The Project Gutenberg EBook of Antologa portorriquea: Prosa y verso, by 
Manuel Fernndez Juncos

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Title: Antologa portorriquea: Prosa y verso

Author: Manuel Fernndez Juncos

Release Date: October 23, 2014 [EBook #47184]

Language: Spanish

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  Nota del Transcriptor:


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  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

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  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.

  La portada fue diseada por el transcriptor y se considera dominio pblico





  ANTOLOGA PORTORRIQUEA

  PROSA Y VERSO

  --PARA LECTURA ESCOLAR--


  POR

  MANUEL FERNNDEZ JUNCOS


  _NUEVA EDICIN AUMENTADA Y REVISADA
  POR EL AUTOR_


  HINDS, NOBLE & ELDREDGE
  EDITORES
  NEW YORK     FILADELFIA

  1913




"_Es propiedad del autor, el cual se reserva todos los derechos._"


  Copyright 1907, 1913, by
  HINDS, NOBLE & ELDREDGE




 LOS NIOS.


Este libro fu compuesto expresamente para vosotros. Contiene noticias
acerca de la vida y mritos de escritores y poetas portorriqueos ya
difuntos, y muestras de sus trabajos cientficos y literarios.

En general esos trabajos no fueron hechos para nios, y tratan sobre
ideas y sentimientos que no se comprenden bien  vuestra edad; pero as
y todo debis leerlos y recordar con respeto los nombres de sus autores.
Ellos impulsaron el movimiento poltico y educativo de esta sociedad en
el siglo anterior, y  ellos debe Puerto Rico gran parte de la cultura
que actualmente disfruta.

Pensad en el esfuerzo que han tenido que hacer para llegar  la altura
de inteligencia y de sabidura  que llegaron, en una sociedad menos
propicia que la de hoy para los estudios, y en lucha con las
instituciones nada expansivas del rgimen colonial. No tuvieron como
vosotros la gran ventaja de la escuela moderna, ni haba siquiera,
cuando ellos estudiaban, la cuarta parte de las escuelas que tiene hoy
Puerto Rico. Y  pesar de todas esas dificultades lograron ilustrar su
nombre y honrar  su pas, realizando muchos de ellos este milagro con
el solo esfuerzo de un resorte oculto que poseen desde nios todos los
hombres. Este resorte, con el cual pueden obtenerse victorias admirables
y realizarse las ms grandes acciones, es la voluntad. Los autores de
las obras contenidas en este libro, fueron ante todo hombres de estudio,
hombres de accin, hombres de voluntad.

Vosotros podis llegar  donde llegaron ellos. Quiz podis subir ms
todava; pero, aun cuando alcancis esta gloria, admirad y respetad
siempre  los precursores, que para ser lo que fueron han luchado mucho
ms que vosotros. Pregonad sus mritos antes de sealar sus
deficiencias.

Un sabio historiador ha dicho que las nuevas generaciones parecen ms
grandes y lucidas, porque estn sobre los hombros de las generaciones
anteriores. Con esto quiso dar  entender que la cultura social no es
obra nica de la generacin que la posee, sino producto de herencias y
de acumulaciones sucesivas.

Ms felices vosotros que vuestros antecesores, os hallis en posesin de
una cultura adquirida por ellos con grandes dificultades. llos os han
allanado el camino para nuevas y ms esplndidas jornadas, y ahora se
os ensancha el horizonte, como invitndoos  continuar en vuestro avance
victorioso.

Estudiad con atencin los trabajos contenidos en este libro, y tenedlos
como seal  punto de partida para medir los progresos que vayis
realizando.

--"Hasta aqu llegaron nuestros abuelos--diris;--veremos hasta donde,
con mejores medios, logramos llegar nosotros."

Y seguid, nios, seguid adelante, siempre adelante; de modo que cada
nuevo da que llegue halle en vosotros un nuevo progreso, una moral ms
pura, una direccin ms acertada y ms firme de la voluntad.

                                       Manuel Fernndez Juncos.




NDICE


  ARTCULOS.                                                  PGINAS.

  _ los nios_                                                    iii

  _Romn Baldorioty de Castro_                                       1

  Amrica                                                            4

  _Manuel A. Alonso_                                                19

  El sueo de mi compadre                                           20

  _Jos Julin Acosta_                                              30

  La carta de Vctor Hugo  los alemanes                            33

  La carta del Obispo de Orleans, Monseor Dupanloup                41

  _Alejandro Tapia_                                                 48

  La flor de la caridad (verso)                                     50

  Trabajar es orar                                                  51

  _Santiago Vidarte_                                                56

  Insomnio (verso)                                                  57

  _Jos Pablo Morales_                                              61

  La enseanza primaria obligatoria                                 63

  _Jos G. Padilla_                                                 72

  La flor silvestre (verso)                                         74

  EL maestro Rafael (verso)                                         76

  _Julin E. Blanco_                                                78

  La ley del embudo                                                 80

  _Alejandrina Bentez_                                             88

   Cuba, ante una estatua de Coln (verso)                         89

  _Julio L. de Vizcarrondo_                                         94

  El hombre velorio                                                 96

  _Federico Asenjo_                                                106

  La familia                                                       109

  _Ramn Marn_                                                    114

  En la portada de la Corona potica de Corchado (verso)           115

  _Eugenio Mara de Hostos_                                        117

  El barco de papel                                                120

  La moral y la escuela                                            126

  _Manuel Corchado_                                                132

  Una consulta (verso)                                             134

  La Justicia                                                      135

  _Jos R. Freyre_                                                 137

  El lad (verso)                                                  139

  _Jos M. Monge_                                                 143

  Los Campos de mi Patria (verso)                                  144

  Carta de Justo Derecho al Caribe                                 148

  _Gabriel Ferrer Hernndez_                                       156

   Emilio Castelar (verso)                                        157

  La Educacin de la Mujer                                         158

  _Jos Gautier Bentez_                                           164

  Puerto Rico! (verso)                                            166

  _Francisco lvarez_                                              176

   Amrica (verso)                                                178

  _Mario Braschi_                                                  184

  En el infinito!                                                  186

  _Manuel Elzaburu_                                                192

  El mar                                                           194

  Trozo Oratorio                                                   199

  _Abelardo Morales Ferrer_                                        204

  Idolatra (verso)                                                206

  Anbal                                                           207

  _Manuel Padilla Dvila_                                          214

  La flor de la Esperanza (verso)                                  215

  Sursum corda (verso)                                             216

  _Francisco Gonzalo Marn_                                        219

  Mariposas (verso)                                                221

  El ruiseor (verso)                                              222

  _Jos Mercado (Momo)_                                            224

  La lengua castellana (verso)                                     230

  _Salvador Brau_                                                  236

  Patria! (verso)                                                 239

  _Francisco J. Amy_                                               255

  El viejo reloj (verso)                                           257

  _Manuel Mara Sama_                                              261

  Desde el mar (verso)                                             263

  _Antonio Cortn_                                                 268

  Sarasate                                                         271

  _Eduardo Neumann Ganda_                                         282

  Fray Iigo Abbad                                                 283

  _Federico Degetau y Gonzlez_                                    293

  Sueo de Oro                                                     298

  _Nota final_                                                     307




ANTOLOGA PORTORRIQUEA




ROMN BALDORIOTY DE CASTRO.


Entre el grupo de escritores y educadores portorriqueos que dieron
impulso y direccin al movimiento intelectual de Puerto Rico en la
segunda mitad del siglo XIX, se distingui notablemente don Romn
Baldorioty de Castro, por la extensin y solidez de sus conocimientos,
por la nobleza de su carcter, y por sus profundas convicciones de
liberal y reformador.

Naci el da 14 de Marzo de 1822, en al casero de Guaynabo, que
perteneci despus al distrito municipal de Bayamn. Aunque sus padres
no eran ricos, en vista de las buenas disposiciones mentales que el
muchacho haba demostrado en la escuela primaria, decidieron enviarle 
San Juan, para que asistiera  las ctedras del Seminario, y aprovechase
 la vez unas lecciones de Qumica y Fsica, que daba gratuitamente el
Padre Rufo Manuel Fernndez. Estudi Romn con tan buen xito, que lleg
 ser el discpulo predilecto del Padre Rufo; y cuando este ilustre
educador fu enviado  Espaa con cuatro jvenes portorriqueos, para
hacer de ellos cuatro Profesores de Ciencias, que se dedicaran luego 
la instruccin de la juventud, uno de los favorecidos fu Baldorioty de
Castro.

Estudi en Madrid con verdadero entusiasmo, hasta obtener en la
Universidad el ttulo de Licenciado en Ciencias Fsico-Matemticas, y el
de Regente de 1 clase, que equivala entonces al Doctorado. Luego
ingres en la Escuela Central de Artes y Manufacturas, de Pars, en
donde ampli y di aplicacin, ms prctica  sus conocimientos.

Cuando volvi  Puerto Rico, ansioso de comunicar  sus jvenes paisanos
los conocimientos que haba adquirido, se encontr con la triste noticia
de que el Gobierno haba decretado que no se estableciese el Colegio
Central, del que Baldorioty de Castro haba de ser Profesor. Algunos
aos ms tarde desempe una ctedra de Nutica, sostenida por la Junta
de Comercio y Fomento, y muchos alumnos de ella fueron excelentes
pilotos. Algunos de los que todava dirigen barcos de navegacin
trasatlntica  recorren el mar de las Antillas, cursaron sus estudios
tcnicos en la ctedra de Baldorioty de Castro.

En 1867 fu nombrado Baldorioty por el gobierno de Puerto Rico, para que
le representara en la Exposicin Universal de Pars, celebrada en aquel
mismo ao, y la Memoria que aqul escribi acerca del magnfico Certamen
forma un interesante libro, al cual pertenece el artculo _Amrica_,
inserto en esta Antologa.

Elegido diputado por Puerto Rico  las Cortes Constituyentes espaolas
de 1869, expuso all con noble entereza las aspiraciones polticas de
sus paisanos; abog briosamente por la abolicin de la esclavitud, y
cuando se puso  votacin la forma de gobierno y la eleccin del
prncipe Amadeo para rey de Espaa, Baldorioty declar que sus
principios polticos, y el convencimiento de que aquella monarqua
traera de nuevo la guerra civil, le impedan autorizarla con su voto.

La sinceridad y la energa de sus discursos en defensa de Puerto Rico,
llamaron la atencin de aquel famoso Congreso, en donde culminaba la
elocuencia espaola. "Es innegable--deca--que Puerto Rico est en
plena paz, y que no hay razn para continuar confiscndole sus
derechos. Esta confiscacin es contraria  la justicia, como lo son
siempre las confiscaciones arbitrarias, hechas en nombre de la fuerza.
Los pueblos exterminadores no son jams menos desgraciados que los
pueblos exterminados!...

"Puerto Rico tiene hambre y sed de justicia, aunque se mantiene en paz,
y aqu reclaman sus representantes, dentro de la legalidad, los derechos
de aquel pas. Andando el tiempo, si la suerte nos es adversa, si por
una fatalidad inconstrastable perdemos la esperanza y continuamos de
nuevo bajo la injusta reprobacin de 1837, ah! entonces, yo no creo en
las ventajas de un pugilato desigual  imposible, pero temo su
desgracia, porque los pueblos, como los individuos, cuando pierden el
ltimo rayo de luz de la esperanza,  se degradan  se suicidan."

Terminada su labor en las Cortes Constituyentes, volvi Baldorioty  su
pas, con nimo de dedicarse  la enseanza. Trat de fundar en Mayagez
una _Escuela Filotcnica_, aprovechando la expansin que se haba dado 
las leyes sobre enseanza, durante el breve perodo de la Repblica;
pero la reaccin poltica que sobrevino en 1874 le impidi poner en
prctica su proyecto. Emigr entonces  Santo Domingo, y all fund el
Colegio Antillano y fu Profesor en el Central.

Algn tiempo despus regres Baldorioty de Castro  Puerto Rico, y aqu
se dedic al periodismo, en defensa de las ideas liberales. Haba
publicado antes con buen xito un peridico titulado _El Derecho_,
dedicado  la propagacin de la ciencia poltica, social y econmica, y
en 1880 empez una formidable campaa poltica en _La Crnica_, de
Ponce. Dos aos despus, como resultado de aqulla, formul en dicha
ciudad las bases del partido autonomista portorriqueo, del cual fu
proclamado Presidente.

Fu varias veces perseguido por sus ideas polticas, y di siempre
ejemplos de serenidad y entereza de espritu en la desgracia. Era hombre
de carcter firme y franco, de gran honradez y generosidad, y muy
afectuoso y ameno en su trato. Posea un talento clarsimo y una
elocuencia fluida y natural, sin grandes atavos retricos, pero con
acentos vigorosos y persuasivos. El estilo de su oratoria era ms
enrgico y animado que el de sus escritos.

Ningn portorriqueo goz en vida de ms popularidad que don Romn
Baldorioty de Castro, ni fu ms cariosamente recordado por sus
compatriotas despus de muerto.

El siguiente artculo suyo pertenece al libro que escribi, para
informar al gobierno y al pas acerca de la Exposicin Universal de
Pars, en 1866. Al trazar en l la sntesis histrica del
desenvolvimiento poltico del Nuevo Mundo, se expresa con notable
lucidez y valenta, y tiene rasgos profticos dignos de estudio. Ntese
que el autor escriba en una poca de gran meticulosidad poltica, y que
imperaba entonces en todo su rigor la previa censura.


AMRICA.

Cuando se tiene un _Mapa del mundo_ ante los ojos, la vista recorre
vagamente su extensin, salva los mares procelosos, se desliza con
indiferencia por entre los escollos de los archipilagos, y se reposa de
momento en momento sobre los continentes.

En esta peregrinacin contemplativa, la historia de la humanidad, esta
Juda errante de todos los tiempos, pasa confusamente por el espritu y
deja en el nimo impresiones duraderas. En el Campo de Marte, donde no
hay ni ocanos ni fronteras, donde todos los climas se confunden en un
solo clima, donde todos los hombres se tocan y se tropiezan como los
habitantes de un mismo hormiguero, donde todas las categoras se codean,
se empujan sin disculparse, se hablan, se preguntan y se responden sin
ceremonias, el mapa del mundo se estrecha, se anima al rumor confuso de
mil dialectos, y refleja la vida y el pensamiento de la sociedad humana,
varia y distinta en la forma, idntica en el fondo de su naturaleza.
Dirase que en este gran espectculo, en este concierto universal de los
hombres, hay como una revelacin espontnea, como una muestra inequvoca
de la confederacin necesaria de todos los pueblos: dirase que en la
superficie del revuelto mar de las pasiones y de los intereses locales,
ocultos en el fango del fondo, sobrenada al fin el espritu regenerador
de la igualdad, de la fraternidad humana. Brillante alucinacin del
tiempo presente, realidad quizs de un futuro relativamente prximo!

Entre tanto el _frica_ inexplorada, se nos presenta hasta hoy, tal vez
sin razn bastante, como una regin adversa, inhospitalaria,
incivilizable,  pesar de los vivos resplandores que el Egipto lanz en
otros tiempos sobre el mundo de los Hebreos, de los Griegos y de los
Romanos. En nuestros das la repblica negra de _Liberia_, nacida bajo
el amparo de la verdadera libertad, y animada por el soplo vivificador
de la verdadera caridad cristiana, sin pensamiento ulterior de
explotacin, exenta de esa funesta proteccin que la codicia ha cubierto
hasta ahora con el cnico emblema del gobierno paternal, marcha por s
misma en pos de un brillante destino: vendr un da en que su
civilizacin sea la civilizacin de todo un continente. El _Asia_ por su
parte, pletrica de gente, gastada en lo fsico y moralmente degradada,
parece pertenecer completamente al pasado. La _Europa_, dominadora del
presente, pero malamente equilibrada por sus propias ambiciones, acotada
como una heredad por una reglamentacin mutiladora de las facultades del
hombre, llena de teoras, sin criterio fijo y sin fe viva, dar todava
por mucho tiempo torrentes de luz al mundo; mas no tiene campo extenso
para una gran multiplicacin de la especie humana, ni en general,
libertad bastante para realizar sus nuevos destinos. La _Amrica_,
grande como la mitad de los otros continentes, bien situada entre los
dos grandes Ocanos, con infinitos veneros de fortuna, con todos los
climas en una cualquiera de sus zonas, sin gente apenas, sin dinastas
celosas y contradictorias, y con instituciones amplias y generosas, que
echarn con el tiempo fuertes races; la Amrica, que no limita las
aptitudes, ni fuerza el espritu de los hombres en ninguna direccin
exclusiva, es al parecer la tierra de promisin para la humanidad de los
tiempos venideros. La _Australia_,  pesar de su distancia relativa,
espera con seguridad los mismos destinos.

Ciertamente los resabios de la poca de las conquistas subsisten en los
gobiernos europeos; pero los pueblos que tan caramente han pagado
siempre este cruento sistema, no son al presente muy favorables  este
_modo_ sangriento y costoso de _adquirir_: por otra parte las ltimas
tentativas que, bajo nombres diferentes, hemos visto, y que pueden
repetirse todava, prueban que la Amrica de hoy no ser fcil presa de
estas caceras. Si el _contrato_, acto moral iniciado por Guillermo
Penn, y practicado en grande escala por la Francia, por la Espaa y en
nuestros das por la Dinamarca y por la Rusia, no estuviera destinado 
reemplazar las violencias de la conquista; la emigracin espontnea,
cuyas proporciones crecen de da en da con los progresos de la
navegacin, dar tarde  temprano este resultado.

Las corrientes pacficas de la emigracin europea estn, digamos as,
normalizadas hacia la Amrica: las familias del norte, irlandesas y
alemanas, se dirigen en gran nmero con preferencia  los Estados
Unidos: la emigracin meridional, franceses, espaoles  italianos,
menos abundante, se encamina con ms frecuencia  las repblicas
hispanoamericanas. No es probable que una y otra corriente tomen
mayores proporciones con el tiempo? Los pueblos de oriente, que empiezan
 ponerse en movimiento, no llegarn tambin  fijar su atencin en el
hermoso porvenir que  todos brinda el nuevo mundo?

Un fenmeno social digno de ser analizado nos presenta el vasto
continente en sus dos grandes secciones: el _poder de asimilacin_, tan
fuerte en la una, tan dbil en la otra, qu causas reconoce? Al Norte
emigran las familias completas, al Sur no van de ordinario sino
individuos: las primeras descuajan los bosques, fundan la propiedad
agrcola, levantan ciudades, promueven la industria y fomentan la
instruccin pblica: se radican, en fin, y al cabo de pocos aos miran
esta patria adoptiva como la patria definitiva. Es un hecho que si
recuerdan el suelo natal es para invitar  sus deudos  seguir su
ejemplo, y con frecuencia, para proporcionarles los medios
indispensables para emigrar. Los segundos no aman en general el trabajo
de los campos: se diseminan por las ciudades y los pueblos, y sus
ocupaciones son por lo comn la bodega, las novedades de Pars, la
lencera y algunas veces las artes y los oficios vulgares. La
agricultura, la industria, la inventiva, la enseanza pblica y el
aumento de la poblacin estable les deben muy poco; es notable que, aun
cuando el matrimonio  el curso de sus negocios los retengan en el pas
hasta su muerte, su pensamiento fijo es, casi siempre, redondear una
fortuna, grande  pequea, para abandonarlo.

Atribuir  una virtud del clima este doble fenmeno, nos parece poco
acertado: ni los climas del Norte son ms templados, ni sus terrenos son
ms feraces que los del Sur: la estabilidad poltica pudiera explicarlo,
si ella no fuera parte del hecho mismo que se discute, y en cuanto  la
prosperidad econmica, ella es evidentemente una consecuencia y no una
causa del fenmeno.  nuestro juicio, la educacin secular de una y otra
raza, este _clima moral_ mil veces ms poderoso que los climas fsicos,
encierra todo el secreto y la explicacin completa de estos hechos. Hubo
un tiempo en que las razas del Norte, ignorantes, supersticiosas y
abandonadas, vivan tiranizadas por los vicios, y poco estimadas de s
mismas y de los dems; las meridionales brillaban entonces por las
artes, por las ciencias y por las armas; ni el clima de stos era en
aquellas pocas ms fro, ni el de aqullos ms tibio que al presente.
Un gran concurso de circunstancias favoreca la educacin de los unos y
los dotaba de perseverancia; mientras que para los otros todo era
adverso, y todo contribua  mantenerlos en la oscuridad y el atraso.

Ms tarde, cuando todos los pueblos del medioda olvidaban sus
tradiciones y abdicaban en manos de la fuerza sus derechos, los pueblos
del Norte pugnaban por robustecer y afirmar slidamente los suyos. Las
brillantes victorias que aqullos alcanzaban, en los campos de batalla,
bajo el imperio de la _obediencia pasiva_, no eran ms que las piras
siniestras que alumbran el principio de su decadencia, el oscurecimiento
de su razn, la cada de sus libertades; el trabajo sangriento de las
revoluciones del Norte, por el contrario, era la dolorosa gestacin que
anuncia la fecundidad: era la elaboracin del libre examen y de la libre
manifestacin del pensamiento, con todas sus consecuencias. El trono y
el altar embargaban el cuerpo y el alma de los unos: "Dios y mi derecho"
era la conviccin profunda y el resorte inquebrantable de los otros. Las
bellas artes y las buenas letras olvidaron al hombre y se lanzaron  las
regiones msticas, entre los primeros: la industria se despobl para
poblar los conventos: el comercio se redujo  compaas privilegiadas:
la navegacin decada pleg sus velas: la guerra misma perdi su vigor y
su brillo, y la prosperidad meridional, como la poblacin, toc en los
lindes de la bancarrota y de la miseria. Por el contrario, los hombres
del Norte, llenos de su personalidad, dueos de su pensamiento y de su
actividad, y responsables directamente de sus actos, fundaron su
gobierno dentro de una esfera limitada de accin, dieron ms fuerza  la
ley que al funcionario, y se lanzaron con fe en la corriente de la
discusin y del trabajo. Mientras los unos pasaban la vida rezando en
las puertas de las iglesias y de los conventos,  trabajando con la
lentitud propia de los reglamentos y de los gremios, los otros oraban en
espritu y en verdad: exploraban atrevidamente, en el orden moral, el
mundo de las ideas, y en el orden material, el mundo de las riquezas.

Ambas razas poblaron la Amrica, y ambas trajeron  ella los efectos de
su educacin respectiva. La revolucin moral de la primera estaba
consumada, y al trasplantarse al vasto campo de un nuevo mundo deba dar
todos sus frutos: seguridad personal completa; races profundas al
sentimiento religioso individual, y ancho campo  todas sus formas, es
decir,  todos los cultos: respeto ilimitado  la propiedad y por
consiguiente gobiernos electivos, contribuciones previstas y discutidas,
y gastos conocidos y eficaces para el bien de los gobernados: por
ltimo, la libertad de reunirse, de pensar, de hablar y de escribir,
as como la libertad absoluta del trabajo en todas sus manifestaciones,
constituan la vida misma de estos hombres. Ellos la transmitieron
ntegra  las sociedades que fundaron en las comarcas de la Amrica del
Norte, saliendo de ella todos los bienes, como en otro tiempo salieron
todos los males de la caja de Pandora, y dejando en el fondo el deseo
ardiente y la esperanza activa de un perfeccionamiento indefinido. Qu
obstculos sern bastante poderosos para torcer  pervertir sus
brillantes destinos? Si la Madre Inglaterra, por una triste veleidad de
los tiempos, se empea ciegamente en coartar sus libertades, sus hijos
engrandecidos por la virtud y por el talento, encontrarn aliados, le
harn una guerra digna y vigorosa, y victoriosos sabrn marchar con
entereza por la senda de las naciones. El parlamento libre de la
monarqua inglesa se convertir fcilmente en la cmara republicana: el
gobierno supremo ser ms brillante y ms puro en las manos de
Washington que en las manos de un Jorge. La libertad humana dar un paso
hacia adelante, sin vacilaciones y sin crmenes: el pueblo est educado,
y el triunfo de sus derechos no ser un pretexto para abandonar el
trabajo, sino un grande estmulo para enaltecerlo y desarrollarlo.

Mas cmo se haba educado este pueblo? En las luchas dolorosas y
sangrientas de la revolucin inglesa: en las persecuciones religiosas,
en las violencias de los partidos polticos, en los combates de la
libertad contra los poderes usurpadores: por el martirio en las plazas
pblicas, por la abnegacin en los campos de batalla, por la palabra en
las calles, y en las tribunas, por la virilidad y el sufrimiento en
todas partes y durante un siglo entero.

Cuando por estos medios llegaba l  la madurez del pensamiento
poltico, las razas meridionales, surmergidas en los abismos del
despotismo, ignorantes de sus derechos, supersticiosas, avezadas  las
violencias de la conquista, sin resorte en la conciencia y sin amor al
trabajo, comenzaban  despertar de su profundo letargo de tres siglos.
En el ao de 1810 aspiraba Venezuela  la libertad en el nombre de la
Filosofa, Mjico en nombre de la religin, Chile  impulsos del
masonismo: Bolvar, Hidalgo y San Martin, eran, con sus escasos amigos,
el cerebro de toda la Amrica de los meridionales: el pueblo segua 
ciegas estos prestigios  los combata con furor sin comprenderlos. La
guerra civil deba devorar varias generaciones antes de que la antorcha
de la libertad alumbrara con sus resplandores los llanos y las pampas de
un mundo semisalvaje, y presenciamos en nuestros das los dolores de la
regeneracin, con todas sus peripecias. Ellos no son, ni tantos, ni tan
grandes como los que sufri esa misma raza del norte, antes de abandonar
la tierra de Europa, y cuyos progresos actuales, as en el uno como en
el otro continente, tanto nos admiran.

Cuando se estudian de cerca y sin pasin pueril los hechos, se reconoce
que no hay razn, que no hay justicia alguna en exigir de los Americanos
del Sur, lo que no han podido conseguir en igual tiempo sus propios
padres, en ninguno de los pueblos meridionales de la misma Europa. En
1789 comenz la gran revolucin francesa, y esta nacin culta, fuerte y
populosa no ha llegado  constituirse todava: ella ha amasado con su
propia sangre dos repblicas efmeras, un imperio desptico y guerrero,
una restauracin sin simpatas, una monarqua popular, y otro imperio
vacilante, sin gloria militar y sin libertad poltica.

Y ha llegado acaso para Francia el da de la seguridad, de la libertad
completa? No est navegando en el proceloso mar de la revolucin? Ciego
ser el que confunda su estado poltico con la situacin estable de la
raza inglesa: las costumbres pblicas, esto es, la educacin poltica de
sta, est consumada; la de la otra est lejos an de su trmino: la una
resuelve las cuestiones ms graves por la ley, expresin fiel de la
opinin; la otra mantiene todava el inters de los partidos por la
fuerza, la ley no tiene en ella otro apoyo. Aquel pueblo la acata y
marcha;  la combate en las urnas, la reforma, y progresa: ste la
recibe, no la dicta: pugna contra ella, y la sufre  la derrumba por la
violencia, no por la discusin y por el voto. El sufragio de la primera
es restringido, y sabe usar de l en su provecho: el sufragio de la
segunda, es universal, y no acierta  emplearlo como le conviene.

Los americanos del Sur no pueden haber adquirido en menos tiempo,
mejores costumbres que sus maestros. Ellos han resuelto en principio
todas las dificultades sociales y polticas de nuestro tiempo, y sus
gobiernos estn basados en las mximas de la verdad y la justicia: les
falta prctica, y sta se adquiere en el ejercicio de la libertad. Las
ambiciones turbulentas que agitan de tiempo en tiempo  estos hombres,
no son eternas: ellas pasarn en la Amrica del Sur como pasarn en
Francia, como pasaron hace ya tiempo en Inglaterra. Qu motivo racional
hay para que as no sea? Solamente los hombres que permanecen en la
servidumbre, son los que no llegarn jams  ser libres.

Entre tanto no son sus trastornos, como suele pintarlos la pasin de los
extraos, ininterrumpidos: ha mucho tiempo que, fuera del campo de
batalla, no se derrama en esos pueblos sangre alguna por causas
polticas: depuestas las armas, los hombres contienen sus resentimientos
de partido, y se guardan entre s las consideraciones de la amistad. El
trabajo, escaso antes de la revolucin por las trabas sin cuento que lo
agobiaban, se ha desarrollado bajo el amparo de la libertad: lejos de
decaer las grandes ciudades, se mejoran y prosperan: los caminos de
hierro comienzan, y en algunas repblicas, como en Chile, gozan ya de
cierta importancia.

Sus ros caudalosos, de origen desconocido y de navegacin peligrosa, se
exploran en todos sentidos: su suelo fecundo repone con prontitud los
males de sus guerrillas pasajeras, y su comercio, proporcional  su
poblacin, aumenta con lentitud pero sin interrupcin. Evidentemente,
todas sus rentas, bien  mal distribudas por los Estados, vuelven  la
circulacin, y el trabajo se sostiene y aumenta.

La Amrica del Sur posee escritores y poetas de primer orden, oradores
elocuentes y diplomticos versados en el derecho de gentes, de una
habilidad y de una lucidez incontestables. La deuda de todas las
repblicas juntas no es para imponer miedo  ningn hacendista, y todo
el mundo tiene la conviccin, tanto en Europa como en Amrica, de que
para enjugarla en pocos aos, no tanto necesitan los sudamericanos de un
largo perodo de paz completa, como de costumbres morigeradas en todos
los ramos de la administracin.

La ambicin vulgar de mando, los compromisos de una poltica interior
bastarda, y el desorden consiguiente en el manejo y empleo de las
rentas, son las causas principales del descrdito, exagerado  veces por
el inters y por la pasin, que de vez en cuando se une al nombre de
algunas de estas repblicas. Su escasa poblacin relativamente  la
extensin de sus vastsimas comarcas, y la ndole, los hbitos y la poca
instruccin en los ramos ms tiles del trabajo, que caracterizan  la
gran mayora de sus inmigrantes, agravan un tanto la situacin. Mas,
todos estos inconvenientes carecen de races profundas. La gran crisis
de la libertad est consumada; las costumbres de la vida pblica
penetran en el corazn del pueblo, los soldados indomables de la
independencia, abrumados por la edad, bajan al sepulcro  abandonan con
las esperanzas de sus ambiciones las riendas del Gobierno. Las nuevas
generaciones, ms ilustradas y menos avezadas  la vida de los
campamentos, buscarn nuevas soluciones  las dificultades de la
poltica, y asentarn el porvenir de la patria americana en la
instruccin de las masas, en la actividad del trabajo, en las luchas
viriles  inteligentes de la opinin, asegurando as la paz y la
prosperidad interior. Acaso  fines del presente siglo, los hechos
infecundos y dramticos de sus guerras intestinas, pertenecern  la
leyenda, como los hechos de su gran transformacin se inscribirn
definitivamente en la historia.  juzgar por la fuerza expansiva de la
democracia, y por la manera con que ya en nuestros das se entiende y se
practica la _Federacin_ de los pueblos, no nos parece temeridad pensar
que para aquella poca no haya en todo el vasto Continente ms que una
sola, grande, libre y poderosa nacin.




MANUEL A. ALONSO.


Naci en Caguas durante el ao 1823.

Curs la segunda enseanza en el Seminario Conciliar de San Juan, y se
gradu de Doctor en Medicina en la Universidad de Barcelona, Espaa.
Estudiaban tambin por aquel tiempo en la misma Universidad otros
portorriqueos inteligentes, y como Alonso, aficionados  la literatura,
entre los cuales figuraban don Juan Bautista y don Santiago Vidarte, don
Francisco Vasallo y don Pablo Sez, y entre todos compusieron un libro
de prosa y verso, titulado _lbum Puertorriqueo_, que fu una de las
primeras manifestaciones de la literatura del pas.

Despus que Alonso obtuvo el ttulo de mdico, vivi algn tiempo en
Galicia, de donde era oriundo su padre; algunos aos ms tarde se
traslad  Madrid, en donde ejerci su profesin con buen xito, y
colabor en peridicos importantes de la corte. Era mdico del general
Serrano en los albores de la revolucin de 1868; le alcanz la
persecucin ejercida contra este ilustre personaje en los ltimos das
del reinado de Da. Isabel, y fu desterrado  Lisboa. Ms tarde volvi 
Madrid, en donde puso sus influencias y su pluma al servicio de las
reformas liberales de Puerto Rico.

 la edad de cincuenta aos, prximamente, regres Alonso  su pas
natal, y aqu se dedic  la prctica de la Medicina y  los estudios de
costumbres, sin dejar de intervenir prudentemente en las luchas
polticas.

Escriba con sencillez y gracia, era ingenioso y agudo en el decir,
tena una facundia admirable para improvisar y contar cuentos y
ancdotas, y nadie di en su tiempo tan exacto colorido como l  la
pintura de costumbres campesinas portorriqueas. Conoca perfectamente
el dialecto de nuestros jbaros, mezcla del lenguaje popular andaluz y
del castellano viejo con algunas voces indgenas, y en ese dialecto
escriba romances muy amenos y graciosos. En un libro titulado _El
Jbaro_, nos dej el Dr. Alonso muestras muy estimables de estas
composiciones, as como de su crtica de costumbres portorriqueas,
donosa y benigna.

Ejerci tambin el periodismo poltico, y fu director del peridico _El
Agente_, durante algn tiempo; pero su carcter apacible y regocijado no
era el ms  propsito para las ardientes luchas de la prensa militante
en aquel tiempo.

En sus ltimos aos fu director del Asilo de Beneficencia, que ocupaba
el local en donde est hoy establecido el Manicomio de San Juan.

Era hombre muy corts y afable, de carcter bondadoso, de instruccin
slida y variada, y de excelente moralidad.

El artculo suyo que se inserta  continuacin, fu copiado de _El
Jbaro_, en su edicin aumentada--1882.


EL SUEO DE MI COMPADRE.

Como no poda menos de suceder en la tierra clsica de los compadres,
tengo yo varios, y entre ellos uno que, con el necesario permiso,
presento  mis lectores. Llmase Don Cndido, y le cuadra perfectamente
el nombre: lo que no le cuadra es el apellido Delgado, porque pesa ms
de doscientas libras.

Este mi compadre es un bonachn  carta cabal, servicial y consecuente
como pocos; pero fundido en el antiguo molde colonial. Para l el
Gobernador es todava el Capitn General de otros tiempos, la Audiencia,
el ya olvidado Asesor de Gobierno, y los Alcaldes, los hace tiempo
difuntos Tenientes  Guerra (Q. D. G. G.). Siempre que se le habla de
gobierno, de administracin de justicia  de cualquier otro ramo,
siempre que oye la relacin de un suceso que necesita correctivo,
siempre que alguien se queja de que le han hecho una injusticia,
contesta de un modo invariable. "Si yo fuera Capitn General!"

--Qu haras?--le he preguntado algunas veces. Entonces me ha
contestado sin vacilar, y segn los casos: que separara al Alcalde  al
Juez, que pondra en el castillo del Morro al Intendente, que embarcara
bajo partida de registro  toda la Audiencia, que desterrara al Obispo
y hasta fusilara  la Diputacin Provincial. El bueno de mi compadre no
se para en barras, y aunque incapaz de ver morir al pollo que han de
servirle en el almuerzo, sera--por supuesto, de palabras--una fiera
que acabara con todos los empleados si, como l dice, fuera Capitn
General.

Hace pocos das y al siguiente de uno en que habamos discutido muy
largo, no sobre la bondad de su sistema de gobierno, porque sobre este
punto mi compadre no admite discusin, sino sobre las dificultades que
habra que vencer al ponerlo en prctica, lo vi entrar en mi casa tan
alegre, que le pregunt si haba sacado el premio grande de la lotera.

--No he sacado premio grande ni chico; pero he sido ya Capitn General,
y por cierto que no me ha gustado el oficio.

Quedme parado al oir esto, porque se me ocurri la idea de que el pobre
hombre se haba vuelto loco.

--Vaya, me dijo al notar mi turbacin. No quiere vd. saber cmo ha
pasado cosa tan rara?

--Nada deseo tanto como saberlo.

--Pues all va mi historia, me contest, despus de sentarse y de
encender un cigarro:

--Anoche me recog  la hora de costumbre; media hora despus mi mujer
me despert, porque mis ronquidos no la dejaban dormir: me volv del
otro lado, y  poco empec  soar que ocupaba el palacio de la
Fortaleza como dueo de la casa. Mi ayudante de servicio estaba en su
puesto para anunciarme las personas que iban llegando, y yo, como si en
mi vida no hubiera hecho otra cosa, las reciba  haca esperar, segn
su importancia  la del asunto que haba de tratar con ellas.

Yo estaba completamente transformado: mi natural encogimiento se haba
convertido en soltura, mi timidez en arrogancia, y mi lenguaje torpe en
elegante facilidad. Me encontraba ms instrudo en todas las materias
que cuantos conmigo hablaban, y resolva las cuestiones con un acierto
que jams hubiera credo tener. Todo esto me admiraba; pero lo que menos
poda comprender era cmo haba adquirido el don de leer en el interior
de cada uno lo que pensaba cuando me diriga la palabra; de manera que
conmigo no haba falsedad ni disimulo posibles.

El primero que se me present fu un seor, llegado de cierto pueblo de
la isla, vestido por un buen sastre, aunque llevaba la ropa como el que
 ella no est acostumbrado: luca sobre el chaleco gruesa cadena y
pesados dijes de reloj, y en la camisa ricos botones de brillantes;
pisaba recio, hablaba alto, y en ciertos momentos pona cara de traidor
de melodrama. Hablme mucho de sus tierras, de sus caas, de sus
ganados, y cuando hizo recaer la conversacin sobre las personas ms
notables de su pueblo, me asegur que all no haba ms hombres honrados
que l, dos amigos suyos y el Alcalde. Los dems, deban inspirarme muy
poca  ninguna confianza, porque eran dscolos, intrigantes, y sobre
todo, enemigos del orden y del principio de autoridad. Por fortuna, y
gracias al don de penetrar en su pensamiento de que yo disfrutaba,
estaba oyendo que interiormente se deca:

"Si supiera este buen General que vendido todo lo que tengo, no
alcanzara para pagar  mis acreedores, que algunos de ellos estn en la
miseria, mientras yo nado en la abundancia, y que si recomiendo al
Alcalde y  los otros dos sujetos, es para que no vean el lazo que les
preparo, con el fin de acabar con ellos en la primera ocasin!..."

Tentaciones me dieron de echar aquel villano  puntapis; pero me
contuve y le desped, cuando entraba otro sujeto de buena figura, tan
corts, tan elegante y de maneras y lenguaje tan respetuosos, que me
agrad sobremanera. Traa el encargo de presentarme una exposicin de un
convecino suyo que, segn me asegur, era no slo el ms rico, sino
tambin el protector, el padre de todos los habitantes de su pueblo,
donde nada bueno se haca sin su anuencia. l socorra  los
necesitados, pona en paz  los desavenidos, era, en una palabra, la
providencia que llevaba  todas partes la dicha y el contento.

Tambin ste me engaaba, segn le en su interior. El padre, el
bienhechor, la providencia era el azote de aquel pobre pueblo: se haba
hecho rico  fuerza de mil bajezas y crmenes, que haban quedado
impunes, y la pretensin que ahora tena era la de que se le concediera
la explotacin de un monopolio injusto y daoso  sus convecinos.

Despus de este agente de malos negocios se me present un maestro de
escuela, que vena  quejarse del Alcalde y del Ayuntamiento.  este
infeliz cargado de familia le deban ocho meses de sueldo. Al principio
encontr quien le prestara dinero al tres por ciento de inters mensual;
pasado algn tiempo, otro sujeto se lo facilit al de un real al mes por
cada peso, y ltimamente  ningn precio se lo queran dar. Acosado por
el hambre fu  ver al Alcalde, y ste, que llevaba cobrados hasta el
da todos sus sueldos, le contest, como otras veces: "No hay dinero:
veremos si se cobra algo."

--Lo que aqu no hay es justicia, y lo que se cobra es para pagar 
otros y no  m; replic desesperado el msero profesor.

Por esta contestacin le suspendieron de empleo y sueldo, y se le form
causa por desacato  la Autoridad.

Esta vez, por ms que escudriaba en el interior de aquel hombre, nada
vi que no estuviera de acuerdo con sus palabras, y se quedaba corto al
hacer relacin de las miserias y humillaciones que haba sufrido. Deba
 la caridad de una buena alma la pequea suma que necesit para venir 
la Capital, y tema que, cuando me hablaba, estuviera espirando uno de
sus hijos pequeos, que haba dejado enfermo. Desde que sali de mi
despacho el maestro no pude estar tranquilo, y no haca ms que
discurrir sobre el castigo que iba  aplicar al Alcalde.

Recib despus hombres importantes que todo lo enredaban: empresarios de
obras que pretendan hacer la felicidad del pas enriquecindolo,
despus de enriquecerse ellos: Abastecedores de carne que iban 
facilitar este artculo casi de balde  los pueblos, despus de haber
comprado las reses  los criadores en un cincuenta por ciento menos de
su valor, y haber duplicado ste al vender la carne: Contratistas de
alumbrado que nunca alumbraba: defensores, sin peligro, de la Religin,
de la Justicia  de la Caridad, con su correspondiente tanto por ciento
de ganancia: protectores de Alcaldes, de viudas honestas, de hurfanas
jvenes y bonitas, de maestras completas  incompletas, de padres y
madres con hijos y sin ellos.

Tantos y tan variados tipos recib, que no me es posible recordarlos, y
aburrido ya, iba  retirarme  descansar, cuando lleg la hora del
despacho.

--Gracias  Dios,--pens. Ahora s que voy  hacer algo provechoso.

El empleado que vena  la firma entr con una carga de mamotretos capaz
de asustar  cualquiera, y mucho ms al que acababa de pasar una gran
parte del da de un modo tan poco divertido.

--Antes que otra cosa, le dije, deseo ver el expediente formado al
profesor de instruccin primaria del pueblo de.... F.

--Aqu est..

--Por qu se le encausa, y qu resulta?

--Ese maestro se present reclamando el importe de algunos sueldos que
le adeudan los fondos municipales. El Alcalde le contest que no haba
dinero en caja; que cuando se cobrara se repartira, como otras veces,
entre unos cuantos (aluda  la Autoridad) la cantidad que ingresara en
los fondos, y amenaz al Alcalde con que se quejara al Gobernador. Todo
esto pas en presencia de testigos que son: el secretario, el
escribiente y el depositario de fondos municipales.

El informe del Alcalde presenta al sumariado como falto de respeto  la
Autoridad, dscolo y de mala conducta. Debo aadir tambin que el Seor
N. N., por cuyo conducto recib esta maana el expediente, confirma
cuanto dice el Alcalde.

--Basta! dije encolerizado, pegando fuertemente con la mano sobre la
mesa; basta de....

--Cndido: por Dios! te has vuelto loco?

Era mi pobre mujer, que gritaba asustada, porque haba recibido en el
hombro el puetazo que, soando, crea yo haber dado en la mesa del
General. Con unos paos de rnica, y ms aun con la risa que le produjo
la relacin de mi sueo, se le pas pronto el dolor; pero no las ganas
de reir, y rie  menudo y me pregunta si todava deseo ser Capitn
General.

--Y vd. le dije, qu responde  esa pregunta, y qu piensa de su sueo?

-- la pregunta de mi mujer nada contest. Nos reimos  duo, y pare vd.
de contar. En cuanto  lo dems, le confieso que me sucede lo mismo que
cuando sueo que se me ha muerto un hijo. Veo, cuando despierto, que
todo es falso, que mi hijo vive y est bueno; pero siento dolor al
recordar que le vi amortajado. Del mismo modo me aflige el recordar lo
que vi, por ms que fuera soando, y no me parece cosa tan fcil el
gobernar pueblos, mientras los gobernantes no tengan el don de leer en
el interior y saber de este modo lo que piensa cada uno.

--Tiene vd. razn, compadre: el gobernar debe de ser cosa muy difcil, 
imposible el hacerlo bien al que carece de ciertas condiciones. El don
de leer en el interior de los hombres se alcanza con el hbito de
manejar negocios, y slo en sueos se adquiere de repente. La honradez,
la rectitud de miras, la ilustracin suficiente, la firmeza, la
prudencia y la abnegacin que libran del malfico influjo de las
pasiones, son cualidades, naturales  adquiridas, que necesita tener el
gobernante.

Eso es lo que yo pienso. No hay que envidiar al que manda, porque,
teniendo conciencia, debe sufrir mucho y  menudo. Es preferible 
gobernar y no hacerlo bien, ser el ltimo de los gobernados.




JOS JULIAN ACOSTA.


Entre los portorriqueos ilustres que impulsaron el movimiento
intelectual en esta isla durante la segunda mitad del siglo anterior,
ninguno ha contribudo tanto como don Jos Julin Acosta  propagar
entre sus paisanos el desarrollo de las ciencias. Dotado de una firme
vocacin para la enseanza, la ejerci con breves intermitencias y en
distintas formas por espacio de 37 aos. Cuando no la ejerca
directamente en la ctedra, la realizaba en la tribuna pblica, en la
Sociedad Econmica de Amigos del Pas, y en el Ateneo ms tarde; la
ejerca tambin en todos los actos solemnes, en los cuales pronunciaba
discursos llenos de enseanzas tiles y de altas y fecundas ideas.

El mismo carcter docente que tienen sus ltimas obras, se revelaba ya
en las excelentes notas con que en su mocedad ilustr la "Historia de
Puerto Rico" por el padre Iigo Abbad, y que le valieron el ttulo de
miembro Correspondiente de la Real Academia Espaola de la Historia.

Naci en la ciudad de San Juan, el 16 de Febrero de 1825, y por las
notables disposiciones que demostr en sus estudios primarios, obtuvo
una de las doce becas de merced que conceda el Seminario Conciliar de
esta ciudad  los escolares ms aprovechados. Curs con tan buen xito
las asignaturas del bachillerato, que  los 18 aos era ya profesor de
varias de ellas en algunos colegios particulares de San Juan.

Estas aptitudes del joven Acosta llamaron la atencin de su profesor de
Qumica, el Padre Rufo Manuel Fernndez, quien le incluy en el grupo de
los estudiantes que haban de ir  Madrid para estudiar varias
facultades en la Universidad Central, con objeto de ensearlas despus 
la juventud estudiosa de Puerto Rico. En este grupo de jvenes, que se
embarc en el puerto de San Juan, en Abril de 1845, custodiado y
dirigido por su insigne maestro el P. Rufo, iba tambin don Romn
Baldorioty Castro.

Despus de una brillante serie de estudios, obtuvo Acosta el ttulo de
Licenciado en Ciencias Fsico Matemticas, y la investidura de Regente
de 1 Clase. Visit despus las Universidades de Pars y Londres,
asisti en Berln  las lecciones del sabio Humboldt y  las clases de
Qumica del clebre Rammelsberg, y regres  Puerto Rico en 1853. Un ao
despus desempeaba ya aqu la ctedra de Agricultura, creada por la
Junta de Fomento. Ejerci ms tarde la enseanza en otras varias
instituciones, y por ltimo obtuvo una ctedra en el Instituto civil de
Segunda Enseanza, del cual fu luego Director.

Ejerci tambin el periodismo, y fu el redactor ms juicioso y sabio de
_El Progreso_, que inici aqu las luchas polticas despus de la
revolucin nacional del 68, y que era el peridico de ms autoridad
entre los que defendan las reformas liberales para Puerto Rico.
Desempe tambin Acosta durante algn tiempo la jefatura del partido
reformista.

Cuando el gobierno de Madrid, en 1866, solicit el informe de algunos
representantes de Cuba y Puerto Rico, acerca de las reformas que deban
hacerse en el gobierno y la administracin de ambas Antillas, Acosta fu
uno de los representantes elegidos, y en aquella memorable Junta
sostuvo con gran firmeza y valenta la peticin de que fuese abolida
inmediatamente la esclavitud en Puerto Rico, con indemnizacin  sin
ella. Algunos aos despus repiti estos mismos conceptos en un
brillante discurso que pronunci en la Sociedad Abolicionista Espaola,
de Madrid, y que contribuy notablemente  la solucin humanitaria dada
al problema social de Puerto Rico por las Cortes de la Repblica.

Era don Jos Julin Acosta hombre de slida instruccin, de carcter
firme y reposado; su elocuencia era majestuosa y solemne, su trato
corts y caballeroso. Entre sus aficiones intelectuales sobresalan las
de educador de la juventud  investigador de asuntos histricos. Hombre
de pensamiento ms que de accin, defendi las libertades de su pas con
la palabra y con la pluma; pero nunca tom parte en conspiraciones ni
revueltas.

Adems de sus importantes _Notas  la Historia de Puerto Rico_, escribi
y public un _Tratado de Agricultura_, un extenso estudio sobre _El
derecho prohibitivo y la libertad de Comercio en Amrica_, otro sobre
_El Padre Didn y los Alemanes_, una coleccin muy notable de artculos
sobre asuntos varios, y otra de Discursos y Conferencias, y dej indita
una obra histrica,  la que se dedicaba con gran amor en sus ltimos
aos, y que tena por ttulo _Jovellanos y su tiempo_.

Los dos artculos suyos que se insertan  continuacin de estas lneas,
fueron escritos bajo la impresin de la lectura de dos famosos
documentos relativos al sitio de Pars, y publicados en _El
Progreso_--1870.


LA CARTA DE VCTOR HUGO.

 LOS ALEMANES.

Pulsar las cuerdas de la lira y enviar al corazn ora piedad, ora
terror, como Shakespeare y Caldern, es arduo y glorioso.

Luchar con todo linaje de obstculos, perseverar en la accin bajo la fe
de una idea, como Coln y Lincoln, es colocarse en el ms alto punto de
la escala moral.

Vivir no slo en las puras regiones del sentimiento, sino abandonar
tambin su atmsfera tranquila para mostrarse actor en los ms graves
conflictos de la humanidad y en medio del desencadenamiento de las
pasiones ms brutales, inspirndose siempre en la idea sublime del
_Derecho_, es  la par y de consumo arduo, glorioso y culminante.

Las raras dotes que esta asociacin extraordinaria presupone, embargan
la mente.... Y sin embargo, nuestro siglo, inmensa masa en fusin,
palenque abierto  todo gnero de pensamientos y empresas audaces, nos
ha presentado muchos ejemplos de esta asociacin extraordinaria. En sus
victorias y derrotas, en sus catstrofes polticas, en sus
descubrimientos maravillosos; resumiendo, en sus luchas continuadas con
lo pasado y con la materia, cuntos grandes hombres no se destacan!
cun absorta no ha quedado nuestra mente en su contemplacin!

Victor Hugo, terminado apenas el largo ostracismo  que le conden
primero la usurpacin y en que le retuvo ms tarde la conciencia de su
derecho, y en pie sobre los muros de Pars, sitiada por los alemanes,
dirigindoles su voz, ofrece un nuevo y magnfico ejemplo del genio en
harmona con la accin.

l, con su imaginacin dantesca, tan fecunda en la creacin de episodios
originales y dramticos, no imagin nunca ninguno tan original y
dramtico como el en que acaba de ser actor principal. En los tiempos
futuros, cuando un nuevo Homero cante el sitio de esta nueva Ilion, la
figura del gran poeta y del elocuente defensor de la abolicin de la
pena de muerte se elevar radiante en medio de la de sus mulos y
compaeros.

Al canto sublime de la poesa se unir la elocuente expresin de la
escultura: se le erigir una estatua, en que aparezca con su fisonoma
reflexiva y varonil, rotos  sus pies todos los instrumentos de muerte,
y con la copia de su carta inmortal en la diestra, mirando hacia el
nacimiento del Sol.

Esa carta es un llamamiento  la dulce paz,  la fraternidad entre
todos los hombres, es un sonido melodioso de un arpa celestial, un grito
arrancado de lo ms profundo del alma.

Ante tantas bellezas reunidas, ante esta sntesis admirable de la
esttica, cmo analizarla! Nuestras fuerzas no bastan  tamaa empresa,
y dejndonos dominar por el sentimiento que despierta, nos entregamos
exclusivamente  darle culto en el fondo de nuestro corazn.

Nunca se elev  tanta altura su prepotente genio. Con la admirable
flexibilidad que lo ha distinguido siempre, sabe tocar todas las cuerdas
y las fibras ms delicadas de la sensibilidad moral. As es como habla
al corazn y  la inteligencia del gran pueblo alemn.

Cual si no hubiesen pasado por encima de l los aos, la proscripcin y
las catstrofes domsticas, que tanto hieren  los corazones sensibles,
se nos presenta en esa carta con toda la exuberante fecundidad de su
juventud.

Vemos al profundo filsofo que analiz los misterios de la terrible
pasin de Claudio Frollo, y al suave pintor de las tiernas emociones que
despierta en el corazn de una madre la vista del zapatito del hijo que
yace en la tumba; vemos al autor de las escenas infernales de _El Rey se
divierte_, en que quedamos abatidos bajo el peso de tanto horror; y al
de la suave, dulce y melanclica "_Oracin por todos_" que enseamos 
nuestros hijos para hacerlos sensibles y humanos.  la vez manso arroyo
 impetuoso torrente, sonido apacible y estridente trueno.

As es como ha hablado y as es como deba hablar el genio galo al genio
germano.

Nada de alardes de fuerza, ni de intimidacin; sino la fra voz del buen
sentido y la protesta estica del que sabr rechazar el ataque y morir
como los romanos de los antiguos tiempos, cumpliendo con su deber.

Y al lado de esto con qu efusin no proclama las inmarcesibles glorias
de la Alemania en la obra de la civilizacin!

Todo espritu reflexivo reconoce al punto cunto de gratitud debe sta 
la Francia y  la Alemania. La una precedi  la otra en la brillante
carrera, pero no tard en ser alcanzada y aun superada en determinados
departamentos del saber humano. Por lo general, han marchado
paralelamente, completndose la una  la otra, conforme  la diversa
ndole de sus aptitudes y genio nacional.

Cun abundante mies no han segado ambas, que es hoy patrimonio de la
humanidad entera!

Si la Alemania dota al mundo de la imprenta, la Francia lanza una
legin de escritores que hacen ms y ms fructfera la admirable
invencin.

Si la Alemania produce  Lutero, expresin viva del individualismo de
las razas sajonas, la Francia les da  Calvino, que define y formula
para una gran parte de esas mismas razas la nueva creencia.

Si la Alemania cuenta entre sus hijos ms ilustres  Keplero, que con
una paciencia verdaderamente sajona calcula, sin logaritmos, un da y
otro da hasta descubrir las leyes de los orbes planetarios, exclamando:
"poco importa que yo no encuentre quien comprenda mi libro, cuando mi
Criador ha tardado siglos en encontrar un hombre que sepa leer en el
libro de la naturaleza!", la Francia se enorgullece con justa razn de
Laplace que, con un equilibrio admirable en sus facultades
intelectuales, descifr el enigma de las perturbaciones celestes, y
tranquiliz al hombre acerca de la estabilidad del sistema de que forma
parte la tierra que habita, destruyendo as un error del mismo Newton.

Si la una di el ser  Gottlob Werner, creador de la geognosia, la otra
sirvi de cuna  Cuvier, que lo fu de la paleontologa, y gracias 
entrambos ha podido escribirse la historia de nuestro globo. El mismo
Aristteles quedara absorto ante esos prodigiosos descubrimientos.

En todas las ramas del fecundo rbol de Minerva encontramos la misma
gloriosa asociacin. En Qumica, Stahl y Lavoisier, Richter y Proust; en
Fsica, Otto de Guericke y Dionisio Papn, Arago y Humboldt; en
Mineraloga, Bergman y Hauy. No terminaramos si hubiramos de enumerar
la larga lista de sabios Alemanes y Franceses que nos ofrece en sus
pginas la Historia, ora haciendo  la vez un mismo descubrimiento, ora
rectificando los hechos y sus relaciones, para llegar  formular las
verdaderas leyes de la naturaleza.

Tampoco terminaramos si nos propusiramos entrar en el vastsimo
departamento de las bellas letras, de la Filosofa, la Lingstica y el
Exgesis. Al lado de Voltaire y de Goethe, de Lamartine y Schiller, de
Descartes y Kant, de Baur y Bournouff, hallaramos otros y otros nombres
ilustres.

Pero imposible es, en esta ocasin solemne en que escribimos, dejar en
el silencio la estrecha amistad, el verdadero cario fraternal que uni
constantemente, durante su fecunda existencia,  los dos representantes
ms ilustres de la Alemania y la Francia modernas, Alejandro de Humboldt
y Francisco Arago. Con qu emocin recordamos hoy estas sentidas frases
que el gran viajero escribi en la introduccin que puso  la edicin
pstuma de las obras del gran astrnomo y del gran ciudadano: "Me
enorgullezco al pensar que por mi tierna consagracin y por la constante
admiracin que le he expresado en todas mis obras, le he pertenecido
durante cuarenta y cuatro aos, y que mi nombre ser algunas veces
pronunciado al lado de su gran nombre."

S, lo es hoy y lo ser mientras la humanidad conserve el sentimiento de
lo bello y de lo til. Ojal viviesen los dos sabios ilustres, los dos
ntimos amigos, para conjurar el horrible conflicto! Ambos eran
patriotas, pero ambos amaban ms la humanidad que la patria.

Y ahora aparece en toda su sublimidad el pensamiento de Victor Hugo y la
profunda emocin que le dominaba al escribir su carta: la destruccin de
Pars por los Alemanes sera un fratricidio, un suicidio para la
humanidad.

Si llegara  consumarse sta, hoy y aun ms en los tiempos futuros,
preguntara el mundo  la Alemania inteligente y sabia: _qu has hecho
de tu hermano?_

Sera un fratricidio, porque ambos pueblos han marchado juntos  la
conquista de la civilizacin, prestndose mutuo y poderoso apoyo; sera
un suicidio, porque la humanidad necesita de Pars, como necesita de
Berln, para su progreso en el vasto campo de las ciencias y las artes.
Extenso es el camino andado, pero el que queda por recorrer es aun
indefinido.

Las bombas y balas alemanas destruiran las bibliotecas y los archivos
que encierran todos los tesoros de la inteligencia humana; los
conservatorios, las escuelas de ciruga y medicina, las de todas las
ciencias y artes en fin,  donde van  instruirse   perfeccionarse,
con una liberalidad digna de ser imitada, como en la antigua Atenas, los
hombres estudiosos de todas las naciones y pases, as los de las Indias
orientales y occidentales como los del Norte y Medioda de la Europa y
del frica, y los de la apartada Australia.

Destruiran incomparablemente mucho ms que todo esto horror da el
pensarlo!  los ilustres representantes del saber moderno. Bajo ellas
inconscientes! caeran los Nelatn, Bernal, Payen, Laboulaye, Remusat,
Broglie, sangre de Madama Stal, y tantos otros, columnas vivientes de
la civilizacin, hoy ms que nunca necesarias....

Y en la catstrofe general sera envuelto el gran poeta, el publicista
eminente que acaba de levantar su elocuente voz, inspirado por los
sentimientos ms nobles del corazn humano, para conjurarla.

Habr sido escuchado como lo fu al suplicar gracia para Barbes?

--Habr sido desatendido como cuando pidi fervoroso la preciosa vida
de John Brown?

Pronto sabremos si la humanidad tiene que vestirse de luto y registrar
en sus sangrientos anales una nueva cada, una gran ignominia.


LA CARTA DEL OBISPO DE ORLEANS,

   MONSEOR DUPANLOUP.

         _V victoribus._

Hace muy poco tiempo que consagramos nuestra atencin al magnfico
espectculo que ofreca  la vista del mundo, Victor Hugo, de pie sobre
los muros de Pars, sitiada por los alemanes, dirigiendo  stos su voz
elocuente y pattica.

Pero en nuestros das los acontecimientos se precipitan con tan
asombrosa rapidez, y es tan conmovedora la situacin inesperada por que
atraviesa la Francia, que el vapor no ha tardado en traernos los graves
acentos de otro de sus hijos ms ilustres, de Monseor Dupanloup, Obispo
de Orleans.  la hora en que escribimos los habr escuchado todo el
mundo civilizado, como escuch en 1866 su oracin pronunciada el Viernes
santo, sobre la redencin del esclavo.

Las convicciones profundas merecen universal respeto, y el genio sabe
inspirar  todas sus producciones un sello indeleble de grandeza tal,
que los individuos que poseen las unas y estn favorecidos por el otro,
caben todos fraternalmente en el templo de la gloria. Slo la envidia,
ciega cuanto ruin, desconoce esta verdad.

As, aunque separados hasta la crisis actual, la historia mostrar
ntimamente unidos en el cristiano propsito de poner trmino  la
efusin de sangre humana y de salvar la patria invadida por el
extranjero, los nombres ilustres de Hugo y Dupanloup. Nosotros nos
complacemos en esta asociacin, y en contemplar como contribuye cada
uno, dados su distinto estado y educacin,  la gran obra humanitaria.

Si la carta de Victor Hugo es un grito arrancado de lo ms profundo del
alma, la de Mr. Dupanloup es una leccin severa, ms que una leccin,
una admonicin formulada en el _V victoribus_ Ay de los vencedores!

El uno con la admirable flexibilidad de su talento, excita con su lira
en todos los tonos la sensibilidad moral, y se inspira principalmente en
consideraciones polticas y humanas; en tanto que el otro, imitador de
Cristo, apoyado y fortalecido por su profunda conviccin en la justicia
de Dios, amenaza con ella al vencedor, si no en su propia cabeza, en la
de su posteridad.

Recomindase tambin la carta de Mr. Dupanloup por las reflexiones que
despierta en el espritu de los que la leen. Podemos considerarla como
la sntesis de la filosofa de la historia.

Mr. Dupanloup ha dicho: "Si el vencedor no sabe mostrarse digno de su
fortuna, si permanece sordo  la voz universal que le grita--"basta de
sangre y de ruinas"--la _maldicin_ de los pueblos civilizados caer
sobre l. La experiencia demuestra que el _V victoribus_ de la
Providencia resalta hoy con ms frecuencia en la historia que el V
victis de los brbaros. "Si su edad no le permite alcanzarlo, _sus hijos
lo alcanzarn_".

Ante esta pavorosa profeca, los nimos religiosos se sobrecogen y
recuerdan naturalmente el elocuente tema de Bossuet, en su oracin
fnebre por la Reina destronada, por la viuda de Carlos Estuardo, cuya
cabeza cay en el palacio de White-Hall bajo el hacha del verdugo.
"Aprended, reyes: oid, los que juzgis en la tierra."

Es verdad que Mr. Dupanloup con sus sentimientos cristianos ha buscado
tambin la manera ms delicada  que poda recurrirse para enviar la
piedad al corazn del poderoso monarca, halagado hasta el momento en que
escriba por los favores de la victoria, y de quien depende la vida de
tantos hombres, trayendo  su memoria el recuerdo, siempre conmovedor
para un hijo, del infortunio de sus padres, y repitiendo el sabio
consejo de su ilustre madre: "El que no se modera y se deja cegar por la
fortuna, pierde el equilibrio y no obra segn las leyes eternas."

Pero no obstante la evocacin de estos recuerdos sagrados, subsiste la
tremenda afirmacin, quedar siempre escrita con letras de diamante la
pavorosa profeca. "Si su edad no le permite alcanzar el _V victoribus_
de la Providencia, sus hijos lo alcanzarn."

Pero Mr. Dupanloup tena que cumplir otros deberes y los ha cumplido,
aunque desgarrando de seguro su corazn francs. l lo ha dicho: "La
patria es una asociacin de las cosas divinas y humanas, es decir, el
hogar, el altar, la tumba de nuestros padres, la justicia, la propiedad,
el honor y la vida. Se ha dicho con verdad que la patria es una madre;
ammosla ms que nunca en su amargo dolor; sea para nosotros ms querida
 medida que es ms desgraciada." Y sin embargo, en su alta
imparcialidad, no ha podido menos de dirigir  su patria,  su madre,
cargos austeros, y repetirle  su vez la inapelable sentencia de la
Reina Luisa de Prusia: "Dios poda el rbol daado. Esto deba suceder."

Con esta alta imparcialidad habla siempre el verdadero patriotismo: as
es como debe hablarse  los pueblos. No los ama el que halaga la vanidad
nacional y estrava sus pasiones, sino el que combate la una y sabe dar
buena direccin  las otras. Acabamos de verlo en esa misma Francia tan
impresionable: la amaba ms Mr. Thiers oponindose  la pasin por la
guerra, que los imperialistas que la fomentaban.

Con el recuerdo sin duda del espectculo que ofreci el Cuerpo
legislativo en la sesin del 15 de Julio, en que declar la guerra  la
Prusia, ha escrito Mr. Dupanloup estos pensamientos: "Los poderes de la
tierra tienen demasiada necesidad de conocer la verdad. Los soberanos
estn condenados  que se les engae, porque temen que se les ilumine.
Se les sirve segn su deseo, y las complacencias culpables y las
lisonjas declamatorias usurpan el lugar de las advertencias leales y
valerosas."

Hemos dicho al principio que puede considerarse la elocuente carta del
Obispo de Orleans, como la sntesis de la filosofa de la historia. Y
con efecto, el _V victoribus_ no es ms que la frmula potica de este
principio, eterno como el mundo: "No hay accin sin reaccin."

Principio consolador que as debe servir para que los poderosos no
abusen de su prepotencia, como para que los pueblos y los individuos no
se entreguen  la desesperacin en la adversidad.

Abundan en el vasto campo de la Historia numerosos ejemplos que son
demostracin elocuente de ese principio "No hay accin sin reaccin."
Sin ir ms lejos, la historia entera de la vecina isla de Santo Domingo
no es,  los ojos del filsofo, ms que una serie sucesiva de
oscilaciones sujetas  esa ley. Sin ir ms lejos, el entusiasta tributo
que paga Mr. Dupanloup al estandarte libertador de Juana de Arco, que se
conserva en la ciudad de Orleans, es otra demostracin de ese principio:
la ilustre herona condenada al fuego en Rouen por el Obispo de
Beauvais, que tema perder, si se mostraba justo, su favor para con los
ingleses dominadores de su Patria, obedeciendo as  los mismos
sentimientos que Pilatos, es hoy invocada por otro Obispo francs, como
el emblema de la abnegacin, para lanzar del suelo sagrado de su patria
al invasor que lo profana.

Pero qu ms, cuando la cruz, suplicio afrentoso del esclavo entre los
antiguos romanos, es hoy el smbolo de la redencin del gnero humano?

La conviccin profunda en la verdad de este principio es lo nico que
puede explicarnos la serena tranquilidad con que Mr. Lincoln se consagr
al cumplimiento de su misin, al aceptar en 1860 la Presidencia de los
Estados Unidos de Amrica. Estaba convencido de que Washington sera su
Jerusaln, y fu  Washington. Nos parece oirle cuando en una ocasin
solemne exclam: "Ay de aquel por quien el escndalo venga! As habr
de decirse ahora,  fin de que los juicios del Seor sean al mismo
tiempo verdaderos y justos."

Mr. Dupanloup, aunque no tan grande como Lincoln, posee iguales
convicciones. Por eso nosotros, despus de haber publicado su elocuente
carta en el nmero anterior de EL PROGRESO, le hemos consagrado estas
ligeras reflexiones, que sabemos no tienen otra especie de mrito que el
que pueda comunicarles el original, donde hemos procurado inspirarnos, 
fin de que nuestros lectores se fijen ms en las sanas doctrinas que lo
recomiendan. Si la carta de Mr. Dupanloup es un nuevo esfuerzo intentado
por un hombre ilustre, para poner trmino  los horrores de la guerra
entre dos potencias cristianas, tambin es un cdigo de los eternos
principios de justicia y de equidad que deben presidir la gobernacin de
las naciones, y hasta las relaciones privadas de los ciudadanos de todo
pueblo civilizado.




ALEJANDRO TAPIA.


Naci en la ciudad de San Juan, en 1827.

Hizo sus primeros estudios en el Colegio del conde de Carpegna, en esta
Capital, y termin en Madrid su educacin literaria.

Tuvo desde nio una gran aficin al cultivo de las letras, y en especial
 la poesa.

En las frecuentes visitas que Tapia haca  las Bibliotecas de Madrid,
con objeto de ampliar sus conocimientos literarios, conoci al ilustrado
biblifilo cubano, don Domingo del Monte, cuya amistad le fu muy til,
y por indicacin de ste y auxiliado por otros jvenes portorriqueos
residentes en la capital de Espaa, reuni Tapia documentos de mucho
inters histrico para Puerto Rico, y con ellos form la coleccin que
di  la estampa en 1854, con el ttulo de _Biblioteca Histrica
Puertorriquea_.

Vivi algn tiempo en la Habana, dedicado  trabajos de escritorio en
una famosa fbrica de cigarrillos, y en las horas destinadas al descanso
daba libre expansin  sus aficiones literarias. Con las obras en prosa
y verso que compuso durante su residencia en la Habana, form el
abultado libro que public en 1862, con el ttulo de _El Bardo de
Guaman_. En l figuran los dramas _Roberto D'Evreux y Bernardo de
Palissy_, una leyenda veneciana en prosa con el ttulo de _La antigua
sirena_, un buen estudio biogrfico del pintor Campeche y varias
composiciones lricas. Volvi luego  Puerto Rico, y aqu compuso y di
al teatro los dramas _Camens_, _Vasco Nuez de Balboa_, _La
Cuarterona_, _La parte del Len_, y un monlogo trgico titulado _Hero y
Leandro_. Tambin compuso y public las novelas tituladas _Cofres_,
_Leyenda de los veinte aos_, _Pstumo el transmigrado_, _ orillas del
Rhin_ y _Enardo y Rosael_. Reuni adems varios cuentos y estudios de
costumbres en un tomo con el ttulo de _Miscelneas_, y public en otro
tomo una interesante coleccin de conferencias sobre _Esttica y
Literatura_.

En sus obras dramticas hay situaciones bien preparadas, lenguaje
apasionado y buenos estudios de caracteres.

Compona y escriba con gran rapidez, y la cantidad de su trabajo sola
perjudicar  veces  la calidad.

Un slo libro suyo le mereci mucho detenimiento y cuidado en la
composicin y revisin: el poema _La Sataniada_, que public en sus
ltimos aos. Es obra extensa, y toda ella escrita en octavas reales,
que representan un gran esfuerzo de versificacin. Los episodios no
carecen de inters, pero en general la accin resulta poco sobria, 
fuerza de alusiones histricas y de conceptos metafsicos.

Dirigi y redact tambin, durante algunos aos, una revista de estudios
literarios y sociales, titulada _La Azucena_.

Fu Tapia el ms asiduo de los escritores portorriqueos de su tiempo, y
el que conoca ms extensa y profundamente la tcnica del arte
literario. Hizo de la literatura un verdadero culto. Fuera de las
afecciones de la familia y de la amistad, en las que era fervoroso y
constante, slo viva para el cultivo y propaganda de las letras y las
artes. Ellas daban siempre asuntos predilectos  su conversacin, y
ejerci con entusiasmo y fruto la enseanza de estas materias en el
Museo de la Juventud y el Gabinete de Lectura de Ponce, y en el Ateneo
de San Juan.

Dotado de un temperamento nervioso demasiado inquieto, careca de
paciencia bastante para corregir y perfeccionar sus obras. Aunque hay en
llas pensamientos nobles y rasgos de belleza innegables,  veces su
prosa resulta desaliada, y en algunos de sus versos domina el concepto
sobre la harmona y la flexibilidad. Valan ms que sus obras su propia
personalidad literaria, su ilustracin extensa y su gran entusiasmo de
agitador de ideas generosas, de propagandista del gusto literario y
artstico y de factor de la cultura intelectual de su pas.

Por eso en una antologa de escritores portorriqueos no podr en
justicia prescindirse de Tapia, que fu el ms activo  inteligente
iniciador, el que abri el surco y prepar la semilla que ms tarde
haba de fructificar.

Muri Tapia repentinamente, el 9 de Julio de 1882, en la sala de actos
del Ateneo Puertorriqueo, en medio de una Junta de la Sociedad
Protectora de la Inteligencia, de la cual era vocal  inspirador. Le
mat un ataque cerebral, en los momentos mismos en que explicaba un plan
para la educacin de nios pobres!


LA FLOR DE LA CARIDAD.

      Hay una flor en el cielo
    De los ngeles encanto,
    Cuyo perfume, que es santo,
    Del alma cura el dolor.

      Al ver al hombre sufriendo.
    Enviarla Dios quera
    Al mundo; mas quin sera
    Mensajero de su amor?

      El Cristo quiere traerla,
    Y Dios le muestra el martirio
    Que del humano el delirio
    Debe darle en gratitud.

      Pero amor el Cristo es:
    Por dar al Padre consuelo,
    Por calmar del Hombre el duelo
    Acept la ingratitud.

      Y vino, y la flor celeste
    Entre rabia y maldiciones,
    Sembrada en los corazones
    Dej con tierna piedad.

      Y aunque el odio reverdece
    Y el Hombre matando aterra,
    Va embelleciendo la tierra
    "La flor de la caridad."


TRABAJAR ES ORAR.

La tarde est para caer en brazos de la noche. El labrador se dispone 
terminar su tarea. El surco est dispuesto  recibir la semilla que
devolver con creces. La tierra es siempre agradecida  los afanes del
labrador.

Si la tempestad se lleva el fruto, si la inundacin lo arrastra, si el
insecto lo aniquila, es culpa de la tierra? Si sta es pobre en las
heladas zonas, al fin da lo que puede y de buena voluntad. Culpa es del
Sol que no la mira carioso sino breve tiempo. En cambio en el Ecuador
es opulenta, y sus rendimientos grandes: siempre da en proporcin de sus
posibles. No suele acontecer lo propio entre los hombres: los que ms
tienen, no son siempre los que ms dan. La tierra agradece el trabajo
que se le consagra, porque ella es bendicin del cielo para el hombre;
el sudor que la riega es culto para el cielo que la bendice, porque
_trabajar es orar_.

Oh! no desmayes, trabajador. Quin es se que pasa junto  t? Un
opulento ocioso. T le miras con envidia, l  t con desdn. l olvida
que vive por t y que tu sudor engendra su opulencia. Pero no te
desanimes: mira como se detiene un momento y reflexiona. El hasto de
los placeres, el deseo insaciable, el vicio voraz, la dolencia que mina
su seno, la esperanza burlada, la adulacin que no logra engaarle....
Ah! no, que no reflexione, porque acaso envidie tu cansada frente y tus
manos toscas y maltratadas.  t te espera el descanso tranquilo, el
amor del hogar y la familia, no envenenado por las exigencias y
pasiones vanas del gran mundo. Cuando t piensas, gozas; l para no
sufrir, necesita no pensar. S, reflexiona, y vers como el trabajo es
bien para tu alma, porque _trabajar es orar_.

Acaso piensas que al someterte  la ley del destino humano, llevas la
peor parte y la ms ruda tarea. Ah! cunto mejor no es trabajar que
sufrir, cunto mejor no es suspirar de cansancio que de pesadumbre,
cunto mejor no es sentir el cansancio del cuerpo que el del alma!

Esa que ves pasar por tu lado en carroza brillante, que te insulta con
sus joyas y te mira con soberbia, puede humillarte acaso? Pregunta  su
corazn, si ha sentido nunca los tranquilos goces que encierra el beso
de una esposa pura,  la caricia de los hijos amados. Mira su rostro,
cuya vergenza trata de encubrir con los afeites. Su trabajo es ms
penoso que el tuyo, su tarea es el continuo descaro. Cuntos afanes por
luchar con el mundo, que la corona de rosas para despreciarla! Si
reflexiona, sufre tambin: su pensamiento es su verdugo, si es que puede
pensar un alma muerta. En tanto t, consolado por la reflexin, tornas 
tus labores con ms afn; t la compadeces,  lla tan alta, desde la
humilde tierra en que se abisman tus pies y que remueven tus manos
lastimadas. Entonces comprendes que el trabajo es gran consuelo, que
_trabajar es orar_.

Mira  Csar que pasa engredo y soberbio. Cree poner el pie sobre tu
cuello, y sin embargo tiembla ante t sobradas veces, aunque logre
disimularlo. Sus das son brillantes, pero sus noches tristes, un en
medio de la orga que busca afanoso para enloquecerse. Su sueo es
pesadilla, la vigilia es noche para su alma. Tambin huye del
pensamiento, y sin embargo piensa en t. No te envidiar seguramente en
medio de sus pompas; pero cuando se despoja de la prpura, quizs
envidie tu sueo y tu conciencia. Acaso huya de los brazos de su esposa,
temeroso de ser vendido, acaso huya de sus propios hijos, receloso de
que le hereden antes de tiempo. Ya ves que su vida es afn continuo;
pero esa tarea penosa y llena de ansiedades, no es tan productiva como
la tuya, porque no le produce consuelo, sino agona; porque ignora que
_trabajar es orar_.

Pero quin es el hombre modesto, casi andrajoso, que se acerca  t? De
cuantos te miran, es el nico que te contempla con ternura. Su frente no
suda cual la tuya, est seca y abrasada por el pensamiento que arde tras
ella. Es un poeta, un filsofo, un pensador, un hombre que vive del
pensamiento, cuando los dems huyen de pensar por aturdirse. Tambin
trabaja como t, slo que su tarea es muy penosa.

Tu faena es origen de salud para tu cuerpo; la suya es fuente de
dolencias, pero que sobrelleva gustoso, porque la ndole de su trabajo
es encanto para su ser. Tal vez est resignado como t  los andrajos y
 la guardilla, porque rara vez la inteligencia que no se vende alcanza
la riqueza. l es obrero del pensamiento, como t lo eres de la tierra;
l trabaja con la mente, como t con las manos; l con el alma, como t
con el cuerpo; por eso los dolores de su alma son como los de tus
brazos: dolores que consuelan. Su trabajo es tambin una oracin:
_trabajar es orar_.

Pero ya los pajarillos que posan su nido en el rbol plantado por t, te
anuncian la noche; te festejan con sus cantos agradecidos. Ellos te
recuerdan la voz grata del hogar y de tus hijuelos. Deja, pues, el
azadn, enjuga tu frente, y mira al cielo.

Parceme que escucho tu plegaria: "Seor, al trabajar, he cumplido la
ms necesaria y fecunda ley que diste  mi existencia; me hiciste
superior al bruto, por la facultad del trabajo. Consuela con l mi alma,
relzala y elvala por l. Haz que mi sudor no sea infecundo; y si te
cuadra que la escarcha  el huracn destruya mi obra, dame fuerzas para
empezar de nuevo; ya que trabajar es hacerme digno de tus beneficios, ya
que trabajar es celebrarte, ya que _trabajar es orar_.




SANTIAGO VIDARTE.


Con este nombre firmaba sus poesas, y con l le designaban sus amigos y
compaeros de estudio en la Universidad de Barcelona: con este nombre se
le recuerda tambin en Puerto Rico; pero uno de sus ms diligentes
bigrafos asegura que no era ese su verdadero nombre de bautismo, y que
usaba el apellido Vidarte por un delicado sentimiento de gratitud hacia
don Rafael Vidarte, rico propietario de Humacao, que le haba protegido
desde la infancia, y le haba enviado y mantena en Barcelona, con
objeto de que estudiase all una carrera cientfica. Segn este
bigrafo,[1] el verdadero nombre de aqul era Jos Santiago Rodrguez, y
haba nacido en Yabucoa, el da 25 de Julio de 1828. Este joven goz de
notable popularidad entre sus paisanos de aquel tiempo, y aun hoy se le
recuerda con cario, porque en realidad fu el primer portorriqueo que
se dedic al cultivo de la poesa, con brillantez y entusiasmo. Por
desgracia falleci cuando apenas haba cumplido los veinte aos; sus
facultades de poeta no alcanzaron su madurez y apogeo, y las poesas que
dej escritas--si bien revelan inspiracin y fantasa, y no carecen de
espontaneidad y gracia--no tienen aquella elevacin y belleza de
pensamiento, ni las gallardas de lenguaje  que seguramente hubieran
llegado las producciones de Vidarte, si hubiera vivido algunos aos ms.

     [1] Don Eduardo Neumann.--"Benefactores y hombres notables de
     Puerto Rico."

Falleci en Barcelona, en 1848.

Su obra potica de mayor vuelo y ms brillante es la titulada
_Insomnio_, escrita cuando se senta ya enfermo, y en la cual expresa la
alegra con que soaba con su regreso  la querida tierra natal. De esa
poesa son las estrofas siguiente:


INSOMNIO.

          Voguemos, voguemos
        Al sn de los remos;
        La noche convida.
        Qu bella es la vida
        Que corre en la mar!

          El aura ligera,
        Veloz, plancentera,
        Nos va susurrando,
        Meciendo, empujando
        La barca fugaz.

          Qu plcida calma
        Gozando va el alma!
        La luna y estrellas
        Qu luces tan bellas
        Derraman aqu!

          Voguemos, bien mo.
        Que en dulce desvo,
        Tranquilo, halagueo.
        Vendr presto el sueo,
        Con ala sutl.

          No tengas recelo:
        Azul est el cielo,
        La noche es tan pura!
        Oh! todo me augura
        Fortuna y placer.

          Maana, hechicera
        La lumbre primera
        Del sol en oriente,
        Te har ver riente
        Fantstico Edn.

          Voguemos, voguemos
        Al son de los remos.
        Qu hermosa es la vida,
        La vida del mar!


      Se acerca la maana: rompe el alba;
    Su luz de rosa por oriente brilla....
    Despierta, dulce bien, que pronto y salva
    Otro puerto ver nuestra barquilla.

      Auras de amor que pacficas
    Del mar las olas besis.
    Venid con livianas rfagas
    Nuestra esperanza  arrullar!

      Venid, amorosos cfiros
    Que la flor enamoris,
    Y con vuestras alas plcidas
    Nuestra piragua empujad!

              Soplad!

      Despierta ya, alma ma, el tiempo avanza,
    Y al asomar su disco el sol dorado,
    Vers cual se dibuja en lontananza
    Verde gigante de metal preado.

      Vers cabe su planta orgullecida
    De flores un fantstico pensl,
    Donde rico de luz, amor y vida
    Ostenta sus primores el abril.

      Y vers ms all, cuando velera
    Se vaya nuestra barca aproximando,
    Una pea blancuzca y altanera
    Que est del mar en brazos dormitando.

      Ah! qu placer all disfrutaremos!
    Me mata el ansia; un siglo es cada hora....
    Cunto tarda ese sol! Mi bien, voguemos,
    Que ya la luz se extingue de la aurora.

      Voguemos, s, qu hermosa es la alborada!
    Qu bello no es verdad? el Oceano
    Con su lmpido azul! Canta inspirada
    Una cancin al pueblo americano!

      Mas no, calla.... columbras  lo lejos
    Una luz amarilla, un globo ardiente,
    Que brota de la mar en mil reflejo?....
    Pues.... es l, que se anuncia por Oriente.

      l es, s, s: ya estamos, mi paloma:
    Es el sol, No distingues con su brillo
    Aquel gigante que en el agua asoma?
    Pues se llama el gigante aquel, _Luquillo_.

      Y ves all cabe su planta umbra
    Fantstico el jardn de flores rico,
    Donde vive el abril, sirena ma?
    Pues el jardn se llama Puerto Rico.

       *       *       *       *       *

      Cerca est el puerto. Ves la pea aquella
    Que est del mar en brazos reposando,
    Vestida de castillos, rica, bella....?
    Pues es... Poder de Dios, si estoy soando!

  _Barcelona, 1847._




JOS PABLO MORALES.


Fu un periodista de combate contra los errores de su tiempo, y un
valiente defensor de la libertad.

Naci en Toa Alta, en el ao 1828.

Al terminar su instruccin primaria, y cuando todava no era ms que un
adolescente, comprendi la grandeza moral de la Escuela y lo humanitario
y generoso de las funciones del maestro, y sin ms auxilio y direccin
que su propio entusiasmo y sus estudios incesantes, se hizo maestro de
escuela, obteniendo luego una licencia oficial para el ejercicio de la
enseanza. Ms tarde se gradu de Notario, y con el ejercicio de esta
profesin pudo ya comprar algunos libros, ilustrar cada da ms su
inteligencia, y estudiar los problemas polticos y sociales del pas.

En 1866, y  propsito de una informacin promovida por el gobernador de
la isla, acerca de la reglamentacin del trabajo, llam el Sr. Morales
la atencin pblica con una serie de artculos suyos que public en _El
Fomento de Puerto Rico_, peridico del cual era asiduo colaborador.
Defenda en aquellos artculos, con gran amplitud de criterio, la
libertad del trabajo, y combata la libreta--especie de registro
policaco de informacin personal--que pona  los jornaleros en
condiciones humillantes con respecto  sus patronos.

La libreta qued abolida.

Desde entonces figur Morales entre los periodistas ms distinguidos
del pas, descollando entre ellos como polemista y razonador. Fu el ms
fecundo de todos los de su tiempo, y acaso el que trat  la vez sobre
ms variados asuntos. Poltica, moral, religin, economa social,
costumbres, crtica literaria, educacin, etc., todo lo tocaba su pluma
de periodista, y sobre todo escriba con discrecin, aunque su
especialidad sobresaliente era la controversia poltica.

Fu redactor de los peridicos _El Fomento_, _El Progreso_, _La Espaa
Radical_ y _El Agente_; colabor en _Don Simplicio_ y en _El Buscapi_;
fund un peridico titulado _El Economista_, y en los ltimos das de su
vida organizaba la publicacin de _El Eco del Toa_, que no lleg 
nacer.

Haba adquirido Morales una instruccin variada y slida, un hbito de
pensar y de escribir con rapidez extraordinaria, y una dialctica
formidable para la discusin.

Era hombre de costumbres sencillas, de trato afectuoso y llano, muy
religioso y muy hombre de bien. Vivi siempre en el pequeo pueblo de
Toa Alta, en donde ejerci hasta la muerte sus funciones de Notario.

Sus hijos, y en especial el que lleva su mismo nombre, y que es uno de
los maestros que honran  la Escuela portorriquea, reunieron los
artculos periodsticos ms conocidos, del Sr. Morales, y los publicaron
en dos tomos, con el ttulo de _Miscelneas_, salvando as del olvido
unos trabajos de verdadera utilidad para la historia de la cultura
portorriquea.

El que insertamos  continuacin fu tomado de _El Fomento de Puerto
Rico_, y es uno de los primeros que escribi su autor.


LA ENSEANZA PRIMARIA OBLIGATORIA.

Todo derecho se funda en un deber. Tenemos el deber de conservar
cuidadosamente la vida, como un depsito sagrado que nos ha confiado
nuestro divino Hacedor, y de este deber nace el derecho, que nos concede
la ley natural, de rechazar toda agresin injusta que tienda  privarnos
de tan precioso bien. Los cuerpos polticos tienen idnticos derechos y
deberes; pero como no puede ejercitarlos cada individuo de por s, las
supremas potestades que los ejercen  nombre de la comunidad, al mismo
tiempo que estn obligadas rigurosamente  mirar por la conservacin y
adelanto del Estado, tienen el derecho indisputable de repeler todo lo
que se oponga al cumplimiento de estos altos fines, y de buscar con
eficacia cuanto  ellos convenga. De aqu el poder de dichas potestades
sobre las vidas y bienes de los vasallos; de aqu el derecho de hacer la
guerra, y como su consecuencia el de levantar ejrcitos permanentes,
etc. Estos son principios muy sencillos del derecho natural y de gentes,
que estn al alcance de una mediana inteligencia.

Examinadas las cosas  la luz de estos sanos principios, es
incuestionable que todo Gobierno tiene derecho, para conseguir la
seguridad exterior y el orden interior del Estado, de separar los
hombres de las dulzuras del hogar domstico, privar  sus familias de
sus buenos oficios,  los pueblos de brazos para la agricultura y las
artes, en una palabra, hacerlos soldados, exponindolos en los campos de
batalla  mil peligros. Estos sacrificios individuales, por penosos que
sean, los consideramos insignificantes y como si no existieran, ante el
bien de la patria comn, que los reclama imperiosamente. La obligacin
en que estn los sbditos en orden  la guerra es tan rigorosa, que si
bien pueden eximirse y en toda sociedad bien ordenada se eximen muchos
de los ejercicios militares, hablando de un modo absoluto, en caso de
necesidad no hay ciudadano que con justicia pueda excusarse de tomar las
armas.

Regla es de derecho, que  quien le es permitido lo ms, le es permitido
lo menos. Si el Gobierno, que vela por el buen orden y conservacin del
Estado, para fines tan importantes, puede arrancar de los brazos del
padre y de la madre ancianos al hijo fuerte y robusto, que es el
descanso y la gloria de su vejez, para enviarlo  regiones extraas de
donde quizs no volver nunca, con cunta ms razn no podr separar de
su regazo por breves horas cada da y durante un tiempo limitado al nio
inocente, para ilustrar su inteligencia y formar su corazn para la
virtud?

La ley que hace obligatoria la enseanza primaria, se funda en los
principios eternos de la justicia universal. As lo han comprendido
muchas naciones civilizadas. Sajonia, Austria, Rusia y varios Estados de
la Amrica del Norte, han consignado en sus leyes esta obligacin.
Nuestra Espaa en la Constitucin de 1812 ya busc tan noble fin por
medios indirectos, estableciendo que desde el ao 1830, nadie que no
supiese leer y escribir sera admitido  ejercer los derechos de
ciudadano. Pero en la ley de 9 de Septiembre de 1857 se declara
obligatorio el deber de los padres y tutores de proporcionar  sus hijos
y pupilos el grado de instruccin necesaria. Entre nosotros se declar
la enseanza primaria obligatoria, desde el ao 1844, por el artculo 35
del Plan general de instruccin pblica para las Islas de Cuba y de
Puerto Rico, pero esta disposicin haba sido una letra muerta, hasta
que el Excmo. Sr. Don Flix Mara de Messina la ha hecho una verdad, con
su reciente disposicin, para bien del pas y gloria suya.

Se nos podr objetar, que si el derecho de la enseanza primaria
obligatoria descansa en el deber de la conservacin del cuerpo social,
cae por tierra nuestro argumento, apenas se demuestre que ningn
peligro corre el Estado porque se deje  los padres en una prudente
libertad para cuidar de la instruccin de sus hijos, habiendo naciones
cultas que viven sin admitir tal principio en su legislacin.

 esto contestaremos lo primero, que el no ejercitar un derecho no es
una prueba de que se carezca de l. El deber de mi propia conservacin
me da el derecho de quitar la vida al injusto agresor que atente contra
la ma. Vivo en un pas tranquilo y llego al fin de mis das sin
ejercitar tan tremendo derecho. Vivo en una sociedad entregada  la
anarqua y me veo en la tristsima necesidad de ejercitarlo con
frecuencia. Tendr el mencionado derecho en el segundo caso propuesto
porque lo ejrcito, y estar privado de l en el primero, porque no lo
uso? No: el derecho que me conceden las leyes naturales siempre es el
mismo, absoluto  independiente de los acontecimientos de mi vida. Hemos
visto  los Estados Unidos hasta ahora pocos aos, con una sombra de
ejrcito: en la actualidad, valindonos de una frase vulgar, estn
armados hasta los dientes; sin embargo, su derecho para levantar
ejrcitos como potencia soberana era el mismo ayer como hoy.

Lo segundo, que nadie desconoce los grandsimos males de la ignorancia.
Las naciones ms adelantadas de la presente edad no pueden
vanagloriarse de haber subido al pinculo de la civilizacin. Ninguna
puede citarse, en que dejada la instruccin primaria al cuidado de la
potestad paterna, haya conseguido una perfecta ilustracin en las masas.
Que hay peligros reales en la ignorancia de stas, nos lo demuestra la
historia de todos los pases. Si vemos en el da conmoverse la sociedad
con revueltas desastrosas  qu podemos mayormente atribuirlo si no 
la ignorancia de los pueblos sobre sus derechos y deberes? Desconociendo
sus verdaderos intereses se dejan guiar ciegamente por tribunos
apasionados que los empujan al precipicio. Si el mundo arde en guerras
fratricidas, si el principio de autoridad se encuentra desprestigiado,
si la irreligin y la inmoralidad rompen todos los lazos sociales, culpa
es de la ignorancia. No todos los peligros vienen del exterior. La
antigua Roma muri ahogada por los vicios que alimentaba en su propio
seno. Los pueblos mueren como muri la poderosa Roma, y no es por cierto
la conquista quien los mata, sino su ignorancia y sus vicios. Estos
males sociales no se curan con el sable del soldado. En una sociedad
corrompida la rebelin se abatir mil veces y por millones reproducir
su cabeza la espantosa hidra, mientras las masas no se ilustren con una
instruccin slida y verdadera, basada en los principios del
cristianismo. No se diga, pues, que en el estado actual del mundo ha
bastado la autoridad paterna, por desgracia tan desprestigiada, para
difundir la instruccin en los pueblos, y que stos tienen el mximun de
conocimientos necesarios para su felicidad, sin que sea necesario que
los Gobiernos tomen parte activa en ellos.

Lo tercero: aun suponiendo que no existiese un peligro inminente para el
Estado, siempre tendramos slidos fundamentos en que apoyar el
principio de la enseanza obligatoria. En el derecho civil distinguimos
derechos perfectos y rigorosos, y derechos imperfectos y no rigorosos.
En el derecho natural no hay semejante distincin; todos los derechos y
deberes son perfectos y rigorosos. El derecho civil no puede tomar en
consideracin todos los derechos y deberes; hace respetar los ms
importantes, y deja los dems sometidos  la sancin de la justicia
divina. Pero de que las leyes civiles no se ocupen de los derechos y
deberes llamados imperfectos, no se sigue que stos sean menos
obligatorios  los ojos de la recta razn. El derecho natural, por
ejemplo, no me obliga menos  dar limosnas que  respetar la propiedad
ajena. El deber que tiene todo padre de instruir  sus hijos en lo
necesario, es rigoroso como de derecho natural y divino. Era imperfecto
en el derecho civil, porque no haba ley que  ello obligara. Pero no
hay ningn inconveniente en que un derecho  deber imperfecto en el
orden civil, se convierta en rigoroso, cuando el bien de la sociedad lo
reclama. Si los padres olvidan el sagrado deber  que estn obligados
por las leyes naturales de instruir  sus hijos, el Gobierno que  ello
los compele no har otra cosa que darle la sancin de la ley humana 
una ley divina  inmutable. La conveniencia y utilidad de aadir esta
sancin humana  la divina, es lo nico que se podr disputar. No hay
duda que sera hasta ridculo que se dictaran leyes para castigar los
mentirosos, los avarientos, los desagradecidos, etc., los cuales todos
tendrn su castigo merecido de la divina justicia, sin que redunde
ningn bien ostensible  la sociedad; y s gravsimos inconvenientes, de
hacer justiciables ante los tribunales estos defectos. Pero quin
dudar de lo mucho que gana la causa de la civilizacin y el progreso,
disponiendo que el deber que tiene el padre de instruir al hijo se le
recuerde cuando lo olvide, y hasta se le compele  su cumplimiento por
una ley civil? Si la legtima que me ha de dejar mi padre, cuando muera,
que es un bien de un orden menos elevado, est bajo las garantas de las
leyes civiles, por qu no ha de estarlo tambin el caudal de
instruccin que de justicia me debe, por haberme puesto en el mundo?
Conque es conveniente que haya leyes para compeler  los padres  la
obligacin natural que tienen de dar el alimento del cuerpo  los hijos,
y no lo sera que las hubiese para que les den lo que es ms necesario,
el sustento de su corazn y de su inteligencia?

Entre el poder desptico que le conceda la antigua Roma  los padres
sobre sus hijos, y la anulacin absoluta de la patria potestad,
proclamada en Esparta y Creta, donde stos pertenecan  la repblica,
hay un trmino medio que nos dan  conocer la razn y la justicia. El
padre cristiano tiene derechos sagrados sobre sus hijos, pero  estos
derechos son correspondientes deberes no menos imperiosos. Una sociedad
bien constituida garantiza unos y otros, dejndolos en su libre
ejercicio. Si un padre, imitando el despotismo romano mata la vida del
alma de su prole con la ignorancia, la ley pone el remedio con una
enseanza gratuita y obligatoria. Para no dejar  los padres, respecto 
la instruccin de los hijos, en la nulidad de los griegos, sistema
encomiado por Rouseau y Helvecio, pero no por eso menos antisocial, la
misma ley les concede el derecho de enseanza domstica. Esta es la
verdadera libertad cristiana, que tanto se aparta de un individualismo
exagerado, como de los excesos del comunismo.

Desde cualquier punto de vista que se considere el principio de la
enseanza primaria obligatoria, lo encontramos justo, benfico y
fecundo. Tocaba  nuestro digno Gobernador Messina hacemos gozar de un
bien tan grande, que el magnnimo corazn de Isabel la Buena nos haba
concedido hace veinte aos.




JOS G. PADILLA.


Fu un excelente mdico, y hombre muy versado en las ciencias Fsico
Naturales; pero brill ms an como poeta de mucho ingenio, de
versificacin magistral y de puro y castizo lenguaje castellano.

Naci en San Juan, el da 12 de Julio de 1829. Era todava muy nio
cuando su familia se traslad al pueblo de Aasco, en donde Padilla
adquiri la instruccin primaria. Sus padres le enviaron despus 
Santiago de Galicia, y all obtuvo el grado de Bachiller y estudi los
primeros aos de la Facultad de Medicina. Por entonces tuvieron sus
padres algn atraso en sus intereses, y Padilla tom la resolucin
herica de buscar l mismo recursos para seguir estudiando hasta
terminar su carrera. Traslad su matrcula  la Universidad de
Barcelona, se coloc de redactor en un peridico de esta ltima ciudad,
y as pudo obtener los medios necesarios para llegar al trmino de sus
estudios en dicha Universidad.

Regres  Puerto Rico en 1857, y ejerci su profesin cientfica en
Arecibo. Aos despus traslad su residencia  Vega Baja, en donde
contrajo matrimonio, y all vivi muchos aos, dividiendo su actividad
entre su profesin de mdico y sus faenas de agricultor.

Pero en los breves remansos que formaban ac y all estas dos corrientes
de su vida, entregbase el Dr. Padilla con especial deleite al cultivo
de la poesa.

Las tareas del periodismo,  las que se haba dedicado por necesidad
durante los ltimos aos de su vida estudiantil, despertaron en l
aficiones y aptitudes muy sobresalientes. Estudiaba con entusiasmo y
cario los grandes poetas clsicos espaoles, y adquiri con su trato
una diccin tan clara y armoniosa, y un estilo de tan puro sabor
clsico, que la crtica le califica justamente como uno de los mejores
hablistas que ha tenido hasta hoy en Amrica la lengua castellana.

Cultiv la poesa lrica en casi todos los tonos, y deja modelos
excelentes en el satrico, en el apologtico, en el elegaco y en el
descriptivo. Su obra culminante hubiera sido el poema _Puerto Rico_, del
cual slo dej escritos la dedicatoria y la introduccin, que son
admirables, y sesenta y cinco octavas reales del primer canto, de una
belleza y correccin dignas de grandes alabanzas. Debe leerse con
atencin esa obra, para apreciar debidamente los mritos del Dr. Padilla
como hablista y versificador.

Le di extraordinaria popularidad en Puerto Rico al Dr. Padilla una
polmica en verso que sostuvo, en defensa de sus paisanos, con el poeta
espaol Manuel del Palacio, y en la que luci aqul gallardamente su
vena satrica. Empleaba con frecuencia el pseudnimo de _El Caribe_ en
sus versos de combate,  los que debi principalmente su fama.

Era de arrogante figura, de carcter altivo, pero de noble corazn y de
trato exquisito, generoso y jovial.

En la primera de las dos composiciones que se insertan  continuacin se
revelan algunos rasgos de la altivez de carcter del autor, dulcificados
por las finezas de la educacin y la galantera. La segunda fu escrita
en elogio de un artesano humildsimo, que enseaba gratis en su tiempo
las primeras letras  cuantos nios lograba llevar  su taller,
obedeciendo  impulsos de una generosa y humanitaria vocacin.




LA FLOR SILVESTRE.

 LA SEORA DE UN GOBERNADOR.


      Dadme, Seora, dadme una hoja
    Del ureo libro donde se ven
      El blanco lirio, la dalia roja,
      Que  vuestro paso galn arroja
    Prdigo el hijo de Borinqun.

      Dejad, os ruego, dejad que en ella
    Mi tosca mano grabe tambin
      Una amapola, que inculta y bella
      Sobre los campos carmn destella
    Y adorna el suelo de Borinqun.

       la lisonja mi humor esquivo,
    No brinda flores que aroma den:
      Yo en mis jardines no las cultivo;
      Que soy, Seora, franco y altivo,
    Como buen hijo de Borinqun.

      Yo al ofreceros la flor silvestre,
    Que el prado alegra con otras cien,
      Quiero que ufana su gala muestre,
      Quiero que brille la flor campestre
    Junto  esas otras de Borinqun.

      Quiz os aleje de estos lugares
    De la fortuna feliz vaivn:
      Quiz maana crucis los mares,
      Llevando en ramos  otros hogares
    Las cultas flores de Borinqun.

      Por eso quiero que si algn da
    Os hablan ellas de nuestro Edn,
      Si all os lo pinta su lozana,
      Miris entonces esta flor ma,
    Imagen pura de Borinqun.

      Si en su corola no vis primores,
    Si su ancho seno no aroma bien,
      Podr deciros con sus colores
      Cmo, Seora, cmo da flores
    El frtil campo de Borinqun.

      No por agreste, por inodora
    Sufra la pobre vuestro desdn:
      Muestra expresiva de inculta flora,
      Tomadla, os ruego, tomad, Seora,
    La flor silvestre de Borinqun.


EL MAESTRO RAFAEL.

    Pobre y humilde artesano
      De oscuro y modesto nombre,
      Hubo en Borinquen un hombre
    Caritativo y cristiano:
    Con la ddiva en la mano
      Y en el corazn la calma,
      Ci por nica palma
    La pura y dulce alegra
    Con que sus dones haca
      Para provecho del alma.

    Es una historia de ayer,
      Que est viva en la memoria;
      Aun recuerdan esa historia
    Los que nos dieron el ser:
    Ellos que pudieron ver
      Que el modesto menestral,
      En combate desigual
    Con el tiempo y la ignorancia,
     la pobre y tierna infancia
      Daba el pan intelectual.

    Sacerdote de la idea,
      De la ilustracin obrero,
      Tuvo el noble tabaquero
    La fe que redime y crea:
    En la fecunda tarea
       que di su vida fiel,
      Conquist como laurel
    De la tumba que lo abriga,
    Que hoy el nombre se bendiga
      Del maestro Rafael.

    Y cuando el naciente sol,
      Que  iluminarnos empieza.
      Brille en toda su grandeza
    En el cenit espaol,
     su candente arrebol
      Otra edad ver lucir
      Con letras de oro y zafir
    Grabado en el mrmol duro,
    Ese nombre, ayer oscuro,
      Glorioso en el porvenir.




JULIAN E. BLANCO.


Naci en San Juan, el da 14 de Agosto de 1830. Pas su infancia en Vega
Baja,  donde fu su padre  ejercer la profesin de maestro de escuela.
All recibi la instruccin primaria, y--como tena buena letra y era
listo--obtuvo pronto colocacin, aunque modesta, en la oficina de un
procurador judicial, de San Juan.

All se revel tan notablemente su vocacin, que  los pocos aos no
haba en toda la ciudad un muchacho que igualase  "Juliancito Blanco"
en la tarea especial de ordenar papeles para la curia, enterar de ellos
 los abogados, llevar los expedientes al tribunal   las escribanas
de actuaciones, llevar al dedillo la cuenta de los emplazamientos y los
trminos, y todo cuanto en el antiguo sistema judicial se designaba con
el nombre de _papeleo_.

Bien pronto lleg  saber de estas cosas de la curia ms que los mismos
procuradores, y entonces fu un excelente auxiliar en las oficinas de
los abogados. Trabaj primero en la del Dr. Vzquez, letrado de fama,
que ejerca su profesin en San Juan  mediados del siglo XIX, y algunos
aos despus fu compaero, ms bien que auxiliar, del inteligente
abogado portorriqueo don Gabriel Jimnez.

Nunca las bibliotecas particulares de los letrados de San Juan, ni la
del Colegio de Abogados establecida en la casa de la Audiencia, tuvieron
ms asiduo lector que don Julin Blanco, desde los primeros aos de su
juventud, y lo que no lograba encontrar en los libros de Derecho lo
encontraba en las mil combinaciones ingeniosas de la esgrima del papel
sellado. Lleg  ser verdaderamente famoso en estas materias, y no pocas
veces respetado y hasta temido por los mismo abogados de larga prctica.

Al iniciarse la lucha poltica en Puerto Rico tom puesto en las filas
ms avanzadas del partido reformista, y fu el ms activo y enrgico de
los redactores de _El Progreso_, que diriga el patriarca liberal don
Jos Julin Acosta, y sufri persecuciones y destierros por causa de sus
ideas polticas.

En 1871 fu electo diputado  Cortes por el distrito de Caguas, y dej
recuerdos importantes de su elocuencia y energa en aquellas sesiones
borrascosas que precedieron  la abdicacin del rey Amadeo.

Despus colabor en peridicos importantes del pas, fu varias veces
diputado provincial, y en el breve gobierno autonmico fu Secretario de
la Presidencia del Consejo, y Secretario de Hacienda. Posea
conocimientos generales de administracin y de ciencia econmica, y fu
fundador y consejero del Banco Territorial y Agrcola de Puerto Rico.

Su oratoria era vehemente, pero sujeta siempre  la disciplina del
pensamiento; razonaba con mtodo, expona con claridad y peroraba con
energa, pero conservando siempre el dominio de su palabra. Fu en su
tiempo uno de los mejores oradores polticos de Puerto Rico.

Como escritor, su estilo no era literario ni elegante. Se cuidaba mucho
ms de convencer, de herir  de defender que de agradar. Sus hbitos de
curial influan en la forma de sus escritos, casi siempre vigorosos,
enrgicos, y con frecuencia apasionados. Propenda especialmente  la
polmica y la contradiccin.

Recopil algunos de sus trabajos periodsticos en un libro titulado
_Veinte y Cinco aos antes_.  l pertenece el artculo que insertamos 
continuacin, publicado en _El Progreso_ hace 35 aos.


LA LEY DEL EMBUDO.

Desde que _El Progreso_ vino al estadio de la prensa, no ha cesado de
hacer cuantos esfuerzos le ha permitido la pequeez de sus medios para
difundir las ideas y los principios que forman el credo del partido
liberal reformista, creyendo, como cree firmemente que slo la prctica
de esos principios y la realizacin de esas ideas pueden labrar la
felicidad de esta Isla, manteniendo en ella el orden y la paz, factores
indispensables del bienestar y la prosperidad de los pueblos, y
asegurando con vnculo fortsimo su unin estrecha y perdurable bajo el
glorioso pabelln de Espaa,  las dems provincias de la Madre Patria.

Sin pecar de inmodestia, cree _El Progreso_ haber contribudo no poco,
en unin de sus colegas reformistas y de los ilustrados escritores que
se han dignado prestarle su valiosa colaboracin,  la organizacin y la
fuerza que hoy tiene el partido radical de esta provincia, al que
pertenece la inmensa mayora de sus habitantes, como lo ha demostrado
cuantas veces ha tenido posibilidad de hacerlo. Y sin embargo, por ms
que le duela confesarlo, tiene que reconocer que, aun cuando ms
hubiesen hecho en pr de la santa causa de las reformas, con tanta
solemnidad y repeticin prometidas y con tanta justicia y necesidad
deseadas, ni _El Progreso_ ni sus dems compaeros de la prensa liberal
de esta Antilla habrn hecho nunca tanto en favor de dicha causa, como
los rganos reaccionarios de esa minora refractaria  toda idea de
progreso y de justicia, que aqu se disfraza como el grajo de la fbula
con los variados y pomposos nombres de "los leales,, "los espaoles sin
condiciones," y "el partido liberal conservador."

Sus exageraciones, sus intemperancias, sus amenazas, sus inconsecuencias
y sus contradicciones, han abierto los ojos  los hombres honrados y
sencillos que inconscientemente les seguan, ms que todos los artculos
de la prensa reformista; y si an hay algunos que por hbito, por temor
 por la espesa venda que tres siglos y medio de rgimen colonial han
puesto sobre su inteligencia, forman todava  retaguardia de esa
agrupacin, esos pocos rezagados no tardarn en desertar de su odiosa
bandera y venir  engrosar las filas del partido radical, dejando solos
 los que, segn se deduce de sus mismas disolventes predicaciones, no
tienen otro principio que el de su conveniencia particular,  la que
estn dispuestos  sacrificarlo todo.

Ni cmo pudiera ser de otro modo? qu hombre sensato y que de honrado
se precie puede hacer coro con ellos en el discordante concierto de
insultos y calumnias que uno y otro da arrojan  la faz de un pas,
modelo de mansedumbre y de cordura, no slo entre todos los pueblos de
la Nacin sino entre todos los pueblos del mundo? Qu hombre de juicio
y de conciencia querr hacerse solidario de los energmenos que, no
contentos con amenazar  sus adversarios con el can Krupp y el fusil
de aguja, y olvidando en su delirio la diversidad de tiempos y de
circunstancias, todava nos recuerdan para aterrorizarnos el veneno de
Lucrecia Borgia y las matanzas de la noche de San Bartolom? Quin que
tenga un corazn noble y levantado puede hacer causa comn con los que
no tienen otro principio ni otro lazo de unin que su inters mezquino y
egosta?

Porque sta es la verdad, y hay que decirla virilmente, sin ambages ni
rodeos. La frmula de nuestros biliosos adversarios, "Espaa somos
nosotros, y fuera de nosotros no hay ms que separatistas," es slo una
parodia ridcula de la de Luis XIV: "El Estado soy yo." En el fondo de
una y otra, sin embargo, hay el mismo pensamiento de negro y refinado
egosmo. Todo para nosotros, para vosotros nada; para nosotros lo ancho,
la plenitud de los derechos, el privilegio de la explotacin;--porque

    "nosotros solos somos los buenos,
    nosotros solos, ni ms ni menos:"

para vosotros la pena de ser perseguidos y explotados hasta la
consumacin de los siglos, porque no sois espaoles, sino filibusteros,
mambises y separatistas.

Esa es la sntesis de todos los discursos y argumentaciones de los
flamantes liberales conservadores de esta Isla. Ese el pensamiento
profundo de sus modernos Maquiavellos, que al travs de cuanto gritan
para ocultarlo, se descubre en todos sus escritos.

Vedlos si no, discurriendo sobre las omnmodas,[2] al sentirse heridos
por esa espada de Damcles, suspendida siempre sobre los habitantes de
esta Isla. Rugen de rabia ms que de dolor; pero no piden que la espada
se rompa; no se unen  nosotros para pedir que cesen las omnmodas, que
en una provincia de la Espaa democrtica no tienen ya razn de ser; por
el contrario, aun sostienen la conveniencia de conservarlas, porque
segn dicen tienen su lado bueno y su lado malo; son buenas cuando son
ellos los que las aplican en beneficio propio y dao de sus adversarios,
por ms que stos no dieran ni den pretexto alguno para su ejercicio;
son malas cuando recaen sobre ellos, por ms que hayan hecho y hagan
todo lo posible para justificarlas  excusarlas.

     [2] _Se les daba este nombre  las facultades ilimitadas que se
     concedan  los Gobernadores de Cuba y Puerto Rico, en la poca
     colonial._

Se trata del principio de autoridad? Oidlos: "la Autoridad es sagrada:
la Autoridad es impecable," cuando son ellos los que la ejercen, aun
cuando abusen de sus facultades; la mera queja, por respetuosa que sea,
la censura ms moderada y justa de sus actos son un crimen gravsimo 
imperdonable; pero si la Autoridad justa  imparcial no se presta 
servir sus intereses ni  ser ciego instrumento de sus planes, entonces
la escarnecen y arrastran por los suelos, por alta y respetable que sea,
y su audacia se llama valor cvico, y lo que es un crimen se convierte
en virtud.

Se trata de la prensa liberal? "No conviene, dicen, la libertad de
imprenta; ella es incompatible con el sostenimiento del orden pblico,"
por ms que la templanza y la mesura con que esa prensa trata todas las
cuestiones de que le es lcito y permitido ocuparse, ofrezca ejemplos
dignos de imitar  sus injustos adversarios y detractores. Para el
periodismo liberal la previa censura, la recogida y los procesos; y
mientras tanto ellos usan y abusan de esa misma libertad, y aspiran 
gozar del privilegio de la impunidad aun cuando sus escritos
incendiarios lleven la alarma y el terror al seno de las familias, la
perturbacin del orden  la sociedad, y la desconfianza y descrdito al
exterior.

Se trata del derecho de reunin? Pues ay de los liberales que lo
ejerciten en los perodos electorales en que nicamente es permitido
aqu: "si se reunen es para conspirar, aunque sus juntas se celebren 
la luz del da, con el permiso de la Autoridad y todos los requisitos
establecidos por la Ley, y aunque sus actos y sus acuerdos extrictamente
ajustados  ella tengan la mayor publicidad; ese derecho en manos de los
liberales es un arma peligrossima que debe arrebatrseles"; pero entre
tanto ellos, los sedicentes conservadores, monopolizan ese derecho en
todas las pocas, abusando de l para todos los fines que su
conveniencia les sugiera, y que las ms veces permanecen ocultos, y ese
monopolio, lo mismo que otros, es lo que aspiran  conservar
indefinidamente.

Se trata del Gobierno constituido, y de la sumisin y obediencia que
los pueblos le deben? Nadie ms celoso defensor de ese principio que los
peridicos reaccionarios de esta isla, cuando son sus patrones los que
gobiernan, cuando son sus doctrinas las que privan, y sus aspiraciones
las atendidas en las altas regiones del poder. El mero hecho de no
pensar entonces de acuerdo con los que mandan es un crimen de alta
traicin, y ay de aquel contra quien recaiga la simple sospecha de
haber incurrido en ese desacuerdo, porque no se necesitan ms pruebas
para condenarle sin apelacin! Pero si el Gobierno no secunda sus planes
interesados y egostas; si se opone con mano fuerte  sus abusos y
desafueros, entonces se rebelan contra el Gobierno, le hacen cruda
guerra por cuantos medios estn  su alcance, sin reparar en ellos, y
esa conducta es santa y es patritica, porque llos se llaman los
leales, y su rebelin se apellida "La rebelin de la Lealtad."

Pero  qu multiplicar los ejemplos, si en todos los artculos de la
prensa reaccionaria estn de manifiesto? En todo y por todo quieren
siempre lo ancho para ellos, que son una insignificante minora; lo
estrecho para los dems, que son la inmensa generalidad del pas. Puerto
Rico los conoce ya y no puede seguirlos, porque quiere la igualdad para
todos sus moradores, porque tiene hambre y sed de justicia, que no puede
existir sin aquella igualdad; porque tiene ya la conciencia de su
dignidad y de sus derechos, y no puede consentir que se le arrebaten
por ms tiempo en beneficio exclusivo de unos pocos privilegiados.

No: la ley del embudo, que es la nica ley  que rinden culto nuestros
adversarios, no ejercer ms su imperio en esta Isla; y en vano se mecen
en la dulce ilusin de que volvern los das aciagos para sta, en que
ellos la dominaban por completo. El tiempo pasado no vuelve, y el mundo
marcha adelante, como dice Pelletn. Las conquistas hechas para Espaa
por la gloriosa revolucin de Septiembre, no hay poder humano que pueda
destruirlas, y aqu participaremos de ellas indudablemente, pese  quien
pesare, porque somos Espaa tambin.

Cuantos esfuerzos hagan para impedirlo nuestros adversarios son
intiles; y si momentneamente logran oscurecer el cielo de la Patria,
poco importara. Los eclipses de la libertad son pasajeros, como ha
dicho Martos, mientras que las leyes inmutables y constantes del
progreso tienen que cumplirse fatalmente. El astro que con sus dbiles y
temblorosos rayos animaba el moribundo rgimen colonial, est ya en su
ocaso, y pronto se hundir en los abismos del pasado para no volver 
levantarse jams.




ALEJANDRINA BENTEZ.


Entre las mujeres portorriqueas de la pasada generacin que se han
distinguido en el cultivo de las letras, merece un sitio especial en
esta Antologa doa Alejandrina Bentez, no slo porque fu la de
inspiracin ms elevada entre las de su poca, sino tambin por haber
sido la madre natural y potica de Jos Gautier Bentez, uno de los
poetas de ms bella expresin, de ms rica fantasa y de ms delicado
sentimiento que ha producido este pas. lla, con sus amorosos instintos
de madre, y con las delicadezas exquisitas de su temperamento potico,
cultiv y perfeccion aquellas cualidades que todos admiramos en el
dulce y apasionado cantor de Puerto Rico.

Naci Alejandrina Bentez, en Mayagez, el da 26 de Febrero de 1819;
qued hurfana en la infancia, y la cri y educ esmeradamente una ta
suya, doa Bibiana Bentez, aficionada tambin  la literatura y dotada
de buenas disposiciones para el cultivo de la poesa.

Floreci Alejandrina cuando se hallaba en su mayor apogeo el
romanticismo en la literatura castellana, y  la influencia de ste
debemos atribuir algunos resabios de exaltacin lrica que se advierten
en sus obras.

Dedicada desde muy joven  los cuidados del hogar y de la familia,
compona sus versos con poca frecuencia; pero no por eso dej de influir
notablemente en el movimiento literario de Puerto Rico.

Sus poesas ms celebradas son; _Buscando  Dios_, _La Cabaa_, _El
cable submarino_, y el canto _ Cuba_, que va inserto  continuacin.


 CUBA.

ANTE UNA ESTATUA DE COLN.

      La virgen tierra de radiente cielo,
    La de flores y aromas orientales,
    La que atesora en su fecundo suelo
    Cuanto Dios concediera  los mortales;

      La reina de los mares de Occidente,
    Del almo Sol la hermosa desposada,
    La de atmsfera azul, clara y riente,
    Y tnica de perlas esmaltada;

      La regin sin igual, que pura y bella
    Del Glgota ignor la triste historia,
    La que sus pactos con el cielo sella
    Sin la mancha deicida en la memoria;

      Amrica! la tierra portentosa
    En que todo es hermoso, y rico, y grande.
    La que impulsa una fuerza misteriosa
     que el destino en el futuro mande;

      Radiente de entusiasmo y de ventura
    Aparece  mis ojos noble y fiera,
    De plumas adornada la cintura
    Y flotante la negra cabellera.

      El rayo de su lmpida mirada
    El aire llena de esplendor divino,
    Mostrndome la estatua levantada
    Al inspirado, al inmortal marino.

      Al genio poderoso, que  la ciencia
    Arrebat su arcano tremebundo,
    Y copiando  la suma omnipotencia
    Surgir hizo del mar un nuevo mundo.

      Grande es el hombre, si de Dios hechura
    Superior  los ngeles se muestra,
    Cuando en las sombras de su suerte oscura
    Hace milagros con su dbil diestra.

      Cuando en sublime impulso arrebatado
    Se lanza  la regin del firmamento,
    Roba  la nube el aire condensado
    Y al rayo le seala pavimento.

      Cuando encierra al vapor que rebramando
    La altiva nave entre las ondas lanza;
    Y en contra al viento, al huracn burlando
    En su carrera imperturbable avanza.

      Cuando en alambre elctrico conduce
    De un polo al otro la impalpable idea,
    Y en un instante raudo reproduce
    Cuanto la voz mortal ordena y crea.

      Cuando mide la esfera soberana
    Y al tiempo el curso por minutos cuenta,
    Cuando hace eterna la palabra humana
    Con la invencin divina de la imprenta.

      Entonces se renueva la alianza
    Que une al Creador su hechura esclarecida;
    Entonces es que un himno de esperanza
    Levanta la creacin estremecida.

      Entonces crea el Hacedor divino
    Los genios que luchando se engrandecen:
    La primera Isabel y el gran marino
    Entonces en la tierra se aparecen!

      Les sigue en pos el mgico sistema
    De esos seres de paz, poder, y gloria,
     los que el mundo impone su anatema
    Y abre sus fastos la inmortal Historia.

      All estn de laureles coronados
    Bebiendo la ambrosa en urea copa,
    Washington y Bolvar, enlazados
     los hroes triunfantes de la Europa.

      Que de los siglos en la eterna orilla
    Crece egregia una palma, altiva y sola,
    Y el sol de la justicia excelso brilla
     los grandes ciendo su aurela.

      En esa palma el nclito marino
    Grab su nombre al descubrir un mundo,
    Y con diamantes escribi el Destino:
    "Fu Coln el primero, y no hay segundo."

       *       *       *       *       *

      Los aos  los aos se enlazaron,
    Los hombres  los hombres se siguieron
    La tierra de Coln la destrozaron,
    Todos al semidios ingratos fueron!

      Luis catorce, Cromwell, y Carlos quinto,
    Y el hroe de Austerlitz, Arcola y Jena,
    Ms amarga su gloria que el Absynto
    Al pueblo que arrastraba la cadena,

      Obtuvieron honores inmortales
    En que servil adulacin arda,
    Mientras que en sus desiertos virginales
    Amrica tu nombre repeta,

      Y apenas su crislida rasgando
    Bebi del sol el flgido destello,
    Por tu nombre su nombre fu olvidando
    En bautizo de gloria herico y bello.

      Y hoy la reina del golfo americano,
    La sultana gentil de nuestros mares,
    Revocando del tiempo el fallo insano
    Alza tu estatua  proteger sus lares.

      La cubre con la cruz y noble ensea
    Que tremolaste en su preciosa orilla,
    Y tu sombra sagrada ms la empea
    Al egregio estandarte de Castilla.

      Salve Cuba! t rindes ovaciones
    Al audaz argonauta, reverentes,
    Y con ellas condenas las naciones
    Ante tanta grandeza indiferentes.

      T, la perla del mar de las Antillas,
    Le levantas durable monumento,
    Y en noble gratitud insigne brillas
    Como brillas en glorias y en talento.

      Salve mil veces, tierra fortunada
    Que enamoras del sol la luz ardiente;
    Es tu timbre esa estatua levantada
    Al gran marino, genio prepotente,

      Que arrancara del mar  la onda fiera
    Un mundo de tesoros y hermosura:
    T has sido en acatarlo la primera....
    Salve Cuba la bella, y rica, y pura!

      Pueda cruzando los inmensos mares
    Cual los cruza la brisa perfumada,
    Llegar  t la voz de mis cantares
    Y el amor de mi patria idolatrada!




JULIO L. DE VIZCARRONDO.


Naci en la ciudad de San Juan, el 9 de Diciembre de 1830. Proceda de
una familia distinguida y bien acomodada, y obtuvo desde joven la ms
esmerada educacin que poda darse aqu en aquel tiempo.

Se hizo notar bien pronto el joven Vizcarrondo por la generosidad de sus
sentimientos humanitarios: emprendi una campaa vigorosa contra los
malos tratos que solan recibir los negros esclavos en algunas haciendas
de la isla, y concluy por hacer pblica manifestacin de sus ideas
abolicionistas. Por este motivo fu desterrado del pas en 1850, cuando
apenas haba cumplido veinte aos de edad.

Vivi cuatro aos en los Estados Unidos, y se satur all su espritu de
las ideas liberales que se agitaban en aquel gran pueblo, mientras se
preparaba la famosa epopeya de la redencin de los esclavos. Contrajo
entonces matrimonio con una joven americana de cultura exquisita y de
excelentes condiciones de carcter. Regres Vizcarrondo  Puerto Rico en
1854; di libertad  sus esclavos, para apoyar con hechos la eficacia de
su propaganda abolicionista; fund el Asilo de San Ildefonso, para la
educacin de nias pobres, y escribi algunos libros para las escuelas
de instruccin primaria. Fund ms tarde un peridico titulado "El
Mercurio", y en l se di  conocer como escritor ingenioso y ameno, y
como propagador de ideas polticas y sociales incompatibles con la
estrechez de miras del rgimen colonial.

Por ellas volvi  molestarle el gobierno con advertencias y
persecuciones, y entonces Vizcarrondo busc en la misma capital de
Espaa un campo ms espacioso y propicio para desarrollar sus ideas y
poner en prctica sus nobles propsitos.

All se dedic  trabajos de poltica y de beneficencia con actividad,
inteligencia y eficacia verdaderamente admirables. Fu Secretario
General del Comit revolucionario que prepar en Madrid la Revolucin
del 68; fund la Sociedad Abolicionista Espaola, de glorioso recuerdo;
fund La Sociedad Protectora de Nios y el Hospital del Nio Jess, y
ech las bases del Hospital de Nios incurables, con la cooperacin de
las duquesas de Santoa y Pastrana. Durante la invasin del clera en
Madrid (1865) hizo verdaderas heroicidades, auxiliando  los pobres
atacados de aquel terrible mal. En medio de la consternacin pblica
fund la sociedad de Amigos de los Pobres, que inici sus trabajos dando
abrigos, alimentos y asistencia  los colricos indigentes.

Como publicista fund en Madrid la _Revista Hispano Americana_, que tuvo
gran importancia en su tiempo; fu redactor de los diarios matritenses
_El Bien Pblico_, _La Discusin_ y _La Democracia_; fu corresponsal de
varios peridicos importantes de Londres, Nueva York y Lisboa, y
escribi correspondencias celebradsimas para _El Agente_, _El Clamor
del Pas_, _La Democracia_ y otros peridicos de Puerto Rico, haciendo
popular con ellas el pseudnimo de "Csar de Bazn".

Fu diputado  Cortes por el distrito de Ponce, prest servicios de gran
importancia  Puerto Rico durante su vida, y figur siempre entre los
directores del partido republicano de Espaa.

Su estilo como escritor era sencillo, claro y discretamente sazonado con
ingenio y gracia. El artculo suyo que va  continuacin contiene rasgos
pintorescos de la vida social portorriquea de mediados del siglo
anterior, y describe un tipo muy curioso, del que an quedan recuerdos
en algunas comarcas del pas.


EL HOMBRE VELORIO.

Hubo en Puerto Rico una poca en que verdaderamente se ataban los perros
con longanizas. Nos referimos  aquel buen tiempo en que era una verdad
decir que donde coman cuatro, coman cinco; y no poda ser de otro
modo, porque haba mucho que comer, tal vez no tan de fantasa como lo
que hoy conocemos con los nombres de _pance_, _soufle_, _troufe_,
etc., etc., pero de cierto que haba comidas muy sabrosas, que saben
confeccionar algunos rebeldes  los efectos de esa civilizacin que se
entromete hasta en el lugar ms sagrado de una casa, la cocina. Nos
referimos al haragn mofongo, la persuasiva sopa de casabe, la
melindrosa carne frita, etc., etc., que an conservan sus proslitos,
por supuesto, deponiendo el ttulo de gente de buen tono. La poca de
que hacemos mencin, es aquella en que las calles estaban  oscuras, y
cada una de ellas tena ms tropiezos que una mujer tropezona de
nuestros tiempos; cuando las Misea Josefa, y todas las otras Misea
engordaban su puerquito, y todas coman chicharrones (hoy se dice: el
que no mata puerco, no come chicharrn) y se hacan pasteles, hayacas y
butifarras, y se reparta todo entre todos en un santiamn, y de postre
se mandaban sendas fuentes de manjar blanco, ojaldres y suaves buuelos,
y se vean las criadas cruzarse, llevando los repartimientos de una 
otra casa. Hoy la cosa se maneja de otro modo, por efecto de la
civilizacin; el que mata un puerquito tiene buen cuidado de apretarle
el hocico, no sea que chille y le oiga el vecino, y averige que hay
puerco muerto en la vecindad, y mande por el rabo. Pero volvamos  la
edad de oro. Otro de los rasgos caractersticos de aquella fecha, era el
pedirse prestado los morteros unos  otros, y un poquito de culantro, y
un dientecito de ajo, etc.; para resumir, entonces todo se daba, hoy no
se da nada, y hacemos bien, entre parntesis.

En la poca  que nos referimos, se haca patrullas por los paisanos,
que es otra peculiaridad de aquel buen tiempo. Estas patrullas se
reducan  reunirse una media docena de amigos y salir de parranda por
la ciudad; uno llevaba pasteles, el otro pan, el criado de otro le
andaba detrs en sus rondas con la cazuela de escabeche, y el del otro
con la escandalosa y perfumada olla de mofongo, y la patrulla conclua
por ir al atrio de la iglesia   la plazuela de Santiago, sentarse
sobre el fresco suelo y tragarse el santo y sea bajo la forma dicha. Al
siguiente da los que pasaban por aquel lugar decan, sin ms
antecedentes que las lustrosas envolturas de los pasteles: aqu hizo
alto la patrulla de anoche.

Los jvenes de aquella poca se paseaban de noche llevando en vez de
varitas  bastones, grandes espadones toledanos de siete cuartas, de
esos que pelean solos, y que eran los compaeros inseparables de la
juventud, despus de las siete de la noche. Era golpe de gran hombre
llegar  casa de la novia con el chafarote bajo el brazo, y tirarlo con
desdn sobre una mesa.

En esa poca, raro era el baile que no se acababa con algunos sablazos,
pues los bailes justamente eran las galleras de la juventud. Para
hacerse una pelea era suficiente motivo que D. Pepito, aprendiz de
bailarn, no pudiendo seguir la estratgica trama de una contradanza,
que el veterano D. Ramn pona, con el nombre del _Pabelln francs_, 
el _Canasto de flores_,  los _Molinos_, en cuyas figuras haba que
sudar  mares, y bracearse media hora, y pasar los hombres por debajo de
los brazos de las mujeres, y las mujeres por encima de los hombres, y en
que no faltaba un viejo experto que diese la voz de alarma: ahora,
_doa_, para entrar  tiempo. Si como dejo dicho, el nefito don Pepito
no poda seguir el berengenal que plantaba don Ramn, y dejaba pasar una
figura entera  media cadena, D. Ramn se consideraba, altamente
ofendido en lo ms delicado de su honra, y era necesario que corriese la
sangre para lavar tanta afrenta.

Del mismo modo se consideraba un motivo de desafiar el colocarse un
hombre distradamente en un puesto ms arriba de lo que la rigorosa
ordenanza danzante le permita, y tambin tena uno que romperse el
juicio con un cualquiera, por sacar  bailar una joven que estaba
comprometida  acompaar en aquella misma contradanza  otro, sin que
sirviese de excusa el alegar que l ignoraba tal compromiso, y que la
culpa era de la dama: no haba ms remedio: V. haca de hablativo 
instrumento con que se haca la cosa, y no caba otro arreglo que, al
salir del baile, irse  la bajada del cementerio, y recibir una tanda de
planazos con el mismo comps de dos por cuatro, con que inocentemente
bail V. su retozona contradanza. De ese tiempo es que dicen los viejos,
suspirando al recordarlo: Ah, tiempo bueno!

En aquella poca la Isla apareca como una sola familia compacta y
unida. Las riquezas, convenientemente distribudas, ofrecan el
bienestar y la satisfaccin, que se retrataba as en el rostro del rico
hacendado, como en el del honrado proletario. El lujo no se haba
abierto camino en nuestra Isla, y alternaban gustosos en las modestas
reuniones junto con el opulento comerciante  propietario, sus
dependientes  servidores.

Pero vamos  nuestro _hombre velorio_, originario de la poca  que
acabamos de referimos, y en la que se concurra  un velorio como  una
fiesta cualquiera; aquel hombre se diferencia muy poco del tipo de
nuestros das, diferencia que no ha podido menos de establecer la
civilizacin.

La primera diligencia del _hombre velorio_, al oscurecer, era informarse
de la salud de los enfermos en la poblacin, fuesen  no amigos suyos,
porque para el _hombre velorio_ importaba poco el grado de intimidad que
le uniese con el paciente: con llegar por la casa as como por
casualidad, de una manera que l saba y que nosotros no podemos
explicar, ya tena bastante. En tratndose de velorio, nuestro tipo no
tena jurisdiccin marcada. Una vez al corriente del estado de los
enfermos, iba  su casa y se pona su traje de _velorio_, que consista,
por lo regular, en camisa y pantaln de andar de noche; un redingot de
irlanda cruda, un par de chinelas, un sombrero de panam en el cuarto
grado de consuncin; y en vez del chafarote de marras, un bastoncito de
naranjo, cieniguillo  _Juan caliente_; completando su ajuar un pauelo
de bolsillo de grandes dimensiones y grandes flores.

Nuestro hombre llegaba al velorio y pona la cara de conformidad con el
estado de gravedad del enfermo,  cambiando en un todo el escenario de
la fisonoma, si era velorio de muerto grande, y presentando otra
decoracin distinta, si era de muerto pequeo, que en este caso se
llamaba tcnicamente _velorio de angelito_.

El _hombre velorio_ llegaba en puntillas de pie, haciendo seas con la
mano para que nadie se moviese. Colocaba el sombrero en un rincn, y
antes de hacerse cargo de la silla sobre que haba de pasar la noche,
miraba  su rededor para reconocer el campo de sus operaciones. Su
primer diligencia era indagar si haba comestibles, y  qu clase
pertenecan, y no se sentaba hasta que no lo averiguaba, para lo cual
daba dos  tres paseos, siempre dirigiendo disimuladamente la vista por
todas partes, y no se acomodaba hasta saber el estado de las
provisiones, porque para poder velar bien, consideraba necesario que
hubiese algo que comer;  lo contrario se le llamaba profesionalmente
velorio  _palo seco_, y nuestro hombre no entraba por esa clase de
velorios: si descubra que haba que correr el temporal  _palo seco_,
viraba de bordo y segua otro rumbo. Una vez satisfecho de que haba
algo, procuraba informarse de quines eran los compaeros de velorio,
porque haba tambin _mujer velorio_ y tena su reputacin formada de
buena compaera de velorio, que era frase que oamos  menudo.

Enterado ya de cuanto necesitaba saber, colocaba su silla en un lugar
conveniente, es decir, entre las mujeres, y al lado de la _mujer
velorio_, y ya estaba nuestro hombre en su elemento.

Antes de todo, y pocos momentos despus de haberse sentado, vuelve 
levantarse y se dirige al depsito de los _pasatiempos_, mete la mano en
la bandeja de tabacos, y se apodera de ms de los que necesita por el
momento, echa un traguito, come algunos bizcochos y vuelve  ocupar su
lugar. Ya est el tabaco prendido y puede darse principio  los
chascarrillos; el _hombre velorio_ es un manantial de ancdotas, y sabe
decirlas con graciosa seriedad y una voz propia de velorio, lanzando por
la boca una nube de humo  cada pues seor. Mientras que el _hombre
velorio_ cuenta sus chascarrillos, las mujeres apoyan la barba sobre la
mano abierta, y fijos en l sus ojos mascan el cigarro que tienen en la
boca, haciendo creer que se limpian los dientes, y las viejas los
prenden y fuman como murcilagos, diciendo cada vez que el cuentecillo
se enrojece, al echar una nube de humo por la boca: "Jess con Vd., don
Jos." Y don Jos aumenta el colorido del cuento, las muchachas se miran
unas  las otras, y algunas de ellas, de risibles propensiones, por no
romper la carcajada se tapan la boca con el pauelo y se hacen mil
contorsiones en la silla. Es de rigor que haya un pollo en el velorio, y
que sea pollo enamorado, que va detrs de alguna hija de Eva en los
primeros albores de la juventud.

El _hombre velorio_ es el protector de esos amores por aquella noche,
aconseja y anima al pollo y le hace lugar, dicindole de vez en cuando:
ahora es tiempo, no seas tonto, aprovecha la ocasin. As se pasa la
noche entera, la cual se ameniza muy  menudo con copitas de vino,
bizcochos, azucarillos y cigarros, de los cuales hace una provisin para
muchos das. Desde las tres de la maana ya empieza nuestro tipo 
indicar que es hora de estar listo el pan caliente; se ofrece--por va
de estirar las piernas-- ver si aqul est ya cocido, y l mismo va 
informarse  la prxima panadera.

 las cuatro de la maana ya las viejas estn apestosas  _cabos de
tabacos_, y las muchachas de mal talante y peor color, y unas y otras
con el indispensable pauelito atado  la cabeza.

Los muebles estn en desorden, y all y acull por los rincones se ven
algunos de los _veladores_ dormidos sobre una silla, haciendo la figura
ms triste, pues sus compaeros ms fuertes, como uno de los recursos
de la diversin en el velorio, les han tiznado la cara con un corcho
carbonizado. Ya  esta hora han desaparecido todos los comestibles de la
noche, y el _hombre velorio_ anda por la cocina activando el caf, y
disponiendo que se haga _cargadito_.

Ya vienen las tazas y se oye el ruido de las cucharas al caer en los
platillos: el caliente pan se anuncia con su peculiar olor al dividir en
dos la tostada libra que tiene el _hombre velorio_, quien al echar de
menos la mantequilla, dice como pudiera decir un qumico al ver que en
lo ms preciso de una operacin le faltase el ms indispensable
ingrediente: Y la mantequilla, por Dios? Y la mantequilla? Quin
tiene la mantequilla? Lo menos se han olvidado de la mantequilla!
Corran, por Dios, por esa mantequilla,  se pierde todo esto! Y vuelve
 cerrar el pan antes que se enfre. Viene la mantequilla, vuelve 
abrir la olorosa libra de pan, se le unta la apetecible grasa, y el
cuchillo empieza su tarea de dividirla en rebanadas. Cada cual se
acerca, toma su taza de caf y su apndice de pan, y se retira  un
lado.

El _hombre velorio_ es el nico que se queda al pie de la mesa, porque
primeramente le ha quedado el caf muy dulce, y lo ha venido  notar
despus de haberse bebido la mitad de la taza, la cual llena nuevamente
para que le d sazn  su gusto. Luego le falta pan para conclur el
caf que le queda en la taza, y toma otra rebanada, y como es natural le
sobra despus el pan, y tiene que echar ms caf para conclur con l, 
fin de que ambos concluyan  un tiempo. De un fresco jarro lleno de agua
serenada, que est en una jarrera en el patio, toma agua, se lava las
manos y los relumbrosos labios, que limpia con su pauelo de color.
Prende otro cigarro, no de los que han estado depositados en el bolsillo
toda la noche, sino del abastecedor azafate; se levanta el cuello del
redingot, y se lo abotona hasta el ltimo botn, para no refriarse; se
cala el sombrero, y sale en puntillas de pie, diciendo al taparse la
boca con el pauelo: Hasta maana! Y de seguro que volver maana y
pasado, y todas las noches en que haya velorio.




FEDERICO ASENJO.


As como hay hombres de inteligencia brillante, inquieta, bulliciosa y
expansiva, que se imponen poderosamente  la atencin pblica, y tienen
ms viso y repercusin exterior que capacidad interna, los hay tambin
de inteligencia concentrada, de carcter apacible, asiduos en el estudio
y en el trabajo; de ms talento que apariencia, modestos y enemigos de
ostentacin.  estos ltimos perteneca don Federico Asenjo.

Naci en Mayagez, el da 26 de Abril de 1831. Su padre era un militar
espaol, natural de Castilla la Vieja, y su madre una dama venezolana,
descendiente tambin de una noble familia de castellanos. El servicio de
las armas oblig al Sr. Asenjo padre  trasladarse  San Juan cuando
Federico era todava nio, y aqu adquiri ste la instruccin primaria,
y fu ms tarde alumno distinguido del Seminario Conciliar.

Aprendi con perfeccin la lengua latina y la francesa, y gracias 
ellas y  su constante afn de estudiar, logr extender
considerablemente el crculo de sus conocimientos, ilustrar su mente y
llegar  ser uno de los portorriqueos ms instrudos de su tiempo.

Rindi culto en su juventud  la literatura amena, colaborando en un
peridico que se publicaba en San Juan, con el ttulo de _El Ramillete_,
y antes de los 22 aos escriba notables artculos de economa poltica
y de ciencia administrativa en el _Boletn Mercantil_ y en _El
Mercurio_, compartiendo en este ltimo las tareas de Redaccin con don
Julio Vizcarrondo.

En 1863 fund _El Fomento de Puerto Rico_, revista quincenal de
ciencias, que se transform ms tarde en diario, y que ejerci notable
influencia en el pas.

La modestia de Asenjo llegaba hasta el punto de no poner su nombre en
muchos de los trabajos que publicaba, y as hay en nuestros archivos
muchos estudios, Memorias, reseas de Exposiciones y de solemnidades
pblicas, Informes oficiales y proyectos de instituciones, debidos  su
docta pluma, y sin ninguna indicacin expresa de quin los escribi.

Despus que la revolucin espaola de 1868 desarroll en Puerto Rico la
vida Municipal, Asenjo fund y dirigi una revista titulada _El
Municipio_, y dedicada  propagar la teora y la prctica de la
administracin del pueblo por el pueblo.

En 1875 adquiri la propiedad de _El Agente_, peridico en el que hizo
esfuerzos meritsimos para propagar aqu la ciencia econmica y social.
Por ltimo fund la _Revista de Agricultura_, _Industria_ y _Comercio_,
en la que propag, por espacio de nueve aos, excelentes ideas y un gran
caudal de ciencia favorable al fomento de esas fuentes principales de la
riqueza de los pueblos.

Entre los libros y folletos publicados que llevan su nombre merecen
especial mencin los titulados _Elementos de orden social_, _Nociones de
agricultura_, _Pginas para los jornaleros de Puerto Rico_, _Un pequeo
libro de actualidad_ (estudios econmicos) y _El Catastro de Puerto
Rico_. Con el pseudnimo de Claro Oscuro, public tambin un curioso
libro suyo de crtica humorstica, titulado _Viaje al rededor de la
plaza principal_.

Prest importantes servicios  su pas en la Junta Superior de
Instruccin Pblica; organiz la Escuela Profesional fundada en San Juan
en 1883, y fu proveedor de su material cientfico, y apenas se halla un
proyecto beneficioso para Puerto Rico en la segunda mitad del siglo XIX,
al cual no haya llevado Asenjo el concurso de su inteligencia y de su
actividad.

Por encargo de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas, se dedic
Asenjo en sus ltimos aos  recopilar datos para la Historia general de
Puerto Rico, y dej 31 volmenes de estos apuntes en el archivo de
aquella memorable institucin. Su vida fu una constante serie de
trabajos fecundos en provecho de la prosperidad y la cultura de su pas,
por lo cual uno de sus bigrafos le califica muy acertadamente de
"ciudadano modelo."

Y todo esto lo haca sin ningn alarde, sin ostentacin alguna, callada
y modestamente, como quien encuentra en su misma conciencia los
estmulos y las recompensas de sus buenas obras. Rara vez se le vea en
pblico,  menos que no fuera para realizar algn acto obligatorio. Para
verle y hablar con l haba que buscarle casi siempre en su oficina, en
su gabinete de estudio y de trabajo.

Su estilo como escritor guardaba gran analoga con su carcter: era
natural, llano, sin adornos ni rodeos retricos, como de quien slo
deseaba propagar verdades y nociones tiles, y ser comprendido con toda
claridad.

Tuvo varios hijos de su segundo matrimonio con doa Mara Luisa del
Valle, descendiente de una noble familia espaola, y de esta unin naci
la dama que es actualmente esposa del Hon. H. A. Reed, general del
Ejrcito Americano.

Falleci Asenjo en 30 de Agosto de 1893.


LA FAMILIA.

La institucin de la familia es comn al estado de aislamiento y al
estado social, porque se funda en el instinto de la conservacin de la
especie, del que gozan hasta los animales irracionales; pero en el
aislamiento, la naturaleza y la duracin de las relaciones que
constituyen la familia dependen enteramente de la duracin y de la
intensidad de los afectos que la han fundado; mientras que en el estado
social, estas relaciones se convierten en deberes, los cuales son
obligatorios durante un trmino fijado de antemano para cada miembro de
la familia.

No he de tratar aqu de la influencia de esta institucin en el
desarrollo moral de los individuos, porque la considerar nicamente
como institucin social, que puede obrar y obra en efecto en el
desarrollo material de la sociedad, formando una parte integrante de ese
orden social que me he propuesto hacer conocer.

En la palabra responsabilidad se resume todo lo que las leyes y las
costumbres del estado social aaden  la familia natural. El padre de
familia es responsable ante la opinin pblica, y  veces ante los
tribunales, de la suerte y de la conducta de su esposa y de sus hijos; y
esta responsabilidad dura, con respecto  los ltimos, por lo menos
hasta que llegan  la mayor edad; y en cuanto  la primera, en tanto que
no se disuelve el matrimonio.

De aqu es que brota propiamente el germen de todo lo que la familia
llega  ser bajo el rgimen de la civilizacin. Esa responsabilidad es
la que hace tan vivos y duraderos los afectos domsticos, la que
mantiene aun despus de la primera edad la autoridad de los padres y la
sumisin de los hijos; pero sobre todo, y ese es el punto de vista
capital que debe hacerse resaltar aqu, por esa responsabilidad es que,
encontrndose las necesidades del padre de familia aumentadas con las de
todos los miembros de ella, crece en la misma proporcin la fuerza de
estmulo de esas necesidades.

El primer trabajador que sinti sobre s el peso de semejante
responsabilidad, el primero al cual dijo la sociedad; t sers el nico
encargado y por largo tiempo de proveer  las necesidades de tus hijos,
cualquiera que sea su nmero, y  las de tu esposa, cualesquiera que
sean los sentimientos que le profeses, se invent ciertamente algn
nuevo medio de hacer productivo su trabajo, porque indudablemente debi
poner en tortura su inteligencia y su actividad por ese aumento de
necesidades, por esa fusin ntima de sus intereses comunes con los de
otros seres  los que se hallaba unido por un instinto benvolo.

Y cuando llega la edad del desarrollo intelectual, cuando el padre
siente un noble orgullo al pensar que dejar una posteridad que le
honrar despus de su muerte y que elevar su nombre por encima de los
dems, qu aumento tan prodigioso encuentran sus facultades
productoras! Ya no se trata solamente para l de satisfacer las
necesidades fsicas de sus hijos, sino que es necesario darles los
alimentos del espritu, proveer al desarrollo de su inteligencia,
cultivar su razn y su sentido moral. Quin es capaz de decir las
riquezas y los progresos de todo gnero que las sociedades deben  la
accin poderosa de esos mviles, que slo pueden impulsar el espritu de
la familia y el sentimiento de la responsabilidad?

Sin la institucin de la familia la de la propiedad hubiera sido casi
estril, y apenas hubiera bastado para hacer atravesar  las sociedades
humanas esa primera etapa de la civilizacin, ese estado social tan
imperfecto, que se asemeja tanto  la barbarie, y en el que vegetan
todava los pueblos del Oriente, en los que la poligamia no ha permitido
que desarrolle y ejerza la accin que le es propia el espritu de
familia.

En la poca presente han aparecido algunos soadores que, en sus planes
quimricos de organizacin social, han hecho abstraccin de la familia,
como otros haban hecho antes abstraccin de la propiedad: y los hay
como los discpulos de Fourier, los falansterianos, que libertando al
padre de toda responsabilidad por lo que toca  su esposa y  sus hijos,
y  stos de toda dependencia de aqul, pretenden hacer  la sociedad la
nica responsable de lo que hiciera y llegara  ser cada uno de sus
miembros desde el momento de nacer hasta la hora de su muerte.

Pretenden segn dicen, si no estoy errado, no destruir la familia sino
desembarazarla de las obligaciones onerosas que tiene, conservndola
todas sus ventajas. En su falansterio, creen ellos que el libre impulso
de las pasiones naturales bastar para hacer nacer esas relaciones
mutuas de proteccin y dependencia, que han establecido las leyes y las
costumbres de las sociedades civilizadas; pero puede asegurarse que con
la realizacin de esta monstruosa utopia se destruira ms radicalmente
la familia, que pasando bruscamente  un completo estado de aislamiento.

Entre los salvajes, en efecto, como no existe la sociedad como ser
colectivo, y no puede por tanto encargarse de proveer  las necesidades
de las esposas y de los hijos, ni protegerlos de ningn modo, su
debilidad relativa los somete necesariamente  la dominacin del padre
de familia, al mismo tiempo que los afectos instintivos de ste les
aseguran, por todo el tiempo que les es preciso, su asistencia y su
proteccin, tanto en las necesidades  que estn sujetos, cuanto en los
peligros  que se hallan expuestos; por lo cual puede decirse que la
familia existe en el estado de aislamiento, si bien de una manera
imperfecta y precaria, pero con sus caracteres esenciales y aun con
cierta especie de responsabilidad, de hecho si no de derecho, para el
que es jefe de ella.

En el falansterio nada de esto existe. La sociedad  la falange,
sustituyendo bajo todos los puntos de vista al padre de familia, no
dejara nacer esas simpatas y esos hbitos que tiende  producir la
vida comn, y que en el salvaje sustituyen al sentimiento del deber. No
slo se vera de este modo alterada la familia en lo que constituye su
esencia, sino que sera imposible, y la humanidad descendera ms abajo
de la lnea en que se encuentran las razas que permanecen todava
extraas  la civilizacin.




RAMN MARN.


Naci en Arecibo, en el ao 1832, y fu educado en el Colegio de San
Felipe, que en dicha villa diriga el Padre Mariano Vidal.

Desde muy joven se dedic Marn  dar lecciones de instruccin primaria
 domicilio, y  los 18 aos de edad era director de una Escuela en Cabo
Rojo. Seis aos despus se gradu de Maestro de primera clase, y fu
solicitado por los padres de familia de Yabucoa, para que fundase all
un Colegio.

En l se di  conocer Marn como educador excelente; pero  medida que
ganaba crdito entre sus compatriotas y discpulos, iba inspirando
sospechas de hombre peligroso  los gobernantes de aquel tiempo, hasta
el punto de que uno de ellos, el general Messina, le desterr de
Yabucoa. Ms tarde otro gobernador le repuso en la direccin de aquel
Colegio.

Estudi Marn con empeo durante su destierro; una vez repuesto en sus
funciones se gradu de Profesor Superior, y poco despus ejerca
brillantemente su profesin en un Colegio de Ponce, titulado Museo de la
Juventud.

Ya por aquella poca se iba ensanchando en Puerto Rico el horizonte de
la vida poltica, y Marn decidi dedicarse al periodismo, despus de 25
aos de magisterio escolar.

En 1874 public en Ponce _El Avisador_, y sucesivamente fund y dirigi
en aquella misma ciudad _La Crnica_, _El Pueblo_, _El Popular_, y _El
Cronista_, peridicos que alcanzaron crdito y estimacin en el pas.

Public tambin un notable estudio acerca del desarrollo social y
econmico de Ponce; di  la escena algunos ensayos del gnero
dramtico, y se ejercit de vez en cuando en el cultivo de la poesa
lrica.

Era de carcter franco y expansivo, muy amante de su patria y muy
entusiasta agitador de las nobles ideas de redencin por medio de la
Escuela, y de progreso por medio de la libertad y el trabajo. Fu gran
amigo de Don Romn Baldorioty de Castro, compaero suyo en las luchas
del periodismo, y tambin su compaero de prisin, en 1887.

Fu nombrado Director del Asilo de Beneficencia, de San Juan, en 1897, y
en este cargo importante permaneci hasta algunos meses despus de la
ocupacin americana.

Falleci en el ao 1902.


EN LA PORTADA.

DE LA CORONA POTICA EN HONOR DE CORCHADO.

      En estas blancas hojas que circundan
    Negros crespones que un dolor exaltan,
    Venid de Borinqun ilustres bardos,
    Un suspiro  exhalar de vuestras arpas.

    Verted aqu las lgrimas que surgen
    Por los que en aras de la patria mueren,
    Y el doliente clamor que el arpa vibre
    Hasta el egregio compatriota llegue.

      Que nunca, nunca enmudecido el plectro
    Rompiera el nudo que letal le embarga
    En ms noble ocasin, con amor tanto,
    Que al ensalzar las glorias de la patria.

      Y l de all, de los mbitos etreos
    Donde es al alma el sacrificio grato,
    Agradecido exclamar y gozoso:
    Digna eres, Borinqun, de mi holocausto!




EUGENIO MARA DE HOSTOS.


Fu hombre de gran talento, de estudios muy variados y copiosos, y de
gran energa de voluntad.

Naci en un barrio cercano  la ciudad de Mayagez, el da 11 de Febrero
de 1839, y adquiri casi toda su instruccin primaria en un colegio
particular que diriga en San Juan el Profesor don Jernimo Gmez.
Estudi algunos cursos de la enseanza secundaria en el Seminario
Conciliar de Puerto Rico, y obtuvo el grado de Bachiller, en Bilbao. Ms
tarde se gradu de Abogado en la Universidad Central de Madrid.

Agitbanse  la sazn en Espaa las ideas de libertad y de reforma
poltica que produjeron ms tarde la Revolucin del 68, y Hostos, sin
dejar de estudiar, tomaba parte en los trabajos periodsticos y orales
de mayor empeo, al lado de otros estudiantes amigos suyos, que se
llamaban Castelar, Salmern, Labra y Giner, y que llegaron  ser ms
tarde figuras eminentes de la tribuna y de la ctedra. Al terminar
Hostos su carrera trat de regresar  su pas, con el propsito de
influir briosamente en su cultura y en su mejoramiento poltico y
social; pero se haba distinguido tanto en la Metrpoli por el
radicalismo de sus ideas y por sus sueos generosos de libertad y
federacin Antillanas, que su vuelta  Puerto Rico hubiera atrado sobre
l persecuciones y peligros. Se traslad entonces  los Estados Unidos,
desde donde prest servicios importantes  la revolucin de Cuba; pas
ms tarde  la Amrica del Sur en solicitud de recursos para sostener
aquella revolucin; ejerci el periodismo en varias repblicas
hispanoamericanas, siempre con propsitos de independencia para Cuba y
Puerto Rico, y en 1877 contrajo matrimonio con doa Mara Belinda de
Ayala, descendiente de una distinguida familia Cubana.

Ya por entonces haba demostrado grandes aptitudes de educador, y
despus de firmada la paz en Cuba acept proposiciones del gobierno de
la Repblica Dominicana para dar impulso all  la enseanza pblica.
Obtuvo en Santo Domingo un xito admirable en la organizacin de las
Escuelas Normales y en la perfeccin de los mtodos educativos. En nueve
aos que dedic  esta obra regeneradora, no slo form maestros
excelentes, sino que escribi libros de estudio para todas las
asignaturas de la primera y la segunda enseanza. Muchos de estos libros
se conservan todava como verdaderos modelos de su gnero.

En 1889 recibi encargo del Gobierno de Chile para reformar la enseanza
en aquella importante Repblica, en donde se conocan y se estimaban ya
las grandes aptitudes pedaggicas de Hostos. Mientras desempeaba en la
Universidad de Santiago de Chile la ctedra de Derecho Constitucional,
escribi para uso de sus discpulos un tratado, que adquiri
extraordinaria resonancia por la novedad y excelencia de su doctrina, y
por el buen mtodo de su exposicin.

Cuando estall de nuevo la guerra cubana pens Hostos en las
complicaciones que podan alcanzar  Puerto Rico en el caso de que los
Estados Unidos se decidieran  intervenir, y tan pronto como termin su
compromiso en Chile, trat de organizar en Puerto Rico una Liga de
Patriotas que trabajase en favor de la independencia de esta isla,
procurando que no llegase  ser teatro de luchas sangrientas. Pero los
sucesos se haban precipitado, el pas acept voluntariamente la nueva
soberana, y Hostos se fu  continuar en Santo Domingo su obra de
educador, despus de haber fundado en Mayagez el Instituto Municipal.

 pesar de lo accidentado de su vida y de los trabajos polticos  los
cuales prest siempre gran atencin, escribi Hostos cerca de cincuenta
volmenes, entre libros y folletos, todos interesantes y tiles, y
muchos de ellos merecedores de alto elogio y de gran estimacin.

Analizando atentamente sus obras, y estudiando bien las circunstancias
de su vida entera, se adquiere el convencimiento de que Hostos estaba
dotado de un carcter noble y austero, de que posea una cultura
extraordinaria, y de que tena grandes condiciones de pensador y de
pedagogo.

En los dos trabajos suyos que se insertan  continuacin de estas lneas
se reflejan dos aspectos distintos de su entidad moral: lo tierno y
delicado de su naturaleza afectiva, y la severidad y pureza de sus ideas
en punto  deberes humanos y de disciplina social.


EN BARCO DE PAPEL.

 NGELA ROSA SILVA,

EN PAGO DE UN ARTCULO SUYO QUE INADVERTIDAMENTE ROMP.


I.

Al entrar en mi casa,  descansar de la brega cotidiana, o con
negligente odo que me recomendaban la lectura de un artculo literario,
muy bien escrito, que expresamente me haban dejado sobre mi mesa de
lectura.

 ella acababa de sentarme, cuando la vctima menor de mis extremos
paternales abri la puerta de mi toma-caf, se me sent en la falda, me
soborn con un beso, y me pidi un barco de papel.

Tend el brazo, tom el primer papel impreso que hube  mano, le
arranqu un pedazo, saqu las tijeras que, para ese y otros oficios de
padrazo, llevo siempre en un bolsillo, y recort lo mejor que pude un
cuadradito. Lo dobl primero en un doblez rectilneo; despus, en
dobleces angulares; en seguida, en rebordes muy simtricos; luego, en
direccin de fondo  borde; acto continuo, en repliegues de adentro para
afuera, y tomndolo gloriosamente, y mostrndolo con aire victorioso 
la atentsima sobornadora:--Ea!--le dije--un beso,  no hay barco! Me
di el beso, le d el barco.


II.

Y qu barco...! Cuando lo echamos al mar en la jofaina llena de agua, y
promovamos con los dedos un oleaje, era de ver cmo la leve embarcacin
cabeceaba; orzaba, se iba de bolina; y ya con el viento en popa que
sala de nuestro aliento, ya con furioso mar de proa, que producamos
agitando la jofaina, se balanceaba gallardamente,  se estremeca de
proa  popa,  amenazaba rsenos  pique.


III.

No bastndonos nosotros mismos para ser  la vez tantas cosas, vientos
de todos los cuadrantes, trepidaciones, oscilaciones, remos, velas,
capitn, timonel y tripulacin, fumos al airecillo del balcn, que 
ella se le ocurri abrir de par en par, pusmonos  distancia para ver
desde lejos nuestra embarcacin, realizando as el concierto de la
realidad y la idealidad, (que las pobres...! viven desconcertadas en el
mundo...), siendo realidad el barco visto, siendo idealidad las tiernas
despedidas que dirigamos  los imaginarios tripulantes.


IV.

Ya, sin saberlo, para el momento de las despedidas ramos muchos:
primero que todos, el inseparable compaero de diabluras; enlazadas,
detrs, en su contnuo abrazo la madre dilecta y la hija predilecta; ms
atrs, empujando para ponerse por delante, los dos ms endiablados
botafuegos que el sol de las Antillas ha ingerido en corazones y cabezas
de muchacho. Faltaba slo uno: es uno que ya est camino del porvenir,
que es un camino muy spero, muy cuesta arriba, muy sin horizonte, muy
sin luz, sobre todo, en la Amrica del Sud. Y suspiramos.


V.

Y all iba la nave por el mar de la jofaina al embate de los vientos del
balcn, desapareciendo ya sin duda en alta mar, porque apenas veamos un
punto. Un punto fijo que se mira es un imn que se pone  la atencin,
al sentimiento y al deseo. De tal modo pendamos del punto, que
estbamos efectivamente presenciando el alejamiento de la nave.

--Y para dnde ir?... hubo una voz.

--Y cmo se llamar? hubo otra voz.

--Yo quiero que se llame lo que parece.

--Qu parece?

--Una gaviota.

--Pues yo quiero que se llame _Cuba Libre_.

--Silencio!... El nombre de la vctima no se pronuncia en casa de los
cmplices.

--Verdad! "Cuba libre", en la Amrica del Sud, suena como "Creta" en la
Europa del Norte.

Ya estaba convenido: se llamaba _La Gaviota_, y navegaba con rumbo 
Cuba libre.

Entonces hubo una algarada de alegra que acab en una algazara de
entusiasmo. Todos queran embarcarse para Cuba.

La verdad es que, as  la lejana, y desde la oscura penumbra, cielo
cerrado, atmsfera de hielo, soledad de desierto, desde donde la
contemplbamos, la radiante nave, baada  fondo por el sol, sostenida
en un mar libre, caminando hacia la luz, era una tentacin.

       *       *       *       *       *

Ya estbamos en direccin  bordo, cuando un portazo di al traste con
el mar, con el barco y con el propsito de embarque.

Una vez, caminando por una de esas costas, desde lejos habamos visto
como un esqueleto negro abandonado  la orilla de la playa. Al
acercarnos, qu triste! todos nos compungimos, era el esqueleto de un
barco, era el testimonio de un naufragio.

La afliccin al imaginar la agona de los nufragos, no fu ms ntima
que la sentida ahora al ver el naufragio del barco de papel.

El que primero lleg al lugar de la catstrofe, ley en voz alta "La
Gaviota."

--Cmo es eso? Tena el nombre en la borda, como las goletas de
verdad?

--Creo que no, porque esto parece, por los dobleces, que era quilla....

--Deja ver...!

Y poniendo con precaucin sobre la mesa el hmedo papel, la
interpeladora ley, como leyendo para s: "_La Gaviota_, de Fer...."

Y levantando inquieta la cabeza, interpel  la chiquitina:

--D dnde tomaste ese papel?

 lo cual, rehuyendo bulto y responsabilidad, contest la amenazada:

--Fu pap!

Y yo, confuso y asustado con el susto de la pequeuela, balbuc, una
excusa:

--Lo encontr ah.

--Pues buena la hemos hecho!...

Y rindose  risotada al ver mi facha de delincuente honrado:

--Pero pap, si ste era el artculo literario que yo le recomendaba....

  --"Et voila comme
      une femme abme un homme,"

murmur yo, acariciando la cabellera de mi sobornadora; acordndome de
una cancin de boulevard, en los tiempos aquellos en que Pars me
sonrea.

--Y qu vamos ahora  hacer?

--Qu hemos de hacer! continuar el viaje, dije yo con honrada
conviccin, y defendiendo el derecho que mi cmplice tena  proseguir
el juego.

--Pero si ya no hay goleta....

--Pero aqu hay papel....

Vaya si fu grito! No tuve ms remedio que soltar el papel que haba
cogido, al oir:

--No! no! que ese es el pedazo que queda del artculo de R....!

--Pues entonces....

Y me encontr cara  cara con el ntimo tonto que todos encontramos en
el primer repliegue de nuestra segunda circunvolucin frontal, cada vez
que no sabemos lo que hemos de hacer.

Contra ese desorientado.... (qu es el hombre ms que un ntimo tonto
que va desorientado por el mundo?)

Deca, que contra el sublime desorientado no hay como el nico orientado
de este mundo, el nio, que siempre sabe lo que quiere hacer, y que,
entonces, queriendo nuevo barco, me miraba con chispas en los ojos....
(porque eran ella y l, los dos chiquitines).  cien chispas por ojo,
eran cuatrocientas chispas elctricas, que no digo  un desorientado, 
todo Oriente hubieran sido capaces de poner en movimiento.

Y cuando roto el papel, y hecho otro barco, y vaciado otro mar, volvimos
 navegar en la jofaina con la imaginacin, y la amiga de la autora del
artculo descuartizado, me preguntaba:

--Y qu le vamos  decir?

--Dile, le dijo, que as como no hay vuelta  la patria como la que se
hace en un buque imaginario, en barco de papel, en sueo de despiertos,
con las velas del deseo, con el vapor de la imaginacin, con las
valvulaciones del corazn, por el mar de la esperanza, bajo el cielo de
la caridad, bajo el ala de la inocencia, as no hay artculo literario
ni composicin potica ni obra de arte, que no valga ms en la regin de
lo impalpable, que en la msera regin de lo palpado.

    Chile, 1897.


LA MORAL Y LA ESCUELA.

Las profesiones espirituales, como podemos llamar  las que ms
directamente se relacionan con el gobierno  direccin espiritual de las
sociedades, son las peor desempeadas. La razn es obvia: reclaman una
vocacin ms decidida y una nocin y cumplimento del deber mucho ms
austeros que cualesquiera otras funciones, y es claro que si la moral
condena el descarro general de vocaciones que caracteriza el perodo
industrial de la civilizacin, cuanto mayor sea la transcendencia social
de la profesin, tanto mayor ser su responsabilidad en el mal que se
condena.

Se comprende que el labriego no sepa que es una entidad social de primer
orden; se explica que el obrero ignore su importancia social; se concibe
la ignorancia en que viven de la transcendencia de sus funciones
sociales los mil agentes del trabajo industrial: la sociedad de hoy est
fundada sobre la sociedad de ayer, y la sociedad de ayer, ignorando la
igualdad natural de los servicios, ignoraba la igualdad social de los
mritos. Pero que el maestro no sepa  punto fijo el papel que
desempea; que el cura de almas y el de cuerpos estn casi siempre por
debajo del alto deber de su funcin; que el sostenedor de la ley y el
que la aplica prefieran los gajes del oficio  la gloriosa
responsabilidad que los distingue y enaltece: que el periodista,
guardin de la civilizacin, haya reducido  industria comercial de
innoble especie su vasta representacin de la razn y la conciencia
populares, ni se concibe ni se comprende ni se explica.

Y aqu no es la sociedad, aqu es el funcionario el primer responsable
del desnivel entre l y su funcin: tambin por estar basada la sociedad
contempornea en la sociedad pasada, duran an las preocupaciones en
favor de los sacerdocios liberales  espirituales, y cuanto obsta en las
sociedades no completamente reformadas para la dignificacin de los
funcionarios industriales, tanto consta la ayuda y favor de las
profesiones que se tienen por ms dignas.

Entre las ms, la primera por el orden de su transcendencia, es el
magisterio. An no han llegado las sociedades humanas hasta proporcionar
escrupulosamente los honores y la recompensa  la dignidad del
magisterio; pero no hay una sola, principalmente entre las esclarecidas
por la democracia, que no incluya prcticamente entre las primeras y ms
dignas de respeto,  la funcin social que tiene por objeto la guia de
las generaciones.

En cambio no es tan general entre los encargados de esa funcin el
conocimiento de sus responsabilidades, de su grandeza y de su fin
social. As, con excepcin del corto nmero de sociedades que tienen de
la educacin fundamental la exacta idea que practican los
norteamericanos, la escuela no es lo que debe, porque el maestro no sabe
ser lo que debe ser.

Antes que nada, el maestro debe ser educador de la conciencia infantil y
juvenil; ms que nada, la escuela es un fundamento de moral. Si educa la
razn, ha de ser para que se desarrolle con arreglo  la ley de su
naturaleza y para que realice el objeto de su ser, que es exclusivamente
la investigacin y el amor de la verdad; si educa los sentimientos, es
porque son el instrumento ms universal del bien en cuanto son
instrumento de la atraccin universal entre los hombres; si educa la
voluntad, ha de ser para ensearla  conocer el bien como el nico modo
en esencia y el mejor en prctica, de ejercitar la actividad; en suma,
si educa lo que debe y como debe, ha de ser con el supremo objeto de
educar la conciencia, de formar conciencias, de dar  cada patria los
patriotas de conciencia, y  toda la humanidad los hombres de conciencia
que hacen falta.  ese fin, la Escuela tiene que satisfacer tres
condiciones: ha de ser fundamental, ha de ser no sectaria, ha de ser
edificante.

Fundamental, suministrar sin reservas de ninguna especie los
fundamentos coordinados de toda la verdad que se conozca: as educar la
razn, es decir, la guiar hacia su propio fin, y preparar hombres que
amen la verdad como se ama un bien necesario y conocido, y que detesten
el error con la fuerza viril con que se debe detestar el mal.

No sectaria, la Escuela deber defender con vigor su independencia de
todo dogma religioso, de todo dogma poltico, de todo dogma econmico,
de todo dogma cientfico, de todo dogma literario; en una palabra, de
todo dogma. Religin, moral, derecho, Estado, sociedad, literatura, todo
es progresivo, porque todo es expresin de una fatalidad biolgica que
ha sujetado y sujeta  la ley de su propio desarrollo  todos los seres,
y triplemente progresivo el ser de razn, de conciencia y de
sociabilidad reflexiva.

Edificante, la Escuela ha de educar en vista y previsin contnua de su
propio objeto moral y del objeto que tiene en la vida y en la humanidad
el nio. El nio es la promesa del hombre, el hombre la esperanza de
alguna parte de la humanidad: la Escuela tiene por objeto moral la
preparacin de conciencias. As, por su objeto como por el del nio que
va  ser hombre, la Escuela ha de edificar en el espritu del escolar,
sobre cimientos de verdad y sobre bases de bien, la columna de toda
sociedad, el individuo.

Si la sociedad, concibmosla como la concibamos, es de todos modos un
compuesto de individuos, y si experimentalmente se prueba que las
sociedades ms sanas son las compuestas de individuos menos corrompidos;
y si la corrupcin del individuo empieza por la ignorancia de la
realidad, sigue por el fanatismo de cualquiera orden de creencias y
acaba por el olvido sistemtico de la propia conciencia y del deber que
la mejora, es lgico inducir que all donde empieza el individuo social,
que es en la Escuela, empieza la tarea de moralizarlo socialmente, como
empieza en el hogar, su primer centro, la tarea de moralizarlo
individualmente.

Para que la Escuela moralice, se repite, ser fundamental y suministrar
los fundamentos precisos de cuantos conocimientos positivos estn
organizados en ciencia y son capaces de educar  la razn en el amor de
la verdad; ser no sectaria y educar el sentimiento y la voluntad, no
en dogmas religiosos  morales  polticos,  cientficos  literarios
que sean germen de fanatismo exclusivista, sino en el ejercicio de lo
bello bueno y del bien concreto, en la prctica de todas las tolerancias
y en los horizontes abiertos del sentir y del querer, que no son fuerzas
para puestas al servicio de sistemas deleznables, sino para manifestar
la eficacia de las leyes inconmovibles de la naturaleza; ser edificante
la Escuela, y edificar hombres de conciencia y de deber, para la
familia, para la patria y para la humanidad. Los edificar para la
familia, que es la base moral de la patria; los edificar para la
patria, que es el fundamento moral del amor  la humanidad; los
edificar para la humanidad, que es el centro moral de atraccin  que
convergen y sobre el cual gravitan todos los seres de razn consciente.




MANUEL CORCHADO.


Los portorriqueos de la nueva generacin no pueden formarse una idea
cabal de las facultades extraordinarias de Corchado como orador. Los
pocos discursos suyos que se han conservado impresos son una plida y
desmayada expresin de las ideas en que se inspiraba al pronunciarlos;
pero no queda casi nada en ellos de la exaltacin magnfica de aquel
temperamento impresionable y nervioso, ni de las inesperadas gallardas
de la accin, espontnea y vehemente, con que acentuaba sus frases y
daba mayor viveza y colorido al caudal abundantsimo de su elocuencia.
Era imposible copiar sus palabras, y tampoco haba entonces taqugrafos
que se atrevieran  intentarlo. l mismo no poda reconstruir sus
discursos, ni recordar tampoco la estructura de sus principales
prrafos.

No escriba ni siquiera compona mentalmente sus discursos antes de
pronunciarlos. Estudiaba bien el asunto de su oracin, acariciaba con el
pensamiento los puntos ms interesantes de ella, y dejaba despus libre
curso  su espontaneidad  inspiracin.

Haba nacido en Isabela, el da 12 de Septiembre de 1840. Curs en
Barcelona la segunda enseanza, y se gradu ms tarde de Abogado en la
misma ciudad. All ejerci su profesin durante algunos aos, y all
adquiri tambin legtima fama en la tribuna y en la prensa.

 los 22 aos, cuando era todava estudiante, fu laureado en un
certamen potico que celebr la Sociedad Econmica de Amigos del Pas,
en elogio del pintor portorriqueo Jos Campeche. Cultiv
indistintamente, durante toda su vida, el verso y la prosa, y en uno y
otro gnero obtuvo merecidos triunfos; pero su inspiracin ardorosa y
vehemente encontraba ms adecuada y completa exteriorizacin en el
discurso oral, en la palabra que flua raudamente de sus labios, sin las
cortapisas de la rima y la versificacin.

Sus triunfos profesionales ms celebrados fueron un admirable discurso
que pronunci en el Ateneo Cataln, combatiendo _La pena de muerte_; la
defensa que hizo de ngel Ursa, ante la Audiencia de Madrid, y la
magnfica conferencia que pronunci en Madrid, sobre _La prueba de
indicios_, en la poca en que se hallaba en estudio el Cdigo penal
espaol.

Durante la agitacin que se produjo en Espaa en favor de la abolicin
de la esclavitud, compuso una preciosa _Biografa de Lincoln_. Public
tambin por aquel tiempo un canto lrico _Al Trabajo_, y un juicioso
estudio poltico y social titulado _Las Barricadas_.

Escribi asimismo algunas obras notables para el teatro, entre las que
descuella un drama trgico titulado _Mara Antonieta_.

En 1871 fu electo diputado  Cortes por el distrito de Mayagez, y su
elocuente palabra reson con frecuencia en el Congreso espaol, en
defensa de las reformas liberales de Puerto Rico. En 1879 regres
Corchado  su pas, y trabaj briosamente en el foro, en la tribuna y en
la prensa en favor de la justicia y de las libertades patrias. Ejerci
tambin con xito brillante el cargo de Diputado Provincial.

Era de estatura baja, de temperamento nervioso; muy afable y servicial
en su trato, muy amante de la verdad y de la caridad, y muy sensible 
los afectos de la amistad y de la familia.

Fatigado por la constante labor del espritu, y sintiendo su salud algo
quebrantada, se traslad de nuevo  Madrid en 1884, y all falleci, en
Noviembre del mismo ao.

Esta prematura muerte priv  Puerto Rico de un valioso factor de su
cultura, y de un elocuentsimo defensor de sus derechos y de sus
libertades.


UNA CONSULTA.

      La faz entre el velo oculta,
    Entr en mi despacho ayer
    Temblorosa una mujer,
    Para hacerme esta consulta:

      --Busqu labor; no me dieron;
    Limosna, y no consegu,
    Y cuando  casa volv,
    Mis hijos pan me pidieron.

      Presa de horror y de afn,
    Desde mi propia cocina
    Con un gancho,  una vecina
    Consegu robarle un pan.

      Nada comimos ayer,
    Y hoy lo mismo aconteciera,
    Si al robo no recurriera.
    Pregunto: lo debo hacer?

      La escuch petrificado;
    Pan y dinero le d,
    Y por respuesta aad:
    --Que conteste otro abogado.


LA JUSTICIA.

_Fragmento de un discurso de Corchado._

Contemplando Fidias, el gran artista griego, la inimitable labor de su
cincel, sintise dominado por la ambicin de gloria, sinti el anhelo de
inmortalidad, y concibi la idea de dejar su nombre escrito de un modo
imperecedero. Labr entonces su maravillosa estatua de Minerva, apoyada
majestuosamente en el escudo, y en medio de ste esculpi en visibles
caracteres el nombre de "Fidias."

Por qu lo esculpi en el escudo, y no en otro sitio ms importante de
la famossima escultura? Porque el escudo estaba tan ntimamente
adherido  la mano, la mano al brazo y el brazo al resto del cuerpo, que
no era posible arrancar el nombre sin arrancar el escudo; ste, sin
destruir la mano; la mano, sin romper el brazo; el brazo, sin arruinar
la obra en su totalidad. As est, Seores, as est la Justicia
grabada en la conciencia del hombre y de los pueblos. Queris
arrebatarla de mi alma? Pues destruidme, pulverizadme, si queris
conseguir vuestro propsito.... Pero he dicho mal; ni an as llegaris
 conseguirlo; no lo conseguiris jams. Mi alma, donde reside
necesariamente la idea de la justicia, no puede morir. Libre, por
vuestro atropello, de las ligaduras corporales, se remontar viva y
fulgente al trono del Eterno, arquetipo de lo justo, y all,
alimentndose de su bondad sin lmites, sentir anhelo infinito de
imitarle, y habr de ser justa con Dios que la ha creado; justa con las
otras almas que la solicitarn hacia el bien, y justa consigo misma....
No veis, no comprendis ahora claramente que la justicia, siendo
ingnita en los seres humanos, tiene que ser al mismo tiempo eterna? No
existe el alma? No es inmortal? S; luego la razn, que es facultad del
alma, ser eterna como ella, y conservar eternamente entre sus formas
la forma indestructible de la justicia.




JOS R. FREYRE.


Las energas humanas de la vocacin en lucha constante con las
dificultades del medio econmico y social, ofrecen en la vida de don
Jos Ramn Freyre un ejemplo digno de estudio y de meditacin.

Naci en Mayagez, en el ao 1840. Su padre (hijo del general Freyre, de
noble abolengo portugus y hroe de la famosa guerra espaola de la
Independencia contra las legiones de Napolen I) ejerca en Mayagez el
oficio de platero, con muy escasos recursos. Por esta causa no pudo
alcanzar Jos Ramn ms enseanza que la de primeras letras, y en las
horas que la escuela le dejaba libres ayudaba  su progenitor en los
trabajos de aquel oficio.

Desde muy temprana edad se fu desarrollando en l una gran aficin  la
lectura y al estudio, y solicitaba con frecuencia la cooperacin y el
consejo de los hombres doctos, especialmente la de su maestro y amigo
don Jos Ma. Serra, un dominicano inteligente, emigrado de su pas por
causas polticas, que ejerci en Mayagez, durante muchos aos, la
enseanza y el periodismo. As se fu desarrollando y nutriendo la
inteligencia de Freyre hijo, sin menoscabo de su labor diaria en el
taller del padre.

Las primeras aficiones literarias que en Jos R. Freyre se despertaron,
iban preferentemente hacia la forma potica. El verso era su encanto, y
la coleccin de sus primeros ensayos forma un abultado tomo, que
conservan sus hijos con noble y legtima estimacin. Pero como l
aspiraba  ser actor en la lucha que ya por entonces se iniciaba en
favor de las reformas del rgimen colonial, trat de ejercitarse tambin
en la prosa, como instrumento ms apto para la lucha diaria de las
ideas. Hizo su primera tentativa de escritor fundando un pequeo
peridico, que circulaba durante los entreactos en las funciones
teatrales. Se titulaba _Los Gemelos_, y se hizo notar bien pronto por lo
ingenioso y urbano de su crtica, y por la gracia y novedad de sus
observaciones.

En el ao 1870, cuando se organizaba el partido reformista portorriqueo
al calor de las ideas democrticas de la Revolucin espaola, los
reformistas de Mayagez eligieron  Freyre para la direccin de un
peridico que propagara y defendiera en aquella ciudad las ideas y los
intereses de su partido; y en ese peridico, que tuvo por nombre _La
Razn_, se pusieron en evidencia las grandes dotes de escritor de aquel
inteligente joven.

Baldorioty de Castro, en su peridico _El Derecho_, calificaba  Freyre
de "concienzudo publista," y aada que "ningn otro escritor del pas
haba sido ms recto ni ms firme en la defensa de la Justicia y la
Libertad."

Era, en efecto, un periodista excelente, que supo conservar en medio de
las ms ardientes luchas un lenguaje digno, mesurado y corts, un aplomo
completo y una dialctica admirable. La abolicin de la esclavitud tuvo
tambin en Freyre un esforzado y constante paladn. Llegaba hasta el
herosmo en el cumplimiento de sus deberes polticos y en la defensa de
su dignidad personal; era muy agradable y ameno en su trato, y en el
seno de la familia era un constante modelo de ternura y amor.

Muri en 1873, en lo ms florido de su juventud, y cuando la Repblica
espaola haba libertado ya los esclavos de Puerto Rico, y concedido
amplias libertades polticas  todos sus habitantes.

Es de lamentar que los trabajos periodsticos de este escritor no se
hayan coleccionado, pues si como expresin de ideas y manifestacin de
luchas de otra edad carecen de aquel inters palpitante que tuvieron en
su origen, siempre hubieran servido como buenos modelos de discusin
poltica, de urbanidad literaria y de bien decir.

La siguiente composicin potica fu escrita por Freyre en los primeros
aos de su juventud.


EL LAD.

FANTASA.

      Al Supremo Hacedor de lo creado
    Dirig fervoroso mis cantares,
    Pidindole calmara los pesares
    Que desgarraron ay! mi juventud.

      Y el Sumo Ser oyme con agrado
    Y conmovile mi cristiano acento;
    Y mitigar queriendo mi tormento,
    Del Rey Profeta me cedi el lad.


      Instrumento dulcsimo y sonoro,
    De madera del Lbano formado,
    Con dibujos magnficos grabado,
    Embutido de ncar y marfil;

      De sus cuerdas finsimas de oro
    Salen acordes de sonidos suaves,
    Semejantes al cant de las aves
    Cuando alegres recorren el pensil.


      Ese lad ser mi compaero;
    Con l he de marchar en mi camino,
    Y doquiera me lleve mi destino
    Sus cuerdas armoniosas vibrar.

      Ora cruce resuelto erial sendero,
    O de verdura un valle delicioso;
    Ora est en la mansin del poderoso,
    O del mendigo en el hogar est.


      Pulsar mi lad con valenta,
    Que en ello cifro mi ventura slo,
    Y como alumno del divino Apolo
    l me dar su sacra inspiracin.

      Y el mundo admirar mi fantasa
    Al comprender el fuego de mi mente,
    Y sin cesar esperar impaciente
    Que salga de mis labios la cancin.


      Pero no esperar: porque fecundo
    Prodigar los cantos  millares,
    Y armnicos los ecos, tras los mares
    Repetirn los sones del lad,

      Y sumergido en xtasis el mundo
    Al escuchar las voces del poeta,
    Como calm  Saul el Rey Profeta
    Yo calmar del mundo la inquietud.


      Cuando de fama me contemple rico,
    Yo buscar  mis padres afanoso,
    Y obediente, sumiso y carioso
    El bculo ser de su vejez.

      Y  mi patria feliz,  Puerto Rico,
    Arrullar cual cumple  mi deseo,
    Y de mis lauros el mejor trofeo
    La sien adornar de Mayagez.


      Y al dirigirme  la mujer que adoro,
    Al ngel tutelar de mis amores,
    Envidia me tendrn los ruiseores
    Que no podrn mis cantos igualar;

      Y los querubes del Castalio coro
    Atnitos oirn mi meloda.
    Cuando llame  esa hermosa prenda ma,
    Mi Dios, mi bien, mi cielo, mi ideal.


      Por la virtud sublime y bendecida,
    Por la amistad, que enlaza  los humanos,
    Siempre dispuestas estarn mis manos
    Para taer las cuerdas del lad.

      Y en recompensa, al acabar mi vida
    El Universo admirar mi gloria:
    Mi humilde nombre guardar la Historia,
    Y adornarn laureles mi atad.




JOS M. MONGE.


Naci en Mayagez, en el ao 1840, y sin ms instruccin escolar que la
primaria lleg  ser uno de los escritores ms eruditos y cultos del
pas. Por sus estudios personales, sin auxilio de maestro alguno,
aprendi el latn y pudo leer en sus textos originales  Horacio,
Virgilio, Juvenal y otros autores clsicos, de su devocin. Aprendi
tambin literariamente los idiomas ingls, francs y algo del italiano,
y lleg  ser un buen hablista de su propio idioma.

Escribi en prosa y en verso, cultiv con buen xito el gnero satrico
en ambas formas, suscribiendo esta clase de producciones con el
pseudnimo de _Justo Derecho_; fu uno de los periodistas ms ilustrados
 ingeniosos del pas, y como poeta lrico deja verdaderos modelos de
versificacin y galanura de estilo.

Y todos estos triunfos los alcanzaba en medio de los accidentes
fatigosos y  veces violentos de la lucha por la vida,  costa muchas
veces del necesario descanso, y por medio de grandes esfuerzos de la
voluntad.

Fu uno de los escritores antillanos que con ms instruccin y acierto
ejercieron en el siglo anterior la crtica literaria, y fu tambin un
aventajado defensor de las ideas liberales en Puerto Rico.

Aunque no careca de altas dotes poticas, la preocupacin retrica y el
afn incesante de la correccin y de la rima solan acortar  veces el
vuelo de su inspiracin.

Joven an, se uni en matrimonio  una bella mayagezana, que fu su
Musa inspiradora de toda la vida, y supo honrar su memoria despus de
muerto.

En un viaje que hizo  Italia en 1884, y acerca del cual escribi Monge
un precioso libro, contrajo una fiebre malaria, que fu minando poco 
poco su naturaleza y le ocasion la muerte. Falleci en el mes de Marzo
de 1891.

La esposa de Monge recogi cuidadosamente las obras inditas de su dulce
cantor, y las public en un bello libro, en 1897.

De ese libro fueron copiados los dos trabajos que se insertan 
continuacin:


LOS CAMPOS DE MI PATRIA.

      Ya en el oriente la argentada lista
    Al mundo anuncia el reluciente coche
    Del poderoso rey,  cuya vista
    Recoge el manto la callada noche.

      De palo y grana, y oro y amatista,
    Se van las pardas nubes decorando:
    Murmura el manso ro,
    Y en las hmedas hojas resbalando
    Las gotas de roco,
    En mil cristales diminutos saltan,
    Que el valle alegre en su extensin esmaltan.

      Del monte oscuro en la poblada cumbre
    Destcanse mil rboles gigantes,
    En cuyas copas la apolnea lumbre
    Finge colores vvidos, brillantes.

      Los crujientes bambs y los helechos
    En sus dormidas aguas silenciosas
    El lago azul retrata,
    Y en recamados lechos
    Las fuentes bulliciosas
    Quiebran sus hilos de bruida plata.

      Ya en el risueo prado
    Saltan los corderillos revoltosos,
    Sale el buey del cercado;
    El campesino la cabaa deja,
    Y estirando los miembros perezosos,
    La desgastada reja
    Apresta sin tardanza,
    Y removiendo frtil el terreno,
    Deposita en su seno
    Con la rica semilla, su esperanza.

      Y mientras de su frente
    Abundante sudor la tierra baa,
    yense en la cabaa,
    De su fiel compaera
    Los sencillos cantares
    Que entona, preparando los manjares,
    Con los que ufana  su amador espera.

      Oh, quin habr que ciego
     los encantos viva de Natura!
    Quin que placer no sienta
    Al contemplar el plcido sosiego,
    La majestad sublime y la hermosura
    De los alegres campos, donde ostenta
    El Hacedor su inmenso podero!

      Venid, los que en la orilla
    Del Tmesis sombrio,
    El canto no escuchis del avecilla
    Que con presteza suma
    Los espacios cruzando diligente,
    En el cristal de solitaria fuente
    Viene  empapar la matizada pluma.

      Venid, los que del Sena
    En la poblada margen bulliciosa,
    Slo miris esplendidos placios
    Y cpulas soberbias, que parecen
    Escalar de las nubes los espacios:
    Y los que en leos dbiles se mecen
    Al comps de las aguas turbulentas
    Del histrico Rhin, en cuya orilla,
    Salvando de los tiempos el abismo,
    Las ya negruzcas torres nos recuerdan
    El pasado esplendor del feudalismo.

      Venid todos, venid: en esta Antilla
    Breve porcin del mundo americano,
    Donde Natura despleg sus galas
    En cielo, y mar, y cspides y llano;
    Donde agitan sus alas
    El ruiseor, la alondra y el jilguero;
    Donde crece el banano
    Y el rico limonero,
    De la ciudad ornato y de la granja;
    Donde brota el hicaco diminuto,
    Al oro imita la sin par naranja,
    Y el alto cocotero
    Mece en los aires su sabroso fruto;

      Aqu al rayo de lumbre matutina
    Que ofrece por doquier bellos celajes,
    Naturaleza ostenta mil paisajes
    Que envidia dan  la regin alpina,
    Y  los fecundos valles
    Que el Ararat altsimo domina.

    Oh, si  las obras de natura sabia
    Tambin viese yo unidas
    Aquellas que pregonan
    La inteligencia y el esfuerzo humano!
    Si desde las alturas que coronan
    Las lomas florecidas
    Y los extensos llanos
    Donde crecen la caa cimbradora,
    La palmera, y el mango, y el yagrumo,
    Viese cruzar con rapidez que impone,
    Entre penachos de humo,
    Veloz locomotora!
    Si en los bosques espesos
    Que forman los cocales,
    Viese pasar la barca silenciosa
    Por los anchos canales
    Trazados por la ciencia, que orgullosa,
    Parte de su caudal quitando al ro,
    En mltiples variadas direcciones
    Va llevando riqueza y podero
     lejanas  incgnitas regiones....
    Entonces yo dira
    Lleno de orgullo y de emocin sincera,
    Que t eras, patria ma,
    Entre todas las otras, la primera!


CARTA DE JUSTO DERECHO AL CARIBE.

Hme ya otra vez, Sr. Caribe, por estos mundos de Dios, con la pluma
detrs de la oreja y el bibern en los labios, dispuesto  seguir
ocupando las columnas del _Museo_,  pesar de los peligros que corri mi
pobre persona al dar  luz mi ltimo artculo, escrito lejos de aqu.

Al empezar el que hoy me ocupa, muveme ante todo contestar la atenta
carta que me dirigi Ud. en 17 de Febrero ltimo, sintiendo que mis
muchas ocupaciones no me hubiesen permitido hacerlo antes. Quizs le
causar extraeza saber que un liberal reformista est ocupado, pero esa
es la verdad, Sr. Caribe. Sin parientes ricos que me dejasen una
herencia, y sin apercibir sueldo del Estado, custame para ganar la vida
trabajar sin descanso, hasta ver si reuno un capitalito, para perderlo
con las Reformas, las cuales, segn los vaticinios de los modernos
Isaas, vendrn en forma de crecientes, inundndolo todo y dejando al
pas en completa ruina.

Crame, Sr. Caribe; cuando pienso que las libertades se han de tragar el
fruto de nuestro trabajo, casi me dan tentaciones de pasarme al otro
partido, y  fe que si no lo hago es porque me acuerdo de los tiburones.

Pero dejando al tiempo que resuelva si hemos de hallar en las reformas
nuestra felicidad  nuestra ruina, pasar  tratar de su citada carta,
en la cual me invita Ud.  entablar una correspondencia, con el fin de
revelarnos mtuamente el resultado de las observaciones que hagamos en
nuestras respectivas localidades. Acepto gustoso, Sr. Caribe, semejante
proposicin; pero no olvide que para lograr nuestro objeto tenemos que
preparar de antemano nuestros aparatos fotocrticos,  fin de obtener
copia exacta de innumerables tipos que nos rodean.

Si viera Ud. cuntas especies nuevas he encontrado  mi regreso  esta
Villa, y las transformaciones que han sufrido algunas de las que ya
conoca!

Los _hombres patos_, por ejemplo, que  mi salida frecuentaban los dos
partidos aqu existentes, parece que no han podido sostenerse por ms
tiempo en la poltica anfibia, y han tenido que declararse. Unos,
convertidos en verdaderos zaramagullones, se han lanzado por completo 
la laguna conservadora; y otros, por temor del agua, han alzado el vuelo
y recorren ahora las campias liberales. Huya Ud., Sr. Caribe, de los
hombres patos, huya de una especie que, como sta, es susceptible de
vivir y engordar en dos elementos tan opuestos.

Otra de las que ms han llamado mi atencin, es la de los _hombres
boyas_, individuos que sin conocimiento alguno de la geografa
hidrogrfica, se han colocado por s mismos en el mar de nuestras
reformas, para indicar  nuestro Gobierno los escollos que en l se
encuentran y los peligros que corre la nave del Estado que los cruza en
estos momentos.

Entre ellos, unos creen de buena fe en los peligros de la nacin, y
merecen nuestro respeto; otros temen los de sus intereses, y hay que
dejar al tiempo que los desengae; los menos, en fin, fervientes devotos
de San Hermenegildo, desean crearlos para medrar y obtener una posicin
que por sus mritos no llegaran jams  obtener.

Y qu dira Ud., Sr. Caribe, si viese  los _hombres gusarapos_, esos
que presentndose rara vez en la superficie, se agitan constantemente en
el fondo, y all sin ser vistos fomentan con sus maquinaciones los odios
que deberan esforzarse en aplacar?

Y qu dira Ud. de los _hombres triquitraques_, que hacen muchsimo
ruido en todas partes, pero son incapaces de hacer dao? De los
_hombres Janos_, de esos que tienen dos caras en un solo cuerpo, y
estrechan hoy vuestra mano y os llaman amigo, para injuriaros maana,
slo por saciar su vil mordacidad?

Si no fuera por temor de extenderme demasiado y de cansar su paciencia,
le ira presentando uno por uno los tipos de mi variada coleccin.

_Hombres actores_, que aparecen solos ante el pblico ocupando el
escenario, pero que en realidad representan el papel que les asigna la
comparsa que se agita tras de bastidores.

_Hombres caracoles_, que salen  insultar  los dems, lanzndoles
eptetos injuriosos, y que tan pronto se ven combatidos por la razn y
la justicia, corren  refugiarse en la concha de la nacionalidad.

En fin son tantos y tan variados los personajes que van apareciendo
desde hace poco en el campo de los partidos! Y para qu? No sabemos
por experiencia que la poltica de nuestra isla es un organillo cuya
manigueta est en manos del Ministro de Ultramar, y el registro en las
del Gobierno, y que  merced de ambos est que el instrumento deje oir
las notas de la marcha Real  del himno de Riego?

Y si nuestro porvenir depende del porvenir de la madre patria, por qu
ese encarnizamiento entre nosotros? Se necesita, por ventura, un juicio
despejado para comprender que si aquella contina en la marcha de
regeneracin y de progreso hemos de seguir los reformistas de ac
pegados al bibern, mal que les pese  los conservadores, y que si
viceversa el pueblo espaol retrocede, si vuelven los aciagos tiempos
borbnicos, hemos de continuar comiendo conserva, mal que nos pese  los
liberales? Si comprendemos todo esto; si unos y otros estamos como los
muchachos jugando al _catre_, por qu no correr cada uno por su lado,
sin necesidad de insultarnos, hasta ver cul llega primero?

Pero ah! Sr. Caribe, para esto sera indispensable desterrar de la
poltica  los hombres intransigentes, y esto es imposible.

 nosotros nos llaman el partido de Ponce de Len, porque creemos que
las Reformas sern la fuente de Bimin que vendr  rejuvenecer nuestra
vida poltica.  ellos les llamamos el partido el Calipso, porque
acostumbrados  vivir en la gruta de las prerrogativas sin ser
molestados, empiezan  ver en el horizonte algo que no les conviene, y
porque  semejanza de aquella diosa, pasan su vida llorando  lgrima
viva, _ne pouvant se consoler du dpart d'Ulysse_.

En esta dilatada lucha, Sr. Caribe, cul partido triunfar, el de Ponce
de Len  el de Calipso? El tiempo, cuya mano de hierro rasga el velo de
la incertidumbre, vendr pronto  disipar nuestra duda. Mientras tanto,
luchemos llenos de fe y de confianza; pero luchemos con lealtad y con
nobleza, dejando que otros menos escrupulosos sigan esparciendo en todas
partes la semilla de la odiosidad.

Me he extendido, Sr. Caribe, ms de lo que debiera, y  fe que si me
dejase guiar por la comezn que siento de escribir, un llenara muchos
pliegos de papel.

Siento no poder dar  mis lectores los atolitos liberales que les haba
ofrecido; pero cmo soltar el bibern cuando las Reformas no han
llegado an todas?

Yo  veces, al ver la manera con que van llegando, me he figurado que
siendo el Sr. Ministro un tanto aficionado al arte dramtico, quizs
haya concebido la idea de envirnoslas en cuatro actos. Faltando
solamente el ltimo, que es nada menos que el desenlace, pronto podremos
conocer el mrito de la obra.

Se me olvidaba decirle que los empleados de por ac, Sr. Caribe, estn
de enhorabuena, pues se acabaron los sueldos mezquinos, y hoy el que
menos gana tres  cuatro mil pesetas, y segn va nuestro sistema
monetario, el ao entrante nos metemos en reales de velln, y al
siguiente, sin saber cmo ni cuando, nos encontramos con las papeletas.

Y luego nos quejaremos de que no se hacen reformas!

No terminar mi artculo, Sr. Caribe, sin aconsejarle que cuando escriba
sus observaciones, tenga, como, yo, mucha sangre fra, y se prepare 
oir los injuriosos eptetos que nos lanzarn mezquinos contrarios. En
cuanto  m, ya sabe Ud. que me llaman mamaln, aunque no acostumbro
vivir del prjimo ni pertenezco  la especie de _hombres Telmacos_, de
esos nufragos que se presentan en la isla de Calipso, para vivir all
regaladamente,  costilla de la diosa, contando sus pasadas aventuras.
Ya sabe Ud. que me llaman injusto y torcido, aunque soy partidario de la
igualdad y  pesar de andar derecho, sin que mi cuerpo revele defectos
fsicos.

As, pues, con la cabeza erguida y  despecho de ciertas capacidades que
slo deslumbran  unos pocos, continuar impertrrito mi camino,
esperando que Ud., Sr. Caribe, haga lo mismo, pues de este modo nos
hemos de divertir mucho con las miserias de este mundo.




GABRIEL FERRER HERNNDEZ


Naci en San Juan, el da 5 de Octubre de 1847. Aunque hijo de padres
pobres, logr  fuerza de aplicacin y constancia graduarse de Bachiller
en Artes en el Seminario Conciliar, y  los 21 aos de edad ejerca en
Bayamn el cargo de maestro de instruccin primaria.

Aspiraba Ferrer  mayores triunfos intelectuales, y reuni algunos
recursos para trasladarse  Europa, con el propsito de estudiar
Medicina. Estudi con admirable empeo, se gradu en la Universidad de
Santiago de Galicia, y regres luego  su pas, en donde se hizo pronto
notable en la prctica de su profesin.

Prest tambin importantes servicios polticos y administrativos como
Diputado provincial y miembro del Directorio del partido autonomista y
de la Cmara de Representantes; fu catedrtico de Fsica y Qumica en
el Instituto civil, y de Anatoma en la Institucin de Estudios
Superiores. Cooper con verdadera eficacia  los progresos del Ateneo,
del que fu Vicepresidente; di en l conferencias importantes; colabor
en los principales peridicos del pas y en algunos del extranjero, y
prest ayuda entusiasta  casi todas las empresas de utilidad pblica
que se iniciaron en el pas desde 1875 hasta el da de su fallecimiento.

Era muy aficionado  los estudios literarios en prosa y verso; cultiv
tambin el gnero dramtico, y de sus aficiones educativas nos quedan
como recuerdo un valioso estudio acerca de _La Mujer puertorriquea_, y
la mejor Memoria que se ha escrito bajo la soberana de Espaa sobre
_La Instruccin pblica en Puerto Rico_.

Public un poema titulado _Consecuencias_, y deja indito un tomo de
poesas lricas.

Era hombre de arranques generosos, algo apasionado y vehemente, pero de
inteligencia muy clara y de noble corazn.


 EMILIO CASTELAR.

      Sin tempestad que en los espacios brame
    Fuera menos querida la bonanza,
    Y la paz del espritu se alcanza
    Cuando se vence  la pasin infame.

      Quien  las puertas de la gloria llame,
    Tome primero la guerrera lanza,
    Entre en la lucha con viril pujanza,
    Y antes la accin que la molicie ame.

      As la patria que angustiada gime
    Bajo el pie de la odiosa tirana,
    Con palabras de amor no se redime.

      Si el hambre fiera, demacrada y fra,
    Siempre en Egipto su segur no esgrime....
    Es porque el Nilo se desborda un da!


LA EDUCACIN DE LA MUJER.

Deca Napolen I, y la experiencia ha confirmado su dicho, que el
porvenir de un hijo es siempre la obra de su madre. Nosotros, parodiando
al invicto Emperador, consignamos que la felicidad del hombre ser
siempre la resultante de una buena educacin de su compaera. Pues qu,
no son patrimonio de la ignorancia y el escndalo las palabras mal
sonantes, la falta de prudencia, el olvido, en fin, de todas las
conveniencias sociales? El buen ejemplo de una madre, es el bello cuadro
en que deben recrearse constantemente los hijos. Y cmo ha de servir de
modelo la que empieza por desconocerse  s misma?

El hombre, siempre vido de nuevas sensaciones, y con tendencia natural
 satisfacerlas con lo que mejor se aviene  su carcter; ms culto, ms
ilustrado, llega  cansarse de la conversacin insulsa de la esposa. Sus
modales speros, su desenvoltura quizs, le repugnan; el no poderla
pedir consejo, le desespera; lo impertinente de sus exigencias le llena
de ira; y qu sucede con semejantes defectos? El cario se convierte en
indiferencia; los momentos de permanencia en la casa son como siglos que
no pasan nunca, y surgiendo el encono, naciendo la disidencia, tomando
forma el despecho, la dulce tranquilidad del hogar y la dicha que en l
reinaba desaparecen para no volver. Todo ha sufrido un horrible cambio;
escombros slo quedan del magnfico edificio que el amor haba
levantado, y los hijos oh! los hijos, esos pedazos del alma que todo
esto debieran ignorar, recogen el fruto de tanta discordia;
connaturalizndose con lo que de sus padres aprendieron, tocando ms
tarde en la vida prctica las tristes consecuencias del mal ejemplo,
llegan  maldecir, no lo dudis,  los autores de tantos sufrimientos.

La educacin, fuente inagotable de bondades, ha de ser la piscina
sagrada en donde, bebiendo la mujer el puro nctar de la ciencia,
regenere sus naturales inclinaciones, modere las tendencias de sus
caprichos.

"La mujer ilustrada, dice el Doctor Salustio, est exenta de las
supersticiones que degradan el alma, de la charlatanera y de la
murmuracin.

"Con el cultivo de las ciencias y las artes, ejercitar su inteligencia,
enriquecer su entendimiento y podr comprender al hombre, colocndose 
su nivel.

"La mujer debe ser iniciada por su madre en los importantes deberes que
est llamada  cumplir en sociedad; debe ser hacendosa, casta, benfica,
sincera y trabajadora; necesita conocer la economa domstica, la
higiene, la fisiologa, la botnica, la medicina domstica, que la
cariosa madre echa tanto de menos al velar junto  la cuna de su nio
enfermo, vindolo sufrir, sin poder hacer nada para aliviarlo, en un
accidente repentino  desgraciado.

"La madre debe saber adems, que de la habitacin que un nio ocupa, de
la apreciacin bien  mal hecha de tal  cual predisposicin hereditaria
 adquirida, de los alimentos y de los ejercicios, pueden resultar la
salud  la enfermedad y el estancamiento de su organizacin fsica; las
afecciones escrofulosas, raquticas, etc., de la infancia, que segn la
opinin unnime de todos los mdicos son susceptibles de ser ahogadas en
sus grmenes, no haran tantos estragos, si llamados aquellos
oportunamente por madres previsoras, opusiesen  su desarrollo los
medios que la ciencia aconseja."

Todos estos conocimientos, que tan sabiamente reconoce como necesarios
en la mujer el Doctor de referencia, y que indudablemente le son de
absoluta  indispensable necesidad, ni puede adquirirlos hoy en Puerto
Rico, ni en manera alguna son conocidos de la mayora.[3]

     [3] Estos prrafos pertenecen  un estudio escrito en el ao 1880.

Con el sistema de enseanza tan deficiente en nuestra Isla, no dir ya
de las nias, sino de los mismos jvenes, imposible de todo punto se
hace el llenar la obligacin que de educarlos tenemos, cuando ni
siquiera el nmero de las escuelas primarias es suficiente  cubrir las
ms apremiantes necesidades.

Sin saber leer ni escribir, es imposible de todo punto dar un solo paso
en el camino de la ilustracin; y como de aquella base han de arrancar
los conocimientos que en adelante puedan adquirirse, de aqu el que,
siendo preciso empezar por establecer esa base, haya necesidad de crear
nmero suficiente de escuelas, hasta llenar el defecto que hoy acusamos.

No nos cansaremos de manifestar una y mil veces, que para poner remedio
 tantos males se necesita centuplicar los centros de instruccin,
hacindola de todo punto obligatoria, sin que tengamos por despotismo ni
tirana, sino ms bien como prctica digna de todo encomio, el que se
castigue severamente  los padres, tutores  encargados que, teniendo un
deber de conciencia que cumplir, no aprovechan los medios que se hallan
 su alcance para llenar la noble misin que les est encomendada.

Dado este importante paso, echados los primeros cimientos del suntuoso
edificio de la regeneracin de la mujer, vencidos los primeros
inconvenientes, las futuras generaciones, ms ricas, ms fecundas en
bienes, ofrecern al hombre una digna y virtuosa compaera.

Pero no basta todava que haya escuelas; es preciso ante todo, para que
el resultado corresponda  lo que deseamos, que las profesoras, educadas
expresamente para este objeto, reunan dotes indispensables para dirigir
 la juventud.

Creemos que las seoras  seoritas encargadas de guiar  las nias,
habiendo adquirido sus ttulos en escuelas normales, deben unas dirigir
 la infancia amoldando su tierno corazn  los principios de la sana
moral, robusteciendo otras esa educacin moral recibida, por medio de
los conocimientos superiores.

Pero como adems de estos que pudiramos llamar indispensables,
necestanse otros que completen la educacin femenina, las profesoras de
primera enseanza, convenientemente preparado el terreno, pueden
ampliarlo con las labores propias del sexo, sin abandonar un solo
instante la educacin moral, sobre la que debe cimentarse todo cuanto la
mujer aprenda, sea cualquiera el oficio, arte  profesin  que cada una
piense dedicarse.

Los conocimientos llamados de adorno, y que tanto se avienen con su
carcter, no se les deben escasear en modo alguno; la msica, depurando
los sentimientos ms delicados del corazn; la pintura, despertando el
sentimiento de lo bello; la escultura enseando  percibir las
imperfecciones del cuerpo, remedo de las del alma, adems de la
actividad intelectual que desarrollan, facilitan la manera de matar el
ocio, causa muchas veces del olvido del deber.

Es preciso, por otra parte, tener muy en cuenta que no conviene exigir 
las nias nada que no se avenga con su edad y naturales disposiciones.

El olvido de este consejo, altamente prctico, tiende positivamente 
sofocar las ms envidiables dotes, facilitando la manera de contraer
enfermedades que consumen los ms privilegiados organismos.

Cmo obligar  una nia  permanecer horas enteras guardando un
silencio mortificante  su edad? Cmo exigir de su naciente
inteligencia progresos incompatibles con su desarrollo? No siempre el
que marcha ms de prisa llega el primero al trmino deseado.

Entretngase solamente  la nia en los primeros aos, permtasele la
distraccin y el juego; hgase que los mismos objetos de entretenimiento
sirvan de medios para irla disponiendo al estudio, y no se la obligue 
ejercitarse en labores inmediatamente, pues ni tiene fijeza para
observar lo que se le ensea, ni sus manecitas estn todava preparadas
para manejar la aguja, como equivocadamente se supone.

Por qu no poner en prctica, para la educacin de las nias menores de
siete aos, el recomendado sistema de Froebel, sustituyendo la
demostracin material con la enseanza intuitiva  la tan difcil
abstracta y terica?




JOS GAUTIER BENTEZ


Fu uno de los poetas portorriqueos de ms exquisita sensibilidad, y el
que ha exteriorizado hasta ahora mayor intensidad de sentimiento en sus
composiciones.

Naci en Caguas, el ao 1850, y fueron sus padres Don Rodulfo Gautier y
Doa Alejandrina Bentez, poetisa de notable inspiracin y cultura.
Hurfano de padre en la adolescencia, qued su educacin y direccin
social  cargo de la inteligente madre, y sta influy de manera
decisiva en la vocacin literaria y sentimental de su hijo.

No posea muchos bienes de fortuna la familia Gautier Bentez, por lo
cual Jos, que era el nico varn de ella, tuvo que pensar en ganarse la
vida, antes de dar cima  una carrera literaria, como eran sus
propsitos. Ingres en una Academia Militar establecida en San Juan,
obtuvo el grado de cadete de infantera hacia el ao 1867, y se traslad
 Toledo (Castilla) en donde fu graduado subteniente.

Pero  pesar de la libre, bulliciosa y pintoresca vida de la oficialidad
militar en Espaa, senta Gautier Bentez una profunda nostalgia, un
anhelo vehementsimo, irremediable, de volver  su patria querida, de
hollar y besar el suelo siempre floreado de su Boriqun.

Se disculpaba entre sus compaeros de la abstraccin y aoranza en que
viva, en sentidsimas estrofas como sta:

      Perdonadle al desterrado
    este dulce frenes:
    pienso en mi mundo adorado,
    y yo estoy enamorado
    de la tierra en que nac.

No pudo permanecer mucho tiempo en esta tensin de espritu, y el amor 
Puerto Rico venci bien pronto al amor  la carrera militar y aun  la
gloria de las armas. En 1872 renunci su nueva profesin, se embarc
para su amada tierra, y al divisarla desde el horizonte improvis una de
sus ms tiernas y populares composiciones.

Form parte de la Redaccin de _El Progreso_, que diriga entonces Don
Jos Julin Acosta; pero no era apto para la lucha poltica,  que se
reducan entonces casi todos los trabajos de la prensa. Escribi una
serie de stiras en versos contra ciertos errores y malas costumbres
sociales, y luego desempe algunos cargos administrativos en los
centros oficiales de San Juan.

En el ao 1878 fund, en unin de Don Manuel Elzaburu, la _Revista
Puertorriquea_, repertorio mensual de literatura y ciencias, que goz
de gran estimacin; pero que dur poco tiempo,  causa de la enfermedad
del pecho que ya minaba aquella naturaleza excepcionalmente delicada y
potica.

Recludo en su hogar, donde le acompaaban amorosamente su esposa 
hijos, escribi en sus ltimos aos, muy enfermo ya, las mejores poesas
que de l nos quedan, como el canto _ Puerto Rico_, laureado en
certamen pblico, y que se inserta  continuacin; _La Barca_,
_Insomnio_, _Apariencias_, y algunas estrofas amargas de su canto de
cisne, _Renacimiento_, del que slo ha dejado algunos fragmentos
notabilsimos.

Tambin escribi en los ltimos das de su vida las siguientes estrofas
dirigidas _ sus amigos_:

      Cuando no reste ya ni un solo grano
    De mi existencia en el reloj de arena,
    Al conducir mi glido cadver,
    No olvidis esta splica postrera:

      No lo encerris en los angostos nichos
    Que llenan la pared, formando hileras,
    Que en la lbrega angosta galera
    Jams el sol de mi pas penetra.

      El campo recorred del cementerio
    Y en el suelo cavad mi pobre huesa;
    Que el sol la alumbre y la acaricie el aura
    Y que broten all flores y hierbas;

      Que yo pueda sentir, si all se siente,
     mi alredor, y sobre m, muy cerca,
    El vivo rayo de mi sol de fuego
    Y esta adorada borinquea tierra.

Falleci en 24 de enero del ao 1880, y sus amigos, como los de Alfredo
de Musset, cumplieron al pie de la letra esta splica del poeta
moribundo. En un sitio cntrico de la necrpolis de San Juan,
completamente baado por el sol, y entre flores y hierbas de perpetua
lozana, se alza un elegante tmulo coronado por un bien esculpido busto
del poeta, en mrmol de Carrara, y all, en contacto con la tierra que
tanto am, yacen los restos del dulce cantor de Puerto Rico. En su
lpida principal estn grabados los anteriores versos, como  manera de
epitafio.


PUERTO RICO!

      Borinquen! nombre al pensamiento grato
    Como el recuerdo de un amor profundo,
    Bello jardn, de Amrica el ornato,
    Siendo el jardn Amrica del mundo.

      Perla que el mar de entre su concha arranca
    Al agitar sus ondas placenteras;
    Garza dormida entre la espuma blanca
    Del nveo cinturn de tus riberas.

      T, que das  la brisa de los mares
    Al recibir el beso de su aliento
    La garzota gentil de tus palmares;

      Que pareces en medio de la bruma
    Al que llega  tus playas peregrinas,
    Una ciudad fantstica de espumas
    Que formaron jugando las ondinas.

      Un jardn encantado
    Sobre las aguas de la mar que domas,
    Un bcaro de flores columpiado
    Entre espuma y coral, perlas y aromas.

      T que en las tardes sobre el mar derramas
    Con los colores que tu ocaso viste
    Otro oceano de flotantes llamas;

      T que me das el aire que respiro
    Y vida al canto que espontneo brota,
    Cuando la inspiracin en raudo giro
    Con sus alas flamgeras azota
    La frente del cantor; oye mi acento!
    El santo amor que entre mi pecho guardo
    Te pintar su rstica harmona;
    Por t lo lanzo  la regin del viento,
    Tu amor lo dicta al corazn del Bardo
    Y el Bardo en l su corazn te enva.

      yelo, patria! El ltimo sonido
    Ser, tal vez, de mi lad; muy pronto
    Partir  las regiones del olvido.

      Mi juventud efmera se merma,
    Y ya en su crcel habitar no quiere
    Un alma melanclica y enferma.

      Antes que llegue mi postrero da
    Y mi cantar se extinga con mi aliento,
    Toma, patria, mi ltima poesa!
    Ella es de mi amor el testamento!
    Ella el Adis que tu cantor te enva!


      Tres siglos ha, que el hombre
    Encerrado en el viejo continente,
    Ni en t pensaba ni so tu nombre.

      Tu ser fu una bellsima quimera
     los que van el confn del mundo
    De Thule en la fantstica ribera;

      Pero son una hora en el gigante
    Reloj que marca su existencia al orbe,
    Y abri sus ondas el airado Atlante.

      El dedo del destino
    Toc de un hombre en la ardecida frente,
    Y entre las ondas le mostr un camino.

      l tan slo quera,
    Cruzando las regiones de Occidente
    Volver al sitio donde nace el da;

      Al viento del azar tendi sus velas
    Desde el confn del trbido oceano,
    Y la suerte llev sus carabelas
     chocar con el mundo americano.

      De ese mundo, bellsimo fragmento
    Eres oh patria! que en el mar lanzara
    Un cataclismo al estallar violento;

      Mas trajiste tan slo su belleza,
    Sin copiar del inmenso continente
    La pompa y el horror de su grandeza;

      Ni el Tigre carnicero,
    Ni el Len, ni el Jaguar en tu montaa
    Lanzan su grito aterrador y fiero;

      Ni el Boa se retuerce en la llanura.
    Ni entre las aguas de tu manso ro
    Turbar el onda transparente y pura
    Se ve al Caimn indmito y bravo.

      Ni arrojas al Atlante
    De la playa pacfica, el inmenso
    Rey de los ros, Maran gigante.

      Ni tus montes con ruido subitneo
    Estremecidos en su base crujen,
    Cuando con ronco respirar titneo
    El Orizaba y Cotopaxi rugen.

      Y no estremece un Nigara tu suelo
    Al desplomar la inmensa catarata,
    En la que el Iris, el pintor del cielo,
    Une  las franjas de luciente plata,
    Oro, y carmn, y prpura, y topacio,
    Mientras en los cristales se retrata
    Fiero el Condor, monarca del espacio.

      Tienes.... la caa en la feraz sabana,
    Lago de miel que con la brisa ondea,
    Mientras su espuma, la gentil guajana
    Como blanco plumn se balancea.

      Y la palma, que mece en el ambiente,
    Encerrada en el nfora colgante,
    La linfa pura de su area fuente;

      Y de tus montes en el ancha falda
    Donde el Cedro y la Pndola dominan,
    Luce el Cafeto la gentil guirnalda
    Del combo ramo que  la tierra inclinan
    Las bayas de carmn y de esmeralda.

      T tienes, s, tus noches voluptuosas
    Que amor feliz al corazn auguran,
    Y en un verjel de lirios y de rosas
    Manantiales de plata que murmuran.

      Trtolas que se quejan en los montes
    Remedando suspiros lastimeros,
    Palomas y turpiales y sinsontes
    Que anidan en floridos limoneros.

      Todo es en t voluptuoso y leve,
    Dulce, apacible, halagador y tierno,
    Y tu mundo moral su encanto debe
    Al dulce influjo de tu mundo externo.

      Por eso, en aquel da
    Que abordaron las naves castellanas
     tus bellas riberas, patria ma;

      Tus tribus aborgenes,
    Dominado el temor que las llevara
    Al seno oscuro de tus selvas vrgenes;

      Tranquilas contemplaron
    Regresando apacibles  tu orilla,
    Cmo los brazos de la Cruz se alzaron
    Bajo el rojo estandarte de Castilla.

      Pura amistad vehemente
    Uni los hombres que aport el abismo,
    Del indio rudo en la tostada frente
    Cay el onda sagrada del bautismo.

      Despus ya roto del temor el dique
    La llama del amor luci esplendente,
    La dulce hermana del primer Cacique
    Llam su esposo al paladn de Oriente.

      Y t fuiste el joyel que traspasaba
    El casto beso de su amor primero.
    Del seorial cintillo de Agueynaba
     la corona del monarca ibero.


      Y despus.... y despus...., nunca mi canto
    Pinte el hondo luchar de las pasiones,
    Ni el exterminio, la crueldad, y el llanto,
    Mancha de los humanos corazones.

      Borremos del error las hondas huellas
    Que  la infeliz humanidad desdoran,
    Porque hombre soy.... y me avergenzo de ellas.

      Lleg un da fatal de horror y duelo,
    Que en el del oro tras el torpe lucro
    La vil esclavitud manch tu suelo;

      Y el huracn del golfo americano
    Dej las naves abordar tranquilas
     las riberas del jardn indiano!

      Y t, patria! la perla de Occidente,
    No te volviste al seno de los mares
    Para lavar la mancha de tu frente!

      Mas no en vano en Judea
    Corri la sangre de Jess, sellando
    El triunfo santo de su santa idea,

      Mas no en vano anhelante
    Camina el mundo por el ancha va
    Del progreso, adelante;

      Brill una aurora de feliz memoria
    En que cesaron lgrimas y duelos
    Borrndose una mancha de la historia,

      Y mil y mil acentos,
    Dieron tu nombre Libertad sagrada!
     los montes, los valles, y los vientos.

      Y ni una sola represalia impa!
    Ni una venganza profan tu suelo!
    Bendiciones y cantos, patria ma,
    Perdironse en las bvedas del cielo!

      Extrao cuadro! que en el ancha tierra
    Al vencer la opresin en lucha santa,
    De entre el lago purpreo de la guerra
    La libertad sangrienta se levanta.

      Dios debi sonrer viendo  su hechura
    Hacer del paria hermano carioso,
    Y del ngel tomar la investidura
    Al realizar un acto tan hermoso.

      Y bendecirte conmovido y tierno,
    Porque slo en tu suelo hospitalario,
    Al dulce influjo de tu mundo externo
    Se vi la Redencin sin el Calvario.


      Otro paso adelante; sin que vibres
    El arma fratricida.
    En el concierto de los pueblos libres
    Se levanta tu voz; savia de vida
    Y juventud circula por tus venas,
    Cuando la noble Espaa conmovida
    Quebranta del colono las cadenas.

      Ya no eres, patria, un tomo perdido
    Que al ver su propia pequeez se aterra,
    Ni un jardn escondido
    En un pliegue del manto de la tierra.


      Eres el pueblo que su voz levanta
    Si la justicia y la razn le abona,
    Que las exequias del pasado canta
    Y el himno santo del progreso entona.

      T no sers la nave prepotente
    Que armada en guerra al huracn retando
    Conquista el puerto, impvida y valiente
    Las ondas y los hombres dominando;

      Pero sers la plcida barquilla
    Que al impulso de brisa perfumada
    Llegue al remanso de la blanca orilla;

      Que se es, patria, tu sino,
    Libertad conquistar, ciencia y ventura,
    Sin dejar en las zarzas del camino
    Ni un jirn de tu blanca vestidura.

      Y, patria,.... Si me engao.
    Si me reserva mi destino impo
    Llorar tu ruina y contemplar tu dao;

      Si he de escuchar tus ecos
    Devolverme entre lgrimas y horrores
    El ronco acento de los bronces huecos;

      Si fuera mi lad el destinado
    Para cantar tu pena y tu agona....
    Ah! que le mire pronto destrozado
    En mis trmulas manos, patria ma!

      Y antes que el mal en tu recinto nazca
    Y contemplarlo con espanto pueda....
    Que disponga el Seor cuando le plazca
    De este resto de vida que me queda!

      Mas si Jehov le concedi al poeta,
    Al cantar  su patria y su destino,
    La doble vista del veraz profeta;

      Si ha de unirse mi nombre con tu historia
    Para ser el cantor de tu alegra,
    Para ser el heraldo de tu gloria;

      Dios me conceda al verte
    De venturas y triunfos coronarte,

      Una vida sin fin para quererte!

      Y una lira inmortal para cantarte!




FRANCISCO LVAREZ


Si faltaran ejemplos para demostrar el maravilloso poder de la vocacin
y los prodigios de la constancia y de la voluntad, muchos y excelentes
pudieran encontrarse en la vida y en las obras de este infortunado
poeta.

Naci en Manat  mediados de Diciembre del ao 1847. Sus padres, don
Manuel lvarez y doa Carmen Marrero, eran pobres y no pudieron dar  su
hijo ms que una instruccin elemental muy defectuosa  incompleta.

Muri el padre de Francisco lvarez cuando ste llegaba apenas  los
trece aos, y le qued por herencia una enfermedad de la sangre, de
imposible curacin, segn el parecer de los mdicos que le asistan.
Dbil, enfermo y sin poderse valer  s mismo, tuvo que acudir al
trabajo para vivir y auxiliar en algo  su madre achacosa y de escasas
energas.

Recurri al trabajo personal como dependiente en una pequea tienda del
campo, fundada para recolectar y preparar frutos para el mercado.
Trabaj con gran diligencia y honradez, y obtena una retribucin
insignificante; pero le alentaba la idea de ser til  su madre,  la
que profesaba un gran cario.

Pero bien pronto se vi atormentado por dos grandes inquietudes: su
enfermedad y su inspiracin. Se agravaron sus males fsicos, y en medio
de las fiebres que amenazaban aniquilar por grados aquella naturaleza
endeble, se sinti poeta.

No es fcil formar una idea exacta de las angustias de aquella alma
privilegiada que propenda  subir,  elevarse,  dominar las alturas,
aprisionada en un cuerpo mezquino, doliente, lacerado, que se mova con
dificultad y se inclinaba  la tierra, amenazado de muerte prematura.
Otro conflicto mental, derivado del anterior, le atormentaba tambin:
senta bullir en su cerebro y palpitar en su corazn un mundo de ideas
generosas y de sentimientos poticos, que no lograba exteriorizar por
falta de expresin adecuada, de vocabulario, de forma esttica, de
cierta preparacin literaria que le permitiera vestir decorosamente
aquellas ideas y aquellos sentimientos.

As empez  escribir sus primeros ensayos, que rasgaba y destrua
despus, avergonzado del desequilibrio enorme que notaba entre lo que
conceba y lo que lograba expresar.

Renunci  su colocacin mercantil, aprovechando la mejora de salud de
su madre; pidi libros prestados, y pidi consejos  las personas de
alguna instruccin literaria, que iba conociendo; ley con avidez,
compuso y destruy muchos de sus ensayos poticos, hzose agente y
corresponsal de algunos peridicos, y por ltimo fund y dirigi uno,
titulado "_La Voz Del Norte_," en el que public sus primeros ensayos
poticos.

Eran stos muy deficientes al principio, pero mejoraban notablemente
cada da, por efecto del estudio incesante y del ejercido metdico y
razonado del autor.

Una de estas composiciones, dirigida  un amigo suyo pidindole libros,
terminaba as:

    Dadme libros, dadme libros
    que templen mis hondas penas,
    y esta sed que siente el alma
    de arte, luz, verdad y ciencia!

De este modo fu Francisco lvarez enriqueciendo su mente y
perfeccionando su diccin, hasta llegar  escribir un libro de versos
muy estimables y un drama en dos actos, titulado _Dios en todas partes_,
que se represent en Manat, el 19 de Febrero de 1881, tres semanas
antes de su muerte.

Hay en sus obras una gradacin notable, que indica al observador los
progresos que iba realizando en lucha con tanta desgracia y con su
propia decadencia fsica, y que permite calcular hasta dnde hubiera
llegado en la perfeccin de sus producciones si hubiera vivido algn
tiempo ms. Por desgracia falleci el da 4 de Marzo de 1881,  los
treinta y dos aos de edad, en plena florescencia de su ingenio,
retardada por la enfermedad, y cuando iba logrando dar forma literaria 
sus pensamientos,  favor de esfuerzos admirables.

Sus poesas ms celebradas son: _ Amrica_, _Meditacin Nocturna_, _La
Primavera_ y _ltimos Cantos_.

El pueblo de Manat ha honrado merecidamente la memoria de este poeta
mrtir, que dej en sus obras, aunque imperfectas, muestras muy valiosas
de su ingenio, de la bondad de su alma y de su cristiana resignacin.


 AMRICA

      Cuntas veces, oh Amrica, he templado
    Mi inacorde lad para cantarte,
    Y cuntas ay! mi plectro ha vacilado!...
    De admiracin absorto al contemplarte,
    Por tan rara belleza fascinado,
    Nunca pudo mi acento consagrarte
    El himno de mi amor grande y profundo;
    Canto digno de t, _virgen del mundo_.

      Y deca mi mente contristada:
    Cmo, al concierto universal que brota
    De esa regin esplndida, encantada,
    De mi plectro unir la dbil nota,
    Si yo, cual avecilla en la enramada
    Que aun es al valle su cancin ignota,
    No tengo voz par elevar cantares
     esa ondina que flota entre dos mares?...

      Mas hoy resbala en el lad mi mano,
    Y no me es dable contener mi acento;
    Y desde el mar de Atlante al Oceano
    Que apenas riza el aura con su aliento,
    Del Hudson hasta donde el araucano
    Libre habita, mi voz el raudo viento
    Lleve en sus ondas, cual la esencia pura
    De la humilde oracin lleva  la altura.

      Y al ensalzar la mgica belleza
    De ese ednico mundo rico, ingente,
    Evoque mi memoria la grandeza
    Del genovs intrpido y sapiente,
    Que realiz la sin igual proeza
    De arrancar al abismo un continente;
    Y al nombre de Coln, que mi estro inspira
    Adune el de Isabel mi pobre lira.

      Y si t, grave Musa, inspiradora
    De Herodoto, de Tcito y Mariana,
    Ocultas  la mente escrutadora,
    De la bella regin americana
    El prstino existir, deja en buen hora
     mi entusiasta inspiracin, que ufana
    Pida  la egregia Erato noble aliento,
    Que d vida  mi pobre y rudo acento.

      Y escalando la andina, enhiesta cumbre
    Mi osada fantasa, el panorama
    De mi soado edn ledo columbre....
    Oh!... ya en lecho de flores, que recama
    Natura, y abrillanta fbea lumbre,
    Contemplo  la deidad, de quien es fama
    Que un tiempo fu cacica, cuyo imperio
    Troc el conquistador en cautiverio!

      Mas vedla: ya no es india desgraciada:
    Es la vestal ceida de azahares
    Que en ropaje de flores recatada,
    Entre pltanos, cedros y palmares
    Se mira muellemente reclinada;
    Y extendiendo por brazos los dos mares,
    Brinda amorosa, en fraternal exceso,
    Prvido asilo al hombre y al progreso.

      Salve, aurora del mundo bendecida,
    Que  los caducos pueblos del Oriente,
    Cual amante esperanza concebida,
    Te muestras en tu alczar de Occidente;
    Y luces cual tu hermana, que ceida
    De rosas, al Ofir brilla riente;
    Ella brindando luz  la maana;
    T, albor de paz  la familia humana!

      Que t, precioso bcaro esmaltado,
    Que del amor universal la esencia
    Ocultas en tu seno perfumado;
    Oasis, que cre la Providencia
    Para el pueblo infeliz, que fatigado
    Sufre tal vez, errante, la inclemencia
    De la brbara guerra maldecida....
    T eras la amada tierra prometida!

      Que all, cuando del arte el frreo brazo
    Dome el tsmico, ingente promontorio,
    Y Anfitrite y Neptuno en tierno abrazo
    Celebren en tu suelo el desposorio;
    Cuando de paz y libertad el lazo
    Una  tus hijos; t, virgen emporio
    De belleza y de amor, el casto beso
    Recibirs del inmortal progreso.

      Y en ese fausto da en que las fiestas
    Celebren de tu dicha, alborozadas
    Las Driades en tus bosques y florestas,
    En tus ros las Nyades sagradas,
    Y en tus valles las Ninfas ms apuestas;
    Un coro se alzar de bellas Hadas,
    En Sorata[4] y en Sierra Verde altiva,
    Ceidas de laurel, mirto y oliva.

      Ser la excelsa plyade que alienta
    Los ms preclaros hechos de la Historia;
    Concurso de vestales que sustenta
    El sacro fuego de la patria gloria;
    Legin que en su estandarte al orbe ostenta,
    De universal progreso la victoria...
    Hosanna, ellas dirn en sus canciones,
    Proclamndote emporio de naciones.

      Sin savia entonces, juventud ni vida
    Los pueblos del Oriente, mi estro abona
    Que desde el viejo mundo, conmovida
    De maternal orgullo, una matrona
    Elevar su voz de gloria henchida;
    Ser la ilustre Espaa, que  tu zona
    Este acento enviar de amor profundo:
    "Yo fu tu madre, emperatriz del mundo!"

      Yo entonces, en el lecho del olvido,
    En rincn apartado y silencioso,
    Morar con las sombras confundido;
    Mas al oir el eco misterioso
    Por la brisa en mi tumba repetido,
    Se exaltar mi espritu, orgulloso
    (Aun de la muerte en el oscuro arcano)
    De haber sido espaol y americano.

     [4] Nevado de Sorata.




MARIO BRASCHI


Aunque no dej libro ninguno que d  las nuevas generaciones idea clara
de su talento y de su estilo, no sera justo prescindir en esta
Antologa de un luchador por la cultura y las libertades pblicas tan
ardiente y asiduo como Mario Braschi.

Naci en Juana Daz, el 19 de enero de 1840, y en ese mismo pueblo
recibi la instruccin primaria.

Su vocacin por las tareas periodsticas le llev en los primeros aos
de su juventud  Ponce, y empez  publicar crnicas y artculos varios
en los peridicos de aquella ciudad, con el transparente seudnimo de
_Riomar_, que despus cambi por el ms expresivo de _Cantaclaro_. Haba
ya en estos trabajos cierta tendencia incisiva y mortificante para la
administracin y el gobierno de la colonia, y el censor de imprenta
haca con frecuencia destrozos en los artculos del novel escritor.

Vino luego con la Revolucin espaola de 1868 mayor actividad en la
lucha poltica y ms amplitud en la legislacin de imprenta, y Mario
Braschi fund y dirigi entonces en aquella misma ciudad, un semanario
satrico titulado _Don Severo Cantaclaro_, que hizo campaas vigorosas
en favor de la abolicin de la esclavitud, contra el restrictivo rgimen
colonial, y contra los excesos del clericalismo. En este semanario
colaboraba desde San Juan el poeta Gautier Bentez.

La reaccin que sigui  la cada de la Repblica espaola en 1874 mat
 este valiente peridico, y Mario Braschi ocup, algunos aos despus,
una plaza de redactor en un peridico trisemanal titulado _El Pueblo_,
fundado y dirigido en Ponce por don Ramn Marn.

Fund all tambin Mario Braschi _El Heraldo del Trabajo_, en el que
agit briosamente varias cuestiones sociales de importancia, y fu ms
tarde redactor de la _Revista de Puerto Rico_, fundada por don Francisco
Cepeda, que produjo una gran agitacin poltica en Ponce,  raz de los
sucesos lamentables del ao 1878. Fu tambin redactor principal de un
semanario titulado _La Juventud Liberal_, y director de una revista
masnica, titulada _El Delta_.

Por ltimo fu llamado  Mayagez para que dirigiera y redactara el
valiente peridico _La Razn_, que haba fundado y dirigido el Sr.
Freyre, y despus de realizar all una buena campaa en favor del
rgimen autonmico para su pas, contrajo la enfermedad que le produjo
la muerte en 19 de diciembre de 1891.

Era un escritor muy activo y animoso, gran agitador de ideas liberales,
patriota decidido y leal, y amigo consecuente hasta la abnegacin.

Periodista de batalla, no tuvo nunca tiempo ni paciencia para
perfeccionar su estilo ni para dar forma muy acadmica  sus trabajos.
Escriba con gran rapidez, y no revisaba lo escrito sino despus de
haberlo dado  la imprenta.

Sus prrafos eran muy cortos, como los versculos hebreos y la prosa
rpida y enrgica de Victor Hugo, forma que se adapta mejor  la
estructura del idioma francs que  la flexibilidad y gallarda del
castellano.

De aqu la dificultad de elegir un trabajo suyo que pueda servir
literariamente de modelo  la juventud estudiosa. Todo en Mario Braschi
fu excelente y ejemplar, excepto su estilo de escritor.

Era en l instrumento de combate antes que ostentacin decorativa.

El siguiente artculo suyo forma parte de la coleccin publicada con
motivo de la muerte de Gautier Bentez:


EN EL INFINITO!

 LA MEMORIA DEL MALOGRADO POETA PORTORRIQUEO

D. JOS GAUTIER BENTEZ

     Los genios suelen descender de las alturas  la tierra, as como
     descienden los gneos rayos del soberano de la luz: stos, la
     calientan y fecundan; aqullos abren  la humanidad senderos de fe,
     de esperanza y de amor. En su paso, son breves como la aurora.


I

Una tumba... y una lira...!

Una tumba...! es decir, la eternidad...!

Una lira...! es decir, el arte, la poesa, el genio. Lo misteriosamente
grande, lo bello, lo inmortal: he ah lo que ahora contempla mi
espritu.

En ese sublime consorcio de lo infinito y de lo imperecedero, est
envuelta una memoria para Puerto Rico; esta dulce patria de nuestros
amores.

Una memoria tan querida, como es querida una esperanza hermosa.

La memoria de uno de sus poetas que, con el corazn enfermo, as
enfermo, palpitaba por ella: era JOS GAUTIER BENTEZ.

Poeta de cuya alma brotaban raudales de sentimiento, como de los
espacios brota la luz.

Poeta de mente soadora, de inspiracin ardorosa, de fibras delicadas;
que se olvidaba de sus dolores, y cantaba.

Cantaba, como canta el ave en las enramadas del bosque donde est su
nido.

Puerto Rico era su bosque idolatrado, y referale sus cuitas en
armoniosos trinos.

Alma modelada en el sufrir, su acento era,  veces, un quejido.

Alma centelleante de amor y de poesa, tambin derramaba ternuras y
bellezas al son de las cuerdas de su lira.

El senta palpitar, dentro de su ser, las aspiraciones de los espritus
elevados.

El amaba y persegua, con afn febril, el ideal de los genios.

Viva en la tierra y en el infinito.

Era hombre y era idea.

Sus cantos  Dios, son como el incienso de la fe ms pura.

En ellos, su alma de poeta, sube hasta la esencia de lo _Absoluto_;
comprende toda su grandeza; la desvela de la sombra de los errores
terrenales, y la proclama, envuelta en mil resplandores.

Sus cantos  la patria, en los que pide  ese mismo Dios, para
celebrarla en sus glorias y alegras, _una vida sin fin y una lira
inmortal_, son lo sublime en la inspiracin y en el amor. En el amor de
lo bello y de lo grande.

Ellos son como una harmona celestial, que resonar al travs del
tiempo, infundiendo, en los pechos indiferentes, el calor del elevado
patriotismo.

El patriotismo de la fe en el progreso; de la fe en la ciencia; de la fe
en la libertad.

El los llam su _testamento_; y ms que un testamento, son la apoteosis
de su genio.

El "_Encargo  Mis Amigos_," brilla, sobre su sepultura, con esa
indefinible melancola del ltimo rayo de sol que se hunde en el
horizonte.

Es una meloda cantada por el poeta en instantes solemnes.

En los instantes lentos en que iba  dormir, no el sueo de la muerte,
sino  vivir en la inmortalidad.

Dejadle gozar de su nueva existencia!...


II

Mientras lejos de la patria su espritu vaga por la regin de las
eternas armonas; mientras se inunda de nueva luz, y de las alturas,
aun contempla su bella patria, virgen inocente; cubierta de guirnaldas;
besada por los cfiros; y embriagada siempre por la sonrisa de un cielo
azul, pursimo; llvele esa patria, doliente, coronas  su ltima
morada.

Los vates que  su lado dieron sus notas al viento, envinle sus
recuerdos de amor al compaero _ausente en el infinito_.

 todos los que en esta tierra amamos las letras;  todos los que en
esta tierra sentimos nobilsimo orgullo con el talento que brilla, la
memoria de JOS GAUTIER BENTEZ nos impone el gratsimo deber de
honrarla.

S; honrar el genio que, como la rpida exhalacin que cruza el ter,
deja una estela luminosa en las regiones intelectuales, es practicar el
culto que ms engrandece  los hombres y  los pueblos.

El culto del recuerdo, consagrado  los seres en cuya frente el
pensamiento lanz rayos de luz.

No se cien coronas  las sienes del guerrero, se inmortalizan sus
hazaas y se cantan sus glorias?

Pues el poeta es tambin un guerrero, y el ms egregio.

Un guerrero no cargado con el peso de las armas que dan la muerte, sino
con la irradiacin de las ideas que dan la vida.

Luchar y vencer: tal es su destino.

En la lucha, hiere; pero, como el Dante, hiere al mal, al error,  las
pasiones.

Su victoria tiene un nombre: se llama _regeneracin humana_.

Que no hubiese un solo poeta en la tierra, cuyo idealismo desentraase
la belleza que se oculta en el fondo de su espritu; que con sus
armonas no despertase el sentimiento que duerme; que con su lira, cual
divina paleta, no dibujase los sublimes cuadros que su fantasa
vislumbra en el infinito, y la tierra y la vida y el alma humana, se
agitaran en el aislamiento y en el vaco.

Faltarales algo de lo que es esencial en su existencia.

Qu es el idealismo?

Es la tendencia del espritu humano  buscar la verdad absoluta; la
belleza y el bien absolutos, sin poder realizar jams su afn.

Si no existiese el amor, ha dicho Victor Hugo, se apagara el sol.

Si no existiese el idealismo, digo yo, modestamente, no existira el
progreso de la existencia.


III

JOS GAUTIER BENTEZ, viva en la regin del idealismo.

Bajo este concepto, l tambin contribua  desarrollar el progreso.

Y, como todos los que se agitan en ese _otro mundo_ que el ser humano
lleva dentro de su alma, al descender  la realidad, senta que los
abrojos le heran sin piedad.

Amar, pensar, buscar lo bello; recorrer la vida sin contaminarse con el
mal, nada de esto puede hacerse sin sufrir.

El no fu ms que una estrella que apareci, ilumin breves instantes el
cielo de la patria, y luego fu  perderse, donde se pierde la luz: en
el insondable infinito.

S; all; all vive... all est...!

Su tumba y su lira, legadas  la patria, sealan dos grandes verdades:
las transformaciones de la materia y de la vida en la creacin, y la
inmortalidad del genio...

Para honrar su memoria, poco digno de cuanto ella merece, puedo ofrecer
slo estas lneas; que si dan pobre idea de mi aun ms pobre ingenio,
son testimonio fiel del cario y la admiracin que siempre le consagr.




MANUEL ELZABURU


Fu ste uno de los portorriqueos que con ms diligencia y fortuna
trabajaron por la cultura de su pas en el ltimo tercio del siglo XIX.

Naci en 2 de enero del ao 1851. Curs la instruccin secundaria en el
Colegio de los Jesuitas, en San Juan, y la carrera de derecho en la
Universidad Central de Madrid. Fu discpulo de Castelar en su famosa
ctedra de Historia, y gran admirador de este insigne tribuno.

Viva Elzaburu en casa de su tio don Julio Vizcarrondo, en Madrid, y en
ella formaban tertulia entonces muchos oradores, polticos y literatos
de la corte, con motivo de la agitacin abolicionista y poltica de
aquella poca. Con el ejemplo y la direccin de ellos, y con el ambiente
literario de las aulas universitarias, se despertaron las aficiones
literarias del joven portorriqueo, que empez  escribir unos artculos
cortos en prosa elegante, casi lrica, especie de breves poemas en
prosa, por el estilo de los que solan publicar en aquel tiempo
Baudelaire y el ruso Ivan Tourgeneff. Los publicaba en revistas y
peridicos de aquel tiempo, suscritos con el seudnimo de _Fabian
Montes_. Los primeros que se publicaron en Puerto Rico llamaron la
atencin por la novedad de la forma y la extraa condensacin del
pensamiento, casi siempre transcendental.

La vuelta de Elzaburu  su pas produjo un movimiento literario
favorable. Convirti su bufete de abogado, en ciertas horas de la tarde
y de la noche, en una especie de cenculo de poetas y de escritores, al
que daban el nombre de _Parnasillo_. De all sali el proyecto de la
fundacin del Ateneo Portorriqueo, en el que fu Manuel Elzaburu el
factor principal, actuando como Secretario en los primeros aos, y
despus como Presidente.  l se debe la galera de retratos de
portorriqueos ilustres en el Ateneo. Fund tambin la Institucin de
Estudios Superiores, anexa  dicho establecimiento, y agregada  la
Universidad de la Habana, para el estudio de la Medicina, la Abogaca y
las facultades de Letras y Ciencias, y fu en la Diputacin Provincial
uno de los campeones ms decididos del Instituto Civil de segunda
enseanza.

Era un activo cooperador de toda obra de cultura y de progreso que se
iniciara en el pas.

Posea con bastante propiedad el idioma francs; estudiaba con
entusiasmo las obras literarias y cientficas de su tiempo, y haba
adquirido una cultura slida y extensa.

Tradujo en verso muy acertadamente varias composiciones poticas de
Tefilo Gautier, demostrando que no le eran desconocidos los encantos de
la rima; pero no escribi nunca versos originales.

Era un orador fcil  instructivo.

El artculo _El Mar_, que se inserta  continuacin es de los primeros
que escribi, hallndose de veraneo en la costa de Guipzcoa, y el
fragmento oratorio es de uno de sus ltimos discursos en el Ateneo.

Falleci repentinamente en San Juan, el da 12 de febrero de 1892,
cuando acababa de realizar un viaje de estudio y de recreo por la
capital de Francia.

El Ateneo dedic una gran solemnidad literaria y una lpida de mrmol en
honor de este su meritsimo fundador,  hizo colocar su retrato en la
galera pictrica de portorriqueos ilustres.


EL MAR

Si hay algo que se asemeje al cielo es el mar. Como l tiene furores
temibles y calmas dichosas; como l es azul, y como l, al parecer,
infinito.

As es que, cuando yo lo he visto hoy, despus de una ausencia de dos
aos, venir  romperse en espumas contra las rocas, he pensado que no
hay nada ms grande, ms imponente ni majestuoso, que este rico manto
bordado en plata, que cubre gran parte de la tierra, y que se agita
altivo bajo la mirada del cielo, que muchas veces pretende rivalizar con
l en hermosura, engalanndose con su divino cendal de blancas, ideales
y vagorosas nubes.

Lo confieso, no puedo vivir sin el mar. Hijo yo de una isla que se mece
en las turbulentas y juguetonas aguas del Atlntico, acostumbrado  su
vista,  su vida y  su movimiento, cuando no le tengo ante mis ojos
padezco una especie de nostalgia en el alma, y cuando le miro tras larga
separacin siento como llenarse un vaco de mi ser, como cumplirse una
necesidad de mi espritu.

Oh, mar! Tu aspecto es como el aspecto de todo lo grande que sublima,
yo en los largos ratos que guardo para t de exttica contemplacin,
noto que se espaca mi nimo y se ensancha  toda la extensin del
maravilloso espectculo, flotando con delicia en las ondulaciones de tus
aguas.

T satisfaces los sentidos  la vez que alimentas el alma; para la vista
eres el ms sublime de los cuadros, ya reposes con la tranquilidad de un
lago, ya te agites con la vehemencia de las tempestades; para el odo
eres la ms cadenciosa harmona, ora gimas rabioso por el huracn
hostigado, ora la brisa te lleve en tranquilas ondas  morir sordamente
en la playa; t, en fin, eres para el hombre torrente inagotable de
poesa, que le arrobas con los caprichos de tus bellezas,  misteriosa
enseanza que con la eternidad de tus movimientos le recuerdas la
eternidad de su supremo autor.

Inefable creacin! En el horizonte es una lnea que marca el nivel de
ese gigantesco vaso; luego toma un tinte nebuloso; ms ac el azul
obscuro se quiebra con el continuo movimiento; ms adelante se hincha y
crece hasta formar una montaa lquida, que el viento empuja, que se
salpica en su cspide de blanco, que comienza  encresparse, que se
enrolla en s misma, y que por ltimo cae deshecha en una catarata de
espumas, que viene mansa  romper sus innumerables globos cristalinos
sobre las doradas arenas de la orilla.

No hay nada, al parecer, ms montono ni ms pobre; no hay ms que
agua, se dice: sin embargo, nada le supera en riqueza y variedad: en sus
profundos abismos guarda infinitos misterios bajo lechos de algas, entre
laberintos de sombras; en su movible fondo inagotables tesoros perdidos
entre arenas; en sus gotas saladas se revuelven milagros de
organizaciones animales, que todava sorprenden  la ciencia y cautivan
al hombre; entre nacaradas conchas guarda las opacas perlas escondidas,
como amorosos secretos; en las piedras que erizan el lecho donde se
posa, se adhieren multitud de moluscos entre el musgo que las cubre como
aterciopelado manto; sobre yerbas que no se atreven  salir del seno de
las aguas, yacen cados trozos de corales bellos de distintos colores,
como fragmentos de ricos palacios derrudos; mientras que, sobre las
cambiantes luces de aquella superficie que esconde tanto prodigio, se
desliza y vive el marino, ese hroe curtido por el sol y desposado con
la mar, que se agita contento en su diminuta isla flotante, y alegre
alienta en su buque, verdadero oasis en un desierto de agua.

Permitidme que admire un momento  ese hombre. Ninguna vida tan agitada
como la suya, ninguna tan llena de combates; hoy le arrulla el viento,
maana le azotar; hoy le besa la ola, maana quizs le sacuda y le
hiera; vida que tiene algo de sobrenatural y extramundana, siquiera
porque el hombre parece que abrevia el mundo y se aisla como en
monasterio errante, siquiera porque se aparta de la tierra, como para
perseguir esa lnea fantstica donde se juntan y se besan el cielo y la
mar, en ese misterioso espejismo, que se aleja  cada ola que pasa  
cada minuto que cuenta el que lo persigue, en la celeridad del tiempo.

Bendito seas, Ocano! Bendito t que murmuraste  mi odo tu contnuo
murmullo, cuando aun mis pupilas vrgenes no haban recogido el primer
rayo de esta luz tropical!! Bendito t que con tus ruidos has apagado
tantas veces las voces de mi inquietado espritu, y con tus tormentas
acallado las tormentas de mi alma!!!

Yo quisiera pintarte tal cual eres, para que te viesen con los ojos del
alma los que leyeran estos repetidos alfabetos trabados en tan varias
combinaciones, pero no puedo; te he descrito diez veces  ms, y he roto
mi trabajo,  he arrojado mi pluma, porque me encontraba impotente;
porque las palabras me parecan hielo; porque deca y no pintaba; porque
eras todo aquello escrito, pero eras mucho ms; aquello aumentado mil
veces; un no s qu magnfico, que slo pudo hacerlo Dios, y slo
comprenderlo quien lo mirara con los ojos del cuerpo y pudiera embeberse
ante el divino espectculo de su colosal grandeza.

Inmensas extensiones azules que os salpicis de fugitivas estrellas
blancas formadas por puntas de olas, apenas rotas en espumas por el
viento; tintas violceas, que flotis en las superficies de las aguas,
bajo cuyas transparencias vegetan multiplicadas plantas marinas; sombras
de lejanas tierras, veladas por las vaporosas gasas de la bruma;
guirnaldas plateadas, que circundis  la altiva roca elevada en la
soledad del Ocano, que amoroso la estrecha, rodea, abraza y acaricia;
puntos blancos que, divisados  lo lejos, revelis otras tantas velas
que se redondean como el seno de las vrgenes con el aire que viene de
los cielos; profundidades cavernosas, donde entre verdes cristales se
miran serpear peces de infinitos colores; claras ondas, que os
complacis en ver cmo el sol se goza quebrando en vosotras sus rayos;
aves que pasis mojando las puntas de vuestras alas en el movible espejo
en que os miris volar; olas, que arrebatadas por el viento os esparcs
en la atmsfera como irisadas lluvias, en cada una de cuyas gotas va
retratado el Universo; espumas blancas, que bordis las orillas con
caprichosos dibujos renovados de momento en momento; amantes brisas, que
al tocar el reluciente lquido le imprims sombras manchas circulares,
rastros de vuestros besos; pequeos ondulados movimientos del agua,
donde centella la luz como en las facetas de un diamante; presentos
todos; olas, brisas, sombras, rayos del sol, aves y espumas; presentos
en conjunto clarsimo y harmnico  la mente, para que despus digamos
si este cuadro, cubierto por el dosel de un cielo de zafiro, y
acompaado por la eterna nota sonora que se eleva incesante  las nubes,
como la plegaria eterna de la mar, no es la obra fantstica ms grande
de los creadores xtasis de Dios.

San Sebastin, Espaa, (1873).


TROZO ORATORIO

(_Fragmento de un discurso pronunciado en el Ateneo Portorriqueo, sobre
"Relaciones de la Literatura con la Historia de los pueblos."_)

Hace ya ms de un siglo que los mtodos histricos se han ido
enriqueciendo poco  poco, con la idea de que una obra literaria "no era
un simple juego de imaginacin, el capricho aislado de una cabeza
caliente, sino una copia de las costumbres que la rodearon, y como el
cuadro representativo de un estado del espritu humano,"  tal extremo,
que, para grandes pensadores modernos, un documento literario importante
podra servir, bien interpretado, para estudiar en l la psicologa de
un alma, como en _Jocelyn_; generalmente la de un siglo, como en la
_Divina Comedia_; y  veces la de una raza, como en la _Iliada_  en los
poemas indios, el _Ramayana_ y el _Mahabharata_, llegando  conclur de
todo ello, que principalmente por el estudio de las literaturas es que
se podr hacer la historia moral de los pueblos, y marchar hacia el
conocimiento de las leyes psicolgicas de donde emanan los
acontecimientos, como expone victoriosamente Hiplito Taine, en su
_Historia de la literatura Inglesa_.

Tales ideas aplicadas  los procedimientos histricos, han sido parte 
que se obtuviesen los grandes resultados que se palpan en escritores
como Thierry y Michelet, como Sainte Beuve y el mismo Hiplito Taine,
los cuales ocupndose (como sealada y expresamente lo hace este ltimo
en su notable estudio sobre los orgenes de la Francia contempornea, y
en sus dems trabajos sobre Filosofa del arte en Grecia, en Italia, en
Inglaterra y en los Pases Bajos) de la raza, el medio y el momento, es
decir, de la cuna  origen en el personaje histrico de que se trata,
que puede ser un pueblo entero; del lugar y clima  instituciones donde
esa misma representacin se mueve; y del momento en que acontece el
suceso que se comenta y estudia, llegan  conclusiones maravillosas, de
precisin y lgica, garantizadoras de toda verdad y prometedoras de
acierto.

Y no cabe duda.

Para conocer bien un pueblo, que no es mas que una individualidad
colectiva; para hacer el examen de su estado moral, en una determinada
poca,  en el trascurso de varias, eslabonadas unas con otras, hasta
llegar, si se quiere al completo de su existencia, no basta examinar los
acontecimientos aislados realizados en l, y contarlos sencillamente,
como si aun fuera la historia ms que la narracin escueta de los
hechos, sin complemento de explicaciones y sin ayuda de juicios y
meditaciones ms hondas.

No! Ya eso no responde, ni siquiera  los tiempos en que Vico inmortal
echaba los cimientos de la ciencia nueva, y en que Montesquieu se
adelantaba  su poca, penetrando en la observacin al escribir sobre la
historia de la humanidad.

Hoy, como el naturalista acude  los principios  leyes de la herencia y
de la adaptacin al medio, para explicar un ejemplar cualquiera de la
especie; y como el criminalista moderno, acude, para el comentario del
delito,  la antropologa y  la psicologa humanas, la historia llama
en su auxilio  las literaturas, para que ayuden  hacer tambin la
psicologa de los pueblos.

Y quin puede hacerla mejor? Quin puede decir mejor cmo ha pensado y
cmo ha sentido un pueblo, si no sus mismos pensadores y sus mismos
poetas por cuyos labios han salido las manifestaciones vivas de su
alma, la sublimidad de sus pensamientos, el vuelo de sus trasportes  la
voz triste y grave de sus desventuras?

Y si para hacer la historia verdadera es necesario, como dice Thierry,
abrigar un sentimiento vivo por ese mismo pueblo todo entero, por esa
masa de hombres as llamada, sin predileccin alguna por personajes
histricos determinados, por ciertas existencias, ni por determinadas
clases tampoco, que quitan el tinte nacional  la narracin, en la cual
no reconocemos despus bien, el alma, el espritu, el carcter
predominante en nuestros antepasados, sin distincin de clases, ni de
rango; si se necesita hacer de esa manera la historia de un pueblo 
quin mejor preguntar que  l mismo,  su literatura que retrata su
vida, que copia su cielo, que respira su ambiente, y que est llena de
color y de verdad local?

He ah el inters tan grande del tema  que aludimos.

Nosotros tenemos ya nuestra historia regional  la manera antigua en
Fray Iigo Abad de la Sierra; la tenemos modernizada en los suplementos
de esa historia, ampliada por nuestro sabio maestro, modelo de patricios
y gran educador de buenos ciudadanos, el castizo y elegante escritor
acadmico Don Jos Julin de Acosta; pero  esa historia falta, en la
parte posible, el empeo que l no pudo acometer, ni se propuso por la
misma ndole de su libro y que nosotros empezamos  intentar ahora, cual
es: la continuacin de aquellos orgenes de nuestra sociedad actual,
estudiada en los hechos, pero ayudado este estudio por el examen de la
incipiente literatura nuestra, de tal manera que, en comentario mutuo,
los documentos literarios muestren los sentimientos y cultura de los
autores del suceso historiado, y el acontecimiento examinado en sus
relaciones de raza, medio y momento, razone elocuentemente  su vez los
documentos literarios.

Estudiada as la historia, llegaremos  conocemos mejor; y aquel ser el
da de acabado ese estudio por nuestro ignorado historiador, que
tengamos el rbol de la genealoga psicolgica de nuestras almas, el
cual contribuya  describirnos por medio de las leyes que hemos
apuntado, la transformacin lgica y fatal del espaol de ayer, fundado
en este suelo, en sus descendientes de hoy que hemos nacido en este
rincn, el ms genuinamente espaol del mundo americano.




ABELARDO MORALES FERRER


La muerte prematura de este joven priv quizs  Puerto Rico de una
gloria literaria y cientfica.

Haba nacido en Caguas, el 31 mayo de 1864. Terminada su educacin
primaria en dicha ciudad, vino  San Juan para estudiar las asignaturas
del bachillerato en el Instituto, que estaba entonces  cargo de los
Jesuitas; pero no pudo terminar con stos la segunda enseanza, por
incompatibilidad de ideas y de caracteres con sus maestros.

Se traslad  Barcelona, y all estudi con xito admirable. En siete
aos hizo los dos cursos que le faltaban para el bachillerato y obtuvo
su ttulo de Mdico en aquella Universidad, amplindolo despus hasta
obtener el doctorado en la Central de Madrid. En el curso de sus
estudios se encari con la literatura y produjo trabajos breves, aunque
muy notables, en prosa y en verso, que daba  conocer en algunos de los
peridicos del extranjero y del pas.

Hacia el ao 1889 public en Madrid un pequeo poema, de forma
campoamoriana, titulado _La religin del amor_, muy elogiado por la
crtica, al cual puso un bello prlogo Antonio Cortn.

Se traslad luego  Pars con el propsito de practicar en los famosos
hospitales de aquella gran metrpoli; fu admitido poco despus como
ayudante de clnica del insigne oculista polaco Galezowski, y en ella
adquiri habilidad y destreza admirables en la ciruga ocular.

Lleg  Puerto Rico  fines del ao 1891, precedido de fama bien
merecida; pero lo que haba ganado en ciencia fuera de su pas, lo haba
perdido en salud y en alegra.

Cuando se embarc para Europa era uno de los jvenes ms expansivos,
alegres y bulliciosos de este pas, y regres triste, plido, reflexivo,
sin entusiasmos y sin salud. Haba contrado una tuberculosis, no se
sabe si por contagio, por exceso de estudio  por otras causas
debilitantes. Conoca su enfermedad y meda sus consecuencias.

En su profesin de mdico, y sobre todo en la de oculista, era una
notabilidad, y practic aqu operaciones de gran mrito. Con aquella
mano fina y sedosa, que pareca mano de mujer, haca en los ojos
operaciones admirables y casi insensibles para el enfermo.

En el ejercicio de la medicina en general, obtuvo tambin buenos xitos.
Luchaba briosamente contra las enfermedades ajenas y contra la propia.
Se fu  vivir durante una larga temporada al pueblo de Aguas Buenas, en
la falda del Luquillo, una de las ms altas montaas del pas, y utiliz
tambin la influencia balsmica del mar en su costa del norte.

Ni su enfermedad ni los trabajos de su profesin le impedan cultivar
sus aficiones literarias. Era uno de los cuatro cronistas de _El
Buscapi_, semanario de gran popularidad, y publicaba con frecuencia
narraciones en prosa y poesas, en otros varios peridicos. Posea ya
como prosista una diccin esmerada, grfica y de mucha viveza y color.
Durante su permanencia en Pars se encari mucho con la obra de los
hermanos Goncourt, coloristas y buriladores de la palabra, y sola
imitarlos, principalmente en sus descripciones.

Entre las obras en prosa que produjo en aquella poca, llam la atencin
una novela corta titulada _Idilio fnebre_, en la que haba mucho de
autobiografa y de triste presentimiento. Llev poco despus su
abnegacin hasta el punto de renunciar  su casamiento con una bella
joven, de la que estaba muy enamorado, para no entristecer los
esponsales con su propia muerte y legar  seres bien queridos el
contagio y tal vez la herencia peligrosa de su enfermedad.

Pero esta enfermedad se iba agravando notablemente, y en 24 de abril
del ao 1894 se embarc para Europa con el propsito de estar durante la
primavera en Pars, consultar algunos especialistas famosos, y pasar un
verano en una de las deliciosas montaas de Suiza, abstenindose de todo
trabajo mental y haciendo vida de campesino, respirando  pleno pulmn
el aire oxigenado de los bosques.

Y no volvi de all....

En 9 de agosto del mismo ao falleci en Lausanne, (Suiza), en
donde--por encargo cuidadoso de su familia--se conserva an su sepultura
con la inscripcin correspondiente.

La siguiente composicin en verso fu escrita en los primeros aos de su
juventud, y el fragmento en prosa pertenece  su ltima poca:


IDOLATRA

      Su orgullo abate y su soberbia humilla
    De Al en presencia el oriental creyente,
    Y doblando contrito su rodilla
    Hunde en el polvo la abatida frente.

      Ante el dspota cruel, saudo y fiero
    Que el mundo todo  voluntad domina,
    El noble rinde el brillador acero
    Y  la tierra, servil, la frente inclina.

      Por el oro que en pias resplandece
    Prestando luces  sus yertos ojos,
    El torpe avaro la existencia ofrece,
    Cayendo, ruin, ante su altar de hinojos.

      Ni avaro, ni oprimido, ni creyente
    Mi soberbia satnica se humilla,
    Ni hundo en el polvo la abatida frente,
    Ni ante un dolo doblo la rodilla.

      Porque el dios, el monarca y el tesoro
     quienes rindo adoracin cumplida,
    Es una virgen de cabellos de oro,
    nico encanto de mi triste vida.


ANBAL

(fragmento)

El aire fresco de la maana seren la frente de Anbal. Aquella noche
sin descanso haba impreso en su rostro las huellas de un malestar
indecible, comunicando al alma la languidez enfermiza de su cuerpo.
Sentase vido de respirar la brisa matutina, como si buscase en ella
algo que calmara la sed inextinguible de su anhelo.

Entorn suavemente la puerta de la entrada y se encontr en el arroyo.
Nadie transitaba an por las calles de la ciudad dormida. Aquella
soledad augusta en plena alborada tuvo para l encantos seductores,
complacindose en mirar descaradamente el rostro sooliento de las
casas, cuyas puertas an cerradas parecan grandes prpados cados bajo
la enorme pesadumbre de un buen sueo matutino.

Subi por la calle de la Tanca hasta la plazuela de San Francisco. All
se detuvo breves instantes mirando irresoluto la sucia fachada de la
Iglesia, que la tranquilidad exquisita de la hora semeja presentar en
toda la desnudez de su fea y pobre arquitectura.

En aquel fondo de color de rosa denegrido por la intemperie se abra una
ancha boca negra con trasuntos de puerta cochera. Anbal en el afn de
hallar consuelo para su triste pecho, dud un poco si entrar en la
iglesia, echarse ante el ara y buscar en el aniquilamiento de todo su
ser moral la fe, aquella fe hermossima que ya empezaba  abandonarle,
dejndole expuesto, inerme y sin auxilio,  los fieros embates de la
duda.

Mir al cielo, y aquella diafanidad incomparable le sedujo por completo.
Determin entonces no entrar en la iglesia y correr  la ventura,
sumergido en la luz blanquecina del crepsculo. Su fe poderosa le
llevaba hacia Dios, pero  su corazn de artista repugnaba buscarle en
aquel templo sombro, donde por todas partes se vea la mano del hombre,
sin que se transparentara en el ms mnimo detalle la augusta majestad
del cielo. S, en el espacio sin lmites, en aquellos hermosos
horizontes de una serenidad incomparable, l comprendera mejor la
grandeza divina. Entonces, y como temeroso de un arrepentimiento tardo,
ech  andar muy de prisa por la calle de San Francisco hasta la Plaza
de Armas, que solitaria pareca dormitar an arrullada por los ecos de
la ltima retreta. Las cuatro dieron en el reloj del Municipio. Anbal
siempre de prisa dobl por la calle de San Jos arriba. Sus pasos
resonaban sobre el macadn de la acera con golpes secos que retumbaban
como el de un martillo en la estrecha galera de un cementerio.

La catedral  la izquierda solicit su espritu, mas alz de nuevo sus
ojos y aquella cpula negra, de una negrura mate, y aquella torrecilla
recortada bruscamente como para impedir que llegase al cielo, le
hicieron una impresin terrible, determinndolo  seguir adelante.
Continu, pues, hallndose luego en la esquina de la calle de San
Sebastin, en la que ya comenzaba  notarse un tomo de vida. Se detuvo
otra vez.  la derecha el Mercado empezaba  animarse. Algunos caballos
cargados de frutas y legumbres se hallaban agrupados entre los dos
pabellones, frente  la puerta del centro. El arroyo apareca sembrado
aqu y all de hojas de hortaliza, frutos podridos y recortaduras
variadsimas.

Anbal sigui andando hacia la izquierda, hallndose por ltimo en la
Plazuela de San Jos cuyos rboles, retorcidos los unos, parecan
viejos decrpitos; estirados y flacos los otros, semejaban nios
enfermos. Borde la Audiencia y enfil por la calle del Cristo,
encontrndose  poco en la cuesta del Cementerio, por la que empez 
descender lentamente. Aquella rampa lisa  inclinada, de una tristeza
profunda, pareca llevarle  algo desconocido que tena su comienzo un
poco ms all, en aquella bveda obscura que se abra debajo del verdor
hmedo del csped, como para indicar al que por ella entraba el abandono
irremediable de toda esperanza. Tuvo que hacer sobre s un poderoso
esfuerzo para no seguir descendiendo. El abismo le atraa con su quietud
misteriosa. Desvise hacia la izquierda y empez  caminar sobre el
menudo csped. El castillo del Morro pintado de blanco recortaba en la
limpidez del cielo las lneas rectas de sus troneras, la torre del
viga, el faro con sus barandas de hierro y sus reflejos metlicos, y
por ltimo el semforo de nutico atalage.

Andando as, lentamente, sintiendo crugir bajo sus plantas la hierba
hmeda an por el roco de la maana, llego Anbal  la izquierda del
castillo, entrando en un pequeo reducto que--como un cenador--se
desprende de uno de los muros del foso y avanza hasta inclinarse sobre
la vegetacin brava de la playa. Una vez all  solas consigo mismo,
frente  frente de aquel malestar indefinible, se sent tristemente
sobre el parapeto, dando la espalda  la boca del Morro. Dolor agudsimo
le torturaba sin descanso. El hundimiento de sus plcidos amores haba
venido  sorprenderle sin misericordia, dejando en el fondo de su alma
una amargura insoportable. l viva confiado, sin presentimiento alguno,
y h aqu que de sbito se le presentaba, anonadndole bajo su gravedad
de plomo, aquel horrendo infortunio. Tendi su mirada y pudo descansar
un momento en la contemplacin de aquel hermoso panorama. Frente por
frente y all en ltimo trmino, avanzando hasta sumergirse atrevidas en
las ondas del mar, las Cabezas de San Juan, cuyas verdes cabelleras se
destacaban, sobre el azul plido del agua; un poco ms ac y recortando
siempre la tierra, algo sin nombre que avanzaba tambin hasta formar con
las Cabezas un pequeo golfo  cuya entrada vi Anbal el islote de los
Pjaros. Despus hasta el cementerio la costa acantilada con sus enormes
rompientes y sus quejidos interminables. El Tiro al blanco sobresala en
un ngulo de la muralla que, inconmovible y dura, ahoga la ciudad con su
dogal de piedra. El Castillo de San Cristbal manchaba de rosa el tono
lteo de las fortificaciones. Ms abajo y bebiendo casi el agua salada
del mar, el Matadero; despus, un gran claro de vegetacin escasa y
raqutica,  intramuros la parte N. E. de la ciudad, dominada por el
Parque de Artillera, la iglesia de San Jos, el Cuartel Nuevo y la
Beneficencia, en primer trmino.  la izquierda la inmensidad de las
aguas con su rumor eterno, y arriba el cielo, de una pureza inmaculada.

Cuando Anbal se hubo dado cuenta de tanta hermosura, se levant y
avanzando hasta el parapeto, inclin el busto como si buscase en aquel
rincn del mundo nuevas bellezas que admirar. Entonces sus ojos
tropezaron con un ngulo del cementerio, que la ciudad de los vivos
pareca haber arrojado de su seno colocndole extramuros para despus
anegarle en las profundidades del abismo.  aquella hora nadie
transitaba an por las tristes avenidas, pareciendo que los muertos,
como los vivos, encontraban cierta voluptuosidad exquisita en dormir
arrullados por las frescas brisas de la maana. En el centro, la capilla
elevaba su cpula obscura, pudiendo verse  la derecha la angosta
galera, y  la izquierda, entre la calle central y la habitacin del
sacerdote, varias tumbas con sus estatuas de mrmol en actitud doliente,
y sus verjas de hierro guarnecidas de flores marchitas. Calor tibio
pareca levantarse de aquel suelo en continuo trabajo de renovacin,
sintindose ese olor indefinible, repulsivo, mezcla extraa de vapores
humanos, aromas inspidos de flores mustias y vahos fros de tierra
humedecida. Aquel silencio de muerte volvi  despertar en su memoria la
cruel idea de su infortunio. l se vea abandonado como aquellos seres
que all dorman eternamente, pero con abandono ms triste y despiadado.
Vivo, hallbase condenado  pasear sin rebeliones el cadver de su alma.
Por qu no morir por completo como los otros, y acostarse all y dormir
ese sueo perdurable llamado la muerte? Y suspir profundamente,
anhelando la hora del eterno descanso...




MANUEL PADILLA DVILA


Fu el cantor de las cosas apacibles, de las ideas melanclicas, de los
afectos tiernos y de las purezas del alma. Sin ser un mstico en la
acepcin ms propia de esta palabra, era el que mejor senta y expresaba
las dulzuras de la fe entre todos los poetas de su tiempo.

Naci en Toa Baja, el ao 1847. Nio an, fu  vivir con su familia 
Vega Baja, donde curs las asignaturas de la enseanza elemental, y
estudi Matemticas en las ctedras de esta ciencia que sostena en San
Juan la Sociedad econmica de amigos del pas. Graduado de agrimensor,
volvi  su villa natal en donde se instruy en el arte potico con el
trato frecuente de su ilustre tio el doctor Padilla.

 la edad de 18 aos escriba ya versos muy delicados y armoniosos  las
flores,  las mariposas,  las avecillas canoras y de gracioso plumaje,
al amanecer y  todo lo que produca gratas impresiones en su alma
serfica y sencilla. Despus, cuando le hirieron las espinas de la
realidad, llor poticamente, con ternura exquisita, mirando hacia el
cielo de donde lo esperaba todo.

Dotado de sensibilidad extraordinaria, se entristeca y se alegraba con
facilidad suma, segn sus impresiones de momento. En sus penas y
desengaos sola sufrir rpidos eclipses de la esperanza, pero nunca de
la fe. Era un creyente sincero, y en sus composiciones de carcter
religioso alcanzaba con frecuencia mayor elevacin potica que en las
mundanas.

Su estilo, por lo general, era sencillo, claro y candoroso; su
versificacin esmerada, y sus pensamientos de una intachable pulcritud.
Sus versos eran especialmente ledos y estimados entre las damas.

Fu laureado en un certamen del Ateneo Portorriqueo, y obtuvo el primer
premio de _Fe_ en un brillante concurso de Juegos Florales, celebrado en
San Juan.

Falleci en 31 de Octubre de 1898 cuando el pleno desarrollo y madurez
de sus facultades haca esperar de l otros brillantes triunfos.

Dej manuscrito un libro que contiene sus poesas, y  l pertenecen las
que se insertan  continuacin:


LA FLOR DE LA ESPERANZA

    --Mariposa gentil de la pradera,
         Linda ramilletera,
    Tu cestillo qu flores atesora?

    --Las que ofrece la dulce Primavera,
         Y esmalta placentera
    Con sus lquidas perlas el Aurora.

    --Llevars por ventura entre esas flores
         Una cuyos primores
    Ninguna flor  poseer alcanza?

    --Dadme de ella ms claros pormenores.
         --Es smbolo de amores...
    Y se llama "La flor de la Esperanza."

    --Ay, seor! En el campo de mi vida
         Brot esa flor querida
    Para encanto y placer de mi existencia;

    Mas un insecto en hora maldecida
         Con maldad fementida
    Le di la muerte por libar la esencia.

    --Yo tambin, infeliz ramilletera,
         De distinta manera
    Perd esa flor que lloro todava,

    Y en vano al retomar la Primavera
         Busco por dondequiera
    La hermosa flor de la esperanza ma.


SURSUM CORDA

      Verdinegras montaas,
    Sierras azules,
      Donde agitan las nieblas
    Sus blancos tules;
      Colinas pintorescas,
    Undosas faldas,
      Donde la luz acopia
    Sus esmeraldas;
      Llanura que en las costas
    Del mar te pierdes,
      Al soplo de las brisas
    En ondas verdes,
      Ah! cuando os veo,
    Santa fe me reanima
      Y en mi Dios creo.

      Fuente, donde la luna
    Sus rayos quiebra
      Y el aura sus amores
    Grata celebra;
      Sierpe de acero y plata
    Sonante ro,
      Manantial que no corres,
    Lago sombro;
      Mar donde el pensamiento
    Libre campea,
      Y el numen se agiganta
    Y el alma ojea,
      Ah! cuando os miro
    Siempre de Dios me acuerdo
      Y  Dios admiro.

      Gruta, bveda agreste
    Y hospitalaria,
      Donde tiende su manto
    La parietaria:
      Gruta, mansin un tiempo
    De algas marinas,
      Y hoy morada de abejas
    Y golondrinas,
      T eres el templo augusto
    Donde mi alma
      Al Eterno sus preces
    Eleva en calma,
      T el santo abrigo
    Donde ante Dios me postro
      Y  Dios bendigo.

      Sol, lmpara divina,
    Siempre brillando,
      Ilumina mi templo
    Que estoy orando;
      Pjaros de la selva,
    Vuestras canciones
      Armonicen y lleven
    Mis oraciones;
      Y t, mar, impetuoso,
    Bravo elemento,
      El rumor de tus olas
    Une  mi acento,
      Y en tus mareas
    Dile  mi Dios conmigo:
      "Bendito seas!"




FRANCISCO GONZALO MARN


Fu un poeta malogrado, como Francisco lvarez; ambos murieron casi  la
misma edad.

Marn naci en Arecibo, el da 9 de Marzo de 1863. Cuando apenas haba
terminado su instruccin primaria, se lanz  la lucha poltica del
periodismo, fundando un pequeo semanario, con el ttulo de _El
Postilln_, que hubo de chocar pronto con la censura de imprenta y an
con los tribunales de aquel tiempo. Emigr entonces Marn  Santo
Domingo, y all se encontr con una situacin ms restrictiva y dura que
la de Puerto Rico. El Presidente _Lil_ extremaba igualmente su tirana
contra los dominicanos y los extranjeros que no se sometan  su
autoritaria voluntad. Desterrado de la Repblica dominicana, di en
Venezuela, de donde el general Andueza Palacio le desterr tambin, 
mediados del ao 1890.

De all volvi  Puerto Rico, se avecind en Ponce, y reanud sus tareas
de periodista en _El Postilln_ redivivo, que sucumbi el ao siguiente,
 fuerza de multas, procesos y suspensiones.

 fines del ao 1891 se hallaba Marn en Nueva York, colaborando en el
peridico separatista _Gaceta de Puerto Rico_, dirigido por el Seor
Vlez Alvarado. Fu durante algn tiempo secretario del Club Borinquen,
establecido en aquella ciudad, y public entonces su primera coleccin
de versos con el ttulo de _Romances_,  la cual pertenecen las
composiciones que se insertan al final de estas lneas.

Sus bigrafos suelen aplicarle el calificativo de bohemio, quiz por lo
que tena de ambulante; pero su peregrinacin no era voluntaria, sino
ms bien consecuencia de su temperamento batallador y de su espritu
revolucionario. Su inquietud tena mucho de rebelda. Las obras que
public revelan talento  inspiracin potica. Senta, pensaba y saba
expresar sus ideas con cierta elegancia y energa, pero en l super
siempre el hombre de accin al hombre de pensamiento, y manejaba mejor
el rifle y el machete que la pluma.

Su poesa es, sin embargo, espontnea, y se revela en ella sin esfuerzo
su corazn y su carcter.

Hallndose en la gran metrpoli comercial americana tuvo noticia de que
haba muerto su hermano Wenceslao, teniente de caballera en el ejrcito
cubano en campaa, y quiso suplir  aqul, peleando por la libertad de
Cuba. Se agreg  la expedicin del Dr. Rafael Cabrera, en Agosto de
1896, y en Octubre del mismo ao figuraba como sargento en la escolta de
Mximo Gmez, desempeando el cargo de Secretario auxiliar del Despacho.

La vida azarosa de los combates y lo insalubre de las lagunas y los
terrenos pantanosos que con frecuencia tena que recorrer, le produjeron
unas fiebres rebeldes. Tres soldados fuertes recibieron el encargo de
conducirle  una zona libre de peligros, en donde pudiera curarse; pero
arreciaba la fiebre de Marn, no podan pasar la Trocha sino despus de
un largusimo rodeo, y decidieron dejarle provisionalmente en una
espesura del bosque, para volver luego con ms fuerzas y medios de
seguridad para salvarle.

Parece que los accidentes imprevistos de la guerra alejaron  los
compaeros de Marn de aquel sitio ms de lo que ellos haban pensado, y
la enfermedad aniquil pronto al pobre guerrillero. Un mes ms tarde,
cuando aqullos lograron volver junto  la cinega de Turiguan, donde
haba quedado Marn, slo encontraron en la hamaca el esqueleto de
nuestro infeliz poeta, abrazado  un fusil....

Ocurra esto en Noviembre del ao 1897.

Las dos siguientes composiciones suyas pueden dar idea de la
inspiracin potica del autor, en los dos estados de nimo que eran en
l ms frecuentes:


MARIPOSAS


I

      La plyade fugaz de alas de oro
    surgi de pronto en la callada alcoba,
    Y mi madre me dijo:
                            --No te asustes,
    son bellas, y se llaman mariposas.
    Donde hay amor, perfumes, alegra,
    besos, arrullos, esperanzas, notas...
    Donde tiene su trono la inocencia,
    altar el bien, la dicha sinagoga;
    donde hay _luz_, y carios, y poesa;
    donde no existe un tomo de _sombra_,
    all van  formar, amado mo,
    nido de luz las raudas mariposas.


II

      Cuando me encorve el peso de los aos,
    cuando la senda del dolor recorra
    y, cansado viajero, sin un triunfo
    me tienda  descansar sobre una fosa,
    quiera Dios que en la noche de mi crneo,
    as como en el hueco de la alcoba,
    vengan  fabricar, madre del alma,
    nido de luz las bellas mariposas!


EL RUISEOR


I

      Yo aplaudo al ruiseor cuando  la hora
    en que despierta perezosa el Alba,
    l vierte trinos, de alborozo llenos,
    como la aurora lgrimas.

      Yo aplaudo al ruiseor al medio da
    porque, de rbol en rbol cuando salta,
    quema, creyente, en el altar de Febo
    no incienso, alas...

      Yo aplaudo al ruiseor cuando  la Tarde
    --su novia--ofrece quejumbrosa cntiga,
    y le aplaudo tambin cuando  la Noche
    entona una plegaria...


II

      Mas si alevoso husped, por codicia,
    del recinto selvtico le arranca
    para dejarle prisionero alado
    dentro la odiosa jaula;

      El pobre ruiseor cierra su pico,
    enfermo pliega las oscuras alas,
    y, romper no pudiendo sus cadenas,
    muere de rabia...

      Entonces oh! no slo del aplauso
    agito yo las palmas,
    sino que, noble, sin igual y altiva,
    doy forma  esta pregunta temeraria:
    Por qu los pueblos que aherreoj el tirano
    tambin no aprenden  morir de rabia?




JOS MERCADO

(Momo)


Naci en Caguas, el da 7 de Octubre del ao 1863. Fu bautizado en
aquella parroquia con el nombre de Jos Ramn, y era hijo natural de
Ramona Mercado.

De su niez se sabe solamente que fu poco tiempo  la escuela, y que 
los doce aos serva como dependiente y mandadero en una tienda de
comestibles de don Eusebio Santa, en dicha poblacin.

Con motivo de unas fiestas reales que all se celebraron en aquel
tiempo, se convoc  los trovadores populares para que acudiesen 
improvisar dcimas ante un jurado, ofreciendo un premio al vencedor. El
nio Mercado pidi permiso al dueo de la tienda para acudir  la justa
potica, lleg ante el jurado, cant, y obtuvo el premio entre todos los
trovadores del concurso.

Vivi despus en el pueblo de Cayey, dedicado probablemente 
ocupaciones anlogas  las que sola desempear en Caguas, y cuando se
hallaba ya en plena juventud, vino  San Juan.

Lo ms interesante de la vida de Mercado desde esta fecha lo relat hace
aos en forma ligera el autor de las presentes lneas, en una especie de
semblanza que sirve de prlogo  la coleccin de poesas de aqul,
titulada _Virutas_, y dice as:

"En mi ya larga vida de tropezones literarios, no he tropezado hasta
ahora con un autor ms original que el de este libro.

_Momo_ es la originalidad misma. No se parece  nadie fsica, moral ni
literariamente. No se sabe dnde, cundo ni cmo aprendi  escribir
versos; tampoco se sabe cundo, ni en donde los escribe, y  estas
horas, en que _Momo_ es ya una personalidad literaria hecha y derecha,
todava son muy contadas las personas que aqu tienen noticias de cmo,
cundo y de dnde vino Momo  esta ciudad. Yo mismo, que sola tener al
dedillo, en tiempos atrs, los antecedentes de mis compaeros de letras,
encuentro bien poca cosa que decir acerca del advenimiento, aprendizaje
y formacin de este poeta singular.

All por los aos de 1891 se publicaba aqu un peridico, del cual eran
redactores varios catedrticos del Instituto. Lo editaba el Sr. Anfosso,
y lo empaquetaba y rotulaba para los suscriptores un jovencito
pelirrojo, risueo, vivaracho, de fisonoma simptica  inteligente, y
de mirada interrogativa y sagaz.

Adoleca por lo general el peridico aquel de cierto dogmatismo
empalagoso, y el lenguaje de sus artculos era casi siempre almidonado y
tieso, con ms atavos de retrica que ingenio y originalidad. Pero
afortunadamente, los catedrticos se distraan con frecuencia, no
volvan  la Redaccin despus de almuerzo, y  la hora de terminar el
peridico no haba originales suficientes. Corra entonces la noticia
por el taller, se produca un sordo rumor de colmena mezclado con tal
cual escape de risa, continuaba despus el trabajo de los tipgrafos, y
el peridico sala completo,  su hora y sin dificultad.

Luego se fu notando que las ediciones del peridico en que ocurra lo
que acabo de relatar, eran las nicas en que haba algo bueno y sabroso
que leer.

Y... lo que pasa. La gente que lea y saboreaba aquellos versos
epigramticos y aquellas sabrosas noticias, quiso averiguar de quin
eran. Nada se puso en claro por de pronto, y esto aviv ms y ms el
deseo de la averiguacin; pero de sospecha en sospecha, y de indicio en
indicio, lleg, por fin,  saberse que el autor de los epigramas
picantes y de las regocijadas gacetillas era... el mismsimo diablillo
rojo que rotulaba las fajas para el correo en la oficina del peridico.

La curiosidad frvola frecuent con cierta asiduidad, en aquellos meses,
la Redaccin y la Administracin de _La Balanza,_ que ste era el nombre
del peridico indicado; pero slo consigui saber que el chico era de
carne y hueso, que haba venido de Cayey, que tena buen humor, que
fumaba puro y que saba leer y escribir.

Ms tarde, un repartidor de cdulas de vecindad lleg  saber que
nuestro incgnito se llamaba Jos Mercado.

Mercado! Este apellido sonaba mal en aquella poca, en que se haba
establecido ya la cotizacin de las conciencias polticas, y no se poda
pronunciar en alta voz sin que alguno se diese por aludido.

El chico lo conoci bien pronto,  fuer de avisado y perspicaz, y empez
 desligarse del apellido, hasta que prescindi de l por completo.

--Este, ms que apellido--dijo Mercado para s--es un apstrofe oblicuo,
que dira el catedrtico de Retrica... Sacrifiqumoslo, para evitar
disgustos innecesarios.

Y tom de ese apellido el principio y el fin,  sea la primera y la
ltima letra, y repitindolas en una sola palabra form el seudnimo por
el cual le conocemos desde entonces, y que es tambin el nombre del dios
mitolgico de la Risa.

No tard mucho en hacerse popular el seudnimo, y desde ese mismo
instante empez _Momo_  padecer.

En cuanto se supo que haca versos fciles y graciosos no hubo en la
ciudad sereno, cartero, alguacil, campanero,  repartidor de peridicos
que no le encargase versos, para pedir el aguinaldo.

Y tras de stas, llegaron otras peticiones, atradas por la eficacia de
la propaganda.

--Quin te _sac_ esos versos tan bonitos?

--_Momo._

--No te _quit_ nada por sacarlos?

--No.

--Pues me tiene que sacar otros  m.

Y all fu medio mundo,  sacarle  _Momo_ los ojos, para que l le
sacara versos.

Las compaas de zarzuelas le encargaban todas las seguidillas,
peteneras y coplas alusivas y picantes de la temporada; no hubo ya
pedidor de aguinaldo que no le pidiera versos graciosos, ni lbum que no
llegara donde l en demanda de alguna chistosa redondilla.

Tambin acudieron  _Momo_ las cofradas en busca de poesas msticas.
Tena gracia el nuevo poeta? Eran ledos con avidez sus versos? se
rean las gentes con ellos, y por todas partes los repetan y los
saboreaban con deleite? Pues que le saque unas dcimas  las cinco
llagas, que componga un villancico para los Santos Reyes,  que haga un
soneto acrstico para el ngel Gabriel.

Complaciente y bondadoso como Dios lo hizo, apechugaba _Momo_ con estos
encargos, y _sacaba_ versos de aquella enmaraada y varonil cabeza, como
quien saca agua de un pozo manantial.

Y ahora pregunto:

Deben atribuirse  esta tremenda gimnasia, los evidentes progresos de
_Momo_ en el arte de la versificacin?

Yo, por lo menos, me inclino  creer que esto ha debido contribuir en
gran parte al desarrollo de sus excelentes disposiciones para el cultivo
de la poesa lrica. Lo cierto del caso es que _Momo_ versifica ahora
con admirable facilidad, que maneja bien la rima y que su diccin iguala
en espontaneidad y soltura  la del mejor de los poetas portorriqueos.

En los primeros aos el instrumento potico de _Momo_ fu consecuente
con la significacin mitolgica de su seudnimo, y no sonaba en l ms
que la cuerda festiva; pero el pasar de los aos, las amarguras de la
experiencia y la penosa impresin que dejan siempre en las almas
sensibles las desgracias de la patria, fueron poniendo en tensin otras
cuerdas importantes, y ya le falta poco para poseer el registro
completo. Sus composiciones tituladas _La Lengua castellana_, _ la
fiesta!_, _Slvanos, madre!_, _Lzaro_, y _Redencin_, demuestran hasta
qu punto el diablillo juguetn y despreocupado de _La Balanza_ ha
podido elevarse en la escala del sentimiento patrio, de la elega bien
sentida y vibrante, y de un subjetivismo ingenuo y melanclico, que hace
recordar en cierto modo la doliente y amable sinceridad de Alfredo de
Musset.

En algunas de estas producciones aparece ya el poeta de alto sentido
social, que se sale de s mismo, que se olvida de su risa y de su
humorismo propios, para sentir el dolor ambiente, la desgracia de los
que le rodean;  inspirndose entonces en los diversos estados del alma
popular, interpreta y expresa en sugestivas estrofas el pensamiento
colectivo, las esperanzas, las tristezas  los anhelos de las
multitudes. Enmudece entonces en l la nota festiva y riente, y ora
prorrumpe en gritos de protesta contra lo que considera indigno, ora nos
canta, como Richepin, la cancin melanclica de los desgraciados.

Posee, pues, en alto grado el don de la sensibilidad, sin el cual no hay
poeta posible; pero pasada en l la impresin aguda que crea esos
estados de nimo capaces de producir el ardiente soplo de la inspiracin
lrica, su espritu, naturalmente regocijado y apacible vuelve 
producir notas alegres, como vuelve la palmera al movimiento dulce y
juguetn de sus graciosos abanicos, despus de haberlos agitado con
violencia dolorosa  impulsos de una breve racha del vendaval.

Dios le conserve  _Momo_ esa cualidad, tan en harmona con la gracia
de su ingenio y con la espontaneidad generosa de su carcter!

Lo rido de la profesin en que por necesidad se ejercita, su desdn por
el convencionalismo literario (todava mayor que el que le inspira el
convencionalismo social) y su poca  ninguna aficin  las citas de las
historia y del arte, han sido causa de que algunos de sus admiradores le
supongan refractario al estudio, atribuyendo los mritos de sus
producciones  milagros de la ciencia infusa y  la fuerza poderosa de
la vocacin.

Creo que se equivocan.

No hay progreso sin estudio, y son evidentes los progresos que se van
operando en la labor potica de _Momo_. Lo probable es que tenga muy
limitado el nmero de sus autores preferidos, y que un de estos pocos
no se esclavice  ninguno. Dirase que su Musa es huraa de puro
independiente, y que su Pegaso no admite ancas; pero eso no es decir que
el poeta de _La Lengua Castellana_ desdee los buenos modelos, ni huya
de las verdaderas fuentes de inspiracin.

Adems, _Momo_ sabe leer y lee con frecuencia en el gran libro de la
realidad viviente, y de l suele sacar sin esfuerzo los mejores asuntos
para sus composiciones.

Si segn vive en una ciudad relativamente populosa, en cuyas alegras y
tristezas toma nuestro poeta inspiracin para sus cantares, le hubiera
tocado en suerte vivir, con su cultura actual, en medio de la campia
portorriquea, de esa maravillosa orga de luz y de colores donde la
vida brota, se renueva, se esparce y se desborda en profusin
incomparable de formas, tonos, perfumes y sonidos, quizs no
estuviramos esperando todava el cantor de tan soberanas bellezas, el
poeta que nos hiciese comprender y sentir el tesoro de tan amorosa,
dulce y delicada poesa.

La necesidad, la curiosidad,  ambas fuerzas reunidas, le trajeron del
campo  la poblacin, y en vez de Orfeo ha resultado _Momo_.

Salo en hora buena!

Son ya tantos en el mundo los que nos hacen gemir, que aqul que logre
aportar al _acerbo_ comn un poco de dulzura alegre y comunicativa, ser
verdaderamente un bienhechor de la humanidad.


_Ecce Momo._"

 fines de Septiembre del ao 1905 se embarc para la Habana, en donde
hizo vida de bohemio amable, bien querido de los hombres de letras y
bien recibido en las Redacciones de peridicos, pero constantemente
desprovisto de dinero.

Visit varias poblaciones importantes de Cuba, public all varios
trabajos en verso y en prosa, que no se han coleccionado, y falleci en
la Capital de aquella repblica en Marzo de 1911.

No obstante su vida azarosa y descuidada, fu un poeta de gran
espontaneidad, de noble pensamiento y de fcil vena cmica.

La siguiente composicin es de las ms celebradas que escribi:


LA LENGUA CASTELLANA


I

    _ don Manuel Fernndez Juncos,
                  mi amigo y maestro._


      Virgen de Nazareth, dulce Mara,
    al hijo de mi amor clemente ampara.

       *       *       *       *       *

      As, con triste acento, que aun escucho
    vibrar en lo recndito del alma,
    tenindome en sus brazos prisionero,
    y mi rostro baado con sus lgrimas,
    la mrtir infeliz que me di vida
    alzaba su oracin. Y su plegaria
    iba hasta el cielo, envuelta en el ropaje
    de la armoniosa lengua castellana!
                    * * *

      Para civilizar un nuevo mundo,
    su sangre y su cultura le di Espaa.

       *       *       *       *       *

      As, con grave acento, que aun conmueve
    mi corazn, sonaron las palabras
    del noble anciano que prest  mi cuna
    su decidida y cariosa guarda,
    y del severo libro de la historia
    abri ante m las inmortales pginas.
    Y aquella frase la expres el anciano
    en la sonora lengua castellana!
                   * * *

      Colono: ese terruo en que has nacido
    y morirs tal vez, se es tu patria.

       *       *       *       *       *

      As, con duro acento, que aun resuena
    dentro de m, donde jams se apaga,
    me dijo un preceptor; y desde entonces,
    idolatro la islilla desgraciada,
    que un sol de fuego con su lumbre alegra,
    que el mar Caribe con sus ondas baa.
    Y fu dicha la frase del maestro
    en la sonora lengua castellana!
                    * * *

      Rota ya la cadena del esclavo,
    reina en el mundo libertad sagrada.

       *       *       *       *       *

      As, con voz enrgica, que aun vibra
    en el altar de la conciencia humana,
    dijeron unos hombres de mi tierra;
    y, desde entonces, la oprimida raza
    que fu despojo de la vil codicia,
    alz la frente y redimida canta.
    Y aquellos hombres justos, la sentencia
    proclamaron en lengua castellana!
                    * * *

      No es eterno el sufrir. La fe consuela,
    y es faro de la vida la esperanza.

       *       *       *       *       *

      As, con dulce acento, que aun recuerdo,
    y conmueve mi ser, y llena el alma
    de indefinible gozo, as me dijo
    de mis sueos la hur, la nia casta,
    que destellos de sol tiene en los ojos,
    y la bondad anglica en el alma.
    Y brot de sus labios la promesa
    en la divina lengua castellana!


II

      Lengua inmortal que hablaron mis abuelos,
    un bardo triste tu hermosura canta.

       *       *       *       *       *

      T me recuerdas el amante arrullo
    de una madre infeliz; t de mi infancia
    evocas el recuerdo; t revives
    de mi niez sin sol vagos fantasmas,
    mis horas de placer, que fueron cortas,
    mis horas de dolor, que fueron largas,
    mi titnica lucha por la vida,
    mis triunfos breves, mis derrotas vastas.
                    * * *

      Lengua inmortal que hablaron mis mayores,
    tan bella como t no hay lengua humana.

       *       *       *       *       *

      Por tus frases enrgicas obtuve
    el hermoso concepto de la patria,
    y s por t que Dios, bondad suprema,
    sobre los hombres su piedad derrama;
    y al abrir de la historia el libro inmenso,
    supe que fueron tuyas las palabras
    que pronunci Coln, mirando al cielo,
    al descubrir la tierra americana.
                    * * *

      Lengua inmortal, idioma de Cervantes,
    el colono de ayer tu gloria canta.

       *       *       *       *       *

      Eres raudo torrente. Te despeas
    y caes en deslumbrante catarata,
    llenando de sonidos el espacio
    y de notas de fuego, que se apagan
    con ese ritmo vago y misterioso
    de un suspiro de amor. Sonora y clara,
    expresas la pasin, y el pensamiento
    por t se viste con brillantes galas.
                    * * *

      Lengua inmortal, tesoro de armonas,
    honor  t, del mundo soberana!

       *       *       *       *       *

      Son tuyos el apstrofe vibrante
    que hiere como el filo de la espada,
    y la frase de clica ternura
    con que forma la virgen su plegaria,
    y el acento meldico que tiene
    la dulce voz de la mujer amada,
    la que rayos de sol lleva en los ojos,
    nieve en la frente y en los labios grana.
                    * * *

      Lengua inmortal,  tu existencia unida
    por siempre est mi tierra borincana.

       *       *       *       *       *

      Tron el can, soldados extranjeros
    aqu pusieron su atrevida planta,
    y se cumpli una ley inexorable,
    y su gran infortunio llor Espaa
    con la misma amargura y la tristeza,
    llena de luto y de dolor el alma,
    que otro gran infortunio llor un da
    el ltimo rey moro de Granada....


III

      Ese lazo que ayer rompi la fuerza,
    talo t, mi lengua castellana.

       *       *       *       *       *

      Mensajera perenne de concordia,
    cruza el inmenso mar que nos separa
    y lleva de la Amrica latina
     la nacin que puebla nuestra raza,
    con el pobre cantar del bardo triste,
    el beso fraternal de nuestras almas,
    que se puede cambiar una bandera,
    pero los sentimientos no se cambian!!




SALVADOR BRAU


Este poeta, autor dramtico, historiador y periodista eminente, naci en
el pueblo de Cabo Rojo el da 11 de Enero de 1842. Era su padre natural
de Catalua, y su madre perteneca  una familia venezolana, de las que
emigraron  Puerto Rico durante la guerra de la independencia de aquel
pas.

Curs en Cabo Rojo la instruccin primaria y tuvo la fortuna de que
fuera su maestro don Ramn Marn, educador inteligente, y entusiasta
publicista ms tarde, que figura en la presente _Antologa_. El talento
de Salvador fu despertndose con las acertadas lecciones del maestro, y
haca ya versos y compona discursos  los 16 aos.

No era muy holgada la situacin econmica de sus padres, y Salvador se
dedic al comercio en calidad de dependiente y auxiliar del escritorio,
al terminar su instruccin elemental.

La lectura asidua en las horas de descanso y el estmulo de los pocos
que entonces triunfaban aqu en el arte literario, fueron influyendo en
la mente de Brau, y fomentando en l anhelos de triunfo. Poco ms de
veinte aos contara cuando emprendi la composicin de un drama basado
en la revolucin de los Comuneros de Castilla, en tiempo del Emperador
Carlos V. Terminada esta obra, se hicieron de ella varias
representaciones en el teatro de Cabo Rojo, en el de Mayagez y en
algunos otros de la isla, y el joven autor recibi entonces su primer
bautismo de aplausos. La obra estaba bien versificada, y estaban
escritas con vigor dramtico las principales escenas. Si no era un
triunfo definitivo, era el indicio de que aquel joven poda dar das de
gloria  las letras de su pas.

Di despus otras dos obras  la escena, desde Cabo Rojo, tituladas _De
la superficie al fondo_ y _La vuelta al hogar_, drama este ltimo de
profunda emocin y de escenas vigorosas  interesantes; pero era ya muy
estrecho el crculo de aquel pequeo pueblo de la costa para la
creciente capacidad literaria de Salvador Brau, y varios amigos suyos le
indujeron  trasladarse  San Juan, facilitndole el camino.

Y aqu, en la capital de la isla, lleg  su plenitud el talento
literario y poltico del joven caborrojeo. Ingres en el periodismo de
combate, fu redactor de _El Agente_, de _El Clamor del Pas_, y de _El
Asimilista_; colabor en _El Buscapi_ y en la _Revista Puertorriquea_,
y en todas estas publicaciones dej impresa la garra de len de su
dialctica formidable, y de su vigor mental de pensador y de polemista.
Luch siempre en favor de las reformas liberales de su pas, demostrando
su amor  Espaa,  la que se senta unido por los lazos de la sangre,
del idioma y de la tradicin.

Public tambin algunos estudios sociales, libros y folletos, como _Las
clases jornaleras_, premiado en un certamen del Ateneo; _La campesina_,
_La herencia devota_, y un hermoso ensayo de novela rural, titulado _La
pecadora_.

Llevle de nuevo al teatro su aficin  la poesa dramtica, y produjo
entonces su mejor obra de este gnero, _Los horrores del triunfo_, una
de las ms bellas y valientes dramatizaciones de las sangrientas
_vsperas sicilianas_.

Di luego una serie de conferencias sobre historia de Puerto Rico, en
las que demostr notable aptitud para los estudios de crtica histrica,
y que ms tarde reuni en un volumen titulado _Puerto Rico y su
Historia_.

Hacia el ao 1894 la Diputacin Provincial de Puerto Rico, ganosa de
contribuir al acopio de materiales autorizados y verdicos para depurar
y continuar la historia de su pas, comision  Salvador Brau para que
investigara con este objeto los archivos espaoles llamados de Indias,
donde existe la riqueza mayor de datos histricos sobre Puerto Rico.
Dando cumplimiento  esta comisin permaneci Brau en la capital de
Andaluca cuatro aos, escogiendo y copiando preciosos manuscritos,
hasta que las reformas autonmicas convirtieron la Diputacin Provincial
en Cmara Insular Legislativa.

Esta permanencia de Brau en aquella rica fuente de historia americana y
en aquel fecundo ambiente literario, dile  su talento una firme
orientacin hacia la cual haba demostrado ya frecuentes inclinaciones.
La investigacin y la crtica histrica fueron desde entonces sus
ocupaciones preferentes.

En 1903, siendo administrador de la Aduana de San Juan, public una
_Historia de Puerto Rico_ para las escuelas que, compendiada y sencilla,
como para uso de nios, es todava la mejor que hasta ahora se ha
escrito acerca de este pas. Tres aos despus public la _Historia de
los cincuenta primeros aos de la conquista y la colonizacin de Puerto
Rico_, patrocinada por el Casino Espaol de San Juan, y cuando se
hallaba ya muy enfermo y paraltico, public en un volumen sus poesas
lricas con el ttulo de _Hojas Cadas_, en el que figuran sus hermosos
poemas _Patria_ y _Mi camposanto_, laureados y juzgados con gran elogio
por famosos literatos de Espaa.

Las Cmaras Legislativas de Puerto Rico le nombraron Cronista oficial,
con una modesta asignacin, que le sirvi para mantenerse, ya
valetudinario, en los ltimos aos de su vida, y falleci el da cinco
de Noviembre de 1912.

Su obra como periodista fu noble, magistral y valiente; como poeta
dramtico figura  la cabeza de los que hasta hoy han cultivado este
gnero en el pas; como poeta lrico era correcto, grave, de inspiracin
robusta y enrgica, por lo que se dijo de l que era la _cuerda de
bronce_ de la lira portorriquea, y como historiador fu justo, severo,
muy diligente y escrupuloso en la investigacin de la verdad.

Dej sin publicar una voluminosa compilacin de documentos interesantes
para la historia de Puerto Rico.

Sus amigos y admiradores tratan de erigir un monumento que honre y
perpete la memoria de este ingenio meritsimo ante las generaciones
venideras.


PATRIA!

     Las leyes de las sociedades humanas slo pueden establecerse
     ajustndolas  la Naturaleza.

     BERNARDINO DE SAINT-PIERRE.


      Bien lo recuerdo, s, que en mi memoria,
    cuanto agravio mayor la edad agrega
    ms viva alienta mi infantil historia!

      As como en la ruina solariega
    arraiga ms tenaz la parietaria
     medida que el muro se disgrega.

      Transida como dbil procelaria,
    el alma busca puerto sosegado
    donde calmar la agitacin voltaria,

      y del nido en el soto abandonado
    al respirar de nuevo la terneza,
    palpita el corazn vigorizado.

      Cuando  merced de lnguida tristeza,
    en labor incansable, el pensamiento,
    revive de aquel nido la belleza,
      del labio paternal el puro acento
    parceme que vibra en mis odos
    como los ayes hondos de un lamento.

      --"Patria!--escucho decir  esos gemidos--
    "Siento helarse la sangre de mis venas,
    "de tu sol sin los rayos bendecidos."

      "Patria, que el alma con tu nombre llenas,
    "dame que vuelva  tu regin hermosa
    " cavar mi sepulcro en tus arenas!"

      Y,  comps de esa queja dolorosa,
    el llanto resbalaba en su mejilla
    salpicando mi frente candorosa.

      Movido el sentimiento  maravilla,
    --Qu es Patria, padre, que llorar te hace?
    del labio inquiere la expresin sencilla:

      y un suspiro y un beso, en dulce enlace,
    aun siguen repitiendo en mi conciencia:
    --"Hijo, Patria es la tierra en que se nace--!"

       *       *       *       *       *

    La flor primaveral de mi inocencia
    estivo rayo marchit inclemente,
    y me llam al combate la existencia.

    Entusiasta ambicin quema mi frente;
    la libertad mis sueos engalana;
    brndame la razn su luz potente.

    Amor de Patria mi sentir afana.
    Patria reclamo; y una voz severa,
    mostrndome en ceuda barbacana

    el oro y gules de triunfal seera,
    --"Patria buscas?--me dice--Es el derecho,
    y su smbolo guarda esa bandera."

    Al recuerdo filial deja maltrecho
    de la docente frmula el mandato,
    y el spid de la duda muerde el pecho.

    De la enseanza la expresin acato;
    mas si es la Patria el pabelln glorioso,
    por qu de la nostalgia el hielo ingrato,

    trayendo  la memoria el lar dichoso,
    al noble ser que me infundi la vida
    arrancaba un quejido fatigoso?

    Por qu volver el nima afligida
    al espejismo de nativa aldea,
    ya del regreso la ilusin perdida,

    si esa bandera que en el aire ondea
    todo el perfume de la Patria vierte,
    y es Patria igual la tierra que sombrea?

     qu rendir, medroso, el pecho fuerte
    del anciano colono sin ventura,
    la visin espantable de la muerte

    que ofrece tierra extraa  su envoltura,
    si ha de amparar la Patria los despojos
    cubriendo el pabelln la sepultura?

    Cuanto de luz ms vidos antojos
    agitan el cerebro en lucha interna,
    ms crecen del problema los enojos!

    Pudo acaso mentir la voz paterna...?
    Patria es la tierra donde nace el hombre,
     el rgimen no ms que le gobierna...?

       *       *       *       *       *

    Necio...! No quieres que el error te asombre
    --murmura en el espacio nuevo acento--
    y as reduces la extensin de un nombre?

    Por qu atar  una roca el pensamiento,
    si al dar vida el Creador  la criatura
    le traz todo el orbe por asiento?

    Sublime tradicin...! No en noche obscura
    se ocult su destello, revelado
    de materna piedad por la dulzura.

    Padre...! el soplo vital de lo creado!
    Humana raza...! fraternal familia!
    Patria...! el planeta con sudor regado!

    Mas si en esa triloga se concilia
    del humano consorcio el mecanismo,
    cmo el coraje sanguinoso auxilia

    la aspiracin fatal del egosmo,
    que en fragmentos la tierra subdivide
    y abre para arrojarlos hondo abismo?

    Si la extensin de Patria el globo mide,
    por qu al estruendo del clarn de guerra
    que, en nombre del honor, Venganza! pide,

    por el imperio de un girn de tierra
    odio y saa despliegan los humanos
    como los tigres que la Hircania encierra?

    Derecho...! Humanidad! Conceptos vanos
    no entraan esos nombres luminosos,
    de la historia social en los arcanos.

    Multiplica sus frutos provechosos
    de la higuera de Adn la cepa erguida
    que hall en un tallo grmenes copiosos;

    pero borrad las cuencas en que anida,
    quitad la tierra donde el tallo crece:
    si no arraiga la planta, tendr vida?

    Al hombre el Hacedor el globo ofrece,
    mas tambin di al len la selva obscura,
    y su grito el Moncayo no estremece.

    Al anans el trpico madura,
    en el mar la madrpora vegeta,
    tie el liquen los Alpes de verdura,

    y, en la vital corriente del planeta,
    cada zona su fuerza circunscribe
     la csmica ley que la sujeta.

    La humanidad el lmite proscribe;
    mas, por mucho que extienda su ramaje,
    de un tronco el rbol mdula recibe.

    Bajo albergue de rstico atalaje
    que el dulce rayo del amor caldea,
    se agrupa con sus hijos el salvaje.

    Cuanto el circuito del hogar rodea,
    el bruto, el vegetal, la dura roca,
    todo avasalla provechosa idea.

    El brazo empeo colosal provoca,
    ley augusta el combate santifica,
    la voluntad obstculos sofoca,

    el dominio sus lindes amplifica,
    y con la actividad del seoro
    de tal modo el seor se identifica,

    que llama suyos el volcn bravo
    del mugidor torrente la cascada,
    el confuso rumor del bosque umbro,

    ambiente, nube, flor embalsamada,
    lujosa esplendidez del firmamento,
    del sol la omnipotente llamarada,

    y con el trueno de huracn violento
    enlaza el beso plcido del hijo
    y el afn de su propio pensamiento.

    As de Patria la nocin, colijo
    que germin del hombre en la conciencia
     los embates de luchar prolijo.

    Esa es la Patria: terrenal esencia
    que infunde las primeras sensaciones
    al dar jugo inicial  la existencia.

    No de un predio la acotan los rincones,
    que su potencia misteriosa aduna,
    de raza con las viejas tradiciones,

    los fantsticos sueos de la cuna,
    y,  su nombre, en el nimo encadena
    la ciega veleidad de la fortuna,

    ambicin y poder, ventura y pena,
    del amor el pursimo embeleso,
    de la mente y el brazo la faena,

    necesidad, evolucin, progreso,
    altar, familia, leyes, sepultura...
    de la humana labor todo el proceso!

    As la Patria en la razn fulgura!
    Guardada en opulento relicario,
    culto recibe de filial ternura.

    Si al solemne reposo del santuario
    osa llegar, con mano arrasadora,
    de usurpacin el mpetu nefario,

    estalla el pecho en furia aterradora,
    y como fiera que en letal demencia,
    su prole por salvar, ruge y devora,

    se exalta del patriota la vehemencia,
    y oro y goces y sangre sacrifica
    ante el ara de augusta independencia.

    No el concepto preciado se duplica
    de profusa oblacin en el incienso:
    con la tierra el derecho se complica,

    como del cosmos en el giro inmenso,
    el providente espritu destella
    del organismo fsico en lo intenso.

    Guarda el terruo el hierro que lo huella,
    alientan en la flor tinte y perfume,
    y es la atmsfera vida de la estrella.

       *       *       *       *       *

    Qu escucho murmurar...? Que no resume
    tierra y derecho, la excepcin ingrata
    que al suelo patrio la colonia asume?

    Esa objecin que el crculo dilata,
    muveme  recordar la herida artera
    que la nostalgia paternal desata.

    Por eso niega mi razn austera
    que de Patria el exacto simbolismo
    se encierre en el blasn de una bandera.

    Surca la nave proceloso abismo,
    en el mstil llevando el oriflama
    que fronteras seala al patriotismo:

    en convulsin sauda el ponto brama,
    sacude el viento la gallarda entena,
    surca el espacio sulfurosa llama,

    y, al fin, halla el bajel tumba de arena.
    La tempestad que la bandera abate,
    el confn de la Patria no cercena;

    Mas si, de guerra al brbaro acicate,
    del terruo un fragmento se desprende,
    botn  represalia de combate,

    por ms que, ileso el pabelln, extiende
    en derredor su sombra bendecida,
    rayos de indignacin el pecho enciende,

    al ver la Patria desmembrada, herida,
    como raudo condor, que, el ala rota,
    se precipita en fnebre cada.

    Puede el ardor febril que al hombre azota,
    esa insignia que en timbres resplandece
    triunfante desplegar en tierra ignota.

    Con la conquista la heredad acrece;
    pero al efluvio de la tierra extraa
    no el nativo abolengo palidece:

    del hroe vigoriza la campaa
    el beso de la Patria, perfumoso,
    que laurel inmortal guarda  su hazaa.

    As Patria!, en gemido doloroso,
    clamar pudo el colono sin ventura
    al amparo del lbaro glorioso.

    As puede de Patria la estructura,
    que  la tierra natal une el derecho,
    quebrantarse al poder de la natura.

       *       *       *       *       *

    No el dardo suspicaz vibre en acecho.
    Nac colono; mas la sangre fiera
     que brindan mis venas cauce estrecho

    la hered con mi nombre y mi bandera.
    Esa triple divisa hereditaria
    herrumbre corrosiva no tolera.

    Yo quiero que en mi tumba solitaria
    la cruz, que al nombre maternal va unida,
    recoja de mis hijos la plegaria,

    formulada en la lengua esclarecida
    que, de cultura al verbo prodigioso,
    estremeci la Amrica escondida.

    Yo espero que mi fnebre reposo
    ampare con su sombra esa bandera
    que di  mi cuna pabelln hermoso,

    y que, al soplo de brisa placentera,
    muestra ufana el ibrico linaje
    que el polvo de los siglos no vulnera.

    Tributo  esos emblemas vasallaje.
    Mas Patria! he de llamar, en tanto viva,
    con el vehemente paternal lenguaje,

     la encantada Boriqun nativa,
    que encendi con su sol mis ilusiones,
    que las cenizas de mi hogar cautiva,

    que entraa en su vigor mis afecciones,
    y con el jugo de mi carne muerta
    ha de nutrir sus speros terrones.

    Hijo del siglo, mi razn abierta
    ofrezco  la sancin cosmopolita
    que del progreso la virtud concierta.

    Fraternidad universal! me grita
    la ciencia en sus arranques soberanos.
    La aurora avanza de esa luz bendita!

    Pero mientras los mpetus tiranos
    de expoliacin y odio no concedan
    todo el globo por Patria  los humanos,

     mis labios dejad que, libres, puedan
    Patria llamar  la regin querida
    donde en goces de amor las horas ruedan;

    donde la paz fructfera se anida
    bajo el regio dosel de los palmares,
    en que repite el aura embebecida,

    como intensa oracin de los hogares,
    del trabajo el exmetro estridente,
    perfumado por lirios y azahares,

    cortado por el ritmo persistente
    de un mar que copia en su cristal sereno
    el zafiro de un cielo trasparente.

       *       *       *       *       *

    Esa es mi Patria! De verdura lleno,
    un risco que  la errtil golondrina
    abrigo, amor y pan brinda en su seno.

    Esa es mi Patria! Concha peregrina
    que en su regazo recogi mi cuna
    al instable vaivn de onda marina.

    Enlazada mi suerte  su fortuna,
    fu su amargo sufrir mi sufrimiento,
    nuestra sed de justicia slo una.

    En su amor se templ mi sentimiento,
    y al culto de su gloria y su grandeza
    erigi mi razn un monumento.

    S; yo anhelo que luzca su belleza:
    no cual inverecunda cortesana
    que arroja al lodazal su gentileza,

    ni as como odalisca, flor liviana
    de uno en otro serrallo trasmitida,
    gaje  juguete de opresin villana.

    La quiero entre los pliegues guarecida
    de esa insignia que trajo  sus riberas
    el numen de cultura bendecida;

    mas no aherrojada en crceles severas,
    ni herida por torpeza desdeosa
    ni desangrada por pasiones fieras.

    La quiero ver, matrona vigorosa,
    mostrando en el festn de sus mayores
    de virtudes diadema primorosa;

    uniendo su dolor  los dolores
    que un ay! arranquen al materno pecho;
    al honor nacional rindiendo honores;

    Libre, alzando su voz por su derecho,
    en el ntimo pacto de familia,
    de sus amantes hijos en provecho.

    As quiero  mi Patria! As concilia
    su lealtad, su reposo y su grandeza
    la fe consoladora que me auxilia!

    As de Boriqun cedo  la alteza
    toda la sangre que en mis venas corre,
    todo el fuego que exalta mi cabeza.

    Favor no busco ni ambicin me acorre.
    Ni laurel de la Patria es necesario;
    que harta dicha obtendr, si me socorre

    un rayo de su sol como sudario,
    en su pea por tumba una hendidura,
    y por salmo piadoso, funerario,
    el himno redentor de su ventura.




FRANCISCO J. AMY


Entre los literatos y poetas portorriqueos del siglo XIX era Francisco
Javier Amy el ms versado en idiomas extranjeros, y el que aport mayor
caudal de otras literaturas  la del pas.

Naci en Arroyo el 2 de agosto de 1837. Antes de haber cumplido 14 aos
se traslad  los Estados Unidos, en donde aprendi pronto el idioma
ingls, recibi su educacin en la Episcopal Academy, Cheshire,
Connecticut.  los 17 aos ejerca ya la enseanza de los idiomas ingls
y espaol, y escriba algunas producciones en prosa y verso para el
_Waverley Magazine_ y otras publicaciones de Nueva Inglaterra.

Volvi  Puerto Rico en 1858 para realizar algunas propiedades heredadas
de uno de sus tos, y acept aqu algunas proposiciones que se le hacan
para el cargo de corresponsal extranjero de varias casas comerciales.
Pero habituado  la vida de la libertad en los Estados Unidos, no se
avena bien con las prcticas restrictivas del rgimen colonial que
imperaba en Puerto Rico, y no tard en volverse para el Norte de
Amrica, en donde se naturaliz como sbdito americano.

Regres ms tarde  Ponce, donde fund, en unin del Dr. Zeno Ganda,
una revista literaria y cientfica titulada _El Estudio_, y public una
coleccin de poesas, unas originales y otras traducidas por l
concienzudamente. Este libro se titula _Ecos y Notas_.

En 1888 volvi  los Estados Unidos, en donde public un nuevo libro de
prosa y de verso, titulado _Letras de Molde_, y di  la literatura
inglesa una preciosa traduccin de _El Sombrero de Tres Picos_, de
Alarcn, con el ttulo de _The Cocked Hat_ Public tambin, durante
algunos aos, _La Gaceta Ilustrada_, de Nueva York, y escriba para
varios peridicos en ingls y en castellano.

Al efectuarse en Puerto Rico el cambio de soberana despus de la guerra
hispanoamericana, fu requerido Amy por el nuevo gobierno en calidad de
traductor oficial, cargo en el que prest importantes servicios al
gobierno y al pas.

Producto de su observacin directa y de su honrada sinceridad al
apreciar procedimientos y opiniones de la poltica del pas, fueron los
artculos que forman su libro _Predicar en Desierto_, no bien apreciados
en la poca en que los di  la publicidad.

Pero su obra culminante fu sin duda el libro titulado _Musa Bilinge_,
coleccin de poesas escritas en idioma ingls y traducidas con gran
acierto al castellano por el mismo Amy y otros buenos poetas, y de
poesas castellanas, hispanoamericanas y portorriqueas puestas en verso
ingls por insignes poetas de lengua inglesa  por el mismo Sr. Amy. Hay
en todas sus traducciones una gran fidelidad y respeto al pensamiento y
un al estilo del autor. Era realmente un traductor modelo, y elega
bien los autores y las obras.

De los poetas angloamericanos tradujo poesas famosas de Bryant, de
Longfellow, de Whittier, de Whitman y de Stedman; de los britnicos
tradujo poesas selectas de Moore, de Hood y de algunos ms. Tradujo
tambin al ingls algunas joyas poticas de Cuba y Puerto Rico.

La influencia de su labor en la potica de este pas fu beneficiosa:
contribuy  moderar el excesivo floreo retrico y la adjetivacin ms
abundante que apropiada, y puso algn freno  los alardes innecesarios
de la verbosidad y la fantasa, ampliando por otra parte los buenos
modelos y los horizontes de la inspiracin.

Su estilo, como su carcter, era sobrio, preciso, austero  veces, pero
siempre decoroso y correcto.

Fu siempre admirable su laboriosidad, y actu valientemente en su mesa
de trabajo hasta que le rindi su enfermedad mortal, cuando haba l
cumplido ms de 75 aos de vida.

Falleci el da 30 de noviembre de 1912.

La siguiente traduccin de una de las composiciones de Longfellow ms
difciles de reproducir en otro idioma, puede dar una idea de la
capacidad de Amy para esta clase de trabajos.


EL VIEJO RELOJ

    En un confn de la rstica aldea
      Alzase antigua mansin imponente,
    Cuyo portal, con sus lbregas formas,
      Olmos aosos en sombra mantienen;
    Y en la antesala un reloj carcomido
      Va repitiendo, pausado y solemne:
         Por siempre,--nunca!
         Nunca,--por siempre!

    All en su rgida caja de roble,
      Con sus inquietas agujas, parece
    Un viejo monje en su negra capucha
      Que se persigna y murmura sus preces;
    Que con acento fatdico y grave
       cuantos llegan les dice entre dientes:
         Por siempre,--nunca!
         Nunca,--por siempre!

    Suaves sus golpes se escuchan de da,
      Mas de la noche en las horas silentes,
    Cual misteriosas pisadas, sus ecos
      Acompasados los tmpanos hieren;
    Y  cada puerta de aquella morada
      Llegan y dicen en tono doliente:
         Por siempre,--nunca!
         Nunca,--por siempre!

    Horas fugaces de gozo y de vida,
      Horas tremendas de luto y de muerte;
    Todas las raudas mudanzas del mundo
      Marca el reloj, sin que nada le altere;
    Sin que un instante su lengua ominosa
      El estribillo montono deje:
         Por siempre,--nunca!
         Nunca,--por siempre!

    Franca acogida encontraba el extrao
      De esa mansin al cruzar los dinteles;
    Vivo chispeaba el hogar espacioso,
      Mientras bulla ruidoso el banquete:
    Mas, entre brindis y risas llegaba,
      Cual de un espectro, el augurio solemne:
         Por siempre,--nunca!
         Nunca,--por siempre!

    All los nios jugaban gozosos;
      All las cndidas almas ardientes
     sus ensueos de amor se entregaban...
      Oh, rica edad que al fugarse no vuelve!
    As contaba el reloj, cual avaro,
      Esos de dicha momentos tan breves:
         Por siempre,--nunca!
         Nunca,--por siempre!

    De aquella alcoba sali deslumbrante
      La desposada en su traje de nieve;
    En el saln silencioso y obscuro
      Vise tendido el cadver inerte;
    Y  cada pausa en los rezos, marcaba
      Lento el reloj su tic tac elocuente:
         Por siempre,--nunca!
         Nunca,--por siempre!

    Todos dispersos estn los que un da
      Vida prestaron al ttrico albergue;
    Y al exclamar melanclico: "Cundo,
      Cundo otra vez se unirn los ausentes!"
    Como en los tiempos pasados, escucho
      Slo del viejo reloj los vaivenes:
         Por siempre,--nunca!
         Nunca,--por siempre!

    Nunca en el mundo falaz, engaoso!
      Por siempre all de la mstica muerte
    En el tranquilo, amoroso regazo,
      Donde sin penas ni afanes se duerme!...
    Esto el vetusto reloj de los siglos
       todos dice en su lengua solemne:
         Por siempre,--nunca!
         Nunca,--por siempre!




MANUEL MARA SAMA


Naci en Mayagez, el da 22 de Mayo de 1850, y all recibi la
instruccin primaria.

Cuando Sama creca, era Mayagez una de las poblaciones ms literarias
de Puerto Rico. Su proximidad  Santo Domingo, en donde haba ya en
aquel tiempo propensin  las revueltas polticas, haca que afluyeran
all los personajes desterrados  emigrados temporalmente de aquella
Repblica, y entre ellos solan venir publicistas, poetas y profesores
de enseanza, que contribuan  mantener y propagar entre los
mayagezanos el amor  las letras.

Empez  florecer all hacia el ao 65, cuando Sama tena quince aos,
una juventud literaria inteligente y no exenta de entusiasmo. Freyre,
Bonilla, Jos Mara Monge, Bonocio Ti, y algunos ms, publicaban en un
peridico local artculos y poesas, y Brau empezaba  manifestar su
aficin  las letras desde el cercano pueblo de Cabo Rojo.

Sama entr desde muy joven en el movimiento literario que le rodeaba.
Posea un temperamento potico exquisito y una gran delicadeza de
sentimiento. Por la pureza de sus afectos y la elegancia y alio de su
diccin, pareca un espritu femenino en cuerpo varonil. No gustaba de
la stira ni de rias literarias, ni tampoco era aficionado  las luchas
polticas, aunque fu siempre un consecuente liberal. Agitaba solamente
las ideas generosas sin contradecir  nadie, y le entusiasmaban los
actos de cultura y las cosas bellas. Fu siempre un cooperador decidido
de las acciones nobles y benficas.

En unin de su buen amigo Monge, public la notable coleccin de _Poetas
Puertorriqueos_; escribi un buen nmero de composiciones poticas, muy
estimables por su dulzura y elegancia; escribi y public un drama
sentimental, titulado _Inocente y Culpable_, de escenas emocionantes y
de hermosos versos; una disquisicin histrica sobre el viaje de
Cristbal Coln  Puerto Rico, y una loa en verso relativa al
descubrimiento de Amrica. Obra suya fu tambin una interesante
_Bibliografa Portorriquea_, laureada en certamen pblico del Ateneo.

Foment una familia muy en harmona con su propio carcter dulce y con
sus gustos delicados, y viva en perpetuo idilio.

Hacia la edad de cincuenta aos se sinti enfermo, y vivi una temporada
con su familia en las amenas alturas de Aibonito. Ms tarde se traslad
 San Juan, en donde fu electo presidente del Ateneo, cargo que
desempe con inteligencia, actividad y buen xito.

Vivi siempre de su trabajo personal, fu muy estimado entre los hombres
de letras, y entre lo ms culto y distinguido de la sociedad
portorriquea.

Falleci en Miramar, San Juan, el da 5 de Abril del presente ao.

La siguiente poesa suya es una de las ms celebradas por su ternura y
sentimiento, y una de las que da ms aproximada idea de su estilo y de
su complexin literaria:


DESDE EL MAR

 mi madre

    Madre! deidad tutelar
    De mi pursimo amor,
    Oye el humilde cantar
    Que da  las brisas del mar
    El errante trovador.

    Oye del dulce instrumento
    Las plcidas barcarolas
    Que, en alas del sentimiento,
    Mezcla  las notas del viento
    Y al murmullo de las olas.

    Para cantarte, lugar
    Digno me ofreci mi anhelo;
    Lejos de mi patrio hogar,
    Asunto me brinda el mar
    Y cubre mi frente el cielo.

    Aqu la mente adormida
    Despierta, y sube hasta Dios;
    Aqu el amor nos convida;
    Aqu, madre de mi vida,
    Debemos hablar los dos.

    Hoy que mi tierra adorada
    Se pierde en el horizonte,
    Y en vano ansiosa mirada
    Busca la cumbre elevada
    Del ms elevado monte;

    Hoy que en brazos del dolor
    Miro el corazn deshecho,
    Y te llamo en derredor...
    Comprendo todo el amor
    Que guardo dentro del pecho.

    Y cmo, madre, no amarte,
    Y eterno culto rendirte,
    Y templo en el alma alzarte,
    Y como  Dios adorarte,
    Y como  Dios bendecirte,

    Si eres t el ngel divino
    Que cubre de hermosas flores
    Las zarzas de mi camino,
    T el astro de mi destino,
    T el amor de mis amores?

    Ah! Si en mi pecho encendiste
    De la patria el fuego santo,
    T la inspiracin me diste,
    Y amorosa recibiste
    De mi lira el primer canto.

    T el honor me hiciste amar,
    La caridad ejercer,
    Y la virtud respetar...
    Tu me enseaste  rezar,
    T me enseaste  querer!

    Mil y mil veces bendita
    Sea la madre dulce y tierna,
    Que deja en el alma escrita
    Una ventura infinita
    Con una esperanza eterna!

    La que de moral herida
    Con besos el dolor calma,
    Y, gozosa y sonreda,
    Nos da mitad de su vida
    Y la mitad de su alma!

    Bendita la que atesora
    Bienes de eterna belleza,
    Que luz de los cielos dora,
    Y que por nosotros llora,
    Y que por nosotros reza!

    Ay madre!  nada, en mi anhelo.
    Puedo mi amor comparar;
    Miro el mar..., al ter vuelo,...
    Y es ms inmenso que el cielo,
    Y ms profundo que el mar.

    Amor, que luz deja en pos
    Como la noche roco;
    Tan grande, que slo dos
    Podemos guardarlo: Dios,
    Y un corazn como el mo.

    No importa que suerte impa
    De tus brazos seductores
    Me arrebate, madre ma;
    Siempre sers mi poesa
    Y el amor de mis amores.

    Siempre las plcidas brisas,
    Del hijo que adoras tanto
    Y que hoy triste! no divisas,
    Te llevarn las sonrisas
    Y el perfume de su llanto.

    Y si la mar irritada,
    Rompiendo el alma en pedazos,
    Me ofrece tumba ignorada,
    Sin contemplar tu mirada,
    Sin reclinarme en tus brazos;

    No por el bien que yo adoro
    Abrigues, madre, temor;
    Enjuga el amargo lloro,
    Que yo salvar el tesoro
    De mi pursimo amor.




ANTONIO CORTN


Era uno de los literatos ms capaces y de ms elegante y atildado estilo
de la Amrica espaola.

Naci en San Juan de Puerto Rico, el da 29 de mayo de 1854, y fueron
sus padres don Francisco Javier Cortn, empleado de la administracin
civil en el pas, y doa Asuncin del Toro.

Adquiri en esta ciudad la instruccin primaria, curs las asignaturas
del Bachillerato en el Seminario Conciliar, y public su primeros
ensayos literarios y polticos en varios peridicos de esta ciudad.

En el ao 1873 se traslad  Madrid en compaa de su madre, ya viuda,
con el propsito de seguir la carrera de Derecho y estudiar Filosofa y
Letras en la Universidad Central; pero su pereza ingnita y su carcter
algo voluntarioso, que en vano trataba de modificar su cariosa madre,
le apartaron de las aulas antes de haber alcanzado el triunfo completo
de sus estudios.

Dedicse al periodismo, al que era desde jovenzuelo muy aficionado, y
para el cual posea condiciones excepcionales. Hacia el ao 1876 public
en _La Prensa_, de Mayagez, una serie de artculos de ciencia poltica
y social, abogando por el establecimiento del matrimonio civil en Puerto
Rico, artculos que dieron ocasin  discusiones apasionadas y 
denuncias contra el citado peridico. Casi al mismo tiempo obtuvo plaza
de redactor en _El Globo_, importante diario que reciba inspiraciones
del ilustre Castelar, y que era su rgano ms autorizado en la prensa.
Cortn public en ese diario madrileo muchos artculos notables, y
entre ellos dos biografas americanas de gran inters, una del general
Guzmn Blanco, y otra de Toussaint Louverture.

En el ao 1881, asociado  varios jvenes residentes en Madrid, entre
los que figuraban Daz Valero, Ortiz de Pinedo, Gamir Soldado, Guerra y
Alarcn y el malogrado Garca Vao, fund una sociedad llamada en un
principio "Juventud antiesclavista," y ms tarde Crculo Nacional
de la Juventud, de la cual fu Cortn Secretario y Bibliotecario.
En este Crculo ley una interesante _Memoria_ sobre _Patria y
Cosmopolitanismo_, que fu muy celebrada por la prensa espaola,
traducida al francs y publicada en _La Gironde_, de Burdeos. Fu
redactor literario del famoso _Correo de Ultramar_, que diriga en Pars
don Julio Nombela, desempe durante ms de dos lustros el cargo de
corresponsal de _El Buscapi_, de Puerto Rico,  ingres en la Redaccin
de _El Liberal_, de Madrid, considerado ya como uno de los mejores
diarios de Espaa y an de Europa. Dirigi durante muchos aos la
edicin barcelonesa de este gran _rotativo_, y lleg  ser uno de sus
primeros cronistas, all donde cultivaban este difcil gnero
_Fernanflor_, Zozaya, Dicenta, Gmez Carrillo y otros celebradsimos
ingenios. Las crnicas de Cortn se distinguan casi siempre por la
importancia del asunto, la gracia y viveza de la diccin, la sagacidad
de las observaciones, el humorismo picante y lo certero del juicio,
cualidades caractersticas de este ameno y talentoso escritor.

Public en sus mocedades un estudio de costumbres literarias femeniles
titulado _La literata_, lleno de intencin satrica, de donaire y de
sutileza de ingenio. Algunos aos despus di  la estampa una deliciosa
coleccin de estudios literarios y de crtica y stira con el ttulo de
_Pandemonium_, que contribuy poderosamente al acrecentamiento de su
fama de escritor de estilo primoroso y ameno. Ms tarde public la casa
de Maucci, con el ttulo de _El fantasma del separatismo_, una serie de
estudios polticos y sociales que haba escrito Cortn en defensa de
las justas aspiraciones de las provincias catalanas  su autonoma
administrativa, estudios que llegaron  tener notable resonancia cuando
se publicaron en _El Liberal_.

Fu Cortn durante muchos aos Secretario de la Sociedad de Escritores y
Artistas, de la que era Presidente el insigne poeta Nez de Arce, que
le distingui siempre con su amistad.

Su obra culminante entre las que lleg  publicar, y aparte del tesoro
de observacin, de pensamiento y de gracia que deja desparramado en sus
crnicas no recopiladas, es la que public en 1911 con el ttulo de
_Espronceda_. Se propona continuar la serie, y anunciaba la prxima
publicacin de otros estudios anlogos acerca de Larra, Zorrilla y otras
figuras importantes de las letras espaolas en el siglo XIX.

El libro _Espronceda_ es de lo ms bello, juicioso y concienzudo que ha
producido la historia literaria y la crtica, en idioma castellano.

Al constituirse en Puerto Rico el Gobierno autonmico, en 1898, fu
electo Diputado  Cortes, cargo en el cual prest servicios importantes
 su pas.

 fines del ao 1913, cuando los amigos y admiradores de Cortn
empezaban  impacientarse por la tardanza del nuevo libro de la serie
comenzada, lleg de Madrid la noticia de haber fallecido all,  los 58
aos de edad, aquel esclarecido escritor portorriqueo.

Muri pobre, pero deja  su patria una viuda que le llora, un hijo
inteligente, menesteroso de recursos para continuar su educacin, y un
nombre digno de figurar honrosamente en la Antologa portorriquea.

El gracioso artculo siguiente pertenece  su libro _Pandemonium_.


SARASATE

No tengo que reprocharme el haber dado nunca el nombre glorioso de
artista  cualquier rascatripas, por el mero hecho de gastar melenas 
de exhibirse todas las noches en el Paraso del teatro de la Opera. No
creo, por lo tanto--y en esto me opongo al parecer de algunos
maestros--que sea un timbre de gloria, digno de perpetuarse en los
anales de la provincia, el que uno de sus hijos, residente en la corte,
haya formado dignsima parte de la orquesta de uno de sus teatros
lricos. Porque, artista, en la verdadera acepcin del vocablo, es el
compositor, el creador, no el ejecutante; no el que interpreta, con
mayor  menor fidelidad, la obra ajena, sino el que extrae de su cerebro
la idea musical y le da forma en el pentgrama. No es posible calificar
con un mismo nombre ni comprender en una misma categora  Stradella,
Cimarosa, Pergolese, Rossini, los grandes melodistas,  Palestrina,
Hndel, Bach, Beethoven, los armonistas, y  la Patti, la Nilsson,
Gayarre, Sarasate y Monasterio, los grandes intrpretes. Y aun dentro de
la creacin, de la composicin artstica, hay jerarquas diversas y
mltiples, que nacen de la mayor  menor transcendencia de la obra de
cada uno; que no es lo mismo componer, verbi gracia, la sinfona
pastoral de Beethoven y las romanzas de las zarzuelas del plagiario
Gaztambide, como no son lo mismo tampoco, en la esfera de la pintura, un
paisaje de Beruete y el maravilloso Cristo en la cruz, de Velzquez.

Al paso que vamos, todos los espaoles, dentro de poco, seremos artistas
sin saberlo. Porque aqu llamamos artista al bailarn, al acrbata, al
torero, al fabricante de cerillas, al domador de fieras y al que hace
sonar las campanas en la torre de una catedral  el organillo en
cualquier cosmorama de feria. Y no de otro modo que all en mi aldea los
astrnomos dieron en llamar sol, estrella y hasta creo que va lctea 
Canuta Prez, slo porque cantaba y gema, con voz ms dulce que el
_guarapo_, algunas piezas de Norma, aqu en Madrid, donde se muri casi
de hambre Narciso Serra, se reservan las ovaciones y con ellas las
monedas de cinco duros para el tenor Gayarre, en cuya garganta
prodigiosa parece que anida el pjaro azul que entona el himno de la
redencin de la patria. Gayarre, esa celebridad europea, esa gloria
nacional, como sus amigos y devotos le llaman, es un antiguo herrero de
las provincias vascongadas, sin cultura, sin formas sociales, casi sin
entendimiento.  pesar de esto, con cunta emocin le hemos odo
aquellas suaves notas de la inmortal salutacin de Fausto  Margarita:
_Permettereste  me_....! Qu elctrica chispa de emocin cunda por
todo el Paraso cuando murmuraba, en actitud de bailar un rigodn,
aquella frase: _Ja sorge il di_....! Pero no llevemos nuestro entusiasmo
hasta el punto de arrojarle al escenario coronas de laurel; las coronas
son para las cabezas y el cantante slo trabaja con la garganta y con la
boca; tengamos, pues, para el cantante un collar de perlas  una
dentadura de oro, para el torero un par de cuernos, para el acrbata una
bala de can, para la bailarina unas zapatillas, , si le pareciera
poco, unas botas de montar. Y no les pidamos golleras... No pidamos,
por ejemplo,  Gayarre, hombre sin instruccin alguna, que sepa
interpretar, en el pentgrama de Gounod, el pensamiento filosfico del
viejo doctor alemn, rejuvenecido por la musa de Goethe, ni pretendamos
tampoco que, comprendiendo las metafsicas algn tanto locas de Wagner,
entienda que pueda conseguirse la expresin de tipos y de caracteres por
medio de trmolos sobre la cuerda del violn. Para comprender eso
necesitara el cantante... poca cosa... ser artista.

No puede ocultarse que  las veces hay una obra personal en la
interpretacin, y que el artista--si damos este nombre al cantante, al
cmico y al instrumentista--suele tener, de raro en raro, el derecho de
decir que l ha creado un papel puesto que se lo apropia, poniendo en l
su alma y su inteligencia  infundindole su propia sangre. Sin
elevarnos hasta Rachel, la Ristori, Talma, Romea, Rossi, Coquelin y la
divina Sara, puede asegurarse que al talento de Vico, nuestro insigne
actor, dbese en gran parte el xito de muchos dramas de Echegaray, ms
feos que el no tener.

Lo que no ofrece sombra de dudas es que, si bien cualquier tenorcillo de
la legua puede interpretar, si  mano viene y casi con perfeccin
absoluta, el tipo de Guillermo Tell, un aldeano patriota, el de Otelo,
un africano celoso, y hasta, en caso de apuro, el de Don Juan, un
burlador impenitente, en cambio, no todos los tenores de primera lnea
pueden salir airosos en la interpretacin del carcter de Fausto, el
filsofo  lo Hegel, del tipo de Hamlet, el sombro escptico, del tipo
de Poliuto, el mrtir de la fe religiosa. De m s decir que cuando
Berlioz, el potente colorista del sonido, me transporta, en su
fulgurante corcel, con fatigoso movimiento al abismo de la Damnation de
Faust, veo all mejor el laboratorio obscuro del doctor alemn y oigo
all despus con ms deleite la errante cantinela de la Pascua florida
que en la obra inmortal del maestro Gounod, porque la concepcin del
poeta y la idea, las lneas meldicas del msico suelen ser casi siempre
mejor interpretadas por el violn y por la flauta que por la parlera
garganta de algn tenor coreogrfico, maniqu con sombrero de plumas,
que no comprender nunca la razn de que Fausto se devanase los sesos
esclareciendo el oculto sentido de la primera frase del Gnesis. Con
respecto  las cantantes hembras, soy algo ms benvolo. Tengo mis
razones... Toda mujer, por muy tiple  muy soprano que sea, lleva
siempre dentro de s misma algo de la inocente Margarita, la pequea Eva
alemana, Sibila del amor, eternamente feliz en su modesto jardincito,
con su orculo de flores. Las mujeres que viven con area vida en el
mundo del arte y que surgieron vestidas de blanco del manantial del
llanto del poeta,  bajaron desprendidas del astro piadoso que alumbr
las veladas febriles del msico para evaporizarse en el sonido y pasar
del pensamiento al ensueo, ora revoloteando en los labios, ora
permaneciendo aprisionadas en el mrmol y el lienzo, y siempre envueltas
en la nube de una existencia ideal; las mujeres de la leyenda y del
arte, Ofelia, Desdmona, Julieta, Margarita, Elena, Ada, Ifigenia,
Clarisa, Leonora, son, sobre todo, representaciones sinceras del _Eterno
femenino_, creaciones sencillas, cuya interpretacin puede hallarse y se
halla, en efecto, al alcance de cualquier alumna del Conservatorio de
Madrid.

       *       *       *       *       *

He apuntado la idea y no la retiro;  pesar de poseer mayor suma de
recursos y medios el instrumento humano que se llama tenor  bartono,
yo no he saboreado las verdaderas notas de Gounod, hasta que he odo la
otra noche las divinas notas del violn de Sarasate. Sarasate!
Perdneseme que no pueda escribir este nombre sin ver reaparecer bajo mi
pluma esa figura de un gran intrprete musical, el ms completo que he
conocido. Actualmente recorre en las regiones andaluzas un camino
triunfal, despus de haber sido aplaudido y festejado, con entusiasmo
frentico, en Madrid, donde se present por ltima vez al pblico en un
concierto celebrado  beneficio de la Asociacin de escritores y
artistas. Ese concierto tiene una historia que hace honor al gran
violinista. Como Espaa es tierra donde germina y se desarrolla esa
pasioncilla inmunda que se llama la envidia, no es extrao que un
espaol como Sarasate, que naci bajo el influjo de bienhechora estrella
y que ha llegado  ser en toda Europa el dolo de un pueblo de almas,
despertase en la tierra donde naci rencores de esa gentecilla, que,
impotente para acercarse  la gloria, tiene un insensato placer en
amenguar la gloria ajena. Unos cuantos rascatripas y sopladores, de esos
que tocan el violn y la flauta en el caf  en el circo ecuestre,
armaron contra Sarasate terrible conjura; y no atrevindose  decir que
Sarasate maneja mal el "stradivarius," le llamaron en obscuros artculos
annimos, mal espaol, sosteniendo con error indiscutible, que haba
renunciado  su nacionalidad; y le llamaron avariento, tacao y
ambicioso, acusndole de cobrar el cincuenta por ciento de los productos
de los conciertos en que trabajaba. Sarasate respondi  esas
acusaciones ofrecindose  trabajar de balde en un concierto  beneficio
de la Asociacin de escritores y artistas.

Yo le haba odo muchas veces pero nunca me ha entusiasmado tanto como
aquella noche. Los artistas italianos del Renacimiento, con el mal gusto
propio de la poca, eran muy aficionados  pintar ngeles tocando el
violn. Yo me acordaba de aquellas figuras, aguzando el odo y cerrando
los ojos para no ver las melenas y los bigotes de guardia civil que
gasta Sarasate. Porque si existiera el cielo de Mahoma  de Cristo, slo
all debera escucharse algo parecido al celestial gorjeo del violn de
Sarasate.

Diderot ha escrito: "Para que el artista me haga llorar, es preciso que
l no llore." Nada ms exacto, pero tambin es preciso _que haya
llorado_. Su emocin individual debe convertirse en emocin artstica y
la interpretacin animarse con el eco de sentimientos experimentados y
desaparecidos. Las lgrimas no deben salir  los ojos del intrprete;
pero debe tener _lgrimas en el instrumento_. Gracias  esa
transformacin, Sarasate ejerce sobre el pblico una accin magntica,
que repercute sobre s mismo. "Si el pblico supiera--suele
decir--cuanto puede obtener de nosotros con sus aplausos, nos matara."
Oh, bien lo ha probado el infeliz! En todos sus conciertos, apenas
termina la ltima pieza clsica del programa, ya est el pblico
pidindole  grito pelado, la indispensable propina de siempre, es
decir, los aires populares espaoles, la jota aragonesa, _la muieira_,
_la petenera_, _el zorzico_, etc. Y aqu se comprueba la modificacin
que hice  la frase de Diderot. El artista debe sentir siempre lo que
ejecuta. Si en el corazn de Sarasate no estuviese viva la llama del
sentimiento patritico, qu mrito tendra la jota aragonesa por l
ejecutada? Un violinista ruso  teutn no podra herir acaso, con esas
notas, nuestro sentimiento artstico. Ese aire popular que tiene tantos
ttulos de gloria como la _Marsellesa_ canturreado, con voz
aguardentosa, por un gan, al conducir sus bueyes al establo, no es
fcil que despierte emocin esttica alguna; pero, al rozar las cuerdas
del violn de Sarasate, ese aire popular, que unas veces gime y otras
ruge y siempre expresa el sentimiento de la patria, nos transporta en
alas de la fantasa  la falda del Moncayo y  la orilla del Ebro, 
all donde murieron de amor Isabel y Marsilla, y evoca en nosotros el
recuerdo del pico suicidio de Zaragoza, y nos hace asistir  las
sencillas fiestas de las aldeanas en honor de la ms patriota de las
Vrgenes, la Virgen del Pilar.

Pues y dnde dejamos la _muieira_? Yo no tengo el honor de ser
gallego. Pero, declaro sinceramente que la _muieira_ hubo de causarme
siempre una emocin profundsima. Yo se la he odo  Sarasate, no slo
en Madrid, sino tambin en la misma Corua, y puedo asegurar que nunca
he presenciado una ovacin tan imponente.

Cuando algn tiempo despus de haber odo la _muieira_ en Galicia, se
la volv  escuchar la otra noche  Sarasate, vino  mi memoria la
zagala rstica que sentada sobre la piedra del lar humilde  cargando en
sus fornidos hombros el saco repleto de centeno y maz,  comprimiendo
con sus manos de color de arcilla las gruesas ubres de la vaca, 
partiendo en el monte el espinoso tojo, no bien oye  lo lejos el gemido
agreste y melanclico de la gaita y el regocijado son del tamboril y del
pandero, suelta la hoz de la siega y loca de alegra, llama  sus
rapaces y se pone  bailar con ellos la tradicional _muieira_, pegando
sendos y descompasados brincos  la sombra del castaar hojoso....

Aqulla, aqulla es la misma _muieira_ de Pablo Sarasate, tocada por el
autor y acompaada al piano por su secretario _mein-herr_ Otto, un
alemn que le sigue en todas sus excursiones artsticas y que  fuerza
de escuchar el canto _saudoso_, ya dice como cualquier gallego vagabundo
 la orilla de extranjeros lagos:

    "Airios, airios, aires,
    airios da mia terra,
    airios, airios, aires,
    airios, levime  ela!"

       *       *       *       *       *

Si alguna vez, oh gran violinista! me encuentras enfermo y pobre, solo
y triste y odiado de todos, en extraa tierra, tragando la hiel de la
nostalgia, llevando en mi rostro la marca pattica de la fatalidad
irresistible; si algn da, lejos de la tierra donde se habla la lengua
en que me ensearon  rezar, me encuentras bajo un cielo plomizo,
vagando por solitarios senderos y deshaciendo poco  poco el ovillo de
hilo de mis ardientes afanes, de mis frustrados ensueos, sin horizonte
delante, sin recuerdos detrs; si algn da, oh Sarasate, me encuentras
as, envuelto en la ceniza de todo lo que am, fijos los ojos en la
naturaleza, esa gran madre, y en el ideal, esa paloma despeada del
cielo sobre el Jordn de nuestras pasiones redimidas, saca entonces de
la caja tu "stradivarius," ejecuta los primeros compases de la
arrebatadora _muieira_, recurdame la quejumbrosa gaita de las romeras
gallegas, la alegre pandereta de las zambras moriscas y de las _juergas_
andaluzas, y el tamboril fanfarrn de las fiestas vascongadas; y al
recibir yo en mi atormentado espritu esa limosna de arte, as como la
Magdalena limpiaba con su cabellera el polvo de los pies del Cristo, t
limpiars mi alma de las impurezas del mundo miserable y volvern 
ella, con el eco de tu instrumento mgico, las remembranzas de la edad
florida, las canciones alegres y los sueos azules....




EDUARDO NEUMANN GANDA


Naci en la ciudad de Ponce, en el ao 1851. Era su padre de origen
alemn, como lo indica el apellido, y su madre una dama portorriquea,
descendiente de espaoles.

Estudi con notable aplicacin, y fu graduado de Maestro Superior de
instruccin primaria antes de los 22 aos. Ejerci el profesorado
pblico durante los mejores aos de su vida, y en las horas que le
dejaba libre esta penosa labor, dedicbase con especialidad  estudios
histricos y biogrficos referentes  su pas.

Careca de imaginacin brillante y creadora; pero tuvo siempre gran
aficin  coleccionar, depurar y coordinar noticias de carcter
histrico. Public varios opsculos interesantes acerca de la fundacin
y progreso de Mayagez, Aguadilla, Coamo y otras poblaciones de Puerto
Rico; fu redactor de algunos peridicos de Ponce, sitio principal de su
residencia, y colabor en los fundados  dirigidos por Baldorioty de
Castro, del cual era amigo y admirador.

Las obras histricas ms notables de don Eduardo Neumann son las
tituladas _Benefactores y hombres notables de Puerto Rico_, editada en
dos volmenes con grabados; una interesante resea de sus viajes por los
Estados Unidos, y una _Historia de Ponce_, muy nutrida de datos para el
estudio y conocimiento de esta progresiva ciudad y su jurisdiccin,
desde el punto de vista poltico, intelectual, social, econmico,
mercantil, industrial, agrcola y geogrfico, obra escrita con gran amor
durante los ltimos aos de su vida, como tributo  la patria de su
nacimiento y de sus amores.

Era muy aficionado al estudio, y amaba principalmente los libros serios
y jugosos. En sus ltimos aos cursaba con gran asiduidad las
asignaturas de la carrera de Derecho, y ya se haba examinado
victoriosamente de algunas de ellas.

Era hombre de carcter y de firme voluntad, y  fuerza de lecturas y de
viajes metdicos haba logrado adquirir un copioso caudal de
conocimientos.

Falleci en Cherburgo, Inglaterra,  mediados de septiembre de 1913.

El siguiente artculo pertenece  su coleccin de _Benefactores y
hombres notables de Puerto Rico_.


FRAY IIGO ABBAD Y LASIERRA

HISTORIGRAFO DE PUERTO RICO

Hemos buscado noticias intilmente dentro del cuadro magnfico que traz
el P. Flix Latassa,  sea en sus Biblioteca Antigua y Nueva de
Escritores Aragoneses; y, en verdad, nos sorprende se tenga en
deplorable olvido el nombre de varn tan esclarecido como el de Fray
Iigo Abbad y Lasierra; sin duda el prodigioso nmero de hombres
ilustres con que cuenta Aragn, pueblo rico en todo gnero de grandezas,
ha hecho que se acostumbre  contemplar el mrito sin asombro y 
considerarlo como cosa corriente; pero si el hermoso recuerdo de la vida
de Fr. Iigo, saturada de simptico perfume, consagrada  los estudios
histricos y  los actos austeros se ha borrado de su pas; si su
espritu sano y cultivado, ocupado en las investigaciones del pasado, se
ha perdido para los aragoneses; su memoria vive y vivir por siempre en
el corazn de los portorriqueos. No nos explicamos cmo un escritor de
tan bellas dotes y de un patriotismo tan acrisolado, sea casi
desconocido en su propia tierra. As nos valemos, al ocupamos de este
personaje, de los datos que nuestra diligencia y la admiracin que
siempre l nos ha inspirado, supieron proporcionarnos. Hasta ahora, que
sepamos, ningn libro especial se ha dado  los vientos de la publicidad
referente  la vida del ilustre benedictino; por lo que nos proponemos
transmitir su nombre  la posteridad, ya que supo hundir su mirada
escrutadora en las obscuridades del pasado y hacer revivir los hechos
ms gloriosos de nuestra historia regional.

Escasas son las noticias, que an en su misma provincia, se nos han
podido facilitar sobre la vida del benemrito monje.

Naci Fr. Iigo el ao 1737 en Barbastro-Huesca,--ciudad obispal desde
el siglo XII hasta mediados del presente; por cierto, uno de los que
estuvieron al frente de esta dicesis fu el clebre Ramiro el Monje,
rey de Aragn, figura inmortalizada por el pincel del eminente Casado
del Alisal, en su cuadro _La Campana del Rey Monje_. Barbastro es
tambin patria de los peregrinos ingenios Lupercio y Bartolom
Argensola, tan conocidos en los fastos literarios.

En aquella ciudad estuvo en 1868 el inolvidable enaltecedor de nuestras
letras y entusiasta propagandista de la cultura intelectual en la Isla,
don Alejandro Tapia y Rivera, con el fin de hacer reproducir un retrato
de nuestro bien querido historiador, retrato del que es copia el que
adorna los salones de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas, en San
Juan, que  nuestro juicio no guarda parecido con la fotografa directa,
hecha tomar del que existe en la biblioteca pblica de Barbastro. La
copia al leo ya mencionada, ni por su parecido ni por la posicin
sentada en que se encuentra el personaje guarda semejanza con el retrato
autntico. Fr. Iigo en el original aparece de pie y su fisonoma revela
mayor dulzura y benevolencia.

Descenda Fr. Iigo de noble familia aragonesa, que procur darle
esmerada educacin, que aprovech de un modo brillante desde sus
primeros aos, y despus fu monje benedictino en el monasterio de San
Juan de la Pea, en el que se dedic al estudio de la historia y
antigedades. Recordamos los nombres de dos hermanos suyos, que por sus
talentos y virtudes alcanzaron puestos distinguidos y altas dignidades
eclesisticas. El uno, de mayor edad, se llam don Manuel Abbad y
Lasierra, individuo correspondiente de la Academia de la Historia, Prior
de Meya, presentado por S. M. para Obispo de Ibiza y de Astorga,
Arzobispo de Selimbria in partibus infidelium y autor de obras
recomendables, Inquisidor general de Espaa, al principio del reinado de
Carlos IV, el cual Abbad comision al cannigo don Juan Antonio
Llorente, el conocido autor de la _Historia Crtica de la Inquisicin_,
para trazar un plan benigno de importantes modificaciones en el orden
interior y procedimientos del Santo Oficio, que le encaminase 
sustanciar sus procesos por el derecho civil, por lo cual, teniendo
presente el fin del odioso tribunal, equivala  su abolicin; empero la
intransigencia fantica, que haba hecho fracasar con anterioridad los
filantrpicos proyectos del conde de Floridablanca en igual sentido,
hizo destituir al hermano de Fr. Iigo y consigui se le recluyera en el
monasterio de Sopetrn; plan que el insigne Jovellanos quiso luego
llevar  la prctica, y no pudo, por haber cado del ministerio. El otro
se nombraba don Augustn, quien despus de ser catedrtico de
Humanidades, lleg al episcopado y por sus ideas benvolas y
humanitarias fu encausado por el Santo Oficio. En nuestra admiracin
por los miembros de esta ilustre familia, nos complacemos en consignar
que ninguno de ella brill por su intransigencia y s por sus mritos
indiscutibles, saliendo al fin ilesos de las redes inexplicables de la
autocracia romana y de las iras inquisitoriales.

Si Fr. Iigo no tuvo la llama del genio; si no fu un Laurent  un
Ranke, historiadores de la humanidad; si no fu un Jacolliot
describiendo la India; si no fu un Champollin descifrando los
geroglficos egipcios; si no fu un Curtius, autor de la ms famosa
Historia de Grecia en nuestros das, recomendable por el caudal de
preciosos datos que atesora y abrillantada por el vigor filosfico del
lenguaje; si no fu un Mommsen, el feliz restaurador alemn de la
prehistoria y grandezas romanas; si no fu un Bancroft que estudia con
bella erudicin la gnesis de los pueblos americanos; si no fu un
Macaulay en sus estudios sobre la revolucin inglesa; si no fu un
Lamartine sublimando los girondinos; si no fu un Taine al pintar  los
jacobinos,   Napolen Bonaparte; fu nuestro primer historiador, y
supo dar animacin, vida, unidad  nuestros dispersos  ignorados anales
histricos en sntesis notables.

La esfinge misteriosa del pasado surge bella, ante la vista de los
lectores, al recorrer las pginas trazadas por la pluma de Fr. Iigo; al
admirar la veracidad, la exactitud de sus apreciaciones, sobre todo, al
tratar del carcter y costumbres del pueblo portorriqueo en su poca;
al deleitarnos con la mgica de su estilo claro, sencillo, espontneo;
cual corresponde  la ndole de su obra.

Revela nuestro historiador un amplio criterio para juzgar de hombres y
de acontecimientos, regulado por un espritu justiciero, si bien su
Historia Geogrfica, Civil y Poltica de la Isla de San Juan Bautista de
Puerto Rico, que fu lo ms clsico que escribi, resulta, en el da,
deficiente, un cuadro muy apagado de nuestras primitivas crnicas y con
grandes lagunas en los sucesos acaecidos entre unos y otros siglos; sin
embargo de las anotaciones hechas por don Jos Julin Acosta y no
obstante los altsimos dones intelectuales de Fr. Iigo. La obra fu
escrita en medio del torbellino del mundo, por encargo de don Francisco
Antonio Moino, conde de Floridablanca, alto protector  ntimo de la
familia Abbad, en la poca de Carlos III, en el ltimo tercio del siglo
pasado; el manuscrito fu presentado al Gobierno Metropoltico el 25 de
Agosto de 1782. Poseemos un precioso ejemplar de la primitiva edicin
madrilea, que tiene capital importancia por su fecha--1788--edicin
debida  la actividad de don Antonio Valladares de Sotomayor; ejemplar
que conservamos como curiosidad bibliogrfica y como recuerdo de la
amistad que nos une  una de las ilustraciones del Pas, tan modesta
como verdadera, el doctor don Calixto Romero Cantero, que ejerce con
aplauso la medicina en Cayey, y que tan amante es de las investigaciones
prehistricas.

       *       *       *       *       *

Vino Fr. Iigo  Puerto-Rico en edad viril,  los treinta y cinco aos,
en 1772, como confesor del Illmo. Sr. Obispo don Manuel Jimnez Prez,
de feliz memoria; viaj por los pueblos y lugares ms recnditos de
nuestra isla; consult los archivos oficiales y recogi la tradicin
oral de los descendientes inmediatos de los primitivos colonizadores
para escribir su obra citada; si bien su labor se resiente de muchos
errores tipogrficos, que el editor confiesa en el prlogo, por haber
sido publicada en Madrid, en ausencia de nuestro primer historiador.

       *       *       *       *       *

Veamos ahora lo que motiv el viaje forzoso del P. Abbad  Europa.

Las relaciones entre el Gobernador de la Isla y el Prelado llegaron ms
que  interrumpirse,  ser tirantes, con motivo de la intervencin que
pretendi tener el primero en el expediente de divorcio promovido entre
don Jos de la Torre y su esposa doa Juana de Lara, que di lugar 
graves escndalos, y hasta que descendiese una Real cdula sobre el
asunto, reprendiendo severamente  don Pedro Vicente de la Torre, padre
del anterior, que se permiti en pleno Palacio episcopal inferir graves
ofensas al seor Prelado Jimnez Prez, envalentonado por el apoyo del
Gobernador don Jos Dufresne; he aqu, el secreto de la animosidad que
este seor cobr  Fr. Iigo, confidente del Obispo y la persona de su
mayor estimacin, que supo defender los prestigios y fueros de su
superior y poner de relieve la invasin de atribuciones que se
intentaba. Don Jos Julin Acosta nos dice, en sus anotaciones  la obra
del P. Abbad, que desconoce aquellas causas; pero no fu otro el origen
de la inquina que demostr el Gobernador con sus actos arbitrarios
mandando incoar un expediente  Fr. Iigo sobre si haba adquirido mal
un siervo de corta edad; y, del cual expediente result el viaje de
nuestro historiador  la Pennsula, acto que llen de gran indignacin
al seor Jimnez Prez, y por el que lleg  pedir se le trasladase 
otra dicesis; pero S. M. con consulta del Consejo de Indias, y teniendo
 la vista las nulidades y defectos cometidos en los trmites de los
autos y la falsedad de la denuncia hecha por Agustn Snchez, declar 
Fr. Iigo limpio de toda culpa, reservndole sus derechos para que
pudiera ejercitarlos en la va y forma correspondientes contra su
acusador por los delitos de calumnia y de ilcito comercio.

       *       *       *       *       *

Ya de nuevo en la Pennsula debido  sus meritorias cualidades y  las
altas influencias con que contaba en la Corte, fu Fr. Iigo presentado
por su S. M. para la mitra de su ciudad natal, donde muri en la segunda
dcada de este siglo XIX. En el ejercicio del episcopado fu muy
estimado por su magnnimo y generoso corazn. De cmo realiz tan bellos
sentimientos y cuan mprobas tareas se impuso en aras de su loable
entusiasmo por la instruccin de su pueblo nativo, es prueba evidente la
fundacin de una biblioteca pblica que levant con su peculio;
establecimiento donde  su muerte se coloc su retrato para perpetuar su
memoria, y al cual retrato nos hemos referido en prrafos anteriores.

Dese sacar de la ignorancia en que yacan  sus feligreses en aquella
remota poca, como queriendo repetirles aquellas palabras de una clebre
escritora: "Santificad vuestra alma con la lectura, si queris que el
ngel de los nobles pensamientos se digne descender  ella."

Trazados los rasgos culminantes de la vida del P. Abbad, rstanos
presentarle como uno de los ms dignos y verdaderos benefactores de la
sociedad portorriquea, que supo con su hermosa inteligencia y la
antorcha de su talento, iluminar los hechos oscuros de nuestra vida
social,  travs de los siglos. De todos modos, abri nuevos horizontes
 la cultura intelectual del pas, rompiendo aquella especie de muralla
de la China, que nos incomunicaba hasta con la misma Metrpoli; nos di
 conocer al mundo civilizado y nos dignific ante sus ojos, relatando
nuestros orgenes, las proezas de nuestros hombres extraordinarios y los
episodios que enaltecen nuestra lealtad y adhesin  la nacionalidad
espaola. As pag de modo esplndido la hospitalidad que le dieron los
portorriqueos, quienes por su parte le recuerdan con gratitud. Si su
obra tiene errores, disculpables son, dados el tiempo en que escribi,
las escasas fuentes de qu dispuso y los limitados documentos que la
informaron; lo cierto es que nunca los ardores de extraviado y mentido
patriotismo ni las exageraciones de la animadversin, mancharon la
pureza de su pluma; siempre la guiaron sentimientos justicieros y
cristianos.




FEDERICO DEGETAU Y GONZLEZ


Naci en la ciudad de Ponce, en el mes de diciembre de 1862, y qued
hurfano de padre  los ocho meses. Era hijo nico, y su buena madre
doa Consuelo Gonzlez concentr en l todo el afecto de que era capaz
su gran corazn de esposa y de madre. Con una exaltacin de cario que
traspasaba los lmites de lo humano, consagr su vida entera y todas las
potencias de su voluntad al cuidado,  la educacin y al culto
idoltrico de Federico. No tuvo desde entonces otra aspiracin ni otra
esperanza que la de formar con la esmeradsima educacin que le
proporcionaba, con el propio ejemplo de sus virtudes y con la sublimidad
de su amor maternal, aquella inteligencia privilegiada y aquel corazn
admirable de bondad, de generosidad y de dulzura que dieron tan alto
relieve  la vida intelectual y moral de Federico Degetau.

Curs en Ponce las primeras asignaturas de la instruccin primaria que
continu despus en Barcelona, (Espaa),  donde se traslad en compaa
de su madre, y all obtuvo el ttulo de Bachiller.

 pesar de sus pocos aos, Federico era ya entonces amigo de algunos
hombres ilustres que por aquella poca residan en la Ciudad Condal,
como don Vctor Balaguer y el Doctor Letamendi, que admiraban el
entusiasmo del estudiante portorriqueo, su bondad de corazn y su
alteza de pensamiento.

Para ir conociendo varias regiones importantes de Espaa, mientras
ensanchaba el crculo de sus conocimientos, se traslad  Madrid, y
curs en la Universidad Central las primeras asignaturas de la Facultad
de Derecho. All le sigui su madre amantsima, rodendole de todos los
medios propios para estimularle en el estudio, fortalecer su salud y
aumentar en lo posible las bondades de su alma.

Al apreciar hoy la cultura exquisita, las grandes virtudes sociales, la
noble inteligencia y los mritos extraordinarios de don Federico
Degetau, no sera justo dejar en olvido el nombre de aquella madre
meritsima, que supo reunir y fomentar en l tan relevantes virtudes.

En Madrid contrajo Federico amistad con muchos hombres de ingenio y
ciencias, que le conservaron afecto y estimacin durante toda su vida.

Adems de sus estudios cientficos cultivaba Degetau la literatura y la
msica. Lleg  tocar el violn con notable perfeccin; su madre era ms
que regular pianista, y organizaban en su casa unas veladas artsticas
muy frecuentadas por los hombres de letras y por la _lite_ social de la
villa y corte.

Siendo an estudiante de Leyes, reuni Federico en ocho das autgrafos
y pensamientos de los ms famosos personajes de la literatura, la
ctedra, la poltica y las bellas artes, aadi algunos trabajos suyos y
form con ellos un interesante libro, con la venta del cual adquiri
dinero suficiente para redimir  un estudiante compaero suyo, que haba
cado soldado y no tena medios para pagar un sustituto. Este rasgo, que
fu muy celebrado por profesores y estudiantes, y del que hizo merecidos
elogios la prensa de Madrid, da una feliz idea de la nobleza de
sentimientos de su autor.

Sus primeros ensayos oratorios los hizo en Madrid durante una huelga
violentsima de estudiantes que all se promovi. En los das en que la
manifestacin estudiantil adquira caracteres de mayor vehemencia,
llamaba la atencin general un jovencito alto de cuerpo, aunque de
semblante aniado y candoroso, de expresin simptica, de maneras
distinguidas y de palabra elocuente, invocando  gritos los fueros del
respeto pblico, los beneficios de la paz, y las ventajas de la razn
serena sobre los actos de una violencia irreflexiva. Era Federico
Degetau procurando calmar las demasas tumultarias de sus compaeros.

Posea el don de gentes en alto grado, y gozaba de gran estimacin entre
sus profesores y amigos. El insigne Maestro de maestros, don Francisco
Giner de los Ros, le quera como  un buen hijo.

Antes de haber obtenido la Licenciatura de Derecho y cuando contaba
apenas 19 aos de edad, fu nombrado Presidente de la seccin de
ciencias morales y polticas de la Academia de Ciencias Antropolgicas,
de Madrid, y con este motivo hizo un viaje  Pars, para tratar con
Victor Hugo acerca de la Liga internacional para la abolicin de la pena
de muerte. Fu tambin admitido por entonces en la Academia Espaola de
Jurisprudencia y Legislacin.

Estudi en la Universidad de Granada el tercer grado de Derecho (1885),
el cuarto y quinto en las Universidades de Salamanca y Valladolid,
respectivamente, y dos aos despus reciba la investidura de Abogado en
la Universidad Central.

Sus aficiones dominantes le llevaban al estudio de las cuestiones
morales: la instruccin pblica, la educacin moral y fsica, el
bienestar del pueblo, la organizacin de las clases obreras, la
proteccin del nio, la pureza de las costumbres, etc. El amor patrio le
llevaba tambin  la lucha poltica; pero en ella rehua los
apasionamientos y los enconos. El odio no encontraba albergue en aquel
corazn, que slo tena latidos generosos.

Mostr desde muy joven sus aficiones al cuento literario, y  este
gnero pertenecen sus primeras producciones _El fondo del algibe_, _El
secreto de la domadora_, _Qu Quijote!_ y _Cuentos para el camino_.
Escribi despus una novela de costumbres, titulada _Juventud_, y deja
inditos dos libros ms de cuentos para nios,  los cuales cuentos
pertenece el que se inserta  continuacin de estos apuntes.

Se interes siempre por los progresos escolares, fu el primer
propagador en Espaa de los _dones_ y juegos instructivos de Froebel, el
famoso creador de los _Jardines de la Infancia_, y fu durante toda su
vida un amante decidido de los progresos escolares.

Amaba  los nios, se deleitaba contemplando sus distracciones y sus
juegos, intervena en sus estudios y se interesaba vivamente por sus
progresos mentales. Gustaba de proteger  los hurfanos infantiles,
educndolos personalmente, y aplicando en esta labor sus especiales
mtodos pedaggicos. Algunos de los protegidos y dirigidos por l han
llegado  ser hombres de ciencia y escritores de valer.

Posea tambin en grado meritorio el amor  la patria portorriquea, y
trabajaba en Madrid activamente para dotarla de reformas liberales,
valindose de la amistad que le profesaban hombres de gran influencia en
el gobierno de Madrid.

Figur siempre en los partidos republicanos espaoles.

En el ao 1887, cuando la reaccin conservadora produjo aqu los
lamentables sucesos  los que se di el nombre de _compontes_, fund y
sostuvo con su peculio propio en Madrid un peridico titulado _La isla
de Puerto Rico_, en el que hizo una vigorosa campaa contra el gobierno
del general Palacio, y en compaa de Labra, Cortn y otros defensores
de Puerto Rico, logr conjurar aquella lamentable crisis.

Al organizarse en Puerto Rico el gobierno autonmico, Federico Degetau
fu electo diputado  Cortes, y actu como tal en el Congreso hasta que
ocurri el cambio de soberana de Puerto Rico. Entonces se traslad
definitivamente  esta isla, resuelto  seguir la suerte de su patria.

En 1901 fu electo Representante de Puerto Rico ante el Congreso de los
Estados Unidos, cargo que desempe durante cuatro aos y en el que
prest servicios eminentes. Vuelto  su pas, fu nombrado vocal de la
Junta de Sndicos de la Universidad de Puerto Rico en organizacin.
Encariado con el proyecto de una Universidad Panamericana, hizo
esfuerzos de propaganda aqu y en Washington para dotar  Puerto Rico de
esta institucin, y en un reciente viaje que hizo  Europa (1911 y
1912), adquiri unos 200 cuadros de pintores acreditados, antiguos y
modernos, destinados  la pinacoteca de la futura Universidad. En este
trabajo le auxili un artista portorriqueo de mrito, don Adolfo Marn,
que habitualmente resida en San Juan de Luz.

Regres Federico de su citado viaje en los ltimos meses del ao
1912--algo quebrantado de salud, y, de resultas de una operacin
quirrgica grave, falleci el da 20 de enero de 1914.

Era un hombre de gran bondad, de mucho talento, de trato agradabilsimo,
escritor delicado y ameno, orador elocuente, patriota, generoso y
sincero, legista competente, amigo carioso y leal, y un grande, noble y
generoso corazn.

Deja, al morir, legados importantes para obras de cultura y de caridad.


SUEO DE ORO

( mi muy querido amigo Don Jos Loredo.)

     Es hora de luchar contra el abandono fsico y moral en nombre de
     sus vctimas inmediatas primero, y despus en nombre de las
     generaciones, venideras, que tienen derecho  que les leguemos una
     herencia de salud, de robustez y de alegra y de buen humor, en vez
     de un amasijo de seres raquticos, endebles y entecos de alma y
     cuerpo, ltima expresin de una raza que camina rpidamente  su
     degradacin ms completa.--_Sela._

Dices, mi encantadora amiga, que soy un soador? Tienes razn! Qu
esto no me lo dices como un reproche? Qu lejos de enojarte te agrada?
Ya lo s, y porque lo s, me complace tanto referirte estas cosas.
Escucha. Anoche he dormido poco, pero he soado mucho. He tenido un
sueo de oro!

He soado que mis cosas marchaban muy bien, que tena mucho dinero.
Tener mucho dinero! Y qu? Aqu viene lo mejor.

So que estbamos en nuestra casita de... Para qu escribir el nombre
de aquel ideal pueblecillo situado junto al mar, engalanado por los
encantos de una naturaleza esplndida y provisto de todos los atractivos
y de todos los recursos de la civilizacin?

So que haba comprado el terreno del vecino, el solar donde se alzan
las tres barracas, so que haba encargado  Pepe, (ese arquitecto 
quien yo quiero tanto y  quien cito siempre como un modelo de rectitud
y de bondad), la construccin de un edificio que haba sido ya
terminado. So que haba llegado el momento de darte una sorpresa. Y
qu sorpresa!

Pero oye antes cmo se origin en m ese sueo. Anoche volva del
Ateneo. Se haba hablado all acerca de la "educacin fsica," se haba
hablado de las "termas" de los romanos, de los gimnasios antiguos y
modernos, y de otra porcin de cosas que no son del caso. Venan por la
misma acera que yo

    "Un hombre y una mujer
    que obreros mostraban ser
    por los trajes que vestan"

como dice Rafael en su comedia, y no entre ellos, como en la obra de mi
amigo sino delante, iba un nio que, al pasar junto  m, tropez y
cay. Hice un movimiento para ayudarle  levantarse, pero el rapazuelo
se puso en pie de un salto antes de que tuviese tiempo de alcanzarlo, y
echando de ver mi solicitud, con un mohn de su carucha plida y ojerosa
en la cual brillaban unos ojos tristones, me dijo:

--No ha _so na_.

--Cuntos aos tienes?--le pregunt.

--Doce,--me contest.

Y haciendo un esfuerzo, como si se avergonzara de haberse cado, sigui
adelante perdindose con sus padres calle arriba, en tanto que yo tom
por una travesa para llegar ms pronto aqu.

Mi encuentro con ese nio me dej una impresin penosa. Penossima.

Doce aos dijo que tena y te aseguro que su cuerpo era el de un chico
de seis. Qu raquitismo tan horrible! Me parece que cuento sus
costillas al travs de la blusa. Y qu torax! No haba en l espacio
para que se dilataran sus pulmones, ni hueco para que la combustin de
la vida se realizara.

Y la idea de aquel nio me despert la imagen de otro nio  quien t y
yo queremos mucho, y estos dos nios me llevaron  pensar en todos esos
pobres pequeuelos condenados  muerte por la escrfula, candidatos  la
tuberculosis, plantas nuevas cuyas races no hallan tierra en donde
arraigar en los adoquines y las losas que cubren el alcantarillado de
estas grandes ciudades. Pajarillos encerrados en un infecto y obscuro
rincn de sus altos edificios, sepultados all cuando empiezan  vivir,
sin otra expansin que el juego en la estrecha y hmeda calle donde
arroja su hlito envenado la boca de la alcantarilla, sin tener nunca un
poco de aire puro ni un rayo de sol.

Y la angustia que experiment me llev con la imaginacin... ya sabes
donde. Pens en aquella atmsfera saturada de iodo y de bromo, que como
sueles decir penetra hasta lo ms hondo de los pulmones; en aquel cielo
esplendoroso y radiante y con la rapidez misma con que me acudi la
idea, adquir, como te deca, el terreno del vecino, ech por tierra sus
viejas barracas, constru el edificio, y mira t qu bien se ve cuando,
se suea! Te vea  mi lado en la coquetona _charrette_ tirada por el
fogoso _Spark_, nuestro brioso _ponny_; vestas un traje azul de cielo,
como el que llevabas la tarde aqulla en que desde las obscuras rocas
del faro veamos las olas encrespadas y rugientes rompindose  nuestros
pies en brillantes nubes de ntida espuma; te senta  mi lado rozndome
casi con el hombro el ala de tu sombrero de paja, palpitante el seno, y
vea (con ms claridad que ahora mismo que te estoy hablando) la mirada
curiosa que me dirigas  travs del velo blanco, y ms distinta y ms
timbrada an que ahora mismo oa tu voz de notas cristalinas, que
llegaba  mi odo una y otra vez, con las inflexiones dulces de una
splica, trayndome estas palabras:--Para qu es ese edificio? Dmelo!
No me ofreciste revelrmelo cuando se terminara? No est ya concludo?

--Maana lo sabrs,--te repeta yo, gozando ya con la sorpresa que iba 
proporcionarte al da siguiente.

Qu noche aqulla! La pas en un segundo tal vez, y sin embargo, me
pareci interminable. Lleg por fin la maana, y  las doce sal solo en
la _charrette_. En la playa me esperaban cinco mnibus vacos. Y qu
emocionado y absorto iba yo! _Spark_ conoca bien el camino y l lo
haca todo. Dos  tres veces hubieron de advertirme que evitase los
coches que venan en direccin contraria.

Seguido de mis mnibus llegu  la estacin. Estaba seguro de que todo
haba de resultar admirablemente organizado. Para conseguirlo me haba
dirigido  los Doctores Tolosa y Salillas y  mis amigos del Museo
Pedaggico.

Hendi el aire el agudo silbido de la locomotora, y al aproximarse el
tren vi asomar por las ventanillas  los esperados huspedes. Los Sres.
Cosso y Rubio dirigan la expedicin y los pequeos veraneantes,
elegidos entre los nios pobres de las escuelas de Madrid, llenaban
media hora despus el nuevo edificio, en el que iban  proveerse durante
una temporada, de aire y de luz, de salud y de vida.

Tu padre se rea para disimular su emocin que las lgrimas
traicionaban; tu hijo, al recibir aquella impresin que le revelaba un
mundo desconocido para l, con las energas de la realidad entrndole
por los ojos, estaba entre suspenso y emocionado, y tu corazn de madre
lata con fuerza cuando te present  mis amigos, y, rodeado por los
pequeos entramos en el nuevo edificio.

En el sencillo vestbulo una Victoria griega escriba en su escudo de
mrmol el nombre bendecido de M. Brion, iniciador de las colonias
escolares, y la fecha (13 y 14 de agosto de 1882) del Congreso
Internacional de Zurich, el primero  que acudieron hombres ilustres de
todos los pueblos cultos para ocuparse de los resultados fsicos,
morales y pedaggicos que estas excursiones ofrecen y de otros temas,
referentes  las mismas y no menos interesantes ciertamente.

Despus de almorzar fumos todos al bosque de pinos, en uno de cuyos
claros se organiz el juego. Los chicos acostumbrados al martirio del
silencio en las escuelas y habituados  sentirse  cierta distancia del
maestro, al hallarse all libres de esas impuestas trabas, dirigidos
pero no cohibidos, parecan polluelos que, atados uno y otro da por
fuertes ligaduras, se encontraran de pronto sueltos en medio de una
pradera verde y lozana. Al principio sus movimientos eran torpes, todo
les sorprenda, miraban con extraeza  los maestros jugar con ellos y
apenas acertaban  coger la pala  la pelota. Pronto, sin embargo, se
familiarizaron con aquella disciplina del espritu que dejaba  sus
cuerpecitos en libertad de fortalecerse y desarrollarse excitando su
atencin sobre el espectculo hermoso de la naturaleza, la cual al
sentirlos en su seno coloreaba suavemente sus mejillas, y devolva poco
 poco la vida y la animacin  sus caruchas ajadas.

Al volver del bosque nos explicaba D. Manuel los tecnicismos de la _hoja
antropolgica_, en la cual constaban la filiacin, los datos anatmicos,
descriptivos y mtricos, los datos fisiolgicos y las anomalas de cada
uno de los nios. Esta interesantsima suma de datos nos permitira
apreciar bien el resultado fsico que aquel cambio de vida haba de
producir en ellos.

Me pareca oirle con la misma claridad con que te oa  t decirme al
separarnos.

--Qu clara, qu sencilla y qu hermosa es la ciencia!

Con cunto inters seguimos al otro da la vida de los pequeos
colonos!

Se levantaron  las seis de la maana; despus de atender  su aseo
personal bajaron al comedor y se desayunaron cada uno con su copa de
leche y sus ciento setenta y cinco gramos de pan. De nueve  diez, cada
cual en su mesita escriba sus impresiones. Qu relatos tan sencillos!
Qu espontaneidad tan simptica! No hablaban de memoria. Contaban lo
que haban visto, repitiendo las mismas palabras muchsimas veces.

Primero escriban la fecha, nmero de kilmetros, descripcin del
camino, montaas principales, poblaciones importantes y edificios
notables que vean desde el tren, naturaleza de los terrenos recorridos
y otra porcin de detalles en los cuales se adivinaba el ndice
extendido del profesor.

Luego vena el relato de la llegada. Casi todos los chicos hablaban de
t. El pequeuelo de ojos azules, deca que eras "bonita como una mueca
grande, que le habas dado un beso  l y otros besos  los otros
chicos; otro observ que llorabas al recibirlos "como madre cuando padre
volvi de Amrica"; otro que tenas "la mano color de rosa como el
vestido y las uas tambin color de rosa y redonditas y suaves."
Hablaban luego de los pinos y del mar.

Por aqu iba en mis sueos cuando me llamaron esta maana. Pero aun me
parece tener delante todas aquellas imgenes frescas y rientes de los
nios de la Colonia escolar. Y al recuerdo de las horas dulcsimas que
mi sueo me ha proporcionado, siento una emocin tan honda y tan viva,
que no puedo menos de levantar los ojos  ese cielo nublado que se ve
por encima de las tejas de enfrente y pedirte que bendigas conmigo al
nio raqutico, con quien me encontr anoche al volver del Ateneo, cuya
imagen ha despertado en mi alma ese sueo de oro.

                                         F. DEGETAU Y GONZLEZ.

     Madrid, Junio 1892.




NOTA FINAL.


Contiene este libro noticias biogrficas y muestras de trabajos
correspondientes  treinta y un autores portorriqueos, elegidos por
orden de antigedad  de fallecimiento, y que deben considerarse como
los iniciadores del movimiento literario en esta isla. Hubo en pocas
anteriores portorriqueos ilustrados, que se distinguieron en varias
manifestaciones de la cultura intelectual, como Ramn Power, marino y
orador poltico, que fu Vicepresidente de las famosas Cortes de Cdiz,
en 1812; educadores como Tadeo de Rivero, Fray ngel de la Concepcin
Vzquez, Rafael Cordero y el Maestro Huyke; oradores forenses como
Eleuterio Jimnez, Juan H. Arbizu, Jos Ma. Pascasio de Escoriaza, y
Jos Severo Quiones; agitadores polticos y hombres de ciencia, como
Betances; abolicionistas como Francisco Mariano Quiones, y algunos
oradores eclesisticos que alcanzaron fama; pero la serie de autores
propiamente dichos para el caso presente, creo que debe empezar por
aqullos que han escrito algn libro de mrito,  dado  la estampa en
cualquiera forma, obras notables que hayan infludo ms  menos en la
propagacin permanente de ideas tiles  en el desarrollo de la cultura
pblica.

                                                           M. F. J.





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Manuel Fernndez Juncos

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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


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