The Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Accin: #5 Los
Recursos de la Astucia, by Po Baroja

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Title: Memorias de un Hombre de Accin: #5 Los Recursos de la Astucia

Author: Po Baroja

Release Date: October 4, 2015 [EBook #50126]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE ***




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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA




OBRAS DE PO BAROJA


LAS TRILOGAS

                               _Pesetas._

Tierra vasca

  La casa de Aizgorri.              1,00

  El mayorazgo de Labraz.           3,00

  Zalacan, el aventurero.          1,00


La vida fantstica

  Camino de perfeccin.             1,00

  Inventos, aventuras y
  mixtificaciones de Silvestre
  Paradox.                          1,00

  Paradox, rey.                     3,00


La Raza

  La dama errante.                  3,00

  La ciudad de la niebla.           3,50

  El rbol de la ciencia.           3,50


La lucha por la vida

  La busca.                         3,50

  Mala hierba.                      3,50

  Aurora roja.                      3,50


El Pasado

  La feria de los discretos.        3,50

  Los ltimos romnticos.           3,50

  Las tragedias grotescas.          3,00


Las ciudades

  Csar  nada.                     4,00

  El mundo es ans.                 3,50


El Mar

  Las inquietudes de Shanti
  Anda.                            3,50


MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN

  El aprendiz de conspirador.       3,50

  El escuadrn del Brigante.        3,50

  Los caminos del mundo.            3,50

  Con la pluma y con el sable.      3,50

  Los recursos de la astucia.       3,50


EN PRENSA

  La ruta del aventurero.




                              PO BAROJA

                             [Ilustracin]

                    MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN

                             LOS RECURSOS

                             DE LA ASTUCIA

                      [Ilustracin: RENACIMIENTO]


                             RENACIMIENTO

                        MADRID       BUENOS AIRES

                    SAN MARCOS, 42    LIBERTAD, 172

                                1915




                             ES PROPIEDAD


        Imprenta Renacimiento, San Marcos, 42.--Telfono 4.967.




LA CANNIGA

                                    _Vulnerant omnes ultima necat_:
                                  Todas hieren; la ltima, mata.

                                    (Leyenda de algunos relojes.)




PRLOGO


Don Pedro Legua y Gaztelumendi, verdadero y autntico cronista de la
vida de Aviraneta, escribi unas lneas preliminares para explicar la
procedencia de los datos utilizados por l en esta narracin.

Por lo que dice, las bases de su relato fueron la historia que le cont
en Cuenca un constructor de atades, y los comentarios y antecedentes
que aport  esta historia D. Eugenio de Aviraneta en Madrid.
Valindose del indiscutible derecho del narrador, Legua antepuso los
antecedentes de Aviraneta  la narracin del constructor de atades,
proceder no desprovisto de lgica, pues la faena de un constructor de
atades debe ser siempre una faena final y epilogal. El lector, si es
un tanto aviranetista, quiz encuentre medianamente interesante la
transcripcin del prembulo de Legua.




I.


Unos aos antes de la Revolucin de Septiembre--dice Legua--me
encontraba en Madrid triste y dbil, retrado de la vida pblica por el
fracaso de mis correligionarios y casi retrado de toda vida privada
por padecer las consecuencias de un catarro gripal. En esto, un amigo
senador se present en mi casa y me inst  que le acompaase  una
finca suya, enclavada en el centro de los pinares de la serrana de
Cuenca.

Tanto insisti y con tan buena voluntad lo hizo, que acept y march
con l  su finca.

Pas all cerca de un mes. Cuando comenc  aburrirme y al mismo tiempo
 restablecerme en aquella soledad, perfumada por el olor de los pinos,
sent la necesidad de salir y andar. Mi amigo visitaba los pueblos de
su distrito, y alguna vez le acompaaba yo.

Estuvimos en Salvacaete unos das, y luego en Moya, en donde supe con
sorpresa que mi to Fermn Legua haba sido comandante del fuerte de
este pueblo y dejado en l cierto renombre. Un viejo boticario de Moya
le recordaba muy bien. Por lo que me cont, la villa de Moya, en tiempo
de la Guerra civil, era un refugio de las familias liberales de los
contornos, mientras Caete constitua el gran baluarte defensivo de las
familias carlistas. Moya goza de una gran posicin estratgica, y tiene
larga historia de sitios y de defensas en tiempo de los moros, y de las
rivalidades entre aragoneses y castellanos.

En 1837--como digo--se hallaba de comandante del fuerte de Moya Fermn
Legua. En Octubre de este ao, la partida mandada por el cabecilla
Sancho,  quien se apodaba el _Fraile de la Esperanza_, se acerc
 la villa y la siti. El _Fraile de la Esperanza_ saba muy bien
no era lo mismo sitiar estrechamente aquella plaza que tomarla; las
fortificaciones del pueblo para entonces tenan gran valor, y como el
que intentaba abrir las ostras por la persuasin, l quiso tomar el
pueblo por el mismo procedimiento.

El _Fraile_ envi  Legua un oficio exhortndole  rendirse, con
frases en latn, que crea le llegaran al alma. Legua le contest
dicindole que l no se renda, y aadi que D. Carlos era un babieca;
Cabrera, un bandolero; los carlistas, hordas salvajes y partidas de
foragidos, y el latn un idioma ridculo para el que no lo entenda.
El _Fraile de la Esperanza_,  este oficio contest con un segundo
muy respetuoso, diciendo  don Fermn no comprenda cmo un hombre
distinguido calificaba de babieca  un Rey como Carlos V, espejo de la
cristiandad, ni llamaba bandido al ilustre Cabrera, ni tena tan mala
idea de la lengua del Lacio. Legua ley la segunda carta, y mirando
fieramente al parlamentario del _Fraile_, le dijo:

--Dgale usted al frailuco ese que no soy ningn acadmico ni quiero
discutir esas cosas, y aada usted que si me manda otro correo lo
fusilar sobre la marcha. Con que hala!

El correo desapareci de prisa, y el _Fraile de la Esperanza_ abandon
pronto el sitio de Moya.

Varias ancdotas me cont el boticario de mi to Fermn que retrataban
su genio vivo y sus resoluciones prontas.




II.


Despus de la temporada transcurrida en los pinares, y ya completamente
restablecido, determin ir unos das  Cuenca,  la capital, que no
conoca. La ciudad me gust mucho, y estuve en ella un par de semanas.

Mi amigo el senador me haba recomendado  varias personas, entre ellas
 un cura joven recin llegado al pueblo. Este curita se hizo muy amigo
mo.

Salamos juntos, veamos todo lo notable de la catedral, de los
conventos y de las casas particulares. Una tarde, al volver  la fonda
al obscurecer, se me acerc una vieja y me dijo que si quera ir 
su casa podra ensearme algo que me conviniera. Supuse tratara de
proponerme la venta de algn cuadro  talla antigua; le dije que ira,
y me di las seas de su casa.

Al da siguiente, por la tarde, paseaba en compaa del cura joven
cuando record el ofrecimiento de la vieja. Era ya entre dos luces.

--Estar por aqu cerca la calle de la Moneda?--exclam yo.

--S, creo que s--me contest el cura--; preguntaremos  estos chicos.

Los chicos nos indicaron la calle.

El cura y yo entramos en ella, buscamos el nmero y nos detuvimos
delante de un estrecho portal obscuro. Haba un hombre denegrido,
demacrado, con aire de padecer tercianas, vestido con harapos, un
pauelo atado  la cabeza.

--La seora Cndida?--le pregunt.

--Vienen ustedes  verla?

--S.

--Aqu es.

El hombre, volvindose al interior de la escalera, grit:

--Seora Cndida!

Esperamos un rato, y poco despus baj por una escalera estrecha,
alumbrndose con un candilejo de hoja de lata, la vieja que me haba
hablado la tarde anterior.

--No viene usted solo?--me pregunt con gran sorpresa.

--No.

--Bueno, pasen ustedes.

La presencia del cura dej atnita  la seora Cndida.

Estuvimos un momento en el estrecho zagun vacilando si seguir adelante
 no. La luz del candil iluminaba el grupo. La seora Cndida era una
mujer adiposa, encorvada, con la cabeza metida entre los hombros, la
cara roja, con dos  tres lunares en la barba; tena el pelo blanco, el
cuerpo pesado y torpe, la sonrisa maligna y cnica, los labios rojos y
lubrificados. A veces,  travs de los prpados abultados y rojizos,
lanzaba una mirada suspicaz, llena de claridad.

--Bueno, suban ustedes--repiti.

Subimos la escalera del tabuco negra  insegura; las rfagas de aire
amenazaban con matar la luz del candil.

--Demonio cmo sopla el cierzo!--dije yo.

--S, esta es la casa de los cuatro vientos--contest la seora Cndida.

Tras de subir dos pisos llegamos  un cuartucho tan sucio, tan vaco,
que nos sorprendi desagradablemente.

Recorrimos tras de la vieja unos pasillos tortuosos. En la casa haba
nicamente un cuarto un tanto limpio y curioso. Este cuarto tena
una mesa, un canap y varias estampas; comunicaba con dos alcobas
blanqueadas, cada una con su cama de colcha roja de percal desteido.
Una de las alcobas tena un gran espejo dorado, que pareca estar all
asombrado de verse en tan msero rincn. La seora Cndida nos llev
por la casa, en la que reinaba la ms negra y trgica miseria, y en un
guardilln nos mostr unos cuantos lienzos pintados. Eran cuadros sin
ningn valor.

La vieja me pregunt:

--Qu le parecen  usted?

--No me gustan, la verdad.

--No quiere usted comprarme nada?

--No.

La seora Cndida suspir.

Bajamos de nuevo la escalera hasta el portal. Al salir di una pequea
propina  la vieja por la molestia, y al recibirla, agarrndome de la
manga y llevndome  un rincn, me dijo:

--Venga usted otro da solo, y ver usted.

--Tiene usted algo ms en casa?--dije yo.

--En casa  fuera de casa, es igual. All donde yo voy me abren.

Me choc bastante lo enigmtico de la frase y sal con mi acompaante.

Hablamos de la decadencia horrible de las mujeres viejas cuando caen en
la miseria, mucho mayor an que la de los hombres.

--Por fortuna, para esta gente--dije yo--la costumbre de la miseria los
hace insensibles.

Me desped del amable clrigo, y al da siguiente cuando vino como de
costumbre  mi casa, dijo:

--Sabe usted que ayer hicimos una pifia gorda?

--Por qu?

--Porque estuvimos en casa de una Celestina.

--De manera que la vieja... la seora Cndida?

--S, es una Celestina  quien llaman la _Canniga_. Parece que ha
tenido fortuna y buena posicin.

--De modo que no acertamos en nuestras suposiciones.

--Nada. Absolutamente nada.

--Le han contado  usted su historia?

--S, sin muchos detalles; me han dicho tambin que un viejo carpintero
que hace atades conoce su vida. Si le interesa  usted, iremos  verle.

--Bueno; iremos.

Fuimos, efectivamente,  una tienda de atades del callejn de los
Cannigos.

Estaba esta tienda en una casa antigua y negra, de piedra, con un arco
apuntado  la entrada.

El taller se hallaba en el portal, un portal pequeo y cubierto de
losas, con un banco de carpintero en medio y algunas herramientas del
oficio en las paredes.

A un lado tena un cuarto con una ventana, que daba  una hendidura,
por donde se vea la Hoz del Hucar y por donde entraba el sol. Un
chico nos hizo pasar  este cuarto. Haba aqu una estantera con unos
fretros pequeos de muestra, que hubieran podido servir para enterrar
muecas; haba tambin varios relojes, de distintos tipos y clases:
cuatro  cinco, de esos pintados que se construyen en la Selva Negra,
con las pesas y el pndulo al descubierto; dos  tres, de cuco; otros
de pared, cerrados, que los ingleses llaman reloj del abuelo, y entre
todos ellos se destacaba uno alto de autmatas y de sonera, con el
pndulo dorado y esmaltado en colores.

Este reloj tena una caja de color de caramelo obscuro llena de
pinturas con guirnaldas y flores. Fijndose bien, en cada guirnalda
se vea disimulado en ella un atributo macabro: aqu, una calavera
con dos tibias; all, un atad; en este rincn, un esqueleto. El
pndulo tena en medio de la lenteja una barca de latn sujeta con un
tornillo y un contrapeso por dentro que haca subir y bajar la proa y
la popa alternativamente al comps de los movimientos del pndulo. En
la barca haba una figurita de Caronte. La esfera, de cobre, estaba
rodeada de una orla de bronce con la efigie de Cronos, viejo haraposo
y meditabundo, con unas alas en la espalda y un reloj de arena en la
mano. Debajo, en una cartela con letras negras, se lea este apotegma
de los antiguos relojes de sol de las iglesias:

_Vulnerant omnes ultima necat_: Todas hieren; la ltima, mata.

Sin duda el constructor de aquella mquina tena un gusto pronunciado
por lo macabro. Haba hecho algo como los cuadros de Valds Leal, de
la Caridad de Sevilla: algo alegre de color y triste de intencin.
Correteando por el portal, saltando de un reloj al armario de los
fretros y de ste  otro reloj, andaba un cuervo, grande y negro, que
se dedicaba al monlogo y  veces al dilogo, mientras un gato negro,
viejo y esculido, con los ojos amarillos, le contemplaba atentamente.

El constructor de atades me mostr el reloj de autmatas y sonera,
del que estaba muy orgulloso, y despus, sentndose entre un atad
grande de un hombre y otro pequeo de un nio, y tomando el gato
cariosamente en un hombro y al cuervo en el otro, se puso  hablar
sonriendo con una amable sonrisa.

Hablaba, como un discpulo de Sneca, de la inestabilidad de las cosas
humanas, de lo fugaz del placer y del roer del tiempo con sus horas
fatdicas.

Su reloj de figuras, su cuervo,  quien llamaba Juanito, y su gato
negro, Astaroth, tenan para l, por lo que vimos, la importancia de
divinidades siniestras y macabras que presidan sus momentos.

El hombre de los atades nos cont la historia de la _Canniga_ y la
suya, adornando ambas con sus fnebres pensamientos.




III.


Meses despus en Madrid,  principios de otoo, fu  casa de
Aviraneta, que viva en la calle del Barco con Josefina, su mujer.

Don Eugenio tena entonces ms de setenta aos y estaba hecho una momia
grotesca. Sus piernas se negaban  sostenerle, y para andar marchaba
apoyado en un bastn grueso, dando golpes en el suelo como un ciego.
Su cara, seca, arrugada, apareca debajo de una gran peluca roja; su
nariz, grande y tambin roja, amenazaba caer sobre el labio; sus ojos
brillaban de inteligencia y de malicia.

A pesar de su edad y de sus enfermedades, Aviraneta conservaba bro
y tena las facultades tan despiertas como en sus buenos tiempos de
conspirador.

Me encontr  Aviraneta en el cuarto de sus bichos. Era este un chiscn
aguardillado con jaulas, donde tena ratas sabias domesticadas, loros,
cacatas y una porcin de cajitas con mariposas disecadas, escarabajos,
moscones, conchas y espumas de mar.

Don Eugenio acababa de volver de los baos de Trillo, adonde iba
todos los aos  curarse el rema, y,  pesar de que no haca todava
fro, estaba envuelto en la capa y al lado del brasero. Hablaba  sus
bichos, les echaba migas de pan y los observaba. Esta era una de sus
principales ocupaciones; la otra, la de leer folletines.

Hablamos; le cont mi historia de Cuenca, y despus de oirla, dijo
riendo, con su risa sarcstica, que se converta en algunos momentos en
tos:

--Aun podra aadir yo algo  tu historia.

--Pues aada usted lo que sea.

Aviraneta explic algunos antecedentes polticos que el viejo
carpintero de Cuenca ignoraba y que don Eugenio conoca por haber
convivido con algunos personajes de la poca.

He aqu lo que me cont Aviraneta.




IV.


--En 1822--dijo don Eugenio--estuve yo en Pars, enviado por don
Evaristo San Miguel, con el objeto de enterarme de los trabajos de los
absolutistas espaoles y franceses para provocar la intervencin de
Luis XVIII en Espaa.

Algo averig,  hice cuanto pude para recabar el apoyo de los
liberales franceses, aunque no consegu gran cosa.

Saba yo, como saba todo el mundo, que haban ido varios delegados
realistas espaoles  Pars en busca de proteccin del Gobierno
francs; lo que no supe, hasta pasado algn tiempo, fu de dnde sali
el dinero que tuvieron para realizar sus planes.

Pags, el secretario de D. Vicente Gonzlez Arnao,  quien t conociste
en aquel _restaurant_ de la calle de Montorgueill, el _Rocher de
Cancal_; Pags,  quien no hace muchos aos vi en San Sebastin, ya
viejo y enfermo, me lo cont.

La Regencia de Urgel haba enviado en 1822  D. Fernando Martn
Balmaseda  Pars en busca de recursos para la Restauracin espaola.

Balmaseda se dirigi  los absolutistas, desde los ms altos  los ms
bajos; llam  todas las puertas, y recogi una abundante cosecha de
votos, promesas, protestas de amistad, manifestaciones de entusiasmo,
etc., etc.

Balmaseda buscaba esto; pero buscaba tambin un prstamo de trescientas
 cuatrocientas mil pesetas para la Regencia de Urgel, con las cuales
pudiera comenzar sus trabajos.

Balmaseda vi, sin gran sorpresa, que  pesar de los grandes
ofrecimientos, el dinero no apareca por ningn lado.

Invent algunas combinaciones, pero nadie cay en el lazo.

Un da, en el hotel, ya en pleno desaliento, recibi la visita de un
espaol que se llamaba Toledo. Toledo haba hudo de Espaa por varias
estafas, pero se haca pasar por emigrado poltico realista.

Balmaseda tuvo la corazonada de or  su compatriota, de darle una
moneda de cinco francos y de explicarle las dificultades con que
tropezaba para encontrar dinero.

Toledo le dijo:

--Ha visto usted  Fernn-Nnez?

--S.

--Y  los dems realistas ricos?

--A todos.

--Y nada? No estn en fondos?

--Nada.

--Sabe usted lo que hara yo?--dijo Toledo.

--Qu?

--Ir  ver  la princesa de Caraman Chimay.

--Y qu tenemos que ver con ella?

--La princesa de Caraman Chimay es nuestra compatriota, Teresa
Cabarrs, madame Tallien.

--La revolucionaria!--exclam Balmaseda.

--Bah! ya no es revolucionaria--replic Toledo.--No hay princesas
revolucionarias. Adems sta se va haciendo vieja, y como no tiene
adoradores de carne, se dedica  los santos, y sustituye el _boudoir_
por la iglesia.

Balmaseda, que era hombre un tanto de sacrista torci el gesto con la
explicacin, y pregunt secamente:

--Y qu puede hacer por nosotros Teresa Cabarrs?

--Mucho. Teresa Cabarrs ha sido la amante del banquero Ouvrard.
Ouvrard es el nico hombre capaz de prestar para una cosa as una
millonada. Si Teresa se lo indica, lo hace.

Toledo se march, y Balmaseda qued pensando que el consejo de aquel
perdulario no dejaba de tener inters, y tras de vacilar un tanto,
se decidi  escribir  la bella Teresa explicndole su misin y
dicindole lo que esperaba de ella.

La bella Teresa, la clebre Notre-Dame de Thermidor, que haba lanzado
 Tallien con un pual contra Robespierre, estaba aquel da para salir
de Pars  su palacio de Menars, cerca de Blois, pero haba retrasado
el viaje por la indisposicin de un hijo suyo.

Teresa ley la carta, y con una esquela suya mand que se la enviaran 
Ouvrard.

Ouvrard entonces era el _lion_ de la especulacin, el hombre de
negocios de la poca, un Law injerto en un Petronio.

Ouvrard fu uno de los primeros banqueros de Pars, uno de los que
comenzaron el reinado de la plutocracia.

Ouvrard vivi como un nabab: di las fiestas ms esplndidas y ricas,
altern con la alta aristocracia. Ouvrard era hijo de sus obras; la
suerte y el amor le favorecieron.

Ouvrard haba sido una de las bellezas masculinas del Consulado; haba
sido llamado el bello Ouvrard. El bello Ouvrard tuvo amores con la
bella Teresa Cabarrs, y de esta conjuncin del Apolo bretn y de la
Venus espaola nacieron varios hijos.

Bonaparte, celoso de la fortuna y de los xitos del bello Ouvrard, lo
prendi, lo desterr, lo anul; pero Waterloo permiti al especulador
entrar en Francia, y pronto volvi  brillar en Pars.

Al da siguiente de escribir Balmaseda  Teresa Cabarrs, el delegado
realista espaol reciba una carta del banquero francs citndolo en su
casa.

Balmaseda se present al banquero, y en pocas palabras le explic lo
que necesitaba.

--Soy delegado de la Regencia de Urgel--le dijo--y he venido para pedir
al Gobierno francs un auxilio de dos millones de francos, orden para
el paso de armas por la frontera, dos regimientos suizos, un buque de
transporte y una fragata para auxiliar  los realistas de Espaa.

--Y el Gobierno se lo ha concedido?

--En parte s, en parte no. El dinero no lo tenemos an, y como los
trabajos urgen, he pensado si usted podra anticiparnos trescientos mil
francos  cuenta de los dos millones que tenemos que cobrar.

--Amigo mo--dijo Ouvrard, sonriendo--su proposicin me prueba que no
es usted un hombre de negocios.

--Por qu?

--Porque yo no le puedo prestar trescientos mil francos; la Regencia
los tragara en un momento, y yo perdera mi dinero. Usted necesita
cuatrocientos millones de francos, y yo se los puedo proporcionar 
usted en ciertas condiciones.

El espaol, estupefacto, murmur:

--Veamos en qu condiciones.

--Estas condiciones son: Primera. La Regencia de Urgel se llamar desde
luego Regencia de Espaa.

--Esto no creo que sea difcil--dijo Balmaseda.

--Segunda. La Regencia ser reconocida con personalidad por el Congreso
de Verona y por Francia.

--Trabajar en ello. El ministro Villele parece que se muestra propicio.

--Tercera--sigui diciendo el banquero--. Se asegurar una amortizacin
del 2 por 100.

--Est bien.

--Cuarta. Se pagar un inters del 5 por 100. De aceptar, M. Rougemont
de Lowenberg ser el banquero.

--Por ahora no encuentro nada imposible.

--Y quinta y ltima. El Gobierno espaol me reembolsar las sumas que
le he prestado anteriormente, con los intereses.

A esto Balmaseda call un momento y dijo, despus de pensarlo, que no
tendra ms remedio que consultar con la Regencia.

--Consltelo usted, y trigame cuanto antes la contestacin--replic
Ouvrard, levantndose  inclinndose framente.

Balmaseda comenz al momento sus trabajos con gran diligencia. Escribi
al Gobierno de Luis XVIII pidiendo que reconociese la Regencia de
Urgel, pero Villele se neg  ello.

Al mismo tiempo comunic al triunvirato de la Regencia: Eroles,
Mataflorida y Creux, la proposicin de Ouvrard. Estos no creyeron que
podan comprometerse  tanto como peda el banquero. Algunos emisarios
del Gobierno francs, entre ellos el vizconde de Boiset, intentaron
convencer  los miembros de la Regencia absolutista de las ventajas de
la proposicin Ouvrard; pero ellos, sobre todo Mataflorida y Creux, no
quisieron ceder.

Balmaseda fu  ver  Ouvrard, se cambiaron las condiciones del
emprstito, se prescindi de la Regencia de Urgel, se hizo que Egua y
sus amigos garantizaran la operacin, y se firm el compromiso el 1.
de Noviembre de 1822.

Desde aquel momento el papel de la Regencia de Urgel comenz  bajar y
el de los amigos de Egua  subir.

El emprstito de Ouvrard, lanzado  la publicidad, tuvo sus
dificultades. Nuestro embajador, el duque de San Lorenzo, denunci 
Ouvrard ante el fiscal; el banquero M. Rougemont no quiso tomar parte
en el negocio, y Ouvrard le sustituy por M. Tourton, Ravel y Compaa;
el Gobierno francs estaba indeciso, pero el emprstito se cubra.

En este lapso de tiempo la Regencia de Urgel, huda de Catalua, se
estableci en Tolosa de Francia, y despus en Perpin.

Ouvrard, viendo que el Gobierno francs no se decida  declarar la
guerra  Espaa, envi sus agentes  Egua y  Quesada para activar las
operaciones.

Quedaron de acuerdo en prescindir de la Regencia de Urgel y en obrar
sin contar con ella para nada.

Los agentes de Ouvrard propusieron el que los generales realistas
hicieran una intentona y se acercaran  Madrid.

Ni Egua ni Quesada estaban en condiciones de intentar esta correra, y
se decidi que la hiciera Bessieres.

Ouvrard mismo se vi con Bessieres y conferenci con l. Se
sorprendieron ambos al saber que los dos eran masones. El banquero
expuso su proyecto. Se trataba de reunir diez  doce mil hombres,
acercarse  Madrid, entrar en la capital y disolver las Cortes.

Bessieres, que era hombre de instinto militar, vi que el proyecto era
factible, y expuso su plan. Formara l un ncleo de tres  cuatro mil
hombres en Mequinenza y marchara hacia el centro. En el camino se le
reuniran las fuerzas realistas de Valencia, Aragn y el Maestrazgo,
y todas juntas, en nmero de seis  ocho mil, avanzaran sobre la
capital. Era, poco ms  menos, la misma operacin militar que hicieron
los aliados al mando de Stanhope y otros jefes en la guerra de Sucesin.

--Veamos el presupuesto de esta maniobra--dijo el banquero.

Bessieres, reunido con su lugarteniente Delpetre, su sobrino Portas y
otros varios realistas, hizo este presupuesto:

                                                              _Francos._
  A Jorge Bessieres, para organizar una brigada y hacer
  varios trabajos de compra y espionaje.                         200.000

  A Bartolom Talarn y sus fuerzas.                              100.000

  A Sempere, el Serrador, Royo de Nogueruelas, Arvalo
  el de Murviedro, etc.                                          100.000

  Al coronel D. Nicols de Isidro.                                50.000

  A Chamb, Forcadell, Peret del Riu, Tallada, Perciva
  (el _Fraile_), y Viscarr (alias _Pa Sech_).                   100.000

  A Capape, Carnicer y el Organista.                             100.000

  A Ulman.                                                        50.000
                                                                ---------
                 _Total._                                        750.000
                                                                =========

Ouvrard encontr que la suma era muy crecida, y Bessieres la rebaj.

Despus de regatear el cabecilla y el banquero quedaron de acuerdo en
que Ouvrard ira girando cantidades  medida que Bessieres avanzara.

As sali Bessieres, enviado por Ouvrard _en enfant perdu_--como deca
el banquero--para pulsar al enemigo.

Bessieres tom la parte del len, del dinero enviado por Ouvrard.
Cincuenta  sesenta mil duros fueron  parar  su bolsillo. As se
explica el lujo de sus uniformes, sus bordados y sus magnficos
caballos en esta poca. Corra por debajo el dinero de los tenderos y
de los porteros de Pars despus de pasar por la bomba aspirante de
Ouvrard.

--Esta explicacin--termin diciendo Aviraneta con su voz ronca--no
aade ni quita nada  la historia que me has contado; pero aclara un
punto que siempre tiene inters: la procedencia del dinero. As como
en la averiguacin de los crmenes se ha dicho: buscad  la mujer,
en la investigacin de las intrigas polticas, revolucionarias 
reaccionarias hay que decir: buscad el dinero.

--Qu rarezas tiene el Destino!--exclam yo--. Un capricho de Teresa
Cabarrs, en Pars, produce la catstrofe de dos enamorados en Cuenca.

--Es la Fatalidad, la Anank--exclam Aviraneta, que saba lo que
significaba esta palabra por haberla ledo en _Nuestra Seora de
Pars_, de Vctor Hugo.

--Extraas carambolas.

--S, muy extraas; y Aviraneta se frot las manos, movi con la paleta
la ceniza del brasero y se ech el embozo de la capa sobre las piernas.




PARTE PRIMERA




I.

CUENCA


Cuenca, como casi todas las ciudades interiores de Espaa, tiene algo
de castillo, de convento y de santuario. La mayora de los pueblos
del centro de la pennsula dan una misma impresin de fortaleza y de
oasis; fortaleza, porque se les ve preparados para la defensa; oasis,
porque el campo espaol, quitando algunas pequeas comarcas, no ofrece
grandes atractivos para vivir en l, y en cambio la ciudad los ofrece
comparativamente mayores y ms intensos.

As, Madrid, Segovia, Cuenca, Burgos, Avila presentan idntico aspecto
de fortalezas y de oasis en medio de las llanuras que les rodean, en la
monotona de los yermos que les circundan, en esos parajes pedregosos,
abruptos, de aire trgico y violento.

En la misma Andaluca, de tierras frtiles, el campo apenas se mezcla
con la ciudad; el campo es para la gente labradora el lugar donde se
trabaja y se gana con fatigas y sudores; la ciudad, el albergue donde
se descansa y se goza. En toda Espaa se nota la atraccin por la
ciudad y la indiferencia por el campo. Si un hombre desde lo alto de
un globo eligiera sitio para vivir, en Castilla elegira la ciudad: en
aquella plaza, en aquel paseo, en aquella alameda, en aquel huerto; en
cambio, en la zona cantbrica, en el pas vasco, por ejemplo, elegira
el campo, este recodo del camino, aquella orilla del ro, el rincn de
la playa... As se da el caso, que  primera vista parece extrao, la
llanura montona sirviendo de base  ciudades fuertes y populosas; en
cambio, el campo quebrado y pintoresco escondiendo nicamente aldeas.

La ciudad espaola clsica colocada en un cerro, es una creacin
completa, un producto esttico, perfecto y acabado. En su formacin,
en su silueta, hasta en aquellas que son relativamente modernas, se ve
que ha presidido el espritu de los romanos, de los visigodos y de los
rabes.

Son estas ciudades, ciudades roqueras, msticas y alertas: tienen el
porte de grandes atalayas para otear desde la altura.

Cuenca, como pueblo religioso, estratgico y guerrero, ofrece este aire
de centinela observador.

Se levanta sobre un alto cerro que domina la llanura y se defiende por
dos precipicios, en cuyo fondo corren dos ros: el Jcar y el Hucar.

Estos barrancos, llamados las Hoces, se limitan por el cerro de San
Cristbal, en donde se asienta la ciudad y por el del Socorro y el del
Rey que forman entre ellos y el primero fosos muy hondos y escarpados.

El foso, por el que corre el ro Hucar, en otro tiempo y como medio de
defensa poda inundarse.

El casero antiguo de Cuenca, desde la cuesta de Vlez, es una pirmide
de casas viejas, apiadas, manchadas por la lepra amarilla de los
lquenes.

Dominndolo todo se alza la torre municipal de la Mangana. Este casero
antiguo, de romntica silueta, erguido sobre una colina, parece el
Beln de un nacimiento. Es un nido de guilas hecho sobre una roca.

El viajero al divisarlo recuerda las estampas que reproducen arbitraria
y fantsticamente los castillos de Grecia y de Siria, los monasterios
de las islas del Mediterrneo y los del monte Athos.

Desde la orilla del Hucar, por entre moreras y carrascas, de abajo 
arriba, se ve el perfil de la ciudad conquense en su parte ms larga.

Aparecen en fila una serie de casas amarillentas, altas, algunas de
diez pisos, con paredones derrudos, asentadas sobre las rocas vivas
de la Hoz, manchadas por las matas, las hiedras y las mil clases de
hierbajos que crecen entre las peas.

Estas casas, levantadas al borde del precipicio, con miradores altos,
colgados, y estrechas ventanas, producen el vrtigo. Alguna que otra
torre descuella en la lnea de tejados que va subiendo hasta terminar
en el barrio del Castillo, barrio rodeado de viejos cubos de murallas
ruinosas.

Salvando la hoz del Hucar exista antes un gran puente de piedra, un
elefante de cinco patas sostenido en el borde del ro que se apoyaba
por los extremos, estribndose en los dos lados del barranco.

Este puente, que serva para comunicar el pueblo con el convento de San
Pablo, haba sido costeado por el cannigo D. Juan del Pozo en el siglo
XVI. A fines del XVIII el puente del Cannigo se rompi, derrumbndose
el primer machn y el segundo arco del lado de la ciudad, y qued as
roto durante muchos aos.

De los dos ros conquenses, el Hucar fu siempre utilizado en el
pueblo para mover los molinos y regar las huertas. El Jcar, ms
solitario, era el ro de los pescadores. Se deslizaba por su hoz
tranquilo, verde y rumoroso. Desde su orilla, al pie del cerro donde se
asienta Cuenca, se vea el casero del pueblo sobre los riscos y las
peas, y en la parte ms alta se destacaba la ermita de Nuestra Seora
de las Angustias.

Como casi todas las ciudades encerradas entre murallas, Cuenca sinti
un momento la necesidad de ensancharse, de salir de su angosto recinto,
de bajar de su roca  la llanura. Tal necesidad la experiment ms
fuertemente  principios del siglo XIX, y cre un arrabal  ciudad baja.

En estos pueblos, con ciudad alta y ciudad baja, se da casi siempre el
mismo caso: en lo alto, la aristocracia, el clero, los representantes
de la milicia y del Estado; en lo bajo, la democracia, el comercio, la
industria.

En estos pueblos el pasado est siempre en alto y el presente siempre
en bajo. No hay que extraar que el espritu de su vecindario sea casi
siempre retrgrado.

El arrabal de Cuenca, formado principalmente por una calle larga 
ambos lados del camino real, se llam la Carretera.

Desde principio del siglo el arrabal comenz  tener importancia. En
las luchas constitucionales nicamente la Carretera daba voluntarios
para la Milicia Nacional.

La Carretera era progresiva; la ciudad alta era perfectamente
reaccionaria, perfectamente triste, estancada, desolada y levtica.

Aquel Beln de nacimiento viva con un espritu de inmovilidad y de
muerte.

En el arrabal se senta de cuando en cuando alguna agitacin: llegaba
hasta all la oleada del mundo, se hablaba, se discuta, se lean
gacetas; en el Beln alto no haba ms agitacin que la del aire
cuando sonaban las campanas de la catedral, de las iglesias y de los
conventos, cuando el organista tocaba sus motetes y sus fugas y sonaba
la campanilla del Vitico por las calles.

En el arrabal haba movimiento: pasaba la diligencia con el correo, y
muchos carros y caballeras sueltas que se detenan en las posadas y
figones; en la plaza y en las calles prximas no se vea casi nunca 
nadie: nicamente dos  tres viejos que tomaban el sol, los chicos que
salan de la escuela y tiraban piedras  los gorriones y  los perros;
alguno que otro militar, y,  ciertas horas, grupos de curas que
entraban en la catedral.

El mayor acontecimiento de este barrio era la salida y llegada del
seor obispo en su carruaje.

Al anochecer sola pasar por las calles y callejones de la ciudad
vieja un ciego con su guitarra que cantaba oraciones y milagros de los
santos, con una magnfica voz de bartono.

Este ciego, el _Degollado_, tena el cuello lleno de grandes
cicatrices, la cara marcada con un taraceo de puntos azules producidos
por granos de plvora, los ojos huecos y la barba negra, de profeta
judo.

Segn algunos, el _Degollado_ haba quedado as en tiempo de la
guerra de la Independencia; otros afirmaban que haba pertenecido 
una compaa de bandoleros,  la que hizo traicin y que sus antiguos
cmplices por venganza le dejaron como estaba.

El _Degollado_ sola ir por las tardes por el pueblo, envuelto en su
capa, tanteando con el bastn y abriendo las puertas de las tiendas y
cantando un momento delante de ellas...

De noche la ciudad alta quedaba aislada y encerrada en sus murallas. Su
recinto tena seis puertas y tres postigos. De estas seis, exceptuando
la de Valencia y la de Huete, las dems, la del Castillo, la de San
Pablo, la del Postigo y la de San Juan, se cerraban  la hora de la
queda.

Los postigos de las casas estaban tapiados y haca tiempo que no se
abran.

Cuenca tena  principios del siglo XIX pocas calles, y stas estrechas
y en cuesta. Quitando la principal, que, con distintos nombres, baja
desde la Plaza del Trabuco hasta el Puente de la Trinidad, las dems
calles del pueblo viejo no pasaban de ser callejones.

Las cuestas y desniveles de la ciudad hacan que la planta baja de una
casa fuera en una calle paralela un piso alto; as se deca de Cuenca
que era pueblo en donde los burros se asomaban  los cuartos y quintos
pisos, y era verdad.

En 1823, poca en que pasa nuestra historia, Cuenca era una de las
capitales de provincia ms muertas de Espaa.

Entre los arrabales y la ciudad apenas llegaban sus habitantes  cuatro
mil.

Tena catorce iglesias parroquiales, una extramuros; siete conventos de
frailes, seis de monjas, cinco  seis ermitas y la catedral. Con este
cargamento mstico no era fcil que pudiera moverse libremente.

En esta poca haba llegado la ciudad  la ms profunda decadencia:
las fbricas de paos y de alfombras, que en otro tiempo trabajaban
para toda Espaa, y la ganadera, tan importante en la regin, estaban
arruinadas.

Durante la guerra de la Independencia, los saqueos de los mariscales
Moncey, Vctor y Caulaincourt precipitaron la ruina de Cuenca...

       *       *       *       *       *

Si por su poca vida comercial  industrial Cuenca estaba entre las
ltimas capitales de Espaa, por su aspecto dramtico y romntico poda
considerrsela de las primeras.

Recorrer las dos Hoces desde abajo, entre los nogales, olmos y huertas
de las orillas del Jcar y del Hucar,  contemplarlas desde arriba,
viendo cmo en su fondo se deslizaba la cinta verde de sus ros, era
siempre un espectculo sorprendente y admirable.

Tambin admirable por lo extrao era recorrerla de noche  la luz de la
luna, y, sentndose en una piedra de la muralla mirarla envuelta en luz
de plata hundida en el silencio.

Poco  poco, para el paseante solitario y nocturno, este silencio
tomaba el carcter de una sinfona, murmuraban los ros, estallaba
el ladrido de un perro, sonaba el chirriar de las lechuzas, silbaba
el viento en la copa de los rboles y se oa  intervalos el cantar
agorero del buho como el lamento de una doncella estrechada en los
brazos de un ogro en el fondo de los bosques.

En aquellas noches claras, las callejas solitarias, las encrucijadas,
los grandes paredones, las esquinas, los saledizos, alumbrados por la
luz espectral de la luna, tenan un aire de irrealidad y de misterio
extraordinario. Los riscos de las Hoces brillaban con resplandores
argentinos, y el ro en el fondo del barranco murmuraba confusamente
su eterna cancin, su eterna queja, huyendo y brillando con reflejos
inciertos entre las rocas.




II.

LA CASA DE LA SIRENA


En una calle estrecha, prxima  la plaza, no lejos del Seminario,
exista por entonces una casa antigua, alta, de color gris. Por su aire
medioeval y por su altura recordaba los palacios sombros de Florencia;
tena varios pisos con ventanas estrechas, y nicamente en el principal
dos balcones de mucho vuelo, con hierros labrados.

En la fachada, sobre el arco de la puerta de grandes dovelas, ostentaba
un escudo, probablemente ms moderno que la casa, con varios cuarteles;
en el principal  jefe se vea una sirena con un espejo y un peine, y
en los dems un sol, varios dardos y una granada.

La sirena, sobre todo, estaba muy finamente esculpida: tena una
expresin libre y burlona; los pechos salientes y abultados, el
cabello en desorden, y apareca, con su cuerpo mixto de mujer y de pez
escamoso, sobre el mar.

Al parecer se haban hecho varias suposiciones acerca de esta sirena,
de aire ertico y picaresco; unos sospechaban indicaba la procedencia
marina de la familia fundadora de la casa; otros afirmaban que esta
figura simblica era el blasn del valle de Bertiz Arana, en Navarra,
y que el fundador de la familia procedera de all; lo cierto era que
los dos  tres eruditos del pueblo no estaban de acuerdo en la historia
ni en la genealoga de aquella burlona dama del mar llevada tan tierra
adentro.

La gente denominaba la casa con el nombre de la Casa de la Sirena. La
fachada de esta era de piedra sillera, admirablemente labrada; tena
mnsulas con figuras que sostenan los balcones y canecillos debajo del
alero.

En el piso bajo ostentaba una reja labrada, y los batientes de la
puerta estaban llenos de clavos repujados que parecan florones.

Por la parte de atrs, la casa daba  la hoz del Jcar, y desde sus
ventanas, sobre todo de las altas, se dominaba el barranco, en cuyo
fondo corra el ro de un verde lechoso.

La casa de la Sirena era por dentro estrecha, obscura y sombra. Los
muros, espesos, hacan que las ventanas pequeas parecieran saeteras,
por donde apenas entraba la luz; por todas partes ola  humedad y 
cerrado. Sin duda el que mand construir la casa tema al viento, que
azotaba all de firme, y no era muy apasionado del sol.

Los pisos de la casa, sobre todo los dos ms altos, se hallaban
desmantelados y con los suelos deshechos y los cristales rotos; en
cambio, el piso principal estaba restaurado. Una escalera apolillada,
que se torca en unos tramos  la derecha y en otros  la izquierda,
iba desde el zagun enlosado hasta la guardilla.

Los cuartos altos daban una impresin de abandono y de pobreza. Las
habitaciones eran pequeas, con muchos tabiques que dejaban rincones y
pasillos obscuros y sombros; los techos se venan abajo y las paredes
se cuarteaban.

De noche las ratas se paseaban por todas partes, corriendo, rodando,
trotando y chillando.

La guardilla estaba abandonada  una tribu de lechuzas que tenan all
su vivienda. Casi todas las tardes, al anochecer, sobre la chimenea
 sobre la veleta roosa, que ya no giraba, se colocaba una lechuza,
grande y gris, de observacin, y al hacerse de noche se lanzaba al aire
con su vuelo tardo y pasaba  veces chirriando y dando aletazos cerca
de las ventanas.

En el tejado se alojaban tambin una nube de golondrinas y vencejos que
haban obturado con sus nidos las caeras y las chimeneas.

El piso principal era el nico arreglado en esta casa vetusta; se le
haban abierto ventanas anchas y simtricas  la calle y al callejn,
y embaldosado y empapelado algunas habitaciones. El mobiliario era
tambin nuevo constitudo por muebles recin barnizados, armarios
grandes, cmodas ventrudas, veladores y canaps.

La casa de la Sirena de antiguo perteneca  la familia de Caizares.

Los Caizares aparecan en Cuenca desde la Conquista.

Esta familia, emparentada con los Albornoces y los Barrientos, se haba
distinguido en la historia de la ciudad.

El ltimo vstago de los Caizares conservaba el derecho de entrar en
la capilla de los Caballeros de la catedral.

Por los Barrientos, los Caizares eran descendientes de una dama, Doa
Ins de Barrientos, que en en tiempos de Carlos V se distingui por su
fiera venganza.

A raz de la formacin de las Comunidades de Castilla se puso al
frente del movimiento, en Cuenca, un caballero de gran posicin, D.
Luis Carrillo de Albornoz. Este caballero, poco satisfecho del giro
democrtico y antirealista que tomaba la revuelta comunera, se retir 
su casa abandonando el mando  los regidores populares. Los regidores,
deseando que los gobernara un caudillo de su clase, nombraron  uno de
oficio frenero.

Carrillo estaba casado con Doa Ins de Barrientos, hembra brava y
orgullosa.

Al dejar de ser jefe de los comuneros el pueblo seal  Carrillo
con su odio, y no haba da en que no le insultara y le zahiriese
pblicamente.

Doa Ins, iracunda, jur vengarse, y para ello prepar su plan.
Decidi mostrarse ms comunera que su marido y ganarse la amistad
de los trece regidores del Municipio. Ellos, satisfechos de verse
atendidos y contemplados por una dama de tan alta alcurnia, iban con
frecuencia  su palacio.

Una noche, Doa Ins convid  cenar  los trece. Los regidores
bebieron de ms, se turbaron, y al salir, uno  uno, Doa Ins los hizo
matar por sus criados, y despus mand colgarlos, por el cuello, de los
balcones de su casa. A la maana siguiente el pueblo qued atnito al
ver los trece cadveres balancendose en los balcones del palacio.

La familia de los Barrientos haba sido de las ms poderosas y ricas.
En uno de los esquileos de la casa,  mediados del siglo XVIII,
registr veinticuatro mil cabezas de ganado merino.

A fines del mismo siglo los Barrientos y los Caizares comenzaron 
decaer, y en tiempo de la guerra de la Independencia los Barrientos
desaparecieron y los Caizares quedaron completamente arruinados.

Por esta poca el jefe de la casa era D. Diego Caizares, militar que
lleg  coronel en 1813. Don Diego se hallaba casado con Doa Gertrudis
Arias. En su juventud, D. Diego haba sido un calavera, y devorado su
fortuna. A los treinta aos, al entrar los franceses en Espaa, se
alist en el ejrcito; pele en Arapiles y Vitoria, y fu ganando sus
grados hasta coronel en el campo de batalla.

D. Diego, que en la guerra de la Independencia,  juzgar por su hoja
de servicios, tuvo momentos de heroicidad, al concluir la campaa se
present en Cuenca y volvi  seguir su vida de calavera.

No vea la diferencia que hay entre un joven vicioso y un viejo
perdido, y que lo que en uno parece ligereza en el otro semeja cinismo.

D. Diego recurri  todos los medios para procurarse dinero, y se hizo
jugador, tramposo y prestamista.

Su mujer, Doa Gertrudis Arias, era una seora severa y orgullosa que
haba sufrido en silencio los ultrajes inferidos por su esposo.

D. Diego y Doa Gertrudis tuvieron un hijo, Dieguito, que fu el
retrato achicado y degenerado del padre. Dieguito era un alcohlico,
un perturbado. A los veinticinco aos le casaron con una seorita de
Barrientos, prima suya en segundo grado, y de este matrimonio hubo una
hija llamada Asuncin.

La madre de Asuncin muri poco despus de la guerra de la
Independencia.

El viejo D. Diego consider indispensable que su hijo, viudo, se
casara con alguna mujer rica, y se entendi con un contratista de la
Carretera llamado _el Zamarro_ y arregl el matrimonio de su hijo,
con la hija del contratista. Pensaba explotar al consuegro mientras
pudiera.

El matrimonio de Dieguito y la hija del _Zamarro_ no pudo ser ms
lamentable.

Dieguito iba en camino de la parlisis general, estaba tonto, alelado;
la hija del _Zamarro_, la Cndida, era una muchacha joven, guapa y
fuerte.

Con un intervalo muy corto de das, en 1819, murieron los dos
Caizares, Diego y Dieguito, y quedaron viudas Doa Gertrudis y
Cndida, la hija del _Zamarro_.

La hija de Dieguito, Asuncin, qued de quince aos hurfana de padre y
madre.

En la casa de la Sirena el piso principal lo ocupaban Cndida y su
hijastra Asuncin; en el segundo estaba el archivo de un escribano; en
el tercero vivan dos seoritas viejas solteras, y en el cuarto Doa
Gertrudis. Los pisos ms altos estaban inhabitables.

Doa Gertrudis era una vieja arrugada, seca, con el pelo blanco, un
tanto fatdica.

Arruinada por su marido, no contaba para vivir ms que con la viudedad
que le pasaban.

Doa Gertrudis tena una cara plida, dura, impasible, surcada por
arrugas rgidas.

Cuando sala  la ventana de su cuarto se la hubiera tomado por una
grgola gtica  por un espectro.

En la casa, la Cndida viva con la mayor comodidad y lujo.

La Cndida era una mujer poco inteligente, de gustos bajos y vulgares.
Su padre, _el Zamarro_, haba sido un tendero que, en tiempo de la
guerra de la Independencia, hizo algunas especulaciones afortunadas y
reuni un capital bastante grande para un pueblo.

El _Zamarro_ di  su hija, al casarse, una dote de treinta mil duros.

La Cndida haba sido siempre una muchacha mimada.

Su padre, hombre burdo, tosco, excit en ella nicamente la vanidad.

--T sers rica--le deca--; t podrs lucir.

Y ella, sin educacin ninguna, haba llegado  pensar que lo principal
en el mundo era lucir. Para satisfacer esta ansia de elevacin se
cas con Dieguito. El aparecer duea de una casa principal como la de
Caizares la seduca.

Por entonces, al quedar viuda, la Cndida era una mujer rozagante, de
unos veintisiete  veintiocho aos, ajamonada, la nariz respingona, los
labios rojos y gruesos, muy abultada de pecho y de caderas, los ojos
negros, brillantes; el tipo basto de buena moza que produca grandes
entusiasmos cuando pasaba por la calle entre los estudiantes, los
oficiales jvenes y la clase de tropa.

La Cndida pensaba volver  casarse si topaba con algn militar 
persona de posicin que le conviniese. Hubiera querido encontrar un
marido y quedarse  vivir en la casa de la Sirena.

La Cndida, mujer voluble y sensual, se manifestaba  ratos seca, 
ratos afectuosa. Tena cierto talento de seduccin; halagaba  todo el
que quera sin medida.

A Asuncin, su hijastra, comenz  mimarla al principio, adornndola,
dndole golosinas; luego, sin motivo, la desde y la olvid.

La Cndida quera que todo el mundo se ocupara de ella; necesitaba
sentir la oficiosidad de la gente, el vaho de la adulacin.

Al ver que su suegra y su hijastra no se entregaban, comenz  mirarlas
con antipata, y al ltimo, experiment por ellas verdadero odio, sobre
todo por doa Gertrudis.

Este odio, cada vez ms fuerte, hizo que suegra y nuera no se hablaran
y despus no quisieran verse.

La Cndida intent obligar  la vieja  que se fuera de la casa, pero
la casa era de Asuncin, y sta, hasta llegar  su mayora de edad,
para lo que le faltaban cuatro aos, no poda venderla.

La vida de Asuncin, colocada entre los odios de su abuela y de su
madrastra, fu triste y melanclica. Toda la existencia de la muchacha
estaba saturada de impresiones penosas y tristes.

En su infancia haba presenciado la muerte de su madre, la enfermedad
del padre; luego, rias entre la abuela y el abuelo, apuros
pecuniarios; despus, la llegada  la casa de la madrastra y la guerra
sorda entre sta y su abuela.

A pesar de su aspecto dbil, Asuncin tena gran resistencia y una
personalidad fuerte.

El tipo fsico suyo, al decir de los amigos de la casa, recordaba el de
su madre.

Era muy esbelta, delgada, con una palidez de cirio; el valo de la
cara, muy largo; los ojos, grandes, negros, inquietos; los labios, de
un rosa descolorido; la expresin, de seriedad y de reserva.

En la calle, y endomingada, pareca insignificante: una seorita de
pueblo agarrotada en un traje nuevo; en casa, y vestida de negro,
estaba muy bien; se comprenda al verla que una vida sana poda hacer
de esta nia clortica una mujer hermosa.

La Cndida, que se crea  s misma un modelo, y que tena una idea
de la belleza de la mujer ordinaria y grosera, deca  su doncella la
Adela:

--Qu te parece  ti la Asuncin? No va  ser guapa esta chica,
verdad?

--Claro, al lado de la seorita--contestaba la doncella.

--No, no; yo no soy guapa. Luego, Asuncin es tan huraa! Parece una
cabra.

Ciertamente. Asuncin se mostraba spera y poco amable con las personas
 quienes trataba por primera vez. Su vida solitaria le daba gustos de
recogimiento.

Asuncin apenas sala de casa; su madrastra le haba sealado en el
piso principal un cuarto elegante, empapelado y con cortinones, que
tena un balcn que haca esquina; pero ella prefera dejar este
cuarto elegante  ir  las habitaciones desmanteladas del piso, donde
viva doa Gertrudis, su abuela.

En casa de Doa Gertrudis haba un viejo mirador, casi colgado sobre un
abismo, que daba encima de la Hoz del Jcar. Desde all arriba se vea
el barranco y el ro; las golondrinas y los vencejos pasaban rozando
con el ala el barandado, y  veces los milanos se acercaban tanto, como
si tuvieran curiosidad de saber lo que pasaba en el interior.

Asuncin sola estar all mucho tiempo.

Doa Gertrudis viva en su cuarto alto sola, sin criada. Esta seora
pareca la estampa de la severidad. Cobraba del Gobierno una pensin
de veintids duros al mes y la ahorraba ntegra: se alimentaba de la
pequea renta de una tierra.

Doa Gertrudis haba llegado  odiar profundamente  su nuera. Esta di
 su marido al casarse diez mil pesetas para levantar una hipoteca que
gravaba sobre la casa de la Sirena. Doa Gertrudis quera reunir las
diez mil pesetas, devolvrselas  la Cndida y entregar  su nieta la
finca sin gravamen, para que fuese ella la duea absoluta.

Doa Gertrudis estaba fuerte: barra, haca su cama y su comida en
un hornillo pequeo; despus, sentada en un silln frailero, con los
anteojos puestos, lea y rezaba una novena cada da.

Tena una coleccin de libros amarillentos y usados, impresos en letras
grandes. Haca tambin que su nieta le leyera unas viejas ejecutorias
que sacaba de un armario, y las escuchaba siempre como si fuera la
primera vez que las oa.

Doa Gertrudis, seca, arrugada, dura, pareca el espritu de la
tradicin de la casa; la Cndida era  ansiosa advenediza, que
intentaba apoderarse de la vieja morada de la Sirena.

Entre estas dos mujeres, que se odiaban, viva Asuncin su vida
humilde, como las plantas que nacen en la hendidura de dos losas, sin
espacio para desarrollarse. Asuncin cosa, bordaba, cuidaba de los
tiestos y lea las ejecutorias que sacaba su abuela.




III.

MIGUELITO TORRALBA


Tal era la situacin de la casa de la Sirena cuando aparecieron nuevos
elementos que influyeron en ella. Uno de estos fu un joven calavera,
Miguelito Torralba, que un da, por entretenimiento, comenz  seguir
y  galantear  Asuncin. Ella, asombrada, manifest primero sorpresa,
luego un gran desdn; pero Miguelito, hombre perseverante, cuando se
propona algo, no cej. Sigui mirando  la muchacha, pasendole la
calle  pesar del desprecio que ella le demostraba. Miguelito era hijo
de una viuda y viva con ella y con un hermano ms joven llamado Luis.

Los Torralbas posean una casa antigua en la calle de Caballeros, con
un huertecito. Eran parientes lejanos de los Caizares y Barrientos.

La viuda, madre de Miguel, seora de escaso patrimonio, haba gastado
mucho con su hijo mayor, envindole  estudiar  Salamanca.

Miguelito hizo poca cosa de provecho en la vieja ciudad universitaria;
derroch su dinero, corri la tuna y volvi  Cuenca  los cuatro
 cinco aos con un criado que haba recogido,  quien llamaba su
escudero.

Miguelito volvi con muchas habilidades de poca utilidad prctica,
entre ellas hacer versos y tocar la guitarra.

La madre se resign al ver que el dinero empleado por ella no haba
servido  su hijo para alcanzar una posicin, y pens que al menos le
habra hecho ilustrado.

Por uno de estos espejismos maternales frecuentes, la madre de Torralba
crea que su hijo mayor era una lumbrera y que el pequeo, en cambio,
vala poco.

No exista ningn motivo para creerlo as; pero la madre de Torralba
supona que esta diferencia era evidente. Pensaba que con el tiempo,
don Miguelito protegera  Luis y le ayudara  desenvolverse en la
vida.

La madre pidi al mayor que enseara lo que saba  su hermano menor, y
el mayor accedi.

Miguel ense  Luis  traducir el latn y alguna que otra cosa que el
muchacho aprovech.

--Qu bondad la de mi hijo mayor!--pens la madre.

Los dos hermanos eran muy distintos: Miguel, alto, esbelto, moreno,
petulante, se las echaba de lechuguino. Sola tener con frecuencia
diviesos en el cuello que le obligaban  llevarlo vendado. Luis, ms
bajo, rechoncho, tirando  rubio, era muchacho sencillo y no pensaba en
darse tono.

Miguel estaba siempre fuera de casa; Luis, en Cuenca, gustaba de
trabajar en el huerto, y en el campo, de recorrer la hacienda.

Miguel era aficionado  las indumentarias teatrales; gastaba chambergo
de ala ancha, capa de mucho vuelo y presuma de pie largo y estrecho.

Don Miguelito tena en Cuenca, entre unos, fama de Tenorio; de atrevido
entre otros, y de majadero entre algunos.

Don Miguelito era ridculo para casi todo el pueblo, menos para su
hermano y para los amigos. Algunos de stos le tenan por un genio; y
cuando Miguelito peroraba le miraban pensando.

--Qu hombre! Qu tipo!

La cabeza de don Miguelito era un lugar de confusin de ideas y
sentimientos. Hubiera querido encontrar algo para dedicarse  ello con
toda su alma.

Don Miguelito era impertinente sin notarlo, y excepcin hecha de su
madre, de su hermano y de algn amigo, quedaba con frecuencia mal ante
las personas, demostrando su falta de discrecin y de sentido. Su
petulancia molestaba  la gente.

La madre le consideraba como un portento; pensaba que el da que
adquiriera gravedad sera una maravilla. Estaba convencida de ello y
tena en esto tanta fe como en un dogma.

La estancia de don Miguelito en Cuenca, de vuelta de la Universidad, se
distingui por sus extravagancias y sus disparates.

Al principio se manifest liberal, republicano y habl con nfasis de
Catn, de Bruto y de Aristogiton.

En algunas partes, y excitado por sus mismas palabras, no se content
con esto, sino que asegur que era discpulo de Robespierre y de
Marat y que consideraba la guillotina como la ms sublime y la ms
humanitaria de las invenciones del hombre.

Afortunadamente para l la gente de Cuenca apenas tena idea de Marat y
de Robespierre, y no le hizo caso.

Cansado de perorar sin xito, don Miguelito se lanz  la crpula, y
excepcin hecha de los das que iba  los montes  cazar con sus dos
perros, Gog y Magog, sola emborracharse con frecuencia y volva  casa
de madrugada.

Le acompaaba su escudero, el mozo perdido, llamado Garcs,  quien
don Miguelito haba encontrado muerto de hambre en Sevilla en una de
sus expediciones de tuna. Garcs era hijo de una familia acomodada de
un pueblo prximo  Cuenca llamado Pajaroncillo. Haba estudiado en el
seminario y sido un buen estudiante en los primeros aos; luego con
una transicin brusca, se hizo un perdido, y comenz  beber,  jugar,
 frecuentar los garitos y por ltimo,  robar. La familia de Garcs
lo retir al pueblo; el muchacho se arrepinti, entr de novicio en
un convento y pocos meses ms tarde se escapaba y volva  su vida de
tunante.

Unos aos despus de su escapada, Miguel Torralba lo encontr en
Sevilla enfermo, lloroso y arrepentido, y lo llev con l.

Garcs tena la especialidad del arrepentimiento y de las lgrimas.
Inmediatamente que le sala algo mal, se senta contrito y marchaba 
confesarse.

Don Miguelito,  poco de llegar  Cuenca, tena una corte de ocho 
diez amigos desocupados como l, noctmbulos y holgazanes.

Paseaban stos en cuadrilla por las dos Hoces del pueblo, por el alto
de las murallas  por el fondo del barranco, contemplando las rocas
vivas y los matorrales  la luz de la luna.

Robaban gallinas y quesos; clavaban una noche la puerta  la ventana de
la vivienda de un pobre hombre; interceptaban una chimenea con trapos;
sujetaban un coche  una anilla de una casa con una cuerda; metan un
gato en un gallinero y hacan todas las clsicas calaveradas de todos
los calaveras del mundo.

Alguno que otro tena predileccin por asustar  la gente haciendo
de fantasma; haban formado tambin una rondalla de guitarras y
bandurrias, y por las noches daban serenata  sus Dulcineas.

--Es don Miguelito y sus amigos--decan los vecinos, y muchos aadan:

--De casta le viene al galgo!--, porque los Torralbas de Cuenca se
haban distinguido siempre por su extravagancia.

Algunos llamaban  Miguel, Miguelito Caparrota, y le pronosticaban el
mismo fin que al bandido andaluz, que, como se sabe, muri en la horca
 pesar de que su asunto se arregl.

Don Miguelito haba formado una asociacin burlesca, de la que era
presidente, cuyo objeto principal era beber y cantar. En las cenas
celebradas por esta asociacin se entonaba el viejo canto estudiantil,
comn  todas las Universidades de Europa, y que aun se recordaba en
Salamanca  principios del siglo XIX.

    _Gaudeamus igitur.
    juvenes dum sumus._

Tambin con grotesca solemnidad se haca la salutacin al vino en latn
macarrnico:

    _Ave, color vini clari
    Ave, sapor sine pari
    tua nos inebriari
    digneris potentia._

La preocupacin de Miguelito era mandar, demostrar su superioridad,
producir asombro, sobre todo entre los suyos; as, para dirigirlos y
admirarlos obraba y pensaba para ellos.

Era capaz de leer un libro largo y pesado con la esperanza de encontrar
un par de frases con que sorprender  su auditorio. Don Miguelito
viva slo para la galera.

Tal necesidad de producir expectacin le impulsaba  hacer muchas
necedades.

Una vez se lanz al Jcar  salvar  un pescador de caa, sin saber
nadar, y estuvo  punto de ahogarse; en otra ocasin sali fiador de
un granuja, y estuvo  punto de arruinar  su madre. Poco despus
escribi un romance contra algunas viejas murmuradoras del pueblo. Este
romance, que titul _Las Comadres de Cuenca_, di mucho que hablar y le
conquist una malsima fama.

Miguelito celebr exageradamente la hostilidad popular.

Todos los amigos encontraron que Torralba era un excelente versificador
y que deba cultivar con ms asiduidad el trato ntimo de las Musas.

Miguelito trabaj algunos das y someti al juicio de sus camaradas
varias poesas, como _A ella_, _Noche de luna_, _la Hoz del Jcar_, que
fueron consideradas como obras maestras.

Por entonces un condiscpulo que haba encontrado en su casa varios
libros de astrologa judiciaria y un astrolabio, se los envi  don
Miguelito.

Este, ante el nuevo mundo que se abra  sus ojos, decidi con la mayor
seriedad hacerse astrlogo.

Ley la _Astrologa_, de Pisanus; el libro _De prcos gnitione
futurorum_, de Molinacci; el eptome _Totiuastrologi judiciales_, de
Juan de Espaa; los _Discursos astrolgicos_, de Juan de Herrera;
el libro de Paracelso, _De generatione rerum naturalium_, y las
_Profecas_, de Nostradamus.

Despus, para unir la teora y la prctica, llev al terrado de su
casa el astrolabio, y all se dedicaba  medir los ngulos y ver la
conjuncin de las estrellas.

Despus de aprender  determinar el aspecto de los astros se dedic
 la prediccin del porvenir. El horscopo de su madre y el de su
hermano resultaron felices; en cambio el suyo, dominado por Marte, fu
completamente nefasto. Probablemente l mismo se haba preparado en el
horscopo el final trgico, cosa que  sus ojos y al de sus amigos le
haca ms interesante.

A juzgar por lo que dijo, la lnea de su vida cruzaba la casa de las
enemistades, pasaba por la de la amistad y el amor, rondaba la casa de
las dignidades y caa en la de la muerte.

Las lecturas astrolgicas se notaron en don Miguelito y en sus amigos.
Se habl durante algn tiempo de horscopos y conjunciones;  una
taberna de un hombrecito pequeo, que se llamaba el to Guadao, se le
llam desde entonces la taberna del _Homunculus_, y  otra, de la ta
Lesmes, la taberna _Sibilina_.

Una de las gracias de Miguelito era asegurar que al _Homunculus_ de la
taberna, el ex to Guadao, lo haba creado l con una frmula de su
maestro Paracelso.

Tambin deca que  una moza del partido le haba dado l la suerte
entregndole un trozo de vitela con la palabra mgica Abracadabra,
escrita en forma triangular y con sangre de nio.

La muchacha, siguiendo las instrucciones de Miguelito, haba llevado
nueve das la vitela como un escapulario, colgada al cuello, y al
noveno la haba echado al ro sin volver la cabeza. Don Miguelito haba
tenido sus dudas acerca del punto dnde deba echarla, porque era
indispensable arrojarla en unas aguas que corrieran hacia Oriente; pero
al fin encontr el sitio verdadero.

La operacin di resultado, porque un mes despus un comerciante rico
se llev  la muchacha  Madrid y la puso un gran tren.

Entre algunas mozas del pueblo, compaeras de la otra, se supo lo
ocurrido, y se crey que don Miguelito tena algo de brujo.

Los amores de don Miguelito eran como no podan menos de ser
extraordinarios y raros.

Don Miguelito haba galanteado durante algn tiempo  una gitana del
barrio del Castillo,  quien llamaban Fabiana la _Ca_.

Esta Fabiana era una muchacha preciosa, de piel cobriza y ojos verdes.

Don Miguelito haba llegado  hacerse amigo del _Ajumado_, un
esquilador de burros, padre de la Fabiana.

El _Ajumado_ y don Miguelito se entendan; al esquilador le pareca
natural que al payo le gustara la mocita de su casa, y se dejaba
convidar y contemplar.

La madre de la Fabiana, la _Pelra_, era una gitanaza que se dedicaba 
comprar y  vender viejos cachivaches,  frer morcillas y churros; 
la abuela, gitana legtima, que odiaba el trabajo como buen ejemplar
de su raza, la decan en la calle la _Zincal_, y tena por oficio
echar la buenaventura en las ferias, vender la raz del Buen Varn y la
Hierba de Satans y _arrobiar_ lo que poda.

Don Miguelito hablaba con la vieja gitana de magia y de astrologa, y
la dejaba llena de espanto.

El le ense en qu ocasiones se deban emplear las siete palabras
mgicas principales: Abracadabra, Jehov, Sator, Arepo, Tenet, Opera y
Rotas.

Tambin le di la frase sacramental para todos los conjuros, que es
sta: _Nomem Dei et Sancte Trinitatis quod tamen in vanum assumitur,
contra acerrimum summi legislatoris interdictum_.

La gitana temblaba al or  Miguel. Todos los hombres y mujeres de
la casa odiaban y teman  Torralba,  quien llamaban el _Busn_.
Miguelito senta por ellos un profundo desprecio.

En esto se present en Cuenca un calderero gitano, el _Romi_, hombre
cobrizo como sus calderas, alto, mal encarado.

La familia del _Ajumado_ concert la boda de la Fabiana con el _Romi_,
y  la zambra que hubo asisti Miguelito, cosa que hizo reir  sus
amigos, que consideraron la asistencia de Torralba  la fiesta como una
prueba de serenidad admirable.

Alguno le dijo despus  Miguelito que no se fiara con el _Romi_, pero
Miguelito despreci la advertencia.

Iba declinando el entusiasmo por la gitanera y la astrologa cuando
don Miguelito se fij en Asuncin y con la violencia caracterstica de
sus inclinaciones decidi que desde entonces ella sera la dama de sus
pensamientos.

Los amores comenzaron con todo el aparato de absurdidades propias y
naturales de don Miguelito. Varias veces escribi  la muchacha con
la arrogancia de un hombre grande y extraordinario; pero como ella no
le contestaba se fu desesperando, y concluy por tomar una actitud
exageradamente humilde.

Cmo conoci Asuncin que en el fondo de aquel calavera botarate haba
un hombre, un hombre valiente, un hombre digno, difcil es saberlo, lo
cierto fu que lo conoci.

Don Miguelito todava hizo alguna simpleza al verse atendido por la
muchacha; pero pronto se tranquiliz y tom el aspecto de una persona
sensata.

Al comenzar  hablar con Asuncin pens que toda su juventud haba sido
una pobre majadera, y decidi abandonar  los amigos y al escudero
Garcs. Les dijo que iba ir al yermo, que estaba harto de vanidades.
Un amor vulgar y corriente por una seorita del pueblo le hubiera
dejado en mal lugar entre los camaradas que le vean como hombre
extraordinario, raro, luntico y nigromntico. Todava no se atreva 
afrontar su desdn.

Al poco tiempo la gente averigu el noviazgo, los camaradas le
desdearon y las personas que pasaban por serias comenzaron  decir:

--No, no, Miguel no es tonto; si quiere se har un hombre de provecho.

Miguelito dej de frecuentar sus antiguos amigos, y reanud sus
amistades con un clrigo que haba estudiado con l en la escuela. Este
clrigo, D. Vctor, viva en casa del guardin de la Catedral, y era
hombre estudioso  ilustrado.

A Miguelito le trataba muy speramente.--Botarate, aprendiz de mago,
majadero--le sola decir con voz iracunda.

--S, tienes razn--contestaba Miguel--; soy un mentecato.

--Vale ms que lo confieses--le deca el cura.

--Pues lo confieso. He llegado  los veintisiete aos sin oficio
ni beneficio. He perdido el tiempo en pasear, en hablar y en hacer
versos...

--Y versos malos.

--Cierto, versos malos. Te advierto que todas mis vanidades antiguas se
han deshecho: no me importa que me llames mal poeta ni mal astrlogo.
No me hace mella.

Miguel no pensaba ms que en encontrar un medio de ganar la vida
con independencia tena tan poca base! Era tan difcil hacer algo
de provecho en Cuenca! Se le ocurri marcharse  Madrid, pero no se
atrevi  decrselo  su madre, porque hubiera sospechado que el viaje
era pretexto para otra calaverada.

Miguelito consult con Asuncin, y los dos en sus conversaciones y
cartas se ocuparon de este magno asunto. Pensaron varios medios para
resolver el problema.

Pronto estos amores los conoci todo el pueblo, y tambin la abuela
y la madrastra de Asuncin. Asuncin cont, temblando de miedo,  su
abuela la historia de sus amores, y Doa Gertrudis di el visto bueno.

--Si es un caballero, aunque sea pobre, no importa--dijo la vieja
severamente.

--Pues caballero lo es.

--Entonces puedes estar tranquila.

Asuncin abraz y bes  su abuela con entusiasmo.

Se decidi que D. Miguelito visitara  Doa Gertrudis, y en la
entrevista que tuvieron ambos quedaron muy amigos y de acuerdo.

La madrastra de Asuncin, la Cndida, quizs por llevar la contraria
 su suegra, se puso en contra del noviazgo, y como no conoca el
carcter de hierro que haba en el fondo del cuerpecillo anmico de
su hijastra, quiso convencerla de que su novio, D. Miguelito, era un
perdido, un vagabundo, viejo, cnico, sin oficio ni beneficio, que
quera vivir  su costa.

Desde aquel momento Asuncin jur romper con su madrastra y no volver 
dirigirla la palabra. Empez  faltar  todas horas del primer piso de
la casa; luego, ms tarde, se traslad definitivamente al cuarto de la
abuela  vivir con ella.




IV.

SANSIRGUE EL PENITENCIARIO


En 1821, el penitenciario de la catedral, D. Manuel Rizo, que estaba
enfermo desde haca tiempo, muri en un pueblo de la sierra, donde
haba ido  reponerse, y fu nombrado para el cargo D. Juan Sansirgue.

Sansirgue vena del Burgo de Osma, y al llegar  Cuenca se dijo de l
que era liberal. Fu una de esas voces que corren por los pueblos, sin
base ni razn alguna.

Don Juan era hombre de unos cuarenta aos de edad de estatura media,
ms bien bajo que alto y tirando  fornido.

Tena el pelo rojo oscuro, los ojos verdes, la cara cuadrada y pecosa,
las pestaas rojizas, el cuello de toro, los brazos largos, las manos
gruesas y los pies grandes.

Se vea en l al lugareo nacido para destripar terrones. Llevaba
gafas, aunque no las necesitaba, sin duda con el objeto de darse un
aire doctoral, y miraba siempre de travs.

Pronto se averigu su vida, con toda clase de detalles.

Sansirgue, hijo de un campesino muy pobre de Priego, termin la carrera
casi de limosna. Tras de obtener un curato en el campo y una parroquia
en Almazn, haba sido nombrado cannigo racionero del Burgo de Osma, y
despus, penitenciario de Cuenca.

Sansirgue, al decir de sus colegas, demostr ser bastante fuerte
en latn y cnones, y como predicador se di  conocer como hombre
arrebatado y de tosca elocuencia. La gente pronostic que llegara 
obispo.

En la vida social el nuevo penitenciario se desenvolvi como un
perfecto intrigante, adulador y un tanto bajo. Acostumbrado al
servilismo del ambicioso pobre que escala su posicin lentamente y con
grandes esfuerzos, en muchas ocasiones pona en evidencia su naturaleza
lacayuna.

A los seis meses de permanencia en el pueblo, Sansirgue lo conoca 
fondo y comenzaba  dominarlo. Algunos otros cannigos, dirigidos por
el lectoral, intentaron atajarle el paso; pero Sansirgue, sostenido por
el obispo, por su secretario Portillo, joven ambicioso, y por la gente
rica, marchaba adelante.

El confesionario le daba la clave de cuantos conflictos interiores en
las familias y en los matrimonios ocurran en el pueblo. Esta arma
de inquisicin y de dominacin teocrtica Sansirgue la empleaba con
paciencia y con mtodo.

Tena la sagacidad y la malicia del lugareo,  iba perfeccionando y
alambicando su sistema de inquerir con el esfuerzo y la perseverancia.

Sansirgue haba ido  vivir  casa del pertiguero de la catedral.

Ya por costumbre inveterada, desde haca muchos aos, se alquilaba una
habitacin grande  un cannigo en casa del pertiguero Gins Diente.

El ms notable de estos cannigos hospedados en ella fu D. Francisco
Chirino.

Don Francisco dej al morir fama de hombre de gran virtud y sabidura.
Chirino fu magistral desde fines del siglo XVIII hasta poco despus
de la guerra de la Independencia; estuvo prisionero y  punto de ser
fusilado por las soldados de Caulaincourt.

La leyenda aseguraba que Chirino se salv asombrando  los franceses
con un discurso en latn y otro en francs que les dirigi.

En un viaje hecho  Valencia muri Chirino, y dej en casa de Diente
una biblioteca muy nutrida de libros de historia, de teologa, y
algunas ediciones raras que los herederos no se cuidaron de recoger.

Despus de Chirino ocup la habitacin el cannigo Rizo, y tras de
la muerte de ste vino Sansirgue  posesionarse del cuarto que por
tradicin perteneca  un cannigo.

En aquella casa vieja de una calle sombra, el penitenciario Sansirgue,
como una gruesa araa peluda, plant su tela espesa dispuesto 
mostrarse clericalmente implacable para la mosca que cayese en ella.




V.

LA CASA DEL PERTIGUERO


La callejuela tortuosa, en cuesta, parta de la plazuela del palacio
del Obispo por una escalera, y terminaba en un camino de ronda de la
muralla.

En este callejn, llamado de los Cannigos porque antiguamente haba
varios que tenan all su casa, viva el guardin y pertiguero de la
catedral, Gins Diente.

Gins era hijo de pertiguero y nieto de pertiguero.

La prtiga constitua una institucin en la familia de los Dientes. Se
poda decir que los Dientes vivan de ella y coman de ella.

Gins el guardin era por este tiempo un viejo seco, flaco, de nariz
aguilea, afilada y roja, el pelo gris, el mentn saliente, con claros
en la barba, y picado de viruelas. Gastaba anteojos de plata gruesos
para leer.

Sola usar  diario, fuera de las grandes ceremonias, calzn oscuro,
media negra, zapatos rojos con hebillas de plata, balandrn de color
negro pardusco, en la cintura una faja azul y encima una correa con
ganchos, en los cuales fijaba varios manojos de llaves.

Gins tena cerca de sesenta aos. Conoca la catedral mejor que su
casa.

Era hombre de mucho gusto para la lectura, y muy liberal.

Desde haca tiempo, cuando conclua sus faenas, iba al cuarto del
cannigo Chirino, se pona sus anteojos de plata gruesos, compuestos
con hilo negro, coga algn libro y lo lea muy despacio. Cuando
terminaba dejaba una seal, y al da siguiente comenzaba de nuevo la
lectura. Lo que no entenda bien lo volva  leer.

As haba pasado cerca de un ao con el _Teatro Crtico_, de Feijo;
pero se haba enterado tan perfectamente de las opiniones y doctrinas
del autor, que desde entonces poda pasar por un erudito.

Su hija Dominica regaaba  su padre por su afn de leer.

--No s para qu lee usted tanto, padre--le deca--. Deje usted eso 
los que saben.

--Los que saben son los que leen--contestaba Gins--; sean cannigos 
pertigueros.

Gins era viudo; la Dominica, su hija, estaba casada con un carpintero,
constructor de atades.

La Dominica, la guardiana, mujer muy morena, juanetuda, fea, con una
fealdad simptica, tena unos ojos grandes, negros, muy expresivos y
una sonrisa de bondad. Era muy activa y trabajadora y ms fuerte que un
hombre.

La Dominica se ocupaba de limpiar la iglesia, y tena tambin el cargo
de funeraria. Ella se entenda con la familia del muerto para disponer
cmo haba de ser la caja, el coche, el nmero de hachones y la
importancia del funeral, que se clasificaba en de tercera, de segunda,
de primera, solemne y solemnsimo.

La guardiana revelaba un gran espritu de dominio. Casada  los treinta
aos, cuando todo el mundo crea que ya no se casara, no haba tenido
hijos. Su marido, el carpintero constructor de atades, era un buen
hombre, fantstico y un tanto borracho.

La Dominica, senta gran amor por la catedral y por todo lo que tuviese
relacin con ella.

A los cannigos que hospedaba en su casa los trataba como  hijos.

Hablaba constantemente del cannigo Chirino, cuya ciencia y virtud
haban quedado como legendarias.

El buen seor ste era tan intil para las cosas de la vida, que no
saba atarse un botn, afilar un lpiz  tallar una pluma.

La Dominica haba sido el facttum de Chirino y del cannigo Rizo. Les
atenda, les ordenaba como si fueran chicos.

Una necesidad de mando tal no era cosa muy cmoda para la guardiana,
porque la obligaba  trabajar como una negra.

Todo lo contrario de ella se manifestaba Damin, su marido, el
constructor de atades. Este era vago, poltrn, ocurrente, y siempre
estaba inventando pretextos para dejar el trabajo  ir  la taberna.

El ser, adems de carpintero, relojero de la catedral le permita andar
siempre de un lado  otro.

Damin era chiquito, moreno, de cara muy correcta, pero de una
expresin de rata. Era hombre de gran paciencia, domesticaba pjaros y
toda clase de bichos. Tena un cuervo, Juanito, que hablaba mejor que
algunos hombres y que le conoca, y un gato negro, con ojos de oro, 
quien Chirino haba bautizado con el nombre fenicio de Astaroth.

Este constructor de atades sola ir  veces con Juanito en un hombro
y Astaroth en el otro  beber con un compadre sepulturero, con quien
tena grandes amistades.

--A m que no me den un armario ni una mesa que hacer--deca Damin 
sus amigos cuando estaba inspirado--; lo que ms me llena es hacer una
caja fnebre. Hay que ver la cantidad de filosofa que hay dentro de un
atad... ja... ja!

--Bah! No tanta como en una sepultura--saltaba el sepulturero su amigo
que quera poner tambin muy en alto su profesin.

--Ms, mucho ms!--replicaba el carpintero dulcemente hundiendo su
mirada en el oscuro amatista de un vaso de vino--. Yo, cuando veo las
tablas que traen  mi taller, pienso: esto era un rbol que estaba en
un bosque... ja... ja!..., y en ese bosque haba pjaros, alimaas,
leadores, serradores, y estos rboles los haba plantado alguno. Los
haba plantado alguno,  haban crecido solos? No se sabe... ja...
ja!... Qu filosofa! Y los clavos! Estos clavos, que al clavarlos
con el martillo la familia del difunto cree que suenan de otra
manera... ja... ja! Supersticin! Supersticin! Estos clavos los han
trabajado en una fragua, donde saltaban chispas; han sacado el metal
de una mina, donde andaban los hombres como los topos... ja... ja! Y
la tela? Esa tela negra que se va  descomponer en la fosa, de dnde
viene? Viene de un telar, de una fbrica que quiz es un hormiguero...
de gente trabajadora... Qu filosofa tiene esto! Ja... ja... ja, ja!

Y Damin se rea, con una risa mecnica y triste.

--A m si me sacan del atad, soy hombre muerto--aada.

--Como  m, si me sacan de la sepultura, no s qu hacer, no le
encuentro encantos  la vida--aseguraba el sepulturero.

--En esto nos diferenciamos del resto de los hombres,  quienes pasa
todo lo contrario... ja... ja... ja!--exclamaba Damin.

--Somos gente superior--aada el sepulturero.

--Es que nuestros oficios tienen ms fondo, ms filosofa. El fondo de
una fosa. Hermoso fondo! Vas  tener t la insustancialidad de un
peluquero? No. Voy yo  compararme con un sastre? Tampoco. El hace una
envoltura pasajera; yo no, yo la hago definitiva... Ja... ja! Qu
filosofa tiene esto!

Damin senta tanto entusiasmo por los atades, que echaba la siesta
dentro de uno de ellos, vigilado por Juanito y por Astaroth.

El enterrador admiraba  Damin. En cambio su mujer, la Dominica, le
despreciaba y le diriga constantemente una lluvia de sarcasmos, que l
oa indiferente.

En la casa del pertiguero lo ms transcendental era la habitacin del
seor cannigo. La Dominica fregaba todas las semanas el suelo, y en el
verano todos los das; limpiaba los cristales, sacuda los colchones y
la alfombra, y pasaba el plumero por los libros.

La habitacin del cannigo, la mejor de la casa, era espaciosa y clara.
La luz entraba en ella por un gran balcn y por una ventana pequea.
Esta ventana pequea daba hacia la Hoz del Hucar que se vea sobre
el solar de una casa derruda convertida en huerto. El huertecillo,
limitado por cuatro tapias cubiertas de hiedras, estaba lleno de zarzas
y de rosales silvestres.

Tena la habitacin una chimenea de piedra con el hogar cubierto
durante el verano por una mampara de papel vieja, con una estampa en
colores desteida, y dos bolas de cristal azul.

En un ngulo estaba la cama, de madera, con colgaduras verdes
descoloridas, y en las paredes, un armario de varios cuerpos, tambin
con cortinas. El suelo era de ladrillos grandes, rojos, que se
desmoronaban, y la pared, tapizada de un papel dorado, con arabescos
negruzcos.

Esta habitacin canonical tena seis sillas de damasco, ya tan ajadas,
que apenas se poda notar su primitivo color, y un canap de paja,
con un almohadn rojo, completamente desteido. Delante de la ventana
pequea, por donde el sol entraba al amanecer, haba una vieja mesa
tallada, y junto  ella, un silln frailero con clavos dorados.

All el cannigo Chirino pas toda su vida dedicado  la lectura,
mientras Astaroth, acurrucado, le contemplaba con sus ojos de oro.

Unicamente al atardecer sola asomarse al balcn  contemplar las rocas
de la Hoz del Hucar, que se vean desde all, y  or las oraciones
del _Degollado_,  quien sola echar una moneda. La Dominica conservaba
la habitacin siempre limpia, pero no poda luchar con la polilla que
corroa sus viejos muebles, ni con el olor  rancio que exhalaban los
volmenes alineados en los estantes.

En vida de Chirino uno de los muebles ms curiosos de su despacho era
un gran reloj, que cuando muri el cannigo pas al taller de Damin.
Este reloj de pared tena msica y varias figuras que aparecan al dar
las horas. En el pndulo, Caronte se agitaba en su barca, y en la orla
de bronce que rodeaba la esfera, se lea: _Vulnerant omnes, ultima
necat_. Damin, el marido de la Dominica, haba arreglado el reloj y
hecho que se movieran las figuras. Estas eran un nio y una nia, un
joven y una doncella y un viejo y una vieja seguidos de la Muerte,
representada por un esqueleto con su sudario blanco y su guadaa.
Cuando desaparecan las edades de la vida seguidas de la Muerte, se
abra una ventana y apareca la Virgen. Al mismo tiempo que estas
figuras pasaban por delante de la esfera del reloj sonaba una msica
melanclica de campanillas.

Damin, que haba visto el reloj parado, lo llev  su taller, lo
desarm, lo volvi  armar y consigui que marchase, que se moviesen
los muecos automticos y funcionase la sonera.

Chirino le dijo que al morir l, le dejara el reloj como recuerdo,
y, efectivamente, cuando desapareci el cannigo, Damin se apoder
del reloj y lo llev al cuarto pequeo prximo al portal donde sola
trabajar.

Damin se encontraba en aquel cuarto satisfecho; el atad grande donde
sola dormir la siesta, el armario con los atades pequeos, el cuervo,
el gato negro y el reloj; no poda pedir ms. A no estar enterrado de
verdad no era fcil alcanzar un mayor grado de perfeccin funeraria.

Siempre que pasaba por delante del reloj del cannigo Chirino,
Damin lo contemplaba con entusiasmo. Las guirnaldas de calaveras y
tibias, entre flores, su carcter macabro y la salida de la Muerte
le entusiasmaban. Se le antojaba una de las ms bellas y geniales
ocurrencias que poda haber salido de la cabeza de un hombre.

Le haban dicho lo que significaba el letrero en latn, y le pareca
admirable. _Vulnerant omnes, ultima necat_: Todas hieren; la ltima,
mata.

El constructor de atades repeta la frase sonriendo, con un tono de
salmodia triste como un cartujo el: Hermano, morir tenemos.

Damin, y quizs tambin su cuervo, se extasiaban pensando en la
profundidad de aquella sentencia.

       *       *       *       *       *

Al llegar el penitenciario Sansirgue  ver la casa, le parecieron
las condiciones de la Dominica muy buenas, y decidi quedarse all,
encargando  la guardiana que quitara dos  tres armarios para dejar
ms espacio en el cuarto.

Sansirgue examin los libros de Chirino, vi muchos volmenes de
Historia, Cnones y Teologa, que no le interesaban, y tomos de
coleccin de sermones de predicadores clebres.

Estos libros estaban sealados y anotados, as que era muy fcil y
cmodo consultarlos.

Siguiendo las indicaciones del penitenciario, que hizo una seleccin
rpida, se quitaron tres cuerpos del armario, y se llevaron los libros
en cestos  un cuarto interior.

Hecho el traslado pedido, Sansirgue se instal en la casa. Por diez
reales al da la guardiana le daba la comida, la ropa y el fuego en el
invierno. El penitenciario comera aparte de la familia, en la sala, y
los domingos tendra un plato extraordinario.

Segundito, un sobrino de Gins, estudiante de cura, servira al
cannigo de paje para llevar cartas y hacer los recados.




VI.

DON VCTOR


Adems de Gins el pertiguero, de la Dominica y de su marido, el
constructor de atades y relojero, viva en la casa el cura amigo de
Miguel Torralba. Este cura, sobrino de la mujer de Gins, se llamaba D.
Vctor, y era capelln de un convento de monjas.

Don Vctor,  pesar de ser estudioso y listo, no haba prosperado,
quizs por falta de simpata, quizs sencillamente por mala suerte.

Era D. Vctor hombre pequeo, moreno, muy vivo de movimientos y de
ademanes.

Haba estado algn tiempo en Madrid, hecho un viaje  Roma, y durante
algn tiempo haba sido secretario del obispo de Plasencia.

Era el capelln hombre inteligente, trabajador, austero,  quien la
injusticia haba hecho quisquilloso. Se haba encontrado siempre
postergado, humillado, y en la lucha por la vida, adquiri una actitud
de agresividad, ms  menos velada, poco simptica  sus superiores.
Ya en su poca de estudiante se distingui por sus protestas contra
sus profesores, imbciles; luego tuvo que servir y obedecer  obispos
orgullosos  ignorantes que trataban  los individuos del bajo clero
como  criados.

Quizs en ocasiones consider sus votos sacerdotales como grillos, como
eslabones de una cadena que le heran; pero aun as amaba la cadena
martirizadora.

El catolicismo, como todas las sectas cristianas, es en el fondo la
escuela de la humillacin. Su plan ltimo consiste en quebrantar la
individualidad. Su ideal, hacer del hombre _perinde ac cadaver_.

Para el catolicismo la salud es soberbia, la confianza en s mismo
orgullo, el valor jactancia, todas las virtudes nobles son despreciadas
y afeadas; en cambio, las miserias tristes se explican, se justifican
y se alaban: el pecador humilde, el miserable humilde, el crapuloso
humilde, el imbcil humilde siempre tienen su defensa y hasta su
apologa.

Esta tctica de humillacin, unida al espionaje, al servilismo y  la
pedantera, ha sido la seguida siempre en los seminarios: la tctica
de la Compaa de Jess cuando al hombre de valer de su sociedad ha
antepuesto un estlido cualquiera para mortificar la soberbia del
primero.

Don Vctor not en el seminario y fuera del seminario la antipata que
produca.

--Cmo?--pensaban sus superiores. Este hombre de clase humilde,
cree que sabe latn? que sabe teologa? que es capaz de predicar
elocuentemente? Arrinconmosle. Que aprenda  tener humildad.

Aprender  tener humildad, quiere decir: aprender  estar descontento,
 ser miserable,  ser vil.

Este fondo de rencor que guarda el cristianismo  todo lo noble, lo
sereno, lo tranquilo, viene sin duda de su tradicin semtica, de los
siglos en que vivi en las leproseras y en los suburbios de Roma, en
los agujeros infectos donde se corrompan los parias y los esclavos.

Don Vctor, como hombre de cierta sensibilidad, sufri grandes choques
en su carrera. En Madrid tuvo que alternar con curas cortesanos que se
burlaron de l, de su pedantera y de sus latines.

Don Vctor, al volver  Cuenca, hizo el descubrimiento al ver  sus
antiguos condiscpulos y compararse con ellos, que l, como los dems,
tenan los mismos lugares comunes de expresin, los mismos gestos y
ademanes aprendidos en el seminario. Todos imitaban, sin querer,  un
profesor de teologa y casi decan las mismas frases en latn, y todos
se ponan las manos en el abdomen y daban palmaditas una sobre otra.

Don Vctor, al notarlo, hizo un gran esfuerzo para cambiar sus frases
de cajn y suprimir estos ademanes que eran los bienes mostrencos
obtenidos en el seminario, y lo consigui.

Don Vctor, en Cuenca, apenas poda sostenerse con el sueldo msero
que le daban las monjas y con el pequeo estipendio de la misa, y fu
 vivir  casa de la Dominica, que era algo pariente suya. Por cinco
reales la guardiana le tena de husped y el cura viva como si fuera
de la familia.

La Dominica oa las quejas de D. Vctor y le recomendaba siempre que
cediese  sus superiores; pero D. Vctor se irritaba y echaba largos
y pedantinos discursos empedrados de latinajos: _Odi profanum vulgo_,
deca con frecuencia, y para elogiar su pobreza repeta: _Omnia mecum
porto_ (llevo todos mis bienes conmigo).

Don Vctor era un temperamento batallador y amigo de luchar.

No tena el espritu filosfico y generalizador necesario para ver las
grandes injusticias sociales, pero en cambio las pequeas injusticias
de detalle le heran y le mortificaban.

Lo sancionado por la fuerza de la costumbre, aunque fuera una
enormidad, siempre le pareca bien; la transgresin nueva le indignaba.

Don Vctor era atrevido y valiente. En un perodo de guerra no hubiese
tenido inconveniente en lanzarse al monte.

A pesar de haber sido laminado y destrozado por la educacin
teocrtica, D. Vctor era archiabsolutista y tecrata; crea que la
iglesia deba ser _Imperium in imperio_, y que era ella la nica
encargada de dirigir la vida de los hombres hasta en sus ms pequeos
detalles.

Don Vctor y Gins se entendan bien. Discutan y  veces se
insultaban, porque Gins se senta bastante anticlerical. Gins
le llamaba  D. Vctor curiato, clericucho, y D. Vctor le deca
chupacirios, sacaperros, menos cuando le quera halagar, porque
entonces le llamaba _fortunate senex_, y algunos otros elogios en latn.

Don Vctor era hombre aficionado  paseos solitarios; sala por la
tarde  las afueras y volva al anochecer curioseando, mirando al fondo
de las tiendas, de las tabernas y de las botiguetas de las calles.




VII.

LA BIBLIOTECA DE CHIRINO


El cuarto que la Dominica destin  D. Vctor en su casa fu un
guardilln bajo de techo y lleno de armarios, que tena dos ventanas
enrejadas abiertas sobre el solar de la casa derruda, convertida en
huerto.

Este camaranchn grande, la mitad sin cielo raso y parte sin suelo,
haba sido el depsito de la biblioteca del cannigo Chirino, el
sitio donde ste almacenaba sus libros. Haba all muchos volmenes,
probablemente cuatro  cinco mil, unos metidos en los armarios, otros
apilados en el suelo, todos llenos de polvo.

Don Vctor, al llegar  casa del pertiguero, conoca los libros
estudiados por l en su carrera, pero nada ms. El tener all otros
 mano le indujo  leerlos, primero sin mucha gana, luego con gusto,
despus con pasin, hasta hundirse en la biblioteca de Chirino como un
centauro en un bosque  un tritn en las olas de un mar antiguo.

Tras de muchas investigaciones, D. Vctor encontr el catlogo de la
biblioteca del cannigo. En la que haba sido su habitacin principal,
la que luego ocup Sansirgue, tena el difunto cannigo los libros
clsicos de un cura erudito; en el depsito, que habitaba ahora D.
Vctor, estaban los libros de historia, de filosofa y de moral,
algunos encuadernados sin rtulo.

Don Vctor comenz por leer tratados de confesin, obras de casustica
de los Padres Escobar, Snchez, Molina, el Salmanticense y otros
clebres telogos fundadores de la moral laxa de los jesutas. Al
hojear estos libros le sorprendieron las notas de Chirino contra los
autores. Tambin le asombr leer las burlas que dedicaba  las Cartas
del filsofo rancio del padre Alvarado.

Sera el cannigo Chirino, muerto casi en olor de santidad, un hereje?

Don Vctor se propuso averiguarlo y seguirle en sus notas con el celo
de un inquisidor.

Al principio haba considerado su cuarto como un rincn, nicamente
bueno para dormir; despus comenz  encontrarlo un lugar admirable de
esparcimiento, mand poner cristales  las rejas, que no tenan ms
que maderas, y encarg al marido de la Dominica una camilla para leer
delante de la reja con los pies calientes.

Don Vctor meta el brasero debajo de la mesa y se pona 
leer. Comenz  mirar uno por uno los libros de la biblioteca,
principalmente los anotados por el cannigo.

En casi todos ellos Chirino haba puesto notas marginales, casi siempre
racionalistas y burlonas.

El cannigo se vala de ingeniosos anagramas para despistar 
cualquiera en cuyas manos, por casualidad, cayera uno de sus libros.

La idea del anagrama vino  la mente de D. Vctor al comprender qu
escritor se ocultaba en las notas de Chirino con el nombre de Viralteo.

Al principio D. Vctor, que no conoca  los filsofos racionalistas,
supuso que Viralteo sera uno de tantos, despus mir este nombre en el
Teatro Crtico de Feijo, y no lo encontr. Pensando en Viralteo, vi
que poda descomponerse en: _O alte vir!_ (oh alto varn!).

Estuvo pensando quin podra ser este alto varn, hasta que comprendi
era el anagrama de Voltaire. Vi tambin que E. Moras era Erasmo, y que
as estaban disfrazados muchos nombres.

Hallados unos, supuso que toda palabra sin sentido claro que el
cannigo pona en sus notas marginales haba que descomponerla,
buscarle un significado esotrico y as encontr los anagramas de la
Religin, Dios, clero, etc., empleados por Chirino. Muchas veces para
indicarlos no pona ms que la inicial.

Las notas del cannigo Chirino sorprendan  D. Vctor. Qu curiosidad
la de aquel hombre! Filosofa, matemticas, ciencias naturales,
viajes, todo lo haba ledo en su rincn y todo lo haba comprendido.

Para D. Vctor, el cannigo Chirino era un amigo y un enemigo.

--Ah, canalla!--exclamaba.--Cmo te ocultas! Cmo te defiendes!

El cannigo Chirino haca juegos malabares en sus notas. Muchas veces
interrumpa un pensamiento puesto al margen de una pgina y lo segua
en otra.

Don Vctor comprenda la eficacia de la inquisicin para ahogar este
sentido de crtica y de duda.

Chirino era uno de esos espritus agudos, inquietos, vulnerantes,
educados en las marrulleras de los casustas, por los que tena un
odio y un desprecio terribles.

Varias veces D. Vctor encontraba referencias  libros que no se
hallaban en la biblioteca con la indicacin de la pgina.

Por las notas del cannigo esto pareca indicar que se encontraban all
y que los haba consultado; sin embargo, D. Vctor no daba con ellos.

Don Vctor hizo una nueva requisa y no encontr nada, hasta que por
casualidad, empujando una tabla del fondo de un armario, sta corri un
poco. Don Vctor agrand la abertura y apareci una alacena formada en
el hueco de la pared y llena de libros.

Estaban all las obras de Spinoza, el _Entendimiento Humano_, de Locke;
el _Diccionario filosfico_, de Voltaire; las _Cartas provinciales_,
de Pascal; _El Espritu del Clero_ y _La impostura Sacerdotal_, del
barn de Holbach; _Los Coloquios_ y el _Elogio de la Locura_ de Erasmo;
el _Espritu_, de Helvetius; la _Historia natural del alma_, de La
Mettrie; el _Diccionario Crtico-burlesco_, de Gallardo, y otras obras
francamente antirreligiosas.

En esta alacena haba tambin una coleccin de folletos y peridicos
franceses y espaoles liberales y varios nmeros del _Amigo del
Pueblo_, de Marat.

En las notas de estos libros escondidos, el cannigo Chirino apareca
ya claramente como un incrdulo simpatizador de los enemigos de la
Iglesia: espritu satrico y zumbn que no respetaba nada.

Don Vctor ante esta coleccin de libros prohibidos por la Iglesia
vacil en leerlos; pero decidido se lanz  ellos.

Para D. Vctor tuvieron aquellas obras el gran encanto de ser fruta
prohibida.

La impresin que le produjo la lectura del _Diccionario filosfico_, de
Voltaire, fu imborrable. La proximidad que tenan para Voltaire las
controversias religiosas haca que D. Vctor leyera la obra como un
escrito del da.

Aquella ancdota que cuenta tan graciosamente Voltaire, en la que
Pico de la Mirandola dice al propio Papa Alejandro VI que cree que su
Santidad no es cristiano, y el Papa reconoce de buen grado lo que dice
Pico, le dej atnito.

A pesar de que D. Vctor comprenda la sagacidad, la erudicin y el
buen sentido de Voltaire, no quera seguirle, y le indignaba como una
cosa personal, como una injuria hecha  la familia, la veneracin del
cannigo Chirino por l. Chirino acompaaba al patriarca de Ferney en
sus notas marginales con una uncin, con un respeto que irritaban  don
Vctor. Apenas se atreva  indicar una inexactitud y  sealar algn
ligero olvido de su dolo.

--Lo que no concede  los doctores de la Iglesia, lo concede 
Voltaire--deca amargamente don Vctor.

Y esto le molestaba ms que como una hereja, como una traicin al
espritu de cuerpo, tan fuerte en los curas.




VIII.

SU MAJESTAD EL ODIO


El nuevo penitenciario, D. Juan Sansirgue, se estableci  sus anchas
en casa de Gins Diente el pertiguero. Pronto se vi no era de la raza
de los hombres como el cannigo Chirino, aficionados  la lectura y 
la soledad.

Sansirgue pasaba poco tiempo leyendo en su despacho; coma mucho, beba
bien, escriba con frecuencia largas cartas y  todas horas se le vea
entrar y salir en el palacio del obispo.

Sansirgue no tena la amabilidad de Chirino ni la llaneza de Rizo. No
se paraba un momento en el taller de Damin, ni acariciaba  los chicos
en la calle, ni quiso dar una limosna al _Degollado_, que se pas
varias horas por la tarde cantando oraciones  la puerta. Sansirgue
ahuyent de su cuarto al espritu familiar de la casa, al infernal
Astaroth, con su traje negro y sus ojos de oro.

Sansirgue no quiso tampoco tener intimidad con familia del pertiguero.
Supo que en casa de la Dominica haba un capelln de un convento de
monjas de husped; pero no le di importancia ni pens en conocerle, ni
menos en convidarle alguna vez  su mesa.

Don Vctor no le perdon el desvo, y desde aquel momento comenz 
sentir por el penitenciario uno de esos odios clericales profundos y
contenidos.

Don Juan y D. Vctor tenan que sentirse hostiles. D. Juan, hombre
de suerte, al mes de estar en Cuenca entraba en todas partes, tena
influencia, era de los familiares del obispo y suba como la espuma; en
cambio, D. Vctor pareca la representacin de la desdicha.

Una de las cosas que indudablemente se refleja mejor en el rostro es el
xito  el fracaso.

La fisonoma del penitenciario tomaba una expresin de contento y de
triunfo  medida que adquira importancia; en cambio, la del capelln
de monjas era un puro vinagre. Su nariz iba adquiriendo el aspecto de
un pico, y su color verdinegro se haca cada vez ms obscuro y bilioso.

Don Vctor, que columbraba desde una de las rejas de su cuarto la
habitacin de Sansirgue, comenz  espiarle. Le vea pasear, escribir
cartas, fumar sentado en la butaca. Si el penitenciario predicaba,
saba de dnde haba tomado las frases de su ltimo sermn, las citas
que haba equivocado y los errores de concepto que haba vertido.
Saba, adems, quin le visitaba y lo que haca hora por hora.
Sansirgue era muy visitado y consultado.

El penitenciario era un hombre cado con buen pie en la ciudad. En
su confesonario las seoras hacan cola para confesarse con l; en
el plpito haba tenido gran xito. Se le consideraba como orador de
fuerza. Era de los predicadores que gritan y apostrofan, y que son los
ms admirados. El pblico de los sermones no acepta ms que el sermn
almibarado  el colrico, y, generalmente, ste le gusta ms.

Sansirgue extremaba su nota colrica; era de los declamadores
dionisacos, insultaba, amenazaba, arrastraba por el fango  sus
oyentes, sobre todo  las mujeres, para quienes manifestaba su mayor
desprecio.

La figura tosca y plebeya de aquel hombre, sus gritos, sus apelaciones
 la clera divina entusiasmaban. Cuando golpeaba el plpito con
sus manos de patn y pintaba los horrores del infierno, las mujeres
suspiraban y se oan lamentos y quejidos ahogados en el mbito de la
catedral.

Este sentido de esclavitud, propio de la mujer y ms de la mujer
catlica, hizo que las seoras de Cuenca se entusiasmasen y se
acercasen con admiracin  aquel ensoberbecido patn.

Uno de los sitios donde fu presentado y recibido con entusiasmo
Sansirgue fu en casa de Doa Cndida, la madrastra de Asuncin.

El penitenciario, al conocer aquella mujer, vi pronto su flaco.
Posea Sansirgue esa sagacidad que los hombres de iglesia, y sobre
todo los jesutas, han desarrollado en la prctica del confesonario;
tena tambin la mala opinin que los curas tienen casi siempre de las
mujeres, opinin que segn los bromistas proviene de la comunidad de
faldas.

La intimidad entre Doa Cndida y Sansirgue fu hacindose mayor; el
penitenciario tom la costumbre de ir  la casa de la Sirena todos
los das por las maanas y despus al anochecer, y por la puerta del
callejn, para que no le viesen.

No era seguramente raro ni extrao en un pueblo de clereca el que un
cura visitara  una seora rica, ni aun siquiera que la galantease;
lo que s pareci extraordinario fu que inmediatamente se comenzara
 murmurar y  contar mil cuentos en todo el pueblo de las relaciones
entre Doa Cndida y el cannigo.

La causa de una expansin tan rpida de la maledicencia se debi  una
vecina y antigua amiga de la Cndida, que tena una confitera frente
por frente de la casa de la Sirena.

La confitera haba prestado al abuelo de Asuncin, D. Diego Caizares,
por dos veces, cinco mil pesetas en hipoteca sobre la casa de la Sirena
en pacto de retroventa, y ya la miraba como suya.

El tener la hermosa casa de piedra sillera delante haba dado  la
confitera una gran ambicin de poseerla. Haba hecho sus proyectos
de trasladar su establecimiento  casa de la Sirena, ensanchar el
taller y alquilar los pisos altos. Este plan, acariciado das y noches
con tenacidad en la calma de la vida provinciana, se frustr y se
desvaneci al casar D. Diego  su hijo con la Cndida.

El _Zamarro_ proporcion el dinero necesario para levantar la hipoteca,
y su hija se qued  vivir en casa de la Sirena.

Desde entonces la confitera dedic  su antigua amiga el ms
profundo odio; consideraba que le haba robado la casa. De la rabia,
enflaqueci, palideci, qued hecha un espectro.

La confitera comenz  tratar  su marido, que era un pobre calzonazos,
alto y triste,  puntapis.

Por envidia y por celos, da y noche se puso  espiar  la Cndida
desde el fondo de la tienda y desde las ventanas de su primer piso.
La vea vestirse, peinarse, adornarse; aquilataba los detalles ms
pequeos de la indumentaria y del tocado. La Cndida no sospechaba que
en la casa de enfrente latiera un odio tan profundo contra ella.

En estos pueblos tranquilos, donde pasan pocas cosas  no pasa nada,
fermenta el odio y la envidia con una enorme virulencia.

En la vida de las ciudades y de los pueblos pequeos apenas se da un
caso de amor fuera de inclinacin sexual; en cambio el odio inmotivado
crece con una lozana extraordinaria.

El ingenuo que descubre este fondo de odio se pregunta: Qu motivo
puede haber para ello? Ninguno. El motivo de existir otros hombres y
otras mujeres es suficiente.

Es curioso cmo se odia en los pueblos, y cmo, debajo de la farsa
cristiana de la caridad y del amor al prjimo, aparece de la manera
ms descarnada y terrible la envidia y el odio. Probablemente, slo la
vanidad y el deseo de lucir pueden mitigar este odio nacido del fondo
del hombre.

La exaltacin de las pasiones sociales es, sin duda, lo nico que ha de
moderar el egosmo.

La mayor posibilidad de que el rico propietario sea un tanto humano es
que se sienta vanidoso. As, si tiene hermosos caballos, querr que los
vean los dems; si posee un bello parque, har que la gente lo pueda
contemplar; en cambio, el buen rico, cristiano, modesto y no vanidoso,
cerrar su huerto con una alta tapia, y adems la erizar de pedazos de
cristal.

Hay que reconocer que esta predicacin cristiana, con su palabrera
mstica, al cabo de veinte siglos no ha conseguido no ya que los
hombres se amen un poco los unos  los otros, sino ni siquiera que esos
pobres ricos cristianos no pongan unos agudos pinchos y unos hermosos
cristales en las tapias de sus propiedades para desgarrar las manos de
los rateros y de los vagabundos que intenten coger una fruta.

En los pueblos donde no hay apenas pasiones sociales el odio y la
envidia predominan.

Si se pudiera recoger la oleada de rabia y de rencor contenida en
una aldea  en una ciudad pequea, se quedara uno asombrado. En las
grandes ciudades hay, sin duda, ms vicios, ms irregularidades y
anomalas; pero tanta cantidad de odio, tanta virulencia, imposible...

Las dos personas que olfatearon al momento la intimidad de la Cndida y
Sansirgue fueron las dos personas que ms les odiaban: la confitera y
don Vctor.

La confitera cont  todo el mundo lo que haba visto: las entradas en
la casa,  escondidas, de Sansirgue; las cartas que se cruzaban entre
la viuda y el cannigo, las golosinas, y sobre todo, la cantidad de
anisete y de licores que llevaba Adela, la doncella, para su ama.

La confitera propal la voz de que Doa Cndida era aficionada al vino
y  los licores. Una semana despus, todo el mundo en Cuenca llamaba 
la Cndida la _Canniga_, deca que era borracha y que estaba enredada
con el penitenciario.

Aos antes haba habido una obispa; luego, una capuchina; despus, una
vicaria, y por ltimo, una canniga.

Para pueblo de clereca, no era mucho.




IX.

UN ROMANCE ANNIMO


Desde que Miguelito cambi de vida y formaliz sus relaciones con
Asuncin iba con mucha frecuencia  ver al cura D. Vctor y  charlar
con l.

Los amigos del ex calavera lo haban abandonado, y tomaron como cabeza
del grupo al capitn Lozano, un jugador empedernido, borracho, alegre 
inconsciente.

El escudero Garcs vagaba por Cuenca, como alma en pena, sin saber qu
hacer, y cuando estaba muy apurado peda  su antiguo amo un par de
pesetas para ir pasando.

Don Miguelito y D. Vctor hablaron varias veces de lo que se empezaba 
murmurar de la Cndida y del penitenciario.

Miguelito se alarmaba pensando en su novia, colocada entre el odio de
la madrastra y de la abuela. Supona que cualquier da Doa Gertrudis
iba  provocar un escndalo  la _Canniga_.

Don Vctor se dedic  espiar  Sansirgue. Lo consideraba peligroso.

Desde su cuarto poda orle, y desde la reja verle  travs del patio.

Conoca los hbitos del cannigo.

--_Latet anguis in herba_--deca D. Vctor, y pensaba que aquella
serpiente escondida entre la hierba haba de hacer algn dao y
producir grandes males.

Un da D. Miguelito cont  su amigo D. Vctor que doa Gertrudis haba
tenido al fin una explicacin borrascosa con la Cndida.

En su disputa se dijeron las dos cosas muy duras. D. Vctor, en parte
por mala intencin, y tambin por favorecer  su amigo, escribi
un romance, del que pens hacer tres copias, y mandarlas una  la
Cndida, otra al obispo y otra  Sansirgue. El romance se llamaba _A la
Canniga_, y empezaba as:

      En un casern vetusto
    ms alto que la Mangana,
    ms negro que un solideo
    y un escudo en la fachada
    con un sol, una sirena,
    dos dardos y una granada,
    una vieja pergamino,
    siete lustros en cada anca,
    echando lumbre los ojos
    y temblndole la barba,
     su zamarresca nuera
    enderez esta soflama:
    "Nunca fueron tradiciones
    de las fembras de mi casa
    servir en la clereca
     tenor de barraganas.
    Nunca doncellas ni viudas,
    ni casadas, sin ser santas,
    fueron _viribus et armis_
    sin gracia canonizadas.
    Non son los limpios blasones
    de vieja estirpe _fidalga_
    el contar en ella obispas,
    cannigas ni vicarias".

Despus de largas insinuaciones malvolas, en que aparecan D. Juan y
la _Canniga_, conclua diciendo la vieja  su nuera en el romance del
cura:

      "Marchad, seora canniga,
    al cabildo   la tasca,
    que si no os marchis ana
    yo os echar noramala".

Terminado y corregido el borrador, D. Vctor hizo las tres copias,
desfigurando la letra, las escribi en trozos de papel antiguo, y las
envi al obispo,  la Cndida y al penitenciario.

Al da siguiente se puso  estudiar el efecto.

El cannigo volvi de la catedral tarde; estaba preocupado. Despus de
comer no sali de casa, y anduvo paseando arriba y abajo por el cuarto.

Sansirgue, al leer el romance, qued al principio atnito; despus se
puso  cavilar quin poda ser el autor de estos versos.

Su instinto le deca que aquel papel provena de algn clrigo.
Pero de quin? No tena ningn enemigo, no conoca tampoco  nadie
aficionado  satirizar en verso  la gente. El que haba escrito
aqullos haba, sin duda, ledo  imitado los romances de Quevedo.

El autor de _A la Canniga_ demostraba una malevolencia grande, cierta
facilidad de pluma que no tenan sus colegas, y un desprecio por el
clero poco natural.

Por exclusin, vino  creer Sansirgue que el autor del romance era
Miguelito Torralba. No poda comprender una imprudencia as en D.
Miguelito. Sin embargo, no encontraba otro  quien achacar la culpa.
Miguel haba escrito antes _Las Comadres de Cuenca_ en el mismo estilo;
l, sin duda, era el autor de los versos _A la Canniga_.

Sansirgue qued preocupado y asustado. Al mismo tiempo sinti un feroz
instinto de vengarse.

Se vea cazado como un conejo; comprenda que haba dado un mal paso,
que su carrera poda truncarse. Como buen plebeyo ansioso de una
posicin elevada, temblaba pensando en la opinin ajena, y este miedo
le excitaba ms la furia vengativa.

Ah! Si hubiera conocido al autor! Se hubiera lanzado  l 
deshacerlo,  pulverizarlo! D. Juan supo que la Cndida haba recibido
un papel igual, y Portillo el secretario del obispo, amigo de
Sansirgue, le entreg, sonriendo con cierta sorna, otro.

El penitenciario estuvo ocho das inquieto, entregado al miedo,  la
desesperacin y  la ira. D. Vctor le oa pasear arriba y abajo, como
un lobo en la jaula.

Sansirgue dej de ir  casa de la viuda: tema mucho que sta hiciese
alguna tontera comprometedora; pero la Cndida discurra como mujer,
y como mujer solicitada y guapetona; y al ver que el cannigo la
abandonaba acept los homenajes del capitn Lozano, el jefe de los
calaveras del pueblo, y sustituto en este transcendental puesto de D.
Miguelito.

Sansirgue, que no tena afecto ninguno por la viuda, se alegr.

--La viuda se entiende con el capitn--le dijo Portillo  Sansirgue,
unos das despus--. Aproveche usted esta conyuntura. Escrbala usted,
hgase usted antiptico  ella, y luego vistela usted.

Sansirgue escribi un annimo  la Cndida, acusndose  s mismo de
que hablaba mal de ella.

A los pocos das la hizo una visita. La Cndida le recibi muy
mal y Sansirgue sali cariacontecido. En varios sitios manifest
hipcritamente su tristeza al ver que no haba podido llevar por buen
camino  la viuda, y mucha gente lo crey.




X.

LA JUNTA REALISTA


Cuando en 1822 se fu viendo en Espaa el fracaso y la debilidad del
Gobierno Constitucional, comenzaron  formarse juntas absolutistas en
casi todas las capitales de provincia.

En Cuenca se constituy la Junta Realista en el obispado. El obispo, un
viejo rado y rapaz, puso la dicesis  contribucin; recibi dinero
de la provincia y de fuera, y guardando parte, entreg cincuenta mil
reales para los primeros trabajos de los realistas puros.

El secretario Portillo comenz la organizacin de la Junta, de la que
formaron parte los cannigos Salazar, Gamboa, Perdiguero, Sansirgue,
Trpita y Sagredo.

Todo el clero y las personas visibles de la ciudad se adhirieron  la
Junta.

La ciudad alta, en bloque, se manifest absolutista y enemiga del
Gobierno; en el arrabal se experiment cierta agitacin entre los
constitucionales que se desvaneci en figuras retricas de la poca.

Como el obispado y el clero teman la responsabilidad, en caso
de fracaso, la Junta deleg sus poderes en tres representantes 
testaferros que se pondran en comunicacin con la gente.

Despus de muchas vacilaciones fueron nombrados: el Chantre, brazo de
Portillo, para entenderse con el clero; D. Miguelito, para avistarse
con el elemento civil, y el capitn Lozano, para el militar.

Esta comisin comenz  funcionar y  reunirse en una casa antigua
medio arruinada de la calle de los Cannigos, en cuya puerta, en el
dintel, se lea una hermosa inscripcin en letra gtica. Esta casa
haba pertenecido al Arcipreste de Moya.

La comisin termin sus gestiones rpidamente; y en la segunda sesin
de la Junta Realista, celebrada en el obispado, cada uno de los
delegados explic sus trabajos.

El Chantre dijo que haba recibido ms de quinientas cartas de curas de
pueblo dispuestos  lanzarse al campo, formando partidas. Aun pensaba
que llegaran  ms las adhesiones.

El obispo prometi dar otros cincuenta mil reales para que se compraran
armas, y que adems, dirigira una pastoral comunicada  los curas de
la dicesis.

Despus del Chantre, D. Miguelito explic su gestin. Excepto el jefe
poltico, todos los dems empleados estaban dispuestos  derribar el
Rgimen constitucional.

--Las condiciones que ponen son stas--seal Miguel--: El contador de
la polica quiere ser ascendido  comisario ordenador; el Cachorro,
Salinier y Alaminos dicen que fiarn el dinero necesario si se les
nombra despus intendentes de ejrcito; Jos Auz aspira  ser
contador de la polica; el armero de la Ventilla, el _Zagal_, dice
que proporcionar armas  los voluntarios si le conceden el retiro de
sargento  que tiene derecho; los dems empleados y paisanos adheridos
estn en esta lista cada cual con sus condiciones.

Despus de D. Miguelito habl el capitn Lozano. Este no haba
tenido dificultades: la guarnicin se hallaba dispuesta  pasarse
al campo realista desde el momento que hubiese garantas de xito.
Las condiciones eran: el coronel sera ascendido  general; los dos
comandantes del batalln,  jefes de brigada; los capitanes Lozano,
Arias y Vela,  comandantes; los tenientes,  capitanes, y los
sargentos,  oficiales.

Aprobados en la Junta los trabajos de los delegados, siguieron stos
maniobrando; el pueblo lo tenan por suyo: los dos secretarios de
polica y los tres celadores obedecan  la Junta Realista ms que al
jefe poltico.

El pueblo entero estaba preparado para levantarse contra el Gobierno 
la primera seal.




XI.

UN SERMN DE SANSIRGUE


Siendo ste el espritu de las personalidades de Cuenca, no era de
extraar que la plebe fantica y brutal se encontrase soliviantada.

Al saberse la expedicin de Bessieres y de los dems cabecillas
realistas hacia el centro de Espaa, la gente se alborot.

Contribua  ello la poca, que era de Cuaresma, y la cruzada que
los curas, y sobre todo los frailes, hacan desde los plpitos y
confesonarios.

Era una oratoria de energmenos la que utilizaban los frailes en
sus sermones: gritos, pasmos, insultos, chocarreras, absurdos,
todo se consideraba como buen medio para atacar el liberalismo y la
Constitucin.

Cul sera el sistema de predicacin frailuna, que los curas ms
fanticos quedaban como tibios y poco fervorosos en la defensa de las
prerrogativas del trono y del altar.

El secretario Portillo, que no encontraba bien que el clero secular
fuese as oscurecido por el regular, encarg al cannigo magistral
Gamboa pronunciara un sermn enrgico. El magistral quiso hacerlo; pero
le faltaban medios oratorios: tena la voz seca, el ademn fro, y el
pblico no se entusiasm con su oracin.

Entonces Portillo encarg  Sansirgue otro sermn, recomendndole diera
la nota aguda.

--Aunque se comprometa usted un poco no le importe--dijo Portillo--. El
Gobierno no se atreve con nosotros.

--No le tengo miedo.

--Puede usted desmandarse impunemente. Hgalo usted as como si las
frases se le escaparan  usted involuntariamente, _ex abundantia
cordis_. Le conviene esto. Con la alocucin la gente olvidar las
hablillas de las que doa Cndida y usted han sido vctimas.

Esta palabra vctimas, el secretario del obispo la recalc con cierta
irona.

Sansirgue acept el pensamiento de Portillo y se puso  preparar
su pltica, tomando prrafos de aqu y de all, en la coleccin de
sermones que guardaba Chirino. Escribi el comienzo y el final de su
discurso y se los aprendi de memoria.

El secretario hizo correr la voz por el pueblo de que el sermn del
penitenciario producira gran efecto, y el domingo el pblico llen la
catedral.

Don Vctor fu de los que con ms atencin contempl  su orgulloso
compaero de hospedaje. Estaba con Miguel y Luis Torralba cerca de una
columna de la nave central.

Subi Sansirgue las escaleras del plpito con un aire de orgullo, de
terquedad y de dominio.

--Es un patn que va  trabajar al campo--dijo D. Vctor--no el
inspirado que se dispone  hablar al pueblo desde la montaa.

Comenz su discurso Sansirgue con una voz ronca y spera que quera ser
insinuante. No dominaba bastante la tcnica oratoria para redondear los
perodos, ni se vala con oportunidad de los silencios estudiados y
sabios, ni tena ademanes sencillos; no saba hacer un sermn de orador
artista, pero estuvo relativamente bien.

Rez despus, y al levantarse comenz la segunda parte del discurso.
Se vi aqu que ya no repeta lo aprendido de memoria, sino que
improvisaba. Las oraciones salan  veces cojas y defectuosas, las
repeticiones abundaban; pero la temperatura del sermn suba y
llenaba la nave de la catedral. La clera daba elocuencia y fuerza al
penitenciario. Su voz se haba entonado, caldeado, y vibraba en el
mbito de la iglesia como una trompeta guerrera.

Dijo que los liberales eran ateos, sacrlegos, impos, vasos de
todo crimen  impureza, dignos de los mayores tormentos, serpientes
venenosas, perros sarnosos; que la Filosofa era la ciencia del mal,
que con los impos no se deba tener unin ni en el sepulcro.

Pint  los liberales como monstruos que se acercaban traidora y
cobardemente  atacar el trono y el altar, y exhort  los fieles  que
salieran  la defensa de los sacrosantos principios de la Religin y de
la Monarqua con todos los medios y con todas las armas.

Esta segunda parte de su oracin la dijo Sansirgue con una violencia
extraordinaria, gritando y levantando los brazos al cielo, dando
puetazos al borde del plpito. Pareca que quera clavar sus ideas 
golpes de martillo en la cabeza de los fieles.

Sansirgue, despus de esta hora de gritos  improperios, sudaba
y estaba sofocado. Su silueta fuerte y sangunea apareca roja y
congestionada en el plpito.

Concluda su catilinaria, el cannigo tuvo un largo silencio y sigui
de nuevo el sermn, ya con voz suave y cansada; coment la frase
del padre Alvarado, el filsofo rancio: "Ms queremos errar con San
Basilio y San Agustn que acertar como Descartes y Newton"; y afirm
que la verdad en boca de un filsofo liberal es siempre el error y la
impostura, y el error en boca de un ministro del Seor puede ser la
verdad. Con esto y una invocacin  la Virgen acab su discurso y baj
del plpito.

Don Vctor,  pesar de su enemistad, no pudo menos de reconocer que
el sermn de Sansirgue era el que se peda en aquel momento. Todo el
mundo deca que el penitenciario haba estado admirable; los hombres se
sentan entusiasmados y las viejas encantadas.

--Si alguien ahora recuerda lo de la _Canniga_ se le tendr por
liberal--salt Luis Torralba.

--Ah, claro--dijo D. Vctor.

--Es una bonita manera de discurrir--aadi Luis--. Le dicen  uno: "Tu
hroe es liberal, pero es un ladrn y lo voy  probar." Es que t eres
absolutista. "Tu hroe es absolutista, pero es un bandido." Es que t
eres liberal.

--Qu quieres--murmur D. Vctor--. El pueblo discurre as; tiene que
ser amo  esclavo, y si alguien independiente se le pone en el camino 
decirle la verdad lo odia y lo desprecia.

--La Iglesia en ese sentido debe ser tambin muy pueblo--dijo Luis
Torralba.

Don Vctor refunfu y no replic nada claro.




XII.

LA ALARMA DE BESSIERES


Cuando Jorge Bessieres vi cerrado el camino de Madrid y sus tropas
dispersadas, decidi separarse de los dems cabecillas y tomar,  poder
ser, una importante plaza fortificada. Cuenca era la que estaba en
mejores condiciones para un golpe de mano, y  ella dirigi sus miras.

Bessieres se enter de que exista en Cuenca una Junta realista, y la
envi un oficio dndole cuenta de sus planes.

Este oficio lo recibieron el Chantre, Miguelito y el capitn Lozano, y
lo tomaron en consideracin.

Al mismo tiempo, O'Donnell oficiaba al jefe poltico comunicndole la
direccin que llevaba Bessieres, y Aviraneta por orden del Empecinado
enviaba una carta al alcaide de comuneros de Cuenca, explicndole con
detalles la huda de Bessieres, de Priego y de Huete, y advirtindole
que llevaba pocas fuerzas.

Por tres conductos y  tres centros diferentes lleg la noticia de la
alarma de Bessieres.

Los representantes de la Junta realista decidieron mandar un aviso al
cabecilla francs, indicndole que al acercarse  Cuenca se avistaran
con l y veran la manera de que los realistas se apoderaran de la
ciudad.

Pensaron en enviar un propio; pero Miguelito dijo que era mejor se
presentara l al general realista.

Miguelito as lo hizo; invent un pretexto para no alarmar  la
familia y  la novia, y de noche,  caballo, escoltado por Garcs el
_Sevillano_, que se haba vuelto  reunir con l, se present en el
campamento del francs.

Bessieres le recibi muy amablemente; Bessieres debi quedar bien
impresionado del aire de seguridad y de dominio de Miguelito, y le
habl como  un hombre que vena  proponerle una cosa importante.

El advenedizo francs tena simpata por la gente improvisada, y
crey encontrar en Torralba un buen auxiliar, un hombre como l, sin
prejuicios ni supersticiones de moral.

Bessieres le dijo  Miguelito que volviera  Cuenca y le trajera un
plan bien meditado para apoderarse de la ciudad. Si lo consegua, hara
que inmediatamente se le nombrara capitn y que al ao fuera comandante.

Don Miguelito volvi entusiasmado  Cuenca y lleno de grandes
esperanzas. Se reuni en seguida con el Chantre y con el capitn
Lozano, y entre los tres comenzaron  hacer gestiones para madurar un
plan. Luis Torralba, al saberlo, desaprob la actitud de su hermano.

--Has sido liberal y ahora por conveniencia vas  tomar partido con
los absolutistas? Me parece mal, muy mal.

Miguel quiso explicar su conducta; pero esto era explicar lo
inexplicable.

El jefe poltico, al conocer la noticia de la aproximacin de
Bessieres, llam al comandante de la plaza, y al decirle ste se
redoblara la vigilancia, se tranquiliz.

No se qued tan tranquilo el alcaide de los comuneros,  quien haba
escrito Aviraneta por orden del Empecinado.

El tal alcaide era al mismo tiempo jefe de la Milicia nacional, y se
llamaba Cepero, el ciudadano Cepero.

El ciudadano Cepero no hubiera sido muy temible para los absolutistas
sino hubiera tenido un hijo furioso jacobino.

Cepero, padre, hombre ordenancista y poco inteligente, supona que las
rdenes de la Confederacin de comuneros eran dictadas por grandes
sabios.

Cepero, padre, en el fondo hombre incapaz de discurrir por su cuenta,
crea lo que le decan. Tena un almacn de harinas en el arrabal, y
era dueo de tierras, algunas procedentes de las ventas de los bienes
monacales.

Cepero, hijo, era entonces un joven de unos veintitrs aos, sombro
y ambicioso. Hubiera querido dominar el pueblo por el terror; pero no
tena medios ni colaboradores, porque los dems liberales no pasaban
de ser pobre gente, entre la que haba varios que se haban hecho
milicianos por envidia  por utilidad.

El ciudadano Cepero supo las noticias de la persecucin y fuga de
Bessieres, desde Guadalajara, por Sacedn y Priego, y que las huestes
realistas se haban dividido.

Bessieres no llegaba  contar ms que con unos mil quinientos hombres.
De acercarse con las fuerzas reunidas de los cabecillas realistas,
Cuenca, con su guarnicin y la milicia, no hubiera podido resistir;
pero con tan poca gente, la cosa variaba.

--Creo que le haremos frente  Bessieres--dijo Cepero solemnemente  su
hijo.

--Bah!--contest ste--. Usted cree que podemos contar con la
guarnicin?

--Yo, s.

--Pues est usted en un error.

--Por qu?

--Porque la guarnicin de Cuenca est vendida  los absolutistas.

--Qu falsedad! Qu calumnia!

--Nada de eso. Realidad. El coronel, los dos comandantes, el capitn
Lozano, el capitn Arias... casi todas los oficiales estn dentro de la
conspiracin; dispuestos  levantarse contra el Rgimen.

Y Cepero, hijo, di una porcin de detalles que demostraban los manejos
realistas de los militares.

Cepero, padre, tema  su hijo. Este le motejaba siempre de tibio y de
moderado.

Cepero, padre, se agit; fu  ver  los oficiales liberales de la
guarnicin, reuni  la Milicia nacional y alarm al jefe poltico.




XIII.

PROYECTOS


Don Miguelito, despus de tener una larga conferencia con el Chantre y
con el capitn Lozano, se avist con el comandante de la plaza, y entre
los dos discutieron varios proyectos para sorprender y apoderarse de
Cuenca. Por ltimo quedaron de acuerdo.

La entrada de los absolutistas se verificara por la puerta de San
Juan, y de noche.

El comandante mandara  esta puerta al capitn Lozano con una seccin,
y tendra la tropa avisada para pronunciarse y prender  los oficiales,
y desarmar  los soldados de la milicia nacional.

A las doce de la noche, Miguelito se presentara en la puerta de San
Juan con un pelotn de soldados de caballera de Bessieres; dara el
santo, la sea y la contrasea, y pasara adentro. Un segundo pelotn
entrara despus, y por ltimo, toda la fuerza realista.

Aunque el plan era sencillo, haba que combinar muchas cosas y atar
varios cabos para ponerlo en ejecucin.

Se decidi lo siguiente:  las diez de la noche se encendera una luz
en una ventana alta del palacio del obispo, y otra, poco despus, en la
muralla, lo que querra decir: "Todo est preparado".

Miguelito, en compaa de Garcs, se apostara delante del convento de
San Pablo.

En el instante que vieran las dos seales, Garcs ira  avisar al
campamento de Bessieres, y vendra con un escuadrn de lanceros.
Dirigidos por Miguelito, daran la vuelta al pueblo, pasaran el puente
de San Antn  iran  colocarse en la orilla derecha del Jcar; luego
cruzaran el ro por el puente de los Descalzos, volviendo de nuevo 
la orilla izquierda, y de aqu subiran, al paso, divididos en varios
pelotones,  la puerta de San Juan. Llamaran, y al preguntar los de
dentro: "Quin?", contestaran con este santo y sea:

--Daniel, Cuenca y Bessieres. _Debellare superbos._

Esta frase de "debelar  los soberbios", en boca de un hombre como
Miguel, era un poco absurda.

Dicho el santo y sea, entraran y avisaran para que pasaran las
fuerzas de Bessieres. Se apoderaran del cuartel de infantera, prximo
 la puerta de San Juan; desarmaran la milicia nacional, y prenderan
 los oficiales afectos al Rgimen.

El plan era realmente fcil y muy asequible.

Pas un da, pasaron dos, y la Junta no di la orden de ejecucin. Se
esperaba no se saba qu. Bessieres estaba impaciente.

La causa del retraso fu que Portillo,  nombre del obispo, haba
escrito  la Junta Realista de Madrid pidiendo informes acerca de
Bessieres y de su correra. Sin duda los informes no fueron del todo
satisfactorios, porque el secretario del obispo apareci de pronto poco
entusiasmado con la idea de entregar la ciudad  los realistas.

Portillo consult con Sansirgue, y le explic el proyecto, en el
cual D. Miguelito iba hacer el primer papel. Portillo asegur que el
proyecto estaba mal preparado, que era sospechoso porque haba quien
aseguraba que Bessieres se hallaba en relacin con los masones, y que,
 no ser por no perjudicar  un amigo como Miguel Torralba, lo hubiera
denunciado al jefe poltico en un annimo.

Sansirgue, al or esto, mir  Portillo con ansiedad. El secretario del
obispo estaba impasible.

Echada la semilla, germin pronto. Sansirgue vi que poda hacer un
servicio  Portillo,  quien consideraba omnipotente, y al mismo tiempo
satisfacer su venganza contra Miguelito, que le haba perjudicado en
la carrera con sus versos _A la Canniga_, y no vacil. Se march  su
casa, se encerr en su cuarto, y, despus de redactar varias veces el
aviso, escribi dos annimos: uno al jefe poltico, otro al ciudadano
Cepero.

En los annimos no omita un detalle de cuanto tramaban los
conspiradores; citaba la lista de todos los que pertenecan  la Junta,
incluso el suyo. Este rasgo de astucia le hizo suponer que nadie
sospechara de l. Logr tambin disfrazar la letra escribiendo con la
mano izquierda.

Don Vctor, que haba visto ir y venir al penitenciario, ceudo y
preocupado, por su habitacin, y que saba, casi minuto por minuto, lo
que haca, redobl su espionaje. Sinti que estaba escribiendo. Cuando
concluy, Sansirgue sali de su casa, se fu al palacio del obispo,
y D. Vctor esper en la calle. Era ya el anochecer cuando sali el
penitenciario.

Don Vctor dej el atrio y sigui  Sansirgue. Este avanz, mirando 
derecha  izquierda, se acerc al correo y ech una carta al buzn.

Poco despus volvi de nuevo  su casa, y media hora ms tarde entr D.
Vctor. El capelln pas una porcin de horas de insomnio pensando qu
poda haber escrito el cannigo.

Todo le haca creer que era algo serio  importante; las cartas
ordinarias se las llevaba Segundito, el paje; aqulla,  aqullas, las
haba echado l, y con gran cuidado de que nadie le viera. Para qu
tantas precauciones?

Al da siguiente D. Vctor fu  ver al _Zagal_, al armero de la
Ventilla.

Este era amigo de uno de los secretarios de la polica, y por l haba
sabido que el complot de Miguelito acababa de ser descubierto.

Inmediatamente D. Vctor supuso que D. Juan haba delatado  los
realistas.

Al llegar  casa,  la hora de comer, expuso sus sospechas  Gins
y  la Dominica, y sta sobre todo, rechaz con indignacin tales
suposiciones.

Gins, que no tena grandes simpatas por el cannigo Sansirgue, dijo:

--Vamos  su cuarto cuando salga l, y veamos si queda algn indicio.

Lo hicieron as: entraron en el cuarto, y no vieron nada. Gins, que
era un espritu metdico, sac la mampara de la chimenea, y vi sobre
la piedra del hogar que haba unas pavesas negras. Don Vctor las cogi
con gran cuidado, y  la luz lleg  leer escritos con tinta varios
nombres, entre ellos el de Torralba.




XIV.

CABILDEOS DE DON VCTOR


Don Vctor qued convencido de la delacin del cannigo.

Pens las providencias que poda tomar para evitar que  Miguelito le
hicieran vctima de la emboscada traidora que le preparaban.

Lo primero que hizo al da siguiente fu marchar  la calle de
Caballeros,  casa de los Torralbas.

All le dijeron que no estaba ninguno de los dos hermanos. Sin duda
Miguel no quera ser detenido antes de intentar la aventura, en la que
tena tantas esperanzas.

Don Vctor pregunt por la madre de los Torralbas, y la habl; pero
esta seora no saba nada  desconfiaba de D. Vctor, y se limit 
decir que ninguno de sus dos hijos estaba en Cuenca.

Despus de comer, don Vctor se dirigi  la catedral  buscar al
Chantre.

Se acerc  la capilla de los Caballeros y se arrodill delante de la
verja.

Esta capilla, fundada por un Albornoz, estaba trabajada en piedra
blanca, y en su portada tena esculpidos varios atributos militares, y
en la clave del arco, un esqueleto.

En el frontispicio se lea esta inscripcin, que canta el triunfo de la
muerte:

_Victis militibus mors triumphat_: Vencidos los soldados triunfa la
muerte.

Don Vctor estuvo pensando, divagando sobre esta sentencia. Contempl
las dos urnas sepulcrales de mrmol, con sus estatuas de caballeros
yacentes, las pinturas de los altares; luego rez maquinalmente, y como
el rezo no lo senta, por su preocupacin, volvindose contempl la
nave de la catedral.

Haca un da de sol esplndido. La luz entraba de los altos ventanales
de la iglesia y produca anchas sbanas luminosas entre las columnas
oscuras.

Don Vctor senta negros presentimientos; una serie de ideas
angustiosas y deprimentes le sobrecogan. Se senta como vencido,
aniquilado, descontento, sin fe en nada.

De pronto vi al Chantre, corri hacia l y le dijo que estaba
descubierto el complot de Miguelito.

--Quin ha podido descubrirlo?--exclam el Chantre.

--No lo s.

--Voy  decrselo  Portillo.

El Chantre fu al palacio del obispo; pero encontr que haba dos
agentes de la polica del jefe poltico pasendose por delante de la
puerta del palacio en la plazoleta.

Uno de la polica le advirti al Chantre que no entrase.

El Chantre cont  D. Vctor lo que pasaba.

Don Vctor no quera dejar la cuestin as, y se dirigi  ver al
capitn Lozano.

Le dijeron que el capitn estaba en casa de Doa Cndida....

La tarde de primavera estaba hermosa y triste, el sol amarillo dorado
iluminaba los aleros y los pisos altos.

Don Vctor entr en la confitera de enfrente  la casa de la Sirena.
La confitera, que reparta su atencin entre los dulces y el espionaje,
le dijo que el capitn Lozano estaba en la casa y que no haba salido.
D. Vctor esper horas y horas sentado junto al mostrador....

La confitera encendi una lmpara, y su luz mortecina comenz 
iluminar la tienda; del fondo del taller vena un olor  cera,  azcar
y  retama quemada.

En un convento una campana sonaba aguda y constante.

En la calle, el _Degollado_ cantaba, acompaado de la guitarra, la
oracin de San Antonio de Padua:

      Su padre era un caballero
    cristiano, honrado y prudente,
    que mantena su casa
    con el sudor de su frente.

      Y tena un huerto
    en donde coga
    cosecha del fruto
    que el tiempo traa.

La cancin, la hora, el taido de la campana entristecieron  D.
Vctor; todo aquello le recordaba su infancia, el corretear de chico
por las calles al anochecer; le sacaba  flote un poso de una amargura
interior.

El _Degollado_ segua una tras otra sus coplas. La confitera abri la
puerta de la tienda y di un maraved al ciego.

Este sigui su canto con la relacin del milagro de los pajaritos:

      Mientras yo me vaya  misa
    gran cuidado has de tener;
    mira que los pajaritos
    todo lo echan  perder.

          Entran por el huerto,
        pican lo sembrado;
        por eso te digo
        que tengas cuidado.

Don Vctor senta una tristeza tumultuosa en el fondo del alma. El
_Degollado_ se alej, dando golpes con el bastn en la acera; se call
la campana y no se oy en la tienda ms que el revoloteo de las moscas
entre los papeles de los dulces secos.

Eran ya cerca de las nueve, y en vista de que el capitn no sala, D.
Vctor cruz la calle y entr en el portal de la casa de la Sirena.
Llam, sali la doncella, la Adela, que neg que estuviera all el
capitn; pero ante la insistencia del cura, le dijo que aguardase.
Esper D. Vctor en el descansillo de la puerta hasta que se present
Lozano con su puro en la boca, con el aire de un hombre que goza de la
vida.

Era Lozano un tipo sensual, alegre, perezoso y amigo de divertirse y
de beber. Tena unos ojos claros de perro fiel, una sonrisa afectuosa
y una actitud de hombre  quien todo le parece indiferente. Lozano era
capaz de cualquier barbaridad por inconsciencia; para l todo era fcil
y factible.

A pesar de que nadie poda ignorar su condicin de borracho y jugador,
era el capitn cajero de su regimiento.

Don Vctor cont lo que saba, y mientras hablaba apareci Doa
Cndida,  quien el capitn explic de qu se trataba.

La _Canniga_ no qued nada sorprendida al saber que era Sansirgue
el denunciador de la empresa realista. Doa Cndida se manifest
delante del capelln como muy enamorada de Lozano, y rog  don Vctor
convenciera  su amante de que abandonara el complot.

Lozano explic  don Vctor cmo se haba preparado la entrada por la
puerta de San Juan. Si  l le relevaban al medioda era seal de que
no se intentaba la sorpresa, y entonces l mismo se lo avisara  don
Vctor.

Con esta seguridad, don Vctor se fu de casa de la Sirena  la suya.

Don Vctor explic  Gins y  la Dominica lo que ocurra. Ya
todos miraban  Sansirgue como un traidor. La Dominica, aun no del
todo convencida, fu  ver  la confitera, con quien tena grandes
relaciones por la cuestin de las velas y cirios que se necesitaban en
los funerales, y hablaron las dos.

La Dominica se persuadi de que el cannigo era un bandido, un
verdadero Sacripante.

La Dominica, como mujer decidida y valiente, se dispuso  vigilar al
cannigo,  espiarle, y en ltimo trmino, si era necesario,  luchar
con l  brazo partido hasta vencerle.

Al da siguiente sali D. Vctor, por la maana,  decir su misa; y al
volver, la Dominica le dijo que al mismo tiempo que l, Sansirgue haba
salido de casa, pasado por el correo y echado otra carta.

Don Vctor qued asombrado y fu  buscar al capitn Lozano.

Lozano estaba en su casa de huspedes, en la cama. Se haba acostado
tarde. Le dijo al cura que por la noche haba habido una serie de
cabildeos entre el comandante de la plaza, el jefe poltico y el de la
Milicia nacional.

El coronel haba llamado  Lozano para advertirle que se aplazaba el
movimiento realista hasta nueva orden. El coronel haba intentado
persuadir al jefe poltico que lo del complot era una fbula, y el
jefe poltico se hubiera persuadido  no ser por Cepero, hijo y por
dos subtenientes liberales que se haban presentado en el Gobierno
civil  denunciar al comandante de la plaza y  la oficialidad como
absolutistas, ofrecindose ellos  prenderlos si les daban autorizacin.

Los amigos de Cepero, de la Milicia nacional, queran preparar un lazo
 los absolutistas.

--Dicen que se ha recibido un papel explicando las seas
convenidas--termin diciendo Lozano--; es posible que sea de su
cannigo.

Don Vctor dej al capitn en la cama; sali  la calle y fu  ver al
_Zagal_, al armero de la Ventilla. Este, por unos milicianos, saba que
D. Miguelito iba  intentar de noche entrar por la puerta de San Juan,
y que, si lo intentaba, se le prendera.

Los dos directores de la Milicia que queran cazar  Miguelito eran
Cepero hijo, y un joven, Nebot.

El motivo que impulsaba  Cepero hijo era puramente patritico; el que
arrastraba  Nebot, no.

El padre de Luis Nebot se haba ido lentamente apoderando de una
posesin que la familia de Miguel tena en Torralba.

Miguel Torralba, al encontrarse que la tierra de su familia se hallaba
ocupada por el intruso, quiso llegar  una avenencia con l, pero
Nebot, padre, dijo que no, que la finca era suya, pues haba prestado
por ella lo que vala y aun ms.

Miguel le hizo observar que era imposible, puesto que la finca apareca
en el Registro de la propiedad como de su madre. Nebot, sin atenderle,
comenz  construir una gran tapia; Miguel mand hacer un boquete
en ella. Entonces Nebot provoc el pleito, y lo perdi en muy malas
condiciones; hubo que medir las tierras de las propiedades colindantes,
y la finca de los Torralbas,  la cual haban ido bloqueando los
vecinos, recuper todo su antiguo terreno.

Nebot no slo perdi sus tierras, sino la estimacin de la gente de la
vecindad. El aldeano puede perdonarlo todo menos la torpeza. Aquellos
vieron que perdan los campos de que se haban apoderado por una
maniobra inoportuna. De esperar unos aos la propiedad de los Torralba
hubiera prescrito.

Resuelto el pleito, la madre de Miguelito emple gran parte de su
dinero en cercar la finca. Nebot, padre  hijo, se consideraron
enemigos  muerte de los Torralbas y se trasladaron  Cuenca, y el hijo
Luis se hizo miliciano nacional.

Queran considerar los Nebot que lo ocurrido  ellos era una de las
mayores injusticias que podan pasar en Espaa. Cepero, Nebot y un
joven llamado Bellido dispusieron preparar un lazo  los realistas,
hacer la seal convenida para que se acercaran, emboscarse en la puerta
de San Juan, y sorprenderlos.

Cuando D. Vctor fu  su casa se discuti entre la familia del
guardin los medios para salvar  Miguelito. No se saba dnde se
haban de hacer las seales.

Saldran Gins, Damin, la Dominica y D. Vctor, de noche,  buscar 
Miguelito, al azar, y  decirle, si lo encontraban, que suspendiera su
aventura.

Rondaran de lejos el camino que lleva  la Puerta de San Juan, sin
acercarse mucho, por el temor de que hubiese vigilancia.




XV.

LA PUERTA DE SAN JUAN


A las siete de la noche, despus de dar de cenar al cannigo Sansirgue,
la Dominica, con su padre, Damin y D. Vctor salan del pueblo y
marchaban al arrabal.

La noche estaba obscura, pesada y sofocante; grandes masas de nubes
negras pasaban por el cielo, y,  veces, sala la luna en cuarto
creciente. Algunos relmpagos lejanos, anchos, en forma de sbanas,
iluminaban la tierra,  iban seguidos de un sordo rumor. Pronto lleg
el viento, y comenz  murmurar,  gruir,  zumbar, golpeando puertas
y ventanas.

Desde el arrabal, cada uno de los amigos de Miguelito se dirigi 
distinto punto. Don Vctor fu hacia el convento de San Pablo; Gins,
por la Hoz del Jcar, y la Dominica y Damin, por la del Hucar.

A eso de las nueve, la tormenta se acerc; comenzaron  brillar los
zig-zags de las chispas elctricas encima de Cuenca, retumbaron los
truenos inmediatamente despus de los relmpagos, y descarg una de
esas lluvias de primavera, tibias y torrenciales.

Mientras las personas de casa del guardin marchaban por el campo en
busca de Miguelito, unos cuantos milicianos, al mando de Cepero hijo,
entraban por el arco de la puerta de San Juan y se estacionaban en l,
resguardndose del chaparrn.

La puerta estaba abierta, y por ella se entrevea, en las sombras el
camino, estrecho y pendiente, que va bajando  la orilla del Jcar.

Mientras los milicianos, resguardados bajo el arco, esperaban, la
tempestad envolva con sus rfagas de lluvia y de viento la ciudad,
asentada sobre sus rocas; el viento huracanado haca golpear una
puerta, derribaba una chimenea, balanceaba los faroles de las calles,
colgados por cuerdas.

Don Miguelito y Garcs salieron  las diez de la noche del campamento
de Bessieres, y  las diez y media estaban delante del convento de San
Pablo.

Don Miguelito iba muy alegre y decidido, pensando en que pronto se
unira  Asuncin.

Estaban amo y criado en el cerro, al borde del barranco, cuando
Miguelito dijo que se vea luz en el palacio del obispo; Garcs no la
haba visto: despus se vi claramente una antorcha en la muralla.

--Vamos!--dijo Miguelito.

Marcharon al campamento de Bessieres.

Un escuadrn estaba preparado.

Haba que dar la vuelta al pueblo,  caballo, sin llamar la atencin de
los centinelas, y se dispuso que fuera uno  uno,  la deshilada.

Al pasar el puente de San Antn, Gins Diente vi,  la luz de un
relmpago,  un lancero realista  caballo: quiso alcanzarle y
preguntarle dnde estaba don Miguelito; pero el soldado, sin orle, de
un empelln, derrib al pertiguero.

Este se puso  gritar y  llamar; pero ya no vi  nadie. La lluvia
imposibilitaba seguir ninguna pista; el rumor del viento ocultaba el
ruido de las herraduras de los caballos, y la negrura de la noche
impeda ver nada.

Don Miguelito y su escolta se colocaron en la orilla derecha del Jcar;
luego cruzaron el ro por el puente de los Descalzos, volviendo de
nuevo  la orilla izquierda.

Se esper  que se reuniese el escuadrn; se le dividi en tres
pelotones, y  la cabeza del primero Miguelito, y  su lado, Garcs,
comenzaron  subir la cuesta hasta la puerta de San Juan.

Miguel se acerc  ella rpidamente, y di dos golpes sonoros con el
bastn.

--Quin vive?--dijo Cepero.

--Daniel, Cuenca y Bessieres. _Debellare superbos!_--grit Torralba.

--Rndete!--dijo Cepero abriendo la puerta y avanzando.

--Yo rendirme? Jams!--contest Miguel.

--Huye! Te han vendido!--dijo una voz.

Lo que ocurri despus no se pudo poner en claro.

Algunos dijeron que los lanceros de Bessieres, con Miguelito  la
cabeza, intentaron avanzar; otros afirmaron que no hubo tal intento; el
caso fu que sonaron cuatro  cinco tiros simultneos, que un hombre
cay del caballo, y que los dems, volviendo grupas, huyeron.

El hombre cado era Miguelito: lo recogieron, le llevaron al cuartel
de Infantera, y llamaron de prisa  un mdico que viva en la plaza;
otros avisaron  un cura.

Cuando llegaron, Miguel Torralba haba muerto.

Al da siguiente, Bessieres levantaba su campamento y desapareca de
los alrededores de Cuenca.

Unas semanas despus, el da 2 de Mayo, volva de nuevo, atacaba el
arrabal, y era rechazado.

En el pueblo se dijo que Cepero hijo, Nebot y el _Romi_ el gitano, eran
los que haban disparado contra Miguel.




XVI.

DESPUS DE LA CATSTROFE


La madre de Torralba soport la muerte de su hijo con gran entereza y
resignacin.

Con aquel espejismo maternal suyo, pens que Miguel se haba
sacrificado por ellos. No quera suponer que su hijo mayor tuviera ms
fines que su madre y su hermano. Segn ella, Miguel haba entrado en el
complot de Bessieres para obtener un cargo y levantar la situacin de
la familia.

Luis no intent convencerla de lo contrario.

En la casa de la Sirena la noticia de la catstrofe lleg por Lozano, y
la Cndida tuvo la crueldad y la torpeza de divulgarla  voz en grito.

Asuncin, al saberlo, sinti que el golpe tronchaba su vida. Se visti
de luto, y no sali de casa.

Unos das despus de la muerte se celebraron las exequias de Miguel
Torralba en la catedral. Asisti todo el pueblo alto, y se not que,
entre los cannigos del coro, faltaba Sansirgue. De las seoras falt
la Cndida.

Asuncin y su abuela estuvieron en el funeral rezando, arrodilladas, en
un rincn de la capilla de los Caballeros.

Toda la ceremonia Asuncin la pas llorando, y al rezar los responsos
se escaparon de su garganta algunos sollozos ahogados.

--_Per in secula seculorum_--exclamaba el cura con voz potente,
agitando el hisopo.

--_Amen_--clamaba el coro de voces, acompaado del rgano.

Al salir la gente, se cont, y se hizo cargo de quines faltaban.
Quitando los nacionales del arrabal, todos los dems estaban all.

Pasados los das ceremoniosos en que la familia no deba salir de
casa, para recibir el psame de los amigos, D. Vctor fu  ver  Luis
Torralba y  decirle lo que saba.

Luis le confes que su proyecto era desafiar al joven Cepero y luego 
Nebot,  quienes culpaba de la muerte de su hermano; pero D. Vctor le
demostr que Cepero no haba contribuido  la muerte de Miguel y que su
objeto se haba limitado  prenderle. Cepero fu el que intent hacer
que Miguel se rindiera, prueba clara de que no quera matarlo. Los
motivos de obrar suyos eran tambin nobles, porque obraba arrastrado
por su fanatismo poltico.

Respecto  Nebot, era un impulsivo y un bruto,  quien no haba que
tomar en cuenta.

El culpable de todo, segn D. Vctor, era Sansirgue, el _monstrum
horrendum_, que haba entrado en Cuenca para desgracia de todos. Este,
llevado por su maldad diablica, haba denunciado la forma en que se
iba  hacer la sorpresa.

--Pero, por qu? Qu motivo ha podido tener Sansirgue para odiar  mi
hermano?--pregunt Luis.

Don Vctor crea en la maldad desinteresada del cannigo, cosa poco
lgica.

Los argumentos de D. Vctor no convencieron  Luis, y el cura le
propuso ir  ver  Cepero. La visita era violenta para Torralba, pero
al fin accedi.

El joven Cepero recibi  los dos secamente.

--Supongo la comisin que ustedes traen--les dijo--; pero tengo que
advertirles que considero que he cumplido con un deber de ciudadano y
de liberal, y que mil veces que se presentara el mismo caso, mil veces
obrara lo mismo.

--Est usted en un error--dijo don Vctor--al pensar que nosotros
entramos aqu en son de amenaza. Este hbito que yo llevo no es para
venir con desafos. Usted ha cumplido su deber de ciudadano y de
liberal. Cierto. Pero usted saba que Miguel Torralba no era el mayor
culpable, y no poda desear su muerte.

--No la deseaba. Al acercarse  la puerta de San Juan, yo le dije:
"Rndete". El qued inmvil, sin duda perplejo. Entonces sonaron los
tiros.

--No sabe usted quin dispar?--pregunt Luis.

--No lo s. Si lo supiera, tampoco lo dira.

Luis hizo un movimiento de impaciencia, y don Vctor intervino de nuevo.

--Otra pregunta tenemos que hacer  usted.

--Ustedes dirn.

--Mi amigo Luis, naturalmente, entristecido por la muerte de su
hermano, ha supuesto que un amigo suyo y mo fu el delator del complot
en que intervino Miguel. Yo le he dicho que no, que todo el mundo
ha afirmado que el jefe poltico y su padre de usted recibieron un
annimo. Puede usted decirnos si es verdad?

--Es verdad.

--Lo guarda usted?

--S.

--Podra usted ensernoslo para desvanecer las dudas de mi amigo?

--Porqu no? No tengo inconveniente.

Cepero, hijo, entr en su casa y volvi con el annimo. La letra estaba
disimulada, pero el papel y la tinta eran de Sansirgue: no haba duda.

En el annimo estaba explicado cmo se verificara la sorpresa con
todos sus detalles. Lo firmaba: _Un amante del orden_.

Don Vctor y Luis Torralba se despidieron del joven Cepero y se
marcharon  su casa.

Esta intervencin de Sansirgue puso  Torralba fuera de s: que Cepero
hubiese obrado como haba, le pareca natural, dado su fanatismo
poltico; que el mismo Nebot hubiera disparado en la puerta de San
Juan, lo comprenda por su odio  los Torralbas; lo que no se explicaba
era la accin de Sansirgue, siendo l realista y estando en el complot.
Sera un espa del Gobierno? Tendra algo contra su hermano?

Luis Torralba fu  visitar  Asuncin y  su abuela, y les cont
lo ocurrido y los datos que tena para creer en la intervencin del
cannigo.

Doa Gertrudis supuso que sera su nuera, la Cndida, la que haba
inspirado al cannigo el odio por Miguel. Asuncin call, dando 
entender que crea lo mismo.

La abuela, que senta aumentado su odio por la _Canniga_, llam unos
das despus  Luis Torralba y le encarg que vendiera una huerta
y varias alhajas. Luis hizo el encargo rpidamente, y entreg 
doa Gertrudis seis mil pesetas. La vieja sac cuatro mil que tena
guardadas, y reuniendo las diez mil que haba prestado Doa Cndida
para la hipoteca, se las devolvi, encargndola que abandonara la casa
lo antes posible.

Doa Cndida grit, alborot, dijo horrores; pero no tuvo ms remedio
que marcharse. La _Canniga_ fu  otra casa mejor. El escndalo en el
pueblo tom grandes proporciones. Todo el mundo relacion la muerte de
D. Miguelito con la expulsin de la _Canniga_, y muchos sospecharon
algo de la verdad.

La Cndida, abandonada al consejo del capitn Lozano y de Adela,
su doncella, hizo una porcin de locuras. Casi todos los das daba
banquetes y cenas, y muchas noches la llevaban  la cama borracha.

El cannigo Sansirgue not que en la casa de la Dominica se le miraba
de mala manera,  intent mudarse; pero Portillo le indic que esperara
unos das.

Efectivamente, una semana despus, Portillo, que haba sabido hacer
valer ante el Gobierno liberal el servicio prestado por l cuando la
intentona de Bessieres, fu nombrado obispo de Osma, y Sansirgue qued
interinamente de secretario del obispo de Cuenca.

Sansirgue supo que en casa de Gins el Pertiguero se hablaba
constantemente contra su persona, y se dispuso  castigar  la familia.
Consigui que en el convento de monjas se destituyese  D. Vctor, y
despus le nombr prroco de Ua, pueblo miserable de la Sierra, adonde
D. Vctor tuvo que ir,  trueque de perder las licencias eclesisticas.

Despus quiso echar de la catedral y de la casa  Gins Diente, pero el
obispo se opuso.

Sansirgue supo tambin que Garcs el _Sevillano_ hablaba pestes de l
y le atribua la muerte de Torralba, y consigui que el jefe poltico
prendiera  Garcs y lo metiera en la crcel.




XVII.

MESES DESPUS


En el tiempo que medi entre la expedicin de Bessieres y el triunfo de
los Cien mil hijos de San Luis, el penitenciario tuvo mucho poder en
Cuenca, pero al consolidarse el absolutismo, el obispo fu trasladado,
y Sansirgue se eclips.

En aquella demagoga negra que gobernaba el pueblo y toda Espaa, no
era fcil desviarse sin peligro. Sansirgue se hubiera acercado  los
voluntarios realistas, pero le era imposible, porque entra ellos estaba
Garcs el _Sevillano_, compaero en la aventura de la puerta de San
Juan con D. Miguelito,  quien l haba llevado  la crcel.

Sansirgue, separado de los absolutistas puros, tuvo que formar grupo,
bien  su pesar, con los fernandinos transigentes. Estos tenan en
Madrid como agente  D. Cecilio Corpas. En cambio, Portillo, que estuvo
un momento con los liberales, haba hecho una segunda evolucin al
ms terrible ultramontanismo, y se distingua en su dicesis por sus
pastorales contra los moderados y los exaltados.

Portillo, desde Osma, y el lectoral de la catedral de Sigenza y
presidente de la Junta realista de aquella ciudad, D. Felipe Lemus
de Zafrilla, movan todos los resortes para que los franceses no
intentaran implantar un sistema de absolutismo templado. Tenan en
Madrid  D. Vctor Sez y  otros que daban la consigna.

Unos das despus de la reintegracin de todos los derechos
autocrticos  Fernando, se celebr en Cuenca una solemne funcin
de desagravio al Santsimo Sacramento, en la cual predic D. Juan
Sansirgue.

Sansirgue achic al mismo padre Manuel Martnez, redactor del
_Restaurador_, con sus apstrofes  los constitucionales y sus loas 
Fernando. Le llam po, feliz, restaurador, magnnimo, bondadoso.

A pesar de todos estos ditirambos, la gente oy el sermn con
indiferencia. Corra la voz entre los voluntarios realistas de la
traicin de Sansirgue en tiempo de Bessieres.

Garcs el _Sevillano_, para exagerar sus mritos, haba pintado la
aventura suya y la de D. Miguel como algo muy transcendental que haba
malogrado Sansirgue, que estaba vendido  los liberales, y que le haba
perseguido y encarcelado  l para reducirle al silencio. Esta versin
hizo que todo Cuenca se pusiera contra el cannigo.

--Es un espa, es un espa de los masones--aseguraba todo el mundo.

El penitenciario, al comprobar lo que se deca de l, qued desesperado.

Escribi  Portillo para que influyese en sus amigos poderosos y le
trasladasen de Cuenca, y Portillo no contest; escribi despus  D.
Vctor Sez, el ministro universal de Fernando VII, y  D. Cecilio
Corpas.

Los dos le contestaron framente.

La entrada en el poder de los voluntarios realistas hizo que Sansirgue
perdiese toda influencia. Torralba consigui por un amigo que  D.
Vctor le sacasen de Ua y volviese  Cuenca. Por entonces entre los
realistas comenzaba  funcionar la Sociedad El Angel Exterminador.
Muchos se afiliaron  ella. Don Vctor y Garcs el _Sevillano_, se
convirtieron tambin en exterminadores,  hicieron un alegato contra
Sansirgue, como denunciador de los realistas en tiempo de Bessieres.
Se encontr en casa de los Ceperos, que haban hudo del pueblo y
traspasado su comercio, el papel que les haba mandado Sansirgue.

Desde entonces el penitenciario comenz  recibir annimos
insultndole, amenazndole por su traicin con terribles castigos
terrenos y ultraterrenos.

Sansirgue, asustado, hizo gestiones desesperadas para que le
trasladasen de Cuenca.

En la primavera de 1824 el penitenciario fu destinado  Sigenza, sin
ningn ascenso. Sansirgue prepar el viaje sigilosamente; tema que,
al saber su escapada, los voluntarios realistas quisiesen agredirle.

Alquil dos mulas, y con un mozo alcarreo de confianza que conoca
bien el camino se puso en marcha, sin despedirse de nadie.

El cannigo pensaba pararse en Priego, su pueblo,  ver  su familia.

La primera noche descansaron amo y criado en Torralba, nombre poco
grato  los odos del cannigo.

El siguiente da par Sansirgue en Priego, en su casa, en compaa de
la familia; pero la pobreza de sta y la tosquedad de su padre y de sus
hermanos le molestaba, y con el pretexto de que tena prisa dej Priego
y se puso en camino por la tarde.

El cielo estaba muy azul; el campo, hermoso y sonriente. El
penitenciario no tena nada que temer, ya lejos de Cuenca; pero aun
as senta miedo: tales cosas se contaban de las venganzas de los
realistas. Al llegar  la bifurcacin de los caminos miraba con cuidado
 un lado y  otro por si apareca alguna figura sospechosa...

Al acercarse  una aldea al caer de la tarde, dejando un camino
carretero, Sansirgue y su criado tomaron por una senda que pasaba
por un erial. Las digitales purpreas esmaltaban la tierra con sus
campanillas, y las flores violetas del brezo brillaban entre los
ribazos.

A mano derecha se abra un gran valle poblado de matas que nacan
entre piedras y cerrado por montes cubiertos de rboles. Un rebao
se derramaba por una ladera, y se oa  lo lejos el tintineo de las
esquilas.

A la revuelta del sendero se encontraron con una ermita. En un azulejo
blanco, con letras azules, empotrado en la pared, se lea el nombre:
ermita del Salvador.

Tena sta por un lado la espadaa, con su campana sobre un tejado
terrero, y delante una cruz de piedra y una pila de agua bendita; por
el otro lado, protegida del viento, estaba la entrada de la capilla:
un arco de piedra con restos de pintura roja y una puerta con clavos.
A un lado de la puerta haba una reja,  travs de la cual se vea
el interior de la capilla con el altar desmantelado y unos santos
siniestros.

Adosado  la ermita haba una casa pequea con un huertecillo
abandonado.

--Aqu viva un ermitao--dijo Sansirgue.

--S--contest el mozo.

--Habr muerto?--pregunt el cannigo.

--No; le mataron--contest el criado.

--Quizs para robarle?

--No; parece que fu venganza de los realistas. Dicen que el ermitao
haba dado informes  los constitucionales.

Sansirgue se estremeci.

--Bueno, vamos de aqu--dijo.

Siguieron andando. El sol se iba poniendo en un cielo incendiado, lleno
de nubes rojas; los pjaros cantaban entre las ramas; el perfume del
romero y del cantueso llenaba el aire;  lo lejos se oa el taido de
una campana.

A medida que avanzaban el cannigo y su criado el sol iba
desapareciendo del valle. Al anochecer entraron en un bosque de
encinas, monte bajo y carrascas. El sendero corra ahora lleno de
sombra por en medio de los rboles;  trechos se torca hasta salir 
la luz, al borde mismo del bosque, y pasar por encima de un barranco
escarpado.

Sansirgue marchaba arreando  su mula, ansioso de llegar  sitio
habitado.

De pronto oy ruido entre el ramaje, cerca de l, y se detuvo, inquieto.

--No es nada--se dijo.

Sigui marchando, y en esto, al mirar hacia adelante, vi dos figuras
que interceptaban la senda. Volvi la vista hacia atrs y vi otras dos.

--Alto!--le gritaron.

--Alto estoy--murmur el cannigo.

Los cuatro hombres estaban enmascarados. Sansirgue pens que haba
cado entre bandidos; comprendi que all era imposible defenderse ni
escapar, y repiti que se entregaba.

Los hombres, sin hacer caso del criado, cogieron al cannigo, le
bajaron de la mula, le ataron las manos y le llevaron cuesta arriba,
cruzando el bosque, hasta un descampado, donde haba una tenada. Desde
all se dominaba el valle. El cielo iba obscureciendo, y las luces
rojas del crepsculo tomaban tonos crdenos y violceos.

Al entrar en la choza Sansirgue se estremeci. En una mesa,  la luz de
dos velas verdes, estaban sentados cinco hombres, con la cara cubierta
por un antifaz. Enfrente de la mesa haba un banco de madera, y sobre
l caa una cuerda atada en una viga del techo.

--Sentad al acusado--mand el que presida.

Sansirgue se sent sin protestar.

El presidente, levantando la cabeza al cielo, exclam:

--_Dominus regnat_: (El Seor reina.)

El que estaba  su derecha dijo.

--_Dominus imperat_: (El Seor impera.)

El de la izquierda repuso:

--_Angelus vincet_: (El Angel vencer.)

El de la extrema derecha aadi:

--_In gladio..._ (Con la espada.)

Y el de la extrema izquierda termin la frase murmurando:

--_... indignationis ejus_: (De su indignacin.)

Sansirgue estaba delante de un Tribunal del Angel Exterminador. El
enmascarado que presida, en pocas palabras acus al penitenciario de
traidor, de espa de los liberales, de vendido al Gobierno masn.

Sansirgue intent sincerarse, negar los hechos; pero el presidente
los conoca  fondo. El cannigo intent seguir hablando; pero el
presidente le impuso silencio.

--Qu pena se le impone al acusado?

Los cuatro asesores del Tribunal, sin pronunciar una palabra, bajaron
la cabeza gravemente, y un momento despus el presidente hizo lo mismo.

Dos de los enmascarados que haban prendido al cannigo le pusieron
la mano en el hombro. Al sentirlo, Sansirgue di un salto hacia atrs
dispuesto  escapar. Entonces los cuatro esbirros se echaron sobre
l, y forcejeando llegaron  sujetarle y  atarle los pies. Luego le
pusieron la cuerda al cuello, y tirando de ella lo izaron en alto.

--Confesin! Confesin!--grit el cannigo con voz ahogada.

--Concluid--dijo el jefe de los exterminadores.

Dos esbirros se colgaron de las piernas del ahorcado: las vrtebras
crujieron, cruji tambin la viga del techo, y despus el cuerpo de
Sansirgue qued inmvil.

Los exterminadores fueron saliendo de la tenada. Uno de ellos, el jefe,
qued para dar las ltimas disposiciones. Los esbirros bajaron el
cadver, y tomndolo en brazos cruzaron el bosque hasta el sendero que
corra al borde del barranco y desde aqu lo arrojaron al fondo. Se oy
el ruido del cuerpo que caa arrastrando piedras.

El jefe se acerc  mirar hacia abajo. La claridad del sol haba hudo
del valle, y la oscuridad y la sombra reinaban en l.

El exterminador se persign, murmur algo como una oracin y  caballo
desapareci rpidamente.




EPLOGO


La noticia de la muerte del cannigo produjo en Cuenca gran sensacin.

Se inventaron mil hiptesis y cbalas acerca de las causas de la muerte
y del autor  autores del misterioso crimen; pero no se averigu la
verdad.

Pocos das despus de este suceso el capitn Lozano hizo una de las
suyas, que di mucho que hablar.

El capitn haba arrastrado  la Cndida  una vida completa de
crpula. La casa de la _Canniga_ era un ir y venir de jvenes
calaveras, que coman y beban all.

El capitn Lozano, entrampado en el juego, haba sacado  la _Canniga_
cinco mil duros para pagar sus deudas. Por lo que se supo luego, en vez
de pagar se jug la cantidad, y la perdi.

Entonces no se le ocurri cosa mejor que robar la caja del batalln y
escaparse con la Adela, la doncella de la Cndida, que era una muchacha
muy bonita.

Lozano se provey de papeles falsos; fu  Orn, donde tuvo un caf, y
aos despus se alist como voluntario en el ejrcito francs y muri
en una emboscada de los moros.

La Adela, que haba seguido con el caf de Orn, se cas con el
dependiente, un francs trabajador, y se hizo rica.

La Cndida, al saber la fuga del capitn con su doncella Adela,  quien
consideraba tan fiel, sinti grandes accesos de melancola, que intent
currselos  fuerza de alcohol.

Alguien le indic que llamara  la _Zincal_, la vieja gitana, que
tena filtros para curar el mal de amores. La Cndida la llam, y la
gitana entr en la casa y lleg  apoderarse del nimo de la _Canniga_
con sus mentiras y sus arrumacos.

La casa lleg  ser un asilo de la gitanera del pueblo.

La _Zincal_ se encarg de proporcionar amantes  la Cndida y de
sacarle el dinero.

El pueblo entero la haba aislado, como  una apestada.

La _Canniga_ se traslad  un casucho del barrio del Castillo, que se
convirti en manceba.

Un proceso que se entabl contra ella y la vieja gitana, acusadas por
un mdico de dar bebedizos y de hacer abortar con la hierba del Buen
Varn, les oblig  las dos  ir  la crcel, y arruin por completo 
la Cndida.

Desde entonces, la pobre mujer comenz  oficiar de Celestina.

Luis Torralba desapareci de Cuenca, al morir su madre, y fu 
establecerse  Valencia.

La abuela de Asuncin muri. Asuncin, sin familia, vivi sola en la
casa de la Sirena hasta que recogi la herencia de un pariente lejano,
lo que le permiti mejorar de posicin.

Entonces llev  vivir con ella una sobrina pobre y la prohij. Ya
vieja, con el pelo blanco, siempre vestida de luto, se la vea pasear
con su sobrina. A veces, al sentarse  descansar sobre una roca de la
Hoz, su cara afilada reposaba sobre su mano, y sus ojos tenan una gran
expresin de melancola.

Durante mucho tiempo, nicamente la casa del pertiguero del callejn
de los Cannigos sigui igual: el viejo Gins leyendo, la Dominica
trabajando, el constructor de atades filosofando, D. Vctor comentando
al cannigo volteriano, el _Degollado_ cantando en la calle con su
hermosa voz las oraciones, Astaroth roncando y mirando el vaco con sus
ojos de oro, y el cuervo monologando.

Al comenzar la guerra civil, el viento de la muerte sopl sobre la
casa. Gins y la Dominica murieron; D. Vctor se uni al cannigo
carlista Batanero, y pele con l en la guerra civil. Luego, no
queriendo aceptar el Convenio de Vergara, fu internado en Francia y
conducido  Alenzon, donde muri.

Astaroth, el espritu familiar de la casa, desapareci un da
misteriosamente, y se lo encontr pocos das despus muerto en la
calle; dejando el campo libre  Juanito, el cuervo, que tena cuerda
ms larga para la vida.

Damin, el carpintero, fu nicamente el que sobrevivi  la familia
de Gins, y sigui construyendo sus atades, grandes y pequeos, de
hombres, de mujeres y de nios, negros y blancos, en su portal de la
casa del callejn de los Cannigos.

Mientras trabajaba, Juanito el cuervo mascullaba palabras confusas
desde lo alto del armario de los fretros; en el reloj del cannigo
Chirino las edades de la vida seguan huyendo ante la Muerte con su
sudario y su guadaa; Caronte se balanceaba en su barca; el viejo
Cronos, alado y haraposo, meditaba con el reloj de arena en la mano; la
msica de campanillas tocaba su sonata melanclica al salir la Virgen,
y segua brillando en la orla de bronce la terrible sentencia sobre las
horas: _Vulnerant omnes, ultima necat_.

Todas hieren; la ltima, mata.




Los guerrilleros del Empecinado en 1823




I.

NUEVA COMISIN


En apariencia la vida de un hombre de accin es un juego de azar, una
lotera en la que se emplea mucho dinero y slo de tarde en tarde toca
un premio pequeo, en realidad la vida de un hombre de accin, si es
una lotera, es una lotera que toca siempre, porque el jugador lleva
el mayor premio en el mximo esfuerzo.

La accin por la accin es el ideal del hombre sano y fuerte; lo dems
es parlisis que nos ha producido la vida sedentaria.

Unos das despus de recibir la visita de Cugnet de Montarlot, el
Empecinado y el _Lobo_ se presentaban en casa de Aviraneta.

Al da siguiente el general y D. Eugenio iban al Ministerio de Estado 
conferenciar con D. Evaristo San Miguel.

Se habl entre los tres largo rato de la situacin de Espaa y de la
invasin francesa, que pareca inminente.

Don Evaristo tena alguna esperanza en el fracaso de la Intendencia de
los ejrcitos que haba de mandar Angulema.

Esto unido  la oposicin de los liberales, pensaba, podra influir en
el Gobierno francs.

--Es que no tienen vveres?--pregunt Aviraneta.

--Eso me comunican los agentes--contest el ministro--, pero no hay que
abrigar mucha confianza. Es posible que mis agentes estn en relacin
con los realistas.

--Es muy probable--aadi Aviraneta.

--Casi valdra la pena de que fuera usted otra vez  Francia--dijo de
pronto San Miguel.

--A Pars?

--No;  la frontera.

--Pues si usted quiere, voy. Qu hay que hacer?

--Primero averiguar cmo va la cuestin de la Intendencia del ejrcito
de Angulema, y si no hay esperanza en esto, marchar  San Sebastin y
ayudar  los emigrados franceses, que parece que van  hacer un intento.

--Muy bien. Estoy  la orden de usted.

--Pues cuanto antes. Si se puede hoy, mejor que maana. Me conviene que
vaya usted en seguida. En cuanto llegue usted  la frontera, que le
tengan una silla de postas preparada,  inmediatamente que sepa usted
algo definitivo me avisa.

--Y en San Sebastin, qu har?

--En San Sebastin activar usted la gestin de los carbonarios. Usted
creo que es carbonario tambin.

--Por dnde lo sabe usted?--dijo Aviraneta algo alarmado.

--Amigo, un ministro tiene sus informes secretos.

--Yo cre que en Espaa los ministros eran los ltimos que se enteraban
de las cosas--replic sarcsticamente Aviraneta.

--Como ve usted, no siempre--dijo D. Evaristo, riendo--. Cuando llegue
usted  San Sebastin se pondr usted al habla con el jefe poltico y
el militar. Usted, como hombre ms expeditivo, les aconsejar que obren
con rapidez, aunque sea saltando por encima de la ley.

--Mala opinin tiene usted de m, D. Evaristo.

--No, hombre, no. Muy buena.

--Hum! Qu s yo! Creo que me considera usted como un apreciable
granuja.

--Bien. Ya discutiremos eso con ms tiempo. Ahora voy  hacer que
escriban los reales decretos: uno para usted, Aviraneta; otro para
usted, D. Juan Martn.

--Qu ha pensado usted para m?--pregunt el Empecinado.

--Har que el rey le autorice  usted para el levantamiento y
organizacin de guerrillas en Castilla la Vieja y la Nueva, para
oponerse  la invasin de los franceses.

--Querr?

--Qu remedio le queda!--exclam irnicamente San Miguel--. Mientras
est con nosotros! Esperen ustedes un momento aqu. Yo mismo voy.

Quedaron solos Aviraneta y el Empecinado.

--De manera que eres carbonario--pregunt D. Juan Martn.

--S.

--Y por qu no me lo has dicho?

--Hombre. Para qu?

--Yo no he tenido secretos para ti.

Aviraneta no contest. Esperaron cerca de una hora y al cabo de este
tiempo, volvi el ministro, un poco nervioso y sofocado, con los dos
despachos.

En el uno mandaba  los gobernadores, alcaldes y justicias del reino
que obedecieran las rdenes de D. Eugenio de Aviraneta; en el otro
nombraba comandante general de todas las columnas patriticas que se
organizasen en ambas Castillas, con facultades extraordinarias para
crear cuerpos y premiar el mrito militar hasta coronel inclusive,  D.
Juan Martn, el Empecinado.

--Espero que harn ustedes maravillas--dijo el ministro.

--Haremos lo que podamos--replic D. Juan Martn.

--Se acerca el momento de prueba--repuso el ministro--. Quiera Dios que
salgamos con bien. Hasta la vista, seores.

--Adis.

Se estrecharon las manos, y D. Juan Martn y Aviraneta salieron de
Palacio.

--Iremos juntos hasta Valladolid--dijo el Empecinado.

--Bueno, iremos juntos--contest Aviraneta.




II.

MASCARADA MILITAR


Salieron Aviraneta, el Empecinado y el _Lobo_,  caballo, con una
escolta de lanceros, y el primer punto en donde hicieron una parada
larga fu en la finca de Castrillo, de D. Juan Martn.

El Empecinado haba pensado en reunir  sus antiguos guerrilleros.
Efectivamente, mand recado  los amigos de toda la comarca: unos no
estaban en sus casas, otros haban muerto, otros no podan.

De Castrillo se pas  Aranda, y aqu tambin, excepcin hecha de
Diamante, Valladares y alguno que otro miliciano nacional, no acudi
nadie al llamamiento.

Se decidi nombrar jefe de la Milicia del partido de Aranda  Diamante
y encargarle de la organizacin de una columna patritica.

El _Lobo_ aprovech su estancia en Aranda para traspasar su posada y su
fragua  un pariente, y decidi, en espera de los sucesos, llevar su
familia  un pueblo de la provincia de Burgos, de donde era su mujer.

Casi con la seguridad de que la comarca del Duero no respondera al
llamamiento para luchar por la Constitucin, se sigui  Valladolid.

El Empecinado y Aviraneta giraron una visita  los cuarteles y 
los parques de la ciudad castellana, y recibieron una impresin
desconsoladora.

Les acompa un oficial de Estado Mayor, ex ayudante de Zarco del Valle.

Los informes de ste les sirvi para darse cuenta de la situacin. No
haba en los parques material de artillera: los caones eran malos y
viejos, perfectamente intiles, y faltaban las municiones. Respecto 
la caballera, estaba en cuadro, y haca mucho tiempo que no maniobraba.

Lo mejor era la infantera, y aun as, escaseaban fusiles, cartuchos,
uniformes y armas blancas.

En cuestin de competencia, segn el oficial de Estado Mayor, se estaba
 la altura de lo dems; los oficiales conocan nicamente la guerra
de guerrillas y de pequeos grupos. El Estado Mayor no se hallaba
constitudo cientficamente: pareca un cuerpo sin ms objeto que
llevar un uniforme lujoso.

Los generales y jefes polticos queran resolver en un momento lo que
no se haba resuelto en aos, y daban constantemente rdenes diversas y
contradictorias.

Para obviar la falta de uniformes y armas, las autoridades decidieron
abrir las cuadras, conventos  iglesias arruinadas, donde se haban
almacenado los despojos del ejrcito de Napolen, y comenzaron 
aparecer, con gran regocijo de la gente, cascos, chacs, morriones y
turbantes de polacos, alemanes, mamelucos y franceses. Al mismo tiempo
salieron lanzas, alfanjes, espadines y gumas.

Un gran motivo de confusin y de desorden en las ciudades eran las
Sociedades secretas, que obligaban  sus afiliados  adoptar una
actitud especial ante los sucesos. En el ejrcito, casi todos los
oficiales y jefes pertenecan  algn grupo poltico.

Los generales haban dado el ejemplo.

Mina era carbonario; O'Donnell, San Miguel, O'Daly y Montijo, masones;
Ballesteros, el Empecinado y Palarea, comuneros; Morillo, anillero.

Una divergencia parecida  la de los jefes de altos cargos exista
entre los oficiales subalternos, que intrigaban abiertamente contra la
poltica de los unos  de los otros.

Para mayor confusin, los liberales exaltados de los Ayuntamientos,
casi todos ellos de la Milicia nacional, viendo la indiferencia y
pasividad del ejrcito, pretendan dirigir y preparar la defensa de los
pueblos con planes absurdos y descabellados.

Estos milicianos pensaban que los jefes no manifestaban bastante
ardimiento en la defensa de la libertad. En los pueblos se vea ir y
venir  los exaltados seguidos de sus grupos.

Algunos de estos ciudadanos, con su indumentaria napolenica, sus
casacas, sus morriones, sus tricornios, sus corazas, sus sables corvos
de mameluco, parecan comparsas de carnaval.

El mayor contingente de soldados espontneos lo daba la clase media;
los pobres, en general, odiaban  los liberales como se odia  los
tiranos: no los tenan por gente del pueblo, sino por aristcratas
extranjerizados, enemigos de todo lo popular.

Haba, adems de causas de simpata espiritual, otras ms materiales
para explicar el odio de la plebe feota  los liberales: el liberal, en
aquella poca, mandaba, el realista obedeca; el miliciano estaba bien
vestido; en cambio el soldado de la fe andaba roto y haraposo. El feota
quera cambiar su camisa desgarrada y sucia por la casaca abrigada del
audaz matareyes y del impo matafrailes.

Por entonces empezaba  generalizarse la palabra _negro_ para llamar al
liberal, palabra que tuvo su expansin con la entrada triunfal de los
franceses con Angulema.

En los liberales de los pueblos haba las mismas divisiones que en los
de Madrid.

Los masones eran las personas ms ilustradas; los comuneros, los
radicales y los lectores del _Zurriago_, formaban una turba de
demagogos callejeros, escandalosos y chillones, que gritaban en las
tabernas y se confundan con la gente clerical.

En el ejrcito haba muchos oficiales enemigos de la Constitucin.
Estos no se recataban en decir que vean prximo y deseaban el triunfo
de los franceses.

Los oficiales liberales entusiastas buscaban la manera de preparar una
resistencia seria; pero se encontraban hundidos en aquel pantano de
debilidades, de desconfianzas y de intrigas.

Por otra parte, los sargentos y cabos de milicianos comuneros y
zurriaguistas crean que las tropas de Angulema estaban en la frontera
nicamente para intimidar  los descamisados espaoles; pensaban que el
ejrcito francs era un ejrcito falso, inventado por los pasteleros
masones.

Con este ambiente de indisciplina, de vacilaciones y desconfianzas, era
imposible que el pas y el ejrcito hiciesen algo serio.

As, el fracaso constitucional fu consumado de una manera pobre,
triste y grotesca, sin grandeza en el vencedor ni herosmo en el
vencido.




III.

ANTIGUOS AMIGOS


Dejando  don Juan Martn muy desalentado, Aviraneta, en compaa del
_Lobo_, march  Burgos; se detuvo unas horas en Miranda y en Vitoria,
y lleg  San Sebastin.

Estaba de jefe poltico un navarro llamado Albistur, y mandaba la
guarnicin el brigadier de Caballera don Pablo de la Pea, que tena 
sus rdenes los regimientos incompletos de Valencey, Espaa, Salamanca
 Imperial Alejandro.

Aviraneta conferenci con los dos jefes y les explic su misin de
averiguar lo que ocurra con la Intendencia del ejrcito de Angulema.

--El ministro supone--dijo Aviraneta--que si el Gobierno francs no
resuelve este punto, su empresa morir por consuncin antes de nacer.

--Yo creo que lo resuelve--repuso el brigadier Pea.

--Entonces ustedes, los militares, tendrn la palabra--contest
Aviraneta.

--No es usted militar?

--Militar de aficin. He sido guerrillero.

--Durante la guerra de la Independencia?

--S.

El brigadier Pea contempl  Aviraneta con curiosidad.

--Y qu pretende el ministro?--repuso.

--El ministro desea que se den facilidades al proyecto de los
republicanos franceses, que intentan hacer desistir  sus paisanos de
la invasin.

--Estoy enterado de ese proyecto--dijo el brigadier.

--Yo tambin--repuso el jefe poltico--, y ayudar con mis medios.

--Entonces de acuerdo--aadi Aviraneta--; yo me voy  Bayona y la
primera noticia definitiva que sepa la enviar con un propio  Behovia.

--Entonces yo me encargo de recogerla y hacer que la lleven por la
posta  Madrid--dijo el jefe poltico.

Aviraneta dej al _Lobo_ en San Sebastin y se dirigi  Irn. Encontr
all  su amigo Juan Olavarra, quien se manifest muy pesimista. Crea
que Angulema entrara sin dificultades, y que el ejrcito espaol no
sabra defenderse.

Los liberales de Irn haban publicado una alocucin que terminaba
diciendo:

"Si  pesar de todo la libertad sucumbiera, aun nos quedara un
arbitrio que se burla de todos los tiranos: perecer, como Leonidas,
bajo las ruinas de la Repblica."

Aviraneta tena poca fe en las frases, y no hizo de sta mucho caso.

Aviraneta alquil una barca en Fuenterraba, pas  Hendaya, y en un
cochecito fu  San Juan de Luz.

Aqu se detuvo en la casa donde viva la viuda de Ignacio Arteaga.
Encontr  Mercedes como siempre muy guapa. Corito, la ahijada de don
Eugenio, tena ya tres aos y estaba muy bonita, hablaba mucho; contaba
largas historias. Aviraneta comi con la viuda y pas unas horas en la
terraza de la casa, con la nia en brazos, mirando el mar.

Record los tiempos en que sola estar en compaa de Lara y de Fermina
la _Navarra_, con la hija de Martinillo el pastor, en un pueblo de la
provincia de Burgos.

En aquellos momentos, en su imaginacin se fundan la hija de Teodosia
y Corito, y eran la misma persona.

Por la noche llegaron  casa de Mercedes su to don Francisco Ramrez
de la Piscina con el seor Salazar, dos personalidades de Laguardia.

Ramrez de la Piscina era un seor vestido de traje negro, algo rado,
con calzn corto, casaca larga y aire clerical, fro y solemne.

El Sr. Salazar contrastaba con l por su aspecto elegante. Salazar
pareca salir de una fbrica recin construdo y barnizado. Iba muy
elegante: vesta pantaln estrecho con trabillas, levita azul estilo
ingls, botas que le sonaban al andar, cuello de camisa limpsimo y
corbata brillante de muchas vueltas. Sobre el chaleco rameado llevaba
una gruesa cadena de reloj con muchos dijes, y en los dedos, una
porcin de sortijas.

El Sr. Salazar iba tan empaquetado, que cualquiera hubiese temido que
iba  hacer crac y  romperse por alguna parte.

Ramrez de la Piscina era realista; el Sr. Salazar figuraba entre los
anilleros y se tena por hombre que miraba los acontecimientos con
frialdad y buen sentido. Hablaba de una manera un tanto pedantesca.

--Yo entiendo--le dijo el Sr. Salazar  Aviraneta--que la Constitucin
de Cdiz tiene poca vida.

--Por qu?

--Porque no la han de dejar robustecerse, reconstituirse:  ha de
vencer, y para eso no tiene fuerza,  ha de morir de anemia. Dentro
tiene como enemigos al rey y  la corte, que trabajan de consuno con su
dinero y su influencia en su descrdito, y,  mayor abundamiento,  los
frailes,  los afrancesados,  los realistas,  los moderados. No es
cierto?

--S.

--Fuera tiene como enemigos  la Santa Alianza,  Francia, que hoy
est bajo una dinasta restaurada;  Inglaterra, gobernada por una
aristocracia _tory_,  la prensa europea y al comercio de todo el
mundo. Esto hace pensar que no vivir.

--De manera que vamos al absolutismo, al gobierno de los frailes?

--Algunos afirman que el Gobierno de Luis XVIII ha ofrecido una Carta
otorgada por el rey,  estilo francs, con dos Cmaras; pero que las
Cortes no la aceptan. Esto no es bice para que este sistema se acepte
tarde  temprano en Espaa.

--No s; lo que no creo es que el ofrecimiento sea cierto--replic
Aviraneta--.Los polticos franceses suponen que Espaa no puede salir
del absolutismo. Piensan que  los espaoles nos viene grande, no
una Constitucin democrtica como la de Cdiz, sino una sombra de
Parlamento vigilado por el Gobierno.

Tras de las divagaciones de Salazar, el Sr. Ramrez de la Piscina cont
 Aviraneta las postrimeras de la regencia de Urgel. Esta regencia,
despus de haber trabajado por el absolutismo y la intervencin, tomaba
 ltima hora una actitud casi facciosa ante los realistas.

Uno de los directores, Eroles, haba abandonado  sus compaeros y
se haba unido  Egua. Los otros dos, los ms acrrimos, el marqus
de Mataflorida y el arzobispo Creux, haban salido de Toulouse _motu
proprio_, establecindose en Perpin.

Estando all se les present el general Bordesoulle y les invit 
que regresaran  Toulouse inmediatamente  cumplimentar al duque de
Angulema.

La decadencia de la regencia de Urgel daba ms importancia al general
Egua. Este escriba  Mataflorida dicindole:

"Renuncie V. E.  toda idea de sostener la regencia que form, dejando
obrar libremente la que yo debo presidir."

Mataflorida, indignado, comunic  sus amigos que Egua era partidario
de la Carta y de las dos Cmaras, cosa horrible para un realista puro,
y les advirti que pensaba entrar en Navarra  desenmascarar  los
traidores. Egua, incomodado, contest dando orden de prenderlo si se
presentaba en Navarra. Mataflorida dirigi una protesta al duque de
Angulema, y ste, en vez de escucharle, mand confinar al marqus y al
arzobispo absolutistas en el interior de Francia.

Egua triunf en toda la lnea, y con Caldern, Juan Bautista Erro y el
barn de Eroles fund la Regencia provincial, que comenz en Bayona y
se instal despus en Oyarzun.




IV.

EN EL ESPIONAJE


Con sentimiento dej Aviraneta San Juan de Luz y se dirigi  Bayona.
Tom un cuartucho alto en la fonda de San Esteban, que fu lo nico que
pudo encontrar, pues todos los hoteles estaban ocupados, y se dispuso 
enterarse de cuanto pasaba.

Su primera gestin fu ir  casa de Juan Bautista Beunza, que viva
en la calle de los Vascos, y encargarle que le tuviera constantemente
preparado un tlburi para salir en cualquier momento y  toda prisa
para Espaa.

Hecha esta diligencia se dedic  husmear por el pueblo. El ejrcito
francs de ocupacin estaba distribudo por las plazas del Medioda de
Francia. El duque de Angulema iba  ponerse al frente de cinco cuerpos
de ejrcito. El primero se hallaba  las rdenes del mariscal duque
de Reggio, con los tenientes generales conde de Autichamp, Bourke,
vizconde de Obert y Castex. Este era el destinado  marchar sobre
Madrid. Los otros los mandaran el general Molitor, el prncipe de
Hohenlohe, el mariscal Moncey y el general Bordesoulle.

El general Guilleminot, hombre sagaz y de talento, distinguido como
militar y como poltico, haba sido nombrado mayor general.

Adems del gran nmero de jefes y oficiales franceses reunidos en
Bayona, estaba toda la flor y nata del absolutismo espaol, excepto los
pocos que quedaban fieles  la Regencia de Urgel. Egua, Erro, Quesada,
Longa, Jos O'Donnell, el _Trapense_, Josefina Comerford, Urbiztondo,
Corpas y otros muchos andaban por all reunidos con sus partidarios,
preparndose  intrigando.

El ejrcito francs, paralizado en la frontera, y la nube de cortesanos
realistas, haca que Bayona fuera un gran foco de noticias falsas.

Constantemente se deca que el ejrcito iba  salir, y al mismo tiempo
se aseguraba que no poda marchar porque no tena vveres ni para los
hombres ni para los caballos, y que faltaban almacenes, carros y toda
clase de medios de transporte.

Estas ltimas noticias, unidas  las diferencias y al odio que se
tenan los realistas espaoles entre s, alimentaban las esperanzas
de los liberales. Por otro lado, algunos suboficiales y veteranos
franceses decan que no queran batirse con generales de sacrista.

Aviraneta fu  casa de Basterreche y  la logia de Bayona,  la
librera de Gosse y  la de Lamaignere. Todas las logias del Medioda
de Francia se haban movilizado. Quedaba todava en ellas un rastro
republicano, un residuo de la tendencia girondina. En la parte vasca
dominaban dos hombres: Garat y Basterreche; en las Landas quedaban
algunos amigos de Ducos, y en la parte gascona persista la influencia
del convencional Barre, que viva por entonces, ya viejo, en Bruselas.

A pesar de su versatilidad, de haber sido girondino, jacobino,
bonapartista y hasta haberse ofrecido, segn algunos,  los Borbones,
Beltrn Barre era muy querido por los gascones, que vean en l un
regionalista entusiasta y un enemigo de la centralizacin y de la
supremaca de Pars sobre la provincia.

Tanto  Garat como  Barre se les consideraba por su influencia y
su grado en la masonera, como _acerrimi libertatis et veritatis
defensores_: acrrimos defensores de la libertad y de la verdad.

Estas logias de los pueblos del Medioda de Francia se cambiaban
rdenes y mandaban impresos asegurando que las tropas no entraran
en Espaa y que los soldados franceses no queran ser criados de los
jesutas.

Al segundo da de llegar, en casa de Basterreche le dijeron  Aviraneta
que el banquero Ouvrard acababa de presentarse en Bayona. La noticia
era grave, porque Ouvrard tena fama de ser hombre expeditivo y capaz
de resolver las mayores dificultades.

El da siguiente, 4 de Abril, Aviraneta se puso en campaa para seguir
los pasos de Ouvrard. No era fcil, ni mucho menos. El banquero vena
con su socio Segun, su sobrino Vctor, una docena de criados, y estaba
muy vigilado por la polica. Ouvrard tuvo varias conferencias con el
intendente Sicard, con el duque de Bellune y con el general Tirlet.

El da 5, por la maana, Aviraneta supo en la librera de Gosse que
el prncipe generalsimo de las tropas francesas haba llamado 
conferencia  Ouvrard, y poco despus se asegur que se enviaba la
caballera hacia las llanuras de Tarbes, porque no haba forrajes
suficientes para ella.

El mismo da por la noche Aviraneta tuvo la gran sorpresa de ver entrar
en la fonda de San Esteban  la Sole con el marqus de Vieuzac.

Ella le conoci en seguida; el marqus, no. Aviraneta, por uno de los
mozos del hotel, afiliado  la masonera, mand  la Soledad un recado
dicindola que quera tener con ella una entrevista. La Soledad, sin
duda, se alarm al saber que don Eugenio estaba en el mismo hotel, y
le contest advirtindole que se hallaba muy vigilada, y que si le
tena algo que decir se lo comunicara por el mozo, sin escribirla. La
Soledad no apareci por el comedor. Coma en su cuarto con una seora
parisiense que la acompaaba.

Aviraneta hubiese querido averiguar algo por la Sole. Vieuzac, como
empleado de importancia, deba estar enterado al detalle de cuanto
pensaba hacer el Gobierno francs.

El da 5, por la tarde, el mozo masn de la fonda de San Esteban se
acerc  Aviraneta y le dijo que tena que hablarle.

Este mozo, que se llamaba Gracieux, era todo un tipo: alto, flaco,
aventurero, hombre de gran nariz y de concepciones atrevidas. Gracieux
era admirador de Aviraneta. Gracieux, con gran misterio, le dijo  don
Eugenio que iban  tener una cena en un comedorcito aparte un ayudante
del general Tirlet, el sobrino de Ouvrard, el marqus de Vieuzac y
varias damas: la Soledad con su seora de compaa, una cmica amiga de
Ouvrard y una bailarina entretenida por el ayudante de Tirlet.

El mozo masn dijo  Aviraneta que si quera le preparara un
escondrijo, y desde l podra or la conversacin.

--Vamos  ver eso.

Entraron en el comedor.

El mozo abri la parte baja de un armario grande.

--Aqu puede usted meterse--le dijo.

--Aqu?--exclam Aviraneta.

--S, hay sitio. Un poco incmodo ser.

--Veamos.

Aviraneta hizo la prueba y murmur:

--La cabeza no est muy cmoda sobre un trozo de madera.

--Le traer  usted una almohada.

--Buena idea.

Aviraneta cogi la almohada que le di el mozo, y se tendi en el
armario.

--A qu hora es la cena?--pregunt.

--A las doce.

--Tres horas de espera. Bueno. Me dedicar  la meditacin.

--Cuando se acabe la cena y se vayan yo vendr  sacarle  usted--dijo
el mozo.

Aviraneta se tendi en su agujero y pas las tres horas aburrido.
Sonaron las doce, y no apareci nadie;  la una se presentaron las
mujeres, y poco despus de las dos llegaron los hombres.

Comenz la cena. Vieuzac estaba galante con la Soledad. Ella hablaba ya
bastante bien el francs, y se manifestaba, como siempre, muy mimosa,
coqueta y melanclica.

Ouvrard el joven, como parisiense que encuentra que fuera de Pars no
se puede vivir, comenz  hablar mal de los meridionales. Segn l,
desde Angulema para abajo no se vea ms que afectacin, falsedad,
farsa y mentira. A alguien haba odo decir _Mendacia vasconica_:
mentira vasca  gascona, y repeta la frase.

Vieuzac, que proceda de Argeles de Bigorre, defendi  los
meridionales con calor.

--Defienda usted tambin  su paisano el regicida Barre--dijo Ouvrard
con irona.

--Paisano y pariente--replic Vieuzac.

--Es usted pariente del Anacreonte de la guillotina?--pregunt el
ayudante de Tirlet.

-S.

--Y creo que tiene cierto orgullo con ello--repuso Ouvrard.

--Como ustedes, los bretones, tienen entusiasmo por sus realistas
salvajes.

--Vive Barre?--dijo el ayudante de Tirlet.

--S, en Bruselas.

--Qu extraa existencia la de esos hombres! Usted le conoce?

--S. Es uno de los tipos ms sugestivos y ms amenos que se pueden
tratar. En su conversacin hace desfilar todas las figuras de la
historia contempornea de Francia.

Aviraneta pens que perda el tiempo en su agujero y que no se iba 
hablar de la intervencin; pero  los postres el ayudante de Tirlet
pregunt:

--Y al fin entramos  no entramos en Espaa?

--S--dijo Vieuzac--. Est decidido.

--Maana,  las diez, se firma el tratado de mi to aadi Vctor
Ouvrard--. Su alteza real el prncipe generalsimo pondr l mismo el
sello en el contrato.

--De modo que han quedado todos los puntos resueltos?

--Todos.

--Y el ministro de la Guerra?

--El mariscal Vctor--dijo Ouvrard--est enfermo de gota, y grita 
todas horas furioso que mi to es un ladrn y que quiere quedarse con
todo el dinero de la administracin militar.--Y es posible que sea
verdad.

--Vaya un buen sobrino!--exclam el ayudante de Tirlet.

--Amigo de Platn, pero ms amigo de la verdad--contest Vctor Ouvrard.

--Amigo de quin?--pregunt la bailarina.

--De Platn... un banquero--dijo el ayudante de Tirlet, riendo.

--Rico?

--Muy rico.

--Me gustara conocerle.

--Es incorruptible.

--Bah!

--Esos espaoles lo estn haciendo mal--exclam Vieuzac.

--S; vamos  hacer el juego  Fernando y  los frailes--repuso el
ayudante.

--Se har lo posible para impedirlo--dijo Vieuzac--. Mientras el
ejrcito francs est en Espaa, yo creo que los realistas y los
frailes no se desmandarn,  no ser que los liberales cometan grandes
violencias.

--En fin, poco importa--exclam el ayudante--nos pegaremos con los
espaoles. Esta no es una guerra como las de Napolen, cierto; pero el
militar no puede elegir las guerras. De todos modos habr ascensos y
condecoraciones.

Tras de este intermedio poltico los comensales volvieron  su
conversacin de Pars, y  las cuatro de la maana abandonaron el
comedor. El mozo fu  avisar  Aviraneta que poda salir.

Este march rpidamente  su cuarto y luego  la calle.

Estaba clareando. D. Eugenio fu corriendo  la calle de los Vascos y
llam en casa de Beunza. Pronto baj el hijo Pedro, acompaado de un
joven, de Ustaritz, llamado Cadet. Sacaron entre los dos el cochecito,
aparejado.

Aviraneta, Beunza y Cadet montaron en el coche y salieron
inmediatamente camino de la frontera.




V.

EN EL CAMINO


Beunza, el joven, diriga muy bien; el caballo tena mucha sangre y el
tlburi marchaba  la carrera. El da estaba hermoso; el sol brillaba
en los campos.

Beunza saludaba  derecha  izquierda  las muchachas, que salan  las
ventanas y rean, y las echaba besos.

--Sabe usted que ayer hubo jaleo en el teatro de Bayona--, dijo de
pronto Pedro.

--No. Qu pas?--pregunt Aviraneta.

--Pues nada: una manifestacin de hostilidad entre los liberales y el
ejrcito.

--Cuenta eso.

--Ayer, por la noche, se representaba una comedia bastante sosa,
llamada _El interior de mi estudio_, en que se habla de la paz
conyugal; y cuando se oa esta palabra paz, nosotros aplaudamos.
Entonces un ayudante del general Autichamp, que estaba en un palco,
se levant y grit: _A la porte la canaille!_ Nosotros contestamos,
gritando: Fuera! Fuera! Mueran los chuanes!

--Los militares se echaran sobre vosotros.

--S; dos oficiales franceses vinieron  pedirnos explicaciones  Cadet
y  m: yo le dije al mo que era una vergenza que fueran  matar la
libertad en Espaa. Estbamos discutiendo en tono cada vez ms agrio,
cuando se present un seor gordo con pretensiones de elegante: gran
levitn  la inglesa y sombrero de copa. Este seor deba tener algn
ascendiente sobre los militares, porque los calm y los hizo marcharse
de all.

--Usted es francs?--me pregunt luego, con un acento muy cmico.

--No, soy espaol.

--Ah, es usted espaol!

--S.

--Castellano?

--No, navarro.

--Realista?

--Republicano.

El gordo se ech  reir y encendi una gran pipa de mbar que llevaba.

--De manera que es usted republicano?

--S, seor.

--Yo soy realista.

--Peor para usted.

--Sin embargo, comprendo que cada cual tiene que tener sus ideas.

--Yo no lo comprendo--le dije.

--Es posible que haya usted odo hablar de m--aadi el gordo,
amablemente.

--Creo que no.

--Yo soy el general Longa. Francisco Longa, el guerrillero.

Como yo s que Longa es adems de muy valiente muy honrado, le trat
con respeto y nos hemos hecho amigos.

El joven Beunza se consideraba  s mismo como hombre  quien
preocupaba nicamente la poltica, pero se le vea que se le iban los
ojos tras de las muchachas que pasaban.

En el cochecito cruzaron, de prisa, por Bidart, San Juan de Luz y
Urrua, y al llegar  Hendaya se encontraron con que estaban all
acantonadas fuerzas de artillera, infantera y caballera francesas
preparndose para atravesar la frontera.

Aviraneta, Cadet y Beunza pasaron el Bidasoa en una barca, y en Behovia
D. Eugenio, se encontr con el correo enviado por Albistur, el jefe
poltico de Guipzcoa.

Aviraneta se sent  la puerta de un casero y escribi un oficio al
ministro y otro al gobernador de San Sebastin.

Poco despus el correo sala al galope.

Aviraneta iba  buscar un sitio donde acostarse, cuando se encontr con
el _Lobo_.

--Qu hay?--le dijo--Est usted aqu?

--S, aqu estamos con los carbonarios franceses  italianos. Yo he
venido con ellos de San Sebastin.

--Cuntos hay?

--Ciento y tantos.

--Nada ms?

--Nada ms.

--Mal negocio.

--Sabe usted que el jefe le conoce  usted.

--A m?

--S.

--Quin es?

--Ha preguntado por usted. Si quiere usted verle...

--S; vamos.

El _Lobo_, Beunza, Cadet y Aviraneta marcharon hacia la cabeza del
puente de Behovia, roto por entonces.

Haba por all varios grupos de paisanos y de militares con uniformes
del tiempo de Bonaparte.

Los paisanos llevaban el traje clsico del liberal de la poca: levitn
largo y entallado, cerrado hasta la barba, sombrero blando y bastn de
junco, con alma de plomo, sostenido en la mueca con una cinta de cuero.

El _Lobo_, Beunza, Cadet y Aviraneta cruzaron entre el grupo, y el
_Lobo_, sealando  uno de los militares, dijo:

--Ese es el jefe.

Aviraneta reconoci los ojos brillantes y la cara redonda, alegre y
decidida del barn de Fabvier.

Aviraneta hizo un gesto de sorpresa y estrech con efusin la mano del
francs.

--Usted siempre en la hora del peligro--dijo Fabvier.

Al lado de ste se hallaban el coronel Caron y un hombre de unos
cincuenta aos, de tipo germnico, tostado por el sol, que result ser
el general Lallemand.

El barn explic  Aviraneta su proyecto.

Pensaba invitar, desde la orilla espaola del Bidasoa,  los soldados
de Angulema  que abandonaran la invasin y  que se acogiesen  la
bandera tricolor que enarbolaran ellos. En el caso de que los soldados
de Luis XVIII simpatizaran, cruzaran el ro en unas cuantas barcas que
tenan en la orilla, cerca de Azquen Portu.

--Si le puedo servir en algo, mndeme usted--dijo Aviraneta.

--Tengo un aventurero francs que he encontrado por aqu para dirigir
mi pequea flota, pero no es de confianza, no le conozco; vaya usted y
tome la direccin de las barcas. Si la cosa sale bien, yo le llamar
para que se acerque.

--Bueno, voy en seguida.

Aviraneta con sus amigos, march camino de Irn, y, al llegar  Azquen
Portu, se embarc.




VI.

EL BATALLN DE LOS HOMBRES LIBRES


El batalln de los Hombres libres, as se llamaba aquel puado de
ilusos reunidos delante de Behovia, haba tenido una larga y difcil
gestacin.

Haban esperado los carbonarios organizadores formar una columna de mil
hombres, con armas, entre franceses  italianos liberales. Esta tropa
se ira alistando en Bilbao, Tolosa y San Sebastin.

Los jefes polticos de Vizcaya y de Guipzcoa tenan orden del Gobierno
espaol de ayudarlos.

El primer ncleo del pomposo batalln de Hombres libres fu una
compaa de cazadores, formada en Bilbao con desertores franceses y
algunos napolitanos.

Mandaba esta compaa el capitn de artillera Nantil, hombre de
cierta fama. Nantil era un antiguo oficial de la legin del Meurthe,
bonapartista, que haba tomado parte en Francia en el proyectado asalto
del castillo de Vincennes.

Este complot se fragu en Pars antes de la constitucin del
carbonarismo.

Haban ideado los revolucionarios sorprender el castillo de Vincennes;
despus, Nantil y otro oficial, Capes, sublevaran sus regimientos
de guarnicin en Pars, y con la gente de los arrabales de esta
ciudad daran el asalto  las Tulleras. Estaban complicados en la
conspiracin Lafayette con sus amigos, varios generales y oficiales de
alta graduacin, como Ordener, Fabvier, Caron y Dentzel. Despus del
movimiento en Pars, Argenson deba sublevar la Alsacia, Saint-Aignan,
Nantes y Corcelles Lyon.

La vspera del da fijado para sorprender Vincennes, un polvorn de
este fuerte vol por casualidad. Al hacer la sumaria, los agentes de la
polica militar y civil notaron los trabajos de los conspiradores y las
disposiciones tomadas para el asalto. Nantil y sus amigos escaparon.

Nantil vino  Espaa y se estableci en Bilbao, y estuvo estudiando
durante algn tiempo las fortificaciones de esta ciudad con el barn de
Cond.

Nantil, con su compaa de cincuenta  sesenta hombres, la bandera
tricolor desplegada, pas por las calles de Bilbao, el 20 de Marzo de
1823, al grito de Viva la Libertad! Viva la unin de los pueblos! y
alguno que otro de Viva Napolen segundo! Los italianos de Nantil casi
todos eran republicanos; los franceses, la mayora, bonapartistas.

Este grupo march camino de Tolosa.

Pocos das despus, el coronel Caron dejaba Madrid y se trasladaba 
San Sebastin, en compaa de Fabvier.

Caron era hermano del militar fusilado en Estrasburgo  consecuencia
del falso complot preparado por la polica y uno de los jefes ms
importantes de los carbonarios.

Fabvier era el que apareca como organizador y hombre de empuje de los
liberales desde la ejecucin de los sargentos de la Rochela.

El punto de cita de los Hombres libres, hasta 1. de Abril, fu Tolosa;
pasado este da se reuniran en San Sebastin y en Irn.

El Gobierno francs no estaba tranquilo;  uno de los militares que
haba salido de Pars, con su uniforme de oficial bonapartista metido
en la maleta, se le haba ocurrido poner en sta, para despistar, el
nombre y la direccin del general Lostende, ayudante de Guilleminot. La
maleta fu detenida por la polica, y se crey que Lostende y el mismo
Guilleminot estaban complicados con los revolucionarios, y el ministro
de la Guerra, el mariscal Vctor, di la orden de destituirlos.

El peligro que asustaba al Gobierno francs era bien pequeo.

El batalln de los hombres libres marchaba muy despacio y tena
bastante menos fuerza de lo que aparentaba.

Se haba mandado aviso, por las ventas carbonarias,  Cugnet de
Montarlot,  Vaudoncourt y  Delon; pero no se estaba muy seguro de que
hubieran recibido el aviso, ni de que tuvieran tiempo de presentarse en
San Sebastin.

Se esperaba mucho de los tres; sobre todo, de Vaudoncourt y de Delon.

Delon, como casi todos los oficiales franceses de artillera cultos,
era republicano, demcrata y partidario de la gente civil.

Esto separaba mucho  los republicanos de los bonapartistas, pues
aunque los bonapartistas se llamaban liberales, eran en general
enemigos de los hombres civiles.

Delon, de oficial de artillera, trabaj con entusiasmo con el general
Berton en el movimiento de Saumur. Estuvo tambin complicado en el
asunto de los sargentos de la Rochela; era jefe importante de los
carbonarios, y viva desde haca tiempo en Espaa.

Llegado el momento, Delon no se present, y Vaudoncourt, tampoco. Se
vi con gran tristeza que en vez de los mil hombres que se esperaban,
apenas se reunieron en San Sebastin unos doscientos, entre militares y
carbonarios.

El ltimo da apareci el general Lallemand, con dos amigos. Lallemand
era fundador del Campo de Asilo de Tejas, que haba sido un fracaso.
Este general haba iniciado una suscripcin para formar una colonia,
en Amrica, suscripcin que no se llev  cabo porque los liberales
comprendieron que no les convena enviar  los oficiales liberales y
bonapartistas,  medio sueldo, tan lejos.

Al volver  Europa y saber lo que se preparaba Lallemand, se present
en seguida en la frontera espaola.

Varios generales, coroneles y comandantes formaban el batalln de los
Hombres libres, que estuvo instalado unos das en San Sebastin.

En un pueblo pequeo, como entonces era ste, hubo dificultades para
alojar aquellos hombres. Los liberales de la ciudad se los repartieron,
y algunos lombardos quincalleros recin venidos al pueblo tomaron como
alojados  los italianos.

El pequeo batalln de los Hombres libres se dirigi  Irn.

Iban en l Fabvier, Lallemand, Caron, Nantil, Berard, Lamotte, Moreau,
Pombas y Armando Carrel. A pesar de su pequeez, no se desanimaron.

Caron, Fabvier y Lallemand tuvieron una conferencia. Caron haba
recibido cartas de sus confidentes dicindole que el primer cuerpo
de ejrcito, que estaba ya en Urrua, avanzara hacia Hendaya y las
orillas del Bidasoa, el da 6 de Abril.

El da 5, por la noche, se decidi que el batalln de los Hombres
libres se presentara en Behovia. Los militares, con sus uniformes y al
frente la bandera tricolor, intentaran fraternizar con las avanzadas
francesas.

El gobernador militar de San Sebastin envi al campo atrincherado de
Irn al regimiento Imperial Alejandro, para demostrar  los franceses
de Angulema que el Gobierno espaol patrocinaba la empresa de los
carbonarios, y al mismo tiempo para defenderlos.

El da 6, por la maana, el coronel Fabvier tomaba posiciones en la
cabeza del puente destrudo del Bidasoa.

Al otro lado del ro, y al alcance de su voz, estaba el 9. regimiento
de Infantera ligera y de Artillera de campaa.

A primera hora de la tarde, el teniente general de Artillera Tirlet
fu  la orilla del Bidasoa, delante de Behovia, y di las rdenes al
general Vallin para que estableciera un puente de barcas.

El general Vallin mandaba la brigada de vanguardia del primer cuerpo,
y una compaa de esta brigada comenz los trabajos para instalar los
pontones.

Al mismo tiempo, algunas patrullas del regimiento Imperial Alejandro se
acercaron  la orilla espaola, en observacin.

Aviraneta, Beunza, Cadet y el _Lobo_, en las barcas, fueron acercndose
 Behovia.

Era ya media tarde cuando apareci el grupo de bonapartistas y
carbonarios, y comenz  llamar  los soldados de las avanzadas
francesas y  darse  conocer.

--Ahora vamos!--gritaron los de la orilla espaola.

--S, venid!--contestaron los soldados que trabajaban al otro lado.

En esto, los carbonarios se pusieron  cantar _La Marsellesa_ y 
agitar la bandera tricolor. Las notas del hermoso himno se extendieron
por la superficie tranquila del ro.

Aviraneta di orden  los de sus barcas para que se acercaran  la
cabeza del puente, donde se hallaban los carbonarios. En esto se vi
avanzar al galope, en la orilla francesa, un general  caballo.

Era el general Vallin. Mand preparar una batera; los artilleros
obedecieron, y sonaron dos estampidos.

--Viva el Rey!--grit el general.

--Viva!--contestaron los soldados, sin gran entusiasmo.

Fabvier y sus tropas, al ver que la descarga no haba alcanzado 
nadie, y creyendo que los artilleros estaban de su parte, gritaron,
agitando la bandera tricolor:

--Viva la Artillera francesa! Viva la Repblica!

--Retiraos, miserables!--oy Aviraneta que vociferaba el general.

--Viva la Libertad! Viva la Repblica!--contestaron los hombres
libres.

Entonces el general Vallin volvi  mandar cargar los caones, y se
hicieron varios disparos, seguidos de metralla. Ocho hombres quedaron
muertos en la orilla espaola, y veinte  treinta heridos.

El general Vallin mandaba hacer alto el fuego, cuando se le present
el cabecilla espaol el _Trapense_ solicitando permiso para pasar
el Bidasoa, con ochocientos soldados de la Fe, y perseguir  los
carbonarios.

Aviraneta y los suyos iban  escapar dejndose llevar en las barcas por
la corriente; pero de la orilla francesa les haban apercibido, y les
intimaban  acercarse, si no queran recibir un tiro.

Aviraneta vi que era muy difcil escapar  quinientas balas que podan
disparar sobre ellos, y se acerc  la orilla francesa.

La partida del _Trapense_ quera pasar en las mismas barcas preparadas
para los carbonarios.

No hubo ms remedio que conformarse.

El _Trapense_ vena montado en un caballo tordo, y cerca de l iba su
amante, Josefina Comerford, de amazona, con un velo en la cara.

El _Trapense_ entr con Josefina en la lancha.

Era el padre Maran un hombre moreno, de ojos negros brillantes,
melenas y larga barba espesa, de obscuro color castao.

Su indumentaria tena de hombre de iglesia y de bandolero de teatro.
Llevaba sombrero de ala ancha, de color ceniza, con plumas rojas y
amarillas y escarapela roja; zamarra de piel negra con el entorchado de
brigadier en la ancha manga; calzones bombachos, de terciopelo azul,
con muchos botones, y botas con gruesas espuelas de plata.

En la cintura ostentaba una canana y dos pistolas; en el pecho, un
escapulario de la Orden de San Francisco y un crucifijo de metal dorado.

En vez de espada empuaba un ltigo.

Josefina Comerford entr en la lancha, y estuvo sentada al lado de
Aviraneta.

Era esta dama realista una mujer seductora: tena los ojos azules, la
tez blanca y el pelo negro. Aunque no de gran estatura, su talle era
muy esbelto.

Llevaba traje de amazona, dormn con alamares de oro, y una insignia de
plata en la manga. Josefina, al ver que la observaban, tom una actitud
desafiadora y orgullosa.

Beunza la estuvo contemplando con gran atencin.

--Lstima que le guste ese frailazo--dijo en vascuence; y uno de los
remeros, al oirlo, se ech  reir.

Al bajar en la orilla espaola, el fraile enarbol el crucifijo, y lo
di  besar  un grupo de aldeanos que se haba reunido all.

Unos ochocientos soldados de la Fe fueron pasando, en barcas,  ocupar
Behovia.

Al terminar, vindose menos vigilado, Aviraneta, en su lancha se dej
llevar por la corriente, y desembarc cerca de Irn.

Beunza y Cadet se metieron en casa de un amigo, con la intencin de
volver  Francia. Los dems remeros desaparecieron, y Aviraneta qued
en compaa de un pescador que llamaban el _Arranchale_, un francs
apodado _Nacin_ y el _Lobo_.

En Irn se estaban haciendo preparativos para la entrada de Angulema,
y como all Aviraneta era conocido, decidi marchar  San Sebastin 
pie.




VII.

HUYENDO


Aviraneta y el _Lobo_, con los dos hombres de las barcas, _Arranchale_
y _Nacin_, tomaron el camino de San Sebastin. La noche estaba
obscura, no se vea una luz en todo el campo.

Al llegar al alto de Gainchurizqueta se desviaron del camino, se
metieron en una borda y se echaron  dormir sobre la hierba seca.

Aviraneta estaba rendido del ajetreo de los das anteriores.

Al amanecer se despert el _Lobo_, llam  los compaeros y salieron de
la borda.

La maana estaba radiante, el cielo muy azul y los campos muy verdes.

Durante la marcha fueron hablando los cuatro. El francs, _Nacin_, era
un hombre fuerte, membrudo, sombro, de tipo brutal. Era del Norte,
vesta un traje azul, de tela basta. Tena los brazos tatuados y un
anillo en la oreja; fumaba en una pipa corta y negra, en la que hunda
el dedo pulgar. _Nacin_ consideraba Espaa y el Medioda de Francia
como pases salvajes.

Aviraneta le hizo algunas preguntas que no quiso contestar. Habl
nicamente de los sitios de Europa que haba recorrido, que al parecer
eran muchos, y se dej decir que haba estado en los pontones.
Aviraneta supuso que era algn forzado escapado de presidio.

El _Arranchale_, por el contrario de _Nacin_, no conoca ms que su
pas, y no saba hablar ms que vascuence. El _Arranchale_ no entenda
de poltica ni saba lo que queran los liberales ni los realistas:
para l, unos y otros peleaban por fantasa. El _Arranchale_, unos aos
antes, haba dejado de ser marinero y se haba hecho labrador; pero su
mala suerte le indujo  tomar en arriendo un casero de Oyarzun, en
donde los blancos y los negros siempre tenan que parar  reir y 
llevarse despus lo que hubiera.

Entonces el _Arranchale_ haba dejado su mujer y dos hijos en casa de
la suegra, y andaba de un lado  otro trabajando en Francia  Espaa,
siempre en el pas vasco  pocas leguas de su casa.

El _Arranchale_ no se atreva  alejarse mucho porque  una pequea
distancia de su pueblo ya se senta extranjero.

Era el _Arranchale_ fuerte, membrudo, sonriente y gil como un mono.
Charlando, pasaron por delante de la baha de Pasajes, que brillaba
como un lago al sol, y se acercaron  San Sebastin.

La ciudad en su promontorio, arrimada al Castillo, formaba una pequea
pennsula, unida  tierra por arenales, pero en aquel momento de marea
alta, stos se hallaban cubiertos de agua, y el pueblo, apoyado en el
monte, pareca una isla fortificada, con sus murallas, sus baluartes y
sus cubos.

Pasaron Aviraneta y sus compaeros un puente de barcas, se acercaron 
la puerta de Tierra y entraron en la plaza.

Aviraneta fu  ver al gobernador militar. El gobernador y el
Ayuntamiento tomaban en aquel momento las ms enrgicas medidas:
mandaban prender  varios frailes y curas y  otras personas
sospechosas desafectas  la Constitucin, entre ellas al escribano don
Sebastin Ignacio de Alzate, to de Aviraneta.

Siete presbteros de los presos aquel da fueron despus fusilados y
arrojados desde las rocas del Castillo de la Mota al mar.

Aviraneta explic al gobernador militar lo ocurrido en Behovia y el
paso de los soldados de la Fe con el _Trapense_  la cabeza.

--No conoca estos detalles--dijo el brigadier Pea--; el fracaso de
la empresa de los Hombres libres lo saba porque lo han contado ellos
mismos.

--Han quedado aqu los carbonarios?--pregunt Aviraneta.

--Hace un momento han embarcado. Van la mayora  La Corua,  ponerse
 las rdenes de sir Roberto Wilson.

--Y usted cmo est aqu, general? La plaza se encuentra en buenas
condiciones?

--No del todo--contest el brigadier--. Es una lstima que le quitaran
 Torrijos el mando de las provincias vascas.

--Lo llevaba bien?

--Muy bien. Se hubiera podido resistir mucho mejor. Torrijos haba
comenzado los trabajos de aprovisionar y de defender San Sebastin y
Pamplona con mtodo. Al mismo tiempo se haba puesto al habla con los
republicanos y liberales franceses para poner obstculos  la entrada
del ejrcito de Angulema. Cuando la amenaza de la invasin era ya
inminente, Torrijos consult con los generales, y todos opinaron que lo
ms prudente era retirar las tropas al interior, dejando guarnecidas
las plazas. Todos opinaron as menos l y yo. Torrijos, que consideraba
este plan descabellado, envi al Gobierno una exposicin, manifestando
los graves inconvenientes que tena tal proyecto. El Gobierno, en vez
de contestarle le destituy, nombrndole ministro de la Guerra, y di
el mando de este distrito al general Ballesteros.

--Que no hace nada.

--Nada!

--Siempre lo mismo. No sabemos aprovechar la gente.

--Lo estamos llevando esto muy mal--dijo amargamente el brigadier
Pea--; me temo que esta guerra va  ser vergonzosa para nosotros.
Vamos  morir en la ignominia. Yo pienso resistir hasta lo ltimo.

--El jefe poltico ha resignado el mando?

--S. Albistur, con el jefe poltico de Alava y el de Vizcaya, se han
reunido con sus fuerzas de nacionales en Vitoria. Los milicianos de las
tres provincias van hacer la campaa  las rdenes de don Gaspar de
Juregui, el _Pastor_.

--Y usted se podr defender mucho tiempo?--pregunt Aviraneta.

--S. Resistir.

--Estn bien las murallas?

--S. Las veremos si usted quiere.

--S, vamos.

Salieron del baluarte de la puerta de Tierra hacia el Castillo, pasando
por encima del puerto, dieron la vuelta al monte Urgull y volvieron
por el lado de la Zurriola otra vez  la puerta de Tierra. Pea mostr
las bateras, el hornabeque, los revellines y baluartes y expuso las
probabilidades favorables y adversas que se podan tener con aquellos
medios.

Por la tarde volvi Aviraneta  visitar al brigadier Pea, y ste le
dijo que las tropas de Bourke se acercaban y haban tomado las lomas
prximas al convento de San Bartolom.

--Si tiene usted que marcharse, Aviraneta, puede usted darse prisa.

--Maana me ir.

--Maana estaremos bloqueados.

--Pero se podr salir por mar.

--S, eso s.

--Entonces no importa.

--A qu hora piensa usted salir?

--A la madrugada.

--Bueno, yo dar orden de que le abran.

Al da siguiente, Aviraneta, el _Lobo_, _Arranchale_ y _Nacin_
esperaban reunidos delante de la puerta del Mar.

Estaba amaneciendo; la campana de la iglesia tocaba  la primera misa y
algunas mujeres y algunos pescadores pasaban por entre la bruma matinal
como sombras.

En esto lleg delante de la puerta el Capitn de las llaves, examin
 Aviraneta y  sus compaeros y abri un postigo; salieron todos al
muelle, el _Arranchale_ habl con un pescador y poco despus los cuatro
fugitivos, en una trainera pequea, con una vela, salieron del puerto,
pasaron por entre la isla de Santa Clara y el Castillo y marcharon
hacia Orio.

El _Arranchale_ estaba alegre de verse en el mar. Con su agilidad de
mono suba y bajaba por el palo de la lancha para arreglar la vela,
rindose.

--Aqu, aqu cerca--dijo el _Arranchale_  Aviraneta--encontramos una
ballena hace unos aos.

--Una ballena tan cerca!

--S. E intentamos cogerla.

--Y la cogisteis?

--No.

--Y cmo fu?

--Pues pasbamos por aqu cuando la vimos dormida en el agua. Nos
acercamos  ella, y yo dije: Atadme de la cintura y me acercar.
Llevbamos un arpn pequeo. Al llegar  la ballena di un salto desde
la lancha sobre ella, y con todas mis fuerzas le clav el arpn. La
sacudida que di fu terrible: yo estuve ms de cinco minutos dando
vueltas en la espuma, hasta que me llevaron  la lancha, que iba
volando arrastrada por la ballena. Cuando me di cuenta de cmo bamos
dije: Cortad la cuerda. Pero no quisieron. As fuimos yo no s cuanto
tiempo, hasta que la cuerda se rompi, y desapareci la ballena.

Al concluir su narracin, el _Arranchale_ se ech  reir. El _Lobo_,
aunque no le entenda, se ri tambin. _Nacin_ refunfu diciendo 
Aviraneta que aquel salvaje poda hablar un idioma comprensible y no
aquella jerga endiablada.

Aviraneta no hizo caso de las murmuraciones del francs, y sigui
hablando con el _Arranchale_, cuya alegra era comunicativa.

Llegaron  Orio, en donde los tomaron por gentes del ejrcito de la
Fe; alquil Aviraneta un coche, con un caballo, y tomando primero la
carretera de la costa hasta Zarauz, y luego abandonndola por Cestona,
Azpeitia y Elgobar, llegaron de noche  Vergara.

Se encontraron en las proximidades de esta villa  trescientos hombres,
mandados por Mac Crohon, que haban salido de Bilbao custodiando un
convoy que deban conducir  San Sebastin. Al saber por Aviraneta
que los franceses estaban en Espaa, Mac Crohon decidi retirarse, y
marchar en busca de don Gaspar de Juregui.

En Vergara, como en todos aquellos pueblos, los absolutistas estaban
entusiasmados con la entrada de los franceses: decan que se iba 
restaurar la pureza de la fe y la unidad de la patria, y pensaban pedir
el restablecimiento de la inquisicin.

En la regin vascongada pululaban las partidas realistas: Quesada,
O'Donnell, Zabala, Altalarrea, alias _Francho Berri_, Juan Villanueva
(Juanito el de la _Rochapea_), Fernndez el (_Pastor_), Castor
Andechaga y el cura Gorostidi maniobraban en Vizcaya, Guipzcoa y
Navarra.

Juregui, Ora, Lpez Campillo y Chapalangarra luchaban contra ellos.

El 9 de Abril, don Vicente Quesada, desde su cuartel general de
Zumrraga, anunciaba la entrada en Espaa de las tropas de Angulema.

Al da siguiente de llegar  Vergara, Aviraneta y sus satlites
aparejaban el cochecito y salan en direccin de Vitoria.

Llegaron  esta ciudad, y Aviraneta se present en el Gobierno civil.
No estaba el jefe poltico, Nez de Arenas; y Aviraneta habl con un
partidario liberal llamado Mantilla, venido de Murcia,  quien las
tropas del _Trapense_ fusilaron en Julio de 1823.

Mantilla quit toda esperanza  Aviraneta de que Vitoria pudiera
defenderse. Se entregara al momento. En los pueblos, la Milicia
Nacional no quera que se hiciera la recluta; as que no haba
esperanza alguna de tener hombres con qu resistir.

Aviraneta sali de Vitoria, se detuvo en Miranda y en Haro, y el da 15
de Abril estaba en Logroo.




VIII.

DON JULIAN SANCHEZ


El Gobierno espaol haba intentado organizar sus fuerzas, y haba
puesto todos sus prestigios en el mando de los cuerpos de ejrcito:
Mina, en Catalua; Ballesteros, en las provincias vascas; O'Donnell, en
Castilla la Nueva; Morillo, en Galicia, y Villacampa, en Andaluca.

De estos cinco hombres, de quien se esperaba mucho, O'Donnell, eterno
trnsfuga, abandon la causa constitucional escribiendo una carta 
Montijo, en la que se manifestaba enemigo de las Cortes; Ballesteros y
Morillo capitularon; Villacampa no hizo nada, y nicamente Mina tuvo en
jaque  los franceses, y llev la campaa con bro y con fuerza.

Cierto que tena l mejor ejrcito; que sus compaeros eran
constitucionales entusiastas, y que todos lucharon hasta el fin,
excepto el general Manso, que se pas al enemigo.

De los caudillos sueltos, Torrijos, Chapalangarra, Juregui, Valds,
Campillo y algunos otros fueron tambin intrpidos campeones de la
libertad.

Entre los generales de la Independencia, don Julin Snchez, el
_Salamanquino_, estaba en Logroo.

Tena  sus rdenes dos batallones: uno de Infantera de lnea, y otro
de Milicia activa; ste era el provincial de Logroo, mandado por
don Joaqun Cos-Gayn. Haba tambin un cuerpo de voluntarios,  las
rdenes del coronel don Eugenio Arana.

En Logroo, como en casi todas las dems ciudades, los oficiales del
ejrcito regular se sentan desalentados, y nicamente los voluntarios
tomaban la defensa de la Constitucin con calor.

Arana trabajaba con todo el entusiasmo posible: haba pedido fusiles
al parque, haba formado una compaa Sagrada, haba instado al
Ayuntamiento  que publicase bandos llamando  los que deban ingresar
en la Milicia Nacional, y  que se reforzaran las murallas de Logroo
con las losas de la iglesia, suprimida, de San Blas.

Aviraneta, con el _Lobo_, _Arranchale_ y _Nacin_, lleg  Logroo y
se present en seguida  Arana. Haba un cabo de la Milicia Nacional,
Pedro Iriarte, que era navarro, y Arana lo puso  las rdenes de
Aviraneta.

Iriarte se distingua por su entusiasmo: era silencioso, trabajador y
liberal acrrimo.

Adems de la Milicia de Arana, estaba en Logroo un pequeo grupo de
guerrilleros que formaba la partida del _Hereje_, que proceda de los
pueblos de la orilla del Ebro.

La partida del _Hereje_ se distingua por su radicalismo. El nombre del
_Hereje_ tena su historia. Este jefe haba estado de barquero en una
barca del Ebro, trasladando gente. Cobraba dos cuartos por cabeza, y un
da fu un vendedor de santos con una cesta llena de stos, y pas la
barca.

--Cunto es?--le pregunt al llegar  la otra orilla al barquero.

El _Hereje_ cont todos los santos que llevaba, y dijo:

--A dos cuartos por cabeza, son catorce cabezas: veintiocho cuartos.

El vendedor protest, y dijo que una cabeza de santo no poda pagar
como una de persona, y aadi que no pagaba. El _Hereje_ cogi la cesta
con los santos, y la tir al ro. Desde entonces le vino el apodo.

El _Hereje_ era hombre pequeo, moreno, canoso, muy vehemente y
atrevido.

Su partida no tena buena fama, porque entre los que la formaban haba
gente que experimentaba gran inclinacin por los bienes ajenos.

En perodos normales, la partida del _Hereje_ haba estado varias
veces suprimida por el capitn general; pero en aquel momento era
indispensable aprovecharse de todos los recursos de que se pudiera
echar mano, y la partida del _Hereje_ tena libertad de accin.

Aviraneta, Arana y el _Hereje_ intentaron inflamar el espritu pblico,
y se convoc  una reunin de nacionales, que no tuvo gran resultado.
Todo el mundo estaba desalentado, cansado.

Al da siguiente, Aviraneta y Arana fueron  ver al brigadier don
Julin Snchez. Don Julin Snchez era hombre alto, rubio, de ojos
azules. Ya no recordaba el antiguo garrochista, brioso y hercleo.

A pesar de su fortaleza, era tipo de hombre distinguido, fino, cara
melanclica, nariz corva y frente ancha y despejada.

Snchez dijo que cumplira las rdenes del general Ballesteros, quien
le haba mandado que resistiera, y cuando no pudiera ms, se retirara
hacia Soria.

La frialdad  indiferencia de don Julin le preocup  Aviraneta. La
mayora de los militares no sentan con entusiasmo la causa liberal.
Don Julin Snchez no era ya el guerrillero arrebatado y valiente. Ya
no se poda decir de l, como en una cancin popular de la guerra de la
Independencia:

      Cuando don Julin Snchez
    monta  caballo
    se dicen los franceses:
    "Ya viene el diablo".

Don Julin no tena por entonces ningn aire de diablo: ms pareca un
buen burcrata, apagado y tranquilo.

Aviraneta y Arana se despidieron del brigadier, y pensaron en las
providencias que se podan tomar.

Aviraneta era partidario de hacer saltar el puente de Logroo; pero
Arana crea que quizs la parte reaccionaria del pueblo se exasperara
y les atacara. Adems, no haba plvora sobrante para hacer esto.

El puente tena dos puertas, y se dispuso defenderlas con barricadas.
Se hicieron dos parapetos, mal cimentados y sin gran resistencia, que
se fortificaron con cuerdas y alambres.

Todo el mundo tena la impresin del fracaso, y de que el enemigo
entrara en la ciudad.

Algunos ilusos esperaban; dos mil hombres podan hacer algo.

Cierto que escaseaban las municiones, pero aprovechadas bien haba
posibilidad de detener  los franceses muchos das.

Al saberse la aproximacin del enemigo, don Julin Snchez comenz 
preparar, con los pocos medios que dispona, la defensa de Logroo.

Envi  la fuerza que mandaba Cos-Gayn  que tomara posiciones cerca
del Ebro, se apoderara de las barcas,  impidiera el paso de los
franceses por los vados.

El brigadier qued para defender el interior de la ciudad con el
batalln de Infantera de lnea y los milicianos.

El da 17, las tropas del mariscal de campo, conde de Vittr, de la
divisin del vizconde de Obert, se presentaron en los alrededores de la
ciudad.

El da 18, por la maana, el conde de Vittr envi un parlamentario 
Snchez, quien no lo quiso recibir.

Poco despus, el primer batalln francs de ligeros del 20 de lnea
tom posiciones, y empez  tirotearse con los espaoles.

Estos contestaron al fuego con ardor, y contuvieron  los franceses
durante toda la maana y parte de la tarde.

Comenzaban los voluntarios y milicianos  entusiasmarse con la defensa
cuando se supo, con asombro, que el batalln de Milicia activa
provincial de Logroo, mandado por Cos-Gayn, y enviado por Snchez 
las orillas del Ebro, alejndose de la capital y dejndola abierta por
varios puntos se retiraba  Fuenmayor con ochocientos hombres y noventa
jinetes.

La voz de traicin corri entre la tropa, y el desaliento cundi
rpidamente por las filas constitucionales.

En esto,  media tarde, otra compaa francesa de ligeros del 21 de
lnea intervino en el ataque. Destacaron los franceses dos piezas de
artillera, que rompieron el fuego contra la primera puerta del puente,
destrozndola, y al poco rato un pelotn de zapadores, acercndose,
la hunda  martillazos y destrua la trinchera. Sostvose un momento
desde la plaza el fuego, pero ces de nuevo; y entonces un cornetilla
francs, subido  los hombros de un tambor mayor, escal la segunda
puerta y la abri.

Pronto los cazadores ligeros despejaron el puente; los constitucionales
espaoles comenzaron  retirarse hacia la parte alta del pueblo, cuando
el general Vittr mand al primer escuadrn de la Dordogne diera una
carga contra los espaoles.

Snchez, rodendose de sus tropas, haba formado el cuadro para
resistir el primer ataque de los de la Dordogne, y lo resisti
bravamente. Como los franceses tenan una superioridad de fuerzas
enorme, el general mand al coronel Mller, de los hsares del Bajo
Rhin, que atacara por segunda vez. La caballera carg con furia cuesta
arriba; las tropas de Snchez se desordenaron, y el propio don Julin
cay herido de una lanzada en el costado y fu hecho prisionero.

Aviraneta estuvo  punto de ser derribado y fu alcanzado por una
lanza, que le rompi el pantaln y le hizo un rasponazo en la pierna.

--Al camino de Soria--grit el _Hereje_  Aviraneta.

Aviraneta, el _Lobo_, algunos otros milicianos y los de la partida
del _Hereje_ se defendieron en las esquinas de la calle del Mercado,
disparando contra los franceses; al coronel Arana se le distingua
por su pelo blanco, entre sus milicianos, gritando y accionando, rojo
de ira. Aviraneta y los del _Hereje_ tuvieron que escapar subiendo 
la parte alta del pueblo. Aviraneta vi  _Arranchale_ y  _Nacin_
montados  caballo, dispuestos  huir. Aviraneta y el _Lobo_ se
acercaron  ellos, montaron en sus mismos caballos y tomaron la
carretera de Islallana.

A la media hora de salir de Logroo se encontraron con varios
milicianos, y media docena de hombres de la partida del _Hereje_.

Aviraneta quera reunirse con las fuerzas constitucionales; pero, al
preguntar en el camino si haban pasado por all soldados, le dijeron
que no.

Segn unos, el grueso de los liberales haba tomado en su retirada
hacia Rivaflecha. Otros crean que se haba dirigido  Soria, por los
montes.

Se hizo de noche. Aviraneta decidi detenerse en un sitio de fcil
defensa y aprovisionamiento, y esperar all al _Hereje_.

Se form una patrulla, compuesta de veinte hombres, y en el camino
qued reducida  doce. A la luz de la luna pasaron Islallana y entraron
en esa zona teatral y decorativa de la Sierra de Cameros.

Al pie de estos montes, desnudos y pelados, corra un ro claro y
espumoso.

Antes de Torrecilla de Cameros se detuvieron; mandaron  uno por
provisiones al pueblo, y Aviraneta dispuso ocupar unas rocas que, como
trincheras naturales, dominaban el camino.

Se pas la noche all, y  la maana siguiente Aviraneta se encontr
con que de los doce hombres del piquete, ms de la mitad haban
desaparecido. El coronel Arana no llegaba, y en vista de esto
Aviraneta dijo que cada cual hiciera lo que le pareciese mejor.
Aviraneta y el _Lobo_ compraron por diez duros, cada uno, dos caballos
que llevaban los milicianos fugitivos, y que queran deshacerse de
ellos.

Al da siguiente se supo que las tropas constitucionales huan  la
desbandada.

Cos-Gayn dijo aos ms tarde que se haba retirado  Fuenmayor con
el batalln de Milicia activa, siguiendo las rdenes del general
Ballesteros y que haba sido atacado por los franceses que le
dispersaron sus fuerzas.

Sin embargo, todo el mundo crey que haba obrado de acuerdo con los
realistas, pues luego de la supuesta derrota, Cos-Gayn se retir hacia
Pedro Manrique; volvi  Logroo, y unas semanas ms tarde el Gobierno
absolutista le nombraba gobernador de Vitoria.




IX.

AVIRANETA EN EL CONVENTO


Aviraneta dijo que l pensaba marchar  Aranda, y despus  Valladolid,
 reunirse con el Empecinado.

El _Arranchale_, _Nacin_, el _Lobo_ y un muchacho riojano de la
partida del _Hereje_,  quien llamaban el _Estudiante_, decidieron
seguirle.

Dejaron la calzada de Cameros, que se abre entre grandes masas de
tierras rocosas, horadadas por el agua, coloreadas de rojo y amarillo,
pasaron por delante de la cueva Lbriga, donde se detuvieron un
momento, y tomaron despus  campo traviesa. No se saba el espritu
que tendran los pueblos por all, y no era muy prudente entrar en
ellos.

Dos  tres veces se comision al _Estudiante_ para que comprara pan y
algunas viandas, y se hizo la comida en el campo.

--Oiga usted, capitn--dijo de pronto el _Estudiante_.

--Qu hay?--pregunt Aviraneta.

--Usted cree que no podremos entrar en estos pueblos con seguridad?

--No; seguramente que no. Sabrn que los franceses han tomado Logroo y
los realistas estarn alborotados.

--Pues yo s un sitio donde estaremos seguros.

--En dnde?

--En un convento de monjas. Tenemos que desviarnos una hora de camino.

--Bah! No importa.

--Entonces vamos all.

Se puso el _Estudiante_  la cabeza del grupo y los dems marcharon
tras l.

El _Estudiante_ era un joven vivo de movimientos, de estos tipos de
seoritos de pueblo conquistadores y jactanciosos. Tena los ojos
negros y los ademanes petulantes. Llevaba un paolito rojo en el cuello
y una rosa, cuyo tallo morda entre los dientes.

La maana era de sol; el viento, fro y sutil, se meta en los huesos.

Al llegar  algn grupo de casas, la patrulla lo rodeaba sin acercarse.

Pasaron por delante de varias aldeas destacadas en el campo verde, con
un color amarillo de miel  de pan tostado, y las dejaron sin intentar
entrar.

Al caer de la tarde llegaron al pueblo indicado por el _Estudiante_.
Era grande, ruinoso, colocado en un alto, con casas amarillentas y
pardas, alrededor de una iglesia enorme. De lejos pareca un montn de
trigo rojizo levantado sobre la masa cenicienta y plateada de la sierra.

Se decidi que Aviraneta y el _Estudiante_ entraran en el lugar, y que
el _Arranchale_, _Nacin_ y el _Lobo_ quedaran cerca de un abrevadero
con los caballos.

Aviraneta y el _Estudiante_ subieron por una rampa  la plaza del
pueblo. Era sta espaciosa, cuadrada.

En aquel instante no haba en ella nadie.

Uno de los lados de la plaza lo cerraba la Iglesia, una de esas
fachadas inmensas de estilo jesutico del siglo XVII, con dos torres
altsimas y grandes remates barrocos.

Otro de los lados lo formaba un viejo palacio abandonado, con una
soberbia arcada sostenida por columnas de piedra amarillo rojiza.

Tena este palacio magnficas rejas platerescas, balcones de hierro
florido y grandes escudos. Las ventanas y contraventanas eran de
cuarterones, pintadas con un rojo y un verde, desteidos por el tiempo
y la humedad, que tenan unos tonos de ncar. Algunos huecos de la casa
estaban tapiados por dentro con paredes de ladrillo aspilleradas.

En medio de la plaza haba una fuente de cuatro caos, con un gran
piln redondo.

El ruido del agua en la taza de piedra era el nico que resonaba en
aquel momento en el pueblo.

Aviraneta y el _Estudiante_ entraron por una calle de casas grandes,
ruinosas, tostadas por el sol, con aleros artesonados, y salieron 
una plazuela  encrucijada de la que parta una rambla pedregosa y en
cuesta.

A un lado de esta rambla haba un edificio de ladrillo con una torre
baja y un campanario rematado por una cruz y una veleta con un gallo.
Era el convento.

Se acerc el _Estudiante_  una puerta pequea y verde, abri el
picaporte, pas l y tras l Aviraneta; recorrieron un pasillo enlosado
y un patio con tiestos de geranios y claveles y llamaron en otra
puerta, de la que sali una mujer flaca, atezada y sonriente.

--Ave Mara Pursima.

--Sin pecado concebida.

--Hola, seora Benita. Buenas tardes. Cmo est usted?

--Bien, y usted?

--Bien; podr hablar con Sor Maravillas?

--S; creo que s.

Entraron en una habitacin larga, obscura que ola  cerrado, con dos
bancos largos de nogal y el torno en el fondo.

Se avis  Sor Maravillas, y el _Estudiante_ pas al torno y habl
con la monja, y se dedic  echarla piropos con cierta petulancia y
afectacin de Tenorio. Aviraneta oa la risa de Sor Maravillas.

Luego el _Estudiante_ le cont que haba venido con un amigo y que
deseaba que les permitieran pasar la noche  los dos en casa de la
seora Benita. La seora Benita era la guardiana.

--Ya se lo dir  la superiora--dijo Sor Maravillas.

Poco despus volvi diciendo que podan quedarse.

El _Estudiante_ pirope de nuevo  la monjita y el torno se cerr.

--Ahora qudese usted aqu--dijo el _Estudiante_--yo ir  buscar 
sos, encontrar sitio para meter los caballos y vendremos todos.

Sali Aviraneta del zagun  un patio, y precedido de la seora Benita
subi  un cuarto alto con un balcn corrido.

Aviraneta, como hombre acostumbrado desde chico  vivir con gente de
iglesia, saba tratarla, y habl  la seora Benita como si hubiera
sido el capelln de la comunidad. La seora Benita qued convencida de
que era un santo varn y le estuvo explicando cmo vivan las monjas y
las rentas que tenan.

Haba ya obscurecido; la seora Benita tom su cena y se fu  dormir.
Aviraneta, esperando  sus compaeros, se asom al balcn corrido
de madera. La luna apareca sobre un monte iluminando el pueblo de
paredones blancos y de tejados completamente negros; abajo se vea
el jardn de las monjas con un estanque cuadrado donde brillaban las
estrellas;  lo lejos, la sierra se destacaba con todas sus piedras,
como una muralla sombra que estuviera  pocos pasos.

A Aviraneta le vino  la imaginacin el contraste de la Espaa, tal
como era, soolienta, inmutable, con la agitacin poltica de los
ltimos aos; agitacin que seguramente no haba conmovido ms que la
superficie del pas.

A las nueve apareci el _Estudiante_ con el _Lobo_, _Nacin_ y el
_Arranchale_. Traan comestibles y vino; haban dejado los caballos en
una cuadra.

Comieron, y despus de comer se prepararon para dormir; no haba ms
que un catre con dos colchones.

Los extendieron en el suelo  intentaron tenderse los cinco, pero no
tenan espacio. _Nacin_ comenz  refunfuar.

--Aqu debe haber un desvn muy hermoso--dijo el _Estudiante_.

Salieron  la escalera, subieron de puntillas y se encontraron con que
la puerta estaba cerrada.

--No se podra entrar por otra parte?--pregunt Aviraneta.

--Por el tejado quizs.

--Veamos cmo.

El _Estudiante_ indic por dnde se poda ir.

Aviraneta explic al _Arranchale_ lo que deca. Este, con su agilidad
de simio, sali al balcn corrido, se subi por uno de los postes de
los extremos, escal el tejado y volvi al poco rato diciendo que haba
un camaranchn magnfico.

_Nacin_ no se decidi al escalo. Aviraneta y el _Lobo_ siguieron al
_Arranchale_ y salieron  un desvn grande, con columnas de madera,
que tena unas figuras de monumento de Semana Santa en un rincn entre
ristras de ajos y de cebollas y grandes calabazas.

Durmieron admirablemente en un montn de paja; por la maana, al
despertarse, abrieron la puerta del sobrado y fueron al cuartucho en
donde estaban el _Estudiante_ y _Nacin_.

Todos, menos el _Estudiante_ y Aviraneta, se trasladaron al desvn, y
decidieron pasar unos das all para descansar.

El _Estudiante_ llev  Aviraneta  la botica  que le curaran el
rasponazo que tena en la pierna.

La botica, un sitio de un par de metros en cuadro, miserable, ahogado,
ola  humedad. El boticario era un viejo bajito, gordo, rojo, con el
vientre piriforme y los ojos pequeos y malignos. Por lo que dijo el
_Estudiante_, aquel boticario no deba saber una palabra de farmacia,
porque su mujer, una vieja flaca y triste, con una venda negra en un
ojo, haca los rcipes.

Le pusieron  don Eugenio unas hilas con ungento en la herida y le
vendaron la pierna.

Por la tarde, Aviraneta y el _Estudiante_ visitaron  las monjas en
el locutorio. Haba ocho  diez, todas de aire enfermizo y triste,
menos Sor Maravillas, muchacha an de buen aspecto, de ojos negros,
brillantes, y cara ojerosa.

La historia de Sor Maravillas era tragicmica.

Haba ido al convento de nia con su ta, que era la Superiora, y de
or  todas las monjas que la vida del claustro era la mejor, decidi
profesar. Al comunicrselo  su ta la Superiora, sta dijo que no,
que antes su sobrina tena que ver el mundo y sus grandezas y sus
complicaciones, y un da de Agosto sacaron  la muchacha del convento
en compaa de la seora Benita y la hicieron dar una vuelta por el
pueblo desierto, polvoriento, abrasado por el calor. Sor Maravillas
volvi de prisa al convento diciendo que el mundo no le ilusionaba.

Aviraneta habl con las monjas con la mayor amabilidad y despus se
retir en compaa del _Estudiante_.

Al marcharse la seora Benita, Aviraneta y el _Estudiante_ entraron en
el desvn; _Nacin_, el _Arranchale_ y el _Lobo_, haban dado por una
escalera interior con la despensa de las monjas y haban sacado jamn,
bacalao, queso y dulce, y lo estaban devorando.

El _Estudiante_ se alarm porque dijo que la falta se la iban 
atribuir  l; _Nacin_ le contest con desprecio, y Aviraneta decidi
que deban marcharse.

Se dispuso salir  media noche  buscar los caballos y por la madrugada
dejar el pueblo.




X.

DE NJERA  ARANDA


No conoca el _Estudiante_ muy bien el camino, ni Aviraneta tampoco, y
en vez de marchar en lnea recta  Salas, aparecieron  media maana en
Njera.

Entraron Aviraneta y el _Estudiante_ en el pueblo, y un linternero
chato, de ojos negros y brillantes, pequeo, aceitunado, que trabajaba
en una tiendecilla obscura de la calle Mayor, con quien entablaron
conversacin, les di todos los informes que le pidieron. Les tomaron 
los cinco por una avanzada del ejrcito de la Fe, y les trataron bien.
Comieron en un cuarto de una posada, bajo de techo, con baldosas rojas
y un balcn que daba  un pedregal, cruzado por el ro Najerilla, y
despus de comer, se encaminaron hacia Santo Domingo de la Calzada.

A media tarde se detuvieron  descansar en la plaza de Alesanco. Una
nube de chiquillos apareci al ver los caballos. Vino el alguacil 
preguntarles qu pensaban hacer all, y Aviraneta le dijo que se iban 
marchar en seguida.

Un maestro de escuela, viejo, medio ciego, el nico liberal del pueblo,
sali al encuentro de los forasteros.

Se sentaron Aviraneta y l en un tronco de rbol que haba al borde
de los arcos de la casa del Ayuntamiento. El maestro tena un gran
entusiasmo por la libertad, y le temblaban las manos al hablar del
liberalismo. Quiso traer  Aviraneta un mapa de la provincia, y se
fu  buscarlo. Aviraneta qued solo. Enfrente vea un casern grande
y unas casuchas de adobes, en cuyos tejados nacan verdaderos prados
verdes. Vino el maestro con su mapa, se lo di  don Eugenio, y ste y
la compaa sali del pueblo.

El viento era fuerte y fro. Despus de beber un trago, en un ventorro,
se lanzaron en direccin de Santo Domingo de la Calzada, adonde
llegaron de noche; durmieron en un parador de las afueras.

Al da siguiente, con un hermoso sol, dejaron Santo Domingo. Durante
mucho tiempo estuvieron viendo su gran torre, alta y amarilla, hasta
que en la revuelta del camino la perdieron de vista.

Al medioda llegaron  Ezcaray, pueblo bastante grande, con una hermosa
plaza, y siguieron camino de Salas.

Tardaron muchas horas en llegar  Salas; aqu tena el _Lobo_ un mesn
amigo donde hospedarse, y pudieron descansar.

       *       *       *       *       *

Poco despus de salir de Salas les sorprendi un temporal de lluvia y
viento que dur varios das.

El campo estaba cubierto de brezos, que empezaban  florecer. Cruzaron
por Acinas, aldehuela que tiene cerca una pea con restos de castillo,
y llegaron  Huerta del Rey. Decidieron guarecerse en el pinar, en una
tenada de pastores, porque Aviraneta no tena gran confianza en la
gente de aquel pueblo.

Entre el _Arranchale_ y _Nacin_ robaron un cordero, lo mataron y lo
asaron.

Dejaron al medioda el pinar de Huerta, y siguieron su marcha.

Enfrente se vea Somosierra nevada. Pasaron por delante de
Quintanarraya, y al llegar cerca de Corua del Conde el cielo comenz
 obscurecer y  ponerse morado; el viento levant remolinos de hojas
secas y de polvo en el camino, y empez  granizar con una enorme
violencia.

Se guarecieron los cinco en un soportal de una casa del pueblo, y
cuando ces el granizo siguieron adelante.

Pasaron por Pearanda de Duero, Vadocondes y Fresnillo, y llegaron 
Aranda por la noche.

El _Lobo_ llev al _Estudiante_ y  _Nacin_  su antigua casa, y
Aviraneta  la suya al _Arranchale_.

Aviraneta se lav, se mud de ropa, y sali  la calle.

Habl un momento con el relojero suizo y con el farmacutico, y march
despus  ver  Diamante.

--Viene usted  tiempo--le dijo ste.

--Pues, qu pasa?

--Que iba  marcharme del pueblo. La Milicia nacional de todo el
partido de Aranda est deshecha, y no hay quien la organice. Unos la
han abandonado y se han pasado  los realistas; otros se han marchado
 sus casas; el _Lobo_ y dos  tres ms han ido  reunirse con el
Empecinado.

--S, ya lo s. Y Frutos?

--Ese est con los feotas. Ya tienen preparado el batalln de
voluntarios realistas, y mandan en el pueblo como si estuvieran en el
poder. El teniente de realistas va  ser don Narciso de la Muela; el
corregidor, don Manuel del Pozo, y el regidor primero, Frutos.

--De manera que aqu no podemos hacer nada?

--Nada, porque nadie nos obedece. Yo he intentado restablecer la
disciplina: imposible.

--Entonces, vmonos.

--Cuando usted quiera--dijo Diamante--Antes si pudiramos hacer una
barrabasada aqu! Podamos trincar  los jefes realistas, y fusilarlos.

--No, no vale la pena--dijo Aviraneta--. Una gota ms  menos en el mar
no es cosa. Lo que hay que hacer es marcharse rpidamente. No quedan
caballos de la Milicia?

--S; cuatro  cinco.

--Hay armas?

--Ninguna. Todas se las han llevado los realistas.

--Pues avise usted  los milicianos amigos, y maana,  la maana, si
es posible, saldremos todos para Valladolid.

--Esperaremos. Mandar el recado de da y sin que nadie se entere.
Ahora si los feotas vieran movimiento se alarmaran y quizs nos
atacaran.

--Entonces, maana avseme usted cuando podamos salir.

--Bueno.

Hablaron Aviraneta y Diamante de los acontecimientos del pueblo y de la
proximidad de la invasin francesa, y se separaron.




XI.

EL ESPA DE ROA


Hasta las doce de la maana Aviraneta y Diamante no estuvieron
preparados para salir. A Diamante le acompaaban tres milicianos: uno
era Valladares, el otro un exclaustrado voluntario de un convento
de Pearanda,  quien llamaban el _Fraile_, y que era tipo de mala
catadura, y el tercero un cmico, que por dedicarse  representar
entremeses y sainetes de tendencia liberal en los teatrillos de los
pueblos y cantar canciones de circunstancias haba tenido que alistarse
entre los milicianos y huir de todos los lugares donde le conocan.

El _Cmico_ era un viejecillo grotesco, flaco, estrecho, sin dientes,
con la nariz en punta, los ojos hundidos, la barba mal afeitada y
blanca y anteojos. Era de esos cmicos malos que en todas partes
parecen actores menos en el teatro: hablaba como un pedante consumado.

Su compaero el _Fraile_, ms repulsivo, era un hombre grueso y
grasiento, con la cara ancha, de blancura mate, tachonada de pstulas;
ojos negros y unas barbas negrsimas, que parecan de alambre, con
algunos hilos de plata. Este hombre, pesado y adiposo, tena  veces
movimientos de mujer, y una mano blanca y sin huesos.

Su conversacin, mezcla de frases frailunas y de lugares comunes
del liberalismo de la poca, era de lo ms desagradable que pudiera
imaginarse.

Con los cuatro que llegaron con Diamante se reunieron nueve hombres
 caballo. Diamante y el _Lobo_ llevaban sable; los dems no tenan
armas. Pasaron por Villalba, y luego, cruzando el monte de la
Ventosilla, tomaron todos el camino de Valladolid. Aviraneta pensaba
que les sera posible hacer las diez y siete  diez y ocho leguas que
hay de Aranda  Valladolid en dos jornadas; pero no contaba con lo
imprevisto, y lo imprevisto fu que  tres de los caballos sacados de
Aranda se les cayeron las herraduras y comenzaron  marchar al paso,
cojeando.

A media tarde, un poco antes de llegar cerca de Roa, se les acerc un
aldeano montado en un macho.

--Por aqu no podramos herrar estos caballos?--le pregunt el
_Estudiante_.

--S; ah mismo, en Roa, que est  un paso.

--Hay que entrar en el pueblo?--dijo Aviraneta.

--No; el herrador tiene la fragua en la misma carretera.

Se acercaron  Roa. Se vea el pueblo rodeado de sus viejas murallas,
con sus cubos de piedra y sus restos de un castillo.

El aldeano que les acompaaba era un hombre bajito, amable, rasurado,
que marchaba en su macho  mujeriegas, al parecer sin ganas de entrar
en conversacin con los milicianos.

Le preguntaron de nuevo dnde estaba el herrador, y l dijo que les
conducira  su fragua. Efectivamente, los llev  todos cerca de una
de las puertas de la muralla,  un cobertizo ennegrecido por el humo,
en cuyo fondo brillaba el fuego y sonaba un martillo. Hubo que esperar
largo rato  que terminaran de herrar  un potro bravo. Un mozo con
el acial revolva violentamente el belfo del caballo hasta hacerle
sangrar; otro le haba echado un lazo en la pezua, y le tena con el
brazuelo doblado. El potro luchaba furioso; pero al ltimo, estremecido
y lleno de sudor, tuvo que dejarse poner las herraduras.

Despus del potro comenzaron  herrar  los caballos de los milicianos,
y cuando concluyeron era ya de noche.

Aviraneta pensaba que lo mejor era seguir; pero el _Fraile_, _Nacin_ y
los dems opinaron que, puesto que estaban all, deban cenar.

El aldeano que les haba acompaado, y que hablaba con el herrador
sosteniendo su mula del diestro, les dijo que all cerca estaba la
posada del _Trigueros_, y  pocos pasos una cuadra, donde podan meter
los caballos.

Dejaron los caballos y fueron  la posada del _Trigueros_.

Entraron en la cocina y rodearon el fogn donde arda la lumbre.
Aviraneta, amigo de inspeccionarlo todo, entr por el pasillo y sali 
un patio y  un corral.

La posada del _Trigueros_ era un mesn grande, sucio y  medias
derrudo. Todo el mundo tena all mal aspecto. La duea pareca un
buho con sus ojos redondos y obscuros y la nariz picuda. El patrn era
un hombre mal encarado, de mirada torva dirigida siempre al suelo.

Haba tambin una criada, una muchacha morena, con la piel de tonos de
cobre. Esta muchacha tena unos ojos negros brillantes, la boca con una
dentadura blanca, fuerte, de animal salvaje, el andar de gitana y un
aire entre misterioso y amenazador.

Algunos, y sobre todo el _Fraile_ y el _Estudiante_, comenzaron 
galantearla; pero ella, por malicia  por indiferencia, contestaba  lo
que le decan con frases que no venan  cuento.

La rivalidad entre el _Fraile_ y el _Estudiante_ ante la criada hizo
que los dos se enzarzaran en frases ofensivas, y que el _Estudiante_
llamara Paternidad varias veces al _Fraile_, y que ste quisiera tirar
un plato  la cabeza del _Estudiante_. Aviraneta intent cortar la
disputa, pero no le reconocieron autoridad. Se cen en la cocina, y
la cena fu tan larga que se resolvi jugar una partida al monte y
quedarse all  dormir.

El patrn de la posada, el _Trigueros_, se acerc varias veces  la
mesa donde jugaban los milicianos, mirando al suelo, y anduvo rondando
junto  ella.

Aviraneta, dirigindose  l, le pregunt:

--Oiga usted, patrn. Hay aqu tropa?

--Aqu tropa? A veces. Es que son ustedes milicianos?

--Milicianos? Por qu lo ha supuesto usted?

--Qu s yo.

--Es usted el alcalde del pueblo?--le pregunt  su vez Aviraneta.

--Deca si eran ustedes milicianos.

--Yo deca si era usted el alcalde  el juez.

El _Trigueros_ comprendi que no le queran contestar, y replic con
cierta sorna amenazadora:

--Aqu se asegura que son ustedes amigos del Empecinado.

--Dnde es aqu?

--En el pueblo.

--Es que aqu le tienen mucho cario al Empecinado?

--Aqu? Ninguno.

--Les gustar ms Merino?

--Claro.

--Como cura. Es natural.

--Qu, ustedes no son partidarios de los curas, verdad?

--Por qu no?

--Como dicen que son ustedes milicianos!

--Bah! Tantas cosas se dicen!

El _Trigueros_, viendo que no sacaba gran partido con sus preguntas,
escupiendo por el colmillo, se fu de all.

Don Eugenio sali  la puerta del mesn. No tena gran simpata por
Roa; saba que aquel pueblo era muy absolutista, pero en esto no se
diferenciaba de los dems. Aos ms tarde, cuando el capitn Abad y el
corregidor Fuentenebro llevaron al patbulo al Empecinado, Roa tom una
fama siniestra entre los liberales.

Despus de jugar, los milicianos quedaron en la cocina, alrededor del
fuego, bebiendo y hablando. El _Estudiante_ y el _Fraile_ siguieron
batindose  sarcasmos ante la criada agitanada.

El _Lobo_ tena un amigo en el pueblo,  quien pensaba visitar.

Aviraneta quiso acompaarle. Salieron de la posada y se metieron en
Roa. Pasaron por una de las puertas de la muralla, que tena una imagen
iluminada con dos farolillos, y por una callejuela llegaron  la plaza;
luego, de aqu marcharon hasta una encrucijada, donde viva el amigo
del _Lobo_.

Aviraneta se despidi del _Lobo_ y volvi  la plaza Mayor.

La noche estaba obscura. Iba marchando con gran precaucin, cuando
de pronto vi un grupo de sayones, con hopalandas negras; empuando
alabardas marchaban  la luz de unos faroles, y se pusieron  cantar.

Aviraneta esquiv el encuentro metindose en el hueco de una puerta.
Aquellos sayones de las hopalandas negras, los Hermanos de las Animas,
no eran para tranquilizar  nadie.

Aviraneta tom por un callejn pedregoso.

Al marchar por l, en la obscuridad, vi un grupo de hombres en el
fondo de una taberna que estaban hablando y discutiendo  voces.
Aviraneta se par  ver si oa algo; pero no llegaron hasta l ms que
fragmentos de frases sin ilacin.

Luego sigui adelante, por calles y callejones, hasta salir  la
posada. La idea de un vago peligro le iba sobrecogiendo. Pens en
aconsejar  los compaeros el marcharse de all; pero no les vi.

En el pasillo de la posada del _Trigueros_ encontr al aldeano del
macho hablando con el patrn. Tanta vigilancia aument sus sospechas.

Pregunt  la patrona dnde tena que ir  dormir, y ella le dijo que
arriba.

Haba en el piso bajo dos cuartos grandes, cada uno con dos camas, y
el _Fraile_, el _Cmico_, el _Estudiante_ y _Nacin_ se apoderaron de
ellas por medio de una propina que dieron  la criada.

En el piso alto quedaba un gabinete pequeo con una alcoba; el gabinete
tena un canap y la alcoba dos catres estrechos de tijera.

Se haban sacado los colchones de los catres; los haban tendido en el
suelo en el gabinete, y estaban echados en ellos el viejo Valladares
y Diamante. El _Arranchale_ y Aviraneta disponan de la alcoba y del
lienzo de los catres.

El _Arranchale_ roncaba al entrar don Eugenio; Aviraneta qued sentado
en el camastro, en la obscuridad. Su natural prudencia de zorro se
alarmaba.

Un pueblo tan hostil  los liberales, sin guarnicin, con aquellas
gentes misteriosas que iban y venan, no hara algo contra ellos?
Realmente era una torpeza el que todos se entregaran al sueo sin poner
un centinela. El no tena autoridad para despertar  la gente y dar
rdenes. Aviraneta encendi con una pajuela un cabo de cera y comenz
 inspeccionar el cuarto. Sali al gabinete. La puerta cerraba mal.
Volvi  la alcoba y abri una ventana. Daba  un patio  corralillo.

Con la corriente de aire el _Arranchale_ se despert:

--Qu hay?--dijo en vascuence.

Aviraneta le explic sus sospechas y le indic que le pareca
conveniente ver si aquel patio tena salida  la carretera. El
_Arranchale_ no se hizo rogar: se descolg por la ventana y baj.

El corral tena una puerta  la carretera. El _Arranchale_ cogi del
suelo un palo liso, largo, de cinco  seis metros, de esos que suelen
servir de nima para hacer los almiares, y lo acerc  la ventana.

--Sostngalo usted--le dijo  Aviraneta.

Aviraneta lo sostuvo, y el _Arranchale_ subi por el palo y at la
punta de ste con una cuerda de esparto en los goznes de la ventana.
Hecha la maniobra, el _Arranchale_ entr en el cuarto con tres garrotes
que haba cogido en el corral, y los dej en un rincn; luego se tendi
en el catre y se qued dormido.

Aviraneta no tena sueo. Segua intrigado, pensando en los sayones
de la noche de Roa, en la supuesta hostilidad del pueblo, en la
amabilidad de aquel aldeano, en lo largo que haba sido el herraje de
los caballos, en los preparativos de la cena y en el mal aspecto del
_Trigueros_.

Si se hubiera encontrado solo con el _Arranchale_ y con Diamante, en
aquel mismo momento se hubiera marchado.

Estuvo por despertarlos; pero tema que le acusasen de asustadizo y de
suspicaz.

Aviraneta, preocupado con esto y deseando tener armas, cort unas tiras
del pauelo y se dedic  atar con gran perfeccin el pual suyo y la
navaja y la bayoneta de Valladares al extremo de los palos trados por
el _Arranchale_ del patio. Cerca ya de media noche, convencido de que
no pasaba nada, apag la vela y se tendi  dormir en el catre.




XII.

LA ENCERRONA


Mientras Aviraneta y los suyos dorman en la posada de Roa se iba
amontonando sobre ellos una gruesa nube prxima  estallar.

El hombre bajito que haban encontrado en el camino montado en un mulo
era uno de los realistas ms exaltados del pueblo. Hbilmente les haba
hecho perder tiempo, quedarse en la posada del _Trigueros_ y dejar los
caballos en una cuadra lejana.

Este hombre, conocido por el _Zocato_, porque era zurdo, fu en seguida
de dejar en la posada  los viajeros  casa del jefe realista de Roa,
un tal Abad. Abad llam  sus partidarios y tuvieron una reunin. Se
trataba de prender  los liberales llegados al pueblo y de quitarles
los caballos, que serviran para la futura tropa de voluntarios
realistas.

La gente estaba contenta con la presa, pero haba muchos  quienes
no satisfaca el procedimiento de encarcelar  aquellos hombres y
preferan algo ms violento y decisivo.

Entre estos estaban el _Zocato_, un lugarteniente de Abad, llamado
Gregorio Gonzlez y apodado el _Buche_, y un cura joven que se
distingua por su fervor absolutista y su odio  los impos,  quien
llamaban el _Capillitas_.

El _Zocato_, el _Buche_ y el _Capillitas_ hablaron  su gente, se
encontraron con los de la Hermandad de las Animas y entraron en algunas
tabernas  discutir y  esperar el momento.

A media noche toda la tropa, en nmero de ochenta  noventa hombres,
se acercaron  la posada del _Trigueros_ cantando la _Pitita_ y el
_Seren_. Los jefes colocaron  los suyos en las esquinas, rodeando la
casa.

Aviraneta, que estaba en el comienzo del sueo, crey or un rumor de
gentes; pens primero que desvariaba, pero al notar el murmullo ms
claro y distinto, se incorpor en el catre y escuch.

Se oa claramente entonado  coro el estribillo de la cancin que
llamaban la Pitita:

      Pitita, bonita,
    con el po, po, pon.
    Viva Fernando
    y la Religin!

--Nos querrn dar una cencerrada--pens Aviraneta, y se levant 
tientas, sali al gabinete y, empujando violentamente las maderas,
abri la ventana.

Al mismo tiempo sonaron los estampidos de cuatro  cinco trabucazos,
y una lluvia de metralla pas alrededor de Aviraneta. No le di ni
una bala. Aviraneta despert  puntapis  Diamante y  Valladares.
El _Arranchale_ haba saltado inmediatamente de la cama al or los
estampidos.

Se sinti abajo un rumor de lucha y gritos agudos.

El _Arranchale_, Aviraneta, y despus Diamante y Valladares, bajaron
rpidamente por el palo del almiar desde la ventana al corralillo.

--Mueran los masones! Mueran los judos! Mueran los
negros!--gritaban desde fuera.

Aviraneta mir desde una rendija de la puerta del corral. Haba un
grupo de veinte  treinta hombres. Los dirigan dos  tres personas, y
entre ellas el _Zocato_.

Aviraneta dijo en voz baja:

--Atencin! Prepararse. A correr  la derecha. Al que quiera
detenernos hay que matarlo.

Diamante tena su sable; Valladares, el _Arranchale_ y Aviraneta, los
palos con la bayoneta, la navaja y el pual en la punta.

Aviraneta abri la puerta del corral, y los cuatro rompieron por en
medio de la gente y echaron  correr. Los sitiadores no comprendieron
bien que era aqullo, pero al poco rato un grupo de diez  doce sali
en persecucin de los fugitivos. Era gente joven, sin duda, y ms gil,
porque pronto les di alcance.

Aviraneta grit:

--Media vuelta!

Los cuatro, al mismo tiempo, hicieron frente  los que les perseguan.

Valladares, que era un soldado viejo y manejaba bien la bayoneta, di
un bayonetazo  uno en el muslo, y Aviraneta clav el pual en la
garganta de otro.

Los perseguidores vieron que sin armas les tocaba la de perder y se
retiraron. Era la noche obscura, nadie conoca el camino y no saban
qu hacer.

Meterse por los sembrados era condenarse  no adelantar nada, y seguir
por la carretera exponerse  que con facilidad los cogieran. Decidieron
seguir por el camino hasta que aclarara, y luego esconderse.

Antes de amanecer vieron  dos hombres que venan corriendo. Uno de
ellos era el _Estudiante_, que haba escapado no saba cmo, medio
desnudo y lleno de heridas; el otro, el _Lobo_,  quien haban ido 
buscar para matarlo  la casa de su amigo.

El _Estudiante_ dijo que  _Nacin_, al _Fraile_ y al _Cmico_ los
haban acribillado  navajadas hasta dejarlos como una criba. Despus,
al _Fraile_ le haban vaciado los ojos y al _Cmico_ le haban mutilado.

Al hacerse de da, los fugitivos se metieron  campo traviesa hasta
llegar  un bosquecillo de encinas y carrascas. Era este bosquete
el nico que haba por aquellas tierras, pero ni Aviraneta ni sus
compaeros se fijaron en ello.

Se tendieron todos  descansar un momento, y el despertar fu
terrible. Tenan delante al _Buche_, al _Capillitas_, al _Zocato_ y al
_Trigueros_, con otros ocho hombres ms que, montados en sus caballos,
los haban perseguido hasta encontrarlos y atarlos.

El _Arranchale_, sin saber cmo, desapareci. El _Estudiante_, loco de
cansancio y de terror, se ech  los pies del _Capillitas_ pidiendo
perdn, pero ste no estaba para perdones.

--No, no, os vamos  fusilar  todos.

--A todos,  todos!--dijeron los dems.

--Va usted  fusilar  un oficial de Merino--dijo Aviraneta.

--Quin es?

--Yo.

--Hombre! Pues no me importa nada, monn--dijo el _Capillitas_--. Te
contestar con la divisa de Roa: Quien bien quiere  Beltrn, bien
quiere  su cn. Haber salido con don Jernimo, amiguito, no slo
antes sino ahora que defiende la religin.

A pesar del momento, que no era para sentir pinchazos de amor propio,
Aviraneta experiment una profunda clera al oirse llamar amiguito y
monn.

--Este es el jefe--dijo el _Trigueros_ mostrando  don Eugenio--el
amigo del Empecinado.

--Lo tendremos en cuenta--exclam el _Capillitas_--. Conque seores,
como dentro de poco van ustedes  estar en la eternidad voy 
confesarles  ustedes. T, teniente de Merino.

--Yo no quiero confesarme con un hijo de perra como t--dijo
Aviraneta--. Confesarme t! Lo ms que te permitira sera limpiarme
las botas.

Dos hombres del _Buche_ se acercaron  Aviraneta.

--Dejadle, dejadle--dijo el cura--; le calentaremos los pies para que
se amanse. Y usted?--pregunt el cura  Diamante.

--Yo te desprecio, miserable. Es que crees que me vas  asustar  m?
A m con amenazas.

--Otro candidato al fuego--repuso el cura.

El _Lobo_ no dijo nada. El _Estudiante_ y Valladares asintieron  la
confesin, y el primero se aproxim al cura, llorando.

El _Capillitas_ se alej de los dems con el _Estudiante_ y di  su
fisonoma un aire de hipcrita uncin.

Era el cura un tipo bajito, con unos ojos grandes negros, unos
movimientos vivos y una barba muy azul del afeitado. Mientras estaba
serio tena aire de persona, pero cuando se rea se desenmascaraba y
pareca una estpida bestia.

Mientras el _Capillitas_ confesaba, el _Buche_ contemplaba la escena
apoyado en el sable con una gran jactancia. El tal tipo tena una cara
abultada y torpe, los ojos pequeos y la expresin de orgullo.

Al terminar la confesin el _Estudiante_, le sustituy Valladares. El
_Estudiante_ qued paralizado de terror.

En esto, con una rapidez inaudita, se presentaron varios soldados
constitucionales que rodearon el bosquecillo donde estaban todos.

El _Buche_ y sus hombres montaron  caballo con rapidez y huyeron.
El _Zocato_, el _Capillitas_ y el _Trigueros_ fueron  hacer lo
mismo; pero Diamante, el _Lobo_ y Aviraneta,  pesar de estar atados
por las muecas, se echaron sobre los estribos de los caballos, 
interponindose y mordiendo, sufriendo los golpes y patadas de los
realistas, no les dejaron montar.

El _Arranchale_ haba resuelto la situacin. Al escapar haba
encontrado  un campesino que le haba dicho que cerca haba tropas y
las haba buscado y las haba trado.

Era una media compaa con un capitn. Soltaron  Aviraneta y  sus
amigos y ataron al cura, al _Zocato_ y al _Trigueros_.

Aviraneta cont al oficial lo ocurrido y ste decidi fusilar  los
tres facciosos. Al or su sentencia el cura se acobard y empez 
sollozar y  pedir  Aviraneta que intercediera por l. Aviraneta
volvi la espalda con desdn y mir  otro lado.

--Quiere usted ahora que yo le confiese padre?--le comenz  preguntar
el _Estudiante_ con sorna.

El cura gritaba, se tiraba al suelo llorando, el _Zocato_ peda perdn
y el _Trigueros_ protestaba. El oficial les dijo que se dejaran atar
porque iba  llevarlos prisioneros.

Se dejaron atar casi satisfechos, y cuando estaban atados los hizo
ponerse  los tres junto  un rbol y mand fusilarlos.

Luego, entre el _Estudiante_ y unos soldados, cogieron los cadveres
del _Zocato_, del _Trigueros_ y del _Capillitas_, y los colgaron por el
cuello, con gran simetra, de las ramas de una encina.

--Este amor por lo decorativo nos pierde--exclam Aviraneta con humor.

--No cabe duda--dijo el _Arranchale_  Aviraneta en vascuence, con
mucha seriedad y como quien hace un descubrimiento--que les gustar 
ustedes ms ver desde aqu  esos hombres colgados, que no que ellos
les hubieran visto  ustedes en esa posicin incmoda.

Aviraneta di una palmada cariosa en el hombro al _Arranchale_, y
celebr la frase riendo.

El oficial de la tropa que los haba salvado permiti  Diamante,
Aviraneta y al _Lobo_ que tomaran los caballos del _Trigueros_, del
_Zocato_ y del _Capillitas_ y se fueran con ellos.

El _Arranchale_ se volvi  su pas y Valladares y el _Estudiante_ se
incorporaron  la media compaa, mandada por el capitn.

Aviraneta, el _Lobo_ y Diamante llegaron  Valladolid, y se encontraron
la poblacin sin tropas liberales.

El da 25 de Abril, con la divisin del ejrcito de la derecha, haba
entrado el cura Merino en Palencia con cinco mil hombres y derribado
la lpida de la Constitucin. El general Morillo, conde de Cartagena,
de miedo al copo, se retir  Galicia, y el Empecinado, vindose
sin posibilidad de defenderse, evacu tambin la ciudad y march 
Salamanca y luego  la plaza de Ciudad Rodrigo.

Diamante, el _Lobo_ y Aviraneta tuvieron que seguir el mismo camino
hasta unirse con el Empecinado.




XIII.

EN CIUDAD RODRIGO


Ciudad Rodrigo es una ciudad colocada en una eminencia, rodeada de
murallas, algunas antiguas, otras reconstrudas  trozos. Tiene
hermosas casas de sillera con grandes escudos, un magnfico
Ayuntamiento y un castillo derrudo, el de Don Enrique de Trastamara.

En sus muros se abren tres puertas: la del Conde, la de Santiago y la
de la Colada.

La antigua Mirbriga tiene alrededor una gran vega ancha y sonriente
que se divisa como un mar verde desde lo alto de la muralla.

No era muy agradable para un ejrcito numeroso la estancia en Ciudad
Rodrigo.

Adems de la opresin del pueblo amurallado y estrecho estaba todo muy
sucio y abandonado.

Las calles se vean siempre llenas de basura y haba un olor pestilente.

Por fortuna Aviraneta, el _Lobo_ y Diamante fueron encargados de hacer
excursiones, para forrajear, por los alrededores, y se establecieron
con un piquete en una alquera prxima que se llamaba Pedro Tello.

Los aldeanos de los contornos manifestaban por Aviraneta un odio
terrible; pero alguno que otro se haba hecho amigo suyo y sola
contarle las hazaas realizadas en Ciudad Rodrigo por don Julin
Snchez y don Andrs Prez de Herrasti.

Aviraneta todos los das marchaba al alojamiento del Empecinado, y
entre los dos discutan planes y proyectos. Muchas veces, para estar
ms solos, iban al claustro de la catedral. Aviraneta comenz 
redactar un peridico que haca copiar  mano y reparta entre los
soldados.

Pretenda dar confianza  las tropas, y contaba una serie de triunfos
de los constitucionales contra los franceses que no existan ms que en
su imaginacin.

La situacin del ejrcito era muy mala: don Juan Martn tena sus
cuadros de tropas de lnea incompletos; las partidas de milicianos y
voluntarios patriotas muy entusiastas, muchas veces no servan; no
haba dinero y era indispensable salir todas las semanas  requisar
ganado y forraje para el abastecimiento de la plaza.

El estado del pas iba ponindose desesperado.

El ejrcito no haca el esfuerzo necesario para oponerse al avance de
los franceses.

No pasarn los Pirineos, se dijo primero. Se quedarn en las
provincias del Norte. No pasarn el Ebro. En Despeaperros los
destrozaremos.

Y los franceses pasaron los Pirineos, no se quedaron en las provincias
del Norte, cruzaron el Ebro y atravesaron Despeaperros.

Los liberales tuvieron que ir perdiendo sus ilusiones en Ballesteros,
en Morillo, en Montijo y en O'Donnell.

Se haba credo que este ltimo se opondra  los franceses en
Somosierra y en el Guadarrama, pero los dej pasar sin disputarles el
terreno.

Todos estos generales eran partidarios de dar por fracasada la
Constitucin del ao 12. Montijo escribi una carta  don Enrique
O'Donnell, conde de la Bisbal, dicindole que se decidiese  salvar
al pas y  cumplir la voluntad del pueblo; que era que no siguiese
rigiendo la Constitucin, porque sta no afianzaba la seguridad
individual ni conservaba la dignidad de la monarqua espaola.

O'Donnell contest en un sentido parecido; los liberales, al leer
su carta, se indignaron, y La Bisbal tuvo que escapar de Madrid,
resignando el mando de las fuerzas en Castelldosrius, quien tambin
abandon la Corte dejando el mochuelo al general Zayas, que fu quien
tuvo que capitular.

Unicamente los guerrilleros Mina, el Empecinado, Chapalangarra y
algunos generales como Torrijos, Riego y Lpez Baos estaban dispuestos
 defender la Constitucin hasta el fin.

Mina tena lo mejor del ejrcito y estaba en Barcelona, en donde
haba espritu liberal entusiasta; primero por los hijos del pas,
luego por encontrarse all hombres comprometidos en las revoluciones
de Npoles y Piamonte; patriotas polacos, estudiantes, alemanes y
franceses obligados  dejar su patria por las persecuciones policiacas
de la Santa Alianza. Haba tambin en Barcelona una Legin liberal
extranjera, organizada por Pacchiarotti, con un pequeo batalln de
infantera y un escuadrn de lanceros.

Muchas compaas estaban formadas por oficiales y dos generales
italianos empuaban la lanza como simples soldados.

El Empecinado no tena estas ventajas; no estaba sostenido por el
espritu de una ciudad liberal: se encontraba en tierras hostiles,
sin ms consejo que el de Aviraneta, y no poda aceptar siempre sus
inspiraciones.

Entre los dos haba una obscura incompatibilidad. Aviraneta senta una
mezcla de cario, de admiracin y de desdn por el general. El verle
tan tosco y muchas veces tan incomprensivo le pona en contra suya.
Al Empecinado, por su parte, le produca su secretario un sentimiento
confuso de desconfianza y de repulsin. Saba que Aviraneta era hombre
de probidad, pero le vea capaz de una infamia por defender su causa.

Don Juan afirmaba que, puesto que la doctrina liberal era la mejor y
la ms justa, los procedimientos de los liberales deban ser tambin
siempre claros y justos.

Aviraneta crea que el fin justifica los medios. Con este motivo, el
general y su secretario solan discutir. Uno de los sitios de sus
discusiones era el claustro de la catedral.

Aviraneta quera convencer  don Juan Martn de que deba aceptar todos
los recursos.

--El hombre de guerra, por lo mismo que vive entre catstrofes--deca
Aviraneta--tiene que ser inmoral. Esta es su superioridad. Aqu
conviene ser benvolo, se respetan las personas y las cosas; all
conviene ser severo, se fusila  todo el mundo y se queman las casas
y los campos. En una parte, religioso; en otra, impo; aqu, blando;
all, duro. El militar es lo arbitrario. No puede rechazar medio
ninguno. Para nosotros, el fin lo purifica todo.

--No, no--deca el Empecinado.

Aviraneta, que segua inspirndose en los Comentarios de Csar y en el
Prncipe de Maquiavelo, crea que en la poltica todo est permitido,
y que lo que en la vida de un individuo: el engao, el fraude, la
falsificacin, es una infamia, puede en la vida pblica considerarse
como una maniobra del Estado.

Don Juan Martn, por el contrario, no quera aceptar que, para ejercer
el mando con habilidad, se necesitara el empleo de medios reprobables
 inmorales; no vea que los hombres de gobierno, cuanto ms
inteligentes y  la vez ms fros, astutos y crueles, son los mejores
polticos.

--Mientras la sociedad viva como un organismo en perpetuo
desequilibrio--deca Aviraneta--el gobierno ser brbaro y depravado;
tendr el poltico algo de las atribuciones del cirujano: cortar la
carne enferma y la sana, gozar de una verdadera dictadura para el bien
y para el mal. Quin le podr atajar? La opinin pblica? Ilusin.
Unicamente al final, se dir: Tuvo xito  fracas. Salv al pas  lo
hundi. Si tuvo xito se le aplaudir, si no se abominar de l. Quin
ir  comprobar los medios que emple? Nadie.

--Horror!--deca don Juan.

--Verdad, verdad--replicaba Aviraneta--. Verdad de hoy y probablemente
verdad de siempre. No hay pueblo que pueda tener un gobierno de hombres
justos. Tendra que haber un medio social sano, cuerdo, en perfecto
equilibrio. Es decir, que para sostener una utopa habra que inventar
otra.




XIV.

LA TOMA DE CORIA


Al final de la primavera lleg  Ciudad Rodrigo la noticia de la
sublevacin de algunos pueblos de Extremadura que haban desarmado la
Milicia nacional y proclamado el rey absoluto.

La primera ciudad importante que se rebel en la regin fu Coria;
 sta, al parecer, deba seguir Plasencia, y despus la Vera y la
Serrana de Gata.

El levantamiento de aquella comarca poda cortar la comunicacin de
las tropas del Empecinado con el ejrcito de Extremadura y dejar en
el aislamiento  Ciudad Rodrigo, que  la larga hubiese tenido que
rendirse.

El Empecinado y Aviraneta decidieron marchar  Extremadura  sofocar
el incendio; y dejando la guarnicin casi ntegra en la ciudad
salamanquina, se form una columna de caballera de unos seiscientos
hombres, la mitad compuesta de jefes y oficiales que haban servido en
los cuerpos de guerrilla durante la Independencia, y la otra mitad,
por lanceros.

Iba la columna dividida en tres escuadrones: uno mandado por el coronel
Maricuela; el otro, por el coronel Dmaso Martn, el hermano del
Empecinado, y el ltimo, por el comandante don Francisco Caicero.

Salieron de Ciudad Rodrigo  final de Mayo, pasaron por Fuente
Guinaldo, que haba sido el cuartel general de Wellington en la guerra
de la Independencia, y por Moraleja dieron la vista  Coria.

En la maana del da primero de Junio, Aviraneta se acerc con los
exploradores  mirar con su anteojo el Castillo de Coria, y vi que
entre las almenas haba gente apostada. Se aproximaron un poco ms, y
entonces los del castillo les hicieron una descarga cerrada.

Dispuso el Empecinado que un parlamentario con bandera blanca se
acercase al pueblo  intimar su rendicin; pero al ponerse  tiro
comenzaron  gritarle desde arriba: "No te acerques. No te acerques".
Algunos dispararon, y el parlamentario se retir.

En vista de la resistencia, el Empecinado decidi sitiar y atacar la
ciudad. Se acamp  media legua de distancia de las murallas y la noche
del da primero se hicieron varios reconocimientos.

Cien hombres mandados por Dmaso Martn dieron la vuelta al pueblo, y
Aviraneta, con una patrulla de cinco hombres, inspeccion de noche la
muralla y fu de una puerta  otra con un vecino liberal de uno de los
barrios de extramuros.

El resultado de las investigaciones de don Eugenio fu que la puerta
del Carmen era la ms dbil, que no tena hierros, sino una tranca, y
que por ella haba que hacer el intento de entrar.

Aviraneta explic estos datos al Empecinado y se dispuso el ataque para
el da siguiente.

El Empecinado hara un amago de una manera muy ostentosa, con todas sus
tropas, por la puerta de San Francisco; Dmaso Martn alarmara por
el lado del palacio derrudo del marqus de Coria, y cuando toda la
atencin de los realistas se pusiese en aquellos puntos, Aviraneta, con
un grupo de hombres, intentara forzar la puerta del Carmen.

As se hizo. Antes del amanecer cincuenta soldados, dirigidos por
Aviraneta, se establecieron en unas casas prximas  la puerta del
Carmen. Eran cinco zapadores, cuarenta fusileros, cuatro tambores y un
pito.

Deban esperar all hasta el anochecer.

En la casa donde entr Aviraneta viva un hombre muy viejo, un tipo de
senador romano. Este viejo, alto, tena una cara de medalla antigua,
las cejas salientes, la nariz corva, la boca severa y estaba ciego.
Vesta una chupa de ante amarillo, con bordados abrochada hasta arriba,
casaca negra con faldones y cuello blanco. En la cabeza llevaba
apretado un pauelo y encima un sombrero chambergo. Sobre las calzas
gastaba zajones con listas doradas, y zapatos con hebillas y polainas.
A pesar de que no haca fro se cubra con una gran capa bordada.

Aviraneta estuvo hablando con el viejo, y oyndole contar historias y
ancdotas que se remontaban  la primera mitad del siglo XVIII.

Aquel viejo tena muy buena memoria, y con su semblante severo, su
hablar tranquilo, sentado en un silln antiguo, pareca la voz del
pasado.

A media tarde Aviraneta sali de la casa del viejo y se alej de ella
en lnea recta, bajando un barranco en direccin contraria  la ciudad;
luego tom por la izquierda, acercndose al campamento del Empecinado,
 enterarse de las circunstancias de la lucha.

El Empecinado haba comenzado un ataque aparatoso. Mand incendiar
varias casas del barrio de San Francisco y se tirote  gran distancia
con los realistas. Estos le insultaban furiosamente. El incendio
dur largo tiempo, pero no lleg  la puerta de San Francisco, cosa
que saba muy bien don Juan. Al anochecer, el general fraccion sus
fuerzas  hizo que parte se dirigiese  atacar la puerta de la Gua,
mientras Dmaso Martn intentaba escalar el cerro por las proximidades
del palacio del marqus de Coria. Aviraneta corri  la casa del viejo
 dar sus disposiciones. Era el momento en que tena que obrar, un
centinela desde el tejado anunci que los realistas se corran hacia
el sitio de la muralla, donde comenzaba el nuevo ataque, y que por el
lado de ac no haba nadie.

Aviraneta se prepar.

Cuatro zapadores avanzaran con l inmediatamente  la puerta del
Carmen y comenzaran  serrarla; veinte fusileros pasaran en seguida
que sta se abriera, y otros veinte quedaran emboscados en la casa
para hacer fuego desde los balcones sobre los realistas que aparecieran
en la muralla.

Todo se hizo con rapidez. Aviraneta y los zapadores llegaron  la
puerta y en un momento la abrieron. Al ruido aparecieron dos realistas
en la muralla, que fueron tiroteados, y se retiraron en seguida.

Abierta la puerta, los cincuenta hombres, precedidos por Aviraneta,
pasaron, derribaron una barricada y entraron por una calle del pueblo.

--Adelante!--dijo Aviraneta.

Avanzaron todos, en silencio, por la callejuela.

--Tocad el himno de Riego--aadi don Eugenio.

Coria estaba desierta. La pequea tropa marchaba en medio de la
oscuridad al comps de su himno saltarn y bullanguero. Aviraneta
caminaba delante, con el sable desenvainado, y los soldados arma al
brazo... No saba dnde estaba la puerta de San Francisco, y comenzaba
 temer que los realistas hubiesen cerrado la del Carmen y le hubiesen
dejado dentro.

Aviraneta dividi su fuerza,  hizo que cuarenta hombres se dirigiesen
al pie del castillo  abrir la puerta, mientras l, con los diez
restantes y los tambores y el pito, se diriga por las calles haciendo
que tocaran el himno constantemente.

Poco despus se oyeron otros tambores. El Empecinado entraba en Coria.

Los sublevados, desmoralizados, no intentaron defenderse y escaparon,
abandonando las armas.




XV.

UNA CIUDAD LEVTICA


Coria es una ciudad pequea de Extremadura, asentada sobre una colina 
orillas del ro Alagn.

Es ciudad antigua, de silueta castiza: tiene el aspecto mstico,
esttico, religioso y guerrero de casi todos los pueblos espaoles de
tradicin.

Coria, ms que un pueblo con una catedral, es una catedral con un
pueblo.

Es una ciudad levtica por excelencia. Para unos quinientos vecinos,
que representan unos dos mil  tres mil habitantes, Coria cuenta con la
catedral, el seminario, la parroquia de Santiago, el convento de monjas
de Santa Isabel, el de San Benito y varias ermitas y capillas.

Por entonces la catedral tena once dignidades: den, tesorero,
arcediano de Coria, arcediano de Valencia de Alcntara, prior,
arcipreste de Coria, arcipreste de Calzadilla, chantre, arcediano de
Cceres, arcediano de Galisteo, maestrescuela y arcediano de Alcntara.

Haba, adems, quince cannigos, seis racioneros, seis medioracioneros,
un beneficio curado y nmero competente de capellanes.

Funcionaba tambin en Coria el tribunal eclesistico, formado por
el provisor, el vicario general, un fiscal, dos notarios y tres
procuradores. Estos, unidos  los profesores del seminario,  los
prrocos, curas, frailes, monjas, sacristanes, legos y monaguillos,
haca que el obispo tuviera bajo sus rdenes un pequeo ejrcito.

Coria era pueblo amurallado con gruesas murallas, algunas de las cuales
databan de la dominacin romana.

Entonces Coria tena unos pequeos arrabales extramuros que despus han
ido creciendo. Se asentaba la ciudad sobre una meseta que se prolongaba
en llano hacia el Norte; en cambio, hacia el Sur el cauce del Alagn
dejaba un barranco, en cuyo fondo corra el ro.

Este pasaba lamiendo la base de la colina cauriense, y tena un
magnfico puente. Con el tiempo el Alagn se desvi de su lveo, que
fu cegndose con la tierra de las crecidas, y se separ del pueblo,
dejando el puente en seco, con lo cual el antiguo cauce se llen de
huertas, formando la Isla  el Arenal del Ro.

Esta irregularidad de encontrarse en seco el puente daba lugar  bromas
que las gentes de Coria, que no se sentan completamente coriceas,
aguantaban con poca calma. Por la poca aquella,  falta de puente,
haba una barca en el sitio llamado las Lagunillas, y dos vados: el
de la Barca y el de la Martina. Mirando  Coria por el camino de
Plasencia, la ciudad se presentaba en un alto, en el fondo de la gran
vega, cruzada por el ro. Sobre el vrtice del cerro apareca la
catedral en medio;  la izquierda, el palacio del marqus de Coria, y
 la derecha, un edificio cuadrado, grande, con muchas ventanas: el
seminario.

Desde el camino de Ciudad Rodrigo, Coria se presentaba plana, con el
castillo de piedra, en medio de la muralla dominando los tejados, y la
torre de la catedral.

Haba cuatro puertas en la ciudad: la de San Francisco, la de la
Estrella, la del Carmen  del Sol y la de la Gua  de la Corredera.
Haba adems la puerta del Postiguillo, estrecha abertura entre el
seminario y la catedral.

Al entrar Aviraneta y el Empecinado en Coria, se encontraron el pueblo
que pareca desalquilado. La gente estaba escondida, las calles
tristes, sucias, completamente desiertas. En la plaza, las pocas
tiendas se vean cerradas, y nicamente se hallaba abierta la botica.
La lpida de la Constitucin haba sido arrancada del Ayuntamiento.

Fu un problema alojar los seiscientos hombres del Empecinado en Coria.

Los jefes fueron  vivir  las casas de las familias liberales del
pueblo, que eran cuatro  cinco: la de Zugasti, la de Simones, la
de Medrano, la de Roda y la de uno que se haca llamar el Segundo
Empecinado.

El Empecinado y Aviraneta fueron  parar  casa de don Marcelo Zugasti.

Al da siguiente, domingo, se reunieron los constitucionales del pueblo
 hablar con el general. Estuvieron en la reunin don Juan Muoz de
Roda, sndico y miliciano nacional; don Pedro Jos de Medrano, mdico;
el farmacutico y dos contribuyentes ricos: Sebastin Simones, y el que
se haca llamar el Segundo Empecinado.

Zugasti explic la situacin. Este Zugasti era un propietario liberal
que se haba hecho con bienes monacales, y mandaba la Milicia de Coria.

Era un tipo de hombre flemtico y sereno; tena una cara correcta, los
ojos azules, la tez muy curtida por el sol y la expresin fra.

Zugasti explic cmo haba empezado  armarse la Milicia Nacional
en el pueblo: al principio bien, con cierto entusiasmo. Los curas
prrocos del partido no haban tenido inconveniente en prestarse 
explicar los das festivos la Constitucin; pero cuando comenzaban
sus explicaciones, la gente se marchaba. El ao anterior se haba
uniformado la Milicia Nacional, quedando formada por catorce hombres
de caballera y veintids de infantera. Ya en este ao, el 22,
el espritu del pueblo se haba hecho francamente hostil  la
Constitucin, y cuando algn prroco hablaba de ella en la iglesia, la
gente vociferaba.

Al final de 1822, el arcediano de Valencia de Alcntara haba comenzado
 conspirar; don Feliciano Cuesta se pronunciaba  favor del rey
absoluto, y  principio del 23 se presentaba la faccin de Morales en
los pueblos comarcanos. La Milicia de Coria, al mando de Zugasti, sali
 pelear contra ella. La partida de Morales constaba de veintitrs
hombres mal armados,  intent sublevar Plasencia y Coria. Zugasti,
con sus milicianos, les mat un hombre y dispers  los dems hacia la
Sierra de Gata.

Desde esta poca el alcalde haba tenido mucho cuidado con los
facciosos, mandando cerrar las tabernas  las ocho, obligando 
los dueos de las posadas  que presentasen los pasaportes de los
forasteros, y prohibiendo que nadie saliese  la calle despus de la
diez de la noche sin motivo justificado.

A pesar de esto, los absolutistas conspiraban sin rebozo, y una maana
de Mayo se haban encontrado con el pueblo sublevado, la lpida de la
Constitucin derribada y los milicianos desarmados.

El peligro, por el momento, pareca remediable. La entrada del
Empecinado en Coria haba coincidido con la captura del cabecilla
Morales.

Este Morales era un guerrillero extremeo, de la guerra de la
Independencia.

En 1820 form una partida que se llamaba Columna real volante de
Hsares de Plasencia, y los aos 21, 22 y 23 merode por la parte
Norte y Sur de la Sierra de Gredos y Gata.

Unos das antes, el 30 de Mayo, en el valle de la Corneja, cerca de
Piedrahita, Morales haba sido batido, hecho prisionero y llevado 
Salamanca.

Con la toma de Coria y la captura de Francisco Ramn Morales, Zugasti
supona que el espritu pblico reaccionara.

El Empecinado escuch la relacin y murmur:

--Bueno, seores, est bien. Lo pasado, pasado. Ya veremos qu se hace.
Vamos  misa, que hoy es fiesta y debe ser hora.

Don Juan Martn, con su Estado mayor, se dirigi  la catedral. En el
camino habl largamente con Aviraneta.

El problema para el Empecinado no estaba en quedarse en Coria, en donde
apenas haba medios para alimentar  sus hombres; lo que l pretenda
era que el pas sublevado no cortara las comunicaciones con el ejrcito
de Extremadura.

Don Juan Martn y Aviraneta decidieron estudiar el terreno y ver si con
una guarnicin de doscientos hombres podra bastar para defender Coria
durante algn tiempo.

Hablando llegaron  la plaza del Obispo y  la entrada de la catedral.
Un corro de campesinos, entre los que abundaban las mujeres y los
chiquillos, contemplaban admirados  aquellos militares de vistosos
uniformes.

Esperaron en el atrio el Empecinado y su Estado mayor, hasta que oyeron
la campana, y entraron en la catedral seguidos de un grupo de gente.

En un pueblo tan pequeo, la catedral sorprenda por su grandeza y su
magnificencia. Los cannigos con sus mucetas, estaban en el coro. El
altar mayor brillaba lleno de resplandores. Oyeron los militares la
misa y, al acabarse sta, siguiendo la direccin de algunas personas,
en vez de salir  la plaza; aparecieron en un gran balcn de la
catedral que dominaba toda la vega. Esta terraza se llamaba en el
pueblo el Paredn.

Era aquel un buen punto para darse cuenta de la topografa de
los alrededores. Aldeanos, viejas, sacristanes y monaguillos, se
presentaron  observar con espanto y con curiosidad  aquellos soldados
de Lucifer.

Aviraneta se sent en el pretil del Paredn  contemplar el paisaje.

Delante, como en una hondonada, se vea la vega ancha y el ro que la
cruzaba, festoneado por dos franjas de arena.

El da estaba nublado, el cielo gris; el Alagn brillaba con un color
de gelatina y pareca inmvil, como un cristal turbio. A lo lejos se
destacaban montes esfumados en la niebla.

--Bueno, vamos  almorzar--dijo don Juan Martn, y, por la tarde,
veremos qu se hace.




XVI.

LA TARDE DEL DOMINGO


Don Juan Martn era hombre bueno, de gran corazn, pero un poco
absorbente, y le molestaba la tendencia centrfuga de Aviraneta.

Despus de almorzar, el Estado mayor se dispona  jugar una partida de
cartas, cuando Aviraneta se levant.

--Qu vas  hacer?--le pregunt el Empecinado.

--Voy  dar una vuelta por el pueblo.

--Luego la daremos.

--Bueno; pues entonces voy  echar la siesta.

--Nada, que no quieres jugar.

--No, no; me aburre.

--Qu gente sta!--exclam don Juan--. Todo le aburre. Este es un puro
vinagre. Bueno, bueno; mrchate y no vuelvas.

Aviraneta se fu  tenderse  la cama. Aquellas diversiones de cuerpo
de guardia, un cuartucho lleno de humo, con la gente jugando  las
cartas, fumando y bebiendo, le produca una impresin de aburrimiento
espantoso.

Estuvo Aviraneta en la cama leyendo un tomo de Salustio, y  media
tarde se acerc al comedor, en donde estaban el Empecinado y sus
oficiales.

--Vamos?--pregunt.

--Espera un momento. Ahora voy.

Salieron don Juan, Aviraneta, Diamante y Zugasti,  caballo,  recorrer
el pueblo. Haca buen tiempo, haba salido el sol.

Llegaron  una plaza, con una picota en medio, la plaza del Rollo, y
fueron luego hacia la puerta de la Gua. Bajaron hacia el Alagn, al
paseo de la Barca, y contemplaron desde all el cerro de Coria, con su
catedral en lo alto; el seminario grande, con muchas ventanas, y el
palacio derrudo del Marqus.

Se alejaron algo por el paseo de grandes rboles,  orillas del ro,
para inspeccionar los alrededores, y, al volver, subieron por una
estrecha vereda.

Durante la marcha exploradora se haba comenzado  debatir el problema
entre el Empecinado y sus oficiales de lo que se iba  hacer. La
cuestin no era, naturalmente, defender Coria, porque eso solo
significaba poco: la cuestin era tener asegurado el paso para el
ejrcito.

Zugasti y Aviraneta eran partidarios de dejar trescientos hombres de
guarnicin all; pero don Juan Martn aseguraba que trescientos hombres
contra un ejrcito no haran nada encontrndose con un vecindario en
su mayor parte enemigo.

Siguieron por delante de la catedral, entraron por la puerta del Sol y
dejaron los caballos en casa de Zugasti.

--Vamos  ver la muralla ahora por arriba--dijo Aviraneta.

Marcharon  la plaza del Rollo entraron en el castillo y subieron por
una escalera de caracol. El castillo era una gran torre pentagonal, de
piedra amarillenta muy bien labrada; tena cinco pisos, varias pequeas
azoteas y encima una gran terraza, con un tambor almenado. Se suba 
esta terraza por una escalera muy estrecha que corra por el grueso de
la pared.

Desde el castillo  un lado y  otro corra la muralla.

Esta muralla describa una lnea de doscientas treinta y tres toesas y
era casi circular, de unos treinta y cinco pies de alta, con un paseo
de unos diez pies de ancho que corra todo  lo largo.

De trecho en trecho se elevaban torreones y cubos,  los que haba que
subir por escalones.

Dieron la vuelta  la muralla, marchando paralelamente al camino por
donde haban ido extramuros, y volvieron al castillo.

--De aqu no se ver Plasencia?--dijo Aviraneta.

--No. Ca.

--Ni habra medio de comunicarse con ella?

--S, por medio del castillo de Mirabel, que se ve all en unos montes,
quizs se pudiera. Zugasti seal un pico lejano y Aviraneta mir con
su anteojo en la direccin indicada.

--Y Plasencia no nos secundara?--pregunt Aviraneta.

--No; creo que no.

Don Eugenio se sent en una de las almenas  mirar con su anteojo los
alrededores.

--Bueno--dijo don Juan Martn--. Eugenio quiere dedicarse  la
geografa. Muy bien, yo me marcho.

El Empecinado y Zugasti se fueron, y el _Lobo_, Diamante y Aviraneta
quedaron all.

Luego dejaron el castillo bajaron  la muralla, y fueron contemplando
el paisaje y hablando.

Cruzaron la huerta de un convento y salieron al Paredn de la catedral.
Desde aqu se vea el campo, completamente distinto  como estaba por
la maana. El cielo tena un azul intenso, la campia se extenda verde
y el ro resplandeca como un metal fundido sobre una gran cinta de
arena dorada.

El viento levantaba oleadas en los trigales y mova el follaje de los
rboles.

Unas mujeres lavaban en el ro, y las ropas blancas y los refajos rojos
brillaban tendidos en las cuerdas. Por el paseo de la Barca volvan
algunos aldeanos, hombres y mujeres en sus borriquillos.

Aviraneta se sent en el pretil de piedra del Paredn.

A Don Eugenio le gustaba contemplar el paisaje: le produca,
momentneamente un olvido de todo; le recordaba los das de su infancia
cuando iba  la Pea de Aya y al monte Larun  ver el mar  lo lejos.
Ese germen ahogado que tenemos todos de otro hombre  de otros hombres
despertaba en l con la contemplacin. Aviraneta qued inmvil y en
silencio.

Era una tarde esplndida, gloriosa: los campos verdes relucan frescos
despus de la lluvia; el ro vena crecido y alguna nubecilla blanca
se miraba en su superficie como en un espejo azulado. Dentro de la
iglesia, los cannigos cantaban en el coro y se oan las notas del
rgano.

En el aire pasaban las cigeas con ramas en el pico y quedaban en
extraas actitudes sobre sus nidos; los gorriones y los vencejos
chillaban, y una nube de cerncalos, que al transparentarse tenan un
color morado, lanzaban un grito agudo.

Haba al mismo tiempo ligeros incidentes que animaban el conjunto: un
burro que corra por los hierbales y haca sonar un cencerro; unas
ovejas esquiladas que saltaban sobre unas piedras; un hombre que pasaba
 caballo por el puente. A lo lejos, una galera de siete mulas vena
despacio por el camino.

Este silencio, lleno de ruidos, de ladridos de perros, de cacareo de
gallos, de balidos de ovejas, del canto suave del abejaruco, tena
un gran encanto. De pronto, las campanadas del reloj de la iglesia
sonaban all cerca con un fragor imponente.

Aviraneta se senta saturado de tranquilidad, de paz, ante aquella
majestuosa tarde que marchaba con su ritmo lento hacia el crepsculo....

--Realmente la guerra es una cosa absurda--pens; luego, dirigindose 
Diamante, dijo--: Qu paz! Est hermoso esto. Verdad?

--Yo, como el general--contest Diamante--, no defendera este pueblo.

--Pues qu hara usted?

--Arrasara toda esta campia sin dejar nada y me volvera  Ciudad
Rodrigo--y Diamante pasaba su mano como con cario por encima del
panorama.

--Pero hombre, no--exclam Aviraneta saltando del pretil--. Me parece
un poco brbaro. Este es nuestro pas.

--Rase usted de esas tonteras--replic Diamante, con un gesto entre
desdeoso y de superioridad--; todo lo que no sea hacer la guerra de
exterminio ser tiempo perdido.

Aviraneta, el _Lobo_ y Diamante salieron de la catedral y volvieron 
casa de Zugasti.




XVII.

EXPEDICIN  PLASENCIA


Por la noche, en el correo que vino de Ciudad Rodrigo, Aviraneta
recibi una carta de Aranda. Era del relojero suizo Schulze.

"De aqu no le puedo dar  usted ms que malas noticias--deca--. Ha
habido tiros y enredos en el pueblo y han asaltado la casa de usted,
llevndose todo. Los libros y papeles se han metido en un carro por
orden del capitn general O'Donnell, que no es el O'Donnell de ustedes
y los han llevado  Valladolid."

A Aviraneta no le hizo mucha mella la noticia. Ya todo lo ocurrido en
Aranda le pareca de una vida anterior, lejana y borrosa.

Habl un momento con el_Lobo_ y Diamante acerca de lo que poda haber
ocurrido en Aranda, y, olvidando pronto esto, se puso  planear lo
que haba que hacer en Coria. Despus de varios proyectos, pens que
lo conveniente sera acercarse  Plasencia  conocer el estado de
esta ciudad. Plasencia, como pueblo de ms importancia que Coria,
haba llegado  tener una Milicia Nacional bastante numerosa y bien
organizada. Si Plasencia estaba definitivamente por el absolutismo,
indudablemente era intil permanecer en Coria; en cambio, si los
placentinos tenan intenciones de defenderse contra los realistas,
poda envirseles una pequea guarnicin y dejar otra en Coria.

Aviraneta habl  don Juan Martn, y ste aprob la idea.

Aviraneta fu encargado de marchar  Plasencia. Llevara una escolta
de veinte lanceros al mando del _Lobo_. Sali por la maana con sus
hombres, cruzaron la puerta del Sol, vadearon el ro, y al trote largo
se dirigieron hacia Galisteo. Almorzaron aqu, y  media tarde estaban
en Plasencia.

Zugasti haba recomendado  Aviraneta que sin prdida de tiempo se
presentase en el palacio del marqus de Mirabel, con su escolta.

As lo hizo don Eugenio.

El palacio del marqus de Mirabel era hermoso, grande, de piedra
amarilla negruzca. Daba su fachada  una plaza que tena en medio una
fuente.

Aviraneta baj del caballo, di la brida  un soldado y entr por un
arco del palacio, arco que continuaba en un corredor abovedado.

A la izquierda haba una puerta y llam; abrieron y Aviraneta pas 
un patio con una gran escalera de piedra. Pregunt al criado por el
seor, y al comenzar  subir se encontr con el marqus, que bajaba de
prisa alarmado por el ruido de los caballos.

Era el marqus un hombrecito afeitado, moreno, de cara antigua y
pelo negro y ensortijado. Iba muy currutaco; llevaba calzn corto de
tafetn, medias blancas, un chaleco verde de seda y una chaquetilla
negra. Hablaba en voz baja, con una vocecita aguda.

Explic Aviraneta en pocas palabras quin era y  lo que iba, y el
seor de Mirabel, cruzando unas cuantas habitaciones, le llev  una
azotea, llena de flores, que caa hacia la plaza de la fuente.

--Quiere usted alguna cosa?--le dijo el marqus.

--Primeramente quisiera alojar  mis soldados.

--En seguida. Y usted no quiere nada, Algn refresco? Caf?

--S, tomar caf.

El marqus sali y Aviraneta estuvo contemplando la terraza, adornada
con lpidas romanas y estatuas antiguas.

Volvi el marqus y dijo:

--Ahora traen el caf. Bueno, veamos que es lo que necesita usted de m.

--Como sabr usted--dijo don Eugenio--las fuerzas del Empecinado,
saliendo de Ciudad Rodrigo, han entrado en Coria, que hizo alguna
resistencia. No conocemos el espritu del pas y vacilamos en tomar una
resolucin.

--Y usted quiere saber el estado del liberalismo de este
pueblo?--pregunt el marqus con su vocecita aguda.

--S.

--Pues muy malo. Al comenzar el Gobierno constitucional, aqu la gente,
como en casi todos los pueblos, qued indecisa; entonces, veinte 
treinta plasencianos de la gente ms rica nos decidimos  ponernos el
uniforme de nacionales; los dems comenzaron  seguirnos, y llegamos
 tener el ao pasado ms de cien infantes y cuarenta soldados de
caballera. Fundamos una sociedad patritica que la inaugur don
Laureano Santibez, y tuvimos un momento dominado al pueblo. Vino la
sublevacin de Cuesta y la de Francisco Morales, y empez el tinglado 
descomponerse. La gente supo que los franceses iban  entrar en Espaa,
que los absolutistas avanzaban y los milicianos comenzaron  abandonar
nuestras filas: unos quedndose en casa, y otros pasndose al otro
bando.

--De manera que esto est perdido para nosotros?--pregunt Aviraneta.

--Completamente perdido. Figrese usted que se estn buscando firmas
para pedir  la Regencia del Reino, en nombre de la ciudad, que se
restablezca la Inquisicin, y firma casi todo el pueblo.

--Usted cree que doscientos hombres aqu de guarnicin podran hacer
algo?

--Nada.

--Qu harn los liberales significados de Plasencia cuando se
presenten los absolutistas?

--Tendrn que huir.

--Les voy  proponer si quieren venir conmigo  reunirse con el
Empecinado.

--Bueno. Si usted quiere, cuando tome usted caf, le acompaarn  casa
del teniente.

--Muy bien.

Tom Aviraneta su caf y se levant.

--Aqu cenar usted y dormir--le dijo el marqus.

--Muchsimas gracias. Hasta luego.

--Adis. Voy  ver si arreglo el alojamiento para su tropa.

Aviraneta sali del palacio del marqus acompaado por un criado de
aire de lego, quien le llev hasta la plaza. Entr en la botica y sali
al poco rato con un hombre de unos sesenta aos, que al ver  Aviraneta
hizo un signo masnico. Le contest Aviraneta y se dieron la mano.
Era el masn un teniente de la Milicia Nacional, don Juan Bustillo.
Bustillo era un hombre fuerte, rechoncho, bajito, de cabeza redonda, la
tez quebrada, las patillas cortas y la voz gruesa y fuerte. Era hombre
cndido, entusiasta del _Sistema_ y que crea que era indispensable
sacrificarse por las ideas.

--Vamos al Enlosado de la catedral--dijo Bustillo--. All podremos
hablar sin que nos espen.

El Enlosado de la catedral era una terraza parecida al Paredn de
Coria, aunque ms grande y espaciosa. Daba  esta terraza una portada
del Renacimiento, adornada con grandes escudos, una torre romnica como
un tambor de muralla,  la que llamaban el Meln, y otra torrecilla
cnica.

Aviraneta y Bustillo se pusieron  pasear por las grandes piedras del
Enlosado, ribeteadas de verde y de matas con flores amarillas.

Abajo, en la campia, el ro Jerte fulguraba reflejando los ltimos
rayos del sol, y brillaba en las masas verdes de los rboles de la
ribera.

Bustillo, al principio, haba considerado como una solucin magnfica
el que el Empecinado mandara fuerzas  Plasencia; pero despus
reconoci que la cosa no tena objeto: en el pueblo no haba vveres,
la muralla no serva, no haba caones ni una posible retirada.

--Tendrn ustedes que venir con nosotros--dijo Aviraneta.

--Yo s, s; ir. Ya lo creo!

--Hombre, usted precisamente, no. La gente joven. Usted tiene familia
aqu.

--Antes es la libertad y la patria que la familia--dijo el seor
Bustillo solemnemente.

--S; pero usted es un hombre que tiene derecho al descanso.

--Para disparar un fusil sirvo. No me diga usted que no.

El seor Bustillo llev  su casa  Aviraneta y le present  su mujer
y  sus hijas.

--Este seor es el ayudante del Empecinado--dijo con entusiasmo.

La mujer y las hijas miraron  Aviraneta con una mezcla de terror y
de pasmo, y no se atrevieron  desplegar los labios. Bustillo quera
tener en su casa  Aviraneta; pero ste le dijo que le haba invitado 
quedarse en su palacio el marqus de Mirabel.

--Ah! El marqus! Qu le ha parecido  usted?

--Bien.

--Pues es un tipo muy raro.

Y Bustillo cont sus varias manas de coleccionista que no tenan nada
de particular. Lo que s constitua una extraa inclinacin en el
marqus era la de ser peluquero de seoras. El marqus peinaba  todas
las damas del pueblo cuando iban  alguna fiesta. Esta era una de sus
ocupaciones favoritas.

Recordando su tipo no pareca nada raro que le gustara ser peluquero.

Se despidi Aviraneta de Bustillo y fu  cenar con el marqus de
Mirabel. Realmente, ste era un bicho raro; se haba educado en
Inglaterra y ofreca una mezcla de ideas contradictorias bastante
absurda. Aviraneta no le poda mirar sin figurrselo con un peine y
unas tenacillas alisando el cabello con esa mano fra y suave de los
barberos.

Despus de cenar, Aviraneta march  una sala muy grande, con una cama
muy pequea, y pensando en las extravagancias del marqus-peluquero, se
qued dormido.

Al otro da, Aviraneta, con sus lanceros, hizo un recorrido por la Vera
de Plasencia, y se encontr sorprendido al or decir  la gente que
se esperaba al Cura Merino. Aviraneta no tena por all ni amigos ni
confidentes, y decidi volver  Plasencia. Por dnde vendra el Cura?
Hubiera sido terrible para l caer en sus garras.

Al da siguiente, con la escolta del _Lobo_ y unos cuantos milicianos,
entre ellos el seor Bustillo, se dirigi  Coria.




XVIII.

MERINO!


La presencia de Merino en Extremadura desazon  don Juan Martn.
Saba que mandaba mucha gente, que llevaba las espaldas guardadas por
el ejrcito francs y que tena el terreno amigo; saba tambin que
pondra todos los medios para derrotarle.

Se hicieron gestiones para averiguar el paradero de Merino, sin
fruto; el Empecinado en esta poca, como Mina en la Guerra civil, se
encontraban con que sus procedimientos del perodo de la guerra de
la Independencia flaqueaban. Durante la lucha contra los franceses,
todos los informes eran espontneos: bastaba indicar algo para que
inmediatamente se hiciera; en el ao 23 y en la Guerra carlista,
ocurra lo contrario: las indicaciones de la gente del campo eran casi
siempre equvocas cuando no falsas.

Don Juan Martn averigu que Merino, flanqueando  los generales
franceses Vallin y Bourmont, vena persiguiendo  Zayas por la lnea
del Tajo. Los absolutistas se haban corrido por Talavera de la Reina,
Almaraz, Trujillo y Cceres, dejando amargo recuerdo por donde pasaban.

A Merino le sali al encuentro Lpez Baos, pero ninguno de los dos
se decidi  entablar la batalla. Desde entonces no se saba el sitio
exacto donde se encontraba el Cura.

Se deca que llevaba una tropa numerosa, una divisin completa, pues se
haban reunido con l una porcin de partidas.

Se citaban entre los cabecillas incorporados  Merino,  Blanco, Puente
Duro (el _Rojo_), Caraza y Lucio Nieto, que se titulaban brigadieres;
 Corral, el _Gorro_, los Leonardos, el _Ingls_, Navaza, Mauricio y
Huerta, que mandaban regimientos y tenan el grado de coroneles, y 
otros muchos.

El Empecinado, en vista de estas noticias, en junta de oficiales
decidi abandonar Coria y volver  Ciudad Rodrigo.

El 12 de Junio, por la maana, se desaloj Coria, se cruz el arrabal
de las Angustias, y por la tarde se entr en el pueblo llamado Moraleja
de Hoyos  Moraleja del Peral.

Se dej la tropa alojada en el Ayuntamiento, crcel, hospital de
transentes y en la Casa de la Encomienda. Los coroneles Dmaso Martn
y Juan Maricuela quedaron encargados de buscar vveres, y el Empecinado
encarg, con gran insistencia, que se pusieran centinelas en todos los
caminos y puntos altos y se organizara una guardia volante.

A un castillejo arruinado de un cerro prximo se envi un piquete de
caballera.

Dispuesto todo para evitar una sorpresa, el general con su escolta,
Aviraneta y dos  tres oficiales atravesaron el arroyo llamado Ribera
del Gata, por un vado, y fueron  alojarse  una dehesa grande del
camino de Perales, con una casa ancha y baja en el centro. Esta finca
se conoca con el nombre de la Dehesa de la Reina; estaba rodeada de
una extenssima tapia de adobes, cubierta de bardas de ramaje, y se
hallaba prxima al ro rrago.

Se pas la noche con tranquilidad, y al comenzar el da se present una
maana de verano ardorosa y sofocante. El sol centelleaba en las mieses
y en los barbechos; el cielo brillaba con un azul negruzco, y los pocos
rboles que se vean en el campo parecan arder con el calor.

El Empecinado haba pensado no emprender la marcha hasta la cada de la
tarde.

Seran las diez, prximamente, cuando por el lado del pueblo comenz un
ligero tiroteo, que se convirti en furiosas descargas.

--Qu puede ser esto?--pregunt don Juan Martn, alarmado.

No se saba.

--Preparad los caballos.

Se comenz  aparejar los caballos. El fuego se haca cada vez ms
intenso. Se iba  abrir la puerta de la casa, cuando aparecieron
delante de ella veinte lanceros constitucionales que venan huyendo al
galope, perseguidos por un escuadrn de feotas.

Pasaron adentro, se cerr la puerta del corral y se recibi  los
perseguidores con una descarga, hecha desde las tapias.

Los feotas contestaron al fuego, y se retiraron.

--Pero qu pasa?--grit el Empecinado.

Los soldados fugitivos, llenos de zozobra, contaron  don Juan Martn
que la tropa que pernoctaba en Moraleja haba sido sorprendida por el
Cura Merino.

--Pero, cundo? ahora mismo?--pregunt don Juan.

--Ahora mismo.

--Y los centinelas?

--Han dicho algunos que, al ver de lejos al enemigo, han credo que era
un rebao.

Merino, con una fuerza de tres mil  cuatro mil infantes y con
ochocientos caballos, marchando de noche y con el mayor sigilio, y
dirigido por buenos guas, se haba presentado  una legua de Moraleja
en las primeras horas de la maana.

Pronto supo por sus confidentes que el Empecinado no se haba movido de
all, y se le ocurri acercarse  Moraleja, echando por delante de su
tropa dos inmensos rebaos. As lo hizo, y avanz detrs de las ovejas,
que levantaban grandes nubes de polvo. La estratagema le di un gran
resultado; sin ser advertido rode el pueblo y comenz una metdica
carnicera de los constitucionales.

Don Juan Martn comprendi que el mal no tena remedio, y furioso por
haber sido derrotado de una manera tan necia, mand que se concluyese
de aparejar los caballos y se dispusiera todo el mundo  hacer una
salida. Entre los que estaban y los que haban venido se form un
pelotn de sesenta hombres en el patio, delante de la casa.

Don Juan y unos cuantos ms, gente forzuda y fuerte, enarbolaron la
lanza. Se abri la puerta de la tapia y el piquete sali al galope
hacia el pueblo. Los realistas en el mayor desorden, se ocupaban en
matar  los constitucionales en las calles, sacndolos de las posadas y
alojamientos.

La entrada del Empecinado por el pueblo fu trgica. A lanzadas, 
sablazos, atropellando con los caballos, se abrieron paso.

--Viva la libertad!--gritaba Aviraneta, entusiasmado, levantando su
sable en alto.

--Viva!--vociferaban todos.

Como un aluvin se pas Moraleja y se sigui carretera adelante hacia
Hoyos. Los realistas, repuestos de la sorpresa, reunieron doscientos
jinetes, que se lanzaron en persecucin de los liberales.

Afortunadamente para stos la mayora de los caballos de los feotas
estaban cansados de la jornada del da anterior, y no podan darles
alcance.

Llegaron un poco despus del medioda  Perales, y una rpida
inspeccin del pueblo hizo comprender al Empecinado que all no haba
posibilidad de defensa, y se sigui adelante hasta dar la vista 
Hoyos, pueblo en la falda de la Sierra de Gata.

Desde all se vea el castillo de Almenara sobre un monte agudo;
la Sierra de Bjar  la derecha, con algunas estras de nieve y la
hondonada grande de Hoyos.

Se acercaron  este pueblo; pasaron  todo correr por el Teso de las
Animas, con sus cruces de piedra del Calvario; luego, por delante
del humilladero y de un convento ruinoso, y por una calle en cuesta
subieron  la plaza de la iglesia.

Seran las dos  dos y media de la tarde cuando llegaron.
Inmediatamente tomaron posiciones. Veinte dragones de Merino entraron
casi al mismo tiempo que los sesenta jinetes del Empecinado. Estos
volvindose contra los que les perseguan, les atacaron  sablazos y 
lanzadas.

Los dragones realistas perdieron dos hombres y se retiraron  las
proximidades del pueblo. Sin duda iban  esperar  reunirse con el
grueso de su escuadrn. Don Juan Martn pensaba continuar la retirada,
cuando se presentaron treinta nacionales de Hoyos y de pueblos cercanos
bien armados. Con este refuerzo se pens en defenderse en Hoyos.

Se ocup la iglesia y las casas de la plaza; se subi la gente  las
ventanas y guardillas, y se dividi en dos pelotones la caballera.
Uno se coloc detrs de la iglesia y el otro en una plazoleta prxima.
Aviraneta subi  la torre y explor el horizonte con su anteojo. A
la hora  cosa as baj diciendo que una columna grande de caballera
vena hacia el pueblo.

Cada cual tom posiciones, y se encarg que se economizaran los
cartuchos.

Los realistas subieron al galope hasta la iglesia; las herraduras de
los caballos hacan un ruido de campanas en las piedras. Al desembocar
en la plaza gritaron: Viva el rey! Viva la Inquisicin!

Los liberales les hicieron una descarga cerrada, que mat  ocho  diez
hombres. Los realistas vacilaron; algunos, no muchos, pasaron de la
plaza hacia adelante y fueron cortados y atacados por el Empecinado al
grito de Viva la libertad! Viva la Constitucin!

Despus de una hora de combate los realistas se retiraron, dejando
algunos muertos, quince  veinte heridos y otros tantos caballos, de
los que se apoderaron los liberales.

Los realistas quedaron en el Calvario y all se plantaron de
observacin.

El Empecinado, Aviraneta y el jefe de los nacionales de Hoyos
conferenciaron. Era indudablemente difcil defenderse en Hoyos con tan
poca gente; podan meterse en la iglesia y atrincherarse all, pero
entonces se veran expuestos  un sitio; sin vveres ni municiones y
sin posibilidad de ser socorridos.

El jefe de los nacionales consideraba ms fcil defenderse en la
prxima aldea de Trevejo, que, adems de estar en un cerro con una
subida difcil, tena la ventaja de que se poda avisar desde all 
San Martn de Trevejo, donde se hallaban refugiados algunos nacionales
de los contornos.

Se dispuso seguir este plan. Aviraneta, con los nacionales de Hoyos,
marchara inmediatamente  Trevejo y tomara posiciones. Mientras
tanto, don Juan Martn, con sus jinetes y con cinco  seis fusileros,
entretendra al enemigo hasta que tuviera que retirarse, y entonces,
en la retirada, vendra el apoyo de Aviraneta con sus nacionales, que
atacaran  los perseguidores.

Se decidi hacerlo as, y sin que se enterase el pueblo, uno por uno
tomaron los nacionales el camino de Trevejo y comenzaron  marchar de
prisa. Era necesario que tuviesen, por lo menos, una hora  hora y
media de ventaja sobre el Empecinado para que cuando ste pasase se
encontraran ellos ya atrincherados.




XIX.

EL CAMINO DE SAN MARTN


Seran de cuatro y media  cinco de la tarde cuando sali de Hoyos
Aviraneta con los milicianos, y prximamente las seis cuando daban
frente  Trevejo.

Trevejo es una aldea miserable asentada sobre un cerro. Este cerro,
formado por rocas obscuras, tiene graderas de piedra hechas para
sostener la tierra de algunos pequeos olivares y viedos.

Mirando  Trevejo desde el camino de Hoyos se ve  la izquierda de la
msera aldea un castillo negro, erguido y fantstico.

Ms  su izquierda se levanta la sierra de la Estrella, y  la derecha,
el terreno se hunde en una caada, por donde sube el camino que
contina  San Martn.

A esta caada, abierta entre un talud muy pendiente y un castaar
vetusto, llamaban, aunque no con mucha propiedad, el desfiladero
de Trevejo. Hoy no hay cerca de este desfiladero muchos rboles; 
principios del siglo XIX los grandes robles y castaos centenarios
formaban  un lado del camino una muralla de follaje. Seran las seis
y media  siete de la tarde cuando los milicianos llegaron  este
castaar, prximo  la calzada. Aviraneta pens varias estratagemas
para detener  los realistas, que la mayora tuvo que desechar, y al
ltimo se decidi por dos.

A un cuarto de hora de Trevejo parta de la calzada un camino
que escalaba el cerro y marchaba  la aldea. Don Eugenio,  unos
trescientos pasos de la bifurcacin, mand clavar palos entre las
ramas, puso encima los morriones de los nacionales  hizo que se
quedaran tres  cuatro all. Despus de hecho esto fu colocando sus
veinticinco hombres emboscados en el castaar. Si los realistas tomaban
por el camino de la aldea, l con su gente les atacara por la espalda.

Aviraneta pens que don Juan Martn y los suyos llegaran  media
tarde. Pero si llegaban al anochecer? Su estratagema no tendra
entonces gran objeto. Pensando que podran venir ya obscuro, mand 
uno de los nacionales que fuera  Trevejo y trajera una cuerda gruesa
de ocho  nueve varas.

El nacional volvi al poco rato con la cuerda. Aviraneta la at por
una punta  un rbol de la calzada, del otro lado del castaar,  una
altura de dos varas, y dej la otra punta colgando por el suelo. La
mayora de los nacionales no comprendieron el objeto de esta maniobra.

Se esper bastante tiempo, y, ya obscuro, se not que vena don
Juan Martn. Llegaba perseguido muy de cerca. Los tres  cuatro
milicianos que estaban en el cerro dispararon varios tiros contra los
perseguidores. Los realistas, despreciando el tiroteo, avanzaron con la
esperanza de apoderarse del caudillo.

Pasaron los liberales y se acercaron  toda prisa los realistas.

Entonces Aviraneta, levantando la cuerda, la puso tensa,  una altura
de un par de varas, y la at al tronco de un grueso castao.

--Atencin. Cuando yo diga--murmur Aviraneta.

Los jinetes realistas, que iban al galope, al llegar  tropezar con la
cuerda tensa se sintieron lanzados al suelo con una fuerza tremenda.

--Fuego!--dijo Aviraneta, y son una descarga  quemarropa, y cayeron
ms de dos docenas de hombres al suelo.

Algunos valientes quisieron avanzar, y, como no vean la cuerda, fueron
despedidos con violencia. Aviraneta y los suyos lanzaron una segunda
descarga, y una tercera.

El Empecinado haba vuelto grupas y se dispona  atacar  los
perseguidores.

--No se puede pasar--le dijo Aviraneta.

--Por qu?

--Porque hay una cuerda. Cortadla.

La cortaron de un sablazo, y don Juan Martn y sus lanceros atacaron 
los realistas y les cogieron cerca de cincuenta caballos.

El xito de la escaramuza haba producido gran entusiasmo.

--Viva el Empecinado! Viva Aviraneta!--gritaron los soldados y los
nacionales.

Don Juan Martn abraz  Aviraneta y le dijo que tena que pedir para
l la cruz de San Fernando. Los peligros, con Aviraneta, no eran
peligros.

Se haba hecho de noche, las estrellas parpadeaban en el cielo alto y
claro, y Jpiter brillaba con su luz blanca.

Se descans all en el castaar, al borde del camino, y se dispuso
esperar unas horas por si llegaba alguno salvado de la sorpresa de
Moraleja; y, efectivamente, poco despus de las diez de la noche
aparecieron hasta treinta soldados de caballera, varios oficiales y
capitanes y el comandante Caicero.

Muchos de estos hombres, que haban venido  pie desde Moraleja,
llegaban reventados.

Qu se iba  hacer? El Empecinado, Aviraneta y los oficiales
conferenciaron.

Los hombres de  pie, rendidos por larga jornada huyendo y sin comer,
no podran llegar  San Martn. Sera mejor que se quedaran en el
castillo de Trevejo, y se buscara comida para ellos. Mientras tanto el
Empecinado, con la gente montada podra seguir  San Martn.

Acordado esto, Aviraneta y el jefe de nacionales de Hoyos, con los
heridos, cansados y con los milicianos, iran  pasar la noche al
castillo de Trevejo, donde se atrincheraran. Si al da siguiente
estaban sitiados pondran una bandera en el torren derrudo para que
desde lejos pudiese verla don Juan Martn; si no lo estaban, seguiran
camino de Ciudad Rodrigo.




XX.

EL CASTILLO DE TREVEJO


Dos de los nacionales de Hoyos marcharon hacia el castillo, con la
orden de encender una tea y agitarla en el aire si no haba dificultad
alguna para subir.

Al cuarto de hora, Aviraneta, los nacionales y los lanceros aspeados,
tomaron hacia arriba y hacia la izquierda, en direccin al pueblo, y el
Empecinado con su caballera sigui adelante, camino de San Martn.

Llegaron los primeros  la aldea de Trevejo y se detuvieron, Aviraneta
y dos milicianos se encargaron de buscar provisiones. Cost mucho
tiempo: se recorri casa por casa, y se llen un saco de pan, medio
saco de habas, una gran cantidad de carne salada y un pellejo de vino.

Se tomaron dos calderas prestadas, se cogi lea y, con todo lo
necesario para la comida, alumbrados por un farol y varias teas de
resina, se dirigieron camino del castillo.

El castillo de Trevejo era un edificio slido, de piedra sillar, de ms
de veinte varas de altura, colocado sobre un teso  cerro que dominaba
una gran llanada.

Como castillo roquero no era muy grande; deba haber estado destinado
en su tiempo para una guarnicin pequea: tena torres, muralla,
barbacana, una plaza de armas, escaleras, subterrneos y galeras.

En el siglo XVIII haba comenzado  desmoronarse, y en la guerra de la
Independencia se consum su ruina.

Escalaron los milicianos el cerro del castillo, encontraron la vereda,
que daba  una brecha; pasaron y cerraron el boquete con grandes
piedras. Se instalaron en la plaza de armas.

Aviraneta puso centinelas. Se trajo lea, se hicieron dos hogueras y se
comenz  hervir el rancho.

Se comi con un apetito voraz, y despus todo el mundo quiso tenderse.
El jefe de los nacionales de Hoyos y Aviraneta sustituyeron  los
centinelas, que se dorman y se quedaron en observacin del camino.

Hablando, se les pas gran parte de la noche. El cielo estaba muy
estrellado, muy hermoso; la Va Lctea resplandeca con sus millones
de nebulosas; Arturus, Altair y Aldebaran lanzaban sus guios en el
espacio, y Sirio comenz  brillar al amanecer. Un poco antes del alba
se oyeron voces en el cerro prximo al castillo.

--Alto! Quin vive?--dijo Aviraneta.

--Aviraneta!--grit una voz--. Ests ah?

--S, aqu estoy quin es?

--Somos nosotros: Antonio Martn, Diamante y otros que venimos huyendo
de Moraleja.

--Acercos, que os vea.

--Por dnde?

--Ah encontraris la vereda.

Aviraneta se convenci de que eran ellos y les dijo por dnde tenan
que subir al castillo. Eran seis hombres que gateando llegaron  la
plaza de armas.

--No os queda algo que comer?--preguntaron al entrar.

Quedaba pan y cecina, que devoraron.

--Y qu ha pasado all?--pregunt Aviraneta.

--Nada. Un estropicio--dijo Antonio Martn, el hermano pequeo del
Empecinado.

--Pero, cmo no han visto los centinelas que vena el enemigo?

--No lo s. Yo pienso si habr habido traicin.

--No, no la ha habido--dijo un soldado--. Yo estaba all. El sol picaba
mucho. Haba mucho polvo cuando se acerc un gran rebao de ovejas--.
Yo dije para m: Qu rebao ms grande! y cuando estaba pensando en
esto me encontr rodeado del enemigo.

--Se habr perdido mucha gente?--pregunt Aviraneta.

--Mucha--contest Martn--. Mi hermano Dmaso ha muerto, el coronel
Maricuela tambin. Hemos perdido ms de trescientos hombres. Algunos se
habrn refugiado hacia Extremadura baja y otros en la Sierra de Gata.

--Y el _Lobo_?

--El _Lobo_ ha muerto.

--Y el seor Bustillo, el de Plasencia?

--Tambin ha muerto. Lo vi en la calle atravesado  bayonetazos.

--Pobre hombre! Mala suerte ha tenido!

El soldado que haba estado de centinela en Moraleja cont que pas
dos horas enterrado en un pajar con el coronel Dmaso Martn. Vindose
ste perdido haba ofrecido todo lo que llevaba al patrn de su casa,
un tal Estvez, para que le ocultara entre la paja. El patrn acept y
tom el dinero, y, cuando registraron la casa los realistas y se iban
 marchar, aquel canalla les dijo: "Ah est. Ah est el hermano del
Empecinado," y  bayonetazos lo mataron...

Lo mismo los que ya estaban en el castillo, que los que haban venido,
se fueron tendiendo en el suelo y quedaron dormidos.

El alba apuntaba y el cielo iba clareando de prisa.

Algunas nubecillas rojizas, mensajeras de la maana, aparecan sobre el
cielo gris.

Desde all arriba pareca encontrarse uno en un globo; ligeras brumas
vagaban por el fondo del valle. Aviraneta, asomado  un lado y  otro,
miraba  ver si se acercaba el enemigo. No vena nadie. Antes de salir
el sol aparecieron otros cuatro soldados fugitivos de Moraleja.

Estos haban pasado la tarde escondidos en una choza, cerca de Hoyos,
y dijeron que haban odo que las fuerzas de Merino haban dejado
las proximidades de la Sierra de Gata y se dirigan hacia Coria.
Efectivamente, el 16 de Junio entraba el Cura en esta ciudad.

A eso de las cuatro de la maana uno de los nacionales de Hoyos se
levant.

--Y usted no duerme?--le dijo  Aviraneta.

--Pse! Hay que vigilar.

El nacional era un pastor que se llamaba el _Rito_. Era un hombre
grueso, fuerte, con unos ojos azules brillantes, la cara ancha y
juanetuda, como de kalmuko, la barba rojiza, la manera de hablar
violenta y por sacudidas y la expresin alegre.

El _Rito_ se puso  hablar. Era un hombre primitivo, lleno de
credulidad y de esperanza en todo. Mostr  Aviraneta el paisaje, el
campanario de Villamiel, el camino de San Martn de Trevejo y los
montes lejanos, con sus nombres.

Para cada sitio  para cada monte tena una historia  un cantar. El
_Rito_ no era muy inculto para pastor, y estuvo explicando lo que saba
del castillo de Trevejo. En sus conocimientos se mezclaba la fbula con
la historia.

Dijo que uno de los escudos de la torre era de los Borbones, y el
otro, de la Orden de Alcantara, que tena como ensea un jaramago;
habl vagamente de un gran maestre dspota, y de sus luchas con el
comendador de Santibez y el corregidor de Gata.

Cont tambin el _Rito_ una historia clsica de un caballero cautivo,
encerrado en el stano del castillo, que haba escapado viendo que una
serpiente entraba en un subterrneo y siguindola. Este subterrneo se
llamaba la Lapa de la Sierpe.

--Subterrneo que no existe--dijo Aviraneta irnicamente.

--S, seor; existe.

--Usted lo ha visto?

--S, s. Y si quiere usted se lo ensear.

--Vamos  verlo.

Cogi el _Rito_ el farol y dijo:

--Sgame usted.

Se acercaron  la torre y comenzaron  bajar una escalera de caracol,
de piedra, con los escalones primeros derrudos. A poco de descender
la escalera era practicable y se poda bajar por ella con seguridad.
Bajaron cinco  seis varas, hasta llegar  un stano abovedado. De
l parta un pasillo y cerca se vea una poterna ferrada y llena de
clavos. El _Rito_ descorri un cerrojo enmohecido y apareci la boca de
un subterrneo, que lanz un hlito de fro y de humedad.

--Aqu tiene usted la Lapa de la Sierpe--dijo el _Rito_.--Si quiere
usted entraremos.

--Entremos.

El suelo estaba bastante seco y se poda marchar bien. Avanzaron un
cuarto de hora.

--Ahora estaremos debajo del pueblo.

Unos minutos despus salieron por entre dos piedras al campo. El _Rito_
apag el farol. Escuch por si se oa algo. No se oa nada.

El _Rito_ y Aviraneta anduvieron por las proximidades del castillo,
vieron la Cama del Moro, un abrevadero que  Aviraneta le pareci un
sepulcro ibrico tallado en roca.

Luego el _Rito_ le cont la historia de una partida que se haba
levantado en un monte prximo llamado Jlama, que deba tener grandes
encantos, porque el _Rito_ deca:

      Jlama, jalamea,
    quien no te ve
    no te desea.

Dieron la vuelta al castillo, y el _Rito_ grit dirigindose  sus
compaeros: Masones! Negros!

--Volvemos de nuevo por la Lapa de la Sierpe?--pregunt el _Rito_,
riendo.

--S; vamos por all.

Entraron de nuevo en el largo subterrneo y llegaron al castillo.

Algunos soldados se haban despertado y estaban buscando  Aviraneta
para decirle que haban odo gritos en el campo. Aviraneta los
tranquiliz diciendo que haba sido el _Rito_. El sol comenzaba 
brillar. Aviraneta mir  todas partes con su anteojo. No se vea nada.
Algunos soldados empezaban  despertarse y  vestirse; un murciano
cantaba:

      Cartagena me da pena
    y Murcia me da dolor.
    Ay, Cartagena de mi vida,
    Murcia de mi corazn!

Antonio Martn se despert, y viendo  Aviraneta todava derecho le
dijo:

--T no has dormido nada?

--No.

--Pues chate un rato al sol. Yo har lo que sea necesario.

--Bueno.

--Qu hay que hacer?

--Habr que hacer un reconocimiento por el camino de San Martn y por
el de Hoyos. Si hay enemigos en gran cantidad nos encerraremos aqu y
pondremos una bandera para avisar  tu hermano; si no los hay saldremos
inmediatamente para San Martn.

--Est bien.

--Si pudierais comprar un poco de pan, vendra admirablemente. Y para
nosotros dos mira  ver si puedes traer un cacharro con leche de cabras.

--Bueno, todo se har.

Aviraneta se tendi al sol en un hueco entre dos piedras, y se qued
dormido.

So que echaba un discurso magnfico  una inmensa multitud en un
pueblo que tena algo de Pars, de Madrid y de Vera Cruz. Comparaba 
la libertad con una mujer desnuda que va escalando un monte pedregoso,
en cuya cumbre haba un castillo que no saba si era la Justicia 
el castillo de Trevejo. La libertad marchaba entre espinas y zarzas
desgarrndose los pies. Aviraneta se preguntaba en su discurso: Por
qu no descansar en el valle? Pero no. En el valle estaba la maldad, la
miseria--los soldados de Merino--y en el monte el aire limpio y sano de
la sierra de Jlama. El recuerdo de este monte le apart de su discurso
y llev su pensamiento  unas escenas de caza. Estaba cobrando piezas 
montones cuando oy la voz de Antonio Martn, que deca:

--Ya estamos aqu. Te traigo leche para el desayuno.

--Ah, muy bien! Habis hecho el reconocimiento?

--S; el enemigo ha desaparecido.

Eran las ocho de la maana y el sol centelleaba en la tierra. Los
soldados y milicianos haban desayunado y limpiado sus uniformes y sus
armas.

Se form al pie del castillo.

Antonio Martn di la voz de marchen! Como no tenan msica, al pasar
por el pueblo, Aviraneta comenz  cantar el himno de Riego:

      Soldados!: la patria
    nos llama  la lid;
    juremos, por ella,
    vencer  morir.

Los soldados y los milicianos cantaron  coro, y la patrulla comenz
 desfilar al paso. Al cruzar por delante del pueblo daba ms la
impresin de que iba victoriosa, que derrotada.

De Trevejo se avanz  San Martn, y al da siguiente, de aqu se
dirigan  Ciudad Rodrigo.

El Empecinado, muy satisfecho de Aviraneta, en el parte que di el 20
de Junio le propuso para la cruz laureada de San Fernando, y, en uso de
las facultades que le haba concedido el ministro, le nombr capitn
efectivo de caballera.

Era la segunda vez que nombraban capitn  don Eugenio; pero ni la
primera vez ni la segunda lleg  serlo de veras. Aviraneta tena poca
suerte en la milicia.




XXI.

LA SITUACIN EMPEORA


Llegaron  Ciudad Rodrigo y se comenzaron  organizar de nuevo las
fuerzas de caballera, hasta reunir varios escuadrones.

Algunos militares liberales hudos de Valladolid dijeron que en esta
ciudad no haba apenas guarnicin, y que sera fcil apoderarse de la
plaza.

Con este objeto se prepar una columna de caballera, y el mismo don
Juan Martn, al mando de ella, se corri hasta Medina del Campo; pero
al enterarse de que en Valladolid haba varios regimientos franceses y
fuerzas de voluntarios realistas, desisti del proyecto.

En Medina se encontraron con el coronel Boscan, del regimiento de
Farnesio, y algunos oficiales y soldados.

El coronel Boscan vena de Galicia y se incorpor  la columna de
don Juan Martn. Las noticias que trajo eran malas; el alto mando
del ejrcito se pasaba al enemigo: Montijo, O'Donnell, Morillo,
Ballesteros... todos hacan traicin. No quedaban ms que Mina, Riego y
el Empecinado.

Se habl con Boscan de lo que se poda hacer. Para ste lo mejor
era ir hacia al Sur: seguir la misma marcha que en la guerra de la
Independencia, en lo cual estaba conforme con Aviraneta.

Al Empecinado le pareca bien; pero dijo que haba que tener en cuenta
que exista un Gobierno todava, y era necesario obedecerle.

Se volvi  Ciudad Rodrigo, y unos das despus, aumentada la
caballera con los soldados de Farnesio y con otros muchos que
desertaron de Galicia al saber la capitulacin del conde de Cartagena,
se volvi  salir para Extremadura, se pas de nuevo por San Martn de
Trevejo, Hoyos, Moraleja y Coria.

En Moraleja se busc al Estvez, que haba primero ocultado y luego
denunciado  Dmaso Martn, el hermano del Empecinado, y se quiso
quemar su casa, pero el general lo impidi.

De Coria se sali en direccin  Cceres, donde se entr con alguna
dificultad. Se repusieron las autoridades, depuestas por el populacho
sublevado, y se impuso la paz con bastante rapidez.

En esta labor, Aviraneta se luci. Era el ministro de la Gobernacin,
el alcalde y el jefe de polica, todo al mismo tiempo. No haban
tenido mayores atribuciones los tiranos de las repblicas italianas
ni los Saint-Just y los Barras en las ciudades francesas durante
la Revolucin. Aviraneta satisfaca su ansia de poder. Estaba  sus
anchas. Repona  una autoridad, prenda  otra, impona la paz pblica
con sus procedimientos, que tan pronto eran de benevolencia como del
terrorismo ms puro.

Cceres fu dominado, y qued as hasta un da de Octubre del ao 23 en
que se rebel y hubo un encuentro con las tropas del Empecinado, en el
que se produjeron muchas vctimas.

La situacin del pueblo mejor con las medidas de Aviraneta; pero la de
la guarnicin iba empeorando por das. Corran noticias del avance de
los franceses y de su vanguardia de realistas espaoles. Bordesoulle
y Bourmont se corran por Andaluca, sin que nadie se les opusiera;
el conde de Molitor, con sus generales Lacroix y conde de Loverdo,
marchaban por donde les convena, como en un paseo militar; nicamente
Moncey encontraba una resistencia seria y pertinaz en el ejrcito de
Mina.

Los soldados desertaban en grupos, y el espritu de los pueblos era
hostil  los constitucionales. La desercin haba hecho que slo los
entusiastas y fanticos quedaran en las filas.

A final de Junio, el Empecinado al saber que Castelldosrius era el jefe
militar de Extremadura y que trabajaba en dominar el pas y en meter en
cintura  Badajoz, le envi  Aviraneta para que ste desarrollara los
procedimientos que haba utilizado en Cceres.

Castelldosrius haba salido con las tropas que Zayas le haba confiado
poco despus de evacuar Madrid, y haba ido perseguido por Vallin y
Bourmont y por la vanguardia de Merino hasta Trujillo, donde entreg el
mando de su fuerza al general Lpez Baos, marchando l  Badajoz, de
cuya comandancia militar tom posesin en Junio.

Castelldosrius, al saber la situacin de la ciudad, pidi en seguida
su exoneracin. Reinaba en ella, como en casi todas las capitales
espaolas, una perfecta anarqua. La desercin cunda con una rapidez
asombrosa; los realistas, alentados por el giro que tomaban los
negocios pblicos, maltrataban y vejaban en la calle  los liberales.

Aviraneta, al llegar  Badajoz, se present  Castelldosrius, como
enviado por el Empecinado, para ver de ponerse de acuerdo.

Castelldosrius le contest que estaba deseando abandonar el cargo,
y que pensaba que de un da  otro tendra que dejarlo. El marqus
explic la situacin anrquica en que se encontraba Badajoz.

--Estaba lo mismo Cceres--replic Aviraneta--, y lo hemos dominado. A
fuerza de paciencia. Yo he hecho de alcalde, de jefe de la polica, y
por ahora hay tranquilidad.

--De veras?

--S.

--Usted se encargara aqu de hacer lo mismo?

--S; si usted lo autoriza.

--Bueno; pues haga usted lo que quiera. Vase usted con mi ayudante
Gonzlez Estfani, que le pondr en antecedentes. Aunque sea, fusile
usted  todo el pueblo; me tiene sin cuidado.

Aviraneta se entrevist con Antonio Gonzlez Estfani, y entre los dos
dispusieron lo que haba que hacer.

Aviraneta se instal en la Capitana General y llam  las autoridades
del pueblo. La mayora no acudi.

Al da siguiente apareca un bando terrible en las esquinas, y veinte
realistas, escoltados por bayonetas, iban  la crcel. El pueblo, como
un caballo que siente la espuela, quiso sacudirse el jinete; pero ste,
en poco tiempo, lo supo dominar.

El 6 de Julio, Castelldosrius fu destitudo y march destinado como de
cuartel  Barcelona.

El bando de Aviraneta sirvi luego de motivo para que Castelldosrius
fuera terriblemente perseguido en la poca de la reaccin de Calomarde.

Aviraneta, sin ser conocido de nadie, ejerci durante algunos das la
dictadura. En compaa de Estfani, Gonzlez Llanos y otros militares
liberales recorri la muralla, sus ocho baluartes, las tres entradas de
la ciudad y los dos torreones de la puerta de las Palmas, que dan hacia
el Guadiana.

Visit tambin los fuertes exteriores que existan entonces: el de San
Cristbal, en un cerro  orillas del ro; el de Pardaleras, el de la
Picurina, el revelln de San Roque y la Luneta, hecha por el mariscal
Soult en 1811. Aviraneta trabaj para que se guarnecieran estas
fortificaciones y se pusieran en condiciones de defenderlas del enemigo.

Toda esta labor era intil; el pueblo, hostil,  la mejor ocasin haba
de echar por tierra  sus dictadores.




XXII.

UN OFICIO DEL ESTADO MAYOR


Al dejar Badajoz el marqus de Castelldosrius siguieron Aviraneta y sus
amigos ejerciendo en la ciudad el mando supremo, sin ningn ttulo para
ello.

Estaba nombrado por el Gobierno para la Comandancia de Extremadura
el general don Francisco Plasencia, que das antes, derrotado en
Despeaperros, se haba visto abandonado por sus tropas, que desertaron
ante el enemigo.

Plasencia tard bastante en presentarse en Badajoz, y qued asombrado
de que existiera todava orden y disciplina en la ciudad extremea.

Plasencia rog  Aviraneta y  los dems que siguieran mandando.

La situacin de Espaa en Julio de 1823 era malsima, y en Agosto se
hizo desesperada.

Don Juan Martn envi una carta  Aviraneta, dicindole que hablara 
todos los jefes y oficiales liberales decididos, para ver si queran
intentar un supremo esfuerzo: el de formar una columna de ocho  diez
mil hombres, marchar sobre Madrid y atacarlo  la desesperada.

Aviraneta habl  los oficiales de Badajoz, pero ya no era posible
reanimar en ellos el entusiasmo: todo el mundo vea la partida
perdida. El general Plasencia, desalentado desde que haba visto en
Despeaperros desertar  los soldados antes de entrar en fuego, crea
que el nico ideal era obtener una capitulacin decente y esperar
mejores tiempos.

Aviraneta escribi  don Juan el resultado de sus gestiones, y unos
das ms tarde recibi este oficio:

  DIVISIN DE CASTILLA

    ESTADO MAYOR

       El Excmo. Sr. Comandante general, que ha salido esta maana
       para la Vera de Plasencia, me ha indicado que escriba  usted.

       Se recibi su pliego en el que participaba el poco xito
       de nuestro plan de atacar Madrid, y al mismo tiempo el
       desfallecimiento de las tropas constitucionales de esa zona.
       Nada de esto es extrao, y es necesario un nimo esforzado
       para no dejarse rendir por las noticias adversas para nuestras
       armas que llegan constantemente.

       El general desiste de su proyecto, y me encarga le diga cese
       de practicar diligencias con este fin.

       Se ha celebrado ayer una junta de oficiales y jefes de la
       divisin, y en ella se ha acordado enviar  usted  Cdiz 
       que se aviste con el Gobierno, le exprese la situacin de
       Extremadura y Castilla y pida instrucciones acerca de la
       conducta que debe seguirse en lo sucesivo.

       Se ha elegido  don Eugenio de Aviraneta ayudante de campo
       y secretario del comandante general para esta comisin, por
       considerrsele de gran confianza y el ms capacitado por su
       inteligencia para el caso.

       Es necesario, pues, salga usted inmediatamente para evacuar
       tan importante comisin.

       Puede usted atravesar Portugal, embarcarse en un puerto de
       este pas, franquear el bloqueo de la escuadra francesa y
       entrar en Cdiz.

       Hoy se escribe al Excmo. Sr. Marqus de Castelldosrius para
       que auxilie  usted con cuantas noticias necesite del vecino
       reino y para que le d contraseas y recomendaciones para los
       puertos de Villa Real, Mrtola y Tavira. Presntese usted  Su
       Excelencia y pnganse de acuerdo sobre este particular.

       El general me encarga diga  usted que de ninguna manera
       quiere que nadie sepa el objeto de su viaje ms que el seor
       Marqus y usted.

       Con el sargento Snchez, jefe de la escolta y portador de este
       oficio, comunicar usted al general lo que acuerde con el
       seor Marqus.

       Se estn extendiendo todas las comunicaciones para el Gobierno
       y las instrucciones que debe usted llevar, al mismo tiempo que
       las recomendaciones para los sujetos con quienes tiene usted
       que verse.

       Participe usted verbalmente al Sr. Marqus que esta divisin
       se engruesa con las partidas sueltas procedentes del ejrcito
       de Galicia, pero que carecemos de buen armamento.

       En las comunicaciones al Gobierno va usted altamente
       recomendado, y si llega  puerto de salvacin con toda
       felicidad, no necesita usted ms para que el Gobierno premie
        usted como es debido sus muchos y distinguidos servicios en
       favor de la Libertad.

       Dios guarde  usted muchos aos. Cuartel general del Casar de
       Cceres,  18 de Agosto de 1823.

                                    MXIMO REYNOSO.

    _Postdata:_

       En este momento se reciben noticias de nuestros confidentes
       de Portugal. Afirman que en Lisboa y en los Algarbes se ha
       proclamado el absolutismo.

       Esta nueva situacin hace indudablemente difcil  imposible
       la marcha de usted, sobre todo con carcter militar y como
       representante del excelentsimo comandante general. Consulte
       usted con el seor Marqus y vea si pueden proporcionarle
        usted papeles de comerciante, para que disfrazado de tal
       y con pasaporte pueda llegar  Villa Real. En ese caso se
       embarcara aqu y entrara en Gibraltar, si no hubiese medio
       de meterse en Cdiz.

       Hay quien supone que sera mejor que se pusiera usted en
       relacin con los contrabandistas de Ceclavin y atravesara
       Andaluca con ellos. Estos contrabandistas conocen la ruta
        palmos y marchan sin tocar en ninguna poblacin. Si se
       decidiera usted por esto ltimo, avselo, porque hay en
       nuestra divisin individuos que conocen muy bien las partidas
       de contrabandistas y stos le pondran en relacin con
       ellas.--_Vale._

Aviraneta, impaciente con una carta tan larga y tan ceremoniosa, cogi
un papel y escribi:

       Amigo Reynoso: Castelldosrius no est aqu. Para salir por un
       lado  por otro necesito dinero y no lo tengo.--Suyo,

                                                    AVIRANETA.

Dos das despus el mismo sargento Snchez llegaba  Badajoz y
entregaba  Aviraneta una bolsa con veinte onzas, moneda suelta y un
sobre con documentos.




XXIII.

EL VIAJE


Aviraneta comenz los preparativos para la marcha. Compr cerca de la
puerta de las Palmas una chaqueta y un pantaln ordinarios de aldeano,
una faja y un sombrero. Luego quit  la chaqueta los botones y los
sustituy por onzas de oro forradas de tela. En el chaleco puso monedas
de cinco duros, tambin recubiertas como si fueran botoncitos.

El dinero sobrante, menos unas pesetas para el camino, hizo que se lo
girasen  Mrtola, en Portugal.

Luego escribi una carta dirigida  un supuesto Domingo Ibargoyen, una
carta en que el padre del tal Domingo le deca que se escapara del
servicio y abandonara  los liberales impos y volviera  reunirse con
los absolutistas.

Hecho esto ley todos los oficios que le haba enviado Mximo Reynoso
desde el cuartel general, y los clasific. Los dos en donde figuraba su
nombre los aprendi de memoria y los rompi.

--Qu falta de sentido el mandar  un hombre con papeles as entre
gente enemiga!--se dijo--; oh manes de Cisneros, de Richelieu y de
Talleyrand! Esta pobre gente no va  saber nunca hacer bien las cosas.

Los documentos que no citaban su nombre, don Eugenio los envolvi, los
meti en un bote, que llen de tierra, y lo envi  Mrtola, como si
fuera una mercanca.

Pensaba que no llevando consigo ningn papel, aunque le cogieran,
sera imposible identificarlo. Si lo pescaban dira que no, que no era
miliciano; luego, si le registraban, le encontraran la carta  Domingo
Ibargoyen, y ya bastara esto para que le tuviesen por un pobre hombre
absolutista soldado de milicianos  la fuerza.

Estando en estos preparativos se le present Diamante, y no tuvo ms
remedio que decirle que iba  ir con una comisin  Cdiz.

Diamante se ofreci  acompaarle en el viaje. Al advertirle Aviraneta
la manera cmo pensaba hacerlo, Diamante torci el gesto.

--Es mejor que vaya usted de uniforme--dijo Diamante--, le tendrn 
usted ms respeto.

--No, no. Es absurdo, hombre.

--Pues yo pienso ir de uniforme hasta Mrtola, y ver usted como llego.

--Haga usted lo que quiera; pero en ese caso, si me encuentra usted en
el camino, no diga usted que me conoce.

--No necesito de usted para nada--replic Diamante, con acritud.

--Bueno, bueno. Est bien.

Diamante todava quiso hacer un esfuerzo para convencer  Aviraneta que
deba ir de modo que se le conociera que era un oficial y no un patn
cualquiera.

--Por qu?--pregunt Aviraneta.

--Porque  un oficial se le fusila; en cambio  un patn, no: se le
cuelga de una manera ignominiosa y vil.

--Cada cual tiene sus preocupaciones--dijo don Eugenio--; morir de una
manera  de otra, es igual.

--Para usted ser igual; para m, no. Si le cogen  usted le tomarn
por un espa.

--O no. Yo me las arreglar para que no me cojan. La cuestin es que no
le maten  uno.

--Bah! No me asusta la muerte--replic Diamante--. Si me prenden ver
esa chusma miserable cmo muere el alfrez Diamante. Pienso decir
cuatro cosas bien dichas.

Aviraneta no quiso chocar con la vanidad de su compaero, y se cit con
l en Mrtola.

Si se encontraban all, buscaran los dos el modo de marchar  Cdiz.

Aviraneta, unas veces en coche, otras en carro, pas por Villaviciosa,
lleg hasta Beja, y de aqu fu  Mrtola. Haca un calor horrible. No
apareci Diamante.

Recogi en casa de un comerciante liberal el bote con sus documentos y
lo volvi  reexpedir  Castro Marn.

Aviraneta se puso en camino hacia Castro Marn,  caballo, mirando 
derecha  izquierda, guarecindose en los rboles y las matas cuando
vea  alguien. Los realistas deban tener espas  los lados del
camino, porque,  pesar de todas sus precauciones, Aviraneta cay en
manos de una patrulla de realistas portugueses. Eran muchos para luchar
con ellos, y tuvo que entregarse.

Los realistas lo prendieron y lo tuvieron toda la noche atado  un
rbol, sufriendo una serie de chaparrones de agua tibia y abundante.
Por la maana le hicieron marchar entre ellos. Eran aquellos
portugueses raquticos, con un tipo agitanado, el pelo negro, la tez
amarilla, los ojos brillantes  inquietos, la expresin suspicaz y
ladina. Hablaban todos ellos con un aire entre amenazador y sonriente.

A media maana, Aviraneta, rodeado de los portugueses, rendido y
febril, fu entregado  una partida de realistas espaoles que
vigilaban la frontera. Esta partida llevaba un gran nmero de presos;
entre ellos se encontraba Diamante.

El jefe de estos realistas, un seorito andaluz, bajito, rubio, que
ceceaba exageradamente y sonrea al hablar con cierta petulancia, mand
registrar al prisionero, y se encontr la carta, manoseada y sucia,
dirigida  Domingo Ibargoyen.

El aire de estupor febril que tena Aviraneta hizo creer al andaluz que
el preso era un pobre infeliz, casi idiota.

--Es un vascongado--dijo el oficial  su gente--. Yo le hablar, T
ser realista  negro?--le pregunt  Aviraneta.

Aviraneta contempl con asombro al oficial, y ste repiti la pregunta.

Don Eugenio, viendo que le tomaban en broma, dijo haciendo su papel:

--Yo, no entender.

--Cmo no entender?... Granuja! T ser miliciano...

--S, coger  uno... poner uniforme... y llevar andando lejos, malos
caminos... luego cansar... escapar campos.

El andaluz se ech  reir.

--Y  dnde marchar t ahora?... A dnde marchar?...

--Yo querer ir  Amrica...

--Realmente--murmur el andaluz-- este desdichado es una tontera
prenderlo; pero en fin, le llevaremos  Sevilla con los dems y all ya
vern lo que hacen con l.

Pas la noche Aviraneta en la crcel de Ayamonte. No pudo dormir un
momento. Estaba febril, la humedad de la noche anterior le haba
producido un acceso de reumatismo, le dola la cabeza, tena una
rodilla hinchada y una misantropa terrible.

En medio de aquel estado de abatimiento el instinto de conservacin
vigilaba.

Al da siguiente, por la maana, Aviraneta advirti al jefe de los
realistas que no podra marchar con la rodilla hinchada, y le dijo que
dara lo que tena, una moneda de cinco duros si se le proporcionaba un
caballo. El oficial cogi la moneda y mand traer un caballo viejo para
Aviraneta.

Durmieron los presos los das posteriores en las crceles de Gibralen,
Niebla, Palma, San Lcar la Mayor, y al quinto da entraron en Sevilla.

A las tres de la tarde, Aviraneta y Diamante, con otros cuarenta 
cincuenta liberales, formando cuerda de presos, pasaban el puente de
Triana, rodeados de una multitud de hombres, mujeres y chicos que
los insultaban. Diamante iba con una serenidad olmpica, sonriendo,
despreciando al populacho.

Todos los vagos del barrio estaban en el puente. Se oan gritos
furiosos de Mueran los negros! Muera la nacin! Viva Fernando!
Vivan las _caenas_! Viva el duque de Angulema!

Era el populacho amenazador, la demagoga negra desbordada. Mujeres
desarrapadas, con chiquillos en brazos, que chillaban sin saber porqu;
viejas, gitanos, frailes que pasaban dando  besar  la chusma la
cuerda de su hbito....

--Viva nuestra religin! Viva Dios!--gritaban algunos. Y otros
decan, dirigindose  los liberales: Al palo! Al palo! Canallas!
Mata frailes!

Unos cuantos chicos les tiraron pelotas de barro  los prisioneros, y
una vieja, acercndose  Aviraneta, le dijo:

--Qu mala estampa de judo tienes, ladrn! Toma!--Y le escupi  la
cara.

Aviraneta, con la cabeza baja y ceudo, recibi la injuria, al parecer,
impasible.

Senta el odio de todos reconcentrado en l. Si por un momento hubiese
cambiado la situacin! El en aquel instante, con diez mil hombres y
unas bateras de caones en el puente, qu sarracina! Mujeres, viejas,
chiquillos, ancianos, casas, iglesias... Todo lo hubiera barrido con
la metralla. Hubiera dejado chiquito  los Collot d'Herbois y  los
Carrier.

Desarrollando esta idea de cmo sera su venganza, pudo pasar entre la
chusma y recibir los insultos y las pedradas con estircol, mondaduras
de patata y tronchos de berza, sin protestar.

Pasaron el puente y el barrio de Triana, y entraron en el casco de la
ciudad. A cada paso se repetan los insultos y las pedreas.

Con la escolta, Aviraneta y los presos recorrieron varias calles y
fueron  parar al Saln de Cortes.

Al llegar aqu se abri la puerta y entraron todos en un ancho portal.

El Saln de Cortes, el punto donde se haban celebrado las sesiones del
Congreso en Sevilla en 1823, era la iglesia del antiguo convento de
jesutas de San Hermenegildo, que estaba en la calle de las Palmas,
que hoy se llama de Cortes.

Este edificio tuvo distinto empleo: primero fu colegio de los
jesutas, luego, escuela, seminario y cuartel. Los franceses lo
desvalijaron; despus la capilla se convirti en saln de Cortes, y
termin siendo, durante una corta temporada, teatro.

En aquel momento, el saln de sesiones estaba destrudo.

Unos das antes, los realistas sevillanos haban entrado all, haban
asaltado el edificio y lo haban desmantelado.

Pasaron Aviraneta y sus compaeros del zagun del convento  un patio,
y aqu uno de los jefes de los absolutistas comenz la distribucin de
los presos.

La gente distinguida iba al Saln de sesiones.

En l estaban detenidos el duque de Veragua y otros muchos liberales
aristcratas. A la gente del pueblo, milicianos y soldados, se la
diriga  unas cuadras grandes.

Diamante fu enviado con la gente distinguida.

Aviraneta, en compaa de unos cuantos, march con la morralla  un
saln, que deba haber sido en otro tiempo biblioteca  sala capitular.

Un sargento, con una gorra de cuartel y un uniforme lleno de manchas,
les hizo formar militarmente y les dijo:

--Bueno, nios, cuidado. Antes habis obedecido  la Constitucin;
ahora vais  obedecer  sta--y les mostr una estaca--. Conque ya lo
sabis. Media vuelta  la derecha! Dre!...

Al da siguiente, Aviraneta como sus compaeros, tuvieron que dedicarse
 bajos menesteres de barrer patios y cuartos.

Aviraneta en su calidad de Domingo Ibargoyen, no tena importancia, no
ya para ser fusilado, ni aun para ser vigilado; pero no dejaba de estar
ojo avizor por si alguno le reconoca como carbonario, masn y ayudante
del Empecinado.

Entonces hubiera sido otra cosa.

Aviraneta fu destinado  barrer un corredor del claustro y unas
cuadras y  cumplir las rdenes del que haca de alcaide de la crcel,
un hombre  quien llamaban el seor Pepe el _Tiznado_.

El seor Pepe el _Tiznado_ era un viejo andaluz, serio, grave,
profundo, un pozo de ciencia que hablaba por apotegmas.

Algunos decan que haba sido contrabandista y ladrn, cosa muy
posible; la verdad era que tena muchos oficios, y ninguno bueno,
porque cambiaba de ellos ms que de camisa.

El lugarteniente del seor Pepe el _Tiznado_, que haca de portero de
la crcel, era el _Telaraa_, un hombrecito muy redicho y hablador.

El _Telaraa_ tena en la portera muchos pjaros en jaulas. En sus
horas de ocio se dedicaba  ensearles  cantar. En pocas normales el
_Telaraa_ era pajarero.

Aviraneta comenz  ver de ganarse la confianza del seor Pepe y del
_Telaraa_.

Esperaba que alguno de ellos llegara  enviarle  hacer cualquier
recado fuera de la crcel, en cuyo caso no hubiera vuelto.

A los pocos das de estar all, Aviraneta que haba tomado un odio
por Sevilla frentico, no tuvo ms remedio que reconocer que aquellos
realistas andaluces,  pesar de su fanatismo y de su barbarie, eran
mucho menos brutos que los del Norte y se avenan  razones.

Aviraneta, de noche, iba  su rincn y se dedicaba  cavilar y preparar
planes de fuga. No encontraba ninguno bueno, porque le faltaban datos;
no conoca bien el edificio en donde estaba, ni saba hacia qu punto
de Sevilla se hallaba enclavado.

Sin embargo, pensaba que,  fuerza de examinar proyectos y estudiar sus
dificultades, encontrara algo.--_Mio caro studiate la matematica_, se
deca  s mismo, recordando la frase que repeta su amigo Sanguinetti.

Aviraneta sonde al _Tiznado_ y al _Telaraa_ para saber qu haran
con ellos si dejaban escapar algn prisionero; y, al parecer, los dos
estaban convencidos de que les costara un castigo grave, si no los
fusilaban tomndolos por cmplices. Esto hizo pensar  don Eugenio que
el poco dinero que tena no bastaba para comprar  los carceleros.

Haba que escaparse, sin contar con ellos para nada; haba que hacerlo
_ maa_, como decan los contrabandistas del Bidasoa que haba
conocido en la infancia cuando no sobornaban  los guardias y tenan
que andar  tiros.




XXIV.

FUGA


Aviraneta se dedic  cumplir las rdenes que le daba el seor Pepe y
su lugarteniente, con rapidez; se hizo amigo de los dos, y ellos le
dejaban andar de un lado  otro convencidos de que no les iba  jugar
una mala pasada. A los ocho das lleg  conseguir su confianza.

El seor Pepe el _Tiznado_ le trataba bien y le contaba las noticias
que corran por el pueblo. El seor Pepe le dijo que en aquel momento
estaban en capilla un oficial del regimiento de Galicia llamado Pea,
 quien le haban encontrado varias proclamas y documentos de los de
Cdiz, y un alfrez del Empecinado, de apellido Diamante.

--Dicen--concluy diciendo el seor Pepe--que el Empecinado ha mandado
 un hombre de su confianza por Portugal y que se ha debido escapar.

--Y ese Diamante qu tipo es?--pregunt el _Telaraa_.

--Es un gach de cuidado--dijo el seor Pepe.

--Por qu?

--Porque no hay manera de confesarlo. Dice que todo eso es pamplina,
y no quiere ni arrodillarse, ni nada. Maana yo voy  ver cmo lo
_afusilan_.

Efectivamente: al otro da el seor Pepe cont el fusilamiento del
alfrez del Empecinado y la serenidad de ste, que haba llamado
bellacos y cobardes  los realistas, y haba concludo gritando: Viva
la Libertad! Viva Diamante!

Aviraneta oy con curiosidad los detalles del final de su amigo. Su
deseo de escapar no le permita el lujo de conmoverse. Sigui pensando
en sus planes de fuga; tena el convencimiento de que pensando con
energa y de una manera metdica se encontraban soluciones para todo.

Al da siguiente del fusilamiento de su amigo vi que haba en el
pasillo del claustro una puerta que daba  un stano. La puerta tena
un gran cerrojo y un ventanillo. De ste se vean algunos trastos
viejos amontonados.

--Con esto algo se puede hacer--pens--. Estudiaremos la matemtica--se
dijo.

Al da siguiente ya tena su plan. Por la maana, al limpiar el
corredor, pidi al _Tiznado_ permiso para entrar en el stano y coger
unas tablas. El _Tiznado_ se lo di, y Aviraneta estuvo sacando fuera
unos cuantos trastos viejos y observndolos como si esperara sacar algo
de ellos. Despus volvi  meterlos de nuevo, cerr el ventanillo y
con un poco de tocino lubrific el cerrojo de la puerta, hasta que
comenz  deslizarse bien.

Estaban Pepe el _Tiznado_ y el _Telaraa_ hablando al anochecer en
el cuarto del conserje, cuando Aviraneta se les present y les dijo,
mostrndoles una monedita de oro:

--Miren ustedes lo que he encontrado.

--Nio! Dnde has encontrado esto?--exclam el seor Pepe el
_Tiznado_, con severidad y con ansia--. Si es oro!

--La fija... ya lo creo!--exclam el _Telaraa_.

--Pues lo he encontrado en ese stano que he ido  limpiar esta maana.

--De verdad?

--S.

--Pero en dnde?

--En el suelo.

--En qu sitio?

--Yo se lo dir  ustedes. Pero si es oro me tienen ustedes que dar 
m parte--dijo Aviraneta.

--Bueno, bueno; eso, ya veremos--replic el seor Pepe--. Primero vamos
 ver dnde est.

--Yo les ensear el punto fijo.

Se encendi un farol, y el seor Pepe y el _Telaraa_, llenos de
ansiedad, cogieron, el uno una piqueta, y el otro una palanca.
Marcharon los tres por el corredor del claustro y abrieron la puerta
del stano, y entraron. Pusieron el farol en el suelo, y Aviraneta,
sealando un rincn, les dijo: Aqu, aqu mismo estaba.

El seor Pepe y _Telaraa_ se arrodillaron para mirar; Aviraneta,
sin meter ruido, de un salto se acerc  la puerta del stano, sali
fuera y la cerr con el cerrojo, dejando dentro  los dos carceleros.
Enseguida ech  correr, encendi una pajuela y luego una vela, march
al cuarto del conserje, cogi la llave, abri las dos puertas que se
necesitaban franquear para salir  la calle, dej el manojo de llaves
en el suelo y se larg.




XXV.

CAMINO DE GIBRALTAR


Aviraneta no conoca bien Sevilla. Ech  andar callejeando. Un sereno
le detuvo, y le ech la luz del farolillo  la cara.

--A dnde va usted?--le dijo.

--Ando buscando posada.

--Ah est la posada. A mano izquierda.

El sereno se alej y cant: Ave Mara Pursima. Las diez y media y
sereno. Y aadi  su cntico: Viva Fernando! Viva el duque de
Angulema!

Aviraneta encontr una posada de arrieros que haba cerca; entr en el
zagun, y acurrucado en un rincn esper  que amaneciera.

La noche se le hizo eterna. Al amanecer sali de Sevilla y compr 
unos gitanos una mula.

Le cost cuarenta duros; entreg tres onzas y le devolvieron mucha
plata y cuartos.

Ya caballero, Aviraneta tom el camino de Utrera  hizo la larga
jornada hasta Jimena, donde le detuvieron, le quitaron la mula y todo
lo que llevaba.

Le quedaba an en la chaqueta una onza de oro y un centn en el
chaleco. Estaba sucio, lleno de polvo, con un aire de vagabundo de
camino, triste y enfermo. Se senta desanimado. Se juraba  s mismo
no volver  intervenir en poltica, no hacer caso de la palabrera de
los liberales, que al ltimo hacan traicin  sus principios, sin
escrpulos ni vergenza.

De Jimena, Aviraneta fu  San Roque: comi y durmi en una posada,
pag con un centn de oro y compr  un contrabandista un pual.

El contrabandista le dijo que para ir  Gibraltar le convendra
dirigirse  Algeciras, mejor que  La Lnea, porque aqu haba mucha
vigilancia.

Aviraneta sigui el consejo y se dirigi  Algeciras.

A media tarde fu acercndose al pueblo, y esper  que se hiciera de
noche. Estuvo contemplando durante algn tiempo el casero negruzco de
la ciudad, alrededor de la iglesia, y cuando comenzaban  brillar las
estrellas, rodeando el pueblo, sali  la orilla del mar.

Se acerc al muelle, y  un hombre que estaba atando un bote, le dijo:

--Oiga usted.

--Qu?

--Quiere usted llevarme  Gibraltar?

--No; vengo de all ahora.

--Le pagar bien.

--No.

--Le dar una onza.

--La tiene usted?

--S.

--A verla.

--Se la dar  usted  la mitad de la travesa.

--Ser usted el general Riego?

--No; pero tengo que marchar  Gibraltar.

--Bueno, suba usted; pero deme primero la onza.

--No, no. Cuando estemos cerca de la plaza inglesa.

--Bueno.

El hombre desat su lancha, extendi una vela, y, puesto al timn,
enderez la proa hacia Gibraltar.

A medida que avanzaban, Algeciras iba quedando atrs, recostada en una
sierra que se destacaba negra en el horizonte. Las luces de Gibraltar
brillaban enfrente.

--Me parece que estamos  mitad del trayecto--dijo el hombre de la
barca.

--S; eso quiere decir que exige usted la onza.

--Lo ha entendido usted muy bien.

Entreg la onza Aviraneta, y el hombre inmediatamente se levant  hizo
arriar la vela.

--Qu hace usted?--le dijo Aviraneta.

--Nada, que vamos  volver.

--A volver!

--S.

--Por qu?

--Porque queda usted preso. Yo soy uno de los encargados de vigilar
esta playa. T eres un conspirador que huye y te hago prisionero.

--Bah! no podrs--exclam Aviraneta, con voz sorda.

--No?

--No.

Y Aviraneta acercndose al hombre, en la obscuridad, lo agarr del
cuello y le puso el pual en la garganta.

El polica pidi tregua en seguida. Aviraneta con el pual en una
mano le registr los bolsillos y sac de ellos una navaja y un lo de
cuerda. Con la cuerda at los brazos y los pies del hombre y lo dej
sentado en uno de los bancos del bote. Despus iz de nuevo la vela.

La barca comenz  marchar hacia Gibraltar. La silueta negra del pen
se vea destacndose en el cielo estrellado. Los faros y las luces del
pueblo brillaban en el agua. Aviraneta diriga en lnea recta, sin
hacer caso de las olas que entraban en la lancha.

A pesar de que sus intenciones eran llegar directamente, torci hacia
la izquierda y fu  embarrancar en un arenal, cerca de la Estacada.

--Estamos en tierra inglesa?--pregunt Aviraneta.

--S. Ahora me desatar usted?

--S. Y usted me devolver la onza de oro.

--Hombre, eso no es lo acordado.

--Tampoco estaba acordado que usted me hiciera traicin.

--Bueno, le devolver la onza.

Solt Aviraneta las manos del polica, recogi la moneda y luego le
solt los pies.

--Ya se ha salvado usted--dijo el polizonte--. He sido un tonto. Ahora
dgame usted quin es.

--Soy el demonio!--exclam Aviraneta con voz cavernosa.

El polizonte debi quedar santigundose, y Aviraneta march hacia la
estacada. Un soldado ingls le di el alto y llam al teniente, que
saba espaol, y  quien explic Aviraneta lo que le ocurra.

Aviraneta, acompaado por el soldado, fu por la calzada del dique,
entre la laguna y el mar, y pas por la puerta de Tierra  la ciudad...

Mientras haba venido huyendo se haba forjado la idea de que estaba
arrepentido y cansado de tanto ajetreo como se haba dado  s mismo.
Al poner el pie en puerto de salvacin vea que no slo no estaba
cansado de su papel, sino que estaba ansiando volverlo  tomar de nuevo.

Aquel pajarraco de Aviraneta viva en su centro como los albatros en
los remolinos de la tempestad. Las convulsiones, los peligros, la
guerra, las crceles, eran su elemento...

Al mismo tiempo que se burlaba de sus planes de modificar su vida,
volva  rehabilitar sus ideas. Ya se haban borrado de su imaginacin
todos los absurdos, torpezas y cobardas llevadas  cabo por los
revolucionarios; la Libertad, como una diosa, marchaba en su carro
triunfante por encima de los monstruos y bestias inmundas del
absolutismo: la revolucin era la salvacin de Espaa.

--Hay que implantarla cuanto antes--se dijo  s mismo, y convencido
aadi, sealando con la mano la costa espaola, que se iba ocultando
entre las brumas de la noche:

--Nos veremos de nuevo.

  Itzea--Septiembre, 1915


                   FIN DE LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA




NDICE


                                                _Pginas._

  La Canniga.--Prlogo                                  5


  PARTE PRIMERA

      I.--Cuenca                                        31

     II.--La casa de la Sirena                          41

    III.--Miguelito Torralba                            53

     IV.--Sansirgue el penitenciario                    67

      V.--La casa del pertiguero                        71

     VI.--Don Vctor                                    81

    VII.--La Biblioteca de Chirino                      87

   VIII.--Su majestad el odio                           93

     IX.--Un romance annimo                           101

      X.--La junta realista                            107

     XI.--Un sermn de Sansirgue                       111

    XII.--La alarma de Bessieres                       117

   XIII.--Proyectos                                    123

    XIV.--Cabildeos de Don Vctor                      129

     XV.--La Puerta de San Juan                        139

    XVI.--Despus de la catstrofe                     143

   XVII.--Meses despus                                149

  Eplogo                                              159


  LOS GUERRILLEROS DEL EMPECINADO

      I.--Nueva comisin                               163

     II.--Mascarada militar                            169

    III.--Antiguos amigos                              175

     IV.--En el espionaje                              181

      V.--En el camino                                 191

     VI.--El batalln de los hombres libres            197

    VII.--Huyendo                                      207

   VIII.--Don Julin Snchez                           217

     IX.--Aviraneta en el convento                     227

      X.--De Njera  Aranda                           235

     XI.--El espa de Roa                              241

    XII.--La encerrona                                 251

   XIII.--En Ciudad Rodrigo                            261

    XIV.--La toma de Coria                             267

     XV.--Una ciudad levtica                          273

    XVI.--La tarde del domingo                         281

   XVII.--Expedicin  Plasencia                       287

  XVIII.--Merino!                                     295

    XIX.--El camino de San Martn                      303

     XX.--El Castillo de Trevejo                       309

    XXI.--La situacin empeora                         319

   XXII.--Un oficio del Estado Mayor                   325

  XXIII.--El viaje                                     331

   XXIV.--Fuga                                         343

    XXV.--Camino de Gibraltar                          347





End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Accin: #5
Los Recursos de la Astucia, by Po Baroja

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE ***

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number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
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Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
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official page at www.gutenberg.org/contact

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    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

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