The Project Gutenberg EBook of Memorias de un hombre de accin: #1 El
aprendiz de conspirador, by Po Baroja

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Title: Memorias de un hombre de accin: #1 El aprendiz de conspirador

Author: Po Baroja

Release Date: October 13, 2014 [EBook #47103]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL APRENDIZ DE CONSPIRADOR ***




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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




             PIO BAROJA

  MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN


  _El aprendiz de conspirador._

  _El escuadrn del Brigante._

  _Los caminos del mundo._

  _Con la pluma y con el sable._

  _Los recursos de la astucia._

  _La ruta del aventurero._

  _La veleta de Gastizar._

  _Los caudillos de 1830._

  _La Isabelina._

  _Los contrastes de la vida._




          MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN

            El aprendiz de conspirador




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                 RAFAEL CARO RAGGIO
                        1920


  Establecimiento tipogrfico de Rafael Caro Raggio.




  PIO BAROJA


  MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN


  EL APRENDIZ
  DE CONSPIRADOR

  NOVELA


  [Ilustracin]


  RAFAEL CARO RAGGIO
  EDITOR
  VENTURA RODRGUEZ, 18
  MADRID




PRLOGO

LAS RECOMENDACIONES DE MI TA RSULA


VARIAS veces mi ta rsula me habl de un pariente nuestro, intrigante y
conspirador, enredador y libelista.

Mi ta rsula, cuya idea acerca de la Historia era un tanto caprichosa,
afirmaba que nuestro pariente haba figurado en muchos enredos
polticos, afirmacin un tanto vaga, puesto que no saba concretar en
qu asuntos haba intervenido, ni definir qu entenda por enredos
polticos.

Yo supongo que para mi ta rsula, tan enredo poltico era la Revolucin
francesa como la ria de dos aldeanos borrachos a la puerta de una
taberna, un da de mercado.

Aseguraba siempre mi ta, con gran conviccin, que nuestro pariente era
hombre de talento, despejado, esta era su palabra favorita, de mala
intencin, astuto y maquiavlico como pocos.

Yo, que he tenido la preocupacin de pensar en el presente y en el
porvenir ms que en el pasado, cosa absurda en Espaa, en donde, por
ahora, lo que menos hay es presente y porvenir, oa con indiferencia
estos relatos de cosas viejas que, por mi tendencia antihistrica y
antiliteraria, o por incapacidad mental, no me interesaban.

Hace unos aos, pocos das despus de la muerte del ex ministro don
Pedro de Legua y Gaztulumendi, a quien se le conoca en el pueblo por
_Legua Zarra_, Legua el viejo, una maana, mi ta rsula, que vena de
la iglesia, vestida de la cabeza hasta los pies de negro, con una
cerilla enroscada, un rosario y el libro de misa en la mano, se me
acerc con apresuramiento:

--Oye, Shanti--me dijo.

--Qu hay?

--Sabes que Legua Zarra ha dejado muchos papeles al morir.

--No saba nada.

--Pues entre estos papeles estn las Memorias de nuestro pariente
Eugenio de Aviraneta. Pdeselas a la Joshepa Iashi, la Cerora, que se
ha quedado con las llaves de la casa, y te las dar, porque sabe dnde
estn.

--Bueno; ya se las pedir--repuse yo, con la indiferencia de un hombre a
quien no preocupa la Historia.

--Debas ver esos papeles--sigui diciendo mi ta--, y hasta
publicarlos.

--Yo no soy editor.

--Qu importa? Publica las Memorias como si las hubieras encontrado o
como si las hubieras escrito t. Legua no se ha de quejar.

--Ah! Claro! Por ahora, al menos, en la vida real no hay la costumbre
de quejarse desde la tumba, y creo que Legua no ser una excepcin a la
regla.

--Pues yo no tendra escrpulo ninguno.

--T, no; pero yo, s. Cada cual tiene sus incompatibilidades. T no
iras ahora por la calle con una flor en el pelo, y, sin embargo, yo la
llevara sin ninguna molestia.

--Siempre ests con esas necedades--dijo Dama rsula, que pensaba que mi
ejemplo de la flor en el pelo era una alusin a sus postizos.

--No, no son necedades--repliqu yo--. El no querer aprovecharse del
trabajo de los dems es una obligacin. Yo no quiero ser como el grajo
de la fbula, que se adornaba con plumas ajenas. Adems, no s si Legua
era un buen prosista. No vaya a desacreditarme.

--Desacreditarte!

Esta exclamacin me mortific. Comprend que Dama rsula haba hablado
con el vicario, que es tradicionalista y buen gramtico, segn asegura
el secretario del Ayuntamiento, y dice a todo el mundo que yo, no slo
no soy un prosista castizo de la vieja cepa castellana, sino que mi
prosa parece traducida del vascuence.

Mi ta, adems de dudar, como el vicario, de la pureza de mi prosa,
dudaba de la pureza de mis intenciones con relacin a lo ajeno.

Para incomodarla un poco, Dama rsula tena la chifladura de los
parentescos, le dije que guardaba mis dudas acerca de que Aviraneta
fuera, en realidad, pariente nuestro.

--Pues no haba de ser!--exclam--. Era primo hermano de don Lorenzo de
Alzate y de tu bisabuela, que era hermana de don Lorenzo. Ahora se puede
decir esto claramente.

--Y antes no? Por qu?

--Porque Aviraneta tena una fama malsima; todo el mundo deca que era
un ateo, un masn, y muchos aseguraban que era un canalla que haba
pertenecido a la Polica.

Esto de hacer sinnimo canalla y polica me pareci una prueba de buen
sentido de mi ta Dama rsula.

--Y qu hizo, en resumen, ese Aviraneta?--pregunt yo.

--Debi de hacer muchas trastadas. Por eso me gustara ver esas
Memorias.

--Y por qu no las lees?--dije yo.

--Es que estn escritas con una letra malsima, con abreviaturas, y no
puedo entender bien lo que dice.

--Y quieres que yo descifre el manuscrito? Por eso me aconsejas que lo
publique? Qu graciosa!

--A ti no te costar nada el leerlo ni el publicarlo.

--El leerlo, el mismo trabajo que a ti, y el publicarlo con mi firma
puede costarme un fracaso literario.

--Qu tontera! Por qu?

--Pueden encontrar que es un libro malo, y no dar nadie fe a mis
explicaciones; pueden creer que Legua es un ser fantstico.

--Bah! De otros libros tambin te habrn dicho que son malos.

--No, no lo creas. Esas son voces que hace correr el vicario.

--Quiz digan que las Memorias de Aviraneta es lo mejor que has
publicado.

Yo protest de esta idea despectiva que, en general, suele tener la
familia del talento literario de sus miembros. Realmente, se puede
creer, sin dificultad, que un pariente sea un buen carpintero, un buen
abogado, un buen mdico; pero que sea un buen escritor, es cosa
inaceptable, a no ser que se haya muerto hace bastantes aos.

--No, no; si yo creo que eres un buen escritor--me dijo Dama rsula,
con su dejo de irona--; por eso quisiera que publicaras t esas
Memorias.

--Pues yo no estoy decidido a firmar un libro que no he escrito.

--Pon algo de tu cosecha; inventa aventuras, otros personajes...

--Eso no es tan fcil.

--No ha de ser fcil! No digas tonteras... Para un hombre tan
despejado como t! Conque ya sabes, si quieres le dir a la Joshepa
Iashi que te lleve los papeles de Legua a tu casa.

--Bueno, est bien.


LOS CUADERNOS DE LEGUA

Se fu mi ta rsula, y al da siguiente se present la sacristana con
tres cuadernos gruesos, de papel de hilo, atados con una cinta de color
de ala de mosca.

No s cunto tiempo los tuve arrinconados, hasta que una vez,
convaleciente del rema, cog el primer cuaderno y lo empec a leer.

A veces el texto se interrumpa, y haba intercalados en l recortes de
peridicos, cartas y proclamas.

Me pareci, a pesar de mi tendencia antihistrica, que algunas cosas no
dejaban de tener inters.

Sospechando si Legua se habra dedicado a fantasear, intent comprobar
los datos y las fechas de sus cuadernos.

Consult algunos libros grandes, por lo menos de tamao, que se ocupan
de historia de Espaa, y, en general, encontr poca cosa de mi asunto.

El ver que en estas Memorias se transcriben pginas de folletos
publicados por Aviraneta, y el ir comprobando otros detalles, me hizo
creer en la autenticidad de la narracin.

Me dirig, buscando esclarecimiento, a dos o tres especialistas en
historia de nuestras revueltas polticas, y me contestaron rotundamente
que Aviraneta no apareca en ellas hasta el ao 33.

Sin embargo, yo lo haba visto en la narracin de Legua peleando, a las
rdenes del cura Merino, contra los franceses, desde 1809; en el ao 21,
ya como oficial, luchando contra el cura, su antiguo jefe, escribiendo
en la misma poca en _El Espectador_, el peridico de los masones,
dirigido por don Evaristo San Miguel, y despus trabajando con el
general Empecinado, para salvar la Constitucin, el ao 23. Luego le
haba encontrado en Grecia, con lord Byron; en Mjico, en la expedicin
del general Barradas, y en 1830 a las rdenes de Mina.

Los acontecimientos de la vida de Aviraneta desde 1833 se encuentran en
los libros viejos y en los peridicos de la poca. La mayora de los que
hablan de l consideran a Aviraneta como un canalla y un traidor.


EL FAMOSO AVIRANETA

El famoso Aviraneta, el clebre Aviraneta, as le llaman los papeles de
su tiempo, era un infame, un bandido, un miserable. Por qu? Aviraneta
era uno de esos hombres ntegros personalmente, que buscan los
resultados sin preocuparse de los medios; Aviraneta era un poltico que
crea que cada cosa tiene su nombre, y que no hay que ocultar la
verdad, ni siquiera aderezarla.

En las sociedades anmicas, dbiles, no se vive con la realidad; se
puede poner la mano en todo menos en los smbolos y en las formas. As,
los reyes y los conquistadores se han llegado a reir de lo humano y de
lo divino; pero han tenido que respetar las ceremonias y los ritos. El
cinismo contra el ceremonial es el que menos se perdona.

Aviraneta quiso ser un poltico realista en un pas donde no se aceptaba
ms que al retrico y al orador. Quiso construir con hechos donde no se
construa ms que con tropos. Y fracas.

Entre tanto charlatn hueco y sonoro como ha sido exaltado en la Espaa
del siglo XIX, a Eugenio de Aviraneta, hombre valiente, patriota
atrevido, liberal entusiasta, le toc en suerte en su tiempo el
desprecio, y despus de su muerte, el olvido.

Si hoy pudiera enterarse de ello, probablemente no le preocupara gran
cosa. El vivi su poca, con sus odios y sus carios, con sus grandezas
y sus oeras, y vivi con intensidad. No debi dar gran importancia al
mundo del pasado ni al mundo del porvenir...

Despus de leer los cuadernos de Legua y de orientarme un poco en la
historia contempornea espaola, ya algo encariado con el tipo de
Aviraneta, no s si por razn de parentesco familiar y espiritual, o por
verlo tan maltratado en algunos libros viejos, me determin a publicar
estas Memorias.

Llena los huecos que haba dejado Legua en su relato, ajust la
narracin a un orden cronolgico ms riguroso, cambi el orden de los
captulos e intent explicar los pasajes obscuros.


LOS COLABORADORES

Ahora ya casi no s lo que dict Aviraneta, lo que escribi Legua y lo
que he aadido yo; los tres formamos una pequea trinidad, nica e
indivisible. Los tres hemos colaborado en este libro: Aviraneta,
contando su vida; don Pedro Legua, escribindola, y yo, arreglando la
obra al gusto moderno, quiz estropendola.

Un filsofo que tenemos en el pueblo, Jos Antonio Iriberri, dice, y yo
no s de dnde lo ha sacado, que en la realizacin de las cosas hay tres
perodos, que l llama hipstasis: la idea, el ser y el llegar a ser.

En la realizacin de este libro, la idea ha sido Aviraneta; el hecho,
Legua, y el advenimiento, yo.

Ya concludo el trabajo, en pleno _advenir_, como dira Iriberri, mand
copiar las Memorias, y con la copia fu a casa del editor.

Este, al ver, en la cubierta el nombre de Legua, torci el gesto, crey
que era de un poeta modernista, y dijo que no le resultaba. Entonces yo,
pensando en el deseo que tena mi pobre Dama rsula de ver publicadas
las Memorias stas, decid aparecer como autor, y para que no me
remordiera del todo la conciencia, aad al texto algunas digresiones,
que no llamo ligeras, porque es posible que al lector le parezcan
pesadas, con el objeto de darme cierto aire de hombre erudito y de lucir
la vastedad de mis conocimientos histricos, filolgicos, antropolgicos
y polticos.




LIBRO PRIMERO

PELLO LEGUA




I

CAMINO DE LAGUARDIA


UNA maana de invierno, un coche tirado por tres caballos pas por en
medio de Uzquiano, y sin detenerse sigui camino de Peacerrada.

El coche haba salido de Vitoria horas antes y llevaba tres viajeros:
una muchachita vestida de blanco, talle alto, gabn, esclavina, gran
sombrero pamela, de moda por los aos 35 al 40; una criada vieja, de
aspecto de duea, enlutada, con peluca rojiza y toca blanca, y un hombre
joven, alto, elegante, vestido de negro, con pantaln estrecho,
entrabillado y sombrero de copa.

El coche era una pequea berlina, con cuatro ruedas, desconchada y con
los cristales rotos; los caballos, tres jacos esculidos y de mal
aspecto, marchaban al trote corto, al comps de los cascabeles de sus
colleras. El cochero tena que parar en todas las ventas del camino, a
mirar los tiros, a arreglar una correa, a dar un encargo; pero la
verdad era que el motivo de sus paradas deba estar ms relacionado con
su capacidad interior que con el coche, porque al volver a montar en el
pescante se limpiaba los labios con el dorso de la mano y pareca ms
animado y alegre.

El coche cruz por cerca de Armentia, y al llegar a un ventorro del
camino, avisados sin duda por los cascabeles de las caballeras,
salieron al paso dos voluntarios realistas, haraposos, y un cabo de
bona blanca. Mand ste detenerse al cochero y pidi el pasaporte a los
que iban en el interior de la berlina.

La muchacha mostr el suyo y el de la criada vieja; el joven elegante
sac sus papeles, y el cabo, al revisarlos, dijo que podan seguir. El
cochero, sin duda, crey que no deba desaprovechar esta parada, y en
compaa de los tres soldados entr en la venta y volvi al poco rato al
pescante.

La carretera, encharcada, llena de agujeros y de zanjas, estaba por
aquella parte intransitable. El agua corra por encima de ella, formando
arroyuelos, y los hierbajos brotaban entre las piedras.

El coche iba dando barquinazos en los montones de tierra y en los hoyos
del camino, marchando en zig-zag de la cuneta de un lado a la de otro.
Pareca que el alcohol que haba ingerido el hombre del pescante iba
llegando a las ruedas del vehculo. El cochero, posedo de una animacin
extraordinaria, cantaba jotas, azotaba a los pencos, y de vez en cuando
miraba hacia el interior del carruaje y se rea.

--Este hombre est loco--exclam la vieja.

--No; borracho nada ms--repuso el joven elegante.


FRENTE A PEACERRADA

Varias veces se haban repetido los saltos y crujidos del vehculo en
los zig-zag violentos que daba, cuando al llegar a poca distancia de
Peacerrada, cerca de una venta, uno de los ejes del coche salt, dando
un estallido y la caja del coche fu inclinndose rpidamente y
hundindose entre las ruedas. El joven sac la cabeza por la ventanilla
y mand al cochero que parase al instante.

El cochero tir de las riendas; los caballos retrocedieron, y el coche
fu a meterse en la cuneta y a dar un topetazo contra un talud de la
carretera. El viajero abri la portezuela y salt al camino; luego ayud
a salir del interior a la nia y a la vieja.

--Este cochero es un salvaje--murmur el joven elegante, y aadi--:
Qu vamos a hacer ahora?

El cochero contempl a los viajeros desde el pescante, sonriendo con su
extraa sonrisa. Luego salt a tierra, entr en la venta, pidi un vaso
de vino, lo bebi de un trago, sali despus y qued contemplando el
coche con una indiferencia notable.

--Esto no se podr arreglar?--pregunt el joven al cochero.

--Esto?

--S.

--Yo, al menos, no s arreglarlo.

--Ya lo veo. Dnde ha aprendido usted el oficio de cochero?

--Por qu lo dice usted?

--Por qu lo voy a decir! Porque dirige usted muy bien.

--Qu vamos a hacer, Dios mo!--exclam la vieja.

--Nos quedaremos aqu--contest la muchacha.

--Parece mentira que digas esas tonteras, Corito! Parece
mentira--replic la vieja, con voz agria.

--Y qu le vamos a hacer! Yo no tengo la culpa.

--Qu pueblo es ste?--pregunt el joven al cochero, que se haba
sentado en un montn de piedras del camino, y pareca ms dispuesto a
dormirse que a otra cosa.

--Este pueblo?

--S. Qu pueblo es?

--Peacerrada... Buen pueblo de pesca.

Y como si el esfuerzo para decir esto le hubiese aniquilado, balbuce
algunas palabras ininteligibles, sonri, inclin la cabeza y se qued
completamente dormido.

Los tres viajeros avanzaron por la carretera hasta un estrecho camino
que suba a Peacerrada. Era una calzada sinuosa, entre dos paredes
llenas de maleza; un verdadero ro de fango y de inmundicias.

La muchachita y la vieja, horrorizadas, afirmaron que por all no se
poda pasar.

--Vamos a ver si hay algn camino ms arriba--dijo el joven.

Siguieron por la carretera y a unos cien pasos se encontraron con otra
calzada, igualmente estrecha y hundida, con las mrgenes pobladas de
zarzas, y el fondo lleno de lodo y de detritus; que echaba un olor
pestilente.

La vieja y la nia encontraron que no se poda cruzar.

--Yo voy a subir al pueblo--dijo el joven--y volver. Si hay posada
donde pararnos, nos quedaremos aqu, y si no, ya veremos lo que se
hace.

--Me parece bien--contest la muchacha--; pero no vaya usted a pie por
ah; se va usted a poner perdido. Tome usted uno de los caballos del
coche.

--Es verdad; eso har.

El joven desenganch uno de los caballos, mont en l y tom el ronzal
como brida.

--Me voy a hundir en esta alcantarilla maloliente--dijo despus, con
aire de indiferencia, dirigindose a la muchacha--; si hubiera que
hundirse en el infierno, por usted lo hara lo mismo. Puede usted
creerlo, Corito.

--Muchas gracias, seor Legua--dijo la aludida, sonriendo.

El joven levant su sombrero de copa y se inclin finamente. Luego hizo
avanzar al caballo por el camino; fu hundindose el animal, hasta dar
con el vientre en el cieno, y sigui hacia adelante, chapoteando en
aquella cloaca, hasta dar en una empalizada que cerraba la muralla.


SE OYE UNA CANCIN

All no se vea a nadie; pero se iba oyendo una voz de alguien que se
acercaba y cantaba, en vascuence, con un aire que estaba muy en boga
entre los carlistas, esta cancin:

      Sargentua, moscorra.
    Charretera gald;
    Nescacha diru emanta
    Berriya erosi d.
    Ay, ay, mutill,
    Chapela gorriya!

(El sargento, borracho, ha perdido la charretera; la chica le ha dado
dinero, y ha comprado una nueva. Ay, ay, muchacho, la bona roja!)

Pello no vea de dnde parta la voz; pero la cancin en vascuence le
indicaba que all haba un paisano, y contest, cantando a media voz:

      Azpeitico nescachac,
    Arrasoyarequin,
    Eztute nai danzatu
    Chapelgorriyaquin.
    Ay, ay, mutill,
    Chapela gorriya!

(Las chicas de Azpeitia, con mucha razn, no quieren bailar con los que
llevan bona roja. Ay, ay, muchacho, la bona roja!)

--_Arrayua!_ Quin canta en vascuence?--dijo la voz de un hombre que
se asom por encima de una tapia de piedras, con un fusil en la mano.

--Soy yo--dijo Pello.

--Usted!

--S, yo.

Y el centinela, porque deba ser centinela, se qued asombrado al ver el
talante de aquel lechuguino que se presentaba caballero en un jaco
esculido.

--Es usted vascongado?

--De Vera. Y usted?

--Yo soy de Oyarzum. Qu le trae a usted por aqu?

--Habr posada en este pueblo?

Posada aqu!--exclam el de Oyarzum, en el colmo del asombro--. Aqu no
hay ms que hambre.

--Pero se puede pasar, o no?

--Pase usted si quiere.


UN PUEBLO TRISTE

Legua se acerc a la tapia; dej el caballo atado a una rama, y salt
por encima de un obstculo formado por palos y piedras. Sali a un
callejn estrecho, cerrado entre dos casas por una pared de poca altura.
Escal sta, y se encontr en una calleja en cuesta, sucia y desierta.
No haba un alma; slo un campesino apareci, a medias, a la puerta de
la casa; Legua se acerc a l; pero el campesino, asustado, cerr la
puerta.

Legua llam.

--Qu quiere usted?--dijeron de adentro.

--Dnde est la posada?

--La posada!--pregunt la voz con asombro.

--S; la posada.

--Ah, en la plaza estaba.

Sigui Legua por la callejuela a una plaza triste, msera y llena de
charcos. Los balcones y ventanas de las casas estaban cerradas con
tablas y con paja; dominaba un silencio angustioso, slo interrumpido
por las rfagas de viento, que hacan golpear la puerta de la iglesia en
la apolillada jamba.

Legua encontr la posada, o lo que haba sido posada, y entr en ella.
Pas a un zagun, obscuro y hmedo, que comunicaba con un patio pequeo,
cubierto de estircol. Una escalera, estrecha y negra, suba al piso
principal. Legua llam, di palmadas; no apareci nadie. Slo un gato
maullaba, desesperado.

De pronto, en el aire estall el sonido estridente de una corneta.
Legua baj al portal y vi un pelotn de soldados que desembocaba en la
plaza.

Era una gente sucia, desarrapada, de malsimo aspecto; aquellos tipos no
eran para inspirar confianza, ni mucho menos; Legua, instintivamente,
se retir del portal. Vi cmo los soldados entraban en la iglesia, en
donde deban tener su alojamiento.

Cuando la plaza qued de nuevo desierta, Legua sali de la posada,
recorri la callejuela y entr por el pasadizo entre dos casas por donde
haba venido, salt por encima de la tapia y se encontr con el de
Oyarzum.

--Qu, encontr usted posada?--le pregunt el paisano.

--No; me marcho.

Legua di al de Oyarzum la nica peseta que tena en el bolsillo, cogi
el caballo, mont en l, y por el fangal del camino sali de nuevo a la
carretera, tan elegante y tan pulcro como haba entrado.

--Podemos ir?--preguntaron la muchacha y la vieja, al mismo tiempo, al
ver a Legua.

--No, no. Imposible. Es un lugar infecto, sucio, negro, con carlistas
desarrapados. Creo que lo mejor es largarse de aqu cuanto antes.

--Nada, vamos a Laguardia--dijo la muchacha.

--Nos vamos a perder en el monte, Dios mo!--exclam la vieja.

--Creo que no hay ms que seguir la carretera--repuso Legua--. Si el
cochero nos dejase los tres caballos!

--Est ah dormido; no hay manera de despertarlo--dijo la muchacha.

--No? Pues mejor. Nos llevaremos los caballos sin decirle nada. Al fin
y al cabo, l tiene la culpa de todo. Lo que necesitaramos sera algo
para comer en el camino.

--Pues compre usted aqu en la venta lo que haya.

--El caso es...

--Qu?

--Que creo que no tengo un cuarto.

--La muchacha tendi el portamonedas al joven, que entr en la venta, y
sali poco despus con un gran trozo de pan, queso y una bota de vino.

--Sabe usted montar, Corito?--dijo Legua.

--No; pero creo que no me caer.

--Yo ir a su lado. Y la seora Magdalena?

--Esa est acostumbrada a andar a caballo.

Legua improvis unas monturas con la manta del cochero y ayud a subir
a Corito y a la vieja sobre los jacos; luego mont l, y comenzaron los
tres a subir, al paso, la cuesta que escala la sierra de Toloo.

Los caballos, cansados, marchaban muy despacio. El tiempo, aunque de
invierno, estaba muy hermoso; en el cielo azul pasaban algunas nubes
grandes, blancas como el mrmol.

Al comenzar la tarde, Corito y la vieja decidieron tomar un bocado,
porque estaban desmayadas. Legua les ayud a desmontar, y se sentaron
los tres al borde de la carretera, cerca de un arroyo de agua muy pura
que bajaba espumante por entre las peas.

Corito estaba encantada y alegre; el aire del campo daba un tono de
carmn a sus mejillas, y en sus labios jugueteaba la risa. El ver a
Legua con su corbatn y su sombrero de copa en medio de aquellos
breales le produca una alegra loca. La vieja refunfu, porque entre
las provisiones no haba ms que pan y queso.

Legua miraba impasible a Corito y senta interiormente un entusiasmo
inslito en l.


APARECE UN PASTOR

Cuando estaban terminando la merienda se present de improviso un pastor
con un rebao de ovejas. Era un hombre de unos cincuenta a sesenta aos,
con la cara ennegrecida por el sol, los ojos azules, de un aire de
candidez y de inocencia extrao, la expresin alegre y sonriente.

--Buenos das, seores--dijo--. Salud.

--Buenos das.

--Se merienda, eh?

--S. Quiere usted tomar pan y queso?--le pregunt Legua.

--Es lo nico que tenemos--repuso Corito.

--Gracias! Muchas gracias!

El joven Legua alarg al pastor un trozo de pan y queso, que comi, y
luego la bota de vino.

--No tiene usted miedo del ganado con estas cosas de la guerra?--dijo
Corito.

--S; por eso ando aqu, oxeando las ovejas, porque me han dicho que va
a venir por estos contornos la tropa de Zurbano.

--Le quitarn a usted muchas ovejas?

--Ah, claro, si pueden!

--Los carlistas, o los liberales?--pregunt Legua.

--Los dos. Unos y otros tienen hambre. A ver, qu vida! Este oficio es
muy _emportuno_, ya se sabe; pero _emportuno_ y todo ms vale cuidar
del ganado que andar matando gente por ah.

--Pero los que matan prosperan y tienen galones y sueldos--observ
Legua--, y usted no prosperar.

--Ya es comprendido--contest el pastor--; pero uno prefiere su pobreza
tranquila a los cuidados y cavilaciones.

--Ms vale que est usted contento.

--Pues contento est uno. Y por qu no? Salud no falta, come uno su
otana, bebe el agua limpia de la fuente, y para qu se quiere ms?

--Cunto tardaremos desde aqu a Laguardia?--le pregunt Corito.

--De aqu, con estos caballos cansados, tardarn ustedes dos horas y
media: media, hasta el puerto, y dos, desde el puerto a la ciudad.
Cuando lleguen ustedes arriba, como hoy est claro, vern desde all
cinco provincias y gran parte de la Rioja. Por eso le llaman a ese sitio
el balcn de la Rioja, porque de l se alcanza todo el pas.


POR EL MONTE

Se despidieron del filsofo pastor; volvieron a montar a caballo y, al
paso, llegaron al puerto. Aquel era el Balcn de la Rioja. Una capa
ligera de nieve cubra el monte. Corra por all un vientecillo serrano,
fro y agudo, que se meta hasta los huesos. Se divisaba desde arriba un
gran espacio de tierra que pareca llano, a pesar de estar constitudo
por una serie de lomas y de cerros. Los caminos, blancos, serpenteaban
por entre las colinas y altozanos apareciendo y desapareciendo,
bordeados a trechos por rboles amarillos y sin hojas.

El Ebro brillaba en varios trozos diseminados por el campo, como pedazos
de espejo, y algunas humaredas azules rastreaban por encima de las
heredades, en el cielo rojo del crepsculo.

Corito entr en una caseta abandonada de algn pen caminero que, sin
duda, los blancos o los negros, o los dos a la vez, haban desvalijado.

--En ltimo trmino, podamos quedarnos aqu a pasar la noche--dijo
Corito.

--Jess, qu ocurrencia! Qu barbaridad!--murmur la vieja.

--No tengas miedo, Magdalena. Era una broma. Seguiremos andando hasta
llegar a Laguardia.

--Dejemos que descansen los caballos y que coman un poco, aunque sea
hierba, y en seguida nos pondremos en marcha--dijo Legua.

--Bueno; esperaremos--repuso.




II

LA LUZ A LO LEJOS


CUANDO montaron nuevamente a caballo comenzaba a anochecer. Sobre el
Ebro surga una niebla blanca y alargada; en el fondo, por encima de la
bruma, se destacaban los picos de la sierra de San Lorenzo, iluminados
por un sol plido. Empezaron a bajar hacia la ribera. A medida que
descendan se iba levantando el paredn negruzco de la sierra de
Cantabria. Haba nevado ligeramente tambin por all. Aparecan los
resaltos de la montaa blancos por la nieve, y los grupos de aliagas y
de zarzas se vean negros y redondos entre la blancura de las vertientes
y de los taludes. El camino tomaba un aspecto siniestro a medida que la
obscuridad dominaba. Grandes piedras parecan avanzar en la sombra a
cerrar el paso; la imaginacin forjaba gente emboscada entre los troncos
de los rboles.

Pasaron por delante de una venta que haba en el cruce de un camino
transversal. A la luz de un farol rojo poda leerse en la pared un
letrero con una flecha al lado. El letrero deca: A Leza.

La noche comenz a llenarse de estrellas; las dos viajeras marchaban
mudas, amedrentadas por el silencio y el aire desierto del campo. Los
cascos de las caballeras sonaban fuertemente en el suelo helado de la
carretera; una herradura, al chocar en las piedras, tintineaba con un
sonido metlico.

En el viento no vena el menor murmullo; slo alguna vez una corneja
graznaba entre los rboles, Legua silbaba suavemente.

Una estrella que brillaba sobre una altura sac a los viajeros de su
mutismo; Corito y la vieja afirmaron que era la ventana de alguna casa
del pueblo; el joven Legua, ms acostumbrado al campo, asegur que era
una estrella. Efectivamente: lo era.

Volvieron de nuevo a marchar en silencio. La vieja empez a murmurar y a
decir que, indudablemente, haban perdido el camino. Legua no quiso
meterse en una discusin intil.

--Vamos bien--murmur.

Pas otra media hora. Se comenz a divisar una colina obscura a la
derecha de la carretera. All deba de encontrarse el pueblo.

Se vi una luz; una mirada en medio de la obscuridad; apareci, parpade
y desapareci en un instante.

La vieja entonces asegur que era una estrella; pero Legua not que por
encima se vea algo negro y rgido.

--Es una luz--exclam--; ah seguramente est el pueblo.

El tono perentorio de Legua hizo murmurar a la seora Magdalena.

Poco despus se fu viendo ms clara la luz, y en el cerro de Laguardia
se destacaron con vaguedad las lneas de la muralla y las siluetas de la
torre de Santa Mara y del Castillo grande.

--Ya estamos--dijo Corito.


ALTO!

Subieron la cuesta, y al avanzar por el raso de la muralla hacia la
puerta de San Juan, el centinela les di el alto.

--Quin vive?--grit.

--Espaa--contest Legua, con voz firme.

--Qu gente?

--Gente de paz.

--Adelante.

Avanzaron hasta la entrada y esperaron.

Se abri la puerta y los viajeros pasaron a un corredor iluminado por un
farolillo.

Un oficial se present.

--Quieren ustedes decirme adnde van?--dijo.

--Nosotros vamos a casa del seor Ramrez de la Piscina--contest
Corito.

--Y usted?

--Yo ir a la posada--dijo Legua--; donde dejar tambin los caballos.

--Los caballos pueden quedar en casa--advirti la seora Magdalena.

--Bueno; pues ir yo solo.

--Entonces, cuando vuelva--advirti el oficial--llame usted. El parador
est fuera de puertas y tiene usted que pasar de nuevo por aqu.

--Llamar. Muchas gracias.

Entraron en el pueblo los jinetes y llegaron hasta la calle Mayor. Se
detuvieron delante de una casa baja con gran alero artesonado, balcn
saliente y puerta ojival, con escudo en la clave.

Legua salt del caballo, y di tres aldabonazos sonoros.

--Quin es?--dijo una voz de mujer desde la ventana.

--Soy yo, Corito--contest a la muchacha.

Pasado algn tiempo se oy el chirriar de un cerrojo y dos o tres
personas se asomaron al postigo. Hubo abrazos y besos entre Corito y los
de la casa. Un hombre abri la puerta por completo e hizo pasar adentro
los tres caballos. Luego la cerr y dej solamente el postigo entornado.

Corito alarg la mano a Legua, y le dijo:

--Muchsimas gracias por todo! Hasta maana, verdad?

--S; hasta maana.

Legua salud con el sombrero de copa muy finamente y qued un rato
mirando la fachada de la casa, en la obscuridad. La ventana, iluminada
en aquel momento, del segundo piso, le atraa. Pas una sombra por ella;
luego se apag la luz.

Legua se acerc al portal de San Juan y sali fuera de la muralla. La
bveda celeste palpitaba llena de estrellas. El joven aspir con fuerza
el aire fro de la noche; despus se acerc al parador, cuyo zagun
estaba iluminado, y entr en l.




III

LA FAMILIA DE LEGUA


PEDRO Legua y Gaztelumendi, Pello Legua, era por esta poca un joven
de veinte aos. Su padre, Pedro Mari Legua, hombre emprendedor, dueo
de una ferrera en Vera de Navarra, contrabandista y minero, era un
liberal decidido. Se haba mezclado en cuestiones polticas, y tuvo que
emigrar, despus de casado y con hijos, y fu a Mjico, donde muri. La
mujer de Pedro Mari, que haba quedado en una posicin poco desahogada,
se cas con uno de Elizondo, y el joven Pello, poco aficionado al trato
de su padrastro, decidi abandonar la casa paterna.

Las dos soluciones ms corrientes de los jvenes del pas vascongado en
aquella poca eran: una, marcharse a Amrica; la otra, ir a la faccin.
Pello estaba ms dispuesto a lo primero que a lo segundo; los Leguas
haban sido muy liberales y Pello no quera abandonar las ideas de sus
ascendientes.

El liberalismo haba sido la causa de la ruina de su familia.


FERMN LEGUA

Pedro Mari tena un primo militar, Fermn Legua, nacido en un casero
prximo a Alzate, llamado Urrola, all por el ao 1787.

Fermn Legua era listo, pero no tena un gran mrito en serlo, Fermn
era de un barrio excepcional, favorecido por las _lamas_ que bajaban
hasta all desde las cuevas de Zugarramurdi. La existencia de las
_lamas_ por aquellos contornos estaba comprobada por muchas personas;
quin las haba odo cantar; quin las encontraba todas las noches
disfrazadas de viejas horribles y sin dientes; quin las haba visto
peinarse sus hermosos cabellos rubios a orillas del arroyo.

Este arroyo se llamaba y se llama Lamiocingoerreca, que quiere decir el
arroyo de la sima de las lamias.

Fermn Legua, nacido al borde de este riachuelo favorecido por aquellas
poderosas damas, no tena gran mrito en ser listo.

Fermn fu guerrillero en la guerra de la Independencia, a las rdenes
de Juregui el Pastor, y despus granadero del cuarto batalln de
Navarra.

A pesar de su valor y a pesar de haber nacido al borde de
Lamiocingoerreca, no tuvo ocasiones de distinguirse, y al final de la
campaa contra el francs, era slo sargento.

Ya mandando alguna fuerza y viendo que la guerra se acababa, quiso hacer
una hombrada. Y para que viera el general Mina, su general, de lo que
era l capaz, con slo quince de los suyos tom a los franceses el
castillo de Fuenterraba.

Pensar que con quince hombres se poda tomar una fortaleza guardada por
soldados franceses era una barbaridad para todo el mundo menos para
Legua. Fermn, que estaba en Vera, reuni a su gente en una taberna y
la areng. Era una de las cosas que ms le entusiasmaba echar un pequeo
discurso.

Despus del discurso encarg a un cabo tuerto, que era de Aya, que
trajera cuerdas y clavos, y por la tarde Legua se puso en marcha con
sus quince soldados por el camino del Bidasoa. Llegaron a Fuenterraba,
y clavando un clavo aqu y otro all, y atando cuerdas, escalaron el
castillo, le pegaron fuego e hicieron prisioneros.

Mina, al saberlo, qued asombrado.

Esta hazaa le vali a Fermn el ser ascendido a subteniente. Se
concluy la guerra, entr Fernando VII en Espaa, se derroc la
Constitucin, y Fermn Legua, que se haba distinguido entre sus
compaeros por sus ideas liberales, comprendi que no poda ascender.

Vino la segunda poca constitucional, y Legua fu ascendido a teniente
del regimiento de Infantera de frica, de guarnicin en Algeciras, y
volvi la esperanza para Fermn de hacer carrera; pero con la reaccin
del ao 23 tuvo que huir de Espaa y perdi todas sus esperanzas.

Fermn era el tipo del aventurero vasco: valiente, audaz, algo
jactancioso, muy comiln, muy bebedor, dispuesto siempre para las
empresas ms difciles. Tena una cara sonriente y llena de viveza, la
nariz larga y torcida, los ojos brillantes, la cara de pillo, maliciosa
y socarrona.

Fermn saba muy poco, apenas poda escribir una carta; pero haba visto
mundo, y lo que no saba se lo figuraba. Un hombre como aqul tena que
influir mucho entre sus amigos aldeanos, y cuando llegaba a Vera, todos
los que sentan una vaga aspiracin liberal iban al casero Urrola a ver
a Fermn y a oirle como a un orculo. Entre sus oyentes, y de los ms
entusiastas, estaba Pedro Mari, el padre de Pello. No eran menos adictos
los mozos de los caseros de Eraustea, de Irachecobere, de Chimista, de
Landachipia, de Cataliecoborda.


LA EXPEDICIN DE MINA

Fermn Legua estaba convencido de que poda contar con sus amigos para
toda empresa liberal, y como era inquieto y audaz, cuando los
constitucionales espaoles, presididos por Espoz y Mina, se reunieron en
Bayona en 1830 y acordaron invadir Espaa por cuatro o cinco puntos y
restaurar la Constitucin, Fermn se ofreci a Mina para entrar el
primero con sus amigos, por el boquete de Vera.

Mina acept, y Fermn Legua fu formando sus huestes. Anduvo de casero
en casero, sacando mozos y llevndolos a Francia. La gente deca que el
dinero con que contaba se lo prestaban los judos liberales de Bayona.

Legua lleg a reunir cincuenta o sesenta hombres, armados con
escopetas. Entre ellos haba diez o doce vasco-franceses; los dems eran
campesinos de la montaa de Navarra y de Guipzcoa.

En Vera se saba quines estaban con l, y se citaba a Pedro Mari, el
padre de Pello; a Zugarramurdi, el contrabandista; a Martn Belarra; a
Erauste, a Landburu; a Landachipia y a otros, entre ellos el leador de
Antula, hombre ste atrevido y valiente, gran cazador de jabales, de
quien la cancin popular dijo, despus de la intentona fracasada de
Fermn:

      Antula dutelaric
    guizn fierr
    ioiz ez du bildurric
    joateco anci

(Contaban con Antula, hombre fuerte, que nunca tuvo miedo para ir
adelante.)

Legua cit a sus hombres en Oleta, y al da siguiente, al comps de un
tambor destemplado, marcharon hacia Espaa. Era una tropa de un aspecto
y de una indumentaria poco comn. Algunos vestan como ciudadanos, de
negro y sombrero de copa; otros, de campesinos, con pantaln corto,
abarcas y bona; no faltaban dos o tres con anguarinas pardas, y otros,
con esa prenda cltica, especie de dalmtica con capucha, que los
pastores vascos llaman _capusay_.

Los expedicionarios, al llegar a la frontera, tomaron por la regata de
Inzola, un arroyo que baja a Francia, cubierto de rboles espesos, cerca
del cual haba antes una vieja ferrera. De la regata de Inzola salieron
a una abertura del monte, conocida en vascuence por Usateguieta, y en
castellano por el Portillo de Napolen. Esta abertura se encuentra entre
dos altos, uno denominado Ardizaco y el otro Artzia o pico del guila.

En el Portillo de Napolen comienza una calzada de piedra, que parece
que es una calzada romana, pero que, segn tradicin popular, fu hecha
por los franceses durante la guerra de la Independencia para pasar los
caones de los ejrcitos imperiales.

Por esta calzada bajaron Legua y su gente hasta un arroyo que se llama
Shantellerreca, y al divisar el casero de Truquenecoborda, mientras los
unos seguan el camino, los otros se desplegaron en guerrilla hacia
Ezpondecoborda. En vista de que no haba enemigos se reunieron todos
delante de la primera casa de Alzate, un casern antiguo, denominado
Itzea, colocado a la izquierda del camino.

Legua mand formar a sus hombres en la plazoleta que hay delante de
este casern.

Era da de fiesta. Haca un tiempo brumoso y obscuro; no se vea a
cuatro pasos; por entre la bruma llegaban tristes las campanadas de la
iglesia de Vera. Algunos hombres y mujeres, que volvan de misa,
quedaron asombrados al ver aquella tropa formada.

Legua mand a veinte hombres que fueran por un maizal hasta la calle de
Alzate, a ver si haba gente apostada en el fortn. Los veinte hombres,
pasando un puentecillo, se alejaron entre la bruma, metindose por en
medio de los maces secos.

Estaban los hombres de Legua en la plazoleta de Itzea cuando la duea
de esta casa, doa Josefa Antonia de Sanjuanena abri el portal y llam
a Fermn.

Doa Josefa Antonia era una viejecita soltera, que viva sola en aquella
antigua casa, y que se dedicaba por entretenimiento a ensear labores a
las muchachas de los caseros.

--Qu haces, chico, con estos hombres?--le pregunt doa Pepita a
Fermn, a quien conoca desde nio.

--Aqu estamos, a ver si de una vez establecemos la Constitucin en
Espaa.

--Pero estis locos. Con tan poca gente! Queris algo? Vino? Queris
almorzar?

--Luego, luego. Ahora retrese usted, doa Pepita--dijo Fermn.

Poco despus se vi a los hombres que haban ido hacia el puente que
volvan perseguidos. Los carabineros del resguardo se acercaron a Itzea
y dispararon algunos tiros, y Legua, imprudentemente, mand contestar a
su tropa. Con esto desobedeca las rdenes de Mina, que esperaba atraer
a los carabineros a su bando.

Legua, por la tarde, entr en Vera, y desde all esper a que llegaran
Mina y Juregui; pasaron los dos, con sus tropas, hacia Irn; el coronel
Valds y Lpez Baos quedaron en Vera, donde se batieron heroicamente
con los realistas. Al cuarto da se supo que la expedicin haba
fracasado por completo; Fermn y sus amigos, viendo la empresa perdida,
disolvieron sus huestes, y unos cuantos, entre ellos el padre de Pello,
se escondieron en el casero Urrola, sin entrar en Francia, porque las
tropas del general Llauder haban avanzado hasta cerrar todos los pasos
de la frontera.


LA CANCIN DE PITHIRI

Pello, a pesar de ser un chico, comprenda la inquietud de su madre en
aquella poca. Unos das despus del choque entre liberales y realistas
salieron de Vera dos compaas de cazadores al mando de un comandante.
Pronto se susurr en el pueblo que iban a perseguir a Legua y a los
suyos.

--Mira, sgueles a los soldados a ver adnde van--le dijo la madre a
Pello.

Las dos compaas cruzaron el pueblo, tomaron por la calle que une a
Vera con Alzate, y al llegar a un puentecito que se llama Subi Mushua
(el puente del Beso), el comandante llam a un viejo medio loco, que
estaba a la puerta de su casucha. Este viejo se llamaba por apodo
Pithiri.

El comandante hizo que se acercara el viejo, y le pregunt:

--Usted sabe dnde est el casero de Urrola?

--Urrola? S, seor.

--Llvenos usted all, y cuidado con engaarnos. Si nos engaa usted, le
pegamos cuatro tiros. Conque cuidado.

Pello vi de lejos cmo hablaba el comandante con Pithiri; pero no pudo
enterarse de lo que decan.

Las dos compaas se dividieron en cuatro pelotones, con el objeto de
rodear el casero de Urrola.

Pello fu delante de la media compaa en que iba Pithiri con el
oficial. Se adelant sta por el barrio de Illecueta. Al llegar a una
taberna, el oficial pidi un vaso de agua con aguardiente, y luego
pregunt al tabernero si aqul era el camino de Urrola. El tabernero
dijo que s.

Se haban parado los soldados a la puerta de la taberna, y Pithiri, que
tena fama de loco, comenz a bailar pesadamente. Rean los soldados y
campesinos, y uno de stos dijo: Canta, Pithiri.

Pithiri enton con voz cascada un zortzico, y despus, dirigindose
principalmente a los campesinos que le oan, y mirndoles con sus ojos
grises, enton esta copla:

      Urrolara, Urrolara,
    Urrolara, guacela.
    Norbaitec ar
    laster agur
    iguesi indezala,

(A Urrola, a Urrola, a Urrola vamos. A ver si alguno, lo ms de prisa
posible, puede escaparse.)

No hizo ms que oir esto, y Pello ech a correr por la orilla de
Lamiocingoerreca, hacia Urrola. Al llegar al casero se encontr a
Fermn Legua y a sus amigos preparndose para huir.

Saban que venan a su alcance los cazadores.

Fermn Legua, ponindole la mano en el hombro a Pello le dijo:

--Pello, cuando seas hombre, acurdate de que tu padre y tu to han sido
perseguidos por defender la libertad.

Pello nada contest.

--Por dnde vas t?--dijo Fermn a su primo.

--Yo, por la regata de Sara--contest Pedro Mari.

--Bueno, pues adis. En Francia nos veremos.

Pello y su padre tornaron juntos hacia el casero Miranda; luego,
torciendo a la izquierda, cruzando por en medio de las heredades,
llegaron a una caada con rboles altos, que llaman Lizuaga. Desde aqu
se vea el camino que va a Francia, y en la caseta de Carabineros,
colocada en la misma muga un pelotn de soldados de guardia.

Padre e hijo esperaron tendidos entre los helechos secos a que
obscureciera, y ya de noche dejaron su escondrijo, pasaron la muga y
entraron en la regata de Sara. La luna brillaba entre los rboles y se
reflejaba en las aguas inquietas del ro. Pedro Mari y Pello encontraron
a unos carboneros franceses, cenaron con ellos y durmieron en su choza.
Al da siguiente continuaron el camino. La maana era hermosa, el cielo
azul; en la falda de Atchuria brillaba Zugarramurdi, y poco despus iban
apareciendo los caseros blancos de Sara.

Por la tarde, Pedro Mari envi a su hijo a Vera.

La expedicin de Mina y, sobre todo, la entrada de Legua, produjeron en
Vera un efecto extraordinario.

En toda la regin fu aqul el comienzo de la lucha del liberalismo
contra el absolutismo; hasta entonces, casi nadie haba odo hablar por
all de liberales ni de masones.


OTRAS CANCIONES

La mayora de la gente era hostil a los constitucionales; un poeta y
carpintero de Alzate hizo contra Legua estos versos, en vascuence, que
corrieron mucho:

      Armada eder bat ecarridigu
    Verara Fermn Leguiac
    Yudu ta sastre protestantiac
    Arc ere eztitu beriac
    Galzaen neurriyac
    Artu diyote espaol cazadoriac
    Galzac bidian lisatu eta
    Escuac trabac lotzec
    Guizon oriyec planta char dute
    Madrid aldera joatec
    Adisquidiac galdu dituzte
    Comisanyura goizec.

(Un hermoso ejrcito nos ha trado a Vera Fermn Legua, judos y
sastres protestantes, que tampoco son los suyos, porque la medida de los
pantalones se la han tomado los cazadores espaoles.

Alisndose los calzones en el camino, las manos para atarse las bragas,
esos hombres tienen mal aspecto, para ir hacia el lado de Madrid. Han
perdido sus amigos el da de todos los Santos.)

Tambin corra por Vera otra cancin contra los liberales, que deca
as:

      Mina eta Archaya bere odolez
    Ucaturican dabilz,
    escu gaistotan paratu naicic
    fede santuaren guiltz,
    eztute oriyec cambiatuco
    gure Jaungoicaren itz.

(Mina y el Pastor (don Gaspar de Juregui) andan negando su sangre,
queriendo dejar en malas manos la llave de la Santa Fe. Tampoco esos
podrn cambiar la palabra de Nuestro Seor.)

Todas esas canciones sola cantar la hermana de la madre de Pello, la
ta Felicitas, furibunda realista; en cambio, la ta Micaela, que era
hermana de Pedro Mari, saba otras canciones liberales como sta, que se
refera a la expedicin de Mina, y que comenzaba as:

      Mina, eta Archaya,
    Fermn veratarra,
    Aurten etorridira
    Espaar,
    Y cusi bear dute
    Beren lurr.

(Mina, el Pastor y Fermn el de Vera, este ao vienen a Espaa, porque
dicen que quieren ver su tierra.)

Y la ta Micaela sola cantar tambin una cancin en honor de los
generales constitucionales, y, sobre todo, de Juregui, de quien deca:

      Don Gaspar de Juregui,
    Villarrealco semia
    ondo gobernatzendu

(Don Gaspar de Juregui, hijo de Villarreal, dirige muy bien su gente.)

Y la cancin tena este estribillo:

      Mina de mi vida,
    Longa de mi amor;
    Don Gaspar de Juregui
    De mi corazn!

Todas las familias que tenan algn pariente en la expedicin de Mina
fueron mal mirados despus por la mayora del pueblo. Pedro Mari Legua,
el padre de Pello, era hombre inquieto, de poca paciencia; no quiso
esperar la eventualidad posible de un indulto, y desde Bayona fu a
Burdeos y se embarc para Mjico, donde muri.

Entonces todos los parientes de la madre insistieron para que se casara
la viuda, y lo consiguieron. El padrastro de Pello era un baztans, un
hombre spero, fantico, tradicionalista. Pello, que oa en su casa
constantemente el elogio de unas ideas contrarias a las de su padre, se
iba haciendo, sin decrselo a nadie, un liberal entusiasta.

Al comenzar la guerra, todos los triunfos de los liberales los tena
como suyos. Cuando su padrastro se entristeca, l se alegraba, y al
contrario.

Un da de a principios de Enero del ao 1835, una compaa de
chapelgorris, al mando de Zuaznavar, entraba en Vera y trababa combate
con otra compaa de carlistas, matando a esta ltima diez y ocho
hombres y dispersando a los dems.

Mientras Zuaznavar mandaba recoger los diez y ocho fusiles y cananas de
los carlistas muertos y preparaba dos camillas para sus dos heridos, se
le acerc el alcalde de Vera.

Le pregunt Zuaznavar por los amigos, y, entre ellos, por Pedro Mari
Legua, y el alcalde dijo cmo haba muerto; y luego, sealando a Pello,
que se encontraba en la plaza, indic:

--Ese chico es su hijo.

Zuaznavar le llam, y Pello estuvo charlando en el grupo de
chapelgorris.

Al saberlo su padrastro no dijo nada; pero puso una cara furiosa.

La madre de Pello, que comprenda que esta hostilidad entre su marido y
su hijo no poda traer nada bueno, envi a Pello a San Juan de Luz,
donde tenan un pariente, y luego a San Sebastin, a una casa de
comercio.

Pello sigui con ansiedad las luchas de Mina y Zumalacrregui en el
Baztn, deseando que el caudillo navarro venciera al guipuzcoano, lo que
no ocurra siempre.

Pello recordaba a su padre y a su to Fermn, a quien no volvi a ver
ms.

Muchos aos despus, al ir a Vera, pregunt por Fermn Legua.

Dos o tres le contaron que Fermn, al frente de los chapelgorris, haba
peleado contra los carlistas y vencido, en Zugarramurdi, al cabecilla
Ibarrola, a quien haba fusilado; se deca tambin que Fermn muri a
manos de unos asesinos, y algunos carlistas furibundos aadan que, por
sus pecados, por haber querido quemar varias veces la iglesia de Vera,
el cadver de Fermn Legua haba sido comido por un perro.




IV

PELLO, ENAMORADO


PELLO se haba distinguido siempre por su actitud serena y filosfica
ante los hechos y ante las personas.

Pello hablaba poco y se apuraba menos; haca sus comentarios interiores
acerca de la Naturaleza, que no le pareca tan respetable como dicen, y
cuando vea que los juicios suyos divergan de los dems, no protestaba.

--Indudablemente, al final, alguien ser el que tenga razn--pensaba.

Este razonamiento le inclinaba a suponer que el tiempo, en ltimo
resultado, lo arregla todo.

Convencido de esta verdad, Pello consideraba muy prudente esperar los
acontecimientos.

Hasta los diez y ocho o diez y nueve aos, el joven Legua estuvo
empleado en un almacn de San Sebastin, donde ganaba treinta duros al
mes. Con este dinero viva en una casa de huspedes bastante buena; iba
con frecuencia al teatro; llevaba pantaln de trabillas, botines
lustrosos, gran corbatn y un magnfico sombrero de copa.

Como Pello era, naturalmente, elegante, tena sus xitos entre las
chicas del pueblo.


LA NIA Y LA VIEJA

Un da, Pello, al salir del almacn donde trabajaba para ir a comer vi
en la plaza de la Constitucin una muchacha vestida de blanco, una nia
todava, acompaada de una vieja. Pello no las conoca. Indudablemente
no eran de San Sebastin. Pello acababa de cobrar su sueldo, y pensaba
en lo poco profundos que son los senos de la casualidad para el hombre
que no tiene ms lastre que treinta duros en el bolsillo.

Mientras rumiaba esta idea vi que la vieja y la nia salan de la plaza
y entraban en la calle del ngel, en el despacho de un consignatario de
buques.

--Voy a ver de nuevo cmo es esta muchacha; a ver si es tan bonita como
me ha parecido antes--se dijo el joven Legua. Y esper paseando arriba
y abajo por la acera.

Sali la muchacha de la tienda y se cruz con Pello. Este, a pesar de su
filosofa, qued extasiado. La chica era realmente bonita, morena,
sonrosada, con unos ojos negros, brillantes.

Pello Legua, asombrado del efecto que le causaba, y sin proponrselo,
fu tras de la vieja y de la nia hasta que entraron ambas en el parador
Real.

--Est de paso en la fonda--se dijo Legua--y se va a alguna parte. La
cuestin sera averiguar adnde va.

El joven Legua tom de nuevo hacia la calle del ngel; iba pasando la
hora de comer; media hora despus deba encontrarse en su escritorio.
Pello se detuvo en una esquina a pensar.

--La verdad es--se dijo a s mismo--que estara bien que yo hiciera una
calaverada. Todos los que me conocen se diran: Parece mentira;
Legua, un muchacho tan serio!


AL AZAR

Pello di unos cuantos pasos y pens si uno de los senos profundos de la
casualidad se encontrara siguiendo a aquella muchacha tan bonita que
tanta impresin le haba causado.

De pronto se decidi, y sin vacilar entr en el despacho del
consignatario.

--A qu hora sale el barco?--pregunt, con aire de indiferencia.

--Qu barco?--dijo uno que escriba detrs de la ventanilla, en tono
brusco.

--El barco que han tomado esta seora y esta seorita.

--Va usted con ellas?

--S; soy de la familia.

--A Santander?

--S. A Santander.

--Un pasaje de primera?

--Eso es.

El de la oficina escribi algo en unos papeles; Legua sac el dinero
que le pidieron, lo dej en la ventanilla y se fu a la calle.

--Cualquiera dira que acabo de hacer un disparate--murmur Pello--, y
quin sabe?; quiz sea lo nico prudente que he hecho hasta ahora.
Adems, que lo mismo da vivir aqu que en otra parte.

Legua fu a su casa; comi, escribi una carta al principal y comenz a
hacer su maleta.

--Realmente--se dijo--, todas estas cosas son intiles. Dejemos la
maleta, dejemos la carta y vamos a tomar el barco.

Pello se present en el muelle, entr en el vapor y se sent a tomar
caf. Poco despus llegaban las viajeras.

El vapor, de ruedas, empez a echar bocanadas de humo por su alta
chimenea; funcionaron las paletas y el barco sali del puerto y comenz
a dirigirse por entre las puntas.

Al dejar la baha, como la mar estaba gruesa, algunos de los pasajeros,
entre ellos la vieja que acompaaba a la nia, se marearon. Pello se
mostr servicial e impasible. La muchachita se ri al ver a este joven
alto, flemtico y atento que la miraba sin pestaear. Crea haberle
visto en San Sebastin; pero no estaba muy segura.

A las dos horas de estar en el barco cambiaron algunas palabras.

--Van ustedes a Santander?--les pregunt Legua.

--S; de all vamos a ir a Laguardia--contest ella.

--A Laguardia de Alava?

--S.

--Cosa extraa!

--Por qu?

--Porque yo tambin voy all.

--Nosotras vamos a quedarnos unos das en Vitoria.

--En Vitoria?

--S; tiene usted algn pariente tambin en Vitoria?

--No; pero si a ustedes no les molesta, me quedar unos das
acompandolas--contest Pello, atrevidamente.

La muchacha se ri y no dijo nada. Pello record que tena un to
segundo, cosechero, en Laguardia, a quien haba escrito, por orden de su
principal, desde San Sebastin, pidindole vinos, y mentalmente murmur:

--Mi calaverada va a parecer el viaje de un comisionista. La verdad es
que las personas serias como yo no pueden hacer disparates.

Llegaron a Santander. La nia y la vieja fueron a una de las mejores
fondas del pueblo y Legua hizo lo mismo.

A pesar de que se vean en la mesa, la muchacha decidi no hablar
mientras estuviese en Santander con Pello. Este supo que la nia se
llamaba Corito Arteaga, y, a pesar de la filosofa del joven enamorado,
el descubrimiento le pareci importantsimo.

Al da siguiente, la vieja y la nia, y Pello de edecn, salieron en
coche para Vitoria. All, Corito tena algunas amigas; Pello gan
terreno, y la acompa, con la vieja criada, por las calles y paseos de
la ciudad alavesa.

Cuando decidi Corito ir a Laguardia, las personas conocidas le
advirtieron que no intentara marchar por el camino recto, porque estaba
ocupado por los carlistas; pero ella dijo que iba a casa de su pariente
Ramrez de la Piscina, hombre de gran influencia en el partido de Don
Carlos, y que no le asustaba pasar por en medio de las balas.

--Usted vendr?--le pregunt Corito a Legua.

--Naturalmente.

En el camino, Corito y Pello se hicieron muy amigos.

Corito cont que su padre haba muerto en el mar, al volver de Mjico, y
su madre en Francia; y dijo que no tena ms parientes que Ramrez de la
Piscina, y un amigo ntimo de su padre, a quien ella llamaba su padrino,
y que viva en Madrid.

Pello dijo quin era y lo que haca. Despus hablaron de la gente de San
Sebastin, de los teatros, de las personas que conocan uno y otro;
luego, de los libros que haban ledo, y Corito cont su vida en el
colegio de Angulema. De pronto, Pello pregunt:

--Y va usted a estar mucho tiempo en Laguardia?

--S; creo que s--contest Corito--. Y usted?

--Yo, probablemente, tambin.

En este momento fu cuando el coche se rompi, y tuvieron que quedarse
los viajeros a pie, en Peacerrada.




V

EN DONDE LEGUA SOSPECHA SI TENDR BUENA SUERTE


A la maana siguiente, al levantarse, Legua sonde un bolsillo del
chaleco, luego el otro, y not, ciertamente, sin gran sorpresa, que no
tena un cuarto. Pens en si valdra la pena de hacer la cuenta de lo
gastado por l en los diferentes puntos del camino, desde su salida de
San Sebastin; pero comprendi, sin mucho trabajo, la inutilidad
manifiesta de este esfuerzo de memoria.

--Cuntas cosas se dejaran de hacer--exclam Pello, mirando
filosficamente su sombrero de copa, puesto sobre la consola--, si uno
tuviera el acierto de comprender con rapidez su inutilidad!

Dicho esto se visti; se encasquet el sombrero de copa y sali del
parador. Haca un da hermoso; el sol brillaba en un cielo sin nubes.

Pello pase, arriba y abajo, por delante de la muralla; se cruz con
unos cuantos curas y vi una coleccin de viejos momias laguardienses,
envueltos en largas capas, que tomaban el sol. Presenci tambin cmo
entraban los soldados de la guardia exterior en el cuartelillo.


EL TO JOS JUAN

Cuando se cans de pasear pens que era tiempo de tomar una
determinacin y se fu a comer. Concluy de comer y pregunt a la
patrona:

--Usted sabe dnde vive don Jos Juan Gaztelumendi?

--El cosechero de vinos?

--S.

--Ah; cerca de la plaza tiene el almacn.

Pello entr en el pueblo por la puerta de San Juan y se dirigi a la
plaza. Pronto di con el almacn de su to.

Abri una puerta de cristales y pas a un sitio largo y estrecho, con un
mostrador, un armario lleno de botellas y una ventana en el fondo. Una
muchacha, vestida de luto, se levant al ver a Legua.

--El seor Gaztelumendi?--pregunt Pello.

--Aqu es--contest la muchacha--. Quiere usted verle?

--S; si no est muy ocupado.

La muchacha recorri el pasillo y llam en una puerta:

--Qu hay?--dijeron de adentro.

--Un caballero que pregunta por ti.

--Que pase.

Pello entr en un despacho, con una ventana grande, donde escriba un
hombre todava joven.

--He tenido que pasar por Laguardia--dijo Pello--, y vengo a visitarle
a usted de parte de su prima Mara, de Vera.

--Hombre! Es usted de all?

--S; yo soy el hijo mayor de Mara.

--Mi sobrino, entonces?

--S.

--Pello?

--Eso es; Pello.

--Me alegro de verte, chico. Anita! Anita!--exclam el seor.

La muchacha de luto, que era una morena de ojos negros muy hermosos,
entr en el despacho.

--Aqu tienes a tu primo Pedro de Vera. Mrale, qu grande y qu guapo!

La Anita se acerc, sonriendo, algo ruborizada.

--Y cmo estn tu madre y tus hermanos?--pregunt el to de Pello.

--Bien. Muy bien. Ya hace tiempo que no les veo. He estado fuera de
casa, en San Sebastin, en un comercio.

--Y qu piensas hacer?

--Tengo pensado ir a Amrica.

--Ests muy decidido?

--No necesito estar muy decidido para ir.

--Sabes tenedura de libros?

--S.

--Y tienes prctica?

--Tambin.

--Llevas dinero a Amrica?

-No.

--Y no te convendra ms hacer aqu unos cuartos antes de marcharte?

--S; pero esto me parece muy difcil.

--Tienes precisin de embarcar en seguida?

--Precisin? Ninguna.

--Te dara lo mismo marcharte dentro de unos meses o de un ao?

--Igual.

--Pues mira, sobrino, si quieres quedarte aqu una temporada, te dar un
buen sueldo y un tanto por ciento. Tengo la contrata de vinos para el
ejrcito y necesito una persona de confianza que me ayude.

--Hay que estar en Laguardia?

--S, y andar al mismo tiempo por los pueblos de al lado entre las
tropas. Es que te da miedo la guerra?

--Miedo? Ninguno.

--Pues mira, piensa y decide; porque yo estoy haciendo gestiones para
buscar un dependiente.

--Decido.

--Qu decides?

--Que me quedo por una temporada.

--Desde cundo?

--Desde ahora mismo, si usted quiere.

--Bueno; pues qudate tambin a comer con nosotros, y a la tarde
empezaremos a trabajar.

Pello encontr que la suerte le favoreca demasiado, dndole una
ocupacin tan pronto; pero si esto casi le pareca fastidioso, en
cambio, la idea de que poda vivir largo tiempo en el mismo pueblo que
Corito le encantaba.


PELLO EN LAGUARDIA

A pesar de que su to le propuso ir a vivir con l, Pello no acept;
deseaba desde el principio gozar de alguna independencia, y se fu de
pupilo a una casa de huspedes, donde solan alojarse varios oficiales
de la guarnicin.

El to Jos Juan era una excelente persona; la prima Anita se
manifestaba muy amable con Pello; pero ste se guard muy bien en los
das sucesivos de galantearla; sus pensamientos ntegros estaban
dedicados a Corito.

Pello hizo efecto en Laguardia. Corito le present a las personas de ms
viso de la ciudad. Conoca, a poco de llegar, a toda la aristocracia
laguardiense. Iba a la tertulia de las seoras de la Piscina, a casa de
los Ribavellosa y Manso de Ziga. Era el _dandy_ de la Laguardia.

Durante el da, Pello trabajaba, y por las tardes, al anochecer, tena
tiempo de pasear. Con mucha frecuencia daba la vuelta al pueblo,
alrededor de las amarillentas murallas.

El contemplar aquella gran explanada desde el cerro donde se levanta la
ciudad le produca a Pello una impresin de vida andariega y aventurera
que le encantaba. Recorrer tierras y tierras a caballo, cambiar de
paisajes constantemente, comer aqu, dormir all, no volver nunca la
mirada atrs, ste hubiera sido su ideal.

Muchas veces, abandonando el libro Mayor y tomando las riendas, en el
cochecito de su to iba a Logroo, a El Ciego, a La Bastida, a Viana,
para los negocios de vinos de la casa, y con frecuencia tena que verse
con los jefes del ejrcito.

Los domingos, por la tarde, Pello acompaaba a Corito y a sus amigas a
dar la vuelta al pueblo, alrededor de las murallas; paseo que no dejaba
de tener sus inconvenientes, porque a veces disparaban los carlistas al
bulto, desde lejos, y llegaba alguna bala perdida.




LIBRO SEGUNDO

LAS TERTULIAS DE LAGUARDIA




I

LAGUARDIA, EL AO DE GRACIA DE 1837


HOY se baja en una estacin del ferrocarril de Miranda a Logroo, y en
un coche, cruzando por El Ciego, se llega a Laguardia, pueblo de esos
que hacen pensar al viajero que all ha quedado una ciudad antigua,
destinada a desaparecer olvidada por los trenes y los automviles.

Laguardia tiene la silueta hidalguesca, arcaica y guerrera. Se destaca
sobre un cerro, con sus murallas ruinosas y amarillentas, al pie de una
cadena de montaas; pared obscura, gris, desnuda de rboles. Este muro
ptreo, formado por la cordillera de Cantabria y la sierra de Toloo,
ofrece en su cumbre una lnea casi recta. Slo hacia el lado de Navarra
muestra un picacho abrupto, el pico de la Poblacin.

Desde el tiempo de la primera guerra civil ac, la ciudad de Laguardia
apenas ha cambiado; un hombre de entonces, bastante viejo para vivir
hoy, la recordara, como si sobre sus piedras no hubiera pasado la
accin de los aos. La nica diferencia que podra encontrar sera ver
la muralla agujereada por ventanas, balcones y miradores; aberturas
stas que en tiempo de la guerra civil primera no existan.

Laguardia, antes y ahora se ve pronto; encerrada en sus altos paredones,
con sus dos iglesias gticas, no ha podido desarrollarse, ha quedada
enquistada, oprimida entre sus viejas murallas de piedra.

Laguardia tiene la forma de barco con la proa hacia el Norte y la popa
hacia el Sur. Cinco puertas abren sus muros al exterior; stas son la de
Santa Engracia, Carniceras, Mercado, San Juan y Paganos.

Todas las calles de la ciudad alavesa se reducen a tres: la de Santa
Engracia, la Mayor y la de Paganos, a la cual la gente del pueblo llama
pganos; no se sabe si porque, en realidad, es ese su nombre, o por un
vago temor a la pagana.

Las dems calles de Laguardia son pasadizos estrechos y hmedos;
callejones sombros, entre dos tapias, donde no penetra jams el sol.


DURANTE LA GUERRA CIVIL

En la poca de la primera guerra civil, Laguardia era uno de los puntos
avanzados del ejrcito liberal, en la lnea del Ebro.

Los carlistas, que dominaban la zona Norte de esta lnea, hacan
constantes apariciones por las alturas de la cordillera de Cantabria y
la sierra de Toloo, y en todos aquellos pueblos y aldeas de la Ribera
luchaban casi constantemente, con alternativas de xito y de fracaso,
las fuerzas enemigas.

El ejrcito, que consideraba a Laguardia como plaza fuerte de
importancia, haba mejorado las antiguas y ruinosas fortificaciones de
la ciudad, construyendo reductos y bateras, reparando la muralla,
emplazando algunos caones modernos.

Haban habilitado tambin los ingenieros el torren de Sancho Abarca;
alto, de cinco pisos, al que llamaban en el pueblo el Castillo Grande;
magnfica atalaya, desde donde se dominaba toda la llanura prxima. Este
Castillo Grande se hallaba en el centro de una plaza de armas,
circunscrita por la muralla, que trazaba a su alrededor un arco de
herradura, avanzando hacia el Norte. Cerca del torren del rey Sancho se
ergua otra atalaya, la torre de Santa Mara, antiguo castillo Abacial.

Estas tres torres del pueblo, la de San Juan, la de Santa Mara y la de
Sancho Abarca servan para el telgrafo de seales con que el ejrcito
se comunicaba con Viana y con otros pueblos de alrededor.

El Castillo Grande daba, por la parte de atrs, a un cobertizo largo,
dirigido de Este a Oeste, donde haba almacenes y depsitos de
municiones, llamados los Generales.

El cobertizo cerraba la plaza de Armas. En sta, por las fiestas y en
perodo de paz, solan correrse toros.

Al Oeste del pueblo, por el lado de Paganos, el muro trazaba hacia el
exterior una lnea convexa, comenzando en las paredes de la torre de
Santa Mara y terminando en una barbacana, que aun se conserva. Esta
lnea convexa se hallaba interrumpida por una serie de cubos con
almenas, denominados los Siete por su nmero.

En aquella poca, fuera del casco no haba en Laguardia ms que dos
edificios: uno, el parador, a pocos pasos de la muralla y cerca de la
puerta de Santa Engracia; el otro, el cuartelillo, entre esta puerta y
la de San Juan, donde se alojaban los soldados de la guardia de
extramuros, y donde hacan el rancho.


LA GUARNICIN

Laguardia tena por entonces un regimiento de guarnicin, con sus
respectivos oficiales, alojados en el Castillo Grande y en sus anejos.
El regimiento estaba destinado nicamente a guardar la plaza y las cinco
puertas del pueblo.

A pesar de que exteriormente pareca pequeo el recinto amurallado de la
ciudad, no lo era tanto; y los soldados y los oficiales tenan bastante
que hacer con vigilar las puertas, los baluartes y toda la lnea
fortificada de la plaza. Cuando haba que operar en columnas por los
terrenos prximos, llegaban ms batallones, que se alojaban en las
casas.

Alrededor de la ciudad, y encerrando el paseo de extramuros, un paredn
recin construdo continuaba la barbacana y rodeaba el cerro sobre el
que se asienta Laguardia.

Los hermosos nogales, que antes daban sombra al paseo exterior, haban
sido talados, para impedir una sorpresa del enemigo.

En aquella poca, Laguardia estaba muy animado: de da, por las calles
se vea mucha gente, sobre todo militar; por las tardes, al Angelus, se
cerraban las puertas de la muralla, y al toque de retreta soldados y
paisanos desaparecan de las calles.

Solamente las personas alojadas en el parador tenan, con alguna
frecuencia, necesidad de entrar y salir. Cuando se crea posible un
ataque, todos, los de dentro y los de fuera, se quedaban en el pueblo.


POR LA NOCHE

Al encenderse los faroles comenzaban las rondas; se pona el retn e
iban colocndose los centinelas. Pocos momentos despus, el soldado que
estaba de guardia en el baluarte de la puerta de San Juan, a la
izquierda de la torre, comenzaba dando el grito: Centinela, alerta!,
y todos los de alrededor de la muralla iban contestando sucesivamente:
Alerta! alerta!. Suba el grito desde los adarves hasta los cubos,
bajaba de nuevo, corra a lo alto de los torreones hasta que llegaba la
vez al soldado de la derecha de la puerta de San Juan, que gritaba:
Alerta est!; lo que indicaba que la lnea se hallaba vigilada y los
centinelas en su puesto.

Cada cuarto de hora, el primer soldado daba su grito de Centinela
alerta!. Si la serie de voces se interrumpa se llamaba al oficial de
guardia para ver si alguno de los centinelas se haba quedado dormido en
su garita o si ocurra novedad.

A pesar de la estrecha vigilancia que se mantena en la plaza, muchas
veces los carlistas de fuera del pueblo hablaban con los del interior.
El procedimiento que usaban era ste: Escogan noches obscuras y
tempestuosas en que soplaba el cierzo, y solan ir varios. Uno se
colocaba en un punto, fuera de la muralla, para preguntar, y la
contestacin, el de dentro de Laguardia se la daba a otro, aprovechando
la direccin del viento. Generalmente tenan que esconderse detrs de
una piedra o de un tronco de rbol, porque el centinela muchas veces
disparaba al oir la voz.

Tambin se aseguraba que haba sitios por donde se poda entrar y salir
de la ciudad sin ser visto. Algunos se rean de estos rumores; pero,
realmente, no deba ser difcil comunicarse con el exterior.

Se haban hecho investigaciones sin resultado; pero los que afirmaban la
existencia de las salidas secretas no se convencieron.

Varias veces que se inici un ataque de los carlistas se vi Laguardia
preparndose para la defensa. Los soldados se fueron colocando en las
trincheras escalonadas que haba alrededor de las murallas; las puertas
se cerraron; las bateras comenzaron el fuego, y los voluntarios,
apostados en las almenas de los baluartes, se dispusieron a rechazar al
enemigo.

Con los medios de entonces, Laguardia era casi inexpugnable; los que
vivan en el pueblo experimentaban la impresin del peligro y, al mismo
tiempo, de la seguridad.


UNA BROMA

Una vez, algunos burlones, probablemente carlistas, soltaron de noche
dos perros con una lata vaca de petrleo atada a la cola; al estrpito,
las cornetas tocaron alarma, y se alborot la ciudad y la guarnicin.

Se sospech del criado de una taberna y de algunos amigos suyos; y como
el coronel del regimiento haba mandado a un capitn hacer indagaciones
para averiguar a los autores de la broma, tres o cuatro mozos, sobre los
cuales recaan sospechas, tuvieron a bien largarse.

En general, por la noche solamente quedaba habilitada para entrar y
salir en la ciudad la puerta de San Juan. Como no haba caseros lejos
ni gran seguridad en las afueras, pasada la hora de la queda nadie sala
de Laguardia, y nicamente, en casos raros, era indispensable abrir la
puerta a los paisanos.


LOS ALREDEDORES

Los campos de los alrededores estaban en aquella poca en el mayor
abandono, y pocas veces se vea trabajar en los viedos y en las
heredades.

En los pueblos que se divisaban desde lo alto del cerro de Laguardia se
advertan con frecuencia llamas y enormes humaredas de los pajares
incendiados, y se oa a veces el rumor de las descargas.

Los aldeanos de Paganos y del Villar, y de Viaspre y de El Ciego, ya no
pasaban con sus caballeras por los caminos llevando sacos de trigo, ni
las mujeres de Cripan se acercaban al pueblo con sus machos cargados de
lea; slo los convoyes militares, formados por grandes galeras en fila,
custodiadas por la tropa, se acercaban a Laguardia.

Durante el invierno, con las nevadas, la campia quedaba an ms triste
que de ordinario; la sierra apareca como un paredn gris, veteado de
blanco, y sobre la alba y solitaria extensin de las heredades y de los
viedos brillaba el resplandor de los incendios y resonaba el estampido
del can.

Hacia el Sur de Laguardia, dos lagunas grandes, redondas, alimentadas
con las nieves y con las aguas del invierno, parecan dos ojos claros
que reflejasen el cielo.




II

LA TERTULIA DE LAS PISCINAS


UN pueblo como Laguardia, en la lnea de combate de las fuerzas
liberales y carlistas, era, a pesar de la vigilancia del ejrcito, un
foco de intrigas.

Estas intrigas, en general, no tenan gran importancia; eran como nubes
de verano, se deshacan por s solas; pero a veces se tramaban proyectos
serios, de ventas, de traiciones, de los cuales se enteraba todo el
mundo menos la autoridad.

Un pueblo de escaso nmero de habitantes como aqul, en donde
constantemente estaban yendo y viniendo las tropas, en donde a cada paso
corra una noticia importante, verdadera o falsa, necesitaba una serie
de puntos de reunin, de pequeas tertulias, para comentar los
acontecimientos y calcular las probabilidades de xito de los bandos.

La esperanza y el desaliento iban, alternativamente, de la derecha a la
izquierda, y los dos partidos contaban su triunfo como seguro repetidas
veces.

Entre las tertulias realistas de Laguardia, la ms conocida, la ms
distinguida, la ms aristocrtica, la nica que tena opinin cotizada y
valorada, era la de los Ramrez de la Piscina.

La tertulia de las Piscinas--se le daba el nombre de las damas, y no el
de los varones de la casa--, no contaba en aquella poca ms que con un
varn. Los otros dos, los ms notables, estaban en la corte carlista.

La familia de los Piscinas que viva en Laguardia estaba formada por un
seor, casado con una Ribavellosa, y por dos solteronas viejas.

La casa de las Piscinas era una casa chapada a la antigua, gran mrito
en Laguardia. Se rezaba el rosario en la tertulia; se tomaba chocolate
por la tarde; se llamaba estrado al saln, y a los tres o cuatro
criados, la servidumbre.

Todas las cuestiones de etiqueta se llevaban a punta de lanza; se vesta
luto por la muerte del pariente ms lejano, si era aristcrata, y se
cubra con un pao negro el escudo de la casa.

Al viejo demandadero se le daban honores de mayordomo; a las pequeas
fincas que posea la familia se las llamaba las posesiones, y a todo se
intentaba prestar un aire de grandeza que no tena.


LAS LUMBRERAS DE LA REUNIN

Don Juan de Galilea y don Hernando Martnez de Ribavellosa pontificaban
en esta reunin. Eran all estrellas de primera magnitud. Sus opiniones
pasaban por dogmticas. Unicamente, a su altura, estaba, tratndose de
asuntos religiosos, el vicario de Santa Mara, don Diego de Salinillas.

Don Juan de Galilea, hombre grave, hablaba por apotegmas; crea que el
desconocimiento de las humanidades y del latn era el que estaba
perturbando la sociedad; don Hernando coincida con l en hallar
lastimoso el estado de su poca; pero extraa sus argumentos casi
exclusivamente de la Historia. El estado natural de la poltica del
mundo, segn el seor de Ribavellosa, era el de haca doscientos aos,
por lo menos. Hablaba del reino de Castilla, del seoro de Vizcaya, del
fuero de Sobrarbe, y siempre que nombraba a Laguardia tena que decir
Laguardia de Navarra.

De las damas de la tertulia, las ms principales, despus de las
seoritas de la casa, eran las dos marquesas de Valpierre, la hermana de
don Hernando, las de Manso de Ziga cuando estaban en el pueblo, y la
seorita de San Mederi.

En esta reunin aristocrtica cada cual tena asignado su papel. Don
Juan de Galilea y don Hernando resolvan las cuestiones polticas
graves. Las seoras, a quienes no preocupaba gran cosa el sistema
constitucional ni el rey absoluto, criticaban los acontecimientos y
hablaban de las costumbres y de las modas.

Las marquesas de Valpierre eran en esto las ms intransigentes. Estas
dos viejas solteronas vestan siempre de negro; llevaban toca en la
cabeza, y solan dedicarse a hacer media en la tertulia.

Estaban las dos constantemente escandalizadas con los abusos del siglo;
para ellas, un lazo azul o verde socavaba los cimientos del orden
social, y por ende, como hubiera dicho el seor de Galilea, los del
universo.

Segn las de Valpierre, el mundo estaba perdido; ya no se respetaban
las clases, ni a las seoras; el desenfreno era horrible. Laguardia,
para ellas, era una nueva Babilonia, llena de vicios y de impurezas.

Entre la gente de media edad que figuraba en casa de las Piscinas haba
dos o tres solterones que vivan con sus madres. Uno de ellos, don Luis
de Galilea, el hermano de don Juan, se dedicaba a escandalizar a la
tertulia con barbaridades y groseras que l consideraba concepciones
atrevidas de orden filosfico.

Don Luis era pequeo, tostado por el sol, con los ojos ribeteados y
desdeosos y la nariz arqueada y roja.


LA SEORITA DE SAN MEDERI

El elemento ms romntico de la reunin, sin que nadie pudiera
disputarle esta preeminencia, era la seorita Graciosa de San Mederi.

Graciosa tena sus cuarenta aos; pero no le pareca decoroso reconocer
ms de veintinueve. Alta, caballuna, con la nariz larga y los dientes
salientes y amarillos, no tena la pobre seorita fsico para producir
grandes pasiones; pero si le faltaba fsico, indudablemente, no le
faltaba corazn.

Graciosa tena un gran entusiasmo por el vizconde de Arlincourt y por
sus novelas. Hubiera andado mejor por el osario del Morar que por el
camino de El Ciego o de Logroo, y el monte Salvaje, lugar de romnticos
paseos del Ermitao, del vizconde, era para ella ms conocido que los
alrededores de Laguardia.

Graciosa de San Mederi haba ledo tambin una novela de Ana Radcliff,
que le produjo gran admiracin, y desde entonces no pensaba ms que en
situaciones extraordinarias y espantosas, en bosques incultos y llenos
de misterio, en castillos con subterrneos y almas en pena, en rocas
malditas y, sobre todo, en lagos, en esos lagos sombros y poticos, en
los que se puede navegar una noche de luna, sobre un ligero esquife,
mientras se escucha, a lo lejos, el rumor de las locas serenatas.

Desgraciadamente para ella, viva en un pueblo asentado en lo alto de
una colina, en donde no haba ms lago que aquellas dos charcas que se
llenaban con las lluvias del invierno, y en las que no se poda navegar
ms que en un cajn, y empujando con un palo en el fondo cenagoso, cosa
horriblemente antipotica.


EL CAPITN HERRERA

La seorita de San Mederi haba sido vctima de uno de los militares de
la guarnicin, del capitn Herrera.

Este capitn, joven andaluz, fu durante algn tiempo el nio mimado de
la tertulia de las Piscinas. Se le llamaba Herrerita.

Herrerita cantaba al piano las ltimas canciones; Herrerita inventaba
juegos de prendas; Herrerita era chistoso, ocurrente, amable. Todo el
mundo le consideraba como una alhaja, y Graciosa senta una gran
inclinacin por l. Unicamente le reprochaba en el fondo de su corazn
el no tener un aire siniestro. Con su bigotillo rubio y su ceceo
andaluz, no encajaba en el marco de los hroes de Arlincourt ni de Ana
Radcliff.

De pronto, y sin motivo, Herrerita dej de aparecer en casa de las
Piscinas; pas un da y otro y se supo con gran escndalo que se haba
presentado en la tertulia liberal de las de Echaluce, donde era
obsequiadsimo.

El asombro, la estupefaccin de las Piscinas y de sus amigos fu enorme.
Qu idea tena aquel hombre de las categoras sociales? Qu concepto
de la sociedad y del mundo?

Se comprenda que hubiera ido a casa de Salazar. Pero a la tienda de
Echaluce! Qu vulgaridad la de aquel capitn!

Los contertulios de las Piscinas, en tcito y comn acuerdo, decidieron
no volver a saludar ya ms al traidor, infligirle este severo castigo;
pero vieron con asombro que a aquel inconsciente militar no le
preocupaba gran cosa la falta de saludo, y que segua en su
inconsciencia tan alegre y tan sonriente.


EL LICEO

Era difcil en un pueblo tan pequeo como Laguardia, en donde todo el
mundo se conoca y encontraba varias veces en la calle, hacerse el
desentendido; sin embargo, la gente saba fingir el desconocimiento
perfectamente; llevaba sus divisiones a punta de lanza.

Haba entonces en una casa grande y antigua un teatro que se llamaba el
Liceo. All se representaban comedias en un acto, en las que tomaban
parte las seoritas y caballeros ms distinguidos de la localidad.

En aquel estrecho recinto las tertulias tenan sus grupos, y unos eran
tan extraos a otros como los osos blancos del Polo Norte pueden serlo
de los osos blancos del Polo Sur.

Para representar se elegan las obras ms tontas e inocentes, porque
haba algunas damas, como las marquesas de Valpierre, que eran capaces
de encontrar intenciones deshonestas en la culata de un fusil o en el
extremo de una bayoneta.

Casi todas las muchachas haban recitado algn monlogo o tomado parte
en algn sainete. Graciosa, no; deca que no senta lo cmico, y no
quera representar astracanadas groseras y vulgares. Graciosa senta lo
trgico, lo sublime; varias veces trat de convencer a los jvenes para
que declamaran con ella un trozo de un drama espeluznante; pero nadie
quera figurar en la representacin, hasta que pudo convencer a Luis
Galilea.

La noche de la funcin hubo risa para mucho tiempo.

Graciosa, tan alta, tan desgarbada, al lado de Galilea, tan bajito, con
los ojos redondos y desdeosos, la nariz de loro, encarnada, y el ademn
retador, haca un efecto muy cmico.

Graciosa crey que haba conseguido un gran xito, y para completarlo,
despus del dilogo espeluznante recit aquel parlamento de Caldern que
comienza diciendo:

      Difcilmente pudiera
    conseguir, seora, el sol...

Graciosa recitaba esta lluvia de piropos calderoniana como si se
estuviera enjuagando, de tal manera, que la haca perfectamente odiosa;
pero ella pensaba que no slo saba darle acentos admirables, sino que
adems su recitado era una leccin para los jvenes del pueblo, que eran
incapaces de declararse a una mujer, llamndola sol, girasol, acero,
norte, etc.

Algunos notaron que cuando termin su tirada de versos Graciosa, el que
aplaudi con ms entusiasmo fu el capitn Herrera; pero otros afirmaban
que al tiempo de aplaudir se vea una sonrisa mefistoflica en los
labios del capitn andaluz.

A las muchachas jvenes, amigas de Corito, Luisita Galilea, Cecilia
Bengoa, Pilar Ribavellosa, Antoita Piscina, todas las seoras y
Graciosa las consideraban como nias. Sin embargo, no era raro verlas
mandar cartitas o recados a algn joven, que la mayora de las veces era
oficial de la guarnicin.




III

LAS OTRAS TERTULIAS


SI la tertulia tradicionalista aristocrtica era una e indivisible, como
la Repblica de Robespierre, las tertulias liberales, por el contrario,
eran mltiples, cambiantes, de varios matices, representacin de las
nuevas ideas, por entonces mal conocidas y deslindadas, sin un credo
completamente claro y definido.


LA CASA DE SALAZAR

La primera y ms importante de estas reuniones era la del seor Salazar.

El seor Salazar, rico propietario, haba sido jefe poltico con Zea
Bermdez, el ministro partidario del despotismo ilustrado, y aunque esto
no abonaba mucho las ideas progresivas del seor Salazar, era liberal a
su manera. Se encontraba, segn deca, conforme con el moderantismo de
Martnez de la Rosa, aunque no lo acompaaba en sus exageraciones
sectarias, porque l era, sobre todo, monrquico y catlico, y aada
que estaba tan lejos de los procedimientos odiosos de Calomarde como de
los delirios insanos de los revolucionarios.

El seor Salazar crea que la sociedad es una mquina que debe marchar;
pero consideraba necesario ponerle de cuando en cuando una piedra lo ms
grande posible, para que se detuviera y reflexionara. El seor Salazar
quera que el mundo entero reflexionara, dictaminara y pesara sus actos.

Dictaminar, reflexionar y pesar. En estos verbos estaba reconcentrada
toda su filosofa.

El seor Salazar era tan religioso o ms que los contertulios de las
Piscinas. Se hallaba colocado, con relacin a su poca, en el puesto ms
seguro y ms fuerte; as que ejerca una gran influencia en Laguardia.

Los oficiales, de comandante para arriba, iban casi siempre de tertulia
a su casa; las autoridades que llegaban al pueblo le dedicaban la
primera visita.

Sabidos su preponderancia y su influjo, todo el mundo acuda a l en un
caso apurado, y la misma gente de la tribu de las Piscinas sola
presentarse al seor Salazar con el traje y la sonrisa de los das de
fiesta, pidiendo proteccin cuando la necesitaba.

La tertulia de este hombre importante era trascendental para el pueblo;
all se resolva lo que haba que hacer en Laguardia; se daban destinos,
se repartan cargos. El seor Salazar, como todos los polticos y
caciques espaoles antiguos y modernos, distribua las mercedes con el
dinero del Estado.

Salazar tena ms simpata por los absolutistas que por los
revolucionarios. Con aqullos se senta a s mismo joven y gil de
espritu; en cambio, con los liberales exaltados se mostraba hosco y
displicente.


LA TIENDA DE ECHALUCE

Menor en prestigio aristocrtico, pero mayor en entusiasmo liberal, era
la tertulia de Echaluce. Las de Echaluce, cuatro hermanas, una viuda y
tres solteras, tenan en la plaza un pequeo bazar, en cuya trastienda
se reunan varias personas en verano a tomar el fresco, y en invierno,
alrededor de la mesa camilla, a calentarse y a charlar.

Las cuatro hermanas, inocentes como palomas, se crean muy liberales y
muy emancipadas; su vida era ir de casa a la tienda, y de la tienda a
casa; los domingos, a la iglesia, y cada quince das, a confesarse con
el vicario.

Entre los contertulios de la casa de Echaluce haba algunos audaces que
encontraban bien las disposiciones de Mendizbal, lo que entonces era lo
mismo que encontrar bien los designios del demonio.

A esta tertulia haba trasladado su campamento el capitn Herrera desde
que lleg a Laguardia una sobrina de las de Echaluce.

Esta chica, una riojana muy guapa y muy salada, escandalizaba a la gente
laguardiense con sus trajes, que no tenan ms motivo de escndalo que
algn lazo verde o morado, colores ambos que se consideraban en esta
poca completamente subversivos y desorganizadores de la sociedad.

La plebe de Laguardia, que era toda carlista, miraba como una ofensa
personal estos lazos y tiraba a la chica patatas, tomates y otras
hortalizas.

Al principio lo hacan con impunidad; pero cuando apareci Herrerita con
su sable, al lado de la muchacha, y vieron que el oficialito estaba
dispuesto a andar a trastazos con cualquiera, la lluvia de hortalizas
disminuy, y slo algn chico, desde un rincn inexpugnable, se atreva
a lanzar a la riojana uno de aquellos obsequios vegetales.


EL CAF DE POLI Y EL FIGN DEL CALAVERA

La tertulia de Echaluce, que notaba sobre su cabeza los manejos de la de
Salazar, senta bajo sus pies las tramas del caf de Poli.

El caf de Poli estaba en el primer piso de una casa de la calle Mayor.
Era un sitio grande, destartalado, con dos balcones. Junto a uno de
ellos se reunan, por las tardes y por las noches, algunos obreros de la
ciudad y del campo que, sin saber a punto fijo por qu, simpatizaban con
las nuevas ideas y se haban alistado como nacionales.

Haciendo la competencia a este caf, y en el mismo plano social, o algo
ms abajo, estaba el fign del Calavera, punto de cita del elemento
reaccionario rural, ignorante y brbaro, el ms abundante del pueblo.


LA BOTICA

Por encima del armazn visible de Laguardia, casi fuera del mundo de los
fenmenos, que dira un filsofo, exista el centro del
intelectualismo, del enciclopedismo, de la ilustracin: la botica. All
se discuta sin espritu de partido; se examinaban los acontecimientos
desde un punto de vista ms amplio, como si hubiera vivido en Laguardia
an don Flix Mara Samaniego y sus amigos; all se llegaba a defender
la repblica como la forma de gobierno ms barata, y algunos se
arriesgaban a encontrar la religin catlica arcaica y reida con la
razn natural.

Estos intelectuales de Laguardia tenan su masonera; hablaban fuera del
cenculo con gran reserva de sus discusiones; decan que no queran
perder por alguna imprudencia la hermosa libertad que disfrutaban en la
botica.

Todos estos diversos centros de Laguardia se espiaban, se entendan,
conspiraban, y desde la alta y aristocrtica tertulia de las Piscinas
hasta el obscuro y sucio fign del Calavera, y desde la prepotente
camarilla de Salazar hasta el tenebroso club del caf de Poli, haba una
cadena de confidencias, de delaciones, de complicidades.




IV

LAS MUJERES POLTICAS


HABA, adems, de las tertulias, centros casi oficiales de la opinin,
gente rebelde, indisciplinada, que guerreaba a su manera. Estos
merodeadores sueltos eran los ms intolerantes. Entre los carlistas se
distinguan el Chato de Viaspre, el Riojano y el Charrico, y entre los
liberales, el Tirabeque y Teodosio el Nacional.

La intransigencia agresiva de los dos bandos no la representaban los
hombres, sino las mujeres, dos viejas solteronas, que se odiaban a
muerte: Dolores Payueta y Saturnina Trevio.

Las dos tenan apodo; a la Dolores la llamaban la Montaperras, y a la
Saturnina, la Gitana.

Estas solteronas llevaban la voz cantante de la chismografa de carcter
chabacano; propalaban noticias falsas, traan canciones, inventaban
frases y apodos; Dolores, contra los carlistas, y la Satur, contra los
liberales. Para ellas la cuestin no sala de Laguardia; el liberalismo
o el tradicionalismo del resto de Espaa las tena casi sin cuidado.

Estas dos arpas representaban la parte turbia que hay en todas las
sectas y en todos los partidos; en ellas, el odio al enemigo era lo
principal; un odio frentico, sin cuartel. Cuando estas mujeres se
encontraban juntas en la calle, se esforzaban en demostrarse su
desprecio; volvan la cabeza, escupan al suelo. Se hubieran lanzado una
contra otra como perros de presa a morderse, a desgarrarse, si hubieran
tenido buena dentadura.

Dolores era de posicin regular, y se trataba con la gente acomodada del
pueblo. Era fea, antiptica, marisabidilla, con una voz de falsete que
pareca que tena que salir por detrs de una careta; vesta con trajes
claros y ridculos e iba con asiduidad a la tertulia de Echaluce. Cuando
rea, que sola ser con frecuencia, dejaba chiquita a una rabanera.
Viva con tres o cuatro perros, y de aqu deba proceder el apodo de
Montaperras, adjudicado por su rival la Satur.

Dolores tena una adoracin especial por el Ejrcito; los militares le
parecan una raza de hombres superiores. Este entusiasmo por la milicia
le haca sentir un odio grande por los carlistas, que se le figuraban no
defensores del trono y del altar, sino canalla mal vestida, que
intentaba interrumpir el orden y la armona de una cosa tan bella como
la tropa.

Satur la Gitana era ms violenta, y quiz por esto menos grotesca.

Vesta siempre de negro; tena una cara morena y enrgica, y el pelo de
bano, lleno de mechones blancos. La Satur era partidaria de la
tradicin. Tena algo de iluminada; los enemigos decan que esto era
debido al alcohol; pero no era cierto del todo.

Viva esta mujer en una casa pequea, sin criada, completamente sola.
Los vecinos solan verla pasar con una cesta; pero en la cesta no se
adverta ms que el cuello de una botella.

La Satur andaba de noche de casa en casa y de taberna en taberna,
propalando sus noticias e intrigando.

Era valiente, atrevida y fantica.

El Chato de Viaspre, el Raposo, el Caracolero, el Riojano y otros
carlistas la obedecan.

Si llegaba a Laguardia algn papel o alguna cancin contra el Gobierno,
contra Mara Cristina, o contra algn general liberal, ya se poda
apostar que haba pasado por las manos de la Satur.

Una vez la denunciaron, ante la autoridad militar, como carlista y
propaladora de noticias falsas, y al acudir a presencia del coronel, la
Satur no slo no se turb ni neg sus ideas, sino, por el contrario,
dijo que era carlista a mucha honra, y que Mara Cristina era una
piojosa, que estaba enredada con el hijo de un estanquero, y que los
soldados liberales no valan nada.

El coronel, que era hombre inteligente, se ri, y la dej suelta.

La Satur era una revolucionaria por temperamento: senta la demagogia
negra; crea que el pueblo, su pueblo, formado por pobrecitos aldeanos,
todos buenos, infelices, hasta los que pegaban pualadas, deseaban con
ardor el rey absoluto, y que bastaba quitar la Constitucin y el
Gobierno liberal para que Espaa fuera dichosa y se viviera bien.




V

CORITO Y PELLO LEGUA


EN este ambiente de odio poltico y de enemistades personales, Pello
Legua y Corito Arteaga se dedicaban a mirarse, a hablar de mil cosas
insignificantes, que para ellos eran trascendentales, y a escribirse
cartas por cualquier motivo.

Seguramente, ninguno de los dos encontraba en la atmsfera de Laguardia
los rayos del rencor y de la maldad que cruzaban el aire. Como en el
mundo fsico hay interferencias, las hay tambin en el mundo moral para
los enamorados y para los que viven en el sueo y en la ilusin.

Corito traa, desde su llegada, trastornados a los jvenes y a algunos
viejos verdes de Laguardia.

Entre los oficiales de la guarnicin tena fervientes adoradores; pero
ninguno llegaba a interesarle de verdad como Pello Legua.

--Qu le encuentras a ese muchacho?--le decan sus amigas--. Es guapo,
s; pero tan serio, tan soso.

--Pues a m me es muy simptico--contestaba ella.

Siempre que salan a pasear con varias personas, Corito y Legua venan
a reunirse y a marchar juntos hablando.

Corito le preguntaba muchas veces si era verdad que iba a casarse con su
prima Anita, como decan en el pueblo.

--No. Ca!--contestaba l.

--Pues es una chica bonita y rica.

--S; pero ya tiene su novio.

La gente deca que al padre de la muchacha, a Gateluzmendi el cosechero,
no le disgustara casar a su hija con su sobrino Pedro.

Corito coqueteaba con Pello; quera sacarle de su impasibilidad
habitual, y lo consegua; pero al mismo tiempo que l se iba enamorando,
ella tambin se interesaba cada vez ms.


ANTONIO ESTIGA

Uno de los muchachos que se haba hecho amigo de Pello, buscando su
arrimo, era Antonio Estiga, el hijo de un rico hacendado de Viana.

Antonio Estiga era un mozo acostumbrado a imponer su voluntad,
violento y cerril; haca la corte a Luisita Galilea, pero con un amor un
poco brbaro y plebeyo.

Luisita era romntica; estaba bajo la influencia de Graciosa de San
Mederi, y sta le haba convencido de que era indispensable someter a
prueba al joven Estiga. Segn Graciosa, para conseguir el amor de una
seorita distinguida haba que hacer grandes mritos, soportar fatigas,
penalidades, y hablar del Norte, del imn, del girasol; no basta decir:
tengo tanto para vivir; esto era una cosa grosera, vulgar, impropia de
gente delicada.

Luisita Galilea estaba convencida de que Graciosa tena muchsima razn,
y, adems, y esto era lo principal, le gustaba ms uno de los oficiales
de Laguardia que el joven Estiga, malhumorado y tosco.

--Pero, t crees que a lo bruto se consigue el cario de una seorita
como yo?--deca Luisita--. Pues ests equivocado.

Antonio tena, con tal motivo, un malhumor constante. Los melindres de
Luisita le indignaban.

Varias veces confes a Legua que iba a dejarlo todo y a marcharse al
campo carlista.

Pello y Corito, mientras tanto, cantaban el eterno do de amor.
Laguardia les pareca un lugar lleno de encantos.

Muchas veces Pello tena que salir a los pueblos prximos para los
negocios; haba que pasar por entre las tropas y oir el silbar de las
balas.

El peligro haca que Corito se interesase ms y ms por su novio. Cuando
desde las alturas de Laguardia, Pello indicaba por dnde haba andado,
Corito temblaba y se estrechaba contra l.




LIBRO TERCERO

EL VIAJERO EXTRAO




I

LA SILLA DE POSTAS


UNA tarde de a principios de Junio, antes de anochecer, una silla de
postas lleg a Laguardia, y se detuvo a la entrada del parador del
Vizcano.

Pello Legua y el capitn Herrera, que charlaban y paseaban por delante
de la muralla, en el espacio comprendido entre el cuartelillo y la
puerta de San Juan, abandonaron el raso que serva, y sirve, de paseo a
los curas y desocupados del pueblo y avanzaron hasta el parador del
Vizcano.

En esta poca la llegada de una silla de postas a Laguardia era un
acontecimiento que por s solo serva de motivo de conversacin para
varios das, cuando no tena ulteriores consecuencias. No era cosa de
dejar pasar un suceso de esta clase sin sacarle algn jugo, y Legua y
Herrera se acercaron a la silla de postas. El mayoral comenzaba a
desenganchar los caballos y el viajero acababa de saltar del coche.


EL VIAJERO

Era ste un hombre ms bien bajo que alto, vestido de negro, con
sombrero de copa. Llevaba en la mano una maleta pequea y una cartera,
que acababa de sacar del coche, la capa doblada sobre el hombro, y
andaba cojeando.

El viajero, despus de dar sus disposiciones al mayoral, entr en el
zagun del parador y llam varias veces desde all, gritando y dando
palmadas. Al cabo de un rato apareci la muchacha en la escalera.

--Es que sois sordas en esta casa?--grit el viajero.

--No, seor; no somos sordas.

--Pues lo parece.

--Qu quiere usted?

--Un cuarto.

--No hay ninguno. Estn todos ocupados.

--Bah!

--S, seor. No le engao a usted; estn todos ocupados. Tendr usted
que ir a la plaza, al parador de la Rosala.

--No; no me marcho.

--Pues aqu no hay sitio.

--Mira; llmale al amo, que me conoce.

--Le dir a usted lo mismo que yo.

--No importa; llmale.

La criada se retir, y poco despus sali el amo, un poco fosco, a la
escalera.

--Qu es lo que quiere usted?--pregunt--. No le dicen que no hay
sitio?

El recin venido subi unos cuantos escalones, para acercarse al
posadero, y mostr algo que Pello y Herrera no vieron.

El mesonero cambi de aspecto, y saludando respetuosamente al husped
tom su maleta y la subi al piso principal.

--Le llevar a usted a mi cuarto, que es el nico que est vaco.

--Bueno.

La deferencia del posadero era bastante extraa, porque no estaba en su
costumbre el ser corts, y trataba a todo el mundo con malos modos.

Como Pello pensaba ir al da siguiente a casa de las Piscinas, y Herrera
a la tertulia de Echaluce, ambos con el propsito de enterarse y de
llevar una noticia interesante a los amigos, se acercaron al dueo del
parador cuando ste baj de nuevo al zagun.

--Qu, ha llegado algn viajero?--pregunt Herrera.

--As parece.

--De dnde viene?

--No s; el mayoral lo sabr.

--No sabe usted quin es, o a qu viene?

--No.

--Pues l ha dicho que le conoca a usted--interrumpi Legua.

--A m?--pregunt algo sobresaltado el posadero.

--S; es cierto--afirm Herrera.

--Ah!... Es verdad..., creo que ha estado aqu hace aos.

El capitn se di por satisfecho con la respuesta; pero comprendi, lo
mismo que Legua, que era un subterfugio del mesonero, pues su manera
de recibir al nuevo husped no era, ni mucho menos, la que acostumbraba
a tener con una persona a medias conocida. Indudablemente, el viajero
era persona de influencia o muy recomendada.


EL HOMBRE DE LA ZAMARRA

Volvieron Legua y Herrera a dar otros paseos por el raso de la muralla,
desde el cuartelillo a la puerta de San Juan, cuando al ir a meterse en
el pueblo al capitn se le ocurri acercarse de nuevo al parador a
curiosear un poco. Lo hicieron as, y al llegar delante de la casa
vieron que por el camino vena un hombre montado a caballo, envuelto en
una bufanda.

--Quin ser este ciudadano que llega a estas horas?--dijo el capitn
Herrera--. Me parece un tipo un tanto sospechoso.

El hombre, que sin duda tena motivos para no querer ser visto, se
acerc al parador del Vizcano y estuvo mirando a derecha y a izquierda,
hasta que entr.

--Vamos a ver quin es--dijo Herrera, decidindose rpidamente.

--Vamos.

Se acercaron de nuevo al parador. El hombre sospechoso haba entrado en
el zagun, y, sin llamar a nadie, andaba de un lado a otro, como
buscando algo.

--Eh, buen amigo!--le dijo el capitn--. Va usted de viaje?

--S, seor.

--Tiene usted papeles?

--Se necesitan papeles para pasar por aqu?

--S, seor; porque hay mucho carlista disfrazado de persona por esta
tierra--contesto el capitn.

El hombre hizo un movimiento brusco; desaboton su zamarra de piel y,
refunfuando, sac del bolsillo interior del pecho unos papeles, y
eligi de entre ellos uno. Herrera lo tom en la mano y se puso a leerlo
a la luz del farol que alumbraba la entrada de la posada.

Legua pudo contemplar al tipo sospechoso a su sabor. Era un hombre de
unos cincuenta aos, afeitado, bajito, con los ojos negros, el tipo
sacristanesco. Tena un aire de astucia y de hipocresa poco agradable.

Despus de leer el papel. Herrera se lo devolvi al de la zamarra.

--Es posible que no tenga usted sitio aqu en el parador--le dijo.

--A m me basta un rincn en la cuadra para dormir--contest el hombre.

Legua y Herrera se dirigieron al pueblo; las campanas comenzaban a
tocar el Angelus.

--Qu clase de pjaro ser ste?--pregunt Legua.

--Algn sacristn carlista de uno de estos pueblos--contest el
capitn--; tiene la pedantera y la suficiencia de todos esos tipos que
se creen los depositarios de la verdad.

El capitn Herrera y Pello Legua entraron en el pueblo y fueron juntos
a cenar a la casa de huspedes. Despus de cenar. Pello march al
almacn de su to y se dedic a escribir y a hacer cuentas. Tena que
fijar una porcin de asientos en los libros.

Se acord varias veces de que Corito estara charlando en la tertulia de
las Piscinas; pero no haba ms remedio, era indispensable tenerlo todo
al da.

Trabaj con ahinco sin levantar la cabeza, y concluy ms pronto de lo
que esperaba. En las noches que tena que velar, Pello dorma en casa de
su to.

Al verse libre, cogi la llave, cerr el almacn y se fu a dar una
vuelta.

Al pasar por la calle Mayor, por delante de casa de las Piscinas, vi
que abran el postigo y sala a la calle el viajero de negro y de
sombrero de copa que haba llegado por la tarde, en coche.

El viajero recorri la calle Mayor; cruz la plaza; se reuni con un
militar que le esperaba, en quien Pello reconoci al capitn Herrera, y
juntos salieron del pueblo por la puerta de San Juan.




II

EL HOMBRE Y SU SOMBRA


AL da siguiente era domingo, y Pello fu a misa mayor.

Al pasar por cerca de la iglesia vi que el viajero de luto, a quien la
noche antes haba visto salir de casa de las Piscinas, entraba en la de
Salazar.

Pello se qued asombrado. Este salto del tradicionalismo arcaico y
piscinesco al liberalismo oportunista y salazariano, si alguno lo daba
en Laguardia era despus de graves vacilaciones, de maduras reflexiones
y de mucho tiempo.


LOS RUBICONES DE LAGUARDIA

El viajero de negro no haba necesitado para pasar este Rubicn ms que
unas pocas horas. Pello pens en cmo el contagio de los prejuicios hace
creer muchas veces en la dificultad de cosas que no tienen nada de
difciles.

Estaba Pello contemplando la casa de Salazar cuando vi al hombre de la
zamarra, al que haba llegado al parador al anochecer, que paseaba por
delante de la casa, mirando al portal.

--Este le espa al otro--se dijo Pello--; qu enredos se traern entre
los dos? No falta ms que haya un tercero que le espe al segundo.

El viajero de traje negro y sombrero de copa sali al poco rato de casa
de Salazar y, dirigindose a la plaza, entr en la tienda de las de
Echaluce. El hombre de la zamarra, hacindose el distrado, se recost
en uno de los pilares de los arcos de la casa del Ayuntamiento.

De los Piscina a Salazar, de Salazar a los de Echaluce... eran demasiado
Rubicones stos para no llamar la atencin de un hombre solo.

Pello se decidi a dejar la misa mayor y a ver qu lugar nuevo visitaba
aquel hombre, y dnde y cmo terminaba el espionaje del otro.

Todava el viajero, siempre seguido del hombre de la zamarra, estuvo una
media hora en la botica y un momento en el caf de Poli.

Despus sali por el portal de San Juan, y el hombre de trazas de
pordiosero le sigui con la mirada hasta que le vi llegar al parador
del Vizcano.

Pello entr en su casa, y despus de tomar caf se fu inmediatamente a
visitar a las Piscinas. Los domingos, la tertulia se celebraba por la
tarde; despus, al anochecer, se sala a tomar el fresco, generalmente,
alrededor de la muralla.

--Ayer no vino usted--le dijo inmediatamente Corito al verle.

--No pude. Tuve que trabajar.

--Estara usted hablando con la primita, eh?

--No; estuve haciendo cuentas. Cree usted que si hubiera podido venir
no hubiera venido?

--S, s; lo creo.

--Pues se engaa usted. Y ustedes, tuvieron alguna visita?

--S; ha venido mi padrino.

--Su padrino de usted es un seor de negro, bajito, de sombrero de
copa?

--S. Cmo lo sabe usted?

--Porque le vi venir al pueblo ayer noche. Va a estar algn tiempo
aqu?

--No; maana se va a marchar.

--Ha venido para algunos asuntos de familia?

--No s para qu ha venido. Yo no le pregunto nunca nada.

--Viaja mucho?

--S; mucho.


EL PADRINO DE CORITO

Pronto Pello y Corito dejaron esta conversacin y hablaron de otras
cosas ms interesantes para ellos. Al ponerse el sol, como era costumbre
la tarde de los domingos, salieron todos a dar el paseo alrededor de la
muralla. Corito iba al lado de Pello, muy animada y alegre; Luisita
Galilea, coqueteando con un oficial, y sin hacer caso de Antonio
Estiga, que cada vez estaba ms desesperado; Cecilia Bengoa y Pilar
Ribavellosa, del brazo.

Al anochecer volvi todo el grupo a los arcos del Ayuntamiento. En esto
cruz la plaza el padrino de Corito y se acerc a su ahijada y le di un
beso en la mejilla.

El viajero salud a las seoras, y Corito le present a sus amigas y a
los muchachos que les acompaaban.

--Este joven es un amigo nuestro, Pedro Legua--dijo Corito,
ruborizndose--; nos acompa a Magdalena y a m desde San Sebastin.

--Hombre, Legua!--murmur el viajero--. No ser usted de Vera, de
Navarra?

--S; soy de Vera.

--Y su padre se llamaba como usted, Pedro?

--S.

--Entonces le he conocido mucho a l y a su primo Fermn, el
Chapelgorri. Pedro Mari Legua fu muy amigo mo.

Corito iba a presentar a su padrino a Antonio Estiga; pero ste,
naturalmente hurao y de mal humor, hizo un movimiento brusco y se
ocult detrs de una de las columnas del Ayuntamiento.

Fu una retirada un poco inesperada y cmica, que sorprendi a todos.

--Conjuba!--dijo el viajero, en un vascuence castellanizado,
dirigindose a Pello y sealando a Estiga con el dedo ndice.

Corito y Legua se echaron a reir. Estiga se march, incomodado.

--Sabe usted vascuence?--pregunt Pello al padrino de Corito.

--Poco.

--Ya veo que poco.

--Hombre, por qu?

--Porque ha dicho usted conjuba para decir conejo.

--Pues, cmo se dice?

--Uncha.

--De manera que t sabes el vascuence bien?

--S, bastante bien.

--Tu padre tambin lo saba muy bien. Las veces que le habr odo
cantar zortzicos en Bayona. Ya hace tiempo! Se va uno haciendo viejo de
verdad.

El viajero indic que se marchaba al parador; estaba enfermo con dolores
reumticos y no le convena el aire de la noche. Se despidi de Legua,
dicindole que fuera a verle; di un beso en la mejilla a Corito, y se
march renqueando.

Al poco rato, como la sombra, apareci en la plaza el hombre de la
zamarra; cruz por los arcos del Ayuntamiento y entr en la puerta de
San Juan.


UN HOMBRE ENIGMTICO

Antes de despedirse oy Pello que el seor de la Piscina y el de
Ribavellosa hablaban del padrino de Corito.

--Debe ser hombre inteligente, eh?--dijo l, mezclndose en la
conversacin.

--Mucho.

--Es del partido?

--S; ya lo creo!--contest el de la Piscina, con su gravedad
acostumbrada--; trabaja infatigablemente por la buena causa.

Sin duda, el padrino de Corito era un carlista acrrimo.

Legua se despidi de sus amigos; fu a la casa de huspedes, y despus
de cenar estuvo charlando con el capitn Herrera. De pronto se acord
que el capitn haba hablado con el padrino de Corito la noche anterior,
y le pregunt:

--Averigu usted quin era el viajero del otro da?

--S.

--Quin es?

--Un enviado del Gobierno.

--Entonces ser liberal?

--Liberalsimo. Un revolucionario impenitente.

Pello no replic. El padrino de Corito resultaba un tipo raro y ambiguo.
Los unos le tenan por carlista entusiasta, los otros por un
revolucionario.

No poda ser las dos cosas al mismo tiempo; ms fcil era que no fuese
ninguna de las dos, y que aparentase, segn sus conveniencias, profesar
tan pronto una opinin como otra.

Realmente, su actitud era un poco misteriosa. Haba estado en casa de
las Piscinas, haba tenido una conferencia con Salazar y saludado a las
de Echaluce. Para que nada faltara estuvo media hora en la botica y un
momento en el caf de Poli.

Aquel viajero audaz haba pasado todos los Rubicones laguardienses como
quien salta un charco.

--Quin era este hombre? Qu buscaba?




III

TRAIDOR, ESPA Y MASN


AL da siguiente, por la tarde, trabajaba Pello en el escritorio cuando
vi pasar varias veces a Antonio Estiga; Antonio se mostraba indeciso,
sin atreverse a entrar; pero, al fin, se decidi y, cruzando el almacn,
se plant en el despacho.

--Qu hay?--le dijo Pello.

--No est tu to?--pregunt Antonio.

--No.

--Te encuentras solo?

--Completamente solo.

--Sabes lo que pasa?

--No. Qu pasa?

--Que ese hombre que nos presentaron ayer, el padrino de Corito...

--S... qu?

--Que se ha descubierto que es un espa... un traidor que viene a
engaarnos.

--Quin lo ha descubierto?

--Me lo han dicho.

--Quin?

--Un hombre que le va siguiendo los pasos.

--Uno con trazas de mendigo?

--S.

--Afeitado?

--S.

--Con una zamarra?

--Eso es.

--Le vi cuando lleg; vena tras l.

--S, viene persiguindole, vigilndole. Cuando salgas de aqu entra en
el fign del Calavera y hablaremos con ese hombre de la zamarra.

--Cuando acabe ir.


EL FIGN DEL CALAVERA

Pello termin su trabajo; salud a su prima Anita, que estaba cosiendo a
la luz de una lmpara, y se fu al fign del Calavera.

Era este fign un agujero obscuro y lbrego, abierto en una callejuela.
Tena varias barricas en el portal y una rama de lamo a la entrada,
como muestra. De da estaba alumbrado por una angosta ventana, y de
noche por un candil que colgaba de la campana de la chimenea.

Varias mesas negras, con bancos de madera, ocupaban el interior. En un
rincn, hablando con el hombre de la zamarra y con Estiga, estaban
tres hombres. Uno de ellos era el Calavera, el dueo del fign, un
Hrcules rechoncho, con aire bestial, la cara ancha, la nariz chata y
roja, como si acabaran de remachrsela a fuego; el pecho y las manos,
velludas. Los otros dos eran tipos maleantes: el Raposo y el
Caracolero; los dos carlistas y asiduos contertulios de la casa.

El Raposo, realmente, pareca un zorro: tena una viveza de rata; la
cara afilada, y unos pelos amarillos en el bigote; el Caracolero era
flaco, plido, de aspecto enfermizo, con los ojos legaosos y rojizos;
la barba gris, sin afeitar en quince das, y una voz de flauta
completamente ridcula.

Pello se acerc a la mesa.

--Sintate--le dijo Estiga.

--Le estbamos esperando a usted--agreg el Raposo.

--A m?

--Este seor--aadi Estiga sealando al hombre de la zamarra--nos ha
contado las maldades de ese hombre que vino anteayer por la noche a
Laguardia.

--Tan malo es?--pregunt Legua.

--Es un canalla, un traidor, un masn--contest el hombre de la zamarra,
con gran solemnidad.

--Y qu es lo que ha hecho?--volvi a preguntar Legua, a quien, sin
duda, estas acusaciones vagas no le parecan gran cosa.

--Ha hecho horrores. As, que la Polica le busca siempre por
conspirador. El dirigi en Madrid la matanza de frailes el ao 34; l
orden la muerte de ciento treinta y tres prisioneros carlistas que
estaban en la ciudadela de Barcelona. El sublev el ao pasado Mlaga y
Cdiz. Por donde va lleva el incendio, la matanza, la ruina, el
sacrilegio...

--Pues es todo un tipo!--dijo Legua, no sin cierta admiracin.

--S lo es!--murmur el Raposo.

--Y cmo se llama ese hombre?--pregunt Legua.

--Eugenio de Aviraneta.

--Tiene apellido vascongado.

--Vete a saber si se llamar as!--exclam Estiga.

--S, as se llama--replic el de la zamarra--. Su nombre es bastante
conocido.

--Y sern verdad todos sus crmenes?--pregunt Legua.

--Lo son.

Y el hombre de la zamarra sac del bolsillo cuatro o cinco recortes de
peridicos en donde se hablaba del infame, del malvado Aviraneta.

El Raposo se puso unos anteojos de hierro grandes, y estuvo leyendo con
atencin los recortes.

--Y qu intenciones tendr este hombre al venir aqu?--pregunt el
Caracolero.

--Yo creo--dijo el de la zamarra, y acerc su cabeza a la de los dems,
como para dar ms misterio a la confidencia--que lleva una misin de los
masones de Madrid para desunir y sembrar la cizaa entre los partidarios
de don Carlos.

--Pero, aqu qu puede hacer?--pregunt Legua.

--Aqu ha venido de paso; pero no ha debido desaprovechar el viaje. Se
ha visto con Salazar y con el seor de la Piscina, de quien habr sacado
datos. En casa de la Piscina tiene confidentes; la vieja y la nia le
deben contar lo que se dice en la tertulia.

Estiga mir a Legua, como dicindole: Eso va para ti. Pello, que
experimentaba por el hombre de la zamarra una naciente antipata, not
que este sentimiento se transformaba en odio, al pensar que aquel
individuo poda producir algn disgusto a Corito.


LA PRUDENCIA DEL RAPOSO

--Aqu debamos jugarle una buena pasada a ese granuja--murmur
Estiga, a quien desde la tarde del domingo se le haba atragantado el
padrino de Corito.

--Dnde est alojado ese seor?--pregunt el Raposo.

--En el parador del Vizcano--contest Estiga--. Una noche nos
quedamos fuera de puertas, al anochecer...

--Para qu?--pregunt brutalmente el Calavera.

--Toma, para qu? Para salir del pueblo.

--Ja... ja... ja...!--ri el tabernero.

--De qu se re usted?--pregunt Estiga.

--T crees que nosotros necesitamos quedarnos fuera de puertas?

--Pues si no tendrn ustedes que salir por el portal de San Juan.

--Ni por el portal de San Juan, ni por ninguno. Pregntale al Raposo.

--Silencio!--exclam el Raposo--. Me parece que ests hablando
demasiado, Calavera. Cuando se tiene la cabeza dura como la tienes t,
se espera a que hablen las personas de juicio.

El Calavera refunfu y se call.

--Yo tengo pensado un plan--indic el de la zamarra--; ms tarde
hablaremos de eso.

--Y usted, hace mucho tiempo que conoce a Aviraneta?--pregunt Pello.

--Mucho tiempo, mucho. Si no les molesta, en un momento les contar cmo
le conoc. Por esta historia podrn ver los procedimientos que emplea
ese bandido de Aviraneta.

--Cuente, cuente usted--dijo Estiga.

--Trae un poco de vino, t--dijo el Raposo al Calavera.

Este se levant pesadamente, mascullando; volvi con un porrn y lo dej
sobre la mesa.

El hombre de la zamarra bebi un sorbo, se limpi los labios con un
pauelo de hierbas y comenz la historia.




LIBRO CUARTO

HISTORIA Y EMBOSCADA




I

LO QUE CONT EL HOMBRE DE LA ZAMARRA


SOY de bastante lejos de aqu--comenz diciendo el hombre de la
zamarra--, de un pueblo grande de la provincia de Albacete.

La casa de Vargas, la de mis amos, era all la ms fuerte de todos los
contornos. Ms rico que un Vargas, se deca en mi lugar cuando se
quera ponderar la riqueza de alguna persona acomodada.

La casa de Vargas, en mi tiempo, tena treinta parejas de mulas,
cortijos, olivares, viedos y lea en el monte para quemar y vender.

Era la familia de mis amos modelo de honradez y de religiosidad: los
Vargas varones son siempre caballeros, como las hembras de la familia,
recatadas y honestas.

Don Fernando de Vargas, mi amo, era un hombre como va habiendo pocos:
educaba a la familia con una severidad conveniente, y se mostraba
adversario de las peligrosas novedades que quieren implantar en Espaa
los impos.

Don Fernando saba luchar en todos los terrenos contra los
revolucionarios que intentan privarnos de Dios, de la religin y del
rey.

--Este hombre, adems de servil, es un pedante--se dijo Legua a s
mismo.

--Don Fernando de Vargas--sigui diciendo el hombre de la zamarra--gast
su fortuna en la restauracin gloriosa del ao 23 y en los varios
intentos posteriores de los realistas para restablecer la monarqua
pura.

Su desinters por el altar y por el trono; su entusiasmo por la buena
causa hicieron que sus bienes mermaran de tal modo, que al morir dej a
su familia, formada por su esposa y tres hijos, dos varones y una
hembra, en una lamentable situacin.

Los usureros se lanzaron sobre las fincas, y se apoderaron de ellas;
montes, tierras, viedos, cortijos, olivares, todo fu a parar a sus
manos.

Unicamente quedaron libres la casa, una via y un molino. La seora de
don Fernando y su hija se resignaron a vivir pobremente en el pueblo con
los escasos restos de la fortuna, y don Fernando y don Luis, as se
llamaban los dos hijos varones, salieron a ganarse la vida.

Yo, que haba comido su pan, y que les vea en aquella situacin msera,
me decid a seguirlos.

Don Fernando consigui un empleo en Aduanas, y con su ayuda, don Luis
pudo entrar en el ejrcito y hacer los gastos necesarios para ingresar
en un cuerpo distinguido como el de Artillera.


EN SAN SEBASTIN

Por el ao 29, don Luis fu enviado de guarnicin a San Sebastin, y don
Fernando, que tena un gran cario por su hermano, consigui que a l
tambin le trasladaran a la capital guipuzcoana. Los dos y yo nos
instalamos en la calle del Campanario, en una casita pequea, prxima al
arco que pasa por encima de la calle del Puerto.

Vivamos all tranquilamente; mis seoritos hacan en la ciudad buen
papel; eran arrogantes mozos, hombres finos y bien educados.

Yo les aconsejaba que buscaran alguna rica heredera para casarse con
ella y poder volver a levantar la casa de Vargas.

Al poco tiempo de estar en San Sebastin, don Fernando y yo notamos que
el hermano menor, don Luis, iba por mal camino. Frecuentaba mucho la
tertulia de Arrillaga, un comerciante rico, tildado de liberal, e iba al
anochecer a la platera de don Vicente Legarda.

Este platero era hombre de ideas revolucionarias, y su casa, un antro
donde se reunan Beunza, Orbegozo, Zuaznavar, Baroja, don Lorenzo de
Alzate y otros liberales exaltados de San Sebastin.

Al prevenirle don Fernando y yo de los peligros que corra en unin de
aquella gente, don Luis nos confes que estaba enamorado de la hija
mayor de Arrillaga, Juanita, y que ella le corresponda.

El liberalismo de don Luis no tena ms causa que sta: el amor.

Al oir aquella declaracin vi que don Fernando quedaba lvido; despus
comprend que l tambin estaba prendado de la muchacha.


EL EMISARIO

Por esta poca, en el otoo del ao 30, se comenz a hablar a todas
horas de que en Pars haba habido revolucin, y despus, de que los
constitucionales espaoles se agitaban ms all de la frontera.

Se deca que Mina con los dos Jureguis, Chapalangarra, Mndez Vigo,
Milns del Bosch y otros militares desterrados desde el ao 23, haban
tenido una junta en Bayona, y decidido entrar en Espaa por varios
puntos, al frente de muchos miles de hombres.

A mediados de Octubre, una noche que estaba lloviendo a mares, antes de
cenar, se present un hombre en nuestra casa preguntando por don Luis:
era Aviraneta.

Don Fernando me dijo:

--Este tipo me parece sospechoso; vamos a ver qu quiere de mi hermano.

Don Luis haba pasado a su visita a la sala. Entramos nosotros en la
alcoba, que tena una puerta excusada, y desde all don Fernando y yo
pudimos ver y oir a Aviraneta.

Aviraneta vena como emisario de Mina; pero al mismo tiempo tena
pensado, por su parte, un plan de conspiracin infernal.

Me figuro estar vindole, a la luz de un veln, hablando y mirando a don
Luis, con sus ojos bizcos. Pretenda que inmediatamente que aparecieran
las tropas constitucionales delante de San Sebastin se sublevara la
guarnicin, y algunos de los militares se encargaran de nombrar una
Junta revolucionaria, entre cuyos individuos estuviera l, Aviraneta. El
objeto de esta Junta era prender a las autoridades y a los realistas de
ms significacin y fusilarlos inmediatamente.

Aviraneta llevaba una lista de las personas que consideraba necesario
sacrificar, y entre ellas estaban los sacerdotes de la ciudad.

Don Luis no se prestaba a ayudarle en este crimen. Aviraneta quera
convencerle; y cuando vi que era imposible, se cal el sombrero de copa
y se march, murmurando con despecho:

--No se puede hacer nada. Aqu no hay liberales.


LA PRISIN

Quince das despus, por la madrugada, la Polica llamaba en nuestra
casa. Registraron los papeles de don Luis y le prendieron. Le haban
encontrado una carta del general Mina dndole instrucciones para el
movimiento, que ya haba abortado, pues Mina y Juregui y los dems
huan camino de la frontera, y Chapalangarra haba muerto, a tiros, en
Valcarlos.

Don Luis, entre bayonetas, fu llevado preso al castillo de la Mota, y
sufrieron la misma suerte varios vecinos de San Sebastin, entre ellos
dos empleados de Arrillaga. Los peces gordos se escabulleron: ni a
Arrillaga, ni a Legarda, ni a Alzate se les encontr: todos haban
escapado. Respecto a Aviraneta, la Polica ni le busc siquiera, pues, a
pesar de ser uno de los jefes de la trama, estaba, como siempre, en la
sombra.

El pobre don Luis haba cado en la red por su entusiasmo amoroso; nos
confes que Juanita Arrillaga, su novia, le haba calentado los cascos y
animado para que entrase en la conspiracin constitucional.

Don Fernando y yo discutimos lo que haba que hacer para salvar a don
Luis.

La situacin era grave. Por el hecho de tener correspondencia con
cualquiera de los individuos que haban emigrado del reino, a causa de
los crmenes del ao 20 al 23, se impona la pena de dos aos de crcel
y doscientos ducados de multa, y si la correspondencia tena tendencia
directa a favorecer proyectos contra el Gobierno, como la encontrada a
don Luis, se llegaba a castigar con la muerte.

Don Fernando escribi y fu a hablar a todos sus amigos, que tena
muchos e influyentes en la corte, entre los realistas, y consigui que
el consejo de guerra fuese benvolo con su hermano.

Le condenaron a ocho aos de presidio en el Fijo de Ceuta.

Mientras don Fernando estuvo en Madrid trabajando a favor del preso, iba
yo todos los das al castillo de la Mota, a la parte alta, que llaman el
Macho, a llevar la comida y a hablar por entre las rejas con don Luis.
Cuando volvi don Fernando, bamos los dos.

Los dems presos eran liberales comprometidos en el movimiento. La
mayora crea haber hecho una buena obra conspirando y contribuyendo a
la rebelin, y estos desgraciados se pavoneaban y se manifestaban
contentos y alegres.

La gente del pueblo, entre la que abundaban los revolucionarios,
visitaba y obsequiaba a los presos; en Carnaval hicieron correr los
bueyes ensogados, delante del muelle y no en la plaza, para que los
prisioneros pudieran verlos desde la terraza del castillo.

Aquellos infames negros nos tenan odio a don Fernando y a m porque
saban que ramos realistas.

Don Luis escribi varias cartas a Juanita Arrillaga; pero ella no le
contest.


LA MUERTE DE DON LUIS

Lleg la poca en que tenan que trasladar a Ceuta los prisioneros.
Estaba mandado que fueran a pie hasta Cdiz, atravesando toda Espaa,
para embarcarse all.

Preparamos el equipaje de don Luis, y don Fernando y yo decidimos
acompaarle.

Don Luis se puso en camino en un estado lastimoso. No tuvimos que andar
mucho tiempo; ocho das despus de la marcha, al llegar a Lerma, ya no
pudo ms con el cansancio, y cay agobiado, sin fuerzas.

Se le dej en la crcel del pueblo, donde se le declar el tifus, y
muri a las dos semanas.

Sobre el cadver de su hermano don Fernando jur vengarse... y se veng.

--Se veng?--pregunt Estiga, con ansiedad.

--S, se veng--contest el viejo, solemnemente.




II

LA VENGANZA


EL hombre de la zamarra ech un trago del porrn, y continu as su
relato:

--Dos aos despus haba un baile de mscaras en casa del jefe poltico
de San Sebastin. En todas partes se hablaba con gran entusiasmo de la
fiesta; estaban concertadas varias bodas que daban mucho que hablar al
pueblo, entre ellas la del hijo del jefe poltico con Juanita Arrillaga,
la antigua novia de don Luis de Vargas.

La casa de la Aduana, donde se celebraba el baile, brillaba, llena de
luz; por las ventanas, iluminadas, se oa desde la calle el rumor de la
orquesta.

Delante de la puerta se amontonaba la gente del pueblo, que vea entrar
las mscaras con gran curiosidad. A cada instante se tena que abrir el
grupo de curiosos para dejar pasar a los enmascarados.

En esto, en el momento en que el baile estaba en su mayor animacin y
algazara, se oy un grito desgarrador tan penetrante, que lleg hasta
la calle. Una mujer cay al suelo.

Fu todo el mundo a ver qu ocurra. Juanita Arrillaga, herida de una
pualada en el corazn, estaba muerta.

--Vargas era el asesino?--pregunt Legua.

--S; era l el vengador--replic el hombre de la zamarra, con voz
sorda.

Don Fernando haba entrado en el baile enmascarado con un domin negro;
despus salt por una ventana hacia la plaza con el domin en la mano;
me entreg el capuchn y se fu a la fonda. Yo me march a una posada y
escond el disfraz. Al da siguiente, mi amo y yo estbamos en Francia.

El viejo call. Legua estaba irritado; la manera grave y solemne de
hablar de aquel hombre, su pedantera y su servilismo le indignaban.
Pareca una persona nacida nica y exclusivamente para ser criado.


LEGUA SE ESCAPA

--Y ms cosas podra contar donde ha intervenido ese bandido; ese
Aviraneta que Dios confunda--dijo el hombre de la zamarra.

--Hay que acabar con l--exclam Estiga, dando un puetazo en la mesa.

Es lo que yo pretendo--repuso el hombre de la zamarra--. Voy siguindole
los pasos, y ha de caer. Tarde o temprano ha de caer.

--T nos ayudars, Legua, eh?--dijo Estiga.

--Yo? Yo, no. Yo no soy carlista. All vosotros.

Y Pello se levant decidido de la mesa.

--Entonces, si no es de los nuestros, para qu ha venido?--pregunt el
hombre de la zamarra.

El Caracolero, que estaba al lado de Legua, le agarr por el brazo.
Pello intent desasirse; pero como el otro le oprima con fuerza, le
cogi por el cuello, le zarande con furia y le tir contra la pared.

Estiga y el Raposo se levantaron a impedirle la salida: el Raposo,
armado de una navaja; Pello, que haba visto que tras l haba una
puerta entreabierta, cogi el candil y lo tir contra los que le
atacaban, dejando el fign a obscuras.

Despus retrocedi a ganar la puerta. Pas por un corral estrecho, subi
unas escaleras, luego baj otras, y sali a un portal de la calle de
Santa Engracia.

Qu tos ms brutos!--murmur.

Como era la hora en que sola ir a buscar al capitn Herrera, para cenar
juntos, se dirigi al portal de San Juan; pero Herrera aquel da haba
marchado a Logroo.




III

EL AVISO


PELLO march a cenar solo a su casa. Estaba preocupado; el padrino de su
novia corra algn peligro. Quiz este peligro poda alcanzar a Corito.

Despus de cenar, siempre con la misma preocupacin, sali de casa a dar
un paseo. Se le ocurri acercarse al fign del Calavera. Por una rendija
de la puerta vi que el grupo del hombre de la zamarra haba aumentado,
y que en el grupo estaban la Satur, el Chato de Viaspre y el Riojano.
Por las actitudes de aquella gente pareca que acababan de tomar alguna
disposicin definitiva.

--Qu habrn tramado estos brbaros!--pens Legua.

Poco despus la luz del fign se apag, y los reunidos all salieron a
la calle; pero Legua no vi ni al de la zamarra, ni a Estiga, ni al
Raposo, ni al Caracolero.

Esto le di que pensar. Aqullos haban salido, indudablemente, por
alguna otra parte.

Sin saber qu determinacin tomar, pas por delante de la casa de las
Piscinas. La casa estaba cerrada.

Esper a ver si por casualidad llamaba alguien y apareca la criada;
viendo que no llegaba nadie, cogi unas piedrecitas y las fu
sucesivamente tirando a la ventana de la cocina. Se abri la ventana, y
una vieja, la seora Magdalena, se asom y mir a derecha e izquierda
con gana de reir al que as se entretena.

--Soy yo, Pedro Legua--dijo Pello.

--Usted?

--S; dgale usted a la seorita Corito que le tengo que dar un recado
de parte de su padrino.

Se retir la vieja, y al poco rato sali Corito a la ventana.

--Qu me quiere usted, Pedro?--pregunt.

Legua cont en pocas palabras lo que haba odo en el fign del
Calavera.

--Y qu ha dicho ese hombre de mi padrino?

--Horrores.

--Y han pensado en hacer algo contra l?

--De eso estaban hablando.

--Y lo intentarn esta misma noche?

--As lo han dado a entender.

--Entonces lo mejor es que vaya usted al parador y avise usted a mi
padrino del peligro que corre. Lo har usted, Pedro, verdad?

--Ya lo creo. No tenga usted cuidado.

Pello se despidi de su novia; sali de la calle Mayor, y fu por la
plaza a la puerta de San Juan. Entr en el cuarto de guardia y pidi al
oficial que le abriera.

--Tenga usted cuidado--le dijo ste--. El cabo Snchez ha dicho que hace
un momento que anda por ah fuera gente sospechosa.

Pello sali al raso de la muralla. La noche estaba obscura. Avanz
rpidamente. Un instante despus se oy un silbido. Se detuvo. Le
pareci que entre los rboles andaba gente; quiz fuera una ilusin,
provocada por las palabras del oficial; pero el caso fu que sinti
miedo, y en vez de marchar en lnea recta sigui deslizndose por la
muralla hasta encontrarse cerca del parador. Entonces, abandonando el
muro, cruz de prisa y entr en el zagun.

Subi las escaleras, y en la cocina pregunt a la criada:

--Est ese viajero de negro que vino anteayer?

--El caballero?

--S.

--En el comedor lo tiene usted.

--Hay ms gente?

--S, dos ms; ahora han acabado de cenar y estn tomando caf.

--Voy a verle.


RETRATO DE AVIRANETA

Pello entr en el comedor, salud a los tres comensales y se sent a la
mesa. Aviraneta, que estaba leyendo un peridico, le mir vagamente;
pero no le reconoci.

Pello pudo contemplar despacio al hombre de quien tantos horrores
acababan de contar en el fign del Calavera.

Era Aviraneta un tipo de ms de cuarenta aos, afeitado, la cara
triangular, ancha en la frente y estrecha en la mandbula; la mirada,
profunda, con un ojo que se le desviaba y le dejaba completamente bizco;
la nariz, larga, arqueada, huesuda; la boca, de labios plidos y finos;
el pelo, que empezaba a blanquear en las sienes. Tena el perfil clsico
del diplomtico sagaz; pareca un hombre todo inteligencia, claridad y
astucia. Vesta de negro, a la moda de la poca, levitn entallado, de
ancha solapa, corbatn de muchas vueltas y sombrero de copa grande,
echado hacia la nuca, dejando ver la calva.

Estaba ensimismado, y mientras lea el peridico a travs de una lente
que tena en la mano izquierda, agitaba de cuando en cuando con la mano
derecha la cucharilla del caf en la taza.

A Pello le pareci un pajarraco, una verdadera ave de rapia.

Los otros dos comensales, que tenan aspecto de campesinos acomodados,
se levantaron, dieron las buenas noches y salieron del comedor.

Legua mir hacia el pasillo, por si se acercaba alguno, y viendo que no
vena nadie, se levant, y dijo:

--Seor Aviraneta!

--Eh!--exclam el hombre, sorprendido--. Quin es usted?

--Yo soy Pedro Legua, y vengo de parte de Corito a decirle que aqu
est usted en peligro.

--Pues, qu pasa?

Legua cont lo ocurrido en el fign del Calavera. Aviraneta escuch sin
dar seales de sorpresa.

--Y cmo es ese hombre de la zamarra?--dijo.

Pello di sus seas.

--No; pues no recuerdo haber visto a ese tipo--murmur Aviraneta--. Y
ese Estiga, quin es?

--Es un muchacho de aqu.

--Carlista?

--Muy carlista.

--Y qu motivo de odio tiene ese joven contra mi?

--Que ayer, cuando iban a presentarle a usted, se escondi detrs de una
columna, y usted se burl de l llamndole conejo.

--Es verdad. Es rencoroso?

--Mucho.


VACILACIONES

--Cualquier cosa puede hacer de un hombre un enemigo--dijo Aviraneta--;
luego pregunt: Estar el capitn Herrera en la puerta de San Juan?

--No; me han dicho que Herrera se ha marchado a Logroo con el amo de
esta casa.

--Con el de aqu?

--S.

--Probablemente, tambin con el hijo?

--Con seguridad.

--Entonces, estamos solos?

--Alguien habr en la casa.

--No; no debe haber ms que estos dos hombres que han salido, y que no
sabemos quines son, y yo.

--Lo mejor ser refugiarse en el pueblo--dijo Legua--. Vmonos.

--Es tarde. Habr que esperar un cuarto de hora, lo menos, a que nos
abran, ah en la obscuridad... y mientras tanto!...

--Se llama desde aqu mismo.

--No; armaramos un escndalo.

--Pues yo me voy--dijo Pello.

--Espera un momento, por si acaso.

Aviraneta apag la lmpara; luego abri el balcn y se asom a l,
tendindose en el suelo. Legua hizo lo mismo.

Estuvieron con el odo atento cinco minutos.

--Anda gente por all, entre los rboles, no tiene duda--murmur
Aviraneta.

--S; hay cuatro o cinco, por lo menos--afirm Pello.

--Los del fign.

--Y cmo habrn salido?

--Tendrn algn agujero en la muralla.

--Eso ha dado a entender el Calavera; pero no lo crea.

--El hombre de la zamarra, duerme aqu?--pregunt Aviraneta.

--S.

--Vamos a advertir en la casa que no abran si llaman. Si t quieres,
vete; pero no me parece prudente.

--No, no; yo me quedo.

Aviraneta entr en la cocina y dijo a la duea que haba gente
sospechosa por all cerca, y que no abriera si alguien llamaba.

--Dios mo! Qu pasa?--pregunt el ama.

--Que anda una bandada de pillos por ah merodeando.

--Jess! Dios mo! Y mi marido y mi hijo fuera! Jess!

--Bueno, bueno; vamos a echar la barra a la puerta.

La criada y la duea bajaron al zagun alumbrndose con el farol, y
Aviraneta y Legua sujetaron la puerta.

--Han cerrado ustedes balcones y ventanas?--pregunt Aviraneta a la
duea.

--S.

--Los dos huspedes se han retirado?

--S, seor.

--Bien. Buenas noches!

--Buenas noches! Jess, Dios mo!

La patrona subi las escaleras, con la criada, hasta el piso segundo, y
se le oy lamentarse durante largo rato.


PREPARATIVOS

Pasado un instante, Aviraneta volvi a encender la lmpara del comedor,
y cogindola con la mano derecha, dijo:

--Vamos ahora a explorar el terreno.

Aviraneta sali al pasillo y abri una puerta. La puerta daba a una
sala. Entr en ella. Era un cuarto de esquina, con un ancho balcn;
tena en el fondo dos alcobas: una, la ms interior, sin ningn hueco
hacia afuera; la otra, con una ventana que caa enfrente de la muralla.

--Creo que este cuarto es el ms estratgico--dijo Aviraneta.

--Tiene el inconveniente de que est ocupado--advirti Legua, sealando
un bal y una caja, puestos en el suelo.

--Aqu estuvieron anoche un seor de Viana y su hija; pero cuando a esta
hora no han venido, es que no se encuentran en Laguardia.

--Si por casualidad llegan dirn que tenemos la gran frescura.

--Pse! Qu importa? Voy a coger mis maletas y a traerlas aqu.

--Guarda usted cosas importantes dentro?

--Importantsimas!--contest, bromeando, Aviraneta.

Fueron a un cuarto del otro extremo, y entre los dos trasladaron el
equipaje.

--Aqu estamos mejor--murmur Aviraneta--; podemos primero hacernos
cargo de las intenciones de esa gente. Que entran aqu, en esta sala?
Nos refugiamos en la alcoba. Que llegan a forzar la puerta de la
alcoba? Podemos descolgarnos por la ventana.

--Esta puerta de la sala no es nada fuerte--dijo Legua--; si lo
intentan, la podrn romper fcilmente.

--S; en cambio, la de la alcoba es slida como una poterna--aadi
Aviraneta--: una tabla de roble seca, magnfica.

Legua inspeccion la puerta.

--Tiene el inconveniente--dijo--que la cerradura no marcha.

--No?

--No. Aqu estoy haciendo esfuerzos con la llave, y no puedo.

--Se le podra poner una tranca. A ver si en la cuadra hay algn palo.

Baj Pello con una vela encendida, y volvi al poco rato con una rama
gruesa al hombro y un fusil en la mano.

--Dnde has encontrado esta espingarda--le pregunt Aviraneta.

--En la escalera.

--Funcionar?

--Valo usted.

--S funciona, marcha muy bien. Es un buen hallazgo. Preparmonos.
Cierra la puerta con llave.

Legua cerr la puerta de la sala. Aviraneta se sent delante de un
velador; puso el maletn en una silla, lo abri y sac del interior una
pistola de gran tamao, un frasco de plvora y una caja de pistones.
Luego desdobl un peridico, ech all la plvora, y fu cargando las
armas con gran cuidado, metiendo con la baqueta tacos de papel. Despus
sac un plomo, y con un cortaplumas lo cort en pedazos. De estos
proyectiles puso dos en la pistola y cuatro en el fusil.

--Cualquiera dira, al verle cargar as, que est usted acostumbrado al
trabuco--dijo Legua.

--Y no dira mal--contest Aviraneta.

--Hombre!

--S.

--Dnde ha empleado usted el trabuco? En Sierra Morena?

--No; en la provincia de Burgos. El trabuco no slo ha sido arma de
bandidaje; tambin ha sido arma patritica.

Aviraneta, que haba concludo de cargar el fusil y la pistola, los dej
con cuidado encima del velador. Despus sac del fondo de su maletn un
pual y un cordn de seda, de diez a doce varas.

--Ahora veremos lo que nos reserva la noche--murmur sonriendo con aire
de fuina.

--Veremos--repiti Pello.

--T no te alarmas, eh?

--Yo, no. Como dira el otro: para qu?


ENTENDIDO?

--Me gustan los hombres templados. Reconozcamos nuestros medios de
defensa. La puerta se cierra bien con la tranca?

--S; pero se tarda mucho en sujetarla.

--Entonces haz una cua que pueda entrar y salir por encima del
picaporte. Comprendes?

--S.

--De manera que en un momento se pueda cerrar.

--Bueno; ahora mismo la hago.

Pello, con el cortaplumas, estuvo cortando un trozo de madera.

--Est bien?--dijo, haciendo que el trozo de madera entrase y saliese
con facilidad en la abrazadera del picaporte.

--Muy bien--contest Aviraneta--. Ahora quedemos de acuerdo en lo que
vamos a hacer. Esta gente entrar en la casa por la puerta o por algn
balcn. Si el hombre de la zamarra se ha enterado antes del cuarto que
yo ocupaba, lo que es muy probable, ir directamente al extremo del
pasillo. Es casi seguro que le oigamos, y entonces nos preparamos.
Encendemos la vela y la llevamos a la alcoba. Dejamos la lmpara en este
velador y ponemos delante de la puerta de la sala dos o tres muebles.
Desde la entrada de la alcoba veremos lo que esos hombres hacen. Que
fuerzan la puerta de la sala y pasan adentro, derribando los trastos?
Pues desde aqu, t con la pistola, yo con el fusil, les soltamos dos
tiros, nos metemos en seguida en la alcoba, cerramos y atrancamos la
puerta. Est entendido?

--Entendido.

--Te parece bien?

--Muy bien.

--No encuentras ninguna dificultad?

--Ninguna. Lo nico que se me ocurre es que me parece mejor que metamos
la lmpara en la alcoba y dejemos la vela aqu; la vela les ha de durar
menos que la lmpara.

--Est bien pensado eso, Pello. No nos conviene que tengan una luz clara
y constante.

--Y hasta podramos hacer...

--Dejar un cabo de vela slo?

--Eso es.

--Que durar lo bastante para disparar sobre ellos.

--Exacto.

--Veo que nos entendemos admirablemente.

--Y la segunda parte?

--La segunda parte la iremos pensando despus.

--Bueno. Cierro la puerta?

--S, cirrala. Vamos a poner el sof y la mesa de barricada.

Los dos, de puntillas, sin hacer ruido, llevaron los muebles delante de
la puerta del cuarto.

--Qu hacemos ahora?--pregunt Legua.

--Ahora, nada. Si quieres, puedes dormir un rato, Pello. Echate en la
cama, y si no hay novedad, luego me echar yo.

Pello se tendi, y al poco rato estaba dormido. Aviraneta se qued
leyendo a la luz de la lmpara.




IV

EL ATAQUE


ACABABAN de dar las doce en el reloj de la iglesia de San Juan cuando se
oyeron golpes en la puerta.

--Ya estn ah!--dijo Aviraneta, y, acercndose a Legua, le zarande
fuertemente--. Eh, Pello!

--Qu pasa?--pregunt Pello, asombrado.

--Levntate.

Legua se despej pronto.

--Ya los tenemos ah!--exclam Aviraneta.

Los dos escucharon en silencio.

--Hablan con la criada--dijo Legua.

--S. A ver, a ver qu es lo que quieren.

       *       *       *       *       *

ANSIEDAD

--Quin es?--deca la criada.

--Soy yo--contest una voz de fuera--. Abre.

--Me ha dicho el ama que no abra a nadie.

--Si estoy aqu hospedado.

--No importa.

--Vamos, no seas tonta.

--Que no, que no; me ha dicho el ama que no abra a nadie.

       *       *       *       *       *

Qued todo tranquilo.

--Esta gente no se marcha sin intentar algo--murmur Aviraneta.

--Creo lo mismo--dijo Pello.

Al cabo de poco tiempo Legua not ruido de pisadas en el balcn del
comedor; luego cruji una madera, y poco despus se sintieron pasos muy
suaves en el suelo.

--Han abierto--dijo Aviraneta.

--S.

--Ya han pasado.

--Adnde irn?--pregunt Pello.

--Van all, al cuarto donde yo estaba--contest Aviraneta.

Pas largo rato; de pronto reson un grito, que se ahog en seguida;
luego, un rumor de lucha, y qued todo nuevamente en silencio.

Transcurrira ms de un cuarto de hora; volvieron a oirse pisadas en el
corredor, crujido de maderas en el suelo y un murmullo quedo de voces.
Aviraneta y Legua estaban con la mayor ansiedad, con la respiracin
contenida. De repente, alguien se acerc a la puerta de la sala y di un
golpe. Aviraneta y Legua se estremecieron. Luego, el golpe se repiti
ms fuerte:

--Don Eugenio! Don Eugenio!--dijo una voz.

--Quin es?--pregunt Aviraneta, que en un momento recobr la sangre
fra.

--Una carta que traen para usted.

--A estas horas?

--S; abra usted.

--Ya voy, ya voy!

Aviraneta, en voz baja, murmur:

--Pello, enciende la vela.

Legua la encendi en la lmpara, y de puntillas llev sta a la alcoba
y dej el cabo de vela sobre el velador.

--Pero, no abre usted?--dijo la voz de fuera.

--Es que no encuentro las zapatillas--contest Aviraneta--. Lo mejor
ser que echen la carta por debajo de la puerta.

--No, no; me han dicho que se la entregue a usted en su propia mano.

--Pues entonces ser mejor que espere usted a que me vista.

Aviraneta cogi la escopeta y Legua la pistola, y se colocaron en la
entrada de la alcoba.

Al ver que no abran, los asaltantes debieron sospechar algo.

--Hala, y no perdamos tiempo--dijo la voz del hombre de la zamarra.


ENTRAN

Un hierro penetr entre la puerta y su jamba, a martillazos; por la
abertura entr el extremo de un garrote; las tablas ligeras crujieron
violentamente; de repente, con un estrpito terrible, cay el sof, el
velador y la puerta al suelo.

Varios hombres aparecieron en la sala, y al mismo tiempo sonaron dos
tiros. Al instante, Aviraneta y Legua retrocedieron a la alcoba,
cerraron la puerta y sujetaron el picaporte con la cua.

Alguno de los asaltantes debi quedar herido, porque se oy un grito de
dolor y de rabia.

--Hay ms de uno--dijo la voz chillona del Caracolero.

--Y estn bien armados--murmur el Raposo.

--No importa. Son nuestros--grit el hombre de la zamarra--; y nos la
van a pagar.

El hombre de la zamarra intent mover el picaporte; pero estaba fijo.
Legua, con la ayuda de Aviraneta, coloc la tranca en la puerta.

Los asaltantes la empujaron con el hombro; pero la puerta no se movi ni
cedi lo ms mnimo.

--Est admirablemente--dijo Aviraneta, y llev la lmpara encima de la
mesa de noche, y a la luz carg el fusil y la pistola con el mismo
cuidado y minuciosidad que si estuviera en una escuela de tiro. Despus
abri la ventana y at en uno de los pernios el cordn de seda.

El silencio de los de dentro alarmaba a los que intentaban entrar. De
pronto se not que la vela se les haba consumido y apagado, y empezaron
a encender fsforos.

Uno de los asaltantes comenz a introducir un formn por la juntura de
la puerta a golpes de martillo; pero la puerta de la alcoba era de
roble, de una pieza, y se notaba, adems, que el pulso del que
martilleaba no estaba muy seguro.


AVIRANETA PIDE AUXILIO

--Creo que vamos a poder dormir aqu--dijo Legua, frotndose las manos.

Acababa de decir esto cuando se oyeron pasos en la alcoba prxima, y
despus sonaron tres o cuatro puetazos en el tabique. Alguno lo
sondeaba, sin duda, suponiendo que sera ms fcil entrar por l en el
cuarto, abriendo un agujero. Aviraneta, de pronto, cogi la lmpara y se
acerc a mirar las paredes. Luego dej la luz en el velador, y
rpidamente tom el fusil, sali a la ventana y dispar al aire. En
aquel momento se oy el alerta de un centinela.

El hombre de la zamarra y su gente debieron quedar sorprendidos por el
disparo.

El centinela de la muralla lanz un grito de alarma y dispar tambin.

Legua le miraba a Aviraneta, asombrado. Aquel hombre pareca haber
perdido de repente su sangre fra.

--Habr que descolgarse--dijo varias veces.

Aviraneta esper unos segundos; luego, sacando el cuerpo por la ventana,
comenz a gritar:

--Sargento! No son ms que tres o cuatro. Que rodeen la casa, y los
cogen.

Los asaltantes se creyeron presos; echaron las herramientas, bajaron las
escaleras y huyeron. Aviraneta sali del cuarto y desde el balcn del
comedor les dispar un tiro. Tard ms de media hora en llegar la
patrulla. Vena un pelotn de treinta soldados con un sargento.
Aviraneta sali a recibirlos, y volvi poco despus a la sala, donde
haba quedado Legua.

--La verdad--dijo Pello, al verle--, no he comprendido esta ltima
maniobra.

--No?--pregunt Aviraneta, sonriendo y liando su cordn de seda verde
sobre la hoja afilada del pual.

--No. Para qu pedir auxilio sin necesidad? No nos bastbamos nosotros
para defendernos? Creo que ha hecho usted una tontera, don Eugenio.

Aviraneta no respondi. Cogi la lmpara e invit a Legua a entrar en
la alcoba interior, contigua a la que haban estado ellos; luego penetr
hasta el fondo del cuarto, se acerc a la pared, di un empujn y abri
una puerta de escape que comunicaba las dos alcobas.

--Y cmo ha notado usted que haba esto?--dijo Pello.

--Cuando uno de ellos comenz a golpear el tabique, inmediatamente se me
vino la idea de si habra alguna comunicacin; cog la luz, y vi el
marco de la puerta rebozado de cal; antes de que el que golpeaba llegara
al fondo de la alcoba con su sondeo y notara la puerta, dispar. Me
pareci mejor que descolgarse y andar por el campo cogiendo el relente.

--Retiro lo de la tontera, don Eugenio. Es usted un hombre de recursos.

Aviraneta sonri, satisfecho.


LOS DOS HUSPEDES

El pelotn de soldados que acababa de llegar, al mando de un sargento,
reconoci la casa. La criada y el ama, encerradas en su cuarto, estaban
muertas de miedo.

Al ver a Aviraneta, el ama exclam:

--Cre que le habran matado a usted, don Eugenio.

Pues ya ve usted, todava vivo. Y los dos huspedes de anoche, estn en
casa?

--S.

--No creo que tengan el sueo tan duro que no se hayan despertado con
este alboroto.

Fueron al cuarto de los dos huspedes, y se encontraron con un
espectculo horrible: uno de los hombres estaba muerto, cosido a
navajadas, en la cama; el otro, en el suelo, desnudo, atado y
amordazado. Le quitaron las ligaduras, y pudo contar lo ocurrido. Se
haba despertado y encontrado con cinco hombres desconocidos que le
ataron y amordazaron. Al mirar hacia la cama de su compaero le vi
muerto y baado en sangre.

Se quedaron doce soldados y un cabo en la casa, y los dems hicieron un
reconocimiento por los alrededores de la muralla y por los viedos
prximos; pero no encontraron a nadie.

--Bueno. Esto se ha concludo--dijo Aviraneta--. Dormiremos un rato,
eh?

--Me parece una buena idea--contest Pello.

Y el uno en una alcoba y el otro en la otra se tendieron en la cama.




V

UNA PROPOSICIN


AL da siguiente, Aviraneta se levant temprano. Abri el balcn de la
sala para que entrara la luz, y estuvo contemplando las huellas del
combate de la noche anterior; una de las balas se haba incrustado en la
pared; la otra, hecho trizas un espejo.

En el suelo quedaban manchas de sangre.

Aviraneta sali al pasillo de la casa; en un cuarto del fondo, alumbrado
con cuatro velas, estaba el cadver del hombre asesinado por la noche.

Aviraneta volvi a su cuarto, impresionado.

--Se va uno haciendo viejo--murmur--. Estas cosas ya me hacen efecto.

Aviraneta se acerc a la alcoba donde se haba acostado Legua, y qued
asombrado al verle dormir tan profundamente.

--Cmo duerme! A ste no le preocupa mucho que haya un muerto en la
casa.


LA FILOSOFA DE PELLO

Aviraneta se lav y se afeit, y al dar las ocho llam a su compaero.

--Eh, Pello! Ya has dormido bastante.

Legua, desde la cama, entre dos bostezos, dijo:

--Qu hora es?

--Las ocho han dado ahora mismo.

--Habr que vestirse.

--Claro!; no te vas a estar todo el da en la cama. Adems, ten en
cuenta que pueden venir los verdaderos huspedes de este cuarto.

Pello se sent en la cama.

--A ese pobre hombre le han matado por equivocacin--murmur Aviraneta,
en tono sentimental.

--A qu hombre?

--Al de ayer. A cul va a ser?

--Ah!

--Ya no te acordabas?

--S. Y dice usted que le han matado por equivocacin?

--Claro! El golpe iba dirigido a m.

--Pse! Yo creo que todo el mundo muere igual--replic Legua, con
indiferencia, mientras se pona los pantalones.

--Veo que eres un brbaro, Pello.

--Hay que ser filsofo. A uno tambin le tocar su hora, y por eso no se
estremecern las esferas.

--Esa indiferencia en un muchacho joven como t me parece horrible. Si
ahora eres as, qu ser cuando tengas mi edad?

--Ser una especie de Aviraneta--replic Legua con viveza.

--Eres un cnico, Pello.

--Y usted un intrigante y un incendiario, como ha dicho el hombre de la
zamarra.

--Voy a mandar que te fusilen, Pello.

--Yo voy a hacer que le cojan a usted los jesutas por masn.

--Eres un brbaro, Pello.

--Y usted un bandido.

--Muy bien; le dir a Corito que me has insultado.

--Yo le dir que quien me ha insultado ha sido usted.

--No te creer.

--Ya la convencer.


EL DIABLO TENTADOR

--Qu vas a hacer ahora?

--Voy al almacn, a casa de mi to.

--Espera un momento. Te voy a hacer una proposicin.

--Venga la proposicin.

--Quieres venir conmigo, s o no?

--A qu?

--Eso te lo explicar ms tarde. Si vienes conmigo, trabajaremos juntos,
intrigaremos juntos, quiz tengamos que defendernos juntos...

--Muy bien; nos defenderemos juntos...

--Yo no, porque soy viejo...

--Hombre, no es usted viejo!

--Tengo cuarenta y seis aos, y he vivido bastante. Yo, no; pero t
puedes llegar a ser lo que quieras: general, ministro, archipmpano...
Yo te ayudar... te conviene?

--Me conviene. Me proteger usted tambin para casarme con Corito?

--Eso es cosa tuya y de ella; pero, en fin, si eres buen chico, se te
proteger.

--Entonces no hay que decir ms. Soy de usted en cuerpo y alma.

--Muy bien. Est hecho el pacto. Venga esa mano.

--No vaya usted ahora a convertirse en algn demonio y empezar a echar
llamas de azufre, seor de Aviraneta.

--No tengas cuidado, Pello. Soy un buen diablo. Vete a despedirte de tus
amigos, y ya sabes, a la tarde nos vamos.

Legua se contempl un momento en un trozo de espejo, se cal el
sombrero de copa y sali del parador.




LIBRO QUINTO

UN SOLDADO AUDAZ




I

EL OFICIAL DE LA BONA BLANCA


MOMENTOS antes de las doce se present Legua en el parador. Aviraneta,
sentado en el zagun, contemplaba las gallinas que picaban en el
estircol y a dos perros que retozaban, ladrando.

--Est uno dispuesto para la marcha--dijo Pello--; he concludo las
despedidas.

--Qu te han dicho?

--Nada. Mi to lo ha sentido. Su familia y l me tenan afecto.

--Y a Corito, la has visto?

--S.

--Qu dice?

--Dice que la voy a olvidar si me marcho por ah.

--Y sers bastante granuja para eso?

--No! Ca!


LOS IDEALES DE PELLO

--Realmente, hago mal en sacarte de este pueblo. Aqu tienes amigos,
personas respetables que te estiman..., que te quieren... Creo que es un
disparate que salgas de Laguardia.

--A usted le parece buena esta vida, de verdad?

--S, ya lo creo!; la mejor.

--Pues nada, nos quedamos los dos. Rezaremos el rosario por la tarde;
iremos a casa de las Piscinas; usted hablar con don Juan de Galilea
acerca del sistema constitucional, y con las marquesas de Valpierre de
que Laguardia est perdido...

--Creo que te permites burlarte de m, Pello.

--No, nada de eso; no hago ms que empezar a desarrollar los encantos de
la vida tranquila. Adems de que don Juan de Galilea es hombre muy
ameno, sobre todo cuando dictamina y encuentra que esto no empece para
lo otro.

--S, s, brlate.

--Yo burlarme! Yo, que he aguantado a pie firme discursos de dos horas
seguidas, sin desmayar!

--De manera que lo que t quieres es conspirar, intrigar, andar a
tiros?

--Robar algo bueno si se tercia.

--Seducir infelices doncellas...

--Desvalijar las iglesias...

--Asaltar los conventos...

--Comer bien...

--Beber mejor...

--Jugarse las pestaas...

--Pello, permteme que te lo diga, eres un bandido.

--Y usted otro.

--De manera que para ti la moral no es nada?

--La moral! Es una cuestin de estmago, don Eugenio.

--Cmo de estmago?

--S; de estmago. Se tiene el estmago malo, pues es uno moral, porque
no tiene uno apetito; pero se tiene buen estmago, y es uno inmoral
necesariamente.

--Y t eres inmoral?

--En este momento, s, porque tengo apetito.

--De manera que para ti la moralidad es un catarro gstrico... Qu
teoras! Eres un pagano, Pello. Bueno, vamos a comer.

Entraron en el comedor. Aviraneta se sent en la cabecera y Legua a su
lado.

--Tendrn ustedes que esperar un rato--dijo la duea de la casa.

--Por...?

--Porque van a venir unos militares.

Legua torci el gesto.

--Demonio! Nos van a fastidiar. Tardarn mucho?

--No, no; ahora mismo van a llegar.


SE RECONOCEN

Aviraneta, para hacer tiempo, sac un plano del bolsillo y comenz a
estudiar el itinerario que tenan que seguir, en coche, hasta Santander.
Legua se puso a silbar, mirando el techo.

Un momento despus se oyeron pisadas fuertes en la escalera, acompaadas
de un murmullo de voces, y entraron cerca de veinte hombres en el
comedor.

Aviraneta no levant la cabeza del plano.

Legua contempl indiferente a los oficiales que entraban. Eran tipos
atezados, negros por el sol; de aspecto enrgico y decidido. El jefe,
sobre todo, llamaba la atencin por su mirada profunda y fuerte. Hombre
ms bien bajo que alto, fornido y macizo, tena esos movimientos lentos
y al mismo tiempo seguros del hombre del campo.

Llevaba zamarra de piel al hombro, a manera de dolmn; bona blanca,
grande, que le sombreaba los ojos; el pulgar de la mano derecha apoyado
en la cadena del reloj. Debajo de la zamarra se vea la faja azul; a los
lados, dos pistolas y el sable al cinto.

No se poda saber la graduacin de aquel oficial, porque no llevaba
insignias de mando; andaba de un lado a otro, como un lobo, y en su paso
haba la decisin del hombre que cree que no puede encontrar obstculos
en su marcha.

De pronto el jefe, apartndose de sus oficiales, que estaban de pie a la
entrada del comedor, qued mirando fijamente a Aviraneta.

--Algn otro conflicto tenemos--pens Legua.

El jefe se fu acercando a Aviraneta y le puso la mano en el hombro.
Aviraneta levant los ojos y dej la lente sobre la mesa.

--Demonio! Martn!--exclam--. T por aqu!

--Aviraneta! Eugenio de Aviraneta! Ya saba yo que te conoca. Qu
vienes a hacer por Laguardia?

--Estoy de paso. Voy a Francia.

--A intrigar, eh?

--Parece que lo sabes.

--Me lo figuro. A favor de los carlistas o de los liberales?

--Soy ms liberal que t, Martn--replic Aviraneta--, aunque no tan
brbaro.

--Slo a ti te permito decir esas cosas. Si fueras otro, te mandara
fusilar delante de la muralla.

--Lo creo.

--Me consideras cruel?

--Lo eres.

--Mala opinin tienes t de m, Eugenio.

--Peor la tienes t de m, Martn.

--Es que no te veo claro.

--No lo soy cuando no lo puedo ser.

--Ni con los amigos?

--Ni con los amigos. Cuando mis secretos no son mos no se los comunico
a nadie.

--Est bien. Sabes que me han hecho coronel?

--Lo s--dijo Aviraneta--; lo saba antes que t.

--A ver, explica cmo puede ser eso.

--Un ministro que t conoces me dijo, hace meses: Le vamos hacer
coronel a Martn, al amigo de usted. Qu le parece a usted? Yo le
contest: Muy mal!

El jefe y sus compaeros quedaron asombrados. Aviraneta, cuando pas un
momento, aadi:

--Muy mal!--le dije--; creo que le deben ustedes hacer general.

La actitud de los oficiales cambi por completo, y algunos se echaron a
reir a carcajadas.

--A ste no le conocis--dijo el coronel, sealando a Aviraneta--; ste
es el granuja ms granuja que hay en el mundo.

--Y el liberal ms liberal de todos los espaoles.

--Qu piensas hacer, Aviraneta?

--Pienso comer.

--Y luego?

--Luego tomar el coche y marcharme a Santander.

--Irs por Miranda?

--S.

--Pues hasta Labastida te acompaar.

--Bueno. Os falta alguno para venir a comer?

--No.

--Pues entonces, manda que traigan la comida, porque este amigo y yo
estamos ya con hambre.

--Patrona! A ver esa sopa.

Aviraneta y Legua haban conservado los puestos que ocupaban en la
mesa.

El jefe se sent a la derecha de Aviraneta, y los dems oficiales se
fueron acomodando donde les vino bien.

--Este joven es amigo tuyo?--pregunt el jefe a Aviraneta.

--S, es mi secretario; Pedro Legua. Pello, este coronel es el famoso
Martn Zurbano, terror de los carlistas.

Legua se levant; Zurbano hizo lo mismo, y se estrecharon la mano
gravemente.




II

HISTORIAS RETROSPECTIVAS


REZO el Benedcite?--pregunt Aviraneta, tomando una actitud compungida,
de cura.

Zurbano contest con una blasfemia.

--Djalas para el final--advirti Aviraneta--; ahora estamos en la sopa.

La conversacin se generaliz en seguida. Zurbano era muy ocurrente;
tena gran repertorio de ancdotas y de cosas vistas, y salpimentaba sus
relatos con interjecciones riojanas y blasfemias de todas las regiones.

Al oirle se comprenda la fama terrible del guerrillero liberal. Para
una persona circunspecta y religiosa, un hombre como aqul, tan
exaltado, tan furibundo, tan brbaro, que expona la vida a cada paso,
que obligaba a pagar contribuciones a los conventos y quemaba sin
escrpulo las iglesias, que hablaba blasfemando e insultando, tena que
parecer un energmeno, un monstruo vomitado por el infierno.


ZURBANO CUENTA CMO CONOCI A AVIRANETA

--Siempre recuerdo cmo le conoc a este hombre--dijo Zurbano,
refirindose a Aviraneta.

--Cmo fu?--pregunt Mecolalde, el segundo de Zurbano, a quien las
historias y ancdotas de su jefe interesaban extraordinariamente.

--Pues veris. El ao 23 los franceses venan a acabar con la
Constitucin y la libertad de Espaa, al mando de un duque que no
recuerdo cmo se llamaba...

--El duque de Angulema--dijo Aviraneta.

--Eso es; el duque de Angulema. Por entonces nos reunamos en Logroo,
en un mesn cerca del puente, unos cuantos nacionales y algunos paisanos
patriotas. Era por la primavera, no recuerdo qu mes. Se hablaba de que
los absolutistas, que venan de vanguardia con los franceses, se
acercaban. Mandaba en Logroo los regimientos constitucionales el
brigadier don Julin Snchez, uno de los guerrilleros de ms fama de la
guerra de la Independencia. Una noche, dos hombres a caballo se apearon
en el mesn. Eran un capitn de Caballera y su asistente. Sin quitarse
el polvo del camino fueron a casa del gobernador militar y volvieron al
poco rato. El capitn vena acompaado de un sargento de nacionales y de
algunos patriotas. Vamos, vamos, nos dijeron a todos. Entramos en el
comedor del mesn, y nos reunimos treinta o cuarenta. El mesonero vino
con dos candiles y los colg de las vigas del techo. Entonces el capitn
se subi en una silla, y llamndonos ciudadanos comenz a hablar, a
explicarnos la situacin en que se encontraba Espaa. Era un hombre
joven, flaco, con los ojos vivos y la voz spera. Nos dijo que la
Constitucin y la Libertad estaban en peligro, que los generales nos
hacan traicin, que las autoridades estaban en tratos con los franceses
y los realistas, y que el rey jugaba con el pas. A pesar del fuego con
que hablaba aquel hombre, la gente estaba fra y poco decidida. Al
ltimo dijo que haba que nombrar inmediatamente una Junta para la
defensa de la ciudad, buscar armas y repartirlas entre los patriotas.

Despus del discurso, el sargento y el oficial se sentaron en una mesa,
y con la ayuda de los nacionales comenzaron a hacer una lista de los
individuos que deban de formar la Junta. El primer nombre de la lista
fu el del oficial, luego hubo otros cuatro o cinco; los dems no
quisieron comprometerse, y la Junta no se form. Al da siguiente, los
franceses entraban en Logroo; el brigadier Snchez caa herido de una
lanzada en el costado. Al capitn aquel que haba hablado la noche
anterior le vi luchando en medio de un grupo de nacionales acorralados
por los franceses. Sabis quin era aquel oficial? Este hombre que
tenis delante: Eugenio de Aviraneta. Muchos aos despus, un amigo mo
recibi una carta de Aviraneta, firmada en Zaragoza, recomendndole que
apoyara en unas elecciones a Mendizbal.

--Buen premio me di ese cocodrilo llorn--murmur Aviraneta.

--Al ver la firma--sigui diciendo Zurbano--me acord yo, y dije: Es
aqul. Luego me indicaron que estaba en Logroo, y no par hasta
encontrarle. Este ha sido uno de los hombres que ms me han llamado la
atencin.


AVIRANETA CUENTA CMO CONOCI A ZURBANO

--Pues yo supe de ti--dijo Aviraneta--de una manera menos trgica.

--Hombre! A ver, cmo fu eso?

--Estaba a la puerta de ese mesn de Logroo de que t has hablado, con
el sargento y otro miliciano, cuando pasaste t. Si hubiera muchos como
ste--dijo el sargento--, se podra hacer algo. Quin es se?,
pregunt yo. Martn Zurbano, un contrabandista de Varca. Y me cont un
sucedido tuyo, que no s si es verdad o mentira.

--Qu fu?

--Parece que estabais una patrulla de nacionales en Montalvo, y que
haca tanto fro, que se helaban las palabras, y que t dijiste: Esto
no es nada; vamos a desnudarnos y a volver a Logroo a caballo y en
cueros. Los dems dijeron que era una barbaridad; pero t, empeado, te
desnudaste y anduviste tomando el fresco unas cuantas horas por encima
de la tierra helada. Es verdad esto?

--S. Es verdad. Era uno joven y fuerte. Hoy no lo podra hacer.

--Bah! Qu importa? Mientras haya entusiasmo y calor en el corazn.

--Eso no falta.

--Lo mismo me ocurre a m--dijo Aviraneta.

--De verdad?--pregunt Zurbano, con la brutal franqueza que le
caracterizaba.

--Parece que lo dudas.

--Y eres poltico!

--Y qu?

--Yo dudo del entusiasmo y de la buena fe de todos los polticos.




III

VIOLENCIA CONTRA VIOLENCIA


HUBO un momento de silencio.

--Creo que te engaas, Zurbano--dijo Aviraneta, secamente.

--El que se engaa eres t, Aviraneta--replic Zurbano.

--Suponer que la mala fe est slo en los polticos es un absurdo.

--Piensas t que los polticos espaoles son buenos?

--No. Cmo voy a pensar eso! S que son malos; pero s que tienen
muchos de ellos tanta buena fe como los de los dems pases.

--Entonces no comprendo por qu lo hacen mal.

--Lo hacen mal porque en Espaa es imposible hacerlo bien. Los polticos
son malos cuando el pas es malo.

--No, no. Espaa no es peor que otra nacin.

--No ser peor individualmente; lo es colectivamente.

--No entiendo eso. Me parece lo que dices una de esas frases de poltico
que no quieren decir nada.

--Un hombre puede ser buen hombre y mal ciudadano.

--Cuando se es mal ciudadano se es mal hombre--contest Zurbano, dando
un puetazo en la mesa.

--No. Un Cristo que viviera entre nosotros, sera un buen hombre, sera
un mal ciudadano.

--Argucias.

--Razones.

--Di lo que quieras. Yo estoy convencido de que son los polticos los
que nos matan. Por qu no se acaba la guerra civil? Por ellos.

--Por ellos y por los generales, que se odian--replic Aviraneta--. Hace
unos meses estaba yo en Arcos de la Frontera, y vea cmo dos generales
del ejrcito liberal, Alaix y Narvez, no slo no se ayudaban nunca,
sino que hacan lo posible para que los carlistas de Gmez derrotasen a
las tropas de su compaero y rival. Y esto de las rivalidades es lo ms
digno que pasa entre ellos. No hablemos de lo ms indigno.

--Y por qu no se habla claro en ese Congreso?--pregunt Zurbano--.
Por qu no se dice la verdad? Eso no es un Congreso; es un charco de
ranas.

--Aunque fuera un estanque de cisnes sera lo mismo.

--Aqu se necesita un hombre, Aviraneta.

--Aqu se necesita un pueblo, Zurbano.

--Yo estoy convencido de que en Espaa, hoy, lo mejor sera una
dictadura militar, una dictadura de un hombre justo, valiente, que
supiese sentar las costillas a todo el que quisiera salirse de la ley.

--No, Martn--contest Aviraneta--; no estoy conforme. Espaa no
necesita ms que una dictadura: la de la justicia, la de la
inteligencia, la de la libertad. Nada de fuerza, nada de soldados que
quieran imitar a Napolen. El Poder civil debe estar siempre por encima
del Poder militar. El Ejrcito no debe ser ms que el brazo de la
nacin, nunca la cabeza.


AVIRANETA HABLA DE S MISMO

--No estoy conforme--y Zurbano di un puetazo en la mesa--. Los
soldados somos tan ciudadanos como los dems. Ciudadanos que exponen su
vida. Podis decir lo mismo los polticos?

--Lo dices por m, Martn?

--Lo digo por todos vosotros.

--He peleado en la guerra de la Independencia con don Jernimo
Merino--contest Aviraneta framente.

--Queris ganar batallas desde los rincones de los ministerios.

--He hecho cuatro campaas.

--Aspiris a mandar con vuestras intrigas; no sois tan liberales como
nosotros los militares.

--He peleado el ao 23 con el Empecinado; el ao 30 tom parte en la
expedicin de Mina; hoy sigo luchando contra los facciosos.

--S; pero queris tenerlo todo en vuestra mano; no queris que el mundo
sea libre.

--He guerreado con lord Byron por la independencia de Grecia.

--No os preocupa ms que lo que pasa en Madrid; no sois patriotas.

--Tom parte en Mjico en la expedicin del general Barradas.

--No dudo de que seas un valiente; pero, creme, Aviraneta, slo un
hombre de puos, capaz de fusilar a todo el que no ande derecho, puede
salvar a Espaa.

--Sera necesario que cuando acabara de fusilar a todos hubiera otro
hombre de puos que lo fusilara a l--replic Aviraneta.


ZURBANO EL IBERO

La discusin sigui as, en el mismo tono extremado y agresivo. Los
dems oan y callaban, presenciando el duelo. Estaban frente a frente el
torero y el toro, el cazador y la fiera, la violencia impulsiva de
Zurbano ante la energa serena de Aviraneta.

No era posible dar una idea de la actitud y de las palabras de Zurbano;
acostumbrado a mandar, la resistencia le irritaba; hablaba, accionaba,
daba puetazos en la mesa, se revolva furioso; quera oir y, al mismo
tiempo, acogotar al contrincante.

Aquel hombre era un admirable ejemplar de la violencia ibrica; su alma
inquieta, tumultuosa, tena algo de volcn en perpetua erupcin.

Era el fiero cntabro, violento, exaltado, con un valor que llegaba a la
temeridad, a la tendencia suicida, con una confianza grande en su
estrella.

Esta confianza le haca emprender aventuras absurdas. Una de ellas se la
cont Mecolalde a Legua en un alto de la discusin.

Unos meses antes, en Noviembre del ao anterior, haban salido de noche
unos doscientos hombres del batalln de Zurbano, desde Vitoria.

Al llegar cerca de Salvatierra, Zurbano dej el grueso principal de la
fuerza en una altura, viendo que el terreno que se presentaba ante ellos
era pantanoso, y con veinte jinetes y doce infantes se meti
sigilosamente en Zalduendo, ocupado por los carlistas. Zurbano saba
dnde estaba alojado el general Iturralde, y solo, envuelto en el
capote, se dirigi hacia la casa. Buenas noches, le dijo el centinela.
Buenas noches, le contest el soldado.

Zurbano entr en el portal, subi la escalera, recorri un pasillo y
lleg a un cuarto donde unos veinte hombres, la mayora oficiales
carlistas, estaban jugando al monte.

El banquero tena suerte: iba acumulando delante de s una gran cantidad
de plata y de billetes. Di las cartas, y viendo que Zurbano no
apuntaba, le dijo:

--Y usted no juega, compaero?

--Yo copo--dijo Zurbano; y se levant y extendi la mano sobre la mesa.

--Quin es este hombre?--grit Iturralde.

--Soy Martn Zurbano! Todo el mundo queda preso. Y sac un trabuco que
llevaba escondido debajo del capote.

Los jugadores quedaron sorprendidos; Martn, valindose de su sorpresa,
se asom al balcn y dijo a Mecolalde: Eh, vosotros, venid arriba!

As prendi Zurbano al mariscal de campo del ejrcito carlista don
Francisco Iturralde, a su mujer, a su hijo, a cinco oficiales y a
cincuenta y cuatro personas ms.

Estas gatadas eran frecuentes en el guerrillero riojano, que viva slo
para la guerra, para la emboscada, para la sorpresa.

Aquel hombre, por lo que dijo Mecolalde, era insensible a los placeres
materiales; no coma ni dorma. Era de una austeridad furiosa y salvaje.

Para que su genio fuera ms irascible, padeca del estmago, y la
enfermedad daba a su rostro, largo y fino, unas arrugas de melancola;
sus ojos, grises y azulados, brillaban con furor; la boca, de labios
plidos y rectos, denotaban un carcter de crueldad y de energa.

Siempre vibrante, siempre amenazador, Zurbano hablaba con un fuego
extraordinario, con una elocuencia incorrecta, y a veces incoherente.

En aquel duelo de palabras entablado en el comedor de la fonda,
Aviraneta se bata a la defensiva; pareca un aguilucho resistiendo las
embestidas de un jabal.

De pronto, los dos contrincantes se pusieron de acuerdo, pensando en la
patria futura. Zurbano entrevea en el porvenir un mundo de justicia y
de bondad, sin guerras, sin enemigos, sin violencias; Aviraneta estaba
conforme; pero, para acercarse a aquel ideal, los dos consideraban que
haba de seguirse distinto camino. El uno crea que era indispensable
marchar de frente, aniquilando las torpezas y las mentiras dejadas por
el pasado; el otro pensaba que haba que tomar por el atajo y atacar al
enemigo de soslayo, cuando no se pudiese cara a cara.




IV

CONSEJO DE AMIGO


LA discusin se interrumpi por la entrada de un viejo.

Este viejo vena a saludar a Zurbano. Era un hombre alto, de bigote
cano, facciones duras. Por sus actitudes pareca militar.

--Hola, Varea!--le dijo a Zurbano; porque muchos le llamaban por el
nombre del arrabal de Logroo donde haba nacido.

--Quin es usted?--pregunt Zurbano, bruscamente.

---No te acuerdas?... No se acuerda usa de Caparroso, aquel cabo de
Carabineros que un da le mand parar a usa, amenazndole con el fusil,
y que usa...?

--Redis! Eres t?

--S, vivo aqu, donde est casado mi hijo.

--Cunto me alegro de verte!


EL CABO CAPARROSO

Zurbano se levant, se acerc al viejo y estuvo hablando con l.
Mecolalde, que conoca muy bien la vida de su jefe, cont a Legua y a
Aviraneta lo ocurrido a Zurbano con aquel hombre.

El recin llegado haba sido cabo de Carabineros y perseguidor de
Zurbano en sus tiempos de contrabandista. El cabo Caparroso tena fama
de templado, y como Zurbano se le escapaba de entre las uas, jur
prenderle cuando le echase la vista encima. Un da, el carabinero lo vi
en el monte, con dos mulos cargados de mercancas. Amartill el fusil,
y, saltando por entre las zarzas, se plant delante de Zurbano, y,
echndose el arma al hombro, grit: Alto! Rndete! Bueno, me
rindo, dijo el contrabandista. Hala. Tira para adelante, aadi el
cabo. Martn comenz a marchar con sus mulos hacia el pueblo. Al llegar
a un recodo, la carga de uno de los machos se inclin hacia un lado;
Zurbano fu a arreglar la alforja, y con un movimiento rpido sac un
trabuco de debajo de la manta, y, apuntando al carabinero, grit:
Rndete t ahora, o disparo. El cabo Caparroso dijo al contrabandista
que le perdonaba, que se fuera; pero Zurbano, riendo, contest: Ca!;
ahora toma t del ramal a las caballeras y llvalas hasta la cuadra de
mi casa. Yo voy detrs.

El cabo y Zurbano llegaron a Varea, y all, Zurbano le ofreci al
carabinero una buena cena y se hicieron amigos.


EL EMPECINADO Y ZURBANO

--Algo parecido le sucedi al Empecinado--dijo Aviraneta.

--Cundo conoci usted al Empecinado?--pregunt Mecolalde.

Le conoc el ao 13--contest Aviraneta--. Pele con l y con el cura
Merino en tiempo de la guerra de la Independencia; luego luch, con una
partida suelta, contra Merino, el ao 23, y fu, durante algn tiempo,
secretario de campaa del Empecinado.

Todos los comensales se le quedaron mirando atentamente. A pesar de que
aquel hombre no era viejo an, perteneca a otra generacin: a una
generacin que en menos de treinta aos haba tomado un carcter
legendario.

--El Empecinado!--exclam Zurbano, que se haba despedido del antiguo
cabo de Carabineros y volva a su sitio a la mesa--. He odo decir que
fu siempre hombre de gran corazn y gran liberal.

--Era como Martn?--pregunt Mecolalde, a quien le gustaba sacar a
relucir, siempre que poda, a su jefe.

--No, no.

Zurbano torci el gesto.

--Eran muy diferentes--sigui diciendo Aviraneta, mirando a Zurbano con
su impasibilidad habitual--. Este Martn y aquel Martn, los dos han
nacido guerreros, con el sentimiento de las sorpresas y de las
emboscadas. En esto nicamente se parecen; en lo dems, muy poco. El
Empecinado era como una encina de Castilla, robusta, fuerte,
achaparrada; ste es como un pino alto y delgado; el Empecinado era ms
tosco, ms pueblo; ste es... ms fino, ms aristcrata.

--Aristcrata yo!--exclam Zurbano, sorprendido, y lanz una blasfemia
que hizo persignarse a todas las mujeres de la casa--. Slo a ti se te
ocurre decir esto.

--S, aristcrata. A pesar de tu rudeza aparente y de tus palabras, eres
un aristcrata.

--Yo, que no llevo ni siquiera las insignias de mi grado!

--Por eso, porque eres aristcrata.

--Bah!

--El Empecinado era ms humano; ste es ms duro, ms implacable; el
Empecinado era francote, sencillo; ste es un zorro.

--Sin duda; porque desciendo de vascongados--replic Zurbano con
malicia, sabiendo que Aviraneta lo era.

--Quiz por eso. El Empecinado era como un nio, y lo hubiera sido
siempre; ste es como un viejo; aqul no tena ambicin; ste la tiene;
aqul era sano; ste, no.


EL HORSCOPO

Zurbano, que haba seguido la comparacin con cierta ansiedad
disimulada, como hombre que oye un horscopo en el que cree, qued
pensativo.

--De dnde sabes que yo no estoy sano?--pregunt.

--No lo s. Lo supongo nada ms. Cuando uno es un rabioso, un violento,
es que no est sano.

--Eres inteligente, Aviraneta.

--Me tengo por tal; quiz sea una equivocacin.

--Ves a los hombres por dentro; pero no progresars.

--Lo s.

--Comprenders a la gente; pero eso no te servir de nada. Alguno dir:
Ese hombre tiene talento, tiene valor, tiene perspicacia... Pero te
sobra una cosa: la personalidad; eres demasiado Aviraneta; no sabes
pensar en los dems; te falta otra: la suerte. Detrs de ti no ir nunca
nadie; tendrs que estar siempre a las rdenes de un hombre que valga
menos que t: el inteligente te temer, el no inteligente te
despreciar.

--Es mi horscopo?--dijo Aviraneta.

--Parecido al tuyo.

--Y qu debo hacer, segn t?

--Retirarte de la vida activa.

Aviraneta qued pensativo, y una sonrisa de tristeza frunci sus labios.

--Te ha molestado?--dijo Zurbano, riendo y poniendo la mano en el
hombro de su interlocutor.

--No; por qu? El destino est por encima de los hombres.

--Pues vngate, pronosticndome alguna desgracia.

--Desgracia? No s si la tendrs, Martn. Por lo pronto, desconfa de
tu carcter. Eres un militar, un buen militar. Has hecho lo ms difcil
de tu carrera. Si prosperas, como prosperars, querrn hacer de ti un
poltico, y entonces...

--Y entonces, qu?

--Entonces fracasars, y podrs llegar a perder todo lo que has ganado,
si no pierdes tambin la vida.

Realmente, Zurbano era de esos tipos en cuya frente parece leerse un
destino trgico.

--Son ustedes pjaros de mal agero--exclam Mecolalde--; dejemos esto,
y que traigan caf.


EL ENTUSIASMO LIBERAL

Estaban tomando el caf cuando delante del parador la charanga del
regimiento de Zurbano comenz a tocar el himno de Riego.

Zurbano, Aviraneta, Legua, Mecolalde y los oficiales salieron al
balcn.

Soldados y gentes del pueblo se haban amontonado delante de la casa.
Uno de los soldados llevaba en la cabeza un sombrero de teja, grande, y
reparta bendiciones, entre las carcajadas de los dems.

Cuando los jefes aparecieron en el balcn ces el tumulto.

--Viva Zurbano!--grit un hombre del pueblo con voz furiosa, levantando
un garrote blanco en el aire.

--Viva!--repitieron varias voces, igualmente frenticas.

Zurbano se estremeci; pareca un caballo encabritado.

--Riojanos!--exclam con voz vibrante, agarrndose con las dos manos al
hierro del balcn--. Viva la reina!

--Viva!

--Viva la Constitucin!

--Viva!

--Viva la libertad!--grit Aviraneta.

--Viva!

La charanga volvi a tocar el himno de Riego aun con ms bro.

Pello qued asombrado al mirar a Aviraneta. Estaba plido de la emocin,
con las lgrimas en los ojos.

--Maestro, est usted emocionado. El aire de la Libertad le emborracha.

--S; es verdad.

--Si le llegan a usted a ver en el balcn las Piscinas!--aadi Pello,
burlonamente.

Aviraneta sonri, y tuvo que limpiarse disimuladamente los ojos.




V

POR EL CAMINO


ZURBANO y sus oficiales haban salido camino de La Bastida. Hasta un par
de horas despus, Aviraneta y Legua no tuvieron la silla de postas
preparada.

Montaron a la puerta del parador, y comenzaron a bajar de prisa el cerro
de Laguardia.

El da, de Junio, era claro, con sol, pero fresco; algunas nieblas
suaves, ligeras, iban corriendo por el aire y deshacindose sobre la
falda obscura de los montes.

Al pasar por cerca de Samaniego se encontraron a Mecolalde, con una
compaa, que iba a retaguardia. Haban detenido un land, ocupado por
una seora y un caballero, y a dos vagabundos de malas trazas que se
haban escondido en un viedo al ver a la tropa. En ellos reconoci
Legua al hombre de la zamarra y al Raposo.

--Ah tiene usted a dos de los asaltantes de anoche--dijo Pello a
Aviraneta.

--Son esos?

--S.

El hombre de la zamarra, al ver a Aviraneta volvi la cabeza
rpidamente.

--Han cogido ustedes gente sospechosa?--pregunt Aviraneta a Mecolalde.

--S.

--Qu clases de tipos son?

--Estos son espas de los carlistas.

--Entonces, mala les espera.

--Martn ordenar lo que haya que hacer con ellos.

La silla de postas avanz por entre los soldados; al pasar por delante
del land detenido, Aviraneta ech una mirada hacia el interior del
coche y se estremeci.

--Va dentro una mujer muy guapa--dijo Legua, que haba mirado tambin.

Aviraneta no dijo nada; pero poco despus mand al cochero de la silla
de postas que se detuviese; se par la silla de postas en medio del
camino, y pas por delante de ella el land, rodeado de soldados.

Detrs del caballo de Mecolalde venan el Raposo y el hombre de la
zamarra con las manos atadas.

En esto se vi aparecer a Zurbano, al galope, seguido de un ayudante.
Mecolalde se acerc a l, y los dos jefes hablaron. Mecolalde explic,
sin duda, a Zurbano lo que ocurra.

--A los dos vagabundos y al caballero, que los fusilen delante de esta
tapia--grit Zurbano--. A la seora llevadla al depsito.

Dos soldados abrieron el land e intimaron a los viajeros para que
bajasen. Salieron del interior un caballero y una seora. El caballero
era un hombre de unos cuarenta aos, delgado, esbelto, de bigote corto;
la seora, una mujer morena, de poca estatura, pero de arrogante
presencia.

Aviraneta se acerc disimuladamente a Zurbano.

--Martn--dijo--: una palabra.

Zurbano se inclin desde su caballo.

--Qu quieres?--pregunt.

--Esta mujer ha sido mi mujer--dijo Aviraneta.

--Tu mujer?

--S. No podras dejarla en libertad?

--Lo har por ti.

--Y por los otros, puedes hacer algo?

--Nada. Dile a esa seora que se vaya. No hago la guerra ni a las
mujeres ni a los nios; no soy ningn Cabrera.

Aviraneta le rog a Pello que comunicara a aquella seora las palabras
de Zurbano. Legua se acerc a la dama y se descubri.

--Seora--dijo--: el coronel Zurbano, como favor especial, le permite a
usted marcharse libremente.

--A m sola?

--A usted sola.

--Y mi esposo?

--Quedar prisionero.

--Pues dgale usted a ese bruto--replic la dama, con aire orgulloso e
insultante--que no me separo de mi marido.

--Pero, seora...

--Nada, nada.

Legua se inclin, y, acercndose a Aviraneta, le cont lo que pasaba.

--Es su marido?--pregunt Aviraneta, con cierto asombro.

--S.

Aviraneta habl nuevamente a Zurbano, y le convenci de que sera mejor
interrogar a los prisioneros.

--Bueno; vamos a entrar en esta casa. Se celebrar un juicio sumarsimo.

La casa que haba indicado el coronel tena un ancho zagun y una
columna de piedra en el centro; pusieron junto a sta una mesa; Zurbano
se sent en medio; a su derecha, Mecolalde, y a su izquierda, un
capitn.

--Que entren los prisioneros--dijo Zurbano.

Rodeados de media docena de soldados y de varios oficiales entraron la
seora, el caballero, el Raposo y el hombre de la zamarra.


VARGAS

--Interrgueles usted, capitn--dijo Zurbano.

--A quin primero?

--Al seor.

--Cmo se llama usted?--pregunt el capitn.

--Don Fernando de Vargas--contest el caballero, esforzndose por
aparecer sereno y tranquilo.

--De dnde viene usted?

--De Valladolid.

--Adnde iba usted?

--A Francia.

--Es usted carlista?

--S, seor.

--Lleva usted alguna misin de su partido?

--No, seor.

--Qu parentesco tiene usted con esa seora?

--Es mi esposa.

--Conoce usted a estos dos hombres?

--A ste--y seal al de la zamarra--lo conozco. Ha sido criado mo;
pero hace ya muchos aos que no le vea. Al otro no le conozco.

--Est bien. Sigo el interrogatorio?--pregunt el capitn a Zurbano.

--No; empiece usted con el otro.


EL HOMBRE DE LA ZAMARRA SE DEFIENDE

El capitn comenz a interrogar al hombre de la zamarra; pero ste, por
exceso de astucia, quiso hacerse el tonto. El capitn se pic al ver que
el mendigo se le escabulla por entre los dedos, y fu acorralndole a
preguntas. A veces, las contestaciones maliciosas y los subterfugios del
viejo hicieron arrancar una carcajada a los oficiales.

En esto, abrindose paso por entre los soldados, se present ante el
tribunal un hombre con facha de labriego. Ni Aviraneta ni Legua le
reconocieron; era uno de los que haban estado la noche anterior en el
parador del Vizcano, el compaero del asesinado por la banda del hombre
de la zamarra.

--Quin es usted y qu quiere?--pregunt Zurbano, al verle.

--Vengo a declarar--dijo el labriego--. Ayer noche, un compaero mo,
tratante en granos, y yo fuimos al parador del Vizcano, de Laguardia.
Nos pusieron a los dos a dormir en el mismo cuarto. A media noche me
despert sobresaltado, y me encontr con cinco hombres que me ataron y
me amenazaron con las navajas si daba un grito. Aquellos hombres
acababan de matar en la cama a mi compaero; entre los asesinos estaban
estos dos.

--Miente!--grit el hombre de la zamarra--. Ese da yo no estaba en
Laguardia.

--Digo la verdad--afirm el labriego.

--Los reconoce usted a los dos? Tiene usted la seguridad de que son
ellos?--pregunt Zurbano, sealando al de la zamarra y al Raposo.

--S, seor; la seguridad absoluta.

--Est bien. No hay ms que hablar. Retrese usted, buen hombre. Se har
justicia. La seora y el caballero, que vayan escoltados al depsito de
Logroo. A estos dos granujas pegarles cuatro tiros delante de esa
tapia.

El hombre de la zamarra, al oir esto, di un salto y se ech para atrs;
derrib a tres o cuatro soldados; pero no pudo salir y cay al suelo.
All se defendi como una fiera, pateando, mordiendo, hasta que le
sujetaron y le ataron los brazos. El Raposo, sin que nadie se diera
cuenta, se escabull como una rata y comenz a correr a campo traviesa.
Los soldados le dispararon una descarga y cay a cuarenta o cincuenta
metros; pero poco despus se levant y ech a correr.

El hombre de la zamarra presenci la fuga de su compaero. Cuando le
mandaron avanzar por la carretera, para fusilarle, estaba transfigurado.
Se vea vencido; pero esto le daba una gran energa.

--Canallas! Cobardes! Por mucho que me matis yo he matado ms de los
vuestros--gritaba.

--Anda! Anda! Que te vamos a dar para vino--le deca un soldado joven,
riendo.

Al pasar por delante de Aviraneta, el hombre de la zamarra le mir
fijamente y exclam:

--Seor de Aviraneta. Cada cual trabaja por sus ideas, a su manera,
verdad?

Aviraneta no dijo nada.

La patrulla que llevaba al que iban a fusilar se alej.

Al poco rato se oy una descarga; poco despus un tiro suelto, y luego,
otro.

--Ya lo han rematado--dijo un soldado viejo a Legua.

--En fin, un enemigo menos--murmur Aviraneta.

Aviraneta y Legua montaron en la silla de postas y cruzaron por entre
los soldados de Zurbano.

--Habr usted presenciado muchas escenas de stas, eh, don
Eugenio?--pregunt Legua.

--Figrate! Cuando estemos tranquilos, y si no te aburre, te contar
algunos episodios de mi vida.

--Aburrirme? Nada de eso! Le escuchar a usted con mucho gusto.

La silla de postas march a tomar la carretera de Haro, y de all sigui
en direccin a Miranda de Ebro.




LIBRO SEXTO

LA INFANCIA DE UN CONSPIRADOR




I

EL ARCHIVO SECRETO


UN ao despus, una tarde de invierno, Aviraneta y Pello marchaban, en
un tlburi, por la carretera de Bayona.

Haban salido de Irn despus de comer, y pensaban detenerse en Bidart.

Bidart es una aldea de la costa vascofrancesa que est entre San Juan de
Luz y Biarritz; tiene una iglesia, con su cementerio alrededor; unas
cuantas casas agrupadas, constituyendo el pueblo, y otras varias
diseminadas por las dunas prximas al mar y cubiertas de hierba verde.

Estas dunas forman parte del acantilado que comienza en Hendaya y acaba
en Biarritz.

La tarde estaba lluviosa y gris. Entre la niebla apenas se vea. Pello
iba dirigiendo el tlburi, obedeciendo las indicaciones de Aviraneta.

--El tiempo se nos mete en aguas--murmur Aviraneta.

--S; parece que s.

--A ti eso no te preocupa; pero a m, mucho.

--Por qu?

--Por el rema.

--Pero tiene usted rema, de veras, o es que dice usted que lo tiene
cuando le conviene, don Eugenio? Porque voy viendo que cuando no quiere
usted hacer algo, padece usted de rema.

--Qu opinin ests formando de m! Lo que es si a ti te encargaran mi
biografa, me he lucido!

--Yo supongo que no slo engaar usted a los carlistas, sino que
engaar usted tambin a los amigos.

--Eres un granuja, Pello. Eres indigno de mi amistad.

--Inslteme usted, y soy capaz de ir con el tlburi al mar y empezar a
marchar por encima, como Neptuno.

--Neptuno, s; buen tuno ests hecho t!

--Hombre, don Eugenio! No juegue usted con el vocablo de una manera tan
vulgar; eso no est a su altura.

--Hay que descender a veces, amigo Pello!


EL CASERO ITHURBIDE

Haban pasado Guethary, y marchaban entre la carretera y la costa.
Pronto encontraron un punto en donde el camino se bifurcaba.

--Tira por la izquierda--dijo Aviraneta--; ya te dir dnde tienes que
parar.

El tlburi tom el camino de la izquierda, que se iba acercando al mar,
y que suba en una pendiente suave. Antes de llegar a la cima,
Aviraneta mand hacer alto delante de una casa rstica.

Era una casita con ventanas verdes y dos galeras por el lado del
camino, cubiertas con una parra que iba dejando sus hojas marchitas al
viento; por el lado contrario, hacia el mar, tena un prado y un pequeo
jardn.

La puerta del casero estaba abierta, y Aviraneta y Legua entraron en
el zagun. Una vieja, muy arrugada, les sali al encuentro con dos
chicos de la mano. Aviraneta cambi con ella algunas palabras en
castellano y en francs, di unas monedas de cobre a los chicos y
comenz a subir la escalera seguido de Legua.

Llegaron al piso segundo; Aviraneta entr en un cuarto y abri las
maderas de un gran balcn que daba al mar.

La tarde, lluviosa, iba obscureciendo rpidamente; la noche se vena
encima; apenas llegaba a verse algo en el interior de la casa.

--Mira, a ver si por ah hay un quinqu--dijo Aviraneta.

--S, aqu hay uno--contest Pello.

--Bueno; trelo. Tambin habr por ah una maquinilla de espritu de
vino y una botella con petrleo.

Legua busc, a tientas, en un vasar, y encontr las dos cosas pedidas.

Aviraneta se puso a limpiar la lmpara, la llen de petrleo y la
encendi. Despus cerr las maderas del balcn; abri un armario y sac
un bote de caf y un molinillo.

--Ahora, mientras yo enciendo la estufa y hago el caf--dijo
Aviraneta--, di a la mujer del casero, madama Ithurbide, yo la llamo
as por ser ste el nombre del casero, que nos prepare la cena, y de
paso mira a ver si han metido el caballo en la cuadra y le han dado
pienso.

--Bueno; todo se har.

Legua desapareci por la escalera, y Aviraneta, renqueando por el
rema, limpi la estufa, golpeando el tubo con un hierro para que
saliera el holln, la carg con astillas y pedazos de carbn de piedra y
le di fuego con unos peridicos viejos. Despus se puso a moler el
caf.

Unos minutos ms tarde volvi Legua.

--Ya tenemos fuego, maestro?--dijo.

--S, ya tenemos fuego. Qu hay de los encargos?

--He conferenciado con madama Ithurbide. Larga negociacin. Hemos
llegado a este resultado: primero, sopa de coles; segundo, un par de
huevos fritos con jamn; tercero, un pollo guisado; cuarto, una cola de
merluza con salsa a la mayonesa, y quinto, arroz con leche. Como vino,
hay uno de Beziers, bastante aceptable. Se puede alternar con sidra. No
he podido conseguir ms en mi negociacin diplomtica.

--Todo eso que has dicho piensas comer?--pregunt Aviraneta.

--Ya lo creo. Las emociones me desgastan mucho el organismo.

--Eres un tragn. Has visto si el caballo est en la cuadra?

--S; est comiendo su pienso.

--Bueno; pues acaba de moler el caf, que yo voy a dejar la mesa libre.

Legua cogi el molinillo y comenz a dar vueltas al manubrio mientras
Aviraneta limpiaba la mesa con un trapo.

--Con esa levita y ese sombrero de copa, haciendo de cocinero, me
resultas un tipo ridculo--dijo Aviraneta.

Realmente, Legua estaba hecho un _dandy_, con su levita entallada y su
redoblante en la cabeza.

--Pues usted est tambin un poco grotesco--dijo Legua, mirando a
Aviraneta, que, despus de limpiar la mesa, estaba a gatas, delante de
la estufa, con las manos negras.

--Ah dentro, en ese armario, debe haber unas blusas viejas, que yo
empleo para andar en la huerta. Mira a ver si las encuentras.

Legua las sac, y el maestro y el discpulo se quitaron las levitas
para ponerse las blusas.

Este ser el mandil masnico que usted emplear en las tenidas
negras--dijo Legua--. Cmo se conoce que estamos en casa de un
venerable. Qu grado tiene usted, treinta y tres o cuarenta y tres, don
Eugenio?

--Bueno, bueno; esos chistes a m no me causan impresin, Pello. Voy a
lavarme las manos. Ojo con la estufa, eh?

--Bueno.

Aviraneta volvi al poco rato.

--Marcha la estufa?

--Como una seda. El agua del caf hierve. Esa madama Ithurbide es la que
me est preocupando.

--Ya vendr, hombre, ya vendr.

Los dos amigos se sentaron, con los pies al lado de la estufa, hasta que
entr madama Ithurbide con el mantel y los cubiertos.

--Madama Ithurbide, salud!--grit Legua--. Permita usted que le
abrace. Todo ha salido bien?

--Todo.

--Las coles estarn blandas?

--S, s.

--El pollo no se habr desgraciado?

--No.

--A la mayonesa, le ha encontrado usted el punto?

--S, seor.

--Es usted admirable, madama Ithurbide!

Se sentaron a la mesa los dos amigos e hicieron honores a la cena.
Despus se sirvieron el caf, del que Aviraneta tom tres tazas, y luego
se dedicaron a fumar. Legua llev delante de la estufa un colchn y una
almohada; improvis un divn, y se tendi en l. De cuando en cuando
haca una reflexin optimista acerca de la vida.


MIENTRAS EL VIENTO GIME

--Este casero es mo--dijo de pronto Aviraneta--; me lo dej un
pariente en unas condiciones poco comunes. Por su mandato no le puedo
cobrar al inquilino ms que cincuenta francos al ao; pero l tiene la
obligacin de reservarme los cuartos de este piso y de este lado que dan
al mar.

--Cosa rara!

--S; era un tipo bastante extrao mi to.

Comenz a llover: se oa el redoblar de las gotas de agua que azotaban
los cristales de las ventanas; todas las trompetas del viento sonaban al
unsono, silbando, cantando, mugiendo; alguna ventana chirriaba en el
enmohecido gozne con un quejido lastimero y terminaba dando un golpazo.

A veces, el viento, rugiente, pareca que iba a arrancar la casa y a
llevarla en el aire; luego volva a su moscardoneo manso y en algunos
momentos se detena, y entonces resonaba el rumor de la lluvia y el del
mar.

--Para cundo reserva usted su ingenio, maestro?--dijo de pronto
Legua.

--Por qu dices eso?

--Porque deba usted amenizar la velada contando algo interesante.

--Te aburres?

--Pse! Un poco.

--Claro! Ests acostumbrado a la vida del gran mundo!

--Creo que exagera usted, maestro.

--No; no exagero. Has escrito a Corito?

--S, ayer.

--Pues si quieres y no te parece ms aburrido que no hacer nada, te
contar algunos episodios de mi vida.

--Eso es lo que le estaba pidiendo a usted.

--No te resultar pesado?

--De ninguna manera.

--No me vengas con cortesas. Ya sabes, Pello, que te conozco. Si no te
gusta el proyecto, no he dicho nada.

--Me gusta, maestro, me gusta; una historia entretenida es para m en
este momento el complemento de la cena.

--Muy bien; eso me basta.

Aviraneta cruz el comedor y abri una puerta que daba a un cuarto
contiguo. Este cuarto estaba lleno de cajas y de trastos viejos.

--Qu tiene usted ah?--pregunt Legua.

--Ah tengo unos cuadros que unos chapelgorris amigos mos sacaron de
unas iglesias de la Rioja.

--Sacaron? Quiere usted decir que los robaron.

--No vamos a reir por cuestin de verbos; pon el que te d la gana;
pero te advierto que tu to Fermn Legua iba con ellos.

--Mi to Fermn ha sido siempre un hombre enemigo de las supersticiones.
Y valen algo esos cuadros?

--S; los hay muy bonitos: tablas gticas de verdadero mrito.

--Y qu piensa usted hacer con todo eso? Venderlo?

--No. Ca! No soy tan positivista. Los guardar para cuando tenga casa.

--Y usted, enemigo de la religin, se va usted a pasar la vida mirando
santitos? Vamos, don Eugenio, le crea a usted un hombre de ms fuerza.
Creo que va usted chocheando.

--Pello, eres un beocio. No quiero ensearte mis cuadros. Eres indigno
de contemplar una tabla gtica.

--Creo que s, completamente indigno. Qu tiene usted en ese armario?

--Este es el archivo secreto. Con esto podra echar abajo muchas
reputaciones falsas de honradez, de valor, de moralidad...

--Y qu adelantara usted?

--Quitar la mscara a muchos tunantes.

--Bah! Todos los hombres tienen su zona de luz y de sombra: unos ms,
otros menos. Hay que tomarlos como son.

--Esta es tu opinin, Pello; pero no la ma. En fin, dejemos eso. En
este cuadernito tengo los apuntes y las fechas, por si alguna vez
escribo mis Memorias para confundir a mis enemigos. Repito: si te
aburre, dmelo.

--Venga esa historia--dijo Legua, encendiendo un cigarro y tendindose
en su improvisado divn.

Aviraneta se acerc al quinqu; abri su cuaderno, sac su lente y
comenz su narracin.




II

LAS DOS INFLUENCIAS


SOY un hombre de mala suerte, mi querido Pello, en parte mitigada por mi
fuerza de voluntad grande. Soy de esos que no se desaniman fcilmente,
ni consideran que una causa est perdida hasta que no ven medio alguno
de encontrar una solucin. No tengo nada de mstico; ni creo que haya en
el mundo ms que fuerzas naturales; pero, aunque tuviera la sorpresa de
encontrarme despus de muerto con el infierno, no lo podra considerar
como una cosa definitiva e irremediable, y mientras alentara, pensara
en buscar recursos para mejorar mi situacin. La esperanza no la
abandonara nunca.

Mi filosofa, si es que a un poltico aventurero se le permite tener
filosofa, ha sido siempre esa: trabajar con entusiasmo para conseguir
las cosas, y cuando no las he conseguido, quedarme tranquilo y renunciar
a ellas sin dolor alguno.

Como hombre de mala suerte, he sufrido bastantes desgracias; he
presenciado catstrofes, derrotas, incendios, matanzas; patriota
entusiasta, he sido testigo de dos invasiones extranjeras y del
desmoronamiento del imperio colonial espaol; liberal y progresista, he
visto a mi pas padeciendo las reacciones ms brbaras; me ha herido la
calumnia y el descrdito, privndome de todas las armas cuando
necesitaba ms de ellas; he pasado por casi todas las crceles de
Espaa; he estado muchas veces a punto de ser fusilado... y, sin
embargo, si volviera a vivir, volvera a hacer lo mismo de lo que hice.

--Hay que ser consecuente--murmur Legua, lanzando una bocanada de humo
al aire.

--Lo dices con cierta sorna--replic Aviraneta--. Ya s que en el fondo
te burlas de los de mi poca. Los jvenes de hoy vais siendo demasiado
positivistas.

--Bah!

--Ya no estimis ms que los resultados. Adoradores del xito.

--Claro! Es natural.

--Para m no ha sido natural. Hay personas que slo en determinadas
condiciones se pueden poner en accin. Yo no he pensado esto nunca.
Todas las ocasiones y todos los momentos me han parecido buenos para
defender mis ideas e intentar mis planes. De militar, tan trascendental
me pareca sorprender un correo como ganar una accin; de poltico, las
elecciones de cualquier pueblo me han interesado tanto y me han parecido
tan importantes como las de la capital. A las gentes que se agitan como
yo, las personas tranquilas les llaman perturbadoras, anarquistas...

--Al grano, don Eugenio, al grano. Se pierde usted en disquisiciones,
maestro.


MI INFANCIA

--Vamos al grano. Empezar por mi nacimiento. Me llamo Eugenio
Aviraneta, Ibargoyen, Echegaray y Alzate. Soy vasco por los cuatro
costados, pero he nacido en Madrid.

Mi padre se llamaba Felipe Francisco, y era de Vergara; mi madre, Juana
Josefa, y era de Irn.

Mi padre haba venido a hacer sus estudios a Madrid, y all conoci a mi
madre, que era hija de un militar, don Mateo de Ibargoyen. Mi padre y mi
madre se casaron en la parroquia de San Miguel. Mi padre, que era
abogado de algn nombre, tena muy buena clientela; aos antes de nacer
yo haba defendido un pleito a favor de las monjas del Sacramento, y
stas, como pago de sus honorarios, le cedieron, para habitarla, una
casa de propiedad del convento y contigua a l, que daba a la calle del
Estudio de la Villa y tena el nmero 10.

Aqu nac yo. Si te interesa saber la fecha, te dir que fu un da 13,
mal da, el 13 de Noviembre de 1792, y fu bautizado el 14 en la iglesia
de Santa Mara Real de la Almudena.

Fu mi padrino don Domingo de Larrinaga, militar de alta graduacin,
amigo de mi padre. Por eso yo me llamo Eugenio Domingo.

Tena dos hermanas, Antonia Cecilia y Antonia Juana; una, mayor que yo,
y la otra, ms pequea. De nias, las dos eran rollizas y altas; en
cambio, yo siempre fu pequeo y encanijado.

A pesar de mi pequeez y encanijamiento, no estuve nunca malo.

--Este chico no crece--deca mi madre a doa Mara Antonia de
Echevarra, que era su amiga ms ntima.

--Ya crecer; no tengas cuidado--contestaba doa Mara Antonia.

Yo no creca; pero estaba fuerte como la mala hierba. Que hiciera fro o
calor, que cayera ese sol de Agosto madrileo que parece va a derretir
hasta las piedras, o que estuvieran las fuentes y los charcos helados,
para m era lo mismo. Mi lugar predilecto era la calle.

A los siete aos di un disgusto a mi familia porque me abrieron la
cabeza de un cantazo en una pedrea que tuvimos en las Vistillas unos
moros de Lavapis y unos cristianos de mi barrio; y a los nueve
proporcion otro disgusto serio a los autores de mis das, porque le
arrim una pedrada de honda a un chico, en el pecho, y estuvo, segn
dijeron, a punto de morirse.


LA CASA

Durante toda la infancia me encontr sometido a dos influencias: la de
casa y la de la calle.

Estas influencias eran tan opuestas, tan contradictorias, que no haba
entre ellas trmino medio posible.

Con indicarte cmo era mi casa y cmo era la calle, lo comprenders en
seguida.

Mi casa era una casa especial. Mi padre profesaba ideas modernas para su
poca; pero a pesar de esto se manifestaba muy grave, muy ceremonioso,
muy hidalguesco. En el fondo tena todas las preocupaciones del antiguo
rgimen, un poco amortiguadas por su tendencia filosfica.

Mi madre le consideraba como a un orculo; para ella el dueo de la casa
tena la categora y el poder del pater familias romano.

Las dos personas ms consideradas por mi padre eran don Domingo de
Larrinaga y don Juan Ignacio de Arteaga.

Estos dos seores eran militares de alta graduacin; Arteaga haba
estado en Mjico, donde se cas con doa Luisa Emparanza, seora muy
entonada y de familia rica.

Larrinaga y Arteaga profesaban, como mi padre, ideas modernas, que en
aquella poca no se llamaban todava liberales.

Es lgico que las tendencias de renovacin y de cambio en un pas vengan
del elemento culto y no del pueblo. El pueblo toma las ideas cuando ya
han fermentado, y les da violencia, fuerza, para que puedan
generalizarse; pero los primeros contagios siempre comienzan entre la
minora culta. Esto pas en Francia, en Espaa, y creo que pasar en
todas partes.

El elemento aristocrtico espaol acept en aquel tiempo las ideas
nuevas que tendan a fomentar la agricultura, la industria y a mejorar
la educacin de la juventud, y solamente cuando vi que a la larga estas
ideas eran contrarias a los privilegios de clase se opusieron a ellas.
Entonces la posibilidad de un predominio democrtico se vea muy lejana.
Todo el mundo quera transformar, sin contar gran cosa con el pueblo, a
quien se consideraba como un elemento inerte.

En una Memoria que public don Andrs Muriel, titulada _Gobierno del
Seor Rey Don Carlos III o instruccin reservada para la direccin de
la Junta de Estado_, se puede ver el entusiasmo reformador que haba en
Espaa en algunos individuos de las altas clases.


LOS CABALLERITOS DE AZCOITIA

En las provincias vascongadas tambin los nobles y las personas notables
fueron los primeros que se lanzaron a defender las ideas de renovacin
en pleno siglo XVIII.

En algunos pueblos se desarroll un gran entusiasmo por la lectura. En
Guipzcoa solamente haba quince suscriptores a la _Enciclopedia de
Diderot_; con seguridad, en todo el resto de Espaa no llegaban a
tantos.

Muchas gentes de los pueblos guipuzcoanos se reunan con otros de las
mismas aficiones y trataban y discutan cuestiones de arte y de ciencia.
Se hablaba de algunos hidalgos que se haban metido en su casa a hacer
experimentos por su cuenta.

En Azcoitia, segn nos deca Larrinaga, tenan una Academia, de la que
formaba parte la gente ms distinguida de la villa. Esta Academia se
llamaba Los caballeritos de Azcoitia, y de ella formaban parte Ignacio
Manuel de Altuna, Joaqun de Egua, el conde de Pea Florida y otros
enciclopedistas guipuzcoanos menos conocidos.

Los caballeritos de Azcoitia haban sealado sus das para el estudio.
Los lunes los consagraban a las Matemticas; los martes, a la Fsica; el
mircoles, a la Historia y a las traducciones; el jueves, a la Msica;
el viernes, a la Geografa; el sbado, a los asuntos de actualidad, y
el domingo se celebraban fiestas de teatro y conciertos.

Aseguraba Larrinaga que por suscripcin se haban llevado a Azcoitia una
mquina neumtica, una elctrica de Nollet, y varios aparatos trados de
Londres. Se haban discutido tambin en aquella Academia las tesis
fsicas y matemticas de Bernouilli, de Newton y de Franklin.

Los hidalgos azcoitianos sentan un gran entusiasmo por los nuevos
mtodos basados en la experiencia, y cuando el padre Isla critic en el
_Fray Gerundio_, desde un punto de vista teolgico, la enseanza
experimental, que se comenzaba a emplear en Fsica, los caballeritos le
atacaron con saa, firmando su impugnacin, llena de burlas maliciosas,
con el seudnimo de los Aldeanos crticos.

De Azcoitia sali la Sociedad Econmica Vascongada y la de los Amigos
del Pas, que despus sirvieron de modelo para muchas otras Sociedades
de la misma clase que se fundaron en casi todas las regiones espaolas.


EL COLEGIO DE VERGARA

Mi padre, que, como he dicho, era de Vergara, no poda aceptar la
supremaca de ninguna otra ciudad sobre la suya; pero no tena ms
remedio que reconocer que Azcoitia haba sido la primera en comenzar el
movimiento filosfico en las Vascongadas y aun en Espaa.

Realmente, el seminario de Vergara era un centro cientfico
importantsimo. Despus de la expulsin de los jesutas, los
enciclopedistas y afrancesados de Azcoitia se apoderaron del colegio de
Vergara, e hicieron de l el foco de las nuevas ideas. Mientras los
frailes en Salamanca explicaban una Fsica y una Qumica con
procedimientos teolgicos, en Vergara se empleaban aparatos, se hacan
experiencias.

En Filosofa y en Derecho natural se profesaban ideas modernsimas.

Vergara haba discutido con Beasain acerca del nacimiento de San Martn
de Aguirre, a quien los unos tenan por vergars y los otros por natural
de Loynaz, y el Papa, elegido como rbitro, di en una bula la razn al
seminario guipuzcoano.

Parecer absurdo que a un chico que viva en Madrid se le pusiesen como
modelos de centros de cultura dos pueblos pequeos como Azcoitia y
Vergara; pero hay que tener en cuenta que entonces Madrid era uno de los
lugares ms atrasados y ms brbaros de Espaa.

Tanto me hablaban mi padre y mi padrino de estos dos pueblos, que yo me
los figuraba como un sitio en donde los hombres ms viejos, con sus
barbas blancas, iban a la escuela.

Muchas veces las ideas nuevas, en vez de destruir las viejas, les sirven
como de cua. As pasaba en mi casa. Pareca que el liberalismo de mi
padre haba llegado a dar a mi familia un carcter ms tradicional.
Aquella casa tena aire de santuario; todas las pequeas prcticas de la
vida tomaban all un tinte religioso. Conversar, escribir una carta, dar
los das, eran actos solemnes. El rezar el rosario por las noches y el
ir a misa los domingos, eran ya ceremonias llenas de uncin y de
santidad.

Al lado de este ambiente de respetabilidad que respiraba en mi casa,
tena el aire de la calle madrilea un cierzo de las Vistillas y de
Puerta de Moros, de la Cuesta de la Vega y de Lavapis, que cortaba como
una navaja de afeitar.


LA CALLE

Por estas callejuelas del viejo Madrid se respiraba entonces un vaho
espeso de pueblo bajo, de manolera violenta, desgarrada, desvergonzada.

En aquellos tiempos, la Puerta de Moros y la plaza del Alamillo eran tan
peligrosas como las caadas de Sierra Morena. En estas callejuelas
madrileas privaba la majeza, el desplante, la frase dura, el chiste
burln y agresivo. All se le daba una pualada a uno en menos que canta
un gallo, y se le pintaba un jabeque al lucero del alba. Entonces, la
gente pobre de Madrid era completamente salvaje, y se viva en las casas
de los barrios bajos como en las cuevas de los gitanos.

Madrid era una gran Corte de los Milagros.

Por todas partes se vean mendigos, tullidos que mostraban sus
deformidades y sus llagas; ciegos que entonaban una cantilena
lamentable; procesiones y rosarios. Hasta los ms metafsicos misterios
del catolicismo servan para ser cantados al son de la vihuela; y los
romances de los bandidos alternaban con la vida de los santos y las
relaciones de los milagros ms despampanantes.

No haba esquinazo que no se empapelara con noticias de novenas,
vsperas y trisagios; ni calle en donde faltara un momento la agradable
perspectiva del cogote de un fraile.

Hoy no se puede tener idea de lo que era aquel Madrid; habra que dar
muchos detalles para poder formarse un concepto aproximado a la
realidad.

Entre las solemnidades ceremoniosas de mi casa y la abigarrada majeza
del arroyo estaba yo como el alma de Garibay, ms cerca por mis gustos
de la chulapera callejera que de la majestuosa severidad de mi hogar.




III

EL MADRID DE 1800


LA calle del Estudio de la Villa, donde yo he nacido, calle que hoy se
llama solamente de la Villa, es una calle corta y tortuosa; arranca
desde el Pretil de los Consejos, cerca de la Capitana General, y
termina en la plaza de la Cruz Verde, plaza desconocida por los
madrileos actuales, pues es un pequeo espacio irregular prximo a la
calle de Segovia, segn se baja hacia el puente, a mano derecha.

Mi calle, como he dicho, era corta y tortuosa; a la entrada, frente a mi
casa, se encontraba la Academia pblica de humanidades, que regent el
maestro Juan Lpez de Hoyos, cuando asisti a sus aulas Cervantes. Esta
Academia, que llamaban el Estudio de la Villa, daba nombre a la calle.

La casa donde yo nac, que aun existe, se conoca en el barrio con el
nombre de Casa de las Monjas del Sacramento, y era un edificio grande de
tres pisos, con vuelta al Pretil de los Consejos.

Aqulla y otras varias, unidas al convento de las monjas, formaban una
sola manzana, limitada por las calles del Estudio, del Sacramento, del
Pretil de los Consejos, del Rollo y de la plaza de la Cruz Verde.


UN BARRIO SINTETIZADOR

En este rincn de mi barrio hice yo mis primeras correras. Era difcil
encontrar un barrio tan sintetizador como aquel de la vida cortesana y
aun de la vida nacional; era el barrio ms castizo de Madrid, el ms
antiguo, el ms tpico, el receptculo de todo lo viejo, de todo lo
jaque, de todo lo abigarrado y pintoresco de la villa del oso y del
madroo.

Representaba, como ningn otro, la vida del pas. La Inquisicin tena
su hogar en la Plaza Mayor, y en la de la Cruz Verde, los lugares del
auto de fe en gran escala y de los autillos. Estos autillos debieron ser
clebres en otra poca, y como recuerdo quedaba en la plaza de la Cruz
Verde, al decir de la gente, una cruz de madera pintada de este color;
la monarqua tena en el barrio el Palacio Real; la aristocracia, la
casa enorme de Osuna.

La religin contaba con una serie de parroquias y de conventos: San
Pedro, San Justo, San Andrs, la Capilla del Obispo, las Carboneras.
Adems, en la calle del Sacramento estaba el palacio arzobispal, y en la
calle del Nuncio el del embajador de Su Santidad.

Otras instituciones fuertes ostentaban en el barrio representacin
completa. El dinero y la usura, en la calle del Duque de Njera, donde
estuvo la casa de Samuel Lev, el tesorero del rey Don Pedro de
Castilla; el dinero y el amor, en la calle del Rebeque, donde se hallaba
la tesorera de Palacio, edificio que luego compr Ruy Gmez de Silva,
el marido de la princesa de boli, para incorporarlo al mayorazgo de la
Aliseda.

Un ramo importante de la agricultura tena su asiento en la plaza
prxima a la Capilla del Obispo. En esta plazoleta, los campesinos de
los alrededores de Madrid haban establecido desde tiempos antiguos un
mercado diario de granos y de paja.

La eleccin de este sitio para mercado provena de la poca en que al
cabildo de la Capilla del Obispo se le daba como subvencin una carga de
paja para el mantenimiento de la mula de cada uno de los capellanes, a
condicin de usar en sus paseos mantilla negra larga sobre la caballera
y de que los fmulos llevaran traje y montera del mismo color.

El capelln mayor y los otros menores sacaban a vender todo el pienso
que se les entregaba y que no consuman a esta plazoleta, que desde
entonces se llam de la Paja. Lleg un da en que las cosas se pusieron
mal; a las mulas de los capellanes se les cort la racin de pienso;
pero la costumbre estaba hecha y los labradores de Parla y de
Fuenlabrada, fieles a la tradicin, siguieron llevando sus cargas de
paja al mismo sitio.

La mendicidad tena, como no poda menos, en la corte espaola, su
representacin en el barrio. All estaba la calle del Panecillo, llamada
de este modo porque se reparta en ella un panecillo de limosna a cada
pobre que se presentaba, y la calle de la Pasa y la del Rollo, que
tenan el mismo motivo mendicante de denominacin.

El hampa no dejaba de tener su recuerdo; cerca se encontraba la calle
del Azotado, o de los Azotados, hoy calle del Cordn, por donde pasaban
montados en burro los condenados a esta pena, mientras el verdugo les
calentaba las espaldas.

La fiesta nacional tena la calle del Toro, con un poco de historia
tauromquico-fantstica adjudicada a ella. Durante mucho tiempo haba
habido en esta callejuela una casa adornada con los cuernos de un toro
estoqueado en una corrida regia.

La gente del barrio aseguraba que los cuernos sujetos a la pared
bramaban a la misma hora en que fu estoqueado el animal. Otros decan
que estos bramidos los produca un chico, que se burlaba as de la gente
del pueblo, y que se gan, cuando se le descubri, la gran paliza.

No slo tenamos en el barrio representacin de las cosas terrenas, sino
tambin de las de ultratumba; as, haba un bodegn del Infierno, donde
se reunan los aguadores a comer el clsico puchero, y un callejn del
Infierno, que despus del 7 de Julio se llam Arco de Triunfo.

Los eruditos en esta clase de cosas decan que se llamaba callejn del
Infierno porque en un incendio que estall en la Plaza Mayor, la gente
que miraba las llamas desde aquella rendija angosta le encontraba el
aspecto de la entrada de los dominios de Plutn.

Hubo un tiempo en que fu necesario ensanchar este corredor estrecho
para que pudiera pasar el coche real, y un poeta satrico, que era
adems cura, escribi con tal motivo un romance que comenzaba as:

      A qu estado habrn llegado
    las costumbres de este pueblo,
    que es necesario ensanchar
    el callejn del Infierno!


LA CASA MISTERIOSA

Adems de estas curiosidades, haba en mi barrio algo que lleg a ser
durante mi infancia una gran preocupacin.

Era una casa pequea de la calle de Santa Mara, que haca esquina a una
callejuela que llevaba el nombre del duque de Njera.

Esta casa tena dos cuerpos: piso principal, con cuatro balcones muy
grandes y muy altos, con las vidrieras de cristales pequeos, verdosos y
emplomados, y un segundo piso, estrecho y cuadrado, a modo de torre, con
un solo balcn.

En el piso bajo no tena ms abertura que unos ventanillos altos, con
rejas, y un portal estrecho, de trabuco, del que parta una escalera de
caracol.

Los chicos del barrio solan decir que aquella casa amarilla era
misteriosa en extremo; algunos aseguraban que en ella haba duendes;
otros afirmaban que monederos falsos; pero los ms enterados decan que
era uno de los puntos de cita de los masones.

Esta versin, poco a poco fu generalizndose, y entre la gente del
barrio se llamaba aquella casa la casa de los masones. Se contaban
historias extraordinarias de las reuniones que tenan all los afiliados
a esta secta, en las cuales todos iban enmascarados. Se afirmaba que
beban sangre y juraban guardar su secreto, delante de una calavera,
con la punta de una espada desnuda en el pecho.

Muchas veces, de chico, estuve mirando aquella casa amarilla con gran
curiosidad. De da no entraba nadie; slo, a veces, al anochecer, se
vea pasar algn embozado; daba unos golpes con los nudillos en la
puerta, se abra sta con una cuerda atada al picaporte desde arriba, y
el hombre desapareca en la obscuridad.




IV

LA POCA


AUNQUE me consideres pesado, amigo Pello, te hablar un poco de mi
poca, porque los jvenes de hoy no tenis una idea clara de la
transformacin verificada en Espaa. Si la tuvierais mirarais con menos
desdn a los hombres de mi generacin.

No digo que abundara entre nosotros la gente entendida y de talento;
pero entusiasmo y valor los haba.

Sin preparacin, sin cultura, sin medios, cogimos nosotros el momento
ms difcil de Espaa. El edificio legado por los antepasados se
cuarteaba, se vena abajo. Era la crisis de la patria, del imperio
colonial y, al mismo tiempo, del absolutismo, de la Inquisicin, de toda
la vida antigua.

Ciertamente, haca ya tiempo que las ideas filosficas venan influyendo
en la sociedad, pero en una minora exigua en el elemento culto. La
proclamacin de la libertad civil y poltica, hecha por los
norteamericanos, fu muy simptica al elemento avanzado aristocrtico
espaol; pero en cambio, la tempestad de la Revolucin francesa produjo
tal pnico, que la aristocracia, el clero y el ejrcito reaccionaron por
instinto de conservacin y se prepararon a defender sus privilegios.

El Gobierno mand prohibir y recoger todo libro o peridico que hablara
de los sucesos ocurridos en Francia, y se expidi un decreto, dirigido a
las universidades y escuelas, suprimiendo la enseanza del Derecho
natural y de gentes.


LA INQUISICIN Y LOS SABIOS

Al mismo tiempo se recomend el celo del Tribunal de la Inquisicin,
organismo que se senta envejecido y fuera de lugar, y que no se atreva
a emplear los procedimientos severos de otras pocas.

A pesar de su general lenidad, el Santo Oficio castigaba a veces con
mano firme.

En mi tiempo se hablaba todava del proceso de Pablo Antonio de Olavide,
hombre ilustre, de ideas reformadoras, a cuya inteligencia y celo se
debieron las colonias de Sierra Morena. Delatado por un capuchino alemn
como partidario de la filosofa, fu llevado a las crceles de la
Inquisicin, donde tuvo que abjurar de rodillas, cubierto de un
sambenito.

Despus de salido de las crceles del Tribunal de la Fe, Olavide se fu
a vivir a la ciudad de Almagro, y de all parti para Francia, donde le
hicieron un recibimiento soberbio. La Asamblea Constituyente le declar
hijo adoptivo de la nacin francesa. Olavide vivi algn tiempo en la
Malmaison, que fu despus la finca favorita de Napolen y de Josefina.
Esta finca perteneca, por entonces, a un amigo de Olavide, M.
Lecoulteux Dumolay.

Olavide fu, con Marchena y Guzmn, uno de los espaoles que colabor en
el gran incendio de la Revolucin francesa.

Despus, preso con su amigo Lecoulteux en la crcel de Orlens, hubiera
sido quiz guillotinado, a no haber sobrevenido la cada de Robespierre.

Otra persona conocida, presa aos despus en las crceles del Tribunal
de corte, por sospechas de atesmo y materialismo, fu el profesor de
Matemticas don Benito Bails, que era autor de algunos compendios que se
enseaban entonces en las escuelas de Espaa y en algunas de Europa.

A pesar de ser don Benito hombre de grandes relaciones en la corte, un
da se presentaron los alguaciles en su casa de la calle de Carretas y
le dijeron que se preparara para ingresar en la crcel.

El pobre profesor, adems de viejo, estaba tullido, y alegando su
impotencia para valerse de sus piernas, se acept que se encerrara con
l una sobrina suya, que por piedad accedi a asistirle.

El buen matemtico, hombre ingenuo, antes de la declaracin de los
testigos de cargo, confes haber dudado algunas veces de la existencia
de Dios y del alma, aunque asegur que no lleg tampoco a considerar
como definitivo el atesmo materialista.

Los inquisidores, vindole reconocer tan fcilmente sus herejas, le
trataron con cario y le sacaron todo el dinero posible.

Por esta poca, tambin un seor, don Felipe Samaniego, se delat a la
Inquisicin como lector de Voltaire, de Rousseau y de Hobbes, y de paso
comprometi al duque de Almodvar, a Campomanes, a Floridablanca, a
Lacy, al general Ricardos y a otros hombres notables que eran
partidarios de las tendencias reformistas.

La misma condesa del Montijo, en cuya casa se reunan personas
distinguidas aficionadas a la lectura, fu desterrada por el rey a
Logroo, acusada por los frailes de jansenista y de tener
correspondencia con el abate Gregoire.

En el Palacio Real, los curas, que haban perdido mucha influencia desde
el tiempo del conde de Aranda, la recobraron ntegra. El padre Eleta,
confesor de Carlos IV, que era un fantico, embruteca a su real
penitente; mientras, el padre Mzquiz, un cura cnico, favorito de Godoy
y confesor de Mara Luisa, converta el confesonario en un cmodo lugar
de tercera.

Los cortesanos, que vean que este padre pona la religin al servicio
de la reina y de su majo, le llamaban el traidor Don Opas, y el bueno de
Carlos IV deca que el confesor de su mujer tena conciencia de jareta.


LA INQUISICIN Y LOS ILUMINADOS

Con la gente pobre, el Tribunal de la Fe luchaba tambin a brazo
partido, no porque la plebe sintiese inclinaciones por la filosofa y el
enciclopedismo, sino porque haba en Espaa por entonces una epidemia de
santos y de iluminados que a Dios le arda el pelo.

Uno de los casos ms clebres ocurri en Cuenca con una mujer llamada
Mara Herriz. Afirmaba Mara que su carne se haba convertido en la
carne de Jesucristo.

Algunos frailes y clrigos lo creyeron; el pueblo fantico comenz a
rendir culto a la beata Mara, y la Inquisicin meti a todos los
complicados en el milagro en la crcel. La beata muri en prisin y fu
quemada en efigie; a su criada la impusieron diez aos de reclusin en
una casa de recogidas, y a los aldeanos embaucados se les conden a
cadena perpetua y a doscientos azotes previos.

Los frailes y uno de los curas que haban sostenido a la beata Mara
salieron al auto de fe con tnica corta y soga al cuello, y fueron
condenados a reclusin perpetua en las islas Filipinas. Una ligera
bromita que sirvi para amenizar la vida montona de los conquenses.

Tambin en Madrid hubo otra famosa beata, la de la calle de Cantarranas.
Esta seora, a creerle a ella, se alimentaba slo de hostias consagradas
y haca cada milagro que temblaba el credo.

La ciudadana de la calle de Cantarranas, en unin de varios cucos como
ella, tena un negocio magnficamente montado; pero algn celoso del
xito de su lucrativa empresa hizo que la sorprendieran con testigos
atracndose de carne natural y de vino igualmente natural y de buena
marca, y su prestigio desapareci.


LOS SOSTENES DEL MUNDO VIEJO

Por una parte, la monarqua, que iba desacreditndose y envilecindose,
rodeada de una aristocracia corrompida; por otra, el ejrcito en un
ambiente de favoritismo, y el clero cada vez ms inclinado a las
supersticiones... La situacin era desastrosa. Se vea que los pilares
del mundo antiguo se cuarteaban.

Arriba, en las altas esferas de la sociedad, no haba ms que vicio,
escndalo, licencia; abajo, brutalidad, supersticin, miseria. Manolera
de seda y manolera de harapos. Unicamente como remedio se vea un grupo
exiguo de gente culta, desligado de los unos y de los otros, hombres
entendidos, pero egostas; incapaces de arrastrar a nadie, incapaces de
comprender al pueblo, orgullosos y al mismo tiempo cobardes.

Probablemente no habr habido perodo en Espaa en que el pueblo
estuviera tan muerto. Al odo ms fino le hubiera sido difcil encontrar
en aquel gran cuerpo desorganizado algo como un latido revelador de la
vida.




V

LA MOJIGONA


EN los dos campos donde se desarrollaba mi infancia, el familiar y el
callejero, tena amigos.

Los de la calle eran chicos de familias de artesanos, libres, mal
atendidos, que constantemente estaban haciendo diabluras y barbaridades.
A alguno de ellos lo vi treinta y tantos aos despus de miliciano
nacional y lo reconoc.

Los amigos mos de casa eran Ignacio Arteaga y Jos Antonio Emparanza.

Estos dos muchachos eran primos, los dos de la misma edad, pero de muy
distinto carcter.

Ignacio Arteaga era un buen chico, generoso, lleno de efusin.
Emparanza, en cambio, se manifestaba mal intencionado y canalla, sobre
todo conmigo.

Arteaga y yo solamos ir de paseo con un asistente de su padre, un
soldado viejo, que se llamaba Medinilla.

Medinilla era andaluz, haba estado en la guerra del Roselln, y era el
hombre ms mentiroso y ms alegre que he conocido.

Mientras estbamos en las Vistillas haciendo subir una cometa, o
pasebamos por los altos de Montelen, nos contaba cada bola que nos
dejaba estupefactos.

Era tambin bastante aficionado a meterse en figones y tabernas, donde
tena grandes amigotes, y nos llevaba a nosotros en su compaa; as que
conocamos un personal tabernario de lo peor del pueblo.

Muchas veces llegbamos a casa con una mancha de vino en la camisa y
tenamos que contar una serie de mentiras, una detrs de otra, para
explicar la genealoga de la mancha.

Emparanza era muy poco amigo del viejo Medinilla, y menos amigo mo.

La razn de nuestra enemistad consista en que ramos rivales.

Ignacio Arteaga tena una hermana, Consuelito, que era una muchacha
preciosa; Emparanza y yo nos disputbamos su amistad.

Ella no tena motivo alguno para odiar a Emparanza, y le trataba como a
m; en cambio, yo s lo tena. Emparanza buscaba siempre la ocasin de
mortificarme, de desacreditarme ante ella; yo lo saba y estaba
dispuesto a romperme el alma con l.

Ignacio me defenda casi siempre; ramos los dos muy amigos, y una
aventura que nos ocurri yendo juntos nos hizo inseparables.

En aquella poca se celebraba en Madrid la Cruz de Mayo con grandes
fiestas.

Las de mi barrio eran de las ms clebres, y entre stas tenan fama las
de Puerta de Moros, Morera y la de la ermita de San Milln, en la
plaza de la Cebada.

Se ponan altares con imgenes y flores en las esquinas, y se nombraba
la Maya, la chica ms bonita de la calle, vestida con las mejores
prendas, no slo de su casa, sino de la vecindad.

Para contraste con la Maya, los mozos solan escoger una vieja, la ms
fea y la ms negra del barrio; la vestan con un traje desastrado y la
llevaban as, como en triunfo, al frente de una rondalla. A esta vieja,
que haca contraste con la Maya, la llamaban, no s por qu, la
Mojigona.

Uno de estos das en que se celebraba la Cruz de Mayo, tendra yo diez o
doce aos e Ignacio Arteaga otros tantos, cuando salimos de casa, y al
cruzar la calle de Segovia vimos una comparsa de bandurrias y de
guitarras que marchaba por la calle de la Morera abajo. La seguimos
hasta cansarnos. Volvamos a casa, cuando en un portal estrecho nos
sorprendi una escena grotesca. Una vieja de pelo blanco, fea, horrible,
una verdadera arpa, bailaba, mientras un gitano tocaba la guitarra.

--Eh, eh. La Mojigona!--deca el hombre--. A ver cmo se mueve ese
cuerpo sandunguero.

Y la vieja se agitaba en contorsiones horribles.

Llevaba la vieja un delantal hecho con una estera, adornado con cscaras
de huevo, un collar de guindillas y cscaras de patatas y una corona de
ajos en la cabeza.

Varios chiquillos desharrapados de la calle miraban desde la puerta, y
nosotros nos acercamos a ellos; pero el gitano, empujando bruscamente a
los harapientos, grit:

--Fuera de ah! Dejad pasar a los seoritos.

Pasamos los dos, sigui el baile, y de pronto, el viejo, dejando la
guitarra, cerr el postigo de la casa y nos quedamos Ignacio y yo dentro
del zagun. Luego, la vieja horrible abri la puerta de un corralillo y
nos dijo:

--Pasad aqu.

Pasamos los dos, sorprendidos y amedrentados, y el gitano, dirigindose
a la vieja, le dijo:

--Vamos, seora Mojigona, aydeme usted a desplumar a estos pajaritos.

--Con mil amores pichn; ya sabes que lo que t me mandas es para m la
santa palabra.

La vieja nos intim para que nos acercsemos a ella, y nos despoj de
nuestras ropas. Quedamos desnudos. A m, nicamente me dejaron la
montera, porque, sin duda, les pareci que no vala nada.

Despus nos ech a cada uno una chaqueta formada por harapos y llena de
piojos.

--Y ahora, qu hacemos con estos nios?--pregunt la vieja.

--Que se pasen as unas horas--contest el gitano--. As sabrn estos
angelitos lo que es el hambre, mientras nosotros comemos y bebemos.

Se cerr la puerta del corral, y al verse Ignacio solo y desnudo,
comenz a llorar. En aquel momento yo no tena miedo; mi nica
preocupacin era encontrar un recurso para salir de all; ms que por
otra cosa, por demostrar mi superioridad a Ignacio.

Durante unos momentos hice un examen de todo lo que se poda ensayar en
aquel rincn. Era muy poco o casi nada. Me llev maquinalmente la mano a
la cabeza, me saqu la montera y me encontr con que dentro llevaba,
como siempre, un trozo de pedernal, de acero y de yesca.

Pens si se podra hacer algo con aquello, y vi que en un ngulo del
corralillo haba un montn de paja y otro grande de tablas viejas y de
maderas podridas.

Al momento se me ocurri una idea.

--Bueno--le dije a Ignacio, rudamente--, te advierto que dentro de un
momento estamos fuera.

Ignacio me mir asombrado. Saqu yo de la chaqueta vieja una serie de
hilas y le dije a Ignacio que hiciera lo mismo.

Despus comenc a dar con el acero en el pedernal y encend la yesca.
Con la yesca y los pedazos de trapo encendimos la paja, y en la llama
que se form fuimos echando trozos de tabla, hasta que se hizo una
hoguera grande. El humo nos haca llorar, nos ahogaba; pero peligro no
tenamos ninguno. En esto apareci un hombre en una ventana, que comenz
a gritar; poco despus varios vecinos abran la puerta del corral y nos
dejaban en libertad. Cuando contamos nuestra aventura, los vecinos nos
trajeron ropas, y en medio de un grupo de gente llegamos a casa. Lo
mismo en mi familia que en la de Arteaga, produjo nuestro relato gran
sensacin.




VI

CONSUELO ARTEAGA


IGNACIO y yo, durante la infancia, fuimos a casa de un dmine que daba
lecciones particulares a muchachos de buenas familias. Este dmine saba
algo de Latn y de Gramtica, pero no nos enseaba nada; lo nico que
haca era espiarnos, y luego denunciarnos a nuestras familias. Creo, la
verdad, que en el tiempo que estuve yendo a la clase de aquel buen seor
no llegu a aprender cosa de provecho.

Ignacio adelantaba algo ms que yo, y entr poco despus de cadete en
las Reales Guardias Espaolas. Su padre era militar de graduacin y
noble, y no le fu difcil conseguir esta prebenda.

Mi familia hubiera podido lograr alguna otra cosa por el estilo para m;
pero a mi padre no le gustaba la milicia. Mi madre aseguraba que
nosotros tambin ramos nobles, lo cual no me he tomado el trabajo de
comprobar, porque no me ha interesado nunca.

Mi madre conservaba pergaminos de su familia materna, de los Alzates;
pergaminos que supongo se habrn perdido.

De todas las historias, verdaderas o falsas, que contaban estos
pergaminos, de lo nico que me acuerdo, por su extraeza, es de una
lucha brbara que uno de los Alzates tuvo con el seor de Saint-Per, que
era francs, en el siglo XV, dentro del ro Bidasoa, y de que un Pedro
de Alzate fu trinchante de la reina Doa Blanca, y un Juan de Alzate,
copero del rey.

Como te deca, nada de esto me ha entusiasmado; nicamente la realidad,
de chico y de hombre, ha llegado a apasionarme. En la misma literatura
no he podido nunca comprender las obras basadas en frases bonitas; si
detrs de la ficcin potica o dramtica no he sentido la realidad, no
me ha interesado el libro o el drama.

Mi padre no participaba de estas ideas. l era, por el contrario,
entusiasta de la Retrica y de las Humanidades, y me haca leer versos
acadmicos y almibarados, que a m me aburran.

Como te digo, slo all donde he vislumbrado la realidad, aunque sea a
travs de un velo espeso de ficcin, he podido sentir inters.

A la muerte de mi padre, ocurrida en tiempos de la batalla de Trafalgar,
se decidi entre mi madre y don Domingo Larrinaga que fuera yo a Mjico,
donde tenamos un pariente rico.

Desde entonces, y puesto que tena que dedicarme al comercio, la ndole
de mis estudios vari, y comenc a practicar el Francs y la Tenedura
de libros.

La decisin de viajar me hizo creerme un aventurero, y me di ms valor
y audacia en mis correras callejeras.

Estaba deseando marcharme a Amrica. Lo nico que me ligaba a Madrid era
mi madre y Consuelito Arteaga.


EN LA DEHESA

Consuelo Arteaga era una rubia encantadora; tena unos ojos azules
claros; la nariz, un poco larga; la boca, ideal, y el pelo, ceniciento.

Contaba dos o tres aos ms que yo, y esta diferencia de edad le haca a
ella ser una seorita y a m un chico.

Consuelo era una criatura mimada, delicada hasta tal punto, que todo le
haca dao. Era una sensitiva, una planta de invernadero.

Vivir pobremente, alternar con gente ordinaria, le pareca un horror.
Crea que ella, por ser ella, tena derechos especiales que no tenan
las dems mujeres.

Yo estaba entusiasmado; me hubiera dejado hacer pedazos por un capricho
suyo; pero ella no me quera; le pareca un chico atrevido,
estrafalario, y nada ms.

Yo crea que, probndole que era valiente, audaz, llegara a ganarme sus
simpatas; pero, no, a Consuelo no le agradaba esta manera de ser; slo
los prncipes y los cortesanos le gustaban. Yo, pequeo, bizco, sin
fortuna, le pareca insignificante.

Para Consuelito, la vida de grandezas, de fausto, de elegancia, era la
nica digna; lo dems era vegetar miserablemente.

Yo, como haba odo hablar en mi casa de la tranquilidad del hogar, de
la mediocridad feliz, repeta estos conceptos; pero ella se burlaba de
mis palabras.

Tambin intentaba convencerla de que una cosa como la riqueza, que no la
da el mrito, sino la casualidad, no poda tener el valor absoluto que
ella le daba; pero Consuelo se rea de la justicia o injusticia de las
cosas.

Un da fuimos a una dehesa prxima a San Fernando del Jarama, en dos
coches tirados por mulas, una porcin de muchachas y de muchachos.

Varios jvenes montaron a caballo, y con una vara larga se ejercitaron
en derribar reses bravas.

Emparanza, que montaba muy bien, se luci en este ejercicio, y me mir a
m varias veces burlonamente.

Luego, uno de los jvenes se acerc a un novillo y le di dos o tres
quiebros. Yo no quise quedar mal, y por ms que Ignacio me tir varias
veces de la casaca para disuadirme, me plant delante de un torete, que
quiz por misericordia no me hizo nada.


LA MALA FE DE EMPARANZA

Los circunstantes y Consuelo Arteaga admiraron mi valor. Yo haba
cumplido, estaba tranquilo; pero todava me quedaba otra prueba. Jos
Antonio Emparanza se empe en decir que tena miedo a los caballos, y
para demostrar lo contrario me mont en uno y pude galopar sobre l sin
caerme. Volva ya satisfecho de los xitos de aquel da, cuando
Emparanza, pasando a mi lado, le di a mi caballo un latigazo. El
caballo bot y me tir al suelo. Me levant rpidamente; no me haba
hecho dao.

Presa de una clera terrible, no dije nada; dej el caballo en manos de
un palafrenero y me reun a los expedicionarios.

Estbamos esperando a montar en el coche cuando se me acerc Emparanza,
sonriendo:

--Por fin caste--me dijo.

--S--y levantando la mano le pegu una bofetada que lo volv loco.

Se arm un escndalo formidable, y tuvimos que volver a Madrid en
distintos grupos. Cuando se supo la causa de mi clera casi todos se
pusieron a mi favor.

Al da siguiente le escrib a Emparanza dicindole que le haba ofendido
en pblico, y que si quera una satisfaccin poda elegir las armas.

Cuando se supo esto en mi casa, mi madre y mis hermanas me acusaron de
brbaro y sin entraas; me dijeron que quera matarlas a fuerza de
disgustos. Se averigu pronto la causa de la hostilidad ma con
Emparanza, y se me conmin para que no dirigiera la palabra ms a
Consuelo.

Yo estaba furioso; crea que tena razn. Mi madre, para apartarme de
Consuelo, decidi que fuera a Irn, a casa de un hermano suyo. All
poda aprender mejor el Francs, mientras se fijaba la poca de mi
marcha a Mjico.

Yo me alegr de salir de Madrid. Estaba deseando ver un poco de mundo.




LIBRO SPTIMO

EL AVENTINO




I

ETCHEPARE EL SOLITARIO


MI to Fermn Esteban Ibargoyen tena una pequea tienda en Irn, en la
calle Mayor. Era una de esas tiendas de pueblo en las que se encuentra
de todo. En el mostrador solan estar constantemente dos sobrinas suyas,
solteras, la Shilveri y la Juanita.

Mi to Fermn Esteban era un egosta perfecto. Viudo, sin hijos,
bastante rico para vivir sin trabajar, consideraba que el ideal del
hombre es agitarse lo menos posible. Crea que cualquier cosa poda
minar su salud; as que tena prohibido a sus sobrinas que le dieran
malas noticias.

Le gustaba a Fermn Esteban comer bien, y cuidaba de su gallinero y de
su huerta mejor que de su alma; le interesaba tambin mucho lo que
ocurra en el mundo, y se agenciaba para enterarse todas las gacetas que
poda.

Como hombre egosta, ingenioso y poltrn, era muy aficionado a hacer
comentarios burlones acerca de la vida de los dems. Fermn Esteban
diriga frases y chistes sangrientos contra el uno y contra el otro;
tena el golpe seguro en su stira; pero no le gustaba que los dems
hicieran chistes contra l.

Al llegar a Irn, mi to me recibi con cierta amabilidad socarrona; por
orden suya, su sobrina la Shilveri me puso la cama en un cuartito
independiente de la escalera. Era un cuarto muy alegre, con dos
ventanas: una que daba a un patio y la otra sobre el tejado.

Fermn Esteban era poco aficionado a vigilar a los dems.

El primer da de verme me advirti que crea que no hara ninguna
simpleza, y me asegur que cuanto ms juicioso me mostrara yo, ms
libertad me dara l.

Me dijo que mi madre le haba recomendado que me llevara a un colegio, y
me indic el de don Mariano Arizmendi, un seor que enseaba a muchachos
de mi edad nociones de Matemticas y de Fsica, Tenedura de libros y
Francs.

Mi to Fermn Esteban me advirti que poda ir a la escuela, o no ir,
que l no pensaba hacer indagaciones acerca de mi conducta. Yo fu
porque si no no hubiera sabido cmo pasar el tiempo.

El maestro don Mariano Arizmendi fu para m un amigo. Don Mariano era
hombre muy religioso, pero no intransigente. No le gustaba meterse en la
conciencia ajena; tena bastante dinero para vivir y daba las clases por
aficin, no por ganar dinero. Una de las cosas que ms le encantaba era
que algn muchacho de familia pobre le pidiera asistir a su colegio de
balde.

Don Mariano no tena esa tendencia inquisitorial de otros maestros que
se dedican a espiar a los muchachos dentro y fuera de la escuela.
Concluda la clase quera considerarse como si no fuera maestro; si
alguna vez nos encontraba en la calle, haciendo alguna barbaridad,
finga no habernos visto.


GANISCH

Yo me hice en seguida amigo de varios chicos del pueblo. Dos muchachos
con quienes tuve ntima amistad, que ha seguido despus, fueron Ramn
Echeanda, hijo de un fondista de Irn, y Juan Larrumbide, a quien
llambamos Ganisch porque a su padre, que era vasco-francs, se le deca
tambin as.

Ganisch fu, durante mucho tiempo, mi compaero de glorias y fatigas.

Los dos ramos considerados como los granujas ms redomados del pueblo.
Robbamos las huertas, escalbamos las casas, dejbamos sin fruta los
perales y los albaricoqueros. Ganisch era ms fuerte que yo; yo, en
cambio, tena una ligereza de ardilla. Juntos unamos la fuerza y la
astucia. En aquella poca, para m, era una cosa fcil subir por una
caera a un tejado, o andar por una cornisa estrecha, a treinta o
cuarenta varas a la altura del suelo. Haba algunos dueos de huertas
que se resignaban a nuestras rapias, y con stos ramos comedidos; nos
contentbamos con cobrarles una contribucin en especie; pero otros
pretendan cogernos, y con aquellos nos sentamos implacables.

Uno de stos, cerero y concejal, tena unos perales que daban unas
frutas magnficas, y para evitar que se las robasen pona telas
metlicas, alambres, pinchos. Todo era intil.

Un da, ya cansado, dispuso el cerero que el mozo de la tienda, el
alguacil, la criada y l, se apostaran en la huerta, nos esperaran a ver
si caamos en el garlito.

Ganisch, con un hierro, sola abrir un pestillo de la reja del jardn,
y, cruzando la huerta, por all sola escaparme yo en caso de apuro.

Este da, figurndome que habra vigilancia, esper al anochecer para
saltar a la huerta del cerero, y no hice ms que poner los pies en
tierra cuando una mano fuerte me agarr de la chaqueta. Era el alguacil.
El, queriendo sujetarme, yo queriendo escapar, no s cmo me las arregl
que, dejando la chaqueta entre sus manos, sal corriendo y me escabull
por la reja que tena Ganisch abierta.

Al da siguiente, al pasar por delante de la cerera del concejal, vi en
la trastienda colgada mi chaqueta, como si fuera un trofeo. Me pareci
un insulto. Ganisch y yo discutimos la manera de rescatar la prenda, y
pensamos en esto: Ganisch tena guardado en su casa un pistoln;
compramos plvora y lo cargamos.

En la esquina de la cerera, a unos diez metros, Ganisch dispar un
tiro, que son como un caonazo.

Al estampido sali toda la gente a la calle, y de los primeros, el
cerero y su criado. Yo, que estaba en un portal prximo, en el momento
del mayor barullo, entr en la tienda, di un salto por encima del
mostrador y me llev la chaqueta. Este rescate nos di a Ganisch y a m
un gran prestigio entre todos los muchachos.

Tambin solamos dar unas bromas pesadas al criado de una carnicera,
que era medio tonto y se llamaba Canca.

--Canca!--le decamos.

--Qu?

--Dame ese pedazo de lomo que tienes en el mostrador.

--No quiero--deca l.

--Pues entonces dame ese chorizo largo que tienes ah en la esquina.

--No quiero; no me da la gana--contestaba l, incomodado. Y le bamos
pidiendo la carnicera entera, y l contestando cada vez ms indignado y
sorprendido por nuestra tenacidad de querer llevarnos trozos de carne y
de chorizo sin pagar.

Esta poca de granujera me dur poco tiempo en Irn. Los amigos
empezaban a hacerse muchachos formales; alguno tena ya novia. Era
indispensable cambiar. A pesar de esto, Ganisch y yo realizbamos de
cuando en cuando algn proyecto de salvajismo; pero lo hacamos a solas.

Tenamos para entendernos un sistema especial; tombamos el aire de una
cancin navarra titulada Andre Madalen, y con esta tonadilla, y en
vascuence, nos comunicbamos nuestros propsitos, sin que se enterara la
gente de alrededor, aunque fueran vascongados.

Los domingos solamos ir, en cuadrilla, a Fuenterraba, a Hendaya, a
Oyarzum; muchas veces marchbamos por el camino de Navarra, por la
orilla del Bidasoa, y a veces fuimos hasta Elizondo en el coche de
Martn Gueldi, a quien se le llamaba as Martn el lento, porque era
pesado y calmoso como pocos.

Al cabo de algn tiempo de estar en Irn perd por completo mi acento
madrileo y mis ideas del barrio de las Vistillas, y fu adquiriendo la
manera de hablar y las costumbres de un vascongado.

--Eugenio se va paulatinamente aviranetizando, ibargoyizando,
echegarayzando y alzateando--deca, en broma, mi maestro don Mariano
Arizmendi.


EN BAYONA

En el segundo verano que estuve en Irn, mi to Fermn Esteban, que
tena parientes en Bayona, me mand a esta ciudad a pasar una temporada
con ellos.

La familia de Bayona a cuya casa fu era de pequeos comerciantes,
furibundos realistas; all todas las noches se rezaba por el alma de
Luis XVI y de Mara Antonieta; se le llamaba Buonaparte a Napolen, y se
hablaba de monstruos de la revolucin francesa.

Mis parientes tenan una idea absurda de Espaa; la consideraban como un
pas de leyenda. Me hacan preguntas que me dejaban asombrado; crean
que los espaoles habamos quedado en nuestra vida absolutamente
inmviles, sin cambiar de ideas y de costumbres desde haca lo menos dos
siglos.

Entre aquellos franceses realistas, rutinarios, pesados y cortos de
inteligencia, se hablaba de un pariente que haba sido militar
republicano como de un ogro. Tan acrrimo partidario de la Repblica era
este hombre, que ni aun el Gobierno de Buonaparte haba querido aceptar.

Este militar, deshonra de la familia, se llamaba Gastn Etchepare, y
desde haca algunos aos viva solitario en una casa de un pueblecillo
prximo a Biarritz, en Bidart.

Yo, al oir hablar tantas veces de Gastn Etchepare como de un bandido o
de un ogro, sent deseo de conocerle, y una vez, aprovechando la ocasin
de un carretero de Irn que se preparaba a volver desde Bayona, fu a
Bidart.

Etchepare viva en el casero Ithurbide; pero en el pueblo no le
conocan. Pregunt a varios campesinos por Ithurbide, hasta dar con l.
Llegu a la puerta del casero, llam; nadie sali a mi encuentro. Vi
que la puertecilla del huerto estaba entornada, y a unos veinte pasos me
encontr a un viejo con un libro en la mano, sentado sobre un montn de
ramas secas.

Al verme se me qued mirando con asombro. Le dije quin era y a lo que
iba, y me hizo sentarme a su lado.

Haca ya mucho tiempo que no entraba all nadie ms que una vieja a
hacerle la comida.

Etchepare y yo hablamos. Yo todava no saba seguir una conversacin
larga en francs y l conoca muy poco el espaol. Cuando el sol comenz
a retirarse, Etchepare se levant, y fuimos paseando por el acantilado
de la costa.

Etchepare era un hombre alto, flaco, vestido con pantaln corto, chaleco
de ante con botones de ncar, corbata blanca y gran casaca obscura.
Tena los ojos enfermos, y su mirada pareca la de un loco.

Me invit a cenar con l, y acept. La conversacin que tuvimos aquella
noche el viejo y yo qued grabada en mi memoria de una manera indeleble.

Etchepare era un republicano exaltado; la soledad de su vida le daba un
gran deseo de comunicarse con alguien, y estuvo hablando, hasta muy
entrada la noche, de Vergniaud, de Danton, de Robespierre, de
Saint-Just, de los montaeses y girondinos. Al mismo tiempo barajaba con
estos nombres los de Catn y Bruto, como si hubieran vivido todos en la
misma poca.

Yo senta una gran impresin al oir elogiar acontecimientos y personas
que siempre haba odo citar con horror.

Al despedirme de l para volver a Bayona me dijo que me enviara a Irn
varios tomos de Voltaire y de Diderot y algunas colecciones de
peridicos del tiempo de la revolucin.

--Ven cuando quieras--me dijo--. Hablaremos.

Efectivamente, volv una semana despus, y discutimos acerca de puntos
filosficos y polticos. Tena el viejo Etchepare un gran fervor de
proselitismo. Las dos palabras que constantemente estaban en su boca
eran la Libertad y la Naturaleza. Vivir la vida natural y ser libre:
stos eran los ideales suyos.


MASN

Como Etchepare vi en m tendencias de seguir sus ideas, me recomend
que me presentara en la logia masnica de Bayona, y me di una carta
para Juan Pedro Basterreche, armador de aquella ciudad, que tena una
gran casa de comercio y era un entusiasta republicano.

Me present en Bayona en casa de Basterreche.

--Qu hace el viejo Etchepare?--me pregunt Juan Pedro.

--All est en Bidart.

--Sigue tan revolucionario como siempre?

--Igual.

--Es un hombre muy ntegro.

Juan Pedro me dijo que fuera a su casa de noche. Fu despus de cenar;
salimos los dos juntos, y al poco rato not que nos seguan.

--Parece que nos siguen--le dije a Basterreche.

--Es la Polica. No hagas caso. A m me vigilan constantemente.

Cruzamos el ro; llegamos a una casa que estaba entre la calle de
Bourgneuf y la de Jacques Lafitte y entramos en la logia.

La ceremonia de ingreso en la masonera no tuvo nada de particular. Me
hicieron los jefes algunas preguntas, y despus me presentaron a
distintas personas, entre las cuales haba varios espaoles. Desde aquel
da trab relaciones de amistad con muchos republicanos franceses y con
los emigrados compatriotas que se reunan de noche en la logia y por la
tarde en la librera de Gosse.

All conoc a Rafael Martnez, el ex jesuta; al ex fraile Arrambide,
que escribi _El amante de las leyes y el rey_; a Hevia, a Santibez, a
Egua, a Pedro Beunza, un muchacho de mi edad, y a su padre Juan
Bautista. Los Beunzas vivan en la calle de los Vascos, en el nmero 14,
y a su casa solamos ir muchas veces a tomar caf. Al padre y al hijo
los trat aos ms tarde, pues fueron de los que trabajaron con mayor
entusiasmo por la Constitucin, luego de derrocada en 1814 y 1823.

Muy amigo tambin de los espaoles era un francs de Ustaritz, llamado
Cadet. Este francs tena amistad con los Garat y ayudaba a Pedro
Beunza.

En los aos siguientes a 1814, cuando la primera reaccin, Cadet fu uno
de los mejores auxiliares de Mina y de los constitucionales espaoles.

Entre algunos de los emigrados del perodo revolucionario, como
Arrambide, Martnez y Hevia, se conservaba el recuerdo de nuestros
compatriotas que haban pertenecido durante el Terror al Club Jacobino
de Bayona.

De quien ms se hablaba y ms ancdotas se contaban era del abate
Marchena.

Marchena haba formado parte de la Sociedad de los Hermanos y Amigos
Reunidos, en la cual era aceptado hasta el verdugo, a quien los
revolucionarios haban quitado su viejo y odioso nombre, sustituyndolo
por el de vengador.

En el Club Jacobino de Bayona, Marchena pronunci un gran discurso, que
se imprimi y se reparti profusamente.

Entre aquellos emigrados espaoles que tenan mis tendencias y mis
entusiasmos polticos hubiera vivido con gusto; pero las vacaciones
terminaban, y tena que volver a Irn.




II

UN ESPAOL REVOLUCIONARIO


DESDE mi conversacin con Etchepare sent grandes deseos de instruirme.
Como en Irn era muy difcil adquirir libros, fu pidindolos a Bayona,
a la librera de Gosse.

Etchepare me enviaba, con algunas mujeres bidartinas y con las
_cascarotas_ de Ciburu, libros, folletos y toda clase de papeles.

En mi cuarto de Irn, que daba sobre el tejado de una casa prxima, yo
me dedicaba a leer y a pensar en cuestiones polticas. No hay que decir
que cada da me senta ms republicano. Danton y Robespierre eran mis
hroes favoritos.

Un libro que influy mucho entonces en el giro de mis pensamientos fu
el _Compendio de la vida y hechos de Joseph Blsamo_, llamado conde de
Cagliostro, que se public en Barcelona aos antes, traducido del
italiano.

Este Cagliostro era un tipo curioso. Haba fundado sociedades masnicas
por todo el orbe. Unos lo consideraban como un gran jefe de la
masonera; otros, como un embaucador, cuyas empresas todas no llevaban
ms fin que explotar a los incautos.

A pesar de esto, a m me gust la figura de aquel hombre, y me impuls a
seguir sus pasos.


LOS FUNDADORES DEL AVENTINO

Yo tambin decid fundar una sociedad secreta en Irn; nos reunimos para
constituirla cinco muchachos: Ramn Echeanda, Juan Larrumbide, ms
conocido por Ganisch, Pello Cortzar, Martn Jos Zugarramurdi y yo. La
sociedad se denominara El Aventino. Yo tuve que explicar lo que era
esto del Aventino a los socios.

El reglamento de la sociedad se calc de la logia masnica de Bayona.

El Aventino lleg a tener veintisiete afiliados, repartidos entre Irn,
San Sebastin, San Juan de Luz y Fuenterraba, y cont con una buena
cabeza: Juan Olavarra, que pasados los aos, en 1834, conspir conmigo,
en la Sociedad Isabelina, contra el Estatuto Real y a favor de la
Constitucin de 1812.

Nuestro Aventino hizo algunas cosas de gracia, que si no pasaron a la
Historia dieron mucho que hablar en el pueblo.

Fueron calaveradas sin trascendencia poltica; pero alguna que otra vez
servimos a la causa liberal repartiendo papeles que nos enviaron de las
logias y ayudando a pasar la frontera a dos o tres fugitivos.

El aterrorizar al pueblo era uno de nuestros ideales. En una borda del
camino del Bidasoa, donde nos reunamos, inventamos que haba duendes.

Un carnero misterioso sola salir y atacar al que osaba aproximarse.

La gente tena miedo, y de noche nadie se acercaba por all. Algunos de
los socios llegaron tambin a asustarse, a pesar de saber que tanto el
carnero misterioso como los duendes haban salido de nuestra cabeza.

Para conocernos de noche, los afiliados tenamos como contrasea el dar
el grito del mochuelo, al que se contestaba con un silbido suave.

Una vez Ganisch subi un macho cabro con un cencerro al balcn de una
vieja muy beata y muy enemiga nuestra, y otra noche, escalando el
tejado, tap el agujero de la chimenea de la casa del alcalde.

No hay que decir cmo se puso la primera autoridad municipal. Jur que
tena que meter en la crcel a medio pueblo si no se encontraba al autor
de aquella trastada irrespetuosa.

Como en esta poca era todo an tan obscuro y confuso, hubo emisarios
que pasaron por Irn y vinieron a visitarme como masn y presidente del
Aventino.

Esta obscuridad y confusin persisti siempre en las filas liberales, y
constituy muchas veces la causa de nuestros fracasos, pues por un
espejismo involuntario creamos contar con organizaciones civiles y
militares de importancia, cuando no tenamos ms que los nombres en el
papel.


LAZCANO

Uno de los emisarios que pas por Irn y estuvo en mi casa fu un seor
de alguna edad que se llamaba don Rafael Lazcano y Egua.

Lazcano y Egua llevaba, la primera vez que pas por Irn, una carta
para el marqus de Beauharnais, entonces embajador de Francia en Madrid,
y por lo que dijo tena la misin de visitar las nacientes logias
masnicas de Espaa.

Lazcano blasonaba de liberal y de jacobino; pero siempre estaba luciendo
su parentesco. El marqus de Tal, que es mi primo; Fulano, que es mi
pariente...

Tan pronto se jactaba Lazcano de ser aristcrata como de revolucionario;
pero la idea que no variaba en l, la que le caracterizaba, era creer
que todo el que no conociera el Pars de la Revolucin era un pobre
hombre.

Slo el que hubiese presenciado las escenas revolucionarias parisienses
poda hablar y estar enterado de las cosas.

Una parecida petulancia tuvieron aos despus los afrancesados, que se
consideraban los nicos guardadores de las buenas ideas liberales, lo
que no fu obstculo para que se hicieran reaccionarios al poco tiempo.

Lazcano y Egua era por entonces, cuando yo le conoc, hombre de unos
cincuenta aos, alto, de muy buen aspecto. Vesta chaleco rojo de solapa
ancha y casaca de seda lisa, larga, de color castaa, estilo Directorio.

Lazcano era sobrino de los dos enciclopedistas ms notables de
Guipzcoa: de don Joaqun de Egua y de Ignacio Manuel de Altuna.

Lazcano haba estudiado en el colegio de Vergara, y, como todos los que
cursaron en aquellas ctedras, por entonces clebres, era entusiasta de
Francia y de sus hombres.

Inmediatamente que pudo se larg a Pars. All conoci a lo ms ilustre
del elemento enciclopedista y se hizo amigo de la juventud dorada.

Tena en Pars a su to Egua y Corral, un tipo excntrico, que en
treinta aos de vida parisiense apenas sali de las galeras del Palais
Royal, donde, segn l, se encontraban todas las cosas necesarias y
agradables para el cuerpo y para el espritu, menos aquellas que no
hacen falta para nada, o sean las boticas y las iglesias.


ALTUNA

De Ignacio Manuel de Altuna me habl mucho su sobrino, y me ley varios
trozos de las _Confesiones_ de Juan Jacobo Rousseau, en donde el
escritor suizo se ocupa, con gran elogio, del joven guipuzcoano, amigo
suyo.

Hoy no se puede formar idea de lo que representaba para uno de aquellos
hombres, galmanos hasta la locura, el tener un pariente alabado por
Rousseau. Era algo as como estar en vida dentro de la inmortalidad.

A m, como nunca me entusiasm lo que haba ledo de Juan Jacobo, no me
haca mella el que este escritor dirigiera aquellos ditirambos a su
amistad con el joven guipuzcoano.

Rousseau cuenta en las _Confesiones_ cmo conoci a Altuna en Venecia:
lo describe alto y bien formado, de tez blanca, de mejillas sonrosadas,
de pelo castao casi rubio. Aade que, a pesar de ser religioso, era muy
tolerante; que tena distribudas las horas del da para el estudio y
que lo comprenda todo.

Altuna, desde Azcoitia, donde viva, invit a Rousseau a ir a refugiarse
a Ibarluce, quinta de su propiedad, en el Ayuntamiento de Urrestilla,
cerca de Azpeitia.

El marqus de Narros, que tena simpata por los enciclopedistas, pidi
al Gobierno su beneplcito para que Rousseau pudiera instalarse en
Espaa, y el Gobierno lo concedi; pero el Santo Oficio intervino y puso
como condicin que el escritor se retractase de las doctrinas o
proposiciones que la Inquisicin haba censurado en sus libros, a lo
cual Rousseau no se avino.

Rousseau sobrevivi a Altuna, el cual muri joven. El filsofo conserv
un recuerdo muy romntico de su amigo el azcoitiano. Con esta frase
resume la idea que tena de l: Ignacio Emmanuel de Altuna etoit un de
ces hommes rares que l'Espagne seule produit, et qu'elle produit trop
peu pour sa gloire.

Por encima de todos estos motivos de orgullo, tena Lazcano y Egua el
de haber estado en Francia en la poca de la Revolucin y presenciado
las jornadas del Terror, en Pars.

Lazcano me sola hablar de aquella ebullicin de la gran ciudad,
hirviente de clubs, borracha de sangre, de gloria y de retrica, cuando
montaeses y girondinos luchaban por el predominio y el Gobierno de la
_Commune_ aspiraba a la dictadura.

En las dos o tres temporadas que Lazcano y Egua estuvo en Irn vino a
todas horas a mi casa.

Aunque no me era simptico, le oa con mucho gusto.

A mis amigos del Aventino les pareca odioso. Realmente, tena un
carcter absorbente, de hombre vanidoso y pagado de s mismo. Con el que
no conoca tomaba unos aires de superioridad desagradables.

Se crea, adems, muy conquistador. Para l no haba mujer que no fuera
abordable. Inmediatamente que vea una, casada o soltera, ya estaba como
un gallo. Esto le produjo bastantes conflictos y algunas rias y
palizas.




III

NARRACIN DE ETCHEPARE


VARIAS veces despus fu a ver a Etchepare, que me llamaba a Bidart para
hablar conmigo.

El viejo republicano atizaba el fuego que comenzaba a arder en mi alma
con sus recuerdos del perodo revolucionario, y trataba de infundirme la
idea de que los jvenes de mi edad debamos hacer en Espaa lo que los
Vergniaud, los Petion y los Robespierre haban hecho en Francia.

Esta idea, como era natural, halagaba mi orgullo; me daba sueos de
gloria; me haca creerme hombre capaz de dirigir multitudes. Al mismo
tiempo comenzaba a tener una sospecha de predestinacin, como todos los
ambiciosos.

Etchepare era mi confidente: le explicaba los trabajos que hacamos en
Irn; la marcha de nuestro Aventino, y le hablaba de la gente afiliada a
la sociedad.

Varias veces, al citar a Lazcano, vi a Etchepare hacer un gesto de
molestia. Como este gesto se repeta, tuve curiosidad de saber qu
relacin haba habido entre los dos, y un da se lo pregunt
francamente:

--Ha conocido usted a Lazcano y Egua, verdad?

--S.

--Qu clase de hombre es?

--No creo que sea buena persona.

--Yo tampoco.

--Yo, al menos, no le recomendara a nadie--aadi Etchepare.

--Qu sabe usted de l?

--Vendi y traicion a un hombre que fu su protector y su amigo.

--Es feo delito.

--Pues l no tuvo inconveniente en cometerlo.

--Cuente usted! Con una persona que se presenta como amigo y
correligionario hay que saber hasta qu punto hay que llevar la
desconfianza.


GUZMN

Etchepare se pas la mano por la frente y murmur:

--Es un recuerdo que me molesta... pero, en fin... lo contar. Sabrs
que soy militar retirado; he servido en el arma de Caballera hasta el
golpe de Estado de Bonaparte. Yo me crea con derecho a matar al enemigo
de mi patria; me crea con derecho para pelear por su libertad; cuando
se trat de atacar la patria de los dems para la gloria de un hombre
solo, dije no, y tir la espada y ped el retiro. No he sido nunca
aficionado a los gritos y a las alharacas, y hasta las manifestaciones
naturales de alegra me han molestado.

Cuando la clebre batalla de Valmy era yo sargento. El triunfo de las
tropas republicanas haba producido un entusiasmo en aquellos soldados
muy natural y lgico. La noche despus de la victoria, los cantos, los
gritos, los vivas se repetan a cada momento. Estaba yo delante de la
tienda de campaa, contemplando una hoguera que se consuma ante mis
ojos, cuando acert a pasar un oficial.

--Filosofas, ciudadano sargento?--me dijo.

--Ya ves, ciudadano oficial--le contest.

El oficial se sent a mi lado, y hablamos; hablamos de las esperanzas
que iba a dar a Francia la Revolucin.

--A Francia y al mundo--me dijo el oficial.

--Yo lo espero as.

--Yo tambin--aadi l--. Aunque francs de adopcin, soy espaol de
nacimiento.

--Tampoco yo soy del todo francs--le repliqu--, porque soy vasco.

El espaol y yo nos hicimos amigos. El estaba de oficial agregado a la
Caballera; se llamaba Guzmn, Andrs Mara de Guzmn. Era hombre flaco,
nervioso, de pelo muy negro y ojos inquietos.

Das despus le volv a ver y hablamos repetidas veces. No estbamos
conformes en apreciar la poltica de la Revolucin. El era partidario
del bando ms ultrarradical de los montaeses; yo siempre tuve ms
simpatas por los girondinos. Guzmn era sospechoso en el Ejrcito;
extranjero y muy aficionado a criticar los actos de los dems, no
inspiraba confianza.

A fines de 1792 estuve yo en Pars, y paseando por las galeras del
Palais Royal me encontr con Guzmn. Me habl de que haba sido detenido
y acusado de traidor, y que, gracias a los informes de la Seccin de las
Picas, donde tena muchos amigos y partidarios, se haba salvado. Guzmn
llevaba una vida disipada; era jugador y libertino. Guzmn me llev a su
casa. Viva en un piso alto de la rue Neuve des Mathurins, en el nmero
34, y tena una casa pobre, como de obrero o de empleado de escaso
sueldo; pero entre los muebles miserables haba algunos riqusimos,
entre ellos un espejo biselado y un _secrtaire_ de concha.


MAGDALENA

Con Guzmn viva una mujer, que me present como sobrina suya; una mujer
plida, de una gran belleza. Esta mujer se llamaba Magdalena y haba
nacido en Gante, y era hija de una hermana de Guzmn.

Serva al to y a la sobrina un criado viejo, belga, muy ceremonioso.

Guzmn me convid a comer, y en la mesa hablamos. La sobrina apenas
deca nada. Unos das despus fu a casa de Guzmn, y como l no estaba,
habl largo rato con Magdalena. Ella se lamentaba amargamente de que su
to tomara una parte activa en la Revolucin, de que se le considerara
como un aventurero sin patria y sin hogar y de que fuera amigo y
partidario entusiasta de Marat.

Realmente, Guzmn tena mala fama. Era miembro influyente del club del
Obispado: del grupo de los extranjeros, grupo sospechoso, en el que
haba hombres entusiastas y cndidos, como Anacarsis Clootz, y
agiotistas, pagados por los ingleses y los prusianos.

Guzmn, que en la calle se mostraba atrevido y cnico, era comedido y
prudente en su casa. All se presentaba de otra manera.

Largas conversaciones tuve con Magdalena en la guardilla de la calle
Nueva de los Mathurins. La familia de Guzmn, que al parecer
primitivamente se llamaba Prez de Guzmn, era aristocrtica en grado
sumo, y tena parientes de la ms alta nobleza en Espaa y en Blgica.
Por lo que me dijo Magdalena, su to Andrs haba salido de Espaa, de
Granada, de donde era oriundo, a recoger una herencia fabulosa de un
antepasado suyo, prncipe belga; pero una rama de los Montmorency les
disput la herencia, y en los pleitos que tuvo con esta familia poderosa
se estableci una lucha de influencias, en la cual, como era lgico,
vencieron los Montmorency, y aunque Guzmn tena ms derecho, le
desposeyeron de todas las propiedades y ttulos.

Desde entonces, Andrs Mara de Guzmn se haba sentido vejado,
ofendido, y se haba lanzado a defender las ideas revolucionarias ms
extremadas. Esta era la causa de la rebelda y de la actitud republicana
de su to, segn Magdalena; opinin de mujer, y de mujer imbuda en
prejuicios aristocrticos, que no poda comprender la inmensa atraccin
que ejerca la Revolucin francesa en todos los hombres, fuesen nobles o
plebeyos.

Magdalena era una mujer encantadora; pero tena una preocupacin
nobiliaria que a m se me antojaba odiosa. Muchas veces la vi tratar con
altivez al viejo criado, que les serva nicamente por cario. Tena el
convencimiento de que ella deba mandar y el anciano aquel deba
obedecer. El criado estaba convencido de lo mismo.

Magdalena sola hablarme de sus parientes, de sus ttulos, de sus
posesiones, y tambin de su infancia de hurfana, educada en una casa de
religiosas de Gante.

En todas nuestras conversaciones solamos estar de acuerdo menos cuando
hablbamos de la aristocracia y de los acontecimientos de la Revolucin.

Alguna que otra vez pens en dirigirme a Magdalena y decirla que la
quera; pero tema una repulsa, no de la mujer, esto me hubiera
entristecido, sino de la dama aristocrtica, lo que me hubiera
indignado.


EL COMIT DE BAYONA

Convencido de que Magdalena no era para m, decid abandonar Pars. Los
acontecimientos polticos no llevaban el camino que yo consideraba
bueno, y me vine a Bidart.

No era fcil en aquel tiempo permanecer aislado, y los amigos me
llamaron a Bayona. En esta poca haba en Bayona un comit espaol
revolucionario. El Gobierno de la Repblica lo sostena, y de aquel
comit salan toda clase de folletos y de papeles, que entraban
clandestinamente en Espaa. En este comit estaban representadas las
tendencias que entonces haba en la Convencin.

Un grupo segua a mi amigo Basterreche, y quera para Espaa la
Repblica, una e indivisible; el otro, a cuyo frente estaba el abate
Marchena, era federal, y deseaba tantas repblicas como antiguos reinos
hubo en Espaa.

Se lleg a consultar a los conspicuos de Pars si sera mejor una
Repblica espaola, o una vasca, catalana, andaluza, etc., y los
parisienses opinaron que seran mejor varias, no por sentimiento
federalista, sino por ser muy natural querer al vecino dividido.

Los republicanos espaoles de Bayona tenan amigos en toda la Pennsula:
en Madrid, en Barcelona, en San Sebastin; hasta en Burgos lleg a haber
revolucionarios bastantes para formar una sociedad secreta. En Salamanca
se constituy un club jacobino, que tuvo verdadera importancia.

Los centralistas, que reconocan como jefe, en Bayona, a Basterreche,
tenan como representante en Pars a mi amigo Guzmn, que entonces era
miembro del comit del club del Obispado y persona muy influyente con
Danton y, sobre todo, con Marat.

Varias veces le haba odo decir a Guzmn que Marat era oriundo de
Espaa, creo que de Catalua; que saba bastante bien el espaol, y que
le interesaban los asuntos de la Pennsula. Los centralistas amigos de
Basterreche representaban en el comit espaol a los dantonianos y
maratistas: a la Montaa.

Los federales espaoles de Bayona tenan como representante en Pars al
girondino Brissot. Eran todos _brissotins_, que entonces era sinnimo de
ser polticos de cultura y de templanza. El partido federal espaol lo
capitaneaba Marchena, y en l estaban afiliados Hevia, Ballesteros,
Santibez, Rubn de Celis y otros.

Marchena escribi, desde Bayona, un aviso al pueblo espaol, con
carcter girondino, abogando por la repblica federal, lo que desagrad
profundamente a Guzmn, que envi un informe al ministro Lebrn,
dicindole que aquel papel estaba tan mal pensado como escrito.

Marchena, que era un pillo, haba puesto, a propsito, grandes faltas
gramaticales en su informe, para que no se supiera que era l el autor
del aviso. Sin embargo, Guzmn lo supo y consider a Marchena como
enemigo. Con esta divergencia entre las dos personas ms visibles del
partido revolucionario espaol, que ya era de por s pequeo, se
fraccion y desapareci.




IV

UNA INTRIGA EN LA POCA DEL TERROR


POR esta poca, Lazcano se present en Bayona; vena de haber pasado una
corta estancia en su aldea, y pensaba seguir a Pars. Lazcano fu a ver
al abate Marchena; los dos eran vanidosos y petulantes, y en la primera
entrevista se enemistaron.

Lazcano decidi no tener relaciones con los _brissotins_, y se present
a Basterreche. Basterreche le dirigi a mi casa; Lazcano me dijo que
saba que yo tena conocimientos entre los montaeses y que quera una
carta para ellos. Yo le di una para Guzmn y otra para Pereyra.

Lazcano en Pars se hizo amigo ntimo de Guzmn, y juntos fueron a los
Cordeleros, a casa de Marat, al palacio de la Reina Blanca, donde tenan
sus reuniones Hebert y Chaumette, y al club del Obispado.

Guzmn entonces tena dinero y llevaba una vida disipada. Frecuentaba
las casas de juego del Palais Royal, iba a las cenas presididas por
Danton, de a cien francos por cabeza; visitaba la casa de las seoritas
de Saint-Amaranthe y el garito de Aucane. All se encontraban hombres de
distintas nacionalidades y procedencias: ex cmicos, como Collot
d'Herbois y Dubuisson; ex aristcratas, como Guzmn; ex frailes, como el
capuchino Hilarin Chabot; ex abates, como d'Espagnac; ex judos, como
Pereyra; ex banqueros, como Anacarsis Clootz. La divisa de todos ellos
era esta frase epicrea: Edumus et bibamus, cram enim moriemur.
(Comamos y bebamos, que maana moriremos.)

La Revolucin les arrastraba; muchos tenan la seguridad de su fin
prximo. Mientras gozaban de la vida, los incorruptibles como
Robespierre, como Saint-Just, como Fouquier-Thinville, iban preparando
el cesto donde los libertinos tenan que dejar su cabeza.

Como casi ninguno poda vivir de su trabajo, cosa difcil en una poca
azarosa, y como haba siempre algn agiotista a su lado, tomaban dinero
sin mirar la mano de quien vena. Algunos de estos agiotistas eran
agentes monrquicos; los que solan acompaar con frecuencia a Danton y
a sus amigos eran el barn de Batz, el de la Conspiracin de los
Sesenta, y el abate d'Espagnac. Estos dos intrigantes tenan amistad
estrecha con Guzmn y Lazcano. Solan verse con ellos en los garitos del
Palais Royal, en casa de Desfieux y de Custine y en la tienda de
Pereyra, el judo bayons, que tena una tabaquera en la rue
Saint-Denis, con un gran gorro frigio de muestra.

Guzmn llevaba la vida de un aventurero. Sola parar poco en su casa;
tena una querida, que era la mujer de un pintor, e iba a verla con
frecuencia.

Lazcano, que saba esto, se presentaba en casa de Guzmn cuando no
estaba l. Se haba prendado de Magdalena; crea que ella era la amante
de su compaero y pretenda sustituirle.

Hombre cnico, acostumbrado a las damas del Palais Royal, no poda
suponer que su camarada, el libertino Guzmn, hubiera respetado a
aquella muchacha; y pens que sera una presa fcil, sobre todo para l,
que se consideraba un gran conquistador.

Magdalena, al principio, trat a Lazcano con afecto y consideracin.
Lazcano le hablaba de Espaa, que ella no conoca y deseaba conocer.
Lazcano era el compatriota amigo de la casa.

Cuando crey el momento oportuno, Lazcano requiri de amores a
Magdalena. Ella le contest que aunque en aquel momento estaba en una
situacin humilde, su posicin era muy elevada, y que no poda tener
amores sin el consentimiento de su familia.

Magdalena era una mujer muy altiva, con una gran idea de s misma y de
su clase.

Lazcano se trag la repulsa, y sigui frecuentando la casa como si no
hubiera pasado nada; pero un da, encontrndose solo con Magdalena, la
solicit de nuevo; pero no como quien se dirige a una mujer honrada,
sino como quien habla a una cortesana.

Ella rechaz con dignidad las proposiciones de Lazcano, y l replic
sarcsticamente, diciendo que no comprenda que una mujer que era la
querida de un Guzmn, viejo y relajado, no quisiera serlo de un Lazcano,
que al fin y al cabo era un hombre ms joven y ms rico.

Magdalena llam al criado viejo que les asista y le dijo:

--Lleva a este seor a la puerta.

Despus, sola, estuvo llorando todo el da.

Desde entonces Lazcano dej de presentarse en la casa. Guzmn no saba
la causa de la ausencia de su compatriota; probablemente la atribuira a
volubilidad, a mudanzas de opinin, entonces muy frecuentes.

Lazcano, al mismo tiempo que abandonaba la casa de Guzmn, desertaba
tambin de los Cordeleros y del club del Obispado. Poco despus se le
vi en el Palais Royal y en el caf de Corazza, entre la juventud
elegante que segua a Barras, a Freron y a Tallien, y que por entonces
glorificaba a Robespierre, buscando el momento de acabar con l.

Guzmn, llevado por el frenes revolucionario, sigui su marcha hasta el
fin.

Era en el club del Obispado uno de los jefes del grupo internacional,
entre los cuales haba fanticos y logreros. All solan encontrarse el
prusiano Anacarsis Clootz, el austriaco Proly, hijo natural del ministro
Kaunitz; el italiano Po, el ingls Bedford, el americano Payne, el
irlands O'Quin y el judo Pereyra.

En este grupo extranjero, ultrarrevolucionario, abundaban, al mismo
tiempo que los cndidos, los agentes provocadores. Era aquel grupo una
espuela que, al hacer galopar la Revolucin, la consuma.

Guzmn, partidario de soluciones extremas, inspirado por Hebert y
Chaumette y los miembros del Municipio, crea que los girondinos eran un
obstculo para la Repblica. En los varios comits que nombr el club
del Obispado por aquel tiempo, con el objeto de luchar contra los
girondinos, apareci siempre Guzmn.

La guerra, por entonces, estaba declarada entre la Gironda y la Montaa.

En el mes de Marzo de 1793, Brissot publicaba un folleto contra los
montaeses, al que contestaba Camilo Desmoulins, acusando a Brissot de
concusionario, lo que produjo la prisin de ste. Entre los montaeses,
ni Danton ni los suyos queran el exterminio de los girondinos; pero lo
deseaban Robespierre y su partido, lo deseaba la Municipalidad y lo
deseaba el pueblo.

El instrumento de todos fu el club del Obispado. All se tram la
conjuracin antigirondina, que tuvo xito el 31 de Mayo. Guzmn, que era
uno de los nueve miembros del comit del Obispado, seguido por las
turbas, march a Nuestra Seora de Pars, y luego a las iglesias de los
barrios extremos, mandando tocar a rebato. El Pars revolucionario
estaba contra los girondinos y contra la Convencin.

Brissot intent fugarse; pero detenido en Moulins, fu guillotinado en
Octubre de 1793.

Los girondinos, como se sabe, fueron perseguidos y exterminados; los
federales espaoles de Bayona y de Pars, y entre ellos Marchena, que
estaba preso, quedaron sin apoyo. Los montaeses haban triunfado.

La popularidad y el favor de Guzmn deban durar muy poco.

Durante unos das se habl en las galeras del Palais Royal, del espaol
Guzmn, a quien se llamaba burlonamente _Don Tocsinos_, porque haba
mandado tocar el _tocsin_ (la campana de alarma) la noche de la
revuelta.

Dos das despus, el 2 de Junio del mismo ao, Guzmn era acusado por
Barere, en la Convencin, como agitador extranjero, y unos meses ms
tarde, Robespierre, que ansiaba acabar con los partidarios de Danton,
prenda, entre toda la plana mayor de los montaeses, al espaol Guzmn.


MAGDALENA, ABANDONADA

Entonces estaba yo de guarnicin en el Este de Francia; el giro que
tomaban los acontecimientos en Pars tras de la persecucin de los
girondinos me disgustaba. En Estrasburgo supe la noticia de la prisin
de Guzmn, y escrib una carta a Magdalena ofrecindome a ella.

Magdalena me contest pidindome que fuera. Estaba sola, en la ltima
miseria; haban llevado a la crcel a su criado; no poda salir de casa;
se haba dicho que su to era un agente de Pitt, que cobraba de
Inglaterra, y las comadres de la vecindad la insultaban.

Ped licencia y fu a Pars a ver a Magdalena. De noche la saqu de casa
y la llev al viejo mesn del Caballo Blanco. All estuvo una semana sin
salir de su rincn. Slo algunos das la llevaba a pasear al jardn del
Luxemburgo.

Magdalena me suplicaba que pusiera todos los medios posibles para salvar
a su to Andrs; pero, yo qu iba a hacer? No tena influencia ni medio
alguno de obrar. Sin embargo, fu a ver a un amigo del paraltico
Couthon, y por ste supe que Lazcano haba dado informes confidenciales
en contra de Guzmn, acusndole de estar vendido a los realistas, de
ser amigo del barn de Batz, del arzobispo de Pars y de la abadesa de
Remiremont.

Extranjero, de alta nobleza y sospechoso de traicin, Andrs Mara de
Guzmn estaba perdido.

Una maana del ao 1794 vi en medio de la multitud una fila de carretas
que marchaban hacia el patbulo. All iban Danton, Camilo Desmoulins y
los montaeses, antes idolatrados por la plebe. En una de las carretas
distingu a Guzmn.

Al llegar a la posada del Caballo Blanco, donde estaba alojada
Magdalena, al verme solamente comprendi lo ocurrido y comenz a llorar.

Si yo hubiera sido un aventurero, me hubiera podido aprovechar del
desamparo de aquella mujer; pero esto constituira hoy para m un motivo
de verdadera desgracia.

Cuando se tranquiliz Magdalena, le dije:

--Qu quiere usted hacer ahora?

--No s, no s.

--Piense usted.

--Bueno; ya pensar.

Dos das despus me dijo:

--Quisiera ir a Espaa.

--Muy bien. Yo le acompaar.

Nos pusimos en camino y en esta casa descansamos.

De aqu, de Bidart, escribi a su to el conde de Tilly, que ahora es el
jefe de la masonera en Espaa, y cuando recibi contestacin yo la
acompa hasta Irn. En la misma frontera la esperaba un coche tirado
por cuatro caballos.

--Guarde usted este recuerdo mo--me dijo Magdalena, dndome un objeto
envuelto en un trozo de seda.

Lo guard y le di las gracias. Nos acercamos a un seor que estaba al
pie del coche. El seor me salud ceremoniosamente; yo hice lo mismo.
Magdalena, llorando, me tendi la mano, que yo estrech, y el coche
parti.

       *       *       *       *       *

--Qu era lo que le haba dejado a usted?--le pregunt al viejo
Etchepare.

--Una miniatura suya hecha en Gante.

--La conserva usted?

--S.

--Ensemela usted.

--Etchepare vacil, luego fu a su cuarto, abri un cajn de su mesa y
sac la miniatura. Realmente era una mujer preciosa.

--Esta mujer le quera a usted--dije yo.

--Bah!

--S; si no, no le hubiera dejado a usted este recuerdo. Y usted, al
fin, no le dijo nada?

--No. Ella tena su orgullo, yo el mo.

--Y ninguno de los dos cedi?

--Ninguno.

--Y no supo usted ms de ella?

--Nada. Creo que entr en un convento.

--Y a Lazcano tampoco le vi usted ms?

--Tampoco; aunque de ste supe detalles de su vida. Durante algn tiempo
estuvo en auge con los thermidorianos, y Tallien lo envi a que
trabajara con Verastegui, Zuaznavar, Urbiztondo, Michelena y algunos
otros en el proyecto de hacer a Guipzcoa repblica independiente,
apoyada por Francia.

Lazcano fu en esta poca el asesor del convencional Pinet, que estuvo
en Guipzcoa con el ejrcito francs de ocupacin. Jacques Pinet era un
abogadillo de la Dordogne, que quera echrselas de terrible, y por
consejo de Lazcano y de sus amigos mand levantar la guillotina en la
Plaza Nueva de San Sebastin. Quera as liberalizar el pas.

Cuando el proyecto de separacin de Guipzcoa de Espaa fracas y vino
la paz de Basilea, Lazcano march a Pars y fu uno de los satlites de
la hermosa Teresa Cabarrs. Ahora creo que est al servicio de uno de
los hermanos de Bonaparte...

Etchepare se call y estuvo contemplando el suelo un momento.

--Recordar es cosa triste--exclam, dando un suspiro--; pero, en fin,
vamos a dar una vuelta por la orilla del mar.




V

NUEVOS TRABAJOS DEL AVENTINO


UN da se presentaron dos jvenes en casa, a buscarme.

Me traan una carta de Etchepare. Les hice pasar a mi cuarto y hablamos.

Eran militares y estaban de guarnicin en Behovia. En el curso de la
conversacin me dijeron que se estaba conspirando seriamente en Francia
contra Bonaparte, y en Espaa contra Carlos IV. Uno de los militares se
llamaba Gontrn de Frassac. Era joven, gascn, teniente de dragones. El
otro, Horacio Sanguinetti de nombre, era italiano, de ms edad; tena
grado de capitn.

El gascn era un buen muchacho de cabeza ligera, republicano por
romanticismo, ms aficionado a beber, a cantar y a seguir a las
muchachas que a ocuparse de poltica. Era exagerado en todo, y hablaba
intercalando en sus palabras los Pardi y los Sacrebleu.

El italiano era hombre fro, reconcentrado, muy patriota y muy fantico.

Les dije a los dos cmo haba formado una sociedad secreta titulada El
Aventino y les present a la mayora de los afiliados.

Para celebrar el conocimiento tuvimos una comida los dos oficiales
franceses y los socios del Aventino en el casero Chapartiena, en Azquen
Portu, a orillas del Bidasoa.

A los postres, Frassac cant la Marsellesa, le Chant du Dpart y la
Carmaola; yo brind porque la libertad triunfara en el mundo;
Sanguinetti asegur que pronto se vera Europa formando unos Estados
Unidos, una federacin de pueblos sin reyes, sin papas, sin tiranos, sin
amos; Cortzar se levant a brindar por la desaparicin de todas las
religiones positivas y por el culto de la humanidad, y Ganisch glos con
ingenio esa frase concisa y definitiva: Con las tripas del ltimo rey
ahorcaremos al ltimo de los papas.

Varias veces fu a Behovia a visitar a De Frassac y a Sanguinetti, y
ellos con mucha frecuencia visitaron mi casa. Nos hicimos amigos
ntimos, hasta el punto de hablarnos de t.

Me ensearon la esgrima y a montar a caballo, e hicieron de m un
espadachn y un buen jinete.

De Frassac me deca que deba naturalizarme francs y entrar en el
ejrcito de Napolen, lo cual no me gustaba. Sanguinetti no me aconsej
nunca esto. Muchas veces, por sus conversaciones, comprend que l
estaba pesaroso de haber abandonado su pas. Consideraba tambin que
Bonaparte no haba cumplido con su patria italiana.

Sanguinetti era muy culto, tena muchos libros y me prestaba todos los
que le peda. Gracias a l le los _Comentarios_, de Csar; los
_Anales_, de Tcito; la _Conspiracin de Catilina_, de Salustio; la
_Historia de Italia_, de Guicciardini, y el _Prncipe_, de Maquiavelo.

El oficial italiano me explic tambin una porcin de cosas que por
falta de cultura anterior yo no comprenda.

Sanguinetti era partidario de esa razn de Estado y Salud Pblica que
viene de Roma. Lea mucho a Maquiavelo. Deca que haba visto claramente
que el poltico florentino no era el escritor inmoral que todo el mundo
reprueba, sino un gran patriota y un pensador realista.

Esta frase de Maquiavelo la recordaba con frecuencia en sus
conversaciones:

Io indico bene questo che sia meglio essere impetuoso che rispetivo,
perche la fortuna e donna.

Yo tambin estaba ms dispuesto a ser impetuoso que _rispetivo_; pero
haba que esperar la ocasin.


LOS FILADELFOS

Cortzar, que sola ir con frecuencia a Bayona, me dijo que all haba
odo a una persona muy enterada de estas cosas que en el ejrcito que
guarneca las ciudades de los Bajos Pirineos abundaban algunos oficiales
afiliados a una sociedad secreta llamada de los Filadelfos.

Segn Cortzar, De Frassac y Sanguinetti pertenecan a esta sociedad.

Alguna vez, en la conversacin, les pregunt vagamente acerca de esto;
pero ellos no se dieron por enterados.

Despus he odo decir en Francia a varias personas que esta sociedad de
los Filadelfos no existi nunca; otros, en cambio, daban detalles de su
organizacin y de su funcionamiento.

Decan stos que la sociedad se haba fundado en el ejrcito del Franco
Condado, donde abundaban los liberales y los republicanos, por un
oficial llamado Oudet. Cuando este primer jefe de los Filadelfos fu
preso y enviado a la deportacin, le sucedi Moreau. A Moreau, a su vez,
le prendieron y le condenaron a muerte, y entonces Oudet, que ya estaba
libre, prepar un complot para salvar a su compaero.

He odo contar tambin que en un acto de distribucin de cruces en los
Invlidos, al ir Bonaparte a poner la condecoracin a un veterano,
cuatro o cinco oficiales se acercaron a l, y uno de ellos, echando mano
al puo de la espada, pregunt a sus compaeros: Es tiempo?

La pregunta lleg a odos de Napolen, el cual, plido y lleno de
terror, se volvi hacia su squito y mand detener inmediatamente, y
luego desterrar, a los oficiales.

Tambin se deca en los ltimos aos del Imperio que los Filadelfos
haban tomado parte en la conspiracin de la Alianza y en el complot que
tram Malet en el cuartel de Popincourt, y que estuvo a punto de
triunfar a fuerza de ingenio y de audacia. Sanguinetti y De Frassac no
me hablaron nunca de los Filadelfos. Quiz ellos mismos no estaban
enterados de la existencia de la sociedad; quiz eran bastante
reservados para no decir nada.

Esta reserva la hubiera comprendido en Sanguinetti, pero no en De
Frassac.

De Frassac se pasaba la vida en Irn y en mi cuarto. Al principio nos
chocaba a Sanguinetti y a m verle constantemente en la ventana que daba
hacia el patio. Luego comprendimos que miraba a una vecinita: una
muchacha muy graciosa de ojos negros, que apareca en una azotea.


DE FRASSAC, ENAMORADO

Cuando le descubrimos la treta, De Frassac nos confes que estaba
enamorado, tan enamorado, que se hallaba dispuesto a pedir el retiro y a
casarse.

--Pero, es para tanto?--le preguntamos, asombrados, Sanguinetti y yo.

--S, s.

--Y hace tiempo que te entiendes con ella?

--Ya varios meses.

Mientras Sanguinetti y yo discutamos nuestros proyectos de renovacin
politicosocial, De Frassac echaba cartas a la vecina y recoga las que
le escriba ella, con un hilo.

Por eso estaba siempre en la ventana.

Sanguinetti y yo autorizamos a De Frassac para monopolizar la ventana en
el tiempo en que estuviera en mi casa, mientras nosotros hablbamos.

La chica novia del gascn era bonita; pero a m no me pareca un
prodigio ni mucho menos, como a De Frassac. Se llamaba Paquita Zubialde,
y el padre era un hombre bastante rico, ceudo y malhumorado.

Dos o tres semanas despus de que el teniente gascn nos revel sus
amores, nos dijo que haba escrito a su padre hablndole de sus
proyectos. El padre le contest dicindole que, aunque le hubiera
parecido mejor que su hijo se casara con una francesa, y mejor con una
del mismo pueblo, consenta de buen grado en el matrimonio.

El obstculo vino por parte del padre de Paquita. ste, a la primera
insinuacin de su hija, afirm que jams la dejara casarse con un
francs.

El seor Zubialde, a pesar de vivir en la frontera, crea que un francs
era de distinta naturaleza que un espaol, y que necesariamente
espaoles y franceses tenan que odiarse y desearse mutuamente toda
clase de desgracias, aunque no tuvieran motivo personal de odio.

Zubialde hizo estas declaraciones gratuitamente, y como quien habla de
una cosa lejana e improbable; pero cuando se enter de que Paquita tena
relaciones con un teniente de dragones, se convirti l en el dragn de
su hija. Estableci un servicio de espionaje, cerr por s mismo las
puertas y no permiti que entrara un papel en su casa. Sin embargo, una
criada de la Paquita, la Baschili, estaba vendida al oro gascn, y
pasaba los recados de uno a otro.


EL RAPTO

Lleg un da en que Frassac apareci desesperado. Su regimiento tena
que trasladarse de Behovia, y a l le era indispensable marchar tambin.

Discutimos entre los tres el asunto.

--El padre parece que es irreductible--dijo Sanguinetti--; no se aviene
a razones. Lo mejor que puedes hacer es robar a la chica.

--No querr ella--repuso Frassac.

--Prubalo.

--_Pardi!_ Sera un escndalo furioso.

--Ah, claro.

--A ti qu te parece, Aviraneta?--me pregunt Frassac.

--Hombre! Si ella quiere.

--Podramos contar con tus amigos?

--Si t piensas casarte con ella, quiz...

--De eso no hay duda; inmediatamente. Si ella quiere, nos vamos a
Behovia, y all mismo nos casamos. T podras ayudarme?

--S.

--Entonces, ya que conoces el pueblo y la casa, dirige el negocio.

--Bueno. Me vas a comprometer; pero es igual. T escrbele a Paquita. Si
acepta, el capitn Sanguinetti y yo prepararemos la fuga.

--Entonces t diriges.

--Bien. Despus di por ah que te vas, y estate seis o siete das sin
venir a Irn.

De Frassac escribi una carta, que pas a casa de Zubialde por la
Baschili, y la Baschili le entreg otra de Paquita, diciendo que estaba
dispuesta a fugarse.

Sanguinetti y yo preparamos el plan del rapto, al cual llamaba el
capitn, en broma, la obra latina, porque en ella intervenamos un
francs, un espaol y un italiano.

Si la terraza donde apareca la novia de Frassac hubiera cerrado el
patio que haba entre mi casa y la de Zubialde, la escapatoria se
hubiese podido efectuar con una escala de cuerda; pero entre la pared de
mi casa y la azotea de Paquita haba un espacio de unos tres metros o
algo ms.

La ventaja que tena la azotea para salir por ella era que Zubialde no
supondra que su hija fuera bastante loca para escaparse por aquel
punto.

Despus de discutir varios proyectos Sanguinetti y yo, decidimos
intentar el rapto por la azotea. Traeramos una escala de cuerda del
campamento francs de Behovia, la sujetaramos en mi ventana, y luego
yo, dando una vuelta por el tejado y pasando por encima de una viga,
bajara hasta la azotea de casa de Zubialde y atara el extremo de la
escala en el barandado de la terraza.

Subiramos por all la Paquita y yo, y despus, soltando la escala de
arriba, la echaramos al patio, de modo que diera la impresin de que la
escala haba servido para subir del patio a la terraza, y no de la
terraza a mi ventana.

Luego, desde mi guardilla bajaramos por la escalera de casa
tranquilamente al portal, pondramos un capote a Paquita, iramos hasta
la orilla del Bidasoa, cruzaramos el ro, y a Behovia.

El Aventino patrocinaba la aventura. Yo tena que hacer volatines, y me
reservaba la parte ms difcil. Ganisch estara de centinela a la puerta
de mi casa, para dar la voz de alerta si ocurra algo, Pello Cortzar en
la salida del pueblo y Zugarramurdi y los dems en la lancha.

Cuando supimos por la Baschili que Zubialde no cerraba el balcn que
daba a la azotea, mandamos recado a Paquita que para las once de la
noche estuviese preparada.

Sanguinetti se qued conmigo en el cuarto; haca una noche negra y sin
estrellas. Dieron las once en el reloj de la iglesia y abr sin ruido la
ventana de mi guardilla.

Sujetamos entre el italiano y yo la escalera de cuerda perfectamente y
la echamos arrimada a la pared. Despus vena la parte ma, la ms
difcil. Abr la otra ventana, saqu el cuerpo fuera y comenc a ir
avanzando por el tejadillo. A las siete u ocho varas tuve que montar en
una viga, y a una altura de ms de cincuenta pies cruc de una casa a
otra.

Cuando llegu al tejado de enfrente salt de ste a uno ms bajo, y
luego por el tubo de una caera de agua, expuesto a caer cien veces, me
descolgu a la azotea.

Llegado all me acerqu a la barandilla; la escala, arrimada a la pared,
estaba demasiado lejos para cogerla con la mano. Silb suavemente.

Sanguinetti me entendi y comenz a balancear la escala a derecha e
izquierda, hasta que yo pude agarrarla. Inmediatamente la at en la
barandilla, dejndola tensa.

Terminado esto vena la segunda parte; tema yo que, a ltima hora,
Paquita tuviera algn escrpulo, y que, arrepentida, confesara el
proyecto a su padre, en cuyo caso me esperaba el gran estacazo.

Me acerqu de puntillas al balcn y llam con los nudillos en el
cristal, volv a llamar, y sin la menor violencia se abri el balcn y
apareci la muchacha.

--Por dnde hay que subir?--me dijo.

--Por aqu.

Comenz a subir y yo fu tras ella. El pudor puede mucho, pero el miedo
puede ms, y Paquita tuvo que apoyarse varias veces en mis brazos. Yo
comprend en aquellos momentos que De Frassac no se llevaba precisamente
un esqueleto.

La escalera era larga y cost mucho subirla. Con la ayuda de
Sanguinetti la muchacha entr en la guardilla. Luego pas yo. Desde
arriba solt la escalera y la tir al patio.

Ya dentro los tres, en mi cuarto, a obscuras, cerramos la ventana, se
puso Paquita su capote, encendimos una linterna y bajamos las escaleras
hasta el portal. Detrs de la puerta haba un bulto, que se acerc a
nosotros.

--Hay algo?--pregunt yo.

--Sin novedad--dijo la voz de Ganisch.

--Ya puedes marcharte, si quieres--le advert.

--Bueno.

Cerr la puerta de mi casa, y en compaa de Sanguinetti y de Paquita
llegamos a la salida del pueblo. All esperaba Pello Cortzar.

--Hay novedad?--le pregunt.

--Ninguna.

--Y la lancha?

--All est esperando.

Llegamos a un embarcadero de la ra y aparecieron De Frassac,
Zugarramurdi y otros dos del Aventino.

Entramos en el bote, y en medio de la ms densa obscuridad atravesamos
el Bidasoa de una orilla a otra, trazando una lnea oblicua.

Al otro lado esperaban dos oficiales amigos de De Frassac. En un coche
entramos Paquita, su novio, Sanguinetti, los dos oficiales y yo.
Llegamos en poco tiempo a un castillo, prximo a Urrua, rodeado de
bosques. Cruzamos el parque y entramos en una capilla iluminada. En un
momento se celebr la boda.

Los novios quedaron all; los testigos volvimos a Behovia, y yo me
embarqu en la lancha, tripulada por Zugarramurdi.

A las tres de la maana estaba en mi cuarto, acostado.

Al da siguiente hubo gran revuelo en casa de Zubialde y en el pueblo
entero cuando se supo la noticia. No se lleg a aclarar nada.

Un mes ms tarde Sanguinetti me trajo noticias de los recin casados,
que haban ido a vivir a Pau.

Aquel incidente me hizo afirmarme en la idea de que hay que tener ms
mpetu que respeto, porque, como dice Maquiavelo, la fortuna es donna.

De todas maneras, era indispensable esperar la ocasin. Vendra? No
vendra? Eso es lo que haba de decidir mi vida.


                               FIN DEL APRENDIZ DE CONSPIRADOR


        Itzea, Octubre, 1912.




NDICE


                                                           Pgs.

  Prlogo.--Las recomendaciones de mi ta rsula.              9


  LIBRO PRIMERO
  PELLO LEGUA

    I.--Camino de Laguardia.                                  21

   II.--La luz a lo lejos.                                    33

  III.--La familia de Legua.                                 37

   IV.--Pello, enamorado.                                     51

    V.--En donde Legua sospecha si tendr buena suerte.      57


  LIBRO SEGUNDO
  LAS TERTULIAS DE LAGUARDIA

    I.--Laguardia, el ao de gracia de 1837.                  65

   II.--La tertulia de las Piscinas.                          73

  III.--Las otras tertulias.                                  81

   IV.--Las mujeres polticas.                                87

    V.--Corito y Pello Legua.                                91


  LIBRO TERCERO
  EL VIAJERO EXTRAO

    I.--La silla de postas.                                   97

   II.--El hombre y su sombra.                               103

  III.--Traidor, espa y masn.                              109


  LIBRO CUARTO
  HISTORIA Y EMBOSCADA

    I.--Lo que cont el hombre de la zamarra.                117

   II.--La venganza.                                         125

  III.--El aviso.                                            129

   IV.--El ataque.                                           141

    V.--Una proposicin.                                     149


  LIBRO QUINTO
  UN SOLDADO AUDAZ

    I.--El oficial de la bona blanca.                       155

   II.--Historias retrospectivas.                            161

  III.--Violencia contra violencia.                          167

   IV.--Consejo de amigo.                                    173

    V.--Por el camino.                                       181


  LIBRO SEXTO
  LA INFANCIA DE UN CONSPIRADOR

    I.--El archivo secreto.                                  191

   II.--Las dos influencias.                                 201

  III.--El Madrid de 1800.                                   211

   IV.--La poca.                                            217

    V.--La Mojigona.                                         223

   VI.--Consuelo Arteaga.                                    229


  LIBRO SPTIMO
  EL AVENTINO

    I.--Etchepare el solitario.                              237

   II.--Un espaol revolucionario.                           247

  III.--Narracin de Etchepare.                              255

   IV.--Una intriga en la poca del Terror.                  263

    V.--Nuevos trabajos del Aventino.                        273





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aprendiz de conspirador, by Po Baroja

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LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from. If you
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with your written explanation. The person or entity that provided you
with the defective work may elect to provide a replacement copy in
lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
or entity providing it to you may choose to give you a second
opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
without further opportunities to fix the problem.

1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of
damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
violates the law of the state applicable to this agreement, the
agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
remaining provisions.

1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.


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will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



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To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
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Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org/license

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
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that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
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TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
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written explanation to the person you received the work from.  If you
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your written explanation.  The person or entity that provided you with
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refund.  If you received the work electronically, the person or entity
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receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
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where we have not received written confirmation of compliance.  To
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particular state visit http://pglaf.org

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Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


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works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


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editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


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