The Project Gutenberg EBook of Incesto, by Eduardo Zamacois

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org/license


Title: Incesto

Author: Eduardo Zamacois

Release Date: April 6, 2015 [EBook #48654]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK INCESTO ***




Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
produced from images available at The Internet Archive)









                                INCESTO

                           BIBLIOTECA SOPENA

                           EDUARDO ZAMACOIS

                                INCESTO

                            NOVELA ORIGINAL

                        [Illustration: colofn]

                               BARCELONA
                         RAMN SOPENA, EDITOR

                           PROVENZA, 93 A 97

                         Derechos reservados.

    Ramn Sopena, impresor y editor; Provenza, 93 a 97.--Barcelona




                                INCESTO




I


Mercedes di las buenas noches y sali: iba triste, algo plida, con las
ojeras violceas y la mirada errabunda y brillante de las mujeres
nerviosas a quienes el tsigo de una obsesin impide dormir tranquilas;
y los dos viejecitos permanecieron sentados, contemplndose con aire
melanclico.

l ocupaba un cmodo silln canonjil de ancho y slido respaldar. Era un
anciano como de sesenta aos, envuelto en una bata obscura que caa a lo
largo de su cuerpo alto y enjuto formando pliegues de majestuosa
severidad sacerdotal; el pecho era angosto, el busto dbil se encorvaba
hacia adelante, obedeciendo a esa viciosa propensin fsica de las
personas que envejecieron sentadas, y sus manos, bajo cuya piel rugosa
serpeaban grandes venas azules, asan los brazos del silln con afilados
y amarillentos dedos de convaleciente.

Aquel cuerpo blandengue, enfermizo y tan para poco, contrastaba
poderosamente con la cabeza; una cabeza apostlica que recordaba la de
Ernesto Renn en sus ltimos tiempos, y en la que aparecan acopladas la
noble majestad de la vejez y la bizarra gallarda y el vivir heroico de
la juventud.

Tena la frente de los grandes pensadores, alta, bombeada y prolijamente
surcada por el pliegue vertical de la reflexin y las arrugas
horizontales que trazan paralelamente los largos esfuerzos imaginativos.
Aquella frente entristecida por la ancianidad era una confesin, la
novela de un hombre muy vivido, la pgina ms conmovedora y elocuente de
una obra maestra: frente serena y grave que seguramente concibi
peregrinos pensamientos, que sinti muy hondo y padeci decepciones
crueles recorriendo la dolorosa lira de las sensaciones: la ambicin,
enemiga del sueo, el odio mortal hacia el vulgo, adorador estpido de
esas medianas a quienes un caprichoso vaivn de la suerte coloc en el
cenit de una popularidad inmerecida; las zozobras que preceden a los
grandes combates artsticos, el inexpresable contento de las esperanzas
realizadas, el torcedor recuerdo de las ilusiones perdidas... y que,
tras largos aos de trabajo cruel, apareca rugosa y marchita, como el
vientre de las mujeres fecundas que parieron mucho. Las cejas eran
blancas, fuertes y pobladas; los ojos azules y hermosos, tenan el mirar
inmvil, firme y soador de los espritus retrados entregados a
interminables soliloquios; la nariz aguilea, los labios finos y
nerviosamente cerrados, el rostro dantesco, seco y enjuto, sin pelo de
barba ni resquicio de bigote, y sobre las orejas se abarquillaban los
cabellos sedosos y blancos, simulando con bastante exactitud la forma de
las antiguas pelucas palaciegas. As apareca don Pedro Gmez-Urquijo,
el narrador inimitable de los amores sensuales: apoltronado en su recio
silln de trabajo, envuelto en su bata, con su rostro enrgico, sus
ojos budos y ardientes de antiguo apasionado, sus largas y marfileas
manos de convaleciente y su busto angosto que pareca soportar
trabajosamente el peso de la cabeza, demasiado grande, tal vez.

Sentada delante de l, Balbina Nobos, su mujer, le miraba atentamente,
como quien se dispone a escuchar interesantes revelaciones. Era una
viejecita regordetilla y simptica, vestida de negro, que pona gran
esmero en el alio y afeite de su persona, y en cubrir sus aos
valindose de la feliz capacidad que tienen para ello las mujeres
pequeas.

Hubo un momento de silencio, durante el cual Gmez-Urquijo pareci
abismarse en retorcidas cavilaciones.

Luego dijo:

--Dnde va Mercedes?

--A su cuarto, a dormir--repuso Balbina clavando sus ojos lagoteros de
mujer sumisa en los profundos y graves de don Pedro, y aadi:

--Por qu lo decas?

--Porque cuando sali de aqu llevaba un libro.

--S, tal vez...

--Lo viste t?

--No... pero casi todas las noches suele dormirse leyendo.

--Ah!

Ella frunci ligeramente el sobrecejo, presintiendo la confesin de algo
muy importante. l prosigui:

--Debas habrmelo dicho.

--Pues... no he pensado en ello... Hice mal?...

Gmez-Urquijo no respondi.

--Yo ignoraba que las lecturas nocturnas fuesen perjudiciales--agreg
Balbina--; Mercedes tampoco lo sabe. Se lo advertir maana... o
luego...

Hablando as aproxim su sillita al silln, fijando siempre en don Pedro
sus ojos preguntones y solcitos de hembra complaciente. Balbina no
adivinaba lo que el anciano quera decir.

--Son malos los libros?--murmur.

--S--repuso l con voz profunda--; s... muy malos; y cuanto mejor
escritos, ms funestos, ms ponzoosos, para la impresionable juventud
que lleva los inquietos sentidos abiertos al pecado.

De pronto, cual si un ladino y sutil ingenio de psiclogo prctico
hallase relaciones entre ciertos pormenores reales y las lecturas de
Mercedes, agreg:

--Dime: Carmen y Nicasia vienen mucho por aqu?

--S, muy a menudo.

--Y de Roberto Alcal, qu sabes?

--Nada... qu puedo saber?

El rostro de la sencilla anciana reflejaba curiosidad y estupor supinos
y, aunque nada comprenda, continuaba observando el semblante
impenetrable de don Pedro con ese prolijo afn con que los ajedrecistas
de buena cepa estudian el tablero.

--Es cierto--prosigui l--que Carmen y Roberto tienen relaciones?

--No lo creo: yo les he visto juntos muchas veces y no me parecen
novios. l la dice galanteos y ternezas que ella, a fuer de coquetuela,
acepta riendo... pero no hay nada serio, nada formal.

--Y si Carmen y Nicasia fuesen el pretexto o la pantalla que Roberto y
Mercedes emplean para comunicarse sin empacho?

Balbina se irgui en su asiento, arqueando las cejas y abriendo los ojos
admirada.

--Cmo! Imposible!... Crees t?... Yo nada he sorprendido.

--Oh, quin sabe!... T eres una inocente, una estatua que mira sin
ver. Anda, entrate de si Mercedes se acost, y vuelve...

Ella sali consternada, andando de puntillas, con el sigilo inconsciente
de la mujer que en treinta aos de vida conyugal se acostumbr a no
interrumpir nunca el silencio que su marido exiga para trabajar.
Gmez-Urquijo qued inmvil, con el rostro apoyado en la palma de la
mano, absorto en la contemplacin de algo siniestro.

La habitacin donde estaba era un vasto despacho rectangular, en cuyos
testeros haba grandes armarios-bibliotecas con puertas de cristales,
tras los que aparecan centenares de libros, unos encuadernados, otros
en rstica, y todos hacinados en catico revoltijo, cual si estuviesen
contagiados de la impaciencia de la mano febril que los manejaba. A un
lado, junto al balcn, estaba la mesa en que Gmez-Urquijo escriba: una
legtima mesa de trabajo, grande y slida, sobre la cual no haba
tinteros de plata, estatuillas de Sevres ni ninguna otra mala especie
de chucheras intiles, y s gruesos rimeros de cuartillas y libros a
medio abrir; y junto a un quinqu de bronce con pantalla verde, una copa
llena de tinta. De all haba sacado Gmez-Urquijo toda su gloria
artstica: su _Eva_ y su _Cabeza de mujer_, los dos libros que le
granjearon un puesto de honor entre los primeros novelistas de su poca.
La luz del quinqu derramaba sus suaves efluvios verdosos sobre aquella
mesa donde los papeles escritos, las cuartillas en blanco, los libros
con las mrgenes salpicadas de obeliscos y de signos misteriosos,
comprensibles nicamente para su autor, yacan amontonados y en
desorden, como los muertos en campo de combate; y luego se esparca por
el resto de la habitacin, alumbrando dbilmente los cuadros y los
retratos prendidos entre los mimbres de elegantes esterillas japonesas,
reflejndose en la cristalera de los armarios y batallando tmidamente
con las sombras que invadan los ngulos extremas, mientras el borde
superior del tubo recortaba en el techo un crculo luminoso, semejante
al nimbo que rodea la cabeza de los santos que adornan las pginas de
los libros msticos. Frente a la mesa, colgado de la pared, haba un
reloj, en cuyas entraas de acero resonaba el iscrono y angustioso
tic-tac del tiempo en marcha.

Gmez-Urquijo continuaba meditando con el mentn apoyado sobre la palma
de una mano, y la dramtica contraccin del entrecejo daba tirantez y
tersura a la frente, que brillaba en la sombra con este color
amarillento de los huesos viejos. En tales momentos su imaginacin,
recorriendo intrincados caminos, procuraba avenir ideas que, juzgadas
someramente, no podan guardar conexin alguna, y que, sin embargo,
implicaban lazos alarmantes entre las lecturas nocturnas de Mercedes y
aquel Roberto Alcal, a quien sus agudas suspicacias de viejo mundano y
de padre, suponan recuestando el corazn de la joven. Cuando Balbina
reapareci, andando, como siempre, de puntillas, el anciano la interrog
con los ojos.

--S--repuso ella--, se ha acostado, duerme... Podemos charlar sin
embarazo.

Haba tornado a sentarse en la sillita baja, apoyada de codos sobre las
rodillas de don Pedro, con los ojos muy abiertos por la curiosidad y la
cabeza cada hacia atrs, en la actitud del nio que espera or una
narracin interesante.

--Te hablar--comenz diciendo Gmez-Urquijo--como si me dirigiese a un
compaero de profesin; o, mejor que a un literato, a un amigo ntimo, a
un hermano... puesto que el acendrado amor que nos une pondr
seguramente tus alcances a la altura de mi discurso. Yo, querida ma,
entregado como estoy a mi absorbente tarea de sempiterno componedor de
argumentos, vivo algo fuera de la realidad, en desequilibrio perpetuo, y
tardo mucho en apercibirme aun de los hechos ms evidentes y
triviales... Y cuenta que otro tanto ocurre tambin en ti, aunque por
opuestos motivos; pues yo no acierto a servirme cuerdamente de mis ojos,
por tenerlos empleados en la contemplacin ntima de dilatados
horizontes, y t, por exceso de candor (la inocencia es una miopa del
entendimiento), tampoco sabes darle til empleo a los tuyos. No
obstante, das pasados tuve un momento de lucidez, de vulgaridad, si t
quieres, que me ha revelado la pista de un gran secreto. Cierta noche,
al entrar en el comedor, sorprend a Mercedes apoyada de codos sobre la
mesa, leyendo un libro, devorndolo... Al verme, lo cerr violentamente
y procur ocultarlo echando sobre l su pauelo. Aquella turbacin
descubra un pecado. Entonces, sin embargo, no dije nada... porque nada
se me ocurri; pero sal llevndome grabada en la memoria la imagen de
lo que haba visto: a Mercedes, con los ojos abrillantados por la
emocin leyendo un libro, soando con l... Caso extrao! Yo, que en
nada reparo, porque tengo un carcter despreocupado, insensible a los
pequeos acontecimientos de la vida vulgar, recompona continuamente
aquella escena, tan insignificante al parecer, y poco a poco, cuando
mejor la examinaba, mayor gravedad revesta. De nada de esto habl
contigo, por no alarmarte; pero durante varios das la imagen de
Mercedes leyendo me rob muchas horas de trabajo. Vea el comedor, con
sus muebles, sus cuadros, y a nuestra hija bajo el torrente que
proyectaba la lmpara suspendida en el comedio de la habitacin, con los
codos sobre la mesa y la cabeza entre las manos, cuyos blancos dedos
parecan mesar nerviosamente los negros rizos de su crespa cabellera de
apasionada; inmvil, devorando una historia de amor, convertida, tal vez
ella misma, en herona novelesca. Comprendes?... Aquello me persegua,
me obsesionaba; era un recuerdo ineluctable, pertinaz, torturador, como
una pesadilla...

Call un instante para sumar alientos, y en el silencio de la habitacin
resonaron las diez campanadas del reloj, que luego prosigui tic-tac,
tic-tac, cumpliendo su fatdica tarea de restarle segundos a la vida.
Balbina permaneci suspensa y boquiabierta, sin vislumbrar an el
verdadero fin a que iba enderezado todo aquel discurso, y con un rostro
sobre el cual las palabras del anciano haban estereotipado los rasgos
de una estupefaccin suprema.

Don Pedro continu:

--En los das sucesivos me dediqu a observar a Mercedes minuciosamente.
Creme, los grandes novelistas, y yo que he triunfado puedo clasificarme
entre ellos, poseemos extraordinarias facultades de observacin. No
vaciles, por tanto, en admitir mis sospechas como rigurosamente
valederas. Mercedes tiene un secreto... La vi plida, cabizbaja, con el
semblante marchito por el recndito y fiero trajn de las ideas fijas, y
reconoc que algn grave cataclismo se operaba en su alma. Entonces,
recordando que mis libros ofrecen mujeres aquejadas de ilusiones
inasequibles y de sensuales desvaros, y que tal vez mi hija fuese una
de tantas romnticas enfermas, pens en Roberto Alcal, como pude pensar
en otro hombre cualquiera, y tem el influjo que las novelas clebres y
cuantos libros atienden ms al recreo y esparcimiento del nimo que a la
edificacin de las conciencias, ejercen sobre las imaginaciones
inquietas. Comprendes ahora?

La anciana, en efecto, empezaba a comprender.

--S, s--dijo--, quiz aciertes... Sin embargo, yo, que voy con
Mercedes a todas partes y conozco a ese Roberto, nada he visto.

--Oh, naturalmente! T eres un espritu candoroso, sencillsimo, que no
sabe leer entre lneas, y esa ceguera tuya redobla mi inquietud...

--Qu temes, pues?

--Oh, temo muchas cosas!... Temo que Mercedes se enamore de quien no lo
merece, y de que el miserable explote en beneficio propio el corazn de
nuestra hija, bastardeado por las enseanzas de malos autores.

Se haba retrepado colrico en su asiento, descargando una sonora
palmada sobre el brazo del silln; una ola de sangre arrebol sus
mejillas, coloreadas habitualmente por el esfuerzo mental, y, bajo el
doble arco de sus cejas blancas, los ojos brillaron iracundos.

--Quin niega--exclam--, que Mercedes, excitada por la lectura de
libros perversos, no codicie esos parasos artificiales que finge la
voluptuosa imaginacin de las vrgenes ardientes, y pasiones y locuras y
deleites sin guarismo?... Yo, que dediqu mi existencia a los libros,
les tengo miedo. La influencia de las lecturas es ms trascendental en
la mujer que en el hombre, porque vuestra constitucin es ms delicada y
ms propicia por tanto, a asimilarse las ideas del autor. La virgen,
ayuna, como se halla de toda impresin bastarda, lee vidamente al azar,
codiciosa de sorprender los secretos de una sociedad cuyo alegre rumor
percibe a travs de las puertas que la guardan. Aquel libro es el fruto
prohibido, el mgico amuleto revelador de los secretos venusiacos que su
inquieta doncellez vislumbra a despecho de los albos trampantojos de la
inocencia, la llavecilla del mundo ignorado que habitan los risoteros
gnomos de la felicidad y del deleite...

Gmez-Urquijo se detuvo.

Balbina continuaba pendiente de sus labios, mirndole fijamente, sin
parpadear, como si en aquellos momentos solemnes las pupilas la
sirviesen tambin para or, fascinada por ese mismo recogimiento que
inspiran a sus mujeres los grandes hombres. Aquello no era un dilogo;
era un monlogo, una meditacin en voz alta.

Urquijo prosigui:

--La virgen lee y lee... sorbiendo el veneno de la realidad por sus ojos
dilatados; unos captulos suceden a otros, las escenas se multiplican.
All aprende prematuramente las socalias de que las mujeres se valen
para interesar el tornadizo corazn de los hombres, y los ardides que
los conquistadores sagaces emplean para rendir la virtud de las
mujeres; all descubren que no siempre las esposas son fieles a sus
juramentos y que hay innumerables artimaas para burlar la vigilancia de
los maridos celosos; all conocen el placer de las citas, los viciosos
discreteos de los salones, los misterios de la alcoba, las artes de que
han de servirse para acrecentar su hermosura y ser ms apetecibles;
all, en suma, pierden el candor del espritu, y sus imaginaciones
tempranas envejecen rpidamente escuchando la voz enervante de la
experiencia desencantada... Y ah!... yo no permito que Mercedes, la
hija de mi alma, sea una de tantas...

Habl largo rato, repitiendo las mismas ideas con porfa incansable.

--Sobre todo--agreg--, no quiero que lea ningn libro mo; ninguno!

Balbina se estremeci. Por qu? Eran perjudiciales aquellos libros tan
interesantes, tan apasionados y tan conmovedores que ella no pudo leer
nunca sin llorar?

--Lo har como t mandas--dijo bajando la cabeza--; pero todo lo que
has escrito es tan sugestivo, tan admirable, tan hermoso!...

Durante treinta aos, haba asistido hora tras hora, a la concepcin,
planeamiento y ordenado desarrollo de aquellos volmenes, base y escudo
de la gloriosa reputacin de Gmez-Urquijo. La idea primitiva, el
concepto matriz de cada libro lo concibi Urquijo en el lecho, junto a
ella, en noches interminables de vigilia cruel, durante las cuales el
cerebro del artista trabajaba ayudado por las tinieblas del dormitorio,
y sucesivamente fu viendo cmo aquella idea creca y se perfeccionaba
adquiriendo mayor nitidez y ramificndose con otras, y cmo el novelista
bautizaba y mova los diversos personajes, intercalando en la narracin
sabrosos episodios y avanzando hacia el desenlace derechamente. Ella, en
fin, mera espectadora de aquellas creaciones, las pens y sinti tanto
como su mismo autor, y luego haba llorado de emocin repasando las
cuartillas salpicadas de tachaduras y llenas de renglones trazados
rpidamente, con esa letra gruesa y desigual de los hombres de accin y
ayudado a la correccin de pruebas; y ms tarde gust, cual si fuesen
suyos propios, los aplausos conquistados por el libro. En aquellos
volmenes haba pedazos de su cerebro y trdigas de su alma; los haba
visto nacer y desarrollarse, tal vez los inspir... De suerte que al or
que Gmez-Urquijo abominaba de ellos, se atrevi a repetir varias veces
y con los ojos bajos, a guisa de suave protesta:

--Como quieras, claro... eso nadie mejor que t puede decirlo!... Pero
son tan hermosos, tan bonitos!...

--S, lo s.

--Entonces...

--Por lo mismo que son muy hermosos, muy sugestivos, muy arrobadores...
no quiero que los lea.

Ella repuso en voz muy baja, con una mansedumbre de sierva enamorada:

--No entiendo bien...

--Pero me entiendo yo... y basta!

Iba exaltndose, irritndose progresivamente en virtud de una idea que
rebrinqueteaba vigorosamente por sus profundos y que no quera confesar.
Era el gran secreto de su vida artstica, la duda cruel que ahele sus
mayores triunfos, un misterio profesional incomunicable del cual se
haba preocupado pocas veces, y que entonces resurga de improviso
exigiendo una resolucin definitiva y perentoria: el eterno combate
entre lo moral y lo artstico, entre lo bueno y lo bello. Urquijo se
frotaba las manos impaciente, nervioso; Balbina continuaba escrutndole
atentamente, esperando una contestacin.

--Pero di--aadi pasado un largo intervalo de silencio--; aclara mis
dudas: es que tus libros son malos?

El rostro venerable de Pedro Gmez-Urquijo expres una angustia suprema,
como si el ntimo combate que en momentos tales libraban el hombre y el
escritor le desgarrase alguna fibra muy delicada, muy sensible. Pasados
los primeros instantes de vacilacin, el hombre y el padre vencieron al
artista.

--S--repuso con voz apenas perceptible--; mis libros son malos, son
libros funestos.

--Ah!

--Como autor, lo aplaudo y estimo dignos de parangonarse con los
mejores; pero, como hombre que tiene hijas... quieres que sea
franco?... Pues, como padre... palabra de honor!... los condeno.

--Entonces, por qu los escribiste?

Formul su pregunta, esa pregunta a la que tan pocos artistas geniales
sabran contestar, inocentemente, con la terrible ingenuidad del nio
que dispara jugando sobre su hermano un arma de fuego. Urquijo se
encogi de hombros, anonadado.

--Qu s yo por qu los escrib!... Los artistas producimos fatalmente,
obedeciendo a un exceso de vitalidad que bulle en nosotros, y
experimentando al producir placer inmenso, mas sin tener conciencia
exacta de la condicin benfica o perjudicial, til o perversa de
nuestra obra.

Hablaba balbuceando, no sabiendo cmo disculpar la nefanda labor de toda
su vida: y conforme su aturrullamiento y desconcierto de nimo
aumentaban, Balbina, obedeciendo a un fenmeno inverso, se senta por
momentos ms locuaz y batalladora.

--T sostuviste repetidas veces--dijo--que tus libros eran muy buenos,
recuerdas?

--S.

--Muy morales.

--Morales?... S, seguramente son morales... Acaso hay en la tica
algn principio incontrovertible?

Gmez-Urquijo titubeaba, disimulando su pensamiento con respuestas
ambiguas, oscilando como el equilibrista que corre sobre una maroma;
mientras la anciana, para quien la vida del gran hombre no tena
secretos, continuaba acorralndole entre lneas paralelas de slidos e
incontestables argumentos.

--Yo recuerdo--prosigui--que antes de casarnos publicaste _Eva_, tu
libro ms ledo...

--Precisamente.

--Y luego, _Cabeza de mujer_... que fu atacado saudamente por los
crticos.

--S.

--Te llamaban libertino, anarquista... Y t escribas, en todos los
peridicos, terribles artculos, defendindote.

Don Pedro hizo con la cabeza un leve signo de asentimiento.

--Mas, por lo visto, argumentabas con sofismas y no con razones de buena
ley, ya que ahora reconoces que tus enemigos tenan razn. Cmo, Pedro?
En qu pensabas cuando firmaste obras de las que ahora reniegas?

Gmez-Urquijo se haba levantado y vuelto a sentar, encogindose de
hombros, arqueando las cejas, moviendo febrilmente sus finos labios de
hombre nervioso.

--En mis libros--dijo--consign lo que he visto, lo vivido... Es
natural! Los viejos parecemos libros de historia; slo acertamos a
hablar de lo que fu... Tambin reconozco que soy un escritor pagano y
que mis novelas forman una especie de oracin admirable en loor de la
carne omnipotente... Mas, para qu defender la castidad cuando es una
negacin del deseo fecundo, una virtud estril, como la mayor parte de
las mal llamadas virtudes?... Miserables envidiosos me atacaron... y
qu?... El mrito de los artistas, como la belleza de las mujeres, se
mide por los malos deseos que enciende... Guerra, pues! Hay que dudar
del valimiento del escritor que no fu combatido, como debemos discutir
la hermosura de la mujer que nunca fu deseada!...

Y exclam, agarrndose desesperadamente a este sofisma, ms propio de un
especulador que de un artista:

--Esos libros son buenos; s, son buenos... Puesto que se vendieron por
millares, conquistando el abrigo y el pan de toda nuestra vida.

--S, es cierto--repuso Balbina con los ojos arrasados en lgrimas--;
se han vendido! pero, al escribirlos... no pensaste que tu hija podra
leerlos alguna vez?

Continuaron hablando ms de una hora, que fu para Gmez-Urquijo de
cruel martirio. De pronto haba descubierto el espantoso vaco moral que
informaba la labor literaria de su vida; sus libros eran malvados, tena
miedo de su obra, porque fu la obra de un pagano enamorado nicamente
de la belleza y de la forma. Lo que no haba comprendido en treinta aos
de combates artsticos, sostenidos desde el peridico y desde la ctedra
del Ateneo, acababa de vislumbrarlo de sopetn viendo a Mercedes triste
y empalidecida por el vaho venenoso emanado de novelas perversas. l
quiso castigar rudamente a los hombres libertinos enervados en brazos
del deleite, sin ambiciones, sin ideales, indiferentes al progreso
social, como ruedecillas intiles que nada significan en los
complicados engranajes del dinamismo humano; y a las mujeres adlteras
que destruyen con sus torpes liviandades el santo concierto del
matrimonio, base inamovible de la sociedad; y a los ricos que explotan
la juventud del proletariado, amasando sus fortunas con el dinero
arrancado cruelmente a la miseria de los dems; y a los prceres
avillanados que arrastran sus pergaminos por el fango del arroyo, y a
los jueces venales y a los escritores cobardes y a los prohombres que
ponen su influencia a merced de las mujeres bonitas... Tal fu la misin
nobilsima a que Gmez-Urquijo dedic sus afanes: combati todas las
ruindades, todas las intransigencias, todos los fanatismos, y luch por
cuanto estim bueno y justo ciegamente, con ahinco y tenacidad
admirables.

Pero el camino que eligi para la realizacin de tan altos fines no era
bueno. Para fustigar a los jueces que se venden, a los aristcratas
emplebeyecidos y a los libertinos desnudos de toda virtud, hubo de
pintar en sus novelas jueces sobornables y prceres vagabundos y
calaveras contumaces y mujeres de las ms diversas categoras y
temperamentos... Y estos personajes, obedeciendo a la idiosincrasia
pagana del autor, no llegaron a encarnar el pensamiento de
Gmez-Urquijo: todas sus mujeres eran hermosas, adorables, viciosas y
ardientes, pero con un vicio extrao, que pareca causa y resultado
inseparables de su belleza misma, y que, lejos de rebajarlas, las
magnificaba y disculpaba; y todos sus hombres, si eran criminales,
licenciosos y perjuros, lo fueron por motivos de tal magnitud y
consideracin, que sus liviandades encontraban desde luego fcil escudo
y defensa. Aquellas figuras, lejos de inspirar repugnancia, cautivaban,
atraan, seduciendo y encadenando el nimo del lector con hechizos de un
sutil y quintaesenciado sensualismo; era imposible odiar a aquellos
galanes tan bizarros, tan gentiles y limpios de toda ruin levadura, que
vivan lejos del mundo, enmollecidos sobre el regazo de sus amadas; ni a
aquellas mujeres, divinas dispensadoras del sumo bien, tan discretas,
tan alegres, que desfilaban por las pginas de los libros con un
embelesador clamoreo de carcajadas juveniles. Don Pedro Gmez-Urquijo se
haba equivocado; quiso hacer una obra y compuso otra completamente
distinta: era imposible arrancar de la lira voluptuosa de Tbulo los
duros acentos regeneradores de Juvenal; y l, que pretendi enmendar
equivocaciones y corregir defectos, era tambin, por temperamento, un
corruptor, un gran libertino, un gran escptico, un gran voluptuoso. Y
esto el autor de _Eva_ y de _Cabeza de Mujer_ lo haba descubierto
repentinamente, evocando el recuerdo de aquella escena que tan profunda
emocin caus en su nimo: a Mercedes apoyada de codos sobre la mesa del
comedor, con su cabellera corta y spera, su rostro plido y sus ojos
enigmticos y negros de apasionada: inmvil, absorta, leyendo una
historia de amor, soando con ella.

--El dao es irreparable--murmur tristemente--, pues, aunque yo podra
echar por tierra de un solo plumazo el monumento literario de mi vida,
dnde hallar valor y abnegacin suficientes para perpetrar tan cruel
suicidio?...

Balbina Nobos, enternecida, lloraba abriendo mucho los prpados y sin
estremecer un solo msculo de su rostro, y las lgrimas rodaban
pausadamente una tras otra por sus mejillas plidas y fofas de
burguesilla honesta que envejeci a la sombra.

--En fin--aadi don Pedro, deseando concluir aquella conversacin
dolorosa--, no hablemos ms de esto; te lo dije todo, lo he confesado
todo, puesto que mi vida de artista no guarda misterios para ti. Ahora
te aconsejo que cuides mucho a Mercedes, que avizores ladinamente todos
sus quehaceres, que nunca la dejes salir sola a la calle. Vive alerta y
con la barba sobre el hombro, Balbina ma, porque la tentacin es
demonio taimado para quien no hay conciencia inaccesible, ni sueo
tranquilo, ni alcoba bien cerrada. Procura sondear su nimo,
infundindola confianza para que, sin empacho, te abra el cofrecillo
sellado de sus secretos; participa de sus deseos, siente con ella,
hblala de amores: si acaso notases que desea un aliado, finge ponerte
incondicionalmente de su lado y en contra ma, para engaarme. Reptele
aquello de: A tu padre no se le pueden decir ciertas cosas, porque los
hombres, etc... Y si por un momento lograses hacerla olvidar que es
hija tuya, veramos logrados nuestros deseos; en el terreno de la
confianza, los amigos suelen tener sobre los padres grandes ventajas.
Hazlo as; yo no puedo ocuparme de todo...

Ella arqueaba las cejas con expresin dubitativa de persona a quien
encomiendan una empresa muy superior a sus alcances. Gmez-Urquijo se
haba levantado, y mientras arrastraba lentamente su silln hasta su
mesa de trabajo, aadi:

--La tranquilidad de nuestra vejez descansa en el porvenir de Mercedes;
los hijos son una prolongacin de nosotros mismos. Mercedes es mi mejor
obra; procuremos t y yo que la posteridad no murmure de ella. Sera
imperdonable que yo, que fu vctima de mis libros, consintiera que la
hija de mi alma lo fuese tambin.

Despus, sentado delante de la mesa, consult rpidamente un libro,
cogi un puado de cuartillas y psose a escribir con esa letra ancha y
gruesa de los espritus vigorosos. Escriba sin vacilaciones, tachando
muy poco, y mientras su mano derecha iba encerrando las ideas en
rosarios interminables de palabras, los dedos de la siniestra mano
opriman nerviosamente las cuartillas, maltratndolas, como despechados
de no poder servir para ms altos menesteres. La pantalla verde del
quinqu reconcentraba su luz sobre la mesa, y en la penumbra, agobiando
el angosto trax de Gmez-Urquijo, surga su admirable cabeza
apostlica, con su frente bombeada de pensador, sus grandes ojos azules
abrillantados por el fulgor enfermizo de la inspiracin, su nariz
aguilea, sus finos labios de hombre nervioso, violentamente contrados,
y sus mejillas arreboladas por la sangre que el esfuerzo mental atraa
al cerebro.

Balbina continu acurrucada en su sillita, abstrada en la contemplacin
indecisa de esas imgenes incoloras y desligadas de toda nocin de
espacio y tiempo, que mecen el espritu de los irresolutos. Luego,
aburrida de s misma y de la estril vaguedad de su preocupacin, se
levant y fu a sentarse junto a la mesa, deslizando sin ruido sus
zapatillas sobre el suelo alfombrado. En seguida, tmidamente,
murmurando un: No te molesto?... que no obtuvo contestacin de don
Pedro, alarg su mano, una mano plebeya, gruesa y salpicada de
hoyuelos, y cogi un libro, uno cualquiera, que abri por cualquier
parte... La lectura le interesaba muy poco: lo importante era acompaar
al anciano, al pobre compaero de su vida, que estaba all, amarrado al
ingrato silln del trabajo, escribiendo para ganar el abrigo y el
indispensable regalo de todos. Durante treinta aos, Balbina Nobos haba
hecho lo mismo. Todas las noches, despus de cenar, en cuanto
Gmez-Urquijo pona manos a su absorbente labor de emborronar
cuartillas, ella iba a acompaarle, esperando la llegada del sueo, que
no sola tardar. A veces el anciano levantaba maquinalmente la cabeza, y
al encontrar la mirada de Balbina, preguntaba con acento breve:

--Qu haces ah?...

Ella, cual si la hubiesen sorprendido en el momento de cometer una grave
falta, responda:

--Nada... estoy vindote...

--Por qu no te acuestas?

--Luego, cuando acabe de leer...

Aquello era un pretexto; ella no lea, no hubiera podido leer, por ms
empeo que en ello hubiese puesto. Su espritu candoroso de nia
enamorada eternamente, permaneca embebecido en la contemplacin
idoltrica del hombre amado. Seis lustros de vida conyugal no bastaron a
destruir el hechizo de aquella pasin. Mientras Gmez-Urquijo trabajaba,
Balbina le cea en una mirada triste y de indefinible dulzura: los
aos, ms tenaces en su obra demoledora que los gusanillos que
destruyeron el puente de Miln, fueron modificando insensiblemente la
expresin de aquellos ojos, que al principio miraban con afn inquieto
de mujer celosa y ms tarde declinaron empequeecindose un poco
conforme se marchitaban, y escondindose en el fondo de sus cuencas,
desde donde observaban el mundo con una mirada dulce y melanclica de
abuela. Gmez-Urquijo nunca lleg a darse cuenta exacta de aquella
veneracin que le tributaban, ni de aquellos ojos que le escrutaban,
detallando las arrugas de su frente y los febriles movimientos de su
mano; aquellos ojos que se secaron mirndole y bajo los cuales pudo
decir, sin resquicio de hiprbole, que haba encanecido. Balbina no
tardaba en recibir el asalto del sueo que llegaba dominndola en
seguida, con esa fuerza con que el cansancio se impone a la dbil
constitucin de los viejos y de los nios: entonces cerraba el libro y
se acercaba a don Pedro, ofrecindole el beso de despedida; se lo daba
en la mejilla o en la nuca, pero ligeramente y como a hurtadillas, para
no distraerle; y luego sala dirigindose hacia la puerta con pasos
silenciosos de enfermera.

Aquella noche Balbina, preocupada por las advertencias de Gmez-Urquijo,
mir a su marido menos que otras veces. Pensaba incesantemente en la
difcil comisin que acababan de encomendarla, y no saba por dnde
empezar ni cmo conducirse: aquello de captarse la confianza de
Mercedes, hablarla de amores y fingirla proteccin y ayuda para as
llegar ms fcilmente a conocer la verdadera orientacin de sus
sentimientos... todo esto que el espritu zahor de don Pedro encontraba
tan llano y accesible, a Balbina la pareca una quimera inejecutable,
como la de tender un puente sobre un abismo. Interrumpiendo el silencio
de la habitacin slo resonaba el tic-tac desesperante del reloj, y el
vigoroso ir y venir de la pluma que corra sobre las cuartillas.

De pronto Gmez-Urquijo que, a pesar de su trabajo, haba de estar
pensando en las mismas ideas que a su mujer atormentaban, levant la
cabeza preguntando con repentino sobresalto:

--Hars lo que te dije?

--S.

--Pronto?

--En seguida.

--Desde maana mismo...

--S, desde maana; en cuanto me levante... veremos... T me ayudars...

--S, yo te ayudar; pero no te abandones findolo todo en m...

Reanud su tarea para interrumpirla momentos despus.

--Infrmate bien--dijo--del carcter de sus amigas, de si tiene
amores... apodrate bien de su nimo; no pongas al alcance de su mano
ningn libro que yo no conozca; y, especialmente, aprtala de los
mos... No digo ms!... Cuida mucho a Mercedes, presrvala de devaneos,
siempre perjudiciales al recato y buen nombre de una doncella; lbrala
de las malas amistades, del pernicioso contagio de los malos libros...
y, a todo trance, cueste lo que cueste, gurdala de m. Acurdate,
Balbina, que el peor enemigo de nuestra hija soy yo...

No dijo ms, ni Balbina Nobos os tampoco replicar palabra, y en el
mbito del despacho volvieron a resonar simultneamente, con porfa
incansable, como queriendo sobrepujarse el uno al otro, el rasgueo
febril de la pluma, divina ejecutora de todo lo que queda,
escarabajeando sobre las cuartillas, y el sempiterno tic-tac del reloj,
abominable aparato contador de todo lo que huye.

Aquel combate se prolong durante muchas horas: la pluma batallando por
perpetuar el recuerdo de una vida, la gloria de un hombre; y el reloj
fatdico negndolo todo, burlndose de todo, triturando la vida y la
gloria entre las dos slabas de su negacin eterna: tic-tac, tic-tac...




II


El paternal alerta! de Gmez-Urquijo llegaba tarde. Mientras los dos
ancianos discutan los ocultos motivos que desde haca poco tiempo iban
trocando en mustio y retrado el antes expansivo y decidor carcter de
Mercedes, la joven entr en su cuarto, encendi una luz y empez a
desnudarse prestamente, quitndose sus vestidos con una especie de
horror: las enaguas cayeron delante de la mesilla de noche; el cuello de
pieles y el cors fueron arrojados sobre un silln, y las medias
enrolladas quedaron olvidadas sobre la alfombra, como anillos de una
enorme serpiente rota...

Ya en el lecho, ese fiel encubridor de los grandes secretos femeninos,
Mercedes sac del seno un papelito plegado en varios dobleces, aproxim
la luz para ver mejor y apoyada sobre un brazo con orientalesco
abandono, psose a leer, alargando el hociquillo, frunciendo el
entrecejo y haciendo otros hechiceros mohines de mujer que no entiende
bien lo que va leyendo. Aquel billetito era de Roberto Alcal, quien la
citaba para el da siguiente.

Maana, a las tres de la tarde, te aguardo en la plaza de Oriente, bajo
los, arcos del Teatro Real. Carmen o Nicasia irn a buscarte. No faltes.
Te quiero con toda el alma. Recibe sobre los prpados mis mejores
besos...

Unos cuantos renglones compuestos de frases banales, escritos con lpiz
sobre la margen de un peridico, y que no obstante encerraban todo un
poema de pasin ardiente, las palabras ms dulces del vocabulario
amoroso, los compases ms tiernos, ms arrobadores del eterno vals de
los deseos... Mercedes bes rpidamente la firma, avergonzada de
reconocerse aquella tan grande debilidad pasional, y torn a leer el
billetito apreciando bien los pormenores de la cita.

A las tres de la tarde... en la plaza de Oriente, bajo los arcos del
Teatro Real.

Y esto lo repiti varias veces, procurando grabarlo en su cerebro
profundamente, recelando la posibilidad de que la amorosa esquelita se
perdiese. De pronto, oyendo que doa Balbina iba acercndose por el
carrejo con sus mesurados pasitos de enfermera, la joven extendi el
brazo y apag la luz, para que la creyesen dormida. Despus sinti que
empujaban la puerta suavemente y en la penumbra indecisa, recortada por
el marco, apareci la silueta de la anciana, que alargaba la cabeza,
conteniendo la respiracin:

--Nia... Mercedes...--murmur--; duermes?

Ella no contest, permaneciendo inmvil y doblada sobre s misma, hecha
un ovillo. Balbina repiti bajando la voz:

--Duermes?...

La joven sonrea silenciosamente, recrendose con pueril ufana en el
engao de su madre y comprendiendo que con aquel mutismo se ahorraba una
conversacin, por lo intempestiva, enojosa; pero muy luego dej de rer,
temiendo que delatasen su insonoro contento sus blancos dientecillos de
lobezna, brillando en la obscuridad bajo la accin de aquel tmido
resplandor lejano que recortaba el perfil de doa Balbina sobre la
borrosa claridad del pasillo. En el silencio del dormitorio susurraba su
respiracin, suave y rtmica como la de quien se acost muy cansado: y
cuando la anciana, sin maliciar la superchera de que era objeto, cerr
la puerta y ech de nuevo pasillos adelante buscando el despacho,
andando siempre con sus cautelosos pasos de mujer tmida, Mercedes
volvi a sonrer estremecindose toda ella de cabeza a pies, con una
nerviosa sensacin de regocijo y fro.

Durante algunos momentos estvose queda, prestando odo atento,
convencindose de que estaba sola y de que nadie volvera a quebrar el
hilo de sus meditaciones. Pens en Roberto, en los incidentes de la
ltima cita, en los que acaso haban de salpimentar y embellecer la
entrevista prxima...

El prodigioso secreto de abultar las cosas ms insignificantes y restar
importancia a lo realmente considerable y digno de ser tenido en mucho;
el saber imprimir inters, novedad y pique novelesco a lo trivial,
mientras se permanece en las situaciones extremas brazo sobre brazo,
sonriendo a la muerte con esa tranquilidad admirable que infunde la
inconsciencia del peligro; eso de olvidar lo repugnante, lo deforme,
para mejor aquilatar la parte bella de los hechos, o de dulzurar las
pesadumbres arropndolas en las consoladoras medias tintas de una suave
poesa melanclica; esas sutiles metamorfosis psicolgicas, esos
trueques de sentimientos de tristes en regocijados y de alegres en
nostlgicos; pero con una nostalgia que tiene algo de convencional,
puesto que slo produce una voluptuosa sensacin de sufrimiento que
nunca llega a la cruel mordedura del verdadero dolor; todo eso, tan
delicado, tan altamente artstico, forma la felicidad inimitable de los
veinte aos. Cuando la inocente niez deja de sonrer entristecida por
los primeros balbuceos pasionales de la ardiente mocedad, el mundo se
transforma y una nueva existencia saturada de perfumes jams aspirados,
de lejanas nunca vistas y de tiernos arrullos no escuchados, surge de
la vaca existencia infantil. La retozona pubertad acaricia los nervios
con lbricos cosquilleos, la sangre corre bajo la piel inspirando una
necesidad perentoria de luchar, de emplearse en algo; por las noches, en
el silencioso recogimiento de los dormitorios que abrigaron la desvalida
niez, que acaba de pasar, se oye el recio bataneo cardaco y los odos
zumban, aturdiendo el cerebro del adolescente con murmujeos extraos,
cual si aquella sensacin, puramente fsica, fuese el eco con que
responden las alcobas honradas al lejano desconcierto de las pasiones...
Y entonces es cuando por primera vez reconoce el joven que hay bajo el
virtuoso techo del hogar paterno algo inexpresable que ahoga. El sol
agostador del Deseo asciende lentamente, vistiendo el porvenir de
prpura y recamando el cielo ailado de la esperanza con cirrus que
fingen caderas y voluptuosos contornos de mujeres desnudas; el vaho de
las pasiones represadas sobajea la piel con efluvios magnticos, la
brisa susurra entre el boscaje vecino cantos de amor. Todo vibra en
nosotros, todo conmueve intensamente, hablndonos un lenguaje slo para
nosotros comprensible: la alondra que trina en el espacio saludando los
risueos resplandores del amanecer, la campana de la ermita que dobla,
recordando con sus msticas vibraciones la celebracin de la primera
misa; las cigarras que cantan bajo los hierbajos durante las horas
abrasadoras de la siesta; el bho que interrumpe con su grito fatdico
el silencio hiertico de los bosques; y de igual modo y aun en los
momentos ms diversos; los acordes de una msica, la lectura de unos
versos que responden a cierto estado de nuestro espritu, el perfume que
esparcen tras s los vestidos de una mujer que pasa... todo interesa, y
las impresiones resuenan dentro del alma con eco solemne, como retumban
los ruidos del mundo en los mbitos de las majestuosas catedrales
antiguas.

sta era la turbulenta crisis psicolgica porque atravesaba el espritu
de Mercedes.

Su niez se haba deslizado tranquilamente, sin hermanos con quienes
jugar, sin amiguitas, siempre encerrada en casa, libre de esos menudos
divertimientos que llenan la amariposada existencia de los nios. Al
colegio no fu nunca; doa Balbina la ense a rezar, luego aprendi
con su padre a leer, escribir, un poquito de geografa y de historia,
con algo de aritmtica y de ciencias naturales; y mucho ms tarde
estudi el piano con una profesora francesa que daba lecciones a
domicilio. Los primeros aos de su vida dejaron en Mercedes muy pocos
recuerdos: siempre vea la misma escena, el mismo cuadro, silencioso y
tranquilo; a Gmez-Urquijo encerrado en la modesta habitacin que le
serva de despacho, sentado delante de una mesita, escribiendo con los
ojos muy abiertos y la mirada inmvil del hombre que mira cosas
distantes; y a doa Balbina trajinando por la cocina, ora encendiendo la
lumbre, ora fregando cacerolas y platos, o bien en el comedor, repasando
la ropa blanca que iba sacando de un gran cesto. Del semblante que
entonces tena doa Balbina, Mercedes no recordaba, sin duda, porque
jams hubo en l un rasgo vigoroso; pero s conservaba, aunque
vagamente, la imagen de su padre, con su larga melena de trovador, su
nariz aguilea y su ancha frente, autorizada por el profundo pliegue
vertical de la reflexin y de la clera.

Don Pedro permaneca en su casa poco tiempo, eran muchas las noches que
no dorma en ella, y algunas veces estaba ausente tres y cuatro das.
Aquellos alejamientos los soportaba doa Balbina con admirable
resignacin de mrtir, y en su rostro amargado por un gesto de
conformidad y de melancola imborrables, jams lleg a traslucirse
ningn sentimiento anormal de impaciencia o despecho. Se levantaba
temprano, preparaba el desayuno, iba y vena por las habitaciones
barriendo, sacudiendo el polvo de los muebles, charloteando con su hija
que la segua a todas partes, hablando siempre una conversacin infantil
de mujer sencilla que slo est separada de la niez por los aos. Todas
estas operaciones de la mecnica casera las ejecutaba doa Balbina sin
rer, sin levantar nunca la voz, silenciosamente, cual si hubiese algn
enfermo grave muy cerca de all; obedeciendo, tal vez inconscientemente,
a la inveterada costumbre que tena de no interrumpir a don Pedro en sus
horas de trabajo. Por las tardes, doa Balbina se sentaba en el comedor
a repasar las ropas que lo haban menester, o a leer; y si all no
haba bastante luz, se trasladaba a la cocina que era muy clara, o al
gabinete, pero nunca al despacho, cual si temiese profanar con su
presencia la majestad del santuario donde su marido escriba. Despus de
cenar aquella joven, envejecida prematuramente por dentro, sentaba a su
hija sobre sus rodillas y rezaban juntas; luego se acostaban. Algunas
veces la nia preguntaba:

--Y pap?

Doa Balbina responda invariablemente con su cristiana mansedumbre de
cordera:

--Trabajando, hija ma; trabajando para nosotras...

Y se dorman la una en brazos de la otra, como queriendo consolarse
mutuamente de la soledad en que vivan. Entonces tena Mercedes siete
aos.

Cuando Gmez-Urquijo volva, hija y madre acudan a recibirle. l
abrazaba a Balbina, besndola apasionadamente sobre los labios, deseando
compensarla en un instante de sus tristezas y desamparo: luego aupaba a
Merceditas, chillndola y zarandendola hasta conseguir ponerla de mal
humor. Balbina preguntaba:

--Dnde has estado?

--Por ah... mujer, trabajando; ya sabes... La brega eterna. Anoche
pens venir, pero a ltima hora fu a la redaccin y luego me llamaron
por telfono desde la imprenta, para la correccin de unas pruebas...
Ah!... Los ensayos de mi drama han vuelto a interrumpirse: creo que la
noche del estreno no llegar nunca...

Doa Balbina, olvidando completamente sus propias pesadumbres, murmuraba
enternecida, besndole:

--Pobrecito, cunto trabajas!...

--S, hija ma... mucho... Dirase que mi trabajo es de los que se pagan
por horas.

Y no menta: la palidez de sus mejillas y de su frente, el pliegue
desdeoso de sus labios, el crculo violceo que rodeaba sus grandes
ojos azules, traicionaban ese agotamiento ntimo del hombre que
discurri febrilmente durante muchas horas. Luego, como artista que
antes de volverse al mundo de sus quimeras quiere conocer rpidamente la
realidad donde vive, preguntaba:

--Cmo te encuentras?

--Bien.

--Y la nia?

--Ya la ves, hecha un torito...

--Ha venido alguien?...

Generalmente la respuesta era negativa, porque Gmez-Urquijo, para
ocultar la modestsima estrechez en que viva, cuidaba de no descubrir a
nadie las seas de su domicilio. Despus de aquel breve interrogatorio,
don Pedro sola sacar del bolsillo un peridico que entregaba a su
mujer:

--Toma y no lo pierdas...

--Qu es?...

--Poca cosa; un envidioso que habla mal de m... Un artculo sangriento.
Gurdalo; de todo eso necesito vengarme cruelmente cuando suene para m,
con la hora del triunfo, la hora divina de las represalias.

Despus, sin perder minuto, se encerraba en su despacho, a escribir, y
la casa volva a sepultarse en su melanclico silencio de sacramental.

Aunque sujeto a la mesa del trabajo, el espritu de Gmez-Urquijo
llenaba todas las habitaciones. Doa Balbina pareca ms animosa y sus
ojos reflejaban el fulgor de un ntimo contento, haba ms graciosa
soltura en sus ademanes, sus dedos manejaban la aguja con ms facilidad;
a cada momento sala del comedor y entraba en la cocina, inspeccionando
la lumbre, destapando las cazuelas, para cerciorarse del buen estado de
los guisos; y si Mercedes empezaba a cantar, la impona silencio
mansamente, llevndose el ndice a los labios.

--Chist!--deca--calla... no molestemos a pap...

La presencia de Gmez-Urquijo le produca desasosiego invencible e iba a
verle muchas veces, so pretexto de llevarle un vaso de agua o de
arreglarle el quinqu; por su gusto hubiese estado siempre junto a l, a
sus pies, apoyada de codos sobre sus rodillas, vindole trabajar: pero
se contena temiendo distraerle y procuraba dominar su nerviosa
inquietud en menudas labores, esperando que llegase la hora de cenar,
nica ocasin en que poda tener con don Pedro algunos momentos de
conversacin tranquila y sabrosa.

Mercedes, a despecho de su niez, comprenda aquellas sensaciones que
dejaron en su memoria una impresin que los aos limadores no pudieron
borrar.

Recordaba muy bien la distribucin y ornamento de la pobre casita donde
naci: con sus suelos sin alfombrar, sus ventanas sin visillos y sus
paredes desnudas. Aquellas ventanas, por cuyos limpios cristales se vea
en los das invernosos un gran pedazo de cielo gris y vastos solares
cubiertos de nieve, iluminaban el interior de las habitaciones con una
luz cruda y triste: eran habitaciones muy grandes que reforzaban con su
vacuidad el vigor de los ruidos y en las cuales la falta de muebles
mova inconscientemente a hablar en voz baja.

En medio de tan lastimosa estrechez, Mercedes era feliz, y profesaba un
afecto especial a cada uno de los muebles que componan aquel modesto
ajuar. Su madre la haba enseado a quererlos con un amor sencillo,
firme y apasionado de fetiquista, cual si fuesen una prolongacin de la
familia, una especie de seres inferiores, semiconscientes, que les
acompaaban y servan viviendo una existencia inexplicable. En aquel
hogar la voluntad del cabeza de familia era omnipotente, y como todo
proceda de l, todo tambin, y en justa compensacin, deba servir para
su regalo y agasajo. La cocina, con sus rimeros de platos y sus bruidas
cacerolas, el comedor con su mesita de nogal, su media docena de sillas
y su espejo, un magnfico espejo adquirido milagrosamente en una
almoneda, resto ostentoso de un opulento mobiliario deshecho; el
dormitorio, con su amplio lecho matrimonial y su cunita de hierro; la
casa, en fin, toda ella, con sus luces y su autoridad de hogar honrado,
eran obra de Gmez-Urquijo, y las mismas doa Balbina y Mercedes, dos
ruedas ms de aquel andamiaje que don Pedro sostena con su esfuerzo.
Esta idea de su inferioridad y dependencia la aprendi Mercedes de su
madre; ambas se consideraban dbiles, pequeitas, desprovistas de
personalidad; don Pedro, todopoderoso y omnisciente, las autorizaba, y
ellas eran algo infinitesimal que creca al arrimo de algo muy fuerte...

El carcter extraordinario de Gmez-Urquijo, su imaginacin ardiente
siempre propicia al trabajo y su voluntad insensible a la fatiga,
triunfaban en todos los momentos, y no tard en sojuzgar el albedro de
la hija, como antes haba rendido el espritu de la madre. Y cuando por
las noches, desde la cama, una y otra vean el resplandor de la luz que
Gmez-Urquijo tena encendida en su despacho, Mercedes se quedaba
dormida bajo la molesta impresin de que su padre, tan bueno, tan
batallador y tan sabio, estaba trabajando para ellas, labrando su
porvenir, sufriendo por las dos.

Conforme Mercedes iba creciendo, su carcter fu complicndose y
ofreciendo puntos de vista muy curiosos. Haba heredado de su padre los
rasgos fsicos y los perfiles morales ms sobresalientes: el talle largo
y esbelto, la nariz aguilea, el mentn pronunciado que caracteriza a
los fuertes de voluntad; y luego aquella imaginacin inquieta, aquel
cerebro de artista idoltrico adorador de la quimera, y las neurosis,
apasionamientos irreflexivos y dems refinados desequilibrios de las
sensibilidades exquisitas; y represando esta complexin batalladora que
haca de Gmez-Urquijo un luchador infatigable, tena Mercedes el
carcter retrado y sumiso de su madre; tan silenciosa, tan pronta a
ceder ante el menor obstculo. Haba, no obstante, entre madre e hija
diferencias notabilsimas.

Doa Balbina era un espritu sin dobleces, de sos que se conocen a la
primera ojeada. Si hablaba poco era porque en su tranquila cabecita de
mujer casera raras veces brotaba un concepto nuevo; y si se amoldaba
fcilmente a las circunstancias era porque estaba segura de su poquedad
y no se reconoca nimos para rebelarse e imponer su capricho; y por eso
viva sin luchas, empequeecida y como eclipsada por el genio dominador,
absorbente, irresistible, del hombre a quien eligi por esposo,
queriendo lo que l mandaba, pensando como l; su misin qued reducida
a acompaarle, a seguirle a todas partes, a esperarle das enteros sin
sentir la horrible soledad que la rodeaba, y a recibirle siempre
abnegada y cariosa, confortndole cuando triste, aplacndole cuando
irritado.

Mercedes no era as: su aislamiento, el ejemplo constante de su madre y
el rostro grave y siempre pensativo de don Pedro, a quien vea rer
contadas veces, domearon, pero sin rendir, la ingnita acometividad de
su carcter expansivo. Haba en ella una especie de doble naturaleza.
Fantaseaba mucho y quera intensamente; pero el temor de hablar fuera de
sazn o de no realizar sus deseos, la condenaban a eterna pasividad y a
perpetuo mutismo; doa Balbina callaba y obedeca sin trabajo, porque no
tena nada que decir, ni albedro que oponer a los acontecimientos
adversos, y Mercedes callaba y ceda tambin, aunque por opuestos
motivos, constreida por un exceso inverosmil de amor propio; callaba
porque tema expresarse mal, y obedeca sin protestas, recelando tener
que atacar por fuerza lo que poda aparentar recibir de grado. Esta
reconcentracin produca en ella una superabundancia extraordinaria de
voliciones y de ideas; ideas que no se concretaban en palabras, deseos
que jams tuvieron forma imperativa; sus facultades, por ende,
conservaban toda su salvaje entereza; su orgullo no haba padecido
humillaciones, ni su voluntad sufri directamente ningn mandato que
mermase su bro y acerado temple: era, pues, el suyo, un carcter
varonil que dormitaba representando su simptico papel de hija sumisa,
ms por clculos de orgullo que por propia y natural condicin, y que
slo necesitaba un pretexto para rebelarse, irreflexivo y batallador,
oponiendo a las humillantes imposiciones del deber sus duras aristas de
diamante.

Mercedes tena un espritu pagano. Siendo muy nia, su madre la ense
las oraciones ms sencillas, y por doa Balbina supo que hay un infierno
reservado a los malos y un cielo muy bonito, con mucha luz y nubes de
prpura y turqu, entre las que revolotean traviesas comparsas de
angelitos cantores; y que hay un Dios infinitamente misericordioso y
justiciero, omnisciente, dispensador de beneficios, sensible a los
ruegos, muy amigo de los nios y que se halla en todas partes... Y
Mercedes am a Dios; pues aunque su corazn, limpio de penas, no
necesitaba los consuelos de la fe, la sedujo aquel cuadro mstico, con
el trono del Todopoderoso en lo alto, asentado sobre nubes de esmeralda,
topacio y carmn, por las que pasaban aleteando y con regocijada
algaraba racimos de cefirillos desnudos. Por las noches, madre e hija
rezaban juntas, cada cual desde su lecho.

--Reza, Mercedes--deca doa Balbina--, pdele a Dios por nosotros,
especialmente por tu padre y por ti... Dile que nos conceda muchos aos
de vida y muy buena salud...

Y esto lo suplicaba Balbina Nobos con tanto afn, porque crea
firmemente que todas las oraciones infantiles llegan al cielo.

Mercedes, en efecto, rezaba, mas no poseda de la ntima emocin con que
los ejercicios litrgicos encienden el nimo de los verdaderos
creyentes, sino framente, de modo profano, sin otro fin que el de
proporcionarse a s misma el recreo de entrometerse por aquel cielo tan
hermoso, poblado de colores y de majestuosas armonas, como la
deslumbradora apoteosis final de una comedia de magia. Con los aos,
esta visin paradisaca fu desdibujndose y perdindose, y ms tarde,
cuando Mercedes comenzaba a sentir esas soarreras invencibles que
anuncian en las vrgenes la llegada de la pubertad, concluy por
desaparecer completamente.

Aquella primavera, Mercedes cumpla trece aos, y doa Balbina no
comprenda que las noches de junio tienen opio para las nias que van a
ser mujeres. Despus de cenar, delante de la ventana abierta por donde
penetraban bocanadas de aire tibio, Mercedes se dorma fatalmente, bajo
una especie de imperativo categrico, inevitable; se dorma en las
sillas, en la mesa, con los brazos apoyados sobre el plato del postre;
era preciso llevarla al lecho a puados, con splicas, con gritos de
amenaza. Doa Balbina se desesperaba.

--Nia, reza. Reza, Mercedes... Mercedes, no te duermas!...

Y medio minuto despus repeta:

--Nia, reza...

Mercedes contestaba entre sueos, muy despacio, con la voz emperezada y
casi ininteligible de los noctmbulos:

--Ya voy...

Y segua durmiendo.

Algunas veces, Gmez-Urquijo, aburrido de or a doa Balbina repetir
siempre el mismo consejo, gritaba desde su despacho:

--Cllate, mujer; y reza t sola!...

La voz colrica de don Pedro retumbaba en las habitaciones desamuebladas
como un trueno, y doa Balbina, avergonzada y medrosa, no responda;
pero continuaba murmurando al odo de Mercedes con porfa de verdadero
creyente:

--Reza, nia; si no rezas, Dios se enfadar contigo y tendrs sobre la
conciencia el remordimiento de habernos perdido a todos.

Esto lo repeta una vez y otra, siempre en voz baja, zarandendola por
un brazo con una crueldad que apenas poda disculpar la santidad de sus
propsitos; y Mercedes, al fin, rezaba:

Padre nuestro que ests en los cielos, santificado... pero entre
dientes, separando las slabas con el trabajo con que lanza sus ltimos
acordes la cajita de msica que va quedndose sin cuerda.

Una noche, Mercedes, asustada por las ideas de eterna condenacin con
que su madre la amenazaba, rez pidiendo al Cielo cuanto la era
menester, aunque de un modo abreviado y compendioso:

--Seor: dales a mis padres mucha salud; otrgales largos aos de vida,
haz que me regalen una mueca bonita y aparta de m toda ruin
tentacin...

As rez Mercedes aquella vez, discurriendo, con esa lgica irrefutable
de los nios, que pues Dios es omnisciente, no precisa pedirle
circunstanciadamente y con lujo de galas retricas, lo que l ya sabe y
conoce de antemano; y como este modo de discurrir halagaba su falta de
fe y su sobra de sueo, la joven devota se di con aquella media docena
de frases, que casi recitaba maquinalmente, por muy tranquila y bien
quista del Cielo.

Hasta que otra noche, en que su pereza era mayor y muy grandes sus
deseos de concluir pronto sus oraciones de ritual, compendi cuantas
splicas hasta all haba expresado detalladamente, en una sola,
inteligible, desde luego, para Dios, toda aguda perspicacia y sabidura:

--Seor: t ya sabes lo que yo deseo...

Y no dijo ms, encomendando a la penetracin y benevolencia divina el
cuidado de deslindar y satisfacer con toda justicia sus honestos deseos.

Esta nueva costumbre gan sin trabajo el espritu gentlico de Mercedes:
cansada de las inacabables oraciones que su madre la ense, reasumi
tan enojosos jesuseos en una frase que la permita armonizar su devocin
con su modorra; ms tarde compuso otras abreviaturas, luego rez menos
an, despus nada... Y hasta ella misma se admir de la tranquilidad con
que una noche, haciendo examen de conciencia, descubri que haca ms de
cuatro das que no rezaba...

Al desarrollo y exaltacin de estas impas propensiones, coadyuv
eficazmente el estudio de la msica.

Todas las tardes reciba Mercedes la visita de Mme. Relder, su profesora
de piano. Una mujer alta, fea, pero muy elegante; siempre metida en un
largo abrigo de terciopelo, con un gran sombrero negro y la sonrisa
amable y triste y la mirada humilde de los criados que temen ser
despedidos: llegaba, invariablemente, a la misma hora, llevando un rollo
de papeles en la mano, alegre pero con un regocijo postizo y fro de
diplomtico, y dejando tras s un fuerte olor a violetas.

El piano lo haban colocado en el gabinete; una de aquellas habitaciones
desamuebladas y sin alfombrar, cuyo vaco tanto reforzaba la intensidad
de los ruidos. Durante los primeros meses de aprendizaje Mercedes sufri
mucho; nunca saba la leccin, sus dedos torpes aporraceaban las teclas
sin arrancar sonidos agradables, y lleg a odiar el gabinete donde
estudiaba, con sus paredes desnudas y su ventana sin visillos, por cuyos
cristales se descubran vastos solares incultos y un gran retazo de
cielo plomizo; y odi al piano, con sus destempladas notas de
instrumento alquilado, y a Mme. Relder, angulosa y engabanada, sonriendo
siempre y obligndola a repetir una vez y otra la misma leccin.

Aquella antipata, no obstante, fu declinando porque la msica, como
dijo Goncourt, es el haschisch de las mujeres. Mercedes,
insensiblemente, iba rindindose al encanto filarmnico: los sencillos
ejercicios calcados sobre los principales motivos de las grandes peras,
los aires populares de una sencillez y apasionamiento inexplicables,
todo la diverta y emocionaba profundamente. En poco tiempo realiz
progresos extraordinarios; pasaba muchas horas delante del piano,
repasando cuidadosamente lo aprendido, venciendo dificultades nuevas,
abandonando su alma inquieta al misterioso vaivn pasional de las
melodas ms dulces, sintiendo que todo ello evocaba en su interior el
presentimiento de algo muy grande que haba de llenar su vida.

La msica es un arte de quintaesenciada excelsitud que emociona
igualmente a los jvenes y a los viejos: a los primeros hablndoles con
la voz engatusadora de las promesas, porque todo lo ignoran; y a los
ancianos que vivieron mucho y ya nada esperan, cantndoles el
melanclico _de profundis_ de los recuerdos; a veces es un arte triste,
desengaado, escptico, como un don Juan decrpito; otras modula acordes
alegres, mefistoflicos, de una seduccin irresistible, que arrastran a
la orga: como el dios Jano del paganismo, tiene dos caras; es el arte
contemporneo de todas las pocas, evocador de todas las remembranzas,
allegador de todas las ilusiones, intrprete de todos los deseos; el
arte que llora con Margarita, que muere con Traviata, que ama con Romeo,
que despierta el patriotismo con Guillermo Tell, que se despide del
mundo con Fernando, en _La Favorita_, que duda con Hamleto, que mata con
Otello...

Mercedes, como las grandes apasionadas, senta, a despecho de su candor,
algo de todo esto. Los nocturnos de Chopn y las sinfonas de Beethoven
sometan sus nervios a emociones contradictorias: unas veces la
acometan deseos de llorar por dolores desconocidos que parecan cruzar
aleteando, como aves fatdicas, muy cerca de ella; otras, ganas de rer,
de moverse, con movimientos y esguinces desordenados de bayadera
lasciva, y generalmente estableca prodigiosas conexiones entre los
trminos y conceptos ms disparejos: as, por ejemplo, oyendo un tango,
recompona un cuadro de escenas andaluzas que Gmez-Urquijo tena en su
despacho; mientras los valses, ese baile favorito de los salones
aristocrticos, la recordaban una copa de Champagne, desportillada e
intil, que su madre conservaba desde tiempo inmemorial en un vasar de
la cocina, como trofeo melanclico de antiguos festines. Al ao
siguiente Mercedes ingres en el Conservatorio y Mme. Relder, que
confes noblemente haber enseado a su joven discpula cuanto saba, fu
despedida.

Todas las tardes salan doa Balbina y su hija llevando en una gran
cartera de dibujo los papeles de msica, cogidas del brazo como
amparndose mutuamente contra los coches y transeuntes que a su lado
pasaban, seguan por la calle Jacometrezo y luego atravesaban la plaza
de Santo Domingo, dirigindose hacia el teatro Real. Doa Balbina
acompaaba a Mercedes hasta la puerta del Conservatorio y despus se iba
para volver una hora ms tarde, a la salida de clase.

Aquellos paseos cotidianos, aunque obligatorios, sirvieron a Mercedes de
gran distraccin y recreo. Caminaba de prisa, taconeando recio, con las
manos metidas en los bolillos de su elegante gabancito gris,
comprendiendo que la leve sombra proyectada por el ala de su sombrero
redondo favoreca mucho la interesante palidez hebraica de su rostro y
la negrura de sus ojos, contentsima de tener una ocupacin que la
forzase a salir diariamente, mirando a los hombres de soslayo y
orgullosa de advertir que ellos tambin reparaban en ella...

Bien pronto trab amistad Mercedes con algunas de sus condiscpulas,
especialmente con Carmen, y Nicasia Vallejo, hijas de una pobre viuda
conocida de doa Balbina; y tanto por esta circunstancia, como por
vivir Carmen y su hermana en la calle Mesonero Romanos, casi esquina a
la de Jacometrezo, Mercedes y sus dos improvisadas amiguitas, siempre
salan juntas de clase. El cario que desde los primeros momentos atrajo
a las tres jvenes, creci rpidamente. Carmen era la mayor, Nicasia la
ms pequea, y aunque una contaba cinco aos ms que la otra, ambas
tenan el mismo carcter, idntico geniecillo ocurrente y risotero: eran
dos cuerpos muy gallardos, gobernados por dos cabecitas muy locas.
Carmen y Nicasia iban solas al Conservatorio. Cuando volvan de clase,
Mercedes y sus dos condiscpulas suban en grupo por la cuesta de Santo
Domingo, hablando de msica o comentando algn sabroso incidente que
hubiese ocurrido durante la leccin; doa Balbina las segua con los
ejercicios de Kalkbrenner y de Clementi debajo del brazo.

Durante aquellos paseos, las tres amigas se referan los proyectos y
aspiraciones que pensaban realizar en lo porvenir.

--Yo dedicarme al teatro--deca Carmen.

--Yo tambin--aadi Nicasia.

--Cmo!--exclam Mercedes--: vais a dedicaros al teatro?... Y
tendris valor para salir a escena?...

--Por qu no?--repuso Nicasia riendo--; las actrices viven muy bien,
ganan mucho... y adems, la vida del teatro es muy alegre.

--Aunque as no fuese--dijo Carmen--, la renta que nuestro buen padre
nos dej al morir, es exigua, los gastos que tenemos muy grandes, y
cuando hay la obligacin de sostener una familia, urge trabajar... T
no sabes lo que es eso!...

Hablaba seriamente, con autoridad de mujer experimentada, y Mercedes la
miraba sorprendida de verla tan reflexiva y previsora.

--Y t--pregunt Carmen--, qu piensas hacer?

Mercedes se encogi de hombros, con la despreocupacin del nio que an
tiene muchos aos por delante.

--No s...--dijo.

--Esperas casarte?

--S...

Carmen hizo un gesto vago y sonri. Las mujeres predispuestas a caer,
siempre se empean en afirmar que los hombres son incasables.

--Eso es difcil--dijo.

--Difcil?... Por qu?...

--Oh!... Qu s yo!... Tienes novio?

--No...

--Bah!...--interrumpi Nicasia--; si no buscas novio, cmo vas a
casarte?...

Mercedes se puso muy colorada: tena reparo en confesar que no la
dejaban salir sola a la calle y que jams haba hablado con un hombre.

--Nosotras--agreg Nicasia con esa despreocupacin que infunde la
inocencia de las nias o la impudicia de las cortesanas--hemos tenido
muchos novios...

Los progresos musicales de Mercedes eran tan rpidos, que bien pronto
figur entre las alumnas ms aventajadas de la clase. Carmen Vallejo,
que no era envidiosa, le aconsejaba:

--T debas seguir nuestro ejemplo y dedicarte al teatro. Tienes muy
bonita voz, eres guapa... Yo, el ao prximo, ingresar en la clase de
declamacin...

Mercedes mova la cabeza tristemente.

--A m tambin me gustara ser actriz.

--Entonces...

--Oh, no puedo!

--Por qu?

--Porque... no me dejaran mis padres.

--Tonta... a tu madre la convences en seguida, y a tu padre... quin
sabe!... sobre todo, los verdaderos artistas, los artistas de corazn,
no deben acatar ms dueo que su propio instinto, y seguir resueltamente
por donde ese instinto les dirija...

--Y a ti, te dejan?--pregunt Mercedes preocupada.

--S. Mi madre no aplaude nuestra determinacin, pero tampoco se opone a
ella. Adems, contamos con la proteccin de un pariente, que es actor.

--Ah!

--S, un primo nuestro, Roberto Alcal... de quien tal vez has odo
hablar...

--En efecto...--dijo Mercedes--, creo que estuvo un da en casa,
hablando con mi padre...

Cuando se tienen pocos aos, se intima pronto. Pocos meses despus de
conocerse, la tres amigas parecan hermanas; se lo haban dicho todo,
sus secretillos ms recnditos, sus esperanzas ms atrevidas. Mercedes
estuvo en casa de Carmen y de Nicasia, stas no tardaron en devolver la
visita, y doa Balbina y la viuda de Vallejo tuvieron, con este motivo,
ocasin de renovar su antigua amistad. Todo ello contribuy a reforzar
el cario que una a las tres jvenes y, como eran casi vecinas, siempre
estaban las unas en casa de la otra o viceversa, repasndose las
lecciones de msica o ensendose bordados o labores en marquetera, a
las que Carmen, especialmente, era muy aficionada.

Todo esto ocurra a espaldas de Gmez-Urquijo, que viva apartado de la
realidad, sumido en el mundo fantasmagrico de sus quimeras
novelescas... Y as Mercedes, insensiblemente, sin procurarlo, iba
dejando el buen camino, empujada por la mano omnipotente del Destino
impenetrable...

Una tarde, saliendo del Conservatorio, doa Balbina, contra su
costumbre, se quej de que las nias caminaban muy de prisa.

--Ms despacio, ms despacito--repeta--; no puedo seguiros...

Mercedes hizo un gesto de disgusto y no respondi.

--Por qu no sales sola?--pregunt Carmen bajando la voz.

--No me dejan.

--Lo has intentado alguna vez?

--No.

--Pues importa que lo procures; Nicasia y yo te ayudaremos... Qu
diablo!... Las madres, cundo van siendo viejas, suelen ponerse muy
cargantes...

Pocos das despus, las dos hermanas fueron a visitar a Mercedes: iban
con la pretensin de llevrsela a su casa para que viese una mantelera
que estaban bordando.

--Volvemos en seguida--dijo Carmen a doa Balbina--; Mercedes puede
venir as, conforme est: ya ve usted que nosotras, como vivimos tan
cerquita, tampoco nos hemos vestido...

La anciana no supo qu responder; Gmez-Urquijo haba salido...

--Bueno--dijo--, id pronto y volved en seguida. Ya sabis que os estar
mirando desde el balcn...

Y, en efecto, Mercedes se fu. Era la primera vez que sala sola a la
calle. Tena veintin aos. La joven continuaba estudiando el piano
asiduamente, y cuantos ms progresos realizaba, mayores encantos
musicales descubra, y ms grandes eran las perplejidades y los
conturbadores anhelos de su espritu.

Esta peligrosa epifana sentimental que inicia la msica, la remat la
literatura poco despus. Mercedes nunca haba reparado en que llevaba el
apellido de un gran hombre; desde muy pequeita estaba acostumbrada a
ver artculos de su padre en todos los peridicos y revistas ilustradas,
que publicaban el retrato de Gmez-Urquijo, juzgndole de distinto modo
y estudiando extensamente sus novelas y sus triunfos escnicos; aquello,
siendo tanto, le pareca insignificante y vulgar, como todo lo
cotidiano; y por esto, sin duda, jams tuvo el antojo de leer los libros
de su padre hasta que un da...

Gmez-Urquijo y su mujer haban salido dejando a Mercedes sola, junto al
piano, que despertaba en ella tantas aspiraciones vagas, tantos deseos
sin nombre. Por aquella poca la posicin econmica de don Pedro haba
mejorado notablemente, y el infatigable escritor ocupaba un pisito
tercero en la calle Jacometrezo, con tres balcones desde donde se vea
un trozo de la Red de San Luis, con su alegre baranda de transeuntes y
de vehculos, y por los cuales se entraban, con las bocanadas del
viento, los alegres murmullos de la gran ciudad.

Aquella tarde Mercedes se aburra, con una murria tan _sui gneris_, tan
absurda, que acab por indisponerla consigo misma. Se fastidiaba de or
las eternas lamentaciones de Chopn y los valses perversos de
Waldteufel, y cerr el piano; despus se cans de bordar, no acertaba a
combinar los colores de un ramillete que tena entre manos, se pinchaba
los dedos y arroj el bastidor a un rincn; luego, aburrida tambin de
ver las gentes que iban y venan por la calle, lanz un suspiro de
despecho y de ahogo, y cerr el balcn. Todos sus pensamientos se
resuman en un me aburro... desesperante, que empujaba a su espritu
hacia peligrosos horizontes desconocidos. Era el cuarto de hora de los
conflictos psicolgicos, la hora azul de los grandes cataclismos
sentimentales, de las terribles revelaciones...

Mercedes abri el despacho de su padre, aquel santuario donde ni ella ni
doa Balbina penetraban casi nunca. En los armarios aparecan
amontonados centenares de volmenes; en las paredes haba multitud de
retratos de actrices y de escritores amigos de don Pedro; sobre la mesa
yacan varios libros; uno de ellos estaba sobre la carpeta, con la
plegadera entre las hojas. Mercedes se acerc a la mesa y cogi el
libro, _Eva_, la novela ms clebre de Gmez-Urquijo. Durante algunos
instantes estuvo inmvil, hojeando el volumen con aire indeciso,
respirando el ambiente de aquella habitacin impregnada de un fuerte
olor a tabaco. De sbito sus ojos chispearon, todo su cuerpo se
estremeci y sus mejillas se arrebolaron de vergenza: acababa de llegar
al desenlace de una escena de amor cuya circunstanciada descripcin
devor rpidamente, presintiendo que a la vuelta de cada hoja iba a
descubrir algo que la revelase ese recatado misterio eleusaco de la
vida, tormento eterno de todas las vrgenes.

Mercedes haba abierto el libro por una de sus ltimas pginas,
aqullas, precisamente, que explicaban el verdadero motivo inspirador de
la narracin.

_Eva_ era la leyenda perdurable de todas las mujeres; el despertar de
las pasiones, el primer amor, con sus ilusiones mal definidas y sus
locos anhelos de felicidad; el seductor ideal, guapo, decidor,
ingenioso, gaitero, ardiente; la lucha entre el deseo y el deber, entre
la carne, siempre frgil, y el honor... Y, finalmente, la cada, la
dulce y espantosa cada, con sus noches de insomnio preadas de
terribles quimeras...

Todo esto lo reley Mercedes con la torcida fruicin del nio que hojea
por primera vez un tratado de enfermedades secretas, y aquella lectura
fu para ella un tsigo.

Gmez-Urquijo haba procurado que sus obras fuesen trasunto fiel de la
realidad; describi el mundo tal como era: bueno a ratos, a veces malo,
pero, generalmente, ms bien malo que bueno; y todas sus esperanzas,
todos sus excepticismos, todas las hieles de su alma, todos sus nefandos
refinamientos de hombre voluptuoso, estaban depositados all, a guisa de
lgamo funesto. Gmez-Urquijo era pesimista; crea que la tierra es un
mundo funesto, archivo de pesadumbres, manantial inagotable de
desengaos, pudridero fatal de cuanto nace. Las ilusiones, como todas
las aguas dulces, concluyen por amargar, porque unas se truecan en
desesperanzas, y otras vuelven, tarde o temprano, al mar de donde
salieron... Y a esto obedeca el criterio sombro de don Pedro: el autor
de _Eva_ se rebelaba contra la muerte; le pareca absurdo y contrario a
la nocin de un primer principio inteligente y misericordioso, eso de
nacer para seguidamente ir envejeciendo hasta desaparecer en el annimo
desesperante de lo pretrito; y por eso, para aminorar la visin
fatdica del no ser, Gmez-Urquijo, predicaba un sensualismo triste, con
perfiles que recordaban la fnebre filosofa de los epicreos: amemos;
el amor es el nico enemigo invencible de la muerte, el consolador
bendito de todas las penas; amemos mientras los nervios sean capaces de
sentir el opio embriagador del deseo... Para qu sufrir? Por qu no
enmascarar bajo poticos fingimientos la realidad cruel?... La vida es
una novela que se escribe: hoy puede redactarse un captulo triste,
maana otro alegre, y siempre, o casi siempre, a gusto del autor.

La joven pas toda la tarde grabando en su memoria las embelesadoras y
funestas enseanzas de aquel libro; un mundo desconocido acababa de
surgir ante ella, un mundo lleno de luz y de seductores mirajes que,
como Galileo, senta trepidar ya bajo sus plantas; y cuando la noche se
ech encima y ya no alcanzaba a distinguir las letras, encendi el
quinqu y continu leyendo.

Todo la sorprenda; all vi pasiones jams presentidas por su columbino
candor de doncella y escenas de un subidsimo color naturalista que
simultneamente la avergonzaban y seducan. La tica predicada por
Gmez-Urquijo, era una moral decadente de libertino, y su alegra, algo
triste, contrahecho y forzado, como la serenidad y regocijo que fingen
en sus ltimos instantes los sentenciados a muerte. Gocemos, deca el
autor de _Eva_, apuremos de un trago todos los deleites sin dejarnos
sugestionar por las vagas incertidumbres del maana; la melancola es el
credo intil, infecundo y estpido de los vencidos... Gmez-Urquijo
entonaba en aquellas pginas del mejor de sus libros, una cancin
brillantsima en honor del amor y de la risa: _Eva_ era el prototipo de
la mujer, con todas las seducciones, las voluptuosidades y los
criminales ardimientos de su sexo; una mujer extraordinaria, una
creacin sobrehumana, puramente artstica, bella y fecunda como la Eva
milagrosa del Gnesis, que llev en sus ovarios los grmenes de toda la
especie humana; libertina como Semramis, voluptuosa como Cleopatra, con
esa voluptuosidad ponzoosa, insaciable, que atormenta las entraas de
las mujeres meridionales; fuerte como Judit, perjura como Elena,
incestuosa como Mesalina, cruel como Herodas... y a ratos tambin,
esposa fiel como Artemisa y Lucrecia, y madre amantsima como Raquel...
Eva lo reasuma y abreviaba todo: las virtudes, los herosmos, las
abyecciones; las altas cualidades y las grandes vergenzas femeninas;
era, pues, un smbolo; smbolo admirable digno de parangonarse con las
creaciones inmortales del paganismo.

Mercedes lea ansiosamente, admirando hallar en aquella mujer
fantstica, hermana suya, puesto que tambin parece mediar cierto
secreto parentesco entre los hijos y los libros del mismo autor, algo
bien concreto de lo mucho y mal definido que ella senta.

Eva era la mujer terrible, provocadora de los grandes conflictos
histricos; el hada omnipotente y dulce que caldea la inspiracin de los
artistas y aprieta el nudo novelesco de todas las leyendas pasionales;
la hembra eterna, siempre gozada y siempre apetecible, que huye al
principio y luego se rinde y ms tarde persigue y acosa al burlador, al
inconstante bien amado que huye; es la eterna Deseada que se ofrece en
voluptuoso miraje a la imaginacin de la gozadora adolescencia,
emborrachndola con la sinfona de sus juramentos y de sus besos y el
sabio hechizo de sus caricias; es la mujer que duda, que finge, que ama,
que olvida y que re... para aturdirse con el eco de su risa y tornar a
querer y a rer...

Amar, rer!... Gmez-Urquijo insista continuamente sobre estos dos
conceptos con tenacidad de pagano borracho y feliz, y Mercedes, conforme
lea, iba quedndose pensativa, sospechando que sus padres, al educarla
en el austero recogimiento de la virtud, la regatearon el derecho
indiscutible que tena a cometer locuras y a ser dichosa.

Aquella noche Mercedes durmi con la novela de su padre debajo de la
almohada, procurando que nadie la viese, con la vergenza y el temor de
la doncella que tiene a un hombre escondido en su cuarto.

Como Mercedes no perteneca al nmero de esas mujeres fras y volubles
que precisa estar reconquistando a cada momento, era incalculable el
alcance que sobre ella podan tener las sensaciones. Primero ley _Eva_,
luego _Cabeza de mujer_, y ambos libros causaron en ella un efecto
abominable: por sus pginas conoci las hechiceras de lo vedado y la
inanidad de cuanto hasta all estim bueno y digno, por tanto, de
imitacin; all aprendi que el hasto es la carcoma implacable del
matrimonio; que el marido es algo montono, inspido, como una cena
servida siempre a la misma hora, y que si las mujeres supiesen que lo
prohibido oculta la mitad ms preciosa y duradera de sus encantos, no
querran casarse nunca...

_Cabeza de mujer_ era un estudio perfecto de la psicologa femenina, en
cuanto hay en ella de pequeo; las envidias, las veleidades, los
caprichos del momento, amores de saln, pasiones efmeras de coqueta que
languidece en el seno de una sociedad embustera; mientras _Eva_
reflejaba los grandes sentimientos devastadores del alma, con sus
transportes de lujuria nunca satisfecha, sus exclusivismos y sus celos
manchados de sangre. Entre ambos libros formaban un pentagrama exacto
sobre el cual la mano habilsima del novelista traz la sinfona
admirable y eterna de los deseos; con sus anhelos, sus dudas, sus
impaciencias, sus citas y dems misterios clsicos que forman los
adorables prolegmenos de la suprema posesin.

Mercedes senta que la cuerda sensible de su alma vibraba, respondiendo
con estremecimientos elctricos a los diversos matices del himno
pasional cantado por aquellas mujeres de novela, que, no obstante,
tenan su misma sangre, sus mismos nervios. Gmez-Urquijo haba puesto
en todas igual temperamento, lo que no es de extraar, pues el escritor
se refleja en sus obras y las creaciones de su pluma, como las hijas de
su carne, han de tener aficiones parecidas, temperamentos anlogos.

La joven se reconoci retratada en los libros de su padre. Ella, con sus
cortos cabellos negros y fuertes, su rostro plido, sus ojos de
obsidiana, brillantes y duros, y su cuerpo delgado y nervioso, se
pareca a _Eva_, la gran apasionada, incansable derrochadora de
placeres, que muri abandonada despus de servir de embeleso a muchos
hombres; y recordaba tambin a Matilde, la protagonista de _Cabeza de
mujer_, aquella caprichosa incorregible que renunci a su marido y a sus
hijos por beber _champagne_ con un adorador que no la interesaba....

Aquellas dos mujeres, aunque viciosas, hipcritas y mudables,
aparecieron ante Mercedes engalanadas de fascinadores hechizos,
zalameras, graciosas, soboncitas, irresistibles, con el encanto
sojuzgador del ngel malo. Eran adlteras porque sus esposos eran
vulgares, y viciosas porque la calidad de su sangre y la perpetua
sobreexcitacin de sus nervios as lo exigan; pero siempre
interesantes, siempre adorables hasta en sus torpezas, siempre
artistas... Y Mercedes las quera y hubiese deseado emularlas, rivalizar
con ellas, ser una de tantas....

Como sus hermanas Eva y Matilde, antes de quebrantar las prescripciones
del deber y de lo honesto, Mercedes acariciaba la visin de un mundo,
escenario admirable de una perpetua bacanal. Leyendo aprendi las suaves
emociones que experimentan los amantes en el campo, a la puesta del sol,
caminando bajo los rboles y por entre los flexibles herbazales que se
enredan a sus pies, invitndoles a caer; y la voluptuosa melancola del
crepsculo, con sus pjaros adormilados arrullndose entre el boscaje,
sus campias despertando rozadas por el aleteo refrescante de la noche,
sus arroyos, cuyas aguas huyen acariciando las orillas con un suave
lamento de despedida, y sus estrellas reflejando su luz fra en la
superficie inmvil de los pantanos... Y conoca tambin las emociones de
los amoros urbanos: las citas en la iglesia, las criadas o las amigas
serviciales que ejercen tercera, ofrecindose a llevar y traer cartas,
o poniendo su casa a disposicin de los que no pueden exhibir su pasin
pblicamente; las entrevistas en los cafs poco concurridos de los
arrabales, los paseos en coche... Y adems las cartas, las horribles
cartas hinchadas de juramentos hiperblicos y de promesas
soliviantadoras, los disgustos que reavivan el amor, las dudas, los
desdenes, los celos; y luego las escenas ms ntimas. Aquellas tardes
invernales pasadas en el voluptuoso recogimiento de los dormitorios,
esas capillitas modernas sabiamente preparadas para el culto de la diosa
Carne, especie de abismos perfumados, donde los amantes cumplen poco a
poco la siniestra profeca de Malthus. A travs de los cristales de la
ventana, se ven pasar los copos de nieve cayendo unos tras otros en
catarata inagotable desde la inmensidad del cielo gris; junto a las
paredes, los muebles abocetan tmidamente sus suaves panzas de raso o
felpa; sobre el suelo alfombrado, los cortinajes de la puerta, inmviles
y tristes como telaraas abandonadas, arrastran sus flecos obscuros; el
ambiente, que huele a perfume y a cuerpo de mujer joven, produce una
sensacin de enervamiento, de laxitud inexplicables; en el hueco de la
chimenea arde un tronco de encina que cruje y se desgrana en chispas
arrojando reflejos sanguinolentos que corren por la alfombra. En el
fondo de la habitacin aparece el lecho; no como aqullos de en tiempo
del Imperio, altos y estrechos, pues las camas pequeas son odiosas por
parecer construdas exclusivamente para dormir o gustar el placer de
prisa y sin paladearlo, como vaso de vino que los caminantes impacientes
apuran de pie delante del mostrador; sino un lecho moderno, bajito,
amplio y mullido, sepultado bajo una colgadura de terciopelo, entre
cuyos pliegues la mundana previsin del tapicero colg una lamparilla
elctrica.

Todo esto lo saba Mercedes y ms an... Conoca los detalles, los
refinamientos... El espejo puesto a los pies del lecho para acicate del
deseo cansado, las prendas de vestir arrojadas aqu y all por la
impaciencia febril de los amantes, los encantos que prestan a la mujer
las camisas de seda, tan suaves, cindose y modelando las curvas del
cuerpo, y tan vistosas, con sus encajes flamencos y sus cintajos
multicolores; las caricias de las infatigables manos varoniles, el beso
en la boca, ese beso brutal, decisivo, de la posesin; y los besos en
la nuca, tan afrodisacos, tan excitantes, flagelando la espalda con un
cosquilleo magntico que llega a los riones... Y luego aquellas horas
de invencible emperazamiento en que ambos amantes yacen silenciosos, con
el nimo preso en el hechizo de quererse mucho escuchando el simultneo
tic-tac de sus dos relojes colocados sobre la mesilla de noche; el del
hombre ms grave, ms lento; el de la mujer ms rpido, ms febril; pero
avanzando simultneamente cual si entre ellos mediase tambin una
corriente simptica...

Tales lecturas causaron en el carcter de Mercedes una honda revolucin
que no advirtieron en los primeros momentos ni doa Balbina ni
Gmez-Urquijo: tornse ms irritable, ms desigual, ms voluntariosa;
las lecturas haban prestado mayor exactitud y relieve a los deseos mal
definidos que en ella provocaron las primeras emociones musicales;
dorma poco, sus mejillas palidecieron, su mirada fu ms profunda, y
pasaba largos ratos en el balcn, recapacitando en la monotona de su
existencia de mujer honrada, mirando atentamente a los transeuntes y
pensando que todos ellos tendran, como los hombres y las mujeres de los
libros, sus amores y su citas.

Su padre, el talentoso autor de _Eva_ y de _Cabeza de mujer_, lo haba
dicho. La vida es una novela que se escribe... siempre, o casi siempre,
a gusto del autor. Y Mercedes renegaba de que en todas las pginas de
su historia el Destino fuese escribiendo los mismos prrafos.

A ratos pensaba en imitar el ejemplo de doa Balbina, tan buena, tan
resignada con su suerte, viviendo en la obscuridad, consagrada al
cuidado de su marido y de su hija: pero otros se revelaba, creyendo que
la virtud es enemiga del amor y de la risa, y que es horrible el
porvenir de las mujeres honestas, condenadas a vivir en perpetua minora
de edad, obedeciendo a sus padres primero, a su marido despus: y
entonces el matrimonio le pareca algo absurdo, una institucin
monstruosa que ayunta para siempre a dos seres que tal vez habrn de
odiarse el da de tornaboda; una especie de duelo a muerte que slo
puede terminar con la desaparicin de uno de los dos adversarios. Y
Mercedes juraba que algunas mujeres, si no tuviesen esperanza de
enviudar, no se casaran nunca.

Aquellos pensamientos determinaban en la joven un estado de perpetua
excitacin: siempre, sin saber por qu, esperaba algo nuevo, anormal,
que sobrevendra fatalmente y de sopetn, en forma de ser viviente o de
noticia o de carta, pero que llegara al fin, cuando ms descuidada
estuviese, a romper el aburrimiento de su vida explayando ante su
ilusin nuevos horizontes. Este remedio prodigioso lo esperaba Mercedes
continuamente, a todas horas, de un telegrama que jams vena, de una
carta que nunca llegaba: en cuanto sonaba el timbre de la puerta acuda
al recibimiento presurosa, queriendo recibir ella misma lo que con tanta
impaciencia aguardaba, y aunque contaba sus desengaos por das, siempre
se dorma conforme, fortalecida por su conviccin inquebrantable de ser
dichosa, murmurando:

--Vendr maana...

As viva, abrazada a un ensueo sin nombre.

De algo de esto habl Mercedes con Nicasia y Carmen, una tarde al salir
del Conservatorio; mas ellas, que haban ledo muy poco, no supieron qu
decir.

--En los libros--afirm Carmen--los autores escriben muchas tontunas.
T, de todos modos, necesitas un novio.

Y aadi bajando la voz para que Nicasia no la oyese.

--Otro da te contar lo que hace tiempo me sucedi con Luis...

--Cmo?--exclam Mercedes sorprendida de aquella revelacin que no
esperaba--tienes novio?

--S.

--Cmo no me lo habas dicho, hipcrita?

--Qu s yo!... Es amigo de Roberto; un novio muy guapo, muy decidor,
que me da muchos besos...

Y empez a rer estrepitosamente. Mercedes no hizo ningn gesto: aquello
le pareca muy lgico, muy corriente, pues, segn ella recordaba haber
ledo en las novelas de Gmez-Urquijo, todos los hombres y las mujeres
que se quieren deben dormir juntos.

Carmen, amohinada por esta impasibilidad, pregunt:

--No te gustara a ti tambin, tener un novio que te besase?...

Y Mercedes repuso con esa inconsciencia con que sostienen los mayores
absurdos morales las mujeres que prostituyeron su alma antes de violar
la virginidad de su cuerpo:

--Es natural!...

Por aquella poca Gmez-Urquijo reciba bastantes visitas, de literatos,
actores y artistas jvenes y ambiciosos que iban solicitando la ayuda
del afamado novelista.

Don Pedro, que madrugaba con el sol, estaba visible nicamente por las
maanas: sus amigos podan verle sin prembulos, pero los desconocidos
no podan pasar sin cumplir esos requisitos sociales que son la parte
teatral que envuelve y da prodigioso realce a la vida exterior de los
grandes hombres. Primeramente tenan que presentar su tarjeta o la
cartita de recomendacin que trajesen, y luego sentarse en el
recibimiento, sobre un largo banco de gutapercha donde Gmez-Urquijo les
dejaba aburrirse quince o veinte minutos, dndoles a entender con tan
larga espera que estaba muy ocupado y que aquellos momentos de
audiencia eran para l verdadero sacrificio.

Mercedes, apartando disimuladamente los cortinajes que cubran la puerta
del comedor, procuraba atisbar, sin ser vista, a los recin llegados.
Algunos iban dos y tres veces: a stos ya les conoca, designndolos
mentalmente por la particularidad fsica o por el detalle de su
indumentaria que ms la impresionase, y as deca:--El hombre del bigote
rubio; el joven del gabn claro...--Pero otros, los menos afortunados,
pasaban de refiln, como sombras, para no volver. Generalmente eran
jvenes mal vestidos, de rostros plidos y ojos brillantes agrandados
por las emociones mentales.

Entre los individuos que ms asiduamente frecuentaban la casa de
Gmez-Urquijo, estaba don Pablo Ardmiz y Roberto Alcal, el primo de
las hermanas Vallejo; un actor joven que haba estrenado varios dramas
de don Pedro y por quien ste senta gran afecto.

Era un mozo como de treinta aos, de mediana estatura, elegante y
atildado, pero sin que ni su elegancia ni su atildamiento pecasen de
ridculos; grave sin orgullo, corts sin afectacin. Llevaba el rostro
primorosamente afeitado y el negro pelo caprichosamente abullonado sobre
las sienes, lo que imprima a la cabeza cierta originalidad artstica;
sus ojos azules miraban con la imperturbable quietud del hombre corrido
que sabe y disimula muchas cosas, y por sus labioa delgados vagaba la
expresin indefinible, ambigua, de los actores expertos acostumbrados a
fingir continuamente expresiones contrarias. Era, pues, muy simptico,
con una simpata que dimanaba, principalmente, de la perfecta
ecuanimidad de su espritu y de lo bien que se armonizaban el
comedimiento de sus palabras y la britnica correccin de sus gestos.

A Roberto Alcal y a don Pablo Ardmiz les conoci Mercedes
simultneamente, una tarde en que Gmez-Urquijo les invit a cenar. Era
la primera vez que la joven coma con gente extraa. Don Pedro ocupaba
la cabecera; Roberto estaba a su derecha, Ardmiz a su izquierda, y
junto a don Pablo, doa Balbina. Felipa, la criada, iba y vena desde la
cocina al comedor, algo aturdida por la presencia de los dos nuevos
invitados.

Bajo el torrente luminoso derramado por la lmpara suspendida a cierta
altura sobre la mesa, los rostros de los comensales surgan con poderoso
relieve. Don Pedro, con su ancha frente pensativa, sus ojos graves de
mirar penetrante, su nariz aguilea, de alas movibles que la inspiracin
y el coraje hinchaban fcilmente, su semblante enjuto y su cabellera
blanca y artsticamente abarquillada sobre las sienes, como las
coquetonas pelucas de los antiguos cortesanos. Roberto, siempre solcito
y atento a las menores variantes de la conversacin, clavando en
Gmez-Urquijo la tranquila mirada de sus ojos azules, algo ensombrecidos
por esas ojeras violceas caractersticas de los trasnochadores
sempiternos... Mercedes lo observaba todo.

Don Pablo Ardmiz era un hombre sesentn, alto y grueso, un poco calvo,
con labios abultados y entreabiertos de viejo lascivo; su encanto
principal consista en la voz; una vocecilla algo estropeada, quizs,
por los abusos del vino y del amor, pero afable; simptica, dulce y
dotada de una tonalidad o dejo de irresistible seduccin; y hablaba
despacito y quedamente, subrayando las palabras con guios o ademanes
elocuentsimos que le erigan en prncipe del gesto. La vida de don
Pablo era un misterio: nadie le conoca familia, ni empleo, ni bienes de
fortuna... y, no obstante, vesta bien, frecuentaba los teatros y los
salones patricios y fumaba de lo caro. De qu viva don Pablo?... Nadie
pudo averiguarlo, y cuando alguien, en tono frvolo y de gorja, apuntaba
la posibilidad de que alguna vieja rica y de gusto subvencionase las
necesidades de Ardmiz, ste sonrea, exclamando:

--Oh seores, nada de eso!... Yo estoy mandado retirar... ya no puedo.
Ustedes saben cun enemigas son las mujeres de los prpados enrojecidos
y de las manos trmulas.

Esto lo deca con acento persuasivo que no daba lugar a controversia; el
acento resignado y alegre de los viejos galanes que salieron del mundo
con la orgullosa pretensin de haber apurado todos sus goces.

Las figuras de don Pablo Ardmiz y de Roberto Alcal, preocupaban
poderosamente la curiosidad de Mercedes, quien no dej de observarles
durante toda la comida. Lo que ms la seduca de ellos era la atmsfera
viciosa que ambos respiraban: Roberto Alcal, que viva solo, sin otra
ley que su capricho, entregado a los fciles amoros de la gente de
teatro, con amigos de buen humor y queridas graciosas que le ayudaban a
disipar alegremente su dinero... Pensando as, la descompuesta
imaginacin de la joven vea a Roberto como Borgia, retozando a sus
amadas sobre un colchn de violetas, despus de baarlas en un barril de
Malvasa... Y don Pablo Ardmiz; que haba llegado soltero a los sesenta
aos y cuya historia sera, por tanto, una interesante leyenda de
amores: con su belfo colgante de viejo libertino, sus manos gruesas y
velludas, sus ojos dominadores y penetrantes de hombre acostumbrado a
contemplar mujeres desnudas, y su voz... aquella voz bajo cuyas
modulaciones irresistibles hubieron de rendirse y caer las virtudes ms
salvajes necesariamente, fatalmente, con ese fatalismo ciego con que
caen los cuerpos abandonados en el espacio. Vindolo, senta Mercedes la
emocin de curiosidad y de miedo que deben de experimentar las vrgenes
cautivas al recibir la primera visita del Sultn.

La conversacin la sostuvieron principalmente Ardmiz y Gmez-Urquijo.
Roberto Alcal charl poco, como hombre modesto que no tiene empeo en
representar un papel principal.

Se habl de literatura, de teatros, de las ltimas noticias
sensacionales.

--Anoche aseguraban en Eslava--dijo Roberto--, que Claudio se haba
vuelto loco.

--Claudio?...--pregunt don Pedro--quin es Claudio?

--El pintor!...

--Claudio Antnez?

--S.

--Es posible?--exclam Gmez-Urquijo--; los peridicos nada dicen.

--No es extrao, porque la desgracia de nuestro amigo no corri por
Madrid hasta las primeras horas de la madrugada...

Discutieron extensamente los motivos provocadores de aquella locura.

--El trabajo--exclam Gmez-Urquijo con su acento resuelto de polemista
acostumbrado a imponerse--, el demonio devorador del trabajo es quien
ha llevado al pobre Antnez al manicomio.

--El trabajo y la mala vida--repuso Roberto--, las noches pasadas en
vela, sus ambiciones insaciables de artista, el vino...

Mercedes escuchaba, pensando, sin saber por qu, en que Roberto Alcal
tambin estaba rodeado de iguales peligros.

--Yo creo--interrumpi Ardmiz--, que ms que el trabajo y el vino ha
infludo en la locura de Claudio el amor.

--Ah! Usted le conoca?--pregunt Roberto.

--Mucho.

--Y dice usted que andaba enamorado?

--S.

--De quin?...

Pablo Ardmiz, que advirti los ojos penetrantes de Mercedes clavados en
l, sonri de un modo enigmtico.

--Es casi un secreto--repuso--, un secreto que muy pocos conocen.
Claudio Antnez mantena relaciones con una mujer casada.

--Y esa mujer?...

--Es quien le ha destrozado la medula...

Alcal y Gmez-Urquijo sonrieron, y Mercedes se mordi los labios,
desesperada de no comprender el malvolo significado de aquella risa.

--Es un crimen horrible, un verdadero asesinato--prosigui Pablo
Ardmiz--; asesinato tanto ms lamentable, cuanto que nadie puede
castigarlo. Claudio ha muerto envenenado: le han envenenado con amor, y
el amor es tsigo sutilsimo que no puede figurar en el informe de
ningn mdico forense.

Y aadi con expresin de fina irona:

--De no ser as, muchas viudas inconsolables estaran en presidio...

Aquella noche Mercedes se durmi pensando en aquel Claudio Antnez, a
quien no conoca, en las mujeres criminales que saben matar amando,
segn afirm don Pablo, a quien supona muy ducho y versado en
cuestiones de este jaez, y en que, durante la cena, haba sorprendido a
Roberto mirndola de soslayo y con particularsima aficin.

Al da siguiente, momentos antes de entrar en clase, Nicasia se acerc
a Mercedes, dicindole bruscamente:

--Ya s que anoche mi primo cen en tu casa.

--S; cmo lo sabes?

--Por el mismo Roberto. Nos ha dicho que eres muy guapa y que le mirabas
mucho, Es cierto?

Y como lo era, Mercedes se puso muy colorada y no supo qu responder.

Algunas maanas despus, estando Mercedes ponindose los guantes y el
sombrero para ir al Conservatorio, llamaron a la puerta. La joven, segn
costumbre, corri al recibimiento y abri. Era Roberto. El simptico
actor salud cortsmente y pregunt:

--Est don Pedro?

--S, seor... En su despacho. Pase usted.

Alcal contemplaba a la joven sonriendo, y ella, que senta en sus
mejillas el calor de aquella mirada, no se atrevi a levantar los ojos
del suelo.

--Dnde iba usted?--murmur Roberto.

--A clase.

--Tengo unos deseos de decirla a usted un secreto!... Un secretillo
muy interesante que slo usted puede or.

No hablaron ms, sorprendidos por los lentos pasos de doa Balbina
Nobos, que se acercaba.

Noches despus, Mercedes y su madre fueron al teatro. Se representaba un
drama de adulterio, y el papel de amante lo interpret Roberto Alcal.
El joven actor apareci a mediados del primer acto, declamando un
monlogo apasionadsimo que le conquist muchos aplausos. Mercedes le
escuchaba, presa de intenssima emocin, temiendo que se equivocase, y
se rebulla en su butaca procurando que doa Balbina no advirtiese su
nervioso temblor.

Al final del segundo acto, Alcal represent una preciosa escena con la
primera actriz, con la adltera, arrobando a Mercedes, que le oa
embelesada, como si aquel ardiente epitalamio fuese dedicado a ella...

Pasaron varios meses y lleg el invierno. Una tarde, al salir Mercedes
de casa de Carmen para ir a la suya, encontr a Roberto en el portal. El
joven actor lanz un suspiro de satisfaccin.

--Por fin!--dijo.

Mercedes le comprendi perfectamente y vi en su exclamacin una prueba
de amor, pues aquel encuentro tambin lo esperaba ella desde haca mucho
tiempo. Y, con una ingenuidad que encant a Roberto, repuso:

--S, soy yo.

--Gracias.

--Gracias... por qu?...

--Por haber venido. Este encuentro parece una cita...

Ella sonri alegremente; su risa vala una afirmacin.

--Dnde va usted?--dijo l.

--A mi casa. Es decir, antes he de ir a la calle Abada, ah cerquita, a
comprar unas agujas.

--Me permite usted acompaarla?

Y como Mercedes titubease, no sabiendo lo que las mujeres honestas deben
responder a semejante proposicin, Roberto agreg:

--Ea... pues... ya est dicho. Me voy con usted!...




III


La juventud, garbo y apasionado temperamento de Mercedes, rindieron muy
pronto a Roberto, inspirndole un capricho que, por lo consecuente y
duradero, ofreca los gayos visos de una legtima pasin. Adoraba su
ingenio desigual, a ratos candoroso y a ratos descocado y mordaz; sus
ardores desbordantes y sus anhelos desenfrenados de saberlo todo; y como
hombre mundano a quien las decepciones ensearon a no preocuparse del
maana, aceptaba muellemente el curso de los acontecimientos, olvidando
los peligros a que se expona y las graves consecuencias que acaso
trajese aparejadas aquel cario. Roberto, en fin, jams pens en que
Mercedes fuese, ni su mujer, ni su querida; esto dependa del porvenir,
de las circunstancias... tal vez de los merecimientos que la joven
tuviese para ser manceba o ascender a la categora de esposa.

Ella, por su parte, idolatraba a Roberto, aunque tampoco midi la dulce
posibilidad de legitimar aquellos amores. Roberto era a sus ojos el ms
guapo de los hombres, el mejor conversador, el ms irresistible, el ms
socaliero. Todas las partes de su cuerpo le parecan dignas de especial
cario y atencin: admiraba su frente, cortada por las arrugas que
formaron las frecuentes contracciones de los msculos frontales; y sus
manos, llenas de experiencia; y sus odos, que hubieron de escuchar los
voluptuosos juramentos de muchas mujeres enamoradas; y sus labios,
acostumbrados a besar y a mentir. Comparando a Roberto con los galanes
protagonistas de _Eva_ y _Cabeza de mujer_, le hallaba superior a ellos
y digno, por tanto, de coronarse vencedor en cualquier torneo pasional.
Amaba sus palabras, sus gestos, la expresin burlona y ambigua de sus
ojos azules, el color de sus trajes, el corte de sus pantalones... hasta
el perfume de sus pauelos... nicamente le preocupaba el pasado de
Roberto: aquella historia amorosa de quince aos, poblada, acaso, de
mujeres inolvidables.

--T habrs tenido muchas novias?--deca.

--S...--replicaba Roberto sonriendo--, como todos los hombres... Soy
uno de tantos.

--Bonitas?

--Bonitas y feas... pero ms bien feas que bonitas; lo malo abunda.

--Cmo se llamaban? Hubo alguna tocaya ma?...

--No... s... no recuerdo...

Otras veces ella deca, avergonzada de su propio candor:

--Como eres un pillo muy grande, supongo que esas mujeres seran para ti
algo ms que novias... Algunas descenderan a queridas...

l negaba dbilmente, satisfecho de que le juzgasen hombre peligroso.
Mercedes insista.

--No seas hipcrita, dime la verdad! Las quisiste mucho?

--Psch... regular...

--Vivas con ellas?

--No.

--Por qu?...

A veces Roberto, aturdido por aquel interrogatorio desesperante, se
negaba a responder; mas ella le acometa exasperada, celosa, cogindole
por un brazo, que atenaceaba cruelmente entre sus dedos crispados.

--No, no--repeta--, quiero saberlo todo! Como t conoces mi historia,
necesito yo averiguar la tuya. Tengo derecho a ello, me perteneces...

Continuaba marendole, preguntndole por su pasado con ese afn de los
espectadores curiosos que, habiendo llegado tarde a una funcin bonita,
molestan a sus vecinos rogando les expliquen las primeras escenas.

Estas conversaciones ocurran en la calle, antes de cenar, entre siete y
ocho de la noche. Todos los das Mercedes iba a su clase del
Conservatorio acompaada de las hermanas Vallejo, y a veces tambin de
doa Balbina; pero nunca vea a su novio, porque Alcal se levantaba muy
tarde.

Las citas eran despus. A la primera campanada de las siete, Mercedes
dejaba su costura o lo que estuviese haciendo, y se levantaba
resueltamente para marcharse.

--Dnde vas?--deca doa Balbina.

--Ya lo sabe usted: a casa de Carmen y de Nicasia, que estn
esperndome.

--Pero... nia...

--Vuelvo en seguida!...

Y sala vestida de cualquier modo, abrigndose el cuello con una vieja
toquilla azul de su madre, queriendo demostrar con el estudiado abandono
de su indumentaria que no iba lejos. Bajaba la escalera rpidamente,
haciendo crujir los peldaos bajo la contraccin de sus piececitos
impacientes, atronndolo todo con el ris-rs de sus enaguas almidonadas;
y ya en la calle, de una carrera, sin detenerse a cobrar aliento,
llegaba a la de Mesonero Romanos; all la esperaba Roberto, con el
sombrero muy calado sobre las cejas, envuelto en su rica capa color
verde-mar adornada de caprichosos bordados, y midiendo el ndito de la
acera con el paso mesurado del hombre que espera.

Doa Balbina intent oponerse a aquellas libertades que consideraba
impropias de la honestidad y posicin social de su hija, pero no tuvo
fuerzas para imponer su autoridad, Mercedes la dominaba, como en otro
tiempo Gmez-Urquijo la haba sojuzgado y vencido. Alarmada por los
consejos de don Pedro, la sencilla mujer procur granjearse la confianza
de Mercedes, conocer sus deseos, descubrir sus secretillos mejor
velados. Tarea imposible, la hija tena ms entendimiento, ms
conversacin, ms recursos imaginativos y ms perspicacia que la madre;
no hubo, por tanto, entre ellas combate posible, y cuantas veces doa
Balbina acometi sus difciles operaciones de exploracin y sondeo,
qued vencida y desautorizada para mucho tiempo.

--Qu quiere usted que guarde oculto?--deca la joven--; no sabe
usted, minuto por minuto, el montono empleo que doy a las horas de mi
vida?

--Oh!... Ya supondrs que mis preguntas van enderezadas a tu bien; yo
celebrar tus venturas... yo te consolar si tienes penas... Por qu no
haba de ser tu madre tu mejor amiga?...

Mercedes sola no responder y la conversacin quedaba en tal punto; pero
a veces dejaba traslucir parte de sus verdaderos sentimientos, hallando
sabroso divertimiento en ir examinando la impresin que sus confesiones
reflejaban sobre el rostro ingenuo de la anciana.

--No tengo pesadumbres--deca--, ni desengaos, ni ambiciones locas...
sino algo que es bastante peor que todo eso... Sufro una pesadumbre,
madre... una sola pesadumbre que parece el espritu de lo malo, la
esencia refinada de todas las melancolas; una tristeza que suma, a la
roedora comezn de las grandes ambiciones, el dejo desdeoso de los
desengaos incurables... S, estoy triste, muy triste; como si mi
corazn hubiese abrigado todos los anhelos y sufrido todas las
desesperanzas. Dirase que lo he visto todo y que todo me hasta. Me
aburro, madre, me aburro siempre!... Cuando toco el piano, cuando bordo,
cuando voy por las calles camino del Conservatorio, cuando duermo...
porque mi sueo tiene tambin la inmovilidad, la pesadez del
aburrimiento... Usted nunca se ha aburrido as?...

A Balbina Nobos, horrorizada por los abismos morales que descubra en su
hija, poco le faltaba para llorar, y antes de responder titubeaba,
examinando su vida, su serena existencia de mujer honrada, soolienta y
montona como un bostezo. S, ella tambin se haba aburrido muchos
das, tantos, que entre todos podan formar largos aos de tedio
mortal...

Mercedes, que lea en la frente de su madre como sobre un libro,
agregaba:

--S, seguramente habr usted tenido horas de murria, pero declare que,
si las sufra con resignacin, fue por mi padre, pues los sufrimientos y
abnegaciones de usted redundaban en beneficio suyo, y mi padre era el
nico norte de sus pensamientos. Usted viva para l y l para usted.
Las tristezas y los triunfos eran comunes; su recuerdo llenaba y
embelleca las soledades de usted, y las sonrisas de la esposa
remediaban, como por ensalmo, sus quebrantos... Realizabais, en suma, el
adorable imposible de uno ser dos y dos ser uno... Pero, y yo? Qu
tengo? A dnde voy? Qu puede amenizar la horrible vacuidad de mis
horas?...

Entonces recordaba aquel remedio milagroso que esperaba de cualquier
sitio: de un telegrama que no reciba, de una carta o de un ser que
nunca llegaban... Si, hallndose en su habitacin, oa sonar el timbre
de la puerta, una voz interior que siempre menta, exclamaba: Ah
viene. Si iba por la calle, una emocin magntica inexplicable la
acometa de sbito, obligndola a pensar en su casa y en aquel enviado
extraordinario, murmurando: Habr llegado?... Mercedes insista en
esto, explicando elocuentemente el suplicio de los ilusos que, como
ella, viven esperando or la voz de un ensueo; y eran tan apasionadas
sus frases y tan sincero su dolor, que doa Balbina, aun sin comprender
la gravedad y miga psicolgica de todo aquello, conclua por echarse a
llorar.

Aunque la anciana no presuma las relaciones de su hija con Roberto
Alcal, la repugnaban las salidas nocturnas de Mercedes.

--Eso no est bien--deca--; ninguna mujer soltera y celosa de su buen
nombre anda sola por la calle, y menos de noche... Ah, si tu padre lo
supiese!...

Pero la joven se sublevaba, reclamando con acento imperioso su derecho a
ser feliz; ya que todo el da estaba trabajando como una vieja cargada
de obligaciones, justo era que por las noches buscase en la sociedad de
unas amigas vecinas un ratito de inocente solaz.

Y aada resueltamente, fiada en la proteccin de Nicasia y de Carmen:

--Djeme usted y no me atormente. Qu pido yo? Qu placeres me
proporciona usted? Yo no voy a reuniones, ni al teatro; mi padre,
absorto en sus quehaceres, no se ocupa de m... usted tampoco... Para
qu vivo, pues? Para tocar el piano y repasar la ropa sucia?... Donoso
porvenir!... Creo que deba usted proteger estas inocentes diversiones
mas, supuesto lo mucho que me quiere, y procurar que mi padre las
ignore, porque ni l ni yo tenemos la condicin sufrida y un choque
entre ambos podra ser funesto para todos...

Hablando as, su hermosa cabeza afectaba una expresin batalladora que
pareca ceirla en una oriflama de combate: los negros rizos de su
frente se encrespaban temblando, cual si el coraje los retorciese sobre
s mismos; el nervioso fruncimiento de su nariz se acentuaba, las
mejillas palidecan, y bajo el doble arco de las cejas brillaban sus
ojos de obsidiana, negros y duros... Y Balbina Nobos bajaba los suyos,
cohibida por el irresistible poder magntico de aquella mirada grave y
desptica de Gmez-Urquijo, el mismo entrecejo autoritario, la misma
voluntad de hierro que la haba tiranizado durante treinta aos de
matrimonio...

De este modo doa Balbina, temiendo provocar un disgusto entre padre e
hija, y no hallando en la conducta de sta nada muy reprensible, acept
como buena y aun necesaria la repeticin cotidiana de aquellos paseos,
ocultndolos y convirtindose as en cmplice inconsciente de Mercedes.

Estas condescendencias maternales las aprovechaba la joven hbilmente
para ver a Roberto, y las pequeas dificultades que haba de vencer para
salir sazonaban su amor con un encanto inexplicable.

Roberto siempre acuda puntualmente al lugar de la cita y, arropado en
su capa, empezaba a pasear la calle de Mesonero Romanos, pero sin
asomarse nunca a la de Jacometrezo, temiendo que desde los balcones de
su cuarto doa Balbina le columbrase. Generalmente, el tiempo era
desapacible; la luz de los faroles reflejaba sobre el empedrado hmedo y
el aire que ascenda del fondo de la retorcida calleja como un eructo de
cloaca, vena impregnado de un fuerte olor a tierra mojada. Los hombres
pasaban embozados hasta los ojos; las mujeres, todas obrerillas que
salan del trabajo, iban de prisa, arrebujadas en sus mantones, y
Roberto las miraba fijamente, recelando siempre la eventualidad de una
sorpresa. Despus llegaba Mercedes, corriendo y mirando hacia atrs, y
haba tanto sobresalto y tanta felicidad en sus ojos, que algunos
transentes volvan la cabeza. Las palabras de su saludo, aunque
vulgares, acariciaban los odos del actor como un arpegio.

--Ya estoy aqu--deca.

--Gracias, mujer...

Se cogan del brazo y juntos echaban a andar hacia la calle Abada: ella,
contenta por haber venido sobreponindose a obstculos, en su concepto
enormes; l feliz tambin, sintiendo sobre su brazo el brazo de la
eterna Deseada, con su cabellera corta y fuerte, y los negros ojos
brillando febriles sobre sus plidas mejillas de hebrea.

La pasin de Mercedes iba exaltndose paulatinamente. Si a Roberto
hubiese podido recibirle en su casa, con la prosaica tranquilidad que
aburre las horas de los noviazgos por conveniencia, seguramente le
hubiese amado menos. En los libros de su padre aprendi a querer lo
prohibido, lo anormal, lo peligroso, todo aquello que el espritu de
Gmez-Urquijo haba sentido como nadie y descrito con prodigiosos
refinamientos de observacin, colorido y relieve... Por eso quera a
Roberto con ardor expansivo que trascenda a las calles que paseaban y a
la esquina donde solan detenerse a echar el prrafo de despedida; y
quera todo aquello porque Roberto Alcal, a fuer de actor meritsimo,
saba dar encarnacin real y palpitante a cuantas engaosas visiones
novelescas ella amaba... Las mujeres tienen predileccin por los
artistas en general, y muy especialmente por los actores; sin duda
porque en ellos, como en el alma femenina, todo es superchera y
fingimiento.

Los domingos, Roberto trabajaba en el teatro por la tarde; Mercedes slo
poda verle un instante por la maana, durante la misa de doce; pero
aquello no era casi nada; la joven iba siempre con su madre y el actor
tena que conformarse con verla desde lejos: una mirada ardiente, dulce,
venenosa, que arrojaba sobre ella como un venablo, a travs de aquel
ambiente impregnado de olor a incienso y por encima de una multitud de
devotos arrodillados.

Durante aquellas entrevistas cotidianas, Roberto Alcal practicaba
difciles operaciones de observacin y anlisis; su cario creca y se
impacientaba, y comenzaba a sentir deseos vehementsimos de triunfar
pronto.

El amor--dice Balzac--tiene sus grandes hombres desconocidos, como la
guerra tiene sus Napoleones, y la poesa sus Andrs Chnier, y la
filosofa sus Descartes... Roberto Alcal atesoraba alguna de estas
cualidades que poseen los fuertes conquistadores de corazones femeninos.
Insensiblemente, para no asustar a Mercedes, pero tambin sin
interrupcin ni vacilaciones que la permitieran recobrarse de sus
sorpresas y derrotas, iba avanzando, domeando su levantisca condicin
y descubriendo el verdadero temple de su virtud.

Cierta noche cogi entre sus manos una de Mercedes y empez a
acariciarla.

La joven retir el brazo.

--No me toques--dijo.

--Por qu?...

--Porque... no est bien.

Roberto pareci admirarse.

--Cmo?--dijo--. De suerte que la mano, abandonada en seal de cario,
es un crimen... y dada framente y en seal de despedida, es una
cortesa? Bonita lgica!...

Y como aquel sofisma, realmente tena las tranquilizadoras apariencias
de una verdadera razn, Mercedes se dej convencer y entreg su mano:
una manecita suave, regordetilla, salpicada de hoyuelos, que prometa
muchas caricias.

Otra vez, en un arrebato de pasin, cogi a Mercedes por el talle
violentamente; ella baj la cabeza para huir un beso de Alcal y, con
esa propensin instintiva que las hembras tienen a la defensa, procur
desasirse.

--Djame!...

--No quiero, ven.

--Oh!... Eres brutal...

Mas l se impuso por la fuerza.

--S--dijo--, soy brutal... Lo soy porque tu belleza, cegndome, me
obliga a serlo. Ojal puedas inspirarme siempre igual pasin! El da en
que me veas correcto, respetuoso, indiferente a tus seducciones,
hablando contigo framente, sin ocurrrseme coger entre mis manos las
tuyas y sin que a mis ojos alumbre el vicioso resplandor de los deseos,
puedes jurar que todo ha concludo entre nosotros...

Estas conversaciones ofrecan puntos de vista muy notables; pues en
algunas ocasiones, mientras Roberto retorca sus frases, inventando
tropos y lindezas para no decir crudamente algo que lastimase el
virginal recato de Mercedes, ella, sabiendo de antemano adonde iban
encaminadas tan sutiles retricas, rea por dentro, segura de conocer
todo y ms de cuanto el actor pudiese decir.

Una noche encontr Mercedes que Carmen, Roberto y otro individuo a quien
no conoca, estaban esperndola. La joven pareci muy sorprendida.

--Es--dijo Carmen--que necesito ir a la calle del Almirante en busca de
cierta amiga que ha de entregarme unos bordados. He citado a mi novio
aqu, para que vayamos todos juntos y le conozcas...

Seguidamente, sin advertir el gesto de disgusto que contrajo el
semblante de Mercedes, procedi a la presentacin.

--Luis Herrera, mi novio... Uno de nuestros desocupados ms
simpticos...

El aludido se inclin. Era un muchacho de veintitrs aos, alto y
delgado, con grandes ojos azules muy tristes, encajados en un rostro
complaciente que rea siempre, no bien le miraban, con una sonrisa que
pareca haberse enfriado en sus labios. Mercedes salud
ceremoniosamente, y Luis Herrera volvi a inclinarse, procurando no ser
antiptico, pues saba que la joven amaba a Roberto y el cario que una
mujer profesa a un hombre envuelve cierto desprecio para los dems.

Los cuatro permanecieron inmviles, formando un grupo, esperando la
orden de ponerse en camino.

--Qu? Vamos?--pregunt Carmen.

--Est lloviznando--repuso Mercedes--: adems, es tarde; son las siete
y minutos, y yo a las ocho he de estar en casa; tenemos poco tiempo...

--S, mujer; yo tambin necesito volver temprano... Todo se reduce a
correr un poquito.

Mercedes mir a Roberto Alcal con ojos interrogadores, pidindole
consejo.

--Bueno--repuso el actor--, atajando por aqu hacia la calle de la
Montera, llegaremos en seguida a la del Barquillo, y antes de una hora
podemos estar de vuelta. La lluvia es lo de menos...

--Ea, pues--interrumpi Luis--, no perdamos tiempo.

Todos echaron a caminar prestamente, siguiendo el itinerario trazado por
Roberto.

--Has visto?--musit Mercedes--; estos mentecatos han venido a
estropearnos la noche...

Carmen y Luis Herrera iban delante, charlando alegremente, despicndose:
de vez en cuando ella rompa a rer estrepitosamente, echando la cabeza
hacia atrs, y l la pellizcaba el brazo o las caderas, como queriendo
castigarla.

--Qu loca!--exclam Mercedes sobrecogida por aquel nervioso contento.

Y agreg sin poder contenerse:

--Cualquiera creera que son amantes!

Roberto Alcal se encogi de hombros, significando que aquello era
natural y que no le importaba.

Cuando cruzaban la plaza del Rey, Carmen vi a su amiga: una madrilea
neta, bajita, delgada, con mucho negro y mucha luz en los ojos.

--Adis, Lola, en busca tuya bamos... Y los bordados?

--Maana te los dar; la seora que haba de trarmelos me envi esta
tarde un recado, diciendo que est enferma.

Mientras las dos mujeres hablaban, Roberto y Luis Herrera saludaron al
individuo que acompaaba a Dolores.

--Adis, Juanito...

--Hola, queridos!...

--Dnde vas?

--Qu s yo? Por ah!... Por donde van las mujeres y el humo...

Era un joven de mediana estatura, elegante y simptico, de nariz
aguilea y ojos acerados de mirar muy firme.

--Pues nos hemos topado por una casualidad--exclam Dolores
dirigindose a los hombres.

--Por qu?--dijo Luis.

--Porque hoy--interrumpi Romero--habamos resuelto ir a las Ventas.
Pero como Lola es una burguesita que siempre, despus de almorzar, tiene
el aristocrtico vicio de dormir la siesta... Pueden ustedes creer que
se ha levantado hace un momento?

--Calla, parlanchn.

--Contento me tienes!--repuso Juanito--. No me hagas hablar!...

No deseaba otra cosa.

--Que se sepa!--exclamaron todos.

Se haban detenido en la acera del Circo de Price, acercndose cuanto
podan a la pared para resguardarse de la llovizna que continuaba
cayendo.

--Para qu?--repuso Juanito--; mi cuento cabe en dos palabras; un
cuento viejo, muy triste y muy humillante para m... Conviene advertir
que esta tarde, precisamente, Dolores, antes de dormirse, haba jurado
quererme mucho, idoltricamente, y que yo la cre... Pas una hora.
Viendo que no despertaba, la llam. Ella continuaba tendida en un divn,
alentando blandamente; una leve sonrisa embelleca sus labios
entreabiertos, y su rostro tena esa placidez que debe de producir la
suprema bienandanza. No obteniendo contestacin, me sent a su lado,
movido repentinamente por el capricho de arrullar su sueo con un canto
de amor...--Dolores, Lola de mi alma, te acuerdas?... Se lo fui
recordando todo: dnde nos conocimos, nuestras primeras impresiones, los
primeros balbuceos de nuestra pasin...

--Qu embustero!--interrumpi la joven--, qu modo de inventar... no
le hagan ustedes caso!...

Juanito continu:

--Aburrido de aquel intil discurso, me levant y empec a pasear la
habitacin, murmurando de vez en cuando: Lola, nia ma, no oyes? No
presientes que soy yo quien te llama?... Y ella, nada... sin
despertar!

Todos rean. Romero prosigui con aire grave y sentado.

--De repente, al acercarme a un lavabo para arreglarme delante del
espejo... no recuerdo qu, dej caer inadvertidamente sobre el mrmol
una moneda de plata... Y entonces Lola despert bruscamente, frotndose
los ojos, sobresaltada por aquella voz misteriosa que acababa de
susurrar en sus odos la cancin irresistible del oro.--Qu
sucede?--dijo mirndome--. Cre que me llamabas...

--Por eso, desde hoy--concluy Juanito--, no creo que haya mujeres que
amen desinteresadamente...

Todos celebraron el sabroso pique de la ocurrencia. Despus las tres
parejas, obedeciendo a una indicacin de Carmen, emprendieron el regreso
por la calle Infantas.

--Quin es ese muchacho?--pregunt Mercedes a Roberto en voz baja.

--Es Juanito Romero; una bala perdida de Madrid...

--Y Dolores, es novia suya?

--Probablemente, ser su querida...

Mercedes y Roberto iban delante, caminando lentamente, trabados del
brazo. De pronto Alcal volvi la cabeza para ver a su amigos que iban
muy lejos.

--Mira qu juntitos vienen sos--dijo--, parece que van besndose...

Y agreg bruscamente:

--Quieres que yo te bese?...

Mercedes, asustada, le mir de hito en hito abriendo desmesuradamente
sus ojos luminosos.

--Te has vuelto loco?--repuso.

--No... Pero te quiero mucho y la felicidad de sos me causa envidia.
Vamos... quieres?...

Se inclinaba hacia la joven, disponindose a cumplir su oferta. Mercedes
se retir, acercndose cuanto pudo a la pared.

--Estate quieto... No me ofendas confundindome con estas mujeres de
todo el mundo.

Pero Alcal empezaba a perder la cabeza, mareado por el loco deseo que
en l encendan las esquiveces y hermosura de la Deseada.

--No seas hipcrita--dijo--; si t me quieres, necesariamente debes
comprender la legitimidad de mi deseo. Se besan los padres y los hijos,
se besan los esposos, se besan las amigas, se besan los que se
quieren... y yo, adorndote con toda el alma, por qu no he de besarte
tambin?

Mercedes le mir enternecida, subyugada por la voz doliente del actor,
aquel galn apasionado, irresistible, que haba visto en el teatro
arrollando la virtud de tantas mujeres.

Atravesaban la calle Fuencarral y siguieron la de San Onofre; al llegar
a la de Valverde torcieron a la izquierda; en aquel momento la esquina
les ocultaba a los ojos de sus amigos.

--Dame un beso--exclam Roberto sujetando a Mercedes por las manos.

Ella sofoc un grito.

--No, aqu no... Pueden vernos...

--No temas... vienen muy detrs... Acrcate!...

Y cogiendo a la joven por el cuello, obligla a derribar la cabeza hacia
s y la bes en los labios. Luego se apart, echndose a rer para
disimular su atrevimiento. Mercedes sigui caminando sin levantar la
vista del suelo; tena los ojos brillantes, su cuerpo temblaba, y una
ola de sangre, que era todo un poema de candor ofendido, arrebol su
plido semblante de hebrea: no supo decir ms; el pudor es el lenguaje
de las mejillas.

Al llegar a la calle Desengao, Mercedes y Carmen se despidieron
rpidamente de sus acompaantes, dirigindose hacia la de Jacometrezo,
por el callejn de los Leones. En aquel instante, don Pablo Ardmiz
sala de un portal. Mercedes baj la cabeza, ocultndose el rostro con
su toquilla y el anciano pas sin saludar.

--Creo, sin embargo--murmur la joven--, que ese viejo marrajo me ha
visto...

Y agreg, mirando a su amiga:

--Tengo calor. Cmo estoy?

--Muy colorada. Parece que te has embadurnado el rostro de bermelln.

Luego se despidieron, citndose para el da siguiente, a la hora de
clase.

La joven atraves el portal de su casa corriendo, subi las escaleras
sin descansar y lleg a su cuarto sofocadsima, ahogndose. Su madre la
recibi.

--De dnde vienes?

--De casa de Carmen. Hemos estado examinando unos bordados preciosos que
ha hecho Dolores, una amiga suya... Ha venido pap?

--No...

Doa Balbina la miraba deletreando la verdad sobre el rostro de Mercedes
con sus inocentes ojuelos de mujer sencilla. Despus la pas la mano por
la cabeza y por los hombros.

--Llueve?--pregunt.

--S...--repuso Mercedes vacilando.

--Ests mojada; cualquiera creera que vienes de muy lejos.

--No, es que llueve bastante. Carmen ha venido conmigo hasta aqu... Al
salir de su casa vimos a don Pablo Ardmiz... El pobre iba tan absorto
en sus cavilaciones, que no me reconoci...

Las mutaciones que iban turbando el nimo de Mercedes eran de tal
consideracin y cuanta, que doa Balbina, a pesar de la poquedad de sus
alcances, lleg a entrever la existencia amenazadora de un grave y
peligroso secreto que exiga resolucin perentoria.

No sintindose capaz de hacer nada por s, doa Balbina visit a su
confesor, don Fernando Almonacid, varn entrado en aos, doctsimo,
bueno y muy ducho en toda clase de asuntos mundanos; mas como la anciana
no supo concretar bien sus preguntas, ni puntualizar la situacin moral
de Mercedes, y Almonacid no era hombre que juzgase por impresiones, la
consulta result intil, limitndose doa Balbina a deplorar su corta
suerte y los recelos que la inspiraba el incierto porvenir de aquella
hija, y a escuchar de labios de don Fernando anlogos consejos a los
que en otro tiempo le di Gmez-Urquijo: que observase a Mercedes, que
ganase su confianza, que descubriese los ntimos anhelos de su alma, o
con sutiles raposeras de diplomtico o con halagos... y otras discretas
observaciones de este jaez.

Los meses, sin embargo, iban transcurriendo sin que ningn
acontecimiento rompiese la monotona de aquel hogar; el tiempo
continuaba ejerciendo sobre los espritus sublevados su bienhechora
accin sedante, y como Gmez-Urquijo pareca curado de sus antiguos
temores, y doa Balbina por nada del mundo se hubiese atrevido a
revelarle los suyos, todo fue aquietndose y borrndose bajo el manto
del olvido pacificador.

As fue pasando aquel invierno y lleg el verano, con sus clidas noches
cuajadas de estrellas.

Por aquella poca adquiri doa Balbina la conviccin de que Mercedes y
Roberto Alcal estaban en relaciones.

Una noche fueron ella y Mercedes al circo de Price para ver a _Tik-Nay_,
el payaso inimitable, que saba dibujar con sus donaires una sonrisa
sobre los labios ms tristes.

En el callejn de butacas encontraron a Roberto, que inmediatamente se
acerc a saludarlas. Hablaron un momento.

--Y don Pedro?--pregunt el actor.

--Bien--repuso doa Balbina--; los volatines le aburren y no quiso
acompaarnos. Luego vendr. Y usted, no tiene hoy funcin?

--No, seora; afortunadamente...

Y se separaron; durante el primer entreacto volvieron a reunirse y doa
Balbina advirti que, a pesar de hallarse Roberto con varios amigos en
un palco muy distanciado de las dos sillas que ellas ocupaban, no apart
en toda la velada sus ojos de Mercedes.

Noches despus volvieron a encontrarle en el prtico de Apolo, momentos
antes de comenzar la segunda funcin. Entonces Balbina Nobos record que
durante el da Mercedes haba demostrado gran inters en ir al teatro, y
que aquel encuentro bien poda ser una cita.

--Yo no tena ganas de salir--exclam la anciana queriendo disculpar la
modestia con que ella y su hija iban vestidas--, pero Mercedes empez a
decir que estaba triste, que se aburra, y como es muy testaruda... fu
necesario complacerla.

Roberto mir a la joven sonriendo, orgulloso de que tuviese tanto
inters en verle.

--Por eso vamos a una localidad modesta--aadi doa Balbina--; creo que
nuestros asientos son de anfiteatro principal.

--A eso, precisamente, voy yo--repuso Roberto.

--A ver, mam--dijo Mercedes--qu nmero tienen nuestras localidades?

Balbina Nobos le entreg los billetes, murmurando:

--Mralo t... yo no veo bien...

--Tenemos el tres y el cinco...

--Yo, el siete--dijo Roberto.

--Qu casualidad!--exclam la joven--; entonces estaremos juntos y me
alegro,.. Dos mujeres solas no tienen representacin en ningn sitio...

Continu hablando, queriendo desvanecer una sombra de tristeza y
disgusto que haba endurecido momentneamente los cariosos ojuelos de
su madre.

Aquella noche experiment Mercedes impresiones de nuevo y regaladsimo
sabor. Balbina se haba sentado a su izquierda, Roberto a su derecha, y
los tres muy juntos, porque todos los asientos estaban ocupados.
Mercedes senta que las manos viciosas de Roberto la pellizcaban
disimuladamente las caderas, y que las rodillas del actor buscaban las
suyas: luego, para hablarse, tenan que hacerlo quedamente y aproximando
mucho sus cabezas: entonces sus alientos se confundan, los cabellos de
la joven rozaban la frente de Alcal, y ambos sentan sus cuerpos
estremecidos por un voluptuoso calofro magntico. Cuando salieron del
teatro, doa Balbina crey ver que Roberto entregaba a Mercedes un
billetito plegado en varios dobleces.

En los das siguientes doa Balbina Nobos habl largamente con su hija,
batallando por obtener la confesin de aquellos amores. Mercedes estuvo
impenetrable. Jur no haber visto a Roberto Alcal ms que una sola vez,
en casa de Carmen; neg que estuviesen citados en Apolo, y hasta tuvo
valor y disimulo suficientes para asegurar que aquel hombre no le
interesaba... Doa Balbina no crey tales asertos, pero hubo de
conformarse y dar el incidente por terminado, segura de quedar siempre
vencida.

Con la llegada del otoo volvieron a abrirse las clases del
Conservatorio, y Mercedes y Roberto pudieron reanudar sus citas
nocturnas. La joven refiri al actor las sospechas de doa Balbina y los
inconvenientes que haba de vencer para salir. Su relato fu muy
conmovedor, muy exagerado.

--Mi madre cree que somos novios y ha querido obligarme a confesar la
verdad.

--Y qu hiciste?

--Negarlo todo.

--Muy bien... porque seguramente ser hostil a nuestros amores.

Aunque quera mucho a Mercedes, sin saber por qu se ufanaba de mantener
su cario en el misterio: tema la formalidad de las relaciones
oficiales, los inconvenientes que acaso ofreciese Gmez-Urquijo a la
continuacin de aquel noviazgo, o, en caso contrario, el matrimonio que
llegara tranquilamente, por sus trmites contados, asesinando su
ilusin entre dos artculos del cdigo civil...

--S--replic--, hiciste bien...

--Eso creo yo...

Y lo crea instintivamente, sin razn alguna, como sienten los hechizos
del pecado las grandes pecadoras innatas; aleccionada, tal vez, por su
padre, cuyos libros la ensearon a ver en lo prohibido el milagroso e
inagotable manantial de las ilusiones.

Hablando as bajaban por la calle Salud, en direccin a la del Carmen.

--En ltimo caso--dijo Roberto--yo no sentira que esto se supiese, si
t...

--Qu?

--Si t... me quisieses mucho.

--Cmo?--dijo Mercedes riendo--. No ests seguro de mi cario?

--No.

--Qu te falta, pues? Qu pruebas de amor necesitas?...

--Muchas!... Acaso he recibido algn testimonio convincente,
irrecusable, de tu amor?... S, Mercedes, aunque tarde, he llegado a
persuadirme de que t, poco ms o menos, eres desconfiada y previsora
como todas.

--Por qu dices eso?...

--Oh!...

--No comprendo.

El call, encogindose de hombros.

--Tienes ganas de reir?

--Tengo ganas de que hablemos francamente.

Ella le mir de hito en hito, no sabiendo cmo rehuir el turbin que la
amenazaba. Desde haca poco tiempo los deseos de Roberto se
impacientaban, su obstinacin era mayor, sus ataques ms rudos, y
Mercedes tema aquellas trifulcas que siempre arrancaban de su virtud, y
en beneficio de su amor, nuevas concesiones.

--Cmo quieres--prosigui Roberto Alcal--, que ponga yo confianza en
una mujer que no la tiene en m?... Porque reconocers que sigues usando
conmigo casi los mismos miramientos que empleabas los primeros das.
Hoy, como entonces, he de robarte los besos, y... o eres una hipcrita
actriz consumada en el arte del fingimiento, o mis caricias son un
suplicio para ti.

Llegaron a la calle del Carmen, atravesando por Rompe Lanzas hacia la de
Preciados, y continuaron bajando la cuesta de Capellanes.

--Qu quieres de m?--pregunt Mercedes.

--Todo...

--Todo?

--S, eso es... una prueba muy grande, una especie de lazo irrompible
que te impida ser de nadie... De nadie, ms que ma!... Pues siguiendo
como hasta aqu, resulta que yo te he dado mi corazn sin que t me
hayas hecho entrega del tuyo.

La haba cogido fuertemente por un brazo, mirndola con ojos glotones,
acercando su rostro al de ella como para morderla; mientras la joven se
estrechaba contra la pared, vacilante, mareada por aquel vaho de pasin.

Continuaron hablando: l iba exaltndose; ella volvi a preguntar:

--Qu quieres de m?...

--Quiero que seas ma.

--Cuando nos casemos.

--Cuando nos casemos... o antes!--grit el actor--; mi pasin no
soporta condiciones... ni aun aqullas que concibi la repugnante
previsin de la mujer amada!...

No pudo seguir hablando, tan grande era su exaltacin. Mercedes tambin
callaba, sobrecogida de temor. Su primer impulso, al or las atrevidas
exigencias de Roberto, fu de indignacin y protesta; pero muy luego se
tranquiliz, recordando que tiene algo de axiomtico y de fatal el hecho
de que los hombres, cuando lograron ser muy queridos, consiguen de sus
amadas todos los favores. Los dos se haban detenido inconscientemente
delante de un portal; luego reanudaron su paseo.

--No te extrae de este arrebato mo--dijo Roberto--; realmente, hoy
cuento tantos motivos para desesperarme, como ayer, pero es que los
recuerdos van siempre en tralla: por eso la exaltacin provocadora de
los grandes crmenes est formada por ideas y pasioncillas pequeas,
insignificantes en s mismas, como los torrentes son el terrible y
devastador resultado de muchas gotitas de lluvia...

Iban a dar las ocho.

--Es muy tarde--dijo Mercedes--, vmonos a casa, no quiero sufrir por un
desagradecido como t nuevos disgustos.

El regreso lo emprendieron por la solitaria calle de Tetun, buscando la
de Jacometrezo. Continuaban disputando. Cuando llegaron a la calle
Mesonero Romanos, esquina a la de Abada, se detuvieron para despedirse.

--Es necesario que seas ma--murmuraba l.

--Yo no soy esclava de nadie.

--No?...

--No... nunca...

--Sin embargo, yo lo quiero...

Volva a acercarse a Mercedes, alentando sobre ella, como queriendo
abrasarla en una atmsfera de fuego. Mercedes, en efecto, concluy por
sentir que aquel deseo la produca un malestar fsico.

--Seprate--murmur--; me haces dao... me ahogo...

Roberto Alcal, reprimindose con gran esfuerzo, di un paso atrs.

En aquel instante reson hacia el fondo de la calle un confuso estruendo
de voces, desde la ms baja a la ms tiple, que gritaban a la vez. El
tumulto iba en aumento: eran vendedores del _Heraldo de Madrid_ que se
acercaban pregonando algn acontecimiento sensacional. Suban corriendo
desalados, llevando en la mano los peridicos extendidos para mejor
atraer la atencin de los transeuntes, y repitiendo todos el mismo
pregn:

--El _Heraldo_, con los detalles del crimen de la calle Pozas!...

Aquel crimen, referido ya por los peridicos de la maana, perteneca al
nmero de los llamados pasionales. Un cajista que haba matado por
celos a una cantadora de caf...

Los vendedores pasaban corriendo y voceando emocionados, cual si
realmente fuesen portadores de una gran noticia.

--_Heraldo, Heraldo de Madrid_, con todos los detalles del crimen de la
calle Pozas y las ltimas declaraciones del asesino!...

Y haba algo muy triste en aquel pregn que arrastraba por las calles de
Madrid el recuerdo de un crimen, y que los vendedores repetan con
ahinco, ganosos de allegar dinero, como si el charco de sangre que
derram una pualada de celos, fuese para ellos arroyo santo que, como
el Darro o el Jordn, acarrease tambin pepitas de oro.

Aquel vocero, en virtud de una inexplicable asociacin de ideas,
aument la rabiosa exaltacin de Roberto.

--Nosotros concluiremos as--murmur--; t en el cementerio, yo en
presidio.

Mercedes quiso sonrer.

--Tonto!

Pero l haba vuelto a sujetarla por un brazo y la zarandeaba bravo.
Algunos transeuntes curiosos volvieron la cabeza.

--Sers ma, no es cierto?... Jramelo! Y agreg exasperado:

--Si no accedes a mi deseo, juro que, desde hoy, todo concluye entre
nosotros.

Mercedes, a quien el dolor y la vergenza apretaban la garganta, rompi
a llorar.

--No me quieres--murmur.

--S, te quiero... y por lo mismo exijo tanto, porque mi cario lo
merece todo.

En el reloj de una farmacia prxima, uno de esos relojes siniestros que
parecen destinados a medir la agona de los enfermos, sonaron las ocho y
media.

--Ah!--exclam Mercedes asustada--me voy corriendo; es muy tarde y mi
padre no puede tardar... Adis...

--Adis--repuso Roberto con su britnica frialdad habitual.

--Ests enfadado conmigo?...

--No... para qu?... Estoy convencido de que debemos separarnos.

Ella deseaba marcharse, pero no se atreva a dejarle as, tan irritado.
Al fin, haciendo un violento esfuerzo, ech a correr, murmurando:

--Hasta maana...

Despus, cuando lleg a la esquina, se volvi para verle a travs de sus
lgrimas, pero Roberto ya haba desaparecido.

La joven pas una noche horrible, llorando, calenturienta, releyendo las
cartas del actor, aquellas ardientes cartas que la brindaban los bienes
de una pasin inextinguible...

Al da siguiente, cuando fue al Conservatorio, Mercedes entreg a Carmen
una carta para Roberto. Estaba tan fuera de s, tan plida y con los
prpados tan enrojecidos por las lgrimas y el no dormir, que Carmen
Vallejo se asust.

--Qu tienes?--dijo--; ests enferma?

--Peor--repuso Mercedes--: estoy murindome; he reido con Roberto.

--Cundo?

--Anoche.

--Por qu?...

--Por una tontera... dice que no le quiero... ya ves... decir que no
le quiero!...

Y lloraba. Carmen se ech a rer.

--No llores, borricota--exclam--, mi primo dice eso porque te adora y
est celoso de ti. Cuando Luis me quera mucho, deca lo mismo... Vaya,
veo que no conoces a los hombres!

--De todos modos--repuso Mercedes--, dale esa carta, llvasela t
misma... eh?... t misma; yo no puedo...

Carmen sonrea...

--Bien, bien...

--No dejes de hacerlo como digo. En esa carta le cito para esta noche, a
la hora y en el sitio de costumbre. Necesito hablar con l a todo
trance... Creo que si hoy no le veo, me muero...

Y agreg con una risilla que pareca en sus labios un iris de esperanza:

--Dile tambin... pero as, como por cuenta tuya, que le quiero mucho...
mucho... que me has visto llorar por l...

El resto del da lo pas Mercedes en su casa, junto al balcn, cosiendo
y mirando al cielo; un cielo de otoo, lloviznoso y fro. Doa Balbina,
feliz al verla tan juiciosa, estuvo ms alegre y charladora que de
ordinario. La serenidad, sin embargo, de la joven, no pasaba de ser
aparente; pensaba en Roberto, en que ya habra ledo la carta, en que
ira a la cita... y permaneca alerta, escuchando los menores ruidos
exteriores, obsesionada hasta el delirio por el presentimiento de que al
fin iba a recibir _aquello_, que nunca llegaba...

Hija y madre estaban en el gabinete charlando, porque la noche se haba
echado encima y la escasa luz crepuscular no bastaba para seguir
cosiendo. Mercedes no quera levantarse para ver la hora, temiendo que
doa Balbina advirtiese su impaciencia y su inquietud. De pronto, en el
reloj del comedor sonaron varias campanadas, y la joven, de un salto, se
puso de pie.

--Me voy--dijo secamente.

--A dnde?

--A casa de Carmen; est esperndome. Son las siete.

--Las siete?--repiti doa Balbina escandalizada--, ni las seis!...

Mercedes, recelando haberse equivocado, corri al comedor: en efecto,
eran las seis. Furiosa contra s misma, volvi al gabinete, a seguir
rellenando de monoslabos la distrada conversacin de su madre.

--Y te atreves a salir con este tiempo tan desapacible?

--S.

--Yo, en tu lugar, no saldra...

--Bueno...

--Dime, Carmen y Nicasia tienen novios?

--No s; nada me han dicho.

--No comprendo que la madre de esas nias les permita salir y entrar
cuando bien les parece.

--Yo tampoco.

La supina vulgaridad de aquel dilogo determinaba en Mercedes un
malestar fsico, semejante a un vago dolorcillo de estmago. Se levant
y fu al comedor, creyendo que haba pasado ya mucho tiempo; pero su
impaciencia le engaaba y tuvo que volver al gabinete: eran las seis y
cuarto. Doa Balbina continu charlando, con esa conversacin perezosa
de las personas que encanecieron en la soledad.

--Yo reconozco que Carmen y Nicasia son dos muchachas muy buenas, muy
hacendosas, pero... qu quieres?... no me gustara que fueses como
ellas. T vales mucho, tienes mucho talento...

S, bonito talento!... El talento de vivir siempre encerrada, sin
amigas, sin diversiones, envejeciendo estpidamente entre las cuatro
paredes de una casa pobre... En eso consiste el talento y la bondad de
las mujeres!...

Todo esto pensaba Mercedes, pero no quiso hablar, segura de que no la
comprenderan. Adems, ella saba adnde iban encaminadas las preguntas
de su madre, y aquellos torpes tanteos irritaban sus nervios. Cuando
dieron las siete la joven se levant.

--Hasta luego--dijo.

Y fue tan duro el acento de su voz y tan desptica la autoridad de su
ademn, que doa Balbina Nobos la acompa hasta el recibimiento y la
dej marchar sin atreverse a contradecirla.

Cuando Mercedes llegaba al zagun, tropez con don Pedro, que volva de
la calle. La joven sinti que todo su heroico valor desmayaba, y viendo
a su padre tan alto, tan grave, envuelto en un largo gabn sobre cuyo
cuello de pieles se abarquillaban las blancas melenas de su venerable
cabeza apostlica, di un paso atrs, huyendo del pasado que pareca
haberse erguido ante ella sbitamente, impidindola salir.

--Dnde vas?--pregunt Gmez-Urquijo.

Mercedes no supo qu responder.

--Dnde ibas?--repiti colrico don Pedro.

--A casa de Carmen.

Las sonrosadas mejillas del anciano se arrebolaron, y por sus mejillas
azules cruz un relmpago de ira. Mercedes desfalleca: en aquel momento
no vi a Roberto, slo pensaba en don Pedro, que la miraba atentamente,
con el entrecejo fruncido y unos ojos duros que la traspasaban el
corazn.

--A casa de Carmen?--repiti Gmez-Urquijo--: y quin es Carmen?

--Una amiga...

--Ya lo s; lo que ignoro son los mritos que seguramente no tiene esa
Carmen... para merecer la visita de una seorita como t, a estas horas
y con este tiempo. Vamos... echa escaleras arriba y olvida lo que acaba
de suceder.

Hubo un silencio terrible.

--Pero, pap... estn esperndome!

--Pues dile a tu madre que te acompae, que es obligacin suya.

Y agreg con acento breve, que no admita rplica:

--Vamos, sube...

Era imposible resistir, y Mercedes cedi: suba delante, mordiendo un
pauelo, haciendo esfuerzos titnicos para impedir que su dolor
estallase en sollozos. Despus oy que don Pedro, dejndose llevar de su
genio, aquel genio batallador que le haba proporcionado tantas
victorias y tantos disgustos, suba tras ella murmurando:

--Y es su madre, la imbcil de su madre, quien tiene la culpa de todo
esto...




IV


Despus de cenar Mercedes se retir a su dormitorio fingindose aquejada
de un violento dolor de cabeza; doa Balbina, juzgndose responsable, en
parte, de lo sucedido y temiendo que don Pedro la abrumase con sus
reproches, se fu a la cocina y Gmez-Urquijo penetr en su despacho y
encendi el quinqu. Durante largo rato estuvo paseando por la
habitacin, con la vista fija en el suelo y las manos cruzadas a la
espalda: luego se detuvo y toc un timbre.

--Llamaba el seor?...--pregunt Felipa apartando los cortinajes de la
puerta.

--Dile a mi mujer que venga.

Cuando Balbina Nobos lleg al despacho, don Pedro estaba de pie, junto a
la mesa, con sus penetrantes ojos muy abiertos. Pareca ms alto, ms
enjuto, y su gran cabeza proyectaba sobre la pared un perfil enorme:
vindole as, rodeado de libros y envuelto bajo el misterio de su larga
levita negra, tan severo, tan triste, pareca un juez que acabase de
firmar una pena de muerte. La anciana se acercaba temblando y sin ruido.

--Qu quieres?--pregunt.

--Quiero hablar contigo--repuso don Pedro--, decirte que as no podemos
seguir... yo cre haberme casado con una mujer de carne y hueso,
entiendes?... y no con una mueca de cartn...

Su voz tremolaba de un modo amenazador, agitada por la clera. La
emocin haba arrebolado las plidas y fofas mejillas de la anciana,
pero fue una sensacin que, como casi todas las de su alma cobarde, no
lleg a traducirse en palabras.

--Hoy he sabido, por casualidad--prosigui don Pedro--, que nuestra hija
sale sola a la calle.

--Muy cierto--interrumpi Balbina--, pero va a dos pasos de aqu...
Figrate!... Yo misma, desde el balcn, la veo doblar la esquina...
Suele ir a casa de las hermanas Vallejo, dos muchachas muy buenas...

Gmez-Urquijo tuvo una sonrisilla forzada.

--T eres una insigne mentecata--dijo--que, por su gusto, canonizara a
todas las mujeres. Conoces, acaso, los resabios y malas maas ntimas
de esas dos chiquillas? Sabes lo que hace nuestra hija no bien dobla
esa esquina hasta donde t la acompaas con los ojos?...

Balbina Nobos, sintiendo la justicia y gravedad de aquellos cargos,
humillaba la cabeza.

--T sabes--aadi Gmez-Urquijo levantando la voz--si a tu hija la
espera un hombre en esa calleja maldita?... Oh, hace mucho tiempo, ms
de un ao, que en este mismo sitio indiqu los temores que me inspiraban
ciertas preocupaciones anormales que descubr en Mercedes, y no me
hiciste caso porque tu alambicado cerebro de chorlito parece incapaz de
meditar nada seriamente!...

Doa Balbina quiso hablar:

--Yo te aseguro...

--T no puedes asegurarme nada!

--Permteme...

--Te niego todo permiso. T miras y no ves, oyes y no entiendes,
discurres y no tienes conciencia de tus pensamientos... No eres una
mujer como las dems, eres... lo que antes dije!... Una mueca de
cartn, inconsciente, sorda y ciega!...

Balbina Nobos rompi a llorar: su dbil voluntad de esposa amante y
solcita estaba acostumbrada a doblegarse continuamente a la voluntad de
don Pedro y a considerar sus menores antojos como rdenes inapelables;
haba vivido durante treinta aos sin albedro, sin deseos, casi sin
nocin de su propia personalidad, entregada a merced del hombre amado,
ufana de sacrificar su alma consciente en el altar de su amor; y de
pronto, al or que Gmez-Urquijo la insultaba por aquel mismo
anonadamiento a que su carcter dominador la conden no tuvo bros para
rebelarse, ni discurri una sola frase que la sirviese de escudo, y su
dolor, un dolor infernal de ngel precito que repentinamente pareca
volcar sobre su historia un cntaro de hiel, rompi en sollozos, como
estallan generalmente las grandes crisis morales de los dbiles.

--Ay, Pedro, Pedro...--murmur--, no me maltrates as!...

Y fu a sentarse sobre una silla, cual si sus piernas no pudiesen
aguantar la gravedad de tantas pesadumbres. Gmez-Urquijo, en pie
delante de ella, continu atormentndola, flagelndola el rostro con sus
palabras, sibilantes y crueles como latigazos.

--Hace ms de treinta aos que nos casamos--dijo--y la labor literaria
por m realizada durante este tiempo, inspira vrtigos... La pasin de
la gloria es la terrible pasin inspiradora y directora de mi vida; ella
presidi mis pensamientos, hacia ella fueron encaminados todos mis
afanes... A ella sacrifiqu los deseos de mis padres, que queran
dedicarme a ms tranquila y positiva ocupacin, y los placeres de mi
mocedad y las comodidades de mi vejez... por ella, por esa gloria que al
fin he rendido, lo perd todo y estoy pobre an y obligado a continuar
defendiendo, con mi trabajo, el abrigo y el pan de nuestros ltimos
das... Y ahora, de sbito, veo que mi hija, el nico tesoro positivo
que conquist en el combate epopyico de mi juventud, va a perderse
tambin... Y por qu?... Porque su madre no sabe guardarla!...

Balbina Nobos lloraba, secndose los ojos con una esquina de su
delantal. Don Pedro prosigui colrico, agitando sus brazos en el aire
con varonil fiereza:

--Es posible que la gloria, que me quit tantos bienes, me arrebate
tambin a Mercedes?... Qu bofetn para mis canas!... Cmo gozaran
mis enemigos viendo que mi hija, esa creacin de mi espritu y de mi
carne, arrojaba sobre un apellido por cuya popularidad y ennoblecimiento
tanto he luchado, una mancha imborrable! Cunto reiran, qu epigramas
tan sangrientos compondran a mi costa!...

El orgullo del artista se aunaba al cario del padre, su exaltada
imaginacin meridional consideraba inminente aquella catstrofe y
hablaba de ella como si ya hubiese sucedido.

--Qu sera de nosotros si una noche Mercedes se fuese para no volver?
Qu sera de m al saber que respiraba un hombre que poda jactarse de
haber tenido en sus brazos a la hija de Gmez-Urquijo, a esa criatura
que simboliza mi sangre y mi historia?...

Avanzaba hacia doa Balbina, agitando sobre su cabeza su brazo irritado.

--Ah, imbcil, imbcil! T sers la perdicin de todos...

Balbina Nobos tuvo un gesto instintivo de defensa; el movimiento del
toro moribundo que, acosado por su matador, levanta por ltima vez la
cabeza.

--Yo?--grit espantada.

--T, s... t sers la perdicin de Mercedes.

--Y t tambin!...

Lo dijo con tal firmeza, que Gmez-Urquijo vacil.

--T eres tan responsable como yo de lo que suceda--prosigui la
anciana--; los dos, los dos, los dos!...

--Ests loca?...

--No, no estoy loca!... Tal vez tu responsabilidad sea mayor que la
ma. T corrompiste a Mercedes, eso es!... yo tambin estoy cansada de
sufrir en silencio, como los animales que no saben hablar...

Tena los ojos brillantes, y sobre sus mejillas, coloreadas por la
indignacin y el sufrimiento, corran dos regueros de lgrimas. Don
Pedro la escuchaba perplejo, casi con terror. Ella continu:

--Tus errores son ms difciles de corregir que los mos... T eres el
verdadero corruptor de Mercedes, su verdadero iniciador... ya que tus
libros la ensearon lo que nunca debi saber... Por tanto, eres el
principal causante de cuantas desgracias sobrevengan... Lo oyes?...
T, t... y nadie ms que t!...

Era la primera vez que la madre se rebelaba en la esposa; pero
inmediatamente, extenuada por su propio esfuerzo, se tap el rostro con
ambas manos y continu llorando.

Entonces hubo una escena horrible, una de esas tragedias sin sangre que
no se olvidan nunca. Don Pedro se haba dejado caer sobre el silln,
sollozando, maldiciendo de s mismo, renegando de su obra.

Ah!... Los artistas, pensando siempre en lo bello, rara vez se acuerdan
de lo bueno; la naturaleza hizo a muchos de ellos impotentes, y la
sociedad les conden a eterna pobreza; son seres desequilibrados,
malditos, que no deban casarse nunca. Los pintores, los literatos, los
msicos, tambin son actores, puesto que se erigen en intrpretes de la
realidad y a fuerza de explicar lo que otros ven y sienten, concluyen
por vivir apartados del mundo, sin verdadero carcter, convertidos en
melanclicos polichinelas de la vida.

--Tienes razn, tienes razn!--repeta don Pedro--: yo emponzo el
alma inocente de Mercedes con el dulce veneno que mi espritu perverso
derram en millares de pginas; yo he caldeado su fantasa y encendido
la antorcha voluptuosa de los deseos; en vano pretendo dominar ahora la
ensoberbecida marejada de sus pasiones; la juventud es invencible y en
ella una fuerza superior, como dijo la desposada de Corinto, ha
levantado la piedra... Es verdad!... Yo la he corrompido, yo soy su
seductor... Es un drama horrible... un drama incestuoso como el de Lot
poseyendo a sus hijas...

Y se retorca las manos desesperado, recordando los artculos que
crticos eminentes escribieron contra la dudosa moralidad de sus libros,
y que l refut bizarramente y con ms elocuencia que buena fe. Pero ya
era intil defenderse, el dao estaba hecho. Gmez-Urquijo comprendi
que los elementos ms diversos se conjuraban en contra suya, como
obedeciendo a los nefastos designios inexplicables del Destino: Carmen,
Nicasia, Roberto, hasta el mismo Pablo Ardmiz con sus trazas de viejo
truhn y Mme. Relder, que en mala hora despert en Mercedes la aficin a
la msica, todos eran enemigos que llegaban, como salteadores en
cuadrilla, a arrebatarle su ltima ilusin.

Ante aquella perspectiva siniestra, Gmez-Urquijo dej caer los brazos
con el abandono del hombre que se rinde, experimentando una sensacin
que su espritu levantado no conoca: la sensacin de su propia
debilidad y pequeez.

Hubo un largo intervalo de silencio durante el cual el reloj continu
rimando, con su tic-tac devorador, el siniestro desfile de lo que no
vuelve. Doa Balbina atisbaba al anciano por entre los pliegues de su
delantal. Nunca le haba visto as, tan abatido, tan poco seguro de s
mismo, y su conciencia empezaba a acusarla de haberle tratado
cruelmente; ella deba haber puesto ms tiento en sus observaciones,
ms urbano comedimiento en sus ataques, y no aniquilarle, arrojndole de
pronto a la cabeza el mundo de sus libros; aquellos libros escritos con
tanto cario y defendidos con tanto celo. Entonces Balbina Nobos se
acerc a don Pedro.

--Perdname--dijo--; comprendo que hice mal hablndote as y
entrometindome en asuntos que no entiendo. Qu puede alcanzrseme a m
de si tus obras son malas o buenas?... Seguramente son excelentes,
cuando a m, que soy muy torpe, me gustan tanto... No hagas caso!... Yo
tengo un geniecillo venenoso, arrebatado... y cuando me disparo soy
terrible. Luego me pesa, te lo juro, y por castigarme sera capaz de
darme de cabezadas contra la pared. Perdname, Pedro... Pedro... di que
me perdonas...

Le acariciaba, le besaba los cabellos, y eran simultneamente risibles y
conmovedoras las splicas de aquella pobre vieja que, siendo una
cordera, se acusaba formalmente de ser una loba.

--No te desesperes--agreg--; no te pongas as... Nuestra hija es dcil
y volver al buen camino si, como no creo, ha llegado a separarse un
pice de l. Tiene fcil remedio. Afortunadamente, nada ha sucedido.
Vaya, consulate y perdname... oye, Pedro, abrzame t tambin...

Gmez-Urquijo la abraz.

--Te perdono--dijo--; ya sabes que no puedo alimentar contra ti rencor
ninguno; pero djame solo, necesito reflexionar.

Balbina Nobos se march y don Pedro continu sentado, inmvil, los ojos
fijos sobre su mesa de trabajo, mirando instintivamente un libro, _Eva_;
la novela que haba puesto en manos de Mercedes las llaves de la vida.

A la maana siguiente, muy temprano, Gmez-Urquijo penetr en el
dormitorio de su hija. Mercedes acababa de levantarse. Las emociones de
la vspera, el sufrimiento y la falta de sueo, haban acentuado los
rasgos de su semblante: tena la nariz ms aguilea, los labios ms
finos, el color ms quebrado, los ojos ms brillantes y agudos, el pelo
ms negro, desigual y voluntarioso, cubriendo la frente con un casco de
endrina. Al ver a su padre, la joven se levant prestamente del
silloncito que ocupaba.

--Le esperaba a usted--dijo.

--A m? Para qu?...

--Oh!... Para escuchar lo que tuviese usted que decirme. No desea
usted hablar conmigo?...

--S, en efecto.

Aquel recibimiento, un poco altanero, haba desconcertado a
Gmez-Urquijo quien, durante la noche, estuvo ideando un plan de
reconciliacin y de paz. Mercedes le miraba fijamente, y en la expresin
de sus ojos y en la firmeza de su voz vibraba la confianza que tiene en
s mismo aqul que adopt una resolucin inquebrantable.

--Anoche--dijo don Pedro sentndose--te caus un disgusto muy grande.

--Maysculo, s... un disgusto enorme.

--T a m tambin.

--S?...

--Naturalmente!

--Por qu?... La conciencia no me acusa de nada... Yo sala en busca de
una amiga... eso fue todo.

--Puesta la cuestin as, como t la presentas--replic el anciano--,
parece, realmente, que pequ de injusto y arrebatado; pero t misma
reconocers que abonan mi conducta muchas y muy poderosas razones
disculpadoras...

Hubo una pausa durante la cual Mercedes permaneci cruzada de brazos,
sondeando al anciano con sus ojos imperturbables de hebrea, secos y
duros.

--Al sorprenderte anoche en el portal--continu don Pedro--mi sensible
corazn de viejo padeci el choque de una emocin extraordinaria. Yo,
hija ma, fu siempre un hombre sencillo, un hombre bueno que vivi
dedicado en cuerpo y alma a su familia y al trabajo; en mi existencia no
hay enredos novelescos ni incidentes dramticos, ni viajes peligrosos,
ni nada de eso que forma la entretenida historia de los aventureros; mi
pasado slo encierra un drama, un espantoso drama que preside todos los
captulos de la vida: la tragedia de mis luchas artsticas, de mi
combate por la gloria y por el bienestar de los seres que haban ligado
el sosiego de mi porvenir a las incertidumbres de mi corta suerte:
primero trabaj por tu madre; cuando naciste t, mis afanes se
triplicaron y continu batallando por ella y por ti... S, Mercedes, por
ti ms que por ella... yo no s qu tiene el amor de los hijos que nos
roba del corazn la pasin de la mujer!...

Los ojos de la joven haban dulcificado su expresin; la voz de
Gmez-Urquijo resonaba tranquilamente, dulce y acariciadora como sonrisa
maternal.

--A ti, que eres ya mujer, y mujer discreta--prosigui don Pedro--,
puedo confirtelo todo. Hace quince o veinte aos, mi hogar lo componan
una mujer y una hija; y como entonces mis luchas eran todava muy
grandes y la nia muy pequea, yo no vea el maana, absorto en la
preocupacin devorante de que el hoy no anocheciese sin abrigo y sin
pan. Pero los aos fueron pasando y la nia creciendo; lleg da en que
empec a recoger el merecidsimo premio de mis afanes, y a disfrutar
algunas horas de reflexin, de vida interior, y, al verte granadita,
llena de gracia y tocando los dorados umbrales de la juventud primera,
pens en tu porvenir, que iba a ser el consuelo de mi vejez, y en
asegurarte una posicin independiente y decorosa. Desde entonces, hija
ma, me dediqu a ahorrar, a guardar con tesn de avaro los pinges
beneficios que ya me reportaba mi trabajo, y todo para ti!... Ya
comprenders la dosis tan grande de cario que necesita sentir un hombre
tan desequilibrado y despilfarrador como yo, antes de resolverse a ser
econmico!... Mi vida, por tanto, es una cadena no interrumpida de
privaciones, afanes y sacrificios; para m no reserv nada, para
vosotras fu todo; mi dinero, mi respetabilidad... y hasta me huelgo del
prestigioso renombre de mi apellido porque lo llevas t y es tu mejor
gala...

Continu hablando, insistiendo con pasmosa elocuencia y bro en la
generosa renuncia que siempre hizo de s mismo, y lo estrechamente
ligadas que ella y doa Balbina estuvieron a la historia de sus luchas y
de sus menores pensamientos.

--Cuando quera describir los celos de un marido burlado, procuraba
convertirme de narrador en protagonista, en vctima, y me sugestionaba
pensando que tu madre poda engaarme; y si quera pintar la
desesperacin de un padre, me torturaba imaginando que t ya eras joven
y que un miserable calavera te seduca... Erais, pues, mis colaboradoras
ms asiduas, las modelos que inspiraron mis creaciones mejores...

Mercedes escuchaba atentamente, curiosa de conocer las intimidades de
aquel gran artista y de averiguar la gnesis de los libros que tan
trascendental revolucin haban causado en su alma.

--Todo esto--agreg don Pedro--te ayudar a comprender mi arrebato de
anoche. Yo vivo lejos de la realidad, en el mundo engaoso de las
ficciones artsticas, pero vivo para vosotras y creyendo que vosotras
vivs tambin para m... Y de pronto, al volver a mi casa, a esta casa
que es toda mi ilusin, mi preocupacin nica, me sorprendes t saliendo
de ella para lanzarte a la calle, de noche, lloviendo... Yo te
pregunto:--Dnde vas?... Te veo desconcertada, repito mi pregunta y
respondes:--A casa de Carmen... A casa de Carmen!!... Quin es esa
mujer que tiene influjo suficiente para arrancarte del hogar que yo
sostengo para ti?...

Iba exaltndose, levantando la voz.

--Al verte salir me enfurec sospechando que aqulla no sera tu primera
escapatoria, y la naturalidad de tu contestacin confirm mi sospecha.
Voy a casa de Carmen!... Me lo dijiste con acento ingenuo que
demostraba que a esa mujer la ves todos los das... Y adems, eran las
siete de la tarde, la hora del misterio, la hora en que la juventud
inocente se cita a la salida de los talleres... Y tem que t tambin
acudieses a una cita...

Hablando as Gmez-Urquijo, clav en su hija sus ojos inquisitivos y
poderosos de taumaturgo; ella sostuvo la mirada con bizarra, pero sus
mejillas se colorearon ligeramente.

--Confiesa que no me equivoqu--agreg don Pedro.

--Se equivoc usted--repuso Mercedes con acento resuelto.

--Pues, a pesar de tu negativa, creo que muy cerca de all, tal vez en
la calle Mesonero Romanos donde vive esa... Carmen, que te sirve para
escudo de amoros, haba un hombre esperndote, y que ese hombre era
Roberto Alcal.

Mercedes haba recobrado su aplomo y continu negando rotundamente.

--Se engaa usted--deca--; no hay nada, absolutamente nada, de lo que
usted supone.

--Lo juras?

--Se lo juro a usted.

--Entonces, por qu no viene Roberto a verme?

--Lo ignoro.

--Es, acaso, novio de Carmen?

--Tampoco lo s.

--No has hablado de esto con ella?

--No.

--Es increble!

--Tal vez, pero es as.

Negaba con tanta firmeza, que Gmez-Urquijo se reconoci desorientado.

--Haces mal en disimularme la verdad--dijo--; yo soy el nico hombre que
te quiere desinteresadamente, el nico que suea contigo y que dara su
vida por verte dichosa...

Despus, olvidando la larga historia de sus polmicas literarias, empez
a hablar de moral llanamente, rellenando su peroracin de lugares
comunes. El matrimonio es el estado perfecto del hombre; la mujer naci
para vivir en su casa, consagrada al cuidado de su esposo y de sus
hijos; la mortificacin y amansamiento de las malas pasiones asegura la
pureza del espritu; la obediencia, la humildad y el sacrificio de s
mismo, son el verdadero manantial inagotable de toda virtud; no debe
hacerse secretamente aquello que no pueda confesarse en pblico; el
encanto de lo prohibido es la gran aagaza inventada por el pamplinero
genio del mal para mancillar a los limpios de corazn...

Mercedes pareca escucharle atentamente, y por sus finos labios vagaba
una sonrisa desdeosa casi imperceptible.

--Y es usted quien, olvidado de lo que ha escrito, se atreve a
predicarme todo eso?--exclam.

--Qu dices?

--Digo, que otras veces afirm lo contrario de lo que ahora sostiene...
y tengo para m que si entonces cometi error fu inconscientemente,
dejndose llevar de su temperamento, como verdadero artista que no sabe
fingir; mientras que ahora se equivoca a sabiendas, proclamando til y
bueno lo que siempre tuvo en poco.

Fu la suya una oracin extraordinaria, grito avasallador y vibrante de
la juventud que quiere reivindicar sus derechos.

--Usted pretende que yo sea dcil y humilde, y que reniegue de mi
imaginacin y asesine mis deseos y haga caso omiso de mi voluntad!...
Y a eso llama usted ser buena!... A no tener entendimiento, ni
corazn, ni fantasa, ni conciencia del propio mrito; a ser una
bestezuela, una pobre mquina que come y duerme y sufre sin quejarse!...
Cree usted que mis aspiraciones se reducen a repasar la ropa y
amamantar los hijos del hombre que la casualidad me d por esposo?...
Para eso me engendr usted, para sufrir las impertinencias de un
individuo que, por el mero hecho de haberme dado su nombre, ya puede
atormentarme legalmente?... Ay, padre, padre!... Es posible que quiera
usted emplear conmigo la moral que, segn usted mismo, labra la
infelicidad de tantas mujeres? No, eso sera absurdo y monstruoso!...

Y aadi, lanzando un grito vehemente de pasin, cruzando las manos
sobre el pecho en ademn de irresistible splica, deshecha en lgrimas:

-- Yo quiero gozar de la vida, padre mo, antes de que las ilusiones
mueran en m! Necesito ser feliz!... Usted, que lleg a viejo, sabe,
por propio y amargo convencimento, que la juventud no vuelve...

Quiero ser feliz!... Aqul era el grito inspirador de _Eva_ y de
_Cabeza de Mujer_, el grito traductor de esa fiebre de goces que
arrastra hacia el pecado a tantos millones de mujeres. Don Pedro
escuchaba admirado, vencido por los irrefutables argumentos que Mercedes
aduca en defensa de las doctrinas que l propal en sus libros, y
holgndose secretamente de recibir el incienso de tan gallarda
peroracin.

Gmez-Urquijo miraba a su hija sin pestaear, presa de estupefaccin
supina y cual si nunca hubiese reparado bien en ella. Mercedes tena el
carcter y hasta los mismos rasgos fisonmicos de sus hermanas _Eva_ y
_Matilde_. Era la mujer que l so, con su cabellera negra y crespa,
sus ojos profundos, su nariz aguilea de alas inquietas, sus labios
finos y su semblante mstico, enjuto y plido; y luego el cuerpo,
nervioso, flexible, de talle largo y de caderas poderosas... La mujer,
ardiente, veleidosa, simonaca, que cree y duda y suea con viajes y
amoros fantsticos; la mujer que va de aqu para all, segn las
oscilaciones del capricho, corriendo siempre hacia lo ignorado, como
insaciable mariposa enamorada del misterio, y que cruza por el mundo
riendo y cantando, borracha de alegra, prodigando sus encantos, cual
una bacante que, por equivocacin del Destino, hubiese nacido en
occidente, muchos siglos despus de extinguirse los ltimos cnticos
entonados en loor de las retozonas deidades del gentilismo...

Mercedes continu hablando, defendindose gallardamente con los
argumentos que aprendi en los libros de su padre, sofocando a
Gmez-Urquijo quien, convertido en crtico de s mismo, la acometa
tibiamente. Mercedes era irresistible; don Pedro se bata en retirada,
desconcertado, huyendo ante aquella hija, engendro demoledor de su carne
y de su fantasa.

--Oh padre mo!--exclamaba la joven--; es creble que usted, autor de
tantas mujeres iguales a m, no me comprenda?... Usted ha dicho que la
vida es una novela que se escribe... No sea usted cruel! Deje usted que
la novela de mi vida la escriba yo a mi gusto...

Hablando, hablando, arrebatada por el fuego de su inspiracin, Mercedes
abri su alma. Ella amaba todo: las escenas campestres, con sus
amaneceres primaverales, recortando sobre un cielo de prpura las copas
de esmeralda de los rboles cubiertos de roco; sus praderas salpicadas
de flores odorantes; sus misteriosas espesuras habitadas por ruiseores
que trinan saludando la aparicin del lucero vespertino: y sus
arroyuelos corriendo por entre una doble hilera de espadaas y juncos;
reflejando sobre su temblequeante superficie la luz de los astros y
acariciando las orillas con un suave glu-glu somnfero: y amaba tambin
la existencia febril de esas ciudades populosas que exigen del individuo
derroches continuos de energas y en donde se envejece muy de prisa;
Madrid, Pars, Londres... con sus bailes, sus teatros, sus hipdromos y
sus casinos devoradores de fortunas; esos pueblos modernos, grandes por
sus industrias, su cultura y sus vicios, en los cuales las cortesanas
van por las tardes en coche a buscar a los agiotistas gananciosos que
salen de la Bolsa; que tienen capitalistas que ponen una fortuna en la
cola de un caballo, y prncipes que se suicidan por bailarinas, y
hetarias que han devorado millones; pueblos gigantescos que, vistos
desde lejos, aparecen a los ojos de la imaginacin como algo
fantasmagrico, incongruente, disparatado, como una pesadilla...

Mercedes soaba con estas mltiples y abigarradas fases de la vida, y
las quera de un modo intuitivo, infinitamente ms tentador y peligroso
que el conocimiento personal y directo de la misma realidad.

--Todo eso--replic don Pedro con voz grave--es literatura... literatura
malsana. Yo quiero que seas buena.

--Yo tambin.

--Honrada.

--Y qu?

--Fiel, limpia, hacendosa y sin tacha, como tu madre lo ha sido.

--Como mi madre!...

Su acento fue insultante; Gmez-Urquijo la mir de un modo terrible.

--Nadie mejor que usted sabe--aadi la joven--que mi pobre madre es una
mujer vulgar. Yo no soy as... no puedo serlo!... Llevo sangre de
usted!...

Hubo una pausa.

--No importa--repuso don Pedro vencido--; procura imitarla; la virtud
nunca es vulgar. De lo contrario ser capaz de recurrir, para
castigarte, a los procedimientos ms duros: a la reclusin, al
destierro...

--Y mi felicidad?

--Loca!... Bscala en un pacfico trmino medio. Las mujeres de mis
libros slo hubieran podido ser fieles y dichosas casndose con hombres
como yo, superiores... Y es muy difcil hallar hombres as!...

--Necesito ser feliz--repiti la joven obstinadamente--, lo necesito
antes de llegar a vieja... No lo olvide usted!

Gmez-Urquijo se cruz de brazos, mudo, no sabiendo qu argir contra
aquella sed implacable de placeres. Cuando don Pedro sali del
dormitorio, Mercedes quedaba muy orgullosa, convencida de haber
derrotado a su padre completamente.

Despus de aquella conversacin, Mercedes no volvi a salir sola: su
madre la acompaaba al Conservatorio, luego iba a buscarla y era tanta
su asiduidad y vigilancia, que hasta las ocasiones de expansionarse con
sus amigas la robaba. Al principio la joven intent sublevarse y romper
tan odiosa tutela, pero sus esfuerzos fueron vanos, porque doa Balbina
tena el apoyo de Gmez-Urquijo y aquella proteccin la autorizaba y
fortaleca.

--No soy yo quien hace esto--exclamaba cuando su tierno corazn maternal
no poda resistir las splicas insinuantes de Mercedes--; es tu padre...
tu padre ordena y dispone; mi misin queda reducida a obedecerle
ciegamente... Hblale t; yo no me atrevo...

Despus, compadecida de tanto rigor, agregaba:

--Los viejos estn aquejados de manas y tu padre tiene las suyas. Esto
pasar: ten paciencia... Por ahora hemos de conformarnos. Si supiese que
te dejaba sola un momento, era capaz de matarme. Ah, qu furioso se
puso cuando te sorprendi yendo a casa de Carmen!... Lo que me dijo!...
Nunca le he visto as. Cre que me pegaba...

Mercedes acab por resignarse con su suerte; pasaba los das mano sobre
mano, sin ganas de rer ni de llorar, sumida en una embrutecedora
melancola. Cuando iba al Conservatorio, apoyada en el brazo de su
madre, caminaba lentamente, con los ojos fijos en el suelo, segura de
que sus movimientos de convaleciente, tardos, perezosos y dbiles, no
haban de llamar la atencin de los hombres, y que holgaba que ella
mirase a ninguno. En pocas semanas perdi la aficin hacia todo lo que
reclamase algn esfuerzo; no cosa, ni bordaba; las faenas domsticas la
inspiraban horror, los libros la aburran y los nocturnos de Chopn
yacan olvidados, empolvndose sobre el atril del piano abierto. Siempre
tena fro, ganas de sentarse donde hubiese poca luz, para arrebujarse
en su mantn y dormir. Dirase que en ella haba muerto toda esperanza
de redencin; era un pajarillo enfermo, una pobre vencida que se
entregaba... Balbina Nobos llam la atencin de don Pedro acerca de
esto, el anciano no hizo caso.

--Eso--dijo--es una crisis aguda de sentimentalismo y de mala crianza,
que desaparecer con las primeras auras primaverales. Sigue mis
consejos: a las muchachas conviene tratarlas, segn las circunstancias,
con cierto rigor...

Terminaba el mes de noviembre y lleg el invierno, con sus temporales de
granizo y nieve y sus horribles tardes cargadas de bruma. Algunas
veces, despus de clase, Carmen y Nicasia Vallejo, burlando con anuencia
de doa Balbina las rdenes de Gmez-Urquijo, que haba prohibido
terminantemente aquellos visiteos, iban a casa de Mercedes y stos eran
los nicos momentos en que la joven charlaba y rea. Carmen y su hermana
solan llegar por la tarde, cuando ms probabilidades tenan de no
encontrarse con don Pedro; Mercedes, que ya las esperaba, sala a
recibirlas y las tres entraban en el gabinete corriendo, empujndose,
muy ufanas de atropellar los deseos del jefe de la casa; despus se
ponan a charlar junto a la chimenea, refiriendo en voz baja chistosos
secretillos que luego rean a carcajadas, pellizcndose, dndose azotes,
jugueteando como pajarillos que se espulgan bajo un rayo de sol.

Aprovechando los momentos en que doa Balbina las dejaba solas, Mercedes
y sus amigas hablaban de Roberto.

--Le has visto?

--S.

--Cundo?

--Hoy por la tarde, yendo al Conservatorio.

--Qu dice?

--Que te quiere mucho; las dificultades acicatean su cario y anda loco
por tus pedazos.

--Cmo est?

--Muy bien; tan simptico y pisaverde como siempre.

Y Carmen aada, sacando del bolsillo una carta:

--Toma: esto me di para ti...

Mercedes guardaba el papelito prestamente y entregaba otro a su amiga, y
de este modo, gracias a la filantrpica tercera de la futura actriz,
los dos amantes continuaban comunicndose asiduamente.

Aquellas cartas ejercan sobre Mercedes influjo extraordinario: si eran
tristes, su abatimiento aumentaba y la acometan deseos perentorios de
morir; si alegres, su corazn se entreabra a la esperanza de que sus
males obtendran rpido y felicsimo remedio; pero sufra mucho si las
cartas eran ardientes y en ellas Roberto evocaba los dulces recuerdos de
su noviazgo: los apretones de manos, los juramentos, las ntimas
emociones que l senta cuando ella le miraba abrasndole en el
incendio de sus ojos, los besos enterrados furtivamente bajo los
ricillos locos de su nuca perfumada... y reforzaba cada una de estas
evocaciones con un te acuerdas?... hechicero, desesperante.

En aquellas ltimas semanas haba aumentado la exaltacin del actor.
Necesito verte a todo trance--deca--; no puedo vivir sin ti...

Mercedes contestaba procurando calmarle, aconsejndole que tuviese
juicio y esperanza en que pronto haban de llegar para ellos tiempos
mejores. Estas razones, no obstante, eran insuficientes: Roberto se
impacientaba, no quera esperar ms.

Si no sales a verme--deca--, ir a tu casa; las iras de tu padre no me
importan. Ten presente mi deseo y obra en consecuencia; ya sabes que no
me arredran los obstculos y que por llegar a ti soy capaz de cometer el
disparate ms peligroso.

Mercedes, no sabiendo cmo eludir aquel tan grave compromiso, consult a
Carmen Vallejo.

--Yo no puedo salir--dijo--, y, por otra parte, no quiero que venga; el
carcter de mi padre es muy violento, y de la conversacin que Roberto
tuviese con l no haba de resultar nada bueno. Por tanto, lo mejor es
inventar un pretexto que obligue a mi madre a salir, y la tenga fuera de
casa dos o tres horas.... Durante ese tiempo Roberto y yo podamos
vernos...

--Dnde?

--Oh, en cualquier sitio!...

--Lo difcil--murmur Carmen pensativa--es sacar a doa Balbina de aqu.

Las dos jvenes permanecieron silenciosas, meditando. Mercedes exclam:

--Me ocurre un idea, una invencin novelesca que seguramente reportar
excelentes resultados.

Y agreg, tras un momento de vacilacin, durante el cual procur definir
y coordinar bien sus pensamientos:

--Esta misma noche puedes escribir un annimo dirigido a doa Balbina
Nobos, dicindola que cierta persona que la conoce muy bien y vela por
su tranquilidad y mi porvenir, la espera maana, a las cuatro de la
tarde, en un lugar muy distante... la iglesia de Antn Martn, por
ejemplo... para confiarla revelaciones de gran inters. De este modo,
si mi madre cae en el garlito, mientras va y espera a la autora del
annimo y vuelve, pasarn ms de dos horas...

--Lo malo sera que se lo dijese a tu padre.

--No, no hay cuidado; el caso es demasiado grave para que haga nada sin
antes hablar conmigo: la conozco muy bien.

--Y si no traga el anzuelo?--interrumpi Carmen--; las viejas son muy
ladinas.

--Todo es posible, pero no lo creo. Eso depende tambin del inters que
t sepas prestarle al annimo. Escribe cuanto quieras y desliza entre
lneas algo muy sugestivo, muy alarmante: di que Roberto viene a
cantarme de noche mil acarameladas lindezas por la mirilla de la puerta;
o que una tarde nos vieron en cierto lugar sospechoso y que hay una
vieja que nos protege... Cuenta, en fin, lo que gustes, con tal que sea
muy verosmil. Ese pretexto es el mejor que podemos inventar, pues a mi
madre, tratndose de m, los dedos la parecen huspedes y anda siempre
con la barba sobre el hombro, creyendo que cualquier da, como en las
narraciones rabes acontece, voy a desaparecer por el can de la
chimenea en brazos de un caballero volador.

Carmen Vallejo pas por todo.

--Bien--dijo--, lo har segn deseas, aunque no con la premura que
supones. Antes he de ver a mi primo y explicarle nuestro plan, para que
l, a su vez, me determine el da, hora y sitio en que habis de
reuniros.

Aquella noche Mercedes se acost feliz, columpiada por la ilusin de que
muy pronto Roberto y ella, a despecho de los obstculos que les
separaban, podran abrazarse. Al da siguiente supo por Carmen que todo
estaba arreglado.

--Acabo de verle--murmur la joven--; estaba aguardndome con Luis a la
salida del Conservatorio. Dice que pasado maana te espera, a las cuatro
de la tarde, en el Caf de la Universidad.

La noticia era tan grande, tan superior a toda excelsitud que Mercedes
no comprendi bien.

--A ver, a ver--dijo--, repteme eso, que es muy bonito...

Doa Balbina andaba trasteando por las habitaciones interiores y Carmen
pudo satisfacer las dudas de su amiga.

--El Caf de la Universidad--dijo--est en la calle San Bernardo y tiene
una puertecilla a la travesa de Pozas, que es por donde debes entrar.
Mi primo espera en un saloncillo situado a la derecha de los billares:
es un rinconcito muy obscuro, muy cuco, a donde Luis me ha llevado
algunas veces. Y, a propsito de mi novio: me ha dado recuerdos para ti,
para la prisionera, como l dice.

Mercedes sonrea conmovida y satisfecha de que las personas que andaban
por el mundo no la hubiesen olvidado.

--Segn eso--dijo--, t escribirs hoy el annimo?

--Hoy, s, en cuanto llegue a casa; y esta misma noche lo echar al
correo.

Mercedes tena los ojos arrasados en lgrimas. Carmen Vallejo exclam:

--Ves, tontsima, cmo con ingenio y perseverancia no hay dificultad
que no se orille?... Todo lo que nos sucede es muy interesante, muy
divertido; algo que podr referirse dentro de algunos aos: ten
paciencia; considera que los que llegaron a viejos sin hacer nada
notable, no merecan el honor de haber nacido.

Al da siguiente, poco antes de almorzar, el correo trajo una carta para
doa Balbina Nobos. Aquello era extraordinario; la anciana no reciba
jams correspondencia de ningn sitio.

--Seora--dijo Felipa--, aqu hay esto para usted...

Y la presentaba un sobre. La carta era del interior. Mercedes, para no
menoscabar con su presencia la buena impresin de su mentira, se haba
retirado... Durante el almuerzo la joven mir disimuladamente a su
madre, que estaba muy ensimismada y con los ojos enrojecidos, como si
hubiese llorado. Era indudable que el annimo haba surtido efecto. A la
hora de costumbre, Gmez-Urquijo se march; doa Balbina estuvo largo
rato en el comedor, sentada delante de su taza de caf; luego entr en
su dormitorio. Mercedes, que estaba en el saln distrayendo su
impaciencia con los valses de Waldteufel, la oa ir y venir por sus
habitaciones, hablando entre dientes y abriendo y cerrando el armario
donde guardaba sus ropas. Momentos despus apareci vestida
modestamente, llevando un sencillo velo sobre la cara.

--Hasta luego--dijo.

Mercedes se volvi hacia su madre, admirndose con naturalidad pasmosa.

--Dnde va usted?

--A ver una amiga.

--Quin?...

--Esta, doa... t no la conoces... he sabido que est enferma...

Tartamudeaba; su carcter ingenuo era refractario al fingimiento. La
joven, entre tanto, procuraba pensar en algo muy triste para no rer.

--Felipa viene conmigo--aadi doa Balbina--; t no salgas, porque
volver en seguida; antes de media hora...

Iban a dar las cuatro: Mercedes comprendi que su madre exageraba la
prontitud de su regreso y que si Carmen la haba citado, segn tenan
convenido, en la iglesia de Antn Martn, doa Balbina no podra volver
antes de las seis.

No obstante, para contestar a la recomendacin de su madre, afect un
aire muy compungido, muy indiferente:

--Dnde quiere usted que vaya?--murmur.

En cuanto Balbina Nobos y Felipa salieron, la joven corri a su cuarto y
empez a vestirse con la celeridad de la actriz que acaba de recibir el
segundo aviso del traspunte. Las enaguas, la falda, el gabn, todo de
cualquier modo; las botitas sin abrochar, el cors desajustado, el
corpio abierto, dejando entrever los encajes de la camisa; el
sombrerito lo llevaba en la mano y se lo puso rpidamente al pasar por
delante de un espejo; y sin perder instante sali, cerrando la puerta de
golpe, guardse la llave en el bolsillo y ech escaleras abajo,
recogindose las faldas con una mano, requiriendo con la otra los
corchetes mal prendidos.

Al llegar a la calle mir a todos lados, cerciorndose de que nadie la
espiaba, y satisfecha de su examen dirigise resueltamente hacia la
calle de Andrs Borrego, por donde fue hasta la del Desengao. Iba de
prisa, la vista fija en el suelo, procurando pasar desapercibida.

Con estos sobresaltos cruz por delante de San Martn, sigui la calle
Luna y continu por la de San Roque hacia la del Pez. Era un da fro,
triste, lloviznoso; uno de esos das en que los madrileos andan muy
despacio, detenindose en frente de todos los escaparates, reparando en
todas las mujeres y con los paraguas abiertos, queriendo intilmente
preservarse de una llovizna que, por lo sutil, parece niebla, una niebla
densa que moja como un aguacero, y en que los aleros de los tejados
recortan sobre las calles hmedas grandes franjas de un cielo plomizo,
uniforme, como una bveda de ceniza. Mercedes avanzaba velozmente, sin
advertir que tena los pies hmedos y las faldas salpicadas de barro. Al
llegar a la calle del Pez hubo de refugiarse en un portal, esperando a
que pasase un individuo amigo de don Pedro; luego reanud su camino
ocultndose el rostro con un pauelo, temiendo siempre algn encuentro
desagradable, y sigui por la calle Pozas pensando que all haban
asesinado a una cantadora, cuyo crimen oy pregonar la ltima tarde que
habl con Roberto...

Al entrar en el Caf de la Universidad, Mercedes tuvo un momento de
indecisin, recelando el misterio de aquel lugar que no conoca:
lentamente, sus ojos deslumbrados iban habitundose a la obscuridad:
estaba en una especie de recibimiento limitado por tabiques de madera
que medan, aproximadamente, dos metros de altitud; al frente vi una
puertecilla, a la derecha otra, en cuyas hojas haba dos valos de
cristal esmerilado; a la izquierda y bajando algunos peldaos, estaba el
caf; vasto saln rectangular, con su piano en el centro y sus largas
hileras de veladores, insinundose tmidamente bajo el melanclico
resplandor que penetraba por algunas ventanas enrejadas.

Mercedes continuaba inmvil, recordando las seas que Carmen la haba
dado. Un camarero se acerc preguntando:

--Busca usted a algn caballero?

La joven sinti que una oleada de sangre reflua a sus ojos.

--S--balbuce--, dijo que esperaba aqu... ignoro si ha venido o si se
habr marchado.

Entonces el camarero abri la puertecilla de la derecha, exclamando con
aire indiferente:

--Pase usted.

Mercedes atraves un saloncillo rectangular, a la hila de cuyas paredes
haba largos banquillos forrados de rojo, y veladores que abocetaban en
la penumbra sus formas blancas: andando casi a tientas, se aproxim a
uno de ellos y tom asiento.

--Qu desea usted?...--dijo el mozo.

Ella palideci, recordando que no llevaba dinero.

--Nada... esperar a que venga ese seor...

El camarero di media vuelta y se march sin responder; era un
hombrecillo regordete, moreno, de rostro impasible, con ojuelos
inteligentes y cariosos que inspiraban confianza. Entonces Mercedes,
algo ms tranquila, pudo reparar el aspecto del saloncito en que se
hallaba: era una habitacin que, ni hecha adrede, poda ofrecer mejores
condiciones de aislamiento, seguridad y misterio: el piso era de tablas;
un piso desigual, sucio, por donde pasaron seguramente muchas
generaciones de enamorados clandestinos; en el centro del local haba
una especie de columna que soportaba un techo renegrido por el humo y el
polvo, y a la izquierda una ventanita arrojaba dentro del saln un
chorro de luz triste y fra.

La joven permaneca inmvil, con las manos metidas en los bolsillos de
su gabn, extraando que la hubiesen dejado tan sola; y su cuerpo
nervioso empez a sentir la penetrante humedad de aquel local
desamparado. El resto del caf estaba desierto, silencioso, con una
quietud somnfera de establecimiento provinciano. Pas tiempo y Mercedes
se impacientaba, temiendo que Roberto no viniese. En el reloj de la
Universidad, un viejo reloj que tiene una campana muy triste, dieron las
cuatro y media... La joven continuaba absorta en sus cavilaciones e
hilvanando con los asuntos ms trascendentales las ocurrencias ms
pueriles; pensaba que su madre ya estara aburrindose sobre algn banco
de la iglesia de Antn Martn, y que en aquel sitio donde ella estaba,
tan malsano, y tan triste, habra muchas araas: araas de patas
flexibles, grandes, negras, de sas que crecen entre la humedad de los
lugares obscuros...

De pronto Mercedes volvi la cabeza, mirando a la ventana, por donde
acababa de pasar la silueta de un hombre; luego oy que abran
violentamente la puertecilla del caf y casi al mismo tiempo apareci
Roberto.

Mercedes se levant, el actor corri hacia ella y ambos se abrazaron
estrechamente, sin poder hablar, con un apasionamiento real en que la
carne no intervena. Roberto la besaba en la nuca, embriagndose con el
suave aroma de aquellos ricillos perfumados, murmurando:

--Por fin, por fin!...

Ella se abandonaba entre sus brazos, trmula, perdida, sintiendo que por
sus mejillas resbalaban lgrimas ardientes como brasas. Despus fueron a
sentarse en el rincn ms obscuro del saloncillo y de modo que la
columna les ocultase la puerta. El camarero que acababa de servirles
caf pregunt distradamente, como por mera frmula:

--Quieren ustedes que encienda el gas?...

--No--repuso Alcal--; ya te avisar...

El mozo se march, sonriendo con una risilla aburrida y triste,
recordando que todos los enamorados contestaban lo mismo.

--Por fin--repiti Roberto--, por fin estamos juntos!...

Ella le mir atentamente a travs de sus lgrimas, queriendo orear y
robustecer con su imagen sus recuerdos.

--Has sufrido mucho--dijo--; ingrato, ingrato!... Cmo has podido
vivir tantas semanas sin verme?... La ltima vez que hablamos nos
separamos riendo; te acuerdas?...

--S.

--Cunto he llorado!... Carmen, la pobrecita, me consolaba: es muy
generosa, muy noble... una amiga excelente a quien debemos querer
mucho...

Mientras hablaba, oprima inconscientemente entre sus manos las manos
vigorosas del actor. Roberto, suavemente, atrajo sobre su hombro la
cabeza de la muy Deseada y empez a besar su frente y aquellos labios
que le decan tantas ternezas y aquellos prpados que tanto haban
llorado por l...

--Juntos los dos--repeta--, otra vez...

En su anhelo de decirlo todo, Mercedes charl muchas tonteras; refiri
prolijamente cmo su madre haba salido, fiada en la autenticidad del
annimo, y cmo ella se visti en un santiamn.

--Al entrar aqu--agreg riendo--record que no traa dinero... Hijo,
qu apuros!...

Despus, con sbito arrebato, exclam:

--Ya sabes que a las seis menos cuarto, o antes, he de estar en
casa!... Avsame t cuando deba marcharme, porque yo estoy loca...

Roberto no respondi. Continuaba acariciando las suaves manecitas de la
Deseada, besando sus prpados, aspirando su aliento, adormecindose con
el vaho amoroso de sus vestidos, esclavizado por el misterioso hechizo
de aquella carne joven no poseda an. En los vasos, l caf humeaba
enfrindose.

--Me quieres?

--Con toda mi alma...

--Ah, Roberto... Roberto mo... no me dejes nunca!...

En el reloj de la Universidad dieron las cinco; cinco campanadas
tristes, quejumbrosas, que repercutieron tmidamente en los ngulos del
saloncillo obscuro, advirtindoles a los amantes que el momento
siniestro de la separacin llegara muy pronto. Entonces el actor
pareci sacudir su dulce modorra.

--Aprovechemos los momentos--dijo--hablando seriamente.

Rpidamente, con el acierto, claridad y concisin del que ha estudiado
bien lo que va a decir, expuso la historia de sus amores y la
desesperada situacin en que ambos estaban colocados. Ella enumer los
disgustos que erizaban de espinas sus das, las sospechas y temores que
desde haca tiempo atrs venan alarmando la curiosidad de sus padres y
la grave discusin que tuvo con don Pedro.

--Nos separarn!--aadi--; nos separarn... y no ha de tardar mucho!

--Lo s... lo s...

--Y eres t--agreg--la responsable de cuanto sucede.

--Yo?...

--T misma. Recuerda nuestra ltima conversacin, mis splicas... tus
negativas... Oh, te juro que aquella tarde sufr mucho y que me separ
de ti resuelto a no volver!...

Ella se estrech contra l tiritando de emocin y de fro, feliz de
hallarse a su lado. Roberto continu:

--Estas entrevistas, que por lo mismo que slo se consiguen venciendo
gravsimos obstculos no pueden tener fcil repeticin, son horribles,
porque exasperan nuestros legtimos deseos de comunicarnos a todas
horas... Piensa que el tiempo corre velozmente, que muy pronto llegar
el instante cruel de la separacin... Qu ser, entonces, de nosotros?
A qu nuevos ardides apelaremos para vernos?

--S... tienes razn!...

Sus ojos se llenaron de llanto. Roberto prosigui acaricindola mientras
hablaba.

--Si hablases con mi padre... dicindole la verdad... toda la
verdad--exclam ella.

--Oh!... tu padre es muy orgulloso; adems estar justamente irritado
conmigo por la solapada conducta que segu en este asunto, y su
contestacin sera negativa.

--Es cierto!...

A ella tambin le repugnaba aquel procedimiento que tena algo de
confesin y de splica; por otra parte, su genio revolucionario
experimentaba ante toda legalidad ese malestar que sufren los espritus
desequilibrados en los caminos anchos y perfectamente rectos.

--Quireme mucho, deposita en m tu confianza, abandnate a mis
consejos...--murmur el actor.

Se lo deca muy quedamente, al odo, como para no asustarla, y rozando
su piel sonrosada con sus labios ardientes. Mercedes temblaba, midiendo
el perverso alcance de aquellas marrulleras insidiosas.

--Como ya te dije la tarde memorable de nuestra ria--aadi Alcal--,
necesito recibir de tu amor una prueba muy grande.

--Muy grande... Oh! si no fuese ms que muy grande, te la dara... Pero
exiges de m un imposible.

--Imposible!... Una palabra odiosa que los verdaderos amantes han
borrado con sus locuras del santo diccionario de las pasiones...

Mercedes le miraba absorta con los ojos muy abiertos, atrada por ese
abismo en cuyo fondo los gnomos de la tentacin cantan con voces
irresistibles de sirena. De pronto se rehizo.

--Nunca, eso... no suceder jams!... Todo me lo prohibe: mi deber, mi
decoro, mi apellido... ah, no puedo mancillar tan infamemente el
apellido de mi padre!...

Roberto Alcal repuso con su voz suave, aquella voz fascinadora que tan
hbilmente saba modular en los grandes momentos dramticos.

--No es cierto que me quieres?...

--S; te quiero ms que a nadie!...

--se es tu error... Te quieres a ti misma ms que a m, pues me
sacrificas cruelmente a tu deseo y a tu deber... Dos conceptos que
tiranizan tu espritu, que son tus verdaderos amantes, los verdaderos
seores de tu albedro... Ellos gobiernan tu alma y tu cuerpo; a m slo
me otorgas lo que ellos permiten que me des... Y es necesario que entre
nosotros ocurra algo irremediable... que nos una para siempre a despecho
de los hombres y de la ley.

--No quiero... no quiero or... Me vuelves loca!

Hablaron mucho, dirimiendo la eterna cuestin hacia donde convergen las
ilusiones y los deseos de todos los amantes: Roberto razonaba
pausadamente, luciendo la serena confianza de los fuertes; Mercedes
responda con monoslabos, pensando que su vencimiento era algo
inevitable, que tarde o temprano haba de llegar.

--Por qu los hombres--murmur--slo pueden querer as?...

--Porque el amor que no desea es pasin incompleta y deforme: es
amistad, es simpata... todo!... menos verdadero amor. Desconfa de
los carios que el crimen asusta!

De repente se levant; en el reloj de la Universidad acababan de sonar
las cinco y media.

--Qu horror!--exclam--; me voy.

--No, no te vayas an... espera...

--Imposible, necesito llegar a mi casa antes que mi madre.

El actor se haba puesto en pie, abriendo los brazos, y la joven se
precipit en ellos.

--Adis, Roberto, adis... no me olvides...

l la besaba enternecido; ella, vencida por su pasin y la triste
solemnidad de aquella despedida, le besaba tambin.

--Adis--dijo--, escrbeme, consulame asegurndome que esta entrevista
no ser la ltima.

--Y te marchas as, sin prometerme lo que tanto deseo?...

Ella procur desasirse; l la retena por un brazo: as, forcejeando,
llegaron a la puerta. All volvi a estrecharla contra su pecho
apasionado, besndola en la nuca, detrs de las orejas, sobre los
prpados... Mercedes desfalleca.

--Oh, djame!

--Consientes?

--No puede ser.

--Nunca?...

--No!... Jams!...

--Por qu?...

--Porque... Quin sabe! No hay ocasin.

Lo dijo irreflexivamente, por no disgustarle con una negativa rotunda.

--No importa--repuso el actor--; yo la buscar. Ahora habla... Mercedes,
es cierto lo que dices?... No me engaas?

Sus ojos relampagueaban de felicidad, y el deseo, ese deseo todopoderoso
que amas con carne humana las entraas del globo, agitaba sus labios
convulsivamente. La muy Deseada, temblando de miedo, huy del saln, y
Roberto, que la tena sujeta por un brazo, la sigui casi a rastra. En
la calle se despidieron.

--Vete tranquila--dijo Alcal--; pronto nos veremos; yo inventar un
medio... no s cul... uno!... Adis.

--Adis, s... no me olvides.

Permanecieron algunos instantes perplejos, mirndose a los ojos,
oprimindose mutuamente las manos, hasta lastimarse. Luego se separaron,
de golpe, para abreviar la duracin de aquel martirio.

--Acurdate de m, de lo que me has prometido...--murmur Roberto.

--S, s... adis...

Y se fu satisfecha de dejarle contento, pero segura de que la terrible
ocasin en que el actor pudiese reclamarla el cumplimiento de lo
prometido, no llegara nunca.

Poco despus de volver Mercedes a su casa, lleg doa Balbina; pareca
muy fatigada y muy triste, y aquella noche la joven oy que su madre se
levantaba varias veces, con propsitos, sin duda, de sorprenderla
hablando con Roberto por la mirilla de la escalera. Era, pues, indudable
que Balbina Nobos, a pesar del chasco sufrido en la iglesia de Antn
Martn, continuaba creyendo en la verdad del annimo.

Paulatinamente el recuerdo de aquel incidente fue borrndose; doa
Balbina se convenca de que la autora de la terrible carta acusatoria se
equivoc o minti al escribirla, y la dulce tranquilidad de los
caracteres pacficos reapareci en sus ojos. Los das se deslizaban sin
emociones: das montonos, tediosos, desdibujados, que huan sin dejar
recuerdos. Mercedes iba por las maanas al Conservatorio, algunas tardes
reciba la visita de Nicasia y de Carmen Vallejo, y las cartas que, por
mediacin de sus primas, la enviaba Roberto; y aunque su existencia no
haba variado, pareca ms alegre que antes, ms resignada con su
suerte, cual si presintiese la curacin inminente de todos sus pesares.

Roberto, entre tanto, la escriba asiduamente, procurando que en
Mercedes la ausencia no resfriase el fuego del amor. Algunas de sus
cartas eran muy concisas, como para obligarla a desear en aquel
estudiado laconismo la llegada de otras mayores y ms dulces; a veces
pulsaba la cuerda apasionada de los juramentos, bordando un porvenir de
placeres sin guarismo: l se retirara del teatro para estar ms libre y
andaran siempre juntos viviendo, a despecho del matrimonio, la
existencia incongruente y desigual de los amancebados; otras pulsaba el
plectro voluptuoso de los recuerdos, hablndola de su pasado, de sus ya
lejanas alegras, de sus rias olvidadas con besos, de sus paseos
nocturnos a travs de Madrid; el bullicioso Madrid de las siete de la
tarde, con sus esquinas invadidas por obrerillas y estudiantes
enamorados que se saludan... Y siempre conclua recomendando que no le
olvidase y tuviera la seguridad de que haban de unirse muy pronto.

Una tarde lleg Carmen Vallejo a casa de Mercedes ms temprano que de
costumbre; llevaba el semblante risueo y en los ojos la expresin
zaragatera y feliz de quien es portador de buenas noticias. Balbina
Nobos sali a recibirla, y Carmen la salud y besuque con inusitado
apasionamiento.

--Doa Balbina--dijo la joven--, vengo en representacin de mi madre y
de Nicasia, a solicitar de usted un favor.

--De m?--repuso la anciana; y su rostro revelaba la admiracin del que
jams se crey investido de potestad alguna.

--S, seora, de usted...

--Usted dir.

--Que deje usted ir a Mercedes al teatro maana, domingo, por la tarde.

Doa Balbina palideci, luego sus mejillas se colorearon fuertemente,
acusando esa terrible lucha interior que experimentan los dbiles
constreidos a responder negativamente a lo que de ellos se solicita.

--Eso es imposible--repuso bajando los ojos--, usted lo sabe: ni Pedro
ni yo queremos que Mercedes vaya sola a ninguna parte...

Carmen Vallejo la interrumpi:

--Pero si no saldra sola... vendra usted con ella!...

--Oh, eso ya es diferente!

--Vamos mi madre, Nicasia, usted, Mercedes y yo...

--Siendo as, no hay inconveniente... Mercedes decidir.

La joven, que vislumbr en todo aquello la mano de Roberto, acept la
idea con entusiasmo.

--A qu teatro iremos?--pregunt.

--A la Zarzuela. Representan _Marina_. Las entradas las ha regalada
Mariano Corts. Le conoces?...

--No.

--Un muchacho periodista, amigo nuestro. Nos di cinco billetes,
sobraban dos y nos acordamos de ustedes...

Hablaba de prisa, con la volubilidad de quien se halla bajo el influjo
de una gran emocin.

--No te sientas?--pregunt Mercedes.

--No, vuelvo a casa, tengo mucho que estudiar y que coser... ya ves lo
que traigo; el vestidillo de todos los das... Vaya, abur.

Balbina Nobos, muy ufana del satisfactorio desenlace de aquel incidente,
sonrea esforzndose en borrar el disgusto que su anterior negativa
hubiese causado a la joven.

--Usted dispensar--deca--; pero como Pedro es as... tiene un
carcter... Yo deploro...

--Calle usted, doa Balbina, lo que usted dice est muy en razn. Todas
las madres, en el lugar de usted, haran otro tanto...

Mercedes y su madre acompaaron a Carmen hasta el recibimiento.

--La funcin--dijo la joven--empieza a las cuatro y media: nosotras
vendremos por ustedes a las cuatro.

--Aqu?--pregunt Mercedes.

--Aqu o en otro sitio.

--Mi hija dice bien--repuso la anciana--; preferible sera que nos
citsemos en la calle... Pedro, comprende usted?... es as, tan
caprichoso... Lo ms insignificante le incomoda...

Y aadi:

--Si supiese que habamos ido al teatro solas y a entrada general...
nos mataba!

--Entonces--dijo Carmen--nos reuniremos a las cuatro en punto, en el
Pasaje del Comercio, que es lugar poco transitado.

--Bien.

--Y si algo imprevisto las impidiese a ustedes salir, tengan la
precaucin de avisarnos.

Ya de acuerdo, se separaron. Cuando Mercedes y su madre volvieron al
gabinete, doa Balbina exclam:

--Creo haber hecho bien admitiendo la invitacin de Carmen; realmente,
no haba motivo para rechazarla... Sin embargo, temo decrselo a tu
padre; como ha sucedido lo que ya sabemos... qu opinas t?

--Que no debe usted decirle nada--repuso Mercedes resueltamente--; pap
es muy raro; segn el estado de sus nervios, el proyecto puede gustarle
o enfurecerle, y encuentro humillante y ridculo renunciar a una tarde
agradable por obedecer un capricho estpido. Es censurable lo que vamos
a hacer?... No: pues obremos con arreglo a lo que, segn nuestro
criterio, es legal y discreto.

--Bueno, bueno--contest la anciana pensativa--, no diremos nada...

Sin embargo, su carcter refractario al disimulo, dbil y acostumbrado a
obedecer durante treinta aos de matrimonio, no poda aceptar la
responsabilidad de ninguna determinacin: lo desconocido la infunda
horror: tema que hubiese fuego en el teatro, o que un coche la
atropellara al salir del espectculo, o que ocurriese cualquier otro
desdichado accidente por el cual don Pedro averiguase que ella se
propas a hacer algo sin pedirle antes opinin y consejo. Esto le
pareca imperdonable y, conforme el tiempo pasaba, ms crueles eran las
mordeduras de su conciencia y ms apremiante su necesidad de confesarle
a Gmez-Urquijo cuanto tena pensado y dispuesto. Durante la cena doa
Balbina, aunque con gran trabajo pudo reprimirse: Mercedes la observaba
con inquietud y ella evitaba sus miradas, comprendiendo que su delito
era tanto mayor cuanto ms tardase en descubrirlo. Despus de comer,
Mercedes se retir a su habitacin y Gmez-Urquijo y doa Balbina al
despacho. Don Pedro ley algunos peridicos y luego se puso a escribir;
la anciana le atisbaba desde un rincn, no sabiendo cmo componrselas
para echar fuera de una vez lo que tan indigestado traa. De pronto se
atrevi:

--Tengo sueo--dijo--; voy a dormir... Hasta maana...

--Adis--repuso don Pedro sin levantar los ojos.

Al llegar a la puerta, Balbina Nobos se detuvo y volvi sobre sus pasos,
exclamando con aire ingenuo:

--Ah, ya olvidaba lo que ms presente tena!... Sabes, Pedro, que
maana por la tarde Merceditas y yo iremos a la Zarzuela?... Nos han
invitado.

Gmez-Urquijo irgui su poderosa cabeza y mir a la anciana con ojos
penetrantes. El recuerdo de Roberto Alcal haba pasado como un
relmpago por su frente.

--Quin?--dijo.

Balbina Nobos comprendi que si no disfrazaba la verdad don Pedro no la
concedera el permiso deseado, y replic suavemente:

--Me ha invitado doa Ins, la madre de Carmen Vallejo. Hoy, cuando sal
a comprar unas trencillas que necesitaba, la encontr. Estuvimos
charlando tonteras, me di muchos recuerdos para ti y me dijo que la
haban regalado cinco billetes para la Zarzuela... que si quera ir.
Creo que representan _Marina_. Su invitacin fue tan espontnea que la
acept.

--Quines van?

--Ella y sus dos hijas, Mercedes y yo.

--No me gusta esa familia.

--A m tampoco... Mas como slo se trata de ir al teatro... Qu te
parece?...

--Bueno--repuso don Pedro--, que vayas...--Y sigui escribiendo,
arrastrado por el vrtigo de su concepcin, facilitando con sus
distracciones de artista los designios fatales del Destino.

Al da siguiente, domingo, a las cuatro de la tarde, Mercedes y su madre
llegaron al Pasaje del Comercio casi al mismo tiempo que doa Ins y
sus hijas.

--Por mi gusto--dijo Nicasia--ya estaramos zancajeando por las calles
desde hace una hora, pero, imposible... Mi madre, a pesar de sus aos,
tarda en emperejilarse ms que una coqueta.

Doa Ins sonrea: era una mujer de mediana estatura, muy gruesa, con
ojos azules que debieron de ser hermosos y que ogao miraban
trabajosamente bajo sus prpados cados, y un semblante fofo, marchitado
por el hasto. Despus, las cinco mujeres echaron a andar, bajando la
cuesta de la calle Montera: las dos ancianas iban detrs; delante
caminaban las hermanas Vallejo, llevando en medio a Mercedes.

--Qu te parece esto?--pregunt Carmen en voz muy baja.

--Hasta ahora--repuso Mercedes--me parece bien, pero no lo comprendo.

--Ms te gustar cuando lo entiendas.

--Y Roberto?

--Esperndonos.

--Dnde?

--En la Zarzuela. l, que segn la inventiva que va despuntando parece
un escritor de novelones por entregas, es nico autor de este enredijo,
del cual Nicasia y yo somos simples ejecutoras...

Nicasia rea a carcajadas; su hermana la orden severamente que bajase
la voz.

--No seas estpida--dijo--, la menor indiscrecin puede echar por tierra
todas nuestras cbalas.

Y aadi dirigindose a Mercedes:

--Mi primo, que no ese Mariano Corts de que antes habl, es quien me ha
dado los billetes para la funcin de esta tarde. De las cinco entradas,
fjate bien!... tres son de anfiteatro principal y dos de anfiteatro
platea. No se lo he dicho a doa Balbina por no alarmarla... El plan de
mi primo se reduce a que nuestras madres y una de nosotras ocupen los
asientos de anfiteatro principal, y t y yo, verbigracia, los de platea.
De este modo, durante los entreactos, las cinco estaremos reunidas, pero
en cuanto empiece la representacin, como ellas no pueden vernos, yo me
quedo en mi localidad y t y Roberto os vais a charlar por donde bien os
parezca; siempre que vuelvas a mi lado antes de que baje el teln, para
que el enredo no se descubra...

Mercedes se haba quedado un poco triste.

--Todo eso es muy bonito--dijo--, pero el desenlace no es seguro; porque
si mi madre no quiere separarse de m...

--Nada es inevitable, pero abrigo esperanzas muy verosmiles de no
equivocarme. Tu madre y la ma se entienden perfectamente y charlan, sin
aburrirse, de sus achaques y de sus tiempos... Adems, yo demostrar
deseos de estar contigo, si advierto en ella alguna repugnancia
insistir, suplicar, y ya sabes que doa Balbina no sabe negar ningn
favor. Tengo tambin la evidencia de que mi madre, inocentemente, nos
ayudar; y, ltimamente, si la tuya se obstina en perseguirte durante el
primer acto, puede cambiar de opinin al segundo o al tercero... Cuatro
mujeres pidiendo lo mismo, molestan mucho.

Cuando llegaron a la Zarzuela, ya las puertas del coliseo estaban
abiertas y por ellas iba entrando ese pblico numeroso, abigarrado y
vocinglero que acude a los teatros los domingos por la tarde. Las tres
jvenes se detuvieron esperando a que sus madres se acercasen.

--Quin tiene los billetes?--pregunt doa Ins.

--Yo--repuso Carmen--: sganme ustedes...

Entraron abrindose paso a travs de la multitud. Al llegar al
vestbulo, Carmen se detuvo.

--Advierto a ustedes--dijo--que nuestros asientos no estn juntos: tres
son de anfiteatro principal y dos de anfiteatro platea.

Balbina Nobos no comprenda bien, presa del aturdimiento que acomete a
los espritus tmidos cuando penetran en un sitio pblico. Carmen tuvo
que repetir el nombre y distribucin de los asientos.

--Entonces, cmo vamos a repartirnos?--pregunt su madre.

--Muy fcilmente: usted, doa Balbina y Nicasia, por ejemplo, ocupan las
localidades de principal, y Mercedes y yo las de platea...

El pblico que segua entrando, las empujaba de un lado a otro,
magullndolas, impidindolas hablar.

--Cunto siento que estemos separadas!--dijo doa Balbina.

--Es cierto; pero en los entreactos nos reuniremos... Yo haba
advertido este inconveniente, pero como los billetes son de favor, no
quise decirle nada al pobre muchacho que me los di.

Y aadi, haciendo con la cabeza un ademn expresivo:

--Conque, vamos?...

Todas la siguieron, sumergindose entre aquella multitud que suba por
las escaleras, oscilando, retorcindose sobre s misma en los peldaos,
como una enorme serpiente de carne humana, todos los espectadores
avanzaban empujndose, agarrndose unos a otros, sostenindose
mutuamente, hombro con hombro, pecho con espaldas, en virtud de un
equilibrio inexplicable. Los peldaos retemblaban bajo el peso de tantos
pies, el humo lanzado por los fumadores infestaba el ambiente, el calor
asfixiaba, excitando, y los hombres aprovechaban aquellas apreturas para
pellizcar a las mujeres: algunas se defendan gritando; otras se
abandonaban, arqueando las caderas, ofrecindose espontneamente al
voluptuoso martirio... Y era imponente el sentimiento magntico animador
de tantos cuerpos que se buscaban sin conocerse, estrujndose,
lastimndose, y que luego seguan direcciones diversas sin conservar de
aquellas fugitivas uniones ningn recuerdo. Mercedes acerc sus labios
al odo de Carmen Vallejo.

--Y Roberto?--pregunt.

--No s, por ah andar.

--Por ms que miro, no le veo...

Cuando llegaron al anfiteatro principal, Carmen entreg a su madre los
tres billetes de sus asientos.

--Ahora--dijo--, Mercedes y yo vamos a platea.

Doa Balbina quiso detenerlas.

--Esperen ustedes, an es temprano.

--No lo crea usted, han tocado el primer aviso.

Haban entrado en el anfiteatro y la joven se acerc a la delantera.

--Ve usted?--aadi--, los msicos ya ocupan sus sitios; esto empezar
en seguida. Ea, adis...

Un acomodador se acerc exclamando:

--Tengan ustedes la bondad de dejar libre el paso!

Balbina Nobos comprendi que era preciso ceder: el director de orquesta
acababa de sentarse en su silla.

--Bueno--repuso--, que vuelvan ustedes en seguida...

--S, s... hasta luego.

--Cuidado con salir del teatro!...

--Quede usted tranquila...

Carmen ech a correr, arrastrando a Mercedes que no haba osado
desplegar los labios temiendo decir alguna candidez que descompusiese la
maquiavlica urdimbre de todo aquel plan. Cuando las dos jvenes
llegaban al pasillo de butacas, encontraron a Roberto. Estaba muy
plido, con los ojos inquietos y azorados del luchador que va venciendo,
pero que aun duda de la victoria.

--Todo ha salido a pedir de boca!--dijo Carmen; y agreg, sealando a
Mercedes con un gesto--: ah la tienes...

--Gracias--contest Alcal--, hasta despus; volveremos a buscarte en
seguida, antes de que caiga el teln.

Y sali precipitadamente, llevndose a Mercedes asida de un brazo,
temeroso de volver a perderla. Atravesaron el vestbulo y empezaron a
subir las escaleras.

--Dnde vamos?--pregunt ella.

--Ahora lo vers.

Mercedes, instintivamente, sinti una violenta conmocin de terror.
Llegaron al anfiteatro segundo.

--Al fin--murmur el actor--, y por primera vez, vamos a estar solos,
completamente solos t y yo.

La arrastraba a lo largo de un pasillo obscuro, con un brazo vigoroso,
amenazador, como el brazo irresistible de la fatalidad.

--Oh!... pero, dnde me llevas?--exclam Mercedes angustiada--; estoy
ignorante de todo, Carmen nada me ha dicho.

--Naturalmente!... Porque Carmen no sabe que yo he comprado un palco
para ti.

En el fondo del carrejo, un pasadizo sobre cuyo piso de tabla las
pisadas retumbaban medrosamente, haba un acomodador apoyado contra la
pared, leyendo un peridico a la luz de una lamparilla elctrica.
Roberto Alcal llegse a l, presentando un billete.

--Palco proscenio, nmero...

--S, seor; ste es.

Y abri una puertecilla, que los dos amantes franquearon sin detenerse y
que luego el actor cerr por dentro. Mercedes de pronto, sin comprender
apenas cmo pudo llegar all, se encontr en un espacioso antepalco,
especie de habitacin rectangular, tapizada de rojo, e iluminada por un
foco elctrico. Al frente, separndoles del saln, haba un pesado
cortinaje de terciopelo, a travs del cual penetraban el confuso
murmullo de la muchedumbre que invada el teatro y los acordes de la
orquesta, que empezaba a ejecutar los primeros compases de la overtura;
todo ello repercuta en los ngulos del antepalco revuelto, catico, con
un estruendo calenturiento. Pasada la primera impresin, Mercedes repar
algunos detalles: la alfombra era vieja, en la paredes haba fechas y
letreros obscenos que enrojecan las mejillas; a un lado apareca un
divn tentador, ancho y muelle. La joven tuvo la intuicin neta de que
all estaba su perdicin.

--Yo no puedo estar aqu, no debo estar aqu--murmur dirigindose a la
puerta--; vmonos.

--Roberto la contuvo suavemente.

--No temas--dijo--ninguna celada. He ideado este medio para que podamos
charlar tranquilamente. Eso es todo.

Mercedes tiritaba de emocin y de fro.

--Pero pueden vernos... y venir.

--Aqu no puede venir nadie, y menos entrar sin permiso nuestro.

Despus, como quien es muy dueo de s mismo y no tiene prisa en
extremar sus caricias, aadi:

--Desde el palco, que es muy hondo, veremos a tu madre y a mis primas,
sin peligro de ser vistos. Acrcate por aqu...

Y apart el lado del cortinaje ms inmediato a la pared. Mercedes
obedeci.

--Ves?--dijo Roberto extendiendo el brazo--all estn.

--Dnde?...

--All, a la izquierda de la tercera columna, junto al pasillo...

Una multitud compacta invada el saln: en los anfiteatros haba
centenares de cabezas que miraban fijamente al escenario. Los ojos de
Mercedes iban de un punto a otro buscando vagamente el sitio indicado
por el actor, mareados por aquella aglomeracin de semblantes
desconocidos. Luego ahog un pequeo grito; acababa de ver...

--S, s--murmur--, tienes razn...

All, en efecto, estaban Balbina Nobos, doa Ins y su hija, embelesadas
mirando el espectculo; por sus labios vagaba una sonrisa de
satisfaccin y de jbilo, que demostraba cuan grandes eran su
tranquilidad y su contento. Haca calor: un vaho asfixiante formado por
la unin de tantas personas respirando a la vez, ascenda del fondo de
la sala como un eructo; en los palcos muchas mujeres se abanicaban
balanceando suavemente sus abanicos de plumas; en los anfiteatros la
muchedumbre ofreca un aspecto barroco y chilln: sombreros, boinas,
toquillas azules, capas con embozos amarillos, blancos y rojos, pauelos
multicolores... todo desordenado y en montn, como las prendas expuestas
en el escaparate de un baratillo provinciano. En todas partes resonaban
ruidos de pasos y murmullos de conversaciones sostenidas en voz baja, y
que llenaban los mbitos del saln con un amenazador zumbido de
enjambre. Los violoncelos lanzaban al espacio sus notas melanclicas,
largas y dolientes como gemidos. En el escenario Marina cantaba:

      Brilla el mar engalanado
    con su manto de bonanza
    Dios sus olas ha pintado
    del color de la esperanza...

--Ven--dijo Roberto empujando a Mercedes hacia el antepalco--;
aprovechemos los instantes... Te quiero mucho!...

De pie, junto al divn hondo y muelle como un lecho de recin casados,
los dos amantes se abrazaron estrechamente, uniendo sus rodillas y sus
labios.

--Roberto...

--Querida de mi alma!

El llanto anegaba los ojos de la joven; el actor, idiotizado
repentinamente por la inesperada posesin de bien tan cumplido, no poda
hablar y continuaba besndola los prpados, en la nuca, detrs de las
orejas... hundiendo su rostro entre los cabellos enguedejados y aromosos
de la muy Deseada.

Se haban sentado en el divn: ella pensativa, triste, la vista fija en
el suelo y las manos cruzadas sobre la falda; l a su lado, muy cerca,
rodendola el talle con un brazo calenturiento que arda.

--Tantas zozobras, tantas angustias--suspir Mercedes--, y para qu?...
para separarnos dentro de un momento...

--Oh, de eso trataremos ahora--repuso el actor con arrebato--, de unir
para siempre nuestros destinos!...

Empez a hablar lentamente y con esa voz insinuante y queda que el
espritu de los artistas elige para sus grandes revelaciones, y
alentando sobre el rostro de la Deseada como para aturdirla tambin con
los viciosos cosquilleos de su aliento...

--Por fin estamos juntos y puedo decirte lo que tan guardado traigo en
el pecho... lo que jams hubieran podido decirte mis cartas...

Un dulce quebranto, una laxitud orientalesca iba apoderndose de
Mercedes, relajando el vigor de sus msculos y emperezando sus
facultades; vea los objetos rodeados de un nimbo neblinoso, los ruidos
parecan llegar a su espritu desde muy lejos, quebrando un ensueo. A
su lado la voz de Roberto susurraba blandamente, como un aleteo de
mariposa, destacndose del revuelto clamoreo de voces y de msicas que
ascendan del escenario con ruidos ensordecedores de tempestad, y de
aquel sempiterno murmujeo humano que llenaba la oquedad del teatro con
un furioso zumbido de colmena.

Roberto hablaba recorriendo discretamente diversos momentos
sentimentales, y lo haca sin advertirlo, espontneamente, impulsado por
el arrebato de su pasin, que en tales momentos era grande y leal.

--Te acuerdas, vida ma, de nuestras primeras emociones?... Ah!...
Por qu aquellos das venturosos no duraron siempre?... Por qu no
habamos de vivir t y yo, eternamentos juntos, segn nuestros
deseos?... Acrcate, Mercedes; ms, ms... mucho ms... que yo te sienta
muy cerca de m...

Ella desfalleca sofocada por el imn de la pasin, por aquel ambiente
clido saturado de perfumes y de olores acres, que atravesaba los
cortinajes del antepalco, y por la extraa sensacin de vrtigo que en
su nimo causaba la lamparilla elctrica derramando su luz lechosa sobre
aquel siniestro rincn tapizado de rojo. De pronto sus nervios vibraron
con sacudimiento histrico, recordando aquella alfombra rada, hollada
por tantos pies, y aquel divn, innoble como un lecho de manceba, sobre
el cual, acaso, se habran entregado muchas mujeres.

--Ah... me ahogo!--murmur--djame!...

Se puso de pie. Roberto Alcal tambin se levant.

--Cmo?... Dejarte marchar cuando tantos trabajos me cost traerte
hasta aqu?...

En su voz, insinuante y acariciadora, haba un dejo colrico casi
imperceptible, un leve acento duro, metlico, que intilmente procuraba
ocultar.

--S, djame--repuso Mercedes--, tengo miedo de que mi madre nos
sorprenda. Vmonos...

--Luego, cuando concluya el primer acto. Ahora no debemos temer ningn
peligro, y para mayor seguridad tuya, asmate al palco y mira...

Mercedes entreabri las cortinas, recibiendo en pleno semblante un
bofetn de calor y de escndalo. All, muy lejos, entre un planto de
cabezas, vi a su madre, a doa Ins y a Nicasia, que miraban al
escenario embobecidas. Despus, como obedeciendo la orden de algn
poderoso hechicero, hubo un momento de silencio, que precede a los
interesantes momentos musicales, y en el espacio vibr la voz del
tenor...

      Al ver en la inmensa
    llanura del mar...

La voz animosa, vibrante, del desterrado que vuelve...

Mercedes dej caer la cortina y se dirigi hacia Roberto, que la
esperaba sentado en el divn. La joven, poseda sbitamente de
inexplicable emocin, dejse caer a su lado, sollozando.

--Oh, qu notas tan tristes!--dijo--; cunto dao me hace esa
msica!...

Aquella msica, que recordaba haber odo cuando nia, despert en su
alma una turbulenta marejada de recuerdos: evoc sus primeras
sensaciones, la casa donde naci, con sus habitaciones desamuebladas,
tan tristes, tan pobres, y sus ventanas sin visillos, desde las cuales
se oteaban vastos solares nevados, extendindose en suaves ondulaciones
bajo un cielo de invierno; y vi a Mme. Relder, alta, engabanada,
llegando siempre a la misma hora, y dejando tras s un fuerte olor a
violetas... Y experiment de nuevo les emociones musicales de aquel
lejano entonces, los valses libertinos de Waldteufel que han rimado el
loco regocijo de tantas bacanales carnavalescas; las melodas de
Donizetti y de Verdi, los dos grandes hechiceros que aprisionaron en el
pentagrama el espritu doliente, supersticioso y quimrico del pueblo
latino; y los nocturnos de Chopn, vagos, soolientos, compendiando las
armonas y los misterios del crepsculo.

Roberto peroraba enardecido, soliviantando los nervios de la muy
Deseada.

--Te necesito--murmuraba--, necesito de tu cuerpo para seguir
viviendo... Calma, vida ma, con tus caricias, el incendio que tu
belleza puso en mi sangre; dulcifica, con la miel de tus labios, el
mortal amargor de los mos... Ven; no te defiendas, ven... que te
deseo!... Ven, tengo sed de ti!...

Pero ella no le oa; soaba... Aquello era la repeticin exacta de lo
que los libros de su padre la ensearon; Roberto era el hombre, el amor
mismo, que pide y suplica y se arrastra, ofreciendo cuanto tiene por
alcanzar de la mujer amada el supremo bien; Roberto no menta; su pasin
relampagueaba en sus ojos, se estremeca febril en sus manos, tremolaba
en su voz; Roberto era el bien amado por quien ella suspir tanto
tiempo, el hombre desdibujado y anodino con quien bailaba
inconscientemente cuando nia escuchando los valses de Waldteufel, el
galn que suspiraba con Donizetti y con Verdi, el amador misterioso
entre cuyos brazos se adormeca escuchando los voluptuosos nocturnos de
Chopn, cargados de sombras crepusculares... Y era tambin el actor que
vi en el teatro rindiendo la virtuosa altivez de tantas mujeres, y que
en aquel supremo instante representaba en honor suyo cuanto ella haba
ledo y deseado; el amante irresistible que arrastr a Eva y a Matilde
por la pendiente de la tentacin, y que Gmez-Urquijo, el prodigioso
novelador de los amores sensuales, la ense a querer...

Roberto Alcal continuaba hablando con creciente arrebato.

--Los aos pasan, Mercedes de mi alma, la juventud no vuelve... No
consientas que tu pasin exclame: Basta... cuando la ma repite
Siempre, siempre!... Yo quiero ser feliz... Aydame t!...

Quiero ser feliz!... Aquel grito, aquel amor a la vida sugerido por el
horror que inspira la muerte, es el grito eterno de la humanidad
renegando de la fatdica maldicin que la condena a encanecer y
sucumbir, el mismo sentimiento que Mercedes haba invocado algunos meses
antes, discutiendo con su padre, cuando ste quera negarle su derecho a
ser dichosa.

--Yo tambin quiero ser feliz--exclam la joven--, vivir consagrada a
ti, morir amndote... es la pesadilla ineluctable de todas mis horas...

--Cede, pues... ven...

--No... nunca.

--Me lo prometiste.

--Lo s, pero... estaba loca... ignoro lo que dije... Djame!...

--Luego--repuso el actor con voz agonizante--; espera an...

Y otra vez reanud su discurso, esa peroracin tierna, ardiente,
argumento nico de eterno poema de todos los amores. De nuevo sinti
Mercedes que las fuerzas la abandonaban: Roberto era el galn invencible
de todos los dramas, el seductor irresistible de todas las novelas; el
iniciador...

--Yo pagar con prdiga largueza tus favores--murmur el
actor--enloquecindote sobre mi pecho al revelarte el hito de las
voluptuosidades supremas... Ven... Para qu resistes si al fin has de
pertenecerme?...

Una voz varonil cantaba desde el escenario:

    T maana sers ma,
    t sers mi eterno amor...

Aquello era una conflagracin irresistible de tentaciones; la virtud de
Mercedes agonizaba; Roberto segua hablando, acaricindola, besndola
los prpados, la nuca... El ambiente del antepalco lleg a ser
sofocante, la joven se ahogaba... El actor la cogi por las muecas...

En aquel momento reson en el saln una tempestad atronadora de
aplausos, y por los pasillos del teatro voces y pasos de gentes que
salan en tropel. Haba terminado el primer acto. Mercedes, vuelta a la
realidad bruscamente, se levant.

--Vmonos--dijo--, vmonos en seguida, corre... mi madre est
esperndome.

--Aguarda.

--No... imposible!... T quieres perderme!...

Corri hacia la puerta, pero el actor, viendo el inminente fracaso de
sus planes, la cerr el paso.

--No te dejo salir--dijo--, porque si t sales... no vuelves.

--S, vuelvo... te lo prometo, te lo juro.

--No, no vuelves... y entonces te he perdido para siempre.

Mercedes rompi a llorar, desesperada de ser tan dbil. Luego dirigise
hacia la parte anterior del palco, levant los cortinajes y mir: gran
parte del pblico haba salido dejando grandes hileras de asientos
vacos; doa Balbina no estaba... La joven se volvi hacia Roberto
mirndole con ojos que lucan con el siniestro fulgor de las
desesperaciones infinitas.

--Se ha marchado--dijo.

--Qu te importa nadie?--repuso Alcal--; piensa en m, en m solo; yo
debo ser tu amor y tu rey...

Ella avanz hacia la puerta, l la sujet por los brazos y empezaron a
forcejear.

--Cobarde, cobarde--repeta la Deseada--, abusas de m...

Luchando, cayeron sentados sobre el divn, y Roberto, que no haba
perdido ni un momento su sangre fra, empez otra vez a hablar con nuevo
ardimiento y ternura. Ella le escuchaba jadeando, casi vencida, pensando
en que las heronas novelescas no suelen resistirse tanto...
Paulatinamente, aquel ruido de pasos que iban y venan por los pasillos
del teatro fue disminuyendo, conforme aumentaba en el saln la bullente
batahola de conversaciones y de gritos; las puertecillas de algunos
palcos fueron cerradas violentamente; los espectadores se apresuraban a
recobrar sus localidades: el segundo acto iba a empezar.

--El dao ya est hecho y es irreparable--deca Roberto--: hazte cuenta
de que rompiste para siempre con el mundo y que me perteneces.

--Oh, esto es horrible!...

--No tanto como supones.

--S, es espantoso!... Pobre madre; ahora, creyndome perdida, estar
llorando por m... Madre ma, madre ma!...

--Ah!... Compadeces sin razn a tu madre y no te apiadas de m, que
sufro tanto.

--Ella es vieja... una pobre vieja que todo lo esperaba de m...

--Y t una ilusa, que sacrificas al yerto pasado de tu madre el
brillante porvenir de tu juventud...

El teatro, de repente, haba quedado silencioso: la representacin
continuaba. Roberto sigui hablando, ora ponderando briosamente sus
anhelos de ser dichoso, ora discurriendo melanclicamente acerca de lo
irremediable, de lo que no vuelve...

--Quireme, Mercedes--repeta--, quireme que la vida es corta...

--Y despus?

--Despus?... Siempre igual!... Los dos unidos... t, viviendo para
m... yo, para ti... en un abrazo eterno.

Ella haba reclinado su cabeza en el hombro de Alcal, recibiendo sobre
sus rojos labios entreabiertos los besos del actor...

--Quireme, amada ma, ya que atravesamos la edad de los ensueos y del
amor, de todo eso tan exquisito y que huyo tan prestamente...

Hasta ellos llegaba la voz clara, fresca, vibrante, magntica, del
tenor, que cantaba:

    Adonde vais huyendo
      las ilusiones!...

Roberto y Mercedes se miraron con ansia infinita, comprendindose,
sintiendo que sus almas acababan de besarse enajenadas por el mismo
encanto musical. Aqul era el grito eterno, desgarrador, de la juventud
que se despide. La muy Deseada entorn sus prpados... El tenor cantaba
con voz doliente como un sollozo:

    A beber, a beber, a hogar
       el grito del dolor...

Y el coro responda briosamente:

    A beber, a beber, a apurar
       la copa del licor...

En todo aquello haba amores, celos, esperanzas marchitas, despecho,
lgrimas, algo elctrico que flagelaba la espalda, produciendo una
sensacin de fro en la raz de los cabellos...

--Ven, ven--murmuraba Roberto--, soy yo quien te llama...

Mercedes languideca abandonndose entre los brazos del actor, todo se
confabulaba en contra suya: la msica, la atmsfera asfixiante del
antepalco, el papel rojo que cubra las paredes, la blandura de aquel
divn provocador de tantos obscuros vencimientos... La joven no hallaba
ninguna razn firme a que asirse; los libros la ensearon a ser frgil;
Roberto consumaba el incesto monstruoso que comenz Gmez-Urquijo...

--No puedo ms!--murmur--. No puedo ms!...

El pblico palmoteaba electrizado, pidiendo la repeticin de la ltima
escena.

--Ven, ven...--repiti Roberto.

En la oquedad del saln silencioso volvi a resonar la voz del tenor,
lanzando aquel grito enervante, desgarrador, de la juventud que se
despide:

    Adnde vis huyendo
        las ilusiones...!

       *       *       *       *       *

Y fu...




V


Aquella noche Mercedes la pas delirando: su frente y sus manos ardan,
tena los labios secos y los ojos abrillantados por la fiebre; poseda
de una terrible exaltacin nerviosa, se revolcaba sobre el lecho
destapndose, buscando la frescura de las sbanas, barbotando un
monlogo disparatado que revelaba el incoherente trajn de su cerebro.

--Palco... esa puerta... djame... Oh, qu rudo, qu calor, cunta
gente!... Me ahogo, me ahogo... abrir la puerta!...

Doa Balbina, sentada en un silln, junto al lecho, la escuchaba sin
responder, para no aumentar su exitacin, segn Gmez-Urquijo la haba
aconsejado. Luego, merced a unos pediluvios de agua hirviendo, la
enferma se recobr mucho, dej de hablar, y momentos despus dorma
tranquilamente. A la maana siguiente despert bien, extraando que la
hubiesen odo soar en voz alta.

Los das desfilaban uniformes, tediosos, borrando los unos el desabrido
recuerdo que dejaron los otros, trayendo idnticas desdibujadas
emociones; largos, soporferos, como modulaciones de un mismo bostezo...
Balbina Nobos nada lleg a saber de lo ocurrido en la Zarzuela, el
delirio de Mercedes lo achac el mdico a un enfriamiento, y aquel
incidente, como tantos otros, fu olvidndose. Todas las maanas
Mercedes iba con su madre al Conservatorio y por las tardes reciba a
Carmen Vallejo, quien siempre era portadora de una carta de Roberto;
cartas apasionadsimas, desesperadas, terribles, que quemaban los dedos.

Pasaron quince das.

La tarde de un sbado, vspera de Carnaval, doa Balbina se hallaba en
el comedor, cosiendo junto a la ventana, aprovechando las postreras
claridades del crepsculo; Mercedes estaba en el despacho copiando una
leccin de msica; Gmez-Urquijo y Felipa haban salido; un reposo
triste pesaba sobre las habitaciones silenciosas, con sus muebles
obscuros y sus puertas cubiertas por cortinajes inmviles; la lluvia
porraceaba sobre los cristales, y en el can de las chimeneas el viento
gema con estentreos lamentos y agudos ronquidos de gigante moribundo.
De pronto la casa retembl sacudida por un violento portazo. Balbina
Nobos levant la cabeza y escuch... La lluvia, impulsada por el viento,
repiqueteaba furiosa sobre los cristales; el reloj del comedor prosegua
impasible, tic-tac, tic-tac...

--No ser aqu--pens; y sigui cosiendo.

Luego, por efecto de una misteriosa concatenacin de ideas, record los
amores de Mercedes, sus tristezas, el annimo que una mano desconocida
escribi prometiendo revelarla secretos gravsimos... y de nuevo volvi
a preocuparla aquel portazo que continuaba resonando dentro de su
crneo. Alarmada repentinamente, se levant y fue al despacho: Mercedes
no estaba all: sobre la mesa y por el suelo, como arrojados en un
acceso de coraje, yacan varios papeles de msica; la anciana
inspeccion el dormitorio de la joven y recorri todas las habitaciones
repitiendo angustiada: Nia, nia!... Y volvi a encontrarse en el
recibimiento, delante de aquella puerta que tan violentamente haban
cerrado momentos antes.

--No est...--murmur Balbina.

Su tmido corazn se resista a admitir la posibilidad de una gran
desgracia: su hija volvera...

--Habr ido a casa de Carmen...

Aquello fu para ella un rayo confortable de esperanza, y admiti
complacida lo mismo que en otra ocasin la hubiese disgustado.

--Pero, cmo no me lo habr dicho?...--agreg.

Permaneca inmvil en medio del recibimiento, temblando ante el pavoroso
misterio de aquella puerta cerrada. Era inconcebible que Mercedes
hubiera salido exponindose a que Gmez-Urquijo la sorprendiera; por la
memoria de Balbina Nobos pasaron revueltos nombres de personas y
recuerdos de episodios ya olvidados: Roberto Alcal, la representacin
de _Marina_ y las palabras incoherentes que Mercedes pronunci durante
su delirio... Palco, djame, esa puerta...

De repente la anciana sinti fro, fro de cuartana y miedo de hallarse
sola en aquella casa, con sus muebles obscuros y sus puertas adornadas
por severos cortinajes inmviles; miedo de la lluvia que repiqueteaba en
los cristales y de aquel viento gemebundo que aullaba en las chimeneas
con estertores agnicos, y de aquel viejo reloj que marc la hora de su
casamiento treinta y dos aos antes y que haba devorado su vida...

Balbina Nobos volvi al comedor, sentse junto a la ventana y esper. La
noche haba cerrado completamente; en el hogar de la cocina el carbn
cruja lanzando chispas que derramaban sobre las bruidas cacerolas
fugaces reflejos sangrientos...

Pas ms de una hora. Felipa no vena, Mercedes tampoco. Qu
significaba aquello?...

De repente, el timbre de la puerta vibr.

--Ah est!...--exclam Balbina Nobos, pensando en su hija y corriendo
haca el recibimiento--: Ah est; es ella!...

Abri. Era Gmez-Urquijo.

--Vienes solo?...--dijo.

Haba tantas lgrimas en sus ojos y tanta emocin en su voz, que don
Pedro experiment el vago presentimiento de algo terrible.

--S, solo...--repuso--: pues, a quin esperas? Y Mercedes?

--No est--murmur la anciana desfalleciendo.

--No est!...--repiti don Pedro, plido.

--No; ha salido.

--Ha salido!...

--S...

--Dnde?

--No s.

--Es raro!...

--S... s... en efecto...

Y agreg, temiendo que el anciano se enfureciese:

--Pero... volver pronto... habr ido a casa de Carmen...

Callaron, temblando bajo la repentina intuicin de una desgracia.

--Mentira!!--grit de pronto don Pedro--: t nada sabes... ella nada
te ha dicho, no mientas!...

La haba cogido por las muecas arrastrndola hacia el saln.

--Dnde estabas t?--repeta--: cmo ha salido Mercedes de aqu?...
Habla! Imbcil, imbcil!...

Tena la conviccin inquebrantable de que Mercedes se haba fugado, y
ante aquel mazazo brutal que sobre su vejez descargaba la fatalidad, su
rostro adquiri la expresin angustiosa, horrible de esos colosos de
piedra condenados, por caprichos del arquitecto, a soportar sobre sus
frentes un peso enorme.

Balbina Nobos lo refiri todo: ella estaba en el comedor, cosiendo; de
pronto oy un portazo que pareca haber resonado en el piso inferior;
luego se levant y registr la casa sin hallar a Mercedes. No saba
ms...

--Pero... a qu viene eso?...--exclam--, crees que nuestra hija...

--S, s... lo creo... lo creo!...

--Pedro!!

--Creo que nuestra hija se ha ido... para siempre!...

Ella di un grito.

Gmez-Urquijo corri hacia el recibimiento, enloquecido, queriendo salir
a la calle para pedir socorro... Pero se detuvo.

--Cunto tiempo hace de eso?--pregunt.

--Oh, bastante... ms de una hora!...

--Una hora!...

Volvi a la sala retorcindose los brazos, mesndose el cabello,
maldiciendo de s mismo. Despus avanz sobre su mujer con el puo
levantado, posedo de salvaje frenes, abofetendola con aquella misma
mano que trabaj para alimentarla y vestirla durante tantos aos.

--Imbcil, imbcil!--repeta.

Luego, anonadado por la catstrofe que destrua de golpe la mejor
ilusin de su vida, sinti que aquel brbaro coraje se revolva contra
s mismo.

--Oh ambicin... quimera torturadora de mi alma!... Gloria maldita que
convertiste mi existencia en delirio inacabable de triunfos efmeros y
de pesadumbres sin cuento!... T me arrebataste todo: juventud,
descanso, porvenir, familia... Todo lo di por ti, que eres humo; todo
por nada!...

Balbina Nobos le oa, llorando hilo a hilo: las lgrimas son el
lenguaje favorito de las mujeres sencillas que no saben hablar y sienten
mucho. Gmez-Urquijo sigui perorando: el desdichado se reconoca autor
principal de aquella gran tragedia; l haba corrompido, a su hija, l
posey su alma, y aquel incesto abominable lo continuaba otro hombre...

--Yo fu, yo fu!--repeta.

Inconscientemente los dos ancianos, movidos por el deseo de ver el
ltimo sitio donde Mercedes estuvo, penetraron en el despacho. Buscaban
un rayo de luz que los orientase; acaso un consuelo... Sobre la mesa, y
como fruto nefando de todo cuanto en ella se escribi, haba una carta.
Doa Balbina lanz un grito. Gmez-Urquijo rasg el sobre y acercndose
a la ventana vi unos renglones horribles que compendiaban toda la
filosofa de sus libros.

Querido padre...

Hubo una pausa. La carta iba dirigida a su verdadero autor.

--Yo no puedo leer--murmur el anciano cuyos cabellos parecan ms
blancos--: me ahogo; lee t...

Y doa Balbina, ms curiosa, ley:

Querido padre: Causas de las cuales no es usted responsable, me obligan
a separarme de su lado. Perdone usted el dao que le causo y procure
olvidarme. Yo le dejo a usted como usted abandon a mis abuelos; es una
ley cruel contra la que es intil rebelarse. La vida, usted lo ha dicho,
es una novela que se escribe; permtame usted, por tanto, redactar la
ma. Quiero aprovechar las ilusiones, la juventud, todo eso tan hermoso
que no vuelve; quiero ser feliz, padre mo...! Dele usted un beso a mi
madre. Adis...

Barcelona.--Abril, 1900.

                                  FIN

       *       *       *       *       *

                           BIBLIOTECA SOPENA

                           TOMOS PUBLICADOS

1.--=La Gloria de don Ramiro=, por Enrique Larreta.

2.--=La Ginesa=, por Carlos Mara Ocantos.

3.--=Guzmn de Alfarache= (tomo 1.), por Mateo Alemn.

4.--=Guzmn de Alfarache= (tomo 2.).

5.--=El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha=, por Miguel de
Cervantes Saavedra.

6.--=Novelas Ejemplares= (tomo 1.), por Miguel de Cervantes Saavedra.

7.--=Novelas Ejemplares= (tomo 2.).

8.--=La Galatea=, por Miguel de Cervantes Saavedra.

9.--=Los Trabajos de Persiles y Segismunda=, por Miguel de Cervantes
Saavedra.

10.--=La Caravana=, por Eduardo Marquina.

11.--=Len Zaldvar=, por Carlos Mara Ocantos.

12.--=El Quijote Apcrifo=, por Alonso Fernndez de Avellaneda.

13.--=Como un sueo=, por A. G. Barrili.

14.--=Los Lobos y el Cordero=, por J. S. Fletcher.

15.--=Historia de la vida del buscn llamado don Pablos=, por Francisco de
Quevedo y Villegas.

16.--=Misericordia!=, por M. Martnez Barrionuevo.

17.--=Eros=, por Juan Verga.

18.--=Floracin=, por Rafael Lpez de Haro.

19.--=La Juventud de Aurelio Zaldvar=, por A. Hernndez Cat.

20.--=Vuelo de Cisnes=, por Vargas Vila.

21.--=La Novela del Honor=, por Rafael Lpez de Haro.

22.--=El Alczar de las Perlas=, por Francisco Villaespesa.

23.--=Entre todas las mujeres=, por Rafael Lpez de Haro.

24.--=Novela Ertica=, por A. Hernndez Cat.

25.--=De los Viedos de la Eternidad=, por Vargas Vila.

26.--=Quilito=, por Carlos Mara Ocantos.

27.--=Beso de Oro=, por Eduardo Marquina.

28.--=Entre dos Luces=, por Carlos Mara Ocantos.

29.--=Libre Esttica=, por Vargas Vila.

30.--=El Olmo y la Yedra=, por A. G. Barrili.

31.--=El Libro del Amor y de la Muerte=, por Francisco Villaespesa.

32.--=El Candidato=, por Carlos Mara Ocantos.

33.--=Sobre el abismo=, por Eduardo Zamacois.

34.--=La imposible=, por Rafael Lpez de Haro.

35.--=Mara Magdalena=, por Vargas Vila.

36.--=La Pcara Justina.=

37.--=Al borde del pecado=, por Alvaro Retana.

38.--=El Stiro Prapo y la Diosa Hebe=, por Serafn Puertas.

39.--=Fuegos ftuos=, por A. Hernndez Cat.

40.--=El Diablo Cojuelo=, por Luis Vlez de Guevara.

41.--=Tobi=, por Carlos Mara Ocantos.

42.--=Aben-Humeya=, por Francisco Villaespesa.

43.--=Los sueos=, por Francisco de Quevedo y Villegas.

44.--=Punto-Negro=, por Eduardo Zamacois.

45.--=Pelayo Gonzlez=, por A. Hernndez Cat.

46.--=El Tesoro de Golconda=, por A. G. Barrili.

47.--=Promisin=, por Carlos Mara Ocantos.

48.--=El Salto de la Novia=, por R. Lpez de Haro.

49.--=Memorias de una Cortesana= (tomo 1.), por Eduardo Zamacois.

50.--=Memorias de una Cortesana= (t. 2.).

51.--=El ltimo Contrabandista=, por Carmen de Burgos.

52.--=Collar de Perlas.=

53.--=Siempreviva=, por A. Martnez Olmedilla.

54.--=El Maestrante=, por A. Palacio Valds.

55.--=A flor de piel=, por Antonio de Hoyos y Vinent.

56.--=La noche del sbado.=--=Lo Cursi=, por Jacinto Benavente.

57.--=El Seductor=, por Eduardo Zamacois.

58.--=La procesin de los das=, por W. Fernndez-Flrez.

59.--=La hermana San Sulpicio=, por A. Palacio Valds.

60.--=Siervo y tirano=, por A. Martnez Olmedilla.

61.--=Las sensaciones de Julia=, por Rafael Lpez de Haro.

62.--=Loca de amor=, por Eduardo Zamacois.

63.--=La Celestina=, por Fernando de Rojas.

64.--=Duelo a muerte=, por Eduardo Zamacois.

65.--=Frivolidad=, por A. de Hoyos y Vinent.

66.--=La enferma=, por Eduardo Zamacois.

67.--=Sirena=, por Rafael Lpez de Haro.

68.--=Tik-Nay=, por Eduardo Zamacois.

69.--=Los emigrantes=, por A. de Hoyos y Vinent.

[Illustration]






End of the Project Gutenberg EBook of Incesto, by Eduardo Zamacois

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK INCESTO ***

***** This file should be named 48654-8.txt or 48654-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        http://www.gutenberg.org/4/8/6/5/48654/

Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
produced from images available at The Internet Archive)


Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
http://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org/license

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
