Project Gutenberg's La araa negra, t. 6/9, by Vicente Blasco Ibez

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Title: La araa negra, t. 6/9

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: May 30, 2014 [EBook #45834]

Language: Spanish

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                         VICENTE BLASCO IBAEZ

                               LA ARAA
                                 NEGRA

                                NOVELA

                              SEXTO TOMO

                        [Illustration: colofn]

                         EDITORIAL COSMPOLIS

                            APARTADO 3.030

                                MADRID

                   Imprenta Zoila Aseasbar. Martn
                      de los Heros, 65.--MADRID.




SEXTA PARTE

RICARDITO BASELGA




I


Entre el centenar de alumnos con que contaba el colegio establecido por
los jesutas en Madrid, el primognito del conde de Baselga era el que
mereca mayores distinciones.

Aquel nio plido y enclenque, de ojazos soadores y de expresin dulce
y humilde, era el predilecto de los padres maestros, y el encargado de
desempear todos los papeles distinguidos dentro del colegio.

Cuando el padre Claudio visitaba el establecimiento Ricardito Baselga
era el colegial que mereca todas sus atenciones; y esta predileccin
bastaba para que en aquella casa, dominada por el ms abyecto
servilismo, adquiriese el aristocrtico nio todos los honores de un
reyecillo en pequeo.

No abusaba mucho el colegial de las preeminencias que le concedan.

Era humilde hasta la exageracin, y cada una de aquellas atenciones le
sonrojaban como si fuese un honor irnico y mortificante que le
dispensaban.

Hua de intimar con sus compaeros, a los que trataba siempre con
dulzura huraa; gustaba mucho de la soledad, y si alguna vez senta
deseos de espontanearse, iba en busca de los ms viejos maestros, a los
que apreciaba como santos dignos de la consideracin ms idoltrica.

En su primera poca de colegial, cuando haca poco tiempo que haba
ingresado en el santo establecimiento, y durante las vacaciones, cuando
se trasladaba a casa de sus padres y jugaba con su hermana Enriqueta u
oa los cuentos de la vieja Tomasa, el nio, al volver, mostraba cierta
precoz malicia y gustaba de todos los enredos del colegio y de las
intrigas tramadas por los alumnos ms revoltosos; pero poco a poco su
carcter se haba modificado por completo y en l iba borrndose aquella
viveza e impetuosidad que apenas haba llegado a iniciarse.

La tutela que su hermana, la baronesa de Carrillo, ejerca sobre aquel
nio tmido y melanclico, no poda ser de ms visibles efectos.

El nico ser de la familia que lograba despertar algn cario en doa
Fernanda era Ricardito, quien permaneca horas enteras sentado a los
pies de su hermanastra, oyndola relatar vidas de santos, en que lo
absurdo y maravilloso constituan los principales hechos.

La baronesa, con su carcter imperioso y dominante, ejerca gran
influencia sobre el dbil nio y tena el poder de ir modelando a su
gusto sus aficiones y tendencias.

Ricardito, a los nueve aos, tena ya resuelto su porvenir.

Cuando juntndose con otros colegiales hablaban todos de lo que
pretendan ser cuando fuesen hombres, el hijo del conde de Baselga
manifestaba siempre idntica aspiracin.

Sus compaeros queran ser en el porvenir generales, embajadores,
almirantes, todos los cargos, en fin, ruidosos y brillantes a los que la
sociedad presta homenaje; Ricardito, con sencillez y modestia,
contestaba siempre lo mismo al ser interrogado: l quera ser santo.

Y en esta opinin le tena todo el colegio en vista de su vida y
costumbres; y cada vez que manifestaba el nio tal opinin en presencia
de la baronesa, sta se conmova experimentando una satisfaccin sin
lmites.

El padre Claudio mostraba especial inters en fomentar las aficiones
serficas de aquel nio, y los maestros del colegio secundaban
admirablemente los propsitos de su superior.

Aprovechbanse de las ms leves faltas del nio para recordarle la
misin a que Dios le llamaba y crear en l lo que pudiera llamarse
orgullo de clase.

La educacin jesutica, tan dulce en la forma como defectuosa e
irritante en el fondo, fndase principalmente en la odiosa divisin de
castas.

Para combatir los defectos no se acude a la moral ni se recuerdan las
leves naturales, sino que se hace uso de cuanto puede afectar al orgullo
y la soberbia o herir el amor propio.

Cuando alguno de aquellos colegiales pertenecientes a las ms
encumbradas familias cometa alguna falta, no se le reprenda echndole
en cara lo que sta significaba, sino que el padre jesuta; se limitaba
a decir:

--Parece mentira que un noble perteneciente a una de las ms ilustres
familias, haga tal cosa! Se pone usted al nivel de un muchacho del
pueblo.

Esto fomentaba la divisin en la sociedad del porvenir y ahondaba la
diferencia entre los privilegiados de la fortuna y los desheredados;
pero, en cambio, impresionaba mucho a aquellos muchachillos de sangre
azul que estaban convencidos de que hasta en el cielo hay jerarquas, y
de que Dios cre con la mano derecha a los nobles y a los ricos y con la
izquierda al pueblo para que sufriera y diere de comer al los dems.

Con Ricardito Baselga cambiaban de tctica los buenos padres. Perteneca
el muchacho a una ilustre familia, y podan tambin interesar su amor
propio: pero siguiendo las instrucciones de su superior, cuando haban
de reprender al nio, se limitaban a decir:

--Parece imposible que un santito a quien tanto quiere Dios pueda
cometer semejante falta!

De este modo el muchacho se iba convenciendo de que era un elegido de
Dios, un predestinado a quien asista la divina gracia, y se entregaba a
las aficiones msticas que sus maestros tenan buen cuidado en fomentar.

A la edad en que todos los nios aman la agitacin y el bullicio y se
entregan a los ms violentos juegos, l se mostraba grave y reservado, y
las horas de recreo las pasaba en un rincn del patio cuando no escapaba
para entrar en la desierta capilla, donde quedaba exttico ante la ms
bella imagen de la Virgen.

A causa de estas aficiones, mientras los otros colegiales respiraban
vida y vigor, l estaba plido, enjuto y enfermizo, hasta el punto que,
algunas veces, sus maestros haban de reprenderle por la inercia en que
tena su cuerpo y le excitaban a que jugase con sus compaeros, orden
que el muchacho, siempre obediente, cumpla, con forzosa pasividad.

Ricardito iba convirtindose poco a poco en un objeto de admiracin que
ostentaba con orgullo el santo establecimiento.

Los colegiales, obedeciendo a sus maestros, miraban al nio como un ser
superior y privilegiado, digno de supersticioso respeto; y entre ellos
se hablaba como de una cosa rara de su humildad a toda prueba, de la
gran resistencia que tena para permanecer horas enteras de rodillas en
el oratorio y de la entonacin dulce y conmovedora con que rezaba sus
oraciones en alta voz.

No visitaba el colegio una familia distinguida sin que dejasen los
jesutas al punto de presentar como la mayor curiosidad de la casa a
aquel "santito" de cara dulce y melanclica, que se presentaba con la
mayor modestia, ruborizndose al ms leve cumplido.

El nio era, sin saberlo, un prospecto viviente que utilizaban los
jesutas para demostrar la santa educacin que se daba en aquel
establecimiento, y los maestros hablaban a las madres y hermanas de los
dems colegiales del santo entusiasmo de Ricardito, que en las noches
ms crudas de invierno le haca saltar de la abrigada cama para
arrodillarse desnudo sobre el fro suelo y rezar a la Virgen, que se le
apareca en sueos.

La fama de aquella infantil santidad atravesaba los muros del colegio
para esparcirse en el gran mundo, y la baronesa de Carrillo reciba a
cada instante felicitaciones por haberle Dios deparado un hermano que
sera la honra de la familia y la abrira las puertas del cielo.

Esto causaba en doa Fernanda una emocin de celestial gozo, y cuando
hablaba con sus amigas deca siempre con cierta satisfaccin:

--Me envanezco con mi hermano como si fuese obra ma. Yo he guiado sus
primeros pasos por la senda de la devocin y le he enseado a amar a
Dios. Ay! Qu sera de l si yo lo hubiese abandonado al cuidado de mi
padre? Es el nico que honrar la familia. Enriqueta es una casquivana
de la que nunca conseguir hacer una santa.




II

San Luis Gonzaga.


A los once aos le fu permitido al hijo del conde Baselga leer en otros
libros que en los de estudio.

Ricardito no se distingua por su aficin a la lectura. Los santos, por
lo regular, prefieren la meditacin a la ciencia.

En concepto del padre Claudio, convena aficionar al nio a la lectura
para que abandonase un tanto su tendencia esttica, y por esto los
maestros pusieron en sus manos varios libros cuidadosamente escogidos y
que trataban de los santos pertenecientes a la Compaa de Jess.

Convena distraer al nio; pero no era menos importante aumentar sus
aficiones msticas, excitndolas con la lectura de obras escritas con el
estilo empalagoso y dulzn propio de las obras jesuticas.

De todas aquellas obras la "Vida de San Luis Gonzaga" era lo que ms
impresin le produca.

Lea las vidas de una innumerable serie de santos, los ms de la primera
poca del cristianismo, y aunque se conmova considerando los horribles
tormentos sufridos en las arenas del circo romano, aunque derramaba
lgrimas al ver pasar ante su imaginacin las ensangrentadas figuras de
aquellos mrtires que moran posedos del sublime delirio de la fe, su
emocin en tales instantes no poda compararase con la que experimentaba
al pasar su vista por la crnica de aquel prncipe italiano que, plido,
demacrado, privndose de hasta las ms insignificantes satisfacciones, y
atormentado por los ms mnimos escrpulos, vivi alejado de las
grandezas y esplendores entre los cuales haba nacido.

Haba en San Luis Gonzaga algo de sus propios sentimientos, y el pequeo
Baselga, al leer su vida le pareca en ciertos instantes estar
contemplando su propio rostro en un espejo.

Una simpata inmensa, una ternura casi femenil profesaba Ricardito a
aquella figura de penitente aristocrtico, que atormentada por el ayuno,
tena la piel transparente y pegada al desmayado esqueleto.

Reuna San Luis muchas condiciones para ser el favorito del santito y
el que ste tomara como modelo para su vida futura.

El penitente italiano proceda de una noble y encumbrada familia, y esto
era algo para el joven Baselga, que muchas veces haba odo expresarse a
la baronesa sobre el origen casi divino de la divisin de clases
sociales.

Haba pertenecido a la Compaa de Jess, y esto era mucho para aquel
alumno de los jesutas, convencido tenazmente de que fuera de la Orden
no poda existir verdadera virtud, sabidura, ni santidad.

Adems, al carcter delicado y casi femenil de aquel nio, criado entre
mujeres y posedo de una timidez ilimitada, gustbale ms aquel santo
que se dedicaba a martirizarse a s mismo, y que, enamorado msticamente
de la belleza de la Virgen, pasaba das enteros de hinojos ante ella,
que toda la innumerable caterva de mrtires de la edad heroica del
cristianismo, que demostraban la verdad de su doctrina buscando que les
desgarrasen los msculos o regando con su sangre las arenas del circo.

Qu tierna emocin le produca siempre su lectura favorita! Cmo su
imaginacin, despertada por aquella crnica de santidad, encontraba
puntos de comparacin entre la vida de San Luis y la suya!

El santo italiano haba sido hijo de un marqus, soldado de gran valor;
l tena por padre a un conde que se haba distinguido mucho en los
campos de batalla.

El serfico Luis tena desde los siete aos tan arraigadas todas sus
devociones, que jams haba faltado a ellas; y l se encontraba en igual
caso, pues no recordaba haber olvidado ninguna de las santas
obligaciones que se haba impuesto, que eran or todas las maanas la
misa de rodillas y sin hacer el menor movimiento, rezar tres rosarios
cada da, decir la salve cada hora y recitar sus oraciones todas las
noches al acostarse, sin perjuicio de saltar de la cama para
arrodillarse sobre el fro pavimento cada vez que algn ensueo
celestial se dignaba turbar su reposo.

Otro punto de comparacin exista entre su vida y la de San Luis; pero
ste, en vez de causarle una gozosa satisfaccin, le llenaba de
confusin y tena su alma constantemente alarmada.

El santo, en su niez, mezclndose en el trato de los soldados que
mandaba su padre, haba aprendido palabras demasiado libres, que repeta
sin comprender su significado, y que despus fueron para l causa de un
continuo remordimiento, llorndolas toda su vida y haciendo rigurosas e
interminables penitencias para purificarse de ellas.

Ricardo, ansioso de encontrar similitud entre las dos existencias, busc
en la suya, y tambin hall en su niez algo terrible y horroroso de que
arrepentirse.

Cuntas veces haba escuchado con maliciosa alegra a Tomasa, la
argonesa domstica, espritu volteriano, sin ella darse cuenta, que con
gracia inimitable relataba a Ricardo y Enriqueta, cuando la importunaban
pidindola un cuento, relaciones algo libres en que frailes y monjas
jugaban un papel que no dejaba en buen lugar la moral del claustro!

Este recuerdo de la vida pasada produca en el nio terrible impresin;
y aunque l slo era culpable de haber escuchado con cierto gozo los
chascarrillos algo libres contra la gente monstica, reprochbase el
gozo que haba experimentado oyndolos, y esto constitua para l un
terrible remordimiento.

Acuda a las mortificaciones, a las penitencias abrumadoras, a todos
cuantos santos tormentos le sugera su imaginacin, para librarse de tan
incesantes preocupaciones y recobrar su tranquilidad, lo que sera signo
de que Dios le perdonaba la ofensa que le haba hecho escuchando tales
abominaciones; pero por ms que extremaba sus tormentos fsicos y
morales, siempre el maldito remordimiento volva a anidar en su
conciencia producindole un martirio interminable.

Ahora comprenda el por qu en sus delirios msticos no era tan
favorecido por la corte celestial como aquel santo que tomaba por
modelo.

A San Luis, mientras estaba en oracin, hablbale la Virgen, y senta su
pecho invadido de celeste dulzura, mientras que l, por ms que llamaba
al las puertas del cielo, las encontraba siempre cerradas. Los santos
estaban mudos para l, y en vano derramaba lgrimas, pues no lograba
ablandar a Dios, encolerizado a causa de los pecados que haba cometido
Ricardo escuchando las libres relaciones de aquella impa domstica.

Por esto la lectura de la vida de San Luis, al par que serva para
aumentar cada vez ms su devocin, causbale un continuo desasosiego y
una febril agitacin que haca peligrar su salud.

Aquel nio tmido, dulce y asustadizo, a la edad en que todos cometen
mil diabluras con encantadora gracia y nunca piensan en las
consecuencias de sus actos, mostrbase sombro y meditabundo,
experimentando tantos remordimientos como el ms terrible criminal.

Privbase de comer con la esperanza de alcanzar por medio de ayunos el
perdn de aquella culpa, que a l se le figuraba horripilante; no
dorma, porque en su estado de perpetua agitacin, era imposible
conciliar el sueo, y su dbil organismo languideca rpidamente
combatido por tantas privaciones.

Hzose aun ms misntropo; fu reservado con sus maestros,
experimentando un miedo terrible cuando pensaba que stos podran
descubrir sus pecados de antao, y contestaba con evasivas a la
solicitud de los jesutas a quienes el padre Claudio tanto recomendaba
su cuidado.

Mientras los dems colegiales slo pensaban en aprovecharse de un
descuido para ponerle mazas en el rabo al gato del portero, o en cometer
un sin fin de inocentes locuras, aquel nio viva agitado por una idea
eterna:

--Si Dios me perdonara mis pecados!... Si la Virgen me hablase como a
San Luis!... Cmo he de llegar yo a ser santo?




III

De cmo habl la Virgen a Ricardo.


La exagerada devocin del colegial le haca mirar con ms simpata el
establecimiento donde se educaba que la casa de su padre: y por esto,
muy al contrario de todos sus compaeros, miraba con santo horror las
vacaciones, porque stas le arrancaban de aquel vasto edificio en cuyos
largos corredores se explayaba su imaginacin forjando las ms absurdas
quimeras y en cuya capilla se entregaba a raptos de desesperacin, en
vista de que sus delirios msticos no producan eco en el cielo.

El hijo del conde de Baselga iba por buen camino para llegar a
sacerdote, y prueba de ello era que comenzaba a adquirir ese horror a la
propia familia, ese desprecio a los seres queridos que caracteriza en
sus vidas a todos los elegidos de Dios.

Para servir bien al seor haba que abandonar a los padres y hermanos,
haba que romper todos los lazos terrenales, despreciar los ms sagrados
afectos; y el nio hizo todo esto recordando la existencia de muchos de
aquellos santos cuyas vidas haba ledo y de los cuales el detalle ms
saliente era haber olvidado a los que les dieron el ser para amar
nicamente a Dios.

Esta repugnante ingratitud le resultaba al nio una accin honrossima,
sin duda por las muchas veces que haba odo a los predicadores de la
Compaa ensalzarla como el acto ms sublime.

Adems, Ricardo no experimentaba ningn afecto natural e irresistible
hacia su familia.

Su padre, el conde de Baselga, era para l un seor taciturno y terrible
que le miraba siempre con fnebre gravedad, y slo de tarde en tarde le
acariciaba framente. Ignoraba el nio que su presencia evocaba siempre
en la mente del conde los ms terribles recuerdos, y que l, al entrar
en el mundo, haba producido la muerte de su madre, mujer angelical,
cuya memoria haba de acompaar siempre a Baselga.

Ricardo slo haba sabido temer a su padre, aunque ste jams lleg a
dirigirle una palabra dura.

Haba amado algo a Enriqueta, aquella hermana mayor que l que jugando
abusaba de su superioridad y lo manejaba como un "beb"; pero este
afecto puro y natural haba ido desapareciendo conforme se desarrollaban
sus aficiones a la santidad.

Llevado de la mana de imitar a su santo patrn, Ricardo, que segua
escrupulosamente cuanto lea en la vida de San Luis, se propuso hacer
voto de castidad, sin saber a ciencia cierta a lo que se obligaba; y
arrodillado ante aquella Virgen rizada, hermosa y con los ojos en blanco
por el dulce xtasis, imagen que era la depositaria de todos sus
remordimientos e inquietudes, jur no presentar sus carnes al desnudo a
las miradas de sus compaeros, como antes lo haca al acostarse, y no
mirar nunca a una mujer el rostro.

Desde entonces tom Ricardo la costumbre de presentarse ante las damas
que visitaban el colegio con la cabeza baja y los ojos casi cerrados
para no ver ninguna de aquellas gracias femeniles que podan turbar su
voto.

El joven devoto se anticipaba a la naturaleza y hua de la mujer en la
poca que sta no poda an despertar en l ningn desconocido
sentimiento.

Cuando en la poca de vacaciones vease obligado en la casa paterna a
tratarse con su hermana Enriqueta, mostrbase tmido y receloso,
procurando evitar el roce de aquellas faldas, como si fuesen siniestra
tienda bajo la cual acampaba una legin de diablos. La devocin
trastornando aquel cerebro infantil, haca surgir en l horrendos
pensamientos y suposiciones monstruosas.

La vista de Tomasa, aquella relatadora de cuentos impos, llenaba de
santo terror a Ricardo, que hua de ella como del pecado mortal,
mientras la franca aragonesa echaba pestes contra los pcaros jesutas y
doa Fernanda, que le haban "mareado" al nio hasta el punto de hacerle
odiar a la que poda llamarse su segunda madre.

Cuando algunos das despus de haber despedido el conde a la vieja
domstica fu Ricardo a pasar un domingo a casa de su padre, el muchacho
experiment una gran tranquilidad al saber que no volvera a encontrarse
con la maliciosa aragonesa.

La casa pareca haber cambiado radicalmente con aquella marcha.

El conde acarici a su hijo, mostr por l gran inters, y sin perder su
ttrica gravedad, le pregunt por sus estudios y aficiones, excitndole
cariosamente a que no fuese un fantico y se preparara a ser un hombre
til a su familia y a la patria.

En cuanto a Enriqueta, manifestse a su hermano ms alegre y locuaz de
lo que comnmente estaba, y sin hacer caso de su desvo hurao, le dijo
que pap era muy bueno y ella muy feliz; que ahora la llevaba al Teatro
Real y a los grandes bailes, que la dejaba en libertad para vestir con
elegancia y que l mismo se mostraba muy alegre y decidido a gozar de la
vida. Y Enriqueta, creyendo que con sus palabras despertaba un
sentimiento de envidia a su hermano, que manifestaba honda tristeza,
hablbale de que pronto saldra l del colegio y sera un pollo elegante
que brillara mucho en sociedad y tendra una novia hermosa y
distinguida.

El santo volvi al colegio escandalizado por el lenguaje de su hermana,
y dispuesto a no cruzar ms su palabra con aquella que insultaba con
tales suposiciones su dignidad de elegido de Dios.

Aquel fu el ltimo da que el muchacho pas en el seno de su familia.
Apenas se vi en los sombros corredores del colegio, aspirando aquella
atmsfera mstica que le enloqueca, desvanecise la dbil impresin de
cario causada por el cambio de carcter que haba notado en su padre.

Ricardo volvi a engolfarse en aquella devocin que tanto le
trastornaba, convirtindose en un nio nervioso, visionario y casi
demente.

El deseo de ser santo, que an se excitaba ms con la reputacin que de
tal tema en el colegio, dominbale a todas horas.

La vida de San Luis era su continua lectura, y todos los das juraba
ante la Virgen imitar al santo Gonzaga en todos sus actos.

El sera jesuta como el santo italiano, vestira la sotana de la Orden,
y olvidando que haba nacido rico hara acto de perpetua pobreza,
entregando su fortuna a la Compaa, para que la distribuyese entre los
necesitados.

Este rasgo saba l que sublimara toda su existencia, y le dara el
verdadero carcter de santo.

Muchas veces el padre Claudio haba dicho en su presencia que nada era
tan grato a los ojos de Dios como el sacrificio que hacen los potentados
que entran en la Orden, despojndose de sus riquezas.

Cuando llegase el tiempo oportuno, cuando por la edad pudiese disponer
del inmenso caudal que le corresponda como heredero de su madre, l
sabra llevar a cabo tal rasgo de desprendimiento y se hara clebre en
los santos fastos de la Compaa por su santidad, entregando antes todas
sus riquezas al padre Claudio, para que ste fuese el administrador de
los pobres.

Ricardo estaba resuelto a ser jesuta; pero una duda cruel martirizaba
su cerebro. Le llamaba Dios por tal camino? Mereca l, como el
serfico Luis, vestir la sotana de los hijos de San Ignacio?

Al santo Gonzaga el cielo se haba dignado manifestarle que era su
voluntad que entrase en la clebre Orden.

Estando en Madrid, en la Corte de Felipe II (segn rezaba la vida de San
Luis, escrita por el jesuta Croisset), y cuando an era un nio, el
santo, una maana, arrodillado ante la Virgen del "Buen Suceso", escuch
cmo sta le incitaba con frases cariosas a que entrase en la Compaa.

Aqul era un elegido de Dios, ya que la celeste madre se dignaba darle
consejos; pero l se tena por un rprobo, por un ser maldito, a causa
de sus pecadillos de la primera edad, ya que no escuchaba voces
sobrehumanas, ni la dulzura de la Virgen vena a calmar sus terribles
zozobras.

Un da not que dos jesutas viejos, que entre las gentes del colegio
tenan renombre de sabios, a la hora del recreo, en que todos los
alumnos se entregaban a los ms ruidosos juegos, le contemplaban desde
un ngulo del patio, con expresin marcada de lstima, y conversaban
despus animadamente.

Aquella misma noche vi repetirse iguales gestos en la servidumbre del
colegio y en algunos de los alumnos mayores, pero el nio era tan tmido
y tena tal empeo en contrariar todos sus deseos para santificarse, que
por no pecar de curioso evit hacer la ms leve pregunta.

A la maana siguiente, el padre encargado de la direccin del colegio, y
en el cual el padre Claudio pareca tener una absoluta confianza, se
encarg de aclarar aquel misterio.

Cuando el muchacho estuvo en el despacho del director, este jesuta us
de mil rodeos para decirle la noticia que le haba encargado su
superior; habl de la voluntad inflexible de Dios, del destino de la
criatura, que est de antemano trazado por el Eterno y que nadie puede
variar; del deber en que est todo buen cristiano de resistir los rudos
golpes del destino; y cuando el muchacho, embelesado por una pltica que
tanto halagaba sus inclinaciones, oa con el ms santo gozo aquel
sermn, el jesuta solt la noticia que haca ya ms de una hora estaba
adornando del mejor modo posible, para ocultar su carcter horrible.

El conde de Baselga haba muerto dos das antes. El director del colegio
guardse de decir que el desgraciado se haba suicidado en una casa de
locos, y relat al hijo la muerte de su padre, asegurando que era a
causa de un descuido que haba tenido ste examinando una pistola
cargada.

Ricardo qued aturdido por aquella noticia.

No llor porque los santos slo lloran cuando recuerdan los fabulosos
dolores sufridos por Dios bajo la forma de hombre; hizo esfuerzos para
mostrar el estoicismo de los predestinados a la santidad, pero en lo ms
hondo de su pecho le pareci sentir un rudo golpe que conmova todas las
fibras de su corazn.

Aquella sequedad de su alma desapareci al desvanecerse la sorpresa
causada por la noticia; y cuando el muchacho sali del despacho y se vi
solo en medio de un desierto corredor experiment la necesidad de ir en
busca de aquella devocin que en todas las circunstancias crticas de
la vida lograba endulzar sus penas.

Entr en la capilla del colegio y fu a ponerse de hinojos ante el
altar, donde dulce y sonriente se alzaba la imagen de una de esas
Vrgenes creadas por la elegante piedad jesutica, y que tienen el
aspecto de una tiple de pera, perfumada y lnguida que al comps de las
notas pone en blanco los ojos.

Un rayo de sol, filtrndose por un prolongado ventanal con vidrieras de
colores, cruzaba la sombra capilla e iba a enredarse en la rubia
cabellera de la Virgen, circuyndola de una aureola en que titilaban
todas las brillantes tintas del iris.

Aquellos ojos de cristal, brillando sobre las facciones de arrebolada
cera como lluvia de gotas posadas en los ptalos de una flor, parecan
mirar fijamente al nio, quien, posedo de una mstica emocin, di
suelta a las lgrimas que antes haba retenido al saber la muerte de su
padre.

Era muy desgraciado, pero l no se quejaba, pues aquel terrible suceso
lo consideraba como un favor de Dios, que quera poner a prueba su
resignacin y que lo llamaba por el camino de su santidad.

Ya era completamente hurfano, y en adelante la Virgen sera su madre,
su protectora, que le llevara rectamente al cielo.

Aquel era el momento de decidir su porvenir. Desligado de todo lazo
mundanal, encontrbase desnudo de terrenas preocupaciones a la puerta de
la santidad, dispuesto a ponerse eternamente al servicio de Dios si ste
le llamaba.

Por qu no haba de realizarse un milagro en su favor? Por qu la
Virgen no haba de aconsejarle que abrazase la vida religiosa, como ya
lo haba hecho con el serfico Gonzaga?

Un milagro era lo que l peda, una muestra leve que indicase cmo la
madre de Dios se interesaba en su porvenir; y ansioso por alcanzar tal
distincin, Ricardo miraba a la risuea imagen, cuyos ojos seguan fijos
en l con inanimada insistencia.

El rayo de sol iba desvindose conforme transcurra el tiempo, y se
apartaba con lentitud de aquel rostro que iba hundindose en la sombra.

Entonces le pareci a Ricardo que aquellas sonrosadas facciones se
animaban con una sonrisa de infinita benevolencia, y posedo de una
exaltacin frentica se arroj al suelo, cubrindose los ojos con las
manos, como si temiese cegar ante un esplendor deslumbrante.

Por fin llegaba el momento deseado. La Virgen le hablaba, aconsejndole
lo que l tena desde mucho tiempo antes en el pensamiento.

Senta sonar su voz en lo ms ntimo de su cerebro, y hasta le pareca,
que las paredes de la capilla retumbaban con el estrpito de la anglica
trompetera.

Ya estaba decidido; abandonara el mundo y abrazara la vida religiosa.
La Virgen se lo ordenaba.

Y el muchacho, a pesar de que tena los ojos cubiertos por sus manos y
el rostro sobre las fras baldosas, vea un inmenso horizonte de luz, y
en el centro una brillante escalera vaga y tenue, como si estuviese
formada por suspiros y vibraciones de arpas. A los lados estaban los
angeles con cabelleras de sol y difanas vestiduras, y en lo ltimo,
llenndolo todo con su majestuosa silueta, Dios, coronado por el
simblico tringulo, que fijaba en l sus ojos y que por entre su blanca
barba, que se confunda con las nubes, dejaba escapar la inmortal
sonrisa, suprema felicidad de los bienaventurados.

Dos horas despus, la servidumbre del colegio recoga el desfallecido
cuerpo de Ricardo, para conducirlo a la enfermera.

Fu aquello un accidente pasajero del que no tard en reponerse; pero el
director del colegio, que en la intimidad daba a entender cmo bajo una
sotana jesutica puede ocultarse un espritu volteriano, dijo, hablando
de Ricardo con otro padre de la Compaa:

--La falta de alimentacin le har ver las ms estupendas visiones.
Carne y ms carne. Este es el mejor remedio contra las visiones
celestes.




IV

El Corazn de Jess,
buzn de Correos.


Una duda que asalt a Ricardo pocos das despus de haberse decidido por
consejo de la Virgen a abrazar la vida religiosa, fu si deba preferir
la Compaa de Jess a cualquiera de las Otras protegidas por la
Iglesia.

La regla de San Francisco y la de otros santos fundadores haba contado
muchos bienaventurados en su seno, y no era, por tanto, condicin
precisa para ser favorito de Dios el pertenecer al instituto de San
Ignacio; pero pronto se desvaneci tal duda en el joven por medio de
aquella vida del celestial Gonzaga, cuya lectura constitua todo su
recreo.

San Luis, al decidirse por el servicio de Dios, haba dudado sobre el
instituto religioso que deba escoger, pero al fin se haba decidido en
favor de la Compaa de Jess, por varias razones que el padre Crosset
tena buen cuidado de consignar en la vida del santo.

Ricardo reproduca en su memoria todos estos motivos y los encontraba en
extremo ciertos.

El, del mismo modo que el santo italiano, entrara en la Compaa de
Jess, porque en ella reinaba la humildad, ya que se haca voto de no
admitir dignidades eclesisticas. Y el joven crea que este rasgo de la
Orden era sublime, no parndose a considerar que mal podan apetecer los
jesutas obispados y cardenalatos, cuando son el oculto nervio de la
Iglesia, que mueven a sta a su sabor y que dominan desde el Papa hasta
al ltimo sacristn.

Gustbale, adems, la Compaa, como al serfico Gonzaga, porque "en
ella se ensea a la juventud virtud y letras"; pero Ricardo no pensaba
en que esta juventud que reciba la instruccin de los jesutas era slo
la juventud privilegiada, la perteneciente a la clase acomodada y
aristocrtica y que, en cambio, nunca la Orden loyolesca se haba
preocupado de educar al pueblo, interesndose por que ste permaneciese
siempre en la ignorancia, medio seguro para que jams saliese de la
abyeccin.

Otra de las razones que atraa las simpatas del joven fantico hacia la
Compaa de Jess era que sta "se dedicaba a la conversin de los
herejes y los gentiles, en todas las partes del mundo". Para un joven
ignorante, esta misin era sublime y en alto grado civilizadora, y as
lo crea l, por haberlo odo varias veces a los padres maestros del
colegio, que hablaban, con entonacin lrica, de las grandes conquistas
llevadas a cabo por la Compaa en el mundo de la barbarie, y de las
conversiones en masa que los misioneros de la Orden haban hecho en la
India y en el Japn.

Poda hablarse as, con la seguridad de no ser desmentido, a una
juventud ignorante que no conoca otra historia que la enseada en los
colegios de la Compaa, y que, por tanto, no tena la menor duda sobre
la milagrosa elocuencia de San Francisco Javier, el cual, desconociendo
la lengua de los indios y por medio de mmica, convirti miles de
indgenas. Adems, era muy extrao que despus de estar la Compaa de
Jess ms de tres siglos predicando la buena nueva en la China y en el
Japn, no hubiese conseguido la cristianizacin de tales pueblos,
limitando todas sus conquistas al bautismo de algunas familias de
naturales pobres y envilecidos, que adoraban a los misioneros ms que
por sus doctrinas por los puados de arroz que les repartan en las
pocas de caresta.

Pero para Ricardo era artculo de fe que la Compaa haba convertido al
catolicismo a casi toda Asia, y a sus ojos apareca la Orden como un
instituto sublime, cuyos misioneros posean las lenguas de fuego de los
apstoles y enternecan a los pueblos en masa, hacindoles abrazar la
doctrina del Evangelio.

El quera ser de aquella milicia heroica. Deseaba ser soldado de aquella
legin fuerte e inquebrantable, cual la verdadera fe, y, como todos los
misioneros clebres de la Compaa, pensaba en atravesar los bosques de
Asia, sin otras armas que el Evangelio ni otro equipaje que su sotana,
quebrantado por el ayuno y rodo interiormente por la enfermedad,
siempre en busca de nuevos gentiles que convertir y dispuesto a pagar
con los ms horrorosos martirios su santa audacia.

Aspiraba Ricardo a desempear este hermoso papel de hroe santo, creado
por la leyenda jesutica, y estaba lejos de imaginarse que tales
misioneros, audaces hasta la demencia y ascetas hasta la total
extenuacin, eran infelices autmatas que la Orden creaba para revestir
sus fines de una atmsfera simptica de grandeza y desinters, y que sus
esfuerzos por introducir el cristianismo en las naciones idlatras slo
servan para que despus los verdaderos directores de la Compaa,
aprovechndose de la audacia de sus fanticos instrumentos,
estableciesen compaas de comercio en los citados pases, negociando
con sus productos que cambiaban por los de Europa.

De este modo el instituto de San Ignacio de Loyola reuna en su tesoro
ms millones que todos los grandes banqueros juntos, y as se haca
dueo de importantes lneas frreas y tena, con nombre supuesto,
numerosas flotas de vapores en todos los mares del globo.

Decidido Ricardo Baselga a entrar en la Compaa, ansiaba que llegase el
instante de ser admitido en su seno, y tan vehemente era su deseo, que
hasta tema que los buenos padres se negaran a darle entrada en la
Orden.

Desde el da en que la Virgen le habl y Dios, rodeado de su
deslumbrante corte, pas ante sus ojos como una visin fugaz, el joven
no tuvo otra aspiracin que la de entrar cuanto antes en la Compaa.
Pero siempre que intentaba formular su deseo, sentase cohibido y
dominado por una timidez que le impeda manifestar su pensamiento.

Por fortuna para l, pronto se le present una ocasin para manifestar
su deseo sin que hubiera de ruborizarse ni tartamudear, pensando que su
demanda poda ser desechada.

La educacin jesutica aspira a conocer hasta los ms ntimos
pensamientos de aquellos que estn sujetos a ella, y de aqu que busque
los ms extraos medios para penetrar hasta en lo ms recndito de las
aficiones de sus alumnos.

Tienen los padres de Jess establecido en sus colegios el espionaje en
grande escala, as como entre los individuos de la Orden; a cada alumno
se le inspira la idea de que es un deber sagrado celar los actos del
compaero; la delacin se considera por los maestros como un acto
meritorio, y la benevolencia con las faltas ajenas se castiga como un
grave delito contra la disciplina que debe reinar en las casas de la
Compaa.

Pero esto no basta a los jesutas para apoderarse por completo del
cerebro de sus educandos y conocer hasta los ms ntimos secretos.

Necesitan saber sus ms dominantes aficiones para, en consecuencia,
dirigir y amoldar a placer los caracteres de sus discpulos, y para que
este rgimen policaco fuera completo, el astuto padre Claudio haba
establecido en el colegio de Madrid la fiesta del Corazn de Jess,
invencin de los jesutas franceses, muy dados a espectculos teatrales.

Una vez al ao verificbase esta ceremonia, y los alumnos mayores,
despus de una gran fiesta religiosa, diriganse de rodillas al altar
mayor, y al llegar ante una imagen del Corazn de Jess, tendanse cuan
largos eran, y con el humillado rostro sobre las desnudas baldosas,
permanecan mucho tiempo entregados a mstica meditacin.

Despus se levantaban, y sacando un papel escrito en la noche anterior,
despus de largas horas de rezo y de meditacin, lo introducan en una
hendidura que exista en aquel corazn rojo y flameante que la imagen
ostentaba sobre el pecho.

Era ridculo y sacrlego convertir el Corazn de Jess en buzn postal,
pero los jesutas, por tal medio, conseguan conocer las verdaderas
aficiones de sus discpulos, y bien sabido es que su educacin consiste
no en contrariar las aspiraciones naturales de aquellos a quienes
dirigen, sino en fomentarlas y dirigirlas con arreglo al inters de la
Compaa, buscando que sta tenga en todas partes buenos y leales
servidores.

No teman los jesutas que sus alumnos mintieran al hacer tales
confidencias al Corazn de Jess. Habanles hecho creer que aquellas
demandas escritas a la divinidad las acoga sta con benevolencia, y que
todos los deseos consignados en ellas realizbanse inmediatamente si es
que as convena al porvenir de los solicitantes. De aqu que todos los
alumnos se apresurasen a estampar en el papel su ms ferviente deseo, y
que los padres maestros, por medio de tal estratagema, tuviesen exacto
conocimiento del pensamiento dominante de sus educandos.

Lleg el da de la fiesta del Sagrado Corazn, y Ricardo Baselga, sin
duda por indicaciones superiores, fu admitido en el grupo de colegiales
mayores que iban a depositar su papel en el pecho de la sacra imagen.

Durante la fiesta religiosa, el joven sinti una emocin cada vez ms
creciente, que conmova a todo su cuerpo.

Con ansiosa mirada contemplaba, a travs de las azuladas nubes de
incienso, aquella imagen de Jess, sonriente y dulce, y al mismo tiempo
estrujaba en su bolsillo el billete escrito en la noche anterior,
despus de algunas horas de oracin.

Ricardo estaba tan absorto en la contemplacin de aquella imagen, que no
se daba cuenta de lo que le rodeaba y los alborozados cnticos del
rgano sonaban en sus odos como un zumbido molesto.

Miraba el joven a Jess con la misma expresin humilde y resignada del
pretendiente que entrega un memorial al poderoso y teme ser molesto. Se
estremeca Ricardo pensando que era indigno de pedir a la divinidad un
sealado favor, y tema que la santa imagen rechazase su splica.

Lleg el momento de la ceremonia, y el grupo de educandos avanz hacia
el altar mayor, formado en fila.

Ricardo anduvo instintivamente, y al llegar cerca de la imagen, rodeado
de los principales maestros vi al padre Claudio, que aunque grave y
meditabundo, cual lo exiga la solemnidad, le contemplaba con expresin
de paternal benevolencia.

Iban uno tras otro los colegiales arrojando sus respectivos billetes en
la hendidura de aquel corazn rojo y deslumbrante, y por fin Ricardo
qued frente a la imagen, sin tener compaero alguno delante de l.

Arrodillse entonces, trmulo y palpitante, lanzando al Corazn de Jess
una mirada de supremo amor; arrojse despus de bruces al suelo, donde
permaneci algunos segundos, como si, anonadado, quisiese desaparecer
confundindose con la tierra; y despus, irguindose con timidez,
adelant una mano, en la que sostena el papel escrito en la noche
anterior.

Aquel acto le cost un esfuerzo supremo.

As que termin la fiesta, el padre Claudio, en la celda del director
del colegio, revolva los billetes que los colegiales haban depositado
en el Sagrado Corazn, y que estaban ahora sobre una mesa.

Buscaba el de Ricardo, y lo encontr; pues aunque todos los billetes
iban sin firma, l conoca la letra del joven Baselga.

El jesuta, al leer, sonrea con la expresin del que se convence de no
haberse equivocado.

"Oh, Jess mo! Oh, dulce Seor! Mi deseo ms ferviente, mi nica
aspiracin, es serviros mientras viva; es pelear y morir por vuestra
doctrina. Quiero ser un misionero de la fe. Haced que entre en vuestra
santa Compaa, que fund nuestro gran padre San Ignacio."

Despus de la fiesta hubo gran banquete en el colegio, y por la tarde,
cuando todos los alumnos se entregaban a ruidosos juegos, el padre
Claudio llam aparte a Ricardo, y ponindole una mano sobre la cabeza,
djole con expresin paternal y solemne:

--El Sagrado Corazn no olvida nunca a sus devotos. El ha odo tus
splicas; y yo como mensajero de su divina voluntad, te manifiesto que
la Compaa te abre sus brazos. En la semana prxima irs a comenzar tus
ejercicios en la casa de novicios que tenemos en Loyola. Maana mismo
hablar con tu santa hermana la baronesa, que acoger tu vocacin como
un favor del cielo.




V

El noviciado


Sali Ricardo de Madrid, sin despedirse de la baronesa ni de Enriqueta,
pues para ser buen jesuta habase propuesto olvidar que tena una
familia en el mundo.

Apenas entr en el colegio de Loyola experiment una satisfaccin sin
lmites.

El padre director, jesuta adusto, de facciones demacradas y ojos
feroces, que parecan transparentar el chisporroteo de un oculto fuego,
le orden que se despojara de su traje y le hizo vestir el hbito talar.

Aquella fu la mayor alegra que el joven experiment en su vida.

Rapado a punta de tijera; embutido en una sotana estrecha, rada y de un
negro amarillento; con medias de estambre y gruesos zapatos, Ricardo se
confundi entre un centenar de jvenes plidos, demacrados, de aspecto
receloso y mirada hipcrita, que eran los novicios que en aquel
establecimiento se preparaban a ingresar en la Compaa.

El hijo del conde de Baselga se oy llamar "hermano" por primera vez, y
esto le produjo inmensa satisfaccin. Era la prueba de que acababa de
alistarse bajo las banderas de Cristo.

Pronto not Ricardo la gran diferencia que exista entre la educacin
que se daba en el colegio y la de aquel noviciado.

En ste no exista la menor sombra de instruccin cientfica.

Haban terminado para el joven aquellos estudios engorrosos que
contrariaban sus aficiones msticas, y con el noviciado entraba en plena
vida devota.

El campo de las supersticiones, de los escrpulos nimios y de las
mortificaciones absurdas abra sus horizontes inmensos ante aquella
exaltada imaginacin perturbada por el fanatismo.

Ricardo, al pasear por aquellos claustros montonos y sombros, que
carecan del encanto artstico de los antiguos conventos, crease a las
puertas del mismo cielo; tal era su entusiasmo, que aquellas bandas de
jvenes ttricos y ensotanados que eran sus compaeros y que se espiaban
mutuamente aprendiendo a odiarse, considerbalas como legiones de
ngeles destinadas a la salvacin del mundo.

Dos aos haba de durar el noviciado, segn lo prescrito en las reglas
de la Compaa, y tan feliz se senta Ricardo en su nueva vida, que, a
pesar de encontrarse en los primeros das, se entristeca ya pensando
que el plazo era relativamente corto y que algn da haba de salir de
aquella casa para volver al mundo.

Aquel aislamiento, semejante al de la tumba, constitua la suprema dicha
de un ser dedicado a la contemplacin de las cosas divinas y que se
estremeca al menor contacto con la sociedad.

Los ejercicios de devocin que la Orden recomendaba a los novicios eran
como los mltiples engranajes de una gran mquina que tenda a anular
cuanto de espontneo y libre existe en el hombre.

Ricardo dejaba de ser un ente libre para convertirse en una molcula
inconsciente de la gigante Compaa de Jess.

Arrastrado por un anhelo noble, buscaba la perfeccin; pero sta era
para el joven fantico el ideal de los ascetas: matar cuanto de humano
existe en el organismo, aborrecer el mundo y odiar los ms bellos y
naturales sentimientos, todo en gracia a una suprema contemplacin.
Ricardo aspiraba a ser el hombre perfecto que los ascetas y los celestes
visionarios han tratado con estas palabras: "Tamquam ac radaver".

El joven senta un ardor cada vez ms creciente por ser un modelo de
novicios, y este deseo, que en el fondo tena mucho de vanidad,
arrastrbale a seguir de un modo minucioso cuantas instrucciones haba
consignado San Ignacio de Loyola en sus clebres "Ejercicios".

Las ideas ms acariciadas en la niez, los sentimientos ms arraigados,
todo desapareca y se evaporaba conforme avanzaba Ricardo en sus
piadosas prcticas.

Familia, patria, fortuna, todo cuanto significase mundo y pudiera
despertar un eco humano en el corazn, todo lo olvidaba Ricardo, siempre
empeado en formarse el vaco de la santidad en torno de su persona.

Tan lejos llevaba su horror al mundo, que le pareca sublime la pgina
29 de las Constituciones de la Compaa, y relea con fruicin el
prrafo, que deca as:

"Para que el carcter del lenguaje corresponda a los sentimientos, es de
uso acostumbrarse a decir, no yo "tengo" padres, o yo "tengo" hermanos,
sino yo "tena" padres, yo "tena" hermanos."

Estas palabras infames, que mataban en vida a los seres ms queridos,
resultbanles sublimes al joven fantico, e imitando a sus ttricos
compaeros, que hablaban de sus padres como si fuesen sus tatarabuelos y
se negaban a leer sus cartas, Ricardo aprovechaba las escasas
conversaciones que con ellos tena, para decir con el nfasis de un
hombre que ha logrado vencer un terrible obstculo:

--Yo tena hermanos; yo tena familia.

Aquella excitacin que mostraba el joven a todas horas y su empeo en
ser modelo de novicios, atraale la simpata de los padres maestros, que
se hacan lenguas de su entusiasmo religioso y de la fortaleza que
demostraba al pasar das enteros entregado a la oracin, sufriendo
terribles privaciones.

La consideracin de que aquel joven asceta era poseedor de un ttulo
nobiliario y de una gran cantidad de millones impresionaba mucho a los
dems novicios, procedentes de la clase media o de familias de labriegos
acaudalados, los cuales crean en la divisin de castas y adoraban
supersticiosamente a la aristocracia.

En torno de Ricardo se formaba el mismo ambiente de respeto y
consideracin que en el colegio, y todos sus compaeros le apreciaban
como un ser superior destinado a empresas sublimes.

La adulacin existe en la Compaa de Jess ms que en ninguna otra
sociedad, por estar sta basada en el espionaje y la mentira, y de aqu
que hasta los padres maestros depusieran un tanto su ceo de speros
instructores para animar con lisonjas a Ricardo a que perseverase en sus
aficiones ascticas.

Lleg a decirse en aquella santa casa que el joven haca milagros, y as
lo creyeron los sencillos labriegos de las inmediaciones, que se paraban
en los caminos con aire reverente cuando pasaba el "santito"; pero hay
que advertir que Ricardo no crea en su propio poder, y se extraaba de
que hablasen de prodigios que l nunca haba visto, a pesar de ser el
principal interesado.

Cada uno de los novicios dirigase forzosamente a un determinado
maestro, por estar as consignado en la regla de la Orden, y con l
haba de consultar todas sus acciones y pensamientos.

Ricardo tena su consultor, como todos sus compaeros, y con l sostena
largas plticas sobre asuntos espirituales.

Muchas veces el discpulo se revolva contra el maestro, haciendo
objeciones que demostraban un fanatismo asctico superior al de los
padres exaltados; pero esta oposicin era fugaz, pues el educando
acababa siempre por amoldarse humildemente a todos los consejos de su
superior.

Lo que ms repugnaba a Ricardo eran las reglas establecidas en la
Compaa para dar a todos sus miembros un exterior uniforme e
inalterable.

El jesuitismo no se contentaba con moldear a su gusto las conciencias y
anularlas, sino que extenda su poder a los rostros para reformarlos con
arreglo a una expresin comn.

El maestro de Ricardo mostraba gran empeo en dar los ltimos toques de
exterioridad gazmoa a aquel novicio destinado a ser un santo que
honrara a la Compaa.

La mirada era la principal preocupacin del viejo jesuta, a quien
irritaba el modo de mirar franco y noble del joven.

--No debes mirar as--deca a Ricardo--. En nuestra Orden los ojos se
fijan siempre en el suelo, y al hablar con un extrao, el rostro debe
tener una expresin de serfica alegra. Una sonrisa sencilla e ingenua
sienta siempre bien en los labios de los representantes de Dios. Mira a
todos los padres de la Compaa y te convencers de que siguen fielmente
estas instrucciones. Nuestros santos fundadores ya estudiaron cul es el
aspecto que ms simpatas proporciona al sacerdote, y de aqu el poder
moral que ejercen los individuos de la Compaa sobre cuantas personas
tratan. No basta ser santo; es necesario parecerlo.

Y el maestro de novicios dbale ms detalles sobre la compostura
exterior que deba guardar todo buen jesuta.

Cuando se hablara a alguien, las manos deban permanecer en una santa
inaccin; los ojos inclinados, los labios ni juntos ni muy abiertos, y
evitar, ante todo, los fruncimientos de cejas y las contracciones de la
frente, pues esto delata ocultos pensamientos y el rostro del jesuta
debe ser una mscara de piedra que no deje pasar al exterior la ms leve
idea. Una santa sencillez, una serfica imbecilidad, deben encubrir
siempre el tropel de ideas que se agita en el crneo de todos los
individuos que la Compaa arroja en la sociedad para que sean
instrumentos de sus planes.

La Compaa no quera ser servida por hombres, sino por autmatas, y por
esto unificaba los rostros, como unificaba las conciencias.

--Nuestro santo padre San Ignacio--deca el maestro de novicios--ya lo
orden as porque quera la igualdad en todo; lo mismo en el exterior
que en la manera de pensar.

Ricardo, dcil a todos los mandatos, sigui fielmente estos consejos, y
tanto en su exterior como en su modo de pensar, result el ms notable
de todos los educandos.

Transcurrieron los dos aos de noviciado sin que nada turbase la santa
calma en que viva Ricardo.

La baronesa de Carrillo, comprendiendo sin duda que a los santos les
gusta vivir alejados por completo del mundo, se haba limitado a
escribirle algunas cartas en los primeros meses del noviciado, y como el
joven no contest a ellas, guard en adelante la piadosa doa Fernanda
el ms absoluto silencio.

La nica noticia que recibi el joven de su familia disela el maestro
de novicios, quien, con expresin indiferente y con gran laconismo, le
manifest que su hermana Enriqueta se haba casado con un tal Quirs y
que tena una hija llamada Mara.

El joven acogi aquella noticia con mayor frialdad an que la que haba
mostrado el jesuta al darla.

Ricardo no tena familia; su hermana era para l un ser casi fantstico,
cuyo recuerdo no llegaba a turbar su memoria. En adelante l no
reconoca otra familia que la Compaa, y sus hermanos legtimos eran
los que vestan la sotana de la Orden.

A estar el joven menos obsesionado en aquella poca por sus
preocupaciones de fantico, hubiese comprendido el fondo de gazmoa
inmoralidad que encierra la educacin jesutica.

En sus momentos de descanso, en ciertos das que el espectculo
sonriente de la Naturaleza le arrancaba un tanto de sus exageradas
prcticas de devocin, Ricardo conversaba con otro joven novicio, pobre
de espritu y corto de inteligencia, por el que senta gran simpata.

Una tarde pasebanse los dos, acompaados de otro novicio, por ordenar
las reglas de la Compaa que fuesen siempre los jesutas en grupos de
tres, y Ricardo, al escuchar una expresin ingenua de su sencillo
compaero, le estrech la mano con expresin de simpata protectora. El
tercer novicio permaneci impasible.

Aquella misma noche Ricardo fu llamado por el director del colegio y el
maestro de novicios.

Su acompaante, cumpliendo los hbitos que se recomendaban a todos los
educandos, haba delatado aquella inocente expansin de Ricardo.

Los dos padres, con expresin ceuda, preguntaron al joven si era cierto
el hecho denunciado. Ricardo contest afirmativamente.

--Y qu pensabas al estrechar la mano de tu compaero?--pregunt el
maestro con una expresin que no comprendi el joven.

--Pensaba en que era un muchacho humilde y sencillo y quera
manifestarle mi eterna amistad.

--Y no pensabas nada ms?

--Nada ms.

--Al sentir el contacto de su mano, no te asalt algn deseo?

Ricardo levant sus ojos para mirar con extraeza a su maestro.

--Deseo!... De qu?

Dijo el novicio estas palabras con tal ingenuidad, que el director y el
maestro se miraron para darse a entender su conviccin de la inocencia
de Ricardo.

Aun le hicieron los dos padres algunas otras preguntas menos discretas,
en las cuales el novicio columbr cul era su pensamiento y a qu punto
se dirigan sus sospechas.

Ricardo ruborizse ante tan absurdas suposiciones, y su pureza, herida
por tan monstruosas sospechas, tard mucho tiempo en tranquilizarse.

Aquella tendencia a suponer en el hecho ms insignificante, en la ms
leve expansin, aficiones a la brutalidad, hizo conocer a Ricardo
monstruosidades de la pasin que l no haba llegado a imaginarse.

A pesar de que su inocencia resultaba patente, los dos padres fueron
inexorables con aquella "falta" que reputaban como grave, y al da
siguiente, a la hora de la comida, Ricardo hubo de arrodillarse en el
centro del refectorio y en alta voz pedir perdn a sus compaeros por
haberlos escandalizado estrechando la mano de uno de ellos, contra lo
preceptuado en las reglas de la Orden.

Esta humillacin, que doli mucho al joven, a pesar de toda su santidad,
no le extraaba ya, algunos aos despus, cuando era jesuta profeso.

Por motivos igualmente insignificantes, vi a jesutas ancianos tratados
como nios y obligados a arrodillarse en pblico y a confesar sus faltas
en alta voz.

La Compaa, para matar la altivez propia del hombre, y extremar la
obediencia pasiva del autmata, no repara en castigos y humillaciones.

Cuando Ricardo ingres verdaderamente en la Compaa y estudi sus
reglas, comprendi la severidad de los dos padres y el escndalo
producido por un simple apretn de manos.

El deseo de conservar inclume el voto de castidad ha llevado al
jesuitismo, como a todas las comunidades religiosas, a las ms extraas
y repugnantes prescripciones.

La amistad ntima entre dos religiosos considrase como "micitia male
olentem" (amistad mal oliente), y santos venerados en los altares han
dicho a sus compaeros de religin: "Huid del trato con los jvenes y
rechazad su amistad como la amistad del diablo."

El padre Claudio Acuaviva, uno de los generales ms clebres del
jesuitismo, orden en las reglas de la Compaa que ningn jesuta
pudiese permanecer a solas con un joven, y a tal punto llegaba en sus
suposiciones de perversin, que hasta prohibi a los individuos de la
Orden que tocasen a los perros y a los gatos.

El joven jesuta, cuando ley todas estas disposiciones de uno de los
ms grandes hombres de la Orden, acogilas como el resultado de una
austeridad que combata al vicio hasta en sus ms extraas formas, y no
se le ocurri maldecir el voto de castidad, que haca necesarias tan
repugnantes leyes para evitar los extravos brutales de una pasin
humana y legtima que, aprisionada por la devocin, se desborda bajo las
ms asquerosas formas.




VI

La entrada en la Orden.


Terminado el noviciado, Ricardo Baselga fu llamado a Madrid para
prestar sus primeros votos y entrar de lleno en la Compaa.

No tena an la edad a que se acostumbraba admitir a los otros novicios,
pero la poderosa proteccin del padre Claudio era suficiente para que el
joven fuese recibido en la categora de hermano coadjutor.

Al padre Claudio, y a los intereses de la Orden en general, convena que
el joven fuese a vivir en la casa-residencia de Madrid.

Era un espectculo edificante y conmovedor, que impresionaba mucho a la
aristocracia afecta a la Compaa, ver al heredero de una de las ms
ricas y nobles casas vistiendo la rada sotana del jesuta, viviendo en
la mayor pobreza y mostrando en su exterior una humildad resignada y
dulce.

Aquel novicio noble y en camino de ser santo aumentaba el prestigio de
la Orden y honraba mucho a todos sus compaeros.

La aparicin de Ricardo Baselga en Madrid result un acontecimiento para
la aristocracia devota.

La baronesa de Carrillo fu felicitada por todas sus amigas, y la
residencia de los jesutas vise visitada por las damas ms encopetadas
de las cofradas, que acudan a contemplar con el inters que inspira un
ente raro a aquel aristcrata prximo a ser santo, quien, por su parte,
las reciba hurao y sordamente irritado, al ver interrumpida su vida
devota por la pblica curiosidad.

Lleg por fin el momento de prestar los votos y Ricardo se dispuso a
ello posedo de la ms grande emocin.

Su primer voto fu el de castidad, y verdaderamente el joven no tena
conciencia de lo que prometa y a lo que se obligaba. Haba vivido
alejado del mundo; la nica mujer de la cual habase hallado cerca era
su hermana Enriqueta, y nunca se haba sentido envuelto en el ambiente
voluptuoso que rodea a toda joven hermosa, ni sentido el loco
estremecimiento de la carne.

Aquel juramento era una vana frmula. Se prometan en l sacrificios
cuya importancia se ignoraba, y era indudable que el voto peligrara
apenas aquel organismo, virgen de todo estremecimiento amoroso, se
conmoviera sintiendo los brutales pinchazos de la pasin. La primera
mujer que las circunstancias de la vida arrojasen al paso del futuro
santo poda dar al traste con su voto de castidad.

El segundo voto fu el de pobreza, y de seguro que a no tener el nimo
perturbado por una educacin inspirada en el fanatismo, Ricardo hubiese
sonredo al prestar dicho juramento.

Dnde estaba la pobreza dentro de la Orden? Dnde las privaciones que
aqulla impone? El jesuta es pobre, nada propio posee; pero la Compaa
es inmensamente rica, y tan perfecta es su organizacin, que ninguno de
sus individuos deja de gozar las ms envidiables comodidades. El voto de
pobreza reducase a no tener ahorradas algunas monedas en el bolsillo,
pero en cambio tampoco haba que preocuparse de las necesidades de la
vida, pues la administracin jesutica todo lo preparaba y lo tena
previsto. Bastaba ser obediente y sumiso a las rdenes de los
superiores, que stos ya se encargaban de proporcionar todo lo
necesario.

Nada importaba no tener dinero propio, pues esto aun ahorraba
preocupaciones y disgustos. Cuando sintiera hambre, encontrara siempre
una mesa cubierta de las viandas ms suculentas y de las frutas ms
exticas; en todos los puntos del globo hallara un techo propio bajo el
cual guarecerse, y si sus superiores le ordenaban un viaje, no le
faltaran los medios para hacerlo con la mayor comodidad, pues nunca se
encuentra a un padre jesuta en un vagn de tercera clase.

El tercer voto fu de obediencia, y Ricardo lo prest aun con mayor
entusiasmo que los otros dos.

Ser soldado fiel de la Iglesia y del Papado le entusiasmaba, y su misma
excitacin no le dejaba pensar en la falsedad del voto. Aquella
obediencia no era eterna, pues la Compaa le poda expulsar de su seno
cuando lo creyese conveniente, o l salir de ella, si tena razones
graves en que fundarse.

El voto resultaba innecesario tanto ms cuanto que ya se saba que
dentro de la Orden haba que obedecer forzosamente; pero a pesar de
esto, Ricardo hizo su juramento sin que decayera su entusiasmo.

Terminada aquella especie de iniciacin, Ricardo se sinti otro hombre.

Ya era jesuta, ya perteneca a aquella santa Compaa que se le haba
aparecido siempre como una asociacin de bienaventurados, que tena en
su poder las llaves del cielo.

Siguiendo lo dispuesto en las Constituciones de la Orden, Ricardo,
despus de sus dos aos de noviciado pasados en prcticas devotas, haba
de dedicarse otros dos aos a estudios literarios para descansar un
tanto el nimo perturbado por el ascetismo y poner la ilustracin como
contrapeso a una exagerada piedad.

El joven Baselga dedicse al estudio de la retrica con el entusiasmo
que manifestaba por todo aquello que le ordenaban sus superiores, y
experiment gran placer con la lectura de los clsicos, cuyas obras
resultaban para l tesoros de desconocida hermosura.

La revolucin del 22 de junio le sorprendi en Madrid, y encerrado en la
casa de la Orden, estuvo escuchando el horroroso estruendo de aquella
lucha, sin que l, en su ignorancia de las cosas del mundo, supiera
explicarse el por qu de tan general matanza.

Al da siguiente supo que su cuado Quirs, al que apenas conoca, pero
a quien respetaba mucho por las brillantes defensas que haca de la
religin, haba sido muerto de un balazo a la puerta de su casa, y que
su hermana Enriqueta estaba tan impresionada por el susto, que se tema
perdiese la razn.

Ricardo, a pesar de su frialdad de santo, experiment cierto trastorno
moral al saber el estado de su hermana, y por primera vez se preocup de
su familia, mostrando espontneos deseos de verla.

Acompaado del padre Claudio fu a su casa, y faltndole aquella fuerza
de voluntad que le haca mirar con indiferencia las miserias de la vida,
se impresion ante el espectculo que ofreca la infeliz Enriqueta,
demacrada, casi ciega, tendida en el lecho, encerrada en el ms
desesperante mutismo y tarda en reconocer las personas que la rodeaban.

Doa Fernanda tena un firme convencimiento de que aquello era el
castigo que Dios impona a su hermana por haberse enamorado de un
"pillete republicano" y haber huido con l de la casa paterna, y crea
tambin que Enriqueta cay en tal estado de imbecilidad as que vi el
cadver de Quirs tendido en el arroyo.

Ignoraba la devota aragonesa que la verdadera causa de encontrar a su
hermana, en aquel da fatal, inerte en el balcn y con una herida en la
cabeza, producida al desmayarse, consista en que Enriqueta haba visto
huir de la cercana barricada al "bandido descamisado" (como deca doa
Fernanda), y caer despus en poder de una patrulla que iba a fusilarlo.

El joven jesuta, con el corazn oprimido y haciendo esfuerzos por no
llorar, contempl a su infeliz hermana.

En aquella triste ocasin vi por primera vez a su sobrina Mara, a la
que no se atrevi a tomar en sus brazos por temor a faltar a su voto de
castidad.

Aquellas mejillas cubiertas por las tintas rosadas de la niez, aquellos
ojos de inocente y cndida fijeza, daban miedo al fantico, que apart
prontamente sus ojos del rostro que le sonrea con infantil gracia.

Aquella visita fu lo nico que turb la vida religiosa del joven. En
adelante sigui como siempre sujeto a las reglas de la Orden, no
permitindose otro recreo que el concedido por sus superiores, y
paseando siempre en unin de otros dos compaeros que le espiaban y a
los que l espiaba, so pena de faltar a la santa doctrina de la
Compaa.

Algn tiempo despus de tal visita, que fu la ltima que hizo a su
hermana, Ricardo tuvo una importante conferencia con el padre Claudio.

Sala el joven jesuta de la clase de retrica y se diriga a su cuarto
para esperar, estudiando, la hora de refectorio, cuando un hermano lego
le anunci que el padre Claudio, que acababa de entrar en la santa casa,
le estaba esperando en su despacho.

Era muy raro que el poderoso jesuta, en aquellas horas de la maana,
visitase la casa residencia, a no tener que resolver en ella algn
negocio importante.

Ricardo saba algo de las costumbres del superior, y no dejaba de
causarle extraeza aquel llamamiento. El padre Claudio haca por la
tarde todas sus visitas de inspeccin a la casa jesutica, pues pasaba
la maana en la casa donde de antiguo tena un archivo y un despacho,
entregado al estudio de los importantes negocios de la Orden.

La rareza de aquella visita no poda menos de excitar su curiosidad;
pero Ricardo, recordando que el principal deber de un jesuta es
obedecer las rdenes de sus superiores sin pararse a comentarlas,
cumpli inmediatamente el mandato y se dirigi a la habitacin que
serva de despacho al padre Claudio, cuando ste se hallaba en la casa
de la Compaa.




VII

El golpe anhelado.


Era una pieza no muy grande y de humilde decorado, donde esperaba el
padre Claudio.

El piso, de rojos y lustrosos ladrillos; las sillas de enea pintadas de
verde; las paredes enjalbegadas con pintura plomiza; varios cromos
baratos representando a Jess y varios apstoles, colgaban de los muros;
frente a la puerta de entrada, un gran armario de roble, rematado por
una cruz y cuyas hojas entreabiertas dejaban ver tres estantes cargados
de carpetas verdes, abultadas y con rtulos; y tras la mesa de pino,
cubierta de papeles, y el modesto silln que ocupaba el padre Claudio,
su balcn con blancas cortinas de muselina que se balanceaban
acariciadas por la brisa que las lejanas montaas enviaban sobre Madrid,
abrasado por el hbito del verano.

El padre Claudio estaba muy desfigurado. Eran ya intiles todos los
revoques y afeites de dama que usaba algunos aos antes para ocultar su
edad. Sus cabellos estaban blancos, el ceidor haba tenido que ceder
ante la creciente hinchazn del abdomen, dejndole en completa libertad;
los labios se haban hundido, a pesar de la dentadura postiza, y la
nariz, cada vez ms roja y picuda, sostena unas grandes gafas de oro
tras las cuales relucan con mortecino resplandor, aquellos ojos que
tanto haban conmovido a las aristocrticas beatas.

La mana de perfumarse con exceso era lo nico que le restaba de sus
buenos tiempos a aquel "dandy" de sotana.

Se inclin reverentemente al entrar el joven Ricardo, bes humildemente
la mano de su superior y a una indicacin de ste, se sent junto a la
mesa frente al poderoso padre Claudio.

Este honor conmova al joven, a pesar de todo su desprecio a las
distinciones terrenales.

El reverendo padre le dirigi una de sus ms dulces sonrisas, y con vez
lenta y melodiosa comenz a hablarle.

--Hijo mo: ha llegado el momento de que tratemos de un negocio
importantsimo para m, por lo mismo que te quiero tanto, y ms an para
ti, pues te va en ello la salvacin del alma.

El joven fantico, al oir estas ltimas palabras, palideci e hizo un
ademn de terror como si viera abrirse a sus pies la boca del infierno.

--No temas; an hay remedio para tu mal; y el que se halle en peligro tu
alma no significa que la tengas perdida para siempre. Se trata
sencillamente de cumplir los votos que has hecho a Dios.

Ricardo hizo un gesto de extraeza.

--Reverendo padre--dijo--, no he faltado nunca a ellos ni pienso faltar
jams.

--Recuerda bien tu situacin actual y tal vez encuentres que est en
contradiccin con lo que prometiste a Dios solemnemente.

El joven jesuta reflexion profundamente y dijo por fin con acento de
conviccin:

--Mi conciencia est tranquila; no creo haber faltado a mis votos,
reverendo padre.

--Te engaas, infeliz; tan preocupado ests con las cosas divinas, que
olvidas las humanas y no tienes conciencia de tu situacin.

Ricardo, a pesar del respeto casi supersticioso que le inspiraba su
superior, estaba impaciente, como el que se ve calumniado y ansa
justificarse; as es que se apresur a contestar:

--Reverendo padre: gracias al apoyo divino no he faltado a ninguno de
mis votos. Promet ser casto y lo soy, rogando a la Virgen que me libre
de las tentaciones del demonio; hice voto de obediencia y ni con el
pensamiento he faltado a mis superiores, ni desobedecido mentalmente la
ms pequea de sus rdenes; hice voto de pobreza y...

--Alto, hijo mo! Ah est el peligro para tu alma pues faltas, aunque
sin saberlo, a tal voto.

Ricardo mostr an mayor extraeza, y dijo con sencillez:

--Reverendo padre; soy pobre. Renunci al mundo y a sus pompas; slo
tengo lo que la Orden como madre amorosa quiera darme, y el da que mis
hermanos de la Compaa me negasen un pedazo de pan, tendra que ir
pidindolo como limosna de puerta en puerta.

--Ah, infeliz! Cuan alejado vives del mundo! Cmo olvidas lo que en
l fuiste! T eres todava inmensamente rico, y mientras seas poseedor
de tan grande fortuna, faltas al voto de pobreza.

Viva, efectivamente, tan alejado del mundo aquel joven fantico, que,
como ya dijimos, haba olvidado a su familia y con ella la colosal
fortuna que posea.

Costle algn trabajo convencerse de que era rico, y cuando, recordando
lo que haba odo en su niez a la baronesa, adquiri la certidumbre de
que legalmente era dueo de algo ms que aquella rada sotana que cubra
su cuerpo, limitse a decir, afectando una completa indiferencia:

--Ser individuo de la Compaa de Jess era toda mi ambicin y al entrar
en ella ya renunci mentalmente a todo cuanto en el mundo pecador me
correspondiera. Pobre quiero ser y esa fortuna la renuncio. Por piedad;
no me hablis ms de esas riquezas, reverendo padre!

El padre Claudio sonrea viendo el empeo que mostraba el joven en
desprenderse de una fortuna, cuya cifra poda causar honda emocin a
muchos mortales.

--No tan aprisa, querido hijo; alabo ese santo desprendimiento, ese
deseo de arrojar lejos de ti la pesada carga de las riquezas que inducen
siempre al pecado, pero hay que proceder con cierto orden en esta clase
de sacrificios para que resulten fructuosos y no se aproveche de ellos
el diablo.

--Har lo que me mande vuestra paternidad.

--Ante todo es preciso que te diga que hemos procedido con cierta
ligereza al permitirte que hicieses voto de pobreza. La ley civil te
obliga a conservar tus riquezas hasta los veinticinco aos, en que
entrars en la mayor edad y podrs hacer lo que gustes de tus bienes, y
entre tanto faltas a tus votos, pues prometiendo a Dios ser pobre has de
ser forzosamente rico durante algunos aos. Creme, que a haber pensado
antes en esto, no hubiese accedido a que hicieses tus votos. Esto ha
sido un engao que hemos hecho a Dios, involuntariamente, pero que no
por esto pesa menos sobre mi conciencia.

Y el redomado jesuta finga una consternacin que apesadumbraba al
joven fantico.

Aquello de que por su culpa y por un inters demasiado tierno que l
inspiraba a su superior, ste tena sobre su conciencia nada menos que
la culpa de haber engaado a Dios, horrorizaba al joven, que acoga
tales trapaceras como verdades indiscutibles.

A Ricardito le faltaba poco para romper a llorar.

--Oh, reverendo padre! Busquemos el medio de remediar todo esto. Yo
pedir a Dios que me perdone por esta riqueza que las leyes sociales me
obligan a poseer. Yo vivir, como hasta hoy, en la mayor pobreza, sin
acordarme de que tengo una gran fortuna en el mundo y el Seor perdonar
esta falta involuntaria.

--No, hijo mo; no basta eso. Dios quiere que cuando uno abandona las
pompas mundanas y hace voto de pobreza, entregue inmediatamente todas
sus riquezas a los necesitados y t no puedes remediar a tus semejantes
por ahora con tal obra de caridad.

Ricardo estaba consternado ante el tono de desesperacin con que el
padre Claudio deca estas palabras.

--Qu hacer, padre mo? Qu hacer?

El ladino jesuta finga meditar profundamente, y por fin dijo con
expresin victoriosa:

--Slo encuentro un medio de que tu voto de pobreza siga siendo vlido y
de que Dios no se enoje en vista de tu tardanza en dar las riquezas a
los pobres. Compromtete solemnemente a que al da siguiente de haber
cumplido la mayora de edad te despojars de tu fortuna. Esto es lo que
hacen todos los que pretenden ser verdaderos individuos de la Compaa
de Jess.

--Hgase as, reverendo padre. Dispuesto estoy a obedecer. En qu forma
he de comprometerme a ceder mis bienes?

--Firmars un documento renunciando a tu fortuna.

--A favor de los pobres?

--No; esa renuncia sera muy vaga y se prestara a malas
interpretaciones. Ya sabemos que el objeto de la cesin es hacer bien a
los infortunados y que a poder de ellos han de ir todas tus riquezas;
pero stas se han de renunciar a favor de alguien, o ms bien dicho, se
ha de marcar quin es la persona a quien t entregas tu fortuna.

--Haga vuestra paternidad lo que le parezca ms conveniente.

--Ya que tan dispuesto ests a hacerte simptico a los ojos de Dios
renunciando a tus bienes, justo es que te capacites de la grandeza de tu
sacrificio, conociendo a cunto asciende tu fortuna.

Ricardo hizo un gesto de desprecio e indiferencia.

--No, hijo mo--continu el padre Claudio cada vez con acento ms
bondadoso--. Quiero que recuentes tus riquezas, y si despus de saber
que por tu nacimiento eres un potentado te ratificas en tu resolucin,
entonces tu sacrificio ser ms hermoso y mi conciencia experimentar
mayor tranquilidad. No quiero que el da de maana, si esta conversacin
llega a traslucirse, digan los enemigos de la Compaa que yo te he
engaado, abusando de la ignorancia en que ests respecto a tu posicin.

El joven jesuta intent protestar contra tal idea, pero el padre
Claudio continu hablando:

--Poseis t y tu hermana, como herederos de vuestra madre, doa Mara
Avellaneda, una fortuna que primeramente era de quince millones de
francos, pero que en el transcurso del tiempo ha aumentado bastante. Tu
padre, el difunto conde de Baselga, que en santa gloria est, slo fu
despilfarrador cuando viva tu madre, y los dos, con su lujo, imponan
la moda en Madrid; pero despus, su vida apartada y modesta y su
carcter misantrpico le hicieron econmico forzosamente, y el capital
ha aumentado bajo su administracin. En resumen; que la fortuna de tu
casa es grande, y que, divididos a la mayor edad todos estos bienes
entre t y Enriqueta, en partes iguales, sers dueo absoluto de ocho
millones de pesetas, cantidad enorme y suficiente para que se pierda un
alma, y que es de todo punto incompatible con la santidad. Recuerda lo
que dijo el Divino Maestro: "Ms fcilmente pasar un camello por el ojo
de una aguja, que un rico entrar en el cielo".

Ricardo demostr con unas cuantas inclinaciones de cabeza lo convencido
que estaba de la incompatibilidad existente entre la santidad y la
riqueza.

--Yo conozco--continu el superior--el modo cmo est colocada tu
fortuna. Tu hermana la baronesa, que, como t sabes, me honra
consultndome en todos sus asuntos, me ha hecho conocer en qu consiste
vuestro capital. Una gran parte de ste se halla en el Banco de Francia;
otra, ha sido empleada en ttulos de la Deuda espaola, y adems, tenis
grandes posesiones en Castilla la Vieja, que el difunto conde compr
cerca de su casa solariega con dinero de tu madre, y que tuvo la
atencin de poner a nombre de sta. La mitad de esa gran fortuna te
pertenece. Eres rico y ests a tiempo de librarte de una vida de
perpetua pobreza. Si vuelves al mundo, perders seguramente tu vida por
una eternidad, pero podrs gozar con tu dinero todos los mundanales
placeres inventados por el diablo. Qu decides?

Y el padre Claudio esperaba, sonriente, aquella contestacin que l
mismo preparaba, anatematizando las riquezas.

La contestacin no se hizo esperar, y Ricardo dijo con firme conviccin:

--Quiero ser pobre y que mis bienes pasen a poder de los necesitados.

El superior mostrse dulcemente conmovido por aquellas palabras.

--No esperaba menos de ti. Te conozco, hijo mo; hace mucho tiempo que
aprecio tu corazn de oro y veo claramente que Dios te llama por el
camino de la santidad. Tan convencido estaba de que entre Dios y el
diablo escogeras siempre al primero, que aqu tengo preparado el
documento en el cual renunciars a todas tus riquezas.

Y el padre Claudio sealaba un gran pliego escrito que tena sobre la
mesa, sin cuidarse de que el joven pudiera sospechar algo malo en vista
de la previa preparacin de aquel golpe. El superior estaba seguro de la
fe de su subordinado, a prueba de toda sospecha.

--Slo falta--continu--que tu pongas la firma en este documento para
que la cesin de bienes se verifique y tu voto de pobreza sea una
realidad. Lee ese papel.

Ricardo se neg a enterarse del documento, considerando que, de lo
contrario, faltara al respeto debido a su superior.

--Puesto que tu delicadeza te obliga a no enterarte del documento, voy a
explicarte lo que en l se dice. Ante todo, debo advertirte que su fecha
no es la del ao actual, sino la de 1871, o sea cuando t estars ya en
la mayor edad y ser vlida la cesin de tus bienes. Es un pequeo
engao que me he visto obligado a hacer para que tu voto de pobreza sea
verdadero. Una nueva falta cae sobre mi conciencia, pero eso ms tendrs
que agradecerme.

Ricardo se senta enternecido por la abnegacin de aquel superior que le
quera hasta el punto de cometer pecados por su culpa. Los esfuerzos del
padre Claudio por librarle de sus millones conmovan al infeliz
hacindole sentir una profunda gratitud.

--Este documento, cediendo tus bienes, est redactado en forma de
escritura pblica y lo subscribir un notario, persona muy devota y
catlica, que est por completo a nuestras rdenes. Esta es la ventaja
que proporciona el tener amigos en todas clases sociales. En tal forma,
puedes estar seguro de que ya nunca podr inquietarte el pensamiento de
que eres rico.

--Pero mis bienes sern repartidos inmediatamente a los pobres?

--No podemos hacerlo hasta el momento en que t llegues a la mayor edad;
pero, entretanto, tampoco sers t el dueo, y esto te basta para tener
tranquila la conciencia.

--Y a nombre de quin hago la cesin de mis bienes?

--No lo s. Tienes t en el pensamiento alguna persona de confianza?

--S, padre mo. Nadie mejor que vuestra reverencia para encargarse de
tales riquezas hasta mi mayor edad y repartirlas entonces entre los
pobres.

--As deba ser; pero t ignoras seguramente que el maldito espritu
revolucionario que impera en este siglo nos persigue de tal modo a los
hijos de San Ignacio, que para adquirir algo necesitamos valernos de
tercera persona. Yo me encargar de tus riquezas, ya que esta es tu
voluntad, pero dejaremos en blanco el nombre de la persona a quien t
has de cederlas aparentemente. Buscaremos para el caso un testaferro.
Cualquier amigo nuestro se prestar a hacer este servicio que redunda en
beneficio de Dios y de los pobres. Ests conforme en esto?

Ricardo hizo una seal de asentimiento, y entonces el padre Claudio puso
el documento delante del joven, y dndole una pluma, dijo mirndole con
tierna expresin:

--Firma, hijo mo, que Dios premiar esta prueba de abnegacin que le
das, cediendo tus bienes a la Compaa para que sta los entregue a los
pobres.

Ricardo, que se haba levantado de su asiento, firm sin vacilar, y el
padre Claudio, despus de examinar rpidamente el pliego, lo guard en
el cajn de la mesa.

Despus se levant del silln, y avanzando con impetuosidad cariosa,
abraz al joven casi llorando.

--Oh, hijo mo! Qu gran accin has hecho! Pocas veces me he sentido
tan conmovido como ahora. De seguro que tu hermana la baronesa, cuando
sepa lo ocurrido, llorar poseda de igual entusiasmo. Slo un santo
como t es capaz de tal rasgo de abnegacin. Los pobres socorridos por
ti te bendecirn siempre y la Compaa se considerar muy honrada con
tener en su seno un joven que a tan sublime altura lleva su caridad.
Ahora eres realmente un hijo de San Ignacio. Quedas pobre despus de
firmar ese documento, pero la Compaa no te abandonar nunca, y
mientras vivas encontrars en todas partes hermanos dispuestos a
ayudarte. Acabas de abrirte las puertas del cielo.

El joven estaba conmovido y ruborizado por aquellos elogios que crea no
merecer. Para aquel fantico, cuya lectura favorita consista en las mil
mortificaciones horrorosas y absurdas de los ascetas, no significaba
nada el despojarse voluntariamente de ocho millones de francos sin saber
ciertamente a qu manos iran a parar.

Permaneci algunos segundos con la cabeza sobre el pecho de su poderoso
superior, que amorosamente le abrazaba y despus sali de la habitacin
para volver a sus ocupaciones, fro e indiferente, como si nada le
hubiese ocurrido. Nadie hubiera adivinado en l al que acababa de
arrojar una fortuna.

El padre Claudio, al quedarse solo, frotse las manos con expresin de
gozo. Su rostro tom un gesto grave y pensativo, y sentndose otra vez
ante la mesa sac del cajn el documente firmado por Ricardo y estuvo
examinndolo largo rato.

Su pensamiento recitaba un monlogo mudo.

Todo estaba conforme, y el golpe tanto tiempo preparado acababa de darse
sin fracaso alguno.

La mitad de la fortuna de Baselga, por tan diversos medios perseguida,
estaba ya en poder de la Compaa.

Si aquello no era un buen golpe, que bajara Dios y lo hiciese mejor.

Ocho millones de francos! Qu diran en Roma cuando l enviase el
documento, y tanto el general como el tesorero mayor de la Orden viesen
en sus manos aquella promesa de ocho millones que ingresaran en las
cajas de la Compaa al cumplirse el plazo de cinco aos?

El padre Claudio, como el artista que despus de concluir una obra se
preocupa del efecto que causar, slo pensaba, en lo que diran en Roma
al conocer su negocio.

Aquello era un excelente preparativo para que triunfasen sus planes
ambiciosos.

Tena en Roma un compinche de confianza encargado de acelerar la poca
vida que le quedaba al general de la Orden, y a la muerte de ste
pensaba en explotar el prestigio que le daran en la Compaa sus
maquinaciones contra la fortuna de los Baselgas, para que lo elevasen al
ltimo y supremo cargo que le faltaba desempear.

Tan preocupado estaba con el efecto que en Roma poda causar la noticia
de aquel feliz negocio, que en alta voz manifestaba sus pensamientos.

--Qu dirn en el "Ges"? Qu impresin causar en mis amigos de all
abajo este golpe de mano tan feliz? Siento una impaciencia inmensa al
ver que transcurren los meses sin que nada me digan de all. Conocer
el general mis intenciones? Sern ciertas mis sospechas? Tal vez este
negocio lo arregle todo.

Y sumido en sus reflexiones slo murmur ya con voz confusa:

--Qu dirn all abajo?

El padre Claudio, de pie tras el abierto balcn, miraba "all abajo" con
estpida fijeza, como si ms all del jardn de la casa y de la montona
llanura y de los alrededores de Madrid, sobre las blancas nubes que se
apretaban en la lnea del horizonte, se alzase Roma con su sombro
palacio del "Ges", Vaticano del ms terrible fanatismo, donde se
asienta en trono universal el sucesor de San Ignacio, ese "Papa Negro"
que no en balde se llama general, pues dirige el sombro ejrcito
acampado sobre toda la tierra.

El padre Claudio soaba ocupar algn da el centro de la inmensa
telaraa extendida sobre el globo y que entre sus mallas tantas
conciencias tiene aprisionadas.




VIII

El gran descubrimiento en la Orden.


Las tardes en que haca buen tiempo y el padre Claudio no tena ningn
asunto urgente de que ocuparse acostumbraba ir a pasear en el vasto
jardn que tena la casa residencia, situada en las afueras de Madrid.

En nada conoca el poderoso jesuta que se haca viejo como en la
necesidad que senta de ejercicios higinicos y en su debilidad, cada
vez mayor, para el trabajo.

Aquel hombre de hierro, que veinte aos antes permaneca diez y ocho
horas diarias escribiendo y papeleando sin experimentar cansancio alguno
y que en cierta ocasin aguant dos das, con sus noches, entregado a un
trabajo urgente y sin descansar ms que el tiempo necesario para
alimentarse, ahora se senta dbil y no poda estar dos horas en su
despacho ocupndose de los negocios sin que al punto experimentara
vahidos y se sintiera invadido por un creciente desfallecimiento.

Por lo mismo que necesitaba de higinico ejercicio, hua de los paseos
pblicos, donde, a causa de ser muy conocido, se vea molestado por la
compaa de gentes conocidas que le asediaban a preguntas, y que
sabiendo su gran influencia en Palacio, le exponan disparatados planes
polticos para amordazar la "hidra revolucionaria" y salvar la religin
y la monarqua amenazadas.

Prefera pasear por el jardn de la casa de la Orden con entera
independencia y conversar con los novicios y los padres de poca edad.
Aquel ambiente de juventud le remozaba, y, adems, experimentaba gran
placer sondeando sus nimos con conversaciones, en las cuales, a pesar
de su tono amistoso, no se perda nunca el respeto profundo y adulador
que las constituciones de la Orden han establecido ante las diversas
jerarquas.

Pocas veces paseaba solo el poderoso jesuta. El padre Antonio, su
antiguo secretario, que estaba ya tan viejo como l, aunque ms fuerte,
segua siempre sentado y papeleando en aquella gran mesa a la que
pareca encadenado, y no poda acompaarle; pero en cambio, no dejaba a
sol ni a sombra al padre Toms, aquel jesuta italiano cuya presencia en
Madrid tantas sospechas haba excitado en el vicario general de la Orden
en Espaa.

El padre Toms era el "socius" del poderoso jesuta al poco tiempo de
residir en Madrid. No gustaba el padre Claudio de la compaa de aquel
padre ladino y redomado a quien haca ms terrible su exterior sencillo
e inocente y aquel carcter adulador hasta la bajeza, pero obedeciendo
rdenes superiores, vease forzado a conservarlo cerca de l, llevndolo
a todas partes como si fuese su propia sombra, a pesar de hallarse
convencido de que le espiaba.

Un mes despus de la llegada del padre Toms a Madrid, recibi el padre
Claudio un despacho cifrado del general de la Orden, lacnico e
imperioso, como eran siempre tales documentos.

En l se le recomendaba que espiase al padre Toms, desterrado a Madrid
por ser presunto autor de intrigas poderosas que hubieran puesto en
peligro la disciplina de la Orden.

El general deseaba un espionaje hbil y disimulado, por tratarse, segn
deca, de un hombre muy astuto que saba ponerse a cubierto de toda
investigacin, y por esto recomendaba al padre Claudio, cuyo talento le
era bien conocido, que se encargase personalmente de vigilar al
desterrado, para lo cual convena que se constituyera en su eterno
acompaante, hacindole su "socius".

El padre Claudio no cay en el lazo, pues adivin inmediatamente lo que
tal mandato verdaderamente significaba.

El espiado iba a ser l y no el padre Toms pues indudablemente lo que
quera el general era colocar al lado del superior de la Orden en Espaa
un hombre astuto que vigilase todos sus actos.

Comprendi el poderoso jesuta que sus ambiciosas maquinaciones, a pesar
de su carcter secreto, se haban traslucido y que en Roma sospechaban
de l, y proponindose en adelante ser ms cauto y reservado, obedeci
las rdenes del general.

El padre Toms fu desde entonces su "socius" y los dos se trataron y
vivieron juntos en adelante, sonrindose siempre a pesar de que ambos
tenan el convencimiento del papel que desempeaban y estaban prontos a
delatarse mutuamente.

El padre Claudio, con un exterior indiferente y con palabras que
demostraban su inextinguible amor al general y su deseo de que gozase
larga vida, se abroquel contra aquel espionaje continuo, y por su parte
el padre Toms, comprendiendo el juego, esper pacientemente un momento
de arrebato o un descuido cualquiera que le permitiese leer claramente
en el pensamiento de su compaero y apreciar cules eran sus
intenciones.

Slo en la Compaa de Jess pueden verse espectculos tan raros como
son vivir en estrecha comunidad hombres que se odian, que se espan
mutuamente para perderse, y que, sin embargo, se hablan siempre
sonrindose y se dirigen a todas horas palabras de cario.

El padre Claudio, al sentirse vigilado tan de cerca, haba empleado
iguales armas contra el enemigo y haca que el padre Toms fuese espiado
en aquellas horas que no permaneca al lado suyo.

As fu adquiriendo cada vez ms el convencimiento de que su "socius"
era un agente del general, que dudaba de su adhesin; y supo que
diariamente escriba a Roma, sin duda para dar cuenta de sus
investigaciones.

No adelantaba gran cosa el jesuta italiano en su misin. Haba dado con
un enemigo digno de l, que saba salirle al paso y atajarlo apenas
intentaba el ms pequeo avance.

En varias conversaciones, el padre Toms, con una naturalidad que haca
honor a su astucia, haba hecho la apologa de las sobresalientes
cualidades que adornaban al padre Claudio apuntando la idea de que, a la
muerte del general, la Compaa se honrara nombrndole por sucesor;
pero el jesuta espaol conoci siempre el juego y supo salirse,
protestando con calor contra tales suposiciones y asegurando que
sentira el fallecimiento del jefe de la Compaa, como si se tratara de
su padre.

No haba medio de sorprender a aquel hombre astuto, siempre en guardia,
y el padre Toms, con la cachazuda confianza del general que tiene
bloqueada una plaza y confa en el tiempo como principal auxiliar,
aguardaba que las circunstancias produjesen un descuido en su enemigo, y
entretanto viva ntimamente unido a l, como si fuese su propia sombra.

Por las maanas, el "socius" entraba en el despacho de su compaero y
all permaneca horas enteras con las manos plegadas y los ojos
distrados, como si no viese ni oyese nada y enterndose de todo
perfectamente. El padre Claudio y su secretario el padre Antonio
prescindan de l, y se ocupaban tanto de su persona como de un mueble
cualquiera del despacho; pero en realidad los dos espiaban a aquel
estafermo, todo ojos y odos, que el general haba puesto all para
enterarse de cuanto hacan aquella pareja de antiguos compinches.

Por las tardes, si paseaba el padre Claudio, su eterno acompaante era
el italiano, y haba de sufrir el tormento de sostener conversacin con
l, siempre con el cuidado de que no se le escapara una palabra
sospechosa, pues sta sera comunicada inmediatamente a Roma.

Una tarde de a principios de septiembre, paseaban los dos poderosos
jesutas por el jardn de la residencia a la hora en que gozaban de
asueto todos los padres y novicios y en que discurran por las frescas
alamedas formando grupos de tres.

No adornaban estatuas las encrucijadas de aquel vasto jardn, pero en
los puntos ms frecuentados y sobre algunos zcalos de piedra veanse,
arrodillados y con los brazos en cruz, algunos jesutas de diversas
edades que estaban all "puestos a la vergenza", en castigo de pequeas
faltas. Aquel sistema de castigar decan que excitaba el hermoso
sentimiento de la humildad.

Permanecan inmviles aquellos hombres, con las rodillas doloridas por
la dura piedra y sofocados por la violenta posicin de sus brazos, y
pasaban sus compaeros ante ellos con la vista baja y afectando una
compasin sin lmites, cuando entre ellos estaban los que les haban
delatado a las iras de los superiores.

Faltas insignificantes y ridculas eran suficientes para que un hombre
de cabellos blancos fuese condenado a castigo tan degradante. As se
conservaba la disciplina en la Compaa y se evitaban murmuraciones
sobre los defectos de los superiores.

En aquella tarde el nmero de castigados era mayor que otros das, y el
padre Claudio y su "socius", por evitarse tal espectculo, despus de
recorrer todo el jardn, sentronse en un banco de piedra.

El padre Claudio, que a la vejez, cuando no poda ya estropearse aquella
hermosa dentadura de que tanto se envaneca antes, habase aficionado al
tabaco, fumaba cigarrillos perfumados con vainilla, y el padre Toms, de
vez en cuando, sacaba de la manga una caja mugrienta y aspiraba un polvo
de rap.

Los grupos de paseantes ensotanados, al llegar al punto donde se
encontraban los dos padres, pasaban todo lo alejados que les permita la
anchura de la avenida, y les saludaban con profundas reverencias.

El superior de la Orden en Espaa estaba de muy buen humor aquella
tarde, y contemplando el aspecto que presentaba el jardn, aspiraba con
placer la brisa fresca de la tarde.

Sus ojos seguan, con expresin cariosa, los grupos de novicios que,
con la vista baja y el aspecto humilde y encogido, pasaban ante l.
Pensaba en algo muy agradable, y como si necesitase exteriorizar sus
ideas, dijo a su "socius", sin volver la cabeza ni dejar de mirar a los
paseantes:

--Es cosa que consuela y alegra el nimo ver a esta juventud. Para ella
es el mundo. Yo soy un viejo, padre Toms, y a nada puedo aspirar, pero
me cabe la satisfaccin de haber trabajado para esta generacin
entusiasta y briosa, que tal vez acabe nuestra obra. A los veteranos
les anima ver cmo acuden los reclutas a docenas para llenar los huecos
que el tiempo abre en las filas.

--Efectivamente, consuela mucho este espectculo, reverendo padre. El
joven refuerzo que incesantemente recibe nuestra Compaa demuestra cun
equivocadamente anda esa impa revolucin que cree destruirnos con un
golpe de fuerza cada cincuenta aos.

--Bah! La impiedad revolucionaria es fatua y presuntuosa. Nuestra
Compaa es un Fnix que renace siempre sobre la hoguera de las
persecuciones, y por mucho que luchen los amigos de la libertad no
acabarn nunca con nosotros. Los reyes nos necesitan.

--Eso es, reverendo padre; y reyes siempre los habr, y de aqu que la
Compaa ser eterna y poco a poco se har duea del mundo; todo para la
mayor gloria de Dios.

--Cuanto ms lo pienso ms me convenzo de que la monarqua no puede
pasarse sin nosotros. Somos el ms firme apoyo de los tronos, y si
nosotros dejsemos de sostenerlos, la avalancha revolucionaria los
arrastrara inmediatamente. Ah est como ejemplo el pasado siglo, ese
siglo de filsofos y enciclopedistas en el cual los reyes, echndoselas
de discpulos de cuatro emborronadores de papel, nos volvieron las
espaldas. El diablico Voltaire, aquel maldito burln que en su niez
fu educado por nosotros, y que despus tan poco honr a sus maestros, a
fuerza de hacer contra la Compaa una infernal propaganda, consigui
que todas las naciones nos odiasen y que los monarcas nos arrojaran de
su territorio. Y qu ocurri despus? Ah est la historia, que
demuestra palpablemente las terribles consecuencias de la expulsin de
los jesutas. En Francia estall la ms terrible de las revoluciones y
naci esa anarqua espeluznante que se llama Repblica; la impiedad se
extendi por todas partes, los pueblos se negaron a dar ms dinero a la
Iglesia, y merced a esos maldecidos "Derechos del Hombre", que la
Convencin puso tan altos, el zapatero, por el hecho de ser hombre, se
crey igual al marqus. En Espaa no hubo jesutas hasta el ao quince
de este siglo, y ya sabis tambin lo que ocurri. Cuatro escritores y
abogadillos se reunieron en Cdiz y atentaron contra los derechos del
trono y del altar, formando la infausta Constitucin de mil ochocientos
doce, ese libraco por el cual tantas veces han ido a tiros los
espaoles. Hay que hablar con franqueza, padre Toms, y decir bien alto
que los pueblos son nios a los que conviene no dejar de la mano, y
cuando se enfurruan, engaarlos con unas cuantas mentiras bonitas, que
les obliguen a encontrar deliciosa su falta de libertad. Esto nicamente
sabe hacerlo la Compaa, y si los reyes prescinden de nosotros, adis
sus coronas!

--Afortunadamente, hoy la monarqua espaola nos halaga y nos protege.

--S; no se porta mal doa Isabel segunda, pues estoy seguro de que, si
en ella consistiese, nos dara a nosotros las riendas del Gobierno. Y
ahora somos nosotros ms necesarios que nunca, pues la revolucin se
muestra cada da ms imponente. Majaderos! Creen posible exterminar
nuestra Compaa! A esos republicanos que predican la extincin del
jesuitismo les enseara yo esta juventud que viste nuestra sotana, para
demostrarles que no es posible suprimirnos, y que, antes al contrario,
nuestra Orden es cada vez ms numerosa.

--Tenis razn, reverendo padre. Nuestra Orden es inmortal; pero esto no
evita que la revolucin sea hoy temible en toda Europa. En Francia, el
trono imperial de Napolen tercero se tambalea; en Italia, el impo
Vctor Manuel hace del Papa un prisionero, y aqu, en Espaa, el
levantamiento de Prim y la ltima jornada de junio dan a entender que
existe en el pueblo una amenaza latente, que no tardar en estallar bajo
ms terribles formas.

--Bah! No ocurrir esto mientras yo vaya a Palacio todas las maanas y
la reina me oiga. Si estalla una revolucin que eche abajo el trono,
ser porque yo no vivir o porque el Gobierno no seguir mis consejos.

--Sin embargo, si ocurren pronunciamientos como el del da veintids...

--No ocurrirn, padre Toms, mientras en la casa grande me atiendan a
m. La sublevacin del otro da fu por culpa de O'Donnell, ese cazurro
sanguinario que slo sabe fusilar cuando ya ha pasado todo, y que, en
cambio, nunca supo prevenir el peligro con medidas enrgicas. Ahora con
Narvez ya es otra cosa, y tanto l como el seor Gonzlez Brabo
encuentran muy razonable todo lo que les dice el padre Claudio. Mi
sistema de gobernar es siempre el mismo. Ms vale prevenir que reprimir.
Hay sntomas revolucionarios?..., pues gente a presidio. Mientras se
hagan cuerdas y ms cuerdas y se enven todas las semanas a los
presidios de Africa o a las Marianas a unos cuantos centenares de esos
periodistas que tanto chillan y de esos obreros ilusos, que se acuestan
abrazados al trabuco, no hay cuidado que sobrevenga la revolucin. En
pases donde la gente piensa en libertad, el palo es la nica salvacin,
y, adems, tambin estamos nosotros aqu, para por medio de intrigas y
sobornos esparcir la discordia y el desaliento en los partidos
avanzados. Si el Gobierno sigue aconsejndose de m unos cuantos aos,
no slo se salvar la monarqua, sino que morir el rgimen
constitucional y doa Isabel II volver a gozar la realeza absoluta como
su padre don Fernando, a quien le fu muy bien siguiendo mis
instrucciones.

--Grandes cosas puede hacer la Compaa. Hay en nosotros un espritu que
nos hace indestructibles. Sin duda, es la proteccin de Dios.

El padre Claudio sonri con expresin escptica al or las ltimas
palabras.

--Es otra cosa lo que nos salva y nos hace fuertes. Dejad a Dios quieto,
padre Toms, y tened el convencimiento de que si nuestros enemigos
tuviesen la misma organizacin que nosotros, de seguro que nos
derrotaran. Organizacin...: sa es la palabra; eso es lo que nos salva
y nos mantendr inclumes y fuertes a travs de todas las tempestades
que la revolucin desate contra nosotros.

El padre Toms no se mostraba muy convencido de lo que afirmaba su
superior.

--Buena es nuestra organizacin, reverendo padre, pero tan excelente
como la nuestra la tienen otras rdenes religiosas, y, sin embargo, no
han prosperado ni llegarn nunca a la misma altura que la Compaa de
Jess. Esto demuestra que nuestra prosperidad procede de Dios, que nos
proteje como objeto predilecto de su excelente cario.

El padre Claudio sonrea escpticamente.

--Bah! Le repito a usted que deje quieto a Dios. No ha entendido usted
lo que yo quise expresar al decir organizacin. Hablar ms claro. La
gran fuerza de la Compaa consiste en que sabe estudiar al hombre,
adivina sus facultades, y slo lo dedica para aquello que sirve. Adems,
nuestra Orden tiene la gran virtud de "barrer para adentro" y admitir a
cuantos se presentan de buena voluntad, segura siempre de que no hay
hombre que no sirva para algo.

El padre Toms, bien fuera por espritu de delacin o porque realmente
le chocara la explicacin del padre Claudio, mostrbase sorprendido.

--No haba yo pensado en eso, reverendo padre.

--El mayor mrito de la Compaa de Jess ha consistido en proceder al
revs que la sociedad, demostrando en esto gran sabidura. La mitad de
los males sociales provienen de que la mayora de los humanos se
dedican, por lo general, a las ocupaciones menos apropiadas a sus
facultades, y de que el resto se pasa la vida sin hacer nada, por no
haber quien se dedique a estudiarlos indicndoles para lo que sirven.
Qu se ve todos los das en el mundo? No se ha redo usted nunca al
ver a generales que rezan en latn y ayudan a misa como el mejor
aclito, y curas que a la menor revuelta agarran el trabuco y marchan al
punto para resultar grandes soldados? No ha encontrado usted nunca
ingenieros que no sirven para peones; obreros que estudiando podran
resultar grandes inventores y gentes que pasan la vida afanndose por
ser artistas y que gastan en ello su vida y su fortuna, cuando podan
resultar muy tiles a la sociedad siendo unos buenos zapateros o
albailes? No lo dude usted, el desbarajuste social consiste
principalmente en que nadie se dedica a aquello para que sirve y en que
no hay una inteligencia superior que sepa utilizar para un fin
determinado las buenas o las malas cualidades de cada uno.

--Reconozco, reverendo padre, que mucho de eso existe en la sociedad.

--Pues bien; nada de esto ocurre en nuestra Compaa. Los santos
fundadores dironle un talismn para que su vida fuese eterna y su poder
inextinguible, y este medio consiste nicamente en que la Orden procura
estudiar para lo que sirve cada uno de sus individuos y para aquello lo
dedica. Sobre todo, "barremos para adentro", y en esto estriba nuestra
salvacin. Imbciles y sabios, pecadores o virtuosos, todos sirven,
todos hacen su papel y contribuyen a la grande obra para mayor gloria de
Dios.

--Sin embargo, no todos son buenos para vestir nuestra sotana. La
Compaa de Jess ha sido siempre una asociacin de grandes
inteligencias, una aristocracia del talento que San Ignacio estableci
dentro de la Iglesia.

El padre Claudio lanz una alegre carcajada.

--Me hace gracia esa afirmacin. Mucho hubiese medrado la Compaa a ser
cierto lo que usted dice. Si todos los jesutas fuesen hombres de gran
talento, la Orden no hubiese llegado a vivir un siglo. Ha visto usted
algo tan ridculo e inestable como una asociacin de grandes
inteligencias? Donde hay sabios, la envidia no tarda en surgir; el
inters individual se sobrepone siempre al colectivo, y con tal de
aparecer algunos dedos por encima de los dems, se da al traste con todo
lo que a los antecesores les ha costado mucho organizar. Si aqu, en
esta casa, fusemos todos sabios, tenga usted el convencimiento de que
nadie obedecera, y cada uno echara por donde le aconsejase su
voluntad. Eso de la sabidura de los jesutas es una frase hecha por el
vulgo y que explotamos en provecho de nuestro prestigio. A los esclavos
les consuela siempre suponer grandes talentos en el seor que los
explota y los castiga. Esto hace ms tolerable la servidumbre y
disminuye la propia degradacin.

--Pues entonces--pregunt el italiano algo amostazado--,qu cree
vuestra paternidad que es la Compaa de Jess?

--Pues una asociacin de hombres ni ms sabios ni ms ignorantes que
todos los dems, pero admirablemente organizados, movindose todos al
impulso de una voluntad nica y universal, y dirigiendo sus esfuerzos
siempre al mismo fin. Esta organizacin es admirable, como antes deca,
porque descansa en la infinita variedad de las aptitudes humanas, y
porque cada uno de sus individuos sabe para lo que sirve y nicamente a
ello se dedica. De aqu que los jesutas desempean siempre tan a la
perfeccin cuantos papeles se les encargan. Qu dira usted si para
construir un palacio se contara nicamente con los arquitectos que
piensan, despreciando a los albailes que ejecutan? En el mundo es tan
necesaria y preciosa la cabeza como el brazo, y es una estupidez
despreciar a ningn hombre, pues repito que todos sirven para algo. No
hay rueda intil en la sociedad; si algunas estn paradas y enmohecidas,
es porque falta el artfice inteligente que las monte y las haga
funcionar. Gran cosa es ser sabio, pero hay circunstancias en la vida de
las que sale un imbcil ms airoso, y siempre ser vencedor el organismo
que en su mano tenga gentes de todas clases; para unas ocasiones, un
hombre de talento, y para otras, un estpido hbil. Todo consiste en
saber estudiar a los hombres y adivinar para lo que valen.

Y el padre Claudio, desarrollando su teora, se animaba por grados y se
ergua sobre el banco de piedra, lanzando omnipotentes miradas a
aquellos grupos de subordinados que discurran por el jardn.

--Ve usted toda esa gente?--continu sealando a los novicios y padres
que paseaban por las inmediatas alamedas--. Todos contribuirn a nuestra
gran obra, todos aportarn su grano de arena al grandioso altar que en
el porvenir levantaremos a Dios cuando por conducto de nuestra Orden
reine sobre el universo entero; todos son buenos, todos sirven; ninguno
dejar de ser un campen aguerrido de la buena causa, y, sin embargo,
los hay entre ellos que seran expulsados inmediatamente de otras
rdenes religiosas, o que, de vivir en el mundo, seran unos parsitos
intiles incapaces de hacer la menor cosa. Nosotros sabemos adivinar el
diamante a travs de las capas petrificadas que lo convierten en un
guijarro; por esto todo hombre sirve para algo en nuestra Orden, ya que
no nos equivocamos acerca de sus facultades. Todo es cuestin de tener
buen ojo, y en la Compaa, justo es decirlo, cuando se llega a
desempear alguna autoridad, es porque ya se ha aprendido a conocer lo
que cada uno vale.

Call el padre Claudio, pero tan animado estaba que no tard en seguir
desarrollando su tema favorito.

--Ve usted aquel muchacho de sonrisa afectada, regordete, que ahora
conversa tan atentamente con el padre prefecto?

--S; creo que es el hermano Lpez, un joven que da muchos disgustos a
los maestros y que raro es el da en que deja de ser castigado.

--Eso es. El tal Lpez, a haber ingresado en otra orden religiosa, hace
ya tiempo que estara en la calle. Es enredador e intrigante como l
solo; miente con una facilidad pasmosa, y tal es su don de conviccin,
que si se empease ahora en hacernos creer que es de noche, casi lo
lograra. En esta casa nadie est tranquilo cuando l se lo propone;
calumnia con la mayor frescura al ms virtuoso; indispone entre s a los
padres ms respetables con sus diablicos chismes, y los ms crueles
castigos no logran modificar su carcter. No es verdad que resulta
difcil hacer un hombre de provecho de tal mozo?

--As es, reverendo padre.

--Pues se engaa usted. El hermano Lpez ha de ser una gloria de la
Compaa y de seguro que ser ms til a nuestros intereses que muchos
de esos santos y futuros sabios que hoy educamos. Hace tiempo que
estudio a ese diablico muchacho, y me afirmo cada vez ms en mi
conviccin de que ser un magnfico confesor de personas reales. Cuando
se ordene de sacerdote y haya adquirido un aspecto respetable, lo
destinaremos a confesor de alguna reina o princesa, y le aseguro a usted
que ya le ha cado la lotera a la corte donde l desempee sus sagradas
funciones. Aconsejar de un modo sublime, haciendo que sus regios
penitentes acojan como axiomas sus ms leves palabras; intrigar en los
salones, y con chismes por bajo cuerda, destrozar cuantas coaliciones
formen contra l los cortesanos envidiosos de su poder. La nacin a
cuyos reyes confiese, cuente usted que ya es nuestra. Vea, pues, padre
Toms, cmo sirve para mucho ese individuo a quien otros hubieran
arrojado por intil.

Y el padre Claudio miraba con expresin triunfante a su compaero.

--Muy bien--dijo el italiano--. Reconozco que pueda sacarse algn
provecho de ese muchacho enredador, pero querr decirme vuestra
paternidad qu provecho dar a la Orden en el porvenir ese hermano
Pezuela, el mismo que est all abajo arrodillado y con los brazos en
cruz castigado por sus picardas? Para algo debe de servir tambin, ya
que vuestra paternidad se ha opuesto siempre a que lo arrojasen de la
Orden y ha disculpado sus groseras.

--Le tiene usted ojeriza a ese pobre muchacho, y no hay para tanto. S
que en varias ocasiones se ha burlado de usted graciosamente,
remedndole cuando habla en italiano con sus compatriotas, pero ms
enojado debiera mostrarme yo contra quien escribi unos versos haciendo
comparaciones poco gratas de mi figura y mi carcter. Si viera usted
qu salados eran los tales versos!...

Y el padre Claudio se rea bondadosamente recordando la stira de aquel
jesuta joven.

--Le hacen a usted gracia tales descaros? Pues si yo fuese un superior
tan poderoso como usted lo es, no permitira tales desvergenzas dentro
de la Compaa. Eso slo sirve para acabar con la disciplina de la Orden
y nunca podr usted demostrarme en qu puede ser til a la Compaa un
trasto as, como no sea para deshonrarnos.

--Conque no puede sernos til el hermano Pezuela? Ah, padre Toms!
Cuan mal dirigira usted los intereses de nuestra Orden! Es usted un
hombre de talento, pero no entiende gran cosa de adivinar lo que valen
los dems. Ese hermano Pezuela ser a la Compaa tan til como pueda
serlo Lpez. Es un bicho de mala baba, tiene verdadera mana por
burlarse de todo y de todos; con tal de decir un chiste sangriento no le
importa que lo castiguen ocho das; posee el valor de la desvergenza,
trata con la misma facilidad la prosa y el verso, y al hombre ms
respetable sabe encontrarle inmediatamente el punto flaco para convertir
su figura en caricatura. Que es un canalla? Conforme. Que no tiene
conciencia ni cree en nada? Muchos podra yo ensear dentro de la Orden
que son an ms escpticos. Pero, en cambio, ese muchacho, para ser un
Voltaire del catolicismo, slo necesita que le pongamos una pluma en la
mano y le mandemos escribir. El da en que nuestra Compaa, cansada de
sufrir los ataques de los escritores revolucionarios, quiera defenderse,
Pezuela los abrumar a insultos y desvergenzas, y de seguro que usted
ser el primero que se alegrar de tener entre los suyos uno que sepa
tan acertadamente zurrarles la badana a los enemigos. Vyase usted
convencido de que todos sirven y que a todos hay que conservarlos.

--Bueno; me conformo tambin con la utilidad de Pezuela, pero creo que
la teora de vuestra paternidad ser como todas las reglas: que tienen
sus excepciones.

--Aqu no las hay. Todos sirven, absolutamente todos. Seleme usted uno
slo de los que por ah se pasean, y a ver si no le demuestro a usted
que la Compaa tiene inters en conservarlo por los servicios que puede
prestar.

--Conozco poco a los que viven en esta casa, pero alguno encontrar,
reverendo padre.

Y el jesuta italiano, despus de reflexionar por un breve rato, dijo
sealando a uno de los castigados que desde aquel banco se distinguan:

--Y para qu puede servir aquel bestia de cara cerril qu est all
arrodillado y en cruz con una gran piedra en cada mano para que su
castigo sea ms cruel? Es un barbarote que sirve ms para carretero que
para jesuta. Por la cosa ms insignificante da de bofetadas a sus
compaeros, y aunque es dcil con sus superiores come un perro, y les
obedece sin chistar, algunas veces se ha rebelado contra sus maestros
intentando golpearles. Para qu puede servir un animal as? Es que
vuestra reverencia va a encargarle que confiese reinas, o quiere hacer
de l un Voltaire catlico?

--Hace usted mal en burlarse, querido colega--contest el padre Claudio
con aire de superioridad--. Ese muchachote dcil, pero brutal, puede
servir para lo que nunca hemos servido usted ni yo, ni la mayora de los
padres de la Compaa. Si el da de maana surge una revolucin en
sentido avanzado, convendra a los intereses de la Orden el deshonrarla
con demasas y crmenes para que las clases conservadoras, asustadas,
adquiriesen nuevo valor y acelerar de este modo la reaccin. Para este
encargo slo sirven hombres como se, pues la mayora de los que estamos
aqu no servimos para hroes de barricada ni tenemos serenidad en los
difciles momentos de una revolucin. Si algn da el pueblo espaol
derribara el trono, vestiramos a ese muchacho con la blusa y la gorra
del obrero; a fuerza de andar a golpes y de hacer heroicidades en las
barricadas, conseguira inmenso prestigio en el populacho y tendramos
un agente fiel y animoso a quien aconsejaramos todas las barbaridades
que fuesen necesarias para deshonrar la naciente revolucin.

--Y si lo mataban antes de hacerse popular?

--Entonces, otro al puesto, y la Compaa no perda gran cosa con su
muerte. Lo que debe usted hacer es convencerse de que ese majadero es
tan necesario como todos. No hay hombre intil, y el que uno sea un
hroe o un papanatas slo depende de las circunstancias.

--Admito tambin la utilidad de ese valentn de sotana, pero por mucho
que usted se esfuerce, no podr hacerme ver para lo que sirve ese
jovencillo melifluo y rubito a quien sorprenden muchas veces mirndose
en una vidriera y recitando los parlamentos ms amorosos que encuentra
en las comedias de Caldern y Lope. Me han dicho que, fuera de la
declamacin, para la cual tiene facultades, manifiesta un entendimiento
romo, y no creo que vuestra paternidad piense organizar con el tiempo
una compaa dramtica entre los padres jesutas.

--Ese joven declamador tiene un gran porvenir. Da a su voz, cuando
quiere, una dulzura celestial; las ms vulgares palabras las emite con
entonaciones angelicales, y luego, sus ademanes seducen por su majestad
graciosa y sencilla. Mientras viva ha de gozar de tanta fama como
Bossuet, y seguramente eclipsar a nuestro padre Luis, que tanta glora
alcanz este ao con sus sermones, escuchados por lo ms selecto de
Madrid.

--Cmo! Quiere hacer vuestra paternidad un predicador de ese
mequetrefe? Y el talento? Si dicen que no es capaz de encontrar una
idea durante un ao entero! Cmo va a ser un orador?

--Le escribirn los sermones y los aprender con la misma facilidad con
que ahora retiene en la memoria una comedia entera despus de leerla dos
veces. Podr no improvisar y verse obligado a decir lo que otro le
dicte; pero, en cambio, cuan hermosamente recitar su sermn! Con voz
de enamorado, de trovador que entona una serenata, dirigir las ms
bellas frases a la Virgen, y su sermn parecer una declaracin de
mstico amor. Auguro un xito completo. Desengese usted: han pasado
los tiempos de la devocin sombra y horripilante; de los templos
lbregos, de las imagines sanguinolentas y de los predicadores
apocalpticos, que hacan erizar el pelo a los oyentes. Hoy el
catolicismo educado por nosotros gusta de la devocin dulce y slo acude
con placer a nuestras iglesias bonitas, que parecen un lindo juguete al
lado de los templos gticos. Causan muy buena impresin nuestras
capillas alumbradas con gas, nuestros rganos con su musiquita ligera y
casi bailable, y, sobre todo, nuestros predicadores que hablan a un
auditorio elegante con la delicadeza de un galn de comedia. Con este
sistema de devocin, aristocrtico y distinguido, se conquista a la
mujer, y quien tiene hoy a las mujeres, querido padre, es dueo ya de
todo el mundo. Le aseguro a usted que ese muchacho, el da que recite su
primer sermn aprendidito de memoria causar una revolucin entre las
devotas elegantes, y ms de una Magdalena aristocrtica, conmovida por
aquella cara de nio Jess y aquella voz tan dulce, llorar sus pasados
errores y vendr a arrojarse a los pies de la Compaa.

En aquel momento, tres hermanos profesos con la cabeza inclinada, los
ojos mirando al suelo y los brazos en una santa inercia pasaron por
delante de los padres.

El jesuta italiano los sigui con la vista, y volvindose de pronto a
su superior, dijo con expresin triunfante:

--Ah va uno que de seguro, ser la excepcin, pues en el porvenir es
difcil que preste a la Compaa ninguna utilidad.

--Quin dice usted?

--El que va en medio de los otros dos: el hermano Baselga.

--Ah! Ricardo? Pues se engaa usted tambin.

--No lo creo. Ese joven podr habernos sido til al pronunciar sus
votos, si es que ha renunciado sus bienes en favor de la Compaa, como
es costumbre: pero, en adelante, no s para qu puede servirnos. No est
comprendido en esa utilidad prctica que vuestra reverencia tiene por
norma, y apurado se ver usted para darle una ocupacin en la que pueda
servir.

--Oh! Pues ese joven ha de ser clebre y honrar mucho a la Compaa.
Leo en su porvenir. Nos har ganar mucho dinero y fama.

--Cmo ser eso, reverendo padre?--dijo escandalizado el jesuta
italiano--. Qu prestigio puede dar a la Compaa ese joven ignorante y
perezoso que no muestra la menor aficin? Mire vuestra reverencia que yo
estoy enterado de las condiciones del hermano Baselga, por haber hablado
de l con sus maestros. Por ms que se esfuerza en estudiar, la ciencia
no entra en l: es tardo en la palabra, dificultoso en la expresin y
tan distrado se muestra siempre, que parece un cuerpo muerto, cuyo
espritu vuela lejos de este mundo. Slo tiene aficin a leer vidas de
santos y a imitar sus ayunos y penitencias. Qu piensa vuestra
reverencia hacer de un mozo as?

Se detuvo el italiano, como si le asaltase un extrao pensamiento, y
aadi, sonriendo con cinismo:

--A no ser que vuestra paternidad quiera hacer del tal muchacho un Sor
Patrocinio con sus llagas y sus estupendos milagros...

--Bah! Eso es procedimiento anticuado que ya no da resultado en estos
tiempos. El hermano Baselga no ser un santo de mentirijillas; llegar a
algo ms y la Compaa ganar mucho con ello. Cuando sea mayor de edad,
la Orden le permitir que cumpla una de sus ms vehementes aspiraciones,
envindolo al Japn a convertir infieles. Es indudable que su exagerada
fe, y su afn de imitar a los primeros mrtires del cristianismo, le
impulsarn a cometer algn atentado contra la religin de aquellos
indgenas, y ya podis suponer lo dems.

--S; le cortarn la cabeza... Y qu?

--Pues que tendremos un mrtir ms, y esto por su propia voluntad y sin
que nadie le aconseje directamente tal sacrificio. Los peridicos y
revistas que subvencionamos relatarn en todos los tonos la muerte
sublime del joven jesuta; los predicadores ensalzarn la memoria de
este hroe de la fe y hasta nuestros mayores enemigos, que a veces son
cndidos hasta la estupidez, reconocern que aunque enredamos en Europa
prestamos un gran servicio a la civilizacin, sacrificndonos por
introducir la cultura en pueblos apartados. En resumen, ah tenis los
resultados prcticos. Tendremos para ms de diez aos un nombre clebre
que explotar, un mrtir que ser como el prospecto de nuestro herosmo y
abnegacin, y de todas partes el entusiasmo catlico har llover
raudales de dinero dentro de nuestras cajas para que fomentemos las
misiones en Asia. Esto sin contar con que tal vez aumentemos el
prestigio religioso de la Orden, haciendo que con el tiempo figure en
los altares "San Ricardo Baselga, de la Compaa de Jess".

El italiano estaba aturdido por las demostraciones del padre Claudio, o
al menos as lo finga admirablemente.

Mostrbase posedo de entusiasmo, y abandonando su exterior fro y
dulce, dijo con fogosidad:

--Es verdad cuanto dice vuestra reverencia. "Barrer para adentro" y
admitir a todos para explotar a cada uno en aquello que valga; he ah el
gran secreto de la Compaa.

--Lo que la har invencible e inmortal, padre Toms.

El jesuta italiano movi la cabeza con desaliento y murmur, como si
estuviera solo:

--Qu gran desgracia que el padre Claudio no sea el general de la
Compaa! Hombres como l hacen falta al frente de la Orden.

Estas palabras fueron un rudo pinchazo para el poderoso superior.
Entusiasmado en la exposicin de sus ideas, haba llegado a olvidarse de
la clase de hombre con quien hablaba; la confianza lleg a dominarle, y
cuando menos lo esperaba, aquellas palabras venan a recordarle que
tenia a su lado al espa de Roma, al esbirro encargado de adivinar sus
pensamientos y sondear su conciencia.

El padre Claudio reconoci que haba sido sobradamente cndido y su
astuto "socius", con su fingido entusiasmo, haba intentado adormecerlo
y arrastrarle a amigables confidencias.

Todo el abandono a que se haba entregado el poderoso jesuta
desapareci; psose en guardia inmediatamente, y lanzando una mirada de
indignacin al padre Toms, djole con acento irritado:

--Le prohibo a usted que use de mi nombre para desearme cosas a las que
yo nunca he aspirado. Slo quiero estar bien con Dios, y los honores del
mundo me importan poco.

Luego sonri y dijo con una expresin de desaliento tan espontnea y
natural, que haca honor a su arte de fingir:

--Soy ya muy viejo. La tumba se abre bajo mis pies, y mal puedo pensar
en subir ms, yo que nunca he sido ambicioso y que, sin embargo, he
llegado a mayor altura que mis merecimientos.

El padre Toms se deca, mientras tanto, que aquel hombre era
invulnerable y que resultaba imposible sorprenderlo.




IX

La tempestad se aproxima.


A pesar de que el padre Claudio saba defenderse bien de cuantos avances
intentaba el astuto jesuta italiano, estaba cada vez ms intranquilo.

Presenta que en torno de su persona se forjaba la tempestad que haba
de arruinarle y adivinaba las maquinaciones del padre Toms, que,
desesperado de arrancarle aquella confidencia por tantos medios
solicitada, iba tejiendo la red que haba de envolverle, arrastrndolo a
una entera perdicin.

Entre los dos jesutas no exista ya la fra y recelosa separacin,
propia del espa y del que es vigilado. Aquellos dos atletas de la
astucia, al tratarse, haban reconocido sus fuerzas y se odiaban ya con
todo el terrible encono que existe entre rivales.

El padre Claudio no poda perdonar al italiano la tenacidad con que le
asediaba para adivinar su pensamiento, y por su parte, el padre Toms,
estaba lejos de olvidar que aquel era el primer hombre que haba sabido
burlar su astucia y substraerse a sus prfidas palabras.

El poderoso jesuta espaol, tan hbil y pronto en adivinar lo que
pensaban los dems, notaba en el italiano la expresin del sabueso que
ha descubierto un rastro y lo sigue con cautela para no espantar la
pieza.

Esto le haca redoblar las precauciones y vivir en continua zozobra.

Haca que sus novicios favoritos, en los que tena una confianza ciega,
vigilasen de cerca al padre Toms, pero este sistema apenas si le daba
resultado.

El italiano viva bastante alejado de todos los jesutas que residan en
Madrid, y nicamente demostraba sentir algn afecto por el padre
Antonio, el antiguo secretario de su reverencia, con el cual sostena
largas conferencias en el clebre despacho, siempre que el superior
estaba ausente.

Esta noticia alarm al padre Claudio.

Tena motivos sobrados para esperar gratitud y adhesin de su
secretario, que deba a su proteccin cuanto era en el mundo y en la
Orden. Pero el padre Claudio no era muy inclinado a bellos optimismos.
Saba de lo que era capaz un jesuta y estaba convencido de que no poda
esperarse mucho de un ambicioso como el padre Antonio, que adems era
fantico por la disciplina y por la ms extremada obediencia a la
suprema autoridad de la Compaa.

El padre Claudio adivin inmediatamente dnde estaba el peligro y de qu
procedimientos se vala su enemigo para averiguar lo que l tan
astutamente saba ocultarle.

El italiano, convencido ya de que era imposible sondear el pensamiento
de su colega, haba puesto sus ojos en el secretario y le asediaba con
sus preguntas, aprovechando todas las ausencias del padre Claudio.

Arrancar la verdad al padre Antonio era confesarle a l mismo, pues el
secretario posea todos sus secretos y no haba asunto en que no lo
hubiese hecho figurar como su "alter ego".

Haba que evitar que el padre Antonio se dejase sorprender por el astuto
italiano, o cuando menos, saber a ciencia cierta si el ambicioso
secretario estaba dispuesto a seguir siendo fiel a su superior.

Difcil fu para el padre Claudio el hablar a solas con su secretario,
pues el maldito "socius", como si adivinase su intencin, no los dejaba
nunca solos; pero por fin encontr un momento propicio para manifestar
al padre Antonio las sospechas que abrigaba contra su fidelidad.

El secretario protest; puso a Dios por testigo de sus sentimientos,
record los motivos que tena para ser eternamente fiel a su superior y
habl con un lenguaje franco y conmovedor; pero a pesar de todo esto, el
padre Claudio, que era muy ducho en el conocimiento de los hombres, no
qued satisfecho.

Cuando se separ de su dependiente, el padre Claudio se deca que all
haba gato encerrado y que indudablemente el padre Antonio estaba en
tratos con el italiano.

Desde aquel da, el clebre jesuta, ms receloso que nunca, acometi la
pesada tarea de vigilar a su secretario y a su "socius".

Nunca, en su larga vida de hbil intrigante, tuvo el padre Claudio tarea
tan abrumadora como la de espiar a aquellos dos hombres astutos, cuyos
rostros petrificados no dejaban adivinar la menor intencin.

Todas las estratagemas del viejo jesuta se estrellaban en aquel
exterior, siempre fro e indiferente, a travs del cual slo un hombre
como el padre Claudio poda adivinar ocultas inteligencias y terribles
planes.

Aquel blindaje de hielo en que se envolvan el "socius" y el secretario
exasperaba al padre Claudio, que lleg a perder la calma terrible, que
antes era el principal motivo de todos sus triunfos.

Transcurran los das sin que apenas saliese de su despacho por miedo a
que el italiano quedase solo con el secretario, y si por algn asunto
poltico de importancia era llamado a Palacio, procuraba abreviar la
conferencia y volva apresuradamente a su casa.

En una de estas breves excursiones, el padre Claudio, que obraba ya como
el ms vil espa, volvi a su casa a pie para que el padre Antonio no se
apercibiese de su llegada por el ruido del carruaje, y andando de
puntillas se acerc al despacho.

El "socius" estaba all como siempre y hablaba en voz muy baja con el
secretario.

Deban de tener muy finos los odos aquellos dos sujetos, pues callaron
apercibindose de que alguien se acercaba, pero el padre Claudio an
pudo or estas palabras de su secretario:

--Intil es que lo repita. Ya sabe usted que yo slo obedezco al
general, que es para m la nica autoridad de la Compaa.

Aquello demostraba al padre Claudio que estaba vendido, y que su
secretario, aquel protegido que tanto agradecimiento le deba, harale
traicin as que se le antojase al general.

Entr en el despacho el padre Claudio y encontr a los dos jesutas con
su eterno gesto de seres automticos y sin voluntad. No cuid en esta
ocasin de ocultar sus pensamientos el padre Claudio; mir con ira a los
dos compinches, y despus instintivamente fij sus ojos en las
estanteras cargadas de carpetas.

Otro hombre hubiera encontrado aquel archivo enteramente igual a como lo
haba dejado, pero l, con su mirada experta, adivin que durante su
ausencia se haba verificado un registro en aquellos papeles.

Aquel da fu, para el padre Claudio, el ms cruel que tuvo en su
existencia.

Cuando ms exasperado estaba por la calma de aquellos dos miserables
que, despus de revolverle el archivo y conspirar indudablemente contra
l, se estaban all inmviles y abstrados como santos en oracin;
cuando se senta con deseos de lanzarse sobre ellos para estrangularlos
y lamentaba interiormente el ser tan viejo y no encontrarse, como en
otros tiempos, capaz de dar de pualadas a un enemigo, entr en el
despacho un criado de confianza, que se limit a hacer un signo
misterioso, saliendo inmediatamente.

El padre Claudio le sigui, y en un pequeo gabinete, donde reciba a
los visitantes en secreto, entregle el criado una carta con sello de
Italia, y que iba dirigida a un nombre desconocido.

Aparte del correo normal para todos los asuntos de la Compaa, el padre
Claudio tena en Madrid a un infeliz que protega y a cuyo nombre iban
dirigidas todas aquellas cartas que, por tratar de asuntos particulares,
convena al jesuta que fuesen directamente a sus manos. Una crucecita
trazada en un ngulo del sobre daba a entender a aquel pobre diablo que
la carta era para su poderoso protector.

--Acaban de traerla ahora mismo, reverendo padre--dijo el criado--. El
protegido de usted quera entrar, como otras veces, a depositarla en sus
propias manos, pero he logrado que se fuera dicindole que vuestra
reverencia estaba muy ocupado.

Cuando el padre Claudio qued solo en el gabinete, procedi a rasgar el
sobre, sin poder dominar su creciente agitacin.

Por fin, tena noticias de Roma, y podra saber cmo iban sus asuntos en
el "Ges", la residencia del poderoso general.

La carta constaba de tres pliegos, cubiertos de renglones apretados, de
una letra pequea y compacta.

Antes de leer mir la firma, y no pudo evitar un gesto de extraeza.
Quin era aquel sacerdote "Dom" Vicenzo Novelli, que firmaba? No
recordaba conocer persona alguna de tal nombre, y, aguijoneado por una
curiosidad creciente, se apresur a leer aquella carta, tan rpidamente
como se lo permita la letra microscpica y su conocimiento del idioma
italiano.

Al concluir el primer prrafo exhal un grito que expresaba terror y
sorpresa.

El padre Corsi, su amigo ntimo, su agente en el "Ges", el que le
preparaba la eleccin de general, procurando acortar la vida del que
desempeaba actualmente tan alta autoridad, haba tenido un fin trgico
y acababa de morir entre horribles dolores en casa de un pobre sacerdote
romano, que era el mismo "Dom" Vicenzo Novelli, que escriba al padre
Claudio.

La carta contena una historia horrible, que el padre Claudio ley
varias veces como si no pudiera convencerse de su verosimilitud.

Era aquello el aviso que un moribundo, por conducto de un amigo fiel,
enviaba a su colega para que se salvara si an era tiempo.




X

La justicia jesutica.


El padre Corsi dorma en su celda del "Ges", de Roma, cuando le
despert repentinamente una ruda impresin.

En el corredor inmediato sonaban los pasos recatados de varias personas,
y por las rendijas de la puerta filtrbase dentro de la celda una luz
rojiza y vacilante.

El jesuta se incorpor, en el mismo instante que el reloj de la casa
daba la una de la madrugada y se abra la puerta de la celda, que, segn
dispona la regla de la Orden, no poda cerrarse durante la noche.

Dos hermanos robustos y feroces, procedentes del fantico barrio de
Transtevere, y que desempeaban en la casa las funciones de ayudantes de
cocina, entraron en la celda, y en la puerta se quedaron, inmviles y
como para cerrar la salida con sus cuerpos, otros dos de igual clase,
que alumbraban con grandes cirios.

El padre Corsi se incorpor despavorido, presintiendo que aquella
extraa visita tendra un resultado fatal.

Conoca los misterios de la Compaa, los golpes de Estado y las
venganzas que ocurran en su misterioso seno, sin transcender al
exterior, y al ver todo aquel aparato, no dud que se acercaba su fin.

Dispuesto a defender su vida con palabras y rotundas negativas, como
buen jesuta, salt del lecho y se visti la sotana, obedeciendo a uno
de aquellos fornidos hermanos, que manifestaba, con la mayor cortesa,
al reverendo padre cmo el general estaba aguardndole haca rato.

El padre Corsi sali de su celda rodeado por aquellos cuatro esbirros
del general.

Varias veces pens en escapar, adivinando lo que iba a sucederle en la
prxima entrevista; pero el aspecto de aquellos cuatro colosos, con sus
puos descomunales, causaba gran pavor al intrigante padre, que era
pequeo de cuerpo y de fuerzas dbiles.

Bien adivinaba el jesuta lo que aquello poda significar. Toda su
astucia y su recato haban resultado intiles en aquel "Ges", donde
hasta las paredes oyen y ven; el ms fino espionaje haba seguido todos
sus pasos, y sin duda el general conoca perfectamente sus relaciones
con el padre Claudio y las tramas que haba preparado para acelerar la
vida de aquella autoridad y proporcionarle pronto un sucesor.

Conforme avanzaba el extrao grupo por los solitarios y obscuros
corredores, el padre Corsi convencase ms de que aquella conferencia
con el general iba a ser terrible.

Haba odo hablar de cierta sala subterrnea donde se castigaba a los
traidores a la Compaa y a los que intentaban perturbarla, y comprenda
que a ella le conducan sus guardianes, en vista de que bajaron la gran
escalera sin detenerse en el primer piso, donde estaban las habitaciones
del general.

Lleg el grupo a los claustros del piso bajo y se encamin hacia el
extremo, donde estaban los almacenes destinados a guardar los muebles
viejos.

Una puerta, en la que nunca se haba fijado el padre Corsi, por creer
que estaba condenada, apareca abierta, y por ella penetraron los dos
guardianes que le precedan y que eran los que llevaban los cirios.

El aterrorizado jesuta se detuvo. An era tiempo de resistir. Poda
gritar, y tal vez el escndalo que sus voces produjeran en el "Ges"
detendra a aquellos hombres que llevaban en sus rostros una expresin
feroz.

Pero apenas se detuvo, formulando en su interior tal pensamiento, se
sinti cogido por los brazos y empujado rudamente por los otros dos
hermanos que le seguan.

--Adelante, reverendo padre--dijo con voz ronca uno de ellos, mientras
el otro cerraba de golpe la puerta.

Atraves el grupo varias habitaciones tenebrosas y desamuebladas, cuyo
ambiente hmedo, polvoriento y obscuro apenas disipaban los cirios, que
formaban en el espacio dos rojas manchas, y, de repente, el jesuta not
que bajaban por una rpida pendiente, viscosa y resbaladiza, al final de
la cual abrase una puerta de arco irregular, que en aquellas tinieblas
se destacaba como una dentada mancha de luz.

Los cuatro esbirros agrupronse en la puerta y el padre Corsi fu
empujado al interior de una vasta sala, cuyos muros estaban formados por
grandes piedras sillares, que tenan el tinte negruzco de la antigedad.

Frente a la puerta, un Cristo, horripilante, de doble tamao natural,
extenda sus descarnados y gigantescos brazos sobre el muro, y al pie de
esta figura, sentados tras una mesa con negro tapete, inmviles, plidos
y fros como cadveres, estaban el general y seis jesutas de los ms
ancianos de la Orden, que vivan en el "Ges", como en un cuartel de
invlidos. Dos candelabros cargados de cirios y puestos sobre la mesa
alumbraban aquel tribunal de ultratumba, que horrorizaba antes de
hablar.

Transcurrieron algunos minutos sin que nada turbase aquel silencio
absoluto, propio de una habitacin situada doce metros ms abajo del
nivel del suelo.

El padre Corsi mir, con ojos extraviados por el terror, aquella sala
horrible, aquel mudo tribunal, y se sinti prximo a desfallecer. La
inmensidad de su miedo prodjole una idea consoladora. Aquello no poda
ser real. Sin duda, estaba soando y era vctima de una cruel pesadilla,
de la que se reira al da siguiente.

Tan horrible escena no poda ser cierta. El haba odo hablar de una
sala de tormentos dentro del "Ges" y de horrorosos castigos; pero esto
deban de ser invenciones de los enemigos de la Compaa, y lo que l
estaba viendo era producto de una pesadilla que no tardara en
desvanecerse.

Pero a pesar de estas ilusiones que se haca mentalmente, el silencio
de aquel tribunal le helaba la sangre de espanto. Sentase anonadado por
aquella amenazante frialdad y deseaba que hablasen el general y los
suyos cuanto antes. As al menos podra l contestar, defenderse, y se
convencera de si aquello era sueo o realidad.

El padre Corsi, que era tan cobarde fsicamente como audaz y arrebatado
en sus intrigas, estremecase al pensar que pudiera resultar cierta
aquella obscura leyenda que se relataba en el "Ges" sobre la cmara del
tormento.

Dnde estaban los instrumentos de tortura? Miraba a todas partes y no
vea potros ni garruchas; pero en un extremo de la vasta cmara sonaba
una sorda crepitacin, y, fijndose bien, distingui un gran brasero
cargado de fuego, del cual saltaban algunas chispas y cuyas brasas iban
inflamndose al contacto de la columna de aire fresco que entraba por la
puerta.

Aquel fuego en pleno verano horroriz al padre Corsi; pero pronto una
voz vino a impedirle que pensase en lo que el brasero poda significar.

Era el general quien le hablaba, fijando en l sus ojos brillantes e
irritados, que eran el nico detalle de vida que se notaba en su rostro,
inalterable como el de una momia.

--Sois el padre Luis Corsi, profeso de los cuatro votos de la Compaa
de Jess y residente en Roma por estar al servicio de la alta direccin
de la Orden?

El interpelado, a quien el terror haba anudado la garganta, hizo un
signo afirmativo con la cabeza.

Estaba a un extremo de la mesa un jesuta joven, de rostro repulsivo,
que haca las veces de secretario, y que comenz a escribir encabezando
el acta con el nombre y condiciones del procesado.

El jesuta, mientras tanto, se dirigi a sus compaeros de tribunal, que
permanecan impasibles:

--Reverendos padres: por pertenecer al alto grado de la Compaa, lo
mismo que ese desventurado que ante vosotros se encuentra, conocis el
reglamento secreto por que se rigen los iniciados que dirigen la Orden,
y que es un misterio hasta para aquellos hijos de Loyola que no han sido
iniciados en el grado supremo. A pesar de esto, voy a leeros todos los
artculos de nuestra Constitucin secreta concernientes al caso, porque
as me est prescrito.

Los seis jueces permanecieron inmviles y el general tom de encima de
la mesa un viejo cuaderno manuscrito, que trataba del gobierno de la
Compaa de Jess. Estaba redactado en latn, como todos los documentos
de la Orden. Lo hoje el general, y al llegar al ttulo IV, comenz a
leer, sin despojarse ni un solo instante de su impasibilidad.

     _"Artculo primero. Si quis superioris grads Pater fuerit
     traditor, at que sinu Societatis rebellis ac fautor discordi
     reperiatur, pereat._

     _Art. 2. Secretior tribunal judicet illum, ubi sex sedeant Patres
     superiores grads  sorti designati, prsidente Prfecto._

     _Art. 3. Sententia nisi sex Patrum judicum, Patrisque Prfecti
     Generalis unanimi suffragio, non pronuntietur._

     _Art. 4. Reus in ergastulo apparitorum manu reclaudator."_[1]

          [1] Artculo 1. Si algn padre de alto grado fuese traidor y se
     descubriese que es un rebelde y un fautor de discordia en la Compaa,
     debe morir.

     Art. 2. Ser juzgado por el tribunal secreto, al que asistirn, bajo
     la presidencia del general, seis padres del alto grado, designados por
     la suerte.

     Art. 3. La sentencia no se pronunciara ms que por unanimidad de los
     sufragios de los seis padres jueces y el reverendo padre general.

     Art. 4. El reo ser encerrado en el calabozo por mano de los porteros
     ayudantes.

     (_Del gobierno secreto de la Compaa de Jess._ Ttulo IV.)



El padre Corsi, en su calidad de jesuta de alto grado, iniciado en los
ms importantes misterios de la Orden, conoca aquel terrible cdigo en
todas sus partes; pero a pesar de esto la lectura de tales artculos
prodjole una recrudescencia en el horror que experimentaba desde que
entr all.

Rein un largo silencio despus de la lectura de los artculos.

El general pareca meditar, y por fin, levantando su cabeza, dijo a los
otros jueces:

--Padres: el hombre que tenis ah est comprometido en el primero de
los artculos citados, y debe morir. No ha perturbado directamente la
organizacin de la Compaa, pero ha hecho algo ms, pues ha intentado
asesinar al que es legtimo y supremo representante de la Orden; a m,
que soy el general de la Sociedad de Jess. No necesito explicaros la
gran trascendencia de tales maquinaciones y el gran peligro que correra
la Orden si un hecho tan criminal quedara sin castigo. Creis,
reverendos padres, que quien atenta contra la vida del general de la
Compaa merece la muerte?

Los seis jueces, que seguan inmviles y mudos, contestaron quitndose
los bonetes.

--Ya lo veis, padre Corsi. El supremo tribunal de la Compaa opina que
quien atenta contra la vida del general debe perecer. Ahora, nicamente
se trata de saber si vos, en combinacin con otros padres de la Compaa
que se hallan muy lejos, habis intentado asesinarme. Contestad, padre
Corsi. Se os acusa de haber maquinado mi muerte por envenenamiento. Qu
decs a esto?

El padre Corsi deseaba defenderse, y a pesar de aquel terror que anudaba
da voz en su garganta, se apresur a contestar:

--Niego.

Y fu a pronunciar una larga defensa, pero el general le interrumpi:

--Callaos, padre. Negis y ya no es necesario que hablis ms. Od al
padre secretario que va a leeros la acusacin.

El jovenzuelo antiptico dej de escribir y, tomando un papel de encima
de la mesa, comenz a leer con entonacin montona.

Aquella acusacin terrible hizo llegar a su ms alto grado el terror del
padre Corsi.

Saba que el espionaje haba llegado en los jesutas al mayor
perfeccionamiento, pero nunca haba llegado a imaginarse que pudieran
vigilar dentro del "Ges", hasta el punto de conocer sus ms
insignificantes actos.

Cuanto haba hecho el jesuta desde muchos meses antes, constaba en
aquella acta acusadora, confundiendo al infeliz reo. Sabase que todas
las semanas sostena correspondencia con un sujeto de Madrid,
recatndose para ello y llevando por s mismo las cartas al correo para
evitar que se extraviaran; suponase que esta correspondencia, aunque
con nombre supuesto, iba dirigida al padre Claudio, superior de la Orden
en Espaa; citbanse numerosos detalles que demostraban las subversivas
y criminales intenciones del padre Corsi, y, al final del documento,
como golpe de gracia para el infeliz acusado, figuraba una declaracin
del hermano encargado de la cocina, el cual juraba por Dios que el
citado padre, despus de dedicarse durante algunos meses a captarse su
voluntad, le haba propuesto envenenar al general, a lo que l accedi
inmediatamente, sin perjuicio de ir acto seguido a revelar a su superior
cuanto ocurra, descubrindose de este modo la odiosa trama.

El padre Corsi estaba horrorizado. Su vida de mucho tiempo apareca all
consignada da por da, y, aunque el acusador no presentaba pruebas,
resultbale imposible al reo el justificarse.

Cuando el acusador termin su lectura y se restableci el glacial
silencio, el general, levantando su cabeza, que tena inclinada sobre el
pecho, pregunt al acusado:

--Tenis que decir algo contra esa acusacin?

--Toda ella es falsa--contest con voz ahogada el infeliz--. Es sin duda
obra de algn enemigo que quiere perderme. Yo nunca he intentado nada
contra mi general.

Y luego, con la tenacidad de un nufrago que intenta alcanzar el madero
que ha de salvarle, dijo con ms energa:

--Pruebas!... Vengan las pruebas de mi crimen! Seguramente que nada
podr presentarse contra m.

--Se presentarn las pruebas a su debido tiempo--contest el general con
frialdad--. Mientras tanto, contestad breve y verdicamente a cuanto se
os pregunte. Acostumbris a escribir mucho en vuestra celda?

--Algunas veces escribo a varios amigos que tengo en las ciudades de
Italia, donde he residido; pero esto, con poca frecuencia.

--Cuando escribs secis vuestras cartas con arenilla?

El padre Corsi reflexion antes de contestar. Siempre haba usado, al
escribir, el papel secante; pero crey mejor el negarlo, por ese
instinto de falsedad que siente todo acusado de conciencia intranquila,
y afirm:

--S, reverendo padre; gasto arenilla.

--Y no hacis nunca uso del secante?

El general mir de un modo tan terrible al acusado, que ste balbuce:

--S; creo recordar que tambin lo he usado algunas veces.

--Acercaos a la mesa, padre Corsi, y ved si reconocis la hoja de
secante que el padre secretario tiene en sus manos.

El acusado obedeci, fijando sus ojos con expresin estpida en aquella
hoja de secante que le enseaba el jesuta. Era blanca y estaba manchada
por algunos borrones y garabatos ininteligibles. Eran, sin duda, las
huellas que en la hoja haban dejado los renglones secados.

--Este papel--continu el general--ha sido encontrado en vuestra celda.

El padre Corsi pens que negar empeorara su situacin. Mir el papel,
en el que nada sospechoso se lea, y dijo despus:

--Aunque no recuerdo si este papel ha sido mo, bien pudiera haberme
pertenecido. Ni niego ni afirmo.

--Est bien; padre secretario, haced delante del acusado la prueba que
antes habis mostrado al tribunal.

El joven secretario sac de debajo del montn de papeles un pequeo
espejo y coloc ante el cristal el pedazo de secante.

--Padre Corsi--continu el general--, mirad ese espejo y ved si podis
leer algo.

El acusado comprendi inmediatamente lo que significaba aquella orden y
se estremeci de espanto. Estaba ya cogido en la red.

Las huellas que en aquel papel haba dejado el escrito secado parecan
garabatos ininteligibles miradas directamente, pues el orden de las
letras en las palabras estaba invertido; pero puestas ante el espejo,
recobraban su primitiva posicin, ya no estaban al revs, y se
reflejaban en el cristal de modo que la lectura era fcil.

Todo el contenido de la pgina secada surga en el espejo, y aunque
algunas palabras donde la pluma no haba apretado mucho aparecan
borrosas, el conjunto era perfectamente legible.

El padre Corsi, ante aquel descubrimiento inesperado, se sinti
desfallecer y sus rodillas se doblaron, cayendo de hinojos el infeliz.

--Perdn, padre mo! Misericordia! Ha sido una tentacin del diablo.
Perdonadme, que nunca ms me sentir acometido por tan malos
pensamientos.

Las quejas y sollozos de aquel desventurado no causaron efecto en el
tribunal.

--Padres--dijo el presidente--: la prueba es completa. Antes de
sentenciar invoquemos, segn costumbre, a la gracia divina para que nos
ilumine.

Todos los jueces, con la cabeza descubierta, se arrodillaron y los
cuatro legos que obstruan la puerta hicieron lo mismo.

Durante algunos minutos aquel augusto silencio slo fu turbado por el
murmullo que produca el "Veni Sancte Spritus" que rezaban y los
sollozos del reo que, con la cabeza sobre las baldosas, lloraba como un
nio.

El tribunal termin su rezo y volvi a ocupar sus asientos.

--Padres, ya conocis la frmula de sentenciar; pero la costumbre me
ordena que os la advierta. Si creis que basta con expulsar de la Orden
al reo, contestad a mi pregunta: "Expelleator!"; si le creis digno de
absolucin, decid "Insons!; pero si le consideris merecedor de la
muerte, contestad "Pereat!" Estis prontos a sentenciar?

Los seis jueces inclinaron sus cabezas.

Comenz el terrible acto, y el infeliz reo, que segua con el rostro
sobre el suelo, oy seis veces la palabra "Pereat!", dicha por diversas
voces, pero siempre con igual energa.

Su muerte estaba ya acordada.

--Levantad al padre Corsi!--grit el general.

Inmediatamente los mocetones que ocupaban la puerta se abalanzaron sobre
el reo, lo pusieron en pie y siguieron sujetndolo, pues el desdichado
no poda sostenerse.

--No hay misericordia para m?--deca suspirando, y el tribunal segua
siempre mostrando su fra serenidad.

El padre Corsi, en un rapto de desesperacin, cambio por completo de
aspecto. La proximidad de la muerte le di una repentina serenidad y no
quiso seguir mostrndose dbil.

Ya que iba a morir, quera al menos no proporcionar al general, a quien
odiaba por causas particulares desde mucho tiempo antes, una
satisfaccin, cual era el espectculo que l ofreca llorando y gimiendo
como una mujer.

--Soltadme, hermanos!--dijo a los que le sujetaban--. Puedo an
sostenerme y no se dir de m que no s morir con dignidad. Dnde est
el calabozo donde ser enterrado vivo? Deseo entrar en l cuanto antes,
para librarme de vuestra odiosa presencia, padre general.

Y aquel hombrecillo antes tan dbil, enloquecido ahora por el terror,
mostraba una serenidad heroica y ergua su cuerpo mirando con desprecio
al tribunal.

--No tengis prisa, padre Corsi--contest el general, sonriendo por
primera vez de un modo que daba miedo--: tiempo os quedar para
aburriros de estar solo en vuestro calabozo. Nuestras leyes os conceden
que antes de encerraros os pongis a bien con Dios. Podis confesaros
vuestras culpas con el padre que os dignis escoger de cuantos estn
aqu.

El reo prorrumpi en una carcajada estridente.

--Con vosotros?... Confesarme con vosotros?... Muchas gracias, padre
general. Conozco demasiado a todos cuantos estn aqu, para ir a
revelarles secretos que slo a m me importan. Adems, estoy prximo a
la muerte y ante la tumba el hombre no miente. Basta ya de farsa. Yo no
creo en muchas cosas que vosotros, al salir de aqu, fingiris tenerlas
como ciertas. No me confieso. A nadie le importan mis secretos. Ya que
muero quiero que ciertas cosas me acompaen a la tumba... Se acabaron
los fingimientos y las comedias de fe.

El tribunal haba salido de su impasibilidad para interrumpir varias
veces al sentenciado:

--Impo!... Blasfemo!...

El padre Corsi era el que ahora permaneca impasible, gozndose
interiormente con la irritacin que sus palabras producan en sus
jueces.

El general fu el primero en serenarse.

--Padres mos, os recomiendo la calma. El sentenciado quiere llevarse a
la tumba secretos de gran importancia para la Compaa. Tena cmplices
de su crimen y esto es lo que importa averiguar. Escriba con frecuencia
a Madrid, y aunque presumimos quin poda ser la persona con quien se
comunicaba, no tenemos de ello certeza absoluta. Los renglones impresos
en este secante y que habis ledo antes por medio del espejo, son
fragmentos de una carta en la que l habla de sus preparativos para dar
fin a mi vida. Se dirige en ella a una persona de su confianza, a un
amigo a quien promete un gran porvenir cuando yo muera; pero su nombre
no figura all y esto es lo que nos importa saber. Creis, padres, que
tenemos derecho a que el sentenciado nos revele ese nombre antes de ser
encerrado en el calabozo?

--Ya lo os, padre Corsi; estis en el deber de revelarnos ese nombre.
Hablad, pues.

--No quiero, general asesino; no hablar. Se trata de un amigo, de un
buen compaero, que ha sido bondadoso para m y me ha dispensado siempre
tantos favores como t perjuicios. No dir su nombre; puede hacer el
tribunal lo que guste.

--Oh! Hablaris, padre Corsi--dijo el general, reproduciendo su
horripilante sonrisa--. Algo que no esperis os har decir la verdad.
Creed, desgraciado padre, que sentimos en el alma amargar con crueles
tormentos el poco tiempo que os queda de vida.

--Miserable!--dijo el sentenciado por toda contestacin--. En ti est
la crueldad hermanada con la ms dulce hipocresa. Mereces ser el
general de la Compaa.

--Por ltima vez: declaris el nombre de vuestro cmplice? Es el padre
Claudio? Reparad que estamos convencidos de ello. Y nicamente queremos
vuestra declaracin para ratificarnos.

--No--dijo con energa el sentenciado--. No es el padre Claudio, al que
apenas conozco. Es otro; pero nunca dir su nombre.

--Hermanos, cumplid vuestra misin.

A esta orden, dada con indiferencia, dos de los robustos legos dejaron
de sujetar al padre Corsi y se dirigieron al rincn donde estaba el
descomunal brasero.

Cogieron del suelo un gran fuelle, avivaron el montn de rojos carbones
y despus, valindose de su fuerza herclea, arrastraron el brasero al
centro de la sala.

El padre Corsi no haba presenciado esta operacin por verificarse a sus
espaldas; pero de pronto sinti una impresin de calor y volvindose vi
aquel montn de fuego que luca de un modo horrible en le penumbra.

Aquello desvaneci la serenidad que haba mostrado momentos antes.

Al ver el fuego di un salto atrs e intent librarse de aquellos dos
legos que le sujetaban con sus robustos brazos; pero, repuestos los
guardianes de la sorpresa que en el primer instante les produjo el
repentino movimiento, lo aprisionaron con ms fuerza.

El padre Corsi, como un msero ratoncillo entre las zarpas de dos
gatazos, se revolva furioso y desesperado; pero a los pocos instantes
fu derribado al suelo y all, con la sotana desgarrada y el rostro
araado, permaneci inmvil.

Sinti cmo bruscamente y a tirones le arrancaban los zapatos y las
medias, y as que qued descalzo, la voz del general volvi a sonar,
aunque con tono marcadamente sardnico.

--Nuevamente os lo ruego, querido padre Corsi. Decidnos quin era
vuestro cmplice y no nos deis el disgusto de obligarnos a atormentaros.

El desgraciado, indignado por aquel ruego hipcrita, contest con un
juramento indecente, y acto seguido sintise levantado del suelo, en
posicin horizontal, por ocho robustos brazos.

Un rugido horrible, espeluznante, retumb en la sala.

Los pies del padre Corsi acababan de descansar sobre aquel montn de
fuego. Intent el infeliz contraer las piernas para escapar de aquel
tormento, pero uno de los cuatro sayones se las sujetaba con herclea
fuerza, haciendo que los pies quedasen inertes sobre el brasero.

Ruga el infeliz con voz que no pareca humana y se agitaba en agnicas
convulsiones entre aquellos brazos que le tenan agarrotado.

El fnebre silencio que reinaba en aquella sala era turbado por los
mugidos de dolor que exhalaba el sentenciado, vctima de los ms
horribles dolores.

Chisporroteaba el fuego con ms fuerza que antes, y un humo espeso, de
olor grasiento y nauseabundo, esparcase por la sala.

Los pies del padre Corsi se carbonizaban envueltos en las ardientes
brasas. Era imposible resistir ms y el jesuta iba a desmayarse.

--Misericordia, asesinos!--dijo con vez dbil--. Tened piedad de m!

--Hablad--contest el general, que segua tan fro como de costumbre
ante aquel horrible espectculo--. Decid lo que os preguntamos.

El reo hizo una seal afirmativa, y los cuatro hermanos le retiraron del
tormento y lo pusieron en posicin horizontal, aunque sostenindole para
que no tocase el suelo, pues sus pies eran dos informes muones,
chamuscados y sangrientos, que esparcan un hedor insoportable.

--Padre secretario, escribid--dijo el general--, que el padre Corsi va a
revelaros quin era su cmplice. Era el padre Claudio?

El infeliz mutilado, en medio de su cruel situacin, an intent
resistir; pera la vista del brasero, la terrible mirada del general y
aquel dolor horrible que le produca espeluznantes convulsiones, dieron
al traste con su valor que renaca, y en voz baja, como si se
avergonzara de su debilidad, contest:

--S; era el padre Claudio.

Aun le hizo el general numerosas preguntas sobre el fin que perseguan
con sus maquinaciones, contestando el padre Corsi con desmayados
monoslabos.

Cuando qued claro y palpable que el padre Claudio, por medio de su
amigo Corsi, haba intentado escalar la suprema autoridad de la Compaa
envenenando al general, ste se di por satisfecho.

--Terminado el juicio, padres mos--dijo a los dems jueces--, el acta
en que se consigna cuanto aqu ha ocurrido, una vez escrita con arreglo
a nuestra clave secreta, quedar en el archivo secreto de la Compaa.
Ahora slo falta que se cumpla la sentencia.

--Hermanos--continu, dirigindose a los cuatro legos--, conducid al
padre Corsi a su ltima morada.

El infeliz, desalentado y posedo ya del vrtigo que le producan su
horrible situacin y sus heridas, apenas se sinti conducido por los
brazos de aquellos hombres.

Abrise una pequea puerta en un extremo de la subterrnea sala y el
fnebre grupo baj unos cuantos escalones, dejando al sentenciado sobre
el hmedo suelo.

La impresin de frescura que aquellas losas produjeron en los abrasados
pies del padre Corsi, le reanimaron momentneamente hacindole abrir los
ojos.

Una densa obscuridad le envolva. La puerta del calabozo acababa de
cerrarse con gran ruido de hierros, y all arriba sonaban los pasos de
los jueces al retirarse.

El padre Corsi llor en aquel supremo instante como un nio.

Ya haba muerto! Los hombres le abandonaban para siempre, y aquel resto
de vida que le dejaban, era para que gustase todas las amarguras
horripilantes de la tumba.

       *       *       *       *       *

El sacerdote "Dom" Vicenzo Novelli deca en su carta al padre Claudio
que no saba ciertamente del modo como su amigo Corsi haba salido de
aquel "im pace".

En las primeras horas de la madrugada, un hombre desconocido y de
atltica figura haba llamado a la puerta de su casa y apenas entr en
ella, dej sobre una silla al padre Corsi, que estaba en un estado
deplorable.

El desdichado jesuta, a fuerza de cuidados, an vivi dos das, y
aprovechando los momentos en que sus dolores no le privaban del
conocimiento, relat a su amigo el sacerdote romano cuanto le haba
ocurrido en el subterrneo del "Ges", encargndole encarecidamente que
pusiera todo el suceso en conocimiento del padre Claudio, para que ste,
una vez advertido, pudiera librarse de la venganza del General, que iba
a caer sobre l.

En cuanto a su evasin del "im pace", el padre Corsi guard un profundo
silencio. Haba jurado al que le salv sacndole de all, guardar el
secreto, pues de lo contrario poda ser vctima de la venganza
jesutica.

Nada cierto saba "Dom" Vicenzo, pero por algunas palabras que se le
escaparon a su amigo, tena la sospecha de que el misterioso salvador
que en la misma noche del suplicio le haba sacado del calabozo, era el
cocinero, que despus de delatarlo al General se haba arrepentido de su
vileza y haba procurado borrarla, librando a su vctima de la muerte.
Cuando el padre Corsi mostraba tanto empeo en ocultar el nombre de su
salvador, era porque ste dependa del General y podra ser vctima de
una venganza.

El sacerdote romano terminaba su carta, manifestando que nunca ms
volvera a relatar a nadie la historia de aquel infeliz amigo que haba
muerto en su casa, vctima de espantosas quemaduras.

No quera que el General de los jesutas supiera que l era depositario
de su secreto y que haba recibido en casa a su mutilado enemigo.

"Conozco demasiado--deca--el poder de la Compaa y la facilidad y
prontitud con que sabe librarse de aquellos que le estorban. A pesar de
que no os conozco, reverendo padre, siento hacia vos una viva lstima.
S quin es el padre General y hasta dnde llega su carcter iracundo y
vengativo. Si queris seguir el consejo de un hombre anciano y
experimentado, creedme; apenas leis esta carta salid de la Compaa y
poneos en salvo. El rayo de Roma no tardar en caer sobre vuestra
cabeza."




XI

Humillacin.


El padre Claudio, despus de leer la carta varias veces, cay en un
estado de profundo desaliento.

Era tan terrible aquella noticia y llegaba tan inesperadamente que al
audaz jesuta le faltaba el valor indomable que haba demostrado en
otras ocasiones.

Su situacin acababa de ser despejada de un modo terrible. Los altos
poderes de la Compaa tenan ya certeza de su traicin y no tardara en
sufrir l una muerte igual a la del padre Corsi.

No haba que esperar misericordia. El, que conoca como nadie de lo que
era capaz el Gobierno de la Orden, comprenda la certeza de aquellos
consejos que le daba el sacerdote Novelli en su carta, y pensaba que lo
ms acertado era huir y substraerse a la venganza de la Compaa, ya que
todava era tiempo.

Huir!... conforme con ello; pero dnde dirigirse? Qu hacer, viejo ya
y abandonado de todos?

Y mientras pensaba en lo difcil e incierto de su situacin, el padre
Claudio murmuraba con estpida terquedad:

--Estoy perdido! Estoy perdido!

As permaneci ms de una hora, hasta que por fin una sonrisa ilumin su
rostro, y levant la frente, antes abatida, con expresin de triunfo.

Tena adoptada su resolucin. No huira, pues huir era para un hombre
como l, cien veces peor que la ms horrible muerte. El campen de la
Compaa que se haba distinguido siempre por su valor moral a toda
prueba, no poda escapar como un cobarde al saber que su perdicin
estaba decretada en Roma. Combatira, ya que ste pareca ser su
destino, y a pie firme, sin salirse de la Orden, esperara los ataques
de sus enemigos, seguro de que stos tendran que bregar mucho antes de
derribarle.

Adems haba reflexionado mucho sobre su situacin y no la encontraba
desesperada. Era amigo de la reina y de los principales polticos,
posea secretos que le hacan muy respetable para el Gobierno, y cuando
se viera perdido dentro de la Compaa, con salirse de ella ya estaba
libre, pues la venganza de Roma no ira a buscarle en el seno de la
sociedad civil, donde contaba con buenos amigos.

Tena, pues, la retirada cubierta y mientras tanto poda desesperar a
sus enemigos, desafindolos con su insolente permanencia en la Compaa,
sin negar las maquinaciones que haba organizado en combinacin con el
padre Corsi.

Aquella resolucin audaz, hizo recobrar al padre Claudio su antiguo
valor, y sinti impaciencia por demostrar a sus enemigos de Roma que no
los tema y que tampoco ignoraba sus intenciones respecto a l.

El padre Toms, aquel jesuta solapado que sobornaba a su secretario e
iba poco a poco labrando su perdicin, era el representante de sus
enemigos, y contra l se propuso romper las hostilidades.

Quera ser el primero en atacar, para que en Roma se convencieran una
vez ms de su valor.

Tan seguro estaba el padre Claudio de su poder, que se permita risueas
ilusiones.

No; sus enemigos no se atreveran a intentar nada contra l. El General
haba osado acabar con el padre Corsi, porque ste era un jesuta de
escasa importancia, y adems lo tena en el "Ges" al alcance de su
mano; pero tratndose de todo un padre Claudio, consejero privado de
personas reales, sostenedor de gobiernos, y adems residente en Espaa
lejos del Gobierno central de la Compaa, sus enemigos de Roma ya se
cuidaran de intentar hostilidad alguna y lo respetaran, aunque en
adelante lo tratasen con frialdad.

El era inviolable; para esto haba trabajado tantos aos en favor de los
intereses de la Orden.

Animado por tales ideas, el padre Claudio, despus de ocultar
cuidadosamente la fnebre carta en un bolsillo interior de su sotana,
sali del gabinete y se dirigi a su despacho.

El padre Antonio escriba como siempre en su gran mesa, y el italiano
segua inmvil en su asiento mostrando su rostro impasible, cuyos ojos
de buho triste parecan no fijarse en nada, y lo vean todo.

La presencia de aquel espa de Roma, indign al padre Claudio. Hasta
poco antes haba podido sufrir, aunque con bastante impaciencia, la
intimidad de aquel hombre que tan descaradamente le vigilaba; pero ahora
al verle, el recuerdo del padre Corsi, martirizado y muerto por ser
amigo suyo, surga en su imaginacin y sentase acometido de furor
contra aquel espa que representaba a los sacrificadores.

El padre Claudio era poco susceptible de impresionarse por la suerte de
ningn amigo, pero el suplicio de Corsi le hera de un modo ms ntimo,
pues sublevaba su orgullo. El hubiera deseado que por el hecho de ser el
reo amigo suyo, el General no se hubiese atrevido a llevar tan lejos su
venganza, y al pensar en el martirio de Corsi le pareca que era l
mismo quien haba sido chamuscado en el brasero del subterrneo del
"Ges".

No se sent el padre Claudio, al entrar en su despacho, y sin cuidarse
de ocultar su sorda irritacin, pase varias veces por entre aquellos
dos hombres silenciosos que seguan indiferentes y con los ojos bajos,
como si nadie hubiese entrado en la habitacin.

El enfurecido jesuta di algunos bufidos como para desahogar su pecho
oprimido por la rabia, y al fin, plantndose frente al padre Toms, le
dijo con acento reconcentrado:

--Oiga usted. Sabe usted bien quin soy yo?

Levant el rostro el italiano sin que en l se mostrase la menor emocin
por tan extraa pregunta.

--Creo que s, reverendo padre--contest con su eterna calma--. El
nombre del padre Claudio es conocido all donde se encuentre a un hijo
de San Ignacio, pues todos saben los grandes servicios que ha prestado a
la Compaa.

--As es, seor italiano. Todos saben lo que yo valgo y merezco, todos
menos esa gente de Roma que le ha enviado a usted aqu.

Se color la desmayada faz del padre Toms, pero no pas de aqu la
emocin ni intent contestar, pues la regla de la Compaa le impeda
toda respuesta si su superior no le preguntaba.

--Oiga usted bien, padre Toms, oiga lo que soy, para que me conozca
perfectamente y pueda decir a esos que le envan el respeto que merezco.
Cuando yo ingres en la Compaa, en Roma, tena quince aos y su
situacin no poda ser ms deplorable. Las ideas revolucionarias del
pasado siglo haban barrido al jesuitismo de todas las naciones. La
Orden estaba casi en la agona por culpa de toda esa cfia de filsofos
que tanto escribieron en el siglo XVIII contra nosotros. Nos haban
arrojado de Espaa, Portugal, Francia, de casi toda Amrica; en una
palabra, de todos los sitios donde nos convena estar. La Compaa
estaba reducida a Roma, donde viva a la sombra del papado como un
arbolillo mustio y enfermizo. Al morir la revolucin con su ltimo
propagandista, el tirano Bonaparte y al restablecerse en Espaa el
absolutismo, Fernando VII nos abri las puertas de esta nacin y yo vine
aqu con unos cuantos viejos imbciles que procedan de la expulsin
verificada en el siglo anterior por Carlos III. Bien hubiese marchado
la Compaa a estar encargados los tales vejetes de su direccin! Por
fortuna se me hizo justicia, y aunque yo era entonces un mozuelo, fu
puesto al frente de la Compaa de Jess, en Espaa. Soy modesto y no
quiero entonar mis propias alabanzas, que por ms que parezcan
exageradas, sern siempre merecidas. Pero tengo que hacer constar que
fu el peor enemigo que la revolucin poda haber encontrado. Foment
como nadie los sentimientos realistas y fanticos del pueblo espaol;
organic las terribles persecuciones que sufrieron los realistas, en el
trienio constitucional del 20; la revolucin pacfica y progresiva no
pudo desarrollarse porque yo lo imped fomentando algaradas y motines a
diario; yo d el primer impulso a la guerra carlista, y cuando comprend
que el pretendiente no poda triunfar salv a tiempo los intereses de la
Compaa volviendo al lado de la reina Isabel, para evitar que sta
fuese dirigida por los progresistas; nuestra Orden ha crecido y sido
omnipotente en Espaa ms que en otra nacin; hoy manda en este pas
como pueda mandar en el "Ges" de Roma, y todo gracias a m, que no he
descansado nunca ni s lo que es gozar de la vida; que he expuesto mil
veces mi existencia en los perodos de agitacin; que formando la
asociacin de "El Angel Exterminador", atraje sobre mi cabeza las
venganzas de numerosas familias afligidas por nuestras persecuciones, y
que con tal de mantener el prestigio de la Orden he desempeado el ms
vil de los papeles, el de alcahuete regio, ofreciendo mujeres a Fernando
VII y presentando hombres a su augusta hija. Ahora bien, padre Toms,
qu le parece a usted todo esto? El que ha arraigado de nuevo la Orden
en Espaa, de un modo que la revolucin tendr que bregar mucho para
derribarla, no merece que le respeten esas gentes de Roma que estn
all muy tranquilas gozando de ese podero que nosotros les conquistamos
aqu a costa de grandes esfuerzos?

El padre Toms hizo un gesto de ambigua adhesin; pero el padre Claudio
estaba demasiado exaltado para fijarse en la frialdad del italiano.

--Y no quedan reducidos slo a esto mis trabajos--continu--: ah est
mi secretario y eterno compaero, el padre Antonio, y all en Roma est
el registro central de la Compaa, para atestiguar lo que yo he
trabajado con el objeto de arraigar el podero de nuestra Orden en todas
las conciencias. Gracias a m, se han fundado numerosos colegios donde
la juventud ms distinguida se educa tal como queremos; la aristocracia
espaola est por completo a la voluntad de cuanto se piensa en este
despacho, y a las arcas de Roma he enviado yo cuarenta millones de
pesetas; esto sin contar ocho ms que acabo de conquistar. Grande es
nuestra asociacin; no hay punto del globo donde no tengamos
representantes; pero a pesar de ser tantos los jesutas, de seguro que
no saldr uno solo que pueda alegar ms mritos que yo. Es verdad o no
esto que digo, padre Toms?

Y esta vez se plant ante el italiano y le mir fijamente con expresin
iracunda, esperando su contestacin.

--As es, reverendo padre--dijo con su calma que contrastaba con el
furor reconcentrado del padre Claudio--. Ya he dicho antes a vuestra
reverencia que en todas partes donde hay jesutas se le respeta en lo
que vale.

--En todas partes menos en Roma; y si no vamos a cuentas. A qu ha
venido usted a Madrid?

--Yo no he venido por mi propia voluntad. He cumplido un voto que hice
al entrar en la Compaa; el voto de obediencia. Me han ordenado mis
superiores que viniese aqu y he obedecido.

El italiano dijo estas palabras con tanta modestia y sencillez, que el
padre Claudio qued desconcertado. No poda seguir atacando en tal
terreno al italiano, pues ste le opondra sus votos.

Mud de tctica y dijo al padre Toms, como si olvidara lo anteriormente
expuesto:

--No quiero investigar los motivos que le han trado a usted a Madrid.
Lo que le digo a usted es que no conviene a los intereses de la Orden
que permanezca aqu inactivo y ocioso, dando un mal ejemplo a los dems
padres, que se afanan y trabajan en bien de la Compaa de Jess.

--Reverendo padre; si no hago nada aqu, es porque vuestra reverencia no
me da ocupacin.

--Trabajar usted y muy pronto. No se quejar usted en adelante de que
lo olvido. Maana mismo saldr usted para nuestra casa de Valencia.

--Eso es imposible, reverendo padre.

--Imposible!... Quisiera saber por qu. Usted ha prestado voto de
obediencia y debe acatar las rdenes de los superiores.

El padre Claudio, movido por la indignacin, hablaba con una expresin
furiosa que contrastaba con la frialdad del italiano.

--Yo siempre obedezco a mis superiores--dijo el padre Toms--, y por
esto mismo permanezco aqu, cumpliendo las rdenes del padre General,
que es el nico que me puede mandar. Vuestra reverencia olvida sin duda
que yo soy padre de alto grado y que no estando inscrito entre los
individuos de la Compaa que prestan sus servicios en Espaa, slo a
la autoridad de Roma debo obedecer y seguir las rdenes que me dicte el
padre General. Vuestra reverencia no tiene en esta ocasin ningn poder
sobre mi humilde persona. El General me ha enviado aqu y aqu me quedo.

El padre Claudio qued aturdido ante la fra firmeza con que el jesuta
deca estas palabras.

Pero pronto se repuso de su sorpresa. Haca cuarenta aos que estaba
acostumbrado a que la Compaa en Espaa se pusiera en movimiento al ms
leve de sus gestos; nunca hombre alguno vestido con la sotana jesutica
haba intentado desobedecerle y el ejemplo de aquel italiano, que osaba
rebelrsele, le produjo una irritacin sin lmites.

Su abotargado rostro cubrise de mortal palidez, chispearon sus ojos,
sus labios temblaron con el "tic" nervioso del furor y se sinti prximo
a enloquecer por la afrenta que intentaban hacerle, ante aquel
secretario que en su juventud consideraba a su maestro como un semidis.

Poder de la indignacin! Hasta le pareci al jesuta que el padre
Antonio, sin levantar la cabeza de los papeles, sonrea maliciosamente,
gozando mucho en presencia de aquella humillacin que sufra su soberbio
superior.

Haba que confundir al insolente italiano, y encarndose con l, le dijo
sordamente:

--Basta ya de farsas y de fingimientos, seor italiano! Su presencia
aqu me es odiosa... Lo quiere usted ms claro? Maana mismo saldr
usted de Madrid, pues me estorba y me irrita ese espionaje de que
continuamente soy objeto. Cuando yo era joven, finga tan bien como
cualquiera otro, pero ahora que soy viejo y clebre, y tengo, por tanto,
derecho a que me respeten, no quiero mentir y doy a las cosas su
verdadero nombre. S que usted es un espa del General y conozco tan
bien como usted lo que ha ocurrido en Roma y cul ha sido la suerte del
padre Corsi, pobre amigo mo, sacrificado por el espritu de venganza
que all sienten contra m. No quiero tener a mi lado a uno de los
asesinos de mi amigo Corsi. Est usted enterado? Mrchese cuanto antes
y d gracias porque yo soy ahora un viejo, que de lo contrario, no
guardara usted buenos recuerdos de su espionaje.

Y el viejo jesuta, tembloroso por el furor, plido, rugiente y
magnfico en su indignacin, sealaba la puerta con ademn imperativo,
indicando al italiano que saliera cuanto antes.

El padre Toms permaneca en su actitud impasible, con la mirada fija en
el superior, y gozando internamente al ver su extremada irritacin.

--Mrchese usted!--gritaba el padre Claudio--. Que no le vea a usted
ms!

--Me ir cuando me lo mande el General.

--Aqu no hay ms General ni ms voluntad que la ma. Le arrojo a usted
de aqu y puede marcharse al infierno si quiere. Hoy mismo dar rdenes
para que no le admitan en la casa residencia, y que pongan en medio del
arroyo todo su equipaje. Y ahora salga usted inmediatamente de este
despacho o de lo contrario llamar a los criados para que le arrojen.

El italiano no se inmutaba con aquellas amenazas. Continuaba impasible,
y se limit a decir con su eterna frialdad:

--Eso que hace vuestra reverencia es un verdadero golpe de Estado. Es
desconocer la autoridad del General, es rebelarse contra la autoridad
suprema de la Compaa, y caer de lleno en el artculo primero del
ttulo IV de nuestro reglamento secreto. Conoce usted el artculo?

--S; le conozco. Valindose de l dieron muerte a mi amigo Corsi. An
te atreves a recordarlo, esbirro del demonio?... Yo soy el padre
Claudio, el restaurador de la Compaa en Espaa, y cuando se me falta
al respeto y a la obediencia que merezco, paso por encima del General,
del reglamento secreto y de cuanto se me ponga por delante. A la calle,
italiano! A la calle!

--Piense vuestra reverencia en lo que hace.

--Qu pesadez! Y que no tenga yo puos suficientes para poner en la
puerta a este miserable espa!

Y se abalanz al cordn de la campanilla para llamar a los criados.

--Un momento--dijo el padre Toms levantndose de su silla, mientras que
el iracundo jesuta se detena al ver este movimiento de su enemigo--.
Puesto que usted, padre Claudio, se empea en expulsarme y falta a las
reglas de la Compaa, despreciando al General y pronunciando frases
ofensivas al espritu de la Orden, ha llegado el momento de que se
aclare la situacin. Lea usted.

Y el italiano, hasta entonces humilde y rastrero, se irgui con altanera
friadad, e introduciendo su diestra en el bolsillo de la sotana, sac
un papel doblado que entreg al padre Claudio.

Apenas ste pas sus ojos por l, sinti un escalofro de terror. Estaba
escrito el papel en la misteriosa taquigrafa que los jesutas emplean
en sus comunicaciones secretas y que slo conocen los padres iniciados
en el alto grado, y al pie del documento figuraba el garabato que era la
firma simblica del General.

El documento no poda ser ms autntico, y el padre Claudio, habituado a
leer durante muchos aos tal clase de comunicaciones, la descifr de
corrido. Su contenido no poda ser ms fatal.

La autoridad suprema le ordenaba, bajo la pena de pasar como traidor a
la Compaa, en caso de desobediencia, que inmediatamente que leyese
aquella comunicacin se pusiera bajo las rdenes del padre Toms
Ferrari, que en adelante sera el vicario general de la sociedad de
Jess en Espaa.

El viejo jesuta se estremeci desde la cabeza a los pies, parecile que
la habitacin entera se desplomaba sobre l, y hubo de apoyarse en la
mesa para no caer.

Verse despojado en la vejez de la autoridad que haba ejercido toda su
vida; contemplarse sbdito de un desconocido, l, que estaba habituado,
desde su juventud, al mando absoluto, era un golpe tan terrible, que le
falt poco para llorar.

Encontr, sin embargo, en su debilidad fuerza para reponerse, y ya que
se consideraba cado, quiso al menos acabar con dignidad y que sus
enemigos no se gozaran en su dolor.

Serense y se dispuso a contestar. La resistencia era intil, pues
conoca la especial organizacin de la Orden en que la autoridad lo es
todo, y el afecto nada, y saba que sus mayores protegidos se
revolveran contra l a la menor indicacin del General, estando, como
estaba, despojado del poder.

Inclinse ante su nuevo amo, y devolvindole el papel, dijo al padre
Toms con acento humilde:

--Espero las rdenes de vuestra reverencia.

El padre Antonio, mudo espectador de aquella escena, haba dejado de
escribir, pero segua con la cabeza baja, muy atento a todo cuanto
ocurra. No se notaba en l la menor seal de extraeza. Sin duda el
secretario saba con anticipacin cuanto iba a ocurrir, y conoca antes
que el padre Claudio aquella orden del General.

No se impresionaba gran cosa por aquel cambio de situacin tan rpido.
Cambiaba de amo en apariencia, pero siempre segua unido a aquella
Compaa, a la que amaba con el fiero cario del lobezno a la loba.
Adems no dejaba de hacerle gracia la cada estrepitosa de su antiguo
amo, que tan soberbio y dspota se mostraba. Aquello le haca admirar
an ms a la igualitaria Compaa que encumbra o arruina a los
individuos con igual indiferencia, sin consideracin de ninguna clase y
como si se tratara de autmatas y no de hombres. Acariciaba la esperanza
de que si el padre Claudio bajaba ahora, algn da le tocara a l el
turno de subir.

El jesuta italiano contempl algunos instantes a su rival humillado, y
despus dijo con lentitud majestuosa:

--Padre Claudio, mis rdenes son que usted, de esa puerta para afuera,
siga figurando como director de la Orden en Espaa. Conviene por ahora a
nuestros intereses que aparentemente contine la misma situacin. Pero
aqu, dentro de este despacho, se restablecer la verdad, y usted ser
sencillamente mi amanuense, estando para todos los asuntos de oficina a
las rdenes del padre Antonio, que seguir desempeando el cargo de
secretario. Ya conoce usted mis rdenes.

El padre Claudio temblaba y haca esfuerzos para no llorar de rabia.
Oh! Aquello era demasiado fuerte para sufrirlo con calma. La
humillacin iba ms all de lo que l haba podido imaginarse.

Si despus de su cada le hubiesen castigado colocndolo de portero en
la casa residencia, obligndole a barrer la cocina o a desempear los
ms bajos servicios, al menos su ruina hubiese tenido cierta grandeza. A
los que le haban conocido poderoso y omnipotente, les hubiera inspirado
una respetuosa y tierna simpata, semejante a la que se siente ante
Napolen, hambriento y enfermizo, remendndose su uniforme en Santa
Elena; pero obligarle a fingir en pblico una autoridad que no tena, y
dentro de aquel despacho ser el escribiente de su antiguo secretario,
era privarle del amargo placer de una cada estrepitosa y envolverle en
la humillacin de una ruina secreta sin grandeza alguna.

En su porvenir haba algo del suplicio de Tntalo. Vivira en adelante
all, corrodo por la envidia, contemplando de cerca y a todas horas el
poder que haba perdido y que jams volvera a recobrar.

La voz del nuevo superior le sac de sus negras reflexiones:

--Padre Claudio, comience a ejercer sus nuevas funciones. Sintese
usted, y preprese a escribir.

El viejo obedeci con la pasividad de un autmata. Su obesidad no le
permita estar inclinado mucho tiempo y sufra al doblarse sobre el
borde de aquella antigua mesa, frente al secretario, que segua
papeleando, impasible, como si realmente fuese un escribiente obscuro su
nuevo compaero de trabajo.

Tom la pluma el padre Claudio y esper.

--Va usted a escribir--dijo el superior--una comunicacin a Roma,
anunciando al General que el hermano Ricardo Baselga ha cedido a la
Compaa toda su fortuna. Ponga usted la comunicacin de modo que sea yo
quien lo firme.

Luego continu, dirigindose al secretario:

--Padre Antonio, saque usted la escritura de cesin de bienes que firm
el hermano Baselga. La enviaremos a Roma junto con la comunicacin, para
que la guarden en el archivo central. All estar ms seguro el
documento.

El padre Claudio crea soar, y cuando vi que el secretario sacaba el
citado documento de un cajn de la mesa, no pudo reprimir una
exclamacin.

Todo lo comprenda. Das antes haba entregado al padre Antonio aquel
documento para que lo enviase a Roma, con una comunicacin en que se
marcaran los grandes trabajos que haba tenido que hacer el padre
Claudio para alcanzar tal triunfo. El secretario le haba hecho
traicin, guardndose el documento para no darle curso. Estaba, sin
duda, en combinacin con el italiano desde mucho antes, y ahora, al
remitir la escritura a Roma, el padre Toms se atribua un servicio de
gran importancia para la Orden, y apareca como autor del negocio, que
l haba preparado tan cuidadosamente a costa de mucho tiempo y no menos
paciencia.

Aquello fu el golpe de gracia para el humillado viejo.

No poda ya con el peso de tanto infortunio, y aquel hombre para quien
la debilidad haba sido siempre desconocida, al pensar que haba estado
trabajando tantos aos en el interior de la familia Baselga para que un
advenedizo gozase el fruto de sus fatigas y se cubriera de gloria en
Roma, sinti que una oleada ardiente suba de su pecho a la cabeza
oprimindole la garganta.

Solloz con fuerza el viejo, y sus lgrimas cayeron sobre el papel sin
que cuidara ya de ocultarlas.

El padre Toms, de pie junto a la mesa, sonrea diablicamente, y hasta
el secretario esta vez crey del caso el levantar la cabeza y hacer un
gesto de admiracin.

Lloraba el terrible jesuta! Bien vala la pena aquel espectculo.




XII

La ltima misa.


Nadie se apercibi de aquel golpe de Estado, perpetrado en el mayor
secreto, como todos los actos que se llevan a cabo en el seno de la
Compaa.

Los padres jesutas residentes en Madrid, siguieron considerando al
padre Claudio como el vicario general de la Orden en Espaa, en vista de
que ste desempeaba, como de costumbre, sus altas funciones.

El exterior macilento y el aire desalentado del padre Claudio no
llamaban la atencin de nadie.

Se presentaba, como siempre, en pblico acompaado de su "socius", el
padre Toms, y nadie, a la vista del aspecto encogido y humilde de ste,
hubiese sospechado que era el verdadero amo, y que cuando los dos se
encerraban en el despacho, el padre Claudio le serva de escribiente y
tena que sufrir rudas reprimendas por su forma de letra, su lentitud en
escribir y aquel cansancio que a causa de la edad le acometa,
entorpeciendo su cabeza y sus miembros.

En la Compaa de Jess no han sido nunca raros espectculos de esta
clase. El padre Claudio saba que muchsimas veces el que haba
aparecido como director no era ms que el criado del ms humilde
jesuta; pero esto no le haca sufrir con paciencia tales humillaciones
y juzgaba insoportable por ms tiempo la comedia que vena
representando.

No transcurra da sin que sufriera los ms agudos tormentos morales.
Cada vez que algn inferior vena a consultarle, o que reciba las
muestras de cario y respeto propias de su cargo, no poda evitar el
volverse con movimiento instintivo a su terrible "socius", que
contemplaba impasible aquella farsa por l ordenada.

El pensamiento del padre Claudio siempre era el mismo. Cmo se reira
el maldito al considerar la irrisoria autoridad de aquel que momentos
despus le serva de amanuense! Qu carcajadas sonaran en el interior
del padre Toms al ver a su amanuense dar rdenes y amonestar a los
inferiores, fingiendo una autoridad que ya haba huido de l para
siempre!

La eterna presencia del italiano, que ahora no le dejaba solo ni un
momento, era para el padre Claudio el peor de los tormentos, por lo
mismo que equivala a una burla perpetua. Aquello era querer que hiciese
rer a sabiendas el mismo hombre cuyo fruncimiento de cejas aterrorizaba
algunos das antes.

Si iban por la calle, importantes personajes saludaban al padre Claudio
con todo el respeto rastrero que los polticos de oficio demuestran a
los que tienen el favor real. A veces, al ocurrir esto, el padre
Claudio, a pesar de su dolor, no poda evitar una sonrisa de amarga
irona. El haba derribado ministerios, creado personajes de la nada; el
mundo le tena an por muy poderoso y, sin embargo, la vspera, por
ejemplo, el padre Toms, en su despacho, le haba llamado canalla y
miserable por haber empezado tres veces la misma comunicacin a causa de
su falta de pulso.

Si sus enemigos se haban propuesto castigarlo sometindolo a un
martirio lento e inacabable, saban bien lo que se hacan, pues era
imposible tortura mayor que la que sufra.

Su punto vulnerable era el orgullo y ste era el sentimiento que ms
sufra en aquella extraa situacin.

Tan intensa era su tortura, que varias veces estuvo prximo a humillarse
a su verdugo, suplicndole que le castigara con mayor rudeza, pero que
le librara de aquella parodia de autoridad; mas un resto de orgullo le
contuvo y sigui sufriendo en silencio, procurando conservar en su cada
la mayor dignidad posible.

Una certidumbre cruel le agitaba en sus instantes de desaliento.

A pesar del desprecio con que le trataba el padre Toms, obedeciendo sin
duda las rdenes que de Roma le llegaban, l no poda creer que parase
ah la venganza del general.

Grande era la humillacin que le hacan sufrir; pero un hombre como l,
a pesar de su msero estado, todava era temible y el general no deba
contentarse con saber que su rival haba sido convertido en escribiente.

Aquella humillacin la consideraba el padre Claudio como un refinamiento
de crueldad del verdugo antes de decidirse a sacrificar su vctima.

La misma mano que haba aniquilado al padre Corsi no tardara en caer
sobre l, inexorable y aplastante, acabando con su existencia.

Conoca l los procedimientos a que ms aficin mostraba la Compaa
para acabar con sus enemigos, y, seguro de que el pual no lo esgriman
los jesutas en este siglo, procuraba guardarse de los venenos; de
aquella "aqua toffana" que la Compaa haba hecho clebre.

Su apariencia de autoridad le haca ser respetado por todos los
individuos de la Orden, y de aqu que pudiera vivir con relativa
tranquilidad, confiando en la adhesin del hermano cocinero, que
preparaba la comida de su reverencia por sus propias manos.

Por esta parte estaba seguro el padre Claudio de no ser vctima de un
envenenamiento; pero la actitud siempre reservada y fra del padre Toms
le causaba verdadero miedo. Algo ideaba en silencio aquel terrible
enemigo, y el padre Claudio le acechaba, intentando adivinar sus
secretas ideas.

As transcurri algn tiempo, hasta que lleg el da en que la Compaa
acostumbraba a celebrar su fiesta anual en honor de la fundacin de la
Sociedad de Jess.

Revesta tal acto gran solemnidad. En dicho da la casa residencia,
siempre tan ttrica, animbase con una alegra reposada y meliflua, y
una de las fiestas ms notables era la gran misa que se celebraba en la
iglesia perteneciente a la Compaa.

Era el superior de la Orden el encargado de oficiar en dicho acto, y el
padre Claudio, que por espacio de cuarenta aos dijo la misa en tal da,
gozaba mucho en esto, pues poda apreciar cun inmenso era su poder,
viendo reunidos en la iglesia todos los padres y novicios que estaban
por completo a sus rdenes.

Tema que el padre Toms escogiese dicho da para humillarlo,
prohibindole que dijese la misa y demostrando de este modo que era
fingida la autoridad que an ostentaba. Por eso su alegra fu grande
cuando el italiano le dijo en el despacho, la vspera de la fiesta, que
al da siguiente se encargase de celebrar la solemnidad acostumbrada.

A las nueve de la maana estaba ya el padre Claudio en la sacrista de
la iglesia dejndose despojar, con sonrisa bonachona, de su hopalanda y
su bonete, por dos aclitos serviciales que se mostraban impresionados
ante aquel hombre que crean terriblemente poderoso.

Llegaban hasta all, amortiguados por puertas y cortinajes, el sonido
del rgano y los cantos de los tiples en la cercana iglesia; y dentro de
la sacrista, el sacristn y sus ayudantes corran de un lado a otro y
se afanaban por arreglar todos los preparativos de la misa.

Dos padres jesutas charlaban sentados en un rincn, el uno vestido de
sotana y el otro con dalmtica, mientras que un tercero, de pie junto a
la gran mesa de la sacrista, revestase y se dispona a cubrirse con
otra capa de igual clase, extremadamente pesada por la calidad de la
tela y el grueso de los deslumbrantes bordados.

Eran los dos diconos que haban de ayudar al padre Claudio en la misa
mayor.

El viejo jesuta, instintivamente e impulsado por la fuerza de la
costumbre, mir a todos lados para ver si los preparativos estaban
corrientes.

Encima de la mesa y junto al grande y antiguo espejo con marco de oro,
ensuciado por las moscas y estrecho y largo hasta llegar al techo,
estaba en cuidadoso montn toda la ropa sagrada de la misa. El cliz, de
oro fino, estaba a poca distancia, con su purificador, su patena y su
hostia, cubierto todo por el cuadrado de tela igual a la casulla, y sta
acababa de ser tendida por el sacristn sobre la misma mesa,
deslumbrando con sus bordados que representaban varios atributos de la
Pasin de Cristo.

El padre Claudio, satisfecho de aquella inspeccin, se encamin a una
fuentecilla que estaba junto a la puerta de entrada de la sacrista y
comenz a lavarse las manos en aquel sonoro hilillo de agua. Estaba
aquel da de buen humor, pues la fiesta, que tan buenos recuerdos le
haba dejado siempre, consegua disipar por primera vez aquella terrible
tristeza que le haba acometido desde su ruina.

Un jesuta entr en la sacrista.

Era el padre Felipe, aquel robusto confesor de la baronesa de Carrillo,
que cada vez estaba ms fornido y ms imbcil.

--Hola, padre Felipe!--dijo el padre Claudio con la benevolencia que
desde su cada demostraba a todos los humildes--. Cmo est la iglesia?

--Ah, reverendo padre! Presenta un golpe de vista encantador. Est en
ella lo ms selecto de Madrid. Yo he conocido entre las seoras varias
damas de Palacio y ms de treinta condesas y marquesas. Es una fiesta
que dar que hablar y demostrar que todo el mundo est con nosotros.

--Est tambin doa Fernanda, la baronesa?

--S; en primera fila la he visto; junto al presbiterio. Su hermana
Enriqueta no ha podido venir; la pobrecita cada vez se halla peor.

El padre Claudio haba acabado mientras tanto de secarse las manos, y
mascullando una oracin se dirigi a la mesa donde estaban las sagradas
vestiduras para comenzar a revestirse. Los dos aclitos pusironse a su
lado para ayudarle y el sacristn mayor, algo apartado, vigilaba con
mirada atenta aquella operacin.

El padre Felipe fu a conversar con los otros dos jesutas que estaban
sentados a un extremo de la sacrista, y el celebrante comenz a
vestirse.

Cogi el amito, y despus de besar la cruz bordada en su centro, psose
el lienzo sobre la cabeza, y deslizndolo por la espalda hasta rodear el
cuello de su sotana, se at sus cordones a la cintura, despus de lo
cual vistise el alba, signo de pureza, teniendo buen cuidado de
introducrsela por el brazo derecho.

Los aclitos daban vueltas en torno del sacerdote, agachndose, tirando
del alba para que cayese en pliegues naturales y procurando que no
estuviera en unos puntos ms alta que en otros.

Iba a ceirse el cordn que le presentaba el sacristn y que era el
recuerdo de la cuerda con que Jess fu torturado en su Pasin, cuando,
fijando sus ojos en el gran espejo que delante tena, vi cmo entraba
con su habitual cautela el padre Toms.

La presencia de aquel hombre turb la alegra del padre Claudio.
Mostrbase el italiano como siempre, sonriente y humilde; pero el viejo
crey ver en l una expresin diablica de gozo que no haba notado en
los otros das.

El padre Toms finga admirablemente en pblico una subordinacin
absoluta a aquel hombre que slo era su escribiente.

--Reverendo padre--dijo acercndose al padre Claudio--; el templo est
hermossimo. Pocas veces he visto una fiesta tan deslumbrante. Puede
usted estar orgulloso de oficiar ante un concurso de fieles tan
distinguidos. Crea que le envidio el papel que va a desempear.

--Eso mismo pienso yo, padre Toms--dijo mezclndose oficiosamente en la
conversacin el padre Felipe--. Vale la pena oficiar ante gente tan
notable.

Y el sencillote jesuta, sin fijarse en que el padre Claudio estaba
murmurando las oraciones propias del acto de revestirse, psose a
resear por sus nombres todas las damas distinguidas que estaban en la
iglesia y varias veces le distrajo con su charla.

Entr otro jesuta, que era el padre Luis, el famoso orador sagrado
encargado de pronunciar el sermn en aquella festividad.

El orador, convencido de su vala y de su gloria, mostraba en su
conversacin bastante petulancia, y trataba a todos con dulce
benevolencia y cierto aire protector.

No tena prisa, pues an tardara el momento de subir al plpito, pero
vena a ver cmo se revesta el padre Claudio, su maestro y protector
bondadoso, y a fumar un cigarrillo. El predicador no poda callarse, y
pegndose al padre Claudio, con la misma familiaridad que si estuviese
en su despacho, le anunciaba de antemano el xito que iba a alcanzar con
el sermn, y recitaba por adelantado algunos de sus fragmentos, al mismo
tiempo que guiaba un ojo o se interrumpa, diciendo:

--Eh, reverendo padre! Qu le parece a usted este parrafito? Cmo se
quedarn esas tortolitas msticas que vienen a escucharme! Pues y este
parrafillo en que les doy de firme a los pcaros revolucionarios?

Mientras el predicador iba anticipando a entregas su sermn y el simple
padre Felipe le oa con aire de embobado, el padre Toms abordaba en un
extremo de la habitacin al atribulado sacristn, que, aturdido por
aquellos preparativos extraordinarios, iba de un punto a otro sin saber
qu hacerse.

--Qu, querido hermano! Est ya todo corriente?

--Creo que s, padre Toms. Si usted supiera cmo tengo la cabeza!...
Esto es cosa de volverse loco. Yo creo que est todo... a ver... El
altar mayor lo han encendido hace ya rato; el misal lo acaban de llevar
los muchachos; los dos ayudantes se han revestido ya; el reverendo
padre lo est haciendo ahora; ah est el cliz, ahora... qu ms puede
faltar?

El padre Toms sonri con cierta sorna:

--Y las vinajeras, desgraciado? Y las vinajeras?

El sacristn hizo un movimiento de retroceso y se golpe la frente con
las dos manos, con la misma expresin de desaliento del inventor que
descubre un defecto capital en la obra que crea perfecta.

--Virgen santsima!--balbuce quedo, como si no quisiera que nadie se
enterara de su descuido--. Es verdad. He olvidado las vinajeras! Qu
descuido! Gracias, padre Toms; muchas gracias. A no ser por usted,
hubiese cometido una majadera.

Y se abalanz a un pequeo armario, de donde sac unas vinajeras de rico
cristal tallado, montadas sobre un armazn de plata antigua
artsticamente labrada.

Llen una en el hilillo de agua de la fuente; destap despus una gran
botella que estaba en el mismo armario, y verti en la otra redomilla un
chorro de vino que se transparentaba con reflejos opalinos, y cada
produciendo un delicioso "glu-glu". Sac de un cajn un lavamanos limpio
y cuidadosamente planchado, psolo entre las vinajeras y fu a salir por
el obscuro pasadizo que desde la sacrista conduca al altar mayor.

El padre Toms detuvo por la manga al azorado sacristn:

--Adnde va usted, hermano? Qudese aqu, donde es necesaria su
presencia, y as nadie reparar en su olvido. Yo me encargar de llevar
las vinajeras al altar.

El sacristn, no sabiendo cmo agradecer al italiano su bondad, lanzle
una tierna mirada, y el padre Toms desapareci en el obscuro corredor
llevando las vinajeras.

Nadie se apercibi de aquello en la sacrista. Los dos ayudantes de la
misa y el otro jesuta discutan en el extremo opuesto, de espaldas al
lugar donde haban hablado el italiano y el sacristn, y en cuanto al
padre Claudio, no haba visto nada, ocupado como estaba en arreglarse la
pesada casulla y en escuchar al padre Luis, cada una de cuyas palabras
asombraba y enterneca al robusto padre Felipe.

Lleg el momento de comenzar la misa, y el celebrante y sus dos
ayudantes entraron uno tras otro en el obscuro pasadizo, precedidos del
sacristn y los aclitos. El padre Claudio, sujetando el cliz con la
mano izquierda y apoyando en la tapa del mismo su derecha, iba rezando
oraciones.

El padre Felipe se qued en la sacrista para acompaar al vivaracho
orador, que segua fumando su cigarro y haciendo comentarios sobre el
efecto que iba a causar su sermn.

Aparecieron el celebrante y sus dos ayudantes al son de una marcha
triunfal que entonaba el rgano, y en la vasta nave conmovise aquella
grey devota y aristocrtica, que, sudando, cuchicheando a media voz y
agitando el abanico aguardaba con la misma curiosidad expectante que en
el Real las noches del dbut.

Comenz la misa y los fieles se mostraron muy atentos a los cantos que
salan del coro, reconociendo interiormente que los jesutas saban
hacer las cosas muy bien y que aquella capilla de msica era de lo ms
notable que poda orse en Madrid.

El sagrado simulacro del drama en que Jess fu protagonista deslizse
sin incidente alguno hasta que lleg el momento del sermn.

Los tres oficiantes sentronse en ricos sillones, e inmediatamente la
msica rompi a tocar una graciosa marcha, que haca mover
instintivamente los lindos pies a la mayor parte de las aristocrticas
damas que ocupaban la nave.

Era la seal de que el predicador iba a salir, y no tard en aparecer en
el altar mayor el padre Luis, con roquete de deslumbrante blancura,
graciosamente rizado y encaonado.

Avanz el orador con el aspecto meditabundo y teatral, propio de esos
retratos en que se representa a los grandes artistas en el momento de
recibir la inspiracin; se arrodill a los pies del padre Claudio para
que lo bendijese, e inmediatamente desapareci precedido de aclitos y
sacristanes, para surgir al poco rato sobre el plpito, siempre al son
de la misma musiquilla.

El pblico no haba cesado de moverse. Las seoras se acomodaban en sus
asientos para or mejor, los hombres se agolpaban en los puntos de la
iglesia que tenan condiciones acsticas favorables, y todos se
preparaban a gozar con la palabra divina de aquel jesuta, a quien los
peridicos del gremio llamaban el San Bernardo de la poca.

Ces la msica, y el orador, despus de algunas actitudes teatrales que
tenan por objeto poner de relieve el perfil de su cabeza artstica,
comenz a hablar.

Bien conoca el padre Luis su pblico, y no se equivocaba al anunciar
que tendra un xito. Su sermn hizo delirar de entusiasmo, durante una
hora, a todos los oyentes, que por poco no aplaudieron la mayor parte de
sus pasajes.

La oracin se circunscribi a la festividad que se conmemoraba; pero
slo el padre Luis era capaz de sacar tanto jugo al tema. Habl,
haciendo prrafos inmensos que redondeaba con atropelladas imgenes, tan
ruidosas, esplendentes y vacas como los cohetes voladores que
deslumbran durante un instante y se remontan para caer despus
chamuscados e inertes.

Los oyentes sacaban de todo el discurso la lgica consecuencia de que
San Ignacio haba sido el hombre ms eminente del mundo, y la Compaa
de Jess la institucin ms benfica y til a la humanidad que haban
podido soar los hombres.

San Ignacio, como santo, era el que segua a Jess en la corte
celestial, y an haca el orador ciertas reservas y apartes que daban a
entender su convencimiento ntimo de que con el tiempo, el de Loyola
poda muy bien ocupar el puesto de Dios hijo. Como hombre, el fundador
de la Compaa de Jess, era segn el orador, el cerebro ms potente, el
sabio ms asombroso que haba surgido en la humanidad desde que exista
el mundo. A su lado, desde Aristteles y Arqumedes hasta Franklin y el
contemporneo Edisson, todos los sabios resultaban nios de teta, y no
haba uno que pudiera compararse con el que haba ideado la negra
milicia de Jess.

Y despus de la apologa del santo, del relato de sus aventuras msticas
y de sus locuras de caballero andante, qu pintura tan conmovedora de
la fundacin y vicisitudes de la Compaa! La comunin de Montmartre,
aquella maana en que Ignacio, tan desconocido como sus humildes
compaeros, de rodillas en la cima del monte que domina a Pars, juraban
ante la Virgen constituir la sociedad de Jess; el rpido crecimiento de
la Orden; los grandes servicios que prest aconsejando a los reyes de
Francia el degello de la noche de San Bartolom y a los de Espaa que
favoreciesen la Inquisicin, para que sta quemase muchos herejes; la
paternal autoridad de los jesutas en Amrica, que convertan el
Paraguay en un paraso; la ruda campaa de los filsofos enciclopedistas
contra la Compaa; la ceguera de ciertos monarcas al expulsar a los
hijos de Loyola de sus dominios; la resurreccin vigorosa y esplendente
de la Orden a principios de siglo y su brillante situacin actual, todo
surga admirablemente descrito en aquel discurso, envuelto en dorada
vestidura de arrebatadoras imgenes y matizado con inflexiones de voz y
ademanes elegantes, que conmovan hasta en lo ms recndito las entraas
de aquellas devotas.

Luego vino la parte de actualidad que aun resultaba ms agradable para
aquel concurso privilegiado. Oh! El infierno iba suelto por el mundo;
el diablo haca de las suyas; la revolucin surga, amenazando destruir
todo lo existente; pero no haba que temer mientras la Compaa de Jess
permaneciese en pie. La milicia de Cristo sera el baluarte donde se
estrellaran todas las impiedades del siglo, pero para que el xito
fuese completo, haba que ayudar a la Orden en su resistencia. Y el
orador, dando esto por sentado, excitaba a aquel auditorio rico y
poderoso con frases indirectas, cuyo verdadero significado era:
Odebecednos, servidnos como instrumentos, y no nos escaseis vuestro
dinero, que todo ser para la mayor gloria de Dios y para evitar que el
pueblo, despertndose, reconozca la farsa y acabe con vosotros.

El auditorio iba ascendiendo rpidamente la escala del entusiasmo, y con
los ojos fijos en el orador y la expresin de anhelante curiosidad, le
segua en la carrera de su discurso, accidentada, pero siempre florida.

En cuanto a los jesutas que ocupaban el presbiterio, formando un
apretado haz de negras sotanas, no le oan con tan extremada expresin
de entusiasmo, pero tenan en sus labios una angelical sonrisa y
acariciaban con su mirada al compaero, que tan hbil era para conmover
a aquella clase que el padre Claudio, en la intimidad y en sus momentos
de buen humor, llamaba siempre "papanatas aristcratas".

El viejo jesuta, ocupando con su desbordada obesidad todo el gran
silln, y muy molestado por el peso de aquella rica casulla que le haca
sudar, escuchaba el sermn con cierta complacencia. Todas las frases del
orador le resultaban lugares comunes sin ningn inters, pero le
complaca el considerar que aquel hombre admirable era su discpulo, y
que algunas de las palabras que ms efecto causaban las haba aprendido
el predicador de su antiguo maestro.

Aquel sermn, era para el padre Claudio, como un lindo espejo en el cual
se contemplaba, encontrndose rejuvenecido.

A pesar de esto, fastidibase en algunos momentos de la longitud del
sermn que tanto gustaba al pblico, y molestado, adems, por las
vestiduras y el calor, buscaba el entretenerse paseando su vista por
aquella concurrencia, en la que encontraba un sinnmero de caras
conocidas.

Vi en primera fila a la baronesa de Carrillo, llorosa y conmovida por
la elocuencia del predicador, como la mayor parte de las damas, que
tenan vueltos los ojos al plpito.

Todos miraban al padre Luis, cada vez ms magnfico y arrebatador;
todos... menos el padre Toms, pues el viejo jesuta, al fijar varias
veces su mirada en el grupo que formaban los padres ms importantes, vi
siempre que el padre italiano tena los ojos en l, con una expresin
que al padre Claudio, sin saber por qu, le pareca poco
tranquilizadora.

Ya no atendi el celebrante al sermn, preocupado por aquellas extraas
miradas del italiano, y entregado a conjeturas y sospechas, pas el
tiempo hasta que el padre Luis termin su discurso.

Cuando se apag el murmullo de las tres avemaras que los oyentes
rezaron a la Virgen por consejo del predicador, reanudse la misa con
gran contentamiento del padre Claudio, que derecho y movindose, no
sufra tantas molestias como en el mullido silln.

La capilla de msica volvi a llenar el espacio del templo con
celestiales armonas, y el pblico, fatigado por el excesivo entusiasmo
que el sermn le haba producido, segua ahora la marcha de la misa con
completo recogimiento.

Lleg el instante recordatorio de la consumacin del divino sacrificio,
y el padre Claudio elev la hostia a los acordes de la Marcha Real. El
cliz de oro, haba sido llenado a su tiempo con el contenido de las
vinajeras, por el encargado de todo el servicio de la mesa.

El celebrante bebi tres veces la preciosa sangre que contena la urea
copa, sin apartar los labios del borde y cuidndose, como es regla, de
consumir hasta la ltima gota del lquido.

Al beber el padre Claudio, no pudo evitar un pequeo gesto de
repugnancia. Su fro paladar encontraba algo de extrao y acre en aquel
vino sagrado, que l cuidaba siempre que fuese de agradable gusto, pues
no era muy aficionado a bebidas alcohlicas.

Pero esta impresin pas inmediatamente. El padre Claudio justificaba la
extraeza de su paladar. Acostumbraba a no beber vino en las comidas, y
como por sus importantes negocios le haba dispensado el Papa de decir
misa obligatoriamente, haca mucho tiempo que no consumaba el divino
sacrificio, y haba, por tanto, perdido la costumbre.

Poco faltaba ya para que la misa terminase, de lo que se alegraba
bastante el viejo jesuta.

No estaba l ya para fiestas como aqulla. La rica casulla le molestaba
con su peso, y el calor y el humo de los cirios le mareaban hasta
producirle nuseas.

Era, sin duda, por el afn de terminar por el que el padre Claudio se
senta ms ligero y vigoroso conforme avanzaba el tiempo.

Pareca circular por sus venas una sangre nueva y extremadamente
ardiente, y al mismo tiempo que se senta con mayor vigor, comenzaba a
experimentar amagos de vahidos y le pareca que el altar, los que le
rodeaban y el inmenso auditorio iban de un momento a otro a agitarse en
fantstica contradanza.

El padre Claudio tambin se explicaba aquello y se deca interiormente:

--Estoy ebrio. Ese vinillo es demasiado fuerte y se me ha subido a la
cabeza.

Y ebrio deba de estar, porque en ciertos momentos se tambaleaba
ligeramente, y a pesar del excesivo calor que senta en su cuerpo, las
piernas se negaban a obedecerle.

Haca esfuerzos para que nadie notara su estado y recitaba sus oraciones
con voz confusa, procurando que no se fijaran en su lengua, cada vez ms
torpe y estropajosa.

A costa de grandes esfuerzos lleg al final de la misa, y cuando,
volvindose a los fieles, hubo de entonar el "Ite, misa est", sali de
su garganta una voz ronca, tan estridente y extraa, que l mismo se
asust.

Slo con gran esfuerzo de los pulmones pudo entonar tales palabras, y
aquella violencia que hizo, le perdi.

Apenas se haba extinguido en las bvedas el eco de su voz, el padre
Claudio tornse densamente plido, llevse las manos al pecho, araando
la rica casulla, y se tambale prximo a caer al suelo.

Por fortuna, acudieron los ms cercanos a l y lo sostuvieron en sus
brazos.

El anciano, con las facciones desencajadas, agitbase en espantosas
contracciones y abra la boca con angustia, como si le faltara aire para
respirar.

Una ola ardiente suba por su garganta, ahogndole, y al fin su boca
arroj un gran golpe de sangre negra e infecta, que cay sobre la rica
casulla, manchando los relucientes bordados con repugnantes arabescos.

El pblico se arremolinaba en la nave, presa de la mayor curiosidad, y
preguntando a voces qu era aquello.

El padre Toms se confundi en el grupo que, con expresin desolada,
rodeaba al padre Claudio.

--Es un ataque--dijo el italiano a los dems jesutas--. Esto era de
esperar. Su reverencia est demasiado gordo para su edad. Que lo lleven
a la cama. Cjanlo ustedes y squenlo por aqu.

Y el padre Toms, abriendo camino a los que conducan en brazos al
enfermo, sali con tanta violencia de aquel apretado grupo, que di con
el codo a las vinajeras, colocadas en una mesa accesoria del altar, y
las derrib al suelo.

Las dos ricas ampollas se hicieron aicos, y el lquido que contenan se
esparci por el suelo, no dejando en l ms que una pequea mancha.




XIII

La agona del padre Claudio.


El padre Claudio se mora.

De esto se hallaban convencidas ya todas las aristocrticas devotas,
que, dejando en la puerta una larga fila de carruajes, entraban en la
portera de la residencia, a enterarse del estado del reverendo padre, e
igual certidumbre abrigaban todos los individuos de la Orden, que, con
aquel inesperado accidente, vean turbada la fiesta solemne, en la que
pensaban los novicios durante todo el ao.

Reinaba en la casa de la Orden ese mismo silencio de las viviendas
donde lucha con la muerte alguna persona importante.

Los novicios y los hermanos permanecan en sus celdas, y si se vean
obligados a salir de ellas, iban por los corredores con paso precipitado
y leve, deslizndose como fantasmas. Las campanas del templo no
volteaban alegremente como en otros aos para conmemorar la festividad,
y los padres de importancia, entre los cuales se hallaba el padre Toms,
estaban reunidos en un aula, comentando el suceso, y haciendo votos
porque recobrase la salud el reverendo padre, a quien todos manifestaban
un cario sin lmites desde que lo vean prximo a la tumba.

La noticia de lo ocurrido haba circulado rpidamente por Madrid, y toda
la aristocracia mostrbase conmovida por la prxima muerte de aquel
hombre, que, durante cuarenta aos, la haba dirigido con sus consejos,
siendo en ocasiones adusto amigo y en otras bondadoso protector.

Las clases privilegiadas hacan una verdadera manifestacin con motivo
del triste suceso, yendo en persona a enterarse del estado del enfermo o
enviando a sus criados, y hasta el gentilhombre de servicio en Palacio
entr en la portera de la residencia para preguntar en nombre de Sus
Majestades cmo segua el enfermo.

No poda quejarse el padre Claudio. Mora envenenado, vencido por sus
enemigos y con la rabia que le produca el pensar que el crimen quedara
en el ms absoluto secreto, pero al menos poda servirle de consuelo
aquel aparato de dolor pblico que rodeaba sus ltimas horas, y que
proporcionaba a la Compaa el placer de apreciar, por sus propios ojos,
el gran prestigio que tena an sobre la clase aristocrtica.

Triste cada la del padre Claudio, a pesar de tantos honores. Nunca
haba llegado a imaginarse l, aun en los instantes de mayor pesimismo,
que pudiera perecer de un modo tan sencillo y traicionero.

Morir en medio de una conmocin popular, sacrificado por el odio de los
enemigos de la Compaa, le hubiera gustado en su vejez, pues as
abandonaba el mundo rodeado de la aureola del martirio y dando a su
nombre cierta notoriedad; pero caer en la tumba, vctima, en apariencia,
de una lesin interior y en realidad asesinado por el padre Toms,
agente de sus mortales contrarios de Roma, amargaba los ltimos
momentos de su existencia con la ms iracunda de las indignaciones.

Lo que haca llegar su ira al perodo lgido, eran las precauciones de
que le rodeaban los asesinos para evitar que el crimen pudiera
traslucirse.

Desde que le condujeron del altar mayor a una de las mejores celdas de
la casa, no se haba apartado de su lado el padre Antonio, aquel
miserable ingrato que abandonaba al cado para convertirse en esclavo
del victorioso, y que, a merced por completo del italiano, estaba all,
a pocos pasos de l, sentado junto a la cama, procurando, con la excusa
de cuidarle, que nadie se acercara al enfermo ni recogiera las
confidencias que pudiera hacer.

El padre Claudio, tendido en aquella gran cama, desesperbase al pensar
en su situacin. Senta en todos sus miembros una terrible languidez que
iba en aumento y que apenas le permita moverse. Su lengua, aunque torpe
todava, estaba expedita para hablar; pero de que poda servirle esto,
si sus asesinos haban hecho el vaco en torno de l y slo entraban en
la celda aquellos que por hechos pasados le odiaban, y a los que
seguramente tenia ya el padre Toms a merced de su voluntad?

La habilidad que sus enemigos haban demostrado para librarse de l, y
amargar sus ltimos instantes con un completo aislamiento, an
contribua a aumentar su desesperacin. Reconoca, mal de su grado, que
eran ms astutos que l, y este convencimiento de su superioridad, le
empequeeca y degradaba, hiriendo su orgullo, que hasta en tan supremos
momentos era su pasin dominante.

Convencido de su debilidad y de que era intil toda defensa, el padre
Claudio se haba dispuesto a morir con el estoicismo de uno de aquellos
romanos que al ver levantada la espada homicida, se cubra la cabeza con
el manto. Tena cerrados los ojos, y si alguna vez los abra, era para
lanzar una mirada de fiero odio al padre Antonio, que en vista de la
inutilidad de sus cariosas e hipcritas palabras, lea atentamente en
un pequeo libro de interminables oraciones en bien del alma del
enfermo.

Una sola esperanza haba acariciado el padre Claudio desde que se
hallaba tendido en aquella cama. Al or que iban a llamar al doctor
Pelez, el mdico a quien tanto haba protegido, experiment gran
alegra. Aquel hombre le salvara de la muerte si an era tiempo, o
cuando no, sera depositario de su secreto; pues a l podra revelarle
que haba sido envenenado con el vino de la misa, cuyo sabor
desagradable ya causle bastante extraeza.

Pero apenas el doctor entr en la celda desvanecironse las esperanzas
del padre Claudio.

Posea ste el arte de adivinar al primer golpe de vista los
pensamientos de los hombres que le eran familiares, y acert en esta
ocasin.

El doctor Pelez, antes de entrar en la celda, haba hablado largamente
con el padre Toms y saba que ste era la nica autoridad y que a l
slo deba obedecer.

No necesitaba saber ms el doctor Pelez para ser en adelante un
autmata del italiano, como lo haba sido del padre Claudio.

El enfermo se abstuvo de hacerle ninguna revelacin Para qu? Estaba ya
juzgada la honradez de un mdico que le examinaba con fingida atencin y
que deca que aquella enfermedad era un derrame interno producido a
consecuencia de un violento esfuerzo.

Intent el padre Claudio darle a entender con expresiones indirectas que
bien poda ser vctima de un envenenamiento, y el doctor mir al padre
Antonio de un modo, que pareca decir:

--El padre Claudio est delirando.

Despus de esta terrible decepcin, al viejo slo le restaba entregarse
a sus desesperados pensamientos y morir.

Una resignacin horrible se apoderaba de l.

--Muere--se deca--. Murete como un perro viejo. Tus enemigos han sido
ms listos que t. Les retaste sin medir bien tus fuerzas; sufre ahora
la consecuencia. Cuando se es ya una ruina, como yo lo soy, resulta una
petulancia desafiar a la gente vigorosa. He sido siempre muy afortunado:
alguna vez haba de perder. A morir, viejo! A morir, abandonado de
todos, rabiando, y sin tener el consuelo de vengarse de los enemigos.
Vamos hacia la tumba para dar gusto al padre general.

Y el enfermo, convencido de su debilidad, haca esfuerzos por resignarse
con su suerte.

No era l como la mayora de los enfermos, que asustados por la
proximidad de la muerte, no creen en ella y se hacen ilusiones sobre un
prximo restablecimiento.

El saba que iba a morir. Senta que el veneno minaba rpidamente su
organismo, y, aunque no experimentaba los dolores y espantosas
convulsiones del primer momento, notaba que su fuerza vital se
desvaneca y que la muerte se aproximaba rpidamente.

Al anochecer, su dolencia se agravaba, y el enfermo vea ya inmediato el
fin de su existencia.

Por un fenmeno extrao, el padre Claudio gozaba de gran lucidez para
recordar su vida pasada y todos los hechos principales surgan en su
memoria, claros y precisos, hasta el punto de causarle agudos tormentos
morales.

Las familias que haba trastornado con sus intrigas; las persecuciones
polticas que haba organizado; los hombres que estaban en presidio o en
la tumba por su culpa; y, sobre todo, el infeliz conde de Baselga, su
ltima vctima, desfilaban por su memoria, causndole una tortura moral
mil veces peor que aquellos espantosos dolores que la intoxicacin le
produjo en los primeros momentos.

Y no es que el padre Claudio estuviera arrepentido sinceramente de sus
hazaas, por lo que stas tenan de perversidad. Hombres como l no se
arrepentan ni deploraban los hechos que ya estaban consumados; pero
senta una rabia sin lmites al pensar que haba causado tanto dao en
el mundo, que haba trado sobre su cabeza tantos odios y tantos
crmenes, todo en provecho de aquella Compaa y de aquel hombre que
estaba en Roma, y que pagaba sus servicios con un poco de veneno.

El enfermo senta la decepcin horrible y desconsoladora del enamorado
de la gloria, que pasa trabajando toda su existencia, y en los ltimos
instantes se convence de que su actividad ha sido intil y de que su
nombre se hunde en el mayor olvido.

Pero cuando el padre Claudio pensaba as, una idea, hija de su orgullo,
vena a consolarle.

Le teman mucho los ambiciosos de la Orden; el padre general y los suyos
le tenan miedo, y buena prueba de ello era que haban aprovechado la
primera ocasin propicia para librarse de l.

Su vida les estorbaba y haban de procurar extinguirla cuanto antes,
robndola hasta los ltimos minutos. Ah! Si se pusiera al alcance de
sus uas aquel sicario italiano, enviado por el general para acabar con
su vida!

Tan convencido estaba el padre Claudio de que sus enemigos tenan
impaciencia por deshacerse de l, que hasta lleg a pensar que el veneno
que circulaba por su cuerpo les pareca escaso, y que todava, por medio
del engao, procuraran hacerle tragar nuevas dosis.

Por esto se neg a tomar las medicinas que por pura frmula haba
recetado el doctor Pelez. Este era ya un autmata del padre Toms, y
poda haber recetado algo que acelerase an la marcha de aquella vida
que se escapaba.

El padre Claudio, apretando los dientes, adelantando las trmulas y
vacilantes manos, se opuso a tomar los lquidos que le ofreca su
antiguo secretario, al que miraba con ojos que causaban gran turbacin
en el padre Antonio, no obstante su impasibilidad caracterstica.

A pesar de que avanzaba la destruccin que el veneno iba operando en
aquel organismo, eran menos frecuentes los vmitos de sangre, que
dificultaban que al enfermo pudieran darle la comunin.

Esto era lo que discutan con gran calor en el aula donde se hallaban
reunidos los padres ms graves de la Compaa.

El padre Claudio no poda irse al otro mundo como un pagano, sin los
ltimos consuelos de la religin proporcionados con todo el aparato que
exiga su elevada personalidad.

Los frecuentes vmitos dificultaban la administracin del Vitico al
enfermo, y por esto aquel consejo de respetables jesutas esperaba que
cediese un tanto el derrame sanguneo, para proporcionar al doliente
aquel ltimo consuelo.

Como si aquellos jesutas tuviesen el instinto de adivinar de parte de
quin estaba la autoridad, desde que el padre Claudio haba cado
enfermo, todos respetaban y obedecan a su "socius", el padre Toms,
quien daba rdenes con una expresin que no permita la menor rplica.

A l fu a quien envi el padre Antonio el recado de que el enfermo
acababa de experimentar una momentnea mejora y que ya no arrojaba
sangre, e inmediatamente se dispuso el Vitico con todo el aparato que
se reserva para los padres de importancia.

Era al anochecer. El horizonte estaba teido por las ltimas fajas
amarillentas y rojizas de la puesta del sol y las sombras del crepsculo
iban invadiendo la tierra, envolvindolo todo en fnebre melancola.

Las campanas de la iglesia comenzaron a sonar con toques lentos y
tristes y en el interior de la residencia circularon rdenes que
pusieron a toda la comunidad en movimiento.

Novicios y padres abandonaron sus celdas para bajar a la iglesia, y en
la sacrista, invadida por las sombras, comenzaron a chisporrotear los
blandones encendidos que se repartan entre los dispuestos a formar la
comitiva.

El padre Claudio no tard en apercibirse de este movimiento.

Dominado por la rabia que le produca aquel fnebre desenlace, estaba
inerte en el lecho como si ya hubiese muerto.

La presencia de su antiguo secretario agravaba su malestar, y, sin duda
por esto, gustbale permanecer envuelto en la espesa oscuridad que el
crepsculo esparca por la habitacin.

La sombra, privndole de la vista, pareca calmarle; pero ni aun este
consuelo pudo gozar, pues el padre Antonio encendi dos velas ante un
crucifijo que estaba inmediato a la cama.

--Reverendo padre--le dijo el secretario con tono hipcrita mientras
encenda las velas--. Aunque no est usted prximo a la muerte y hay
esperanzas de salvacin, la comunidad ha dispuesto administrarle el
Vitico con toda la pompa que usted merece. Un buen cristiano debe estar
dispuesto a recibir al Seor aun en las ms leves enfermedades. Conviene
precaverse para un caso inesperado.

El padre Claudio no contest, pero hizo un gesto de desesperacin, al
mismo tiempo que se deca interiormente:

--Un tormento ms.

Y bien fuese por esta contrariedad, o porque el txico obrara con ms
fuerzas, sinti que volvan a martirizar su pecho aquellos agudos y
espeluznantes dolores experimentados en el primer instante del
envenenamiento.

Aquella recrudescencia del dolor contrariaba al padre Claudio. El quera
vivir aunque slo fuese por unas cuantas horas; ansiaba conservar limpia
su inteligencia y expedita su palabra para romper el espantoso vaco en
que sus enemigos le haban arrojado despus del crimen. Subira la
comunidad a aquella habitacin acompaando al sacerdote encargado de
administrarle el Vitico y entonces l hara revelaciones en voz alta y
acusara al padre Toms y a su antiguo secretario del envenenamiento de
que era vctima.

Saba que esto no llegara a producir ningn resultado, y que los
criminales quedaran sin castigo, pues la revelacin se guardara en
secreto en la comunidad, no trascendiendo fuera de ella; pero al menos
l experimentara el consuelo de morir, despus de hacer saber a todos
los de la casa, grandes y pequeos, padres y novicios, que el padre
Claudio no haba bajado a la tumba por muerte natural, sino envenenado
por gentes que le teman, sin duda a causa de su grandeza y su poder.

No encontraba el enfermo ningn inconveniente para hacer tal revelacin.
El padre Toms se quedara confundido entre la comunidad, pues aunque el
padre Claudio le tena por un bandido sin conciencia, no le crea capaz
de ponerse enfrente de su vctima.

Ansiaba el enfermo que llegase el momento del Vitico, y su deseo no
tard en realizarse.

Las campanas comenzaron a sonar con mayor insistencia que antes, y sus
sones melanclicos llegaban tan amortiguados a la fnebre habitacin,
que parecan salir de un campanario de ultratumba.

El padre Antonio segua leyendo a la luz de los cirios, en su libro de
oraciones, y nicamente se distrajo al or, aunque lejano, el ruido
producido por un tropel de gente que caminaba lenta y acompasadamente.

La ventana de la celda, situada en el primer piso, daba al gran patio de
la residencia, donde estaban los claustros, y sus cristales reflejaron
un sinnmero de cirios que iban pasando lentamente.

Era la procesin que comenzaba a salir de la iglesia por la bveda que
pona en comunicacin el templo y la residencia.

Una campanilla de argentina voz son tres veces e inmediatamente estall
un concierto de voces varoniles, foscas, compungidas y quejumbrosas, que
recordaban las procesiones de esqueletos de las leyendas fantsticas.

El canto se arrastraba lento, montono y con una expresin fnebre que
infunda pavor.

--_Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam._

El padre Claudio conoca bien aquel canto, lo haba entonado muchas
veces con bastante indiferencia, marchando al frente de toda la
comunidad, hacia la celda de algn compaero moribundo; pero en
circunstancias tan terribles como las presentes, con aquel
acompaamiento de lejanas y plaideras campanas, prximo a una muerte a
que le haban arrojado traidoramente y sin esperanzas de ser vengado,
aquellas voces le produjeron un escalofro de terror.

Quiso evitarse aquel espectculo fnebre, sinti tentaciones de escapar
de all y aun intent incorporarse en la cama; pero fu intil, pues su
cuerpo era ya un tronco inerte que no poda hacer el menor movimiento.

El padre Claudio, enclavado en aquel lecho de dolor, haba de apurar
todo el cliz de amargura y sufrir el tormento de escuchar, hasta en sus
menores detalles, la lenta marcha hacia su cama de aquella fnebre
comitiva que vena a anunciarle cmo la tumba estaba ya abierta.

La escalera se hallaba prxima a la celda y desde la cama oase el rumor
de pasos de toda aquella gente que comenzaba a subir con desesperante
lentitud.

Otra vez estall el mortuorio canto; otra vez las agudas y desagradables
voces de los novicios y las roncas y graves de los padres conmovieron el
espado con los sonoros y desgarradores versculos:

--_Et secundum multitudinem miserationum tuarum dele iniquitatem meam_.

El padre Claudio estaba anonadado por aquel canto. Oh! S que saban,
en aquella casa, hacer las cosas con aparato; pero al enfermo no le
hacan gracia los ltimos honores que le rendan, y ms hubiera
apreciado que le dejasen morir en un rincn, con el rostro vuelto a la
pared, pero al menos tranquilo y entregado a sus pensamientos.

Lo nico que le consolaba era que pronto tendra ocasin de
desenmascarar a sus asesinos en presencia de toda la comunidad, y por
esto an le desesperaba ms aquella lentitud y los cantos que entonaba
la comitiva deteniendo su marcha.

Aun resonaban en la escalera varias estrofas, hasta que por fin sonaron
los primeros pasos de la comitiva en la galera, en cuyo fondo estaba la
puerta de la habitacin.

Esta se hallaba cerrada y por bajo de ella iba marcndose una ancha
lnea roja producida por el tropel de luces que lentamente iban
acercndose.

La cama estaba colocada frente a la puerta, y el padre Claudio, con la
mirada estpidamente fija en aquella lnea de luz, iba viendo cmo
aumentaba en intensidad, conforme se oan ms cercanos los innumerables
pasos de la procesin.

Se abri la puerta, y lo primero que entr por ella junto con un
torrente de roja y luminosa luz, fu el lgubre campaneo de la torre y
otro estallido de horripilantes voces que cantaban la ltima estrofa:

--_Ne projicias me a facie tua; et spiritum sanctum tuum ne auferas a
me_.

El padre Claudio levant cuanto pudo la cabeza y mir.

Desde la puerta al extremo de la galera, extendase en dos grandes
filas con blandones en las manos toda la comunidad, con las cabezas
bajas, el aspecto encogido rebosando un dolor, hipcrita y el labio
agitado por el terrible canto.

En el fondo, y casi confundido por el humo de los cirios, erguase un
sacerdote que llevaba en la mano el santo copn y a su lado otro
sacerdote con el hisopo, la campanilla y todos los dems tiles
necesarios para el acto.

Sobre el fondo oscuro de la galera, aquellos blandones que llenaban el
espacio de ms humo que luz colorando con tintas rojizas la doble fila
de sotanas y aquellos rostros desmayados e inmviles con los ojos fijos
en el suelo, daban a la escena el aspecto interesante y aterrador de un
drama inquisitorial.

El padre Antonio se dirigi a la puerta, y el enfermo, al ver lo que
haca, no pudo reprimir un movimiento de indignacin y sorpresa. Ah,
traidor! Recomendaba a los jesutas ms prximos a la puerta que no
entrasen en la habitacin, pues con el humo de sus hachones podan
causar molestias al enfermo.

Aquel miserable pareca haber adivinado la intencin del padre Claudio,
y saba evitar sus revelaciones comprometedoras.

Otra sorpresa an ms dolorosa le faltaba experimentar al enfermo.

Las dos filas de sotanas pusironse de rodillas y el sacerdote encargado
del Vitico avanz seguido del que le serva de sacristn.

Maldicin! Estaba an lejos de la puerta, cuando ya el padre Claudio
haba adivinado en l, por su alta estatura y su modo de andar, al
terrible italiano. No quera, sin duda, abandonar su vctima hasta el
ltimo instante, y saba evitar su comunicacin con los extraos al
terrible negocio. Quien le serva de sacristn era el padre Felipe,
aquel imbcil incapaz de discernimiento, y que adems guardaba cierto
rencor al enfermo por la falta de miramientos con que siempre le haba
tratado.

El padre Claudio perdi la esperanza, contemplando aquellas dos filas de
autmatas arrodillados en la galera. En aquellos momentos encontraba
demasiado perfectas la organizacin y disciplina de la Compaa. Era
intil que hablase. Aquellos hombres tenan odos, pero no oiran;
porque el secreto que iba a revelarles era demasiado grave, y en la
Compaa se prefiere ser sordo, mudo o imbcil, a poseer historias que
molesten a los superiores en su prestigio.

Adems, el enfermo no se senta con fuerzas para dar un escndalo. La
audacia y la habilidad de sus enemigos, que parecan adivinar todos sus
clculos, haba llegado a intimidarle, y hacan an mayor su debilidad.

El enfermo estaba ya resuelto a morir; pero como ltima protesta se
propuso no tomar la hostia de tales manos. Discurra con torpeza, pero
pensaba que la hostia bien poda ser un nuevo veneno que le daban para,
acelerar su muerte. Crea el infeliz que no era suficiente el txico
que circulaba por sus venas y que iba extinguiendo rpidamente su fuerza
vital!

Entr el padre Toms en la celda, y tomando el hisopo de manos de su
compaero, roci el lecho con agua bendita murmurando el _Asperges me
Domine hissopo et mundabor_ etc.

Despus el italiano se coloc cerca de la cabeza del enfermo y a su lado
el padre Antonio, formando con sus cuerpos una muralla que impeda a los
que estaban fuera ver al enfermo.

Queran aislar al padre Claudio por si intentaba hacer alguna protesta;
pero el infeliz no se senta con fuerzas para hablar, y se limit a
lanzar una intensa mirada al padre Toms.

Sus ojos de moribundo clavronse con tal expresin en el rostro del
italiano, que ste, a pesar de su cnica serenidad, no pudo menos de
inmutarse, y volvi la cabeza, huyendo de aquella mirada que le
persegua.

El odio ms feroz, la rabia ms inmensa, asombanse como una extraa luz
a aquellos ojos que comenzaba ya a empaar la muerte.

El padre Toms senta deseos de acabar, mas para recobrar su serenidad,
dijo con su habitual audacia:

--Cmo se siente usted, reverendo padre? Animo, que esto no es nada.

El padre Claudio se asombr oyendo aquellas cnicas palabras y en el
primer instante intent protestar.

--Ca... na... llas!...--balbuce con dificultad.

Y como desesperado por la torpeza de su lengua y la audacia de sus
enemigos, hizo un esfuerzo supremo y girando sobre un costado, volvi el
rostro a la pared.

No quera ver a sus asesinos y en seal de odio y de desprecio, les
volva las espaldas.

El padre Toms no se desconcert. Convena seguir el acto antes de que
se apercibieran los que estaban arrodillados fuera de la celda, y
sacando del copn una hostia, la elev a la altura de sus ojos y comenz
a murmurar la frmula:

--_Ecce agnus Dei, ecce qui tollis peccata mundi_, etc.

El padre Claudio segua presentando las espaldas y con el rostro vuelto
a la pared, sin hacer caso de las palabras del sacerdote, que anunciaban
la administracin del Vitico.

El padre Antonio estaba consternado.

--Qu hacemos, reverendo padre?--pregunt al padre Toms.

--Haga usted que vuelva el rostro el enfermo.

El secretario, empujando dulcemente a su antiguo superior, intent
hacerle cambiar de posicin.

El enfermo contest con un rugido.

--Dejadme tranquilo... Queris envenenarme otra vez?

El padre Toms palideci al escuchar estas palabras.

--Es preciso que el enfermo comulgue--dijo con energa--. El padre
Claudio ha perdido seguramente la razn. A ver: vulvanlo ustedes,
aunque sea a la fuerza.

El secretario y el atltico padre Felipe se abalanzaron entonces sobre
la cama y con grandes esfuerzos consiguieron cambiar de posicin aquella
masa de carne, que aunque inerte e incapaz de resistencia, pesaba mucho
por su volumen grasoso.

El padre Claudio, sujeto por los brazos de los dos jesutas, qued en el
lecho tendido de espaldas con la mirada fija en el padre Toms.

En su rostro, desfigurado por grandes manchas violceas, que a cada
instante se hacan ms visibles, destacbanse los ojos, que lucan con
brillo de intensa clera.

El padre Toms no se senta capaz de mirar frente a frente a aquel
moribundo, que pareca querer asesinarle con sus ojos. Haba que
apresurar el acto, y con la hostia en la mano, inclin el cuerpo,
ponindola a poca distancia de la boca del enfermo.

--_Accipe frater Viaticum Corporis Domini nostri Jesu Christi, qui te
custodiat ab hoste maligno et perducat in vitam ternam. Amn_.

Y estas palabras eran interrumpidas por la dbil voz del padre Claudio,
que tenazmente balbuceaba:

--Queris envenenarme! No me engaaris!

El padre Toms mir a su vctima, la vi inmvil, a pesar de sus
protestas, y avanz la hostia hacia su boca, murmurando la acostumbrada
frmula: _Corpus Domini nostri_, etc.

Pero no pudo terminar, pues ocurri un suceso inesperado.

Al sentir el moribundo, en sus contrados labios, el contacto de la
Sagrada Forma, se estremeci de pies a cabeza, y haciendo un esfuerzo
para resistir, agit los brazos desesperadamente.

--M...da! M...da!--grit con voz que pareca salir de la tumba, y que
produjo un movimiento de escndalo y extraeza en todos los que estaban
arrodillados en la galera.

Y con su nervioso braceo di un golpe en la mano del padre Toms, y la
hostia cay rota sobre las ropas de la cama.

Oyse un ruido seco semejante al que produce el tapn al saltar de la
botella, y un vmito de sangre negra y pestilente se derram sobre la
cama, cubriendo los fragmentos de la hostia que acababan de caer.

Despus, la cabeza del padre Claudio qued inerte sobre la almohada.

Haba muerto, y en sus labios contrados y manchados por la inmundicia,
pareca leerse su ltima palabra, sucia como sus vmitos y soez como el
alma de quien la haba dicho.

Era el adis ms propio del padre Claudio al dejar el mundo.




SEPTIMA PARTE

MARUJITA QUIROS




I

La baronesa y la revolucin.


El da en que se esparci por Madrid la noticia de la batalla de
Alcolea, la baronesa de Carrillo crey morir de indignacin y de miedo.

Indignacin contra el destino, contra la Providencia Divina, si
necesario era, pues existiendo un Seor Todopoderoso en el cielo, no
poda ella comprender cmo consenta que el trono de los reyes fuese
destrudo por las turbas revolucionarios, enemigas de Dios y de los
santos.

Miedo, porque bien deba sentirlo una dama de Palacio, aristcrata de
nacimiento y bastarda real, viendo pasar por la calle aquellas bandas de
hombres armados, terribles revolucionarios que comenzaban a jugar a la
milicia nacional y daban a entender su ferocidad sin lmites,
destruyendo... las coronas grabadas en los escudos o en las puertas de
ciertos establecimientos.

Aquel cataclismo era suficiente para aterrar a la ms valiente baronesa.
Pero Dios mo! Qu iba a ser de Espaa sin reyes? Qu sucedera
cuando la revolucin expulsase a los padres jesutas? Podra salirse a
la calle cuando mandase Prim, al que aclamaban las masas, o cuando fuese
un hecho la Repblica, a la que daban vivas?

La revolucin suma a doa Fernanda en un mar de confusiones y no saba
si quedarse en su casa, tranquila, como si nada ocurriese, o huir para
no ser vctima del canibalismo revolucionario, el da en que las
trompetas de los _descamisados_ tocasen a comerse curas y baronesas.

Ella haba vivido hasta entonces muy tranquila, sin acordarse de que
aquella gente, que no tena un ttulo, ni iba a los bailes de Palacio,
poda aspirar a gobernarse por s misma; pero ahora, en vista del
resultado, se confesaba que forzosamente haba de ocurrir aquello ms
tarde o ms pronto.

Los intereses de la monarqua y de la religin haban sido mal cuidados,
en, concepto suyo. Ah! Si hubiera vivido el padre Claudio!

Despus de los dos aos transcurridos desde la muerte del poderoso
jesuta, doa Fernanda era la nica, admiradora que se conservaba fiel a
su memoria.

Ella no era enemiga de su sucesor, el padre Toms. Admiraba la sagacidad
y la astucia, del italiano, pero no encontraba en l el encanto del
padre Claudio, y se deca que, a no haber muerto ste y de seguir
aconsejando a la reina y a los gobernantes, no hubiese triunfado la
revolucin, ni las _personas decentes_ pasaran tan malos ratos como
proporcionaba la vista del pueblo armado en las calles.

Tan grande era el susto de la baronesa, que de buen grado hubiese
seguido en su emigracin a la reina y a sus queridos padres jesutas. No
poda acostumbrarse a vivir sin su antiguo amigo, el padre Felipe, aquel
confesor insustituble, que continuaba siendo un modelo de brutalidades
y fortaleza, y tampoco poda transigir con aquella vida de
manifestaciones a diario y motines cada semana, propia de los periodos
agitados.

Por desgracia, la situacin de la baronesa no le permita obrar con
entera libertad ni cumplir sus gustos.

Ella que tanto haba buscado el matrimonio en su juventud, vindose
condenada por su fealdad y su carcter a un forzoso celibato,
encontrbase ahora convertida en verdadera madre de una nia de cinco
aos, que alegraba, con su presencia y sus juegas, aquella casa de la
calle de Atocha sobre la cual pareca pesar una maldicin desde el
trgico fin del conde de Baselga.

Era su sobrina Mara, hija de Enriqueta, que llevaba el apellido de
Quirs.

La baronesa, cuando ocurri aquel cambio poltico que tanto pavor le
produjo, llevaba todava el luto por la muerte de su hermana.

Infeliz Enriqueta! Despus de la terrible escena que presenci desde su
balcn en las ltimas horas del 22 de junio, todava vivi ms de un
ao, si es que poda llamarse vida a aquella existencia enfermiza de la
que ella misma no se daba cuenta.

En un estado rayano en la idiotez, ciega y sin reconocer a su hija, a la
que tanto adoraba antes, estuvo la pobre joven basta el instante de la
muerte. Algunas veces surgan los recuerdos como fugaces chispazos en su
memoria, y entonces deca cosas ignoradas por la baronesa y que a sta
le causaban gran impresin.

De este modo supo doa Fernanda que la enfermedad de su hermana, que
ella crea a consecuencia de haber visto muerto a su esposo sobre la
acera, provena, en realidad, de que vi a su antiguo amante, a aquel
_pillete republicano_ detenido por las tropas del Gobierno y prximo a
ser fusilado.

Aquella noticia caus gran alegra a la baronesa, que odiaba
intensamente al capitn Alvarez, y para comprobar si el hecho era cierto
o si resultaba un delirio de la infeliz enferma, encarg a varios amigos
de influencia que se enterasen en los centros oficiales de si un
insurrecto ex oficial del Ejrcito, llamado Alvarez, haba sido fusilado
en la calle de Atocha.

Tales gestiones no dieron resultado alguno, pues en ningn Centro
constaba la ejecucin de un insurrecto de tal nombre. Adems, Alvarez
era muy conocido como conspirador, y su nombre era imposible que pasase
inadvertido para las autoridades.

Doa Fernanda se qued dudando sobre la certeza de aquel suceso y no
supo si creer muerto o vivo al revolucionario que tan antiptico le era.
En vista de la ignorancia de los Centros oficiales se inclinaba a creer
que el tal fusilamiento era una visin de Enriqueta, delirante al ver el
cadver de su esposo; pero cuando hablaba con su hermana, en los rpidos
momentos de lucidez que tena sta, asombrbase y se inclinaba a
creerla, viendo la serenidad con que le relataba, con gran abundancia de
detalles, la fuga de Alvarez y su asistente por la calle de Atocha abajo
y el encuentro con la patrulla que los fusil.

Lo del fusilamiento nunca lleg a creerlo doa Fernanda; pero tuvo por
indudable que su antiptico enemigo haba estado en la barricada de la
plaza de Antn Martn, y como no le dola atribuir a Esteban Alvarez
cuanto de malo poda imaginar, tuvo por indiscutible que l era quien
haba enviado el balazo mortal al infeliz Quirs.

Enriqueta, debilitndose lentamente y corroda por una enfermedad que
era ms moral que fsica, agoniz cerca de dos aos, hasta que por fin
muri a principios del sesenta y ocho.

La baronesa qued como madre de aquella nia, a la cual, a pesar de su
aversin a los nios, quiso un poco ms que a Enriqueta en su infancia.

La fantica seora habase creado en torno de su persona el vaco.
Ricardo estaba en la Compaa de Jess; exaltado cada vez ms por sus
aficiones msticas y aspirando al supremo grado de santidad, no quera
sostener relacin alguna con su familia. El padre Claudio, que era su
ms adorado dolo, haba muerto.

Quedbale el padre Felipe, aquel atleta que pareca insensible al curso
de los aos, pues se conservaba con su aspecto de eterna y zafia
juventud; pero la vejez haba apagado a doa Fernanda sus furores
insaciables, y poseda ya del fro y de la indiferencia propia de su
edad, comenzaba a sentirse molestada en presencia de su confesor, cuya
rusticidad y grosera reconoca ahora en que sus ojos estaban libres del
velo amoroso.

Aquella soledad extremse al sobrevenir la revolucin. Algunas de las
damas con quienes estaba ms en relaciones marchronse a Francia para
ponerse al lado de la destronada reina y comer con ella las trufas de la
emigracin dorando en Pars, con sus millones, las penas de un
voluntario destierro; la mayor parte de las cofradas dejaron de
funcionar momentneamente, hasta ver _en que paraba aquello_; la
juventud dorada de los salones, que se burlaba del pueblo y lea al
padre Claret despus de salir de los burdeles, se ocult no se sabe
donde, y la baronesa encontrse sin amigas, sin entretenimiento, sin
contertulios, y lo que es peor, sin poder seguir a los que se iban, pues
por el momento no se decida, a causa de aquella nia, cuya salud era
delicada y a la que se haba propuesto cuidar por s misma.

Los jesutas huyeron. La baronesa vi al padre Toms el mismo da de la
revolucin, y le pareci muy trastornado, a pesar de la serenidad que se
esforzaba en fingir. Dijo que tras aquellos tiempos calamitosos no
tardaran en sobrevenir otros mejores, pero al da siguiente, con toda
la comunidad formada en grupos sueltos, tom el camino de Francia, no
parando hasta Bayona. A dicho punto fu tambin el novicio Ricardo
Baselga, a quien la Compaa cada vez tena ms empeo en presentar como
futuro santo.

Doa Fernanda qued sola en Madrid, y tan aislada como si de golpe
hubiese trasladado su casa a la capital de Rusia.

Pareca que la haban arrojado de un empujn en un mundo nuevo, y su
vida era un continuo gesto de extraeza.

Lea los peridicos reaccionarios, aquellos que antes la entusiasmaban
con sus artculos en favor de la intolerancia religiosa y los
privilegios, y los encontraba ahora partidarios incondicionales de la
revolucin victoriosa, encomendndose a cada paso a la trinidad del da:
Prim, Serrano y Topete.

Los nombres, polticos nuevos que surgan con una fecundidad alarmante,
no la extraaban menos. Quines eran aquellos seores que constituan
la Junta revolucionaria, de Madrid? De dnde salan aquellas gentes a
las que ahora daban vivas y que ella nunca haba odo nombrar? Dos o
tres aos antes, en su tertulia, hablbase de un tal Castelar, que haca
discursos en el Ateneo, y de otro tal Pi y Margall, que escriba en _La
Discusin_ artculos socialistas que espeluznaban a las personas
decentes; pero ella siempre haba tenido a estos hombres y a otros como
mseros pelagatos, que el Gobierno deba enviar a Ceuta, y por esto no
poda comprender las aclamaciones de que constantemente eran objeto en
las calles de Madrid, y lo mucho que de ellos hablaban los peridicos.

Haba que huir de un pas en que tales absurdos ocurran. De aquello a
degollar una maana a todas las personas que en Madrid llevaban camisa
limpia, no haba ms que un paso.

Cada una de las manifestaciones que hacia el pueblo de Madrid costaba un
susto a la baronesa.

Apenas oa vivas en la calle y rumor de gente que con banderas bajaban
hacia la estacin del Medioda para recibir a algn personaje de la
situacin, la baronesa palideca y temblaba, y si no corra a esconderse
en el ltimo rincn de la casa, era por la dignidad de clases, pues en
su predisposicin a imaginarse peligros y enemigos, crea que los
criados eran terribles descamisados, que aunque la servan con el mismo
respeto de siempre, fraguaban en su interior borrosos planes de
venganza; si ella demostraba poca entereza y falta absoluta de valor,
eran capaces de degollarla una noche en la cama y poner en prctica la
liquidacin social, repartindose su dinero y alhajas.

Doa Fernanda viva en perpetua alarma; no sala a la calle ni aun para
ir a la iglesia, y se estremeca de horror solo al or los ttulos que
voceaban los vendedores de impresos y las canciones de los chiquillos.

Todos tenan en aquella poca algo que escribir o que cantar contra la
p... de Isabel y sus compinches, el padre Claret y sor Patrocinio; y
cuando la baronesa pensaba que por sus venas corra algo de sangre de
aquella, y que al mismo tiempo haba sido gran amiga del cura palaciego
y de la monja milagrera, estremecase de horror creyendo que sus
relaciones con aquellos cados no podan conservarse en el secreto.

Para colmo de desdichas, el tabernero que viva enfrente se tragaba
todas las noches el contenido de las hojas y folletos que publicaba el
ciudadano Roque Barcia y otros escritores de menos nombre, y, ansioso de
hacer algo contra nobles y privilegiados que tan furibundos anatemas
merecan a las plumas democrticas, haba fijado sus ojos en _la
baronesa santurrona_ que tena por vecina, y aunque el pobre hombre no
era capaz de hacer dao a una mosca, ponase rojo de satisfaccin cuando
todas las maanas detena en la acera a la chismosa doncella de doa
Fernanda para decirle, ahuecando la voz, que pronto se vera un 93, y
que todas las algaradas presentes no eran ms que preludios de la gran
cuelga de los faroles que iba a hacerse de cuantos nobles y curas se
encontrasen a mano.

Estas impresiones del sanguinario tabernero las transmitan textualmente
la doncella y el portero a su atribulada seora, la cual se estremeca
de horror cada vez que, atisbando tras los visillos del balcn, vea
tras el mostrador el mofletudo y bondadoso rostro del tabernero, incapaz
de otros crmenes que no fuesen el aguar el vino de sus toneles.

Por fortuna para la atribulada baronesa, a los dos meses de agitacin
comenz a cansarse el pueblo de tanta bullanga sin objeto, y la
revolucin "entr en caja", como decan los peridicos sensatos. Con
esto, doa Fernanda goz de una relativa tranquilidad.

La nacin se pasaba sin reyes, y no temblaba la tierra ni se vena abajo
el cielo; funcionaba ya un Gobierno presidido por Serrano, al que la
baronesa conoca de la poca en que, joven, gallardo y con el apodo de
_el General Bonito_, dispona como dueo en Palacio y era el nico que
tena imperio sobre la caprichosa Isabelita.

Doa Fernanda comenz a encontrar ms tolerable la situacin, y hasta
reanud su vida de antes, consolndose, con frecuentes visitas a las
iglesias, de la fuga de sus amados padres jesutas. Las cofradas
comenzaban a funcionar, y los antiguos compaeros de asociacin volvan
a encontrarse y a reunirse para echar sendos prrafos sobre la impiedad
de los tiempos y las desgracias de Espaa desde que en ella no reinaban
los Borbones.

Ya comenzaba a encontrar la baronesa algo tolerable aquella vida en
perodo revolucionario, cuando un suceso vino a sumirla nuevamente en la
intranquilidad.

Desde que Paco Serrano remaba, con el ttulo de jefe del Gobierno
Provisional, se senta ms sosegada, confiando en su proteccin, y de
aqu que ya no le importasen gran cosa las amenazas del _descamisado_
tabernero, ni procurara atisbar tras los balcones las actitudes de aquel
Nern, enemigo irreconciliable... del vino puro. Pero una maana en que
levant el cortinaje de una ventana para ver qu tiempo haca y
decidirse a salir a pie o en carruaje, inmutse al ver un hombre parado
en la acera de enfrente y mirando con fijeza la fachada de la casa.

Era un militar que en su bocamanga llevaba los galones de comandante y
que, a pesar de ser joven, tena en su bigote y en la cabeza algunas
manchas de canas.

Doa Fernanda crey reconocerlo ms con el corazn que con los ojos,
pero se detuvo, no queriendo admitir una idea absurda.

Dios mo! Qu ilusin ms completa! Pareca el mismo; pero no, no
poda ser. Aquel otro haba muerto fusilado casi en aquel mismo sitio,
segn el testimonio de la pobre Enriqueta.

La baronesa, embargada por la emocin del que ve levantarse un muerto de
la tumba, intentaba convencerse de que era absurda su oposicin, y
buscaba en aquel militar algn rasero que la demostrase cmo no era el
mismo que ella se imaginaba.

Pero resultaba intil. Las canas y ciertas arrugas prematuras era lo
nico de nuevo que encontraba en aquel rostro; en lo dems, la misma
expresin e idnticos ademanes.

Doa Fernanda iba ya creyendo que aquello era una aparicin de
ultratumba, una visin fantstica que surga ante sus ojos en pleno sol
y en medio de una calle grande y transitada, cuando el militar, que
permaneca inmvil y con la mirada fija enfrente, abandon su actitud
para alejarse calle arriba con lento paso.

Doa Fernanda, al verle moverse y codearse con los transentes que
venan en direccin contraria, ya no dud ms.

No era una aparicin. Aquel militar era Esteban Alvarez, el antiguo
amante de Enriqueta, el verdadero padre de Mara.... el fusilado el da
22 de junio.




II

Lo que fu del revolucionario Alvarez.


Cuando el ex capitn Alvarez, sentado en el caf de Madrid, sito en el
boulevard Montmartre y punto el ms frecuentado por los espaoles
residentes en Pars, contaba a sus compaeros de emigracin sus hazaas
del 22 de junio, lo que ms excitaba la atencin y torturaba la
curiosidad de todos era la ltima parte de la jornada, o sea lo que le
ocurri despus de disparar el ltimo tiro en la barricada de la plaza
de Antn Martn.

Oh! Qu gran cosa resulta la amistad cuando es verdadera! Cun poco
debe uno guiarse por las apariencias! Muchas veces, el amigo que se
desprecia y que en menos se tiene es el que presta el servicio supremo
que con ms emocin se recuerda durante toda la vida.

Huan Alvarez y su asistente de la barricada que acababa de tomar la
tropa, cuando al parar por frente a la casa de Enriqueta detvose
sorprendido viendo a sta en un balcn. Hzola una seal de adis, y
apremiado por el peligro, volvi a emprender su precipitada carrera:
pero ya era tarde para salvarse.

Al pasar frente a una bocacalle, los dos fugitivos vieron se envueltos
por un grupo de guardias civiles, y les fu imposible resistir. Para
escapar con ms ligereza haban arrojado las armas y era intil que
intentasen resistir a aquella docena de guardias que les apuntaban con
sus fusiles.

Dejronse, pues, conducir por aquellos hombres que en lo ceudo de sus
rostros y en sus miradas iracundas daban a entender propsitos poco
tranquilizadores.

Alvarez y su asistente, ennegrecidos por el humo del combate, con las
ropas rotas y en desorden y sin sombreros, tenan un aspecto poco
distinguido, y sin duda por esto, los guardias se abstenan de hacerles
preguntas, tomndolos por dos revolucionarios, y nicamente les
dirigieron la palabra para llamarlos bandidos y canallas, con otras
lindezas por el mismo estilo.

Amo y criado haban sido arrojados contra una pared, y all, cogidos de
la mano, y erguidos con sublime jactancia, aguardaban la descarga con
que les amenazaba una docena de fusiles apuntados a sus pechos.

Alvarez, prximo a recibir la fatal caricia del plomo, mir a aquel
balcn, en el que haba visto a Enriqueta como una aparicin momentnea.
All estaba ella an, casi doblada sobre la balaustrada y prxima a
desvanecerse, y Alvarez la vi caer, al fin, pesadamente y golpeando su
cabeza en los hierros.

El amante apenas se impresion, pues en aquel da los sucesos terribles
se seguan con una rapidez tan asombrosa que abrumaban su pensamiento.

Iba a morir, y preocupado por esta idea, slo atendi al presente. Por
un rasgo de coquetera varonil, semejante al que senta Murat, cuando al
ser fusilado gritaba: _No tiris a la cara_! Alvarez se cubri el
rostro con un brazo y esper la descarga.

Alvarez oy los pasos de mucha gente, voces imperiosas, y quitando el
brazo de sus ojos vi a un pelotn de soldados de Infantera que
desembocaba por la misma bocacalle.

Un teniente joven, con el sable en la mano, cuestionaba con el sargento
que mandaba el pelotn de guardias civiles:

--Se estn ustedes deshonrando!--gritaba el joven militar--. No son
ustedes nadie para fusilar a los prisioneros. Para eso estn los
consejos de guerra.

Los guardias estaban furiosos contra los revolucionarios. Muchos de los
suyos haban cado atravesados por los certeros tiros de las barricadas
y ansiaban vengarse con esa vehemencia rabiosa de los soldados viejos,
entre los cuales el compaerismo es el mayor de los deberes.

El sargento intent resistirse al mandato del oficial, pero ste se le
impuso con el prestigio que la superioridad proporciona entre las gentes
de armas.

La Guardia civil baj sus fusiles, y los dos prisioneros pasaron a poder
del teniente, que se comprometi a conducirlos al Principal, donde iban
amontonndose los insurgentes cogidos con las armas en la mano.

Alvarez experiment verdadera rabia al enterarse de aquel suceso. Saba
lo que significaba el ser conducido al Principal. La persona sera
identificada, tendra que comparecer ante un consejo de guerra que le
aburrira con sus preguntas y, al fin, sera fusilado, ni ms ni menos,
que como ya iba a serlo por las armas de aquellos guardias.

Ganaba algunas horas ms de vida, pero tambin se prolongaba su agona y
tena que luchar con sus negros recuerdos.

Irritado contra el oficial que le haba arrancado de manos de los
guardias, lanz una mirada que demostraba su falta de agradecimiento. El
militar no se fijaba en l; le volva la espalda con ese desprecio que
el vencedor siente hacia el cado.

Aquella rpida mirada sirvi a Esteban para hacer un descubrimiento. En
el cuello de los soldados que le rodeaban ostentbase el mismo nmero
del regimiento a que l haba pertenecido. Una nueva desgracia que caa
sobre l. Sus guardianos no tardaran en reconocerlo a l y a su antiguo
asistente, y sera imposible el impedir la identificacin de
personalidad, que tan terrible haba de serle.

A Alvarez le pareci adivinar en aquellos soldados ennegrecidos y
transfigurados por el combate algunos de los individuos de su antiguo
batalln, y aunque ahora se fij ms atentamente en el oficial que los
mandaba, le fu imposible reconocerlo, pues marchando al frente del
destacamento le presentaba la espalda.

Una gran parte de aquella compaa, de la que estaba encargado el
teniente por haber muerto el capitn en aquella maana, sigui por la
calle de Atocha arriba, para reunirse con las dems fuerzas que ocupaban
la barricada de la plaza de Antn Martn: la Guardia civil qued
detenida en la esquina, y el joven oficial, con unos veinte soldados,
que llevaban entre sus bayonetas a los dos prisioneros, emprendieron la
marcha por la calle del Fcar.

Anocheca, y como en aquella zona de Madrid no era posible encender el
alumbrado pblico hasta que se recompusieran los destrozos causados en
las caeras de gas por los insurrectos, al levantar las barricadas, en
las calles estrechas reinaba una obscuridad que haca caminar a los
soldados con bastante precaucin.

El oficial, que iba al frente, fu acortando poco a poco su paso, hasta
quedar al nivel de los prisioneros y colocarse al lado de Alvarez.

Segua en su actitud indiferente y desdeosa y entonaba, entre dientes,
los toques de corneta que haba estado oyendo durante todo el da.
Alvarez, a pesar de su triste situacin, sentase muy molestado por la
petulancia de aquel oficialito, que, pegado a l, pareca hacerle fisga
con su montono canturreo.

De pronto se estremeci al or, entre un toque a la bayoneta y otro de
alto el fuego, una voz conocida que le hablaba muy bajo.

--Te he conocido en seguida, querido Sneca. Ya me figuraba yo que era
muy posible el encontrarte metido en esta zambra... Eh! No te inmutes!
No me hables: podan apercibirse estos muchachos y lo echaramos todo a
perder.

Alvarez no volvi la cabeza e hizo esfuerzos para que no se conociera la
sorpresa que experimentaba. Haba reconocido al oficial; era su antiguo
amigo, el vizconde del Pinar, aqul a quien llamaban en el regimiento el
alfrez _Lindero_, y que durante la emigracin de Alvarez haba
ascendido.

Perico, que marchaba a la derecha de su amo, casi pegado a l, oa
perfectamente tales palabras, y ms sereno que aqul no hizo el menor
gesto de sorpresa. El haba reconocido al teniente desde que se puso al
lado de los prisioneros, pero se callaba aguardando algo bueno de aquel
encuentro.

El vizconde segua hablando, aunque miraba a otra parte, sin mover los
labios y como si tal cosa no hiciera, habilidad que haba adquirido en
los salones para decir cuanto quera, sin que se apercibiera otra
persona que la interesada y de la que l se mostraba siempre muy
orgulloso.

--Buen da nos habis dado con vuestra maldita revolucin! Te digo que
aquellos guardias tenan motivo de sobra para haberos fusilado. Diablo!
Y si no llego yo, de seguro que os despachan a ti y a tu asistente. Te
he conocido en seguida, a pesar de que te tapabas la cara... Bien!; y
ahora, qu...? La verdad es que no hemos adelantado gran cosa
librndote yo de los fusiles de aquellos energmenos. Vas a ser
fusilado, querido _Sneca_, a pesar de toda tu filosofa, y lo mismo le
ocurrir a ese bruto de Perico, que comete la locura de seguirte a todas
partes. Mi deber es conducirte al Principal: all no faltar alguien que
te reconozca, y no te digo si tendrn ganas de meterle plomo en el
cuerpo a un conspirador como t, que lleva revuelto el Ejrcito,
arreglando pronunciamientos. Pero.... con mil demonios!!, estate
quieto. Anda como si nada te dijera! No vuelvas la cara ni intentes
hablarme... Ya veremos de arreglar esto en el camino.

Y aquel buen muchacho inclin la cabeza, ocupado en pensar cul sera
el medio ms seguro y acertado para salvar a su amigo.

Reflexion largamente, y la nica consecuencia que pudo sacar es que se
haba metido en un _lo_ terrible, y que no le quedaba otro remedio que
comprometerse gravemente o llevar a su amigo al degolladero.

El vizconde senta que algo que dorma en el fondo de su vano cerebro se
sublevaba ante la idea de que Alvarez fuera entregado por l mismo en el
Principal, de donde saldra para ser fusilado con otros muchos
prisioneros. No; esto no ocurrira, pues sera para l un eterno
remordimiento.

--Yo creo en la Providencial--pensaba--. Y qu diablo!..., cuando las
cosas han venado de modo que siendo tan grande Madrid he sido yo el
destinado  hacer a Alvarez prisionero, es que la suerte me designa para
que sea su salvador. Y le salvar..., s, seor!, le salvar.

El teniente, convencido por esta lgica de que estaba en el deber de
salvar a su amigo, aunque faltara a la disciplina y expusiera su vida,
ocupbase en imaginar los medios de evasin, y de vez en cuando miraba
con ojos recelosos a todos los soldados, que, con el fusil al brazo y la
bayoneta calada, marchaban detrs de los prisioneros. Aquel examen le
tranquilizaba poco.

--Mira, Esteban--sigui diciendo a su amigo del mismo modo que antes--.
Veo muy difcil que t te puedas escapar. Si fueras un desconocido, an
podra yo intentar algo con esos muchachos, dicindoles que eres un
honrado padre de familia y que resultara un crimen el fusilarte. Pero
te conocen, _Sneca_, te conocen. Muchos de ellos son quintos del ao
pasado; pero vienen aqu dos gastadores de la poca en que t estabas en
el regimiento, y hace rato que no te quitan la mirada de encima. Esos
saben quin eres y las ganas que el Gobierno tiene de echarte la mano.
Si te escapas de seguro que te disparan, y lo peor es que no errarn,
pues son buenos tiradores. Pero..., con mil demonios!, qu es lo que
voy a hacer?

Alvarez no pudo contenerse esta vez, y a pesar de la oposicin del
teniente, habl con voz apenas perceptible.

--Llvame al Principal; es lo ms fcil. Me importa poco vivir despus
de lo ocurrido.

--Por fin has hablado para decir una barbaridad. Te parece, alma de
cntaro, que yo, sin remordimiento de conciencia, puedo entregarte en
manos de los que te han de dar muerte?... Y el caso es--continu con
visible vacilacin--que no es cosa fcil salvarte. Es fcil que un preso
se escape, pero aqu sois dos, y la cosa no resulta ya tan sencilla.
Qu haremos?

Y el teniente, que caminaba cada vez ms lentamente, volvi a sumirse en
una profunda meditacin.

La obscuridad era cada vez mayor en las calles; la mayor parte de las
casas tenan cerradas sus puertas y no se vea un transente por parte
alguna. Parecan las calles de una ciudad abandonada. El vecindario,
aterrorizado por los combates que durante toda la tarde se haban
sostenido en aquella zona de Madrid, senta an en los odos el zumbido
de las ltimas descargas y no se atreva a dejar libre la ms pequea
rendija de su domicilio. La llegada de la noche y la carencia de
alumbrado aumentaba an ms el terror.

La escolta y sus prisioneros estaban ya en la calle de Jess, prximos a
la plaza del mismo nombre, cuando el vizconde toc con el codo a su
amigo Alvarez.

--Oye, Esteban: he pensado bien lo que te va a ocurrir y veo que no te
queda ms recurso que la fuga. Puede ser que alguno de stos, al verte
correr, te acierte y te meta una bala en el cuerpo; pero si llegas al
Principal tu ruina es cierta, y muerte por muerte, ms vale que tientes
fortuna. Tal vez logres escapar sano. De dos hombres que huyen en
distinta direccin, por lo menos uno puede salvarse. Nos oyes t,
muchacho?

Perico di con el codo un suave golpe a su seor para indicarle que
escuchaba las palabras del teniente, y Alvarez, por su parte, contest
afirmativamente a su amigo con idntica seal.

--Est bien. Pues as lleguemos a la entrada de la plaza, t huyes por
un lado de la calle de Lope de Vega, y Perico, por el otro. El lado de
la derecha, es el malo, pues conduce al Prado, donde es muy difcil
sustraerse a la persecucin; el de la izquierda es el mejor, pues por l
puedes encontrar en las calles vecinas alguna casa abierta donde
esconderte. Los dos lados son igualmente malos, si estos chicos que nos
siguen tienen buen ojo y os aciertan en la obscuridad. Es intil que os
d consejos, pues los dos sois veteranos. No hagis caso de los tiros;
la cabeza baja y a correr. Ya estamos cerca de la plaza, _Sneca_; dame
la mano sin que nadie se aperciba; as, aprieta fuerte, y si te salvas,
no seas tonto y no te metas en otro fandango como ste. Yo ya ver cmo
salvo mi responsabilidad... Creme, Esteban! El horno no est para
tortas, y como esto no cambie perderis siempre los revolucionarios.

La escolta estaba ya a la entrada de la plaza de Jess, cortando la
calle de Lope de Vega. No haba all nadie, la obscuridad era densa, la
soledad repercuta con eco, agigantando las pisadas, y en las negras
lneas que formaban las fachadas de las casas, no brillaba luz alguna.

Perico caminaba cada vez ms unido a su amo, y al llegar a tal punto,
djole al odo con acento imperioso:

--Usted, por la izquierda.

Esteban se sinti violentamente empujado, y en el mismo momento vi
arremolinarse toda la escolta, echndose los fusiles a la cara.

Era que el fiel muchacho, despus de empujar a su amo hacia la
izquierda, se haba arrojado con velocidad aplastante sobre el soldado
que iba a la derecha, y arrojndolo al suelo hua por la calle de Lope
de Vega, con direccin al Prado.

Prodjose en la obscuridad un desorden espantoso. El teniente grit con
indignacin tan espontnea, que haca honor a su disimulo, y los
soldados apuntaron sus fusiles e hicieron una descarga cerrada sobre
aquella parte de la calle.

--Creo que va herido--grit uno de los soldados que pasaba por tener una
vista portentosa, e inmediatamente, ms de la mitad de la escolta se
lanz en la obscura calle en persecucin de Perico.

Todo esto haba pasado como una exhalacin a los ojos, de Alvarez. El
estampido de la descarga le sac de la estupefaccin producida por la
rpida fuga de su asistente; vi a los soldados de espaldas a l
haciendo fuego, y al mismo tiempo, el vizconde, mientras gritaba
animando a sus soldados a la persecucin, le larg un sablado de plano,
como indicndole que huyera en seguida, antes que la escolta volviera de
su sorpresa.

El revolucionario escap por la izquierda de la calle, corriendo junto a
la pared, con la cabeza baja y el cuerpo encogido, para presentar escaso
blanco, por si le hacan una descarga.

Estaba ya cerca, de la calle de San Agustn, cuando un soldado bisoo se
apercibi de la fuga de Alvarez.

--Que se escapa el otro!--grit; y a esta voz, los pocos soldados que
quedaban al lado del teniente volvieron la cabeza hacia la izquierda de
la calle. Parecales distinguir la sombra que proyectaba en la
obscuridad el fugitivo, pero ninguno pudo hacerle fuego, por haber
disparado poco antes sus fusiles.

Dos gastadores, los mismos que haban reconocido a Alvarez, segn
aseguraba el vizconde, fueron los que salieron en su persecucin.

--No es necesario que carguis!--dijo uno de ellos a los compaeros--.
Nosotros tenemos buenas piernas y lo traemos aqu.

Y los dos muchachotes, con el fusil colgado del hombro, salieron al
escape de sus veloces alpargatas, y en la sombra se perdi el retintn
que producan sus armas al agitarse con la violencia de la carrera.

Al teniente le disgust que fueran aquellos dos hombres los que salieran
en persecucin de Alvarez. Saban seguramente quin era, y por el afn
de ser premiados no dejaran de hacer los ms grandes esfuerzos para
apresarle.

Los dos gastadores, con su excelente vista de labriegos acostumbrados a
ver en la obscuridad, distinguieron cmo el fugitivo doblaba la esquina
de la calle de San Agustn.

Cuando ellos entraron en dicha calle la abarcaron en una mirada, y desde
su entrada a la plaza de las Cortes no vieron persona alguna.

Por mucho que corriera el fugitivo, y con la escasa ventaja que les
llevaba, era imposible que hubiese atravesado toda la calle. En ella,
pues, deba estar, y los dos la recorrieron despacio, fijndose en todas
las puertas.

Una sola encontraron abierta perteneciente a una casa antigua, de
modesta apariencia, y cuyo portal era tan reducido, que la escalera
comenzaba muy cerca del umbral.

Los dos muchachos se miraron sonriendo.

--Aqu est--dijo con acento de certeza uno de ellos.

--No es difcil adivinarlo; es el nico refugio que ha podido encontrar.
Tal vez nos estar oyendo metido entre la puerta y la pared. Qu
hacemos, Juanico?

--Bah! A ste lo fusilan si nosotros lo llevamos all. Te parece bien
que maten como a un cualquiera a un hombre de que contaban tantas
proezas en el regimiento? S, all en Africa dicen que le llamaban
_Matamoros_! Adems, era el ms fino de todos los oficiales cuando
estaba en el regimiento, y yo le o decir al sargento de la escuadra que
saba ms que un cura. Mira, _chiquio_, lo que a l le pasa son
desgracias que le pueden ocurrir a cualquier hombre, y esto son cosas de
poltica en que no debemos mezclarnos. Dejmoslo en paz; para eso nos
hemos encargado de seguirlo.

El llamado Juanico tena gran ascendiente sobre su compaero, pues ste
se limit a levantar los hombros en seal de conformidad.

--Vmonos...; pero, no, agurdate un poco. Que conste esto que hacemos,
pues ese seor de seguro que est ah.

Y Juanico se acerc a la entreabierta puerta y la golpe con la culata
de su fusil.

--Mi capitn--dijo con voz leve acercando su cabeza al espacio que la
puerta dejaba libre--. Sabemos que est usted ah, pero no pase
cuidado. Comprendemos lo que son estas cosas, y para nosotros, un hombre
es un hombre.

El gastador iba a retirarse despus de este rasgo de elocuencia, en que
condensaba todos sus sentimientos, cuando crey prudente aadir para que
el servicio no quedase en el misterio.

--Yo soy Juan Cuesta, y mi compaero, Pablo Garca, de la escuadra del
segundo batalln, la que mandaba el cabo _Ravianco_. Somos de Belchite.
Usted, de seguro, no tendr el honor de conocernos, pero nosotros nos
acordamos de cuando usted mand, por una temporada, nuestra compaa.
An me acuerdo de las dos guantadas que le atiz usted al cabo
_Solimn_, aquel que tantas panzas les largaba a los reclutas. Parece
que lo estoy viendo... Qu buenos puos tiene usted!

Y el muchachote, como si temiera enfrascarse en aquellos recuerdos que
le hacan sonrer, se apart un poco, disponindose a retirarse.

--Vaya, adis, mi capitn!... Ese que iba con usted no s qu suerte
habr tenido. Creo que alguna de las _chinas_ le habr alcanzado. Que
tenga usted mejor fortuna, capitn; procure que no le coja la Polica o
la Guardia civil, que ahora mismo irn a la husma de los fugitivos.

Y el soldado aragons se retir, pero cuando ya estaba al lado de su
compaero volvi, sobre sus pasos, como si hubiese olvidado algo
importante.

Le repugnaba retirarse sin tener una muestra de agradecimiento del
perseguido, y acercando su cabeza a la entreabierta puerta, volvi a
hablar:

--Mi capitn, ya que tal vez no nos veamos ms, haga el favor de darme
la mano. Soy un buen muchacho y tengo gusto en estrechar la mano de un
valiente.

El gastador vi asomar por el borde de la puerta una mano varonil que
apret con toda la rudeza de un vehemente sentimiento.

--Bien, mi capitn; es usted todo un hombre. Da gusto hacer bien a
valientes como usted. No se mueva; ahora mismo me voy.

Y volvindose a su camarada le llam con un ligero siseo.

--Eh, t! Pablico! Ven aqu, que el capitn quiere darte la mano.

El otro aragons acudi solcito a estrechar aquella mano que surga de
la obscuridad como la de una aparicin fantstica, y los dos soldados,
despus de sonrer estpidamente por aquel honor, se retiraron, no sin
antes decir el ms avispado:

--Gurdese bien, mi capitn, que no lo cojan. Y si algn da cambian
los tiempos y usted es algo, acurdese de estos pobres. No lo olvide;
somos de Belchite.

Los dos gastadores se alejaron, y en su apostura notbase la interna
satisfaccin que experimentaban.

--Ves?--deca Juanico--. Da gusto hacer favores a hombres que son
hombres. Te digo que el dar la mano al capitn me ha puesto ms contento
que cuando la Pepa me regala un real para vino. No piensas tu as?

El compaero afirm con una cabezada.

--Ahora--continu el gastador aragons--mucho mutis. Hemos hecho lo
suficiente para ir al Fijo de Ceuta. Aunque Dios baje del cielo a
preguntarte, cuidado con mover la lengua.

Cuando los dos llegaron a la entrada de la plaza de Jess vieron reunida
ya a toda la escolta y sentado sobre un fusil que sostenan por ambos
extremos dos soldados al desgraciado Perico, que haba sido herido en
una pierna al escapar hacia el Prado.

Los soldados, al recogerle del suelo baado en sangre, aplacaron su
furor, y perdonndole la carrera y la alarma que les haba proporcionado
le trataban con bastante consideracin.

La escolta psose en marcha, y los dos gastadores, en el silencio con
que el teniente acogi su declaracin de no haber alcanzado al fugitivo,
comprendieron que no haban obrado del todo mal.

Cuando Alvarez, oculto en aquel portal obscuro, oy alejarse a los
soldados empuj la puerta tras la cual se guareca, y cerr suavemente.

Ya estaba en salvo, aunque slo fuera momentneamente. Sentado en los
primeros peldaos de la escalera, envuelto en aquella densa oscuridad y
oyendo de vez en cuando sordos ruidos que provenan de los habitantes de
los pisos superiores, pas Alvarez gran parte de la noche, considerando
aquel refugio incmodo y peligroso como un lugar de delicioso descanso,
despus de las terribles aventuras de aquel da.

De vez en cuando sonaba a los lejos el galopar de algn pelotn de
caballera, y en la misma calle, se oyeron varios veces los pasos de
patrullas que marchaban lentamente recorriendo la ciudad para efectuar
registros en las casas sospechosas y detener a cuantos transentes de
aspecto equvoco encontraban.

Alvarez, sumido en aquella oscuridad, presa de cruel incertidumbre sobre
su porvenir, y a merced del primero que llamase a la puerta o bajase la
escalera, senta desvanecerse por momentos su presencia de nimo.

La situacin no poda ser ms crtica. Mientras haba durado en el la
excitacin del combate, los peligros le haban parecido sin importancia;
no haba sentido la menor conmocin en las barricadas, ni al ver cerca
de la cara de Enriqueta los fusiles de la guardia civil apuntados a su
pecho: estos sucesos, as como la reciente fuga, recordbalos con toda
la vaguedad de un sueo, pero ahora, al considerar framente su
situacin, senta miedo y deseaba salir cuanto antes de tan angustioso
estado.

Permaneciendo all, estaba a merced del primero que lo encontrase en la
escalera, y esta consideracin le impuls varias veces a subir para
pedir a los vecinos de las habitaciones superiores que le auxiliasen;
pero siempre se detuvo. Los habitantes de aquella casa, a juzgar por el
portal reducido, msero y sin portera, deban ser gentes pobres; pero
aunque esto alentaba al fugitivo, por otra parte, atemorizbale la idea
de encontrar arriba alguna mujer que asustada por su presencia, diese
voces que pusieran en alarma a toda la calle.

Alvarez prefiri permanecer quieto, y all, estuvo muchas horas sentado
en el duro peldao y martirizado por la carencia de tabaco y fsforos.

De poder fumar, se hubiera distrado y alejado de s aquella idea cruel
y obsesionante de comparar su situacin a la de un muerto y creerse en
el fondo de una tumba, a causa de la oscuridad y del absoluto silencio.

Desesperado por la seguridad de que all permanecera toda la noche y
que al da siguiente sera descubierto y preso, entretenase en contar
las horas que iban sonando en todos los relojes del barrio. As oy
desde las nueve hasta la una de la madrugada.

Daban an tal hora los relojes ms atrasados del barrio, cuando en la
calle, por la que haca mucho tiempo ya no transitaba nadie, sonaron las
pisadas de una persona que se detuvo ante la puerta. Aquello hizo
levantar de un salto a Alvarez, y su alarma, aun subi de punto, al or
que introducan una llave en la cerradura.

Escondise en el espacio que quedaba entre la pared y la puerta al
abrirse sta y oprimindose contra el muro, esper.

Abrise la puerta lentamente y un hombre entr en el oscuro portal,
cerrndola tras s. Despus, en la oscuridad, son el chasquido de un
fsforo al ser raspado y encenderse, y una claridad rojiza se esparci
por aquel reducido espacio.

Alvarez, al cerrarse la puerta, haba quedado al descubierto, as es que
vi inmediatamente al recin llegado y fu visto por ste.

Era un hombrecillo de enteca y msera figura, que tena como rasgos ms
salientes en su aspecto, una nariz ms que regular y una chistera
mugrienta, cuyas alas daban sombra a una melena, lacia y canosa, que
bajaba a cubrir de mugre el cuello de la camisa. La levita rada a
fuerza de cepillo, pregonaba una pobreza extremada pero digna, y todo en
aquel vejete delataba al desgraciado que sabe llevar con nobleza su
miseria y que aun la anima con algo de esa alegra serena y dulce,
patrimonio de los hombres bondadosos.

Al ver a Alvarez, que sin sombrero, con las ropas rotas y el rostro
ahumado, nada tena de tranquilizador, el viejo experiment gran
sorpresa y se hizo atrs instintivamente, pero pronto se repuso y con
ademn que pugnaba por ser imponente, se acerc al desconocido y
empinndose sobre las puntas de los pies, al mismo tiempo que se
afirmaba las gafas sobre el extremado caballete de su nariz, pregunt
con voz hueca:

--Qu hace usted aqu, caballero?

El fugitivo contest con voz trmula y con una dignidad que no pas
inadvertida para el viejo. Pedale auxilio, que lo ocultase en su casa
para librarse de una muerte cierta.

--Ah! Todo lo comprendo, caballero. Usted es sin duda de los
comprometidos en esa jarana que ha aterrado a Madrid durante todo el
da. Muy bien, caballero; est muy bien.

Y se qued pensativo por algunos instantes. Alvarez no esperaba nada
bueno de aquellas reflexiones y aguardaba el momento en que el vejete le
ordenase salir de all, insultndole por meterse en las casas y
comprometer a las personas honradas.

Por esto su sorpresa fu grande cuando aquel hombrecillo seal la
escalera y con entonacin propia de un personaje de drama, le dijo:

--Sgame usted, caballero. Arriba hablaremos.

Procurando hacer el menor ruido al subir los peldaos, iba el vejete
delante encendiendo fsforos y casi pegado a su levita seguale el
fugitivo Alvarez, a quien despus de lo ocurrido, le pareca aquel
hombre la figura ms simptica que haba encontrado en su vida.

Viva en el cuarto piso, en una habitacin que tena el aspecto de un
desvn y que ofreca un golpe de vista raro. Haba en ella ms libros
que muebles y ms papeles que libros. El nico adorno de la pared, era
un gran retrato al leo de una mujer bastante fea, con soberbio marco
dorado, que estaba pregonando su procedencia de la poca en que el dueo
de la casa haba gozado de mejor posicin social.

El viejo, despus de enterarse de quin era Alvarez, senta verdadero
afn por corresponderle relatndole su propia vida. Aquel retrato, era
el de su difunta Ramona, el nico ser que en este mundo le haba
comprendido, y haba hecho justicia a sus mritos, desconocidos por el
vulgo.

El tambin haba sido revolucionario... je! je!... y miliciano
nacional; aun deba tener en la cmoda, como recuerdo, los botones del
uniforme. Las prendas las haba gastado para ir por casa. Jo! jo!... Y
el viejo rea recordando el ao 54, cuando l, en su evolucin mil y
tantas acerca de la utilidad de sus facultades, haba pensado dedicarse
a poltico. En el bienio progresista haba perorado en los clubs, y
hasta lleg a sargento furriel de una compaa del batalln de Ligeros
que mandaba Sixto Cmara; pero no le llamaba Dios por el camino de la
poltica, y la dej para dedicarse a inventar el movimiento continuo.

Aquel Don Pedro Corrales--ste era su nombre--resultaba un ejemplar
precioso de ese tipo que tanto abunda en nuestra sociedad, de hombre
listo que sirve para todo, que no encuentra asunto que no crea
profundizar y dominar, y que, al fin, muere en la miseria sin haber
hecho nada, ni servir en lo ms mnimo a la sociedad.

A la muerte de sus padres era rico, y ahora estaba en la miseria. No era
vicioso, ignoraba lo que eran locuras, y a pesar de esto, el dinero se
le fu de entre las manos como si fuera azogue. No sigui carrera alguna
porque se senta poeta, y el genio no puede encadenarse a la monotona
universitaria. Amigo de todos los grandes hombres del perodo romntico,
para revolucionar el teatro se meti a empresario, y perdi media
fortuna; fu despus editor, y su bolsa experiment una segunda derrota;
metise en empresas industriales y acab con su fortuna, sin que las
desgracias lograsen quitarle aquella mana de hombre extraordinario
llamado a transformar cuanto tocaba.

La miseria y el olvido no haban desvanecido ninguna de sus ilusiones, y
oyndole hablar se esperaba de un momento a otro que se golpease la
frente, y como Andrs Chenier, exclamara:

--Aqu hay algo!

En medio de la lstima que inspiraba a Alvarez oyndole contar su vida
tan llena de ilusiones, el revolucionario senta por el viejo una viva
simpata cada vez que ste cortaba su relacin, y mirando aquella cara
fea del retrato deca con visible ternura:

--Oh! Si viviera mi Ramona! Esa me comprenda, y saba animarme. Sin
ella me siento incapaz para todo.

El presente del buen viejo era bastante triste, pero a pesar de esto,
aun haca sonrer a aquel nio de cabellos blancos, destinado a bajar a
la tumba con la virginal corona de sus primeras ilusiones. Ganbase la
vida con un puesto de memorialista que tena en la plaza de Isabel II, y
segn l aseguraba, sonriendo irnicamente, no poda quejarse de su
suerte; los del oficio le tenan envidia en secreto por su gran
clientela, y muchas criadas iban a buscarle desde el otro extremo de
Madrid, conociendo su _buena mano_ para _inventarse_ cartas amorosas en
verso. Adems, en los ratos desocupados escriba piececitas para el
teatro Infantil, nico coliseo donde haba logrado ver admitidas sus
producciones. Le quedaba an mucho de su antigua aficin.

Y el vejete enumeraba las ventajas de su vida, con la misma entonacin
que un galn de comedia recita un parlamento.

--En fin, caballero; que lo paso ricamente, y sera un crimen quejarme
de mi fortuna. Otros lo pasan peor y han tenido principios superiores a
los mos. Hoy, a pesar de que la sarracina comenz muy de maana; he
querido ir a mi cajn de memorialista, porque la puntualidad en el
ejercicio de la profesin, es la base del crdito. Como hasta all
llegaban las balas, me he metido en el bodegn donde me dan de comer, y
he estado en l hasta el anochecer en que he ido al caf donde todas las
noches me reuno con algunos amigos. No he encontrado a ninguno de ellos,
el caf estaba casi vaco, pero yo he pasado la noche hablando con el
camarero, y no me he retirado hasta la hora de costumbre. La
puntualidad; siempre ver usted en m lo mismo, caballero.

Alvarez oa al viejo, ocupado en roer una libreta de pan bastante dura,
que el viejo haba encontrado registrando toda su habitacin, y la
mojaba en un vaso de vino rancio. El nico sibaritismo de don Pedro, al
hacerse viejo, haba consistido en tener siempre en su casa algunas
botellas del aejo que compraba en el bodegn.

El revolucionario, despus de aquel da de terribles emociones, en el
que apenas haba comido, senta un hambre nerviosa, y procuraba
aplacarla con aquellas sopas con vino.

De buena gana se hubiese tendido en la cama, que estaba en un extremo de
la habitacin, pues el cansancio propio de una jornada tan agitada,
entumeca sus miembros; pero el viejo, desde que saba que su protegido
era un antiguo capitn, y por aadidura ayudante de Prim, no quera que
le tomase a l por un cualquiera y hablaba sin descanso, relatando todos
los incidentes de su vida. El mutismo a que le obligaba habitualmente la
soledad de su vivienda, hacale en la presente ocasin ser charlatn
hasta el aburrimiento.

El, aunque ahora era un pobre memorialista, haba sido el amigo y el
protector de todos los grandes hombres. Cunto le quera _Pepe_
Espronceda! Pues y Marianito Larra? Mayores favores le deba _Pepe_
Zorrilla, el autor del _Tenorio_, y no es que l se quejase de
ingratitud; pero como el otro estaba ya tan alto y l tan bajo, siempre
que lo vea de lejos, don Pedro se avergonzaba y escurra el bulto, pues
su timidez sublevbase con la ms leve suposicin de ser molesto a un
amigo que poda sentir repugnancia ante su miseria.

Y el anciano segua enumerando todos los amigos, grandes y medianos, que
haba tenido en su juventud y alcanzado alguna notoriedad.

--Y pensar que yo que he sido dueo del teatro Espaol, que he tenido
en la calle de la Montera la ms hermosa casa editorial que se ha
conocido, y que en Chamber levant una fbrica que asombr a cuantos la
vieron, vivo en esta casa pobre y abandonado, sufriendo las
impertinencias de soeces vecinos! Qu vueltas da el mundo! eh,
caballero capitn?

Alvarez, rendido de cansancio, y arrullado por la voz dulce de don
Pedro, estaba prximo a dormirse; y si aun conservaba los ojos abiertos
y contestaba con signos a las palabras del viejo, era porque tena
empeo en acabar de ablandar con vino el ltimo pedazo de aquella
libreta que tan rebelde se mostraba entre sus dientes.

Lo que mejor comprendi el capitn, es que hubiera corrido un gran
peligro, si en vez de permanecer inmvil en el patio, hubiese llamado en
los pisos superiores demandando proteccin. De buena se haba salvado!
En el primer piso viva una vieja prestamista, de conciencia
intranquila, gruona, y que le bastaba or el ruido de un ratn, para
imaginarse que los ladrones forzaban su puerta y pedir socorro a los
vecinos. Si Alvarez hubiese llamado a su puerta, de seguro que la vieja
usurera hubiera contestado con chillidos suficientes para poner en
alarma toda la calle.

En el segundo viva una buena moza, querida de un cabo de Polica,
sujeto de malas entraas, del que haba que guardarse en adelante, pues
era dedicado en especial a la persecucin de delincuentes polticos. La
moza no era de mejores sentimientos que su amante, y de haber llamado
Alvarez a su puerta, diciendo quin era, de seguro que la polica no
hubiese tardado en echarle mano.

--De todos modos, seor Alvarez--deca el viejo con su entonacin
dramtica y caballeresca--, ms vale que tengamos vecinos de tal clase.
Usted estar aqu muy seguro solamente con que tenga prudencia y no se
deje ver, pues a nadie se le ocurrir venir a registrar una casa donde
vive el sabueso ms listo de la polica. Vaya por Dios! Alguna vez
deba servir para algo esa vecindad soez.

Y el pobre anciano, por el modo de decir estas palabras, daba a entender
la repugnancia que le produca el trato con esas gentes incultas, que
guardan todos sus sarcasmos y desprecios para los pobres de levita que
se ven obligados a vivir entre ellas, y a los que odian por su
superioridad de educacin.

La sencillez con que don Pedro se comprometa a tenerle en su casa por
un plazo indeterminado, hasta que pudiera salvarse, conmovi a Alvarez
hasta el punto de desvanecer la somnolencia en que estaba.

Dile las gracias con un vigoroso apretn de manos, y despus sac del
bolsillo interior de su levita una abultada cartera. Tena all ms de
tres mil pesetas que era el sobrante de los fondos que la Junta
revolucionaria le haba entregado para la preparacin de una parte del
levantamiento.

Quiso que don Pedro tomase la cantidad que juzgase necesaria para
atender a los gastos que pudiera proporcionarle, pero el viejo rehus
con un gesto imponente que recordaba a los hroes de tragedia,
rechazando la cicuta mortal.

--No; sera la primera vez que tomara dinero a cambio de un favor.
Gurdese sus billetes, seor de Alvarez. Aunque soy pobre, an tengo
algunos duros en esa cmoda y puedo hacer mi santa voluntad sin que
nadie me ayude.

Alvarez no insisti, pues haba conocido el verdadero carcter de aquel
hombre.

Eran ya las tres de la madrugada, y don Pedro, excitado por aquella
charla extraordinaria, no pensaba en dormir. Fumaba cigarrillo tras
cigarrillo y haca que el capitn bebiera copitas del aejo, segn l
deca, para que se le pasasen los muchos sustos que haba experimentado
durante el da anterior.

A las cuatro, cuando ya comenzaba a romper el da, se decidi a dormir,
pero antes, aun quiso mostrar a su husped lo que l llamaba _museo
retrospectivo_, y de dentro de un cofre viejo sac un grueso manojo de
anuncios de teatro y algunas docenas de pequeos volmenes,
encuadernados en pasta.

Los primeros, eran los prospectos teatrales de cuando l era empresario
y estrenaba dramas propios que vivan en el cartel una sola noche. Los
libros constituan una biblioteca que l haba publicado en pleno furor
romntico, con el ttulo de _Galera de espectros trgicos y sombras
ensangrentadas_, coleccin de novelas con ms prodigios que una comedia
de magia y en las cuales las protagonistas ostentaban puales y botes de
veneno como quien lleva el abanico, y todos los hroes eran melenudos,
de ojos satnicos y con palidez verdosa, como si todas las maanas se
desayunasen con vinagre.

La excitacin de la charla y un par de copitas haban puesto a don Pedro
en una situacin tal que, al contemplar aquellos recuerdos de gloria, se
enterneci hasta el punto de que le saltaron las lgrimas por bajo de
las gafas.

--Ah, caballero!--gimoteaba el viejo--; aqulla fu mi grande poca.
Tena dinero en abundancia, era respetado y querido por todos, se me
consideraba como hombre llamado a hacer grandes cosas, y, sobre todo,
tena a _sa_--sealando al retrato--, a mi Ramona, que era un dechado
de perfecciones. Yo la mat, seor Alvarez: no quiero ocultarlo, yo fu
quien la mat, con mi afn de actividad y de especulaciones atrevidas.
La pobrecita no pudo sufrir la ruina ni familiarizarse con la miseria.
Haba nacido en la opulencia y muri en el hospital. El primer da en
que ella me vi en el cajn de memorialista, esperando a criadas y
aguadores que entonces no venan, la infeliz cay enferma. Era demasiado
seora para sufrir aquello. Crea usted que estos recuerdos son lo nico
que en esta vida me pone triste.

El anciano encerr los libros y papeles en el cofre y se dirigi a la
cama, no sin beber antes otra copita, para olvidar aquello que tanto le
afliga.

Los dos iban a acostarse en la misma cama, y cuando estaban ya en ropas
menores, y don Pedro, dejando las gafas sobre la mesa, iba a apagar el
hermoso quinqu, dijo al militar:

--Antes de dormir arreglemos nuestra vida, seor de Alvarez. Mientras yo
est, como de costumbre, en el cajn, usted permanecer quietecito aqu,
cuidando de no cometer imprudencia alguna para que no se aperciban las
gentes de abajo. Puede usted entretenerse leyendo los libros que hay
desparramados por ah; adems, le dejar mi _Galera de espectros
trgicos y sombras ensangrentadas_: se la recomiendo, hay en ella cosas
muy buenas. El orden de las comidas lo arreglaremos en la siguiente
forma: yo almorzar a las doce, en el cajn, segn costumbre; usted har
lo mismo con fiambres que ya le traer a usted maana. A las seis
volver a casa, y como es la hora ms a propsito para que ningn vecino
curiosee, subir yo mismo un pucherete con algo ms que nos guisarn en
una taberna de esta misma calle. Est usted conforme?

Alvarez sonrea enternecido por la bondad de aquel viejo, que
socorriendo a un desgraciado, pareca posedo de un gozo infantil.

Don Pedro apag el quinqu, y buscando a tientas la cama, fu a
acostarse al lado del revolucionario.

--Ahora, a dormir--dijo con voz queda--. Estar usted mucho tiempo aqu
como prisionero. Esto le ser molesto, pero, qu diablo!, lo importante
es librar la piel y aguardar que vengan tiempos mejores. Ya veremos de
salir de este paso.

Call el viejo, pero al poco rato son en la obscuridad su risita
infantil.

--Sabe usted por qu ro, seor de Alvarez? Me hace mucha gracia el
engaar al Gobierno tenindole a usted aqu. Ji, ji! Cunto me reir
cada vez que vea a ese groserote polica que vive abajo!

Al capitn le causaba cierto remordimiento la alegra del sencillo
anciano.

--Piense usted bien lo que hace, don Pedro, socorriendo a un
revolucionario. Estos Gobiernos son capaces de fusilar a un viejo por
haber ocultado a un desgraciado.

Rein el silencio, pero al poco rato contest el anciano, con voz grave:

--Me importa poco lo que pueda sucederme por hacer bien a un semejante.
Aunque soy viejo, no me asusta la muerte. Cree usted que si yo tuviera
valor no hubiese ido hace ya tiempo a reunirme con Ramona?

Alvarez se estremeci escuchando aquellas palabras sencillas, que
delataban una desesperacin tranquila y un amor pstumo a toda prueba.

Los dos no tardaron en rendirse al sueo, y aquella noche Alvarez so
que era pequeo, muy pequeo y que dorma abrazado a su padre, del cual
apenas si se haba acordado en mucho tiempo.

Ms de un mes permaneci Alvarez en aquel escondite, haciendo la vida
ordenada por don Pedro.

Este no slo le llevaba la comida a su husped, sino que abandonaba su
cajn y corra todo Madrid para cumplir los encargos que le haca
Alvarez.

A pesar de las precauciones que tomaban los vencidos, ocultos en Madrid,
don Pedro, siguiendo las indicaciones del capitn, pudo ir enterndose
de cul haba sido la suerte de cada uno.

Alvarez, seguro de su escondite, no tena prisa en huir, convencido de
que cuanto ms tardase en salir de Madrid, menos obstculos tendra que
salvar en su fuga.

El embajador de Inglaterra, que haba ya arreglado la escapatoria a los
principales comprometidos en la revolucin, era el encargado de
facilitarle los medios de huda.

La Polica andaba muy escamada, segn deca don Pedro, que ahora hablaba
ms frecuentemente con el vecino polizonte, y haba que esperar a que se
presentase una ocasin oportuna.

Una dama inglesa, que haba venido a Espaa muy recomendada al
embajador, con el slo objeto de ver corridas de toros y pintar en su
cuaderno de acuarelas algunas cabezas de gitanos, fu la que se encarg
de salvar al revolucionario.

Propsole el embajador a la romntica _miss_ que al regresar a
Inglaterra llevara hasta la frontera de Francia, en calidad de criado, a
un capitn espaol condenado a muerte, y la descendiente de Ofelia
acept, encontrando la aventura muy novelesca y propia para causar
sensacin en los salones de Londres.

Don Pedro, que serva para todo, afeit a su protegido concienzudamente,
le ayud a vestirse un traje que haba comprado el da antes, y Alvarez
qued convertido en el tipo perfecto de esos criados elegantes y
respetables que constituyen la aristocracia de la domesticidad.

Aquella misma noche, a fines del mes de agosto, el revolucionario,
llevando el saco de noche en la enjuta y huesuda _miss_, que le
preceda, atraves el saln de espera y el andn de la estacin del
Norte, pasando por entre la Polica que vigilaba atentamente a los
viajeros.

Don Pedro, sonriendo como un angel, contemplaba la escena desde un
extremo de la estacin, y cuando el tren parti, lanz un suspiro de
satisfaccin acompaado de unas cuantas carcajadas.

Je, je! Cmo se la haban pegado al Gobierno y a su vecino el cabo de
Polica!

De este modo sali Esteban Alvarez de aquel levantamiento tan heroico
como infortunado.

Al llegar a Pars se despidi de su protectora inglesa, que en todo el
viaje no le haba dirigido media docena de palabras, limitndose a
mirarle descaradamente a travs de su monculo, con la misma insistencia
que si fuese un bicho raro.

Los primeros das de estancia en Pars fueron insoportables para el
emigrado. Se hallaba completamente solo y todo traa a su memoria el
recuerdo de su asistente, de su fiel Perico, que haba sido en aquellos
lugares su inseparable compaero.

Ignoraba cul haba sido su suerte desde que el pobre muchacho le
abandon en la calle de Lope de Vega para hacer ms fcil la huda de su
amo.

Crea unas veces que estara sano y salvo en Francia y haca pesquisas
para encontrarlo, pero ningn compaero de emigracin haba odo hablar
de l y se ignoraba cul haba sido su suerte.

Al mes de emigracin la ansiedad experimentada por el capitn era tan
grande, que resolvi escribir a su amigo el vizconde preguntndole por
Perico. Envi la carta al Casino donde pasaba la vida el vizconde y no
puso su firma, pues saba que el Gobierno era maestro en el arte de leer
la correspondencia sospechosa, sin detenerla, y l no quera comprometer
a su amigo. Limitbase a preguntar qu era de Perico, y consignaba la
direccin que deba dar a su repuesta.

El vizconde reconoci la forma de letra de su amigo y contest a vuelta
de correo lacnicamente para evitarse compromisos.

Perico estaba actualmente en Melilla. Una bala le haba roto una pierna
en su huda. Despus haba sido conducido al Hospital Militar, y si no
le haban fusilado lo deba a estar herido, a las influencias que el
vizconde puso en juego, y, ms que todo, a la serenidad que demostr
negando su personalidad.

El valiente muchacho dijo en todas sus declaraciones que era francs y
que tan slo arrastrado por una curiosidad imprudente haba ido a las
barricadas, mezclndose en la lucha. Un certificado del Consulado
francs que le encontraron en un bolsillo del traje, fu lo nico que le
salv de ser pasado por las armas; pero esto no le evit al supuesto
francs el ser condenado a veinte aos de cadena en los presidios de
Africa, y apenas estuvo convaleciente de su herida, sali para su
destino formando parte de una de aquellas famosas _cuerdas_ en que iban
a la deportacin mezclados con los ms abyectos criminales algunos
centenares de ciudadanos honrados, arrancados a sus familias por el
delito de amar mucho a su patria.

Aquella carta conmovi al revolucionario y le hizo odiar an con ms
fuerza el rgimen poltico contra el cual conspiraba.

FIN DEL TOMO SEXTO

       *       *       *       *       *

Typographical errors corrected by the etext transcriber:

aumetar=> aumentar {pg 7}

comparrase=> compararase {pg 7}

arogonesa=> argonesa {pg 9}

entao=> antao {pg 10}

timo=> ltimo {pg 12}

circunstancisa=> circunstancias {pg 15}

aspiracion=> aspiracin {pg 19}

Pront=> Pronto {pg 22}

qu contrariaban=> que contrariaban {pg 22}

su scompaeros=> sus compaeros {pg 25}

Compa=> Compaa {pg 29}

Orlen=> Orden {pg 32}

esa fortuna la renuncio=> esa fortuna la renunci {pg 35}

paternidd=> paternidad {pg 36}

arrrojar=> arrojar {pg 40}

estar palabras=> estas palabras {pg 60}

pudo vitar=> pudo evitar {pg 61}

elecccin=> eleccin {pg 62}

severendo=> reverendo {pg 68}

interumpir=> interrumpir {pg 71}

friadad=> frialdad {pg 82}

se se llevan=> se llevan {pg 86}

oracioens=> oraciones {pg 91}

Ite, misa tes=> Ite, misa est {pg 97}

envovlindolo=> envolvindolo {pg 103}

rijo=> dijo {pg 134}








End of Project Gutenberg's La araa negra, t. 6/9, by Vicente Blasco Ibez

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     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
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electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
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1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
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LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

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written explanation to the person you received the work from.  If you
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the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
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in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
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provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
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that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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