seor Avellaneda reinaba gran confusin.

El orden que regulaba los actos todos de aquella familia haba
desaparecido, dejando paso a esa confusin propia de todo hogar donde la
enfermedad penetra.

El seor Avellaneda estaba enfermo de gravedad.

Despus de aquella crisis nerviosa que experiment al terminar su
tempestuosa conferencia con Baselga, haba cado en un angustioso
abatimiento que le converta en un ser despojado de voluntad.

Los dolores de la enfermedad de gota que sufra haban desaparecido, y
ni un solo estremecimiento agitaba su empobrecido y dbil cuerpo; pero,
en cambio, comenzaba a indicarse en l una dolencia extraa, que pona
en extremo pensativo y preocupado al mdico de la casa.

La hinchazn que continuamente tena su pie izquierdo, haba subido
hasta ms all del tobillo y creca rpidamente, amenazando invadir el
resto del cuerpo.

El mdico examinaba aquel fenmeno con sorpresa, y mova la cabeza con
aire de duda, mostrndose poco seguro de su ciencia.

Varias veces pregunt a Mara y a la vieja criada, si el seor sufra
del corazn, y slo pudo conseguir contestaciones vagas y
contradictorias, decidindose, al fin, a recetar digital, haciendo caso
omiso de la hinchazn, que consideraba nicamente como superficial
manifestacin de un mal muy grave.

Don Ricardo abandon el silln de su cuarto y tendido en la cama pasaba
las noches, quejndose unas veces con resignacin, y otras con furor sin
lmites, asegurando que tena dentro del pecho algo que le quemaba y le
oprima el corazn.

Mara pasaba las noches en vela, sentada a la cabecera del lecho de su
padre, y a pesar de las continuas fatigas experimentaba una inefable
delicia al ver que aqul, olvidando la expresin ceuda con que la
miraba en los primeros momentos, comenzaba a tratarla con el mismo
cario que cuando era nia y la llevaba a pasear al Luxemburgo.

Algunas veces, don Ricardo cesaba de quejarse, y extenda un brazo para
acariciar aquella hermosa cabeza inclinada sobre l y atenta a la menor
indicacin para cumplirla inmediatamente. Haba en aquella caricia tal
expresin de melanclico dolor, y se retrataba tan claramente en los
ojos del enfermo el convencimiento de que pronto iba a morir, que Mara,
adivinando lo que pensaba su padre, volva rpidamente el rostro para
ocultar sus lgrimas.

Aquella casa, que de continuo estaba alegre con las carcajadas y las
canciones de Mara y las palabrotas de Tomasa riendo a las otras
criadas, haba quedado silenciosa y como envuelta en ese ambiente
ttrico de los lugares donde la vida lucha con la enfermedad, y la
muerte anuncia su prxima presencia. La luz del sol, filtrndose a
travs de los pesados cortinajes baaba las habitaciones con una turbia
claridad que dejaba los objetos en incierta penumbra, y el silencio
monacal que imperaba en toda la casa slo era turbado por los dolorosos
lamentos del enfermo y la argentina vibracin de la cucharilla, agitando
el vaso del medicamento. Aquella atmsfera estaba impregnada de todos
los olores de una botica.

El amable seor Garca faltaba muy pocas horas a aquella casa. Cmo
haba l de abandonar a su amigo querido, a su protector, ahora que le
vea tan gravemente enfermo?

Coma fuera de la casa, pues el cuidado del enfermo no permita el
regalo de tiempos pasados, pero as que quedaba libre de sus numerosas
ocupaciones acuda inmediatamente, y su primer cuidado era preguntar a
Tomasa, que le abra la puerta, cmo se encontraba el enfermo.

No haba que hacerse ilusiones. Don Ricardo iba de mal en peor, y
aquella terrible enfermedad que el mdico no se atreva a diagnosticar
claramente y que le haca mover la cabeza de un modo intranquilo, iba de
mal en peor.

--Esa maldita hinchazn--deca Tomasa, indignada contra aquella dolencia
traidora--, nos va a dar qu sentir. Sube y sube como si tuviera prisa
en devorar a mi pobre seor. Ayer slo estaba en la pantorrilla; ahora
empieza a extenderse por la pierna, y no parar hasta que le llegue a la
cabeza y ponga a don Ricardo hecho un monstruo. Cunto mejor era la
gota que, aunque nos diera ms que sentir, nos tena ms tranquilos! Le
digo a usted, seor Garca, que es cosa de desesperarse y maldecir a
esos mdicos, que no tienen medios para combatir el mal.

Por lo regular, todas estas conferencias que comenzaban en el rellano de
la escalera y terminaban en el comedor, tenan, por final, las lgrimas
de Tomasa, que no poda conformarse con la idea de que don Ricardo iba a
morir, y los consejos angelicales del seor Garca, que hablaba de Dios
y de la resignacin cristiana que debe mostrarse en la ltima hora.

Avellaneda ya no pasaba las veladas quejndose y en pleno dominio de su
razn, pues a altas horas de la noche sentase invadido por una terrible
fiebre y deliraba de un modo alarmante, hasta el punto de que tenan que
sujetarlo a viva fuerza, para que no se arrojara de la cama.

Su delirio era extrao y siempre estaba agitado por idnticas imgenes
que le arrancaban palabras tan terribles que hacan llorar a Mara. El
enfermo, en su delirio, crea hablar con Baselga, y le amenazaba con
darle de palos acusndole de estar de acuerdo con su hija para
envenenarlo con las medicinas que le daban. Aquella idea se haba fijado
tenazmente en el cerebro de Avellaneda.

Cuando estaba tranquilo y tena clara la inteligencia, demostraba a su
hija el mayor cario y acoga todos sus cuidados y atenciones con
sonrisas de gratitud; pero apenas la fiebre del delirio invada su
cerebro, volva a gritar desaforadamente que le queran envenenar y
acusaba a Mara de los ms horrendos crmenes.

El seor Garca, que quedndose a velar al enfermo presenci algunas de
aquellas locas agitaciones, saba aprovecharlas hbilmente en favor de
sus planes.

Llamaba aparte a Mara y la sermoneaba usando todos los tonos, lo mismo
el paternal y benigno, que el de indignacin propio de un hombre que ha
sido engaado.

No vea el triste estado en que se hallaba su padre? Pues ella era la
verdadera culpable, puesto que aquella enfermedad era un castigo de
Dios, justamente ofendido por la infidelidad de la joven que haba
prometido ser su esposa y que despus se enamoraba del primer pisaverde
que encontraba a su paso. Aquello no tena remedio, pues la clera de
Dios no reconoce obstculo, y la pecadora, la infiel, iba a sufrir muy
pronto el ms tremendo dolor, viendo morir a su padre.

Mara lloraba con el mayor desconsuelo oyendo las amenazas que el autor
del Universo le diriga por boca de aquel viejo mugriento. A la voz del
anciano devoto, todas sus antiguas aficiones religiosas, comprimidas
hasta poco antes por la pasin amorosa, volvan a desatarse y a dominar
su inteligencia, y Mara volva a ser la muchacha mstica y visionaria
de otros tiempos que leyendo "El Ao Cristiano", de Croisset, se senta
dominada por romntica admiracin ante las hazaas de los santos o
lloraba desconsolada con los tormentos de los mrtires.

S, era verdad; ella haba olvidado sus sagrados juramentos y Dios la
castigaba con sobrado motivo. Oh!, si las cosas pudieran hacerse dos
veces. Si no fuera ya tarde, cmo sabra ella enmendar su falta!

Apenas deca esto entre suspiros y lgrimas, demostrando su
arrepentimiento completo, el seor Garca cambiaba de entonacin y de
aspecto, y, con acento paternal, hablaba de la misericordia de Dios, que
no tiene lmites, y de que no quiere el castigo del pecador, sino que
ste se arrepienta.

--Aun es tiempo, hija ma--deca el beato con benevolencia--. Aun puedes
remediar la grave ofensa que has hecho a Dios. Todava ests a tiempo
para cumplir tus promesas; y si es que sientes la misma vocacin por la
vida religiosa que en otros tiempos, debes entrar en la santa casa que
ya conoces. Veras, si esto llegabas a hacer, cun pronto sanaba tu
padre, si es que Dios, con su omnipotente voluntad, quiere que viva y se
arrepienta.

A las pocas conferencias Mara estaba ya convencida. El romanticismo
religioso haba vuelto a manifestarse en ella y pensaba, con inefable
delicia, en que merced a su sacrificio conseguira devolver la vida a su
padre. Dios se apiadara de su nueva esposa y le concedera cuanto le
pidiese.

Adems, don Ricardo era un impo, segn deca el seor Garca a sus
espaldas, un hombre que no asista a ningn acto religioso, que lea
continuamente a Voltaire y que se burlaba graciosamente del catolicismo.
Qu gran gloria para su hija el lograr mediante oraciones que Dios se
apiadara de l y al morir le reservara un puesto en la gloria!

Mara manifest a su antiguo preceptor que estaba dispuesta a ir al
convento as que l se lo ordenase, pero le suplic que la permitiese
estar en aquella casa al menos hasta que perdiera su gravedad la
dolencia que sufra su padre. Estaba tan resignada Mara a ser de Dios,
que hasta esta splica la hizo en tono dbil mostrndose dispuesta a
cumplir todas las rdenes del seor Garca, aunque estas desgarrasen sus
ms ntimos afectos. No acababa de matar aquella pasin que tan feliz
la haba hecho? No haba prometido olvidar al hombre amado? Despus de
tan inmensas concesiones bien poda sacrificar en holocausto a Dios sus
afectos de buena hija.

Cuando en aquella tarde el seor Garca, despus de hacer repetir a la
joven varias veces su deseo de entrar en un convento, sali de la casa
para comer en un modesto restaurante, iba muy alegre y caminaba con la
viveza de un joven.

Tan contento estaba que murmuraba exclamaciones de gozo, y l, tan
sesudo y circunspecto en la calle, tena el aspecto de un loco o de un
borracho. Tena motivos sobrados para bailar en medio de la acera, y
hasta para entonar un himno en loor de la santa Compaa de Jess, que
iba a vencer y a hacer suyos quince millones de pesetas metiendo a Mara
en un convento.

Pero el viejo jesuta, a pesar de todo su entusiasmo, no perda el
instinto receloso y escudriador propio de los suyos; as es, que no
pas desapercibido para l el movimiento de sorpresa y la precipitada
fuga de un hombre que estaba en la plaza de San Sulpicio apoyado en la
esquina de la calle Ferou y mirando de lejos las ventanas de la casa del
seor Avellaneda.

El vejete slo pudo verlo un instante; pero a pesar de la distancia y de
su mirada cansada, lo reconoci inmediatamente. Era Baselga, que, sin
duda, espiaba en aquel sitio, esperando una ocasin para enviar una
carta a Mara, o tal vez para subir a la casa aprovechando la enfermedad
del padre.

Aquello puso de mal humor al seor Garca.

Conque tales atrevimientos se permita el seor conde? Haba que
vigilar muy atentamente para impedir que Baselga volviera a avistarse
con Mara. Quin sabe los inmensos perjuicios que a la Orden poda
causar una nueva entrevista de los amantes! Las mujeres son caprichosas,
con facilidad mudan de pensamiento, y era muy posible que las aficiones
monsticas creadas por continuas y convincentes explicaciones se
desvanecieran rpidamente al ms leve arrullo del amante. Era necesario,
pues, impedir que Baselga rondase la casa de su amada, tanto ms cuanto
que as se lo haba prometido tres das antes al padre Fabin.

Mientras en el cerebro del seor Garca se agitaban estos pensamientos,
el vejete habase detenido y, al fin, como quien toma una resolucin
definitiva, volvi sobre sus pasos y, atravesando la ru Ferou por su
parte alta, se dirigi a la de Vaugirard.

--Vamos a contrselo todo al padre Fabin--murmuraba el devoto.

A las nueve de la noche ya estaba el seor Garca sentado junto a la
cama de su amigo Avellaneda.

La enfermedad se agravaba por momentos. La hinchazn haba deformado por
completo la pierna, y se extenda sobre el abdomen amenazando con
invadir el pecho.

Don Ricardo respiraba trabajosamente, y sufra un delirio sin tregua.
Con la mirada extraviada y los brazos agitados por un temblor convulso,
agitbase en el lecho, y varias veces el seor Garca tuvo que abandonar
su asiento para sujetar al enfermo y evitarle una cada.

El devoto se daba a todos los diablos al ver el estado en que se hallaba
su amigo, no porque sintiera gran inters por ste, sino porque aquel
delirio le haca perder lastimosamente un tiempo precioso y le impeda
la realizacin de sus planes.

Acababa de hablar largamente con el padre Fabin y necesitaba cuanto
antes poner en ejecucin los consejos que ste le haba dado. Y aquel
condenado cerebro, que no se equilibraba y no saba ms que crear
imgenes de envenenamientos!

Por fin transcurrida una hora, el delirio comenz a calmarse, y el seor
Garca fu ya acariciando la esperanza de que pronto podra hablar a su
amigo.

La ocasin era propicia, pues Mara y Tomasa dorman en sus
habitaciones, esperando la hora en que el vejete se retiraba y entraban
ellas al cuidado del enfermo.

Hizo Avellaneda un rpido movimiento, ces de suspirar y qued mirando
fijamente a su amigo, con cierta expresin de asombro.

El delirio haba pasado y era preciso aprovechar aquel corto espacio de
lucidez.

--Eh, don Ricardo!, me oye usted?--pregunt el vejete con cierta
angustia, como si temiese que su amigo volviera otra vez a delirar.

--S, amigo mo, me siento algo aliviado. Cmo me encuentra usted?

--No est usted mal. Me parece que el caso no es grave.

--Eso creo yo algunos ratos; pero en otros... El mdico dice que la cosa
no va mal, pero creo que esto es tan slo por no asustarme.

--Cree usted mal. El mdico dice la verdad, pues usted no morir de
sta.

--Lo cree usted as? Si supiera cun duro es pensar que la muerte se
aproxima! Ya le llegar su mal rato, y pronto, porque usted es ya muy
viejo.

--Espero tranquilo, confiando en la misericordia de Dios.

--Bah!... No haga usted esas muecas de beato, si no, me pongo ms
enfermo.

Call el vejete, como arrepentido de haber causado enfado a su protector
y slo transcurridos algunos minutos, se atrevi a decir, dando la mayor
expresin de veracidad a sus palabras:

--Est usted seguro de que no morir de esta enfermedad. Su
convalecencia, segn dice el mdico, ser larga y penosa, pero la
salvacin de la vida es segura.

--Vivir! Oh, vivir!--y aquel hombre, casi moribundo, deca estas
palabras con una alegra sin lmites agarrndose con las esperanzas del
desesperado a aquellas palabras de su amigo.

--S, vivir usted, don Ricardo, porque Dios, que todo lo puede, no
querr que usted muera.

--Yo no temo la muerte por m. Es verdad que la idea de morir me agrada
muy poco, pero pienso que, al fin, todos hemos de pasar por tal trance,
y esto me consuela. Lo que ms pavor me produce es el pensar que a mi
muerte Mara quedar completamente sola en el mundo.

--Y yo, amigo mo? No soy nadie para ella?

--Usted, pobre seor Garca, aunque est todava sano y gil el da que
menos lo espere saldr tambin de este mundo.

--Fcil es; pero esto no impide que mientras viva proteja a Mara, tanto
ms cuanto que sta se halla amenazada por serios peligros.

--Eh!, qu dice usted?--pregunt con sorpresa Avellaneda.

--Esta tarde, al salir de aqu, he visto al conde de Baselga apostado
en la esquina, espiando esta casa. Desconfe usted, seor don Ricardo,
pues ese hombre es muy audaz y lo creo lo bastante atrevido para subir
aqu sin que usted lo sepa.

Aquello desvaneci la dbil tranquilidad de Avellaneda, y por unos
instantes crey el devoto que el delirio iba a reaparecer. Conque aquel
aventurero que se le apareca en las visiones de su loca fiebre como un
miserable envenenador, se atreva a intentar el entrar en la casa de
donde l le haba arrojado? La idea de que Baselga, burlndose de todas
sus prohibiciones, volviera a avistarse con Mara, le causaba un gran
furor, y en su cerebro debilitado buscaba un medio para evitar el
peligro.

--Qu hacer, Dios mo! Qu hacer!--murmuraba el enfermo.

El seor Garca mir dulcemente a su amigo y, creyendo que haba ya
llegado la oportunidad para dar un golpe decisivo, dijo con calma:

--Realmente, es un peligro tener aqu a Mara. Tomasa tiene ocupaciones
sobradas para poder ocuparse de ella, y yo slo estoy aqu  ciertas
horas. No es fcil, pues, evitar que un da u otro hable con ese hombre
al que ama.

--Qu hara usted en mi situacin, seor Garca?

--Pues yo comenzara por sacar a Mara de esta casa.

--Separarme de mi hija! Eso jams lo consentir, y ms, hallndome en
un estado tan grave. Quin me cuidara?

--Bah!, seor don Ricardo: el miedo a la muerte le hace a usted
exagerar. No est usted tan grave como se imagina, y adems, Tomasa y yo
nos sobramos para cuidarle en su convalecencia.

Avellaneda pareci reflexionar. Tan grande era el odio que profesaba a
Baselga, que, a pesar del inmenso cario que senta por su hija, no
rechazaba con la misma indignacin que otras veces aquella idea de
hacerla abandonar la casa por algn tiempo. Bien considerado, qu mal
haba en ello? Mara gozara de mayores ventajas yendo a vivir durante
algn tiempo lejos de la rue Ferou y su salud, no muy fuerte, dejara de
sufrir el continuo quebranto que ocasiona el cuidado de un enfermo. La
idea comenzaba ya a gustarle, y nicamente le detena a dar su
consentimiento un importante detalle que se apresur a exponer.

--Y diga, usted, seor Garca. Dnde iba a vivir la nia durante el
tiempo de mi enfermedad?

--Oh!, descuide usted, amigo mo. Tengo un punto de la mayor confianza,
y usted puede descansar en la firme seguridad de que Mara no corre
ningn peligro, ni es fcil que el conde logre encontrarla. La llevar,
si usted quiere, al convento de Santa Isabel; una santa casa en la que
se educan las hijas de las primeras familias de Francia. Es el convento
que goza de mayor fama entre la noble sociedad del barrio de San Germn.

Este detalle, propio para deslumbrar a un tendero enriquecido, no caus
gran impresin en Avellaneda. Valiente cosa le importaba a l que se
educaran en el tal establecimiento religioso las seoritas nobles! Al
fin, un convento como todos, y l antes prefera entregar su hija, no a
Baselga, sino al primer perdido harapiento que se le presentase, que
consentir fuese a encerrarse en uno de aquellos "serrallos
espirituales", que era el calificativo que le merecan los monasterios.

No estaba conforme; desechaba la idea, y bien claro lo di a entender a
su devoto amigo, con marcados gestos de desagrado.

El jesuta comprendi que su presa iba a escaprsele si no extremaba sus
medios de persuasin, y abrum a don Ricardo bajo una tremenda avalancha
de palabras. Haca mal en no adoptar el plan propuesto por l. Se
expona con ello a que su hija no olvidase aquel amor tan odioso para el
padre, y hasta a que, aprovechando la enfermedad, la deshonra penetrase
en aquel modesto hogar, mientras que, accediendo a lo propuesto, poda
entregarse tranquilo a la convalecencia de su enfermedad, sin tener que
preocuparse de la seguridad de Mara.

Adems, por qu haba de indignarse de tal modo ante la idea de que su
hija fuese a pasar una corta temporada a un convento? Es que las casas
religiosas eran un lugar de perversin donde ninguna joven poda
penetrar sin peligro para su honor? El padre no crea en la religin,
pero estaba cierto de que exista Dios, y seguramente que la hija, al
entrar en un convento y dedicarse a la oracin, conseguira que el Ser
Omnipotente se apiadase de don Ricardo y le concediera la necesaria
salud.

Avellaneda segua sin conmoverse, y toda la elocuencia del seor Garca
se estrellaba ante su inflexible terquedad. Haba dicho que no, y estaba
lejos de retractarse. Su hija seguira en casa y a su lado, pues era una
verdadera locura separarse de aquel ser que constitua toda su familia y
enviarlo al convento.

Pero el jesuta no era menos tenaz, y abusaba de su superioridad sobre
el abatido enfermo, martirizndolo con el incesante martilleo de un
chorro interminable de palabras.

Pronto se resinti el cuerpo enfermo y debilitado de aquel tormento
moral.

Abrumado Avellaneda por la charla de su amigo y sus exhortaciones,
dichas en tono sibiltico, volvi la cabeza a la pared, procurando
esconderla bajo la sbana; pero a pesar de esto, todava la voz del
seor Garca sigui estrellndose en sus odos montona y majestuosa.

Los peligros que corra Mara permaneciendo en aquella casa, cien veces
repetidos, y expuestos hasta en sus menores detalles, llegaron a
impresionar a Avellaneda, que, por otra parte, comenzaba a experimentar
cierto embotamiento en sus sentidos, y otros sntomas que anunciaban la
reaparicin de la fiebre.

La idea del convento le pareca ms tolerable. Bien considerado, aquella
vida monstica de Mara sera muy breve, pues l no morira de aquella
enfermedad, segn le aseguraban todos, y apenas se encontrase repuesto,
sacara del convento a la joven, que adems estara ya curada de su
pasin.

Casi estaba convencido, pero le faltaba hacer la ltima objecin.

--Y cree usted que mi hija estar conforme en entrar en un convento,
aunque slo sea por una corta temporada?

El jesuta se estremeci de alegra comprendiendo que tena ya en el
bolsillo la voluntad de aquel hombre. No le habl de las aficiones
monsticas de Mara, pues esto hubiera agrandado ciertos recelos en
Avellaneda, siempre temeroso de la influencia que la religin ejerce
sobre los jvenes; pero afirm sobre su palabra de honor que por haber
educado a la nia, conoca perfectamente su carcter y saba que no
consideraba desagradable pasar una corta temporada en un convento
pidiendo a Dios que devolviese la salud a su padre. Haba ms an: l la
haba consultado antes de hablar con don Ricardo, y la nia se
conformaba a todo cuanto la mandasen.

Avellaneda suspir angustiosamente. Convencido por su amigo, todava
acariciaba un resto de esperanza, y sta era que Mara se negase a ir al
convento; pero en vista de lo dicho por el devoto, tuvo que conformarse
y decir, con acento doloroso:

--Puesto que ella consiente, sea. El culpable de todo es ese canalla de
conde, que me persigue y asedia vindome enfermo.

El enfermo hizo un brusco movimiento, como si buscase en su cama a
Baselga para desahogar su indignacin, y tras un largo silencio dijo con
desfallecimiento:

--Puede usted llevarse a Mara cuando guste.

--Para eso se necesitara una pequea formalidad.

--Oh! Un esfuerzo todava, despus que tanto sufro?

--No es nada. Slo se trata de que firme usted un consentimiento que
ahora mismo escribir.

El seor Garca se dirigi a una mesa que estaba, en un ngulo de la
habitacin, y en la cual escriba el mdico sus recetas.

Con rapidez nerviosa escribi en un pliego unas pocas lneas, en las
cuales Avellaneda manifestaba su consentimiento para que su hija entrase
en el convento de Santa Isabel.

La tarea de firmar fu muy trabajosa para don Ricardo. Incorporado en el
lecho, haca esfuerzos para que la pluma no se escapase de sus dedos
embotados, y al fin, ayudado por su amigo, pudo trazar un garabato
tembloroso, que tena cierto aire de familia con la firma que haca en
tiempos normales.

Cuando el seor Garca meti en un bolsillo de su levitn aquel papel
tan codiciado, experiment una alegra sin lmites. El negocio estaba ya
terminado. La nia quedara al da siguiente encerrada en el convento,
el padre no tardara en morirse, y Mara, cediendo a los consejos de su
protector, cedera sus millones a la Compaa de Jess.

Haba para volverse loco de alegra, y el jesuta saboreaba con placer
el horrible crimen, dando gracias a Dios, que protege siempre a sus
servidores y representantes en la tierra.

Aquel triunfo di an mayor locuacidad al seor Garca, el cual
entretuvo agradablemente a su amigo hacindole los mayores ofrecimientos
y jurndole que nunca le abandonara, siendo para l como un hermano
mayor, dulce y carioso.

Aquella charla agrav el estado del enfermo, y la fiebre volvi a
aparecer.

A media noche, cuando Mara, fortalecida por algunas horas de sueo,
entr a cuidar a su padre, ste deliraba y se mova furiosamente en su
lecho, como si quisiera huir de las terribles imgenes que le
perseguan.

El jesuta dijo a la joven que al da siguiente tena que hablar con
ella de asuntos muy graves, y despus abandon la casa.

Por la calle, y a aquellas horas en que eran escasos los transentes,
marchaba erguido y majestuoso, con la expresin de un caudillo
victorioso.

Engredo con su triunfo, miraba las casas obscuras y silenciosas, como
si tuviera un poder absoluto sobre los miles de seres que las habitaban,
y se conmova pensando los elogios que la Compaa de Jess le dedicara
al conocer el buen trmino de su negocio. Nada le enorgulleca tanto
como el pensar lo que dira el padre Fabin, aquel superior violento y
malhumorado que haba llegado a compararle a un perro viejo sin olfato.
Ahora vera l si era todava el agente listo y astuto de otros tiempos.

Cuando lleg a su casa y, respondiendo a un tirn de la campanilla, se
abri la puerta de la escalera, qued algo sorprendido al ver a la vieja
portera a la puerta de su cuchitril con una luz en la mano.

--Cmo es eso, seora Magdalena? Todava no se ha acostado usted?
Sabe qu hora es?

--Ay, seor! Tengo cosas muy graves que decirle.

El viejo hizo tan gesto para indicar que estaba dispuesto a or.

--Al seor espaol del primer piso se lo han llevado.

--Quin?

--La polica. Ha venido a las ocho el comisario del barrio con algunos
agentes, y despus de registrar la habitacin se han llevado al seor
Baselga a la prisin de Mazas. Por qu ser esto, seor Garca?
Dgamelo usted, porque yo estoy muy intranquila. Es que el seor se
ocupaba en cosas malas?

El jesuta levant los hombros para indicar que no saba nada, y despus
de tranquilizar a la vieja con cuatro frases comunes, subi lentamente a
su buhardilla saboreando mentalmente el suceso.

Oh! La cosa iba bien y no podan arreglarse los sucesos ms
perfectamente. El padre Fabin haba cumplido con actividad lo prometido
en aquella misma tarde, y el conde estaba va en la crcel por conspirar
contra el Gobierno de Espaa.

El vejete estallaba de satisfaccin. Aquello era un da completo y, a
ser menos incrdulo en el fondo, haba motivo sobrado para rezar un buen
rosario a la estampa de Jess que tena arriba en su cuartucho.




XVI

El olfato de Tomasa


La vieja criada de casa de Avellaneda estaba dominada por una continua
preocupacin.

La enfermedad de su seor se agravaba por momentos, y el delirio le
dominaba hasta el punto de no dejarle ms que muy breves ratos de
lucidez; pero no era sta precisamente la causa del malestar
experimentado por Tomasa.

Las desgracias se seguan sin interrupcin, y la antigua domstica
pareca olfatear el ambiente de la casa presintiendo con su fino
instinto de mujer burda, pero astuta, que all se cerna alguna
fatalidad extraa o alguna horrible traicin.

Por la maana el seor Garca se haba llevado a la seorita de la casa
en un coche de alquiler, sin ms equipaje que una pequea maleta.

Tomasa saba lo que aquella salida significaba. En las primeras horas de
la maana el seor Garca tuvo una larga conferencia a puerta cerrada
con Mara, y cuando el vejete se march diciendo, al despedirse, que
antes de una hora estara de vuelta, la nia, avergonzada y temerosa,
pero arrastrada al mismo tiempo por el afecto a su antigua amiga, la
confes que iba a salir inmediatamente de la casa para encerrarse en un
convento.

Al ver la estupefaccin dolorosa de la criada, que, al fin, se resolvi
en gemidos y lgrimas, la joven, para consolarla, dijo que aquella
ausencia slo durara muy poco tiempo; pero el engao en aquellos labios
poco acostumbrados a mentir, no lograba revestirse de veracidad, y al
fin lo confes todo, y Tomasa supo con asombro que su seorita pensaba
encerrarse en el convento para siempre.

La pena que aquella declaracin produjo en la criada no poda borrarse
con ningn consuelo, y fu en vano que Mara le dijese que esto no
impedira que fuesen tan amigas como antes y se viesen con frecuencia,
pues Tomasa podra ir dos veces por semana al convento de Santa Isabel,
y tal vez la superiora la dejase entrar hasta en los mismos claustros.

La enrgica aragonesa estuvo tentada de pedir auxilio, como el
desventurado que ve cmo los ladrones le arrebatan su fortuna; pero
crey ms fructuoso amenazar a la seorita, creyendo que sta iba a
realizar tan loca resolucin sin permiso de su padre.

--No ir usted al convento, seorita. Se lo dir a su padre, y como l
se opondr, no ser usted tan mala que se atreva a darle tal disgusto.
Pues no, faltaba ms sino que se marchase usted de esta casa, ahora que
su padre est casi en la agona! Este disgusto acabara de matarle.

--Tomasa, mi padre lo sabe todo.

--Y consiente?...

--S--contest Mara lacnicamente, experimentando gran compasin ante
el asombro de Tomasa.

--Parece imposible! Y de seguro que alguien habr arreglado esa
monstruosidad. Ha sido el seor Garca?

Al ver el signo afirmativo de Mara, la criada di rienda suelta a su
indignacin. Todos sus sentimientos sufrieron un completo trastorno, y
la antigua simpata que profesaba al viejo devoto, trocse rpidamente
en salvaje odio.

Las injurias salieron atropelladamente de su boca sin fijarse en que
Mara escuchaba con aspecto tan pronto compungido como escandalizado.

Los peores eptetos fueron arrojados como balas rasas sobre aquel
"indecente beato" que vena a robar a ella, que se consideraba ya de la
familia, y al infeliz padre el cario y la presencia del nico ser
querido. Y no habra un presidio para tales hombres? Ya se lo dira
ella con todas sus letras as que se presentase el viejo..., pero no;
sera una imprudencia y resultaba mejor dejarlo para ms adelante,
cuando un escndalo no pudiese agravar el estado en que se hallaba el
seor.

Tomasa, para detener a su seorita, intent apelar al amor y record
hbilmente al conde de Baselga. Pobre seor! Cuan enamorado estaba!
Justamente la tarde anterior, al salir de casa para ir a la botica lo
haba encontrado en la calle, y relataba toda su conversacin, el
inters con que el conde se enteraba de las dolencias del enfermo y de
la salud de Mara, lo conmovido que se mostraba al recordar de tal modo
sus infelices amores, y adems, la criada, por su parte, detallaba el
aspecto quebrantado y melanclico que tena Baselga.

Una viva llamarada pareci pasar por los ojos de Mara. El recuerdo de
aquel hombre, hbilmente evocado, resucitaba en su pecho la pasin que
en vano quera olvidar; pero la joven no dej que la dominase por mucho
tiempo la impresin. Record la clera de Dios y la indignacin del
seor Garca; pens que del sacrificio de su felicidad dependa la salud
de su padre, y baj la cabeza con aire resignado.

Cuando, una hora despus, tembl el suelo de la solitaria calle bajo las
ruedas de un carruaje, y Tomasa adivin por algunos golpes de tos que el
seor Garca suba la escalera, fu a esconderse en la cocina, temiendo
dar un escndalo, pues conoca que en presencia del viejo era muy capaz
de araarle.

La despedida en la alcoba del enfermo no fu tan dolorosa como esperaba
el jesuta. Don Ricardo, que despus de muchas horas de incesantes
sufrimientos, estaba sumido en un pesado letargo, no di seales de
sentir los besos que la sollozante Mara deposit en su frente sudorosa.

La partida fu rpida, precipitada como si la joven estuviese ansiosa de
salir cuanto antes de aquella casa para evitar una reaccin de su
voluntad que le impidiese cumplir lo prometido.

Tomasa, escondida en la cocina, permaneca inmvil acariciando todava
la esperanza de un rpido arrepentimiento de su seorita; pero cuando
lleg a sus odos el golpe de la puerta al cerrarse, y poco despus
alejarse de la solitaria calle el ruido del coche en marcha, sintise
dominada por la desesperacin y se acus furiosamente de torpe y de
imbcil por no haberse opuesto a que su seorita abandonase la casa.

Ms de una hora permaneci la fiel sirvienta entregndose a raptos de
desesperacin, desagradables muchas veces para su propio cuerpo, pues se
traducan en tirones de pelo y puetazos en la cara; pero por fin
cansse la varonil aragonesa de gemir y atormentarse, y se propuso tomar
una resolucin.

El recuerdo de Baselga acababa de pasar por su memoria, y Tomasa crey
lo ms til en aquellas circunstancias avisar al conde de cuanto
ocurra.

Entr en la alcoba del enfermo, vi que segua dominado por el sopor y
sali de la casa despus de encargar a una de las criadas francesas que
velasen a don Ricardo.

La tenaz aragonesa march rectamente a la calle de los Santos Padres,
pues conoca la habitacin de Baselga a causa de haber ido algunas veces
a darle avisos de parte de Avellaneda o cartas amorosas de Mara.

Tena Tomasa alguna amistad con la portera; as es que al entrar en el
portal se dej detener por sta, y como de costumbre, entabl
conversacin.

La sorpresa que experiment la sirvienta fu imponderable al saber que
el conde haba sido reducido a prisin por la polica.

Al ver que la portera no daba una explicacin satisfactoria de tal
accidente, ni saba cul pudiera ser el verdadero motivo del arresto,
Tomasa experiment un vago sentimiento de sospecha que poco a poco fu
agrandndose.

La fiel aragonesa no poda encontrar una aclaracin a tal misterio, pero
adivinaba que todas aquellas desgracias que ocurran seguidamente eran
obra de una mano misteriosa, de un poder oculto, interesado en separar a
los dos amantes.

La inesperada marcha de Mara al convento y la prisin del conde, eran
dos sucesos que, unidos, hacan sospechar con algn fundamento que eran
el resultado de un plan preconcebido.

Tomasa sospechaba del seor Garca. El repentino odio que le haba
cobrado desde que arrebat a Mara, la impulsaba a hacerle responsable
de todas las desgracias, y por esto, despus que, saliendo de la antigua
casa de Baselga, volvi a la calle Ferou, iba por el camino murmurando
imprecaciones contra el viejo beato, al que se senta muy capaz de
exterminar.

Cuando entr en la habitacin de Avellaneda, ste acababa de salir del
sopor que por tanto tiempo le haba dominado y haca varias preguntas
con voz desfallecida a la criada francesa que estaba junto a su lecho.

Esta sali al ver a Tomasa, que tom asiento junto a la cabecera y
pregunt con inters a su seor cmo se senta.

--Mal; muy mal, Tomasa. Esto va cada vez peor. La hinchazn del vientre
aumenta por instantes, y me temo que la muerte no tardar en llegar. Y
Mara, dnde est?

Tomasa qued estupefacta ante esta pregunta formulada con gran
naturalidad.

--Cmo es eso, seor? Usted me pregunta por la seorita? Ignora acaso
que esta maana se la llev el seor Garca para meterla en un convento?

La sirvienta dijo esto ansiosa y apresuradamente con la esperanza de que
el permiso paternal que haba alegado Mara al marcharse resultase
falso, en cuyo caso se prometa marchar inmediatamente al convento y
deshacer la trama del seor Garca; pero su decepcin fu tremenda
cuando oy que su seor exclamaba con desaliento:

--Ah!, es verdad. Ese diablo del seor Garca ha logrado convencerme.
Es raro que yo hubiese olvidado un asunto tan grave.

Y luego aadi con tristeza:

--Tanta falta que me hace mi hija! Tomasa, no te ofendas; t me quieres
y me cuidas mucho, pero me parece que vivo solo en esta casa desde que
Mara se ha marchado.

--Seor, usted ha hecho una locura consintiendo que la seorita
abandonase esta casa para siempre, ahora que se encuentra usted tan
grave. Y pensar que la pobre nia va a consumir su juventud encerrada
en un convento y entregndose a una vida propia de vieja! Eso es un
crimen, s, seor; una tremenda locura de la que tendr usted que dar
cuenta a Dios.

Avellaneda mir con asombro a su criada, como si no comprendiese el
valor de sus palabras.

--Has dicho que la seorita se fu de esta casa para siempre? Quin te
ha contado tal mentira? Ests equivocada; yo slo he dado permiso al
seor Garca para que mi hija fuese al convento por una corta temporada,
o ms bien dicho, hasta que me cure de esta enfermedad, lo que va siendo
ya difcil.

Entonces le toc asombrarse a la criada, que comenz a ver algo claro en
la cuestin. La malicia del seor Garca apareca manifiesta desde el
momento en que haba dicho una cosa a su amigo para hacer en la prctica
lo contrario, y la criada relat a Avellaneda todo lo ocurrido entre
ella y Mara poco antes de que sta marchase al convento.

Avellaneda, a pesar de su estado y de la debilidad que sufra su
cerebro, adivin lo que significaba aquel misterio.

Su amigo Garca se Convirti repentinamente en su pensamiento en un tuno
de la peor especie, y comprendi que haba inclinado a su hija a la vida
religiosa, y al mismo tiempo haba mentido para lograr del padre el
necesario consentimiento.

Tomasa, adivinando la impresin que en su seor produca tal
descubrimiento, crey del caso relatarle todo cuanto ocurra, y aun a
riesgo de disgustar a don Ricardo, puso en su conocimiento la prisin de
Baselga, as como las sospechas que le produca este extrao hecho.

Avellaneda torci el gesto al or el nombre del conde; pero a pesar de
esto sigui con atencin el relato de la criada.

No caba dudar. Baselga era vctima de la misma persecucin que Mara, y
resultaba indudable la existencia de un poder oculto interesado en
separar a los dos amantes, para que la joven fuese a enterrarse en un
convento, y que empleaba como un arma las preocupaciones del padre.

El seor Avellaneda adivinaba el verdadero mvil de aquella sorda
conspiracin dirigida contra la tranquilidad de su familia. La colosal
fortuna de su hija era el objeto adonde se dirigan los esfuerzos de
aquel oculto poder.

Ante la idea de que Mara le haba sido robada y que jams volvera a
verla, don Ricardo estremecise de terror, primeramente, y despus su
nimo se sublev, disponindose a deshacer todo lo hecho y consentido en
un momento de obcecacin.

La posibilidad de que fuera ya tarde para desbaratar los planes del
seor Garca le desesperaba, y como si Tomasa fuese una inteligencia
privilegiada, capaz de encontrar el medio para salir del atolladero, le
preguntaba con acento angustioso:

--Qu hacer en esta situacin? No se te ocurre ningn medio para
deshacer la trama de ese beato? Ay! En qu mala hora firm el maldito
consentimiento!

Tomasa, que tambin deseaba encontrar una solucin al conflicto, quedse
pensativa largo rato, y por fin dijo con resolucin:

--Yo en lugar de usted llamara a la Polica.

--Para qu?

--Para relatar todo lo sucedido y hacer que sacase a Mara del convento.

--Pero... y mi consentimiento?

--El que concede una cosa creo que puede retirarla, y ms si ha sido
engaado como usted en esta ocasin.

Avellaneda, con una corta reflexin, pareci apreciar el valor de la
proposicin de su criada, a la que dijo despus:

--S; eso que me propones es lo mejor. Marcha al momento y busca al
comisario del barrio. No pierdas tiempo, trae aqu a ese funcionario sin
perder tiempo, y piensa que de esto depende la suerte de Mara.

Tomasa apenas si escuch las ltimas palabras, pues sali velozmente de
la habitacin.

Mientras corra a la oficina de Polica iba pensando en la posibilidad
de que todo quedase arreglado en breve plazo.

Despus de lo ocurrido, don Ricardo no sentira tanto odio contra
Baselga, y era fcil que Mara olvidase sus aficiones monsticas tan
pronto como supiera que su padre acceda a consentir sus amores.

El punto negro que todava se marcaba en aquel horizonte feliz,
imaginado por Tomasa, mientras corra en busca del comisario, era la
prisin de Baselga y el motivo por ella ignorado que le haba conducido
a la crcel de Mazas.




XVII

Se deshace la trama.


El comisario de Polica del barrio de San Sulpicio era un buen seor,
bajo de estatura, algo ventrudo y de rostro bonachn, lo que no impeda
que llevase con bastante majestad el fajn tricolor y que en algunas
ocasiones sus ojuelos tras los cristales de las gafas brillasen de un
modo imponente.

Ms de dos horas tuvo que aguardarlo Tomasa en la oficina de Polica,
pues estaba ausente por asuntos del servicio; pero apenas al volver
escuch los ruegos de la criada, march directamente a casa de
Avellaneda, a pesar del cansancio que manifestaba.

Al entrar en la habitacin del enfermo y contemplar el aspecto de don
Ricardo, movi la cabeza de un modo triste. Estaba muy habituado a ver
enfermos e instintivamente adivinaba la aproximacin de la muerte.

Con benvola complacencia escuch las palabras entrecortadas de
Avellaneda, dichas con acento dbil, y lo que el funcionario sac como
consecuencia fu que Mara haba sido arrebatada del hogar paterno con
engao y que era necesario ir cuanto antes al convento de Santa Isabel
para sacarla de l.

El comisario dirigise a su secretario, un pobre diablo rado y
macilento en quien el rollo de papeles bajo el brazo pareca haberse
convertido en un nuevo miembro de su cuerpo, y le hizo extender una
diligencia propia del caso.

Despus sali prometiendo que no tardara en volver trayendo a Mara.

Tomasa le esperaba junto a la puerta de la escalera con ademn
suplicante y tmido como para excusar la pregunta que iba a dirigirle.

La criada deseaba saber el motivo de la detencin de Baselga y lo
preguntaba humildemente al comisario. Este apenas si recordaba el
suceso. Tantas prisiones naca todos los das! Los detalles que le di
Tomasa desvanecieron un tanto su olvido, y al fin, mientras comenzaba a
bajar la escalera, dijo con el acento del hombre que recuerda un suceso
insignificante:

--Ah! S; creo que fu ayer cuando detuve a un conde espaol en la
calle de los Santos Padres. S; eso es. Se llama Baselga, no es verdad?

Y ante los signos afirmativos de la aragonesa dijo cuando ya estaba en
un rellano inferior:

--Ha sido denunciado por la Embajada de Espaa como conspirador carlista
y lo llevamos a Mazas. No es cosa importante, tal vez salga maana
mismo, pero ser para que la gendarmera lo conduzca a la frontera.

Cuando el comisario desapareci, Tomasa, segura ya de la suerte de
Mara, se preocup nicamente de Baselga, que, indudablemente, iba a ser
vctima de la malicia del seor Garca, porque la domstica no vacilaba
en creer al viejo devoto el causante de todas las desgracias.

Ella saba que el conde tena en Pars numerosas amigos, compaeros de
emigracin, y que estaba relacionado con las principales familias del
barrio de San Germn; daba como seguro que todos ignoraran la desgracia
de Baselga y se propona avisarlos para que con sus poderosas gestiones
impidiesen que fuese expulsado de Francia; pero apenas formulados estos
pensamientos se detena ante un obstculo tan insuperable como era el
que ella no conoca a tales personas e ignoraba sus domicilios, siendo
una empresa imposible buscarlos a ciegas en una ciudad inmensa como
Pars.

Pero Tomasa, as que adoptaba una resolucin, no se detena ante ningn
obstculo y se propuso, mientras el comisario volva con Mara, buscar
en los hoteles del barrio de San Germn alguna de aquellas familias
nobles que conociesen a Baselga.

Difcil era la tarea y ms tratndose de gentes inabordables por su
posicin; pero Tomasa se propona sufrir toda clase de humillaciones y
hostilizar con preguntas a todos los porteros y criados del barrio
aristocrtico, hasta encontrar lo que deseaba.

El estado, cada vez ms grave, de su seor le produca ciertas dudas al
adoptar la decisiva resolucin; pero pudo ms en ella, el deseo de hacer
la felicidad de los dos amantes, y aprovechando la visita del mdico,
que, como de costumbre, hizo concebir al enfermo lisonjeras esperanzas,
que l despus contradeca con tristes movimientos de cabeza, sali a la
calle.

Comenzaba a obscurecer, y las calles de Pars estaban envueltas en esa
confusa penumbra que reina en los instantes que muere el da, y los
encargados del alumbrado pblico se retrasaban en encender los faroles.

Tomasa emprendi su marcha a paso rpido, y al ir a desembocar en la
plaza de San Sulpicio tropez con un hombre que vena en opuesta
direccin.

La criada experiment la misma impresin que si se viese en presencia de
un aparecido.

--Seor conde--exclam, por fin, con voz emocionada y temblorosa--. Es
usted mismo? Cmo se encuentra libre?

Efectivamente, aquel hombre era Baselga, que se diriga a colocarse en
la esquina de la calle Ferou para espiar la casa de Avellaneda, con la
esperanza de encontrar a la criada y saber de Mara.

Tomasa experimentaba una alegra inmensa por el encuentro y oy con la
mayor atencin el relato de cuanto le haba ocurrido al conde.

Apenas ste se vi encerrado en Mazas, envi una carta a uno de sus
amigos franceses, persona influyente con el ministro del Interior, y el
cual en pocas horas haba conseguido anular la detencin y librarle de
ser conducido a la frontera, logrando que el embajador espaol declarase
que haba sido vctima de una equivocacin al pedir que fuese expulsado
el conde de Baselga.

Una hora antes haba sido puesto en libertad, y, despus de subir a su
casa con un agente de Polica, que le devolvi todos los papeles y
objetos ocupados en el registro, se apresur a ir a la calle de Ferou,
en cuya esquina le ocurri el casual encuentro con Tomasa.

Cuando sta le relat lo que haba ocurrido en su casa desde la ltima
vez que se avist con l, Baselga mostrse indignado y desahog su
clera profiriendo algunas expresiones malsonantes contra el seor
Garca.

Cuando los dos acabaron de manifestarse todo cuanto saban, rein un
largo silencio, que al fin interrumpi Baselga:

--Y qu piensa hacer tu seor?

--Don Ricardo est indignado contra su antiguo amigo, que ha pretendido
robarle la hija para apoderarse de sus millones.

--Esto no impedir que siga odindome.

--Quin sabe! Hace poco, cuando habl de usted para relatar su prisin,
no manifest tanto enfado como en otras ocasiones. La mala accin del
seor Garca ha modificado bastante sus ideas.

--Est ahora solo don Ricardo?

--S: hace poco rato fu el mdico y en cuanto a ese pcaro devoto, no
ha vuelto desde esta maana, en que fu a acompaar a la seorita al
convento. Ah! Qu alegra la ma cuando vea la cara de condenado que
pondr ese viejo al saber que se le ha escapado la presa y que la
seorita vuelve a estar entre nosotros!

El conde haba adoptado una resolucin. Deseaba tener una entrevista con
don Ricardo, repetirle otra vez sus pretensiones amorosas y darle a
entender el verdadero mvil de aquella sorda conspiracin que se cebaba
en todos ellos.

Saba bien Baselga a lo que se expona relatando a Avellaneda los
secretos de la Compaa, y poniendo en su conocimiento las artes de que
sta iba valindose para apoderarse de los millones de su hija; pero en
la situacin en qu se encontraba estaba dispuesto a todo y no vacilaba
en arrostrar las iras del jesuitismo.

Este le haba declarado la guerra con aquella prisin, que era obra del
padre Fabin, y le acababa de robar la mujer amada; no era, pues, el
instante propicio para contemplaciones, y para salvarse y realizar sus
aspiraciones amorosas, necesariamente haba de torcer la voluntad del
moribundo, dicindole toda la verdad.

Tomasa no encontr mala la idea de la entrevista, y volvi a casa
seguida del conde, al que dej en el comedor, entrando inmediatamente en
la habitacin del enfermo.

Haba que preparar a don Ricardo y evitarle la impresin demasiado
fuerte que le producira la inmediata presentacin del conde.

Cuando un cuarto de hora despus Baselga entr en la alcoba del enfermo,
not que ste le reciba mejor de lo que esperaba. En su rostro
desencajado vease una expresin de bondad que tranquiliz al conde.

Tomasa valindose del ascendiente que tena sobre su amo, le haba
sermoneado bastante, y ste, por su parte reflexion lo suficiente para
que algunas de sus antiguas preocupaciones fuesen desvanecindose.

Por qu se haba l opuesto a aquellos amores? Unicamente por los
terribles celos que le produca el pensar que un hombre le privase de la
presencia de su hija; pero desde que el seor Garca haba intentado
robarle a Mara para siempre, Avellaneda comenzaba a mirar a Baselga con
ms simpata. Al fin, ste buscaba a su hija para hacerla su esposa
feliz, mientras que el viejo devoto, con sus ocultos auxiliares, queran
arrebatrsela para robarla sus millones y hacerla morir de tristeza en
el fondo de un convento.

Adems, la persecucin de que era objeto Baselga a causa de sus amores,
despertaba forzosamente en el nimo del viejo una especie de
agradecimiento al hombre que tales desgracias sufra por el cario que
profesaba a su hija.

Aquellas horas pasadas sin la presencia de Mara y que resultaban
tristes y montonas para el padre, hacan ms agradable la presencia del
emigrado, pues el anciano experimentaba junto a l una impresin
parecida a la que siente el amante al rozarse con los seres que viven en
intimidad con la mujer amada. Hasta le pareca al buen don Ricardo que
en el conde haba alero del perfume virginal de Mara.

La conferencia fu tan afectuosa como lo permitan las dolencias del
enfermo, que de vez en cuando le arrancaban quejidos de dolor.

Baselga lo cont todo. Sus conferencias con el padre Fabin, la
oposicin que la Compaa de Jess haba hecho a su matrimonio y el
deseo de que Mara fuese a morir en un convento y, por fin, el afn que
senta el jesuitismo por apoderarse de los millones de Mara.

Cuando Avellaneda supo que su amigo Garca era un jesuta que durante
tantos aos haba permanecido en el seno de su familia, siendo
considerado como un individuo de ella, y pagando tanto cario con un
continuo espionaje y la preparacin lenta, pero secura, del robo de la
fortuna de su hija, sinti miedo e indignacin a un tiempo.

Entonces las ideas del pasado se agolparon rpidamente en el cerebro de
Avellaneda, y profiri terribles palabras contra aquellas sabandijas de
la religin, que durante siglos enteros trabajaban por apoderarse de
toda la autoridad y toda la riqueza de la tierra.

Don Ricardo comenz a sentir cierta compasiva simpata hacia aquel
hombre que tanto cario demostraba y que tan francamente expona sus
ideas.

Cuando Baselga volvi a manifestar su pretensin de ser esposo de
Mara, Avellaneda le interrumpi con acento bondadoso:

--No siga usted adelante. Se casar usted con mi hija. Yo, a pesar de
cuanto dice el mdico, conozco mi situacin y comprendo que esto se va.
No quiero morir dejando a mi hija desamparada y bajo las garras de esos
jesutas que buscan sus millones. Ser usted el marido de Mara, y ojal
que sea pronto, pues conozco que mi vida no da mucho de s.

Baselga estrech con efusin la descarnada mano del enfermo, y Tomasa,
que siguiendo una antigua costumbre escuchaba la conversacin tras el
cortinaje de la puerta, crey del caso entrar para demostrar al seor su
agradecimiento con algunas lgrimas.

En aquel instante el ruido de un carruaje en marcha, que conmova el
adoquinado de la calle, ces frente a la casa, y momentos despus son
la campanilla de la escalera con nerviosa y prolongada vibracin.

Tomasa se estremeci, y dejndose llevar de un irreflexivo instinto,
grit palmoteando de alegra:

--La seorita! Es la seorita!




XVIII

La felicidad de Baselga.


Mara era la que llegaba.

Entr con timidez y casi temblando, como arrepentida de la locura que
haba cometido en un momento de alucinacin mstica, abandonando a su
padre, cuyo estado fatal conoca; pero su turbacin an aument ms al
ver a Baselga de pie junto al lecho del enfermo.

Cmo era aquello? Qu haca all su amante? La joven, al ver al hombre
amado, sinti que renaca en su pecho la amortiguada pasin, y se
felicit de que la Polica hubiese ido a sacarla de aquel convento, en
el cual desde por la maana la persegua el recuerdo de su padre
moribundo y casi abandonado.

El jefe de Polica, siempre seguido de su fiel can-secretario, estaba en
el dintel contemplando la escena y gozando con la alegra que le
produca al enfermo la devolucin de su hija. Escenas tan tiernas como
aqullas eran las nicas satisfacciones eme le proporcionaba su oficio.

Lleg el momento de las explicaciones:

--Seor Avellaneda--dijo el comisario--, mi misin est cumplida. Le
devuelvo a usted su hija y me retiro ya, si es que nada ms tiene que
pedirme.

El digno funcionario mir a Mara y a su padre con tal expresin, que la
joven venci su timidez v gimiendo se arroj sobre el lecho del enfermo,
estrechando entre sus brazos la cadavrica cabeza de don Ricardo.

Este sollozaba de felicidad al sentir el contacto de aquel ser querido,
y todos los que presenciaban la escena sentanse conmovidos, a excepcin
del secretario del jefe de Polica, que presenciaba aquel acto con la
indiferente frialdad de un autmata.

--Todo est bien--dijo el comisario con aire satisfecho--, y ahora con
el permiso de ustedes me retiro, si es que no tienen que pedirme otro
servicio.

Don Ricardo hizo con la mano una seal para, que el funcionario se
acercara a su lecho, y all fu a situarse aqul, seguido siempre de su
apndice el secretario.

Los dos amantes y la sirvienta comprendieron que su presencia poda ser
molesta y se retiraron al fondo de la habitacin, junto a la ventana,
quedando envueltos en la penumbra que formaba la llama de una pequea
lampara batallando con las densas sombras, a las que slo poda expulsar
de un reducido espacio.

Avellaneda cont al comisario todo cuanto acababa de saber por boca de
Baselga. Los jesutas conspiraban contra la libertad de su hija para
apoderarse de sus millones y era preciso ponerla a salvo de tales
asechanzas. Convena, pues, casarla cuanto antes con el conde de
Baselga, que la amaba: pero este acto no poda verificarse
inmediatamente y l se senta prximo a morir, inquietndole mucho la
idea de que su hija iba a quedar sin el apoyo de un marido, por lo cual
solicitaba el consejo del comisario.

Este escuchaba con gran atencin desde que oy que los jesutas estaban
mezclados en el asunto.

La monarqua de Luis Felipe, como nacida de una revolucin, era muy poco
afecta a la Compaa de Jess y, adems, la Prensa republicana haca una
continua campaa contra, la Orden, a la cual, no sin fundamento,
atribua la mayor parte de los males que afligan al pas.

Estaba, pues, interesado el comisario, como agente del Gobierno, en
combatir a aquella tenebrosa asociacin que penetraba en todos los
hogares y buscaba apoderarse de todas las fortunas, y de aqu que
prometiese a Avellaneda prestarle toda su ayuda.

El enfermo, ante esta promesa, comenz por pedirle le indicase qu es lo
que poda hacer para asegurar la suerte de Mara mientras llegaba el
momento de casarse.

--Lo nico que puede hacerse en esta ocasin--contest el comisario--es
que conste de un modo formal que usted da su consentimiento para que la
seorita contraiga inmediatamente matrimonio. Si por desgracia muere
usted, yo quedar encargado de activar el matrimonio y de impedir que
esos negros enemigos de su tranquilidad intenten algo contra su hija. Mi
deber, como funcionario, consiste en oponerme a las tramas del
jesuitismo, al que usted no debe temer estando en Francia. La Compaa
podr tener gran poder en Espaa, pero aqu nuestro Gobierno le tiene
declarada la guerra, y crea usted que tendra un verdadero placer en que
la polica tuviese que entender con alguno de sus individuos.

Avellaneda admiti el consejo del comisario, y ste despach a su
amanuense para que fuese en busca de un notario que viva en el mismo
distrito.

Transcurrieron algunos minutos sin eme nada viniera a turbar la calma
que reinaba en aquella habitacin.

Los dos amantes, de pie junto a la ventana, y velados por la sombra, se
entregaban a una conversacin sin fin, y, con ese egosmo propio de
enamorados, forjbanse los ms hermosos ensueos, sin acordarse de que a
pocos pasos de ellos se encontraba don Ricardo amenazado de muerte;
Tomasa, sentada cerca de la pareja, los contemplaba con cario, y de vez
en cuando acuda al cuidado del enfermo: ste gema dolorosamente y el
comisario estaba inmvil en su silla, con ademn distrado y como
repasando en su memoria los asuntos que le ocuparan al da siguiente.

En esta situacin se encontraban los cinco, cuando son la campanilla de
la escalera.

--El notario! Ya est ah el notario!--dijo Mara, con alegra
infantil.

--El notario?--murmur el polica--. No s; pero me parece demasiado
pronto.

Sonaron pasos en la habitacin vecina, y un hombre entr sin que la
densa sombra le permitiera ser reconocido.

Cuando lleg al espacio iluminado, todos, a excepcin del comisario,
profirieron en una exclamacin.

Era el seor Garca.

Este, por su parte, no se manifest menos asombrado. Mir al comisario y
palideci algo al fijarse en su fajn, signo de autoridad; pero cuando
su mirada, profundizando en las sombras, adivin, a pesar de su miopa,
a Baselga y su amada, de pie junto a la ventana, perdi aquella
serenidad que le caracterizaba y qued estupefacto.

Con la rapidez del rayo pas por su cerebro un torbellino de asombrados
pensamientos. Ni remotamente poda habrsele ocurrido al entrar en
aquella casa, que iba a encontrar a Mara, a la que haba dejado en el
convento algunas horas antes. Cmo era aqullo? Cmo haban accedido
las buenas madres del convento de Santa Isabel a soltar la rica presa
que l les haba entregado en nombre de la Compaa?

El asombro le quitaba aquella cnica audacia de jesuta, que era su
principal arma, y experimentaba una turbacin sin lmites.

La voz dbil de Avellaneda le sac de su asombro.

--Adelante, canalla--le grit el enfermo--. Pasa adelante, y sufre al
ver que la maldad no ha triunfado y que todas las tramas acaban de ser
desbaratadas. Ah, miserable! Qu sera de ti si yo pudiese saltar de
este lecho!

Esta exclamacin de Avellaneda fu acompaada del choque que produjo un
vaso al estrellarse en el pavimento, a los mismos pies del jesuta. El
enfermo, con mano dbil, le haba arrojado a la cabeza un vaso de
medicamentos que tena sobre la mesa de noche.

Aquella agresin, ltimo arranque del carcter de Avellaneda, tmido en
la juventud y atrabiliario en la vejez, sac a Baselga de la
estupefaccin en que estaba.

Acordse de lo mucho que Mara y l haban sufrido por culpa de aquel
repugnante viejo sintise dominado por su terrible clera, y avanz
precipitadamente y con la diestra levantada sobre el seor Garca.

Este no esper la agresin. Saba bien de lo que era capaz aquel coloso,
y con movimiento instintivo corri hacia la puerta, no tan pronto que se
librara de un puntapi que le hizo apresurar su marcha.

El conde quiso ir an en su seguimiento, pero el comisario, a quien tal
escena haba sacado de su impasibilidad, cerr el paso a aqul, y
gracias a este auxilio, el jesuta pudo salir de la casa sin otro
detrimento que el dolor que senta ms abajo de la espalda, a causa de
la furiosa patada de Baselga.

Volvi a establecerse la calma en aquella habitacin, pero el enfermo no
recobr el estado de relativa tranquilidad que antes tena.

La ruda impresin que haba experimentado con la presencia del seor
Garca, le produjo una agitacin nerviosa que anunciaba la prxima
aparicin del delirio.

Todos teman que ste sobreviniese antes de la llegada del notario, y
contaban los minutos ansiosamente examinando el estado del enfermo.

Por fin, lleg el depositario de la repblica, y todava hubo tiempo
para que don Ricardo, con sano juicio, pudiese manifestar su voluntad de
que Mara se casase con Baselga, nombrando tutor de la joven al
comisario de Polica, que se prest a ello.

Despus, mientras que el notario dictaba a su escribiente, cumpliendo
las formalidades de la ley, el enfermo entraba en un furioso delirio,
interrumpido por alaridos de dolor.

El mdico, que lleg poco despus, limitse a mover la cabeza con
expresin fnebre, y dijo que all nada le quedaba qu hacer.

A las dos de la maana don Ricardo Avellaneda exhal el ltimo suspiro.

Mara y su amante presenciaron su agona, y hasta muy entrado el da
estuvieron velando el cadver.

Era la primera noche que pasaban completamente juntos los dos amantes.

La felicidad se mostraba a Baselga bajo una forma fnebre.




XIX

El fin de un jesuta.


Eran las once de la noche, y desde las ocho que el seor Garca, sentado
en un silln del despacho del padre Fabin, esperaba pacientemente la
llegada de ste.

El cerebro del viejo devoto era un hervidero de pensamientos.

La derrota que acababa de sufrir, aquel rpido desmoronamiento de la
obra construda a costa de largos aos y de inagotable paciencia, le
produca una clera sorda que se trasluca con gruidos sordos y
nerviosos estremecimientos.

La catstrofe le haba sorprendido en los momentos en que ms victorioso
se crea y esto aumentaba an ms su pesadumbre.

Lo que ms le aterraba era lo que pudiera decirle el padre Fabin al
saber todo lo ocurrido.

Conoca muy bien a su superior y adivinaba cun terrible iba a ser la
explosin de su clera.

Posedo de mortal angustia, el viejo deseaba salir cuanto antes de la
cruel incertidumbre, y esperaba ansioso la llegada del jesuta, pero al
mismo tiempo temblaba siempre que algn ruido exterior le haca creer en
la proximidad del padre Fabin.

Cuando cerca ya de media noche son un gran estrpito en la habitacin
cercana al despacho y se oy la voz colrica del padre Fabin riendo
con destempladas palabras a uno de sus fmulos, el viejo psose en pie,
y bajando la cabeza con expresin humilde, aguard temblando.

Entr el jesuta con precipitado paso abarc con una terrible mirada la
encorvada figura de su agente, y despus arroj sobre un sof su
sombrero de teja y la hopalanda de seda que llevaba sobre la sotana.

El silencio que rein durante algunos minutos produca ms impresin en
el viejo que los ms furiosos insultos. El seor Garca comprenda que
aquel silencio anunciaba para l algo ms terrible que un tropel de
iracundas acusaciones.

El padre Fabin di varios paseos a lo largo de la habitacin con el
rostro congestionado y respirando con cierta dificultad, y, por fin,
tom asiento frente al viejo, que segua de pie en actitud humilde.

--Desde cundo estis aqu?

--Desde las ocho, reverendo padre.

El jesuta volvi a quedar silencioso y el seor Garca crey que deba
aprovechar la pausa para darle cuenta de lo ocurrido.

--Reverendo padre, tengo que manifestaros que...

--No sigis. Estoy enterado perfectamente de cuanto ha ocurrido en casa
de Avellaneda. Sois un miserable, un canalla, un imbcil, pues con
vuestro torpeza no slo habis impedido que adquiriese quince millones
la Compaa, sino que la acabis de poner en peligro.

El seor Garca no intent defenderse y sufri impvido ludas las
injurias de su superior.

--A no ser por m, que he sabido a tiempo, antes que vos mismo lo
ocurrido en casa de Avellaneda y la intervencin que la polica tomaba
en el asunto, a estas horas el suceso sera publico y maana esa maldita
prensa liberal relatara en todos los tonos que los jesutas haban
arrebatado a una joven del hogar paterno para encerrarla en un convento
y apoderarse de sus millones. Gracias a mi actividad y a las grandes
relaciones de la Orden, se ha podido echar tierra al asunto, evitar a
nuestros eternos enemigos la satisfaccin que les hubiese producido el
resultado de vuestra torpeza.

El viejo segua confuso y cariacontecido, oyendo la filpica de su
superior.

--Esta es la portentosa habilidad que poseis para arreglar los
negocios que se os encomiendan?

--Reverendo padre, os juro que yo no soy culpable. He llevado el negocio
tan bien como he podido y, a no ser por la fatalidad que se ha cruzado
en mi marcha...

--Hablis de la fatalidad?--le interrumpi furioso el jesuta--. Qu
tiene que ver la fatalidad con esto? Vuestra torpeza es la culpable y
nadie ms.

--Yo no puedo explicarme, reverendo padre, el mal xito de esta
operacin. Cuando todo estaba ya seguro: la nia en el convento y el
novio en la crcel, llego a la casa y me veo a los dos amantes en
amorosa pltica y a un comisario de Polica junto al lecho. Esto, por lo
repentino e inesperado, parece obra del diablo. Dgame vuestra
reverencia, que como de costumbre estar mejor enterado, quin ha
deshecho tan rpidamente toda mi obra. Tengo un deseo rabioso de
saberlo, y horas enteras he permanecido aqu buscando en mi imaginacin
al verdadero autor de tal prodigio.

--Ah, repugnante imbcil! De qu os sirve tener ojos si no veis a los
que estn a vuestro lado y por qu pasis por listo si no conocis a las
personas que os rodean! La criada del seor Avellaneda, esa mujer ruda y
zafia, segn mis informes, es la que se ha burlado de la Orden
deshaciendo toda la trama.

--Ha sido Tomasa? No puedo creerlo, reverendo padre.

--Siempre, seris un necio confiado. Ya sabis que dentro de la casa
tenemos muy buenos espas cuyos informes no mienten. Esa Tomasa ha sido,
y vos, obrando como un hombre hbil y como buen miembro de la Orden,
debais haber comenzado por haceros dueo absoluto de su voluntad.

--Lo era, reverendo padre. Tomasa me quera y naca caso de todos mis
consejos.

--Vuestra fatuidad os hacia creer que erais dueo de una voluntad, sobre
la que no tenis ningn ascendiente. En la Compaa ya sabis que nadie
se considera dueo de otro hasta que ha anulado su voluntad de modo que
puede convertirlo en un cadver automtico.

El seor Garca qued anonadado por tal leccin, pero con el afn de
congraciarse con su superior, dijo con acento de confianza:

--Todava no se ha perdido todo, pues aun vive la hija de Avellaneda, y
de la voluntad de sta si que soy dueo absoluto. Ved si no con qu
facilidad la conduje al convento.

--Es tarde ya. Ahora nada podis, pues la proximidad de su amante ha
disipado sus aficiones a la vida monstica.

--Aun puede hacerse algo. Quitemos de en medio a Baselga. Mtalo vuestra
paternidad otra vez en la crcel.

--No puede ser. El conde tiene amigos que le protegen y su inocencia ha
quedado en claro, y otra queja por conspirador no surtira ningn
efecto.

--Pues entonces--dijo el vejete levantando audazmente la cabeza y
sonriendo con expresin satnica--, anulmoslo. Ya sabe vuestra
paternidad que no nos faltan medios para librarnos de un hombre.

--Eso en esta ocasin sera la mayor de las imbecilidades. La autoridad
est advertida; gracias a vuestra torpeza, conoce el inters que nos
impulsa en nuestras relaciones con la seorita Avellaneda, y la menor
desgracia que ocurriera al conde de Baselga hara caer sobre nuestra
cabeza una tremenda responsabilidad.

El seor Garca reconoci la verdad de tales observaciones y murmur con
desaliento:

--Es verdad. Forzosamente hay que respetar a ese conde, que va a hacerse
dueo de una fortuna que era ya nuestra.

--Pronto ser esposo de esa joven. Segn los informes que acabo de
recibir, Avellaneda est ya en la agona, pero antes ha dado de un modo
solemne, y ante notario, su consentimiento para que Mara contraiga
matrimonio con Baselga lo antes posible.

Esta noticia no sorprenda al vejete, pero le produca una diablica
irritacin. Oh, rabia! Ver cmo aquel conde hambriento se haca dueo
de los quince millones que l consideraba ya como de la Compaa, y no
poder evitar aquello que l tena como un escandaloso robo.

Su derrota era completa, y el msero agente de la Compaa comprenda
que sta tena motivo sobrado para castigarle cruelmente. El, en lugar
del padre Fabin, se hubiera ensaado con el ejecutor torpe que
comprometa a la Orden y perda una cantidad enorme cuando ya la
conceptuaba segura.

Pero a pesar de este convencimiento, el seor Garca, instintivamente,
busc el mejor medio de excusarse, y dijo con humildad:

--Reconozco, reverendo padre, que he sido un miserable y que merezco ser
castigado; pero no me negaris que mi plan estaba bien urdido y que su
ruina slo ha sido motivada por esa Tomasa, que equivale a un pequeo
detalle descuidado.

--En los trabajos que lleva a cabo un buen jesuta no hay detalle grande
ni pequeo que merezca ser mirado con desprecio. Hicisteis caso omiso de
esa sirvienta; creisteis, en vuestra estpida confianza, que no mereca
ninguna atencin, y por ah ha venido la muerte del negocio.

--Reverendo padre, yo era dueo de la voluntad de Mara, y crea, con
sobrado fundamento, que esto resultaba suficiente.

--Pues creais mal. No basta apoderarse de una persona; es preciso hacer
el vaco a su alrededor, impidindola todo contacto con seres que puedan
oponerse a nuestra voluntad. No estando seguro de la adhesin
incondicional de esa domstica, debais haber buscado un medio para
anularla, sacndola de la esfera donde poda hacernos dao.

--Y el medio, reverendo padre? Dnde encontrarlo?

--En cualquier pretexto. Veo que sois an ms torpe de lo que yo crea.
Cualquier medio era bueno para llegar a nuestro fin. No era necesario
que por medio de hbiles murmuraciones lograseis que riese con su seor
y abandonase la casa, pues bastaba con que, por ejemplo, la hubieseis
hecho pasar por loca. Ya sabis que a nuestro lado tenemos mdicos
hbiles, capaces de certificar la locura del ser ms cuerdo y meterlo en
un manicomio. Esto es lo que yo hubiese hecho, a no ser por vuestra
estpida confianza, que me aseguraba la fidelidad de esa criada.

El seor Garca qued anonadado por esta leccin de su maestro, y
permaneci silencioso, mientras que el padre Fabin le contemplaba con
ojos de furor.

--Bien comprenderis--continu el superior--que despus de este fracaso
que ha comprometido gravemente nuestro prestigio, la Compaa, no puede
permanecer indiferente ni dejar de castigar al agente inepto, indigno,
por mil conceptos, de seguir figurando en un santo ejrcito que marcha a
la conquista del mundo. Sois un soldado cobarde, y Jess, nuestro
general, no os puede perdonar. Lo creis as?

--S, reverendo padre.

--No os parecer muy terrible nuestro castigo?

--No. He faltado, y comprendo que la disciplina de la Orden, en la que
se basan todos nuestros triunfos, no podra subsistir si se tratara con
dulzura a los que delinquen. Castigad con dureza, reverendo padre; yo,
en vuestro lugar, hara lo mismo.

--Muy bien. Celebro que hablis de un modo tan razonable. Ved vuestro
castigo: desde este instante dejis de pertenecer a la Compaa de
Jess. Todos vuestros votos quedan anulados, y la Orden no se acordar
ya ms de que os tuvo en su seno.

El seor Garca experiment la misma impresin que si el techo hubiese
cado sobre su cabeza.

El esperaba ser sentenciado a terribles castigos personales, y se
propona sufrirlos con calma; aguardaba humillaciones sin cuento y ser
despojado de aquella agradable consideracin que gozaba en la Orden;
pero ser arrojado de sta, perder su calidad de miembro de la Compaa
de Jess, era un castigo terrible que nunca haba imaginado llegase a
merecer.

Para el hombre que desde su juventud perteneca a la misteriosa y
gigantesca Institucin y la amaba hasta el punto de identificarse con
ella considerndola su nica familia, verse forzado a abandonarla era el
peor de los tormentos.

Sin su calidad de jesuta el seor Garca era un pobre diablo, un nadie,
incapaz de merecer el menor respeto, mientras que unido a la Compaa
senta orgullo al considerarse una ruedecilla de la gran mquina que
bata en brecha al progreso, un menudo tentculo de la gigantesca araa
negra que se propona abarcar todo el mundo entre sus patas.

Adems, dedicado toda su vida a los negocios de la Compaa, no haba
tenido motivo de aprender una profesin con que ganarse la subsistencia;
y ahora, a la vejez, cuando estaba intil para el trabajo y careca de
dinero, pues la Compaa haba atendido hasta entonces a todas sus
necesidades, sta lo arrojaba para que muriera en medio de la calle
rodo por el hambre y los remordimientos.

El seor Garca temblaba como un reo a quien acaban de leer la sentencia
de muerte. La humillacin que le causaba el perder su importancia de
societario de Jess y el miedo que le produca un porvenir de miserias
sin cuenta, le conmovan profundamente, desvaneciendo aquella audacia
que hasta poco antes le caracterizaba.

No era posible que l pudiese resistir tan cruel golpe, y por esto cay
de rodillas a los pies de su superior derramando lgrimas como un nio.

--Reverendo padre--gimi--, yo no puedo resistir un castigo tan
terrible. Mandadme que me mate y os obedecer; sentenciadme a las ms
terribles penas, hacedme sufrir las mayores humillaciones y que sea el
ltimo criado de vuestros fmulos; todo lo arrostrar pacientemente,
pero no me arrojis de la Orden, que es para m ms que mi propia madre.
Compasin, reverendo padre, compasin para este desgraciado!

Y el miserable viejo abrazaba las piernas de su superior con ademn
desesperado, baando su sotana con lgrimas.

El padre Fabin permaneca insensible y haca esfuerzos por repeler al
suplicante viejo.

--Intil es cuanto digis--dijo el jesuta--, pues la Compaa piensa
bien las cosas antes de decidirse, y est resuelta a sostener el castigo
que os impone. Hemos terminado, pues, y debis, por tanto, daros por
arrojado de la Orden.

El seor Garca, siempre arrodillado, pugn por abrazar las piernas que
se le escapaban, y conteniendo sus sollozos, fu a hablar; pero en el
mismo instante recibi en el rostro un vigoroso puntapi del padre
Fabin, que le hizo caer al suelo.

Era un arranque caracterstico del jesuta, que haba sido antes
soldado.

El reverendo padre estaba furioso.

--Seor Garca--dijo con una frialdad terrible--; me estis molestando
con esa mojiganga insubstancial. La Compaa no os quiere ya y os enva
a que acabis vuestra vida en el arroyo, como un perro viejo y sarnoso.
Salid al momento, si no queris que a patadas os ponga en la puerta.

El viejo se levant penosamente del suelo, limpindose la sangre que
corra por su rostro a causa del golpe recibido.

Sabia perfectamente que aquel gigante con sotana era capaz de todo.

Con paso lento se dirigi a la puerta, y todava al llegar a sta
volvise coja ademn suplicante.

--Salid--grit el superior--, y olvidaos para siempre de m! Yo, por mi
parte, me guardar en adelante de salir responsable ante el general de
Roma de imbciles como vos.

El viejo sali del despacho.

Arrojado de la Compaa! Abandonado para siempre! No; l no poda
sobrevivir a tan gran desgracia.

Ya buscara el medio de librarse de tal humillacin antes que la miseria
lo atormentase.

Haba sido vencido, pero sabra caer con grandeza.

       *       *       *       *       *

En la madrugada del da siguiente los guardias municipales situados en
las inmediaciones del puente de las Artes, vieron caer un hombre en el
Sena, reaparecer por dos veces sobre las negruzcas aguas y hundirse, por
fin, definitivamente.

A las diez de la maana los dependientes del Municipio, con la habilidad
propia de los que diariamente tenan que entender en sucesos iguales,
haban pescado el cadver; a los pocos minutos era expuesto ste, sucio
e hinchado, en el depsito de la Morgue, y antes del medioda constaba
en el registro de la Polica que en la noche anterior, y a juzgar por
los documentos que se haban encontrado sobre el interfecto, se haba
suicidado, arrojndose al Sena, un espaol, de edad avanzaba, llamado
Jos Garca y domiciliado en la calle de las Santos Padres.

Suceso fu este que no lleg a preocupar a media docena de parisienses,
ni mereci de los peridicos otra cosa que una noticia de dos lineas.

La Compaa de Jess se haba librado de un invlido que le estorbaba.

FIN DEL TOMO SEGUNDO

       *       *       *       *       *

Los errores corregidos por el transcriptor:

tan proto golpeaba=> tan pronto golpeaba {pg 22}

en en los primeros momentos=> en los primeros momentos {pg 33}

comunicaciones diridas=> comunicaciones dirigidas {pg 37}

algunos instante=> algunos instantes {pg 63}

ls necesidades=> las necesidades {pg 91}

ocsas muy graves=> cosas muy graves {pg 139}

aquellas circuntsancias=> aquellas circunstancias {pg 142}

el deseo=> el deeso {pg 148}







End of Project Gutenberg's La araa negra, t. 2/9, by Vicente Blasco Ibez

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ARAA NEGRA, T. 2/9 ***

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Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
