The Project Gutenberg EBook of Cuentos Clsicos del Norte, Primera Serie, by 
Edgar Allan Poe

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Title: Cuentos Clsicos del Norte, Primera Serie

Author: Edgar Allan Poe

Translator: Carmen Torres Caldern de Pinillos

Release Date: July 5, 2014 [EBook #46196]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS CLASICOS DEL NORTE, PRIMERA SERIE ***




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                      CUENTOS CLSICOS DEL NORTE

                             PRIMERA SERIE

                              BIBLIOTECA
                            INTERAMERICANA

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              Benjamn Hrrison: _Vida Constitucional de
                         los Estados Unidos._

             dgar Allan Poe: _Cuentos clsicos del norte:
                            Primera serie._

                Nathniel Hwthorne, Wshington rving,
              dward verett Hale: _Cuentos clsicos del
                        norte: Segunda serie._

                              _En prensa_

             Ncholas Mrray Btler: _El significado de la
                              educacin._

                           _En preparacin_

            Wlliam P. Trent: _La literatura de los Estados
                               Unidos._

           J. Rssell Smith: _El comercio y las industrias._

            Alexnder Johnston: _La historia de la poltica
                        de los Estados Unidos._

      Con el ttulo de INTERAMERICAN LIBRARY, se
      editar en ingls un nmero correspondiente de obras importantes
      americanas, traducidas del espaol o del portugus,
      para distribuirse en los Estados Unidos.




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                                  II

                      Cuentos Clsicos del Norte

                            _Primera Serie_

                                  Por

                            dgar Allan Poe

                          [Illustration: PRO
                                PATRIA
                                  PER
                                 ORBIS
                         CONCORDIAM, colofon]

                             Traduccin de
                  Carmen Torres Caldern de Pinillos

                              Nueva York

                       Doubleday, Page & Company

                                 1920

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        que expresen los ideales y los sentimientos nacionales.

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DGAR ALLAN POE


dgar Allan Poe naci en Boston, Massachusetts, el 19 de enero de 1809,
durante una permanencia temporal de sus padres, que eran actores, en la
ciudad; muri en Bltimore, Mryland, el 7 de octubre de 1869. A la
muerte de su madre fu adoptado por John Allan, de Rchmond, Virginia,
quien le hizo educar en un colegio particular de Rchmond y en la Manor
House School, Stoke-Nwington, Inglaterra, hasta 1820, poca en que
regres a Rchmond. En 1826 ingres a la University of Virginia. Durante
su breve permanenca all hzose famoso por sus temerarias hazaas de
jugador y bebedor. Su protector le asoci a sus negocios en diciembre de
1826, pero el joven escap a Boston donde trat de sostenerse con sus
poesas, de las cuales el primer volumen, publicado en 1827, se titula:
_Tamerlane and Other Poems_. Acosado por la necesidad, se alist como
soldado en el ejrcito regular, bajo el nombre de dgar A. Perry, siendo
nombrado sargento mayor en 1829. No obstante, su padre adoptivo Allan
hizo que le dieran de baja y que fuera admitido como cadete en West
Point. No agradndole la escuela, procur intencionalmente que le
despidieran en 1831, y comenz una vida irregular, vagando de ciudad en
ciudad y dedicndose a la literatura. En 1835 contrajo matrimonio con
Virginia Clemm, y se hizo cargo de la direccin del _Southern Literary
Messenger_ de Rchmond. Ms tarde fu director de varias revistas,
fijando su residencia en Nueva York en 1844. La publicacin de _The
Raven_ (1845) consagr su fama convirtindole en el genio literario de
la poca. Despus de la muerte de su mujer en 1847 comenz a declinar su
carrera, y muri dos aos ms tarde en el Wshington College Hospital en
estado de delirio. Sus obras ms importantes, en adicin a las
mencionadas en la Introduccin de esta serie, son: _Al Warwaf, Tamerlane
and Minor Poems_ (1829); _Poems_ (1831); _Tales of the Grotesque and
Arabesque_ (1840).

[Illustration: Ritrato de Edgar Allan Poe]




SUMARIO

                                                                  PGINA

INTRODUCCIN                                                           V

EL BARRIL DE AMONTILLADO                                               3

EL ESCARABAJO DE ORO                                                  17

LA RUINA DE LA CASA DE SHER                                          75

LIGEIA                                                               107

LA MSCARA DE LA MUERTE ROJA                                         135

EL CRIMEN DE LA RUE MORGUE                                           147

EL GATO NEGRO                                                        201

UN DESCENSO POR EL MAELSTRM                                         219




INTRODUCCIN




I


Los cuatro escritores cuyas obras estn representadas en esta coleccin
son idealistas en uno u otro sentido. La literatura clsica de los
Estados Unidos no tiene realistas, y el realismo es ajeno hasta ahora al
temperamento general del pblico norteamericano. A este respecto los
escritores de que tratamos rivalizan en la caracterizacin de su pas. Y
rivalizan tambin en la maestra de su arte: los tres primeros son los
artistas literarios ms hbiles que los Estados Unidos han producido
hasta la fecha. En otros respectos, sin embargo, difieren ampliamente; y
aquel que olvide la diversidad del espritu que hizo brotar el genio de
la repblica del norte y las diversas clases de filosofa que produjo su
historia, encontrar alguna dificultad en descubrir la nota anloga en
rving, Poe, Hwthorne y Hale.

Es fcil observar que Wshington rving es un artista de la escuela de
ddison y Steele, con algo de su espritu festivo. Posea, sin embargo,
cualidades ms profundas que le hacen totalmente distinto de los modelos
ingleses ante el criterio de los Estados Unidos. Tena, ante todo, un
don especial, compartido nicamente por Fnimore Coper en la
literatura norteamericana, para crear personajes legendarios que
armonizaran con el ambiente, hasta el punto de quedar unidos para
siempre al cuadro. Lngfellow no di a su Hiawatha residencia local;
pero Rip Van Winkle e chabod Crane han quedado fijos en la perspectiva
del Hudson. La jocosidad de rving tiene tambin cierta tonalidad ms
vigorosa que puede advertirse fcilmente en el peridico _Spectator_; en
la historia de Knckerbocker y en sus primeras obras, inici Wshington
rving su carrera de autor con una nota de exageracin y de audacia que
la crtica inglesa probablemente atribuira gustosa al nuevo mundo ms
bien que al antiguo. En las dos historietas que aparecen en esta
coleccin se revelan sntomas aun ms notables de su punto de vista
norteamericano. En _Rip Van Winkle_ maneja lo sobrenatural en tono
festivo y ligero, que contrasta con el aparato de sombros fantasmas y
apariciones de Poe y Hwthorne, pero que se adapta mejor quiz al
temperamento de su pas. Los norteamericanos combinan fe robusta con
jovial escepticismo, y sonren a pesar de que les agrada sentirse
convencidos en la historia del largo sueo de Rip Van Winkle. Quiz es
rasgo caracterstico de los Estados Unidos que la narracin insista en
el transcurso del tiempo y que la vida nos aparezca pattica a travs de
nuestra simpata por Rip. La literatura de los Estados Unidos, aunque
voz de un pueblo nuevo, ha tenido siempre los acentos y el espritu de
una larga experiencia, la lasitud de vivir. Estos acentos y este
espritu se dejan notar marcadamente en Poe y en Hwthorne; tambin se
encuentran en rving, no en su analoga con ddison sino en la especie
de piedad contenida con que juzga la vida. Esta definicin puede
aplicarse de igual manera a _La leyenda del valle encantado_; pero el
lector necesita tener en cuenta en esta historieta ciertos rasgos
locales, no del todo claros aun para la generalidad de los
norteamericanos. chabod Crane es la caricatura del maestro de escuela
ambulante; como David Gnent en la novela de Coper, _El ltimo de los
mohicanos_, es un neoyorquino bajo el disfraz del frtil buhonero de
Conncticut que cuando el negocio va mal est listo para ensear en la
escuela o para dirigir el coro de la iglesia de la aldea. El ejemplo ms
notable de este tipo en la vida real fu Amos Bronson lcott, el gran
sacerdote del trascendentalismo que comenz su carrera como buhonero,
usando la enseanza como recurso secundario.




II


El arte de rving fu en cierto modo avanzado para su poca. Coper no
lleg nunca a la delicadeza y vigor de su estilo, ni Poe ni Hwthorne
pudieron igualarla. Estos dos escritores, sin embargo, suplieron la
habilidad consumada de rving con temas ms profundos y estilo ms
serio. A la verdad, aunque careciendo Hwthorne de la exquisita
flexibilidad de rving, posee cualidades supremas de dignidad, y a veces
casi de majestad; en tanto que Poe se asemeja a Fnimore Coper en
haber alcanzado fama de gran escritor con estilo poco ms que mediano.
El hecho de que Poe no use juegos de palabras en el original explica el
xito de sus cuentos y de sus poemas en la traduccin; a decir verdad,
es positivamente mejor escritor en el francs de Baudelaire que en su
propio idioma. Su reputacin en los Estados Unidos ha quedado por
consiguiente establecida no por virtud de su arte de estilista sino en
razn de poseer cierta habilidad especial para producir efectos de
encanto sobrenatural. La crtica francesa reconoci antes que Baudelaire
cierta afinidad entre el mtodo de desarrollar sus cuentos y la
demostracin matemtica de un teorema. Este punto se ilustrar mejor por
la comparacin.

En matemticas, como en otras cosas que se relacionan con la vida, es
posible dar mayor importancia de acuerdo con los deseos a lo particular
o a lo general. La aritmtica produce una sensacin de realidad, porque
se refiere a cosas definidas, pero su propio realismo es una barrera
para la manifestacin completa de las leyes universales. "Si una manzana
cuesta tres centavos," dice el libro de texto, "cunto costarn dos
manzanas y un tercio?" Pero el nio sabe que las manzanas no se venden a
pedazos. El lgebra puede proponer la misma cuestin sin levantar
protestas en el realista; la substitucin de un signo por la manzana
hace desaparecer la dificultad. Pero hace desaparecer tambin el
sentimiento de la realidad. Si los personajes de Poe son inverosmiles
y simblicos, es porque representan nicamente signos algebraicos, la
_ab_ y la _xy_ del teorema que trata de demostrar. Poe se interesa
principalmente en el teorema. Algunas veces lo establece como
proposicin definida como en _Ligeia_, en que la cita de Jseph
Glnvill, que sirve de prlogo, autoriza la doctrina de la voluntad que
se desarrolla en la historia. Con ms frecuencia el teorema no se
anuncia formalmente, pero est includo en las primeras frases del
cuento. Este mtodo se observa en _El barril de amontillado_, donde
aparece primero una definicin de la venganza perfecta que despus se
ilustra en la historia. Otras veces el teorema es tan solo una forma o
un matiz como en _La mscara de la muerte roja_. En algunos cuentos,
como en _El escarabajo de oro_, el inters reside enteramente en la
demostracin o anlisis, mas, por lo general, prefiere Poe emplear la
demostracin matemtica como medio de producir el efecto de belleza. El
elemento de raciocinio es tan poderoso en _El Descenso en el Maelstrm_,
y en _El Crimen de la Rue Morgue_, como en _El Escarabajo de oro_; pero
en los dos primeros, ms hermosos, el raciocinio contribuye a producir
efectos artsticos de temor y horror.

En sus ensayos sobre la _Filosofa de la composicin_ y el _Principio
potico_, nos ha dado Poe una cuenta clara de su objeto y su sistema
como escritor. Aunque se refiere a sus versos, la explicacin es exacta
tambin con respecto a su prosa. Trata ante todo, dice, de producir un
efecto de belleza. Todos los medios que puedan crear este efecto son
legtimos. Muchas veces Poe consigui su objeto provocando emociones en
forma romntica y retrica; pero con frecuencia lo obtuvo tambin por
medio de la manifestacin austera de verdades lgicas o cientficas. En
este caso nos recuerda, sin embargo, que la verdad es un medio y no un
fin; en el arte el fin es la belleza. Sus palabras al final del
_Principio potico_ deben tenerse en cuenta por todo lector que quiera
comprender la ndole de sus escritos: "Con respecto a la
Verdad--suponiendo que la comprensin de una verdad nos lleve a percibir
cierta armona que antes pasaba inadvertida--sentimos inmediatamente el
genuino efecto potico; pero este efecto se refiere nicamente a la
armona y no atae en lo menor a la verdad que sirvi slo para poner de
manifiesto aquella armona."

Si este mtodo deja los personajes de las historias de Poe en cierta
sombra vaga y simblica, no debe suponerse por ello que careciera de
teora respecto al manejo adecuado de los fantsticos caracteres que se
agitan en la composicin de sus argumentos matemticos. Sus personajes
son a menudo femeninos y generalmente estn asociados en alguna forma a
la idea de la muerte. Con tal frecuencia se repite en sus cuentos el
caso de una hermosa mujer muerta o una hermosa mujer moribunda, que una
de las crticas ms usuales de las obras de Poe es afirmar que tena un
campo muy estrecho y poda desenvolver slo uno o dos temas. Careca
ciertamente de la fecundidad de los grandes genios, pero aun dentro de
sus dotes reducidos se impona l mismo lmites ms estrechos por su
curiosa teora acerca de los caracteres ms apropiados para el efecto
artstico. Crea que la emocin de la belleza es el efecto principal que
un cuento debe producir; la belleza es ms exquisita en la mujer; y la
belleza de la mujer es ms conmovedora en presencia de la muerte.
Inclinbase, en consecuencia, a escribir principalmente sobre hermosas
mujeres muertas o a punto de morir. La manifestacin definida de esta
doctrina se encuentra en la _Filosofa de la composicin_, cuando habla
de _El cuervo_. Dice que al escribir este poema comenz con la intencin
de representar una belleza melanclica:

"Me pregunt: _Entre todos los temas melanclicos, cul es el ms
melanclico de acuerdo con el entendimiento general de la
humanidad?_--La muerte, fu la respuesta evidente.--Y _cundo_,
insist, _es ms potico este melanclico tema?_--Por lo que he
explicado anteriormente la respuesta aqu es tambin evidente:--_Cuando
se combina ms estrechamente con la belleza_; entonces la muerte de una
mujer hermosa es incuestionablemente el argumento ms potico que
existe."

Cito este pasaje, no para justificar la esttica de Poe sino para
demostrar su mtodo. Este principio explica, hasta donde es posible, por
qu escribi _Ligeia_ y _La ruina de la casa de sher_. Aun cuando nunca
formul teora alguna con respecto a los personajes masculinos de sus
poesas y cuentos, podemos deducirla sin embargo de su prctica: crea
evidentemente que el argumento ms trgico es la situacin de un hombre
robusto afrontando el temor de la muerte. Sobre este tema escribi _El
barril de amontillado_ y _El Descenso en el Maelstrm_.

Se dice comnmente que Poe no ha sido debidamente apreciado por sus
compatriotas. Indudablemente se le ha ledo, admirado e imitado tanto en
los Estados Unidos como en cualquiera otra parte; pero es cierto que los
norteamericanos vacilaran en llamarle su genio ms notable en
literatura. Es interesante para cualquiera que desee comprender el
espritu de los Estados Unidos saber por qu los compatriotas de Poe, a
pesar de toda su admiracin por su arte, no lo colocan a tanta altura
como los crticos extranjeros. No es a causa de la condenacin puritana
de su embriaguez: las mismas personas a quienes slo a medias agrada
Poe, son generalmente fervientes partidarios de Rbert Burns. Ni es
tampoco, como lo indican crticos ms sutiles, en razn de que Poe
escribe a menudo sobre crmenes o hechos perniciosos considerndolos
simplemente incidentes desagradables, en tanto que Hwthorne, con
naturaleza ms noble, considera las faltas como culpas; esto es, no como
tema de cuentos sino como un problema de moral. Esta explicacin pone
fuera de duda el hecho evidente de que Poe es ms convencional que
Hwthorne en su moralidad, puesto que rara vez inicia una cuestin
perturbadora en tica y nunca llega como Hwthorne a conclusiones
radicales y de sensacin. La razn por la cual Poe es mirado todava
con cierta desconfianza por sus compatriotas es que sus ideales residen
siempre en un mundo simblico: siempre trata de encontrar una puerta de
escape para huir de la humanidad y del lote sealado al hombre. La
belleza que demuestra mediante el raciocinio no es una interpretacin
sino una protesta contra la vida. Un poeta coloca naturalmente su mundo
ideal como crtica de las condiciones entre las que se debate, y si Poe
dese criticar en esta forma a los Estados Unidos en el segundo tercio
del siglo diecinueve, sus compatriotas tendran que sentirse ahora
agradecidos; pero su rebelin era contra la vida misma: no ofreca ms
solucin que descarros y muerte. Para el norteamericano de hoy el
rechazo de Poe por la vida es una especie de filosofa opiada que
debera compadecerse tanto como cualquier otro hbito anormal.




III


Los crticos asimilan a menudo a Hwthorne con Poe, y los temas graves y
sombros de ambos parece que debieran relacionarlos. Difieren
esencialmente, sin embargo, en cuanto a propsitos y mtodo. Hwthorne
no es poeta por naturaleza, aunque su prosa sea potica y todas sus
obras sean de imaginacin; es, ante todo, un pensador, un observador de
la vida, un psiclogo en arte y un escptico en filosofa. Parecer
quiz extrao dar el calificativo de escptico a un escritor de espritu
tan generoso, de sentimientos tan leales como Nathniel Hwthorne; pero
un pequeo estudio de sus obras en relacin con las ideas
trascendentales que rodearon su adolescencia y sus primeros aos
viriles, convencer al observador de que la conciencia puritana de
Hwthorne le impulsaba a investigaciones infatigables de la filosofa
que pasaba por verdadera entre sus asociados. El lector que no haya
tenido oportunidad de conocer las doctrinas de lcott y de merson puede
encontrar indudablemente bastante belleza y elevacin en Hwthorne para
compensar el estudio de sus obras. Aun sin conocer las doctrinas que l
pona en duda, podemos admirar su fantasa en _La imagen de nieve_; su
talento en parbolas tiernas o festivas en _El May-Pole de Merry Mount_
y _El experimento del doctor Hidegger_; su profundo patriotismo en El
anciano campen y las _Leyendas de la casa provincial_; sus dotes
incomparables para describir una conciencia atormentada en _El retrato
de dward Rndolph_ y _El entierro de Rger Malvin_. Pero la orientacin
intelectual de la mayor parte de sus obras ms meditadas resultara
obscura a menos de haber ledo a nuestro jovial merson o a nuestro
escritor ms festivo an, lcott. La doctrina de estos autores acerca de
la confianza en s mismo, de la necesidad de vivir en el presente sin
respeto servil por el pasado, ha tenido inmensa boga en los Estados
Unidos, y se ha reforzado con la poderosa influencia de Walt Whitman;
pero Hwthorne hizo proyectar esta doctrina sobre esbozos fantsticos
como _El experimento del doctor Hidegger o Fathertop_, y sobre
novelas ms largas, como si hiciera un anlisis de laboratorio respecto
de su verdad. lcott y merson crean con sublime optimismo que el mal
se cambia al fin en bien; que existe, segn la frase de merson, un
principio de sacarina en todas las cosas. Hwthorne desarroll tambin
esta doctrina en cuentos como _El entierro de Rger Malvin_. Podran
producirse otros ejemplos tomados de sus dems obras, pero hemos dicho
ya bastante probablemente para indicar la razn por la cual la altura de
Hwthorne como pensador debe apreciarse a travs del estudio del
pensamiento de la Nueva Inglaterra de su tiempo.

Hwthorne representa en cierto modo no solamente el espritu de la Nueva
Inglaterra sino el de los Estados Unidos: es un fatalista profundo. Aun
cuando profese una fe poderosa en el libre albedro y la incredulidad
con respecto a las nociones de necesidad de merson, la diferencia
esencial entre ellos es que merson cree en suerte ms feliz y
Hwthorne, a despecho de s mismo, se forja un porvenir sombro.




IV


Muy poco es necesario decir acerca del famoso cuento de dward verett
Hale. Esta historia se comprende por todas partes: ha sido traducida ya
en muchos idiomas. Escrita hacia el final de la guerra civil parece
tener especial resonancia en estos momentos en que muchos ciudadanos de
los Estados Unidos encuentran dificultad en decidir a qu pas, a qu
grupo de ideales, deben prestar fidelidad. Este problema es tal vez
peculiar de una nacin que--no deseamos suponer que con excesiva
generosidad--ha dado acogida cordial dentro de sus fronteras a todos los
ideales, sin considerar su procedencia. Con especial inquietud nos
preguntamos ahora si podremos amalgamar tal cantidad y tal diversidad de
ideales. Este problema ha existido siempre en los Estados Unidos aunque
no en forma tan inmediata; y si nuestra literatura se ocupa en gran
manera de ideas y de ideales no es porque seamos de descendencia
puritana ni deseemos conservar una moral tradicional, sino porque
sentimos instintivamente que slo por la discusin de nuestros ideales
llegaremos alguna vez a un comn ideal nacional. Por esta razn
Hwthorne nos parece un norteamericano moderno en un plano inferior de
arte, lo mismo que Hale. rving floreci antes de que el conflicto de
ideales fuera una amenaza. Poe se apart de nosotros en su amor de lo
inverosmil, rehusando en absoluto discutir ideales y tendiendo a ellos
sin embargo por su adoracin de lo bello, que es uno de los ideales que
alimentamos al presente.

    JOHN RSKINE
    Profesor de ingls
    Columbia University

Febrero de 1917




EL BARRIL DE AMONTILLADO


HABA soportado lo mejor posible los mil pequeos agravios de Fortunato;
pero cuando se atrevi a llegar hasta el ultraje, jur que haba de
vengarme. Vosotros, que tan bien conocis mi temperamento, no supondris
que pronunci la ms ligera amenaza. _Algn da_ me vengara; esto era
definitivo; pero la misma decisin que abrigaba, exclua toda idea de
correr el menor riesgo. No solamente era necesario castigar, sino
castigar con impunidad. No se repara un agravio cuando la reparacin se
vuelve en contra del justiciero; ni tampoco se repara cuando no se hace
sentir al ofensor de qu parte proviene el castigo.

Es necesario tener presente que jams haba dado a Fortunato, ni por
medio de palabras ni de acciones, ocasin de sospechar de mi buena
voluntad. Continu sonrindole siempre, como era mi deseo, y l no se
apercibi de que _ahora_ sonrea yo al pensamiento de su inmolacin.

Fortunato tena un punto dbil, aunque en otras cosas era hombre que
inspiraba respeto y aun temor. Precibase de ser gran conocedor de
vinos. Muy pocos italianos tienen el verdadero espritu de aficionados.
La mayor parte regula su entusiasmo segn el momento y la oportunidad,
para estafar a los millonarios ingleses y austriacos. En materia de
pinturas y de joyas, Fortunato era tan charlatn como sus compatriotas;
pero tratndose de vinos antiguos era sincero. A este respecto yo vala
tanto como l materialmente: era hbil conocedor de las vendimias
italianas, y compraba grandes cantidades siempre que me era posible.

Fu casi al obscurecer de una de aquellas tardes de carnaval de suprema
locura cuando encontr a mi amigo. Acercse a m con exuberante efusin,
pues haba bebido en demasa. Mi hombre estaba vestido de payaso.
Llevaba un ceido traje a rayas, y en la cabeza el gorro cnico y los
cascabeles. Me sent tan feliz de encontrarle que cre que nunca
terminara de sacudir su mano.

Djele:

--Mi querido Fortunato, tengo una gran suerte en encontraros hoy. Qu
bien estis! Pero escuchad; he recibido una pipa que se supone ser de
amontillado, mas tengo mis dudas.

--Cmo!--repuso l.--Amontillado! Una pipa? Imposible! Y en mitad
del carnaval!

--Tengo mis dudas,--repliqu;--y he cometido la bobera de pagar el
precio completo del amontillado antes de consultaros sobre este punto.
No poda encontraros y tema perder un buen negocio.

--Amontillado!

--Tengo mis dudas.

--Amontillado!

--Y necesito aclararlas.

--Amontillado!

--Como estis comprometido, ir a buscar a Luchresi. Si alguno puede
decidirlo, ser l. El me dir...

--Luchresi no puede distinguir el amontillado del jerez.

--Y sin embargo, muchos opinan que es tan buen catador como vos mismo.

--Vamos, venid!

--Adnde?

--A vuestros stanos.

--No, amigo mo; no quiero abusar de vuestros buenos sentimientos.
Observo que estis comprometido. Luchresi...

--No tengo compromiso; vamos.

--No, amigo mo. No es cuestin solamente del compromiso, sino del
severo resfriado que os aflige, segn veo. Los stanos son hmedos.
Estn incrustados de nitro.

--Vamos all, a pesar de todo. El resfriado no significa nada.
Amontillado! Seguramente que os han engaado. Y lo que es Luchresi, no
sabe distinguir el jerez del amontillado.--

Hablando as, Fortunato se apoder de mi brazo; y despus de cubrir mi
rostro con una mscara de seda negra y ceir estrechamente a mi cuerpo
un _roquelaure_, permit que me arrastrara hacia mi _palazzo_.

No haba criados en la casa; todos haban salido a divertirse en
obsequio a la ocasin. Habales dicho que no regresara hasta la maana
siguiente, a la vez que les daba rdenes explcitas de no abandonar el
palacio. Saba yo bien que dichas rdenes eran razn suficiente para
provocar la desaparicin inmediata de todos y cada uno de ellos tan
pronto como hubiera yo vuelto las espaldas.

Cog dos antorchas de sus candelabros y dando una a Fortunato le escolt
a travs de una serie de habitaciones hasta el pasillo que conduca a
los subterrneos. Baj una larga escalera de caracol, recomendndole
tener precaucin cuando siguiera este camino. Llegamos al cabo a la
extremidad inferior del descenso, y nos detuvimos juntos sobre el hmedo
suelo de las catacumbas de los Montresor.

La marcha de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro
repiqueteaban a cada paso.

--La pipa?--pregunt.

--Est ms all,--respond yo;--pero fijaos en las blancas telaraas que
relucen en los muros de estas cuevas.--

Volvise hacia m y me mir con turbias pupilas que destilaban el reuma
de la embriaguez.

--Nitro?--inquiri, al fin.

--Nitro,--afirm.--Cunto tiempo hace que tenis esta tos?

--Ugh! ugh! ugh!... ugh! ugh! ugh!... ugh!ugh! ugh!...
ugh!ugh! ugh!... ugh! ugh! ugh!--

Mi pobre amigo se encontr incapaz de contestar durante largos minutos.

--No es nada,--dijo al cabo.

--Vmonos!--exclam entonces con decisin,--regresemos; vuestra salud
es preciosa. Sois rico, respetado, admirado, amado; sois feliz, como lo
era yo en otro tiempo. Sois un hombre que hara falta. Para m esto no
significa gran cosa. Regresemos; enfermaris, y no quiero ser el
responsable. Adems, all est Luchresi...

--Basta,--declar Fortunato;--esta tos no vale nada; no me matar. No
morir, por cierto, de un resfriado.

--Es verdad, es verdad,--repliqu;--ciertamente que no era mi intencin
alarmaros sin motivo; pero debis tomar todas las precauciones
necesarias. Un trago de este Mdoc nos preservar de la humedad.--

Diciendo estas palabras romp el cuello de una botella que cog de una
larga hilera de sus compaeras que yacan entre el polvo.

--Bebed,--dije, presentndole el vino.

Levantlo hasta sus labios mirndolo amorosamente. Detvose luego y me
hizo un signo familiar con la cabeza mientras sus cascabeles
repiqueteaban.

--Brindo,--dijo,--por los muertos que reposan a nuestro rededor.

--Y yo, por vuestra larga vida!--

Tom mi brazo de nuevo, y proseguimos.

--Estas catacumbas son extensas,--opin.

--Los Montresor,--repuse,--eran una antigua y numerosa familia.

--No recuerdo vuestras armas.

--Un gran pie humano de oro sobre campo de azur; el pie destroza una
serpiente rampante cuyas fauces estn incrustadas en el taco.

--Y el lema?

--_Nemo me impune lacessit._

--Bien!--exclam.

El vino chispeaba en sus ojos, y los cascabeles vibraban. Mi propia
fantasa se exaltaba con el Mdoc. Pasbamos entre grandes montones de
esqueletos mezclados con barriles y toneles en lo ms profundo de las
catacumbas. Me detuve nuevamente y esta vez me atrev a coger el brazo
de Fortunato arriba del codo.

--El nitro!--exclam;--mirad, aumenta ahora. Cubre las paredes como
musgo. Nos encontramos ahora bajo el lecho del ro. Las gotas de humedad
escurren entre los huesos. Venid, retrocedamos antes que sea demasiado
tarde. Vuestra tos....

--No vale nada, os digo,--insisti l.--Prosigamos. Pero antes, venga
otro trago de Mdoc.--

Romp una botella de Grve y se la pas. Vacila de una vez. Sus ojos
relampaguearon con brillo feroz. Ri, y arroj lejos la botella con un
gesto que no pude comprender.

Mirle sorprendido. Repiti el movimiento, algo grotesco.

--No comprendis?--pregunt.

--No, por cierto,--repliqu.

--Entonces no pertenecis a la hermandad.

--Cmo?

--No, sois masn.

--S, s,--asegur,--s, s.

--Vos? Imposible! Masn?

--Masn,--repliqu.

--Un signo,--dijo,--un signo.

--Aqu est,--respond, sacando una llana de entre los pliegues de mi
_roquelaure_.

--Os burlis!--exclam, retrocediendo algunos pasos. Mas veamos el
amontillado.

--Sea as,--repuse, colocando de nuevo la herramienta debajo de mi
chaqueta, y ofrecindole otra vez el brazo, sobre el cual se apoy
pesadamente. Continuamos la ruta en busca del amontillado. Atravesamos
una arquera baja, descendimos, seguimos adelante y, descendiendo de
nuevo, llegamos a una profunda cripta donde la pesadez del aire ahogaba
nuestras antorchas sin permitirlas flamear.

Al fondo de esta cripta apareca otra algo menos espaciosa. Sus muros
estaban cubiertos de restos humanos alineados hasta la altura de la
cabeza, a la manera de las grandes catacumbas de Pars. Tres lados de la
cripta interior estaban an decorados en esta forma. En el cuarto, los
huesos se haban arrojado al suelo y yacan en promiscuidad formando en
cierto sitio un montn de regular tamao. Dentro del muro, puesto as al
descubierto por el retiramiento de los esqueletos, apercibimos todava
otra cripta o nicho interior de cuatro pies de profundidad y tres de
anchura por seis o siete de altura. Pareca no haberse construdo con
propsito alguno especial, sino que formaba simplemente el espacio
intermedio entre dos de los pilares colosales que sostenan el techo de
las catacumbas; y tena al fondo uno de los muros divisorios de slido
granito.

En vano Fortunato, levantando su moribunda antorcha, trat de escudriar
el interior del escondrijo. Su dbil luz no nos permiti inspeccionarlo
en su totalidad.

--Adelante,--dije yo,--all est el amontillado. Y en cuanto a
Luchresi....

--Luchresi es un ignorante,--interrumpi mi amigo, avanzando con pasos
vacilantes mientras yo segua, pisndole los talones. Lleg en un
momento hasta el fondo del nicho y al encontrarse detenido por la roca,
qued estpidamente asombrado. Un instante ms, y le haba yo encadenado
contra el granito. Haba dos anillos de hierro a distancia de dos o tres
pies ms o menos uno de otro, horizontalmente. De uno de ellos penda
una cadena corta y del otro un candado. Arrojando los eslabones sobre su
cintura, fu para m labor solamente de unos cuantos segundos
asegurarle. Estaba demasiado atnito para resistir. Retirando la llave,
sal fuera del escondrijo.

--Pasad la mano sobre el muro,--insinu;--no podis dejar de sentir el
nitro. En verdad, est eso _muy_ hmedo. Dejadme implorar una vez ms
vuestro regreso. No? Entonces, positivamente, me ver obligado a
abandonaros. Pero antes quiero haceros todas las pequeas atenciones que
estn a mi alcance.

--El amontillado!--profiri mi amigo, sin recobrarse an de su estupor.

--Es verdad,--repliqu,--el amontillado.

Diciendo estas palabras, me dirig a la pila de huesos de que antes he
hablado. Arrojndolos a un lado, descubr pronto una cantidad de piedras
de construccin y argamasa. Con estos materiales y con ayuda de mi
llana, comenc a tapiar vigorosamente la entrada del nicho.

Apenas habra colocado la primera hilera en mi labor de albailera,
cuando pude notar que la embriaguez de Fortunato haba desaparecido casi
por completo. La primera indicacin que tuve de esta circunstancia fu
un sordo y lgubre lamento que parta del fondo del nicho. _No_ era el
lamento de un ebrio. Hubo luego un largo y obstinado silencio. Coloqu
la segunda hilera, y la tercera, y la cuarta, y o entonces furiosas
sacudidas a la cadena. El ruido se prolong por varios minutos, durante
los cuales abandon mi trabajo para escuchar con ms satisfaccin, y me
sent encima de los huesos. Cuando ces al cabo el chirrido, cog de
nuevo la llana y continu sin interrupcin la quinta, sexta y sptima
ringlera. El muro elevbase entonces casi a nivel de mi pecho. Me detuve
otra vez y levantando la antorcha sobre la abertura, arroj algunos
dbiles rayos de luz sobre la figura encerrada dentro.

Una explosin de agudos y penetrantes gritos, brotando sbitamente de la
garganta de la encadenada forma, pareci como si me lanzara
violentamente hacia atrs. Por breves instantes tembl, vacil.
Desnudando mi pual, comenc a tentar el fondo del nicho; pero un
momento de reflexin me tranquiliz. Puse la mano sobre la slida
construccin de las catacumbas y me sent satisfecho. Me aproxim
nuevamente al muro, y respond a los clamores que Fortunato lanzaba.
Hceles eco, los sostuve, los sobrepuj en fuerza y en volumen. Cuando
hice esto, los gritos se apagaron.

Era ya la media noche y mi tarea iba a concluir. Haba completado la
octava, la novena y la dcima hilera. Terminaba casi la ltima, la
undcima; faltaba colocar una piedra solamente y la argamasa para
asegurarla. Luchaba con su peso, y la haba colocado a medias en la
posicin deseada, cuando parti del fondo del nicho una risa dbil que
puso los pelos de punta sobre mi cabeza. Sucedila una voz lastimosa que
con dificultad pude reconocer como la del noble Fortunato. La voz deca:

--Ah! ah! ah!... eh! eh! eh!... muy buena broma en verdad, una
broma magnfica. Reiremos de buena gana muchas veces acerca de esto en
el _palazzo_... eh! eh! eh!... nuestro vino... eh! eh!eh!

--El amontillado!--dije yo.

--Eh! eh! eh!... eh! eh! eh!... s, el amontillado. Pero no est
hacindose ya muy tarde? No estarn aguardndonos en el _palazzo_ la
seora de Fortunato y los dems? Vmonos ya.

--S,--dije yo;--vmonos ya.

--_Por el amor de Dios, Montresor!_

--S,--repet;--por el amor de Dios!--

Mas aguard en vano respuesta a estas ltimas palabras. Me impacient.
Llam en alta voz:

--Fortunato!--

No obtuve contestacin. Llam de nuevo:

Tampoco hubo respuesta. Introduje una antorcha por la abertura que
quedaba y la dej caer dentro. Slo respondi un repiqueteo de los
cascabeles. Mi corazn se oprimi; sin duda la humedad de las catacumbas
era la causa. Me apresur a terminar mi labor. Forc la ltima piedra
hasta colocarla en posicin, luego la asegur con argamasa. Contra la
nueva obra de albailera elev la trinchera de huesos. Por ms de medio
siglo ningn mortal los ha removido jams. _In pace requiescat!_




EL ESCARABAJO DE ORO

    Hola! hola! Este hombre est atacado de locura!
      Debe haberle picado la tarntula.
         --_All in the Wrong._


Muchos aos ha contraje ntima amistad con Mr. Wlliam Legrand.
Perteneca a una antigua familia hugonote y haba gozado de fortuna;
pero una serie de contratiempos le redujo ms tarde a la miseria. Para
evitar la mortificacin consiguiente a sus desastres abandon Nueva
rleans, la cuna de sus antepasados, y fij su residencia en la isla de
Sllivan, cerca de Chrleston, en Carolina del Sur.

Esta isla es muy singular. Est formada casi toda de arena, y tiene
alrededor de tres millas de longitud. Su anchura no excede de un cuarto
de milla en toda su extensin. Queda separada del continente por una
corriente apenas perceptible que se desliza entre un yermo de caas y
lgamo, guarida favorita de las aves silvestres. La vegetacin, como
puede suponerse, es escasa y raqutica. No hay rboles de ninguna clase.
Cerca de la extremidad occidental, hacia el fuerte de Moultrie, donde
existen algunos edificios de estructura miserable ocupados durante el
verano por los fugitivos del polvo y las fiebres de Chrleston, puede
encontrarse en verdad la palmera de abanico; pero toda la isla, con
excepcin de la parte occidental y de una faja blanca y endurecida a la
ribera del mar, est cubierta de una densa maleza del mirto blanco tan
apreciado por los horticultores de Inglaterra. Estos arbustos alcanzan a
menudo una altura de quince o veinte pies y forman un tallar casi
impenetrable, embalsamando el aire con su fragancia.

En la ms intrincada espesura de aquel soto, no muy alejada de la
extremidad oriental y ms remota de la isla, haba construdo Legrand
una pequea cabaa que habitaba en la poca en que le conoc
incidentalmente por primera vez. Pronto este conocimiento se convirti
en amistad, porque el recluso tena muchas cualidades propias para
despertar inters y estimacin. Lo encontr bien educado, de mentalidad
extraordinaria, pero atacado de misantropa y sujeto a perniciosos
accesos alternados de entusiasmo y melancola. Tena muchos libros, pero
rara vez haca uso de ellos. Su principal distraccin consista en la
caza y la pesca o en vagar por la ribera y a travs de los mirtos en
busca de conchas o ejemplares entomolgicos, cuya coleccin de los
ltimos poda haber causado la envidia de un Swmmerdamm. En estas
excursiones le acompaaba generalmente un negro viejo, llamado Jpiter,
a quien haba franqueado antes de sus desgracias de familia, pero al
cual ni amenazas ni promesas pudieron inducir a abandonar lo que
consideraba su derecho de seguir los pasos de su joven "amo Will." No
sera extrao que los parientes de Legrand, juzgndole de mente algo
perturbada, hubieran contribudo a infundir a Jpiter esta obstinacin
con el objeto de mantener cierta vigilancia y tutela sobre el vagabundo.

En la latitud de la isla de Sllivan los inviernos no son muy severos
por lo general, y en el otoo es muy raro que se sienta la necesidad de
encender la chimenea. Sin embargo, a mediados de octubre de 18--ocurri
un da de fro extraordinario. A la hora precisa del ocaso me abra yo
paso entre las siemprevivas hacia la cabaa de mi amigo a quien no haba
visto durante varias semanas, pues que en aquel entonces resida yo en
Chrleston, a nueve millas de distancia de la isla, y las facilidades
para el viaje de ida y vuelta estaban muy lejos de aproximarse a las del
tiempo actual. Al llegar a la choza golpe la puerta como de costumbre
y, no obteniendo respuesta, busqu la llave en el sitio donde yo saba
que la ocultaban de ordinario, abr la puerta y entr. Un buen fuego
arda en el hogar. Era una novedad que nada tena por cierto de
desagradable. Me despoj del abrigo, acerqu una silla de brazos a los
crujientes leos, y me dispuse a esperar pacientemente la llegada de
Legrand.

Lleg poco despus de obscurecido y me brind la bienvenida ms cordial.
Jpiter, sonriendo de oreja a oreja, se precipit a preparar un ave de
pantano para la cena. Hallbase Legrand en uno de sus accesos--de qu
otro modo podra llamarlos?--de entusiasmo. Haba encontrado un bivalvo
desconocido que representaba un gnero nuevo; y haba perseguido y
cazado adems, con ayuda de Jpiter, un escarabajo que juzgaba
absolutamente nuevo, pero acerca del cual quera tener mi opinin a la
maana siguiente.

--Y por qu no ahora mismo?--pregunt, restregndome las manos sobre la
llama y enviando al diablo _in mente_ toda la tribu de escarabajos.

--Ah! Si hubiera podido adivinar que estabais aqu!--exclam
Legrand;--pero hace tanto tiempo desde que nos vimos la ltima vez que,
cmo iba a prever que me visitarais precisamente esta noche? De regreso
a casa encontr al teniente G----, el del fuerte, y neciamente le dej
prestado el insecto; de manera que es imposible que lo veis hasta
maana. Quedaos aqu esta noche y enviar a Jpiter a buscarlo al
amanecer. Es la cosa ms linda de la creacin!

--Qu? el amanecer?

--No! Qu ocurrencia! el escarabajo! Es ms o menos del tamao de una
nuez grande de nogal, color de oro brillante, y con dos manchas negras
como azabache, una a cada lado del extremo superior del dorso, y otra,
algo ms extensa, al otro extremo. Las antenas son...

--No ti n d'etao,[1] amo Will, se lo digo a ut," interrumpi
Jpiter. "Er bicho  toto de oro macizo por adentro y ajuera, menos las
alas.... Nunca en mi va tanti un animal m pesao."

--Bien; supongamos que sea as, Jup,--replic Legrand con ms gravedad
de lo que requera el caso, a mi entender;--pero esto no es razn para
que dejes quemarse la cena. El color,--prosigui volvindose a m,--es
bastante para justificar la opinin de Jpiter. Jams habris visto
reflejos metlicos ms brillantes que los que sus escamas emiten; pero
no podis juzgar de ello hasta maana. Entretanto puedo daros alguna
idea de su forma.--

Hablando as, sentse a una pequea mesa donde haba tintero y plumas,
pero no se vea nada de papel. Busc en los cajones sin poder encontrar
ninguna hoja.

--No importa,--dijo al fin;--esto servir lo mismo.--

Y sacando del bolsillo de su chaleco algo que me pareci una hoja sucia
de papel de oficio, psose a dibujar un boceto a pluma. Mientras l
proceda, permanec yo en mi sitio junto al fuego, pues aun senta fro.
Cuando termin su trabajo me lo alarg sin levantarse. En el momento en
que lo reciba, dejse percibir un fuerte gruido seguido de araazos a
la puerta. Jpiter abri, y un enorme terranova, que perteneca a
Legrand y a quien haba yo demostrado gran simpata en mis visitas
anteriores, se precipit dentro saltando sobre mis hombros y llenndome
de caricias. Cuando terminaron sus cabriolas mir el papel y, a decir
verdad, me sent no poco asombrado al ver el dibujo de mi amigo.

--Bien,--dije, despus de contemplarlo por algunos minutos;--_esto_ es
un escarabajo muy extrao, he de confesarlo; completamente nuevo para
m; jams he visto nada semejante, a menos de ser un crneo o una
calavera, que es lo que ms se acerca a lo que tengo en observacin.

--Una calavera!--repiti Legrand como un eco.--Oh! s, bien, quizs
tenga algo de esta apariencia sobre el papel, no hay duda. Las dos
manchas superiores pueden parecer los ojos, no? y la ms grande al otro
extremo, la boca; y luego, el conjunto es de forma oval.

--Tal vez sea as,--dije;--pero se me figura, Legrand, que no sois muy
buen artista. Necesito ver yo mismo el insecto si he de formarme alguna
idea de su aspecto particular.

--Bien, no s por qu,--replic algo amostazado.--Dibujo de manera
aceptable, al menos debera hacerlo as; he tenido buenos maestros y me
lisonjeo de no ser un topo.

--Pero, querido amigo, entonces estis tratando de burlaros de
m,--repuse.--Esto es un crneo muy presentable; en verdad, hasta podra
decir una calavera excelente, de acuerdo con las nociones ms
elementales de los ejemplares de esta clase en fisiologa; y vuestro
_escarabajo_ debe ser el escarabajo ms peculiar si se le parece. Vaya!
Hasta podemos arrojar un poquillo de terror supersticioso a su respecto.
Se me imagina que podis llamar a vuestro insecto _scarabus capus
hominis_ o algo por el estilo; hay nombres anlogos en la historia
natural. Pero dnde estn las antenas de que hablabais?

--Las antenas!--exclam Legrand, que pareca irse acalorando sobre el
asunto.--Estoy seguro de que podis descubrir las antenas; las he
dibujado tan distintamente como aparecen en el original, y creo que esto
es suficiente.

--Bien, bien,--repliqu;--probablemente es as, lo cual no obsta para
que yo no las vea;--y sin ms comentario le alargu el papel no deseando
excitar su enojo. Sin embargo, estaba muy sorprendido por el giro que
tomaba el asunto; su mal humor me chocaba; y con respecto al diseo del
insecto, no haba all antenas positivamente y el conjunto tena en
verdad extraordinario parecido al dibujo corriente de una calavera.

Recibi el papel con enfado y estaba visiblemente a punto de estrujarlo
y arrojarlo al fuego cuando una ojeada casual al dibujo pareci fijar de
repente su atencin. En un instante enrojeci su rostro violentamente, y
un momento despus palideci por completo. Durante algunos minutos
examin el diseo con minuciosidad en el mismo sitio donde se encontraba
sentado. Al cabo se levant, cogi una buja de la mesa y fu a sentarse
sobre un arca en el rincn ms alejado de la habitacin. All hizo de
nuevo un ansioso escrutinio del papel revolvindolo en todas
direcciones. No deca una palabra, sin embargo, y su conducta me llenaba
de estupor; pero juzgu prudente no exacerbar con comentario alguno la
extravagancia creciente de sus maneras. Luego, sacando una cartera del
bolsillo de su chaqueta, coloc dentro el papel cuidadosamente y
deposit el paquete en su escritorio que cerr con llave. Entonces
adquirieron sus ademanes mayor compostura, pero su entusiasmo primitivo
haba desaparecido del todo. Sin embargo, pareca ms bien abstrado que
descontento. Conforme avanzaba la noche se absorba ms y ms en sus
meditaciones de las cuales no consiguieron arrancarle todos mis
esfuerzos. Haba tenido yo la intencin de pasar la noche en la cabaa
como lo acostumbraba a menudo, pero observando la actitud de mi husped,
pens que era ms oportuno despedirse. No me inst para que permaneciera
en su compaa, pero estrech mi mano al partir con mayor cordialidad
an que de ordinario.

Hara un mes de lo que he relatado, intervalo durante el cual nada haba
sabido de Legrand, cuando recib en Chrleston la visita de su asistente
Jpiter. Nunca haba visto al buen negro tan trastornado y cre que
algn serio desastre hubiera ocurrido a mi amigo.

--Y bien, Jpiter,--djele,--de qu se trata? Cmo est tu amo?

--P decir verd, patrn, l no et tan sano.

--Est enfermo? Lo siento mucho. De qu se queja?

--Ah et! Eso  lo pior! Nunca se queja de n. Pero t mu mal.

--Muy mal, Jpiter! Por qu no me dijiste eso de una vez? Est en
cama?

--No, se; eso no. Pero no se sabe por nde anda. Eso  lo que me
duele. El pobre amo Will m'et dando mucho dolore de cabeza.

--Jpiter, quisiera entender lo que ests diciendo. Hablas de que tu
amo est enfermo. No te ha dicho lo que tiene?

--Geno, patrn! No hay que alterase po eso. Amo Will dice que no tiene
n.... Pero por qu anda poah con la cabeza enterr entre sus hombros
y blanco como una visin?... Otra cosa! Siempre et con una char....

--Una qu, Jpiter?

--S; una char, y una pizarra con lo nmero m raros que se ha vito. Le
digo a ut que me asuta en veces. Necesito mucho ojo con sus cosas.
L'otro da se m'escap a la madrug y se ju todo el bendito da. Tuve
preparao un garrote p dale una gena soba cuando volviese; pero soy tan
zonzo que no tuve alma dempus de t.... Pareca tan despeao que me di
lstima.

--Eh? Cmo? Ah, s! Bien, teniendo todo en cuenta, creo que es mejor
que no seas muy severo con el pobre. No lo disciplines, Jpiter; no me
parece que est en condiciones de resistirlo. Pero no puedes imaginar
qu es lo que ha producido su enfermedad, o mejor dicho, este cambio en
sus maneras? Ha sucedido algo desagradable despus que no nos hemos
visto?

--No, patrn, no ha sucedido n dende entonce. Me paece que ju antes...
ju el mimo da que ut etuvo.

--Cmo! qu quieres decir?

--Geno, patrn, yo digo que ju la cucaracha... eso!

--El qu?

--La cucaracha. Seguro que esa cucaracha de oro lo pic en algn lao de
la cabeza.

--Y qu motivo tienes para pensar eso, Jpiter?

--Esa cucaracha tiene mu genas patas y mu gena boca. Nunca vide un
bicho ms condenao: muerde y patea t lo que se le arrima. Amo Will la
caz primero, pero le digo que tuvo que soltarla mu prontito. Y entonce
creo que lo mordi. A m di miedo la boca e la cucaracha p'agarrarla,
pero la pesqu con un peaso e papel. L'envolv con el papel y tamin
l'ise com papel. As ju.

--Y crees entonces que el insecto pic verdaderamente a tu amo y que la
picadura lo ha enfermado?

--A m no  que me paece.... Toy seguro. Po qu so tanto con el oro
si no  poque lo pic el bicho de oro? Yo he odo dende antes habl de
estas cucarachas de oro.

--Pero cmo sabes que suea con oro?

--Que cmo s? Poque habla de eso cuando duerme. Po eso toy seguro.

--Bien, Jpiter, quiz tengas razn; pero a qu circunstancia
afortunada debo el placer de tu visita?

--Qu dise, patrn?

--Me traes algn recado de Mr. Legrand?

--No, patrn, traigo ete paquete;--y aqu Jpiter me entreg una carta
que deca as:

     QUERIDO----

     Por qu no habis venido en tanto tiempo? Espero que no seris tan
     bobo de ofenderos por mis pequeos arranques; no, eso no es
     posible.

     Desde que no os he visto tengo grandes motivos de ansiedad.
     Necesito deciros algo, pero apenas s en qu forma podra hacerlo y
     ni siquiera si debera decroslo.

     No he estado muy bien en los ltimos das y el pobre viejo Jpiter
     me ha aburrido ms de lo que es posible soportar con sus ingenuas
     atenciones. Lo creerais? Haba preparado un gran palo el otro da
     para castigarme por habrmele escapado y haber pasado la jornada
     solo, en las colinas de la isla. Creo, en verdad, que nicamente mi
     aspecto de enfermo me salv de la azotaina.

     No he agregado nada a mi coleccin desde la ltima vez que nos
     vimos.

     Si podis arreglarlo sin inconveniente, venid con Jpiter. _Venid_.
     Necesito veros _esta noche_ para un asunto de importancia. Os
     aseguro que es de la _mayor_ importancia.

     Vuestro afectsimo
     WLLIAM LEGRAND.

Algo haba en el tono de la carta que me produjo gran inquietud. Su
estilo difera por completo del que acostumbraba Legrand. En qu
estara soando? Qu nueva extravagancia se haba apoderado de su
excitable cerebro? Cul poda ser aquel "asunto de gran importancia"
que necesitara l definir? Las noticias de Jpiter a su respecto no
auguraban nada bueno. Tem que quiz el peso continuo de la desgracia
hubiera al fin trastornado la mente de mi amigo. En consecuencia, sin un
instante de vacilacin me prepar a acompaar al negro.

Al llegar al embarcadero advert una hoz y tres azadas, nuevas en
apariencia, colocadas en el fondo del bote que debamos ocupar.

--Qu significa esto, Jup?--pregunt.

--Son una hoz y unas azadas, patrn.

--No cabe duda; pero qu hacen aqu?

--Son una hoz y unas azadas que amo Will me mand que le comprara en la
ciudad y que por m seas he teno que largar un montn de plata po eso.

--Pero, en nombre de todo lo misterioso, qu va a hacer "amo Will" con
azadas y con hoces?

--Ah! Eso s que no s y el diablo cargue conmigo si el amo sabe m
que yo! P m que t  por la cucaracha.--

Viendo que no poda satisfacer mi curiosidad con las respuestas de
Jpiter, cuyo intelecto pareca completamente absorbido por el
escarabajo, abord el bote y nos dimos a la vela. Empujados por brisa
poderosa y favorable arribamos pronto a la pequea ensenada al norte del
fuerte de Moultrie y una caminata de dos millas nos condujo a la cabaa.
Era cerca de las tres de la tarde cuando llegamos, y Legrand nos
aguardaba en ansiosa expectacin. Oprimi mi mano con vivacidad nerviosa
que me alarm robusteciendo las sospechas que haban ya acudido a mi
mente. Su semblante tena palidez cadavrica y sus ojos, hundidos en las
cuencas, brillaban con lustre sobrenatural. Despus de algunas preguntas
acerca de su salud preguntle, no sabiendo cosa mejor que decir, si no
haba recuperado an su escarabajo del teniente G.----

--Oh, s!--replic, enrojeciendo violentamente.--Lo recog al siguiente
da. Nada podra decidirme a separarme de este escarabajo. Sabis que
Jpiter tena razn en sus apreciaciones?

--A qu respecto?--pregunt, sintiendo mi corazn llenarse de tristes
presentimientos.

--Suponiendo que era un insecto de _oro verdadero_.--

Dijo esto con aire de profunda gravedad, y yo me sent indeciblemente
contristado.

--Este insecto har mi fortuna,--continu con sonrisa triunfante;--me
reinstalar en mis posesiones de familia. Qu de extrao tiene,
entonces, que yo lo aprecie en grado sumo? Desde que la Fortuna ha
credo oportuno concederme sus dones en esta forma, slo me resta usar
de ellos debidamente para llegar a la riqueza que es su culminacin.
Jpiter, treme el escarabajo!

--Qu! La cucaracha, patrn? No quo buscale camorra a ese bicho; mej
que ut mimo lo agarre.--

A lo cual levantse Legrand con aire grave y majestuoso y me present el
insecto que sac de una caja de cristal en que lo tena encerrado. Era,
en verdad, un hermoso escarabajo, desconocido por aquel tiempo a los
naturalistas y, por consiguiente, un gran hallazgo desde el punto de
vista cientfico. Tena dos manchas negras en el extremo anterior del
lomo y otra, ms grande, en el extremo posterior. Las escamas eran
excesivamente duras y brillantes, con toda la apariencia del oro
bruido. El peso del insecto era notable y, tomando todas estas cosas en
consideracin, apenas poda yo reprochar a Jpiter sus opiniones al
respecto; pero lo que inclinaba a Legrand a asentir con esta idea no
poda comprenderlo, por vida ma.

--He enviado a buscaros,--dijo en tono grandilocuente cuando termin el
examen del insecto,--he enviado a buscaros porque necesito vuestros
consejos y vuestra asistencia para llevar a cabo los designios de la
suerte y del escarabajo....

--Mi querido Legrand,--exclam interrumpindole,--seguramente no os
sents bien, y es preferible que tomis algunas ligeras precauciones.
Acostaos, y yo permanecer aqu algunos das hasta que os encontris
mejor. Estis febril y....

--Tomadme el pulso,--dijo mi amigo.

Hcelo as, y a decir verdad no encontr la ms ligera alteracin.

--Pero podis estar enfermo aun sin tener fiebre. Permitidme recetaros
por esta vez. En primer lugar, poneos en cama; en segundo....

--Estis equivocado,--interrumpi.--Me encuentro tan bien como puedo
estarlo bajo la excitacin que me aqueja. Si tenis realmente algn
inters por m, aliviaris esta excitacin.

--De qu manera puedo hacerlo?

--Muy fcilmente. Jpiter y yo vamos a emprender una expedicin a las
colinas de la isla, y necesitamos en dicha empresa la cooperacin de
alguien en quien podamos confiar absolutamente. Vos sois el nico en
quien yo depositara mi confianza. Ya tengamos xito o fracasemos,
desaparecer la agitacin que ahora adverts en m.

--Deseo muchsimo complaceros en cualquier sentido,--repliqu;--pero
significa esto que el infernal escarabajo tiene alguna conexin con
vuestra expedicin a las colinas?

--La tiene.

--En tal caso, Legrand, no puedo prestarme a proceder tan absurdo.

--Lo siento, lo siento mucho; porque tendremos que ensayarlo solos.

--Ensayarlo solos! Este hombre est loco seguramente! Pero aguardad!
Cunto tiempo os proponis ausentaros?

--Probablemente toda la noche. Saldremos en este instante y estaremos de
vuelta al alba en todo caso.

--Y me prometis, por vuestro honor, que una vez satisfecha esta
fantasa y resuelto a vuestra satisfaccin el asunto del escarabajo,
gran Dios! volveris a casa y seguiris implcitamente mis consejos
como si fuera vuestro mdico?

--S; lo prometo; y ahora partamos inmediatamente porque no hay tiempo
que perder.

Acompa a mi amigo con el corazn oprimido. Salimos a eso de las
cuatro, Legrand, Jpiter, el perro y yo, cargando Jpiter con la hoz y
las azadas que insisti en llevar l mismo, ms por temor de dejar
aquellos instrumentos al alcance de su amo que por exceso de actividad o
complacencia, a lo que pude presumir. Su actitud era terriblemente
suspicaz, y las palabras "condenado insecto" fueron las nicas que se
escaparon de sus labios durante todo el trayecto. Por mi parte me haba
encargado de dos linternas sordas, mientras Legrand se contentaba con el
escarabajo que llevaba atado al extremo del cordel de un ltigo,
hacindolo girar a uno y otro lado con aires de hechicero conforme
avanzbamos. Cuando pude observar esta ltima y evidente muestra de la
aberracin mental de mi amigo apenas me fu posible retener las
lgrimas. Pens, sin embargo, que era mejor seguir sus fantasas al
menos por el momento hasta que se presentara la oportunidad de adoptar
medidas ms enrgicas con probabilidades de xito. Me propuse al mismo
tiempo, aunque sin resultado, sondearle acerca del objeto de la
expedicin. Habiendo logrado inducirme a acompaarle, no pareca desear
sostener conversacin sobre tpicos de menor importancia, y a todas mis
preguntas se dignaba responder tan slo: "Ya veremos!"

Cruzamos en un esquife el canal que separaba la isla y, ascendiendo las
colinas de la playa del continente, seguimos en direccin noroeste a
travs de una comarca excesivamente salvaje y desolada donde no exista
traza de seres humanos. Legrand guiaba con decisin, detenindose
nicamente de vez en cuando para consultar ciertas seales que en
apariencia haba colocado l mismo en alguna excursin preliminar.

De esta manera avanzamos durante cerca de dos horas, y precisamente a la
cada del sol penetramos en una regin infinitamente ms lgubre que
todo lo que habamos atravesado hasta entonces. Era una especie de
meseta cerca de la cima de una eminencia casi inaccesible, cubierta de
densa arboleda desde la base hasta la cumbre y sembrada de enormes
peascos que parecan yacer desprendidos sobre el terreno, evitando en
muchos casos precipitarse a los hondos valles debido simplemente al
apoyo de los rboles contra los cuales descansaban. Quebradas profundas,
que partan en diversas direcciones, prestaban todava un aire de
solemnidad ms agreste a la escena.

La plataforma natural hasta donde nos habamos encaramado estaba erizada
de espesas zarzas entre las cuales descubrimos pronto que habra sido
imposible avanzar sin el auxilio de la hoz; y Jpiter procedi, bajo la
direccin de su amo, a abrirnos una senda hasta el pie de un enorme
tulipn que se levantaba en medio de seis u ocho robles sobrepasando a
todos en altura y humillando a cuantos rboles haba yo visto hasta
entonces por la belleza de su follaje y de su forma, por la magnitud de
sus ramas y por la majestad de su aspecto en general. Cuando llegamos
cerca del rbol, volvise Legrand a Jpiter y preguntle si sera capaz
de escalarlo. El viejo titube un poco quedando algunos instantes sin
responder. Aproximndose al fin al inmenso tronco, di la vuelta
pausadamente alrededor y lo examin con minuciosa atencin. Cuando
termin su escrutinio, dijo sencillamente:

--Claro, patrn, el negro Jpiter se trepa a cualquier rbol que le da
la gana.

--Entonces, arriba cuanto antes, porque pronto ser demasiado tarde para
ver lo que necesitamos.

--Asta nde me subo, patrn?--pregunt Jpiter.

--Sube primero por el tronco y luego te dir de qu lado debes ir.
Ah!... espera! llvate al insecto.

--La cucaracha, patrn! La cucaracha de oro?--grit el negro,
retrocediendo acongojado. P qu he de subir la cucaracha arriba del
rbol? Demonio si la llevo!

--Si tienes miedo, Jpiter, un negro grandazo y viejo como eres, de
coger a este pequeo animalito inofensivo, llvalo por el cordn; pero
si no lo subes contigo en alguna forma, me ver obligado a romperte la
cabeza con esta azada.

--Qu es eso, patrn? Po qu s'enoja ahora?--dijo Jpiter
evidentemente abochornado hasta la sumisin.--Siempre la paga el pobre
negro viejo. Yo lo dije slo de juego. Que le tengo miedo a la
cucaracha? Qu me v'aser a _m_ la cucaracha?--

Y a esto cogi cautelosamente el extremo ms alejado del cordn y
manteniendo al insecto tan apartado de s como lo permitan las
circunstancias, preparse a escalar el rbol.

En la juventud, el tulipn o _Liriodendron tulipiferum_, magnfico
habitante de las selvas, tiene el tronco singularmente liso y se eleva a
menudo a gran altura sin ramas laterales; pero en su edad madura la
corteza se vuelve spera y nudosa a la vez que aparecen ramas cortas en
el tallo. As, la dificultad de la ascensin era ms aparente que real
en el presente caso. Abarcando el enorme cilindro con brazos y rodillas
tan estrechamente como era posible, aferrndose con las manos en algunas
partes salientes mientras afirmaba en otras sus pies desnudos, Jpiter
se encaram al fin, despus de dos o tres escapes de cada inminente, en
la primera rama ahorquillada y pareci considerar su tarea virtualmente
llevada a cabo. El peligro de la empresa estaba vencido, en efecto, aun
cuando se hallaba ahora a sesenta o setenta pies de altura sobre el
nivel del suelo.

--Por nde voy aora, amo Will?--pregunt.

--Sigue la rama ms grande hacia este lado,--dijo Legrand. El negro
obedeci prontamente y al parecer con pequeo esfuerzo, ascendiendo ms
y ms alto hasta que perdimos de vista su agachada figura entre el
espeso follaje que la envolva. A poco omos su voz en una especie de
alerta.

--Asta nde subo aora?

--A qu altura has llegado?

--Bien arriba,--replic el negro;--ya po ver el sielo po entre la punta
del rbol.

--Nada importa el cielo, pero atiende a lo que voy a decirte. Mira hacia
abajo del rbol y cuenta las ramas de este lado debajo de ti. Cuntas
ramas has pasado?

--Una, do, tr, cuato, sinco... he pasao sinco ramas de este lao,
patrn.

--Entonces sube una ms.--

Algunos minutos despus omos nuevamente su voz anunciando que haba
llegado a la sptima.

--Ahora, Jup,--exclam Legrand visiblemente agitado,--necesito que
avances sobre esa rama lo ms lejos que puedas. Si encuentras algo
extrao, avsamelo inmediatamente.--

En aquel momento desaparecieron las pocas dudas que poda aun abrigar
acerca de la demencia de mi amigo. No tena otra alternativa sino pensar
que haba sido atacado de locura, y llegu a sentirme verdaderamente
ansioso pensando en el modo de hacerlo regresar a la casa. En tanto que
reflexionaba sobre lo que sera ms conveniente intentar, la voz de
Jpiter dejse escuchar de nuevo.

--Mucho critianos se asutaran de andar po eta rama. Et seca casi
todita.

--Dices que es una rama seca, Jpiter?--interrog Legrand con voz
trmula.

--S, patrn; et seca como tranca e puerta. Como que lo etoy viendo...
t muerta!

--Qu har, en nombre del cielo?--exclam Legrand, que pareca
entregado a gran desesperacin.

--Haced esto!--insinu yo, satisfecho de encontrar la oportunidad de
colocar una palabra.--Vaya! Venir a casa y acostaros! Vamos
inmediatamente, si sois buen chico. Se hace tarde, y adems debis
recordar vuestra promesa.

--Jpiter!--grit l, sin atenderme en lo ms mnimo.--Me oyes?

--S, patrn; l'oigo mu bien.

--Entonces, prueba la madera con tu cuchillo y fjate bien si la rama
est _muy_ seca.

--Podrida, patrn, seguro,--contest el negro despus de un momento;
pero no tan podrida. Quin sabe si pudiera 'vans m ay etando solo.
As s, digo!

--Solo! Qu quieres decir?

--Geno,  po la cucaracha. E mu pesada. Si la boto pa 'bajo, la rama no
se romper con el peso del negro na m.

--Canalla infame!--grit Legrand, muy consolado al parecer,--qu
piensas sacar dicindome esas estupideces? Ten por seguro que si dejas
caer el insecto te rompo el cuello. Mira, Jpiter! me oyes?

--S, patrn; no hay necesidad de cargarle con tanto grito al pobre
negro.

--Bien! Escucha ahora! Si vas por esa rama hasta donde creas que hay
seguridad y no dejas caer el escarabajo, te regalar un dlar de plata
en cuanto llegues al suelo.

--Voy, patrn, pierda cuidao,--repuso el negro con presteza;--etoy casi
en la punta de la rama.

--_Casi en la punta de la rama!_--exclam alegremente Legrand;--dices
que has llegado al extremo de esa rama?

--Pronto etoy en la mima punta, patrn.... O-o-o-oh! Santsimo Padre!
Qu es eto que hay en el rbol?

--Bien!--grit? Legrand en medio de extraordinario deleite.--Qu es
ello?

--Qu! Una calavera!... Alguno que dej su cabesa en el rbol y los
gallinasos le han como toto el peyejo.

--Una calavera, dices? Muy bien! Cmo est asegurada contra el rbol?
Qu cosa la sostiene?

--Et juerte, patrn; vamo a ver. Vaya qu'  curioso! Et clavada al
rbol con un clavo grandaso.

--Ahora bien, Jpiter, haz exactamente lo que te digo; me oyes?

--S, patrn.

--Fjate entonces; busca el ojo izquierdo de la calavera.

--Ju, ju! Eso s que et geno! No hay dengn ojo en la calavera.

--Malhaya sea tu estupidez! Sabes siquiera distinguir tu mano
izquierda de tu mano derecha?

--Claro que lo s... y mu bien. Mi mano isquierda  la que est
agarrando la rama.

--S, por cierto! Eres zurdo; y tu ojo izquierdo est al mismo lado que
tu mano izquierda. Ahora supongo que podrs encontrar el ojo izquierdo
de la calavera o el sitio donde estaba el ojo izquierdo. Lo
encuentras?--

Hubo una larga pausa. Al fin pregunt el negro:

--Diga, patrn! El ojo isquierdo de la calavera et al mimo lao que la
mano isquierda de la calavera? Poque no l'encuentro manos a la
calavera.... No importa! Aqu tengo ahora el ojo isquierdo... aqu et
el ojo isquierdo.... Qu ago con l?

--Deja caer por all al insecto hasta donde alcance el cordn; pero ten
mucho cuidado de no dejar escapar el otro extremo.

--Listo, patrn. Fasilito pas la cucaracha por el aujero... aora
cuidao con el bicho ay abajo!

Durante todo este coloquio nada poda descubrirse de la persona de
Jpiter; pero el insecto, que haba dejado descender, vease ahora al
extremo del cordn, brillando como un globo de oro bruido a los
ltimos rayos del sol poniente que iluminaban todava dbilmente la
eminencia en que nos encontrbamos. El escarabajo oscilaba libremente
fuera de las ramas y, de soltarlo, habra cado a nuestros pies. Legrand
cogi la hoz al punto y desmont un espacio circular de tres o cuatro
pies de dimetro, exactamente debajo del insecto; cumplido lo cual
orden a Jpiter soltar el cordn y descender del rbol.

Clavando en el suelo una estaca con gran esmero, en el punto preciso
donde cay el animal, sac mi amigo del bolsillo una cinta de medida.
Asegurando uno de sus extremos al tronco por el sitio ms cercano a la
estaca, la desenroll hasta alcanzar este punto, continuando la
operacin hasta la distancia de cincuenta pies siguiendo la direccin
establecida por los dos puntos del tronco y la estaca. Jpiter abra
camino en la maleza con la hoz. Llegando al sitio determinado en esta
forma, enclav de nuevo otra estaca y, tomndola como eje, describi un
crculo de cuatro pies de dimetro aproximadamente. Cogiendo entonces
una azada para s y dando una a Jpiter y otra a m, nos encareci
ponernos a cavar con la mayor actividad posible.

A decir verdad, no tena yo especial aficin por este entretenimiento en
ningn caso, y habra declinado gustoso la invitacin en semejante
momento, porque la noche caa y me senta muy fatigado con todo el
ejercicio que habamos llevado a cabo; pero no vi modo alguno de
escapar, temiendo alterar la ecuanimidad de mi pobre amigo con una
negativa. Si hubiera podido contar con la ayuda de Jpiter, no habra
vacilado en intentar el regreso del luntico a la casa, aun cuando fuera
por fuerza; pero saba muy bien las disposiciones del viejo negro para
esperar que quisiera sostenerme, en cualesquiera circunstancias, en
lucha personal contra su amo. No dudaba yo que ste se hubiera
contagiado con alguna de las innumerables supersticiones del sur con
respecto a dinero enterrado, y que tal fantasa se confirmara en su
mente por el hallazgo del escarabajo o, quiz tambin, por la
obstinacin de Jpiter en asegurar que este insecto era "un animal de
oro verdadero." Una mente predispuesta a la locura pronto se dejara
arrastrar por tales sugestiones, especialmente si concordaban con ideas
favoritas preconcebidas, lo que me hizo recordar que el pobre muchacho
llamaba al escarabajo "la base de su fortuna." Encontrbame tristemente
vejado e impresionado, pero al fin resolv hacer de necesidad virtud y
cavar con entusiasmo para convencer ms pronto al visionario, con
demostracin ocular, de la falsedad de sus opiniones.

Encendimos las linternas y nos pusimos todos a la obra con ardor digno
de mejor causa. No pude menos de pensar, observando el resplandor que
iluminaba nuestras personas e instrumentos, en el grupo tan pintoresco
que debamos formar, y cun extraa y sospechosa parecera nuestra labor
a cualquiera que por casualidad se hubiera acercado a los alrededores.

Cavamos de firme durante dos horas. Apenas hablbamos; y nuestra
preocupacin principal consista en los ladridos del perro que tomaba
inters extraordinario en nuestros procedimientos. Alcanzaron por ltimo
tal diapasn que temimos pudiera dar la alarma a cualquier vagabundo en
las cercanas; mejor dicho, tales eran las aprensiones de Legrand, pues
en cuanto a m habra acogido con placer cualquiera interrupcin que me
permitiera hacer regresar a casa al extraviado. El ruido fu dominado al
fin muy eficazmente por Jpiter que, saliendo del agujero con aire de
inflexible determinacin, at el hocico del perro con uno de sus
tirantes, volviendo luego a su tarea con risa ahogada de satisfaccin.

Cuando expir el tiempo indicado habamos llegado a una profundidad de
cinco pies sin que aparecieran indicios de tesoro alguno. Sigui una
pausa general y comenc a esperar que estuviramos al final de la farsa.
Sin embargo, Legrand, aunque visiblemente desconcertado, enjug
pensativo su frente y se puso de nuevo a la obra. Habamos excavado
completamente el crculo de cuatro pies de dimetro y ensanchamos algo
aquel lmite ahondando dos pies ms de profundidad. Nada apareci. El
buscador de oro, a quien compadeca yo sinceramente, trep al fin del
fondo del hoyo con la decepcin ms amarga impresa en sus facciones y
procedi pausadamente y a ms no poder a endosar su chaqueta que haba
arrojado al comenzar su labor. Yo no haca observacin alguna. Jpiter
comenz a reunir las herramientas a una seal de su amo. Hecho esto, y
quitada la mordaza al perro, nos encaminamos a casa en profundo
silencio.

Habramos andado quiz una docena de pasos en aquella direccin cuando
Legrand se dirigi violentamente a Jpiter con un gran juramento
sacudindolo por el cuello.

--Canalla!--exclam, silbando las palabras entre sus dientes
apretados.--Infernal negro bellaco! Habla, te digo! respndeme al
instante sin superchera! Cul, cul es tu ojo izquierdo?

--Oh, misericordia, patrn! No  te mi ojo isquierdo?--aull el
aterrorizado Jpiter, colocando la mano sobre su rgano visual _derecho_
y mantenindola all con pertinacia como si temiera que su amo intentara
arrancrselo.

--As me lo figuraba! Estaba seguro de ello! hurra!--vocifer
Legrand, dejando escapar al negro y ejecutando una serie de saltos y
cabriolas con gran admiracin del criado quien, levantndose de donde
haba cado arrodillado, miraba enmudecido de su amo a m y de m a su
amo.

--Venid! Tenemos que regresar,--dijo ste ltimo;--la partida no est
terminada an.--

Y de nuevo nos condujo hasta el rbol de tulipn.

--Jpiter,--dijo cuando llegamos al pie,--ven ac! Estaba clavado el
crneo en el rbol con la cara hacia afuera o con la cara contra la
rama?

--La cara etaba p juera, patrn; as que los gallinasos se pudieron
come los ojos con descanso.

--Bien; entonces, soltaste el insecto por este ojo o por
ste?--pregunt Legrand tocando ambos ojos de Jpiter.

--Ju por ete ojo, patrn... el ojo isquierdo... el mimo que ut me
dijo;--y el negro sealaba su ojo derecho.

--As puede arreglarse; tenemos que ensayar otra vez.

Entonces mi amigo, en cuya locura vea yo ahora o imaginaba ver ciertas
indicaciones de mtodo, movi la estaca que marcaba el sitio donde cay
el escarabajo tres pulgadas al oeste de su primera posicin. Tomando
luego como antes la medida desde el punto ms cercano del tronco hasta
la estaca, y siguiendo aquella direccin en lnea recta hasta la
distancia de cincuenta pies, qued indicado un sitio separado por
algunas yardas del lugar en donde habamos verificado la excavacin.

Describiendo ahora un crculo algo mayor que la primera vez alrededor
del punto as indicado, principiamos de nuevo a trabajar con las azadas.
Yo estaba horriblemente fatigado, pero, aun sin comprender bien lo que
provocaba tal cambio en mis ideas, no senta ya gran aversin por la
tarea que se me impona. Estaba indeciblemente interesado; ms an,
excitado. Haba algo en medio de la extravagancia de maneras de Legrand,
cierto aire de previsin, de deliberacin que me impresionaba. Ahondaba
con empeo, y de vez en cuando me sorprend a m mismo buscando, con
modo que se asemejaba mucho a la expectacin, el fantstico tesoro cuya
visin haba trastornado a mi infortunado compaero. En cierto momento
en que los vagares de mi imaginacin se haban apoderado de m por
completo, y cuando habramos trabajado quiz hora y media, nos
interrumpieron otra vez violentos ladridos del perro. Su inquietud en el
primer caso haba sido evidentemente tan slo el resultado de un juego o
de un capricho, pero ahora asuma tono ms grave e insistente. Cuando
Jpiter intent amordazarlo de nuevo, manifest furiosa resistencia y
lanzndose en el agujero psose a cavar frenticamente con las uas. En
pocos segundos descubri un montn de huesos humanos que formaban dos
esqueletos completos, entremezclados con varios botones de metal y algo
que pareca residuos de lana apolillada. Uno o dos golpes de azada
descubrieron la hoja de una gran daga espaola, y ahondando un poco ms
salieron a luz tres o cuatro piezas de oro sueltas.

A la vista de las monedas apenas pudo Jpiter refrenar su alegra, pero
el aspecto de su amo demostraba profunda decepcin. Insisti, sin
embargo, para que continuramos los esfuerzos, y no haba terminado de
pronunciar aquellas palabras cuando yo tropec y ca hacia adelante, con
la punta de la bota cogida en un gran anillo de hierro que yaca medio
oculto entre la tierra removida.

Trabajamos entonces ansiosamente, y jams he pasado diez minutos de
excitacin tan intensa como aqullos. En este intervalo descubrimos una
caja oblonga de madera que, a juzgar por su conservacin perfecta y
maravillosa solidez, haba sido sometida a algn proceso de
petrificacin, quiz por el bicloruro de mercurio. Aquella arca tena
tres pies y medio de largo, tres pies de ancho y dos pies y medio de
altura. Estaba fuertemente asegurada con bandas de hierro forjado,
remachadas y formando una especie de tejido que cubra el conjunto. A
los costados de la caja, cerca de la cubierta, haba tres anillos de
hierro, seis en total, que ofrecan seguro agarradero para que seis
personas pudieran levantarla con comodidad. Nuestros mayores esfuerzos
reunidos alcanzaron apenas a remover ligeramente el cofre en su mismo
sitio. Al momento pudimos comprobar la imposibilidad de levantar peso
tan enorme. Afortunadamente, la nica cerradura de la tapa consista en
dos cerrojos que descorrimos temblando y palpitantes de ansiedad. En un
instante brillaron ante nuestros ojos tesoros de valor incalculable. Al
caer dentro del hoyo los rayos de las linternas relampaguearon chispas y
dorados resplandores que partan de un confuso montn de oro y joyas
deslumbrando por completo nuestras miradas.

No intentar describir las sensaciones que me acometieron mientras
contemplaba todo aquello. El asombro predominaba por supuesto. Legrand
pareca exhausto por la emocin y pronunci muy pocas palabras. El
rostro de Jpiter revisti durante algunos minutos palidez tan mortal
como, dada la naturaleza de las cosas, es posible asumir al rostro de un
negro. Pareca estupefacto, herido por el rayo. A poco cay de rodillas
en el agujero, y enterrando hasta el codo en el oro sus desnudos brazos
permaneci as como saboreando la voluptuosidad de un bao. Al cabo, con
un profundo suspiro, exclam como en soliloquio:

--Y todo eto po la cucaracha de oro! la linda cucaracha de oro! la
pobre cucarachita de oro que yo maltrataba como un bestia! No tiene
vergensa de ti, negro? Contesta!--

Fu necesario al fin que yo hiciera despertar a amo y criado a la
necesidad de levantar el tesoro. Hacase tarde, e importaba apresurarnos
para transportar todo a la casa antes del amanecer. Era difcil decidir
lo que deba hacerse, y transcurri mucho tiempo en deliberacin, tan
confusas se hallaban nuestras ideas. Finalmente aligeramos la caja
sacando dos terceras partes de su contenido y slo entonces logramos con
bastante trabajo sacarla del hoyo. Ocultamos entre la maleza los
artculos extrados del cofre dejando a su cuidado al perro con rdenes
estrictas de Jpiter de no abandonar su puesto bajo ningn pretexto ni
abrir la boca hasta nuestro regreso. Luego nos encaminamos
apresuradamente a la casa llevando la caja, y llegamos con seguridad,
pero con excesivo trabajo, a la una de la maana. Rendidos de cansancio
como nos encontrbamos era humanamente imposible hacer ms por el
momento. Descansamos hasta las dos y tomamos algn alimento, regresando
inmediatamente a las colinas armados de tres slidos sacos que por
suerte encontramos en la casa. Poco antes de las cuatro llegamos a la
excavacin, dividimos el botn en partes aproximadamente iguales y
dejando los hoyos abiertos nos dirigimos de nuevo a la cabaa donde
depositamos por segunda vez nuestra dorada carga cuando empezaban
justamente a brillar hacia el oriente sobre la copa de los rboles los
primeros y dbiles rayos del alba.

Nos sentamos deshechos; pero la intensa agitacin del momento nos
privaba del reposo. Despus de un sueo intranquilo, que se prolong
tres o cuatro horas, nos levantamos como si lo hubiramos concertado de
antemano para examinar nuestros tesoros.

La caja haba estado llena hasta el borde, y pasamos todo el da y gran
parte de la noche siguiente en examinar su contenido. No haba seales
de orden alguno en el arreglo; todo se haba arrojado a la ventura.
Separando todo por grupos cuidadosamente nos encontramos dueos de un
tesoro mucho mayor de lo que cremos al principio. En moneda acuada
haba ms de cuatrocientos o quinientos mil dlares, a lo que pudimos
juzgar, estimando el valor de las piezas tan aproximadamente como era
posible segn las tablas del perodo a que pertenecan. No haba una
sola partcula de plata. Todo era oro de fecha antigua y de gran
diversidad: monedas francesas, inglesas y alemanas, algunas guineas
inglesas y algunas fichas de las cuales jams habamos visto antes
ningn ejemplar. Haba varias monedas muy grandes y muy pesadas, y tan
gastadas que no pudimos descubrir las inscripciones. Nada de moneda
americana. Encontramos ms difcil estimar el valor de las joyas. Haba
diamantes, algunos extraordinariamente grandes y hermosos, ciento diez
en total, y ninguno de ellos pequeo; dieciocho rubes de reflejos
admirables; trescientas diez esmeraldas, todas muy bellas; veintin
zafiros y un palo. Estas piedras haban sido arrancadas de su engaste y
arrojadas sueltas en el cofre. Los engastes, que encontramos entre otras
piezas de oro aparecan desfigurados a martillazos como para evitar su
identificacin. Adems de todo esto, haba gran nmero de joyas de oro
macizo: cerca de doscientos anillos y pendientes; ricas cadenas, treinta
de ellas, si bien recuerdo; ochenta y tres crucifijos muy grandes y
pesados; cinco incensarios de oro de gran valor; una maravillosa
ponchera de oro ricamente cincelada y ornamentada de hojas de vid y
figuras de bacanal; dos empuaduras de espada exquisitamente realzadas,
y muchos otros artculos menudos que no me es dado recordar. El peso de
estas alhajas exceda de trescientas cincuenta libras corrientes; no
habiendo includo en esta apreciacin ciento noventa y siete magnficos
relojes de oro, tres de los cuales valan cada uno quinientos dlares
por lo menos. Muchos de aquellos relojes eran extremadamente antiguos e
intiles para medir el tiempo, habindose descompuesto su mecanismo en
mayor o menor proporcin; pero todos estaban montados en ricas joyas y
en cajas de gran valor. Estimamos esa noche en milln y medio de dlares
el contenido del cofre; pero despus de haber dispuesto de las joyas y
adornos, separando algunas para nuestro uso particular, encontramos que
habamos tasado muy bajo nuestros tesoros.

Cuando, al cabo, concludo el inventario, y apaciguada en cierto modo la
intensa excitacin de los primeros momentos, vi Legrand que mora yo
de impaciencia por la solucin de este enigma extraordinario, entr en
la relacin detallada de todas las circunstancias que con ello se
relacionaban.

--Recordaris,--dijo,--aquella noche en que os alargu el bosquejo que
hice del escarabajo. Recordaris asimismo que me sent ofendido ante
vuestra insistencia en decir que mi dibujo pareca una calavera. La
primera vez que formulasteis aquella asercin cre que bromeabais; pero,
rememorando luego las manchas peculiares que el insecto tena en el
lomo, convine conmigo mismo en que tal observacin tena en efecto
alguna apariencia de razn. Con todo, me irritaba la fisga hecha a mis
habilidades grficas, porque en general se me considera buen artista; y
por consiguiente, cuando me devolvisteis la tira de pergamino estuve a
punto de estrujarla y arrojarla al fuego.

--La hoja de papel, queris decir?--indiqu.

--No; tena la apariencia de papel, y yo haba credo al principio que
lo era; pero cuando quise dibujar en ella descubr al momento que era en
realidad un trozo de pergamino muy fino. Estaba completamente sucio,
como recordaris. Bien; en el momento mismo de estrujarlo y arrojarlo al
fuego cayeron mis ojos sobre el dibujo que habais estado contemplando
y, juzgad de mi sorpresa cuando advert, en efecto, la figura de una
calavera precisamente en el mismo sitio en que yo crea haber dibujado
el escorzo del insecto! Por un instante qued tan atnito que apenas
poda razonar con claridad. Saba perfectamente que mi dibujo era muy
diferente de aqul en los detalles, aun cuando exista cierta
similaridad en las lneas generales. Entonces cog una buja y
sentndome al otro extremo de la habitacin proced al escrutinio
minucioso del pergamino. Volvindolo del otro lado descubr mi propio
dibujo por el revs, exactamente tal como lo haba delineado. Mi primera
idea en aquel momento fu simplemente de sorpresa ante la extraordinaria
semejanza del diseo, ante la extraa coincidencia de que, sin saberlo
yo, hubiera una calavera al otro lado del pergamino precisamente debajo
de la figura de mi escarabajo y de que, no slo en sus lneas sino en su
tamao, aquella calavera tuviera con mi dibujo semejanza tan notable.
Deca que la singularidad de esta coincidencia me dej estupefacto por
algunos instantes. Tal es el efecto ordinario de ciertas coincidencias.
La imaginacin lucha por establecer alguna relacin, alguna sucesin de
causa y efecto; y en la incapacidad de realizarlo sufre una especie de
parlisis temporal. Mas, al recobrarme de este estupor, despertse
gradualmente dentro de m una conviccin que me impresion ms
hondamente an que la misma coincidencia. Positiva, distintamente
comenc a recordar que _no_ haba dibujo alguno en el pergamino cuando
hice mi diseo del escarabajo. Estaba ahora perfectamente seguro de
ello; porque rememor que haba vuelto primero un lado del pergamino y
despus el otro en busca del sitio ms limpio. Si la calavera hubiese
estado all era imposible que hubiera yo dejado de advertirlo. Exista
un misterio que me encontraba incapaz de explicar; pero, sin embargo,
desde el primer momento comenz a brillar dbilmente y a intermitencias,
como una lucirnaga en las celdas ms remotas y secretas del
pensamiento, la concepcin de aquella verdad que la aventura de anoche
ha demostrado con tan gran magnificencia. Me levant entonces, y
poniendo en lugar seguro el pergamino desech toda reflexin sobre el
asunto hasta que pudiera hallarme a solas.

Tan luego que partisteis y que Jpiter se qued dormido me dediqu a una
investigacin metdica del suceso. En primer lugar estudi la forma en
que el pergamino haba llegado a mi poder. El sitio en que descubr el
escarabajo era en la costa del continente, aproximadamente a una milla
al este de la isla y a muy corta distancia de la seal de la marea alta.
Al cogerlo sent una aguda picadura que me oblig a dejarlo caer.
Jpiter, con su prudencia habitual, antes de cazar al insecto que haba
volado en su direccin, busc una hoja o algo por este estilo que le
permitiera cogerlo con seguridad. En aquel momento sus miradas y las
mas cayeron sobre el pedazo de pergamino que entonces cre papel.
Estaba medio enterrado en la arena, con una esquina saliente. Cerca del
paraje donde lo encontramos observ los despojos del casco de algo que
pareca haber sido la fala de algn barco. Los restos del naufragio
demostraban hallarse en aquel sitio por mucho tiempo, pues apenas poda
descubrirse su semejanza con el maderamen de los buques.

Bien; Jpiter recogi el pergamino, envolvi al insecto dentro y me lo
pas. Poco despus, regresando a casa, encontramos al teniente G----. Le
mostr el escarabajo, y l me suplic dejrselo para llevarlo al fuerte.
Obtenido mi consentimiento, lo meti en el bolsillo de su chaleco sin el
pergamino en que haba estado envuelto, el cual conserv yo en las manos
durante su inspeccin. Quiz si temi que cambiara yo de idea y prefiri
apoderarse del insecto inmediatamente; sabis bien cuan entusiasta es
por todo lo que se refiere a la historia natural. Al mismo tiempo, debo
haber depositado yo inconscientemente el pergamino en mi faltriquera.

Recordaris que cuando me dirig a la mesa con el propsito de hacer el
esbozo del insecto, no encontr papel en el sitio donde lo guardo
generalmente. Mir en el cajn y tampoco lo haba. Busqu en mis
bolsillos esperando encontrar alguna carta intil, y mi mano tropez con
el pergamino. Detallo con tanta minuciosidad la manera precisa en que
este documento lleg a mi poder, porque aquellas circunstancias me
impresionaron con fuerza singular.

Indudablemente me creeris fantstico, pero ya haba establecido yo una
especie de _conexin_. Haba unido dos eslabones de una gran cadena. Un
barco haba naufragado en una costa, y no lejos del barco haba un
pergamino, _no un papel_, con el dibujo de una calavera. Preguntaris,
por supuesto, que dnde existe la conexin. Respondo que el crneo o
calavera es el emblema muy conocido de los piratas. En todas sus
escaramuzas enarbolan una bandera que ostenta una calavera.

He dicho que la hoja era pergamino y no papel. El pergamino es durable,
casi indestructible. Asuntos de poca monta rara vez se consignan en
pergamino, puesto que no se adapta tan bien como el papel para los fines
ordinarios del dibujo o la escritura. Esta reflexin prestaba algn
significado, alguna importancia, al diseo de la calavera. Tampoco dej
de observar la _forma_ del pergamino. Aun cuando una de sus esquinas
apareca destruda por cualquier accidente, poda advertirse que era
oblonga su forma original. Era precisamente la clase de hoja que se
hubiera elegido para memorndum, para consignar algo que debiera
recordarse mucho tiempo y guardarse cuidadosamente.

--Pero,--interrump yo,--habis dicho que la calavera no estaba en el
pergamino cuando hicisteis el dibujo del escarabajo. Cmo encontris
entonces la conexin entre el barco y la calavera, puesto que sta,
segn admits vos mismo, debe haber sido dibujada, Dios sabe cmo y por
quin, en algn perodo subsecuente al diseo que hicisteis del insecto?

--Ah! Ah yace todo el misterio; aunque en este punto tuve
relativamente poca dificultad para solucionar el enigma. Mis pasos eran
seguros y slo podan conducir a un resultado. Razon, por ejemplo, de
esta manera: Cuando dibuj el escarabajo, no haba calavera visible en
el pergamino. Al terminar mi trabajo, os pas el dibujo observndoos
fijamente hasta que me lo devolvisteis. Por consiguiente, no fuisteis
_vos_ quien hizo el diseo de la calavera ni haba nadie presente que
pudiera hacerlo. Luego, no apareci all por accin humana; y sin
embargo, estaba en el pergamino.

Al llegar a este punto de mis reflexiones, trat de recordar y _record_
en efecto, con entera lucidez, todos los incidentes que ocurrieron en
aquel perodo de tiempo. La temperatura estaba fra oh, circunstancia
rara y feliz! y el fuego arda en la chimenea. Yo me senta acalorado
con el ejercicio y me sent cerca de la mesa; pero vos habais
arrastrado una silla al lado de la chimenea. En el preciso instante en
que yo os haba dado el pergamino y os encontrabais vos a punto de
inspeccionarlo, entr Wolf, el terranova, y se lanz sobre vuestros
hombros. Mientras le acariciabais con la mano izquierda tratando de
alejarlo, vuestra mano derecha que sostena el pergamino caa
descuidadamente entre vuestras rodillas y quedaba muy prxima al fuego.
Por un momento cre que la llama le hubiera alcanzado y estaba a punto
de preveniros; pero antes de que yo hablara habais recogido la hoja y
os dedicabais a examinarla. Cuando hube considerado todos estos
detalles, no tuve la menor duda de que el _calor_ haba sido el agente
que trajo a luz la calavera que figuraba en el pergamino. Sabis bien
que existen y han existido desde tiempo inmemorial ciertas
preparaciones qumicas por medio de las cuales es posible escribir sobre
papel o vitela en forma de que los caracteres se hagan visibles
solamente cuando se les somete a la accin del fuego. El zafre, hervido
a fuego lento en _aqua regia_ y diludo en una cantidad de agua que
represente su peso cuatro veces, se emplea a veces con este objeto:
resulta una tinta verde. El rgulo de cobalto, disuelto en espritu de
nitro, produce tinta roja. Estos colores desaparecen en tiempo ms o
menos largo cuando se enfra el material con que se ha escrito; pero se
hacen visibles nuevamente por la aplicacin del calor.

Proced luego al minucioso escrutinio de la calavera. Las lneas
exteriores, es decir, las extremidades del dibujo que quedaban ms
prximas al borde de la vitela, aparecan mucho ms _precisas_ que las
otras. Era evidente que la accin del calor haba sido imperfecta o
desigual. Inmediatamente encend fuego y somet todo el pergamino a un
vivo calor. Al principio, el nico efecto obtenido fu que se reforzaran
las lneas dbiles de la calavera; pero, insistiendo en el experimento,
hzose visible en la esquina de la hoja, diagonalmente opuesta al sitio
en que apareca delineada la calavera, una figura que de pronto imagin
que representaba una cabra. Examen ms detallado me convenci, sin
embargo, de que se haba tratado de dibujar un cabrito.

--Ja! ja! ja!--exclam yo,--seguramente que no tengo derecho de
rerme de vos: un milln y medio de dlares es asunto demasiado serio
para provocar esta clase de regocijo; pero no pretenderis con esto
establecer el tercer eslabn de vuestra cadena; no encontraris,
supongo, conexin especial entre vuestros piratas y una cabra. Los
piratas, como sabis, nada tienen que hacer con cabras; estos animales
pertenecen a los intereses agrcolas.

--Pero acabo de decir precisamente que la figura _no_ representaba una
cabra.

--Bien, un cabrito entonces; ms o menos la misma cosa.

--Ms o menos, pero no exactamente,--repuso Legrand.--Quiz habris odo
hablar de cierto _capitn_ Kidd.[2] En el acto consider la figura del
animal como una especie de retrucano o firma en jeroglfico; y digo
firma, porque su posicin en la vitela sugera esta idea. La calavera,
colocada en el extremo diagonalmente opuesto, afectaba asimismo el aire
de un sello o emblema. Pero me encontr tristemente desorientado por la
ausencia de algo ms, del cuerpo de mi supuesto documento, del texto que
deba contener.

--Presumo que esperabais hallar una epstola entre el sello y la
firma....

--Algo de eso. El hecho es que, sin poder explicarme la razn, sent el
presentimiento irresistible de una gran fortuna en perspectiva. Quiz si
era ms bien el deseo que la certidumbre; pero querris creer que las
necias palabras de Jpiter de que el insecto era de oro macizo tuvieron
gran efecto sobre mi imaginacin? Y luego, aquella serie de incidentes
y coincidencias, era todo tan extraordinario! No os llama la atencin
lo extrao de que aquellos acontecimientos tuvieran lugar en el _nico_
da de todo el ao que estuvo suficientemente fro para que se
necesitara encender fuego; y que sin el fuego, o sin la intervencin del
perro en el momento preciso en que apareci, jams habra yo visto la
calavera ni habra sido, en consecuencia, el posesor de tal tesoro?

--Pero proseguid; estoy impaciente.

--Bien; habis odo, por supuesto, los mil vagos rumores acerca de
tesoros enterrados por Kidd y sus asociados en alguna parte de la costa
del Atlntico. Aquellos rumores deban tener alguna base, en realidad. Y
el hecho de que existieran y se continuaran por tan largo tiempo poda
explicarse solamente, a mi entender, por la circunstancia de que el
tesoro estuviera _todava_ sin descubrir. Si Kidd hubiera ocultado su
botn por cierto tiempo, recuperndolo ms tarde, los rumores nunca
habran llegado hasta nosotros en la misma e invariable forma.
Observaris que todas las historias se refieren a buscadores de tesoros
y nunca a quienes los encuentran. Si el pirata hubiera recobrado su oro,
el asunto se habra agotado. Parecame que cualquier incidente, la
prdida del memorndum que indicaba su situacin, por ejemplo, poda
haberle privado de los medios de recobrarlo, y que este accidente
hubiera llegado a conocimiento de sus adherentes que de otra manera
jams habran sabido nada de tal tesoro oculto; y cuyas intiles
tentativas, iniciadas al acaso, hubieran hecho nacer y convertido en
moneda corriente los relatos que ahora son del dominio universal.
Habis odo hablar alguna vez de que se haya descubierto algn tesoro
importante en estas costas?

--Jams.

--Es bien sabido, sin embargo, que las riquezas acumuladas por ese Kidd
eran inmensas. Di por sentado, en consecuencia, que la tierra las
esconda an; y no os sorprender el orme decir que sent la esperanza,
que casi podra llamarse certidumbre, de que el pergamino hallado de
manera tan extraa encerraba la direccin extraviada del lugar en que
haban sido depositadas.

--Pero cmo os desenvolvisteis?

--Acerqu de nuevo la vitela al fuego despus de aumentar la potencia
del calor, pero nada apareci. Me ocurri entonces la posibilidad de que
la capa de polvo que cubra el pergamino tuviera algo que hacer con el
fracaso; as, lo lav cuidadosamente echndole encima un poco de agua
templada, despus de lo cual lo coloqu en una vasija de estao con la
calavera hacia abajo, y puse la vasija en un brasero de carbn
encendido. Pasados algunos minutos, cuando la vasija estuvo del todo
caliente, levant la hoja y con indecible alegra la encontr marcada en
varios puntos con algo que semejaba cifras dispuestas en lneas. Psela
otra vez al fuego y la dej permanecer all por un minuto ms. Al
retirarla, el contenido se haba revelado por entero en la forma que
podis ver ahora.--

Y Legrand, que haba vuelto a calentar el pergamino, lo someti a mi
investigacin. Los siguientes caracteres aparecan all rudamente
trazados en tinta roja, entre la calavera y la cabra:

     53[crd][crd][crd]305))6*;4826)4[crd].)4[crd];806*;48[cr]8
     60))85;I[crd](;:[crd]* 8[cr]83
     (88)5*[cr];46(;88*96*?;8)*[crd](;485);5*[cr]2:*[crd](;4956*2(5*--4)8
     8*; 4069285);6[cr]8) 4[crd][crd];I
     ([crd]9;48081;8:8[crd]I;48[cr]85;4) 485[cr]528806*81
     ([crd]9;48;(88;4([crd]?34;48)4[crd];161;:188;[crd]?;

{[cr] quiere decir un smbolo de una cruz. [crd] quiere decir un smbolo de
 una cruz dobl. (nota del transcriptor)}

--Pues me encuentro tan a obscuras como antes,--dije yo, devolvindole
el pergamino.--Aun cuando todos los tesoros de Golconda me aguardaran a
la solucin de este enigma, estoy cierto de que me sera imposible
alcanzarlos.

--Sin embargo,--dijo Legrand,--la solucin no es tan difcil como puede
hacerlo imaginar la primera y rpida inspeccin de estos caracteres.
Estos signos, como es fcil adivinar, constituyen una clave, es decir,
tienen un significado; mas, por lo que sabemos de Kidd, no supona yo
que fuera capaz de construir cifras muy abstrusas. Me persuad al
momento, en consecuencia, de que sta era de la especie ms sencilla,
pero bastante complicada, sin embargo, para aparecer completamente
insoluble a la ruda comprensin de un marinero.

--Y la descifrasteis en verdad?

--Muy fcilmente; he tenido ocasin de interpretar otras mucho ms
abstrusas. Las circunstancias y cierta inclinacin de temperamento me
han hecho interesarme siempre en esta clase de enigmas; y no hay razn
para creer que el ingenio humano bien aplicado no pueda resolver
enigmas de cierta naturaleza inventados por otro ingenio humano. As,
una vez que hube sacado a luz caracteres conectados y legibles, no me
detuve a pensar en la simple dificultad de traducirlos en toda su
importancia.

En el caso actual, y verdaderamente en cualquier caso de escritura
secreta, la primera cuestin es resolver el _idioma_ de la clave; porque
el principio de la solucin, especialmente tratndose de cifras
sencillas, depende y vara segn el espritu de la lengua en que estn
redactadas. En general, para aquel que intenta la solucin, no hay otra
alternativa sino ensayar, guindose de probabilidades, todos los idiomas
conocidos hasta que tropiece con el verdadero. Mas toda dificultad
quedaba eliminada con la firma en la clave que tenemos ante los ojos. El
equvoco con la palabra _Kidd_ es apreciable solamente en ingls. A no
ser por esta consideracin, habra ensayado primero el espaol y el
francs, por ser idiomas en que un pirata de los mares espaoles hubiera
debido escribir naturalmente un secreto de tal naturaleza. Pero en este
caso di por sentado que el jeroglfico estaba combinado en ingls.

Observaris que no existe divisin entre las palabras. De haberla, la
tarea habra sido fcil relativamente. Habra comenzado entonces por la
comparacin y anlisis de las palabras ms cortas, y si alguna palabra
constaba de una sola letra como era muy probable, _a_ (un, una) o _I_
(yo), por ejemplo, habra dado inmediatamente la solucin por vencida.
Mas no existiendo separacin, mi primer movimiento fu deslindar tanto
los signos predominantes como los menos frecuentes. Contndolos todos,
formul una tabla en esta forma:

  Signos  8 figuraban 33 veces
  ;        "        26    "
  4        "        19    "
  [crd])        "        16    "
  *        "        13    "
  5        "        12    "
  6        "        11    "
  [cr]I        "        8    "
  o  "   6 "
  2        "        5    "
  :3        "        4    "
  ?        "        3    "
          "        2    "
  --.        "        1    "

Ahora bien, en ingls la letra que ocurre ms frecuentemente es la e.
Luego, la sucesin sigue este orden: _a o i d h n r s t u y c f g l m w
b k p q x z_. La _e_ predomina en tan vasta escala que muy rara vez se
presenta una frase independiente, de cualquiera extensin, en que esta
letra no sea el signo ms repetido.

De consiguiente, tenemos ancho campo desde el principio para dar forma a
algo ms que una simple hiptesis. El uso general que puede hacerse de
esta tabla es evidente, pero en este caso tan slo exigiremos de ella
servicios muy relativos. Como el signo principal es 8, comenzaremos
dando por sentado que corresponde a la _e_ del alfabeto regular. Para
comprobar esta suposicin veamos si el 8 se presenta a menudo por pares,
puesto que la _e_ se escribe doble en ingls con mucha frecuencia, por
ejemplo en palabras como _meet_, _fleet_, _speed_, _seen_, _been_,
_agree_, etc. En esta clave la encontramos en grupos de dos no menos de
cinco veces, a pesar de que el jeroglfico es bien corto.

Supongamos entonces que el 8 es una _e_. Ahora bien, entre todas las
palabras del idioma ingls _the_ (el, la, los, las) es la ms usada;
veamos si hay repeticin de tres caracteres colocados en el mismo orden
en que el ltimo sea _8_. Si descubrimos repeticin de tales signos,
arreglados en esta forma, probablemente representan la palabra _the_.
Observando la clave descubriremos nada menos que siete grupos en esta
disposicin, siendo los caracteres _;48_. De manera que podemos asumir
que el punto y como representa la _t_, el _4_ representa la _h_, y el
_8_ representa la _e_, estando la ltima letra perfectamente comprobada.
As hemos avanzado un gran paso.

Por el hecho de haber descubierto esta sola palabra nos hallamos capaces
de dilucidar un punto de gran importancia; esto es, el principio y la
terminacin de algunas otras palabras. Estudiemos, por ejemplo, la
penltima vez que se presenta la combinacin _;48_ no muy lejos del
final del manuscrito. Sabemos ya que el punto y como que le sigue
inmediatamente es el principio de otra palabra, y de los seis caracteres
que suceden a este _the_ conocemos cinco nada menos. Traduciendo dichos
caracteres a las letras que hemos descubierto que representan, y
dejando un espacio en blanco para el signo que desconocemos, resulta:

    t eeth.

Descartamos al momento la _th_ del final, como parte independiente de la
palabra que comienza con la primera _t_, pues recorriendo el alfabeto
entero en busca de una letra que se adapte convenientemente al sitio
vacante, nos convencemos de que no existe en el idioma palabra de que
esta _th_ pueda formar parte. Quedamos as reducidos a:

    t ee,

y recorriendo de nuevo el alfabeto como antes, si fuere necesario,
llegamos a la palabra _tree_ (rbol) como nica traduccin posible.
Entonces encontramos que hemos ganado otra letra, la _r_, representada
por el signo (, con las palabras _the tree_ (el rbol) a continuacin.

Mirando a poca distancia de estas palabras, tropezamos de nuevo con la
combinacin _;48_, y la empleamos esta vez como _terminacin_ de la
palabra que la precede inmediatamente. As ponemos en claro esta
disposicin:

    the tree;4([crd]?34 the,

o, substituyendo las letras ya conocidas, encontramos que dice:

    the tree thr[crd]?3h the.

Ahora bien; si dejamos en blanco los caracteres desconocidos o los
substitumos con puntos, dice as:

    the tree thr...h the,

en que la palabra _through_ (siguiendo, a travs de, por medio de, a lo
largo de) salta inmediatamente por s misma. Mas este nuevo
descubrimiento nos da tres letras ms, la _o_, la _u_ y la _g_,
representadas por [crd], _?_ y _3_.

Estudiando luego minuciosamente la clave en busca de combinaciones de
los caracteres conocidos, encontramos esta disposicin no muy lejos del
principio:

    83(88, o sea egree,

que corresponde claramente a la conclusin de la palabra _degree_
(grado) y nos da una nueva letra, la _d_, representada por el signo
[cr].

Cuatro letras ms all de la palabra _degree_, advertimos la
combinacin:

;46(;88.

Traduciendo los caracteres conocidos y reemplazando el otro con un punto
como hicimos antes, leemos lo siguiente:

    th.rtee,

arreglo que sugiere inmediatamente la palabra _thirteen_ (trece), y nos
procura a su vez dos caracteres, la _i_ y la _n_, representados por el
_6_ y el *.

Volviendo ahora al principio del jeroglfico encontramos la combinacin:

    53 [crd][crd][cr].

Traduciendo segn el mtodo empleado, obtenemos:

.good,

lo que nos prueba que la primera letra es una _A_, y que las dos
primeras palabras son _A good_ (Un buen).

Es tiempo ya de arreglar nuestra clave en forma tabular, segn lo que
hemos descubierto, para evitar confusin. Resulta as:

  El 5 representa la a
  [cr]        "        " d
  8        "        " e
  3        "        " g
  4        "        " h
  6        "        " i
  *        "        " n
  [crd]        "        " o
  (        "        " r
  ;        "        " t
  ?        "        " u

Tenemos representadas, por consiguiente, nada menos que once de las
letras ms importantes, y es intil proseguir relatando los detalles de
la solucin. Lo que he dicho basta para demostraros que claves de esta
naturaleza pueden ser descifradas fcilmente, y daros a la vez una idea
de su desenvolvimiento racional. Podis estar seguro de que el ejemplar
que tenemos ante los ojos pertenece a la especie ms sencilla de
jeroglficos. Slo me resta ahora facilitaros la traduccin completa de
los caracteres trazados en el pergamino, tal como yo la he solucionado.
Hela aqu:

     Un buen vidrio desde el hotel del obispo en el asiento del diablo
     cuarenta y un grados trece minutos norte nordeste tronco principal
     sptima rama este tiro por el ojo izquierdo de la calavera lnea
     recta desde el rbol siguiendo el tiro cincuenta pies.

--Pero el enigma contina en tan mala condicin como antes,--dije
yo.--Cmo es posible extraer ningn significado a toda esta jerga de
_asientos del diablo, calaveras y hoteles de obispos?_

--Hay que confesar,--repuso Legrand,--que el asunto reviste aspecto
grave, si se le considera con mirada superficial. As, mi primera
tentativa fu dividir esta oracin en las frases imaginadas naturalmente
por el autor del jeroglfico.

--Puntuarla, queris decir?

--Algo por el estilo.

--Pero cmo era posible realizarlo?

--Reflexion que el escritor haba corrido las palabras unas tras otras
sin divisin alguna _intencionalmente_ para aumentar las dificultades de
la solucin y que, una vez en este terreno, un hombre no muy avisado se
sentira predispuesto verosmilmente a exagerar la precaucin. Cuando en
el curso de su composicin llegara al final de una frase que
naturalmente requiriese un punto o una pausa, inclinarase ms bien a
trazar sus caracteres ms juntos all que en cualquiera otra parte. Si
observis el manuscrito, encontraris cinco casos de amontonamiento
mayor de lo acostumbrado. Actuando bajo esta sugestin, hice la divisin
como sigue:

     Un buen vidrio desde el hotel del obispo en el asiento del
     diablo--cuarenta y un grados trece minutos--norte nordeste--tronco
     principal, sptima rama este--tiro por el ojo izquierdo de la
     calavera--lnea recta desde el rbol siguiendo el tiro cincuenta
     pies.

--A pesar de la divisin me quedo a obscuras,--dije.

--Tambin me dej a m a obscuras por algunos das,--replic
Legrand--durante los cuales practiqu pesquisas diligentes en los
alrededores de la isla de Sllivan tratando de averiguar si exista
algn edificio conocido por el nombre de "Hotel del Obispo." No habiendo
obtenido informe alguno sobre este punto, me preparaba a extender la
esfera de investigacin procediendo en forma metdica cuando una maana
me entr en la cabeza repentinamente la idea de que "Hotel del Obispo"
poda referirse a una antigua familia llamada Bessop,[3] que desde
tiempo inmemorial haba posedo una antigua casa solariega a cuatro
millas aproximadamente hacia el norte de la isla. Me dirig, en
consecuencia, a aquella posesin y recomenc mis pesquisas entre los
negros ms viejos del lugar. Al fin una de las mujeres ms ancianas
dijo que haba odo hablar de un sitio llamado el "Castillo de Bessop" y
que poda guiarme hasta all, pero que aquello no era castillo ni
hostera sino una roca muy escarpada.

Ofrec pagarle bien, y despus de alguna vacilacin consinti en
acompaarme hasta aquel paraje. Lo encontramos con gran dificultad; y
luego que la hube despachado, proced al examen del lugar. El _castillo_
consista en un amontonamiento irregular de rocas, entre las cuales se
destacaba una, tanto por su altura como por su posicin aislada y su
forma artificial. La escal hasta la cumbre, sintindome luego
completamente desorientado acerca de lo que debera emprender a
continuacin.

--Mientras me hallaba hundido en mis reflexiones cayeron mis ojos sobre
un estrecho borde en la pared oriental de la roca, quiz a una yarda ms
abajo del sitio en que me hallaba colocado en la cima. Este borde se
proyectaba cerca de dieciocho pulgadas y no tena ms que un pie de
ancho, mientras que un nicho labrado en el peasco justamente sobre
aquella parte saliente le haca asemejarse rsticamente a uno de
aquellos asientos de respaldar cncavo que usaban nuestros antecesores.
No tuve la menor duda de que aquel era el "asiento del diablo" a que
aluda el manuscrito, y de que me apoderaba as de todo el secreto del
enigma.

Comprenda que el "buen vidrio" no poda referirse a otra cosa que a un
telescopio, porque la palabra _vidrio_ rara vez se emplea por los
marinos en otro sentido. De all deduje inmediatamente que era
necesario usar un telescopio y que exista determinado punto de vista,
_que no admita variacin_, desde el cual deba usarse. Tampoco vacil
un momento en la certidumbre de que las frases "cuarenta y un grados
trece minutos" y "norte nordeste," se indicaban como la direccin en que
haba de nivelarse el telescopio. Excitado en gran manera por estos
descubrimientos, corr a la casa, me procur un anteojo y regres a la
roca.

Dejme caer en el borde saliente y encontr que era imposible sentarse a
no ser en cierta posicin particular. Este hecho confirm mis
conjeturas. Proced a emplear el telescopio. Por supuesto los "cuarenta
y un grados y trece minutos" slo podan aludir a la altura sobre el
horizonte visible, puesto que la direccin horizontal estaba claramente
indicada por las palabras "norte nordeste." Establec esta direccin por
medio de una brjula de bolsillo; y enderezando el telescopio en ngulo
de cuarenta y un grados de elevacin, tan aproximado como era posible
calcular, lo mov cautelosamente arriba y abajo hasta que atrajo mi
atencin una hendedura circular o abertura en el follaje de cierto rbol
elevado que sobresala entre todos sus compaeros a la distancia. En el
centro de esta abertura apareca una mancha blanca cuya naturaleza no
pude discernir de pronto. Ajustando el lente del telescopio, mir otra
vez, y entonces advert que era un crneo humano.

Ante tal descubrimiento sent la confianza total de haber solucionado el
enigma; porque la frase "tronco principal, sptima rama este" poda
referirse nicamente a la posicin del crneo en el rbol; en tanto que
"tiro por el ojo izquierdo de la calavera" admita asimismo slo una
interpretacin con referencia a la manera de encontrar el tesoro
enterrado. Comprend que la indicacin era arrojar un objeto pesado por
el ojo izquierdo de la calavera, y que una lnea recta tirada desde el
punto ms cercano del rbol siguiendo el _tiro_, o sea el sitio donde el
proyectil hubiera cado, y extendida a cincuenta pies de distancia,
indicara un lugar determinado; y en aquel lugar determinado pens yo
que era por lo menos _posible_ que existiera algn depsito valioso.

--Todo esto est admirablemente claro,--dije,--y aun cuando muy
ingenioso, es sencillo y explcito. Qu hicisteis luego de haber dejado
el "Hotel del Obispo?"

--Bien; anot cuidadosamente los detalles del rbol y regres a la casa.
Apenas abandon el "asiento del diablo," desvanecise la abertura
circular, y no pude volver a encontrarla por ms que me volviera en uno
u otro sentido. Lo que representa para m el ingenio mayor en todo este
asunto es el hecho, del cual he llegado a convencerme por repetidos
ensayos, de que el espacio abierto circular en cuestin no es visible de
ningn otro punto sino de aquel que procura el estrecho borde sobre el
frente de la roca.

En esta expedicin al "Hotel del Obispo" estuve acompaado de Jpiter
quien haba observado indudablemente la abstraccin de mis maneras en
las ltimas semanas y tena gran cuidado de no dejarme solo. Pero al
da siguiente logr escapar a su vigilancia levantndome muy temprano y
me largu a las colinas en busca del rbol. Despus de mucho trabajo
logr encontrarlo. Cuando volv a casa por la noche, mi criado se
propona administrarme una correccin. El resto de la aventura lo
conocis tan bien como yo.

--Imagino,--dije,--que en la primera tentativa de excavacin errasteis
el sitio por la estupidez de Jpiter de hacer caer el insecto por el ojo
derecho de la calavera en vez del izquierdo.

--Precisamente. Este error nos daba una diferencia de dos pulgadas y
media en el sitio del _tiro_, es decir, en la posicin de la estaca que
quedaba cerca del rbol. Si el tesoro hubiera estado enterrado bajo el
_tiro_, la diferencia habra sido de poca monta, pero aquel punto y el
punto ms cercano del rbol servan slo para establecer una lnea de
direccin; de consiguiente, el error, aunque insignificante al
principio, aumentaba conforme avanzaba la lnea, de manera que al llegar
a los cincuenta pies estbamos completamente fuera de la pista. De no
haber tenido mis convicciones bien sentadas de que exista un tesoro
enterrado por cualquier parte en los alrededores, toda nuestra labor
habra sido en vano.

--Pero vuestra grandilocuencia y vuestras maneras haciendo revolotear
el insecto eran tan extraordinarias! Yo estaba seguro de que habais
perdido el juicio. Y luego por qu insistir en que Jpiter dejara caer
el escarabajo en vez de una bala por el ojo de la calavera?

--Ah! Vamos, si he de hablar con franqueza; sentame algo molesto por
vuestras evidentes sospechas respecto al estado de mi razn, y resolv
castigaros suavemente, a mi manera, tratando de embrollaros y
desconcertaros un poquillo. Por esto haca revolotear al escarabajo y
orden a Jpiter que lo arrojara desde el rbol. Una observacin vuestra
acerca de su gran peso me sugiri esta ltima idea.

--S, comprendo; y ahora slo resta un punto por dilucidar. Qu hemos
de creer con respecto de los esqueletos hallados en la excavacin?

--En esta materia no estoy ms adelantado que vos mismo. La nica forma
plausible de explicacin, aun cuando sea horrible pensar en atrocidad
semejante, es que Kidd (dado que fuera l quien ocult este tesoro, lo
que para m est fuera de duda) debi tener alguien que lo ayudara en
esta empresa. Pero, concluda la labor, juzg quiz conveniente eliminar
a todos los testigos del secreto. Probablemente bastaron dos golpes de
azadn mientras sus coadjutores estaban ocupados en el fondo del
agujero; quiz si necesit una docena, quin podra asegurarlo?




LA RUINA DE LA CASA DE SHER

    Son coeur est un luth suspendu;
    Sitt qu'on le touche il rsonne.[4]
           --BRANGER.


DURANTE todo un largo da de otoo, triste, pesado y sombro, de
aquellos en que cuelgan las nubes opresivamente bajas en el firmamento,
atravesaba solo, a caballo, un montono erial para encontrarme al fin,
conforme avanzaban las sombras de la noche, al frente de la melanclica
casa de sher. No s por qu, pero a la primera ojeada al edificio, un
sentimiento de tristeza intolerable se apoder de mi espritu. Digo
intolerable, porque esta impresin no estaba siquiera atenuada por
aquella sensacin casi agradable, por cuanto potica, con que
generalmente recibe el cerebro las imgenes naturales aunque austeras de
lo desolado y lo terrible. Miraba la escena que se desarrollaba ante mis
ojos: la casa y las simples lneas del paisaje de los alrededores del
dominio, los muros helados, las ventanas semejando cuencas vacas, unos
cuantos lozanos juncos y algunos blancos troncos de rboles moribundos;
mirbalo todo con depresin de nimo tan profunda que slo puede
compararse con propiedad al despertar de los sueos de un fumador de
opio, al amargo ingreso a la vida, al desgarramiento horrible de los
velos. Sentase tal frialdad, tal desfallecimiento, tal angustia del
corazn, una melancola tan irremediable de la mente, que ningn
estmulo era capaz de impulsar la imaginacin hacia la idea de lo
sublime. Qu era aquello, me detengo a pensar, aquello que enervaba
tanto en la contemplacin de la casa de sher? Misterio insoluble; ni
tan siquiera poda luchar con las sombras fantasas que acudan en
tropel a mi mente cuando trataba de investigarlo. Me vea obligado a
volver a la poco satisfactoria conclusin de que existe indudablemente
cierta combinacin de objetos sencillos que tiene la facultad de
afectarnos en tal manera, aun cuando el anlisis de esta facultad resida
en consideraciones superiores a nuestra capacidad. Era muy posible,
reflexionaba yo, que simplemente un arreglo diverso de los detalles de
la escena, de los toques del cuadro, fuera suficiente para modificar y
anular quiz por completo su cualidad de impresionar tristemente; y
raciocinando as, encamin mi cabalgadura hacia la margen escarpada de
un negro y crdeno lago que yaca con brillo inmvil cerca de la morada;
mir abajo, y pude contemplar en el fondo con estremecimiento ms vivo
an la imagen refleja e invertida de las grises junceas, de las ramas de
los rboles semejando espectros, y de las ventanas que aparecan como
cuencas vacas.

A pesar de todo, me dispona a permanecer algunas semanas en aquella
mansin fatdica. Su propietario, Rderick sher, era uno de los mejores
camaradas de mi juventud; pero haban transcurrido muchos aos desde
nuestra ltima entrevista. Recientemente, sin embargo, haba recibido
una carta suya en una lejana comarca del pas, la cual por su estilo
desatinadamente apremiante no admita otra respuesta que la personal. La
misiva dejaba ver gran agitacin nerviosa. Hablaba de aguda enfermedad
fsica, de ciertos desrdenes mentales que le opriman, y de su deseo
ardiente de verme por ser su mejor y, a decir verdad, nico amigo
ntimo, esperando que el placer de mi compaa procurase algn alivio a
su malestar. La manera en que todo esto estaba redactado, el _alma_ que
pona visiblemente en su peticin, no me permitieron vacilar, y ced al
punto a sus deseos, que slo consideraba en aquel momento una original
solicitud.

Aun cuando habamos estado ntimamente asociados en nuestra juventud,
saba yo en realidad muy poco acerca de mi amigo. Su reserva habitual
era excesiva. Tena noticia, sin embargo, de que su familia, muy
antigua, se haba distinguido desde tiempo inmemorial por una
sensibilidad peculiar de temperamento que se desplegaba a travs de las
edades en muchas obras de arte exaltado, manifestndose ltimamente en
frecuentes donativos de munificente y discreta caridad, como tambin en
apasionada devocin a las complejidades del arte musical de preferencia
a sus bellezas convencionales y fcilmente comprensibles. Conoca
adems el hecho, digno de tenerse en cuenta, de que los vstagos de la
raza de sher, muy respetada en todo tiempo, jams haban dado vida a
ninguna rama lateral vigorosa; en otras palabras, que la familia entera
estaba representada por su descendencia directa y que siempre haba
acontecido lo mismo con pequeas y temporales diferencias. Esta
deficiencia, consideraba yo, enlazando en el pensamiento la armona
perfecta de la ndole de aquella circunstancia con la individualidad
caracterstica de los descendientes de la casa de sher, y calculando la
posible influencia que la falta de ramas colaterales poda haber
ejercido en un lapso de varias centurias por la consiguiente transmisin
directa de padres a hijos del patrimonio junto con el nombre, era
indudablemente la razn de haberse identificado ambos de tal suerte, que
el ttulo original de la propiedad qued al fin absorbido en la singular
y ambigua denominacin de "Casa de sher," que pareca incluir a la vez,
en la mente del pueblo que la usaba, el nombre de la familia y el nombre
de la mansin.

He dicho que mi infantil experimento de mirar al fondo del estanque tuvo
como nico resultado agravar ms an mi primera y extraa impresin. Es
indudable que la conciencia del rpido desarrollo de mi
supersticin--por qu no llamarla as?--sirvi slo para acrecentarla.
Tal es, como lo saba hace mucho tiempo, la ley paradjica de todos los
sentimientos que tienen por base el terror. Y puede muy bien haber sido
sta la nica causa de que, al levantar mis ojos desde la reflexin del
lago hasta la verdadera mansin, brotara en mi mente una fantasa
singular, fantasa tan ridcula en verdad, que debo mencionarla siquiera
sea para demostrar la intensidad de las sensaciones que me agitaban.
Haba trabajado tanto mi imaginacin, que llegu a persuadirme de que
flotaba al rededor de la casa y sobre el dominio entero, una atmsfera
peculiar, propia slo de la mansin y de sus cercanas, atmsfera que no
tena afinidad alguna con el ambiente general sino que ascenda de los
rboles marchitos, del valle gris, del taciturno lago; un vapor
misterioso y maligno, ttrico, pesado, aplomado y apenas perceptible.

Sacudiendo de mi espritu aquello que _debe_ haber sido un sueo,
examin minuciosamente el verdadero aspecto del edificio. Su carcter
principal pareca residir en su gran antigedad. El descoloramiento
producido por los aos era enorme. Hongos microscpicos cubran todo el
exterior, colgando desde los aleros en fino tejido. Sin embargo, en
conjunto, estaba lejos de extraordinaria destruccin. Ningn trozo de la
obra de albailera haba sufrido; y pareca incompatible la perfecta
adaptacin de sus partes con la ruinosa condicin de las piedras por
separado. Haba all algo que me haca recordar la aparente integridad
de ciertas labores antiguas de ebanistera consumindose durante largos
aos en algn descuidado artesonado sin recibir jams un soplo del aire
exterior. Fuera de estas manifestaciones de decadencia general, el
edificio daba pocas muestras de inestabilidad. Quizs el ojo de un
observador atento habra descubierto una hendedura apenas perceptible
que se extenda en zigzag sobre el muro fronterizo, desde el techado
hasta perderse en las lbregas aguas del estanque.

Notaba yo todas estas circunstancias mientras segua una corta calzada
que conduca a la casa. Un criado que me aguardaba tom mi caballo, y yo
penetr bajo la gtica arquera del vestbulo. Un lacayo silencioso y de
paso furtivo me condujo a travs de obscuros e intrincados pasadizos
hasta el estudio de su amo. Mucho de lo que vea al pasar contribua,
sin saber cmo, a aumentar las vagas impresiones de que he hablado. Aun
cuando ms o menos todos los objetos que me rodeaban, los tallados y
artesonados, las sombras tapiceras de los muros, la negrura de bano
del piso, y los fantsticos trofeos herldicos que vibraban a mi paso me
eran familiares desde la infancia, y aun cuando yo no vacilaba en
reconocerlo as, sorprendame a m mismo el extrao efecto que producan
en mi imaginacin estas ordinarias imgenes. En una de las escaleras
encontr al mdico de la familia. Parecime que su rostro tena una
expresin mezcla de baja astucia y de perplejidad. Acercse a m con
vacilacin y sigui adelante. El lacayo abri entonces una puerta y me
introdujo a la presencia de su amo.

La cmara en que me encontraba era grande y elevada. Las ventanas
largas, estrechas y ojivales se abran a tanta distancia del negro
pavimento de roble que eran inaccesibles desde el interior. Dbiles
rayos de luz filtrbanse a travs de los enrejados cristales y bastaban
para hacer visibles los objetos principales situados cerca de all; pero
la vista se afanaba en vano por descubrir los ngulos lejanos de la
habitacin o los detalles de la obra de talla de los artesonados de la
bveda. Obscuras draperas pendan de los muros. La mueblera era
profusa, antigua, incmoda, y estaba hecha girones. Libros e
instrumentos de msica diseminados ac y all no lograban prestar vida a
la escena. Sent que respiraba una atmsfera de pesadumbre. Un ambiente
de melancola tenaz, profunda e irremediable flotaba y se difunda por
doquier.

A mi entrada, sher se levant de un sof donde yaca completamente
acostado y me salud con efusiva vivacidad, que me pareci al principio
tener mucho de la exagerada cordialidad y del esfuerzo amable del hombre
de mundo _ennuy_. Una ojeada a su semblante me convenci pronto, sin
embargo, de su sinceridad. Nos sentamos; y durante algunos minutos, en
tanto que l guardaba silencio, examinbale yo con un sentimiento mezcla
de piedad y de terror. Jams hombre alguno ha sufrido, seguramente,
alteracin tan terrible en un corto espacio de tiempo como Rderick
sher! Con dificultad pude admitir la identidad del plido espectro que
apareca ante mis ojos con la del compaero de mi temprana juventud, aun
cuando los rasgos de su fisonoma haban sido notables en todo tiempo.
Cutis de palidez cadavrica; grandes ojos incomparablemente hmedos y
luminosos; labios algo delgados y muy descoloridos, pero de bellsima
curva; nariz de delicado perfil hebreo con ventanillas extraordinariamente
movibles para esta clase de tipo; barba finamente modelada, que acusaba
en su falta de prominencia la falta de energa moral; cabello tan suave
y tenue como una pluma; facciones todas que, acompaadas de un
desarrollo poco comn hacia las sienes, formaban un conjunto que no
poda olvidarse fcilmente. Y ahora la simple exageracin del carcter
predominante de aquellos rasgos y del sello que les caracterizaba haba
provocado cambios tan profundos que me hacan dudar de la personalidad
de aquel a quien me diriga. La palidez excesiva de la piel le haca
asemejarse a un espectro; y sobre todo, me deslumbraba el brillo
maravilloso de sus ojos, producindome casi una especie de pavor. El
cabello plateado haba crecido descuidadamente y en su tenuidad flotaba
ms bien que caa alrededor del rostro, en forma tal, que me era
imposible asociar su arbigo estilo con la idea de un ser humano.

En los modales de mi amigo pude notar inmediatamente cierta incoherencia
y vaguedad que provenan, segn me apercib pronto, de continuos y
ftiles esfuerzos para dominar una habitual trepidacin o excesiva
agitacin nerviosa. En realidad, estaba preparado a encontrar algo de
esta naturaleza, no slo por su carta sino por reminiscencias de la
expresin particular de sus facciones juveniles y por conclusiones
fciles de deducir de su temperamento y aspecto fsico peculiares. Sus
ademanes eran alternativamente fogosos y taciturnos. Su voz cambiaba con
rapidez desde cierta trmula indecisin, cuando la vida fsica pareca
completamente agotada, hasta una especie de concisin enrgica, una
enunciacin firme, spera, pausada y sonora, semejante a aquella gutural
pronunciacin, lenta, equilibrada y vibrante, que puede observarse en el
ebrio consuetudinario o en el fumador de opio impenitente durante el
perodo de excitacin ms intensa.

En esta forma habl del objeto de mi visita, de su deseo ardiente de
verme y del solaz que aguardaba de mi presencia. Entr al cabo en lo que
consideraba la naturaleza de su enfermedad. Era, deca, un mal de
constitucin y de familia, algo para lo cual desesperaba de encontrar
remedio; una simple afeccin nerviosa, aadi inmediatamente, que sin
duda pasara pronto. Se manifestaba esta afeccin en una multitud de
sensaciones extraordinarias. Algunas de ellas me interesaron y
trastornaron conforme las detallaba, aun cuando influan quiz para este
resultado los trminos que empleaba y su manera de narrarlas. Sufra
mucho por la sensibilidad morbosa de sus sentidos; slo poda tolerar el
alimento ms inspido; poda usar nicamente vestiduras de determinada
clase de tejido; el perfume de las flores le oprima; la luz ms dbil
torturaba sus ojos; y slo le era dado resistir sin horror sones
peculiares arrancados de ciertos instrumentos de cuerda.

Le encontr ciegamente esclavizado por terrores anmalos. "Perecer
seguramente," deca, "debo perecer en esta deplorable locura. As, as,
y no de otra manera he de morir. Tiemblo ante los acontecimientos
futuros, no tanto en s mismos como en sus resultados. Me estremezco al
pensamiento de cualquier incidente, siquiera el ms trivial, que se
desarrolle para m en medio de esta intolerable agitacin de espritu.
En verdad, no odio el peligro sino en su efecto absoluto, el terror. En
esta lastimosa y debilitada condicin, siento que pronto o tarde llegar
el momento en que pierda a la vez la razn y la vida en lucha con el
horrendo fantasma, _terror_."

Me di cuenta adems, a intervalos y a travs de cortadas y ambiguas
alusiones, de otro rasgo singular de su estado mental. Hallbase
encadenado a la mansin que habitaba por ciertas creencias
supersticiosas en virtud de las cuales jams se haba atrevido a
alejarse durante largos aos, y que se basaban en determinada
influencia, cuyo supuesto poder se transmita en forma demasiado
tenebrosa para repetirse aqu; influencia que, debido a ciertas
peculiaridades en la naturaleza y estructura de la morada de sus
antepasados, haba prevalecido en su espritu, a costa de largos
sufrimientos, afirmaba l; efecto provocado por la _fisonoma_ de los
grises muros y torrecillas y por el ttrico estanque en que se
reflejaban, que haba al fin echado abajo la fuerza moral de su
existencia.

Admita, sin embargo, aunque con alguna vacilacin, que gran parte de
aquella melancola particular que le afliga poda atribuirse a causa
ms natural y palpable, a la seria y larga enfermedad, y probablemente
cercano fin, de una hermana tiernamente amada, su nica compaera por
largos aos, el nico y ltimo miembro de su familia en la tierra. "Su
muerte," deca con amargura que jams olvidar, "le dejara (a l,
desesperado y frgil) nico descendiente de la antigua raza de sher."
Mientras hablaba as, Lady Mdeline--que as se llamaba la
dama--atraves suavemente un ngulo lejano de la habitacin y
desapareci sin haber notado mi presencia. La mir con profunda
extraeza no desprovista de terror, y estoy todava lejos de expresar
mis verdaderos sentimientos. Una sensacin de estupor me oprima en
tanto que mis ojos seguan sus huellas. Cuando al fin cerrse una puerta
tras ella, mis miradas trataron instintiva y ansiosamente de escudriar
el continente de su hermano; pero haba enterrado el rostro entre sus
manos, y pude solamente percibir que una palidez mayor que de ordinario
se extenda sobre sus enflaquecidos dedos entre los cuales brotaban
lgrimas apasionadas.

La enfermedad de Lady Mdeline haba burlado largo tiempo la ciencia de
sus facultativos. Una apata continua, una gradual decadencia de su
constitucin y frecuentes aunque pasajeras afecciones, de carcter
catalptico en su mayor parte, formaban la diagnosis habitual. Al
principio luch ella contra la fuerza del mal sin guardar cama
definitivamente; pero en la noche de mi llegada a la casa sucumbi al
poder destructor de la enfermedad, segn me particip su hermano con
agitacin inenarrable; y supe que lo que haba vislumbrado de su persona
en aquel momento sera probablemente todo lo que llegara a conocer de
la dama, en vida por lo menos.

Durante los das subsiguientes no se mencion su nombre entre nosotros y
todo aquel tiempo estuve ensayando diversos entretenimientos para
aliviar la melancola de mi amigo. Pintbamos y leamos juntos; o
escuchaba yo como en sueos las salvajes improvisaciones con que haca
hablar a su guitarra. Y al penetrar de esta manera ms y ms ntimamente
en los repliegues de su alma, pude apreciar mejor la impotencia de mis
tentativas para levantar su espritu de la lobreguez en que se debata;
la que, como cualidad positiva inherente, se extenda a todos los
objetos del universo fsico y moral en incesante radiacin de tinieblas.

Conservar siempre el recuerdo de las horas solemnes que pas a solas
con el heredero de la casa de sher. Fracasara si intentara dar idea
exacta de la ndole de los estudios y trabajos en los que me extraviaba
o me conduca. Un idealismo exaltado y exageradamente inquieto arrojaba
su luz sulfrea sobre todo aquello. Sus largas improvisaciones de
endechas resonarn por siempre en mis odos. Entre otras cosas, recuerdo
especialmente una extraa perversin y amplificacin del aire extico
del ltimo vals de von Wber. De las pinturas creadas por su complicada
fantasa y que se definan toque a toque en cierta vaguedad que me haca
correr escalofros, estremecindome sin saber por qu; de aquellos
cuadros tan vvidos que aun se conserva su imagen ante m, tratara en
vano de expresar algo ms que una pequesima parte capaz de encerrarse
en el comps de la palabra escrita. Por su simplicidad intensa, por la
pureza de su diseo, atraan aquellos cuadros, y sobrecogan la atencin
de manera indecible. Si algn mortal pint alguna vez la idea, aquel
mortal era ciertamente Rderick sher. Para m, en las circunstancias
que me rodeaban, brot al fin de estas extraas fantasas que imaginaba
el hipocondriaco para arrojarlas sobre la tela, una sensacin intensa de
intolerable pavor, de que no era sombra siquiera la que me haca
experimentar la contemplacin de las ttricas, en verdad, pero demasiado
concretas imgenes de Fuseli.

Una de las fantsticas creaciones de mi amigo, que no proceda con tan
absoluto exclusivismo del espritu de abstraccin, puede describirse
siquiera dbilmente con palabras. Era un pequeo cuadro representando el
interior de una bveda o tnel inmensamente largo y rectangular con
muros bajos, blancos y pulidos, sin interrupcin ni detalles. No se vea
orificio alguno en toda su extensin, ni podan descubrirse antorchas ni
otro foco alguno de luz artificial; y, sin embargo, un torrente de luz
intensa brillaba por todas partes, baando el conjunto en lgubre e
inadecuado esplendor.

He hablado ya de la condicin mrbida de sus nervios auditivos que haca
insoportable toda msica al paciente, salvo determinados sones de los
instrumentos de cuerda. Quiz si los estrechos lmites en que se
confinaba l mismo al tocar la guitarra eran, en gran parte, lo que daba
vida a la ndole fantstica de su ejecucin. Mas no puede atribuirse a
idntica causa la frvida facilidad de sus improvisaciones. Era sin duda
el resultado, tanto en la msica como en las palabras de sus
desordenadas lucubraciones (pues que a menudo se acompaaba l mismo con
rimas verbales improvisadas), de aquella intensa concentracin y
reaccin a la cual aluda anteriormente, y que slo es dado observar en
momentos determinados de gran excitacin artificial. Puedo recordar
fcilmente las palabras de una de aquellas rapsodias. Sin duda me
impresionaron con mayor viveza conforme la escuchaba, en razn del
encubierto o simblico desarrollo de su argumento en que imaginaba yo
discernir por vez primera en sher la plena conciencia del bamboleo de
su elevada razn en su santuario. Los versos, que se titulaban El
_palacio hechizado_, decan ms o menos, si no exactamente, como sigue:

    En el ms fresco de nuestros valles
      de ngeles buenos solaz,
    en cierto tiempo un regio palacio, resplandeciente,
      ergua su faz.
    Era en los dominios del rey Pensamiento.
      Nunca serafines
    desplegaron las alas
      sobre morada ms bella.[5]

    Todo esto ocurra en remoto pasado.
      Pendones amarillos, gloriosos, dorados,
    en su cspide veanse flamear.
      Y el cfiro gentil,
    que en aquel tiempo feliz jugueteaba
      de la mansin en redor,
    por las almenas soberbias y blancas
      como alado perfume escap.

    Peregrinos transeuntes de aquel feliz valle,
      a travs de ventanas translcidas,
    vean sombras de espritus
      agitndose armnicamente
    y a comps de templado lad,
      al rededor de un magnfico trono
    donde brillaba el monarca,
      nacido en la prpura y digno de tal esplendor.

    Cubierta de rubes y perlas
      la puerta del palacio estaba;
    y por ella cruzaba flotando,
      flotando centelleante,
    una multitud de Ecos
      cuyo deber grato y nico
    era entonar con voz de sin par meloda
      de su rey el talento y cordura.

    Pero el Mal, de tristezas vestido,
      asalt del monarca el estado.
    Ah! Lloremos, que jams lucir nuevo da
      para l, desolado!
    Y del castillo la aureola de gloria,
      una vez floreciente y purprea,
    slo es ya de antiguas edades, la historia
      perdida, enterrada.

    Los viajeros que hoy cruzan el valle
      ven reflejarse en las rojas ventanas
    grandes sombras en danza fantstica
      girando a discorde son.
    Y por la lvida puerta,
      al igual que un torrente espantoso,
    para siempre una turba monstruosa
      preciptase y re: la sonrisa olvid!

Recuerdo muy bien que la inspiracin de esta balada nos llev a cierto
orden de ideas acerca de las cuales expres sher una opinin que
menciono aqu, no en razn de su novedad pues otros hombres pensaron ya
del mismo modo,[6] sino por la tenacidad con que l la sostena. Esta
opinin, en tesis general, se refera a la sensibilidad de las plantas;
pero en la desordenada fantasa de mi amigo asuma carcter ms atrevido
y traspasaba, en determinadas condiciones, las leyes del reino
inorgnico. Me faltan palabras para expresar la magnitud, el ardiente
_abandono_ de su conviccin. Dicha creencia, sin embargo, se relacionaba
(como alud anteriormente) con las piedras grises de la casa de sus
antepasados. Las condiciones de sensibilidad se haban tenido en cuenta,
imaginaba l, en el arreglo de tales piedras, en el orden de su
colocacin, as como en la disposicin de los hongos que las cubran y
de los marchitos rboles que se conservaban en los alrededores; y, sobre
todo, en el largo tiempo que este arreglo se haba respetado y en su
reflexin en las quietas aguas del estanque. La prueba de la
sensibilidad de aquellos objetos poda encontrarse, deca (y aqu me
estremec a sus palabras), en la gradual y positiva condensacin de una
atmsfera propia sobre las aguas y los muros de la casa. Sus efectos
podan descubrirse fcilmente, aadi, en aquella muda, pero poderosa y
terrible influencia que haba encauzado por varias centurias los
destinos de su familia, y le haba convertido _a l_ en lo que yo vea,
en lo que era en la actualidad.

Nuestros libros, los mismos que durante largos aos haban constitudo
gran parte de la existencia mental del enfermo, guardaban como puede
suponerse, estrecha analoga con este personaje de leyenda.
Profundizamos juntos obras como el _Ver-Vert et Chartreuse_ de Gresset;
el _Belphegor_ de Machiavelli; el _Heaven and Hell_ de Swdenborg; el
_Subterranean Voyage of Nicholas Klimm_ de Hlberg; la _Chiromancy_, por
Rbert Flud, por Jean d'Indagin y por de la Chambre; la _Journey into
the Blue Distance_, por Tieck; y la _City of the Sun_ por Campanella.
Uno de nuestros ejemplares favoritos era una pequea edicin en octavo
del _Directorium Inquisitorum_, por el dominicano Eymeric de Gironne; y
haba ciertos pasajes de _Pomponius Mela_ acerca de los antiguos stiros
y egipanes africanos que hacan soar a sher durante horas enteras. Su
principal deleite consista, sin embargo, en la lectura de un libro
gtico en cuarto, extremadamente raro y curioso, manual de una iglesia
abandonada, el _Vigili Mortuorum Chorum Ecclesi Maguntin_.

No pude dejar de recordar el salvaje ritual de aquella obra y pensar en
su probable influencia sobre el hipocondriaco, el da en que despus de
informarme bruscamente de que Lady Mdeline haba fallecido, me
manifest su intencin de conservar el cadver durante una quincena en
alguna de las numerosas bvedas que existan en los muros del edificio,
antes de proceder a su definitiva inhumacin. La razn principal que
adujo para este singular procedimiento era de tal naturaleza que no me
dejaba libertad de discutirla. Sentase el hermano inclinado a esta
resolucin, segn explic, a causa de los extraos sntomas de la
enfermedad de la difunta, de ciertas interrogaciones acres e importunas
de parte de los mdicos y de la situacin lejana y a la intemperie que
ocupaba el cementerio de la familia. No negar que al rememorar el
siniestro continente del personaje a quien encontr en la escalera el
da de mi llegada a la casa, se me pasaron todos los deseos de oponerme
a aquello que despus de todo slo consideraba inofensiva y de ninguna
manera extraordinaria precaucin.

A peticin de sher, yo mismo le ayud en las disposiciones para el
entierro temporal. Despus de colocado el cuerpo en el atad, nosotros
solos lo condujimos al lugar de su descanso. La bveda en que lo
depositamos, cerrada por tan largo tiempo que nuestras antorchas
oscilaron en su pesada atmsfera, nos dej poca oportunidad para
pesquisas minuciosas; era pequea, hmeda, y estaba absolutamente
desprovista de medio alguno para recibir la luz; quedando situada a
gran profundidad exactamente debajo de la parte del edificio que
corresponda a mi cuarto de dormir. Aparentemente se haba usado en
remotas pocas feudales como calabozo de la peor especie, y en los
ltimos tiempos como depsito de plvora o cualquiera otra substancia
combustible, pues parte del pavimento y todo el interior de un largo
pasillo abovedado que all conduca, estaban cuidadosamente revestidos
de cobre. La puerta, de hierro macizo, estaba tambin protegida de
manera anloga. Su enorme peso produca un chirrido en extremo spero y
discordante al girar sobre los goznes.

Despus de depositar nuestra lgubre carga sobre algunos soportes en
esta mansin de horror, nos volvimos a medias hacia el atad todava sin
cerrar para contemplar el rostro de la ocupante. Lo primero que atrajo
mi atencin fu la sorprendente semejanza que exista entre la hermana y
el hermano; y entonces sher, adivinando tal vez mis pensamientos,
murmur algunas palabras por las cuales comprend que la muerta y l
eran gemelos, y que siempre se haba dejado notar entre ellos cierta
simpata de constitucin apenas explicable. Nuestras miradas no se
detuvieron largo tiempo sobre la difunta, porque no podamos
contemplarla sin terror. El mal que postr a Lady Mdeline en plena
madurez de su juventud, dejla, como sucede en todas las enfermedades de
carcter esencialmente catalptico, la irona de un dbil sonrosado en
el seno y en el semblante, y aquella lnguida y misteriosa sonrisa, tan
terrible en los dominios de la muerte. Colocamos la tapa en su sitio
fijndola con tornillos y, despus de asegurar la puerta de hierro,
volvimos penosamente a las habitaciones altas de la casa, tan ttricas
casi como el lugar que acabbamos de abandonar.

Despus de algunos das de amargo pesar, presentse un cambio notable en
los sntomas del desorden mental que afliga a mi amigo. Su manera de
ser cambi enteramente. Olvidaba o descuidaba sus ocupaciones
ordinarias. Vagaba de pieza en pieza con paso precipitado, desigual y
sin objeto. Su palidez asuma tonos aun ms cadavricos, a ser posible;
pero la lumbre de sus ojos habase extinguido por completo. La aspereza
incidental de su voz no se dejaba or ya ms; y cierto estremecimiento
convulsivo, como de excesivo terror, caracterizaba habitualmente su
lenguaje. En ocasiones parecame que su mente turbada luchaba sin cesar
con algn opresor secreto, para revelar el cual necesitaba apelar a todo
su valor; pero otras veces me vea obligado a juzgar todas estas
manifestaciones como simples extravagancias provocadas por su locura,
porque notaba que se quedaba mirando al vaco horas enteras en actitud
de profunda atencin, como si escuchara sonidos imaginarios. No es de
extraar que su estado me aterrorizara, me contagiara. Senta ya que se
apoderaba de m por grados la influencia desordenada de sus fantsticas
y perturbadoras supersticiones.

Al retirarme tarde a descansar una noche, siete u ocho das despus de
depositar el cuerpo de Lady Mdeline en el calabozo, pude apreciar
mejor que nunca el alcance de tales impresiones. El sueo haba hudo de
mis prpados mientras las horas transcurran una tras otra. Intent
raciocinar para dominar la nerviosidad que se haba apoderado de mi
espritu; procur convencerme de que gran parte si no todo lo que senta
era debido a la inquietadora influencia de la lgubre mueblera de la
habitacin, a las sombras y desgarradas draperas que, torturadas por
el aliento de una tempestad cercana, batanse ac y all caprichosamente
sobre los muros y susurraban medrosamente entre las decoraciones del
lecho. Pero mis esfuerzos fueron infructuosos. Un temblor invencible se
apoder de m gradualmente; y al fin pes sobre mi corazn una alarma
aguda e infundada. Dominndola con pena y respirando fuertemente me
enderec sobre las almohadas, tratando ansiosamente de penetrar la
intensa obscuridad de la cmara; y escuch entonces, no s cmo, a menos
que algn espritu del instinto me incitara, ciertos ruidos sordos e
indistintos que venan a largos intervalos, yo no s de dnde, entre las
pausas de la tempestad. Oprimido por un intenso sentimiento de horror,
tan extraordinario como intolerable, me ech encima la ropa
precipitadamente, sabiendo bien que no podra ya dormir aquella noche, y
trat de reaccionar contra la condicin deplorable en que me encontraba,
dando paseos forzados de un extremo a otro de la habitacin.

Haba dado as algunas vueltas, cuando un leve paso en la escalera
contigua atrajo mi atencin. Reconoc inmediatamente a sher. Un
instante despus llam, en efecto, a mi puerta con suave golpear, y
entr llevando una lmpara en la mano. Su semblante mostraba palidez
cadavrica como de costumbre, pero haba adems cierta especie de
hilaridad insana en sus ojos, una visible histeria contenida en toda su
actitud. Su aspecto me aterr; pero todo era preferible a la soledad que
haba soportado largas horas y llegu hasta felicitarme de su presencia
como un alivio.

--De modo que no habis visto?--dijo ex abrupto, despus de mirar
intensa y silenciosamente en torno suyo por algunos instantes. "--No
habis visto? Pero aguardad! Ya veris."--Hablando as, y bajando
cuidadosamente la pantalla de su lmpara, dirigise con rapidez a una de
las ventanas y la abri de par en par ante la tempestad.

La impetuosa furia de las rfagas que se precipitaron en la habitacin
nos levant casi por los aires. Era, en verdad, una noche borrascosa
pero de austera belleza y singularmente extraa en su hermosura y en su
horror. Verosmilmente se haba levantado un torbellino en las cercanas
porque se presentaban frecuentes y violentas alteraciones en la
direccin del viento; y la densidad excesiva de las nubes, tan bajas que
parecan pesar sobre los torreones del castillo, no impeda notar la
velocidad de seres vivientes al parecer, con que se precipitaban unas
contra otras de todos lados sin desvanecerse a la distancia. Deca que
su excesiva densidad no impeda que apreciramos el espectculo, aun
cuando no haba rastro de luna ni de estrellas, ni resplandor alguno de
relmpagos. Sin embargo, la superficie inferior de aquellas pesadas
masas de agitado vapor, as como todos los objetos terrestres que nos
rodeaban, resplandecan a la luz sobrenatural de una exhalacin gaseosa,
dbilmente luminosa y perfectamente visible que circundaba y envolva
toda la mansin.

--No debis presenciar este espectculo, no lo presenciaris!--exclam
dirigindome a sher y estremecindome, mientras le arrastraba con suave
violencia desde la ventana hasta un asiento.--Estas manifestaciones que
os perturban son simplemente fenmenos elctricos bastante comunes, o
quiz puedan tambin derivar su fantstico origen de los pesados miasmas
del lago. Cerremos esta ventana; el aire est fro y es peligroso en
vuestras condiciones. He aqu uno de vuestros romances favoritos. Yo
leer y vos escucharis; y pasaremos juntos esta horrible noche."--

El antiguo volumen que haba cogido era el _Mad Trist_ de Sir Luncelot
Cnning; pero lo califiqu de favorito de sher ms bien bromeando
tristemente que hablando de buena fe, porque en verdad nada poda
encontrarse en su verbosidad grosera y poco imaginativa que pudiera
interesar el elevado y espiritual idealismo de mi amigo. Fu, con todo,
el primer libro que pude haber a mano inmediatamente; y aliment la vaga
esperanza de que la excitacin que agitaba en aquel momento al
hipocondriaco encontrara momentneo alivio--pues que la historia de los
desrdenes mentales est llena de anomalas semejantes--en las
descabelladas incidencias que hubiere de leer. En realidad, a juzgar por
el aire extravagante de ansiosa atencin con que escuchaba o aparentaba
escuchar la fraseologa del cuento, poda congratularme por el xito de
mi plan.

Habamos llegado a la parte bien conocida de esta historia en que
thelred, el hroe del _Trist_, habiendo intentado en vano penetrar
pacficamente en la morada del ermitao, se resuelve a lograrlo a viva
fuerza. Aqu, si bien se recuerda, la narracin contina as:

     Entonces thelred, que naturalmente posea un valeroso corazn y se
     senta adems muy potente en aquel momento por virtud del vino que
     haba bebido, no perdi ms tiempo en parlamentar con el ermitao,
     que usaba en verdad de obstinado y malicioso proceder; sino que,
     sintiendo la lluvia que caa sobre sus hombros y temiendo que
     arreciara la tempestad, levant su maza y a grandes golpes abri
     pronto en las planchas de la puerta un hueco suficiente para su
     mano armada del guantelete y, tirando de all fuertemente, rompi y
     desgaj y destroz todo de manera tal que el estrpito de la seca y
     resonante madera alarm a todo el mundo repercutiendo a travs de
     la selva.

Al terminar este acpite me sobresalt e hice una pausa involuntaria;
porque me pareci--aun cuando deduje inmediatamente que era ilusin de
mi exaltada fantasa--me pareci, digo, que de algn remoto rincn de la
casa llegaba a mis odos el eco indistinto, amortiguado y confuso
ciertamente, de aquellos sonidos de golpes y destruccin que Sir
Luncelot haba descrito con tanta minuciosidad. Sin duda alguna era
solamente cualquiera coincidencia que despert mi atencin entre el
rechinar de las vidrieras y los ruidos combinados de la borrasca todava
en aumento en el exterior; nada haba seguramente en el rumor que
pudiera interesarme o inquietarme. Prosegu la historia:

     Pero el soberbio campen thelred, al atravesar la puerta, se
     sinti dolorosamente sorprendido e irritado de no encontrar rastro
     alguno del astuto ermitao; sino en su lugar un dragn escamoso, de
     prodigioso tamao y lengua gnea que haca de centinela delante de
     un palacio de oro, pavimentado de plata; y pendiente del muro
     vease un escudo de brillante bronce con la siguiente leyenda
     grabada:

    Quien aqu penetra es conquistador;
    Ganar el escudo quien mate al dragn;

     y entonces thelred, levantando su maza, hiri en la cabeza al
     dragn; el cual se desplom a sus plantas rindiendo su pestilente
     aliento con tan hrrido, agudo y penetrante alarido que thelred se
     vi precisado a cubrirse los odos con las manos para defenderse
     del pavoroso ruido del que nada anlogo haba escuchado hasta
     entonces.

Aqu me detuve de nuevo bruscamente, esta vez con sentimiento de
profundo estupor, porque no poda caberme la menor duda de que en el
mismo instante haba odo en realidad, aun cuando me fuera imposible
indicar la direccin, un grito ahogado y aparentemente lejano, pero
spero, prolongado y extrao; un sonido discordante, exacta reproduccin
de lo que mi fantasa haba ya evocado como el sobrenatural alarido del
dragn descrito por el romancero.

Oprimido como me senta por mil encontradas sensaciones en que
predominaban la angustia y un excesivo terror a causa de la segunda y
ms extraordinaria coincidencia, tuve an la presencia de espritu
necesaria para evitar que se excitara con cualquiera observacin la
sensitiva nerviosidad de mi compaero. No estaba seguro de que se
hubiera apercibido de aquellos rumores, a pesar de que indudablemente
mostraba extraa alteracin en su conducta en los ltimos minutos. Desde
el sitio que ocupaba frente a m haba arrastrado su silla poco a poco
hasta dar cara a la puerta de entrada de la habitacin, de modo que
apenas poda yo distinguir parcialmente sus facciones, aunque me pareca
que sus labios temblaban como si estuviese murmurando palabras
ininteligibles. Su cabeza haba cado sobre el pecho; pero yo saba que
no estaba dormido, pues en una ojeada furtiva a su perfil descubr uno
de sus ojos rgidamente abierto. El movimiento de su cuerpo difera
tambin de su manera habitual, porque se meca de un lado a otro con
ondulacin suave, uniforme y constante. Notando todo esto con rapidez,
reasum la narracin de Sir Luncelot que prosegua as:

     Y habiendo escapado el campen en esta forma a la furia tremebunda
     del dragn, y recordando el bronceado escudo y la ruptura del
     encanto que all resida, empuj el cuerpo de la fiera lejos de su
     paso y avanz valerosamente sobre el plateado pavimento del
     castillo hasta el lugar donde estaba el escudo pendiente del muro;
     el cual no aguard, en verdad, que el hroe hubiese llegado, sino
     que cay espontneamente a sus pies sobre el pavimento de plata con
     inmenso estruendo y horrsono sonido retumbante.

No haban terminado mis labios de proferir estas palabras cuando,
semejando en realidad un escudo de bronce que cayera pesadamente en
aquel mismo instante sobre un pavimento de plata, pude or distintamente
una metlica, hueca y estridente aunque ahogada repercusin.
Completamente trastornado, me levant de un salto; pero el mesurado
balanceo de sher continu sin interrupcin. Me abalanc hacia el
asiento que ocupaba. Sus ojos estaban fijos y en toda su figura
triunfaba una rigidez de piedra. Mas tan pronto como coloqu una de mis
manos en su hombro, sent un fuerte estremecimiento en todo su cuerpo;
una sonrisa marchita tembl sobre sus labios; y vi que hablaba en un
murmullo bajo, precipitado e ininteligible, como inconsciente de mi
presencia. Inclinndome muy cerca sobre l, pude al fin beber la
horrenda importancia de sus palabras.

--No lo os?... S; yo lo oigo y _lo haba_ odo. Muchos, muchos,
muchos, largos minutos... muchas horas, muchos das lo he odo... pero
no me atreva... oh, misericordia! miserable de m!... no me
atreva... no _me atreva_ a hablar! _La hemos enterrado viva!_ No
deca yo que mis sentidos son muy agudos? _Ahora_ os digo que percib
sus primeros y dbiles movimientos en el hueco atad. Los o... hace
muchos, muchos das... pero no me atreva... _No tena valor de
hablar!_ Y ahora... esta noche... thelred... ha! ha!... el
quebrantamiento de la puerta del ermitao, el clamor de muerte del
dragn y el estrpito del escudo!... Digamos mejor, el hendimiento del
atad, el chirrido de las puertas de hierro de su prisin, y su lucha
en el pasillo revestido de cobre de la bveda! Oh! dnde escapar? Por
ventura no estar ella aqu dentro de poco? No se apresurar a
vituperarme por mi precipitacin? No he odo, acaso, sus pasos en la
escalera? No he escuchado el pesado y horrible latir de su corazn?
INSENSATO! Aqu se puso en pie furiosamente y grit slaba por slaba,
con tal fuerza que pareca iba a rendir el nima: INSENSATO! OS DIGO
QUE ELLA SE ENCUENTRA EN ESTE INSTANTE DELANTE DE LA PUERTA!

Como si la energa sobrehumana de su enunciacin hubiese tenido el poder
de un conjuro, los enormes bastidores antiguos a que sealaba sher
corrieron hacia atrs suavemente en el mismo instante sus pesadas garras
de bano. Era efecto de las impetuosas rfagas; pero, delante de
aquellas puertas erguase la alta y amortajada imagen de Lady Mdeline
de sher. Haba sangre en sus blancas vestiduras y seales de lucha
cruel en toda su enflaquecida figura. Detvose por un momento temblando
y bambolendose en el umbral; y luego, con sordo y lgubre gemido se
desplom pesadamente sobre su hermano y, en las violentas convulsiones
de su real y esta vez postrera agona, le trajo al suelo cadver,
vctima de los terrores que l mismo se haba anticipado.

Hu despavorido de aquella cmara y de aquella mansin. La tempestad
bramaba todava en plena furia cuando yo me encontr cruzando la antigua
calzada. De pronto brill a lo largo del camino una luz inusitada, y yo
me volv para averiguar de dnde proceda este rayo sobrenatural, pues
la vasta morada y sus sombras era lo nico que dejaba tras de m. La
radiacin brotaba de una luna llena y de un rojo sangriento en su ocaso,
y resplandeca vivamente sobre aquella hendedura apenas perceptible de
que he hablado y que se extenda en ziszs desde la techumbre del
edificio hasta su base. En tanto que miraba, la hendedura se ensanch
rpidamente; hubo luego una rfaga furiosa del remolino; el orbe entero
del satlite estall al mismo tiempo ante mis ojos; mi cerebro oscil
mientras vea los potentes muros abrindose en dos partes; oyse un
prolongado y tumultuoso estruendo semejante a millares de voces de las
aguas; y el profundo y ttrico lago que yaca a mis pies cerrse sombra
y silenciosamente sobre los fragmentos de la _Casa de sher_.




LIGEIA

     La voluntad est all yacente, mas no muerta. Quin conoce los
     misterios de la voluntad, en todo su poder? Porque Dios es
     solamente una inmensa voluntad dominando todas las cosas por virtud
     de su intensidad. El hombre no es vencido por los ngeles, ni
     siquiera por la muerte completamente, sino en razn de la flaqueza
     de su frgil voluntad.

     --JSEPH GLNVILL.


No podra, por mi nima, recordar cmo, cundo, ni dnde exactamente
conoc a Lady Ligeia. Han transcurrido muchos aos desde entonces, y mi
memoria se ha debilitado con los sufrimientos. O tal vez me es imposible
rememorarlo ahora porque, en realidad, la personalidad de mi amada, su
raro talento, el sereno y singular carcter de su belleza y la
penetrante y avasalladora elocuencia de su voz velada y musical se
abrieron paso hasta mi corazn en forma tan rpida y furtiva que, sin
duda alguna, aquellos incidentes pasaron desapercibidos o ignorados.
Creo, sin embargo, que la encontr por primera vez y ms a menudo en
alguna grande, antigua y decadente ciudad en las cercanas del Rhin.
Seguramente debo haberla odo hablar de su familia; y no cabe duda de
que se remontaba a una gran antigedad. Ligeia! Ligeia! Sumido en
estudios de naturaleza tal que debilitan todas las impresiones del mundo
exterior, slo esta dulce palabra Ligeia! tiene el poder de hacer
brotar ante mis ojos, por medio de la fantasa, la imagen de aquella que
ya no existe. Y ahora, mientras escribo, me asalta la idea de que jams
llegu a saber el nombre de familia de la que fu mi amiga y mi
prometida, y lleg a convertirse en la compaera de mis estudios, y ms
tarde en la esposa elegida de mi corazn. Fu aquello una humorada de
mi Ligeia? Exigi acaso, como prueba de la intensidad de mi afecto, que
no hiciera yo investigacin alguna a este respecto? O sera quizs un
capricho mo, alguna extraa y romntica ofrenda en el altar de la ms
apasionada devocin? Apenas tengo la confusa reminiscencia del hecho en
s mismo; cmo puede maravillar que haya olvidado por completo las
circunstancias que lo originaron? Realmente, si alguna vez el espritu
que se denomina _Romance_, si la plida _Astophet_, de alas de nebulosa,
diosa del Egipto idlatra, presidi alguna vez, como aseguran, los
matrimonios novelescos, indudablemente debi reinar en el mo.

Hay, sin embargo, un tema predilecto de mi corazn en el que mi memoria
jams falla. Es ste _la propia_ Ligeia. Era de alta estatura, algo
cencea y casi flaca en sus ltimos das. Tratara en vano de describir
la majestad, el apacible reposo de su continente y la incomparable
ligereza y elasticidad de su marcha. Iba y volva como una sombra. Nunca
me daba cuenta de su entrada a mi cerrado estudio sino por la msica
amada de su voz, dulce y queda, cuando colocaba su marmrea mano sobre
uno de mis hombros. Ninguna doncella igual jams la hermosura de su
semblante. Era la irradiacin de un sueo de opio, una area y
espiritual visin, ms extraordinariamente divina que todas las
fantasas que poblaban los ensueos de las hijas de Delos. Sin embargo,
sus facciones no se definan en el molde corriente que se nos ha
enseado falsamente a admirar en las clsicas obras del paganismo. "No
existe belleza exquisita," dice Bacon, Lord Verlam, hablando con
sinceridad de las diferentes formas y caracteres de belleza, "sin algo
de extraordinario en sus proporciones." As, aun cuando yo saba que las
facciones de Ligeia no eran de regularidad clsica; aun cuando poda
percibir que su belleza era, en verdad, "exquisita," y senta mucho de
"extraordinario" en ella, he procurado en vano descubrir en qu
consista la irregularidad y determinar mi percepcin de lo
"extraordinario." Examinaba el contorno de la alta y plida frente: era
irreprochable; y cun fra me parece esta palabra aplicada a su divina
majestad! La piel rivalizando con el marfil ms puro, la requerida
amplitud y reposo, la encantadora prominencia cerca de las sienes; y
luego, las trenzas color plumaje de cuervo, sedosas, abundantes y
naturalmente rizadas, dignas del homrico epteto de "jacintianas!"
Miraba las delicadas lneas de la nariz; y slo en los graciosos
medallones hebreos he observado semejante perfeccin. Tenan la misma
frescura de superficie, idntica tendencia aquilina apenas perceptible,
las mismas ventanillas de curva armoniosa que dicen de la elevacin del
espritu. Contemplaba la dulce boca. All se fijaba, en verdad, el
triunfo de todo lo divino: la soberbia curva del labio superior; la
suave y voluptuosa indolencia del inferior; los hoyuelos que regocijaban
y el color que hablaba; los dientes resplandeciendo detrs con
brillantez casi asombrosa y reflejando rayos de luz inmaculada en su
sonrisa serena y plcida, a la par que incomparablemente radiante y
embriagadora entre todas las sonrisas. Observaba la forma de la barba; y
encontraba tambin aqu la suave amplitud, la dulzura y majestad, la
redondez y espiritualidad de los griegos; y el contorno que el dios
Apolo revel slo en sueos a Cleomenes, el hijo del ateniense. Y en
seguida penetraba en los grandes ojos de Ligeia.

No haba modelos de ojos en la remota antigedad. Puede ser tambin que
en aquellos ojos de mi amada residiera el secreto a que alude Lord
Verlam. Eran, segn creo, mucho ms grandes que los ojos ordinarios de
nuestra raza. Eran tambin ms redondos que los ms redondos entre los
ojos de gacela de la tribu de Nourjahad. Sin embargo, slo a intervalos,
en momentos de intensa excitacin, se notaba esta peculiaridad en
Ligeia. Y en aquellos momentos su belleza apareca (quiz nicamente en
mi exaltada fantasa), como la hermosura de seres ultraterrenales, como
la hermosura fabulosa de las hures de los turcos. Sus pupilas eran del
negro ms luciente, y lejos, en contorno, se rizaban las largusimas
pestaas de azabache. Las cejas, de dibujo ligeramente irregular, eran
de igual color. Lo que encontraba yo de "extraordinario" en los ojos de
Ligeia consista, sin embargo, en algo de naturaleza diferente de la
forma, el color o la brillantez; algo que, despus de todo, me veo
obligado a referir a la _expresin_. Ah, palabras sin significado, tras
de cuya vasta amplitud de sonido atrincheramos nuestra ignorancia de lo
espiritual! La expresin de los ojos de Ligeia! Cunto he meditado
acerca de esto durante horas enteras! Cunto he luchado por evocarla en
el transcurso de toda una noche de verano! Qu era aquello, aquello ms
profundo que el manantial de Demcrito, aquello que haba lejos, muy
lejos dentro de las pupilas de mi adorada? Qu era _aquello?_ Estaba
posedo de la pasin de escudriarlo. Aquellos ojos! aquellos orbes
inmensos, brillantes, divinos! Llegaron a convertirse para m en las
estrellas gemelas de Leda, y yo para ellas en el ms apasionado de los
astrlogos.

No hay sensacin ms irritante entre las mil anomalas de la mente que
el hecho, a que jams se ha prestado atencin en los colegios, segn
creo, de que en el esfuerzo para rememorar cualquiera cosa olvidada por
largo tiempo, llegamos a menudo hasta _el borde mismo_ de la
reminiscencia, sin poder al cabo traer a la memoria lo que deseamos.
As, cun frecuentemente durante el curso de un intenso escrutinio de
los ojos de Ligeia, senta que me aproximaba al conocimiento pleno de
su expresin, lo senta cerca, pero no en mi poder an, y al fin volva
a escaparse por completo! Y (oh, extraeza! oh, misterio entre todos!)
encontraba en los objetos ms comunes del universo un crculo de
analogas con esta expresin. Quiero decir que en el perodo subsecuente
a la toma de posesin de mi espritu por la hermosura de Ligeia, que
reinaba all como en un trono, experimentaba al contacto de muchas
existencias del mundo material un sentimiento semejante al que me
producan siempre sus inmensas y luminosas pupilas. No me es posible,
sin embargo, definir ni analizar este sentimiento, ni siquiera
observarlo con claridad. Reconoca su expresin algunas veces, permitid
que lo repita, en el rpido desarrollo de una vid, en la contemplacin
de una falena, una mariposa, una crislida, un arroyo de agua corriente.
La he sentido en el ocano, en la cada de un meteoro. La he encontrado
en la mirada de personas de mucha edad. Y hay en los cielos una o dos
estrellas, una especialmente, de sexta magnitud, doble y cambiante, que
se encuentra cerca de la estrella mayor de Lira, en la cual, en medio de
un examen telescpico, me di cuenta tambin de este sentimiento. Me he
sentido lleno de su fuerza al escuchar ciertos sones de instrumentos de
cuerda, y muchas veces leyendo determinados pasajes de algunos libros.
Recuerdo muy bien un trozo de una obra de Jseph Glnvill que, quiz
simplemente en razn de su originalidad (quin podra decirlo?), nunca
dejaba de inspirarme el mismo sentimiento. "La voluntad est all
yacente, mas no muerta. Quin conoce los misterios de la voluntad en
todo su poder? Porque Dios es solamente una inmensa voluntad dominando
todas las cosas por virtud de su intensidad. El hombre no es vencido por
los ngeles, ni siquiera por la muerte completamente, sino en razn de
la flaqueza de su frgil voluntad."

Un lapso de varios aos y la reflexin consiguiente me han permitido
trazar una remota relacin entre este pasaje del moralista ingls y una
faz del carcter de Ligeia. Cierta _intensidad_ de pensamiento, accin o
palabras era quiz en ella el resultado, o el indicio por lo menos, de
aquella enorme fuerza de voluntad que durante nuestras largas relaciones
no encontr oportunidad de demostrar su existencia de manera ms
palpable. Entre todas las mujeres que he conocido, ella, la
exteriormente tranquila, la siempre plcida Ligeia, era presa con mayor
violencia de los buitres tumultuosos de la pasin devoradora. Y slo
poda yo formarme idea del alcance de aquella pasin por la milagrosa
dilatacin de sus ojos que a la vez me deleitaba y amedrentaba; por la
mgica meloda, modulacin, claridad y dulzura de su voz, muy queda; y
por la apasionada energa de las ardientes palabras que pronunciaba,
doblemente conmovedoras por el contraste con su manera de proferirlas.

He hablado de los conocimientos de Ligeia: eran inmensos, como jams
pudiera imaginarlos en ninguna mujer. Era profundamente instruda en
los idiomas clsicos, y nunca la sorprend en falta en los modernos
lenguajes de Europa, hasta donde mis conocimientos alcanzaban. A decir
verdad, se equivoc alguna vez Ligeia aun en los temas ms admirados,
por cuanto ms abstrusos, de la jactanciosa erudicin acadmica? Cun
maravillosa, cun extraordinariamente se ha definido para m este lado
de su naturaleza, tan slo en los ltimos tiempos! Deca que su saber
era tan vasto como jams pude suponerlo en una mujer; mas dnde existe
el hombre que, como ella, haya atravesado triunfalmente los vastos
dominios de la ciencia moral, de la fsica y de las matemticas? Yo no
comprenda entonces lo que ahora percibo con toda claridad: que los
conocimientos de Ligeia eran gigantescos, asombrosos; sin embargo, saba
bastante de su supremaca moral para renunciar a mi propio criterio con
infantil confianza y dejarme guiar por ella en el catico mundo de las
investigaciones metafsicas en que me ocupaba con gran inters durante
los primeros aos de nuestro matrimonio. Con qu inmenso triunfo, con
qu vvido deleite, con cunto de todo aquello que es etreo en la
esperanza, senta, al inclinarse ella sobre m en los estudios, sin
buscarla ni comprenderla, aquella deliciosa mirada dilatndose por
grados ante mis ojos; y a travs de cuyo largo, radiante y virgen
sendero podra al fin alcanzar la meta de una sabidura demasiado
adorablemente preciosa para no estar vedada a los mortales!

Imaginad ahora cun agudo sera el pesar con que contempl aos ms
tarde cmo brotaron alas a mis justas esperanzas, y volaron con ella a
la inmensidad! Sin Ligeia, yo era como un nio extraviado tentando en la
obscuridad. Su presencia, las lecturas que ella acometa sola,
iluminaban vvidamente los innumerables misterios de la ciencia del
trascendentalismo en que me hallaba sumergido. Faltndome la lumbre
radiante de sus ojos, los caracteres antes brillantes y dorados
volvanse ms opacos que el plomo saturnino. Y aquellos ojos brillaban
cada vez menos y con menor frecuencia sobre las pginas que yo lea.
Ligeia estaba enferma. Los extraos ojos refulgan con resplandor
demasiado glorioso; los plidos dedos adquiran los tonos de
transparente cera de la tumba; y las azules venas de su elevada frente
hinchbanse y bajaban impetuosamente a impulsos de la ms ligera
emocin. Vea que la muerte se acercaba, y luch desesperadamente con el
inflexible Azrael. Y, con gran estupor de mi parte, not que la lucha de
mi apasionada esposa era aun ms enrgica que la ma. Muchos rasgos de
su altivo carcter me haban dejado la impresin de que la muerte no
aportara para ella sus habituales terrores; pero no era as. Las
palabras son impotentes para dar idea exacta de la fortaleza y tesn con
que contendi a brazo partido con las Sombras. Yo gema de angustia al
contemplar este espectculo. Hubiera querido suavizar su fin, hubiera
querido razonar; pero, en la intensidad de su ardiente anhelo de vivir,
vivir, _solamente_ vivir, ensayar cualquier solaz o razonamiento habra
sido la locura ms estupenda. Sin embargo, slo en el ltimo momento,
entre las congojas convulsivas de su elevado espritu, se conmovi la
placidez exterior de su continente. Su voz hzose ms y ms dbil, ms y
ms velada; pero no quisiera recordar el extrao significado de aquellas
palabras tan quedamente pronunciadas. Mi cerebro se extraviaba mientras
escuchaba extasiado una meloda sobrenatural, hiptesis y aspiraciones
que jams conoci antes la humanidad.

No poda dudar de que Ligeia me amaba; y era fcil comprender que en un
corazn como el suyo el amor deba reinar con pasin extraordinaria.
Pero slo en su muerte me impresion plenamente la fuerza de su
sentimiento. Oprima mis manos durante largas horas y desplegaba ante m
los tesoros de su alma, que eran ya idolatra ms que apasionada
devocin. Qu haba hecho yo para merecer la bendicin de tales
confesiones? Y qu haba hecho para merecer el anatema de perder a mi
adorada en la hora misma de recibirlas? No puedo soportar detenerme ms
tiempo en este tema. Same permitido decir tan slo que, en el abandono
tan femenino de Ligeia en su amor, ay de m, tan poco merecido, tan
liberalmente ofrendado! comprend al fin la razn de su ardiente y
salvaje anhelo por aquella vida que ahora se le escapaba con tanta
rapidez. Esta violenta aspiracin, este extraordinario deseo de vivir,
_solamente_ vivir, es lo que me encuentro incapaz de describir, no tengo
frases suficientes para expresarlo.

A las doce de la noche en que Ligeia desapareci, llamndome
perentoriamente a su lado con la cabeza, me pidi que recitara ciertos
versos compuestos por ella misma no haca muchos das. Obedec. Los
versos eran como sigue:

    He aqu finalmente una noche de gala,
    despus de los recientes aos desolados!
    Un tropel de ngeles, envueltos en velos,
    ahogados en llanto,
    acude al teatro,
    para ver un drama de esperanza y miedo,
    mientras suspira la orquesta
    la msica infinita del espacio.

       *       *       *       *       *

    Bufones en lo alto con disfraz de dioses
    gruen y murmuran agitndose
    en continuo y veloz revoloteo.
    Son slo tteres movidos
    por seres poderosos e informes
    que cambian a su antojo el escenario
    y hacen brotar al golpe de sus alas de cndor
    Invisible Dolor!

       *       *       *       *       *

    Oh, el drama abigarrado!
    Estad seguros de que no lo olvidaris!
    Con su Fantasma siempre perseguido
    por una muchedumbre que jams lo alcanza,
    siguiendo el mismo eterno crculo
    que conduce al punto de partida;
    un drama de Locuras y Maldades
    y que tiene al Horror por desenlace.

       *       *       *       *       *

    Pero ved! Entre la algazara de los cmicos,
    y desde los desiertos bastidores,
    aparece arrastrndose una forma
    color rojo de sangre!
    La forma se retuerce,
    se retuerce devorando a los bufones
    que padecen angustias espantosas;
    y los querubes lloran
    ante el monstruo que se goza en sangre humana.

       *       *       *       *       *

    Apganse las luces.
    El drama ha concludo.
    Sobre las temblorosas formas de la escena,
    con rapidez igual que una borrasca,
    cae el teln: un pao funerario.
    Y los espritus tristes y dolientes,
    al levantar el vuelo,
    recuerdan que aquel drama trgico es "El Hombre,"
    y su hroe se llama
    Gusano, el Vencedor.

"Oh, Dios mo!" solloz a medias Ligeia, alzndose y levantando los
brazos a lo alto con movimiento espasmdico, al terminar yo estas
lneas. "Oh, Dios! Oh, Padre divino! Debern estas cosas suceder as?
Nunca ha de ser vencido este vencedor? No somos carne y hueso de Ti
mismo? Quin, quin conoce los misterios de la voluntad en todo su
poder? El hombre no es vencido por los ngeles, ni siquiera por la
muerte completamente, sino en razn de la flaqueza de su frgil
voluntad."

Entonces, exhausta por la emocin, dej caer los blancos brazos, y se
dirigi solemnemente hacia su lecho de muerte. Y cuando lanzaba sus
ltimos suspiros brot, mezclado con ellos, un murmullo de sus labios.
Inclinando mis odos hasta su boca, distingu nuevamente las palabras
finales del pasaje de Glnvill. "El hombre no es vencido por los
ngeles, ni siquiera por la muerte completamente, sino en razn de la
flaqueza de su frgil voluntad."

Muri; y yo, deshecho hasta el polvo por el pesar, no pude soportar ms
tiempo el desolado aislamiento de mi morada en la triste y decadente
ciudad de los alrededores del Rhin. No careca de lo que el mundo
denomina riquezas. Ligeia me haba trado ms, mucho ms, de lo que
representa el ordinario lote de los mortales. Por consiguiente, despus
de algunos meses de viajes fatigosos y sin objeto, compr e hice reparar
una abada, que no nombrar, en uno de los ms agrestes y menos
frecuentados parajes de la bella Inglaterra. El ttrico y fantstico
tamao del edificio, el aspecto casi salvaje del dominio, los numerosos
recuerdos melanclicos y de antiguo venerados que se relacionaban con la
posesin tenan mucho de comn con el sentimiento de amargo abandono que
me llevaba a esta remota e insociable comarca del reino. Sin embargo,
aun cuando el exterior de la abada, con su marchito verdor colgando por
todas partes, sufri pequea alteracin, me complac, con una especie de
perversidad infantil, y tal vez con la dbil esperanza de aliviar mis
pesares, en desplegar en el interior una magnificencia casi regia. Tena
desde la infancia una aficin especial a esta clase de locuras, la que
volvi a m como una extravagancia provocada por el dolor. Ay de m!
Comprendo ahora cunto haba de incipiente insania en el derroche de
aquellas exquisitas y fantsticas draperas, en las solemnes esculturas
egipcias, en la original mueblera y cornisas, en los recamados bizarros
diseos de los tapices de oro! Haba llegado a esclavizarme por completo
en los lazos del opio, y mis obras y mis rdenes tomaban el colorido de
mis sueos. Mas no debo detenerme a detallar tales absurdos. Permitidme
solamente hablar de la cmara por siempre maldita a la que, en un
momento de alienacin mental, llev desde el altar como mi esposa, como
la sucesora de la inolvidable Ligeia, a la rubia, de ojos azules, Lady
Rowena Trevanion, de Tremaine.

No existe la ms pequea parte de la arquitectura y decoracin de
aquella cmara que no est ahora visible ante mis ojos. Dnde estaban
las almas de los altivos antepasados de la familia de mi novia, cuando
por su ansia de oro permitieron atravesar el umbral de una habitacin,
decorada en _tal_ manera, a una doncella, su hija muy amada? He dicho
que recuerdo minuciosamente los detalles de aquella cmara (aunque
olvido en forma deplorable los asuntos de mayor entidad), a pesar de que
no haba estilo especial ni conexin alguna en su caprichoso arreglo,
que pudiera contribuir a que se conserve en la memoria. La habitacin,
situada en una alta torrecilla del castillo de la abada, era de forma
pentagonal y de gran tamao. Ocupando todo el frente sur del pentgono,
haba una ventana nica, una lmina inmensa de cristal pulido de
Venecia, un solo trozo de vidrio plomizo, de manera que los rayos del
sol o de la luna, al atravesarla, arrojaban un resplandor fantstico
sobre los objetos del interior. En la parte superior de esta enorme
ventana extenda su tejido una antigua vid que colgaba de los macizos
muros del torren. El techo, de ttrico roble, era excesivamente alto,
abovedado y primorosamente esculpido con los tipos ms extravagantes y
grotescos de un estilo mitad gtico, mitad drudico. Del dibujo central
de esta sombra cpula penda, de una cadena de oro de largos eslabones,
un inmenso incensario del mismo metal, de modelo sarraceno, y con muchas
perforaciones combinadas en tal forma que oscilaba dentro y fuera de
ellas, como dotada de serpentina vitalidad, una continua sucesin de
fuegos de colores.

Divanes orientales y candelabros dorados veanse por varios lados; y
haba tambin un lecho, el lecho nupcial, de slido bano esculpido,
ejemplar indio, muy bajo, y con un dosel semejando una urna funeraria.
En cada uno de los ngulos del cuarto se levantaba un gigantesco
sarcfago de negro granito, extrado de las tumbas de los reyes frente a
Lxor, y con su antigua cubierta exornada de esculturas de tiempo
inmemorial. Pero en la tapicera de la cmara, sobre todo, se mostraba,
ay de m! la fantasa capital de todo aquello. Los elevados muros, de
altura gigantesca y casi desproporcionada, estaban revestidos de arriba
abajo en amplios pliegues de una tapicera pesada y casi slida, del
mismo tejido que descollaba como alfombra en el pavimento, como cubierta
en los divanes y en el lecho de bano, como drapera en el dosel y como
magnficas volutas en las cortinas que cubran parcialmente la ventana.
El tejido era de la ms rica tela de oro. Estaba salpicado por todas
partes, a intervalos irregulares, de arabescos de un pie de dimetro,
laborados sobre la tela en dibujos del ms puro negro de azabache. Pero
aquellas figuras ostentaban su verdadero estilo arabesco solamente
cuando se las contemplaba desde cierta lnea visual. Por una disposicin
bastante generalizada ahora, pero que se remonta a un perodo de gran
antigedad, se las haba dotado de aspecto cambiante. Para el que
entraba en la habitacin tenan simplemente la apariencia de
monstruosidades; pero, al avanzar un poco ms, su forma cambiaba
gradualmente; y paso a paso, al dar la vuelta en la cmara, vease
rodeado el visitante de una sucesin interminable de los horrendos
fantasmas que pueblan las supersticiones normandas, o que toman cuerpo
en los ensueos infernales de los monjes. El efecto fantstico se
acrecentaba con la introduccin de una corriente de aire artificial
detrs de las draperas, que prestaba al conjunto lgubre e inquietadora
animacin.

En salones semejantes, en cmara nupcial como la que acabo de describir,
pas con la castellana de Tremaine las impas horas del primer mes de
matrimonio, horas que transcurrieron sin mayores perturbaciones. No pude
dejar de apercibirme, sin embargo, de que mi mujer tema los fieros
impulsos de mi carcter, que me amaba poco, y trataba de esquivarme;
pero esto me produjo ms bien placer que cualquier otro sentimiento. La
detestaba con odio demoniaco ms que humano. Mi memoria retroceda (oh!
con cunta intensidad de pesar!) a Ligeia, la bien amada, la augusta,
la bella, la desaparecida. Gozaba con las reminiscencias de su pureza,
su erudicin, su elevacin de espritu, su naturaleza etrea, su
apasionado e idoltrico amor. Y entonces arda mi espritu plena y
libremente con fuego mayor an que el que a ella la consuma. En la
exaltacin de mis sueos de opio (porque habitualmente estaba sumido en
los efectos de esta substancia), llambala en voz alta por su nombre en
el silencio de la noche, o en los lugares ms recnditos del valle
durante el da, como si por medio de mi salvaje anhelo, de la pasin
solemne, del ardor nostlgico que me consuma por la muerta, pudiera yo
volverla a la senda que haba abandonado sobre la tierra. (Ah! era
posible que _esto_ fuera para siempre?)

Al iniciarse el segundo mes de matrimonio, Lady Rowena se sinti atacada
de repentino malestar, del cual se recobraba con lentitud. La fiebre que
la consuma haca sus noches intranquilas; y en su inconsciente estado
de media vigilia, hablaba de ruidos, de movimientos dentro y alrededor
de la cmara de la torrecilla; lo cual deduje yo que no tena otro
origen que el desarreglo de su mente o quiz la influencia
fantasmagrica de la misma habitacin. Al fin entr en convalecencia;
luego se restableci por completo. Pero, apenas hubo transcurrido un
breve perodo, un nuevo acceso, ms violento que el primero, la arroj
de nuevo en el lecho del dolor; y de este segundo ataque nunca lleg a
recobrarse su constitucin, dbil en todo tiempo. Su enfermedad asumi
desde entonces caracteres alarmantes y la ms severa persistencia,
desafiando la ciencia y los desvelos de los mdicos. Con la exacerbacin
del malestar crnico que la aquejaba, y que aparentemente haba dominado
su naturaleza hasta el punto de que era imposible combatirlo con medios
humanos, observ tambin una exacerbacin anloga en la irritacin
nerviosa de su temperamento, y en su excitabilidad por causas triviales
de temor. Habl de nuevo, ahora ms a menudo y con mayor insistencia, de
ruidos, ligeros ruidos, y del movimiento inusitado de las draperas, a
que haba aludido anteriormente.

Una noche, a fines de septiembre, propuso a mi atencin este angustioso
tema con ms nfasis an de lo acostumbrado. Acababa de despertar de un
sueo agitado, durante el cual estuve espiando, con sentimiento mezcla
de ansiedad y de temor, los efectos que se retrataban en su adelgazado
semblante. Sentme al lado del lecho de bano, sobre uno de los divanes
de la India. Ella se enderez a medias y habl, en ardiente murmullo, de
los sonidos que en aquel mismo instante _oa_, pero que yo no poda
escuchar, de los movimientos que ella _vea_, pero que yo no poda
percibir. El aire soplaba fuertemente detrs de las draperas y quise
demostrarle algo que, dejadme confesarlo, yo mismo no crea por
completo: que aquellos suspiros inarticulados y aquellas suaves
variaciones de las figuras sobre el muro no eran sino los efectos
naturales y ordinarios de las rfagas de aire. Pero una palidez mortal,
extendindose sobre su rostro, vino a probarme que eran infructuosos mis
esfuerzos para tranquilizarla. Pareca que estaba a punto de
desfallecer, y no haba criados al alcance de la voz. Record el sitio
donde se haba depositado una nfora de vino ligero ordenado por los
mdicos, y me apresur a atravesar el aposento para procurrselo. Pero,
al detenerme debajo de la luz del incensario, dos circunstancias de
naturaleza sorprendente atrajeron mi atencin. Sent que algn objeto
palpable aunque invisible haba pasado ligeramente cerca de m; y
observ sobre la dorada alfombra, en el centro precisamente del
resplandor suntuoso del incensario, una sombra, sombra dbil, vaga,
angelical, algo semejante a lo que podra definirse como la sombra de
una sombra. Pero yo estaba aturdido con los efectos de una dosis
exagerada de opio y no me preocup de estas cosas, ni habl de ellas a
Rowena. Habiendo encontrado el vino, cruc de nuevo la habitacin, llen
una copa y la aproxim a los labios de la desfalleciente seora. Habase
recobrado un tanto, sin embargo, y cogi ella misma el vaso, mientras yo
me hunda en un divn cercano con los ojos fijos en su semblante. En
este momento o distintamente un paso ligero sobre la alfombra y cerca
del lecho; y un segundo despus, en el acto en que Rowena levantaba la
copa hasta sus labios, vi (o quiz so que vea), vi caer dentro del
recipiente, como de algn surtidor invisible en la atmsfera del cuarto,
tres o cuatro grandes gotas de un lquido brillante color de rub. Si yo
vi esto, no lo vi Rowena. Bebi el vino sin vacilar, y yo me abstuve de
hablarle de este incidente que, bien considerado, debe haber sido
nicamente el resultado de una exaltada fantasa, en mrbida actividad
por el terror de la dama, por el opio y por la hora.

Pero no pudo escapar a mi propia percepcin el hecho de que,
inmediatamente despus de la absorcin de las gotas color de rub,
sufri un rpido acrecentamiento el malestar de mi mujer; a tal punto
que, tres noches ms tarde, las manos de sus camareras la preparaban
para la tumba; y a la cuarta, me encontr solo con su amortajado
cadver, sentado en aquella cmara fantstica que la recibi como mi
esposa. Extravagantes visiones, engendradas por el opio, revoloteaban
como sombras a mi alrededor. Mirbalas con ojos inquietos posarse sobre
los sarcfagos en los ngulos de la habitacin, sobre las cambiantes
figuras de la tapicera y entre el serpenteo de los fuegos diversamente
coloreados en el incensario que penda en el centro de la habitacin.
Mis miradas se dirigieron entonces, recordando los incidentes de una de
las noches anteriores, al espacio debajo de los rayos del incensario,
donde haba percibido el dbil reflejo de una sombra. No estaba all
ahora, sin embargo; y, respirando con ms libertad, torn mis ojos hacia
la rgida y plida figura que yaca sobre el lecho. Entonces se
apoderaron de mi mente millares de remembranzas de Ligeia, y sent en el
alma, con la violencia tumultuosa de una inundacin, todo el agudo e
intolerable dolor con que la haba visto _a ella_ as amortajada. La
noche transcurra; y en tanto yo continuaba mirando el cuerpo de Rowena
con el pecho lleno de amargos pensamientos por la nica y supremamente
bien amada.

Sera la media noche, o ms temprano quiz, o quiz ms tarde, porque no
me haba dado cuenta del tiempo transcurrido, cuando un suspiro suave y
apagado, pero muy distinto, me sorprendi en medio de mi ensueo.
_Sent_ que vena del lecho de bano, del lecho mortuorio. Escuch en
una agona de supersticioso terror; mas no hubo repeticin del sonido.
Esforc mi visin tratando de descubrir cualquiera mocin del cuerpo,
pero no se perciba ni la ms ligera. Sin embargo, no poda engaarme.
_Haba odo_ el rumor, aunque dbil, y mi alma se haba despertado
dentro de m. Deliberada y persistentemente conserv mi atencin fija
sobre el cadver. Muchos minutos transcurrieron, sin embargo, antes de
que se presentara ninguna circunstancia que pudiese arrojar luz sobre el
misterio. Hzose al fin evidente que un ligersimo, muy dbil, matiz de
colorido suba a las mejillas y a lo largo de las pequeas venas
hundidas de los prpados. Dominado por una especie de horror o pavor
inexplicable, para expresar enrgicamente el cual no existen palabras
suficientes en el lenguaje humano, sent que mi corazn cesaba de latir
y que mis miembros se volvan rgidos sobre el asiento. Pero el
sentimiento del deber contribuy al fin a devolverme mi presencia de
nimo. No poda dudar por ms tiempo de que nos habamos precipitado en
los preparativos, que Lady Rowena viva todava. Era necesario procurar
una reaccin inmediata; pero la torrecilla estaba lejos de la parte de
la abada habitada por los criados, y nadie se encontraba al alcance de
la voz. No haba forma de llamarlos sin abandonar la habitacin por
algunos minutos, y no poda aventurarme a proceder as. De consiguiente,
luch solo en mis esfuerzos para atraer el espritu todava en suspenso.
Tras corto tiempo, sin embargo, pudo notarse que se presentaba una
recidiva: desapareci el color de las mejillas y prpados dejando una
palidez mayor an que la del mrmol; los labios se recogieron y
fruncieron nuevamente en la expresin lgubre de la muerte; una
repulsiva y viscosa frialdad extendise con rapidez en toda la
superficie del cuerpo; y sobrevino casi instantneamente la acostumbrada
e inflexible rigidez mortal. Me dej caer estremecindome en el divn
del cual me haba lanzado tan sbitamente, y me entregu de nuevo a la
apasionada vigilia de los recuerdos de Ligeia.

Una hora transcurri de esta manera cuando (sera posible!) o por
segunda vez un vago rumor que parta del lado del lecho. Escuch con
horror extremado. El sonido dejse or de nuevo: era un suspiro. Me
precipit sobre el cuerpo, y vi, vi distintamente un temblor de los
labios. Un minuto despus abrironse descubriendo una hilera de perlados
dientes. La admiracin luchaba ahora en mi pecho con el terror que antes
reinaba como soberano. Sent que mi vista se obscureca, que la razn se
me escapaba; y debido slo a un violento esfuerzo pude al fin
reconquistar el dominio de mis nervios para emprender la tarea que el
deber me sealaba. Mostrbase ahora una especie de brillo parcial sobre
la frente, las mejillas y la garganta; un calor perceptible se apoderaba
del cuerpo; y dejbase sentir as mismo un ligero latido del corazn. La
dama _viva;_ y con ardor redoblado me dediqu a la labor de
resucitarla. Golpe y humedec sus sienes y sus manos, e hice uso de
todos los medios que la experiencia y mis frecuentes lecturas sobre
medicina pudieron sugerirme. Pero en vano. Sbitamente el color se
desvaneci; cesaron las pulsaciones; reasumieron los labios la expresin
de la muerte; y un instante despus el cuerpo tom la helada viscosidad,
el color lvido, la rigidez intensa, la depresin de las lneas y todas
las horrendas peculiaridades del que hubiera sido durante varios das un
husped de la tumba.

Y de nuevo me sumerg en las visiones de Ligeia; y otra vez (qu puede
maravillar el que tiemble mientras escribo?), _otra vez_ lleg a mis
odos un suspiro desde el lecho de bano. Mas por qu detallar
minuciosamente los horrores indecibles de aquella noche? Por qu
detenerme a relatar cmo, una y otra vez, casi hasta el amanecer,
repitise este horrendo drama de la vuelta a la vida; cmo cada
terrorfica recidiva era aparentemente seguida por una muerte ms
inflexible e irremediable; cmo cada agona llevaba, al parecer, el
sello de una lucha con algn enemigo invisible; y cmo cada lucha era
seguida de un extrao cambio en la apariencia personal del cadver!
Dejadme llegar a la conclusin.

La mayor parte de esta horrible noche haba transcurrido en esta forma,
y la que haba estado muerta revivi una vez ms, ahora con mayor fuerza
que nunca, aunque se levantaba de disolucin ms pavorosa que todas las
anteriores en su desesperanza al parecer irremediable.

Yo haba cesado haca tiempo de moverme y de luchar y continuaba
rgidamente sentado en el divn, presa desamparada de un torbellino de
violentas emociones, de las cuales el extremado pavor era quiz la menos
terrible, la menos devastadora. El cadver, repito, conmovise de nuevo
y ms vigorosamente que antes. Los matices de la vida brotaron con
inslita energa en el semblante; los miembros se suavizaron; y, salvo
que los prpados continuaban apretadamente unidos y que los vendajes y
draperas funerarias prestaban todava su sello de ultratumba a la
figura, poda soar que Rowena haba escapado positivamente de las
garras de la muerte. Pero si aun no hubiese admitido tal idea, era
imposible dudarlo ms largo tiempo al ver que, levantndose del lecho,
vacilante, con dbiles pasos, los ojos cerrados, y semejante a una
persona en un acceso de somnambulismo, aquella cosa amortajada avanz
intrpida y palpablemente hasta el centro de la habitacin.

No tembl; no me mov; porque una multitud de fantasas inenarrables
relacionadas con el aire, la estatura, el continente de la figura, se
apoder en tropel de mi cerebro, paralizandome y convirtindome en
piedra. No me mov; pero contempl la aparicin. Haba un desorden
insensato en mis pensamientos, un tumulto imposible de aplacar. Poda
ser, en verdad, la _viviente_ Rowena quien se encontraba frente a m?
Poda _absolutamente_, ser Rowena, la rubia, de ojos azules, Lady
Rowena Trevanion, de Tremaine? Por qu, _por qu_ lo haba de dudar? El
vendaje estaba apretadamente colocado cerca de la boca; pero poda
aquella no ser la boca de la viva castellana de Tremaine? Y las
mejillas? Haba rosas como en la plenitud de la vida; s, en rigor,
stas podan ser las lindas mejillas de la seora de Tremaine vuelta a
la vida. Y la barba, con sus hoyuelos, como en plena salud, poda no
ser suya? Pero entonces, _habase vuelto ms alta despus de su
enfermedad?_ Qu locura tan imposible de expresar se apoderaba de m
con estos pensamientos! Un salto, y me arroj a sus pies!
Estremecindose a mi contacto, dej caer de su cabeza el vendaje
funerario que la envolva, y se deslizaron en la iluminada atmsfera de
la cmara, pesadas masas de cabello largo y desordenado. _Era ms negro
que el ala del cuervo a la media noche!_ Y entonces, abrironse
suavemente _los ojos_ de la figura que se hallaba delante de m. "Aqu,
entonces, en verdad!" profer en un gran clamor. "Puedo acaso
equivocarme? lo podra jams? Estos son los redondos, los negros y
extraos ojos de mi perdido amor, de Lady, oh! de _Lady Ligeia!_"




LA MSCARA DE LA MUERTE ROJA


La "Muerte Roja" haba devastado largo tiempo la comarca. Jams epidemia
alguna habase mostrado tan horrenda ni fatal. La sangre era su
distintivo y su Avatar, el horror bermejo de la sangre. Produca agudos
dolores, vrtigos repentinos, y luego, abundante hemorragia de los
poros, y la descomposicin final. Las manchas escarlata en el cuerpo, y
especialmente en el rostro de las vctimas, eran el entredicho fatal que
las arrojaba lejos de la asistencia y simpata de sus semejantes. Y el
ataque de la peste--su proceso y su terminacin--era slo cuestin de
media hora.

Pero el prncipe Prspero era afortunado, intrpido y sagaz. Cuando sus
dominios se encontraron despoblados por mitad, convoc a su presencia a
un millar de alegres y vigorosos amigos entre los caballeros y damas de
su corte, y retirse con ellos a la reclusin ms completa en una de sus
almenadas abadas. Era sta de amplia y magnfica estructura, creacin
de la propia augusta y excntrica fantasa del monarca. Circundbanla
fuertes y elevadas murallas, provistas de puertas de hierro. Una vez que
entraron los cortesanos, se trajeron hornos y pesados martillos y
quedaron soldados los cerrojos. Habase resuelto no dejar medio de
ingreso ni salida a los repentinos impulsos de frenes o desesperacin
de los que se hallaban dentro. La abada estaba ampliamente
aprovisionada; y con tales precauciones los cortesanos podan desafiar
el temor al contagio. El mundo exterior poda cuidar de s mismo. Al
mismo tiempo era locura apesadumbrarse o pensar en ello. El prncipe
haba previsto todas las formas de placer. Haba bufones, trovadores,
bailarines de ballet, msicos, vino y belleza. Todo esto y la salvacin
se hallaban dentro. Fuera quedaba la "Muerte Roja."

Hacia la terminacin del quinto o sexto mes de aislamiento, y mientras
la peste arrasaba furiosamente afuera, el prncipe Prspero entretena a
sus amigos con un baile de mscaras de inusitada magnificencia.

Era una escena voluptuosa, en verdad, esta mascarada. Pero, ante todo,
dejadme describir los salones en que se realizaba. Eran siete cmaras,
todo un departamento imperial. En muchos palacios, sin embargo, tales
piezas forman una serie larga y recta mientras las puertas de dobleces
se abren contra los muros a cada lado, de manera que la vista pueda
abarcarlas en toda su extensin. Pero aqu todo era muy distinto, como
poda esperarse de la aficin del duque por lo bizarro. Las habitaciones
estaban tan irregularmente dispuestas que la visual poda abrazar muy
poco ms de una al mismo tiempo. Presentbase una curva aguda cada
veinte o treinta yardas, y a cada curva, el aspecto era completamente
diferente. A la derecha y a la izquierda, en el centro de los muros,
una estrecha y elevada ventana gtica, daba a un pasillo cerrado que
segua las revueltas del departamento. Estas ventanas eran de vidrios de
colores en combinacin con el tono dominante de la decoracin de la
cmara sobre la cual se abran. La del extremo oeste, por ejemplo,
estaba entapizada de azul; y de azul vvido eran los cristales de las
ventanas. La segunda pieza estaba decorada y entapizada de prpura, y
aqu los cristales eran color de prpura. La tercera cmara era verde, e
igual color ostentaban las ventanas. La cuarta estaba amueblada y
alumbrada en tono anaranjado; la quinta de blanco; la sexta de violado.
La sptima habitacin estaba severamente revestida de tapiceras de
terciopelo negro que cubran el techo y caan a lo largo de los muros en
pesados pliegues sobre una alfombra de igual color e idntico tejido.
Pero, en esta cmara solamente, el color de las ventanas no corresponda
al matiz de la decoracin. Los cristales eran all escarlata, de un tono
vivo de sangre. Ahora bien; en ninguna de las siete habitaciones haba
lmpara o candelabro alguno entre la profusin de adornos de oro
esparcidos ac y all o pendientes del techo. No se vea luz de ninguna
clase que emanara de araas o bujas dentro de las cmaras. Pero en los
corredores que rodeaban la serie, vease, delante de cada ventana, un
pesado trpode sustentando un brasero de fuego que proyectaba sus rayos
a travs del coloreado cristal, iluminando alegremente la habitacin y
produciendo con sus reflejos multitud de graciosas y fantsticas
apariciones. Mas hacia el lado del oeste, o sea en la cmara negra, el
efecto del fuego que corra sobre las negras colgaduras, penetrando a
travs de los cristales teidos de color de sangre, era
extraordinariamente lgubre, y daba tan sombro aspecto a la figura de
los que entraban, que muy pocos de la compaa eran suficientemente
intrpidos para traspasar sus umbrales. En esta pieza haba tambin un
gigantesco reloj de bano que se ergua apoyado contra el muro
occidental. Su pndulo oscilaba con triste y pausado movimiento; y
cuando las manecillas haban recorrido todo el circuito de la esfera y
la hora iba a sonar, vena desde las profundidades bronceadas del reloj
un sonido alto y claro y extremadamente musical, en verdad, pero de
entonacin y nfasis tan peculiares que, a cada lapso de una hora, los
msicos de la orquesta se vean obligados a detenerse instantneamente
en su ejecucin para escuchar el sonido; y los bailarines cesaban en sus
evoluciones; todo lo cual provocaba un breve desconcierto en la alegre
compaa; pudiendo observarse que mientras los ecos del reloj vibraban
todava, los ms jvenes palidecan, y los de mayor edad y ms serenos
pasaban su mano por la frente como en medio de algn confuso ensueo o
meditacin. Mas apenas cesaba la vibracin, ligeras carcajadas brotaban
por todas partes en la asamblea; los msicos mirbanse unos a otros y
sonrean de su propia nerviosidad y locura, comprometindose mutuamente
en voz queda a que la prxima campanada del reloj no les producira
emocin semejante; y luego, pasado el lapso de los sesenta minutos (que
representan tres mil seiscientos segundos del Tiempo que vuela),
repetase el sonido del reloj, y repetase igual desconcierto, el mismo
temblor y meditacin de una hora antes.

Pero, a pesar de todo, era aqulla una brillante y magnfica fiesta. La
esttica del duque era original. Tena un gusto refinado para la
combinacin de efectos y colores. Desdeaba la decoracin que slo se
gobierna por la moda. Sus ideas eran atrevidas y desordenadas y sus
concepciones ostentaban brbaro esplendor. Algunos le habran calificado
de loco. Sus admiradores, sin embargo, saban que no era as; pero se
haca necesario orle, verle, y palparle para estar _seguros_ de que se
encontraba en su juicio.

El prncipe haba dirigido personalmente, en su mayor parte, la
decoracin fantstica de las siete cmaras, con motivo de su gran
festival; y haba decidido segn su propia inspiracin el carcter de la
mascarada. A buen seguro que los disfraces eran extravagantes. Mucho
brillo y relumbrn; mucho de agresivo y fantasmagrico; mucho de lo que
de entonces ac se ha observado despus en _Ernani_. Encontrbanse
figuras arabescas con miembros y accesorios extraos. Haba fantasas
delirantes como las creaciones de un loco. Haba mucho de belleza, mucho
de ingenio, mucho de bizarra, algo de terrorfico y no poco de lo que
poda inspirar aversin. Ac y all en las siete cmaras discurran
muchos desvaros, en verdad; desvaros que serpeaban entrando y
saliendo, tomando el colorido de las habitaciones y haciendo pensar que
la msica descabellada de la orquesta era el eco de sus pasos. A poco,
di la hora el reloj de bano colocado en el saln de terciopelo. Y
entonces todo qued silencioso y en suspenso, dejndose or nicamente
la voz del reloj. Los desvaros quedaron rgidos y helados en su
inmovilidad. Mas pronto se desvanecieron los ecos de las campanadas,
cuya duracin haba sido apenas de un instante; y una risa ligera,
velada a medias, flot tras ellos mientras se apagaban. Otra vez
comienza la msica, viven los desvaros, y ms risueos que nunca se
deslizan por doquier, apropindose los tintes de las ventanas coloreadas
por los rayos que reflejan las trpodes. Pero ninguna de las mscaras se
aventura hasta el sptimo saln hacia el occidente; porque la noche
avanza; y una luz ms bermeja penetra a travs de los rojos cristales; y
la negrura de la ttrica drapera causa pavor; y todo aquel que huella
la negra alfombra de la cmara escucha resonar las campanadas del reloj
de bano con sordo estruendo y nfasis ms solemne que el que perciben
los odos de los que se entregan a la alegra en habitaciones ms
lejanas. Pero en los dems salones haba densa muchedumbre y bata
febrilmente el corazn de la vida. Y el regocijo remolineaba sin cesar,
hasta que al cabo brot del reloj el son de media noche. Y entonces se
suspendi la msica, como he dicho; detuvironse las evoluciones de los
bailarines y rein como antes una medrosa paralizacin de la alegra.
Esta vez eran doce las campanadas que deba dar el reloj; por esto
aconteci quiz que, con mayor tiempo, brotaran ms recuerdos en la
imaginacin de algunos pensativos concurrentes a la fiesta. Y quiz por
esto aconteci tambin que, antes de que el eco de la duodcima
campanada hubirase hundido en el silencio, muchas personas advirtieran
la presencia de un enmascarado que no haba llamado hasta aquel momento
la atencin de los circunstantes. Y habindose extendido en un cuchicheo
el rumor de su aparicin, levantse en toda la sociedad un expresivo
zumbido o murmullo de sorpresa y desaprobacin, primero, de terror; de
horror, y de repulsin finalmente.

Podra suponerse que en una reunin de fantasmas como la que he
descrito, ninguna aparicin ordinaria tendra el poder de excitar tal
sensacin. En verdad, la libertad de esta mascarada nocturna pareca
extraordinaria; pero el personaje en cuestin mostrbase ms herodiano
que el propio Herodes; y haba traspasado los lmites, casi indefinidos,
del decoro del prncipe. Existen ciertas cuerdas que no pueden tocarse
sin emocin siquiera sea en el corazn de los ms empedernidos. Aun
respecto de aquellos completamente abandonados, para quienes la vida y
la muerte son igualmente burlescas, hay ciertos temas en los cuales no
es permitido bromear. Toda la compaa pareca profundamente convencida
de que en el porte y disfraz del extranjero no exista ingenio ni
oportunidad. La figura era alta y delgada, y estaba envuelta de arriba
abajo en atavos funerarios. La mscara que ocultaba su semblante tena
tal semejanza con el aspecto de un cadver, que el ms minucioso
escrutinio habra tenido dificultad en descubrir el fraude. Mas todo
esto poda haberse aceptado, ya que no aprobado, por los locos invitados
al sarao; pero el enmascarado haba ido hasta asumir el tipo de la
Muerte Roja. Sus vestiduras estaban manchadas de sangre; y el ancho
rostro ostentaba en todas sus facciones las seales del horrible
escarlata.

Cuando las miradas del prncipe Prspero cayeron sobre este atroz
fantasma, que con lento y solemne movimiento, como para caracterizar
mejor su papel, discurra ac y all entre los concurrentes, visele
convulso en el primer momento con un fuerte estremecimiento de terror o
de repulsin; pero inmediatamente su faz enrojeci a impulsos de la
rabia.

--Quin se atreve?--pregunt con voz enronquecida a los cortesanos que
le rodeaban;--quin se atreve a insultarnos con esta grotesca
blasfemia? Cogedle y desenmascaradle! Veamos a quin hemos de colgar
maana desde las almenas al levantarse el sol!--

Encontrbase el prncipe Prspero en la cmara azul, hacia el este,
cuando profera estas palabras. Su voz repercuti sonora y distintamente
en las siete salas, pues el prncipe era hombre osado y vigoroso, y la
msica haba callado a un movimiento de su mano.

Encontrbase en el saln azul con un grupo de plidos cortesanos a su
alrededor. Mientras pronunciaba aquellas palabras, hubo al principio un
ligero movimiento del grupo hacia el intruso que se encontraba al
alcance en aquel momento; y quien entonces, con firme y deliberado paso,
se aproxim al que hablaba. Pero, debido al desconocido pavor que la
insensata arrogancia del enmascarado haba inspirado a toda la
concurrencia, ninguno se atrevi a poner la mano sobre l; de modo que
pudo acercarse sin obstculos hasta una yarda de distancia de la persona
del prncipe; y, mientras la vasta asamblea, movida como por un solo
impulso, se recoga desde el centro hasta los muros de la habitacin,
dirigise el enmascarado libremente, con el mismo paso solemne y
mesurado que le distingui desde el primer momento, del saln azul al
prpura; del prpura al verde; del verde al anaranjado; de aqu al
blanco; y sigui todava al violado, sin que se hubiera hecho movimiento
alguno para detenerle. Entonces el prncipe Prspero, enloquecido por la
rabia y la vergenza de su momentnea cobarda, atraves
precipitadamente las seis cmaras sin que nadie le siguiera, a
consecuencia del terror mortal que les haba sobrecogido. Llevaba en
alto una daga desenvainada, y habase acercado impetuosamente hasta tres
o cuatro pies de la figura que hua, cuando al llegar sta al extremo de
la cmara de terciopelo, volvise repentinamente e hizo frente a su
perseguidor. Oyse un agudo grito; el pual resbal centelleando sobre
la negra alfombra en la cual, un instante despus, caa postrado de
muerte el prncipe Prspero. Entonces algunos de los asistentes a la
fiesta, reuniendo el salvaje valor de la desesperacin, precipitronse a
la cmara negra, y cogiendo al enmascarado, cuya alta figura continuaba
erguida e inmvil en la sombra del reloj de bano, sintironse posedos
de indecible horror al encontrar que los ornamentos de la tumba y la
mscara de cadver que sacudan con violenta rudeza, no estaban
sostenidos por forma tangible alguna.

Y entonces se reconoci la presencia de la Muerte Roja. Haba entrado de
noche como un ladrn. Y uno a uno se desplomaron en los salones regados
de sangre los disipados cortesanos, muriendo todos en la postura
desesperada de su cada. Y la vida del reloj de bano termin con la del
ltimo de la alegre partida. Y el fuego de los trpodes se extingui. Y
la Obscuridad y la Ruina y la Muerte Roja conservaron dominio ilimitado
sobre todo el reino.




EL CRIMEN DE LA RUE MORGUE

     El canto de las sirenas, o el nombre que asumi Aquiles para
     ocultarse entre las mujeres, son cuestiones difciles de dilucidar,
     en verdad, pero que no se encuentran fuera de toda conjetura.

--Sir Thomas Browne: _Urn-burial_.


LAS facultades mentales llamadas analticas son poco susceptibles de
anlisis en s mismas. Las apreciamos puramente en sus efectos. Sabemos,
entre otras cosas, que cuando se poseen en capacidad extraordinaria
procuran a su poseedor intensos goces. De igual manera que el hombre
vigoroso se precia de su fuerza fsica deleitndose en ejercicios que
pongan sus msculos en accin, el analizador se gloria en la actividad
mental que _desembrolla_. Deriva placer aun de la circunstancia ms
trivial que ponga en juego sus talentos. Es aficionado a enigmas,
acertijos y jeroglficos, manifestando en las soluciones un grado tal de
_sutileza_ que parece inexplicable a la ordinaria sagacidad. El
resultado, obtenido nicamente por el espritu y esencia del mtodo,
afecta en verdad cierto aire de adivinacin. La facultad de resolver se
fortalece mucho, verosmilmente, con el estudio de las matemticas,
especialmente en sus ramos superiores, los que con marcada injusticia y
solamente a causa de sus operaciones retrgradas se han denominado
analticos como calificativo de excelencia. Sin embargo, el clculo no
es el anlisis propiamente dicho. Un jugador de ajedrez, por ejemplo,
ejercita el uno sin hacer uso del otro. De lo que se desprende que el
juego de ajedrez se desconoce en gran manera en sus efectos mentales. No
escribo ahora un tratado sobre la materia, sino unas cuantas
observaciones sin propsito definido, simplemente para que sirvan de
prlogo a una narracin original; mas aprovechar de paso la ocasin de
asegurar que las principales facultades reflexivas de la inteligencia se
ejercen ms eficaz y decididamente en el discreto juego de damas que en
la frivolidad laboriosa del ajedrez. En este ltimo, en que las piezas
tienen bizarros y diversos movimientos con valor diferente y variable,
lo que es solamente complejo se confunde con lo profundo, error bastante
comn en realidad. La atencin se excita poderosamente en este juego. Si
se distrae por un momento, se comete en el acto algn descuido que se
traduce en perjuicio o en derrota. Siendo los movimientos permitidos no
slo mltiples sino envolventes, la posibilidad de los descuidos se
multiplica; y en nueve casos sobre diez vence aquel que tiene mayor
facultad de concentracin, a despecho quiz de mayor sutileza en su
adversario. En el juego de damas, por el contrario, en que el movimiento
es nico y tiene pequea variacin, las probabilidades de inadvertencia
disminuyen y, conservando la atencin casi libre, se obtienen las
ventajas con relacin a la mayor penetracin. Para ser menos abstracto:
supongamos un juego de damas en que las piezas se hayan reducido a
cuatro reinas y donde verdaderamente no pueda esperarse ninguna
inadvertencia. Es obvio que siendo los jugadores de igual fuerza slo
podr obtenerse la victoria por algn movimiento _recherch_, resultado
de algn esfuerzo intelectual. Privado de los recursos ordinarios, el
analizador se arroja sobre el espritu de su adversario, se identifica
con l, y frecuentemente descubre as de una ojeada el nico recurso,
sencillo a veces hasta el absurdo, por medio del cual puede inducirle en
error o precipitarle por falta de clculo.

El _whist_ ha sido famoso largo tiempo por su influencia sobre lo que
llamamos facultad calculadora; y muchos hombres de mentalidad superior
se han deleitado en este juego mientras esquivaban la frivolidad del
ajedrez. Sin duda alguna ningn otro juego ejercita tanto como el whist
la facultad del anlisis. El mejor jugador de ajedrez en todo el mundo
no puede aspirar a ser sino el mejor jugador de ajedrez; mientras que la
habilidad en el whist significa capacidad para el xito en todas las
empresas importantes en que el talento compite con el talento. Cuando
hablo de habilidad me refiero a aquella perfeccin que incluye el
conocimiento de todas las fuentes de donde puede derivarse cualquier
legtima ventaja. No slo son stas mltiples sino multiformes, y a
menudo residen en repliegues del pensamiento inaccesibles por completo a
la ordinaria comprensin. Observar atentamente es recordar con claridad;
y a este respecto el reconcentrado jugador de ajedrez puede
desempearse muy bien en el whist, pues que las reglas de Hoyle, basadas
en el simple mecanismo del juego, son general y suficientemente
comprensibles. De manera que tener retentiva y proceder "segn el
libro," son las cualidades estimadas comnmente como la suma total de
requisitos que distingue a un buen jugador. Pero en materia que traspasa
los lmites de las reglas ordinarias es donde se comprueba la sutileza
del analizador. Silenciosamente rene su capital de observaciones y
deducciones. Quiz hacen lo mismo sus compaeros; y la diferencia en los
resultados obtenidos reside en la calidad de la observacin ms bien que
en la fuerza de las inducciones. Es indispensable el conocimiento de
aquella que se debe observar. Nuestro jugador no se encierra en s
mismo; ni porque su objetivo sea el juego desdea las inducciones que se
desprenden de los detalles exteriores. Examina el aspecto de su
compaero, comparndolo cuidadosamente con el de cada uno de sus
adversarios. Observa el modo de arreglar las cartas en cada juego;
descubriendo a menudo triunfo por triunfo y figura por figura por las
miradas que dirigen los jugadores a cada una de las cartas. Percibe
todos los cambios de fisonoma segn el juego adelanta, formndose un
capital de ideas con las diferentes expresiones de sorpresa, de triunfo
y de pesar que manifiestan los jugadores. Por la manera de recoger las
cartas en una baza deduce si la persona que la levanta puede hacer otra
en el mismo palo. Reconoce la jugada fingida por el aire con que se
arrojan las cartas sobre la mesa. Una palabra casual o inadvertida; la
cada o voltereta accidental de una carta, con la ansiedad consiguiente
o la negligencia para ocultarla; el recuento de las bazas con el orden
de arreglo; el embarazo, vacilacin, angustia o trepidacin, todo ofrece
a su percepcin aparentemente intuitiva indicaciones sobre el verdadero
estado del asunto. Despus de haberse jugado las dos o tres primeras
vueltas, encuntrase en plena posesin del contenido de las cartas de
cada jugador y desde aquel momento juega las suyas con absoluta
precisin, como si el resto de la partida jugara a cartas vueltas.

La facultad analtica no debe confundirse con la simple ingeniosidad;
porque si bien el analizador es ingenioso necesariamente, el hombre
ingenioso es a menudo incapaz de analizar. La facultad de encadenar y
combinar, por medio de la cual se manifiesta generalmente la
ingeniosidad, y a la que han sealado los frenlogos, errneamente a mi
entender, un rgano separado juzgndola cualidad primitiva, hase
encontrado con tanta frecuencia en aquellos cuyo cerebro est casi en
los confines del idiotismo, que ha atrado la atencin de los psiclogos
en general. Entre la ingeniosidad y la habilidad analtica existe mucho
mayor diferencia, en verdad, que entre la fantasa y la imaginacin, aun
cuando tienen caracteres de estricta analoga. Se advertir, en efecto,
que el ingenioso es siempre fantstico, en tanto que el _verdadero_
imaginativo nunca procede sino por anlisis.

La narracin que sigue representar para el lector un ligero comentario
de la proposicin que acabo de sentar.

Durante mi residencia en Pars, en la primavera y parte del verano de
18--, conoc a Monsieur Auguste Dupn. Este caballero era de excelente,
ms an, de ilustre familia; pero, debido a una sucesin de
acontecimientos adversos, haba llegado a tal extremo de pobreza que
sucumbi la energa de su carcter y ces de frecuentar la sociedad y de
preocuparse por restaurar su fortuna. Por cortesa de sus acreedores
conservaba todava en su poder una pequea porcin de su patrimonio, con
cuya renta arreglbase para procurarse lo indispensable con ayuda de la
ms estricta economa, prescindiendo por completo de todas las
superfluidades. Los libros eran su nico lujo, y en Pars se pueden
conseguir a poco costo.

Nos encontramos por primera vez en una obscura librera de la rue
Montmartre, donde la circunstancia de buscar ambos el mismo raro y
valioso ejemplar nos hizo entrar en comunin ms estrecha. Nos buscamos
luego una y otra vez. Yo estaba profundamente interesado en la pequea
historia de familia que l me haba relatado con aquel candor con que
los franceses acostumbran entregarse, siempre que el tema tenga relacin
con su persona. Estaba atnito por la amplitud de sus conocimientos y,
sobre todo, senta mi alma inflamarse al contacto del ardiente fervor y
la vvida frescura de su imaginacin. Habiendo fijado mi residencia en
Pars con cierto objeto determinado, comprend que la sociedad de este
hombre representaba para m tesoros inapreciables, y as se lo dije
francamente. Arreglamos al cabo que viviramos juntos durante mi
permanencia en aquella ciudad; y como mis condiciones monetarias eran
algo ms desahogadas que las suyas, me permiti tomar a mi cargo los
gastos de alquilar y amueblar, en estilo que convena a la melancola
fantstica de nuestro temperamento, una deteriorada y extravagante
mansin situada en una parte lejana y desolada del Faubourg
Saint-Germin, la cual se encontraba deshabitaba haca largo tiempo a
causa de supersticiones que no nos cuidamos de inquirir, y vacilante
hasta el punto de amenazar su ruina total.

Si nuestra manera de vivir en aquel sitio hubiera sido conocida en la
sociedad, nos habran juzgado locos, siquiera calificaran de inofensiva
nuestra locura. Nuestro aislamiento era completo. No recibamos
visitantes. A decir verdad, haba yo guardado cuidadosamente el secreto
de mi retiro a mis antiguos compaeros; y en cuanto a Dupn, haca
muchos aos que haba dejado de conocer a nadie o ser conocido en Pars.
Existamos solamente dentro de nosotros mismos.

Una de las extravagancias de la fantasa de mi amigo (pues qu otro
nombre podra darle?) era ser un enamorado ferviente de la Noche; y
pronto ca en esta originalidad, como en todas las dems que le
distinguan, entregndome con perfecto abandono a sus fantsticos
caprichos. La negra diosa no poda acompaarnos de continuo; pero
nosotros simulbamos su presencia. A las primeras luces de la maana
bajbamos las grandes persianas de nuestra vieja morada; encendamos un
par de cirios fuertemente perfumados que arrojaban solamente rayos muy
dbiles y fantsticos; y a su lumbre sumergamos nuestras almas en el
ensueo, leyendo, escribiendo o conversando hasta que el reloj nos
anunciaba el advenimiento de la nueva Obscuridad. Entonces salamos a la
calle cogidos del brazo, continuando las conversaciones del da, vagando
muy lejos hasta una hora avanzada, y tratando de encontrar entre las
ardientes luces y las sombras de la populosa ciudad aquel refinamiento
de excitacin mental que la observacin tranquila jams puede procurar.

En tales ocasiones no poda dejar de percibir y admirar (aun cuando era
lgico esperarlo de su poderosa imaginacin) una habilidad analtica
peculiar en Dupn. Pareca en verdad deleitarse en ejercitarla, si no
precisamente en desplegarla; y no vacilaba en confesar el placer que
aquello le proporcionaba. Jactbase ante m, con risa baja y
concentrada, de que muchos hombres tenan para l ventanas en el pecho;
haciendo seguir a esta asercin pruebas directas y sorprendentes de su
conocimiento perfecto de mis propias impresiones. Su manera de ser en
tales momentos era rgida y absorta; sus ojos adquiran vaga expresin;
en tanto que su voz, de registro poderoso de tenor, elevbase a un tiple
que hubiera vibrado speramente si no fuera por su enunciacin clara y
perfectamente deliberada. Observando sus modales en estas ocasiones,
varias veces me puse a meditar en la antigua filosofa de la doble
personalidad, y me diverta imaginar un doble Dupn: el creador y el
resolvente.

No supongis, por lo que acabo de decir, que pienso descubrir un
misterio o escribir algn romance. Lo que he manifestado con respecto al
francs era simplemente el fruto de una imaginacin exaltada y quiz
mrbida. Pero un ejemplo dar mejor idea de la ndole de sus
observaciones en los momentos a que me refiero.

Vagbamos una noche por una calle larga y sucia en las cercanas del
Palais Royal. Ocupados ambos aparentemente en nuestros propios
pensamientos, haca quince minutos por lo menos que no pronuncibamos
una palabra. De repente salt Dupn con esta frase:

--Es un mozo de pequea estatura, es verdad, y estara mejor en el
Thtre des Varits.

--No hay duda,--repliqu inconscientemente, sin observar de pronto, tan
absorto me encontraba en mis reflexiones, la forma extraordinaria en que
Dupn coincida con mis meditaciones. Un instante despus me di cuenta
de ello con profundo estupor.

--Dupn,--dije con gravedad,--esto sobrepasa mi comprensin. No vacilo
en decir que estoy estupefacto y apenas puedo dar crdito a mis
sentidos. Cmo es posible que supierais que estaba pensando en...?--Y
me detuve, para asegurarme por completo de que l saba a quin me
refera.

----...en Chantilly,--concluy.--Por qu os detenis? Estabais
dicindoos a vos mismo que su pequea figura no es a propsito para la
tragedia.--

ste haba sido precisamente el tema de mis reflexiones. Chantilly era
un antiguo remendn de la rue Saint-Denis que, loco por la escena,
lanzse a representar el _rle_ de Jerjes en la tragedia de Crbillon
del mismo nombre, y haba sido puesto en la picota del pasqun por su
atentado.

--Decidme, por Dios,--exclam,--el mtodo, si alguno puede haber, por
medio del cual habis podido sondear mi alma en esta circunstancia.--

A la verdad, estaba yo ms impresionado de lo que quera expresar.

--El frutero fu,--replic mi amigo,--quien os trajo a la conclusin de
que el zapatero remendn no era de altura suficiente para Jerjes _et id
genus omne._

--El frutero? Me asombris! No conozco ningn frutero.

--El hombre que tropez con vos cuando entrbamos a esta calle, har tal
vez quince minutos.--

Record entonces que, en efecto, un frutero que llevaba en la cabeza un
cesto de manzanas casi me arroja a tierra por casualidad cuando pasamos
de la rue C---- a la gran avenida en que entonces nos hallbamos; pero
no poda imaginar lo que esto tena que ver con Chantilly.

No haba un tomo de charlatanera en Dupn.

--Os lo explicar,--dijo,--y entonces comprenderis todo con claridad.
Trazaremos el curso de vuestras meditaciones desde el momento en que
habl hasta el encuentro con el frutero en cuestin. Los eslabones de la
cadena corren as: Chantilly, Orin, el doctor Nichols, Epicuro,
estereotoma, las piedras de la calle, el frutero.--

Hay pocas personas que no se hayan entretenido alguna vez en seguir los
temas a travs de los cuales su mente ha llegado a originales
conclusiones. Esta ocupacin resulta a menudo muy interesante; y aqul
que por primera vez la ensaya se sorprende por la distancia,
aparentemente ilimitada e incoherente, entre el punto de partida y la
meta. Cul sera pues mi sorpresa al or hablar al francs de esta
manera y no poder menos de reconocer que deca la verdad! l continu:

--Hablbamos de caballos, si mal no recuerdo, en el momento de abandonar
la rue C----. ste fu el ltimo tema de discusin. Al cruzar la calle,
un frutero, con un gran cesto de manzanas en la cabeza, pas rpidamente
rozndonos y echando a rodar un montn de piedras de pavimentacin
reunidas en un sitio donde estaban reparando la calzada. Os detuvisteis
sobre uno de los fragmentos, resbalasteis y os heristeis ligeramente el
tobillo; aparecisteis despus algo vejado, murmurasteis algunas
palabras, volvisteis a mirar a la pila de piedras y luego quedasteis
silencioso. Yo no puse atencin particular en lo que hacais; pero la
observacin vino despus como una especie de necesidad.

Permanecisteis con los ojos fijos en tierra, mirando con expresin
petulante los huecos y grietas del pavimento, de manera que pude
deducir que pensabais en piedras hasta que llegamos a la pequea
callejuela llamada Lamartine, pavimentada por va de ensayo con zoquetes
sobrepuestos y remachados. All vuestro aspecto se anim, y, al advertir
el movimiento de vuestros labios, no pude dudar de que pronunciabais la
palabra "estereotoma," trmino aplicado con mucha afectacin a esta
clase de pavimento. Saba yo que no podrais pensar en estereotoma sin
recordar la atoma y, de consiguiente, la doctrina de Epicuro; y
entonces, rememorando que no ha mucho discutamos sobre este tema, y
mencionaba yo la manera tan extraordinaria como poco notada en que van
confirmndose las vagas conjeturas de este noble griego acerca de la
reciente cosmogona de las nebulosas, comprend que no podrais evitaros
de lanzar una mirada a la gran nebulosa de Orin, y ciertamente esperaba
que as lo harais. Mirasteis al cielo; y entonces estuve seguro de que
haba seguido correctamente vuestros pensamientos. Pero en la acerba
diatriba que apareci en el Muse de ayer contra Chantilly, haca el
crtico algunas alusiones bochornosas sobre el cambio de nombre del
zapatero remendn al calzarse el coturno, y citaba una lnea latina que
hemos comentado juntos a menudo y que dice:

    _Predidit antiquum litera prima sonum._

Os haba dicho alguna vez que se refera a Orin, que antiguamente se
escriba Urin; y por cierta mordacidad relacionada con esta
explicacin, estaba seguro de que no la habrais olvidado. Era claro,
por consiguiente, que habais de combinar las dos ideas de Orin y de
Chantilly. Pude observar que las combinabais por la clase de sonrisa que
apareci en vuestros labios. Pensabais en la inmolacin del pobre
remendn. Hasta aquel momento habais conservado vuestra habitual manera
de andar; pero os vi entonces erguiros en toda vuestra altura, y no pude
menos que experimentar la certidumbre de que recordabais la diminuta
figura de Chantilly. En este momento interrump vuestras meditaciones
para observar que, en efecto, es un mozo muy pequeo Chantilly y que
estara mejor en el Thtre des Varits.--

Poco tiempo despus de esta conversacin, leamos juntos cierta edicin
de la _Gazette des Tribunaux_, cuando atrajo nuestra atencin el
artculo siguiente:

                   CRIMEN EXTRAORDINARIO

     Esta madrugada, a las tres ms o menos, los habitantes del Quartier
     Saint-Roch despertaron de su sueo por una serie de alaridos
     terrorficos que partan, al parecer, de una casa de la rue Morgue
     que se saba ocupada nicamente por Madame L'Espanaye y su hija,
     Mademoiselle Camille L'Espanaye. Despus de algn retardo
     ocasionado por tentativas infructuosas para penetrar en la casa por
     los medios ordinarios, se logr forzar la puerta de entrada con una
     palanca de hierro, y ocho o diez de los vecinos entraron
     acompaados por dos gendarmes. A este tiempo los gritos haban
     cesado; pero mientras la partida se precipitaba por las escaleras
     del primer piso, pudieron escucharse dos o ms voces speras en
     iracunda disputa, las cuales parecan provenir de la parte ms
     elevada de la casa. Cuando el grupo lleg al segundo descanso de la
     escalera, haba cesado el ruido y todo estaba perfectamente
     tranquilo. La partida se disemin distribuyndose por las diversas
     habitaciones. Al llegar a un vasto aposento en el fondo del cuarto
     piso, cuya puerta, cerrada por dentro con llave, tambin hubo de
     forzarse, presentse un espectculo que sobrecogi de espanto y
     estupor a todos los circunstantes.

     El departamento apareca en el ms espantoso desorden, con los
     muebles destrozados y desparpajados en todas direcciones. Haba un
     solo lecho, del cual se haban arrancado los colchones y los
     cobertores, que yacan arrojados en medio de la habitacin. Sobre
     una silla vease una navaja manchada de sangre. En el hogar haba
     dos o tres gruesos mechones grises de cabello humano, manchados
     asimismo de sangre, y que parecan haber sido arrancados de raz.
     En el suelo se encontraron cuatro napoleones, un pendiente de
     topacio, tres grandes cucharas de plata, tres ms pequeas de
     _mtal d'Alger_, y dos saquillos de cuero que contenan cerca de
     cuatro mil francos en oro. Los cajones de un _bureau_, que haba en
     una de las esquinas, estaban abiertos y aparentemente haban sido
     saqueados, aunque quedaban todava en ellos muchos objetos. Se
     descubri una pequea caja de hierro bajo los cobertores en medio
     del aposento. Estaba abierta y tena la llave en la cerradura. No
     encerraba sino unas cuantas cartas y papeles de poca importancia.

     No se encontraba rastro de Mademoiselle L'Espanaye; mas,
     observndose gran cantidad de holln en el hogar, hzose una
     pesquisa en la chimenea y horror! encontrse all el cuerpo de la
     hija que haba sido lanzada cabeza abajo, hacindose penetrar a
     viva fuerza por la estrecha abertura hasta una distancia
     considerable. El cadver estaba caliente todava. Examinndolo, se
     encontraron varias excoriaciones producidas indudablemente por la
     violencia con que haba sido empujado para desembarazarse de l.
     Veanse en el rostro profundos araazos y en la garganta obscuras
     marcas y hondas huellas de uas, como si la joven hubiera sido
     estrangulada.

     Despus de minuciosa investigacin de todos y cada uno de los
     departamentos de la casa, sin nuevo resultado, la partida se
     encamin a un pequeo patio embaldosado, a la espalda del
     edificio, donde se encontr el cadver de la anciana seora con la
     garganta cortada en forma tan terrible que, al tratar de
     levantarla, cay la cabeza completamente separada del tronco. El
     cuerpo y la cabeza aparecan horriblemente mutilados, al punto que
     el primero apenas si conservaba figura humana.

     Hasta ahora no se descubre, parece, la ms ligera huella para
     esclarecer este horrible misterio.

El siguiente da trajo el peridico estos detalles adicionales:

                  LA TRAGEDIA DE LA RUE MORGUE

     Muchas personas han sido interrogadas con relacin a este pavoroso
     y extraordinario asunto; mas nada se ha traslucido que pueda
     arrojar alguna luz sobre el misterio. Damos a continuacin un
     extracto de los interrogatorios.

     _Pauline Dubourg_, lavandera, declara que conoca hace tres aos a
     ambas vctimas, habiendo estado todo este tiempo a cargo de su
     ropa. La anciana seora y su hija parecan estar en buenos
     trminos, muy afectuosas mutuamente. Eran paga excelente. Nada
     poda decir respecto de su manera de vivir o medios de fortuna.
     Crea que Madame L. deca la buenaventura para sostenerse. Decase
     que tena dinero ahorrado. Nunca encontr a otras personas en la
     casa cuando vena a tomar la ropa o a entregarla. Estaba segura de
     que no tenan criada a domicilio. Pareca no haber muebles en la
     casa, con excepcin de los del cuarto piso.

     _Pierre Moreau_, tabaquero, declara que acostumbraba vender
     pequeas cantidades de tabaco a Madame L'Espanaye haca cerca de
     cuatro aos. Haba nacido en la vecindad y vivido siempre en el
     mismo barrio. La anciana y su hija ocupaban haca ms de seis aos
     la casa en donde se encontraron los cadveres. Antes estuvo ocupada
     por un joyero que subarrendaba los cuartos altos a varias personas.
     La casa era propiedad de Madame L. Habindose disgustado por el
     abuso de posesin de su arrendatario, vino ella misma a habitar la
     propiedad sin querer alquilar ningn departamento. La anciana era
     algo pueril. Los testigos haban visto a la joven unas cinco o seis
     veces durante los seis aos. Ambas llevaban una vida muy retirada,
     y se deca que tenan dinero. Haba odo en la vecindad que Madame
     L. deca la buenaventura; pero no lo crea. Nunca haba visto a
     nadie atravesar la puerta, salvo la anciana y su hija, un mandadero
     una o dos veces, y un mdico unas ocho o diez veces.

     Muchas otras personas y vecinos testificaron de igual manera. A
     nadie se indicaba como visitante de la casa. Ignorbase si existan
     parientes de Madame L. y de su hija. Las persianas de las ventanas
     del frente rara vez se alzaban. Las de la parte posterior siempre
     estaban cerradas, con excepcin del gran aposento del fondo en el
     cuarto piso. La casa era un buen edificio, no muy antiguo.

     _Isidore Muset_, gendarme, declara que fu llamado a la casa a eso
     de las tres de la maana, y encontr a la puerta veinte o treinta
     personas que trataban de entrar. La puerta se forz al fin con una
     bayoneta, no con palanca de hierro. Tuvieron poca dificultad para
     abrirla porque era de dos hojas y no estaba asegurada por arriba ni
     por abajo. Los alaridos continuaron hasta que se abri la puerta y
     luego cesaron repentinamente. Parecan gritos de una o varias
     personas en extrema angustia; eran fuertes y arrastrados, no
     rpidos ni cortos. Los testigos se dirigieron arriba. Al llegar al
     primer descanso de la escalera, oyeron dos voces en disputa
     acalorada e iracunda: la una, spera y gruesa; la otra, mucho ms
     chillona, una voz extraa. Pudo distinguir algunas palabras de la
     primera que era voz de un francs. Positivamente no era voz de
     mujer. Pudo distinguir las palabras "_sacr_" y "_diable_." La voz
     chillona perteneca a un extranjero. No podra asegurar si era voz
     de hombre o de mujer. No pudo entender lo que deca, pero crea que
     el idioma era el espaol. El testigo describi el estado de la
     habitacin y de los cadveres conforme a nuestros informes de ayer.

     _Henri Duval_, uno de los vecinos, y platero de profesin, declara
     que fu uno de los que primero penetraron en la casa. Corrobora en
     general el testimonio de Muset. Tan pronto como se forz la
     entrada, cerraron de nuevo la puerta para impedir el paso a la
     multitud que se aglomeraba a pesar de lo avanzado de la hora. La
     voz chillona opina el testigo que era de un italiano. Seguramente
     no era de francs. No podra afirmar que fuera voz de hombre. Poda
     tambin ser de mujer. No conoca el italiano. No pudo distinguir
     las palabras, mas por la entonacin estaba convencido de que quien
     hablaba era un italiano. Conoca a Madame L. y a su hija. Haba
     hablado con ambas a menudo. Estaba cierto de que la voz chillona no
     perteneca a ninguna de las vctimas.

     _Odenhimer_, restaurador. Este testigo declar espontneamente. No
     sabiendo hablar francs, di su testimonio por medio de un
     intrprete. Es natural de msterdam. Pasaba por la casa en el
     momento de los alaridos. Se prolongaron por varios minutos, quiz
     diez. Eran largos y agudos, muy angustiosos. Fu uno de los que
     penetraron en la casa. Corrobor el anterior testimonio en todas
     sus partes, menos una. Estaba cierto de que la voz chillona era de
     hombre, un francs. No pudo distinguir las palabras pronunciadas.
     Eran fuertes y rpidas, desiguales, aparentemente lanzadas entre el
     temor y la clera. La voz era desapacible, no tanto chillona como
     desapacible. No podra llamarse voz chillona. La voz gruesa deca a
     menudo "_sacr_," "_diable_," y una vez "_mon Dieu!_"

     _Jules Mignaud_, banquero, de la firma Mignaud et Fils, rue de
     Loraine. Es el mayor de los Mignaud. Madame L'Espanaye tena
     algunas propiedades. Haba abierto cuenta en su casa de banca en la
     primavera del ao... (ocho aos antes). Haca frecuentes depsitos
     de pequeas sumas. No haba girado hasta tres das antes de su
     muerte, que retir personalmente cuatro mil francos. Esta suma se
     pag en oro, y un empleado la trajo hasta la casa.

     _Adolphe Le Bon_, empleado de Mignaud et Fils, declara que el da
     en cuestin, a eso de las doce, acompa a su residencia a Madame
     L'Espanaye llevando los cuatro mil francos en dos talegos. Cuando
     se abri la puerta, apareci Mademoiselle L., y le recibi uno de
     los saquillos mientras la anciana tomaba a su cargo el otro.
     Entonces l se inclin y parti. No vi a nadie en la calle en ese
     momento. Es una calle atravesada, muy solitaria.

     _Wlliam Bird_, sastre, declara que era uno de la partida que
     penetr en la casa. Es ingls. Ha vivido dos aos en Pars. Fu uno
     de los primeros que subi la escalera. Oy las voces que
     disputaban. La voz gruesa era de francs. Pudo distinguir varias
     palabras, pero no las recuerda todas. Percibi claramente "_sacr_"
     y "_mon Dieu!_" Hubo en aquel momento un ruido como de lucha entre
     varias personas, un ruido como de raspar y empujar. La voz chillona
     era muy fuerte, ms fuerte que la gruesa. Seguramente no era voz de
     ningn ingls. Pareca ser de alemn. Quiz s era voz de mujer. No
     entiende el alemn.

     Habindose llamado por segunda vez a testificar a cuatro de
     aquellas personas, declararon que la puerta del aposento donde se
     encontr el cuerpo de Mademoiselle L. estaba cerrada por dentro
     cuando lleg la partida. Todo estaba perfectamente silencioso; no
     haba lamentos ni ruidos de ninguna clase. Cuando se forz la
     puerta, no se vi a nadie. Las ventanas de ambos cuartos, el del
     fondo y el del frente, estaban cerradas y aseguradas fuertemente
     por dentro. Una puerta entre las dos habitaciones estaba tambin
     cerrada, pero sin llave. La puerta que conduca del aposento del
     frente al pasadizo estaba cerrada, con la llave por el lado de
     adentro. Una pieza pequea en el frente de la casa, en el cuarto
     piso, al principio del pasadizo, tena la puerta entreabierta. Esta
     habitacin estaba llena de lechos viejos, cajas y trastos por el
     estilo. Todo se removi y examin cuidadosamente. No qued una
     pulgada de terreno en la casa que no se escudriara con la mayor
     minuciosidad. Las chimeneas se barrieron de arriba abajo con
     escobas. El edificio constaba de cuatro pisos y el desvn. Una
     puerta corrediza en el techo estaba slidamente enclavada y no
     pareca haberse abierto por varios aos. El tiempo transcurrido
     entre el momento en que se oyeron las voces en disputa y el de la
     ruptura de la puerta del cuarto se fijaba diversamente por los
     testigos. Unos lo estimaban en tres minutos, mientras otros lo
     hacan llegar hasta cinco. La puerta se abri con dificultad.

     _Alfonso Carcio_, enterrador, declara que reside en la rue Morgue.
     Es espaol. Fu uno de la compaa que penetr en la casa. No subi
     las escaleras. Es nervioso y tema las consecuencias de una
     emocin. Oy las voces que disputaban. La voz gruesa era de
     francs. No pudo distinguir lo que deca. La voz chillona
     perteneca a un ingls, est seguro de ello. No conoce el ingls,
     pero juzga por el acento.

     _Alberto Montani_, confitero, declara que se encontr entre los
     primeros que subieron la escalera. Oy las voces en cuestin. La
     voz gruesa era de un francs. Comprendi varias palabras. El que
     hablaba pareca amonestar. No pudo entender ninguna palabra de la
     voz chillona. Hablaba de manera rpida y desigual. Cree que es la
     voz de un ruso. Corrobora el testimonio general. Es italiano. Jams
     ha conversado con ningn natural de Rusia.

     Varios testigos certificaron en su segunda declaracin que las
     chimeneas de todos los aposentos del cuarto piso eran demasiado
     estrechas para admitir el paso de un ser humano. Por "escobas"
     queran significar escobillones cilndricos como los que usan los
     deshollinadores. Estos escobillones se haban pasado de arriba
     abajo en todos los tubos de chimenea de la casa. No hay pasaje en
     la parte de atrs por donde pudiera haber escapado el asesino
     mientras la gente suba las escaleras. El cuerpo de Mademoiselle
     L'Espanaye estaba tan slidamente embutido en la chimenea que
     apenas lograron bajarle los esfuerzos combinados de cuatro o cinco
     personas.

     _Paul Dumas_, mdico, declara que fu llamado al amanecer para
     examinar los cuerpos. Ambos yacan sobre el caamazo del lecho en
     el aposento donde fu encontrada Mademoiselle L. El cuerpo de la
     joven tena muchas magulladuras y excoriaciones. La circunstancia
     de haber sido embutido en la chimenea bastara para explicar estas
     manifestaciones. La garganta estaba horriblemente lacerada.
     Aparecan huellas profundas de uas precisamente debajo de la
     barba, y una serie de placas lvidas producidas a no dudarlo por la
     impresin de los dedos. El rostro estaba terriblemente amoratado y
     los ojos salientes de sus rbitas. La lengua vease mordida en su
     mayor parte. Descubrise una gran contusin en la cavidad del
     estmago, debida aparentemente a la presin de una rodilla. Segn
     la opinin de M. Dumas, Mademoiselle L'Espanaye haba sido
     estrangulada por una o varias personas desconocidas. El cadver de
     la madre apareca horriblemente mutilado. Los huesos de la pierna y
     el brazo derecho estaban cual ms cual menos destrozados. La tibia
     izquierda hecha astillas, lo mismo que las costillas del lado
     izquierdo. Todo el cuerpo estaba espantosamente magullado y
     amoratado. No era posible explicarse cmo se haban infligido
     aquellas lesiones. Quizs alguna pesada clava de madera o una barra
     de hierro, una silla, cualquier arma pesada y obtusa, podra
     producir tales resultados, manejada por un hombre en extremo
     vigoroso. Ninguna mujer poda haber causado estas heridas con
     ninguna clase de arma. La cabeza de la vctima estaba enteramente
     separada del tronco cuando la vi el testigo, y mostraba asimismo
     grandes magulladuras. La garganta haba sido cortada evidentemente
     con algn instrumento muy afilado, una navaja con toda
     probabilidad.

     _Alexandre tienne_, cirujano, fu llamado a la vez que M. Dumas
     para examinar los cuerpos. Corrobora el testimonio y la opinin del
     primero.

     Nada nuevo se produjo de importancia, aunque varias otros personas
     fueron interrogadas. Jams se haba cometido en Pars asesinato tan
     misterioso, si de asesinato se trata, en verdad, en este caso. La
     polica est completamente desorientada, lo cual es muy raro en
     asuntos de esta naturaleza. No existe, sin embargo, la menor
     huella.

La edicin de la tarde del mismo peridico deca que el quartier
Saint-Roch continuaba en gran excitacin, que la propiedad haba sido
cuidadosamente registrada y que se haban llevado a cabo nuevos
interrogatorios, pero sin ningn xito. Una nota de ltima hora
manifestaba, sin embargo, que Adolphe Le Bon quedaba detenido aun cuando
nada apareca en contra suya ms all de los hechos mencionados.

Dupn se mostraba singularmente interesado en el desenvolvimiento de
este proceso, a lo que poda yo traslucir por su actitud, porque no
haca comentario alguno. Solamente despus de la noticia de la prisin
de Le Bon inquiri mi opinin con respecto de los asesinatos.

Slo pude convenir con todo Pars en considerarlos un misterio
insoluble. No vea medio por el cual pudiera descubrirse al asesino.

--No debemos juzgar de los medios por este interrogatorio
superficial,--dijo Dupn.--La polica de Pars, tan renombrada por su
perspicacia, es astuta, pero nada ms. No hay mtodo en sus
procedimientos, salvo el mtodo del primer momento. Hace gala de grandes
disposiciones; pero con mucha frecuencia se adaptan tan mal al objeto,
que nos hace recordar a Monsieur Jordain pidiendo su _robe-de-chambre,
pour mieux entendre la musique_. Los resultados obtenidos son admirables
a menudo, pero se deben en su mayor parte a simple diligencia y
actividad. Cuando estas cualidades no tienen aplicacin, sus planes
fracasan seguramente. Vidocq, por ejemplo, tena buen golpe de vista y
era perseverante. Pero, careciendo de la educacin del raciocinio,
erraba continuamente por la misma intensidad de sus investigaciones.
Disminua su poder visual por colocar el objeto demasiado cerca de sus
ojos. Poda discernir quiz uno o dos puntos con extraordinaria
claridad, pero al dedicarse a ellos especialmente, perda de vista el
tema en conjunto. As sucede con las cosas demasiado profundas. Y la
verdad no se halla siempre en el pozo. En efecto, por cuanto de la
experiencia se desprende, creo, por el contrario, que se encuentra
invariablemente en la superficie. La profundidad reside en los valles
donde nosotros la suponemos, y no en la cima de las montaas donde la
verdad se encuentra. La forma y el origen de errores de esta clase se
concibe perfectamente comparndola a la contemplacin de los cuerpos
celestes. Mirar una estrella con rpida ojeada, examinarla en sentido
lateral volviendo en aquella direccin la porcin exterior de la retina
ms susceptible que la parte interior a las impresiones dbiles de luz,
es contemplar la estrella distintamente, apreciar mejor su brillo,
brillo que se opaca justamente en proporcin cuando dirigimos de lleno
las miradas sobre el astro. Mayor nmero de rayos hiere la vista en este
caso; pero en el primero hay capacidad ms refinada de comprensin. Por
causa de profundidad innecesaria debilitamos y ponemos en perplejidad
nuestra mente; siendo posible, a la verdad, que la misma Venus llegue a
desvanecerse en el firmamento como resultado de un escrutinio demasiado
sostenido, demasiado concentrado o demasiado directo.

Tratndose de estos asesinatos, interrogumonos nosotros mismos antes de
formarnos ninguna opinin. Una investigacin del asunto nos servir de
distraccin--(yo pens que esta expresin, aplicada as, resultaba muy
curiosa),--y adems Le Bon me hizo un servicio en cierta ocasin por el
cual le estoy agradecido. Iremos a ver la casa con nuestros propios
ojos. Conozco a G----, el prefecto de polica, y no tendremos dificultad
para obtener el permiso--.

Obtenida la autorizacin, nos encaminamos inmediatamente a la rue
Morgue. Es una de las callejuelas miserables que se encuentran entre la
rue Richelieu y la rue Saint-Roch. Era tarde cuando llegamos, pues este
barrio est situado a gran distancia del que nosotros habitbamos.
Encontramos la casa con facilidad, porque todava contemplaban muchas
personas con intil curiosidad las cerradas persianas desde el lado
opuesto de la calle. Era una de aquellas ordinarias casas parisienses,
con su vestbulo, en uno de cuyos costados vease la garita de cristales
con tablero corredizo en la ventanilla indicando la _loge du concierge_.
Antes de entrar seguimos la calle hacia arriba, dimos vuelta a una
callejuela, y luego de regreso pasamos por la espalda del edificio.
Dupn examinaba entretanto los alrededores a la par que la casa con
atencin minuciosa, a la cual no encontraba yo el objeto.

Volviendo sobre nuestros pasos, nos encontramos al frente del edificio;
llamamos y, despus de mostrar nuestras credenciales, fuimos admitidos
por los agentes de guardia. Subimos al aposento donde se haba
encontrado el cuerpo de Mademoiselle L'Espanaye, y donde todava yacan
las vctimas. Como de costumbre, habase dejado subsistir el desorden de
la habitacin. No vi nada ms all de lo que indicaba la _Gazette des
Tribunaux_. Dupn lo escudriaba todo, sin exceptuar los cuerpos de las
vctimas. Pasamos en seguida a las otras piezas y al patio, acompaados
de un gendarme por todas partes. Esta pesquisa nos ocup hasta el
obscurecer, hora en que nos retiramos. De regreso a nuestro domicilio,
mi compaero se detuvo un momento en las oficinas de uno de los diarios.

He dicho que mi amigo tena mltiples genialidades, y que _je les
mnageais_--esta frase no tiene equivalente en ingls. Por ahora su
capricho consista en declinar todo tema de conversacin sobre el
asesino hasta las doce del da siguiente. De sbito me pregunt si haba
observado algo peculiar en el sitio de aquellas atrocidades.

Su manera de recalcar la palabra "peculiar" me hizo estremecer sin saber
por qu.

--No; nada _peculiar_,--respond;--nada ms, por lo menos, de lo que
ambos lemos en el peridico.

--La _Gazette_,--replic,--no ha penetrado, me figuro, todo el horror de
la cosa. Mas descartad la vana opinin del peridico. Me parece que se
considera insoluble este misterio por la misma razn que deba hacer que
se le juzgue de fcil solucin. Me refiero al carcter _outr_ que le
distingue. La polica est confundida por la aparente ausencia de
motivo; no por el asesinato en s mismo, sino por la atrocidad de este
asesinato. Estn confundidos tambin por la aparente imposibilidad de
conciliar las voces odas en la discusin con el hecho de que a nadie
encontraron arriba sino el cadver de Mademoiselle L'Espanaye, y que no
hubiera forma de salida sin que pudiera notarlo la gente que suba. El
desorden salvaje de la habitacin: el cadver embutido cabeza abajo en
la chimenea; la espantosa mutilacin del cuerpo de la anciana; todas
estas consideraciones ya mencionadas, y otras que no necesito mencionar,
han sido suficientes para paralizar la potencia policiaca, para
desorientar completamente la famosa _penetracin_ de los agentes del
gobierno. Han cado en el grosero y comn error de confundir lo
inusitado con lo abstruso. Mas, por esta misma desviacin del plano
ordinario, la razn descubre un camino, si le hay, en su persecucin de
la verdad. En investigaciones de naturaleza tal como las que ahora
perseguimos, no debe uno preguntarse qu ha pasado? sino qu ha pasado
que antes no haba sucedido? En efecto, la facilidad con que llegar, o
he llegado ya, mejor dicho, a la solucin del misterio, est en razn
directa de su insolubilidad a los ojos de la polica.--

Mir de hito en hito a mi amigo, con mudo estupor.

--Estoy aguardando,--continu, lanzando una ojeada a la puerta de
nuestro departamento,--estoy aguardando a una persona que debe haber
estado complicada en la perpetracin de esta carnicera aun cuando no
haya sido precisamente el asesino. Es inocente, segn toda probabilidad,
de la parte ms grave de los crmenes cometidos. Confo en que mis
deducciones sean exactas; porque all he fundado la esperanza de conocer
el enigma por completo. Espero a mi hombre aqu, en este cuarto, en
cualquier momento. Es posible que no venga; pero todas las
probabilidades estn a favor de su venida. Si llega, ser preciso
detenerle. He aqu pistolas; ambos sabremos manejarlas si la ocasin lo
demanda.--

Cog las pistolas sin saber casi lo que haca, y sin dar crdito a mis
odos, mientras Dupn prosegua como en un soliloquio. He hablado de su
manera abstrada en tales ocasiones. Su discurso se diriga a m; pero
su voz, aun cuando no era alta, tena la entonacin empleada
generalmente cuando se habla con alguna persona a gran distancia. Sus
ojos, de expresin vaga, fijbanse nicamente en el muro.

--Aquello de que las voces que disputaban,--deca,--odas por la gente
que suba las escaleras, no eran voces de mujer, est ampliamente
comprobado por la evidencia. Esto descarta la duda de que la vieja
seora hubiera asesinado primero a su hija para suicidarse despus.
Hablo de esto solamente para proceder con mtodo; porque la fuerza de
Madame L'Espanaye jams habra podido llevar a cabo la tarea de encajar
el cuerpo de su hija en la chimenea, como fu encontrado; y la
naturaleza de las heridas en su propio cuerpo excluye toda idea de
atentado contra s misma. Luego, ha sido cometido el asesinato por
tercera persona; y la voz de aquella o aquellas personas, es la que se
oa en la discusin. Permitidme ahora hacer notar, no precisamente las
declaraciones respecto de aquellas voces, sino lo que haba de
_peculiar_ en aquellas declaraciones. Observasteis en ello algo de
peculiar?--

Insinu que, en tanto que todos los testigos estaban acordes en
calificar la voz gruesa como perteneciente a un francs, haba gran
diferencia de opiniones acerca de la voz chillona o desapacible, como la
defini uno de los testigos.

--Esto es la evidencia en s misma,--dijo Dupn,--pero no es an la
peculiaridad de la misma evidencia. No habis observado nada de
particular. Y, sin embargo, haba _algo_ digno de ser observado. Los
testigos, como habis notado, estaban de acuerdo acerca de la voz
gruesa: su testimonio ha sido unnime. Pero con respecto a la voz
chillona, la peculiaridad consiste, no en que estuvieran en desacuerdo,
sino en que cuando trataron de describirla un italiano, un ingls, un
espaol, un holands y un francs, cada uno de ellos la juzg
perteneciente a un extranjero. Todos estaban seguros de que no era la
voz de un compatriota. Todos la comparan a la voz de un individuo que se
expresara en idioma desconocido. El francs supone que es un espaol y
"hasta podra haber distinguido algunas palabras _si supiera espaol_."
El holands asegura que era la voz de un francs; pero encontramos que,
"_no sabiendo francs el testigo fu interrogado por medio de
intrprete_." El ingls opina que "era voz de alemn," y no _conoce el
alemn_. El espaol "est seguro" de que era un ingls, pero "juzga por
el acento" tambin, "_pues no sabe ingls_." El italiano cree que es la
voz de un ruso, pero "_jams ha hablado con ningn ruso_." Ms an; otro
francs difiere de opinin con el primero y est seguro de que la voz
era de italiano, pero, "_no conociendo este idioma_, deduce por el
acento, lo mismo que el espaol." Ahora bien; qu voz tan
singularmente extraa es sta, que provoca declaraciones tan
contradictorias? En qu acentos se expresaba, para que naturales de las
cinco principales divisiones de Europa no pudieran percibir nada
familiar a sus odos? Diris que poda ser la voz de un asitico o de un
africano. Ni africanos ni asiticos abundan en Pars; mas, sin negar
esta posibilidad, llamar solamente vuestra atencin a tres puntos. Uno
califica la voz de desapacible ms bien que chillona. Otros dos la
definen como "rpida y desigual." Ninguna palabra, ningn sonido
semejando palabras ha podido discernirse ni ha sido mencionado por los
testigos.

--Yo no s,--continu Dupn,--qu clase de impresin he logrado llevar a
vuestra mente; pero no vacilo en decir que las deducciones legtimas de
esta parte tan slo del testimonio, con referencia a la voz gruesa y a
la voz chillona, bastan por s mismas para engendrar la sospecha que
debe encaminar el proceso de la investigacin del misterio. Digo
"deducciones legtimas," pero mi idea no queda as del todo definida.
Intento expresar con ello que estas deducciones son las _nicas_
razonables, y que la sospecha se levanta inevitablemente como simple
resultado. No manifestar an esta sospecha. Slo deseo que comprendis
que en mi mente ha tenido fuerza suficiente para dar forma definida,
cierto giro particular, a mis investigaciones en el aposento.

Transportmonos ahora con la imaginacin a dicho aposento. Qu debemos
buscar ante todo all? El medio de salida empleado por los asesinos. No
es mucho aventurar si aseguramos que ninguno de nosotros cree en
acontecimientos sobrenaturales. Madame y Mademoiselle L'Espanaye no
haban sido asesinadas por espritus. Los malhechores eran de carne y
hueso, y escaparon como seres de carne y hueso. Cmo, entonces?
Afortunadamente slo hay un modo de dilucidar el punto, y este modo
_tiene_ que llevarnos a conclusiones definidas. Examinemos, uno por uno,
los medios posibles de salida. Es evidente que los asesinos estaban en
el aposento en que se encontr a Mademoiselle L'Espanaye, o al menos en
el cuarto contiguo, cuando el grupo de gente suba las escaleras.
Entonces, slo tenemos que buscar las salidas de ambas habitaciones. La
polica ha sondeado los pisos, los techos y la obra de albailera de
los muros en todas direcciones. No era posible que escapase a su
vigilancia ninguna salida oculta. Pero no confiando en sus ojos, examin
con los mos propios. No existan salidas secretas. Las dos puertas que
daban acceso a los cuartos por el pasadizo estaban cerradas con llave y
tenan la llave por dentro. Volvamos a las chimeneas. stas, aunque de
anchura ordinaria en los primeros ocho o diez pies sobre el hogar, no
admitiran hasta la salida ni siquiera el paso de un gato grande. Siendo
absoluta la imposibilidad de salida por los medios indicados, quedamos
reducidos a las ventanas. Por las del cuarto del frente, nadie podra
haber escapado sin ser visto de la multitud estacionada en la calle. Los
asesinos tienen entonces que haber pasado por las ventanas de la pieza
interior. Llegados a esta conclusin de manera inequvoca, no nos
conviene como razonadores descuidar una serie de imposibilidades
aparentes. Debemos probar nicamente que estas aparentes
"imposibilidades" en realidad no son tales.

Hay dos ventanas en la habitacin. Una de ellas est completamente libre
de muebles y del todo visible. La parte inferior de la otra queda oculta
por la cabecera de la pesada cuja colocada exactamente en aquella
direccin. La primera ventana se encontr firmemente asegurada por
dentro. Resisti todo el empuje de los que trataron de levantarla.
Habase abierto con barreno un gran hueco a la izquierda del marco, y un
grueso clavo estaba profundamente incrustado all casi hasta la cabeza.
Examinando la otra ventana, se encontr incrustado un clavo semejante; y
fracas del mismo modo una vigorosa tentativa para levantar el bastidor.
La polica qued completamente satisfecha de que la escapatoria no haba
tenido lugar por aquel lado. Y, en consecuencia, se juzg intil retirar
los clavos y abrir las ventanas.

Mi pesquisa particular fu ms minuciosa por la razn a que antes he
aludido; porque yo saba que aqul era el punto en que deba probarse
que la imposibilidad aparente no exista en realidad. Comenc a
deducirlo as a _posteriori_. Los asesinos haban escapado
indudablemente por una de aquellas ventanas. Siendo as, no era posible
que aseguraran por dentro los bastidores en la forma en que se
encontraron: consideracin que, en razn de ser tan obvia, detuvo las
pesquisas de la polica en este terreno. Y sin embargo, los bastidores
estaban asegurados. De consiguiente, deban tener la facultad de
cerrarse por _s mismos_. No haba forma de evadir esta conclusin. Me
dirig a la ventana libre, extraje el clavo con cierta dificultad, y
procur levantar el bastidor. Resisti todos mis esfuerzos como yo me lo
esperaba. Deba existir un resorte oculto, estaba seguro ahora; y esta
comprobacin de mis deducciones me convenci de que mi raciocinio era
correcto, aun cuando todava existieran circunstancias misteriosas con
relacin a los clavos. Una pesquisa minuciosa hzome descubrir el
resorte oculto. Oprimlo, y satisfecho con mi descubrimiento, me abstuve
de levantar el bastidor.

Coloqu nuevamente el clavo en su sitio y me dediqu a observarlo con
atencin. Una persona que pasara a travs de esta ventana poda haberla
cerrado de nuevo haciendo jugar el resorte; pero no era posible volver a
colocar el clavo en su sitio. El resultado era claro y estrechaba de
nuevo el campo de investigacin. Los asesinos _deban_ haber escapado
por la otra ventana. Suponiendo, en tal caso, que el resorte de los
bastidores funcionara de igual modo, como era probable, deba existir
alguna diferencia entre los clavos o, por lo menos, en la manera de
colocarlos. Encaramndome en el caamazo del lecho, mir atentamente por
encima de la cabecera la segunda ventana. Pasando la mano por detrs,
descubr pronto y oprim el resorte que, como lo haba juzgado de
antemano, era enteramente igual a su compaero. Busqu entonces el
clavo. Era tan grueso como el otro y encajaba aparentemente de la misma
manera, hundido hasta la cabeza.

Diris que estaba confundido; pero si lo creis as habis equivocado la
naturaleza de mis inducciones. Usando una frase de cazador, dir que no
haba "fallado" una sola vez. Ni un momento haba perdido el rastro. No
haba grietas en ningn eslabn de la cadena. Haba seguido la pista al
secreto hasta su resultado final; y este resultado era el clavo. Tena
en todo sentido, he dicho, la misma apariencia que su compaero de la
otra ventana; pero esta circunstancia era nula en absoluto, por
concluyente que pudiera parecer, al compararse con la certidumbre de que
all, en aquel punto, desaparecan las huellas. Debe haber algo raro en
el clavo, pens. Lo palp; y la cabeza, con cerca de una pulgada de
punta qued entre mis manos. El resto continuaba en el agujero, donde se
haba roto. La fractura era antigua, porque el borde estaba cubierto de
orn, y proceda evidentemente de algn martillazo que introdujo a
medias la cabeza en el borde superior de la parte baja del bastidor.
Coloqu de nuevo cuidadosamente esta cabeza en el hueco de donde la
haba cogido, y su semejanza con un clavo perfecto era completa; la
rotura quedaba invisible. Oprimiendo el resorte, levant suavemente el
bastidor algunas pulgadas; la cabeza se alz con el marco continuando
segura en su puesto. Cerr la ventana, y la apariencia del clavo
resultaba otra vez perfecta.

As, el enigma estaba resuelto. El asesino haba escapado por la ventana
que daba sobre el lecho. Cayendo espontneamente en su sitio, o cerrada
quizs a propsito, qued asegurada por el resorte; y la firmeza del
resorte produjo el error de la polica que juzg provena del clavo la
resistencia, considerando innecesario pesquisas ulteriores.

El problema siguiente era la forma de descenso. Sobre este punto me
encontraba ya satisfecho desde nuestro paseo alrededor del edificio. A
cinco pies y medio ms o menos de la ventana en cuestin se eleva un
pararrayos. Desde este poste habra sido difcil para cualquiera
alcanzar la ventana, no digo entrar. Observ, sin embargo, que las
persianas del cuarto piso eran de aquella clase particular que los
carpinteros parisienses llaman _ferrades_, forma muy poco usada en la
actualidad, pero que se ve con frecuencia en las casas antiguas de Lin
y de Burdeos. Son semejantes a una puerta ordinaria de una sola hoja,
excepto en su mitad superior hecha en forma de celosa, o labrada a
manera de enrejado; ofreciendo as excelente apoyo para los manos. En
esta casa las persianas tienen muy bien tres pies y medio de anchura.
Cuando las divis desde la parte trasera del edificio, estaban ambas
abiertas hasta la mitad, es decir, formando ngulo recto con el muro. Es
probable que la polica haya examinado como yo la espalda de la casa;
pero de ser as, no advirti la gran anchura de las persianas, o no le
prest por lo menos la debida consideracin. En efecto, persuadidos de
que no haba salida de este lado, naturalmente descuidaron examen ms
minucioso. Era claro para m, sin embargo, que la persiana
correspondiente a la ventana situada a la cabecera del lecho llegara a
cerca de dos pies de distancia del pararrayos, si se dejaba caer por
completo sobre el muro. Era tambin evidente que poniendo en juego un
grado extraordinario de vigor y de audacia, poda efectuarse la entrada
por la ventana escalando el pararrayos. Una vez llegado a la distancia
de dos pies y medio (suponiendo que la persiana estuviera abierta en
toda su extensin), poda encontrar el ladrn slido apoyo en el
enrejado. Demos pues por sentado que escal el poste afirmando los pies
contra el muro, y que lanzndose de all intrpidamente hizo oscilar la
persiana en forma de cerrarla; y suponiendo que la ventana estuviese
abierta, pudo deslizarse l mismo dentro de la habitacin.

Deseo que tengis especialmente presente que me refiero a un grado
extraordinario de vigor como requisito esencial para el xito de hazaa
tan difcil y arriesgada. Mi designio es demostrar, primero, que la cosa
era realizable; pero segunda y _principalmente_, necesito impresionar
vuestra mente con el carcter _extraordinario_, casi sobrenatural, de la
agilidad que era capaz de llevarla a cabo.

Diris indudablemente, usando lenguaje legista, que para hacer
comprensible el caso, debera ms bien disminuir que acrecer la
apreciacin de la fuerza necesaria para ejecutarlo. ste puede ser el
mtodo legista, pero no es el del raciocinio. Mi objeto final es
descubrir la verdad. Mi propsito inmediato, conduciros a poner de
acuerdo aquel vigor _extraordinario_ a que acabo de referirme, con la
voz chillona, desapacible y desigual sobre cuya nacionalidad no han
podido convenir siquiera dos personas, y en cuya enunciacin no ha
podido discernirse silabeo alguno.--

A estas palabras cierta vaga e informe concepcin de la idea de Dupn
revolote en mi mente. Parecame encontrarme al borde de la comprensin,
como sucede a veces que nos sentimos al mismo borde del recuerdo sin
llegar al fin a dar forma a las reminiscencias. Mi amigo continu:

--Observaris,--dijo,--que he tratado el asunto desde la manera de
salida hasta la de acceso. Mi intencin era sugerir que ambos se haban
efectuado de igual forma y por el mismo punto. Volvamos ahora al
interior del aposento. Observemos aqu el aspecto de la decoracin. Los
cajones del tocador, dicen, haban sido saqueados, aunque muchos
artculos de adorno quedaban todava all. Esta conclusin es absurda.
Es simplemente una proposicin bastante necia y nada ms. Cmo podan
saber que los objetos encontrados en los cajones no eran todos los que
all se hallaban de ordinario? Madame L'Espanaye y su hija llevaban una
vida muy retirada, no reciban visitas, salan rara vez, tenan en suma
poca oportunidad para muchos cambios de atavo. Los objetos que se
encontraron eran, por lo menos, de tan buena calidad como los dems que
usaban aquellas seoras. Si el ladrn hubiera cogido alguno, por qu no
haba de tomarlos todos? En una palabra, por qu abandonar cuatro mil
francos en oro para embarazarse con un paquete de trapos? El oro se
haba abandonado. Casi toda la suma indicada por Monsieur Mignaud, el
banquero, fu encontrada en talegos en el suelo. Quiero, por
consiguiente, que descartis la disparatada idea de _motivo_ engendrada
en el cerebro de la polica por aquella parte del testimonio que habla
de dinero entregado a las puertas de la casa. Coincidencias diez veces
ms notables que la entrega del dinero y el asesinato cometido dentro
del tercer da, suceden en todos los momentos de nuestra vida, sin
llamar la atencin siquiera sea superficialmente. Las coincidencias
representan en general grandes tropiezos en la va de aquellos
pensadores que no estn acostumbrados a sondear la teora de las
probabilidades, teora a que se deben los resultados ms gloriosos de la
investigacin humana para mayor gloria de la ilustracin. En el caso
actual, si el oro hubiese desaparecido, el hecho de haberse entregado
tres das antes habra sido algo ms que coincidencia. Habra
corroborado la idea del motivo. Mas, bajo las verdaderas circunstancias,
si creemos que el oro fu la causa del crimen, tendramos que juzgar al
criminal tan idiota e incapaz como para abandonar a la vez su oro y su
motivo.

Conservando ahora cuidadosamente en mira los puntos hacia los cuales he
dirigido vuestra atencin: aquella voz peculiar, aquella extraordinaria
agilidad y la chocante ausencia de motivo en un crimen tan singularmente
atroz, demos una ojeada al asesinato en s mismo. Tenemos aqu una mujer
estrangulada por la fuerza de las manos y encajada cabeza abajo en una
chimenea. Los asesinos no emplean ordinariamente tales medios. Y menos
an, disponen de los cadveres en semejante forma. Convendris conmigo
en que haba algo excesivamente _outr_, algo irreconciliable
completamente con las nociones comunes del impulso humano en la manera
de arrojar este cuerpo por la chimenea, aun cuando queramos suponer al
autor el ms depravado de los hombres. Pensad asimismo cun enorme debe
haber sido la fuerza capaz de empujar _hacia arriba_ el cadver en
cavidad tan estrecha que apenas fu suficiente el esfuerzo reunido de
varios hombres para arrastrarlo _hacia abajo!_

Volvamos luego a las otras manifestaciones de este vigor maravilloso.
Haba en el hogar madejas, gruesas madejas, de grises cabellos humanos
arrancados de raz. Conocis la fuerza enorme que requiere arrancar
juntas siquiera veinte o treinta hebras de pelo. Visteis, lo mismo que
yo, las madejas a que se alude. Las races (repugnante espectculo!)
estaban adheridas a fragmentos de piel del crneo, muestra irrefutable
de la fuerza prodigiosa que se haba desplegado para arrancar quiz
medio milln de hebras a la vez. El cuello de la anciana no solamente se
haba cortado, sino que la cabeza estaba separada por completo del
tronco: el instrumento haba sido una sencilla navaja. Observad tambin
la ferocidad _brutal_ de estas circunstancias. No digo nada de las
magulladuras del cuerpo de Madame L'Espanaye. Monsieur Dumas y su digno
coadjutor Monsieur tienne, han declarado que fueron producidas por
algn instrumento obtuso; y estos caballeros tienen muchsima razn. El
instrumento obtuso fu evidentemente el enlosado pavimento del patio
donde fu arrojada la vctima desde la ventana que daba sobre el lecho.
Esta idea, por sencilla que parezca, escap a la polica por la misma
razn que no advirti la anchura de las persianas; pues que la
circunstancia de los clavos obstruy hermticamente su percepcin acerca
de la posibilidad de que las ventanas hubieran sido abiertas en
cualquier forma.

Si, adems de todo esto, reflexionamos debidamente en el desorden
peculiar de aquella habitacin, llegaremos a combinar las diversas ideas
de una agilidad asombrosa, una fuerza sobrehumana, una ferocidad brutal,
una carnicera sin objeto, un horror que toca en lo _grotesco_,
absolutamente extrao a toda humanidad, y una voz de entonacin
extranjera a los odos de hombres de muchas naciones y desprovista de
toda pronunciacin distinta e inteligible. Qu resultado se desprende?
Qu impresin hace todo esto en vuestra mente?--

Sent un escalofro en los huesos cuando Dupn me dirigi esta pregunta.

--Un loco, ha sido un loco el autor de estos
asesinatos!--exclam;--algn manaco escapado de cualquier _maison de
sant_ de las cercanas.

--En cierto modo,--replic,--vuestra idea no est desprovista de razn.
Pero la voz de los locos, aun en sus ms furiosos paroxismos, jams ha
concordado con la descripcin de la voz peculiar oda arriba. Los locos
tienen alguna nacionalidad, y su lenguaje, aunque incoherente en su
fraseologa, tiene siempre la coherencia del silabeo. Adems, el pelo de
los locos no es semejante al que tengo entre las manos. Desenred este
pequeo mechn de entre los dedos rgidos y crispados de Madame
L'Espanaye. Decidme lo que pensis acerca de esto.

--Dupn!--exclam, completamente enervado;--este pelo es de lo ms
raro; esto no es cabello _humano!_

--Ni yo he dicho que lo fuera,--repuso l;--pero antes de decidir este
punto querra que miraseis el pequeo croquis que he delineado en este
papel. Es un facsmile de lo que se ha descrito en cierta parte del
testimonio como "obscuras marcas y profundas huellas de uas" en la
garganta de Mademoiselle L'Espanaye; y en otra declaracin, la de
Messieurs Dumas y tienne, como "una serie de manchas amoratadas
producidas evidentemente por la impresin de los dedos."

--Observaris--continu mi amigo, extendiendo el papel ante mis ojos
sobre la mesa,--que este dibujo da la idea de un apretn firme y fijo.
No hay el menor _deslizamiento_ aparente. Cada dedo ha conservado,
probablemente hasta la muerte de la vctima, la espantosa posicin en
que se haba incrustado. Procurad ahora colocar vuestros dedos al mismo
tiempo en las respectivas impresiones que aparecen.--

Procur en vano hacer lo que me indicaba.

--Quiz no ensayamos convenientemente este punto,--insisti mi
amigo.--El papel est extendido en una superficie plana y la garganta
humana es cilndrica. He aqu un trozo de madera cuya circunferencia es
ms o menos igual a la del cuello. Envolved all el dibujo y ensayad de
nuevo.--

Hice como me deca; pero la dificultad era todava mayor que antes.

--Esto,--exclam,--no es la huella de una mano humana!

--Leed ahora este pasaje de Cuvier,--replic Dupn.

Contena una relacin minuciosa y la descripcin anatmica general del
gran orangutn leonado de las islas de las Indias Orientales. La
gigantesca estatura, la fuerza y agilidad prodigiosas, la ferocidad
salvaje y las propensiones imitativas de este mamfero son bastante
conocidas por todos. Comprend inmediatamente todos los horrores del
asesinato.

--La descripcin de los dedos,--dije al terminar la
lectura,--corresponde exactamente a este dibujo. Es evidente que slo un
orangutn, y de la especie indicada, podra haber impreso las huellas
que habis delineado. El mechn de pelo rojizo es idntico tambin al
color del animal descrito por Cuvier. Mas no llego a penetrar los
detalles de este horrible misterio. Adems, se oyeron _dos_ voces en la
disputa, y una de ellas era incontestablemente la de un francs.

--Es verdad; y recordaris una expresin que los testigos atribuyen casi
unnimemente a esta voz; la exclamacin "_mon Dieu!_" Esta expresin, de
acuerdo con las circunstancias, ha sido justamente definida por uno de
los testigos, Montani el confitero, como reproche o amonestacin
amistosa. Sobre estas dos palabras he fundado, de consiguiente, mis
mayores esperanzas para la solucin completa del enigma. Un francs
conoca el crimen. Es posible, y a la verdad ms que probable, que fuera
inocente de toda participacin en la sangrienta hazaa que se realizaba.
El orangutn puede habrsele escapado. Puede haberle perseguido hasta el
aposento; pero bajo las terribles circunstancias que sobrevinieron, le
fu probablemente imposible capturarlo. Est todava perdido. No
proseguir haciendo conjeturas; no tengo derecho de darles otro nombre,
puesto que los ligeros matices de reflexin en que estn basadas arrojan
apenas luz suficiente para mi propia comprensin, y no puedo pretender,
de consiguiente, hacerlos perceptibles a ninguna otra persona.
Llammoslas conjeturas y hablemos de ellas como tales. Si el francs
aludido es, como creo, inocente de esta atrocidad, el anuncio que dej
anoche, al regresar a casa, en las oficinas de _Le Monde_, peridico
dedicado a los intereses martimos y muy buscado por los marineros, le
traer verosmilmente a nuestra morada.--

Alargme un papel en donde le lo siguiente:

                           CAPTURADO

     En el Bois de Boulogne, en las primeras horas de la maana del ----
     presente (la maana del crimen), un gran orangutn leonado de la
     especie de la isla de Borneo. El propietario, que se asegura ser un
     marinero perteneciente a un buque malts, puede recoger el animal,
     siempre que lo identifique satisfactoriamente y pague algo por su
     captura y manutencin. Acudid al Nmero ----, Rue ----, Faubourg
     Saint-Germain,---- piso tercero.

--Cmo es posible,--pregunt,--que sepis que el hombre es un marinero
y que pertenece a un buque malts?

--No lo _s_,--repuso Dupn.--No estoy seguro de ello. Sin embargo, he
aqu un pequeo fragmento de cinta que, a juzgar por su forma y su
aspecto grasoso, se ha usado evidentemente para atar el cabello en esas
largas _queues_ a que son tan aficionados los marineros. Mas an; este
nudo pueden hacerlo muy pocos marineros, siendo peculiar de los
malteses. Recog la cinta al pie del pararrayos. No puede haber
pertenecido a ninguna de las vctimas. Despus de todo, aun cuando
estuviere equivocado en las inducciones provocadas por esta cinta,
respecto de que el francs sea un marinero de algn buque malts, no hay
ningn mal en decirlo en el anuncio. Si estoy equivocado, l supondr
sencillamente que voy errado por cualquiera circunstancia que no se
tomar el trabajo de inquirir. Pero de acertar, habr conseguido un
gran triunfo. En efecto, sabedor del crimen aunque inocente,
naturalmente vacilara el francs en acudir al anuncio y reclamar el
orangutn. Pero razonar as: "Soy inocente; soy pobre; mi orangutn es
muy valioso; para cualquiera en mis circunstancias representa una
fortuna; por qu haba de perderlo por vanas aprensiones de peligro?
Est all, a mi alcance. Ha sido encontrado en el Bois de Boulogne, a
gran distancia del lugar de los asesinatos. Cmo puede sospecharse que
un estpido animal haya cometido el crimen? La polica ha fracasado; no
ha podido encontrar la ms ligera huella. Aun cuando siguieran la pista
al animal, sera imposible que probaran mi conocimiento del suceso o que
me implicaran en la culpabilidad por haberlo sabido. De otro lado, _me
conocen_. El anunciador me designa como dueo del animal. No s hasta
qu punto puedan llegar sus datos acerca de mi persona. Si rehuyo
reclamar una propiedad de tanto valor y de la cual se me conoce como
dueo, har sospechoso por lo menos al orangutn. No es buena diplomacia
atraer la atencin sobre m ni sobre el animal. Acudir al anuncio,
recoger mi orangutn y lo tendr encerrado hasta que haya pasado todo
el alboroto."--

En este momento omos pasos en la escalera.

--Tened al alcance vuestras pistolas,--dijo Dupn;--pero no hagis uso
de ellas ni las mostris, sino cuando os d la seal.--

Se haba dejado abierta la puerta de la casa, y el visitante entr sin
llamar, avanzando algunos peldaos en la escalera. Ahora, sin embargo,
pareca vacilar. Luego, le omos descender. Dupn se diriga rpidamente
hacia la puerta cuando advertimos que regresaba de nuevo. No retrocedi
ya, sino que avanz por el contrario con decisin y golpe la puerta de
nuestro aposento.

--Adelante,--dijo Dupn, en tono placentero y jovial.

Un individuo entr. Era un marinero, evidentemente: alto, grueso y
musculoso, y con cierto aspecto de intrepidez no del todo desprovisto de
atractivo. Su rostro, muy tostado por el sol, estaba medio oculto por
las patillas y el _mustachio_. Llevaba un gran garrote de roble, mas no
pareca tener armas de otra clase. Inclinse desmaadamente, lanzndonos
un "buenas tardes," con acento francs que, aunque sonaba un poco a
Neufchatel, revelaba bastante su origen parisin.

--Sentaos, amigo mo,--dijo Dupn.--Supongo que vens por el orangutn.
Mi palabra, casi os envidio su posesin; un animal muy hermoso e
indudablemente de gran valor. Qu edad le suponis?--

El marinero respir largamente, como hombre que se ve libre de peso
intolerable, y replic en tono firme:

--No sabra decirlo con exactitud; pero no puede tener ms de cuatro o
cinco aos. Lo guardis aqu?

--Oh, no; no tenemos aqu comodidad para conservarlo. Est en un establo
de la rue Dubourg, muy cerca de este barrio. Se os entregar maana.
Estis dispuesto, por supuesto, a identificar la propiedad?

--Seguramente que s, seor.

--Sentir separarme del animal,--dijo Dupn.

--No imagino que os hayis tomado esta molestia en balde, seor. No
podra esperarlo. Estoy dispuesto a recompensar el hallazgo del animal,
es decir, una cosa razonable.

--Bien,--replic mi amigo,--eso est muy bien, seguramente. Dejadme
pensar! qu pedir? Oh! Voy a decroslo. Mi recompensa ser sta. Vais
a darme todos los detalles que sepis acerca de esos asesinatos de la
rue Morgue.--

Dupn pronunci las ltimas palabras en voz muy baja y con gran
tranquilidad. Con igual mesura se adelant tambin hacia la puerta, la
cerr, y puso la llave en su faltriquera. Sac luego una pistola de su
pecho y la coloc sobre la mesa sin la menor precipitacin.

El semblante del marinero se encendi como si le acometiera un acceso de
asfixia. Levantse y asegur el garrote; pero un instante despus se
dej caer sobre la silla, temblando violentamente y con aspecto mortal.
No pronunci una sola palabra. Yo le compadeca desde el fondo de mi
corazn.

--Amigo mo,--dijo Dupn en tono afectuoso,--os alarmis sin motivo,
realmente. No intentamos haceros dao alguno. Yo s perfectamente que
sois inocente de las atrocidades de la rue Morgue. No negar, sin
embargo, que en cierto modo os encontris complicado en ellas. Por lo
que os he dicho comprenderis que he tenido datos sobre este asunto,
datos que jams podrais imaginar. Ahora la cosa se presenta de esta
manera. Nada habis hecho que pudierais haber evitado; nada ciertamente
que os haga culpable. Ni siquiera sois culpable de robo, cuando podrais
haber robado impunemente. Nada tenis que ocultar, ni tenis razn
alguna para hacerlo. De otro lado, todos los principios de honor os
obligan a confesar lo que sabis. Un hombre inocente se encuentra ahora
en prisin acusado de un crimen del cual vos podis sealar el
perpetrador.--

El marinero haba recobrado en gran parte su presencia de nimo mientras
Dupn pronunciaba estas palabras; mas todo el aplomo haba desaparecido
de su continente.

--As Dios me ayude!--exclam tras breve pausa.--Os dir todo lo que s
de este asunto, mas no puedo esperar que creis siquiera la mitad; loco
sera, en verdad, si tal pensara. Sin embargo, soy inocente, y mi ltimo
suspiro ser muy limpio si muero por esta causa.--

Lo que dijo en substancia fu lo siguiente. Haba realizado ltimamente
un viaje al archipilago indio. Un grupo, del cual formaba parte,
desembarc en Borneo y sigui al interior en excursin de placer. l y
un camarada cogieron al orangutn. Muerto su compaero, pas el animal a
su exclusiva propiedad. Despus de muchas dificultades en su viaje de
regreso, ocasionadas por la intratable ferocidad de su cautivo, logr al
fin instalarlo con seguridad en su propio domicilio en Pars, donde
tratando de evitar la desagradable curiosidad de los vecinos, lo tuvo
cuidadosamente encerrado hasta que se recobrara de una herida en el pie
causada por una astilla a bordo del buque. Su designio posterior era
venderlo.

Volviendo a su casa despus de una fiesta de marineros, en la noche, o
ms bien en la maana del crimen, encontr al animal instalado en su
propio dormitorio, en donde se haba introducido forzando la puerta de
un pequeo gabinete contiguo en el cual pensaba su amo tenerle
seguramente confinado. Navaja abierta en mano, se hallaba sentado frente
al espejo ensayando la operacin de afeitarse en que probablemente
sorprendi alguna vez a su dueo, mirando por el agujero de la llave.
Aterrorizado al ver arma tan peligrosa en poder de animal tan feroz y
tan apto para manejarla, el hombre qued sin saber que hacer durante los
primeros momentos. Acostumbraba, sin embargo, dominar al orangutn con
ayuda de un ltigo, y a este medio recurri en aquella circunstancia.
Apenas el animal le divis lanzse a la puerta del aposento, luego a las
escaleras, y por una ventana, desgraciadamente abierta, se arroj a la
calle.

El francs le sigui lleno de desesperacin. El orangutn, todava con
la navaja abierta en la mano, detenase de vez en cuando para mirar
hacia atrs y gesticular a su perseguidor hasta que ste llegaba casi a
alcanzarle. Entonces echaba a correr de nuevo. De esta manera continu
la caza por largo tiempo. Las calles estaban desiertas y en silencio
profundo, pues eran cerca de las tres de la maana. Atravesando una
callejuela a espaldas de la rue Morgue, llam la atencin del fugitivo
una luz que brillaba en la ventana abierta del aposento de Madame
L'Espanaye, en el cuarto piso del edificio. Abalanzndose hacia la casa,
advirti el pararrayos, lo escal con agilidad inconcebible, se asi de
la persiana que caa completamente sobre el muro, y por este medio
lanzse directamente a la cabecera de la cuja. Todo esto no haba
ocupado el espacio de un minuto. El orangutn empuj otra vez la
persiana dejndola abierta cuando se introdujo en la habitacin.

El marinero qued a la vez regocijado y perplejo. Tena ahora la
esperanza de capturar a la fiera, que difcilmente podra escapar de la
trampa en que se haba metido a no ser por el poste que encontrara
interceptado a la salida. De otro lado, haba muchos motivos de ansiedad
al pensar en lo que podra hacer dentro de la casa. Esta ltima
reflexin indujo al hombre a seguir al fugitivo. Un pararrayos no es
difcil de escalar, especialmente para un marinero; pero cuando lleg a
la altura de la ventana, que quedaba bastante lejos hacia la izquierda,
vise obligado a detenerse; lo ms que pudo hacer fu alzarse un poco
para echar una ojeada al interior de la habitacin. Al mirar, casi
perdi su punto de apoyo a impulsos de su excesivo horror. Entonces
fueron aquellos horribles alaridos que despertaron a todos los
habitantes de la rue Morgue. Madame L'Espanaye y su hija, en traje de
dormir, estaban aparentemente arreglando algunos papeles en la caja de
hierro de que antes se ha hecho mencin, y que haban rodado hasta el
medio del aposento. Estaba abierta, y su contenido yaca a un lado en el
suelo. Las vctimas estaban sentadas de espaldas a la ventana; y por el
tiempo transcurrido entre el acceso de la fiera y los alaridos, se
comprende que no notaron su presencia en el primer momento. El golpe de
la persiana pudo atribuirse al viento, naturalmente.

Cuando el marinero alcanz a mirar adentro, el gigantesco animal haba
cogido a Madame L'Espanaye por el cabello, que llevaba suelto como si
hubiera estado peinndose, y blanda la navaja ante su rostro imitando
los ademanes de un barbero. La hija yaca privada de movimiento: se
haba desmayado. Los gritos y la lucha de la anciana, durante la cual le
fueron arrancados los cabellos, convirtieron en ira los hasta entonces
pacficos propsitos del orangutn. Con deliberado empuje de su brazo
musculoso separ casi completamente la cabeza del tronco. La vista de la
sangre enardeci su ira convirtindola en frenes. Rechinando los
dientes y echando fuego por los ojos, lanzse sobre el cuerpo de la
joven e incrust sus temibles garras en la garganta de Mademoiselle
L'Espanaye reteniendo su aliento hasta que expir. Sus miradas furtivas
y salvajes fijronse entonces en la cabecera del lecho sobre la cual
pudo distinguir el rostro de su amo, rgido por el horror. La furia de
la fiera, que no dudaba que su amo llevaba an el temible ltigo, se
convirti instantneamente en pavor. Consciente de merecer castigo,
pareca deseosa de ocultar sus sangrientas hazaas y se remova en torno
del aposento en agona nerviosa de agitacin, echando abajo los muebles
y destrozndolos en su ir y venir, y arrancando y tirando al suelo los
cobertores y colchones del lecho. Por ltimo, se apoder primero del
cuerpo de la hija y lo embuti en la chimenea en la forma en que fu
encontrado; y luego, del de la vieja seora arrojndolo inmediatamente
por la ventana.

Al aproximarse el orangutn con su mutilada carga, el marinero se lanz
despavorido al pararrayos, y precipitndose ms que deslizndose hasta
el suelo se apresur a regresar a su domicilio, temiendo las
consecuencias de aquella carnicera, y prescindiendo con satisfaccin,
en medio de su terror, de toda preocupacin por la suerte del animal.
Las palabras odas por el grupo que suba las escaleras eran las
exclamaciones de horror y espanto del francs, mezcladas a los alaridos
demonacos de la fiera.

Queda muy poco que aadir. El orangutn escap probablemente por el
pararrayos momentos antes del forzamiento de la puerta. Debe haber
cerrado la ventana al salir. Fu capturado despus por su mismo dueo,
que obtuvo por l una fuerte suma en el Jardin des Plantes. Le Bon fu
puesto en libertad inmediatamente que se relataron estos acontecimientos
en el despacho del prefecto de polica, acompaados de algunos
comentarios de Dupn. El funcionario de polica, a pesar de sus buenas
disposiciones hacia mi amigo, no pudo ocultar su desagrado por el giro
que haba tomado este asunto; y aun se dej arrastrar a una o dos
frasecillas sarcsticas respecto de la conveniencia de que cada cual se
preocupe de aquello que le importe.

--Dejadle hablar,--dijo Dupn, que no juzg necesario replicar.--Dejadle
hacer frases: esto aligerar su conciencia. Estoy satisfecho de haberle
derrotado en su propio terreno. A pesar de todo, su fracaso en la
solucin de este misterio no es tan sorprendente como l se imagina;
porque en verdad nuestro amigo el prefecto es ms astuto que profundo.
No hay cuerpo en su sabidura. Es como si fuera todo cabeza y nada de
miembros, como los retratos de la diosa Laverna; o a lo ms, todo cabeza
y busto como el bacalao. Pero es una buena persona, despus de todo. Le
admiro especialmente por sus golpes maestros de inversin, a lo que debe
su reputacin de habilidad. Me refiero al mtodo que practica "_de nier
ce qui est, et d'expliquer ce qui n'est pas_."




EL GATO NEGRO


No espero ni solicito fe para la narracin tan sencilla como
extravagante que est a punto de brotar de mi pluma. Locura sera en
verdad el esperarlo, pues que mis propios sentidos rechazan su
evidencia. Sin embargo, no estoy loco, ni estoy soando, de seguro. Mas
debo morir maana y quiero hoy aligerar el peso de mi alma. Mi propsito
inmediato es presentar llana y sucintamente a los ojos del lector, sin
comentario de ninguna clase, una serie de simples acontecimientos
domsticos. En sus consecuencias, estos acontecimientos me han
aterrorizado, me han torturado, me han deshecho. A pesar de todo, no
tratar de interpretarlos. Para m slo han representado el Horror; para
muchos otros sern quiz no tanto terribles como _baroques_. Es posible
que se encuentre despus algn entendimiento que reduzca mi fantasma a
los lmites de lo vulgar; algn entendimiento ms sereno, ms lgico y
mucho menos excitable que el mo, capaz de percibir en las
circunstancias que expreso lleno de pavor, simplemente la sucesin
ordinaria de las causas y efectos ms naturales.

Desde mi niez hceme notar por la docilidad y ternura de mi
temperamento. La bondad de mi corazn revesta caracteres de delicadeza
tan exquisita, que me haca el blanco de las burlas de mis compaeros.
Era particularmente afecto a los animales, y mis padres condescendan
con esta inclinacin procurndome gran diversidad de favoritos, a los
que consagraba la mayor parte de mi tiempo; y nunca era tan feliz como
cuando les alimentaba y acariciaba. Esta peculiaridad de mi carcter
aument en la adolescencia, y aun en la virilidad derivaba de aquella
fuente muchos de mis mejores goces. Apenas necesito explicar a los que
hayan sentido afeccin por algn perro fiel e inteligente la intensidad
de placer que produce este sentimiento. Existe en el amor generoso y
abnegado de un irracional algo que va directamente al corazn de aquel
que haya tenido ocasin de comprobar a menudo la ruin amistad y la
lealtad tan deleznable del hombre.

Me cas joven y tuve la suerte de encontrar en mi mujer inclinaciones
semejantes a las mas. Observando mi aficin por los animales
domsticos, no perda ella ocasin de procurarse los ms lindos.
Tenamos pjaros, peces dorados, un perro fino, conejos, un pequeo mono
y _un gato_.

Era ste un enorme y hermoso animal, enteramente negro, e inteligente
hasta un grado excepcional. Al ocuparnos de su inteligencia, mi mujer,
que tena gran fondo de supersticin, haca frecuentes alusiones al
antiguo concepto popular que considera brujas disfrazadas a todos los
gatos negros. No que prestara ella fe a esta creencia; y si menciono la
idea, es por la sencilla razn de que la recuerdo ahora de pasada.

Plutn, que as se llamaba el gato, era el preferido entre los diversos
favoritos y mi compaero habitual de juegos. Solamente yo le alimentaba,
y l acostumbraba seguirme por todas partes dentro de la casa; sindome
difcil evitar que hiciera lo propio tambin por las calles.

Nuestra amistad continu as por varios aos, durante los cuales, y a
impulsos del demonio Intemperancia (me ruborizo al confesarlo), mi
temperamento y mi carcter sufrieron radical alteracin hacia el mal.
Da por da hacame ms taciturno e irritable, y guardaba menos
consideracin a los dems. Aun me permita usar con mi mujer un lenguaje
destemplado, llegando despus hasta la violencia personal. Mis favoritos
hubieron de sentir, naturalmente, este cambio de disposicin. No
solamente les descuidaba, sino que abusaba de ellos. Todava conservaba
Plutn, sin embargo, ciertas prerrogativas que me impedan maltratarle,
como lo haca sin escrpulo de ninguna clase con el mono, los conejos y
aun el perro, cuando por cario o por casualidad se atravesaban en mi
camino. Pero la enfermedad avanzaba--el Alcohol es semejante a una
enfermedad!--y al fin hasta Plutn que se volva viejo, e impertinente
en consecuencia, comenz a sufrir los efectos de mi mal temperamento.

Una noche en que regresaba a casa muy embriagado, despus de una orga
en una de mis guaridas habituales en la ciudad, se me ocurri que el
gato evitaba mi presencia. Cogle entonces; y, en su terror por mi
violencia, me infiri una pequea herida mordindome la mano.
Instantneamente se apoder de m una furia demoniaca. No me conoca a
m mismo. Mi alma prstina pareca haber escapado en aquel momento de mi
cuerpo; y una maldad diablica, nutrida por la ginebra, estremeca todas
mis fibras. Saqu un cortaplumas del bolsillo de mi chaleco, abrle, y
deliberadamente arranqu de su rbita uno de los ojos del animal. Me
avergenzo, me quemo, me horrorizo, al escribir esta abominable
atrocidad!

Cuando al da siguiente volv a la razn, despus de haber dormido los
humos de la orga nocturna, experiment un sentimiento mitad de horror
mitad de remordimiento por el crimen cometido; pero era apenas un
sentimiento dbil y equvoco que no lleg a conmover mi nima. Me
sumerg de nuevo en los excesos y ahogu pronto en vino la memoria de mi
hazaa.

Al mismo tiempo el gato se recobraba lentamente. El hueco vaco del ojo
presentaba, es verdad, terrible aspecto; pero el animal no pareca
sufrir ningn dolor. Iba y vena por la casa como de costumbre; mas,
como era de esperarse, hua aterrorizado a mi aproximacin. Tena yo
todava bastante corazn para sentirme apenado por esta evidente prueba
de desafecto de parte de un ser que tanto me haba amado en otro tiempo.
Pero este sentimiento se convirti pronto en irritacin. Y se present
entonces, para confirmar mi depravacin final e irrevocable, el espritu
de Perversidad. De este espritu no se ocupa la filosofa. Sin embargo,
no estoy tan cierto de la existencia de mi alma como de que la
perversidad es uno de los impulsos primitivos del corazn humano: una de
las facultades primordiales e indivisibles que definen la orientacin
del carcter del hombre. Quin no se ha sorprendido cien veces
cometiendo alguna accin vil y torpe por la sola razn de que _no
debera_ hacerlo? No existe acaso en nosotros, cierta perpetua
inclinacin a violar la _Ley_, contra todo el torrente de nuestro buen
criterio, y slo porque comprendemos que tiene razn de ser? El espritu
de perversidad, deca, vino a poner el colmo a mi depravacin. Aquella
ansia infatigable del alma de _vejarse a s misma_, de violentar su
propia naturaleza, de hacer el mal por puro gusto, me impulsaba continua
y tenazmente a consumar el dao que haba infligido al inofensivo
animal. Una maana, a sangre fra, pas un lazo a su cuello y lo colgu
de la rama de un rbol; lo ahorqu con lgrimas que corran de mis ojos
y el remordimiento ms amargo que laceraba mi corazn; lo ahorqu
_porque_ saba que me haba amado y _porque_ senta que no me haba dado
motivo de ofensa; lo ahorqu _porque_ comprenda que al hacerlo as
cometa un pecado, un pecado mortal que expona mi alma a encontrarse,
si tal era posible, ms all de la gracia infinita del Dios ms
misericordioso y ms terrible.

En la noche del da en que comet esta crueldad, despert a los gritos
de incendio. Las cortinas de mi cama estaban convertidas en llamas. Toda
la casa arda. Con gran trabajo pudimos escapar de esta conflagracin mi
mujer, mi criada y yo. Todas mis riquezas desaparecieron
repentinamente, y desde entonces me entregu a la desesperacin.

Estoy por encima de la flaqueza de establecer relacin alguna de causa y
efecto entre el desastre y la atrocidad cometida. Pero refiero una
cadena de acontecimientos y no quiero dejar ningn eslabn incompleto.
Al da siguiente del incendio visit las ruinas. Todos los muros, con
excepcin de uno, se haban desplomado. El que continuaba en pie era la
pared no muy gruesa de una habitacin situada en el centro de la casa, y
contra la cual descansaba antes la cabecera de mi lecho. El estuco haba
resistido all en gran parte la accin del fuego, hecho que atribu a su
reciente aplicacin. Densa muchedumbre se haba apiado cerca de este
muro, y muchas personas parecan examinar cierta parte con viva y
minuciosa atencin. Las palabras "extrao!" "singular!" excitaron mi
curiosidad. Me aproxim, y pude observar la figura de un _gato_
gigantesco grabado como al bajo relieve sobre la blanca superficie. La
impresin se haba fijado all con detalles verdaderamente maravillosos.
Vease una cuerda al rededor del cuello del animal.

Cuando se present por primera vez ante mis ojos esta aparicin--pues
difcilmente poda considerarla de otro modo--mi sorpresa y mi terror
fueron extremados. Pero al fin vino la reflexin en mi ayuda. Record
que haba ahorcado al gato en un jardn contiguo a la casa. A la voz de
fuego, el jardn se llen de gente inmediatamente; y una de aquellas
personas cort sin duda la cuerda de que penda el animal, arrojndolo
a mi aposento por alguna ventana abierta. Probablemente esto se hizo con
el propsito de despertarme. El desplome de los otros muros comprimi
seguramente contra el estuco fresco a la vctima de mi crueldad; y la
cal de la mezcla, combinada con el amoniaco del cuerpo, y por efecto de
las llamas, haba producido la figura que all apareca.

A pesar de que tranquilic prontamente mi razn, ya que no mi
conciencia, acerca del hecho sorprendente que acabo de manifestar, no
dej por ello de hacer profunda impresin en mi mente. Durante largos
meses no pude librarme del fantasma del gato; y en este perodo se
apoder tambin de mi espritu cierto vago sentimiento que se asemejaba
al remordimiento aunque en realidad no lo fuera. Llegu hasta deplorar
la prdida del animal y a buscar a mi alrededor, en los abyectos lugares
que frecuentaba habitualmente, otro favorito de la misma especie y hasta
cierto punto de apariencia semejante para reemplazarle.

Una noche en que me hallaba sentado, medio embrutecido, en uno de
aquellos antros de infamia, atrajo repentinamente mi atencin un objeto
negro que reposaba en lo alto de uno de los enormes barriles de ginebra
o de ron que constituan el principal mueblaje del departamento. Haba
estado mirando fijamente por varios minutos la parte superior del
barril, y lo que causaba mi mayor sorpresa era la circunstancia de no
haber advertido antes el objeto en cuestin. Acerqume, y le toqu. Era
un gato negro, muy grande, tan grande como Plutn y semejante a l en
todos sus detalles con excepcin de uno solo. Plutn no tena un pelo
blanco en ninguna parte del cuerpo, mientras este gato tena un gran
grupo de manchas blancas de forma indefinida que le cubra casi todo el
pecho.

Al tocarle yo, se levant prontamente, comenz a hilar de contento, se
restreg contra mi mano, y pareci deleitarse con mi atencin. ste era
pues el ser que andaba yo tratando de encontrar. Inmediatamente propuse
su compra al tabernero, quien manifest no ser su dueo: no conoca al
gato; jams lo haba visto antes.

Continu acaricindole, y cuando me preparaba a regresar a mi domicilio,
el animal mostr disposicin de acompaarme. Le permit hacerlo as,
detenindome de vez en cuando a darle palmaditas antes de proseguir.
Cuando llegamos a la casa se domestic inmediatamente, haciendo al punto
grandes migas con mi mujer.

Por lo que a m toca, pronto sent despertarse dentro de m cierta
antipata por el animal. Era justamente lo contrario de lo que esperaba;
pero, no s cmo ni por qu, su evidente afeccin me repugnaba y me
hastiaba. Poco a poco este sentimiento de tedio y repugnancia se
convirti en odio acerbo. Evitaba al animal; pero cierta sensacin de
vergenza y el recuerdo de mi crueldad anterior me impedan maltratarlo.
Durante varias semanas no lo golpe, ni lo trat con violencia en forma
alguna; pero gradualmente, muy gradualmente, llegu a mirarlo con
aversin intolerable, y a huir en silencio de su odiosa presencia como
de un hlito pestilente.

Lo que aument indudablemente mi aversin por el animal fu el
descubrimiento, a la maana siguiente de haberle trado a casa, de que,
a semejanza de Plutn, se hallaba privado de un ojo. Esta circunstancia,
sin embargo, lo hizo ms caro a mi mujer, quien, como dije antes, posea
en alto grado aquella humanidad de sentimientos que haba sido en otro
tiempo uno de mis rasgos distintivos y fuente de muchos sencillos y
puros placeres.

Con mi odio por el gato pareca aumentar, sin embargo, su predileccin
por m. Segua mis pasos con pertinacia tal que sera difcil hacer
comprender al lector. Dondequiera que me sentase se acurrucaba bajo la
silla o saltaba sobre mis rodillas cubrindome de sus repugnantes
caricias. Si me levantaba a pasear, se meta entre mis pies casi
hacindome caer; o clavando en mis vestidos sus largas y afiladas
garras, se encaramaba de este modo hasta mi pecho. En tales momentos,
aun cuando hubiera deseado aplastarlo de un golpe, sentame cohibido
para hacerlo, parte por el recuerdo de mi crimen anterior, mas
principalmente, dejadme confesarlo al fin, por el _terror_ absoluto que
me inspiraba el animal.

Este terror no era precisamente de dao fsico; y sin embargo, no sabra
cmo definirlo. Me siento casi avergonzado de confesar (s, aun en esta
celda de criminal, estoy casi avergonzado de confesar) que el espanto y
el horror que el gato me inspiraba se aumentaban por una quimera de lo
ms fantstica que es posible imaginar. Mi mujer me haba llamado la
atencin ms de una vez sobre la ndole de la mancha de pelo blanco de
que he hablado, y que constitua la nica diferencia visible entre este
extrao animal y el que yo haba ahorcado. El lector recordar que esta
marca, aunque grande, era al principio indefinida; mas por pequeos
grados, grados casi imperceptibles, y que mi razn luch mucho tiempo
por rechazar como fantasas, haba asumido al fin rigurosa claridad de
lneas. Representaba ahora un objeto que me estremezco de nombrar; y por
eso, sobre todo, aborreca y tema, y me habra librado del monstruo de
buena gana, _si me hubiera atrevido;_ representaba ahora, deca, la
imagen de algo espantoso, una cosa horrible, el _Patbulo!_--oh,
lgubre y funesta mquina de horror y de crimen, de agona y de muerte!

Y me encontraba yo verdaderamente desventurado, ms all de los lmites
de miseria que es dado soportar a la pobre humanidad. Y haba de ser
una bestia irracional, a cuyo semejante destru con menosprecio; haba
de ser una _bestia irracional_ quien me causara a _m_, a m, un hombre,
formado a imagen del supremo Dios, este sufrimiento intolerable! Ah!
Ni de da ni de noche volv jams a saborear la bendicin del descanso!
Durante el da la bestia no me dejaba solo un momento; y en la noche
despertaba a cada instante de sueos de terror insuperable para sentir
sobre mi rostro el ardiente aliento de _la cosa_, y su flcido peso
oprimiendo eternamente mi corazn como pesadilla encarnada que no tena
el poder de sacudir!

Bajo la presin de tortura semejante sucumbieron los pocos restos del
bien dentro de m. Los malos pensamientos eran mi sola compaa, los ms
negros y depravados pensamientos. La acostumbrada irritabilidad de mi
carcter aument hasta el aborrecimiento de todas las cosas y de toda la
humanidad; mientras mi mujer, sin una queja, era ay de m! la vctima
diaria y paciente de los sbitos, frecuentes e incontenibles arranques
de furia a que entonces me abandonaba ciegamente.

Un da me acompaaba ella en algn recorrido casero por los stanos del
viejo edificio que nuestra pobreza nos compela a habitar. El gato me
segua por las escaleras, y hacindome casi precipitar, me exasper
hasta la locura. Cogiendo un hacha, y olvidando en medio de mi ira el
terror infantil que hasta entonces haba detenido mi mano, asest un
golpe al animal, que le habra sido fatal instantneamente a caer como
yo lo deseaba. Pero la mano de mi mujer desvi el golpe. Arrastrado por
su intervencin a ira ms que demoniaca, desas el brazo que ella me
sujetaba y hund el hacha en su cabeza. Cay muerta en el sitio, sin un
gemido.

Cometido el horroroso asesinato, me dediqu sin tardanza y con entera
deliberacin a la tarea de ocultar el cadver. Saba bien que no podra
sacarlo fuera de la casa, ni de da ni de noche, sin correr el riesgo de
ser observado por los vecinos. Diversos proyectos se presentaron a mi
imaginacin. A veces pensaba en cortar el cuerpo en menudos fragmentos y
hacerlos desaparecer por medio del fuego. Otras, resolva cavar una
sepultura en el suelo del stano. Luego, deliberaba sobre si sera
conveniente arrojarlo al pozo del patio; o empacarlo como mercadera en
un cajn con los requisitos acostumbrados, y buscar un mozo de cuerda
que lo sacara fuera de la casa. Finalmente di con lo que me pareci
expediente mejor que todos los anteriores. Determin emparedarlo en el
stano, como se dice que hacan con sus vctimas los monjes de la edad
media.

La cueva se adaptaba muy bien para tal objeto. Sus muros estaban
construdos con gran solidez, y recientemente haban sido revocados con
una mezcla que la humedad de la atmsfera no haba dejado endurecer.
Exista, adems, en uno de los muros una protuberancia causada por
cierta falsa chimenea u hogar que se haba rellenado para nivelarla con
el resto del stano. No puse en duda el que fcilmente se podra remover
los ladrillos en aquel sitio, colocar all el cuerpo y disponer el muro
en su forma primitiva de manera que nadie pudiera percibir nada
sospechoso.

Mis clculos no me engaaron. Con ayuda de una barra de hierro arranqu
fcilmente los ladrillos, y depositando cuidadosamente el cadver contra
la pared interior, lo mantuve en esta posicin mientras que, con poco
trabajo, volva a rehacer el muro conforme se encontraba anteriormente.
Procurndome argamasa, arena y filamentos con las precauciones
posibles, prepar un compuesto que no pudiera distinguirse del enlucido
antiguo y lo coloqu esmeradamente sobre el nuevo enladrillado. Al
concluir, me sent satisfecho de mi obra. El muro no ofreca la ms
ligera seal de haberse removido. Recog los fragmentos del suelo con el
cuidado ms minucioso. Mir triunfante en torno y me dije a m mismo:
"Aqu, por lo menos, mi labor no ha sido en vano!"

Me preocup en seguida de buscar al animal que haba causado tanta
desventura, porque al fin haba resuelto firmemente deshacerme de l. Si
me hubiera sido dado encontrarle en aquel momento, su suerte no habra
sido dudosa; mas pareca que el taimado gato, alarmado por la violencia
de mi clera, evitaba afrontar mi actual disposicin. Es imposible
describir o imaginar la intensa sensacin de reposo bienaventurado que
produjo en mi pecho la ausencia de esta detestada criatura. Tampoco
apareci en la noche; y as, por una vez siquiera, desde su llegada a la
casa, dorm con sueo profundo y tranquilo; _dorm_, ay, a despecho del
asesinato que pesaba sobre mi alma!

Transcurrieron el segundo y el tercer da, y mi atormentador no se
present. Respir de nuevo como hombre libre. El monstruo, en su
terror, haba abandonado la casa para siempre! No lo vera ms! Mi
felicidad era suprema! La perversidad de mi negro crimen me molestaba
apenas. Tuvieron lugar algunos interrogatorios que fueron contestados
fcilmente. Aun se procedi a una pesquisa; mas, por supuesto, nada
pudieron descubrir. Crea ya asegurada mi felicidad futura.

Hacia el cuarto da despus del asesinato, se present en la casa
inopinadamente un grupo de la polica y procedi de nuevo a verificar
rigurosa investigacin en el edificio. Seguro como me hallaba de que mi
escondrijo era inescrutable, no sent preocupacin alguna. Los oficiales
me ordenaron acompaarles en su pesquisa. No dejaron rincn ni esquina
sin escudriar. Al fin, por tercera o cuarta vez bajaron al stano. Ni
uno slo de mis msculos se conmovi. Mi corazn lata tranquilamente
como el de aquel que duerme en la inocencia. Pase la cueva de un
extremo al otro. Haba cruzado los brazos sobre el pecho y vagaba sin
inquietud de ac para all. La polica se mostr enteramente satisfecha
y se preparaba ya a partir. El jbilo era demasiado grande en mi corazn
para poder refrenarlo. Me quemaba por decir algo, una palabra de triunfo
siquiera, para afirmar ms an la certeza de mi inocencia.

"Caballeros," dije al fin, cuando el grupo comenzaba a subir las
escaleras, "estoy deleitado al ver que vuestras sospechas se han
desvanecido. Os deseo salud y un poquillo ms de cortesa. A propsito,
caballeros, sta es una casa muy bien construda." (En mi rabioso deseo
de decir algo con desenvoltura, apenas saba ya lo que hablaba). "Hasta
dir _admirablemente_ bien construda. Estos muros--os vais,
caballeros?--estos muros estn edificados con gran solidez;" y entonces,
por puro frenes de bravata, golpe pesadamente con un bastn que
llevaba en la mano la misma construccin de ladrillos tras de la cual se
encontraba el cadver de la esposa de mi alma.

Pero as me libre Dios y me defienda de las fauces del Enemigo! Apenas
la repercusin de los golpes se ahog en el silencio, cuando una voz
contest dentro de la tumba! Un gemido, ahogado e interrumpido primero y
semejante al llanto de un nio, que pronto se elev convirtindose en
grito largo, fuerte y sostenido, completamente anormal y nada humano; un
alarido, un chillido lamentoso, mitad de horror y mitad de triunfo, como
puede orse brotar solamente del infierno, reuniendo el grito de agona
de los condenados y la exultacin de los demonios por su condenacin.

Sera locura hablar de mis sentimientos. Desfalleciente, retroced
titubeando hasta el muro opuesto. Por un momento qued inmvil el grupo
en las escaleras a causa de su extremo horror y espanto. En el momento
inmediato una docena de brazos robustos atacaba el muro. Cay
completamente. El cadver, ya descompuesto, y cubierto de grumos de
sangre coagulada, permaneca erguido ante los ojos de los espectadores.
Sobre su cabeza, con la roja boca distendida, y echando fuego por su
nico ojo, estaba la asquerosa bestia cuya astucia me indujo al
asesinato, y cuya voz informe me entregaba al verdugo. Haba emparedado
al monstruo dentro de la tumba!




UN DESCENSO POR EL MAELSTRM

     Los mtodos de Dios, tanto en las manifestaciones de la naturaleza
     como en las de su providencia, no se asemejan a los _nuestros;_ ni
     los modelos que forjamos corresponden en manera alguna a la
     inmensidad, la sublimidad y la inescrutabilidad de sus obras, _ms
     profundas an que el manantial de Demcrito._

     --JSEPH GLNVILL.


Habamos llegado a la cima de la roca ms elevada. Durante algunos
minutos pareci el viejo demasiado exhausto para hablar.

"No hace mucho," dijo al cabo, "que hubiera podido yo guiaros en esta
ruta tan bien como el ms joven de mis hijos; pero hace cerca de tres
aos que me ocurri un incidente que jams ha sucedido a mortal alguno,
o por lo menos, el hombre a quien le aconteciera no ha sobrevivido para
contarlo; y las seis horas de angustioso terror que sufr entonces me
destrozaron de cuerpo y alma. Vos me creis un anciano; mas no lo soy.
Menos de un da fu necesario para cambiar en blancos estos cabellos que
eran negros como el azabache, para debilitar mis miembros y aflojar mis
nervios hasta el punto de que tiemblo al menor esfuerzo y me asusto de
una sombra. Imaginis que apenas puedo mirar desde este pequeo
acantilado sin sentirme desvanecido?"

El "pequeo acantilado" de que hablaba, y sobre cuyo pice habase
tendido negligentemente a descansar de manera que la parte ms pesada de
su cuerpo colgaba fuera, protegindose nicamente contra la cada con
uno de sus codos que apoyaba en su escurridizo borde; este "pequeo
acantilado" era un peasco que se elevaba sobre un escarpado precipicio
de rocas negras y pulidas, a mil quinientos o mil seiscientos pies sobre
el mundo de escollos que se divisaba abajo. Nada me habra decidido a
acercarme a media docena de yardas de su margen. En realidad, sentame
tan profundamente emocionado por la peligrosa posicin de mi compaero,
que me tir al suelo de largo a largo, prendido de los arbustos que
tena cerca, y sin atreverme a mirar ni tan siquiera el cielo, mientras
luchaba en vano conmigo mismo para persuadirme de que las propias bases
de la montaa no estaban en peligro con la furia del viento. Pas largo
tiempo antes de que pudiera raciocinar lo suficiente para cobrar el
valor de sentarme y mirar a la distancia.

"Debis desprenderos de esas fantasas," deca el gua, "porque os he
trado aqu para que podis gozar del mejor punto de vista para apreciar
el suceso a que antes hice alusin, y referiros la historia completa
mientras contemplis el paraje a que se refiere.

"Nos encontramos," continu, con aquella peculiar manera que le
distingua, "nos encontramos muy cerca de la costa noruega, a los
sesenta y ocho grados de latitud, en la gran provincia de Nordland, y en
el funesto distrito de Lofoden. La montaa sobre cuya cima nos
encontramos es Helseggen, la Nebulosa. Ahora alzaos un poquillo, cogeos
de la hierba, si os sents desvanecido, as, y mirad el mar detrs de la
zona de vapor que nos rodea."

Mir aturdidamente, y pude contemplar una ancha extensin del ocano,
cuyas aguas tenan tal color de tinta que me hizo recordar
inmediatamente los relatos del _Mare Tenebrarum_ del gegrafo nubio. La
mente humana no podra concebir paisaje ms desolado. A derecha e
izquierda, tan lejos como la vista poda abarcar, extendanse, semejando
los baluartes del universo, hileras de pavorosas rocas negras y
escarpadas, cuyo lgubre aspecto se realzaba poderosamente con el
bramido del oleaje que estrellaba contra ellas su blanca y fantstica
cresta, aullando y lamentndose por toda la eternidad. Exactamente
frente al promontorio sobre cuyo pice nos encontrbamos, y a distancia
de cinco o seis millas en el mar, poda distinguirse una isla pequea y
blanquizca; o hablando con ms propiedad, poda discernirse su posicin
por la violencia de la marejada que la envolva. A dos millas ms o
menos en direccin de tierra, levantbase otro islote ms pequeo,
horriblemente escarpado y estril, y circundado a diversos intervalos
por un hacinamiento de negras rocas.

El aspecto del ocano, en el espacio comprendido entre la playa y el
islote ms distante, era muy inusitado. Aun cuando en aquel momento
soplaban rfagas de viento tan violentas hacia tierra que un bergantn
al largo, muy lejos, se mantena con todos los rizos tomados, y su casco
entero se hunda constantemente fuera de la vista, no haba, sin
embargo, el menor oleaje, sino simplemente una especie de rpido, corto
y enfurecido movimiento del agua en todas direcciones, tanto en sentido
del viento como hacia cualquier otro lado. Apenas se vea espuma,
excepto en la inmediata proximidad de las rocas.

"La isla que se ve a la distancia," resumi el anciano, "es llamada
Vurrgh por los noruegos. La otra, a la mitad del camino, es Mskoe.
Aqulla, a una milla al norte, es Ambaaren. Ms lejos estn Islesen,
Htholm, Keldhelm, Suarven y Bckholm. Ms all todava, entre Mskoe y
Vurrgh, se encuentran tterholm, Flimen, Sandflesen y Stockolm. stos
son los verdaderos nombres de las islas; pero la razn por la cual se
haya pensado en denominarlas todas es cosa que vos no podris comprender
ni la comprendo yo tampoco. Os algo ahora? Notis algn cambio en el
agua?"

Hara diez minutos ms o menos que nos encontrbamos en lo alto de la
roca de Helseggen, hasta donde habamos subido por el interior de
Lofoden, de manera que no pudimos ver el mar hasta que se ofreci de un
golpe a nuestros ojos desde el pice. En tanto que el viejo hablaba,
adverta yo un fuerte ruido que iba en aumento, semejante al estruendo
de un enorme rebao de bfalos en alguna pradera americana; notando al
mismo tiempo que el movimiento que los marinos denominan el _escarceo_
del ocano, convertase rpidamente a nuestra vista en una corriente que
se diriga al este. Ante mis propios ojos adquira esta corriente
monstruosa velocidad. Cada minuto aumentaba su rapidez, su impetuosa
precipitacin. En cinco minutos el ocano entero hasta Vurrgh hallbase
posedo de furia desenfrenada e indomable; pero sobre todo entre Mskoe
y la costa dominaba el tumulto mayor. All el vasto lecho de las aguas
hendase y se rasgaba en mil canales divergentes, estallaba
repentinamente en convulsin frentica, hinchndose, hirviendo,
silbando, girando en vrtices gigantescos e innumerables y
precipitndose en remolinos hacia el este con rapidez que jams asume el
agua, excepto en cadas torrenciales.

En algunos minutos presentse un cambio radical en la escena. La
superficie general se nivel algo ms, desaparecieron los remolinos uno
a uno, mientras se marcaban rayas prodigiosas de espuma donde nada se
vea un momento antes. Estas rayas al fin, extendindose a gran
distancia, entraron a su vez en el movimiento giratorio de los remolinos
desaparecidos y formaron la base de un vrtice mucho ms vasto.
Sbitamente, muy de sbito, todo aquello tom vida definitiva y distinta
en un circuito de ms de una milla de dimetro. El extremo del remolino
se marcaba por una ancha faja de brillante espuma; pero ni una sola
partcula se deslizaba entre las fauces del terrorfico can: cuyo
interior, hasta donde la mirada poda sondear, era un muro de agua,
liso, negro y brillante, inclinndose sobre el horizonte en un ngulo de
cuarenta y cinco grados ms o menos, girando vertiginosamente en redondo
con movimiento ondulatorio y circular, y lanzando a los aires una voz
pavorosa mitad alarido mitad bramido, tal, que ni la potente catarata
del Nigara levanta jams al cielo en su agona.

La montaa temblaba hasta su base, y la roca se bamboleaba. Me arroj de
cara contra el suelo sujetndome de las escasas hierbas, en el exceso de
mi agitacin nerviosa.

"Esto," dije al cabo al anciano, "esto _no puede_ ser otra cosa que el
gran remolino del Maelstrm."

"As le llaman a veces," respondi l. "Nosotros los noruegos le
llamamos Mskoe-strm, por la isla que est a mitad de su camino."

Los relatos ordinarios respecto de este vrtice no me haban preparado a
lo que presenciaba. El de Jons Ramus, quiz el ms detallado entre
todos, no procura la concepcin ms dbil de la magnificencia y horror
de la escena, ni de la intensa y asombrosa sensacin de _novela_ que
confunde al observador. No estoy seguro del punto de dnde presenci el
espectculo el autor aludido, ni del momento en que aquello se realiz;
pero seguramente no ha sido del pice del Helseggen, ni durante una
tempestad. Hay, sin embargo, ciertos pasajes en su descripcin que
pueden citarse en razn de los detalles, aunque su efecto sea
excesivamente atenuado para dar la impresin de esta escena.

"Entre Lofoden y Mskoe," dice el escritor mencionado, "la profundidad
del agua es de treinta y seis a cuarenta brazas; pero del otro lado,
hacia Ver (Vurrgh), esta profundidad disminuye hasta el punto de no
permitir el paso de un buque sin que corra el riesgo de estrellarse
contra las rocas, lo cual sucede aun en el momento de mayor calma. A la
hora del flujo, la corriente barre la zona comprendida entre Lofoden y
Mskoe con rapidez tumultuosa; pero el estruendo de su impetuoso reflujo
hacia el mar podra apenas igualarse por la ms retumbante y temible
catarata; escuchndose este ruido a muchas leguas a la redonda, y siendo
el vrtice o remolino tan vasto y tan profundo, que si algn buque
entrara dentro de su radio de atraccin, sera cogido inevitablemente y
arrastrado hasta el fondo, destrozndose all contra las rocas; y
podran verse los fragmentos arrojados de nuevo a la playa al volver de
la marea. Pero estos intervalos de tranquilidad tienen lugar solamente
en el buen tiempo y a la vuelta del flujo y el reflujo, prolongndose
alrededor de un cuarto de hora, despus de cuyo tiempo se presenta de
nuevo gradualmente la violencia del fenmeno. Cuando la corriente es ms
tumultuosa y su furia se aumenta con alguna tempestad, es peligroso
encontrarse dentro de una milla en aguas de Noruega. Barcas, yates y
buques de mayor calado hanse visto arrastrados por falta de cautela para
mantenerse lejos de su atraccin. Ha sucedido tambin frecuentemente
que encontrndose ballenas cerca de la corriente, hayan sido arrebatadas
por su violencia; y es imposible describir sus bramidos y resoplidos en
aquel momento en medio de sus esfuerzos infructuosos para escapar.
Cierta vez, un oso, tratando de atravesar a nado de Lofoden a Mskoe,
fu cogido y arrastrado por la corriente, mientras ruga de manera
horrible que pudo orse hasta la playa. Gran cantidad de pinos y abetos,
despus de haber sido absorbidos por el remolino, vuelven a aparecer
arriba, tan destrozados y batidos que parece que les hubieran brotado
cerdas. Esto demuestra claramente que el fondo est formado de agudas
rocas entre las cuales se estrellan los objetos de un lado a otro. La
corriente est regulada por el flujo y reflujo del mar que cambia
constantemente cada seis horas. El ao 1645, temprano en la maana del
domingo de sexagsima, rayaba en tal furia el estruendo e impetuosidad
del fenmeno, que las piedras de algunas casas de la costa cayeron por
efecto de su violencia."

Con respecto a la profundidad del agua, no veo cmo haya podido
especificarse en la inmediata proximidad del vrtice. Las "cuarenta
brazas" deben referirse solamente a aquella parte del canal cerca de las
playas de Mskoe o de Lofoden. La profundidad en el centro del
Mskoe-strm debe ser enormemente mayor; y basta para comprobar este
hecho la ojeada que es posible lanzar, siquiera lateralmente, a los
abismos del remolino desde el pico ms alto del Helseggen. Mirando
desde aquella altura el rugiente Phlgeton no pude evitar una sonrisa
al recordar la sencillez con que el honrado Jons Ramus menciona, como
algo muy difcil de creer, las ancdotas del oso y las ballenas; porque
me pareca, en verdad, la cosa ms evidente, que los buques de guerra de
mayor calado que llegaran a encontrarse dentro de esta terrible
vorgine, podran resistirse tanto como una pluma en el huracn y seran
arrebatados inmediatamente, sin la menor duda.

Las hiptesis para explicar este fenmeno, algunas de las cuales me
parecan suficientemente plausibles en lectura, segn recuerdo, se me
presentaban en aquel momento a la imaginacin con aspecto muy diferente
y poco satisfactorio. La idea generalmente aceptada es que este vrtice,
lo mismo que otros tres ms pequeos en las islas de Frroe, "no tiene
otra causa que el choque de las olas al levantarse y al caer, durante el
flujo y el reflujo, sobre un parapeto de rocas y bajos que confina el
agua, de manera que se precipitan all como una catarata; y de
consiguiente, mientras ms sube la marea ms profunda es la cada, y el
resultado lgico es un remolino o vrtice cuya prodigiosa succin est
suficientemente comprobada por menores experimentos." Estas palabras son
de la _Encyclopaedia Britannica_. Krcher y otros imaginan que en el
centro del canal del Maelstrm hay un abismo que penetra el globo y
desemboca en alguna regin remota, el golfo de Botnia se ha indicado
casi definitivamente en cierta ocasin. Esta opinin, frvola en s
misma, era a la que ms se inclinaba mi mente mientras observaba el
fenmeno; y al mencionarla al gua, qued algo sorprendido de orle
decir que aun cuando aquella era la idea casi universalmente acogida a
este respecto por los noruegos, no era la suya, sin embargo. Como
primera proposicin declar, a pesar de todo, su incapacidad de
comprender el fenmeno; y en esto convine con l, pues aunque
concluyente sobre el papel, toda explicacin resulta ininteligible y aun
absurda entre el retumbar del abismo.

"Habis observado bastante el remolino ahora," dijo el viejo, "y si os
arrastris en redondo sobre la roca hasta poneros a sotavento para que
llegue a vuestros odos algo amortiguado el bramido de las aguas, os
referir una historia que os convencer de que tengo motivos para saber
algo del Mskoe-strm."

Me coloqu como deseaba, y el gua comenz:

"Posea yo, en compaa de mis dos hermanos, una embarcacin pequea,
aparejada en goleta, con capacidad de setenta toneladas ms o menos, en
la cual tenamos la costumbre de ir a pescar entre los islotes que
quedan ms all de Mskoe, cerca de Vurrgh. En todas las corrientes
violentas del ocano se encuentra buena pesca en su oportunidad, siempre
que se tenga el valor suficiente para ir a buscarla; pero entre todos
los mozos de la costa de Lofoden, ramos nosotros los nicos que
salamos regularmente a pescar a las islas, como os he dicho. El sitio
acostumbrado por los pescadores est mucho ms lejos, all abajo, hacia
el sur. All se encuentra pesca a todas horas sin gran peligro y es,
por consiguiente, el lugar preferido. Sin embargo, los sitios elegidos
por nosotros, aqu, entre las rocas, ofrecan no slo la ms delicada
variedad de pesca, sino en mucha mayor abundancia; de manera que
frecuentemente conseguamos en un solo da lo que otros ms tmidos en
el oficio no podan reunir en toda una semana. En verdad, esto
representaba para nosotros una especulacin desesperada, en que el
riesgo de la vida era la labor y el nimo responda como capital.

"Guardbamos la goleta en una ensenada a cinco millas ms arriba de la
costa respecto del lugar en que nos encontramos; y en el buen tiempo
solamos aprovechar de los quince minutos de calma para atravesar el
canal principal del Mskoe-strm, muy lejos del vrtice, y ponernos
luego al ancla all por tterham o Sandflesen, donde el reflujo no es
tan violento como en otras partes. Acostumbrbamos quedarnos all hasta
que se aproximaba el momento de la nueva marea, que tenamos en cuenta
para regresar. Nunca salamos a esta clase de expediciones sin contar
con viento firme para el regreso, viento que estuviramos seguros no
haba de fallar; y rara vez nos equivocamos en este punto. Dos veces
solamente en seis aos nos vimos obligados a pasar toda la noche al
ancla a causa de calma chicha, lo que es raro, en verdad, en estos
parajes; y otra vez tuvimos que quedarnos en aquellos sitios, muertos de
hambre, casi una semana, debido a un viento huracanado que comenz a
soplar poco despus de nuestro arribo y que pona el canal demasiado
tempestuoso para pensar en atravesarlo. En aquella ocasin hubiramos
sido arrebatados por el mar, a pesar de todo, pues los remolinos nos
arrastraban en redondo con tal violencia que hubimos de encepar el ancla
y comenzar a rastrearla; hasta que, afortunadamente, entramos en una de
las innumerables corrientes atravesadas que se encuentran hoy aqu,
maana all, la cual nos arrastr a sotavento de Flimen, donde pudimos
abordar.

"No podra relataros la vigsima parte de las dificultades a que nos
veamos obligados a hacer frente en _el terreno_; es mal paraje para
encontrarse all, aun en el buen tiempo; pero nos dbamos maa para
escapar sin accidentes de las garras del Mskoe-strm, aunque en ciertas
ocasiones tena el corazn en la boca cuando suceda que llevramos un
minuto de retraso o de adelanto sobre la marea. A veces el viento no era
tan fuerte al partir como lo habamos calculado, y entonces avanzbamos
menos de lo que habramos deseado, mientras la corriente haca
ingobernable la embarcacin. Mi hermano mayor tena un hijo de dieciocho
aos, y por mi parte, tena yo dos robustos mozos hijos mos. Ellos nos
habran ayudado muchsimo en algunas ocasiones para manejar los remos y
luego para pescar; pero, aun cuando nosotros nos arriesgramos
voluntariamente, no tenamos alma de poner en peligro a los muchachos
porque, hay que decirlo de una vez, el peligro era horrible; sta es la
verdad.

"Dentro de pocos das se cumplirn tres aos desde que sucedi lo que
voy a relataros. Era el 10 de agosto de 18--, da que la gente de este
lado del mundo jams olvidar, porque se desat el huracn ms
formidable que jams envi el cielo. Y sin embargo, toda la maana, y
aun hasta avanzada la tarde, hubo una brisa sudoeste, suave y constante,
mientras brillaba el sol en todo su esplendor; de manera que ni los
marinos ms viejos habran podido pronosticar lo que iba a suceder.

"Nosotros tres, mis dos hermanos y yo, cruzamos hacia las dos de la
tarde en direccin a las islas, y pronto tuvimos casi llena la
embarcacin de pescado fino que, segn todos pudimos notarlo, abundaba
mucho ms aquel da que en todas las ocasiones que podamos recordar.
Eran justamente las siete, _por mi reloj_, cuando levamos ancla para
regresar, contando con atravesar la peor parte del Strm en el
intermedio de calma de las mareas, que sabamos tendra lugar a las
ocho.

"Salimos con viento fresco cuarto estribor, y durante algn tiempo
corrimos el largo a gran velocidad sin soar con peligros, porque no
haba en realidad la ms pequea razn para preverlos. De pronto, nos
cogi en facha una rfaga que vena del Helseggen. Era esto lo ms
inusitado, algo que jams nos haba sucedido, y comenc a sentirme
inquieto, sin saber exactamente el porqu. Pusimos la embarcacin al
viento, pero sin poder absolutamente avanzar a causa de los remolinos; y
estaba ya a punto de proponer que regresramos a ponernos al ancla
cuando, mirando a popa, observamos todo el horizonte cubierto de una
nube singular de color de cobre, que se levantaba con aterradora
velocidad.

"Al mismo tiempo cay la brisa que nos haba cogido y quedamos en calma
chicha, impelidos por la corriente en todas direcciones. Este estado de
cosas no dur, sin embargo, lo suficiente para dejarnos tiempo de
meditar. En menos de un minuto la borrasca estaba sobre nuestras
cabezas; en menos de dos, el cielo se encapot completamente; y con
esto, y la espuma que volaba, volvise sbitamente tan obscuro que no
podamos vernos unos a otros en el barco.

"Sera locura intentar describir huracn tal como el que se desencaden
aquel da. Las ms viejos marinos de Noruega jams haban presenciado
cosa parecida. Habamos dejado diestramente correr las velas antes de
que pudiera cogerlas la borrasca; pero a la primera rfaga del vendaval,
ambos mstiles cayeron por la borda como cortados de un golpe,
llevndose consigo el palo mayor y al ms joven de mis hermanos que se
haba hecho atar por seguridad.

"Nuestro barco era tan liviano como la pluma ms tenue que jams hubiera
flotado sobre el mar. Tena la cubierta completamente corrida, con una
pequea escotilla cerca de la proa, la que siempre acostumbrbamos
cerrar al cruzar el Strm como precaucin contra el mar agitado. Pero en
esta ocasin pudimos habernos ido a pique inmediatamente, porque en
ciertos momentos estbamos completamente cubiertos por el agua. No
puedo decir cmo escap entonces mi hermano mayor, porque jams tuve
oportunidad de averiguarlo. En cuanto a m, tan pronto como nos armamos
a la trinquetada, me tend de plano sobre la cubierta con los pies en la
estrecha regala de la borda del combs de proa, y apretando con las
manos una argolla que haba cerca del palo de trinquete. Simplemente el
instinto me empuj a realizar todo esto, que indudablemente era lo mejor
que poda hacer, pues estaba demasiado trastornado para pensar.

"Por momentos estbamos completamente inundados, como deca, y todo ese
tiempo retena yo el aliento sujetndome en la argolla. Cuando no pude
resistir ms, me levant sobre las rodillas, sostenindome siempre con
las manos, y as logr aclarar un poco mis ideas. En este momento
nuestra pequea embarcacin daba una sacudida, exactamente como un perro
cuando sale del agua, librndose as en cierto modo de las olas. Haca
yo esfuerzos por salir del estupor que me haba dominado y determinar lo
que podramos hacer, cuando sent que alguien me coga del brazo. Era mi
hermano mayor, y mi corazn salt de alegra porque estaba cierto de que
haba perecido entre las olas; pero en seguida toda mi alegra se cambi
en horror porque l, poniendo su boca sobre mi odo, grit la sola
palabra: _Mskoe-strm!_

"Nadie puede comprender lo que sent en aquel momento. Me estremec de
pies a cabeza como si padeciera un violento acceso de calentura. Saba
bien lo que l quera decir con esta sola palabra; saba bien lo que l
trataba de hacerme comprender. Con el viento que nos empujaba, bamos
directamente hacia el remolino del Strm y nada poda salvarnos!

"Como bien comprendis, para cruzar el canal del Strm, tombamos el
camino muy arriba del remolino, aun en tiempo tranquilo, y luego
aguardbamos y espibamos cuidadosamente la marea; pero ahora bamos
impelidos derechamente al abismo, a merced de semejante huracn! Es
posible--pens--que lleguemos all justamente en el intermedio de las
mareas, y entonces habr alguna esperanza; pero en seguida me apostrof
por mi locura de soar con esperanzas de ninguna clase. Saba muy bien
que estbamos perdidos, aunque nuestra embarcacin hubiera sido diez
veces ms grande que un navo de noventa caones.

"Por este tiempo el primer mpetu de la tempestad se haba calmado, o
quiz no lo sentamos tanto porque corramos delante de ella; pero en
todo caso, las aguas que al principio se mantenan bajas por el viento y
continuaban planas y espumantes, levantbanse ahora tan altas como
montaas. Un cambio singular mostrbase tambin en el cielo. Alrededor,
en todas direcciones, estaba todava tan negro como la pez, pero casi
sobre nuestras cabezas se abri de repente una grieta circular de
firmamento claro, tan claro como nunca lo haba contemplado antes, y de
brillante azul profundo, a travs del cual apareca la luna llena con un
resplandor que jams le haba conocido. Alumbraba todo con gran
claridad a nuestro alrededor, mas oh Dios! qu escena la que pona al
descubierto!

"Hice entonces una o dos tentativas para hablar a mi hermano; pero a
causa de algo que yo no poda comprender, el estruendo haba aumentado
de manera que no pude hacerle entender una sola palabra, a pesar de que
gritaba en sus odos con toda la fuerza de mi voz. Entonces sacudi la
cabeza, plido como un muerto, y levant uno de sus dedos como si
dijera: _Escucha!_

"Al principio no pude comprender lo que quera decir, mas luego un
horrible pensamiento me asalt. Saqu el reloj de mi faltriquera. No
andaba. Mir la esfera a la luz de la luna, y romp a llorar mientras lo
arrojaba a lo lejos en el ocano. _Se haba parado a las siete!
Estbamos atrasados respecto de la marea, y el remolino del Strm
estaba en plena furia!_

"Cuando un barco est bien construdo, debidamente trincado y no lleva
demasiado lastre, parece que las olas se deslizan bajo su quilla en una
fuerte borrasca mientras las corre a lo largo, lo cual provoca la
admiracin de la gente de tierra, y es lo que en jerga marina se llama
_correr las olas_.

"Bien; hasta entonces habamos corrido el mar con bastante habilidad;
pero en aquel momento nos cogi un gigantesco golpe de agua exactamente
bajo la bovedilla, y nos arrebat conforme se elevaba, arriba, arriba,
como si fuera a llegar hasta las nubes. Jams hubiera credo que una ola
pudiera levantarse a tal altura. Y luego camos con un mpetu, un
declive y una sacudida tal que me hizo sentir nuseas y vrtigos como si
me precipitaran en sueos de lo alto de una gran montaa. Pero mientras
estuvimos arriba tuve tiempo de arrojar una rpida ojeada alrededor, y
esta ojeada fu ms que suficiente. Comprend en un momento nuestra
posicin exacta. El abismo del Mskoe-strm se encontraba a un cuarto de
milla de distancia; pero era tan semejante en aquellos momentos al
Mskoe-strm de todos los das como puede asemejarse el remolino que
veis ahora a un simple canal de molino. Si no hubiera sabido dnde
estbamos y lo que se nos esperaba, no habra reconocido el lugar. Como
estaban las cosas, cerr los ojos involuntariamente por el horror. Mis
prpados apretronse uno contra otro como en un espasmo.

"No habran transcurrido ms de dos minutos cuando sentimos amansarse
las olas sbitamente y nos encontramos envueltos en espuma. El barco di
una media vuelta cerrada sobre babor y se dispar como un rayo en su
nueva direccin. En el mismo instante el ruido fragoroso del agua se
ahog completamente en una especie de trmulo alarido, semejante al que
se podra imaginar lanzado por los tubos de escape de un millar de
barcos dejando todos escapar el vapor al mismo tiempo. Estbamos
entonces en el cinturn de marejada que rodea siempre al remolino; y yo
pensaba, por supuesto, que un momento ms nos precipitara en aquel
abismo que podamos discernir slo de manera indistinta a causa de la
enloquecedora velocidad con que ramos arrastrados. El barco no pareca
absolutamente hundirse en las aguas, sino deslizarse sobre la superficie
del oleaje como una burbuja de aire. Su lado de estribor daba al
remolino, y el de babor ocultaba a nuestra vista el mundo de ocano que
habamos dejado atrs Elevbase como un gran muro movible entre nosotros
y el horizonte.

"Puede parecer extrao, pero, sin embargo, yo me senta ms dueo de m
cuando nos encontramos en las mismas fauces del vrtice que cuando nos
aproximbamos a su horror. Habiendo perdido toda esperanza, me libr de
gran parte de aquel terror que me inutilizaba al principio. Sospecho que
fu la desesperacin lo que templ mis nervios.

"Quiz creeris que soy jactancioso, pero lo que digo es la pura verdad.
Comenc a meditar cun magnfico era morir de esta manera, y qu gran
locura era la ma en detenerme en mezquinas consideraciones sobre mi
propia vida en presencia de esta maravillosa manifestacin del poder de
Dios. Creo que enrojec de vergenza cuando esta idea atraves mi
espritu. Pasado algn tiempo, me sent posedo de la ms viva
curiosidad acerca del interior del remolino. Y sent positivamente el
_deseo_ de explorar sus profundidades aun a costa del sacrificio de mi
vida que ello implicaba; siendo mi principal pesar la idea de que jams
podra relatar a mis viejos camaradas de la costa los misterios que
hubiera descubierto. Indudablemente eran stas extraas fantasas para
ocupar la mente de un hombre en tal situacin; y he pensado despus
varias veces que sin duda las revoluciones del barco alrededor del
remolino me haban vuelto algo tonto.

"Otra circunstancia contribuy tambin a devolverme mi sangre fra; y
fu la cesacin del viento que no poda alcanzarnos en esta posicin;
pues, como vos mismo lo podis apreciar, el cinturn de marejada est
considerablemente ms bajo que el nivel general del ocano, que formaba
entonces sobre nosotros una alta, negra y enorme protuberancia. Si jams
habis estado en el mar en ocasin de una borrasca, no podis formaros
idea de la confusin de ideas que resulta del viento y la lluvia
combinados. Ciegan, ensordecen y ahogan, quitndoos toda facultad de
accin o de reflexin. Pero entonces nos hallbamos libres en gran parte
de estas molestias; exactamente como el condenado a muerte goza en su
prisin de las pequeas prerrogativas que le estaban prohibidas cuando
su sentencia era todava incierta.

"Imposible sera decir cuntas veces recorrimos el circuito de aquella
zona. Corrimos en redondo quizs una hora, volando ms que flotando, y
acercndonos gradualmente al centro del remolino, y luego cada vez ms y
ms cerca de su horrendo margen. Durante todo este tiempo no me haba
desprendido del anillo. Mi hermano estaba a popa, sujetndose de un
pequeo barril de agua vaco, atado fuertemente al cuartel de la
bovedilla, y que era el nico objeto que no hubiera sido barrido por el
mar cuando nos cogi el primer golpe del temporal. Al aproximarnos al
borde del abismo, abandon su punto de apoyo y trat de acogerse a la
argolla, de la cual, en la agona de su terror, intentaba separar mis
manos, como si no fuera suficientemente grande para prestarnos a los dos
seguro apoyo. Nunca he sentido pesar tan profundo como cuando le vi
acometer este acto, aunque saba que estaba loco al intentarlo,
furiosamente insano por la fuerza de su terror. No me ocup, por cierto,
de disputarle el sitio. Saba demasiado bien que lo mismo daba que
tuviramos o careciramos de un punto de apoyo; as, le abandon el
anillo y me dirig a popa en busca del barril. No haba entonces gran
dificultad para realizar esto, porque el barco volaba en redondo con
bastante firmeza y equilibrio sobre su quilla, oscilando solamente ac y
all con las inmensas ondulaciones y remolinos del vrtice. Apenas me
haba asegurado en mi nueva posicin, cuando dimos un violento vuelco a
estribor y nos precipitamos en el abismo. Murmur una agitada plegaria y
cre que todo haba terminado. Como senta el agobiador mareo del
descenso, apret instintivamente mi abrazo al barril, y cerr los ojos.
Durante algunos segundos no me atrev a abrirlos, esperando la
destruccin instantnea, y me maravillaba de no sentirme ya en luchas
mortales dentro del agua. Pero transcurri un momento, luego otro. Viva
todava. La sensacin de cada haba cesado, y el movimiento del buque
se pareca mucho al anterior, como cuando nos encontrbamos en el
cinturn de marejada, con la diferencia de que ahora se notaba ms
tendido. Cobr valor, y contempl otra vez la escena.

"Nunca olvidar la sensacin de espanto, de horror y admiracin con la
cual miraba en derredor. El barco pareca colgado como por arte de magia
a media altura sobre el interior de un canal de vasta circunferencia y
maravillosa profundidad, cuyos costados perfectamente lisos podan
haberse confundido con el bano, a no ser por la rapidez vertiginosa con
que giraban en redondo, y por el fantstico y radiante esplendor que
despedan a los rayos de la luna llena, los cuales, desde aquella
abertura circular entre las nubes que antes he descrito, baaban en un
torrente de gloria dorada los negros muros yendo a perderse entre las
ms remotas profundidades del abismo.

"Al principio estaba demasiado confuso para observar nada con atencin.
El despliegue general de aterradora grandeza era todo lo que poda
percibir. Cuando me recobr un poco, sin embargo, mis miradas se
dirigieron instintivamente hacia abajo. En aquella direccin me era
posible obtener una perspectiva libre por la posicin en que se
encontraba la goleta sobre la inclinada superficie del vrtice. El barco
se mantena casi recto sobre su quilla; es decir, la cubierta estaba en
plano paralelo con el agua, pero con declive de ms de cuarenta y cinco
grados, de manera que parecamos acostados sobre la extremidad de
nuestros baos. No pude menos de observar que, a pesar de todo, apenas
tena mayor dificultad para mantenerme en pie y caminar en esta posicin
que si hubiramos estado en un plano horizontal; lo que era debido,
supongo, a la velocidad de nuestras revoluciones.

"Los rayos de la luna parecan penetrar hasta el mismo seno del profundo
golfo; pero no pude ver nada distintamente a causa de una espesa lluvia
en que todo estaba envuelto, y sobre la cual se tenda un magnfico arco
iris semejando el estrecho y vacilante puente que, segn aseguran los
musulmanes, es la nica va entre el Tiempo y la Eternidad. Esta lluvia
o roco, era ocasionada indudablemente por el choque de los grandes
muros al confundirse en el fondo; pero no me atrevo a describir el
alarido que brotaba hasta los cielos desde el centro de aquella
profundidad.

"Nuestro primer salto en el abismo desde la zona espumosa arriba nos
llev a gran distancia en la pendiente; pero el descenso posterior no
segua la misma proporcin absolutamente. Girbamos y girbamos en
redondo, no con movimiento uniforme, sino en vertiginosas sacudidas y
oscilaciones que nos arrojaban a veces solamente unas cincuenta yardas,
mientras nos hacan otras recorrer casi todo el circuito del remolino.
Nuestro progreso hacia abajo en cada revolucin era lento mas
perfectamente perceptible.

"Mirando en derredor sobre la vasta amplitud del lquido color de bano
que nos sostena, pude notar que nuestro barco no era el nico objeto
que flotaba en el mbito del torbellino. Encima y debajo de nosotros
veanse fragmentos de buques, grandes masas de maderaje, y troncos de
rboles, con muchos otros pequeos artculos, como piezas de mueblera,
cajas destrozadas, barriles y duelas. He aludido antes a la
extraordinaria curiosidad que me haba asaltado en lugar de mis terrores
primitivos. Pareca aumentar sta en m a medida que se aproximaba ms y
ms mi fatal sentencia. Comenc entonces a observar con extrao inters
los numerosos objetos que flotaban en nuestra compaa. _Debo_ haber
estado delirante, porque hasta encontraba _distraccin_ en calcular la
velocidad relativa de su variado descenso hacia el espumante fondo. Este
abeto--me sorprend diciendo una vez--ser ciertamente el primero que d
el gran salto y desaparezca; quedando luego desconcertado al ver que los
despojos de un buque mercante holands le tomaban la delantera y se
sumergan primero. Al fin, despus de varios clculos de esta naturaleza
y de advertir que me engaaba en todos ellos, este hecho, el hecho
repetido de mi invariable error, me inspir una serie de ideas que
hicieron nuevamente temblar mis miembros y batir con pesadez mi corazn.

"No era un nuevo terror lo que as me afectaba, sino al contrario la
aurora de una incipiente y alentadora esperanza. Esta esperanza brot en
parte del recuerdo de lo que en otras ocasiones haba presenciado, y en
parte de la observacin del momento. Rememor que gran cantidad del
material flotante regado en la costa de Lofoden haba sido absorbido y
vuelto a arrojar por el Mskoe-strm. En su mayor parte estaban aquellos
despojos horriblemente destrozados, tan aplastados y speros que tenan
solamente la apariencia de un montn de astillas; pero record tambin
que haba algunos que no estaban desfigurados en absoluto. Luego, no
haba a que atribuir esta diferencia, a menos que se supusiera que los
fragmentos destrozados eran los nicos que haban sido _completamente
absorbidos_; y que los otros, sea por haber entrado al torbellino en un
perodo avanzado de la marea o por cualquiera otra razn, haban
descendido tan lentamente despus de su absorcin, que no llegaron al
fondo antes del momento en que cambiara la corriente del flujo o del
reflujo, segn las circunstancias. Conceb por ltimo la posibilidad de
que hubieran sido devueltos de esta manera por el remolino hasta el
nivel del ocano, sin sufrir la suerte de los que entraron primero o
fueron absorbidos con mayor rapidez. Hice, adems, tres importantes
observaciones. La primera fu que, como regla general, mientras ms
grandes eran los cuerpos, ms rpido era su descenso; la segunda que,
entre masas de igual volumen, una esfrica y otra de _cualquiera otra
forma_, la superioridad de velocidad para descender corresponda a la
esfrica; y tercera que, entre dos cuerpos de igual tamao, uno de ellos
cilndrico y el otro de cualquiera otra forma, el cilndrico era
absorbido ms lentamente. Desde mi salvamento, he tenido varias
conversaciones sobre este tema con un viejo maestro de escuela del
distrito; y supe por l lo que significaban las palabras _esfrico_ y
_cilndrico_. l me explic tambin, aun cuando despus haya olvidado la
explicacin, cmo lo que yo observ era verdaderamente la consecuencia
natural de la forma de los fragmentos flotantes; y me mostr cmo
suceda que un cilindro arrastrado en un vrtice ofrece ms resistencia
para la succin y es absorbido con mayor dificultad que otro cuerpo de
igual volumen y de cualquiera otra forma.[7]

"Hubo una circunstancia que hiri mi imaginacin, hacindome adelantar
mucho en la va de estas observaciones y volvindome ansioso de ponerlas
en prctica; y fu que a cada revolucin dejbamos atrs algo semejante
a un barril o quiz la verga o mstil de algn buque, mientras muchos
otros objetos que haban estado a nuestro nivel cuando abr los ojos por
primera vez a las maravillas del abismo, encontrbanse ahora mucho ms
arriba de nosotros y parecan haber avanzado muy poco de su primera
posicin.

"No vacil ms. Resolv atarme fuertemente al tonel vaco que me serva
de apoyo en aquel momento, y lanzarme con l al agua. Trat de llamar la
atencin de mi hermano sealando a los barriles que flotaban cerca de
nosotros, e hice cuanto estuvo en mi poder para explicarle lo que
intentaba acometer. Creo que al fin me comprendi; mas fuera ste o no
el caso, sacudi la cabeza desesperadamente y rehus abandonar su
posicin cerca de la argolla. Era imposible para m llegar hasta l; la
ocasin no admita retardo; y as, con amarga lucha le abandon a su
suerte, atndome al tonel con las mismas cuerdas que le sujetaban a la
bovedilla; y me precipit en el mar sin ms vacilacin.

"El resultado fu precisamente el que esperaba. Como soy yo mismo quien
os relata esta historia; como veis que llegu a escapar; y como conocis
ahora la forma en que realic mi salvacin; y debis, por consiguiente,
anticiparos todo lo que me falta decir, llevar mi historia rpidamente
a su conclusin. Habra pasado una hora o algo as despus que abandon
la goleta cuando, habiendo descendido a gran distancia debajo del sitio
en que yo me encontraba, di tres o cuatro giros violentos en rpida
sucesin y, arrastrando a mi amado hermano en su seno, se precipit de
una vez para siempre en el caos de espuma del abismo. El barril al cual
me haba yo atado hallbase algo ms abajo de la distancia media entre
el fondo del torbellino y el punto en que yo salt fuera del barco,
cuando se present un gran cambio en la ndole del remolino. La
pendiente de los costados se volvi cada vez menos inclinada. Los giros
hicironse menos y menos violentos. Desaparecieron poco a poco la espuma
y el arco iris; y el fondo del abismo pareci elevarse lentamente. El
cielo estaba claro, el viento haba cado, y la luna llena se pona
radiantemente en el oeste cuando me encontr en la superficie del
ocano, en frente de las playas de Lofoden y sobre el sitio en que el
remolino del Mskoe-strm _haba existido_. Era la hora de calma de la
marea, pero todava el mar se elevaba en olas como montaas por efecto
del huracn. Me vi arrastrado violentamente hacia el canal del Strm, y
en algunos minutos me arrebat la corriente abajo, hacia la costa donde
estaban situadas las pesqueras de mis compaeros. Un bote me recogi
exhausto de fatiga y, entonces que el peligro haba ya pasado, mudo por
el recuerdo de su horror. Los que me recibieron a bordo eran mis viejos
camaradas y mis compaeros de todos los das; pero no me reconocieron,
como tampoco habra yo reconocido a un viajero de la regin de las
sombras. Mi pelo, que haba sido negro como el ala del cuervo el da
anterior, estaba tan blanco como lo veis ahora. Dicen tambin que ha
variado toda la expresin de mi fisonoma. Referles mi historia; no la
creyeron. Ahora os la relato a _vos_, sin esperanza de que le prestis
mayor fe de la que acostumbran otorgarle los alegres pescadores de
Lofoden."

 NOTAS:

 [1] El sonido semejante de _antenas y estao_ en ingls provoca
 la equivocacin del negro que no entiende mucho de requilorios de
 pronunciacin.--_La Redaccin_.

 [2] Analoga de sonido y ortografa con kid, que en ingls significa
 cabrito.--_La Redaccin_.

 [3] Nombre anlogo en letras y pronunciacin a _Bishop_, que en ingls
 significa obispo.--_La Redaccin_.

 [4]

    Su corazn es un lad en pendiente,
    Apenas se le roza, vibra.


 [5] Sin pretensiones de traducir en verso las bellsimas rimas de
 Poe, hemos procurado expresar en simple prosa cadenciosa la idea
 encerrada en esta poesa y despertar algo de la emocin buscada por el
 autor.--_La Redaccin_.

 [6] Watson, el doctor Prcival, Spallanzani y especialmente el obispo
 de Llndaff.

 [7] Vase Arqumedes: _De Incidentibus in Fluido_, libro 2.






End of the Project Gutenberg EBook of Cuentos Clsicos del Norte, Primera
Serie, by Edgar Allan Poe

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     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

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electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
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property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
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of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
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LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
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LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
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in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
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WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

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promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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